Citation
Cecilia Valdes o, La Loma del Angel

Material Information

Title:
Cecilia Valdes o, La Loma del Angel novela de costumbres cubanas
Series Title:
Biblioteca bâasica de autores cubanos
Added title page title:
Loma del Angel
Creator:
Villaverde, Cirilo, 1812-1894
Place of Publication:
La Habana
Publisher:
Consejo Nacional de Cultura
Publication Date:
Language:
Spanish
Physical Description:
666 p. : ; 20 cm.

Subjects

Subjects / Keywords:
Cuban fiction ( fast )
Novela cubana ( qlsp )
Genre:
non-fiction ( marcgt )
Spatial Coverage:
Cuba

Notes

Bibliography:
"Bibliografâia--Ediciones": p. 653-662. "Estudios": p. 662-664.

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Rights Management:
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Resource Identifier:
06668010 ( OCLC )
65043253 ( LCCN )

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CE LIA VALDES

LA LOMA DEL ANGEL









CIRILO VILLAVERDE


CECILIA VALDES
O

LA LOMA DEL

ANGEL
(Novela de costumbres cubanas)


Edici6n, pr6logo y notas
por
Olga Blondet Tudisco, LONG ISLAND UNIVERSITY
y
Antonio Tudisco, COLUMBIA UNIVERSITY



La Amnriew Publishng Coempay
New York
UBRERIA CERVA.
1126 West Fager Sreet
Ak Florida 33130
Tk 371-4556




























Published September 1964
by LAS AMERICAS PUBLISHING COMPANY
152 East 23rd Street
New York (U. S. A.)















De6fto leal B. 1291-1964
EDITORIAL VALIAS. S. L.
Barcelona


Printed In SiM















CIRILO VILLAVERDE

VIDA Y OBRA



La vida y la obra de Villaverde parecen ser una progresi6n ha-
cia la sintesis lograda en su obra maestra, Cecilia Valds. El pa-
triotismo y la literature serAn los dos polos del eje de la vida del
novelist, y Jos6 Marti --el mhs grande de los cubano-- lo en-
foc6 mejor que nadie cuando afirm6 que Villaverde compuso no-
velas sociales en lengua literaria.
Es facil sefialar tres etapas bien defimdas de esa vida larga y
de esa labor ardua dedicadas a la liberaci6n de Cuba. La primer
etapa abarca los afios de la infancia y la juventud, la niciacin
literaria y la actuaci6n political, revolucionaria, que le lievara al
destierro; la segunda comprende los afios de exilio en los Esta-
dos Unidos; y la tercera, la vejez, cuando public la edicind def-
nitiva de Ceciia ValdJs en 1882, cuarenta y tres afios despuds de
haberla empezado.
Nace Cirilo Sim6n Villaverde y de la Paz el 28 de octubre
de 1812 en el ingenio Santiago, que quedaba cerca del pueblo de
San Diego de Nuiiez (Pinar del Rio). Era el sexto hijo del medio
del ingenio, el doctor Lucas Villaverde, y de dofia Dolores de
la Paz.
Como su padre no tenia tiempo ni humor para hablar can los
hijos, y como su madre, seg6n Villaverde, ano conocia ni el cristos,
el nifio cursa sus primeros studios con el sacristan de la parro-
quia de San Diego. Pasa los primeros afios en una po6tica casa de
campo que luego describiri en la novel El guafro. No podia
haber nacido en sitio mas adecuado para empaparse del ambiente
campestre cubano. Producen las costumbres del ingenio una im-







CIBW VILLAVERDE


presi6n imborrable en su alma de nifio. Allf dice, refiriendose al
ingenio Santiago, apermaneci con otros hermanos mayores que yo
hasta la edad de 6 o 7 afios; pudiendo presenciar en medio de mis
juegos y correrias casi todas las escenas de crueldad que, ya en-
trado en la vejez, pinth en la novela Cecilia VWlMs.
Nadie ignora la preponderancia que en las costumbres del pals
tenia entonces el ingenio de aztcar, tan intimamente ligado a la
vida econ6mica y social de Cuba. El ingenio ne era-la finca leja-
na, desconocida y abandonada en manos de administradores, sino
el lugar de frecuentes y prolongadas visits de los duefios y sus
amigos. En los ingenios vivian y se divertian, ajenas a los horro-
res de la esclavitud, las classes pudientes de la sociedad cubana.
Naci6 Villaverde y se cri6 entire piaras de siervos. Observ6 desde
nifio el martirio de la raza esclava y el envilecimiento de las cas-
tas dominantes.
En 1823 los padres lo mandan por primera vez a la Habana.
Alli, sin darse cuenta, seguirA almacenando datos vitales para su
libro. La casa de la tia con quien vive era una especie de cober-
tizo de tablas al lado de un basurero, cerca de la esquina de Cam-
panario Viejo y Maloja. Primer encuentro con los bajos fondos
habaneros. Sigue sus studios en la escuela de don Antonio Vaz-
quez. El muchacho muestra tener una gran facilidad para apren-
der todo lo que se podia confiar a la memorial, pero era torpe para
otras disciplines, sobre todo para la aritm6tica. Debido a un dis-
gusto con el maestro, determine abandonar la escuela. En seguida
emprende studios de latin con el abuelo paterno, archivo locuaz
y cr6nica viva de leyendas y andcdotas. Este buen senior, encanto
e idolo del provincianito, aparece retratado con todos sus pelos
y sefiales en una novela de Villaverde: El penitente. A los dieci-
6is afios de edad, el joven Villaverde ingresa en el colegio del
Padre Morales, para seguir studios superiores de latin. Luego,
despu!s de haber cursado filosofla y derecho en el Seminario de
San Carlos, se recibe de Bachiller en Leyes en 1832. Inicia la
prActica con un tal doctor C6rdoba y gana doscientos pesos en
la tramitaci6n de un testamento. istas serAn las (nicas ganan-
cias que le produce la abogacia. Pas6 despues a trabajar con el
licenciado Santiago Bombalier, eel mhs trampol6n y botarate de
los abogados en la Habana*, y se hastia del foro. Villaverde aban-
dona desilusionado la carrera para dedicarse al magisterio y al
cultivo de las letras, exclamando que eel foro cubano estaba so-
metido a jueces bArbaros y corrompidos, que vendian la justicia






CBmcIA VmAIB


como me vende la came en el mercado, y a oficiales de causes que
contribulan can sa mendacidad y codicia al desprestigo de la
carrera. Hablaba y reaccionaba el hombre de alto sentido moral.
La iustracida de Villaverde, en esta 6poca de sa vida, era bas-
tante rudimentara. Su cultural literaria se reducla a deAcsidas y
confusas impresiones sugeridas por una lectura demorganizada
Pero siente el deseo de escribir y se dedica a adquirr conoci-
mientos literarioa La novel romantic de Ram6n de Palma, Yu-
marw, le inspira y le sugiere el g6nero literario que habta de cul-
tivar con gran affn. Tiene veinticinco aios cuando aparecen sus
primeras novelitas romanticas en la Misceldnea de til y Agrada-
le Recreo. Estas obras primerizas -El ave m 'erta, La pefia bla-
ca, El perjurio, La cueva de Tagianao- estAn calcadas en el
gusto reinante de la epoca. Son obras de desenlace trgico, lenas
de pasiones desenfrenadas, suicidioe, muertos y esqueleto. Aieos
mis tarde, Villaverde repudi6 estos primeros trabajos, pero lo
important es que desde el principio la critical recoaoce en 61 al
novelist en cierne. Y ain mfs, estas obras le franquean las puer-
tas de la tertulia de Domingo del Monte. Amistad orientadora la
de del Monte y de capital influencia en la formaci6n literaria del
joven escritor. Apunta uno de los critics que Villaverde fue
clisico en sus mocedades, y a veces arcaico, profes6 en la escuela
romfntica, que luego abandon para escoger por guia a un ingles
y a un italiano. La nota clasica y arcaica la aclara el mismo Vi-
llaverde al referirse a Domingo del Monte: eNo s61o me alent6
a proseguir en la carrera literaria, sino que me prest6 libros para
estudiar el idioma castellano y former un estilo en que expresar
mis pensamientos al menos con propiedad y claridad. Y eomo esos
libros eran por lo regular de escritores anteriores al siglo xvm,
tom6 de ellos voces arcaicas y giros desusados, segnm puede verse
en todos mis escritos, hasta en Cecilia Valds. Si se inicia Vi-
Ilaverde con la novela romfntica por consejo e influencia de Ra-
m6n de Palma, luego seguirA otro rumbo bajo la tutela de Do-
mingo del Monte, que le facility el conocimiento de las aporta-
ciones de la novel hist6rica de Walter Scott y de Alejandro Man-
zoni. Fuente principal para el studio de Cecilia Valdds, segin
indica su autor en el pr6logo a la edici6n de 1882: eHace mis
de treinta aiios que no leo novel alguna, siendo W. Scott y Man-
zoni los mnices models que he podido seguir al trazar los varia-
dos cuadros de Cecilia Valdes.s
Alentado y halagado por la amistad de Domingo del Monte,







CIRILO VILLAVERDE


persiste Villaverde en la tarea de estudiar, escribir y observer la
realidad cubana. Aparece en 1838 una minuciosa descripci6n de
los cafiaverales y cafetales de la region del Aguacate y del mo-
gote de la Guacamaya, publicada en forma de carta en La siem-
previva, con el titulo de A Don Quintin Suzarte desde las Sierras
del Aguacate. De ese mismo afio, y publicados en El Albuw, son
un articulo de costumbres titulado Engroaar con la verdad, des-
cripci6n del ambiente y barullo del Carnaval, y una novel ro-
mAntica, El espetdn de oro, cuyo m6rito estriba en los elements
cubanos inconfundibles utilizados por Villaverde para elaborar
una trama poco original.
La Habana lo atrafa y entretenia, pero Villaverde nunca se
olvida de la region donde naci6. El recuerdo de Vuelta Abajo estA
en sus novelas y cuentos: la vida palpitante de la region la en-
contramos retratada en la relaci6n de dos viajes que hizo all.
La excursion a Vuelta Abajo -publicada en dos partes- es quizfs
la mejor obra costumbrista de la literature cubana, pero, ademrs,
nos revela la indignaci6n del escritor ante las miserias humans
ocasionadas por el sistema esclavista. Estas mismas descripciones
le resultaran de gran provecho a Villaverde en la composici6n de
Cecilia Val/ds. El hombre y el paisaje de Vuelta Abajo son ele-
mentos constantes y esenciales en la obra del novelist.
Los afios que van de 1837 a 1840 son de una gran actividad
literaria. Se iba estableciendo la fama del joven escritor y las re-
vistas literarias daban pronta acogida a sus obras. En 1839 apa-
recen La cruz negra, Lola y su periquito, Teresa y la primera
parte de Cecilia Valdds, que fue un fxito. Del afio siguiente son
dos cuentos, Amor fraternal, Equivocacidn de nombres, y una no-
vela, La joven de la flecha de oro, bastante parecida en su trama
a El espet6n de oro. La joven de la flecha de oro goz6 de popu-
laridad, pero represent una cafda despu&s del triunfo y la pro-
mesa literaria que anunciaba la primera parte de Cecilia Valds.
Estos afios tambien son de gran actividad political. Villaverde
figure entire las filas de los que sentfan y propagaban la necesidad
de library a Cuba de los males del gobierno colonial espafioL Si-
guiendo los principios de la ensefianza regeneradora de sus maes-
tros del Seminario, se entrega a la lucha contra el ascendiente
teol6gico y military de Espaia. Por lo exaltado de sus ideas y por-
que se sabia que era partidario del separatismo, desde 1840 en ade-
lante, Villaverde se hace sospechoso al gobierno espafiol.
Queda reducida la producci6n literaria de 1841 a algunos ar-







CBCILA VAL As


ticulos de costumbres: La Habana en 1841, Mod a, Mdsras,
Una mudada. En ese afio se march Villaverde, de pronto, a Ma-
tanzas, para dedicarse a la ensefianza. LSeria quizis con la idea
de despistar a las autoridades espaiiolas? No se sabe, pero, de
todas maneras, estA de vuelta en la Habana en 1842 para cola-
borar en la redacci6n de El Fare Industrial, y alll sigue hasta 1848.
Estos si que son los afios mas fecundos de la fase literaria de su
vida. Entre las dos fechas sefialadas aparece publicada en series,
en las piginas de esta revista, gran parte de su obra: Dos amo-
res (1842), El ciego y su perro (1842), Declaraci6n de us mari-
nero ndufrago (1842), Generoeidad fraternal (1842), El guaji-
ro (1842), El misionero del Caronf (1842), La setorita Doiia Ger-
trwudi G6mez de Avellaneda (1842), La tejedora de sombreros de
Yarey (1843), La peineta calada (1843), El penitente (1844). Obras
de m6rito literario desigual. Las que mis se destacan son Dos am-
res y El penitente. La primera de estas dos novelas tiene interns
especial por revelar una mezela de elements rominticos y rea-
listas y per sefialar en Villaverde los comienzos de la ruptura
con lo exageradamente romantico. Ya desde este moment en ade-
lante pondra freno Villaverde a la imaginaci6n deseabellada y
acudirA cada vez mas a sus dotes de pintor de costumbres y nove-
lista hist6rico. El cambio definitive y claro se ve en El penitete,
novela hist6rica de la Habana de mediados del siglo xvm, inspira-
da en una leyenda que le cont6 el abuelo.
Termina esta primer etapa de la vida de Villaverde con su
encarcelamiento como reo politico y su huida a los Estados Uni-
dos. Habfa conocido en 1846 al general Narciso L6pez. Amigo de
6ste e identificado con 61 en sus planes separatists, se entrega
Villaverde totalmente a la lucha per la libertad de Cuba. Pronto
se ve complicado en la conspiraci6n de la Mina de la Rosa Cu-
bana, en Vuelta Abajo. El general L6pez pudo huir a los Estados
Unidos, pero Villaverde se queda para seguir con la labor revo-
lucionaria. Poco despuds de la evasion de L6pez, las autoridades
espafiolas prenden a Villaverde. Vefan en 61 al propagandist
tenaz y peligroso. Habfa convocado y dirigido asambleas en San-
ta Clara; habia torado parte active tambifn en la sublevaci6n
que se tramaba en Trinidad, Villaclara y Cienfuegos. Esto fue su-
ficiente para que le condenaran, primero, a dies ailos de presidio,
y luego a muerte en garrote. Villaverde logra escaparse de la
crcel el 31 de marzo de 1849. Se refugia fuera de la Habana du-
rante cuatro dias hasta embarcarse en una goleta costera que to







CIRILO VILLAVERDE


transport a Apalachicola, en la Florida. Pasa en seguida a Nueva
York para iniciar una nueva fase de su vida, la del escritor politico
desterrado. Tenia treinta y nueve afios.
Al poco tiempo de haber llegado a Nueva York, empieza a
colaborar en La Verdad, revista revolucionaria cubana, de la que
fue luego jefe de redacci6n. La vida que Ileva en Nueva York es
la que se ve repetida en tantos desterrados politicos hispanoa-
mericanos. Public articulos de tema politico en las revistas y
peri6dicos hispanos, ensefia espafol, es traductor, se re ne con
sus compatriotas para seguir trazando los planes de la revoluci6n.
Actia, ademfs, de secretario del general L6pez, a quien admiraba
y queria entrafiablemente. Vida siempre active y agitada, a veces
Ilena de esperanzas y, las mAs, de amargura y desilusi6n. Los es-
fuerzos de los partidarios de Narciso L6pez culminan en el fallido
intent de invadir a Cuba en 1851, que le cuesta la vida al general
revolucionario. Desalentado y triste, Villaverde no cede en su de-
dicaci6n al ideal. Con motivo de la cuesti6n palpitante de la ane-
xi6n de Cuba a los Estados Unidos, Villaverde tercia con Jose
Antonio Saco en la agria polemica de 1852. En dos folletos titu-
lados El senior Saco con respect a la revoluci6n de Cuba y El
senior Saco: e impugnaci6n al foleto de Saco... por un cubano,
Villaverde defiende la necesidad y la conveniencia de la anexi6n
acudiendo hasta al ataque personal. Saco lo calla con estas pala-
bras: cYo desearia que Cuba no s61o fuese rica, ilustrada, moral
y poderosa, sino que fuese Cuba cubana y no anglosajona. No
era cuesti6n de patriotism, sino mAs bien de desacuerdo con res-
pecto a la manera de libertar a Cuba.
Villaverde no descansa en su lucha. Va a Nueva Orleans, don-
de, en 1853, funda y dirige un semanario, El Independiente, del
que salieron s61o cuatro numeros. Al afio siguiente lo encontramos
en Filadelfia ensefiando espafiol y haciendo propaganda revolu-
cionaria cubana. Regresa a Nueva York y se casa con Emilia
Casanova, perfectamente identificada con l1 en sus ideales patri6-
ticos. El train y la agitaci6n de estos afios le dejan poco tiempo
para el cultivo de las letras. Escribe s61o una resefia del libro
Gan-Eden or Pictures of Cuba (1855), por Maturin M. Ballou, y
la traducci6n al espafiol del David Copperfield (1857) de Dickens
Acogido a la amnistia de 1858, regresa a la Habana. Tenia
cuarenta y ocho afios; habfa pasado nueve en el destierro. En
la Habana se hace cargo de la imprenta La Antila y public la
revista La Habana en colaboraci6n con Calcagno y con Sterling.







CwCn~A VALDIS


Hace proyectos de publicar sus obras completes, pero no los lleva
a cabo. Habla comprado La Antila; pareela que habla decidido
quedarse en Cuba cuando, de repente, se destlerra vohmtria-
mente. Regresa a Nueva York en 1860 para dedlearse de nuevo
al periodismo, a la ensefianza y al mitin politico. Public La Amd-
rica (1862-1863), semanario dedicado a cuestiones political cuba-
nas, a literature y a notas mercantiles. Trabaja de redactor en
El Espejo Mas6nico (1865-1873), La Ilustraci6n American (1865-
1869), El Espejo (1874-1894) y El Tribuno Cubano (1876). Hace
varias traducciones; public algunos folletos poltico. Habla tra-
bajado infatigablemente a favor de mus compatriots y de la II-
beraci6n de Cuba desde el alzamiento de Cdspedes hasta la agonia
del Pacto del Zanj6n. Habia terminado la Guerra de los Diez Aiios
quedando defraudadas las esperanzas independentistas. Corria el
afio de 1878. El trAfago de su vida de revolucionario le habia
quitado la paz, la serenidad y la concentraci6n tan necesarias
para la creaci6n literaria. Pero ahora, a los sesenta y seis afos,
se siente obligado, en su conciencia de hombre y de cubano, a
redactar la biografla del general Narciso L6pez y a reconstruir
y ampliar su novela Cecilia Valdds. Asi terminal la segunda eta-
pa de su vida, que Villaverde llam6 edpoca de delirio y de suefios
patri6ticoss.
Se public la edici6n definitive de Cecilia Valdis en 1882
Habia pasado Villaverde treinta y tres aiios en el destierro, pero
quedaban vivos en 61 -iy tan vivos!- los recuerdos de la pa-
tria cuyas bellezas y desgracias reproduce .magistralmente en
la novel Cecilia ValdUs, mAximo homenaje de su amor a Cuba,
es un caso notable de imaginaci6n reconstructora. La publica-
ci6n de su obra maestra, a los setenta afios de edad, marca el
cenit de la vida literaria de Villaverde. CMnit y, pudiera decirse
tambi6n, canto de cisne, porque aunque sigue colaborando en
revistas y peri6dicos, es poco lo que public despu6s de 1882:
unas cartas, un pr6logo y un articulo titulado Narciso L6pez. Hace
un viaje a Cuba en 1886, pero regresa a las pocas semanas. Ram6n
Meza nos lo pinta diciendo que era un anciano de rostro venera-
ble, maneras cultisimas, afable, modesto, bondadoso y cubanisi-
mo: SAnte la estufa de la sala, sentado en ancho saof de rojo
terciopelo y cojines abultados, con la mirada fija en la vidriera
de la estrecha ventana, al atardecer, Villaverde, como Si recitara
cotidiana oraci6n, coreada por su esposa Emilia Casanova y sus






CuILO VULAVERDE


hijos, hablaba de su tierra, de Cuba... de sus brisas, de sue nubes.
de sus pAjaros, palmeras y floress.
Los largos afios de expatriaci6n nunca alteraron sue senti-
mientos ni sus habits. Cuba fue siempre su preocupaci6n, su
aspiraci6n. Y el afan de regresar para quedarse lo reali26 con as
muerte en 1894. Correspondiendo a sus ultimos deseos de que se
le sepultara en tierra cubana, su esposa e hijos hicieron trasla-
dar sus restos al cementerio Col6n de la Habana. jQue mejor
epitafio que este pfrrafo de Marti, vibrant encarnaci6n del sa-
crificio revolucionario, rindidndole homenaje al viejo Villaverde
no s61o per ser creador literario, sino por ser tambien hombre
de acci6n y escritor de combat que luch6 hasta el final de su
vida por el ideal de la libertad de Cuba?: Ni cuando el amable
Delmonte saludaba en 61, con aquel cultivo del merito por donde
es la critical mas itil que por la agria censura, 'al primer novelist
de los cubanos'; ni cuando en el silencio del destierro, con aquella
rara mente que tiene de miopia la menudez sin la ceguera, com-
puso, al correr de sus recuerdos de criollo indignado, los iltimos
capitulos de su triste y deleitosa cCecikia; ni cuando, a la sombra
de sus nobles lienzos de Canos o Murillos que le quedaron de
su antigua fortune, leia, con orgullo de criollo fiel, los elogios ve-
hementes de America, o de alguno de Espafia, de ignorancia,
infeliz; ni cuando en las oscuras manana de invierno iba puntual,
muy hundido ya el cuerpo, a su servidumbre de trabajador, ali
en la mesa penosa de El Espejo, se vio a Cirilo Villaverde tan
meritorio y fogoso y digno de admiraci6n, como una noche de Nue-
va York, de mortal frio, en que, recien vencidos, en un ensayo
descompuesto, la idea de la independencia de su patria, con sus
manos de 70 afios recibia afanoso, en la puerta de un triste sal6n,
a los hombres enteros, capaces de lealtad en la desdicha, que a
su voz iban a buscar manera de reanudar la lucha inmortal que.
en los yerros inevitable y Atiles aprende lo que ha de contar o
de descontar, para poner al fin, sobre la colonia que ciega a los
hombres y los pudre, la repAblica que los desata y los levanta.
Toda alusi6n a la originalidad y al valor literario de Viflaverde
novelist tiene necesariamente que partir de Ceciia Velds, pues-
to que todas sus novelas anteriores o posteriores a la primer
edici6n de 1839 son, en verdad, ejercicios literarios que culminan
en la version definitive de 1882.
iEn qu6 consiste esa originalidad y ese valor literario? Al
tratar de fijar el lugar que ocupa Villaverde en la literature cu-







. CIWIA VALIS


barn, hay que sefialar que es el primer y el ms original de
los novelistas coetumbristas cubano cuyo valor a6n no me ba
superado. Con Villaverde nace y llega a su apogeo la novel ca-
bana del a1glo m. No tuvo en su pafs ni legitimos anteemr=r
ni genuinos rivals. Y ai se habla de la literature hispanome-
ricana, habrfa que decir que Villaverde es el creador de la prd-
mera novel de capital importancia del siglo x en Amrica.
Recuirdese la fecha de publicaci6n de la primer parte de Ceciia
VaY As: 1839. Esto signifiea que aparece antes que las tres gran-
des novelas del Romantimo ispanameriano: Am (1851),
Maria (1867), Cmnandd (1871). En Cecili Valdrs, aun cuando
sigue Villaverde las tendencies rominticas y escoge la novel his-
t6rica para expresarse, ya se notan elements realistas. Cecie
Valdds no es la novel romAntica hist6rica a la manera de Scott
o Manzoni. Tampoco es la novel realist estilo Balzac. Es decir,
que Villaverde crea su propio estilo, 61 mismo lo afirma, recha-
zando los elements arqueol6gicos de la novel hist6rica y los
elements impddicos o groseros de la novel realist.
Villaverde reconoce como maestros en la novel hist6rica a
Scott y a Manzoni, pero, y esto es esencial, no los sigue. Mientras
la novel de Scott y Manzoni es de un pasado remote, en Cecika
Valdds se reconstruye un pasado cercano, un pasado que recuerda
el autor. Y luego, tampoco son Scott y Manzoni novelistas socia-
les como lo es Villaverde. La verdad es que el zxito de Ceciia
Valdds fue un 6xito tanto politico como literario.
Remont6monos a la 6poca literaria de Villaverde y descubri-
remos que, mientras en Cuba se cultivaba la novel romAntica al
estilo de Dumas, crea Villaverde la novel hist6rica de costumbres
cubanas sin caer en el siboneismo, o sea, el localismo ex6tico y
arqueol6gico. Lase el cPr6logos y se vera claramente que Villaver-
de rechaza el molde romantic: cReconomco que habria sido me-
jor para mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pas-
toril, siquiera un cuento por el estilo de Pablo y Virginia o de
Atala y Renato...*. Pero eso no le interesaba. La nueva formula
para 61 era escribir cretratos de personajes vivientes, descrip-
clones de clas costumbres y pasiones de un pueblo de came y
hueso, sometido a especiales leyes political y civiles, imbuido en
cierto orden de ideas y rodeado de influencias reales y positivass.
Cecilia Valdss e el paisaje, la historic, las costumbres y la socie-
dad de la Cuba de 1812 a 1831. Aparecen en la novel todas las
classes sociales, todos los series humans, desde el Capitin General







16 c mLo r tavsoM

hasta el humilde eselavo guardiero. Vemos c6mo conviven y se
odian todas las rzaes -blanco espaiol, blanco crollo, muaeto, ne-
gro libre y esdeavo. Recrea, en una palabra, el ambience solal,
politico y moral de todo un pueblo que vive y mere en una epoa
determinada de la historic de Cuba. Ademis, y esto es tan im-
portante como la acertada captaci6n del ambient, vibra en 1as
pginas de la novel la indignacin social de Villaverde insp-
rada en un espfritu de rebeldfa frente al despotiBmo colonial es-
pafiol. Para Villaverde la putrefaccidn del cuerpo politico-ocial
cubano podia detenerse y curarse con Ia libertad. Cuba teuta que
librarse en lo politico de la dominaci6n de Espafia y, en lo social,
de las Ilagas corruptoras de la institution de la eselavitud. Cec.-
lia ValWs es una novel antieselavista y revoluclonaria en la que
se ve la primera expresi6n de la vida cubana como vida trigica.

















CELA VALDES



1. Historia del libro
Describir las vicisitudes de la composici6n de la obra maestra
de Villaverde es pintar la vida agitada que llev6 61 durante cua-
renta afios. Pueden verse los datos mis fidedignos sobre la com-
posici6n de Cecilia Valads en el Pr61ogo de la edici6n definitive
de 1882. En este pr6logo, escrito en 1879, revela Villaverde que
dej6 abandonada la novela despues de la publicaci6n de la pri-
mera parte en 1839 y que no volvi6 a trabajar en ella sino cuaren-
ta afios despuds: d)e suerte que en ningfn sentido puede decirse
con verdad que he empleado cuarenta afios (periodo cursado de
1839 a la fecha) en la composici6n de la novel. Cuando me resolve
a concluirla, habri dos o trees afios, lo mis que he podido hacer
ha sido despachar un capitulo con muchas interrupciones, cada
quince dias, a veces cada mes, trabajando algunas horas entire
semana y todo el dia los domingosx.
Los dos primeros capitulos de la primer parte de Cecli Val-
dis aparecen publicados en la revista La Siempreviva en 1839.
El prop6sito era llamar la atenci6n del public a la obra ya escri-
ta, pero que todavia no habfa salido a lus. Estos mismiimos ca-
pitulos los reimprime la revista Cboa Inteletud en 1910 con el
tftulo de La primitia Ceciia Valds. Podra creerse entonces que
lo que se public en La Siemprevia es la primer edici6n, pero
segdn hemos indicado, son s61o los dos primers capitules de una
obra mas extensa. Ademas, nos dice Villaverde en el aPr61ogo,
arriba citado, que la primera edici6n es la de la Imprenta Lite-
raria de Lino Vald6s. Ahora, si se hiciera la comparacid de la
edici6n de 1839 con la de 1882, se verian no s61o los caumble sino







CIRILO VILLAVERDE


la manera en que Villaverde refund la obra utilizando, desde
luego, lo ya escrito y publicado en la nueva obra de 1882. A nues-
tro juicio, la diferencia fundamental entire las dos ediciones, de-
jando aparte el hecho evidence de la extension, estriba en que el
ataque a la sociedad es mis director en la primera edici6n. En la
edici6n much mas larga de 1882, Villaverde se sirve de la novela
como de trampolfn para lanzar sus ataques contra la decadencia
de la sociedad colonial esclavista utilizando mas las fuentes his-
t6ricas y elaborando con maestria la parte costumbrista.
La Cecilia ValWs de 1839 fue un 6xito inmediato. Nadie, antes
de Villaverde, se habia atrevido tan abiertamente a dirigir la
atenci6n p~blica sobre los problems explosives de la isla. Se ley6
con gran interns la novela porque era una obra en que un cubano
pintaba el cuadro politico, social y moral de la Cuba colonial y
porque los problems que presentaba Villaverde eran los que
atafiian directamente a todo cubano. Igual 4xito tuvo la edici6n
de 1882, no s61o en Cuba, sino en Espafia. Se dice que la reacci6n
de Gald6s fue decir: cnunca crei que un cubano pudiera escribir
cosa tan buenas. Es de interns citar una resefia an6nima que apa-
reci6 en la Revista de Espaina de 1884. El resefiador empieza por
quejarse de que no legan a Espafia las obras literarias escritas
en las colonies. Sefiala luego el valor de Cecilia Valdds diciendo
que merecia ser conocida por tel empleo de vocables y locuciones
del mas puro origen castellano, y que, al leer la obra, se hace el
lector ala ilusi6n de que vive en plena sociedad cubana entire
negros, mulatos, criollos y blancoss. Felicita a Villaverde por
tener gun verdadero conocimiento de la lengua y literature na-
cional* y aconseja que cperseveren los hijos de Cuba que deseen
reforms para la isla; porque formando asi opinion favorable a
ellos, conseguiran mas provechosos resultados que los obtenidos
hasta aqui por otros medios*.
Reconocido el valor literario de Cecilia Va/ds, dentro y fuera
de Cuba, es en el siglo xx cuando empieza, de veras, a populari-
zarse. En lo que va de siglo ya se han publicado ocho ediciones
de la novel; se ha compuesto una zarzuela con el mismo tftulo
y, en 1935, sali6 una traducci6n al ingles, algo floja, titulada The
Quadroon or Cecilia Valdds.

2. Trama.
La acci6n de la novel empieza en 1812 en la Habana. En ese







CECnIA VADlS


afio nace Cecilia, biznieta de negra, nieta de mulata, hija adulte-
rina de una mulata y del espafiol Don CAndido Gamboa. Para
asegurarle el porvenir y darle un nombre, el padre la pasa por
la Casa Cuna. La nifa crece al lado de la abuela ignorando el
secret de su nacimiento. Hermosa y desenvuelta, aprende a gus-
tar, desde nifia, de las lisonjas de los hombres. El padre, que nun-
ca deja de cumplir con sus obligaciones, le sigue los pass velando
por ella y por la abuela. Pero la proteeci6n de Don Candido result
in6til cuando su hijo Leonardo, personificaci6n del joven criollo
adinerado y vicioso, enamora a Cecilia y se amanceba con ella.
La tragedia del incesto llega a su culminaci6n cuando Cecilia,
abandonada por Leonardo, instiga a Pimienta, su amante plat6ni-
co, a deshacer el matrimonio de Leonardo con Isabel. El dia de
las bodas Pimienta mata de una pufialada a Leonardo.

3. Personajes
Se propuso Villaverde, segan se ve en la portada de Cecilia
Vald6s, presentarnos el cuadro complete de las costumbres cuba-
nas de la 6poca de 1812 a 1830. 1En d6nde iba a encontrar la
sintesis de la vida cubana sino en la capital? ZEn d6nde se veia
desarrollarse con mas fuerza y pujanza el drama social del escla-
vismo sino en la Habana? La verdad es que el personaje mis inol-
vidable --el protagonista de Ceciia Vals-- es la Habana, repro-
ducida fielmente en todos sus aspects: las calls, las casas, los
muebles, los edificios pdblicos, las razas, las classes sociales, la len-
gua, los problems y conflicts sociales, politicos y econ6micos.
No hay detalle que se le escape a Villaverde. Andamos con l6 de
dia y de noche. Nos paseamos per el Prado en calesa o quitrin.
Entramos en las casas de los ricos y de los pobres, en los hospita-
les, conventos y palacios gubernamentales. Asistimos a las ferias,
a los bailes de cuna, a la Filarm6nica. Conocemos a los militares
espafioles, a la aristocracia cubana, a la burguesia, a los mulatos
y a los negros esclavos y libertos. Sabemos lo que visten, lo que
come, lo que piensan, lo que sienten, lo que dicen y c6mo lo dicen.
Luego, si vamos al campo exuberante y rico, olemos y saboreamos
el melado y el guarapo. Participamos en la molienda y en los
quehaceres de los esclavos. Sentimos con ellas la bestialidad de
los mayordomos, la crueldad e indiferencia de los amos, su de-
sesperaci6n y su anhelo de ser libres.
Seria impossible, en este pr61ogo, estudiar los centenares de







CIRLO VILLAVERD


personajes que viven en las pdginas de la novela y, por eso, nes
limitaremos a analizar s61o a loe personajes priipelaes y a los
secundarios esenciales al desarrollo de la trama. La base de este
analisis fisico y moral la constituiran siempre las palabras del
autor.

Ceciia
La conocemos por primera vez cuando tiene once afios y aun
a esa edad lamaba la atenci6n por su tipo, gel de las virgenes de
los mas c6lebres pintores: pelo negro copioso y ondeado, frente
alta, facciones regulars, nariz respingada, dientes menudos y
blancos, cejas perfectamente arqueadas, ojos negros y rasgados,
boca chica, labios Ilenos y voluptuosos, mejillas lenas y redondas
y un hoyuelo en la barbilla. Delgada, mAs bien baja que crecida,
de talle estrecho y flexible, hombros anchos --tenia Cecilia un
cuerpo de armonia encantadora-. El color del rostro, sin dejar de
ser sanguineo, cno resultaba diafano ni libre. Era cuarterona.
Todo formaba un conjunto bello cque para ser perfect s6lo fal-
taba que la expresi6n fuese menos maliciosa si no maligna*. Esta
muchacha alegre, vivaz y bastante traviesa vivia con su abuela
mulata sin saber quidnes eran sus padres. Fueron su escuela las
calls, las plazas y los establecimientos p6blicos en donde msu co-
raz6n bebi6 a torrentes las aguas emponzofiadas del vicio, se nu-
tri6 desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece dia-
riamente un pueblo soez y desmoralizado*. Aunque terca y reacia
a aceptar consejos, hicieron mella en su alma las palabras de la
vieja abuela: itu eres casi blanca y puedes aspirar a casarte con
un blanco... y debes saber que blanco aunque pobre sirve para
marido; *negro o mulato, ni el buey de row.
Estos rasgos se ven aumentados e intensificadoe cuando vol-
vemos a encontrarla a los dieciocho afios. Ya es una mujer de una
hermosura inquietante y provocadora ala Venus de la rasa hfbrida
eti6pico-caucsicas. Hermosa y coqueta recibe los piropos y cho-
carrerias de los hombres como el tribute que se le debe, y asf
crece su vanidad y orgullo. istos son alos m6viles secrets de su
carActer imperioso, que la llevaban a preferir a los hombres
blancos mientras thacia marcada diferencia entire los negros y
los mulatoss. Se deja enamorar y se enamora de Leonardo Gam-
boa, joven blanco y rico, creyendo que su hermosura podia mns
que las convenciones sociales y convencida, ademas, de. que ga







CCILCn VALtS


la sombra del blanco por ilicita que fuese su uni6n, creia y
esperaba... ascender siempre, salir de la humilde esfera en que
habia nacido si no ella sus hijos. Casada con un mulato, descen-
dia en su propia estimacif y en la de sus igualess. Amante apa-
sionada, ardiente y violent, no acepta consejos ni reconoce ba-
rreras. Un dia, a ocultas de la abuela, admite en su casa al joven
blanco. Asi empieza el infierno de la vida de Cecilia porque su
indole eminentemente celosa, unida a una soberbia desapode-
radas no le dan un moment de paz. Teme la rivalidad de las
blancas Insiste en que Leonardo no se aparte de la Habana. La
pasi6n y los celos la levan hasta el crime.
Resultaria incomplete la caracterizaci6n de Cecilia si no men-
cionAramos que ella es agradecida, buena y carifiosa con la abuela,
a la que quiere entrafiablemente.

Leonardo
Si Cecilia encarna a la mulata cubana que aspira a mejorar
de clase y condici6n mediante la uni6n, aunque ilicita, con el
blanco, Leonardo es el compendio y resume del joven criollo
blanco, rico y enervado por la opulencia y la holgazaneria Parece
que en el caso de Leonardo, el autor tenia mas interns en presen-
tarnos su aspect moral que el fisico, porque su descripci6n se
reduce al mfnimo. Nos dice solamente que Leonardo pasaba de
los veinte afios, que se distingula entire los j6venes por 4su varonil
belleza de rostro y formas y que era un gdandys.
Estudiaba para abogado, pero se aplicaba poco o nada a los
studios. Confiado en la herencia future, no hace ning6n esfuerzo
ni tiene ning6n interns en trabajar. Don CAndido, su padre, que
lo conoce bien, dice de 61: iI no dara nunca much de si, por mas
que uno se afane y gaste dinero en sus studios. Ahi no hay cabeza
sino para enamorar y correr la tunas. Y no se equivocaba el padre.
Alegre, bullicioso y parrandero, Leonardo capitaneaba a los ami-
gos destacAndose por su intrepidez y mala crianza. Como es de
suponerse, Leonardo es incapaz de aceptar responsabilidad al-
guna. Cuando sus padres quieren casarle con Isabel Ilincheta, su
reacci6n es: La novia me gusta un pufiado, no lo puedo negar,
1pero es hora de casarme, mamA? El casamiento es cosa seria,
t6 lo sabes... En cuanto a la administraci6n del ingenio, icrees
tf que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a
gozar?.







CIRILO VIAVEBDE


Gozar era la supreme ley de su almas, y su interns principal
era divertirse: el juego, las mujeres, las juergas. Frecuentaba
como tantos otros criollos blancos los bailes de cuna en busca del
placer... y de Cecilia. A Cecilia la enamora, pero nunca con la
intenci6n de casarse con ella. Revela su cinismo en una discusi6n
con su amigo Meneses cuando, refiriendose a Cecilia y a Isabel,
afirma: En negocios de amores o galanteos, se puede servir hasta
a veinte, cuanto y mis a dos. La de la Habana sera mi Venus
cit6rea, la de Alquizar mi Angel custodio, mi monjita ursulina, mi
hermana de la Caridads. Asi que enamora a la vez a Cecilia, a
Nemesia y a Isabel EstA muy seguro de sf, sobre todo con las
mulatas, pero la verdad es que le tiene miedo a Isabel Logra
seducir a Cecilia y le pone una casa, pero todo lo hace con la
ayuda y el consentimiento de su madre, Dofia Rosa. Al poco rato
de nacerle una hija, empieza Leonardo a darse cuenta de la res-
ponsabilidad que se habia echado encima y, al mismo tiempo, em-
pieza a cansarse de Cecilia. Cuando Dofia Rosa le sugiere que ya
es hora de dejarla y de casarse con Isabel, 61 acepta con gusto
los consejos de la madre. Ni le import Cecilia ni la hija que habia
tenido con ella.
Es dificil entender c6mo Villaverde, en una ocasi6n, puede de-
cir de Leonardo que thabia raudal inagotable de generosidad, ter-
nura de sentimiento en 61, cuando por toda la novela nos lo pinta
tan antipitico. Leonardo es un egofsta monstruoso, un hijo mi-
mado que sabe explotar las debilidades de la madre y que odia
al padre por ser espafiol y porque no lo consiente. Es mentiroso,
celoso, vanidoso y orgulloso. Se niega a reconocer la bondad del
pr6jimo y cree que se lo sabe todo. Su crueldad queda a la vista
en su trato con los esclavos, cuyo castigo le sirve de desahogo
de sus malas pasiones. Siendo criollo, Leonardo odia a los espa-
ioles, pero ese odio no corresponde a ning6n patriotism porque
Lalcanzaba nociones muy superficiales sobre la situaci6n de su
patriam. La raz6n hay que encontrarla en estas palabras suyas:
para meters en cualquier parte, no esperan a que los conviden,
y una vez dentro se llevan las muchachas mas lindasm. fiste es
Leonardo y, fuerza es decirlo, inspire poca compasi6n o simpatia
en el lector.

Don Cdadido
Don CAndido Gamboa, el padre de Leonardo y el padre adil-






caLnn VAwEu


tero de Cecilia, es, como dice Manuel de la Cruz, una celebridad
de campanario como otros tantos que pulalan en nuestra patria,
arist6crata de la vispera, negrero que pasara a la historic pr los
sarcasmos del azarn. Es el espaiol que Iega joven a Cuba y, a
fuerza de trabajo, economics y buena suerte, bace su fortune en
el comercio. Luego, al casarse con una mujer de la aristoeracia
criolla, sigue aumentando su caudal, siendo uno de sus principles
ingresos la trata de los esclavos.
Lo conocemos en 1812 y volvemos a verlo unos aies despuds,
pero es en 1830, cuando Villaverde nos lo pinta en lo fisico y mo-
ral. En esta 6poca era un hombre de cincuenta afos de edad, alto,
robusto, entrecano, de nariz grande aguilefa, boca grande, ojos
pardos y vivos. Llevaba el pelo corto y la barba rasurada. Siendo
mujeriego en su juventud, habia enamorado a una mulata de sin-
gular belleza cuatro o cinco aios despues de casado. Naci6 de es-
tos amores una nifia, Cecilia, a quien Don CAndido protegi6 du-
rante toda su vida y no solamente a la niia, sino a la madre
enferma y loca, y a la abuela con quien se cri6 Cecilia, porque
cera hombre de conciencia y cuando contraia un compromio fue-
ra de la naturaleza que fuese hacia cuanto estaba en su mano por
cumplirlo*. De ahi todas las dificultades de Don Cfndido Lo ve-
mos en la lucha constant por tratar de evitar el escandalo y el
incesto porque Cecilia y Leonardo se quieren sin saber que son
hermanos. Sus grandes enemigos en esta lucha son Dofia Rosa y
Leonardo: 6ste porque cree que su padre se empefia en Ilevarle
la contraria y, tambi6n, porque sospecha que Don CAndido quiere
enamorar a Cecilia; aquella, por celosa y orgullosa, contribute
a llevar la tragedia a su desenlace fatal.
La vida familiar de Don CAndido, seg6n la describe Villaverde,
dejaba much que desear. Mientras, por una parte, no les negaba
nada a los hijos y a Dofia Rosa, por otra parte era reservado y
frio con ellos. Las caracteristicas mas destacadas del hombre eran
su rudeza y su violencia tanto con su familiar como con los ecla-
vos. El negrero creia que glos sacos de carbon* o alos fardos de
Africa, como 61 los Ilamaba, ni sentian ni sufrian como los dban-
cos: ecuando el mundo se persuade que los negros son animals
y no hombres, entonces se acabara uno de los motivos que alegan
los ingleses para perseguir la trata de Africa*. El inico interns
que tenia en sus esclavos era el dinero que le podian producer.
Espaflol, muy espaftol se siente Don CAndido en Cuba. Su ma-
yor ilusi6n era recibir un titulo de la Corona. Siendo y sintiedose






24 CIILO v7ALAViBoD

muy espafiol, tiene en menos a los criollos, y entire ellos a su hijo
c iY quieren libertad porque lea pesa el yugo! iPorque no pueden
soportar la tirania! lQue trabajen, los muy hotgasanes, y no ten-
drin tiempo ni ocasi6n de quejarse del mejor de los gobiernos!
iYo les darta palo entire oreja y oreja como a los mulos,.
Como bien se ve, Don CAndido result ser tambi6n un perso-
naje que no se gana el afecto del lector. A veces se liega a querer
compadecerle, pero luego se pregunta el lector epor que no tuvo
nunca el valor de confesar el error cometido siendo joven?

Dofia Rosa
Villaverde pinta a Dofia Rosa, como en el caso de los otroe
personajes, con todas sus cualidades, buenas y malas. Criolla rica
y de una de las families mAs encopetadas de la Habana, se habfa
casado con el espafiol cpor amor, no obstante la opinion de su
madre. Algo gorda, hermosa, de aspect amable y facciones me-
nudas, era una magnffica ama de casa cuyas preocupaciones eran
su hogar y el bienestar de su familiar.
Sus ideas sobre la trata de negros eran las de su clase. Siendo
buena cat6lica, crefa que era cms humanitario traer eselavos para
convertirlos en cristianos y hombres, que vinos y esas cosas que
s61o sirven para satisfacer la gula y los vicioss. Se queda horrori-
zada cuando Don Candido le cuenta que murieron muchos eecla-
vos al apresar los ingleses su goleta. Pero esta buena impresi6n
que nos vamos formando de ella se borra cuando la vemos obrar
en el ingenio. All, en una ocasi6n, presencia el castigo de unos
esclavos y se sonrie al ver las contorsiones de los negros, excla-
mando: cHase visto gente mAs brutal. Luego, en otra ocasi6n,
manda quitar los grills a un grupo de esclavos que habian inten-
tado escaparse, pero esta acci6n, al parecer generosa, no nace de
la caridad, sino del deseo de afirmar su autoridad de duefia del
ingenio --duefia ella y no su marido.
El amor que les tenla Dofia Rosa a sus hijos la leva, sobre todo
en el caso de su predilecto Leonardo, a la ceguedad y a facilitarle
la depravaci6n. Muchas de las dificultades nacen de este amor,
porque Dofia Rosa siempre defiende al hijo contra las iras del pa-
dre, aunque, dicho sea con verdad, tambi6n defiende a Don Can-
dido cuando Leonardo se queja de 61. Aquel hijo era la locura de
Dofia Rosa. Era el preferido, el mimado a quien no le negaba
nada. Al rev6s, justificaba sus egofsmos y pillerfas con estas pala-







CBCInA VAU.d


bras: ,Goza y divirtete, pues, mientras te durn la salud y la
mocedad, que ya vendrin para ti como ban venido para tod. no-
sotros, los dis de los disgustos y de lo pesares. Y cuando Don
CAndido alfrma que Leonardo deblera casarse con Isabel IInche-
ta, D6ef Rosa insisted en que no puede aprobar nunca que so hjo
se apart de ella. Ademas, est6 convencida de que ninguna mujer
es bastante buena para Leonardo: sNi Isabelita, a quien tengo
par una santa, ni la diosa Venus... me pareceria digna de 6~.
Error natural, error human, perdonable en una madre que quie-
re much a su hijo. Lo imperdonable es que Dofia Rosa, al ente-
rarse de la supuesta infidelidad del marido, se aprovechase del
hijo para vengarse de Don CAndido. Altiva y celosa hasta el pun-
to de ser injusta, le facility a Leonardo los medics de amancebar-
se con Cecilia, creyendo que de esa manera cse alzaba una barre-
ra insuperable entire la muchaeha y las imprudentes pretensiones
de su marido*. No sabia que Cecilia era la hija de Don Candido,
pero, aun despuds de saberlo, no disminuye su odio. Hace perse-
guir y condenar a Cecilia cuando Pimienta mata a Leonardo. Las
iltimas palabras que describe Villaverde sobre Dofia Rosa nos la
dejan sin ningun valor human: LLejos de aplacar a Doia Rosa
el convencimiento de que Cecilia Valdds era hija ad6ltera de su
marido y media hermana por ende de su desgraciado bijo eso
mismo pareci6 encenderla en ira y en el deseo desapoderado de
venganzas.

Personajes secundarios
Los personajes secundarios mas destacados son cinco: Seia
Josefa, Jos6 Dolores Pimienta, Nemesia, Maria de Regla e Isabel
Ilincheta.

Seid Josefa
La abuela de Cecilia, today abnegaci6n y sacrificios, es para
Manuel de la Cruz suna escultura viva que encarna a maravilla
la madre en toda una razas. Mulata ella, mulata so hija Charito
y cuarterona Cecilia, la vieja trataba de evitar que la suerte de
Cecilia fuera la misma que la suya y la de Charito: dejarse des-
lumbrar por las mentiras del blanco. La descripcin que hace VI-
llaverde de Sefia Josefa o Chepila va dirigida a enseiiara lks
estrags de veinte afios de pesares. La conocemos par primer







CaRILO VIIAVNMD


vez cuando tiene cuarenta afios. Es una mulata guapa, elegant, in-
teligente y de buenas maneras. La volvemos a ver a los seenta he-
cha una vieja fea y gastada. Los elegantes vestidos los habia cam-
biado por un cilicio de cafiamazo. Nunca salia de caea, excepto
para ir a la iglesia o al Hospital de Paula. Se pasaba el dia lorando
y rezando. Su vida giraba en torno a la religion, a la hija loca
que se moria de tuberculosis, y a la nieta Cecilia cuyo secret
nunca revel6 a nadie. El fnico alivio de sus veinte afos de peni-
tencia era Cecilia, a quien queria, ensefiaba, aconsejaba, regafiaba
y hasta trataba en ocasiones con dureza para luego perdonarla
porque chabia sido tan infeliz aquella mujer, sentia tal necesidad
de ser amada por el unico ser que la interesaba de cerca en el
mundo, que mantener seriedad con la nieta hubiera sido lo mismo
que prolongar su martirio. Sin embargo, se deja morir cuando
recibe, el mismo dia, las noticias de que la enfermedad de Chari-
to es incurable y que Cecilia le habia permitido a Leonardo en-
trar en casa.

Josd Dolores Pimienta

El misico sastre ofrece otro interesante studio del caracter
del mulato. Era joven Pimienta, bien plantado y de facciones re-
gulares. Tenia pequefios los pies y las manos, el rostro ovalado,
e! cabello poco lanudo y la frente amplia. Era modesto, carifioso,
fino y poseia grandes talents musicales. Hombre de espiritu sen-
sible y hasta caballeresco, adoraba con pasi6n callada a Cecilia y
estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por ella. No obstante,
se aleja de ella cuando Nemesia le cuenta que Cecilia iba a aman-
cebarse con Leonardo. Se siente ofendido en su dignidad de hom-
bre. Pero siempre fiel y constant acude a la ayuda de Cecilia en
su hora de necesidad y le sirve de instrument de venganza.

Nemesia

La hermana de Pimienta y la intima amiga de Cecilia es un
personaje muy poco desarrollado por el author. Intrigante, astuta
y egoista, sabe explotar los defects de Cecilia y excitar sus celos
y soberbia. Nemesia parece querer ayudar a su hermano a alejar






canUA VAtA*


a Cecilia de Leonardo, pero su verdadero interim es que Leardo
se enamore de ella.

Maria de Regla

Se sirve Villaverde de la descripci6n de la vida de Maria de
Regla para formular una denuncia pintada al fuego en contra de
la injusticia humana y de la esclavitud. Esta ealava fna, duke
y simpatica es la victim del odio de Dofia Rosa, del miedo de
Don Candido y de la lujuria de los mayordomos blancom del in-
geno.

Isabel llicheta

Pudi6ramos Ilamarla la victim inocente y el personaje de mas
pureza de la novel. Era alta, bien formada, esbelta, elegant,
amable y discreta. Several y modest, no tenfa nada de hermosa
en el sentido voluptuoso. La vida active del campo chabia robes-
tecido y desarrollado su constituci6n fisica al punto de hacerle
perder las forms saves y redondas de las j6venes de so edad
y estado*. Era otra hermosura la suya, la que nacia de la modes-
tia, de la virtud y de la vida al aire libre y al soL Llevaba una
vida tranquila en Alquizar, lejos del bullicio de la iudad. Es re-
veladora la comparaci6n que hace Leonardo entire Cecilia e Isabel:
wAqulla es toda pasi6n y fuego, es mi tentadora, un diablito en
figure de mujer... Ninguna de esas sensaciones es fhcil experimen-
tar al lado de Isabel... Estatua, en fin, de mrmol por lo rigida y
por lo fria, inspira respeto, admiraci6n, carifio tal vez, no amor
loco, no una pasi6n volcinicas. La verdad del caso es que Leo-
nardo se siente inferior a Isabel
De sensibilidad po6tica y filantr6pica, Isabel trataba con amor
y justicia a sus eselavos, que la adoraban. Miraba con horror la
crueldad de la vida en los ingenious de Vuelta Abajo. Cuando lBega
de visit al ingenio de los Gamboa, se da cuenta en seguida del
estado de guerra entire blanco y negro, entire amo y esclavo. Per-
sonaje ideal e idealizado, se retire a un convent despuds de la
muerte de Leonardo, edesengaiada de que no encontraria la dicha
ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la coal le toc6
nacerp.







CIILO VILUAVbEDB


4. Ideas y sentimientos

La trama de Ceciia VaUs no le interest quizis tanto al lector
de hoy como el cuadro de las lacras del cuerpo politico, social y
moral de la Cuba de principios del siglo xm.
Para el revolucionario cubano -y Villaverde lo fue decade su
juventud hasta su muerte- el gobierno espaol y los militares
encargados de gobernar la isla eran el enemigo terrible. La cien-
cia de gobernar en las colonies, segun Villaverde, consistia en
plantar unos cuantos cafiones en baterias. La autoridad mAxima
de la isla era la military, que no reconocia ni aceptaba otra. Auto-
ridad ante la cual nobles y plebeyos debian doblar la cerviz*. Las
palabras adoblar la cerviz* representaban para Villaverde la sin-
tesis del sistema arbitrario y opresivo de los que mandaban en
nombre de Fernando VII, *el mis estupido y brutal de los reyes
de Espafia. Este despotismo corruptor lo pinta con los colors
mis negros, por ser, en su opinion, la raiz y la causa del desorden,
de la penuria del erario, de la venalidad y corrupci6n de los jue-
ces y empleados, de la desmoralizaci6n y del atraso general Todo
se combinaba cpara amenazar de muerte aquella sociedad que ya
venia trabajada por toda suerte de males de muchos afios de des-
gobiernos. Habfa enmudecido la prensa. Los patriots cubanos
estaban en el destierro o en la carcel. Era delito grave hablar de
political en pfblico o en privado. Se conspiraba en secret en las
reuniones de las sociedades clandestinas. El gobierno persegula
con furor a los conjurados y muchos de ellos morian en las car-
celes de Espafia. Crecia la agitaci6n, pero lo mas lamentable era
que los cubanos estuvieran divididos entire si porque el gobierno
de Vives cse basaba en el principio maquiav1ico de corromper
para dominar. La generaci6n de 1830, a la que pertenecia Leo-
nardo Gamboa, por ejemplo, tenia un patriotism uplat6nico, pues
que no se fundaba en el sentimiento del deber, ni en el conoci-
miento de los propios derechosi. Con todo esto, estaba seguro Vi-
llaverde que las fuerzas libertadoras de Bolivar pudieran haber
terminado con el gobierno espahol en las Antillas si las hubieran
invadido y si no hubiera intervenido el gobierno de los Estados
Unidos. Uno de los resultados mAs evidentes de la political espa-
fiola se manifestaba en el odio que les tenian los cubanos a los
espaioles, sobre todo a los militares. En una ocasi6n, hasta Leo-
nardo Gamboa, que no se destacaba por tener ideas liberals ni
much menos, reacciona contra los militares: cEllos se creen los







CZCIUA VALt4


amos del pals, noe tratan con desprecdo a nosotro los Impsano y
porque usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que
lo pueden todoe. Otros efectoo de la political seguida par la me-
tr6pol l os vemos resumidoe en las palabras del Alcalde Mayor,
que seguramente expresa los sentimientos del autor: iNo hay
escuelas. zY cuAles son los resultados? Los robos frecuentes a la
luz del dia, los asesinatos sin causa ni provocaci6n, los pleitos in-
terminables, las injusticias notorias, la prostitucidn de las muje-
res, el desorden social. La political del gobierno de Vives as tam-
bien causa de corrupci6n y extravios sin t6rmino ni paralelo en
el mundo. Se pudren los press en la circel y no se castiga a los
grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen
de los crimenes mis atroces, gracias si alguna se atrapa a los
malhechores.i
ZY qu6 pensaba Villaverde de la justicia espafiola despuds de
haber sufrido 61 mismo los rigores de la cArcel por motives po-
liticos? Encontraremos la contestaci6n en las p6ginas dedicadas
a la relaci6n del caso de un reo de muerte, en la descripci6n ho-
rrorosa de la pena de muerte en la horca y en la descripci6n,
tambi6n horripilante, de la cfrcel. La safia con que se ajusticiaba
a los criminals no la mitigaba el gobierno espafiol cuando conde-
naba a los patriots y revolucionarios cubanos -Montes de Oca,
Facciolo, el general L6pez, Medina y Le6n, los estudiantes de la
Universidad de la Habana. Estos junto con eel ilustre padre Fe-
lix Varela*, Jos9 Maria Heredia, eel insigne Tirteo cubano*, son
los heroes de Vfllaverde.
En las piginas que el novelist describe sobre Espafia, habla
el revolucionario politico; y en las consagradas a Cuba, habla
el revolucionario social. Para Villaverde el pueblo cubano de la
epoca de 1830 era un pueblo sensual, soez y desmoralizado. Hasta
en sus fiestas religiosas se veia cque tenian mas de irreverentes
y grotescas que de devotas y de edificantess. La juventud, que
siempre ha representado la esperanza en el porvenir, era en aque-
la 6poca mal criada, insolente y dada a la busca del placer mns
bien que a la soluci6n de los problems cubanos. Conocian los
versos de Heredia y las obras de otros revolucionarios, pero ano
bastaban a inspirar aquel sentimiento de patria y libertad que a
veces impele a los hombres hasta el propio sacrificio, que les pone
la espada en la mano y los lanza a la conquista de sus derechoe.
La sociedad cubana resultaba dividida por el odio y los prejuicios.
Los criollos blancos y los espafioles se odiaban hasta tal extreme







CIRMU VIU.AVERD


que el odio cundfa a los miembros de la familiar misma. Se odiaban
ferozmente los esclavos. El hijo mulato se avergonzaba de su ma-
dre negra. Las mulatas despreciaban a los mulatos, prefiriendo la
uni6n, aunque fuera ilicita, con los blanco, para ascender y mejo-
rar de posici6n social Los blancos, conocedores de la fragilidad
moral y las preferencias de las mulatas, acudian a los bailes de
cuna en su busca. Motivo de odiarse los mulatos y los blancos.
La causa principal y basica de todos los males sociales y mo-
rales de Cuba, para Villaverde, era la esclavitud, que 61 califi-
caba de estado permanent de guerra cruel, sangrienta e impla-
cable adel negro contra el blanco, del amo contra el esclavos. La
denuncia de los horrores de la esclavitud ha hecho que se com-
pare a Cecilia Valdds con Uncle Tom's Cabin. La indignaci6n con
que el autor mira a los amos y mayorales lega a su punto mAximo
en las descripciones de la crueldad de los castigos dados a los
esclavos, no con la intenci6n de corregir, sino meramente scon
el deseo de satisfacer una venganzaa. Lo peor, crefa Villaverde,
eran los efectos desmoralizadores de la esclavitud -la apatia,
la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que los amos mi-
raban los sufrimientos, las enfermedades y afn la muerte de sus
esclavos, el trastorno en la noci6n de lo just y de lo injusto, el
aflojamiento de los lazos sociales, el debilitamiento de la dignidad
y el oscurecimiento de las ideas del honor. Cuba era un pals de
esclavos y, por consiguiente, un pals esclavizado, corrompido, de-
gradado.
Estas son, a grandes rasgos, las ideas political y sociales mas
destacadas del autor. Quizas fuera mejor denominarlas ideas mo-
rales porque todas parten del c6digo 4tico y moral que sigue Villa-
verde durante su larga vida. Es decir que la crftica al gobierno
espaftol o a la instituci6n de la esclavitud es, en lo esencial, la
critical a la inmoralidad que ve el novelist en la sociedadcubana.

5. Tmnica y estilo
Cecilia Valdes, en la edici6n definitive, consta de un pr61ogo,
cuarenta y cinco capitulos, divididos en cuatro parties, y una con-
clusi6n de cuatro p4rrafos. La acci6n abarca dos 6pocas -la
de 1812-1830 y la de 1830-1831. La critical de la sociedad eacla-
vista, la denuncia contra el gobierno espafiol, los largos y minu-
ciosos cuadros de costumbres, las descripciones de la Habana, de
la region azucarera de Vuelta Abajo y de la cafetalera de Alquizar,







czCLj vALuo


sirven de fondo ambiental sobre el cual proyecta y elabora Vi-
Ilaverde la trama de su novel.
Cada capitulo va encabezado por una cita que ha sacado Vi-
liaverde de autores espafioles clalcos y modernos, de sas contem-
poraneos hispanoamericanos, del folklore o de la Biblia. La cita
sintetiza, en realidad, la acci6n del capitulo. Luego Villaverde
prepare la escena con una descripci6n detallada, dando la fecha,
el lugar y el moment en que ocurren los acontecimientot. Segui-
damente describe a los personajes y empieza el diilogo. tste es
interrumpido por otra descripci6n y sigue de nuevo el diilogo. Se
ve asi por toda la obra la combinaci6n de diflogo y descripci6n.
El autor se refiere constantemente ga nuestra veridica historian, y
en el caracteres y escenas fantasiosas e inverosimiles, he Ilevado el
realismo, segdn lo entiendo, hasta el punto de presentar los prin-
cipales personajes con todos sus pelos y sefiales, como vulgar-
mente se dice, vestidos con el traje que levaron en vida, la mayor
parte bajo su nombre y apellidos verdaderos, hablando el mismo
lenguaje que usaron en las escenas hist6ricas en que figuraron,
copiando en lo que cabla su fisonomia fisica y moral. La novel,
por consiguiente, es una fusi6n de lo que ha vivido el autor, de
lo que sale del document no estando 61 present, y de la fantasia.
Si Villaverde se aprovecha de la thcnica de la novel hist6rica
es para describirnos un pasado inmediato, y esto en combinaci6n
con la tecnica de la novel costumbrista y realist.
Al hablar del estilo hay que sefialar que lo que caracteriza a
Villaverde en Cecilia Valdcs es la naturalidad y laneza del len-
guaje. La lengua de Villaverde es la lengua familiar con su ri-
queza de modismos, giros, refranes y voces cubanas.
Cualquier studio del estilo de Villaverde, por muy somero
que sea, tiene que referirse a la autenticidad humana de los dia-
logos. Cada personaje habla como los de su clase, de su condici6n
y de su psicologla.
MWrito indiscutible de Ceciha Valds es el deseo de presentar
toda la escala socio-lingfistica del espafiol hablado en la Cuba de
principios del siglo xxx. Estos pianos lingisticos van desde el
culto y refinado de las classes pudientes hasta las deformaciones
del negro bozaL Y aunque no ofrece much regularidad y exacti-
tud cientifica la transcripci6n de la lengua popular que hace Vi-
llaverde, es possible, sin embargo, sacar una serie de conclusions
respect de los rasgos foneticos y gramaticales mAs importantes:








CBILO VUPIAVEMD


A. FoRadica
En las vocales se observan los siguientes cambios que, con
mayor o menor extension, existen en la lengua popular de todos
los palses de habla espafiola, incluida Espafia:
1. Cambio de e en i (en sflaba anterior a la acentuada): di-
lante (delante), dispertar (despertar), Giovepe (Genove-
va), mizd (mejor), siii (sefor), si jard (se harA), vsnicn (ve-
nian).
2. Cambio de i en e (en silaba anterior a la acentuada): en-
difvos (individuos), endino (indigno).
3. Cambio de o en u (en sflaba anterior a la acentuada): fe-
churfa (fechoria), cuchine (cochino), busite (bonita).
4. Dos vocales en hiato se reduce a una sflaba. El grupo ea
se convierte en ia: pelid (pelear), brujurondo (bruju-
leando).
5. El grupo oa que result de la perdida de la d intervoclica
se convierte en el diptongo ua: entuavia (entodavia).
6. El grupo uo se reduce a o: mortorio .(mortuorio).
7. El grupo uy se reduce a u: mu (muy).
8. Al encontrarse la vocal final de una palabra con la inicial
de la siguiente se reduce a una: de lasquina (de la esqui-
na), lotra (la otra).
9. Es frecuente la desaparici6n de la sflaba inicial, sea de vo-
cal o de vocal y consonante o de consonante y vocal: legrd
(alegrar), serrd (encerrada), td (estA), capi (escape), io (se-
fior), ia (sefiora).
10. A veces hay metAtesis: suidd (ciudad).
En las consonantes se observan los siguientes cambios, tam-
biWn comunes, en su mayor part, a la lengua popular del mundo
hispunico:
1. Cambio de la b en g: gileno (bueno).
2. Perdida de la d intervocilica. En el caso de ada se reduce
a da algunas veces: calsda (calzada), mojda (mojada), nda
(nada), negrda (negrada). En otras ocasiones se reduce
a d: frasd (frazada), espd (espada), na (nada), rob (ro-
bada), ca (cada). Es constant la pErdida de la d entire a
y o no s61o en el participio pasado: aonde (adonde), he-
rraor (herrador). Hay ejemplos de la p&dida de la d en-
tre a e i: naitica (naditica). Tambi&n entire a y u: macro
(maduro). En el caso de ede se transcribe unas veces 6e







CCIIJA VALDMS


y otras e: pude (puede), pue (puede), ustes (ustedes),
susmerces (sus mercedes). La d. intervocimca se pierde
normalmente en edo: pueo (puedo), dees (dedoa). Es cons-
tante la p6rdida en ida e ido tapto en los participimo como
en los nombres: endivia (individues). Tambien se pier-
de en ada y odo: toes today.) tos (todos).
3. Se pirde la d final detrbs de a, e, u: saidd (ciudad), par-
(pared), sali (salud).
4. Se pierde la d en una expresi6n como: la mano e la rien-
da (la mano de la rienda).
5. Cambio de d en i: moire (madre), pare (padre).
6. La h se aspira pronuncilndose j: ajorea (ahorcan), je-
cho (hecho), jerido (herido), jierro (hierro), juya (huya),
jondo (hondo).
7. Hay un ejemplo del cambio de la I en i: saiga (salga).
8. Cambio de la 1 en r es muy frecuente: ar (al), mar (mal),
argo (algo), sartd saltt6, eargo (es algo).
9. Hay un ejemplo de la prdida de la I final: tejamini (te-
jamanil).
10. La U se convierte en y: boteya (botela), cabayo (caba-
Ilo, cuchiyo (cuchillo), poleya (por ella), yeb~ (IIev).
11. La n final se pierde despuds de e y o: tambin (tambien),
Alarc6 (Alarc6n), barrac6 (barrac6n).
12. El grupo nm se convierte en In: comigo (cnmmigo).
13. Es constant el cambio de la r en 1: alte (arte), mel
amorr), coltan (cortan), gold (gordo), mostraol (mos-
trador).
14. El grupo tr se convierte en tl: ftabaja (trabaja).
15. La r se convierte en i despu6s de a: agarraise (agarrar-
se), cdisel (crcel), maicaos (marcados), paidito (pardito).
16. La r se convierte en i tambi4n despues de e: apredise
(aprenderse), cueipo (cuerpo), meicaba (mercaba), tabei-
na (taberna).
17. P6rdida de la r intervocilica: mfe (mire), me paese (me
parece).
18. P6rdida tambien de la r final en los nombres: gobera6
(gobernador), muyg (mujer), le procure (el procurador).
19. Y en los verbos: a bus4 (a buscar), fid (fiar), tenE (te-
ner).
20. El grupo rt se reduce a t: abiet (abierta), puet (puerta).
21. En el grupo ere ocurren dos fen6meno. A veces se pier-








CIRILO VILJLAERDE


de la r: quiee (quiere) y otras veces se pierde la sflaba
final: quie (quiere).
22. El grupo ara se reduce a a, perdindose la sflaba final:
pa esto y no pa o otro (para esto y no para lo otro), mds
pacd (mas para ac), paqud (para que).
23. El grupo ora se reduce a d: sefid (sefiora).
24. La r del infmitivo seguido del complement que empieza
con I se convierte en s: decislo (decirlo), vendesta (ven-
derla), participasle (participarle).
25. La s y la z seguidas de una consonante se pierden: co-
noca (conozca), etd (estd), utW (usted), ito (visto).
26. Tambidn se pierden la s y la z final: apena (apenas), cru
(cruz), nsotro (nosotros), el jud (el juez).
27. Las palabras cultas sufren cambios en el habla popular.
El grupo ct se reduce a t: fatible (factible); el grupo gn
se reduce a n: endinos (indignos); la t a veces se con-
vierte en d: ladroisio (latrocinio).

B. Gramdtica
1. En el uso del articulo definido se nota la preferencia del
femenino al masculine: la ama (el ama), la aztcar (el
azdcar), la tema (el tema), la centinela (el centinela).
2. Persisten en la lengua popular las formas anticuadas de
various verbos: dir (ir), diba (iba), rompido (roto), semos
(somos), video (vi), soy vento (he venido). Tambi6n las for-
mas anal6gicas: haiga (haya), queriba (queria), vinid
(vino).
3. En las preposiciones y en los adverbios tambidn se nota
la sobrevivencia de las formas antiguas: alantre (delante
de), dende (desde), antier (anteayer), en denantes (antes),
asin (as), asina (asi), ansina (asi), entoavia (todavia).
4. Predominio del loismo sobre el leismo: lo acompalnaba,
to quitan (le quitan).
5. Hay un ejemplo interesante de la mezcla de los dos fen6-
menos en la misma oraci6n: lDejaria yo per eso de que-
rerlo como le quiero?
6. La n inicial de los pronombres se convierte en m: y mos
di6 (y nos dio), mosotros (nosotros).
7. Aparecenvariasformas antiguas de los pronombres: gCUia
era la falta? (IDe quidn era la falta?), aide, naidem, nod-







CECIJA VALDfS


den (nadie).
8. En la lengua popular la colocaci6n de los pronombres es
distinta: me se figure (se me figure), te sw puede (se te
puede).
9. El uso del aumentativo y diminutive le da un sabor espe-
cial a la lengua popular: cuerumo, hombronaso, esciowons
poonms, as, aceas, coerito, derechito, ahorita, ahora
mismito, lo primerito, corriernkto,ni tantico.

C. Negros
El espafiol hablado por los negros hay que considerarlo un
fendmeno distinto. Lo caracteristico del negro es que confundia
los g6neros y las terminaciones.
1. La a final del sustantivo se convierte en e: casite (casita),
frute (fruta), nifie (nifia), le meme (la misma).
2. Si el sustantivo terminal en o entonces se convierte en a:
le diera (el dinero), le domingo (el domingo).
3 Otras veces la o se convierte en e: jierre (hierro), dinere
(dinero).
4. El adjetivo en o se convierte en e: content contentto.
5. El sustantivo en e se convierte en o: Manrico (Manrique).
6. El plural a veces terminal en a ya veces en e: to loca (los
locos), gieve (huevos), e pobre negre (los pobres negros).
7. No hay concordancia entire el sustantivo y el adjetivo:
Dolore se pone loco (Dolores se pone loca), uno msio banea
(un nifio blanco).
8 La confusion tambi6n existed en la terminaci6n de los ver-
bos. El verbo que terminal en o sufre un cambio en a: yo
trabaja (yo trabajo), conoca (conozco), da (doy). A veces
la o se convierte en e: vive (vivo), y yo vende (y yo vendo).
9. La terminaci6n en e se convierte en a: LAonde viva?
(iD6nde vive?), ha vito (he visto).
10. Tambien hay confusion en la conjugaci6n del verbo: no
son (no somos), yo oye (yo of).
11. Otros fen6menos:
a) La ap6cope: le ajogd (el abogado), grasi Di (gracias
a Dios).
b) Pfrdida de la i: duse (duke).
e) Cambio de U en 4: iiamao (Ilamado), JC6mo nama utP?
(iC6mo se lama usted?).








CIBILO VILuAVZiDE


d) Grupo bl se convierte en br: lo br4.,: (los blancos).
e) Grupo cl se convierte en cr: crera fclaro), escrvo
(esclavo).
f) Al encontrarse la consonante final de una palabra con
la vocal initial de la siguiente ocurre este fen6meno:
mi sojo (mis ojos), iUtd e aija (LUsted es hija?).
Jos6 Marti dijo del estilo de Villaverde que en ~61 ucia el cas-
tellano como un rio nuestro sosegado y pure, con centelleos de luz
tranquila, de entire el ramaje de los Arboles, y la mansa corriente
recargada de flores frescas y de frutas gustosas. Cuenta tambifn
Marti que, estando en casa de un amigo, le oy6 decir a Anselmo
Suarez y Romero, uno de los conocidos estilistas cubalos, estas
palabras: aCastellano, hijo, castellano no lo eseribo en Cuba yo,
ni los que dicen que no lo escribo bien; si quieres castellano her-
moso lee a Cecilia Valdds*.
iValgan las palabras de Jose Marti y Anselmo Sufrez y Ro-
mero!

Esta edici6n. Corresponde esta edici6n a nuestro deseo de
ver impreso con fidelidad el texto de la obra maestra de Villaverde.
Para realizarlo hemos acudido a la primer edici6n de 1882, y por
eso extrafiard, quizas, la ortograffa. Nuestra intervenecin se limita
a un modesto pr6logo y a corregir las erratas. Las notas, breves
y sencillas, van dirigidas a aclarar palabras o pasajes que puedan
resultar oscuros o dudosos. Queremos expresar nuestro profundo
agradecimiento a don Federico de Onis por su orientaei6n, y a los
doctors Andr6s Iduarte y Antonio Mier por haberse leido el ma-
nuscrito de nuestro pr6logo.


O. B. T.
A. T.













CIRILO VLLAVERDE

BIBLUOGRAPIA



1. EDICIONEs

Novelas

El ave muerta (Un recuerdo del ineandio de Jess Maria). Mis-
celdnea de Otil y agradable Recreo, Habana, 1837; La Au-
rora de Mataonas, Matanzas, 1844.

La peiia blanca. Misceldnea de Otil y Agradable Recreo, Ha-
bana, 1837; La Aurora de Matanzas, Matanzas, 1844.

El perjurio (Recuerdo de Alqudzar). Misceldmea de ttil y Agra-
dable Recreo, Habana, 1837; La Aurora de Matonzs, Ma-
tanzas, 1844.

La Cueva de Tagmanaa. Misceldnea de 1Otil y Agradable Recreo,
Habana, 1837; La Aurora de Matanoas, Matanzas, 1844.

El espet6n de oro. Novel cubo El Album, Habana, 1838, IV,
p. 13-116; Habana, Impr. de Bolofia, 1839; Habana, Impr.
del Tiempo, 1855 [Aparece publicada en: Colecci6n de nove-
las, cuentos, leyendas, &, de autores cubnos. Pertenece esta
obra a la publicaci6n titulada iBiblioteca de la Revibta]; -
La Habana, Massana, 1859; En: tLa Familias de L6pez Prie-
to, Habana, s. a.

Cecilia Valdds o la Loma del Angel. Novel cubana. Habana,
Impr. Literaria de Lino Valdds, 1839, 246 pgas.






CIRIa VJLAVERDB


Cecilia Valdds. La Siempreviva, Habana, 1839 [Publicada en dos
parties o capitulos: 1.* parte, II, p. 75-87, 2. parte, p. 242-254; -
La primitia "Ceciia Valdds" de Cirilo Vilaverde. Habana,
Impr. de rCuba Intelectual, 1910, 13 pags. [Reimpr. de los
dos primeros capitulos publicados en La Siempreviva, Haba-
na, 1839, II, p. 75-87; 242-254.]

Cecilia ValdWs o La Loma del Angel. Novel de costumbres cu-
banas. Pr61. de Cirilo Villaverde. Nueva York, Impr. de El
Espejo, 1882, xi-590 pags.; Habana, Impr. La Discusi6n, 1903,
xi-658 pgs.; Habana, Impr. La Discusi6n, 1908, vi-410 pt-
ginas; Habana, Impr. La Discusi6n, 1915, viii-408 pigs.; -
Habana, Duran & Cia., 1922, vii-399 plgs.; C&rdenas, 1926;-
Noticia biografica an6nima. Habana, Cultural, 1941, xii-409
paginas; Edici6n critical y notas de Esteban Rodriguez He-
rrera. Habana, Edit. Lex, 1953, lxviii-753 pigs.; Lima,
Talleres Grficos Torres Aguirre, 1959, 447 pags. (Biblioteca
Basica de Cultura Cubana, I. 1. Festival del Libro Cubano).

Una cruz negra. La Cartera Cubana, Habana, 1839, II, p. 187-198;
311-320; III, p. 117-126; 309-324. [Apareci6 como an6nima. Pri-
mera y segunda parte, Una crua negra. Tercera, cuarta y 1l-
tima parte, La cruz negra.]
Teresa. Misceldnea de 1til y Agradable Recreo, Habana, 1839;--
Habana, Impr. de Oliva, 1839, 93 pag; Habana, Impr. La
Antilla, 1858.
Lola y su periquito. Obsequio a las Damas, Habana, 1839.

La joven de la flecha de oro. History habanera. La Cartera
Cubana, Habana, 1840, IV, p. 307-326; V, p. 41-69, 109-132,
181-197, 241-264, 301-326, 357-398; Habana, Impr. de R. Oli-
va, 1841, 327 p6gs.; Matanzas, 1841.

Dos amores. El Faro Industrial, Habana entiree 1842-48]; -
Habana, Impr. Pr6spero Massana, 1858.

Dos amores. Novela original cubana. Barcelona, Gorgas y Co.,
1887, 256 pags. (Biblioteca de La Ilustraci6n Cubanas); -
Introd. de A. M. Eligio de la Puente. Habana, Cultural, 1930,
xxiv-238 pags. (Colecci6n de Libros Cubanos, XIV).





CBCULA VALUD


La peinsta calada. El Fare Industrial, La Habana, 14 febre-
ro-14 marzo 1843.

La tejedora de sombreros de yarey. El Faro Industrial, La Ha-
bana, 28 nov. 1844-31 enero 1845.

El penitente. El Faro Industrial, La Habana entiree 1844-1848].

El penitente. Novel hitdrica cubana. Nueva York, Impr. El
Avisador Hispanoamericano, 1889, 142 pigs.

Cuentos de mi abuelo. El penitente. Novela histrica cubama-
Nueva York, M. M. Hernindez, 1889, xili-142 p6gs.; Ha-
bana, 1912. (Biblioteca de eCuba Intelectual.)

El penitente. Novela de costumbres cubans. Habana, Edit
La Burgalesa, 1925, 162 pags.


Articulos y Cuentos

Esta es una bibliografla select. Para hacer una bibligrafia com-
pleta habria que consultar revistas y peri6dicos en que colabor6
asiduamente: El Album [1838], El Artista [1840], Cartera C-
bana [1840], El Faro Industrial [1841-46], Misceldnea de Oti
y Agradable Recreo [1837], Revista Cubana [1891-94], Revista
de la Habana [1855], La Siempreviv [1838], Habana; La Re-
volucidn [1873], Nueva York. Firm6 la mayoria de sus articulo,
pero algunos de ello aparecieron bajo los siguientes seudda-
mos: C. V., Cualquiera, Yo, El Ambulante del Oeste, C. Critilo,
Lola de la Habana, Sansuefias.

Traductor

DIcwEN, CHAm& s. Autobiografia de David Copperfild. Trad de
Cirilo Vilaverde. Habana, 1857, 3 vols.

PoLLua EDWARD ALBERT. Historia del primer aiio de la guerr
del Sur. Trad. de la 2.* ed. de Richmond par Cirilo Vilaverde.-
Nueva York, L. Hauser, 1863, 328 pags.






CIRILO VUILAVmWE


MUiND, CLARA. Maria Antonieta y su hijo. Novel hist6rica:
Trad. al castellano de Cirilo Villaverde. Nueva York, Apple-
ton, 1878, 173 pdgs.; New York, Appleton & Co.,. 1885,
173 pags.

El tamborcito amor filial. Trad. del aleman al inglds y de
dste al espafiol de C. Villaverde. Habana, Impr. Soler, 136 pA-
ginas.


Traducecones

The quadroon or Cecilia Valdds. A romance of old Havana. Transl.
from the Spanish by Mariano J. Lorente. Boston, L. C. Page
& Co., 1935, 399 pigs., ilustr.


2. ESTUDIos

La prosa en Cuba (Novelas, cuentos, leyendas), II. Recop. dirigida,
prologada y anotada por Jos6 Carbonell y Rivero. La Ha-
bana, Impr. Montalvo y CArdenas, 1928; p. vi-vii, 17-32 (Evo-
luci6n de la Cultura Cubana, 1608-1927, XIII.)

Sobre: El ave muerta, La peia blanca, El perjue,: La C vae d de
Faganana. El Album, Habana, 1837.. [Crtico probablemente
Palma.]

Notas biogrdficas: Cecilia Vald6s. Novela de costumbres cabanas,
por D. Cirilo Villaverde, Nueva York, 1882. Revista de Es-
paila, Madrid, 1884, CI, n6an. 403, p. 475-477.

Notice biogrdfica. En: Cecilia VdWi, Habana, Cultural 1941,
v-viii.

BARBAGELATA, HUGO D. La novel y el cuento e n Hispasoeanri-
ca. Montevideo, Libreria. eEl Mundo Editorial, 1947, pa-
ginas 253-254.






dCV jA -VAL St


Baow,, M. GoanoN. Paper delivered at South Atantre Modern
Language Meeting. Nov. 1942. [Critica de Ceeilia Valds
comparbndola con Gone with the Wind].

BUwKo, SALVADR. Costumbristas cubanos: los escritores cuba-
nos del siglo XIX retrataron una epoca que no volverd. Amd-
ricas, Uni6n Panamericana, Washington, D. C., 1952, IV, n1-
mero 2, p. 7.

CALCAGNO, FRANCISCO. Diccionario biogrdfico cbano. New
York, Impr. y Libreria de N. Ponce de Le6n, 1878, p. 687-689.

CABTELLANOS, Js86s F. Del Monte y Viraverde en Cecilia Val-
des. Revista de la Habana, Habana, 1947, X, p. 307-321.

COESTER, ALFED. The literary history of Spanish America. -
New York, Macmillan, 1916, p. 383-385.

CONDAMINA, S. Sobre: El librito de los cuentos y las conversa-
ciones. La Aurora de Matanzas, Matanzas, 1848.

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28 marzo 1839.

Cauz, MANUEL DE LA. Sobre: Cecilia Valds. Revista Cuba-
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CR~u, MANUEL DE LA Cirilo Villaverde. En: Cromitos ceba-
nos, Habana, Establecimientos Tipografcos La Lucha, 1892,
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completes, III, Madrid, Saturnino Calleja, 1924, p. 193-200.

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Saturnino Calleja, 1924, p. 189-192.

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PROLOGO



Publiqu6 el primer tomo de esta novel, en la imprenta Lite-
raria de D. Lino Vald6s a mediados del afio de 1839. Contem-
poraneamente empec6 la compoaic6 n del segundo tomo, que de-
bia completarla; pero no trabaj6 much en l, tanto porque me
traslad6 poco despues A Matanzas como ao de loB maestros del
colegio de la Empresa, fundado recientemente en dicha ciudad,
cuanto porque una vez alil, emprendf la compoicion de otra no-
vela,-LA J6vna DE LA FLuEHA Dz Ono; que conchii 6 imprinm en
un volfimen el afio de 1841.
De vuelta en la capital el aiio de 1842, sin abandonar el ejer-
cicio del magisterio, entr6 A former parte de la redaccion de
EL FAao IwourauL, al que consagrd todos los trabajos literarios
y novelescos que se siguieron casi sin interrupcion hasta media- *
dos de 1848. En sus columns, entire otros muchoe escritos de di-
verso g6nero, aparecieron en la forma de folletines: --E Ciego
y su Perro; La Excursid6 6 La Vuelta Bajo; La Peieta Cladoa;
El Guajro; Dos Amores; El Misionero del Caro ; El Penutete,
etcetera.
Pasada la media noche del 20 de Octubre del Oltimo afo cita-
do, ful sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de solda-
dos y alguaciles por el comisario del barrio de Monserrate Bar-
reda; y conducido A la circel p~blica, de drden del capitan gene-
ral de la Isla, D. Federico Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y hfmeda bartolina, per-
manecl seis meses consecutivos, al cabo de los cuales, despues de
juzgado y condenado A presidio por la Comision military perma-
nente como conspirador contra los derechos de la corona de Es-
pafia, logr6 evadirme el 4 de Abril de 1849, en union de D. Vicente








CIRILO VILLAVtRDE


Fernandez Blanco, reo de delito comun y del llavero de la cfircel
Garcia Rey; quien de alli A poco fu4 causa de una grave dificultad
entire los gobiernos de Espafia y de los Estados Unidos. Por ex-
trafia casualidad los tres salimos juntos en barco de vela del puerto
de la Habana; pero nuestra compafifa solo dur6 hasta la ria de
Avalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me
encamin( por tierra A Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reform mi g6nero de vida: troqud mis gus-
tos literarios por mas altePha reMoTi.: pas6 del mundo de las
ilusiones, al mundo de las realidades: abandon, en fin, las frivolas
ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en
las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedaronse alA mis
manuscritos y libros, que si bien recibf algun tiempo despues,
ya no me fuM dado hacer nada con ellos; puesto que primero como
redactor de La Verdad, peri6dico separatist cubano, luego como
secretario military del general Narciso L6pez, lev4 vida muy active
y agitada, agena por demas A los studios y trabajos sedentarios.
Con el fracaso de la expedition de CArdenas en 1850, el de-
sastre de la invasion de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo
de nuestra intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes
revivieron nuevos proyectos de libertar A Cuba, que venian aca-
nciando los patriots cubanos desde muy al principio del presen-
te siglo. Todos, sin embargo, cual los anteriores terminaron en
desastres y desgracias por el afio de 1854.
En 1858 me hallaba en la Habana tras nueve afios de ausen-
cia. Reimpresa entonces mi novel Dos AmoBES, en la imprenta
del Sefior Pr6spero Massana, por consejo suyo acometf la empresa
de revisar, mejor todavla, de refundir la otra novel, CacrA
VALODS, de la cual solo existia impreso el primer tomo y manus-
crita una pequefia parte del segundo. Habia trazado el nuevo plan
hasta sus mas menudos detalles, escrito la advertencia y procedia
al desarrollo de la accion, cuando tuve de nuevo que abandonar
la patria.
Las vicisitudes que se siguieron A esta segunda expatriacion
voluntaria, la necesidad de proveer A la subsistencia de la fa-
milia en pals extranjero, la agitacion political que desde 1865 em-
pez6 a sentirse en Cuba, las areas periodisticas que luego em-
prendi, no me concedieron Animo ni vagar para entregarme A la
obra larga, sin expectativa de lucro inmediato, y por lo mismo
tediosa-que demandaba el expurgo, ensanche y refundicion de
la mas voluminosa y complicada de-mis obras literarias.







cWau A VMate


Tras la nueva agitacon de 1865 a 1868 vino la revoucio del
altimo afio nombrado y la guerra sangrienta por una d6cada en
Cuba, acompafiada de la escenas tumultMuoas de los emigrads
cubanos en todos los pass circunvecinos ella, especlanaate
en Nueva York. Como antes y como siempre, troqu6 las ocupa-
ciones literarias por la political militant, siendo asi que aca des-
plegaban la pluma y la palabra al menos la misma vehemencia que
allM el rifle y el machete.
Durante la mayor parte de esa 6poca de delirio y de suefio
patri6ticos, durmi6, por supuesto, el manuscrito de la novel. iQu6
digo? no progress mas all de una media decena de capitulos, tra-
zados A ratios perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada
en la sangre de sus mejores hijos, se ofrecia en todo su horror y
toda su belleza y parecia que demandaba de aquellos que bien y
much la amaban,-la fiel pintura de su existencia bajo el triple
punto de vista fisico, moral y social, antes que su muerte 6 su
exaltacion A la vida de los pueblos libres, cambiaran enteramente
los rasgos caracteristicos de su anterior fisonomia.
De suerte, que en ningun sentido puede decirse con verdad
que he empleado cuarenta aieos periodo cursado de 1839 A la
fecha) en la composicion de la novela. Cuando me resolvi a con-
cluirla, habri dos 6 tres afios, lo mas que he podido hacer ha side
despachar un capitulo, con muchas interrupciones, cada quince
dias, A veces cada mes, trabajando algunas horas entire semana y
todo el dia los domingos.
Con esta manera de componer obras de imaginacion, no es
facil mantener constant el interest de la narrative, ni siempre
animada y unida la accion, ni el estilo parejo y natural. ni el
tono templado y sostenido que exigen las producciones del g&-
nero novelesco. Y tal es uno de los motives que me impelen A
hablar de la novel y de mi.
El otro es, que despues de todo, me ha salido el cuadro tan
sombrio y de caracter tan trigico, que, cubano como soy hasta
la medula de los huesos y hombre de moralidad,---siento una es-
pecie de temor 6 verglienza presentarlo al p6blico sin una palabra
explicativa de disculpa. Harto se me alcanza que los extrafios.
digase, las personas que no conozcan de cerca las costumbres ni
la 6poca de la historic de Cuba, que he querido pintar,-tal vez
crean que escogi los colors mas oscuros y sobrecargue de som-
bras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,
6 6 la Gustavo Dor6. Nada was distant de mi mente. Me precio







CIRILO VILLAVERDE


de ser, antes que otra cosa, escritor realist, tomando esta pala-
bra en el sentido artistic que se le di modernamente.
Hace mas de treinta afios que no leo novel ninguna, siendo
W. Scott y Manzoni los inicos models que he podido seguir al
trazar los variados cuadros de CECILIA VALDiS. Reconozco que ha-
bria sido mejor para mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un
romance pastoril, siquiera un cuento por el estilo de Pablo y Vir-
ginia 6 de Atala y Renato; pero 6sto, aunque mas entretenido y
moral, no hubiera sido el retrato de ningun personaje viviente, ni
la description de las costumbres y pasiones de un pueblo de car-
ne y hueso, sometido A especiales leyes political y civiles, imbuido
en cierto 6rden de ideas y rodeado de influencias reales y positi-
vas. Lejos de inventar 6 de fingir caract6res y escenas fantasio-
sas, 6 inverosimiles he Ilevado el realismo, segun lo entiendo, has-
ta el punto de presentar los principles personajes de la novela
con todos sus pelos y sefiales, como vulgarmente se dice, vestidos
con el traje que Ilevaron en vida, la mayor parte bajo su nombre
y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron en
las escenas hist6ricas en que figuraron, copiando en lo que cabia,
d'apr&s nature, su fisonomfa fisica y moral, a fin de que aquellos
que los conocieron de vista 6 por tradition, los reconozcan sin di-
ficultad y digan cuando menos:-el parecido es innegable.
Ap6nas si he aspirado A otra cosa. Lo inico que debo agre-
gar en descargo de mi conciencia, por si Alguien juzgare que la
pintura no tiene nada de santa ni de edificante, es que, al situar
la accion de la novela en el teatro habanero y 6poca corrida de 1812
a 1831, no encontr( personajes que pudieran representar con me-
diana fidelidad el papel, por ejemplo, del payo Lorenzo, 6 el del
pacato de D. Abundio, 6 el del enkrgico padre Crist6bal, 6 el del
santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que abundaban los que
podian pasar, sin contradiccion, por fieles copias de los Canoso,
los Tramoya y los D. Rodrigo, matones, bravos y libertinos, cuya
generation parece ser de todos los paises y de todas las 6pocas.
Tampoco ha de achacarse A falta del autor si el cuadro no ilus-
tra, no escarmienta, no ensefia deleitando. Lo mas que me ha sido
dado hacer, es abstenerme de toda pintura impidica 6 grosera,
falta en que era facil incurrir, habida consideration a las condi-
clones, al carActer y A las pasiones de la mayoria de los actors
de la novela; porque nunca he creido que el escritor publico, en
el afan de parecer fiel y exacto pintor de las costumbres, haya de
olvidar que le merecen respeto la virtud y la modestia del lector.















CECILIA VALDES


LA LOMA DEL ANGEL

per

Cirilo Villaverde





Que tambi6n la hermosura tiene fuerza
de despertar la caridad dormida.

Cervantes


NUEVA YORK
IMPRENTA DE EL ESPEJO
Cale de Cedar n. 4
1882














A las Cubonas
Lejos de Cuba y sin esperanza de volver
a ver su sol, sus flores, ni sus palmas, ia
quidn, sino a vosotras, cars paisanas, refle-
jo del lado mas bello de la patria, pudiera
consagrar, con mas justicia, estas tristes pi-
ginas? (1)
EL Auron


(1) Hemos puesto el sign de interrogaci6n antes de la a y despus de
ta palabra pdginas.

















CECILIA VALDES




PRIMERA PART


CAPITULO I.

Tal es l freto de is coali, Tclo
cosecha de doe.


HAcia el 'oscurecer de un dia de Noviembre del aiio de 1812,
seguia la calle de Compostela en direction del norte de la ciudad,
una calesa (2) tirada por un par de mulas, en una de las cuales,
como era de costumbre, cabalgaba el calesero negro. El traje de
este, las guarniciones de aqullas y los ornaments de plata ma-
ciza, mostraban A las claras que era rica la persona A que perte-
necia tan lujoso equipaje. Prendida estaba de los calamones, no
solo por el frente, sino tambien por un costado y hasta la mitad del
otro,-la cortina 6 capacete de patio con banda de vaqueta. Sea
el que fuese quien ocupaba el carruaje A la samon, no puede ne-
garse que tenia interest en guard la inc6gnita, aunque parecia
excusada la precaution, por cuanto no habia alma viviente en las
calls, ni se divisaba otra lus que la de las estrellas, 6 la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las
puertas cerradas.
Pararon de repente las mulas el trote en la esquina del calle-

(2) Carumae de cuatro y, mi ecomunmente, de dos ruedas, con la
caja abierta por delante, dow o cuatro aalentoe y capota de vaqueta.

















CECILIA VALDES




PRIMERA PART


CAPITULO I.

Tal es l freto de is coali, Tclo
cosecha de doe.


HAcia el 'oscurecer de un dia de Noviembre del aiio de 1812,
seguia la calle de Compostela en direction del norte de la ciudad,
una calesa (2) tirada por un par de mulas, en una de las cuales,
como era de costumbre, cabalgaba el calesero negro. El traje de
este, las guarniciones de aqullas y los ornaments de plata ma-
ciza, mostraban A las claras que era rica la persona A que perte-
necia tan lujoso equipaje. Prendida estaba de los calamones, no
solo por el frente, sino tambien por un costado y hasta la mitad del
otro,-la cortina 6 capacete de patio con banda de vaqueta. Sea
el que fuese quien ocupaba el carruaje A la samon, no puede ne-
garse que tenia interest en guard la inc6gnita, aunque parecia
excusada la precaution, por cuanto no habia alma viviente en las
calls, ni se divisaba otra lus que la de las estrellas, 6 la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las
puertas cerradas.
Pararon de repente las mulas el trote en la esquina del calle-

(2) Carumae de cuatro y, mi ecomunmente, de dos ruedas, con la
caja abierta por delante, dow o cuatro aalentoe y capota de vaqueta.







CIRILO VILLAVERDE


jon de San Juan de Dios y sali6 A espacio (3) y con no poco tra-
bajo de la calesa un caballero alto, bien puesto, vestido de trac
negro abotonado hasta el cuello, dejando ver por debajo el chale-
co 6 chupa de color claro, pantalones de carranlan de pid, corba-
tin de cerda, y sombrero de castor con copa enorme y ala angosta.
Por lo que podia distinguirse en aquella media luz de las estre-
llas, las facciones mas notables del hombre eran la nariz, que te-
nia aguileia, los ojos bastante vivos, el rostro ovalado y la barba
pequefia. El color de esta y el del cabello, las sombras del som-
brero y de las paredes alterosas (4) del convento vecino, lo oscu-
rccian tal vez sin ser negro.
--Sigue hasta la calle de lo Empedrado, dijo el caballero en
tono imperioso, mas bajo, apoyando la mano izquierda en la silla
de la mula de varas--y espera inmediato A la esquina. En caso
que diere la ronda contigo, di que perteneces A D. Joaquin Gomez
y que aguardas sus 6rdenes. ,Entiendes, Pio?
-Sf, senior, contest el calesero: quien desde que empez6 A
hablar su amo tenia el sombrero en la mano.
Y sigui6 al paso de las mulas hasta el punto que le indic6 aquel.
El callejon de San Juan de Dios se compone de dos cuadras
solamente, cerrado por un extreme en las paredes del convento
de Santa Catalina y por el otro en las casas de la calle de la Ha-
bana. El hospital de San Juan de Dios, que le da nonbre, y que
por sus altas y cuadradas ventanas, siempre deja salir el vaho ca-
liente de los enfermos, ocupa todo un lado de la segunda cuadra
y los otros tres, casitas pequefias de tejas coloradas y un solo piso,
el de las iltimas en particular mas alto que el nivel de la calle,
con uno y dos escalones de piedra A la puerta. Las de mejor apa-
riencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando de la calle
de Compostela. Eran todas de un mismo tamafio poco mas 6 me-
nos, de una sola ventana y puerta, 6sta de cedro con clavos de
cabeza grande. pintadas de color de ladrillo, aquelia 6 de espejo
6 volada y de balaustres de madera gruesos. El piso de la calle
se hallaba en su estado primitive y natural, pedregoso y sin ban-
quetas.
El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de
los salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera
casita de su derecha y did dos golpecitos con la punta de los de-


(3) a espacio... despacio.
(41 dzlterosas... altas. eevadas.







CECILA VALDWt


dos. All sin duda le aguardaban, porque tardaron en abrir lo
que tard6 en pasar de la ventana la puerta la persona que quit6
la tranca con que se cerraba por dentro. Esa result ser la ama
de la casa; mulata como de 40 afios de edad, de estatura media-
na, Ilena de carnes, aunque conservaba el talle estrecho, los hop
bros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz algo grue-
sa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestia ca-
misa final bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin plie-
gues ni adorno ninguno.
Habia pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la
derecha una mesa de caoba, sobre la cual ardia una vela de cera,
dentro de una guardabrisa 6 fanal, y vAria sillas pesadas de ce-
dro con asiento y respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de
cobre. En aquella 6poca esto se tenia por lujo, much mas tra-
tandose de una mujer de color, que ocupaba aquella habitacion
como ama y no como criada. El caballero no le di6 la mano al
entrar, solo le hizo un saludo grave sin dejar de ser gracioso y
amable; lo que sin dispute era aun mas extrafio, pues aparte de
su diferencia de condition y de raza, la de sus edades respectivas
era notable A primera vista y no cabia entire ellos otra relacion
que la de la amistad, mas 6 menos sincera y desinteresada. En
seguida pregunt6 en tono triste y acercandose 4 la mujer cuanto
podia, A fin de no levantar la voz, que la tenia algo bronca:
-iY qud tal la enferma?
La mulata sacudi6 la cabeza con aire todavia mas triste y con-
test6 con tres monosllabos:
-iAh! muy mal.
Algo mas animada, aunque sin despejArsele el semblante, agre-
g6 poco despues:
--No se lo dije al Sefior? Entodavia (5) ha de acabar con
ella el golpe.
-Pues qua, replica desazonado el caballero ,no me dijo V.
anoche que estaba mejor y mas tranquila?
-Lo estaba, si Sefior; pero la mafiana la ha pasado muy des-
inquieta (6) y agitada. Decia que le daban calor las sabanas, que
le ardia la cabeza, y vArias veces ha tratado de salirse de la cama,
buscando aire. De manera que fuW precise mandar por el 6dico.
Vino y recet6 un calmante: lo tom6, porque la pobrecita toma

(5) entodavia... todavia.
(6) desinquieta... forma popular que equivale a: inquieta.







CRILO VILLAVERDE


cuanto le dan. De sus results ya se duerme como una piedra,
ya dtspierta (7) sobresaltada. iAy Sefior, su suefio se parece tan-
to A la muerte! Me da miedo, much miedo. Yo se lo decla al
Sefor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. iAh! mi Seftor, de
esta hecha (8) la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el
coraz6n.
Y no dijo mas, porque la emocion le ahog6 la voz en la gar-
ganta.
-Veo que V. se acobarda, sefia Josefa; dijo el desconocido con
dulzura y sentimiento. ZPues no ha tratado V. de convencerla
de que la separation es solo por muy corto tiempo? No es ella
ninguna chiquilla...
-;Que si no he tratado! El Sefior parece que no la conoce
entodavia. Ella no oye razones. Es la mas voluntariosa y ca-
becidura (9) que ha nacido. Ademas, dende (10) ese lance no
estA en su cabal juicio y razon. ZEl Sefior mismo no trat6 aque-
Ila noche fatal de consolarla y tranquilizarla? LY que sac6?
Acuerdese, lo que semos (11): nada. El Sefior va A ver por sus
propios ojos que se escogi6 mal el moment de someterla a se-
mejante prueba. No se habian pasado los cuarenta dias y luego
tenia una calentura que volaba. Si, concluy6 ya del todo conmo-
vida y Ilorosa,-me tengo tragado que de esta no sale ella con jui-
cio 6 con vida.
-Dios querra, sefia Josefa, que no se realicen tan funestos
pron6sticos; dijo el caballero preocupado. Despues de breve rato
afiadi6:-Ella es j6ven y robusta y todavia la naturaleza triunfa-
ra de todos sus males y penas. Fio mas en esto que en la ciencia
oscura de los medicos. Aparte de eso, V. sabe que se ha hecho
lo hecho por el bien de todos, mejor dicho... Mas adelante me lo
agradecerAn, estoy seguro. Yo no podia ni debia darla (12) mi
nombre. N6, n6, repiti6 como azorado del eco de su propia voz.
Nadie mejor que V. lo sabe. V. que es mujer de razon, conocera
y confesara que asi tenia que ser. Es precise que la chica lleve

(7) dispierta... despierta. Villaverde trata de remedar el lenguaje de
las capas populares e incultas.
(8) de esta hecha... de esta vez.
(9) cabecidwr... testaruda.
(10) dende... arcafsmo que significa: desde.
(11) semos... arcalsmo: somos.
(12) ni debfa dart. Fifese el lector en el laismo del author.






CCILIA VAtAS


un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse marina,
ni esotro dia, el de Valdds, con que quizas haga un buen caa-
miento. Para ello no habia mas remedio sino pasarla por la Real
Casa Cuna. Esto no ha podido ser mas doloroso para la madre,
bien lo sd, que para... todos nosotros. Pero dentro de breves dias
la habran bautizado y entonces hart que la traiga aquf Maria de
Regla, mi negra, que tres meses hace perdi6 un hijo del mal de
los siete dias (13), y la estA amamantando en la Casa Cuna por
6rden mia. Ella la devolvera sana, salva y cristiana i los brazos
de su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca.
el m6dico de la Real Casa, por quien A menudo sd de la chica. Ai
principio lloraba much y se negaba a tomar el pecho de Maria
de Regla, por lo que enflaqueci6 un poco. Pero ya todo eso ha
pasado y ahora esta gorda y rozagante, es decir, segun me ha in-
formado Montes de Oca, porque yo no la he visto desde la noche
en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me fueron trash
ella. Es indecible cuanto me cost6 ese paso... Pero, a otra cosa
V sabe, sin embargo, que no cabe equivocacion.
-Demasiado que lo s6; dijo la mulata enjugindose las lagri-
mas. No puede equivocarse, n6. Por lo tocante A eso estoy tran-
quila, como que A pesar de sus chillidos, que me partisan el alma.
le hice la media luna azul en el hombro izquierdo, segun el sefor
me orden6. Yo no se A quien le doleria mas, si a ella 6 A mi...
La madre, la madre, mi Sefior, es la que me tiene sin sosiego.
Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el juicio 6 la vida.
Yo se lo repito al Sefior.
Sefia Josefa, como la llam6 el desconocido, se conocia que era
mujer inteligente, si bien por el descuido de su education, incurria
A menudo en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes
en Cuba. A pesar de la marudez de sus afios y de sus pesares.
conservaba las muestras de una juventud bella y distinguida. bue-
nos ojos, la expression amorosa de la boca y la redondez del cuello.
de los hombros y de los brazos. Tenia el color cetrino que result
de la mezcla de hembra negra y varon indio: pero lo crespo del
pelo y el 6valo del rostro no admitian la probabilidad de semejante
maridage, sino el de madre negra y padre blanco. Cuando j6ven
llev6 vida acomodada, tuvo goces y se roz6 con gente bien criada
y de buenas maneras. Honda debia de ser la pesadumbre que a
la sazon la aquejaba, segun eran la frecuencia de sus suspiros. la


(13) mea de los siete dias... t6tano infantil.








CIRILO VILLAVERDE


contraccion repetida de su entrecejo, y la abundancia del humor
acuoso en que nadaban sus grandes ojos y le empafiaban el brillo.
Por lo demas, habia en su actitud mas desesperacion que verda-
dero pesar. En efecto, como luego ver6mos, tenia razon sobrada
para lo uno y no le faltaba para lo otro.
Hacia ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual
a vueltas con sus propios pensamientos, que de seguro no coinci-
dian en ningun punto, A tiempo que se oyeron un lamento y un
grito desgarrador salidos del interior de la casa. La mujer hizo
una exclamacion dolorosa, se llev6 ambas manos a la cabeza y
corri6 como desalada por el primer aposento al segundo cuarto.
Maquinalmente el caballero hizo con las manos el mismo movi-
miento y sigui6 sus pass en silencio, aunque a cierta distancia.
AllM no habia mas luz que la mortecina de una lamparita de aceite
en una mesa, sobre la cual se veia un nicho 6 retablo de titiritero,
donde se veneraba una figure de talla, con traje talar 6 de mujer,
que miraba al cielo y tenia clavada en el pecho una espada, cuya
empufiadura parecia de plata. En el lado opuesto habia un catre,
con colgaduras de seda, ya ajadas y a la cabecera una silla de
cuero, que en el moment que entr6 alli sefia Josefa, la habia deso-
cupado una anciana negra, escualida, imAgen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el 6bano de su cuello largo y hue-
soso. Tenia en la mano derecha un rosario y various escapularios
al pecho sobre la camisa blanca; cifi&ndola el talle de la falda de
cafiamazo, una correa negra y larga a lo fraile Agustino. Estaba
como embebida 6 rezando con gran fervor, y al tocarle en el hom-
bro sefia Josefa, alz6 de repente la cabeza, la volvi6 hAcia la puerta
del aposento, vi6 en ella de pie al desconocido, hizo un movimiento
de horror 6 de susto y desapareci6 por la puerta del fondo, sin
decir palabra.
Ocup6 su lugar sefia Josefa. Abri6 con tiento las cortinas del
lecho y por sefias indic6 al caballero que se acercara; lo que hizo
6ste al parecer con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron
en el rostro palido de una muchacha, como de 20 afios, yaciente
boca arriba y aparentemente muerta. Porque no se movia a Ia
sazon, tenia los ojos hundidos, y cerrados los parpados, cuyas
pestafias eran tan largas que daban sombra a las mejillas. La
cabeza era lo inico que tenia fuera de las sabanas, y eso casi en-
terrada en la almohada, la cual desaparecia bajo una mata de pelo
negro, undoso y esparcido por todas parties en el mayor des6rden.
De en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado,








CECILIA VALDt


palido de cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cua-
drada y alta, la boca pequefia, los lAbios belfos, y la nariz bastante
bien hecha, para mujer de raza mezclada, como sin duda era aqu6-
hla de que ahora se trata. El conjunto era bueno, femenil; pero
habia tal expression de angustia y melancolla en el semblante mar-
chito por la enfermedad, que daba lastima el contemplarle. Mo-
vida (14) por este sentimiento tal vez sefia Josefa dijo al oido del
-caballero:-Se ha dormido.
La contestacion del caballero fue sacudir la cabeza negativa-
mente, acaso porque en aquel instant crey6 notar un temblor
convulsivo que recorria de pids A cabeza todo el cuerpo de la
paciente. Tras el temblor empez6 a levantarsele el pecho, mo-
vimiento facil de percibir por encima de la sabana, como una ola
en mar sereno que repunta de repente, y precursor del suspiro
que exhal6 en seguida del fondo del corazon, acompaiiado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que de-
bia sobrevenir, sin poderlo remediar, apart6 primero la vista y di-
simulada y paulatinamente se retir6 a los pies de la cama. Incor-
porada en aquel instant la enferma, exclam6 con aire de espanto:
-iMamita! zEra su merced?
-iHija mia! jQu6 quieres? ZEstas mejor?
-iAh! iMamita! prosigui6 la muchacha con el mismo aire
de azorada.-La he visto, la acabo de ver. Si, no me queda duda.
iAhi estf! agreg6 sefialando al cielo. ;Se va! iMe la levan!
Debe estar muerta. iAy!-Y se le escap6 otro grito desgarrador.
--Hija! le observ6 la madre afligida. Dispierta. Tfi estis
sofiando, 6 esas son ilusiones tuyas.
-Venga aca, mamita, mire su merced misma.
Diciendo esto la atraia a si por el brazo.
-iVdala! jNo es aquella la Virgen Santisima dentro de una
nube dorada, con los pies desnudos, apoyados en las alas de infi-
nitos Angeles? Ella es. iMire! For aqui. iAlA! Vea. iSe
eleva!
-Visiones, hija mia. No hagas caso. Acudstate y descansa.
-iC6mo quiere su merced que me acueste, si veo que se Ilevan
a mi hija, la hija de mis entrafias?
-iPero qui4n se la lleva, mi vida?
-ZQui6n se la lleva? ZPues no lo vA su merced? La Virgen

(14) Errata sefialada por el mismo Vllaverde y que nosotros corre-
gimos.







CIRILO VILLAVIB3o


Santisima. Se la Uleva en los brazos. Debe estar muerta. (Ah!
-Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo d6bilmente aefia
Josefa, pues sobre este punto no estaba mas segura que la enfer-
ma. Tu niia estA viva y pronto la verbs. Esoe son sueflos tuyos.
-Suefios, suefios, repiti6 la muchacha distraida. Yo sofia-
ba? ZNo sera mas que un suefio? Pero, y imi hija? ID6nde
estA? iPor qu6 me la han quitado? Y de que yo la perdiera su
merced tiene la culpa; concluy6 diciendo con iracundo ademan
y acento.
No tuvo valor sefia Josefa para replicar palabra, bien por no
irritar mas A la enferma con una contradiction poco menos que
infitil, bien porque la acusacion era direct y fundada. Solo acer-
t6 A volver los ojos hacia su derecha, con lo que los de la enferma
naturalmente siguieron la misma direction y en consecuencia tro-
pezaron con el bulto oscuro del desconocido, que hacia por ocultar-
se tras las colgaduras de la cama.
--Quien esta ahi? pregunt6 apuntando con el dedo. iAh!
;El es, el ladron de mi hija! iMi verdugo! ZQud vienes a bus-
car aqui? iVienes, basilisco, A gozarte en tu obra? A tiempo
llegas. G6zate A tus anchas. Mi hija ha volado al cielo, lo s6,
de ello estoy convencida, yo la seguird muy pronto; pero t1, tu,
causa de nuestra condenacion y muerte, ti bajards... al infierno.
-- Jesus! exclam6 sefia Josefa santiguandose. Tf no sabes lo
que dices. Calla.
Y anegada en lagrimas se arroj6 sobre su hija con el double ob-
jeto de impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella
terrible increpacion contra el caballero desconocido. Por pru-
dencia 6 por remordimiento 6ste callaba 6 inclin6 mas la cabeza.
El. de todos modos estaba muy disgustado y luchaba consigo mis-
mo a fin de tomar una resoluci6n. Porque, previ&ndolo, habia ve-
nido a ponerse al alcance de las recriminaciones, al parecer justas,
de la enferma, quien aunque delirante, le echaba en cara la per-
dida de su hija y la ruina de su razon. Mas no hizo por defender-
se. Se sentia, al contrario humillado, altamente ofendido, por
cuanto siendo sus intenciones las mas puras, guiadas por el deseo
del bien de todos los inmediatamente interesados, las results le-
vaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su propia
conciencia la justificacion era facil; el mundo, sin embargo, debia
juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenia 61 horror cerval.
Continuaba entire tanto la lucha entire la madre y la hija.
Esta, con los ojos de espantada, los cabellos desgrefiados, la frente







CECILIA VALDiS


cubierta de sudor copioso, las mejillas encendidas per la fiebre,
repelia con ambas manos A la madre y le repetia:--Djeme, ma-
mita, dbjeme ver esa cara de hereje. Quiero pedirle cuenta de
mi hija. Ml me la ha quitado, 1l, entrafias de fiera. Y la madr.
siempre inundada en lgrimas, estrechAndola en sus brazos, k
respondia:-Por el amor de Dios, hija mia, por la Purisima Con
cepcion de Maria Santisima, por tu salud, por la de tu hija, que
vive y estA buena, cAllate, tranquilizate. Yo te lo ruego por le
que mas quieras.
Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acerco
el caballero A la cama, tom6 en la suya una mano de la enferma,
la cual ella no rechaz6, y con voz gra-'e, mas lena de exquisite
ternura, la dijo:
-Charo, 6yeme. Te prometo que mariana verbs a tu hija.
Vuelve en ti. iCAlmate! No mas lIcuras.
Sease que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, s6ase que
la impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto, que la
enferma, exhalando un profundo suspiro, cay6 repentinamente de
espaldas en la almohada y alli qued6 por breve rato sin movimien-
to. No crey6 menos la madre al pronto sino que habia espirado.
P(sole con ese motive la mano en el corazon, y, como ya por el
susto, ya porque en efecto se le habia paralizado la sangre en las
venas A la paciente,-no sinti6 por unos instantes las pulsaciones.
Asi que, grandemente asustada, se volvi6 para el caballero, que
al parecer contemplaba impasible aquella escena muda, y con
acento de amarga reconvencion le dijo:
--Lo vb el Sefior? EstA muerta.
No fue esto parte A hacerle perder al caballero su natural
ecuanimidad. Ijos de ello, con much calma y deliberacion le
tom6 el pulso A la muchacha a guisa de medico y despues dijo:
-Traiga V. eter. Se ha desmayado. Esta moza estA muy
d6bil; necesita alimento.
-El medico lo ha prohibido, observe seiia Josefa.
-El medico no sabe lo que se pesca. D6la V. caldo. Pero
despache con el eter.
Traido el Alcali volatil, se le aplicaron A la nariz: pero las
fnicas sefiales de vida que did la muchacha, fue un estremeci-
miento de los pirpados, que no abri6 por cierto, y un Ilorar
en silencio, 6 hilo A hilo (15), segun reza la grafica expression

(15) Uorar... hilo a hilo... Ulorar continue.







66 CIRILO VILLAVERDE

vulgar. Mientras esto pasaba delante de la cama de la enferma
asom6 la cabeza blanca por entire la puerta del fondo, medio abier-
ta, la anciana negra antes mencionada; pero la retir6 de golpe
persignAndose cual si viese al diablo, sin duda porque aun estaba
alli el caballero desconocido. Al fin, 6ste se alej6 de aquel sitio
de dolor y de tribulacion, salud6 A sefia Josefa con una mera in-
clinacion de cabeza, y sali6 A la calle murmurando en su despecho:
-iY nadie mas que yo tiene la!culpa!












CAPITULO II.


Sol soy, sla amd,
Sols me tuvo mi nadre,
Soe me tengo de andar,
Como Ia plum en Ae aire.
Algunos afios adelante, mejor, uno 6 dos despues de la caida
del segundo breve period constitutional, en que qued6 establecido
el estado de sitio de la Isla de Cuba y de capitan general de la
misma D. Francisco Dioniso Vives, solia verse por las calls del
barrio del Angel, una muchacha de unos once 6 doce afios de edad,
quien ya por su habito andariego, ya por otras circunstancias de
que hablardmos en seguida, Ilamaba la atencion general.
Era su tipo el de las virgenes de los mas celebres pintores.
Porque 6 una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos,
naturalmente ondeados, unia facciones muy regulars, nariz recta
que arrancaba desde el entrecejo y por quedarse algo corta alzaba
un si es no es el labio superior, como para dejar ver dos sartas
de dientes menudos y blancos. Sus cejos describian un arco y
daban mayor sombra a los ojos negros y rasgados, los cuales eran
todo movilidad y fuego. La boca tenia chica y los labios Ilenos,
indicando mas voluptuosidad que firmeza de carfcter. Las meji-
Has Henas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba, forma-
ban un conjunto bello, que para ser perfect, solo faltaba que la
expression fuese menos maliciosa, si no maligna.
De cuerpo era mas bien delgada que gruesa, para su edad antes
baja que crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello
y ancho hacia los hombros, formaba armonia encantadora, aun
bajo sus humildes ropas, con el estrecho y flexible talle, que no
hay medio de comparable sino con la base de una copa. La com-
plexion podia pasar por saludable, la encarnacion viva, hablando
en el sentido en que los pintores toman esta palabra, aunque 6
poco que se fijaba la atencion, se advertia en el color del rostro,
que sin dejar de ser sangufneo, habia demasiado ocre en su com-
posicion, y no resultaba diafano ni libre. ZA que raza, pues per-
tenecia esta muchacha? Dificil es decirlo. Sin embargo, A un
ojo conocedor no podia esconderse, que sus labios rojos tenian un
borde 6 filete oscuro, y que la iluminacion del rostro terminaba en







CIRILO VILLAVERDE


una especie de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su san-
gre no era pura y bien podia asegurarse, que allA en la tercera 6
cuarta generation, estaba mezclada con la etiope.
Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su
alegria y vivacidad, que la revestian de una especie de encanto,
no dejando al animo vagar sino para admirarla y pasar de largo
por las faltas 6 por las sobras de su progenie. Nunca la habian
visto triste, nunca de mal humor, nunca refiir con nadie, tampoco
podia darse razon cierta d6nde moraba ni de que subsistia. zQu6
hacia, pues, una nifia tan linda, azotando las calls dia y noche,
como perro hambriento y sin duefio? No habia qui6n por ella
hiciera ni rigiera su indole vagabunda?
Entre tanto la chica crecia gallarda y lozana sin cuidarse de
las investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer
enkla cuenta de que su vida callejera, que a ella le parecia muy
natural, inspiraba sospechas y temores, si no compassion a algunas
viejas; que sus gracias nacientes y el descuido y libertad con que
vivia, alimentaban esperanzas de bastardo linaje en mancebos
corazones, que latian al verla atravesar la plazuela del Cristo, cuan-
do a la carrerita y con la sutileza de la zorra hurtaba un bollo (16)
6 un chicharron A las negras que de parte de noche alli se ponen
A freirlos; 6 cuando al descuido metia la pequefia mano en los
cajones de pasas de los almacenes de viveres en las esquinas de
las calls; 6 cuAndo levantaba el plAtano maduro, el mango 6
la guayaba del tablero (17) de la frutera; 6 cuindo enredaba el
perro del ciego en el cafion de la esquina 6 le encaminaba a San
Juan de Dios, si iba para Santa Clara: que todos estas eran trave-
suras dignas de celebration en una nifia de su edad y parecer.
Su traje ordinario, no siempre aseado, consistia en falda de
zaraza, sin mas pafiizuelo, ni otro calzado que unas chancletas, las
cuales anunciaban de lejos su aproximacion, porque sonaban mu-
cho en las banquetas de piedra de las pocas calls que entonces
tenian tales adornos. Llevaba tambien el cabello siempre suelto
y naturalmente rizado. El lnico ornamento de su cuello era un
rosarito de filigrana, especie de gargantilla, con una cruz de coral
y oro pendiente; memorial de la madre cara y desconocida.

(16) bolo... Se reflere al boUo de frijoles, hecho de una masa de fri-
joles de carita muy bien trabajada con que se hacen unas frituras. Hoy
llamado bollito.
(17) tablero... caja de madera con tapa o sin ella.






CBCILA VALWDS


A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecia tan
pura y linda, que estaba uno tentado A career que jams dejaria
de ser lo que era--endida nifia en cabello (18), que se preparaba
& entrar en el mundo por una puerta al parecer de oro, y que
vivia sin tener sospecha siquiera de su existencia. Sin embargo,
las calls de la ciudad, las plazas, los establecimientos pfblicos,
como se apunt6 mas arriba, fueron su escuela, y en tales sitios,
segun es de presumir, su tierno corazon, formado acaso para dar
abrigo a las virtudes que son el mas bello encanto de las muje-
res,-bebi6 A torrentes las aguas emponzofiadas del vicio, se nu-
tri6 desde temprano con las escenas de impudicicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. .Y c6mo librarse
de semejante influjo? iC6mo impedir que sus vivarachos ojos
no viesen? iQue sus orejas siempre alerta no oyesen? ZQue
aquella alma rebozando vida y juventud no se asomara antes de
tiempo A los ojos y a los oidos para juzgar de cuanto pasaba en
su derredor, en vez de dormir el suefio de la inocencia? iBien
temprano, A fM, llam6 a sus puertas la legion de pasiones que
gastan el corazon y abaten las frentes mas soberbias!
Una tarde, entire otras, pasaba la chica, como de costumbre,
a la carrerita, por cierta calle de que no hay para que mencionar
ahora el nombre. Asomadas A una de las altas y anchas rejas de
hierro de las ventanas de una casa de apariencia aristocrAtica, es-
taban dos nifias poco mas 6 menos de su edad y una j6ven de
14 A 15, las cuales, como viesen pasar aquella exhalaci6n, segun
se express una de ellas mismas, excitada grandemente la curiosi-
dad de todas, la lamaron con instancia. No se hizo de rogar la
mozuela, antes se entr6 desde luego por el zaguan y se present
con much desembarazo A la puerta de la sala, donde ya la espe-
raba el grupo de las tres jovencitas. Alli, 6stas la tomaron por
la mano y la Ilevaron delante de una sefiora algo gruesa, vestida
con much aseo, que estaba arrellanada en un ancho sill6n y des-
cansaba los pies en un escabel.
-iAh! exclam6 6sta cuando la hubo visto de cerca. iY que
mona es!
Dicho lo cual se enderez6 en el asiento, operation que le cost
un buen esfuerzo, y agreg6:
-iC6mo te llamas?
-Cecilia, respondi6 vivamente.
(18) en cabello... Puede msgnificar: con el cabeflo swelto, virgen, sol-
tera, doneeMaa.







CIRILO VILLAVERDE


-4Y tu madre?
-Yo no tengo madre.
-iPobrecita! iY tu padre?
-Yo soy Vald6s (19), yo no tengo padre.
-Esa estA mejor, exclam6 la sefiora recapacitando.
-Papa, papA, dijo la mayor de las sefioritas dirigi6ndose A un
caballero que estaba recostado en un soff 4 la derecha del estrado.
A PapA, ha visto V. nifia mas preciosa?
-Ya, ya, contest el padre casi sin volver el rostro. Dejadla
en paz.
Pero ap6nas salieron esas palabras de sus labios, repar6 en
l1 Cecilia y entire admirada y reida, dijo:
Ay! Yo conozco A ese hombre que estA ahi acostado.
Este. por debajo de las manos, con que ya se sombreaba la
frente, le ech6 una mirada fiera, en que iban pintados su mal hu-
mor y disgusto. En seguida se levant y dej6 la sala, sin decir
mas palabra. Extrafio es en verdad que solo este hombre no sin-
tiese simpatia por la linda callejera.
-ZCon que no tienes padre ni madre? torn6 A preguntar la
buena sefiora, un si es no es preocupada por la anterior escena.
ZY c6mo vives? ZCon quin vives? ZEres hija de la tierra 6
del aire?
--Ave Maria Purisima! exclam6 la nifia doblando la cabeza
sobre el hombro y mirando fijamente i sus preguntadoras. 'iAy!
Jesus, ique gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una
viejecita muy buena, que me quiere much y que me deja hacer
cuanto yo quiero. Mi madre se muri6 hace much tiempo y...
mi padre tambien. No se mas ni me pregunten mas.
Bien quisieran las jovencitas hacer mas preguntas, 6 infor-
marse de otros pormenores acerca de la vida y parentela de Ce-
cilia; pero por una parte, su padre les habia dicho que la dejaran
en paz, y por otra su madre, ya incapaz de dominar su desazon,
les indic6 por un gesto muy significativo, que era tiempo saliese
de alli mozuela tan procaz. Colmada de regalos y despedida al fin
Cecilia, pasaba por el zaguan en vuelta de la calle, A sazon que
bajaba de los altos un jovencito en traje veraniego, es decir, de
chupa y pantalon de Arabia, quien ap6nas la vi6; la reconoci6 y
le dijo desde lo alto:

(19) Apellido dado legalmente a los hijos de la Casa Cuna en recuerdo
de su fundador.







CECIn VnALD*


--Cecilia, ieh! Cecilia! iOye, mira!
Ella sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le
daba voces, le decia hasta la puerta de la calle:-iCulco! ICuico!
Y al mismo tempo abria la mano derecha, ponia el dedo pulgar
en la punta de la nariz y movia los otros con gran rapidez. Que
es una manera de burla que A menudo se hacen los muchachos en
nuestras calls, como diciendo: iAh! ique te engaii! iAh!
iQue me escape de tus majaderias!
No es para referida aqui la escena que se sigui6 a la ida de
la chica de aquella casa. Del senior y de la sefora puede decirse
que no volvieron A mencionar su nombre. Las sefioritas, al con-
trario, aun cuando tornaron A la ventana para ver y saludar a
sus amigas, que de vuelta del paseo pasaban en sus lujosas volan-
tes (20), no cesaron de hablar de Cecilia y de repetir su nombre.
ayudindoles entonces el hermano mayor, quien la conocia y a
menudo se encontraba con ella, cuando iba A la clase de latin del
padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.
En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante,
sali6 d la plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplen, que corre
por todo el frente, subi6 A saltos, y luego baj6 A la calle del Agua-
cate, por una escalera de mamposteria. Una vez aliH, se dirigi
derecho, aunque con cierta cautela, a la casita inmediata a la
esquina, ocupada per una taberna No toc6 ni se detuvo delante
de la puerta, sino que empuj6 con suavidad la hoja de la derecha
6 macho, la cual estaba sujeta con una media bala de hierro en
el suelo. Habia sido de bermellon la pintura de dicha puerta,
pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le quedaban sino
manchas rojas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de
espejo y alta, solo tenia tres o cuatro balaustres, habia perdido la
pintura primitive, quedAndole un bafio ligero de color de plomo.
Por lo que toca al interior, su apariencia era mas ruin, si cabe,
que el exterior. Se componia de una salita, dividida por un biom-
bo, para former una alcoba, cuya puerta daba precisamente hAcia
la de la calle, y otra & la derecha con salida al patio angosto y no
mas largo que el fondo de la casita. A la izquierda de la entrada
y A la altura de una vara, habia un hueco en la pared medianera,
6 modo de nicho, en cuyo fondo se veia una Madre Dolorosa de
cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego


(20) Carruaje.







CIRILO VILLAVERDE


que le atravesaba el pecho de part A parte. Alumbraban dia y
noche tan peregrina pintura, dos mariposas, es decir, dos hormillas
con su pAbilo correspondiente, flotando en tres parties de agua y
una de aceite, dentro de vasos ordinarios de vidrio. Una guir-
nalda de todas flores artificiales y de pedazos de cartulina dorada
y plateada, ajadas, descoloridas y polvorosas, adornaba el retablo.
Y en torno, por las paredes, en el biombo y detras de las puertas
y ventana, gran nfmero de letreros, por ejemplo--Ave Maria
Purisima!--La Gracia de Dios sea en esta casa! ;Viva Jesus!
iViva Maria! iViva la Gracia y muera el Pecado! Con otros
muchos por el estilo, que no hay para qu6 repetirlos. Las estam-
pas, sin cuadro, pegadas A las paredes con obleas 6 engrudo, eran
mas numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor Bolofia en papel comun y recogidas de manos de los de-
mandantes de los conventos a cambio de limosnas, 6 compradas a
la puerta de las iglesias en los dias de fiestas.
Reduciase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y
ruina se conocia que habia visto mejores tiempos cuando nuevo.
El mas apetecible de la casa era una butaca de Campeche, ya coja,
con orejas grandes y desvencijada. AgregAbanse tres 6 cuatro
sillas de cedro con asiento y respaldo de vaqueta, del mismo estilo,
fuertes, macizas y antiquisimas. Hacia juego con ellas una rin-
conera de la propia madera, cuyos pids estaban labrados en forma
de pezufa de sfitiro, con molduras y hojas de parra.
A pesar de la estrechez de aquel albergue, habia un gato dor-
milon, varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con
sus dos finicos huespedes humans, pues que iban y venian, sal-
taban sobre los respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y
cacareaban sin consideration ni temor. A un lado de la alcoba
habia una cama alta, cuadrilonga, que siempre estaba de recibo,
como que era de cuero sin curtir, cuya dureza la suavizaba un col-
chon de plumas, cubierto perennemente con una colcha de mil
y un retazos 6 taracea. Las columns salom6nicas, en vez de col-
gaduras sostenian San Biases, escapularios, cruces de carton, pie-
dras de vidrio, y palmas benditas de los domingos de ramos de
muchos afios atras.
En realidad aquello no era casa sino en cuanto daba abrigo
a dos personas, porque fuera de las dos piezas mencionadas, no
tenia comodidad, ni mas desahogo que el patio dicho, donde estaba
la cocina, mejor, fogon, cajoncito de madera, Ileno de ceniza, mon-
tado sobre cuatro pies derechos, y protegido de la luvia por una







CBCUJA VALDIS


especie de alero de mesilla. Nos hemos detenido tanto en la des-
cripcion de la casucha donde entr6 Cecilia, porque pare su imagina-
cion el benigno lector en el contrast que ofreceria una nifia tan
linda, rebozando vida y juventud, en medio de tanta antigUia-
Ila (21), que no parecia sino que el cielo habia colocado alli para
decirle a cada rato al oido: -Hija, contempla lo que seras y se
mas cuerda.
Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba,
y entonces con double motivo, cuanto que mas le importaba que
no la sintiese entrar cierta persona, que, de espaldas en la butaca,
frente al nicho, parecia rezar 6 dormitar. Sin embargo, por mas
tiento que pusiese la picaruela en el modo de asentar la plant,
no lo pudo hacer tan callandito, que no la oyese y sintiese distin-
tamente la vieja, cuyos ofdos eran muy finos, y que entonces no
rezaba ni dormia, sino que leia, hecha un arco, en un libro pe-
quefio de oraciones, con forro de pergamino.
-iHola! le dijo mirAndola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta
de la nariz, A guisa de muchacho a la grupa de un caballo. iHola!
sefiorita, jaqui estA V.? ZEh? iQue bueno! iSon estas horas
de venir A pedir la bendicion de su abuela? (Porque la chica se
acercaba con los brazos cruzados). ZD6nde has estado hasta aho-
ra, buena pieza? (Habian tocado ya las oraciones). iQub linda
estabas para ir por los 61eos! Y echandole mano de pronto, en cuyo
acto se le cay6 el libro y se espantaron el gato que pestafieaba a
menudo sentado en una silla, las palomas y las gallinas,-Ven aca.
espiritada (22), afiadi6,-mariposa sin alas, oveja sin grey, loca
de cepo; ven, que he de averiguar d6nde has estado hasta estas
horas. ZQut, tA no tienes rey ni Roque (23) que te gobierne ni
Papa que te excomulgue? iAd6nde se ha visto de eso? zTi' no
tienes mas vida que correr por la calle? ZNo se puede averiguar
nadie contigo? Yo te hare entender que hay quien puede. INo
me quedaba que ver!
Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con much risa, se ech6
en brazos de la mal humorada y grufiidora abuela, y como para
anudarle la lengua, le entreg6 cuanto le habian regalado las se-
fioritas donde habia estado.

(21) antigflaU... antigualla. No hace falta la difresis.
(22) espiritada... endemoniada.
(23) td no tines rey ti Roque... no tienes a nadie.













CAPITULO III.


Malditas vieJas,
Que las moas malamente
Enloqueen ca censejas.
Zoalnu.
ZORulm.

Con mas zalameria y astucia de las que cabian en una nifia de
su edad, Cecilia abraz6 y bes6 a su abuela, A la cual di6 el nombre
de Chepilla (alteracion caprichosa de Josefa), que asi generalmen-
te la lamaban. Bast6 eso para aplacar su enojo y nada hay en
ello que extrafiar, porque, segun adelante ver6mos, habia sido tan
infeliz aquella mujer, sentia tal necesidad de ser amada por el
inico ser que la interesaba de cerca en el mundo, que mantener
seriedad con la nieta, hubiera sido lo mismo que prolongar su pro-
pio martirio. Por supuesto que sell sus labios de golpe y no
acert6 a otra cosa que a contemplarla, bien asi como moments
antes habia estado contemplando el dulce rostro de Maria Santi-
sima, en fervorosa oraci6n.
Mientras la nifia estrechaba por la cintura A la vieja con sus
torneados brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, se-
mejante A la flor que brota en un tronco seco y con sus hojas y
fragancia ostenta la vida junto A la misma muerte-la figure de
sefa Josefa se mostraba mas extrafia y fea de lo que era na-
turalmente. Su rostro mismo formaba contrast con lo demas del
cuerpo.' Ya fuese porque tenia la costumbre de Ilevarse el cabello
atrAs, ya porque lo sac6 de naturaleza, la verdad es que le lucia
la frente demasiadamente ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expre-
sion a su semblante, no muy fAcil de pasar por alto el menos avi-
sado observador. Aun habia morbidez en sus brazos y sus ma-
nos podian calificarse de lindas. Pero lo mas notable de su fiso-
nomia eran sus ojos grandes, oscuros y penetrantes, restos de unas
facciones que habian sido agradables, desarmonizadas ahora por
una vejez premature.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los afios y las
arrugas se le habia vuelto atezado, 6 achinado; para valernos de la







CBCUIJ VALDtS


expression vulgar con que se design en Cuba al hijo de mulato y
negra, 6 al contrario. Podia tener 60 afios de edad, aunque apa-
rentaba mas, porque ya empezaba a blanquearle el cabello, cosa
que en las gentes de color suele suceder mas tarde que en las
de raza caucAsica. Los padecimientos del Animo aniquilan pri-
mero el semblante que el cuerpo mortal del hombre. Como verC-
mos despues, la resignation cristiana, obra de su fM en Dies, past
con que al fin alimentaba su espiritu en las largas horas consagra-
das al rezo y A la meditacion, solo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con
el triste convencimiento del que de una ojeada midi6 su pasado
y su porvenir, y lo que debia y podia esperar de su nieta,-her-
mosa flor arrojada en mitad de la plaza piblica, para ser hollada
del primer transeunte,-ya en el iltimo tercio de su vida, con los
remordimientos de la pasada, antes de airarse, comprendi6 que
le tocaba aplacar la c6lera de su juez invisible y procurarse mo-
mentos de calma, interim sonaba la hora postrimera.
En aquella en que la sorprende nuestra narracion, aunque hu-
biese cumplido los 80 de su vida, habria creido que habia vivido
muy poco tiempo, si legaban sus iltimos moments y dejaba
tras si & la nieta, j6ven y desamparada en el mundo, y no le era
dado asistir al desenlace de un drama en que ella, bien a su pesar,
sin ser la heroina, representaba hacia tiempo, papel muy impor-
tante. Acomodado el carActer de sefia Josefa, naturalmente iras-
cible, A la regla de conduct de que antes se ha hablado, como
medio de alcanzar el perdon de sus propias culpas, fAcil es com-
prender por qu6, si bien justamente enojada con Cecilia porque
legaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se sentia mas
bien dispuesta A disculparla que A refiirla. Despues, como ella le
vino con sus zalamerias, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvi6 de pretexto plausible para confirmarse en su propoeito.
En su virtud, cambiando prontamente de tono y aspect, se con-
tent6 con preguntarle segunda vez d6nde habia estado.
-iYo? repiti6 la nifia apoyando ambos codos en las rodillas de
la abuela y jugando con los escapularios que le pendian del pes-
cuezo. Yo? En casa de unas muchachas muy bonitas que me
vieron pasar y me lamaron. All estaba una sefora gorda sentada
en un sillon, que me pregunt6 c6mo me llamaba yo, y c6mo se
Ilamaba mi madre, y quien era mi padre, y d6nde vivia yo...
_Jesus! iJesus! exclam6 sefia Josefa, persignondose.
-iAy! continue la chica sin parar mientes en la abuela. iQu6






CIRILO VILLAVERDE


gente tan preguntona! iY no sabe su merced c6mo una de las
muchachas aquellas me queria cortar el pelo para hacer una ca-
chucha? (24). Si senior. Pero yo me zafe.
-iVea V. el espiritu maligno y por donde trepa! volvi6 A ex-
clamar la abuela, como si hablase consigo misma.
-Y si no es por un hombre, prosigui6 Cecilia, que estaba acos-
tado en el soff, y regan6 A las muchachas y les dijo que me dejaran
quieta y luego se fu6 para su cuarto bravisimo... ZSu merced no
sabe quin es ese hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su
merced algunas veces alla en Paula, cuando vamos A misa. Si, si,
1e es, no me cabe duda. Y ahora recuerdo que es el mismo que cada
vez que me encuentra en la calle me dice callejera, perdida, pi-
luela y muchas cosas. iAh! Y dice que mandarA a los soldados
que me cojan y me even A la cArcel. iQu6 s( yo cuanto mas!
Le tengo much miedo A ese hombre. jDebe ser muy regafion!
-iNifia! iNifia! exclam6 sordamente la anciana apartAndola
un poco de su pecho y mirAndola de un modo extrafio y fijo, mas
enojada que sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave
pensamiento 6 un doloroso recuerdo y entire amonestarla y acon-
sejarla, lo que acaso equivalia A alumbrarle aquello de que debia
estar ignorante toda la vida,-su Animo triste luchase en un mar
de dudas, con sorpresa de la nieta sell de golpe sus labios. Poco
a. poco fuW serenandose el pi6lago alborotado: se desvanecieron
una despues de otra las nubes apifiadas en aquel horizonte natu-
ralmente sombrio; y volviendo a estrechar la nifia en sus desnu-
dos brazos,--afiadi6 con toda la dulzura que pudo dar A su voz
por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir
su semblante:
-iCecilia! Hija de mi corazon, no vayas mas A esa casa.
-iPor que, mamita?
-Porque, contest la abuela como distraida; no s6 verdadera-
mente, mi alma, no lo s6, no podria decirlo, si quisiera... pero
es claro y constant, nifia, que esa gente es muy mala.
-jMala! repiti6 Cecilia azorada, iy me hicieron tantas cari-
cias, y me dieron dulces, y raso para zapatos? iSi tiW supieras lo
que me chiquearon...! (25).
-Pues no te fies, nifia. To eres muy confiada y eso no estA
bien. Por lo mismo que te chiquearon tanto debias de andar con

(24) cachucha... moio o peinado para el cual se necesitaba relleno.
(25) chiquearon... mimaron.







CECLIA VALDiS


cuatro ojos. Querian atraerte para hacerte algun da~o. Uno no
puede decir de que son capaces las gentes. Tantas cosas suceden
ahora que no se veian en mi tiempo... Cuando menos lo que pro-
curaban era que te descuidaras, para coger unas tijeras y itris!
tumbarte el pelo. Seria una lastima, porque tf lo tienes muy
hermoso. Ademas, que ese pelo no te pertenece, sino A la Virgen,
que te salv6 de aquella grave enfermedad... iAcurdate! Yo le
ofrecl que si te ponias buena le daria tu cabellera para adornar
su efigie en Santa Catalina. No te fies, te digo.
Esto diciendo, le cogia la cabeza A la nieta entire ambas manos
y le desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
-Si, replica Cecilia apretando los labios y levantando con aire
de desden la frente,--como yo soy tan boba, para que me enga-
fien asi, asi.
-Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo
bien se que ti eres una muchacha d6cil y entendida; pero estoy
cierta que no conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aun-
que se les seque el gafiote Ilamandote, no vayas a donde estan.
Mas ahora que me acuerdo, lo mejor es que ni por cien leguas te
acerques por sus rededores. Luego, ese hombre que ti misma
dices que donde quiera que te topa te pone mala cara. Sabe Dios
quidn ser&. Aunque no debemos pensar mal de nadie, con todo,
como puede ser un santo, puede ser un de... (Y se persign6 sin
concluir la palabra.) El Sefior sea con nosotras. Ademas, Cecilia,
td eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... jT6 no
lo sabes? Hay una bruja que se roba A las muchachas bonitas.
Por milagro de su Divina Majestad has escapado. Tu estuviste
alli por la tarde ino?
-Por la tardecita; todavia no habian encendido las luces en
las casas.
--iAy de ti si llegas A entrar de noche! Vamos, no vayas
mas en tu vida a esa casa, ni passes tampoco por la cuadra.
-jAnjA! Con que all! vive tambien un muchacho ya grande,
que A cada rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del
brazo. Siempre que me ve me quiere coger, me corre detrhs y
sabe mi nombre...
-Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se
le cay6 de las ufias al mismo Barrabas (26). Pero voy viendo que

(26) se le cay6 de las ufas al mismo Barrabds... ser malo, perverse,
discolo.







CIRILO VILLAVERDE


td tienes una cabecita dura como una piedra, y que por mas que
me afano en aconsejarte no consigo nada. En efecto iquifn ha
visto que una nifia tan linda como td se ande azotando calls,
con la chancleta arrastro (27) y el pelo suelto y desgrefiado, hasta
las tantas mas cuantas de la noche? ,De quin aprendes estas
malas mafias? iPor qu6 no me has de hacer caso?
-Y Nemesia, la hija de sefio Pimienta el misico, 4no se estA
en la calle hasta las diez? Antenoche nada menos la tope en la
plazuela del Cristo jugando A la lunita con una porcion de mu-
chachos.
--Y t6 te quieres comparar con la hija de sefio Pimienta que
es una pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El dia menos
pensado traen & esa espiritada A su casa en una tabla con la ca-
beza partida en dos pedazos. La cabra, hija, siempre tira al mon-
te. Ti eres mejor nacida que ella. Tu padre es un caballero
blanco, y algun dia has de ser rica y andar en carruaje. ZQuien
sabe? Pero Nemesia no serA nunca mas de lo que es. Se casara,
si se casa, con un mulato como ella, porque su padre tiene mas
de negro que de otra cosa. Ti al contrario, eres casi blanca y
puedes aspirar a casarte con un blanco. ZPor que no? De me-
nos nos hizo Dios. Y has de saber, que blanco aunque pobre sir-
ve para marido; negro 6 mulato, ni el buey de oro. Hablo por
experiencia... Como que fui casada dos veces... No recordemos
cosas pasadas... Si ti supieras lo que le sucedi6 A una mucha-
chita-cuasi de tu misma edad-por no hacer caso de los consejos
de una abuela suya, la cual le pronostic6 que si daba en andar
por las calls tarde de la noche, le iba A suceder una gran des-
gracia...
-Cuentemelo, cu6ntemelo, Chepilla; repiti6 la nifia con la cu-
riosidad de tal.
-Pues senior, una noche muy escura (28), en que soplaba el
viento recio, por cierto que era dia de San Bartolomd, en que, como
ya te he dicho otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la
tarde,-estaba la muchacha Narcisa, que este era su nombre, sen-
tada cantando bajito en el quicio de piedra de su casa, mientras
su abuela rezaba arrinconada detras de la ventana... Me acuer-
do como si fuera ahora mismo. Pues senior, habian tocado Ani-
mas en el Espiritu Santo, y como el viento habia apagado los po-

(27) con la chancleta arrestro... con la chancleta arrastrando.
(28) escura... arcaismo: oscura.







CeCInA VALDS


cos faroles, las calls estaban muy escuras, silenciosas y solitarias,
como boca de lobo. Pues segun iba diciendo, la muchachita can-
taba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando asi, cate que se
oye tocar un violin por alB en vuelta del Angel. iQue se figure
la Narcisa? que era cosa de baile, y sin pedirle permiso A la abue-
la, sin decir oste ni most (29), ech6 A correr y no par6 hasta la
Loma. Asi que la vieja acab6 de rezar, creyendo que su nieta
estaba en la cama, segun era natural, cerr6 la puerta.
-ZY dej6 en la calle A la pobrecita? interrumpi6 Cecilia A la
contadora con muestras de ansiedad y lAstima.
-Ahora verbs. La viejecita antes de acostarse, porque ya
era tarde y se caia del suefio, cogi6 una vela y fuW al catre de la
nieta para ver si dormia. Fig6rate cuil no se quedaria ella que
la amaba tanto al encontrarse con el catre vacio. Corri6 a la puer-
ta de la calle, la abri6, llam6 a gritos A la nieta:-INarcisa! iNar-
cisa! Pero Narcisa no responded. Ya se ve, ic6mo habia de res-
ponder, la infeliz, si el diablo se la habia llevado?
-iC6mo fue eso? pregunt6 azorada la nifia.
-Yo te lo contar6, prosigui6 sefia Chepa con calma, notando
que producia el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues senior,
al legar Narcisa a las cinco esquinas del Angel, se le apareci6 un
j6ven muy galan, que le pregunt6 A d6nde iba a aquella hora de
la noche.-A ver un baile, contest la inocentona-Yo te llevare,
repuso el j6ven; y cogiendola por un brazo la sac6 A la muralla.
Aunque era muy escuro, repar6 Narcisa, que segun iban andando
el desconoci(do se ponia prieto, muy prieto, como carbon, que los
pelos de la cabeza se le enderezaban como lesnas, que al reir aso-
maba unos dientes tamafios, como de cochino jabali, que le nacian
dos cuernos en la frente, que le arrastraba un rabo peludo por el
suelo, vamos, que echaba fuego por la boca, como un horno de ha-
cer pan. Narcisa entonces di6 un grito de horror y trat6 de za-
farse, pero la figure prieta le clav6 las ufias en la garganta para
que no gritara, y cargando con ella, se subi6 a la torre del Angel,
que, segun habrds reparado, no tiene cruz, y desde alli la arroj6 en
un pozo hondisimo que se abri6 y volvi6 a cerrarse, tragAndosela
en un instant. Pues esto es, hija, lo que le sucede a las nifias
que no hacen caso de los consejos de sus mayores.
Di6 aqui fin a su cuento sefia Chepa y comenz6 la admiraci6n,
el pavor de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies A cabeza y


(29) sin decir oste ni moste... sin decir palabra.







CIRILO VILLAVERDE


A dar diente con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque mas
era el suefio que el miedo, con lo que dando traspies se fuA A la
cama: que es a lo que tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuen-
tos por el estilo le hizo A la andariega muchacha; pero estamos
seguros que no sac6 otro fruto con ellos que llenar su cabeza de
supersticiones y amilanar su espfritu. Ello es, que no por eso
dej6 la chica de hacer su gusto, escApandose A veces por la ven-
tana, aprovechAndose otras del moment en que la enviaban A la
taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en calle
y de plaza en plaza: cuando en pos de la ineitativa mfisica de un
bailey: cuando tras los tambores de los relevos; cuando de los ca-
rruajes del entierro; cuAndo, en fin, de la turba muchachil que
arrebata el medio de plata en el bautizo (30).

























(30) Alude Villaverde a la costumbre que se seguia en los bautizos.
Al terminarse la ceremonia y al salir de la iglesia, los padrinos arrojaban
un pufiado de pequeflas monedas de plata -los medios- a los muchachos
y mayores que esperaban en la calle.














CAPITULO IV.


Traim el emawnieui.
Ueo de impudicia y to derrama
Ra trw mil escagdhims vcesa,
Que inficiman el ieato
I altamente pubica qeI amGa.
GOMEMM CLMMAJI

Cinco 6 seis afios despu6s de la 6poca A que nos hemos con-
traido en los dos capitulos anteriores, A fines del mes de Setiem-
bre, habia dado principio el convento de la Merced a la series de
ferias con que hasta el afio de 1832, acostumbraban A solemnizar
en Cuba las fiestas titulares religiosas, consagradas a los santos
patrons de las iglesias y conventos; novenarios coincidentes a
veces con el circular del Sacramento, introducido en el culto de
Cuba, desde los primeros afios del siglo por el Senor Obispo Es-
pada y Landa
El novenario de paso dir6mos, comenzaba nueve dias anterio-
res a aquel en que caia el del santo patrono, prolongAndose hasta
otros nueve, con lo que se completaban dos novenas seguidas. Es
decir, diez y ocho dias de fiestas religiosas y profanas, que tenian
mas de grotescas y de irreverentes que de devotas y de edifican-
tes. En ese tiempo se decia misa mayor con sermon por la ma-
fiana y se cantaba salve A prima noche dentro de la iglesia, con
procesion por la calle el dia del santo.
Fuera del temple habia lo que se entendia por feria en Cuba,
que se reducia 6 la acumulacion en la plazuela 6 en las calls in-
mediatas, de innumerables puestos ambulantes, consistentes en
una mesa 6 tablero de tijeras, cubiertos con un toldo y alumbra-
dos por uno 6 mas candiles de quemar grasa, donde se vendia, no
ciertamente articulo alguno de industrial o comercio del pais, ni
product del suelo, caza, ave ni ganado, sino meramente baratijas
de escasisimo valor, confituras de varias classes, tortas, obra de
masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y ponche de leche. Aque-
Io no era feriar en el sentido recto de la palabra.
Pero esto no era por cierto el rasgo mas notable de nuestras






CIRILO VILULAVZE


fiestas circulares. Habia en el espectaculo algo que se hacia no-
table por demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora A
los juegos de envite y de manos que bacian parte de la feria y que
provocaban con sus estupendas, aunque mentirosas ganancias, la
codicia de los incautos. Los dirigfan y ejecutaban en su mayoria
hombres de color y de la peor ralea. Si bien groseros los artifi-
cios, no dejaban de engafiar A muchos que se daban por muy avi-
sados. Estos tenian lugar en la plazuela 6 en la calle, A la luz
mortecina de los candles 6 de los faroles de papel, y tomaban en
ellos parte gentes de todas classes, condiciones, edades y sexos.
Para las de alta posici6n social, queremos decir, para los blancos,
habia algo mas decent, habia la casa de baile, donde un Farruco,
un Brito, un Illas, 6 un marques de Casa Calvo, tenia puesta la
banca 6 juego del monte, desde el oscurecer hasta pasada la me-
dia noche, mientras duraban los diez y ocho dias de la feria.
Procurabase que la casa 6 casas de baile estuviesen lo mas ve-
cino que se pudiera A la parroquia 6 convento en que se celebra-
ba el novenario. En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la
orquesta, y en el patio se jugaba al juego conocido por del monte.
La mesa era larga y angosta, para que cupiesen los mas de los
jugadores sentados A ambos lados, el tallador A una cabeza y en
la otra su ayudante que dicen gurrupi4 (31). Para la proteeci6n
de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia, frequentes en
el otofio, se tendia un toldo del alero de la casa al caballete de la
tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para vergilen-
za nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apifiado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizas el sustento de su fa-
milia el dia siguiente, 6 el honor de la esposa, de la hija 6 de la
hermana, podia echarse de ver una dama mas ocupada del albur
que de su propio decor, 6 un mozo todavia imberbe, 6 un fragile
mercenario en sus hAbitos de estamefia color de pajuela, con el
sombrero de ala ancha encasquetado, las cuentas del largo rosa-
rio entire el indice y el pulgar de la mano izquierda, y la derecha
ocupada en colocar la moneda de oro 6 plata en el punto que mas
se daba, perdiendo 6 ganando siempre con la misma serenidad de
Animo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre mas decent, era
quien hacia el gasto del alquiler de la casa, el de la mfsica y el


(31) grru"pi... croupier.







CBCILA VALDAS


de las velas de esperma con que se alumbraban la sala de baile,
el comedor y la mesa del juego. Todo esto se hacia para atraer
A los jugadores. La entrada, por supuesto, era libre, aunque el
bastonero (32), que tambien tiraba sueldo, no admitia toda clause
de persona. En aquella 6poca corria much la moneda fuerte, los
duros espaholes y las onzas de oro. La plata menuda escaseaba,
y era cosa de oir el continue retintin de los pesotes columnarios
y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures de
una mano A otra 6 sobre la mesa, como para distraer el pensa-
miento y de algun modo interrumpir el solemne silencio del aza-
roso juego.
Que nada de lo que aqui se traza A grandes rasgos estaba pro-
hibido 6 no mas que tolerado por las autoridades constituidas, se
desprende claramente del hecho de que los garitos en Cuba pa-
gaban una contribution al gobierno para supuestos objetos de ca-
ridad. Qu6 mas? La publicidad con que se jugaba al monte en
todas parties de la Isla, principalmente durante la filtima 6poca
del mando del capitan general D. Francisco Dionisio Vives,-anun-
ciaba A no dejar duda que la political de dste 6 de su gobierno se
basaba en el principio maquiavlico de-corromper para domi-
nar,-copiando el otro edlebre del estadista romano: -divide et
impera. Porque equivalia A dividir los Animos, el corromperlos,
cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su degradacion.
Pero esta disgresion, por mas necesaria que fuese, nos ha des-
viado un tanto del punto objetivo de la present historic. Nues-
tra atencion la atraia por complete un baile de la clase baja que
se daba en el recinto de la ciudad por la parte que mira al Sur.
La casa donde tenia efecto, ofrecia ruin apariencia, no ya por su
fachada gacha y sucia, como por el sitio en que se hallaba, el cual
no era otro que el de la garita de San Jos6, opuesto A la muralla,
en una calle honda y pedregosa. Aunque de puerta ancha con
postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por zaguan, pues
abria derecho A la sala. Tras 6sta venia el comedor con el corres-
pondiente tinajero, armazon piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barri-
gona, los b6caros, de una especie de terra cotta y las palidas al-
carrazas de Valencia, en Espafia (33). Al comedor dicho daba la
puerta lateral del primer aposento, ocupado en su mayor parte


(32) El que dirigia o gobernaba los bailes.
(33) Errata corregida. El punto en vez de la coma.







CIRILO VILLAVERDE


por dos 6rdenes de sillones de vaqueta colorada, una cama con
colgaduras de muselina blanca y un armario, 6 que dicen en la
Habana escaparate. Otros cuartos seguian A ese, atestados de
muebles ordinarios, y paralelo A ellos un patio largo y angosto,
tambien obstruido en parte por el brocal alto de un pozo, cuyas
aguas salobres dividia con la casa contigua, terminando cuartos
y patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta iltima se hallaba una mesa de regular tamafio, ya ves-
tida y preparada con cubiertos como para hasta dies personas;
algunos refrescos y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dukes,
confituras, panetelas cubiertas, suspiros, merengues, un jamon
adornado con lazos de cintas y papel picado, y un gran pescado.
nadando casi en una salsa espesa, de fuerte condimento. En la
sala habia muchas sillas ordinarias de madera arrimadas A las pa-
redes, y A la derecha, como se entra de la calle un canape, con
various atriles de pik derecho por delante. Aquel, A la saz6n que
principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
m-isicos, tres violines, un contrabajo, un flautin, un par de timba-
les y un clarinete. El ultimo de los instruments aqui mencio-
nados se hallaba A cargo de un mulato j6ven, bien plantado y no
mal parecido de rostro, quien, no obstante sus pocos afios, dirigia
aquella pequefia orquesta.
Ese se veia de pi A la cabeza del canap6 por el lado de la
calle. Sus compafieros, casi todos mayores que C1, le decian Pi-
mienta, y ya fuese un sobrenombre, ya su verdadero apellido,
por 6ste lo designar6mos de aqui adelante. Su mirada distraida
y aun sombria, no se apartaba de la puerta de la calle, como si
esperase algo 6 A Alguien, en los moments de que hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor
cuadrado, se veia asediada de una multitud de curiosos de todas
edades y condiciones, que apdnas permitian acceso A la sala A las
mujeres y hombres con derecho 6 voluntad de entrar. Y decimos
con derecho 6 voluntad, porque nadie presentaba papeleta, ni
habia bastonero que recibiese 6 aposentase. El baile, conocida-
mente era uno de los que, sin que sepamos su origen, Ilamaban
cuna en la Habana. Solo sabemos que se daban en tiempo de
ferias, que en ellos tenian entrada franca los individUos de ambos
sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco A los
j6venes blancos que solian honrarlos con su presencia. El hecho,
sin embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refres-
co, prueba, que si aquella era una cuna en el sentido lato de la







CECILIA VALUDS


palabra, parte al menos de la concurrencia habia recibido previa
invitaci6n 6 esperaba ser bien recibida. Asi era en efecto la ver-
dad. La ama de la casa, mulata rica y rumbosa, liamada Merce-
des, celebraba su santo en union de sus amigos particulares, y
abria las puertas para que disfrutaran del baile los aficionados A
esta diversion y contribuyeran con su presencia al mayor lustre
6 interest de la reunion.
Serian las ocho de la noche. Desde por la tarde habian estado
cayendo los primeros chubascos de otoiio, y aunque habian sus-
pendido hacia el oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando
las calls intransitables, no habian refrescado la atm6sfera. Lejos
de ello, habia quedado tan saturada de humedad que se adheria
A la piel y hervia en los poros. Pero no eran estos inconvenientes
para los curiosos, que, segun hemos dicho antes, asediaban la
puerta y la ventana, hasta llenar casi la mitad de la angosta y tor-
cida calle; ni para los concurrentes al baile, que a media que
avanzaba la noche Ilegaban en mayor nulmero, unos A pie, otros
en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un hervidero
de cabezas humans, las mujeres sentadas en las sillas del rededor
y los hombres de pie en medio, formando grupo compact, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalia,
de seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de
una vigueta por tres cadenas de cobre, en que ardia la Anica vela
de esperma, para alumbrar A medias aquella tan extrafia como
heterogenea multitud.
Bastante era el ntmero de negras y mulatas que habian en-
trado, en su mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres
de la misma clase, cuya concurrencia superaba A la de las mujeres,
no vestian con mejor gusto, aunque casi todos levaban casaca de
pafio y chaleco de pique, los menos chupa de lienzo, dril 6 Arabia.
que entonces se usaban generalmente y sombrero de pano. No
escaseaban tampoco los j6venes criollos de families decentes y
acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de
color y tomaban parte en su diversion mas caracteristica, unos
por mera aficion, otros movidos por motives de menos puro ori-
gen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se reca-
taban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el desem-
barazo con que se detenian en la sala de bailey y dirigian la palabra
A sus conocidas 6 amigas, a ciencia y presencia de aquellas, que,
mudas espectadoras, los veian desde la ventana de la casa.
Distingulase entire los j6venes dichos antes, asi por su varonil







CIRILO VILLAVERDE


belleza de rostro y forms, como por sus maneras joviales, uno
A quien sus compafieros decian Leonardo. Vestia pantalon y chu-
pa de dril crudo, con lists rosadas, chaleco blanco de piqud, cor-
bata de seda ajustada al cuello por un anillo de oro y las puntas
sueltas, sombrero de yarey, tan fino que parecia hecho de holan
Cambray, calcetin de seda de color de came y zapato bajo con
hebillita de oro al lado. Por debajo del chaleco, asomaba una cin-
ta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y sujetas las puntas con
una hevilla tambien de ore. vista servia de cadena al reloj en el
bolsillo del pantalon. Habia alli otro hombre que se distinguia
mas si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto es.
por lo que diferian A su opinion y se reian de sus chocarrerias los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mu-
jeres, sobre todas al ama de la casa. Frisaba (34) ya en los cua-
renta afios de edad ese sugeto, no tenia pelo de barba, era blanco
de rostro, con ojos grandes y alocados, la nariz larga, roja hAcia
la punta, indicio de su poca sobriedad, la boca grande, mas ex-
presiva. Portaba siempre debajo del brazo izquierdo una cafia
de Indias con pufio de oro y borlas de seda negra. Le acompafia-
ba A todas parties, como la sombra al cuerpo, un hombre de facha
ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por sus movibles
y ardientes ojicos, y sobre todo, por sus enormes patillas negras,
que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempefiaba entonces, pues el otro A quien segufa era nada
menos que Cantalapiedra, comisario del barrio del Angel, el cual
abandonaba por andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacia que la m6sica tocaba las sentimentales y bullicio-
sas contradanzas cubanas, aunque todavia el baile, para valernos de
la frase vulgar, no se habia rompido. Acomodaba afanosa el ama
de la casa A sus amigos particulares y de mas edad en los sillones
del aposento, para que a salvo de pisadas y tropiezos pudiesen
gozar de la fiesta al mismo tiempo que no perder de vista a los
objetos 6 de su cuidado, 6 de su carifio, que como j6venes queda-
ban en la sala. Pimienta, el clarinete, se mantenia en piC a la
cabeza de la orquesta, tocando su instrument favorite, casi de
frente para la calle, cual si no hubiese entrado aun la persona
digna de su mdsica, 6 quisiera ser el primero en verla entrar.
Parecia, sin embargo, inttil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A to-


(34) Errata corregida. Frisaba en vez de frizaba.







CECILIA ALDts 87

dos estos saludos contestaba 61 invariablemente con un movimien-
to de cabeza, si se exceptia que cuando le toc6 su vez al capitan
Cantalapiedra, quien con su acostumbrada familiaridad le puso la
mano en el hombro y le habl6 en secret, contest quitAndose el
instrument de la boca:-Asi parece, mi capital.
Podia advertirse que cada vez que entraba una mujer notable
por alguna circunstancia, los violines sin duda para hacerle honor
apretaban los arcos, el flautin 6 requinto perforaba los oidos con
los sones agudos de su instrument, el timbalero repiqueteaba que
era un primor, el contrabajo, manejado por el despues c6lebre
Brindis, se hacia un arco con su cuerpo y sacaba los bajos mas
profundos imaginables y el clarinete ejecutaba las mas dificiles
y melodiosas variaciones. Aquellos hombres, es innegable, se ins-
piraban, y la contradanza cubana, creaci6n suya, aun con tan
pequefia orquesta, no perdia un Apice de su gracia picante ni de
su caracter profundamente malicioso-sentimental.













CAPITULO V.


-i Habeis visto en vuestra vida
Mujer mas airosa?
-No.
Ni al Parque jamas sa6
Mas aseada y bien prenida.
CMXmoN. Maflaas de Abrn y Mayo.

Despues de dar una vuelta por la sala, el comisario Canta-
lapiedra se entr6 de rondon en el aposento y en son de broma
le tap6 por detras los ojos al ama de la casa, en los moments
en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la manta
de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal
ama de la casa, Mercedes Ayala, era un mulata bastante vivara-
cha y alegre A pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta,
baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detras,
no se cort6 ni turb6 por eso, antes por un movimiento natural
acudi6 con entrambas manos A tentar las del que le impedia ver
y sin mas dilacion dijo:-Este no puede ser otro que Cantala-
piedra.
-zC6mo me conociste, mulata? pregunt6 el.
-;Toma! repuso ella. Por el aquel (35) de algunas gentes.
--El aquel mio 6 tuyo?
-El de los dos, senior; para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo A si suavemente por la cin-
tura con el'brazo derecho y le dijo una cosa al patio (36) que la
hizo reir much; aunque apartandole con ambas manos, repuso:
--Quite alla, lisongero. La que trastorna el juicio esta al caer.
Ya yo ya... CAtela V.
Si con estas iltimas palabras aludia la Ayala A una de las dos
muchachas que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso
carruaje A la puerta de la casa, hecho anunciado por el movimien-
to general de cabezas de dentro y fuera de ella, no cabe duda que
tenia sobrada razon. No la habia mas hermosa, ni mas capaz

(35) el aquel... el atractivo, donaire, sal.
(36) le dijo una cosa al pafto... le dijo una cosa al oldo y en secret.







CCLRJA VALD6S


de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era la mas
alta y esbelta de las dos, la que tom6 la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo
con un mulato que sali6 A recibirla al estribo, y la que asi por la
regularidad de sus facciones y simetria de sus formas, por lo estre-
cho del talle en contrast con la anchura de los hombros desnu-
dos, por la expresi6n amorosa de su cabeza, como por el color
ligeramente bronceado,-bien podia pasar por la Venus de la
raza hibrida eti6pico-caucasica. Vestia traje de punto illusion
sobre viso de raso blanco, mangas cortas con ahuecadores, que
las hacian parecer dos globos pequefios, banda de cinta ancha
encarnada A traves del pecho, guantes de seda largos hasta el
codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blan-
ca de marabi con flores naturales, las que, con el pelo hecho un
rodete bajo y un 6rden de rizos de sien A sien, por detras, daban
a su cabeza el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que
es lo que ella 6 su peluquero se habia propuesto contrahacer. La
compafiera iba vestida y peinada poco mas o menos como ella,
pero no siendo ni con much tan esbelta y bella, no atrajo tanto
la atencion.
Volvianse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le
abrian paso, le decian alguna lisonja 6 chocarreria, y en un ins-
tante el rumor sordo de:-la Virgencita de bronce, la Virgencita
de bronce, recorri6 de un extreme a otro la casa del baile. Que
la reina de este acababa de presentarse, sin la orquesta, dieran
de ello claras muestras la animation y el movimiento difundidos
por todas parties. Al pasar ella por junto al clarinete Pimienta, le
toc6 con el abanico en el brazo, acompafiando la accion con una
sonrisa, que fueron parte para que el artist, que por lo visto,
esperaba aquel instant con ansia devoradora, sacara de su ins-
trumento las melodies mas extrafias y sensibles, cual si la musa
de sus suefios plat6nicos, hubiese bajado A la tierra y adoptado
la forma de una mujer solo para inspirarle. Puede decirse en
resimen que el golpe del abanico, surti6 en el m6sico el efecto
de una descarga eldctrica, cuya sensacion, si es dable expresarlo
asf, podia leerse lo mismo en su rostro que en todo su cuerpo
desde el cabello A la plant. No se cruzaron palabras entire ellos,
por supuesto, ni parecian necesarias tampoco, al menos por lo
que A 61 tocaba, pues el lenguaje de sus ojos y de so mfisica era
el mas elocuente que podia emplear s6r alguno sensible, para ex-
presar la vehemencia de su amorosa passion.







CIRILO VILLAVERDE


Tambikn le toc6 con su abanico y se sonri6 con Pimienta la
compafiera de la Ilamada Virgencita de bronce, pero el menos ob-
servador pudo advertir que el toque y la sonrisa de la una no
tuvieron sobre 61 ni con much la influencia migica de los de la
otra. Al contrario, sus miradas se encontraron con natural y
sereno movimiento, por donde era fAcil colegir que habia inteli-
gencia entire ella y el musico, pero aquella inteligencia que tiene
por origen la amistad 6 el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta sigui6 con la vista A las dos muchachas,
en cuanto se lo permitian las gentes, hasta que entraron en el pri-
mer aposento, por la puerta del comedor, ent6nces ces6 de tocar
y par6 la m6sica.
Los j6venes blancos con Cantalapiedra A su cabeza, se habian
situado al fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicaci6n,
para hallarse A la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de
la calle, como de las que salian A bailar en la sala. El que llama-
ban Leonardo, no bien not6 la aproximacion del carruaje en que
Ilegaban las dos muchachas arriba mencionadas, se abri6 camino
A la calle, con alguna dificultad y se dirigi6 derecho al calesero,
al cual le habl6 en baja voz. Este para oirlo se inclin6 desde la
silla del caballo que montaba, se quit6 el sombrero, en seal de
respeto, y diciendo,-si sefior,- al punto ech6 A escape con el
carruaje, la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto,
la mas hermosa pregunt6 A su amiga en tono de voz que pudie-
ron oir algunos de los circunstantes:
--Lo has visto, Nene?
--Te ciega el amor? contest la compafiera con otra pregunta.
-No es eso, china, sino que no lo he visto. ZQu6 quieres?
-Pues por tu lado pas6 como un reguilete (37), cuando nos-
otras entrAbamos.
Con esto la otra ech6 una rApida ojeada en torno del grupo
de cabezas que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afan
de verla A su sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda
que sus ojos no tropezaron con los del individuo, cuyo nombre
ninguna de las dos mencion6, porque torci6 el cefio y di6 claras
muestras de su desazon. Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus
palabras y observando su semblante, dijo:-jC6mo! ZQu6, no
me ves? iAquf me tienes, cielo!


(37) como un reguilete... como una flecha.







CECULIA VALD&S


La j6ven hizo un mohin muy sonoro y no replic6 palabra Por
el contrario, Nemesia, que se perecia por los dimes y diretes,
contest con mas viveza que gracia:
-Ahi se podia estar el senior toda la vida. Naide preguntaba
por el senior.
-Ni yo hablaba contigo, poca sal (39).
-Ni se necesita, cristiano.
-iQu6 lengua, qu6 lengua! repiti6 el comisario.
Todo esto pas6 en un instant, sin volver atras la cara las mu-
chachas, ni pararse A conversar, sino el tiempo necesario para
que los hombres les abrieran paso. Ya en la puerta del aposen-
to, la Ayala recibi6 a sus amigas con los brazos abiertos y muchas
demostraciones de alegria y de carifio. Y ya fuese por cumpli-
miento, ya porque asi en efecto lo sentia, dijo casi A gritos:-Por
ustedes se aguardaba para romper el baile (40). iC6mo estA Che-
pilla? continue hablando con la mas j6ven. iNo ha venido? Em-
pezaba A career que habia habido novedad.
-Por poco no vengo, contest la preguntada Chepilla no se
sentia buena y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrin
esper6 por nosotras media hora por lo menos.
-Mas vale que no haya venido; continue la Mercedes. Por-
que la cosa va A durar hasta el alba y ella no podria resistir. Den-
me sus mantas.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tar-
d6 en presentarse en el aposento ocupado por las matronas, un
mulato alto, calvo, algo entrado en afios, aunque robusto, quien
plantAndose delante de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca
y con los brazos levantados:
-Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
-Pues hermano, A la otra puerta, que aqui no es; repuso la
Ayala con much risa.
-No hay que venirme con esas, sefiora, porque yo soy porfiado.
Ademas, que A nadie sino al ama de la casa corresponde el honor
de romper el baile; con mas que es su natalicio.
-Eso seria bueno si no hubiese en esta select reunion mu-
chachas bonitas, A quienes de derecho corresponde el dominio y
la gloria en todas parties.

(38) naide,.. forma popular de nadie.
(39) poca sal... sin gracia, pesado.
(40) para romper el baile... para empezar el bailey.







CIRILO VILLAVERDE


-Ya se v4, agreg6 el calvo, que no faltan esta noche en tan
select reunion muchas y muy bonitas muchachas, pero esta cir-
cunstancia, que concurre tambien en el ama de la casa, no les da
derecho A romper el baile. Hoy es el dia de su santo, Merceditas,
es V. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto dia, y es V.
la gracia y la sal del mundo. ZHe dicho algo? concluy6 recorrien-
do con la vista los circunstantes en busca de su aprobacion.
Todos que mas que menos, ya con la palabra, ya con la accion,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que
ponerse en pie y mal su grado seguir al compafiero A la sala. Por
entonces ya habian despejado los hombres, dejando un buen espa-
cio libre en el centro. El calvo levaba de la mano A la Ayala y
con ella se cuadr6 de frente para la orquesta, A la cual mand6 en
tono imperioso que tocase un minu6 de corte. Este baile serio y
ceremonioso estaba en desuso en la 6poca de que hablamos; pero
por ser propio de sefiores 6 gente principal, la de color de Cuba
le reservaba siempre para dar principio A sus fiestas.
Bailada aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte
de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron A
la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego sin
mas demora comenz6 de veras el baile, es decir, la danza cubana;
modificacion tan especial y peregrina de la danza espafiola, que
apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presented se
arrest a invitar A la j6ven de la pluma blanca, como si dij-ramos,
a la musa de aquella fiesta, y ella sin hacerse de rogar ni poner
ningun reparo, acept6 de piano la invitacion. Cuando pasaba del
aposento a la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza,
se le escap6 a una de las mujeres la siguiente audible exclama-
cion:
--iQu" linda! Dios la guard y la bendiga.
-El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya; agre-
g6 otra.
-iC6mo! zQue muri6 la madre de esa nifia? pregunt6 muy
azorada una tercera.
-;Toma! AQue ahora se desayuna V. de eso? repuso la que
habl6 en segundo lugar. jPues no oy6 V. decir que habia muerto
de results de haber perdido A su hija A los pocos dias de nacida?
-No entiendo c6mo la perdi6 si vive.
-No me ha dejado V. esplicar, sefia Caridad. Perdi6 A su hija
a los pocos dias de nacida porque se la quitaron cuando menos lo
esperaba. Hay quien diga que la abuela, para ponerla en la Real







cUcnIA VALDi


Casa Cuna y hacerla pasar por blanca; hay quien diga que la
abuela no fu6 la ladrona, sino el padre de la muchacha, que era
un caballero de muchas campanillas y ya se habia arrepentido de
sus tratos y contratos con la madre. Esta perdi6 junto con la hija
el juicio y cuando le volvieron la hija, por consejo de los m6dicos,
ya fu6 tarde, porque si recobr6 el juicio, que hay quien lo duda,
no recobr6 la salud, y muri6 en Paula.
-Ha contado V. una historic, sefa Trinidad; dijo pasito la
Ayala con sonrisa de incredulidad A la mulata que acababa de
hablar.
-Hija, replic6 la Trinidad alto, como me la contaron la cuen-
to; ni quito ni pongo de mi caudal.
-Pues segun mis informes, que son de buena tinta, continue
la Ayala, V. 6 la que le cont6 la historic afiadi6 much de su pro-
pio caudal. Lo digo, porque no se sabe de eierto si la madre de
la nifia 6sta vive 6 muere, lo mnico que estA bien averiguado es
que la abuela oculta A la nieta el nombre de su padre, aunque es
precise ser ciega para no verlo 6 conocerlo. Cuando menos anda
ahora mismo por las ventanas, sigui6ndole los pasos A la hija, como
que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre in-
grato y desnaturalizado arrepentido de su conduct con la infeliz
Rosarito Alarcon, no halla otro medio de expiar su culpa que se-
guir A la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina (41), para
ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado.
Trabajo le mando. Como que asi asi se le cortan las alas al pa-
jaro que una vez emprendi6 el vuelo.
-Pero se puede saber, pregunt6 la que dijeron Caridad, ,qui6n
es el sefioron de que se trata? Porque aqui tiene V. una persona
que no lo conoce ni lo ha visto nunca; y no me parece que soy
sorda ni ciega.
-Como s6 lo que es una curiosidad no satisfecha, sefia Cari-
dad, voy A sacarla de dudas; dijo la Ayala acercAndose. Creo
que hablo con una mujer de secret, y por eso le digo todo lo que
hay en el asunto. Apuradamente no tengo por qu6 andar con
tapujos (42) a estas horas. Sepa que el hombre es...; y poniin-
dole ambas manos en los hombros A la curiosa le comunic6 en se-

(41) de cuna en cuna y de ponina en ponita... de fiesta en fiesta y de
balle en bale. La ponina era la diversi6n a escote en que todos lee invita-
dos se dividian los gastos.
(42) andar con tapujos... andar con disimulo ocultando la verdad.







CIRU O TRLLAVt DE


creto el nombre del individuo. ZLo conoce V. ahora? concluy6
preguntando la Ayala.
-Por supuesto que si, contest sefia Caridad. Como A mis
manos. Lo mas que yo conocia. Por cierto que...; pero cillate
lengua.
Serian las diez de la noche y entonces estaba en su punto el
baile. BailAbase con furor; decimos con furor, porque no encon-
tramos termino que pinte mas al vivo aquel mover incesante de
pies, arrastrAndolos muellemente junto con el cuerpo al compas
de la mlsica; aquel revolverse y estrujarse en medio de la api-
fiada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la
danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta
con sus estrepitosos timbales, podia oirse, en perfect tiempo con
la misica, el mon6tono y continue chis, chas de los pies; sin cuyo
requisite no cree la gente de color que se puede Ilevar el compas
con exacta media en la danza criolla.
En la 6poca A que nos referimos estaban en boga las contra-
danzas de figures, algunas dificiles y complicadas, tanto que era
precise aprenderlas por principio antes de ponerse A ejecutarlas,
pues se exponia A la risa del pdblico el que las equivocaba, equi-
vocacion A que decian perderse. Aquel que se colocaba A la ca-
beza de la danza ponia la figure y las demas parejas debian eje-
cutarla 6 retirarse de las filas. En todas las cunas generalmente
habia algun maestro A quien cedian 6 se tomaba el derecho de
poner la figure, la misma que al volver A la cabeza de la danza,
la cambiaba A su antojo. El que mas raras y complicadas figures
ponia, mas cr&dito ganaba de excelente bailador, y se tenia A hon-
ra entire las mujeres el ser su compaftera 6 pareja. Con el maes-
tro per se, fuera de esa distinction, que se disputaba a veces, habia
la seguridad de no perderse; ni verse en la triste necesidad de
sentarse. sin haber bailado, despues de haberse colocado en las fi-
las de la danza.
En la noche en question, bailaba el maestro con Nemesia, la
amiga predilecta de la j6ven de la pluma blanca. Habia 61 pues-
to muchas y muy raras figures, dejando conocidamente para lo fil-
timo la mas dificil y complicada. La segunda, tercera, cuarta y
quinta parejas salieron airosas de la prueba, ejecutando la figure
con los mismos enlaces, desenlaces y actitudes, del maestro; pero
no obstante el espacio que tuvo para estudiarla y aprenderla el
compafiero de la apellidada Virgencita de bronc, pues ocupaba
en las filas el sexto lugar, A media que se acercaba su turno, cre-








CECILIA VALDiS


cia su ansiedad y volvia el rostro hacia los mfsicos en ademan
suplicatorio, como esperando que adivinaran su aprieto y para-
sen la musica. Aquella inquietud se comunic6 A la muchacha, la
cual conoci6 que iba A pasar por la vergfienza de tener que sen-
tarse en lo mas animado y divertido de la danza. El temor lleg6
A dominar todo su ser, poniendola palida y nerviosa. Lo que pa-
saba en el animo de esa pareja no tard6 en hacerse visible A los
ojos de las demas parejas y de muchos de los espectadores del
baile.
La idea no mas de que la hasta allf reina de la cuna, podia
verse obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, habia lle-
nado de cruel y envidioso regocijo A las otras muchachas A quie-
nes habian mortificado sobre manera las preferencias y plblicos
el6gios que de ella hacian los hombres desde el moment de su
entrada en el baile. En aquellas critics circunstancias, Pimien-
ta, que no la habia perdido tampoco un punto de vista en medio
de sus caprichosos giros y del tumulto de la danza,--comprendi6
al vuelo lo que pasaba y sin advertir A nadie de su intent, par6
la mfisica de golpe. Respir6 con desahogo el compaiero de la
j6ven y 6sta pag6 con una sonrisa celestial, aquel socorro tan 4
tiempo del director de la orquesta.














CAPITULO VI.


Y del t-umunt indiscret
One ardiente en s torno gira,
Ninauno le dijo:--mia,
Aquel te adora en secret
Que oyendo y viendote estas
Rhinur m Paem Quince de Axooto.

Habra comprendido ya el discreto lector, que la Virgencta de
bronce de las anteriores paginas, no es otra que Cecilia Valdes,
la misma jovenzuela andariega que procuramos darle A conocer
al principio de esta veridica historic. HallAbase, pues, en la floor
de su juventud y de su belleza, y empezaba A recoger el id6latra
tribute que A esas dos deidades rinde siempre con largueza el
pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descui-
dada crianza y se una A esto la soez galanteria que con ella usa-
ban los hombres, por lo mismo que era de la raza hibrida 6 infe-
rior,- se formarn cualquiera idea aproximada de su orgullo y va-
nidad, m6viles secrets de su carActer imperioso. Asi es que sin
vergiienza ni reparo A menudo manifestaba sus preferencias por
los hombres de raza blanca y superior, como que de ellos es de
quienes podia esperar distinction y goces, con cuyo motivo solia
decir A boca llena,-que en verbo de mulato solo queria las mantas
de seda (*), de negro solo los ojos y el cabello.
FAcil es de career, que una opinion tan francamente emitida
como contraria A las aspiraciones de los hombres de las dos cla-
ses iltimamente mencionadas, no les haria buena sangre, segun
suele decirse; con todo eso, bien porque no se creyese sincere a
su autora cuando la expresaba, bien porque se esperaba que hi-
ciera una excepci6n, bien porque siendo tan bella era impossible
verla sin amarla, lo cierto es que mis de un mulato estaba per-
dido de amores por ella, sobre todos Pimienta el misico; como
habra podido advertirse. Este tal gozaba la inapreciable venta-
ja sobre los demas pretendientes de ser hermano de la amiga In-

La ummit de barato (pafol grade e e seda) era a moda general en la epoca A
que me alIde en latnmela las mulatas l usabam de color carmeita 6 pardo.









CECLIA VALD*S


tima y compatiera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo podia
verla A menudo, tratarla con intimidad, hae6raele necesario y ga-
nar tal vez su rebelde corazon 6 fuerza de devocion y de constan-
cia. iA qui6n no ha halagado en su vida esperanza mas efime-
ra?- De todos modos, 61 siempre tenia present aquel canto po-
pular de los poetas espafioles, que principia,-Labra el agua sin
ser dura, un marmol endurecido,-y puede decirse en honor de
la verdad, que Cecilia le distinguia entire los hombres de su clase
que se le acercaban 6 celebrarla, si bien semejante distinction has-
ta la fecha present, no habia pasado de uno que otro rasgo de
amabilidad con un hombre por otra parte muy amable, cortks y
atento con las mujeres.
Acabada la danza, se inund6 de nuevo la sala y comenzaron
a6 frmarse los grupos en torno de la mujer preferida por bella,
poTamable 6 por coqueta. Pero en medio de la aparente con-
fusion que entonces reinaba en aquella casa, podia observar cual-
quiera, que al menos entire los hombres de color y los blancos, se
hallaba establecida una linea divisoria, que tAcitamente y al pa-
recer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte. Verdad es,
que unos y otros se entregaban al goce del moment con tal ahin-
co, que no es much de extrafiar olvidaran por entonces sus mu-
tuos celos y odio mutuo. Ademas de eso, los blancos no abando-
naron el comedor y aposento principal, A cuyas piezas acudian las
mulatas que con ellos tenian amistad, 6 cualquier otro g6nero de
relacion, 6 deseaban tenerla; lo cual no era ni nuevo ni extraifo,
atendida su marcada predileccion. Cecilia y Nemesia, por uno u
otro de estos motives, 6 por su estrecha amistad con el ama de la
casa, no bien concluy6 la danza se fueron derecho al aposento y
ocuparon asiento detras de las matronas hAcia el comedor. Alli
sin mas dilacion se form el grupo de los j6venes blancos, por-
que, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las mas intere-
santes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo sin dispu-
ta que eran trees, el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su
amigo intimo el j6ven conocido par Leonardo. Este lfltimo tenia
apoyada la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocu-
pada por Cecilia, quien por casualidad 6 A post (43), le estruj6
los dedos con la espalda.
--Asi trata V. 6 sus amigos? le dijo Leonardo sin retirar la
mano, aunque le escocfa bastante.

(43) a posta... adrede, de prop6sito.








CIRILO VILLAVERDE


Content6se Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos,
cual si la palabra amigo sonase mal en quien debia saber que era
tratado como enemigo.
-Esa nifia estA hoy muy desdefiosa; dijo Cantalapiedra que
not6 la accion y la mirada.
-iY cuando no? dijo Nemesia sin volver la cara.
-Nadie te ha dado vela en este entierro (44); repuso el co-
misario.
-Y al senior Zqui4n se la ha dado? agreg6 Nemesia mirandole
ent6nces de reojo.
-iA ml? Leonardo.
-Pues A mi, Cecilia.
-No hagas caso, mujer; dijo esta iltima a su amiga.
-Si no fuera por que... yo te ponia mas suave que un gMn-
te; afiadi6 Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.
-No ha nacido todavia, dijo ella, el que me ha de hacer do-
blar el cocote (45).
-Tienes esta noche palabras de poco vivir; le dijo entonces
Leonardo inclinandose hasta ponerle la boca en el oido.
-Me la debe usted y me la ha de pagar; le contest ella en
el propio tono y con gran rapidez.
-Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi
padre.
-Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Solo s6 que V. me
ha desairado esta noche.
-zYo? Vida mia...
En aquella misma sazon se acerc6 Pimienta por la puerta de
la sala saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se
puso al alcance de Cecilia, esta le ech6 mano del brazo derecho
con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire
volubles: -iOiga! iQu6 bien cumple un hombre su palabra
empefiada!
-Nifia, contest con solemne tono, aunque el caso no era para
tanto; Jose Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.
-Lo cierto es que la contradanza prometida aun no se ha
tocado.
-Se tocard, Virgencita, se tocara, porque es precise que sepa
que d su tiempo se maduran las uvas.

(44) Nadie te ha dado autoridad para que intervengas en esto.
(45) doblar el cocote... doblar el cogote, humillarse.








CECIIA VALDU


-La esperaba en la primer danza.
-Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la
primera, sino en la segunda danza, y la mia no debia salir de la
regla.
-ZQuh nombre le ha puesto? pregunt6 Ceciia.
-El que se merece por todos estilos la nifia A quien va dedi-
cada: --Caramelo vendo.
-;Ah! Esa no soy yo por cierto; dijo la j6ven corrida.
-Quien sabe, nifia. ;Qu4 tarde vinieron!, agreg6 hablando
con su hermana Nemesia.
-No medigas nada, Jos6 Dolores, repuso 6sta. Cost6 Dios y
ayuda (46) persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, por-
que lo que es ello no podia acompafiarnos. Consinti6 a lo iltimo
porque vinimos en quitrin. Y aun asi, (para ailadir estas pala-
bras mir6 A Cecilia como consultando su semblante), si n6 toma-
mos la determination de meternos en 61, nos quedamos... Chepilla
se puso furiosa en cuanto que se asom6 A la puerta y conoci6...
--Chepilla no se puso brava por nada de eso, mujer; interrum-
pi6 Cecilia con gran viveza A su amiga. No queria que vini4se-
mos porque la noche estaba muy mala para baile. Y tenia mu-
cha razon, solo que yo habia dado mi palabra...
Por prudencia 6 por cualquier otro motive Pimienta se alej6
de alli sin aguardar A mas explicaciones. No sucedi6 lo mismo
con Cantalapiedra, que era hombre curioso si los hay, por lo que
con sonrisa maliciosa le pregunt6 A Nemesia.-iSe puede saber
por que la Chepilla se puso furiosa luego que reconoci6 el quitrin
en que ustedes vinieron al bailey?
-Como yo no soy baul de naiden (47), contest la Nemesia
prontamente, dir la verdad. (Cecilia le peg6 un pellizco, pero
ella acab6 la frase.) Claro, porque conoci6 que el quitrin era del
caballero Leonardo.
Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demas
presents al alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron
en el individuo que ella habia nombrado, y aquel tocAndole en el
hombro le dijo:
-Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje 6
dos reales mozas como 6stas en noche tan fea, no es motive para
que nadie sospeche malas intenciones de un caballero.
(46) cost ios y ayuda... cost much trabajo.
(47) no soy btUQ de naiden... no guard secrets de nadie. Naiden
es la forma popular de nadie.








CIRILO VILLAVERDE


-Ese quitrin, lo mismo que el coraz6n de su dueflo, repuso
Leonardo sin cortarse, estan siempre A la 6rden de las bellas.
Salia entonces Pimienta por la puerta del comedor y oy6 dis-
tintamente las palabras del j6ven blanco, convencidndole decade
luego, de quien era el quitrin en que Cecilia y a su hermana Ne-
mesia habian venido al baile. El desengafio le hiri6 en lo mas
vivo del alma, por lo que echando una mirada triste al grupo de
j6venes blancos, de seguidas pas6 A la sala, donde despues de ar-
mar el clarinete, toc6 algunos registros, A fin de que entendieran
sus compafieros que era tiempo de que se reuniera de nuevo la
orquesta. Afinados los instruments, sin mas dilacion rompid la
musica con una contradanza nueva, que A los pocos compases no
pudo menos de Ilamar la atencion general y arrancar una salva
de aplausos, no solo por que la pieza era buena, sino porque los
oyentes eran conocedores; aserto este que creeran sin esfuerzzo
los que sepan cuan organizada para la muisica nace la gente de
color. Se repitieron los aplausos, luego que se dijo el titulo de
la contradanza,-Caramelo vendo, y a quien estaba dedicada,-a
la Virgencita de brone. De paso puede afiadirse, que la fortune
de aquella pieza fu6 la mas notable de las de su especie y dpoca,
porque despues de recorrer los bailes de las ferias por el resto del
afio 6 invierno del subsecuente, pas6 A ser el canto popular de
todas las classes de la sociedad.
Excusado parece decir, que con una contradanza nueva, guia-
da por su mismo autor, y tocada con much sentimiento y gracia,
los bailadores echaron el resto, quiere decirse, que llevaron el
compas con cuerpo y pies; cuyo mon6tono rumor en toda apa-
riencia duplicaba el nfmero de la orquesta. Bien claro decia el
clarinete en' sus argentinas notas,-caramelo vendo, vendo cara-
melo; al paso que los violines y el contrabajo las repetian en otro
tono, y los timbales hacian coro estrepitoso a la voz melancl6ica
de la vendedora de ese dulce. Pero iqu6 era del autor de la
pieza que tanta impression causaba? En medio del delirio de la
danza Zhabia qui6n se acordara de su nombre? iAy! No.
Como la noche avanzaba sin sefiales de bonanza, desde temprano
la gente curiosa de la calle empez6 a desamparar la puerta y ven-
tanas del baile y a las once, no quedaba en ellas cara blanca, al
menos de mujer. De esta circunstancia se aprovecharon los j6ve-
nes de families decentes, a que nos hemos referido mas arriba,
que abrigaban un cierto escrdpulo, para ponerse a bailar con las
mulatas amigas 6 conocidas. Cantalapiedra tom6 por pareja A la






BCICJA VAUS


ama de la casa Mercedes Ayala, Diego Meneses A Nemesia y Leo-
nardo A Cecilia; y parte por guardar en lo possible la line de
separacion, parte por un resto de ese mismo tardio escr6pulo, es-
tablecieron la danza en el comedor, no obstante la estrechez y de-
saseo de la pieza.
Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonia
de alma de Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada,
se hallaba en brazos de un j6ven blanco, tal vez del preferido de
su corazon, pues como sabemos, no ocultaba ella sus sentimientos,
se entregaba today al delirio del bale, mi6ntras 61, atado A la or-
questa, cual A una roca, la veia gozar y contribuia A sus goces,
sin participar de ellos en lo mas minimo. La turbacion de su es-
piritu, no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su direction de
la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de su
instrument favorite. Por el contrario, su inquietud y su passion,
no parece sino que encontraron desahogo por las laves del clari-
nete, se exhalaron, por decirlo asi, segun lo peregrino y suave de
las notas que de l6 sacaba, esparciendo (48) el encanto y la anima-
cion entire los bailadores. Como suele decirse, no qued6 titere
con cabeza que no bailara, pues se arm6 la danza en la sala, en
el comedor, en el aposento principal y en el angosto y descubierto
patio de la casa. ,Qub much, pues, que ent6nces no pasara si-
quiera por la mente de los que tanto se-divertian y gozaban, que
el autor y el alma de toda aquella alegria y fiesta, Jose Dolores
Pimienta, compositor de la contradanza nueva, agonizaba de amor
y de celos?
Pasadas serian las doce de la noche, cuando ces6 de nuevo la
misica, con lo que A poco empezaron a retirarse las personas que
podian considerarse extrafias para el ama de la casa, porque hasta
entonces no levant6 6sta la voz diciendo que er ahora de cenar.
Y para apresurar la march, agarr6 ella por el brazo A dos de sus
mejores amigas y arrastro casi las llev6 al fondo del patio, donde
dijimos que estaba puesta la mesa del ambig6. Tras ellas siguie-
ron las demas mujeres y los hombres, entire los segundos Pimien-
ta y Brindis, los m6sicos, Cantalapiedra y su inseparable corchete,
el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo Diego Meneses.
Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, 6nicas que cu-
pieron, aunque eran pocas, los hombres se mantuvieron en pie
cada cual detras de la silla de su amiga 6 preferida. Quedaron


(48) Errata corregida. Esparciendo en vez de eparcidetdo.




Full Text















CECILIA VALDES
O
LA LOMA DEL ANGEL









CIRILO VILLAVERDE


CECILIA


VALDES


O


LA


LOMA


DEL


ANGEL
(Novela de costumbres cubanas)



Edici6n, pr6logo y notas
por
Olga Blondet Tudisco, LONG ISLAND UNIVERSITY
y
Antonio Tudisco, COLUMBIA UNIVERSITY




Las AmEricas Publishing Company
New York


LIBRERIA


CERVW,-


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1126 West Hagler Weet
A41084 Florida 33130
T4, 371-0556









6evtlZy

194c










Published September 1964
by LAS AMERICAS PUBLIC


HING COMPANY


152 East 23rd Street
New York (U. S. A.)


Dep6sito legal B. 12911-1464
EDITORIAL VALLPS, S. L.
Barcelona


Printed In Spain














CIRILO VILLAVERDE

VIDA Y OBRA




La vida y la obra de Villaverde parecen ser una progresi6n ha-
cia la sintesis lograda en su obra maestra, Cecilia Va~lts. El pa-
triotismo y la literatura serAn los dos polos del eje de la vida del
novelista, y Jos6 Marti -el mas grande de los cubanos- lo en-
foc6 mejor que nadie cuando afirm6 que Villaverde compuso no-
velas sociales en lengua literaria.
Es fAdil sefialar trees etapas bien defihidas de esa vida larga y
de esa labor ardua dedicadas a la liberacion de Cuba. La primera
etapa abarca los alios de la infancia y la juventud, la iniciaciOn
literaria y la actuacidn politica, revolucionaria, que le levari al
destierro; la segunda comprende los alios de exilio en los Esta-
dos Unidos; y la tercera, la vejez, cuando publica la edici6n defi-
nitiva de Cecilia Valds en 1882, cuarenta y tres alios despues de
haberla empezado.
Nace Cirilo Sim6n Villaverde y de la Paz el 28 de octubre
de 1812 en el ingenio Santiago, que quedaba cerca del pueblo de
San Diego de N6fiez (Pinar del Rio). Era el sexto hijo del medico
del ingenio, el doctor Lucas Villaverde, y de dofia Dolores de
la Paz.
Como su padre no tenia tiempo ni humor para hablar con los
hijos, y como su madre, seg6n Villaverde, no conocia ni el cristos,
el niflo cursa sus primeros estudios con el sacristan de la parro-
quia de San Diego. Pasa los primeros anios en una po6tica casa de
campo que luego describirh en la novela El guafiro. No podia
haber nacido en sitio mis adecuado para empaparse del ambience
campestre cubano. Producen las costumbres del ingenio una im-





CIRILO VILLAVERDE


presi6n imborrable en su alma de nifio. All! dice, refiridndose al
ingenio Santiago, ipermaneci con otros hermanos mayores que yo
hasta la edad de 6 o 7 aios; pudiendo presenciar en medio de mis
juegos y correrias casi todas las escenas de crueldad que, ya en-
trado en la vejez, pinte en la novela Cecilia Vaidksa.
Nadie ignora la preponderancia que en las costumbres del pals
tenfa entonces el ingenio de azticar, tan intimamente ligado a la
vida econ6mica y social de Cuba. El ingenio no era la finca leja-
na, desconocida y abandonada en manos de administradores, sino
el lugar de frecuentes y prolongadas visitas de los duefios y sus
amigos. En los ingenios vivian y se divertian, ajenas a los horro-
res de la esclavitud, las clases pudientes de la sociedad cubana.
Naci6 Villaverde y se cri6 entre piaras de siervos. Observ6 desde
niflo el martirio de la raza esclava y el envilecimiento de las cas-
tas dominantes.
En 1823 los padres lo mandan por primera vez a la Habana.
All!, sin darse cuenta, seguird almacenando datos vitales para su
libro. La casa de la tia con quien vive era una especie de cober-
tizo. de tablas al lado de un basurero, cerca de la esquina de Cam-
panario Viejo y Maloja. Primer encuentro con los bajos fondos
habaneros. Sigue sus estudios en la escuela de don Antonio VAz-
quez. El muchacho muestra tener una gran facilidad para apren-
der todo Lo que se podia confiar a la memoria, pero era torpe para
otras disciplinas, sobre todo para la aritmetica. Debido a un dis-
gusto con el maestro, determina abandonar la escuela. En seguida
emprende estudios de latin con el abuelo paterno, archivo locuaz
y cr6nica viva de leyendas y an6cdotas. Este buen senior, encanto
e idolo del provincianito, aparece retratado con todos sus pelos
y sefiales en una novel de Villaverde: El penitente. A los dieci-
s6is alios de edad, el joven Villaverde ingresa en el colegio del
Padre Morales, para seguir estudios superiores de latin. Luego,
despues de haber cursado filosofia y derecho en el Seminario de
San Carlos, se recibe de Bachiller en Leyes en 1832. Inicia la
prdctica con un tal doctor C6rdoba y gana doscientos pesos en
la tramitaci6n de un testamento. tstas serin las Gnicas ganan-
cias que le produce la abogacia. Pas6 despu6s a trabajar con el
licenciado Santiago Bombalier, tel mis trampol6n y botarate de
los abogados en la Habanas, y se hastia del foro. Villaverde aban-
dona desilusionado la carrera para dedicarse al magisterio y al
cultivo de las letras, exclamando que eel foro cubano estaba so-
metido a jueces bdrbaros y corrompidos, que vend!an la justicia


8




CCLIA VALis 9


como se vende la care en el mercado, y a oficiales de causas que
contribulan con su mendacidad y codicia al desprestigio de la
carrera.j Hablaba y reaccionaba el hombre de alto sentido moral.
La ilustracidn de Villaverde, en esta 6poca de su vida, era bas-
tante rudimentaria. Su cultura literaria se reducia a descosidas y
confusas impresiones sugeridas por una lectura desorganizada.
Pero siente el deseo de escribir y se dedica a adquirir conoci-
mientos literarios. La novela romhntica de Ram6n de Palma, Yu-
mtrf, le inspira y le sugiere el g6nero literario que habia de cul-
tivar con gran afhn. Tiene veinticinco afios cuando aparecen sus
primeras novelitas romanticas en la Misceldnea de Otil y Agrada-
ble Recreo. Estas obras primerizas -El ave muerta, La pena blan-
ca, El perjurio, La cueva de Taganana- estAn calcadas en el
gusto reinante de la 6poca. Son obras de desenlace trfgico, lenas
de pasiones desenfrenadas, suicidios, muertos y esqueletos. Afios
ms tarde, Villaverde repudi6 estos primeros trabajos, pero Lo
importante es que desde el principio la critical reconoce en 61 al
novelista en cierne. Y aun mas, estas obras le franquean las puer-
tas de la tertulia de Domingo del Monte. Amistad orientadora la
de del Monte y de capital influencia en la formaci6n literaria del
joven escritor. Apunta uno de los criticos que Villaverde fue
clAsico en sus mocedades, y a veces arcaico, profes6 en la escuela
romAntica, que luego abandon para escoger por guia a un ingl6s
y a un italiano. La nota cl'sica y arcaica la aclara el mismo Vi-
laverde al referirse a Domingo del Monte: (No s6lo me alent6
a proseguir en la carrera literaria, sino que me prest6 libros para
estudiar el idioma castellano y formar un estilo en que expresar
mis pensamientos al menos con propiedad y claridad. Y como esos
libros eran por lo regular de escritores anteriores al siglo xvm,
tome de ellos voces arcaicas y giros desusados, seg6n puede verse
en todos mis escritos, hasta en Cecilia Valdss. Si se inicia Vi-
laverde con la novela romantica por consejo e influencia de Ra-
m6n de Palma, luego seguir4 otro rumbo bajo la tutela de Do-
mingo del Monte, que le facilita el conocimiento de las aporta-
ciones de la novela hist6rica de Walter Scott y de Alejandro Man-
zoni. Fuente principal para el estudio de Cecilia Valdds, segdn
indica su autor en el pr6logo a la edici6n de 1882: cHace mas
de treinta aios que no leo novela alguna, siendo W. Scott y Man-
zoni los dnicos modelos que he podido seguir al trazar los varia-
dos cuadros de Cecilia Valdds.s
Alentado y halagado por la amistad de Domingo del Monte,


9





CIRILO VILLAVERDE


persiste Villaverde en la tarea de estudiar, escribir y observar la
realidad cubana. Aparece en 1838 una minuciosa descripci6n de
los canaverales y cafetales de la regi6n del Aguacate y del mo-
gote de la Guacamaya, publicada en forma de carta en La siem-
previva, con el titulo de A Don Quintin Suzarte desde las Sierras
del Aguacate. De ese mismo ano, y publicados en El Album, son
un articulo de costumbres titulado Engafiar con la verdad, des-
cripci6n del ambiente y barullo del Carnaval, y una novela ro-
mAntica, El espet6n de oro, cuyo mdrito estriba en los elementos
cubanos inconfundibles utilizados por Villaverde para elaborar
una trauma poco original.
La Habana lo atrafa y entretenia, pero Villaverde nunca se
olvida de la regi6n donde naci6. El recuerdo de Vuelta Abajo estA
en sus novelas y cuentos: la vida palpitante de la regi6n la en-
contramos retratada en la relaci6n de dos viajes que hizo alli.
La excursion a Vuelta A bajo -publicada en dos partes- es quizhs
la mejor obra costumbrista de la literatura cubana, pero, ademhs,
nos revela la indignaci6n del escritor ante las miserias humanas
ocasionadas por el sistema esclavista. Estas mismas descripciones
le resultaran de gran provecho a Villaverde en la composici6n de
Cecilia Vald6s. El hombre y el paisaje de Vuelta Abajo son ele-
mentos constantes y esenciales en la obra del novelista.
Los anos que van de 1837 a 1840 son de una gran actividad
literaria. Se iba estableciendo la fama del joven escritor y las re-
vistas literarias daban pronta acogida a sus obras. En 1839 apa-
recen La cruz negra, Lola y su periquito, Teresa y la primera
parte de Cecilia Valds, que fue un 6xito. Del afio siguiente son
dos cuentos, Amor fraternal, Equivocaci6n de nombres, y una no-
vela, La joven de la flecha de oro, bastante parecida en su trama
a El espetdn de oro. La joven de la flecha de oro goz6 de popu-
laridad, pero representa una caida despu6s del triunfo y la pro-
mesa literaria que anunciaba la primera parte de Cecilia Valdts.
Estos anos tambidn son de gran actividad politica. Villaverde
figura entre las filas de los que sentian y propagaban la necesidad
de librar a Cuba de los males del gobierno colonial espafiol. Si-
guiendo los principios de la ensefianza regeneradora de sus maes-
tros del Seminario, se entrega a la lucha contra el ascendiente
teol6gico y militar de Espana. Por lo exaltado de sus ideas y por-
que se sabia que era partidario del separatismo, desde 1840 en ade-
lante, Villaverde se hace sospechoso al gobierno espafiol.
Queda reducida la producci6n literaria de 1841 a algunos ar-


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CECILIA VALDts


ticulos de costumbres: La Habana en 1841, Modas, Mdscaras,
Una mudada. En ese aflo se marcha Villaverde, de pronto, a Ma-
tanzas, para dedicarse a la ensefianza. ZSeria quizhs con la idea
de despistar a las autoridades espafiolas? No se sabe, pero, de
todas maneras, estA de vuelta en la Habana en 1842 para cola-
borar en la redaccion de El Faro Industrial, y alli sigue hasta 1848.
Estos si que son los aios mds fecundos de la fase literaria de su
vida. Entre las dos fechas sefialadas aparece publicada en series,
en las pfginas de esta revista, gran parte de su obra: Dos amo-
res (1842), El ciego y su perro (1842), Declaracion de un mari-
nero ndufrago (1842), Generosidad fraternal (1842), El guaji-
ro (1842), El misionero del Caroni (1842), La seiorita Dona Ger-
trudis G6mez de Avellaneda (1842), La tejedora de sombreros de
Yarey (1843), La peineta calada (1843), El penitente (1844). Obras
de m6rito literario desigual. Las que mds se destacan son Dos amo-
res y El penitente. La primera de estas dos novelas tiene interns
especial por revelar una mezcla de elementos romdnticos y rea-
listas y por sefialar en Villaverde los comienzos de la ruptura
con lo exageradamente romantico. Ya desde este moment en ade-
lante pondrh freno Villaverde a la imaginaci6n descabellada y
acudirA cada vez mis a sus dotes de pintor de costumbres y nove-
lista hist6rico. El cambio definitivo y clarm se ve en El penitente,
novela historica de la Habana de mediados del siglo xviii. inspira-
da en una leyenda que le cont6 el abuelo.
Termina esta primera etapa de la vida de Villaverde con su
encarcelamiento como reo politico y su huida a los Estados Uni-
dos. Habia conocido en 1846 al general Narciso L6pez. Amigo de
6ste e identificado con 61 en sus planes separatistas, se entrega
Villaverde totalmente a la lucha por la libertad de Cuba. Pronto
se ve complicado en la conspiracion de la Mina de la Rosa Cu-
bana, en Vuelta Abajo. El general L6pez pudo huir a los Estados
Unidos, pero Villaverde se queda para seguir con la labor revo-
lucionaria. Poco despu6s de la evasion de Lopez, las autoridades
espafiolas prenden a Villaverde. Velan en 61 al propagandista
tenaz y peligroso. Habia convocado y dirigido asambleas en San-
ta Clara; habfa tomado parte activa tambi6n en la sublevaci6n
que se tramaba en Trinidad, Villaclara y Cienfuegos. Esto fue su-
ficiente para que le condenaran, primero, a diez ahos de presidio,
y luego a muerte en garrote. Villaverde logra escaparse de la
cArcel el 31 de marzo de 1849. Se refugia fuera de la Habana du-
rante cuatro dias hasta embarcarse en una goleta costera que lo


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CIRILO VILLAVERDE


transporta a Apalachicola, en la Florida. Pasa en seguida a Nueva
York para iniciar una nueva fase de su vida, la del escritor politico
desterrado. Tenia treinta y nueve alios.
Al poco tiempo de haber legado a Nueva York, empieza a
colaborar en La Verdad, revista revolucionaria cubana, de la que
fue luego jefe de redaccion. La vida que lleva en Nueva York es
la que se ve repetida en tantos desterrados politicos hispanoa-
mericanos. Publica articulos de tema politico en las revistas y
periddicos hispanos, ensefia espafiol, es traductor, se refine con
sus compatriotas para seguir trazando los planes de la revolucion.
Actaa, ademAs, de secretario del general L6pez, a quien admiraba
y queria entrafiablemente. Vida siempre activa y agitada, a veces
lena de esperanzas y, las mas, de amargura y desilusion. Los es-
fuerzos de los partidarios de Narciso L6pez culminan en el fallido
intento de invadir a Cuba en 1851, que le cuesta la vida al general
revolucionario. Desalentado y triste, Villaverde no cede en su de-
dicaci6n al ideal. Con motivo de la cuestion palpitante de la ane-
xi6n de Cuba a los Estados Unidos, Villaverde tercia con Jos6
Antonio Saco en la agria polemica de 1852. En dos folletos titu-
lados El senor Saco con respecto a la revolucift de Cuba y El
senor Saco: e impugnacin al folleto de Saco... por un cubano,
Villaverde defiende la necesidad y la conveniencia de la anexion
acudiendo hasta al ataque personal. Saco lo calla con estas pala-
bras: uYo desearia que Cuba no s6lo fuese rica, ilustrada, moral
y poderosa, sino que fuese Cuba cubana y no anglosajona.s No
era cuestion de patriotismo, sino mas bien de desacuerdo con res-
pecto a la manera de libertar a Cuba.
Villaverde no descansa en su lucha. Va a Nueva Orleans, don-
de, en 1853, funda y dirige un semanario, El Independiente, del
que salieron s6lo cuatro nfimeros. Al aflo siguiente Io encontramos
en Filadelfia ensefiando espafiol y haciendo propaganda revolu-
cionaria cubana. Regresa a Nueva York y se casa con Emilia
Casanova, perfectamente identificada con 6I en sus ideales patri6-
ticos. El trajin y la agitaci6n de estos afios le dejan poco tiempo
para el cultivo de las letras. Escribe s6lo una resefia del libro
Gan-Eden or Pictures of Cuba (1855), por Maturin M. Ballou, y
la traduccion al espafiol del David Copperfield (1857) de Dickens.
Acogido a la amnistia de 1858, regresa a la Habana. Tenia
cuarenta y ocho afios; habia pasado nueve en el destierro. En
la Habana se hace cargo de la imprenta La Antilla y publica la
revista La Habana en colaboraci6n con Calcagno y con Sterling.


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CECILIA VALDfL


Hace proyectos de publicar sus obras completes, pero no los Ileva
a cabo. Habia comprado La Antilla; parecia que habia decidido
quedarse en Cuba cuando, de repente, se destierra voluntaria-
mente. Regresa a Nueva York en 1860 para dedicarse de nuevo
al periodismo, a la ensefianza y al mitin politico. Publica La Amr-
rica (1862-1863), semanario dedicado a cuestiones politicas cuba-
nas, a literatura y a notas mercantiles. Trabaja de redactor en
El Espejo Masdnico (1865-1873), La Ilustracin Americana (1865-
1869), El Espejo (1874-1894) y El Tribuno Cubano (1876). Hace
varias traducciones; publica algunos folletos politicos. Habia tra-
bajado infatigablemente a favor de sus compatriotas y de la li-
beraci6n de Cuba desde el alzamiento de C6spedes hasta la agonia
del Pacto del Zanj6n. Habia terminado la Guerra de los Diez Ahos
quedando defraudadas las esperanzas independentistas. Corria el
ano de 1878. El trafago de su vida de revolucionario le habia
quitado la paz, la serenidad y la concentraci6n tan necesarias
para la creaci6n literaria. Pero ahora, a los sesenta y seis anos,
se siente obligado, en su conciencia de hombre y de cubano, a
redactar la biografia del general Narciso L6pez y a reconstruir
y ampliar su novela Cecilia Valdts. Asi terminal la segunda eta-
pa de su vida, que Villaverde llam6 c6poca de delirio y de suefios
patri6ticos.
Se publica la edici6n defnitiva de Cecilia Valdts en 1882.
Habia pasado Villaverde treinta y tres afios en el destierro, pero
quedaban vivos en 61 -iy tan vivos!- los recuerdos de la pa-
tria cuyas bellezas y desgracias reproduce magistralmente en
la novela. Cecilia Valdes, miximo homenaje de su amor a Cuba,
es un caso notable de imaginaci6n reconstructora. La publica-
ci6n de su obra maestra, a los setenta afios de edad, marca el
c6nit de la vida literaria de Villaverde. Cdnit y, pudiera decirse
tambi6n, canto de cisne, porque aunque sigue colaborando en
revistas y peri6dicos, es poco lo que publica despu6s de 1882:
unas cartas, un pr6logo y un articulo titulado Narciso L6pez. Hace
un viaje a Cuba en 1886, pero regresa a las pocas semanas. Ram6n
Meza nos lo pinta diciendo que era un anciano de rostro venera-
ble, maneras cultisimas, afable, modesto, bondadoso y cubanisi-
mo: LAnte la estufa de la sala, sentado en ancho sofA de rojo
terciopelo y cojines abultados, con la mirada fija en la vidriera
de la estrecha ventana, al atardecer, Villaverde, como si recitara
cotidiana oraci6n, coreada por su esposa Emilia Casanova y sus


13





CIRILO VILLAVERDE


hijos, hablaba de su tierra, de Cuba... de sus brisas, de sus nubes.
de sus pijaros, palmeras y flores.
Los largos alios de expatriaci6n nunca alteraron sus senti-
mientos ni sus hibitos. Cuba fue siempre su preocupaci6n, su
aspiraci6n. Y el atfin de regresar para quedarse Lo realiz6 con su
muerte en 1894. Correspondiendo a sus 6ltimos deseos de que se
le sepultara en tierra cubana, su esposa e hijos hicieron trasla-
dar sus restos al cementerio Col6n de la Habana. ZQu6 mejor
epitafio que este pfrrafo de Marti, vibrante encarnaci6n del sa-
crificio revolucionario, rindi6ndole homenaje al viejo Villaverde
no s6lo por ser creador literario, sino por ser tambi6n hombre
de acci6n y escritor de combate que luch6 hasta el final de su
vida por el ideal de la libertad de Cuba?: iNi cuando el amable
Delmonte saludaba en 61, con aquel cultivo del m6rito por donde
es la critica mis atil que por la agria censura, tal primer novelista
de los cubanos'; ni cuando en el silencio del destierro, con aquella
rara mente que tiene de miopia la menudez sin la ceguera, com-
puso, al correr de sus recuerdos de criollo indignado, los 6ltimos
capitulos de su triste y deleitosa aCeciliaa ; ni cuando, a la sombra
de sus nobles lienzos de Canos o Murillos que le quedaron de
su antigua fortuna, lefa, con orgullo de criollo fiel, los elogios ve-
hementes de Am6rica, o de alguno de Espana, de ignorancia,
infeliz; ni cuando en las oscuras manianas de invierno iba puntual,
muy hundido ya el cuerpo, a su servidumbre de trabajador, allA
en la mesa penosa de El Espejo, se vio a Cirilo Villaverde tan
meritorio y fogoso y digno de admiraci6n, como una noche de Nue-
va York, de mortal frio, en que, recien vencidos, en un ensayo
descompuesto, la idea de la independencia de su patria, con sus
manos de 70 afios recibia afanoso, en la puerta de un triste sal6n,
a los hombres enteros, capaces de lealtad en la desdicha, que a
su voz iban a buscar manera de reanudar la lucha inmortal que.
en los yerros inevitables y tiles aprende lo que ha de contar o
de descontar, para poner al fin, sobre la colonia que ciega a los
hombres y los pudre, la repnblica que los desata y los levanta.i
Toda alusi6n a la originalidad y al valor literario de Villaverde
novelista tiene necesariamente que partir de Cecilia Valdds, pues-
to que todas sus novelas anteriores o posteriores a la primera
edici6n de 1839 son, en verdad, ejercicios literarios que culminan
en la versi6n definitiva de 1882.
ZEn qu6 consiste esa originalidad y ese valor literario? Al
tratar de fijar el lugar que ocupa Villaverde en la literatura cu-


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CCLIA VALDts 15

bana, hay que sefialar que es el primero y el mss original de
los novelistas costumbristas cubanos cuyo valor afn no se ha
superado. Con Villaverde nace y lega a su apogeo la novel cu-
bana del siglo xx. No tuvo en su pals ni legitimos antecesores
ni genuinos rivales. Y si se habla de la literatura hispanoame-
ricana, habria que decir que Villaverde es el creador de la pri-
mera novel de capital importancia del siglo ix en Am6rica.
Recuardese la fecha de publicaci6n de la primera part de Cecilia
Valdes: 1839. Esto significa que aparece antes que las trees gran-
des novelas del Romanticismo hispanoamericano: Amalia (1851),
Maria (1867), Cumandd (1871). En Cecilia Valdes, aun cuando
sigue Villaverde las tendencias romfnticas y escoge la novel his-
t6rica para expresarse, ya se notan elementos realistas. Cecilia
Valdds no es la novela romhntica hist6rica a la manera de Scott
o Manzoni. Tampoco es la novela realista estilo Balzac. Es decir,
que Villaverde crea su propio estilo, e1 mismo lo afirma, recha-
zando los elementos arqueologicos de la novela historica y los
elementos impndicos o groseros de la novela realista.
Villaverde reconoce como maestros en la novela hist6rica a
Scott y a Manzoni, pero, y esto es esencial, no los sigue. Mientras
la novela de Scott y Manzoni es de un pasado remoto, en Cecilia
Valdds se reconstruye un pasado cercano, un pasado que recuerda
el autor. Y luego, tampoco son Scott y Manzoni novelistas socia-
les como lo es Villaverde. La verdad es que el exito de Cecilia
Valdes fue un 4xito tanto politico como literario.
Remontemonos a la 6poca literaria de Villaverde y descubri-
remos que, mientras en Cuba se cultivaba La novela romantic al
estilo de Dumas, crea Villaverde la novela historica de costumbres
cubanas sin caer en el siboneismo, o sea, el localismo ex6tico y
arqueol6gico. Lease el iPrologo* y se vera claramente que Villaver-
de rechaza el molde romAntico: wReconozco que habria sido me-
jor parn mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pas-
toril, siquiera un cuento por el estilo de Pablo y Virginia, o de
Atala y Renato...s. Pero eso no le interesaba. La nueva formula
para e1 era escribir aretratos de personajes vivientes, descrip-
ciones de alas costumbres y pasiones de un pueblo de care y
hueso, sometido a especiales leyes politicas y civiles, imbuido en
cierto orden de ideas y rodeado de influencias reales y positivas.
Cecilia Valdes es el paisaje, la historia, las costumbres y la socie-
dad de la Cuba de 1812 a 1831. Aparecen en la novela todas las
clases sociales, todos los seres humanos, desde el Capitin General





CUULO VLLAVERD


hasta el humilde esclavo guardiero. Vemos c6mo conviven y se
odian todas las razas -blanco espanol, blanco criollo, mulato, ne-
gro libre y esclavo. Recrea, en una palabra, el ambiente social,
politico y moral de todo un pueblo que vive y muere en una 6poca
determinada de la historia de Cuba. AdemAs, y esto es tan im-
portante como la acertada captaci6n del ambiente, vibra en las
pdginas de la novel la indignacl6n social de Villaverde inspi-
rada en un espiritu de rebeldia frente al despotismo colonial es-
panol. Para Villaverde la putrefacci6n del cuerpo politico-social
cubano podia detenerse y curarse con la libertad. Cuba tenia que
librarse en lo politico de la dominaci6n de Espana y, en lo social,
de las lRagas corruptoras de la instituci6n de la esclavitud. Ceci-
lia Valdks es una novel antiesclavista y revolucionaria en la que
se ve la primera expresi6n de la vida cubana como vida trhgica.


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CECILIA VALDES




1. Historia del libro
Describir las vicisitudes de la composicion de la obra maestra
de Villaverde es pintar la vida agitada que llev6 e1 durante cua-
renta afios. Pueden verse los datos mss fidedignos sobre la com-
posici6n de Cecilia Vald/s en el aPr6logos de la edici6n definitiva
de 1882. En este pr6logo, escrito en 1879, revela Villaverde que
dej6 abandonada la novela despu6s de la publicaci6n de la pri-
mera parte en 1839 y que no volvi6 a trabajar en ella sino cuaren-
ta aflos despuds: aDe suerte que en ningfn sentido puede decirse
con verdad que he empleado cuarenta afios (periodo cursado de
1839 a la fecha) en la composici6n de la novela. Cuando me resolve
a concluirla, habrh dos o tres afios, Io mhs que he podido hacer
ha sido despachar un capitulo con muchas interrupciones, cada
quince dias, a veces cada mes, trabajando algunas horas entre
semana y todo el dia los domingoss.
Los dos primeros capitulos de la primer parte de Cecilia Val-
dds aparecen publicados en la revista La Siempreviva en 1839.
El prop6sito era lamar la atenci6n del pablico a la obra ya escri-
ta, pero que todavia no habia salido a luz. Estos mismisimos ca-
pitulos los reimprime la revista Cuba Intelectual en 1910 con el
titulo de La primitiva Cecilia Valdis. Podr creerse entonces que
lo que se public en La Siempreviva es la primer edici6n, pero
segdn hemos indicado, son s6lo los dos primeros capitulos de una
obra mds extensa. Ademfs, nos dice Villaverde en el ePr6logos,
arriba citado, que la primera edici6n es la de la Imprenta Lite-
raria de Lino Vald6s. Ahora, si se hiciera la comparaci6n de la
edici6n de 1839 con la de 1882, se verian no s6lo los cambios sino


2






CIRILO VILLAVERDE


la manera en que Villaverde refunde la obra utilizando, desde
luego, lo ya escrito y publicado en la nueva obra de 1882. A nues-
tro juicio, la diferencia fundamental entre las dos ediciones, de-
jando aparte el hecho evidente de la extensi6n, estriba en que el
ataque a la sociedad es mas directo en la primera edici6n. En la
edicion mucho mas larga de 1882, Villaverde se sirve de la novela
como de trampolin para lanzar sus ataques contra la decadencia
de la sociedad colonial esclavista utilizando mis las fuentes his-
toricas y elaborando con maestria la parte costumbrista.
La Cecilia Valdes de 1839 fue un 6xito inmediato. Nadie, antes
de Villaverde, se habia atrevido tan abiertamente a dirigir la
atenci6n pablica sobre los problemas explosivos de la isla. Se ley6
con gran interns la novel porque era una obra en que un cubano
pintaba el cuadro politico, social y moral de la Cuba colonial y
porque los problemas que presentaba Villaverde eran los que
atanian directamente a todo cubano. Igual 6xito tuvo la edici6n
de 1882, no s6lo en Cuba, sino en Espana. Se dice que la reaccion
de Gald6s fue decir: ununca crei que un cubano pudiera escribir
cosa tan buena). Es de interns citar una resena an6nima que apa-
reci6 en la Revista de Espana de 1884. El resenador empieza por
quejarse de que no Ilegan a Espana las obras literarias escritas
en las colonias. Senala luego el valor de Cecilia Valdds diciendo
que merecia ser conocida por tel empleo de vocablos y locuciones
del mss puro origen castellano y que, al leer la obra, se hace el
lector tla ilusi6n de que vive en plena sociedad cubana entre
negros, mulatos, criollos y blancos Felicita a Villaverde por
tener tun verdadero conocimiento de la lengua y literatura na-
cional y aconseja que tperseveren los hijos de Cuba que deseen
reformas para la isla; porque formando asi opinion favorable a
ellos, conseguirin mss provechosos resultados que los obtenidos
hasta aqui por otros mediosa.
Reconocido el valor literario de Cecilia Valdts, dentro y fuera
de Cuba, es en el siglo xx cuando empieza, de veras, a populari-
zarse. En Io que va de siglo ya se han publicado ocho ediciones
de la novela; se ha compuesto una zarzuela con el mismo titulo
y, en 1935, sali6 una traducci6n al ing1es, algo floja, titulada The
Quadroon or Cecilia Valdes.

2. Trama.
La accion de la novela empieza en 1812 en la Habana. En ese


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CECILA VALDtS


ano nace Cecilia, biznieta de negra, nieta de mulata, hija adulte-
rina de una mulata y del espafiol Don CAndido Gamboa. Para
asegurarle el porvenir y darle un nombre, el padre la pasa por
la Casa Cuna. La nina crece al lado de la abuela ignorando el
secreto de su nacimiento. Hermosa y desenvuelta, aprende a gus-
tar, desde nifla, de las lisonjas de los hombres. El padre, que nun-
ca deja de cumplir con sus obligaciones, le sigue los pasos velando
por ella y por la abuela. Pero la protecci6n de Don Candido resulta
infitil cuando su hijo Leonardo, personificacidn del joven criollo
adinerado y vicioso, enamora a Cecilia y se amanceba con ella.
La tragedia del incesto lega a su culminaci6n cuando Cecilia,
abandonada por Leonardo, instiga a Pimienta, su amante plat6ni-
co, a deshacer el matrimonio de Leonardo con Isabel. El dia de
las bodas Pimienta mata de una puialada a Leonardo.

3. Personajes
Se propuso Villaverde, segun se ve en la portada de Cecilia
Valdes, presentarnos el cuadro complete de las costumbres cuba-
nas de la 6poca de 1812 a 1830. ZEn d6nde iba a encontrar la
sintesis de la vida cubana sino en la capital? ZEn d6nde se veia
desarrollarse con mas fuerza y pujanza el drama social del escla-
vismo sino en la Habana? La verdad es que el personaje mas inol-
vidable -el protagonista de Cecilia Valdes- es la Habana, repro-
ducida fielmente en todos sus aspectos: las calles, las casas, los
muebles, los edificios pdblicos, las razas, las clases sociales, la len-
gua, los problemas y conflictos sociales, politicos y econ6micos.
No hay detalle que se le escape a Villaverde. Andamos con el de
dia y de noche. Nos paseamos por el Prado en calesa o quitrin.
Entramos en las casas de los ricos y de los pobres, en los hospita-
les, conventos y palacios gubernamentales. Asistimos a las ferias,
a los bales de cuna, a la Filarm6nica. Conocemos a los militares
espanoles, a la aristocracia cubana, a la burguesia, a los mulatos
y a los negros esclavos y libertos. Sabemos lo que visten, Io que
comen, lo que piensan, lo que sienten, lo que dicen y c6mo lo dicen.
Luego, si vamos al campo exuberante y rico, olemos y saboreamos
el melado y el guarapo. Participamos en la molienda y en los
quehaceres de los esclavos. Sentimos con ellos la bestialidad de
los mayordomos, la crueldad e indiferencia de los amos, su de-
sesperaci6n y su anhelo de ser libres.
Serfa imposible, en este pr6logo, estudiar los centenares de


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CIRILO VILLAVERDE


personajes que viven en las piginas de Ia novela y, por eso, nos
limitaremos a analizar s6lo a los personajes principales y a los
secundarios esenciales al desarrollo de Ia trauma. La base de este
anilisis fisico y moral la constituirhn siempre las palabras del
autor.

Cecilia
La conocemos por primera vez cuando tiene once aios y aan
a esa edad lamaba la atenci6n por su tipo, cel de las vfrgenes de
los mis celebres pintores : pelo negro copioso y ondeado, frente
alta, facciones regulares, nariz respingada, dientes menudos y
blancos, cejas perfectamente arqueadas, ojos negros y rasgados,
boca chica, labios lens y voluptuosos, mejillas llenas y redondas
y un hoyuelo en la barbilla. Delgada, mas bien baja que crecida,
de talle estrecho y flexible, hombros anchos -tenia Cecilia un
cuerpo de armonia encantadora-. El color del rostro, sin dejar de
ser sanguineo, ano resultaba diAfano ni libres. Era cuarterona.
Todo formaba un conjunto bello cque para ser perfecto s6lo fal-
taba que la expresion fuese menos maliciosa si no maligna.. Esta
muchacha alegre, vivaz y bastante traviesa vivia con su abuela
mulata sin saber qui6nes eran sus padres. Fueron su escuela las
calles, las plazas y los establecimientos pdblicos en donde csu co-
raz6n bebi6 a torrentes las aguas emponzonadas del vicio, se nu-
tri6 desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece dia-
riamente un pueblo soez y desmoralizados. Aunque terca y reacia
a aceptar consejos, hicieron mella en su alma las palabras de la
vieja abuela: utd eres casi blanca y puedes aspirar a casarte con
un blanco... y debes saber que blanco aunque pobre sirve para
marido: negro o mulato, ni el buey de oros.
Estos rasgos se ven aumentados e intensificados cuando vol-
vemos a encontrarla a los dieciocho anios. Ya es una mujer de una
hermosura inquietante y provocadora cla Venus de la raza hibrida
etidpico-caucAsican. Hermosa y coqueta recibe los piropos y cho-
carrerfas de los hombres como el tribute que se le debe, y asi
crece su vanidad y orgullo. Pstos son clos m6viles secretos de su
caracter imperiosoi, que la levaban a preferir a los hombres
blancos mientras chacia marcada diferencia entre los negros y
los mulatoss. Se deja enamorar y se enamora de Leonardo Gam-
boa, joven blanco y rico, creyendo que su hermosura podia mas
que las convenciones sociales y convencida, ademhs, de que ca


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CECIUA VALDtS


la sombra del blanco por ilicita que fuese su unibn, crefa y
esperaba... ascender siempre, salir de la humilde esfera en que
habia nacido si no ella sus hijos. Casada con un mulato, descen-
dia en su propia estimaci6n y en la de sus igualess. Amante apa-
sionada, ardiente y violenta, no acepta consejos ni reconoce ba-
rreras. Un dia, a ocultas de la abuela, admite en su casa al joven
blanco. As! empieza el infierno de la vida de Cecilia porque su
uindole eminentemente celosa, unida a una soberbia desapode-
radas no le dan un momento de paz. Teme la rivalidad de las
blancas. Insiste en que Leonardo no se aparte de la Habana. La
pasi6n y los celos la levan hasta el crimen.
Resultaria incompleta la caracterizaci6n de Cecilia si no men-
cionAramos que ella es agradecida, buena y carifiosa con la abuela,
a la que quiere entraniablemente.

Leonardo
Si Cecilia encarna a la mulata cubana que aspira a mejorar
de clase y condici6n mediante la unibn, aunque ilicita, con el
blanco, Leonardo es el compendio y resumen del joven criollo
blanco, rico y enervado por la opulencia y la holgazaneria. Parece
que en el caso de Leonardo, el autor tenia mas interns en presen-
tarnos su aspecto moral que el fisico, porque su descripci6n se
reduce al minimo. Nos dice solamente que Leonardo pasaba de
los veinte anios, que se distingula entre los j6venes por csu varonil
belleza de rostro y formasn y que era un (dandys.
Estudiaba para abogado, pero se aplicaba poco o nada a los
estudios. Confiado en la herencia futura, no hace ningdn esfuerzo
ni tiene ningan inter6s en trabajar. Don Candido, su padre, que
Jo conoce bien, dice de 61: ctl no dard nunca mucho de si, por mis
que uno se afane y gaste dinero en sus estudios. Ai no hay cabeza
sino para enamorar y correr la tunas. Y no se equivocaba el padre.
Alegre, bullicioso y parrandero, Leonardo capitaneaba a los ami-
gos destacdndose por su intrepidez y mala crianza. Como es de
suponerse, Leonardo es incapaz de aceptar responsabilidad al-
guna. Cuando sus padres quieren casarle con Isabel Ilincheta, su
reacci6n es: eLa novia me gusta un pufiado, no to puedo negar,
zpero es hora de casarme, mamd? El casamiento es cosa seria,
td Jo sabes... En cuanto a la administraci6n del ingenio, jerees
to que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a
gozars.


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22 CIRILO VILLAVERDE

Gozar era cla suprema ley de su alma*, y su interns principal
era divertirse: el juego, las mujeres, las juergas. Frecuentaba
como tantos otros criollos blancos los bales de cuna en busca del
placer... y de Cecilia. A Cecilia la enamora, pero nunca con la
intenci6n de casarse con ella. Revela su cinismo en una discusi6n
con su amigo Meneses cuando, refiri6ndose a Cecilia y a Isabel,
afirma: aEn negocios de amores o galanteos, se puede servir hasta
a veinte, cuanto y mis a dos. La de la Habana sera mi Venus
cit6rea, la de Alquizar mi Angel custodio, mi monjita ursulina, mi
hermana de la Caridad*. Asi que enamora a la vez a Cecilia, a
Nemesia y a Isabel. Est4 muy seguro de si, sobre todo con las
mulatas, pero la verdad es que le tiene miedo a Isabel. Logra
seducir a Cecilia y le pone una casa, pero todo lo hace con la
ayuda y el consentimiento de su madre, Dona Rosa. Al poco rato
de nacerle una hija, empieza Leonardo a darse cuenta de la res-
ponsabilidad que se habia echado encima y, al mismo tiempo, em-
pieza a cansarse de Cecilia. Cuando Dofia Rosa le sugiere que ya
es hora de dejarla y de casarse con Isabel, 61 acepta con gusto
los consejos de la madre. Ni le importa Cecilia ni la hija que habia
tenido con ella.
Es dificil entender c6mo Villaverde, en una ocasi6n, puede de-
cir de Leonardo que chabia raudal inagotable de generosidad, ter-
nura de sentimiento en 61, cuando por toda la novela nos lo pinta
tan antipitico. Leonardo es un egoista monstruoso, un hijo mi-
mado que sabe explotar las debilidades de la madre y que odia
al padre por ser espafiol y porque no lo consiente. Es mentiroso,
celoso, vanidoso y orgulloso. Se niega a reconocer la bondad del
pr6jimo y cree que se Io sabe todo. Su crueldad queda a la vista
en su trato con los esclavos, cuyo castigo le sirve de desahogo
de sus malas pasiones. Siendo criollo, Leonardo odia a los espa-
fioles, pero ese odio no corresponde a ningun patriotismo porque
calcanzaba nociones muy superficiales sobre la situaci6n de su
patria. La raz6n hay que encontrarla en estas palabras suyas:
apara meterse en cualquier parte, no esperan a que los conviden,
y una vez dentro se llevan las muchachas mis lindas*. taste es
Leonardo y, fuerza es decirlo, inspira poca compasi6n o simpatia
en el lector.

Don Cdndido
Don CAndido Gamboa, el padre de Leonardo y el padre adul-





CECILIA VAts


tero de Cecilia, es, como dice Manuel de la Cruz, tuna celebridad
de campanario como otros tantos que pululan en nuestra patria,
arist6crata de la vispera, negrero que pasara a la historia por los
sarcasmos del azars. Es el espanol que lega joven a Cuba y, a
fuerza de trabajo, economias y buena suerte, hace su fortuna en
el comercio. Luego, al casarse con una mujer de la aristocracia
criolla, sigue aumentando su caudal, siendo uno de sus principales
ingresos la trata de los esclavos.
Lo conocemos en 1812 y volvemos a verlo unos anos despu6s,
pero es en 1830, cuando Villaverde nos lo pinta en lo fisico y mo-
ral. En esta dpoca era un hombre de cincuenta anos de edad, alto,
robusto, entrecano, de nariz grande aguilena, boca grande, ojos
pardos y vivos. Llevaba el pelo corto y la barba rasurada. Siendo
mujeriego en su juventud, habia enamorado a una mulata de sin-
gular belleza cuatro o cinco anos despues de casado. Naci6 de es-
tos amores una nina, Cecilia, a quien Don Candido protegi6 du-
rante toda su vida y no solamente a la nina, sino a la madre
enferma y loca, y a la abuela con quien se crib Cecilia, porque
sera hombre de conciencia y cuando contrala un compromiso fue-
ra de la naturaleza que fuese hacia cuanto estaba en su mano por
cumplirlos. De ahi todas las dificultades de Don Cindido. Lo ve-
mos en la lucha constante por tratar de evitar el eschndalo y el
incesto porque Cecilia y Leonardo se quieren sin saber que son
hermanos. Sus grandes enemigos en esta lucha son Dona Rosa y
Leonardo: este porque cree que su padre se empena en levarle
la contraria y, tambien, porque sospecha que Don Candido quiere
enamorar a Cecilia; aqu6lla, por celosa y orgullosa, contribuye
a levar la tragedia a su desenlace fatal.
La vida familiar de Don Cindido, segdn la describe Villaverde,
dejaba mucho que desear. Mientras, por una parte, no les negaba
nada a los hijos y a Dona Rosa, por otra parte era reservado y
frio con ellos. Las caracteristicas mhs destacadas del hombre eran
su rudeza y su violencia tanto con su familia como con los escla-
vos. El negrero crefa que clos sacos de carb6w o clos fardos de
Africas, como el los llamaba, ni sentian ni sufrian como los blan-
cos: acuando el mundo se persuada que los negros son animales
y no hombres, entonces se acabar4 uno de los motivos que alegan
los ingleses para perseguir la trata de Africa. El Onico interns
que tenia en sus esclavos era el dinero que le podian producir.
Espanol, muy espanol se siente Don Cindido en Cuba. Su ma-
yor ilusi6n era recibir un titulo de la Corona. Siendo y sintiendose


23





CIRILO VILLAVERDE


muy espanol, tiene en menos a los criollos, y entre ellos a su hijo:
iY quieren libertad porque les pesa el yugo! iPorque no pueden
soportar la tiranfa! iQue trabajen, los muy holgazanes, y no ten-
drAn tiempo ni ocasi6n de quejarse del mejor de log gobiernos!
Yo les darta palo entre oreja y oreja como a los mulos*.
Como bien se ve, Don Chndido resulta ser tambien un perso-
naje que no se gana el afecto del lector. A veces se lega a querer
compadecerle, pero luego se pregunta el lector Zpor que no tuvo
nunca el valor de confesar el error cometido siendo joven?

Dona Rosa
Villaverde pinta a Doha Rosa, como en el caso de los otros
personajes, con todas sus cualidades, buenas y malas. Criolla rica
y de una de las familias mas encopetadas de la Habana, se habfa
casado con el espanol apor amor, no obstante la opinion de su
madrep. Algo gorda, hermosa, de aspecto amable y facciones me-
nudas, era una magnffica ama de casa cuyas preocupaciones eran
su hogar y el bienestar de su familia.
Sus ideas sobre la trata de negros eran las de su clase. Siendo
buena cat6lica, crefa que era cmgs humanitario traer esclavos para
convertirlos en cristianos y hombres, que vinos y esas cosas que
s6o sirven para satisfacer la gula y los viciosa. Se queda horrori-
zada cuando Don Candido le cuenta que murieron muchos escla-
vos al apresar los ingleses su goleta. Pero esta buena impresi6n
que nos vamos formando de ella se borra cuando la vemos obrar
en el ingenio. AllI, en una ocasi6n, presencia el castigo de unos
esclavos y se sonrie al ver las contorsiones de los negros, excla-
mando: aHase visto gente mrs brutal. Luego, en otra ocasi6n,
manda quitar los grills a un grupo de esclavos que habian inten-
tado escaparse, pero esta acci6n, al parecer generosa, no nace de
la caridad, sino del deseo de afirmar su autoridad de duefia del
ingenio -dueia ella y no su marido.
El amor que les tenfa Dona Rosa a sus hijos la leva, sobre todo
en el caso de su predilecto Leonardo, a la ceguedad y a facilitarle
la depravaci6n. Muchas de las dificultades nacen de este amol,
porque Dona Rosa siempre defiende al hijo contra las iras del pa-
dre, aunque, dicho sea con verdad, tambien defiende a Don Can-
dido cuando Leonardo se queja de 61. Aquel hijo era la locura de
Dona Rosa. Era el preferido, el mimado a quien no le negaba
nada. Al rev6s, justificaba sus egoismos y pillerias con estas pala-


24





CECILIA VALDs 2


bras: aGoza y divi&rtete, pues, mientras te duran la salud y la
mocedad, que ya vendrhn para ti como han venido para todos no-
sotros, los dias de los disgustos y de los pesaress. Y cuando Don
Candido afirma que Leonardo debiera casarse con Isabel Ilinche-
ta, Dofia Rosa insisted en que no puede aprobar nunca que su hijo
se aparte de ella. Ademis, esth convencida de que ninguna mujer
es bastante buena para Leonardo: aNi Isabelita, a quien tengo
por una santa, ni la diosa Venus... me pareceria digna de 61u.
Error natural, error humano, perdonable en una madre que quie-
re mucho a su hijo. Lo imperdonable es que Doha Rosa, al ente-
rarse de Ia supuesta infidelidad del marido, se aprovechase del
hijo para vengarse de Don Candido. Altiva y celosa hasta el pun-
to de ser injusta, le facilita a Leonardo los medios de amancebar-
se con Cecilia, creyendo que de esa manera ise alzaba una barre-
ra insuperable entre la muchacha y las imprudentes pretensiones
de su maridos. No sabia que Cecilia era la hija de Don Cindido,
pero, aun despues de saberlo, no disminuye su odio. Hace perse-
guir y condenar a Cecilia cuando Pimienta mata a Leonardo. Las
dltimas palabras que escribe Villaverde sobre Doha Rosa nos la
dejan sin ningnn valor humano: cLejos de aplacar a Dona Rosa
el convencimiento de que Cecilia Valdes era hija adultera de su
marido y media hermana por ende de su desgraciado hijo eso
mismo pareci6 encenderla en ira y en el deseo desapoderado de
venganzas.

Personajes secundarios
Los personajes secundarios ms destacados son cinco: Sefi
Josefa, Jos6 Dolores Pimienta, Nemesia, Maria de Regla e Isabel
Ilincheta.

Send Josefa
La abuela de Cecilia, toda abnegaci6n y sacrificios, es para
Manuel de la Cruz tuna escultura viva que encarna a maravilla
la madre en toda una razas. Mulata ella, mulata su hija Charito
y cuarterona Cecilia, la vieja trataba de evitar que la suerte de
Cecilia fuera la misma que la suya y la de Charito: dejarse des-
lumbrar por las mentiras del blanco. La descripci6n que hace Vi-
laverde de Sena Josefa o Chepilla va dirigida a ensefiarnos los
estragos de veinte anos de pesares. La conocemos por primera


2~5





CIRILO VILLAVERDE


vez cuando tiene cuarenta aios. Es una mulata guapa, elegante, in-
teligente y de buenas maneras. La volvemos a ver a los sesenta he-
cha una vieja fea y gastada. Los elegantes vestidos los habia cam-
biado por un cilicio de cafiamazo. Nunca salia de casa, excepto
para ir a la iglesia o al Hospital de Paula. Se pasaba el dia llorando
y rezando. Su vida giraba en torno a la religion, a la hija loca
que se morfa de tuberculosis, y a la nieta Cecilia cuyo secreto
nunca revel6 a nadie. El anico alivio de sus veinte afios de peni-
tencia era Cecilia, a quien queria, ensefiaba, aconsejaba, regafiaba
y hasta trataba en ocasiones con dureza para luego perdonarla
porque ahabfa sido tan infeliz aquella mujer, sentfa tal necesidad
de ser amada por el inico ser que la interesaba de cerca en el
mundo, que mantener seriedad con la nieta hubiera sido lo mismo
que prolongar su martirio. Sin embargo, se deja morir cuando
recibe, el mismo dia, las noticias de que la enfermedad de Chari-
to es incurable y que Cecilia le habia permitido a Leonardo en-
trar en casa.

Jost Dolores Pimienta

El mdsico sastre ofrece otro interesante estudio del cardcter
del mulato. Era joven Pimienta, bien plantado y de facciones re-
gulares. Tenia pequefios los pies y las manos, el rostro ovalado,
el cabello poco lanudo y la frente amplia. Era modesto, carinoso,
fino y posefa grandes talentos musicales. Hombre de espiritu sen-
sible y hasta caballeresco, adoraba con pasi6n callada a Cecilia y
estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por ella. No obstante,
se aleja de ella cuando Nemesia le cuenta que Cecilia iba a aman-
cebarse con Leonardo. Se siente ofendido en su dignidad de hom-
bre. Pero siempre fiel y constante acude a la ayuda de Cecilia en
su hora de necesidad y le sirve de instrumento de venganza.

Nemesia

La hermana de Pimienta y la intima amiga de Cecilia es un
personaje muy poco desarrollado por el autor. Intrigante, astuta
y egoista, sabe explotar los defectos de Cecilia y excitar sus celos
y soberbia. Nemesia parece querer ayudar a su hermano a alejar


26





CCLIA VAUtA S


a Cecilia de Leonardo, pero su verdadero interest es que Leonardo
se enamore de ella.

Maria de Regla

Se sirve Villaverde de la descripci6n de la vida de Maria de
Regla para formular una denuncia pintada al fuego en contra de
la injusticia humana y de la esclavitud. Esta esclava final, dulce
y simpAtica es la victima del odio de Dona Rosa, del miedo de
Don C~ndido y de la lujuria de los mayordomos blancos del in-
genio.

Isabel l1incheta

Pudi6ramos llamarla la victima inocente y el personaje de mAs
pureza de la novela. Era alta, bien formada, esbelta, elegante,
amable y discreta. Severa y modesta, no tenia nada de hermosa
en el sentido voluptuoso. La vida activa del campo shabia robus-
tecido y desarrollado su constituci6n fisica al punto de hacerle
perder las formas suaves y redondas de las j6venes de su edad
y estadoa. Era otra hermosura la suya, la que nacia de la modes-
tia, de la virtud y de la vida al aire fibre y al sol. Llevaba una
vida tranquila en Alquizar, lejos del bullicio de la ciudad. Es re-
veladora la comparaci6n que hace Leonardo entre Cecilia e Isabel:
cAquella es toda pasi6n y fuego, es mi tentadora, un diablito en
figura de mujer... Ninguna de esas sensaciones es fMcil experimen-
tar al lado de Isabel... Estatua, en fin, de miarmol por lo rigida y
por lo fria, inspira respeto, admiraci6n, carino tal vez, no amor
loco, no una pasi6n volcanicas. La verdad del caso es que Leo-
nardo se siente inferior a Isabel.
De sensibilidad poetica y filantropica, Isabel trataba con amor
y justicia a sus esclavos, que la adoraban. Miraba con horror la
crueldad de la vida en los ingenios de Vuelta Abajo. Cuando lega
de visita al ingenio de los Gamboa, se da cuenta en seguida del
estado de guerra entre blanco y negro, entre amo y esclavo. Per-
sonaje ideal e idealizado, se retira a un convento despues de la
muerte de Leonardo, cdesenganiada de que no encontraria la dicha
ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la cual le toc6
nacers.


27





CIRILO VILLAVERDE


4. Ideas y sentimientos

La trauma de Cecilia Valdks no le interesa quizas tanto al lector
de hoy como el cuadro de las lacras del cuerpo politico, social y
moral de la Cuba de principios del siglo xtx.
Para el revolucionario cubano -y Villaverde lo fue deade su
juventud hasta su muerte- el gobierno espanol y los militares
encargados de gobernar la isla eran el enemigo terrible. La cien-
cia de gobernar en las colonias, segnn Villaverde, consistia en
plantar unos cuantos cafiones en bateriax. La autoridad maxima
de la isla era la militar, que no reconocia ni aceptaba otra. Auto-
ridad ante la cual nobles y plebeyos debian doblar la cerviz). Las
palabras adoblar la cervizi representaban para Villaverde la sin-
tesis del sistema arbitrario y opresivo de los que mandaban en
nombre de Fernando VII, eel mas estnpido y brutal de los reyes
de Espana). Este despotismo corruptor 1o pinta con los colores
mis negros, por ser, en su opinion, la raiz y la causa del desorden,
de la penuria del erario, de la venalidad y corrupci6n de los jue-
ces y empleados, de la desmoralizaci6n y del atraso general. Todo
se combinaba apara amenazar de muerte aquella sociedad que ya
venia trabajada por toda suerte de males de muchos alios de des-
gobierno). Habia enmudecido la prensa. Los patriotas cubanos
estaban en el destierro o en la cArcel. Era delito grave hablar de
political en pnblico o en privado. Se conspiraba en secreto en las
reuniones de las sociedades clandestinas. El gobierno perseguia
con furor a los conjurados y muchos de ellos morlan en las car-
celes de Espana. Crecia la agitaci6n, pero lo mis lamentable era
que los cubanos estuvieran divididos entre si porque el gobierno
de Vives ase basaba en el principio maquiavdlico de corromper
para dominant. La generaci6n de 1830, a la que pertenecia Leo-
nardo Gamboa, por ejemplo, tenia un patriotismo cplat6nico, pues
que no se fundaba en el sentimiento del deber, ni en el conoci-
miento de los propios derechosa. Con todo esto, estaba seguro Vi-
laverde que las fuerzas libertadoras de Bolivar pudieran haber
terminado con el gobierno espanol en las Antillas si las hubieran
invadido y si no hubiera intervenido el gobierno de los Estados
Unidos. Uno de los resultados mis evidentes de la political espa-
nola se manifestaba en el odio que les tenian los cubanos a los
espanoles, sobre todo a los militares. En una ocasi6n, hasta Leo-
nardo Gamboa, que no se destacaba por tener ideas liberales ni
mucho menos, reacciona contra los militares: cEllos se creen los


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CECILIA VALDts


amos del pals, nos tratan con desprecio a nosotros los paisanos y
porque usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que
lo pueden todo. Otros efectos de la political seguida por la me-
tr6poli los vemos resumidos en las palabras del Alcalde Mayor,
que seguramente expresa los sentimientos del autor: wNo hay
escuelas. ZY cudles son los resultados? Los robos frecuentes a la
luz del dia, los asesinatos sin causa ni provocaci6n, los pleitos in-
terminables, las injusticias notorias, la prostituci6n de las muje-
res, el desorden social. La political del gobierno de Vives es tam-
bien causa de corrupci6n y extravios sin termino ni paralelo en
el mundo. Se pudren los presos en la cfrcel y no se castiga a los
grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen
de los crimenes mfis atroces, gracias si alguna se atrapa a los
malhechores.A
6Y que pensaba Villaverde de la justicia espanola despuds de
haber sufrido e1 mismo los rigores de la cArcel por motivos po-
liticos? Encontraremos la contestaci6n en las paginas dedicadas
a la relaci6n del caso de un reo de muerte, en la descripci6n ho-
rrorosa de la pena de muerte en la horca y en la descripci6n,
tambi6n horripilante, de la cdrcel. La safia con que se ajusticiaba
a los criminales no la mitigaba el gobierno espanol cuando conde-
naba a los patriotas y revolucionarios cubanos -Montes de Oca,
Facciolo, el general L6pez, Medina y Ledn, los estudiantes de la
Universidad de la Habana. tstos junto con eel ilustre padre Fe-
lix Varela*, Jose Maria Heredia, ael insigne Tirteo cubanos, son
los heroes de Villaverde.
En las pfginas que el novelista escribe sobre Espana, habla
el revolucionario politico; y en las consagradas a Cuba, habla
el revolucionario social. Para Villaverde el pueblo cubano de la
epoca de 1830 era un pueblo sensual, soez y desmoralizado. Hasta
en sus fiestas religiosas se vefa eque tenian mfs de irreverentes
y grotescas que de devotas y de edificantes*. La juventud. que
siempre ha representado la esperanza en el porvenir, era en aque-
la 6poca mal criada, insolente y dada a la busca del placer mis
bien que a la soluci6n de los problemas cubanos. Conocian los
versos de Heredia y las obras de otros revolucionarios, pero no
bastaban a inspirar aquel sentimiento de patria y libertad que a
veces impele a los hombres hasta el propio sacrificio, que les pone
la espada en la mano y los lanza a la conquista de sus derechosv.
La sociedad cubana resultaba dividida por el odio y los prejuicios.
Los criollos blanco y los espanoles se odiaban hasta tal extremo


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CIRILO VILLAVERDE


que el odio cundia a los miembros de la familia misma. Se odiaban
ferozmente los esclavos. El hijo mulato se avergonzaba de su ma-
dre negra. Las mulatas despreciaban a los mulatos, prefiriendo la
uni6n. aunque fuera ilicita, con los blancos, para ascender y mejo-
rar de posici6n social. Los blancos, conocedores de la fragilidad
moral y las preferencias de las mulatas, acudian a los bailes de
cuna en su busca. Motivo de odiarse los mulatos y los blancos.
La causa principal y basica de todos los males sociales y mo-
rales de Cuba, para Villaverde, era la esclavitud, que 61 califi-
caba de estado permanente de guerra cruel, sangrienta e impla-
cable adel negro contra el blanco, del amo contra el esclavo.. La
denuncia de los horrores de la esclavitud ha hecho que se com-
pare a Cecilia Valdts con Uncle Tom's Cabin. La indignaci6n con
que el autor mira a los amos y mayorales llega a su punto mAximo
en las descripeiones de la crueldad de los castigos dados a los
esclavos, no con la intencion de corregir, sino meramente acon
el deseo de satisfacer una venganza. Lo peor, crefa Villaverde,
eran los efectos desmoralizadores de la esclavitud -la apatfa,
la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que los amos mi-
raban los sufrimientos, las enfermedades y adn la muerte de sus
esclavos. el trastorno en la noci6n de lo justo y de lo injusto, el
aflojamiento de los lazos sociales, el debilitamiento de la dignidad
y el oscurecimiento de las ideas del honor. Cuba era un pals de
esclavos v, por consiguiente, un pals esclavizado, corrompido, de-
gradado.
nstas son. a grandes rasgos, las ideas politicas y sociales mas
destacadas del autor. Quizas fuera mejor denominarlas ideas mo-
rales porque todas parten del c6digo 6tico y moral que sigue Villa-
verde durante su larga vida. Es decir que la critical al gobierno
espafiol o a la instituci6n de la esclavitud es, en Lo esencial, la
critica a la inmoralidad que ve el novelista en la sociedad cubana.

5. Tecnica y estilo
Cecilia Valdes, en la edici6n definitiva, consta de un pr6logo,
cuarenta y cinco capitulos, divididos en cuatro partes, y una con-
clusi6n de cuatro pArrafos. La accion abarca dos 6pocas -la
de 1812-1830 y la de 1830-1831. La critica de la sociedad escla-
vista, la denuncia contra el gobierno espafiol, los largos y minu-
ciosos cuadros de costumbres, las descripciones de la Habana, de
la region azucarera de Vuelta Abajo y de la cafetalera de Alquizar,


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CCLIA VAtS 1


sirven de fondo ambiental sobre el cual proyecta y elabora Vi-
llaverde la trama de su novela.
Cada capitulo va encabezado por una cita que ha sacado Vi-
liaverde de autores espafioles cfisicos y moderns, de sus contem-
pordneos hispanoamericanos, del folklore o de la Biblia. La cita
sintetiza, en realidad, la accion del capitulo. Luego Villaverde
prepara la escena con una descripci6n detallada, dando la fecha,
el lugar y el moment en que ocurren los acontecimientos. Segui-
damente describe a los personajes y empieza el diflogo. Este es
interrumpido por otra descripci6n y sigue de nuevo el dialogo. Se
ve asi por toda la obra la combinaci6n de diklogo y descripci6n.
El autor se refiere constantemente wa nuestra veridica historian, y
en el Pr6lagoa nos explica que: Lejos de inventar o de fingir
caracteres y escenas fantasiosas e inverosimiles, he levado el
realismo, segnn Io entiendo, hasta el punto de presentar los prin-
cipales personajes con todos sus pelos y sefiales, como vulgar-
mente se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor
parte bajo su nombre y apellidos verdaderos, hablando el mismo
lenguaje que usaron en las escenas hist6ricas en que figuraron.
copiando en lo que cabia su fisonomia fisica y moral. La novel,
por consiguiente, es una fusion de Io que ha vivido el autor, de
Io que sale del documento no estando el presente, y de la fantasia.
Si Villaverde se aprovecha de la tecnica de la novela histdrica
es para describirnos un pasado inmediato, y esto en combinaci6n
con la t6cnica de la novela costumbrista y realista.
Al hablar del estilo hay que sefialar que Io que caracteriza a
Villaverde en Cecilia Valdts es la naturalidad y laneza del len-
guaje. La lengua de Villaverde es la lengua familiar con su ri-
queza de modismos, giros, refranes y voices cubanas.
Cualquier estudio del estilo de Villaverde, por muy somero
que sea, tiene que referirse a la autenticidad humana de los dii-
logos. Cada personaje habla como los de su clase, de su condicidn
y de su psicologia.
M6rito indiscutible de Cecilia Valdes es el deseo de presentar
toda la escala socio-lingiistica del espafiol hablado en la Cuba de
principios del siglo xix. Estos plans lingiiisticos van desde el
culto y refinado de las clases pudientes hasta las deformaciones
del negro bozal. Y aunque no ofrece mucha regularidad y exacti-
tud cientifica la transcripci6n de la lengua popular que hace Vi-
llaverde, es posible, sin embargo, sacar una serie de conclusions
respecto de los rasgos fon6ticos y gramaticales mds importantes:


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3 CCItILO VILAT VERDE


A. Fontica
En las vocales se observan los siguientes cambios que, con
mayor o menor extension, existen en la lengua popular de todos
los pauses de habla espafiola, incluida Espafa:
1. Cambio de e en i (en silaba anterior a la acentuada): di-
lante (delante), dispertar (despertar), Ginoveve (Genove-
va), mijd (mejor), sif6 (senor), si jard (se har), vinfan (ve-
nian).
2. Cambio de i en e (en silaba anterior a la acentuada): en-
divios (individuos), endino (indigno).
3. Cambio de o en u (en silaba anterior a la acentuada): fe-
churia (fechoria), cuchine (cochino), bunite (bonita).
4. Dos vocales en hiato se reducen a una silaba. El grupo ea
se convierte en ia: pelid (pelear), brujuliando (bruju-
leando).
5. El grupo oa que resulta de la pdrdida de la d intervocalica
se convierte en el diptongo ua: entuavia (entodavia).
6. El grupo uo se reduce a 0: mortorio (mortuorio).
7. El grupo uy se reduce a u : mu (muy).
8. Al encontrarse la vocal final de una palabra con la inicial
de la siguiente se reducen a una: de lasquina (de la esqui-
na), lotra (la otra).
9. Es frecuente la desaparici6n de la silaba inicial, sea de vo-
cal o de vocal y consonante o de consonante y vocal: legrd
(alegrar), serrd (encerrada), td (esth), cap4 escapek), no (se-
nor), ha (sefiora).
10. A veces hay methtesis: suidd (ciudad).
En las consonantes se observan los siguientes cambios, tam-
bien comunes, en su mayor parte, a la lengua popular del mundo
hispinico:
1. Cambio de la b en g: gieno (bueno).
2. P6rdida de la d intervocilica. En el caso de ada se reduce
a da algunas veces: calsda (calzada), mojda (mojada), nda
(nada), negrda (negrada). En otras ocasiones se reduce
a d: frasd (frazada), espd (espada), na (nada), robd (ro-
bada), ca (cada). Es constante la ptrdida de la d entre a
y o no sdlo en el participio pasado: aonde (adonde), he-
rraor (herrador). Hay ejemplos de la p6rdida de la d en-
tre a e i: naitica (naditica). Tambi6n entre a y u: macro
(maduro). En el caso de ede se transcribe unas veces de


32





CCILIA VAtts


y otras e: pute (puede), pue (puede), ustes (ustedes),
susmercis (sus mercedes). La d intervocAlica se pierde
normalmente en edo: pueo (puedo), deos (dedos). Es cons-
tante la pbrdida en ida e ido tanto en los participios Como
en los nombres: endivios (individuos). Tambikn se pier-
de en oda y odo: toes (todas), tos (todos).
3. Se pierde la d final detrAs de a, e, u: suidd (ciudad), pare
(pared), sahi (salud).
4. Se pierde la d en una expresion como: la mano e la rien-
da (la mano de la rienda).
5. Cambio de d en i: maire (madre), patre (padre).
6. La h se aspira pronunciandose j: ajorcan (ahorcan), je-
cho (hecho), jerido (herido), jierro (hierro), juya (huya),
jondo (hondo).
7. Hay un ejemplo del cambio de la l en i: saiga (salga).
8. Cambio de la 1 en r es muy frecuente: ar (al), mar (Mal),
argo (algo), sartd saltt6, esargo (es algo).
9. Hay un ejemplo de la perdida de la I final: tejamani (te-
jamanil).
10. La ii se convierte en y: boteya (botella), cabayo (caba-
llo, cuchiyo (cuchillo), poleya (por ella), yebe (llev4).
11. La n final se pierde despues de e y o: tambid (tambi6n),
Alarco (Alarc6n), barrack (barrac6n).
12. El grupo nm se convierte en im : colmigo (conmigo).
13. Es constante el cambio de la r en 1: alte (arte), amol
amorr), coltan (cortan), goldo (gordo), mostraol (mos-
trador).
14. El grupo tr se convierte en ti: tlabaja (trabaja).
15. La r se convierte en i despues de a: agarraise (agarrar-
se), cdisel (cArcel), maicaos (marcados), paidito (pardito).
16. La r se convierte en i tambien despues de e: aprendeise
(aprenderse), cueipo (cuerpo), meicaba (mercaba), tabei-
na (taberna).
17. Pordida de la r intervocdlica: mie (mire). me paese (me
parece).
18. Perdida tambien de la r final en los nombres: gobernad
(gobernador), muy (mujer), le procurad (el procurador).
19. Y en los verbos: a bused (a buscar), fid (fiar), tent (te-
ner).
20. El grupo rt se reduce a t: abieta (abierta). puet (puerta).
21. En el grupo ere ocurren dos fen6menos. A veces se pier-


3


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CIRILO VILLAVERDE


de la r: quiee (quiere) y otras veces se pierde la silaba
final: quie (quiere).
22. El grupo ara se reduce a a, perdi6ndose la silaba final:
pa esto y no pa lo otro (para esto y no para lo otro), rods
pacd (mis parn ach), paqud (para que).
23. El grupo ora se reduce a d: send (senora).
24. La r del infinitivo seguido del complemento que empieza
con 1 se convierte en s: decislo (decirlo), vendesla (ven-
derla), participasle (participarle).
25. La s y la z seguidas de una consonante se pierden: co-
noca (conozca), etd (est4), uti (usted), vito (visto).
26. Tambi6n se pierden la s y la z final: apena (apenas), cru
(cruz), nosotro (nosotros), el jud (el juez).
27. Las palabras cultas sufren cambios en el habla popular.
El grupo ct se reduce a t: fatible (factible); el grupo gn
se reduce a n: endinos (indignos); la t a veces se con-
vierte en d: ladronisio (latrocinio).

B. Gramdtica
1. En el usa del articulo definido se nota la preferencia del
femenino al masculino: la ama (el ama), la aztcar (el
azdcar), la tema (el tema), la centinela (el centinela).
2. Persisten en la lengua popular las formas anticuadas de
varios verbos: dir (ir), diba (iba), rompido (roto), semos
(somos), vido (vi), soy venio (he venido). Tambien las for-
mas anal6gicas: haiga (haya), queriba (queria), vini6
(vino).
3. En las preposiciones y en los adverbios tambi6n se nota
la sobrevivencia de las formas antiguas: alantre (delante
de), dende (desde), antler (anteayer), en denantes (antes),
asin (asi), asina (as!), ansina (as!), entoavia (todavia).
4. Predominio del loismo sobre el leismo: Lo acompafiaba,
lo quitan (le quitan).
5. Hay un ejemplo interesante de la mezcla de los dos fen6-
menos en la misma oraci6n: iDejaria yo por eso de que-
rerlo como le quiero?
6. La i inicial de los pronombres se convierte en m: y mos
did (y nos dio), mosotros (nosotros).
7. Aparecen varias formas antiguas de los pronombres: iCuya
era la falta? (QDe qui~n era la falta?), naide, naidem, nai-


34





CECHJA VA)ts


den (nadie).
8. En la lengua popular la colocaci6n de los pronombres es
distinta: me se figura (se me figura), te se puede (se te
puede).
9. El uso del aumentativo y diminutivo le da un sabor espe-
cial a la lengua popular: cuerazo, hombronazo, esclavona,
pollonas, anchotes, caballerito, derechito, ahorita, ahora
mismito, to primerito, corriendito, ni un tantico.

C. Negros
El espanol hablado por los negros hay que considerarlo un
fen6meno distinto. Lo caracteristico del negro es que confundia
los g6neros y las terminaciones.
1. La a final del sustantivo se convierte en e: casite (casita),
frute (fruta), nine (nifa), le meme (la misma).
2. Si el sustantivo termina en o entonces se convierte en a:
le dinera (el dinero), le dominga (el domingo).
3. Otras veces la o se convierte en e: jierre (hierro), dinere
(dinero).
4. El adjetivo en o se convierte en e: contente (contento).
5. El sustantivo en e se convierte en o: Manrico (Manrique).
6. El plural a veces termina en a y a veces en e: to loca (los
locos), gieve (huevos), le pobre negre (los pobres negros).
7. No hay concordancia entre el sustantivo y el adjetivo:
Dolore se pone loco (Dolores se pone loca), uno nilo blanca
(un nino blanco).
8. La confusi6n tambi6n existe en la terminaci6n de los ver-
bos. El verbo que termina en o sufre un cambio en a: yo
trabaja (yo trabajo), conoca (conozco), da (doy). A veces
la o se convierte en e: vive (vivo), y yo vende (y yo vendo).
9. La terminaci6n en e se convierte en a: ZAonde viva?
(QD6nde vive?), ha vito (he visto).
10. Tambi(n hay confusi6n en la conjugaci6n del verbo: no
son (no somos), yo oye (yo of).
11. Otros fen6menos:
a) La ap6cope: le ajogd (el abogado), grasi Did (gracias
a Dios).
b) P~rdida de la 1: dose (dulce).
c) Cambio de II en n: iamao (llamado), iComo lama utd?
(QC6mo se llama usted?).


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CIRILO VILLAVERDE


d) Grupo bl se convierte en br: lo branco (los blancos).
e) Grupo cl se convierte en cr: crara (claro), escravo
(esclavo).
f) Al encontrarse la consonante final de una palabra con
la vocal initial de la siguiente ocurre este fen6meno:
mi sojo (mis ojos), iUtd e sija? (QUsted es hija?).
Jose Marti dijo del estilo de Villaverde que en el alucia el cas-
tellano como un rio nuestro sosegado y puro, con centelleos de luz
tranquila, de entre el ramaje de los arboles, y la mansa corriente
recargada de flores frescas y de frutas gustosass. Cuenta tambien
Marti que, estando en casa de un amigo, le oy6 decir a Anselmo
Suirez y Romero, uno de los conocidos estilistas cubanos, estas
palabras: aCastellano, hijo, castellano no 1o escribo en Cuba yo,
ni los que dicen que no lo escribo bien; si quieres castellano her-
moso lee a Cecilia Valdss.
iValgan las palabras de Jose Marti y Anselmo Suarez y Ro-
mero!

Esta edicidn. Corresponde esta edici6n a nuestro deseo de
ver impreso con fidelidad el texto de la obra maestra de Villaverde.
Para realizarlo hemos acudido a la primera edici6n de 1882, y por
eso extrafiara, quizds, la ortografia. Nuestra intervenci6n se limita
a un modesto pr6logo y a corregir las erratas. Las notas, breves
y sencillas, van dirigidas a aclarar palabras o pasajes que puedan
resultar oscuros o dudosos. Queremos expresar nuestro profundo
agradecimiento a don Federico de Onis por su orientaci6n, y a los
doctores Andr6s Iduarte y Antonio Mier por haberse leido el ma-
nuscrito de nuestro pr6logo.

O. B. T.
A. T.


36












CIRILO VILLAVERDE

BIBLIOGRAFIA



1. EICIoNES

Novelas

El ive muerta (Un recuerdo del incendio de Jess Maria). Mis-
celdnea de Otil y agradable Recreo, Habana, 1837; La Au-
rora de Matanzas, Matanzas, 1844.

La pena blanca. Misceldnea de Otil y Agradable Recreo, Ha-
bana, 1837; La Aurora de Matanzas, Matanzas, 1844.

El perjurio (Recuerdo de Alquizar). Misceldnea de Otil y Agra-
dable Recreo, Habana, 1837; La Aurora de Matanzas, Ma-
tanzas, 1844.

La Cueva de Taganana. Misceldnea de Ctil y Agradable Recreo,
Habana, 1837; La Aurora de Matanzas, Matanzas, 1844.

El espeton de oro. Novela cubana. El Album, Habana, 1838, IV,
p. 13-116; Habana, Impr. de Bolona, 1839; Habana, Impr.
del Tiempo, 1855 [Aparece publicada en: Coleccion de nove-
las, cuentos, leyendas, &, de autores cubanos. Pertenece esta
obra a la publicaci6n titulada eBiblioteca de la Revistas]; -
La Habana, Massana, 1859; En: cLa Familias de L6pez Prie-
to, Habana, s. a.

Cecilia Valdts o la Loma del Angel. Novela cubana. Habana,
Impr. Literaria de Lino Vald6s, 1839, 246 pAgs.





CIRILO VILLAVERDE


Cecilia Valdes. La Siempreviva, Habana, 1839 [Publicada en dos
partes o capitulos: 1.6 parte, II, p. 75-87, 2.' parte, p. 242-254; -
La primitiva "Cecilia Valdts" de Cirilo Villaverde. H abana,
Impr. de aCuba Intelectuah, 1910, 13 pigs. [Reimpr. de los
dos primeros capitulos publicados en La Siempreviva, Haba-
na, 1839, II, p. 75-87; 242-254.]

Cecilia Valdes o La Loma del Angel. Novela de costumbres cu-
banas. Pr61. de Cirilo Villaverde. Nueva York, Impr. de El
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xi-658 pigs.; Habana, Impr. La Discusi6n, 1908, vi-410 pa-
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Habana, Durin & Cia., 1922, vii-399 pkgs.; Chrdenas, 1926; -
Noticia biogrifica an6nima. Habana, Cultural, 1941, xii-409
piginas; Edici6n critica y notas de Esteban Rodriguez He-
rrera. Habana, Edit. Lex, 1953, lxviii-753 pigs.; Lima,
Talleres Graficos Torres Aguirre, 1959, 447 pigs. (Biblioteca
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311-320; III, p. 117-126; 309-324. [Apareci6 como an6nima. Pri-
mera y segunda parte, Una crua negra. Tercera, cuarta y 61-
tima parte, La cruz negra.]

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Habana, Impr. de Oliva, 1839, 93 pigs.; Habana, Impr. La
Antilla, 1858.

Lola y su periquito. Obsequio a las Damas, Habana, 1839.

La joven de la flecha de oro. Historic habanera. La Cartera
Cubana, Habana, 1840, IV, p. 307-326; V, p. 41-69, 109-132,
181-197, 241-264, 301-326, 357-398; Habana, Impr. de R. Oli-
va, 1841, 327 pigs.; Matanzas, 1841.

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El penitente. Novel hist6rica cabana. Nueva York, Impr. El
Avisador Hispanoamericano, 1889, 142 pigs.

Cuentos de mi abuelo. El penitente. Novela hist6rica cubana.-
Nueva York, M. M. Hern~ndez, 1889, xii-142 pugs.; Ha-
bana, 1912. (Biblioteca de sCuba Intelectuals.)

El penitente. Novela de costumbres cubanas. Habana, Edit.
La Burgalesa, 1925, 162 pugs.


Articulos y Cuentos

flsta es una bibliografia select. Para hacer una bibliografia com-
pleta habria que consultar revistas y peri6dicos en que colabor6
asiduamente: El Album [18381, El Artista [1840], Cartera Cu-
bana [1840], El Faro Industrial [1841-46], Misceldnea de Mil
y Agradable Recreo [1837], Revista Cubana [1891-94], Revista
de la Habana [1855], La Siempreviva [1838], Habana; La Re-
voluci6n [1873], Nueva York. Firm6 la mayoria de sus articulos,
pero algunos de ellos aparecieron bajo los siguientes seud6ni-
mos: C. V., Cualquiera, Yo, El Ambulante del Oeste, C. Critilo,
Lola de la Habana, Sansuenas.


Traductor

DICKENS, CHARLES. Autobiografia de David Copperfield. Trad. de
Cirilo Villaverde. Habana, 1857, 3 vols.

POLLARD, EDWARD ALBERT. Historia del primer ano de la guerra
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173 pags.

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6ste al espaiol de C. Villaverde. Habana, Impr. Soler, 136 p4-
ginas.



Traducciones

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from the Spanish by Mariano J. Lorente. Boston, L. C. Page
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luci6n de la Cultura Cubana, 1608-1927, XIII.)

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Taganana. El Album, Habana, 1837. (Critico probablemente
Palma.]

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169, 196, 199, 206, 212, 216, 251-252, 270, 294, 408, 410, 567-568,
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de. Revista de la Biblioteca Nacional, Habana, 1953, IV,
n. 2, p. 133-153.
















PROLOGO



Publiqu6 el primer tomo de esta novels, en la imprenta Lite-
raria de D. Lino Vald6s A mediados del ao de 1839. Contem-
porhneamente empec6 la composici6n del segundo tomo, que de-
bia completarla; pero no trabajd mucho en 61, tanto porque me
traslad6 poco despues & Matanzas como uno de los maestros del
colegio de la Empresa, fundado recientemente en dicha ciudad,
cuanto porque una vez allf, emprendi la composicion de otra no-
vela,-LA J6wv DE LA FxzCHA DE Oo; que conclui 6 imprimi en
un volmen el ao de 1841.
De vuelta en la capital el ano de 1842, sin abandonar el ejer-
cicio del magisterio, entr6 A formar parte de la redaccion de
EL FAno INDusTmAL, al que consagrd todos los trabajos literarios
y novelescos que se siguieron casi sin interruption hasta media-
dos de 1848. En sus columnas, entre otros muchos escritos de di-
verso g6nero, aparecieron en la forma de folletines: -El Ciego
y su Perro; La Excursi6n d La Vuelta Bajo; La Peineta Calada;
El Guajiro; Dos Amores; El Misionero del Caroni; El Penitente,
etcetera.
Pasada la media noche del 20 de Octubre del 6dtimo asio cita-
do, ful sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de solda-
dos y alguaciles por el comisario del barrio de Monserrate Bar-
reda; y conducido i la circel publica, de 6rden del capitan gene-
ral de la Isla, D. Federico Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y hnmeda bartolina, per-
maneci seis meses consecutivos, al cabo de los cuales, despues de
juzgado y condenado A presidio por la Comision militar perma-
nente como conspirador contra los derechos de la corona de Es-
pana, logr6 evadirme el 4 de Abril de 1849, en union de D. Vicente






CIRILO VILLAVERDE


Fernandez Blanco, reo de delito comun y del llavero de la carcel
Garcia Rey; quien de alli a poco fu4 causa de una grave dificultad
entree los gobiernos de Espana y de los Estados Unidos. Por ex-
trana casualidad los tres salimos juntos en barco de vela del puerto
de La Habana; pero nuestra compania solo dur6 hasta la ria de
Analachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me
encamin6 por tierra A Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reform6 mi g~nero de vida: troqu6 mis gus-
tos literarios por mas altos pensamientos: pas6 del mundo de las
ilusiones, al mundo de las realidades: abandon6, en fin, las frivolas
ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en
las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedaronse allA mis
manuscritos y libros, que si bien recibi algun tiempo despues,
ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como
redactor de La Verdad, peri6dico separatista cubano, luego como
secretario militar del general Narciso L6pez, llevd vida muy activa
y agitada, agena por demas a los estudios y trabajos sedentarios.
Con el fracaso de la expedition de Cardenas en 1850, el de-
sastre de la invasion de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo
de nuestra intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes
revivieron nuevos proyectos de libertar A Cuba, que venian aca-
riciando los patriotas cubanos desde muy al principio del presen-
te siglo. Todos, sin embargo, cual los anteriores terminaron en
desastres y desgracias por el aio de 1854.
En 1858 me hallaba en la Habana tras nueve afios de ausen-
cia. Reimpresa entonces mi novela Dos AMORES, en la imprenta
del Senor Pr6spero Massana, por consejo suyo acometi la empress
de revisar, mejor todavia, de refundir la otra novela, CECILA
VALD1S, de la cual solo existia impress el primer tomo y manus-
crita una pequefia parte del segundo. Habia trazado el nuevo plan
hasta sus mas menudos detalles, escrito la advertencia y procedia
al desarrollo de la action, cuando tuve de nuevo que abandonar
la patria.
Las vicisitudes que se siguieron A esta segunda expatriation
voluntaria, la necesidad de proveer A la subsistencia de la fa-
milia en pats extranjero, la agitation politica que desde 1865 em-
pez6 a sentirse en Cuba, las tareas periodisticas que luego em-
prendi, no me concedieron Animo ni vagar para entregarme A la
obra larga, sin expectativa de lucro inmediato, y por Lo mismo
tediosa-que demandaba el expurgo, ensanche y refundicion de
la mas voluminosa y complicada de mis obras literarias.


48





cZCIUA vawots


Tras la nueva agitation de 1865 A 1868 vino la revolution del
ultimo aho nombrado y la guerra sangrienta por una dbeada en
Cuba, acompafada de las escenas tumultuosas de los emigrados
cubanos en todos los pass circunvecinos ; ella, especialmente
en Nueva York. Como antes y como siempre, troque las ocupa-
ciones literarias por la politica militante, siendo asi que act des-
plegaban la pluma y la palabra al menos la misma vehemencia que
alld el rifle y el machete.
Durante la mayor pare de esa 6poca de delirio y de sueios
patri6ticos, durmi6, por supuesto, el manuscrito de la novel. ZQu6
digo? no progress mas alli de una media decena de capitulos, tra-
zados a ratos perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada
en la sangre de sus mejores hijos, se ofrecia en todo su horror y
toda su belleza y parecia que demandaba de aquellos que bien y
mucho la amaban,-la fiel pintura de su existencia bajo el triple
punt de vista fisico, moral y social, antes que su muerte 6 su
exaltation a la vida de los pueblos libres, cambiaran enteramente
los rasgos caracteristicos de su anterior fisonomia.
De suerte, que en ningun sentido puede decirse con verdad
que he empleado cuarenta anos (periodo cursado de 1839 A la
fecha) en la composition de la novela. Cuando me resolvi A con-
cluirla, habra dos 6 tres anos, In mas que he podido hacer ha sido
despachar un capitulo, con muchas interruptions, cada quince
dias, a veces cada mes, trabajando algunas horns entre semana r
todo el dia los domingos.
Con esta manera de componer obras de imagination, no es
facil mantener constante el interes de la narrativa. ni siempre
animada y unida la action, ni el estilo parejo y natural. ni el
tono templado y sostenido que exigen las producciones J el g&-
nero novelesco. Y tal es uno de los motivos que me impelen A
hablar de la novela y de mi.
El otro es, que despues de todo, me ha salido el cuadro tan
sombrio y de caracter tan tragico, que, cubano como soy hasta
la m6dula de los huesos y hombre de moralidad.-siento una es-
pecie de temor 6 vergienza presentarlo al pnblico sin una palabra
explicativa de disculpa. Harto se me alcanza que los extranos.
digase, las personas que no conozean de cerca las costumbres ni
la epoca de la historia de Cuba, que he querido pintar.-tal vez
cream que escogi los colores mas oscuros y sobrecargu6 de som-
bras el cuadro por el mero placer de causar efecto A la Rembrandt.
6 A la Gustavo Dor6. Nada was distante de mi mente. Mle precio


4






CIRILO VILLAVERDE


de ser, antes que otra cosa, escritor realist, tomando esta pala-
bra en el sentido artistico que se le d4 modernamente.
Hace mas de treinta anos que no leo novel ninguna, siendo
W. Scott y Manzoni los anicos modelos que he podido seguir al
trazar los variados cuadros de CECILIA VALDts. Reconozco que ha-
bria sido mejor para mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un
romance pastoril, siquiera un cuento por el estilo de Pablo y Vir-
ginia 6 de Atala y Renato; pero 6sto, aunque mas entretenido y
moral, no hubiera sido el retrato de ningun personaje viviente, ni
la description de las costumbres y pasiones de un pueblo de car-
ne y hueso, sometido A especiales leyes politicas y civiles, imbuido
en cierto Orden de ideas y rodeado de influencias reales y positi-
vas. Lejos de inventar 6 de fingir caract6res y escenas fantasio-
sas, 6 inverosimiles he llevado el realismo, segun lo entiendo, has-
ta el punto de presentar los principales personajes de la novela
con todos sus pelos y senales, como vulgarmente se dice, vestidos
con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo su nombre
y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron en
las escenas histdricas en que figuraron, copiando en lo que cabia,
d'aprts nature, su fisonomia fisica y moral, a fin de que aquellos
que los conocieron de vista 6 por tradition, los reconozcan sin di-
ficultad y digan cuando menos :-el parecido es innegable.
Apenas si he aspirado A otra cosa. Lo anico que debo agre-
gar en descargo de mi conciencia, por si Alguien juzgare que la
pintura no tiene nada de santa ni de edificante, es que, al situar
la action de la novela en el teatro habanero y 6poca corrida de 1812
i 1831, no encontr6 personajes que pudieran representar con me-
diana fidelidad el papel, por ejemplo, del payo Lorenzo, 6 el del
pacato de D. Abundio, 6 el del energico padre Crist6bal, 6 el del
santo arzobispo CArlos Borromeo; al paso que abundaban los que
podian pasar, sin contradiction, por fieles copias de los Canoso,
los Tramoya y los D. Rodrigo, matones, bravos y libertinos, cuya
generation parece ser de todos los paises y de todas las 6pocas.
Tampoco ha de achacarse A falta del autor si el cuadro no ilus-
tra, no escarmienta, no ensefa deleitando. Lo mas que me ha sido
dado hacer, es abstenerme de toda pintura impidica 6 grosera,
falta en que era fMcil incurrir, habida consideration A las condi-
ciones, al caracter y a las pasiones de la mayoria de los actores
de la novela; porque nunca he creido que el escritor pablico, en
el afan de parecer fiel y exacto pintor de las costumbres, haya de
olvidar que le merecen respeto la virtud y la modestia del lector.


:>Q





CCLIA VALDtS 51

Por io demas, si la obra que ahora sale A luz completa, no con-
tiene todos los defector de lenguaje y de estilo que sac6 el primer
tomo impreso en la Habana, si hay mayor correccion y verdad en
la pintura de los caract&res, si resultan eliminadas ciertas escenas
y frases de escasa 6 dudosa moralidad, si el tono general de la
composicion es mas uniforme y animado, d6bese en mucha parte
A los consejos de mi esposa, con quien he podido consultar capi-
tulo tras capitulo, a medida que los iba concluyendo.

C. VILLAVERDE.

Nueva York, Mayo, 1879.

























































































































































s

















CECILIA VALDES

0

LA LOMA DEL ANGEL

por


Cirilo Villaverde


Que tambi&n


la hermosura


tiene fuerza


de despertar la caridad dormida.

Cervantes


N U E V A Y O R K


IMPRENTA


DE EL ESPEJO


Calle de Cedar n.* 4
1882







s












A las Cubanas


Lejos de Cuba y sin esperanza de volver
a ver su sol, sus flores, ni sus palmas, a
qui6n, sino a vosotras, caras paisanas, refle-
jo del lado mhs bello de la patria, pudiera
consagrar, con mhs justicia, estas tristes pi-
ginas? (1)
EL AuTot























(1) Hemos puesto el signo de interrogacion antes de la a y despues de
la palabra pdginas.
















CECILIA VALDES





PRIMERA PART


CAPITULO I.

Tal es el fruto de la culpa, Tello,
cosecha de dolor.
sous.

Hicia el oscurecer de un dia de Noviembre del ano de 1812.
seguia la calle de Compostela en direccion del norte de la ciudad.
una calesa (2) tirada por un par de mulas, en una de las cuales,
como era de costumbre, cabalgaba el calesero negro. El traje de
6ste, las guarniciones de aqu llas y los ornamentos de plata ma-
ciza, mostraban a las claras que era rica la persona & que perte-
necia tan lujoso equipaje. Prendida estaba de los calamones. no
solo por el frente, sino tambien por un costado y hasta la mitad del
otro,-la cortina 6 capacete de pano con banda de vaqueta. Sea
el que fuese quien ocupaba el carruaje A la sazon, no puede ne-
garse que tenia interes en guardar la incognita, aunque parecia
excusada la precaucion, por cuanto no habia alma viviente en las
calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, 6 la artificial
de algunas casas que se escapaba por las archas rendijas de las
puertas cerradas.
Pararon de repente las mulas el trote en la esquina del calle-

(2) Carruaje de cuatro y, mis comtnmente. de dos ruedas. con ia
caja ablerta por delante, dos o cuatro asientos y capota de vaqueta.





CIRILO VILLAVERDE


jon de San Juan de Dios y sati6 4 espacio (3) y con no poco tra-
bajo de la calesa un caballero alto, bien puesto, vestido de frac
negro abotonado hasta el cuello, dejando ver por debajo el chale-
co 0 chupa de color claro, pantalones de carranclan de pie, corba-
tin de cerda, y sombrero de castor con copa enorme y ala angosta.
Por lo que podia distinguirse en aquella media luz de las estre-
lhas. las facciones mas notables del hombre eran la nariz, que te-
nia aguilena, los ojos bastante vivos, el rostro ovalado y la barba
pequena. El color de esta y el del cabello, las sombras del som-
brero y de las paredes alterosas i4) del convent vecino, ho oscu-
recian tal vez sin ser negro.
--Sigue hasta la calle de lo Empedrado, dijo el caballero en
Iono imperioso. mas bajo, apoyando la mano izquierda en la silla
de la mula de varas-y espera inmediato A la esquina. En caso
que diere la ronda contigo. di que perteneces A D. Joaquin Gomez
Y que aguardas sus 6rdenes. ; Entiendes. Pio?
-Si. seflor, contest el calesero: quien desde que empez6 A
hablar su amo tenia el sombrero en la mano.
Y siguid al paso de las mulas hasta el punto que le indic6 aquel.
El callejon de San Juan de Dios se compone de dos cuadras
solamente, cerrado por un extremo en las paredes del convento
de Santa Catalina v por el otro en las casas de la calle de la Ha-
bana. El hospital de San Juan de Dios, que le da namnbre, y que
por sus altas v cuadradas ventanas. siempre deja salir el vaho ca-
liente de los enfermos. ocupa todo un lado de la segunda cuadra
y los otros trees, casitas pequenas de tejas coloradas y un solo piso,
el de las tdtimas en particular mas alto que el nivel de la calle,
con uno y dos escalones de piedra A la puerta. Las de mejor apa-
riencia de ellas eran las de la primer cuadra entrando de la calle
de Compostela. Eran todas de un mismo tamafo poco mas 6 me-
nos, de una sola ventana y puerta, 6sta de cedro con clavos de
cabeza grande. pintadas de color de ladrillo, aqu(lla 6 de espejo
6 volada y de balaustres de madera gruesos. El piso de la calle
se hallaba en su estado primitivo y natural, pedregoso y sin ban-
quetas.
El caballero desconocido. arrimado A las paredes, debajo de
los salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera
casita de su derecha y di6 dos golpecitos con la punta de los de-

~g a espacio... despacio.
41 alterosas... altas. elevadas.


58





CIuILIA VALDS 5')

dos. AllI sin duda le aguardaban, porque tardaron en abrir Io
que tard6 en pasar de la ventana A ]a puerta la persona que quit6
la tranca con que se cerraba por dentro. Esa result6 ser la ama
de la casa; mulata como de 40 anios de edad, de estatura media-
na, llena de cares, aunque conservaba el talle estrecho, los hopn-
bros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz algo grue-
sa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestia ca-
misa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin plie-
gues ni adorn ninguno.
Habfa pocos muebles en la sala: arrimada A la pared de la
derecha una mesa de caoba, sobre la cual ardia una vela de cera,
dentro de una guardabrisa 6 fanal, y varias sillas pesadas de ce-
dro con asiento y respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de
cobre. En aquella epoca esto se tenia por lujo, mucho mas tra-
tandose de una mujer de color, que ocupaba aquella habitation
como ama y no como criada. El caballero no le di6 la mano al
entrar, solo le hizo un saludo grave sin dejar de ser gracioso y
amable; lo que sin disputa era aun mas extrano, pues aparte de
su diferencia de condition y de raza, la de sus edades respectivas
era notable d primera vista y no cabia entre ellos otra relation
que la de la amistad, mas 6 menos sincera y desinteresada. En
seguida pregunt6 en tono triste y acercandose i la mujer cuanto
podia, a fin de no levantar la voz, que la tenia algo bronca:
-ZY que tal la enferma?
La mulata sacudi6 la cabeza con aire todavia mas triste y con-
test6 con tres monosilabos:
-;Ah! muy mal.
Algo mas animada, aunque sin despejarsele el semblante, agre-
g6 poco despues:
-jNo se lo dije al Sefior? Entodavia (5) ha de acabar con
ella el golpe.
-Pues que, replic6 desazonado el caballero -no me dijo V.
anoche que estaba mejor y mas tranquila?
-Lo estaba, si Senor ; pero la mafiana la ha pasado muy des-
inquieta (6) y agitada. Decia que le daban calor las sabanas, que
le ardia la cabeza, y varias veces ha tratado de salirse de la cama,
buscando aire. De manera que fu6 preciso mandar por el m6dico.
Vino y recet6 un calmante: Io tom6, porque la pobrecita toma

(5) entodavia... todavia.
(6) desinquieta... forma popular que equivale a: inquieta.






CIRILO VILLAVERDE


cuanto le dan. De sus resultas ya se duerme como una piedra,
ya dispierta (7) sobresaltada. iAy Senor, su sueno se parece tan-
to A la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se Io decia al
Senor desde un principio. el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. iAh! mi Sefior, de
esta hecha (8) la perdemos, Io estoy mirando; me Lo ha dado el
coraz6n.
Y no dijo mas, porque la emotion le ahog6 la voz en la gar-
ganta.
-Veo que V. se acobarda, sena Josefa: dijo el desconocido con
dulzura v sentimiento. ;Pues no ha tratado V. de convencerla
de que la separation es solo por muy corto tiempo? No es ella
ninguna chiquilla...
-;Que si no he tratado! El Senor parece que no la conoce
entodavia. Ella no ove razones. Es la mas voluntariosa y ca-
becidura t9) que ha nacido. Ademas, dende (10) ese lance no
esta en su cabal juicio y razon. ; El Senor mismo no trat6 aque-
Ila noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ZY que sac6?
Acuerdese, Jo que semos (11): nada. El Senor va A ver por sus
propios ojos que se escogi6 mal el momento de someterla a se-
mejante prueba. No se habian pasado los cuarenta dias y luego
tenia una calentura que volaba. Si, concluy6 ya del todo conmo-
vida v orosa.-me tengo tragado que de esta no sale ella con jul-
cio 6 con vida.
-Dios querra. sena Josefa, que no se realicen tan funestos
pron6sticos; dijo el caballero preocupado. Despues de breve rato
anadi6 :-Ella es j6ven v robusta y todavia la naturaleza triunfa-
r6 de todos sus males v penas. Fio mas en esto que en la ciencia
oscura de los medicos. Aparte de eso, V. sabe que se ha hecho
lo hecho por el bien de todos, mejor dicho... Mas adelante me lo
agradecer&n, estoy seguro. Yo no podia ni debia darla (12) mi
nombre. N6. n6, repiti6 como azorado del eco de su propia voz.
Nadie mejor que V. Jo sabe. V. que es mujer de razon, conocerA
v confesar6 que asi tenia que ser. Es preciso que la chica lleve

') dispierta... despierta. Villaverde trata de remedar el lenguaje de
:as capas populares e incultas.
(8) de esta hecha... de esta vez.
(9) cabecidura... testaruda.
(10) dende... arcaismo que significa: desde.
(11) semos... arcaismo: somos.
12) ni debia darla. Fijese el lector en el laismo del autor.





CCILIA VALtS 6


un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse manana.
ni esotro dia, el de Vald6s, con que quizas haga un buen can-
miento. Para ello no habia mas remedio sino pasarla por la Real
Casa Cuna. Esto no ha podido ser mas doloroso para la madre.
bien Jo s6, que para... todos nosotros. Pero dentro de breves dial
la habran bautizado y entonces har6 que la traiga aqui Maria de
Regla, mi negra, que tres meses hace perdi6 un hijo del ma! de
los siete dias (13), y la estA amamantando en la Casa Cuna por
6rden mia. Ella la devolverh sana, salva y cristiana A los brazos
de su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca.
el m6dico de la Real Casa, por quien A menudo se de la chica. Al
principio lloraba much y se negaba a tomar el pecho de Maria
de Regla, por Io que enflaqueci6 un poco. Pero va todo eso ha
pasado y ahora esta gorda y rozagante, es decir, segun me ha in-
formado Montes de Oca, porque yo no la he visto desde la noche
en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me fueron trash
ella. Es indecible cuanto me cost ese paso... Pero. a otra cosa.
V sabe, sin embargo, que no cabe equivocation.
-Demasiado que Lo s6; dijo la mulata enjugandose las lAgri-
mas. No puede equivocarse, no. Por Io tocante a eso estoy tran-
quila, como que A pesar de sus chillidos, que me partian el alma.
le hice la media luna azul en el hombro izquierdo. segun el senor
me orden6. Yo no se a quien le doleria mas. si A ella 6 A mi...
La madre, la madre, mi Senor, es la que me tiene sin sosiego.
Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el juicio o la vida.
Yo se 1o repito al Senor.
Sena Josefa, como la llam6 el desconocido, se conocia que era
mujer inteligente, si bien por el descuido de su education. incurria
a menudo en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes
en Cuba. A pesar de la marudez de sus anos y de sus pesares.
conservaba las muestras de una juventud bella y distinguida. bute-
nos ojos, la expresion amorosa de la boca y la redondez del cuello.
de los hombros y de los brazos. Tenia el color cetrino que resulta
de la mezcla de hembra negra y varon indio: pero lo crespo de!
pelo y el 6valo del rostro no admitian la probabilidad de semejante
maridage, sino el de madre negra y padre blanco. Cuando jdver.
llev6 vida acomodada, tuvo goes y se roaz6 con gente bien criada
y de buenas maneras. Honda debia de ser la pesadumbre que a
la sazon la aquejaba. segun eran la frecuencia de sts suspiros. la


(13) mal de los siete dias... tftano infanti!.


61






CIRILO VILLAVERDE


contraccion repetida de su entrecejo, y la abundancia del humor
acuoso en que nadaban sus grandes ojos y le empafiaban el brillo.
Por Io demas, habia en su actitud mas desesperacion que verda-
dero pesar. En efecto, como luego ver6mos, tenia razon sobrada
para lo uno y no le faltaba para 1o otro.
Hacia ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual
A vueltas con sus propios pensamientos, que de seguro no coinci-
dian en ningun punto, A tiempo que se oyeron un lamento y un
grito desgarrador salidos del interior de la casa. La mujer hizo
una exclamacion dolorosa, se llev6 ambas manos A la cabeza y
corri6 como desalada por el primer aposento al segundo cuarto.
Maquinalmente el caballero hizo con las manos el mismo movi-
miento y sigui6 sus pasos en silencio, aunque A cierta distancia.
Alli no habia mas luz que la mortecina de una lamparita de aceite
en una mesa, sobre la cual se veta un nicho 6 retablo de titiritero,
donde se veneraba una figura de talla, con traje talar 6 de mujer,
que miraba al cielo y tenia clavada en el pecho una espada, cuya
empufiadura parecia de plata. En el lado opuesto habia un catre,
con colgaduras de seda, ya ajadas y A la cabecera una silla de
cuero, que en el memento que entr6 alli sena Josefa, la habia deso-
cupado una anciana negra, escuAlida, imagen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el 6bano de su cuello largo y hue-
soso. Tenia en la mano derecha un rosario y varios escapularios
al pecho sobre la camisa blanca; cifi6ndola el talle de la falda de
cafiamazo, una correa negra y larga a lo fraile Agustino. Estaba
como embebida 6 rezando con gran fervor, y al tocarle en el hom-
bro sefia Josefa, alz6 de repente la cabeza, la volvi6 hAcia la puerta
del aposento, vi6 en ella de pie al desconocido, hizo un movimiento
de horror 6 de gusto y desapareci6 por la puerta del fondo, sin
decir palabra.
Ocup6 su lugar sefia Josefa. Abri6 con tiento las cortinas del
lecho y por sefias indic6 al caballero que se acercara; lo que hizo
6ste al parecer con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron
en el rostro pAlido de una muchacha, como de 20 anlos, yaciente
boca arriba y aparentemente muerta. Porque no se movia A la
sazon, tenia los ojos hundidos, y cerrados los pArpados, cuyas
pestafias eran tan largas que daban sombra A las mejillas. La
cabeza era o nico que tenia fuera de las sAbanas, y eso casi en-
terrada en la almohada, la cual desaparecia bajo una mata de pelo
negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor des6rden.
De en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado,


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CECILIA VALDtS


pilido de cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cua-
drada y alta, la boca pequeia, los labios belfos, y la nariz bastante
bien hecha, para mujer de raza mezclada, como sin duda era aque-
Ila de que ahora se trata. El conjunto era bueno, femenil; pero
habia tal expresion de angustia y melancolfa en el semblante mar-
chito por la enfermedad, que daba lAstima el contemplarle. Mo-
vida (14) por este sentimiento tal vez sefia Josefa dijo al oido del
caballero :-Se ha dormido.
La contestacion del caballero fu6 sacudir la cabeza negativa-
mente, acaso porque en aquel instante crey6 notar un temblor
convulsive que recorria de pies a cabeza todo el cuerpo de la
paciente. Tras el temblor empez6 a levantArsele el pecho, mo-
vimiento facil de percibir por encima de la sabana, como una ola
en mar sereno que repunta de repente, y precursor del suspiro
que exhale en seguida del fondo del corazon, acompaiado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero Io que de-
bia sobrevenir, sin poderlo remediar, apart primero la vista y di-
simulada y paulatinamente se retire 4 los pies de la cama. Incor-
porada en aquel instante la enferma, exclam6 con aire de espanto:
-;Mamita! zEra su merced?
-;Hija mia! zQu6 quieres? ZEstas mejor?
-;Ah! iMamita! prosigui6 la muchacha con el mismo aire
de azorada.-La he visto, la acabo de ver. Si, no me queda duda.
;Ahi esta! agreg6 sefialando al cielo. ;Se vA! ;Me la levan!
Debe estar muerta. iAy! -Y se le escape otro grito desgarrador.
-;Hija! le observe la madre afligida. Dispierta. Tni estas
sofiando, 6 esas son ilusiones tuyas.
-Venga aca, mamita, mire su merced misma.
Diciendo esto la atraia a si por el brazo.
-;V6ala! zNo es aquella la Virgen Santisima dentro de una
nube dorada, con los pies desnudos, apoyados en las alas de infi-
nitos ingeles? Ella es. iMire! Por aquf. ;Alla! Vea. ;Se
eleva!
-Visiones, hija mia. No hagas caso. Acuestate y descansa.
-C6mo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan
a mi hija, la hija de mis entrafias?
Pero quien se la leva, mi vida?
Quien se la lleva? ZPues no lo v6 su merced? La Virgen

(14) Errata senalada por el mismo Villaverde y que nosotros corre-
gimos.


6.3





CIRILO VILLAVERDE


Santisima. Se la lleva en los brazos. Debe estar muerta. iAh!
-Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo d6bilmente sefia
Josefa, pues sobre este punto no estaba mas segura que la enfer-
ma. Tu nifia esta viva y pronto la verAs. Esos son suefnos tuyos.
-Suefios, sueflos, repitid la muchacha distraida. Yo sofia-
ba? i.No sera mas que un suefio? Pero, y jmi hija? ZD6nde
esta? i.Por qu6 me la han quitado? Y de que yo la perdiera su
merced tiene la culpa; concluy6 diciendo con iracundo ademan
y acento.
No tuvo valor sefia Josefa para replicar palabra, bien por no
irritar mas a la enferma con una contradiction poco menos que
inutil, bien porque la acusacion era direct y fundada. Solo acer-
to a volver los ojos hacia su derecha, con lo que los de la enferma
naturalmente siguieron la misma direction y en consecuencia tro-
pezaron con el bulto oscuro del desconocido, que hacia por ocultar-
se tras las colgaduras de la cams.
-;Qui6n est6 ahi? pregunt6 apuntando con el dedo. iAh!
; 1 es, el ladron de mi hija! iMi verdugo! jQu6 vienes A bus-
car aqui? iVienes. basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo
llegas. G6zate a tus anchas. Mi hija ha volado al cielo, lo s6,
de ello estoy convencida, yo la seguir6 muy pronto; pero tF, tW,
causa de nuestra condenacion y muerte, hi bajarAs... al infierno.
-;Jesus! exclam6 sefia Josefa santiguAndose. T6 no sabes lo
que dices. Calla.
Y anegada en lagrimas se arroj6 sobre su hija con el doble ob-
jeto de impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella
terrible increpacion contra el caballero desconocido. Por pru-
dencia 6 por remordimiento 4ste callaba 6 incline mas la cabeza.
nl. de todos modos estaba muy disgustado y luchaba consigo mis-
mo A fin de tomar una resoluci6n. Porque, previ6ndolo, habia ve-
nido A ponerse al alcance de las recriminaciones, al parecer justas,
de la enferma, quien aunque delirante, le echaba en cara la per-
dida de su hija y la ruina de su razon. Mas no hizo por defender-
se. Se sentia, al contrario humillado, altamente ofendido, por
cuanto siendo sus intenciones las mas puras, guiadas por el deseo
del bien de todos los inmediatamente interesados, las resultas lle-
vaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su propia
conciencia la justification era facil; el mundo, sin embargo, debia
juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenia 61 horror cerval.
Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija.
Ssta. con los ojos de espantada, los cabellos desgrefiados, la frente


64





CECILIA VALDES


cubierta de sudor copioso, las mejillas encendidas por la fiebre.
repelia con ambas manos A la madre y le repetia :-Djeme, ma-
mita, d6jeme ver esa cara de hereje. Quiero pedirle cuenta de
mi hija. n1 me la ha quitado, el, entrafas de fiera. Y la madr'
siempre inundada en lAgrimas, estrechandola en sus brazos, It
respondia:-Por el amor de Dios, hija mia, por la Purisima Con
cepcion de Maria Santisima, por tu salud, por 1a de tu hija, que
vive y esth buena, cAllate, tranquilizate. Yo te Jo ruego por lo
que mas quieras.
Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acerrco
el caballero A la cama, tom6 en la suya una mano de la enferma,
la cual ella no rechaz6, y con voz gra-'e, mas Ilena de exquisita
ternura, la dijo:
-Charo, 6yeme. Te prometo que manana veras a tu hi,.
Vuelve en ti. iCalmate! No mas lecuras.
Skase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, s6ase que
la impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto, que la
enferma, exhalando un profundo suspiro, cay6 repentinamente de
espaldas en la almohada y alli qued6 por breve rato sin movimien-
to. No crey6 menos la madre al pronto sino que habia espirado.
Psole -con ese motivo la mano en el corazon, y, como ya por el
susto, ya porque en efecto se le habia paralizado la sangre en las
venas a la paciente,-no sinti6 por unos instantes las pulsaciones.
As! que, grandemente asustada, se volvi6 para el caballero, que
al parecer contemplaba impasible aquella escena muda. y con
acento de amarga reconvencion le dijo:
Lo ve el Sefior? Esta muerta.
No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural
ecuanimidad. Lejos de ello, con mucha calma y deliberation le
tom6 el pulso a la muchacha A guisa de medico y despues dijo:
-Traiga V. 6ter. Se ha desmayado. Esta moza esta muy
d6bil; necesita alimento.
-El m6dico lo ha prohibido, observe sefia Josefa.
-El medico no sabe lo que se pesca. Dela V. caldo. Pero
despache con el 6ter.
Traido el Alcali volatil, se le aplicaron 4 la nariz: pero las
Onicas seiales de vida que di6 la muchacha. fue un estremeci-
miento de los pArpados, que no abri6 por cierto, y un lorar
en silencio, 6 hilo a bilo (15), segun reza la grafica expresion

(15) orar... hilo a hilo... llorar continue.


5


65





66 CIRILO VILLAVERDE

vulgar. Mientras esto pasaba delante de la cama de la enferma
asom6 la cabeza blanca por entre la puerta del fondo, medio abier-
ta, la anciana negra antes mencionada; pero la retir6 de golpe
persignandose cual si viese al diablo, sin duda porque aun estaba
alli el caballero desconocido. Al fin, Este se alej6 de aquel sitio
de dolor y de tribulation, salud6 A sefia Josefa con una mera in-
clinacion de cabeza, y sali6 A la calle murmurando en su despecho:
-;Y nadie mas que yo tiene la'culpa!










CAPITULO II.


Sola soy, sola naci,
Bola me tuvo mi madre,
Sola me tengo de andar,
Como la pluma en el aire.
Algunos aios adelante, mejor, uno 6 dos despues de la caida
del segundo breve periodo constitucional, en que qued6 establecido
el estado de sitio de la Isla de Cuba y de capitan general de la
misma D. Francisco Dioniso Vives, solia verse por las calles del
barrio del Angel, una muchacha de unos once a doce anos de edad,
quien ya por su hibito andariego, ya por otras circunstancias de
que hablaremos en seguida, Ilamaba la atencion general.
Era su tipo el de las virgenes de los mas celebres pintores.
Porque a una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos,
naturalmente ondeados, unia facciones muy regulares, nariz recta
que arrancaba desde el entrecejo y por quedarse algo corta alzaba
un si es no es el labio superior, como para dejar ver dos sartas
de dientes menudos y blancos. Sus cejos describian un arco y
daban mayor sombra A los Ojos negros y rasgados, los cuales eran
todo movilidad y fuego. La boca tenia chica y los labios lens,
indicando mas voluptuosidad que firmeza de caracter. Las meji-
Has llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba, forma-
ban un conjunto bello, que para ser perfecto, solo faltaba que la
expresion fuese menos maliciosa, si no maligna.
De cuerpo era mas bien delgada que gruesa, para su edad antes
baja que crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello
y anchor hacia los hombros, formaba armona encantadora, aun
bajo sus humildes ropas, con el estrecho y flexible talle, que no
hay medio de compararle sino con la base de una copa. La com-
plexion podia pasar por saludable, la encarnacion viva, hablando
en el sentido en que los pintores toman esta palabra, aunque a
poco que se fijaba la atencion, se advertia en el color del rostro,
que sin dejar de ser sanguineo, habia demasiado ocre en su com-
posicion, y no resultaba diafano ni libre. ZA que raza, pues per-
tenecia esta muchacha? Dificil es decirlo. Sin embargo, a un
ojo conocedor no podia esconderse, que sus labios rojos tenian un
borde 6 filete oscuro, y que la iluminacion del rostro terminaba en






CIRILO VILLAVERDE


una especie de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su san-
gre no era pura y bien podia asegurarse, que alla en la tercera 6
cuarta generation, estaba mezclada con la etiope.
Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su
alegria y vivacidad, que la revestian de una especie de encanto,
no dejando al animo vagar sino para admirarla y pasar de largo
por las faltas 6 por las sobras de su progenie. Nunca la hablan
visto triste, nunca de mal humor, nunca reflir con nadie, tampoco
podia darse razon cierta d6nde moraba ni de qu6 subsistia. jQu6
hacia, pues, una nina tan linda, azotando las calles dia y noche,
como perro hambriento y sin duefio? No habia quin por ella
hiciera ni rigiera su indole vagabunda?
Entre tanto la chica crecia gallarda y lozana sin cuidarse de
las investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer
enila cuenta de que su vida callejera, que A ella le parecia muy
natural, inspiraba sospechas y temores, si no companion a algunas
viejas; que sus gracias nacientes y el descuido y libertad con que
vivia, alimentaban esperanzas de bastard linaje en mancebos
corazones, que latian al verla atravesar la plazuela del Cristo, cuan-
do A la carrerita y con la sutileza de la zorra hurtaba un bollo (16)
6 un chicharron A las negras que de parte de noche ali se ponen
A freirlos; 6 cuando al descuido metia la pequefia mano en los
cajones de pasas de los almacenes de viveres en las esquinas de
las calles; 6 cuAndo levantaba el platano maduro, el mango 6
la guayaba del tablero (17) de la frutera; 6 cuAndo enredaba el
perro del ciego en el cation de la esquina 6 le encaminaba a San
Juan de Dios, si iba para Santa Clara: que todos estas eran trave-
suras dignas de celebration en una nina de su edad y parecer.
Su traje ordinario, no siempre aseado, consistia en falda de
zaraza, sin mas pafizuelo, ni otro calzado que unas chancletas, las
cuales anunciaban de lejos su aproximacion, porque sonaban mu-
cho en las banquetas de piedra de las pocas calles que entonces
tenian tales adornos. Llevaba tambien el cabello siempre suelto
y naturalmente rizado. El (nico ornamento de su cuello era un
rosarito de filigrana, especie de gargantilla, con una cruz de coral
y oro pendiente; memoria de la madre cara y desconocida.

(16) boo... Se refiere al bobo de frijoles, hecho de una masa de fri-
joles de carita muy bien trabajada con que se hacen unas frituras. Hoy
Ilamado bollito.
(17) tablero... caja de madera con tapa o sin ella.


68




CECILIA vALDiS


A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecia tan
pura y linda, que estaba uno tentado A creer que jamAs dejaria
de ser lo que era--candida nina en cabello (18), que se preparaba
A entrar en el mundo por una puerta al parecer de oro, y que
vivia sin tener sospecha siquiera de su existencia. Sin embargo,
las calles de la ciudad, las plazas, los establecimientos pfblicos,
como se apunt6 mas arriba, fueron su escuela, y en tales sitios,
segun es de presumir, su tierno corazon, formado acaso para dar
abrigo a las virtudes que son el mas bello encanto de las muje-
res,-bebi6 a torrentes las aguas emponzofiadas del vicio, se nu-
tri6 desde temprano con las escenas de impudicicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. jY c6mo librarse
de semejante influjo? ZC6mo impedir que sus vivarachos ojos
no viesen? Que sus orejas siempre alerta no oyesen? jQue
aquella alma rebozando vida y juventud no se asomara antes de
tiempo A los ojos y A los oidos para juzgar de cuanto pasaba en
su derredor, en vez de dormir el sueno de la inocencia? ;Bien
temprano, a f6, llam6 A sus puertas la legion de pasiones que
gastan el corazon y abaten las frentes mas soberbias!
Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre,
A Ia carrerita, por cierta calle de que no hay para que mencionar
ahora el nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de
hierro de las ventanas de una casa de apariencia aristocratica, es-
taban dos nifias poco mas 6 menos de su edad y una j6ven de
14 A 15, las cuales, como viesen pasar aquella exhalaci6n, segun
se expres6 una de ellas mismas, excitada grandemente la curiosi-
dad de todas, la lamaron con instancia. No se hizo de rogar la
mozuela, antes se entr6 desde luego por el zaguan y se present6
con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la espe-
raba el grupo de las tres jovencitas. Alli, estas la tomaron por
la mano y la llevaron delante de una senora algo gruesa, vestida
con mucho aseo, que estaba arrellanada en un ancho sill6n y des-
cansaba los pies en un escabel.
iAh! exclam6 6sta cuando la hubo visto de cerca. ;Y qud
mona es!
Dicho Io cual se enderez6 en el asiento, operation que le cost6
un buen esfuerzo, y agreg6:
C6mo te llamas?
-Cecilia, respondi6 vivamente.
(18) en cabello... Puede azgnificar: con el cabello suelto, virgen, sol-
tera, donceflita.


69





CIRILO VILLAVERDE


-4Y tu madre?
-Yo no tengo madre.
Pobrecita! zY tu padre?
-Yo soy Valdes (19), yo no tengo padre.
-Esa esta mejor, exclam6 la senora recapacitando.
-Papa, papA, dijo la mayor de las senoritas dirigi6ndose A un
caballero que estaba recostado en un sofa a la derecha del estrado.
PapA. ha visto V. nifia mas preciosa?
-Ya. ya, contest6 el padre casi sin volver el rostro. Dejadla
en paz.
Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, repar6 en
61 Cecilia y entre admirada y reida, dijo:
-; Ay! Yo conozco A ese hombre que estA ahi acostado.
Este. por debajo de las manos, con que ya se sombreaba la
frente, le ech6 una mirada fiera, en que iban pintados su mal hu-
mor y disgusto. En seguida se levant6 y dej6 la sala, sin decir
mas palabra. Extraflo es en verdad que solo este hombre no sin-
tiese simpatia por la linda callejera.
Con que no tienes padre ni madre? torn6 A preguntar la
buena sefiora, un si es no es preocupada por la anterior escena.
'Y c6mo vives? ZCon qui n vives? ZEres hija de la tierra 6
del aire?
-;Ave Maria Purisima! exclam6 la nifia doblando la cabeza
sobre el hombro y mirando fijamente a sus preguntadoras. "iAy!
Jesus. ;qu6 gene tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una
viejecita muy buena, que me quiere mucho y que me deja hacer
cuanto yo quiero. Mi madre se muri6 hace mucho tiempo y...
mi padre tambien. No se mas ni me pregunten mas.
Bien quisieran las jovencitas hacer mas preguntas, 6 infor-
marse de otros pormenores acerca de la vida y parentela de Ce-
cilia; pero por una parte, su padre les habia dicho que la dejaran
en paz, y por otra su madre, ya incapaz de dominar su desazon,
les indic6 por un gesto muy significativo, que era tiempo saliese
de alli mozuela tan procaz. Colmada de regalos y despedida al fin
Cecilia, pasaba por el zaguan en vuelta de la calle, a sazon que
bajaba de los altos un jovencito en traje veraniego, es decir, de
chupa y pantalon de Arabia, quien apenas la vi6; la reconoci6 y
le dijo desde lo alto:

(19) Apellido dado legalmente a los hijos de la Casa Cuna en recuerdo
de su fundador.


10





CECILIA VALDNS


--iCecilia, ieh! Cecilia! iOye, mira!
Ella sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le
daba voces, le decia hasta la puerta de la calle:-iCuico! ;Cuico!
Y al mismo tiempo abria la mano derecha, ponia el dedo pulgar
en la punta de la nariz y movia los otros con gran rapidez. Que
es una manera de burla que i menudo se hacen los muchachos en
nuestras calles, como diciendo: IAh! ique te engaf6! i Ah!
;Que me escape de tus majaderias!
No es para referida aqui la escena que se sigui6 a la ida de
la chica de aquella casa. Del senor y de la senora puede decirse
que no volvieron A mencionar su nombre. Las senoritas, al con-
trario, aun cuando tornaron d la ventana para ver y saludar a
sus amigas, que de vuelta del paseo pasaban en sus lujosas volan-
tes (20), no cesaron de hablar de Cecilia y de repetir su nombre.
ayudhndoles entonces el hermano mayor, quien la conocia y a
menudo se encontraba con ella, cuando iba a la clase de latin del
padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.
En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante,
salid 4 la plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplen, que core
por todo el frente, subi6 A salts, y luego baj6 a la calle del Agua-
cate, por una escalera de mamposteria. Una vez alli, se dirigi6
derecho, aunque con cierta cautela, a la casita inmediata a la
esquina, ocupada por una taberna. No toc6 ni se detuvo delante
de la puerta, sino que empuj6 con suavidad la hoja de la derecha
6 macho, la cual estaba sujeta con una media bala de hierro en
el suelo. Habia sido de bermellon la pintura de dicha puerta,
pero lavada por las luvias, el sol y el tiempo, no le quedaban sino
manchas rojas oscuras en torn de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de
espejo y alta, solo tenia tres o cuatro balaustres, habia perdido la
pintura primitiva, quedAndole un bano ligero de color de plomo.
Por lo que toca al interior, su apariencia era mas ruin, si cabe,
que el exterior. Se componia de una salita, dividida por un biom-
bo, para former una alcoba, cuya puerta daba precisamente hAcia
la de la calle, y otra A la derecha con salida al patio angosto y no
mas largo que el fondo de la casita. A la izquierda de la entrada
y A la altura de una vara, habia un hueco en la pared medianera,
A modo de nicho, en cuyo fondo se veia una Madre Dolorosa de
cuerpo enter, aunque muy reducido, con una espada de fuego


(20) Carruaje.


71





CIRILO VILLAVERDE


que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban dia y
noche tan peregrina pintura, dos mariposas, es decir, dos hormillas
con su pabilo correspondiente, flotando en tres partes de agua y
una de aceite, dentro de vasos ordinarios de vidrio. Una guir-
nalda de todas flores artificiales y de pedazos de cartulina dorada
y plateada. ajadas, descoloridas y polvorosas, adornaba el retablo.
Y en torno, por las paredes, en el biombo y detras de las puertas
y ventana, gran namero de letreros, por ejemplo- iAve Maria
Purisima!-;La Gracia de Dios sea en esta casa! iViva Jesus!
;Viva Maria! ;Viva la Gracia y muera el Pecado! Con otros
muchos por el estilo, que no hay para que repetirlos. Las estam-
pas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas 6 engrudo, eran
mas numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor flolona en papel comun y recogidas de manos de los de-
mandantes de los conventos A cambio de limosnas, 6 compradas a
la puerta de las iglesias en los dias de fiestas.
Reduciase A bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y
ruina se conocia que habia visto mejores tiempos cuando nuevo.
El mas apetecible de la casa era una butaca de Campeche, ya coja,
con orejas grandes y desvencijada. Agregabanse tres 6 cuatro
sillas de cedro con asiento y respaldo de vaqueta, del mismo estilo,
fuertes, macizas y antiquisimas. Hacia juego con ellas una rin-
conera de la propia madera, cuyos pi6s estaban labrados en forma
de pezuna de satire, con molduras y hojas de parra.
A pesar de la estrechez de aquel albergue, habia un gato dor-
milon, varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con
sus dos nnicos hu6spedes humanos, pues que iban y venian, sal-
taban sobre los respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y
cacareaban sin consideration ni temor. A un lado de la alcoba
habia una cama alta, cuadrilonga, que siempre estaba de recibo,
como que era de cuero sin curtir, cuya dureza la suavizaba un col-
chon de plumas, cubierto perennemente con una colcha de mil
v un retazos 6 taracea. Las columnas salom6nicas, en vez de col-
gaduras sostenian San Blases, escapularios, cruces de carton, pie-
dras de vidrio, y palmas benditas de los domingos de ramos de
muchos anos atras.
En realidad aquello no era casa sino en cuanto daba abrigo
A dos personas, porque fuera de las dos piezas mencionadas, no
tenia comodidad, ni mas desahogo que el patio dicho, donde estaba
]a cocina, mejor, fogon, cajoncito de madera, lleno de ceniza, mon-
tado sobre cuatro pies derechos, y protegido de la luvia por una


i2





CECILIA VALDiS


especie de alero de mesilla. Nos hemos detenido tanto en la des-
cripcion de la casucha donde entr6 Cecilia, porque pare su imagina-
cion el benigno lector en el contraste que ofreceria una nitia tan
linda, rebozando vida y juventud, en medio de tanta antigia-
Ila (21), que no parecia sino que el cielo habia colocado alli para
decirle a cada rato al oido :-Hija, contempla to que serAs y se
mas cuerda.
Pero estamos seguros que eso era to menos en que ella pensaba,
y entonces con doble motivo, cuanto que mas le importaba que
no la sintiese entrar cierta persona, que, de espaldas en la butaca,
frente al nicho, parecia rezar 6 dormitar. Sin embargo, por mas
tiento que pusiese la picaruela en el modo de asentar la planta,
no ho pudo hacer tan callandito, que no la oyese y sintiese distin-
tamente la vieja, cuyos oidos eran muy fins, y que entonces no
rezaba ni dormia, sino que leia, hecha un arco, en un libro pe-
queflo de oraciones, con forro de pergamino.
; Hola! le dijo mirandola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta
de la nariz, A guisa de muchacho a la grupa de un caballo. ;Hola!
sefiorita, Zaqui estA V.? ZEh? ;Que bueno! Son estas horas
de venir A pedir la bendicion de su abuela? (Porque la chica se
acercaba con los brazos cruzados). Z D6nde has estado hasta aho-
ra, buena pieza? (Habian tocado ya las oraciones). iQu6 linda
estabas para ir por los 6leos! Y echAndole mano de pronto, en cuvo
acto se le cay6 el libro y se espantaron el gato que pestaieaba A
menudo sentado en una silla, las palomas y las gallinas,-Ven aca.
espiritada (22), afladi,-mariposa sin alas, oveja sin grey, loca
de cepo; ven, que he de averiguar d6nde has estado hasta estas
horas. ZQu4, to no tienes rey ni Roque (23) que te gobierne ni
Papa que te excomulgue? ZAd6nde se ha visto de eso? ZTa no
tienes mas vida que correr por la calle? ZNo se puede averiguar
nadie contigo? Yo te har6 entender que hay quien puede. ;No
me quedaba que ver!
Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa, se ech6
en brazos de la mal humorada y grufxidora abuela, y como para
anudarle la lengua, le entreg6 cuanto le habian regalado las se-
noritas donde habia estado.

(21) antigiialla... antigualla. No hace falta la dieresis.
(22) espiritada... endemoniada.
(23) tI no tienes rey ni Roque... no tienes a nadie.


Ti











CAPITULO III.


Malditas viejas,
One A las mozas malamente
Enloquecen con censejas.
ZORRMLA.

Con mas zalameria y astucia de las que cabian en una nifia de
su edad, Cecilia abraz6 y bes6 a su abuela, A la cual di6 el nombre
de Chepilla alterationn caprichosa de Josefa), que asi generalmen-
te la llamaban. Bast6 eso para aplacar su enojo y nada hay en
ello que extranar, porque, segun adelante veremos, habia sido tan
infeliz aquella mujer, sentia tal necesidad de ser amada por el
anico ser que la interesaba de cerca en el mundo, que mantener
seriedad con la nieta, hubiera sido lo mismo que prolongar su pro-
pio martirio. Por supuesto que sellO sus labios de golpe y no
acert6 a otra cosa que a contemplarla, bien asi como momentos
antes habia estado contemplando el dulce rostro de Maria Santi-
sima, en fervorosa oracion.
Mientras la nifia estrechaba por la cintura A la vieja con sus
torneados brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, se-
mejante A la flor que brota en un tronco seco y con sus hojas y
fragancia ostenta la vida junto a la misma muerte-la figura de
sefia Josefa se mostraba mas extrafia y fea de lo que era na-
turalmente. Su rostro mismo formaba contraste con lo demas del
cuerpo. Ya fuese porque tenia la costumbre de levarse el cabello
atras, ya porque lo sac6 de naturaleza, la verdad es que le lucia
la frente demasiadamente ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expre-
sion a su semblante, no muy facil de pasar por alto el menos avi-
sado observador. Aun habia morbidez en sus brazos y sus ma-
nos podian calificarse de lindas. Pero Jo mas notable de su fiso-
nomia eran sus ojos grandes, oscuros y penetrantes, restos de unas
facciones que habian sido agradables, desarmonizadas ahora por
una vejez prematura.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los aflos y las
arrugas se le habia vuelto atezado, 6 achinado; para valernos de la





CECILA VALDtS 75

expresion vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y
negra, 6 al contrario. Podia tener 60 anos de edad, aunque apa-
rentaba mas, porque ya empezaba A blanquearle el cabello, cosa
que en las gentes de color suele suceder mas tarde que en las
de raza caucasica. Los padecimientos del animo aniquilan pri-
mero el semblante que el cuerpo mortal del hombre. Como vere-
mos despues, la resignation cristiana, obra de su f6 en Dios, pasto
con que al fin alimentaba su espiritu en las largas horas consagra-
das al rezo y A la meditation, solo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con
el triste convencimiento del que de una ojeada midi6 su pasado
y su porvenir, y lo que debia y podia esperar de su nieta,-her-
mosa flor arrojada en mitad de la plaza pablica, para ser hollada
del primer transeunte,-ya en el ultimo tercio de su vida, con los
remordimientos de la pasada, antes de airarse, comprendi6 que
le tocaba aplacar la c6lera de su juez invisible y procurarse mo-
mentos de calma, interin sonaba la hora postrimera.
En aquella en que la sorprende nuestra narration, aunque hu-
biese cumplido los 80 de su vida, habria creido que habia vivido
muy poco tiempo, si legaban sus 6ltimos momentos y dejaba
tras si a la nieta, joven y desamparada en el mundo, y no le era
dado asistir al desenlace de un drama en que ella, bien 4 su pesar,
sin ser la heroina, representaba hacia tiempo, papel muy impor-
tante. Acomodado el car-eter de sera Josefa, naturalmente iras-
cible, a la regla de conducta de que antes se ha hablado, como
medio de alcanzar el perdon de sus propias culpas, fAcil es com-
prender por que, si bien justamente enojada con Cecilia porque
llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se sentia mas
bien dispuesta a disculparla que a renirla. Despues, como ella le
vino con sus zalamerias, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvi6 de pretexto plausible para confirmarse en su prop6sito.
En su virtud, cambiando prontamente de tono y aspect, se con-
tent6 con preguntarle segunda vez d6nde habia estado.
-6Yo? repiti6 la nima apoyando ambos codos en las rodillas de
la abuela y jugando con los escapularios que le pendian del pes-
cuezo. ZYo? En casa de unas muchachas muy bonitas que me
vieron pasar y me lamaron. Alli estaba una senora gorda sentada
en un sillon, que me pregunt6 c6mo me lamaba yo, y c6mo se
llamaba mi madre, y quien era mi padre, y d6nde vivia yo...
-iJesus! iJesus! exclam6 sera Josefa, persignindose.
iAy! continue la chica sin parar mientes en la abuela. iQu6





CIRILO VILLAVERDE


gente tan preguntona! ZY no sabe su merced c6mo una de las
muchachas aquellas me queria cortar el pelo para hacer una ca-
chucha? (24). Si senor. Pero yo me zaf6.
Vea V. el espiritu maligno y por donde trepa! volvi6 A ex-
clamar la abuela, como si hablase consigo misma.
-Y si no es por un hombre, prosigui6 Cecilia, que estaba acos-
tado en el sofa, y regan6 A las muchachas y les dijo que me dejaran
quieta y luego se fue para su cuarto bravisimo... LSu merced no
sabe quien es ese hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su
merced algunas veces alla en Paula, cuando vamos A misa. Si, si,
6& es, no me cabe duda. Y ahora recuerdo que es el mismo que cada
vez que me encuentra en la calle me dice callejera, perdida, pi-
iluela y muchas cosas. iAh! Y dice que mandarA a los soldados
que me cojan y me eleven A la carcel. ;Que s6 yo cuanto mas!
Le tengo mucho miedo A ese hombre. .;Debe ser muy regaion!
-iNinla! ;Niia! exclam6 sordamente la anciana apartAndola
un poco de su pecho y mirAndola de un modo extrano y fijo, mas
enojada que sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave
pensamiento 6 un doloroso recuerdo y entre amonestarla y acon-
sejarla, lo que acaso equivalia A alumbrarle aquello de que debia
estar ignorante toda la vida,-su Animo triste luchase en un mar
de dudas, con sorpresa de la nieta sell6 de golpe sus labios. Poco
a. poco fue serenAndose el pi6lago alborotado: se desvanecieron
una despues de otra las nubes apinadas en aquel horizonte natu-
ralmente sombrio; y volviendo A estrechar la nifia en sus desnu-
dos brazos,--anadi6 con toda la dulzura que pudo dar A su voz
por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir
su semblante:
-Cecilia! Hija de mi corazon, no vayas mas A esa casa.
-- Por qu6, mamita?
-Porque, contest6 la abuela como distraida; no s6 verdadera-
mente, mi alma, no Lo se, no podria decirlo, si quisiera... pero
es claro y constante, nifla, que esa gente es muy mala.
-;Mala! repiti6 Cecilia azorada, .y me hicieron tantas cari-
cias, y me dieron dulces, y raso para zapatos? iSi to supieras lo
que me chiquearon...! (25).
-Pues no te fies, nifia. T6 eres muy confiada y eso no esta
bien. Por lo mismo que te chiquearon tanto debias de andar con

(24) cach'ucha... mono o peinado para el cual se necesitaba relleno.
(25) chiquearon... mimaron.


7l6





CECILIA VALDPS 77

cuatro ojos. Querian atraerte para hacerte algun dano. Uno no
puede decir de qu6 son capaces las gentes. Tantas cosas suceden
ahora que no se veian en mi tiempo... Cuando menos lo que pro-
curaban era que te descuidaras, para coger unas tijeras y ;tris!
tumbarte el pelo. Seria una lastima, porque to lo tienes muy
hermoso. Ademas, que ese pelo no te pertenece, sino a la Virgen,
que te salv6 de aquella grave enfermedad... ;Acu6rdate! Yo le
ofreci que si te ponias buena le daria tu cabellera para adornar
su efigie en Santa Catalina. No te fies, te digo.
Esto diciendo, le cogia la cabeza a la nieta entre ambas manos
y le desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
-Si, replica Cecilia apretando los labios y levantando con aire
de desd6n la frente,-como yo soy tan boba, para que me enga-
nen asi, asi.
-Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo
bien so que ta eres una muchacha d6cil y entendida; pero estoy
cierta que no conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aun-
que se les seque el gafiote llamandote, no vayas a donde estan.
Mas ahora que me acuerdo, lo mejor es que ni por cien leguas te
acerques por sus rededores. Luego, ese hombre que to misma
dices que donde quiera que te topa te pone mala cara. Sabe Dios
qui6n sera. Aunque no debemos pensar mal de nadie, con todo,
como puede ser un santo, puede ser un de... (Y se persign6 sin
concluir la palabra.) El Senor sea con nosotras. Ademas, Cecilia.
ti eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ZT6 no
lo sabes? Hay una bruja que se roba A las muchachas bonitas.
Por milagro de su Divina Majestad has escapado. T6 estuviste
ali por la tarde Zno?
-Por la tardecita; todavia no habian encendido las luces en
las casas.
iAy de ti si llegas A entrar de noche! Vamos, no vayas
mas en tu vida A esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.
-;AnjA! Con que all! vive tambien un muchacho ya grande,
que A cada rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del
brazo. Siempre que me ve me quiere coger, me core detras y
sabe mi nombre...
-Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se
le cay6 de las ufias al mismo Barrabas (26). Pero voy viendo que

(26) se le cay6 de las ufas al mismo Barrabds... ser malo, perverso.
discolo.





CIRILO VILLAVERDE


ttn tienes una cabecita dura como una piedra, y que por mas que
me afano en aconsejarte no consigo nada. En efecto jquien ha
visto que una nina tan linda como td se ande azotando cables,
con la chancleta arrastro (27) y el pelo suelto y desgrenado, hasta
las tantas mas cuantas de la noche? j De quien aprendes estas
malas manas? ZPor qu6 no me has de hacer caso?
-Y Nemesia, la hija de servo Pimienta el mnsico, jno se esti
en la calle hasta las diez? Antenoche nada menos la tope en la
plazuela del Cristo jugando a la lunita con una portion de mu-
chachos.
-Y tn te quieres comparar con la hija de sefio Pimienta que
es una pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El dia menos
pensado traen A esa espiritada A su casa en una tabla con la ca-
beza partida en dos pedazos. La cabra, hija, siempre tira al mon-
te. Tn eres mejor nacida que ella. Tu padre es un caballero
blanco, y algun dia has de ser rica y andar en carruaje. ZQuidn
sabe? Pero Nemesia no serA nunca mas de lo que es. Se casarA,
si se casa, con un mulato como ella, porque su padre tiene mas
de negro que de otra cosa. Th al contrario, eres casi blanca y
puedes aspirar a casarte con un blanco. ZPor que no? De me-
nos nos hizo Dios. Y has de saber, que blanco aunque pobre sir-
ve para marido; negro 6 mulato, ni el buey de oro. Hablo por
experiencia... Como que fui casada dos veces... No recordemos
cosas pasadas... Si tn. supieras Lo que le sucedi6 a una mucha-
chita--cuasi de tu misma edad-por no hacer caso de los consejos
de una abuela suya, la cual le pronostic6 que si daba en andar
por las calles tarde de la noche, le iba A suceder una gran des-
gracia...
-Cuentemelo, cu6ntemelo, Chepilla; repiti6 la nina con la cu-
riosidad de tal.
-Pues senor, una noche muy escura (28), en que soplaba el
viento recio, por cierto que era dia de San Bartolom6, en que, como
ya te he dicho otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la
tarde,-estaba la muchacha Narcisa, que este era su nombre, sen-
tada cantando bajito en el quicio de piedra de su casa, mientras
su abuela rezaba arrinconada detras de la ventana... Me acuer-
do como si fuera ahora mismo. Pues senor, habian tocado Ani-
mas en el Espiritu Santo, y como el viento habia apagado los po-

(27) con la chancleta arrastro... con la chancleta arrastrando.
(28) escura... arcaismo: oscura.


i8





CECILA VAtS


cos faroles, las calles estaban muy escuras, silenciosas y solitarias,
como boca de lobo. Pues segun iba diciendo, la muchachita can-
taba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando asi, cate que se
oye tocar un violin por ally en vuelta del Angel. ,Que se figur6
la Narcisa? que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abue-
la, sin decir oste ni moste (29), ech6 A correr y no par6 hasta la
Loma. Asi que la vieja acab6 de rezar, creyendo que su nieta
estaba en la cama, segun era natural, cerr6 la puerta.
-ZY dej6 en la calle A la pobrecita? interrumpi6 Cecilia A la
contadora con muestras de ansiedad y listima.
-Ahora verAs. La viejecita antes de acostarse, porque ya
era tarde y se caia del sueflo, cogi6 una vela y fu6 al catre de la
nieta para ver si dormia. Figurate cuAl no se quedaria ella que
la amaba tanto al encontrarse con el catre vacio. Corri6 a la puer-
ta de la calle, la abri6, llam6 a grits a la nieta: -; Narcisa! ; Nar-
cisa! Pero Narcisa no responde. Ya se ve, ac6mo habia de res-
ponder, la infeliz, si el diablo se la habia levado?
-zC6mo fu6 eso? pregunt6 azorada la nifia.
-Yo te lo contare, prosigui6 sefia Chepa con calma, notando
que producia el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues senior,
al ilegar Narcisa A las cinco esquinas del Angel, se le apareci6 un
j6ven muy galan, que le pregunt6 A d6nde iba a aquella hora de
la noche.-A ver un baile, contest6 la inocentona-Yo te llevar6,
repuso el j6ven; y cogiendola por un brazo la sac6 A la muralla.
Aunque era muy escuro, repar6 Narcisa, que segun iban andando
el desconocido se ponia prieto, muy prieto, como carbon, que los
pelos de la cabeza se le enderezaban como lesnas, que al reir aso-
maba unos dientes tamafios, como de cochino jabali, que le nacian
dos cuernos en la frente, que le arrastraba un rabo peludo por el
suelo, vamos, que echaba fuego por la boca, como un horn de ha-
cer pan. Narcisa entonces dib un grito de horror y trat6 de za-
farse, pero la figura prieta le clav6 las ufias en la garganta para
que no gritara, y cargando con ella, se subi6 a la torre del Angel,
que, segun habras reparado, no tiene cruz, y desde alli la arroj6 en
un pozo hondisimo que se abri6 y volvi6 a cerrarse, tragandosela
en un instante. Pues esto es, hija, lo que le sucede A las ninas
que no hacen caso de los consejos de sus mayores.
Di6 aqui fin A su cuento sena Chepa y comenz6 la admiraci6n.
el pavor de Cecilia, la cual se puso A temblor de pies A cabeza y


(29) sin decir oste ni moste... sin decir palabra.


79





CIRILO VILLAVERDE


A dar diente con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque mas
era el sueno que el miedo, con lo que dando traspi6s se fu4 a la
cama: que es A lo que tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuen-
tos por el estilo le hizo A la andariega muchacha; pero estamos
seguros que no sac6 otro fruto con ellos que lenar su cabeza de
supersticiones v amilanar su espiritu. Ello es, que no por eso
dej6 la chica de hacer su gusto, escdpandose A veces por la ven-
tana, aprovechAndose otras del momento en que la enviaban a la
taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en calle
y de plaza en plaza: cudndo en pos de la incitativa miisica de un
baile: cuando tras los tambores de los relevos; cuando de los ca-
rruajes del entierro; cuando, en fin, de la turba muchachil que
arrebata el medio de plata en el bautizo (30).


























(30) Alude Villaverde a la costumbre que se seguia en los bautizos.
Al terminarse la ceremonia y al salir de la iglesia, los padrinos arrojaban
un pufiado de pequefnas monedas de plata -los medios- a los muchachos
y mayores que esperaban en la calle.


so












CAPITULO IV.


Traen el pensamientc
Lleno de impudicia Y to derraman
En torpes mil escandalosas voces,
One inicionan el viento
I altamente publican to que aman.
GONZALEZ CARTAJAL.

Cinco 6 seis afios despues de la epoca d que nos hemos con-
traido en los dos capitulos anteriores, 4 fines del mes de Setiem-
bre, habia dado principio el convento de la Merced 4 la serie de
ferias con que hasta el afio de 1832, acostumbraban a solemnizar
en Cuba las fiestas titulares religiosas, consagradas a los santos
patronos de las iglesias y conventos; novenarios coincidentes a
veces con el circular del Sacramento, introducido en el culto de
Cuba, desde los primeros afios del siglo por el Senor Obispo Es-
pada y Landa.
El novenario de paso dir6mos, comenzaba nueve dias anterio-
res 4 aquel en que caia el del santo patrono, prolongAndose hasta
otros nueve, con lo que se completaban dos novenas seguidas. Es
decir, diez y ocho dias de fiestas religiosas y profanas, que tenian
mas de grotescas y de irreverentes que de devotas y de edifican-
tes. En ese tiempo se decia misa mayor con sermon por la ma-
flana y se cantaba salve & prima noche dentro de la iglesia, con
procesion por la calle el dia del santo.
Fuera del templo habia lo que se entendia por feria en Cuba,
que se reducia i la acumulacion en la plazuela 6 en las calles in-
mediatas, de innumerables puestos ambulantes, consistentes en
una mesa 6 tablero de tijeras, cubiertos con un toldo y alumbra-
dos por uno 6 mas candiles de quemar grasa, donde se vendia, no
ciertamente articulo alguno de industria o comercio del pais, ni
producto del suelo, caza, ave ni ganado, sino meramente baratijas
de escasisimo valor, confituras de vhrias clases, tortas, obra de
masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y ponche de leche. Aque-
llo no era feriar en el sentido recto de la palabra.
Pero esto no era por cierto el rasgo mas notable de nuestras


6





CIRILO VILLAVERDE


fiestas circulares. Habia en el especticulo algo que se hacia no-
table por demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora A
los juegos de envite y de manos que hacian parte de la feria y que
provocaban con sus estupendas, aunque mentirosas ganancias, la
codicia de los incautos. Los dirigian y ejecutaban en su mayoria
hombres de color y de la peor ralea. Si bien groseros los artifi-
cios, no dejaban de enganar A muchos que se daban por muy avi-
sados. Estos tenian lugar en la plazuela 6 en la calle, A la luz
mortecina de los candiles 6 de los faroles de papel, y tomaban en
ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y seos.
Para las de alta posici6n social, queremos decir, para los blancos,
habia algo mas decente, habia la casa de baile, donde un Farruco,
un Brito, un Illas, 6 un marques de Casa Calvo, tenia puesta la
banca 6 juego del monte, desde el oscurecer hasta pasada la me-
dia noche, mientras duraban los diez y ocho dias de la feria.
ProcurAbase que la casa 6 casas de baile estuviesen lo mas ve-
cino que se pudiera A la parroquia 6 convento en que se celebra-
ba el novenario. En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la
orquesta, y en el patio se jugaba al juego conocido por del monte.
La mesa era larga y angosta, para que cupiesen los mas de los
jugadores sentados A ambos lados, el tallador A una cabeza y en
la otra su ayudante que dicen gurrupi6 (31). Para la protecci6n
de los jugadores y de los naipes, en caso de luvia, frequentes en
el otoio, se tendia un toldo del alero de la casa al caballete de la
tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para vergnien-
za nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apinado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizas el sustento de su fa-
milia el dia siguiente, 6 el honor de la esposa, de la hija 6 de la
hermana, podia echarse de ver una dama mas ocupada del albur
que de su propio decoro, 6 un mozo todavia imberbe, 6 un fraile
mercenario en sus hdbitos de estamefia color de pajuela, con el
sombrero de ala ancha encasquetado, las cuentas del largo rosa-
rio entre el indice y el pulgar de la mano izquierda, y la derecha
ocupada en colocar la moneda de oro 6 plata en el punto que mas
se daba, perdiendo 6 ganando siempre con la misma serenidad de
Animo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre mas decente, era
quien hacia el gasto del alquiler de la casa, el de la mnsica y el


(31) gurrupi... croupier.


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CECILIA VALDtS


de las velas de esperma con que se alumbraban la sala de baile,
el comedor y la mesa del juego. Todo esto se hacia para atraer
a los jugadores. La entrada, por supuesto, era libre, aunque el
bastonero (32), que tambien tiraba sueldo, no admitia toda clase
de persona. En aquella epoca corria mucho la moneda fuerte, los
duros espaholes y las onzas de oro. La plata menuda escaseaba,
y era cosa de oir el continue retintin de los pesotes columnarios
y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures de
una mano a otra 6 sobre la mesa, como para distraer el pensa-
miento y de algun modo interrumpir el solemne silencio del aza-
roso juego.
Que nada de lo que aqui se traza a grandes rasgos estaba pro-
hibido 6 no mas que tolerado por las autoridades constituidas, se
desprende claramente del hecho de que los garitos en Cuba pa-
gaban una contribution al gobierno para supuestos objetos de ca-
ridad. ZQu6 mas? La publicidad con que se jugaba al monte en
todas padres de la Isla, principalmente durante la Altima epoca
del mando del capitan general D. Francisco Dionisio Vives,-anun-
ciaba a no dejar duda que la political de Este 6 de su gobierno se
basaba en el principio maquiavelico de-corromper para domi-
nar,-copiando el otro celebre del estadista romano: -divide et
izmpera. Porque equivalia A dividir los Animos, el corromperlos,
cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su degradacion.
Pero esta disgresion, por mas necesaria que fuese, nos ha des-
viado un tanto del punto objetivo de la presente historia. Nues-
tra atencion la atraia por completo un baile de la clase baja que
se daba en el recinto de la ciudad por la parte que mira al Sur.
La casa donde tenia efecto, ofrecia ruin apariencia, no ya por su
fachada gacha y sucia, como por el sitio en que se hallaba, el cual
no era otro que el de la garita de San Jos6, opuesto A la muralla,
en una calle honda y pedregosa. Aunque de puerta ancha con
postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por zaguan, pues
abria derecho A la sala. Tras 6sta venia el comedor con el corres-
pondiente tinajero, armazon piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barri-
gona, los bacaros, de una especie de terra cotta y las palidas al-
carrazas de Valencia, en Espafia (33). Al comedor dicho daba la
puerta lateral del primer aposento, ocupado en su mayor parte

(32) El que dirigia o gobernaba los bales.
(33) Errata corregida. El punto en vez de Ia cona.


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CIRILO VILLAVERDE


por dos 6rdenes de sillones de vaqueta colorada, una cama con
colgaduras de muselina blanca y un armario, 4 que dicen en la
Habana escaparate. Otros cuartos seguian A ese, atestados de
muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo y angosto,
tambien obstruido en parte por el brocal alto de un pozo, cuyas
aguas salobres dividia con la casa contigua, terminando cuartos
y patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta nltima se hallaba una mesa de regular tamaflo, ya ves-
tida y preparada con cubiertos como para hasta diez personas;
algunos refrescos y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces,
confituras, panetelas cubiertas, suspiros, merengues, un jamon
adornado con lazos de cintas y papel picado, y un gran pescado.
nadando casi en una salsa espesa, de fuerte condimento. En la
sala habia muchas sillas ordinarias de madera arrimadas a las pa-
redes, y a la derecha, como se entra de la calle un canap6, con
varios atriles de pie derecho por delante. Aqu6l, a la saz6n que
principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
masicos, tres violines, un contrabajo, un flautin, un par de timba-
les y un clarinete. El filtimo de los instrumentos aqui mencio-
nados se hallaba a cargo de un mulato jdven, bien plantado y no
mal parecido de rostro, quien, no obstante sus pocos ahos, dirigia
aquella pequefia orquesta.
Ese se veia de pie A la cabeza del canap6 por el lado de la
calle. Sus compafieros, casi todos mayores que 61, le decian Pi-
mienta, y ya fuese un sobrenombre, ya su verdadero apellido,
por este lo designaremos de aqui adelante. Su mirada distraida
y aun sombria, no se apartaba de la puerta de la calle, como si
esperase algo 6 A Alguien, en los momentos de que hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor
cuadrado, se veia asediada de una multitud de curiosos de todas
edades y condiciones, que ap6nas permitian acceso A la sala a las
mujeres y hombres con derecho 6 voluntad de entrar. Y decimos
con derecho 6 voluntad, porque nadie presentaba papeleta, ni
habia bastonero que recibiese 6 aposentase. El baile, conocida-
mente era uno de los que, sin que sepamos su origen, llamaban
cuna en la Habana. Solo sabemos que se daban en tiempo de
ferias, que en ellos tenian entrada franca los individuos de ambos
sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco 4 los
jovenes blancos que solian honrarlos con su presencia. El hecho,
sin embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refres-
co, prueba, que si aquella era una cuna en el sentido lato de la


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CECILIA VALDIS


palabra, parte al menos de la concurrencia habia recibido pr6via
invitacidn 6 esperaba ser bien recibida. Asi era en efecto la ver-
dad. La ama de la casa, mulata rica y rumbosa, Ilamada Merce-
des, celebraba su santo en union de sus amigos particulares, y
abria las puertas para que disfrutaran del baile los aficionados A
esta diversion y contribuyeran con su presencia al mayor lustre
6 interes de la reunion.
Serian las ocho de la noche. Desde por la tarde habian estado
cayendo los primeros chubascos de otonlo, y aunque habian sus-
pendido hacia el oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando
las calles intransitables, no habian refrescado la atm6sfera. Lejos
de ello, habia quedado tan saturada de humedad que se adheria
a la piel y hervia en los poros. Pero no eran estos inconvenientec
para los curiosos, que, segun hemos dicho antes, asediaban la
puerta y la ventana, hasta llenar casi la mitad de la angosta v tor-
cida calle: ni para los concurrentes al baile, que 4 medida que
avanzaba la noche llegaban en mayor nnmero, unos a pie, otros
en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un hervidero
de cabezas humanas, las mujeres sentadas en las sillas del rededor
y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalia,
de seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de
una vigueta por tres cadenas de cobre, en que ardia la (nica vela
de esperma, para alumbrar A medias aquella tan extrana como
heterog6nea multitud.
Bastante era el nnmero de negras y mulatas que habian en-
trado, en su mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres
de la misma clase, cuya concurrencia superaba a la de las mujeres.
no vestian con mejor gusto, aunque casi todos llevaban casaca de
pano y chaleco de piqu6, los menos chupa de lienzo, dril 6 Arabia.
que entonces se usaban generalmente y sombrero de pano. No
escaseaban tampoco los j6venes criollos de familiar decentes y
acomodadas, los cuales sin empacho se rozaban con la gente de
color y tomaban parte en su diversion mas caracteristica. unos
por mera aficion, otros movidos por motivos de menos puro ori-
gen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se reca-
taban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el desem-
barazo con que se detenian en la sala de baile y dirigian la palabra
a sus conocidas 6 amigas, A ciencia y presencia de aquellas. que,
mudas espectadoras, los veian desde la ventana de la casa.
Distinguiase entre los j6venes dichos antes, asi por su varonil


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CIRILO VILLAVERDE


belleza de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno
A quien sus compafieros decian Leonardo. Vestia pantalon y chu-
pa de dril crudo, con listas rosadas, chaleco blanco de pique, cor-
bata de seda ajustada al cuello por un anillo de oro y las puntas
sueltas, sombrero de yarey, tan fino que parecia hecho de holan
Cambray, calcetin de seda de color de care y zapato bajo con
hebillita de oro al lado. Por debajo del chaleco, asomaba una cin-
ta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y sujetas las puntas con
una hevilla tambien de oro. Pasta servia de cadena al reloj en el
bolsillo del pantalon. Habia alli otro hombre que se distinguia
mas si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto es,
por Io que diferian a su opinion y se reian de sus chocarrerias los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mu-
jeres, sobre todas al ama de la casa. Frisaba (34) ya en los cua-
renta aios de edad ese sugeto, no tenia pelo de barba, era blanco
de rostro, con ojos grandes y alocados, la nariz larga, roja hhcia
la punta, indicio de su poca sobriedad, la boca grande, mas ex-
presiva. Portaba siempre debajo del brazo izquierdo una cana
de Indias con pufio de oro y borlas de seda negra. Le acompafia-
ba A todas partes, como la sombra al cuerpo, un hombre de facha
ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por sus movibles
y ardientes ojicos, y sobre todo, por sus enormes patillas negras.
que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempefiaba entonces, pues el otro A quien seguia era nada
menos que Cantalapiedra, comisario del barrio del Angel, el cual
abandonaba por andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacia que la mdsica tocaba las sentimentales y bullicio-
sas contradanzas cubanas, aunque todavia el baile, para valernos de
la frase vulgar, no se habia rompido. Acomodaba afanosa el ama
de la casa a sus amigos particulares y de mas edad en los sillones
del aposento, para que a salvo de pisadas y tropiezos pudiesen
gozar de la fiesta al mismo tiempo que no perder de vista a los
objets 6 de su cuidado, 6 de su carifio, que como jdvenes queda-
ban en la sala. Pimienta, el clarinete, se mantenia en pi6 a la
cabeza de la orquesta, tocando su instrumento favorito, casi de
frente para la calle, cual si no hubiese entrado aun la persona
digna de su mdsica, 6 quisiera ser el primero en verla entrar.
Parecia, sin embargo, intitil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A to-


(34) Errata corregida. Frisaba en vez de frizaba.


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CECILIA VALDS


dos estos saludos contestaba el invariablemente con un movimien-
to de cabeza, si se exceptna que cuando le toc6 su vez al capitan
Cantalapiedra, quien con su acostumbrada familiaridad le puso la
mano en el hombro y le habl6 en secreto, contest6 quitindose el
instrumento de la boca :-Asi parece, mi capitan.
Podia advertirse que cada vez que entraba una mujer notable
por alguna circunstancia, los violins sin duda para hacerle honor
apretaban los arcos, el flautin 6 requinto perforaba los oidos con
los sones agudos de su instrumento, el timbalero repiqueteaba que
era un primor, el contrabajo, manejado por el despues celebre
Brindis, se hacia un arco con su cuerpo y sacaba los bajos mas
profundos imaginables y el clarinete ejecutaba las mas dificiles
y melodiosas variaciones. Aquellos hombres, es innegable, se ins-
piraban, y la contradanza cubana, creaci6n suya, aun con tan
pequefia orquesta, no perdia un Apice de su gracia picante ni de
su carhcter profundamente malicioso-sentimental.


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CAPITULO V.


-i Habtis visto en vuestra vida
Mujer mas airosa ?
-No.
Ni al Parque jamas sali6
Mas aseada y bien prendida.
CALDERON. Maffanas de Abril y Mayo.

Despues de dar una vuelta por la sala, el comisario Canta-
lapiedra se entr6 de rondon en el aposento y en son de broma
le tap6 por detras los ojos al ama de la casa, en los momentos
en que ella se inclinaba sobre la cama para depositar la manta
de una de sus amigas que acababa de entrar de la calle. La tal
ama de la casa, Mercedes Ayala, era un mulata bastante vivara-
cha y alegre A pesar de sus treinta y pico cumplidos, regordeta,
baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo por detras,
no se cort6 ni turb6 por eso, antes por un movimiento natural
acudi6 con entrambas manos A tentar las del que le impedia ver
v sin mas dilacion dijo :-Este no puede ser otro que Cantala-
piedra.
-- C6mo me conociste, mulata? pregunt6 61.
-; Toma! repuso ella. Por el aquel (35) de algunas gentes.
-- El aquel mio 6 tuyo?
-El de los dos, senor ; para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo i si suavemente por la cin-
tura con el'brazo derecho y le dijo una cosa al patio (36) que la
hizo reir mucho; aunque aparthndole con ambas manos, repuso:
-Quite allA, lisongero. La que trastorna el juicio esti al caer.
Ya yo ya... Citela V.
Si con estas 1ltimas palabras aludia la Ayala a una de las dos
muchachas que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso
carruaje A la puerta de la casa, hecho anunciado por el movimien-
to general de cabezas de dentro y fuera de ella, no cabe duda que
tenia sobrada razon. No la habia mas hermosa, ni mas capaz

(35) el aquel... el atractivo. donaire. sal.
(36) le dijo una cosa at paio... le dijo una cosa a] oido y en secreto.





CECLIA VALDtS


de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era la mas
alta y esbelta de las dos, la que tom6 la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo
con un mulato que sali6 A recibirla al estribo, y la que asi por la
regularidad de sus facciones y simetria de sus formas, por lo estre-
cho del talle en contraste con la anchura de los hombros desnu-
dos, por la expresi6n amorosa de su cabeza, como por el color
ligeramente bronceado,-bien podia pasar por la Venus de la
raza hibrida eti6pico-caucasica. Vestia traje de punto ilusion
sobre viso de raso blanco, mangas cortas con ahuecadores, que
las hacian parecer dos globos pequenios, banda de cinta ancha
encarnada a traves del pecho, guantes de seda largos hasta el
codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blan-
ca de marab6 con flores naturales, las que, con el pelo hecho un
rodete bajo y un 6rden de rizos de sien A sien, por detras, daban
A su cabeza el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que
es to que ella 6 su peluquero se habia propuesto contrahacer. La
compafiera iba vestida y peinada poco mas o menos como ella,
pero no siendo ni con mucho tan esbelta y bella, no atrajo tanto
la atencion.
Volvianse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le
abrian paso, le decian alguna lisonja 6 chocarreria, y en un ins-
tante el rumor sordo de :-la Virgencita de bronce, la Virgencita
de bronce, recorri6 de un extremo A otro la casa del baile. Que
la reina de este acababa de presentarse, sin la orquesta, dieran
de ello claras muestras la animation y el movimiento difundidos
por todas parts. Al pasar ella por junto al clarinete Pimienta, le
toc6 con el abanico en el brazo, acompafiando la action con una
sonrisa, que fueron part para que el artista, que por Io visto.
esperaba aquel instante con ansia devoradora, sacara de su ins-
trumento las melodias mas extranas y sensibles, cual si la musa
de sus suenlos plat6nicos, hubiese bajado A la tierra y adoptado
la forma de una mujer solo para inspirarle. Puede decirse en
resdimen que el golpe del abanico, surti6 en el mdsico el efecto
de una descarga eldctrica, cuya sensation, si es dable expresarlo
asi, podia leerse lo mismo en su rostro que en todo su cuerpo
desde el cabello A la planta. No se cruzaron palabras entre ellos,
por supuesto, ni parecian necesarias tampoco, al menos por lo
que A 61 tocaba, pues el lenguaje de sus ojos y de su mtisica era
el mas elocuente que podia emplear ser alguno sensible, para ex-
presar la vehemencia de su amorosa pasion.


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CIRILO VILLAVERDE


Tambi n le toc6 con su abanico y se sonri6 con Pimienta la
compafiera de la llamada Virgencita de bronce, pero el menos ob-
servador pudo advertir que el toque y la sonrisa de la una no
tuvieron sobre 61 ni con mucho la influencia mAgica de los de la
otra. Al contrario, sus miradas se encontraron con natural y
sereno movimiento, por donde era facil colegir que habia inteli-
gencia entre ella y el mdnsico, pero aquella inteligencia que tiene
por origen la amistad 6 el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta sigui6 con la vista A las dos muchachas,
en cuanto se Ia permitian las gentes, hasta que entraron en el pri-
mer aposento, por la puerta del comedor, ent6nces ces6 de tocar
y par6 la mfasica.
Los j6venes blancos con Cantalapiedra a su cabeza, se habian
situado al fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicaci6n,
para hallarse A la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de
la calle, como de las que salian a bailar en la sala. El que llama-
ban Leonardo, no bien not6 la aproximacion del carruaje en que
llegaban las dos muchachas arriba mencionadas, se abri6 camino
A la calle, con alguna dificultad y se dirigi6 derecho al calesero,
al cual le habl6 en baja voz. Este para oirlo se incline desde la
silla del caballo que montaba, se quit6 el sombrero, en sefial de
respeto, y diciendo,-si senor,- al punto ech6 A escape con el
carruaje, la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto,
la mas hermosa pregunt6 A su amiga en tono de voz que pudie-
ron oir algunos de los circunstantes:
-zLo has visto, Nene?
-- Te ciega el amor? contest la compafiera con otra pregunta.
-No es eso, china, sino que no lo he visto. ZQu6 quieres?
-Pues -por tu lado pas6 como un reguilete (37), cuando nos-
otras entrAbamos.
Con esto la otra ech6 una rapida ojeada en torno del grupo
de cabezas que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afan
de verla A su sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda
que sus ojos no tropezaron con los del individuo, cuyo nombre
ninguna de las dos mencion6, porque torci6 el celo y di6 claras
muestras de su desazon. Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus
palabras y observando su semblante, dijo: iC6mo! Z Que, no
me ves? iAqui me tienes, cielo!


(37) como un reguilete... como una flecha.


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CECILIA VALDtS


La joven hizo un mohin muy sonoro y no replica palabra. Por
el contrario, Nemesia, que se perecia por los dimes y diretes,
contest con mas viveza que gracia:
-Ahi se podia estar el senor toda la vida. Naide preguntaba
por el senior.
-Ni yo hablaba contigo, poca sal (39).
-Ni se necesita, cristiano.
iQue lengua, qu6 lengua! repiti6 el comisario.
Todo esto pasd en un instante, sin volver atras la cara las mu-
chachas, ni pararse A conversar, sino el tiempo necesario para
que los hombres les abrieran paso. Ya en la puerta del aposen-
to, la Ayala recibi A sus amigas con los brazos abiertos y muchas
demostraciones de alegria y de carifxo. Y ya fuese por cumpli-
miento, ya porque asi en efecto lo sentia, dijo casi A gritos: -Por
ustedes se aguardaba para romper el baile (40). ZC6mo estA Che-
pilla? continue hablando con la mas joven. LNo ha venido? Em-
pezaba A creer que habia habido novedad.
-Por poco no vengo, contest la preguntada. Chepilla no se
sentia buena y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrin
esper6 por nosotras media hora por lo menos.
-Mas vale que no haya venido; continue la Mercedes. Por-
que la cosa va A durar hasta el alba y ella no podria resistir. Den-
me sus mantas.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tar-
d6 en presentarse en el aposento ocupado por las matrons, un
mulato alto, calvo, algo entrado en anos, aunque robusto, quien
plantAndose delante de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca
y con los brazos levantados:
-Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
-Pues hermano, A la otra puerta, que aqui no es; repuso la
Ayala con mucha risa.
-No hay que venirme con esas, sefiora, porque yo soy porfiado.
Ademas, que A nadie sino al ama de la casa corresponde el honor
de romper el bale; con mas que es su natalicio.
-Eso seria bueno si no hubiese en esta selecta reunion mu-
chachas bonitas, A quienes de derecho corresponde el domino y
la gloria en todas partes.

(38) naide... forma popular de nadie.
(39) poca sal... sin gracia, pesado.
(40) para romper el baile... para empezar el baile.


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CIRILO VILLAVERDE


-Ya se ve, agreg6 el calvo, que no faltan esta noche en tan
selecta reunion muchas y muy bonitas muchachas, pero esta cir-
cunstancia, que concurre tambien en el ama de la casa, no les da
derecho a romper el baile. Hoy es el dia de su santo, Merceditas,
es V. el ama de la casa, donde celebramos tan fausto dia, y es V.
la gracia y ]a sal del mundo. ZHe dicho algo? concluy6 recorrien-
do con la vista los circunstantes en busca de su aprobacion.
Todos que mas que menos, ya con la palabra, ya con la action,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que
ponerse en pi6 y mal su grado seguir al compafiero A la sala. Por
entonces ya habian despejado los hombres, dejando un buen espa-
cio libre en el centro. El calvo llevaba de la mano A la Ayala y
con ella se cuadr6 de frente para la orquesta, A la cual mand6 en
tono imperioso que tocase un minute de corte. Este baile serio y
ceremonioso estaba en desuso en la 6poca de que hablamos; pero
por ser propio de sefiores 6 gente principal, la de color de Cuba
le reservaba siempre para dar principio a sus fiestas.
Bailada aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte
de la mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron A
la primera los circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego sin
mas demora comenz6 de veras el baile, es decir, la danza cubana:
modification tan especial y peregrina de la danza espafiola, que
apenas deja descubrir su origen. Uno de tantos presentes se
arrest6 A invitar A la j6ven de la pluma blanca, como si dijeramos,
a la musa de aquella fiesta, y ella sin hacerse de rogar ni poner
ningun reparo, acept6 de plano la invitation. Cuando pasaba del
aposento A la sala, para ocupar su puesto en las filas de la danza,
se le escap6 a una de las mujeres la siguiente audible exclama-
tion:
-;Qu& linda! Dios la guarde y la bendiga.
-El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya; agre-
g6 otra.
-;C6mo! Que muri6 la madre de esa nifia? pregunt6 muy
azorada una tercera.
-;Toma! zQue ahora se desayuna V. de eso? repuso la que
habl6 en segundo lugar. ZPues no oy6 V. decir que habia muerto
de resultas de haber perdido a su hija A los pocos dias de nacida?
-No entiendo como la perdi6 si vive.
-No me ha dejado V. esplicar, seia Caridad. Perdi6 A su hija
A los pocos dias de nacida porque se la quitaron cuando menos lo
esperaba. Hay quien diga que la abuela, para ponerla en la Real


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CECILA VALDts


Casa Cuna y hacerla pasar por blanca; hay quien diga que la
abuela no fue la ladrona, sino el padre de la muchacha, que era
un caballero de muchas campanillas y ya se habia arrepentido de
sus tratos y contratos con la madre. Esta perdi6 junto con la hija
el juicio y cuando le volvieron la hija, por consejo de los m&dicos,
ya fue tarde, porque si recobr6 el juicio, que hay quien lo duda,
no recobr6 la salud, y muri6 en Paula.
-Ha contado V. una historia, sena Trinidad; dijo pasito la
Ayala con sonrisa de incredulidad A la mulata que acababa de
hablar.
-Hija, replica la Trinidad alto, como me la contaron la cuen-
to; ni quito ni pongo de mi caudal.
-Pues segun mis informes, que son de buena tinta, continu6
la Ayala, V. 6 la que le cont6 la historia afiadi6 much de su pro-
pio caudal. Lo digo, porque no se sabe de cierto si la madre de
la ninla esta vive 6 muere, lo dnico que esth bien averiguado es
que la abuela oculta A la nieta el nombre de su padre, aunque es
preciso ser ciega para no verlo 6 conocerlo. Cuando menos anda
ahora mismo por las ventanas, sigui6ndole los pasos A la hija, como
que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre in-
grato y desnaturalizado arrepentido de su conduct con la infeliz
Rosarito Alarcon, no halla otro medio de expiar su culpa que se-
guir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina (41), para
ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado.
Trabajo le mando. Como que asi asi se le cortan las alas al pA-
jaro que una vez emprendi6 el vuelo.
-Pero se puede saber, pregunt6 la que dijeron Caridad, jquidn
es el sefioron de que se trata? Porque aqui tiene V. una persona
que no lo conoce ni lo ha visto nunca; y no me parece que soy
sorda ni ciega.
-Como se to que es una curiosidad no satisfecha, sera Cari-
dad, voy A sacarla de dudas; dijo la Ayala acerchndose. Creo
que hablo con una mujer de secret, y por eso le digo todo lo que
hay en el asunto. Apuradamente no tengo por que andar con
tapujos (42) a estas horas. Sepa que el hombre es...; y ponien-
dole ambas manos en los hombros A la curiosa le comunic6 en se-

(41) de cuna en cuna y de ponina en ponina... de fiesta en fiesta y de
baile en baile. La ponina era la diversi6n a escote en que todos los invita-
dos se dividian los gastos.
(42) andar con tapujos... andar con disimulo ocultando la verdad.


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CIRTLO VILLAVERDE


creto el nombre del individuo. i Lo conoce V. ahora? concluy6
preguntando la Ayala.
-Por supuesto que si, contest6 sefia Caridad. Como i mis
manos. Lo mas que yo conocia. Por cierto que...; pero callate
lengua.
Serian las diez de la noche y entonces estaba en su punto el
baile. Bailibase con furor: decimos con furor, porque no encon-
tramos t6rmino que pinte mas al vivo aquel mover incesante de
pi6s, arrastrandolos muellemente junto con el cuerpo al compas
de la mnisica: aquel revolverse y estrujarse en medio de la api-
fiada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la
danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta
con sus estrepitosos timbales, podia oirse, en perfecto tiempo con
la misica, el mon6tono y continue chis, chas de los pi6s; sin cuyo
requisito no cree la gente de color que se puede levar el compas
con exacta medida en la danza criolla.
En la 4poca A que nos referimos estaban en boga las contra-
danzas de figuras, algunas dificiles y complicadas, tanto que era
preciso aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas,
pues se exponia a la risa del pnblico el que las equivocaba, equi-
vocacion a que decian perderse. Aquel que se colocaba a la ca-
beza de la danza ponia la figura y las demas parejas debian eje-
cutarla 6 retirarse de las filas. En todas las cunas generalmente
habia algun maestro i quien cedian 6 se tomaba el derecho de
noner la figura, la misma que al volver d la cabeza de la danza,
la cambiaba A su antojo. El que mas raras y complicadas figuras
ponia, mas credito ganaba de excelente bailador, y se tenia A hon-
ra entre las mujeres el ser su compahera 6 pareja. Con el maes-
tro per se. fuera de esa distincion, que se disputaba a veces, habia
la seguridad de no perderse; ni verse en la triste necesidad de
sentarse. sin haber bailado, despues de haberse colocado en las fi-
las de la danza.
En la noche en cuestion, bailaba el maestro con Nemesia, la
amiga predilecta de la j6ven de la pluma blanca. Habia 61 pues-
to muchas y muy raras figuras, dejando conocidamente para Lo fil-
timo la mis dificil y complicada. La segunda, tercera, cuarta y
quinta parejas salieron airosas de la prueba, ejecutando la figura
con los mismos enlaces, desenlaces y actitudes, del maestro; pero
no obstante el espacio que tuvo para estudiarla y aprenderla el
compafiero de la apellidada Virgencita de bronca, pues ocupaba
en las filas el sexto lugar. A medida que se acercaba su turno, cre-


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CECILIA VALDS


cia su ansiedad y volvia el rostro hacia los mnsicos en ademan
suplicatorio, como esperando que adivinaran su aprieto y para-
sen la mnsica. Aquella inquietud se comunico A la muchacha, la
cual conoci6 que iba A pasar por la vergiienza de tener que sen-
tarse en lo mas animado y divertido de ]a danza. El temor lleg6
A dominar todo su s6r, poniendola polida y nerviosa. Lo que pa-
saba en el animo de esa pareja no tard6 en hacerse visible & los
ojos de las demas parejas y de muchos de Jos espectadores del
bale.
La idea no mas de que la hasta all! reina de la cuna, podia
verse obligada A retirarse, antes de tiempo, de las filas, habia lle-
nado de cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quie-
nes habian mortificado sobre manera las preferencias y pniblicos
el6gios que de ella hacian los hombres desde el moment de su
entrada en el baile. En aquellas criticas circunstancias, Pimien-
ta, que no la habia perdido tampoco un punto de vista en medio
de sus caprichosos giros y del tumulto de la danza,-comprendi6
al vuelo lo que pasaba y sin advertir A nadie de su intento, par6
la mnisica de golpe. Respir6 con desahogo el compafiero de la
joven y 6sta pag6 con una sonrisa celestial, aquel socorro tan a
tiempo del director de la orquesta.


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CAPITULO VI.


Y del tumulto indiscreto
One ardiente en su torno gir,
Ninguno le dijo:-mira,
Aquel te adora en secreto
One oyendo y viEndote estha.
RAmow na Pa-m Quince de Agosto.

Habra comprendido ya el discreto lector, que la Virgencita de
bronce de las anteriores pdginas, no es otra que Cecilia Vald6s,
la misma jovenzuela andariega que procuramos darle 4 conocer
al principio de esta veridica historia. Hallhbase, pues, en la flor
de su juventud y de su belleza, y empezaba a recoger el id6latra
tributo que 4 esas dos deidades rinde siempre con largueza el
pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descui-
dada crianza y se una A esto la soez galanteria que con ella usa-
ban los hombres, por lo mismo que era de la raza hibrida 6 infe-
rior,- se formari cualquiera idea aproximada de su orgullo y va-
nidad, m6viles secretos de su carActer imperioso. Asi es que sin
vergilenza ni reparo A menudo manifestaba sus preferencias por
los hombres de raza blanca y superior, como que de ellos es de
quienes podia esperar distincion y goces, con cuyo motivo solia
decir d boca llena,-que en verbo de mulato solo queria las mantas
de seda (*), de negro solo los ojos y el cabello.
Ficil es de creer, que una opinion tan francamente emitida
como contraria A las aspiraciones de los hombres de las dos cla-
ses flltimamente mencionadas, no les haria buena sangre, segun
suele decirse; con todo eso, bien porque no se creyese sincera d
su autora cuando la expresaba, bien porque se esperaba que hi-
ciera una excepci6n, bien porque siendo tan bella era imposible
verla sin amarla, lo cierto es que mis de un mulato estaba per-
dido de amores por ella, sobre todos Pimienta el mdsico; como
habrA podido advertirse. Este tal gozaba la inapreciable venta-
ja sobre los demas pretendientes de ser hermano de la amiga in-

La manta de burato c(afiolon grande de seda) era la moda general en la Epoca A
que se alude en la novels y las mulatas la usaban de color carmelita 6 pardo.







CCILIA VALDts


tima y compafiera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo podia
verla A menudo, tratarla con intimidad, hac6rsele necesario y ga-
nar tal vez su rebelde corazon A fuerza de devotion y de constan-
cia. ZA quin no ha halagado en su vida esperanza mas efime-
ra?- De todos modos, e1 siempre tenia presente aquel canto po-
pular de los poetas espafioles, que principia,-Labra el agua sin
ser dura, un mhrmol endurecido,-y puede decirse en honor de
la verdad, que Cecilia le distinguia entre los hombres de su clase
que se le acercaban A celebrarla, si bien semejante distincion has-
ta la fecha presente, no habia pasado de uno que otro rasgo de
amabilidad con un hombre por otra parte muy amable, cortes y
atento con las mujeres.
Acabada la danza, se inund6 de nuevo la sala y comenzaron
A formarse los grupos en torno de la mujer preferida por bella.
poi amable 6 por coqueta. Pero en medio de la aparente con-
fusion que entonces reinaba en aquella casa, podia observar cual-
quiera, que al menos entre los hombres de color y los blancos, se
hallaba establecida una linea divisoria, que ticitamente y al pa-
recer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte. Verdad es,
que unos y otros se entregaban al goce del moment con tal ahin-
co, que no es mucho de extrafiar olvidaran por entonces sus mu-
tuos celos y odio mutuo. Ademas de eso, los blancos no abando-
naron el comedor y aposento principal, a cuyas piezas acudian las
mulatas que con ellos tenian amistad, 6 cualquier otro g6nero de
relation, 6 deseaban tenerla; Lo cual no era ni nuevo ni extrano.
atendida su marcada predileccion. Cecilia y Nemesia, por uno i
otro de estos motives, 6 por su estrecha amistad con el ama de la
casa, no bien concluy6 la danza se fueron derecho al aposento y
ocuparon asiento detras de las matrons hacia el comedor. Alli
sin mas dilacion se form6 el grupo de los j6venes blancos, por-
que, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las mas intere-
santes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo sin dispu-
ta que eran tres, el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su
amigo intimo el j6ven conocido por Leonardo. Este nltimo tenia
apoyada la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocu-
pada por Cecilia, quien por casualidad 6 a posta (43), le estruj6
los dedos con la espalda.
-Asi trata V. A sus amigos? le dijo Leonardo sin retirar la
nano, aunque le escocia bastante.

(43) a posta... adrede, de prop6sito.


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CIRILO VILLAVERDE


Content6se Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos,
cual si la palabra amigo sonase mal en quien debia saber que era
tratado como enemigo.
-Esa nifla estA hoy muy desdeflosa; dijo Cantalapiedra que
not6 la accion v la mirada.
-Y cuando no? dijo Nemesia sin volver la cara.
-Nadie te ha dado vela en este entierro (44); repuso el co-
misario.
-Y al senor Z quien se la ha dado? agreg6 Nemesia mirhndole
ent6nces de reojo.
-.A mi? Leonardo.
-Pues a mi, Cecilia.
-No hagas caso, mujer; dijo esta altima a su amiga.
-Si no fuera por qu6... yo te ponia mas suave que un g n-
te: afladi6 Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia. i
-No ha nacido todavia, dijo ella, el que me ha de hacer do-
blar el cocote (45).
-Tienes esta noche palabras de poco vivir; le dijo entonces
Leonardo inclinandose hasta ponerle la boca en el oido.
-Me la debe usted y me la ha de pagar; le contest6 ella en
el propio tono y con gran rapidez.
-Al buen pagador no le duelen prendas, dice A menudo mi
padre.
-Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Solo se que V. me
ha desairado esta noche.
-Yo? Vida mia...
En aquella misma sazon se acerc6 Pimienta por la puerta de
la sala saludando a un lado y A otro a sus amigas, y cuando se
puso al alcance de Cecilia, 6sta le echo mano del brazo derecho
con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire
volubles: -; Oiga! ; Qu6 bien cumple un hombre su palabra
empenada!
-Nina, contest con solemne tono, aunque el caso no era para
tanto; Jose Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.
-Lo cierto es que la contradanza prometida aun no se ha
tocado.
-Se tocara, Virgencita, se tocara, porque es preciso que sepa
que A su tiempo se maduran las uvas.

444) Nadie te ha dado autoridad para que intervengas en esto.
(45) doblar el cocote... doblar el cogote. humillarse.


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CECILIA VALDtS


-La esperaba en la primera danza.
-Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la
primer, sino en la segunda danza, y la mia no debia salir de la
regla.
-Que nombre le ha puesto? pregunt6 Cecilia.
-El que se merece por todos estilos la nina i quien va dedi-
cada : -Caramelo vendo.
-;Ah! Esa no soy yo por cierto; dijo la j6ven corrida.
-Quien sabe, nina. ;Qu6 tarde vinieron!, agreg6 hablando
con su hermana Nemesia.
-No medigas nada, Jose Dolores, repuso 6sta. Cost6 Dios v
ayuda (46) persuadir A Chepilla el que nos dejase venir solas, por-
que lo que es ello no podia acompanarnos. Consinti6 a lo ultimo
porque vinimos en quitrin. Y aun asi, (para afiadir estas pala-
bras mir6 A Cecilia como consultando su semblante), si n6 toma-
mos la determination de meternos en 6l, nos quedamos... Chepilla
se puso furiosa en cuanto que se asom6 A la puerta y conocio...
-Chepilla no se puso brava por nada de eso, mujer; interrum-
pi6 Cecilia con gran viveza A su amiga. No queria que vini6se-
mos porque la noche estaba muy mala para baile. Y tenia mu-
cha razon, solo que yo habia dado mi palabra...
Por prudencia 6 por cualquier otro motivo Pimienta se alej6
de alli sin aguardar A mas explicaciones. No sucedi6 lo mismo
con Cantalapiedra, que era hombre curioso si los hay, por lo que
con sonrisa maliciosa le pregunt6 A Nemesia.-, Se puede saber
por qu6 la Chepilla se puso furiosa luego que reconoci6 el quitrin
en que ustedes vinieron al baile?
-Como yo no soy baul de naiden (47), contest6 la Nemesia
prontamente, dir6 la verdad. (Cecilia le peg6 un pellizco, pero
ella acab6 la frase.) Claro, porque conoci6 que el quitrin era del
caballero Leonardo.
Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demas
presentes al alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron
en el individuo que ella habia nombrado, y aquel tocAndole en el
hombro le dijo:
-Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a
dos reales mozas como 6stas en noche tan fea, no es motive para
que nadie sospeche alas intenciones de un caballero.
(46) cost Dios y ayuda... cost mucho trabajo.
(47) no soy bawl de naiden... no guardo secretos de nadie. Naiden
es ]a forma popular de nadie.


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CIRILO VILLAVERDE


-Ese quitrin, lo mismo que el coraz6n de su duefno, repuso
Leonardo sin cortarse, estan siempre d la 6rden de las bellas.
Salia entonces Pimienta por la puerta del comedor y oy6 dis-
tintamente las palabras del j6ven blanco, convenciendole desde
luego, de quien era el quitrin en que Cecilia y a su hermana Ne-
mesia habian venido al baile. El desengano le hiri6 en lo mas
vivo del alma, por lo que echando una mirada triste al grupo de
j6venes blancos, de seguidas pas6 A la sala, donde despues de ar-
mar el clarinete, toc6 algunos registros, A fin de que entendieran
sus companeros que era tiempo de que se reuniera de nuevo la
orquesta. Afinados los instrumentos, sin mas dilation rompi6 la
mdsica con una contradanza nueva, que d los pocos compares no
pudo menos de lamar la atencion general y arrancar una salva
de aplausos, no solo por que la pieza era buena, sino porque los
oyentes eran conocedores; aserto este que creerin sin esfuerzzo
los que sepan cuAn organizada para la mdsica nace la gente de
color. Se repitieron los aplausos, luego que se dijo el titulo de
la contradanza,-Caramelo vendo, y A quien estaba dedicada,-A
la Virgencita de bronze. De paso puede anadirse, que la fortuna
de aquella pieza fu( la mas notable de las de su especie y epoca,
porque despues de recorrer los bailes de las ferias por el resto del
ano 6 invierno del subsecuente, pas6 A ser el canto popular de
todas las clases de la sociedad.
Excusado parece decir, que con una contradanza nueva, guia
da por su mismo autor, y tocada con mucho sentimiento y gracia,
los bailadores echaron el resto, quiere decirse, que levaron el
compas con cuerpo y pies; cuyo mon6tono rumor en toda apa-
riencia duplicaba el nmero de la orquesta. Bien claro decia el
clarinete en- sus argentinas notas,-caramelo vendo, vendo cara-
melo: al paso que los violines y el contrabajo las repetian en otro
tono, y los timbales hacian coro estrepitoso A la voz melanc6lica
de la vendedora de ese dulce. Pero 4que era del autor de la
pieza que tanta impresion causaba? En medio del delirio de la
danza Zhabia quien se acordara de su nombre? ;Ay! No.
Como la noche avanzaba sin senales de bonanza, desde temprano
la gente curiosa de la calle empez6 a desamparar la puerta y ven-
tanas del baile y A las once, no quedaba en ellas cara blanca, al
menos de mujer. De esta circunstancia se aprovecharon los j6ve-
nes de familias decentes, A que nos hemos referido mas arriba,
que abrigaban un cierto escrdpulo, para ponerse a bailar con las
mulatas amigas 6 conocidas. Cantalapiedra tom6 por pareja a la


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CMIIA VALDtS


ama de la casa Mercedes Ayala, Diego Meneses A Nemesia y Leo-
nardo a Cecilia; y parte por guardar en Io posible la linea de
separation, parte por un resto de ese mismo tardio escrdpulo, es-
tablecieron la danza en el comedor, no obstante la estrechez y de-
saseo de la pieza.
Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonia
de alma de Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada,
se hallaba en brazos de un jdven blanco, tal vez del preferido de
su corazon, pues como sabemos, no ocultaba ella sus sentimientos,
se entregaba toda al delirio del baile, mi6ntras 6l, atado a la or-
questa, cual a una roca, la vela gozar y contribuia A sus goces,
sin participar de ellos en lo mas minimo. La turbacion de su es-
piritu, no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su direction de
la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de su
instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasion,
no parece sino que encontraron desahogo por las laves del clari-
nete, se exhalaron, por decirlo asi, segun lo peregrino y suave de
las notas que de 61 sacaba, esparciendo (48) el encanto y la anima-
cion entre los bailadores. Como suele decirse, no qued6 titere
con cabeza que no bailara, pues se arm6 la danza en la sala, en
el comedor, en el aposento principal y en el angosto y descubierto
patio de la casa. ZQue mucho, pues, que ent6nces no pasara si-
quiera por la mente de los que tanto se -divertian y gozaban, que
el autor y el alma de toda aquella alegria y fiesta, Jos6 Dolores
Pimienta, compositor de la contradanza nueva, agonizaba de amor
y de celos?
Pasadas serian las doce de la noche, cuando ces6 de nuevo la
mfisica, con lo que a poco empezaron A retirarse las personas que
podian considerarse extranas para el ama de la casa, porque hasta
entonces no levant esta la voz diciendo que er ahora de cenar.
Y para apresurar la marcha, agarr6 ella por el brazo A dos de sus
mejores amigas y arrastro casi las llev6 al fondo del patio, donde
dijimos que estaba puesta la mesa del ambigdi. Tras ellas siguie-
ron las demas mujeres y los hombres, entre los segundos Pimien-
ta y Brindis, los musicos, Cantalapiedra y su inseparable corchete.
el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo Diego Meneses.
Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, finicas que cu-
pieron, aunque eran pocas, los hombres se mantuvieron en pi4
cada cual detras de la silla de su amiga 6 preferida. Quedaron


(48) Errata corregida. Esparciendo en vez de exparciendo.


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CIRILO VILLAVERDE


juntos a una de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que
sepamos decir si por casualidad 6 por hacer honor al comisario y
a su categorfa.
No cabe duda sino que el ejercicio del baile habia aguzado el
apetito de los comensales de ambos sexos, porque apoderandose
los unos del jamon, los otros del pescado, aceitunas y demas man-
jares, en algunos minutos, todos comian y habian aliviado la
mesa de una buena portion de su peso. Satisfecha la primera ne-
cesidad, hubo lugar A los rasgos de galanteria y cariflo, que en
todos los pauses levarhn siempre el sello de la education que al-
canzan las personas que los ejercen. Las de la veridica historia,
cuya fisonomia trazamos ahora A grandes pinceladas, no eran, en
general, de la clase media siquiera, ni de la que mejor education
recibe en Cuba, y puede creerse sin esfuerzo, que sus rasgos de
galanteria y de carino, en ninguna circunstancia tenian nada de
delicados ni de finos.
-Que diga algo Cantalapiedra; dijo Alguien.
-Cantalapiedra no dice nada cuando come ; contest6 61 mismo
mientras rota la pierna del pavo.
-Pues que no coma si ha de callar ; salt6 otro.
-Eso no, porque comer6 y dire hasta el juicio final; repuso
el comisario. ZC6mo quieren, sin embargo, que diga si aun no he
remojado la garganta?
iAhi va mi copa! iahi va la mia! itome 6sta! exclamaron
diez voices por lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre
la mesa en direction del comisario, quien empufiando una tras
otra copa, cada cual lena de un vino diferente, se las fue echando
al coleto, sin presentar mas muestra del efecto que le causaban,
que ponerse algo rubicundo y aguArsele los ojos. Despues lle-
nando su propia copa de rico champafia, tosi6, levant6 el pecho,
y en voz campanuda, aunque un si es no es carrasposa, dijo:
Bomba! (49). En los felices natales de mi amiga Mercedi-
tas Ayala, d6cima.

Yo te digo en la ocasion,
Merceditas de mis ojos,
Que tu vista guard abrojos
Pues que punza el corazon.

(49) Interjecci6n con que se llama la atenci6n en una reunion para
brindar o versificar.


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CECIIA VALDtS


Ten de un triste compasion
Que por tus ojos suspira,
Que por tus ojos delira,
Que por tus ojos alienta,
Que por tus ojos sustenta
Esta vida de mentira.

Tras esta improvisation ramplona y de mal gusto, resonaron
vivas y aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo
de los platos con los cuchillos. Y como en recompense de su poe-
tica labor, de esta recibi6 una aceituna ensartada en el mismo te-
nedor con que acababa de levarse el alimento a la boca, de esotra
una tajada de jamon, de la de mis allA un pedazo de pavo, de
aquella un caramelo, de su vecina una yema azucarada, hasta que
la Ayala puso termino al torrente de obsequios, levanthndose y
pasando su copa, lena de Jerez, A Leonardo para que improvisara
tambien como lo habia hecho el complaciente comisario. Apro-
vech6se este de la tregua que se le concedia thcitamente, para
levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta
el brocal del pozo, donde introduciendose los dedos en la boca,
arroj6 cuanto habia comido y bebido, que no habia sido poco; y
muy fresco y repuesto se volvi6 a la mesa. Merced a un medio
tan sencillo como expedito, pudo tornar A comer y a beber cual si
no hubiera probado bocado ni pasado gota en toda la noche. De
los demas hombres que habian debido con exceso y no conocian
el remedio eficaz de Cantalapiedra, que mas que menos, pocos
acertaban A tener firme la cabeza, sin exceptuar al mismo j6ven
Leonardo.
A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo
tan fino como bien educado, se prestara tambien A hacer coplas y
en obsequio de aquella heroine de la fiesta. Pero bien que mal
las hizo, siendo no menos aplaudido y regalado que el anterior
coplero, aunque fu6 de notarse, que lejos Cecilia Valdes de cele-
brar, como los demas, su esfuerzo podtico, se mantuvo callada y
visiblemente corrida. Tampoco tom6 parte Nemesia en la cele-
bracion, si bien por causa muy distinta, A saber, por hallarse em-
pefiada en un dialogo rApido y secreto con su hermano Jose Do-
lores Pimienta.
-zPues no va desocupada la zaga? la decia el.
-Tal vez no; le replicaba ella.
-Y t6 c6mo lo sabes?


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CIRILO VILLAVERDE


-Como s6 muchas cosas. i. Necesito yo tampoco que me den
la comida con cuchara?
-Ya, pero ti no te explicas.
-Por que no hay tiempo ahora.
-Sobrado, hermana.
-Luego, las paredes oyen.
-; Vaya! Cuando se grita.
-Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.
-Yo no pierdo la ocasion.
-Vas A pasar un mal rato.
--Qu6 me importa si hago mi gusto?
-Te repito, Jose Dolores, no te metas en camisa de once varas.
No seas cabezadura. Con esa porfia me quitas las ganas de ayu-
darte. Yo entiendo de eso mejor que ta, lo estoy viendo.
Antes que se hubiese calmado el ruido de voices, de palmadas
y de golpes en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en se-
creto a Cecilia, y sali6 A la calle arrastrando A Meneses por el
brazo, sin despedirse de nadie, A la francesa, como dijo Cantala-
piedra, cuando los ech6 de menos. Una vez fuera, A pesar de la
lluvia menuda, ambos j6venes, siempre de brazo, tomaron a pi6
la calle de la Habana hacia el centro de la ciudad, y en la primera
esquina que era la de San Isidro, Meneses sigui6 derecho y Leo-
nardo tom6 la vuelta del hospital de Paula.
Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco
del nordeste, pasaban unas tras otras en procesion bastante regu-
lar por delante de la luna menguante que ya traspasaba el cenit,
v a veces dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa,
angosta y torcida que llevaba el joven Leonardo no se despej6 ja-
mas, ni vi6 el i derechas su camino hasta que lleg6 a la plazuela
del hospital antes dicho, y entonces solo el lado izquierdo se alum-
braba A ratos, pues las paredes de la iglesia de Paula, elevadas y
oscuras, proyectaban una doble sombra sobre el espacio exen-
to (50). Arrimado a ellas. sin embargo, pudo distinguir su carrua-
je, los caballos del cual agachaban la cabeza y las orejas, en su
afan de evitar la lluvia y el viento que les herian de frente. Es-
taba echado el capacete y no parecia (51) el ginete por ninguna
parte. ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en
el vano de la ancha puerta de la iglesia, que podia servirle de

(50) espacio exento... espacio libre, abierto.
(51) no aparecia, no se le vefa.


104




CECILIA VALDtS


abrigo. Pero A la segunda ojeada comprendi6 Leonardo donde es-
taba. Sentado en el pesebron del quitrin, le colgaban las piernas
cubiertas con las botas de campana, mientras descansaba la cabeza
y los brazos, medio vuelto, en los muelles cojines de marroqui.
En el suelo yacia la cuarta (52), que en el suefio se le habia des-
prendido de las manos, la recogi6 Leonardo al punto, levant un
canto del capacete y con todas sus fuerzas le peg6 dos 6 tres
zurriagazos A manteniente, por las espaldas presentadas.
Sefior! exclam6 el calesero entre asustado y dolorido, des-
colgandose.
Ya de pi6 pudo verse que era un mozo mulato bastante fornido,
ancho de hombros y de cara, mas fuerte si no mas alto que el que
acababa de calentarle las espaldas con el zurriago. Vestia A la
usanza de los de su oficio en la isla de Cuba, chaqueta de patio
oscuro, galoneada de pasamaneria, chaleco de piqu6, el cuello de
la camisa A la marinera, pantalon de hilo, botas enormes de cam-
pana a guisa de polainas, y sombrero negro redondo galoneado
de oro. Debemos mencionar tambi6n, como signs caracteristicos
del calesero, las espuelas dobles de plata, que no llevaba A la
sazon el mulato de que ahora se habla.
-iOiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leo-
nardo,-dormias A pierna suelta, mientras los caballos quedaban
A su albedrio. jEh? Que hubiera sucedido, si espantados por
casualidad, echan a correr por esas calles de BarrabAs?
-Yo no estaba dormiendo (53), nifno; se atrevi6 A observar el
calesero.
-Z Con que no dormias? Aponte, Aponte, ta parece que no
me conoces, 6 que crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta,
que ya ajustar6mos cuentas. Lleva el quitrin a la cuna, toma
las dos muchachas que trajiste en el, y condncelas A su casa. Yo
te espero en el paredon de Santa Clara, esquina a la calle de la
Habana. No consientas que nadie monte a la zaga. Entiendes?
-Si, sefior; contest6 Aponte, partiendo en direction de la
garita de San Jos6. En la puerta de la casa del baile, sin des-
montarse, dijo a un desconocido que entonces entraba:
-ZMe hace el favor de decirle A la nifia Cecilia que aqui esia
el quitrin?
Apesar del aditamento de nifia de que hizo uso el calesero ha-

(52) la cuarta... el I4tigo.
(53) dormiendo... arcaismo: durmiendo.


105




CIRILO VILLAVERDE


blando de Cecilia, que solo se aplica en Cuba A las j6venes de la
clase blanca, el desconocido pas6 el recado sin equivocacion ni
duda. Y ella incontinente se levant6 de la mesa y fu6 a coger
su manta, seguida de Nemesia y de la Ayala. Esta ultima las
acompafi6 hasta la puerta de la calle, en donde ya se habian agru-
pado los pocos hombres que aun no se habian despedido. Alli
teniendo todavia por la cintura A Cecilia, en sefial de amistad y
carifio, la dijo:
-No te fies de los hombres, china, porque levas la de perder.
-Y zyo me he fiado de alguno A estas horas, Merceditas? re-
puso Cecilia sorprendida.
-Ya, pero ese quitrin tiene dueflo, y nadie da palos de bal-
de (54). Tenlo por sabido. Me parece que me explico.
Con esto y con fingir Cantalapiedra que loraba por la partida
de Cecilia, cosa que caus6 mucha risa, 6sta y Nemesia subieron al
carruaje ddndoles la mano Pimienta y de hecho qued6 desbara-
tada la reunion.
Podia ser entonces la una de la madrugada. El viento no ha-
bia abatido ni cesado la llovizna que de cuando en cuando arro-
jaban las voladoras nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas.
Conforme reza la expresion vulgar, la oscuridad era como boca
de lobo. No por eso, sin embargo, perdi6 el j6ven mfsico la pista
del carruaje que conducia A su hermana y A su amiga, antes por
el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las calles, le fue
siguiendo las aguas, primer al paso redoblado y luego al trote,
hasta que le alcanz6 cerca de la calle de Acosta. Puso la mano en
la tabla de atras, se impuls6 naturalmente con la carrera que le-
vaba y qued6 montado a la mujeriega. Al punto le sinti6 el ca-
lesero 6 hizo alto.-Apdate; le dijo Nemesia por el postigo.-No
hay para qu6; dijo Cecilia.-Yo les voy guardando las espaldas;
dijo Pimienta.-Ap6ese V., dijo en aquella sazon Aponte que ya
habia echado pi4 A tierra.-ZNo te 1o decia? afiadi6 Nemesia, ha-
blando con su hermano.-Aqui dentro van mi hermana y mi ami-
ga; observ6 el mfsico dirigidndose al calesero.-SerA asf, repuso
6ste; pero no consiento que nadie se monte atras de mi quitrin.
Se echa A perder, camarA (55); agreg6 notando que se las habia
con un mulato como 61.-Ap6ate, repiti6 Nemesia con insistencia.
Obedeci6 Jos6 Dolores Pimienta, conocidamente despues de

(54) nadie da palos de balde... nadie obra sin interns.
(55) camard... camarada.


106




CECILIA VALDtS


una lucha sorda y terrible consigo mismo, en que triunf6 la pru-
dencia; pero cediendo y todo en aquella coyuntura no renunci6
a la resolution tomada de seguir el carruaje. Volvi6 A montar el
calesero y continu6 la carrera derecho hasta desembocar en la
calle de Luz, torciendo alli a la izquierda hAcia la de la Habana.
Cerca del canon de la esquina estaba un hombre de pi6, guarecido
del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias del
patio, perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese
punto, par6 Aponte por segunda vez el quitrin, el hombre en
silencio subi6 A la zaga, diciendo luego A media voz: iArrea!
Parti6 entonces aquel a escape, pero no sin dar tiempo A que se
acercara lo bastante el masico, para advertir que el individuo que
le reemplaz6 en la zaga del carruaje era el mismo j6ven blanco
Leonardo que tantos celos (56) le habia inspirado en la cuna.


456) Errata corregida. Celos en vez de zelos.


107










CAPITULO VII.


Y quk modo de hombre es El,
es negocio muscatel,
es discreto vergonzoso,
6 dulce 6 acibaroso ?
LOPE DE VUGA.-La Buscona.

En el barrio de San Francisco y en una de sus calles menos
torcidas, con banquetas 6 losas en una 6 dos cuadras, habia entre
otras, una casa de azotea, que se distinguia por el piso alto sobre
el arco de la puerta, y balconcito al poniente. La entrada general,
como la de casi todas las (57) casas del pais-para los duenos,
criados, bestias y carruajes, dos de los cuales habia comunmente
de planton (58),- era por el zaguan; especie de casa-puerta 6
cochera, que conducia al cormedor, patio y cuartos escritorios.
Llamaban bajo este ultimo nombre los que se veian A la dere-
cha, A continuation del zaguan, ocupados el primero por una car-
peta doble de comerciante, con dos banquillos altos de madera,
uno A cada frente, y debajo una caja pequefia de hierro, cuadrada,
que en vez de puerta tenia tapa para abrirse 6 cerrarse, siempre
que se guardaban en ella 6 se sacaban los sacos de dinero. En
ei lado opuesto de la casa se veia la hilera de cuartos bajos para
la familia, con entrada comun por la sala, puerta y ventana al
comedor y al patio.
Este formaba un cuadrilatero, en cuyo centre sobresalia el bro-
cal de piedra azul de un aljibe 6 cisterna, donde por medio de
canales de hoja de lata v de canerias enterradas en el suelo, se
vertian las aguas llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas
de elevation, con un arco hacia el extreme de la derecha, separa-
ba el patio de la cocina, caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros
y demas dependencias de la casa.
Entre el zaguan y los cuartos llamados escritorios, descendia
al comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra
tosca con pasamanos de cedro, sin meseta ni mas descanso que
]a vuelta violenta que hacian los niftimos escalones casi al pie.
Esa escalera comunicaba con las habitaciones altas, compuestas

(57) Errata corregida. Las en vez de los.
(58) de plant6n... estacionado.






CECILIA VALDAS


de dos piezas, la primera que hacia de antesala, tan grande como
el zaguan, la segunda, todavia mayor, como que tenia las mismas
dimensiones que los escritorios sobre los cuales estaba construida
y servia de dormitorio y estudio. Con efecto, los muebles prin-
cipales que la lenaban casi, eran una cama 6 catre de armadura
de caoba, cubierta con un mosquitero de rengue (59) azul, un ar-
mario de aquella propia madera, un casaquero 6 percha de Lo
mismo, un sofa negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de
paja, una mesa a modo de bufete, y una butaca campechana. So-
bre los tales muebles, se hallaban varios libros, unos abiertos,
otros cerrados, 6 con una 6 mas hojas dobladas por la punta, em-
pastados a la espahola, con canto rojo, todos al parecer de leyes,
segun podia notarse, leyendo los letreros dorados en los lomos
de algunos. En el sofA i(nicamente dos peri6dicos en forma de
folletos, el mas voluminoso con un malisimo grabado que repre-
sentaba los figurines de un hombre, una mujer y un nifio y le-
vaba por titulo-LA MODA 6 RECREO SEMANAL; el otro-EL RE-
GANON.
Abajo, en el comedor habia una mesa de alas de caoba, capaz
para doce cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente A la
puerta del aposento, en el angulo el indispensable jarrero, mueble
sui generis en el pais, y para proporcionar sombrio A la pieza y
protegerla contra la reverberation del sol en el patio, habia dos
grandes cortinas de cafiamazo, que se arrollaban y desarrollaban
lo mismo que los telones de teatro. En la pared medianera entre
el zaguan y la sala, habia una reja de hierro, y para dar paso A
la luz exterior en esta tiltima, dos ventanas de lo mismo voladizas,
que desde el nivel del piso de la calle, subian hasta el alero del
techo. De la viga principal colgaba por sus cadenas una bomba
de cristal; de la pared del costado dos retratos al 6leo, represen-
tativos de una dama y de un caballero en la flor de su edad, hechos
por Escobar; debajo de 6stos un sofA y en direction perpendicu-
lar al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y respaldo
de marroqui rojo; en los cuatro angulos rinconeras de caoba,
adornadas con guardabrisas de cristal 6 con floreros de china. En
la pared, entre ventanas, una mesa alta con pids dorados y en-
cima un espejo cuadrilongo, lienando los huecos intermedios sillas
con profusion.
Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de


(59) Tela transparente.


109






CIRILO VILLAVERDE


algodon, que pendia de los dinteles de las puertas y ventanas de
los cuartos, como para dar libre paso al aire y ocultar sus inte-
rioridades de las miradas de los que pasaban por el comedor y el
patio. En resnimen, la casa aquella, peculiarmente habanera, se-
gun se habra echado de ver, por la menuda description que de ella
hemos hecho, respiraba por todas padres aseo, limpieza y... lujo,
porque tal puede lamarse, en efecto, si se tiene en cuenta el pais,
la 6poca de que se habla, el estilo y calidad del mueblaje, los dos
carruajes en el zaguan y la capacidad misma de la morada. ZVi-
via alli una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a verlo
en breve.
A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete
de la mahana, de uno de los dias de Octubre, ocupaba una de las
butacas del comedor un caballero de hasta cincuenta ahos de edad,
alto, robusto, entrecano, nariz grande aguilefia, boca pequefia, los
ojos pardos y vivos, la color del rostro rubicunda, la cabeza re-
donda por detras: signos estos caracteristicos de pasiones fuertes
y firmeza de caracter. Llevaba el cabello corto, la barba rasu-
rada completamente; vestia bata talar de zaraza sobre chaleco
largo de piqu6 blanco, pantalones de dril y chinelas de ante. Des-
cansaba los pies en una silla con asiento de paja y con ambas ma-
nos se levaba a los ojos un peri6dico impreso en papel espafiol
de hilo del folio comun, titulado, EL DIARIO DE LA HABANA.
Mientras leia se le present6 un muchacho como de doce ahos
de edad, vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venia
del fondo del patio y traia en la mano derecha una taza de caf6
con leche, puesta en un plato, y en la otra un azucarero de plata.
El caballero, sin enderezarse en la butaca, tom6 la taza, endulz6
y se puso A sorber y leer con toda calma, mientras el criado, con
los brazos cruzados sobre el pecho se qued6 delante de 6l en pie,
conservando en las manos respectivas el plato y el azucarero.
Concluida la pocion de caf6 con leche, no obstante que el mucha-
cho se hallaba A pocos pass, le dijo en tono de voz atronadora:
;Tabaco y lumbre! Sali6 aquel de carrera A la cocina y volvi6
a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces una veji-
ga (60) grande con algunos cigarros arrollados en el fondo y un
braserillo de plata, con una brasa de carbon vegetal, medio en-
terrada en un monton de ceniza. El caballero encendi6 un ci-

(601 Vejiga. en efecto. que se usaba para guardar los tabacos del
gasto del dia.


110






CECILA VALDtS


garro y cuando el muchacho se disponia a emprender de nuevo
la carrera, le grit6:-;Tirso!
-;Senor! contest6 tambien en alta voz como si ya estuviera
en la cocina 6 hablara con sordo.
-Z Has estado arriba? le pregunt6 el amo.
-Si, senor, dende (61) que lleg6 de la plaza el cocinero.
-zY c6mo es que el nino Leonardo no ha bajado todavia?
-Es querer decir, A su merced, que el nino Leonardo no quie-
re que lo dispierten (62) cuando ha pasado mala noche.
-iMala noche! repiti6 el caballero mentalmente. Anda (al
esclavo), despi4rtale y que baje.
-Senor; djo el muchacho titubeando y confuso. Senor, su
merced sabe...
-zQu6 sucede? volvi6 A tronar el amo, luego que ech6 de
ver que el esclavo se estaba parado y no le habia obedecido.
-Senor, es querer decir A su merced, que el nino se pone bravo
cuando lo dispiertan, y...
-zQue? zQu6 dices? ;Ah! ;Perro! Anda, corre, si no quie-
res subir A puntapi6s.
Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la ame-
naza, no esper6 a que se la repitieran para obedecer la 6rden. En
cuatro saltos se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en
el dormitorio del j6ven Leonardo. A tiempo mismo que el mu-
chacho corria escaleras arriba, asomaba por la puerta del aposento
una senora algo gruesa, hermosa, de amabilisimo aspecto, las fac-
ciones menudas, con el cabello todavia negro, aunque pasaba de
los cuarenta de edad, vestida de holan clarin blanco, y abrigada
con una manta de burato, color canario y toda ella muy pulcra y
de ademan reposado y senoril. Sent6se al lado del caballero de
la bata, A quien preguntAndole por las noticias del dia, di6 el nom-
bre de Gamboa. Este le contest6 entre dientes que la unica im-
portante que traia el Diario, era la aparicion del c6lera morbus
en Varsovia, donde hacia estragos espantosos.
--Y d6nde es eso? pregunt6 la senora bostezando.
Toma! contest6 Gamboa. Eso es muy lejos. Fignirate, allA,
cerca del polo norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el senor c6-
lera para llegar hasta nosotros, y entonces Zquien sabe donde es-
taremos ti y yo?

(61) desde. Vase Nota 10.
(62) despierten. Vease Nota 7.


111






CIRILO VILLAVERDE


-; Dios nos libre de horas menguadas, Cindido! volvi6 A ex-
clamar la senora con el mismo aire de indolencia de antes.
Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipita-
cion. si cabe, de aquella con que los habia subido; y A no ser por-
que en tiempo agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que
le arrojaron de lo alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo
pedazos en la puerta del escritorio. D. Candido alz6 la cabeza y
la senora se levant6 v fu6 hacia el pie de la escalera, preguntan-
do :-;Que ha sido eso? Por toda respuesta, el muchacho muy
asustado. le indic6 con los ojos al j6ven Leonardo que se hallaba
en lo alto. envuelto en la sibana, con los puhos apretados en se-
nal de c6lera y de amenaza. Pero no bien descubri6 a su madre,
pues to era aquella seflora, cambi6 de actitud y de semblante, 6
iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le contuvo
haciendole una sefia muy significativa, que equivalia poco mas o
menos a decirle :-Calla. que ahi esta tu padre. Por lo que 61, sin
mas demora. di6 media vuelta v se volvi6 al dormitorio.
Viene el nino Leonardo? pregunt6 Gamboa al esclavo, cual
si no hubiera notado la carrera de 6ste, el librazo contra la puerta
del escritorio, ni la action de su esposa.
-Si senor. contest6 Tirso.
-;.Le diste mi recado? insisti6 D. Candido en tono de voz mas
recio y aspero.
-Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado
y tembloroso, que... el nino... el nino Leonardo no me di6 tiempo.
La senora se habia vuelto a sentar. y seguia lena de ansiedad,
las palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le
vi6 ponerse rojo A medida que Tirso soltaba las pocas frases de
que en su' turbacion pudo hacer uso; aun le pareci6 que iba A le-
vantarse, acaso para pegarle al esclavo, 6 hacer bajar por la fuerza
A Leonardo: en cuva confusa alternativa, a fin de ganar tiempo,
le dej6 caer la mano derecha en el brazo izquierdo y le dijo en voz
muy baja y musical:
-CAndido. Leonardito se viste para bajar.
-Y ti "c6mo lo sabes? replica D. Candido con gran viveza
volviendose para su esposa.
-Acabo de verle. i medio vestir. en io alto de la escalera;
contest6 ella con calma.
-Pues, to siempre estas al tanto de cuando Leonardo cumple
con su deber: pero eres ciega para sus faltas.


112





CECILIA VALDtS


-No s6 yo que el pobrecito haya cometido ninguna, al menos
recientemente.
-;Ya! ZNo lo decia yo? Ciega, cieguecita. Rosa, tus ma-
manteos (63) van a perder a ese muchacho. iTirso! tron6 D. Can-
dido.
Antes que volviese Tirso de la cocina, en done se habia refu-
giado, luego que sus amos entablaron el anterior brevisimo dialo-
go, entr6 por el zaguan adelante el mulato calesero que ya conocen
nuestros lectores, por aquella escena en el barrio de San Isidro y
noche del 24 de Setiembre. Vestia ahora solamente camisa y pan-
talones cuyas piernas estaban arremangadas hasta poco mas abajo
de las (64) rodillas, como para dejar ver el borde de los calzon-
cillos blancos, que formaba dientes en vez de dobladillo. Los za-
patos eran de vaqueta muy escotados con hebilla de plata al
lado y tenia argollas de oro en las orejas, pafluelo atado en la
cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha y en la izquierda
el ronzal de un caballo que traia rabiatado otro del mismo color
y estampa, ambos recien salidos del baflo, pues aun escurrian agua
6 sudor, y el ultimo tenia la cola hecha un nudo. El mulato ha-
bia cabalgado en el primero desde la caballeriza al bafno, cerca
del muelle de Luz, porque todavia llevaba el sudadero A falta de
silla.
-Pero aqui estA Aponte: agreg6 D. Candido viendole asomar.
iAponte!
-No hay necesidad de que preguntes a los criados; interpuso
dofia Rosa.
-Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo: in-
sisti6 el marido. ZA qu6 hora trajiste anoche (hablando con
Aponte) A tu amo?
-A las dos de la madruga (65), contest6 Aponte.
-z D6nde pas6 tu amo la noche? afiadi6 D. Candido.
-Es infitil que lo diga, interrumpi6 la senora. Aponte, leva
esos caballos al pesebre.
-zD6nde pas6 tu amo la noche? repiti6 D. Candido en voz de
trueno, viendo al calesero dispuesto A obedecer la Orden de su ama.
-Es dificultoso que yo le diga A su merced. mi amo. d6nde
pas6 la noche mi amo el nino Leonardito.

(63) mamanteos... manera de malcriar.
(64) Errata corregida. De las en vez de del as.
(65) madrugd... madrugada.


U


1113





CIRILO VILLAVERDE


-; Quo! zC6mo se entiende?
-Le digo A su merced, mi amo, que es muy dificultoso-apre-
sur6se Aponte A explicar, notando que D. Chndido montaba en
c6lera ; -porque primeramente yo llev4 el niflo Leonardito a San-
ta Catarina, dispues lo llev4 al muelle de Luz, dispues lo estuve
esperando en el muelle de Luz hasta las doce de la noche, dispues
Io llev6 otra vuelta A Santa Catarina, dispues...
-Basta, dijo dona Rosa enojada. Quedo enterada.
Aponte se retir6 con los caballos, pasando por el comedor y
el patio, en direccion de la caballeriza, y D. CAndido volvidndose
para su mujer, le dijo:
--Qu6 te-a-ele-tal? zNo te parece reciente la de anoche? Yo
no sabia nada, sospechaba anicamente, porque conozco A mi hijo
mejor que t', y ya has oido que se ha estado en Regla hasta las
doce de la noche. Tal vez no fu4 solo. ZQuieres oir ahora con
qui6nes y c6mo pas6 la mitad del tiempo en Regla? ZNo lo adi-
vinas? -No Io sospechas?
-Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observe dona
Rosa con ligero desden; Zqu6 aprovecharia? ZDejaria yo por eso
de quererlo como le quiero?
-Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; sadt6
impaciente D. CAndido. Se trata de poner remedio A sus faltas
que ya rayan en lo serio.
-Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias
de la juventud.
-Es que las calaveradas cuando son repetidas y no se les pone
coto A tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que
llorar y qu6 sentir.
-Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, series ni
graves resiltados, y eso, que las suyas, comparadas con las tuyas,
son meros pasatiempos juveniles; dijo dona Rosa con refinado sar-
casmo.
. -Senora, repuso D. CAndido irritado, por mas que hiciese es-
fuerzo visible por ocultarlo ; -sean cuales fueren las locuras que
yo haya podido cometer en mi juventud, ellas no autorizan A Leo-
nardo para que leve la vida que leva con... aprobacion y aplau-
so de V.
-;Mi aprobacion! imi aplauso! Esa si que estA buena. Na-
die mejor que ti es testigo de que lejos de aprobar y aplaudir las
locuras de Leonardito. siempre le estoy aconsejando y aun re-
prendiendo.


114






CECILIA VALDs 1


iYa! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro
le das quitrin, y calesero, y caballos, y media onza de oro todas
las tardes para que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus
amigos. No apruebas ni aplaudes sus locuras, pero le facilitas
el modo y medios de cometerlas.
-Eso es, yo faciltio el modo y medios c6mo se pierda el mu-
chacho. TA no, tW eres un santo. iOh! Si, tu vida ha sido ejem-
plar.
-No s6 A que conduce tan amarga satira.
-Conduce A que eres muy duro con 61, y A que estaria buena
tu aspereza, si fueses intachable, si no hubieses pecado...
-ZMe tiene 61 en tan buen concepto como el que ]a merezco
A V., senora? LSabe que yo haya pecado?
-Tal vez 1o sepa.
-Si V. no se lo ha contado...
-No hay necesidad de que yo le ensefie cosas malas. Seria ma-
dre desnaturalizada si tal hiciera. Pero 61 no es ningun tonto,
y luego fue demasiado piblico, escandaloso lo de Maria de Regla.
No seria much que haya Ilegado A sus oidos y le provoque a imi-
tarte. El mal ejemplo...
-Basta, senora; dijo D. Candido mas desazonado que irritado.
Creia, tenia razon para esperar que V. hubiese dado eso al olvido.
-Mala creencia, porque hay cosas que no es possible olvidarlas
jamas.
-Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engafiado;
quiere decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni per-
donan ciertas faltas de los hombres. Pero Rosa, agreg6 cambian-
do de tono, nosotros vamos fuera del carril: y eso no esti bien.
La verdad es que si yo soy muy duro, como dices, con Leonardo.
tt eres muy d6bil, y no s6 yo qu4 serA peor. El es un loco, vo-
luntarioso y terco, y necesita freno mas que el pan que come. Ad-
vierto, sin embargo, con dolor, que por pensar en mi dureza, le
Ilevas, sin querer, por supuesto, como por la mano A su pronta
perdicion. De v6ras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y tus
debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determination que
le libre A 61 de un presidio y a nosotros de lanto y de infamia
eternos.
-ZY que remedio adoptar, CAndido? Ya es tarde, ya 61 es un
hombrecito.
-Qu6 remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M.
hasta A los hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba


115





CIRILO VILLAVERDE


que no le vendria mal oler a brea por corto tiempo. Apurada-
mente, mi amigo Acha, comandante de la Sabina, esti 6mpefiado
en ensefiarle la maniobra. Ayer nada menos me dijo que me re-
solviera y se le entregara, seguro de que le pondria mas derecho
que un mastelero de gavia. Si, esa fud la expresion de que hizo
uso. De todos modos, estoy resuelto A poner freno a las demasias
de ese mozo.
Conmovidndose dofia Rosa al oir las altimas palabras de su
marido, much mas al notar el tono de firme resolucion con que
las emiti6. y parte por ocultar las lagrimas que le rebosaban en
los ojos, parte por variar el objeto de una conversacion que la
heria en Io mas vivo del alma, se levant otra vez y se dirigi6 al
patio. En aquel moment mismo bajaba Leonardo la escalera,
vestido como para salir A la calle, y ella, que sinti6 sus pasos, re-
trocedi6 al sitio que acababa de dejar al lado de su marido, y en
tono de humilde snplica. con voz temblorosa por la emocion, le
dijo:
-Por el amor de ese mismo hijo. Gambpa, no le digas nada
ahora. Tu severidad le rebela y me mata a mi.
-;Rosa! murmur D. Candido echhndola una mirada de re-
convencion. T le pierdes.
-; Prudencia. Cdndido! replica dofia Rosa, respirando mas
libremente; porque comprendi6 que su esposo estaba inclinado
por entonces a ejercer aquella virtud. Advierte que ya es un
hombre v que le tratas como si fuera nino.
-;Rosa! repiti6 D. CAndido con otra mirada de reconvencion.
-Hasta cuando?
-Sera esta la nltima vez que interceda por 61; se apresur6 a
decir dofia Rosa. Te Io prometo.
En esto acababa de bajar la escalera el jdven Gamboa y se en-
camin6 derecho A su madre, la cual le sali6 al encuentro, como
para mejor protegerle del enojo de su padre. Pero 6ste silencioso
y cabizbajo, ya penetraba en el escritorio, y no vi6 6 se hizo
que no vi al hijo besar A la madre en la frente, ni la sefia con
que ella le indic6 que debia saludar tambien A su padre.
Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademan de cumplir con la
indicacion. Solo se sonri6, levant los hombros y se encamin6 a
la calle, llevando debajo del brazo izquierdo un libro empastado
a la espahola con los cantos rojos y en la mano derecha una cafia
de Indias cuyo pufio de oro figuraba una corona.


116











CAPITULO VIII


;Para hacer Lien por el alma
Del que van n ajusticiar !
EsRoncEDA.-E reo de mnm rtc.

Tir6 el estudiante en direction de la plaza Vieja por la calle de
San Ignacio. En la esquina de la del Sol tropez6 con otros dos
estudiantes, poco mas 6 menos de su edad, que en toda apariencia
esperaban su llegada. El uno de ellos no es desconocido para el
lector, pues le ha visto en la cuna de la calle de San Jose; nos re-
ferimos a Diego Meneses. Era el otro de figura menos galana y
esbelta, agregando A su baja estatura, un cuello muy corto y hom-
bros bastante levantados, entre los cuales levaba como enterra-
da una cabeza redenda y chica. Habia cierta confusion en su
frente mas angosta que levantada, los ojos tenia pequefios y pe-
netrantes, la nariz algo arremangada (66), la barba aguda v la
boca fresca y hnmeda, por cierto la mas expresiva de sus menudas
facciones; el cabello crespo y asi en su semblante como en su
cuerpo se descubria desde luego la gran malicia que animaba su
travieso espiritu. Junto con una fuerte palmada en el hombro,
Leonardo le di6 el nombre de Pancho Solfa. Este, medio sonreido,
medio mal humorado del golpe, dijo:
-Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo Leonardo. es a
veces muy expresivo.
-Porque te quiero te aporreo, Pancho. ZQuieres otra caricia?
-Basta, chico. Y se desvi6, hacienda un movimiento con la
mano izquierda.
--Que hora es? pregunt6 Leonardo. Recuerdo que no le di
cuerda anoche a mi reloj y se ha parado.
-Las siete acaban de dar en el reloj del Espiritu Santo: res-
pondi6 Diego. Nos marchAbamos sin ti, creyendo que se te habian
pegado las sAbanas.
-Por poco no me levant en todo el dia. Me acoste tarde y
mi padre me hizo llamar al amanecer. El, como se acuesta con

(66) la nariz algo arremangada... la nariz algo respingona.





CIRILO VIIAAVERIW


las gallinas. madruga siempre. ,,No les parece A ustedes que hay
tiempo de dar una vueltecita por la Loma del Angel?
-Soy de opinion que no, dijo Pancho. A menos que tW. cual
otro Josu6. tengas ]a virtud de parar el sol.
-Te pereces por una cita. Pancho, venga 6 no venga a pelo.
;Pues no sabes que el sol no camina desde que Josud le mandd
parar su carrera? Si hubieses estudiado astronomia sabrias eso.
-Di mas bien.-que si hubiera estudiado historia sagrada: dijo
M eneses.
-El cuenta es, observe Pancho. que sin estudiar A fondo una
cosa y otra, se que el caso participa de ambas y no son ustedes
los que me corrigen la plana (67).
-A todas estas. caballeros, ique leccion tenemos hoy? No con-
curri A la clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.
-Govintes senial6 para hoy el titulo tercero, que trata del
derecho de las personas: respondi6 Diego. Abre el libro y verhs.
-Pues no he saludado esa materia siquiera; agreg6 Leonar-
do. Solo s6 que segun el derecho patriot, hay personas y hay co-
sas, que muchas de 6stas, aunque hablan y piensan, no tienen los
mismos derechos que aquellas. Por ejemplo, Pancho, ya que te
gustan los similes, to A los ojos del derecho, no eres persona sino
cosa.
-No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien
considera cosa el derecho romano.
-Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fu6
sin duda y tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.
-Dichoso ti que le tienes flechudo como los indios. Si vamos
a examinar, sin embargo, nuestros Arboles genealogicos respec-
tivos, hallaremos que aquellos que pasan por ing6nuos (68) entre
nosotros, son cuando menos libertines (69).
-Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es nin-
gun pecado amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es espa-
nol v no tiene mula; mi madre si es criolla, y no respondo que
sea de sangre pura.
-Es que tu padre por ser espafiol, no estA exento de la sos-
pecha de tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz y
de Sevilla vinieron a America los primeros esclavos negros. Tam-

(67P corrigen la plans... eamiendan o corrigen los errores.
o8 ingenuos... los que habian nacido libres y no habian sido nunca
esclavos ni siervos.
i69+ libertinos... los que habian recibido su libertad de su senior o amo.


118





C(cIIA VAWLS 1


poco los Arabes, que dominaron en Andalucia mas que en otras
partes de Espana, fueron de raza pura caucasica, sino africana.
Por otra parte, era comun ahi entonces, la union de blancos y
negros, segun el testimonio de CervAntes y de otros escritores
contemporAneos.
-Ese rasguito hist6rico, D. Pancho, vale un Potosi. Se co-
noce que la cuestion de razas, te ha costado algunos quebraderos
de cabeza. No paro yo en eso la atencion ni creo que hace bulto
ni peso la sangre mezclada. Lo que puedo decir es, que no s6 si
por que tengo algo de mulato, me gustan un pufiado las mulatas.
Lo confieso sin empacho.
-La cabra siempre tira al monte (70).
-El refran no viene al caso, mas si Io dices para afirmar que
no te gusta la canela (71), peor para ti, Pancho, porque eso quiere
decir que te gusta el carbon (72), g6nero much mas inferior.
En este punto de su conversation iban, cuando entraron por
los portales de la plaza Vieja, llamados del Rosario. Estos los
forman unas cuatro 6 cinco casas, pertenecientes i families nobles
6 ricas de la Habana, con anchos balcones, apoyados en altos areas
de piedra, cuyas luces cubren durante el dia unas cortinas de ca-
namazo, A manera de velas mayores de barcos. El piso superior
de esas casas, lo ocupan los duefios 6 inquilinos, que viven de sus
rentas; pero en los bajos, salones en general oscuros y poco ven-
tilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al por menor que la-
man baratilleros, quinquilleros (73) propiamente dichos. los cua-
les en absoluto, son espaioles, por lo comun montaneses. Den-
tro guardan el acopio de g6neros y baratijas, y al frente bajo los
arcos de piedra, exponen los que se entiende por quincalla. en
unas vidrieras 6 muestrarios portatiles, que descansan sobre una
especie de tijeras. Por la manana temprano los exponen v por
la noche los guardan.
Poco despues de la siete de la manana se principia general-
mente la primera de las operaciones aqui mencionadas. Los mer-
caderes de dos en dos sacan las vidrieras, sujetando uno por una
cabeza, otro por la otra, como si fueran ataudes 6 que pesaran
mucho para un solo hombre.

(70) Refrdn que significa que se obra segdn el origen y natural de
cada uno.
(71) la canela... las mulatas. -
(72) el carbdn... las negras.
(73) quinquilleros... quincalleros.


I19





CIRILO VILLAVERDE


Algunos estaban ya expuestos y los vendedores se paseaban
por delante de ellos en mangas de camisa, A pesar del airecillo
de la mahana, cuando entraron en los portales nuestros tres es-
tudiantes.
Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando,
sin hacer caso de los mozos espanoles que iban y venian afanados
en la obra de exponer sus mercancias A tiempo. Detras y A paso
mesurado, inclinada la cabeza y taciturno, los seguia su condis-
cipulo Pancho, y ya por esto, ya porque les chocase su facha, la
verdad es, que el primer buhonero con quien tropez6, le ech6
mano por un brazo y le dijo: ; Ola! rubio j no quieres comprar
un par de navajas de primera?-Se desprendi6 de 6ste con un
esguince y le cogi6 otro para decirle :-Aca, primo, vendo gafas
excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle ti-
rantes eldsticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas
vizcainos, superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro,
ora sonri6ndose, ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto
estudiante logr6 adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por va-
rios baratilleros mas dispuestos A la burla que a encarecer sus
baratijas, se qued6 parado y cruz6 los brazos. Por fortuna en
aquel momento le echaron de menos sus compafieros, volvieron
la cara y notaron el cerco que le habian formado. Ignorando la
causa, Leonardo que era intrepido, retrocedi6 A la carrera, pe-
netr6 por fuerza en el corrillo y sac6 A su amigo del apuro. Mas
asi que se inform6 por 6l mismo de lo que habia pasado, ri6 de
ganas y le dijo :-Te tomaron por montuno, Pancho. Tt tambi6n
tienes una figura...
-Mi figura no tiene nada que ver en el asunto, le interrum-
pi6 Pancho de mal talante; es que estos espanoles tienen mas de
judios que de caballeros.
Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco
andar desembocaron en la plazuela de la catedral. Cuando le-
gaban A los portales de la casa conocida por de Filomeno, les llam6
la atencion un grupo numeroso y compacto de pueblo que entra-
ba en la misma por el lado opuesto, es decir, por la calle de Mer-
caderes y el Boquete. La vanguardia, compuesta en su mayor
parte de gente de color, hombres, mujeres y muchachos sucios,
harapientos y descalzos. ya marchaba, ya hacia alto, y de cuando
en cuando volvia atras la cabeza, como por resorte. Entre dos
filas de soldados equipados a la ligera, pues su uniforme consistia
de chaqueta de paio azul, pantalon blanco, canana atada al cinto


120





CECILA VALDS


por delante, sombrero redondo y carabina corta, que portaban por
los tercios,--iban hasta doce mulatos y negros vestidos en traje
talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya pun-
ta larga, flotaba por detras de la cabeza, A guisa de gallardete; y
cada cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo
corto y arbol largo. Cuatro de esos ligubres hombres conducian
al hombro en silla de mano, a una al parecer criatura humana,
cuya cabeza y cuerpo desaparecian bajo los pliegues de un pano
negro (manto de estamefia), cayendo a plomo por fuera de todo
el aparato.
A un lado de este str misterioso venia un sacerdote con so-
tana negra de seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en am-
bas manos; al otro un negro bastante joven, robusto y agil.
Este vestia pantalon blanco, sombrero redondo, y chaqueta de
pano negro, en cuya espalda se le descubria una como escalera
bordada de seda amarilla. Eso indicaba su oficio y era nada me-
nos que el verdugo. Andaba a paso medido y no levantaba los
ojos del suelo. Detras venia un hombre blanco vestido de calzon
corto, medias de seda, chupa de pano, y sombrero de tres pcos, to-
dos de color negro. Este era el escribano. Inmediato A 61 marcha-
ba un military de alta graduacion indicada por los tres entorchados
de la casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con plu-
ma blanca de avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mu-
latos en el traje negro talar y caperuza blanca, ya descrito, y mas
pueblo, todos movi6ndose en solemne y silenciosa procesion, pues
no se oia otro ruido que los pasos acompasados de la tropa y la
voz gangosa del sacerdote recitando las oraciones de los mori-
bundos.
Por esta rapida descripci6n, advertirA el lector habanero, que
se trataba de un reo de muerte que conducian al patibulo, acom-
paflandole los hermanos de la Caridad y de la F6, institucion re-
ligiosa, compuesta exclusivamente de gente de color, que se ocu-
paba en asistir a los enfermos y moribundos y enterrar a los
muertos, principalmente los cadaveres de los ajusticiados. Es
bien sabido que la justicia espaflola lleva su safla hasta las puer-
tas del sepulcro, y he ahi la necesidad de la institucion religiosa
dicha, que se encarga de recoger el cadaver del criminal y de
darle sepultura, en vez de los parientes y amigos, privados de esos
oficios por la ley 6 la costumbre.
La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en la
Habana al menos, era un piquete de la c6lebre partida de Armo-


121




122 CIRILO VILLAVERDE

na, especie de guardia civil, establecida por Vives, que desempe-
flaba el papel de la policia de otras partes: el militar de alta gra-
duacion, el mayor de la plaza, A la sazon coronel Molina, despues
castellano del Morro, en cuyo empleo muri6, cargado con el odio
de aquellos A quienes habia oprimido y explotado mientras desem-
pefi6 el primero de estos cargos: el individuo que conducian al
suplicio de la manera referida, no era hombre, sino mujer y blan-
ca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en la Habana.











CAPITULO IX.


...Esta es la Justicia
Oue facer el Rey ordena...
EL lrnouu n Rms.-D. Alvaro de Luna.

Contarse merece siquiera sea brevemente, la historia de la mu-
jer, cuyo delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con
un pobre campesino, vivia en los arrabales de la pequefia pobla-
cion del Mariel, no sabemos cuanto tiempo hacia, ni hace mucho
al caso tampoco. Pero sin ser j6ven ni hermosa, contrajo ella re-
laciones ilicitas con un hombre soltero del mismo pueblo. S6ase
que el marido averiguara lo que pasaba y amenazara tomar ven-
ganza, sease que los amantes quisieran librarse de aquel estorbo,
el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y conseguido
esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron de
ocultar las huellas del crimen, descuartizando el cadAver y arro-
jando A un rio inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en
un saco. Tales fueron los hechos principales dilucidados en la
causa.
Ahora bien, Lqu6 papel desempen6 la mujer en el horrible dra-
ma? Eso no se puso en claro. En su defensa despleg6 tan des-
interesada como rara elocuencia el j6ven y brillante abogado Ana-
cleto Bermudez, que acababa de Ilegar de Espana, en cuyos con-
sejos se habia recibido de abogado ( hizo en esa causa su estreno
como habil criminalista. El hecho era atroz, sin embargo, y la
criminalidad de la mujer qued6 probada, pues si no habia herido
con su propia mano, habia tomado parte principal en el asesinato
y en la ocultacion del cadaver. Se hizo por tanto necesaria su con-
denacion A nltimo suplicio. aunque este fuese el de horca; pues
que entonces solo se aplicaba el del garrote A la gente noble, suce-
so todavia mas raro en Cuba que el de ejecutar A una mujer
blanca.
La pena de muerte en horca, en los dominos espafioles, era,
si cabe, mas terrible que la del garrote, introducida 6 generalizada,
algun tiempo despues de aquel A que nos referimos ahora. El
verdugo asi que ataba dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba





CIRILO VILLAVERDE


desde lo alto de la escalera, se le montaba a horcajadas en los
hombros y con los calcafiales le golpeaba el estomago, para apre-
surar su fin; deslizandose por los pies del ajusticiado, cuyo cadA-
ver, dentro de un traje talar, quedaba meciendose al aire libre
por ocho horas, 4 dos varas del suelo. Semejante espectaculo no
debia presentarse en la Habana con una mujer blanca, por vulgar
que ella fuese n horrible su delito.
En tal situacion y cuando hubo fallado el recurso de una su-
puesta prefiez, Bermudez solicit y obtuvo como gracia especial
que se la hiciera morir en garrote. Recordara el lector, que site
u ocho afnos despues de aquel a que nos contraemos ahora, se abo-
li6 el suplicio de horca en Cuba, y que hallandose la circel en el
angulo occidental del edificio conocido por la Casa de Gobierno,
donde funcionaba asi mismo el ayuntamiento con todas sus de-
pendencias, donde residia el capitan general con las suyas, y exis-
tian las escribanias pablicas,-tenia el reo que recorrer una lar-
ga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin a su vida en el
campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la calle de
Mercaderes pasaba A la plazuela de la catedral, torcia luego 4 la
de San Ignacio, luego A la de Chacon, luego A la de Cuba, en se-
guida por la orilla de la muralla A pasar por debajo de la puerta
abovedada y oscura llamada de la Punta, en que habia cuerpo de
guardia y daba salida a los cadaveres de la ciudad, que llevaban
a enterrar en el cementerio general.
Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podia distinguir
el reo A lo lejos, frente al arrecife de la costa, contra la cual se rom-
pian las olas del mar en menudos copos de brillante espuma,-la
maquina terrible, horca, garrote 6 banquillo en que habia de tener
fin su vida. Para los de Animo apocado, la muerte con todos sus
horrores era fuerza que se les presentase mucho antes de reci-
birla. Por suerte, la mujer de que ahora hablamos, desde el mo-
mento que la metieron en capilla, perdi6 las fuerzas y con ellas la
conciencia de su horrible situacion, siendo preciso, como se ha
visto, que la condujeran al lugar del suplicio en silla de mano,
sentarla A brazos en el banco del garrote, y, muerta ya, dislocarle
la vertebra del cuello, para sofocar en su pecho el ultimo soplo
de vida.
Cinco 6 seis anos despues de los sucesos que acaban de referir-
se habia cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta.
Al yermo desolado y polvoroso que limitaban al oeste las prime-
ras casas de madera de la barriada de San Lazaro: por el sur


124





CECILIA VALDtS


rimeros de tablas y alfardas importadas de los Estados Unidos del
Norte de America, por el norte la mar y el castillo de la Punta,
que asomaba sus enanas almenas detras de apinadas calderas f&-
rreas de Carron para la elaboration del azfcar,-sucedi6 un edi-
ficio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por el capitan
general D. Miguel Tacon, para carcel pdblica, dep6sito presidial
y cuartel de infanteria.
El espacio descubierto que qued6 al lado setentrional de ese
edificio, todavia se obstruy6 mas con la construction de unos co-
bertizos de madera, para abrigo de una parte del presidio, emplea-
da en picar piedra menuda a martillo, con destino al empedrado
de las calles de la ciudad segun el sistema de Mc Adams. Pero
de todos modos, asi qued6 separada la prision de la casa de go-
bierno, los presos pasaron A un edificio, aunque defectuoso en mu-
chos respectos, fabricado expresamente para su desahogo y se-
guridad, hubo mas conveniente separation de sexos y de delitos,
y en especial, se redujo a la tercera parte la via crucis de los infeli-
ces reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos
de la carcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las
ejecuciones capitales. De alli y de la Punta, A la parte opuesta,
salieron A recibir la muerte del patriota y del heroe, anos adelan-
te, Montes de Oca y el joven Facciolo; el general L6pez y el espa-
iol Pint6; el bravo Estrampes; y en nuestros dias. Medina y
Leon y los inocentes estudiantes de la universidad de la Habana.
Incorporironse los tres amigos a la lngubre procesion y la
acompafiaron por el costado de la catedral hasta la puerta del
Seminario, edificio que se extiende por el fondo de ella y da sobre
el puerto. No habian abierto aun la entrada A las aulas y el golpe
como de doscientos estudiantes de derecho, filosofia y latin, la flor
de la juventud cubans, se dilataba desde las gradas de piedra de
la porteria hasta el cuartel de San Telmo por un lado, y por el
otro largo trecho hAcia las boca calles del Tejadillo v de San Ig-
nacio, A causa de la estrechura de la via. Por un movimiento es-
pontAneo, la muchedumbre estudiantil se dividi6 en dos filas, dan-
do paso franco por medio de la calle a la extrafia comitiva, a ila
cual precedia un rumor sordo como de enjambre de abejas que
busca donde posarse.
Hizo alto por un moment ante la puerta del seminario, para
dar tiempo A que cuatro hermanos de la Caridad y de la F6, rele-
vasen A los que portaban la silla de mano desde la circel. La
figura entre tanto no cambi6 de position ni hizo el menor movi-


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CIRILO VILLAVERDE


miento; pero aunque los pliegues del manto negro ocultaban por
complete sus facciones, su nombre y la historia de su crimen co-
rrieron de boca en boca entre todos los estudiantes.
-Nadie diria que levan ahi A una mujer; dijo un estudiante
de latin.
-En efecto, mas parece la estatua de una llorona, que ssr vi-
viente; agreg6 otro.
-El remordimiento la agobia; dijo un tercero. Por eso dobla
la cabeza sobre el pecho.
-Ya, exclam6 un estudiante alto, de aspecto amulatado, el caso
no es para menos. Ahora supongo yo que esth horrorizada de su
propio crimen.
Pero estA probado, como la luz del medio dia, segun reza
la ley de Partida, pregunt6 nuestro conocido Pancho, que Panchita
mat6 A su marido?
-Tan cierto es que lo mat6 que le van A dar garrote; volvi6
A observar el estudiante amulatado con cierta sonrisa de desden.
Por mas senas que despues de muerto, le hizo tasajo (74) y co-
si6ndole en un saco de heniquen (75) le arroj6 al rio, para past
de los peces.
Todo eso no constituia un argumento de la criminalidad de
Panchita Tapia, y su tocayo iba A replicar, cuando otro estudiante
se interpuso diciendo en voz campanuda y acento espanol:
-Por un tris (76) hace la chica con su consorte lo que dispone
la ley de Partida que se haga con el parricida. Solo falt6 que el
saco fuera de cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al ex-
terior y que hubiese puesto en el interior un gallo, una vIbora y
un mono, animales que no conocen padre ni madre.
-La ley de las Doce Tablas, se apresur6 A decir Pancho al-
zando la voz y empinandose un tanto, contento de poder corregir-
le la plana al estudiante espanolado,-copiada pedem litter (77)
en las Partidas, que mand6 compilar D. Alfonso el Sabio,-no ha-
bla de gallo, sino de perro, vibora y mono, y no porque estos ani-
males conozcan 6 desconozean padre 6 madre, sino simplemente
para entregar el criminal a su furor. El c6digo Alfonsino consi-
dera parricida aun A la mujer que mata A su marido. La prActica
hoy dia es arrastrar al reo en un seron atado A la cola de un

(74) le hizo tasajo... le hizo pedazos.
(75) heniquen... henequ4n.
(76) por un Iris... por poco...
(77) copinda pedem litteroe... copiada al pie de Ia letra.


126





CECILIA VALDs 1


caballo hasta el pi6 del patibulo. De suerte, que si no arrastran A
Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razon es por-
que no lo consienten nuestras costumbres. He dicho.
Con esto Pancho se alej6 prontamente de aquel grupo, cosa
de no dar tiempo a una replica de parte del estudiante espafiolado.
Pero 6ste se content6 con decir, viendole alejarse:
-Se conoce que el chico ha estudiado la leccion.
En aquel mismo punto, se abrieron las ponderosas hojas de
cedro de la puerta del Seminario, mas conocido entonces bajo el
nombre de colegio de San Carlos. El gran patio lo constituian
cuatro corredores anchos de columnas de piedra, formando un
cuadrado. En el centro habia una fuente y por todo el derredor
naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto a la entrada prin-
cipal, a la izquierda, habia una escalera de piedra, que conducia
A los claustros de los profesores; A la derecha, una reja que sepa-
raba el corredor de un callejon oscuro y hnmedo, por el cual se
penetraba en un salon lateral, largo y sucio, separado de las aguas
del puerto por un jardin 6 huerto de tapias elevadas. Hacia ally
daban unas cuatro ventanillas altas por donde entraba la nnica
Juz que a media alumbraba el salon. Contra la pared de enfren-
te, en el centro, se apoyaba (78) una mala catedra y A ambos lados
de ella habia muchos bancos de madera, rudos, fuertes y de ele-
vado respaldo, colocados trasversalmente.
Ahi se ensefiaba filosofia; ahi ensefi6 por la primera vez esta
ciencia A la juventud cubana, el ilustre padre F6lix Varela, quien
para ello redact6 un texto, apartandose enteramente del aristot-
lico, ninico seguido en Cuba hasta entonces desde la fundacion de
la universidad de la Habana en 1714, en el convento de Santo Do-
mingo. Cuando despues en 1821 el padre Varela march6 de re-
presentante a las cortes espafiolas, qued6 sustituyendole en la mis-
ma cAtedra, el mas aventajado de sus discipulos-Jose Antonio
Saco, y en los momentos de nuestra historia, la desempefiaba el
abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el Norte de
America del propietario y expatriacion de su virtuoso fundador.
En el Angulo de la izquierda habia otro salon, con entrada di-
rectamente del corredor, donde ensefiaba latin el padre Plumas.
Luego, ocupando casi todo el otro lado estaba el refectorio de los
seminaristas y de algunos profesores que residian permanente-
mente en el mismo edificio, y a la izquierda de la entrada principal


(78) Errata corregida. A poyaba en vez de opoyaba.


127





CIRILO VILLAVERDE


estaba la ancha escalinata, dando acceso A los corredores del piso
alto. Por 6sta subian los estudiantes de derecho, no seminaristas:
mientras los de filosofia v latin entraban en los salons respec-
tivos, ya mencionados, por las puertas al ras del patio.
En la manana del dia que vamos refiriendo, cuando los estu-
diantes de derecho ponian el pie en el primer 'escalon de la es-
calinata, se detuvieron en masa, como reparasen en un grupo de
trees sugetos en animada conversation, cerca de ali, bajo el co-
rredor. El que llevaba la palabra podia tener de 28 A 30 afios de
edad. Era de mediana estatura, de rostro blanco, con la color
bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca grande de labios
gruesos y cabello castafno y lacio. aunque copioso. Habia cierta
reserva en su aspecto y vestia elegantemente A la inglesa. El
otro de los tres personajes, se podia decir el reverso de la medalla
del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello
corto, cabello crespo y muy negro; los ojos grandes y saltones, el
labio inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y
mal puestos,-agregaba un color de tabaco de hoja, que hacia du-
dar mucho de la pureza de su sangre. El tercero diferia en di-
verso sentido de los dos mencionados. siendo mas delgado que
ellos, de mas edad, de color pAlido y aspecto muy amable y de-
licado. Este era el catedrhtico de filosofia-Francisco Javier de
la Cruz: el anterior Jos6 Agustin Govintes, distinguido juriscon-
sulto, que regentaba la cAtedra de derecho patrio; y el primero
nombrado Jos6 Antonio Saco, recien legado del Norte de Ame-
rica.
Precedia a 6ste la fama de sus escritos en el MENSAJERO SEMA-
NAL, que publicaba en Nueva York, segun decian, con la coope-
racion del muy amado padre Varela, principalmente los que ver-
saban a cerca de los sucesos y eminentes personajes de la revo-
lucion de Mexico y de Colombia. Sobre todo, acababa de leerse
en la Habana. produciendo un vivo entusiasmo, su pol6mica cri-
tico-politica, con el encargado del Jardin BotAnico D. Ramon de
La Sagra.-en defensa del poeta matancero Jos6 Maria Heredia.
De resultas de eso, los jdvenes cubanos, que ya se daban A la
political (79), comenz6 A alejarse de la clase de botAnica que pre-
tendia ensefiar La Sagra, burlAndose de el A medida que admira-
ba A Saco. A quien tenia por un insurgente decidido, con cuya opi-

(79) Villaverde corrige la frase en la fe de erratas: De sus results.
la juventud habanera, que ya se daba a la politica...


128





CECILIA VALDtS


nion, cosa singular, concurria de plano el gobierno de la colonia.
Alguno de los estudiantes de derecho le reconoci6 desde luego,
por haber estudiado filosofia con 61 en 1823 y murmur6 su nom-
bre, Lo que fu bastante para que se pararan 6 hicieran una excla-
macion mas bien de curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de
atraer la atencion de Govhntes, el cual por sefias orden6 A sus dis-
cipulos, que subieran al salon de clase, A donde 61 los seguiria
en breve.
All en efecto se encaminaron de tropel y entraron en el salon
con gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su c6lebre
himno El Desterrado y su no menos famosa oda al Nidgara, inclu-
sa en la coleccion de sus poesfas impresa en Toluca, M6xico; de
las lecciones de botfnica de La Sagra, y de los heroes de la revo-
lucion de Colombia, aunque entonces imperfectamente conocidos
por la juventud habanera. Cuando poco despues entr6 Govintes
A paso tardo, con un libro debajo del brazo y el semblante risuefio
y animado, callaron de golpe los estudiantes y rein6 alli complete
silencio. Ascendi6 los tres 6 cuatro escalones de la cAtedra, puso
el libro en el ancho pretil y se sent6 en la silla de paja A mano
constantemente.
No era el salon de la clase de derecho solo el mas amplio y
extenso del seminario, sino tambien el mejor situado bajo todos
conceptos. Tenia la entrada por un extreme, con cuatro ventanas
anchas abiertas al corredor, y otras tantas al puerto de la Habana,
que daban luz y aire, dejando ver los baluartes de la ciudadela de
la Cabana y parte de los del Morro. Apoyada en la pared media-
nera entre las ventanas centrales, se elevaba la citedra, en frente
habia dos 6rdenes de bancos paralelos y a entrambos lados otros
muchos colocados trasversalmente, de modo que el catedritico,
desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no obstante su
extension. Probablemente habria alli congregados, hasta 150 es-
tudiantes de varies cursos.
Los que habian estudiado la leccion y creian poder explicarla
con alguna claridad, presentaban el cuerpo y seguian los movi-
mientos del catedrftico. Los que no habian abierto siquiera el
libro de texto, por el contrario, no sabian donde esconder la cara.
ni c6mo encogerse. En este caso se hallaba nuestro conocido Leo-
nardo Gamboa, segun el mismo lo habia dicho a sus amigos Me-
neses y Pancho Solfa. Como por su talla y su carActer no le fuera
ficil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la cAtedra. sino A
los costados y eso en los dltimos bancos. El dia que vamos na-


9


129





CIRILO VILLAVERDE


rrando, ocup6 el asiento de la cabeza en el rincon, desalojando para
ello A su amigo Solfa. Despues de recorrer Govintes con la vista
toda la clase, se dirigi6 a un estudiante de su derecha, A quien
llam6 por el apellido de Martiartu, el espaiolado antes dicho, y le
orden6 explicara la leccion, cosa que hizo con facilidad y aun lu-
cidez. Luego orden6 hiciera Lo mismo al amulatado, que llam6
Mena; en seguida A otro de apellido Arredondo, el cual ocupaba
puesto frente A frente de la cAtedra. Cuando Este hubo conclui-
do la explicacion mas 6 menos textual, GovAntes volvi6 los ojos
a su izquierda, los pas6 por encima de Leonardo,-el cual de gol-
pe baj6 la cabeza con achaque de recoger el pafluelo dejado caer
de intento,-y los detuvo en el j6ven que se sentaba en la otra ca-
becera del mismo banco. No se sabia Este la leccion y se qued6
callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor dijo:-El
otro; con id6ntico resultado. Salt6 en seguida al cuarto, luego
al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres 6
cuatro por medio, dijo A Gamboa :-Usted. Disimul6 61 cuanto
pudo, hizo como que no habia oido, ni entendido, mas su amigo
Pancho le llam6 la atencion, y entonces medio mohino, medio co-
rrido, se puso en pi6, y dijo:
-Maldito si he estudiado la leccion.
Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa,
sin inmutarse, continu6:
-Mas, por Io que han dicho los senores que me han precedido
en el uso de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de
que hoy se trata es de los mas importantes y creo que no se me
olvidarAn los punts principales, para el caso de su aplicacion en
nuestro foro.
Con esto se sent6 de pronto, pegando al mismo tiempo un pun-
tazo con el dedo indice al sufrido Pancho por el costado, quien ya
del dolor, ya de las cosquillas que le produjo, no pudo menos de
dar un salto en el asiento. Su discurso, lo mismo que su action,
por inesperados, causaron una explosion de risa, de que, no obs-
tante su seriedad, particip6 el mismo GovAntes; quien, sin mas
dilacion, comenz6 la explicacion del texto, que versaba, como va
dicho, sobre el derecho de las personas. Defini6 primero lo que
se entendia por persona, segun el derecho romano; luego por es-
tado, que dijo se dividia en natural y civil, y que este 6ltimo po-
dia ser de tres maneras, A saber : -de libertad, de naturaleza y de
familia. Y entr6 de leno en lo que podia denominarse historic
de Ia esclavitud, pinthndola no ciertamente en sus relaciones con


130





CECILIA VALDtS 131

la sociedad antigua 6 moderna, sino con el derecho romano, el
de ]os godos y el patriot; porque si bien reinaba bastante libertad
de ensefianza entonces en Cuba, las ideas abolicionistas no habian
empezado a propagarse en ella.
Govantes en aquel dia, como solia, estuvo inspirado, elocuen-
te, dando muestras repetidas de su vasta erudici6n; en lo cual
sin duda no habia tenido pequefia parte su reciente entrevista con
Saco, el traductor y anotador de las Recitaciones de Heinnecio,
de texto en el colegio de San Carlos, desde el afto anterior de 1829.
Al ponerse 61 de pie, pues habia sonado la hora de las nueve, los
estudiantes imitaron su ejemplo, prorrumpiendo en estrepitosos
aplausos.










CAPITULO X.


EngaS6 al mezquino
Much hermosura ;
Falt6 la ventura,
Sobr6 el desatino;
Urrado el camino
No pudo volver
El que por amores
Se dej6 prender.
h. HURTRADO Ds 31NDOZA.

Deciamos que los estudiantes de derecho patrio, imitaron el
ejemplo de su profesor poniendose todos de pie. Pero aunque
ganosos de salir del aula, segun es de suponerse, permanecieron
en sus puestos respectivos, hasta que aquel descendi6 de la cA-
tedra y se dirigi6 a la puerta de salida, cabeza baja y el libro de
texto debajo del brazo: entonces desfilaron en dos columnas tras
ei. en respetuoso silencio.
Los pocos que le acompanaron hasta la puerta de su celda, al
fondo de la galeria, fueron los seminaristas, pupils del colegio,
los cuales se distinguian por la ropa talar de estamefia color pardo
que vestian y que les daba la apariencia de monacillos: si bien es
seguro que ninguno de ellos seguiria la carrera eclesiastica.
Los otros estudiantes, no seminaristas, en el namero ya dicho,
luego que se alej6 el catedratico, deshicieron la formation que
traian, se precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel
bajaron al corredor, y en el mismo desdrden salieron a la calle,
-cual si los. hubiera vomitado de un golpe la amplia porteria del
colegio de San Carlos.
Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciu-
dad. Un grupo bastante numeroso tom6 la vuelta del cuartel de
San Telmo. en que termina la calle de San Ignacio, torci6 A la de
Chacon. en seguida a ]a de Cuba y en fin, por la de Cuarteles se
encamin6 A la Loma del Angel, que era su destino. En este gru-
po estudiantil, marchando con gran algazara, bien podia notar el
curioso lector de anteriores paginas, A los tres constantes amigos
Gamboa. Meneses v Solfa. El primero de 6stos sin duda capita-
neaba A los demas, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano
derecha a guisa de baston de tambor mayor, la cana de Indias con





CECILIA VALD*8


13


pufno de oro y regaton de plata. A medida que se acercaban a la
iglesia del Santo Angel Custodio, que, como sabe el lector haba-
nero, se halla sentada (80) en la planicie de la Pefiapobre, se es-
trechaba mas la via, a causa del declive y del golpe de gentes de
ambos sexos, de todos colores y condiciones que llevaban la mis-
ma direction.
Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigian A la igle-
sia, iban en quitrines, los cuales entonces empezaban A generali-
zarse y a substituir A las volantes 6 calesas que venian usandose
desde fines del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres seflo-
ras sentadas en el nico asiento 6 de testera de esos carruajes, las
mayores A los lados, recostadas muellemente, la mas jdven en me-
dio y erguida siempre, porque nuestros quitrines ni nuestras vo-
lantes se construyen en realidad para tres personas sino para dos.
Aunque pasadas las nueve de la mahana, no calentaba demasia-
do el sol, a causa de Io adelantado de la estacion; por eso esi todos
los quitrines levaban el fuelle caido, mostrando A toda su luz la
preciosa carga de mujeres j6venes en su mayor parte, vestidas
de blanco, 6 colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra de sus
cabellos sujeta con el peine de carey, llamado peineta de teja, y
los hombros y brazos descubiertos.
Las mujeres blancas, que iban A pie, por aquellas calles pe-
dregosas sin aceras, de seguro se dirigian a la iglesia; Io que podia
advertirse por el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de
color de ambos sexos, en doble namero que la blanca, iba toda A
pi6, parte tambien A la iglesia, parte paseando 6 vendiendo tor-
tillas de maiz en tableros de cedro, que era uno de los motivos de
la fiesta. Las que se hallaban arrimadas A una A otra pared de la
calle, eran por lo comun negras de Africa, pues las criollas desde-
fiaban la ocupacion, sentadas en silas enanas de cuero, con una
mesita por delante y el buren en el brasero A un lado. En la tal
losa (81) de piedra oscura tendian con una cuchara de madera la
portion de harina de maiz mojada que constituia una torta de tres
6 cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del
buren, le esparcian (82) por encima un poco de manteca de vacas
y asi calientita y jugosa,-la ofrecian de venta al transeunte a
razon de medio de plata el par. Muchas sefioritas no tenian a

(80) sentada... asentada.
(81) Villaverde corrige la errata. Losa en vez de loza.
(82) Errata corregida. Esparelan en vez de erparcian.





CULO VILA VERDE


menos parar el carruaje y comprar las tortillas de San Rafael, se-
gun las denominaban, calientes todavia del indiano buren; pues
por lo que parece, era como sabian mejor.
La ocasion de todo aquel bullicio y movimiento, era la fiesta
de San Rafael, que cae el 24 de Octubre, cuya celebracion se ha-
bia principiado, segun ya indicamos, nueve dias antes. En cada
uno de ellos se decia misa rezada (83) en las primeras horas de
la manana, misa mayor y sermon de diez A doce y salve A la hora
de vispera. Durante la novena 6 circular, se mantenia de mani-
fiesto el Santisimo sacramento, y con tal motive la iglesia nunca
se veia desocupada de los fieles que acudian de todas partes del
barrio A ganar indulgencia plenaria.
Como hemos dicho anteriormente, la pequefia iglesia del Santo
Angel Custodio, se halla asentada en la planicie estrecha de la
Pefiapobre, especie de arrecife de poca extension, aunque bastan-
te elevado respecto al plano general de la ciudad. Para subir A
ella habia y hay ahora, dos escalinatas de piedra oscura y tosca.
con repechos de Lo mismo, una que arranca del fondo de la calle
de los Cuarteles, la otra que desciende A la de Compostela, siendo
6sta la mas larga y pendiente.
En llegando a 1o alto de la meseta, que tambien tiene repecho
de piedra, se esta en el piso del templo, cuya nica nave, en los
dias de funcion, como de la que ahora se trata, se descubre toda
entera,-el altar mayor al fondo, retablo de madera de dos cuer-
pos,-mas allA de las dos puertas laterales, casi oculto tras el bos-
que de cirios blancos, candelabros dorados y plateados, macetas
de flores artificiales y gran profusion de relumbrantes cartulinas.
A izquierda y derecha se veian dos retablos de menos adornos, en
el promedio de la puerta principal y las laterales, y en la media
naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se veneraba
algun santo, por Ta regular de madera de talla, encerrado en un
nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al des-
nudo el maderimen de la armadura que estaba cubierta de tejas
coloradas y encima del arco toral, dentro del que habia un peque-
no coro, se levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres
cuerpos en disminucion ascendente. Hhcia el oeste, detras del
cuerpo de la iglesia, se hallaba la sacristia, la habitacion del cura
en seguida, y otra escalera de piedra, menos espaciosa que las del
frente, que daba salida A la calle del Ejido; especie de callejon


(83) Errata corregida. Rezada en vez de resada.


134





CECILIA VALDS


hondo, torcido y desigual que corre a Io largo de las paredes de
las casas y los baluartes que circundaban la ciudad por la parte
de tierra. El patio, por el frente, tiene un malecon de mampos-
teria (84), al modo de muro de azotea. Pues en ese malecon, en
la manana del dia que vamos refiriendo, el segundo 6 tercero de
la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenian
en levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de pie-
dra, algo que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo
ya plantado el asta bandera y casi concluido la obra principal.
Los estudiantes se habian apoderado de todo el repecho de
las escalinatas y meseta, Leonardo Gamboa en lo mas alto, con su
caia al hombro dirigiendo la maniobra, y no subia por estas per-
sona alguna, ni pasaba por la calle mujer especialmente, en ca-
rruaje 6 A pie, sin que tuvieran ellos algo que decirle y aun ha-
cerle. El mas conspicuo por su voz, por el puesto que ocupaba
y por su aventajada talla, era Gamboa, prodigando sin cesar dichos
y requiebros, sobre todo a las muchachas bonitas, con sobra de
galanteria y lastimosa falta de buena crianza. Elas, sin embargo,
ya por el habito de oirlos desde la cuna, ya porque siempre hala-
ga la celebracion, no se daban por ofendidas, antes estas se son-
reian, aquellas con el abanico entreabierto hacian un saludo gra-
cioso a los conocidos 6 amigos y no faltaban quienes correspon-
dian A una pulla con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.
Habia Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla A uno de sus
compaieros y teniendole en la mano izquierda, Io brindaba a la
j6ven que mejor le parecia, sin Animo de dArsele A ninguna, ni
probarlo 61, hasta que de tres que iban en un quitrin, crey6 re-
conocer la que ocupaba el lado opuesto, por cuya razon, en vez
de hacerle el mismo ofrecimiento que A las demas, baj6 la mano
de pronto y trat6 de ocultarse tras el repecho de la meseta. La
j6ven le habia visto y reconocido desde luego, solo que lejos de
sonreirse, como es natural cuando se divisa A un amigo entre mul-
titud de gentes extraias, se puso mas seria y pilida de lo que era,
aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente
del estudiante, asomados A pesar suyo por encima del borde del
muro de piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movi-
miento involuntario, le ech6 garra por un brazo a su amigo Me-
neses, y de modo le apret6, que este no pudo menos de quejarse y
preguntarle:

(84) Errata corregida. Mamposteria en vez de manposteria.


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CIRILO VILLAVERDE


-ZQu6 sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me
desprendes el brazo.
-Z No la conociste? repuso Leonardo enderezhndose poco a
poco.
A quin? Que dices?
-A la muchacha aquella del quitrin azul que va sentada A
la parte opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. To-
davia mira hAcia acd. De seguro me ha reconocido. Y ;yo que
la hacia a muchas leguas de distancia! ZSi creera que todavia
duran los aguinaldos de pascuas?
-No s6 aun de quien hablas.
-De Isabel Ilincheta, hombre. z No la conociste? Bien que
te gustaba su hermana Rosa.
-AcabAramos. No la conoci, en efecto. Me pareci6 muy del-
gada y trigueia, ally era la mas linda del partido.
-Todas las muchachas, cuando van para tias se ponen delgadas
y palidecen, y lo que es Isabel tiene razon para ambas cosas, pues
cuenta mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.
-Todavia te casas to con ella el dia menos pensado.
-ZYo? primero con una escopeta (85). La chica me gusta, no
lo niego; pero mas me gustaba all, en medio de las flores y del
aire embalsamado, a la sombra de los naranjos y de las plumas,
en aquellas guardarayas y jardines del cafetal de su padre. Y
luego, es una bailadora... de primera. No menos que tu Rosa.
-Deja tranquila a Rosa y volvamos A tu Isabel. Estaba Lo
que se llama enamorada de ti. La pobre, no te conoce a lo que
entiendo: por que si vale decir verdad, eres el mas inconstante
y voluble de los hombres.
-Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me peno
por una muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice
que si, aunque sea mas linda que Maria Santisima, se me caen a
los pi6s las alas del corazon. Desde Mayo no le escribo. zQu6
pensard de mi? Y es que estas muchachas criadas en el campo
son tan empalagosas con su querer... Se figuran que nosotros los
mozos de la Habana somos todo cera y miel.
--D6nde pararA ella?
-De seguro en casa de las Gamez, sus primas, detras del con-
vento de las monjas Teresas.

(85) Se entiende la expresi6n si se entiende el juego de palabras:
cazar y casar pronunciadas con la s.


136






CECILIA VALDES


-Z Esperas tropezar ahi con Rosa? Cuando no estaba en el
quitrin con Isabel, es claro que no ha venido del campo. En
cuanto A mi, te juro que no deseo y temo encontrarme cara A cara
con Isabel. Estara ella hecha un modern virago conmigo. No
es mujer a quien se puede ofender impunemente.
-Razon tiene sobrada para estar enojada contigo y en con-
ciencia debes hacer por aplacar su enojo...
-Conciencia, conciencia, repiti6 Leonardo en tono desdenoso.
ZQui6n la tuvo jamas en tratAndose de mujeres?
-iHombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.
Esta fltima observation la hizo Pancho Solfa, que habia estado
oyendo el breve diAlogo de los dos amigos. Leonardo le mir6 de
alto A bajo, no por desprecio, sino porque le sacaba el menos dos
palmos de ventaja en estatura, y le dijo serio:
-Ti vas A parar en fraile capuchino. Luego, volviendose con
viveza para Meneses, anadi6: Esa muchacha va a trastornar to-
dos mis planes.
-No lo comprendo, dijo Meneses.
-Ya lo verAs, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosi-
gui6 hablando con los que le seguian desde el colegio, vAmonos,
que ya esto fastidia.
Conocidamente Leonardo se habia puesto de mal humor, algo
le contrariaba el Animo y 61 no era hombre para sobrellevar es-
torbos; pero apenas baj6 A la calle por el lado de la de Compos-
tela, y se vi6 una vez mas en medio del bullicio popular, cuando
volvi6 a su s6r natural y a las vivezas de su caracter. En efecto,
al legar A las Cinco esquinas, alcanz6 un caballero de mediana
edad, que llevaba la misma direction que los estudiantes; Leo-
nardo le pas6 los brazos por debajo de los suyos, le cubri6 los ojos
con ambas manos y le dijo variando el acento :-Adivina quien soy.
En vano el desconocido trat6 de desasirse de las garras del es-
tudiante, en la persuasion quizas de que el objeto de aquella vio-
lencia era robarle a la claridad del dia y a la vista del pueblo. Pero
Leonardo, luego que se le reunieron los companeros y multitud
de curiosos, solt6 al hombre y con el sombrero en la mano y la
cabeza inclinada, en seal de respeto y arrepentimiento, le dijo:
-Pido A V. mil perdones, caballero. He sufrido una equivoca-
cion lamentable; pero V. tiene la culpa, porque se parece a mi
tio Antonio como un huevo A otro huevo.
Los estudiantes soltaron la carcajada, por Io mismo que el
caballero desconocido, comprendiendo la burla, estall6 en expre-


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CIRILO VILLAVERDE


siones de mal humor y de enojo contra la juventud mal criada C
insolente de la 4poca. Aquella ridicula escena pas6 con mas ra-
pidez de lo que hemos acertado a pintarla, y como para hacer
contraste con ella, no bien pas6 Leonardo la calle de Chacon,-me-
ti6 la punta de su cafla de Indias en una rolliza tortilla de maiz,
que empezaba 4 dorarse al calor del buren de una negra mas ro-
lliza todavia y casi desnuda, arrimada 4 la pared de la esquina,
v rodeada de sus cachivaches,-y la levant6 en el aire. Hizo la
tortillera una exclamaci6n de angustia y al enderezarse en el ena-
no asiento, como-era tan gorda y pesada, ech6 a rodar la mesita
que tenia delante, donde habia otras tortillas ya cocidas, con lo
cual se aument6 su disgusto y se menudearon sus gritos. Todos
rieron de la ocurrencia, menos Diego Meneses, quien, por uno
de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen corazon, sac6
del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los arroj6 al pecho
abultado de la negra, y acert6 A depositarselos en el seno, no obs-
tante el bajo escote del cuerpo de su escasisimo traje.
Si con esto se le pas6 el enojo 6 cesaron sus lamentos, los
estudiantes no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, la calle
del Tejadillo corta la de Compostela en angulo recto y luego se
encuentra la del Empedrado, dicha asi por haber sido la primera
en que se empez6 a ensayar el sistema de pavimento de las calles
de la Habana con chinas rodadas y arroyo en medio (86). Por ella
torci6 Leonardo 4 la derecha, despues de saludar A sus compafieros
y decir a sus intimos amigos Meneses y Solfa que podian, si que-
rian, esperarle en la plazoleta inmediata de Santa Catalina, donde
se reuniria con ellos dentro de un cuarto de hora. Pero siendo
ya la de almorzar, segun la costumbre de Cuba, ellos prefirieron
continuar 4 sus casas respectivas, y asi se separaron de Leonardo
hasta la noche en la feria del Santo Angel Custodio.
Una vez solo el estudiante de derecho, cambi6 de paso y de
aspecto repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho mas
de lo que cabia esperar en un carActer tan alegre y vivaz. Era
que le preocupaba demasiado la aparicion en la Habana y en la
feria, de la jdven de Alquizar A quien denomin6 Isabel Ilincheta.
No obstante que lo negase, estaba enamorado de ella, y recelaba,
que su repentina llegada, diese ocasion A revelaciones desagrada-
bles, sobre todo, al descubrimiento de sus veleidades, que, por
(86) Quiere decir que el desagile era por el medio de la calle y no
lateral.


138





CECILIA VALDtS


pervertido que tuviese el sentimiento de la decencia, no podian
hacerle honor, ni dejar de sacarle los colores i la cara. Varias
veces se detuvo y peg6 con la punta del baston en las angostas
losas de la acera; de cuyo lujo gozaba entonces entre otras pocas,
la calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse flue-
tuaba grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era
la direction de su casa. Di6, al fin, un golpe mas recio que los
demas con la caia, se la ech6 al hombro, como solia y apresur6 el
paso, murmurando: i Qu6 diablos! A Lo hecho, pecho. Todo
esto, para confirmarse en la resolution tomada.
A poco andar se encontr6 en la esquina de la calle del Agua-
cate, y arrimado A las alterosas paredes del convento de Santa
Catalina, no hizo alto hasta cerca de la esquina en que la calle de
O'Reilly corta la que levaba a la sazon. Alli, dirigi6 una mirada
oblicua a la ventanilla cuadrada y alta de una casucha en la acera
opuesta, inmediata a la esquina. Dicha casucha la hemos des-
crito minuciosamente al final del capitulo II de esta veridica his-
toria. Las hojas de la ventanilla se hallaban entornadas y por
entre los balaustres de cedro, se veian los pliegues de una cortini-
lla de muselina blanca, la cual se agitaba ligeramente entonces,
ya i causa del airecillo de la manana, ya de los movimientos de
alguna persona que estuviese detras. En la misma disposition,
aunque inversa, se veia la desvencijada puerta: la media bala
de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedia que se
cerrase del todo.
Que habia una persona apostada entre la hoja entornada de la
ventanilla y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque ap6-
nas Leonardo cruz6 y puso la mano derecha en el hueco que
dejaba en el marco un balaustre caido, cuando se asom6 la cara
mas linda de mujer, que quizas existia en aquel tiempo en la Ha-
bana. A su vista, aunque los ojos de la mulata despedian rayos
y no de amor sino de c6lera, qued6 completamente subyugado
Leonardo, y se olvid6 de Isabel, de los bailes de Alquizar y de
los paseos por las guardarayas de palmas y de naranjos en los
cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capitulos de
esta historia tiene delante i Cecilia Valdss. Mantenia los ardien-
tes labios apretados, la sangre queria brotarle de sus redondas
mejillas, el abultado seno con dificultad se contenia dentro de las
ligaduras del traje de yoc6. Al fin fud ella la primera 4 hablar,
diciendo mas con el semblante que con la voz:


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CIRILO VILLAVERDE


-Para qu6 ha venido?
-Acabo de salir de la clase; contest Leonardo en tono humil-
de y bajo, mas recio.
Cecilia mir6 al soslayo para adentro, con la mano izquierda
abierta hizo sefia A Leonardo que bajara algo mas la voz y anadi6
con vehemencia:
-Le han visto hace poco en la loma del Angel.
-Puede ser; venia para aca.
-Pero se ha detenido mucho; la distancia no es tan grande.
;Ah! ;Maldita la mujer que ama!
-Nada se ha perdido, Celia. H6me aqui.
-Ya. tMas qui6n sabe la causa de su demora? Tal vez una
mujer...
-Mujer no, te lo juro.
-No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que
Chepilla ya esta de vuelta de Paula, y V. se aparece ahora. Ya
no hay tiempo de hablar. Hace rato que lleg6. Rezaba y dormi-
taba, supongo que de cansada; ya la levanta la cabeza y pone el
oido de 6tico. (Esto lo dijo mirando otra vez hacia dentro.) A V. no
le interesa mi amistad, se conoce, y soy una boba que le espero.
; Maldita sea la mujer que quiere como yo!
-Tu desesperacion me asusta, alma mia. Siento el percance:
sera mafiana.
-Es que Chepilla no va todos los dias a Paula.
-Me levant cerca de las siete. T' sabes a la hora que vini-
mos de Regla, cerca de la una de la madrugada.
-Eso no impidi6 que yo me despertase al amanecer. Me acost6
con el cuidado y V. no, esto hace mucha diferencia.
-D6jate de ese tono ironico que no te sienta ni un poquito.
Demasiado sabes tW que te idolatry.
-Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que
no cumple con una cita...
-No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi
demora. Te protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y
ya te probar...
-Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su carifio.
La persona que quiere bien no engafia. Si, V. me estA engahando.
Me tiene muy herida. VAyase. Truena V., no habla.
Leonardo le cogi6 la mano y se la llev6 A los labios, sin que
ella opusiera la menor resistencia, por donde conoci6 que habia
pasado el furor de la tormenta y que la muchacha admitiria sh


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CECILIA VALDS 1


visita en primera oportunidad. Con esto 61 sigui6 camino y al
entrar en la calle de O'Reilly, puso el pi6 izquierdo en el estribo
de una volante, que bajaba de la puerta del Monserrate, zaran-
deandose dentro de dos larguisimas varas, pendientes de dos enor-
mes ruedas y del lomo de un verdadero Rocinante, y qued6 sen-
tado en el cojin de vaqueta. El estremecimiento producido por la
repentina entrada del j6ven, llam6 la atenci6n del calesero, quien
incontinente volvi6 la cara a fin de ver la casta de pasajero que
habia conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. tste, a tiempo de
caer en el asiento, tron6 en voz campanuda y de mando :-A casa.
-Y d6nde vive el nino? naturalmente pregunt6 el azorado
calesero.
-iBruto! zQue no lo sabes? Calle de San Ignacio, esquina
A Luz. Arrea.
; Ah! exclam6 el calesero y le peg6 tan fuerte latigazo A la
pobre bestia en los ijares, que se estremeci6 toda dentro de la
armazon de huesos, doblandose casi en dos, bien del dolor, bien
del peso del carruaje, del pasajero y del jinete.
Mientras el estudiante, sacudido como una pelota, va camino
de su casa en la desvencijada volante, s6annos permitidas algunas
reflexiones.-Z A qu4 aspiraba Cecilia, al cultivar relaciones amo-
rosas con Leonardo Gamboa? El era un j6ven blanco, de fami-
lia rica, emparentado con las primeras de la Habana, que estudia-
ba para abogado y que en caso de contraer matrimonio, no seria
ciertamente con una muchacha de la case baja, cuyo apellido solo
bastaba para indicar ho oscuro de su origen, y cuya sangre mez-
clada se descubria en su cabello ondeado y en el color bronceado
de su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad
relativa, la (nica quizas con que contaba para triunfar sobre el
corazon de los hombres; mas eso no constituia titulo abonado para
salir de la esfera en que habia nacido y elevarse A aquella en que
giraban los blancos de un pats de esclavos. Tal vez otras menos
lindas que ella y de sangre mas mezclada, se rozaban en aquella
epoca con Io mas granado de la sociedad habanera, y aun llevaban
titulos de nobleza; pero estas, 6 disimulaban su oscuro origen 6
habian nacido y se habian criado en la abundancia. y ya se sabe
que el oro purifica la sangre mas turbia y cubre los mayores de-
fectos asi fisicos como morales.
Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos se-
guros que jamas ocuparon la mente de Cecirlia. Amaba por un sen-
timiento espontaneo de su ardiente naturaleza y solo veia en el j6-


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CIRILO VILLAVERDE


ven blanco el amante tierno, superior por muchas cualidades a to-
dos los de su clase, que podian aspirar A su corazon y A sus favores.
A la sombra del blanco, por ilicita que fuese su union, creia y
esperaba Cecilia ascender siempre, salir de la humilde esfera en
que habia nacido, si no ella, sus hijos. Casada con un mulato,
descenderia en su propia estimacion y en la de sus iguales: por-
que tales son las aberraciones de toda sociedad constituida como
la cubana.
El calesero entre tanto, baj6 por la calle de O'Reilly al trote,
tom6 la de Cuba, cruz6 diagonalmente la plazoleta de Santa Clara,
torci6 luego A la calle de San Ignacio y sin adelantarse un paso
par' la carrera a la puerta de la casa que le habian designado.
Aquella era una prueba de que el negro calesero no merecia el
dictado de bruto que le di6 Leonardo al entrar en la volante. No
habia acabado de parar 4sta, cuando el estudiante salt6 A la acera
y con la misma rapidez le lanz6 una moneda al calesero. Recibi6la
41 en el aire, se la llev6 A los ojos, vi6 que era una peseta colum-
naria, se persign6 con ella, pic6 espuelas y sigui6 viaje, diciendo:
-Mucha salud, niflo.


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CAPITULO XI.


De mi patria
bao el desnublado cielo
no putde reolverme A ser eclavo,
ni consentir que todo en la nature
fuese noble y feliz, mens el hombre.
Jost MARu anD.-A ESmilia.

Crey6 advertir Leonardo cuando salt6 de la volante a la acera,
que un militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hAcia
la plaza Vieja, se habia separado de la segunda ventana de su
casa, y que contemportneamente se habia desprendido de un pos-
tigo de la misma el bien conocido rostro de una de sus herma-
nas. Apresur6 el paso, y, en efecto, A traves de otro postigo de
la reja del zaguan, vi6 A su hermana mayor Antonia en el acto de
alzar la cortina para entrar en el primer aposento, por la puerta
que daba A la sala. Le desazon6 mas de to que puede imaginarse
este inesperado descubrimiento, porque atando cabos se conven-
ci6, A no quedarle duda, de que mientras 1 galanteaba A la mu-
lata allA por el barrio del Angel, un capitan del ejercito espafiol,
A la clara luz de una mafiana de Octubre,-le galanteaba la her-
mana ace por el barrio de San Francisco. El recuerdo del mo-
mento placentero que habia gozado y que aun se cernia en su
mente cual vision brillante, qued6 enturbiado, se desvaneci6 del
todo ante la desagradable escena A la ventana de su casa.
De la generation que procuramos pintar ahora bajo el punt
de vista politico-moral, y de la que eran muestra genuina Leo-
nardo Gamboa y sus compafieros de estudios, debemos repetir
que alcanzaba nociones muy superficiales sobre la situation de
su patria en el mundo de las ideas y de los principios. Para de-
cirlo de una vez, su patriotismo era de carActer plat6nico, pues
que no se fundaba en el sentimiento del deber, ni en el conoci-
miento de los propios derechos como ciudadano y como hombre
libre.
El sistema constitutional que habia regido en Cuba, la primera
vez de 1808 A 1813, la segunda de 1821 A 1823, nada le habia (87)


(87) Errata corregida. Habia en vez de hadia.




CRLaO VILLAVERDE


ensefiado A la generation de 1830. Para ella habian pasado como
un sueno, como cosas del otro mundo 6 de otro pais, la libertad
de imprenta, la militia national, el ejercicio frecuente del derecho
del sufragio, las reunions populares, las agitaciones y propaganda
de los mas exaltados, los conciliAbulos de las sociedades mas6ni-
cas, las citedras de derecho y de economia politica, las lecciones
de constitution del Padre Varela. Despues de cada uno de esos
dos breves periods habia pasado sobre Cuba la ola del despotis-
mo metropolitan y borrado hasta las ideas y los principios sem-
brados con tanto afan por ilustres maestros y eminentes patriotas.
Habian desaparecido los periddicos libres, los folletos y los pocos
libros publicados en las dos epocas memorables, de los cuales si
existia uno que otro ejemplar, era en manos del biblidgrafo, que
tenia doble empefio en ocultarle.
Sujeta a la previa censura, habia enmudecido la prensa en toda
la isla desde 1824, no mereciendo ese nombre los poquisimos peri6-
dicos que despues se publicaban en una que otra poblacion grande
de la misma. El estado de sitio en que desde entonces quedd ava-
sallado el pais, no consentia la discusion de las cuestiones que mas
podian interesar al pueblo. Delito grave era tratar de political en
publico y en privado, hasta el uso de ciertos nombres de personas
y aun de cosas estaba estrictamente prohibido. Los sucesos pa-
sados, pues, asi dentro como fuera de Cuba, los conatos de revo-
lucion en 6sta, las resultas de la tremenda lucha por libertad 6
independencia en el continente, todo esto qued6 sepultado en el
misterio y en el olvido para la generalidad de los cubanos. La
historia, ademas, que todo lo recoge y guarda para la ocasion opor-
tuna, aun no se habia escrito.
No faltaban fuera quienes tratasen contemporAneamente de la
politica militante y se afanasen por hacer legar A la patria la no-
ticia de Lo que pasaba en torno de ella y que podia ensefiar al
pueblo sus deberes y recordarle sus derechos. A ese fin, entre
otros, el virtuoso Padre Varela public en Filadelfia El Habanero
de 1824 A 1826; pero el gobierno espafiol le declare papel subver-
sivo y prohibit su entrada en Cuba. De suerte que puede asegu-
rarse que muy pocos ejemplares circularon en ella. Mas tarde,
es decir, de 1828 A 1830, emprendi6 Saco tambi6n en el Norte de
America la publication de El Mensajero Semanal, periodico cienti-
fico-politico-literario, el cual por iguales motivos que el anterior,
tuvo escasa circulation en la Habana y no ejerci6 influencia apre-
ciable en las ideas politicas. Lo (nico que en ese periodico hizo


144





CECILIA VALD$tS


eco en la juventud habanera, segun se ha indicado anteriormente,
fu6 la polemica que su iiustre redactor sostuvo con el director del
Jardin Botdnico de la Habana D. Ramon de la Sagra, por la apa-
sionada critica que 6ste habia hecho del tomo de poesias dado
A luz en Toluca el ano de 1828 por el insigne Tirteo cubano Jos6
Maria Heredia.
Mayor y mas general influencia ejercieron en el animo de la
juventud, los patridticos versos de ese cdlebre poeta. Sobre to-
dos su oda La Estrella de Cuba, octubre 1823; su epistola A Emi-
lia, 1824; su soneto A D. Tomas Boves. Su Himno del Desterra-
do, 1825, caus6 un vivo entusiasmo en la Habana, muchos lo apren-
dieron de memoria y no pocos lo repetian cuando quiera que se
ofrecia la ocasion de hacerlo sin riesgo de la libertad personal.
Pero ni aquellos peri6dicos, ni estos fogosos versos, magder
que (88) rebosando en ideas libres y patri6ticas, bastaban A inspi-
rar aquel sentimiento de patria y libertad que A veces impele a
los hombres hasta el propio sacrificio, que les pone la espada en
la mano y los lanza A la conquista de sus derechos.
Quedaban, ademas, confusas si ya no tristes reminiscencias (89)
de las pasadas conjuraciones. De la del ano 12 solo sobrevivia
el nombre de Aponte, cabeza motin de ella, porque siempre que
se ofrecia pintar a un individuo perverso 6 maldito, exclamaban
las viejas: iMas malo que Aponte! De la del ao 23 se sabia
por tradicion, que Ldmus, el cabecilla, gemia en un presidio de
Espana; que Peoli se habia escapado del cuartel de Belen disfra-
zado de mujer; que Ferrety, el delator, gozaba de la privanza 6
favores del gobierno; y que Armona, el aprehensor y perseguidor
de los principales conjurados, continuaba siendo el jefe de la tnica
gendarmeria del capitan general D. Francisco Dionisio Vives.
Como rumor no mas, habia corrido que el gobierno de Washing-
ton se habia opuesto A la invasion de Cuba y Puerto Rico por
las tropas de MWxico y de Colombia y que de esas resultas habian
ahorcado allA por Puerto Principe en 1826, como emisarios de
los insurgentes, a Sanchez y a Agiero. Pero A tal punto habian
legado el olvido y la indiferencia, que en los mismos dias A que
nos referimos en las anteriores paginas, se seguia causa de infi-
dencia A los c6mplices de la conjuracion llamada del Aguila Negra,
muchos de los cuales estaban presos en el cuartel de Dragones,

(88) magser que... aunque.
(89) Errata corregida. Reminiscencias en vez de reminicencias.


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145






146


en el de las Milicias de color, en el castillo de la Punta y en
otras partes. y no se echaban de ver sintomas de descontento, si-
quiera de interes en el pueblo.
Tambien los conjurados cubanos de anteriores intentonas ma-
logradas, 6 se hallaban aun lejos de la patria, 6 habian muerto en
el destierro, 6 se les habia entibiado el ardor patri6tico y levaban
vida oscura y pacifica, consagrados A la reparation de los estra-
gos que habian producido en su salud y sus fortunas, el tiempo
y las contradicciones de los hombres. No era, pues, ni podia ser
ocupacion de los que habian vuelto a la patria, la propaganda de
las opinions y proyectos politicos concebidos y acariciados du-
rante los dias de la exaltacion y de la f6 ciega en la libertad.
Por su pare, los criollos y penisulares emigrados del conti-
nente, como para subsanar su conducta cobarde, egoista 6 retr6ga-
da en la guerra por independencia, a su llegada a Cuba, solo se
ocuparon de falsear el carActer de los sucesos, calificando de in-
justos. de perversos v de innobles los motivos de los sacrificios
patri6ticos de los revolucionarios, amenguando sus hazahas, con-
virtiendo en ferocidad hasta sus actos de justicia y de meras re-
presalias. Para esos renegados el republican 6 patriota era un
insurgente. esto es. un sedicioso, enemigo de Dios y del rey; el
corsario un pirata 6 musulman, como lamaba el pueblo A los Ar-
gelinos que hasta fines del siglo pasado infestaban las costas del
MediterrAneo.
El lector habanero, conocedor de la juventud de la epoca que
procuramos describir, nos creerA fAcilmente si le decimos que Gam-
boa no se cuidaba de la political, y que por mas que le ocurriese
alguna vez que Cuba gemia esclava, no le pasaba por la mente si-
qiiera entonces, que 61 6 algun otro cubano, debia poner los medios
para libertarla. Como criollo que empezaba A entrar en el roce
de las gentes mayores y A estudiar jurisprudencia, si se habia for-
mado idea de un estado mejor de sociedad y de un gobierno me-
nos militar y opresivo para su patria. Sin embargo, aunque
hijo de padre espanol, que, siendo rico y del comercio, visitaban
con preferencia paisanos suyos, ya sentia odio hacia 6stos, mucho
mas hacia los militares, en cuyos hombros, A todas luces, descan-
saba la complicada fabrica colonial de Cuba. No cabia, por tanto,
que le hiciera buena sangre el que un militar le soplase (90) la
hermana querida, antes fueron tan vivos los celos que experimen-


(90) le soplase... le hurtase o quitase a escondidas.


CIRILO VliILAVERDF





CECILIA VALDs 14


t6, como profundo era el odio que le inspiraba el hombre en
su doble caracter de soldado y de espanol.
En consecuencia entr6 en su casa disgustado. La mesa estaba
puesta para el almuerzo, y Leonardo, en vez de ir en busca de su
madre, como solia, sin ver A nadie, derecho subi6 A su cuarto,
arroj6 el libro de clase en una silla, se quit la casaca de pano y
se puso una chupa de dril de rayitas de color. Por breve rato es-
tuvo indeciso entre si se echaria en la enma, la cual con su fres-
cura y mosquitero de rengue azul le convidaba A reposar, 6 si salia
al balcon, donde aun habia sombra,-se apareci6 el negrito Tirso,
y dijo:-Nino, el almuerzo estA en la mesa. Y se apresuro a
bajar, encontrando ya sentados a su madre y A su padre. A las
calladas tom6 asiento al lado de la primera, quien desde lejos le
ech6 una mirada amorosa, cual si extranara y la tuveise desazona-
da el que el no se le presentara cuando entr6 de la calle. El se-
gundo ni siquiera levant la vista del plato en que comia huevos
fritos con salsa de tomates, aunque A derechas no habia visto al
hijo desde el dia anterior.
En seguida fueron saliendo una tras otra de las alcobas las
hermanas de Leonardo preparadas para salir A la calle y sentan-
dose A la mesa, en silencio, como monjas en el refectorio. Cada
cual ocup6 en ella su puesto respectivo, es decir, dofia Rosa con
su hijo preferido a un lado, las tres hijas de esa sefiora al otro, y
D. CAndido y el mayordomo en las opuestas cabeceras de la mesa.
No era casual, pues, sino constante y deliberada esta distribution:
salvo que se alterase por la aparicion de algun comensal con quien
debia usarse cumplimiento. Indicaba claramente el carActer. los
habitos y predilecciones de la familia entre si y sobre todo de los
padres respecto de sus hijos.
Las preferencias de dofia Rosa no podian equivocarse: todas
en favor de Leonardo. Las de D. Candido, si algunas dejaba ver
en ocasiones sefialadas, hacian foco en su hija mayor Antonia.
Era 61 hombre de negocios, mas bien que de sociedad. Con
escasa 6 ninguna cultura, habia venido todavia joven A Cuba de
las serranias de Ronda, y hecho caudal A fuerza de industria v
de economia, especialmente de la buena fortuna que le habia so-
plado en la riesgosa trata de esclavos de la costa de Africa.
Su trAfico principal en la Habana, aquel que le sirvi6 de pel-
daflo para subir A la cima de la riqueza, consisti6 en la negociacion
de maderas y ripia del Norte de America, teja colorada, ladrillos
y cal del pais, si bien en el dia no se ocupaba de eso exclusive


147





CIRILO VILLAVERDE


ni personalmente; sonAndole mejor en los oidos el titulo de hacen-
dado que le daban sus amigos por el ingenio de fabricar azdcar
La Tinaja, que poseia en la jurisdiccion del Mariel, el cafetal Las
Mercedes en la de la Gilira de Melena y el potrero 6 dehesa de
Hoyo Colorado.
Por hAbito, antes que por indole, era reservado y frio en el
trato de su familia, teni(ndole de ella alejado la naturaleza de sus
primitivas ocupaciones y el afan de acumular dinero que se apo-
der6 de su espiritu, luego que contrajo matrimonio con una criolla
rica, y de las mas encopetadas familias de la Habana.
Al principio de su nueva vida, no habia sido ejemplar su con-
ducta, ni digna de servir de guia a Leonardo, segin nos Lo ha
dado A entender dona Rosa al final del VII capitulo. Por uno y
otro motivo, quizas por su ignorancia supina, no se ocupaba de
la education de sus hijos, mucho menos de su moralidad. Ambos
deberes corrian a cargo de aquella discreta senora, que si no po-
seia la ciencia, si el instinto y el amor materno mas acendrado,
con los cuales bien se puede dar la mejor direction a las arreba-
tadas pasiones de la juventud. Senialadamente en materias de
education, la caridad es la fuente y el espejo de todas las virtudes.
Como hombre ignorante y rudo, tenia, ademas, D. Candido,
extrafio modo de reprender A sus hijos. Ya se ha visto que, cuan-
do Leonardo se present6 en el comedor ni siqueira le mir6 a la
cara. Esta era sefial infalible que continuaba enojado con 61. En
efecto, siempre que alguno de ellos le daba motivo de queja, cosa
al parecer frecuente, le castigaba 6 creia castigarle, negAndole la
palabra, por dias y aun meses seguidos. De suerte que por el
padre, casi nunca averiguaban los hijos, la causa real de su enojo;
la madre en estos casos, servia siempre de conduct 6 interme-
diario, pars mantener la paz y la concordia en el seno de la fa-
milia.
Antonia, el vivo retrato de dofia Rosa en lo fisico, contaba
22 ahos de edad. Leonardo pasaba de los 20, y fluctuaban entre
los 18 y 17 sus hermanas menores Carmen y Adela. Esta (iltima
podia pasar en cualquier parte por un model acabado de belleza.
Poseia todas las condiciones que requerian los estatuarios griegos
en la persona cuya estatua debia tallarse: buena cabeza, facciones
regulares, formas simetricas, airoso porte, talla esbelta, frente alta
y mirada de fuego. Con parecerse ella A la Venus griega mas bien
que a una de las Parcas, tenia mas semejanza con D. Candido que
con dofia Rosa. Habia entre la hija y el padre algo mas de lo


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CEOCLA VAWs :4


que se entiende generalmente por aire de familia,-a misma ex-
presion fison6mica, el mismo espiritu, Ilevaba impreso en el ros-
tro el sello de su progdnie.
Ocupaba Leonardo en la mesa sitio opuesto al de su hermana
Adela, y siempre que el padre se hallaba delante, mientras duraba
el almuerzo, 6 Ia comida, se cruzaban entre ellos miradas de in-
teligencia, se sonreian & menudo, sostenian, en suma, conversa-
ciones carifiosas y fraternales con los ojos y los labios, sin profe-
rir una palabra. Que ligaban i los hermanos fuertes laws de
simpatfa, parecia del todo evidente. Habia del uno para la otra
lo que se llama Angel (91). A no ser hermanos carnales se habrian
amado, como se amaron los amantes mas cElebres que ha conocido
el mundo. En la mafiana del dia que vamos refiriendo, no sucedi6,
sin embargo, Jo de costumbre. Leonardo estaba enojado 6 triste,
6 extrafia y honda preocupacion le dominaba el anmo; Io cierto
es que en vano Adela, cual solia, busc6 su mirada, puso el entre-
cejo, y trat6 de quemarle la frente con los rayos de sus divinos
ojos, A traves de la mesa. Ni una vez se cruzaron sus miradas,
no hubo para ella en aquel rostro, repentinamente petnficado, un
rasgo de carinfo. La inocente nifia lleg6 4 afligirse. ZHabiale
dado motivo de enojo sin saberlo? jQu6 tenia su hermano queri-
do? Z Por qud en las dos 6 tres veces que le sorprendi6 miran-
dola en sorda y muda contemplation, baj6 6l los ojos de repente
6 fingi6 perfecta abstraction d indiferencia? Quizas Leonardo no
se explicaba claramente y Adela era muy j6ven para comprender,
que aquel hacia sin quererlo un estudio comparativo de la encan-
tadora fisonomia de su hermana. ZQu6 pensamientos cruzaban
entonces por su mente? Dificil es decidirlo; lo 6nico que puede
asegurarse como cosa positiva es que habia en la contemplation
de Leonardo mas embebecimiento que distraction mental, mas
deleite que Fria meditation, cual si hubiese descubierto ahora en
el semblante de su hermana algo en que antes no habia reparado.
Dur6 el almuerzo como una hora, reinando todo ese tiempo en
la mesa el mayor silencio, pues apdnas se oia otro ruido que el
de los cubiertos de plata, ni mas voz que la del que pedia este 6
aquel plato distante al negrito Tirso, que ya conocen nuestros
lectores y 4 una negra j6ven y bien parecida, los cuales, con los
brazos cruzados sobre el pecho, cuando esperaban 6rdenes, esta-
ban atentos A las exigencias del servicio. El primero, con todo


(91) dngel... gracia, simpatia.


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CIRILO VILLAVERDE


eso, servia principalmente A los hombres, la segunda A las muje-
res. Pero uno y otra, era de notarse, le adivinaban a D. Chndido
hasta los pensamientos, poniendole delante el plato designado con
un mero movimiento de los ojos, A cuyo efecto, no apartaban de
61 los suyos Tirso ni la criada Dolores, mientras servian a los
demas comensales. ; Ay de ellos si esperaban la 6rden 6 equivo-
caban el plato con que deseaba reemplazar el saboreado! El cas-
tigo no se hacia esperar: le arrojaba A la cabeza Io primero que
se le venia A las manos.
La abundancia de las viandas, corria parejas con la variedad
de los platos. Ademas de la care de vaca y de puerco frita,
guisada y estofada, habia picadillo de ternera servido en una torta
de casabe mojado, polo asado relumbrante con la manteca y los
ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomates, arroz
cocido, plAtano maduro tambien frito, en luengas (92) y melosas
tajadas, y ensalada de berros y de lechuga. Acabado el almuerzo,
se present6 un tercer criado, en mangas de camisa, y que por el
pringue de su ropa parecia el cocinero, con una cafetera de loza
en cada mano y principi6 A llenar de caf6 y de leche, primero la
taza de D. Candido y sucesivamente la de donla Rosa, la de Leo-
nardo, las de las hermanas de este, acabando por la del mayor-
domo, aunque no ocupaba el ultimo lugar en una mesa donde hacia
de cabeza el amo y de cola la hija mayor. El mayordomo no era
sino un criado blanco, y nadie mejor que los otros criados definian
su position en aquella casa.
Tomaba la familia el cafe con leche hirviendo, cuando pas6
por el comedor en direction de la calle, nuestro conocido el cale-
sero Aponte. Aunque todavia en mangas de camisa, levaba cal-
zadas las altas botas de montar y las macizas espuelas de plata.
Conducia del diestro dos caballos enjaezados, cuyas colas estaban
cuidadosamente trenzadas y las puntas atadas por un cordon de
estambre A una argolla en el fuste de la silla por detras. Al en-
trar en el zaguan solt6 Aponte la pareja, y sin mas demora, abri6
de par en par la ancha puerta de la calle, suspendi6 en peso las
varas del quitrin por las argollas plateadas que tenian atornilladas
al extremo y gritando iatras! le sac6 rodando hasta el medio de
la calle, le hizo girar, y le arrim6 A la acera de su casa. En se-
guida volvi6 A tomar por la brida la misma caballeria de antes,
le peg6 una fuerte palmada en el vientre con la mano izquierda,


(92) luengas... arcaismo: largas.


150





CECILIA VALDfS


casi por fuerza la meti6 entre varas, y luego colg6 6stas por las
argollas a unos ganchos dobles de hierro que pendian de la silla,
cubiertos por pequefnos faldones de vaqueta negra. La otra caba-
llerfa. la de monta, qued6 atada a carruaje por dos fuertes tiran-
tes de cuero, adheridos por sus gazas A un balancin.
Despues del caf6 sac6 D. Candido la vejiga de los tabacos (ci-
garros), y meti6 en ella el brazo hasta el codo: tan honda era.
A su vista Tirso vol6 A la cocina en busca del braserillo de plata
con la brasa del carb6n vegetal. Antes que el amo mordiera el
rebate del cigarro, sin cuyo requisito no arde bien, ya el esclavo
con expresion humilde mezclada de temor, le acercaba la lumbre
para que encendiera de su mano. Con la primer bocanada de
humo azuloso y acre que sac6 del cigarro, se puso en pie y seguido
del mayordomo, se entr6 por el escritorio, tan callado como cuan-
do sali6 de 61, una hora antes, para sentarse a la mesa del al-
muerzo.
La desaparicion del padre, determine por si sola un cambio
repentino y complete en el Animo y la conducta de la familia, sin
excluir la madre. El corazon de los hijos qued6 aliviado, por 1o
visto, del peso que lo habia oprimido, siendo asi que A todos ellos,
como por concierto se les alegr6 el semblante y se les desat6 la
lengua. Leonardo especialmente llev6 el entusiasmo al punto de
atraer A si A su madre con el brazo izquierdo para darle uno y
otro beso en la mejilla y decirle:
-ZY qu6 tiene? (indicando a su padre) (93). jEstA bravo?
-Contigo; repuso concisamente su madre.
--Conmigo? Pues ya le mando trabajo (94).
A poco, sin embargo, se puso de nuevo sdrio, porque habiendo
reparado en su hermana Antonia, que no mostraba tanta expan-
sion como los demas, record6 el incidente en la ventana de la calle.
-MamA, agreg6 con mas seriedad, se me figura que A ti te
pasan la mota (95) y que no lo sientes.
-z Por qu6 me dices eso, hijo mio? replica dofia Rosa en el
tono de voz mas blando imaginable.

(93) Errata corregida. Indicando a su padre en vez de indicando su
padre.
(94) Expresl6n con que se da a entender que es muy dificil aquello
que se trata de ejecutar o alcanzar.
(95) Expres16n que significa ablandarle a uno con suaves palabras y
agradable trato con algdn prop6sito interesado.


151





CIRILO VILLAVERDE


-Se lo digo. Antonia? pregunt6 a su hermana con aire ma-
licioso.
Antonia en vez de contestar se puso mas s6ria 6 hizo ademan
de levantarse de la mesa, con Io cual anadi6 Leonardo a la ca-
rrera:
-Peor para tf, Antonia. si te levantas y me dejas con la palabra
en la boca. No dir6 nada A mama; pero es porque tengo ya hecha
mi resolution. Se acabaron las visitas de los militares en mi
casa.
-Hahlas como si fueras el amo: repuso Antonia con desden.
-No soy el amo, es cierto. mas puedo romperle las patas A
uno el dia menos Densado, y tanto vale.
-Te exnones a oue te las rompan a tf.
-Fso Jo veremos.
-Supon cue en vez de militar espanol fuera un cadete el que
nos visitage, ; tambien te opondrias?
-;Cadete! iCadete! repiti6 Leonardo con marcado despre-
cio. Nadie habla de cadetes, aue cual los oficiales de militia son
nada entre dos platos. Ya la moda de los cadetes pas6: los 61-
timos quedaron enterrados en las plavas de Tampico, A donde, por
dicha. se los llev6 Barradas. Los que de ellos han sobrevivido
A la desastrosa campafia, de seguro, le han perdido la aficion a
las arnas. Gracias A Dios que nos vemos libres de su fatuidad.
-De suerte, que tu tirria es contra los espanoles, como si tu
padre fuese habanero.
-Ese odio tuvo A los espanoles, dijo dona Rosa, todavia ha
de cotarnos caro, Leonardo.
-Es que mi odio no es ciego, mama, ni general contra los
espanoles, sino contra los militares. Ellos se creen los amos del
pals, nos tratan con desprecio A nosotros los paisanos, y torque
usan charreteras y sable se figuran que se merecen y que Io pue-
den todo. Por meterse en cualauier parte, no esperan A que los
conviden v una vez dentro se llevan las primeras muchachas y
las mas lindas. Esto es insufrible. Aunque si bien se mira, las
muchachas son las que tienen la culpa. Parece que les deslumbra
el brillo de las charreteras.
-Respecto de ml, observ6 CArmen, la regla padece una ex-
cepcion.
-Y respecto de mf, anadi6 Adela, sucede la misma cosa. Los
militares, por decentes que sean trascienden a cuartel.
-No tables asi, nifla, le dijo su madre, que hay militares muy


152





CECILIA VALDiS


dignos, y sin ir lejos, ml tio Lazaro de Sandoval. que fu6 coronel
del regimiento Fijo de la Habana, estuvo en el sitio de Pansacola
y muri6 lleno de honores y de cicatrices.
-Pero no se habla de esos militares, mama, salt6 y dijo Leo-
nardo. Se habla de los militares que vinieron de Espana para
reconquistar a Mejico y que habiendo fracasado allA vuelven aqui
para que nosotros les paguemos el mal humor de la ignominiosa
derrota. A estos militares son a los que ahora me refiero. No
es Io peor que trasciendan a cuartel, como dice Adela, sino que
son, como hombres, malditisimos maridos. Mientras no llegan a
brigadier, viven en los cuarteles 6 en los castillos, donde tienen
por casa pabellones, por criados asistentes rudos y desvergonza-
dos, por diversion las palizas y las carreras de baqueta que les
pegan A los soldados, por mnsica el tambor de diana. Casi nunca
se fijan en ninguna parte, porque cuando menos lo esperan tie-
nen que salir destacados, ya para Trinidad, ahora para Puerto
Principe, luego para Santiago de Cuba. despues para Bavamo...
Y si son casados, la mujer y los hijos y los penates, por supuesto.
tienen que seguirlos de cuartel en cuartel, de castillo en castillo,
de destacamento en destacamento, cuando por motivos de econo-
mia no se aueda ella con sus padres y 61 no se marcha con sus
soldados. Como su objeto es encontrar mujer rica con quien ca-
sarse, poco se cuidan del caricter y de los antecedentes de las
que al cabo toman por esposas, tarde aue temprano, ellas les ara-
fian la cara y ellos las arrastran por el pelo.
No pudo, Antonia, sufrir mas, se levant6 de la mesa. y se fud
a la sala, callada y muy molesta.
-Has zaherido a tu hermana sin motivo, le dijo dofia Rosa.
Ella no piensa en militar ninguno, por mucho que alguno la ce-
lebre.
-No piensa en ellos: pero admite sus galanteos por la ven-
tana y he aqui lo que me irrita.
-Antonia no es de esas, por fortuna, hijo mio.
-ZNo? ;Ay! mama, parece que vas perdiendo la vista del en-
tendimiento y de la cara... No quiero hablar, lo unito que digo
y repito es que el dia menos pensado le rompo una pata 4 uno de
esos soldados.
En seguida se levant y cual si nada hubiese ocurrido 6 dicho
que le desazonara, fue para el puesto que ocupaba su hermana
Adela, la estrech6 con ambos brazos por la cintura y le di6 mu-
chos besos.


1S3





CIRILO VILLAVERDE


-Quita, quita, dijo ella. iPues no estabas enojado conmigo?
Me lastimas con la barba.
--A d6nde bueno, tan emperifollada? le pregunt6 Leonardo
esquivando el asunto indicado por la hermana.
-Vamos A la tienda de Madama Pitaux que ahora vive en la
calle de la Habana numero 153. Hace poco que ha llegado de
Paris y segun dicen, ha traido mil curiosidades. De camino pen-
sAbamos dar una vuelta por la Loma del Angel.
-Para ir A la loma ya es muy tarde. Pasan de las once. Y
ahora que me acuerdo, ,han visto Vds. el numero IV de LA MODA
6 RECREO SEMANAL? Desde el sabado se reparti6 y estd muy in-
teresante.
-ZTd la tienes ahi? pregunt6 Carmen. Es extraio que no
nos hayan enviado nuestro ejemplar, estando suscritas.
-z En d6nde se suscribieron ustedes?
-En la libreria de La Cova, calle de la Muralla, que es el pun-
to mas cercano.
-Pues reclamen alla. El ejemplar que yo lef estaba en el
mostrador de la botica de San Feliu, porque el mio me ha faltado
tambien. No son nada exactos, que digamos, los repartidores.
ZHas averiguado quien es la Matilde de que habla LA MODA?
pregunt6 Adela 6 su hermano. Porque CArmen cree que es una
que todos nosotros conocemos.
-A mi se me figura, dijo Leonardo, que es un ente imagina-
rio. Tal vez Madama Pitaux sepa algo.
-Pues d mi se me ha puesto, dijo CArmen, que la Matilde de
LA MoDA, no es otra que Micaelita Junco. Sucede que ella es la
mas elegante de la Habana; que su hermano, un verdadero le-
chuguino, se llama Juanito; que tiene una abuela de nombre dofia
Estefania de Menocal,-apellido semejante al de Moncada,-que
le dan en LA MODA.
-Voy creyendo que tienes razon; dijo Adela. No puedo ne-
gar que el vestido y el peinado que llevaba ante ayer en el Paseo
Micaelita Junco, son id6nticos al figurin de LA MODA del sAbado
antes pasado. Por cierto que no me gust6 el peinado A la Girafa.
La trenza es demasiado ancha y los bucles muy altos, luego, por
detras la cabeza luce desairada. Las mangas cortas, aglobadas,
con sobremangas de blonda, si me parecen bonitas y le sien-
tan bien A la que tiene el brazo torneado, como Micaelita. Su her-
mano Juanito, que nos salud6 junto a la fuente de Neptuno Zte
acuerdas? iba tambi6n a la dltmia moda, igual al figurin. Le sen-


154





CECILIA VALDfS


taban los pantalones de Mahon, sin pliegues, el chaleco blanco,
y la casaca de pafio verde sin carteras. Esa es la moda inglesa,
segun dicen. IReparaste en el sombrero? La copa tropezaba en
las ramas de los Arboles de la Alameda con ser Juanito Junco un
chiquirritin.
-El corbatin es lo que no me peta (96), dijo Leonardo. Es
tan alto que no deja juego al pescuezo. No los usar6 jamias. No
me gustan esos collares de perro. Tampoco me petan las casa-
cas A la dernier (97): parecen de zacatecas (98). Los angostos fal-
dones bajan hasta las corvas y se me figura que con esa moda se
ha querido imitar la cola de las golondrinas. Sobre que se ha
empefiado Federico en vestirnos A la inglesa y nosotros estamos
mejor hallados con las modas francesas. Uribe tiene mas gracia,
si no mas hhbil tijera.
-No saques i Uribe, que es un sastre mulato de la calle de
la Muralla y no sabe jota de las modas de Paris ni de L6ndres,
dijo Cirmen con marcado desprecio.
-No piensa asi la gente principal de la Habana, repuso Leo-
nardo prontamente. Los Montalvo, los Romero, los Valdes He-
rrera de Guanajay, el conde de la Reunion, Filomeno, el marques
Morales, Pefialver, Fernandina... no se visten con otro sastre.
Yo le prefiero A Federico. El, ademas, recibe los periodicos de
modas de Paris por todos los paquetes del Havre (99).
Tan entretenida conversation de los hermanos, la interrum-
pi6 el calesero presentAndose con la cuarta engarzada en la mu-
ieca de la mano derecha y el sombrero redondo en la izquierda,
para anunciar que el quitrin estaba listo A la puerta. Luego al
punto las dos hermanas menores fueron en busca de la mayor y
de sus caracteristicas mantas y juntas rodearon A la madre para
pedirle sus ordenes. Esta senora les hizo el encargo de algunas
compras en las tiendas de lenceria, 6 de ropas, y luego se diri-
gieron ellas por el zaguan A la calle.
No ha de extranar el lector forastero ver i tres senoritas de
la clase que podemos lHamar media, salir i las calles de la Haba-
na, sin duefia, padre, madre 6 hermano que las acompaiase. Pero
con tal que no fueran 4 pie ni A pagar visita de etiqueta, bien po-
dian dos, mucho mas tres jovenes, recorrer toda la ciudad, hacer

(96) Jo que no me peta... lo que no me gusta.
(97) a la dernier ...a la dltima moda.
(98) zacatecas... sepultureros.
(99) Los paquetes del Havre... los paquebotes del Havre.


155





CIRILO VILLAVERDE


sus compras, picotear (100) con los mozos espanoles de las tien-
das y en las noches de retreta (101) en la plaza de Armas 6 en la
alameda de Paula, recibir al estribo del carruaje el homenaje de
sus amigos y la adoraci6n de sus amantes. Eso si, aun parn ha-
cer una visita en la vecindad de su casa y 4 pi6, exigia la costum-
bre que la cubana, cuando no habia pariente de respeto, se acom-
panase si quiera de su mismo esclavo.
Al entrar CArmen en el quitrin, le di6 la mano para subir un
j6ven desconocido que acert6 a pasar por allf, despues a Adela y
tiltimamente 4 Antonia, recibiendo de ellas, en pago de su galan-
teria, una sonrisa de agradecimiento.
Asi, la mas j6ven y bella de las hermanas, ocup6 el asiento de
en medio, el menos c6modo ciertamente, pero sin duda el mas
conspicuo y propio para desplegar la habanera sus gracias natu-
rales a maravilla. Desde luego, mont6 el calesero el caballo de
fuera de varas, el que por su suave paso, buena estampa y cola
cuidadosamente trenzada, era al mismo tiempo el descanso y el
orgullo del ginete: y parti6 A escape el carruaje en vuelta de la
plaza Vieja.





















(100) picotear... hablar mucho de cosas sin importancia.
(101) Las noches de retreta... las noches de las fiestas musicals.


156











CAPITULO XII.


For sum Juagetes se wcnoce el uio,
y se conjetura cuales ban de ser sum obas.
Parabola d ea.

Quedaron al fin solos dofia Rosa Sandoval de Gamboa y su
querido hijo Leonardo.
No habia sacado 6ste el talento de su padre para los negocios.
Tampoco anunciaba disposicion ninguna para la carrera literaria
A que le dedicaban, aunque solia hacer versos y escribir articule-
jos para el Diario y otros periodicos. Su madre, sin embargo,
queria que fuese abogado, doctor de la Universidad de la Habana,
halagdndola la esperanza de que podria por este camino, legar
A odor de la Audiencia de Puerto Princope, y hasta A teniente
gobernador, como lamaban entonces A los jueces letrados de nom-
bramiento real. Creia ella con razon que, mediante el dinero y
las relaciones de su marido en la corte, bien podia conseguirse
para su primog6nito, cualquier gracia, honor 6 titulo, entre los
muchos que, merced A aquellos estimulos, es uso conceder la co-
rona.
De comerciante, en concepto del padre, no habia esperanza
de que el mozo Ilegase d mas que alcalde municipal, 4 consiliario
6 diputado del tribunal de comercio 6 real consulado, empleos de
mala muerte, sin honores ni emolumentos. Por otra parte, D.
CAndido, en realidad, no hacia hinca pi en que su hijo estudiase
y siguiese esta ni esotra carrera literaria. j Abogado? ni pensar-
lo. Se aficionaria A los pleitos, y acabaria con su caudal y con
el de sus clientes. Tampoco D. Chndido conocia mas letras que
las del Caton (102), lo que no le habia impedido acumular una
fortuna respetable.
Ahora, ademas, le habia nacido el deseo de titular, y no le pa-
recia bien que su hijo, al menos, trocase los libros 6 la vara del
mercader, ni el bonete de doctor, por la corona del conde, aunque
hubfese un Santovenia, que por aquellos dias precisamente. habia

(102) El cat6n era el segundo libro de lectura compuesto de frases
sencillas.





CIRILO VILLAVI.RDE


hecho el ultimo de los trueques mencionados. No obstante su ig-
noranc'a, reconocia que Leonardo ro haria raya como hombres de
letras, ni como de negocios, y decia para si 6 cuando trataba del
asunto con su esposa:
-No debemos forjarnos ilusiones. E) (su hijo) no darn nun-
ca mucho de si, por mas que uno se afane y gaste dinero en sus
estudios. All no hay cabeza sino para enamorar y correr la tuna.
Eso se conoce a tiro de ballesta. Pero Znecesita 61 tampoco de
grandes conocimientos para hacer papel en el mundo? iCM! No
senor. Fortuna, esto es, dinero, te d6 Dios, hijo, que el saber poco
te vale; reza el proverbio castellano. Y dinero no ha de faltarle
cuando yo muera. Luego si logro el titulo de conde de Casa Gam-
boa, que pretendo en Madrid, reunird el monis (103) con la no-
bleza, dos adminiculos 6stos con que el mas bruto puede figurar
en primera linea, gozar fuero, y echarse a roncar A pierna suelta,
cierto y seguro de que no le atropellarin por deudas, antes todos
le sacarin el sombrero, le traerdn en palmitas y le bailardn el
agua delante (104), lo mismo los chicos que los grandes, los hom-
bres de copete que las mujeres bonitas. iAh! iQu6 tiempo se
ha perdido! Si yo hubiese titulado diez anos ha, otro gallo nos
cantara.
En efecto, Leonardo descubria menos ambition que talent.
Por sentado, la esperanza de ser algo por sus conocimientos, por
sus estudios, 6 por su industria, jamas calent6 su corazon. Antes
confiado en que d la muerte de sus padres seria bastante rico, no
hacia esfuerzo ninguno por saber, ni se apuraba por estudiar las
lecciones de derecho, y se reia d carcajadas, cuando en son de
broma se decia entre la familia que 61 podia legar A ser oidor 6
conde 6 que su padre hacia construir en Espana, con el fin de ti-
tular, un drbol geneal6gico, en que no habia de verse ni una gota
de sangre de judio ni de moro. Por otra parte, tan humildes
eran A la sazon sus inclinaciones, como sus pasiones fuertes 6 in-
gobernables.
Gozar era, por aquel tiempo al menos, la suprema ley de su
alma. Y es que su madre, porque le queria demasiado, cualquie-
ra creeria, que lejos de regir sus desapoderados impulsos, parecia
complacerse en darles rienda suelta. ZQue necesidades podia ex-
perimentar un mozo de sus anos y ocupaciones? Libros, trajes,

(103) el monds... el dinero.
(104) le bailardn el agua delante... le servir&n con gusto.


158





CECIA VALS 159


caballos, carruajes, criados, dinero, todo le sobraba, ni el trabajo
de pedir casi nunca tenia, porque desde la cuna se habia acos-
tumbrado A ver satisfechos sus deseos y aun caprichos, apenas
indicados. Con todo eso, no pasada dia sin que le hiciera la ma-
dre algun regalo costoso, teniendo ademas la costumbre de po-
nerle todas las tardes en la faltriquera del chaleco media onza de
oro, a veces una onza. Naturalmente, como entraba ese dinero,
asi salia, sin conciencia de su valor, y era lo malo, que jamas pa-
saba por la mente del hijo pr6digo, que debia guardar para ma-
fiana, lo que no fuese necesario par alos gastos de hoy. ZC6mo
derramaba el oro nuestro imberbe estudiante? Adivinarlo puede
el discreto lector, siendo como eran el juego, las mujeres y las
orgias con los amigos, la vorhgine que consumia el caudal de Gam-
boa y le agotaba el perfume del alma en la flor de su vida.
Estaba 61 pues sentado, luego que partieron las hermanas, en
el puesto que dej6 Adela, opuesto A su madre, a la que miraba de
hito en hito, de codos en la mesa, con la cara entre las manos y
le dijo de repente:
Sabes una cosa, mamA?
-Si no me la dices; contest6 ella como distraida.
-No creas que te voy 4 pedir. Yo no quiero nada.
-Ya, dijo dofia Rosa; y se sonri6, pues que comprendi6 por el
exordio que queria algo su hijo muy amado.
-Te ries? Entonces me callo.
-No lo tomes A mal, hijo, me sonrio para que yeas que te es-
cucho con complacencia.
-Pues al pasar ayer tarde por la relojeria de Dubois en la calle
del Teniente Rey, me llam6 para ensefiarme... zTe vuelves A son-
reir? Vas a creer que te voy A pedir alguna cosa. Desde ahora
te digo que te enganas.
-No hagas caso de mis sonrisas. Continna. Deseo oir el fin;
Zque te ensei6 Dubois?
-Nada. Unos relojes de repetition que acababa de recibir de
Suiza. Son los primeros que llegan a la Habana, segun me dijo,
directamente de Ginebra.
Call6se en diciendo esto Leonardo y su madre imit6 su ejem-
plo, aunque 6sta al parecer pensativa. Al fin ella fu6 la primera
que rompi6 el silencio diciendo:
-4Y qu6 tal los nuevos relojes de repetition? ZTe gustaron,
hijo mio?
Se le ilumin6 al joven el semblante, el cual exclam6:


159





CIRILO VILLAVERDE


-Muchsimo. Son magnificos, ginebrinos... pero yo no quiero
reloj nuevo, te Io advierto. Todavia sirve el ingles que tg me
regalaste el ano pasado, solo que ya no es de moda. Yo no he vis-
to nunca un reloj de repeticion y mucho menos ginebrino, que no
hay que abrirlo para saber la hora A cualesquiera del dia 6 de la
noche. Se empuja el boton de un resorte que tiene dentro de
la argolla, y una campanilla interior da la hora y los cuartos. iQue
ventaja! ZEh, mama?
-zPor que no me hablaste de eso antes de salir tus herma-
nas? Le habria encargado A Antonia que se pasara por la relo-
jeria.
-No me acord6 ni tuve ocasion. Papa, ademas, estaba de-
lante y luego entramos en una conversacion... y me distraje. Bien
que ellas no entienden de relojes.
Volvi6 A callar dona Rosa por corto rato, siempre con aire me-
ditabundo, aunque sin manifestar enfado ni seriedad. Entretan-
to Leonardo fingia no advertir la actitud abstraida de su madre,
ni dar indicios de arrepentimiento por el embarazo en que la ha-
bia puesto con sus antojadizas indicaciones. Por el contrario,
mientras la pobre senora meditaba y echaba cAlculos, el no cesaba
de sobarse las mejillas con la punta de los dedos y de mirar al
techo, cual si contara las vigas del colgadizo.
Te dijo Dubois, continue al cabo dona Rosa, el precio de
sus nuevos relojes?
-Si... No. Z Para qu6 quieres saber el precio? Z Para com-
prarme uno? Ya te he dicho que no Io necesito, que no lo quiero.
ZPara comprarles A mis hermanas? No los tiene Dubois de mujer,
de hombre fnficamente.
-Bien, pero Zcuanto pide Dubois por sus relojes de repeticion,
para hombre?
-Poca' cosa, diez y ocho onzas de oro. No pueden ser mas
baratos, porque son de oro, legitimos ginebrinos y de repeticion.
-LTu reloj ingl6s no sali6 bueno?
-No tan bueno como creia al principio. Ese mismo Dubois
te Lo vendi6, bien me acuerdo; pero es claro que se engan6 6 te
engan6, porque se atrasa y se adelanta A cada rato, y ya le he
levado a la relojeria mas veces que onzas de oro pagaste por 61.
Y eso que te cost veinte, mas de lo que piden por los ginebrinos.
Dinero echado A la calle, mamA. EstA visto, los relojes ingleses,
aun los de Tobias fallan A menudo, al contrario, los legitimos gi-
nebrinos, son otra cosa, casi todos salen buenos, exacts. Asi al


10





CBCUA VALts 1


menos me dijo Dubois, que ti sabes, entiende de relojes, y es un
relojero de primera. Pero no hay que pensar mas en eso, mama,
olvid6moslo, lo pasar6 sin un reloj de confianza ic6mo ha de ser!
-No te apures, ni te aflijas hijo; replica dofia Rosa bastante
alarmada. Ya veremos modo de que tengas el ginebrino, si tan
bueno es como dices y como cree Dubois. Yo siempre pensaba ha-
certe un regalo de pascuas, sera el reloj ese que tanto te ha gus-
tado, aunque de aqui 4 navidad va todavia una pila de dias (105).
Pero se presenta una s6ria dificultad.
-ZCual? pregunt6 Leonardo asustado, por mas que trat6 de
dominarse.
-Sucede, continu6 dofia Rosa con suavidad, que en mi bolsa
particular no creo que hay ahora todo el dinero requerido para
la compra, y se me hace muy cuesta arriba acudir A la de tu
padre.
-Pues si depende de papa, debo dar desde ahora por perdida
la esperanza del reloj nuevo. El se ha vuelto mas tacano que
un judio, al menos todo para mi le parece 6 caro 6 inntil; que
Lo que es para Antonia, ya sabemos que su bolsa siempre esti
abierta. Yo no s6 para qu6 guarda 61 tanto dinero.
-Eres injusto con tu padre. ZDe qui6n es el dinero que td
derrochas? ZQui6n provee al lujo en que vives? ZQuien trabaja
para que tt goces y te diviertas?
-El trabaja, es verdad; 61 se industria y ahorra, no cabe duda
ninguna c pero tendria ahora tanto dinero si cuando se cas6 con-
tigo hubieras sido una mujer pobre? ZA que no? (106).
-Yo aport6 al matrimonio unos doscientos mil pesos, que no
es ni la cuarta parte de nuestro caudal hoy dia. El aumento, ese
gran aumento, se debe A los afanes y economias de tu padre, quien
no era un pobrete tampoco cuando se cas6 conmigo, no senor;
tenia sus reales, y td menos que nadie debias censurar su conduc-
ta, la cual, por otra parte, es hija de la tuya con 61.
-En eso habia de parar el sermon, en mi conducta con papA.
El es seco y duro conmigo, Zpuedo yo ser carifloso y blando con 61?
Vamos, di ti. Nunca me da tampoco ocasion de mostrarle mi ca-
riflo, aunque quisiera. Mas no hablemos del asunto, volvamos
la hoja y tratemos de otra cosa, de lo otro. ZQu6 tenia papa cuan-
do se cas6 contigo?

(105) una pila de dia... un mont6n de dias.
(106) jA que no?... Entiendase: apuesto a que no tendria tanto dinero.


11


161





ciRILo VILLAVERDE


-Tenia algo, tenia bastante, si senor. Tenia un taller de ma-
deras del Norte, tejamani, ladrillos, cal... allA en la Alameda 6 Pa-
seo, cerca de la Punta. El terreno en que se hallaba tambien le
pertenecia, si bien valia poco por ser muy pantanoso y bajo. Te-
nia asi mismo por alli, donde ahora se ha fabricado la casa del
colegio de Buena Vista, un barracon (107). Por cierto que de los
ltimos bozales (108) que se marcaron en el hombro izquierdo
con las letras G. y B. todavia quedan algunos en el ingenio La Ti-
naja, que heredd de mi padre. Candido, en sociedad con D. Pe-
dro Blanco, suele traer todavia negros de Africa. Pero persiguen
tanto los ingleses la trata, que se pierden muchas mas expedicio-
nes que se salvan...
-Figurate, mamA, dijo Leonardo con mucha risa, aunque ba-
jando la voz, un plagiario (109) de hombres convertido en conde...
del Barracon, por ejemplo. ;Qu6 lindo titulo! ZNo te parece,
mama?
Qu6 quieres decir con esa salida de pi6 de banco? (110) pre-
gunt6 dona Rosa molesta no m6nos que sorprendida.
-;Ay! mama! ZTn no sabes que segun las leyes romanas
son plagiarios todos aquellos que roban hombres para venderlos?
-Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como
dices, sino D. Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoria en
Gallinas, en la costa de Guinea (Tantas veces he oido esos nom-
bres que se me han quedado impresos.) trata negros por baratijas
y otras cosas y remite los cargamentos A esta Isla. Tu padre toma
los que necesita para sus fincas y los demas los vende A los ha-
cendados, porque 61 hasta hace poco ha estado actuando como con-
signatario y antes como socio de Blanco, cuando no se tenia por
contrabando la trata de Africa, 6 se toleraba. Por su cuenta al
menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un mo-
mento A otro espera la vuelta de su bergantin Veloz. i Dios quiera
que no haya caido en las garras de los ingleses!
-Ta sin querer estas abogando en mi favor. Yo dije lo que
dije en broma. pero es claro, mamA, que conforme a un principio
de derecho tanto delito comete el que mata la vaca como el que le
sujeta la pata (111).

(107) barrancon... estacada en donde vivian encerrados los esclavos-
(108) bozales... negros reciLn sacados de su pals.
(109) un plagiario... un secuestrador.
(110) salida de pie de banco... disparate.
(111) Se refiere el refran a Ia corresponsabilidad del c6mplice.


162






CECILIA VALDtS


-No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes ro-
manas. Digan ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe
mucha diferencia entre la conducta de tu padre y la de D. Pedro
Blanco. Este se hall allA, en la tierra de esos salvajes, 61 es quien
los procura en trato, 61 es quien los atrapa por cambio 6 engafo, 61
es quien los apresa y remite, para su venta, en este pais; de suer-
te, que si hay en ello algun delito 6 culpa, suyo ser4, en ningun
caso de tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada
malo 6 feo, hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, por-
que si recibe y vende, como consignatario, se entiende, hombres
salvajes, es para bautizarlos y darles una religion que ciertamente
no tienen en su tierra. Con que si lo dices por esto, ya sabes
que, en caso de titular, en lo que por ahora no piensa, no le falta-
rian titulos bonitos y sobre todo honrosos. Pues como te decia
antes, esta vez no me serA dado complacerte, sin acudir a la bolsa
de tu padre.
-zPor qu6 no acudes?
-Porque tendria que decirle la verdad, esto es, que queria el
dinero para hacerte un regalo.
-Bien Zy qu6? El nunca te niega nada.
-Es cierto; pero como esth tan enojado contigo, temo que me
Io niegue.
Cuando no estA 61 enojado conmigo, mama? Esa es en-
fermedad end6mica suya, cr6nica, mejor dicho. Si salgo, porque
salgo; si no salgo, porque me estoy en casa. De todos modos.
entra el aflo y sale el ano, y papA nunca esth content conmigo.
Me ha cogido entre ojos, mamA, esta es la verdad pura y dura.
ZPara qu6 andarnos con rodeos? El resultado es que no le pa-
rece bien nada de Io que yo hago 6 deshago.
-No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que
si te portaras bien, creeria que te portabas mal. Mira, sin ir
muy lejos, anoche estuviste de correnton (112) en Regla. ZA qu6
hora volviste?
-- Por qui6n lo ha sabido 61?
-Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta
manana en el muelle de Caballeria.
-Vamos. Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino
los tasajeros y husmeadores de noticias, porque ese es su menti-
dero, pasandose la manana esperando que el Morro sefiale el co-


(112) estuviste de correnton... estuviste de parranda.


1w,





CIRMO VILLAVERDE


rreo de Espafia, barco de Santander 6 de Montevideo, con harina
6 con tasajo. Semejantes nenes no frecuentan los bales del Pa-
lacio de Regla. El cuentista ya caigo en quien fu, no pudo ser
otro que Aponte. Te aseguro que ya me la pagari el muy perro
conversador (113).
-No fu ese el soplon. Sin embargo, aunque Io hubiese sido,
harias mal en pegarle por eso, pues si tu padre le pregunt6, no
s6 yo c6mo pudo ocultarle la verdad.
-Pudo decir que no sabia, que no oy6 la campana del reloj del
Espiritu Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine d tal 6
cual hora, ni que estuve aci ni alli. Tiene muy floja la lengua el
tAita Aponte y papA le di6 por la vena del gusto preguntindole.
Milagro que no le cont6... Pero en resumidas cuentas, ,que estuve
yo haciendo en Regla anoche?
-No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacias
nada malo. El resultado es, Leonardito, que to no te aplicas A
los estudios, que no adelantas en nada bueno ni util, y que el
tiempo que debias dedicar i la lectura y A la meditacion, lo des-
perdicias en fiestas frivolas y en correrias tan daflinas como peli-
grosas. Eso no puede gustarle A 61, ni... i mi tampoco, por lo mis-
mo que te quiero entrafiablemente. Quiere tu padre y quiero yo,
que estudies mas y que pasees menos, que te diviertas, pero que no
te entregues A la disipacion, que no pases malas noches, que te
moderes. que, en una palabra, te portes bien.
La emocion que experiment6 dofia Rosa, la priv6 del uso de
la palabra. arrasAndose de lagrimas sus hermfosos ojos.
-Tn no sirves para predicador, le dijo Leonardo tal vez con
Animo de distraer su atencion,-porque te posesionas demasiado
del asunto.
-Por.lo que toca a Aponte, continue dofia Rosa luego que se
hubo serenado,-ya s6 que es un conversador, mas en honor de
la verdad, debo decir, que tu padre supo la hora i que volviste,
por el ruido que se hizo en el zaguan con la apertura de la puerta,
]a entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el si-
lencio de la noche, todo ruido es un trueno. Al despert6, encendi6
un tabaco con el yesquero, consult6 el reloj 4 hizo una exclamacion
de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la ma-
drugada... Aun se te conoce en la cara la mala noche.


(113) el muy perro conversador... el muy perro chismoso.


164





CECILA VALis


Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos inter-
locutores, durante el cual Leonardo bostez6 y se esperez6 dife-
rentes veces, hasta que puesto en pit, dijo:
-Me voy A dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no,
poco import.
Di6 media vuelta, y emprendi6 la subida de la escalera de su
dormitorio paso ante paso, cual si contara los escalones 6 le cos-
tara un grande esfuerzo. La madre entre tanto le sigui6 con los
ojos, sin decirle otra palabra, ni moverse de la silla, pero asi que
le perdi6 de vista en Io alto de ]a escalera, se agit6 con viveza y
llam6 en voz fuerte : Reventos!.
A una ilamada tan apremiante, no tard6 en responder en pro-
pia persona el mayordomo mencionado en el anterior capitulo.
Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueno, con la cara
redonda y el pelo muy crespo, que asi en su aspecto, como en sus
maneras manifestaba resolution y agilidad. Aunque vestido de
limpio, venia en chaleco, trasluci6ndose A leguas que procedia de
Asturias, tipo no muy comun del espafiol entonces en la Habana.
Hacia de mayordomo en casa de D. CAndido Gamboa, y si levaba
ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras
comisiones mas en consonancia con su empleo. Cuando se pre-
sent6 delante de dona Rosa, tenia la pluma detras de la oreja, y
ella le dijo en tono de mando:
-Raventos, diga a Gamboa que me mande con V. veinte onzas.
Fue el hombre y volvi6 sin demora con el dinero pedido, el
cual sac6 de la caja de hierro pequena, debajo de la carpeta, en
que habia varios sacos atestados de monedas de oro y plata.
-P6ngase la chaqueta, anadi6 dona Rosa derramando las onzas
sobre la mesa para contarlas,- y vaya ahora mismo A la calle del
Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustin, relo-
jeria de Dubois, y se compra V. el mejor reloj de repetition que
haya recibido iltimamente de Ginebra. Diga V. que es para mi.
I Se ha enterado V?
-SI, senora.
-Supongo que V. no entiende de relojes.
-No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijon, donde
yo naci y me cri, hay mas de una relojeria y un tio mio, hermano
de mi madre, que en paz descanse, tenia en la una, como quien
dice, el mecanismo de los relojes.
-No Io decia por tanto, D. Meliton, Jo decia para prevenirle


165




CIRILO VILLAVERDF


contra cualquier (114) engano que pudieran practicar con V., si
se creyese que el reloj era para V. u otra persona asi... V. me
entiende.
--Ya. ya, estoy enterado.
-Oiga. Recalque V. A Dubois que el reloj es para mi. El me
conoce y debe saber que le costaria caro...
-Dar A V. gato por liebre: interrumpi6 el mayordomo. Por
sentado que le costaria un ojo de la cara, si tal hiciera el muy
bellaco. Demasiado lo s6 y lo sabe 61.
-Yo no le tengo por bellaco. como V. dice, sin embargo, bueno
es estar prevenido...
-Porque el soldado prevenido nunca fu4 vencido: volvi6 a in-
terrumpir el mayordomo. interpretando A su modo el pensamiento
del ama.
-;Ah! iHaga que le pongan en una caja fina, como para un
regalo. ;Entiende V?
--;Toma que si Io entiendo! Perfectamente.
-Bien. Vaya V.
-Volando.
-ZSe acordarA V.? Reloj de oro, de repeticion. suizo; quie-
ro decir, ginebrino, de los iltimamente recibidos de Ginebra por
el relojero Dubois, que vive en la calle del Teniente Rey, A la
otra puerta de la botica de San Agustin.
-Si, si. senora dofia Rosa. Todo eso lo recuerdo y lo tendr4
presente. Y en un salto...
-;Oiga! No me limito a 18 onzas. Se quiere el mejor reloj
de repeticion, ginebrino legitimo, cueste Io que cueste. Si mas di-
nero se necesita, venga V. por 61.
-Sera servida la senora dofia Rosa al pie de la letra.
-;Ah! Reventos! ;Reventos! Venga acA. Lo principal se
me olvidaba. Haga que le pongan por dentro de la tapa esta mar-
ca : L. G.. S. Oct. 24, 1830. No se olvide.
En efecto, en poco mas de una hora, el mayordomo estuvo de
vuelta y puso en manos de dofia Rosa un estuche pequeflo, cua-
drado, de tafilete, con filetes de oro. Sin duda dicha sefiora le
aguardaba impaciente, porque tomarle, abrirle, contemplarle por
breve rato con una especie de alegria infantil, levantarse y me-
terse en su aposento, sin hacer mas caso del mayordomo, fub
todo uno.


(1141 Errata corregida. Cualquier en vez de cualesquier.


I it i





CCILIA VALOtS


No pas6 mis tiempo que el que acabamos de emplear en la
relacion de la c6mica escena.
Leonardo por su parte, tan seguro estaba de que no se pondria
el sol de aquel dia, sin que un nuevo reloj viniese a adornar su
traje en el bolsillo de sus pantalones, que habiendo tendido estos
en el sofA, enfrente de su cama, se acost6 tranquilo. resuelto 4
dormir y reparar las fuerzas quebrantadas por la fatiga y la falta
de suefio de la noche anterior. Dormitaba solamente, cuando el
ruido de menudos pass y de las ropas de una mujer. vino i
confirmarle en su esperanza. Era su madre. Fingi6 que dormia
y la vi6 acercarse quedito al sofa, levantar en alto los pantalones.
meter en el bolsillo pequeflo delantero algo redondo que relum-
braba much, pendiente de una cinta de seda, rosada y azul for-
mando aguas, de mas de una pulgada de ancho y seis de largo,
sujetas las puntas por una hebilla de oro. Sonri6se de placer, v
cerr6 los ojos, a fin de que su madre se retirase en la persuasion
de que le habia preparado una sorpresa.
Al volver doha Rosa los pantalones al sofa. cuidando de que
la cinta del reloj quedase visible y deslizar en la faltriquera del
chaleco las dos onzas que sobraron de la compra de aquel, le pare-
ci6 que su hijo se habia movido en la cama. Se sobresalt6 cual
si hubiera estado cometiendo un delito, y entonces, en efecto. entr6
un rayo de luz en su conciencia de madre, record vivamente las
palabras de su marido en la conversation de por la manana tem-
prano, y sinti6 una especie de arrepentimiento. Algo en su interior
la dijo que si no hacia actualmente mal, no resultaria tampoco
un bien conocido y s6lido de sus demostraciones tiernas y cari-
flosas con Leonardo, cuando no nacian de m6ritos contraidos por
el, sino de la efusion espontfnea 6 indiscreta de su corazon de
madre.
Perpleja, entre recoger la prenda. cosa de guardarla para oca-
sion mas oportuna, y arrostrar por ende (115) la afliccion y el
desagrado del hijo, se qued6 inm6vil. como transfigurada. Aquel.
aunque brevisimo, fu6 un momento supremo para la triste madre.
Al fin ech6 una mirada furtiva hhcia el lecho, vi6 A Leonardo des-
nudo de medio cuerpo arriba, con los brazos en la almohada y
la hermosa cabeza apoyada en las palmas, el pecho abierto y le-
vantado, subierdo en la aspiration y bajando en la respiration. cual
la ola que no liega A romper. la nariz dilatada. la boca entrea-


(115) por ende... por tanto.


197





CIRILO VILLAVERDE


bierta, para dar franco paso A la entrada y salida del aire, phlido
el semblante por el suefo y la agitacion del dia, aunque leno de
salud y de fuerza,-un sentimiento de orgullo se apoder6 de todo
su s6r, cambiando de golpe y por completo el 6rden de sus pen-
samientos.
Pobrecito! exclam6 en tono casi audible. j Por qu6 habia
yo de privarle de nada, cuando esth en la edad de gozar y de
divertirse? Goza y divi6rtete, pues, midntras te duran la salud
y la mocedad, que ya vendran para ti, como han venido parn to-
dos nosotros, los dias de los disgustos y de los pesares. La Virgen
Santisima, en quien tanto fio y pongo toda mi esperanza, no de-
jarA de oir mis ruegos. Ella te proteja y saque en bien de los pe-
ligros del mundo. Dios te haga un santo, hijo de mi corazon.
Movi6 los labios juntos, en seal de lanzar un beso y fuese
tan callandito como vino.


168












SEGUNDA PART


CAPITULO I.


Tarde vendietibus ass&.
CLos que Iegan tarde at banquete roes ta hnesos.)

Tenemos que dejar por breve tiempo estos personajes, para
ocuparnos de otros que no por ser de inferior estofa, representan
en nuestra veridica historia papel menos importante. Nos refe-
rimos ahora al c6lebre tocador de clarinete, Jose Dolores Pi-
mienta.
Para verle con la aguja en la mano sentado a la turca junto
con otros oficiales de sastre en una tarima baja, hilvanando una
casaca de pafio verde oscuro, todavia sin mangas ni faldones,
fuerza es que pasemos a la sastreria del maestro Uribe, en la calle
de la Muralla, puerta inmediata A la esquina de la de Villegas,
donde hubo una tienda de mercerias lamada del Sol.
El primero de estos establecimientos se componia de una sala
cuadrilonga con tres entradas, la de la primitiva puerta ancha y
alta, y las de las dos ventanas, cuyas rejas habian arrancado.
Frente A ellas en sentido longitudinal, habia una mesa larga y an-
gosta, en que se veian varias piezas de dril, de piqu6, de arabia, de
un g6nero de algodon que lamaban coquillo, de raso y de patio
fino, todas arrolladas y apiladas en un extremo. Y hacia el opues-
to, tendidos dos pedazos de tela de Mahon, en que ya se habia
trazado un par de pantalones de hombre con una astilla de jabon
cenizoso.
Detras de la mesa 6 mostrador de pie, en mangas de camisa,
con delantal blanco atado A la cintura, la tijera en la mano dere-





170 CIRILO VILLAVERDE

cha y echada en torno de los hombros, por medida, una cinta de
papel doblada por medio en toda su longitud, con piquetes de
trecho en trecho.-se hallaba el maestro sastre Uribe, favorito en
aquella 6poca de la juventud elegante de la Habana. Aunque
quisiera. no hubiera podido negar la raza negra, mezelada con
la blanca A que debta su origen. Era de elevada talla, enjuto de
cares, cariiargo. los brazos tenia desproporcionados, la nariz acha-
tada. los ojos saltones. 6 a flor del rostro, la boca chica, y tanto
que apenas cabian en ella dos sartas de dientes ralos, anchor y
belfos: los labios renegridos, muy gruesos y el color cobrizo pa-
lido. Usaba patilla corta, A la cl6rigo, rala y crespa, Io mismo
que el cabello, si bien 6ste mas espeso y en mechones erectos que
daban A su cabeza la misma apariencia atribuida por la fAbula
a la de Medusa.
Como sastre que debia dar el tono en la moda, vestia Uribe
pantalones de mahon ajustados A las piernas, de tapa angosta, figu-
rando una M cursiva, sin los finales de enlace, y las indispensables
trabillas de cuero. En vez del zapato de escarpin, entonces de
usa general. llevaba chancletas de cordoban, dejando al descu-
bierto unos pies que no tenian nada de chicks, ni bien conforma-
dos, porque sobre mostrar demasiado los juanetes, ap6nas forma-
ban puente. Por poco que previniese en su favor el aspecto de
ITribe, no cabe duda que era el mas amable de los sastres, muy
ceremonioso y un si es no es pagado de la habilidad de sus tije-
ras. Estaba casado con una mulata como 61, alta, gruesa, desen-
vuelta, quien en casa al menos, gustaba tanto de ir en piernas (1),
arrastrando la chancleta de raso, como de ensefiar mas de Io que
convenia 4 la decencia. las espaldas y los hombros rollizos y re-
hicientes.
Comenzaba la tarde de uno de los iltimos dias del mes de Oc-
tubre. Subian y bajaban muchos carruajes, carretones y carretas
la angosta calle de la Muralla. tal vez la de mas trafico de la ciu-
dad, por ser la mas central v estar toda poblada de tiendas de va-
rias clases. El ruido de las ruedas y de las patas de los caba-
llas en las piedras. resonaba como un trueno continuado en el
interior de las casas abiertas A todos los vientos. No pocas veces
chocaban unos contra otros, y obstruian el paso por lago rato. En
semejante caso, al trueno de los carruajes, sucedian las voces y
los ternos de los carreteros y caleseros. sin consideracion ni res-


(1) ir en piernas... ir sin media.





CECILIA VALDES


peto A las senoras. El transeunte a pi6, si no queria ser atrope-
llado por los caballos 6 estrujado contra las paredes de las casas
con los bocines salientes de los cubos de las ruedas, tenia que
refugiarse en las tiendas hasta que se despejara la via.
En la tarde de que hablamos ahora, ocurri6 una de esas fre-
cuentes colisiones entre un quitrin ocupado por tres sefloritas,
que bajaba, y un carreton cargado con dos cajas de az6car, que
subia. Chocaron con fuerza los cubs opuestos de ambos vehicu-
los, de cuyas resultas el del segundo levant6 la rueda del primero
y se entr6 por sus rayos, rindiendo uno. Del choque jos dos ca-
rruajes quedaron casi de traves en la calle, el quitrin con la zaga
hacia la puerta de la sastreria de Uribe, donde penetr6 la cabeza
de la mula del carreton. El carretonero, que venia sentado A la
mujeriega en una de las cajas de azficar, con un zurriago en la
mano derecha, perdi6 el equilibrio y di6 en el lodo y piedras de la
calle un terrible costalazo.
Y este hombre, africano de nacimiento, lo mismo que el otro,
mulato de la Habana, en vez de acudir cada cual A su vehiculo
respectivo, A fin de deshacer el enredo y facilitar el pasaje, con
atroces maldiciones y denuestos se embistieron mutuamente, cie-
gos de furor salvaje. No era que se conocian, estaban reflidos, 6
tenian anteriores agravios que vengar ; sino que siendo los dos es-
clavos, oprimidos y maltratados siempre por sus amos, sin tiem-
po ni medio de satisfacer sus pasiones, se odiaban A muerte por
instinto y meramente desfogaban la ira de que estaban poseidos.
en la primera ocasion que se les presentaba. En vano las seflo-
ritas del quitrin, muy sobresaltadas, pusieron el grito en el cielo,
y la mayor de ellas amenaz6 repetidas veces al calesero con un fuer-
te castigo, si no desistia de la rifia y atendia a los inquietos caba-
llos. Pero los combatientes en su furor y en la lluvia de zurriagos
que se descargaban, no oian palabra. Luego los espafioles de las
tiendas, los oficiales de la sastreria, todos asomados a las puertas
en mangas de camisa, aumentaban el ruido y la confusion, con su
voceria y sus risotadas, sefiales ciertas del jfibilo con que presen-
ciaban el combate.
En esto, un hombre de mala catadura, entr6 por una puerta
de la sastreria, como para evitar las ruedas del carruajje, y al salir
por la otra, extendi6 (2) el brazo por encima del fuelle caido y le
desprendi6 la peineta de teja de la cabeza A la mas j6ven de las


(2) Errata corregida. Ertendio en vez de estendiO.


171





CIRILO VILLAVERDE


sefioritas; con 10 cual la larga y abundosa trenza de sus cabellos,
se desarroll6 y desmadej6 toda, cubriendole la espalda con sus
ondas sedosas y brillantes, cual las alas del tots (3). Di6 ella un
grito y se ilevd ambas manos A la cabeza; en cuyo moment, Jos6
Dolores Pimienta, mero espectador hasta entonces como los de-
mas, hizo una exclamation de asombro, murmur6 el nombre de
la Virgencita de bronce y se lanz6 sobre el ratero, 6 mas bien
sobre la presa, que se llevaba en triunfo. Logr6 echarle garra,
mas como era de quebradizo carey y estaba, ademas, primorosa-
mente calada, se le qued6 hecha pedazos en la mano: dnica cosa
que pudo devolver A su afligida y asustada duefia. A favor de la
confusion logr6 escapar el ratero, bien que ningun otro que el ofi-
cial de sastre habia parado mientes en aquella ocurrencia; sin
embargo, la exclamacion de este, su accion generosa, cuando la ge-
neralidad de los espectadores solo pensaba en divertirse, llam6 la
atencion de Uribe, que volvi6ndose de repente para 61, le dijo:
-zEstds loco? zTe figuraste que esa tambien era Cecilia
Vald6s? Si digo yo que tt ves visions.
-No, contest secamente Jose Dolores. Yo s4 Lo que me digo.
Esas nifias, son hermanas del caballero Gamboa.
-;AcabAramos! exclam6 a su vez Uribe. Yo bien queria co-
nocerlas. Se parecen mucho. No pueden negar que son herma-
nos. Pues es preciso ampararlas. iLas hermanas de uno de mis
rumbosos (4) clientes! No faltaba mas...
En efecto, entre el maestro sastre, sus oficiales y otros, con-
siguieron separar a los combatientes y desenredar las ruedas de
los vehiculos, tras lo cual uno y otro pudieron seguir su camino,
levando el carretonero las manchas de sangre de la cuarta del
calesero en la camisa de listado azul. Protegi6 quizas las es-
paldas de este 6ltimo la chaqueta de pafio de su librea, a lo menos
no se le veian en ella las sefiales de la refriega.
Y una vez despejado aquel campo de Agramante y vueltos, el
maestro sastre a la mesa de cortar, los oficiales A su tarima, el
primero sac6 de pronto el reloj del bolsillo del pantalon, y con aire
sorprendido, dijo: Las tres! afiadiendo en seguida mas alto,
- ;Jose Dolores!
No tard6 6ste en parecer ante la presencia del maestro Uribe.
Traia al hombro dos madejas trenzadas, una de hilo blanco de lino,

13) Pijaro negro.
(4) rumbosos... magnificos.


172





CECILIA VALDtS


otra de seda negra; clavadas en los tirantes de los pantalones
varias agujas cortas, no muy fins y en el dedo del medio de la
mano derecha, un dedal de acero sin fondo.
Al nacimiento de Jose Dolores Pimienta y de Francisco de
Paula Uribe, concurrieron sin duda por igual las razas blanca y
negra, con esta esencial diferencia, que aquel sac6 mhs sangre de
la primera que de la segunda, circunstancia a que deben atribuir-
se el color menos bilioso de su rostro, aunque pAlido, la regulari-
dad de sus facciones, la amplitud de su frente, la casi perfection
de las manos y la pequefiez de los pies, que as! en la forma, como
en el arco del puente, podian competir con los de dama de raza
caucesica. Ni con ser de constitution delicada, sobresalian mu-
cho los p6mulos de su rostro ovalado, ni tenia el cabello tan la-
nudo como el de Uribe. En sus maneras, Io mismo que en la mi-
rada y 4 veces hasta en el tono de la voz, habia aire marcado
de timidez, 6 melancolia, pues no siempre es fecil discernir entre
ambas, que revelaba 6 mucha modestia 6 mucha ternura de afectos.
De organization musical, tenia que hacerse gran violencia.
cosa que no podia echar 4 puerta agena, para trocar el clarinete.
su intrumento favorito, por el dedal 6 la aguja del sastre, una de
las artes bellas por un oficio mecanico y sedentario. Pero la ne-
cesidad tiene cara de herege, segdn reza el caracteristico adagio
espanol, y Jose Dolores Pimienta, aunque director de orquesta,
ocupado a menudo en el coro de las iglesias por el dia y en los
bailes de las ferias por la noche, no le bastaba eso, 4 cubrir sus
propias necesidades y las de su hermana Nemesia, desahogada-
mente. La m6sica en Cuba, como las demas bellas artes, no hacia
ricos, ni siquiera proporcionaba comodidades A sus adeptos. El
celebre Brindis, Ulpiano, Vuelta y Flores y otros se hallaban poco
mas 6 menos en este caso.
-ZQu6 tal la casaca verde indivisible? le pregunt6 Uribe.
Z Se halla en estado de prueba? Son las tres y dentro de poco
tendremos aqul al caballero Gamboa, como el reloj.
-Para el tiempo que hace que V. me la entreg6, se6 (5) Uribe.
repuso Pimienta, la tengo bastante adelantada.
-IC6mo es eso? aPues no te la di desde tras de antier? (6).

(5) sefid... senior. Ffjese bien el lector desde ahora en adelante en la
lengua de los negros y mulatos. V4anse nuestras notas sobre la lengua
popular en el aPr6logos.
(6) tras de antler... trasanteayer, o sea el dia que precedi6 al de
anteayer.


173





CIRILO VILLAVERDE


-Perdone V., sen6 Uribe, yo no vine A recibir esa prenda, si
hemos de hablar claro, hasta ayer por la mafiana. Antler toque
la misa mayor del Santo Angel Custodio, A prima toque la salve
y luego en el baile de Farruco hasta mas de media noche. Con-
que no se...
-Bien, bien, replica Uribe serio interrumpi6ndole. ZSe halla
6 no en estado de prueba? Esto es lo esencial.
-Dire a V.; lo que es probarse, puede ahora mismo. Las so-
lapas estan ya basteadas, lo propio que el cuello. Iba ahora a
hilvanarle los forros de seda, para abrirle los ojales. Los hombros
se hilvanaran cuando venga el caballero que V. dice y las espaldas
idem per idem. Las mangas las estA cerrando sefia Clara, su mu-
jer de V., aunque con probar una basta. De manera, que A las
ocho de la noche, cuando mas tarde, estard concluida la casaca y
lista para el baile, que no principiard hasta las nueve.
-El caso es que se quiere para mucho antes y no se dirA nun-
ca que Pancho de Paula Uribe v Robirosa, no cumple su palabra
una vez empefiada.
-Entonces tendrA V. que poner otro oficial que me ayude, me-
jor dicho, que la concluya, porque 4 las seis debo tocar en la salve
del Santo Angel Custodio y luego despues en el baile de Brito.
Farruco abre sus bailes esta noche en la casa de Soto y yo no
he querido levar mi orquesta hasta ally. En la Filarm6nica dirige
Ulpiano con su violin y Brindis estA comprometido A tocar el con-
trabajo. Con que considere V.
-Pues Lo siento en el alma. Jose Dolores, y si hubiera sabido
que tu no ibas a rematar esa pieza, no te la hubiera dado. Yo
me estoy mirando en ella. Temo que si otro oficial la coge ahora
en sus manos. le echa a perder el estilo. El caballerito Leonardo
es el mas quisquilloso de todos mis clientes. LNo ve V. que nada
en riqueza? No ve c6mo derrama la plata? iPara Lo que le
cuesta! Y vea V. su padre, D. CAndido, el otro dia como quien
dice. andaba con la pata por el suelo. Me parece que Jo veo cuan-
do lleg6 de su tierra: traia zapatos de empleita (quiso decir pleita,
mejor. alpargatas). chaqueta y calzones de bayeta y gorro de paflo.
A poco mas puso taller de maderas y tejas, despues trajo negros
de Africa A monones. despues se cas6 con una nina que tenia in-
genio, despues le entr6 dinero por todos cuatro costados y hoy
es un caballerazo de primera, sus hijas ruedan quitrin de pareja
y su hijo bota las onzas de oro como quien bota agua. E inter-


174





CBCILIA VALDS 1


tanto (7) aquella pobre muchacha... Mas, cAllate lengua. Pues,
segun te decia, Jos6 Dolores, el caballerito Leonardo vino aqui la
semana pasada y me dijo :-Maestro Uribe, tenga V. este patio
verde indivisible que he echo traer de Paris expresamente para
que V. me haga una casaca como se debe. Pero dejese V. de ve-
jeces, de tale encaramado en el cogote, ni de colas de golondrina.
Yo no soy ningun zacateca, Juanito Junco, ni Pepe Montalvo. HA-
game una casaca como la gente, 4 la dernier. que yo s6 que V.
sabe pintarlas en el cuerpo, cuando le da la gana.-Ese mozo
tiene tanto dinero, que es preciso darle gusto 6 reventar. Ade-
mas, como es tan elegante y bien parecido, da el tono en la moda,
y si acierto A hacerle una cosa buena, me pongo las botas (8). Aun-
que A decir verdad, ya no tengo manos para todo el trabajo que
me ha caldo. Por donde se ve claro que la competencia del in-
gl6s Federico, lejos de dafilficarme. me ha favorecido. Con que.
mi querido Jose Dolores, al avio.
-Ya le he dicho, sen Uribe, hare lo que pueda: pero sepalo.
no tendr6 tiempo para darle la dltima mano. Lo principal, sin
embargo, estA hecho, esto es, las solapas y el cuello. La montura
de los faldones y la espalda, V. puede dirigirla y los ojales nadie
los hace mejor que sefia Clara.
-Trae acA la casaca.
TrAjola el oficial y con ella en las manos, para suspenderla a
la altura de sus ojos, Uribe se encamin6 a un espejo que habia
en la pared medianera de la primer ventana y la puerta. AllI
le sigui6 maquinalmente Jose Dolores. Cuando los dos estuvieron
delante del espejo, dijo el maestro A su oficial:
-Vamos, Jose Dolores, sirve ti de modelo... Apuradamente,
tienes el mismo cuerpo que el caballertio Leonardo.
-Esta bien, seflo Uribe, contest Pimienta. de malisimo hu-
mor. Pero sin ejemplar jeh?
-Compadre, tienes hoy palabras de poco vivir. aQu6 te estA
labrando alli dentro? Antes tomaste una de las nifias Gamboa
por Cecilia Vald6s; ahora te pones bravo porque para ganar tiem-
po, pruebo la casaca del hermano en tu cuerpo. Si to haces por-
que ese blanco te pia la sombra, Io peor que puedes hacer es to-
marlo tan A pecho. ZQu6 remedio, Jose Dolores? Disimula.
aguanta. Haz como el perro con Ias avispas. ensefnar los dien-

(7) intertanto... entretanto.
(S) me pongo las botas... me salvo.


175





IRcLO VnLAVERDE


tes, para que crean que te ries. ZNo ves que elos son el martillo
y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen
las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos despues y gra-
cias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez
nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre asf. Haz
Lo que yo. 4TA no me ves besar muchas manos que deseo ver cor-
tadas? Te figuras que me sale de adentro. Ni lo pienses, porque
Lo cierto y veridico es, que en verbo de blanco, no quiero ni el
papel.
iQu6 ley tan brava, seni6 Uribe! No pudo menos de ex-
clamar por Lo bajo el official sorprendido mas bien que alarmado
de que abrigara principios tan severos.
-Pues quo, continue el maestro sastre, Zte figurabas que por-
que le hago el rande vu (9) a todos cuantos entran en esta casa,
es que no s4 distinguir y que no tengo orgullo? Te equivocas; en
verbo de hombre, nadie creo mejor que yo. ZMe estimaria en
menos porque soy de color? Disparate. ZCuAntos condes, abo-
gados y medicos andan por ahi, que se avergonzarian de que su
padre 6 su madre se les sentara al lado en el quitrin, 6 los acom-
pafiara A los besamanos del Capitan General en los dias del rey
6 de la reina Cristina? Quizas ti no estas tan enterado como yo,
porque no te rozas con la grandeza. Pero recapacita un poco, y
recuerda. jTu no conoces el padre del conde...? Pues fu6 el
mayordomo de su abuela. ZY el padre de la marquesa...? Un
talabartero de Matanzas, mas sucio que el cerote que usaba para
untarle a la pita con que cosia los arneses. zA que el marques
de... no ensefia su madre A los que van A visitarlo en su palacio
de la Catedral? Y 4qu6 me dices del padre del doctor de tantas
campanillas...? Es un carnicero de ahf al doblar. (Tuvo Uribe
la discrecion de pronunciar los nombres de las personas aludidas
A la oreja del official, como para que los demas no le oyeran). Pues
yo no tengo por qu6 esconder mis progenitores. Mi padre fue
un brigadier espafiol. A mucha honra lo tengo, y mi madre no
fu6 ninguna esclavona, ni ninguna mujer de naci6n (10). Si los
padres de esos sefiorones hubieran sido siquiera sastres, pase, por-
que es notorio que S. M. el Rey ha declarado noble nuestro arte,
lo mismo que el oficio de los tabaqueros y podemos usar don.
Tonda, con ser moreno, tiene don por el rey.

(9) le hago el rande nc... le hago la cortesia.
(10) mujer de nacion... negra nacida en Africa.


176





CECILIA VALDtS


-Yo no me ocupo de eso, ni 4 derechas se quien es mi padre,
solo s6 que no fu6 negro, volvi6 Pimienta A interrumpir el torren-
te impetuoso del maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni
A V., ni A mi, ni... A nuestros hijos, segun van las- cosas, nos to-
carA ser martillo. Y es muy duro, durisimo, insufrible, sefi6 Uri-
be, agreg6 Jose Dolores, y se le nubl6 la vista y le temblaron los
labios,-que ellos nos arrebaten las de color, y nosotros no poda-
mos ni mirar para las mujeres blancas.
-ZY quin tiene la culpa de eso? continue Uribe hablando
otra vez al oido del oficial, como para que no le oyera su mujer:
La culpa la tienen ellas no ellos. No te quepa genero de duda,
porque es claro Jos6 Dolores, que si A las pardas no les gustaran
los blancos, A buen seguro que los blancos no miraban para las
pardas.
-Puede ser, sefi Uribe; pero digo yo, z no tienen los blancos
bastante con las suyas? ZPor que han de venir A quitarnos las
nuestras? ICon qu6 derecho hacen ellos eso? ZCon el derecho de
blancos? jQui6n les ha dado semejante derecho? Nadie. Des-
engAfiese, sefi6 Uribe, si los blancos se contentaran con las blan-
cas, las pardas no mirarian para los blancos.
-Hablas como un Salomon, chinito, solo que eso no es lo que
sucede, y es preciso atenerse i como son las cosas y no como que-
remos que sean. Yo me hago este cargo Zqu6 vale quejarse ni es-
perar que todo ha de salir A medida del deseo de uno? ZNi que
puedo yo solo, que puedes ti, ni que puede el otro, contra el tor-
rente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir. Cuando son muchos
contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni se oye, ni
se entiende, y aguantar hasta que le llegue a uno su turno. Que
ya llegar4, yo te Io aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha
de rasgar el pafno A lo largo. Intertanto aprende de mi, recibo
las cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Po-
dria salir crucificado. T6 todavia vas A tragar mucha sangre, Io
estoy mirando.
-ZQue importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros
la traguen al mismo tiempo que yo...
-Ese es el caso, que si ta te calientas y tomas las cosas por
donde mas queman, no logras que otros traguen sangre, sino que
la tragas ti A borbollones. Y esto es lo que pretenden los pica-
ros de los blanquitos. Bien, no te digo que te dejes sopetear (11)

(11) sopetear... mortificar,


12


177





CIRILO VILLAVERDE


de nadie, pues yo tampoco me he dejado pasar la mota. Lo que
te digo es que no pierdas los estribos y aguardes la ocasion. i.Ves
ahf 4 Clara, tan formalota, tan s6ria? Ella cuando moza tuvo tam-
blen mas de un blanco tentador, y logr6 espantarlo sin mucho
trabajo ni quebradero de cabeza. Asi te digo, Jos4 Dolores, no
te apures, ni te pongas bravo, porque levas la de perder: te co-
mes los higados y sacas... Io que somos. Deja correr y aprende-
ris A vivir.
Durante esta larga y animada conversation, no ces6 un punto
la probadura de la casaca. Ya cogia Uribe una solapa con la
mano derecha, la sacudia y atraia 4 si, A tiempo que con la iz-
quierda abierta comprimia los pliegues de la camisa del oficial
por el pecho y el costado; ya mataba las ondas de la espalda de
los hombros para el centro; ya con el jabon de piedra trazaba
crucetas A lo largo de las costuras de los costados; ya en fin, me-
tia las tijeras por la gorilla del cuello y de las boca-mangas y sisa-
ba el pafio adherido por los hilvanes de hilo blanco A las entrete-
las de cafiamazo. Asi el embrion de frac tomaba poco A poco la
forma del cuerpo del official bajo la tijera y la astilla de jabon de
Uribe, sin que A todas estas tuviese 61 la certidumbre de que le
viniese bien A su legitimo duefio; pero fiaba el maestro mucho
en su experiencia (12) y conocida habilidad. Siempre que se le
ofrecia alguna duda respecto al tamafio ocurria a la tira de papel
doblada en dos con piquetes en ambas orillas, que le servia de
medida y rectificaba las dimensions.
Media hora larga se habia pasado en esta faena del maestro
con su oficial, cuando par6 una volante de alquiler d la puerta de
la sastreria y se ape6 de ella de un salto,el intr6pido joven que
habia servido de asunto. por la mayor parte, de su sazonada con-
versacion.


(12) Errata corregida. Experiencia en vez de esperiencia.


178











CAPITULO 11.


No es caballero d1 que nace
vino el que to sabe ser.

La legada repentina del j6ven mencionado al final del capitulo
anterior, esperada y todo, sorprendi6 al maestro sastre, con tan-
to mas motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel mo-
mento para echar atras los brazos y soltarle en las manos la pieza
de ropa en estado de prueba.
Esto, sin embargo, no fu6 parte para que 61 dejase de salir al
encuentro de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas
y zalamerias.
Si el joven recien legado observ6 6 no la retirada precipitada
de Pimienta, 6 si adivin6 el motivo, es mas de Io que puede afir-
marse con probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstan-
te, que hasta alli, Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo ace-
rrimo en el misico; y que ademas se creia muy superior para ocu-
parse de las simpatias 6 antipatias de un hombre de baja esfera,
mulato por afiadidura. Lo seguro es que ni siquiera sospech6
que habia acabado de ser el objeto casi exclusivo de la conversa-
cion del maestro sastre y de su oficial. Venia, ademfs, alli A hora
fija y por cita expresa, solo se demoraria el tiempo necesario; no
habia por tanto, ocasion ni motive de dar su atencion y pensa-
mientos A cosas agenas al traje que hacia el maestro Uribe. Tam-
poco 6ste le di6 lugar A divagaciones.
Como tenia por costumbre Leonardo, al apearse sac6 una pe-
seta del bolsillo del chaleco y se la arroj6 al calesero, el cual la
recibi6 en el aire. Luego, sin mas demora, se encanmind derecho al
sastre, cortindole, en medio de sus obsequiosas demostraciones,
con la pregunta:
Qu6 hay de mi ropa? ZLista?
--Casi concluida, sefior D. Leonardito.
-Lo temia, lo esperaba; replica 6ste impaciente. Un zapa-
tero remendon tiene mas palabra que tG, Uribe.
-ZPues qu6 hora es, caballero Gamboa?





CIRILO VILLAVERDE


-Son las cuatro y mas de la tarde; y me prometiste la ropa
para ayer tarde.
-Perdone el caballero, se la prometi para hoy A las siete de
la noche. Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el
caballero debe estar enterado que de mi taller no sale pieza sin
todos sus periquitos y ringo ranges (13). Cuente el caballero que
este pobre sastre no posee otra cosa que su reputaci6n, como que
viste, hace mas de diez afios A la grandeza de la Habana, y nadie
podra decir en justicia que Francisco de Paula Uribe y Robirosa...
Ah! ;Maestro Uribe! ;Maestro Uribe! volvi6 A interrum-
pirle el jdven con mayor impaciencia. El que no te conozca que
te compre. Dale con la palabra y vuelta con su reputaci6n y po-
cas veces, si alguna, cumpliendo con exactitud. Dejemos toda esa
palabreria para otra ocasion y vamos A los hechos. Al fin Zten-
dr6 la ropa esta noche, en tiempo para el baile 6 no? He aqui lo
que import saber.
-La tendrA el caballerito 6 pierdo el nombre que levo. Por
lo que toca al chaleco, que es 1o 6nico que se hace fuera de casa,
lo espero por momentos. Apuradamente, estA en manos de una
pardita que se pinta sola para chalecos y es como el reloj. Ya
que el caballero ha tenido la bondad de honrar mi taller con su
presencia, probaremos la casaca, aunque estoy cierto y seguro que
el caballero va a confesar que tengo buen ojo, si no otra cosa. Le
ruego que no repare en su estado presente, porque s6 que para
las personas que no son del arte aqui hay trabajo de dos dias, cuan-
do para un oficial experto solo hay trabajo de dos horas. Si al-
guna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mia, ni por falta
de oficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller
solo tengo cinco oficiales, fuera en sus casas cuantos quiero, aun-
que yo prefiero tener mi gente siempre A la vista.
Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se habia
despojado del frac, con la ayuda del sastre, y mientras le proba-
ban el nuevo crey6 ver reflejada en aquel la imagen de alguien
que le miraba A hurtadillas desde atras de la puerta del comedor.
Aunque le pas6 por la mente que habia visto aquella cara en al-
guna parte, de pronto no pudo recordar d6nde ni cuhndo. En este
esfuerzo de imaginaci6n se qued6 un rato pensativo, completa-
mente abstraido. Por supuesto, durante ese tiempo no vid lo que
pasaba, no oy6 ni entendi6 la charla del maestro Uribe.

(13) todos sus periquitos y ringo rangos... todos sus detalles y adornos.


180





CECILIA VALDs 18


Acert6 4 entrar en aquella sazon en la sastreria una mucha-
cha de color, medio cubierta la cabeza en la manta de burato par-
do oscuro, i la usanza persa. Di6 las buenas tardes y como si no
hubiese reparado en lo que alli se hacia, pas6 de largo hAcia el
aposento, por detras de la mesa de cortar. Pero Uribe la espe-
raba impaciente y la detuvo antes de alcanzar la puerta, pregun-
thndole:
-ZTraes el chaleco, Nene?
-Si, senor; contest6 ella con voz muy suave y musical, dete-
niendose A la cabeza de la mesa, en ]a cual deposit6 un lio pe-
queflo que sac6 de debajo de la manta.
El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron A
Leonardo de su abstracci6n, volvi6 4 ella el rostro y le clav6 la
vista. Ambos se reconocieron desde luego, y cambiaron una mi-
rada de inteligencia y una sonrisa de carifio, senales que por cier-
to no se escaparon 4 la penetracion de Uribe.-Aqui hay gato en-
cerrado, pens6 el. ;Pobre muchacha! la compadezco!-;En qu6
garras has caido! Cuando menos esta es la causa de las quema-
zones de sangre de Pimienta... Tiene razon,... Pero no, debe ser
por algo mas de eso.
Despues, sac6 el chaleco del panuelo de seda en que estaba
envuelto, y dendole 6ste a su duefio, afiadi6 hablando con Gamboa:
-ZNo se Io dije al caballero? Aqui tiene la prenda. La cos-
turera vale un Potosi.
Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde
brillante, entretejidas en la tela. No se lo prob6 Leonardo, ni lo
juzg6 necesario el sastre. Tampoco hubo desde alli tiempo para
mucho, porque cual por cita, acudi6 la mayor parte de los parro-
quianos de Uribe. Entre ellos, Fernando O'Reilly, hermano me-
nor del conde de este nombre; el primog6nito de Filomeno, des-
pues marques de Aguas Claras; el secretario 6 confidente del
donde de Penalver; el j6ven marquis de Villalta; el mayordomo
del conde de Lombillo; y uno que le decian Seiso Ferino, prote-
gido por la opulenta familia de Vald6s Herrera. Casi todos estos
habian ordenado piezas de ropa para si 6 para sus amos en la
sastreria del maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extra-
muros en sus carruajes, ya exprofeso, entraban en ella y se dete-
nian el tiempo necesario para esa averiguacion.
A] entrar el primero de los personajes arriba nombrados le
puso familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llam6
por este nombre, y le trat6 de ta por tW. Habian sido condisci-


181






CIRILO VILLAVERDE


pulos de filosofia en el colegio de San Carlos desde 1827 A 1828,
en cuya dltima fecha, O'Reilly se habia separado para ir A Es-
pana y proseguir sus estudios hasta recibirse de abogado, como
se recibi6, tornando A los patrios lares, solo unos pocos meses
antes del dia de que aqul hablamos, con el empleo de alcalde ma-
yor. Despues de dos anos de ausencia, aquella era la primera vez
que se veian, no habiendo tenido Leonardo ocasion ni humor de
ir A saludarlo, quizas porque, si bien antiguos condiscipulos, no
habia dejado 61 de ser miembro de una familia la mas orgullosa
de la Habana, de la primera grandeza de Espana. Por otra parte,
parti6 soltero y volvi6 casado con una madrilena, motivo de mas
para que sus gustos y aficiones ahora fuesen muy distintos de lo
que fueron cuando juntos concurrian A oir las elocuentes leccio-
nes del amable fil6sofo Francisco Javier de la Cruz.
La ocasion de aquella afluencia de senores y sus criados no
era otra que el baile de tabla que se celebraba por la noche del
mismo dia, en los altos del palacio situado en la calle de San Ig-
nacio esquina a la del Teniente Rey, alquilado para sus funcio-
nes por la Sociedad Filarm6nica, en 1828. Desde los dias del
carnaval, A fines de febrero, en que coincidieron los festejos p6-
blicos por el casamiento de la princesa de Napoles, dona Maria
Cristina con Fernando VII de Espana, la Sociedad antes dicha
no habia vuelto a abrir sus salones. Ahora lo hacia como para
despedir el ano de 1830, pues es sabido que la gente principal de
la Habana, tnica con derecho A concurrir A sus funciones, se mar-
chaba al campo desde principios de diciembre y no volvia, A la
ciudad, sino hasta mucho despues de Reyes. En visperas del sarao,
la juventud de ambos sexos, acudia en tropel A los establecimien-
tos de modas y novedades, para hacerse de trajes nuevos, de ador-
nos, joyas y guantes. Las sastrerias como la de Federico, Turla
v Uribe, que eran las favorites; los almacenes como los del Palo
Gordo v de Maravillas, las joyerias como las de Rozan y la Llave
de Oro: las tiendas de modistas como la de madama Pitaux; las
zapaterias como la de Bar6 en la calle de O'Reilly y la de las
Damas en la calle de la Salud, esquina A la de Manrique, extramu-
ros de la ciudad, varios dias anteriores al senalado para el baile,
se veian asediados A manana y tarde, por las senoritas y j6venes
mas distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las
primeras por esa epoca empezaban a usar los zapatos o escarpines
de raso blanco A la China, con cintas para atarlos A la garganta
del pie y mostrar las medics de seda caladas, siendo asi que el


182





CECLIA VALDiS


vestido se levaba sobre lo corto. Los hombres usaban tambien
escarpines de becerro con hebillita de oro al lado de fuera y calce-
tas de seda, color de care.
Con los caballeros Uribe ech6 el resto de la cortesia y de la
amabilidad, de que sabia revestirse cada vez que le convenia; con
los criados, aunque acudian en nombre de personas de elevada
posicion, fWt seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo
habilidad bastante para dejarlos i todos contentos y satisfechos,
como que nada le costaba prodigar promesas i diestro y a sinies-
tro, que es moneda imaginaria con que se pagan la mayor parte
de las deudas en sociedad. De esta manera cumpli6 exactamente
con los que le hablaron gordo desde el principio, i los restantes
di6 un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E idos
todos, porque ninguno calent6 asiento, se puso desde luego A ha-
bilitar las piezas que se proponia concluir para aquella noche. No
descuid6, por supuesto, la casaca verde invisible (14) de Gam-
boa; quien satisfecho de que no seria chasqueado de nuevo, cedi6
a las vivas instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acom-
pafi6 en el quitrin al paseo, llamado por imitacion del famoso de
Madrid,-el Prado.
Ocupaba 6ste y ocupa en el dia, el espacio de terreno que se
dilata desde la calzada del Monte, hasta el arrecife de la Punta
al norte, al morir el glicis de los fosos de la ciudad por el lado del
oeste. Cienfuegos extendi6 el paseo, de la calzada del Monte hasta
el Arsenal hicia el sur; pero jamas se ha usado como tal esa parte,
sino como calle Ancha, cuyo nombre leva. Entre las obras de
adorno que tuvieron origen en el gobierno de D. Luis de las Ca-
sas, se cuenta el nuevo Prado (el de que hablamos ahora.) El
conde de Santa Clara, concluy6 la primera fuente que dej6 en
proyecto las Casas, y construy6 otra mas al norte; nos referimos
i la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los Leones al
extremo. Ambas se surtian de agua de la Zanja real, que atra-
vesaba el paseo (y aun le atraviesa) por el frente del Jardin boti-
nico, hoy estacion principal del ferro carril de la Habana A Gui-
nes, y por la orilla del foso, iba i verter sus turbias aguas en el
fondo del puerto, al costado del Arsenal. Mucho despues. al ex-
tremo meridional del Prado, donde estuvo originalmente la esta-

(14) verde invisible... verde apagado. En dos ocasiones anteriores, en
el capitulo I de esta segunda parte. se lee acasaca verde indivisible. LSeri
este uindivisiblea una errata?


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CIRILO VILLAVERDE


tua en mAirmol de Carlos III, que D. Miguel Tacon traslad6 en 1835
A su paseo Militar, hizo construir A su costa en 1837 el conde de
Villanueva la bella fuente de la India 6 de la Habana.
El nuevo Prado constaba de una milla de extension poco mas
6 menos, formando un Angulo casi imperceptible de 80 grados,
frente A la plazoleta donde se elevaba la fuente rnstica de Neptuno.
Le constituian cuatro hileras de Arboles comunes del bosque de
Cuba, algunos con la edad, muy corpulentos, 6 impropios todos
de alamedas. Por la calle del centro, la mas ancha, podian correr
cuatro carruajes apareados; las dos laterales, mas Angostas, con
unos pocos asientos de piedra, servian para la gente de a pi4, hom-
bres solamente; quienes en los dias de gala 6 fiesta, se formaban
en filas interminables a Io largo del paseo. La mayor parte de
6stos, especialmente los domingos, se componian de mozos espa-
holes empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las
oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ej6rcito; pues
por su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podian usar
carruaje y visitar el Prado en dias comunes. Es de advertirse
ademas, que A la hora del paseo, estaba prohibido atravesar siquie-
ra el Prado en vehiculo de alquiler, y si algun extranjero lo hacia
por ignorancia de la regla 6 consentimiento del sargento del pi-
quete de dragones que. daba alli ]a guardia,-llamaba la atencion
y excitaba la risa general del pdblico.
La juventud cubana 6 criolla tenia A menos concurrir al Prado
a pi6, sobre todo el confundirse con los espafioles en las filas de
espectadores domingueros. De suerte que alli tomaba parte ac-
tiva en el paseo solo la gente principal: las mujeres invariable-
mente en quitrin, algunas personas de edad en volante y ciertos
j6venes de familias ricas, a caballo. Ninguna otra especie de ca-
rruaje se usaba entonces en la Habana, a excepcion del obispo y
del capitan general, que usaban coche. El recreo se reducia A
girar en torno de la estatua de Carlos III y la fuente de Neptuno,
cuando la concurrencia era corta, que cuando era mucha, se ex-
tendia hasta la de los Leones, n otro cualquier punto intermedio,
donde el sargento del piquete, calculaba que debia plantar uno
de sus dragones, A fin de mantener el 6rden y de que se guardase
la debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor
era la afluencia de 6stos, menor era el paso a que se les permitia
moverse, de que resultaba A menudo un ejercicio muy mon6tono,
no desaprovechado en verdad por las sefioritas, cuya diversion
principal consistia en ir reconociendo i sus amigos y conocidos


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CECILIA VALDS


entre los espectadores de las cables laterales, y saludarlos con el
abanico entreabierto, de la manera graciosa y elegante que solo
es dado a las habaneras.
Por fortuna, la monotonfa y fun6rea gravedad de tan inocen-
te recreo, 4 que las autoridades espafiolas daban el nombre arbi-
trario de 6rden,-duraban lo que la presencia de los dragones del
piquete en la "avenida central del Prado, es decir, de las cinco a
las seis de la tarde. Porque es cosa sabida, que unas veces con la
punta de la lanza, otras 4 varazos, hacian que los caleseros guar-
dasen el paso y la fila. Pero despues de saludar el pabellon espa-
fiol en las fortalezas del contorno, ceremonia previa para arriarlo,
lo mismo que las sefiales del Morro,-desfilaba el piquete por la
orilla de la Zanja en direction de la calle y cuartel de su nombre,
y al punto, empezaban las carreras, el verdadero ejercicio, la be-
lleza y novedad de la diversion. Espectaculo digno de contem-
plarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo,
del nuevo Prado de la Habana, iluminado A medias por los iltimos
rayos de oro del sol poniente, que en las tardes de otofo 6 de in-
vierno, se degradan en manojos de plata, antes de confundirse
con el azul purisimo de la b6veda celeste. Los caleseros expertos
se aprovechaban con ganas de la ocasion que se les presentaba
para hacer alarde de su habilidad y destreza, no ya solo en el
regir de los caballos, en el girar violento y caprichoso de los qui-
trines, sino en el tino con que los metian por las estrechuras y la
confusion, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de unas rue-
das con otras. Aun las timidas senoritas, en el colmo del entu-
siasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus
conchas areas, con la action y a veces con la palabra, animaban
a los ginetes; con que unos y otros contribuian hasta donde mas
al peligro y grandeza del espectaculo. Poco a poco desaparecia
la vaporosa luz crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta, se
elevaba remolinando hasta las primeras ramas de los copudos Ar-
boles y cubria todo el paseo; de manera, que cuando uno tras otro
los quitrines con su carga de mujeres j6venes y bellas. dejaban el
estadio en vuelta de la ciudad 6 de los barrios extramuros,-no
creia menos el desapercibido espectador sino que salian de las
nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.
En aquellos tiempos en que la Metr6polis creia que la ciencia
de gobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos
cafiones en bateria,-se ide6 la construction de las murallas de
la Habana, obra que se comenz6 A principios del decimo septimo


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CIRILO VILLAVEDE


siglo y se termin6 casi al finalizar el d6cimo octavo. Las tales
murallas eran partes de una fortificacion vasta y completa, asi por
el lado de tierra, como por el del mar 6 el puerto, no faltindole
cuatro puertas hAcia el campo, poternas hAcia el agua, puentes
levadizos, foso ancho y hondo, terraplenes, almacenes, estacadas,
aspilleras, y baluartes almenados, de modo que la ciudad mas po-
pulosa de la isla, quedaba de hecho convertida en una inmensa
ciudadela. Asi existieron las cosas hasta la venida del memorable
D. Miguel Tacon, quien abri6 tres puertas mas y sustituy6 los
puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la 6poca
de la historia que vamos refiriendo, esto es, cuando solo existian
las cinco puertas originales, las tres del centro, lamadas del Mon-
serrate, de la Muralla y de Tierra, eran para el usa del pfiblico
en carruaje, A caballo y 4 pie, y las de los extremos, denominadas
de la Punta y de la Tenaza, estaban destinadas especialmente al
trAfico. Por ellas, pues, se acarreaba el azdcar, el cafd y otros
efectos pesados en el anico medio de trasporte de entonces, f sa-
ber, las enormes, primitivas carretas, tiradas por cachazudos bue-
yes. La guarnicion de la plaza, numerosa en los 6ltimos tiempos,
daba la guardia en las puertas y en las poternas, juntamente con
el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ni nada entra-
ba ni salia, sin estar sujeto A un doble registry, todo, segun se
acostumbra en las plazas sitiadas.
Despues de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gam-
boa, en el rastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguar-
do, asom6 por la parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan
cargado de forraje verde de maiz, 6 que llaman vulgarmente ma-
toja, que no se veian mas que los pi6s y la cabeza, la cual procu-
raba alzar cuanto podia, f causa sin duda del demasiado peso. So-
bre aquella montafia de hierba venia montado A la mujereiga, me-
jor dicho, recostado en la grupa el conductor 6 malojero, mozo
natural de islas Canarias, vestido A Ila usanza de los campesinos
cubanos. El centinela espanol, que se paseaba entre las dos puer-
tas con el fusil al brazo, mir6 primero h6cia el puente, luego hhcia
el rastrillo, y se plant6 en medio de la via, en seal de que ambos
debian pararse, hasta que se resolviera cual de los dos tenia que
ciar 6 desviarse. Pararse el caballo del forraje, equivaldria 4
obstruir el paso; volverse en el estrecho puente era imposible
sin exponerse 4 una caida, en tanto que al carruaje le era ficil
arrendar los caballos sobre el cuartel del cuerpo de guardia y dejar
expedito el camino. A pesar de su natural torpeza, esto to v16


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CZCHAA VALDts


claro desde luego el centinela, asi que, orden6 con la mano al ma-
lojero que se parase y avanz6 A paso de carga al carruaje y grit6:
-;Atras!
Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su
amo, envanecido de los escudos de arma bordados en su librea,
lo mismo que de sus espuelas de plata, metal de que estaban so-
brecargadas las guarniciones, aun el mismo carruaje,-en vez de
obedecer la 6rden del centinela, plant6 los caballos delante de la
puerta interior, y mir6 de medio lado A su amo. Venia 4ste muy
embebecido contAndole A Gamboa los peligros que habia corrido
en su ascension al monte Etna en Sicilia y hasta la parada re-
pentina del carruaje no ech6 de ver que se habia presentado un
obstdculo. Naturalmente, los ojos del amo se encontraron con los
del esclavo que le pedia 6rdenes: Arrea! le dijo; y como si
nada ocurriese, continu6 la intima conversation que traia con su
condiscipulo y amigo.
Movi6ronse los caballos y entonces el centinela repiti6 la voz
de atras, presentando la bayoneta A sus pechos; A cuya vista,
O'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignation. Medio
se incorpor6 en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja
de Calatrava, que Ilevaba bordada en la solapa de la casaca, y gri-
t6: iCabo de guardia! Y luego que 6ste se le present6 con la
mano derecha abierta sobre la frente, agreg6 :-Haga V. despejar
el paso.
Inform6se el cabo en un instante de lo que pasaba y aunque
no conocia al sugeto que le habia hablado, por el tono imperioso
que us6 y por la cruz roja, supuso que era un senor principal,
jefe, 6 cosa parecida, y le contest6, siempre con la mano abierta
A la altura de la frente.-El malojero no puede retroceder.
-Z C6mo es eso? exclam6 Fernando en el como de la c6lera.
c Sabe V. con quien habla? Llame al oficial de guardia.
-No hay para qu6, repuso el cabo. Ya veremos modo de arre-
glarlo. No se incomode V. E.
-Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.
A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretenia
en jugar A los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de
faction, los cuales esperaban 6rdenes sentados en un banco sin
respaldo a la puerta del cuartel, mientras los demas dormian A
pierna suelta en las tarimas fijas del interior. Aquel militar, que
debiamos suponer mas enterado que el cabo de la notion de 1o
justo y de lo injusto, no vi6 mas sino que un caballero cruzado


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CIRILO VILLAVERDE


no podia proseguir su paseo porque se lo impedia un paisano con
su caballo cargado de forraje. Asi que di6 la 6rden perentoria
de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el monte
de forraje verde qued6 montado en la barandilla del puente leva-
dizo. inica cosa que ocurri6 A los soldados hacedero en aquellas
circunstancias. En efecto, asi pudo pasar el carruaje, aunque
llevandose en el bocin del cubo parte de la maloja. Todo aquello
sucedi6 tan repentina como inesperadamente para el mozo con-
ductor. que solo tuvo tiempo de echarse al suelo, no para resistir
el atropello, sino para no ser lanzado al foso. Expres6 su sorpresa
con algunos juramentos, y su enojo con mudas demostraciones;
mas nadie le hizo caso. Por el contrario, temeroso de mayor vio-
lencia, se apresur6 a descargar parte de la hierba, A fin de que el
caballo pudiera enderezarse y seguir camino 4 la ciudad.
En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho
rastrillo de la -stacada, habia que orillar el foso por corto trecho,
pasar po encima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas
se vertia en aquel, formando un charco de regulares dimensiones.
Pues en el borde del alto terraplen, en el instante en que hablamos,
habia un grupo de hombres y muchachos en observation de algo
que ocurria abajo, en el charco.
Que es ello? pregunt6 O'Reilly.
-No se, contest6 su amigo: supongo que gentes que se bafian.
Preguntado el calesero, inform6 a su amo sin titubear, que
eran el mulato Polanco y el negro TondA, c6lebres nadadores, ri-
fiendo a zapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual
salvajes del Africa. zambullian, giraban bajo del agua, y luego
procuraban hacerse dano, descargandose tremendos golpes con la
pierna, al modo como dicen que hace el cocodrilo cuando ataca la
presa. Esto llamaban en Cuba tirar zapatazos. Parece que el in-
moral espectaculo se repetia a menudo, supuesto que el calesero
de O'Reilly desde luego dijo los nombres de los bafistas y lo que
hacian en el agua. El primero mas de una vez habia acometido
a un tiburon en el puerto y le habia rendido A puflaladas; ademas
de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda la
ciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecu-
cion de los malhechores de su propia raza, con autoridad especial
del mismo capitan general D. Francisco Dionisio Vives.
El facil triunfo obtenido sobre el moo del forraje en la puer-
ta de la Muralla, habia envalentonado al calesero, el cual quiso
entrar en el paseo por la orilla de la Zanja; pero se Io impidi6 el


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CECILIA VALDtS


dragon con lanza en ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly,
quien invoc6 su carfcter de alcalde mayor, hubo que dar la vuelta
A la estatua de Carlos III, y esperar alli un claro, para incorpo-
rarse en la fila. Este fu6 el primer motivo de mortification para
tan orgulloso j6ven, el segundo le aguardaba en el punto done
la (15) calle de San Rafael corta el Prado. Desembocaban por
ella el coche del general Vives con su escolta de A caballo, todos
A galope tendido; y mientras, para abrir campo, los dragones del
piquete interrumpian el movimiento de los quitrines de ambas
filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly,-dos
flanqueadores con sable desnudo detenian y arrollaban A los que
pretendian entrar 6 salir por la puerta del Monserrate, antes que
su Excelencia el capitan general.
Probaba esto que habia en la Habana Alguien superior y mas
privilegiado que un segundo g6nito de conde, aunque grande de
Espana de primera clase. En la acepcion recta de la palabra, no
era dem6crata Leonardo, mas le disgust6 mucho el atropello del
malojero y casi se alegr6 de las mortificaciones que experiment
su amigo en el paseo, cual si hubiesen querido humillarle el orgu-
11. Evidente, pues, aparecia, que las distinciones sociales del pals,
solo aprovechaban en todas circunstancias a la autoridad mili-
tar,- ante la cual, nobles y plebeyos debian doblar la cerviz.


(15) Errata coregida. La en vez de el.


1 9











CAPITULO III.


Y al compass se agitaban mil bellna
One ropajes fanthsticos vestian,
Y A mi coal las viosiones se afrecian
De un poets oriental.
R. PaLty.

Aquella noche (*) el teatro de la elegancia habanera sent sus
reales en la Sociedad Filarm6nica. Brillaron all con todo su esplen-
dor el gusto y la finura de las senoras, lo mismo que el porte de-
cente de los caballeros. Ademas de los socios y convidados de cos-
tumbre, asistieron los sefiores c6nsules de las naciones extranjeras,
los oficiales de la guarnicion y de la real Marina, los ayudantes del
capitan general y algunos otros personajes notables por su carAc-
ter y circunstancias, como fueron el hijo del c6lebre mariscal Ney,
que estaba viajando, y el consul de Holanda en Nueva York.
Hicieronse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro
sobre fondo de raso blanco, por ser de nltima moda a iguales al
que Mme. Minette hizo en Paris para ]a actual soberana de Espa-
na. Las mangas de este traje conocidas con el nombre de A la
Cristino, eran cortas, abobadas y guarnecida su parte inferior con
encaje muy ancho. Tambien se vieron otros de tul bordados con
muchisima delicadeza, sobre fondo celeste. Llamaron as! mismo
la atencion general los vestidos de tul sobre raso blanco con guar-
nicion en puntas encontradas, adornadas 6stas de encaje estrecho
y mangas A la Cristina. Otros iguales a estos iltimos, pero con di-
ferentes guarniciones pudieron sefialarse, sin que dejase de haber
muchos mas cuya elegancia y gusto en nada desmerecian de los ya
descritos.
Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas
turbantes egipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donai-
re, las mas girafas de todos tamafios, adornadas con flores azules
6 blancas, guardando union con el color del traje, y algunas te-
nian lazos de oro graciosamente colocados. Era grandioso y bell

La relaci6n que sigue la tomamos casi al pie dc la letra de un semanario que se
publicaba en la Habana en 1830, titulado-LA Mona.




CDCILIA VALDntS


el efecto que producia la reunion de tantas y tan hermosas lechu-
guinas. Animaba la concurrencia una completa alegria y rebosaba
la sonrisa en los labios de todos. La etiqueta, que generalmente
caracteriza a los bailes de la Sociedad, no se vi6 mas que en los
trajes de las senoras y en los vestidos de los hombres, los cuales
lucieron 4 porffa sus recamados uniformes de gentiles-hombres,
de generales, de brigadieres, de coroneles, de altos empleados, Ca-
daval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los que no
poseian titulo ni condecoracion se contentaron con la dltima moda
de Paris en semejantes reuniones.
Adornaba la testera principal de la sala, el magnifico dosel.
cuyo centro ocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los patios
de la pared sostenian cuadros hist6ricos y de las cornisas pendia
una colgadura de damasco azul con pabellones blancos guarne-
cidos de vistosos flecos de seda, sostenida por adorns dorados y
clavos romanos, de los cuales caian con gracia cordones y borlo-
nes de seda. El cielo raso de la sala estaba vestido de damasco del
mismo color de la colgadura.
Cosa de las diez empez6 el baile y A las once el salon principal
estaba completamente leno. En los intermedios servian sorbe-
tes y refrescos de todas clases en grandes bandejas de plata sos-
tenidas por lacayos. Las senoras que preferian tomarlos fuera del
salon, tenian preparada para este efecto una sala alumbrada per-
fectamente, en donde estaba la reposteria, y criados prontos para
servirlas; pero la political y la urbanidad de los socios y convida-
dos les ahorr6 un trabajo que para los caballeros se convierte en
placer cuando se emplea en servicio de las damas.
La cena se principi6 entre doce y una de la madrugada y con-
sistia en pavo fiambre, jamon de Westfalia, queso, gigote exce-
lente, ropa-vieja, dulces secos, conservas, vinos generosos de Es-
pafia y extranjeros, chocolate suculento, caf6 y frutas de todos
los pauses en comercio con la isla de Cuba. Y fu6 lo mas notable
que compitiendo la esplendidez de la mesa con su pr6diga abun-
dancia, los manjares no costaban sino el trabajo de pedirlos.
Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos, que la elegan-
cia y la belleza de la Habana se habian dado cita aquella noche
en la Sociedad Filarm6nica. Porque allf estaba la marquesa de
Arcos, hija del famoso marques Pedro Calvo, con Luisa, su hija
mayor entonces de quince atlos de edad. Por esta habia improvi-
sado Placido aquellos versos que dicen:


191





CIRILO VILLAVERDE


Andaba revoloteando
En el ambiente exquisito,
Muerto de sed un mosquito,
Jugo de flores buscando;
Lleg6 A tu boca y pensando,
Que era una rosa 6 clavel,
Introduci6ndose en el,
Porque alli el placer le encanta,
Muri6 en tu dulce garganta,
Como en un vaso de miel.

Alli las hermanas Chacon, que merecieron por su hermosura
figurar en el gran lienzo pintado por Vermay para perpetuar la
inemoria de la misa que se celebr6 en la inauguracion del Tem-
plete de la plaza de Armas. Alli las Montalvo, de tipo teut6nico,
una de las cuales fue declarada reina de la belleza, cuando la co-
rrida de cafias el ano anterior en la antigua plaza de Toros del
campo de Marte; alli la Arango, celebre por haber contribuido A
la evasion del poeta Heredia y que despues se cas6 con un ayu-
dante de campo del capitan general Ricafort; alli las hermanas
Aceval, V6nus de Milo en las formas, tan distinguidas por su ta-
lento, como desdichadas por sus pasiones; alli las hermanas AlcA-
zar, modelos de perfeccion, asi por la simetria de sus menudas
facciones, como por las rosas de sus mejillas y el color negro de
sus cabellos; alli las Junco y las Lamar, de Matanzas, conocidas
bajo el poetico vocativo de las Ninfas del Yumuri; alli las tres
hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido ocasion de des-
cribir; alli la Topete, hija del comandante general del Apostadero
de la Habana, que mas adelante inspire d Palma su inmortal aQuin-
ce de Agostos ; alli la menor de las Gamez, Venus de Belvedere,
cuyo cabello castaflo, ondulante y copioso, levaba suelto, sembra-
do de estrellas de oro; alli, en fin, entre otras muchas que seria
prolijo enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que habia sido asesor
del capitan general Someruelos, quien poseia los rasgos principa-
les del tipo severo y modesto celtibero A que debia su origen.
Como modelos de varonil belleza, entre los jovenes concurren-
tes al baile de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mencion
del teniente coronel de Lanceros del Rey Rafael de la Torre,
-quien unos dias despues muri6 estrellado contra las ruedas de
los quitrines en el Paseo, junto A la estatua de Carlos III, victima
de la fogosidad de su caballo; Bernardo Echeverria y O'Gaban,


192






CECIJA VALDt


que en los dins de gala gustaba vestir el uniforme de gentil-hom-
bre de Chmarq con entrada, por cuanto podia lucir las bien he-
chas y rollizas piernas: Ramon Montalvo, en la flor de su edad,
bello como un ingl6s de la mas pura sangre; Jos6 Gaston, el ver-
dadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recien llegado de Fran-
cia, que venia hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el
feliz campeon de las corridas de canas celebradas el afio anterior
con motivo de las nupcias de Fernando VII con Maria Cristina
de Napoles: varios oficiales de la marina y del ej6rcito espafiol
en sus vistosos uniformes mas propios de una parada, que de un
bale particular.
Tambien contribuy6 al lustre de la fiesta la presencia de al-
gunos j6venes que empezaban A distinguirse en el cultivo de las
letras, A saber: Palma, que habia sido uno de los competidores
en la corrida de cafias; Echeverria, empleado en la Hacienda, que
el ao siguiente alcanz6 el premio en el concurso portico abierto
por la comision de Literatura con objeto de celebrar el nacimiento
de la infanta de Castilla Isabel de Borbon; Vald6s Machuca, cono-
cido por Desval en la repdblica de las letras; Policarpo Vald6s,
que se firmaba Polidoro; Anacleto Bermudez, que solia publicar
versos bajo el nombre de Delicio; Manuel Garay y Heredia, que
imprimia sus versos en la Aurora de Matanzas; Velez Herrera,
el autor del romance cubano Elvira de Oquendo; Delio, el cantor
de las ruins del Alhambra; Domindo Andr6, j6ven abogado, elo-
cuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance
cubano, de variados conocimientos y muy distinguido porte.
Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros va-
rios, que tambien se hallaron en el baile, si se exceptuan el se-
gundo que era dado A los estudios filos6ficos y el tercero que en-
traba ya en la clase rica, no se hacian notables por su talento, aun-
que los tres solian escribir en los peri6dicos literarios; y el ultimo
pasaba ademas por mozo de buen parecer y varoniles formas. Los
literatos, mejor dicho, los aficionados A las letras, sobre todo los
que cultivaban la poesia, empezaban A tener entrada con la gente
que podia tenerse por noble en Cuba, 6 que aspiraba, por su cau-
dal, A la nobleza y alternaba con ella. Mostraban al menos dis-
tincion por ellos algunas families tituladas de la Habana y los
atraian A sus fiestas y reuniones, entre otras, por ejemplo, los con-
des de Fernandina, los de casa Bayona, los de casa Pefialver, los
marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y reu-
niones en los dias de pascuas de navidad se trasladaban A los lin-


13


193






CIILO VILLAVERDE


disimos cafetales de San Antonio, de Alquizar, de San Andres y
de la Artemisa, que pertenecian 6 la gente rica.
No se presentaron en los salons de la Sociedad nuestros ami-
gos Gamboa, Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la
noche. Durante las primeras horas habian estado visitando los
bailes de la feria del Angel, el de Farruco y el de Brito, sin olvidar
la cuna de la gente de color, en la calle del Empedrado, entre
Compostela y Aguacate. En ninguno de esos sitios habian tomado
ellos parte activa, si se exceptiia el primero, quien al juego del
monte, perdi6 en un instante las dos onzas de oro que aquella mis-
ma tarde le habia metido su madre en el bolsillo del chaleco. No
conocia el valor del dinero, ni jugaba por amor A la ganancia, sino
por el placer de la excitacion del moment; pero sucedi6 que los
bailes no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las mu-
chachas bonitas; que no logr6 ver A Cecilia Valdes en la ventana
de la casa, ni en la cuna, cosas todas que se conspiraron para po-
nerle de malisimo humor. Para remate de desdichas, cuando per-
didoso y disgustado volvia con sus amigos en busca del quitrin,
que habia dejado apostado en la calle del Aguacate al abrigo de
las altas paredes del convento de Santa Catalina,-descubri6 que
no estaba alli, ni fu6 posible encontrarle sino media hora despues
y en punto opuesto y distante.
Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le
indujo a desobedecer una 6rden terminante de su j6ven amo, di6
al principio respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo,-que un
desconocido, medio cubierto el rostro con un pafluelo le habia
forzado 6 abandonar el puesto y fingir que se volvia 6 casa, vali6n-
dose de amenazas terribles. No parecia creible el cuento; hubo
empero que aceptarlo como bueno y veridico; lo que, si cabe, au-
ment6 el mal humor de Leonardo, porque en caso de ser cierta
la relation del calesero i qui6n podia ser ese sugeto, ni que interes
tender en que el carruaje aguardase en una n otra esquina de la
calle? j Por que emplear amenazas? i Que autoridad tenia para
ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar 6 pai-
sano, comisario de barrio 6 magistrado, hombre blanco 6 de color.
Tal vez era un inesperado y desconocido rival que de aquel modo
se preparaba A disputarle el cariflo de Cecilia .Vald6s.
Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella,
ni su amiga Nemesia, se habian presentado en parte alguna de
la feria del Angel. Ademas de eso, la circunstancia de no haber
abierto la ventana, aun cuando Gamboa hizo la seal convenida,


194






CECILIA VALDs 1


pasando la punta del baston por los pocos balaustres que aun le
quedaban, casi no dejaba duda de que algo extraordinario habia
ocurrido en el humilde y oscuro hogar.
Mas sea de esto Io que se fuere, que no hay tiempo de verifi-
carlo ahora, Leonardo Gamboa entr6 en el baile de la Filarm6-
nica preocupado y de muy mal talante. Armada, sin embargo,
la danza en la sala principal y el aposento del palacio, bastante
espaciosos por cierto, segun dice el poeta:

Una noche por fin; entre cristales
La luz reverberaba en los salons;
Y la sangre inflamaba con sus sones,
La danza tropical;-

no pudo nuestro h6roe sustraerse a su arrobadora influencia. La
orquesta, que dirigia el c6lebre violinista Ulpiano, ocupaba el an-
chisimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia
escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta
del salon, en frente de otra que daba sobre los mas amplios bal-
cones, que formaban los portales llamados del (16) Rosario. De-
jados los sombreros y los bastones en manos de un lacayo negro,
A la puerta de un cuarto entre-suelo, que abria al descanso de la
escalera de doble tramo y tendiendo la vista por el soberbio salon,
que podia tener ala carrera de un caballo,i si se nos permite la
exageracion, descubrieron los estudiantes que las animadas pa-
rejas le llenaban de extremo A extremo. Recibian los hombres de
espalda, y las mujeres de frente, mientras esperaban su turn para
hacer cedazo, el aire fresco de la media noche que entraba por
las puertas y ventanas abiertas de par en par.
Como hemos dicho antes, all se hallaba reunido lo mas granado
y florid de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el
moment al menos, con alma y cuerpo A su diversion favorite. Y
a la luz deslumbrante de las aranas de cristal, en olas de una mu-
sica tan planidera como voluptuosa, pues que procede del cora-
zon de un pueblo esclavizado, al traves de la nube sutil de polvo
que levantaban los bailarines con los pies,-las mujeres parecian
mas hermosas, los hombres mas bizarros. ZPodia, pues, entregarse
el animo de la juventud A otros pensamientos que los que le su-
gerian los halagadores objetos que tenia delante? No es posible.


(16) Errata corregida. Del en vez de d81.


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cnLo VILLAVERDE


Gamboa se ocup6 desde luego en buscar companera para to-
mar parte en el baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses,
que rara vez bailaba, y Solfa que no bailaba nunca, se quedaron
de espectadores en el medio del salon, observando el 6ltimo con
sonrisa amarga,-que mientras aquella loca juventud gozaba A
sus anchas de los placeres del memento, el mas estipido y brutal
de los reyes de Espana parecia contemplarla con aire de profundo
desprecio, desde el dorado dosel donde se veia pintada su imAgen
odiosa.
Andando con algun trabajo entre las apifiadas filas de especta-
dores y bailarines, tropez6 Gamboa con la mas j6ven de las sefno-
ritas Gamez, cuyo retrato hemos hecho arriba A vuela pluma, en
lo mas empenado de la danza. Por todo saludo, sin dejar de girar,
como una silfide, en brazos de su pareja, le dijo ella antes con los
ojos que con la lengua :-Ahi esta Isabel.
-z Bailando? pregunt6 el joven.
-iQu6 bailar! Esperando por V.
-ZPor mi? ;Qu6 descanso el suyo! Pues por un tries no
vengo al baile esta noche.
En efecto, aquella senorita se hallaba A la sazon en toda apa-
riencia comiendo pavo (17), segun reza la frase vulgar en Cuba,
es decir, sentada A la izquierda, cerca de la puerta del aposento,
entre una senora de mediana edad y el cult abogado Domingo
Andre, con quien sostenia animada conversation. No obstante
su natural despreocupacion, sinti6 Gamboa un arranque de celos,
que le fue impossible reprimir, no ya porque estuviese de veras
enamorado, sino porque el caballero en cuya compania la encon-
traba, era asaz galan y sabia insinuarse en el Animo de las mujeres
discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de
las galanterias de Andr6 por aquella 6poca, se dirigian a otra
beldad muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdid por
timido y que gan6 por osado el literato dominicano Domingo del
Monte, si no estamos muy equivocados, en la noche de que esta-
mos hablando. Por lo que hace A Isabel, recibi6 A Leonardo con
una sonrisa adorable, lo cual, lejos de tranquilizarle, fu6 parte A
causarle mayor desazon. Cambiados los saludos de costumbre,
pues la companera de Isabel, madre de las Gamez, era amiga del

(17) comiendo pavo:.. sufriendo un desengafio porque ningdn hombre
la habia invitado a bailar.


196




CZCUJA vAIDtS


j6ven estudiante, lo mismo que Andre, en prueba de que no tenia
nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risuenfa:
-Decia a este caballero poco hace, que tenia comprometida
esta dana, y no me quiere creer.
-Es que V. no ha bailado ninguna todavia, que yo sepa; re-
puso Andre.
-Cierto que dos se han bailado solamente, replica Isabel sin
cortarse, pero hasta ahora, que se baila la tercera, no ha venido V.
A invitarme.
-Lo que quiere decir en sustancia, continu6 Andre, que he
legado en hora menguada. iC6mo ha de ser!
-Esta senorita tiene raon, interpuso Leonardo repuesto de
su embarazo. Por compromiso anterior, en cualquier bailey donde
nos encontremos, me reserva ella la tercera danza. No he podido
legar, pues, A mejor hora segun veo. Por eso se dice que mas
vale llegar A tiempo que rondar un ano.
-Ya, exclam6 el galante abogado, el caso es que con las buenas
mozas pocos somos los que legamos A tiempo.
Andre salud6 y fue A formar corn a las dos hijas del potentado
Aldama, de las cuales, la menor, de nombre Lola, cedia a muy
pocas aquella noche la palma codiciada de la belleza. Entretanto
Leonardo 6 Isabel cogidos por la mano, se metieron en las filas
de la danza, no distante de la cabecera, mediante el favor de ami-
gos mutuos, que aunque legaron tarde, no les dejaron incorpo-
rarse A la cola, como era de rigor.-La cubana dana, sin duda
que se invent6 para hacerse la corte los enamorados. En si el
bale es muy sencillo, los movimientos c6modos y fhciles, siendo
su objeto primordial, la aproximacion de los sexos en un pais
donde las costumbres moriscas tienden a su separation, en una
palabra,-la comunion de las almas. Porque el caballero leva
A la dama casi siempre como en vilo, pues que mientras con el
brazo derecho la rodea el talle, con la mano izquierda le comprime
la suya blandamente. No es aquello bailar, puesto que el cuerpo
sigue meramente los compases, es mecerse como en suefios, al
son de una masica gemidora y voluptuosa, es conversar intima-
mente dos personas queridas, es acariciarse dos seres que se atraen
matuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la costumbre
ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho Alguien
oportunamente; el bale es un pueblo, decimos nosotros, y no hay
ninguno como la danza, que pinte mas al vivo el caracter, los hA-


197




CfILH VILLAVERDE


bitos, el estado social y politico de los cubanos, ni que est6 en mas
armonia con el clima de la Isla.
La noche en cuestion, lucia Isabel Ilincheta A maravilla las
gracias naturales de que la habia dotado el cielo. Era alta, bien
formada, esbelta y vestia elegantemnente, con que siendo muy dis-
creta y amable, estA dicho que debia lamar la atencion de la gente
culta. Hasta la suave palidez de su rostro, la expresion languida
de sus claros ojos y fins labios, contribuia A hacer atractiva 6
una j6ven que, por otra parte no tenia nada de hermosa. Su en-
canto consistia en su palabra y en sus modos. Entraba en la pu-
bertad cuando perdi6 A su madre, y para educarla, Lo mismo que
para libertarla de los peligros del mundo, su padre la puso al cui-
dado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva-Orleans y es-
tablecidas en su convento de puerta de Tierra desde principios de
este siglo. Despues de un pupilaje de mas de cuatro afios, en que
recibi6 una education antes religiosa que erudita y completa, se
retir6 al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la poblacion
de Alquizar, junto con su hermana menor Rosa y una tia, viuda
de un cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo
habia hecho varios viajes a la costa de Africa, en las expediciones
despachadas por cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Con-
trajo de esas resultas una enfermedad terrible, muri6 en la trave-
sia y le arrojaron al agua, cual otros muchos de los infelices sal-
vajes A quienes habia ayudado A plagiar de su native suelo. En
mas de una ocasion fu6 la viuda, con tal motivo, el objeto de la
munificencia de D. C~ndido Gamboa, Leonardo la visit6 en el ca-
fetal de Alquizar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina,
cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina dis-
crecion.
No habia nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de vo-
luptuosidad, ya Lo hemos indicado, en las formal de Isabel. Y la
razon- era obvia: el ejercicio A caballo, su diversion favorita en el
campo; el nadar frecuente en el rio de San Andres, y en el de
San Juan de Contreras, donde todos los afios pasaba la tempo-
rada de bafios; las caminatas casi diarias en el cafetal de su padre
y en los de los vecinos, su exposition frecuente A las intemperies
por gusto y por razon de su vida activa ; -habian robustecido y
desarrollado su constitution fisica al punt de hacerle perder las
formas suaves y redondas de las j6venes de su edad y estado.
Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona,
debe afiadirse, que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro


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CECUJA VALDtS


y sedoso, al cual solo faltaba una tonsura frecuente para conver-
tirse en bigote negro y poblado. Tras ese bozo asomaban A ve-
ces unos dientes blancos, chicos y parejos, y h6 aqu! Io que cons-
tituia la mhgia de la sonrisa de Isabel.
No debe extranarse, que siendo Leonardo un tanto descreido
y despegado, sintiese pasion por una j6ven tal como la que acaba
de describirse. Entraba 61 por las puertas doradas de la vida. A
pesar de sus connotaciones y de su riqueza, no habia tenido aun
trato con las mujeres de su esfera y educacion, ni habia empezado
A buscar en ellas tampoco la compafiera futura de su vida. La
aspereza suya no era sino externa, estaba en sus maneras brus-
cas, porque allA en el fondo de su pecho, como habra ocasion de
observarlo, habia raudal inagotable de generosidad, ternura de
sentimientos. Dios por dicha no le habia negado la capacidad de
amar, solo que las mujeres con quienes hasta ali habia tropezado,
6 habian cedido A la fogosidad de sus afectos, A la intrepidez de
sus pocos aios, 6 A la influencia de su lluvia de oro. Ninguno de
estos m6viles podia tener ascendiente en el animo de una j6ven
rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta.
Atraido Leonardo primero por sus prendas fisicas, seducido des-
pues por sus relevantes dotes morales, comprendi6 desde luego,
que para ganar su afecto fuerza era tocar su corazon, hablar A
su entendimiento. Por otra parte, aquella mujer que se presen-
taba A los ojos de Leonardo bajo un nuevo aspecto, habitaba el
trasunto del paraiso terrenal, cuando la vi6 por la primera vez.
Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que
son, sin embargo, mas levaderos en los cafetales, se convendra
en que Isabel, su hermana Rosa, su tia doia Juana, su padre y
criados, llevaban una vida de paz y quietud, lejos del bullicio de
la ciudad, rodeados de olorosas flores, de los cafetos y naranjos
siempre verdes, de las airosas palmas, del clasico platano, embe-
becidos con el canto parenne de las aves y el susurro melanc6lico
de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estacion de los Agui-
naldos y de los azahares, en que Leonardo conoci6 A Isabel, con-
tribuy6 A rodearla de encanto a sus ojos, y A despertar en su pecho
algo que no habia sentido nunca a los 21 anios de su vida,-el amor.


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CAPITULO IV.


Pana=.-Su nombre a smnos.
lt.-Nunca, unca, nunca.
Suxcm Do Axon Y Amucro,

El callejon de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que
parece ser su continuacion, se compone de dos cuadras. Es, si
cabe, mas estrecho, hondo y h6medo, aun cuando sus casas son
en general mas Amplias. En una de estas, inmediato A la calle
del Aguacate, vivia Nemesia Pimienta con su hermano Jos6 Do-
lores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se reducia
i un par de sillas, un columpio (18), una mesita de pino y un catre
de viento (19), que se abria de noche y se cerraba de dia, A fin de
despejar el campo.
Anochecido ya, Nemesia sali6 de la sastreria de Uribe y se
encamin6 A paso menudo hicia el barrio del Angel. Prefiri6 para
ello la calle del Aguacate, que si bien mas solitaria y oscura, por
la ausencia de establecimientos pablicos, conducia derecho A dos
puntos en donde de paso queria detenerse. Cuando lleg6 A las
cuatro esquinas formadas por la calle de O'Reilly y la traviesa
que levaba, se detuvo un breve rato, pensativa 6 indecisa. Mir6
primero atras, luego A su derecha, despues adelante, fijando la
mirada en la ventanilla de la casucha inmediata A la taberna de
la izquierda, aunque por estar en linea paralela A la observadora,
solo se distinguian las molduras de los balaustres que sobresalian
un poco del plano de la pared. Dificil era pues saber si habia 6
no persona asomada, alli 6 A la puerta; en consecuencia, la mu-
lata se traslad6 A la esquina de abajo, y di6 un silbido (20) pecu-
liar muy agudo, hacienda pasar el viento con fuerza por entre los
dientes del medio de la mandibula superior.
Algunos segundos despues, vi6 asomar por los balaustres de la
ventana, un canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo,

(18) columpio... mecedora.
(19) catre de viento... catre de tijera.
(20) Errata corregida. Silbido en vez de silvido.




CECILIA VALtLS


not6 que descendia del terraplen del convento un caballero A paso
largo que se dirigia derecho al punto objetivo de sus miradas.
Estfvose A observar lo que pasaba. LQui6n seria ese sugeto?
jQuifn le aguardaba en aquella casa? Vestia de frac oscuro, pan-
talon claro y sombrero de ala angosta y copa desproporcionada-
mente ancha, sobresalidndole por detras el cuello blanco y recto
de la camisa. No era j6ven, ni anciano, sino de median edad.
A pesar de la oscuridad todo eso Io pudo notar Nemesia A la corta
distancia i que se encontraba, que no excederia de treinta pasos.
Su porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podian con-
fundirse con los de un mozalbete ni de un viejo.
Se dirigi6, sin embargo, con aparente cautela al punto donde
se veia el canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diflogo con
la persona que se hallaba oculta detras de sus pliegues, y entonces,
d paso largo sigui6 al abrigo de las altas paredes del convento, la
vuelta de la Punta. Nemesia le perdi6 bien pronto de vista en la
oscuridad; pero no la qued6 duda de que le esperaba un carruaje
A mediados de la cuadra, porque oy6 distintamente el ruido de
las ruedas en las piedras de la calle, corriendo en sentido opuesto
A aquel en que ella estaba, y favorable al que seguia el desco-
nocido.
Aguijada por la curiosidad, volvi6 la muchacha a silbar (21)
como lo habia hecho antes, le contestaron desde la ventanilla,
moviendo la cortina blanca, y acudi6 al punto; pero en vez de su
querida amiga Cecilia, solo encontr6 A la abuela. ZCuil de las
dos mujeres habia recibido y hablado con el caballero del frac
oscuro y el sombrero de copa abultada? Nuevo motivo de curio-
sidad y de mayor confusion.
Ah! Era V. Chepilla? exclam6 Nemesia.
-Entra, le dijo 6sta, pasando & la puerta y quitando con la
punta del pi6 la media bala que la aseguraba.
No se hizo de rogar la muchacha. Parecia stria y desazonada
la abuela; y la nieta, sentada en un rincon, con el traje flojo, el
aspecto desalifiado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos
extendidos y los dedos cruzados en la falda, era la viva imigen
del abatimiento y de Ia desesperacion.
-Entra, hija mia. Seas bien venida, repiti6 Chepilla. Entra
y si6ntate, hazme el favor de sentarte; asfadi6 notando que la
moza se mantenia en pi6, como azorada y confusa.


(21) Errata corregida. Silbar en vez de satvar.





CIRILO VILLAVERDE


-Ya es tarde y estoy de prisa; repuso esta dej~ndose caer
maquinalmente en la butaca de cuero delante del nicho, en que
se veneraba la imdgen de la Dolorosa.
Iba Chepilla A repetir la instancia, pero visto que la recien
Ilegada se sentaba sin mas demora, se qued6 parada entre ella
y su nieta.
-Decia, agreg6 Nemesia A poco rato, que es tarde y venia de
prisa. Fuf A Ilevar unas costuras al taller de servo Uribe, y me se
ha hecho de noche (22). Porque resulta que Clarita su mujer es
muy conversadora, y despues quiso que la ayudara A cerrar la
saya de un tdnico que estA hacienda para la noche buena chiqui-
ta (23). Jos6 Dolores debe de estar esperAndome. El sali6 del
taller mucho antes que yo, pues tenia que tocar en la salve del
Santo Angel Custodio. Por cierto que ha habido mucha gente
de fuste esta tarde en la sastreria, todos A buscar ropa para un
baile en la Filarm6nica, y para las pascuas de Navidad. A sefio
Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo
le Ilueve. Todos dicen que est6 hacienda much dinero; pero
es mas gastador... Mas ahora que me acuerdo Zqu6 sucede por ach?
Parecen Vds. muy atribuladas; dijo Nemesia notando que ninguna
de las dos mujeres le prestaba atencion.
Suspir6 Cecilia nnicamente y la abuela dijo:
-No es cosa Lo que sucede, solo que esta muchacha (sefialando
para la nieta con un movimiento de los labios) parece poseida...
;Dios nos asista, (y se persign6)! Iba 6 decir un disparate. Quie-
ro que seas el juez y la consejera en este caso, aunque tn puedes
ser dos veces mi hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime,
hija mia, Zqu6 harias tn, si tn protector, tu amigo constante, tu
dnico apoyo en el mundo, como si dij6ramos, tu mismo padre, que
es verdaderamente un padre para nosotras pobres, desvalidas mu-
jeres, sin otro amparo bajo el cielo, qu6 harias tn si te aconsejaba,
vamos, si te prohibia el que hicieras una cosa? Di, to la harias?
ZTd le desobedecerfas?
-Mamita, salt6 y dijo Cecilia sin poder contenerse, su merced
no ha pintado el caso como es.
-Cllate, replic6 la abuela con imperio. Deja que Nemesia
conteste.
(22) me se ha echo de noche... Lengua popular. Enti6ndase: se me
ha hecho de noche.
(23) La noche de la vispera de la PurIsIma Concepci6n, 7 de di-
ciembre.


202





CECILIA VALDs


-Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene
no puede contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que
nuestro amigo, nuestro protector, nuestro apoyo y que s6 yo que
mas, ha rogado y ha prohibido que hagan y deshagan. Y en pri-
mer lugar, la persona A que su merced se refiere, no creo que es
nada de lo que su merced dice para nosotras, al menos para mi.
En segundo lugar, por mas que me devano los sesos, no veo la
razon, ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas, y ver
si salgo, 6 si entro, si me rio 6 si Iloro... (Voy A acabar, agreg6
Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba 4 cortarle la
palabra.) Sobre todo, su merced no tenia para qu6 haberme
rompido el tnnico de punto de ilusion y la peineta de teja, solo
por darle gusto a un viejo que me tiene ojeriza, y esth celoso
porque yo no lo quiero ni lo querre nunca, asf...
-No creas nada de lo que dice esa nifia: la interrumpi6 la
anciana.
-zPues no me rompi6 su merced el tinico y la peineta? ZPor
culpa de qui6n fu6? No fue por culpa de ese viejo narizon
que Dios...?
-Calla, calla; le ataj6 la abuela. No blasfemes despues de
haber rabiado, porque creere que estfs en pecado mortal. Si se
rompi6 el vuelo del vestido, zno fu6 porque te propusiste pon6rte-
To contra mi expresa voluntad? ZQui6n tuvo la culpa de que se
cayera y se quebrara la peineta? T, nadie mas que tn. porque
si no tuvieras esos actos de soberbia, nada de eso hubiera suce-
dido. SI, si, es preciso que te confieses, es preciso que hagas peni-
tencia, que te arrepientas de tus pecados y que te enmiendes. Es-
tAs en pecado mortal y si sigues asi vas 4 parar en mal. Hay
que poner remedio a esto en tiempo.
Esa si que estA mejor! continue Cecilia a pesar de los ojos
que le echaba la abuela. Nunca habia oido decir que era pecado
no querer a quien no le gusta 4 uno.
-zY quin te dice que le quieras, espiritada? exclam6 la Che-
pilla con vehemencia. LEl te enamora acaso? El pecado con-
siste en no agradecer los favores que nos hacen y en murder la
mano que nos acaricia.
-Vamos A ver, LcuAles son los favores de que habla su mer-
ced? ZLa mesada que nos pasa? tLos regalos que me bace de
Corpus A San Juan? Dios y 61 solo saben el motive que le guia.
LNo es extrafio, muy extrao. que sea tan generoso con nosotras,





CIRILO VILLAVERDE


pobres mujeres de color, un hombre blanco y rico que no es nada
de su merced, ni mio tampoco?
-zY vuelta, Cecilia? No prosigas, ni ensartes mas disparates.
El enemigo malo Cnicamente pudiera inspirarte unas ideas tan
contraries A is humildad y A la caridad criatianas. iC6mo puede
ser buena hija, buena esposa, buena madre, ni buena amiga, La
mujer que no agradece favores, ni paga beneficios? Por peque-
nos que sean (que no lo son,) los favored que nos hace el caba-
llero dicho, nuestro deber es agradec6rselos, ya que no podemos
otra cosa. Es grave pecado pagar bien cOn mal. Tus murmura-
ciones y tu ingratitud nos van A costar muy carol.
-No s6 c6mo su merced entiende mi conduct con 61. Ap6-
nas le conozco. Ni le doy ni le quito, Io que no quiero es que
me mande y se meta en mis cosas.
-Es que tO tampoco parece que Lo entiendes A 61. Si desea
que no hagas esto 6 aquello, jes por su bien, 6 por tu bien? Si
aprueba 6 desaprueba algo de lo que tW dices 6 haces, Zqu6 mejor
prueba puede darse de su cariflo para contigo, y de su buen co-
razon? Figirate, Nemesia, que el individuo de que hablamos
(bueno es que to lo sepas,) es una dama en su trato, y su genero-
sidad para nosotras tan grande como desinteresada; y debe do-
Jerle muchisimo...
Desinteresada? repiti6 Cecilia. H( ahi lo que no puedo...
-No me interrumpas, nina; estoy hablando con Nemesia.
Nos da cuanto necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Ap6-
nas le indico un deseo de esta nita, cuando se apresura A com-
placerla. Di que no. Preciso es que no tengas conciencia si 1o
niegas.
-Y no Jo niego. Todo eso es muy cierto, 4pero por qu6 Lo
hace?
-Lo mejor de todo, prosigui6 la Chepilla, es que de ml no
exige nada, y de ti no espera otra cosa que carino, gratitud, y...
respeto.
-H6te aqui la que me mata, salt6 otra vez Cecilia con vehe-
mencia. Sabes tn, Nene, de alguna persona que d6 palos de bal-
de? (24). Yo no la conozco. Que no exija nada de mamita, se
comprende; pero que espere de mf solo carino, gratitud y respeto,
como dice ella, eso que lo crean los tontos. Tu sabes de quien

(24) Errata corregida. Balde en vez de vaide. Signifca: obrar sin
interEs.


204





CECIUA VALtS


hablamos. ZNo es asi? Pues bien, el tal no se puede tener en
rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su vida, segun
dice mamita, un correnton y enamorado como hay pocos. Hasta
ayer, como quien dice, segun me ha contado mamita, A pesar de
ser casado y con hijos, mantenia mujeres, con preferencia las de
color. Ha perdido mas muchachas que pelos tiene en su cabeza;
y mamita parece empenada en hacerme creer que su generosidad
conmigo es inocente y desinteresada. Quien no Io conozca que
Io compre.
-Hablas por hablar, nina, dijo la abuela al cabo de un largo
espacio de meditacion y de silencio. Nada de lo que has dicho
viene al caso, ni se trata de eso tampoco. Se trata de que tn no
le complaces, ni le tienes voluntad A una persona que es tan
buena contigo, y solo le leva el bien que te puede resultar de que
hagas 6 no hagas ciertas cosas. Verbi gratia Zpor que habias de
salir esta noche, si 41 no queria que salieras? Cuando 41 se opo-
nia, algun motivo tenia. Ese motive no puede ser otro que tu
bien. Considera, Nene, agreg6 la anciana, en tono mas blando,
que poco antes de llegar tn, estuvo aqui el buen senor... No entr6.
iQu4! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por
Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por su-
puesto desinteresadamente, quiero decir, sin otra mira que la de
saber c6mo va de salud. Tn io sabres, Nemesia, al menos, me lo
has oido decir muchas veces... Estuvo por la ventana... Solo un
memento. Luego que pregunt6 por la salud de Cecilia, como te
he dicho, con mucho interes, con el interes de un... Asi que le
dije que ella se preparaba para ir A la cuna del Angel, me dijo
muy agitado; si, muy agitado; se le conocia, porque hasta le
temblaba la voz :-No la deje ir, sefia Chepa, no la deje ir, deten-
gala, esa chica busca su perdicion... (Ese es su modo de hablar.)
No la deje ir, detengala, en otra ocasion la explicar6 Io que pasa.
Luego se fue arrimadito A la pared, como si temiera de que lo
viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano pars zapatos
para Cecilia. ZPuede darse mayor generosidad, ni nobleza de
alma? EstarA enamorada una persona que siempre obra asi?
Vamos. Di. ZVes en esto interes malicioso, celos mundanos,
amor? ZDe esa manera enamoran los hombres de su edad hoy
en dia? Bien, ZquE te parece, Nemesia? jQue opinas?
-Yo, en verdad, contest6 Nemesia, consultando con la vista
el semblante de su amiga, no se qu6 decir, ni me atrevo A dar
una opinion franca. Sin embargo, afiadi6 luego mas animada,





CIRILO VILLAVERDE


yo que Cecilia, me reia de todo eso, en vez de ponerme brava.
Si el hombre estaba enamorado de veras, porque Lo estaba,. y si
no, para burlarme de 61 y que me pagase por todo 1o malo que
me hicieran los demas. A mi no me importaria un coming que
uno como ese me hiciera la rueda y me celara 4 todas horas;
mientras me daba dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga
que yo procedia mal, ni cometia un pecado, porque los hombres
son todos falsos, fingen amor cuando no Lo sienten y tienen tantas
tretas, que es dificil conocer cuando quieren de verdad y cuando
se proponen engafiar a las pobres mujeres. Piensa mal y acerta-
ris, dice el proverbio. LQue dafio te puede resultar, tampoco,
Celia, de no ir esta noche a la cuna?
-Danlo ni bien, no me podia resultar de ir 6 no ir esta noche,
claro estA; replica Cecilia. El caso es, que el hombre de que ha-
bla mamita, se ha propuesto meterse en mis negocios y gobernar-
me, por puro capricho 6 por gana de moler la paciencia, y eso
es lo que hallo intolerable.
-EstA bien, mujer, observe Nemesia blandamente; mas no
veo que te cause ninguna extorsion con meterse.
-zC6mo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma
su parte desde luego, y me regalia, y me pelea, y me rompe el
tinico, para que me quede en casa, y le de gusto al viejo majade-
ro. aTe parece poco?
-Ya, a mi tampoco me gusta que se meta naiden (25) en mis
negocios. Con todo, A veces tiene una que hacerse la boba, A fin
de sacar mejor partido de ciertos hombres. A ese se le ha metido
en la cabeza mandarte y celarte, dejale seguir su capricho, mujer,
haz que le das gusto, no le deseches de una vez, sonriete con 61,
por Jo menos mientras se muestra dadivoso y gozaras y vivirhs
hasta ponerte vieja.
Por entonces la conversation se concretaba A Nemesia y su
amiga, porque la anciana habia vuelto a su butaca y A sus ca-
vilaciones.
-Mira, prosigui6 aquella, que el que se apura se muere. Por
otra parte, ten por seguro, que ningun viejo por marrullero que
sea es peligroso para una muchacha como td.
-No, yo no le creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo
Cecilia. Yo soy muy independiente y no consentir6 jamas que
nadie me gobierne, mucho menos un extrano.


(25) naiden... nadie.


206





CECILIA VALDts


Extralo! repiti6 la abuela para si, con voz ronca y profunda.
Las dos muchachas se miraron como azoradas, asi por el tono,
como porque ambas la creyeron absorbida completamente en sus
tristes pensamientos.
-Su hijo, prosigui6 Nemesia en baja voz. T6 me entiendes...
Ese si que es de temer. J6ven, bien plantado, reboshndole la
gracia por todas partes, con mucha labia y dinero para derramarlo
como quien derrama agua... No hay mujer de corazon que se
resista. Z Es verdad, china? No es posible verlo y oirlo sin que-
rerlo. Yo me guardaria de un hombre como 61 como del diablo.
Ya le ha dado quebraderos de cabeza A mas de una muchacha.
Tiene 4 quien salir.
Continuaba la Chepilla en su abstraction, sin oir ni entender,
en la apariencia, las palabras de Nemesia Cecilia, al contrario,
desde que su amiga mencion6 a su amante, se volvi6 toda oidos,
comprendiendo que ella se proponia comunicarle alguna noticia
importante.
-Pues como te iba diciendo, afiadi6 Nemesia, cuando sali de
la sastreria de senlo Uribe, tome por la calle del Aguacate y al
enfrentar con la casa de las Gamez, que sabes tn estd detras del
convento de las monjas Teresas, of mnsica y voices de hombres
y mujeres. Me arrim6 A una de las ventanas, que tienen el poyo
alto. Estaban abiertas las hojas y las cortinas echadas. Habia
en la sala una gran reunion, tocaban, cantaban y bailaban. zQue
dia es hoy? iAh! El 27 de Octubre. Toma. Si es el santo
de la mas chica de las Gamez, Florencia. Por eso estaba vestida
de blanco y tenia el cabello suelto, y muy crespo para ser de
mujer blanca. Cuando menos... Eso si, hermosisimo, porque es
largo y abundante, aunque me gustaria de color mas oscuro.
Cecilia di6 un suspiro y Nemesia continue ya sin mas rodeos:
-Decia que rodeaban A Florencia delante del piano varias se-
noritas y caballeros. ZSabes quien estaba alli tambien? Si, no
me cabe duda, era ella. ZTe acuerdas de la muchacha alta, pa-
lida, buena moza, que te dije pas6 por la Loma del Angel en el
quitrin de las Gamez, la manana de San Rafael? La misma. Con-
versaba con Meneses, el amigo de... tn sabes. Por alli estaba el
otro tambien, que siempre anda junto con los dos individuos...
ZC6mo se llama? Sola, Sofa. iAh! Ya, Solfa. Pero el indivi-
duo no estaba, mencionaron su nombre nnicamente. Estoy cier-
ta que Io mencionaron...


207





CRILO VILLAVERDE


-Quidn Io mencion6? pregunt6 Cecilia con ansiedad.
-No te pudiera decir lo cierto, mas si no me engafno, entre
Meneses y la muchacha pAlida. Ellos hablaban de 61. Segun en-
tendi, todos iban al gran baile que se da esta noche en la Filar-
m6nica.
-Lo temia, dijo Cecilia.
iAy! exclam6 Nemesia. Ahora caigo para quien era el cha-
leco de seda que tuve que hacer con tanta premura. iOh! Si Lo
averiguo antes no me apuro para acabarlo en tiempo. Cosi hasta
bien tarde de la noche, porque me lo dieron ayer tardecita y se
queria para hoy A las tres. iQuien Lo hubiera adivinado! Al
menos no hubiera ido 61 al baile de la gente blanca con un cha-
leco hecho por mi. Para lucirselo A Dios sabe quien. Nadie sabe
para quien trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque A ml no me
va ni me viene. El no me pertenece, solo me interest por tI, que
has puesto tu carino... Cuidado que los hombres son ingratos.
Pero mas vale callar y no ponerle mas lefia al fuego.
Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas
a una j6ven menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga
fu6 desarrollando su pensamiento, pues lo habia de seguro en las
noticias que comunic6 y aun en el modo de comunicarlas, fu6
creciendo su c6lera y desazon. jQud hacer en aquellas circuns-
tancias A fin de impedir, si era tiempo, que el individuo, segun
dijo Nemesia, se viese en la Filarm6nica con la sefiorita desco-
nocida? Eran celos, rabia, desesperacion Lo que sentia. No ca-
bia en la silla, cerca de la ventana. Se levant6 varias veces en
ademan de entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje
y salir A la calle, y otras tantas volvi6 al asiento. La sangre es-
taba i punto de ahogarla.
-La abuela entre tanto seguia como absorbida en devotas ora-
ciones, sobando, al parecer, con el pulgar 6 Indice de la mano de-
recha, una tras otra, las cuentas negras del rosario que tenia en
el regazo, y con los ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo
A su amiga, leia, como al traves de un cristal purisimo, la flera
batalla que se libraba en su pecho y de cuando en cuando se
sonrefa ligeramente, cual si hubiera previsto todo aquello, 6 no
temiese que tuviera un resultado desagradable. Al cabo Cecilia
se desplom6 en la silla, exhal6 un suspiro profundo y murmur6:
-Mas vale que no: yo s6 lo que he de hacer. De mi no se
burla nadie... Casi me alegro... No salgo A ninguna parte.


20





CECnJA VALDtS


Chepilla alz6 entonces la vista y mir6 d la nieta con cierta
alegria mezclada de compasion. Por su parte Nemesia, en toda
apariencia, satisfecha, mas diremos, orgullosa de que su venida
hubiese surtido todo el efecto deseado, se march6, despidi6ndose
carinosamente de sus amigas.


14


209












CAPITULO V.


Aun pienso estaros mirando...
La faz terrible y airada,
La vista desencajada,
zi Utigo vil sonando.
J. PDan=n.

Llegaba Nemesia A la puerta de su casa, a tiempo que salia
de ella su querido hermano Jos( Dolores con el clarinete en la
funda debajo del brazo y un rollo de papeles de misica en la
mano. Segun costumbre, caminaba cabizbajo y meditabundo. Por
esta razon y por estar muy oscura la calle, no habiendo tampoco
luz en la casa, por poco se cruzan los hermanos sin reconocerse,
a pesar de la proximidad. Asi como asi, ella le reconoci6 primero,
se le atraves6 en el camino, y le pregunt6 repitiendo dos versos
de una cancion tan popular entonces como lena de malicia:
-jA d6nde vas con ese gato y la noche tan oscura?p
-;Qu6! dijo Jos6 Dolores sorprendido. iAh! ZEres tW? Me
cans de esperarte.
-,Tan temprano para el bale?
-ZPues qu6 hora es?
-Tocaban A visperas ahorita mismo en Santa Catarina, cuan-
do pas( por el costado del convento.
-Te equivocas, debe ser mas tarde de lo que tW te figuras.
-Puede ser, porque traigo la cabeza como un giliro (26), y no
s6 Jo que me pasa.
-zPues qu6 sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.
-Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que
tenias tiempo de tomar un bocado... Una taza de caf6.
-Ya anduve yo ese camino. Tom6 caf6 con leche, pan y que-
so, y esto me basta hasta media noche en que har6 por tomar
gigote 6 cosa asi. Di.
-En la casita A la otra puerta de la taberna de la esquina de


(26) traigo la cabeza como un glifro... estoy atontada.





CECILIA VALDt.S


la calle de O'Reilly, t6 me entiendes, ha habido una San Fran-
cia (27) esta noche.
C6mo asi? Y tid parece que te alegras.
-Hay de todo. Te dire. Pasaba yo por alla... Sefia Clara
me detuvo mas de lo regular en la sastreria. Pues pasaba por alla
aunque era bastante tarde, porque habia quedado con Cecilia en
que dariamos una vuelta por el Angel despues de la salve. Ella
sospechaba que el individuo que estuvo esta tarde en )a sastreria
a buscar su ropa nueva, iba al bale de Farruco para verse con
la muchacha del Campo del dia de San Rafael, y se proponia pi-
larlo en fragante. CAlculos de mujer celosa. Apenas llegu6 a
la esquina vi acercarse un hombre A la ventana de la casita y ha-
blar con una persona que estaba detras de la cortina. Aquello
pic6 mas curiosidad y as! que se separ6 el hombre, me acerqu6
yo... Y icon qui6n te figuras Wi que me top? Con Chepilla. Me
hizo entrar. Acababa de haber all! una de mar y morena (28).
Parece que Cecilia se habia vestido para salir conmigo y la abuela
en la brega de impedirselo le rompid el tnnico y la peineta de
teja. Todo eso sucedi6 en un moment.
Pobre muchacha! exclam6 el mnsico compadecido.
-Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa,
eso ha de ser, de manera que la abuela vi6 los cielos abiertos
luego que yo me apareci. Ya ella no puede con la nieta. Pues
bien, me hizo entrar para ver si entre las dos logrAbamos que
Celia no saliera.
-ZLo lograron? pregunt6 Jos6 Dolores con muestras de in-
teres.
-Por supuesto; dijo Nemesia con intention. Yo sabia por
donde atacarla y no err6 el golpe. La abuela no queria que la
nieta saliera, yo tampoco queria y sucedi6 que el hombre del bar-
rio de San Francisco que las mantiene, lo habia prohibido. Ese
fu6, como luego supe, el que estuvo por la ventana hablando con
Chepilla antes que yo.
Qu6 es el de ella? (29) Quisiera saberlo.
-Yo verdaderamente no lo s6. A veces me se figura (30) que
es mucho cuidado el suyo para mero enamorado.

(27) ha habido una San Francia... ha habido una pelea, un zafa-
rrancho.
(28) una de mar y morena... rifia o pendencia.
(29) iQud es d de ella?... jQu4 parentesco tiene 61 con ella?
(30) me se figura... se me figura.


211






CRILO VILLAVERDE


Si sera su padre! Seno Uribe cree A patio cerrado que lo
es y sostiene que la madre vive.
Pero d6nde estA la madre? jQuidn la conoce? IQui6n la
ha visto?
-Eso es lo que yo digo.
-Ahf tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo es-
tan enamorados de Celia hasta la punta del pelo.
-Puede ser hermana, porque se han visto muchos de esos ca-
sos en el mundo. Ella preferirA al hijo...
-Se entiende, y Zqui6n no preferiria el joven al viejo?
-La hermosura de Celia sera al fin la causa de su perdicion.
ZQue puede esperar ella de esos dos blancos? El viejo, quizas
le de dinero, lujo y cuidados. ZMas el joven...? Este no es po-
sible que se case con ella, gracias si la toma de querida por algun
tiempo, se fastidia y la deja con dos 6 tres hijos, el dia menos pen-
sado. Yo no se que sera de mi si tal cosa sucede. No quiero pen-
sar en eso.
-Ella tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo.
Sin embargo, si yo pudiera hacer que olvidara A Leonardo, estaba
vencida la principal dificultad.
-La que bien quiere tarde 6 nunca olvida.
-Hay sus excepciones y Celia que es muy soberbia, no es im-
posible que por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del
amor al odio no hay mas que el salto de una pulga.
-Esa al fin es una esperanza.
-Te juro que le ha de costar mucho trabajo enganarla y en-
gafiarme A mi. Yo conozco mejor que 61 el flaco de Celia y tengo
esta ventaja. Ahora poco le dije a ella una cosa que la puso como
candela. EstA que trina contra el individuo. Ya se le pasarA la
rabieta, pero volver6 a la carga y estoy segura que la har6 saltar
las trancas... Todo lo que sea alejarlo de 61, es acercarla A...
No le dej6 concluir la frase Jose Dolores. Se sonri6 tristemen-
te y diciendo A su hermana que no le esperase, se march6 en di-
reccion de la calle del Aguacate. Nemesia entr6 en su cuarto re-
pitiendo cual si hablara con otro:
-Como que yo me mamo el dedo (31); no siempre habia de
trabajar para el ingl6s (32). Si no ha de ser para mi, que no sea
para ella tampoco. El es muy enamorado y le gustan mucho las

(31) Como que yo me mamo el dedo... no soy tan tonta.
(32) trabajar para el inglds... trabajar para otro.


212





CECnIA VALDt 21


pandas. No es tan dificil la cosa como parece. Veamos si de una
via hago dos mandados. Ella para Jos6 Dolores y 61 para mi. Se
puede, se puede...
Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarm6nica,
donde hemos dejado 4 Leonardo Gamboa en las filas de la danza
con Isabel Ilincheta. Comprendiendo bien ella el carhcter de su
pareja, no le d16 queja ninguna sobre su falta de puntualidad en
escribir, ni de su aparente desvlo, le habl6, al contrario, de asun-
tos indiferentes: de los amigos mutuos en el campo; de las ocur-
rencias en el partido de Alquiazr; del rosal rojo que 61 habia in-
jertado en el rosal blanco del jardin fronterizo del cafetal; del na-
ranjo A cuya sombra, las pascuas pasadas, habian comido tantas
veces las naranjas mas dulces que producia la finca; de la hija
mayor del mayoral de su padre, que,-para casarse como se cas6
en la Ceiba del Agua, se habia fugado con un j6ven guajiro del
pueblo.
-Tia Juana, afiadi6 Isabel, se empen6 con el padre y lo hizo
reconciliarse con la hija. Asi es que los novios hoy dia estan
hechos cargo del sitio de papd, en que sabe V. se crian gallinas y
se ceban algunos animals. La muchacha se qued6 con su ma-
rido, y su padre, nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sent!
por su esposa, porque era una buena mujer y nos acompafiaba
bastante; pero desde que se cas6 la hija, se le puso el humor
atroz, no dejaba resollar A los negros, los castigaba por cualquier
falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que papA le despidi6.
Al presente pasamos algunas soledades y nuestras salidas en el
cafetal se reducen 4 ir al sitio todas las tardes y volver A las pues-
tas de sol. Cuando hace luna...
-Te acuerdas de mi ano es eso? la interrumpio Leonardo con
indiscreto despecho, al ver su glacial indiferencia.
-Naturalmente; contest6 ella al parecer sin notar to que pa-
saba por su companero. No puedo olvidar, que en tardes divinas,
como son todas las de invierno en el campo, mas de una vez he-
mos hecho juntos ese paseo en compafifa de Rosa y de tia Juana.
-Te encuentro algo cambiada; observ6 el j6ven despues de
breve rato de silencio.
--Yo cambiada? Pues esta buena. Vamos, V. se chancea.
-Hasta me tratas de V.
-Creo que siempre le he tratado del mismo modo.
-No al p6 del naranjo dulce.
Isabel se puso colorada y luego dijo:


2I3





CIRILO VILLAVERDE


-Es ya una costumbre en mi el tratar de V. A todo el mundo.
Aun con mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me es-
capa el decir V. A papd le sucede lo mismo frecuentemente.
-El ti es mas carifioso.
-ZLo cree V. asf? El V. es mas modesto.
Cortfbase A cada paso este chispeante diAlogo, es decir, tantas
veces cuantas la pareja que bajaba hacia figura con la pareja que
subia la danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la
conversacion cuando Meneses y Solfa, que habian venido salu-
dando A las amigas, ilegaron al puesto ocupado por Isabel y Leo-
nardo. Ambos habian visto a la joven aquella misma tarde en
casa de las Gamez. Poco tenian que decirse que de nuevo fuera.
Isabel, sin embargo, distinguia A Meneses, y se alegr6 de volver
A verle.
-ZQu6 es eso? ZNo baila V.? le pregunt6 con interes.
-Casi nunca bailo por mera cortesia.
iAy! Si le oyese Florencia, se ofenderia.
-Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero
si bailase con ella ahora seria por mera galanteria. Mi amiga del
alma esti lejos de aqui, V. la sabe, y es mucha crueldad en V.
atribuirme intenciones de galantear A otra.
-Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa; dijo ella vol-
vidndose de repente para este, con el doble objeto de atender A
todos y de no seguir la broma con Meneses.
-ZQu6 he hecho para inspirar temor a la impdvida Isabelita?
-zNo ve V.? Esa es una sdtira.
-Lo seria, senorita, repiti6 Solfa prontamente, si la mia fue-
se una opinion aislada; pero no 1o es. De ella participan, estoy
seguro, Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a V.
i C6mo, pues, puedo inspirarle temor?
-Porque voy viendo que es V. implacable, que no perdona
enemigos ni amigos.
Esa mas? Me aturde V. senorita.
-SI, hdgase V. ahora el inocentico, el que no quiebra un pla-
to. Como que desde que asom6 V. A la puerta del salon no noto
que ha venido hasta mi cortando cada traje (33), que es un pri-
mor. Apelo al amigo Meneses: 61 diri si me he equivocado o no.
Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que


(33) cortando cada traje... murmurando de otros.


214




CECnIIA VALDs 2


corroboraron implfcitamente la observacion aguda de Isabel, y
el primero dijo:
-Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me
ha hecho pedazos entre las manos al llegar A V.
En esto ces6 la danza, y las diferentes parejas de bailarines,
deshaciendo la formacion, corrieron las unas A ocupar sus asien-
tos en :a sala y cuartos, las otras A respirar el aire libre de los
corredores. Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en
grupos, para hablar de las conquistas amorosas de la noche y casi
todos, para fumar un cigarro puro 6 de papel. Leonardo di6 un
paseo por los corredores con su amable compafiera del baile, la
cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus sonrisas, no tuvo
6 mal que se prolongara la entrevista, aunque habia terminado
el encanto de la mfsica.
Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta
que se habian propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron
por breve rato ante la madre y hermanas de su amigo y condis-
cipulo Leonardo Gamboa. Hallibanse ellas sentadas en el lado del
norte del salon, debajo del dosel, donde dijimos que se ostentaba
el retrato colosal al 6leo de Fernando VII de Borbon. Antonia,
la mayor, tenia A su derecha A un capitan del ej6rcito en comple-
to uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases breves de
inteligencia; despues seguia su madre y A la izquierda de 6sta,
las dos hermnanas CArmen y Adela. Con la primera de estas tres
hablaba el mariscal de campo D. Jos6 Cadaval; con las dos (ilti-
mas, los currutacos mas c6lebres que conocia la Habana enton-
ces,-,Juanito Junco y Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo.
Asom6 a poco Leonardo Gamboa, y como por magia desapareci6
el capitan espafiol del lado de Antonia A una insinuaci6n suya
con el codo; Cadaval sigui6 adelante, y el lechuguino y el cadete,
hicieron lo mismo con un profundo saludo.
Al descubrir de lejos Leonardo al militar espafiol mano a
mano (34) con su hermana, se renov6 en su mente la memoria
de las escenas de por la mafiana, primero al postigo de la ventana
y despues en la mesa del almuerzo, sintiendo el mismo rapto de
celos y de odio que ya habia experimentado. Todo el deseo que
tenia de ver y hablar un rato con su madre y hermanas en el bai-
le, se enfri6 y apag6 en el instante, y solo por respeto y cariflo A

(34) Errata corregida. Mano a mano en vez de mano mano. Signiflca:
en compania de otra persona.


215





CIRILO VILLAVERDE


aquella no les volvi6 la espalda. A un gesto suyo, Antonia ocup6
el asiento que dej6 vacante el capitan, y asi pudo sentarse Leo-
nardo y decir al oido de dofia Rosa:
-Es possible, mamA, z que ti consientas que ese soldado pele
la pava con Antonia en tu presencia?
iCAlate! replica dofia Rosa sdria. Ese caballero ha venido
A traernos un recado de tu padre, el cual no puede venir por noso-
tras hasta la una y creo que ti tendras que acompafiarnos. De
la ocurrencia me alegro con doble motivo, lo uno porque ya podr6
irme cuando quiera 6 me d6 suefio; Jo otro porque no te quedarAs
tn por detras, ni me harAs pasar otra mala noche.
-Debo acompafiar a Isabel Ilincheta y A las Gamez A su casa,
pues su carruaje ha sufrido una averia y no pueden usarlo esta
noche.
C6mo! j Isabel esta aqui y no ha venido a saludarnos?
-No to extrafies, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hu-
biesen venido al baile, y luego ha habido una concurrencia ex-
traordinaria.
-Bien, manda en tu quitrin A tus amigas a su casa.
-Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean A Isabel, 6 que
Isabel salude A Vds.
-zYa te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses
en burlarte de esa muchacha tambien. TrAela aqui y la veremos.
-No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos
reunir6mos todos. El ambig6 dicen que no es menos abundante
que exquisito. c Qu6 te parece, Adela?
-Aprobado; contest6 6sta alegre.
-Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me
saca de apuros, no tendr6 con qu6 cubrir el gasto.
-zPues y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por
la tarde cuando dormias la siesta? pregunt6 dona Rosa con se-
riedad.
-No he visto semejante dinero, mama. Bien que si lo pusiste
en la faltriquera del chaleco de esta mafiana, allA en mi cuarto se
qued6. Ap6nas tengo tres 6 cuatro pesos en este chaleco que
me puse A la vuelta del Paseo para venir al bale.
No hizo Leonardo esta explicacion con la franqueza que solia;
se puso colorado y titube6 varias veces. Lo advirti6 su madre
y le pregunt6:
-jPor qu6 te has aparecido en el baile tan tarde? Crei que
ya no venias, y eso que ti saliste de casa antes que nosotras.


216




CECILIA VALDtS


Qui6n sabe por donde has andado.
-Habia reunion y piano en casa de las Gamez con motive de
ser el santo de Florencia...
-Elas no vinieron contigo, que yo sepa. T6 no dices la ver-
dad, Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy
mal. Yo soy *tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver
que cada dia eres menos franco conmigo. Vamos al ambign, afia-
did no poco desazonada, yo pago los costs y aqui tienes mi bolsa,
que contiene unas seis onzas de oro.
Era de punto de seda, roja, formando dos senos separados por
un nudo 6 lazada en el medio, para dividir el oro entero del
menudo y la plata. Se la sac6 del seno, porque las senoras en esa
6poca no usaban bolsillos en las faldas, como al presente, sino que
se colgaban la bolsa del cinto 6 cordon del traje casero. Leonardo
recibi6 el dinero con las mejillas encendidas de la vergtienza, por-
que A la humillacion de recibir dos veces la suma que habia per-
dido al juego, se agregaban las mentiras con que habia pretendido
encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni saberlo
tampoco, habia leido en el fondo de su alma como a trav6s de un
cristal. j Le sirvid eso de correctivo? No es tiempo todavia de
examinarlo. Pero aquel incidente habia pasado para el hijo y
la madre no mas, para la ultima ciertamente no en toda su ge-
nuina deformidad, pues puede decirse que sin conciencia de ello
habia puesto el dedo en la laga. Del choque recibido trabajo le
cost6 reponerse a Leonardo, quien dijo a su madre luego que se
puso en pi y le tom6 el brazo para conducirla A la sala del am-
bigd:
-zY ddnde quedaba papa?
-Quedaba en casa de D. Joaquin Gomez, a donde han concu-
rrido varios otros hacendados; entre ellos Sama, Martiartu, Ma-
flero, Suarez Argudin, Lombillo, Laza...
-zNo se sabe cual es el objeto de semejante junta?
-El capitan Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque
el mismo Lo ignora; pero por Io poco que me dijo tu padre cuando
said de casa, saco en consecuencia que va A tratarse de las expe-
diciones A la costa de Africa. Vives esta ya cansado de las quejas
de Tolme y de las impertinencias de los jueces de la maldita co-
mision mixta, y ha hecho decir a Gomez por trasmano que procu-
ren que las expediciones de bozales no desembarquen por los al-
rededores de la Habana. Tambien lleg6 un expreso del Mariel,
participando que se ha presentado un bergantin parecido al Veloz,


217





CIRILO VILLAVERDE


que se esperaba con un buen cargamento, perseguido por un bu-
que ingl6s.
-Tal vez lo ha apresado.
-Z A la vista del torreon del Mariel? Seria demasiado atre-
vimiento. Con todo, esos ingleses protestantes se figuran que el
mundo entero les pertenece, y no lo extratiaria. Si la expedicion
se pierde, tu padre pierde un pico regular (35). Es la primera
que L61 emprende en sociedad con sus amigos de aqui por ser muy
costosa. Cuando menos trae quinientos negros.
-Quien mete 4 papi en tales trotes, al cabo de sus alios?
-;Ay! hijo, Zecharias tu tanto lujo, ni gozarias de tantas
comodidades, si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las
tejas no hacian rico d nadie. ZQu6 negocio deja mas ganancias
que el de la trata? Di tW que si los egoistas ingleses no dieran
en perseguirla, como la persiguen en el dia, por pura maldad, se
entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos y cada vez tendrin
menos,-no habia negocio mejor ni mas bonito en que emprender.
-Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas
de emprender.
-zLos riesgos? no son muchos comparados con las ganancias
que se obtienen. El cost total de la expedicion del bergantin
Veloz, por ejemplo, segun me dijo tu padre, no ha pasado de
30,000 pesos, y como la empresa es de varios, su cuota fu6 de algu-
nos miles de pesos solamente. Ahora bien, si se salva la expe-
dicion Zcuhnto no le tocarA?... Saca la cuenta. Pero aqui esti
Isabel.
Dofia Rosa la recibi6 con los brazos abiertos, except Antonia,
las hermanas de Leonardo, con sinceras demostraciones de carifio,
sobre todas Adela la abraz6 y bes6 repetidas veces. Era esta la
mas j6ven, entusiasta y franca 6 Isabel la preferida de su her-
mano querido. Despues de los saludos de costumbre y las quejas
mutuas, juntas todas con las Gamez, levando Leonardo, Meneses
y Solfa, cada uno dos mujeres del brazo, pasaron 6 la sala del
ambig, espl6ndidamente iluminada, al fondo del palacio. Eran
muchos y no cabian en una sola mesa, por cuya razon ocuparon
dos, aunque inmediata una de otra.
Sefioras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiam-
bre de esta ave, con rico jamon de Westfalia, algunos arroz y
frijoles negros, ninguno vinos ni espiritus, todos caf% con leche

(35) pierde un pico regular... pierde una buena cantidad.


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CECILA VAis 2


para termination de cena. Esta, conforme al precio usual de los
platos pedidos en funciones semejantes, calcul6 Leonardo que no
bajaria el coste de onza y media de oro, 6 veinte y cinco y medio
duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde del dinero, sa-
cando la bolsa de seda roja, pregunt6 al mozo blanco, que servia
ambas mesas con destreza imponderable:
-z CuAnto es?
-Nada; contest6 el hombre con la misma brevedad, A tiempo
que formaba en el brazo izquierdo una torre de porcelana con
los platos y tazas.
--C6mo se entiende? repuso el j6ven asombrado. ZPues qui6n
ha pagado por ml?
-Se conoce que V. no pertenece A la junta directiva; dijo el
mozo con cierta impertinencia. La sociedad costea el ambig6 de
esta noche, y si yo fuese uno como hay muchos, le hacia pasar
a V. plaza de primo (36).
iAh! exclam6 Leonardo corrido como una mona y no poco
mortificado.
Se puso en pi6 murmurando:
-Estos mozos espafioles son A veces demasiado impertinentes.
Si 61 le oy6 6 no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada
de traves que le ech6 al jdven parece que reson6 en sus oidos Jo
de espafiol 6 impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia
Gamez tomar parte en la siguiente danza, la primera hasta se lo
indict A su hermano; mas 61 se sonri6 distraidamente y no con-
test6 palabra.
Entre tanto dofia Rosa dispuso que las niAas, segun se expres6,
pasaran al camarin A recoger sus mantas de seda. Al mismo tiem-
po los tres j6venes bajaron al entresuelo A reclamar sus sombre-
ros y bastones respectivos; pero tanto aqui como en el camarin,
ya se habian adelantado otras muchas personas en demand de
sus prendas; de suerte que antes que obtuvieran las suyas nues-
tros conocidos, se pas6 algun tiempo. Despues baj6 Leonardo al
portal, para prevenir A su calesero que estuviese listo.
De este intervalo se aprovecharon las mas j6venes de las seno-
ritas para acercarse & los sitios en que se habia armado la danza
Altima, que dicen es la que mejor acompafian los mtsicos. No
falt6 quien las invitara y ellas en son de marcha se pusieron A

(36) le haeea pasar a V. plaza de primo... le hacla ser tenido por per-
sona que se deja engafiar o explotar f~cilmente.


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CIRILO VILLAVERDE


bailar con mas gusto que nunca. Dona Rosa, Isabel, Antonia, la
senora de Gamez y la mayor de sus hijas se sentaron en grupo
A esperar la hora de la partida.
Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descen-
dia las escaleras de piedra del palacio de la Filarm6nica, lo primero
que hiri6 sus oidos, fue el repiqueteo de las espuelas de plata de
los caleseros en las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo
al son del tiple cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno
de ellos de mujer; y de los demas, quienes batian las palmas de
las manos, quienes golpeaban la dura losa con los punos de plata
de los lAtigos, sin perder compas, ni cometer la mas minima diso-
nancia. Algunos de ellos cantaban las d6cimas de los campesinos,
anunciando por esto, por el baile y por el tiple que todos ellos
eran criollos.
Aun aqui se habian adelantado muchas familias que se reti-
raban del baile Jo mas temprano posible: y eran de oirse los ape-
llidos de las mas distinguidas de la Habana repetidos de boca en
boca, como ecos en escala, por todos los caleseros : iMontalvo!
gritaba una voz y Montalvo repetian veinte sucesivamente hasta
que se perdia a lo lejos 6 contestaba el Ilamado acercando el ca-
rruaje; en cuyo acto ocurrian algunos choques, no pocas peloteras
entre los esclavos, mas de un varapalo asestado por el dragon que
mantenia el 6rden en la calle; todo esto acompafiado del estallido
de los lAtigos, del ruido de las ruedas, cual truenos lejanos, y de
las patadas de los caballos en las chinas pelonas del pavimento.
En medio de toda aquella batahola, no cesaba el clamor de los ca-
leseros por el nombre de las families a que pertenecian. A saber:
iPeialver! iCArdenas! IO'Farril! iFernandina! IArcos! iCal-
vo! Chacon! Herrera! iCadaval! repetido tantas veces cuantas
era necesario para que Ilegara la palabra al calesero que se que-
ria; el cual, despues de todo, si no estaba A la cabeza de la fila,
que rodeaba la manzana, tenia que esperar a que le tocara su
turno para mover el carruaje si no queria que el dragon de guar-
dia le midiera las costillas con la vara de su lanza.
Apenas se pronunci6 el apellido de Gamboa, ces6 el baile del
zapateo, porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro
antiguo conocido Aponte. El triste esclavo se divertia al pare-
cer con todas veras, 6 punteaba el instrumento primorosamente
para distraccion suya y de sus compaieros, porque pesaban sobre
su espiritu, nada obtuso por cierto, dos amenazas terribles, la de
su senorita por la tarde y la de su j6ven amo a las diez y media


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CECnJA VALDtS


de la noche; y sabia, bien 6 su pesar, que ellos no olvidaban ni
perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si aquella era su suerte
y no habia remedio ia que apurarse ni afligirse anticipadamente?
Asi reflexionaba 61 y asi poco mas o menos reflexionaban todos
sus compafieros, A quienes Dios, en su santa merced, no habia
negado un alma pensante.
Acabada la junta de hacendados, D. Joaquin Gomez puso su
carruaje a la disposicion de D. Chndido Gamboa, para retirarse
A su casa, como lo hizo, poco despues de la media noche, con 1o
que este pudo despachar el suyo A la familia en la Filarm6nica,
para que hiciera lo mismo cuando Lo tuviera por convieniente. Me-
diante aquel refuerzo inesperado, las Gamez y su amiga Isabel,
pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su morada
A espaldas del convent de Santa Teresa, y en seguida la fa-
milia de Gamboa.
Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguan,
llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las
monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros
en clavos fijos en la pared de un cuartucho, y por lo que hace A
Aponte, acabado el trabajo, con la tarima A la espalda, cual Cristo
con la cruz, volvia al zaguan para ver de descansar de las fatigas
del dia, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces
habian sonado las dos hacia rato en el reloj de la parroquia del
Espiritu Santo. La luna menguante trasponia el tejado de la
casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la
tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad
en el primer, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se
reconociesen los rostros. De repente un hombre intercept6 el paso
de Aponte, quien levant6 los ojos y vi6 que agitaba el lAtigo en
la mano derecha. Se par6 al instante, porque reconoci6 6 su amo,
el j6ven Gamboa.
-Suelta la tarima, le orden6 este con voz bronca por la c6lera;
arrodillate y quitate la camisa.
-Nifio, su merced me va a castigar? dijo el atribulado es-
clavo ejecutando por partes lo que se le habia ordenado.
-Vamos, despacha; agreg6 el amo, acompafando A la vez el
golpe, por via de apremio.
-Espere su merced, nino. ZEn que le he faltado yo?
-iAh! Perro! y Lme lo preguntas? No te dije que te iba
A castigar, porque no me esperaste, como te mand6 en la esquina
del convent?


221






CIRILO VILLAVERDE


-Si, senor, nifio; pero yo no tuve la culpa.
-L Pues quibn la tuvo? Yo te probar6 que cuando te mando
una cosa, la has de hacer 6 reventar.
Y sin mas ni mas empezaron A lover zurriagazos en las espal-
das desnudas del infeliz esclavo. Se retorcia, porque los golpes
los descargaba un brazo vigoroso, y decia :-Bueno estA, mi amo,
(por basta). Por la ninla Adela, mi amo. Por senorita (como lla-
maban los criados a dona Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito.
Si yo pudiera decir la verdad, nino, su merced veria que no tuve
yo la culpa. Bueno esti ya, nio Leonardito!
Pero aquella boca habia callado, embargada por la c6lera, aquel
corazon se habia vuelto de piedra, aquella alma habia perdido el
sentimiento, aquel brazo solo parecia animado, de hierro, no
se cansaba de descargar golpes. iQu6 cansarse! los menudeaba
cada vez con mas furor si no con mas fuerza. Dormia ya D. CAn-
dido, cuando le despertaron asustado los estallidos del lhtigo y los
lamentos del calesero.
Qu6 es eso? pregunt6 A su esposa.
-Nada, Leonardo que castiga A Aponte.
-Pero ;qu6 escandalo! L Qu6 horas son estas de castigar 6
los criados? Di A ese muchacho de BarrabAs que pare la mano,
6 por Dios bendito...
-Acu6state y duerme; repiti6 la mujer. Aponte estA muy
perro y necesita un buen castigo.
-Si, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta.
Vase que pasada le han jugado A tu hijo y ahora se la paga el
pobre mulato.
-Tu no sabes lo que hizo por la tarde 4 las muchachas en la
calle de la Muralla.
-Sera asi, pero que pare el muchacho la mano, 6 me levanto
y le rompo una costilla, como me llamo Candido. aHase visto
mayor desvergdenza?
Claro vi6 dona Rosa, que por poco que continuasen el vapu-
leo, los clamores y las protestas de inocencia del calesero, se le-
vantaba D. CAndido y hacia una de las suyas, pues A la natural
rudeza de quien no habia recibido educacion, agregaba un carActer
violento,-se asom6 al postigo de la ventana de su alcoba y dijo:
Leonardo, basta.
Esto fu6 Lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el j6ven
hubiese desfogado la c6lera que le dominaba, 6 de que se le des-
mayase el vigor.


222





CECILIA VALDtS


Despues de eso, Zcual de los dos, la victima o el verdugo, en-
contr6 primero reposo en la cama? Mejor dicho Iqu6 pasaba por
el alma del amo cuando se ech6 en la suya? Z qu6 por el alma
del esclavo cuando se desplom6 en la rigida tarima? Dificil es
que lo expliquen (37) los que no han sido una ni otra cosa, a im-
posible que lo entiendan en toda su fuerza, aquellos que no han
vivido jamas en un pals de esclavos.


(37) expEiusen en vez de espigusen.


223











CAPITULO VI.


iola i del berarUn.
-i OnE dirt ?-j C6mo se llama?
-$1 Condenado.-i De ddude precede ?
-De Sarrapatan.-i QuE carga trae ?
-ses vaclas.-Z c6mo se llama el capital ?
-Don Guindo Cerezo.
Escewas d la vsit del Morro de la HabaN&

Como es de suponer, a las nueve de la madana del dia despues
del baile en la Filarm6nica, con dos excepciones, todo el mundo
dormia en casa de Gamboa. Hablamos aqui del mundo de los
amos, en cuyo nnmero no entraban los ocho 6 nueve criados de
la familia, porque estos desde el amanecer debian estar en pi6,
desempeiando las obligaciones cuotidianas, no embargante (38)
el c6mo habian pasado la noche.
D. Candido a pesar del poco dormir y de los graves pensamien-
tos que le ocupaban a consecuencia de Lo ocurrido en la junta en
casa de D. Joaquin Gomez,-se levant6 temprano y sali6 a la calle
a pi6, por pura impaciencia de caracter.
Su esposa, algo mas tarde, tomaba cafe con leche, muellemen-
te arrellanada en uno de los sillones del comedor.
No carecia de objeto el sentarse dona Rosa todas las mananas
en ese sitio. Registrabase desde alli el interior de la casa, y se
veia si las lavanderas preparaban la legia para el lavado de la
ropa, 6 el brasero con carbon vegetal para el aplanchado desde
temprano; si las costureras, en vez de ponerse a coser las esqui-
faciones (39), perdian el tiempo en conversaciones con los otros
siervos; si los caleseros lavaban los carruajes, daban sebo y lim-
piaban las correas de las monturas; si Aponte volvia temprano 6
tarde de bafiar los caballos, lo que probaba que habia ido al mue-
le de Luz 6 A la Punta mas distante; si Pio, el anciano calesero

(38) no obstante.
(39) ropa, frazadas y otros menesteres que provefan los amos para
los negros esclavos del campo.





CECnJA VALDIs


de Gamboa, hacia zapatos de mujer en el zaguan para uso de las
criadas de la casa y A veces hasta para las amas, al mismo tiempo
que desempefiaba el oficio de porter, cuando no tenia que poner-
le el carruaje A su amo; por ultimo, si el cocinero, negro de aire
aristocrdtico, bien hablado y racional, segun dicen los esclavis-
tas,-habia ido 6 no de madrugada al mercado inmediato de la
plaza Vieja, en busca de las vituallas y hortalizas que se le habian
encargado la noche anterior.
Era 6ste el que mas madrugaba de la casa. Debia hacer el
fuego, y preparar el cafe con leche, A fin de que Tirso y Dolores
pudieran servirlo tan luego como despertaran los amos. No siem-
pre despachaba el cocinero el mercado a la misma hora, ni en
breve tiempo, aun cuando la plaza Vieja distaba poco de la casa
de Gamboa. En la madrugada de que hablamos ahora, por ejem-
plo, sali6 para allA demasiado temprano. Pero andando en esa
direccion, con el farolito en la mano, segun estaba mandado por
las ordenanzas municipales, desde los tiempos de Someruelos, y
un canasto en la otra, son6 el canonazo de las cuatro, el capitan
de leaves abri6 las puertas de la muralla y al silencio mortal de
la ciudad, se sucedieron el tumulto y toda case de ruidos tan di-
sonantes como desapacibles.
A la vuelta del mercado habia siempre ajuste de cuentas del
cocinero con su ama, reganos y amenazas de castigo por el precio
de las Carnes, por su calidad y aun peso, porque en vez de pollos
trajo gallinas, por la hortaliza, pues en vez de habichuelas, trajo
guisantes y berros por lechugas, 6 vice versa. Porque es condi-
cion del esclavo no acertar nunca A complacer A sus amos. Para
dona Rosa, en suma, siempre habia motivo de queja, su cocinero
pecaba A menudo por torpe, por malicia, 6 por descuido.
-Dionisio, L no te encargu6 polls tiernos? decia ella levantan-
do del canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies,-
jpor qu6 me has traido gallinas? Tu amo no come sino polls.
-Son pollonas, senorita, contestaba el cocinero, lo que tiene
es que estan gordas y parecen gallinas hechas. Tambien no se
encuentran pollos en la plaza.
-No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni naci
ayer. Si ti sabes mucho, yo s6 mas. Vamos, ZcuAnto te cos-
taron?
-Dos pesos, senorita. Las aves estan caras ahora.
-iAve Maria Purisima! 4A qu6 se las compraste a tu ca-


15


225






CIRTLO VILLAVERDE


rabela (40), la negra lucumi (41) mas carera de la plaza?
-No, senorita, se las compr6 A un placero del campo. Mirelas
su merced bien, todavia tienen las plumas sucias de tierra co-
lorada.
-Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre
dejarles la tierra para hacer creer que eran frescas del campo,
y no de segunda mano.
-Senorita, la morena de los pollos no es mi comadre, ni mi
carabela tampoco. Ella es de nacion (42).
-Yo se lo que me digo, Dionisio, y no vengas td A corregirme
la plana. Si td tienes leyes, yo s6 a donde se enderezan A los
doctores como td. Ahi estA la Maestranza de artilleria (*) y ahM
estA el Vedado. (t*) No cuesta nada un curso de derecho, en esos
lugares iEh! Con que ande V. listo, taita (43) Dionisio. Lo
que no quiero es que V. se festeje ni festeje A sus comadres con
mi dinero.
Al buen callar laman Sancho, y por dolorosa experiencia de
largos treinta anos de esclavitud, sabia bien Dionisio, que debia
guardar silencio desde el punto en que sus amos empezaban A
tratarle de V. Aquella era seal segura de que subia la marea
de la c6lera. Se aproximaba la tempestad y en breve estallaria
el rayo. En tal virtud, el cocinero recogi6 A toda prisa los avios
de la comida y se refugi6 en su cocina, como buen piloto que bus-
ca abrigo temporal en el primer puerto que le depara el cielo.
Este esclavo habia nacido y se habia criado en Jaruco, en el

(40) carabela... el paisano que vino de Africa en el mismo buque
negrero.
(41) lucumi... el negro o negra natural de esta regi6n africana.
(42) Ella es africana y no criolla.
(43) taita... tratamiento que se le daba a los esclavos viejos.

Nons.-") En la maestranza de artilleria de Ia Habana, situada detras del peiacio
de la Intendencia, habia una especie de presidio correccional, cuyo capataz, eargento
cumplido del cuerpo, se hacia cargo de castigar al esclavo que, habiendo cometido una
falta, se lo remitiau los amos con ese objeto. Le azotaba mas 6 menos fuertemente, se-
gun la 6rden escrita, que A veces portaba la misma victima, siempre A condicion 6 en
cambio de los trabajos que podia desempefiar en la maestranza, por dos 6 tres semanas.
RL salario se le cargaba al gobierno y Io pagaba Ia Hacienda pdblica, aunque no reza-
ba que la deuda procedia de Is aplicacion de unos cantos azotes.

-(+) Lo mismo ocurria en el vedeado, terrenos pertenecientes A Is familiar de Frias,
dedicados por su aridez, exclusivamente A Is explotaci6n de cantos y de cal para la fa-
bricaci6n de casas. Aqui tambin distribuian azotes A cambio de trabajo del esclavo
castigado por cuenta y riesgo del amo.


226





CECILIA VALDtS


palacio de los condes de ese titulo. Sabia leer y escribir casi por
intuicion, dones adquiridos que le revestian de m6rito extraordi-
nario A los ojos de sus companeros de esclavitud, much mis ig-
norantes que 61, en general, bajo esos respects. Era aficiona-
disimo al baile, gran bailador de minu6, que aprendi6 en las sun-
tuosas fiestas de sus amos, pues en su calidad de paje, que fu6 su
empleo primitivo, siempre estaba en contacto con ellos; y alli
conoci6 A la despues condesa de Merlin, A varios Capitanes gene-
rales, al primer conde de Barreto, y a otras notabilidades de Cuba,
de Espana y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de Or-
leans, despues rey de los franceses.
A poder de tiempo, de industria y de economias, viviendo en-
tre gente rica y rumbosa, que visitaban personajes notables, lo-
gr6 Dionisio reunir dinero suficiente para coartarse, quiere decir,
para fijar el precio en que se le venderia, si le vendian,-dando A
su amo diez y ocho onzas de oro, 6 306 duros. SacAronle, sin
embargo a remate, junto con otros varios esclavos por ante el es-
cribano pniblico D. Jose Salinas, a la muerte del conde, para cu-
brir las grandes costas que ocasionaron su testamentaria y divi-
sion de bienes. La habilidad de Dionisio en la cocina y la repos-
teria, a que le aplicaron ap6nas lleg6 a la virilidad, le daba miAs
valor en el mercado que A los otros esclavos sin oficio, de consi-
guiente, la coartaci6n solo le sirvi6 para que le vendieran en 500
pesos, en vez de los 800 en que le estim6 el amo cuando le acept6
la suma arriba mencionada. En el lote, D. Candido le obtuvo por
menos de los 500 pesos en que qued6 coartado, aunque 61 no fu6
el mejor pastor; pero supo untarle en tiempo la mano (44) al ofi-
cial de causas, y no aparecieron otras pujas. De dos graves fal-
tas adolecia Dionisio, graves por su triste condicion,-era la una
su aficion A las mujeres; la otra ya se ha dicho, su aficion al bale
propio de los blancos.
Dadas las 9 de la manana entr6 D. Candido Gamboa por el za-
guan de su casa. Parecia cariacontecido, cansado y sudoso, no
ya por el calor, que no dejaba de sentirse, aunque estabamos A
fines de Octubre, sino por la agitacion de las primeras horas del
dia y los pensamientos que ocupaban su espiritu. Sin reparar en
su esposa, que inquieta le aguardaba junto A la mesa del comedor,
puesta ya para el almuerzo por el agil Tirso,-de la calle pas6 de-
recho al escritorio, donde estaba el mayordomo D. Meliton Reven-


(44) untarle la mano... sobornar.


227






8CMLO VILLAVERDE


tos encaramado en el banquillo, con la pluma detras de la oreja
y de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel es-
pafiol, escrito en renglones desiguales A manera de versos de arte
mayor, que tenia delante.
-ZQu6 hace? le pregunt6 entrando D. Candido, sin darle los
buenos dias, acaso por que aquel era uno de los peores de su vida.
-Hacia el apunte de los efectos que ordena el mayordomo de
La Tinaja para la pr6xima molienda, y miraba si se me habia es-
capado algo. El patron Sierra estuvo aqui y dijo que salia...
-Deje V. eso de la mano, que no precisa y vamos L o que im-
porta. Reventos, ahora mismo se pone V. la chaqueta y se va
corriendito al baratillo de Suarez Argudin en el portal del Rosa-
rio, y recoge V. cuantas camisas de listado y pantalones de rusia
tenga hechos, y le dice V. que los cargue en cuenta. Probable
es que no tenga cuanto se necesita, 400 mudas; pero 61 puede
completar el numero en los otros baratillos de los paisanos. Mas
en caso que ni asi se consigan todas, 300, 250, 200, las que se
puedan... 4Qu6 remedio? Si no salvamos tantos, salvar6mos
cuantos.
-ZCuantos qu6? pregunt6 Reventos, demasiado curioso para
dejarlo para luego.
-Bultos, hombre, bultos (45); repuso brevemente D. CAndido.
INo sabe V. que ha liegado el Veloz?
Si? A fe que no 1o sabia.
-Pues, ha ilegado, mejor dicho, lo han traido al puerto. El
nnmero fijo A bordo, no se sabe todavia. Las escotillas estan cla-
vadas y dice el capitan Carricarte, que aunque embarc6 sobre 500,
con el largo viaje y la atroz caza que le han dado los ingleses, se
le han muerto algunos y tenido que echar al agua... muchos, va-
mos, la broza, por fortuna. Z EstA V.? Ahora bien, toma las mu-
das de ropa, forma tres 6 cuatro lios, segun; los conduce V. en
un carreton al muelle de Caballeria, frente A Casa Blanca, y se
los entrega al patron del guadafio Flor de Regla. V. le conoce.
Bien, le entrega V. todo, que 61 ya esta avisado y sabe A donde ha
de levarse eso. V. le acompafia, pues que conoce al contador.
Eh! con que al avio. Se le guardara a V. el almuerzo si no da
la vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar A
bordo antes de las once. zLo oye V.?
El mayordomo ido, de seguidas entr6 dofna Rosa en el escri-


(45) bultos... negros esclavos.


228





CECILIA VALDtS


torio. Se paseaba su marido arriba y abajo agitado, mas al verla
se detuvo por un instante esperando la pregunta, que en efecto
no tard6 ella en dirigirle: -Qu6 ocurre Gamboa? Ahi va Re-
ventos que se desnuca y tW aqui inquieto. DI por caridad Zqu4
pasa?
-Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavia
los picaros de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso
floron de S. M. C. el rey, que Dios guarde.
-No me digas.
--Como to oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar
los brazos que nos hacen tan suma falta, no s6 con qu6 ni c6mo
vamos i elaborar el azdcar. SI, esto se Io lleva Barrabfs, no me
canso de decirlo.
-Tal es mi tema, Cdndido; pero al grano.
-Al grano. Esta mafiana A las siete sefial6 el Morro buque
inglfs de guerra A sotavento. Nos hallibamos en el muelle va-
rios, Gomez, Azopardo, Sam, en fin, casi todos los de la junta de
anoche. A poco el Morro sefial6 presa y media hora despues se
present6 en la boca del puerto la corbeta inglesa Perla, su coman-
dante lord Pege 6 Pegete, segun nos dijeron despues los que des-
de la Punta oyeron la contestacion que di6 el prfctico al vigia de
sefiales. (***) jCuil te figuras que era la presa?
El bergantin Veloz?
-El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento A bordo.
-Luego se ha salvado el cargamento. iQu6 bueno!
-Z Salvado? repiti6 don Candido con amargo acento. Pluguie-
ra A Dios. Desde el punto que nuestro bello bergantin entra aqui
como presa...
-Estan perdidos barco y cargamento Z no? ;Seria una gran
desgracia!
-Lo que es perderse todo, no serd, si los que estamos intere-
sados en la salvacion de una cosa y otra, no nos dormimos en las
pajas. Por lo pronto, los pasos que se han dado y que se darn
mas adelante, nos hacen abrigar la esperanza de que cuando no
todos los bultos, al menos las dos terceras partes lograr6mos arran-
carlos de las garras de los ingleses. I Has de creer, Rosa, que A
veces se me figura que mas dolor me causaria la perdida del ber-
gantin que la del cargamento, aunque es el mas valioso de cuan-
tos ha traido del Africa, segan la factura del capitan Carricarte?


-(***) H. B. 3. Sloop of war Pearl, Captain Lord Clarence Paget.


229





CIRILO VILLAVERDE


Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantin se pueden
traer con seguridad y en corto tiempo, no uno, sino varios carga-
mentos, y no hay muchos como 41. Habrd tres anos que se to
compr6 d Didier de Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices
al Africa. Este era el quinto viaje y ya me he reembolsado tres
veces de su cost. Admirate, Rosa, sali6 de Casa Blanca, Zte
acuerdas? A mediados de Julio y a los cuatro meses no cabales ha
dado la vuelta. Eso se llama andar. Z Quien negard ahora que es
el mas velero de cuantos se emplean en la carrera al presente?
Ahi estan el Feliz, de Zuasnavar; la Vencedora de Abarzusa; la
Venus, de Martinez; la Nueva A mable Salomd de Carballo; el
Veteran de Gomez y muchos otros de fama, Zque son en compa-
racion de mi Veloz? Potadas, urcas (46). Si, sentiria mucho per-
derlo, no por el dinero, aunque no son un grana de anis los diez
mil pesos que di por 41, sino porque dificilmente se construye bu-
que de mas pies (47).
iAh! Candido, no te hagas ilusiones. T' y tus amigos
abrigais esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no suel-
tan, tenlo por seguro. Cada vez me parecen mas odiosos esos ju-
dios protestantes. Vea V. Zquien los mete en lo que no les va ni
les viene? Yo me hago los sesos agua, y no atino A comprender
por que se ha de oponer Inglaterra a que nosotros traigamos sal-
vajes de Guinea. Z Por que no se opone tambi6n a que se traiga
de Espana aceite, pasas y vinos? Pues hallo mas humanitario
traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que vinos
y esas cosas que solo sirven para satisfacer la gula y los vicios.
-Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los
ingleses, no entienden esa filosofia, no la quieren entender tam-
poco, de otra manera tendrian mas miramientos con nosotros los
vasallos de una nacion amiga y en otro tiempo aliada de la suya.
Pero yo no les echo toda la culpa A ellos, A quienes culpo princi-
palmente es d los (48) que aconsejaron i nuestro augusto soberano
D. Fernando VII celebrar el tratado de 1817 con Inglaterra. Aqul
estd el mal. Por la miserable suma de 500,000 libras esterlinas
los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas concedieron
A la perfida Albion el derecho de vista de nuestros buques mer-
cantes y de insultar, como insulta un dia con otro impunemente,

(46) barcos pesados.
(47) de mas pies... tan veloz.
(48) Errata corregida. Los en vez de les.


230





CEcKJA VALDds


el sagrado pabellon de la que no ha mucho fue senora de los
mares y duena de dos mundos. jQu6 vergilenza! No s6 c6mo to-
leramos... Mas al caso, Rosa. Como te decia, la lamada repen-
tina de Gomez ayer tardecita, tuvo por objeto oir la historia de
lo ocurrido con el Veloz, de boca del capitan Carricarte que lleg6
A revienta cinchas del Mariel y ver Io que se hacia por si era po-
sible jugarle una buena a los ingleses, porque tfi sabes, que hecha
la ley hecha la trampa. Cuando llegue A casa de Gomez, que se-
rian cerca de las ocho...
-- C6mo as!? le interrumpi6 su mujer. Tn saliste de acA antes
de las siete Zen qu6 te demoraste? ZC6mo echaste mas de una
hora en ir A casa de Gomez?
-No me demor6 en ninguna parte, no, repuso el marido vi-
siblemente embarazado. ZDije que serian cerca de las ocho? pues
cuenta que quise decir poco despues de las siete, A las siete y
cuarto, a las siete y media... La hora precisa no importa.
Parecia que no importaba; pero no dej6 de lamar la aten-
cion de dona Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para tras-
ladarse de la esquina de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivia,
al extremo de la de Cuba hAcia el norte, donde se celebr6 la reu-
nion, echase una hora, cuando esta distancia puede recorrerse A
pi6 en la mitad de ese tiempo descansadamente. Natural fue que
dona Rosa, que parece no las tenia todas consigo, en tratandose
de la lealtad conyugal de su marido, se callase, es cierto, mas A
todas luces perdi6 el entusiasmo y con Este el interes en lo que
pensaba hacerse para salvar la presa y su cargamento. Advir-
ti6ndolo, D. Candido, pues harto conocia a su mujer, di6se una
palmada en la frente y dijo: -
-Tate! me dilate, porque tuve que ver si Madrazo, el cual
vive frente 4 Santa Catalina, era 6 no de la junta 6 le habian avi-
sado. El capitan Miranda puede decir la hora A que llegue a casa
de Gomez. Esa fu6 la gnica parada que hice en el camino. Pio
tambien es testigo. Vamos ahora al caso. Como te decia, cuan-
do llegue A casa de Gomez, que tO sabes esta allA lejos, frente A la
muralla, encontre toda la gente reunida. Madrazo fue conmigo;
Marrero entr6 despues; SamA, Martiartu, Abrisqueta, Suarez Ar-
gudin y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tio habia ido de
carrera a su cafetal. La Tentativa en la Puerta de la Gilira, Mar-
tinez, Carballo, Azopardo, y otros varios, que si bien no inmediata-
mente interesados en el cargamento del Veloz, como principales
importadores que son de esclavos, deseaban informarse A fondo


231






CIILO VILLAVERDE


de lo ocurrido en el Mariel y de c6mo nosotros pensAbamos sacar
el caballo del atolladero. Carricarte se mudaba de ropa en los
entresuelos de la casa de Gomez y baj6 asi que todos estabamos
reunidos. Formabamos una corte regular en la sala baja. Depo-
sit6 el capitan unos papeles en la mesa del centro y luego sin
mas ceremonia, comenz6 la relacion de 1o que le habia pasado des-
de las costas de Africa hasta las de nuestra Isla. Dice, que desde
que sali6 de Gallinas A fines de Setiembre, naveg6 de bolina (49)
y mar bonancible hasta reconocer A Puerto Rico. Allf, sin em-
bargo, una vela sospechosa por sotavento, le hizo variar de rum-
bo. Durante la noche, siempre con viento fresco, volvi6 A su de-
rrota, esperando avistar el Pan de Matanzas el dia siguiente por
la tarde. Hdcia el oscurecer, en efecto, le avist6; pero la misma
vela de antes se le present6 en lo mas estrecho del canal de Baha-
ma, empezando desde luego la caza. Dice Carricarte que su pri-
mera intencion fue entrar en Arcos de Canas. No fu4 posible:
el crucero inglds, porque result6 serlo, como que levaba la linea
recta y mas inmediata a la costa de Cuba, A pesar de los buenos
pi6s del bergantin, siempre se presentaba A su costado, mayor-
mente a la altura de las Tetas de Camarioca. Cerr6 la noche de
nuevo,el Veloz se hizo mar a fuera y luego bir6 con animo de me-
terse en Cogimar, en Jaimanita, en Banes, en el Mariel, en Caba-
has, en el primer puerto sobre el cual le amaneciese. Afloj6 el
viento, por desgracia, el terral le fu6 contrario, asi que, cuando
torn A dar vista A la tierra, ya asomaba el sol y el crucero ama-
gaba ganarle el barlovento. Vi6 entonces Carricarte que no podia
escapar sino a milagro, por Io que resolvi6 jugar el todo por el
todo. Di6 6rden pues de despejar el puente A fin de facilitar la
maniobra y aligerar el buque to que se pudiese, y como Lo dijo
Io hizo. En uh santiamen fueron al mar los cascos del agua de
repuesto, no poca jarcia y los fardos (50) que habia sobre cubierta...
-Los bozales Z quieres decir? iQu6 horror! exclam6 dofia Rosa
llevhndose ambas manos A la cabeza.
-Pues es claro, continu6 Gamboa imperturbable. Z Td no ves
que por salvar 80 6 100 fardos, iba A exponer su libertad el capitan,
la de la marineria y la del resto del cargamento, que era triple
mayor en nnmero? El obr6 arreglado A sus instrucciones,-

(49) naveg6 de bolina... navegar de modo que la direcci6n de la
quilla forme con la del viento el ingulo menor posibie.
(50) fardos... negros esclavos.


232





CECJA VALDis


salvar el barco y los papeles a toda costa. Ademas, habia que
despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No habia tiem-
po que perder. iPues no faltaba otra cosa! Eso si, dice Carri-
carte, y yo Io creo, porque 61 es mozo honrado y a carta cabal, que
en la hora del mayor peligro, solo tenia sobre cubierta los muy
enfermos, los enclenques, aquellos que de todos modos moririan,
mucho mas pronto, si los volvian al sollado, donde estaban como
sardinas, porque fu6 preciso clavar las escotillas.
iLas escotillas! repiti6 dona Rosa. Es decir, las tapas de
la bodega del buque. De manera que los de abajo A estas horas
han muerto sofocados. lPobrecitos!
iCa! dijo D. Candido con el mas exquisite desprecio. Nada
de eso, mujer. Sobre que voy creyendo que tn te has figurado
que los sacos de carbon (51) sienten y padecen como nosotros. No
hay tal. Vamos, dime Zc6mo viven allA en su tierra? En cuevas
6 pantanos. Y jqu6 aire respiran en esos lugares? Ninguno 6
aire mefitico. ZY sabes c6mo vienen? Barajados, quiero decir,
sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras suce-
sivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento
y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que po-
nerles grillos y a no pocos es fuerza meterlos en barras.
-Qu6 son barras, Cindido?
Toma! zAhora te desayunas? El cepo, mujer.
-No me quedaba que oir.
-A todo eso y mucho mas da lugar la persecucion arbitraria
de los ingleses. El (nico sentimiento de Carricarte ahora es
que con el afan y la precipitacion de limpiar el puente, echaron
al agua los mariners una muleque (52) de 12 alos, muy graciosa,
que ya repetia palabras en espanol y que le di6 el rey de Gotto
d cambio de un cunete de salchichas de Vilch y dos muleques
de 7 A 8 anos que le regal6 la reina del propio lugar por un pan
de azdcar y una caja de t6 para su mesa privada.
iAngeles de Dios! volvi6 a exclamar dona Rosa sin poder
contenerse. Y reflexionando que acaso no estaban bautizados,
anadi6: de todos modos, esas almas...
-Y dale con creer que los fardos de Africa tienen alma y que
son angeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpi6 el ma-
rido con brusquedad. Pues de ahM nace el error de ciertas gen-

(51) sacos de carbdn... negros esclavos.
(52) nwleque... niflos esclavos de 6 a 14 atlos de edad.


233






CIRILO VILLAVERDE


tes... Cuando el mundo se persuada que los negros son animales
y no hombres, entonces se acabarA uno de los motivos que alegan
los ingleses para perseguir la trata de Africa. Cosa semejante
ocurre en Espana con el tabaco: prohiben su trAfico, y los que
viven de eso, cuando se ven apurados por los carabineros, sueltan
la carga y escapan con el pellejo y el caballo. ZCrees td que el
tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia entre un
tercio y un negro, al menos en cuanto d sentir.
No habia similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco
tiempo para discutir, porque en aquella sazon se present Tirso
en la puerta del escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo.
Eran las diez y media de la manana; por donde se ve claro,
que la conversacion de D. C~ndido con su mujer habia durado
largo tiempo y sin embargo no le habia dicho los medios de que
pensaba valerse para arrancar el Veloz y la mayor parte de la
carga, compuesta de seres humanos, diga 61 lo que quiera,-de las
garras de los testarudos ingleses.


?34










CAPITULO VII.


aror Ia cue debenan poner tasa los magasfrados, A quien
toca, A la codicia de los mercaderes, que ha introducido en
Europa, y no menos en estas Indias, caudalosbiimos empleos
de esclavos, en tanto grdo, que se sustentan de irlos A traer
de am tierras, ya par engalo, ya par fuerza, como quien va
A casa de conejos 6 perdices, y los trainan de unos puertos A
otros como bolandas 6 cariseas..
Fr. Awnso ra SaxoyM.

Paseabase D. Candido Gamboa largo rato hacia en su escrito-
rio, despues de levantado el mantel del almuerzo, cuando entr6
su mayordomo D. Meliton Reventos. Venia con la cara hecha un
ascua por el calor del dia, las carreras desde temprano, y la sa-
tisfeccion que experimentaba y que se le conocia por encima del
pelo de la ropa. De modo, que advirti6ndolo el amo, par6 los
paseos, se quit6 el tabaco de la boca y se apoy6 de espaldas contra
la carpeta, i fin de escuchar A sus anchas la relacion de las dil-
gencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta dofna Rosa,
cuyo interes en el asunto cedia tan solo ante el de su marido,
acudi6 ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar
la siguiente escena.
No venia, sin embargo, dispuesto D. Meliton a satisfacer de
plano la ansiedad de sus senores. Creia, por el contrario, que
acababa de veneer una gran dificultad, mas, que habia alcanzado
una hazafia, y como hombre de poco seso, se daba importancia
inmerecida. Despues de ir y venir arriba y abajo del escritorio,
recogiendo papeles, arreglando las plumas de ave en el tintero,
abriendo y cerrando gavetas, se volvi6 para D. Candido y su es-
posa, que seguian sus movimientos, no poco disgustados, y dijo:
-iQue calor! zeh?
Ninguno de sus oyentes le replico palabra, y 61 continu6 muy
satisfecho:
-Vea V. en Gijon. Por este mismo tiempo empieza a soplar
un airecillo, que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un
costipado... (53) pero esta Isla se ha hecho para los negros. Bien


(53) constipado o resfriado.





CIRILO VILLAVERDE


pudo el Senor D. Crist6bal haberla descubierto en otra parte, don-
de no hiciese tanto calor. Porque, pongo por caso, lega aquf un
mozo de Castilla, 6 de Santander ; liega robusto, con unos cachetes
que parecen dos cerezas, vamos, rozagante, fuerte como un toro,
y en menos de seis meses, si escapa con vida del v6mito (54), se
queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. iQu6 tierra
esta! iSi, digo 4 V. que es esta mucha tierra!
En estos momentos sus ojos tropezaron con los de D. CAndido
y doia Rosa que le miraban de hito en hito, y cual si volvieran
en su acuerdo, agreg6 en diferente tono:
-Pues senor, me parece, si, me parece que todo ha salido 4
pedir de boca.
-iAcabAramos! dijo D. CAndido respirando fuerte.
-ALA iba, prosigui6 D. Meliton, respondiendo antes a la in-
tencion que A la palabra de Gamboa. Alla iba, pero V. me conoce,
senor D. Candido, y sabe que yo no soy escopeta catalana.
-No tiene V. que repetirlo; replica D. CAndido con 6nfasis.
-Al caso; terci6 dona Rosa en tono blando, pues conoci6 que
iba A armarse una disputa interminable.
-Al caso; repiti6 el mayordomo, entonces mas en caja. Pues
como decia, ha salido la cosa mejor de Lo que esperabamos. Mar-
ch6 Zqu6 digo? part como una saeta para el portal del Rosario
y me entree de rondon en el baratillo de D. Jos6 A pesar que el mozo
de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detras de
los mostradores dentro, creyendo que iba A comprarles la tienda
en peso, me tira este del brazo, aquel de la chaqueta... V. sabe que
ellos son bromistas y mas pillos, que ya...
-Lo que se, repuso D. Candido molesto, es que V. gasta una
pachorra...
-Pues decia, continu6 como si no hubiese oido & su amo, que
me cost algun trabajillo deshacerme de esos bellacos. ID6nde
esti D. Jose? pregunt6 A D. Liberato. Quiero ver d D. Josh. Trai-
go un recado urgente para 61. ;Chite! me dijo el mozo; ahora
esta muy entretenido para que V. le vea. Venga acA, y me llev6
por la mano A la puerta del patio, y agreg6 :-Vale. En efecto,
muy acicalado estaba y arrimadito 6 la pared, en interesante con-
versacion por sefias y medias palabras, con la sombra de una mujer
que se entreveia a traves de las persianas del balcon en el prin-
cipal de la casa. Solo vi dos ojazos como dos carbones encendidos


(54) el v6mito negro o la fiebre amarila.


236




CEC JA VALDiS


y la punta de unos deditos de rosa asomhndose de cuando en cuan-
do por entre los listoncillos verdes. ZQue significa eso? pregunt6
a D. Liberato. ZNo lo entiende V? me contest6. Nuestro D. Jos6
que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo,-
para camelarle la hermosa dama.
Don Cindido y dora Rosa cambiaron una mirada de inteligen-
cia y de asombro y el primero dijo:
-Don Meliton de mis culpas jque tenemos que hacer nosotros
con un cuento con todos los visos de calumnia?
iCalumnia! repiti6 el mayordomo serio. Pluguiera al cielo.
Nada de eso; ya vera V. mis trabajos, ya. No se puede negar que
es el mas buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro,
porque sabe hablar, que ya... Es cosa notoria que ahora anos, cuan-
do el sistema constitutional, le comparaban con el divino Argue-
lles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de
la plaza Vieja. Y, con perdon de la senora dona Rosa, todo eso
le peta mucho 6 las mujeres, y la Gabriela que es j6ven y bella...
ya, ya. La tentacion, las ausencias del marido, las galanteras,
el diablo que nunca duerme...
-Don Meliton, salt6 otra vez Gamboa muy molesto, Lde quidn
nos habla V? (55).
Toma! Pues creia que me estaba V. atento. Le hablo de
D. Jose, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del
pals por lo blanca y rosada.
Dona Rosa, que era criolla y que no lo tenia A menos, se sonri6
al oir la groseria de su mayordomo, el cual prosigui6:
-Pues el senor D. Jos6 ni me hizo caso, sino que le dijo de
muy mal humor 4 D. Liberato: despache V. A ese mozo y no per-
mita que me molesten. Al punto nos pusimos A revolver los en-
trepaios y las cajas y con mucho trabajo conseguimos tres los
de mudas de ropa, de 50 pares cada uno. No eran bastantes. Cor-
rf al baratillo de Marrero, donde solo habia 30 mudas. Sabe V. que
por esta 6poca empiezan las refacciones (56) de los ingenios, se-
gun se dice aquf. Los que se proveen por tierra, se adelantan
hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier
distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues
como decia, del baratillo de Mafiero, pas6 al del vizcalno ese...

(55) Errata corregida. El signo de interrogaci6n antes de Ia de.
(5s) Cantidad que en dinero o efectos se le facilita a un agricultor
parn el cultivo de sa Inca.


237





CIRILO VILLAVERDE


Martiartu, donde Aldama estuvo de mozo. Ahi consegut 60 mu-
das mas y por no perder tiempo y porque juzgu6 que serian sufi-
cientes, llam6 4 un carretonero, cargu6 con todos los bultos y an-
dando, andando para el muelle de Caballeria, hice cinco lios, los
at6 con unos cordeles, y al avio... Pero cate V. que al pasar por
delante de la casilla del resguardo, sale el hombre y detiene la
mula por la brida.-Z C6mo se entiende? ZQu4 hace V.? le grit4
encolerizado.-Se entiende, me dijo 41 con mucha sorna, que si V.
no trae guia para embarcar estos efectos, yo no los dejo pasar.-
Guia, guia, le dije. ZPara que diablos ese requisito? Estos lios
no son para embarcar a ninguna parte. Son esquifaciones.-Sean
1o que fueren, prosigui6 el hombre sin soltar la presa, la guia al
canto 6 no hay pase.-ZQue queria V. que hiciera en semejante
aprieto? Eran pasadas las once. Ya habia oido yo el reloj de
la Aduana. Me registry los bolsillos, encontr4 un dobloncejo de A
dos, le saque, se le puse en la mano al carabinero, diciendole: -
Vaya la guia, hombre ; y sin mas ni mas solt6 las bridas y di6 paso
franco. La cara del rey posee magia.
-Eso es; dijo D. Candido en tono de aprobacion.
-Pues es claro, anadi6 el mayordomo satisfecho. Para ciertas
gentes no hay mejor lenguaje. Mas aqui no pararon mis trabajos.
Llegados al muelle, all! estaba el botero. ZSabe V. que el hombre
es listo? En un santiamen descargamos el carreton y luego dimos
con los lios en el bote. Tome el timon bajo la carroza y a viaje.
Viramos (57) y en poco mas que lo cuento nos pusimos en Casa
Blanca a vela y remo. Opuesto estaba el famoso bergantin sobre
las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y orgulloso, cual
si libre cortara las aguas del ocean y no se hallara cautivo de los
perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios soldados de
marina, alguno 'de los cuales me pareci6 que no era de los nues-
tros; pero alcance a ver al cocinero Felipillo hacia popa, quien
no tard6 en conocerme y hacerme senas de que no atracara por
el costado de estribor, sino por el de babor, hicia la parte de
tierra. Asi se hizo, corriendo d un largo la vuelta de Triscornia
y luego virando por redondo a ganar la popa del bergantin, bajo
la cual nos acoramos, y como quien no quiere la cosa, bonitamen-
te fuimos metiendo lio tras lio por un ventanillo, donde el cocinero
los recibia con toda seguridad.
iVamos! exclamn D. Candido en un arranque de entusias-


(57) Viramos en vez de Biramos.


238





CECILIA VA*s 2


mo, rarisimo en sugeto tan grave. Esa si que estuvo buena.
iMagnlfico! D. Meliton. Ya se puede dar por seguro, que al me-
nos se salvara una buena parte del cargamento y habrh para
cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho, hecho.
Bien quisiera dofia Rosa participar de la alegria y entusiasmo
de su marido; pero sucedia que ella no entendia jota del bien
que pudiera traer a la salvacion del cargamento del bergantin
Veloz, el hecho de haber introducido a hurtadillas por un venta-
nillo de popa, las mudas de ropa nueva compradas por D. Meliton
en los baratillos de los portales de la plaza Vieja. As! es, que se
content6 con mirar primero A uno y luego al otro de sus interlo-
cutores, como si les pidiera una explicacion. Entendi6lo as! Gam-
boa, porque continu6 con la misma animacion:
-Ciego el que no ve en dia tan claro. Rosa jno comprendes
que si vestimos de limpio los bultos, pueden pasar por ladinos (58),
venidos de... de Puerto-Rico, de cualquier parte, menos de Africa?
SEstis? No todo se ha de decir. Estos son secretos... porque...
hecha la ley, hecha la trampa. Reventos, agreg6 con volubilidad,
que le den de almorzar. Rosa, a Tirso que le sirva el almuerzo...
Debe traer hambre canina, y ademas, quizas tenga que volver
a salir. Por lo que a m! toca, a la una debo estar en casa de
Gomez, quien me espera en compania de Madrazo, de Mafiero,..
Vaya (empujando suavemente por el hombro A su mayordomo),
despache.
-Corriendito; contest6 6l. No necesito que me rueguen.
Apuradamente, tengo un hambre que ya... ZPues no ando de
ceca en meca desde las nueve de la mafiana? Ya, ya... Se la doy
al mas pintado. Lo extranlo seria que no sintiese una gazuza,
que ya...
Hacia el medio dia, D. Candido, que habia hecho venir al bar-
bero para que le afeitase, estaba listo para salir y el quitrin le
esperaba A la puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata
blanca con puntas bordadas y colgantes, untandole aceite de Ma-
castar, de olor fuerte, especie de esencia de clavo, muy generali-
zado entonces, y peinandole a la Napoleon, es decir, con la punta
del pelo traida sobre la frente hasta tocar casi la union de las
cejas y la nariz. Adela le trajo la cafia de Indias, con punlo de
oro y regaton de plata, y Tirso, que andaba por all!, viendole

(58) ladinos... negros bastante civilizados no venidos directamente de
Africa.


239





CIRILO VILLAVRDE


desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acerc6 el braserillo. De
seguidas, medio envuelto en la nube (59) azulosa de su exquisito
habano, sin sonreirse, ni decir palabra a ninguno de su familia,
salid con aire majestuoso por el zaguan a la calle y se meti6 en
el carruaje.
-iA la Punta! fu4 lo (nico que dijo en su voz bronca al viejo
calesero Pio.
No era un enigma este brevisimo lenguaje para el anciano ca-
lesero. Significaba que debia dirigirse al trote A casa de D. Joa-
quin Gomez, que entonces vivia en aquel pedazo de calle frente
A una cortina de la muralla que da hAcia la entrada del puerto.
Alli esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el
comerciante Mafiero. Este altimo era el mas inteligente de los
cuatro, se ocupaba en importar g6neros y quincalla de Europa,
que vendia A plazos A mercaderes de la plaza. Aquel era un
medio muy tardio de hacer fortuna, fuera de que los vendedores
no siempre cumplian exactamente con sus compromisos, de que
resultaban p6rdidas en vez de ganancias. Marrero, por esto, como
otros muchos paisanos suyos, habia emprendido en las expedicio-
nes A la costa de Africa, hasta alli con mejor suerte que (60) en
el comercio de g6neros.
Al salir, como salieron a pocn para el palacio del Capitan Ge-
neral, Gomez dijo A Mafiero que llevara la palabra, cosa que apro-
baron de la mejor gana Madrazo y Gamboa, reconocidndose inca-
paces para desempefiar el papel de orador siquiera con median
lucimiento. Las dos de la tarde serian cuando entraban ellos por
el ancho y elevadisimo p6rtico de ese edificio, que, segun se sabe,
ocupa todo el frente de la plaza de Armas. A aquella hora estaba
leno de gente, no por cierto del mejor pelaje, aunque no podia
calificArsela en general, como de la clase del pueblo bajo de Cuba.
El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y de
voces ruidoso y aun chillon. Unos iban, otros venian, observAn-
dose, que los que mas agilidad mostraban, mozos en su mayorla,
y nada atildados en su porte ni en su traje, levaban debajo del
brazo izquierdo doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos
legajos de papeles del folio espaiol. Por lo comun entraban en
6 salian de los cuartos 6 covachuelas, que dicen en Cuba, acceso-
rias, cuya nica puerta y acaso ventana, daban al p6rtico, al ras

(59) nube en vez de nave.
(60) La palabra que aparecia dos veces. Errata corregida.


240





CECILJA VALDs 1


del piso de chinas pelonas de que estaba formado. A la primer
ojeada, era de advertirse, que esa multitud de geute no acudia
allf A solazarse ni por mera curiosidad; porque se distribuia en
grupos y corrillos mas 6 menos numerosos, en los cuales se ha-
blaba A voz en cuello, mejor, A veces se gritaba, acompafiando
siempre la action A la palabra, como si se discutieran asuntos de
gran importancia, 6 que mucho interesaban A los principales ac-
tores. Desde luego puede asegurarse que no se trataba de polf-
tica, estaba absolutamente prohibido y el derecho de reunion no
se practicaba en Cuba desde el aflo de 1824 en que acab6 el se-
gundo perfodo del sistema constitutional. Y sin embargo, aquel
era un Congreso en toda form.
Mientras esto pasaba en medio del p6rtico, arrimado A una de
las macizas y gruesas column, se veia un grupo compuesto de
una negra y cuatro nifios de color, el mayor de doce anios de edad,
la menor una mulatica de 7, todos cosidos a la falda de la primera,
la cual tenia la cabeza doblada sobre el pecho y cubierta con una
manta de algodon. Enfrente de este melanc6lico grupo, se ha-
llaba un negro en mangas de camisa y A su lado un hombre blanco,
vestido decentemente, quien leia en voz baja de un legajo de pa-
peles abierto, que A guisa de libro sostenia en ambas manos y el
primero repetia en voz alta, concluyendo siempre con la f6rmula:
-Se han de rematar: este es el Altimo pregon. j No hay quiEn
d6 mas?
Cada una de estas palabras parecia herir, como con un cuchillo,
el corazon de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza
mas y mas bajo los pliegues del paniolon, temblaba toda y se le
cosian a la falda los hermosos nifios. Llam6 el grupo o la escena
aquella la atencion de Mafiero, se la indico con el dedo A Gomez,
y le dijo al patio : -ZVes? Farsa, farsa. El remate ya estA hecho
aquf (sefialando entonces para una de las covachuelas A su de-
recha). Pero, tate, agreg6 dhndose una palmada en la frente, y
tocandole despues en el hombro A Madrazo, que iba por delante
al par de Gamboa,- pues no es esa negra la Maria de la O de Mar-
zan que ti tenias hace tiempo en dep6sito judicialmente? Yo que
tn la remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos anios
valen ellos cuatro tanto lo que te cuesten con la madre ahora.
-Que sabes tf, si no la ha rematado ya? observ6 Gomez con
naturalidad.
Interesa A ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado con-
testando A Gomez y A Mafiero.


16


241





CHULO VHLA VERDE


-Me intereso por ti y por la mulatica; repuso este ultimo con
malicia, dandole un buen codazo a su companero. La madre de
los chicos es excelente cocinera, Lo s6 por experiencia propia y
luego la chica... Sobre que se me figura que se parece mucho A
su padre.
-A Marzan, querris decir; dijo Madrazo.
-iBa! No. LCudnto tiempo hace del pleito de Marzan con
D. Diego del Revollar y del dep6sito de los negros del primero
en tu ingenio de Maniman? pregunt6 Manero con aparente sen-
cillez.
-Cerca de ocho afios, dijo G6mez. Marzan es curro y del
Revollar montan6s como nosotros y siempre han vivido como perro
y gato en sus cafetales del Cuzco.
-No creo que hace tanto tiempo; interpuso Madrazo.
-Sea como fuere, continu6 Mafiero, el caso es que la chicuela
esa de padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete afios
de edad, y...
No continu6 Maiero, porque en aquel instante se acerc6 A
Madrazo un hombre sin sombrero, le toc6 en el brazo, le llam6
por su nombre y le atrajo A una de las covachuelas de que antes
hemos hablado. Madrazo con la mano abierta indic6 A sus ami-
gos que le esperaran, y desapareci6 entre la multitud de gente,
casi toda en pie, que lenaba la pieza.
-INo se los decia? afiadi6 Mafiero hablando con Gomez y
Gamboa. Madrazo ha hecho el rebate de Maria de la O con sus
cuatro hijos, uno de los cuales, 6 el diablo me leve 6 es la mismi-
sima efigie del rematador, y el pregon no ha sido sino una farsa
para guardar las apariencias y mostrar imparcialidad con el ami-
go Marzan. Al fin tiene entranas de padre y se porta como buen
amo: no habrA extrafiamiento ni dispersion de la familia.
Segun debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran
las escribanias pnblicas de la jurisdiction judicial de la Habana.
Componianse de un saloncito cuadrilongo con puerta al p6rtico y
ventana de rejas de hierro al patio del palacio de la capitania
general de Cuba. Eran unas diez 6 doce al frente, unas tres mas
habia en el costado del norte 6 calle de O'Reilly y otras tantas 6
mas en la de Mercaderes, entre 6stas la de hipotecas. De medio
dia a las tres bajaba la audiencia, como se decia alli, y los oficiales
de causa, junto con los procuradores, que venian a tomar nota de
los autos en los pleitos a su cargo, los escribanos que daban f6.
uno u otro abogado de poca clientela y aun bachilleres en derecho


242





CECILA VALDAs


que comenzaban la prActica de los juicios por su propia cuenta,-
llenaban las escribanfas hasta el exceso. Fuera de esto el cuarto
no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargads de tin-
ta y de papeles 6 procesos, y detras de ellas, arrimados A las pa-
redes habia anchos y altos armarios, con redes de alambre 6 cuer-
da por puertas para que se viesen entre sus entrepaios los nu-
merosos protocolos forrados de pergamino cual c6dices de anti-
guas bibliotecas.
El hombre sin sombrero llev6 a Madrazo & la derecha de la es-
cribania, ante la primera mesa, algo mas grande y decente que
las demas, pues tenia barandilla y el tintero se conocia que era
de plomo, es decir, que no estaba tan cargado de tinta. El indi-
viduo que ocupaba una silla de vaqueta detras de dicha mesa.
se puso en pi6 lleno de respeto luego que vi6 al hacendado, le sa-
lud6 con amabilidad y en voz alta pidi6 los autos de Revollar
contra Marzan. Traidos por el hombre del pregon y abiertos por
una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apunt6 con el in-
dice de la mano izquierda para una providencia compuesta de
unos pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera
debajo su firma. Hizolo asi Este,-con una pluma de ganso que
le alcanz6 el escribano, y saludando. fuese en seguida a reunirse
con sus companeros.


243










CAPITULO VIII.


Hecha la ley, hecha la trampa.
PwOV=tBlO CATLu.ANO.

Mira, como se sabe, hAcia la plaza de Armas 6 el Este el fron-
tispicio del palacio de la capitania general de Cuba. La entrada
es amplia, especie de zaguan, con cuartos A ambos lados, cuyas
puertas abren al mismo, y sirven, el de la izquierda para el official
de guardia, el de la derecha para cuartel del piquete. Los fusi-
les de los soldados descansaban en su astillero, mientras la centi-
nela, con el arma al brazo se paseaba por delante de la puerta.
Tenia Manero formas varoniles, maneras distinguidas y vestia
traje de tiqueta, como que debia presentarse con decencia ante
la primera autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a
primera vista, por un gran personaje. Ademas, habiendo servido
en la militia national, durante el sitio de Cadiz por el ejdrcito
franc6s en 1823, habia adquirido aire militar, al que daba mayor
realce el cabo de una cinta roja con crucecita de oro, que solia
Ilevar en el segundo ojal del frac negro. Luego que Madrazo se
reuni6 con sus amigos, Manero se volvi6 de pronto y 6 su cabeza
march6 derecho a la entrada del palacio.
Repar6 entonces en 61 la centinela, cuadr6se, present6 el arma
y grit6:
La guardia! El Excelentisimo Senor Intendente.
Armaronse en un instante los soldados de faction con su caina
hueca, pdsose A su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la
caja empez6 A tocar lamada. El grito de la centinela y el movi-
miento de los soldados (61), lamaron la atencion de Manero y
de sus amigos, los cuales A fin de despejar el campo apresuraron
el paso; pero como les presentasen arnas y el oficial hiciese el
saludo de ordenanza, comprendieron que uno de ellos, el que mar-
chaba delante, habia sido tomado por el superintendente de Ha-
cienda, D. Claudio Martinez de Pinillos, con quien, en efecto, te-
nia alguna semejanza. No tard6, sin embargo, en reconocer el


(61) Errata corregida. Soldados en vez de soluatos.




CECILIA VALDtS


error el oficial de guardia y en su enojo mand6 relevar la centi-
nela y que guardara arresto en el cuartel, por el resto del dia.
Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no exci-
tar mas la c6lera del teniente de faction, emprendieron la subida
de la ancha escalera del palacio. Una vez en los espaciosos co-
rredores, A la desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron A
la puerta del salon lamado de los gobernadores. En ella estaba
constituido un negro de aspecto respetable; quien A la vista de
los extrafios que se acercaban, se puso en pid y se les atraves6 en
el camino, como para pedirles el santo y sefia.
En pocas palabras le manifest6 Mafiero el objeto de la emba-
jada; pero antes que el negro replicase, se present6 un ayudante
del capitan general, 6 inform6 que S. E. no se hallaba en el pala-
cio, sino en el patio de la Fuerza, probando la calidad de un par
de gallos fins 6 ingleses que habia recibido de regal de la Vuelta-
Abajo recientemente.
-No tengan Vds. reparo en ir A verle allA, si urge el asunto
que les trae 6 su presencia,-afiadi6 el ayudante notando la in-
certidumbre de los recienvenidos; porque S. E. suele dar audien-
cia en medio de sus gallos de pelea, hasta al general de marina.
A los c6nsules extranjeros...
Aunque la cosa urgia sin duda, pues iba A reunirse pronto la
comision mixta para dar un fallo decisive sobre si eran buena
presa el bergantin Veloz y su cargamento 6 no,-gran alivio ex-
perimentaron Gomez, Madrazo y Gamboa especialmente, asi que
se convencieron de que podia verificarse la entrevista con el ca-
pitan general algo despues y en sitio menos aristocratic 6 im-
ponente que su palacio. Entre la Fuerza y la Intendencia de Ha-
cienda, detras de los pabellones en que mas adelante se estableci6
la escribanla de la misma, habia y hay un patio 6 plaza depen-
dencia del primero de estos edificios, donde el capitan general
D. Francisco Dionisio Vives habia hecho construir en toda forma
una valla 6 reflidero de gallos con su piso de serrin, galerias de
bancos para los espectadores, en suma, una verdadera gallerfa.
All! se cuidaban y se adestraban hasta dos docenas de gallos in-
gleses, que son los mas pugnaces, producto de crias famosas de
]a Isla, y regalos todos que de tiempo en tiempo habian hecho al
general Vives individuos particulares, bien conocida como era de
todos su aficion A las rifias de esa especie. Y all! tenian efecto
tambien 4stas de cuando en cuando, sobre todo, siempre que se
le antojaba A S. E. obsequiar 6 sus amigos y subalternos con uno


24:)





246 CIR1W VILLAVERDE

de esos especticulos que, si no barbaro como el de las corridas
de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.
El individuo d cuyo cargo corria el cuidado y doctrina de los
gallos del capitan general de Cuba, era hombre de historia, coma
suele decirse. Le lamaban Padron. Habia cometido un homi-
cidio alevoso, segun decian unos; en defensa propia, segun otros;
to cierto es, que preso, encausado y condenado 4 presidio en la
Habana, mediante los ruegos y representaciones de una hermana
suya, j6ven y no mal parecida, y la influencia del marquis D. Pe-
dro Calvo, que le abrigaba y protegia, vista su habilidad en el
manejo de los gallos finos, Vives le hizo quitar los grillos y le llev6
al patio de la Fuerza, donde, 6 tiempo que cuidaba de la galleria
de S. E., podia cumplir el termino de su condena, sin el mal ejem-
plo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que Padron habia
cometido otras picardihuelas ademas del homicidio dicho y que
los parientes del muerto habian jurado eterna venganza contra
el matador. ZPero qui6n se atreveria a sacarle del patio de la
Fuerza, ni del amparo del capitan general de la Isla? Padron,
pues, el penado Padron, sin hip6rbole, se hallaba ali protegido
por una double fuerza.
En el patio de aquella de que ahora hablamos se presentaron
sin anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en
seal de profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tra-
tantes en esclavos, Marrero y amigos. Ya los habian precedido
en el mismo sitio varios personajes de cuenta, entre otros el co-
mandante de marina Laborde, el mayor de plaza Zurita, el te-
niente de rey Cadaval, el coronel del regimiento Fijo de la Ha-
bana C6rdoba, el castellano del Morro Molina, el celebre m6dico
Montes de Oca, y otros de menor cuantla. Con exception de La-
borde, Cadaval, Molina, y un negro j6ven, que cenia sable y lucia
dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de patio,
los demas, se mantenian d respetable distancia del capitan gene-
ral Vives, quien a la sazon se hallaba arrimado 6 un pilar de ma-
dera, que sostenia el techo de la valla por la parte de fuera de
las graderias.
La atencion de este personaje estaba toda concentrada en las
carreras y revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual
Padron provocaba hasta el furor, dejando que otro gallo que tenia
por los encuentros en la mano izquierda, le pegara de cuando en
cuando un picotazo en la cabeza rapada y roja como sangre. Ves-
tia Padron A la usanza guagira, quiere decirse, de camisa blanca





CCILIA VALDiS


y pantalon de lists azules ceffido A la cintura por detras con
una hebilla de plata, que recogia las dos tiras en que remataba
1a pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo 6 por costum-
bre, tenia la cabeza envuelta en un panuelo de hilo A cuadros,
cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos
de vaqueta apenas le cubrian los pi6s pequenos y el empeine ar-
queado como de mujer, y sin calcetines. Por respeto sin duda al
Capitan general, sujetaba el sombrero de paja con la mano dere-
cha, apoyada por el dorso en la espalda. Era de talla mediana,
enjuto, musculoso, fuerte, pflido, de facciones menudas y podia
contar 34 anos de edad.
No era mucho mas aventajada la talla del capitan general Don
Francisco Dionisio Vives, el cual vestia frac negro de panio, sobre
chaleco blanco de piqu6, pantalones de mahon 6 nankin, y som-
brero redondo de castor, siendo el finico distintivo del rango que
ocupaba en el ej6rcito espafiol y en la gobernacion politico mili-
tar de la colonia,-la ancha y pesada faja de seda roja con que
se ceia el abd6men por encima del chaleco. Ni en su aspecto ni
en su porte habia nada que revelara al military. En la 6poca de
que hablamos podia tener 61 cincuenta anos de edad. Era de
median estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de car-
nes, aunque de formal redondeadas, como de persona que no ha-
bia llevado una vida muy activa. Tenia el rostro mas largo que
ancho, casi cuadrado, las facciones regulares, los ojos claros, el
cutis fino y blanco, el cabello crespo y negro todavia, y no llevaba
bigote, ni mas que pi6 de barba A la clerigo. Si, aquel hombre
no tenia nada del guerrero, y, sin embargo, su rey le habia con-
fiado el mando en jefe de la mayor de sus colonial insulares en
America, precisamente cuando parecian mas pr6ximos A romper-
se los t6nues y an6malos lazos que aun la tenian sujeta a] trono
de su metr6polis.
Aunque la traicion de D. Agustin Ferrety, habia puesto en ma-
nos de Vives sin mayor dificultad los principales caudillos de la
conspiracion conocida por los Soles de Bolivar en 1826, muchos
afiliados, de menos nota, si bien no menos audaces, pudieron es-
capar al continente y desde all, por medio de emisarios celosos,
mantentan viva la esperanza de los partidarios de la independen-
cia en la Isla y llevaban la zozobra al Animo de las autoridades de
la misma.
La prensa habia enmudecido desde 1824, no existia la militia
ciudadana, los ayuntamientos habian dejado de ser cuerpos po-


247





CIRILO VILLAVERDE


pulares, y no quedaba ni la sombra de libertad, pues por decreto
de 1825 se declare el pals en estado de sitio, instituyendose la co-
misi6n militar permanente. El paso repentino de las mas amplias
franquicias, A la mas opresiva de las tiranias, fu6 harto rudo para
no engendrar como engendr6 un profundo descontento y un ma-
lestar general, con tanto mas motivo cuanto que en los dos cortos
periodos constitucionales el pueblo se habia acostumbrado A las
luchas de la vida polftica. Privado de esa atm6sfera acudi6 con
mas ahinco que antes a las reunions de las sociedades secretas,
muchas de las cuales aun existian A fines del ano de 1830, no ha-
biendolas podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que
habia suprimido las garantias constitucionales. La conspiracion
fue desde all! un estado normal y permanent de una buena parte
de la juventud cubana. Tomaba creces y se extendia a casi todas
las clases sociales la agitacion mas intensa en las grandes pobla-
ciones, tales como la Habana, Matanzas, Puerto-Principe, Bayamo
y Santiago de Cuba.
En todas ellas hubo mas 6 menos alborotos y demostraciones
de resistencia, porque tard6 algun tiempo antes que el pueblo
doblara la cerviz y se sometiera al yugo de la tirania colonial. Nu-
merosas prisiones se habian efectuado en todas partes de la Isla,
saliendo de ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la
vigilancia de la policia, muy obtusa y de organizacion deficiente
entonces.
A todas estas la metropolis no tenia marina de guerra digna
de este nombre; se reducia A unos pocos buques de vela viejos,
pesados y casi podridos. Con exception de la Habana no habia
verdaderas plazas fortificadas. Muy escasa era la guarnicion ve-
terana y sobre escasa habia cundido en sus filas la insubordina-
dion. Componfase de cumplidos y de capitulados de M~jico y
Costa-Firme, y Ti todos sus jefes generales eran espafioles; los
habia tamtien naturales del pats 6 criollos en las tres armas, y
estes nunca podian inspirar confianza al mas suspicaz de los go-
biernos que ha tenido Espana, si se exceptaa el de Felipe II.
Por otra parte, el des6rden de la administration de la colonial,
la penuria del erario, la venalidad y la corruption de los jueces
y de los empleados, la desmoralizacion de las costumbres y el atra-
so general, se combinaban para amenazar de muerte aquella so-
ciedad que ya venia trabajada por toda suerte de males de muchos
aflos de desgobierno. Durante los seis que dur6 el mando de. Vi-
ves, ii la vida, ni la propiedad estaban seguras as! en las poblacio-


248





CECILIA VALDS


nes como en los campos. De estos se ensefioreaban cuadrillas de
bandoleros feroces, que todo lo ponian d sangre y fuego. En los
mares circunvecinos cruzaban triunfantes los corsarios de las co-
lonias que acababan de emanciparse y destruian el mezquino co-
mercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban piratas
que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapades
de los corsarios y despues de robarles mataban $ los tripulantes
y hacian desaparecer toda huella del crimen con el fuego.
Tal era, en res6men el estado de cosas en la Isla de Cuba hasta
bien entrado el ano de 1828. Y es perfectamente claro, que sin
la oficiosa intervention de los Estados-Unidos en 1826, se habria
levado A efecto la invasion de las dos Antillas espanolas por las
fuerzas combinadas de Mexico y de Colombia, de acuerdo con los
planes de Bolivar y los deseos de los cubanos, una diputacion de
los cuafes fu4 d encontrarle con ese objeto, cuando volvfa vencedor
de los famosos campos de Ayacucho. Suceso este que, realizado,
infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al domino espanol
en el nuevo mundo. En tan critics circunstancias, al menos
para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de Espana en
el interior de la colonia, se requerian las artimanas de un diplo-
mAtico, mas bien que la espada de un guerrero; un hombre de
astucia y de doblez, mas bien que de action; un hombre de in-
triga mas bien que de violencia; un gobernante humano por po-
litica mas bien que severo por indole; un Maquiavelo mas bien
que un duque de Alba, y Vives fu6 ese hombre: escogido, con
grande acierto por el mas desp6tico de los gobiernos que ha te-
nido Espana en Jo que va del presente siglo,-para la gobernacion
de Cuba.
Mucho se alegr6 D. Cfndido Gamboa de encontrarse un cono-
cido en el grupo de los cortesanos que venian A saludar al capitan
general en su galleria del patio de la Fuerza. El aspecto de ese
sugeto no prevenia nada en su favor, porque sobre ser de baja
estatura y raquitico, levaba la cabeza metida entre los hombros,
tenia la carn larga y el color aceitunado, como de persona muy
biliosa, siendo su desalino general, casi repugnante. En sus ojos
chicos y de hodas cuencas, habia, sin embargo, bastante para re-
dimir las faltas y las sobras del cuerpo y del semblante, habia
fuego a inteligencia. Al saludarle D. Ccndido, le diO el titulo de
Doctor.
-ZC6mo estA V.? contest6 1 en voz chillona y risa que bien
pudiera llamarse fria.


249





CIRILO VILLAVERDE


Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor
le sacaba dos palms, por Io menos, de altura.
-Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo aho-
ra metido.
-JY que trotes son esos? pregunt6 el Doctor, como por mero
cumplimiento.
-;Toma! Pues no sabe V. que los perros de los ingleses
nos acaban de apresar un bergantin bajo los fuegos del torreon
del Mariel, como quien dice, en nuestras barbas, s6 pretexto de
que era un buque negrero, procedente de Guinea? Pero esta vez
se han llevado solemne chasco: el bergantin no venia de Africa
sino de Puerto-Rico y no con negros bozales sino ladinos.
-;Qu6 me dice V.! Nada sabia. Bien que con los enfermos,
no tengo tiempo aun para rascarme la cabeza, cuanto mas para
averiguar noticias que no me tocan de cerca. Aunque si he de
decir a V. la verdad, si A alguno le causa perjuicio el celo exagerado
dc los ingleses es A mi, pues harta falta me hacen brazos para mi
cafetal del Aguacate.
-LY A qui6n no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacen-
dados necesitamos, como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros
ingenios v cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos
judios ingleses que Dios confunda. ZNo le parece A V., Doctor,
que el capitan general, sobre este punto, es de la misma opinion
que nosotros?
r Hombre! Acerca de ese particular, no le he oido expre-
sarse.
-Ya, pero pudiera ser que V. le hubiese oido declamar...
-,,Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que si.
Por cierto que Tolm6 le carga y A duras penas le sufre sus imper-
tinencias y desmanes.
-Eso, eso: repiti6 Gamboa alegre. No en vano se dice que
V. tiene vara alta con S. E.
--Si? zTal se corre? dijo el Doctor con muestras de que
la especie halagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merez-
co A S. E. una buena voluntad y aun distincion; pero nada de
extralo tiene porque yo soy el m6dico de 61 y de su familia desde
que vinieron de Espana, y por otra parte, es cosa sabida su ilaneza.
Me distingue bastante, mucho.
-Lo s6, lo oigo repetir A distintas personas y por lo mismo,
estaba pensando, me ocurre, mejor dicho, que, como V. se pres-
tase a ejercer su influjo. todavia podriamos jugarle una buena pa-


250





CECILIA VALDs


sada A los ingleses y dejarlos con tamano palmo de narices. Estoy
seguro que tampoco le pesaria A V., amigo Doctor, el darnos la
mano en este aprieto.
-No lo entiendo. Expliquese V., D. Chndido.
-Hgase V. el cargo, Doctor, que la expedicion apresada por
los ingleses, salvada Integra, nos vale A nosotros los duenos de
ella, por lo bajo diez y ocho mil onzas de oro libres de polvo y paja.
En caso de perderse la mitad todavia nos deja una ganancia li-
quida de nueve mil, que no es ningun grano de anis. Con que
vea V. si podemos. ser liberales con el que nos ayude. Escogeria
V. mismo media docena de mulecones entre la partida, que es de
Jo mejor que viene de la costa de Gallinas, y no le costarian sino
el trabajo de...
-Aun no entiendo jota, senor D. Chndido.
-Pues me explicar6 mas. La expedicion consta de unos 500
bultos, 300 de los cuales es posible hacerlos pasar por ladinos im-
portados de Puerto-Rico, habi6ndose remitido A bordo, desde esta
manana, sobre 400 mudas de ropa de canamazo. Ahora bien,
si S. E. es de parecer que tenemos necesidad de brazos para cul-
tivar los campos y que no debe permitirse que los ingleses des-
truyan nuestra riqueza agricola, es claro, que, como haya quien
le hable y le pinte bien el caso, no podrs menos de ponerse de
nuestra parte. Una palabra suya, al senor D. Juan Montalvo, de
la comision mixta, bastaria A decidir el pleito en favor nuestro;
y ya ve V. si nos seria facil ser liberales con... Ademas, cinco 6
seis bozales no van A ninguna banda, ni nos harian mas ricos ni
mas pobres A nosotros los armadores, que por todos somos ocho...
4Comprende V. ahora mi idea?
-Claro que si. Cuente V. con que pondr6 de mi parte cuanto
est4 en mi mano, aunque no me estimula tanto la oferta de V.,
como el deseo de servirle y de contribuir al castigo de la ambicion
y malas intenciones de los ingleses. Supongo que V. viene A ha-
blar con S. E. sobre el asunto.
-Sf, vengo A eso con mis amigos Gomez, Mainero y Madrazo.
Creo que V. los conoce.
-Conozco de oidas A Madrazo, cuyo ingenio de Maniman, estA
en la misma jurisdiccion de Bahiahonda que mi cafetal del Agua-
cate.
-Pes bien, ellos y los otros interesados estaran y pasarin por
todo Lo que yo acuerde con V. Si V. cree que S. E. acepte un
regalito de unos cuantos centenares de onzas...


251





CIRILO VXLLAVEtDE


-Deje V. eso A mi cargo. Yo s4 como entrarle a S. E. Le
hablar4 esta noche misma. V6anle Vds. primero. Y ahora que
me acuerdo, qu6 se hizo de la chica aquella?...
-ZCual? No atino; dijo Gamboa poni6ndose colorado.
-Pobre memoria tiene V., segun parece. Bien que de eso ya
hace algun tiempo; pero V. estaba muy interesado, pues me re-
comend6 mucho la asistencia de la chica.
-Ya ese es otro cantar... En Paula...
i C6mo en Paula! Enferma?
-Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin
remedio.
iQue me cuenta V.! i Tan j6ven?
-No tanto.
-Jovencita, digo Veamos, ,qu6 tiempo hace? Diez y seis
6 diez y siete anos. Fu6 en 1812 6 1813. Si, estoy seguro. No
puede ser mas j6ven.
-zPues no se referia V. A la madre?
-Pregunto por la chica, la que conoci en la Real Casa Cuna.
Prometia ser un pimpollo cuando grande.
-Ya, acabAramos para mafiana. El enredo nace de que tengo
por chica cualquier moza, como sea de pocos anos. y la madre.
en rigor, no pertenece A esa categoria.
-Recordara V., dijo el Doctor, que yo no curaba A la mujer
que V. dice. sino Rosain. aunque me consult6 varias veces el caso.
No tenia idea de que ]a enferma del callejon de San Juan de Dios,
tuviese nada que ver con la chiquilla de la Real Casa Cuna. Aho-
ra me desengano. Padecia de fiebre puerperal en combination
con una meningitis aguda...
En este punt Gamboa cort6 bruscamente la conversacion y
volvi6 A reunirse con sus amigos. y Manero le pregunt6:
-zQu6 ha sido ello? zGato encerrado?
-No, gata: replica Gamboa prontamente.
-Lo presumia, dijo Manero con naturalidad. T6 fuiste siem-
pre aficionado A las empresas gatunas. Pero Zquien es con mil de
A caballo ese hombrecito que llamas Doctor?
-Pues qu6 ;,no le conoces, hombre?... El Doctor D. TomAs de
Montes de Oca.
-Le habia oido mentar. No le habia visto la facha, sin em-
bargo. Figura asaz ridicula, y ainda mais... (62).


(62) ainda mais... ademis. Voz portuguesa.


252




CECILIA VALDts


-Buen medico y diestra cuchilla.
-Dios me libre de sus manos.
-Es el que cura A la familiar del capitan general.
En este punto se not6 un movimiento en el grupo de las per-
sonas que rodeaban i ese personaje mas de cerca, cesando desde
luego los diilogos en voz baja de las etas distantes. Padron habia
levado los gallos A sus respectivas casillas y Vives saludaba afec-
tuosamente A Laborde, A Cadaval, A Zurita, A Molina y A C6rdoba,
pasando de uno A otro hasta que lleg6 al j6ven negro, arriba men-
cionado, A quien dijo, sin darle la mano, ni mas saludarle:
-Tondh, presentate en secretarfa, A recibir 6rdenes.
Tenemos que hacer un par6ntesis en este punto, para decir
dos palabras acerca de TondA. Era el protegido del capitan gene-
ral Vives, quien le sac6 de la milicia de color donde tenia el grado
de teniente, y despues de ascenderle A capitan, pr6via la v6nia
de S. M. el rey, de facultarle para usar el don y ceflir sable, le
dio comision para perseguir criminales de color en las afueras de
la ciudad, sin duda por aquello de que no hay peor cufia que la
del mismo palo.
Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se
echaron bien de ver el tacto y tino con que solia Vives escoger
sus hombres. Parece ocioso agregar, que el protegido lleg6 en
breve A distinguirse por su actividad, celo y astucia en la averi-
guacion de los crimenes, la persecution y captura de los crimina-
les. En estas empresas dificiles cuanto riesgosas, le ayudaron
much su juventud y robustez, su presencia que era gallarda, su
education regular, sus finas maneras y modesto porte, en fin, su
valor sereno, que A veces levaba hasta la temeridad; prendas es-
tas que al paso que le ganaron la admiration de las mujeres, le
dieron ascendencia magica en el dnimo fantasioso de las gentes
de su raza. Y como a menudo acontece con los persoiajes nove-
lescos, el pueblo le compuso y dedic6 canciones y danzas alusivas
A sus hechos mas notables, y le di6 un apodo, que de tal modo
ha oscurecido, apagado su nombre patronimico, que hoy, al cabo
de cuarenta anos, solo podemos decir que le Ilamaban Tonda.
Empleado active y leal, tard6 en cumplir la 6rden recibida, to
que tard6 en pasar del patio de la Fuerza A los entresuelos -del
palacio de la capitania general. Desempefiaba entonces la secre-
tarla politica don Jose M. de la Torre y CArdenas. Este, aunque
recibi6 6 Tonda con semblante risueflo, no le brind6 asiento, ni


253






RcuLO VILLAVERDE


a derechas contest a su respetuoso saludo, solo se ocup6 de (63)
decirle que en la noche anterior, por parte del comisario del barrio
de Guadalupe, Barredo, se sabia que se habia cometido un crimen
atroz en la calle de Manrique esquina 6 la de la Estrella, y que
S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguacion del hecho, a fin
de descubrir el autor 6 autores, y se pudiera perseguirlos sin des-
canso, hasta capturarlos y entregarlos i los tribunales; porque
estaba empenado en hacer un senalado escarmiento.
En seguida le llegO su turn a los de la comision, y Manero
express su embajada lisa y llanamente, reducida A decir,--que
no procedia en ley ni en justicia, se declarase buena presa, si se
declaraba por la comision mixta, la del bergantin Veloz, ahora mis-
mo en el puerto de la Habana, aunque traia un cargamento de
negros, pues como atestaban sus papeles, despachados en toda
forma, venia de Puerto-Rico y no de las costas de Africa directa-
mente, y aun cuando se considerase contraband el trifico en es-
clavos con esta dltima, no La era respecto de la primera, que por
fortuna aun pertenecia, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey
de Espana e Indias, Don Fernando VII Q. D. G.
Sonri6se el general Vives y dijo al postulante que le presentara
un memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados,
que 611o pasaria A la comision mixta con los papeles del buque:
que ya tenia noticias de Lo ocurrido por boca del mismo consul
ingl6s, el cual se le habia presentado antes de la horse de audiencia.
en compania del comandante del apresador el lord Clarence Paget,
y anadi6 con cierta severidad de tono y de semblante:
-Reconozco, senores, la injusticia y los danos que nos ocasio-
na un tratado por el cual se concede d Inglaterra, la enemiga na-
tural de nuestras colonias,-el derecho de visit sobre nuestros
buques mercantes; pero los ministros de S. M. en su alta sabiduria,
tuvieron A bien aprobarlo, y i nosotros, leales snbditos, solo nos
toca acatar y obedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y
se me figura, senores, que si Vds. estan dispuestos A respetar el
tratado, no lo estan ni poco ni mucho A cumplirlo. En vano me
hago de la vista gorda respecto de Lo que Vds. hacen dia tras dia
(senores, cuando hablo asi, no me refiero i Vds. personalmente,
sino A todos los que se ocupan en la trata de Africa), que segun
va la cosa, no pararAn hasta meter sus expediciones en Banes, en
Cojimar. en los Arcos de Canasi y aun en este mismo puerto. En


(631 Villaverte sugiere el cambio: solo se limitd a.


2L4




CECILIA VALDiS


vano he hecho cerrar y derribar los barracones del Paseo, que
Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales en esta
plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esa
mercancia. En tal momento no se acuerdan Vds. del pobre ca
pitan general, contra quien el c6nsul ingles endereza sus tiros,
porque no bien entra aqui un saco de carbon, como Vds. dicen,
cuando 61 to huele y viene hecho un energnmeno a desahogar
conmigo su mal humor.
Ea! Vayan Vds. con Dios y otra vez sean mas prudentes.
Y a prop6sito de prudencia; ayer tarde vino A mi un j6ven depen-
diente de una casa de comercio para quejarse de que A la luz del
dia, en la plaza de San Francisco, le habian arrebatado un saco de
dinero de su principal. ZCabe mayor imprudencia que la de ir
por la calle ensefiando el dinero A todo el mundo y tentando a la
gente de mala indole? Tambien se me quej6 otro de que al oscu-
recer del dia de ayer, dos negros con punal en mano le pararon
cerca de la estatua de Cirlos III y le desvalijaron (64) de cuanto
llevaba encima de valor, el reloj, etcetera. Si V. hubiera tenido
un tantico de prudencia, le dije, no se habria expuesto A perder
la vida atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, A la
entrada de la noche, hora que escoge la gente mala para cometer
sus fechorias. Aprenda de mi que no salgo de noche A la calle.
Lo mismo digo A Vds.: no se metan en las garras de los ingleses
y salvaran sus expediciones, ni comprometan la honra del capital
general. La prudencia es la primera de las virtudes en el mundo.


(64) desvalijaron en vez de desbalfjaron











CAPITULO IX


6n 1 pensaba y en aquel instante
Me mandaba Uorar naturaiea M.
Jodl M. HmERDU.

Personaje de mas cuenta de Io que nadie puede imaginarse
era en casa de Gamboa su mayordomo D. Meliton Reventos. Te-
nia en el manejo general econ6mico mas voz que su amo y A las
veces se hombreaba en ese terreno con dofia Rosa.
Pero donde ejercia un poderoso imperio era entre los esclavos.
Corria con su provision de vestuario y de alimentos, tanto de los
del servicio dom6stico en la Habana, como de los de las fincas
rurales. Para con los primeros sobre todo, se daba los aires de
senor, mas que eso, de despota. Hacia, sin embargo, respecto de
6stos, dos excepciones el feroz mayordomo. En primer lugar, no
gustaba de estrechar lance con el calesero Aponte. No ya solo
era hombre serio y temible, sino que pertenecia al hijo mimado
de la casa, el cual no queria delegar en nadie el derecho de cas-
tigarle.
Tampoco tenia D. Meliton malas obras ni malas palabras para
Dolores. Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus aga-
sajos y atenciones. De cuando en cuando la hacia regalos de pa-
fluelos y dijes, que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para
usarlos tuviese que mentir i sus sefioritas; porque despues de
todo, no halagaba, poco su vanidad el que un hombre blanco, em-
please con ella tales galanterias.
No tenian origen estas distinciones del mayordomo en favor
de Dolores, en la circunstancia de que era la doncella de las se-
noritas de la casa, tratada por ello con ciertas consideraciones por
toda la familia, n6; tenian diverse origen, procedian de los m6-
ritos de la moza como mujer: j6ven, bien formada y bonita para
negra.
Aquel dia en que por legar tarde de su comision al bergantin
Veloz almorzaba D. Meliton a la cabecera de la mesa en el come-

(65) Villaverde corrige: Me mandaba sentir naturalezq.





COCAIA VAws 2


dor, con todos los aires de amo, servido atentamente por Tirso,
acert6 6 pasar Dolores y tropezar con su codo en los momentous
en que se levaba un vaso de vino A la boca. Fuese aquello por
casualidad 6 de hecho pensado, el mayordomo se aprovech6 de la
ocasion para pegarle un pellizco en el desnudo y bien torneado
brazo.
-;Ay! ;D. Meliton! exclam6 ella sin alzar la voz, aunque lie-
vindose la mano al punto dolorido.
-IAy! iDolores! remed6 61 lleno de risa.
-Eso duele; agreg6 la muchacha.
-;Ca! No hagas caso. Si todavia te he de libertar.
Dolores hizo con la boca el ruido onomatop6yico que llaman
freir un huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de
las nltimas palabras del mayordomo. No obstante, harto dulce
es el nombre de la libertad para que la j6ven esclava cerrase el
oido A la promesa y el corazon 4 la esperanza de verla realizada,
fuera el que fuese el sacrificio que la exigiese el donante. De
cualquier modo, sigui6la 61 con la vista hasta que traspas6 el arco
del patio, y entonces murmur6 :-Esta todavia se casa con el bri-
bon de Aponte. iSeria una l6stima!
Maria de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo
A Dolores de su union legitima con Dionisio el cocinero, quince
aios antes de la 6poca actual. ContemporAneamente tuvo dofia
Rosa A Adela, su hija menor, la cual entreg6 6 Maria de Regla para
que se la lactase, por no sentirse ella en condiciones para desem-
pefiar por entonces aquel el mas dulce de los deberes de madre.
Por supuesto, para lenar encargo tan delicado, necesario se hizo
destetar A Dolores y criarla con leche de cabra 6 de vaca. aparte
enteramente de la hija de su senora y ama.
Prohibi6sele explicitamente A Maria de Regla el dividir sus cari-
cias y el tesoro de su seno entre las dos nifias, siquiera el tomar-
las juntas en brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo
con que la habian amenazado, era madre, queria A su propia hija
entrafiablemente, quizas mas por lo mismo que no la permitian
criarla; asi, que siempre que las otras esclavas le proporcionaban
la ocasion, tarde de la noche y fuera del alcance de la vista de
los amos, se ponia ambas nifas 4 los pechos y las amamantaba
con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al parecer
sin detrimento ni desmedro, proveia ampliamente a aquella doble
lactancia. Criabanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes,
Maria de Regla no hacia diferencia entre ellas, y asi en la mayor


17


257





CIRILO VILLAVERDE


armonia habria corrido su infancia, si tan luego como empez6 a
disminuir el sustento, no trataran de disputirselo y armar Ilanto,
en especial la blanca, no acostumbrada A semejante division.
Al cabo, atraida una noche dona Rosa por el ilanto de su hija.
sorprendi6 a la nodriza dormida entre las dos nifias, que con am-
bos brazos extendidos, se impedian. el mdtuo goce del delicioso
liquido. ZQu6 hacer en aquellas circunstancias? ICastigar a la
esclava en el acto por su desobediencia? ZCambiar de nodriza?
Tan malo seria lo uno como lo otro; pens6 dona Rosa. Lo prime-
ro, porque el castigo envenenaria la leche de la esclava; to segun-
do, porque en el octavo mes de la lactancia, el cambio repentino
producirfa resultados no menos fatales A la salud y tal vez A la
existencia de Adela. Tan perpleja estaba que consult A su ma-
rido, quien, hombre violento, si los hay, aconsej6 la prudencia y
el disimulo hasta ocasion mas oportuna. Descubierta su primera
falta. dijo 61, no es probable que Maria de Regla reincida. De cual-
quier modo, asi continuaron las cosas por un afio y medio mas,
al cabo de cuyo tiempo, el dia menos pensado, se le orden6 al ma-
vordomo echara por delante $ la criandera (66) y la embarcara f
bordo de una goleta que hacia viajes de la Habana al Mariel, de-
jandola en el ingenio de La Tinaja, bien recomendada al mayoral.
Allf se hallaba de enfermera el aflo de 1830, es decir, purgando la
culpa de ser madre amorosa, cometida trece afios antes de esa
fecha.
Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la notion de lo
justo y de lo injusto, en el espiritu del amo, que embota la sensi-
bilidad humana, que afloja los lazos sociales mas estrechos, que
debilita el sentimiento de la propia dignidad y aun oscurece las
ideas del honor, se comprende; pero que cierre el coraz6n al amor
de padres 6 de hermanos, A la simpatla espontdnea de las almas
tiernas, h6 aquf to que no se ve A menudo. No es, pues, extrafio,
que Maria de Regla sintiese en lo profundo del pecho su separa-
cion A un tiempo de la hija, del padre de 6sta y de Adela misma,
para pasar el resto de sus dias en el destierro del ingenio de La
Tinaja.
En el c6digo no escrito de los amos de esclavos, no se reconoce
proportion ni medida entre los delitos y las pens. Es que no
se castiga por corregir sino por desfogar la pasion del momento,
de que result que casi siempre se le apliquen al esclavo virias


(66) Crdandera... nodriza.


258





CECILIA VALD$S


penas por un solo delito. Luego, lovia sobre mojado, como- vul-
garmente se dice, en el caso de Maria de Regla. Su destierro de
la Habana, la separaci6n de la hija y del marido, quizas para no
verlos mas en la vida, el cambio de ocupacion de ama de leche
en la ciudad por el de enfermera en el campo. el traspaso de de-
pendencia bajo el capricho del mayordomo en aquella, al del ma-
yoral en el ingenio, en concepto de dona Rosa no bastaban A pur-
gar la culpa de su triste esclava.
No habia logrado averiguar esa senora a ciencia cierta, de
quien era la nina que habia estado lactando Maria de Regla, cosa
de ano y medio antes de haber dado a luz A Dolores. Lo fnico
que pudo sacar de D. Chndido fu6 que el m6dico Montes de Oca
la habia contratado para lactar A la hija ilegitima de un su ami-
go, cuyo nombre no debia revelarse. El precio del alquiler, dos
onzas de oro, las recibi6 dona Rosa, mes tras mes, con la mayor
puntualidad mientras dur6 la lactancia, por mano de D. Cindido.
Esto poco no pudo bastar A satisfacer sus celos, antes fu6 parte
A sembrar fuertes sospechas en su Animo, siendo el misterio mo-
tivo constante de quejas y disgustos centre ella y su marido, y por
rechazo, de gran preocupacion, que A veces rayaba en odio, con-
tra Maria de Regla.
Por fortuna tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrie-
ron cuando ambas ninas no tenian uso de razon y como crecieran
juntas, como en realidad mamaron una misma leche, no obstante
su opuesta condicion y raza, se amaron con amor de hermanas.
Adela entr6 en anos y concurri6 A una escuela de ninas poco dis-
tante de su casa en compania de su hermana CArmen, A donde
Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el refresco A me-
dio dia y A las trees de la tarde las acompanaba en su vuelta a la
casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad, Dolo-
res antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba Csta
ni de dia ni de noche. Las vestia, las peinaba, les lavaba los pils
a la hora de acostarse, durante el dia cosia al lado de sus senlori-
tas, y de noche, bien dormia en el duro suelo al lado de la cama
de Adela, bien en el cuarto inmediato sobre la rigida tarima, A la
vista de otra criada, la mas anciana de la servidumbre.
Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera nacida
en la Habana, sali6 negra, porque A esa raza pertenecia su padre;
el segundo, nacido despues en el ingenio La Tinaja, sali6 mulato,
porque su padre, fuera el que fuese, era de la raza blanca. De
aquf provenia el que ellos no se viesen como tales hermanos y que


25')





CIRILO VILLAVERDE


Maria de Regla quisiese mas a Tirso, que mejoraba la condition,
que A Dolores, la cual perpetuaba el odioso color, causa aparente
y principal, creia ella, de su inacabable esclavitud. Pero aun en
este particular estaba Maria de Regla condenada A ver defrauda-
das sus mas risuenas ilusiones de madre. Tirso, su preferido, no
la queria, mas, se avergonzaba de haber nacido de negra, enfer-
mera del ingenio por anadidura. Al contrario Dolores, adoraba
en su madre; cada vez que llegaba 4 sus oidos la noticia del mal
trato que le daban en La Tinaja, era motivo de amargo llanto para
ella y para suplicar A Adela la hiciese venir a ]a Habana y la sa-
case de aquel purgatorio, donde la tenian penando, hacia tanto
tiempo, solo por haber dado de mamar A la vez a su propia hija y
a la hija de sus amos. Sentia Adela la fuerza de estas dolorosas
quejas y no obstante sus pocos anos y muchas distracciones, oyen-
do continuamente, en el silencio de la noche, ella acostada y Do-
lores de rodillas junto a su cama,-la triste historia de los traba-
jos y padecimientos de Maria de Regla en el ingenio, se conmovia
hasta verter lagrimas y entre bostezo y bostezo, la prometia que
al dia siguiente hablaria A dona Rosa sobre el asunto. Asi se
quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche,
casi siempre con las mejillas aun hfimedas del lanto.
Mas sucedia que al dia siguiente no encontraba Adela ocasion
favorable para hablarle A su madre, senora algo s6ria con sus hi-
jos, con la sola exception de Leonardo, el nino mimado de la
casa,- y harto several con los esclavos. De esta manera se pa-
saba el tiempo. Una tarde, al fin, mientras se hallaba Adela re-
costada en el sofA de la sala por un ligero dolor de cabeza, como
se le acercase la madre, se le sentase al lado y empezase A pasarle
la mano por la frente, en son de acariciarla 6 por mera distrac-
ci6n,-cobr6 Animo la j6ven, y agarr6 la ocasion por los cabellos,
cual suele decirse:-
-Quisiera pedirte un favor, mamA: dijo con voz tr6mula por
la emotion 6 el temor.
Por breve rato no contest palabra dona Rosa, solo mir6 a su
hija entre sorprendida y pensativa. Esto aument6 la turbacion
de Adela, quien, no embargante, anadi6 a la carrera:
-Til no me vas A decir que n6.
-Ests enferma, nina; dijo dona Rosa secamente. Tranqui-
lizate.-Y se levant6 para marcharse.
-Un favor, mama. Escucha un moment; prosigui6 Adela
ya con los ojos humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.


3)





CECILA VALDtS 261

Esta volvi6 A sentarse, tal vez porque le Ilamaron la atencion
las palabras y mas la actitud de su hija, indicativas todas de ex-
traordinaria agitation y zozobra.
-Vamos, te escucho. Di.
-Pero t6 no te negaras A mi ruego.
-No s6 que quieres de mi, mal puedo decir de ante mano si
me negar6 6 n6. Supongo, sin embargo, que es una de tus bobe-
rias. Acaba.
No crees tf, mamA, que ya Maria de Regla ha purgado la
culpa?...
-zNo Io dije? la interrumpi6 dofia Rosa enojada. ;Y para
esa necedad me detienes y me ruegas que te oiga? ZNi quien
te ha dicho que esa negra esth purgando culpa alguna?
-Z Por qu4 la tienen tanto tiempo en el ingenio?
-zY d6nde estaria mejor la muy perra?
-iJesus, mama! Me duele que hables asf de quien me cr16.
-Ojald que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tI
cuanto me ha pesado la hora en que to puse en sus manos. Pero
bien sabe Dios que lo hice A no poder mas. No me hables de
Maria de Regla; no quiero saber de ella.
--Creia que la habias perdonado.
-iPerdonado, perdonado! repiti6 dofia Rosa alzando la voz.
iJamas! Para mi ya ella ha muerto.
-zQu6 to ha hecho para tanto rigor?
Quien la trata con rigor?
-ZTe parecen pocos los trabajos del ingenio? El maltrato
que le dan?
-No s6 yo que la maltraten mas de lo que ella merece.
-Pues todos dicen que si.
Qui6nes son esos todos?
-Uno de ellos creo que ha sido el patron Sierra que estuvo
aqul la semana pasada. cuando vino por las esquifaciones para el
ingenio.
-Lo que extraho es que el patron hablase contigo.
-Yo no, mamA, sino otra persona, y como saben 1o que quiero
A Maria de Regla, me contaron Io que ella decia. Me han afligi-
do mucho las cosas que ally le pasan, y quisiera, de veras, que ti
hicieras algo por ella y por mi. Me ruega que le sirva de madri-
na y haga que la saquen del ingenio...
-Adela, dijo dofia Rosa afectada con el tono de ingenuidad
y de exquisita ternura de su hija. Adela, ti no sabes el sacrifi-




CIURIO VILLAVERDE


cio que exiges de mi. Pero se acercan las pascuas, toda la fami-
Iia ira al ingenio, y ya veremos lo que puede hacerse con esa ne-
gra de Barrabds. Debo advertirte, sin embargo, que no esperes
me ablande de pronto y sin madura reflexion. Esa negra esti
perdida y muy sobre si. L6jos de arrepentirse y enmendarse,
como esperaba, para lavarse de la culpa de su desobediencia A
mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a La Ti-
naja. Va para doce anfos que la tengo allA y cada vez me traen
mas quejas de ella y oigo cosas mas escandalosas. El administra-
dor que teniamos ali trinaba con la negra. Yo no te habia dicho
nada, hija, porque no se habia ofrecido la ocasi6n; pero me pa-
rece que ya Maria de Regla no puede vivir con nosotros. Seria
un mal ejemplo para ti, para Carmen y aun para la misma Dolo-
res. Desde que entr6 en el ingenio, entr6 all! la guerra civil, de
cuyas resultas, ha habido que cambiar a menudo de mayordo-
mos, de mayorales, de maestros de azdcar, de carpinteros, en fin,
de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la mal-
dita negra tiene un encanto para los hombres 6 que todos ellos
son ffciles de infatuarse, con cualquiera que leva tdnico. Tirso,
es una acusacion viva contra la moralidad de Maria de Regla, pues
su padre fu6 un carpintero vizcaino que tuvimos hace tiempo en
La Tinaja... Los bocabajos (67) que ha llevado no la han corre-
gido...
Las nltimas palabras de dona Rosa estremecieron a Adela de
pi6s A cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba
que le hubiesen impuesto A su adorada ama de leche otro castigo
que el durisimo del destierro de la Habana y de las personas que
mas queria en el mundo. Pareci6le oir el chasquido del litigo,
los gritos de la vlctima y el crujido de las cares; se len6 de
horror, se cubri6 la cara con ambas manos, y por entre sus dedos
de rosa, saltaron dos lagrimas como dos gotas de roclo y fueron
A estrellarse en su 'casto y agitado seno, exclamando solamente:
;Pobrecita!
Conoci6 entonces dona Rosa que habia ido muy lejos y apre-
suradamente afiadi6:-4Lo ves? Tn tambi6n estis infatuada con
la negra. Por desgracia te di6 de mamar, debes de tenerle algun
carifo, 1o comprendo; no obstante, es preciso que reconozcas que
es muy mal empleado y ya te convencerfs que ella no merece tu

(67) bocabajos... castigo de azotes dado a los esclavos haciendolos acoe-
tarse con la boca para abajo o de bruces.


262





CECAIA VALtS


companion. Espera, de aqul A Navidad no va mucho. Ya ver6-
mos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.
De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tard6
en impartirle A su hermana de leche, lo que tard6 la madre en
alejarse de su lado. Dolores no sabia mas que amar A su j6ven
senorita, siendo todavia muy j6ven para amar A otra persona de
contrario sexo, y hacia esfuerzos constantes para identificarse con
ella, imitar el tono de su voz, sus modos, su aire de andar, y de
llevar el traje, sus coqueterfas; de manera, que los compafieros
de esclavitud, cuando querian decirle algo que la complaciera mu-
cho, la llamaban all entre ellos: -Nina Adela.


4


263











CAPITULO X.


-.Va ao que me uides.
Lbmte en 41 mi coraon, y... toms.
Ramsr MaYOta.

Promediaba el mes de Noviembre de 1830. Los vientos del
norte ya habian arrojado sobre las playas cubanas las primeras
ares de paso de la Florida, probando asi que se habia adelantado
el invierno en el opuesto continente. El mar A menudo se hin-
chaba y con bramidos atronadores rompia contra los arrecifes de
las costas, que sembraba por largo trecho de blanca espuma, de
conchuelas y sedimentos salinos.
A las cuatro de la manana no habia bastante claridad en las
calles de la Habana, ni 6 cierta distancia se reconocian las perso-
nas, excepto aquellas, pocas en verdad, que levaban un farolito
encendido balancedndose en la mano, mientras A paso acelerado,
se dirigian bien A los mercados, bien A los templos; en algunos
de los cuales se oia A medias el 6rgano con que las monjas 6 los
frailes acompafiaban el canto de los maitines.
Hacia aun noche, decimos, y ya D. Candido Gamboa, en su
bata de zaraza y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo
de la ventana de la calle, abrigado tras de la cortina de muselina
blanca, en espera de EL DIARIO DE LA HABANA. 6 para respirar aire
mas libre que el pesado de la alcoba.
A poco mas empez6 a oirse el ruido, al principio sordo, des-
pues mas vivo, de 'os pasos de Alguien que se acercaba de la par-
te de la plaza Vieja. HAcia allA torn los ojos D. CAndido; mas
no vino a salir de dudas hasta que tuvo delante la persona en
cuestion. Vestia traje de canamazo, compuesto de una especie
de chal para cubrirse la cabeza y de la falda corta que cefifa A la
cintura con una correa de cuero larga y negra. Contribuia ade-
mAs A disfrazarla el color cobrizo mate del rostro, propio de los
mulatos, mayormente cuando van para viejos; que le daba la apa-
riencia de mujer de la raza india.
-Buenos dias, senor D. CAndido: le dijo en tono gangoso.




CCIUA "VALD*s 265

-Tdngalos muy buenos la sera Josefa; contest 61 procuran-
do bajar la voz. Temprano ha madrugado.
-Qu4 quiere el senior? Quien tiene cuidados no duerme.
-ZPues qu4 se ofrece de nuevo? Al grano.
-Se ofrece mucho y me pareci6 que si me dilataba hasta la
venida del dia, la cosa no tenia remedio.
-Entiendo. La 6rden que se ha dado el otro dia por la Ca-
pitanfa general sobre pordioseros y locos, trae aqui A sefia Jose-
fa. La esperaba.
-Lo acert6 el senor. No s6 como tengo vida, ni cuando aca-
barAn mis tribulaciones. Se creia al principio que solo iban A
recoger A los pobres y los locos que andan por las calles. Pero
ayer por la tarde, me dijo la madre de Paula que hasta los locos
en las casas privadas y en los hospitales van A ser trasladados A
San Dionisio 6 A una casa que han fabricado en el patio de la Be-
neficencia. El senior podrs calcular c6mo estard mi espiritu con
tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la noche. Dende (68)
que se public6 la 6rden el corazon me anunci6 una desgracia.
-Tal vez haya tiempo todavia de remediarla.
-Qui6ralo Dios, mi senor, porque si en el hospital la mucha-
cha sufre Zqu6 no sera cuando la leven A San Dionisio, 6 A la casa
nueva ally por San LAzaro? AMi no hay quien la cuide ni haga
por ella. La tratarin A palos. iY yo que no habia perdido la
esperanza de verla en su sano juicio y cabal salud! Ahora mi
pobre Charito irA por delante, yo (69) por detrAs. Acabar6mos
de penar... HAgase la voluntad de la Virgen Santisima.
-Cree la sefia Josefa que se podrA hacer alge de provecho en
este caso?
-Creo, mejor dicho, sefia Soledad, la madre del hospital, cree
que si hay una persona de influjo que le hable al contralor (70),-
sugeto muy caritativo y temeroso de Dios,-se harA de la vista
gorda y no se cumplird la 6rden por lo tocante d Charito. Todo
depende de 61. Tal vez hayga (71) que buscar un m6dico que d4
una certificacion..,. El contralor es bueno como el pan, y quiere
servir, lo mesmo (72) sefla Soledad. Con que, para que vea el
seflor...

(68) dende... desde.
(69) Errata corregida. Yo en vez de yor.
(70) Josefa pronuncia mal la palabra contador.
(71) hayga... arcaismo: haya.
(72) to mesmo... lo mismo.





CIRILO VILLAVERDS


-Entiendo, entiendo; repiti6 D. C~ndido pensativo. Digo A V.
por lo pronto, que he consultado 4 Montes de Oca, quien. es de
opinion lleven al Campo A la enferma y la hagan tomar bafios de
agua salada. Ver6mos lo que puede hacerse...
Pero como sintiera pasos en el zaguan, se interrumpi6 6 hizo
seflas A la anciana mulata para que se alejara A toda prisa.
El toque de diana primero y de seguidas el disparo de canon
A bordo del navio Soberano, anclado junto al muelle de la Machina,
estremeciendo las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobre-
saltado a Leonardo Gamboa. Sac6 lumbre en el mechon de escar-
zo, y abierto el reloj, vi6 que eran las cuatro de la madrugada.-A
tiempo; dijo entre si, y se apresur6 i salir de la cama y vestirse.
Para esto encendi6 una vela de esperma, validndose de una pajue-
la, pues aun no se conocian los cerillos en la Habana.
Mientras se peinaba delante del tocador, solt6 de repente el
peine de carey, volvi6 4 requerir el reloj, y murmur:
-i Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavia y de aqui allM
no podr6 echar arriba de quince minutes andando despacio. Ella
me dijo que cerca de las cinco... No seria mejor aguardar en la
esquina? Si, concluy6 diciendo con resolution. Y vestido y per-
fumado y con la cafia de Indias, salWS de su cuarto y empez6 A bajar
la escalera de piedra.
Apoyibase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa
de no dar pisadas recias, mis asi que descendi6 al zaguan, donde
no habia tal apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por mas cuidado
que puso, aunque no tuviesen tacones sus zapatos de escarpin,
hizo demasiado ruido, aquel ruido sordo que se oye cuando uno
camina por encima de un suelo hueco, abovedado. No parece sino
que se habian despertado de improviso todos los ecos del zaguan
y de la sala vecina, donde 61 sospechaba que podia estar su padre,
madrugador por excelencia. Andando A tienta paredes, tropez6
con el viejo calesero, quien acostumbrado i la oscuridad, vi6 ve-
nir desde luego al j6ven y le sali6 al encuentro para servirle de
guia y evitar que se diera de narices contra la llanta f4rrea de
uno de los carruajes.
-iPio! ZEres t6? dijo 61 en voz muy baja. Abre.
-El amo estA asomao (73) en la ventana de la calle; contest
el negro.
iDiablos! Tiene cerrojo el postigo de la puerta?


(73) aaomao.., asomado.


266




CUCILIA VALts 2


-No senor. Dende que sali6 Dionisio pa la plaza quit el
serojo (74).
-Abre poco A poco.
No crujieron los goznes; pero ya D. Candido habia oido los
pass en el zaguan y arrimado A la reja tronaba:
-;Pio! zQuidn va?
-El nino Lionar (75), mi amu.
-Sal. LlAmale. Det6nle. Dfle que yo le llamo. Corre, pa-
tas de plomo.
Entre tanto volvia el esclavo no ces6 D. CAndido de ir y venir.
muy desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguan, y
vice versa, murmurando:
-A d6nde ira el muy bribon A estas horas? A nada bueno
por cierto. AMIA ha ido. Claro que si, por decontado. Le estoy
mirando. ZY no habrh dejado aquella santa mujer nadie al cui-
dado?... Tal vez n6, Io mas probable es que n6. A ciertas gentes
se lea pasea el alma por el cuerpo, se descuidan mucho, no toman
precauciones y de aqui provienen las desgracias... El demonio
no mas podria imaginar un cimulo de circunstancias... La ocasion.
la edad, la tentacion, el enemigo malo que no duerme... Yo tam-
bien me he descuidado. Debi preverlo, evitarlo, si, impedirlo...
Pero c6mo? iSi yo pudiera dar la cara! Ver6mos. Le desnu-
co, le meto en un buque de guerra, como me llamo CAndido, y hago
que le den chicote (76), 6 ver si suelta alguna de la sangre criolla
que tiene en las venas. No es hijo mio, n6. Todo esto se hubiera
evitado si le mando A Espana como tenia pensado hace mas de
cuatro anos. Su madre tiene la culpa. Casi, casi me alegraria
de que no le encontrase Pio, porque podria matarle. Tal me sien-
to contra 61.
En esto volvi6 Pio fatigado, sin aliento y dijo:
-Na, lamo, el nifno no parece po ningun parte (77).
-;Bruto! tron6 D. Candido. ZPor d6nde fuiste i buscarle?
-Po la mano 4 larienda, lamo (78).
Por la izquierda, quieres decir? iAnimal en dos pids! Si
march6 por la derecha ;.c6mo habias de dar con 61. pedazo de

(74) serojo... cerrojo.
(75) Lioner... Leonardo.
(76) chicote... Wtigo, castigo.
(77) Nada. amo, el niflo no aparece por ninguna parte.
(78) Por la mano de ia rienda, amo.


267





CIRNLO VILLAVERDE


bestia? Vete. Quitate de mi presencia, porque si Dios no me
tiene de su mano, me parece que te destripo de una patada.
A las voices destempladas de D. Chndido se asom6 dofia Rosa
A la puerta del aposento que daba A la sala, y asustada pregunt6:
Que ha sucedido, Gamboa? Por qu6 gritas?
-Preg6ntale a tu hijo que acaba de salir por ahi hecho un
facineroso.
-zUn facineroso? No Io entiendo. ZHa hecho algo malo?
i Va A hacerlo?
-No se mucho mas que tW, sin embargo, sospecho, temo, se
me ha puesto, que el muy bribon va A hacer una de las suyas. Se
necesita ser ganso para no sospechar que ese muchacho no ha
podido salir A la calle a estas horas, en que no se ven ni las manos,
y recatandose de mi, para oir misa ni confesarse.
-Quizas ha ido A tomar el fresco, quizas ha querido darte
gusto levantAndose de madrugada. No hay razon para sospechar
nada malo. Tn, al menos, no estas seguro, no Io sabes. jPor qu4
has de pensar siempre mal de tu hijo?
-Porque dice el refran espafiol: piensa mal y acertarhs. Te
repito, 61 no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tG que
le pariste. Yo s6 lo que he de hacer con 61.
-El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que
fuera tu hijastro. Si Lo fuera tal vez serias mas indulgente...
-Compadecele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes
de mucho.
Luego que sali6 Leonardo A la calle not6 que, arrimado A la acera
de la izquierda caminaba en la direction de Paula, un bulto oscuro
como de mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quien podia
ser y alejarse de su destino, estuvo un moment titubeando, pero
la voz de su padre, que lamaba A Pio, le decidi6 A marchar la
vuelta contraria, A fin de ganar lo mas pronto posible la esquina
de la calle de Santa Clara. Asi lo hizo en segundos de tiempo.
Por esta casualidad no le di6 alcance el esclavo. En poco mas se
puso en la calle de O'Reilly, y subi6 al alto terraplen 6 terrado del
convento de Santa Catalina, Io atraves6 de este a oeste y descendi6
A la calle del Aguacate por la escalera de tres 6 cuatro escalones.
mencionada al principio de esta historia, yendo derecho A la casita
enfrente de ella.
Pareci6ndole que la puerta no estaba cerrada con lave ni tran-
ca. empuj6 una hoja con la punta de los dedos. Cedi6 algo, en
efecto: por Jo cual hizo mayor esfuerzo, rod6 la silla en que se


268




CECILIA VALDES 269

apoyaba (79) y se abri6 la bastante para que el j6ven se deslizara
por entre las dos hojas y quedase dentro, sin mas ni mas. De
pronto no vi6 nada. Alli eran las tinieblas tan espesas como el
aire hdmedo que lenaba la estrecha pieza. Sin embargo, a favor
de la lampara que ardia aun en el poyo del nicho sobre la izquier-
da, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par de palomas
caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato enroscado
en el fondo de un sillon de vaqueta, y una gallina bajo una mesa
protegiendo con sus amorosas alas varies pollitos, que asomaban
los picos por entre las plumas y empezaron 6 piar del modo suave
y repetido que suelen siempre que sienten temor 6 frio.
Gradualmente sus miradas fueron elevdndose del suelo hasta
la altura de la puerta del cuarto del fondo, donde vi6 algo que le
pareci6 una mujer 6 vision, de pie, escasamente vestida con un
ropaje blanco, y el copioso cabello suelto, hecho mil anillos y re-
vueltas ondas, desparramadas por el seno y los hombros sin al-
canzar d ocultarlos, con ser tan abundoso y largo. Reconocerse,
correr el uno hdcia la otra, y abrazarse estrechamente en medio
de besos ardientes y sonoros,-fu6 todo uno.
El hospital de Paula no es mas que la continuation de la igle-
sia del mismo nombre, inmediato al angulo de la muralla, por la
parte que da al sudeste de la bahia. Tiene la entrada al norte,
abierta en una alterosa tapia de una galeria que sirve de pasaje
entre la iglesia y el hospital. Precede A la entrada un vestibule
con tejadillo, que mas parece mampara de convento que otra cosa.
Alli se estaciona un centinela para impedir el escape de los presos
6 dementes que reciben asistencia m6dica en el hospital. Gene-
ralmente solo se admiten mujeres en uno d otro estado, cuando
ni el delito es grave, ni la dementia de cardcter furioso.
La mujer que habia visto Leonardo caminando A paso vivo
en la direction del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio
A bajo, no par6 hasta legar al vestibule de que antes hemos ha-
blado. Empezaba A clarear el horizonte entonces por el lado de
oriente. Era su Animo entrarse de rondon, pero ya la centinela
con el sable desnudo se paseaba de un extreme al otro del teja-
dillo, y se le encar6 cerrandole el paso:
-Buenos dias tenga V. senor military; dijo la anciana tratando
de congraciarse con la centinela.


(79) Errata corregida. Apoyaba en vez de apoyada.






CIRILO VILLAVERDE


-Buenos 6 malos, contest6 con rudeza el soldado, hace ratos
que acA los tenemos.
-El sefior militar parece que no me conoce; agreg6 ella en
tono y actitud suplicatorios.
-No tiene nada de extraflo, porque el diablo me lleve si he
tenido tratos con brujas.
Se persign6 la mujer y afiadi6 que deseaba hablar con sefia
Soledad, la madre del hospital.
-Tampoco conozco a esa tia, repuso la centinela reasumiendo
sus paseos. Por allA dentro nadie se menea. Entrar, entrar y
despejar el campo.
En traspasando el umbral del vestibulo, se estA en un gran
patio cuadrangular que Lo forman, por la derecha el costado de
la iglesia y por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los
cuales, el de la izquierda, por tres anchas puertas conduce 8 la
sala de la enfermeria. Varias columnas cuadradas de ffbrica de
mamposteria, dividen esta en dos naves longitudinales, llenas de
camas, cuyas cabeceras se apoyan en las paredes maestras del
edificio, con Lo que queda despejado el centro. No habia alli mam-
paras ni compartimientos, de manera que el observador situado
en cualquiera de las puertas, podia registrar con la vista todas
las camas. Hacia la bahia 6 el este, Lo mismo que hAcia el sur
y el norte habia ventanas altas, que daban claridad y saludable
ventilation A la espaciosa salad.
Apenas la mujer con el cilicio de cafiamazo, puso el pie en el
patio, vi6 asomar por el lado de la iglesia A la madre sefia Sole-
dad, con un farolito y detras de ella un cl6rigo en sotana negra de
sarga, sin bonete, llevando en ambas manos a la altura de su pecho
un copon de plata, con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban
i paso largo y murmuraban ciertos rezos que en el silencio del pa-
tio resonaban comolos zumbidos de muchos moscones. Se enca-
minaron derecho A la enfermeria y atravesaron la sala de un lado
A otro. Al pasar los dos por junto a la anciana, conoci6 6sta de
Io que se trataba y cay6 de rodillas exclamando:
-i Los 61eos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.
Rezado el credo con much fervor, recogi6 todas sus fuerzas.
hecha casi un arco con su cuerpo y dando traspieses, continu6 has-
ta la puerta del medio de la sala y volvi6 A caer de rodillas. Era
que acababa de notar que el cl6rigo de pi4 al lado de una cama
enfrente, administraba la extrema union A una de las enfermas,
mientras la madre de rodillas en el lado opuesto, suspendia cuanto


270





CRCLIA VALDNS


podia el farolito para alumbrar aquella triste y desolada escena.
De vuelta de la iglesia 6 donde habia acompanado al cl6rigo.
la.madre torn6 A la sala y encontr6 todavfa de rodillas A la mujer
del cilicio, con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus
oraciones. Toc6le en el hombro sena Soledad y le di6 los buenos
dias, en cuyo momento la mujer en tono de voz casi apagado por
Ia angustia:
-LCon qud (80) ha muerto? pregunt6.
-Ya descansa en paz; contest6 la madre brevemente.
-iAh! dijo la anciana y cay6 desplomada en el suelo.
iJesus! iSena Josefa! iSena Josefa! repiti6 la madre, ha-
ciendo esfuerzos por levantarla. LQu6 le pasta? iVa que V. no
me ha entendido! Mire que todo ha sido una equivocacion de las
dos. No comprendi su pregunta de V., ni V. tampoco compren-
di6 mi contesta (1). La muerta no ha sido Charo. No senor, no
ha sido ella, sino una pobre morena que hacia pocos dian habia
entrado en el hospital. Charo va mejor, estA mas aliviada del pe-
cho. Sf, no cabe duda. As! Lo dice el m6dico y yo Io veo. Vamos,
venga, quiero que V. se desengafie por sus mismos ojos.
Poco A poco con tales seguridades, empez6 A volver en st sena
Josefa. Despues de derramar un mar de lagrimas en silencio, se
sinti6 en actitud de seguir A la madre hasta la cama de la en-
ferma por la cual se interesaba tanto. Hallabase la tal A la sazon
sentada, sin mas abrigo que la sdbana que le cubria las piernas
encogidas, las cuales sujetaba con ambos brazos desnudos, apoyan-
do la frente en las rodillas. Tenia cortado el cabello casi de raiz,
como se hace generalmente con los locos, y bajo la piel floja, des-
eolorida y seca mostraba la armazon de huesos, tanto mas cuanto
que la camisa, sola pieza interior que levaba, no le cubria sine
parte de la espalda. Por su position en La cama y por una tos
hueca y d6bil que A veces le acometla, se conocia que estaba viva.
--Charo, Charito; le dijo la madre con amabilidad. Mira quifn
estA aqul. Levanta la cabeza, nina. Animate.
iHija mia! se atrevi6 A decir sena Josefa. Mirame. Z Me
oyes? IMe conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la Cara.
Resp6ndeme siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos
A sacarte de aqul. Te llevar6mos al campo para que te cures y

(80) Por la contestacl6n a la pregunta. parece que sobra el acento y
la exprei6n: con que (de modo que) tiene sentido.
(81) contesta... contestaci6n.


271




272 CIRILO VILLAVRpE

tengas el gusto de conocer y abrazar a ta hija. ;Ah! ;Si la
vieras! Esta lindfsima. Es tu retrato cuando eras de su edad.
-V6ala V. tan callada: dijo sefia Soledad. Cuando esti as!,
no habla, no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado,
Otras veces la coge por gritar, como si la estuvieran matando, por
llorar 6 por reirse A carcajadas.
Pero en vano emple6 sena Josefa los medios que juzg6 mas
eficaces para moverla. En vano acudi6 A los ruegos, a las caricias,
a las lagrimas: la enferma se mostr6 insensible A todo, no con-
test6 palabra, no alz6 la cabeza, no cambi6 la posicion acurru-
cada. Claro era que no habia tenido conciencia de la escena de
muerte que acababa de verificarse en una cama opuesta A la suya,
v por supuesto no di6 sefial alguna de haber reconocido la voz
familiar de sena Soledad, ni la angustiosa de su desconsolada
madre.
En fin, se adelantaba el dia y era preciso que sena Josefa se
apresurase A volver a su casa donde habia dejado sola i la nieta.
Dijo, pues, a la carrera A sena Soledad, que el caballero que las
protegia A ellas, se proponia hacer el filtimo esfuerzo para curar
A Charo, si es que aun tenia remedio, y que para ello la levaria
al campo, cerca del mar, en donde respirase otro aire y se bafiase
a menudo, bajo la vigilancia de un m6dico.
-Pues a ello, sena Josefa, y que para bien sea; dijo alegre la
madre. Lo que es aquf, esta visto que esa pobre muchacha no
tiene cura. Ademas, es preciso sacarla, 6 no hay modo de impe-
dir que se la leven para la nueva casa en la Beneficencia. Todos
estos dias atras han andado recogiendo pobres y locos por las
calles. Ayer se levaron A Dolores Santa Cruz, tan alborotosa. Y
el comisario Cantalapiedra, ya me ha notificado la 6rden de tras-
lacion de todas las locas en disposicion de moverse.
Figurarse puede cualquiera c6mo levarfa el corazon sefia Jo-
sefa, despues de lo- que habia visto, escuchado y sentido en el
hospital de San Francisco de Paula.










CAPITULO XI.


...Pero si el vicio maucha su limpicza
Vertiendo en ella su funesto hielo,
Levanta el Angel de su guard el vuel.
Y Dios torna A otro lado In cabeza
LUSA POa DE Monts Dt OCA.

Era de dia claro y calentaba bastante el sol, cuando sena Josefa
volvi6 A su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie alli
se habia movido, excepto la gallina con sus polluelos, que busca-
ban la salida al patio por entre el cabio y el quicio de la puerta.
El primer cuidado de la anciana fu6 ver si la nieta reposaba en
el alteroso lecho; y satisfecha de que dormia tranquila se quit el
chal de canamazo, se descii6 la correa y se dej6 caer en la butaca,
desalojando para ello al gato,-que al ruido de la entrada de su
ama, entonces se esperezaba, abria tamafia boca y mostraba la roja
lengua con los afilados dientes.
En desplomAndose di6 un profundo suspiro. Apuraba ahora
el caliz mas amargo que jamas apuraron labios humanos. Su fni-
ca hija languidecia en un hospital, privada de los cuidados ma-
ternales, falta de juicio y devorada por la consuncion, sin que ella
pudiera valerle en nada. Que no tendria remedio ni alivio mien-
tras continuara en ese lugar, plenamente convencida qued6 en
aquella manana sefia Josefa, si era que antes abrigaba dudas.
L Por qu6 estaba la madre afligida separada, hacia tanto tiempo,
de la hija doliente y moribunda? Esta separacion tenia diez y
seis aios de fecha, porque, segun recordarf el lector, Maria del
Rosario Alarcon habia perdido el juicio A consecuencia del sen-
timiento y sorpresa que le produjo el secuestro de su hija recien
nacida, para pasarla por la Casa Cuna. Cuando se la devolvie-
ron, bien amamantada y rolliza, ya era demasiado tarde, y se ha-
bia apagado en su mente el filtimo rayo de la divina luz. Toda-
via, si su demencia hubiese tomado un car-cter manso y tranqui-
lo, habria sido posible dejarla el resto de su vida al lado de la
madre y de la hija; pero A veces le entraban accesos de furor,
en cuya disposition era dificil sujetarla 6 impedir que se hiciera
dafio 6 le hiciera A los suyos.


is





CIRIW VnLAVERDE


Ademas, aun cuando por no haber casa de dementes en la Ha-
bana, admitian en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, al-
gunas mujeres en ese estado,-aquellos cuyas familias no podian
guardarlos en sus casas, que eran los mas, andaban sueltos por
las calles, hechos del hazme reir (82) de los muchachos y el escAn-
dalo de las gentes timoratas. Tal entre otros, Dolores Santa Cruz,
4 que hizo referencia la madre del hospital de Paula.
Esta negra habia sido esclava de la familia distinguida de Ja-
ruco, cuyo apellido levaba. Con su industria y economias habia
logrado libertarse y reunir un capital. Compr6 casa y esclavos,
dedicAndose A la reventa de carnes y frutas, que entonces era ne-
gocio bastante lucrativo.
Sin que sepamos el motivo, Alguien le disput6 en juicio el do-
minio directo A su pequefia hacienda. Esto la enred6 en un pleito
largo y costoso, que si bien gan6 con costas, en honorarios, sobor-
nos, propinas, entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales
de causa, jueces y asesores, se consumi6 el valor de la casita, jun-
tamente con el de las dos esclavas. El resultado fu6, que el dia
menos pensado la pobre mujer se qued6 literal, no figuradamente,
por puertas.
Golpe rudo debi6 de haber sido 6ste para quien amaba mucho
el dinero y las satisfacciones que procura. La que siendo esclava
fu6 libre, duefia de esclavos y de fincas, y de nuevo se vi6 atada
al poste de otra esclavitud :-la miseria; no era posible sobre-
llevar el cambio sin que su razon perdiese el equilibrio. Se le
desvaneci6 en efecto, y desde entonces, vestida de harapos, y ador-
nada la cabza con flores artificiales y pajas, d la Hamlet, recorria
dia y noche las calles, apoyada en un palo largo, de que pendia
una jaba, gritando desaforadamente por las esouinas : -iP6!
ip6! (83). Aqui va Dolores Santa Cruz. Yo no tiene dinero, no
come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto tiene. iP6!
ip6! i p66! (*) (84):
Figurese el lector la hija de sefia Josefa, madre a su vez des-
graciada, revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos,
los medios y el nombre, quizas, de la persona 6 personas por cuya

(82) el hazmerrefr.
(83) Interjecci6n para significar que se percibe mal olor.
(84) Villaverde trata de transcribir el lenguaje de la negra. Vease
nuestro aPr6logos.


() iat6rico.


274





cECiLIA VA s 8


agencia se veia en aquel tristisimo estado. No debia darse y no
se di6 semejante espectAculo; antes por doloroso que fuese el
sacrificio hubo que hacerlo todo entero, como que de ello depen-
dian hasta cierto punto la salud y la felicidad de la inocente nifia
que habia sido la causa indirecta de la desgracia de su madre.
Tampoco debia crecer y desarrollar su razon viendo que 6sta la
habia perdido y era el ludibrio de los extrafios. Ni habia legado
el tiempo, creia la abuela, de que la hija y la madre se conociesen.
La separation, pues, podia ser eterna.
Tales pensamientos ocupaban el Animo de la anciana con mas
fijeza que nunca, en los moments que llamaron A la puerta de
la calle. Cual si despertara de un sueno pesado levant6se A abrir
y se encontr6 con el lechero, isleno de Canarias, que en el traje
usual de los campesinos, con una botija debajo del brazo y un
jarrito de lata en la mano, la salud6 en el tono peculiar de su pals,
con las palabras:
-Pues abriera para mafiana la casera (85). Verificamente (86)
esta es la tercera vez que le traigo la leche.
-Yo estaba en misa: contest6 sefia Josefa trayendo la cazuela
para recibir la pocion lActea.
-Como que iba creyendo que se habian muerto toditos en
esta casa.
-Acabo de entrar de la calle.
Despues de mirar A la vieja con aire peculiar, afiadi6:
-Andese con cuatro ojos la casera, continu6 el lechero; por-
que ensefia el refran, que el que tiene enemigos no duerme.
-Yo no tengo enemigos, A Dios gracias.
-Pardcele A la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en
este mundo. jNo tiene la casera una hija bonita?
-Z Hija? No senor, nieta.
-Es lo mesmo (87). Pues en el palmito (88) de esa nieta esta
el enemigo del reposo de la casera. No hay mozo que no se pe-
rezca por los buenos palmitos. El demongo (89) me leve si esta
madrugada mesma no vide (90) por aqui un lindo D. Diego (91).

(85) la casera... la de la casa, la parroquina.
(86) verfficamente... verdaderamente.
(87) Es lo mismo.
(88) palmito... cara.
(89) demongo... demonio.
(90) vide... vi.
(91) un Undo D. Diego... un joven. El lechero hablazu lengua popular.


275





CIRILO VILLAVERDE


Ahora no me atrevo A decir si estaba juntito A Ia puerta 6 A Ia
ventana... Pero de que Jo vide Jo vide.
-El casero se engana; observ6 la anciana desazonada y tem-
blosa. No estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tie-
ne mozo que le persiga el lindo palmito como dice el casero.
-Digole A La casera Jo que le digo, Andese con cuatro ojos y
no se duerma en las pajas ; -porque de que Jo vide Lo vide.
Nuevo motivo de inquietud y de tormento para Ia desventu-
rada abuela. Sabia que un j6ven blanco, de familia rica, seguia
a su nieta como la sombra al cuerpo, que la hacia regales costo-
sos, que la facilitaba su carruaje para concurrir A los bales de
las ferias, que ella decididamente se pagaba de esas atenciones
y obsequios; pero estaba muy distante de creer, siquiera de sos-
pechar, que 61 se aprovechase de su ausencia en la iglesia 6 el
hospital, para soplarle (92) la nieta, corromperla y malograr su
porvenir.
Entonces pens6 que La habia dejado sola, encomendada A la
vecina de la casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes
ponerse de acuerdo, darse cita de antemano, y reunidose all! mis-
mo, mientras ella se andaba por Paula. De cualquier modo, afir-
maba el lechero haber visto temprano A Ia puerta de su ventana
6 casita a un lindo D. Diego. jQui6n sabe si estuvo dentro?
Cuya (93) era la falta si ocurria una desgracia? LSerla posible
que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos me-
dios se perdiese como su desventurada madre?
-;Ah! exclam6 seiia Josefa cayendo de rodillas al pie del
nicho done se veneraba la imagen de Ia Dolorosa. iVirgen San-
tisima! jQub he hecho yo para este duro castigo? ZCual ha
sido mi grave culpa? 1Habr6 estado toda la vida en pecado mor-
tal sin saberlo? Td sabes que he sido buena hija, buena herma-
na y carinosa madre, Yo he procurado criar mis hijos en el santo
temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos prin-
cipios de moral, de virtud y de religion. Yo cumplo estrictamen-
te con lo que manda la santa madre iglesia. Z Por qu6 consien-
tes, Virgen purisima, amparo de los d6biles, madre de misericor-
dia, por qu6 permites que el Tentador en figura humana aleje A
mi nieta, nina inocente, tierna oveja del Senor,-del camino de
Is virtud, la empuje al pecado y la haga caer de la gracia divina,

(92) soplarle... quitarle, robarle.
f93) lDe quifn...


276




CECLIA VALDtS


como A su infeliz madre? Me abandonarhs to tambien, piadosf-
sima Senora, en este el mas duro trance de mi vida?
Aunque seia Josefa habia tomado casi al pi6 de la letra, las
ideas y hasta las palabras de los libros de devotion, (nicos que leia,
no cabe duda ninguna sino que el fervor de su f6 religiosa, la
consideration de la nueva desgracia que le venia encima, la con-
ciencia de la tremenda responsabilidad que le cabia en caso de
salir ciertas sus sospechas, en medio de su poca cultura, la habian
inspirado al punto de improvisar una oracion elocuente por cuanto
expresaba con verdad los sentimientos que la dominaban en aque-
Has circunstancias. Poco fu6, no obstante, el alivio que propor-
cion6 A su desgarrado corazon el ferviente desfogue. Porque el
aviso del canario, por oportuno y certero, hacia en su pecho el
mismo efecto del cuchillo hincado en las cares, que si se mueve
lacera (94), si se clava mata. Tampoco era fhcil olvidar las 61ti-
mas sentenciosas palabras de aquel, no pensar en ellas; Antes
continuamente resonaban en sus oidos :-De que lo vide Io vide.
Tambien resonaron en los oidos de Cecilia la cual no dormia
desde mucho antes que volviese su abuela de la iglesia; solo que
le causaron impresion muy distinta. Encendidronle el pecho en
c6lera 6 indignation. Porque pensaba ella, Zqui6n mete al hom-
bre A dar semejante aviso? jQu6 le iba ni le venia con que ella
tuviese 6 no tuviese un amante, en que se viese con 61 6 no por
la puerta 6 por la ventana? i Por qu6 insistir en haberle visto?
;Maldito hombre! iNo se le hubiera secado la lengua antes de
decir lo que dijo! Seguramente tambien vi6 al j6ven entrar 6 sa-
lir, y si no Lo afirm6 con la misma pertinacia, fu4 porque la abuela
no le di6 tiempo ni ocasion.
Pero fuerza era atender A las demostraciones de dolor y sen-
timiento de la abuela que parecian extraordinarias y debian tener
causa poderosa y legitima. ZCuAl podia ser 6sta? Ignoraba Ce-
cilia lo ocurrido en Paula. Su conciencia alarmada vino A des-
cifrarle el enigma. Habia cometido una grave falta admitiendo
en su casa, A ocultas de la abuela y contra su express 6rden, al j6-
ven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.
Desde ese punto, la soberbia 6 independiente Cecilia experi-
ment6 algo que no habia experimentado nunca, algo que no ati-
naba A explicarse ella misma, una revolution en todo su s6r. Es
que ante la culpa, empezaba A verse d6bil, temerosa, irresoluta,


(94) Lacerar en vez de lascerar.


277






c278 C vnLAVERDE


y tener vergilenza de si, de su abuela y de sus amigas. Con
qu6 cara se les presentaria ella?
El hombre de la leche iba A publicar su falta por todas padres
aquella misma manana. Cuando menos el vecindario ya estaba
impuesto de todo, y en cuanto saliera A la calle la seialarian con
el dedo y dirian de manera que lo oyese :-Ahi va la muchacha
que se aprovecha de la ausencia de su abuela en la iglesia para
admitir en su casa al hombre que pnblicamente la corteja.
Pero en medio de aquella confusion de ideas, comprendi6 Ce-
cilia sin mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal
vez la abuela no estaba aun convencida de su culpa; la otra, que
a la tranquilidad de las dos, pues que ya no habia remedio, con-
venia disimular Jo mas posible hasta averiguar la verdad de lo
que pasaba y tomar un partido. En esta disposition, se levant6
con tiento, se ech6 por encima de la camisa un traje y se asom6
6 la puerta de la alcoba. Aun se hallaba la anciana de rodillas
y concluia la improvisada plegaria. Corri6 A arrodillarse a su
lado, le pas6 un brazo por la cintura y dAndole un beso en la me-
jilla, le pregunt6 con exquisita ternura :-Mamita Zqu6 tiene su
merced? ZPor qu6 estA tan afligida?
No le respondi6 palabra la anciana, volvi6 A la butaca y rom-
pi6 d lorar en silencio. No hay cosa mas pegadiza que el lanto
y Cecilia estaba predispuesta A contraer el mal; se arroa6 en bra-
zos de la abuela y confundi6 sus lagrimas con las de ella; desahogo
necesario de dolores, que, sin embargo, tenian contrapuesto origen.
Tal vez habrian aprovechado aquella coyuntura para tener una
explication, que no podia menos de ser satisfactoria para entram-
bas, porque asi Jo predisponia el estado de sus Animos; pero
lamaron de nuevo A la puerta y sena Josefa se apresur6 A abrir,
enjugAndose de camino las mejillas empapadas. Era la vendedo-
ra de carnes, manteca y huevos, negra de Africa, con un tablero
cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un es-
panta-moscas hecho de varetas de palma de coca en la mano
derecha.
Bien par cierta tendencia A la obesidad (95), por el calor, 6 por
el desalifo natural en la gente de color, el traje de la vendedora
consistia de falda de listadillo y camisolin, que cuando limpio de-
bia de ser blanco, y ap6nas le llegaba 6 los hombros, queddndose
mas corto por las espaldas, cuyas partes, junto con los brazos des-


(95) Errata corregida. Obesidad en vez de obecidad.


278




CECnA VALDiS


nudos f la griega 6 roman y las mejillas redondas y rollizas, le
brillaban, cual si, A la usanza de su tierra, se las hubiese untado
con grasa. Por supuesto, no calzaba zapatos, sino que al caminar
arrastraba un par de chancletas con la punta de los dedos. Luego
que abri6 sera Josefa, depuso el tablero en el quicio de la puerta,
y en tono de voz chillona, cuyo voldmen no correspondia con el
de su cuerpo, dijo:
-Guenos dias, caserite. ZNo me toma naa hoy? Entoavia
no ha hecho la crd (96).
Contestado brevemente el saludo por la anciana, ayudd A de-
poner el tablero en el suelo, agregando de prisa que le diera un
real de care de puerco, medio real de huevos y medio de man-
teca. La vendedora cort6 la care A ojo de buen cubero y con
los demas articulos pedidos, la puso en un plato que trajo Ce-
cilia; y no bien la vi6, parece que la entraron ganas de hablar
hasta por los codos.
-Labana esti perdia, nina. Toos son mataos y ladronisio. Aho-
ra mismito han desplumao un cristian alantre de ml sojo. Uno
nino blanca, muy bonite. Lo abayunca entre un pardo con jierre
po atra y un moreno po alantre, arrimao al canon delasquina de
Sant Terese. De dia crara, nine, lo quitan la rel6 y la dinere. Yo
no queriba mira. Pasa batante gente. Yo conose le moreno; 6
le sijo de mi mario. iAh! Me da mieo. Entoavia me tiembla
la pecho (97).
Con semejante descuadernado 6 ininteligible relato, se asust6
mucho Cecilia, porque le pas6 por la mente que el robado podia
ser su amante; pero disimul6 cuanto pudo y la carnicera pro-
sigui6:
-All& par los Sitios, ha habio la mar y la morene, lotra noche.
Tondi quiee prendr6 los mataores del bodeguer de la calle Manrico
y la Estreya. Elle estaba en un mortorio. El gobernao manda
prendeslo. Dentra TondA, elle solito con su esph, coge dos; Ma-

(96) Villaverde imita la fondtica y la gramatica de la negra: -Buenos
dias. caserita. jNo me toma nada hoy? Todavia no he hecho la cruz.
(97) La Habana esti perdida, nifia. Todo es matanza y latrocinio. Abo-
r* mismito han desplumado a un cristiano delante de mis Ojos. Lo atro-
pellaron un mulato con navaja por atris y un negro por delante, arrima-
do al cafi6n de la esquina de Santa Teresa. De dia claro, nifla. le quitan
el reloj y el dinero. Yo no querfa mirar. Pasa bastante gente. Yo conoaco
al negro; 61 es hijo de mi marido. 1Ah! Me da miedo. Todavfa me tiem-
bla el pecho.


279





CIRILO VILLAVERDE


langa, 1o sijo de mi mario, juye po patio y toavia anda escondio.
Ese, ese, ma malo que toos. Conque pa que vea la caserite. No
se pue un fiA de naide. i Adios, caserite! Mucha sale (98).
Ida la carnicera, vino el panadero, con la cesta de pan A la
cabeza de un negro que le seguia los pasos, como la sombra ver-
dadera de su cuerpo. Entonces sefla Josefa se acord6 que debia
preparar el almuerzo. Segfn dijimos al principio de esta histo-
ria, el fogon se hallaba en el patio debajo de un alero de mesilla,
sin chimenea, ni cosa que lo valga. Allf, la anciana hizo lumbre
vali6ndose del eslabon, el pedernal, el azufre, el cabo de vela y
unos cuantos carbones vegetales, y en poco mas el almuerzo qued6
listo. Entretanto Cecilia puso la mesa y ambas mujeres se senta-
ron 6 ella. Por largo rato estuvieron sin probar bocado, levantar
los ojos del plato, ni hablar palabra. Es que A cada rato esperaba
la nieta que la abuela le leyese la culpa en el semblante y no se
atrevia a mirarla de frente, al paso que 4sta parecia muy ner-
viosa y desazonada. Varias veces intent6 decir algo, harto se
le conoci6 por el movimiento de los labios, y otras tantas la voz
se le atraves6 en la garganta, porque en vez de sonidos articulados
solo se le escaparon sollozos. Por dltimo hizo un esfuerzo y dijo:
-Yo debia morirme ahora mismo.
Jesus, mamita! No diga eso: exclam6 Cecilia sin alzar la
cabeza.
-i Por qu6 no, si tal es lo que siento? zQu4 hago yo en el
mundo? ZDe qu6 sirvo? De estorbo, nada mas que de estorbo.
-Nunca habia hablado asi su merced.
-Puede ser, pero mis penas, aunque grandes, he podido so-
brellevarlas hasta ahora. Ya estoy vieja, sin embargo, me faltan
las fuerzas, no puedo mas. Estaba pensando que seria mejor
echarme a morir.
-4No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos
y pens que Dios nos manda?,Acu6rdese que Jesucristo llev6 la
cruz hasta el calvario.
Pobre de ml! Mucho tiempo hace que he andado la via

(98) All para los Sitios ha habido la mar y la morena la otra noche.
Tondi quiere prender a los matadores del bodeguero de la calle Manrique
y la Estrella. Al estaba en un mortuorio. El gobernador manda prender-
los. Entra Tondi, 61 solito con su espada, coge a dos; Malanga, el hijo de
ml marido, huye por el patio y todavla anda escondido. Ase. hse, mis
malo que todos. Con que para que vea la caserita. No se puede uno flar
de nadie. iAdi6s, caserita! Mucha salud.


280




CEIIA VALDtS


crucis, y que estoy en el calvario. Solo falta mi crucificacion,
y tal parece que me la tienen decretada aquellos mismos que mas
quiero en este mundo.
-Si mamita lo dice por mi, mire su merced que comete una
verdadera injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares,
de buena gana daria la sangre de mis venas.
-No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece
que te complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas.
Jo mismo que te prohibo. Si tW me quisieras como dices no ha-
rias ciertas cosas...
-iEh! Ya veo por donde va su merced.
-Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima
en algo el porvenir de sus hijos y su propio decoro.
-Si su merced no diera oidos a chismosos, lengua largas (99),
se ahorraria mas de un disgusto.
-Sucede, nifna, que esta vez el chisme viene bien con lo que
yo vi con estos ojos y of con estas orejas que se han de comer
la tierra.
En el calor de la discusion la muchacha habia cobrado aliento
y dijo:
-Z Qu6 ha podido ver ni oir su merced que no sea un chis-
me? Vamos, digalo.
-Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del dia es que a
pesar de mis amonestaciones y de mis consejos, td buscas tu per-
dicion, como la mariposa la luz de la vela.
-Y si cierta persona, que es A quien su merced se refiere.
we casa conmigo, me colma de riquezas y me da muchos tanicos
de seda, y me hace una seflora y me Ileva A otra tierra. done
nadie me conoce 1qu6 diria su merced?
-Diria que ese es un sueflo irrealizable, un disparate, una
locura. En primer lugar 61 es blanco y W6 de color, por mas que
to disimulen tu cutis (100) de nacar y tus cabellos negros y se-
dosos. En segundo lugar, 61 es de familia rica y conocida de la
Habana y tn pobre y de origen oscuro... En tercer lugar... LPero
a quk cansarme? Hay otro inconveniente todavia mayor, mas
grande, insuperable... Td eres una chicuela casquivana... Mujer
perdida, sin remedio. ;Dios mio! zdu4 he hecho yo para que
me castiguen asi?

(99) lengua largas... lengiliargos.
(100) Errata corregida. Cuts en vez de cutiz.


281




282 cEnuLo VLLAVERDE

La fltima exclaznacion la hizo sena Josefa, ya en pi6 y con
las manos en los oidos, como para no oir por boca de la nieta la
confirmacion del mal juicio que se habia formado i cerca de sus
opiniones sobre el matrimonio. Cecilia se puso tambien en p16 y
quiso seguir A la abuela, sea con la intencion de calmarla, sea con
la de justificarse, explicando 6 ampliando su idea; pero se de-
tuvo de repente, porque en aquel punto asom6 por la entreabierta
puerta de la calle,-el bien conocido rostro de Nemesia.










CAPITULO XII


...Feruc ponme
esa mano en este pecho.
& No sientes en dl, Matilde,
Un vofnt? IPes son mis celosi
J. J. MIAds.

-Santos dias por ach; entr6 diciendo muy risueia Nemesia
sin lamar A la puerta.
Pero se qued6 callada 6 inm6vil no bien ech6 de ver la cara
y actitud de sus dos amigas. La abuela habia vuelto a desplo-
marse en la butaca, su sitio favorito: la nieta se mantenia de pi6,
junto A la mesa, en la cual apoyaba una mano, fluctuando visi-
blemente entre el dolor y la desesperacion.
No pudo ser mas oportuna la aparicion de la amiga en aquellas
circunstancias. La anciana habia dicho mas de lo que la pruden-
cia aconsejaba, y la j6ven temia averiguar el sentido intimo de
las nltimas palabras de la abuela. i Qu6 sabia ella? Z Por que
usar un lenguaje tan embozado? Abrigaba fundadas sospechas 6
solo pretendia intimidar?
La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si
no en posesion de hechos, ambas habian avanzado A un terreno
resbaladizo, hasta all! vedado para ellas, donde, la primer que
entrase habia de recoger larga cosecha de pesares y remordi-
mientos. Por su parte, no creia sena Josefa legado el momento
de enterar A Cecilia de su verdadera posicion en el mundo. Tal
vez el lechero se habia equivocado respecto de la identidad del
j6ven; tal vez Este meramente pasaba por la puerta de la casa.
Si V. quiere conservar la inocencia de una doncella no la acuse,
sin pruebas, de haber pecado. Por estas razones, sena Josefa, aun-
que desazonada y lena de profundo pesar, desde Jo intimo del
pecho salud6 con alegrfa la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna, tambien, para sacar 4 las trees mujeres de su em-
barazosa situation, lamaron entonces A la puerta de la calle, con
un fuerte golpe de aldaba, modo desusado de lamar. Sena Josefa,
siempre Ulsta para estos casos, corrida A abrir, recibiendo, junto





284 CIRILO VILLAVERDE

con un saludo profundo, un papel que le alarg6 un negro ya ca-
noso, vestido decentemente de limpio. Tenia todo el aire de
calesero de casa principal. Dada la carta, se march6 diciendo: -
No contesta.
No tenia, en efecto, contestacion, ni venia dirigida A sefia Jo-
sefa, sino al -cDr. D. Tomas de Montes de Oca. En mano pro-
pia.a Llegaba A tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espiri-
tu atribulado. Con el auxilio de las gafas. que le alcanz6 Cecilia,
pudo ella mascullar para si:
eMuy senor mio: De conformidad con lo que hemos hablado,
doy la presente A la portadora, que se presentarA hoy mismo, A
fin de que V. la explique lo que haya de hacerse en el asunto con-
sabido. Esta demas repetirle que responde A todo y que le viviri
eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.
C. de Gamboa y Ruiz.)

Leida una y otra vez la carta para enterarse mejor del con-
tenido, mir6 por encima de las gafas, primero A la nieta, luego A
Nemesia (que se estaba callada A esperar el resultado de aquella
escena muda), conocidamente absorbida, y como dudosa del par-
tido que debia tomar. Pero el-hoy mismos de la carta la oblig6
A formar una resolution preguntando:
-Que hora es?
-Son las ocho; contest6 Nemesia prontamente. Acaban de
mudar las guardian de la suidad (101). Como que oigo los tambo-
res entodavia.
-iQue me alegro! repuso sena Josefa. ZEsths t6 hoy muy
de prisa, hija mia? anadi6 hablando con Nemesia.
-No senora; ni un tantico. Iba A la sastreria de Uribe en
busca de costuras. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Ir6
mas tarde. Lo mismo da.
-Ahora bien, hija, t6 me vas A hacer un favor: te quedas aqui
en la compana (102) de Cecilia, intertanto (103) doy un saltico A
la Merced y vuelvo en un santiamen. LTe quedaris?
Sin aguardar respuesta se cin6 de nuevo la correa, se ech6 el
chal de canamazo por la cabeza y sali6 A la calle. Y no bien to

(101) suidad... ciudad. Lengua popular.
(102) compaia... compafifa.
(103 intertanto... entretanto.





CECILIA VALDts


hizo cuando Nemesia se volvi6 de improviso para Cecilia, la cogi6
por ambas manos y le dijo:
Qu6 te cuento, china? Acabo de toparme con 61.
-zCon quidn? pregunt6 Cecilia.
-Con tu adorado tormento.
-zY qu6 bienes nos vienen con esa gracia? (104).
Es posible, mujer? Lo dices como si no te importara.
Cuando digo que me he topado con 61, es porque creo que te in-
teresa saber c6mo, cuando y d6nde lo he visto. Vengo a buscarte.
-Yo no puedo salir.
-Para estos casos siempre hacen un poder las mujeres de pelo
en pecho (105) como tn.
-Mamita puede volver pronto y yo no quiero que me encuen-
tre fuera.
-Qu6 importa? jQuidn dijo miedo? No es lejos tampoco.
Detras de Santa Teresa.
No s6 que sacard yo con ir hasta alla.
-Tal vez un desengano.
-Pues para eso no voy. No quiero desengafos tan temprano.
-Es preciso que vengas, mujer. Te interesa, te to repito.
Pronto.
-No estoy vestida, ni peinada.
-No le hace. En un momentico to pones el ttnico, te alisas
el pelo, te echas la manta por la cabeza y naide (106) te conoce.
Yo te ayudard.
-Nene Zc6mo dejamos la casa?
-Le echamos la lHave A la puerta, y ojos que te vieron ir,
paloma torcaza (107). Vamos, anda. No hay tiempo que perder.
Podemos legar tarde, cuando haygan (108) volado los pAjaros.
-Me da vergflenza salir A la calle de trapillos.
-Naide te vera. )Hombre! Ni que fueras A perder por eso
el casamiento. ZVienes? Seria una lastima levarnos chasco.
Qu6 serA? pens6 Cecilia entrando en el cuarto para pre-
pararse (109), como lo hizo, en un dos por tree.

(104) ,Y qu4 quieres decirme con eso?
(105) de pelo en pecho... valientes.
(106) natde... nadie.
(107) oos que te vieron r, palma torcaza... y se acab6, asunto ter-
minado.
(108) haygan... hayan.
(109) Errata corregida. Prepararse en vez de preparrase.


285





286 MURLo VILLAVERDE

Habia logrado Nemesia despertar la curiosidad y aun la alarma
en el Anir.o de la amiga, y de antemano saboreaba el placer de
verla morir de celos.
Bastante trabajo cost6 6 las dos muchachas el cerrar la puerta
con lhave. La oxidada cerradura estaba fija en el Angulo del mar-
co y la traviesa A un lado, el picolete adherido A su armella en la
hoja macho al otro, mal ajustado en la alcayata que le servia de
apoyo, y de consiguiente no entraba el cerradero en la hembrilla,
para que hiciera presa el pestillo. Al fin lograron su objeto, ha-
ciendo usa Cecilia de mas mana que fuerza; y echaron A andar
A paso menudo, bajo la sombra de los tejados, en direction del
sur de la ciudad.
Detr~s de las tapias del convento de Santa Teresa, opuesto A
una casa de ventanas de poyo alto y rejas voladizas, habia parado
un carruaje, al cual se veian enganchados tres caballos apareados,
de frente para la calle de la Muralla. El calesero, montaba el de
la izquierda, armada de machete largo y demas adminiculos del
oficio, en son de marcha. Al estribo inmediato i la acera habia
un j6ven dando los fltimos adioses a una senorita en traje de
viaje, que se hallaba sentada A la derecha de un caballero entrado
en afos y de aire respetable.
Ocupaba el poyo de la ventana mencionada un grupo compues-
to de varias senoras y caballeros, todos conocidos nuestros; es de-
cir la familia Gamez, Diego Meneses y Francisco Solfa, desipididn-
dose de Isabel Ilincheta, que, en union de su padre se volvia para
Alquizar. Casi A un tiempo todos aquellos le dirigian la palabra
desde la ventana y ella les contestaba, asomando A veces la ca-
beza por debajo del capacete, sin desatender el j6ven al estribo,
que apoyaba en 0 un pi6, mientras asia con la mano izquierda la
abrazadera del quitrin.
En esto llegaban las dos muchachas por la parte del note de
la calle. Desde lejos reconoci6 Cecilia al j6ven que hacia de la-
cayo,-Leonardo Gamboa. Y aunque no habia visto todavia A
la dama del carruaje, ni & derechas la conocia tampoco, adivin6
qui6n podia ser. Andando, andando, form6 la resolution de dar
un buen susto A los dos, tal que les sirviera de castigo, si n6 de
saludable escarmiento. Para ello, adelant6se A su companera, le
peg6 un fuerte empellon A Leonardo, que, por no estar prevenido,
perdi6 el equilibrio, resbal6 y di6 de costado en la concha del
quitrin, A los pils de la sorprendida dama. tsta, ignorante de
Jo que pasaba, 6 juzgando que aquello no era mas que una bro-





CECIA VALDtS


ma, aunque pesada, sac6 la cabeza por debajo de la cortina para
ver la agresora, en cuyo moment, creyendo reconocerla, entre
asustada y reida, exclam6:-;Adela!
En efecto, Cecilia sin el disfraz, pues se le habia rodado el
embozo A los hombros, la negra cabellera flotando, solo sujeta A
la altura de la frente por una cinta roja, con las mejillas encen-
didas y los ojos chispeantes de la c6lera,-era el trasunto de la
hermana menor de Leonardo Gamboa, aunque de facciones mas
pronunciadas y duras. Mas fay! reconoci6 ella pronto su error.
Ap6nas se cruzaron sus miradas, aquel prototipo de la dulce y
tierna amiga, se transform6 en una verdadera arpla, lanzAndola
una palabra, un solo epiteto, pero tan indecente y sucia que la
hiri6 como una saeta y la oblig6 A esconder la cara en el rincon
del carruaje. El epiteto constaba de dos silabas 6nicamente. Ce-
cilia lo pronunci6 a media voz, despacio, sin abrir casi los labios:
- iPu... !
Nemesia se llev6 por fuerza a Cecilia, Leonardo se incorpord
como pudo, el senor Ilincheta di6 la 6rden de marcha, el calesero
peg6 con el pie en los ijares del caballo de varas, dejando caer al
mismo tiempo la punta del latigo en las espaldas del de fuera y el
carruaje parti6 A buen paso, con lo que A poco mas se perdi6 de
vista en la esquina de la calle inmediata, por donde torci6 a la
derecha en direcci6n de la puerta de las murallas de la ciudad
lamada de Tierra. En vano las senoras y caballeros en el poyo
de la ventana esperaron ver alzarse la cortina del postigo poste-
rior del quitrin y asomar el panuelo blanco para decir el diltimo
adios. Ni aquella se movi6, ni apareci6 este tampoco, pregonan-
do el hecho desde luego, la desagradable impresi6n que habia pro-
ducido el lance en el Animo de los desapercibidos viajeros. Mas
todavia, cuando recapacitaron en lo que acababa de suceder, ya
no estaban all! las mulatas, ya habia desaparecido Leonardo jun-
tamente con el carruaje.
En la calle de la Merced, cerca del convento de este nombre,
como quien va para la alameda de Paula, sobre la mano derecha,
hay una casa de azotea, la nica de la cuadra. La entrada, aun-
que amplia, pues admitia hasta dos carruajes en fila, no era de
las lamadas propiamente de zaguan. Delante de la puerta habia
estacionada una mala volante, a que se hallaba enganchado entre
varas, un caballo que para no desdecir de aquella tenia mas de
Rocinante que de Buc6falo. Encaramado ally en la alterosa silla,
hecha asi por la multitud de sudaderos para mejor resguardo de


Eq87






CIRILO VILLAVRDE


los lomos de la bestia, descansaba A horcajadas el calesero negro.
cuyo traje y aspecto no desdecian un punto del resto del equipa-
je. Mientras esperaba por el dueflo, 6 dormia, 6 tenia en la mo-
lera mas aguardiente del necesario, porque le costaba trabajo
mantener la cabeza erecta y alta, antes daba A veces con la frente
en el pescuezo del caballo, que por su inmovilidad parecia de
piedra.
Se le acerc6 sefia Josefa por el lado de dentro y le dirigi6 la
palabra repetidas vedes, sin lograr que despertara 6 diera sefiales
de vida. Bien es que ella por respeto, 6 por natural timidez, ni
alzaba bastante la voz, ni osaba tocarle. No sabia su nombre
tampoco, pero sospechando que se lamaba Jos6, le di6 este repe-
tidas veces en tono carifioso : -Jos6, Jos4, Joseito, Zesth ahi el
Doctor?
Medio se incorpor6 el negro en la silla, 6 hizo muecas horri-
bles en el afan de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco
de la calle, y dijo al fin: -Yo no me fiama Jos6, me fiama Ciliro
y mi amo el Dotor esti ahi aentro, si no ha salio. Dentre, den-
tre (110).
Despues de darle las gracias al amable calesero, entr6 en efec-
to la anciana. Habia en la sala varias personas de aspecto pobre
y ambos sexos, esperando por el mdico, el cual en aquel momento
no se hallaba presente. Sefia Josefa le conocia y desde luego le
busc6 por todas partes, con cierta inquietud, pues tal vez habia
salido; aunque el hecho de la volante A la puerta y la presencia
de los pacientes en la sala, indicaban que si estaba fuera de casa,
no era para la visita ordinaria de enfermos que giraba todos los
dias despues del almuerzo. Al fin alcanz6 A verle en el patio in-
clinado sobre un hombre que, sentado en una silla, emitia de cuan-
do en cuando quejidos apagados, mas dolorosos, por donde se co-
nocia que el Doctor ejecutaba en 61 una operation quirfrgica di-
ficil. Era Montes de Oca cirujano hibil, no cabe duda, al menos,
atrevidisimo en el manejo de la cuchilla, tajando care humana
como quien taja hogazas de pan, siempre es verdad con acierto,
tal vez por la misma sangre fria con que ejecutaba esas opera-
ciones carniceras. Cu6ntase, en efecto, que en cierta ocasi6n le
abri6 el vientre a un individuo para estirparle un absceso que se
le habia formado en el higado, y que Io ejecut6 con la mayor for-

(110) Yo no me llamo Jos4. me llamo rilo y mt amo el Doctor esti
ahi dentro, at no ha salido. Entre, entre.


288





' CECILIA VALDiS


tuna, pues no se le muri6 el paciente entre las manos, sino que
san6 al menos de aquella dolencia. Eso asi, era tan habil como
interesado y codicioso de dinero. A nadie curaba de balde; ni
se movia de su casa sino para hacer visitas de paga al contado
violento, 6 con promesa explicita de que se le pagaria bien su ha-
bilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.
Conoci6 luego sera Josefa que habia terminado la operacion,
asi porque habia cesado de quejarse el paciente, como porque el
Doctor alzando el instrument con que la habia ejecutado. dijo:
-iEa! ya estA V. despachado. Vea lo que tenia en el oido;
un frijol, como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte,
creci6 dos tantos de su natural tamaflo.
-Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se Lo pague y le d mu-
cha salud. No sabe V. cuanto me ha atormentado ese frijol en
el oido. Hacia mas de diez dias que no dormia, no comia, ni...
-Lo creo, le interrumpi6 el Doctor con aire triunfante y no
poco receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo
extraflo. Luego la parte esa es tan delicada, que por poco que
me fallase el pulso, podian resbalarse las pinzas y dafiarle el tim-
pano del oido y dejarlo sordo por el resto de sus dias. Bien.
Ahora me paga V. mi trabajo, se marcha A casa y se da unos ba-
flitos de cocimiento de malvas con unas gotas de lAudano para
calmar la irritacion...
-ZCuAnto le debo, Doctor? pregunt6 el hombre temblando no
ya del dolor, sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por
una operation ejecutada y eso brevemente.
-Media onza de oro; contest6 Montes de Oca con sequedad e
impaciencia.
No tuvo el hombre mas remedio que meterse la mano en el
bolsillo del pantalon y sacar un pafiuelo nada limpio, en una de
cuyas puntas tenia atadas varias monedas, que ciertamente no
hacian mucha mayor suma de la que habia exigido el cirujano por
la curacion. Volvia 6ste para la sala, como acostumbraba con la
cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se encontr6
de manos A boca, cual se dice, con sefia Josefa, A la que pregunt6
con su voz gangosa:
-jQu4 quiere V., buena mujer?
Por toda respuesta sefia Josefa le alarg6 la carta de recomen-
dacion.
-Ah! agreg6 el cirujano despues de haberla leido. Tenia ya
noticias de esto. El mismo senior D. Candido estuvo aqui bien


19


289





CIRILO VILLAVERDE


temprano y me habl6 del asunto. Pero debo decirle a V. lo que
6 61 le dije, A saber, que no he visto aun la enferma, que no co-
nozco el caso y que sin conocerlo, tendria que ser adivino, para
decidir lo que deba hacerse.
-zNo le cont6 el senor D. Candido, se atrevi6 a observar la
anciana toda temblorosa; que el caso es desesperado, digo, que
no da espera, porque depende la vida 6 la muerte...?
-Si, si; la interrumpi6 el cirujano. Algo me dijo sobre eso
el senor D. Candido. El caso es que no puedo atender A todo. Si
me dividiese en diez me parece que no daba avio (111). iVe V.
los que aqui aguardan por mi? pues fuera me esperan muchos mas
y todos con premura. Estimo al senor D. CAndido, s6 que es ge-
neroso, desprendido y que sabe agradecer los favores que se le
hacen. Deseo, puedo y esta en mi mano servirle, creo que si le
sirvo esta vez, ha de pagArmelo bien; mas V. que es mujer racio-
nal, conocera que necesito tiempo, que debo examinar por mi
mismo el caso, antes de aventurar un diagn6stico. Tal vez no ten-
ga cura, tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy
el m6dico brujo que a ciegas decidia y asi salia ello. Sin embargo,
quizas V. pueda darme mejores informes de lo que ha podido el
senor D. CAndido, que, por to que entiendo, conoce el caso de
oidas. ZQuidn es la enferma?
-Mi hija, senor D. TomAs.
-Hija de V. j eh? i Qu6 edad tendrA ahora?
-Va en los treinta y siete.
-Vamos, no es vieja. Hay ahi cuerpo todavia, y habrA re-
sistencia. ZQu6 tiempo hace que enferm6?
iAy! i Senor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano,
harA ahora diez y ocho afios mas bien mas que menos.
-No, no quiero decir eso Zdesde cuando entr6 en el hospital
de Paula?
-Poco despues de haber enfermado. Hace ahora algo menos
de diez y siete aflos, porque la nifna tendria unos dos meses de na-
cida, cuando por no poderla sujetar en casa, me vi obligada A po-
nerla en el hospital de Paula; segun me aconsej6 el m6dico senor
Rosain. Ya puede imaginar el senor Doctor lo que me costaria
esta separacion. Se me arranc6 el alma...
-De suerte, anadi6 pensativo Montes de Oca; de suerte que
la nina...


(111) que no daba avio... que no daoa abasto.


290





CECIA VALDt 1


-ZMi nieta? dijo sefia Josefa.
-Si, su nieta de V., hija de la enferma, ItendrA?...
-Va en los diez y ocho alios de edad.
-ZY qu6 tal?
-A Dios gracias, buena y sana.
-No, no es eso. Pregunto que Zqu6 figura tiene, qu6 tal pa-
rece la muchacha?
iAy! Sefior Doctor, su figura y su parecer, son los que
van A acabar conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me est6
mal el decirlo, es Io mas lindo en verbo de mujer que se ha visto
en el mundo. Nadie diria que tiene de color ni un tantico. Pa-
rece blanca. Su lindura me tiene loca y fuera de mi. No vivo,
ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos que la persi-
guen como moscas A la miel. Me tiene sin sombra.
-zY esa muchacha encantadora acompafiaria A la enferma si
1a sacamos del hospital?
-Si el senior Doctor lo cree conveniente, me parece que si la
acompaharia.
-De convenir, creo que convendria y much; pero se ofrece
una dificultad. Veamos. GQu4 tiempo hace que no se ven la
madre y la hija?
-iQu6! Hace una pila de tiempo (112). Mas de diez y siete
aios.
-ZTanto? Malo. ZPero V. 6 otro le habra hablado 6 me-
nudo A la madre de la hija y A la hija de la madre?
-A la madre si le he hablado frecuentemente de la hija, cada
vez que he ido A verla; A la hija nunca de su madre. Estoy por
creer que no sabe que existe.
-ZCon que no se ha intentado nunca el que se vean la madre
y la hija?
-Nunca.
-Mal hecho.
-Asi creia yo, pero el senior Doctor Rosain, que fu6 quien la
asisti6 en el parto y despues del parto, me aconsej6 que las sepa-
rase y despues que A la madre se le remat6 el juicio, me repiti6
que no le hablase de eso A la hija, porque querria verla y era fMcil
que la loca en uno de sus arrebatos la ahogase con sus propias
manos. Pues es preciso que sepa el senior Doctor D. Tomhs, que


(112) Hace mucho tiempo.


291






292 CIRILO VILLAVERDE

tom6 la locura con la hija, diciendo que como habia nacido blanca
tenia A menos el tener madre de color.
-Vaya pues. Se equivoc6 Rosain. Es un buen m6dico, no se
puede negar, solo que en este caso me parece que perdi6 los pa-
peles 6 que se le fu6 el santo al cielo. Si la madre y la hija se
ven de repente, despues de una larga separation, tal vez se efec-
tfie una reaction, las enfermedades se curan con-reacciones 6 revul-
siones, no con medicinal, particularmente aquellas en que aparece
afectado el sistema nervioso. Somos todo nervio, nada mas que
nervio. Irritados los nervios, cate V. la locura. Estaba pensan-
do... Se habia pensado levar la enferma al campo, A una finca
que poseo cerca del puerto de Jaimanita, a fin de ver si cambiando
de aire y dindose unos banos de agua salada, se lograba la re-
vulsion que se busca. Pero es que la hija no puede ir allA con
la madre. Fignrese V. que en esa finca, en el ingenio de Jaima-
nita, digo, tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo adminis-
tran y muchos de ellos se pasan en 61 buenas temporadas, en par-
ticular durante la molienda. ZQu6 escAndalo no se armaria con
la aparicion de una j6ven tan linda, como V. dice, en medio de
aquellos benditos Padres? iLa tentacion! Dios nos libre. Mas
de uno de ellos perderia el juicio y se diria que yo tenia la culpa...
Mas ya veremos modo de arreglar eso. Vu6lvase V. por acA pasa-
do maiana, que yo ver6 la enferma entre tanto y dir6 A V. lo que
haya de hacerse. Quiero servir al senor D. Candido, puedo ser-
virle, y me parece que serh con beneficio de todos los interesados.










CAPITULO XIII


La alkgrla del corazon cunserva la idad
florida, 'a triteza seca los huesos.
PARADOLAs I) SALOMON.

En la 6poca de que venimos hablando, eran rara avis los den-
tistas de profesion en la Habana. Siguiendo aquel refran caste-
Ilano que ensefia-al que le duele la muela que se la saque,-el
oficio 6 arte dental le ejercian, por la mayor parte, en las poblacio-
nes, los barberos, en los campos, los cirujanos; quienes armados
con el potente gatillo de acero, no dejaban diente ni muela A vida.
Habia tambien sacamuelas intrusos 6 aficionados. Entre estos,
uno de nombre Fiayo, se habia hecho c6lebre por la destreza y
habilidad con que ponia las raices al aire y sin dolores de esos
apendices de la masticacion. Su fama y popularidad, sin embar-
go, provenian del hecho, primero, de no emplear instrumento
quirnrgico de ninguna clase; segundo, de no lievar dinero por
sus magicas operaciones dentarias.
La hija mayor de los sefiores Gamboa, Antonia, hacia tiempo
venia padeciendo de una neurosis de carActer agudo A la car,
cuyo asiento en la mandibula superior daba lugar A presumir tenia
por causa la care de un molar. Los medicos consultados, despues
de probar la aplicacion de ap6sitos, sanguijuelas, enjuagues y ca-
bezales, sin fruto aparente, decidieron se hiciera la extraction.
Pero la idea no mas de que para levarse i efecto, habia de em-
plearse el temible gatillo, ocasionaba sudores y desmayos en la
dolorida jdven.
Por aquellos dias lleg6 A la Habana, desde el campo el mAgico
dentista Fiayo, y, como de costumbre, se hosped6 (') en casa del
Doctor Montes de Oca. No bien lleg6 A oidos de dofia Rosa, la
noticia, cuando dispuso la engancharan el quitrin, y sola, con la
hija doliente, se dirigi6 A la calle de la Merced. Llena estaba la
sala de pacientes, unos en solicitud de los consejos 6 remedios del
mdico, otros de los servicios del famoso sacamuelas. Este ocu-





CIRLO VILLAVERDE


paba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban al patio, y
era por eso el mas claro y A prop6sito para las operaciones de la
boca All! tenia una silla comun de madera, en que hacia sentar
al paciente con la cara para el Este, y en un dos por tres ponia al
aire las raices de la muelas 6 el diente que le indicaba el intere-
sado. Sucedia A veces que encontraba mayor resistencia de la
que podia vencer con la fuerza del pulgar y del indice de la mano
derecha; en cuyo caso, disimuladamente metia 6sta en la faltri-
quera del chaleco, cual si pretendiera enjugArsela, se armaba de
una llavecita de hierro, convertia el paleton en gatillo, el tronco
en palanca; y el 6xito era instantineo y seguro.
La entrada de dofia Rosa Sandoval de Gamboa. con su hermosa
hija Antonia no caus6 poca sorpresa en las personas presentes en
la sala, principalmente en Montes de Oca, que si bien era el m6-
dico de palacio, y gozaba de extensa y merecida fama, no estaba
acostumbrado A que le consultasen en su propia casa sefioras tan
distinguidas y en la apariencia ricas. Tamafia condescendencia y
amabilidad, no podian menos de obligar A un m6dico de las con-
diciones y calidades del que tratamos ahora, as! fu6, que abando-
nando desde luego A sus pacientes, sali6 A recibir y atender A las
recien llegadas. No conocia 61 sino de nombre y de vista A dofia
Rosa, A pesar de la estrecha y antigua amistad que le ligaba con
su marido. Pero A tiempo de acercrsele y hacersela presente,
le pas6 por la mente que tal vez, la inesperada venida de aquella
respe'able senora, tenia que ver algo con la enferma del hospital
de Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana sefia
Josefa, en los momentos en que entr6 en la sala. Y una vez me-
tido este extrafio pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma
de sacarle de ahi.
-La sefiora esposa de mi carol amigo el sefnor D. CAndido Gam-
boa y Ruiz, si no estoy equivocado; dijo Montes de Oca.
-Servidora de V.; contest6 secamente dofia Rosa.
-Yo Io soy de V.. muy atento. Y esta es 4su sefiorita hija
de V.?
-Si, senior.
-Bien se conoce. Hermosa nifia. Dios se la guarde. Tengan
la bondad de pasar adelante y sentarse.
-No hay necesidad; dijo dofia Rosa. V. es persona muy ocu-
pada y luego venia solamente...
-Lo adivino, lo s6, mejor dicho, y perdone que la interrumpa;
dijo Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver


2K..





CUCILA VALnts 29


que V. tambien se interesa por la salud de la enferma en el hos-
pital de Paula. Tanta bondad y nobleza de alma, son mucho de
celebrarse. Lo veo, lo comprendo perfectamente, desea V. cono-
cer cuanto antes cull es mi diagn6stico acerca del estado de la
pobre muchacha. Es de celebrarse.
No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija
se miraron azoradas, azoramiento que el m6dico no solo no en-
tendi6, sino que lo interpret6 por uno de aquellos sentimientos de
admiraciori mezclados de gratitud, que sienten las personas bien
criadas, cuando les adivinan sus pensamientos y se anticipan 5
sus caros deseos. Halagada de este modo su vanidad, continu6
diciendo, cada vez mas satisfecho de su penetration:
-Dir6 A V. senora mia, con gran sentimiento, lo mismo que
acabo de decirle A la anciana, madre de la enferma, con quien me
ha visto V. hablando hace poco. No es nada favorable mi diag-
n6stico. Con V. aun puedo ser mas franco que con la madre. Ahi
nt hay ya fuerzas, sujeto, como decimos, quedan solo alma en
boca y huesos en costal (113), segun se dice de los bozales recien
legados de Guinea. Su mal trae origen de una meningitis aguda,
superveniente de un susto, que bajo el infiujo de una fiebre puer-
peral, la priv6 del juicio y produjo un des6rden general del sis-
tema nervioso, cuyo estado ha pasado A cr6nico, para el que hasta
ahora no se conoce remedio en la ciencia m6dica. En el dia los
sintomas mas marcados son los de una consuncion lenta, ya en el
ultimo periodo, cuyo t6rmino puede ser mas 6 menos cercano,
pero cierto y fatal, que, 6 mucho me engaflo, 6 no podria alargar
una hora, un minuto, el mismo Galeno, si para ello solamente vol-
viese al mundo. Esta clase de enfermos acaban como las velas,
asi que se evapora el sebo de que estan hechas. Se apagarA su
vida el dia y A la hora menos pensada. Lo peor de todo, misea (114)
Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del hospital. Co-
rremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos, que se
apague la vela en cuanto le de el aire libre del campo. Siento
mucho no poder lenar los deseos del senior D. CAndido...
En este punto hizo dofia Rosa un movimiento de sorpresa, que
llams la atencion aun del embebecido m6dico, obligAndole A dejar
trunca la fi ase. No era para menos la especie. Mujer mas jdven,
menos precavida que ella, habria hecho una exclamation, demos-

(113) alma en boca y huesos en costal... esth desmejoradisima.
(114) misea... mi seflora.


295





CIRILO VILLAVERDE


trado mayor desazon y c6lera. De tal naturaleza fu6, sin embar-
go, la impresion que le causaron las 6ltimas palabras de Montes
de Oca, que cambi6 de color, poniendosele rojo en el primer ins-
tante el rostro, y luego pflido, y desapareci6 por supuesto la pli-
cida expresion con que habia estado escuchando el ininteligible
diagn6stico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensacion
de extrafieza experiment6 Antonia. No comprendia 6sta es cierto,
por su juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que podia
encerrar el hecho de que su padre desease sacar del hospital de
Paula a una muchacha muy enferma y desconocida para toda la
familia, con el objeto de que se curase en alguna otra parte. Pero
no se hallaba dofia Rosa en el mismo caso. Lo que era oscuro 6
insignificante para la hija, era un mar de luz para la madre, la
verification de continues sospechas, el aguijon de celos antiguos
y siempre vivos. ,Qui6n podia ser aquella moza, ni qu6 (115)
clase de relaciones tenia 6 habia tenido con ella su esposo, que
estaba empefiado en sacarla del hospital de Paula por medio del
medico Montes de Oca? Debia de ser una mulata, pues que su
madre era casi negra. Se hallaba gravemente enferma, el medico
la habia desahuciado, estaria hecho un esqueleto, fea, asquerosa,
moriria ciertamente en breve; pero habia sido su rival, habia
gozado a la par con ella del amor y de las caricias de Gamboa.
Z Por qu6 disposicion del cielo averiguaba en la hora postre-
ra un secreto tras el cual venia corriendo hacia mas de una de-
cada? Ya era poco menos que inntil la venganza. La muerte
se interpondria en breve entre la esposa y la manceba. iQu6
desesperacion! iQu6 tumulto de pasiones! iQu6 atar y desatar
de cabos sueitos. ocultos mas no olvidados en los rincones del pen-
samiento! Queria hablar, gritar, desahogar de alguna manera su
corazon opi imido. i Cudnto alivio no la habrian proporcionado
las ligrimas! Cristiana y discreta como era dofia Rosa, sin duda
hubiera dado en aquel instante la mitad de su vida, por retrotraer
los sucesos al aflo 13 +6 14, en que j6ven todavia, lena de fuerza
y de encantos personales, con menos cordura y calma, la hubiera
sido ffcil, plausible, hacer valer sus derechos de esposa, de madre
y de senora.
Mientras revolvia todas estas cuestiones en la cabeza, obra
que no le cost minutos, sino segundos de tiempo, y sentia que
la sangre se asomaba toda A sus mejillas, pas6le por la mente lo


(115) Faltaba el acento que hemos afiadido.


29a




CCLIA VALD*s


de la nifia en la Casa Cuna y su lactancia por Maria de Regla,
la esclava ahora de enfermera en el ingenio de La Tinaja; y de-
dujo, por necesaria consecuencia, que esa historia se relacionaba
estrechamente con la mujer enferma en el hospital de Paula.
ZBuscaba, pues, Gamboa salvarle la vida A la madre de su hija
bastarda? ZQuidn seria 6sta? ZVivia aun? ZLa reconocia como
tal el padre? Fuerza era averiguarlo. Tal vez Montes de Oca
estaba enterado. Hacienda un esfuerzo supremo, logr6 dominar
la agitacion ya A punt de embargarle los sentidos; y decidi6 apu-
rar hasta las heces la copa de la curiosidad y de los celos. Asi,
tomando de nuevo el hilo de la conversacion con Montes de Oca,
que mostraba deseos de manifestar cuanto sabia, dijo:
-Yo tambien siento en el alma que no se pueda hacer nada
de provecho con la pobre...
-Rosario Alarcon; sugiri6 el medico, viendo que dona Rosa
titubeaba.
-Rosario Alarcon, repiti6 6sta. Lo mas presente que yo te-
nia. Mi memoria es flaca en esto de recordar nombres. Se Lo
dije a Gamboa, que ya era demasiado tarde, y no dudo que el de-
sengano le causarA un verdadero pesar. Luego la hija, asi que
Io sepa...
-En cuanto A eso, repuso prontamente Montes de Oca, pierda
V. cuidado, misea Rosa. La abuela ha tenido la habilidad de
ocultarle a la hija hasta la existencia de la madre enferma.
-iEs possible! exclam6 dona Rosa. Parece increible...
-Nada mas fAcil, continu6 el m6dico. Esto es, repito Lo que
me ha contado la anciana que acaba de salir de aqui y que yo no
hallo absurdo. Supongo que V. no ignora que cuando pusieron
en Paula A la Rosario Alarcon, la hija era una chiquilla, sin uso
de razon, para echar de menos A una madre, a quien despues no
ha visto.
-Con que la hija, una mujer hecha y derecha...
-Y muy Linda, sin desdoro de los presentes; dijo Montes de
Oca, cortando otra vez la palabra A su interlocutora para inter-
pretar A su manera un pensamiento no mas que indicado.
-Quiere decir, dijo dona Rosa, que V. conoce a la mozuela.
Estaria aqui con la abuela.
-No senora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso,
repito Lo que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo
desde el primero 6 segundo mes de nacida, cuando la Real Casa


29'7





CIRILO VILLAVERDE


Cuna 6 de Maternidad estaba situada en la calle de San Luis Gon-
zaga, cerca de la esquina de la del Campanario Viejo.
-Luego tal es la nifia para cuya crianza se tom6 en alquiler A
mi esclava Maria de Regla.
-Puede ser, yo no se de eso jota.
-ZC6mo que n6, si por 6rden de V. se me pagaron las dos on-
zas mensuales del alquiler, mientras dur6 la lactancia de la suso-
dicha nifia?
iPor 6rden mia! Perdone V., misea Rosa. No tengo idea
de semejante inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad.
Z No estarA V. equivocada?
-Vaya, senor Doctor, repuso dona Rosa. ZEs olvido o pura
modestia de V.?
-Ni Lo uno ni lo otro, mi sefiora. Positivamente no tengo no-
ticias de Lo que V. dice.
-Asi serA; dijo al fin dona Rosa advirtiendo que el m6dico
se ponia en guardia. Comprendo Lo que pasa por V.: no quiere
que se hable mas de este asunto. No afiadir6 palabra. Eso no
obsta para que yo le manifieste mi complacencia por el usa que
hizo V. de los servicios de mi esclava, cuando se le ofreci6 sacar
de apuros a un amigo. Permitame le agregue, ya que se presen-
ta la ocasi6n, que me negue A tomar un peso por el alquiler de la
criandera, y que si al fin recibi el dinero fue porque se me dijo
que de otro modo V. no aceptaba.
Guard6 silencio Montes de Oca. Unicamente inclin6 respe-
tuoso la cabeza como hombre que, cogido en un fall, y, sin salida
plausible, ni medios de defensa, se resigna y aguarda la senten-
cia. Pero Jo poco que neg6 fu6 precisamente aquello de que de-
bia estar mas convencida dona Rosa, es A saber, del inquilinato
de la nodriza y del salario que por ello la abonaron mes A mes,
durante cierto tiempo. En lo que si se equivocaba lastimosamen-
te era en dar por hecho que Montes de Oca habia sido el contra-
tante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este par-
ticular importante habia sufrido dicha senora un engafio:-isu
marido no le habia dicho la verdad!
Ahora bien: A la vista de la persistente negativa del medico,
Zsali6 dona Rosa de su error? Dificil es la comprobacion en ta-
les casos y por Io mismo, nos limitamos A decir que, aclarados
ciertos particulares oscuros sobre la mujer enferma y las relacio-
nes que con ella y con la hija tenia su marido, Lo demas se caia
de su peso, se inferia sin esfuerzo, y no era digno de una sefiora


298




cEcIMA vawts


el informar A una persona extrafia, de secretos de familia, que
quizas realmente ignoraba. Desisti6, pues, del ataque y concluy6
pidiendo al m6dico que la perdonase las molestias que le habia
ocasionado, sirvi6ndose decirla, si Fiayo se hallaba dispuesto A
examinarle la boca A su hija Antonia. Por sentado que Io estaba,
y se ejecut6 la operaci6n con toda felicidad. Despues, D. Toms
Montes de Oca tuvo la cortesia de acompafiar A las dos senoras
hasta el estribo del carruaje y de ayudarlas A mortar en 61. Y
una vez sentada y emprendida la marcha en vuelta de la casa,
dofla Rosa se cubri6 la cara con las manos y di6 A llorar y sollozar
sin medida ni consuelo; todo esto con extrafieza grande de la
hija, quien, ocupada de su propio dolor fisico, no habia echado de
ver la transformacion del semblante de su madre, asi que se alej6
de la presencia del m6dico.
Conviene advertir aqui, que A consecuencia de un disgusto con
su padre, por la salida A la calle tan de madrugada, segun hemos
referido ya, Leonardo hacia tres 6 cuatro dias que no paraba en
su casa, sino en la de una tia materna. Esto contribuy6 A au-
mentar el pesar de dofa Rosa. No solo se neg6 A sentarse A la
mesa, lista para el almuerzo, sino a darle explicacion alguna a
D. Chndido, sobre los motivos de su sentimiento. En medio del
lanto y de los suspiros, pronunci6 varias veces el nombre del hijo
favorito, razon por qu6 las hijas, suponiendo que la ausencia de
Este era la causa original de sus lamentos, despacharon A Aponte
en su busca con el carruaje. Vino el j6ven y al punto dofla Rosa,
rodeandole con sus brazos, le cubri6 la frente de besos y lAgrimas.
Dabale entre tanto los epitetos mas cariflosos y le decia: -Hijo
del alma Zd6nde estabas? jPor qu6 huias de las caricias de tu
madre? Mi amor, mi consuelo, no te apartes de mi lado. ZNo
sabes que tu triste madre no tiene otro apoyo que el tuyo? Ti
no mientes, td dices siempre verdad, ti eres el nico en esta casa
que conoce lo que vale una madre y esposa leal. Mi vida, mi co-
raz6n, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo Zqu6, ni qui6n ten-
dri bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Solo
la muerte.
Al fin, esta sefiora, casada, madre de familia, halagada por los
dones de la fortuna y de la naturaleza, al legar A su casa se en-
contr6 rodeada de varias personas que la eran muy queridas, que
la respetaban y que se apresuraron A enjugar sus lagrimas, a ofre-
cerla consuelos y distracciones. Al fin, aquella angustia suya,
dado que legitima, nacia de un mero desengafio en su vida con-


4"9





CIRILO VILLAVERDE


yugal, que por la 6poca en que le recibi6, biert se conocia que el
angel de su guarda se le habia apartado de los ojos hasta la hora
en que su conocimiento la fuese menos doloroso. Hasta alli un
golpe de celos era Io dnico que venia 4 turbar la serenidad de sus
dias, por otra parte siempre plAcidos 6 iguales.
Pero Zque habia de comun entre el pesar, el desengano, ni los
celos de dona Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengano
y la desolacion de la pobre sena Josefa, mas desamparada y sofa
que antes desde el punto que se separ6 del medico Montes de Oca
y volvi6 A cruzar el umbral de su casita en la calle del Aguacate?
Con razon pudo entonces exclamar con el salmista :--Venid cie-
los y tierra, aves que poblais el aire, peces que llenais las aguas,
brutos que hollais los campos. y decidme: -. Hay dolor compara-
ble con el dolor mio?
Nadie le pregunt6 por qu6 (116) lloraba y se mostraba tan afii-
gida. Cecilia, a quien encontr6 alli de vuelta, estaba harto dis-
gustada para pensar en los disgustos agenos. Nemesia tambi6n,
guard un profundo silencio, diciendo solo al despedirse de las
dos,-hasta despues. Aun la imagen de la Virgen en el nicho,
frente a su butaca, parecia que no debia ofrecerla esta vez con-
suelo. Transida por el dolor de ]a espada que le atravesaba el
pecho, dirigia hAcia otra parte sus amorosos ojos.
Y tal fu6 despues de todo, la indication oportuna que recibie-
ra sefia Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del
Salvador del mundo, en los moments de perderle enclavado en
una cruz, claramente le ensenaba con su resignada, sublime acti-
tud, que hay dolores tan grandes para los cuales no se encuentra
consuelo aqui abajo, sino allA arriba- en el cielo!


(116) Faltaba el acento que hemos afadido.


300











CAPITULO XIV.


Meditando su pena
Dentro del echo el corazon se abrasa :
01 fuego desordena
Los llmites y pasa:
Y suelta ya ]a lengua, habli sin tasa.
GONULIX CaRTIaL.

La extrafia conducta y las frases irornicas de su cara esposa
traian alarmado A D. CAndido Gamboa. Nunca habia usado ella
un lenguaje tan sarcAstico. Por el contrario, en sus arranques de
celos, siempre habia pecado por franca y desembozada. jQu6
habia averiguado de nuevo? ;D6nde habia estado aquella mana-
na, que la produjo tal cambio?
No entraban en el caracter, ni en las ideas de honor y dignidad
de D. Candido, el pedir a su esposa la explicacion del misterio,
menos A los hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos
a los criados, alguno de los cuales sabia mas secretos de la familia
de to que convenia A la paz y a la dicha del hogar. Hombre de
mundo y astuto, crey6 que podia dejar al tiempo y a la indiscre-
cion de la mujer 6 de los hijos, el salir de dudas mas tarde 6 mas
temprano.
Adopt6, eso si, mayor cautela, observ6 con doble atencion; y
h6 aqui la sola novedad que se oper6 en su conducta en adelante
respecto de su familia. Ni tuvo que mantener larga expectati-
va (117) tampoco, porque dias despues en la mesa del almuerzo.
se habl6 de la neurosis facial de Antonia, y del alivio que sentia
despues de la extraccion de la muela por Fiayo. No necesit6 de
mas D. Candido: su mujer habia estado en casa de Montes de Oca,
donde era notorio que aquel paraba y ejecutaba sus operaciones
dentarias.
Precioso dato 6ste, solo que, en vez de ayudarle A resolver el
enigma, contribuy6 A desorientarle y hasta cierto punto A ador-
mecer sus recelos. Porque no cabia en su cabeza que el m&dico
hubiese hablado A su esposa de la moza enferma en el hospital


(117) expectativa en vez de espectattva.






CIRILO VILLAVERDE


de Paula. Por flojo de lengua que le supusiese, no podia ima-
ginar siquiera, que llevase la candidez (malicia no era) al extremo
de comunicar A una persona extrafia, que veia por la primera vez,
un asunto con el cual no tenia relacion, ni interes alguno. ZCon
qu6 motivo, tampoco, suscitar la conversacion? Daba por hecho
Gamboa, ademas, que 61 habia hablado al m6dico sobre la enferma
en confianza y aunque no le habia exigido el secreto, se entendia
que debia observarse en todas circunstancias.
Ya se ha visto, cuan falaces eran todos estos razonamientos
de D. CAndido. Del mismo err6neo tenor fu6 la reflexi6n de que
seia Josefa, encontrAndose por casualidad con dofia Rosa en casa
de Montes de Oca, tuvo una explicacion, 6 habl6 delante de ella
de la enferma en el hospital de Paula. En esta persuasion la
esper6 varias maflanas seguidas al postigo de la ventana de su
casa.
InAtilmente. El m6dico habia sido todavia mas franco, di-
riamos, mas rudo con la anciana, que con dofia Rosa. De una vez
le quit6 toda esperanza, cuando en el lenguaje vulgar, no en el
de la ciencia, le desahuci6 A la hija. Para una mujer de sus afios,
agobiada por los trabajos y los pesares, cada vez mas desconten-
ta de su nieta, que llevaba al parecer el mismo camino que la ma-
dre moribunda, era aquella noticia mas de lo que su espfritu y
su cuerpo podian sobrellevar. Para valernos de sus propias pa-
labras, ya habia ella andado la via crucis, se hallaba en la cima
del calvario, solo faltaba la crucificacion,-la muerte, que, compa-
siva pondria fin A una existencia ya muy larga para 1o que habia
sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.
De este golpe no se repuso mas. Tras el lanto y otras demos-
traciones de dolor, acudi6 con double ahinco que antes al rezo, A
la oracion, A la confesion y comunion casi diarias, A la penitencia
continua, recayendo al cabo en aquel estado de indiferencia y apa-
tia mental y corporal para los negocios del mundo, que tanto se
asemeja A la fatuidad 6 A la demencia. No parece sino que de re-
pente se le habia apagado el fuego misterioso que desde los pri-
meros anos de su existencia venia comunicando calor A su sangre,
actividad A su espiritu. Porque dej6 de ser comunicativa, se en-
cerr6 en si misma, descuid6 A la nieta, se ocup6 solamente de los
actos de devocion que eran en ella una segunda naturaleza, un
movimiento automAtico, se ech6 A dormir en una palabra, desde
entonces el sueno de la vida.
Tal y tan repentino cambio no pudo menos de lamar la aten-


302




CECILIA VALDtS


cion de Cecilia, quien, si al principio se aprovech6 de 61 para sa-
tisfacer sus pasiones y caprichos, sinti6 luego mayor compasion y
ternura por su abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente,
el dia menos pensado se (118) caerla muerta, empez6 A asustarse
y ocuparse mas de su propio porvenir. En breve se quedaria sola
en el mundo, destituida de parientes, de amigos respetables, de
amparo, y redobl6 sus cuidados con la abuela, fu6 con ella mas
amable y servicial de lo que jamas habia sido en su vida. Pero
sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija
sumisa y tierna, no obtenian correspondencia digna de este nom-
bre, no excitaban A veces mas que una sonrisa fria, y... pavorosa
para la inexperta j6ven, que creia ver en eso un signo de antici-
pada decrepitud, si no de dementia. Ni era que la anciana habia
perdido ya la facultad de sentir, porque mas de una vez la sorpren-
di6 la nieta con las mejillas h6medas de las lfgrimas. Si este
fud el estado de sefa Josefa inmediatamente despues de su ultima
entrevista con Montes de Oca, mal pudo ella acercarse A D. CAn-
dido para hablarle de un asunto casi borrado de su memoria.
No era por cierto mucho mas Ilevadera la situation de este
caballero. Seguia guardando con 61 su esposa desusada reserva,
tal que rayaba en despego, al paso que, como por pique, hacia con
su hijo Leonardo dobles extremos de carfio y de ternura. Cada
vez que salia A la calle, le acompanaba hasta el zaguan y alli le
despedia con besos y abrazos repetidos. Si volvia tarde de la
noche, cosa frecuente, le esperaba anhelosa A la reja de la ventana,
cual se espera A un amante, y lejos de renirle cuando lebaga, le
besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese durado largo tempo
six ausencia, 6 corrido un grave peligro fuera de casa. Todo le
parecia poco A dicha senora para el hijo mimado. Ocioso es anadir
que se anticipaba 6 sus gustos, que le adivinaba los pensamientos,
y que acudia A satisfaedrselos, no como madre sino como enamo-
rada, con apresuramiento y afan de pr6diga, sin p6rdida de tiem-
po y costara Jo que costase. Si al volver de una de sus correrfas.
insinuaba siquiera que se sentia cansado 6 doliente lsanto Dios!
ponia ella la casa toda en movimiento, hacienda que las hermanas,
los criados, el mayordomo, todos, no se ocupasen de otra cosa
que del alivio y bien estar del enfermo.
Ast tuviese D. CAndido la calma del buey 6 la paciencia de Job,
por fuerza que habia de cargarle estas coras, mas, hacerle hervir


(118) Errata corregida. Re en vet de es.


303





304 CIRILO VILLAVERDE

Ia sangre, no tanto porque la madre contribuia con sus halago4
intempestivos A la perversion del hijo, cuanto porque asi tiraba A
mortificar al padre. Tan hostigado se vi6, que la dijo un dia:
-Si de prop6sito te pusieras, Rosa, A perder al muchacho, me
parece que no lo harias mejor.
-No eres tn quien puede hacerme el cargo; contest6 ella con
much enfasis.
-No obstante, te 1o hago.
-Lo veo, y lo atribuyo A que los hombres pierden a veces el...
pudor.
-Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.
-No la pases, si te parece. Lo mismo da.
-Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado
en este asunto como tW.
; T6 interesado! ; Tii interesado como yo en la buena 6
mala conducta del nifio! Graciosa salida, por cierto. Lo dudo,
no lo creo, lo niego.
-En vano es negarlo, sefiora; no seria su padre si otra cosa
dijese.
-Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le
cri6 en mis brazos, digo A V. que puede excusarse el trabajo de
velar por la suerte del niflo. El no tiene necesidad de los cui-
dados del padre, le bastan los de su madre.
-Eso no quita que yo mire con inquietud c6mo la madre a
postal echa A perder cada vez mas al mozo.
-No creo que le importe mucho al padre que se pierda 6 se
salve.
-Me importa mas de lo que V. se figura, senora mia. Si no
llevase mi nombre...
iLindo nombre en verdad. donoso!
-Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mf vale
mucho.
-Creeria que esb era asi si no hubiese visto que V. mismo le
ha arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Este V. seguro que
si lo que he sabido ahora, lo hubiese sabido hace veinte y cuatro
aflos. mi hijo no llevaria el nombre que lleva. Pero ya tengo la
culpa. No me sucederia esto si me hubiera llevado por los con-
sejos de mi madre, que santa gloria haya.
-ZY que os aconsej6 vuestra buena madre? ZSe puede saber?
-No tengo embarazo en decirlo. Pues, me dijo: hija, no te
cases con hombre de opuesta religion 6 naturaleza A la tuya.




CECILIA VALDtS


-Lo que tanto vale como decir, me parece, agreg6 D. Cindido
bastante mortificado, que A V. la pesa ya haberse casado conmigo.
ZHubiera V. preferido A un criollo jugador y botarate? Por su-
puesto.
-Tal vez, repuso dona Rosa con mayor suavidad de tono mien-
tras mas punzantes eran sus palabras. Pero jugador 6 no, es
probable que el criollo, el paisano mio, se hubiera portado conmigo
con mas lealtad y decencia. De seguro que el criollo no me hubie-
ra estado enganando por el espacio de doce 6 trece anos...
-;Acabaramos! exclam6 Gamboa respirando con mas liber-
tad. Protesto contra la acusacion. Yo no Ia he enganado nunca.
-iY tiene V. valor de negarlo? jQuidn si no V. me asegur6
una y otra vez que Maria de Regla criaba A la hija bastarda de
un amigo de Montes de Oca? LQuin invent6 lo del alquiler de
la negra? jQui6n pag6 las dos onzas de oro del supuesto inquili-
nato mientras dur6 la crianza de la chiquilla? No, no fu6 V. Fu6
otro, fu6 el amigo reservado de Montes de Oca. El dinero, si es
verdad, no sali6 del bolsillo de V., said del mio; por mejor decir,
me lo quit V. con una mano, para devolv6rmelo con la otra.
-Ladron, ladronazo; ni mas claro ni mas turbio; dijo D. Cn-
dido tratando de echar la cosy A broma.
-Lo ha dicho V. Y de que es exacta la calificacion, se prueba
con el hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y masn
saneado que el de V., cuando nos casamos.
-No tiene V. necesidad de recordArmelo.
iC6mo que n6! estall6 dona Rosa con entereza. Aun tengo
que recordarle otras cosas. Pues debo decirle, que en caso igual,
mi marido el criollo quizas juega su dinero y el mio, pero de
seguro que no hubiera gastado un peso en amorlos con mulatas.
De seguro que no habria ido A Montes de Oca pars que le sacara
la manceba del hospital de Paula y se la curase en el campo. De
seguro que no se desatinaria por una mozuela cuyo padre verda-
dero sabe Dios quien es.
Con que todo eso me tenia reservado la senora dona Rosa
Sandoval y Rojas?
-He aqul c6mo me explico,-continu6 6sta sin hacer cuenta
de la salida burlona de su marido,-el odio, si, el odio, ni mas ni
menos, que V. siempre le ha profesado A mi hijo. He aqui el
verdadero motivo del empeno de V. en separarlo de mi lado, y
mandarlo A comer cebollas y garbanzos en Espana. Temia V. que
descubriese lo que su madre acaba de descubrir por una rar ca-


SJ


F,5





3Q6


CIRILO VILLAVERDE


sualidad. Temia que le despreciase y tuviese A menos el levar
el nombre de V., al ver con sus ojos los cenagales por donde V. ha
venido arrastrindolo. Temia que se avergonzase 6 indignara de
que su padre, no un criollo jugador y botarate sino todo un hidal-
go espanol, se la pegaba A su madre con una mulata sucia, que
purga sus penas y pecados en un hospital de caridad.
-Espero que V. acabe, para...
-Que yo acabe espera V.? le interrumpi6 dona Rosa sonrien-
do desdenosamente. No tengo cuando acabar. jPara qu6 tam-
poco habia de acabar? 4Ni qu6 puede decir V., si yo le oyera, en
atenuacion de su mala conducta con la mas leal y consecuente de
las esposas? Podria, se atreveria V. A negar los hechos que le
acusan?
-Negarlos A bulto n6, explicarlos si, y de manera que V. mis-
ma se convenciese que no soy el malvado que su imaginacion la
pinta.
-No quiero oir mas explicaciones. Sobrado tiempo me ha
tenido V. enganada con sus cuentos y enredos.
-Veo, pues, que V. lo que se propane es desfogar su c6lera.
no dar oidos A Ia razon y 6 la justicia.
-Lo que yo me propongo, senor D. Candido Gamboa y Ruiz,
-dijo su mujer alzando la voz y con ademan solemne.-es que V.
no continue derrochando mi dinero ni el de mis hijos en querin-
dangos (119) y en la familia de la querida. Sobre esto y sobre
lo de maltratar A mi hijo para que le pague sus desengaos en
amor, mi resolucion estA tomada: 6 V. se enmienda, 6 yo me
divorcio.
. Con 1o dicho D. CAndido se retir6 A su escritorio callado y serio.
Y su retirada la salud6 dona Rosa con sinceros aplausos desde el
fondo de su pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras
dur6 el vivo diAlogo que acaba de leerse, estuvo ella hacienda
un grande esfuerzo sobre si misma A fin de decir cuanto tenia
encerrado en largos anos de zozobras y sospechas, antes que sus
mas nobles sentimientos recobrasen el acostumbrado imperio y
se echase A perder la leccion que habia pensado darle A su marido.
Bueno es decir, ademas, que ella se habia casado por amor, no obs-
tante la oposicion de su madre, y quizas por eso mismo; y no
queria romper con el padre de sus hijos y constante companero.
Despues, en los veinte y cuatro afios de matrimonio, no habia te-


(119) querindangos... amantes, amorios.




CECILIA.vALDNS


rido ocasion plausible de arrepentirse por mucho que :no hubiese
sido nunca ejemplar la fidelidad de D. Chndido.
Tambien se habrl echado de ver en el curso de la presence ve-'
ridicha historic, 'que D. Cfindido, antes y despues de casado, como
se dice vulgarmente, no habia reservado pluma. Bastante galan
y de apuesta persona, en su mocedad, habia sido muy enamorado
6 mujeriego; y tal era su falta mas de bulto. Pero A pesar de
la rudeza de sus maneras y de su poca cultura, habia bondad e
hidalgufa en el fondo de su corazon; prendas estas que redimian
en gran parte aquel defecto. Precisamente porque amaba mucho
y bien, y era hombre de conciencia, cuando contrafa un compro-
miso, fuera de la naturaleza que fuese, hacia cuanto estaba en
su mano por cumplirlo, arrostrando A veces para ello con frente
serena las dificultades todas que se le presentaban.
Diez y ocho 6 veinte afios atras, esto es, cuatro 6 cinco despues
de casado, ya con dos hijos de su legitima mujer, tropez6 con una
mozuela de singular belleza. Sin saber c6mo ni cuhndo contrajo
con ella relaciones clandestinas; lazo fAcil de formar cuando el
hombre es j6ven, rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince
y de la raza mezclada. De estos necios amorfos, result6 una nifia,
la cual D. Cfndido se empefi6 en salvar primero de la muerte
cuando infante, luego de la miseria, de la oscuridad y de la degra-
dacion cuando j6ven. Un compromiso, le meti6 en otro y otro,
no ya solo respecto de esa nifia, sino de su abuela, que pronto tuvo
que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de las
tres estaba ya en aptitud ni situation de apreciar sus favores. ni
de reconocer sus costosos sacrificios.
Pasado el tiempo de la efervescencia, el mas propicio para las
locuras de la mocedad, empez6 f turbarle no poco el Animo el
recuerdo de sus debilidades. De esa fecha datan sus luchas tre-
mendas para llenar sus obligaciones de amante y padre adiltero,
sin descuidar las sagradas de esposo y honrado padre de familia.
Pero los celos de dofia Rosa, excitados A lo sumo por el orgullo
de raza y de sefiora casada, por sus ideas sobre la virtud de la
mujer y los deberes de la madre de familia, la ocupaban de ma-
nera y ofuscaban hasta tal punto su razon, que no la permitian
notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus an-
teriores faltas y que para enmendarlas ponia todos los medics que
estaban A su alcance. Mientras dicha senora, justamente ofendi-
da, le echaba en cara sus extravios de mozo, no veia que lacera-


:307.





RcuLO vUnavERnu


ba (120) una A una todas las fibres de su corazon; no veia que pa
no existian ni podian existir despues, los motivos de celos que
tanto la habian desazonado; no veia, en fin, que deplorando el pa-
sado desde el fondo de su alma, D. Candido de algun tiempo A esta
parte solo trataba de evitar un gran escindalo, una catAstrofe,
en no lejano porvenir.


(120) lacemxba en vez de fcerabe.


309










CAPITULO XV.


PerG! d demsmi
cn U.s Hberkdes;
asisele bies mcego
Dien le quise, madre.
Rmpec6 querere,
Imes6 olvidarme:
Rabia le dE, madre.
Rabia que le mate.
.. me G6ouna.

Cursaban las horas, los dias y las semanas y no legaban A la
ciudad letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para
Alquizar. Cierto que eran entonces dificiles y raras las comu-
nicaciones de la capital aun con los pueblos de su misma juris-
diccion. Pero no escaseaban los correos privados, trajinantes 6
buhoneros, que se prestaban A llevar y traer cartas y lbos sin car-
gar porte. Y de estos acostumbraba A valerse Isabel para mante-
ner correspondencia con sus primas las Gamez y con Leonardo.
Salia 4ste bastante preocupado de casa de esas senoritas al os-
curecer del 6 6 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la
calle en direccion de la del Teniente Rey una mujer cubierta la
cabeza con una manta oscura. Pareciendole que la conocia, apre-
sur6 el paso, le gan6 pronto la delantera, la observ6 de soslayo
y la detuvo, visto que era Nemesia.
-ZQu6 prisa es esta? la pregunt6 Gamboa.
--iAy! iJesus! exclam6 la muchacha. iCuidado que el ca-
ballero me ha dado un buen susto!
-Como que te me querias escapar de rengue liso (121); dijo
Leonardo haciendo uso del lenguaje de la gente de color.
-No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado y
menos de las personas de ml estimacion.
-De tu estimacion. ZSoy yo por ventura de ese ntmero?
-El primerito.
-El que te cream que te compre.


(121) de renge iio... dismuladamente





CIRILO VILLAVERDE


--Lo duda el caballero?
-- C6mo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refran, que
obras son amores y no buenas razones.
-Que pruebas tiene el senor para decir eso?
-Muchas. Te dare una, la mas reciente. El dia en que me
despedia de una amiga A la puerta de la casa de donde acabo de
salir qui6n trajo A Celia para que me viese y se encelara conmigo?
Tu. Nadie mas que tW.
-z Quin se Jo dijo?
-Nadie. Lo sospech6 entonces y ahora estoy convencido de
ello. T6 eres mas mala que Aponte (122), como decia mi abuela.
-N'o Iq. crea el senor, dijo Nemesia retozhndole la risa en los
Angulos de la boca. Creame el caballero, todo fud una pura ca-
sualidad. Yo iba A buscar costura en la sastreria de servo Uribe
y Celia quiso acompafiarme.
-Si, hazte ahora la santica y la inocente. SAbete que cotnetes
un pecado en declararme la guerra. Si to hates porque te figuras
que no hay en mi corazon amor mas que para Celia, mira que te
equivocal. Hay para ella, para la amiga en el campo y todavia
queda para las malagradecidas como tn un mundo de carino.
-Ahora si que yo digo que el que crea al caballero que lo
compre.
-Tienes que creerme, porque te to digo y porque t6 eres la
mulata mas salerosa que pisa la tierra.
-iLisonjero! ;Veleidoso! exclam6 Nemesia conocidamente
pagada del requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Solo
que A mi no me gusta partir con naiden, ni ser plato de segunda
mesa.
-En siendo plato, mujer, no import de que mesa. iAy! de
las que no -son plato de ninguna, porque es la prueba de que se
quedaron para tias y para vestir santos (123). Celebremos un
trato:. no me hagas la guerra.
-Dale con la tema (124): yo no le hago la guerra al caballero.
-Si, si, me la hates. Lo veo, lo conozco. Celia esti brava
conmigo por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme
de ella. No le eches lefia al fuego. Aqui, aqui, afiadi6 oprimidn-

(122) Aponte fue el jefe negro de una conspiraci6n .de esclavos.
(123) se quedaron para tfas y para vestir santos... se quedaron para
viejas y solteras.
(1241 daLe con la tema... dale eon el tema. la misma -cantifelafl'


310






CEC -A VALDts


dose el lado, izquierdo del pecho con ambas .mano,-aqul hay hu-
gar para Celia y para su mas tierna amiga.
-No. Para que yo dentrara (125) ahM, habria de ser sola, soli-
ta.. No quiero compafia en el corazon del hombre que yo anie.
-;Egoista! la dijo Leonardo echhndole 'una mirada amorosa.
Y se separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en
direction de su casa en el callejon de la Bomba, y Leonardo todo
derecho A la calle de O'Reilly.
Habia aquella oido de los labios del j6ven, de quien estaba
perdidamente enamorada, que cabia en su corazon juntamente
con Cecilia. Tal vez la cosa no pasaba de una mera galanterfa.
iQu6 decimos? Leonardo solo se propuso propiciarla, halagando
de paso su vanidad femenil con la esperanza de que en cierta con-
tingencia podria ver realizado su amoroso deseo. Mas ella refie-
ion6, que si cabia, lo mas dificil en su concepto, bien podria se-
ceder que entrase acompafiada y se quedase sola y duefia del cam-
po. Asi que, el descubrimiento, ademas de causarla un regocijo
indecible, la conhrm6 mas en el plan sobre cuya ejecucion venia
trabajando hacia algun tiempo. Para llevarle A debido efecto, dos
medios se ofrecian A su traviesa imagination. Con el conoci-
miento que tenia de los rasgos mas marcados del carActer de su
amiga,-una indole eminentemente celosa, unida A una soberbia
desapoderada,-juzg6 Nemesia, y juzg6 bien, que si excitaba A lo
sumo ambas pasiones, aun cuando no lograse que rompiera con
el amante, ni suplantarla en el amor de aste, haria al menos que
61 la abandonase.
En la escena debia jugar Jos6 Dolores su hermano, un papel
principal. Daba por hecho que Cecilia no le amaria nunca. Esto
poco importaba; porque una vez torcidos los amantes, no seria
dificil infundir celos A Gamboa, por lo mismo que en su pique con
el blanco, era natural que ella se prestase a coquetear con el
mulato. Ya veremos el desenlace fatal de estas intrigas.
Sucedi6 que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de
O'Reilly, se separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un
hombre que tenia toda la traza del hermano de Nemesia. Pic6
aquello su curiosidad, por Io cual, sin prdvio aviso, se acerc6 A
media carrera y con la punta de los dedos levant6 el canto de la
cortina blanca. Detras se hallaba Cecilia, sentada en una silla,
con el codo descansando en el poyo de la ventana y la barba en


(125) dentrara... entrara.


. 311





1 cI LAo VILAVTUDE


la palma de la mano. Al reconocer A su amante en la persona
que habia levantado la cortinilla, no manifest6 sorpresa ni alegria.
-S, la dijo 61 muy mortifcado por lo que habia visto y por
la indiferencia con que ella le recibia- SI, disimula ahora. ZQuien
no la ve ahf? Parece que no quiebra un plato. jQu6 aces?
-,Nada; contest6 seca y lac6nicamente.
-. Esti fuera tu abuela?
-SI, sefor. Ha ido A la salve, ahi enfrente.
-Abre pues. D6jame entrar.
-De ninguna manera.
-!De cuhndo ach tanto rigor? quisiera saberlo.
-No s6. V. dird.
-Lo que yo sE es que de aqul acaba de salir un hombre.
-No senor. Aquf no ha estado nadie desde que sali6 Che-
pilla.
-Le he visto con mis ojos.
-Sus ojos le engafiaron. Ha sido una ilusion.
-Qu6 ilusion ni qu6 niflo muerto. Le vi, le vi; no me queda
gdnero de duda.
-Entonces creer6 que V. ve visiones.
-No me hables mas con ese aire desdefioso, despreciativo,
diria, que me parece intolerable y ageno de ti y de mi. No di-
simules tampoco ni busques persuadirme que fu6 un duende y no
un hombre de care y hueso, el que acaba de alejarse de esta
ventana, tras de la cual te encuentro sentada y al parecer muy
tranquila.
i Ah! Ya ese es otro cantar. Puede V. haber visto un hom-
bre parado donde estd V. ahora. Lo que yo niego y negar6 siem-
pre es que V. le viera salir de aqul, porque 61 no puso los pids
en esta casa.
-De todos modos sali de aquf, de este lugar, estuvo conver-
sando contigo y necesito saber qui6n es y qu6 buscaba.
-Necesito, repiti6.Cecilia con desden. iQu6 guapo! (126) Ha
de ser A la fuerza? Pues no lo digo.
-Sea como fuere, tienes que declrmelo, 6 de 1o contrario me
peleo contigo y no me vuelves i ver la cara en la vida.
-Eso es lo que yo quisiera ver.
-Lo veris. En fin jme dices quidn es?
-No lo digo.


(126) ; iQud valiente!


3i2






. CECnA vALDkS


-Th parece que quieres jugar conmigo.
-No juego; hablo de veras.
--Bien. Abre 3a puerta y d6jame entrar, porque me da ver-
gdenza que me vea Ia gente qve pass. Van A figurarse que esta-
mos peleando.
Y se figurarin lo cierto.
,Vamos. ZTe dejas de retrecherias?
--Yo digo lo que siento.
Leonardo la mir6 un rato con fijeza, como para medir el al-
cance de sus palabras y trat6 luego de cogerle Ia mano que ella
retire y despues la cars con igual resultado. Cecilia no parecia
dispuesta a ceder un punto de la actitud tomada desde el prin-
cipio. ISeria ella capaz de dejarle por otro hombre? ZEra el
preferido aquel que vi6 alejarse' de Ia ventana? Tanteemos un
poco mas, se dijo para si, y en seguida afiadi6 alto:
-ZQu6 tienes tW en realidad? ZSe puede saber?
-zYo? Nada.
-Si te encierras en ese circulo vicioso de-no s6, nada, no to
digo,-creo que lo mejor serh que yo me vaya con la mfsica 6
otra parte.
-Como V. guste.
-Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo,
que no dices ahora lo que sientes, y que si diera ascenso 6 tus pa-
labras de poco vivir y me marchase, habias de derramar lagrimas
'de sangre. iC6mo! ZTe quedas callada? jQu6 dices? Contest.
Iba siendo demasiado larga y violenta la posicion asumida
por Cecilia para que durase much tiempo. Amaba de veras. Si
persistia en su desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al
amante; fuera de que no tenia prueba patente de su inconstancia.
Por todas estas razones, cuando precisada a responder categ6ri-
camente, inclin6 la cabeza y rompi6 A llorar con grandes sollozos.
.;Lo ves? la dijo 61 bastante conmovido. Ya sabia yo que en
esto vendrian A parar tus bravezas. Tu corazon me quiere cuando
tus labios me desdenan. iBah! Se acab6 todo. No lores mas,
mi vida, porque concluir6 por lorar contigo. Ahora lo que corres-
ponde es, pelillos (127) 6 la mar y tan amigos como siempre.
-Solo bajo una condition haria yo las paces contigo; acert6
A decir Cecilia entre sollozo y sollozo.
Admitido. Afuera con esa condition.

(127) Errata corregida. Pelilles en vez: de pelil os.


313





314 cIEULO VILLAVERDE

-No. Es preciso primero que prometas cumplirla.
iHombre! Ese es mucho pedir. Tal vez no esti en mis
facultades. zPero qui6n dijo miedo? Si, prometo.
-No vayas al campo en las pr6ximnas pascuas...
-Celia, por Dios; iqu6 caprichos tan extranos tienes t6.! De
qu6 nace tamana exigencia? Sin duda te figures que me alejo
para siempre 6 que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas
imposibles.
-Lo tengo bien pensado. ITe vas 6 te quedas?
-No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince dias
en el campo, no va A ninguna banda, no es una ida ni una quedada
formal.
-Esta bien; dijo Cecilia con firmeza, enjugAndose las lhgrimas.
Ve. Yo s6 lo que he de hacer.
-No tomes resolucion que luego te pese. Te ruego de nuevo
que reflexiones y veas mi posicion tal cual es. ZTe parece fAcil
que yo permanezca en la Habana mientras toda mi familiar esti
en el ingenio de La Tinaja cerca del Mariel? Pues no 1o es, en
primer lugar, no habrd en casa sino el mayordomo con algunos
criados. En segundo lugar, aunque yo pretendiera quedarme mi
madre no lo consentiria, mucho menos mi padre. La marcha serf
del 20 al 22 para volver despues del domingo de Nino perdido.
Comprendes ahora?
-Lo que comprendo es que vas A divertirte en el campo con
una mujer que detesto sin conocerla A derechas, y que no puedo.
no debo, ni quiero consentirlo.
-Eres muy celosa, Celia. H6 aqui tu unico defecto. Si yo
te amo mas que A mi vida, mas que A todas las mujeres del mundo
Zno te basta? Zque mas quieres? Por otra parte, esta corta au-
sencia nos conviene A los dos, asi nos querremos con mayor ter-
nura A mi vuelta. Despues, en Abril entrante me recibir6 de
bachiller en derecho y entonces tendr6 mas libertad para hacer
Io que me d6 la gana. Ya verds, ya veris, cuanto vamos A gozar.
Yo para ti, Wi para mi.
Para este tiempo Cecilia se habia puesto en pi, esperando
quizas la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso
busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua,
el estrechisimo talle que casi se podia abarcar con ambas manos
lucian A maravilla, alumbrados A medias por la bugia en el interior,
en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Mas ena-





CECHA VALDtS


morado que nunca Leonardo de tanta belleza, afiadi6 con la mayor
ternura:
-Lo que falta ahora, cielo mio, es que me des un beso en
sefial de paz y de amor.
Cecilia no respondi6 palabra ni hizo el menor movimiento. Pa-
recia transfigurada.
-Vaya con Dios, dijo el j6ven desconsolado. ITampoco me
dards la mano?
El mismo: silencio, igual inmutabilidad. La conversion no po-
dia ser mas completa, pues si respiraba, no daba sefiales el redon-
do y levantado seno, de agitacion ni de perceptible movimiento.
-Tu abuela va 4 venir, agreg6 Gamboa. LOyes? Se concluye
la salve en Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ;Adios!
pues... ;Ah! .Me dirs el nombre de la persona que hablaba
contigo cuando yo llegu6?
-Jos6 Dolores Pimienta; contest6 Cecilia en tono tan breve
como solemne.
Sinti6 Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro
y que le quemaba las mejillas, y como para mejor ocultar la im-
presion que le habia causado aquel nombre en boca de Cecilia, se
alej6 de alli A toda prisa, A la sazon que los fieles salian del con-
vento vecino.
Por su parte Cecilia se dej6 caer en la silla y llor6 amarga-
mente.


315











CAPITULO XVI


iconciencia, nunca dormida,
mudo y pertlnaz testigo
que no deja sin castigo
ninsan crimen en la vidaeI
La ley calla, el mundo olvida ;
mas l quien sacude to yugo ?
Al Sumo Hacedor le plugo
que A solts con el pecado
fueses ti para el culpado
delator, Juez y verdugo.
NuRn ns Aic.

Llega una 6poca en la vida de cada hombre, culpable de falta
grave, en que el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga
A la conciencia alarmada; pero la enmienda, como sujeta i otras
eyes y dependiente de circunstancias externas, no siempre estA
el cumplirla en la voluntad humana. Porque tiene eso de carac-
teristico la culpa, que, cual ciertas manchas, mientras: mas se
lavan, mas clara presentan la haz.
Bien quisiera D. Candido romper de una vez con el pasado,
borrar de su memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero
sin saber c6mo, sin poderlo evitar, cuando mas libre se creia, sentia,
puede decirse as!, en sus carnes, el peso de los grillos que le ata-
ban al misterioso poste de su primitiva culpa. Mucha parte te-
nian en esto los testigos y c6mplices de ella. Recordfbansela sin
cesar y se la ponian delante A do quiera que tornase los ojos.
Aqui tiene el lector algunas de las razones por qu6, A raiz del
s6rio altercado con dofia Rosa, D. Chndido se hizo el encontradizo
con Montes de Oea. No le rin6 por las indiscreciones que habia
tenido con su esposa. ;QuL renirle! Al contrario, nunca le apre-
t6 con mas efusion la mano. Es que le necesitaba para el arreglo
de un proyecto en que venia meditando de poco tiempo A esta
parte. Queria que, como medico, certificase que sin riesgo de la
vida no era possible la traslacion de la enferma en el hospital de
Paula, A la nueva casa de locos. Esto, en primer lugar. En se-
gundo lugar, pretendia que se prestara i servir de conducto, por
medio del cual, sera Josefa, 6 en su defecto la nieta, recibiera una




CZCa vAwts 37


pension mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo in-'
definido.
Estimulada la codicia de Montes de Oca con un esplndido re-
galo, no hubo dificultad en que despachara la certificacion, ni en
que aceptara el encargo de la mensualidad. Este era un modo,
por parte de D. Cfndido, de hacer del ladron fiel; fuera de que
seria quizas mas riesgoso probar la discrecion de tercera persona
en aquel asunto.
Asi cortaba, creia Gamboa, toda directa relacion futura con
las trees c6mplices de su grave culpa, sin faltar A los compromises
con ellas contraidos. Pero aun quedaba el rabo por desollar.
jC6mo librar A Cecilia ValdEs de los lazos que la tendia su hijo
Leonardo? Ellos se amaban con delirio, se veian A menudo, no
bastaban A separarlos los regafios A ella de la abuela; ni las ame-
nazas A 61, por medio de dofia Rosa, de D. Cdndido. No habia
pues mas remedio que embarcar al galan y echarlo del pals, 6
que secuestrar A la dama y ponerla donde no se viese ni se comu-
nicase con 61. Lo primero no habia que pensarlo siquiera: dofia
Rosa se opondria con todas sus fuerzas. Lo segundo, era ries-
goso en alto grado y estaba rodeado de dificultades casi insupe-
rables. Tales eran los pensamientos que mas preocupaban el Ani-
mo de D. Cdndido y le hacian sufrir las torturas del infierno, por
la 6poca que vamos historiando.
Ahora bien Iconvenia proceder desde luego al secuestro de
la muchacha? Convenia, mas no era de urgente necesidad en
aquel moment, por dos razones principales, A saber: porque vivia
la abuela, aunque achacosa y decadente; y porque dentro de dos
semanas marcharfa la familia A pasar las pascuas en el ingenio
de La Tinaja y se habia acordado que Leonardo fuese de la par-
tida.
Efectivamente una semana antes despach6se al Mariel la gole-
ta Vencedora, su patron Francisco Sierra con las vituallas, con-
servas y vinos que no se encontraban por amor ni por dinero en
aquellas partes, y con los criados del servicio particular de Gam-
boa, entre ellos Tirso y Dolores. Tambien debian ser de la par-
tida las sefloritas Ilincheta, con su tfa dofia Juana; para o cual
Leonardo y Diego Meneses les darian escolta desde Alquizar.
El motivo de la pr6xima reunion de las dos families en el in-
genio de La Tinaja, tenia por objeto presenciar el estreno de una
mhquina de vapor, para auzilio de la nolienda de la caa niel,


317





CIRILO VILLAVtRDE


en vez de la. potencia de sangre con que hasta alli se venia ope-
rando el primitive pesado trapiche.
No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia.
Obtnvola fhcilmente as! porque ambos la deseaban, como porque
A la fecha parecia que sena Josefa habia perdido todo domino
sobre la nieta. Pero de nada valieron ruegos, halagos, promesas
de mayor ventura, ni amenazas de rompimiento. Cecilia cerr6
los oidos a todo eso y se mantuvo firme, cual una roca, en negar
su consentimiento a la partida del amante para el campo. El
corazon leal ta anunciaba que 61 corria a reunirse con su temible
rival; lo que equivalia A perderle para siempre. Otro que el ato-
londrado j6ven, habria parado mientes en la actitud y firmeza de
la muchacha y le habria concedido admiracion ya que no simpatfa.
Mas el, ligero de cascos y soberbio, principi6 por creer que vence-
ria su resistencia y acab6 por darse por ofendido y retirarse des-
pechado.
Esta vez no llor6 Cecilia. Con el corazon partido de dolor, en
silencio vi6 alejarse A Leonardo. No abri6 los labios para llamar-
le ni consinti6 que sus lAgrimas, aun ido 61, viniesen A revelar la
angustia de su alma, dando asi, a sus propios ojos, muestra indig-
na de flaqueza. Antes que rendirse a! rigor de la suerte, crey6
la soberbia muchacha que debia armarse de valor A fin de tomar
seialada venganza de su ingrato amante. Dicho y hecho, ap6nas
se alej6 de su lado, se visti6 ella a la carrera, di6 un beso a la
abuela, que como solia se hallaba hundida en el fondo de su enana
butaca de Campeche, y sali6 A la calle. Mas yendo en la direc-
cion de la casa de Nemesia en el callejon de la Bomba, se encontr6
en la esquina con Cantalapiedra, A quien no vefa desde la noche
del 24 de Setiembre. No le vali6 inclinar la cabeza, ni estrechar
en torno del rostro los pliegues de la manta de burato. El comi-
sario la reconoci6 al punto y quiera que n6 la detuvo en medio de
]a calle diciendola:
-Alto A la justicia. Date 6 te va la vida.
-Con su licencia; replic6 Cecilia s6ria en ademan de seguir
camino.
-Date presa, digo, 6 de La contrario har6 usa de la autoridad
que me concede la ley.Respeta estas borlas (ensefindole las del
baston que levaba bajo el brazo izquierdo) 6 le ordeno A Bonora
(su esbirro el de las grandes patillas que se mantenia A respeta-
ble distancia) que proceda A prenderte.
-Como no he cometido ningun delito, contest6 Cecilia muy


318




;cIrA. VALIAS


tranquila, es indtil que me ensene las borlas y me amenace con
su teniente. Ddjeme pasar, que no estoy para bromas.
-Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que
te deje dar un paso mas.
-iTengo acaso monos pintados en la cara?
Muchachita! Ju6gate conmigo y todavla te dan las doce
sin campana.
-Yo no me juego, no estoy para juegos. D6jeme ir.
-A d6nde vas?
-A una parte.
-ZEs cosa de cita?
-Yo no tengo citas con nadie, ni dejaria mi casa por ver al
rey de los hombres.
-Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.
-ZSabe V. que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?
-Bien, verdmos si eso que dices es verdad.
-zDe qu6 manera?
-FAcilmente, sigui6ndote las aguas.
-gEsti V. loco capitan?
-No, sino muy cuerdo. Soy el comisario del barrio y Zqu6
se diria de mf si por descuido dejaba que una muchacha tan linda
como t4 daba un mal paso y luego andhbamos de tribunales y
pleitos?
-No me doy por ofendida de sus palabras, porque s6 que V.
es muy jaranero (128).
-Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el ne-
gro de una una; pero repito, que ni como comisario, ni como hom-
bre, debo consentir que andes a estas horas por las calls sin
galan que te guie y te defienda.
-No me sucederA nada. Estd V. seguro. Voy aqui cerquita.
-EstA bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. IMas
no me dejarfs verte la carita?
No la esti V. viendo?
-Asi no me gusta verla. Echa hacia atras los malditos plie-
gues de esa manta.
Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizas para verse libre de aquel
impertinente, descubriendo casi todo el busto, con solo dejar caer
la manta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atiz6
el cigarro puro que funiaba, y produjo mayor claridad de la que


(128) jaranero... dado a las burlas, burl6n.


319f




32cmno Vn~avms


reinaba en torno, puesto que no habia faroles por alli, y las es-
trellas no alumbraban bastante.
iAh! exclam6 el comisario lieno de entusiasmo. Z Habri
qui6n no se muera de amor por ti? iMaldito de Dios y de los
hombres el que no te adore de rodillas como A los santos del
cielo!
Ante el c6mico ademan y las exageradas expresiones del co-
misario no pudo menos de sonreirse Cecilia, la cual despues con-
tinu6 derecho A casa de Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquel
seguia 6 no sus pasos. Conociendo ella bien las entradas y sali-
das, no toc6 en ninguna puerta, sino que pas6 de la calle al cuarto
de su amiga, a quien sorprendi6 muy afanada cosiendo una pieza
de sastreria, delante de una mesita de pino, A la luz dudosa de una
vela de sebo de Flandes, en un candelero de hoja de lata.
-iQu6 atareada que esta una mujer! dijo entrando.
iOla! exclam6 Nemesia soltando la costura y yendo al en-
cuentro de Cecilia con los brazos abiertos. iTanto bueno por ach!
jQui6n se querrh morir? Es preciso hacer una raya en el agua.
Estis sola? pregunt6 Cecilia Antes de sentarse en el colum-
pio de madera que le present6 la amiga.
-Solita en: alma, aunque Jos6 Dolores no tardarh mucho.
-No quisiera que me encontrase aqui.
Por qu6, china?
-Porque los hombres luego se figuran que una los busca.
-Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora,
te idolatra, se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan ver-
gonzoso que no se atreverA A decirte negros ojos tienes, cuanto
mas A figurarse que vienes por 61.
iAy! iNene! continu6 Cecilia desentendi6ndose de las ma-
nifestaciones de su amiga. La otra tarde me encontr6 Leonardo
hablando con Jos6 Dolores por la ventana de casa. En mala hora.
Me ha costado una tragedia con 61.
iNo me digas! repuso Nemesia, sin poder ocultar del todo
su contento. Pero ya habran hecho las paces. zNo?
-iOjald! exclam6 Cecilia suspirando. Se puso bravo y se ha
ido peleado conmigo. iQuidn sabe cuando nos volver6mos a ver!
Tal vez... nunca mas. El es muy perro y yo poco menos.
En diciendo estas palabras, call6se por breve rato. Se le ha-
bia atravesado la voz en la garganta y en sus bellos ojos apare-
cieron gruesas lhgrimas.


320





cZcnJta VALDIS 3


-iC6mo! dijo Nemesia sorprendida. De veras, tt lloras?
LNo te da vergiienza?
-Si, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro no
de dolor, lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he
sido una tonta.
iAnjA! Me alegro oirte. Ya te lo habia dicho yo muchas
veces, no debe fiarse una de ningun hombre.
-No lo digo por eso, Nene. ZLlamas tW fiarse de un hombre
el amarlo mucho? Puede ser; y yo te digo Zacaso esth en to
mano amar 6 no amar? jConoces algun remedio contra el amor
y los celos? Lo mejor seria, china, no tener corazon. Asi no
sentiriamos carifio por nadie.
-Luego, parece que t te das por engafiada.
-Tal como engafiada, n6. iDios me libre! Leonardo no me
ha dejado por otra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera
no estaria dici6ndotelo desde esta silla.
Y qu6 mas quieres, mujer? Mucho temo que ese peje (129)
no vuelva A picar en tu anzuelo.
-;Qu6 sabes hU? pregunt6 Cecilia asustada.
-Nada, nada, repiti6 Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho
de sefia Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno (130).
-No entiendo.
-Mas claro no puede ser. ZSefia Clara no tiene mas expe-
riencia que nosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha vis-
to doble mundo que ti y que yo. Pues si i menudo repite ese
dicho, razon buena ha de tener. Aqui, inter nos (131), naiden me
lo ha contado, pero yo s6 que A sefia Clara siempre le gustaron
mas los blancos que los pardos y bien durita ya (132) se cast con
seffo Uribe. Por supuesto, llev6 mas quemadas y desengalios que
pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuela repitiendo
A las muchachas como td y como yo: cada uno con su cada uno.
jEntiendes?
-Si, bastante, solo que no veo c6mo me venga el refran.
-Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. iTh no
prefieres los blancos A los pardos, como sefia Clara?
-No Io niego, mucho que si me gustan mas los blancos que

(129) pee... pez.
(130) cada uno con su igual.
(131) Errata corregida. Inter nos en vez de internos. Signifiea: entre
nosotros.
(132) bien durita... bien madurita.


21


321





CnULO fnlVD


los pardon. Se me caeria la cara de vergdenza, si me casara y tu-
viera un hijo saltoatras (133).
-Desengifiate, mujer, bonitura (134), amor, cariflo, constan-
cia, nada sujeta a los blancos. Despues, Leonardo no se va A ca-
sar tampoco contigo por la iglesia.
-- Por qu6 no? replica Cecilia con vehemencia. El me lo ha
prometido y cumplirh su palabra. De otro modo yo no lo querria
como lo quiero.
--iAy! Me da mucha pena oirte hablar asf, mas no quisiera
quitarte la ilusion. Solo te digo que abras los ojos, no sea que
mal haya venga muy tarde. No te fies, no te fies, y ten siempre pre-
sente que la hormiga par meterse A volar se quem6 las alas.
-El que por su gusto muere hasta la muerte le sabe.
-Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni
trabajos, pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de
morir se sufre mucho. Ven aci, aduele tanto cuando un hombre
blanco nos deja por una mujer de color, como cuando nos deja por
una blanca? zA que n6? Eso si que duele. Y me se figura (135)
que d tf te estA pasando eso ahora. Con que no hables, ni digas,
de esta agua no beber6.
Disponiase Cecilia A negar la exactitud del sfmil, cuando apa-
reci6 por la puerta del patio Jose Dolores Pimienta, y si ella no
pudo 6 no supo decir Lo que pensaba, 61 se qued6 mudo y estitico
en el quicio del cuarto. No esperaba semejante compafifa, mu-
cho menos A aquella hora de la noche. Repuesto luego de su sor-
presa, la manifest6 en breves y escogidas frases cuanto se alegra-
ba de verla. Cecilia dijo que habia venido solamente 4 darle una
caradita (136) 4 Nemesia, y se puso en pid para marcharse.
-Tengo una buena noticia que darles; dijo el mfisico. El
baile de etiqueta de la gente de color, se ha convenido en darlo
la vispera de la noche buena en la casa de Soto, esquina A Jesus
Mar!a. Por supuesto la sefiorita estd convidada en primera linea
y se espera que vaya Nemesia, y sera Clara, y Mercedita Ayala,
y todas las amigas. Sera un baile de ringorango (137). HarA raya
y yo se to digo A la sefiorita.

(133) saltoatras... hijo de mulata y blanco que nace negro.
(134) bonitura... belleza.
(135) me se figura... se me figura.
(136) darle una caradita... hacerle una caricia, o sea hacerle una
viuita muy corta.
(137) ringorango... extravagante.


322





CUCLrA VALDtS 323

-Lo mas facil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia. Che-
pilla no estA buena y temo dejarla sola.
-Pues si falta la senorita, cuente que no habrA luz parn alum-
brar el baile.
-No sabia que V. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo y
movi6ndose hacia la puerta.
-No debe la senorita ir sola, dijo Jose Dolores.
-Nadie me comers, pierda V. cuidado. No se moleste V.
iAdios!
No obstante su negativa, el mfisico y su hermana acompafiaron
A Cecilia hasta Ia puerta de la casa en que vivia.










CAPITULO XVII.


Y at punto que el trianfo creyera possible
De licido acero se vi6 traspasar.
J. L. LuAca

Dijo Jose Dolores Pimienta que el baile de la gente de color
se celebraria en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de
la calle de Jesus Maria, en su encuentro con la calzada del Monte,
opuesta al campo de Marte.
Precede al zaguan 6 entrada un ancho portal con barandilla
de madera. Desde 6ste, por las alterosas ventanas, enteramente
abiertas, pudo el pdblico, sin derecho A entrar, presenciar A su
sabor la fiesta. En el cuadrado patio, que se cubri6 con un toldo,
se pusieron las mesas del ambigdi; en el comedor tocaba la orques-
ta; en la amplisima sala se bailaba y en los cuartos se reposaba
v tenian las conversaciones intimas de los amigos 6 los amantes.
Los adornos de la sala se reducian A unas colgaduras de da-
masco rojo, el color national, recogidas con cintas azules en pa-
bellones, A la altura de los dinteles de las puertas y ventanas. El
alumbrado lo proporcionaban bujias de pura esperma, ardiendo en
grandes arafias de cristal, con profusion de prismas de Lo mismo,
que reflejaban la luz, la multiplicaban y descomponian en todos
los colores del iris.
Con la frase bale de etiqueta 6 de corte, se quiso dar A enten-
der uno muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebra-
ban los blancos, ni por las piezas bailables, ni por el traje singular
de los hombres y de las mujeres. Porque el de astas debia con-
sistir y consisti6 en. falda de raso blanco, banda azul atravesada
por el pecho y pluma de marabO en la cabeza; el de los hombres,
en frac de patio negro, chaleco de piqu6 y corbata de hilo blancos,
calzon corto de Nankin, media de seda color de care y zapato
bajo con hebilla de plata; todo segun la moda de Cirlos III, cuya
estatua, hecha por Canovas, se hallaba al extremo del Prado, don-
de hoy se ostenta la fuente de la India 6 de la Habana.
Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje es-





CEcMIA VALDtS


pecial de los hombres, era preciso venir provisto de papeleta, la
que debia presentarse en el zaguan A la comision alli constituida
pars recibirla y aposentar a las mujeres. Observ6se esta medida
estrictamente al principio; pero tan luego como lleg6 la hora de
bailar, Brindis y Pimienta, principales aposentadores, delegaron
el encargo en sugetos menos escrupulosos y rectos. A semejante
descuido se debi6 el que, tarde de la noche, penetrasen algunos
individuos, que, si bien en traje de ceremonia, no presentaron
papeleta ni eran artesanos tampoco.
De este numero fue un negro de tallk mediana, algo grueso,
de cara redonda y lena, con grandes entradas en ambos lados de
Ia frente, que por poco que pasase 61 de los cuarenta aos de edad,
termmarian en una calva completa. Aunque se vestia como se
habia dispuesto, el frac le venia algo estrecho, el chaleco se le que-
daba bastante corto, las media estaban descoloridas por viejas,
carecian de hebillas sus zapatos, no tenia vuelos la camisa y el
cuello le subia demasiadamente hasta cubrirle casi las orejas, tat
vez por ser el de pescuezo corto y morrudo.
Sea por es.as faltas, 6 sobras, de que no estamos bien enterados,
el negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos,
desde que puso el pie en el baile. Advirtiolo 61, que no era nin-
gun tonto y naturalmente andaba al principio como azorado, es-
quivando la sala, donde la luz era mAs profusa y brillante; pero
hfcia las once de la noche hizo por incorporarse en los corrillos
que se formaban en torn de las muchachas bonitas, hasta que se
atrevi6 A invitar A una y bailar un minu6 de corte con tanto com-
pas y donaire, que llam6 por ello la atencion general. Dos 6 tres
veces se acerc6 al grupo que galanteaba 6 adoraba en Cecilia Val-
d6s, 6 la mas hermosa de las mujeres de aquella reunion hetero-
g6nea, la contempl6 de reojo largo rato y luego se alej6 con visi-
bles muestras de despecho.
En uno de estos momentos, un oficial de la sastreria de Uribe,
que le observaba de cerca le sigui6 fuera de la sala, le puso la mano
en el hombro con alguna familiaridad y le dijo:
-iOiga! ZEstds aqul?
Qu6, qu6 se ofrece? contest6 61 volvi6ndose y estremeci6n-
dose de pi6s A cabeza.
Qu6 haces por estos barrios, chiquete? (138) le pregunt6 el
oficial con mayor familiaridad


(138) chfruete... chico, chiquito.


325





CnIRLO VELLAVERDE


-Sirvase decirme, senor mio, replic6 el de las entradas enfa-
dado acuindo y d6nde le he echado maloja? (139).
iHombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son
palabras mayors.
-Mayores 6 menores, son las que usa con los importunos
como V.
-No te vengas hacienda el misterioso y el sefioron, que yo s6
quien eres t y t6 sabes quien soy yo. Ap6ate, compadre, del
tablado (140). Te se puede desvanecer (141) la cabeza y si te caes,
das en el fogon de la cocina.
-Vamos, zy qud quiere V. conmigo ahora?
-Nada, no quiero nadita de este mundo. Repar6 solo que le
hiciste el f6 (142) 4 la nifia mas linda del baile y esto pic6 ml
curiosidad.
-jLe va 6 le viene A V. algo en este agiaco? (143).
-Bastante, mas de lo que ti te figuras.
-Y V. se propane defender i esa nifla. LNo?
Creo que ti no la has injuriado. Las mujeres no son la carn
del rey para agradar 6 todos. En gustar 6 disgustar no hay
ofensa.
-Bien, entonces d6jeme V. el alma quiets.
-Eres un mal agradecido, le dijo el oficial serio. No tienes
t6 la culpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior A ml,
cocinero y... esclavo. Llen6se de ira el negro con esto y levant6
la mano para pegarle una bofetada A su contrincante; pero, por
razones que 61 se sabia, no descarg6 el golpe. Habia penetrado
en aquella casa sin papeleta, no conocia A nadie, era un intruso
y todo eschndalo que se armase debia redundar en su dafio. Con-
tent6se, pues, con amenazarle y decirle que arreglarian cuentas
luego que terminase el baile; volvidndole la espalda con desprecio.
Semejante salida, excit6 A lo sumo la risa del official de sastre, y
dijo por burls:
-Casaca, suelta ese hombre.
De seguidas busc6 A su amigo Jose Dolores Pimienta, le cont6
la ocurrencia con el negro de las grande entradas, rieron los dos
de la ocurrencia y no se ocuparon mas del asunto.

(139) LCuAnto y d6nde le he dado confanza?
(140) no te des tanta importancia.
(141) te se puede devanecer... se te puede desvanecer.
(142) Hacer el f6 con relaci6n a una persona signihca menospreciarla.
(143) agiaco... asunto.


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cBcILIA VALDtS


Desde temprano el bale estaba leno, de bote en bote, segu
reza la frase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos
y condiciones, que se apifiaba ante ambas ventanas del ancho por-
tal, presentaba aspecto tan animado, como interesante y tumultuo-
so. En el gran salon no se cabia ni de p16, al menos mientras
no se bailaba; los hombres se codeaban unos con otros, y ocul-
taban casi del todo A las mujeres sentadas al rededor. Cecilia,
con Nemesia y sefia Clara, la mujer de Uribe, ocupaba un asiento
de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entre la
puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitian los
grupos de hombres que acudian A saludarla, podian oirse las ex-
clamaciones de admiration que su peregrina belleza excitaba en
las personas del portal.
A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha,
podian oirse voices de companion, pues tomAndola por una j6ven
de pura sangre, era natural que les chocase el verla alli y que
creyesen de bajos sentimientos A quien consentia en rozarse tan
de cerca con la gente de color. Cecilia, entre tanto saboreaba A
sus anchas el triunfo mayor que jamas alcanz6 mujer alguna en
la flor de su juventud y de su belleza. Uno trash otro, cuantos
hombres de cierto viso llenaban el baile aquella noche, conoci6n-
dola 6 no, vinieron A saludarla y rendirla homenaje, cual saben
rendirlo los negros criollos de Cuba, que han recibido alguna edu-
cacion y se precian de fins y atentos con las damas. Entre es-
tos, podemos citar a Brindis, mdsico, elegante y bien criado; A
TondA, protegido del capitan general Vives, negro j6ven, inteligen-
te y bravo como un leon; A Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas,
barbero el uno, carpintero el otro, que fueron comprendidos en
la supuesta conspiracion de la gente de color en 1844 y fusilados
en el paseo de Versalles de la misma ciudad; A Jos6 de la Con-
cepcion Vald6s, Alias PlAcido, el poeta de mas estro que ha visto
Cuba y que tuvo la misma desastrada suerte de los dos preceden-
tes; A Tomhs Vuelta y Flores, insigne violinista y compositor de
notables contradanzas, el cual, en dicho afno pereci6 en la escale-
ra, tormento A que le sometieron sus jueces, para arrancarle la
confesion de complicidad en un delito cuya existencia jamas se
ha probado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sas-
tre habilisimo, que por no correr la suerte del anterior, se quit
la vida con una navaja de barbear, en los momentos que le ence-
rraban en uno de los calabozos de la ciudadela de la Cabana; A
J