Citation
Tematica y estilo en la narrativa de Gabriel Garcia Marquez, by Pablo A. Lopez-Capestany

Material Information

Title:
Tematica y estilo en la narrativa de Gabriel Garcia Marquez, by Pablo A. Lopez-Capestany
Creator:
Lopez-Capestany, Pablo Antonio, 1917-
Publication Date:
Language:
Spanish
Physical Description:
vi, 250 leaves. : ; 28 cm

Subjects

Subjects / Keywords:
Humor ( jstor )
Idioms ( jstor )
Machismo ( jstor )
Mayors ( jstor )
Morality ( jstor )
Narratives ( jstor )
Persona ( jstor )
Sabers ( jstor )
Seas ( jstor )
Sine function ( jstor )
Genre:
bibliography ( marcgt )
theses ( marcgt )
non-fiction ( marcgt )

Notes

Bibliography:
Includes bibliographical references (leaves 238-249).
General Note:
Typescript.
General Note:
Vita.

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Rights Management:
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Resource Identifier:
13940665 ( OCLC )
ocm13940665
Classification:
378 FO, 1972, L864t ( ddc )

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Full Text








TEMATICA Y ESTILO EN LA
NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ


By


PABLO A. LOPEZ-CAPESTANY
















A DISSERTATION PRESENTED TO THE GRADUATE COUNCIL OF
THE UNIVERSITY OF FLORIDA IN PARTIAL
FULFILLMENT OF THE REQUIREMENTS FOR THE DEGREE OF DOCTOR OF PHILOSOPHY







UNIVERSITY OF FLORIDA


1972

































Copyright

by

Pablo A. L6pez-Capestany

1972













RECONOCIMIENTO


El autor quiere dejar constancia de su gratitud hacia los miembros del comity supervisor de esta disertaci6n, doctores Irving R. Wershow, Francis C. Hayes y Rene Lemarchand, por su cooperaci6n y sugerencias durante el proceso de preparaci6n de este trabajo.




'o












CONTENIDO

Pfg i na

RECONOCIMIENTO ABSTRACT .... . . . . ... . ... v

I NTRODUCCION ... * CAP ITULO

PRIMERA PARTE: DIMENSION HUMANA

I. ITINERARIO VITAL . . . . . . 6 i. IDEARIO CIVICO . . . . . . . . . . . . ... . . . . 21

III, CREDO ESTETICO .......... .. 34

IV. EL NARRADOR Y LAS NARRACIONES ...... .. , 43

SEGUNDA PARTE: DIMENSION TEMATICA

V. LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL . . . .. . 65 VI. LA SOLEDAD . . . . * * 0 * . . 0--o 0 0 94

VII. LA VIOLENCIA . . * . o o . o . . . o o o * . * 110 Viii. EL MACHISMO . . .. . . . o o . . . o 128

TERCERA PARTE: DIMENSION ESTILISTICA

IX. INTEGRACION DE MATERIA Y FORMA .. . . . o . . . * 158 X. LA ESCRITURA . . . . . o o . . . . . . . . . 164

XI. EL LENGUAJE . o. . o o . . . . . .. . . . o . o 181

XII. ESTILO ENFATICO . . . . . . . . . . . . . .. . 199

CONCLUSIONES o 0 232 BIBLIOGRAFIA , � ... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 238

BIOGRAPHICAL. SKETCH . . ....... . . . . 250









Abstract of Dissertation Presented to the
Graduate Council of the University of Florida in Partial Fulfillment
of the Requirements for the Degree of Doctor of Philosophy TEMATICA Y ESTILO EN LA

NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ By

Pablo A. L6pez-Capestany

June, 1972


Chairman: Dr. Irving R. Wershow Major Department: 'Romance Languages and Literature


This study of the works of Gabriel Garcla Mrquez, the contemporary Colombian novelist, is divided into three interrelated sections: his life and personal philosophy as reflected in his works; the principal and reoccurring themes in his narrative production; and the basic techniques of his literary style. The life of the author, his subject material and his style are so interwoven that they become a unified single entity. His own subjectivity, that is his personal participation in the events of his works, intimately unites life, content and form.

Gabriel Garcla M~rquez is a Colombian. His descriptive background is Colombia. His subject material is Colombian. However, his concerns are so basic to man that by extension these concerns apply to Latin America and to all mankind. His stage is both Colombian and universal.










This novelist is a skillful writer. He handles with dexterity a wide variety of stylistic techniques. He tends to hide his inner message within symbolic implications, different levels of narrations, fantasy and super exaggerations. He uses irony, the hyperbole and the grotesque with daring adjectives and crude vocabulary to intensify his effect on the reader. His typical style is emphatic.

Gabriel Garcia Mirquez is not a follower of any particular". literary movement or school. He has completely assimilated traditional and modern narrative technics and his last and best novel, Cien afros de.soledad, is an outstanding example of this amalgamation.













INTRODUCCION


Hay dos circunstancias que, parad6jicamente, justifican y hasta demandan la investigaci6n literaria sobre una obra o.sobre un autor: el que se haya escrito mucho sobre el tema o el que se haya escrito poco. Cuando se escribe demasiado -como sucede con la obra de Gabriel Garcla Mgrquez- y se hace, adem6s, en un breve lapso de t.iempo, la crftica puede tender a la subjetividad y al mimetismo y concitar el i af~n esclarecedor y nivelador del estudioso que no comparte todas las 1 conclusiones aportadas.

Otro aspecto que clama por una investigaci6n amplia y paciente de ]a materia, reside en la ausencia de un libro unificador, en que se seialen y contrasten tanto las abundantes coincidencias como las escasas discrepancias sobre la obra del narrador colombiano. Hay una pl&tora de artIculos en las revistas especializadas sobre'el autor escogido para nuestra disertaci6n, pero a6n no se ha publicado el libro totalizador de datos y opiniones ni se ha anunclado ning6n trabajo del alcance y de ia proyecci6n de 6ste que nos hemos propuesto realizar con tanto entusiasmo como modestia.

Por otra parte, el hecho de coincidir en el que escribe el inter6s literario con ]a preocupaci6n de Indole social, por haber escogido ia ciencia politica como segundo campo de espec;alizaci6n, puede dotar a este empeo de una perspectiva que no ha sido enfocada de modo sistem~tico hasta el presente en hing6n estudio de que tengamos noticia. !Qu6 relaci6n existe entre los hechos que se citan o sugieren





2



como reales y la verdad hist6rica colombiana? jContribuye la presentaci6n de esos hechos de una manera entre real y ficticia a su adecuada comprensi6n? jEs el autor tendencioso? De serlo, lo serA desde su� intransigencia de artista o desde su resentimiento de ide61ogo? tSerhn como 61 otros novelistas hispanoamericanos de nuestro tiempo? He aqut una muestra del repertorio de preguntas que puede resultar vital para comprender el porqu4 de la confusi6n ideol6gica y de la perplejidad literaria -particularmente en el campo de la novela- que aquejan a nuestro quehacer civico y a nuestra actitud art'stica en el momento actual.

Para el logro de nuestro objetivo, dividiremos el estudio de la materia en tres partes, a saber: dimensi6n humana, dimensi6n temhtica y dimensi6n literaria. Aunque estos tres aspectos estan Intimamente relacionados entre sf, hemos considerado provechoso realizar su estudio independiente, aunque destacando, en cada coyuntura propicia, la simultaneidad de los factores concurrentes.

En la Primera Parte, trataremos de ofrecer una imagen del hombre tal como nos lo representamos a trav's de las actividades de su vida que hemos podido indagar en nuestras lecturas y del ideario que se refleja en varias entrevistas que ha concedido hasta el presente: su niiez en Aracataca, sus estudios en Bogoth, su labor periodistica, sus viajes, su actitud respecto a crfticos y editores, sus aristas ldeol6gicas en lo polftico y Io social, su posici6n vital y est~tica como artista y, en fin, todos aquellos detalles esclarecedores que puedan brindarnos a.lguna orientaci6n sobre.la personalidad de. nuestro autor.









La Segunda Parte se refiere a la tem~tica, y en ella trataremos de ilustrar la presencia de t6picos cuya reiteraci6n pueda darnos la clave del mensaje que se evidencia o se sugiere en la obra en estudio. Intentaremos explorar las vetas filos6ficas, psicol6gicas, sociol6gicas y poIfticas que trasunta la obra, mediante el examen de la soledad, la violencia, el machismo y otros problemas conflictivos que plantea la vida de relaci6n en un pueblo hispanoamericano que a veces parece simbolizar a todos los pueblos y contener a todos los hombres.

No nos limitaremos a la enumeraci6n de temas y a la selecci6n de pasajes ilustrativos, sin embargo. Queremos, al'propio tiempo, formularnos y tratar de contestar las vitales preguntas a que antes aludimos, para intentar dilucidar qu4 tipo de recurso puede emplearse por un artista para prevenir o indisponer al lector respecto a ]as ideas e instituciones que le sirven de blanco y qu6 clase de impacto puede ello producir en el destinatario del mensaje.

La Tercera Parte se relaciona con la dimensi6n literaria y tiene que ver, fundamentalmente, con el estilo. Al estudiar el estilo, vamos a examinar los procedimientos empleados por Gabriel Garcla M~rquez, desde el punto de vista de su sistema expresivo. analizando la potencialidad del contenido y las f6rmulas verbales de impacto traumhtlco, subrayando el efecto est~tico y psicol6gico que por su mediaci6n se plasma. Para ello tendremos que recurrir a categorlas literarias auxiliares, tales como el realismo m~gico, el tremendismo, el esperpento, lo grotesco y lo mitico, ast como a otros procedimientos tecnicos que puedan orientarnos en la comprensi6n y evaluaci6n de ]a obra objeto de nuestro estudio.










Tambign debemos anticipar que, aunque haremos alusi6n a ]a casi totalidad de la producci6n narrativa mas divulgada de Gabriel Garcfa MSrquez, nuestro estudio se referirg a las novelas La hoiarasca. El coronel no tiene -uien le escriba La mala hora y Cien afros de soledad. ast como a los cuentos contenidos en Los funerales de la MamS Grande Hemos dedicado mayor atenci6n a Cien aFios de soledad. por tratarse de su ultima creaci6n, la mas extensa e intensa de su repertorio y. por supuesto, ]a mejor.

































PRIMERA PARTE DIMENSION HUMANA













CAPITULO I

ITINERARIO VITAL


El realce del factor biogr~fico como referencta interpretativa

en un trabajo literario, ha sido puesto en entredicho, en cuanto norma general de indagaci6n, por la preceptiva crItica m~s en boga. Incluso la interpretaci6n del mensaje ha sido puesta en tela de juiclo por algunos teorizantes de la critica literaria. Ast, Susan Sontag asevera:

La funci6n de la critica deberla ser mostrar c6mo es lo que es,
y hasta quA es lo que es, en vez de mostrar "lo que quiere decir"
En lugar de una hermen6utica, necesitamos una er6tica del
arte.2

En este trabajo, proyectado en tres dimenslones entrecruzadas (humana, temStica y estillistica), no podria prescindirse del conocimiento m~s Intimo posible del autor, sobre todo s| se considera que la raz6n del entrelazamiento es, precisamente, que en Gabriel Garcla MArquez no se pueden escindir vida, temas y estilo sin grave detrimento de la idoneidad del enfoque, como mAs adelante se podrA apreciar.

La posible objec16n de que hay un contraste de tono y de tecnica entre Cien aios de soledad y parte de laproducci6n anterior, no inva]ida nuestro aserto. En primer lugar, porque la recurrencia tem~tica compensarla ese factor Y, ademhs, porque el estilo enfAtico de'Clen alos de soledad no surge por generaci6n espontgnea, slno como culminaci6n de un proceso idiosincrgtico que hemos podido detectar en no pocas muestras de la producci6n ptevia, como se verge en su oportunidad.. Es un caso similar al de Miguel de Cervantes quien., seg6n Helmut Hatzfeld,









no domina el estilo est~tico. por ser el suyo naturalmente dinamico:

Pero la preponderancia de este estilo dinfmino en el Qui-ote no puede ser s6lo tradici6n literariao Aquf hay que comprender el
temperamento, el alma del autor, sin el medio de una convenci6n.
Aquf se dan puntos de apoyo para un estilo dinfmico, que es, sin duda alguna, la expresi6n del ritmo de un motor lleno de'vida, de un hombre al cual es inherente la energla de un movimiento palpitante e impulsivo. Es decir, que no es solamente la flcci6n de la
novela que hace al estilo dinSmico y matiza el habla del Quiiote
sino es el temeramento del autor que constituye su lenguaje mismo
como dingmico,

Refiri6ndose a la poesfa lIrica de Lope .de Vega, nos ofrece Dgmaso

Alonso esta interesante observaci6n:

Esta nota de frescura y verdad, este estar, dia a da,. hora a hora, convirtiendo en materia de arte la sustancia de 4su vida,
es totalmente nuevo en poesta espaola y aun europea.

Tanto o m~s ilustrativas de esta interdependencia entre vida y

obra en algunos autores, son las siguientes palabras del propio DAmaso

Alonso sobre Quevedo:

Cuando un escritor escribe en vehemente tumulto, con pasi6n y sin
descanso, como lo hizo Quevedo, su persona moral rezuma en la
obra, y ha de buscarse ante todo, en ella o a trav6s de ella. Y
]a de Quevedo nos habla, unfvoca en su variedad. El incidente (lo que revela un documento, etc.) ha de ser interpretado a ]a luz de la obra, y no al revs. Porque la obra es el documento
.mas verldico, generoso, amplio y coherente de ]a vida de un escritor.5

Creemos, sin embargo., que el pensamiento mAs sutil y profundo

al respecto lo dedica D~maso Alonso a Fray Luis de Le6n:

Entran aqui, adem~s, y han de ser tenidos en cuenta los datos biogrhficos, no en cuanto datos muertos, como duermen por los
manuales de historia literaria, sino en cuanto nos ilumnan
posiciones esteticas y aun modalidades de la expresi6n.O

Para anticipar s6lo un ejemplo en apoyo de nuestra tesis, y

desde uno de los tantos 6ngulos en que las tangencias se producen.

debemos referirnos a la confesi6n de Garcia M~rquez a Luis Hars, sobre










la concepci6n original del protagonista de El coronel no tiene puien le escriba como un personaje c6mico.7 Sus planes son alterAdos por un suceso inesperado, que el propio autor relata *con las siguientes palabras:

Vine a Parts en 1955 como corresponsal del "Espectadorl, de BogotA, cuando Rojas Pinilla era dictador en Colombia. Cuando tenfla algunos meses de estar en Paris, la dictadura clausur6 el peri6dico en el cual yo trabajaba. He mandaron mi pasaje de vuelta, me lo hice reembolsar y me puse entonces a escribir El coronel no tiene auien le escriba (mi segundo libro) hasta que el dinero se me acab6. No
podia trabajar porque necesitaba una carta de trabajo, no conocia a nadie que me pudiera dar trabajo, no hablaba francs ... Estuve
tres a~os viviengo de milagros cotidianos. Esto produjo unas amarguras tremendas.

El trfnsito brusco que aquf se refleja de situaci6n y de Animo, es comentado por Luis Hars del mondo siguiente:

VivIa con los nervios crispados, en una sttuaci6n muy semejante a la del Coronel y que no tenia nada de divertida. Si se rela al escribir, era con la risa del que tiembla. Lo mismo el Coronel, que sabe que cada vez que se rie puede ser la Oltima.9

Esta ilustraci6n se reflere a una an~cdota vital, como ocurrirs en otros casos a que haremos alusi6n (entre ellos, a las circunstancias de la nifiez de nuestro autor, a la frustraci6n de su interns por la abogacfa y a su culto a ]a amistad), porque sucede que esos eventos, con el aditamento de su formaci6n intelectual y de sus inquietudes espirituales, se plasman adem~s en un ideario politico, social y est6tico que va a conformar de un modo ostensible la obra literaria de Gabriel Garcia Mgrquez. Sus temas y su estilo nos ofrecen una inequivoca resonancia vital, en una especie de prisma en que se funden-la vida, los t6picos y los recursos expresivos de una manera inextricable. Es por esta raz6n que debemos adentrarnos en ciertos pormenores de la vida del novelista colombiano, ya que de lo contrario correrfamos el









riesgo de ofrecer una imagen mutilada de su producci6n narrativa, cuyos rasgos esenciales nos proponemos analizar. Pasemos, pues, sin mhs tardanza, a los datos que nos permitir6n acercarnos a la vida, a la personalidad y a las ideas de nuestro autor.

Una estampa periodIstica de breves trazos precisos y sugerentes,. nos presenta a Gabriel Garcla MArquez tal como lucla en la Navidad de 1968: "Parece un cruce de indio y gitano. Tiene ojos color negro intenso y mirada viva. interesada, auscultadora, a rafagas vibrantes, pero siempre con un claroscuro de tristeza como fondo".10

Ernesto Shoo ha logrado otra excelente semblanza de nuestro autor:

Lo que predomina en Garcla M rquez, a primera vista, es el pelo.
La cara, de rasgos fuertes, veteados por los restos de un acn4 juvenil, lucha a nariz partida con una maraFia pilosa que se le encrespa en la cabeza, se le derrama como flecos encima de los
parpados y se remansa, por fin, en el bigotazo rotundo... No es alto (debe de andar por el metro y 70, 6 72), pero tiene, obviamente, el orgullo de su cuerpo bien hech?i de su t6rax y su abdomen
durisimos y retumbantes como una coraza.

Vale la pena preguntarse c6mo se ha desenvuelto la vida de este hombre enigmhtico, que ha 1legado a alcanzar tanta fama y que tanto desconcert6 a Miguel Fern6ndez-Braso en el curso de la entrevista que con 61 sostuvo:

Unas veces parece el novelista un Aguila rapaz, Ileno de astucia
y milagro de penetraci6n. Otras un cachondo desmitificador. 0
un bohemio ranchero. 0 un chulo culto y con porvenir. 0 un loco
pacIfico con aire de abandono. 0 un deportista adormilado,-en
horas sedantes.12

Resulta interesante la siguiente autosemblanza del. escritor, que antecede a uno de sus cuentos:









"Yo., sefior, me liamo Gabriel Garcia Mgrquez. Lo siento: a mf tampoco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes
que nunca he logrado identificar conmigo. Nact en Aracataca, Colombia, hace .casi cuarenta anos (hoy cuarenta y uno) y todavla no me arrepiento. Mi signo es Piscis y ml mujer Mercedes. Esas son
las dos cosas mfs importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias fellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir
escribiendo.

La niiez suele ser una fuente socorrida de informaci6n para esclarecer ciertas actitudes psicol6gicas del individuo en la vida adulta. Si tal individuo tiene una personalidad compleja, como sucede con Gabriel Garcia MSrquez -un hombre Ileno de resabios e inquietudes y dotado de fina sensibilidad y agudo sentido del humor; un artista afanoso de exorcisar su numen mediante fhbulas delirantes-, nuestro buceo en su infancia debe intentarse con la mayor curiosidad y con no menor reverencia.

No nos limitaremos, desdeluego a considerar la infancia, puesto que es necesario coordinar ampliamente las tres dimensiones (humana, tentica y estillstica) que en la obra de Garcia MArquez parecen integrar una s6lida unidad, tratando de seguir a Leo Spitzer, en el sentido de "reunir todo Jo que en un autor sea estillsticamente notable y relacionado con su personalidad"l.14

Naci6 nuestro autor en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de

1928.15 Se trata de un niflo abandonado por sus padres, cuya prematura potencialidad imaginativa y sentimental lo hace experimentar la nostalgia del calor maternal. Su abuela es supersticlosa en extremo e interrumpe su sueffo para contarle historias escalofriantes, que resultan m6s traumgticas en.el ambiente de ]a casa fantasmal, en la que hay "lun gran altar dorado con santos de yeso cuyos ojos brillaban en la









oscuridad"16 y que estA, precisamente, frente a la cama del infante. Por eso era 61 "un niio deslumbrado que se retrala en el borde de una silla en un rinc6n o se atrincheraba detras de los muebles". Nuestro autor aclara en una ocasi6n: "La complicada historia de La hoiarasca surgi6 del recuerdo de ml mismo, cuando era muy ni-o, sentado en una silla en un rinc6n de la sala.uil8

En otra oportunidad expresa: "Desde los ocho afIos no me ha pasado nada importante. Antes vivid mucho...o19

Refiri6ndose a su abuelo, que le contaba an6cdotas de las guerras civiles en sus asiduos paseos, le considera como la figura m~s impor20
tante de su vida. Leamos sus propias palabras, que son como una sintesis de su animada ninez:

... me cri4 en Aracataca, que estS junto a la costa atl~ntica de
Santa Marta. En una casona, como ya os he dicho. Con mis abuelos.
Mi abuelo fue soldado en las guerras civiles colombianas. Era un
gran tipo, el m~s importante que he conocido. Muri6 cuando yo tenia ocho ar-os... MMi abuela? Mi abuela era impresionante. Siempre la vi vestida de luto. Era una mujer poblada de historias fantasiosas. Ella despert6 mi imaginaci6n.21

Y no s6lo estimula su imaginaci6n sino que parece haberle legado cierta propensi6n estilistica:

El afio pasado un periodista pregunt6 a Garcla MArquez de d6nde habia sacado ese estilo tan fluido., transparente y vital para
narrar. Respondi6: Iles el estilo de mi abuela". 2

Esta peculiar versi6n es confirmada por el novelista colombiano, con estas palabras:

Tuve que vivir veinte anios y escribir cuatro libros de aprendizaje
para descubrir que la soluci6n estaba en los orligenes mismos del problema: habia que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos.23

Y todavia en otra oportunidad, encontramos la siguiente confirmaci6n:






12


C6mo consigui6 la pureza de su estilo es un misterio que tiene
algo de insondable. Tal vez encontr6 un precedente en el purismo.
colombiano, que a lo mejor en el fondo tiene sus virtudes. Pero
61 lo niega. Su lenguaje no es Colombia, dice sencillamente
sino su abuela. La anciana tenla vena y "ella hablaba ast". 4

Estamos, pues, represent6ndonos al nifo triste, asustado y pensativo, que se agazapa en la oscuridad de la sala de una casona misteriosa poblada de duendes, a pensar en los vivos que han muerto para 61 y en los muertos que se insinuan tras los ojos brillantes de los santos de yeso o se materializan en las historias espeluznantes y los mon6logos ininteligibles de la abuela alucinada. Pero Emir. Rodriguez Monegal nos ofrece otro hngulo de la infancia de Garcla MArquez en esta sugerente pregunta:

IC6mo resistirse entonces a la tentaci6n de ver en Aureliano, el
intimo de su estirpe en ese niio que corre desnudo y salvaje por
]a casa en que han desaparecido sus padres, a un alter ego del
autor, m6s esencialmente verdadero que el otro que lieva su nombre,
aunque este Aureliano no se haya unido nunca con su tia abuela ni
haya tenido por lo tanto un hijo de col de cerdo, ni sea el 6ltimo
de una estirpe condenada a la soledad?=

Un nilo entregado a su lJbre albedrio, que seguramente carece de los juguetes que habitualmente se disfrutan a esa edad. Veamos un pasaje que tal vez encierre alguna sutil repercusi6n de aquella frustraci6n infantil:

Miraba con cierta codicia -mal disimulada- el robot que habta
traido de Suiza para sus hijos; ghora 6stos lo haclan funcionar, para esparcimiento de los parroquianos del restaurante. Prometi6., en broma, avisar a la noche, cuando los. nii-os estuvieran dormidos, "as' nos reunimos a jugar con el2gobot". Estaba, en
cierta medida, fascinado con el juguete...

A falta de juguetes, se aleja a veces de la casona sobrecogedora y se va a vagar por las afueras de Aracataca. Hay una finca de. bananos que recorrer6 en muchas ocasiones y cuyo nombre habrS de inmor-









27
talizar: Macondo.. Mientras tanto, su febril imaginaci6n se mantiene activa, recibiendo por entonces el impacto de dos libros piet6ricos de maravilla, ensoRaci6n y otros ingredientes de enfoque y expresi6n que dejar~n una perdurable estela en su espfritu: Las mil v una noches y Garcantua v Pantagruel 28

Su antiguo maestro jesuita, Jos6 A. NWiez Segura, S.J., aporta estos datos de interns:

Por el empeo cultural de la abuela materna, por la escuela Montessori, por ]a Biblioteca Municipal, entonces existente, la aldea
de Aracataca brind6le ambiente intelectual. Continu6lo'en la
Anexa de ]a Normal de Barranquilla.29

En 1940 es llevado a Barranquilla, para estudiar en el colegio

de los jesuitaso Seg'n Luis Hars "Tenia doce ai-os, y se recuerda como un niio de ojos brillantes y at6nitos".30

FM1ix Grande se pregunta: "!Qu6 fue de aquel muchacho de doce aios; delgado, introvertido, que al trasladarse desde la placenta de Macondo hasta BogotS se sinti6 desplazado?"lJos6 A. NG6ez Segura nos ofrece su impresi6n, como maestro, de ]a personalidad de aquel estudiante sobresaliente:

Su simpatia y sencillez, su ingenuidad y herolsmo, su inteligencia y capacidad universalista, di~ronle prestancia e influjo en el Colegio de San Jos6, destac~ndose, desde entonces, el escritor, el
dibujante, el declamador, el amante de ]a m6sica y lector de obras
Iiterarias.32

El propio autor reproduce colaboraciones en prosa y en verso de Garcia Mgrquez en ]a revista escolar Juventud y nos completa la semblanza del discipulo con estas interesantes observaciones:

�Generoso con sus compaferos los sacaba de apuros en lo que le era
dadoo A'n se conservan los versos y las cartas de colegiales a sus novias y amigas, compuestas por Gabito inmediatamente se lo
pedfan. Era un Iran confidente. Con los pobres ejemplar de entrega y. cari-o.3









Sabemos que nuestro autor no se sinti6 despu~s muy atraldo por

los estudios de leyes en la Universidad de Bogoti,. y como resultado

"Desert6 el derecho por el periodismo. Fue reportero y editorialista

de El Espectador de Bogotf, en cuya p~gina literaria aparecieron sus

primeros cuentos en 1946". 134

Su amigo Germhn Vargas, que aparece en Cien afros de soledad como

personaje, nos resei'a una etapa poco comentada de ]a vida de Garcla

Mfirquez:

Garcla MHrquez trabaj6 duramente en La casa en sus primeros airos
en Barranquilla, hacia los comienzos de la d~cada del 50. Vestido con un pantal6n de dacr6n y una camiseta a rayas, de c0lorines.,
Garcia MSrquez, encaramado sobre una mesa en la redacci6n de El
Heraldo o sentado sobre su came de madera en un cuartucho de "El
Rascacielos", un extrafro burdel de cuatro pisos, sin ascensor. En el diario barranquillero escribla a diario una columna -La Jirafaque le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas
si le alcanzaba para medlo comer y cancelar el alquller de la
pieza -y algo mSs- en "El Rascacielos". En 4ste, el cuarto en que
dormla quedaba en el 6ltimo piso y era frecuente que se convirtiera en el sitio de tertulia de las prostitutas y de los chulos, que se encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que
llegaba despu~s de medianoche o en la madrugada y ]eta extrafios
libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien.iban a
buscar en carros oficiales de UItimo modelo, amigos que a ellas les pareclan demasiado distinguidos para el ambiente del burdel pobre.t6n. Ellas nunca supieron qui6n era ni qu6 hacla el para ellas
extraffo compairero de alojamiento. Pero la verdad es que le tentan
mucha simpatta y un cierto respeto y, a veces. lo convidaban a
compartir Ia sencilla comida que ellas mismas preparaban y a que 35
les hiciera otr canciones vallenatas tocadas por 61 en una dulzaina.

SegUn Francisco Urondo. a Garcla Mgrquez s61o l.e falta la tesis
� 1eyes 36
para completar sus estudios de.leyes. Por cierto, que los abogados

han sido uno de los blancos preferidos de sus ataques inmisericordes.

Resulta oportuno reproducir un comentario de nuestro novelista

de gran inter6s:

Yo tengo ]a impresi6n de que empecd a ser escritor cuando me di
cuenta de que .no servia para nada. Mi papS tenfa una farmacia y,










naturalmente, queria que yo fuera farmaceutico para que lo reemplazara. Yo tenia una vocaci6n totalmente distinta: querta ser abogado. Y querta ser abogado porque en las pellculas los abogados se ilevan las palmas en los juzgados defendiendo las causas perdidas. Sin embargo, ya en la Universidad, con todas
las dificultades que pasS para estudiar, me enconfr6 con:que
tampoco iba a servir ara abogado. Entonces empec4 a escribir
los primeros cuentos.3/

�Permaneci6 durante algunos ai'os como redactor y reportero, recorriendo como tal todo su pals. En 1954 Hiaj6 a Europa como corresponsal de su diario, estableci~ndose inicialmente en Roma, donde tom6

un curso de director en el "Centro CinematogrSfico Experimental". El

prop6sito original del viaje aparentemente se debi6 a la encomienda 38
de "cubrir la muerte de Plo Xll, que se cre'a inminente". Pero el

desenlace no se produjo y Garcla Mhrquez decidi6 radicarse por algun

tiempo en el Viejo Continente.

De Roma pas6 a Parts, desde donde viaj6 a varios paIses de la

Europa Oriental. A fines de 1955 El Espectador fue clausurado por el

regimen del general Gustavo Rojas Pinilla, viendose Garcia MNrquez

privado de sus emolumentos. Sufri6 toda clase de penurias, enclaustrado

en su cuarto de la pensi6n,39 tecleando en su m~quina de escribir hasta

altas horas de la noche. El propio Garcia MArquez ha ofrecido estos

detalles de su estancia en Paris:

En aquella 6poca yo vivIa en un hotel de la rue Cujas que se llama
hotel de Flandre. Los administradores se Ilamaban M. y Mime.
Lacroix. Cuando me qued4 sin un centavo, les-hable y les dije que no podia pagarles y me dejaron irme a la buhardilla. Pensaba que esa situaci6n iba a durar uno o dos meses, pero me qued6 un a-o y no tuve nunca con qu6 pagarles. Al ano les pagu6 120.000 francos
antiguos que para nosotros era una suma enorme. Ahora, lo primero
que hice al llegar a Paris fue preguntar por los sericres.Lacroix
en el hotel de Flandre.,. Pero si no hubiese vivido estos tres
aios probablemente no serta escritor. AquI aprendi que nadie
muere de hambre y que uno es capaz de dormi.r bajo los puentes. 4





16


En 1957 pas6 por Colombia, donde contrajo matrimonio "con una bella muchacha de rasgos egipcios Ilamada Mercedes, que desde hacfa cuatro airos lo estaba esperando en Barranquilla".

Inmediatamente se traslad6 a Caracas, donde permaneci6 por espa' " 42
cio de dos af~os, trabajando en la redacci6n de Momentos y de ELite. En 1959 le fue encomendada ]a apertura de una oficina de ]a agencia de noticias castrista "Prensa Latina" en la capital colombiana. El afio siguiente represent6 a dicha agencia en la Asamblea General de las Naclones Unidas, en su carActer de corresponsal .en Nueva York, pero s6lo se mantuvo en el cargo durante varios meses, ya que aparentemente surgieron discrepancias insalvables entre 61 y "Prensa Latina".

De Nueva York, despu6s de un recorrido por el sur de los Estados Unidos len homenaje a Faulkner",43 se traslad6 a MHjico, donde habrla de permanecer ocho allos, dedicado a escribir guiones cinematogr~ficos. De Ciudad MHjico pas6 a Barcelona, donde dice haberse considerado destinado a vivir. Dejemos que e1 mismo nos lo aclare:

Era lo natural. Trat6 mucho, e influy6 mucho en ml, un librero, catalan establecido en Colombia: Ram6n Vinyes. El presidla la
tertulia del caf6 Colombia. Gran tipo. Estupendo tipo... Mi
homenaje an6nimo fue incluirle en la n6mina de locos personajes
que pueblan Macondo. Ram6n era un gran hombre, ya os lo he dicho, Y muy enterado. Frecuentaba yo, ademas, a muchos catalanes en la tertulia del caf6 y en la Zona Rosa de la ciudad de Mjico. Catalana era tambi~n mi agente, Carmen Ballcells. Y un dfa, claro, me decidi. Le dije a mi mujer que ya estaba bien, que para vivir
entre catalans lo mejor era vivir en Barcelona. Y acS estamos.
Y muy bien... 5

El 14 de enero de 1971 lleg6 a Colombia, en lo que ha sido calificado de viaje de placer, en uni6n de su esposa y de sus dos hijos, 4*6
Rodrigo y Gonzalo. de trece y ocho aflos, respectivamente. El hecho de que hasta ]a fecha en que redactamos estas ltneas (principios de






17



1972) no haya regresado a Barcelona, nos hace barruntar que Garcla Mhrquez ha debido tener dificultades con el r6gimen franquistao en virtud de haber firmado un telegrama, al que 61 mismo alude en declaraciones que formul6 a su Ilegada a Barranquilla:

En compaffia de Mario Vargas Llosa firmamos en Barcelona un telegrama de respaldo a los intelectuales y artistas que se refugiaron en el convento de Monserrat, cerca de Barc *ona, para protestar por
el juicio contra los nacionalistas vascos.









Notas

1Ren& Welleck y Austin Warren, Teoria literaria. trad. Jos6 Marta Gimeno, 4a edici6n (Madrid: Editorial Gredos, 1966), pp. 90-96, 216220. V~ase tambi6n Wolfgang Kayser, InterDretaci6n v anflisis de la obra literaria. trad. Marla D. Mouton y V. Garcia Yebra, Va edici6n (Madrid: Editorial Gredos, 1961), pP. 382-385.
2Susan Sontag, "Contrainterpretaci6n", Mundo NUeyo No. 7, Enero de 1967, p. 80.
3Helmut Hatzfeld, El "Quiiote" como obra de arte del lenguaie. 2a edici6n (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Cientificas, 1966), p. 207.
4D~maso Alonso, Poesla espafola. 5a edici6n (Madrid: Editorial Gredos, 1966), p. 428.
5bi. , p. 518.
61bd., p. 165.

7Luis Hars, "Gabriel Garcia IMrquez o la cuerda floja", MUndo Nuevo No. 6, Diciembre de 1966, P. 70.
8Jean-Michel Fossey, "Entrevista con Gabriel Garcia Mfrquez", Imacen No. 40, Enero 1-15 de 1969, p. 17.
9Hars, P. 70.
1OMiguel Fernhndez-Braso, Gabriel Garcia M6rquez- Una conversaci6n infinita 2a edici6n (Madrid: Editorial Azur, 1969), p. 116.
l1Ernesto Shoo, "Los viajes de Simbad Garcia Mgrquez", Primera Plana. V, No. 234, Junio 20 a] 26 de 1967, 52.
12Fernfndez-Braso, pp. 45 y 4'6.

13Estrella Cartin de Guier, "Gabriel Garcia Mfrquez, su mundo novelesco", La Reo6blica. XIX, No. 6175, Julio 5 de 1970, 9.
14Citado por Wolfgang Kayser, P. 367. V6ase Nota 1.

15Esta es la fecha generalmente aceptada. Sin embargo, Jos6 A. NUIez Segura, S.J., nos informa que, de acuerdo con el Archivo de Matriculas del colegio San Jos6, naci6 el 6 de marzo de 1927. V~ase Jos6 A. N6iiez Segura, S.J., "Gabriel Garcia M6rquez (Gabo-Gabito)", Revi-sta Javeriana. No. 351, Enero-Febrero de 1969, P. 31.

16Hars, p. 67.





* 19


17Ibid.

18Armando Durhn, "Conversaciones con Gabriel Garcia MSrquez", Revista Nacional de Cultura, No. 185, Julio-Agosto-Septiembre de 1968, P. 32.
19Fern~ndez-Braso, p. 94.
20
Hars, p. 67.
21Fernfndez-Braso, p. 101.

22Mario Vargas Llosa, "De Aracataca a Macondo"', 9 asedios a Garcia MHrquez.(Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), p. 129.
23Fernhndez-Braso, p. 96.

24Hars, p. 75.

25Emir Rodriguez Monegal, "Novedad y anacronismo en Cien aFos de. soledad". Revista Nacional de Cultura. No. 185, Julio-Agosto-Septiembre de 1968, p. 19.
26Francisco Urondo, "La buena hora de Garcia Mgrquez", Cuadernos Hispanoamericanos, No. 232, Abril de 1969, p. 163.
27Vargas Llosa, p. 128.
281b~d... p. 130.

29N6-ez Segura, S.J., p. 32. V~ase Nota 15.
30Hars, p. 65. Luis Hars, al igual que F6lix Grande, refiere que Garcia MSrquez fue lievado a Bogot6, pero Jos6 A. Niez Segura, S.J., atestigua que permaneci6 en el colegio San Jos6 de Barranquilla durante los anos 1940, 1941 y 1942. V6ase NU'Rez Segura, S.J., p. 31.
31F6lix Grande, "Con Garcia Mfrquez en un Mi6rcoles de Ceniza",. Cuadernos Hispanoamericanos, No. 222, Junio de 1968, p. 635.
32NFRez Segura, S.J., p. 31.

331bid., p. 32.

V4Vargas Liosa., p. 131. En cuanto a la fecha de publicaci6n, debemos seRalar que en Letras Naclonales., Bogoth, Mayo-Junio de 1968, pp. 6-15, se reproduce el cuento "La tercera resignaci6n", que se considera el primero escrito por Garcia IMrquez, y se aclara que "fue publicado por primera vez en El Espectador en 1947...".
35German Vargas, "Un personaje: Aracataca"l, Recopilacl6n de textos sobre Gabriel Garcia M6rquez (La Habana: Casa de las Am~ricas, 1969), p. 1142.





20


36
Urondo, p. 166.
37CartIn de Guier, p. 9.

38Vargas Liosa, p. 131.

391bjd.. p. 135. Vargas Llosa aclara que el hotel se encuentra en el Barrio Latino.
40Fossey, p. 17.

41Vargas Llosa, p. 138.

42Hars, p. 65.

43Vargas Llosa, p. 140.

44Fern~ndez-Braso, p. 41.
451bid.

46juan Gossaln, "Regres6 Garcta M~rquez", El Espectador. Enero 15 de 1971, p. 1.
471id.3 p. 4-A.












CAPITULO 1I


IDEARIO CIVICO


GermAn Arciniegas tuvo ]a visi6n de destacar el valor documental

de la novela hispanoamericana, en los t6rminos que siguen:

La novela latinoamericana es en lo general un documento m~s exacto
que ]a historia... Para 1legar hasta el fondo de la tragedia del
campesino ecuatoriano hay que leer una novela con nombre indlgena: Huasipuno. Para acercarse al indio peruano el camino m~s directo
es la novela de Ciro Alegria El mundo es ancho y aieno cuyo titulo
ya es bien expresivo. La historia verdadera de la revoluci6n mejicana se ha de leer en reportajes novelados como Los de abaio o
El- Squila Y la serpiente. La historia de Bolivia qued6 escrita por
un insigne novelista con este titulo: Los caudillos bArbaros.
Venezuela se mueve con estos titulos de novela a] fondo: Las lanzas coloradas El pobre negro. Sobre la situaci6n de Colombia en estos airos no hay nada mejor que el libro Cenizas para el viento.
La obra b~sica de la vida y las letras argentinas sigue siendo ]a
de Sarmiento Civilizaci6n o barbarie. Conviene leer dos veces
todos estos titulos porque ellos solos U n un mapa en inmAgenes de
nuestro mundo contradictorio y dificil.

El juicio que antecede estS vinculado, en cierto modo, al concepto

de "intrahistoria", que ha sido explicado por Jog6 Angeles con claridad

meridiana:

la historia, la aut~ntica, ]a que se vivi6 y form6 carne y espiritu de los espaffoles no es la oficial, la historia al uso, tal y como la entienden los historiadores, sino la que se les escapa;
la que puede leerse, cuando se tiene sensibilidad para ello, en la cualidad4ubstancial del idioma, en la literatura, en el arte y el
paisaje.

En el caso de ciertos novelistas hispanoamericanos contemporSneos,

intimamente solidarizados entre st (Julio Cort~zar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y el proplo Gabriel Garcia Merquez)-.se debe tratar de

penetrar a fondo en sus procedimientos y tantear sus motivaciones, a

fin de indagar hasta qu6 grado se proponen simplemente execrar la






22



historia de sus palses y del Continente y hasta qug extremo intentan

distorsionarla con fines sediciosos o meramente sensacionallstas. Estos

autores interpretan el compromiso social del escritor de una manera peculiar. Nos dan la sensaci6n, a primera vista, de preocuparse s6lo por

el aspecto estetico de su producci6n, mientras que de modo simulthneo,

estan contribuyendo, en real idad, a una dislocaci6n total de normas y

principios en todos los sectores imaginables, sin excluir, desde luego,

el artfstico.

Veamos c6mo plantea el problema Gabriel Garcla M~rquez:

Es absurdo decir que practicamos el escapismo, cuando una lectura detenida de nuestras obras demuestra a las claras que estamos mucho m6s politizados y comprometidos que nunca" lo estuvieron nuestros predecesores, y esto teniendo en cuenta que ellos partlan de
un realismo furibundo con el que crelan poder expresar mejor las denuncias, y no se daban cuenta que el realismo les limitaba la
perspectiva, y a trav6s de 61 s6lo les era permitido reflejar una de las caras del problema, pero no todas o la mayor parte, que es lo que nosotros pretendemos con este tipo de novela integradora...
le aseguro que a los universitarios les dice mucho y ellos saben mejor que nadie el grado de politizaci6n que asume Julio Cort~zar,
Mario Vargas, yo mismo, todos nosotros, aun a pesar de escribir lejos
y hacer un tipo de novela que a algunos se les pueda antojar escapista o poco comprometida.50

1Cuhl debe ser, entonces, la funci6n del novelista? Para nuestro

autor:

La funci6n del novelista.., en cualquier panorama social, es escribir buenas novelas. Me doy cuenta, sin embargo, que toda buena
novela es fatalmente inconformista, y tiene. por tanto, una funci6n
subversiva, asl sea involuntaria. Siempre ha sido ast y siempre
serS ast. En Am6rica Latina, que es un ontinente'volcgnico, esta
evidencia es particularmente dramntica.51

Julio Cort~zar nos ofrece su versi6n del compromiso en t6rminos

no menos significativos:

Poccsdudaran de mi convicci6n de que Fidel Castro o Che Guevara han dado las pautas de nuestro aut6ntico destino latinoamericano; pero de ninguna manera estoy dispuesto a admitir que los Poemas humanos









o Cien aflos de soledad sean respuestasinferiores, en el piano
cultural, a esas respuestas pol5ticas.

Es interesante constatar que las ideas de Mario Vargas Llosa resultan totalmente afines a las expuestas, ya que, para 41, el novelista

es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, o con
su tiempo, o. con su clase, un hombreque no estA satisfecho con
el mundo... Ese rebelde ignora la raz6n profunda de su rebeli6n
y escribe buschndola... El novelista serfa una especie de rebelde
que ignora los ortgenes de su rebeldia, un ser esclavizado a una
insatisfacci6n, a una especie de solitaria, que se alimenta de 41,
que vive de 61, de la cual trata de librarse, a la que trata de
desalojar escribiendo, y que justamente a trav6s de ese ejercicio
se alimenta, se apodera de 61 y va tiranizhndolo.53

En una entrevista con Emir Rodriguez Monegal, Carlos Fuentes se

solidariza con la posici6n aludida:

Es, como tan bien dice Mario Vargas Llosa, el eterno descontento,
el eterno opositor, el buitre que se alimenta de todos los detritus de ia sociedad, Es el gran pesimista... Esto es lo que nos falta: la crftica diaria, la elaboraci6n critica, permanente, de todos los
problemas humanos, con la intenci6n de colmar ese vac'odel poder en Amrica Latina, el vacto entre el poder total de la minorta y ia impotencia total de la mayorla... El lenguaje es libertad o no es; y
para m! ]a libertad es mantener el margen de herejia, mantenerel
minimo disentimiento para que nunca se cierren del gdo las puertas
de las aspiraciones concretas de hombres concretos.

Las opiniones transcriptas reflejan una actitud aparentemente deliberada y sistemntica de socavamiento de las instituciones y valores.

sociales, sin el contrapeso de alternativas concretas; una posici6n

basada m~s bien en una consigna intransigente de destrucci6n que en un

af~n razonable de mejoramiento. Predomina una subjetividad ca6tica y

arbitraria, inspirada tal vez por compulsi6n temperamental o por afgn de

notoriedad, m~s que por genuinas inquietudes humanitarias o por sincero fervor-patri6tico o americanista.

Estos cuatro novelistas-integran una especie de secta ideo16gica






24



que pontifica, desde el extranjero, sobre todas las cuestiones hemisf6ricas y publica novelas que son lefdas vorazmente, debido a la efectividad de las campai~as publicitarias y a los respectivos elogios que entre

s1 se prodigan. Uno de los problemas mns alarmantes que esta facci6n

intelectual estA creando, se relaciona con el lenguaje y con la cooperaci6n., consciente o inconsciente, que el nihilismo semnntico que predican

o practican esta brindando a los designios sediciosos del radicalismo

revolucionario. Estas palabras que a continuaci6n reproducimos probarhn

la coincidencia:

!Por qu6 la filosoffla pelea por palabras? Las realidades de la
lucha de cases son "representadas" por las "ideas", las que a su vez son representadas por "palabras". En los razonamientos c|entificos y filos6ficos, las palabras (conceptos, categorlas) son
"instrumento'" de conocimiento. Pero en la lucha polftica ideol6gica y filoso'fica las palabras son tambi'n arrnas: explosivos, calmantes o venenos. Toda la lucha de clases puede, a veces, resumirse en la lucha por una palabra, contra otra palabra. Ciertas palabras luchan entre ellas como enemigos. Otras dan lugar a equIvocos,
a una batalia decisiva pero indecisa... Este combate filos6fico
entre palabras es una parte del combate politico. La filosofia
marxista-leninista no puede real izar su trabajo te6rico, abstracto, riguroso, sistem-ntico sino a condici6n de pelearse tambigg por palabras muy "eruditas"... y por palabras muy "simples'...

Para constatar afinidades, veamos c6mo plantea Carlos Fuentes el

problema del lenguaje. Primero, ubica al intelectual hispanoamericano

en el sector revolucignario:

En las Oltimas decadas, y sobre todo a partir del triunfo y el
ejemplo de !a revoluci6n cubana, la inteligencia de guestros
pauses se sit'a, rayoritariamente, en la izquierda.59

MSs adelaante, nos ofrece su punto de vista concreto sobre el particular:

Nuestras obras deben ser de desorden: es decir, de un orden poslble, contrario al actual... Nuestra literatura es verdaderamente
revolucionaria en cuanto le niega a] orden establecido el l6xico que
este quisiera y le opone el lenguaje de ]a alarma, la renovaci6n,






25


el desorden y el humor. El lenguaje, en suma, de la ambigtiedad:
de la pluralidad de significados, de ]a constelaci6n de alusiones:
de la apertura.57

Raymond D. Souza anal iza este aspecto del lenguaje en la novela

hispanoamericana actual, considerando tres obras, escritas, respectivamente, en 1947, 1963 y 1967: Al filo del aqua. de Agustin Ygez, Rayuela. de Julio Cort~zar, y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. En este articulo se alude a un proyecto de Julio Cortgzar, que vamos a reproducir en sus propias palabras:

Tratar6 de crear mi propio lenguaje. En eso estoy trabajando y no es cosa f~cil. El ideal es Ilegar a una lengua que haya eliminado
todas las muletillas (no s6lo las evidentes, sino las otras, las
solapadas) y todos los recursos fAciles, eso que tan alegremente se
califica en seguida de estilo literario. S6 qu el mio serS un
lenguaje antiliterario, pero ser6 un lenguaje.SO

Esta conspiraci6n artera disfrazada de literatura -o esta literatura pseudoingenua lastrada de potencialidad destructiva- es considerada por Luis Hars "Ia moda de la investigaci6n lingOfstica.-hija algo ilegitima del estructuralismo por un lado, del cortazarismo por el A otro-...".59

En esta moda han cafdo narradores j6venes como N6stor SAnchez, Manuel Puig, Severo Sarduy y Gustavo Sainz. De este 6ltimo son las siguientes palabras:

Me gusta irritar, hacer exclamar que lo que escribo no es literatura, practicar innumerables formas creativas de descontento. Me 60
gusta hablar, enfrentarme al mundo bajo el signo de las palabras.

En las "Cartas al Director." de un ejemplar relativamente reclente de la revista Blanco v Negro un corresponsal envia la contribuci6n epistolar que reproducimos en lo pertinente:

En ]a p6gina 57 del numero 1.046 del semanario LIExpress un redactor espaRol, J. S., al dar cuenta de una novela, dice lo sigulente:






26


"Escribir es un gran riesgo, sea cual sea la lengua en que se escri
be. Pero escribir en espaiiol puede ser un riesgo mortal. Porque
el espafiol -es decir, el castellano, lengua imperio, lengua de opresores: colonos, curas, capitanes-, por el peso mismo de su historicidad represiva, tiene una tendencia (difIcilmente superable) a apoyarse en la ret6rica moralizadora, en Ia hipocrecla de la buena conciencia, en la ambiguedad ampulosa y espesa de un lenguaje duro.
El castellano es una lengua a Ia que no hay mhs remedlo que traiclonar., una lengua que hay que partirla en pedazos y volverla a inventar para poder descolonizarla. En esta empresa se hallan empeKados. ya sabemos con qu6 poco 6xito, los escritores de ma America Latina, obligados a conquistar su autonomfa contra la lengua de Ia madre patria:, madre.de todos los vicios, Buen n'mero de dirigentes y de intelectuales de esas naciones (y no son por cierto minora ni los menos revolucionarios) viven prisioneros deljistema
sem~ntico y moral de la ret6rica castellana colonial...61

Resulta interesante examinar un ejemplo concreto de los procedimientos que estos novelistas emplean, ilustrado por unas declaraciones

de Gabriel Garcia Marquez:

Otro caso: relato la masacre de las bananeras en una forma que
puede lamarse falsa, superficial, irreal, sin documentos hIst6ricos. Todo lo que se quiera. Pero el hecho es que ahora hay en
Am6rica ochenta il lectores que saben que en Colombia, en las bananeras, hubo una masacre. Antes no lo sablan. Yo describo la
mecanica del hecho. Y cuando alguien me decta que este libro era
peligroso porque yo digo que hubo tres mil muertos y que en realidad no hubo sino 26, le~respondt: yo s6 que hubo mucho mfs que 26, pero ustedes, los informadores oficiales reducen la cifra a 26, yo
la aumento a tres mil, a ver qui6n gana.62

Como se podrA apreciar, esta posicI6n dista mucho de la asumida

por los noventayochistas espa~oles, quienes basaban su concepto de la

"intrahistoria" en una actitud reverencial hacla el pasado que consideraban autgntico, sin proponerse en ningn momento fhlsear la historia

con fines de propaganda o de sensaclonalismo mendaz. Algunos de nuestros novelistas se regodean en la presentaci6n traumtica de los aspectos m~s s6rdidos de la historia y de la sociedad y de las facetas m s

equivocas de los individuos representativos, con el aparente designlo

de provocar el inter6s morboso y la complicidad del lector y de






27



convertirlo en un esc6ptico o en un renegadoo cuando no en un impaciente partidario de la acci6n directa, de la cruenta.revoluci6n.

En virtud de nuestra instintiva resistencia a atribuir designios inconfesables a intelectuales tan excepcionalmente dotados, hemos pensado que su actitud puede deberse, aparte de al esnobismo ideol6gico prevaleciente, a una postura de idealismo hipertr6fico de que suelen resentirse los cultivadores del arte en todas sus manifestaclones. El "deber ser" inminente es antepuesto, con testarudez bizantina, al 'ser" gradual que la sociedad ha ido alcanzando penosamente a traves de las! centurias, mediante la formulaci6n de fines concretos y el arbitrio de7 medios id6neos adaptados a la 6poca, aun en los casos en que el primer impulso ha surgido del ideario din~mico de un proceso revolucionario.

De que Garcda M1rquez es un perfeccionista impenitente, resulta. buena muestra la siguiente declaraci6n: "El escritor debe mantenerse siempre independiente. debe ser siempre rebelde, en cualquier sociedadi, porque la sociedad es infinitamente perfectible,"63 ..


Esta posici6n podria calificarse de demagogia intelectual, toda vez que el denunciar los males de ]a sociedad sin aportar remedios espec'ficos para solucionarlos, o a sabiendas de que 6stos no existen o de que aqu6llos son insuperables, es aun mns pernicioso que permanecer indiferente ante la injusticia. A no ser que la t~ctica del inconformismo a ultranza sea s6lo una cortina de humo, tras lacual propiciar una revoluci6n de revanchismo resentido, en que la justicia social sea s6lo un alarde frustrado, y la abyecc16n, el caos y la miseria, sus resultados tangibles.






28'


La declaraci6n de Garcia MSrquez a Armando Dur~n que a continuaci6n reproducimos, resulta por demAs explicita: "Yo creo que tarde o temprano el mundo sera socialista, quiero que lo sea, y mientras mhs pronto mejor."

Otro comentario significativo, se refleja en las palabras que s iguen:

Tengo una ideologla, y a trav~s del lente de esa ideologla veo todo.
y hago cuentos. Como le sucede a todo hombre y a todo libro. Caperucita Roja es 6un cuento que tiene ideologia. Esto es inevitable si
se es sincero.

Miguel Fernandez-Braso aporta este comentario:

El I de enero de 1959, Fidel Castro entra en La. Habana. La juventud rebelde americana, la juventud que ama la igualdad y odia la tirana
que favorece a unos grupos, estA entusiasmada. Garcia MArquez'se
alist6 moralmente a su cggsa y empez6 a trabajar en la agencia fidelista "Prensa Latina".

Garcla MSrquez nos ofrece una confirmaci6n, al ser entrevistado

por Carlos Landeros: "Lo 6nico que es cierto para ml, son.las canclones de los Rolling Stones, la revolucl6n dn Cuba y cuatro amigos.'67

Una actitud desconcertante en la ejecutoria de Garcia MArquez, se relaciona con su reactl6n ante el arresto en Cuba del poeta Heberto Padilla y su tristemente famosa retractaci6n, de la que el novelista Juan Arocha escribi6 en "Le Monde", de Paris: "]a autocritica de Padilla no podia haber sido firmada mas que en una sola circunstancia:
68
ba.jo ]a tortura."'

Refirigndose a ]a postura de los intelectuales, el artIculo de que tomamos estos datos resefa:

Pero la crisis estall6 en marzo de este airo, cuando Heberto fue
encarcelado y los intelectuales de izquierda, como Alberto Moravia, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Carlos Fuentes, Mario Vargas
Llosa, Julio Cortgzar, Pier Paolo Pasolini, Juan Rulfo y otros






29


enviaron una carta a Fidel Castro mostrando su inquietud por el arresto del poeta. Padilla fue puesto en libertad 38 dfas mns tarde, despu6s de escribir una carta confesAndose "traidor a la
revoluci6n" y ser lievado al local de la Uni6n de Escritores Cu- ,
banos para que se "autocriticara". Los intelectuales rompieron
abiertamente con Fidel Castro. 'El famoso novelista peruano Mario Vargas Llosa, abri6 el fuego renunciando a sus funciones de asesor
de "La Casa de las Am6ricas" (editorial cubana) y a dictar un curso
que se habia programado para el pr6ximo enero en la Universidad de La Habana.,.. Pero como se sabe, la protesta de mayor repercusi6n
fue la segunda carta que enviaron a Castro sesenta y un prominentes intelectuales izquierdistas de Europa y America Latina, con la excepci6n del argentino Julio Cortazar, que habla firmado la primera
y de Gabriel Garcla M~rquez, qu se opuso a firmar la primera no
obstante ser amigo de Padilla,

Recufrdese la declaraci6n de Garcla MArquez a su Ilegada a Barranquilla, a principios de 1971, respecto al telegraa de solidaridad con

los intelectuales y artistas refugiados en el convento de Monserrat, en

Barcelona, en seal de protesta por el juicio que se segufla a los nacionalistas vascos, que 61 firm6 conjuntamente con Mario Vargas Llosa.70

Como se podrS apreciar, existe entre esta postura y la anterior una contradicci6n de tal magnitud, que no resultarla f6cil poder conciliar.

En la entrevista concedida a Francisco Urondo, Se rebela airado

Garcla Mhrquez contra la reacci6n que puede provocar el tema manido de

su pr6xima novela: "No s6, me van a decir de todo, pero yo quiero hablar

de esta gente, que le ha tocado ]a cabrona suerte de ser dictadores y

matar estudiantes y todo aquello que t6 sabes."71

A] aludir a su recorrido por el sur de los Estados Unidos, Ernesto

Schoo nos ofrece este dato ilustrativo'

Son veinte dias de carreteral aliment~ndose con leche malteada, con hamburgueses, conociendo en Atlanta un Aspero rostro de los Estados
Unidos ("no querfan recibirnos en los hoteles porque crefan que
gramos mexicanos") y leyendo, en otro pueblo del Sur 72n letrero que
decla: "Prohibida la entrada de perros y mexicanos".






30


Su inconformidad ante la situaci6n prevaleciente en Colombia, se

pone de manifiesto en estas declaraciones de principios de 1969:

..."yo sail del pals hace catorce aos, fortuitamente", lo habian
mandado como corresponsal de un diario colombiano. "Luego regress,
pero ya no me sentla c6modo y entonces volvi a salir del pals, y
ha Ilegado un momento en que ya no me encuentro bien en ninguna
parte; cuando vuelvo, no estoy c6modo, y no es que me sienta marginado de la vida del pals, porque ahora, y a pesar de que los critico y que en mis novelas muestro una realidad que no puede
halagar a nadie., ellos incluso me consideran una especie de gloria
nacional. Si Ilego a hacer -como hice- declaraciones p6blicas criticando, en seguida aparecen por la televisi6n los m's altos funcionarios haciendo aclaraciones, y con toda delicadeza sefialando
que yo no estoy all y que debo tener malas informaciones". Lo
afirma con rabia, y con tristeza: "esto de no sentirme.bien en mi pals, me da una gran pena, porque antes estaba c6modo, sin proble' mas, y eso que sentla lo he perdido, porque ya no lo siento m~s en
ninguna parte".73

En la entrevista con Fern~ndez-Braso, aparece este dato de interns:

La 61tima vez que estuvo en Colombia... le "hicieron objeto de un gran recibimiento, todo el mundo se desvivi& por agasajarme y tuve que oponerme a que en mi pueblo me levantaran un monumento. Pero los universitarios me declan: 'Venga, venga a que le contemos lo
que ocurre con esto, con lo otro y lo de m6s al14. Yo me daba m~s
cuenta de las muchisimas cosas que no marchaban bien, .y comprendl
que no podI6 quedarme mas tiempo. Yo represento muy poco y hay
mucho, muchisimo que hacer. En todocso., pens4, lo que yo tenga
que hacer lo harg mejor desde fuera." 7.

Hablando tambi~n de Colombia, esta vez con Jean-Michel Fossey ,

nuestro novelista aduce:

A116 me consideran como un escritor colombiano, que desde luego.
soy. No tratan de quitarme nada. El Estado y la sociedad hacen
muy poco por fomentar la cultura y las manifestaciones culturales.
Es una realidad que he declarado a116 en Colombia y se han hecho grandes pol]micas. Me ref iero a la cultura,. pero lo mismo ocurre
en la educaci6n, la econ la, la agricultura, etc. Es un problema
total del subdesarrollo.n

Una carta de Garcia Marquez a] director del peri6dico E1.Espectador que es reproducida por ]a revista Siemore. nos brinda la oportunidad de conocer m~s de cerca la actitud de nuestro autor. El trata de

explicar abiertamente las razones que lo fuerzan a declinar el ofreci-






31



miento del consulado de Colombia en Barcelona despu6s que Su rechazo original, expresado con la mayor discreci6n, habla dado lugar a comentarios que consider6 enojosos:

no puedo ponerme al servicio del gobierno de mi pals, y no por
su soberbia dogmrtica, ni por el machismo vengativo con que quiere
tener manos arriba a los estudiantes, ni por sus explosiones de rabia que retumban en el exterior con un estruendo mayor que el de sus buenas obras, sino porque estoy en desacuerdo con el sistema entero a todo lo ]aroa a todo lo ancho y a todo lo profundo de su estruc
tura anacr~ngca.6 "


Tal vez resulte apropiado concluir el presente capltulo, sugiriendo como simb6licos de la actitud de Gabriel Garcia MArquez ante los problemas politicos y sociales, los dos carteles que exhibe en las paredes de ]a habitaci6n en que trabaja, en Barcelona: "uno anuncia un festival de la canci6n de protesta y el otro reproduce una mquina de escribir hecha pedazos en medio de una carretera".77





32


Not as

48Eugenio Chang-RodrIguez y Harry Kantor (eds.), La An~rica Latina de hoy (New York: The Ronald Press Company, 1961), pp. 12-y 13. Antes habia aparecido en Entre la libertad y el miedo. 6a edici6n (Santiago de Chile, 1955), p. .29..
49jos Angeles, "I, Gald6s precursor del noventa y ocho?", Hispanla, XLVI (1963), 267.
50Fern~ndez-Braso, p. 54.
511bid., P. 57.

52Julio Corthzar, "Literatura en la revoluci6n y revoluci6n en la literatura", Marcha Enero 9 de 1970, p. 30.
53Mario Vargas Llosa, La novela (Paysand6: Fundaci6n de Cultura Universitaria, Cuadernos de Literatura [2], 1969), pp. 4, 5 y 13.
5LEmir RodrIguez Monegal, El arte de narrar (Caracas: Monte Avila
Editores, 1968), pp. 144 y 145.
55Louis Althusser, "La filosoffa: arma de la revoluci6n", La PAiara Pinta, No. 49, Enero de 1970, p. 6.
56Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana. 28 edici6n (Mxico: Editorial Joaquin Mortiz, 1969), p. 29.
57Ibid_., p. 32.

58Raymond D. Souza, "Language vs. structure in the contemporary Spanish American novel", His2ania LII, No. 4, Diciembre de 1969, 836. La versi6n espa-ola que reproducimos aparece en el libro de Luis Hars, Los nuestros. 3a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 288.
59Hars, Los nuestros p. 465. V~ase nota precedente.

60lEntrevista a Gustavo Sainz",_A nte No. 35, Agosto de 1971, p. 6.
6 1. . . . . .
C. E. Valladolid, "Opini6n sobre el Castellano", Biaflo y NgroLXXXI, No. 3.097T, Septiembre 11 de.1971, 4.
62 Alfonso Mor.salve, "Una entrevista con Garcla M rquez", . Iiemo Lecturas Dominicales, Enero 14 de 1968, p. 4.
63Ibid.

64Dur6n, pp. 28 y 29.









65Monsalve, p. 4.

66Fernindez-Braso, p. 31. V~ase tambi6n p. 53. Debe aclararse que la fecha de entrada de Fidel Castro en La Habana fue el 3 y no el primero de enero de 1959.
67Carlos Landeros, "En Barcelona con Gabtiel Garcia M6rquez", Siempre. No. 872, Marzo 11 de 1970, p. 21.
68"Marta Padilla y la c6lera de los intelectuales", Vanidades Continental A~io 11, No. 15, Julio 26 de 1971, p. 70.
691kid

70V6ase el texto de la'declaraci6n en la p. 17 del.presente trabaj o.
71Urondo, p. 165.

72Schoo, p. 54.

73Urondo, p. 168.

74Fern~ndez-Braso, p. 54. La entrevista tuvo lugar el 17 de octubre de 1968.
75Fossey, p. 8.

76Siempre. No. 876, Abril 8 de 1970, pp. 1.4 y 15.
77Dur~n, p. 23.












CAPITULO III


CREDO ESTETICO


No es tarea f~cil captar con absolfuta certeza las ideas que sobre

su arte sustenta un artista como Gabriel Garca Mgrquez, en virtud de

que su proclividad hacia lo parad6jico parece a veces un recurso para

provocar el asombro del interlocutor. Por otra parte, encontramos una

dificultad no menor en su constante afan de experimentaci6n:.

Siempre estoy experimentando. Lo sabroso de la novela es eso -buscar, encontrar, renovar. Por eso mis teorlas literarias cambian todos los dfas. No tengo una f6rmula. El dfa que tengo una f6rmula estoy acabado, me contradigo. Quien no se contradice es dogm~tico, y ser dogm~tico es ser reaccionario. Y yo no quiero ser reaccionario.78

Otro ejemplo de su versatilided en materia literaria, lo hallamos

en una de sus respuestas a Jos6 Domingo:

En mi caso personal no tengo autores favoritos, sino libros que me gustan mis que otros, y estos no son los mismos todos los dias, y ademans no me gustan porque los crea mejores. sino por razones muy
diversas y siempre difIciles de precisar. Esta tarde, por ejemplo,
harfa la lista siguiente: "Edipo Rey", de S6focles; "Amadis de Gaula", "Lazarillo de Tormes", "Diario del aKo de la peste", de Daniel de Foe; "Primer viaje en torno del globo", de Pigafetta'"; "Tarz-n de los monos", de Borroughs, y dos o tres mas. No se lo
que esta lista pueda significar para los crfticos, pero esta tarde
es honrada, aunque probablemente no lo sea ma~ana. Por cierto que desde hace algunos aKos no puedo soportar a Faulkner. Sin embargo,
comprendo que estas son veleades de escritor, y supongo que los
crIticos saben Jo que hacen.

En la entrevista concedida a Armando Duran, su respuesta es exactarnente iqual, hastala alusi6n a Faulkner; con la siguiente variaci6n

al final: ".. y las novelas, en general, me aburren. Hace varios 80
aios que s6Jo me interesan las cr6nicas de navegantes".









En otras declaraciones, sin embargo, es m~s categ6rico en su

selecci6n:

En tanto que como escritor, las lecturas en lengua castellana que
me resultan obsesivas, son mucho mSs antiguas: ]as novelas de caballerfa, el romancero an6nimo, el Lazarillo de Tormes, que tengo
como una de ]as grandes novelas de siempre, y los poetas del Siglo
de Oro.81

Sobre las novelas de caballerfa Garcla M6rquez ha hablado extensamente, como veremos, pero ahora nos interesa recoger esta expresiva alusi6n:

Una de las grandes y gratas sorpresas de mi vida me la dio Mario
Vargas Llosa, que es tan buen cr'tico como novelista, cuando se-al'6 con gran lucidez algunas coincidencias entre Cien afros de soledad y Amadfs de Gaula. En verdad, yo lef este libro con verdadera pasi6n.
La observaci6n de Vargas-Llosa me~ha puesto a pensar seriamente en
la labor callad 2que pueden hacer ciertos libros en el subcons~iehte
de un escritor.

Contestando d una pregunta sobre el tratamiento de la realidad,

nuestro narrador reitera su adhesi6n al lema de los universitarios franceses ("El poder para la imaginaci6n") con esta observaci6n:

Yo creo que este sistema de explotaci6n de )a realidad, sin prejuicios racionalistas, le abre a nuestra novela una perspectiva espl6ndida. Y no se crea que es un m6todo escapista: tarde o emprano,
la realidad termina por darle la raz6n a la imaginaci6n.8i

En una contestaci6n a Rosa Castro, Garcfa M6rquez logra perfilar

desde otro Angulo, este concepto de lo real:

Las novelas son como los suerios... Como los sueF6s estan construldas con fragmentos de la realidad, pero que terminan por constituir una realidad nueva y distinta. Asl es que son mis novelas. Son experiencias elaboradas y personajes armados con pedazos de unos y otros., de 9ires que uno ha conocido. Lo mismo los hechos y los
ambientes.

La conocida afici6n de nuestro autor a las novelas de caballera

no escapa a ]a perspicacia de Armando Dur~n, quien al traer el tema a


colaci6n, obtiene la siguiente respuesta:





36



Lo que pasa, creo yo, es que los autores de novelas de caballerias,
formados en el delirio imaginativo de ]a Edad Media, consiguieron
inventar un mundo en el cual todo era posible. Lo 6nico importante.
para ellos era la validez del relato, y si crefan necesario que al caballero le cortaran ]a cabeza cuatro veces, cuatro veces le cortaban la cabeza al caballero. Esta asombrosa capacidad de fabulaci6n penetr6 de tal modo en el lector de la e6poca, que fue el signo de la conquista de America. La b6squeda de El Dorado o de la Fuente
de la Eterna Juventud, s6lo eran posibles en un mundo embellecido por la libertad de la imaginaci6n. Lo triste es que Ia literatura
latinoamericana se hubiera olvidado tan pronto de estos orligenes
maravillosos. Se han necesitado cuatro siglos para que Mario Vargas Llosa encontrara el cabo de esa tradici6n interrumpida y llamara la
atenci6n sobre el raro pagecido que tienen las novelas de caballerfa
y nuestra vida cotidiana. 5

Cuando le habl6 a Jos6 Domingo del mismo t6pico, volvt6 a reconocer su deuda a la novela de caballerfa, aclarando su pensamiento en forma explicita:

Esta reducci6n de lo maravilloso al nivel cotidiano, que fue por cierto el gran hallazgo de la novela de caballeria, tenfa adem~s
]a ventaja de resolverme al mismo tiempo el problema del lenguaje,
pues lo que una vez fue verdad dicho de un.godo, tenia que ser verdad cada vez que se dijera del mismo modo.,

Emmanuel Carballo aporta un dato relevante sobre la posici6n de

Garcla MArquez respecto al retoricismo:

En 1963, recien aparecida la primera edici6n mexicana de El coronel q tiene guien le escriba me dijo al contestar una pregunta que le
hice sobre este tema: "Una de las cosas que ha demorado mi trabajo
ha sido ]a preocupaci6n de corregir el vicio mAs acentuado de ]a
ficci6n latinoamericana: ]a frondosidad ret6rica. Escribir ampulosamente es bastante f6cil y, adem6s, es tramposo: casi siempre
se hace para disimular con palabrerlas las deficiencias del relato.
Lo que en realidad tiene m6rito aunque por lo mismo cuesta trabajo, es contar de un modo dirego, claro y conciso. Ast no hay modo ni
tiempo de hacer trampas2

Otro testimonio digno de resefarse, nos lo ofrece.Carmen C. de

Rodriguez-Pu~rtolas, quien reproduce la siguiente opini6n de Garcfa


MNrquez sobre el tratamiento de la violencia:









El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos, ]as tripas sacadas y la descripci6n minuciosa de ]a crueldad con que se cometieron esos
crimenes, no es el camino para ]a novela. El verdadero drama estaba en --I ambiente de terror que provocaron losLano
vela no estaba en los muertos, sino en los vivos.

Preguntado sobre su concepci6n de la novela como g~nero literario,

el narrador colombiano ofreci6 la siguiente respuesta:

No creo en las definiciones ni en las teorlas literarias. Un escritor que no est6 dispuesto a cambiar sus conceptos literarios todos los dias, est6 perdido, tanto o m~s como el que cambia85us convicciones politicas en los primeros cien a~os de su vida.

Es digno de menci6n el criterio de Garcfa M~rquez sobre ]a trascendencia y dificultad del primer p5rrafo de una novela:

Puede que cueste muchos nvses, e inclusive muchos agos, hasta tenerlo como debe ser. S6lo cuando estS escrito el primer p~rrafo se
puede cidir, en definitiva, si la historia tiene porvenir, y se
sabe :s cuIl ha , de ser su estilo y su longitud, y el tiempo que costarS
escribirla.90

Luis H.Irs nos ofrece una oportuna aclaraci6n sobre el elemento

humorIstico en la narrativa de nuestro novelista:

Garcia Mrquez no se considera un humoristaj si es que la palabra tiene algcin sen dio preciso. Dice que en sus obras el humorismo, que siempre comenta la gente, es incidental. Desconfia del humor,
sobre todo del chiste Facil que Ilena un vaclo. Adem6s, agrega solemne, siempre ha credo que no tiene sent'ido del humor. Las
sonrisas c!esparramadas en sus obras las ha dejado caer de paso y 91
como por casualidad, cuando surglan espont~neas de una situaci6n.

Otro asipecto de inportancia que destaca Luis Hars., explica el tftulo de su tirabajo sobre Garcia M6rquez:

"Lo que da valor literario es el misterio". dice Garcia M~rquez,
que trabaja siemore dejando una "cuerda floja" -una sugerencia
enim5tica, la rapida visi6n de algo fugitivo, indescifrable como
un sueno qe .se pierde al despertar- en la que vibra esa "'magia que
hay en los actos cotidianos". Garcla M~rquez toma sus mitos como
los encuentra. sin alterarlos. No se detiene a investigar el misterlo., para que no se le esfune.92

Sobre el origen del vicio ret6rico, a que antes aludimos, el no-


velista colombiano expresa su criterio de este otro modo:






38


Atribuyo esa caracteristica a que se ha confundido el fondo con ]a forma. En ]a America Latina uno se encuentra con los hechos cotidianos, los movimientos politicos, los acontecimientos sociales,
son todos enormes, fucr~a de proporci6n, como si tuvieran otra medida. Tengo la impresi6n de que i0 que se ha hecho es tratar de contar esto con una ret6rica i-ualrente enorme, y pienso que lo que hay que
hacer es lo contrario: asumir ua actitud muy serena y sobre todo
muy sencilla para contar cosas.

Precisamente, en el concepto clue antecede estA basada su crIltica

sobre El senor presidente de Miguel Angel Asturias:

...-I'estoy escribiendo 'obre este tenma, imaginatell-, y a su juicio la novela es insalvabile "lo que pasa es que a uno le queda el recuerdo de aquel impacto que hiciera, tal vez hace alios, por su tema.
Pero ahora se lo ve cor::o aigo sin grandeza, "provinciano", escrito para jorobarlo a Ubico o a quien sea". Porque para Garcia M~rquez, Asturias ha sido uno de 'Jos susteptadores de ]a mala ret6rica, "es
]a apoteosis de la mala poesfa".9'

Preguntado sobre el in-.yor obst6culo que debe salvar el escritor,

el novel ista de Hispanoamurica, Garcia Mrquez responde:

La dificultad permanente del escritor de la America Latina es la
palabra, las palabras. El hecho de que el espaKol se nos estS o1vidando. 0 no lo conoceaios. Se dice ya muy f~cilmente que el espaisol no es un idioma para la novela. Yo creo que sl lo es. Lo que pasa es que tenemos clue seguir explorando el idioma, nuestra
herramienta de trabojo D-esde que decidil ser escritor me encontr4 con esa dificultad, y de-cidl ponerme a trabajar en esa explorac|6n.
Yo oigo decir: "'Oue' l" itima no poder escribir en ingles, o en frarices, idiomas con los qu, se logran tantos matices." Yo creo que el
espaiiol es un idioma estupendo para ]a novela, como lo son todos.
Lo que ocurre es que no conoce-c;s verdaderamente el espaKol. El
ingl6s, el frances, y el italiano hablados son los mismos que escritoso En cambio hay un e;paiol para hablar y otro para escribir.
Es el problema del teatro en espaol , que se escribe, y cuando se
dice, es otro. Ya no frncionao El problema es que conocemos el
espaiol hablado, pero no el espa~iol escrito. Tratamos de escribir
una novela con el espaf,_ hablado. cuando en realidad debemos escribirla con el espawol esc:rito. Yo ]a traigo con eI idioma.'5

Su enjuiciamiento de Iris criticos nos orienta sobre algunas de.sus

opiniones como novelista:

Mi opini6n sobre la crcica es bastante injusta: creo que es una
actividad parasitaria. El critico se ha colocado, por determinaci6n
aut6noma y soberana, en:reel ,autor y el lector, y yo creo ye las
relaciones entre estos 61tirmos no necesitan intermediarios.









Armando Dur~n recoge una amplia impresi6n del pensamiento de Garcia M6rquez sobre la labor crftica, de ]a cual hemos seleccionado el siguiente pasaje"

i concsi6n es qlue ning6n crItico podrS trasmitir a sus lectores una vis on real de Cien aos de soledad mientras no renuncie a su
caparz./r, de pontiff ice y parta de Ia base m~s que evidente de que
esa nLc-,vea carece por completo de seriedad. Esto lo hice a conciencia9 abur-rido do tantos relatos pedantes, de tantos cuentos providen�ciales, de tantas novelas que no tratan de contar una historia sino
de tunm!',-r el gobierno; cansado, en fin, de que los escritores fu6ramos
tan ser~c a iportantes. Esa misma seriedad doctoral nos ha obligado a z.kiudir in sensiblera, el melodramatismo, lo cursi, la mistificacU, n ;oral , otras tantas cosas que son verdad en nupstra vida
y no se atrevzn a serlo en nuestra literatura.97

Garcla H,4arq,.,z rubrica su opini6n sobre los criticos con este
siri I ingenio..o:

Lo quo u.urre e que a los crIticos les sucede lo mismo que a los ingeniero), qLue construyen una carretera torcida y luego ponen un
letrero: "Curva peligrosa", como si la hubiera construido el dest
tin.18

Franc sco Urondo recoge una alusi6n clave a Cien aios de soleda.d: "Despus lire.. a divertir', senta 'que habla fastidiado a alguien.I Era ccmo 0;r-t ,Jurla, como 'un corte de mangasI'.99

Y en cfecto, osta alusi6n responde a una idea expresada en la mencionada novena: '11o se le habla ocurrido pensar hasta entonces que la literatura , e.ere el e1 jor juguete que se habla inventado-para burlarse
100
de la ger.ie ,.. �1

Para coricebir la fundada sospecha de que ese juguete de la literatura puede c-"r ecs en manos sensibles, afanosas de ocultar pudorosamente su cklr ' tristeza y de estupefacci6n ante el misterio de la vida y dl Ia I@ . , e-5 necsario leer la obra completa de Gabriel Garcia MIrquez. Par coir,,oar 1a apariencia de que ese juguete puede caer





40



tambi6n en manos desaprensivas, emboscadas para ]a travesura s6bital basta con leer sus pasajes chispeantes, paradj icos y hasta chocarreros, que son s6lo una fase de su compleja potencialidad humana y artistica. De que esto 6ltimo es cierto, es buena muestra el siguiente fragmento de su autosemblanza:

Nunca hablo de ]Iteratura, porque no s4 lo que es, y adem6s estoy convencido de que el mundo seria igual sin ella. En camb|o, estoy
convencido de que serla completamente distinto si no existiera la
policia. Pienso, por tanto, que habria sidOrs 6t|] a ]a humanidad si en vez do escritor fuera terrorista.









Notas

78Monsalve, p. 4.

79Jos& Domingo, "Entrevistas: Gabriel Garcia M=rquez", Insu.la No. 259, Junlo de 1968, p. 6.
80Dur6n, p. 26.

81Algazel, "Dihlogo con Garcia Mrquez", El Tiempo Lecturas Dominicales, Mayo 26 de 1968, p. 5.
821 bid.

83Durn, p. 31.

84Rosa Castro, "Con Gabriel Garcia Mrquez", Recopilaci6n de textos sobre Gabriel Garcia M~rquez (La Habana: Casa de las Americas, 1969), p. 33.
85Durin, p. 32.

86Domingo, p. 6.

87Emmanuel Carballo, "Gabriel Garcia Mhrquez, un gran novelista latinoamericano", Revista de la Universidad de Mxico. XXII, No. 3, Noviembre de 1967, 10.
88Carmen C. de Rodriguez-Pu~rtolas, "Aproximaciones a la obra de Gabriel Garcia M6rquez", Universidad, No. 76, Julio-Diciembre de 1968, p. 20.
89,Cien afros de un pueblo", Visi6n. XXXIII, No. 4, Julio 21-de 1967, 29.
90Dur6n, p. 32.

91Hars, p. 70.
92lld.y p. 75.

93Castro, pp. 29 y 30.

94Urondo, p. 165.

95Castro, pp. 30 y 31.
96Domingo, pp. 6 y 11.

97Dur~n, p. 28.





42


98Algazel, P. 5.

99Urondo, p. 163.
lOOGabriel Garcia M rquez, Cien aflos de soledad, 15.a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 327.
l01Jos6 Miguel Oviedo, Hugo Achugar y Jorge Arbeleche, Aproximaci6n a GabrIeL Garcia MSrguez (Paysand6: Fundaci6n de Cultura Universitaria, Cuadernos de Literatura [12], 1969), p. 2.












CAPITULO IV

EL NARRADOR Y LAS MARRACIONES



La comnpulsi6n narrativa de Gabriel Garcla MArquez se entreteje con

!as avatares de su vida y con esas otras realidades inmanentes que anidan en los pliegues mas rec6nditos de toda personalidad: sensibilidad,

convicciones y sentimientos. Lo que cuenta y su modo de contarlo son

muy humanos; a veces *demasiado humanos, para bien o para mal. De ahl

sus terx.is ob.:esivos y controvertibles, su estilo enfStico, avasallador.

De ah. adems, que el manantial subyacente no necesite m~s que una pequei, a brecha, para brotar con pujanza de torrente incontenible:

El origen de todos mis relatos es siempre una imagen simple. Tbdo
el argumE ,to de "La siesta del martes",que considero mi mejor cuento,
surgi6 de ]a visi6n de una mujer y una ninia vestidas de negro, con
un paraguas negro, caminarndo bajo el sol abrasante de un pueblo desierto. La complicada historia de La hoiarasca surgi6 del recuerdo de ml misM..o, cuando era muy nifo,, sentado en una silla en un rincon de .a sala, De El coronel no tiene quien le escriba lo primero que vi fue al hombre contemplando las barcas en el mercado de pescado de Barr n;quilla; muchos aios despu6s, en Parts, me encontr6 yo mismo en una situaci6n de espera angustiosa y me identifiqu6 con el recuerdo tie equel hoirbre: entor.ces comprendi lo que sentla mientras esperaha. Durante muchos aflos, lo 6nico que sabla de Cien affos de soledad era que un viejo Ilevaba a un nifo a conocer el hielo, exhibido como curiosidad de circo. De la novela que escribo ahora, la 6nica imagen que he tenido durante muchos a~os es ]a de un hombre inconcebibleimnte viejo que se pasea por los inmensos salones abandonados de un palacio ileno de aniriales. Esas imagenes originales, ya-% son
lo 6nico importante: lo demos es puro trabajo de burro.

Y a heros visto cino su maestro, Jos' A. Niez Segura, S.J., reproduce colac'-oraciones.en prosa y en verso, aparecidas en ]a revista
L Lye Li.103
~Juvetud en 19+0 y 1941., y su referencia a ]as cartas que el inquieto

adolescente escribla con prodigalidad para las novias y amigas de sus






44.



condisclipulos.104 Tambi6n sabemos que El Espectador recogi6 sus primeros cuentos, cuando nuestro autor contaba 19 6 20 anos.105

Sobre su producci6n inicial, resulta de interns Ia siguiente referencia de Luis Hars:. "Dice que dkistruiria esos primeros cuentos si los tuviera a mano, pero esperan Ia posteridad en los archivos de El Espectador el diario liberal cuyo suplemento literario fue el primero en publi106
car su obra".

Otros relatos fueron pub]icados en diferentes revistas. Luis Hars menciona el "Mon6logo de Isabel viendo lover en lacondo:: *"... que suprimi6 de La hoiarasca, se ha convertido luego -sus amigos lo persuadieron a dejarlo publicar en una revista- en una pieza de antologla, y hasta
107
apareci6 como material de lectura en un libro de texto"1,
108
Podemos mencionar, adem6s, "El mar del tiempo perdido", 8"Alguien desordena estas rosas',109 "Un hombre muy viejo con unas alas enormes"10 y "Blacam~n el Bueno vendedor de milagros".11

En cuanto a su primera novela. Lq.hogLrasca, Mario Vargas Llosa ref iere:

En 1955, mientras 61 se mora de frio en Europa Oriental, sus amigos
colombianos descubrieron en un (.-cj..a de su escritorio de BogotA, el
manuscrito de una novela que haia terminado poco antes de partir de Colombia y que, por un:exagerado sentido de autocritica, habla decidido no publicar. Sus amigos, 'ninu militare", 11evaronil manuscrito a la imprenta, y asl apareci6, en 1955, La hojarasca.

Miguel Fern~ndez-Braso seiala que ]a novela fue escrita en Parts, en 1952.113 Por otra parte, Emrmanuel Carbalio indica:

La primera de las novelas la terrnina a los 19 aiio5 en 1947, y ]a da a conocer ocho a~os despues: se tit-ula La ho rasca y apareci6 en
BogotA, con pie de imprenta de la ediciones S.L.B., el. aio de I1).
La segunda..edici6n la hizo Editorial Area de Montevideo en 1965.

Seg6n Luis Hars, Garcla Mfrquez comenzo a escribir La hioiarasca






45



cuando tenla 19 aios, coincidiendo con los crfticos anteriores respecto 0l5
a ]a fecha de publicaci6n.

La segunda novela, El coronel no tiene uien le escriba, fue concluida en Paris a principios de 1957 y publicada en MedellIn en 1961.116 En IQ63 y 1966 se publicaron en Ciudad M6xico dos nuevas ediciones de la obra.117 De acuerdo con el testimonio de Mario Vargas Llosa, Garcla .., rquez escribi6 once veces esta obra "breve y maestra". 8Flix Grande indica que esta novela fue redactada nueve veces,119 coincidiendo en ello
1 20
con Luis Hars.

La mala hora es publicada en Madrid en diciembre de 1962, y reeditada en Ciudad MHxico en 1966 por "Ediciones Era, S.A.". Al comienzo de .-zta edicion pueden leerse unas significativas palabras de Gabriel Garca MWrquez, que ilustran su obstinada independencla de criterio:

La prihiTra vez que se public6 La mala horao en 1962, un corrector
de pruebas se permiti6 cambiar ciertos t~rminos y almidonar'el estilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasi6n., a su
vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomSticas y las barbaridades estilisticas en nombre de su soberana y
arbitr,-wia voluni-ad Esta es, pues, Ia primera edici6n de La mala
hora. EL AUTOR.121*'

Segqn nos informa Luis Hars:

E c.oroj npeL, o= tiene au ienje escriba Los funerales de la MamA Gran"e y La male hora, fueron escritos los tres al mismo tiempo, cada uno como un e co de los otros. contenido en ellos. o conteni~ndolos. Deblan originariarnmeformar un solo libro, La mala hora, que incluirHa a los demas,!

Despu~s viene una etapa de aparente pasividad, en laque, en realidad, estuv6 in6cub6ndose la obra maestra del narrador colombiano, Cien .'.de soledad publicada enBuenos .Alres"en 1967.


Mario Vargas Llosa se refiere a] proceso germinativo de esta popular obra de.ficci6n:.









Y de pronto, un dia de 1965, sobrevino el milagro, es decir, la recompensa a tantos agos de fidelidad con, diremos, sus obsesiones.
Estaba viajando en autom6vil de Acapulco a M6xico -cuenta 41-, y de
pronto "viol' la novela que venfa trabajando mentalmente desde que
era un nif o. "lLa tenfa tan madura -dice-, que hubiera podido dictarle all A3mo el primer capftulo, palabra por palabra. a una mecan6grafa."

En noviembre de 1965 escribi6 a Luis Hars una expresiva carta que,

entre otras cosas, expresaba:

Estoy loco de felicidad. Despu6s de cinco aros de esterilidad absoluta, este libro estS saliendo como un chorro, sin problemas de palabras... Es, en cierto modo, la primera novela que empece a escribir a los 17 agos, pero ahora m5s ampliada. No es s6lo la historia del coronel Aureliano Buendfa, sino ]a historia de toda su familia desde la fundaci6n de Macondo, hasta que el 'I imo Buendia se suicida, cien aios despu6s., y acaba la estirpe./24 .

Se9 n le confes6 el autor a Armando Dur6n, le tom6 mfs de aRo y 125
medio escribir esta novela exitosa, de la cual se vendieron clen mil 126
ejemplares el primer ago en ]a Am6rica Latina. y ms de 300,000, solamente en espagol, hasta marzo de 1970; habi6ndose traducido a dieci127
siete idiomas.

Una pregunta que se hace indispensable al estudiar esta faceta del

autor colombiano., es la siguiente: Ic6mo trabaja Gabriel Garcla M~rquez?

Por su hablar desenfadado y parad6jico y por su estampa y vocaci6n de

bohemio, podrfamos presumir que se trata de un escritor indisciplinado e

improvisador; mas no debemos dejarnos confundir por las apariencias.

Dejemos que 61 mismo nos lo aclare:

Escribo todos los dias, inclusive los domingos, de nueve de la magana a tres de la tarde. en un cuarto sin ruidos y con buena calefacci6n, porque lo 6nico que me perturba son las voces y el frio.
Durante las horas de trabajo fumo cuarenta cigarrillos negros, y el
resto del dfa se me va tratando de desintoxicarme... Otra cosa:
escribo con un overol de mecanico, en parte porque es m~s c6modo .y en parte porque cuando no-encuentro las soluciones en la m~quina y tengo que levantarme a pensar, armo y desarmo con un destornillador
las cerraduras y las conexiynes e16ctricas de ]a casa, o pinto las
puertas de colores alegres.









Su m~todo es lento y laborioso:

Si escribo un cuento, me siento satisfecho de avanzar una lfnea por dia. Si es una novela, trato de avanzar una pagina... Lo primero
que hago al levantarme es corregir a mano, con tinta negra, el trabajo del dia anterior, y en seguida saco todo en limpio. Luego hago correcciones en el original completo y se lo voy Ilevando poco a poco a una mecan6grafa, porque nunca dejo copia de lo que escribo, y.
si algo se pierde en las idas y venidas, no serS tanto que no lo
pueda rehacer en un d1ao|29

Veamos la raz6n de esa disciplinada laboriosidad:

En mi caso, el ser escritor es un m6rito descomunal, porque soy muy bruto para escribir. He-tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media p~gina en ocho horas de trabajo; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale gonando, pero
soy tan testarudo que he logradopublicar cuatro libros en veinte
aFos. El quinto que estoy escribiendo, va m6s despacio que los
otros, porque ento los acreedores y una neuralgia me quedan muy pocas horas libres.

Otro aspecto de su laboriosidad reside en la cuidadosa b6squeda y

en el estudio de antecedentes relativos a su obra:

Mientras escribo se van acumulando en mi mesa toda clase de libros
de informaci6n y consulta, que consigo a medida que los necesito.
Para mi 61tima novela me vall de varios textos de alquimia, numerosos relatos de navegantes, cr6nicas sobre las pestes medievales,
recetas de cocina, manuales de venenos y ant'dotos, estudios sobre
el escorbuto, el beriberi y la pelagra, libros sobre nuestras guerras
civiles, sobre medicina casera, sobre armas de fuego antiguas. adem~s de los veinticuatro tomos de la Enciclopedia Brit~nlca, y-mucho m~s. Tuve que aprender sobre la marcha c6mo se distingue el sexo en los camarones, c6mo se fusila a un hombre, c6mo se establece la calidad del banano. Tuve que renunciar a un personaje porque no encontr6 a tiempo alguien que me tradujera siete frases al papiamento, tuve que calcular cu~nto pesan siete mil doscientos catorce doblones
de a cuatro para estar seguro de que podian cargarlos cuatro ninos, y tuve que prescindir de muchos episodios y modificar a 6ltima hora
el caracter de un personaje porque no pude encontrar diecis~is maneras de matar cucarachas en la Edad Media. En la actualidad estoy
aprendiendo a construir una silla el~ctrica, para que pueda hacerlo
un personaje de mi pr6xima novela.131

No siempre -tal vez pocas veces antes de su radicaci6n en Barcelona- ha disfrutado Garcfa M~rquez de comodidad apacible para escribir.

Recordemos las circunstancias en que concibi6 La hoiarasca:










... la escriblientre el ruido del peri6dico. Cuando se iban todos y se callaban las linotipias no sabla seguir. El silencio distrae.
El silencio es atronador. La m6sica pone orden al silencio. 132

El coronel no tiene cuien le escriba fue redactado en su buhardiIla del Barrio Latino de Par's mientras sufria los zarpazos del hambre, y Cien allos de soledad fue escrito en 18 meses de aislamiento en M6jico, mientras los amigos le ayudaban a subvenir las necesidades familiares m~s perentorias. Tal vez por esto, ha declarado: "Me parece que se necesita una enorme irresponsabilidad para ser escritor,1 133

Sobre todo -podrfa pensarse-, si se tiene en cuenta que tambi~n: ha dicho: "En realidad, me importa m~s terminar los libros que publicarlos. 134

Esta misma declaraci6n ]a formu16 a Jos6 Domingo, complementAndola con datos que corroboran la informaci6n que hemos aportadb con anterior idad:

Los originales de la primera novela que escribf estuvieron guardados cinco aios, y a veces no recordaba d6nde los tenla. Los de
]a segunda se los mand6 a un amigo desde Parts, donde los habla
escrito, y 6ste los hizo publicar sin mi autorizaci6n. El tercer libro, que era una serie de cuentos, se lo mand6 a un amigo para
que lo leyera en ]a chrcel, y el amigo se lo pas6 a un critico, que lo perdi6 durante varios meses. El cuarto era un rollo de
papeles amarrado con una corbata, que mi mujer encontr6 en el fondo
de una maleta cuando nos casamos. Un amigo lo rescat6, otro lo
mand6 a un concurso, y gan6.135

Miguel Fern6ndez-Braso se muestra esc6ptico ante la act itud

displicente de Garcfa M~rquez, quien dice compartir Ia impresi6n de Ernesto Hemingway de que "todo libro terminado es como un le6n muerto":

A Garcfa *Mrquez -como a todo escritor que se haya tornado en serio su profesi6n- le cuesta mucho trabajo cada libro para que luego se lo envie a sus amigos lejanos sin quedarse previamente con alguna
copia. 136

Actualmente nuestro autor sigue trabajando en-una obra que piensa





. 49


intitular El oto-o del patriarca, y que sera la historia de un dictador

latinoamericano, contada de un modo distinto a como se ha hecho hasta

hoy: "... una novela sin el prejuicio del mensaje. a] menos sin ]a

presi6n racional de hacerlo expreso."137

En realidad, lo que ha estado haciendo Garcla HMrquez es reelaborando

esta obra, pues seg'n le declar6 a Alfonso Monsalve:

Cuando apareci6 Cien a~os de soledad yo tenla lista para publicar
otra novela. El otoo del patriarca. Ahora he decidido revisarla,
trabajarla m~s aun, Ya no me siento tan seguro, siento una gran
responsabilidad. Ahora bien, no se trata de cambiar ]a novela que tenia escrita, no se trata de acomodarla a] gusto del publ.ico. Yo s6 muy bien a qu6 se debe el 6xito de Cien afos de soledad y. podrla valerme de ciertos recursos t6cnicos para garantizar a El otoo del Datriarca 6xito similar. Pero no lo voy a hacer. No quiero parod iarme. 13

Una rese~ia mfs detallada de El otofio del patriarca aparece en la

entrevista que concedi6 nuestro autor a Rosa Castro:

Yo creo que es una enorme visi6n delirante de ese enorme animal de delirio que es el dictador latinoamericano. Cuando hay un crimen
yo pienso m6s en el criminal que en el muerto. Entonces me atrevo
a decirle que mi visi6n del dictador latinoamnricano tipico, el
mitol6gico, el legendario, mi vision de ese personaje es compasiva.
Es decir: mi dictador, que es el general Nicanor Alvarado, ha Ilegado a tener un poder tan descomunal que ya ni siquiera manda. Ha ]legado a ser tan poderoso que estS completanmente solo y completamente sordo, en un palacio Ileno de jaulas de canarios, en cuyos salones se pasean !as vacas. El dictador se vuelve loco por una niia de diecis~is aios, a ]a que ha coronado reina de la belleza
y estS tan desesperado de amor, que manda asesinar a tres mil presos politicos en una noche.., Es una visi6n po6tica del mito latinoamericano del dictador. Es un libro con el que corro verdaderamente el riesgo de darme un frentazo, A ver si le atino. En el
momento del rel-ato el dictador tiene ciento veintitr~s aios. Hace
tanto tiempo que lleg6 al poder, que no se acuerda ya c6mo lleg6.
El mismo no se da cuenta de que se va quedando sordo, sino que cree
que los canarios cantan cada vez menos. Cuando ya se queda sordo por completo, realiza.uno de los grandes suetos de su vida, que es oIr el ruido del mar durante todo el dia y toda la noche, a pesar
de que estS a quinientos kil6metros del mar. El libro puede ser un
desastre, porque es una imagen totalmente nost"Ilgica del dictador.
Es mitologla. Se 1lamarS El otoio del patriarca 139






50


Otra versi6n bastante pormenorizada le fue ofrecida por Garcia

MRrquez a Francisco Urondo:

"El patriarca" tiene ciento sesenta afros, y ya no sabe cu~ndo ni
c6mo leg6 al poder; extraFia el mar, y en vez de volver a su orilla, se ha hecho construir una enorme mSquina de hacer viento que dulcifica la pesadumbre de esa lejanla. Despu~s de haber tomado el poder,
lo dejan solo con su mujer en ese enorme palacio que empiezan a recorrer, hasta que finalmente, cansados, se sientan en un escal6n de
la gran escalera de m6rmol; es entonces cuando su mujer comenta:
"qu6 cantidad de s~banas vamos a tener que lavar aqui". El patriarca irg envejeciendo y pensarS que los canarios cantan cada vez m~s
bajo y no que es 61 quien se estS quedando sordo; no obstante, dormir6 siempre boca abajo, como un nifof, con su cabeza apoyada en la mano derecha, hasta que vengan los gallingceos -los cuervos- y lo
vean caido y comiencen a picotearlo con tal ah~nco y terminen mat6ndolo. Pero tambi6n lo han desfigurado, y ya nadie sabe a ciencia
cierta si ese cuerpo es o no del patriarca, si el patriarca realmente ha muerto.10

Despu6s que concluya El otoffo del patriarca escribIrA poemas, por

ser 6ste su ferviente deseo y, desde luego, no sera la primera vez: "Yo ,141
he escrito cantidad de poemas quo, por supuesto y por suerto, rompl."

Debemos insistir en otra fase importante de las vicisitudes de escritor de Garcfa M~rquez: la influencia de sus amigos. Citemos primeramente una de esas afirmaciones suyas desconcertantes, en que la ternura

se disfraza de humor:

Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocaci6n es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he
tenido que refugiarme en ]a soledad de ]a literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo 6 n|o quo me ha interesado desde
niio: que mis amigos me quieran m6s.9

En otra ocasi6n habia expresado la misma idea, en t6rminos mfs

categ6r icos:

Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieran mucho me quieran m6s. Por eso hago lo posi
ble por que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan fascinates para los adultos, como b es Caperucita Roja para los
n i fos. 143






51


Confrontemos el testimonio de Luis Hars: ".... se vendieron treinta mil ejemplares en cuanto sali6 (La hoiara_sca gracias, seg6n Garcia 144 I
Mfrquez, a sus amigos en el periodismo."

Hablando Garcia Mgrquez de sus posibilidades de publicar todos los afros a costa de la autenticidad de su obra, provoca la siguiente aclaraci6n de Luis Hars: "El publico lector podrla no advertirlo, pero lo advertirlan sus amigos. Y es ]a opini6n de ellos la que cuenta para 61.81145

Mario Vargas Llosa nos informa que en Mejico

sus amigos rescataron el manuscrito de El..pcoronel no tiene quien le escriba que segula apolill~ndose en esa maleta, y lo publicaron en
1961; ellos ordenaron y enviaron a ia imprenta, a] a'io siguiente, los
cuentos de Los funerales de la tja.4a ",', y ellos, f inalmente, lo
obligaron a enviar a un concurso literario en Bogot6, el manuscrito de
una nueva novela, escrita en Mxico dkzspus de aconsejarle que cambiara el tftulo original, Estepuebjo der.ierda, por uno menos procaz: ala_ hora. La novela gan6 el concurso y fue publicada en
1962. "

Gabriel Garcfa M~rquez posee ]a virtud .e saber reciprocar esa devoci6n amistosa. Ciertas claves de Cien a;os de soledad s6lo pueden ser descifradas por sus amigos m~s allegados:

... que cada fecha corresponde al cuimpleai-os de alguien, que alg, n
personaje tiene el mismo espiritu de mi mtijer. que alguien quiere
ponerle a sus hijos el mismo nombre de los mnos, y mil cosas mas
que es imposible descubrir en la simple lectura del libro.14

Ya hemos visto que Garcia Marquez.se re, iri6 en una ocasi6n a] librero catalAn, Ram6n Vlnyes, como a una persona a quien trat6 mucho y que influy6 mucho en 61. 48 Pues bien, Ia tertulia del cafS "Colombia" de Barranquilla, que Vinyes presidia, era frecuentada por Alfonso Fuenmayor, Alvaro Cepedal Germsn Vargas y el propio Garcfa M6rquez, quienes " alborotaban a los tranquilos parroquianos con su heterodoxia de temas y vocabularios".149









Todos ellos aparecen en Cien aiios de soledad, pero ahora nos interesa destacar un pasaje en que puede detectarse la veta sentimental de nuestro autor, al referirse a ]a muerte de Ram6n Vinyes: IILlor6 con la frente apoyada en ]a puerta de ]a antigua librerfa del sabio catal6n, consciente de que estaba pagando los Ilantos atrasados de una muerte que no quiso liorar a tiempo para no romper los hechizos del amor.

Y es que su recuerdo del librero cata]gn estS basado en un profundo sentimiento de gratitud: "Fue 61. la primera persona que me atribuy6 una vocaci6n de escritor que yo me ignoraba, quien me dijo qu6 debla leer y qu4 no debia leer, y quien me prestaba los libros de su i-, 151
breria que yo no podlia comprar."

Ernesto Schoo le oy6 decir a Garcia M~rquez: "No s6. Despu6s de Cien aFos mre siento como si se hubieran muerto mis amigos."1152

El perspic&, entrevistador acota despu~s:

Para que se le pase ]a tristeza, los otros amigos estan ahi, siempre: Alvaro Mutis y su mujer, Joml Garcia Ascot y Maria Elena, los
dos natriri;onios con quienes "'los Gabos" (el sobrenombre se ha extendido a toda la familia y los chicos son ahora "los Gabitos"1) 153
pasan invariablemente los tediosos domingos de la Ciudad de'Mxico.

Si se lee ]a dedicatoria de Cien aios de soledad, se podr, observar quo ]a obra esta' dedicada, precisamente, a Jomi Garcfa Ascot y a Marla Luisa Elio.l54

Por cier-to, que no debemos dejarnos despistar por ese pasaje tan tipico de nuestro autor, en que le hace decir a uno de sus personajes, que trat6 de buscar en el alcohol el consuelo imposible a ]a muerte del librero catal6n, de su esposa' y de su hijo, esta palabras restallantes, gr6vidas de soterr-da contradiccion: ;Los amigos son unos hijos de puta. ]55






53


El autor se ha encargado de desmentir a este personaje en muchas

ocasiones. Una de.las mns explicitas estS gontenida en las palabras que tuvo el privilegio de escuchar Rosa Castro:

Yo creo que la (nica idea que podrfa asustarme realmente, es la de
que alguien no me quiera. Ojal] encontrara yo un amigo que me quisiera siquiera Ia mitad de lo que yo quiero a] amigo gue menos me
quiere. Esto suena cursi y rebuscado; pero es aSi-56

Ya hemos visto c6mo su maestro de la adolescencia enumer6 las excepcionales aptitudes de Gabriel Garcia MHrquez en varias ramas artfsticas.157 Quiere decir, que tal vez hubiera podido ilegar a ser un gran pintor o un gran musico, puesto que est6.dotado de suficiente talento y, sobre todo, de sobrada sensibilidad para ello. Recojamos un pasaje muy significativo de Francisco Urondo:

Regresa de un viaje que ha compartido con Julio Cortgzar: "nos pasamos seis horas seguidas escuchando m'sica". Despu~s jugaron a que se Ilevaria cada uno si tuviera que recluirse en una isla desierta: "Cort~zar libros y yo discos.. aunque le confess que tratarfa de meter de contrabando el Ediyo8Rey"... "yo, en realidad, soy m~s m6sico
que cualquier otra cosa" 58

Carlos Landeros nos brinda otro testimonio, capaz de hacer reconciliar con Garcia Marquez a su m6s acerrimo detractor:

El otro dta, entre dos trenes, me refugi6 de una tormenta de nieve en un bar de Zurich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el
pianoen la sombra, y los pocos clientes que hablan eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie viera la
cara, s6lo para que los enamorados se quisieran mrs.I

El caso es que deriv6 hacia el periodismo como transici6n y, en definitiva, hacia la literatura. En Ssta ha volcado su numen de poeta y sus inquietudes de hombre saturado de recuerdoi -algunos traum~ticosy de esperanzas -a.lgunas ut6picas-. Tambi~n 1leva a cuestas el bagaje de su personalidad multiforme. Ilena de vitalidad y de rebeldia, y no exenta de algunos rescoldos de arrogancia.










Sobre la acti.tud de Garcfa Mfrquez hacia los editores, Jose Domingo nos reporta lo siguiente:

No recuerdo haber hecho nunca una gesti6n ante un editor. El Gni-co
libro que comprometi antes de terminarlo fue Cien aFos de soledad
porque ya los anteriores eran conocidos, y varios editores se anticiparon a hacerme ofertas... Otro inconveniente es que me he ne'ado
siempre a participar en promociones de mis libros, y no hago I"vida de escritor". Nunca he dictado una conferencia nunca he firmado
ejemplares en librerfas, me niego a cualquier clase de presentaci6n publica, y m6s si es en ]a radio o la televisi6n. Probablemente yo no sea un hombre de este tiempo, pog8e ]a verdad es que esos actos
de exhibici6n me parecen inmorales.

Ya hemos visto que Cien aios de soledad ha sido traducida a dieci161
siete idiomas. La revista Visi6n, en una entrevista publicada en 1967,

nos ofrece estos pormenores:

En pocos meses aparecer~n la traducci6n al ingles, que editarg Harper & Row de Nueva York y la traducci6n al frances, en Editions du
Seuil de Parts. Ya hay libros de Garcia MArquez en frances (Julliard,
Paris) y en aiemfn (Aufbau Verlag, Berlin occidental); otros han
sido contratados para aparecer en italiano, holand4s y rumano. La multiplicaci6n de ediciones y traducciones estS dando finalmente al autor una holgura relativa que le permitir'6 a los 39 aRos de edad,
dedicarse de Ileno s6lo a escribir libros.,

En cuanto a los premios, recordamos que la obra de Garcia M6rquez

ha sido recompensada en varias ocasiones con galardones literarios.

SegUn Juan Loveluck: "... un cuento suyo, 'Un dia.despu~s del viento,

habia merecido la primera recompensa en el certamen a que convoc6 la

Asociaci6n Nacional de Escritores y Artistas (1954)".163

El propio crltico se refiere al Premio Literario "Esso",adjudi164
cado a La mala hora1 sobre el que Ernesto Schoo nos ofrece el siguiente comentario: "El relato triunf6 en el concurso, se llam6 finalmente La mala hora. y cuando le preguntaron al autor qu6 pensabb hacer

con los. 25 mil pesos del premio. contest6: 'Preg6ntenle a Mercedes"'.165









Francisco Urondo alude a otro galard6n:

el premio de la crItica italiana -alrededor de un mill6n de liras-; estuvo a punto de perderlo porque no se lo daban si no iba a recibirlo personalmente, y 61 se negaba, hasta que al final, los organizadores, debieron ceder para entregar el premio y resignar 6a
]a ausencia en las ceremonias que, sin duda, hablian preparado.

Sobre otro premio nos informa Mario Bejarano, refiri~ndose a Cien aios de soledad:

... el premio al mejor libro extranjero 1969; dicho premio habla
sido concedido con anterioridad al escritor guatemalteco y Premio Nobel, Miguel Angel Asturias, posteriormente a escritores de gran
prestigio como Heinrich Boll, Robert Mu~j Lawrence Durrel,
Gunther Grass y Alexandre Soljenytsine.

Aunque en otro campo, no debemos omitir el premio obtenido conjuntamente con Luis Alcoriza, en el primer certaen de libretos organizado por la "Sociedad de Escritores de Radio, Televisi6n y'Cine de MHxico"., 168
por el gui6n de la novela La Nada. Recordemos que, durante su estancia en MHjico, se dedic6 a esta actividad: "1... se gana la vida en lugares remotos haciendo gulones para pelIculas de la "nueva ola" mexicana. Uno de sus cuentos, 'En eiste pueblo no hay ladrones', fue filmado por un grupo experimental para presentarlo en el Festival de Locarno en
169
1965".1

Antes de considerar el t6pico de las influencias, queremos intercalar un hecho digno de menci6n. Se trata de un relato en serie que apareci6 en "El Espectador hacia 1955, sobre un marinero que sobrevivi6 diez dias sin alimentos en una balsa, despu6s de caerse al mar desde un buque colombiano que aparentemente transportaba marcanclas de contrabando. Los reportajes de Garcia M~rquez han sido reunidos en un libro por la "Ed.itorial Tusquets",, bajo el tItulo Relatos de un nufra o. Sobre esto, ha dicho nuestro autor:









Si ahora se imprime en forma de libro.,.. es porque dije si sin pensarlo muy bien y no soy hombre con dos. palabras. Me deprime la idea de que a los editores no les interese tanto el m6rito del texto como el nombre con que est6 firmado, que muy .a mi pesar es el mismo de un
escritor de moda. Por fortuna, hay libros que no son de quien los
escribe sino de quien los sufre, y 6ste es uno de ellos. Los dere.chos de autor, en consecuencia, sergn para quien los merece: el
compatriota an6nimo que debi6 padecer diez dias sin comer ni beber
en una balsa, para que este libro fuera posible.170

El tema de las influencias en la narrativa de nuestro autor ha sido extensamente tratado. El propio Garcla M6rquez se ha visto precisado

a terciar en el debate:

Uno no tiene m~s influencias que ]as que le atribuyen los criticos.
Desde que empec6 a escribir he tenido la preocupaci6n de no parecerme a nadie, y a medida que escribo los crlticos aumentan la lista.
He decidido no leerlos mns para vivir con la ilusi6n de que soy un
escritor original.171

Nos limitaremos a ofrecer seguidamente la informaci6n que hemos

logrado acopiar en nuestra b6squeda, 6nicamente para beneficio de los

estudiosos.

A) WILLIAM FAULKNER:

1. Javier Arango Ferrer, Dos horas de literatura colombiana (Antioquia: Ediciones La Tertulia., 1963), p. 81. Este autor
agrega los nombres de Proust y Joyce.

2. Juan Loveluck, "Gabriel Garcla M6rquez, narrador colombiano",
Duquesne Hispanic Review, V (1967), 144.

3. Alfonso Rumazo Gonz~lez, "Teorla'de los pactos en la novela
nueva americana", Cuadernos Hisoarpmmericanos No. 209, Mayo
de 1967, p. 410.

4. Emir Rodrfguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien 4aos
de soledad", Revista Nacional de Cultura No. 185, Julio, Agosto, Septiembre de 1968, p. 5. Incluye tambi4n a l6s
cl~sicos (8), Virginia Woolf (14), Rabelais (14), Cervantes
(14) y a Jorge Luis Borges (18, 20).. En "La hazaa de un escritor", Visi6n1 37, No. 2, Julio 18 de 1969. se refiere
a Ernest Hemingway, en la p6gina 30.

5. Luis'Hars, "Gabriel Garcla M6rquez o ]a cuerda floja", Mundo
Nuevo No. 6, Diciembre de 1966, p. 68. La influenciaindirecta
de Ernest Hemingway es mencionada en la p~gina 69.








6. 9 ._edios a Garcia MHrquez (Santiago de Chile: Editorial
Universitaria, 1969), pp. 40, 621 107. 108, 137, 147, 148,
150.

7. Carmen C. de Rodriguez-Pu~rtolas, "Aproximaciones a la obra de
Gabriel Garcia M~rquez", Universidad, No. 76, Julio-Diciembre
de 1968, pp. 12, 13, 14.

8. Francisco Cajiao SJ., "La mala hora Gabriel Garcia MHrquez",
Revista Jayeriana, No. 353, Abril de 1969, p. 240. En la misma
p~gina alude al influjo de Kafka.

9. Re.opilaci6n de textos sobre Gabriel Garcfa M6rquez (La Habana:
Casa de las Am6ricas, 1969), pp. 98, 218.

lO, Roger M. Peel, "The short stories of Gabriel Garcla M~rquez",
Studies in Short Fiction. VII, No. 1, Winter, 1971, 160.
11. Ramiro Andrade, "Apuntes sobre ]a nueva cuentistica nacional"I,
Bolivar. XII, Nos. 55-58, Enero-Diciembre de 1960, 179. B) ERNEST HEMINGWAY:

1. 9 asedios a Garcla M~rguez p. 137.

2. Emir Rodriguez Monegal. V6ase A-4.

3. Luis Hars. V6ase A-5.
4. Alfonso Rumazo GonzAlez, p. 411. C) VIRGINIA WOOLF:

1. Emir Rodriguez Monegal. V6ase A-4.

2. Suzanne Jill Levine, "Cien a~os de soledad y la tradici6n de ]a
biografia imaginaria", eveista Iberoamericana, XXXVI, No. 72,
Julio-Septiembre de 1970, 453 y siguientes. Esta influencia se
considera ejercida a trav~s de Jorge Luis Borges (456). D) F RABELAIS:

1. Emir Rodriguez Monegal. V~ase A-4.

2. 9 asedios a Garcla M6rqueZj pp. 86, 130.

3. Carmen C. de Rodriguez-Pu6rtolas, p. 38.

4.. GermAn Arciniegas, "Un mundo para la novela"l,- "laro "LasA&-.ri
gj, Octubre 17 de 1970, p. 4.





58


5. Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana 2a edici6n
(Mexico: Editorial Joaquin Mortiz, 1969), p. 59.

6. Jorge Lafforgue (ed.), Nueva novela latinoamericana (Buenos
Aires: Editorial Paid6s, 1969), p. 171.

7. Recopilaci6n de textos sobre Gabriel Garcia MArquez, pp. 45 ,
134.

8. Marino Bejarano, "Garcla M6rquez: el artificio de la soledad",
Imaqen. No. 78, Agosto 1-15, 1970, p. 22. E) JORGE LUIS BORGES:
1. Emir Rodriguez Monegal. V6ase A-4.

2. Suzanne Jill Levine. V6ase C-2.

3. Roger M. Peel, p. 159.
4. Andr6s Amor6s, "Cien alos de soledad" Revista de Occidente,
No. 70, Enero de 1969, p. 60.
5. Reinaldo Arenas, "Cien agos de soledad en la ciudad de los espejismos", Casa de las Am6ricas, VIII, No. 48, Mayo-Junio de
1968, 136. Tambi~n menciona a Alejo Carpentier.

6. Jorge Campos, "Garcla MSrquez: fibula y realidad", Insula.
No. 258, Mayo de 1968, p. 11. Igualmente se refiere a Juan
Rulfo, a Kafka y al surrealismo. F) SEGISMUND FREUD:

1. Marlno Bejarano, p. 21.

2. Recoilaci6n de textos sobre Gabriel Garcia _rKSuez. pp. 46
y 157.

3. Leopoldo Muller, "De Viena a Macondo", PsicoanSlisis Y literatura en Cien aFos de soledad (Paysand6: Fundaci6n de Cultura Universitaria, Cuadernos de Literatura [141, 1969), pp. 1-57. G) HONORATO DE BALZAC:

1. 9 asedios a Garcia MHrguez-, pp. 107 y 123.

2. Sobre la ipol6mica iniciada con motivo de ]a acusaci6n de plagio
formulada por Miguel Angel Asturias, v6ase..









a) "Afirma Miguel Angel Asturias que Garcla M6rquez plagi6
obra de Honorato de Balzac", Diario Las Atoricas, Junio
23 de 1971, p. 2.

b) "Ahora para Juan Bosch, Garcia M6rquez es el mejor escritor
despu6s de Cervantes", Diario Las Am6ricas) Junio 26 de
1971, P. 3.

c) "Cartas al Director" Diario Las Am6ricas Julio 10 de 1971,
P. 5.
d) "Violenta pol4mica por acusaci6n contra Garcia M~rquez",
Vanidades Continentall AFo 11, No. 17, Agosto 23 de 1971,
P. 7.
e) "Garcia M~rquez harS pr6logo a obra que lo acusan de plagiar",
Vanidades Continental, Aio 11, No.' 19, Septiembre 20 de 1971,
P. 11.

H) ALEJO CARPENTIER:

1. Reinaldo Arenas. Vdase E-5.

2. Recooilaci6n de textos sobre Gabriel Gariea MCirg-Q.. p. 123. I) MIGUEL DE CERVANTES:

1. Emir Rodriguez Monegal. V6ase A-4.

2. Roger M. Peel, p. 160.

3. Isafas Lerner, "A prop6sito de sieDido_" dAa r aerJoS
Americanos, CLXII, No. I, Enero-Febrero de 1969, 198 y 200. J) LOS CLASICOS:

1. Pedro Lastra, "La tragedia como fundamanto estructural de La
hoiarasca" Letrag Nos. 78 y 79 (1967), pp. 132-1.34. Este
trabajo es reproducido en 9 aaediosg pp. 38-51.

2, Leopoldo Muller, pp. 15-30. V6ase F-3.

3. Emir Rodriguez Monegal. V4ase A-4.

4. Mario Bejarano, p. 21. V6ase D-8.

5. Recopilaci6n de textos sobre Gabriel Garcla MAz~, p. 159.









K) NOVELAS DE CABALLERIA:

1. Mario Vargas Llosa., "El Amadis en Amricas'" Recopilaci6n de
textos sobre Gabriel Garcia M~rqueZ (La Habana: Casa de las
Americas, 1969), pp. 113-118.

2. Algazel, "Di~logo con Garcia Mgrquez", El Tiempo Lecturas
Dominicales, Mayo 26 de 1968, P. 5. V6anse PP. 35-37 del
presente trabajo.

3. Iris M. Zavala, "Cien allos de soledad, cr6nica de Indias",
Insula, No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11. La autora
agrega las cr6nicas de navegantes y a Ezequiel Martlnez Estrada.

L) TOMAS CARRASQUILLA:

1. Emmanuel Carballo, "Gabriel Garcia Mirquez, un gran.novelista
latinoamericano"' Revista de la Universidad de M6xico, XXII,
No. 3, Noviembre de 1967. 11.

2. Ramiro Andrade, P. 176. V~ase A-]l. Se sugiere la lectura de
Federico de Onis, "Tombs Carrasquilla, precursor de la novela
americana moderna", La novela iberoamericana (Albuquerque: The
University of New Mexico Press, 1952). pp. 133-151.

M) OTROS PRECEDENTES:

1. Emir Rodriguez Monegal (v6ase A-4) se refiere tambi~n a la Biblia.
a la novela picaresca, a la pura fibula milyunanochesca y a
Thomas Mann, en "Novedad y anacronismo de Cien aRos de soledad .,
pp. 14y 15.

2. Jorge Campos vasee E-6) alude a Juan Rulfo, a Kafka y al surreal ismo.

3. Iris M. Zavala (v6ase K-2) hace referencia a las cr6nicas de
navegantes y-a Ezequiel Martinez Estrada.









Notas

102Dur~n, p. 32.

103N Wez Segura, S.J., pP. 35 y 36.
104V6ase Nota 33.

105V6ase Nota 34.
106
1 ars, p. 65.

107bd., p. 77.

l08 Revista Mexicana de Literatura, Nos. 5 y 6. Mayo-Junio de 1962, pp. 3-21.
i09Revista de ]a Universidad de MHxico, XXI, No. 9, Mayo de 1967, 10 y 11.
110Casa de las Americas, VIl, No. 48, Mayo-Junio de 1968. 62-67.
lllCuadernos Hispanoamericanos, 234, Junio de 1969, 573-580. Reproducido por Alacr~n Azul. Ao 1, No. 1. (1970), pp. 34-39,
112Mario Vargas Llosa, "Garcia M rquez: De Aracataca a Macondo", p. 131.
113Fern~ndez-Braso, P. 30.
ll4Carballo, p..11.

115Hars, p. 67.
116Carballo, p. 11.

117Ibid.
118Mario Vargas Llosa, "Garca MHrquez: De Aracataca a Macondo", p. 135.
119Grande, p. 635.

120lars, p. 75.
121Gabriel Garcia M~rquez, La mala hora (M6xico: Ediciones Era, 1966), p. 6.

122Hars, p. 66.
123Mario Vargas Liosa, "Garcia MSrquez: De Aracataca a Macondo", p. 141.








124Hars, p. 76.

125Dur~n, p. 34.

126RodrIguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien afros de soledad"', p. 3.
127Landeros, p. 21.

128Dur~n, p. 34.
1291 b i._d.

130Fern~ndez-Braso, p. 23.

131Algazel, P. 5.
132Fern~ndez-Braso, p. 38.

133Schoo, p. 54.
134 Ibid

135Domingo, p. 6.

136Fern6ndez-Braso, pp. 98 y 99.
137Urondo, p. 165.
138Monsalve, p. 167.

139Castro, p. 32.
1OUrondo, pp. 165 y 166.
1411bid , p. 165.

142Ferngndez-Braso, p. 23.

143Visi6n "Cien aros de un pueblo", p. 28.
144 Hars, p. 68.

1451bid., p. 76.
14 Mario Vargas Liosa, "Garcia MArquez: De Aracataca a Macondo" p. 140.
147
14Dur~n, p. 28.
148V~anse pp. 16 y 17 de este trabajo.








S149Schoo p. .52.

150Gabriel Garcia M~rquez, Cien agos de soledad, l5a'edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 348.
151Algazel, P. 5.

152Schoo p. 54.
153 bd

154Garcia M1rquez, Cien aflos de soledad p. 7.
155WLA_ , P. 348.

156Castro, p. 30.
157V6ase p. 13 de este trabajo.
158 Urondo, p. 168.

159Landeros, p, 21,
160Domingo p. 6.;

161Landeros, p. 21.
162Visi6n, "Cien aiios de un pueblo", p. 27.

163Juan Loveluck, "Gabriel Garcia M6rquez., narrador colombianoI, Duquesne Hispanic Review. V (1967), 135. El mismo cuento aparece en Los funerales de la Mama Grande (1962), bajo el tItulo a"Un dla despu~s del s~bado". V6ase Los funerales de la-Mamj Grande, 6a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 1969), pp. 87-114.
16Ib.id , p. 137. El premio fue otorgado en 1961.
165Schoo, p. 54.

166Urondo, p. 163.
167Bejarano, p. 15.

168Vanidades Continental. A~io 10, No. 14, Julio 14 de 1970. p. 36.
169Hars, p. 65.

170"Relatos de un n6ufrago", V anidades Continentl AFo 10, No. 20, Octubre 6 de 1970, p. 9.
171Landeros, p. 21.
































SEGUNDA PARTE


DIMENSION TEMATICA












CAPITULO V

LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL


Aunque a Gabriel Garcla MSrquez, como a Terencio, nada humano le es ajeno, los capftulos anteriores nos han preparado para barruntar los temas que van a prevalecer en su narrativa y el enfoque con que los va a presentar a] lector. En esta Segunda Parte nos referiremos principalmente al contenido, mientras que reservaremos para la Tercera Parte el procedimiento expositivo que le sirve de vehiculo para exteriorizar, su mensaje, cuando no de fin en st mismo para solazar, asombrar o hasta traumatizar al Avido lector.

Es oportuno que consignemos, que no nos acercamos a ]a tem~tica de nuestro autor con un criterio simplista, con un mero af~n de inventariar t6picos que resulten intrInsecamente atractivos y de f~cil glosa. A] seleccionarlos, nos ha guiado el criterio de contrastar la intensidad de su tratamiento, para asf enlazar las otras dos dimensiones de nuestro an~lisis: vida y estilo. Nos sentimos s6lidamente respaldados en nuestro empeo, por esta aguda observaci6n de DSmaso Alonso sobre Francisco de Quevedo:

Ese vitalismo no s6lo estS en su persona, no s6lo estS en su verso, sino que se transparenta en sus temas.,. Hay temas que se le caen
de las manos en expresiones triviales, tributo a la moda, Hay
otros.., que le ponen el ritmo tenso y le dan una impetuosidad y
una velocidad fustioantes La expresi6n y el concepto se hacen reconcentrados y heridores.172

Un tema que merece prioridad, se refiere al alcance de la obra de nuestro novelista, quien si bien lleva siempre como parte de su





66


equipaje una suerte de nostalgia de su patria colombiana, 'ha pasado mucho tiempo ausente y puede haber sido afectado por esa especie de cosmopolitismo abstracto de que se resienten no pocos intelectuales hispanoamericanos. Sus inquietudes y curiosidades personales no parecen tener fronteras. como tampoco las tienen sus dilatados horizontes intelectuales y estC'ticos.

Es oportuno traer a colaci6n el testimonio de Juan Marichal,

quien, partiendo de una base idiomitica, preclsa de este modo su original observaci6n:

Dirla asl que Gabriel Garcia M~rquez, al escribir su novela Cien
a~os de soledad, no se proponfa escribir una novela colombiana,
sino que querfa escribir una novela "en castellano". Es ms, me atreverfa a mantener que el 6xito actual y la maestria de Gabriel
Garcia lArquez se deben fundamentalmente a su voluntad de escribir
una novela de alcance trasMcTonal.173

Es de notar que Juan Marichal, al igual que la mayorta de los

crfticos en sus generalizaciones sobre Garcia M~rquez, se refiere a una de sus novelas en particular, si bien la m~s representativa.

Ricardo Gul16n, desde el punto de vista de ]a tem~tica, realza tambi6n el.car~cter multihacional de Cien aios de soledad:

AlgUn critico ha sugerido la posibilidad de que Macondo sea un
equivalente de Hispancanherica. Seria un error reducir a t~rminos
localistas el ac.:Fice de la novela; sin negar su relativo arraigo
en ]a geogriafla colombiana, tampoco parece dudoso que trasciende
toda geografla y propone a los hombres del universo mundo una
vasta parAbola de ]a creaci69,4y partiendo de ella, de su general
historia y comn" naturalez .
175
Algunos crticos insistence el criterio de la universal idad, 176
otros adoptan una postura ecl6ctica1 y hay tambi~n quienes admiten el objetivo regionalista,177 pero dej6ndose deslumbrar por los proced.imlientos narrativos de nuestro autor, y no se deciden a ser categ6ricos










en su aseveraci6n. Creemos que se olvidan los distintos niveles de la narraci6n y que se hace abstracci6n del factor b6sico del enfoque, que es., a nuestro juicio, la personalidad del novelista considerada en conjunto, tal como hemos tratado de presentarla en este trabajo. De ahi, que nuestro ctiterio no sufra vacilaciones, llev~ndonos a concluir que ]a obra fundamental de Gabriel Garcia Mgrquez, Cien aRos de soledad. es de car~cter esencialmente regional.

Se trata de un camblo de tdcnica narrativa, de una manera distinta de presentar la realidad, y no de una evasi6n del tema primordial por parte del autor. Habria que.sopesar, entonces, los m6viles a veces insondables de la creaci6n artistica, ya que, segun Garcia MHrquez:

... los lectores latinoamericanos no necesitan que se les siga
contando su propio drama de opresi6n e injusticia, porque ya lo conocen de sobra en su vida cotidiana, lo sufren en carne propia, y lo que esperan de una novela es que les revele algo nuevo.178

De que sus convicciones se hallan muy arraigadas al respecto, es buena muestra la siguiente declaraci6n:

.Yo pienso que nuestra contribuci6n para que Am6rica Latina tenga
una vida mejor no serS m~s eficaz escribiendo novelas bien intencionadas que nadie lee, sino escribiendo buenas novelas. A
los amigos que se sientan obligados de buena fe a seFalarnos, normas para escribir, quisiera hacerles ver que esas normas limitan ]a libertad de creaci6n y que todo lo que limita ]a libertad de creaci6n es reaccionario. Quisiera recordarles, en fin, que una hermosa novela de amor no traiciona a nadie ni retrasa la marcha del mundo,
porque toda obra de arte contribuye a] progreso de la Humanidad, y
ia Humanidad actual no puede progresar sino en un solo sentido. EnsIntesis, creo que el deber revolucionario del escritor es escribir
bien. Ese es mi compromiso.179

Es interesante constatar que en esta 61tima conclusi6n nuestro autor parece aproximarse a Alain Robbe-Grillet, para quien "el 6nico compromiso posible del escritor es con la literatural.l80










Decimos que parece aproximarse, porque una cosa es "escribir bien" y otra, muy distinta, comprometerse con la literatura. Para Garcia M rquez -sus ideas y actitudes y. desde luego, la mayorla de sus obras autorizan proclamarlo- la literatura no es un fin en st misms sino un medio, efectivo y efectista a la par, de explayar su pujante personalidad, las querencias y malquerencias que se agazapan en sus ms rec6nditos pliegues psicol6gicos. Su compromiso es consigo mismo, con el affn de reconocimiento, con la rebeldla difusa y el respeto humano vergonzante que se advierte en su af~n de retocar su imagen de reformador. El no tiene un compromiso con la literatura sino, a lo sumo, un pacto. Sus dotes excepcionales de creador, reforzadas por su genuina sensibilidad, le han permitido, sin embargo, despistar a aque1los criticos que se han acercado a 61 desde una perspectiva estrictamente literaria.

Ya hemos insistido en que Gabriel Garcta MHrquez es un hombre dotado de no poca sensibilidad. Como tal, no puede permanecer ajeno a ]as vicisitudes y a] destino de su patria. Pero, a la vez, es un ide6logo que destila sus realidades y sus fantasias a trav6s del filtro de sus convicciones polltico-sociales. Al mismo tiempo, es un artista y. en ese piano, tamiza sus ideas, experiencias y sentimientos a trav~s del cernidor de su inspiraci6n, de su 6xtasis creador o de su travieso humor luciferino.

El examen de la transfiguraci6n resultante -para embellecer o para afear, para exaltar o para execrar, para asombrar o para entretener- puede servirnos-de br6jula en nuestra pesquisa. El factor










voluntariedad o deliberaci6n puede Ilegar a jugar un papel decisivo como en el caso de los tres mil muertos de la huelga bananera, en que Garcia. M~rquez alega proponerse contrarrestar con su prooia mentira la mentira
181
oficial.

En cierto modo, nuestro autor aclara su.postura, en relaci6n con Cien ai-os de soledad, al declarar:

esa novela carece por completo de seriedad... Esa misma seriedad doctoral nos ha obligado a eludir la sensiblerla, el melodramatismo, lo cursi, ]a mistificaci6n moral y otras tantas cosas que son
verdad en nuestra vida y no se atreven a serlo en nuestra literatura. 182

Uno de los objetivos que dice perseguir es recuperar al lector, que los novel istas hispanoaericanos hablian perdido con su artificiosa seriedad. Recuerdese c6mo le es obsesiva ]a idea de que sus amigos le quieran m~s y, en general. ese latiguillo sentimental, expresado a veces con desenfadado candor: ".o. a mf me gusta que a la gente le guste 183
lo que yo escribo".

El novel ista ha evadido sistem~ticamente concretar su objetivo, responsabilizando a los crIticos con la elucidaci6n del misterlo. Jean-Michel Fossey trat6 de precisarlo, pero la respuesta de Garcia Marquez fue, como sierpre, elusiva:

Jean-Michel Fossey: ISe puede considerar que en Cien aRos de soledad a trav6s de ]a historia de una poblaci6n imaginaria usted estS
contando la historia de los pueblos de la America Latina?

Gabriel GarcIa M$rquez: Es una pregunta para crIticos. Cuento la
historia de una familia del pueblo de Macondo que toma toda clase
de precauciones para no tener un hijo con cola de cerdo y, 'al cabo
de cien aifos, lo tiene, en virtud de las mismas precauciones que
toma para no tenerlo. Eso era lo que me interesaba contar. Si hay
otras impli 79, iones, es a los crIticos a quienes corresponde encontrarlas.

Z.Las han encontrado los crIticos? Repetimos que no. Su respuesta











alude, en realidad, a uno de los niveles menos significativos de su

obra, si bien desde el punto de vista estructural juega un papel decisivo en ]a misma, ya que le sirve de hilo.conductor y como de trampolin, para saltar de un tema a otro y de uno a otro personaje.
185
Macondo sirve de escenario a La hoiarasca. De los cuentos de

Los funerales de ]a Mam6 Grande. "La siesta del martes" y "Un dia des186
pu6s del s~bado" ocurren tambi6n en Macondo. Los cuentos restantes

y las novelas El coronel no tiene guien le escriba y La mala hora

tienen por hmbito otro pueblo que se parece y se diferencia de Macondo,

tal vez en la misma medida en que la historia se asemeja y se distingue

de la leyenda; aunque en Macondo haya tanto o m~s de la primera como

de ]a segunda, y aunque lo que haya de Ssta sea -o pretenda ser- una

simple mascara de aqu6ila, si exceptuamos los pasajes puramente l6dicos o gratuitos de la narraci6n.

Iris M. Zavala ofrece su aporte para la'identificaci6n hist6rica

y geogr~fica de Macondo:

Aunque el autor no da fechas y datos precisos y mezcla la historia
y ]a geograflia con la irrealidad lirica para confundir y evitar
toda identificaci6n, st ofrece algunos indicios para reconstruir
el pasado. A juzgar por su situaci6n geogrhfica, Macondo estarta
situado donde lo esta Santa Marta, primera ciudad fundada en la Nueva Granada, en cuyo orienl:e se encuentra Riohacha, el pasado,
y al sur la cinaga. Santa Marta es tambi6n el lugar donde muri6
Sim6n Bolivar. representado en parte por el Coronel. con quien comparte el interns de unificar las fuerzas federal istas de ]a
Am6rica Central. Pero en la dislocaci6n del tiempo, hace que
las guerras del Coronel vayan desde ]a Independencia hasta finales del siglo XIX. Sus luchas representan todos los sobresaltos y calamidades previa la invasi6n yanqui. Es preciso recordar que en
Colombia el imperio de la United Fruit se concentra sobre todo en Santa Marta, donde no s6lo controla cosechas y trabajadores, sino ferrocarriles, barcos, viviendas y finanzas. Santa Marta tuvo el
primer ferrocarril del pals, del mismo modo que ]a compafia bananera






71



traerS el primer tren a Macond0, "el inocente tren amarillo" que desconcierta a] pueblo. La bananera, como su modelo la United Fruit, desquicia y destruye... Seg6n el autor, la historia de
Macondo acaba en 1928, a~io de su propio nacimiento. Una simple operaci6n aritm6tica nos permite suponer que el solitario siglo
de Macondo se inicia hacia 1828. Claro estS que si tenemos presente que Jos6 Arcadio y Ursula se casan cerca de trescientos
affos despu6s de que el pirata Drake atacara y saqueara Riohacha, quizh en 1596, como ocurri6 en la realidad... entonces los cien
agos de soledad los estarfamos viviendo todavla, pues no concluirfan hasta dentro de algunos lustros. El Macondo feliz es
el prehist6rico, es decir, el pre-colonial. Aislado del oriente donde se encuentra Europa, y del cenagoso sur americano y sometido a las leyes d 7progreso que viene del norte anglosaj6n,
todo se desquicia.7b

Vamos a tratar de deslindar lo regional de lo universal, tomando como puntos de referencia los t6picos reiterados en la obra de Garcla M~rquez y distinguiendo aqu61los que insistentemente 61 asocia al medio fisico o social que sirve de 6mbito a la mayor prte de su obra, de aquellos otros que no tipifican ning6n medio geogr6fico en particular.

En La hoiarasca nos hallamos en un pueblo colombiano, como puede comprobarse desde la introducci6n, en que se menciona la llegada de la compa~fia bananera y se habla de ]a guerra civil (aparte de aparecer fe188
chada en Macondo, cono ya anticipamos). Despues se hace menci6n del
189 190
calor sofocante8, de la violencia y de la venalidad de los funcionarios.191 Tambi~n se alude a los problemas electorales;192 pero al mismo tiempo, se plantea el problema de la soledad, el conflicto del hombre "que no sabe qu6 serge de su vida un minuto despu6s, ni tiene el menor inter6s en averiguarlo... del hombre que ha empezado a sentirse derrotado por las circunstancias."1193

Se suscita el tema de Dios., que uno de los personajes afronta de este modo:










-Cr~ame que no soy ateo, coronel. Lo que sucede es que me desconcierta tanto pensar que Dios existe, coniog nsar que
no existed Entonces prefiero no pensar en eso "

El Coronel no puede menos que calificar a este hoinbre como "un

desconcertado de Dios".95

Se trae a colaci6n el tema del fatalismo:

Pero algo me indicaba que era impotente ante el curso que iban
tomando los acontecimientos. No era yo quien disponla las cosas en mi hogar, sino otra fuerza misteriosa, que ordenaba el curso
de nuestra existencia y de la cual no 6ramos otra cosa que un
d6cil e insignificante instrumento. Todo parec'a obedecer entonces al natural y eslabonado cumplimiento de una profeca...
se suponla que 41 estaba aquI, en.la trastienda, acorralado qui6n
sabe por qu6 implacables bestias profeticas. 96
197
Se sugieren tambi6n propensiones homosexuales en adolescentes; 198
se contrasta 'lel tiempo de adentroll con "lel de afuera"'; se habla de 199 200 t difntsa murmuraci6n y de rencor, de aparecidos,200 y hasta (l fantasmal 201
Duque de Marlborough.

Hemos visto, pues, como en La hoiarasca temas locales son tratados conjuntanente con t6picos universales, como suele ocurrir en toda

novela, incluso en las m6s regional istas de Jos4 Maria de Pereda, como

Sotileza_ 202 Para mencionar solamente otra obra de ficci6n del tan

subestimado perfodo real ista-naturalista del siglo XIX. recordemos

Misericordia. de Benito P~rez Gald6s. Esta novela nos presenta a la

par que una fiel estampa de la mendicidad en Madrid, todo un repertorio

de facetas neur6ticas, que han sido cabalmente analizadas por Rupert C.
203.
Allen en un penetrante trabajo.

Un apropiado ejemplo en la nov elIstica hispanoamericana, nos lo

ofrece Mariano Azuela en Las tribulaciones de una familia decente

(1918).204 En esta Obra, ,61 pinta con maestrla las escenas de la nueva










vida que el proceso revolucionario impuso a su patria: los raudos autom6viles atestados de carrancistas y meretrices; ]a plebe irreverente que refa sin disimulo a ]a huida de la familia que protagoniza la historia; ]a soidadesca voraz, chorreada de lodo hasta los cabellos; los saqueadores insaciables que descerrajaban puertas y ventanas; ]a plebe que controlaba los trenes el~ctricos y robaba impunemente a los pasajeros indefensos; los infelices ahorcados en ]as torres de la Catedral; los desfiles interminables y las multitudes id6latras que, bajo la vigilancia ignorada de soplones a sueldo, de la m6s abyecta condici6n moral,j. rendfan pleitesla a los verdugos de turno. Paralelamente, Mariano Azuela trata de hacernos ver que el verdadero sentido de la vida s6lo se adquiere a trav.s del dolor, y que la felicidad consiste en ]a armonia .de nuestro mundo interior con el mundo exterior; se mofa del abolengo familiar con un escepticismo rayano en el sarcasmo; exalta la afinidad y el mutuo carigo de un padre y de su hija; describe el cinismo descarnado de una alcahueta, capaz de urdir ]as ms fantAsticas mentiras para explotar los sentimientos ajenos; relata la pueril esperanza ante sucesos irreparables, de una rica heredera nost~lgica de las bienandanzas de sus rentas y del prestigio de su alcurnia. Nos presenta ]a estampa del ambicioso que no repara en los medios para escalar elevadas posiciones, incluyendo la cesi6n de los favores de su propia esposa a los caprichos seniles de un ricach6n cfnico y rijoso; 1os ofrece ejemplos de venganza, de maldad, de traic.6n y de lealtad amorosa, quo penetran a fondo muchas zonas misteriosas de la psicologla hurfana, y que constituyen facetas de indiscutible carlcter universal.










Deja de ser por esto la novela tipicamente mejicana? Para nosotros, Ia obra sigue siendo de M~jico, del M6jico revolucionario de ]a 6poca de Victoriano Huerta y Venustiano Carranza, aunque ailada a su valor de cr6nica documental de una 6poca y de una regi6n el contenido humano de todas las 6pocas y de todas las regiones.

En El coronel no tiene quien le escriba vemos reaparecer al Duque
205
de Marlborough. En esta novela nos impresionamos con el sentido pr~ctico y la firmeza de car~cter de una mujer que puede encarnar a 206
muchas mujeres de diversas latitudes. asi como con el leguleyismo cfnico de un abogado, que podrfa representar a cierto tipo de profesional togado de cualquier .poca o regi6n.207 De modo simult~neo, nos percatamos de la prepotencia clerical, de las vicisitudes politicas,209


de la omnipresencia del calor 210y violencia y de a desidia e
212
ineficiencia administrativas.

En los cuentos incluidos en Los funerales de Ia MamA Grande volvemos a encontrar al Duque de Marlborough,213 nos enfrentamos al Judlo
214+ 215
Errante, hallamos a un cantinero homosexual, a m6s mujeres procticas y voluntariosas216 y a seres atormentados que sufren el rigor de Ia soledado217 Paralelamente, hallamos alusiones a Ia violencia,218 a 219 220 Ia corrupci6n de las autoridades, al arribismo inescrupuloso,2 a 221 222 las trapisondas electorales,2 a los privilegios de los ricos, al 223 224 infortunio de los pobres, a la parcialidad de los historiadores2, 225
a las sinrazones dilatorias de los abogados2, a Ia vacua labor de la
226 227 prensa y a la ubicua presencia del calor.









En La mala hora se repite el caso de ]a mujer dominante,228 se

confrontan nuevas crisis de soledad,229 se plantea un complejo caso de neutral idad sexual,230 resaltan pasajes de atelsmo 231y erotismo,232 y se habla de aparecidos233 y de cartomancia.234 A] mismo tiempo, nos sentimos rodeados por un contorno de violencia,235 por un ambiente de corrupci6n poltica 236 y por una sofocante atm6sfera de calor.237 Menudean tambi~n crIticas que afectan a los ricos238 y a las damas cat6licas,239 ast como diatribas acerca de la policla240 y de los funcionarios en general.241

En Cien a~os de soledad dirfamos que se tratan o se sugieren todos los temas divinos y humanos.242 El Duque de Marlborough vuelve a aparecer (145, 146), y encontramos referencias a Francis Drake (16, 24, 350), a Sir Walter Raleigh (51) y a Alexander Von Humboldt (68). El Judio Errante tambi6n reaparece en esta cr6nica monumental (119, 291), en la que hallamos igualmente a un juglar casi bicentenario con reminiscencias gauchescas, que responde al apelativo de Francisco el Hombre (50, 64). La soledad subyace a trav6s de toda la novela (27, 31, 41, 49, 52, 63, 67, 78, 82, 96, 119, 127, 133, 135, 139, 143., 144, 146, 149, 174, 187, 188, 190, 191, 213, 222, 223, 226, 229, 232, 238, 246-248, 265, 288, 295, 298, 303, 305, 316, 330, 340, 346). El t6pico de la mujer de car~cter firme y de visi6n practica ilega a su culminaci6n en la personal idad de Ursula Iguar~n (9, 10, 12-15, 19, 20, 25, 26, 32, 36-38,41, 49, 53, 58, 65, 86, 95, 96, 103, 105, 106, 110, 120, 139, 140, 148, 151, 157, 165, 191, 205, 211, 241, 271, 277, 278, 283, 285, 286, 289). 243 Alusiones a aparecidos.(26- 49, 70, 73, 124, 156,









161, 179, 195, 209, 221, 226, 238, 239, 251, 301, 346), premoniciones (20, 112, 135), levitaciones (77, 92, 205), m6dicos invisibles (233, 236, 242, 253, 269, 285, 294) ya agoreras mariposas amarillas (243, 245, 246, 248, 250, 251, 350) se prodigan en la atm6sfera de misterio que a menudo se enseForea de la obra. El fatalismo se hace patente en otros pasajes (24, 44, 87, 136, 149, 350), ast como el homosexualismo (51, 314, 315). Los abogados son vilipendiados (120, 147, 186, 196, 255, 256), al igual que los historiadores (296, 329). Se nos habla de amor (63, 87, 88, 97, 99, 107, 118, 122, 123, 152, 158, 170, 172, 200, 202, 203, 214, 225, 246, 252, 272, 286, 288, 298, 300, 317, 319, 334, 339, 340, 342, 343, 345, 346) y de erotismo (126, 127, 166, 21.8, 246, 247, 321, 322, 325, 332, 335, 341), de ternura (76, 81, 96, 348), de amistad (330, 347, 348), de odlo (237, 238), de soberbia (214), de orgullo (121, 180, 209, 214) y de olvido (49,.119, 292, 324). El tema de Dios se trata en varias casiones (38, 47, 52, 59, 77, 78, 162, 216), alternado con referencias, cargadas de intenci6n, a cuestiones religiosas en general (254, 340, 345).

Junto a otros t6picos de Indole universal (literatura, incesto, hijos ilegitimos, etc.), podemos adentrarnos en el n6cleo mismo de la historia, cuya faceta esencial se centra en la biograffa del coronel Aureliano Buendla, el cual se menciona en el primer p~rrafo de ]a novela

(9) y continua protagonizando algunos de sus pasajes mfs vitales hasta el relato del sencillo episodlo de su muerte (229). La violencia es tratada extensamente (92, 93, 95, lOS, 118, 128, 134, 136, 139, 1751 206, 207, 252, 317). Tambi~n abundan las referencias al gobierno (54,









116, 175, 186, 208, 210, 263), a la politica (88, 89, 95, 116., 120,

121, 127, 128, 1440 147, 173, 209), a ]a geofagia (103, 138, 144, 147),

a los "gringos" (195, 196, 206, 207, 219, 263), a los soldados (92, 110,

129, 140, 175, 180, 256, 257, 263) y a la policla (206, 317). Se relata en detalle la huelga bananera y ]a "masacre" de los obreros (252, 256,

258, 266, 285, 295, 300, 324, 329, 344). Se contrastan los tiempos felices del genesis de la aldea de Macondo (15, 16) con su desaparici6n

apocallptica de la faz de la tierra (351).

La selecci6n de citas sobre algunos de los t6picos enumerados

respecto a Cien afios de soledad la haremos a continuaci6n en forma

conjunta, a fin de ofrecer al lector la oportunidad de compenetrarse

m~s Intimamente con la tematica de Gabriel Garcia M~rquez a travs del

vigor expresivo que, particularmente en esta obra, le sirve de vehIculo

para su formulaci6n:

El Judlo Errante: "Rebeca cerr6 las puertas de su casa y se enterr6 en vida, cubierta con una gruesa costra de desd6n que ninguna tentaci6n terrenal consigui6 romper. Sali6 a la calle en una ocasi6n, ya muy vieja, con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores min6sculas, por la 6poca en que pas6 por el pueblo el Judlo Errante y provoc6 un calor tan intenso que los p6jaros romplan las alambreras de las ventanas para morir en los dormitorios."(119)

Francisco el Hombre: "Meses despu~s volvi6 Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi 200 aios que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por 41 mismo. En ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manure hasta los confines de la ci~naga, de modo que si alguien tenla un recado que mandar o un acontecimlento que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio... Francisco el Hombre, asi 1lamado porque-derrot6 al diablo en un duelo de improvisaci6n de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoci6
nadie. ."(50)

oledad: "Lo atormentaba 1a inmensa desolaci6n con que el muerto lo habia mirado desde la Iluvia, ]a honda nostalgta con que aoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba ]a casa buscando el agua-para mojar










su tap6n de esparto. 'Debe estar sufriendo mucho', le decia a Ursula.
ISe ve que estS muy solo. '(27)

er: "Petra Cotes, consciente de su fuerza, no dio muestras de preocupaci6n. Ella lo habia hecho hombre. Siendo todavla un nifio lo sac6 del cuarto de Melqulades, con la cabeza liena de ideas fant~sticas y sin ning6n contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo. La naturaleza lo habia hecho reservado y esquivo, con tendenci.as a la meditaci6n solitaria, y ella le habla moldeado el carActer opuesto vital, expansivo, desabrochado. y le habia infundido el jubilo de vivir y el placer de ia parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por dentroy por fuera..en el hombre con que habta sofadopara ella desde la adolescencia. Se habla casado, pues, como tarde o temprano se casan los hijos... Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnIfico dominio de fiera en reposo, oy6 la msica y los cohetes de ]a boda, el alocado bullicio de la parranda p6blica, como si todo eso no fuera mns que una nueva travesura de Aureliano Segundo. A quienes se.compadecieron de su suerte, los tranquiliz6 con una sonrisa. 'No se preocupen',. les dijo. 'A ml las reinas me hacen los mandados.' A una vecina que le 11ev6 velas compuestas para que alumbrara con ellas el retrato del amante perdido, le dijo con una seguridad enigm~tica: -La 6nica vela que lo har6 venir estS siempre encendida".(177, 178)

Aparecidos: "La vio un mediodia ardiente, cosiendo con ella en el corredor, poco despu6s de que Meme se fue al colegio. La reconoci6 en el acto, y no habla nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer vestida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con un cierto parecido a Pilar Ternera en la 6poca en que las ayudaba-en los oficios de la cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no la vio, a pesar de que era tan real, tan humana, que en alguna ocasi6n le pidi6 a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja."(238)

Preroniciones: "En cierto modo, Aureliano Josd fue el hombre alto y moreno que durante medio siglo le anunci6 el rey de copas, y que como todos los enviados de las barajas lleg6 a su coraz6n cuando ya estaba marcado por el signo de Ia muerte. Ella lo vio en los naipes. -No salgasesta noche -le dijo-. Qu6date a dormir aqui, que Carmelita Montiel se ha cansado de rogarme que la meta en tu cuarto... Aureliano Jos6 estaba destinado a conocer con ella la felicidad que le neg6 Amaranta, a tener siete hijos y a morirse de viejo en sus brazos. pero la bala de fusil que le entr6 por la espalda y le despedaz6 el pecho, estaba dirigida por una mala interpretaci6n de las barajas."(135, 136)

L11,6dicos invisibles: "La dispendiosa correspondencia con los medicos invisibles termin6 en un fracaso. Despues de numerosos aplazamientos, se encerr6 en su dormltorio en la fecha y la hora acordada, cubierta solamente por una s6bana blanca y con la cabeza hacia el norte., y a la una de la madrugada sinti6 que le taparon la cara con un paFfuelo embebido en un liquido glacial. Cuando despert6, el sol brillaba en la ventana y ella










tenia una costura b~rbara en forma de arco que empezaba en la ingle y
terminaba en el estern6n."1(294)

Levitaciones: "Acab6 de decirlo, cuando Fernanda sinti6 que un delicado viento de luz le arranc6 ]as s~banas de las manos y las despleg6 en toda su amplitud. Amaranta sinti6 un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trat6 de agarrarse de la s~bana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Ursula, ya casi ciega, fue la 6nica que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dej6 las s~banas a merced de la. luz, viendo a Remedios, )a bella, que le decla adi6s con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sfbanas que sublan con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dallas, y pasaban con ella a trav6s del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podlan a]canzarla ni los m6s altos p6jaros de la memoria."(205)

Mariposas amarillas: "Fue entonces cuando cay6 en la cuenta de las mariposas amarillas que precedian las apariciones de Mauricio BabiIonia... Pero cuando Mauricio Babilonia empez6 a perseguirla, como un espectro que s6lo ella identificaba en la multitud, comprendi6 que las mariposas amarillas tenlan algo que ver con 61. Mauricio Babilonia estaba siempre en el publico de los conciertos, en el cine, en la misa mayor, y ella no necesitaba verlo para descubrirlo, porque se lo indicaban las mariposas."(245)

Fatalismo: "S6lo entonces descubri6 que Amaranta Ursula no era su hermana" sino su tia, y que Francis Drake habla asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos mhs intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitol6gico que habla de
poner t6rmino a la estirpe."(350)

Homosexualismo "En varias ocasiones se metieron en la alberca, para jabonarlo de pies a cabeza, mientras 61 flotaba bocarriba, pensando en Amaranta. Luego lo secaban, le empolvaban el cuerpo y lo vestian. Uno de los niifos, que tenia el cabello rubio y crespo, y los ojos de vidrios rosados como los conejos, solla dormir en la casa.., A las seis de la manana salieron desnudos del dormitorlo, vaciaron 1a alberca y la Ilenaron de champaFia. Se zambulleron en bandada, nadando como p~jaros que volaran en un cielo dorado de burbujas fragantes, mientras Jog6 Arcadio flotaba bocarriba, al margen de la fiesta, evocando a Amaranta con los ojos abiertos."(314, 315)

Aboaados: "En noches de vigilia, tendido bocarriba en la hamaca que colgaba en el mismo cuarto en que estuvo condenado a muerte, evocaba ]a imagen de los abogados vestidos de negro que abandonaban el palacio. presidencial en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos levantado hasta las orejas, frot6ndose las manos, cuchicheando, refugindose en los cafetines l6gubres del amanecer, para especular sobre










lo que quiso decir .el presidente cuando dijo que sl, o lo que quiso decir cuando dijo que no, y para suponer inclusive lo que el presidente estaba pensando cuando dijo una cosa enteramente distinta, mientras 61 espantaba mosquitos a treinta y cinco grados de temperatura, sintiendo aproximarse el alba temible en que tendrIa que dar a sus hombre ]a orden de tirarse al mar."(120)

Historiadores: "Ensen-6 al pequeio Aureliano a leer y a escribir, lo inici6 en el estudio de los pergaminos, y le inculc6 una interpretaci6n tan personal de lo que signific6 para Macondo la compa~fa bananera, que muchos aRos despu6s, cuando Aureliano se incorporara al mundo, hablia de pensarse que contaba una versi6n alucinada, porque era radicalmente contraria a ]a falsa que los historiadores hablan admitido, y consagrado en los textos escolares."(296)

Amor: "Conscientes de aquella amenaza, Aureliano y Amaranta Ursula pasaron los Oltimos meses tomados de ]a mano,. terminando con amores de lealtad el hijo empezado con desafueros de fornicaci6n. De noche, abrazados en la cama, no los amedrentaban las explosiones sublunares de las hormigas, ni el fragor de las polillas, ni el silbido constante y nitido del crecimiento de la maleza en los cuartos vecinos.., y entonces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte, y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguirlan amendose con sus naturalezas de aparecidos, mucho despu6s de que otras especies de animales futuros les arrebataran a los insectos el'paraiso de miseria que los insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres."(346)

Erotismo: "... Aureliano Jos6 despert6 con la sensaci6n de que le faltaba el aire. Sinti6 los dedos de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir cambi6 de posici6n para eliminar toda dificultad, y.entonces sinti6 ia mano sin la venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. Aunque aparentaron ignorar lo que ambos sablan, y lo que cada uno sabla que el otro sabla, desde aquella noche quedaron mancornados por una complicidad inviolable... Entonces no s6lo durmieron juntos, desnudos, intercambiando caricias agotadoras, sino que se persegulan por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios a cualquier hora, en un permanente estado de exaltaci6n sin alivio."(127)

TeIrnqra.: "Se sinti6 tan sola, que busc6 ]a in6til compaRla del marido olvidado bajo el castaio. 'Mira en lo que hemos quedado', le decta, mientras las l1uvias de junio amenazaban con derribar el cobertizo de palma. 'Mira ]a casa vacta, nuestros hijos desperdigados por el mundo, y nosotros dos solos otra vez como al principlol. Jos6 Arcadio Buendla, hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus larrentos... Ella lo baiaba por partes sentado en el banquito, mientras le daba noticias de la familia. 'Aureliano se ha ido a la guerra, hace ya m6s de cuatro meses, y no hemos vuelto a saber de 611 le decla, restreg6ndole la espalda con un estropajo enjabonado. 'Jos6 Arcadio volvi6, hecho un hombrazomns alto que t6 y todo bordado en punto de cruz, pero s6lo vino a










traer ]a vergtlenza a nuestra casa. Crey6 observar, sin embargo, que su marido entristecla con las malas noticias. Entonces opt6 por mentitle. 'No me creas lo que te digol, decla, mientras echaba cenizas sobre sus excrementos para recogerlos con la pala. 'Dios quiso que Jos6 Arcadio y Rebeca se casaran, y ahora son muy felices.' Lleg6 a ser tan sincera en el engao que ella misma acab6 conso]Sndose con sus propias mentiras."(96)

Amistad: "Aureliano no comprendi6 hasta entonces cu~nto querfa a sus amigos, cu~nta falta le haclan., y cu~nto hubiera dado por estar con ellos en aquel momento.,. Llor6 con la frente apoyada en la puerta de la antigua librerla del sabio cataln, consciente de que estaba pagando los llantos atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para
no romper los hechizos del amor."(347, 348)

Odio: "Elabor6 el plan con tanto odio que la estremeci6 1a idea de que lo habrla hecho de igual modo si hubiera sido con amor, pero no se dej6 aturdir por la confusi6n, sino que sigui6 perfeccionando los detalles tan minuciosamente que lleg6 a ser m6s que una especialista, una virtuosa
en los ritos de ]a muerte". (237)

Soberbia: "Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buendfa no le habla perdido el cariPo a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella crefa antes, sino que nunca habla querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbr6 que no habla hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo crea, ni habla renunciado por cansacio a la victoria inminenta, como todo el mundo crea, sino que habfa ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Lleg6 a la conclusi6n de que aquel hijo por quien ella habrfa dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor."(214)

Oru1o: "-Dime una cosa, compadre: 1,por qu6 est6s peleando? -Por qu6 ha de ser, compadre - contest6 el coronel Gerineldo MHrquez-: por el gran partido liberal. -Dichoso t6 que lo sabes -contest6 61. Ya, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo HIrquez. Al coronel Aureliano Buendfa le divirti6 su alarma. INaturalrpnte', dijo. 'Pero en todo caso, es mejor eso, que no saber por qu6 se pelea.' Lo mir6 a los ojos, y agreg6 sonriendo: -0 que pelear como t6 por algo que no significa nada para nadie. Su orgullo le habla impedido hacer contactos con los grupos armados del interior del pals. mientras los dirigentes del partido no rectificaran en p6blico su declaraci6n de que era un bandolero."
(121)

01y.ido: "Lo salud6 con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirti6 su falsedad. Se sinti6 olvidado, no con el olvido remediable del coraz6n, sino con otro olvido m~s cruel e irrevocable que 61 conoca muy bien,
porque era el olvido de ]a muerte."(8, 49)










Dios: "Mediante un complicado proceso de exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de ]a casa, estaba seguro de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existla, o poner t6rmino de una vez por todas a la suposici6n de su existencia,.. Ursula se pre-guntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad crela que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su propia ofuscaci6n, y sentla unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldia, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignaci6n por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse del coraz6n los infinitos montones de malas palabras que habla tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad. -*Carajogrit6."(52, 216)

Religi6n: '-Diremos que lo encontramos flotando en ]a canastilla-sonrl6.
-No se lo creer6 nadie -dijo la monja. -Si se lo creyeron a las Sagradas Escrituras -replic6 Fernanda-, no veo por qu6 no han de cre6relo a mi...
- Ah! -dijo-, entonces usted tampoco cree. -!.En qu6? -Que el coronel Aureliano Buendla hizo treinta y dos guerras civiles y las perdi6 todas
-contest6 Aureliano-. Que el ej6rcito acorral6 y ametrall6 a tres -nil trabajadores, y que se ilevaron los cad~veres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones. El pSrroco lo midi6 con una mirada de 16stima. -Ay, hijo -suspir6-. A ml me bastarla con estar seguro de que t6 y yo existimos en este momento."(254, 314, 315)

Violencia: "Sacaron a rastras a] doctor Noguera, lo amarraron a un Srbol de la plaza y lo fusilaron sin f6rmula de juicio. El padre Nicanor trat6 de impresionar a las autoridades militares con el milagro de la levitaci6n, y un soldado lo descalabr6 de un culatazo.., Por esos dias, un hermano del olvidado coronel Magnifico Visbal llev6 su ni-eto de siete a~os a tomar un refresco en los carritos de ]a plaza, .y porque el niiio tropez6 por accidente con un cabo de ]a policia yle derram6 el refresco en el uniforme, el bSrbaro lo hizo picadillo a machetazos y decapit6 de un tajo al abuelo que trat6 de impedirlo."(92, 206)

kobierno: "Hizo con ellos ]a guerra tristede ]a humillaci6n cotidiana, de las s6plicas y los memoriales, del vuelva maRana, del ya casi, del estamos estudiando su caso con ]a debida atenci6n, la guerra perdida sin remedio contra los muy atentos y seguros servidores que deblan asignar y no asignaron nunca las pensiones vitalicias."(210)

RoIUtic.: "Pedlan, en primer t~rmino, renunciar a la revlsi6n de los titulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedian, en segundo t~rmino, renunciar a ]a lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo cat6lico. Pedian, por 6]timo, renunciar a las aspiraciones de igualdad de










derechos entre los hijos naturales y los legitimos para preservar la integridad de los hogares. -Quiere decir -sonri6 el coronel Aureliano Buendla cuando termin6 la lectura- que s6lo estamos luchando por el poder. -SO. reformas t6cticas -replic6 uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Despu6s veremos. Uno de los asesores politicos del coronel Aureliano Buendia se apresur6 a intervenir. -Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el regimen conservador. Si con ellas lograremo. ensanchar la base popular de la guerra... quiere decir que el r6ginen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en sintesis, que durante casi veinte airos hemos estado luchando contra los sentimientos de la naci6n."l(147, 148)

Geofaqia 'Se decia que empez6 arando su patio y habla seguido derecho por las tierras contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza de los mejores predios del contorno... No lo ne96, Fundaba su derecho en que las tierras usur-t padas habian sido distribuidas por Jos6 Arcadio Buendfa en los tiempos de la fundaci6n, y crefa posible demostrar que su padre estaba loco desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en realidad pertenecla a ]a familia."(103)

Gringos: "Los gringos, que despu6s lievaron sus mujeres lnguidas con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte al otro lado de la linea del tren, con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes met~licas, mesitas blancas en ]as terrazas y vepntiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla methlica, como un gigantesco gallinero electrificado... Nadie sabia aun qu6 era ]o que buscaban, o si en verdad no eran m~s que fil~ntropos, y ya hablan ocasionado un trastorno colosal, mucho m~s perturbador que el de los antiguos gitanos, pero menos transitorio y comprensible. Dotados de recursos que en otra 6poca estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el r6gimen de Iluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas~ y quitaron el rio de donde estuvo siempre y lo pus iron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de ]a poblaci6n, detr,4s del cementerio."(197)

Lo4da2os: "Consideraba a ]a gente de armas como holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden... Eran tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de galeotes hacia trepidar la tierra. Su resuello de drag6n multic6Falo impregn6 de un vapor pestilente ]a claridad del mediodfa. Eran pequeiios, macizos, brutos. Sudaban con sudor de cabal lo, y tenian un olor de carnaza macerz--da pcr el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del p6ramo... porque todos eran idSnticoso hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y ]as cantimploras, y ]a vetglenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordlo de la obediencia ciega y el sentido del .honor." (129, 256, 257)






84.



Masacre de obreros: ,,. en ese momento la masa desbocada empezaba a Ilegar a la esquina y la fila de ametralladoras abri6 fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo: -;TIrense al suelo; ;TIrense al suelo, Ya los de las primeras lfneas lo habin hecho, barridos por las r6fagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el p6nico dio entonces un coletazo de drag6n, y los mand6 en una oleada compacta contra ]a otra oleada compacta que se movfa en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de drag6n de Ia calle opuesta. donde tambi6n las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados., girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducla a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistem~ticamente recortados en redondo, como pelandouna cebolla., por la tijeras insaciables y met6dicas de la metralla."(259, 260).

De Cien agos de soledad podria, pues, decirse que es de Macondo y universal, como es para Garcla M~rquez Pedro P~ramo (de Comala y universal), "]a novela m6s hermosa que se ha escrito jambs en lengua castellanall. 244 Sobre Macondo, nuestro autor ha expresado que "no es un lugar sino un estado de Animo",245 Esta declaraci6n nos reafirma aun m6s en nuestro criterio de que los recuerdos y las esperanzas del autor se material izan en un Smbito sociol6gicamente hist6rico, proyectado est6ticamente en un plano mitico, que es una metAfora de su patria colombiana y, extensivamente, de la Am6rica Latina.

Ya hemos dicho que Macondo era una finca de bananos ubicada en las afueras de Aracataca, que Garcla MHrquez solIla recorrer en los dias de su infancia. Es, pues, un lugar real, que nuestro autor ha mantenido vivo en su meruoria y que ha ido creciendo con 61, conta-. min6ndose con sus recuerdos traum~ticos y con sus afanes reformistas, hasta convertirse en un verdadero sImbolo. Un sImbolo., creemos, de un lugar de la Am6rica Latina en que prevalecen el recelo, ]a frustraci6n y la miseria, porque el tiempo le ha ido posando.por encima, como a


toda la regi6n, sin dejarle impresa una huella de esperanza.










La familia Buendfa es de Macondo, aunque le ocurran cosas que

pueden sucederles a todos los seres humanos sobre ]a faz de-la tierra. Cualquier semejanza con la realidad no es aquI, como en las advertencias preventivas que se inscriben al principio de las cintas cinematogr~ficas, pura coincidencia. Por eso nos inclinamos a creer que Macondo, al igual que el otro pueblo que novela nuestro autor, es Aracataca, es Colombia; y es tambi6n la America Latina, en cuanto refleja una real idad 247
globalmente compartida bajo el signo del subdesarrollo. Las perdurables ralces coloniales, la aceleraci6n de los procesos hist6ricos, la explosi6n demogr~fica, el desproporcionado incremento de la producci6n agrtcola, la escasez de viviendas, el analfabetismo, la falta de capital, los latifundios no sometidos a un r6gimen de productividad intehsiva, el monocultivo, las condiciones sanitarias, las deficientes regulaciones fiscales, la inflaci6n, las fluctuaciones de los precios de las materias primas en el mercado mundial, el deficit de la balanzacomercial y la ausencia de una Adecuada coordinaci6n econ6mica intercontinental, entre los principales factores, han hecho de .la America Latina una de las regiones econ6micamente atrasadas del mundo, con sus problemas politicos "sul generis" y con una poblaci6n de idiosincrasia peculiar, que se mira con recelo en el espejo de ]a prosperidad ajena, sin dejar de sentir y padecer, a la vez, los mismos quebrantos morales y desazones espirituales que aquejan al resto de la humanidad.









Notas

172Alonso, P. 555.

173Juan Marichal, "Criollos y peninsulares: una vieja cuesti6n docente",, Insula- Nos. 284-285, Julio-Agosto de 1970, p. 11.
1714
Ricardo Gull6n, Garcia M~rquez o el arte de contar (Madrid: Taurus Ediciones, 1970), p. 27.
175Mario Benedetti, "Gabriel Garcia M6rquez o la vigilia dentro del sueF-o", 9 asedios a Garcia Msrguez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), pp. 18 y 19. V6ase el mismo trabajo en Letras del continente mestizo. 28 edici6n (Montevideo: Arca Editorial, 1969), pp. 180-189.
176
Mario Vargas Llosa, "Garcia MSrquez: de Aracataca a Macondo", pp. 144-145.
177Angel Rama, "Un novel ista de la violencia americana", _. dios a Garcia M~rquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), p. 106.
178Ferngndez-Braso. p. 58.

1791bid.3 p. 59.

180Citado por Susan Sontag, "Burroughs y el futuro de la novela", Mundo Nuevo. No. 23, Mayo de 1968, p. 32.
181V6ase ]a p~gina 26 de este trabajo.
l82Durhn3 p. 28.

183Castro, p. 30.

184Fossey2 p. 8.

185La introducci6n a la novela, de la cual forma parte, estA fechada "Macondo, 1909". V6ase Gabriel Garcia MSrquez La holarasca. 3a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969). p. 10.

186Carballo., p. 13.
187iris M. Zavala, "Cien aiios de soledad cr6nica de Indias", Ln:.ujja No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11.
188V~ase Nota 185.









189
Gabriel Garcia M. rquez, La holarasca, pp. 111 13, 22, 51,1 60. Seleccionaremos a continuaci6n un pasaje representativo, como haremos en cada caso: "El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nada ms. El aire es estancado. concreto; se tiene la impresi6n de que podria torc6rsele como una lmina de acero". (11)
190 bL~d., pp. 26, 60, 61, 123: "Porque la noche en que pusieron
las cuatro damajuanas de aguardiente en la plaza, y Macondo fue un pueblo atropellado por un grupo de b~rbaros armados; un pueblo empavorecido que enterraba a sus muertos en ]a fosa comn, alguien debi6 de recordar que en esta esquina habla un m6dico."(123)
191 lbJjd, P. 37: "Aquf veo sus ojos turbados, su sonrisa que no
corresponde a la expresi6n de su mirada. Oigo su voz que dice: 'Coronel, esto podrfamos arreglarlo de otro modo.' Y yo, sin darle tiempo a terminar, le digo: 'CuAnto.' Y entonces se convierte en-un hombre perfectamente distinto."(37)
192
.bLjL. pp. 110, 122, 123: "Todo lo habla traldo la hojarasca y todo se lo habla Ilevado. Despu6s de ella s6lo quedaba un domingo en los escombros de un pueblo, y el eterno trapisondista electoral en la OItima noche de Macondo, poniendo en ]a plaza p6blica cuat.ro damajuanas de aguardiente a disposic16n de la policia y el resguardo."(l.22, 123).
193L.L_, pp. 68, 69. Ver tambi6n pp. 80 y 92.

1941Ljdd, p: 94.

1951bjd.

196 Lkii pp. 99, 100. Vdanse tambin pp. 101, 121, 122 y 125.

197bLd., pp. 56, 64: "Toda la noche estuve pensando en que hoy volveramos a salir de la escuela y que irlamos al ro., pero no con Gilberto y Tobias. Quiero ir solo con Abraham, para verle el brillo del vientre cuando se zambulle y vuelve a surgir como un pez methlico. Toda la noche he deseado regresar con 61, solo por Ia oscuridad del t6nel verde, para rozarle 61 muslo cuando caminemos. Siempre que lo hago siento como si alguien me mordiera con unos mordiscos suaves, que me erizan la piei."(56)
198.1bLd.J pp. 60, 62: "Si el tiempo de adentro tuviera el mismo ritmo del de afuera, ahora estarfamos a pieno sol, con el ata6d en la mitad de la calle. Afuera serla m~s tarde: serfa de noche... Pero entonces el nifo vuelve a moverse y hay una nueva transformaci6n del tiempo. Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha trans'currido. Antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo eterno, el sudor, la carnisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable y helado detr~s de su lengua mordida. Por eso no transcurre el tiempo para el ahorcado: porque aunque ]a mano del ni'o se mueva, 61 no lo sabe."(60, 62)






88


199bid., pp. 26, 60, 61: ".... mientras el rencor crecla, se ramificaba, se convertla en una virulencia colectivap que no darla tregua a Macondo en el resto de su vida para que en cada oldo siguiera retumbando la sentencia -gritada esa noche- que conden6 al doctor a pudrirse detr~s de estas paredes... Ahora empiezo a creer que de nada valdrh mi compromiso contra la ferocidad de un pueblo, y que estoy acorralado; cercado por los odios y la impenitencia de una cuadrilla de resentidos."'
(26)
200pp. 53, 66: "Por el camino yo me iba acordando del asiento
inservible, arrimado a un rinc6n de la cocina, que en un tiempo sirvi6 para recibir visitas y que ahora es utilizado por el muerto que todas las noches se sienta, con el sombrero puesto, a contemplar las cenizas del fog6n apagado."(53)

20Ibid., p. 120: "... y habl6 de aquel extraio militar que en la guerra del 85 apareci6 una noche en el campamento del coronel Aureliano Buendla, con el sombrero y las botas adornadas con pieles y dientes y un-as de tigre, y le preguntaron: '!iQui~n es usted?' Y el extraFo militar no respondi6; y le dijeron: 'WDe d6nde viene?l Y todavia no respondi6; y le preguntaron: 'WDe qu1 lado estS combatiendo?' Y a~n no obtuvieron respuesta alguna del militar desconocido, hasta cuando el ordenanza agarr6 un tiz6n y lo acerc6 a su rostro y lo examin6 por un instante y exclam6, escandalizado: ';Mierda! ;Es el duque de Marlborough.'"'
202Jos& M. de Pereda, Sotileza, 3a edlci6n (Madrid: Espasa-Calpe, 1966). V6ase la actitud de Silda.hacia Muergo (pp. 32, 33 y 84, entre otras), digna de considerarse coma tema de la ns sofisticada novela psicol6gica de cualquier 6poca.
Rupert C. Allen, "Pobreza y neurosis en Misericordiap de Perez N Gaid6s", Revista Hispan6fila. 33, Mayo de 1968, 35-47.
204 a
Mariano Azuela, Las tribulaciones de una familia decente 2. edici6n (M6xico: Ediciones Botas, 1938).. a 205Gabriel Garcla Mirquez, El coronel no tiene quien le escriba,
5 edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 23.
2061bid., pp. 18, 35, 36, 64, 65, 70, 88, 90, 92: "Esi:oy dispuesta a acabar con los remilgos y las contemplaciones en esta casa, dijo, Su voz empez6 a oscurecerse de c6lera. 'Estoy hasta la coronilla de resignaci6n y dignidad... I-Cumplimos con nuestro deberdijo. -Y ellos cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el senado durante veinte agos -replic6 la mujer-. Ahl tienes a mi compadre Sabas con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que lleg6 al pueblo vendiendo medicinas, con una culebra enrollada en el pescuezo... -Y t te est~s muriendo de hambre... Para que te convenzas que la dignidad no se come."(65)









2071bid.. pp. 36-41: "Yo le advertf que la cosa no era de un
dfa para el otro", dijo el abogado en una pausa del coronel... -Mis agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesperarse... Mi hijo trabaj6 toda su vida -dijo el coronel-. Mi casa est6 hipotecada. La ley de jubilaciones ha sido una pensi6n vitalicia para los abogados. -Para ml no -protest6 el abogado-. Hasta el 61timo centavo se ha gastado en diligencias."(37, 39)
2081bid., pp. 21, 62, 86; "Sentado a la puerta de su despacho el
padre Angel vigilaba el ingreso para saber quienes asistlan al especticulo a pesar de sus doce advertencias."(62)
209Ibid.p pp. 21, 25, 34-36, 40, 41, .51, 76: "Pero en los 6ltimos quince aiios han cambiado muchas veces los funcionarios -precis6 el abogado-. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambi6 por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambi6 sus empleados por lo menos cien veces.,"(40, 41)
2101bid., pp. 13 24, 26, 27, 37, 39, 43, 66, 67, 77: "Se sec6 la frente con la manga de la camisa. Con este calor se oxidan ]as tuercas de la cabeza."(39)
211 1bJ. , pp. 11 15, 17, 75: "-Este entierro es un acontecimiento -dijo el coronel-. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos anios."(ll)
212pp. 35, 40 1: "Diecinueve afios antes, cuando el congreso promulg6 la ley, se inici6 un proceso de justificaci6n que dur6 ocho agios. Luego necesit6 seis ai-os m~s para hacerse incluir en el escalaf6n. Esa fue la 6ltlma carta que recibi6 el coronel."
(35)
213Gabriel Garcla M6rquezp Los funerales de la MamA Grande 6a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 144.
214
2Ibid. pp. 100, 112, 114: "-Ahora dice que vio al Judio Errante... La viuda sinti6 que se le crispaba la pi6l. Un tropel de revueltas ideas entre las cuales no podia diferenciar sus alambreras rotas, el calor, los p~jaros muertos y la peste, pas6 por su cabeza al escuchar esas palabras que no recordaba desde las tardes de su infancia remota: 'El Judlo Errante.' Y entonces comenz6 a moverse, livida, helada, hacia donde Arg6nida la contemplaba con la boca abierta... -Es verdad- dijo, con una voz que se le subi6 de las entraas-. Ahora me explico por.qu6 se est~n muriendo los p~jaros."( 12)
215Iid p. 44: "El cantinero, empolvado y con un clavel en la oreja, pregunt6 en falsete: -,Qu6 toman?... -No es eso -dijo DSmaso-. Tengo hambre. -LAstima -suspir6 el cantinero-.. Con esos Ojos. 1"









216
2p. . 42. 43, 66, 68: "Estaba disgustada porque su marido habla descuidado el trabajo de la carpinterfa para dedicarse por entero a la jaula... -ICu~nto vas a cobrar? -pregunt6. -No s6 -contest6 Baltazar. Voy a pedir treinta pesos para ver si me dan veinte.
-Pide cincuenta -dijo Ursula-. Te has trasnochado mucho en estos quince dfas. Adem~s, es bien grande... Eso no es nada para don Chepe Montiel, y ]a jaula los vale -dijo Ursula-. Debias pedir sesenta."(65, 66)

2171bid.; pp. 16, 17, 106, 108: "Orient6ndose no tanto por el ruido de ia cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28 aios de soledad, localiz6 en la imaginaci6n no s6lo el sitlio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura."(16, 17)
2181bid__3 pp. 80, 83, 100: 'Iral vez de ahi vino.su costumbre de asistir todos los dias a la estaci6n, incluso despu6s de que ametraliaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos." (100)
219ibid., p. 46: "El alcalde vino donde Gloria, volte6 el cuarto al derecho y al rev6s, y dijo que la iba a lievar a la c6rcel por c6mplice. Al fin-se arregl6 por veinte pesos."
220Ibd.. pp. 69, 81, 82: "En su mausoleo adornado con bombillas el6ctricas y arc~ngeles en imitaci6n de m~rmol, Jos6 Montiel pagaba seis aFos de asesinatos y tropelias. Nadie en la historia del pals se habia enriquecido tanto en tan poco tiempo. Cuando lleg6 al pueblo el primer. alcalde de la dictadura, Jos6 Montiel era un discreto partidario de todos los regfmenes, que se hablia pasado la mitad de la vida en calzoncillos sentado a la puerta de su piladora de arroz."(81)
221 WAd-3 p. 139: "Durante muchos aios la Mama Grande habla garantizado la paz social y la concordia polltica de su imperio, en virtud de los tres ba6les de c~dulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no s6lo su propio derecho de sufragio, sino tambi6n el de los electores muertos en un
siglo."
222Ibid. 69, 70, 73, 81, 129, 135-137: "Pero nunca se sinti6 bien entre los ricos. Solfa pensar en ellos, en sus mujeres feas y conflictivas. en sus tremendas operaciones quir6rgicas, y experimentaba siempre un sentimiento de piedad. Cuando entraba en sus casas no podla
moverse sin arrastrar los pies."(70)
223 pp. 128, 138 "... los peones dormnan amontonados sobre sacos de sal y 6tiles de labranza, esperando la orden de ensillar las bestias... En el Capitolio Nacionab donde los mendigos envueltos en papeles dormian al amparo de columnas d6ricas y taciturnas estatuas de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas."(128, 138)









224Lb.,id p..127: "... ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoci6n nacional, antes de que tengan tiempo de liegar
los historiadores."'
2251bid., pp. 140, 141: "La estructura jurldica del pals, construida por remotos ascendientes de la Mam6 Grande, no estaba preparada para acontecimientos como los que empezaban a producirse. .Sabios doctores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en hermen6uticas y silogismos, en busca de ]a f6rmula que permitiera al presidente de la rep6blica asistir a los funerales."(140)
226bid, pp. 138. 141: "Horas interminables se lienaron de palabras, palabras, palabras que repercutlan en el Smbito de la rep'blica, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa."(141)
2271bid�, pp. 11-14, 16,. 18, 19, 34, 35, 43, 54,9 66, 81, 88,
89, 93., 100, 141., 144: "Consideraba, .tal vez en sus momentos de menor lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace
mucho calor, y esa idea le producia un poco de desconcierto."(93)
228
Gabriel Garcia Mgrquez, La mala hora, 3a edici6n (Buenos Aires: Editorial Sudarmericana, 1969), p. 171: I'La viudad de AsIs se ocupaba de las jaulas cuando su hijo apareci6 en el patio.
-Acu6rdate -le dijo-, que una cosa es cuidar el pellejo y otra cosa: es saber guardar las distancias... 'Nada m~s te digo esol, replic6. 'No me traigas asesinos a la casa."'(171)
229pp. 22, 40, 95 125"'VivIa sola en la sombria casa de nueve cuartos donde muri6 ]a Mam6 Grande, y que Jos6 Montiel habla
comprado sin suponer que su viuda tendria que sobrellevar en ella su soledad hasta la muerte."(95)

2L0bid., pp. 55, 91, 108: '|Acudi6 una muchacha muy joven, con un traje corto y ajustado y senos como piedras. El alcalde orden6 el alnuerzo sin mirarla... Cuando dieron las doce, ella se tendi6 bocabajo en la hamaca, extendi6 hacia 61 un brazo adornado con un juego de
pulseras sonoras y le pellizc6 la nariz. -Es tarde, ni.o -dijo-. Apaga la luz. El alcalde sonri6. -No era para eso -dijo. Ella no comprendi6. -iSabe echar la suerte? -pregunt6 el alcalde."(55, 108)

231Ibid., pp. 60, 65: "-,Qu6 tiene? -pregunt6 el padre. -Todavla no lo he examinado -contest6 el doctor; y coent6 pensativo-: Son cosas que le suceden a la gente por voluntad de Dios, padre. El padre Angel pas6 por alto el comentario... Rez6 a fondo, tensos los mnsculos en el espasmo final, pero consciente de que mientras ms pugnaba por lograr el contacto con Dios, con m~s fuerza Io empujaba el dolor en sentido contrario.",(60, 65)









232pp. 27, 46, 4776 140: 'Le dioun beso a su marido
en la nariz. El trat6 de esquivarla, pero ella se fue de bruces sobre 41, de trav6s en la cama. Permanecieron inm6viles. El juez Arcadio le pas6 la mano por la espalda, sintiendo el calor del vientre voluminoso, hasta cuando percibi6 la palpitaci6n de sus riflones... Ella levant6 la cabeza. Murmur6 con los dientes apretados: -Esptrate y
cierro ]a puerta."(76)
233Li p. 95: "De noche, mientras recorrIa con la bomba
del insecticida los aposentos vacfos, se encontraba a la MamA Grande destripando piojos en los corredores, y le preguntaba: '!Cuando me voy a morir?' Pero aquella comunicaci6n feliz con el m~s all no hablia logrado sino aumentar su incertidumbre, porque las respuestas, como las de todos los muertos, eran tontas y contradictorias."
2341bid, pp. 108, 149: "Sac6 unos naipes gastados, del fondo de ]a maleta. Ella examin6 cada carta, al derecho y al rev6s, con una atenci6n seria. 'Los otros naipes son mejores', dijo. 'Pero de todos modos., lo importante es la comunicaci6n.' El alcalde rod6 una mmsita, se sent6 frente a ella, y Casandra puso el naipe. -!Amor o negocios?pregunt6. El alcalde se sec6 el sudor de las manos. -Negocios - dijo."
235 f i
, pp. 14, 25, 30, 31, 74, 94., 122., 142, 167, 173. 187, 192, 193, 202: "Usted no sabe -dijo- lo que es levantarse todas las mafanas con la seguridad de que lo matargn a uno, y que pasen diez aios sin que lo maten."(173)
236b.i, pp. 25, 42, 51, 52, 71, 77T, 85., 86, 116, 166 , 175 , 179., 188: "El alcalde interrumpi6 la fumigaci6n. El padre se tap6 ]a nariz, pero fue una diligencia intil: estornud6 dos veces. 'Estornude, padre'., le dijo el alcalde. Y subray6 con una sonrisa: -Estamos en una democracia... En su oficina lo esperaba el alcalde con un problema moral. A ratz de las 6ltlmas elecciones ]a policia decomis6 y destruy6 las c6dulas electorales del partido de oposici6n. La mayorla de los habitantes del pueblo carecla ahora de instrumentos de identificaci6ri2(42, 71)
2371bd j., pp. 25, 26., 32., 34., 38., 44., 47., 56., 65., 70 , 74, 77.,
78, 91, 96., 98-100, 107. 120, 138-140, 145, 165, 167, 176, 178; 191: "Entr6 un boletin de noticias, con citas de un discurso pornunciado ]a noche anterior por el presidente de lia rep~blica, y luego una lista de los nuevos articulos de prohibida importaci6n. A medida que la voz del locutor ocupaba el ambiente se fue haciendo m~s intenso el
calor."(55, 56)
238ALU, pp. 46., 52., 81, 102-104, 154: "-Lo que pasa es que en este pats no hay una sola fortuna que no tenga a la espalda un burro muerto... -Dichosa juventud -exclam6 finalmente el enfcrmo-. Tiempos felices en que una muchachita de diecis6is afios costaba menos que una
novilla."(102, 103)






93


2391bid., pp. 44-46: "Con una voz sinuosa, como habrfa contado una leyenda infantil, expuso la alarma del pueblo. Dijo que aunque ]a muerte de Pastor debla interpretarse romo una cosa absolutamente personal', las familias respetables se sentlan obligadas a preocuparse por los pasquines... Apoyada en el mango de su sombrilla, Adalgisa Montoya, ]a mayor de las tres, fue m6s explIcita: -Las damas cat6licas hemos resuelto tomar cartas en el asunto... No es por nosotras
-dijo Rebeca de AsIs-. Pero esa pobre gente..."(45, 46)
2401bid.j pp. 25, 31, 71, 129, 160: "Usted lo sabe: ahi tengo
seis agentes encerrados en el cuartel, ganando sueldo sin hacer nada. No he conseguido que los cambien... -En ]a actualidad... para nadie es un secreto que tres de ellos son criminales comunes, sacados de las c~rceles y disfrazados de policlas. Como est6n ]as cosas, no voy a correr el riesgo de echarlos a la calle a cazar un fantasma."(129)
241 b"
2 bd ,. PP. 77, 166, 175: "Dos anos de discursos, ctf6 de memoria. 'Y todavia el mismo estado de sitio, la misma censura de prensa.,
los mismos funcionarios."'"(175)
242Gabriel Garcfa M~rquez, Cien aios de soledad, 15a edicl6n
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969). Todas las citas sucesivas se referir~n a esta edici6n. La paginaci6n se especificarh mediante par6ntesis incluidos en el texto.
243Dos referencias de interns respecto a los otros personajes femeninos, pueden confrontarse en las phginas 171 y 177.
244 Landeros3 p. 21.
245 I d.

246V6ase Im p6ginas 12 y 13 del presente trabajo.

247V~ase la observaci6n de Gabriel Garcia M6rquez al respecto en ]a p~gina 30 del presente trabajo.













CAPITULO VI

LA SOLEDAD


Carlos Landeros, en su interesante entrevista con Gabriel Garcia Mi6rquez, nos ofrece una necesaria aclaraci6n:

IMe quiere explicar el por qu6 en la portada de su libro la letra
"'e" correspondiente a ]a palabra soledad, estS escrita a la inversa?, le pregunta el librero al escritor. -ge idea de Vicente
Rojo quien compuso la portada, respondi6-.

Es decir, que no hay clave alguna por parte del escritor en ese intrigante capricho tipogr~fico, y que tendremos que bucear su mensaje en el contexto de ]a novela, m6s allS del umbral de su portada.

Una visi6n de conjunto ]a encontramos en un trabajo de Julio Ortega, del cual seleccionamos las siguientes ideas:

La soledad es un matiz de los Buendfa... Es tambi~n una precaria forma de uni6n,.. Y tambi6n la soledad es el espejo que recupera una vida en el tr~nsito del tiempo que regresa... As!, la soledad es una diversa cadena, est6 en los habitos... y estS en los
instantes significativos, y tambin en la suma de una vida... En
ia condici6n humana, parece decir la nov24g, la conformidad condena
.a la soledad, a la ausencia de comuni6n.

En la autosemblartza que precede a su cuento "En este pueblo no hay ladrones", nuestro autor expresa: "He tenido que refugiarme en la soledad de ]a literatura.1"250

A trav6s de una parte de su vida al menos, nuestro autor ha estado queriendo emanciparse de las responsabilidades cotidianas, para encerrarse a dialogar con sus criaturas invisibles. Gracias a sd talento, a su perseverarncia, seguramente a las dotes administrativas de su esposa y posiblemente a la paciencia de sus acreedores, ha logrado




Full Text
37
El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las
mujeres violadas, los sexos esparcidos, las tripas sacadas y la
descripcin minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos
crmenes, no es el camino para la novela. El verdadero drama es
taba en el ambiente de terror que provocaron los ggmenes. La no
vela no estaba en los muertos, sino en los vivos.
Preguntado sobre su concepcin de la novela como gnero literario,
el narrador -colombiano ofreci la siguiente respuesta:
No creo en las definiciones ni en las teoras literarias. Un escri
tor que no est dispuesto a cambiar sus conceptos literarios todos
los das, est perdido, tanto o ms como el que cambia^aus convic
ciones polticas en los primeros cien arios de su vida. y
Es digno de mencin el criterio de Garca Mrquez sobre la tras-
4
cendencia y dificultad del primer prrafo de una novela:
Puede que cueste muchos meses, e inclusive muchos aos, hasta tener
lo como debe ser. Slo cuando est escrito el primer prrafo se
puede decidir, en definitiva, si la historia tiene porvenir, y se
sabe cul ha de ser su estilo y su longitud, y el tiempo que costar
escribirla.^
Luis Hars nos ofrece una oportuna aclaracin sobre el elemento
humorstico en la narrativa de nuestro novelista:
Garca Mrquez no se considera un humorista, si es que la palabra
tiene algn sentido preciso. Dice que en sus obras el humorismo,
que siempre comenta la gente, es incidental. Desconfa del humor,
sobre todo del chiste fcil que llena un vaco. Adems, agrega
solemne, siempre ha credo que no tiene sentido del humor. Las
sonrisas desparramadas en sus obras las ha dejado caer de paso y ^
como por casualidad, cuando surgan espontneas de una situacin.
Otro aspecto de importancia que destaca Luis Hars, explica el t
tulo do su trabajo sobre Garca Mrquez:
"Lo que da valor literario es el misterio", dice Garca Mrquez,
que trabaja siempre dejando una "cuerda floja" -una sugerencia
enigmtica, la rpida visin de algo fugitivo, indescifrable como
un sueo que.se pierde al despertar- en la que vibra esa "magia que
hay en los actos cotidianos". Garca Mrquez toma sus mitos como
los encuentra, sin alterarlos. No se detiene a investigar el mis
terio, para que no.se le esfume.^ .
Sobre el origen del vicio retrico, a que antes aludimos, el no
velista colombiano expresa su criterio de este otro modo:


81
traer la vergenza a nuestra casa.1 Crey observar, sin embargo, que
su marido entristeca con las malas noticias. Entonces opt por men-
tlrle. 'No me creas lo que te digo1, deca, mientras echaba cenizas
sobre sus excrementos para recogerlos con la pala. 'Dios quiso que
Jos Arcadio y Rebeca se casaran, y ahora son muy felices.' Lleg a ser
tan sincera en el engao que ella misma acab consolndose con sus pro
pias menti ras."(96)
Amistad: "Aureliano no comprendi hasta entonces cunto quera a sus
amigos, cunta falta le hacan, y cunto hubiera dado por estar con
ellos en aquel momento... Llor con la frente apoyada en la puerta de
la antigua librera del sabio cataln, consciente de que estaba pagando
los llantos atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para
no romper los hechizos del amor."(347, 3^8)
Odio: "Elabor el plan con tanto odio que la estremeci la idea de que
lo habra hecho de igual modo si hubiera sido con amor, pero no se dej
aturdir por la confusin, sino que sigui perfeccionando los detalles
tan minuciosamente que lleg a ser ms que una especialista, una virtuosa
en los ritos de la muerte".(237)
Soberbia: "Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buenda no le haba
perdido el cario a la familia a causa del endurecimiento de la guerra,
como ella crea antes, sino que nunca haba querido a nadie, ni siquiera
a su esposa Remedios o a las incontables mujeres de una noche que pasa
ron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbr que no haba he
cho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo crea, ni haba
renunciado por cansacio a la victoria inminente, como todo el mundo crea,
sino que haba ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa
soberbia. Lleg a la conclusin de que aquel hijo por quien ella habra
dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor."(214)
Orgullo: "-Dime una cosa, compadre: por qu ests peleando? -Por qu
ha de ser, compadre contest el coronel Gerineldo Mrquez-: por el
gran partido liberal. -Dichoso t que lo sabes -contest l. Yo, por
mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Mrquez. Al coronel Aureliano
Buenda le divirti su alarma. 'Naturalmente', dijo. 'Pero en todo
caso, es mejor eso, que no saber por qu se pelea.' Lo mir a los ojos,
y agreg sonriendo: -0 que pelear como t por algo que no significa
nada para nadie. Su orgullo le haba impedido hacer contactos con los
grupos armados del interior del pas, mientras los dirigentes del par
tido no rectificaran en pblico su declaracin de que era un bandolero."
021)
Olvido: "Lo salud con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo co
nocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirti
su falsedad. Se sinti olvidado, no con el olvido remediable del corazn,
sino con otro olvido ms cruel e irrevocable que l conoca muy bien,
porque era el olvido de la muerte."(48, 49)


10
Yo, seor, me llamo Gabriel Garca Mrquez. Lo siento: a mi tam
poco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes
que nunca he logrado identificar conmigo. Nac en Aracataca, Co
lombia, hace casi cuarenta aos (hoy cuarenta y uno) y todava no
me arrepiento. Mi signo es Piscis y mi mujer Mercedes. Esas son
las dos cosas ms importantes que me han ocurrido en la vida, por
que gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir
escribiendo.
La niez suele, ser una fuente socorrida de informacin para es
clarecer ciertas actitudes psicolgicas del individuo en la vida adulta.
Si tal individuo tiene una personalidad compleja, como sucede con Ga
briel Garca Mrquez -un hombre lleno de resabios e inquietudes y do
tado de fina sensibilidad y agudo sentido del humor; un artista afanoso
de exorcisar su numen mediante fbulas delirantes-, nuestro buceo en su
infancia debe intentarse con la mayor curiosidad y con no menor reve
rencia.
No nos limitaremos, desde luego, a considerar la infancia, puesto
que es necesario coordinar ampliamente las tres dimensiones (humana,

temtica y estilstica) que en la obra de Garca Mrquez parecen inte
grar una slida unidad, tratando de seguir a Leo Spitzer, en el sentido
de "reunir todo lo que en un autor sea estilsticamente notable y re-
14
lacionado con su personalidad".
Naci nuestro autor en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de
1928.^5 se trata de un nio abandonado por sus padres, cuya prematura
potencialidad imaginativa y sentimental lo hace experimentar la nos
talgia del calor maternal. Su abuela es supersticiosa en extremo e
interrumpe su sueo para contarle historias escalofriantes, que resul
tan ms traumticas en el ambiente de la casa fantasmal, en la que hay
"un gran altar dorado con santos de yeso cuyos ojos brillaban en la


108
P.
298.
284ibid..
P.
304.
285lb]d.,
P.
305.
286lbid.,
P.
246.
287lbid..
P.
248.
288ibid..
P.
85.
289Durn,
P.
28.
29Garca
M
rquez,
29^Jorge i
Arbeleche
i Gabriel i
Garca M
a, 1969),
P.
40.
292Garca
M
rquez,
2931 bid.,
P.
191.
294
Peter G. Earle, "Camino oscuro: la novela hispanoamericana",
Cuadernos Americanos. CU I, No. 3, Mayo-Junio de 1967, 205.
299Vase pg i na 66 de este trabajo.
Hugo Achugar, "Algunos temas en Cien aos de soledad", Aprox?-
macin a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin de Cultura Univer
sitara, I969), p. 37.
297
Vase pgina 96 de este trabajo.
298
299
300|
301
Vase pgina 9 de este trabajo.
Vase pgina 30 de este trabajo.
Garca Mrquez, Cien anos de so1edadL. p. 107.
UlLs., p. 113.
ono
3 1bid.. p. 135. Vase Jorge Arbeleche, "Sobre la construccin
temtica", Aproximacin a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin
de Cultura Universitaria, 1969), p. 42. Este autor sostiene que "por
encima del fatalismo de la soledad y de la muerte, lo que prevalece en
la obra, es el amor vital, la vida, en fin, con todos sus sinsabores y
desgracias.-.."..


9
riesgo de ofrecer una imagen mutilada de su produccin narrativa, cu
yos rasgos esenciales nos proponemos analizar. Pasemos, pues, sin ms
tardanza, a los datos que nos permitirn acercarnos a la vida, a la
personalidad y a las ideas de nuestro autor.
Una estampa periodstica de breves trazos precisos y sugerentes,
nos presenta a Gabriel Garca Mrquez tal como luca en la Navidad de
I968: "Parece un cruce de indio y gitano. Tiene ojos color negro in
tenso y mirada viva, interesada, auscultadora, a rfagas vibrantes,
pero siempre con un claroscuro de tristeza como fondo".^
Ernesto Shoo ha logrado otra excelente semblanza de nuestro
autor:
Lo que predomina en Garca Mrquez, a primera vista, es el pelo.
La cara, de rasgos fuertes, veteados por los restos de un acn
juvenil, lucha a nariz partida con una maraa pilosa que se le
encrespa en la cabeza, se le derrama como flecos encima de los
prpados y se remansa, por fin, en el bigotazo rotundo... No es
alto (debe de andar por el metro y 7$, 72), pero tiene, obvia
mente, el orgullo de su cuerpo bien hecho, de su trax y su abdomen
dursimos y retumbantes como una coraza. 1
Vale la pena preguntarse cmo se ha desenvuelto la vida de este
hombre enigmtico, que ha llegado a alcanzar tanta fama y que tanto
desconcert a Miguel Fernndez-Braso en el curso de la entrevista que
con l sostuvo:
Unas veces parece el novelista un guila rapaz, lleno de astucia
y milagro de penetracin. Otras un cachondo desmitificador. 0
un bohemio ranchero. 0 un chlo culto y con porvenir. 0 un loco
pacfico con aire de abandono. 0 un deportista adormilado, en
horas sedantesJ2
Resulta interesante la siguiente autosemblanza del escritor, que
antecede a uno de sus cuentos:


8$
Notas
172Alonso, p. 555.
Juan Marichal, "Criollos y peninsulares: una vieja cuestin
docente", Insula. Nos. 284-285, Julio-Agosto de 1970, p. 11.
174
' Ricardo Gulln, Garca Mrquez o el arte de contar (Madrid:
Taurus Ediciones, 1970), p. 27.
^Mario Benedetti, "Gabriel Garca Mrquez o la vigilia dentro
del sueo", 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial .
Universitaria, 1969), PP. 18 y 19. Vase el mismo trabajo en Letras
del continente mestizo. 2a edicin (Montevideo: Arca Editorial, 1969)^
pp. 180-189.
1
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: de Aracataca a Macondo1
pp. 144-145.
^77Ange1 Rama, "Un novelista de la violencia americana", 9 ase
dios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), p. 106.
'^Fernndez-Braso, p# 58,
179LbU P. 59.
1 o
Citado por Susan Sontag, "Burroughs y el futuro de la novela1
Mundo Nuevo. No. 23, Mayo de 1968, p. 32.
i O I
1 'Vase la pgina 26 de este trabajo.
^2Durn, p. 28.
^Castro, p. 30.
^^Fossey, p. 8.
^'La introduccin a la novela, de la cual forma parte, est fe
chada "Macondo, 1909". Vase Gabriel Garca Mrquez, La hojarasca.
3a edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, I969), p. 10.
l86Carballo, p. 13.
1 87
'iris M. Zavala, "Cien aos de soledad, crnica de indias",
Insula. No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11.
188
'Vase Nota 185.


138
Lo.mismo que con el caudillismo, ocurre con el caciquismo. Damiana
Cisneros llev a la tumba el desconsuelo de no haberle abierto la puerta
a Pedro Pramo aquella noche aciaga en que l se lo pidi. Despus envi
diaba a Margarita, porque desde entonces el patrn jams la volvi a re-
querir. Quiere decir, que le falt acometividad (porque acceder al
primer requerimiento imperioso hace a la mujer al menos cmplice, si no
victimara), que le falt en definitiva "hembrismo" para entregarse al
hombre corpulento, egosta, cnico y desamorado que era el dueo de to
das las tierras y de todos los pobladores de Cmala, que era, a la vez,
su protector y su explotador.
Refirindose a las mujeres, Suzanne Jill Levine aclara:
Garca Mrquez se burla del machismo y reafirma la vitalidad de la
raza humana a travs de la fuerza terrenal de sus mujeres. Las de
Juan Rulfo son sumisas y pasivas. Esta diferencia puede ser conse
cuencia, en parte, del hecho de que la sociedad mexicana est ms
centrada en torno del hombre, en tanto que la colombiana es una.
sociedad ms matriarcal...393
Es cierto que algunas mujeres que aparecen en la narrativa de Gar
ca Mrquez -Ursula Iguarn sera el paradigma- demuestran sentido prc
tico y fortaleza de carcter, como ya hemos visto, mientras muchos hom
bres resultan en gran medida ¡lusos y de frgil voluntad. Pero, aparte
de que este factor no altera la certeza de nuestra tesis, debe tenerse
en cuenta que tambin hay zonas matriarcales en Mjico, como el propio
Juan Rulfo explic a Luis Hars:
Las costumbres de esos pueblos [del norte del estado de Jalisco]
son matriarcales todava. All la mujer es la que manda. Justa
mente una de las cosas en que se not el poder del matriarcado
fue durante la revolucin cristera, en donde fue la mujer la que
hizo la revolucin.^
El 15 de junio de 1322, Simn Bolvar entr triunfalmente en
Quito. Las mujeres sonrean a su paso y lanzaban flores desde los


228
Notas
C14
Helmut Hatzfeld, El "Quijote11 como obra de arte del lenguaje.
2a edicin (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Cientficas,'
1966), pp. 75, 259.
^Ramiro Andrade, "Apuntes sobre la nueva cuentstica nacional",
Bolvar. XIII, Nos. 5558, Enero-Diciembre de i960, 178.
516
Este cuento fue publicado en 1962, y en l hallamos precedentes
de pasajes que habran de aparecer en Cien aos de soledad: "Amaneci
muerta en la cama con la cabeza metida entre los hombros, como un po
llito..." (7); "el llantito sin gracia de los viejos" (10); "Llev a
Clotilde a conocer el hielo" (11); "La muchacha, con sus teticas de
perra..." (15); "... no consegua entender el sentido de una contienda
entre dos hombres que estaban de acuerdo en los principios" (17). Tam
bin se menciona al Duque de Marlborough (9) y hay una referencia a un
caso de levitacin (18). Vase la Nota 108 sobre la revista en que
apareci publicado este relato, a la cual se refieren las pginas men
cionadas entre parntesis.
^^Garca Mrquez, La hojarasca, p. 19.
jr i g
Ibid.. p. 20. En esta misma pgina hay otros dos pasajes dignos
de transcripcin, que no incluimos en el texto en obsequio a la brevedad.
519
Antonia Palacios, "Testimonio de vida y muerte", Recopiiacin
de textos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las Amricas,
1969), p. 104. -i
520Garca Mrquez, Cien aos de soledad,, pp. 91 93.
521JJ2., P. 205.
522iki., P. 238.
523ibi., P. 294.
524JbjLd., p. 328.
525JJbid., P. 17.
526JJiM., P. 32.
527Ud., p. 72.
^Armando Puente, "Gabriel Garca Mrquez (Gabo), seor de
Macondo", Indice. No. 237, Noviembre de 1968,-p. 25.
^Guillermo de Torre, "Teora y ejemplo del esperpento",
Cuadernos. No. 54, Noviembre de 1961, p. 42.


247
. Narradores de esta Amrica. Montevideo: Editorial Alfa,
sin fecha.
, "Novedad y anacronismo en Cien arios de soledad". Revista
Nacional de Cultura, No. 185, Julio-Agosto-Septiembre de 1968,
pp. 3-21.
Rodrguez Purtolas, Carmen C. de. "Aproximaciones a la obra de Gabriel
Garca Mrquez", Universidad. No. 76, Julio-Diciembre de 1968,
PP. 9-45.
Rulfo, Juan. Pedro Pramo. Mxico: Fondo de Cultura Econmica,
1955.
Rumazo Gonzlez, Alfonso. "Teora de los pactos en la novela nueva
americana", Cuadernos Hispanoamericanos. No. 209, Mayo de 1967,
pp. 406-412.
Sarduy, Severo. "La escritura autnoma", Imagen. No. 44, Marzo 1-15
de 1962, p. 22.
Serrano Plaja, Arturo. Realismo "mgico" en Cervantes. Madrid: Edi
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Schoo, Ernesto. "Los viajes de Simbad Garca Mrquez", Primera Plana.
V, No. 234, Junio 20 al 26 de 1967, 52-54.
Shorris, Earl. "Gabriel Garca Mrquez: the alchemy of history",
Harper's Magazine. 244, No. 1461, February, 1972, 98-102.
Sontag, Susan. "Burroughs y el futuro de la novela", Mundo Nuevo.
No. 23, Mayo de 1968, pp. 27-33.
. "Contrainterpretacin", Mundo Nuevo. No. 7, Enero de 1967,
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Souza, Raymond D. "Language vs structure in the contemporary Spanish
American novel", Hispania, VII, No. 4, December, 1969, 833-839.
Speratti Pinero, Emma Susana. La elaboracin artstica en "Tirano
Banderas". Mxico: Fondo de Cultura Econmica, 1957.
Spitzer, Leo. La enumeracin catica en la poesa moderna. Buenos
Aires: Instituto de Filologa de la Universidad de Buenos
Aires, 1945.
Surez Rondn, Gerardo. "La novela sobre la violencia en Colombia",
Bogot, 1966 (mimeograf¡ado).


174
-En Cien aos de soledad se podra hablar de un realismo mgico?
-Toda la realidad de todos los pases tiene un aspecto mgico. Lo
que pasa es que los latinoamericanos, tal vez por nuestra edad his
trica, lo vemos mejor.
-Usted escribe entre la realidad y el sueo?
-Escribo como un globo cautivo: volando amarrado a la tierra. b
Tambin respecto al tratamiento de la realidad, nuestro autor
responde lo siguiente a Armando Durn:
Lo nico que s sin ninguna duda es que la realidad no termina en
el precio de los tomates. La vida cotidiana, especialmente en
Amrica Latina, se encarga de demostrarlo. El norteamericano F. W.
Up de Graff, que hizo un fabuloso viaje por el mundo amaznico en
1894, vio, entre muchas otras cosas, dn arroyo de agua hirviendo,
un lugar hasta donde la voz humana provocaba aguaceros torrenciales,
una anaconda de 20 metros completamente cubierta de mariposas. An
tonio Pigafetta, que acompa a Magallanes en la primera vuelta al
mundo, vio plantas y animales y huellas de seres humanos inconcebi
bles, de los cuales no se ha vuelto a tener not¡c¡a.49
El realismo mgico se manifiesta en Cien aos de soledad en dos
facetas distintas: una externa, representada por la sobriedad y uni
formidad de la narracin, por la desenfadada imperturbabilidad del
narrador al relatar los pasajes ms fantsticos de la obra, y otra in
terna, expresada mediante los sucesos que vulneran de algn modo las
convenciones racionales. Esta ltima faceta, a su vez, se desdobla
en tres vertientes autnomas: una totalmente irracional, milyuna-
nochesca, ilustrada por pasajes como el de la estera voladora; otra
semirracional, perteneciente al mundo nebuloso de las premoniciones,
a luci onaciones y apariciones; y una tercera, que puede adscribirse a
una categora simblica, real en su naturaleza y significado, aunque
irreal en su interdependencia, como ocurre con el hallazgo del galen
espaol a doce kilmetros del mar. En este caso, el galen es real y
tambin lo es, desde luego, el mar, pero la relacin de dependencia


167-
Sabemos que Cien anos de soledad es una saga de los Buenda y
que su estructura tiene, a la vez, una secuencia bblica. Tambin
podemos constatar que la historia tiene su Cide Hamete Benengeli, en
carnado en el gitano Melquades, logrndose el "escribir vivencial de
456
lo antes escrito" que atribuye Amrico Castro al Quiiote. Vemos
cmo el novelista menciona a personajes de Carpentier (Vctor Mugues),
de Cortzar (Rocamadour) y de Fuentes (Artemio Cruz), con el objetivo,
457
segn Isaas Lerner, de "asegurar la absoluta fantasa de sus hroes";
segn nuestro criterio, para desdoblar la ficcin en realidad, cuando
ya tiene al lector aprisionado en la trampa letal del "hermetismo" no
velesco. Ntese que tambin se mencionan figuras histricas, como
Francis Drake, Sir Walter Raleigh y Alexander Von Humboldt, entre
otros; a personas cercanas al autor, como su esposa, sus hijos, sus
amigos Alvaro, Germn y Alonso y el librero cataln; apareciendo in-
458
cluso referencias a s mismo y a pasajes verdicos de su vida.
Lo Metafrico
No se puede hablar de la estructura de Cien aos de soledad sin
hacer referencia a este factor vital, que es la metfora. Al igual
que una expresin puede ser una metfora en el contexto de una estrofa
o de un prrafo, uno o ms niveles de la narracin pueden constituir
metforas, en su funcin representativa, en relacin con la totalidad
del relato novelesco. Peter G. Earle opina que Arturo Cova es el ver
dadero protagonista de La vorgine y que la naturaleza es una "enorme
metfora de la mezquindad humana";**'^ Luis Hars nos habla de la "fun
cin orgnica" de la metfora en Miguel Angel Asturias;**^ Emir Rodr
guez Monegal afirma que la Cuba que presenta Severo Sarduy en De dnde


120
Estas observaciones pesimistas sobre la juventud, nos obligan
a poner en tela de juicio sus declaraciones sobreestimando a los es-
350
tudiantes universitarios, ante quienes parece querer preservar a
toda costa su imagen de revolucionario. Sus declaraciones a Leopoldo
Azancot, podran respaldar nuestra sospecha:
Los jvenes piensan que tenemos poder y dicen: "Pues si tienen
poder y cojones, que se queden aqu con nosotros"... Yo no par
ticipo ya en ningn acto pblico, para evitar confusiones... No
quiero decepciones. La ltima vez que estuve en mi tierra, los
diarios me exaltaron, y entonces los jvenes gritaron que yo me
haba vendido a la oligarqua y a la CIA. Me vi obligado a exigir
que se publicara en los peridicos un artculo con gran lujo de
fotos en el que deca que el Gobierno persigue a la cultura... *
En su visita a Ecuador, el poeta ruso Evgeni Evtushenko declar,
sobre Cien aos de soledad: "Quizs sea el libro ms importante del
352
siglo veinte". El entrevistador agrega:
Dij que le agradaba saber que Garca Mrquez est residiendo ahora
en Barranquilla porque es ah, junto a su pueblo, donde le corres
ponde estar... Particularizando en el caso del novelista argenti
no Jlio Cortzar, que decepcionantemente inclusive para m que
soy su ferviente admirador, acaba de nacionalizarse ciudadano
francs, Evtushenko dijo: "Cortzar es un gran escritor, nadie lo
duda. Sus cuentos son admirables... Pero, sin embargo, yo no s.
Me parece un espectador que se sienta con un cigarrillo y un tinto,
a mirar los dolores del mundo. Hay que estar dentro del dolor, no
sentarse a mirarlo desde afuera". 353
Esta ltima observacin del poeta ruso, constituye una espina
irritativa en la vida de los novelistas que integran la "mafia" intelec
tual hispanoamericana, sin excluir, desde luegc^ a Garca Mrquez, quien
354
tambin ha prodigado sus excusas sobre el particular.
Otra imagen del revolucionario se nos presenta a travs de Jos
Arcadio Segundo, tambin en Cien aos de soledad: "Haba participado
en una reunin de los dirigentes sindicales y haba sido comisionado
junto con el coronel Gaviln para confundirse con la multitud y orientarla


49
intitular El otoo del patriarca, y que ser la historia de un dictador
latinoamericano, contada de un modo distinto a como se ha hecho hasta
hoy: "... una novela sin el prejuicio del mensaje, al menos sin la
137
presin racional de hacerlo expreso."
En realidad, lo que ha estado haciendo Garca Mrquez es reelaborando
esta obra, pues segn le declar a Alfonso Monsalve:
Cuando apareci Cien aos de soledad yo tena lista para publicar
otra novela. El otoo del patriarca. Ahora he decidido revisarla,
trabajarla ms aun. Ya no me siento tan seguro, siento una gran
responsabilidad. Ahora bien, no se trata de cambiar la novela que
tena escrita, no se trata de acomodarla al gusto del publico. Yo
s muy bien a qu se debe el xito de Cien aos de soledad y podra
valerme de ciettos recursos tcnicos para garantizar a El otoo del
patriarca
rodiarme.
|Ug xito similar. Pero no lo voy a hacer. No quiero pa-
Una resea ms detallada de El otoo del patriarca aparece en la
entrevista que concedi nuestro autor a Rosa Castro:
Yo creo que es una enorme visin delirante de ese enorme animal de
delirio que es el dictador latinoamericano. Cuando hay un crimen
yo pienso ms en el criminal que en el muerto. Entonces me atrevo
a decirle que mi visin del dictador latinoamericano tpico, el'
mitolgico, el legendario, mi visin de ese personaje es compasiva.
Es decir: mi dictador, que es el general Nicanor Alvarado, ha lle
gado a tener un poder tan descomunal que ya ni siquiera manda. Ha
llegado a ser tan poderoso que est completamente solo y completa
mente sordo, en un palacio lleno de jaulas de canarios, en cuyos
salones se pasean las vacas. El dictador se vuelve loco por una
nia de diecisis aos, a la que ha coronado reina de la belleza
y est tan desesperado de amor, que manda asesinar a tres mil pre
sos polticos en una noche... Es una visin potica del mito lati
noamericano del dictador. Es un libro con el que corro verdadera
mente el riesgo de darme un frentazo. A ver si le atino. En el
momento del relato el dictador tiene ciento veintitrs aos. Hace
tanto tiempo que lleg al poder, que no se acuerda ya cmo lleg.
El mismo no se da cuenta de que se va quedando sordo, sino que cree
que los canarios cantan cada vez menos. Cuando ya se queda sordo
por completo, real iza uno de los grandes sueos de su vida, que es
or el ruido del mar durante todo el da y toda la noche, a pesar
de que est a quinientos kilmetros del mar. El libro puede ser un
desastre, porque es una imagen totalmente nostlgica del dictador.
Es mitologa. Se llamar El otoo del patriarca.^39


89
ibid.. pp. 36-41; "Yo le advert que la cosa no era de un
da para el otro", dijo el abogado en una pausa del coronel... -Mis
agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesp-
rarse... Mi hijo trabaj toda su vida -dijo el coronel-. Mi casa
est hipotecada. La ley de jubilaciones ha sido una pensin vitalicia
para los abogados. -Para m no -protest el abogado-. Hasta el lti
mo centavo se ha gastado en di 1 i gene ¡as. "(37. 39)
200
Ibid., pp. 21, 62, 86; "Sentado a la puerta de su despacho el
padre Angel vigilaba el ingreso para saber quienes asistan al espectculo
a pesar de sus doce advertencias."(62)
209lb?d.. pp. 21, 25, 34-36, 40, 41, 51, 76; "Pero en los lti
mos quince aos han cambiado muchas veces los funcionarios -precis el
abogado-. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada pre
sidente cambi por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro
cambi sus empleados por lo menos cien veces."(40, 41) ¡
210ibjd.., PP. 13, 24, 26, 27, 37, 39, 43, 66, 67, 77: "Se sec
la frente con la manga de la camisa. Con este calor se oxidan las
tuercas de la cabeza."(39)
911
Ibid., pp. 11, 15, 17, 75: "-Este entierro es un aconteci
miento -dijo el coronel-. Es el primer muerto de muerte natural que
tenemos en muchos aos."(11)
lo
Ibid., pp. 35, 40, 41: "Diecinueve aos antes, cuando el
congreso promulg la ley, se inici un proceso de justificacin que
dur ocho aos. Luego necesit seis aos ms para hacers incluir
en el escalafn. Esa fue la ltima carta que recibi el coronel."
(35)
^Gabriel Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande. 6a
edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 144.
?14 :
Ibid.. pp. 100, 112, 114: "-Ahora dice que vio al Judio
Errante... La viuda sinti que se le crispaba la piel. Un tropel
de revueltas ideas entre las cuales no poda diferenciar sus alam
breras rotas, el calor, los pjaros muertos y la peste, pas por su
cabeza al escuchar esas palabras que no recordaba desde las tardes
de su infancia remota: 'El Judo Errante.' Y entonces comenz a
moverse, lvida, helada, hacia donde Argnida la contemplaba con la
boca abierta... -Es verdad- dijo, con una voz que se le subi de
las entraas-. Ahora me explico por qu se estn muriendo los pja
ros. "(112)
215
Ibid., p. 44: "El cantinero, empolvado y con un clavel en
la oreja, pregunt en falsete: -Q.u toman?... -No es eso -dijo D
maso-. Tengo hambre. -Lstima -suspir el cantinero-. Con esos
ojos."


109
303
Emilio Carril la, El barroco literario hispnico (Buenos Aires:
Editorial Nova, 1969), PP. 144, 152.
304 .
Vase el texto relacionado con la nota 257 de este trabajo.
305 ,
Andres Maurois escribi una interesante novela bajo este ttulo.
306
Jos Camn Aznar, Don Quijote en la teora de los estilos
(Zaragoza: Institucin "Fernando el Catlico", 1949), PP. 18, 22, 24.
^^Vase la pgina 94 de este trabajo.


130
Otro aspecto singular nos lo ofrece Octavio Paz, en su interpre
tacin de la hombra desde el punto de vista del mejicano, o de un
grupo especfico de mejicanos, en que alega basar su concepcin:
El ideal de hombra para otros pueblos consiste en una abierta
y agresiva disposicin al combate; nosotros acentuamos el carc
ter defensivo, listos a repeler el ataque. El macho" es un ser
hermtico, encerrado en s mismo, capaz de guardarse y guardar
lo que se le confa. La hombra se mide por la invulnerabilidad
ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior.
El estoicismo es la ms alta de nuestras virtudes guerreras y
polticas.364
Tambin se refiere Octavio Paz a la familiaridad del mejicano
con la muerte: "... la contempla cara a cara con impaciencia, desdn
3 65
o irona: si me han de matar maana, que me maten de una vez."
Su conclusin es la siguiente:
... en un mundo de chingones, de relaciones duras, presididas
por la violencia y el recelo, en el que nadie se abre ni se raja
y todos quieren chingar, las ideas y el trabajo cuentan poco.
Lo nico que vale es la hombra, el valor personal, capaz de
imponerse.366
Refirindose a la tradicin gauchesco-ganadera en la Argentina,
Julio Mafud asevera: Todo el contorno masculino est copado por el
machismo y el culto del coraje.
Sobre la psicologa amorosa del gaucho, expresa;
No tena suficiente estabilidad social para amar consecuentemente.
En su vida estn excluidos la familia, los hijos y en cierto modo
la mujer... Su rebelda, su machismo y su desarraigo barometra
mejor el modo de ser hombre en su medio... El temperamento del
gaucho no se adaptaba a los melindres de la pasin amorosa. .Su
vida permanentemente violenta no permita esas gratuidades.
Veamos una aclaracin interesante sobre la psicologa del ma
chismo:


221
ambivalente del mundo y del hombre, que a veces cristaliza en stira
mordaz y en ocasiones se desdobla en sardnica irona o desatado
humor, cuando no culmina en embridado lirismo.
Refirindose a Cien aos de soledad. Gabriel Garca Mrquez le
confa a uno de sus entrevistadores:
Yo no s los dems cmo lo habrn pasado leyndola. Yo s puedo
decir que lo pas increblemente bien escribindola. A veces me
sorprenda mi mujer escribiendo y riendo a carcajadas. Me pregun
taba qu me pasaba. Y es que me rea de las cosas que les suce
dan a los cabrones de Macondo. Q,u tos...J?'^
Los dems -le diramos a Garca Mrquez- hemos sufrido por todas
las frustraciones de Macondo y de sus pobladores y nos hemos entriste
cido por la sensacin que la novela nos va dejando sobre la finitud
de la vida y la infinitud de la muerte. Pero nunca lo hemos pasado,
mejor leyendo una novela. Tambin hemos sido sorprendidos muchas
veces riendo a carcajadas y pensando: "Q.u to este Garca Mrquez...
Erotismo
Jos Camn Aznar trata sobre el estilo trentino y menciona las
novelas de caballera surgidas en el trnsito del siglo XV al XVI,
cuya caracterstica, respecto a sus hroes, consiste en la introduc
cin de "detalles personales, precisiones anecdticas que los huma
nizan",^ Refirindose a ese tipo de novela agrega:
La esttica de esta novela, apoyndose en supuestos medioevales,
se deleita en un agrio naturalismo, en una exhibicin de las
formas ms selvticas y espinosas, reproducidas con una mordiente
minuciosidad. No hay en toda la novelstica un erotismo tan pill
eante y morboso como en algunas de estas novelas caballerescas.
Hemos visto que Gabriel Garca Mrquez rinde tributo al gnero
caballeresco, elogiando a los autores que le dan prioridad a "la va-
576
iidez del relato". En el autor colombiano, sin embargo, el


235
la novela reside en su capacidad para sustraer al lector de su
mundo inmediato y hasta del mundo convencional como un todo, no
hay duda de que Garca Mrquez ha llevado esa realizacin a sus
ltimas consecuencias, mediante un proceso de aleacin de lo real
y lo ficticio, que borra las respectivas fronteras, generando una
realidad autnoma que se apodera totalmente del lector.
J. Gabriel Garca Mrquez ha logrado conciliar las dos
fuentes originarias del realismo mgico y mezclarlas con una mo-
modal ¡dad ajena -la quimrica-, para ofrecernos una sntesis de
la realidad que cobra plena autonoma y, sin embargo, sigue man
teniendo nexos de compatibilidad con la realidad convencional.
K. El lenguaje de Cien aos de soledad adopta giros sedi
ciosos;, en lo que tiene de desenfadado y en sus implicaciones
irnicas. El empleo del oxmoron y de adjetivos inusitados,
as como de otros recursos estilsticos, tales como la hiprbole,
hacen patente el contrapunto dialctico que late en muchas expre
siones.
\ *
L. Se observa otro contrapunto en Cien aos de soledad.
que consiste en la actitud de pudor por parte del novelista,
reacio a mostrar su lirismo de poeta, al tratar de desnaturalizar
ciertos pasajes grvidos de ternura con expresiones o circunstan
cias que tienden a enervar el estado de arrobamiento que se va
apoderando del lector. Este se percata de la actitud vergonzante
del autor, y ya sea por ello, o por el efecto tan humano que suele
desprenderse del contraste mismo en los episodios, o por ambas
razones a un tiempo, logra derivar de taes situaciones una emocin
esttica sin igual.


197
492ibid., p. 127.
499Ibid., p. 137. Vanse otras enumeraciones en las pginas
144 y 145.
494
Leo Spitzer, La enumeracin catica en la poesa moderna
(Buenos Aires: Instituto de Filologa de la Universidad de Buenos
Aires, 1945), pp. 2529.
4qc
^Garca Mrquez, La mala hora, p. 18.
496
y Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 9.
49^Ibid., p. 63. Vanse tambin las pp. 229, 324 y 332.
^98Ibid., p. 197. Vanse tambin pp. 12, 70, 77, 105, 116, 175,
188, 229, 250, 260, 277, 282, 318. Otros ejemplos de simi1 icadencia i
los encontramos en las pp. 188, 229, 250.
4"lb?d.. p. 287.
^Ofrecemos la paginacin en los parntesis que siguen a las
citas.
Vase la pgina 51 de este trabajo.
502
Vase Loveluck, "Gabriel Garca Mrquez, narrador colombiano",
pp. 141, 142. Claudio Guilln, "Toward a definition of the picaresque",
Proceedings of the Third Congress of the International Comparative
Literature Association (The Hague: Mouton and Company, 1962), p. 253.
5031 bid., p. 263.
9^Aunque no vamos a citar estas expresiones, ya que pierden
eficacia si se las asla de su contexto, s creemos oportuno ofrecer
la enumeracin de las pginas en que podrn ser localizadas en cada
una de las obras que hemos estudiado: La hojarasca: 120. Hay una
referencia a la accin de "erucitar", que veremos reiterada en el
resto de la produccin narrativa de Garca Mrquez (20). El coronel
no tiene guin le escriba: 22, 23, 37, 46, 51, 55, 73, 92. Los fu
nerales de la Mam Grande: 21, 31, 33, 52, 57, 73, 84, 118, 119, 121,
122, 123, 133, 136. "Eructar": 137. La mala hora: 7, 9, 17, 19,
31, 47, 55, 59, 62, 81, 88, 94, 101, 102, 114, 115, 116, 117, 118, 135,
136, 140, 155, 158, 162, 168, 169, 170, 173, 175, 176, 186, 196.
"Eructar": 22, 161, 201. Cien aos de soledad: 17, 18, 27, 32, 60, 86, 101,
108, 114, 136, 140, 146, 147, 183, 197, 207, 210, 216, 252, 258, 259, 260,
275, 328, 333, 336, 337, 338, 339, 345. "Eructar": 80, 85, 186, 199,
228, 285.
55En las obras restantes nos limitaremos a sealar las pginas
especificando en dos de ellas los renglones correspondientes- donde
se encuentran los adjetivos ms representativos del estilo de Garca


50
Otra versin bastante pormenorizada le fue ofrecida por Garca
Mrquez a Francisco lirondo:
"El patriarca" tiene ciento sesenta aos, y ya no sabe cundo ni
cmo lleg al poder; extraa el mar, y en vez de volver a su orilla,
se ha hecho construir una enorme mquina de hacer viento que dulci
fica la pesadumbre de esa lejana. Despus de haber tomado el poder,
lo dejan solo con su mujer en ese enorme palacio que empiezan a re
correr, hasta que finalmente, cansados, se sientan en un escaln de
la gran escalera de mrmol; es entonces cuando su mujer comenta:
"qu cantidad de sbanas vamos a tener que lavar aqu". El patriar
ca ir envejeciendo y pensar que los canarios cantan cada vez ms
bajo y no que es l quien se est quedando sordo; no obstante, dor
mir siempre boca abajo, como un nio, con su cabeza apoyada en la
mano derecha, hasta que vengan los gallinceos -los cuervos- y lo
vean cado y comiencen a picotearlo con tal ahnco y terminen matn
dolo. Pero tambin lo han desfigurado, y ya nadie sabe a ciencia
cierta si ese.cuerpo es o no del patriarca, si el patriarca realmen
te ha muerto.
Despus que concluya El otoo del patriarca escribir poemas, por
ser ste su ferviente deseo y, desde luego, no ser la primera vez: "Yo
l4l
he escrito cantidad de poemas que, por supuesto y por suerte, romp."
Debemos insistir en otra fase importante de las vicisitudes de es
critor de Garca Mrquez: la influencia de sus amigos. Citemos primera
mente una de esas afirmaciones suyas desconcertantes, en que la ternura
se disfraza de humor:
Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocacin es la de prestidi
gitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he
tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas activi
dades, en todo caso, conducen a lo nico que me ha interesado desde
nio: que mis amigos me quieran ms.
En otra ocasin haba expresado la misma idea, en trminos ms
categricos:
Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para
que los que me quieran mucho me quieran ms. Por eso hago lo posi
ble por que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan
fascinantes para los adultos, comoto es Caperucita Roja para los
nios.'73


188
que repercuti en toda la casa como un reguero de vidrio" (29); "La
imagen de Remedios, la hija menor del corregidor, que por su edad
hubiera podido ser hija suya le qued doliendo en alguna parte del
cuerpo. Era una sensacin fsica que casi le molestaba para caminar,
como una piedrecita en el zapato" (57); "Llegaba a cualquier hora del
da, como un tropel de cabras..." (72); "... las calles estaban res
baladizas y blandas como jabn derretido" (105); "Sinti los dedos
de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su
vientre... buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansie
dad" (127); "... fueron servidos por un bullicioso grupo de novicias
de hbitos blancos, que parecan un revuelo de palomas asustadas por
la lluvia" (154); "... el sol sali con tanta fuerza que la claridad
cruji como un balandro" (228); "... salvo el ms antiguo de los ne
gros antillanos, un anciano cuya cabeza algodonada le daba el aspecto
de un negativo de fotografa..." (324); "Aturdido por dos nostalgias
enfrentadas como dos espejos, perdi su maravilloso sentido de la
irrealidad..." (339).
Obsrvese que el regodeo del autor con las palabras raras veces
es gratuito, ya que suele sincronizarlas con el tema, a manera de
inseparable soldadura.
Palabras Inurbanas
Es de notar que el radical naturalismo descriptivo de Garca
Mrquez, le permite imprimir a ciertos pasajes un nfasis peculiar
y que, dada su capacidad para sustraer al lector de su mbito real


229
53Hctor
de
Lima,
"Lafourcade:
la insurgencia conti
jmaqe.n.
, No. 53,
Julio
1-31 de
1969, P.
17.
531,bid.
552Garca
M
rquez,
Cien aos de soledad.
pp. 256-257
533iM.,
P.
221.
534lbld
P
96.
535 ibid..
PP
. 53,
70, 71,
75.
536,bid..
P.
81.
537 ibid..
P.
246.
538 ibid..
P.
248.
539ibid.
5^0\/ase la cita completa en la pgina 53 de este trabajo.
^Garca Mrquez, Cien arios de soledad, p. 325.
5^2Cami1o Jos Cela, La familia de Pascual Duarte (Buenos Aires:
Emec Editores, 1945) ^ pp. 174, 175.
-^Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande, p. 137.
S^Garca Mrquez, El coronel no tiene guien le escriba, p. 23.
^Garca Mrquez, La mala hora, p. 39.
546JbJd,, P. 175.
^Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 12.
5481M!., P. 7^. Vase tambin p. 123.
549iMd., P. 50.
550lbM., P. 51.
551lbld.., P. 52.
552ikMo p. 83.
553 ibid. p. 84.


48
... la escrib entre el ruido del peridico. Cuando se iban todos
y se callaban las linotipias no saba seguir. El silencio distrae.
El silencio es atronador. La msica pone orden al silencio.132
El coronel no tiene guien le escriba fue redactado en su buhardi
lla del Barrio Latino de Pars, mientras sufra los zarpazos del hambre,
y Cien aos de soledad fue escrito en 18 meses de aislamiento en Mjico,
mientras los amigos le ayudaban a subvenir las necesidades familiares
ms perentorias. Tal vez por esto, ha declarado: "Me parece que se
133
necesita una enorme irresponsabilidad para ser escritor."
Sobre todo -podra pensarse-, si se tiene en cuenta que tambin!
ha dicho: "En realidad, me importa ms terminar los libros que publi-
134
carlos."
Esta misma declaracin la formul a Jos Domingo, complementn
dola con datos que corroboran la informacin que hemos aportado con
anterioridad:
Los originales de la primera novela que escrib estuvieron guar
dados cinco aos, y a veces no recordaba dnde los tena. Los de
la segunda se los mand a un amigo desde Pars, donde los haba
escrito, y ste los hizo publicar sin mi autorizacin. El tercer
libro, que era una serie de cuentos, se lo mand a un amigo para
que lo leyera en la crcel, y el amigo se lo pas a un crtico,
que lo perdi durante varios meses. El cuarto era un rollo de
papeles amarrado con una corbata, que mi mujer encontr en el fondo
de una maleta cuando nos casamos. Un amigo lo rescat, otro lo
mand a un concurso, y gan.135
Miguel Fernndez-Braso se muestra escptico ante la actitud
displicente de Garca Mrquez, quien dice compartir la impresin de
Ernesto Hemingway de que "todo libro terminado es como un len muerto":
A Garca Mrquez -como a todo escritor que se haya tomado en serio
su profesin- le cuesta mucho trabajo cada libro para que luego se
lo enve a sus amigos lejanos sin quedarse previamente con alguna
copia.136
Actualmente nuestro autor sigue trabajando en una obra que piensa


225
Ms adelante se aclara:
Rebeca de Ass volvi a desplegar su abanico, y entonces descubri
el padre Angel dnde estaba la fuente de su fragancia. El olor.a
sndalo se cristaliz en el sopor de la sala. El padre extrajo el
pauelo de la manga y se lo llev a la nariz para no estornudar.
En la misma novela, cuando el Alcalde estaba tratando de forzar
el soborno por parte de Csar Montero, Garca Mrquez intercala: "En
581
ese instante, una tufarada nauseabunda invadi la habitacin."
De Cien aos de soledad vamos a seleccionar slo dos pasajes:
Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a plvora del cadver.
Primero lo lavaron tres veces con jabn y estropajo, despus lo fro
taron con sal y vinagre, luego con ceniza y limn, y por ltimo lo
metieron en un tonel de leja y lo dejaron reposar seis horas. Tanto
lo restregaron que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse.
Cuando concibieron el recurso desesperado de sazonarlo con pimienta
y comino y hojas de laurel y hervirlo un da entero a fuego lento,
ya haba empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las
volandas. Lo encerraron hermticamente en un atad especial de dos
metros y treinta centmetros de largo y un metro y diez centmetros
de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado
con pernos de acero, y aun as se perciba el olor en las calles
donde pas el entierro. El padre Nicanor, con el hgado hinchado
y tenso como un tambor, le ech la bendicin desde la cama. Aunque
en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos
y echaron entre ellos ceniza apelmazada, aserrn y cal viva, el ce
menterio sigui oliendo a plvora hasta muchos aos despus, cuando
los ingenieros de la compaa bananera recubrieron la sepultura
con una coraza de hormign (118, 119).
Lo que ningn miembro de la familia supo nunca, fue que los foras
teros no tardaron en darse cuenta de que Remedios, la bella, soltaba
un hlito de perturbacin, una rfaga de tormento, que segua siendo
perceptible varias horas despus de que ella haba pasado. Hombres
expertos en trastornos de amor, probados en el mundo entero, afir
maban no haber padecido jams una ansiedad semejante a la que pro
duca el olor natural de Remedios, la bella.
Vase, pues, cmo la vinculacin de los olores a la trama, imprime
a sta una intensidad y un ritmo tan dinmicos, -que obviamente partici
pan de la ndole del estilo eftico.


66
equipaje una suerte de nostalgia de su patria colombiana, ha pasado
mucho tiempo ausente y puede haber sido afectado por esa especie de
cosmopolitismo abstracto de que se resienten no pocos intelectuales
hispanoamericanos. Sus inquietudes y curiosidades personales no pa
recen tener fronteras, como tampoco las tienen sus dilatados horizontes
intelectuales y estticos.
Es oportuno traer a colacin el testimonio de Juan Mar ichal,
quien, partiendo de una base idiomtica, precisa de este modo su ori
ginal observacin:
Dira as que Gabriel Garca Mrquez, al escribir su novela Cien
aos de soledad, no se propona escribir una novela colombiana,
sino que quera escribir una novela "en castellano". Es ms, me
atrevera a mantener que el xito actual y la maestra de Gabriel
Garca Mrquez se deben fundamentalmente a su voluntad de escribir
una novela de alcance trasnaconal.^73
Es de notar que Juan Marichal, al igual que la mayora de los
crticos en sus generalizaciones sobre Garca Mrquez, se refiere a una
de sus novelas en particular, si bien la ms representativa,
Ricardo Gulln, desde el punto de vista de la temtica, realza
tambin el carcter multinacional de Cien aos de soledad:
Algn crtico ha sugerido la posibilidad de que Macondo sea un
equivalente de Hispanoamrica, Sera un error reducir a trminos
localistas el alcance de la novela; sin negar su relativo arraigo
en la geografa colombiana, tampoco parece dudoso que trasciende
toda geografa y propone a los hombres del universo mundo una
vasta parbola de la creacici*Ky partiendo de ella, de su general
historia y comn naturaleza. '
Algunos crticos insisten en el criterio de la universalidad,
176
175
otros adoptan una postura eclctica, y hay tambin quienes admiten
el objetivo regional ista, pero dejndose deslumbrar por los procedi
mientos narrativos de nuestro autor, y no se deciden a ser categricos


88
199
Ibid., pp. 26, 60, 61: mientras el rencor creca, se ra
mificaba, se converta en una virulencia colectiva, que no dara tregua
a Macondo en el resto de su vida para que en cada odo siguiera retum
bando la sentencia -gritada esa noche- que conden al doctor a pudrirse
detrs de estas paredes... Ahora empiezo a creer que de nada valdr mi
compromiso contra la ferocidad de un pueblo, y que estoy acorralado,
cercado por los odios y la impenitencia de una cuadrilla de resentidos."
(26)
Ibid., pp. 53, 66: "Por el camino yo me iba acordando del asiento
inservible, arrimado a un rincn de la cocina, que en un tiempo sirvi
para recibir visitas y que ahora es utilizado por el muerto que todas las
noches se sienta, con el sombrero puesto, a contemplar las cenizas del
fogn apagado."(53)
201
Ibid., p. 120: "... y habl de aquel extrao militar que en la
guerra del 85 apareci una noche en el campamento del coronel Aureliano
Buenda, con el sombrero y las botas adornadas con pieles y dientes y uas
de tigre, y le preguntaron: 'Quin es usted?' Y el extrao militar no
respondi; y le dijeron: 'De dnde viene?' Y todava no respondi; y
le preguntaron: 'De qu lado est combatiendo?' Y an no obtuvieron
respuesta alguna del militar desconocido, hasta cuando el ordenanza agarr
un tizn y lo acerc a su rostro y lo examin por un instante y exclam,
escandalizado: 'Mierda.' Es el duque de Marlborough.'"'
202
Jos M. de Pereda, Sot?leza. 3a edicin (Madrid: Espasa-Calpe,
1966). Vase la actitud de Silda hacia Muergo (pp. 32, 33 y 84, entre
otras), digna de considerarse como tema de la ms sofisticada novela
psicolgica de cualquier poca.
1
*)f\0 i
^Rupert C. Alien, "Pobreza y neurosis en Misericordia, de Prez
Galds", Revista Hispanfila. 33, Mayo de 1968, 35~47.
^Niariano Azuela, Las tribulaciones de una familia decente, 2a
edicin (Mxico: Ediciones Botas, 1938)..
205
Gabriel Garca Mrquez, El coronel no tiene quien le escriba,
5 edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), P. 23.
Ibid., pp. 18, 35, 36, 64, 65, 70, 88, 90, 92: "Estoy dis
puesta a acabar con los remilgos y las contemplaciones en esta casa,
dijo. Su voz empez a oscurecerse de clera. 'Estoy hasta la coro
nilla de resignacin y dignidad'... '-Cumplimos con nuestro deber-
dijo. -Y ellos cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el senado
durante veinte aos -replic la mujer-. Ah tienes a mi compadre Sabas
con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un
hombre que lleg al pueblo vendiendo medicinas, con una culebra enrollada
en el pescuezo... -Y t te ests muriendo de hambre... Para que te con
venzas que la dignidad no se come."(65)


7
no domina el estilo esttico, por ser el suyo naturalmente dinmico:
Pero la preponderancia de este estilo dinmino en el Ouiiote no
puede ser slo tradicin literaria. Aqu hay que comprender el
temperamento, el alma del autor, sin el medio de una convencin.
Aqu se dan puntos de apoyo para un estilo dinmico, que es, sin
duda alguna, la expresin del ritmo de un motor lleno de vida, de
un hombre al cual es inherente la energa de un movimiento palpi
tante e impulsivo. Es decir, que no es solamente la ficcin de la
novela que hace al estilo dinmico y matiza el habla del Quijote.
sino es el temperamento del autor que constituye su lenguaje mismo
como dinmico.
Refirindose a la poesa lrica de Lope de Vega, nos ofrece Dmaso
Alonso esta interesante observacin:
Esta nota de frescura y verdad, este estar, da a da, hora a
hora, convirtiendo en materia de arte la sustancia de.su vida,
es totalmente nuevo en poesa espaola y aun europea.
Tanto o ms ilustrativas de esta interdependencia entre vida y
obra en algunos autores, son las siguientes palabras del propio Dmaso
Alonso sobre Q.uevedo:
Cuando un escritor escribe en vehemente tumulto, con pasin y sin
descanso, como lo hizo Q.uevedo, su persona moral rezuma en la
obra, y ha de buscarse ante todo, en ella o a travs de ella. Y
la de Q.uevedo nos habla, unvoca en su variedad. El incidente
(lo que revela un documento, etc.) ha de ser interpretado a la
luz de la obra, y no al revs. Porque la obra es el documento
ms verdico, generoso, amplio y coherente de la vida de un es
critor.5
Creemos, sin embargo, que el pensamiento ms sutil y profundo
al respecto lo dedica Dmaso Alonso a Fray Luis de Len:
Entran aqu, adems, y han de ser tenidos en cuenta los datos
biogrficos, no en cuanto datos muertos, como duermen por los
manuales de historia literaria, sino en cuanto nos iluminan
posiciones estticas y aun modalidades de la expresin.
Para anticipar slo un ejemplo en apoyo de nuestra tesis, y
desde uno de los tantos ngulos en que las tangencias se producen,
debemos referirnos a la confesin de Garca Mrquez a Luis Hars, sobre


CONCLUSIONES
As como es difcil para un paciente confundir a un mdico
que tenga a su disposicin todas las pruebas de laboratorio, no
lo es menos para un escritor desorientar a un lector que se haya
adentrado, con curiosidad y comprensin, en su vida, en sus ¡deas
y en sus obras. Si el escritor es Gabriel Garca Mrquez, en quien
la personalidad humana y la artstica se refunden hasta un grado
mximo, el lector acucioso y objetivo puede proponer una serie de
conclusiones, que rebasen la categora de impresiones y que merezcan
el espaldarazo cientfico de las ms modernas corrientes de la cr
tica literaria. Ningn procedimiento parece ser ms apropiado en
nuestro caso, que una enumeracin por separado de dichas conclusio
nes, en la forma que aparecen a continuacin:
A. Vida, temas y estilo se refunden en la narrativa de
Gabriel Garca Mrquez hasta tal grado, que no se puede comprender
ninguno de estos factores, si en su enfoque se prescinde de cual
quiera de los otros dos.
B. La subjetividad, en el sentido de participacin personal,
incontrolada o deliberada, constituye un elemento constante en la
obra de nuestro autor. El les imprime a los temas que trata, ya
sea en una conversacin privada o en un pasaje narrativo, la vita
lidad pugnaz de su temperamento y el paradjico sello de su perso
nal ¡dad.
232


51
Confrontemos el testimonio de Luis Hars: "... se vendieron trein
ta mil ejemplares en cuanto sali (La hojarasca), gracias, segn Garca
i 44
Mrquez, a sus amigos en el periodismo."
Hablando Garca Mrquez de sus posibilidades de publicar todos los
aos a costa de la autenticidad de su obra, provoca la siguiente aclara
cin de Luis Hars: "El pblico lector podra no advertirlo, pero lo ad-
, 145
vertiran sus amigos. Y es la opinin de ellos la que cuenta para l."
Mario Vargas Llosa nos informa que en Mjico
sus amigos rescataron el manuscrito de El coronel no tiene quien le
escriba, que segua apoli 1 jndose en esa maleta, y lo publicaron en
1961; ellos ordenaron y enviaron a la imprenta, al o siguiente, los
cuentos de Los funerales de la Mam Grande, y ellos, finalmente, lo
obligaron a enviar a un concurso literario en Bogot, el manuscrito de
una nueva novela, escrita en Mxico, despus de aconsejarle que cam
biara el ttulo original, Este pueblo de mierda, por uno menos pro
caz: La mala hora. La novela gan e! concurso y fue publicada en
1962.m
Gabriel Garca Mrquez posee la virtud de saber reciprocar esa de
vocin amistosa. Ciertas claves de Cien aos de soledad slo pueden ser
descifradas por sus amigos ms allegados:
... que cada fecha corresponde al cumpleaos de alguien, que algn
personaje tiene el mismo espritu de mi mujer, que alguien quiere
ponerle a sus hijos el mismo nombre de los mos, y mil cosas ms
que es imposible descubrir en la simple lectura del libro.14'
Ya hemos visto que Garca Marquez.se refiri en una ocasin al li
brero cataln, Ramn Vinyes, como a una persona a quien trat mucho y
148
que influy mucho en l. Pues bien, la tertulia del caf "Colombia"
de Barranqui1 la, que Vinyes presida, era frecuentada por Alfonso Fuen-
mayor, Alvaro Cepeda, Germn Vargas y el propio Garca Mrquez, quienes
" alborotaban a los tranquilos parroquianos con su heterodoxia de temas
14q
y vocabularios". **


8
la concepcin original del protagonista de El coronel no tiene guien
le escriba como un personaje cmico.^ Sus planes son alterados por un
suceso inesperado, que el propio autor relata con las siguientes pala
bras:
Vine a Pars en 1955 como corresponsal del "Espectador, de Bogot,
cuando Rojas Pinilla era dictador en Colombia. Cuando tena algu
nos meses de estar en Pars, la dictadura clausur el peridico en
el cual yo trabajaba. Me mandaron mi pasaje de vuelta, me lo hice
reembolsar y me puse entonces a escribir El coronel no tiene guien
le escriba (mi segundo libro) hasta que el dinero se me acab. No
poda trabajar porque necesitaba una carta de trabajo, no conoca
a nadie que me pudiera dar trabajo, no hablaba francs ... Estuve
tres aos viviendo de milagros cotidianos. Esto produjo unas amar
guras tremendas.
El trnsito brusco que aqu se refleja de situacin y de nimo,
es comentado por Luis Hars del mondo siguiente:
Viva con los nervios crispados, en una situacin muy semejante
a la del Coronel y que no tena nada de divertida. Si se rea
al escribir, era con la risa del que tiembla. Lo mismo el Co
ronel, que sabe que cada vez que se re puede ser la ltima.9
Esta ilustracin se refiere a una ancdota vital, como ocurrir
en otros casos a que haremos alusin (entre ellos, a las circunstan
cias de la niez de nuestro autor, a la frustracin de su inters por
la abogaca y a su culto a la amistad), porque sucede que esos eventos,
con el aditamento de su formacin intelectual y de sus inquietudes es
pirituales, se plasman adems en un ideario poltico, social y est-
*
tico que va a conformar de un modo ostensible la obra literaria de
Gabriel Garca Mrquez. Sus temas y su estilo nos ofrecen una inequ
voca resonancia vital, en una especie de prisma en que se funden la
vida, los tpicos y los recursos expresivos de una manera inextricable.
Es por esta razn que debemos adentrarnos en ciertos pormenores d la
vida del novelista colombiano, ya que de lo contrario correramos el


99
Adalbert Dessau comenta el aspecto metafsico, refirindose a
la soledad en Cien aos de soledad;
como epicentro de una concepcin metafsica de la historia, segn
la cual los protagonistas estn condenados a destruirse... Garca
Mrquez, que es uno de los autores representativos de la "nueva
novela latinoamericana", no est solo en lo que se refiere a la
trayectoria conceptual de su obra... El cambio conceptual desde
la tendencia de analizar directa y crticamente la realidad social
de los pases latinoamericanos hacia la interpretacin metafsica
del ser humano en la Amrica Latina es un fenmeno que se repite
en muchos autores... En Garca Mrquez es la idea de la soledad,
otros son ideas de corte existencialista, mitolgico, etc.
en
En Cien aos de soledad se repite el caso del Alcalde, con el
coronel Aureliano Buenda, de quien se dice:
La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los
comandos rebeldes, despert sobresaltado, pidiendo a gritos una
manta. Un fro interior que le rayaba los huesos y lo mortifi
caba inclusive a pleno sol le impidi dormir bien varios meses,
hasta que se le convirti en una costumbre. La embriaguez del
poder empez a descomponerse en rfagas de desazn.
Otra referencia antolgica al coronel Aureliano Buenda se cifra
en las siguientes palabras:
... el coronel Aureliano Buenda rasgu durante muchas horas,
tratando de romperla, la dura cscara de su soledad. Sus ni
cos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo
llev a conocer el hielo, haban transcurrido en el taller d
platera, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro.
Haba tenido que promover 32 guerras, y haba tenido que violar
todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el
muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta aos de
retraso los privilegios de la simplicidad.^75
No es posible omitir esta otra alusin al coronel Aureliano
Buenda: "Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitali
dad que estremeca la casa, el coronel Aureliano Buenda apenas si
comprendi que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un
276
pacto honrado con la soledad."


234
incesto para impedir el nacimiento de una criatura con cola de cerdo.
Debe tenerse en cuenta que el elemento mtico tambin se nutre en
esta obra de races metafricas, o sea, del "simbolismo de las si-
rO
tuaciones manejadas".
F. Hay una manera literaria tpica en el autor colombiano,
que es posible rastrear desde sus primeras narraciones, la cual
puede ser catalogada como estilo enftico. Quiere decir, que este
estilo que culmina en Cien aos de soledad representa una tendencia
sostenida, de carcter idiosincrtico, y no un repentino hallazgo,
producto del afn de experimentacin.
6. El estilo enftico de Garca Mrquez no consiste, por lo
general, en palabras o expresiones altisonantes o efectistas, re
lativas a situaciones inocuas o, en sentido inverso, en circunstan
cias traumticas descriptas con vocablos o frases aquejados de neutra
lidad; antes bien, su estilo tpico se articula mediante una atrac
cin recproca de lo narrado y de la manera de presentarlo, es decir,
v a travs de una compenetrada aglutinacin de forma y contenido.
H. Nuestro autor maneja magistralmente los hilos secretos
de sus relatos, mediante el empleo de capas superpuestas de niveles
narrativos, que llegan a su plenitud en el montaje de la estructura
interna de Cien aos de soledad.
I. Armonizar el estilo enftico, exaltado por el audaz em
pleo de la ms delirante fantasa, con el mnimo de verosimilitud
que mantenga al lector en un estado de aquiescencia requiere una
habilidad narrativa poco comn. Si uno de los valores ptimos de


179
Notas
^^Emir Rodrguez Monegal, "Diario de Caracas", Mundo Nuevo.
No. 17, Noviembre de 1967, p. 22.
^Luis Gregorich, "Tres tristes tigres, obra abierta", Nueva
novela latinoamericana (l). ed. Jorge Lafforgue (Buenos Aires: Edi
torial Paids, 1969), p. 243.
^^Severo Sarduy, "La escritura autnoma", Imagen. No. 44,
Marzo 1-15 de 1969, p. 22.
^^Vase Nota 453.
^^Amrico Castro, "Cide Hamete Benengeli: el cmo y el por
qu", Mundo Nuevo. No. 8, Febrero de 1967, p. 8.
457
458
Lerner, p. 200.
Estas referencias aparecen en Cien aos de soledad en las
pginas siguientes: Francis Drake (16, 24, 350), Sir Walter Raleigh
(51), Alexander Von Humboldt (68), la esposa del autor (315, 339,
342, 343, 347), sus hijos (321., 346), sus amigos (327, 328, 332, 333,
337, 339), el librero cataln (302, 307, 310, 323, 327, 329, 332,
336, 338, 341, 342, 345, 348), referencias al propio autor (327, 329,
333, 339, 340, 342) y a pasajes verdicos de su vida (185, 311, 312,
340, 342).
459
460
461
462,
Earle, p. 209.
Hars, Los nuestros, p. 104.
Rodrguez Monega, El arte de narrar, p. 280.
'Emir Rodrguez Monega1, Narradores de esta America
(Montevideo: Editorial Alfa, sin fecha), pp. 47 y 48. Sobre Garca
Mrquez vase Carballo, p. 12.
463
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 195.
464 ,
Jos Camn Aznar, El tiempo en el arte (Madrid: Sociedad
de Estudios y Publicaciones, 1958), p. 35.
'Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 350.
466
467
Ibjd.., p. 169.
ibid., p. 334.


173
Al final, queda al desnudo el mensaje: la raza humana est condenada
a la alienacin, y si. no hay salvacin para el resto del mundo, mucho
menos puede haberla para los pobladores de un villorrio subdesarro
llado, que han probado todos los caminos sin encontrar una salida para
la esperanza. Gabriel Garca Mrquez ha construido el mito del anhelo
frustrado de la Amrica Latina.
Realismo Mgico
Debemos comenzar por distinguir la literatura de lo absurdo,
i
que suele conllevar la transmutacin del hombre en animal, de la li
teratura fantstica, que generalmente implica el desplazamiento de
la realidad por una especie de ultrarrealidad intelectual izada. Tam
bin debemos diferenciar la literatura quimrica, encarnada en los
cuentos de hadas y en los pasajes inverosmiles de las novelas de ca
ballera, del surrealismo, que implica la premeditada creacin de una
pseudorrealidad estetizada, y del realismo mgico, que entremezcla lo
real objetivo con aquello que lo es subjetivamente, para crear una ter
cera realidad de contenido simblico.
Estas generalizaciones distintivas requeriran matices adiciona
les, si nuestro estudio abarcara ms de un autor y se tratara de deli
mitar tendencias contrapuestas. No siendo ste el caso, tomaremos los
conceptos bsicos que anteceden como puntos de rferencia, sin per
juicio de ampliarlos en lo posible cuando as fuere pertinente.
De la entrevista con Carlos Landeros, entresacamos dos pregun
tas del periodista y las respuestas que a ellas da Gabriel Garca
Mrquez:


144
esa forma de conducta peculiar, que l considera burlona, citando al
405
efecto un pasaje de La mala hora y tres de Cien arios de soledad.
relacionados con la frecuencia exagerada de la actividad sexual, con
la desmesura flica de Jos Arcadio y con la abundante progenie ¡le
gtima del coronel Aureliano Buenda. Su conclusin es la siguiente:
... es altamente improbable que lneas como las que he citado y
como las que citar a continuacin, no tengan por objeto distan
ciarse del concepto "popular" del machismo, distanciarse de l a
fuerza de elevarlo, juguetonamente, a la regin de la leyenda, de
lo que Alejo Carpentier llama "lo real maravilloso"...^
Nosotros consideramos ms ilustrativo del machismo que hemos
denominado rudimentario, el episodio de La mala hora en que el mdico
le dice a otro personaje:
-Yo siempre he credo, mi querido don Sabas, que su nica virtud
es la desvergenza... El enfermo se entusiasm. Los golpes de
su mdico le producan una especie de juventud repentina. "Esa,
y mi potencia sexual", dijo, acompaando las palabras con una
flexin del brazo que pudo ser un estmulo para la circulacin,
pero que al mdico le pareci de una expresiva procacidad. Don
Sabas dio un saltito con las nalgas. -Por eso me muero de risa
de los pasquines -prosigui-. Dicen que mis hijos se llevan por
delante a cuanta muchachita empieza a despuntar por esos montes,
y yo digo: son hijos de su padre.
Un ejemplo idneo de machismo arraigado (pues, a pesar de su
contenido popular, aparece realzado por la firmeza sin jactancia del
gesto viril), lo encontramos en Cien aos de soledad, en el incidente
provocado por Prudencio Aguilar en la gallera, al gritarle a Jos
Arcadio Buenda: "Te felicito... A ver si por fin ese gallo le hace
1 r 408
el favor a tu mujer."
En el pueblo se rumoraba que Jos Arcadio Buenda era impotente
y que Ursula se conservaba virgen n ao despus de casada. Escribe
Garca Mrquez: "Jos Arcadio Buenda, sereno, recogi su gallo.
'Vuelvo en seguida1, dijo a todos. Y luego a Prudencio Aguilar:


Hay machismo en la altanera de Mauricio Babilonia? Hay hem-
brismo en la expeditiva conducta.de Meme? Considerando el pasaje en
conjunto, nuestra respuesta es negativa, y se basa en la comprensin
de la naturaleza humana que en l refleja Garca Mrquez. No se puede
calificar de machismo la bsqueda afanosa del amor carnal, que en defi
nitiva es "una forma de ternura" y la antesala del otro amor, porque
ese magnetismo de los sexos es una fuerza ciega que impulsa a los seres
humanos a compenetrarse, a intercambiar sus respectivas soledades, con
la misma urgencia con que las mariposas se desesperan en busca de la j
luz. El caso se repite en la unin de Aureliano, hijo de Mauricio Ba-.
bilonia y de Meme, y de su ta, Amaranta Ursula; en este caso, como
, 422
resultado de un fatalismo llamado a extinguir la estirpe de los Buendia.
Ahora bien, cuando esa propensin ertica resulta indiscriminada
y rutinaria, sin asomo de cristalizacin pasional -como en el caso de
Casanova y de Alvaro Mesa-, creemos que se integra el machismo sexual.
Es oportuno que consignemos que es ste, a nuestro juicio, el caso del
juez Arcadio, a que nos referimos al comienzo del captulo.
Otro ejemplo digno de mencin, ilustrativo del machismo arraigado,
nos lo ofrece el autor en la figura del general conservador Jos Raquel
Moneada, quien "haba alcanzado el ttulo de general en el campo de ba
talla, aunque careca de vocacin militar... haba sido en cierto momento
423
el adversario ms temible del coronel Aureliano Buenda."
Cuando supo que el coronel Aureliano Buenda se acercaba con sus
huestes a Macondo, felicit a Ursula, porque iba a tener la oportunidad
de volver a ver a su hijo: "Ursula se preocup entonces por primera


90
216
Ibid., pp.. 42, 43, 66, 68: "Estaba disgustada porque su ma
rido haba descuidado el trabajo de la carpintera para dedicarse por
entero a la jaula... -Cunto vas a cobrar? -pregunt. -No s -con
test Baltazar. Voy a pedir treinta pesos para ver si me dan veinte.
-Pide cincuenta -dijo Ursula-, Te has trasnochado mucho en estos quince
das. Adems, es bien grande... Eso no es nada para don Chepe Montiel,
y la jaula los vale -dijo Ursula-, Debas pedir sesenta."(65, 66)
217
Ibid., pp. 16, 17, 106, 108: "Orientndose no tanto por el
ruido de la cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28
aos de soledad, localiz en la imaginacin no slo el sitio donde es
taba la puerta sino la altura exacta de la cerradura."(16, 17)
218
Ibid.. pp. 80, 83, 100: "Tal vez de ah vino.su costumbre de
asistir todos los das a la estacin, incluso despus de que ametra
llaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos."
(ICO) j
219
Ibid., p. 46: "El alcalde vino donde Gloria, volte el cuarto
al derecho y al revs, y dijo que la iba a llevar a la crcel por cm
plice. Al fin se arregl por veinte pesos."
220
lbid.. pp. 69, 81, 82: "En su mausoleo adornado con bombillas
elctricas y arcngeles en imitacin de mrmol, Jos Montiel pagaba seis
aos de asesinatos y tropelas. Nadie en la historia del pas se haba
enriquecido tanto en tan poco tiempo. Cuando lleg al pueblo el primer
alcalde de la dictadura, Jos Montiel era un discreto partidario de
todos los regmenes, que se haba pasado la mitad de la vida en calzon
cillos sentado a la puerta de su piladora de arroz."(81)
221
Ibid.. p. 139: "Durante muchos aos la Mam Grande haba ga
rantizado la paz social y la concordia poltica de su imperio, en virtud
de los tres bales de cdulas electorales falsas que formaban parte de
su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y
arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no slo su propio
derecho de sufragio, sino tambin el de los electores muertos en un
siglo."
222
I bid.. 69, 70, 73, 81, 129, 135~137c "Pero nunca se sinti
bien entre los ricos. Sola pensar en ellos, en sus mujeres feas y
conflictivas, en sus tremendas operaciones quirrgicas, y experimentaba
siempre un sentimiento de piedad. Cuando entraba en sus casas no poda
moverse sin arrastrar los pies."(70)
223
Ibid.. pp. 128, 138: "... los peones dorman amontonados so
bre sacos de sal y tiles de labranza, esperando la orden de ensillar
las bestias... En el Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos
en papeles dorman al amparo de columnas dricas y taciturnas estatuas
de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas."(128,
138)


77
116, 175, 186, 208, 210, 263), a la poltica (88, 89, 95, 116, 120,
121, 127, 128, 144, 147, 173, 209), a la geofagia (103, 138, 144, 147),
a los "gringos" (195, 196, 206, 207, 219, 263), a los soldados (92, 110,
129, 140, 175, 180, 256, 257, 263) y a la polica (206, 317). Se rela
ta en detalle la huelga bananera y la "masacre" de los obreros (252, 256,
258, 266, 285, 295, 300, 324, 329, 344). Se contrastan los tiempos fe
lices del gnesis de la aldea de Maccndo (15, 16) con su desaparicin
apocalptica de la faz de la tierra (351).
La seleccin de citas sobre algunos de los tpicos enumerados
respecto a Cien aos de soledad la haremos a continuacin en forma
conjunta, a fin de ofrecer al lector la oportunidad de compenetrarse
ms ntimamente con la temtica de Gabriel Garca Mrquez a travs del
vigor expresivo que, particularmente en esta obra, le sirve de vehculo
para su formulacin:
El Judo Errante: "Rebeca cerr las puertas de su casa y se enterr en
vida, cubierta con una gruesa costra de desdn que ninguna tentacin te
rrenal consigui romper. Sali a la calle en una ocasin, ya muy vieja,
con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minscu
las, por la poca en que pas por el pueblo el Judo Errante y provoc
un calor tan intenso que los pjaros rompan las alambreras de las ven
tanas para morir en los dormitorios."(119)
Francisco el Hombre: "Meses despus volvi Francisco el Hombre, un an
ciano trotamundos de casi 200 aos que pasaba con frecuencia por Macondo
divulgando las canciones compuestas por l mismo. En ellas, Francisco
el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los
pueblos de su itinerario, desde Manure hasta los confines de la cinaga,
de modo que si alguien tena un recado que mandar o un acontecimiento
que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su reper
torio... Francisco el Hombre, as llamado porque derrot al diablo en
un duelo de improvisacin de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoci
nadie..."(50)
Soledad: "Lo atormentaba la inmensa desolacin con que el muerto lo ha
ba mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que aoraba a los vi
vos, la ansiedad con que registraba la casa buscando el agua para mojar


. Los funerales de la Mam Grande. 6a edicin. Buenos Aires:
Editorial Sudamericana, 1969.
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Ibsen, Henrik. An enemy of the people. Ed. James Walter McFarlane.
Vol. VI. London: Oxford University Press, I960.


190
Ad jet ivos
El empleo de adjetivos inusitados es una de las ms notables ca
ractersticas formales de la obra de Gabriel Garca Mrquez, no importa
si los emplea simples, binarios o en grupos de tres. Sobre su vigoroso
poder expresivo insistiremos en el captulo siguiente, pero resulta
oportuno que en ste procedamos a una enumeracin ilustrativa, a fin
de que se observe tambin cmo desde La hojarasca empiezan a crista
lizar inequvocos indicios del estilo enftico en la narrativa de nuestro
autor.
A La hojarasca corresponden los siguientes adjetivos: "... el
torcido olor del muerto" (18); "... su tranquilidad es imperfecta y
desesperada" (21); "Es una tranquilidad inconforme y ansiosa la de
mi abuelo" (22); "Y lo dice con voz seria y concreta" (23); "... cur
silera florida y resplandeciente" (31); "... solemnidad indolente y
burlona" (32); "... con sus lascivos y codiciosos ojos de perro" (33);
"... con ese entusiasmo nostlgico y triste" (37); "Su risa era triste
y taciturna" (42); "... y que no tena labios sino una abertura hori
zontal que no pareca estar en el lugar de la boca desde el nacimiento,
sino hecha posteriormente, de una cuchillada sorpresiva y nica" (47);
"... a travs del aire endurecido y agrio" (54); "Era una inmovilidad
desesperada e impetuosa" (55); "Se le oa moverse en el cuarto con una
atormentada y enloquecedora insistencia" (78); "... y el presente, su
terrible e inmodificable voluntad de liberarse de su propio hombre
anterior" (79); "Pareca un novio aflictivamente arreglado, envuelto en
el aura de ls lociones baratas" (80); "... y los ensalmos administrados
con dramtica solicitud" (30); "... en aquella turbulenta y silenciosa


166
la eventual mediatizacin de la realidad por la fantasa. En tal vir
tud, discrepamos del enfoque abstracto de Severo Sarduy, expresado en
los siguientes trminos:
Lo que hace de Cien aos de soledad un libro importante es que sus
personajes, la coyuntura de sus relatos, o ms bien los senderos
que se bifurcan de su relato nico, sus sucesivos espacios de ac
cin -todos los niveles de su escritura- si bien son los mismos de
la tradicin novelesca, no son ni funcin de un exterior, ni fun
cin de un interior, sino engendrados, producidos -y en caso de
necesidad "desconstruidos", arrasados- por los propios virajes,
por las solas necesidades del montaje de la escritura.^**
Lo que algunos crticos pasan por alto es la referencia tan cer
tera que contiene la cita de Luis Gregorich a "los epgonos ms o menos
disimulados de la tradicin real ista".^- Se olvida que Garca Mrquez
es un hbil prestidigitador, no slo del lenguaje sino de la escritura
y de los recursos tcnicos que ensamblan la forma y la materia y que,
por lo tanto, se encuentra en el grupo de los epgonos ms disimulados
-si no el que ms- de la novela tradicional, o sea, entre aqullos que
proyectan sus innovaciones en el mbito de la obra cerrada. Si bien el
montaje narrativo se manifiesta en un resultado artstico objetivo,
como no poda menos de ser -y en este caso particular, reforzado por
la eficiencia artesanal de su elaboracin-, ello no empece para que,
en el balance final, pueda apreciarse claramente que todo ese andamiaje
tcnico ha estado al servicio de otro resultado de ms alta jerarqua,
en que prevalece la subjetividad; resultado que palpita en los temas
reiterados, en los personajes repetidos y en el estilo de una obra que
es evidente reflejo de una pujante y atormentada personalidad.


CAPITULO I
ITINERARIO VITAL
El realce del factor biogrfico como referencia interpretativa
en un trabajo literario, ha sido puesto en entredicho, en cuanto norma
general de indagacin, por la preceptiva crtica ms en boga.^ Incluso
la interpretacin del mensaje ha sido puesta en tela de juicio por al
gunos teorizantes de la crtica literaria. As, Susan Sontag asevera:
La funcin de la crtica debera ser mostrar cmo es lo que es,
y hasta qu es lo que es, en vez de mostrar "lo que quiere decir"
... En lugar de una hermenutica, necesitamos una ertica del
arte.2
En este trabajo, proyectado en tres dimensiones entrecruzadas
(humana, temtica y estilstica), no podra prescindirse del conoci
miento ms ntimo posible del autor, sobre todo si se considera que la
razn del entrelazamiento es, precisamente, que en Gabriel Garca Mr
quez no se pueden escindir vida, temas y estilo sin grave detrimento de
la idoneidad del enfoque, como ms adelante se podr apreciar.
La posible objecin de que hay un contraste de tono y de tcnica
entre Cien aos de soledad y parte de la produccin anterior, no inva
lida nuestro aserto. En primer lugar, porque la recurrencia temtica
compensara ese factor y, adems, porque el estilo enftico de Cien
arios de soledad no surge por generacin espontnea, sino como culmina
cin de un proceso idiosincrtico que hemos podido detectar en no pocas
muestras de la produccin previa, como se ver en su oportunidad. Es
un caso similar al de Miguel de Cervantes quien, segn Helmut Hatzfeld,
' 6 . .


87
189
Gabriel Garca Mrquez, La hojarasca, pp. 11, 13, 22, 51, 60.
Seleccionaremos a continuacin un pasaje representativo, como haremos
en cada caso: "El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el
zumbido del sol por las calles, pero nada ms. El aire es estancado,
concreto; se tiene la impresin de que podra torcrsele como una lmina
de acero".(11)
190
Ibid., pp. 26, 60, 61, 123: "Porque la noche en que pusieron
las cuatro damajuanas de aguardiente en la plaza, y Macondo fue un pueblo
atropellado por un grupo de brbaros armados; un pueblo empavorecido que
enterraba a sus muertos en la fosa comn, alguien debi de recordar que
en esta esquina haba un mdico."(123)
191
Ibid., p, 37: "Aqu veo sus ojos turbados, su sonrisa que no
corresponde a la expresin de su mirada. Oigo su voz que dice; 'Coro
nel, esto podramos arreglarlo de otro modo.1 Y yo, sin darle tiempo
a terminar, le digo: 'Cunto.' Y entonces se convierte en un hombre
perfectamente distinto."(37)
192
Ibid., pp. 110, 122, 123: "Todo lo haba trado la hojarasca y
todo se lo haba llevado. Despus de ella slo quedaba un domingo en
los escombros de un pueblo, y el eterno trapisondista electoral en la
ltima noche de Macondo, poniendo en la plaza pblica cuatro damajuanas
de aguardiente a disposicin de la polica y el resguardo."(1.22, 123)
Ver tambin pp. 80 y 92.
193JJbM.,
pp.
68,
69.
'94lb!d'.
/
p.
94.
,95,b¡d.
,9W
pp.
99,
100.
l97IMd.,
pp.
56,
64:
Vanse tambin pp. 101, 121, 122 y 125.
volveramos a salir de la escuela y que iramos al ro, pero no con
Gilberto y Tobas. Quiero ir solo con Abraham, para verle el brillo
del vientre cuando se zambulle y vuelve a surgir como un pez metlico.
Toda la noche he deseado regresar con l, solo por la oscuridad del
tnel verde, para rozarle el muslo cuando caminemos. Siempre que lo
hago siento como si alguien me mordiera con unos mordiscos suaves, que
me erizan la piel."(56)
^Ibid., pp. 60, 62; "Si el tiempo de adentro tuviera el mismo
ritmo del de afuera, ahora estaramos a pleno sol, con el atad en la
mitad de la calle. Afuera sera ms tarde; sera de noche... Pero
entonces el nio vuelve a moverse y hay una nueva transformacin del
tiempo. Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha trans
currido. Antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo eterno,
el sudor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable
y helado detrs de su lengua mordida. Por eso no transcurre el tiempo
para el ahorcado: porque aunque la mano del nio se mueva, l no lo
sabe."(60, 62)


Acevedo Daz. Ante este tipo de hombre, repetimos, la mujer puede ser
tan seducida como seductora.
Ismael es el gaucho equidistante, indolente y adusto que impre-
400
siona a la nieta de la duea de la estancia. Una vez salva a la
401
muchacha de la embestida de un toro, con su arrojo y agilidad. En
otra ocasin, se interna en la espesura con el perro y logra traer como
402
trofeo el cuero de un tigre. Acevedo Diaz trata de pintar al gaucho
genuino que muestra su fuerza y su valor en el combate cuerpo a cuerpo
con el rival, y por quien la "china" se deja de buen grado raptar.
Otra prueba de que, al lado del machismo, encontramos a menudo el hem-
brismo, que es la otra cara -la oculta- de la moneda del amor.
Pensamos que, en el enfoque del machismo, hay que considerar dos
aspectos: uno objetivo, que lo analiza sin prejuicios, como un fen
meno psicosociolgico cualquiera, y otro subjetivo, que lo considera
como una actitud desaprensiva o predispuesta, enjuicindolo como una
cualidad denigrante ms de los subestimados pobladores de la Amrica
Latina. Desde la primera perspectiva, se puede tratar de determinar
qu es y qu no es machismo, siendo sta, precisamente, una de nuestras
finalidades en el presente captulo, a fin de lograr comprender mejor
la posicin de nuestro autor. Para ello, proponemos la siguiente cla
sificacin, ilustrada con los mismos ejemplos que hasta aqu han sido
mencionados:
1. Machismo instintivo: La hombra espontnea, de carcter
primitivo, producto del endurecimiento provocado por el medio hostil.
La actitud ante lo sexual no es ms que un corolario de la actitud


180
^Landeros, p. 18.
^Durn, pp. 29 y 30.
^H. H. Arnason, History of modern art (Englewood Cliffs:
Prentice Hall, 1968), p. 369. Aqu aparece la reproduccin de la
pintura mencionada.
^Alejo Carpentier, El reino de este mundo, ,4a edicin (Monte
video: Arca, 1969), Prlogo, p. 9. Reproducido en "De lo real mara
villoso americano", Tientos v diferencias. 2a edicin (Montevideo: Arca,
1970), p. 109.
^2Mariano Baquero Goyanes, Proceso de la novela actual (Madrid:
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246
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192
obscenidades tiernas..." (36); "... eludieron los escollos del tras
trueque meldico, y el baile se prolong hasta el amanecer" (60);
"... cuando ya el cadver empezaba a reventarse en una floracin l
vida, cuyos silbidos tenues impregnaron la casa de un vapor pesti
lente" (69); "... su enorme desnudez tarabiscoteada..." (85); "...
y tena los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo
ptreo y redondo como una nuez, y la ternura catica de la inexpe
riencia exaltada" (101, 102); "... la vocacin concupiscente y desi
diosa de su to Jos Arcadio" (134); "Era un indio puro, montaraz,
analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocacin mesinica
que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente" (145); "... Aure-
liano Segundo slo pensaba entonces en encontrar un of icio que le
permitiera sostener una casa para Fernanda, y morirse con ella, sobre
ella y debajo de ella, en una noche de desafuero febril" (166);
"... y ella le haba moldeado el carcter opuesto, vital, expansivo,
desabrochado... (177); "... y haba incinerado los entorpecedores
montones de basura nostlgica..." (190); "En ese momento la pobla
cin fue estremecida por un silbato de resonancias pavorosas y una
descomunal respiracin acezante" (193); "Con la incrdula atencin
de un comprador de diamantes..." (196); "... haba prosperado una
flora lvida, y en el aire que haba sido el ms puro y luminoso de la
casa flotaba un insoportable olor de recuerdos podridos" (209); "...
con una diligencia sigilosa y una perseverancia despiadada..." (210);
"... Rebeca, la del corazn impaciente, la del vientre desaforado..."
(215); "Aureliano Segundo se volvi gordo, violceo, atortugado...


185
mucho tiempo aparecan por donde ms se les haba buscado, y se
arrastraban en desbandada turbulenta detrs de los fierros m
gicos de Melquades.^
Varios casos de repeticin llaman nuestra atencin, de los cuales
escogemos el siguiente, por su exaltada expresividad:
... y en todos apareca Remedios transfigurada: Remedios en el
aire soporfero de las dos de la tarde, Remedios en la callada
respiracin de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de
las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios
en todas partes y Remedios para siempre.^97
Abundan los ejemplos de enumeracin, y de ellos reproducimos el
que sigue, que a su vez constituye una ilustracin de si mil¡cadencia:
... y un mircoles de gloria llevaron un tren cargado de putas in
verosmiles, hembras babilnicas adiestradas en recursos inmemo
riales, y provistas de toda clase de ungentos y dispositivos para
estimular a los inermes, despabilar a los tmidos, escarmentar a
los mltiples y corregir a los solitarios. 9
Un polisndeton tpico, reforzado por la consustancial expres¡vi-
dad de la prosa de Garca Mrquez, es el que copiamos a continuacin:
... de modo que esto alcanzara para contentar a Fernanda, y
aquello para los zapatos de Amaranta Ursula, y esto otro para
Santa Sofa de la Piedad que no estrenaba un traje desde los
tiempos del ruido, y esto para mandar hacer el cajn si se mora
Ursula, y esto para el caf que suba un centavo por libra cada
tres meses, y esto para el azcar que cada vez endulzaba menos,
y esto para la lea que todava estaba mojada por el diluvio, y
esto otro para el papel y la tinta de colores de los billetes, y
aquello que sobraba para ir amortizando el valor de la ternera
de abril...^99
Para nuestro enfoque bsico del estilo, que atae a la vincula
cin entre forma y materia, como prueba irrefutable de la tesis central
de este trabajo -entrelazamiento de vida, temas y estilo-, hay tres
aspectos relativos al lenguaje cuyo tratamiento resulta imprescindi
ble, a saber: las imgenes saturadas de expresividad, la adjetiva
cin inusitada y las palabras inurbanas. Estos tres factores con
tribuirn tambin a reforzar otra de nuestras tesis, que postula una


239
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134
actitudes, es por la voluntad de afirmacin individual, por el prurito
de fama (ms unamunesco que mundano en Don Quijote) que alientan las
hazaas de ambos adalides de la hombra.
El tercer Don Juan de nuestro examen lo es el de la novela La Re
centa. de Leopoldo Alas. Alvaro Mesa representa al seductor de saln,
v 376
que est ms cerca del Don Juan de Moliere que del tipo concebido por
Tirso de Molina y recreado por Jos Zorrilla. La protagonista, Ana
Ozores, por su parte, parece llevar en su psicologa el sello de otra
herona afamada en las lides amorosas: Madame Bovary; slo que, segn
Jos A. 3alseiro,^^ Emma "seduce sin escrpulo", mientras que Ana "es
la seducida". Tanto una como otra llevan, no obstante, en su tempera
mento, el germen de su propia destruccin: un desbordamiento imaginativo
morboso, mezclado con la insatisfaccin de la vida conyugal, que las hace
proclives al adulterio, al liberar el hembrismo que^Se agazapa en sus
cuerpos y en sus almas de mujeres apasionadas. Por otra parte, ese
estmulo aparece incitado en La Regenta por el "genio" y la "figura"
de Alvaro Mesa, quien
... era ms alto que Ronzal y mucho ms esbelto. $e vesta en
Pars y sola ir l mismo a tomarse las medidas... iba muchas
veces a Madrid y al extranjero... hablaba en francs, en ita
liano y un poco en ingls... y en cuanto a la fama que don Alvaro
gozaba de audaz e irresistible conquistador, reputbala autntica...
Le diverta y le convena la inquina de Ronzal, gran propagandista
de la leyenda de que era Mesa el hroe; y aquella leyenda era muy
til, para muchas cosas.
Don Alvaro nos ofrece un ejemplo de conquistador frvolo, para
quien la posesin sexual no constituye un medio sino un fin. Su fi
gura, sin embargo, no es la del libertino vulgar o del tipo voluptuoso,
de sensibilidad enfermiza, que bordea los lmites del afeminamiento,


22
historia de sus pases y del Continente y hasta qu extremo intentan
distorsionarla con fines sediciosos o meramente sensacionalistas. Estos
autores interpretan el compromiso social del escritor de una manera pe
culiar. Nos dan la sensacin, a primera vista, de preocuparse slo por
el aspecto esttico de su produccin, mientras que de modo simultneo,
estn contribuyendo, en realidad, a una dislocacin total de normas y
principios en todos los sectores imaginables, sin excluir, desde luego,
el artstico.
Veamos cmo plantea el problema Gabriel Garca Mrquez: \
Es absurdo decir que practicamos el escapismo, cuando una lectura .
detenida de nuestras obras demuestra a las claras que estamos mu
cho ms politizados y comprometidos que nunca lo estuvieron nues
tros predecesores, y esto teniendo en cuenta que ellos partan de
un realismo furibundo con el que crean poder expresar mejor las
denuncias, y no se daban cuenta que el realismo les limitaba la
perspectiva, y a travs de l slo les era permitido reflejar una
de las caras del problema, pero no todas o la mayor parte, que es
lo que nosotros pretendemos con este tipo de novela integradora...
le aseguro que a los universitarios les dice mucho, y ellos saben
mejor que nadie el grado de politizacin que asume Julio Cortzar,
Mario Vargas, yo mismo, todos nosotros, aun a pesar de escribir lejos
y hacer un tipo de novela que a algunos se les pueda antojar esca-
pista o poco comprometida.50
Cul debe ser, entonces, la funcin del novelista? Para nuestro
autor:
La funcin del novelista... en cualquier panorama social, es escri
bir buenas novelas. Me doy cuenta, sin embargo, que toda buena
novela es fatalmente inconformista, y tiene, por tanto, una funcin
subversiva, as sea involuntaria. Siempre ha sido as y siempre
ser as. En Amrica Latina, que es un continente volcnico, esta
evidencia es particularmente dramtica.5
Julio Cortzar nos ofrece su versin del compromiso en trminos
no menos significativos:
Pocc6 dudarn de mi conviccin de que Fidel Castro o Che Guevara han
dado las pautas de nuestro autntico destino latinoamericano; pero
de ninguna manera estoy dispuesto a admitir que los Poemas humanos


78
su tapn de esparto. 'Debe estar sufriendo mucho', le deca a Ursula.
'Se ve que est muy solo.'"(27)
Mujeres: "Petra Cotes, consciente de su fuerza, no dio muestras de
preocupacin. Ella lo haba hecho hombre. Siendo todava un nio lo
sac del cuarto de Melquades, con la cabeza llena de ¡deas fantsticas
y sin ningn contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo.
La naturaleza lo haba hecho reservado y esquivo, con tendencias a la
meditacin solitaria, y ella le haba moldeado el carcter opuesto, vi
tal, expansivo, desabrochado, y le haba infundido el jbilo de vivir
y el placer de la parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por
dentro y por fuera, en el hombre con que haba soado para ella desde
la adolescencia. Se haba casado, pues, como tarde o temprano se casan
los hijos... Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnfico
dominio de fiera en reposo, oy la msica y los cohetes de la boda, el
alocado bullicio de la parranda pblica, como si todo eso no fuera ms
que una nueva travesura de Aureliano Segundo. A quienes se compadecie
ron de su suerte, los tranquiliz con una sonrisa. 'No se preocupen',
les dijo. 'A m las reinas me hacen los mandados.' A una vecina que
le llev velas compuestas para que alumbrara con ellas el retrato del
amante perdido, le dijo con una seguridad enigmtica: -La nica vela
que lo har venir est siempre encendida".(177> 178)
Aparecidos: "La vio un medioda ardiente, cosiendo con ella en el co
rredor, poco despus de que Meme se fue al colegio. La reconoci en el
acto, y no haba nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer ves
tida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con
un cierto parecido a Pilar Ternera en la poca en que las ayudaba-en
los oficios de la cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no
la vio, a pesar de que era tan real, tan humana, que en alguna ocasin
le pidi a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja."(238)
Premoniciones: "En cierto modo, Aureliano Jos fue el hombre alto y
moreno que durante medio siglo le anunci el rey de copas, y que como to
dos los enviados de las barajas lleg a su corazn cuando ya estaba mar
cado por el signo de la muerte. Ella lo vio en los naipes. -No salgas,
esta noche -le dijo-, Qudate a dormir aqu, que Carmelita Montiel se
ha cansado de rogarme que la meta en tu cuarto... Aureliano Jos estaba
destinado a conocer con ella l felicidad que le neg Amaranta, a tener
siete hijos y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil
que le entr por la espalda y le despedaz el pecho, estaba dirigida
por una mala interpretacin de las barajas."(135* 136)
Mdicos invisibles: "La dispendiosa correspondencia con los mdicos in
visibles termin en un fracaso. Despus de numerosos aplazamientos, se
encerr en su dormitorio en la fecha y la hora acordada, cubierta sola
mente por una sbana blanca y con la cabeza hacia el norte, y a la una de
la madrugada sinti que le taparon la cara con un pauelo embebido en un
lquido glacial. Cuando despert, el sol brillaba en la ventana y ella


38
Atribuyo esa caracterstica a que se ha confundido el fondo con la
forma. En la Amrica Latina uno se encuentra con los hechos cot-
dianos, los movimientos polticos, los acontecimientos sociales,
son todos enormes, fuera de proporcin, como si tuvieran otra medi
da. Tengo la impresin de que lo que se ha hecho es tratar de contar
esto con una retrica igualmente enorme, y pienso que lo que hay que
hacer es lo contrario: asumir una actitud muy serena y sobre todo
muy sencilla para contar eos as.
Precisamente, en el concepto que antecede est basada su crtica.
sobre El seor presidente, de Miguel Angel Asturias:
...-"estoy escribiendo sobre este tema, imagnate"-, y a su juicio '
la novela es insalvable, "lo que pasa es que a uno le queda el re
cuerdo de aquel impacto que hiciera, tal vez hace aos, por su tema.
Pero ahora se lo ve como algo sin grandeza, "provinciano", escrito
para jorobarlo a Ubico o a quien sea". Porque para Garca Mrquez,
Asturias ha sido uno de los susteptadores de la mala retrica, "es
la apoteosis de la mala poesa". *
Preguntado sobre el mayor obstculo que debe salvar el escritor,
el novelista de Hispanoamrica, Garca Mrquez responde;
La dificultad permanente del escritor de la Amrica Latina es la
palabra, las palabras. El hecho de que el espaol se nos est ol
vidando. 0 no lo conocemos. Se dice ya muy fcilmente que el es
paol no es un idioma para la novela. Yo creo que s lo es. Lo
que pasa es que tenemos que seguir explorando el idioma, nuestra
herramienta de trabajo. Desde que decid ser escritor me encontr
con esa dificultad, y decid ponerme a trabajar en esa exploracin.
Yo oigo decir: "Ou lstima no poder escribir en ingls, o en fran
cs, idiomas con los que se logran tantos matices." Yo creo que el
espaol es un idioma estupendo para la novela, como lo son todos.
Lo que ocurre es que no conocemos verdaderamente el espaol. El
ingls, el francs, y el italiano hablados son los mismos que escri
tos, En cambio hay un espaol para hablar y otro para escribir.
Es el problema del teatro en espaol, que se escribe, y cuando se
dice, es otro. Ya no funciona. El problema es que conocemos el
espaol hablado, pero no el espaol escrito. Tratamos de escribir
una novela con el espaol hablado, cuando en realidad debemos escri
birla con el espaol escrito. Yo la traigo con el idioma.
Su enjuiciamiento de los crticos nos orienta sobre algunas de.sus
opiniones como novelista:
Mi opinin sobre la crtica es bastante injusta: creo que es una
actividad parasitaria. El crtico se ha colocado, por determinacin
autnoma y soberana, entre el autor y el lector, y yo creo a^e las
relaciones entre stos ltimos no necesitan intermediarios.


72
-Crame que no soy ateo, coronel. Lo que sucede es que me
desconcierta tanto pensar que Dios existe, como pensar que
no existe. Entonces prefiero no pensar en eso. ^
El Coronel no puede menos que calificar a este hombre como "un
195
desconcertado de Dios".
Se trae a colacin el tema del fatalismo:
Pero algo me indicaba que era impotente ante el curso que iban
tomando los acontecimientos. No era yo quien dispona las cosas
en mi hogar, sino otra fuerza misteriosa, que ordenaba el curso
de nuestra existencia y de la cual no ramos otra cosa que un
dcil e insignificante instrumento. Todo pareca obedecer en
tonces al natural y eslabonado cumplimiento de una profeca...
se supona que l estaba aqu, en la trastienda, acorralado quin
sabe por qu implacables bestias profticas.'9
197
Se sugieren tambin propensiones homosexuales en adolescentes;
198
se contrasta "el tiempo de adentro" con "el de afuera"; se habla de
199 200
murmuracin y de rencor, de aparecidos, y hasta del fantasmal
Duque de Mar 1 borough.
Hemos visto, pues, como en La hojarasca, temas locales son tra
tados conjuntamente con tpicos universales, como suele ocurrir en toda
novela, incluso en las ms regionalistas de Jos Mara de Pereda, como
202
Sotileza. Para mencionar solamente otra obra de ficcin del tan
subestimado perodo realista-naturalista del siglo XIX, recordemos
Misericordia, de Benito Prez Galds. Esta novela nos presenta, a la
par que una fiel estampa de la mendicidad en Madrid, todo un repertorio
de facetas neurticas, que han sido cabalmente analizadas por Rupert C.
203
Alien en un penetrante trabajo.
Un apropiado ejemplo en la novelstica hispanoamericana, nos lo
ofrece Mariano Azuela en Las tribulaciones de una fam?1ia decente
(1918).20f En esta bra, l pinta con maestra las escenas de la nueva


tambin en manos desaprensivas, emboscadas para la travesura sbita,
basta con leer sus pasajes chispeantes, paradjicos y hasta chocarreros,
que son slo una fase da su compleja potencialidad humana y artstica.
/
De que esto ltimo es cierto, es buena muestra el siguiente fragmento
de su autosemblanzn;
Nunca hablo de literatura, porque no s lo que es, y adems estoy
convencido de que el mundo sera igual sin ella. En cambio, estoy
convencido de que sera completamente distinto si no existiera la
polica. Pienso, por tanto, que habra sidonms til a la humani
dad si en vez de escritor fuera terrorista.


175
es irreal, como en el cuadro de Pierre Roy, "Danger on the Stairs", en
que una enorme serpiente aparece descendiendo por las escaleras de una
. 470
casa de apartamientos.
Es necesario que insistamos en que, si furamos a catalogar aisla
damente la pura fbula o quimera -que es la primera vertiente sealada-,
diramos que constituye una categora excluyente, pero si la analizamos
en el contexto total de Cien aos de soledad, tendremos que proceder con
gran cautela, en virtud de las implicaciones mticas a que hemos hecho
referencia. Un mundo novelesco que est remedando pasajes bblicos,
no sera consecuente consigo mismo si no nos ofreciera sucesos prodi
giosos. La historia de un personaje mtico, como el guerrero Aureliano
Buenda, que se convierte en una leyenda en plena vida, tiene que ser
parangonada con eventos extraordinarios. La reproduccin de la his
toria de una familia de alienados, anticipada por otro personaje m
tico, que es a la vez parte de esa historia, clama por incidencias que
desafen las leyes ortodoxas del llamado mundo real. La historia so
terrada e insidiosa, contada en forma metafrica, de un pueblo asolado
por la violencia, no puede ser expuesta a cabal idad sin acudir a la
proliferacin de guerras civiles, atentados, emboscadas, huelgas y fu
silamientos que desplacen la realidad, tambin violentamente, hiper-
trofiando sus elementos.
La segunda manifestacin no se relaciona con un mundo inventado
sino con un mundo intuido. Se trata de una especie de "tierra de
nadie", en que se barajan problemas de carcter extrasensorial y en
que los vivos se codean con los muertos y hasta con la Muerte.


168
snn los cantantes es "una Cuba totalmente metafor izada". El propio
crtico uruguayo, refirindose a los cuentos de Jorge Luis Borges, ex
presa:
Ms importante parece indicar que todas estas fbulas no son, en
ltima instancia, ms que metforas de la realidad, y que el uni
verso o los sorprendentes casos que inventa Jorge Luis Borges pro
ceden de la misma fuente en que se nutren 1os realistas. Su arte
consiste en trasponer en clave fantstica o alucinatoria, aunque
sin deponer el rigor y la lucidez, su experiencia de un mundo rio-
platense con su cosmopolitismo de aluvin. Sus ficciones son ms
caras o cifra de una realidad cotidiana que angustiaba al creador
con su falta de herosmo, con su mediocridad, obligndolo a tras-
Sobre la base de estos conceptos, es nuestro parecer que Gabriel
Garca Mrquez ha construido una vasta metfora de Colombia -y, por
extensin, de la Amrica Latina-, con la particularidad de que dota a
sus personajes de contenido universal y, por ende, metaforiza tambin
sus circunstancias, que resultan paradigmticas y no excluyentes, al
hacerlos recorrer el trayecto vital de la humanidad, desde el gnesis
hasta el apocalipsis, pasando por la inocencia y el pecado, por la paz
y la guerra, por el amor y el odio, por la solidaridad y la alienacin,
por el recuerdo y el. olvido.
La metfora, pues, no slo constituye un asidero tcnico de la
estructura interna de la mxima obra de Garca Mrquez sino su verdadera
fuente de sustentacin, la definitiva justificacin de la misma y la
recndita razn de ser de toda la novela.
Lo Fantstico
Estrechamente vinculado a lo metafrico, se encuentra el bagaje
de fantasa que enriquece a la obra a travs de toda su extensin y


137
En su paralelo entre Pedro Pramo y Cien aos de soledad. Suzanne
Jill Levine, refirindose a Pedro Pramo y al coronel Aureliano Buenda,
expresa: "... ambos son j'efes rurales fuertes y dominantes, y cuyo ma
chismo se caracteriza, tambin, por los hijos ilegtimos que van sembrando
o op
en su camino."
Ntese la coincidencia de nuestro punto de vista con la precedente
observacin. Ciertas dotes carismticas hacen a un hombre caudillo, y
al caudillo lo visitan mujeres que los centinelas dejan pasar porque
conocen "el fanatismo de algunas madres que enviaban a sus hijas al dor
mitorio de los guerreros ms notables, segn ellas mismas decan, para
389
mejorar la raza."
Limando la dosis de irona que subyace en la idea, lo cierto es
que muchas van sin que las manden, y aunque el guarismo es intencional
mente hiperblico, lo cierto es que Aureliano Buenda tuvo hijos de
diecisiete mujeres distintas. Cuando Ursula Iguarn entr al cuarto
en que Aureliano esperaba el momento de su fusilamiento "se sinti co
hibida por la madurez de su hijo, por su aura de dominio, por el res-
390
plandor de autoridad que irradiaba su piel."
Se trataba de un hombre omnmodo: "Sus rdenes se cumplan antes
de ser impartidas, aun antes de que l las concibiera, y siempre 11e-
391
gaban mucho ms lejos de donde l se hubiera atrevido a hacerlas llegar."
Es curioso el hecho de que el coronel Aureliano Buenda no fuera
un hombre sensual y, sin embargo, fuera tan afortunado con las mujeres.
El caudillo suele serlo, desde luego, pero por un tipo de machismo "sui
generis", que est complementado por una actitud de oficiosa condescen
dencia femenina, que nosotros denominamos Uhernbrismo".


CAPITULO VIII
EL MACHISMO
En La mala hora hay un personaje, el juez Arcad i o, que es intro
ducido con el siguiente episodio:
El viernes amaneci tibio y seco. El juez Arcadio que se vana
gloriaba de haber hecho el amor tres veces por noche desde que lo
hizo por primera vez, revent aquella maana las cuerdas del mos
quitero y cay al suelo con su mujer en el momento supremo, enre
dados en el toldo de punto.358
Es curioso, que en este pasaje aparezcan dos elementos contradict
torios, representativos ambos del machismo tradicional: la vanagloria
del acto y, al mismo tiempo, su efectiva consumacin. Pero lo intere
sante, respecto al personaje, es que no conocemos las circunstancias en
que se jactaba de su prodigalidad sexual y, por lo tanto, no podemos
juzgar cabalmente el grado de banalidad de su actitud, y en cambio, es-
359
tamos bien informados sobre su dispendiosa actividad sexual. Ahora
bien, esta inquietud resulta normal en un hombre joven como el Juez,
quien se limita a costearse una amante y a visitar las prostitutas. 0
sea, que no se integra en este caso el machismo por la via de la seduc
cin, basada en la fama o en la conquista, sino por medio del alarde de
la potencia sexual, cuyo contexto desconocemos.
No es fcil, pues, percatarse a primera vista de la intencin del
autor, a travs del anlisis de una frase aislada. De ah que nos veamos
forzados a calar en lo hondo del tema, si de veras queremos arribar a un
resultado esclarecedor sobre el intimo propsito de Garca Mrquez, cuya
128


100
,,281
Recurdense, adems, las alusiones a la soledad del dictador
que protagonizar El otoo del patriarca, la novela que nos tiene
277
prometida nuestro autor.
Recordemos tambin la soledad de los padres, con "la casa vaca'.'
278
y ellos dos "solos otra vez como al principio"; "la impenetrable
279
soledad de la decrepitud", que se posesiona de Ursula; "el paraso
280
de la soledad compartida" de dos amantes, que haban agotado todos
los recursos de la concupiscencia; "la amarga soledad de las parrandas
2.S2.
("agonizando de soledad en el aturdimiento de las parrandas") que j
invade a Aureliano Segundo; la actitud de las vecinas del barrio de
tolerancia: "las mujeres solitarias que sollozaban junto a las vic-
o 0*2
trolas"; la soledad apacible de Santa Sofa de la Piedad, quien
"desde la muerte de sus padres no haba tenido contacto con nadie n
el pueblo, ni recibi cartas ni recados, ni se le oy hablar de pariente
284
alguno". No olvidemos tampoco la soledad delirante de Fernanda,
"sentada en una cabecera solitaria, al extremo de quince sillas vacas";285
la soledad apasionada de Meme, que casi enloqueci de amor por Mauricio
Babilonia "y se hundi tan profundamente en-la soledad, que hasta su
286
padre se le convirti en un estorbo"; as como la inerme soledad
del propio Mauricio Babilonia, vctima de la parlisis en plena juven
tud: "Muri de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta,
sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por
las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz y
, 287
publicamente repudiado como ladrn de gallinas."


2
como reales y la verdad histrica colombiana? Contribuye la presenta
cin de esos hechos de una manera entre real y ficticia a su adecuada
comprensin? Es el autor tendencioso? De serlo, lo ser desde su
intransigencia de artista o desde su resentimiento de idelogo? Sern
como l otros novelistas hispanoamericanos de nuestro tiempo? He aqu
una muestra del repertorio de preguntas que puede resultar vital para
comprender el porqu de la confusin ideolgica y de la perplejidad
literaria -particularmente en el campo de la novela- que aquejan a
nuestro quehacer cvico y a nuestra actitud artstica en el momento
actual.
Para el logro de nuestro objetivo, dividiremos el estudio de la
materia en tres partes, a saber: dimensin humana, dimensin temtica
y dimensin literaria. Aunque estos tres aspectos estn ntimamente
relacionados entre s, hemos considerado provechoso realizar su estudio
independiente, aunque destacando, en cada coyuntura propicia, la simul
taneidad de los factores concurrentes.
En la Primera Parte, trataremos de ofrecer una imagen del hombre
tal como nos lo representamos a travs de las actividades de su vida
que hemos podido indagar en nuestras lecturas y del ideario que se re
fleja en varias entrevistas que ha concedido hasta el presente: su
niez en Aracataca, sus estudios en Bogot, su labor periodstica, sus
viajes, su actitud respecto a crticos y editores, sus aristas ideol
gicas en lo poltico y lo social, su posicin vital y esttica como
artista y, en fin, todos aquellos detalles esclarecedores que puedan
brindarnos alguna orientacin sobre la personalidad de nuestro autor.


18
Notas
^Ren Welleck y Austin Warren, Teora literaria, trad. Jos Mara
Gimeno, 4a edicin (Madrid: Editorial Gredos, 1966), pp. 90-96, 216-
220. Vase tambin Wolfgang Kayser, Interpretacin v anlisis de la
obra literaria,, trad. Mara D. Mouton y V. Garca Yebra, 4a edicin
(Madrid: Editorial Gredos, 1961), pp. 382-385.
2
Susan Sontag, "Contrainterpretacin", Mundo Nuevo. No. 7, Enero
de 1967, p. 80.
^Helmut Hatzfeld, El "Quijote" como obra de arte del lenguaje. 2a
edicin (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Cientficas,
1966), p. 207.
^Dmaso Alonso, Poesa espaola. 5a edicin (Madrid: Editorial
Gredos, 1966), p. 428.
5lbjiL, P. 518.
6lb?d.. p. 165.
^Luis Hars, "Gabriel Garca Mrquez o la cuerda floja", Mundo
Nuevo. No. 6, Diciembre de 1966, p. 70.
O
Jean-Michel Fossey, "Entrevista con Gabriel Garca Mrquez",
Imagen. No. 40, Enero 1-15 de 1969^ p. 17.
9Hars, p. 70.
^Miguel Fernndez-Braso, Gabriel Garca Mrquez: Una conversa
cin infinita. 2a edicin (Madrid: Editorial Azur, 1969)> p. 116.
^Ernesto Shoo, "Los viajes de Simbad Garca Mrquez", Primera
Plana. V, No. 234, Junio 20 al 26 de 1967, 52.
12
Fernndez-Braso, pp. 45 y 46.
^Estrella Cartn de Guier, "Gabriel Garca Mrquez, su mundo
novelesco", La Repblica. XIX, No. 6175, Julio 5 de 1970, 9.
14
Citado por Wolfgang Kayser, p. 367. Vase Nota 1.
^Esta es la fecha generalmente aceptada. Sin embargo, Jos A.
Nez Segura, S.J., nos informa que, de acuerdo con el Archivo de Ma
trculas del colegio San Jos, naci el 6 de marzo de 1927. Vase
Jos A. Nez Segura, S.J., "Gabriel Garca Mrquez (Gabo-Gabito)",
Revista Javeriana. No. 351, Enero-Febrero de 1969, p. 31.
l6Hars, p. 67.


36
Lo que pasa, creo yo, es que los autores de novelas de caballeras,
formados en el delirio imaginativo de la Edad Media, consiguieron
inventar un mundo en el cual todo era posible. Lo nico importante .
para ellos era la validez del relato, y si crean necesario que al
caballero le cortaran la cabeza cuatro veces, cuatro veces le cor
taban la cabeza al caballero. Esta asombrosa capacidad de tabula
cin penetr de tal modo n el lector de la poca, que fue el signo
de la conquista de Amrica. La bsqueda de El Dorado o de la Fuente
de la Eterna Juventud, slo eran posibles en un mundo embellecido
por la libertad de la imaginacin. Lo triste es que la literatura
latinoamericana se hubiera olvidado tan pronto de estos orgenes
maravillosos. Se han necesitado cuatro siglos para que Mario Vargas
Llosa encontrara el cabo de esa tradicin interrumpida y llamara la
atencin sobre el raro parecido que tienen las novelas de caballera
y nuestra vida cotidiana. ^
Cuando le habl a Jos Domingo del mismo tpico, volvi a recono
cer su deuda a la novela de caballera, aclarando su pensamiento en for
ma explcita:
Esta reduccin de lo maravilloso al nivel cotidiano, que fue por
cierto el gran hallazgo de la novela de caballera, tena adems
la ventaja de resolverme al mismo tiempo el problema del lenguaje,
pues lo que una vez fue verdad dicho de un..modo, tena que ser ver
dad cada vez que se dijera del mismo modo. b
Emmanuel Carballo aporta un dato relevante sobre la posicin de
Garca Mrquez respecto al retoricismo:
En 1963, recin aparecida la primera edicin mexicana de El coronel
no tiene quien le escriba me dijo al contestar una pregunta que le
hice sobre este tema: "Una de las cosas que ha demorado mi trabajo
ha sido la preocupacin de corregir el vicio ms acentuado de la
ficcin latinoamericana: la frondosidad retrica. Escribir ampu
losamente es bastante fcil y, adems, es tramposo: casi siempre
se hace para disimular con palabreras las deficiencias del relato.
Lo que en realidad tiene mrito aunque por lo mismo cuesta trabaj,
es contar de un modo directo, claro y conciso. As no hay modo ni
tiempo de hacer trampas."0'
Otro testimonio digno de researse, nos lo ofrece Carmen C. de
Rodrguez-Purtolas, quien reproduce la siguiente opinin de Garca
Mrquez sobre el tratamiento de la violencia:


115
330
Respecto a La mala hora, podemos depender del testimonio del pro
pio autor: "... quise comprometerme con una realidad que me haba im-
329
presionado mucho: la violencia."
La frase clave del libro es expresada por el peluquero, quien se
pas diez aos presintiendo cada da la contingencia de que lo mataran.
Esa es la atmsfera que prevalece en la novela, ya a travs de la cons-
331
tante alusin a hechos pasados, ya mediante el relato de sucesos
332
presentes, como la muerte de Pastor y las torturas infligidas a Pepe
Amador, ^33 que culminan en su ases i nato. 33** La misteriosa aparicin de
pasquines en las puertas de las casas, coopera a mantener un clima tenso
y desasosegado a travs de toda la trama. La rivalidad entre el dentista
y el alcalde, quien allana el consultorio con tres agentes, para que le
extraigan la muela cuyo dolor le atormentaba,:>J-> contribuye tambin a
atizar la intensidad del relato, en cuyo fondo palpita sostenidamente
ose insina abiertamente la ubicuidad de la violencia circundante.
Mario Benedetti comenta que "pocos relatos de Garca Mrquez in-
336
cluyen escenas de violencia desatada." La aclaracin que sigue re
sulta muy interesante:
La verdad es, sin embargo, que la violencia queda registrada, aunque
de una manera muy peculiar. Ya sea como cicatriz del pasado o como
amenaza del futuro, la violencia est siempre agazapada bajo la paz
armada de Macondo. En estos relatos, el presente (que sirve de so
porte a una impecable tcnica del punto de vista) es un mero inter
ludio entre dos violencias. 3'
Pedro Lastra, refirindose a la transcripcin del pasaje de Ant-
333
gona que aparece al comienzo de La hojarasca. nos ofrece un comentario
esclarecedor:


242
Fernndez-Braso, Miguel. Gabriel Garca Mrquez; Una conversacin
infinita. 2a edicin. Madrid: Editorial Azur, 1969.
Ferrer, Olga P. "La literatura espaola tremendista y su nexo con el
existencialismo", Revista Hispnica Moderna. XXII, Nos. 3"4,
Julio-Octubre de 1956, 297"303.
Fossey, Jean-Michel. "Entrevista con Gabriel Garca Mrquez'.', Imagen
No. 40, Enero 1-15 de 1969, pp. 8 y 17.
Franco, Jean. "El mundo grotesco de Garca Mrquez", Indice. No. 237,
Noviembre de 1968, p. 37.
Frye, Northrop. Anatomy of criticism. New York: Atheneum, 1969.
Fuentes, Carlos. La nueva novela hispanoamericana. 2a edicin.
Mxico: Editorial Joaqun Mortiz, 1969.
Glvez, Manuel. El novelista y las novelas. Buenos Aires: Emec
Editores, 1959.
Garca Mrquez, Gabriel. "Alguien desordena estas rosas", Revista
de la Universidad de Mxico. XXI, No. 9, Mayo de 1967, 10-11.
. "Blacamn el Bueno vendedor de milagros", Cuadernos Hispa
noamericanos. No. 234, Junio de 1969, ppi'573580.
. Cien aos de soledad. 15a edicin. Buenos Aires: Edito
rial Sudamericana, 1969.
. "Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia", Tabla
Redonda. Nos. 5"6, Abril-Mayo de I960, pp. 19"20.
. ''El coronel no tiene guien le escriba. 5a edicin. Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1969.
. "El mar del tiempo perdido", Revista Mejicana de Literatura,
Nos. 5"6, Mayo-Junio de 1962, pp. 3-21.
. Isabel viendo llover en Macondo. Buenos Aires: Editorial
Estuario, 1969.
} La hojarasca. 3* edicin. Buenos Aires: Editorial Sudame
ricana, 1969.
. La mala hora. 3a edicin. Buenos Aires: Editorial Sudame
ricana, 1969.
. "La tercera resignacin", Letras Nacionales. XX, Mayo-Junio
de 1968, 6-15.


207
Meme se enamor apasionadamente de Mauricio Babilonia. Ella "per
di el sosiego, y no viva sino para l, trastornada por la ansiedad de
537
hundirse en su entorpecedor aliento de aceite refregado con leja" y
"lo esperaba desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mari-
538
posas". Ni el aceite y la leja, ni los alacranes, ni el desenlace
tragicmico de haber sido l "pblicamente repudiado como ladrn de
gallinas" pueden desarraigar del espritu del lector la sensacin
de pasin amorosa arquetpica que fluye de la actitud obstinada de los
amantes.
Los toques pardicos que pretenden desvirtuar el efecto emocional
de estos pasajes de ternura y de amor, son precisamente los indicios que
nos dan la pista de la estratagema empleada por el prestidigitador que
es Garca Mrquez, para escamotear su lirismo. Un lirismo que no puede
expresarse mejor que con sus propias palabras, cuando cuenta su visita
a un bar de Zurich, donde un pianista tocaba para unos pocos clientes,
que eran parejas de enamorados: "Esa tarde supe que si no fuera escri
tor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie
540
le viera la cara, slo para que los enamorados se quisieran ms."^
Otros ejemplos de lo grotesco en Cien aos de soledad, son los
siguientes:
En el calor de la fiesta exhibi sobre el mostrador su masculinf-
dad inverosmil, enteramente tatuada con una maraa azul y roja
de letreros en varios idiomas (84).
... y cuyas ventosidades marchitaban las flores... Amaranta no
poda disimular la repugnancia que le producan en la mesa sus
eructos bestiales (85).
... y Ptronio le contest: "Es que hay cristianos corrompidos
que hacen sus cosas con las burras." Jos Arcadio Segundo si
gui demostrando tanta curiosidad, pidi tantas explicaciones,
que Ptronio perdi la paciencia. -Yo voy los martes en la or


25
el desorden y el humor. El lenguaje, en suma, de la ambigedad:
de la pluralidad de significados, de la constelacin de alusiones:
de la apertura.57
Raymond D. Souza analiza este aspecto del lenguaje en la novela
hispanoamericana actual, considerando tres obras, escritas, respectiva
mente, en 1947, 1963 y 19&7: Al filo del agua, de Agustn Yez, Rayuela.
de Julio Cortzar, y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.
En este artculo se alude a un proyecto de Julio Cortzar, que vamos a
reproducir en sus propias palabras:
Tratar de crear mi propio lenguaje. En eso estoy trabajando y no
es cosa fcil. El ideal es llegar a una lengua que haya eliminado
todas las muletillas (no slo las evidentes, sino las otras, las
solapadas) y todos los recursos fciles, eso que tan alegremente se
califica en seguida de estilo literario. S que el mo ser un
lenguaje ant i 1 iterar¡o, pero ser un lenguaje.5
Esta conspiracin artera disfrazada de literatura -o esta litera
tura pseudoingenua lastrada de potencialidad destructiva- es considera
da por Luis Hars "la moda de la investigacin lingOstica -hija algo
ilegtima del estructuralismo por un lado, del cortazarismo por el
otro-...".59
En esta moda han cado narradores jvenes como Nstor Snchez,
Manuel Puig, Severo Sarduy y Gustavo Sainz. De este ultimo son las
siguientes palabras:
Me gusta irritar, hacer exclamar que lo que escribo no es literatu
ra, practicar innumerables formas creativas de descontento. Me gQ
gusta hablar, enfrentarme al mundo bajo el signo de las palabras.
En las "Cartas al Director" de un ejemplar relativamente reciente
de la revista Blanco v Negro, un corresponsal enva la contribucin
epistolar que reproducimos en lo pertinente:
En la pgina 57 del nmero 1.046 del semanario L1Express un redac
tor espaol, J. S., al dar cuenta de una novela, dice lo siguiente:


132
mera pose o jactancia, de 1p que constituya una costumbre arraigada,
generada por un juicio de autovaloracin.
Desde el punto de vista sexual, vamos a considerar la actitud
de Don Juan (el de Tirso de Molina, el de Jos Zorrilla y una versin
espaola del de Moliere) y la de Giacomo Casanova, personaje real.
El Don Juan de Tirso de Molina es un cazador de honras:
Sevilla a voces me llama
"El Burlador", y el mayor
gusto que n m puede haber,
es burlar una mujer
y dejalla sin honor. 'z
Este personaje impetuoso busca una puerta de escape a su exube
rante vitalidad, y no persigue en definitiva el goce amoroso sino que
se siente urgido de ms fuertes sacudidas emocionales. Por eso es con
fiado hasta la soberbia, valeroso hasta la temeridad y altanero hasta
la irreverencia. Por eso, quizs, se regodea en la maldad sdica de
lograr la deshonra ajena, a pesar del alto concepto que de la honra
propia tiene; como si negando a los dems, se afirmara a s mismo.
Por otra parte, nadie puede poner en duda los arrestos de valen
ta del personaje, que a veces son llevados hasta los lmites de la
insania:
DON GONZALO: -Dame esa mano; no temas.
DON JUAN: -Eso dices? Yo temor?
Si fueras el mismo infierno _7_
la mano te diera yo (Dale la mano). *
Don Juan es consciente de su pujanza varonil, de la que parece
derivar ms orgullo que vanidad:
Maana ir a la capilla
donde convidado soy
porque se admire y espante
Sevilla de mi valor,3-/4


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116
Para nosotros, en cambio, esa cita de Antfgona es reveladora, en la
medida en que el paralelismo de las situaciones planteadas en la
tragedia de Sfocles y en la novela de Garca Mrquez permite ver
esta ltima como un intento de desarrollo, sutilmente elaborado,
de la visin trgica de un presente social concreto, que llena de
patetismo -al hacerla comprensiva- una expresin literaria que se
proyecta en el hecho histrico que conocemos hoy bajo la denomina
cin sociolgica de la "violencia colombiana". Aunque el aconte
cimiento central de la novela ocurre en 1928, es evidente que la
"violencia" constituye la base de contenidos obj-et voSq nmed i atos
que el autor aprehende aqu en su dimensin trgica. y
Angel Rama considera la violencia como el tema bsico de Garca
Mrquez:
Del mismo modo que durante un decenio largo el drama de Colombia
radic en el permanente estado de violencia, del mismo modo, y con-
fesadamente, ste es el tema central sobre el cual se edifica la
obra de Garca Mrquez, y de la generacin literaria a la cual per
tenece... Un pas vive en estado de violencia permanente, ya sea
declarada, ya sea soterrada, amenazante, y es normal que sea el sus
trato anmico que alimente su narrativa... imponindole sus coor
denadas dramticas.
Ya hemos mencionado una opinin de nuestro autor, sobre la acti-
341
tud con que el novelista debe enfocar el tema de la violencia. Ana
lizando ahora ms detenidamente sus ideas al respecto, creemos oportuno
aadir la siguiente observacin:
El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crmenes. La
novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos
que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido
del corazn corran el riesgo de que les sacaran las tripas. As,
quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se
dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrs, en
la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos.
El resto -los pobrecitos muertos que ya no servan sino Rara ser
enterrados- no eran ms que la justificacin documental.-^
Uno de los modelos que menciona es La Peste, y sobre esto co
menta:
En cada pgina de La Peste se descubre que Camus saba todo lo que
se puede saber sobre las pestes medievales, y que se haba infor
mado a fondo de sus caractersticas, de la forma y las costumbres


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117
de su microbio y hasta de los tratamientos empleados en todos los
tiempos. Casi como al descuido, esos conocimientos estn aprove
chados a todo lo largo del libro, inclusive con estadsticas y
fechas, pero estrictamente calibrados en su funcin de soporte
documental... Comprendi que el drama no eran los viejos tranvas
que pasaban abarrotados de cadveres al anochecer, sino los vivos
que les lanzaban flores, desde las azoteas, sabiendo que ellos
mismos podan tener un puesto reservado en el tranva de maana.
El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cemen
terio -y para quienes la amenaza de la peste haba por fin termi
nado- sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes,
sin poder escapar de la ciudad sitiada.
Y, por ltimo, recojamos estas significativas palabras:
Quienes vuelvan alguna vez sobre el tema de la violencia en Colombia,
tendrn que reconocer que el drama de ese tiempo no era slo el del
perseguido, sino tambin el del perseguidor. Que por lo menos una
vez, frente al cadver destrozado del pobre campesino, debi coin
cidir el pobre polica de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar,
pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano
que pueda ser definitivamente uni lateral .3^
Este ltimo comentario nos causa cierta perplejidad. Como hemos
345
visto, La mala hora fue publicada en 1962, pero escrita con anterio
ridad a i960, fecha del artculo que comentamos, de acuerdo con el tes-
346
timonio de Luis Hars (el Premio Literario Esso le fue adjudicado en
1961 y, segn Garca Mrquez, su mujer encontr el rollo de papeles en
el fondo de una maleta cuando se casaron,que fue en 1957). D cual
quier modo, lo que ahora nos interesa es destacar que Garca Mrquez no
se solidariza en La mala hora con "el drama del perseguidor". Antes,
al contrario, nos presenta la imagen de un representante de la autoridad
que parece animado de propsitos constructivos, tolerante con el enemigo
desembozado, dispuesto a contemporizar con todos, renuente a la provo
cacin (todo ello en momentos de tensin social incitada por los pas
quines), y a.l mismo tiempo, lo hace actuar de una manera cnica y hasta


245
Luchting, Wolfang A. "Machismus mor bundus?", Mundo Nuevo. No. 23,
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211
... ms de cuatrocientos hombres haban desfilado frente al teatro
y haban descargado sus revlveres contra el cadver del capitn
Aquiles Ricardo. Se necesit una patrulla para poner en una carre
tilla el cuerpo apelmazado de plomo, que se desbarataba como un pan
ensopado (136).
... cuando levant la plataforma de plomo y vio a don Fernando ves
tido de negro y con un crucifijo en el pecho, con la piel reventada
en eructos pestilentes y cocinndose a fuego lento en un espumoso y
borboritante caldo de perlas vivas (186).
... y porque el nio tropez por accidente con un cabo de la polica
y le derram el refresco en el uniforme, el brbaro lo hizo pica
dillo a machetazos y decapit de un tajo al abuelo que trat de im
pedirlo. Todo el pueblo vio pasar al decapitado cuando un grupo de
hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una mujer
llevaba cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde haban
metido los pedazos del nio (206).
Y entonces vio al nio. Era un pellejo hinchado y reseco, que to
das las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia
sus padrigueras por el sendero de piedras del jardn (349).
Hiprbole
Esta modalidad llega a adquirir una dimensin que llamaremos me
tafrica, en la obra de Gabriel Garca Mrquez. Obsrvese, en el
ejemplo de tremendismo que antecede, la feferencia a "todas las hor
migas del mundo". El- lector sabe que el autor no aspira a que se le
interprete literalmente, pero la imagen que la frase deja acuada en
su mente, provoca la concentracin de la totalidad de esos insectos
en el episodio descripto, subrayando su efecto intensificador.
Jos Arcadlo Buenda era capaz de "derribar un caballo, agarrn-
547
dolo por las orejas". Ntese qu manera tan grfica de destacar su
fuerza prodigiosa, sin despertar sospechas en el lector. Una fuerza
que, adems, ser hereditaria, como lo ser la locura. Cuando el propio


202
La irrupcin de lo inesperado se manifiesta en la trama, al igual
que en el lenguaje. Entre otras muchas sorpresas, el lector se mara
villa al saber que Aureliano (Aurelito para su suegro, con quien jugaba
al domin todas las noches) va a fomentar una insurreccin y a conver-
520
tirse en el coronel Aureliano Buenda. Tambin queda desconcertado,
cuando Remedios, la bella, empieza sbitamente a ascender hacia el
521
cielo, o cuando la Muerte le pide a Amaranta que le haga el favor
522
de ensartarle una aguja, o cuando los mdicos invisibles operan a
523
Fernanda, J o cuando Aureliano se desnud en la salita de.recibo y
recorri la casa llevando en equilibrio una botella de cerveza sobre
524
su masculinidad inconcebible".
En cuanto al lenguaje, ya hemos visto la poderosa repercusin
de los adjetivos, el intencionado contraste del oxmoron, la inopinada
aparicin de vocablos chocantes y el frecuente desfile de smiles im
previsibles. Como adicional ilustracin, leamos esta pincelada descrip
tiva, que abruptamente se colorea con una palabra intempestiva, refor
zada por un adjetivo intensificador:
La cinaga grande se confunda al occidente con una extensin
acutica sin horizontes, donde haba cetceos de piel delicada
con cabeza y torso de mujer, que perdan a los navegantes con
el hechizo de sus tetas descomunales.^25
Cuando Jos Arcadio Buenda le ense a su hijo el mazacote
seco y amarillento" del oro rescatado por la alquimia, le pregunt:
"Qu te parece? Jos Arcadio, sinceramente, contest: -Mierda de
526
perro". A Remedios, la bella, "haba que vigilarla para que no
pintara animalitos en las paredes con una varita embadurnada de su
527
propia caca".


129
tcnica en la presentacin de ciertas situaciones de tensin ha hecho
a Mario Benedetti proclamar la conveniencia de comparar su "machismo
sobrio" con el "machismo urgente" que atribuye a las novelas mejicanas.
360
Angel del Ro cuenta el siguiente incidente de la vida de Fran-
cisco de Q.uvedo: "En 1611 sale a la defensa de una mujer a quien un
hombre abofetea a las puertas de la Iglesia de San Martn en Madrid y
. ,,361
mata en desafio al agresor."
Del propio Q.uevedo, nos dice Dmaso Alonso lo que sigue:
Del turbio revoltijo de aparentes contradicciones que forman a este
ser, desde su facha exterior hasta su ambiente moral, podran salir
muchas imgenes distintas; la que no sale, la que no nos podemos
representar, es la de un CLuevedo galanteador de damiselas. Hay
hombres que, por demasiado hombres, no tienen mucho xito con las
mujeres, y de este tipo me parece que era Q,uevedo. Les falta en
su persona moral y fsica un plano que resbale hacia lo femenino
y que sirva para la unin de esos dos hemisferios siempre en guerra
que forman el mundo humano. Lope tena, evidentemente, esa proyec
cin feminoide; a Quevedo le faltaba en absoluto. Estos hombres
enteros pueden pensar y sentir el amor, cargarse de la ¡dea de esta
pasin como de un fluido de una intensidad tal, que sus chispazos
llegan a ser deslumbradores. Esos chispazos, en Q.uevedo, son sone
tos.362
Nos encontramos ante un hombre que se prodiga; un hombre que, en
un rapto de quijotismo -fundado en un elevado valor: la devocin a la
mujer-, arriesga su vida por reparar la vil ofensa infligida en su pre
sencia a una desconocida. He aqu un rasgo de machismo (no considerado
en sentido peyorativo) que no tiene que ver principalmente con lo sexual
y que, sin perjuicio de las sutiles ramificaciones psicolgicas que pu
dieran adscribirlo en definitiva a ese mbito, constituye un ejemplo
edificante, que seguramente Wolfang A. Luchting no vacilara en cata-
O O
logar como "machismo interiorizado".


76
161, 179, 195, 209, 221, 226, 238, 239, 251, 301, 346), premoniciones
(20, 112, 135), levitaciones (77, 92, 205), mdicos invisibles (233,
236, 242, 253, 269, 285, 294) ya agoreras mariposas amarillas (243,
245, 246, 248, 250, 251, 350) se prodigan en la atmsfera de misterio
que a menudo se enseorea de la obra. El fatalismo se hace patente en
otros pasajes (24, 44, 87, 136, 149, 350), as como el homosexualismo
(51, 314, 315). Los abogados son vilipendiados (120, 147, 186, 196,
255, 256), al igual que los historiadores (296, 329). Se nos habla de
amor (63, 87, 88, 97, 99, 107, 118, 122, 123, 152, 158, 170, 172, 200,
202, 203, 214, 225, 246, 252, 272, 286, 288, 298, 300, 317, 319, 334,
339, 340, 342, 343, 345, 346) y de erotismo (126, 127, 166, 218, 246,
247, 321, 322, 325, 332, 335, 341), de ternura (76, 81, 96, 348), de
amistad (330, 347, 348), de odio (237, 238), de soberbia (214), de or
gullo (121, 180, 209, 214) y de olvido (49, 119, 292, 324). El tema
de Dios se trata en varias ocasiones (38, 47, 52, 59, 77, 78, 162, 216),
alternado con referencias, cargadas de intencin, a cuestiones religio
sas en general (254, 340, 345).
Junto a otros tpicos de ndole universal (literatura, incesto,
hijos ¡legtimos, etc.), podemos adentrarnos en el ncleo mismo de la
historia, cuya faceta esencial se centra en la biografa del coronel
Aureliano Buenda, el cual se menciona en el primer prrafo de la novela
(9) y contina protagonizando algunos de sus pasajes ms vitales hasta
el relato del sencillo episodio de su muerte (229). La violencia es
tratada extensamente (92, 93, 95, 105, 118, 128, 134, 136, 139, 175,
206, 207, 252, 317). Tambin abundan las referencias al gobierno (54,


12
Cmo consigui la pureza de su estilo es un misterio que tiene
algo de insondable. Tal vez encontr un precedente en el purismo
colombiano, que a lo mejor en el fondo tiene sus virtudes. Pero
l lo niega. Su lenguaje no es Colombia, dice sencillamente,
sino su abuela. La anciana tena vena y "ella hablaba as".^
Estamos, pues, representndonos al nio triste, asustado y pen
sativo, que se agazapa en la oscuridad de la sala de una casona mis
teriosa poblada de duendes, a pensar en los vivos que han muerto para
l y en los muertos que se insinan tras los ojos brillantes de los
santos de yeso o se materializan en las historias espeluznantes y los
monlogos ininteligibles de la abuela alucinada. Pero Emir-Rodrguez
Monegal nos ofrece otro ngulo de la infancia de Garca Mrquez en
esta sugerente pregunta:
Cmo resistirse entonces a la tentacin de ver en Aureliano, el
ltimo de su estirpe, en ese nio que corre desnudo y salvaje por
la casa en que han desaparecido sus padres, a un alter ego del
autor, ms esencialmente verdadero que el otro que lleva su nombre,
aunque este Aureliano no se haya unido nunca con su ta abuela ni
haya tenido por lo tanto un hijo de cola de cerdo, ni sea el ltimo
de una estirpe condenada a la soledad? **
Un nio entregado a su libre albedro, que seguramente carece de
los juguetes que habitualmente se disfrutan a esa edad. Veamos un pa
saje que tal vez encierre alguna sutil repercusin de aquella frustra
cin infantil:
Miraba con cierta codicia -mal disimulada- el robot que haba
trado de Suiza para sus hijos; qhora stos lo hacan funcionar,
para esparcimiento de los parroquianos del restaurante. Prome
ti, en broma, avisar a la noche, cuando los nios estuvieran
dormidos, "as nos reunimos a jugar con el robot". Estaba, en
cierta medida, fascinado con el juguete.
A falta de juguetes, se aleja a veces de la casona sobrecogedo-
ra y se va a vagar por las afueras de Aracataca. Hay una finca de ba
nanos que recorrer en muchas ocasiones y cuyo nombre habr de inmor-


61
Notas
102Durn, p. 32.
103
Nuez Segura, S.J., pp. 35 y 36.
*\ase Nota 33.
105
'vase Nota 34.
106
Hars, p. 65.
107 __
I bid., p. 77.
i nfi
Revista Mexicana de Literatura. Nos. 5 y 6, Mayo-Junio de 1962,
PP. 3-21. ¡
^^Revista de la Universidad de Mxico, XXI, No. 9} Mayo de 1967.,
10 y 11.
^^Casa de las Amricas. VIII, No. 48, Mayo-Junio de 1968, 62-67.
^* Cuadernos Hispanoamericanos. 234, Junio de 1969, 573-580. Re
producido por Alacrn Azul. Ao 1, No. 1 (1970), pp. 34-39,
112
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 131,
113
Fernndez-Braso, p. 30.
114
Carballo, p. 11.
115Hars, p. 67.
^^Carballo, p. 11.
ll7lbid.
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 135.
119
Grande, p. 635.
120.,
Hars, p. 75.
1 o]
Gabriel Garca Mrquez, La mala hora (Mxico: Ediciones Era,
1966), p. 6.
122u
Hars, p. 66.
^Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 141


79
tenia una costura brbara en forma de arco que empezaba en la ingle y
terminaba en el esternn."(294)
Lev i tac i ones: "Acab de decirlo, cuando Fernanda sinti que un delicado
viento de luz le arranc las sbanas de las manos y las despleg en toda
su amplitud. Amaranta sinti un temblor misterioso en los encajes de
sus pollerinas y trat de agarrarse de la sbana para no caer, en el
instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Ursula, ya
casi ciega, fue la nica que tuvo serenidad para identificar la natu
raleza de aquel viento irreparable, y dej las sbanas a merced de la
luz, viendo a Remedios, la bella, que le deca adis con la mano, entre
el deslumbrante aleteo de las sbanas que suban con ella, que abando
naban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con
ella a travs del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se
perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podan al
canzarla ni los ms altos pjaros de la memoria."(205)
Mariposas amarillas: "Fue entonces cuando cay en la cuenta de las
mariposas amarillas que precedan las apariciones de Mauricio Babi
lonia... Pero cuando Mauricio Babilonia empez a perseguirla, como
un espectro que slo ella identificaba en la multitud, comprendi que
las mariposas amarillas tenan algo que ver con l. Mauricio Babilonia
estaba siempre en el pblico de los conciertos, en el cine, en la misa
mayor, y ella no necesitaba verlo para descubrirlo, porque se lo indi
caban las mar i posas."(245)
Fatal isrno: "Slo entonces descubri que Amaranta Ursula no era su her
mana, sino su ta, y que Francis Drake haba asaltado a Riohacha sola
mente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos ms intrinca
dos de la sangre, hasta engendrar el animal mitolgico que haba de
poner trmino a la estirpe."(350)
Homosexualismo: "En varias ocasiones se metieron en la alberca, para
jabonarlo de pies a cabeza, mientras l flotaba bocarriba, pensando en
Amaranta. Luego lo secaban, le empolvaban el cuerpo y lo vestan. Uno
de los nios, que tena el cabello rubio y crespo, y los ojos de vidrios
rosados como los conejos, sola dormir en la casa... A las seis de la
maana salieron desnudos del dormitorio, vaciaron la alberca y la lle
naron de champaa. Se zambulleron en bandada, nadando como pjaros que
volaran en un cielo dorado de burbujas fragantes, mientras Jos Arcadio
flotaba bocarriba, al margen de la fiesta, evocando a Amaranta con los
ojos abiertos."(314, 315)
Abogados: "En noches de vigilia, tendido bocarriba en la hamaca que
colgaba en el mismo cuarto en que estuvo condenado a muerte, evocaba
la imagen de los abogados vestidos de negro que abandonaban el palacio
presidencial en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos
levantado hasta las orejas, frotndose las manos, cuchicheando, refu
gindose en'los cafetines lgubres del amanecer, para especular sobre


208
che -confes. Si prometes no decrselo a nadie, el otro martes
te llevo. El martes siguiente, en efecto, Petronio baj de la
torre con un banquito de madera que nadie supo hasta entonces
para qu serva, y llev a Jos Arcadio Segundo a una huerta
cercana (163).
... en los prolongados encierros con sus amigas, donde aprendan
a fumar y conversaban de asuntos de hombres, y donde una vez se
les pas la mano con tres botellas de ron de caa y terminaron
desnudas midindose y comparando las partes de sus cuerpos (231).
Mientras l amasaba con claras de huevo los senos erctiles de
Amaranta Ursula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos els
ticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muecas con la
portentosa criatura de Aureliano, y le pintaba ojos de payaso
con carmn de labios y bigotes de turco con carboncillo de las
cejas, y le pona corbatines de organza y sombreritos de papel
plateado. Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melo
cotones en almbar, se lamieron como perros y se amaron como
locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente
de hormigas carniceras que se disponan a devorarlos vivos (341,
342) .
La descripcin de uno de los personajes es tpicamente esper-
pntica:
... una negra grande, de huesos slidos, caderas de yegua y tetas
de melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por
un duro capacete de pelos de alambre, que pareca el almfar de
un guerrero medieval. Se llamaba N¡gromanta.541_._
Tremendismo
En trminos generales, se puede definir el tremendismo como la
elaborada presentacin artstica de escenas truculentas o escabrosas.
Siempre pensamos, a este respecto, en Camilo Jos Cela, quien nos
ofrece una muestra tpica de esta modalidad literaria en la parte
542
final de su novela La familia de Pascual Duarte. El protagonista
refiere los pormenores del asesinato de su madre, describindolos con
una acuciosidad morbosa y escalofriante, respaldada por una plausible


83 '
derechos entre los hijos naturales y los legtimos para preservar la
integridad de los hogares. .-Quiere decir -sonri el coronel Aureliano
Buenda cuando termin la lectura- que slo estamos luchando por el
poder. -Son reformas tcticas -replic uno de los delegados-. Por
ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Despus
veremos. Uno de los asesores polticos del coronel Aureliano Buenda
se apresur a intervenir. -Es un contrasentido -dijo-. Si estas re
formas son buenas, quiere decir que es bueno el rgimen conservador.
Si con ellas lograremos ensanchar la base popular de la guerra... quiere
decir que el rgimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en
sntesis, que durante casi veinte aos hemos estado luchando contra los
sentimientos de la nacin."(147, 148)
Geofagia: "Se deca que empez arando su patio y haba seguido derecho
por las tierras contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con
sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza de los mejores predios del
contorno... No lo neg. Fundaba su derecho en que las tierras usur-(
padas haban sido distribuidas por Jos Arcadio Buenda en los tiempos
de la fundacin, y crea posible demostrar que su padre estaba loco
desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en realidad
perteneca a la fami1?a."(103)
Gringos: "Los gringos, que despus llevaron sus mujeres lnguidas con
trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte
al otro lado de la lnea del tren, con calles bordeadas de palmeras, ca
sas con ventanas de redes metlicas, mesitas blancas en las terrazas y
ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules
con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla
metlica, como un gigantesco gallinero electrificado... Nadie saba
an qu era lo que buscaban, o si en verdad no eran ms que filntropos,
y ya haban ocasionado un trastorno colosal, mucho ms perturbador que
el de los antiguos gitanos, pero menos transitorio y comprensible. Do
tados de recursos que en otra poca estuvieron reservados a la Divina
Providencia, modificaron el rgimen de lluvias, apresuraron el ciclo de
las cosechas, y quitaron el ro de donde estuvo siempre y lo pusieron
con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de
la poblacin, detrs del cementer i o. "'(197)'
Soldados: "Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin princi
pios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a los civiles para
medrar en el desorden... Eran tres regimientos cuya marcha pautada por
tambor de galeotes haca trepidar la tierra. Su resuello de dragn mu-
ticpalo impregn de un vapor pestilente la claridad del medioda. Eran
pequeos, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenan un
olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impene
trable de los hombres del pramo... porque todos eran idnticos, hijos
de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los
morrales y las cantimploras, y la vergenza de los fusiles con las ba
yonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del
honor."(129, 256, 257)


19
171 bid.
18
Armando Durn, "Conversaciones con Gabriel Garcfa Mrquez",
Revista Nacional de Cultura, No. 185, Julio-Agosto-Septiembre de
1968, p. 32.
19
20
21
Fernndez-Braso, p. 94.
Hars, p. 67.
Fernndez-Braso, p. 101.
22.
'Mario Vargas Llosa, "De Aracataca a Macondo", 9 asedios a Garcfa
Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), p. 129.
23
24
Fernndez-Braso, p. 96.
Hars, p. 75.
25 'jj
Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo en Cien aos de
soledad", Revista Nacional de Cultura. No. 185, Julio-Agosto-Septiembre
de 1968, p. 19.
2^
Francisco Urondo, "La buena hora de Garca Mrquez", Cuadernos
Hispanoamericanos, No. 232, Abril de 1969, p. 163.
2?Vargas Llosa, p. 128.
28ikid., P* 130.
2^Nez Segura, S.J., p. 32. Vase Nota 15. ''
3Hars, p. 65. Luis Hars, al igual que Flix Grande, refiere que
Garca Mrquez fue llevado a Bogot, pero Jos A. Nez Segura, S.J.,
atestigua que permaneci en el colegio San Jos de Barranquilla durante
los aos 1940, 1941 y 1942. Vase Nez Segura, S.J., p. 31.
^Flix Grande, "Con Garca Mrquez en un Mircoles de Ceniza",
Cuadernos Hispanoamericanos, No. 222, Junio de 1968, p. 635.
32Nez Segura, S.J., p. 31. *
331 bid., p. 32.
34
Vargas Llosa, p. 131. En cuanto a la fecha de publicacin,
debemos sealar que en Letras Nacionales, Bogot, Mayo-Junio de 1968,
PP. 6-15, se reproduce el cuento "La tercera resignacin", que se con
sidera el primero escrito por Garca Mrquez, y se aclara que "fue
publicado por primera vez en El Espectador en 1947...".
35
Germn Vargas, "Un personaje: Aracataca", Recopilacin de textos
sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las Amricas, 1969), p.
142.


141
total ante la vida. En este grupo incluimos casos como el del gaucho
Ismael y el del mejicano, en la versin que de ste nos ofrece Octavio
Paz. Nos atrevemos a sugerir, que es en gran medida, el caso del lati
noamericano en general.
2. Machismo rudimentario: Desplante de virilidad o alarde de
conquistas, respaldados por hechos reales, que denotan una precaria
mentalidad y la total ausencia de raigambre moral.
3. Machismo espurio: Si es ilusorio, resulta seal de mentali
dad retardada; si fingid<^ muestra de complejo de inferioridad o de ba
jeza moral, o de ambos.
4. Machismo vergonzante; inclinacin epicrea a las lides amo
rosas, que se encubre con el velo de la displicencia o del humor, o la
propensin a asumir las mismas actitudes para juzgar a un ser afn.
Tiene relacin con el machismo espurio por la presencia de la simula
cin, pero merece considerarse como categora independiente, ya que no
representa una conducta de bajeza moral. Lo que aqu se finge no es
el machismo sino la ausencia de l.
5. Machismo heroico: Es el culto del coraje, de la hombra
cabal, basado en una actitud dinmica de desafo ante la vida y de
desprecio ante la muerte. Es el caso del Burlador y de Don Juan Te
norio, del hombre prdigo de s mismo por mero afn de aventuras, o
de Don Quijote y Francisco de Quevedo, prestos a arriesgar sus vidas
por conviccin moral.
6. Machismo reflejo: Se desempea el rol amoroso, cmo una
respuesta afirmativa a la oficiosa actitud de la mujer cmplice o
victimara, que ejerce el papel de seductora mediante su franca o


170
comenzara a tejer su propia mortaja (238); el "aturdimiento de la na
turaleza" observado por Santa Sofa de la Piedad (291); el monstruo de
la "sangre verde y untuosa" (292); los objetos que cambiaban por s
mismcsde lugar (305, 306); la "fuerza anglica" que mantuvo a cuatro
nios suspendidos en el aire, para que no destruyeran los pergaminos
(314).
A la relacin que precede debemos agregar los pasajes relacionados
con la aparicin de la Muerte (238) y de los muertos (26, 49, 70, 73,
124, 156, 161, 179, 195, 209, 221, 226, 239, 251, 301, 346),. as como,
otros referentes a los mdicos invisibles (233, 236, 242, 253, 269,
285, 294) y a los presagios (20, 112, 135).
Lo que hay de extraordinario en este mundo de fantasa que se
introduce de contrabando en el otro mundo que se parece al real, y que
integra con l el mbito novelstico en que se sumerge el lector, nos
lo dice el propio Garca Mrquez respecto a Macondo, en un pasaje de
s u obra;
Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad
de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un per
manente vaivn entre el alborozo y el desencanto, la duda y la
revelacin, hasta el extremo de que ya nadie poda saber a ciencia
cierta dnde estaban los lmites de la realidad. Era un intrincado
frangollo de verdades y espejismos...463
Lo Mtico
Dentro de esos pasadizos secretos de la imaginacin donde el
artista va articulando sus materiales, se encuentra y refunde la fan
tasa con lo mtico. Sucede que lo mtico en Garca Mrquez, es una
mezcla de realidad y ficcin, que cristaliza a su vez en una segunda
fantasa, que constituye la realidad de la novela. Ocurre, tambin,


80
lo que quiso decir el presidente cuando dijo que si, o lo que quiso
decir cuando dijo que no, y para suponer inclusive lo que el presi
dente estaba pensando cuando dijo una cosa enteramente distinta,
mientras l espantaba mosquitos a treinta y cinco grados de tempera
tura, sintiendo aproximarse el alba temible en que tendra que dar a
sus hombre la orden de tirarse al mar."(120)
Historiadores; "Ense al pequeo Aureliano a leer y a escribir, lo
inici en el estudio de los pergaminos, y le inculc una interpreta
cin tan personal de lo que signific para Macondo la compaa bana
nera, que muchos aos despus, cuando Aureliano se incorporara al mundo,
haba de pensarse que contaba una versin alucinada, porque era radical
mente contraria a la falsa que los historiadores haban admitido, y con
sagrado en los textos escolares."(296)
o
Amor: "Conscientes de aquella amenaza, Aureliano y Amaranta Ursula pa
saron los ltimos meses tomados de la mano, terminando con amores de <
lealtad el hijo empezado con desafueros de fornicacin. De noche,
abrazados en la cama, no los amedrentaban las explosiones sublunares de
las hormigas, ni el fragor de las polillas, ni el silbido constante y
ntido del crecimiento de la malza en los cuartos vecinos... y enton
ces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte,
y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguiran amn
dose con sus naturalezas de aparecidos, mucho despus de que otras especies
de animales futuros les arrebataran a los insectos el paraso de miseria
que los insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres ."(3^6)
Erotismo: "... Aureliano Jos despert con la sensacin de que le fal
taba el aire. Sinti los dedos de Amaranta como unos gusanitos calien
tes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir cambi de po
sicin para eliminar toda dificultad, y entonces sinti la mano sin la
venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansie
dad. Aunque aparentaron ignorar lo que ambos saban, y lo que cada uno
saba que el otro saba, desde aquella noche quedaron mancornados por
una complicidad inviolable... Entonces no slo durmieron juntos, des
nudos, intercambiando caricias agotadoras, sino que se perseguan por
los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios a cualquier
hora, en un permanente estado de exaltacin sin al¡vio."(127)
Ternura: "Se sinti tan sola, que busc la intil compaa del marido
olvidado bajo el castao. 'Mira en lo que hemos quedado', le deca,
mientras las lluvias de junio amenazaban con derribar el cobertizo de
palma. 'Mira la casa vaca, nuestros hijos desperdigados por el mundo,
y nosotros dos solos otra vez como al principio'. Jos Aread i o Buenda,
hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus lamentos... Ella
lo baaba por partes sentado en el banquito, mientras le daba noticias de
la familia. 'Aureliano se ha ido a la guerra, hace ya ms de cuatro
meses, y no hemos vuelto a saber de l', le deca, restregndole la es
palda con un estropajo enjabonado. 'Jos Arcadlo volvi, hecho un hom-
brazo ms alto que t y todo bordado en punto de cruz, pero slo vino a


3
La Segunda Parte se refiere a la temtica, y en ella trataremos
de ilustrar la presencia de tpicos cuya reiteracin pueda darnos la
clave del mensaje que se evidencia o se sugiere en la obra en estudio.
Intentaremos explorar las vetas filosficas, psicolgicas, sociolgicas
y polticas que trasunta la obra, mediante el examen de la soledad, la
violencia, el machismo y otros problemas conflictivos que plantea la
vida de relacin en un pueblo hispanoamericano que a veces parece sim
bolizar a todos los pueblos y contener a todos los hombres.
No nos limitaremos a la enumeracin de temas y a la seleccin de
pasajes ilustrativos, sin embargo. Queremos, al propio tiempo, formu
larnos y tratar de contestar las vitales preguntas a que antes aludimos,
para intentar dilucidar qu tipo de recurso puede emplearse por un ar
tista para prevenir o indisponer al lector respecto a las ideas e ins
tituciones que le sirven de blanco y qu clase de impacto puede ello
producir en el destinatario del mensaje.
La Tercera Parte se relaciona con la dimensin literaria y tiene
que ver, fundamentalmente, con el estilo. Al estudiar el estilo,
vamos a examinar los procedimientos empleados por Gabriel Garca Mrquez,
desde el punto de vista de su sistema expresivo, analizando la poten
cialidad del contenido y las frmulas verbales de impacto traumtico,
subrayando el efecto esttico y psicolgico que por su mediacin se
plasma. Para ello tendremos que recurrir a categoras literarias
auxiliares, tales cmo el realismo mgico, el tremendismo, el esper
pento, lo grotesco y lo mtico, as como a otros procedimientos tcni
cos que puedan orientarnos en la comprensin y evaluacin de la obra
objeto de nuestro estudio.


122
Aureliano Buenda, que poco a poco haba ido perdiendo todo contacto
con la realidad de la nacin... En verdad, lo que le interesaba a l
no era el negocio sino el trabajo. Le haca falta tanta concentracin
para engarzar escamas, incrustar minsculos rubes en los ojos, laminar
agallas y montar timones, que rio le quedaba un solo vaco para llenarlo
con la desilusin de la guerra".(173) El Coronel "se endureci cada
vez ms desde que el coronel Gerineldo Mrquez se neg a secundarlo en
una guerra senil. Se encerr con tranca dentro de s mismo, y la fa
milia termin por pensar en l como si hubiera muerto".(225, 226) Y,
en efecto, ya haba muerto, mucho antes de que la otra muerte lo sor
prendiera, pensando en el circo: "... y mientras orinaba trat de
seguir pensando en el circo, pero ya no encontr el recuerdo. Meti
la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se qued inmvil con
la frente apoyada en el tronco del castao".(229)
En conclusin, las revoluciones, con su secuela de violencia
gratuita y vindicativa, y los revolucionarios, con sus inexorables
claudicaciones y latentes resentimientos, parecen provocar en nuestro
autor un escepticismo incontenible, que busca refugio en la ausencia,
en el aislamiento, en la ms recelosa soledad que, de acuerdo con el
mensaje de Henrik Ibsen en Un enemigo del pueblo, es el estado perfecto
356
del hombre.
Ocurre que nuestro autor, al mismo tiempo, no se resigna a ser
un descredo ni un solitario, y sigue sonando con el factor imponde
rable que contribuya a superar su aprensiva actitud. Dirase que su
fe es del tipo de la incredulidad sometida de Voltaire; sobre todo,


RECONOCIMIENTO
El autor quiere dejar constancia de su gratitud haca los
miembros del comit supervisor de esta disertacin, doctores
Irving R. Wershow, Francis C. Hayes y Rene Lemarchand, por su
cooperacin y sugerencias durante el proceso de preparacin
de este trabajo.


146
al verdadero concepto del "machismo". Vemos, pues, como Garca Mrquez
tiene plena conciencia del fenmeno, el cual aparece a veces desvirtuado
por la propensin ldica o irnica de nuestro autor, quien tambin se
solaza -o tal vez se apesadumbra- en parodiar uno de los sentimientos
que ms presente se halla en su obra, quizs por la soterrada intencin
de querer hacerlo aparecer ausente: el amor.
Un da Meme conoci a Mauricio Babilonia, el de las mariposas
amarillas, que era aprendiz de mecnico en la compaa bananera. La
historia nos cuenta que: "Ms tarde haba de recordar que durante el
paseo le llam la atencin su belleza varonil, salvo la brutalidad de
sus manos, pero que despus haba comentado con Patricia Brown la mo-
413
lest¡a que le produjo su seguridad un poco altanera."
Al describirlo, se ofrece esta fase de su semblanza; "... pero
tena una dignidad y un dominio que lo ponan a salvo de la humilla
cin, y una prestancia legtima que slo fracasaba en las manos per-
414
cudidas y las uas astilladas por el trabajo rudo."
La primera vez que coincidieron en el cine, Meme advirti
que l se desinteresaba de la pelcula por volverse a mirarla, no tanto
415
por verla como para que ella notara que la estaba mirando."
El proceso amoroso comienza a cristalizar en Meme, quien
... dej de engaarse a s misma, y comprendi que lo que le
pasaba en realidad era que no poda soportar los deseos de
estar a solas con Mauricio Babilonia, y la indign la certi
dumbre de que ste lo haba comprendido al verla llegar.
Mauricio Babilonia confirm su altanera: "No se asuste", le
dijo en voz baja. "No es la primera vez que una mujer se vuelve loca
417
por un hombre."


176
En la ltima modalidad se enfrentan dos fases de la realidad
que se repelen por su mutua incompatibilidad, a fin de subrayar el
resultado simblico de esa colisin. Tambin se produce, cuando se
pone de manifiesto un aspecto de la realidad que no pertenece al reino
de lo material sino de lo subjetivo, estando su vigencia asociada a
deseos o creencias que flotan por encima de las realidades concretas,
verif¡cables, aunque siguen ligadas a su cordn umbilical. Creemos
que esta ltima faceta coincide con lo que Alejo Carpentier ha llamado
471
"lo real-maravi1 loso".
En Cien aos de soledad hay que ir aun ms lejos. Hay que estar
en guardia, porque el empleo del elemento de sorpresa es un ingrediente
de su estilo enftico y, adems, porque l nos presenta a veces situa
ciones mgicas o ldicas que, al menos en el orden terico, nada tienen
que ver con el realismo nd'gico, aun cuando en definitiva desemboquen en
l. En relacin con el elemento de sorpresa, se advierte en nuestro
autor la deliberada intencin de provocar asombro en el lector. En
cuanto a las situaciones que hemos llamado mgicas por su contenido
hiperblico o ¡nversmil, es obvio que slo responden, aun cuando se
cubren artsticamente con un velo simblico, al objetivo de realzar la
amenidad de la narracin o de rociarla con una buena dosis de irona.
Vemos manifestarse estas estratagemas artsticas en el caso de los .
sesenta y tres hombres que desfilaron por el cuarto de la mulata
adolescente (51); en el enamoramiento de Aurelano de una nia de
nueve aos (56); en la campana que quera el Padre Nicanor, "cuyo
clamor sacara a flote a los ahogados"(77); en el duelo que orden


condiscpulos.^^ Tambin sabemos que El Espectador recogi sus prime
ros cuentos, cuando nuestro autor contaba 19 20 aos.
105
Sobre su produccin inicial, resulta de inters la siguiente re
ferencia de Luis Hars: "Dice que destruira esos primeros cuentos si los
tuviera a mano, pero esperan la posteridad en los archivos de El Especta
dor el diario liberal cuyo suplemento literario fue el primero en publi-
106
car su obra".
Otros relatos fueron publicados en diferentes revistas. Luis Hars
menciona el "Monlogo de Isabel viendo llover en Hacondo": "... que su
primi de La hojarasca, se ha convertido luego -sus amigos lo persuadie
ron a dejarlo publicar en una revista- en una pieza de antologa, y hasta
, 107
apareci como material de lectura en un libro de texto".
, 108
Podemos mencionar, ademas, "El mar del tiempo perdido", "Alguien
i 109 .... . . 110
11 "Un hnmh na nr.-iw \i i t r\ nAn nnSc 3 I ac AnAfmac *1
'Un hombre muy viejo con unas alas enormes1
111
desordena estas rosas",
y "Blacamn el Bueno vendedor de milagros"
En cuanto a su primera novela. La hojarasca. Mario Vargas Llosa
refiere:
En 1955, mientras l se mora de fro en Europa Oriental, sus amigos
colombianos descubrieron en un cajn de su escritorio de Bogot, el
manuscrito de una novela que haba terminado poco antes de partir de .
Colombia y que, por un exagerado sentido de autocrtica, haba deci
dido no publicar. Sus amigos, "manu militare", 1 levaronj<|,£ manuscri
to a la imprenta, y as apareci, en 1955, La hojarasca.
Miguel Fernndez-Braso seala que la novela fue escrita en Pars,
en 1952.
113
Por otra parte, Emmanuel Carbal lo indica:
La primera de las novelas la termina a los 19 ao$ en 19^7 > y la da
a conocer ocho aos despus: se titula La hojarasca y apareci en
Bogot, con pie de imprenta de las ediciones S.L.B., el ao de 1955.
La segunda edicin la hizo Editorial Arca de Montevideo en 1965.
Segn Luis Hars, Garca Mrquez comenz a escribir La hojarasca


CAPITULO IV
EL NARRADOR Y LAS NARRACIONES
La compulsin narrativa de Gabriel Garca Mrquez se entreteje con
las avatares de su vida y con esas otras realidades inmanentes que ani
dan en los pliegues ms recnditos de toda personalidad: sensibilidad,
convicciones y sentimientos. Lo que cuenta y su modo de contarlo son
. I
muy humanos; a veces demasiado humanos, para bien o para mal. De ah
sus temas obsesivos y controvertibles, su estilo enftico, avasallador.
Da ah, adems, que el manantial subyacente no necesite ms que una pe
quea brecha, para brotar con pujanza de torrente incontenible;
El origen de todos mis relatos es siempre una imagen simple. Todo
el argumento de "La siesta del martes", que considero mi mejor cuento,
surgi de la visin de una mujer y una nia vestidas de negro, con
un paraguas negro, caminando bajo el sol abrasante de un pueblo de
sierto. La complicada historia de La hojarasca surgi del recuerdo
de m mismo, cuando era muy nio, sentado en una silla en un rincn
de la sala. De El coronel no tiene quien le escriba lo primero que
vi fue al hombre contemplando las barcas en el mercado de pescado de
Barranquilla; muchos aos despus, en Pars, me encontr yo mismo en
una situacin de espera angustiosa y me identifiqu con el recuerdo
de aquel hombre: entonces comprend lo que senta mientras espera
ba. Durante muchos aos, lo nico que saba de Cien aos de soledad
era que un viejo llevaba a un nio a conocer el hielo, exhibido como
curiosidad de circo. De la novela que escribo ahora, la nica ima
gen que he tenido durante muchos aos es la de un hombre inconcebi
blemente viejo que se pasea por los inmensos salones abandonados de
un palacio lleno de animales. Esas imgenes originales, para m^ son
lo nico importante: lo dems es puro trabajo de burro.
Ya hemos visto cmo su maestro, Jos A. Nez Segura, S.J., re
produce colaboraciones en prosa y en verso, aparecidas en la revista
103
Juventud en 1940 y 1941, y su referencia a las cartas que el inquieto
adolescente escriba con prodigalidad para las novias y amigas de sus
43


191
pesadilla" (90); "... sudando esa sustancia gorda y viscosa que no
es sudor sino la suelta baba de la materia viva en descomposicin"
(92); "Yo advert en su seriedad, en su atencin concentrada y
tenaz..." (97); "Era apenas una quejumbrosa y melanclica confiden
cia" (112); "Manifestaba una ruidosa y desordenada felicidad... (115);
"Genoveva ri con una risa descosida y vulgar" (115); "Y haba en su
voz una oscura y trastornada.rebelda" (119); "... aunque haban de
transcurrir an tres aos antes de que esa muerte aplazada y defec
tuosa se realizara por completo" (126).
Siendo Cien aos de soledad la culminacin de esa bsqueda afa
nosa de adjetivacin efectiva y efectista que caracteriza la prosa de
nuestro autor, no podemos prescindir aqu de algunos ejemplos que la
¡lustren: "Frente a ellos, rodeado de helchos y palmeras, blanco
y polvoriento en la silenciosa luz de la maana, estaba un enorme ga
len espaol. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura in
tacta colgaban las piltrafas esculidas del velamen... El casco,
cubierto con una tersa coraza de rmora petrificada y musgo tierno...
En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigi
loso, no haba nada ms que un apretado bosque de .flores" (18);
"... y los goznes soltaron un quejido lgubre y articulado que tuvo
una resonancia helada en sus entraas" (30); "... y el ansia ato
londrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel
silencio exasperado y aquella soledad espantosa" (31); "... Jos.
Arcadio se sinti entonces levantado en vilo hacia un estado de ins
piracin serfica, donde su corazn se desbarat en un manantial de


97
Ya hemos mencionado la ms impresionante de todas las variantes,
261
que se refiere a la nostlgica soledad de la muerte. Tambin se
nos habla de la "laberntica soledad" de un personaje de La hojarasca.
de "la indiferencia atormentada con que asista al espectculo de la
262
vida". Del mismo personaje, se plantea "su tremenda soledad sexual...
la furia biolgica que deba atormentarlo en esos aos de sordidez y
263
abandono". Es curioso que en Cien aos de soledad se considere la
misma sensacin en la circunstancia inversa, de la satisfaccin del
instinto sexual: "... y sintiendo que no poda resistir ms el rumor
glacial de sus riones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia
atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel
264
silencio exasperado y aquella soledad espantosa."
Esta reaccin se repite en el caso de Aureliano y la mulata
adolescente, en que: "A pesar de los esfuerzos de la muchacha, l se
265
sinti cada vez ms indiferente, y terriblemente solo."
Por cierto, que esta actitud nos recuerda a los amantes de Barbusse,
en El infierno. Ella sabe de la soledad del amor, que no es ms que
puro egocentrismo: ella se ama a s misma en l, al igual que l en
11 266
ella.
Una tercera alternativa en el orden sexual, se presenta a travs
de las relaciones incestuosas entre Aureliano Jos y su ta Amaranta,
para quien representaban "un paliativo para su soledad" (127)> tal vez
como una confirmacin del aserto de Quevedo de que "a los solos no hay
67
mal pensamiento que no se les atreva". Cuando la ta recapacita y
decide evitar aquel intercambio pecaminoso, Aureliano Jos sobrelleva


183
soledad abunda en ilustraciones. Nos encontramos con arcasmos, como
481
"fierros".
Se acude a la onomatopeya en la referencia al "ruido
de cloc cioc cioc" del talego de lona que contena los huesos de los
482
padres de Rebeca, "siempre con su cloqueante cacareo de gallina
483
clueca". Encontramos frases en latn, a propsito del tema reli
gioso.
484
Tambin expresiones completas en jerigonza; "Esfetafa...
esfe defe lasfa quefe lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopi-
ilC
fiafa mif¡erdedafa."
Otro pasaje del mismo tenor es el que sigue;
... pensaron que era un nuevo artificio de los gitanos que volvan
con su centenario y desprestigiado dale que dale de pitos y sona
jas pregonando las excelencias de quin iba a saber qu pendejo
mejunje de jarapel 1 inosos genios jeros ¡mi 1 itanos.^6
Algunas referencias que nos recuerdan a Alejo Carpentier son
las siguientes; "... mientras Ursula trataba de rscatar a Rebeca
del manglar del. delirio"; "desde aquella noche quedaron mancornados
por una complicidad inviolable"; "... pero ms le dola y ms rabia
le daba y ms la amargaba el fragante y agusanado guayabal de amor
que iba arrastrando en la lumbre de su altivez"; "... se sinti
487
chapaleando en un tremedal de zozobra". En la "cantaleta" de
Fernanda, que es un pasaje antolgico de la narrativa en lengua es
paola, encontramos expresiones como sta; "el nico mortal... que
488
no se senta emberenjenado frente a diecisis cubiertos".
En La hojarasca observamos casos de reduplicacin: "... y de
, 489
muas y muas abandonadas...". Tambin encontramos interesantes
ejemplos de sinestesia; "Se oye el zumbido del sol..." (11); "...
el calor me golpe el rostro..." (13); "... lo dice con voz seria y
concreta..." (23).
490


91
Ibid., p..127: "... ahora es la hora de recostar un taburete
a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los por-
menores de esta conmocin nacional, antes de que tengan tiempo de llegar
los historiadores."
JI bid.. pp. 140, 141: "La estructura jurdica del pas, cons
truida por remotos ascendientes de la Mam Grande, no estaba preparada
para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doc
tores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en herme
nuticas y silogismos, en busca de la frmula que permitiera al presi
dente de la repblica asistir a los funerales."(140)
226
Ibid.. pp. 138, 141: "Horas interminables se llenaron de
palabras, palabras, palabras que repercutan en el mbito de la re
pblica, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa."(141)
227Jbid., PP. 11 14, 16, 18, 19, 34, 35, 43, 54, 66, 81, 88, ,
89, 93, 100, 141, 144: "Consideraba, tal vez en sus momentos de menor
lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace
mucho calor, y esa idea le produca un poco de desconcierto."(93)
228
Gabriel Garca Mrquez, La mala hora. 3a edicin (Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 171: "La viudad de Ass
se ocupaba de las jaulas cuando su hijo apareci en el patio.
-Acurdate -le dijo-, que una cosa es cuidar el pellejo y otra cosa;
es saber guardar las distancias... 'Nada ms te digo eso1, replic. .
'No me traigas asesinos a la casa.'"(171)
229
Ibid.. pp. 22, 40, 95, 125: "Viva sola en la sombra casa
de nueve cuartos donde muri la Mam Grande, y que Jos Montiel haba
comprado sin suponer que su viuda tendra que sobrellevar en ella su
soledad hasta la muerte,"(95)
23ibld., pp. 55, 91, 108: "Acudi una muchacha muy joven, con
un traje corto y ajustado y senos como piedras. El alcalde orden el
almuerzo sin mirarla... Cuando dieron las doce, ella se tendi boca
bajo en la hamaca, extendi hacia l un brazo adornado con un juego de
pulseras sonoras y le pellizc la nariz. -Es tarde, nio -dijo-.
Apaga la luz. El alcalde sonri. -No era para eso -dijo. Ella no
comprendi. -Sabe echar la suerte? -pregunt el alcalde."(55, 108)
11 b i d.. pp. 60, 65: "-Q,u tiene? -pregunt el padre. -To
dava no lo he examinado -contest el doctor; y coment pensativo-^:
Son cosas que le suceden a la gente por voluntad de Dios, padre. El
padre Angel pas por alto el comentario... Rez a fondo, tensos los
msculos en el espasmo final, pero consciente de que mientras ms
pugnaba por lograr el contacto con Dios, con ms fuerza lo empujaba
el dolor en sentido contrario."(60, 65)


62
12%lars, p. 76.
129Durn, p. 34.
1 26 *0 "
Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien aos de
soledad", p. 3.
1 panderos, p. 21.
128Durn, p. 34.
129lbid.
1 3Q
J Fernndez-Braso, p. 23.
131Algazel, p. 5.
132
Fernndez-Braso, p. 38.
'99Schoo, p. 54.
135
?Domingo, p. 6.
'^Fernndez-Braso, pp. 98 y 99.
^Urondo, p. 165.
^98Monsalve, p. 167.
^9Castro, p. 32.
1if0Urondo, pp. 165 y 186.
141Ibld., p. 165.
^2Fernndez-Braso, p. 23.
143JLL2 "Cen aos de un pueblo", p. 28.
*^Hars, p, 68.
1f9lb?d., p. 76.
^Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo'
P. 140.
^Durn, p. 28.
^^Vanse pp. 16 y 17 de este trabajo.


85
La familia Buenda es de Macondo, aunque le ocurran cosas que
pueden sucederles a todos los seres humanos sobre la faz de la tierra.
Cualquier semejanza con la realidad no es aqu, como en las adverten
cias preventivas que se inscriben al principio de las cintas cinemato
grficas, pura coincidencia. Por eso nos inclinamos a creer que Macondo,
al igual que el otro pueblo que novela nuestro autor, es Aracataca, es
Colombia; y es tambin la Amrica Latina, en cuanto refleja una realidad
247
globalmente compartida bajo el signo del subdesarrollo. Las perdu
rables races coloniales, la aceleracin de los procesos histricos,
la explosin demogrfica, el desproporcionado incremento de la produc
cin agrcola, la escasez de viviendas, el analfabetismo, la falta de
capital, los latifundios no sometidos a un rgimen de productividad in
tensiva, el monocultivo, las condiciones sanitarias, las deficientes
regulaciones fiscales, la inflacin, las fluctuaciones de los precios
de las materias primas en el mercado mundial, el dficit de la balanza
comercial y la ausencia de una adecuada coordinacin econmica inter
continental, entre los principales factores, han hecho de la Amrica
Latina una de las regiones econmicamente atrasadas del mundo, con
sus problemas polticos "sui generis" y con una poblacin de idiosin
crasia peculiar, que se mira con recelo en el espejo de la prosperidad
ajena, sin dejar de sentir y padecer, a la vez, los mismos quebrantos
morales y desazones espirituales que aquejan al resto de la humanidad.


106
Notas
248
Landeros, p. 20, pie de grabado.
249
Julio Ortega, "Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad".
9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), P. 79.
250
Oviedo et al.. p. 1 (vase Nota 101).
2"^Urondo, p. 166.
252Durn, p. 24.
253
Fernndez-Braso, pp. 28 y 29.
254
Ibid., p. 115.
^-Urondo, p, 168.
256Fossey, p. 8.
^Schoo, p. 53.
2^Kar1 Vossler, La soledad en la poesa espaola (Madrid: Revista
de Occidente, 1941), p. 30.
2^^Gregorio Maran, "Soledad y libertad", Vida e historia (Buenos
Aires: Compaa Editora Espasa-Calpe Argentina, 19^1), p. 9.
26o
Andrs Amors, "Cien aos de soledad", Revista de Occidente. No.
70, Enero de 1969, P. 61.
"Vanse pp. 77 y 81 (Olvido) de este trabajo. "Melquades ha
ba estado en la muerte, en efecto, pero haba regresado porque no pudo
soportar la soledad" (49). Otro pasaje emocionante lo hallamos en el
encuentro de Jos Arcadio Buenda con su vctima, Prudencio Aguilar:
"Cuando por fin lo identific, asombrado de que tambin envejecieran
los muertos, Jos Arcadio Buenda se sinti sacudido por la nostalgia.
'Prudencio -exclam-, cmo has venido a parar tan lejos.'1 Despus de
muchos aos de muerte, era tan intensa la aoranza de los vivos, tan
apremiante la necesidad de compaa, tan aterradora la proximidad de
la otra muerte que exista dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar
haba terminado por querer al peor de sus enemigos" (73). La pagina
cin en parntesis corresponde a Cien aos de soledad.
262
263
Garca Mrquez, La hojarasca,
1 hid., p. 80.
PP. 92-94.


31
miento del consulado de Colombia en Barcelona, despus que su rechazo
original, expresado con la mayor discrecin, haba dado lugar a comen
tarios que consider enojosos:
... no puedo ponerme al servicio del gobierno de mi pas, y no por
su soberbia dogmtica, ni por el machismo vengativo con que quiere
tener manos arriba a los estudiantes, ni por sus explosiones de ra
bia que retumban en el exterior con un estruendo mayor que el de sus
buenas obras, sino porque estoy en desacuerdo con el sistema entero
a todo lo largo ya todo lo ancho y a todo lo profundo de su estruc
tura anacrnica.
Tal vez resulte apropiado concluir el presente captulo, sugirien
do como simblicos de la actitud de Gabriel Garca Mrquez ante los pro
blemas polticos y sociales, los dos carteles que exhibe en las paredes
de la habitacin en que trabaja, en Barcelona: uno anuncia un festi
val de la cancin de protesta y el otro reproduce una mquina de escri
bir hecha pedazos en medio de una carretera".^


135
380
segn la tesis de Gregorio Maran. Tampoco prevalece en Mesa la
pose fanfarrona ni el alarde de virilidad de mujeriego vulgar, que son
caractersticas tpicas del machismo elemental.
Un obcecado cazador de amoros, cuya imagen tampoco se ajusta al
concepto que tenemos del machismo superficial, lo es Giacomo Casanova,
el supuesto prototipo del donjuanismo sensual; que no lo es, en efecto,
porque cuando conquista, lo hace para entregarse al otro sexo con toda
la devocin de un acto ritual: "Cuatro quintas partes de mi placer han
381
consistido siempre en hacer felices a las mujeres."
No lo es, insistimos, porque su erotismo tiene el ingrediente
psicolgico de un afn insaciable por penetrar en la intimidad de cada
mujer, acorde con su concepto del amor: "Ya y me haba dado cuenta,
confusamente, de que el amor no pasa de ser una curiosidad ms o menos
vivaz."^^
Prescindiendo de toda connotacin moral, hay que reconocer que
tambin Casanova asume una actitud original ante lo sexual, sin caer
en el diagnstico de Gregorio Maran de que hemos hecho mencin (entre
otras razones, porque su virilidad, como el espritu de aventuras del
Don Juan de Zorrilla, tena un fundamento biolgico: un asombroso
caudal de energa vital, que necesariamente requera desplazamiento)
ni en el grrulo machismo chabacano.
Como se habr observado, en todos los personajes que hemos men
cionado el machismo radica fundamentalmente en su pujanza, en su aco
metividad, en su derroche de accin, con independencia de que la misma
se ejercite directa indirectamente, en la esfera de lo sexual. La
atribucin de su mxima categorizacin a lo sexual resulta, en principio,


200
Meme no est aqu, pero es probable que de haber estado... se
habra puesto del lado del pueblo y en contra del hombre que
durante seis aos calent su lecho con tanto amor y tanta hu
manidad como habra podido hacerlo un mulo.5^7
La carga poderosa de irona y el remate violento, inesperado, de
la frase, nos ofrecen una muestra tpica del estilo enftico. Tan
ilustrativo como el anterior, resulta el siguiente ejemplo:
Y Agueda, la tullida, viendo a Slita que regresa de la esta
cin despus de despedir a su novio; vindola abrir la sombrilla
al voltear la esquina desierta; sintindola acercarse con el re
gocijo sexual que ella misma tuvo alguna vez y que se le trans
form en esa paciente enfermedad religiosa que la hace dec ir:
"Te revolcars en la cama como un cerdo en su muladar".-
Debemos aludir a otro tipo de referencia, en relacin con La
hojarasca. Se trata de la atmsfera tensa que prevalece a travs de
toda la novela, mientras el lector espera sobresaltado la salida del
entierro, previendo la irrupcin de la violencia popular, basada en
la amenaza de impedir que un cadver fuera sepultado. Hay aqu un
proceso argumental, respaldado por recursos formales variados, en par
ticular la profusin de adjetivos grvidos de valor significativo, los
cuales han sido inventariados en el captulo precedente.
Respecto a La mala hora, es de notar que el lector nunca se li
bera de la expectacin producida por la colocacin de los pasquines.
Esto crea un clima de desasosiego, reforzado por la inquietud poltica
reinante y por la actitud de los personajes de la novela. La impre- -
sin general que la obra produce, se puede resumir con estas atinadas
palabras de Antonia Palacios:
Mas si el elemento potico convencional no es el que predomina en
este libro, hay en l un tono de gran intensidad expresiva, una
carga de contenida exaltacin que promueve en nosotros estados
muy semejantes a los que nos lleva la poesa verdadera. La mala
hora es un libro vivo, vigoroso, lleno de una vida rida, terrible,


63
'^Schoo, p. 52.
^^Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad. 15a' edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 348.
151Algazel, p. 5.
^Schoo, p. 54.
153ib]d.
^\arca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 7.
]55lhl '"^Castro, p. 30.
157
3 7 Vase p. 13 de este trabajo.
^3^Urondo, p. 168.
^^Landeros, p. 21.
160 ^
Domingo, p. 6.
^Landeros, p. 21.
1 62
Visin. "Cien aos de un pueblo", p. 27.
163
^Juan Loveluck, "Gabriel Garca Mrquez, narrador colombiano",
Duquesne Hispanic Review. V (1967), 135. El mismo cuento aparece en
Los funerales de la Mam Grande (1962), bajo el ttulo "Un da despus
del sbado". Vase Los funerales de la Mam Grande. 6a edicin (Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1969), pp. 87-114.
^**1 bid.. p. 137. El premio fue otorgado en 1961.
1 65
Schoo, p. 54.
^^Urondo, p. 163.
167
Be jarano, p. 15.
168
Vanidades Continental. Ao 10, No. 14, Julio 14 de 1970, p. 36.
16^Hars, p. 65.
^^"Relatos de un nufrago", Vanidades Continental, Ao 10, No. 20,
Octubre 6 de 1970, p, 9.
^Landeros, p. 21.


CONTENIDO
Pg na
RECONOCIMIENTO il
ABSTRACT . . v
INTRODUCCION 1
CAPITULO
PRIMERA PARTE: DIMENSION HUMANA
I. ITINERARIO VITAL 6
II.IDEARIO CIVICO 21
III. CREDO ESTETICO 34
IV. EL NARRADOR Y LAS NARRACIONES 43
SEGUNDA PARTE: DIMENSION TEMATICA
V. LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL 65
VI.LA SOLEDAD . 94
Vil. LA VIOLENCIA 110
VIII. EL MACHISMO 128
TERCERA PARTE: DIMENSION ESTILISTICA
IX. INTEGRACION DE MATERIA Y FORMA 158
X. LA ESCRITURA 164
XI. EL LENGUAJE 181
XII. ESTILO ENFATICO 199
CONCLUSIONES ...... 232
BIBLIOGRAFIA . 238
BIOGRAPHICAL SKETCH . 250
v


112
Magdalena Fruit; Company, empresa norteamericana que explotaba una
valiosa concesin en dicha comarca. Los agitadores haban provo
cado desrdenes, impidiendo todo entendimiento, llegando a la des
truccin de las plantaciones y de las vas frreas, a consumar ver
daderos atentados contra la vida de sbditos extranjeros y al franco
estado de la revuelca armada. Cubiertos por la bandera ant?"impe
rialista condujeron a multitudes ingenuas a comprometerse en una lu
cha de resistencia contra el rgimen, el cual, para restablecer el
orden, declar en estado de sitio la regin, aplicando las medidas
exigidas por esta situacin de emergencia. Como saldo de sangrien
tos encuentros gentes humildes pagaron con sus vidas, la equivocada
defensa de sus derechos y de sus reivindicaciones sociales. La nor
malidad qued restablecida pero los hechos trgicos sirvieron a la
oposicin liberal para intensificar sus campaas. Se calific al
ejrcito como guardia pretoriana del capitalismo y se seal a la
ira del pueblo a los gobernantes de entonces... Gaitn viaj al
propio escenario de los sucesos buscando documentarse para su lucha
contra el rgimen.
Ya vimos como Garca Mrquez se mostr partidario de exagerar la
cifra de muertos, para contrarrestar la alegada reduccin que de ella
hacan los informadores oficiales: "... el hecho es que ahora hay en
Amrica ochenta mil lectores que saben que en Colombia, en fes bananeras,
316
hubo una masacre. Antes no lo saban."
Refirindose en una ocasin al mismo hecho, Garca Mrquez co
ment: Un pueblo cercado en una plaza y balaceado por la fuerza
pblica es un lugar comn en la historia de la Amrica Latina. Pero
lo peor, como en Macondo, no es la matanza misma, sino la rapidez y la
intensidad con que se olvida."^^
Recordemos que la indisposicin de nuestro autor hacia los histo
riadores se hace patente en el relato "Los funerales de la Mam Grande",
318
cuento que le da su nombre al libro del mismo ttulo, y en Cien aos
de soledad 3*9
Es notorio, que no es solamente la cifra de muertos la que aparece
hipertrofiada en el relato de Garca Mrquez. Desde que describe la


169
que, como veremos al hablar del realismo mgico, tiene en la novela
ms de una funcin y ms de una modalidad. Ahora nos limitaremos a
inventariar los pasajes que consideramos ms sobresalientes, en este
aspecto, de Cien aos de soledad: la zona encantada (17); el galen
espaol, a doce kilmetros del mar (18); el armenio que se hace invi
sible al ingerir un jarabe (22); la estera voladora (33, 3*0; los su
cesos extraos ocurridos meses despus de la partida de Ursula (37*
38); la peste del insomnio (44 y siguientes); la levitacin del Padre
Nicanor (77); el viento de las tumbas, que blanqueaba las paredes y
curta los muebles de la casa de Rebeca (102); el recorrido del hilo
de sangre de Jos Arcadio y su persistente olor a plvora (118, 119);
el paso del Judo Errante por el pueblo, que provoc un intenso calor
y la muerte de los pjaros en los dormitorios, despus de romper las
alambreras de las ventanas (119); la llovizna de flores amarillas a
la muerte de Jos Arcadio Buenda (125); otras incidencias relacionadas
con las flores amarillas (68, 171, 304); las mariposas amarillas (243,
245, 246, 248, 250, 251, 350); el cuarto clausurado de Melquades, en
el que no se haba operado transformacin alguna desde su muerte (160,
161, 264, 265); el ruido de marmita de la melancola de Amaranta (174);
el pramo amarillo "donde el eco repeta los pensamientos y la ansiedad
provocaba espejismos premonitorios" (181); la cruz de ceniza indeleble,
en la frente de los diecisiete hijos del coronel Aureliano Buenda (188)
el aceite ambarino impregnado del olor de Remedios, la bella (202)> y
la fragancia mortal que el mismo provocaba (203); la ascensin de Re
medios, la bella (205); la orden de la Muerte a Amaranta, de que


16
En 1957 pas por Colombia, donde contrajo matrimonio "con una
bella muchacha de rasgos egipcios llamada Mercedes, que desde haca
41
cuatro aos lo estaba esperando en Barranqui1 la".
Inmediatamente se traslad a Caracas, donde permaneci por espa-
^ / j.2
ci de dos aos, trabajando en la redaccin de Momentos v de Elite.
En 1959 le fue encomendada la apertura de una oficina de la agencia de
noticias castrista "Prensa Latina" en la capital colombiana. El ao
siguiente represent a dicha agencia en la Asamblea General de las Na
ciones Unidas, en su carcter de corresponsal en Nueva York, pero slo
se mantuvo en el cargo durante varios meses, ya que aparentemente sur
gieron discrepancias insalvables entre l y "Prensa Latina".
De Nueva York, despus de un recorrido por el sur de los Estados
Unidos "en homenaje a Faulkner",^ se traslad a Mjico, donde habra
de permanecer ocho aos, dedicado a escribir guiones cinematogrficos.
De Ciudad Mjico pas a Barcelona, donde dice haberse considerado des-
44
tinado a vivir. Dejemos que l mismo nos lo aclare:
Era lo natural. Trat mucho, e influy mucho en m, un librero,
cataln establecido en Colombia: Ramn Vinyes, El presida la
tertulia del caf Colombia. Gran tipo. Estupendo tipo... Mi
homenaje annimo fue incluirle en la nmina de locos personajes
que pueblan Macondo. Ramn era un gran hombre, ya os lo he dicho.
Y muy enterado. Frecuentaba yo, adems, a muchos catalanes en la
tertulia del caf y en la Zona Rosa de la ciudad de Mjico. Ca
talana era tambin mi agente, Carmen Ballcells. Y un da, claro,
me decid. Le dije a mi mujer que ya estaba bien, que para vivir
entre catalanes lo mejor era vivir en Barcelona. Y ac estamos.
Y muy bien..
El 14 de enero de 1971 lleg a Colombia, en lo que ha sido cali
ficado de viaje de placer, en unin de su esposa y de sus dos hijos,
46
Rodrigo y Gonzalo, de trece y ocho aos, respectivamente. El hecho
de que hasta la fecha en que redactamos estas lneas (principios de


178
de ser tributario de ella. Para el lector de Cien aos de soledad.
como para el proslito de una secta religiosa sus dogmas, todas las
incidencias de la novela son verdaderas, porque el mago que las ha
descrito, as nos lo hace sentir.


35
En otras declaraciones, sin embargo, es ms categrico en su
seleccin:
En tanto que como escritor, las lecturas en lengua castellana que
me resultan obsesivas, son mucho ms antiguas: las novelas de ca
ballera, el romancero annimo, el Lazarillo de Tormes, que tengo
como una de las grandes novelas de siempre, y los poetas del Siglo
de Oro.81
Sobre las novelas de caballera Garca Mrquez ha hablado extensa
mente, como veremos, pero ahora nos interesa recoger esta expresiva alu
sin:
Una de las grandes y gratas sorpresas de mi vida me la dio Mario ,
Vargas Llosa, que es tan buen crtico como novelista, cuando seal
con gran lucidez algunas coincidencias entre Cien aos de soledad y
Amads de Gauia. En verdad, yo le este libro con verdadera pasin.
La observacin de Vargas Llosa me.ha puesto a pensar seriamente en
la labor callada que pueden hacer ciertos libros en el subconsciehte
de un escritor. 2
Contestando a una pregunta sobre el tratamiento de la realidad,
nuestro narrador reitera su adhesin al lema de los universitarios fran
ceses ("El poder para la imaginacin") con esta observacin:
Yo creo que este sistema de explotacin de la realidad, sin prejui
cios racionalistas, le abre a nuestra novela una perspectiva espln
dida. Y no se crea que es un mtodo escapista; tarde o temprano,
la realidad termina por darle la razn a la imaginacin. ^
En una contestacin a Rosa Castro, Garca Mrquez logra perfilar
desde otro ngulo, este concepto de lo real:
Las novelas son como los sueos... Como los sueos estn construidas
con fragmentos de la realidad, pero que terminan por constituir una
realidad nueva y distinta. As es que son mis novelas. Son expe
riencias elaboradas y personajes armados con pedazos de unos y
otros, de seres que uno ha conocido. Lo mismo los hechos y los
ambientes.
La conocida aficin de nuestro autor a las novelas de caballera
no escapa a la perspicacia de Armando Durn, quien al traer el tema a
colacin, obtiene la siguiente respuesta:


212
Jos Arcadlo Buenda comenz en una ocasin a destrozar con una tranca
todo lo que encontraba a su paso, "se necesitaron diez hombres para
tumbarlo, catorce para amarrarlo, veinte para arrastrarlo hasta el
castao del patio, donde lo dejaron atado, ladrando en lengua extraa
y echando espumarajos verdes por la boca".^^ Si el fundador de Macondo,
hombre de mpetus incoercibles, no puede ser dominado en su etapa de
cordura transitoria, cmo va a serlo cuando los desvarios de su ima
ginacin lo conducen a la locura? El era un hombre incontrolable, un
hombre de escesos, que rebasaba el molde de la normalidad, como ocurri
ra despus con toda su descendencia.
Francisco el Hombre era "un anciano trotamundos de casi 200 aos".*^
La palabra "casi" atena el impacto de la ponderacin, haciendo que el
lector contine su lectura de corrido, sin detenerse en aspavientos de
incredulidad. Por otra parte, todas estas desmesuras son elementos de
un conjunto magnificado por un lente dilatador, y el lector est ya
bajo los efectos de la hipnosis, que subrepticiamente se le ha estado
aplicando desde el comienzo de la novela.
Los sesenta y tres hombres que desfilan por el dormitorio de la
mulata adolescente,^50 propician la feliz descripcin de la atmsfera
enrarecida de la habitacin y la referencia al acto de exprimir la
sbana empapada, pero tambin sugieren una situacin de injusticia
social. Por haberse quedado dormida, la muchacha provoc el incendio
de la casa donde viva con su abuela y "todava le quedaban unos diez
aos de setenta hombres por noche, porque tena que pagar adems los
gastos de viaje y alimentacin de ambas y el sueldo de los indios que


Ill
Se desarrolla en torno a los puntos ms sensibles. Explica el punto
de vista del campesino, de la masa. No tiene las limitaciones de
los informes oficiales. Y si puede ser caricaturesca y tener puntos
de vista interesados, de los mismos defectos sufren no pocas veces
ya no los simples informes oficiales, sino las estadsticas. 2
Para poder formarnos una idea de las dificultades que ofrece el
estudio de la historia, creemos apropiado seleccionar el episodio de la
huelga bananera, que aparece mencionado en siete ocasiones diferentes
313
en Cien aos de soledad.
En El imperio dl banano encontramos la siguiente versin:
El 6 de diciembre se produjo un incidente que por algn.tiempo se \
crey haba sido un intento de los huelguistas, armados con mache
tes, de atacar a un grupo de soldados. Parece, empero, que el ob
jeto de los trabajadores fue desarmar a un soldado borracho que
haba querido disparar contra ellos y al final no hubo derramamiento
de sangre. No obstante, el incidente sirvi de pretexto al gober
nador para declarar la ley marcial. Al da siguiente, en la plaza
de Cinaga los soldados ordenaron a un grupo de trabajadores que
se dispersasen y al no obedecer los huelguistas, dispararon sobre
ellos, matando e hiriendo a muchas personas. Castrilln dice que
el nmero de muertos fue de cuatro cientos diez. "Esta tragedia
enfureci a los trabajadores de tal manera que arrancaron motores,
destrozaron carriles, demolieron bodegas e incendiaron las casas de
plantadores del pas y de agentes de la United indistintamente".
Entonces el jefe militar de la regin declar a los jefes obreros
fuera de la ley y los persigui ferozmente. Los trabajadores ase
guran que los militares cometieron muchas y grandes atrocidades.
Sobre el nmero de los muertos y heridos en todo el tiempo de la
huelga no hay coincidencia. El general Corts Vargas, que sofoc
la huelga, dice que hubo cuarenta muertos y ms de un centenar de
heridos. Por otra parte, Castrilln declara que los muertos fueron
mil quinientos y los heridos tres mil. Otras personas dan cifras
interned i as.31^
Otra resea del suceso la encontramos en De la revolucin al
orden nuevo;
En aquellos momentos, de profunda escisin en las filas tradicio
nal istas, el gobierno conservador se haba visto obligado a re
primir enrgicamente un brote subversivo de inspiracin comunista,
presentado en la zona bananera de Santa Marta, a pretexto de un
conflicto laboral surgido entre un grupo de trabajadores y la


56
S ahora se imprime en forma de libro... es porque dije s sin pen-
sarlo muy bien y no soy hombre con dos. palabras. Me deprime la idea
de que a los editores no les interese tanto el mrito del texto como
el nombre con que est firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un
escritor de moda. Por fortuna, hay libros que no son de quien los
escribe sino de quien los sufre, y ste es uno de ellos. Los dere
chos de autor, en consecuencia, sern para quien los merece: el
compatriota annimo que debi padecer diez das sin comer ni beber
en una balsa, para que este libro fuera posible.
El tema de las influencias en la narrativa de nuestro autor ha si
do extensamente tratado. El propio Garca Mrquez se ha visto precisado
a terciar en el debate:
Uno no tiene ms influencias que las que le atribuyen los crticos.
Desde que empec a escribir he tenido la preocupacin de no parecer-
me a nadie, y a medida que escribo los crticos aumentan la lista.
He decidido no leerlos ms para vivir con la ilusin de que soy un
escritor original.171
Nos limitaremos a ofrecer seguidamente la informacin que hemos
logrado acopiar en nuestra bsqueda, nicamente para beneficio de los
estudiosos.
A) WILLIAM FAULKNER:
1. Javier Arango Ferrer, Dos horas de literatura colombiana (An-
tioquia: Ediciones La Tertulia, 1963), p. 81. Este autor
agrega los nombres de Proust y Joyce.
2. Juan Loveluck, "Gabriel Garca Mrquez, narrador colombiano",
Duguesne Hispanic Review. V (1967), 144.
3. Alfonso Rumazo Gonzlez, "Teora de los pactos en la novela
nueva americana", Cuadernos Hispanoamericanos. No. 209., Mayo
de 1967, p. 410.
4. Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien aos
de soledad". Revista Nacional de Cultura. No. 185, Julio,
Agosto, Septiembre de 1968, p. 5. incluye tambin a los
clsicos (8), Virginia Woolf (14), Rabelais (14), Cervantes
(14) y a Jorge Luis Borges (18, 20). En "La hazaa de un
escritor", Visin. 37, No. 2, Julio 18 de 1969, se refiere
a Ernest Hemingway, en la pgina 30.
5. Luis Hars, "Gabriel Garca Mrquez o la cuerda floja", Mundo.
Nuevo. No. 6, Diciembre de 1966, p. 68. La influencia indirecta
de Ernest Hemingway es mencionada en la pgina 69.


17
1972) no haya regresado a Barcelona, nos hace barruntar que Garca Mr
quez ha debido tener dificultades con el rgimen franquista, en virtud
de haber firmado un telegrama, al que l mismo alude en declaraciones
que formul a su llegada a Barranqui1 la:
En compaa de Mario Vargas Llosa firmamos en Barcelona un tele
grama de respaldo a los intelectuales y artistas que se refugiaron
en el convento de Monserrat, cerca de Barcelona, para protestar por
el juicio contra los nacionalistas vascos. '


CAPITULO XII
ESTILO ENFATICO
Los recursos narrativos empleados por Gabriel Garca Mrquez de
latan una pugnacidad temperamental y una voluntad intensificadora, que
hemos credo oportuno clasificar bajo el rubro genrico de estilo enf-
r r-
tico. Recordamos, al efecto, el contraste que Helmut Hatzfeld establece
entre expresiones estticas y dinmicas y entre estilo decorativo y es
tilo enftico.
Probablemente el primer crtico que percibi el vigor intrnseco
de la narrativa de nuestro autor fue Ramiro Andrade, quien, refirindose
a sus cuentos -que an no se haban publicado en forma de libro-, les
515
atribuy "un sorprendente estilo efectista". Ese dinamismo inicial .
no perdi nunca su impulso -menos evidente, por ms soterrado bajo la
superficie de la sobriedad verbal, en El coronel no tiene guien le
escriba-, el cual se hace ms patente en el cuento "Los funerales de
516
la Mam Grande" y en el relato "El mar del tiempo perdido", alcan
zando su plenitud y culminacin en Cien aos de soledad.
No subestimamos, por cierto, el resto de la produccin del autor
colombiano al respecto. Ya hemos postulado la evolucin progresiva de
dicha tendencia en su obra y discutido el problema de la adjetivacin
inusitada en La hojarasca. Ahora vamos a complementar nuestra tesis,
entresacando un fragmento de esta novela que va a reafirmarla de in
mediato:
199


28
La declaracin de Garcta Mrquez a Armando Durn que a continua
cin reproducimos, resulta por dems explcita: "Yo creo que tarde o
temprano el mundo ser socialista, quiero que lo sea, y mientras ms
64 '
pronto mejor."
Otro comentario significativo, se refleja en las palabras que
siguen:
Tengo una ideologa, y a travs del lente de esa ideologa veo todo
y hago cuentos. Como le sucede a todo hombre y a todo libro. Cape-
rucita Roja es.un cuento que tiene ideologa. Esto es inevitable si
se es sincero. ^
Miguel Fernndez-Braso aporta este comentario:
El 1 de enero de 1959, Fidel Castro entra en La Habana. La juventud
rebelde americana, la juventud que ama la igualdad y odia la tirana
que favorece a unos grupos, est entusiasmada. Garca Mrquez se
alist moralmente a su causa y empez a trabajar en la agencia f i -
delista "Prensa Latina".
Garca Mrquez nos ofrece una confirmacin, al ser entrevistado
por Carlos Landeros: "Lo nico que es cierto para m, son las canciones
de los Rolling Stones, la revolucin n Cuba y cuatro amigos."^
Una actitud desconcertante en la ejecutoria de Garca Mrquez, se
relaciona con su reaccin ante el arresto en Cuba del poeta Hberto
Padilla y su tristemente famosa retractacin, de la que el novelista
Juan Arocha escribi en "Le Monde", de Pars: "la autocrtica de Pa
dilla no poda haber sido firmada ms que en una sola circunstancia:
68
bajo la tortura."
Refirindose a la postura de los intelectuales, el artculo de
que tomamos estos datos resea:
Pero la crisis estall en marzo de este ao, cuando Heberto fue
encarcelado y los intelectuales de izquierda, como Alberto Moravia,
Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Carlos Fuentes, Mario Vargas
Llosa, Julio Cortzar, Pier Paolo Pasolini, Juan Rulfo y otros


177
Ursula a la muerte de Remedios, prohibiendo "hablar en voz alta durante
un ao" (82); en el cordel de seda con que llevaba Amaranta Ursula ama
rrado a su esposo por el cuello (318),
Decamos que esas semirrealidades slo responden a los propsitos
de amenidad e irona, para aclarar ahora que nada menos que responden
a esos objetivos. Porque ocurre que esa sutil taumaturgia, que insen
siblemente nos transporta hacia zonas de irrealidad misteriosa o de
realidad alucinada, logra traumatizar al lector y atraparlo en la red
narrativa, mediante el proceso que Jos Ortega y Gasset denomin "her
metismo" de la novela, "en cuanto a su capacidad de apresar en un re
cinto de ficcin al lector, con olvido momentneo del real ambiente de
su circunstancia individual
La proporcin en que nos desentendamos, no slo de la realidad
individual inmediata sino de la realidad total como punto de referencia
lgico, depender de las dotes artsticas del autor, de su habilidad
para consumar la simbiosis del mundo real y del mundo ficticio. A
nuestro juicio, una de las grandes proezas de Gabriel Garca Mrquez
ha consistido en amalgamar tres vertientes autnomas, ofrecindonos
una versin sinttica de la realidad, que engloba en su paralelismo
dialctico todas las facetas posibles del realismo mgico, sin afectar
la sustantividad del mensaje ni la adjetividad del estilo sino, antes
bien, exaltando a uno y a otro hasta los lmites de su ptimo rendi
miento, mediante su recproca incitacin. Gabriel Garca Mrquez ha
creado un mundo que se emancipa de la realidad convencional sin dejar


217
Al referirnos al contraste entre Petra Cotes, la concubina, y
Fernanda del Carpi, la esposa de Aureliano Segundo, advertimos la
extremosa pudibundez de la ltima. He aqu con qu maestra describe
Garca Mrquez esa recatada actitud:
Fernanda llevaba un precioso calendario con llavecitas doradas en
el que su director espiritual haba marcado con tinta morada las
fechas de abstinencia venrea. Descontando la Semana Santa, los
domingos, las fiestas de guardar, los primeros viernes, los retiros,
los sacrificios y los impedimentos cclicos, su anuario til que
daba reducido a 42 das desperdigados en una maraa de cruces mo
radas... y Aureliano Segundo vio a la mujer ms bella de la tierra,
con sus gloriosos ojos de animal asustado y los largos cabellos
color de cobre extendidos en la almohada. Tan fascinado estaba
con la visin que tard un instante en darse cuenta de que Fer
nanda se haba puesto un camisn blanco, largo hasta los tobillos
y con mangas hasta los puos, y con un ojal grande y redondo,
primorosamente ribeteado a la altura del vientre. Aureliano Se
gundo no pudo reprimir una explosin de risa. -Esto es lo ms
obsceno que he visto en mi vida -grit, con una carcajada que
reson en toda la casa-. Me cas con una hermanita de la car idad.
La reaccin del pueblo ante las pelculas cinematogrficas, da
pbulo al autor para este pasaje antolgico:
Se indignaron con las imgenes vivas que el prspero comerciante
don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas
de len, porque un personaje muerto y sepultado en una pelcula,
y por cuya desgracia se derramaron lgrimas de afliccin, reapa
reci vivo y convertido en rabe en la pelcula siguiente. El
pblico que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes
de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y
rompi la si 1letera.^
Respecto a la perniciosa influencia del progreso auspiciado por
los "gringos", nuestro autor expresa su contrariedad con las siguien
tes palabras:
Dotados de recursos que en otra poca estuvieron reservados a la
Divina Providencia, modificaron el rgimen de lluvias, apresura
ron el ciclo de las cosechas, y quitaron el ro de donde estuvo
siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes
heladas en el otro extremo de la poblacin, detrs del cementerio.


13
tal izar: Macondo.. Mientras tanto, su febril imaginacin se mantiene
activa, recibiendo por entonces el impacto de dos libros pletricos de
maravilla, ensoacin y otros ingredientes de enfoque y expresin que
dejarn una perdurable estela en su espritu: Las mi 1 v una noches v
28
Garganta y Pantaqruel.
Su antiguo maestro jesuta, Jos A. Nez Segura, S.J., aporta
estos datos de inters:
Por el empeo cultural de la abuela materna, por la escuela Mon-
tessori, por la Biblioteca Municipal, entonces existente, la aldea
de Aracataca brindle ambiente intelectual. Continulo en la !
Anexa de la Normal de Barranqui1la.2^
En 1940 es llevado a Barranqui1 la, para estudiar en el colegio
de los jesutas. Segn Luis Hars "Tena doce aos, y se recuerda como
30
un nio de ojos brillantes y atnitos".
Flix Grande se pregunta: "Qu fue de aquel muchacho de doce
aos, delgado, introvertido, que al trasladarse desde la placenta de
31
Macondo hasta Bogot se sinti desplazado?
Jos A. Nez Segura nos. ofrece su impresin, como maestro, de
la personalidad de aquel estudiante sobresaliente:
Su simpata y sencillez, su ingenuidad y herosmo, su Inteligencia
y capacidad universalista, dironle prestancia e influjo en el Co
legio de San Jos, destacndose, desde entonces, el escritor, el
dibujante, el declamador, el amante de la msica y lector de obras
literarias.^2
El propio autor reproduce colaboraciones en prosa y en verso de
Garca Mrquez en la revista escolar Juventud, y nos completa la sem
blanza del discpulo con estas interesantes observaciones:
Generoso con sus compaeros los sacaba de apuros en lo que le era
dado. An se conservan los versos y las cartas de colegiales a
sus novias y amigas, compuestas por Gabito inmediatamente se lo
pedan. Era un gran confidente. Con los pobres ejemplar de en
trega y car¡o.3*


182
perfeccionista que su posicin ideolgica conlleva, y su reconocimiento
477
de la funcin subversiva de la novela, nos llevan a indagar y ad
vertir la funcin conspirativa del lenguaje, que sin perder su bsica
filiacin semntica, se resiente de implicaciones dialcticas, ocultas
tras el disfraz del humor o la irona, de lo grotesco o lo hiperblico,
de lo ldico o lo fantstico. La integracin tan completa de materia
y forma en su obra, facilita este resultado y al mismo tiempo lo encubre.
La experimentacin de Garca Mrquez es menos heterodoxa en el
aspecto formal, porque ste se pone al servicio de la creacin como un
todo significativo y no exclusivamente de alguna de sus partes, como
ocurre con los idlatras del lenguaje. En el autor colombiano el len
guaje no se emancipa de su papel coadyuvante, aunque su vigor e inten
cionalidad le imprimen un sello esttico de tal naturaleza que linda
con la autonoma.
Procedamos ahora a seleccionar un muestrario representativo del
lenguaje empleado por nuestro autor. En La hojarasca, por ejemplo,
se emplea la palabra "incomploruto"^? para resaltar el entendimiento
equvoco de dos adolescentes, en una situacin de homosexualismo.
En el cuento "Los funerales de la Mam Grande" encontramos este pa
saje saturado de irona:
... hasta que Pastor Pastrana se plant con su redoblante en el
centro de la plaza y ley el bando de la decisin. Se declaraba
turbado el orden pblico, tarratapln, y el presidente de la re
pblica, tarratapln, dispona de las facultades extraordinarias,
tarratapln, que le permitan asistir a los funerales de la Mam
Grande, tarratapln, ratapln, plan, plan.^79
En La mala hora se nos habla de los agentes "enredados en un
480
manglar de realidad y pesadilla".
Por su parte, Cien aos de


54
Sobre la actitud de Garca Mrquez hacia los editores, Jos Domin-
go nos reporta lo siguiente:
No recuerdo haber hecho nunca una gestin ante un editor. El nico
libro que compromet antes de terminarlo fue Cien aos de soledad.
porque ya los anteriores eran conocidos, y varios editores se anti
ciparon a hacerme ofertas... Otro inconveniente es que me he negado
siempre a participar en promociones de mis libros, y no hago "vida
de escritor". Nunca he dictado una conferencia, nunca he firmado
ejemplares en libreras, me niego a cualquier clase de presentacin
pblica, y ms si es en la radio o la televisin. Probablemente yo
no sea un hombre de este tiempo, porgue la verdad es que esos actos
de exhibicin me parecen inmorales.
Ya hemos visto que Cien aos de soledad ha sido traducida a dieci-
161
siete idiomas. La revista Visin, en una entrevista publicada en 1967,
nos ofrece estos pormenores:
En pocos meses aparecern la traduccin al ingls, que editar Har
per & Row de Nueva York y la traduccin al francs, en Editions du
Seuil de Pars. Ya hay libros de Garca Mrquez en francs (Julliard,
Pars) y en alemn (Aufbau Verlag, Berln occidental); otros han
sido contratados para aparecer en italiano, holands y rumano. La
multiplicacin de ediciones y traducciones est dando finalmente al
autor una holgura relativa que le permitir, a los 39 aos de edad,
dedicarse de lleno slo a escribir libros.
En cuanto a los premios, recordamos que la obra de Garca Mrquez
ha sido recompensada en varias ocasiones con galardones literarios.
Segn Juan Loveluck: "... un cuento suyo, 'Un da.despus del viento',
haba merecido la primera recompensa en el certamen a que convoc la
1 63
Asociacin Nacional de Escritores y Artistas (1954)".
El propio crtico se refiere al Premio Literario "Esso", adjudi-
164
cado a La mala hora. sobre el que Ernesto Schoo nos ofrece el si
guiente comentario: "El relato triunf en el concurso, se llam final
mente La mala hora, y cuando le preguntaron al autor qu pensaba hacer
165
con los 25 mil pesos del premio, contest: 'Pregntenle a Mercedes'".


92
232
Ibid., pp. 27, 46, 47, 76, 140: "Le dioun beso a su marido
en la nariz. El trat de esquivarla, pero ella se fue de bruces sobre
l, de travs en la cama. Permanecieron inmviles. El juez Arcad i o
le pas la mano por la espalda, sintiendo el calor del vientre volu
minoso, hasta cuando percibi la palpitacin de sus riones... Ella
levant la cabeza. Murmur con los dientes apretados: -Esprate y
cierro la puerta."(76)
233
Ibid.. p. 95: "De noche, mientras recorra con la bomba
del insecticida los aposentos vacos, se encontraba a la Mam Grande
destripando piojos en los corredores, y le preguntaba: Cundo me
voy a morir?1 Pero aquella comunicacin feliz con el ms all no
haba logrado sino aumentar su incertidumbre, porque las respuestas,
como las de todos los muertos, eran tontas y contradictorias."
234
Ibid,. pp. 108, 149: "Sac unos naipes gastados del fondo
de la maleta. Ella examin cada carta, al derecho y al revs, con una
atencin seria. 'Los otros naipes son mejores', dijo. Pero de todos
modos, lo importante es la comunicacin.' El alcalde rod una mesita,
se sent frente a ella, y Casandra puso el naipe. -Amor o negocios?-
pregunt. El alcalde se sec el sudor de las manos. -Negocios dijo.
235
Ibid., pp. 14, 25, 30, 31, 74, 94, 122, 142, 167, 173, 187,
192, 193, 202: "Usted no sabe -dijo- lo que es levantarse todas las
maanas con la seguridad de que lo matarn a uno, y que pasen diez aos
sin que lo maten."(173)
236|b?d.. pp. 25, 42, 51, 52, 71, 77, 85, 86, 116, 166, 175, 179,
188: "El alcalde interrumpi la fumigacin. El padre se tap la nariz
pero fue una diligencia intil: estornud dos veces. 'Estornude,
padre', le dijo el alcalde. Y subray con una sonrisa: -Estamos en
una democracia... En su oficina lo esperaba el alcalde con un proble
ma moral. A raz de las ltimas elecciones la polica decomis y des
truy las cdulas electorales del partido de oposicin. La mayora de
los habitantes del pueblo careca ahora de instrumentos de identifica
cin."^, 71)
237Jbid., pp. 25, 26, 32, 34, 38, 44, 47, 56, 65, 70, 74, 77,
78, 91, 96, 98-100, 107, 120, 138-140, 145, 165, 167, 176, 178, 191:
"Entr un boletn de noticias, con citas de un discurso pornunciado
la noche anterior por el presidente de la repblica, y luego una lista
de los nuevos artculos de prohibida importacin. A medida que la
voz del locutor ocupaba el ambiente se fue haciendo ms intenso el
calor."(55, 56)
23^lb?d., pp, 46, 52, 81, 102-104, 154: "-Lo que pasa es que en
este pas no hay una sola fortuna que no tenga a la espalda un burro
muerto... -Dichosa juventud -exclam finalmente el enfermo-. Tiempos
felices en que una muchachita de diecisis aos costaba menos que una
novilla."(102, 103)


42
^Algazel, p. 5.
99urondo, p. 163.
^^Gabriel Garca Mrquez, Cen aos de soledad. 15a edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 327.
'^Jos Miguel Oviedo, Hugo Achugar y Jorge Arbeleche, Aproximacin
a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin de Cultura Universitaria,
Cuadernos de Literatura [12], 1969), p. 2.


58
5. Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana. 2a edicin
(Mxico: Editorial Joaqun Mortiz, 1969), p, 59.
6. Jorge Lafforgue (ed.), Nueva novela latinoamericana (Buenos
Aires: Editorial Paids, 1969), p. 171.
7. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, pp. 45,
134.
8. Marino Bejarano, "Garca Mrquez; el artificio de la soledad",
Imagen. No. 78, Agosto 1-15, 1970, p. 22.
E) JORGE LUS BORGES:
1. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
2. Suzanne Jill Levine. Vase C-2.
3. Roger M. Peel, p. 159.
4. Andrs Amors, "Cien aos de soledad", Revista de Occidente.
No. 70, Enero de 1969, p. 60.
5. Re inaldo Arenas, "Cien aos de soledad en la ciudad de los es
pejismos", Casa de las Amricas, VIII, No. 48, Mayo-Junio de
1968, 136. Tambin menciona a Alejo Carpentier.
6. Jorge Campos, "Garca Mrquez: fbula y realidad", insula.
No. 258, Mayo de 1968, p. 11. Igualmente se refiere a Juan
Rulfo, a Kafka y al surrealismo.
F) SEG iSMUO FREUD:
1. Marino Bejarano, p. 21.
2. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, pp. 46
y 157.
3. Leopoldo Muller, "De Viena a Macondo", Psicoanlisis v litera
tura en Cien aos de soledad (Paysand: Fundacin de Cultura
Universitaria, Cuadernos de Literatura [14], 1969), PP. 1 57.
G) HONORATO DE BALZAC:
1. 9 asedios a Garca Mrquez, pp. 107 y 123.
Sobre la polmica iniciada con motivo de la acusacin de plagio
formulada por Miguel Angel Asturias, vase.
2.


196
Notas
473
'Vase la pgina 36 de este trabajo.
^**Urondo, p. 167.
^Grande, p. 641.
^8Vase la pgina 36 de este trabajo.
*^Vase la pgina 22 de este trabajo.
^^Garca Mrquez, La hojarasca, p. 54.
479
'^Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande, p. 144.
^^Garca Mrquez, La mala hora, p. 65. El empleo de la palabra
"manglar" en este contexto, nos recuerda la proyeccin estilstica de
Alejo Carpentier, tal como la presenta Klaus Muller-Bergh en su traba
jo "En torno al estilo de Alejo Carpentier en Los pasos perdidos".
Cuadernos Hispanoamericanos. No. 219, Marzo de 1968, pp. 554-569, en
particular a partir de la pgina 559.
^Garca Mrquez, Cien anos de soledad, p. 9. Tambin se emplea
la palabra en las pp. 216, 293 y 315. La palabra "fijodalga" aparece
en la p. 274.
>
P. 42.
^3|bid.. p. 43. Ms adelante encontramos otra referencia a los
huesos "cloqueando en la tumba" (215). Tambin se menciona el "obse
sionante tumtum" del tren (194).
parntesis.
490
484 ...
1 b 1 d.,
P.

00
r*.
485.. ..
Ibid.,
P.

<*>
00
486ib¡o..
P.
193.
437 ibid..
PP
. 63, 127
488 Ibid..
P.
274.
^8^Garca
M
rquez, La
i. Ofrecemos la paginacin entre
Ibid.
491
Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande. La pagina
cin se ofrece entre parntesis.


30
Su inconformidad ante la situacin prevaleciente en Colombia, se
pone de manifiesto en estas declaraciones de principios de 1969:
..."yo sal del pas hace catorce aos, fortuitamente11, lo haban
mandado como corresponsal de un diario colombiano. "Luego regres,
pero ya no me senta cmodo, y entonces volv a salir del pas, y
ha llegado un momento en que ya no me encuentro bien en ninguna
parte; cuando vuelvo, no estoy cmodo, y no es que me sienta mar-
ginado de la vida del pas, porque ahora, y a pesar de que los
critico y que en mis novelas muestro una realidad que no puede
halagar a nadie, ellos incluso me consideran una especie de gloria
nacional. Si llego a hacer -como hice- declaraciones pblicas cri
ticando, en seguida aparecen por la televisin los ms altos fun
cionarios haciendo aclaraciones, y con toda delicadeza sealando
que yo no estoy all y que debo tener malas informaciones". Lo
afirma con rabia, y con tristeza: "esto de no sent i rme .bien en mi;
pas, me da una gran pena, porque antes estaba cmodo, sin proble
mas, y eso que senta lo he perdido, porque ya no lo siento ms en
ninguna parte".73
En la entrevista con Fernndez-Braso, aparece este dato de inters
La ltima vez que estuvo en Colombia... le "hicieron objeto de un
gran recibimiento, todo el mundo se desviva por agasajarme y tuve
que oponerme a que en mi pueblo me levantaran un monumento. Pero
los universitarios me decan: 'Venga, venga a que le contemos lo
que ocurre con esto, con lo otro y lo de ms all'. Yo me daba ms
cuenta de las muchsimas cosas que no marchaban bien, y comprend
que no pod quedarme ms tiempo. Yo represento muy poco y hay
mucho, muchsimo que hacer. En todo caso, pens, lo que yo tenga
que hacer lo har mejor desde fuera."7**
Hablando tambin de Colombia, esta vez con Jean-Michel Fossey,
nuestro novelista aduce:
All me consideran como un escritor colombiano, que desde luego
soy. No tratan de quitarme nada. El Estado y la sociedad hacen
muy poco por fomentar la cultura y las manifestaciones culturales.
Es una realidad que he declarado all en Colombia y se han hecho
grandes polmicas. Me refiero a la cultura, pero lo mismo ocurre
en la educacin, la economa, la agricultura, etc. Es un problema
total del subdesarrollo.75
Una carta de Garca Mrquez al director del peridico El Especta
dor. que es reproducida por la revista Siempre, nos brinda la oportuni
dad de conocer ms de cerca la actitud de nuestro autor. El trata de
explicar abiertamente las razones qu lo fuerzan a declinar el ofrec-


93
239
Ibid., pp. 44-46: "Con una voz sinuosa, como habra contado
una leyenda infantil, expuso la alarma del pueblo. Dijo que aunque
la muerte de Pastor deba interpretarse tomo una cosa absolutamente
personal1, las familias respetables se sentan obligadas a preocuparse
por los pasquines... Apoyada en el mango de su sombrilla, Adalgisa
Montoya, la mayor de las tres, fue ms explcita: -Las damas catli
cas hemos resuelto tomar cartas en el asunto... No es por nosotras
-dijo Rebeca de Ass-, Pero esa pobre gente.. ."(45, 46)
?4o
Ibid.. pp. 25, 31, 71, 129, 160; "Usted lo sabe: ah tengo
seis agentes encerrados en el cuartel, ganando sueldo sin hacer nada.
No he conseguido que los cambien... -En la actualidad... para nadie
es un secreto que tres de ellos son criminales comunes, sacados de las
crceles y disfrazados de policas. Como estn las cosas, no voy a
correr el riesgo de echarlos a la calle a cazar un fantasma."(129)
241
Ibid., pp. 77, 166, 175: "Dos aos de discursos, cit de me
moria. 'Y todava el mismo estado de sitio, la misma censura de prensa,
los mismos funcionarios.'"(175)
242 a
Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad. 15 edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969). Todas las citas suce
sivas se referirn a esta edicin. La paginacin se especificar
mediante parntesis incluidos en el texto.
243
JDos referencias de inters respecto a los otros personajes
femeninos, pueden confrontarse en las pginas 171 y 177.
244
Landeros, p. 21.
245lbld.
o/j
Vanse las pginas 12 y 13 del presente trabajo.
^^Vase la observacin de Gabriel Garca Mrquez al respecto
en la pgina 30 del presente trabajo.


118
o .O
criminal. Esta ambivalencia psicolgica se resiente de la misma
inconsistencia que la neutralidad sexual que se atribuye al mismo per
sonaje, el cual acta de manera totalmente opuesta en el siguiente pa
saje:
-Como se llama? -pregunt el alcalde. -Ah- hizo el empresario;
le decimos Casandra, espejo del porvenir. El alcalde mostr una
expresin desolada. -Me gustara acostarme con ella -dijo. -Todo
es posible- dijo el empresario. ^
* r -
Comprese este pasaje con las referencias transcriptas en la Nota
230 y se advertir de inmediato la flagrante contradiccin. No negamos,
\
por otra parte, el simbolismo eficaz que logra plasmarse en la prevale
ciente actitud de indiferencia sexual, relacionada con la impotencia
del rector del pueblo para variar su propio destino y el del pueblo que
rige, lo cual atiza su obsesin por la prediccin del futuro. Tampoco
debemos descartar la posibilidad de la presencia del llamado realismo
dialctico en la construccin psicolgica del personaje, aunque en de
finitiva, no resulte del todo convincente.
En el primer aspecto tratado sobre el Alcalde, lo ms que podra
aceptarse sera la natural propensin al enriquecimiento fcil, al ampa
ro del cargo, pero slo mediante la pasividad culposa o dolosa del so
borno encubierto o de la consabida prebenda marginal, y nunca a travs
de la activa conminacin al cohecho, sobre todo, mediante procedimien
tos despiadados de torturas fsicas y psicolgicas, llevados a los l
mites del ms refinado sadismo.
Debe reconocerse, sin embargo, que las distintas estampas de re
volucionarios que se configuran en Cien aos de soledad, no parecen
mostrar seal alguna de deliberacin tendenciosa sino, antes bien, re-


153
>/ Para una sinopsis sobre este autor, vase Guillermo Daz-Plaja,
Historia de la literatura universal y espaola. 17a edicin, Vol. 2
(Barcelona: Ediciones La Espiga, 1957), PP. 88 y 89.
^Vase Albert Brent, "Leopoldo Alas and La Regenta: A study in
nineteenth century Spanish prose fiction", The University of Missouri
Studies, XXIV, No. 2 (1951), 33.
3^8Jos A. Balseiro, Novelistas espaoles modernos. ~Ja edicin
(New York: Las Americas Publishing Co., 1963), p. 370. Para un pe
netrante anlisis comparativo, vase Sherman H. Eoff, The Modern
Spanish Novel (New York: New York University Press, 1961), pp. 71,
72, 77-80, 84.
379|_eopoldo Alas, La Regenta. 3a edicin (Madrid; Alianza Edi
torial, 1968), pp. 124, 126.
^^Gregorio Maran, Amiel : Un estudio sobre la timidez (Buenos
Aires: Ca. Editora Espasa-Calpe Argentina, 1944), p. 67. El autor ,
consigna lo siguiente: "... he considerado siempre el amor donjuanesco
como un grado inferior, indiferenciado, prximo al amor bisexual...
Por lo tanto, afeminado, aun cuando este concepto del afeminamiento del
Don Juan haya sido tan mal comprendido por algunos".
^Stefan Zwsig, Master builders: a typology of the spirit (New
York: The Viking Press, 1939), p. 615. Esta es nuestra versin espa
ola de la frase atribuida a Casanova por Stefan Zweig, quien nos ofrece
en este ensayo una de sus ms logradas semblanzas biogrficas.
^^1 bid.. p. 609. La frase ha sido tambin traducida al ingls.
J ^Al ser preguntado si existe ya una novela latinoamericana que
tenga caracteres universales, Gabriel Garca Mrquez respondi: "Desde
hace tiempo. Se lo digo sin que me tiemble la voz porque lo he pen
sado muchos aos: Pedro Pramo es la novela ms hermosa que se ha es
crito jams en lengua castellana, y es al mismo tiempo de Cmala y
universal. De paso le digo que Juan Rulfo es uno de los seres humanos
que ms admiro, porque ha escrito ese libro y esos cuentos, y al mismo
tiempo ha sabido mantenerse en la penumbra. Las dos cosas a la vez es
lo que ms debe envidiarle otro escritor". Vase Landeros, p. 21.
384
Juan Rulfo, Pedro Pramo (Mxico: Fondo de Cultura Econmica,
1955), p. 73.
385ibLd., P. 74.
386lbd., P. 75.
387Jbjd.., p. 113.
388
' Suzanne Jill Levine, "Pedro Pramo v Cien aos de soledad:
Un paralelo", Imagen, No. 50, Junio 1-15 de 1969, p. 6.


165
la diferencia entre la escritura espontnea de Garca Mrquez, en el
sentido general de narracin pura, y la escritura automtica de otros
autores, como Miguel Angel Asturias, que en algunas de sus obras res
ponde bsicamente a un proceso de ideacin por asociaciones verbales;
y 4) al objeto de que se observe el impacto estilstico que ciertas
corrientes soterradas de la resaca narrativa, en particular lo meta
frico y lo mtico, ejercen como factores entrelazantes de la forma y
el contenido.
Emir Rodrguez Monegal nos ofrece una coyuntura propicia, al
formular el siguiente comentario sobre Cien aos de soledad v Tres
tristes tigres:
Estas novelas se apoyan en una visin estrictamente lcida del
carcter ficticio de la narracin. Son ante todo construcciones
verbales y lo proclaman de una manera sutilmente irnica (Cien
aos de^soledad) o militantemente pedaggica (Tres tristes ti
gres} ,VL
Luis Gregorich se pregunta:
Qu es, pues, lo que procuramos ejemplificar al llamar obra
abierta" a Tres tristes tigres? Se trata meramente de oponer
la novela de Cabrera Infante, como caso nico de novela abierta"
deliberada y consecuente dentro de la narrativa hispanoamericana
-con la probable aunque parcial compaa de Ravuela-. a los ep
gonos ms o menos disimulados de la tradicin realista o del
costumbrismo potico que se agazapan en las pginas hbiles y a
menudo prodigiosas de La casa verde o de Cien aos de so1edad?^53
Nos encontramos, pues, en el campo de la escritura, no del len
guaje, cuando nos referimos al tratamiento interno de la realidad y
de la fantasa y a la fusin de ambas por Gabriel Garca Mrquez.
Estamos, adems, en los dominios de la obra cerrada, que se estruc
tura interiormente en varios niveles, pero ajustndose a una trama con
desarrollo definido y teleolgico, a pesar de los diversos planos y de


147
Y, en efecto:
La primera vez que se vieron a solas, en los prados desiertos
detrs del taller de mecnica, l la arrastr sin misericordia
a un estado animal que la dej extenuada. Tard algn tiempo
en darse cuenta de que tambin aqulla era una forma de la ter
nura, y fue entonces cuando perdi el sosiego, y no viva sino
para l, trastornada por la ansiedad de hundirse en su entorpe-
cedor aliento de aceite refregado con leja. 10
En definitiva, Meme se entreg a Mauricio Babilonia, con la com
plicidad de Pilar Ternera, quien dictamin que "... la ansiedad del
413
enamoramiento no encontraba reposo sino en la cama."
Y la entrega fue "sin resistencia, sin pudor, sin formalismos,
y con una vocacin tan fluida y una intuicin tan sabia, que un hombre
ms suspicaz que el suyo hubiera podido confundirlas con una acendrada
experiencia."**^
La tragedia deviene en tragicomedia en el desenlace, pues una de
las tantas noches en que Mauricio Babilonia levantaba las tejas para
descender al bao donde Meme lo esperaba, fue derribado por los dis
paros de los guardianes, que lo tomaron por un ladrn de gallinas:
Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama
por el resto de su vida. Muri de viejo en la soledad, sin un
quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia,
atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que
no le concedieron un instante de paz, y pblicamente repudiado
como ladrn de gal linas.421
Estos toques incisivos de "ladrn de gallinas", y antes, del "en-
torpecedor aliento de aceite refregado con leja", no alcanzan a des
virtuar la belleza del episodio amoroso, en que dos jvenes de diferente
posicin social, por ese determinismo oculto que preside las relaciones
humanas, por esa gravitacin inexorable que une los cuerpos y las almas,
arriban al amor.


241
Castro, Amrico. "Cide Hamete Benengeli: el cmo y el porqu", Mundo
Nuevo. No. 8, Febrero de 1967, pp. 5 9.
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Eoff, Sherman H. The modern Spanish novel. New York: New York
University Press, 1961.


113
llegada de los soldados, comienza a destilar su predisposicin hacia
los agentes del orden: "La ley marcial facultaba al ejrcito para
r
asumir funciones de rbitro de la controversia, pero no se hizo nin-
320
guna tentativa de conciliacin."
321
En la novela se menciona al general Corts Vargas, que efec
tivamente particip en el suceso, segn puede comprobarse de la lectura
del pasaje de El imperio del banano antes reproducido. Pero la ficcin
(esa ficcin que van a convertir en historia ochenta mil lectores de
Amrica, ahora multiplicados, y los innumerables lectores de Europa, ;
que se habrn de multiplicar) intensifica su mensaje, al decirnos que :
Jos Arcadio Segundo "veta los muertos hombres, los muertos mujeres,
los muertos nios, que iban a ser arrojados al mar como el banano de
rechazo.1
,322
Esta tcnica de socavamiento no es nueva, desde luego, y sus
efectos traumticos resultan obvios. Por si tampoco se saba, Garca
Mrquez ofrece un inventario pormenorizado de las vicisitudes de los
Q
obreros, que constituyen, sin duda, caldo de cultivo de la violencia
y coyuntura propicia para los taimados pescadores de ro revuelto:
La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la
insalubridad de las viviendas, el engao de los servicios mdi
cos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban,
adems, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino con vales,
que slo servan para comprar jamn de Virginia en los comisariatos
de la compaa... Los otros cargos eran del dominio pblico. Los
mdicos de la compaa no examinaban a los enfermos, sino que los
hacan pararse en fila india frente a los dispensarios, y una en
fermera les pona n la lengua una pldora del color del piedra-
lipe, as tuvieran paludismo, blenorragia o estreimiento. Era una
teraputica tan generalizada, que los nios se ponan en la fila
varias veces, y en vez de tragarse las pldoras se las llevaban a


47
Su mtodo es lento y laborioso:
Si escribo un cuento, me siento satisfecho de avanzar una lnea por
da. Si es una novela, trato de avanzar una pgina... Lo primero
que hago al levantarme es corregir a mano, con tinta negra, el tra
bajo del da anterior, y en seguida saco todo en limpio. Luego hago
correcciones en el original completo y se lo voy llevando poco a po
co a una mecangrafa, porque nunca dejo copia de lo que escribo, y
si algo se pierde en las idas y venidas, no ser tanto que no lo
pueda rehacer en un da.
Veamos la razn de esa disciplinada laboriosidad:
En mi caso, el ser escritor es un mrito descomunal, porque soy muy
bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz
para terminar media pgina en ocho horas de trabajo; peleo a trompa
das con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero
soy tan testarudo que he logrado publicar cuatro libros en veinte
aos. El quinto que estoy escribiendo, va ms despacio que los
otros, porque entre los acreedores y una neuralgia me quedan muy po
cas horas libres.
Otro aspecto de su laboriosidad reside en la cuidadosa bsqueda y
en el estudio de antecedentes relativos a su obra:
Mientras escribo se van acumulando en mi mesa toda clase de libros
de informacin y consulta, que consigo a medida que los necesito.
Para mi ltima novela me val de varios textos de alquimia, numero
sos relatos de navegantes, crnicas sobre las pestes medievales,
recetas de cocina, manuales de venenos y antdotos, estudios sobre
el escorbuto, el beriberi y la pelagra, libros sobre nuestras guerras
civiles, sobre medicina casera, sobre armas de fuego antiguas, ade
ms de los veinticuatro tomos de la Enciclopedia Britnica, y mucho
ms. Tuve que aprender sobre la marcha cmo se distingue el sexo en
los camarones, cmo se fusila a un hombre, cmo se establece la ca
lidad del banano. Tuve que renunciar a un personaje porque no en
contr a tiempo alguien que me tradujera siete frases al papiamento,
tuve que calcular cunto pesan siete mil doscientos catorce doblones
de a cuatro para estar seguro de que podan cargarlos cuatro nios,
y tuve que prescindir de muchos episodios y modificar a ltima hora
el carcter de un personaje porque no pude encontrar diecisis mane
ras de matar cucarachas en la Edad Media. En la actualidad estoy
aprendiendo a construir una silla elctrica, para que pueda hacerlo
un personaje de mi prxima novela. ^1
No siempre -tal vez pocas veces antes de su radicacin en Barcelo
na- ha disfrutado Garca Mrquez de comodidad apacible para escribir.
Recordemos las circunstancias en que concibi La hojarasca:


233
C. Hay un temario recurrente en la obra de Garcia Mrquez,
constituido por aquellos problemas que ms recnditamente le esti
mulan o desazonan, como ciudadano o como hombre, tales como la
poltica, la violencia, el militarismo, el anti imperialismo y la
\
revolucin, asi como la soledad, la religin, el fatalismo, el
amor y el erotismo.
Su sensibilidad y su curiosidad intelectual pueden ampliar
ilimitadamente el mbito temtico, pero ello no obsta para que los
tpicos predilectos se destaquen siempre, no slo por su'tenaz
reiteracin sino por la recproca intensificacin de la expresin
y el contenido.
D. Colombia, la patria del autor, y extensivamente la Amri
Latina, se imponen en sus facetas histricas, geogrficas, ciimti
cas, sociolgicas, polticas y psicolgicas, en la mayor y mejor
parte de su obra. Si les ha parecido lo contrario a algunos cr
ticos, es porque han cado en la trampa de su tcnica en cuanto
al tratamiento de la realidad o porque han olvidado que tambin
les ocurren a los pobladores de Macondo las mismas cosas que le
suceden al resto de la humanidad.
E. Compartimos la opinin de que Garca Mrquez "ha creado
rOK
el mito de la Amrica Latina", pero no nos basamos en el pare
cido entre sta y Macondo sino en una interpretacin ms sutil,
si se quiere, del concepto de mito. Pensamos en el destino de la
regin, el subdesarrollo, que a su vez conlleva la frustracin de
un deseo, al igual que -como el propio autor declarara-*^-* se
produce en Cien anos de soledad el anhelo frustrado de evitar el


209
construccin literaria. Quiere decir, que no basta la presencia de lo
enojoso o de lo horripilante, toda vez que se requiere la reivindica
cin del pasaje por medio de la pincelada artstica que haga distinguir
una escena burda o simplemente repulsiva, de un episodio que, sin dejar
de ser repelente o traumtico, est matizado por factores estticos do
minantes.
Este recurso expresivo tambin adquiere en Gabriel Garca Mrquez
facetas peculiares. Veamos la escena de la muerte de la Mam Grande:
"Ahogndose en el maremgnum de frmulas abstractas que durante dos
siglos constituyeron la justificacin moral del podero de la familia,
543
la Mam Grande emiti un sonoro eructo, y expir.11
Ese "sonoro eructo" que despoja al personaje de su plena digni
dad, rebajndolo a la ms nfima escala vegetativa, es el desgarrado
grito de rebelda del autor contra la sociedad que l hostiliza, sim
bolizada por la todopoderosa matrona. El novelista hace eructar a la
Mam Grande -y, adems, sonoramente-, despus de enumerar su patrimo
nio invisible con una minuciosidad sarcstica, plagada de resenti
miento. No puede regatersele, sin embargo, el mrito de la descrip
cin precisa, no exenta de verosimilitud y de prestancia esttica.
Otra ilustracin digna de comentario, la hallamos en El coronel
no tiene guien le escriba:
Sinti nuseas. Sali al patio y se dirigi al excusado a travs
del minucioso cuchicheo y los sombros olores del invierno. El
interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrare
cido por el.vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel le
vant la tapa surgi del pozo un vaho de moscas triangulares...
Era una falsa alarma. Acuclillado en la plataforma de tablas
sin cepillar experiment la desazn del anhelo frustrado. El
apremio fue sustituido por un dolor sordo en el tubo digestivo...


Mrquez es un excepcional cultivador del adjetivo inusitado, que es
un factor clave del estilo enftico.
El empleo del adjetivo inesperado enlaza con la figura denomi
nada oxmoron, cultivada durante el perodo barroco como recurso ex-
r i f
presivo. Un ejemplo tpico, tomado de La mala hora, es el que
reproducimos a continuacin: "Derrumbada en una silla estaba la
madre del muerto, entre un grupo de mujeres que la abanicaban con
512
una diligencia despiadada."
De Cien aos de soledad seleccionamos el siguiente: "El suelo i
se volvi blando y hmedo, como ceniza volcnica, y la vegetacin fue
513
cada vez ms insidiosa..."
Estas referencias nos obligan a cerrar el captulo del lenguaje,
a fin de abrirle un captulo aparte a esa fase decisiva del estilo de
Gabriel Garca Mrquez que hemos tenido que mencionar el¡lustrar en
ms de una ocasin, que se denomina estilo enftico.


70
alude, en realidad, a uno de los niveles menos significativos de su
obra, si bien desde el punto de vista estructural juega un papel de
cisivo en la misma, ya que le sirve de hilo conductor y como de tram
poln, para saltar de un tema a otro y de uno a otro personaje.
185
Macondo sirve de escenario a La hojarasca. De los cuentos de
Los funerales de la Mam Grande. "La siesta del martes" y "Un da des-
, 186
pues del sbado" ocurren tambin en Macondo. Los cuentos restantes
y las novelas El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora
i
tienen por mbito otro pueblo que se parece y se diferencia de Macondo,
tal vez en la misma medida en que la historia se asemeja y se distingue
de la leyenda; aunque en Macondo haya tanto o ms de la primera como
de la segunda, y aunque lo que haya de sta sea -o pretenda ser- una
simple mscara de aqulla, si exceptuamos los pasajes puramente ldi-
cos o gratuitos de la narracin.
Iris M. Zavala ofrece su aporte para la'identificacin histrica
y geogrfica de Macondo:
Aunque el autor no da fechas y datos precisos y mezcla la historia
y la geografa con la irrealidad lrica para confundir y evitar
toda identificacin, s ofrece algunos indicios para reconstruir
el pasado. A juzgar por su situacin geogrfica, Macondo estara
situado donde lo est Santa Marta, primera ciudad fundada en la
Nueva Granada, en cuyo oriente se encuentra Riohacha, el pasado,
y al sur la cinaga. Santa Marta es tambin el lugar donde muri
Simn Bolvar, representado en parte por el Coronel, con quien
comparte el inters de unificar las fuerzas federalistas de la
Amrica Central. Pero en la dislocacin del tiempo, hace que
las guerras del Coronel vayan desde la independencia hasta finales
del siglo XIX. Sus luchas representan todos los sobresaltos y ca
lamidades previa la invasin yanqui. Es preciso recordar que en
Colombia el imperio de la United Fruit se concentra sobre todo en
Santa Marta, donde no slo controla cosechas y trabajadores, sino
ferrocarriles, barcos, viviendas y finanzas. Santa Marta tuvo el
primer ferrocarril del pas, del mismo modo que la compaa bananera


4
Tambin debemos anticipar que, aunque haremos alusin a la casi
totalidad de la produccin narrativa ms divulgada de Gabriel Garca
Mrquez, nuestro estudio se referir a las novelas La hojarasca. El
coronel no tiene quien le escriba. La mala hora y Cien aos de soledad.
as como a los cuentos contenidos en Los funerales de la Mam Grande.
Hemos dedicado mayor atencin a Cien aos de soledad, por tratarse de
su ltima creacin, la ms extensa e intensa de su repertorio y, por
supuesto, la mejor.


119
flejar un soterrado desengao o una irremediable desesperanza por
parte de una especie de sincero, y hasta de mstico creyente, que
pugna por tener fe en el milagro, pero que reniega al mismo tiempo
del santo de quien espera su consumacin.
Alirio Noguera es calificado de "farsante" en Cien aos de so
ledad (90). Haba falsificado un ttulo de mdico y se refugi en
Macondo para adoctrinar a la juventud con su lema de que "lo nico
eficaz es la violencia" (90). Garca Mrquez lo presenta como "un ms
tico del atentado personal. Su sistema se reduca a coordinar una serie
de acciones individuales que en un golpe maestro de alcance nacional li
quidara a los funcionarios del rgimen con sus respectivas familias,
sobre todo a los nios, para exterminar el conservatismo en la semilla".
(91). No es improbable que nuestro autor juzgue a Alirio Noguera con
las mismas palabras que pone en boca de Aureliano: "Usted no es liberal
ni es nada. Usted no es ms que un matarife". (91)
Entre los discpulos de Alirio Noguera, "ninguno saba concreta
mente en qu consista la accin que ellos mismos tramaban".(91) Igual
ocurra en la escuela, "donde haba prendido la fiebre liberal.(92)
All 1 'se hablaba de fusilar al padre Nicanor, de convertir el templo en
escuela, de implantar el amor libre".(92) Cuando estall la guerra,
"Arcadio fue nombrado jefe civil y militar de la plaza".(93) Para re
sumir su actuacin, Garca Mrquez nos dice que "sigui apretando los
torniquetes de un rigor innecesario, hasta convertirse en el ms cruel
de los gobernantes que hubo nunca en Macondo".(95). Como Aureliano y
sus coetneos, Arcadio y sus condiscpulos "eran, al fin de cuentas, los
muchachos de la escuela jugando a gente mayor".(95)


CAPITULO XI
EL LENGUAJE
Segn Gabriel Garca Mrquez, la adopcin del procedimiento em-
pleado por los autores de novelas de caballeras le resolvi el pro
blema del lenguaje.^3 lenguaje que l emplea es desenfadado en
cuanto desborda las barreras convencionales para cumplir su rol ex
presivo, siendo en este sentido que resulta espontneo. No.lo es del
todo, porque el hombre a quien el artista se supedita, se propone de
liberadamente entretener y traumatizar al lector, al igual que retorcer
sus temas hasta el paroxismo, y no puede ni quiere sustraerse a la ten
tacin que hubo de confiarle a Francisco Urondo: "... ya tengo un
474
instrumento, y hasta me dan ganas de jugar con el".
En efecto, ha jugado con el lenguaje, pero no a la manera ni
hilista de Cabrera Infante o de Cortzar. Segn Flix Grande, el
novelista colombiano "se siente absolutamente desconcertado ante cada
475
nuevo libro de Julio Cortzar, por su casi extenuante imaginacin".
Esto nos hace sospechar que se trata de una frmula de cortesa
para expresar su discrepancia esttica respecto a la desnaturalizacin
total del lenguaje. Este debe fusionarse con el tema, puesto que es
un instrumento del sentido expreso o tcito de la expresin y no un
fin autnomo en s mismo. Lo importante, segn Garca Mrquez, es "la
validez del relato", que constituye el objetivo cardinal de los autores
476
de novellas de caballeras. Por otra parte, la actitud sediciosa y
181


142
solapada agresividad. Es el, caso del caudillo (Simn Bolvar, Aureliano
Buenda) o del cacique (Pedro Pramo).
7. Machismo sexual: Propensin ertica inagotable, basada en una
fortaleza biolgica excepcional y en una proclividad temperamental, res
paldadas por la aceptacin femenina, sin alarde de conquistas ni jactan
cia de virilidad. Es el caso de Giacomo Casanova, que resulta el arque
tipo de esta categora.
8. Machismo morboso: Es la obsesin psicoptica de ndole sexual,
que invade, por tanto, el mbito patolgico.
9. Machismo arraigado: La hombra recndita, no primitiva, como
en el instintivo, ni activa, como en el heroico, sino generada por la
ntima conviccin del rol que el verdadero hombre debe desempear en
cada caso, de acuerdo con su conciencia y el respeto a s mismo y a
los dems.
Aunque le hemos asignado el nombre de machismo a cada uno de los
miembros de nuestra clasificacin, para facilitar su estudio, es opor
tuno que precisemos que slo consideramos acreedores a esa denominacin
al instintivo, al heroico, al reflejo, al sexual y al arraigado, dentro
de las especificaciones que hemos sealado en cada modalidad, con la
aclaracin indispensable, de que a veces hay elementos de ms de una de
dichas categoras en algn caso particular.
El machismo es, pues, a grandes rasgos, un fenmeno psicosociol-
gico universal, integrado por tres factores: irradiacin, mimetismo y
receptividad. Una hazaa o actitud que cimenLa un prestigio, el cual
repercute en un medio social dado; un grupo de hombres -ms numeroso
de lo que suele admitirse- que estn prestos a remedar la accin y


41
Notas .
-jQ
' Monsalve, p. 4.
79
'Jos Domingo, "Entrevistas: Gabriel Garca Mrquez", Insula.
No. 259, Junio de 1968, p. 6.
8%urn, p. 26.
O 1
Algazel, "Dilogo con Garca Mrquez", El Tiempo. Lecturas Do
minicales, Mayo 26 de 1968, p. 5.
82,
83
Ibid.
Durn, p. 31.
84
Rosa Castro, "Con Gabriel Garca Mrquez", Recopilacin de tex
tos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las Americas,
1969), P. 33.
85Durn, p. 32.
86
Domingo, p. 6.
^Emmanuel Carballo, "Gabriel Garca Mrquez, un gran novelista
latinoamericano", Revista de la Universidad de Mxico. XXI!, No, 3,
Noviembre de 1967, 10.
^Carmen C. de Rodrguez-Purtolas, "Aproximaciones a la obra de
Gabriel Garca Mrquez", Unlversidad. No. 76, Julio-Diciembre de 1968,
P. 20. .
89
"Cien aos de un pueblo1
1967, 29.
90Durn, p. 32.
91Hars,. p. 70.
92iM., p. 75.
^Castro, pp. 29 y 30.
9fUrondo, p. 165.
"Castro, pp. 30 y 31.
^Domingo, pp. 6 y 11.
9^Durn, p. 28.
Visin. XXXIII, No. 4, Julio 21 de


186
evolucin progresiva en la direccin del estilo enftico de Garca
Mrquez, que se inicia desde su primera novela, y no un salto brusco
en el vaco, sin races en la produccin anterior, que sbitamente se
hubiera materializado en Cien aos de soledad.
Imgenes
La brillantez y la intencionalidad caracterizan a las imgenes
de nuestro autor. Puede advertirse fcilmente cmo estn proyectadas
esencialmente hacia la expresividad del contexto en que se emplazan,
i
como si quisieran mostrrnoslo a travs de una lupa que aclarara las
¡deas.
De La hojarasca son estos pasajes llenos de vigor expresivo:
"Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco
ms oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando
se les aprieta con un camo"(12); "... mientras se zambulla y volva
a salir reluciente como un pez plateado y enorme, como si el agua se
hubiera vuelto lquida a su contacto" (54); "... para verle el brillo
del vientre cuando se zambulle y vuelve a surgir como un pez metli
co (56).500
En El coronel no tiene quien le escriba encontramos las siguien
tes imgenes: "El coronel con su manera de andar habitual que pareca
la de un hombre que desanda el camino para buscar una moneda perdida"
(20); "El gallo produjo un sonido gutural que lleg hasta el corredor
como una sorda conversacin humana" (61); "Lo sinti completamente
humano, pero inasible, como si lo estuviera viendo en la plantalla de
un cine" (85).


71
traer el primer tren a Macondo, "el inocente tren amarillo" que
desconcierta al pueblo. La bananera, como su modelo la United
Fruit, desquicia y destruye... Segn el autor, la historia de
Macondo acaba en 1928, ao de su propio nacimiento. Una simple
operacin aritmtica nos permite suponer que el solitario siglo
de Macondo se inicia hacia 1828. Claro est que si tenemos pre
sente que Jos Arcadio y Ursula se casan cerca de trescientos
aos despus de que el pirata Drake atacara y saqueara Riohacha,
quiz en 1596, como ocurri en la realidad... entonces los cien
aos de soledad los estaramos viviendo todava, pues no con
cluiran hasta dentro de algunos lustros. El Macondo feliz es
el prehistrico, es decir, el pre-colonial. Aislado del oriente
donde se encuentra Europa, y del cenagoso sur americano y some
tido a las leyes del progreso que viene del norte anglosajn,
todo se desquicia.
Vamos a tratar de deslindar lo regional de lo universal, tomando
como puntos de referencia los tpicos reiterados en la obra de Garca
Mrquez y distinguiendo aqullos que insistentemente l asocia al medio
fsico o social que sirve de mbito a la mayor prte de su obra, de
aquellos otros que no tipifican ningn medio geogrfico en particular.
En La hojarasca nos hallamos en un pueblo colombiano, como puede
comprobarse desde la introduccin, en que se menciona la llegada de la
compaa bananera y se habla de la guerra civil (aparte de aparecer fe-
188
chada en Macondo, como ya anticipamos). Despus se hace mencin del
189 190
calor sofocante, de la violencia 3 y de la venalidad de los funcio-
191 192
narios. v Tambin se alude a los problemas electorales; pero al
mismo tiempo, se plantea el problema de la soledad, el conflicto del
hombre "que no sabe qu ser de su vida un minuto despus, ni tiene el
menor inters en averiguarlo... del hombre que ha empezado a sentirse
derrotado por las circunstancias."^
Se suscita el tema de Dios-, que uno de los personajes afronta de
este modo;


123
cuando se piensa que ha credo encontrar en la llamada revolucin cas-
trista una respuesta a su estupor. A no ser que Gabriel Garca Mrquez
est en el caso de no rechazar, en su fuero interno, este diagnstico
de Octavio Paz: "Condenado a vivir en el subsuelo de la historia, la
soledad define al poeta moderno. Aunque ningn decreto lo obligue a
357
dejar su tierra, es un desterrado." Pero no slo un desterrado de su
patria, sino de s mismo, rubricamos nosotros.


149
vez. 'Y usted que har, compadre?', pregunt... -Lo mismo que l,
424
comadre -contest-: cumplir con mi deber."
La personalidad de Jos Raquel Moneada posee una poderosa atrac
cin. Su firmeza como gobernante, su caballerosidad en la guerra, su
espritu conciliatorio en la paz, su bondad natural, su ecuanimidad al
confirmrsele la condena a ser fusilado, nos enfrentan a un hombre
425
ntegro, de valenta sin arrogancia y ejemplar dignidad. Es un caso
tpico, repetimos, de machismo arraigado, que creemos no puede inspirar
ms respeto a nadie que el que se sabe le inspira al propio autor.
En el caso de Jos Arcadio, el autor hipertrofia la figura humana,
y con ella el vigor sexual de un mortal, que tiene el privilegio de dis
frutar y provocar el placer ertico hasta lmites sobrehumanos: "Los
vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio
426
hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta..."
Habra que pensar seriamente, si lo que tiene esto de caricatu
resco, lo tiene por su mera efusin humorstica o por el regodeo del
autor en pintar a un personaje capaz de protagonizar una situacin
ideal, o por ambas cosas a un tiempo. Posiblemente Garca Mrquez
no se est mofando del "protomacho cuya respiracin volcnica se per
ciba en toda la casa",^^ ni de Rebeca, que "sucumbi al primer impac-
t0,i^428 nj iijjegnujej. tarabiscoteada"^2^ de Jos Arcadio, ni de
la pasin desaforada que en definitiva los uni, sino que est ironi
zando con inconsolable despecho sobre una frustracin humana ms:
sobre la trgica incapacidad de experimentar el placer ms all de los
lmites avaros impuestos por la naturaleza. Tambin es posible que
nuestro autor est ofrecindoles a sus amigos, entre bromas y veras,


52
Todos ellos aparecen en Cien aos de soledad, pero ahora nos in
teresa destacar un pasaje en que puede detectarse la veta sentimental
de nuestro autor, al referirse a la muerte de Ramn Vinyes: "Llor con
la frente apoyada en la puerta de la antigua librera del sabio cataln,
consciente de que estaba pagando los llantos atrasados de una muerte que
150
no quiso llorar a tiempo para no romper los hechizos del amor."
Y es que su recuerdo del librero cataln est basado en un pro
fundo sentimiento de gratitud: "Fue l la primera persona que me atri
buy una vocacin de escritor que yo me ignoraba, quien me dijo qu de
ba leer y que no deba leer, y quien me prestaba los libros de su 1 i-
151
brera que yo no poda comprar."
Ernesto Schoo le oy decir a Garca Mrquez: "No s. Despus de
152
Cien aos me siento como si se hubieran muerto mis amigos."
El perspicaz entrevistador acota despus:
Para que se le pase la tristeza, los otros amigos estn ah, siem
pre: Alvaro Mutis y su mujer, Jomi Garca Ascot y Mara Elena, los
dos matrimonios con quienes "los Gabos" (el sobrenombre se ha ex
tendido a toda la familia y los chicos son ahora "los Gabitos")
pasan invariablemente los tediosos domingos de la Ciudad de Mxico.
Si se lee la dedicatoria de Cien aos de soledad, se podr obser- -
var que la obra est dedicada, precisamente, a Jomi Garca Ascot y a
Mara Luisa Elo.
Por cierto, que no debemos dejarnos despistar por ese pasaje tan
tpico de nuestro autor, en que le hace decir a uno de sus personajes,
que trat de buscar en el alcohol el consuelo imposible a la muerte del
librero cataln, de su esposa' y de su hijo, esta palabras restallantes,
grvidas de soterrada contradiccin: Los amigos son unos hijos de
puta.1
,155


214
e incondicional complacencia, y la esposa engolada y melindrosa, con
delirio de grandeza y chocante pudibundez,
CC7
La lluvia de "cuatro aos, once meses y dos das"^7 representa,
por una parte, una imagen de la paralizacin del tiempo, e implica, por
la otra, una referencia irnica al lenguaje jurdico, en que se elaboran
sanciones basadas en esa misma pormenor izacin temporal. Despus "no
prO
volvi a llover en diez aos", y el tiempo comenz otra vez a dar
vueltas en crculo y a resbalar gradualmente por una pendiente inexora
ble, que culminara en el apocalipsis final.
En una afortunada incursin descriptiva, se dice que "la atms
fera era tan hmeda que los peces hubieran podido entrar por las puettas
559
y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos".
Debe observarse que no se indica que los peces entraron sino que se
sugiere que "hubieran podido entrar", lo cual imprime a la hiprbole
un sello esttico distintivo, ajeno a la mera exageracin efectista,
pero no desprovisto de efectividad, dada la potente carga expresiva.
1rona >
Vinculadas a la hiprbole se encuentran la irona y la stira.
Son recursos que maneja eficazmente Gabriel Garca Mrquez. No poda
dejar de ser as, ya que en primer lugar, es un resultado de su acti
tud ideolgica antagnica y, adicionalmente, porque son medios de '
transferir a sus ideas y a sus frases el dinamismo que su temperamento
vivaz impone a la creacin artstica.
Ya nos hemos referido a la irona trascendente, que se plasma
en los niveles metaforizados de la escritura. Ahora aludiremos a la
irona que subraya, por insinuacin o por contraste, la vulnerabilidad


152
Notas
358Qarcfa Mrquez, La mala hora, p. 27.
359lkL ^Benedett f, p. 13.
3^Angel del Ro, Historia de la literatura espaola. Tomo 2
(New York: The Dryden Press, 1948), p. 309. Emiliano Diez-Echarri
y Jos Mara Roca Franquesa, en su Historia de la literatura espaola
e hispanoamericana. 2a edicin (Madrid: Aguilar, S.A., 1966), p. 576,
comentan: "La ancdota ha sido desmentida recientemente; pero sigue
teniendo visos de verdad". En la pgina 591 de la propia obra se ex
plica (nota 1) la rectificacin de la ancdota. Para nuestro objeto,
nos basta que sta siga "teniendo visos de verdad".
362Alonso, pp. 517, 518, 519. j
*2 2
J ^Wolfang A. Luchting, "Machismus mor ibundus?", Mundo Nuevo.
No. 23, Mayo de 1968, p. 67.
364
Octavio Paz, El laberinto de la soledad (Mxico: Ediciones
Cuadernos Americanos, 1950), p. 31.
365ibM., p. 60.
366 _
jbjd... P. 85.
o Cn
'Julio Mafud, "El machismo en la Argentina", Mundo Nuevo, No.
16, Octubre de 1967, p. 72.
368i_bjd., p. 73.
369Ibid., p. 74.
37Luchting, p. 61.
371
Wolfang A. Luchting, "Machismus moribundus?, (II)", Mundo
Nuevo. No. 24, Junio de 1968, p. 82.
372
Hymen Alpern y Jos Martel (eds.), Diez comedias del Siglo de
QIP-a. 2nd edition (New York: Harper and Row, 1939), pp. 274, 275, Versos
1314-1318. Otros pasajes revelan la misma obsesin: Versos 891, 1915,
1957, 1979 y 2097, pp. 262, 291, 293, 293 y 297, respectivamente.
373Ibid., pp. 306 y 307, Versos 2441-2444.
37flb?d., p. 308, Versos 2481-2484.
375Jos Angeles, Introduccin a la literatura espaola (New York:
McGraw-Hill, Inc., 1970), p. 96.


218
No podemos omitir esta frase lapidaria del coronel Aureliano
Buenda: "La nica diferencia actual entre liberales y conservadores,
es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a mi-
. ,,568
sa de ocho."
Las monjas no quedan a salvo de los dardos irnicos del autor:
Amaranta estuvo a punto de sembrar el pnico, porque una de las
monjas entr a la cocina cuando ella estaba salando la sopa, y
lo nico que se le ocurri fue preguntar qu eran aquellos pua
dos de polvo blanco. -Arsnico- dijo Amaranta.
Sobre la ilegitimidad del hijo de Meme, se produce un dilogo
digno de mencin:
-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla -sonri.
-No se lo creer nadie -dijo i a monja. -Si se lo creyeron a
las Sagradas Escrituras -replic Fernanda-, no veo por qu no
han de crermelo a m.570
Como rbrica de este epgrafe sobre la irona de Garca Mr
quez, nada sera tan apropiado como estas palabras escritas por Maria
Helena de Novis Paiva;
Lo que parece ser esencial en la stira es el aspecto de la opo
sicin al medio. El ironista es un desintegrado, un retrado...
La actividad crtica le impele a descubrir efectos perdidos, por
olvidados o inditos, y a aprovecharse de ellos, transmitiendo a
los otros ese sentimiento de creacin individual que est tambin
en la base de la creacin artstica. De ese aislamiento, que hace
que el ironista se asemeje a un sordo que asistiese a un baile,
para quien todos los gestos y pasos se tornaran grotescos, nace
la stira.571
Humor
La propensin humorstica de Garca Mrquez no es, desde luego,
el recurso superficial del chascarrillo frvolo, sino la reaccin
desafiante de un perfeccionista o la actitud picaresca de un socarrn,
que se complace en poner de manifiesto las aristas jocosas o ridiculas,


189
y de absorberlo en el mundo alucinante de la novela, las crudezas
resultan tan naturales en su contexto, como las esteras voladoras o
los aparecidos en el suyo. El eufemismo y la perfrasis no podran
suplantar a esas palabrotas rotundas, particularmente en el medio y
en las circunstancias en que ellas son proferidas.
La explicacin de este fenmeno debe buscarse en la atmsfera
total de cada obra y en la raigrambre de su mensaje. Si pensamos en
La mala hora, por ejemplo, cuyo ttulo iba a ser Este pueblo de mierda.501
debemos formularnos varias preguntas orientadoras, como stas: Cmo
se va a hablar en un pueblo declinante, maledicente, explotado, rooso
y frustrado? Cmo va a hablar un alcalde venal y cnico? Cmo se
va a expresar una mujer fcil, que fue rescatada por su amante de las
garras de la prostitucin? Q.u palabras van a salir de los labios
de un empresario que tuvo que desmantelar su circo y abandonar el
pueblo bajo la presin del chantaje de un funcionario voraz?
Considerando Cien aos de soledad, en que se desarrollan todos
los temas divinos y humanos de una manera a veces descarnada y en
ocasiones vergonzante, hipertrofindose o ironizndose las situaciones,
nos viene a la mente el concepto de "mito picaresco" sugerido por
S02
Claudio Guilln. Estamos frente a una constelacin de significados
503
y de intenciones que el lector contribuye a interpretar, J y las ex
presiones soeces desempean, alternativamente, el rol de refuerzos o
de evasiones con respecto a aqullos. En ambos casos, nos encontramos
tambin dentro de la esfera del estilo enftico, el cual refleja la
personalidad pugnaz e irreverente, con su trasfondo lrico y vindica
torio, de un artista que no ha podido trascender su caparazn humano.50**


126
339
Pedro Lastra, "La tragedia como fundamento estructural de
i a hojarasca". 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Edi
torial Universitaria, 1969), p. 39. Este trabajo aparece previamente
en Letras, Nos. 78-79 (1967), pp. 132-144.
3**Angel Rama, "Un novelista.de la violencia americana", 9 ase
dios Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), P. 113.
341
Vase pgina 37 de este trabajo.
^2Gabriel Garca Mrquez, "Dos o tres cosas sobre la novela de
la violencia", Tabla Redonda. Nos. 5"6, Abril-Mayo de I960, pp, 19 y 20.
343 i bid.. p. 20.
344lb?d.
^^Vase pgina 45 de este trabajo.
346
3 Ibid, y Nota 122.
^^Vanse pgina 48 y Nota 135.
3 Sobre la primera actitud, confrntense las pp. 76,77, 128-130
y 194 en La mala hora. Sobre la segunda postura, que en definitiva
prevalece, vanse pp. 83-86, 118, 119, 163, 179, 187, 188, 195-197,
199. Para adentrarse ms en este personaje, el lector puede acudir a
Luis Hars, p. 73, y a Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo
de Cien arios de soledad", pp. 9 y 10.
349,
350
351
Garca Mrquez, La mala hora, p. 91.
Vanse pginas32 y 33 de este trabajo.
Leopoldo Azancot, "Gabriel Garca Mrquez habla de poltica
y de literatura", Indice. No. 237, Noviembre de 1968, p. 32.
3^2Fernando Artieda, "El rostro de un poeta", VJstaz.o, XV, No.
170, Julio de 1971, 96.
3 53 I b i d.
354v£anse pp. 22 y 30 de este trabajo. Es procedente consignar
que tambin ha invocado su derecho a escribir sin cortapisas de nin
gn gnero. Vnss pp, 27 y 67 de este trabajo.
33^La locura de Jos Arcadlo Segundo es objetivamente aparente,
pero est el personaje tan vinculado al episodio de la matanza rela
cionada con la huelga, que en un pasaje de la obra se dice: "En rea
lidad, a pesar de que todo el mundo lo tena por loco, Jos Arcadio


171
que esa realidad de la novela es una reproduccin alucinada de la vida,
que en definitiva culmina en una tercera realidad, que es el mito de la
novela, expresado en una forma metafrica e irnica.
Refirindose a la concepcin del tiempo circular por los griegos,
Jos Camn Aznar asevera:
... es esta concepcin del tiempo como un retorno y, por lo tanto,
como algo esencialmente inmvil o con una movilidad que nos ofrece
los mismos avatares, lo que crea los mitos... el mito fija en el
tiempo los acontecimientos arquetpicos, aqullos que se han de
repetir cuando advenga el nuevo ciclo. Aqullos que por su ejem-
plaridad o por su magnitud, el tiempo los reiterar a su paso por
el mismo punto del crculo. ** \
Esta refundicin de mito y tiempo se perpetra artsticamente
mediante la introduccin del mago Melquades, que anticipa los aconte
cimientos, plasmndolos en un manuscrito esotrico y premonitorio. Por
su mediacin se logran efectos estticos y psicolgicos eficaces, al
inclursele en el elenco de la novela como un personaje estructural,
cuya presencia llega a convertirse en algo consabido para el lector,
gracias a la pericia tcnica del novelista.
A travs del tiempo giratorio, que repite los hechos y las per
sonas, se consolida el mito de la novela: "Melquades no haba orde
nado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que con
centr un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran
465
en un instante."
Por ello Jos Arcadio Buenda tuvo que decir en una ocasin que
466
la mquina del tiempo se haba descompuesto (73). Por ello Ursula
pudo decir y reafirmar: "Ya esto me lo s de memoria. Es como si
el tiempo diera vueltas en redondo y hubiramos vuelto al principio."*


162
a la integracin que el presente captulo postula. Nos referimos a
los factores aludidos en la siguiente observacin de los autores de
Jeora literaria:
Nuestra concepcin... ve medularmente presentes en la metfora y
en el mito el sentido y funcin de la literatura... Todos estos
trminos llaman nuestra atencin a los aspectos de una obra lite
raria que unen y vinculan exactamente los antiguos componentes de
"forma" y "mater i a". **51


39
Armando Duran recoge una amplia impresin del pensamiento de Garca
Mrquez sobre la labor crtica, de la cual hemos seleccionado el siguien-
te pasaje:
ili conclusin os que ningn crtico podr trasmitir a sus lectores
una visin real ele Cien arios de soledad mientras no renuncie a su
caparazn de pontfice y parta de la base ms que evidente de que
esa novela carece por completo de seriedad. Esto lo hice a concien
cia, aburrido do tantos relatos pedantes, de tantos cuentos providen
ciales, de tantas novelas que no tratan de contar una historia sino
de tumbar el gobierno; cansado, en fin, de que los escritores furamos
tan serios e importantes. Esa misma seriedad doctoral nos ha obl-
yado a eludir la sensiblera, el melodramatismo, lo cursi, la misti
ficacin moral y otras tantas cosas que son verdad en nuestra vida
y no se atreven a serlo en nuestra literatura.^
Garca Mrquez rubrica su opinin sobre los crticos con este
smil ingenioso:
Lo que ocurre es que a los crticos les sucede lo mismo que a los
ingenieros, que construyen una carretera torcida y luego ponen un
letrero; "Curva peligrosa", como si la hubiera construido el des
tino.^
Francisco lirondo recoge una alusin clave a Cien aos de soledad:
"Despus 'me empec a divertir1, senta 'que haba fastidiado a alguien.'
Era cCiTio una burla., como un corte de mangas
Y en efecto, esta alusin responde a una idea expresada en la men
cionada novela: "No se le haba ocurrido pensar hasta entonces que la
literatura fuera el mejor juguete que se haba inventado para burlarse
100
de la gente..."
Para concebir la fundada sospecha de que ese juguete de la litera
tura puede caer a voces en manos sensibles, afanosas de ocultar pudoro
samente su temblor de tristeza y de estupefaccin ante el misterio de la
vida y de la muerto, es necesario leer la obra completa de Gabriel Garca
Mrquez. Para comprobar ia apariencia de que ese juguete puede caer


68
Decimos que parece aproximarse, porque una cosa es "escribir
bien" y otra, muy distinta, comprometerse con la literatura. Para
Garca Mrquez -sus ideas y actitudes y, desde luego, la mayora de
sus obras autorizan proclamarlo- la literatura no es un fin en s
misma sino un medio, efectivo y efectista a la par, de explayar su
pujante personalidad, las querencias y malquerencias que se agazapan
en sus ms recnditos pliegues psicolgicos. Su compromiso es consigo
mismo, con el afn de reconocimiento, con la rebelda difusa y el res
peto humano vergonzante que se advierte en su afn de retocar su imagen
de reformador. El no tiene un compromiso con la literatura sino, a lo
sumo, un pacto. Sus dotes excepcionales de creador, reforzadas por su
genuina sensibilidad, le han permitido, sin embargo, despistar a aque
llos crticos que se han acercado a l desde una perspectiva estricta
mente literaria.
Ya hemos insistido en que Gabriel Garca Mrquez es un hombre do
tado de no poca sensibilidad. Como tal, no puede permanecer ajeno a
las vicisitudes y al destino de su patria. Pero, a la vez, es un ide
logo que destila sus realidades y sus fantasas a travs del filtro de
sus convicciones poltico-sociales. Al mismo tiempo, es un artista y,
en ese plano, tamiza sus ideas, experiencias y sentimientos a travs
del cernidor de su inspiracin, de su xtasis creador o de su travieso
humor luc?ferino.
El examen de la transfiguracin resultante -para embellecer o
para afear, para exaltar o para execrar, para asombrar o para entre
tener- puede servirnos de brjula en nuestra pesquisa. El factor


33
65
Monsalve, p. 4.
66
Fernndez-Braso, p. 31. Vase tambin p. 53. Debe aclararse
que la fecha de entrada de Fidel Castro en La Habana fue el 3 y no el
primero de enero de 1959.
67
'Carlos Landeros, "En Barcelona con Gabriel Garca Mrquez",
Siempre. No. 872, Marzo 11 de 1970, p. 21.
68
"Marta Padilla y la clera de los intelectuales", Vanidades
Continental. Ao 11, No. 15> Julio 26 de 1971^ P. 70.
^Vase el texto de la declaracin en la p. 17 del presente tra
bajo.
J
^Urondo, p. 165.
22Schoo, p. 54.
^Urondo, p. 168.
7i+Fernndez-Braso, P. 54. La entrevista tuvo lugar el 17 de oc
tubre de 1968.
^Fossey, p. 8.
^Siempre. No. 876, Abril 8 de 1970, pp. 14 y 15.
^Durn, p. 23.


143
vidos de gozar de.la misma aureola, con una mezcla de envidia y admi
racin; y, finalmente, un grupo de mujeres, igualmente numeroso, que
se hacen eco de la fama y rinden tributo al dolo, asumiendo a menudo
la iniciativa frente a l.
Muchos habrn odo hablar del actor Rodolfo Valentino, y para
referirnos a un ejemplo ms reciente, de Clark Gable, quien falleci
a fines de I960:
... el hombre adorado por millones de mujeres, que amaban el in
vencible hechizo que ejerca sobre el sexo dbil, y admirado por
millones de hombres, a quienes fascinaba con sus actitud franca ¡
y realista ante la vida y su dominio total de las mujeres. 5
El vaquero de las pelculas del oeste y el pistolero de las cin
tas de ambiente del hampa, ejercen tambin sobre las multitudes un em
brujo peculiar. Su prepotencia e invulnerabilidad, as como la pri
vanza de que gozan, cada uno a su modo, entre las mujeres, los hacen
blancos de envidia y admiracin. El hombre abandona el cine con el
afn de emular al hroe; la mujer, con el anhelo de encontrar un mulo
del galn, igual podra decirse del torero que arriesga su vida en el
ruedo o del pugilista que exhibe su bravura en el cuadriltero. Las
multitudes no pueden menos que rendir tributo de admiracin y respeto
a los hombres de coraje. Son, para nosotros, ejemplos todos de machismo
heroico, del tipo del hombre prdigo de s mismo, que es el caso de Don
Juan. Resulta, pues, el machismo uno de los tantos fenmenos sociales,
del que mal puede decirse que tiene un carcter regional.
L\.qL^
Wolfang A. Luchting distingue entre machismo clsico y machismo
interiorizado, y se ufana de la actitud de Gabriel Garca Mrquez hacia


124
Notas
^ Fernando Alegra, "Una clasificacin de la novela hispano
americana contempornea", La novela iberoamericana, ed. Arturo Torres
Rioseco (Albuquerque: The University of New Mexico Press, 1952), p.
63. Idntica opinin es sustentada, con lujo de detalles, por Jos
Antonio Portuondo en el mismo libro, en "El rasgo predominante en la
novela hispanoamericana", pp. 7987, y en "El contenido social de la
literatura cubana", Jornadas. No. 21, s.f., El Colegio de Mxico,
Centro de Estudios Sociales. Agustn Yez abunda en el tpico en
"El contenido social de la literatura iberoamericana", Jornada. No.
14, s.f., El.Colegio de Mxico, Centro de Estudios Sociales.
3%obre estos acontecimientos histricos, ver Hubert Herring,
A History of Latin America. 2nd edition, revised (New York: Alfred
A. Knopf, 1966), pp. 499, 500, 503509, 517520; Ben G. Burnett and
Kenneth F. Johnson (eds.), Political forces in Latin America: Dimensions
of the quest for stability. 2nd edition (Belmont: Wadsworth Publishing
Company, 1970), pp. 3133l8; Rafael Azula Barrera, De la revolucin al
orden nuevo (Bogot: Editorial Kelly, 1956); Miguel Angel Gonzlez,
S.J., La violencia en Colombia, anlisis de un libro (Bogot, 1962),
que se refiere a La violencia en Colombia (Bogot, 192 y 1964), es
crito en colaboracin por Orlando Fals Borda, Eduardo Umaa Luna y
Germn Guzmn Campos. Este ltimo public despus La violencia en
Colombia, parte descriptiva (Cali, 1968), que es un desprendimiento
del anterior.
310
Ver Gerardo Surez Rondn, La novela sobre la violencia en
Colombia (Bogot, 1966); Robert Kirsner, "Four Colombian novels of
'La Violencia1", Hisoania. |L, No. 1, Marzo de 1966, 70-74; Publio
Gonzlez-Rodas, "Lxico de la violencia en Colombia", Hisoania. Ll,
No. 2, Mayo de 1966, 302-309 (Este artculo origin una apasionada
polmica que aparece reseada en Hisoania. Ll, No. 4, Diciembre de
1968, 848 y 849 y Ll1, No. 2, Mayo de 1969, 243 y 244).
311
Vase pgina 21 de este trabajo.
312
Eugenio Chang-Rodrguez y Harry Kantor, p. 12.
313
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, pp. 254-263, 285, 295,
300, 324, 329 y 344.
314
Charles David Kepner, Jr. y Jay Henry Soothill, El imperio
el banano. Tomo II (La Habana: Imprenta Nacional de Cuba, 1961),
PP. 121 y 122.
315
Rafael Azula Barrera, De la revolucin al orden nuevo (Bo
got; Editorial Kelly, 1956), pp. 60 y 61.


CAPITULO Vil
LA VIOLENCIA
La marcada tendencia de la novela hispanoamericana a reflejar
la realidad circundante, ha sido sealada, entre otros, por el cr
tico Fernando Alegra:
Como punto de partida dir, pues, que la novela hispanoamericana
contempornea es una novela de problemas donde el hombre -no ya
el paisaje- ocupa el centro de nuestra atencin, angustiosamente (
afanado en definir su individualidad, speramente dividido en sus
relaciones sociales y econmicas, buscando en medio de trgicos
episodios la solucin al conflicto bsico de nuestro continente:
la posesin de la tierra y la necesidad de organizar una vida sobre
bases de justicia social y dignidad humana.
Entre esos trgicos episodios se encuentra el de la violencia en
Colombia, donde las rivalidades polticas, en cierto modo instigadas por
el regionalismo y la cuestin clerical, han provocado cruentas luchas
desde el siglo XIX y a lo largo de la presente centuria, con un impre-
309
sionante balance de vctimas.
Como era de esperar, una pltora de novelas ha dado testimonio de
esa realidad histrica; a tal extremo, que se habla de "la novela de la
Violencia" en Colombia con la misma naturalidad con que se habla de "la
310
novela de la Revolucin" en Mjico.
Ya nos hemos referido al criterio del escritor colombiano Germn
Arciniegas, sobre el valor documental de la novela hispanoamericana,.
311
"que es en lo general un documento ms exacto que la historia".
Ahora es oportuno reproducir los fundamentos con que este autor res
palda su tesis:
110


184
En Los funerales de la Mam Grande hay algunas ilustraciones
de repeticin: "... y no la lenta, la silenciosa, la equilibrada
491
mancha de gallinazos sobre el muladar1'(99). Al mismo tiempo, se
nos ofrecen enumeraciones tpicas:
... ahora que los gaiteros de San Jacinto,
de la Guajira, los arroceros del Sin, las
camaya1, los hechiceros de la Sierpe y los
taca han colgado sus toldos...^9^
los contrabandistas
prostitutas de Gua-
bananeros de Araca-
Prrafo aparte merece la enumeracin del "patrimonio invisi-
493
ble" de la Mam Grande, que constituye una muestra muy lograda de
la "enumeracin catica" glosada por Leo Spitzer:
La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de
la bandera, la soberana nacional, los partidos tradicionales,
los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer
magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de
recomendacin, las constancias histricas, las elecciones libres,
las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las gran
diosas manifestaciones, las distinguidas seoritas, los correctos
caballeros, los pundonorosos militares, su seora ilustrsima,
la corte suprema de justicia, los artculos de prohibida impor
tacin, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza
del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurdico, la
prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinin
pblica, las lecciones democrticas, la moral cristiana, la es
casez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la
nave del estado, la caresta de la vida, las tradiciones republi
canas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesin.H94
De La mala hora seleccionamos un ejemplo de anacoluto: "-Est
muerto -exclam el padre, perplejo. -Como un cochino -respondi el
alcalde, "^5
En Cien aos de soledad constatamos el uso eficaz del imper
fecto:
... y todo el mundo se espant al ver que los calderos, las
pailas, las tenazas y los anafes se caan de su sitio, y las ma
deras crujan por la desesperacin de los clavos y los tornillos
tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde haca


210
Y asumi su actitud de confiada e inocente expectativa hasta cuando
se apaciguaron los hongos de sus visceras.
El lector experimenta tambin una incmoda desazn, al ver inva
dida la privacidad del Coronel hasta un lmite embarazoso, con porme
nores que destacan la fase ms inerme de su individualidad. Al mismo
tiempo, se advierte la habilidad y la audacia descriptivas y, en no menor
medida, el ensamblaje de esa secuencia anecdtica con la situacin total
de la novela.
En La mala hora, encontramos un pasaje antolgico: ;
Se deca de l que haba asesinado en ese mismo dormitorio a un
hombre que encontr acostado con su esposa, y que lo haba enterrado
clandestinamente en el patio. La verdad era distinta: Adalberto
Ass haba matado de un tiro de escopeta a un mico que sorprendi
masturbndose en la viga del dormitorio, con los ojos fijos en su
esposa, mientras sta se cambiaba de ropa. Haba muerto cuarenta
aos ms tarde sin poder rectificar la leyenda.5^5
Otro pasaje de la misma obra que no le va a la zaga en expresivi
dad, es el que sigue: "En la Universidad, un Sbado de Gloria, trat
de aplicarle una cura de burro a la ¡ncertidumbre: entr en el orinal
de un bar, perfectamente sobrio, y se ech plvora en un chancro y le
prendi f uego."-^
En Cien aos de soledad abunda la modalidad tremendista, aunque
nos limitaremos a la siguiente seleccin:
... la pequea Remedios despert a media noche empapada en un caldo
caliente que explot en sus entraas con una especie de eructo des
garrador, y muri tres das despus envenenada por su propia sangre
con un par de gemelos atravesados en el vientre (80).
Ni siquiera levant los ojos para apiadarse de ella, la tarde en
que Amaranta entr en la cocina y puso la mano en las brasas del
fogn, hasta que le doli tanto que no sinti ms dolor, sino la
pestilencia de su propia carne chamuscada. Fue una cura de burro
para el remordimiento (100).


75
o oQ
En La mala hora se repite el caso de la mujer dominante, se
229
confrontan nuevas crisis de soledad, se plantea un complejo caso de
neutralidad sexual, resaltan pasajes de atesmo^ y erotismo,y
233 234
se habla de aparecidos y de cartomancia. Al mismo tiempo, nos
235 '
sentimos rodeados por un contorno de violencia, por un ambiente de
i 237
corrupcin poltica y por una sofocante atmsfera de calor. Me-
'2P 8
nudean tambin crticas que afectan a los ricos J y a las damas cat-
23 9 24o
licas, as como diatribas acerca de la polica y de los funcio-
241
narios en general. \
En Cien aos de soledad, diramos que se tratan o se sugieren
242
todos los temas divinos y humanos. El Duque de Marlborough vuelve
a aparecer (145, 146), y encontramos referencias a Francis Drake (16,
24, 350), a Sir Walter Raleigh (51) y a Alexander Von Humboldt (68).
El Judo Errante tambin reaparece en esta crnica monumental (119,
291), en la que hallamos igualmente a un juglar casi bicentenario con
reminiscencias gauchescas, que responda al apelativo de Francisco el
Hombre (50, 64). La soledad subyace a travs de toda la novela (27,
31, 41, 49, 52, 63, 67, 78, 82, 96, 119, 127, 133, 135, 139, 143, 144,
146, 149, 174, 187, 188, 190, 191, 213, 222, 223, 226, 229, 232, 238,
246-248, 265, 288, 295, 298, 303, 305, 316, 330, 340, 346). El tpico
de la mujer de carcter firme y de visin prctica llega a su culmina
cin en la personalidad de Ursula Iguarn (9, 10, 12-15, 19, 20, 25,
26, 32, 36-38, 41, 49, 53, 58, 65, 86, 95, 96, 103, 105, 106, 110, 120,
139, 140, 148, 151, 157, 165, 191, 205, 211, 241, 27I, 277, 278, 283,
?43
285, 286, 289). Alusiones a aparecidos (26, 49, 70, 73, 124, 156,


BIOGRAPHICAL SKETCH
Pablo A. Lpez-Capestany was born October 16, 1917* in Placetas,
Cuba. In June, 1937* he was graduated in high school from Colegio
Champagnat, Havana, Cuba. In January, 1942, he received the degree
of "Doctor en Leyes" from the University of Havana. In June, 1956,
he graduated from the School of Journalism, Havana, Cuba. In January,
1963, he came to the United States as a political exile. In August,
1965, he was awarded his Master's degree by Indiana State University.
From September, 1964, until June, 1970, he taught Spanish at Ursuline
College, Louisville, Kentucky, and at Saint Leo College, Saint Leo,
Florida, and subsequently pursued his studies toward the degree of
Doctor of Philosophy.
250


95
al fin dedicarse exclusivamente a escribir. Dice de l Francisco
Urondo: "De todas formas, el momento en que su intimidad es inex
pugnable, es cuando se pone a escribir. En esa circunstancia es el
hombre ms feliz de la tierra, 'ya no .me importa nada, ni mujer, ni
hijos, nada'."2'^
En otra oportunidad, Garca Mrquez se desahoga de este modo:
Me he negado a convertirme en un espectculo, detesto la televi
sin, los congresos de escritores, las conferencias, la vida in
telectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes,
a diez mil kilmetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda
muy poca vida privada. Esta es mi cuarta entrevista en los l- i
timos quince das... he resuelto que la mejor manera de poner
trmino a este aluvin de entrevistas intiles es conceder la
mayor cantidad posible, hasta que todo el mundo se aburra de m,
hasta que me gaste como tema.
A Fernndez-Braso le aclara: "Yo vine a Barcelona a trabajar y
a vivir. Desde luego, no a hacer declaraciones. Creo que quien tenga
inters por saber cmo pienso le basta con leer mis libros.
,,253
Ms adelante reitera: "Yo defiendo mi vida privada. No quiero
254
que nada ni nadie la invada."
Hay que partir, pues, de la base de que Gabriel Garca Mrquez
es un solitario. No un eremita ni un misntropo, y tampoco un tmido
o un retrado, sino simplemente un solitario. Tiene sus das y sus
horas contados para salir a la superficie a respirar, porque prefiere
permanecer sumergido el resto del tiempo en la soledad de su estudio,
leyendo lo que otros han escrito o escribiendo lo que otros habrn de
leer. Y tal vez, algo ms: escuchando msica; porque l dice ser "en
255
realidad, ms msico que cualquier otra cosa".


203
Al menos atento observador, no se le debe escapar la observacin
de que la premeditada insercin de ciertos vocablos estremecedores en
el contexto de la narracin, produce un efecto como de sacudida ssmica
en el nimo del lector. Resulta curioso, por cierto, que lejos de li
berar a ste de la fascinacin en que el mundo novelesco lo tiene atra
pado, tal procedimiento contribuye, por el contrario, a sumergirlo cada
vez ms en ese alucinante reino de ficcin, que reivindica para s'una
realidad tangente a la convencional, de la cual se nutre y a la cual
complementa.
Si se recuerdan las respuestas intencionadas y paradjicas que
suele dar Garca Mrquez a sus entrevistadores, se podr apreciar que
su conversacin se propone a menudo desconcertar al interlocutor,
al igual que sus narraciones ms tpicas intentan asombrar al lector.
Comprobamos una vez ms, que la personalidad indcil, esquiva y ator
mentada del hombre se exterioriza de modo ostensible en las ficciones
creadas por el artista. Uno de sus ms penetrantes entrevistadores,
Armando Puente, nos ofrece una pista que no podemos desechar, ya que
confirma a plenitud nuestro diagnstico:
Una conversacin con Garca Mrquez tiene el mismo hechizo que sus
obras. Como ellas tambin, es intend onal mente imprecisa, con
frases y palabras que conducen por caminos inconclusos o que llevan
a un mundo mgico, mixtificado. Quizs por eso l, que es un in
fatigable conversador, se niega con pavor a aceptar que la charla
se grabe en un magnetfono. Porque pudiera haber alguien que luego
volviera a desmenuzarla, y descubriera algn truco de buhonero. La
conversacin es espontnea, pero se percibe que, tras su aire de
abandono, Garca Mrquez calcula y mide cada una de sus frases.
Lo Grotesco
Creemos que existen dos clases de parodias: las que disminuyen
o degradan, a travs de la mofa o el escarnio, y las que aumentan o


CAPITULO II
IDEARIO CIVICO
Germn Arcniegas tuvo la visin de destacar el valor documental
de la novela hispanoamericana, en los trminos que siguen:
La novela latinoamericana es en lo general un documento ms exacto
que la historia... Para llegar hasta el fondo de la tragedia del
campesino ecuatoriano hay que leer una novela con nombre indgena:
Huasipungo. Para acercarse al indio peruano el camino ms directo
es la novela de Ciro Alegra El mundo es ancho y ajeno, cuyo ttulo
ya es bien expresivo. La historia verdadera de la revolucin me
jicana se ha de leer en reportajes novelados como Los de abajo o
El guila y la serpiente. La historia de Bolivia qued escrita por
un insigne novelista con este ttulo: Los caudillos brbaros.
Venezuela se mueve con estos ttulos de novela al fondo: Las lan
zas coloradas. El pobre negro. Sobre la situacin de Colombia en
estos aos no hay nada mejor que el libro Cenizas para el viento.
La obra bsica de la vida y las letras argentinas sigue siendo la
de Sarmiento Civilizacin o barbarie. Conviene leer dos veces
todos estos ttulos porque ellos solos son un mapa en imgenes de
nuestro mundo contradictorio y difcil.**
El juicio que antecede est vinculado, en cierto modo, al concepto
de "intrahistoria", que ha sido explicado por Jos Angeles con claridad
meridiana:
... la historia, la autntica, la que se vivi y form carne y es
pritu de los espaoles no es la oficial, la historia al uso, tal
y como la entienden los historiadores, sino la que se les escapa;
la que puede leerse, cuando se tiene sensibilidad para ello, en la
cual idad,substancial del idioma, en la literatura, en el arte y el
paisaje.
En el caso de ciertos novelistas hispanoamericanos contemporneos,
ntimamente solidarizados entre s (Julio Cortzar, Carlos Fuentes, Ma
rio Vargas Llosa y el propio Gabriel Garca Mrquez); s debe tratar de
penetrar a fondo en sus procedimientos y tantear sus motivaciones, a
fin de indagar hasta qu grado se proponen simplemente execrar la
21


55
Francisco lirondo alude a otro galardn:
... el premio de la crtica italiana -alrededor de un milln de li
ras-; estuvo a punto de perderlo porque no se lo daban si no iba a .
recibirlo personalmente, y l se negaba, hasta que al final, los or
ganizadores, debieron ceder para entregar el premio y resignrsela
la ausencia en las ceremonias que, sin duda, haban preparado.
Sobre otro premio nos informa Mario Bejarano, refirindose a Cien
aos de soledad:
... el premio al mejor libro extranjero 1969; dicho premio haba
sido concedido con anterioridad al escritor guatemalteco y Premio
Nobel, Miguel Angel Asturias, posteriormente a escritores de gran
prestigio como Heinrich Boll, Robert Musil, Lawrence Durrel,
Gunther Grass y Alexandre Soljenytsine. '
Aunque en otro campo, no debemos omitir el premio obtenido conjun
tamente con Luis Alcoriza, en el primer certamen de libretos organizado
por la "Sociedad de Escritores de Radio, Televisin y Cine de Mxico",
168
por el guin de la novela La Nada. Recordemos que, durante su estan
cia en Mjico, se dedic a esta actividad: "... se gana la vida en lu
gares remotos haciendo guiones para pelculas de la "nueva ola" mexica
na. Uno de sus cuentos, 'En este pueblo no hay ladrones', fue filmado
por un grupo experimental para presentarlo en el Festival de Locarno en
1965".169
Antes de considerar el tpico de las influencias, queremos inter
calar un hecho digno de mencin. Se trata de un relato en serie que
apareci en "El Espectador" hacia 1955, sobre un marinero que sobrevivi
diez das sin alimentos en una balsa, despus de caerse al mar desde un
buque colombiano que aparentemente transportaba mercancas de contra
bando. Los reportajes de Garca Mrquez han sido reunidos en un libro
por la "Editorial Tusquets", bajo el titulo Relatos de un nufrago.
Sobre esto, ha dicho nuestro autor:


198
Mrquez: El coronel no tiene guien le escrba: 7 (10); 8 (11); 11
(18); 56 (29); 57 (12); 85 (24). Los funerales de la Mam Grande:
11 (8; 25 y 26); 12 (9); 14 (29); 16 (17); 18 (6); 25 (24; 26 y 27);
29 (11 y 12); 32 (16); 35 (21 y 22); 39 (33); 41 (34); 43 (10; 24 y
25); 48 (2); 52 (13; 22); 67 (21 y 22); 69 (29); 71 (9 y 10); 88
(15 y 16; 23); 90 (26); 95 (8 y 9); 98 (22); 99 (12; 18); 100 (3);
101 (9; 25 y 26) ; 103 (11); 105 (14); 107 (1); 108 (10); 128 (31 y
32); 129 (19 y 20); 142 (21); 143 (19); 146 (25 y 26); 147 (5 y 6).
La mala hora: 7; 8; 10; 17; 26; 32; 45; 48; 58; 60; 61; 66; 69; 76;
98; 100; 102; 108; 109; 126; 129; 132; 138; 153; 154; 165; 168; 179;
181; 182; 185; 190; 203. Cien aos de soledad: 9; 11; 13; 15; 17;
18; 29; 30; 31; 36; 37; 45; 49; 52; 53; 60; 61; 62; 64; 65; 67; 69;
70; 76; 79; 85; 87; 101; 102; 105; 112; 132; 134; 135; 138; 139; 145;
162; 166; 172; 175; 176; 177; 180; 181; 182; 185; 190; 192; 193; 195;
196; 197; 199; 209; 210; 211; 214; 215; 218; 219; 220; 223; 224; 233;
236; 237; 242; 247; 256; 257; 259; 260; 268; 272; 276; 279; 280; 302;
303; 308; 316; 324; 330; 332; 333; 334; 335; 337; 338; 340;.341; 345.
-^Dmaso Alonso, p. 303.
^Los tres ejemplos corresppnden a nuestras previas citas to
madas de La hojarasca.
^Dmaso Alonso, p. 303.
^Tambin de los ejemplos citados de La hojarasca.
511Cari11a, p. 74.
^Garca Mrquez, La mala hora, p. 17.
-^Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 17.


69
voluntariedad o deliberacin puede llegar a jugar un papel decisivo, como
en el caso de los tres mil muertos de la huelga bananera, en que Garca
Mrquez alega proponerse contrarrestar con su propia mentira la mentira
,181 .
oficial.
En cierto modo, nuestro autor aclara su postura, en relacin con
Cien aos de soledad, al declarar:
... esa novela carece por completo de seriedad;.. Esa misma serie
dad doctoral nos ha obligado a eludir la sensiblera, el melodrama-
tismo, lo cursi, la mistificacin moral y otras tantas cosas que son
verdad en nuestra vida y no se atreven a serlo en nuestra litera-
tura.182
Uno de los objetivos que dice perseguir es recuperar al lector,
que los novelistas hispanoamericanos haban perdido con su artificiosa
seriedad. Recurdese cmo le es obsesiva la idea de que sus amigos le
quieran ms y, en general, ese latiguillo sentimental, expresado a ve
ces con desenfadado candor: "... a m me gusta que a la gente le guste
i -u 183
lo que yo escribo .
El novelista ha evadido sistemticamente concretar su objetivo,
responsabilizando a los crticos con la elucidacin del misterio.
Jean-Michel Fossey trat de precisarlo, pero la respuesta de Garca
Mrquez fue, como siempre, elusiva:
Jean-Michel Fossey: Se puede considerar que en Cen aos de sole
dad a travs de la historia de una poblacin imaginaria usted est
contando la historia de los pueblos de la Amrica Latina?
Gabriel Garca Mrquez: Es una pregunta para crticos. Cuento la
historia de una familia del pueblo de Macondo que toma toda clase
de precauciones para no tener un hijo con cola de cerdo y, al cabo
de cien aos, lo tiene, en virtud de las mismas precauciones que
toma para no tenerlo. Eso era lo que me interesaba contar. Si hay
otras implicaciones, es a los crticos a quienes corresponde en
contrarlas. 4
Las han encontrado los crticos? Repetimos que no. Su respuesta


249
Yez, Agustn. El contenido social de la literatura iberoamericana.
Mxico: El Colegio de Mxico, Centro de Estudios Sociales,
Jornadas #14, sin fecha.
Zavala, Iris M. "Cien aos de soledad, crnica de Indias", Insula.
No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3, 11.
Zweig, Stefan. Master builders: a typology of the spirit. New York:
The Vi eking Press, 1939.


57
6. 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial
Universitaria, 1969), pp. 40, 62, 107, 108, 137, 147, 148,
150.
7. Carmen C. de Rodrfguez-Purtolas, "Aproximaciones a la obra de
Gabriel Garca Mrquez", Universidad. No. 76, Julio-Diciembre
de 1968, pp. 12, 13, 14.
8. Francisco Cajiao, S.J., "La mala hora. Gabriel Garca Mrquez",
Revista Javeriana. No. 353, Abril de 1969, p. 240. En la misma
pgina alude al influjo de Kafka.
9. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana:
Casa de las Amricas, 1969), pp. 98, 218.
10. Roger M. Peel, "The short stories of Gabriel Garca Mrquez",
Studies in Short Fiction. VI i, No. 1, Winter, 1971, 160.
11. Ramiro Andrade, "Apuntes sobre la nueva cuentstica nacional",
Bolvar. XII, Nos. 5558, Enero-Diciembre de I960, 179.
B) ERNEST HEMINGWAY:
1. 9 asedios a Garca Mrquez, p. 137.
2. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
3. Luis Hars. Vase A-5.
4. Alfonso Rumazo Gonzlez, p. 411.
C) VIRGINIA W00LF:
1. Emir Rodrguez Monegal, Vase A-4.
2. Suzanne Jill Levine, "Cien aos de soledad y la tradicin de la
biografa imaginaria", Revista Iberoamericana. XXXVI, No. 72,
Julio-Septiembre de 1970, 453 y siguientes. Esta influencia se
considera ejercida a travs de Jorge Luis Borges (456).
D) F'. RABELAIS:
1. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
2. SL asedjgs.a...fiax.<;..a.ijirque.z<> pp. 86, 130.
3. Carmen C. de Rodrguez-Purtolas, p. 38.
4,. Germn Arciniegas, "Un mundo para la novela", Piari_o. Las Am.r].-
cas. Octubre 17 de 1970, p. 4.


96
Es significativo, que en unas declaraciones a Jean-Michel Possey,
Garca Mrquez expresara: Podra perfectamente vivir en una isla de
sierta siempre que no hubiera el problema del colegio para los nios y
.,256
que mis amigos vinieran a verme."
Pero ya hemos dicho que la personalidad del novelista colombiano
es bastante compleja. Ernesto Schoo se hace eco de este aspecto con
tradictorio de Garca Mrquez:
Pero cuando se lo ve, poco despus, en la Zona Rosa" de la Ciudad
de Mxico (un puado de manzanas, a un costado de la columna del
Angel de la Independencia, donde se acumula todo lo que hay de lu
joso, snob y with it en la fastuosa capital de Nueva Espaa), re
partiendo sonrisas y apretones de manos, interesndose por la vida
de todo el mundo y escuchando los informes con sus grandes orejas
apantalladas, absorbiendo la vida y la fama con la misma avidez
con que absorba las historias de la abuela, no se puede creer de
masiado en el retraimiento de Garca Mrquez. Es que est en uno
de sus perodos de descanso, explica: acaba de emerger de Cien
aos de soledad, y se siente como naciendo de nuevo, bautizndose en
las aguas de la amistad, de la risa, de la ancdota ligeramente pi
cante o prfida, del alboroto que inevitablemente suscita con sus
carcajadas, sus manotazos, sus ironas (sin que se le vaya del todo
la tristeza levantina de su cara de buhonero) ->/
Karl Vossler propone una explicacin sobre estas situaciones, al
postular: "El solitario puede conducirse activamente y el sociable con-
258
templativamente, por lo menos en casos excepcionales."
Gregorio Maran ofrece este enfoque genrico de la cuestin:
La soledad naci, no como un alivio de algo, sino como signo nega
tivo: como miedo a la soledad". De este miedo surgi la necesi
dad de la compaa con los dems hombres. Pero la convivencia con
los hombres nos hace perder la libertad, sin la cual la vida se
hace insoportable... el pobre ser humano se ve obligado a huir de
la soiedad, para caer en la servidumbre. *>*'
Tal vez por la complejidad misma de su carcter, haya podido ofre
cernos Garca Mrquez tan variadas facetas de la soledad que, segn An
drs Amors, es el tema que unifica toda la novela -toda la familia-"
en C i e n a os de sol edad.


125
3*^Monsa1ve, p. 4.
^^Landeros, p. 21.
3^8Vase la Nota 224 de este trabajo.
319
Vase pgina 80 del presente trabajo.
32Garca Mrquez, Cien arios de soledad, p. 257.
321 Ibid., p. 258.
3221 bid., p. 260.
3231 bid., pp. 254 y 255.
324Garcfa Mrquez, La hojarasca, p. 61. Ntese que e este cap
tulo reproducimos pasajes no incluidos en el Captulo Primero de esta
Segunda Parte, al que remitimos al lector.
32^Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande, p. 83. Este
pasaje es reproducido en La mala hora, p. 94.
"^Garca
M
rquez. El
coronel no
tiene quien
le escriba, p. 15.
3271 bid.,
PP
. 17 y 18.
-
328Ibid.,
P.
75.
329
Monsalve,
P.
330Vase i
'Iota 235.
33^Garca
Mrquez. La
.ma l.a...l3.p,n^
PP. 25, 30,
31, 74, 94, 122,
167, 192.
3 3 2 5 b i d.,
P.
14.
333 Ibid..
P.
187.
33f!bid.,
P.
193.
335lbid.,
PP
. 65-70.
33<3Benedett i
, P. 13.
-
33^Ibid.
338Garca
M
rquez. La
hoiarasca.
P. 7.


133
Esta es la actitud del hombre prdigo de s mismo, que en un
personaje vulgar se podra calificar de mera fanfarronera, pero no
en uno tan complejo, que tiene un concepto tan elevado de s mismo y
est siempre presto a reafirmarlo con la ofrenda gratuita de su vida.
El Don Juan Tenorio, de Jos Zorrilla, aunque reivindicado al
final en el orden espiritual, nos parece hasta entonces el prototipo
del calavera, que es pendenciero por una especie de propensin depor
tiva ms que por recelos de conviccin intransigente; aventurero por
azar de clculo ms que por designio vital: j
Aqu est Don Juan Tenorio,
y no hay hombre para l.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquiera empresa abarca
si en oro o valor estriba.75
Siendo, pues, la conquista amorosa un medio y no un fin, podra
decirse que en esta versin del donjuanismo, el machismo consiste en
un desbordamiento de energa, representada por la tensin interna,
siempre vida de lanzarse hacia un blanco indiscriminado de aventura.
Alonso Quijano tena ya dentro de s ese desasosiego del incon-
forme, esa vocacin de redentor, que lo transform en Don Quijote cuando
sufri el impacto traumtico de los libros de caballera. La diferencia
entre el quijotismo y el donjuanismo radica aqu en lo cualitativo de la
conducta, no slo en la categora de la accin. Detrs de las motiva
ciones de Don Quijote hay valores; delante de los designios de Don Juan,
aventuras. Hay un aspecto, sin embargo, en que se produce la coinci
dencia. Don Quijote, como Don Juan, no es intrpido a causa de una
impulsin ertica. Si hay machismo en la fase anecdtica de ambas


Abstract of Dissertation Presented to the
Graduate Council of the University of Florida in Partial Fulfillment
of the Requirements for the Degree of Doctor of Philosophy
TEMATICA Y ESTILO EN LA
NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ
By
Pablo A. Lpez-Capestany
June, 1972
Chairman: Dr. Irving R. Wershow
Major Department: Romance Languages and Literature \
This study of the works of Gabriel Garca Mrquez, the contemporary
Colombian novelist, is divided into three interrelated sections: his
life and personal philosophy as reflected in his works; the principal
and reoccurring themes in his narrative production; and the basic
techniques of his literary style. The life of the author, his subject
material and his style are so interwoven that they become a unified
single entity. His own subjectivity, that is his personal participa
tion in the events of his works, intimately unites life, content and
form.
Gabriel Garca Mrquez is a Colombian. His descriptive back
ground is Colombia. His subject material is Colombian. However, his
concerns are so basic to man that by extension these concerns apply
to Latin America and to all mankind. His stage is both Colombian and
universal.
v


236
M. A nuestro juicio, Gabriel Garca Mrquez no pertenece a
escuela alguna ni se le debe considerar afiliado a ningn movi
miento literario, aunque ste se llame "la nueva novela latino
americana". El no es un autor de novelas de caballera, por mucho
que haya expresado y practicado sus afinidades con el gnero, en
cuanto al enfoque de la realidad y a la forma directa de articular
el relato. El no es un autor barroco, a pesar de compartir varias
modalidades de esa tendencia, como la incitacin al asombro, el
empleo del oxmoron, la propensin a lo satrico y lo grotesco, la
exaltacin de los olores, la crudeza expresiva y su actitud de
desengao. No es tampoco un cultivador del gnero picaresco,
pese al desenfado con que hablan y actan sus personajes y a la
atmsfera de amoralidad que se respira en su obra. Hay, en efecto,
coincidencias con varios movimientos y, adems, se le han sealado
influencias en todas las direcciones posibles. Ahora bien, como
no se haba hecho hasta ahora el estudio de su obra partiendo de
ella misma y de la idiosincrasia del autor, se le haba escapado
a los crticos lo que, en nuestro criterio, es el hallazgo fun
damental: Gabriel Garca Mrquez es nico, y probablemente haya
escrito la novela del siglo veinte. Cien aos de soledad repre
senta una sntesis de tendencias y procedimientos narrativos, y
merece quedar vigente como paradigma del gnero y como una rotunda
desautorizacin a los cultivadors de la antinovela.


20
^lirondo,
p. 166.
^7Cart n
de Guier,
P. 9.
^^Vargas
Llosa, p.
131.
bid..
P. 135.
Vargas
Barrio Latino.
40 _
Fossey,
P. 17.
41
'Vargas
Llosa, p.
138.
^2Hars, f
. 65.
43.,
Vargas
Llosa, p.
140.
44
Fernndez-Braso,
P. 41.
451bid.
^Juan Gossan, "Regres
1971, P.
1.
47lbid..
P. 4-A.


194
subrayan el sentido y exacerban la intencin del tpico tratado. Tam
bin confirmamos una vez ms, que detrs de esos adjetivos altisonan
tes y sugerentes, que extraen a los conceptos sus ms recnditos zumos,
late el pulso acelerado de un domador de ideas, que hace saltar a las
palabras -como tigres rugientes- por entre las llamas de sus temas.
Cuando Dmaso Alonso nos aclara que en el sintagma analtico
(adjetivo antepuesto) "se extrae del sustantivo una cualidad inhe-
JOS
rente a l,3 nos est ofreciendo una orientacin que adopta en
Garca Mrquez una implicacin peculiar. El "torcido olor del muerto"
representa algo ms que inherencia; aparte de la vitalidad que la in
tencionada sinestesia infunde a la expresin. Por otra parte, debe
notarse que el epteto de nuestro autor, frecuentemente binario, no
507
corre el riesgo de convertirse en "forma estereotipada" en virtud
del realce de la cualidad intrnseca, ya que una "atormentada y
enloquecedora insistencia", una "terrible e inmodif¡cable voluntad"
pqQ
y una "turbulenta y silenciosa pesadilla". en su significado y
en el modo de exteriorizarlo,distan mucho del consabido clis li
terario.
Si todo lo dicho es cierto respecto al sintagma analtico, con
ms motivo lo veremos alejarse del lxico convencional en el manejo
del sintagma sinttico (adjetivo pospuesto), que se refiere a cuali-
dades no inherentes al sustantivo. Bstenos con recordar la
"tranquilidad imperfecta y desesperada".^ en cuya frase el vigor
adicional de la paradoja hace resaltar la potencialidad sugerente de
la expresin. Digamos, pues, categricamente, que Gabriel Garca


155
402Acevedo Daz, pp. 96-98.
^George Capozi, Jr., "Clark Gable, el dolo inolvidable",
,Hola.1, No. 1416, Octubre 16 de 1971 ^ P. 10.
404
405
406
Luchting, "Machismus mor ibundus?", p. 67.
Ibid.. p. 61.
Ibid.
^^Qarcia Mrquez, La mala hora, p. 102.
48Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 26.
49lbid.
4lQlbid.
411
iMdo p. 55.
4l2lb?d.. p. 56.
4l3]bid., p. 243.
4l4lbid.
4l5ibid,
4l6ikld., p. 244.
4l7lbid.
4l8lbid.. p. 246.
4l9Md.., P. 247.
420 Ib id.
421 JLbLd., P. 248.
422
Vase el epgrafe "Amor" en la pgina 80 de este trabaj
423
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 129.
424
ibid., p. 137.
425ibcL, pp. 129, 130, 137-141 .
426
Ibid., p. 86.


226
Calor
Este factor es otro elemento intensficador en la narrativa del
novelista colombiano. Un recuento aproximado nos ofrece el siguiente
resultado: La hojarasca: 5 menciones; El coronel no tiene guien le
escriba: 10; Los funerales de la Mam Grande: 40; La mala hora: 30;
Cien aos de soledad: 6. Debe destacarse, sin embargo, que no es slo
la cantidad de referencias lo que realza la efectividad de este factor
coTomotivo recurrente de carcter intensf icador, sino la oportunidad
rOo
y el vigor con que se emplea.
Con razn ha podido decir Emmanuel Carballo: "La temperatura
trrida, con sus numerosas implicaciones, es la escenografa en que
583
se desarrollan la mayor parte de sus cuentos y novelas."
Y es precisamente, en esas "implicaciones" donde reside la potente
expresividad de nuestro autor en sus referencias al calor, como ocurre
en estos pasajes de Cien aos de soledad: "Macondo dejara de ser un
lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcan de calor..." (28).
"... por la poca en que pas por el pueblo el Judo Errante y provoc
un calor tan intenso que los pjaros rompan las alambreras de las ven
tanas para morir en los dormitorios" (119). "... ese medioda hubo tanto
calor que los pjaros desorientados se estrellaban como perdigones contra
las paredes y rompan las mallas metlicas de las ventanas para morirse
en los dormitorios" (291). "En aquel Macondo olvidado hasta por los
pjaros, donde el polvo y el calor se haban hecho tan tenaces que.
costaba trabajo respirar..." (3^0).


102
que la hizo Indigna de continuar vinculada al tronco familiar.
Aureliano Segundo resolvi que haba que llevarla a la casa y
protegerla, pero su buen propsito fue frustrado por la inque
brantable intransigencia de Rebeca, que haba necesitado muchos
aos de sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios
de la soledad, y no estaba dispuesta a renunciar a ellos a cam
bio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la mise
ricordia.^
Ambos personajes, cada uno a su modo, comparten "el sino soli
tario de la familia" (223), que estaba "condenada a cien aos de so
ledad" (351). En esto se refleja, por cierto, uno de los rasgos fun
damentales que le atribuye Peter G. Earle a la nueva novela hispano
americana, que comparte con algunas obras precursoras: "un fuerte
294
sentido proftico, generalmente fatalista".
La soledad de los cien aos (de los miles de aos, que dira
295
Mario Benedetti) representa el aspecto ms universal de la ultima
novela de Garca Mrquez. Ella abarca a cada ser humano en cada
rincn del planeta, desde los orgenes hasta la desaparicin de la
especie. Tambin nos hace sentirnos rodeados por una especie de aura
pattica, no desvirtuada por la irona, la procacidad o el humor, que
le imprime a la obra un cierto sentido existencialista.
Resulta interesante la aclaracin de Hugo Achugar:
No es una soledad abstracta y alejada de la que todos participan,
sino que est fragmentada en una serie de personales soledades.
La soledad es el patrimonio de los Buenda, pero cada uno, adems,
tiene su propia soledad. Soledad que, por otra parte, slo es
combatible con el recuerdo... Garca Mrquez aclara su idea al
delinear ya no un personaje solitario sino una situacin de sole
dad: la peste del insomnio... no es el insomnio el peligro sino
su corolario: el olvido... El olvido aparece entonces, como una
forma de la soledad y de la muerte. Y por el contrario, el re
cuerdo como una forma esencial izada de vida, J


145
409
-Y t, anda a tu casa y rmate, porque te voy a matar..."
Y, en efecto, le atraves la garganta con la lanza cebada de su
abuelo. Despus volvi a su casa y le orden a Ursula que se quitara
el pantaln de castidad:
Ursula no puso en duda la decisin de su marido. "T sers res
ponsable de lo que pase", murmur. Jos Arcadio Buendta clav la
lanza en el piso de tierra. -Si has de parir iguanas, criaremos
iguanas -dijo-, Pero no habr ms muertos en este pueblo por culpa
tuya.41
Todava ms refinado, por la mezcla de coraje e hidalgua que
interviene en el suceso, es la confrontacin del propio Jos Arcadio
Buenda con don Apolinar Moscote. Cuando el Corregidor dispone que
todas las casas de Macondo se pinten de azul para conmemorar el ani
versario de la independencia, Jos Arcadio Buenda le dice que si es
as como habr de actuar, que se vaya de Macondo, y que su casa:
... ha de ser blanca como una paloma. Don Apolinar Moscote se
puso plido. Dio un paso atrs y apret las mandbulas para
decir con una cierta afliccin: -Quiero advertirle que estoy
armado. Jos Arcadio Buenda no supo en qu momento se le su
bi a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo.
Agarr a don Apolinar Moscote por la solapa y lo levant a la
altura de sus ojos... As lo llev por la mitad de la calle,
suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus dos pies
en el camino de la cinaga.411
Don Apolinar Moscote regres con seis soldados armados y con su
familia, y los fundadores de Macondo ofrecieron su cooperacin a Jos
Arcadio Buenda para expulsarlos:
Pero l se opuso, segn explic, porque don Apolinar Moscote haba
vuelto con su mujer y sus hijas, y no era cosa de hombres abochor
nar a otros delante de su familia. As que decidi arreglar la si
tuacin por las buenas. 2
El rasgo de delicadeza e hidalgua que encierra este pasaje, en
que se antepone la actitud conciliatoria a la expeditiva solucin vio
lenta en aras de la ms recndita caballerosidad, nos acerca ms aun


14
Sabemos que nuestro autor no se sinti despus muy atrado por
los estudios de leyes en la Universidad de Bogot, y como resultado
"Desert el derecho por el periodismo. Fue reportero y editorialista
de El Espectador de Bogot, en cuya pgina literaria aparecieron sus
34
primeros cuentos en 1946".
Su amigo Germn Vargas, que aparece en Cien aos de soledad como
personaje, nos resea una etapa poco comentada de la vida de Garca
Mrquez:
Garca Mrquez trabaj duramente en La casa en sus primeros aos
en Barranqui1 la, hacia los comienzos de la dcada del 50. Vesti
do con un pantaln de dacrn y una camiseta a rayas, de colorines,
Garca Mrquez, encaramado sobre una mesa en la redaccin de El
Heraldo o sentado sobre su cama de madera en un cuartucho de "El
Rascacielos", un extrao burdel de cuatro pisos, sin ascensor. En
el diario barranqui Hero escriba a diario una columna -La Jirafa-
que le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas
si le alcanzaba para medio comer y cancelar el alquiler de la
pieza -y algo ms- en "El Rascacielos". En ste, el cuarto en que
dorma quedaba en el ltimo piso y era frecuente que se convirtiera
en el sitio de tertulia de las prostitutas y de los chulos, que se
encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que
llegaba despus de medianoche o en la madrugada y lea extraos
libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien iban a
buscar en carros oficiales de ltimo modelo, amigos que a ellas les
parecan demasiado distinguidos para el ambiente del burdel pobre-
tn. Ellas nunca supieron quin era ni qu haca el para ellas
extrao compaero de alojamiento. Pero la verdad es que le tenan
mucha simpata y un cierto respeto y, a veces, lo convidaban a
compartir la sencilla comida que ellas mismas preparaban y a que
les hiciera or canciones vallenatas tocadas por l en una dulzaina
Segn Francisco Urondo, a Garca Mrquez slo le falta la tesis
36
para completar sus estudios de leyes. Por cierto, que los abogados
han sido uno de los blancos preferidos de sus ataques inmisericordes.
Resulta oportuno reproducir un comentario de nuestro novelista
de gran inters:
Yo tengo la impresin de que empec a ser escritor cuando me di
cuenta de que no serva para nada. Mi pap tena una farmacia y,
35


139
balcones. Una plataforma fue levantada en la plaza principal, donde
seis muchachas esperaban al Libertador para ofrecerle una corona de
laurel. Desde uno de los balcones lo miraba una mujer que logr llamar
su atencin: Manuela Senz. Salvador de Madariaga comenta: "Ella se
entreg a l, y en tal proceso, como es costumbre en las mujeres, lo
tom para s. Pero l no se haba percatado de ello todava."^95
396
Sabemos del "amor inmoderado de Bolvar hacia las mujeres" J
397
y de la desaprensin de Manuela Senz en lo tocante a convenciones.
No obstante, creemos que la aureola de caudillo que rodeaba.al Liber
tador, fue el factor decisivo que estimul el "hembrismo" de mujeres
como Manuela Senz, es decir, de mujeres de pasin, que es como decir
mujeres de accin.
Las mujeres voluntariosas se pliegan en definitiva a la prepo
tencia del varn. Recurdese la sumisin de Ursula Iguarn -nada menos
que Ursula Iguarn-, cuando Jos Arcadio Buenda le orden despojarse
398
del pantaln de castidad. Digamos de paso, que tal vez el recono-
3 99
cimiento de Garca Mrquez de que sus mujeres "son masculinas",
constituye un espaldarazo a nuestra tesis del hembrismo como factor
coadyuvante, y aun incitante, a la receptividad femenina, susceptible
de transformarse en acometividad incoercible al caer en las redes de la
irradiacin varonil. El machismo no depende, pues, de que las mujeres
sean empecinadas o sumisas, sino de que surja un hombre capaz de liberar
sus inhibiciones o de avenirse simplemente al convite pasional. Ese
hombre puede ser un caudillo, como Aureliano Buenda, un cacique, como
Pedro Pramo, o un simple gaucho, como Ismael, el personaje de Eduardo


82
Dios; "Mediante un complicado proceso de exposiciones superpuestas
tomadas en distintos lugares de la casa, estaba seguro de hacer tarde
o temprano el daguerrotipo de Dios, si exista, o poner trmino de
una vez por todas a la suposicin de su existencia... Ursula se pre
guntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y
que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si
de verdad crea que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas
penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su
propia ofuscacin, y senta unos irreprimibles deseos de soltarse a des
potricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de re
belda, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de
meterse la resignacin por el fundamento, y cagarse de una vez en todo,
y sacarse del corazn los infinitos montones de malas palabras que ha
ba tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad. - Carajo.1 -
grit."(52, 216)
Reigin: "-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla-sonri.
-No se lo creer nadie -dijo la monja. -Si se lo creyeron a las Sagradas
Escrituras -replic Fernanda-, no veo por qu no han de crermelo a m...
-Ah.' -dijo-, entonces usted tampoco cree. -En qu? -Q.ue el coronel
Aureliano Buenda hizo treinta y dos guerras civiles y las perdi todas
-contest Aureliano-, Q,ue el ejrcito acorral y ametrall a tres mil
trabajadores, y que se llevaron los cadveres para echarlos al mar en
un tren de doscientos vagones. El prroco lo midi con una mirada de
lstima. -Ay, hijo -suspir-, A m me bastara con estar seguro de
que t y yo existimos en este momento."(254, 314, 315)
Violencia: "Sacaron a rastras al doctor Noguera, lo amarraron a un
rbol de la plaza y lo fusilaron sin frmula de juicio. El padre Ni
canor trat de impresionar a las autoridades militares con el milagro
de la levitacin, y un soldado lo descalabr de un culatazo... Por
esos das, un hermano del olvidado coronel Magnfico Visbal llev su
nieto de siete aos a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y
porque el nio tropez por accidente con un cabo de la polica y ,le
derram el refresco en el uniforme, el brbaro lo hizo picadillo a ma
chetazos y decapit de un tajo al abuelo que trat de imped rio."(92,
206)
Gobierno: "Hizo con ellos la guerra triste de la humillacin cotidiana,
de las splicas y los memoriales, del vuelva maana, del ya casi, del
estamos estudiando su caso con la debida atencin, la guerra perdida sin
remedio contra los muy atentos y seguros servidores que deban asignar
y no asignaron nunca las pensiones vital¡cas."(210)
Poltica: "Pedan, en primer trmino, renunciar a la revisin de los
ttulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terra
tenientes liberales. Pedan, en segundo trmino, renunciar a la lucha
contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo cat
lico. Pedan, por ultimo, renunciar a las aspiraciones de igualdad de


227
El calor resulta en Macondo algo ms que decorado; es un motivo
que. se reitera insistentemente -ms en unas obras que en otras- y que
llega a asumir un papel en la trama, como si fuera un personaje ms.
Ese papel que desempea y el modo en que se describe -materia y forma-
contribuyen a la configuracin del calor como uno de los factores que
integran el estilo enftico de Gabriel Garca Mrquez.


26
"Escribir es un gran riesgo, sea cual sea la lengua en que se escri-
be. Pero escribir en espaol puede ser un riesgo mortal. Porque
el espaol -es decir, el castellano, lengua imperio, lengua de opre
sores: colonos, curas, capitanes-, por el peso mismo de su histori
cidad represiva, tiene una tendencia (difcilmente superable) a apo
yarse en la retrica moralizadora, en la hipocreca de la buena con
ciencia, en la ambigaedad ampulosa y espesa de un lenguaje duro.
El castellano es una lengua a la que no hay ms remedio que traicio
nar, una lengua que hay que partirla en pedazos y volverla a in
ventar para poder descolonizarla. En esta empresa se hallan empe
ados, ya sabemos con qu poco xito, los escritores de la Amrica
Latina, obligados a conquistar su autonoma contra la lengua de la
madre patria: madre de todos los vicios. Buen numero de dirigen
tes y de intelectuales de esas naciones (y no son por cierto mino
ra ni los menos revolucionarios) viven prisioneros del.sistema
semntico y moral de la retrica castellana colonial...'
Resulta interesante examinar un ejemplo concreto de los procedi
mientos que estos novelistas emplean, ilustrado por unas declaraciones
de Gabriel Garca Mrquez:
Otro caso: relato la masacre de las bananeras en una forma que
puede llamarse falsa, superficial, irreal, sin documentos hist
ricos. Todo lo que se quiera. Pero el hecho es que ahora hay en
Amrica ochenta mil lectores que saben que en Colombia, en las ba
naneras, hubo una masacre. Antes no lo saban. Yo describo la
mecnica del hecho. Y cuando alguien me deca que este libro era
peligroso porque yo digo que hubo tres mil muertos y que en reali
dad no hubo sino 26, le'respond: yo s que hubo miicho ms que 26,
pero ustedes, los informadores oficiales, reducen la cifra a 26, yo
la aumento a tres mil, a ver quin gana.2
Como se podr apreciar, esta posicin dista mucho de la asumida
por los noventayochistas espaoles, quienes basaban su concepto de la
"intrahistoria" en una actitud reverencial hacia el pasado que consi
deraban autntico, sin proponerse en ningn momento falsear la historia
con fines de propaganda o de sensacional ismo mendaz. Algunos de nues
tros novelistas se regodean en la presentacin traumtica de los aspec
tos ms srdidos de la historia y de la sociedad y de las facetas ms
equvocas de los individuos representativos, con el aparente designio
de provocar el inters morboso y la complicidad del lector y de


201
volcada hacia lo exterior, que nos entrega, por medio de una esla
bonada cadena de impulsos, sus visceras palpitantes.519
La intensificacin formal y la de contenido o, ms bien, la con
fluencia de ambas (paroxismo verbal y de ritmo, condensacin espacial,
temporal, existencial, y reiteracin de situaciones y motivos), son os
tensibles manifestaciones del estilo enftico que caracteriza la mejor
parte, la ms tpica, del procedimiento narrativo de Gabriel Garca Mr
quez. La prueba ms palpable de esta aseveracin, puede advertirse en
el hecho de que no hemos podido sustraernos a aludir al estilo enftico
al tratar de la escritura y del lenguaje, a pesar de que nos proponamos
dedicar un captulo especial a dicho tema. Es, pues, como adicin a las
referencias aportadas con anterioridad, que vamos a considerar a conti
nuacin varios tpicos por separado, los cuales habrn de contribuir a
reafirmar nuestro criterio.
El Asombro
Como un hbil estratega que emplazara sus bateras alrededor de
las posiciones enemigas sin darle un instante de tregua, as Gabriel
Garca Mrquez alterna el ritmo impetuoso de las palabras, las ideas
y las acciones de su arsenal narrativo, para mantener al lector como
sobre ascuas a travs de las 350 pginas de Cien aos de soledad. El
j -
hecho de que lo trgico desemboque a veces en el humor y de que lo
cmico devenga en ocasiones pattico -de que lo sublime pretenda ex
cusarse con lo ridculo-, mantiene una actitud de ¡nocente expectati
va en el lector, que lo convierte es fcil presa de lo inesperado, es
vctima propiciatoria del asombro.


156
427lbid.. p. 85.
428Jbid.
429lbid.
^30|bid.. p. 86.
4311b?d.. p. 85.
432
433
434
435,
ibid., p. 84.
Ibid., p. 85.
Ibid.
Ibid. Recurdese este pasaje: "Jos Arcadio haba doblado la
cerviz al yugo matrimonial. El carcter firma de Rebeca, la voracidad
de su vientre, su tenaz ambicin, absorbieron la descomunal energa del
marido, que de holgazn y mujeriego se convirti en un enorme animal de
trabajo."(102)
436
437
438
ibid., P. 115.
Ibid., p. 119.
iblo P. 327.
^39yanse las citas relacionadas con las notas 142 y 143 del pre
sente trabajo.


101
Prrafo aparte merece el caso de Amaranta y de Rebeca. La sole
dad recalcitrante de Rebeca, mezcla de recuerdo amoroso exaltado y de
inhibicin vergonzante, por haberse entregado al descomunal Jos Arcad i
, 288
una tarde en que todos dorman la siesta, es contrastada con la viru
lenta soledad de Amaranta, que en una ocasin Garca Mrquez explic de
este modo:
Parece ser que Amaranta, en efecto, tenala aptitud sicolgica y
moral para concebir el hijo con cola de cerdo que pusiera trmino
a la estirpe, y el origen de su frustracin es que en cada oportu
nidad le falt valor para asumir su destino.2-*
Amaranta odiaba a Rebeca y
... pensaba en ella al amanecer, cuando el hielo del corazn la
despertaba en la cama solitaria... porque la soledad le haba
seleccionado los recuerdos, y haba incinerado los entorpecedores
montones de basuca nostlgica que la vida haba acumulado en su
corazn, y haba pur ificado, magnificado y eternizado los otros,
los ms amargos. Por ella saba Remedios, la bella, de la exis
tencia de Rebeca. Cada vez que pasaban por la casa decrpita le
contaba un incidente ingrato, una fbula de oprobio, tratando en
esa forma de que su extenuante rencor fuera compartido por la2&fi
brina, y por consiguiente prolongado ms all de la muerte...
No sin razn, estima Jorge Arbeleche que la soledad se mate-
291
rial iza en este personaje. La soledad de Amaranta es peculiar:
Alta, espadada, altiva, siempre vestida con abundantes pollerines
de espuma y con un aire de distincin que resista a los aos y a
los malos recuerdos, Amaranta pareca llevar en la frente la cruz
de ceniza de la virginidad. En realidad la llevaba en la mano, en
la venda negra que no se quitaba ni para dormir, y que ella misma
lavaba y planchaba. La vida se le iba en bordar el sudario. Se
hubiera dicho que bordaba durante el da y desbordaba en la noche,
y no con la esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino
todo lo contrario, para sustentarla.2^2
Veamos la siguiente referencia a Rebeca:
Ursula, en cambio, que haba sufrido un proceso contrario al de
Amaranta, evoc a Rebeca con un recuerdo limpio de impurezas,
pues la imagen de la criatura de lstima que llevaron a la casa
con el talego de huesos de sus padres prevaleci sobre la ofensa


216
El alcalde rod un taburete hasta el fondo del saln y se subi
en l para desclavar el aviso. -Aqu el nico que tiene derecho
a prohibir algo es el gobierno -dijo-. Estamos en una democra
cia.561
Cien aos de soledad nos ofrece un amplio repertorio, del cual
reproduciremos algunas muestras. La primera ser la levitacin del
Padre Nicanor:
El muchacho que haba ayudado a misa le llev una taza de choco
late espeso y humante que l se tom sin respirar. Luego se lim
pi ios labios con un pauelo que sac de la manga, extendi los
brazos y cerr los ojos. Entonces el padre Nicanor se elev doce
centmetros sobre el nivl del suelo. Fue un recurso convincente.
Anduvo varios das por entre las casas, repitiendo la prueba de la
levitacin mediante el estmulo del chocolate, mientras el mona
guillo recoga tanto dinero en un talego, que en menos de un mes
emprendi la construccin del templo. Nadie puso en duda el ori
gen divino de la demostracin, salvo Jos Arcadio Buenda..
Un obstinado escepticismo se asocia l incidente:
... pero Jos Arcadio Buenda se empecin en no admitir vericuetos
retricos ni transmutaciones de chocolate, y exigi como nica
prueba el daguerrotipo de Dios. El padre Nicanor le llev enton
ces medallas y estampitas y hasta una reproduccin del pao de la.
Vernica, pero Jos Arcadio Buenda los,rechaz por ser objetos
artesanales sin fundamento cientfico.^
El coronel Aure iano Buenda se ha retirado por completo de las
actividades pblicas y vive aislado en su taller, dedicado a la ela
boracin de pescaditos de oro. No puede evitar, sin embargo, que le
traigan noticias de las poblaciones de la cinaga:
Que el gobierno conservador... con el apoyo de los liberales, es
taba reformando el calendario para que cada presidente estuviera
cien aos en el poder. Que por fin se haba firmado el concor
dato con la Santa Sede, y que haba venido desde Roma un cardenal
con una corona de diamantes y en un trono de oro macizo, y que los
ministros liberales se haban hecho retratar de rodillas en el
acto de besarle el anillo. Que la corista principal de una com
paa espaola, de paso por la capital, haba sido secuestrada en
su camerino por un grupo de enmascarados, y el domingo siguiente
haba bailado desnuda en la casa de verano del presidente de la
repblica.564


114
sus casas para sealar cpn ellas los nmeros cantados en el juego
de lotera. Los obreros de la compaa estaban hacinados en tam
bos miserables. Los ingenieros, en vez de construir letrinas,
llevaban a los campamentos, por Navidad, un excusado porttil para
cada cincuenta personas, y hacan demostraciones pblicas de cmo
utilizarlos para que duraran ms. *
Veamos ahora otras ilustraciones de la violencia en la narrativa
de Garca Mrquez. En primer lugar, este logrado pasaje de La hojarasca
Afuera est el pueblo en ebullicin, entregado a la labor de un
largo, uniforme y despiadado cuchicheo... Y es un pueblo sin nadie,
con las casas cerradas en cuyos cuartos no se oye nada ms que,el
sordo hervidero de las palabras pronunciadas de mal corazn.
En el cuento "La viuda de Montiel", Garca Mrquez se refiere a
las cartas de las hijas a la madre, desde Pars: "Esto es la civiliza
cin", decan. "All, en cambio, no es un buen medio para nosotras.
Es imposible vivir en un pas tan salvaje donde asesinan a la gente por
cuestiones pol t i cas
El coronel no tiene quien le escriba nos ofrece otros pasajes
ilustrativos de la violencia. Ante la prohibicin de que el entierro
pasara frente al cuartel de la polica, uno de los personajes reacciona
del siguiente modo: "Se me haba olvidado -exclam don Sabas-. Siempre
3 2
se me olvida que estamos en estado de s¡tio.n-J
El Coronel exalta las virtudes del gallo, ante la subestimacin
de su esposa: "Tuvo la certeza de que ese argumento justificaba su
determinacin de conservar el gallo, herencia del hijo acribillado nueve
327
meses antes en la gallera, por distribuir informacin clandestina."
Refirindose al valor del gallo, don Sabas aduce: "En otro
tiempo cualquiera hubiera dado mil... Pero ahora nadie se atreve a
soltar un buen gallo. Siempre hay el riesgo de salir muerto a tiros
de la gal lera.


136
un error, en el caso de que se pretenda fijar esa etiqueta al mnima-
chismo rudimentario del charlatn o al pseudomachismo morboso del psi
cpata. Ms adelante trataremos de ampliar esta ltima observacin.
No podemos prescindir del ejemplo del hombre que alcanza reputa
cin de valiente por su coraje, que se impone por su categora de triun
fador, o que sojuzga voluntades y acapara autoridad, ya que este tipo de
individuo suele producir en el sexo opuesto una especie de deslumbra
miento, que lo convierte en blanco de la conquista femenina; en con
quistado, ms bien que en conquistador.
Obsrvese que con esto estamos adentrndonos en otros fenmenos
incomprendidos de Latinoamrica: el paternalismo y el caudillismo.
El primer aspecto se ejemplifica en la novela de Juan Rulfo, Pedro
o Oo
Pramo. 3 en que el protagonista, con su rebelda de adolescente, que
luego se convierte en carcter implacable y don autoritario, su agre
siva sensual idad, su blasfema incredulidad, su desmedida ambicin, su
inagotable rencor y desembozado cinismo, termina por ser el dueo y
seor de Cmala. Para qu hablar de leyes?: "La ley la haremos
384
nosotros", le dice a su administrador. Cuando una bala errtica
troncha la vida de su padre, Pedro Pramo toma venganza de la mayora
385
de los asistentes a la boda. Cuando prev el riesgo de que Bar
tolom San Juan se lleve otra vez a la hija de ste, Susana, y de que
no la pueda volver a encontrar, lo manda asesinar. Cuando, forzado
por la abstinencia, salta la ventana de Margarita y satisface su apre
miante apetito carnal, slo conserva el recuerdo de aquel "pequeo
387
cuerpo azorado y tembloroso" en el que, en verdad, se propona
gozar a la ausente y ajena Susana San Juan.


151
y Amaranta Ursula), en que.los protagonistas poseen, eso s, las fa
cultades fsicas y espirituales ideales para integrar el machismo en
diferentes circunstancias. La porcin de machismo que nos divierte,
se plasma mediante manotazos literarios, mediante paroxismos verbales
e imaginativos, que traducen una inquietud (la inquietud de inquietar?)
y la llevan hasta extremos de tensin desconcertante. Y si se mira
bien, en lugar de burla (como hemos visto que piensan Wolfang Luchting
y Suzanne Jill Levine), se advierte una especie de sentimiento de sol i -
dar iedad y admiracin hacia el hombre que esgrimi su escopeta respe-;
table y rescat al coronel Aureliano Buenda del pelotn de fusila-
436
miento, hacia el gigante que hizo feliz a Rebeca, la cual "se
437
enterr en vida" a su muerte.
Esta euforia expresiva de Garca Mrquez no debe despistarnos.
Si la literatura es "el mejor juguete que se ha inventado para burlarse
438
de la gente", una de las formas que la mofa puede adoptar consiste
en encubrir pudorosamente (machismo vergonzante?), tras las cortinas
del juego, del humor o de la irona, las quimeras y los sentimientos
del autor. Adems, si l de veras aspira a que sus amigos se fascinen
439
con lo que l escribe, no podra haber escogido un tema ms perti
nente ni haberlo tratado con ms eficacia que como lo ha hecho, para
lograr unnime aprobacin. Ha quedado bien consigo mismo (a riesgo
de no poder evitar que notemos el movimiento de las cortinas tras de
las cuales se esconde y, con l, su ms recndita intimidad) y ha
quedado bien con los dems, que le debemos emociones estticas que no
hay palabras con qu pagar.


240
Barbusse, Henry. The inferno. New York: Boni and Liveright, 1918.
Bejarano, Marino. "Garca Mrquez: el artificio de la soledad1,V
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Castagnino, Ral H. El anlisis literario. Buenos Aires: Editorial
Nova, I965.


67
en su aseveracin. Creemos que se olvidan los distintos niveles de la
narracin y que se hace abstraccin del factor bsico del enfoque, que
es, a nuestro juicio, la personalidad del novelista considerada en con-
junto, tal como hemos tratado de presentarla en este trabajo. De ah,
que nuestro criterio no sufra vacilaciones, llevndonos a concluir que
la obra fundamental de Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad.
es de carcter esencialmente regional.
Se trata de un cambio de tcnica narrativa, de una manera distin
ta de presentar la realidad, y no de una evasin del tema primordial ,
por parte del autor. Habra que sopesar, entonces, los mviles a veces
insondables de la creacin artstica, ya que, segn Garca Mrquez:
... los lectores latinoamericanos no necesitan que se les siga
contando su propio drama de opresin e injusticia, porque ya lo
conocen de sobra en su vida cotidiana, lo sufren en carne pro
pia, y lo que esperan de una novela es que les revele algo nuevo. '
De que sus convicciones se hallan muy arraigadas al respecto, es
buena muestra la siguiente declaracin:
Yo pienso que nuestra contribucin para que Amrica Latina tenga
una vida mejor no ser ms eficaz escribiendo novelas bien in
tencionadas que nadie lee, sino escribiendo buenas novelas. A
los amigos que se sientan obligados de buena fe a sealarnos normas
para escribir, quisiera hacerles ver que esas normas limitan la li
bertad de creacin y que todo lo que limita la libertad de creacin
es reaccionario. Quisiera recordarles, en fin, que una hermosa no
vela de amor no traiciona a nadie ni retrasa la marcha del mundo,
porque toda obra de arte contribuye al progreso de la Humanidad, y
la Humanidad actual no puede progresar sino en un solo sentido. En
sntesis, creo que el deber revolucionario del escritor es escribir
bien. Ese es mi compromiso J79
Es interesante constatar que en esta ltima conclusin nuestro
autor parece aproximarse a Alain Robbe-Gri 1 let, para quien "el nico
180
compromiso posible del escritor es con la literatura".


161
-hacerse o hacernos creer que se despoja- de su bagaje temperamental
e ideolgico, de sus recuerdos y de sus esperanzas, para lograr el
desidertum a que se refieren C. G. Jung y John Dos Passos o para
plasmar la frmula de Manuel Glvez, quien, al referirse a la lucha
entre el autor y sus personajes, afirma; "Hay que dejarlos seguir su
camino, su temperamento. Los que ignoran estas cosas no saben cunto
hay de subconsciente en la creacin del novelista, el cual, muchas ve-
448
ces, escribe como si alguien le dictara."
Insistimos en que prevalece la subjetividad, en el sentido en
que la concibe Francisco Renato Chateubriand en estas palabras;
"Slo se pinta bien el propio corazn, atribuyndosele a otro, y la mejor
449
parte del genio se compone de recuerdos."
Tambin predomina la actitud subjetiva en la forma en que se
enfoca por Henry Gouhier, o sea, como "voluntad de metamorfosis" o
desplazamiento de los anhelos del autor hacia los personajes, logrando
la catarsis que describe De Luppe del modo siguiente; "Por tal acto
creador extirpa de sf la pasin, no la sufre ms, la domina, se libera
de ella."450
La subjetividad origina la vinculacin entre materia y forma y,
al mismo tiempo, se refleja en ella. Cuando leemos Cien aos de sole
dad. experimentamos la sensacin de que las palabras son como bolillos
potentes que redoblan un tambor, cuyo sonido, inseparable de la imagen
de los palillos golpeantes, integra con stos una.'indisoluble unidad.
Pero hay tambin en la obra de Gabriel Garca Mrquez factores soterra
dos, que se imponen por su propio mrito temtico y esttico y contribuyen


230
554lb¡d.,
P. 86.
555lbld
P. 102.
5*W.
P. 166.
557ib¡d.,
P. 267.
558lb¡d

O
co
CSJ

Gl
bid..
P. 268.
S^Garcia Mrquez, La hojarasca, p. 80.
561
562
563
564
565
Garca Mrquez, La mala hora, pp. 42 y 116.
Garca Mrquez, Cien arios de soledad, p. 77.
Ibid., p. 78.
Ibid., p. 173.
Ibid., pp. 181, 182.
566ibid., p. 194.
567
568
569
[bid., p. 197.
IbJjd., p. 209.
Md., P. 223.
57lbld., p. 254 .
^Maria Helena de Novis Pgiva, Contri bu i pao para urna estils
tica da i ron ia (Lisboa: Publicapoes do Centro de Estudos Filolgicos,
1961), p. 14. La versin espaola es nuestra.
572
Garca Mrquez, La mala hora, p. 56.
573
Fernndez-Braso, pp. 82 y 83.
574,
575
576
Camn Aznar, p. 14.
Ibid.
Vase la pgina 36 de este trabajo.


160
Cualquiera que sea su mtodo es la objetividad del narrador, a ve
ces oculta, a veces manifiesta, la que da valor humano a su narra
cin... Para el novelista, su trabajo constituye una eterna lucha
entre sus pasiones y prejuicios y su necesidad de orientarlos hacia
un buen fin en la descripcin objetiva de la vida que le rodea.
Observar objetivamente exige una especie de virginidad de las per
cepciones. Cada vez que se sienta en su mesa de trabajo, el hombre
debe deshacerse de toda nocin preconcebida.44 .
Las rafees de.poeta que hay en el novelista pueden detectarse en
la proyeccin lrica de algunos pasajes, en la naturaleza decorativa
de algunas imgenes y en cierta tentativa de pirotecnia verbal que a
veces se emancipa de la frmula semntica. No se advierte, sin embargo,
detrimento de la fusin entre forma y contenido, que se ve reforzada por
la pugnaz voluntad de embridar o pasar de contrabando los sentimientos
de que se alimentan aquellas prstinas races.
Es precisamente el subjetivismo de nuestro novelista, el que va
a permitirle llevar hasta sus ltimas consecuencias estticas esa
soldadura de forma y fondo, en que se establece como un pacto de adhe
sin incondicional entre la palabra y la idea, entre el signo lingQs-
tico y la sustancia conceptual o afectiva o, como dira Dmaso Alonso,
, 447
entre el significante y el significado.
Para nuestra incursin estilstica, estrechamente vinculada a
lo humano y a lo temtico, trataremos de aislar los vocablos y expresiones
significativos, para analizar lo que haya en ellos de carga expresiva,
a la par que lo que se evidencie en el contexto, al someterlo a examen
desde el punto de vista de los ingredientes irnicos, esperpnticos,
grotescos, tremendistas, hiperblicos y ldicos que matizan la narra
tiva de nuestro autor. Esta indagacin contribuir a despejar la
incgnita de si, en realidad, puede nuestro novelista desembarazarse


TEMATICA Y ESTILO EN LA
NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ
By
PABLO A. LOPEZ-CAPESTANY
A DISSERTATION PRESENTED TO THE GRADUATE COUNCIL OF
THE UNIVERSITY OF FLORIDA IN PARTIAL
FULFILLMENT OF THE REQUIREMENTS FOR THE DEGREE OF
DOCTOR OF PHILOSOPHY
UNIVERSITY OF FLORIDA
1972


193
El prestigio de su desmandada voracidad..." (219); "... coment seria
mente que aquel delicado, fascinante e insaciable proboscidio era en
cierto modo la mujer ideal" (220); "... y que no andaba muy lejos de
la vocacin festiva y los desafueros hospitalarios de su padre" (203);
"Era lineal, solemne, y tena un estar pensativo, y una tristeza de
sarraceno, y un resplandor lgubre en el rostro color de otoo" (224);
... pero en cambio era simptica y descomplicada... (233); "... de
tanta ansiedad irreprimible y tantos anhelos reprimidos..." (247);
"... porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se vean sus escu- \
pitajos incandescentes..." (259); "Un viernes a las dos de la tarde
se alumbr el mundo con un sol bobo, bermejo y spero como polvo de
ladrillo..." (280); "Dndole besitos hurfanos en el cuenco de la mano
herida..." (332); "El aire tena una densidad ingenua, como si lo aca
baran de inventar..." (333); "... comadrejeando el escurridizo y flexible
y fragante cuerpo de comadreja..." (334); "... pareca desprovista de
toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y
evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes... En el fragor
del encarnizado y ceremonioso forcejeo..." (335); "su ingenio dispa
ratado y su voracidad lrica... porque su pasin era ensimismada y
calcinante" (341).
Se habr podido advertir que en la lista que antecede aparecen
tambin grficas imgenes, de indudable originalidad y fuerza expre
siva, como todos los adjetivos que hemos seleccionado. Si recordamos
la relacin que presentamos de La hojarasca, no ser difcil establecer
el obvio parentesco. Aun prescindiendo de su colocacin, comprobamos
desde la primera novela, el vigoroso eco que deja su lectura y cmo


CAPITULO III
CREDO ESTETICO
No es tarea fcil captar con absoluta certeza las ideas que sobre
su arte sustenta un artista como Gabriel Garca Mrquez, en virtud de
que su proclividad hacia lo paradjico parece a veces un recurso para
provocar el asombro del interlocutor. Por otra parte, encontramos una
dificultad no menor en su constante afn de experimentacin:.
Siempre estoy experimentando. Lo sabroso de la novela es eso -bus
car, encontrar, renovar. Por eso mis teoras literarias cambian to
dos ios das. No tengo una frmula. El da que tengo una frmula
estoy acabado, me contradigo. Quien no se contradice es dogmtico,
y ser dogmtico es ser reaccionario. Y yo no quiero ser reacciona
rio. 7
Otro ejemplo de su versatilidad en materia literaria, lo hallamos
en una de sus respuestas a Jos Domingo:
En mi caso personal no tengo autores favoritos, sino libros que me
gustan ms que otros, y stos no son los mismos todos los das, y
adems no me gustan porque los crea mejores, sino por razones muy
diversas y siempre difciles de precisar. Esta tarde, por ejemplo,
hara la lista siguiente: "Edipo Rey", de Sfocles; "Amads de
Gaula", "Lazarillo de Tormes", "Diario del ao de la peste", de
Daniel de Foe; "Primer viaje en torno del globo", de Pigafetta";
"Tarzn de los monos", de Borroughs, y dos o tres ms. No s lo
que esta lista pueda significar para los crticos, pero esta tarde
es honrada, aunque probablemente no lo sea maana. Por cierto que
desde hace algunos aos no puedo soportar a Faulkner. Sin embargo,
comprendo que estas son veleidades de escritor, y supongo que los
crticos saben lo que hacen. ^
En la entrevista concedida a Armando Durn, su respuesta es exac
tamente igual, hasta la alusin a Faulkner; con la siguiente variacin
al final: "... y las novelas, en general, me aburren. Hace varios
8
aos que slo me interesan las crnicas da navegantes".
34


53
El autor se ha encargado de desmentir a este personaje en muchas
ocasiones. Una de las ms explcitas est §onten?da en las palabras que
tuvo el privilegio de escuchar Rosa Castro:
Yo creo que la nica idea que podra asustarme realmente, es la de
que alguien no me quiera. Ojal encontrara yo un amigo que me qui-
siera siquiera la mitad de lo que yo quiero al amigo que menos me
quiere. Esto suena cursi y rebuscado; pero es as,'5
Ya hemos visto cmo su maestro de la adolescencia enumer las ex
cepcionales aptitudes de Gabriel Garca Mrquez en varias ramas artsti-
157
cas. Quiere decir, que tal vez hubiera podido llegar a ser un gran
pintor o un gran msico, puesto que est dotado de suficiente talento y,
sobre todo, de sobrada sensibilidad para ello. Recojamos un pasaje muy
significativo de Francisco Urondo:
Regresa de un viaje que ha compartido con Julio Cortzar: "nos pa
samos seis horas seguidas escuchando msica". Despus jugaron a qu
se llevara cada uno si tuviera que recluirse en una isla desierta:
"Cortzar libros y yo discos, aunque le confes que tratara de me
ter de contrabando el Edipo Rey"... "yo, en realidad, soy ms msico
que cualquier otra cosa".5o
Carlos Landeros nos brinda otro testimonio, capaz de hacer recon
ciliar con Garca Mrquez a su ms acrrimo detractor:
El otro da, entre dos trenes, me refugi de una tormenta de nieve
en un bar de Zurich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el
piano en la sombra, y los pocos clientes que haban eran parejas de
enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera que
rido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie.le viera la
cara, slo para que los enamorados se quisieran ms.
El caso es que deriv hacia el periodismo como transicin y, en
definitiva, hacia la literatura. En sta ha volcado su numen de poeta
y sus inquietudes de hombre saturado de recuerdos -algunos traumticos-
y de esperanzas -algunas utpicas-. Tambin lleva a cuestas el bagaje
de su personalidad multiforme, llena de vitalidad y de rebelda, y no
exenta de algunos rescoldos de arrogancia.


105
Como se podr apreciar, no resulta fcil trazar el rumbo defini
tivo. Espritu trgico o cmico (o, tal vez, tragicmico), portavoz de
un paganismo eufrico mezclado con una especie de humanismo atormentado,
amante de la vida y torturado por la muerte, partidario de la reforma so
cial y defensor de la libertad individual, ms que tratar de dilucidar
la arista que ms deslumbra en el hombre y en el artista, lo interesante
es contemplar el prisma en todo su esplendor. Entonces llegamos a la
conclusin de que lo que s no ofrece duda, es que ha sido un factor be
nfico para la humanidad que Gabriel Garca Mrquez se haya tenido que
307
refugiar "en la soledad de la literatura".


11
oscuridad"^ y que est, precisamente, frente a la cama del infante.
Por eso era l "un nio deslumbrado que se retraa en el borde de una
silla en un rincn o se atrincheraba detrs de los muebles".^ Nuestro
autor aclara en una ocasin: "La complicada historia de La hojarasca
surgi del recuerdo de m mismo, cuando era muy nio, sentado en una
18
silla en un rincn de la sala."
En otra oportunidad expresa: "Desde los ocho aos no me ha pa-
19
sado nada importante. Antes viv mucho..."
Refirindose a su abuelo, que le contaba ancdotas de las guerras
civiles en sus asiduos paseos, le considera como la figura ms impor-
, 20 ,
tante de su vida. Leamos sus propias palabras, que son como una sn
tesis de su animada niez:
... me cri en Aracataca, que est junto a la costa atlntica de
Santa Marta. En una casona, como ya os he dicho. Con mis abuelos.
Mi abuelo fue soldado en las guerras civiles colombianas. Era un
gran tipo, el ms importante que he conocido. Muri cuando yo te
na ocho aos... Mi abuela? Mi abuela era impresionante. Siem
pre la vi vestida de luto. Era una mujer poblada d historias fan
tasiosas. Ella despert mi imaginacin.21
Y no slo estimula su imaginacin sino que parece haberle legado
cierta propensin estilstica:
El ao pasado un periodista pregunt a Garca Mrquez de dnde
haba sacado ese estilo tan fluido, transparente v vital para
narrar.. Respondi: "es el estilo de mi abuela".22
Esta peculiar versin es confirmada por el novelista colombiano,
con estas palabras:
Tuve que vivir veinte aos y escribir cuatro libros de aprendizaje
para descubrir que la solucin estaba en los orgenes mismos del
problema: haba que contar el cuento, simplemente, como lo con
taban los abuelos.2^
Y todava en otra oportunidad, encontramos la siguiente confir
macin:


154
389
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 112.
39lbid.. p. 111.
391lbid., p. 146.
392Rulfo, p. 106.
^ Jill Levine, "Pedro Pramo v Cien aos de soledad: Un para
lelo", p. 6. Referencias adicionales sobre el tema pueden confrontarse
en las siguientes fuentes: Ernesto Volkening, "Gabriel Garca Mrquez
o el trpico desembrujado", 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de
Chile: Editorial Universitaria, 1969), pp. 161 y 162; Ernesto Volkening,
"Anotado al margen de Cien aos de soledad", Nueva novela latinoameri
cana (1) (Buenos Aires: Editorial Paids, 1969), PP. 164 y 165; Leo
poldo Muller, pp. 33-44; Fernndez-Braso, pp. 108-112; Domingo, p. 11;
Peel, p. 164; Hars, p. 69.
39\uis Hars, Los nuestros. 3a edicin (Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1969), PP. 307308.
395
Salvador de Madariaga, Bolvar (Coral Gables: University of
Miami Press, 1952), p. 435. Hemos traducido este pasaje del ingls.
Un antecedente de Manuelita, que tambin nos ofrece Madariaga, es el
siguiente: "Manuelita was twelve when the dramatic events of the first
rising against Spain shook the city of Quito, in 1809. Her mother took
her away to the country, where she acquired the horsemanwhip which would
one day enable her, riding like a man and spear in hand, to repel an
attack during a political rising in the streets of Quito".(434) En
otro pasaje, ella acta de modo similar: "Manuela Senz, on hearing
of the pronunciamiento, rode out dressed as an officer, entered one of
the barracks and tried in vain to recover the regiment for Bolivar's
allegiance".(545)
39^ibid.. p. 471. Vase tambin pp. 444 y 480.
39^Se sabe que huy del convento de Quito, donde estudiaba, con un
joven oficial espaol, quien sigui siendo su amante despus del matri
monio de ella con el mdico ingls James Thorne. Vase Madariaga, pp.
434, 435, 603.
,399Garca Mrquez, Qien aos de soledad, p. 26. Ms adelante
insistiremos en este episodio.
399
Hars, "Gabriel Garca Mrquez o la cuerda floja", p. 71.
400Eduardo Acevedo Daz, Ismael. 3a edicin (Buenos Aires: W. M.
Jackson, Inc., 1957), p. 80.
401 JMd., p. 88.


213
cargaban el mecedor".^ El lector sensible no puede eludir la re
flexin de que muchas mujeres tienen que llegar a comerciar con sus
cuerpos, hasta la extenuacin y la enfermedad, a causa de una cruel
y repudiable falla de la organizacin social.
Todos los hijos de Jos Arcadio Buendfa fueron seres extremosos,
inslitamente dotados de fuerza fsica o de tenacidad espiritual. Jos
Arcadio fue un dechado de fortaleza, rayana en la monstruosidad: "sus
espaldas cuadradas apenas si caban por las puertas... tena un cin-
552
turn dos veces ms grueso que la cincha de un caballo". Este es
pcimen semisalvaje, "que le haba dado sesenta y cinco veces la vuelta
al mundo",^53 pas6 una luna de miel escandalosa con Rebeca, asustando
a los vecinos "con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta
554
ocho veces en una noche y hasta tres veces en la siesta". Hay aqu
un contraste de la vitalidad desaforada con la localizacin del cemen
terio frente a la casa de la pareja, y hay tambin un mensaje sobre el
poder milagroso del amor, pues "el carcter firme de Rebeca, la vora
cidad de su vientre, su tenaz ambicin, absorbieron la descomunal
energa del marido, que de holgazn y mujeriego se convirti en un
enorme animal de trabajo.
El amor de Petra Cotes "tena la virtud de exasperar a la natu
raleza... Sus yeguas paran trillizos, las gallinas ponan dos veces
al da, y los cerdos engordaban con tal desenfreno, que nadie poda
explicarse tan desordenada fecundidad, como no fuera por artes de
magia".Detrs de este velo de magia se percibe una alusin al
contraste entre la concubina ardiente, dotada de un don de atractiva


231
^Vase Nota 242 al Captulo V de este trabajo. Vase tambin
el epgrafe "erotismo" en la pgina 80.
^Guillermo Kaul, "El estilo de Gabriel Mir", Cuadernos de
Literatura. iV, Nos. 10, 11 y 12, Julio-Diciembre de 1948, J12
579
'Garca Mrquez, La mala hora, p. 45.
580lbid., p. 47.
58llbjd.., p. 85.
^Vanse como ilustracin, las notas 199, 220, 237 y 247 de
este trabajo.
^Carballo, p. 10.
*


29
enviaron una carta a Fidel Castro mostrando su inquietud por el
arresto del poeta. Padilla fue puesto en libertad 38 das ms
tarde, despus de escribir una carta confesndose "traidor a la
revolucin" y ser llevado al local de la Unin de Escritores Cu- -
baos para que se "autocriticara". Los intelectuales rompieron
abiertamente con Fidel Castro. El famoso novelista peruano Mario
Vargas Llosa, abri el fuego renunciando a sus funciones de asesor
de "La Casa de las Amricas" (editorial cubana) y a dictar un curso
que se haba programado para el prximo enero en la Universidad de
La Habana... Pero como se sabe, la protesta de mayor repercusin
fue la segunda carta que enviaron a Castro sesenta y un prominentes
intelectuales izquierdistas de Europa y Amrica Latina, con la ex
cepcin del argentino Julio Cortzar, que haba firmado la primera
y de Gabriel Garca Mrquez, que se opuso a firmar la primera no
obstante ser amigo de Padilla.
Recurdese la declaracin de Garca Mrquez a su llegada a Barran-
quilla, a principios de 1971; respecto al telegrama de solidaridad con
los intelectuales y artistas refugiados en el convento de Monserrat, en
Barcelona, en seal de protesta por el juicio que se segua a los na-
70
cionalistas vascos, que l firm conjuntamente con Mario Vargas Llosa.
Como se podr apreciar, existe entre esta postura y la anterior una con
tradiccin de tal magnitud, que no resultara fcil poder conciliar.
En la entrevista concedida a Francisco Urondo, se rebela airado
Garca Mrquez contra la reaccin que puede provocar el tema manido de
su prxima novela: "No s, me van a decir de todo, pero yo quiero hablar
de esta gente, que le ha tocado la cabrona suerte de ser dictadores y
matar estudiantes y todo aquello que t sabes.
Al aludir a su recorrido por el sur de los Estados Unidos, Ernesto
Schoo nos ofrece este dato ilustrativo:
Son veinte das de carretera, alimentndose con leche malteada, con
hamburgueses, conociendo en Atlanta un spero rostro de los Estados
Unidos ("no queran recibirnos en los hoteles porque crean que
ramos mexicanos") y leyendo, en otro pueblo del Sur,y^n letrero que
deca; "Prohibida la entrada de perros y mexicanos".


TERCERA PARTE
DIMENSION ESTILISTICA


222
tratamiento de lo ertico no responde a un canon de escuela, pues es
obvio que su enfoque es totalmente personal. Hay en l una irrepri
mible proclividad temperamental hacia ciertos temas -entre ellos el
ertico-, respaldada por una tcnica artstica concomitante. Por otra
parte, se vale a menudo de un factor incitante: el incesto. Ahora
bien, como en el tremendismo, sucede aqu que la arcilla literaria va
modelando las escenas y recubrindoles gradualmente sus fisuras porno
grficas, hasta elevarlas a cimas artsticas que son inmunes al pecado.
En Garca Mrquez el erotismo es un medio, no un fin.
Las palabras en que cabalgan las escenas amorosas suelen comuni
carles un ritmo juguetn, un movimiento de toma y daca de caricias y
jadeos, que producen en el lector la sensacin de estar presenciando
el forcejeo de los amantes. Es decir, que la validez del relato"
no tiene que ver tanto con lo presentado como con la manera de pre
sentarlo, a pesar de que, en ltima instancia, materia y forma se en
trelazan indisolublemente. Es una manera tan dinmica y vigorosa,
tan enftica, que pugna por devenir imagen; como si las palabras fueran
slo subttulos de escenas verdaderas, palpitantes, que estuvieran
desarrollndose en un instante dado ante los ojos asombrados del
lector.577
Para confirmar nuestro enfoque, vamos a seleccionar dos pasajes
antolgicos de Cien aos de soledad:
Una tarde, cuando todos dorman la siesta, no resisti ms y fue
a su dormitorio. Lo encontr en calzoncillos, despierto, tendido
en la hamaca que haba colgado de los horcones con cables de amarrar
barcos. La impresion tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que
sinti el impulso de retroceder. "Perdone", se excus. "No saba


205
Puede decirse, en un sentido general, que la hostilidad se rea-'
ciona con el sarcasmo, la neutralidad con la irona o el humor; y la
solidaridad con el lirismo. Sera, pues, lgico que lo grotesco, que
es una modalidad intrnsecamente degradante, se hallara presente en
las dos primeras posiciones, pero resultara sorprendente que tambin
pudiramos hallarlo en la ltima. Pues bien,-esta paradoja se mani
fiesta en la obra de Gabriel Garca Mrquez, y de una manera tan des
tacada, que nos aventuramos a opinar que no se produce en igual pro
porcin en ningn otro novelista de que tengamos noticia. Una vez
ms, ello se produce debido a su compleja personalidad: cuando lleva
la ternura o el amor hasta las cimas ms elevadas del xtasis, y tiene
ya preso al lector en las redes de la emocin, provoca un descenso brusco,
para hacerlo despear en las simas ms profundas de lo enojoso, lo
ridculo o lo irreverente, de lo grotesco, en fin.
Nos proponemos ilustrar esta trada de posibilidades, en Cien
aos de soledad, comenzando por el siguiente pasaje:
Eran tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de galeotes
haca trepidar la tierra. Su resuello de dragn multicfalo im
pregn de un vapor pestilente la claridad del medioda. Eran
pequeos, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenan
un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e
impenetrable de los hombres del pramo... todos eran idnticos,
hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el
peso de los morrales y las cantimploras, y la vergenza de los
fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio de la obediencia
ciega y el sentido del honor.5^2
Aqu resalta la predisposicin apasionada del autor, que pone
tensas las ideas y las frases, estirndolas ms all de los lmites
normales de su significacin, para escarnecer a los soldados, cuya
presencia no puede obviamente soportar.


This dissertation was submitted to the Dean of the College of Arts
and Sciences, and to the Graduate Council and was accepted as partial
fulfillment of the requirements for the degree of Doctor of Philosophy.
June, 1972
Dean, College of Arts and Sciences
Dean, Graduate School


60
K)NOVELAS DE CABALLERIA:
1. Mario Vargas Liosa, "El Amads en Amrica", Recopilacin de
textos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las
Amricas, 1969), pp. 113-118.
2. Algazel, "Dilogo con Garca Mrquez", El Tiempo. Lecturas
Dominicales, Mayo 26 de 1968, p. 5. Vanse pp. 35"37 del
presente trabajo.
3. Iris M. Zavala, "Cien arios de soledad, crnica de Indias",
Insula. No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11. La autora
agrega las crnicas de navegantes y a Ezequiel Martnez Estrada.
L) TOMAS CARRASQUILLA:
1. Emmanuel Carballo, "Gabriel Garca Mrquez, un gran, novel ista
latinoamericano", Revista de la Universidad de Mxico. XXII,
No. 3, Noviembre de 1967, 11.
2. Ramiro Andrade, p. 176. Vase A-ll. Se sugiere la lectura de
Federico de Ons, "Toms Carrasquilla, precursor de la novela
americana moderna", La novela iberoamericana (Albuquerque; The
University of New Mexico Press, 1952), pp. 133-151.
M) OTROS PRECEDENTES:
1. Emir Rodrguez Monegal (vase A-4) se refiere tambin a la Biblia,
a la novela picaresca, a la pura fbula milyunanochesca y a
Thomas Mann, en "Novedad y anacronismo de Cien aos de soledad",
pp. 14 y 15.
2. Jorge Campos (vase E-6) alude a Juan Rulfo, a Kafka y al su
rreal ismo.
. Iris M. Zavala (vase K-2) hace referencia a las crnicas de
navegantes ya Ezequiel Martnez Estrada.
3


INTRODUCCION
Hay dos circunstancias que, paradjicamente, justifican y hasta
demandan la investigacin literaria sobre una obra o sobre un autor:
el que se haya escrito mucho sobre el tema o el que se haya escrito
poco. Cuando se escribe demasiado -como sucede con la obra de Gabriel
Garca Mrquez- y se hace, adems, en un breve lapso de tiempo, la
crtica puede tender a la subjetividad y al mimetismo y concitar el !
afn esclarecedor y nivelador del estudioso que no comparte todas las i
conclusiones aportadas.
Otro aspecto que clama por una investigacin amplia y paciente de
la materia, reside en la ausencia de un libro unificador, en que se
sealen y contrasten tanto las abundantes coincidencias como las esca
sas discrepancias sobre la obra del narrador colombiano. Hay una pl
tora de artculos en las revistas especializadas sobre el autor esco
gido para nuestra disertacin, pero an no se ha publicado el libro
totalizador de datos y opiniones ni se ha anunciado ningn trabajo del
alcance y de la proyeccin de ste que nos hemos propuesto realizar con
tanto entusiasmo como modestia.
Por otra parte, el hecho de coincidir en el que escribe el in
ters literario con la preocupacin de ndole social, por haber esco
gido la ciencia poltica como segundo campo de especializacin, puede
dotar a este empeo de una perspectiva que no ha sido enfocada de modo
sistemtico hasta el presente en ningn estudio de que tengamos noti
cia. Q.u relacin existe entre los hechos que se citan o sugieren
1


74
Deja de ser por esto la novela tpicamente mejicana? Para nosotros,
la obra sigue siendo de Mjico, del Mjico revolucionario de la poca
de Victoriano Huerta y Venustiano Carranza, aunque aada a su valor de
crnica documental de una poca y de una regin el contenido humano de
todas las pocas y de todas las regiones.
En El coronel no tiene quien le escriba vemos reaparecer al Duque
205
de Marlborough. En esta novela nos impresionamos con el sentido
prctico y la firmeza de carcter de una mujer que puede encarnar a
206
muchas mujeres de diversas latitudes, as como con el leguleyismo \
cnico de un abogado, que podra representar a cierto tipo de profe-
OQ7
sional togado de cualquier poca o regin. De modo simultneo, nos
20B
percatamos de la prepotencia clerical, de las vicisitudes polticas,
de la omnipresencia del calor^^ y la violencia^ y de la desidia e
212
ineficiencia administrativas.
En los cuentos incluidos en Los funerales de la Mam Grande yol -
213
vemos a encontrar al Duque de Marlborough, nos enfrentamos al Judo
214 215
Errante, hallamos a un cantinero homosexual, a ms mujeres prc-
216
ticas y voluntariosas y a seres atormentados que sufren, el rigor de
217
la soledad, Paralelamente, hallamos alusiones a la violencia,218 a
219 220
la corrupcin de las autoridades, al arribismo inescrupuloso, a
221 222
las trapisondas electorales, a los privilegios de los ricos, al
223 224
infortunio de los pobres, a la parcialidad de los historiadores,
225
a las sinrazones dilatorias de los abogados, a la vacua labor de la
226 .. . . 227
prensa y a la ubicua presencia del calor.
209


23
o Cien aos de soledad sean respuestas-inferiores, en el plano
cultural, a esas respuestas polticas. 2
Es interesante constatar que las ideas de Mario Vargas Llosa re
sultan totalmente afines a las expuestas, ya que, para l, el novelis
es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, o con
su tiempo, o con su clase, un hombre que no est satisfecho con
el mundo... Ese rebelde ignora la razn profunda de su rebelin
y escribe buscndola... El novelista sera una especie de rebelde
que ignora los orgenes de su rebelda, un ser esclavizado a una
insatisfaccin, a una especie de solitaria, que se alimenta de l,
que vive de l, de la cual trata de librarse, a la que trata de
desalojar escribiendo, y que justamente a travs de ese ejercicio
se alimenta, se apodera de l y va tiranizndolo.^3
En una entrevista con Emir Rodrguez Monegal, Carlos Fuentes se
solidariza con la posicin aludida:
Es, como tan bien dice Mario Vargas Llosa, el eterno descontento,
el eterno opositor, el buitre que se alimenta de todos los detritus
de la sociedad. Es el gran pesimista... Esto es lo que nos falta:
la crtica diaria, la elaboracin crtica, permanente, de todos los
problemas humanos, con la intencin de colmar ese vaco del poder en
Amrica Latina, el vaco entre el poder total de la mjnora y la im
potencia total de la mayora... El lenguaje es libertad o no es; y
para m la libertad es mantener el margen de hereja, mantener el
mnimo disentimiento para que nunca se cierren del todo las puertas
de las aspiraciones concretas de hombres concretos.5
Las opiniones transcriptas reflejan una actitud aparentemente de
liberada y sistemtica de socavamiento de las instituciones y valores
sociales, sin el contrapeso de alternativas concretas; una posicin
basada ms bien en una consigna intransigente de destruccin que en un
afn razonable de mejoramiento. Predomina una subjetividad catica y
arbitraria, inspirada tal vez por compulsin temperamental o por afn de
notoriedad, ms que por genuinas inquietudes humanitarias o por sin
cero fervor patritico o americanista.
Estos cuatro novelistas integran una especie de secta ideolgica


159
Es nuestro parecer, que el proceso mediante el cual se refunden
materia y forma -o al menos, el buen xito en la consecucin de ese
resultado-, est estrechamente relacionado con la antinomia objeti
vismo-subjetivismo que se deriva del estudio del origen mismo de la
creacin esttica. En otras palabras, es todo novelista un ser obje
tivo, en cuanto aporta sus dotes narrativas excepcionales con el mero
propsito de expresarlas artsticamente, o es, por el contrario, un
ser subjetivo que ejercita su talento expresivo para exteriorizar ar
tsticamente sus propios recuerdos y esperanzas, sus sentimientos y \
sus ideas? De acuerdo con C. G. Jung: "... el artista no es una per-:
sona dotada de libertad de conciencia que busca sus propios fines, sino
444
una que permite al arte realizar sus propsitos a travs de l."
Ya hemos visto que en Garca Mrquez sus experiencias, ideario
y actitudes personales aparecen siempre reflejados en la seleccin y
tratamiento de sus temas, mostrndose con audaz crudeza, sugirindose .
en maliciosa reticencia o vislumbrndose tras deliberado contraste.
Por ello pudo l decir, con toda certeza; 'Creo que a quien tenga in-
445
ters por saber cmo pienso le basta con leer mis libros."
Por otra parte, debemos plantearnos si en la obra de nuestro
autor, en muchos de sus juegos de palabras y de ideas, est o no
latente el hervor inefable de la inspiracin, la autonoma irrefre
nable de la creacin esttica. A nuestro juicio, el artista est en
l siempre supeditado al hombre, aunque no debe perderse de vista que
ese hombre siente una gran propensin hacia los disfraces, y que uno
de ellos lo utiliza para ocultar la imagen del poeta. El dista mucho
de encarnar al novelista ideal que concibiera John Dos Passos:


32
Notas
48
Eugenio Chang-Rodrguez y Harry Kantor (eds.), La Amrica Latina
de hoy (New York: The Ronald Press Company, 1961), pp. 12 y 13. Antes
haba aparecido en Entre la libertad y el miedo. 6a edicin (Santiago
de Chile, 1955), P. 29.
^Jos Angeles, "Galds precursor del noventa y ocho?", Hispania.
XLVI (1963), 267.
5Fernndez-Braso, p. 54.
5llb¡d., P. 57.
52Julio Cortzar, "Literatura en la revolucin y revolucin en la
literatura", Marcha. Enero 9 de 1970, P. 30. ,
* t
53
^ Mario Vargas Llosa, La novela (Paysand: Fundacin de Cultura
Universitaria, Cuadernos de Literatura [2], 1969), PP. 4, 5 y 13.
^Emir Rodrguez Monegal, El arte de narrar (Caracas: Monte Avila
Editores, 1968), pp. 144 y 145.
55loujs Althusser, "La filosofa: arma de la revolucin", La P
jara Pinta. No. 49, Enero de 1970, p. 6.
56 a
3 Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana. 2 edicin
(Mxico: Editorial Joaqun Mortiz, 1969), p. 29.
57lbid.. p. 32.
^Raymond D. Souza, "Language vs. structure jn the contemporary
Spanish American novel", Hispania. LI I, No, 4, Diciembre de 1969, 836.
La versin espaola que reproducimos aparece en el libro de Luis Hars,
Los nuestros. 3a edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969),
P. 288.
-^Hars, Los nuestros, p. 465. Vase nota precedente.
^"Entrevista a Gustavo Sainz". Apunte. No. 35, Agosto de 1971, P. 6
^C. E. Valladolid, "Opinin sobre el Castellano",
LXXXI, No. 3.097, Septiembre 11 de 1971, 4.
62
Alfonso Mor.salve, "Una entrevista con Garca Mrquez",
T-iempo. Lecturas Dominicales, Enero 14 de 1968, p. 4.
63
64
Ibid.
Durn, pp. 28 y 29.


CAPITULO IX
INTEGRACION DE MATERIA Y FORM
A fin de orientar el estudio del aspecto estilstico, partimos
del concepto de Amado Alonso, para quien "sistema expresivo" signifi
ca: "... desde la construccin y estructura interna de la obra hasta
el poder sugestivo de las palabras y la eficacia esttica de los juegos
rtmicos."**^ j
Nos proponemos estudiar el sistema expresivo de Gabriel Garca
Mrquez, teniendo en cuenta, fundamentalmente, que
... lo estructurado, lo construido, lo formado interviene cualitati
vamente en la forma, en la construccin, en la estructura misma.
Quiere decir que no se puede pensar en "una misma" forma con "dis
tintos" contenidos, porque los contenidos, con su especfica na
turaleza, son formantes.^'
Consideraremos "materia" y "forma" como vasos comunicantes del
proceso creador, que se influyen mutuamente, tal como lo reconociera
Gustavo Flaubert, en una de sus cartas:
Usted dice que presto demasiada atencin a la forma. Ay de m.'
Es como cuerpo y alma: la forma y el contenido son una sola cosa
para m; no s qu es el uno sin el otro. Cuanto ms aguda sea
la idea, est segura de ello, ms aguda sonar la frase. La exac
titud del pensamiento contribuye (y es la misma) a la de la pala
bra. ^2
Con este criterio coincide Andr Gide, al referirse a "... esa
mala costumbre de disociar entre forma y contenido, entre la emocin
y la expresin de la emocin, del pensamiento, que tendran que ser
inseparables. "^3
158


172
La reiteracin se manifiesta en el empleo de los mismos nombres,
con atributos coincidentes (159), en la identidad de los actos coti
dianos (212), en el hacer y deshacer de Aureliano (227, 238), Amaranta
(237), Aureli ano Segundo (267) y Amaranta Ursula (322), en la resignada
actitud de los rabes (281, 340), en la reaccin del pueblo al regreso
de los gitanos (293), en la semblanza del negro antillano "que segua
cantando en el prtico de la casa los salmos lgubres del atardecer"
(324). Las reiteraciones son hbilmente eslabonadas con el estribillo
temporal contenido en la frmula "haba de recordar", que aparece en
varios pasajes de la novela (9, 12, 13, 18, 21, 28, 50, 68, 101, 159,
243 258, 25 9). La conclusin nos la ofrece otro de los personajes
mticos de la obra, Pilar Ternera, a quien
... un siglo de naipes y de experiencia le haba enseriado que la
historia de la familia era un engranaje de repeticiones irrepara
bles, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta
la enternidad, de.no haber sido por el desgaste progresivo e irre
mediable del eje. 17
Si el espacio de la novela es mtico y el tiempo tambin lo es,
y si en la obra hay personajes y niveles mticos (el mito bblico, el
mito del tab del incesto, el mito revolucionario, el mito del destino
humano), resulta que la obra en s no slo est integrada por mitos
sino que deviene mito ella misma. Uno de los factores que ms eficaz
mente contribuye a este resultado es el contrapunto de deseo y fata
lismo que palpita en la novela. Aqu se construye un mito que se
alimenta de la historia de un pueblo y de sus habitantes, en parti
cular de una familia que vive y revive los problemas inherentes a su
regin y, a la vez, los que conciernen a la humanidad como un todo.


215
del blanco atacado o que sugiere, por caricaturizacin intencionada,
la incongruencia del objetivo socavado.
En. La hojarasca se habla de la hija hechizada de un peluquero
y del intento de un sacerdote de remediar su mal, en estos trminos:
"Fueron intiles los esfuerzos de El Cachorro, los estoazos, la com
pleja teraputica del agua bendita, las reliquias sagradas y los en-
. 560
salmos administrados con dramtica solicitud."
Primero, se descarta la eficacia de los paliativos religiosos y
despus, se califica la administracin del agua bendita de l'compleja
teraputica". La palabra "compleja" puede aludir al aparato ritual,
implicando entonces una mofa hacia el proceso de santiguar a la peni
tente, que no puede ser ms simple y expeditivo. Puede tambin referirse
a las posibilidades curativas, y entonces encierra una actitud de ro
tundo descreimiento, un inequvoco rechazo de las propiedades sobre
naturales del agua bendita. Resalta, por lo dems, la posicin escp
tica y de chanza respecto a los estoazos, las reliquias sagradas y
los ensalmos "administrados con dramtica solicitud". Ntese la efec
tividad de la adjetivacin intensif icadora, que remata la idea genera]
con un nuevo elemento exacerbante. El lector recibe la sensacin de
premeditado engao, de simulado ejercicio de su ministerio por el sa
cerdote, a quien est viendo actuar con aparatosa gesticulacin.
La mala hora encontramos estos dos pasajes que se explican
por s solos:
El alcalde interrumpi la fumigacin. El padre se tap la nariz,
pero fue una diligencia intil: estornud dos veces. "Estornude,
padre", le dijo el alcalde. Y subray con una sonrisa; -Estamos
en una democracia.


SEGUNDA PARTE
DIMENSION TEMATICA


15
naturalmente, quera que yo fuera farmacutico para que lo re
emplazara. Yo tena una vocacin totalmente distinta: quera
ser abogado. Y quera ser abogado porque en las pelculas los
abogados se llevan las palmas en los juzgados defendiendo las
causas perdidas. Sin embargo, ya en la Universidad, con todas
las dificultades que pas para estudiar, me encontr con:que
tampoco iba a servir para abogado. Entonces empec a escribir
los primeros cuentos.*7
Permaneci durante algunos aos como redactor y reportero, re
corriendo como tal todo su pas. En 195^ viaj a Europa como corres
ponsal de su diario, establecindose inicialmente en Roma, donde tom
un curso de director en el "Centro Cinematogrfico Experimental". El
propsito original del viaje aparentemente se debi a la encomienda
38
de "cubrir la muerte de Po XI i, que se crea inminente". Pero el
desenlace no se produjo y Garca Mrquez decidi radicarse por algn
tiempo en el Viejo Continente.
De Roma pas a Pars, desde donde viaj a varios pases de la
Europa Oriental. A fines de 1955 El Espectador fue clausurado por el
rgimen del general Gustavo Rojas Pinilla, vindose Garca Mrquez
privado de sus emolumentos. Sufri toda clase de penurias, enclaustrado
en su cuarto de la pensin,^ tecleando en su mquina de escribir hasta
altas horas de la noche. El propio Garca Mrquez ha ofrecido estos
detalles de su estancia en Pars:
En aquella poca yo viva en un hotel de la ru Cujas que se llama
hotel de Flandre. Los administradores se llamaban M. y Mme.
Lacroix. Cuando rne qued sin un centavo, les habl y les dije que
no poda pagarles y me dejaron irme a la buhardilla. Pensaba que
esa situacin iba a durar uno o dos meses, pero me qued un ao y
no tuve nunca con qu pagarles. Al ao les pagu 120.000 francos
antiguos que para nosotros era una suma enorme. Ahora, lo primero
que hice al llegar a Pars fue preguntar por los seores.Lacroix
en el hotel de Flandre... Pero si no hubiese vivido estos tres
aos probablemente no sera escritor. Aqu aprend que nadie se
muere de hambre y que uno es capaz de dormir bajo los puentes.


45
cuando tena 19 aos, coincidiendo con los crticos anteriores respecto
a la fecha de publicacin.^"*
La segunda novel a, El coronel no tiene guien le escriba, fue con-
116
cluida en Pars a principios de 1957 y publicada en Medelln en 1961.
En 1363 y 1966 se publicaron en Ciudad Mxico dos nuevas ediciones de
la obraje De acuerdo con el testimonio de Mario Vargas Llosa, Garca
118
Mrquez escribi once veces esta obra "breve y maestra". Flix Grande
119
indica que esta novela fue redactada nueve veces, coincidiendo en ello
. 120
con Luis hars.
La mala hora es publicada en Madrid en diciembre de 1962, y re
editada en Ciudad Mxico en 1966 por "Ediciones Era, S.A.". Al comienzo
de esta edicin pueden leerse unas significativas palabras de Gabriel
Garca Mrquez, que ilustran su obstinada independencia de criterio:
La primera vez que se public La mala hora, en 1962, un corrector
ds pruebas se permiti cambiar ciertos trminos y almidonar el es
tilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasin, a su
vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idioma-
ticas y las barbaridades estilsticas en nombre de su soberana y
arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edicin de La mala
hora. EL AUTGR.*21
Segn nos informa Luis Hars:
El coronel no tiene quien le escriba. Los funerales de la Mam Gran-
d_e. y La mala hora fueron escritos los tres al mismo tiempo, cada uno
corno un eco de los otros, contenido en ellos, o contenindolos. De
ban originariamente formar un solo libro, La mala hora, que inclui
ra a los dems.
Despus viene una etapa de aparente pasividad, en la que, en reali
dad, estuvo incubndose la obra maestra del narrador colombiano, Cien
anos..de soledad, publ ¡cada n Buenos Aires en 1967.
Mario Vargas Llosa se refiere al proceso germinativo de esta po
pular obra de ficcin:


Copyright
by
Pablo A. Lpez-Capestany
1972


I certify that I have read this study and that in my opinion it
conforms to acceptable standards of scholarly presentation and is fully
adequate, in scope and quality, as a dissertation for the degree of
Doctor of Philosophy.
Irving JR. Wershow, Professor of
Romance Languages and Literature
Chairman
1 certify that I have read this study and that in my opinion it
conforms to acceptable standards of scholarly presentation and is fully
adequate, in scope and quality, as a dissertation for the degree of
Doctor of Philosophy.

'/rWirviyU?
, Ij^ofes
Francis C. Hayes, Ij^fessor of
Romance Languages and Literature
I certify that I have read this study and that in my opinion it
conforms to acceptable standards of scholarly presentation and is fully
adequate, in scope and quality, as a dissertation for the degree of
Doctor of Philosophy.
Rend' Lemarcfiand, Associate Profess
of Political Science



206
Veamos otra ilustracin:
Pero Aureliano Segundo io interpret como un nuevo desafo, y se
atragant de pavo hasta ms all de su increble capacidad. Per
di el conocimiento. Cay de bruces en el plato de huesos, echando
espumarajos de perro por la boca, y ahogndose en ronquidos de
agona.533
Esta exageracin grotesca de la realidad, constituye una estocada
certera contra el pecado de la gula, cuya expresin distiende tambin
las frases y las ideas, aunque con un guio implcito de travesura y
de humor.
Un pasaje que ya hemos reproducido, en que Ursula habla con su
esposo bajo el castao, lamentndose de su soledad y de su infortunio,
puede tambin servirnos de ilustracin. El lector siente que se le
empieza a formar un nudo en la garganta, a pesar de que primero se
dice que ella "lo baaba por partes sentado en el banquito", luego
que le restregaba "la espalda con un estropajo enjabonado" y, por fin,
534
que "echaba cenizas sobre sus excrementos para recogerlos con una pala".
\
Tal parece como si el narrador estuviera tratando de desvirtuar la re- '
cndita ternura que encierra la escena, con el contrapeso de los he
chos prosaicos que relata, si bien en este caso especfico no puede
descartarse la posibilidad de que est mezclando deliberadamente ambas
alternativas vitales, para hacer ms pattica la situacin.
Otro caso, tal vez ms evidente, lo ejemplifica la pasin amorosa
de Aureliano por Remedios, una criatura de nueve aos, cuando la cono
ci, cuya evolucin hacia la pubertad, matizada de intencionado humor,^35
no logra destruir el hechizo que la obsesin pasional de Aureliano co
munica al lector, tambin impresionado por las dotes espirituales de esa
536
mujer excepcional, que resulta ser un dechado de ternura.


73
vida que el proceso revolucionario impuso a su patria: los raudos au
tomviles atestados de carrancistas y meretrices; la plebe irreverente
que rea sin disimulo a la huida de la familia que protagoniza la his
toria; la soldadesca voraz, chorreada de lodo hasta los cabellos; los
saqueadores insaciables que descerrajaban puertas y ventanas; la plebe
que controlaba los trenes elctricos y robaba impunemente a los pasajeros
indefensos; los infelices ahorcados en las torres de la Catedral; los
desfiles interminables y las multitudes idlatras que, bajo la vigilan
cia ignorada de soplones a sueldo, de la ms abyecta condicin moral, ;
rendan pleitesa a los verdugos de turno. Paralelamente, Mariano
Azuela trata de hacernos ver que el verdadero sentido de la vida slo
se adquiere a travs del dolor, y que la felicidad consiste en la ar
mona de nuestro mundo interior con el mundo exterior; se mofa del abo
lengo familiar con un escepticismo rayano en el sarcasmo; exalta la
afinidad y el mutuo cario de un padre y de su hija; describe el ci
nismo descarnado de una alcahueta, capaz de urdir las ms fantsticas
mentiras para explotar los sentimientos ajenos; relata la pueril es
peranza ante sucesos irreparables, de una rica heredera nostlgica de
las bienandanzas de sus rentas y del prestigio de su alcurnia. Nos
presenta la estampa del ambicioso que no repara en los medios para es
calar elevadas posiciones, incluyendo la cesin de los favores de su
propia esposa a los caprichos seniles de un ricachn cnico y rijoso;
nos ofrece ejemplos de venganza, de maldad, de traicin y de lealtad
amorosa, que penetran a fondo muchas zonas misteriosas de la psicolo
ga humana, y que constituyen facetas de indiscutible carcter universal.


98
su soledad "con mujeres ocasionales" (135). Otro ngulo del tema nos
lo ofrecen Aureliano y Amaranta Ursula, "recluidos por la soledad y el
amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible
dormir por el estruendo de las hormigas coloradas... eran los nicos
seres felices, y los ms felices sobre la tierra" (340).
Resulta digno de mencin el comentario de Alfonso Rumazo Gonzlez,
quien incluye la actitud ante lo sexual entre las caractersticas co
munes a los actuales narradores latinoamericanos:
La unin de hombre y mujer se relata actualmente con la misma
clara nitidez que un paseo, a espacio y sin perder minucia; pero
se anhela trascender, buscando en ello una.golucin a la soledad
en la complejsima vida de nuestro siglo.
En La mala hora se alude al aislamiento en que se sume el repre
sentante de la autoridad,
quien se hace construir un despacho blindado.
269
De este interesante personaje, que es el Alcalde, se dice:
El alcalde sola pasar das enteros sin comer. Simplemente lo ol
vidaba, Su actividad, febril en ocasiones, era tan irregular como
las prolongadas pocas de ocio y aburrimiento en que vagaba por el
pueblo sin propsito alguno, o se encerraba en la oficina blindada,
inconsciente del transcurso del tiempo. Siempre solo, siempre un
poco al garete, no tenia una aficin especial, ni recordaba una
poca pautada por costumbres regulares. Slo impulsado por un
apremio irresistible aoareca en el hotel a cualquier hora y coma
lo que le sirvieran. '
271
Refirindose al dolor de muelas del Alcalde, Ernesto Volkening
comenta;
En esa historia atroz de efectos similares a los que produce una
barrena de dentista, el dolor de muela adquiere metafsicas di-,
mens iones, confronta al paciente con su tragedia de dspota so
litario, lo humaniza, le confiere cierta grandeza y se vuelve
hasta tal punto alucinante e intenso que el relato por s solo
llega a constituir una pequea obra maestra.2^2


CAPITULO V
LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL
Aunque a Gabriel Garca Mrquez, como a Terencio, nada humano le
es ajeno, los captulos anteriores nos han preparado para barruntar los
temas que van a prevalecer en su narrativa y el enfoque con que los va a
presentar al lector. En esta Segunda Parte nos referiremos principal
mente al contenido, mientras que reservaremos para la Tercera Parte \
el procedimiento expositivo que le sirve de vehculo para exteriorizar
su mensaje, cuando no de fin en s mismo para solazar, asombrar o hasta
traumatizar al vido lector.
Es oportuno que consignemos, que no nos acercamos a la temtica
de nuestro autor con un criterio simplista, con un mero afn de inven
tariar tpicos que resulten intrnsecamente atractivos y de fcil glosa.
Al seleccionarlos, nos ha guiado el criterio de contrastar la intensi
dad de su tratamiento, para as enlazar las otras dos dimensiones de
nuestro anlisis: vida y estilo. Nos sentimos slidamente respalda
dos en nuestro empeo, por esta aguda observacin de Dmaso Alonso
sobre Francisco de Quevedo:
Ese vitalismo no slo est en su persona, no slo est en su verso,
sino que se transparenta en sus temas... Hay temas que se le caen
de las manos en expresiones triviales, tributo a la moda. Hay
otros... que le ponen el ritmo tenso y le dan una impetuosidad y
una velocidad fustigantes. La expresin y el concepto se hacen re
concentrados y heridores.*72
Un tema que merece prioridad, se refiere al alcance de la obra
de nuestro novelista, quien si bien lleva siempre como parte de su
65


150
con desenfadada fruicin, un grato pasaje que todos ellos querran
fervientemente protagonizar y la oportunidad de regocijarse como unos
benditos, al caer en la trampa de admitir que hay alguien que lo est
protagonizando en el instante alucinado de la lectura.
Pero hay algo ms. Este hombre descomunal va a visitar al remil
gado Pietro Crespi, novio a la sazn de Rebeca, para comunicarle su
decisin de casarse con ella. "Es su hermana", objeta Pietro Crespi.
"Es contra natura y, adems, la ley lo prohbe". Jos A¡-cadio replic:
"Me cago dos veces en natura". Y ahora leemos lo esencial: "Pero su
comportamiento brutal se quebrant al ver que a Pietro Crespi se le
humedecan los ojos. -Ahora -le dijo en otro tono-, que si lo que le
430
gusta es la familia, ah le queda Amaranta."
No es impresionante este cambio de tono en el gigante antrop-
431
fago "cuyas ventosidades marchitaban las flores", en el ser primi
tivo que "exhibi sobre el mostrador su masculinidad inverosmil, en
teramente tatuada con una maraa azul y roja de letreros en varios
idiomas"?432
El hembrismo de Rebeca es ostensible. Tuvo el coraje de ir a
433
visitar a Jos Arcadio en su cuarto, cuando todos dorman la siesta.
Y Jos Arcadio -pues tambin existe la intuicin masculina- advirti
434
la disposicin peculiar de Rebeca para los disturbios pasionales:
"Eres muy mujer, hermanita", le dijo en una ocasin, al mirarle "el
435
cuerpo con una atencin descarada".
Creemos que ste de Jos Arcadio y Rebeca, constituye un episodio
amoroso normal (como el de Mauricio Babilonia y Meme y el de Aureliano


121
segn las circunstancias".(257) Siendo el nico sobreviviente de la
matanza de la estacin, nunca se repuso del trauma que le produjo la
experiencia: "... la noche en que los militares lo miraron sin verlo,
mientras pensaba en la tensin de los ltimos meses, en la miseria de
la crcel, en el pnico de la estacin y en el tren cargado de muertos,
Jos Arcadio Segundo lleg a la conclusin de que el coronel Aurel ¡ano
Buenda no fue ms que un farsante o un imbcil. No entenda que hu
biera necesitado tantas palabras para explicar lo que se senta en la
guerra, si con una sola bastaba: miedo".(265) Como resultado de todas
esas vicisitudes, Jos Arcadio Segundo perdi la razn (266, 285) y
muri repitiendo su estribillo de que los muertos de la plaza de Ma-
3 55
condo "eran ms de tres mil y que los echaron al mar".(300)
El coronel Aurel¡ano Buenda "promovi treinta y dos levanta
mientos armados", (94) hasta darse cuenta de que slo estaba peleando
por orgullo.(121) El se neg a conmutarle la pena de muerte al general
Jos Raquel Moneada, a pesar de la persuasiva y emocionada intercesin
de Ursual, su madre: "Poco antes del amanecer, visit al sentenciado
en el cuarto del cepo. -Recuerda, compadre -le dijo- que no te fu
silo yo. Te fusila la revolucin. El general Moneada ni siquiera se
levant del catre al verlo entrar. -Vete a la mierda, compadre-
replic". (140) Cuando ms tarde permiti que se saqueara y quemara
la casa de la viuda del general Moneada, el coronel Gerineldo Mrquez
le dijo: "Cudate el corazn, Aurel¡ano... Te ests pudriendo vivo".
(145) Al fin, se refugia en la soledad: "Si alguien resultaba ino
fensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desentantado coronel


This novelist, is a skillful writer. He handles with dexterity a
wide variety of stylistic techniques. He tends to hide his inner mes
sage within symbolic implications, different levels of narrations, fantasy
and super exaggerations. He uses irony, the hyperbole and the grotesque
with daring adjectives and crude vocabulary to intensify his effect on
4
the reader. His typical style is emphatic.
Gabriel Garca Mrquez is not a follower of any particular 1iterary
movement or school. He has completely assimilated traditional and modern
narrative technics and his last and best novel, Cien aos de soledad, is
an outstanding example of this amalgamation.


104
en su naturaleza sentimental y filosfica, como una reaccin medrosa
de su intimidad amenazada, que en definitiva se impone en forma de auto
defensa recelosa y firme de su privacidad, que es como decir, de su so
ledad. Como un enamorado del amor que no ha hallado su objeto amoroso,
pero que no cesa de buscarlo con exacerbada ansiedad, o que habindolo
hallado, lo encuentra inferior a su imagen prefigurada, Garca Mrquez
305
es un enamorado de la vida que carece del "instinto de la felicidad"
y que tiende a tropezar a cada paso con un hito de desengao. Nos atre
vemos incluso a sospechar en su personalidad, una faceta de Don duijote
que subraya Jos Camn Aznar:
No hay en toda la literatura una soledad tan absoluta como la de
Don duijote. Porque tampoco se encuentra un mayor desarraigo de
un espritu, del ambiente que ha de concretar sus proyectos...
Esta soledad, que es el sino de Don duijote, es el anverso de la
romntica. El solitario romntico lo es por su inadaptacin al
mundo, provocando esas desganas vitales y esos lricos desfalle
cimientos. En Don duijote, por el contrario, su soledad proviene
de la inadecuacin del mundo a sus programas justicieros, que no
se mellan,sino que salen robustecidos despus de cada fracaso...
Don duijote, como todos los tipos trgicos, es.de un enorme ape
tito social. Invive en su afliccin la de los dems, y un buen
da sale a remediarla.^
Espritu bohemio, propenso al deporte de la conversacin y a la
broma jocunda al calor del estmulo espirituoso, catador de la vida y
curioso de esos fantasmas ilusos, siniestros, nobles y farsantes que
son los seres humanos y las criaturas de ficcin, nuestro autor parece
haberse dedicado a vivir con ellos sus alegras y sus pesares, mientras
l se desvive tambin en su solitario laboratorio de almas, tratando de
' crear un mundo que atene la soledad ajena, aunque no logre extirpar por
completo la suya propia.


219
o las limitaciones exasperantes de la realidad. Sin embargo, esa misma
pujanza vital que impulsa su pluma, le lleva tambin a veces a provocar
el asombro del lector, por medio de la mera comicidad de las situaciones
o las expresiones, que l sabe provocar con plausible espontaneidad y
maestra;
De La mala hora tomamos la siguiente ilustracin:
Un viejo agente viajero contaba que hasta principios de siglo hubo
una coleccin de mscaras colgadas en el comedor a disposicin de
los clientes, y que los huspedes enmascarados hacan sus necesi
dades en el patio, a la vista de todo el mundo.572
De Cien aos de soldad es forzoso seleccionar varios ejemplos:
El doctor Alirio Noguera haba llegado a Macondo pocos aos antes
con un botiqun de globulitos sin sabor y una divisa mdica que
no convenci a nadie: Un clavo saca otro clavo (89, 90).
El padre Nicanor trat de impresionar a las autoridades militares
con el milagro de la levitacin, y un soldado lo descalabr de un
culatazo (92).
As padeci el exilio, buscando la manera de matarla con su propia
muerte, hasta que le oy contar a alguien el viejo cuento del hom
bre que se cas con su ta que adems era su prima, y cuyo hijo
termin siendo abuelo de s mismo (132).
"Eres un bruto", le deca Amaranta, acosada por sus perros de presa.
"No es cierto que se le pueda hacer esto a una pobre ta, como no
sea con dispensa especial del Papa". Aureliano Jos prometa ir a
Roma, prometa recorrer a Europa de rodillas, y besar las sandalias
del Sumo Pontfice solo para que ella bajara sus puentas levadizos.
-No es slo eso -rebata Amaranta-, Es que nacen los hijos con
cola de puerco. Aureliano Jos era sordo a todo argumento. -Aun
que nazcan armadillos -suplicaba (132).
Por una especie de supersticin cientfica, nunca trabajaba, ni
lea, ni se baaba, ni haca el amor antes de que transcurrieran
dos horas de digestin, y era una creencia tan arraigada que
varias veces retras operaciones de guerra para no someter la
tropa a los riesgos de una congestin (227).
Pero la tortuosa costumbre de no llamar las cosas por su nombre
la llev a poner lo anterior en lo posterior, y a sustituir lo


237
Notas
^Franco, p. 37.
Vase pgina 69 de este trabajo.
5^Baquero Goyanes, p. 82. El autor se refiere a lo mtico
en Kafka.


220
parido por lo expulsado, y a cambiar flujos por ardores para que
todo fuera menos vergonzoso, de manera que Ursula concluy razo
nablemente que los trastornos no eran uterinos, sino intestinales,
y le aconsej que tomara en ayunas una papeleta de calomel (270).
... y l ni siquiera tom aliento para explicar que las cucara
chas, el insecto alado ms antiguo sobre la tierra, era ya la vc
tima favorita de los chancletazos en el Antiguo Testamento, pero
que como especie era definitivamente refractaria a cualquier m
todo de exterminio, desde las rebanadas de tomate con brax hasta
la harina con azcar, pues sus mil seiscientas tres variantes ha
ban resistido a la ms remota, tenaz y despiadada persecucin que
el hombre haba desatado desde sus orgenes contra ser viviente
alguno, inclusive el propio hombre, hasta el extremo de que as como
se atribua al gnero humano un instinto de reproduccin, deba
atribursele otro ms definido y apremiante, que era el instinto
de matar cucarachas, y que si stas haban logrado escapar a la
ferocidad humana era porque se haban refugiado en las tinieblas,
donde se hicieron invulnerables por el miedo congnito del hombre
a la oscuridad, pero en cambio se volvieron susceptibles al es
plendor del medioda, de modo que ya en la Edad Media, en la
actualidad y por los siglos de los siglos, el nico mtodo eficaz
para matar cucarachas era el deslumbramiento solar (327).
En Gabriel Garca Mrquez se entremezclan la alegra de vivir y
la aprensin de morir. El sentido de frustracin ante las quiebras
sociales, tal como l las ve y las recuerda, exalta su mana reforma
dora y arma a menudo su pluma de vitriolo contra las.imperfecciones
que ofenden su sensibilidad y contraran su ilusin. La energa de
su pujanza vital incita su aherrojada expansividad y le lleva a re
buscar, con afanosa diligencia, todo aquello que cree merecer disfru
tarse sin tasa ni vacilacin. Enamorado de la vida, se regodea en des
cribir los alicientes que compensan sus limitaciones, como la amistad
y la bohemia, el amor y el erotismo, el licor y la juerga. Apocado
ante la idea de la muerte, se abroquela en la soledad, para renegar
del fatalismo y del olvido, de la pobreza y la ambicin, de las
convenciones y las injusticias. De esa pugna interna, surge una visin


103
297
Hemos visto que en la acotada observacin de Ernesto Schoo,
se hace resaltar la tristeza subyacente en Garca Mrquez, detrs de
"sus carcajadas, sus manotazos, sus Ironas". Tambin Miguel Fernndez-
Braso not que siempre prevalece en nuestro autor "un claroscuro de
298
tristeza como fondo". En sus declaraciones a Francisco lirondo, ex
presa su pesar por no sentirse ya bien en su pas y, lo que es ms gra-.
299
ve, "en ninguna parte". Se trata, pues, de un ser angustiado que,
como a Arcadio en el trance de su fusilamiento, no le importa la muerte
300
sino la vida; que, como el coronel Aureliano Buendia en circunstan
cias similares, reniega de la muerte artificiosa que "no le permitira
301
conocer el final de tantas cosas que dejaba sin terminar"; que, en
fin, como Pilar Ternera, podra hacer suyas estas conmovedoras palabras:
302
"Soy feliz sabiendo que la gente es feliz en la cama".
Emilio Carril la nos habla del desengao en el barroco espaol, y
nos ilustra con las siguientes observaciones:
Yo creo que en la visin pesimista del desengao, que subraya as
pectos del barroco espaol, confluyen tanto las consecuencias de
una realidad poltico-social... como la leccin religioso-moral
que vuelve incesantemente sobre los motivos de la ilusin, el or
gullo, sobre la vanidad de las cosas terrenas... Por eso, me pa
rece que el tema de la soledad es, en el barroco, una nota impor
tante vinculada al tema del desengao: soledad como "purgacin"
amorosa o religiosa; como recogimiento; como nica "libertad" po
sible; como oposicin al boato y la apariencia; como enriquecimiento
interior; como "ocio" til...0^
Nosotros creemos que en Garca Mrquez se contraponen dos fuerzas
poderosas: una centrfuga, generada por impulsos vitales y tambin es
pirituales, que tiende a lanzarlo al ruedo de la vida, con sus "carcaja-
304
das, sus manotazos, sus ironas", y otra centrpeta, que se engendra


127
Segundo era en aquel tiempo el habitante ms lcido de la casa".(296)
Lo mismo se dice del fundador Jos Arcadio Buenda, en la misma pgina;
lo que nos da la impresin de que el autor condesciende con los perso
najes fantasiosos, y de que hasta se propone plantearse y plantearnos
la duda sobre cules sern en realidad los lmites de la cordura. Reme
dios, la bella, constituye otro caso digno de anlisis, en este sentido.
(143, 151, 158, 170-172, 190, 199, 205)
James Walter McFarlane (ed.), "An enemy of the people", Ibsen.
Vol. VI (London: Oxford University Press, I960), p. 126. El personaje
expresa, al concluirse la obra: "The thing is, you see, that the
strongest man in the world is the man who stands alone". En Arthur
Miller's adaptation of An enemy of the people, by Henrik Ibsen (New
York: The Viking Press, 1951), PP. 124, 125, se da la siguiente ver
sin: "You are fighting for the truth, and that's why you're alone.
And that makes you strong. We're the strongest people in the world...
and the strong man must learn to be lonely".
357
Citado por Orlando Gmez-Gil, Historia crtica de la litera
tura hispanoamericana (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1968),
p. 604.


TEMATICA Y ESTILO EN LA
NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ
By
PABLO A. LOPEZ-CAPESTANY
A DISSERTATION PRESENTED TO THE GRADUATE COUNCIL OF
THE UNIVERSITY OF FLORIDA IN PARTIAL
FULFILLMENT OF THE REQUIREMENTS FOR THE DEGREE OF
DOCTOR OF PHILOSOPHY
UNIVERSITY OF FLORIDA
1972

Copyright
by
Pablo A. Lpez-Capestany
1972

RECONOCIMIENTO
El autor quiere dejar constancia de su gratitud haca los
miembros del comit supervisor de esta disertacin, doctores
Irving R. Wershow, Francis C. Hayes y Rene Lemarchand, por su
cooperacin y sugerencias durante el proceso de preparacin
de este trabajo.

CONTENIDO
Pg na
RECONOCIMIENTO il
ABSTRACT . . v
INTRODUCCION 1
CAPITULO
PRIMERA PARTE: DIMENSION HUMANA
I. ITINERARIO VITAL 6
II.IDEARIO CIVICO 21
III. CREDO ESTETICO 34
IV. EL NARRADOR Y LAS NARRACIONES 43
SEGUNDA PARTE: DIMENSION TEMATICA
V. LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL 65
VI.LA SOLEDAD . 94
Vil. LA VIOLENCIA 110
VIII. EL MACHISMO 128
TERCERA PARTE: DIMENSION ESTILISTICA
IX. INTEGRACION DE MATERIA Y FORMA 158
X. LA ESCRITURA 164
XI. EL LENGUAJE 181
XII. ESTILO ENFATICO 199
CONCLUSIONES ...... 232
BIBLIOGRAFIA . 238
BIOGRAPHICAL SKETCH . 250
v

Abstract of Dissertation Presented to the
Graduate Council of the University of Florida in Partial Fulfillment
of the Requirements for the Degree of Doctor of Philosophy
TEMATICA Y ESTILO EN LA
NARRATIVA DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ
By
Pablo A. Lpez-Capestany
June, 1972
Chairman: Dr. Irving R. Wershow
Major Department: Romance Languages and Literature \
This study of the works of Gabriel Garca Mrquez, the contemporary
Colombian novelist, is divided into three interrelated sections: his
life and personal philosophy as reflected in his works; the principal
and reoccurring themes in his narrative production; and the basic
techniques of his literary style. The life of the author, his subject
material and his style are so interwoven that they become a unified
single entity. His own subjectivity, that is his personal participa
tion in the events of his works, intimately unites life, content and
form.
Gabriel Garca Mrquez is a Colombian. His descriptive back
ground is Colombia. His subject material is Colombian. However, his
concerns are so basic to man that by extension these concerns apply
to Latin America and to all mankind. His stage is both Colombian and
universal.
v

This novelist, is a skillful writer. He handles with dexterity a
wide variety of stylistic techniques. He tends to hide his inner mes
sage within symbolic implications, different levels of narrations, fantasy
and super exaggerations. He uses irony, the hyperbole and the grotesque
with daring adjectives and crude vocabulary to intensify his effect on
4
the reader. His typical style is emphatic.
Gabriel Garca Mrquez is not a follower of any particular 1iterary
movement or school. He has completely assimilated traditional and modern
narrative technics and his last and best novel, Cien aos de soledad, is
an outstanding example of this amalgamation.

INTRODUCCION
Hay dos circunstancias que, paradjicamente, justifican y hasta
demandan la investigacin literaria sobre una obra o sobre un autor:
el que se haya escrito mucho sobre el tema o el que se haya escrito
poco. Cuando se escribe demasiado -como sucede con la obra de Gabriel
Garca Mrquez- y se hace, adems, en un breve lapso de tiempo, la
crtica puede tender a la subjetividad y al mimetismo y concitar el !
afn esclarecedor y nivelador del estudioso que no comparte todas las i
conclusiones aportadas.
Otro aspecto que clama por una investigacin amplia y paciente de
la materia, reside en la ausencia de un libro unificador, en que se
sealen y contrasten tanto las abundantes coincidencias como las esca
sas discrepancias sobre la obra del narrador colombiano. Hay una pl
tora de artculos en las revistas especializadas sobre el autor esco
gido para nuestra disertacin, pero an no se ha publicado el libro
totalizador de datos y opiniones ni se ha anunciado ningn trabajo del
alcance y de la proyeccin de ste que nos hemos propuesto realizar con
tanto entusiasmo como modestia.
Por otra parte, el hecho de coincidir en el que escribe el in
ters literario con la preocupacin de ndole social, por haber esco
gido la ciencia poltica como segundo campo de especializacin, puede
dotar a este empeo de una perspectiva que no ha sido enfocada de modo
sistemtico hasta el presente en ningn estudio de que tengamos noti
cia. Q.u relacin existe entre los hechos que se citan o sugieren
1

2
como reales y la verdad histrica colombiana? Contribuye la presenta
cin de esos hechos de una manera entre real y ficticia a su adecuada
comprensin? Es el autor tendencioso? De serlo, lo ser desde su
intransigencia de artista o desde su resentimiento de idelogo? Sern
como l otros novelistas hispanoamericanos de nuestro tiempo? He aqu
una muestra del repertorio de preguntas que puede resultar vital para
comprender el porqu de la confusin ideolgica y de la perplejidad
literaria -particularmente en el campo de la novela- que aquejan a
nuestro quehacer cvico y a nuestra actitud artstica en el momento
actual.
Para el logro de nuestro objetivo, dividiremos el estudio de la
materia en tres partes, a saber: dimensin humana, dimensin temtica
y dimensin literaria. Aunque estos tres aspectos estn ntimamente
relacionados entre s, hemos considerado provechoso realizar su estudio
independiente, aunque destacando, en cada coyuntura propicia, la simul
taneidad de los factores concurrentes.
En la Primera Parte, trataremos de ofrecer una imagen del hombre
tal como nos lo representamos a travs de las actividades de su vida
que hemos podido indagar en nuestras lecturas y del ideario que se re
fleja en varias entrevistas que ha concedido hasta el presente: su
niez en Aracataca, sus estudios en Bogot, su labor periodstica, sus
viajes, su actitud respecto a crticos y editores, sus aristas ideol
gicas en lo poltico y lo social, su posicin vital y esttica como
artista y, en fin, todos aquellos detalles esclarecedores que puedan
brindarnos alguna orientacin sobre la personalidad de nuestro autor.

3
La Segunda Parte se refiere a la temtica, y en ella trataremos
de ilustrar la presencia de tpicos cuya reiteracin pueda darnos la
clave del mensaje que se evidencia o se sugiere en la obra en estudio.
Intentaremos explorar las vetas filosficas, psicolgicas, sociolgicas
y polticas que trasunta la obra, mediante el examen de la soledad, la
violencia, el machismo y otros problemas conflictivos que plantea la
vida de relacin en un pueblo hispanoamericano que a veces parece sim
bolizar a todos los pueblos y contener a todos los hombres.
No nos limitaremos a la enumeracin de temas y a la seleccin de
pasajes ilustrativos, sin embargo. Queremos, al propio tiempo, formu
larnos y tratar de contestar las vitales preguntas a que antes aludimos,
para intentar dilucidar qu tipo de recurso puede emplearse por un ar
tista para prevenir o indisponer al lector respecto a las ideas e ins
tituciones que le sirven de blanco y qu clase de impacto puede ello
producir en el destinatario del mensaje.
La Tercera Parte se relaciona con la dimensin literaria y tiene
que ver, fundamentalmente, con el estilo. Al estudiar el estilo,
vamos a examinar los procedimientos empleados por Gabriel Garca Mrquez,
desde el punto de vista de su sistema expresivo, analizando la poten
cialidad del contenido y las frmulas verbales de impacto traumtico,
subrayando el efecto esttico y psicolgico que por su mediacin se
plasma. Para ello tendremos que recurrir a categoras literarias
auxiliares, tales cmo el realismo mgico, el tremendismo, el esper
pento, lo grotesco y lo mtico, as como a otros procedimientos tcni
cos que puedan orientarnos en la comprensin y evaluacin de la obra
objeto de nuestro estudio.

4
Tambin debemos anticipar que, aunque haremos alusin a la casi
totalidad de la produccin narrativa ms divulgada de Gabriel Garca
Mrquez, nuestro estudio se referir a las novelas La hojarasca. El
coronel no tiene quien le escriba. La mala hora y Cien aos de soledad.
as como a los cuentos contenidos en Los funerales de la Mam Grande.
Hemos dedicado mayor atencin a Cien aos de soledad, por tratarse de
su ltima creacin, la ms extensa e intensa de su repertorio y, por
supuesto, la mejor.

PRIMERA PARTE
DIMENSION HUMANA

CAPITULO I
ITINERARIO VITAL
El realce del factor biogrfico como referencia interpretativa
en un trabajo literario, ha sido puesto en entredicho, en cuanto norma
general de indagacin, por la preceptiva crtica ms en boga.^ Incluso
la interpretacin del mensaje ha sido puesta en tela de juicio por al
gunos teorizantes de la crtica literaria. As, Susan Sontag asevera:
La funcin de la crtica debera ser mostrar cmo es lo que es,
y hasta qu es lo que es, en vez de mostrar "lo que quiere decir"
... En lugar de una hermenutica, necesitamos una ertica del
arte.2
En este trabajo, proyectado en tres dimensiones entrecruzadas
(humana, temtica y estilstica), no podra prescindirse del conoci
miento ms ntimo posible del autor, sobre todo si se considera que la
razn del entrelazamiento es, precisamente, que en Gabriel Garca Mr
quez no se pueden escindir vida, temas y estilo sin grave detrimento de
la idoneidad del enfoque, como ms adelante se podr apreciar.
La posible objecin de que hay un contraste de tono y de tcnica
entre Cien aos de soledad y parte de la produccin anterior, no inva
lida nuestro aserto. En primer lugar, porque la recurrencia temtica
compensara ese factor y, adems, porque el estilo enftico de Cien
arios de soledad no surge por generacin espontnea, sino como culmina
cin de un proceso idiosincrtico que hemos podido detectar en no pocas
muestras de la produccin previa, como se ver en su oportunidad. Es
un caso similar al de Miguel de Cervantes quien, segn Helmut Hatzfeld,
' 6 . .

7
no domina el estilo esttico, por ser el suyo naturalmente dinmico:
Pero la preponderancia de este estilo dinmino en el Ouiiote no
puede ser slo tradicin literaria. Aqu hay que comprender el
temperamento, el alma del autor, sin el medio de una convencin.
Aqu se dan puntos de apoyo para un estilo dinmico, que es, sin
duda alguna, la expresin del ritmo de un motor lleno de vida, de
un hombre al cual es inherente la energa de un movimiento palpi
tante e impulsivo. Es decir, que no es solamente la ficcin de la
novela que hace al estilo dinmico y matiza el habla del Quijote.
sino es el temperamento del autor que constituye su lenguaje mismo
como dinmico.
Refirindose a la poesa lrica de Lope de Vega, nos ofrece Dmaso
Alonso esta interesante observacin:
Esta nota de frescura y verdad, este estar, da a da, hora a
hora, convirtiendo en materia de arte la sustancia de.su vida,
es totalmente nuevo en poesa espaola y aun europea.
Tanto o ms ilustrativas de esta interdependencia entre vida y
obra en algunos autores, son las siguientes palabras del propio Dmaso
Alonso sobre Q.uevedo:
Cuando un escritor escribe en vehemente tumulto, con pasin y sin
descanso, como lo hizo Q.uevedo, su persona moral rezuma en la
obra, y ha de buscarse ante todo, en ella o a travs de ella. Y
la de Q.uevedo nos habla, unvoca en su variedad. El incidente
(lo que revela un documento, etc.) ha de ser interpretado a la
luz de la obra, y no al revs. Porque la obra es el documento
ms verdico, generoso, amplio y coherente de la vida de un es
critor.5
Creemos, sin embargo, que el pensamiento ms sutil y profundo
al respecto lo dedica Dmaso Alonso a Fray Luis de Len:
Entran aqu, adems, y han de ser tenidos en cuenta los datos
biogrficos, no en cuanto datos muertos, como duermen por los
manuales de historia literaria, sino en cuanto nos iluminan
posiciones estticas y aun modalidades de la expresin.
Para anticipar slo un ejemplo en apoyo de nuestra tesis, y
desde uno de los tantos ngulos en que las tangencias se producen,
debemos referirnos a la confesin de Garca Mrquez a Luis Hars, sobre

8
la concepcin original del protagonista de El coronel no tiene guien
le escriba como un personaje cmico.^ Sus planes son alterados por un
suceso inesperado, que el propio autor relata con las siguientes pala
bras:
Vine a Pars en 1955 como corresponsal del "Espectador, de Bogot,
cuando Rojas Pinilla era dictador en Colombia. Cuando tena algu
nos meses de estar en Pars, la dictadura clausur el peridico en
el cual yo trabajaba. Me mandaron mi pasaje de vuelta, me lo hice
reembolsar y me puse entonces a escribir El coronel no tiene guien
le escriba (mi segundo libro) hasta que el dinero se me acab. No
poda trabajar porque necesitaba una carta de trabajo, no conoca
a nadie que me pudiera dar trabajo, no hablaba francs ... Estuve
tres aos viviendo de milagros cotidianos. Esto produjo unas amar
guras tremendas.
El trnsito brusco que aqu se refleja de situacin y de nimo,
es comentado por Luis Hars del mondo siguiente:
Viva con los nervios crispados, en una situacin muy semejante
a la del Coronel y que no tena nada de divertida. Si se rea
al escribir, era con la risa del que tiembla. Lo mismo el Co
ronel, que sabe que cada vez que se re puede ser la ltima.9
Esta ilustracin se refiere a una ancdota vital, como ocurrir
en otros casos a que haremos alusin (entre ellos, a las circunstan
cias de la niez de nuestro autor, a la frustracin de su inters por
la abogaca y a su culto a la amistad), porque sucede que esos eventos,
con el aditamento de su formacin intelectual y de sus inquietudes es
pirituales, se plasman adems en un ideario poltico, social y est-
*
tico que va a conformar de un modo ostensible la obra literaria de
Gabriel Garca Mrquez. Sus temas y su estilo nos ofrecen una inequ
voca resonancia vital, en una especie de prisma en que se funden la
vida, los tpicos y los recursos expresivos de una manera inextricable.
Es por esta razn que debemos adentrarnos en ciertos pormenores d la
vida del novelista colombiano, ya que de lo contrario correramos el

9
riesgo de ofrecer una imagen mutilada de su produccin narrativa, cu
yos rasgos esenciales nos proponemos analizar. Pasemos, pues, sin ms
tardanza, a los datos que nos permitirn acercarnos a la vida, a la
personalidad y a las ideas de nuestro autor.
Una estampa periodstica de breves trazos precisos y sugerentes,
nos presenta a Gabriel Garca Mrquez tal como luca en la Navidad de
I968: "Parece un cruce de indio y gitano. Tiene ojos color negro in
tenso y mirada viva, interesada, auscultadora, a rfagas vibrantes,
pero siempre con un claroscuro de tristeza como fondo".^
Ernesto Shoo ha logrado otra excelente semblanza de nuestro
autor:
Lo que predomina en Garca Mrquez, a primera vista, es el pelo.
La cara, de rasgos fuertes, veteados por los restos de un acn
juvenil, lucha a nariz partida con una maraa pilosa que se le
encrespa en la cabeza, se le derrama como flecos encima de los
prpados y se remansa, por fin, en el bigotazo rotundo... No es
alto (debe de andar por el metro y 7$, 72), pero tiene, obvia
mente, el orgullo de su cuerpo bien hecho, de su trax y su abdomen
dursimos y retumbantes como una coraza. 1
Vale la pena preguntarse cmo se ha desenvuelto la vida de este
hombre enigmtico, que ha llegado a alcanzar tanta fama y que tanto
desconcert a Miguel Fernndez-Braso en el curso de la entrevista que
con l sostuvo:
Unas veces parece el novelista un guila rapaz, lleno de astucia
y milagro de penetracin. Otras un cachondo desmitificador. 0
un bohemio ranchero. 0 un chlo culto y con porvenir. 0 un loco
pacfico con aire de abandono. 0 un deportista adormilado, en
horas sedantesJ2
Resulta interesante la siguiente autosemblanza del escritor, que
antecede a uno de sus cuentos:

10
Yo, seor, me llamo Gabriel Garca Mrquez. Lo siento: a mi tam
poco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes
que nunca he logrado identificar conmigo. Nac en Aracataca, Co
lombia, hace casi cuarenta aos (hoy cuarenta y uno) y todava no
me arrepiento. Mi signo es Piscis y mi mujer Mercedes. Esas son
las dos cosas ms importantes que me han ocurrido en la vida, por
que gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir
escribiendo.
La niez suele, ser una fuente socorrida de informacin para es
clarecer ciertas actitudes psicolgicas del individuo en la vida adulta.
Si tal individuo tiene una personalidad compleja, como sucede con Ga
briel Garca Mrquez -un hombre lleno de resabios e inquietudes y do
tado de fina sensibilidad y agudo sentido del humor; un artista afanoso
de exorcisar su numen mediante fbulas delirantes-, nuestro buceo en su
infancia debe intentarse con la mayor curiosidad y con no menor reve
rencia.
No nos limitaremos, desde luego, a considerar la infancia, puesto
que es necesario coordinar ampliamente las tres dimensiones (humana,

temtica y estilstica) que en la obra de Garca Mrquez parecen inte
grar una slida unidad, tratando de seguir a Leo Spitzer, en el sentido
de "reunir todo lo que en un autor sea estilsticamente notable y re-
14
lacionado con su personalidad".
Naci nuestro autor en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de
1928.^5 se trata de un nio abandonado por sus padres, cuya prematura
potencialidad imaginativa y sentimental lo hace experimentar la nos
talgia del calor maternal. Su abuela es supersticiosa en extremo e
interrumpe su sueo para contarle historias escalofriantes, que resul
tan ms traumticas en el ambiente de la casa fantasmal, en la que hay
"un gran altar dorado con santos de yeso cuyos ojos brillaban en la

11
oscuridad"^ y que est, precisamente, frente a la cama del infante.
Por eso era l "un nio deslumbrado que se retraa en el borde de una
silla en un rincn o se atrincheraba detrs de los muebles".^ Nuestro
autor aclara en una ocasin: "La complicada historia de La hojarasca
surgi del recuerdo de m mismo, cuando era muy nio, sentado en una
18
silla en un rincn de la sala."
En otra oportunidad expresa: "Desde los ocho aos no me ha pa-
19
sado nada importante. Antes viv mucho..."
Refirindose a su abuelo, que le contaba ancdotas de las guerras
civiles en sus asiduos paseos, le considera como la figura ms impor-
, 20 ,
tante de su vida. Leamos sus propias palabras, que son como una sn
tesis de su animada niez:
... me cri en Aracataca, que est junto a la costa atlntica de
Santa Marta. En una casona, como ya os he dicho. Con mis abuelos.
Mi abuelo fue soldado en las guerras civiles colombianas. Era un
gran tipo, el ms importante que he conocido. Muri cuando yo te
na ocho aos... Mi abuela? Mi abuela era impresionante. Siem
pre la vi vestida de luto. Era una mujer poblada d historias fan
tasiosas. Ella despert mi imaginacin.21
Y no slo estimula su imaginacin sino que parece haberle legado
cierta propensin estilstica:
El ao pasado un periodista pregunt a Garca Mrquez de dnde
haba sacado ese estilo tan fluido, transparente v vital para
narrar.. Respondi: "es el estilo de mi abuela".22
Esta peculiar versin es confirmada por el novelista colombiano,
con estas palabras:
Tuve que vivir veinte aos y escribir cuatro libros de aprendizaje
para descubrir que la solucin estaba en los orgenes mismos del
problema: haba que contar el cuento, simplemente, como lo con
taban los abuelos.2^
Y todava en otra oportunidad, encontramos la siguiente confir
macin:

12
Cmo consigui la pureza de su estilo es un misterio que tiene
algo de insondable. Tal vez encontr un precedente en el purismo
colombiano, que a lo mejor en el fondo tiene sus virtudes. Pero
l lo niega. Su lenguaje no es Colombia, dice sencillamente,
sino su abuela. La anciana tena vena y "ella hablaba as".^
Estamos, pues, representndonos al nio triste, asustado y pen
sativo, que se agazapa en la oscuridad de la sala de una casona mis
teriosa poblada de duendes, a pensar en los vivos que han muerto para
l y en los muertos que se insinan tras los ojos brillantes de los
santos de yeso o se materializan en las historias espeluznantes y los
monlogos ininteligibles de la abuela alucinada. Pero Emir-Rodrguez
Monegal nos ofrece otro ngulo de la infancia de Garca Mrquez en
esta sugerente pregunta:
Cmo resistirse entonces a la tentacin de ver en Aureliano, el
ltimo de su estirpe, en ese nio que corre desnudo y salvaje por
la casa en que han desaparecido sus padres, a un alter ego del
autor, ms esencialmente verdadero que el otro que lleva su nombre,
aunque este Aureliano no se haya unido nunca con su ta abuela ni
haya tenido por lo tanto un hijo de cola de cerdo, ni sea el ltimo
de una estirpe condenada a la soledad? **
Un nio entregado a su libre albedro, que seguramente carece de
los juguetes que habitualmente se disfrutan a esa edad. Veamos un pa
saje que tal vez encierre alguna sutil repercusin de aquella frustra
cin infantil:
Miraba con cierta codicia -mal disimulada- el robot que haba
trado de Suiza para sus hijos; qhora stos lo hacan funcionar,
para esparcimiento de los parroquianos del restaurante. Prome
ti, en broma, avisar a la noche, cuando los nios estuvieran
dormidos, "as nos reunimos a jugar con el robot". Estaba, en
cierta medida, fascinado con el juguete.
A falta de juguetes, se aleja a veces de la casona sobrecogedo-
ra y se va a vagar por las afueras de Aracataca. Hay una finca de ba
nanos que recorrer en muchas ocasiones y cuyo nombre habr de inmor-

13
tal izar: Macondo.. Mientras tanto, su febril imaginacin se mantiene
activa, recibiendo por entonces el impacto de dos libros pletricos de
maravilla, ensoacin y otros ingredientes de enfoque y expresin que
dejarn una perdurable estela en su espritu: Las mi 1 v una noches v
28
Garganta y Pantaqruel.
Su antiguo maestro jesuta, Jos A. Nez Segura, S.J., aporta
estos datos de inters:
Por el empeo cultural de la abuela materna, por la escuela Mon-
tessori, por la Biblioteca Municipal, entonces existente, la aldea
de Aracataca brindle ambiente intelectual. Continulo en la !
Anexa de la Normal de Barranqui1la.2^
En 1940 es llevado a Barranqui1 la, para estudiar en el colegio
de los jesutas. Segn Luis Hars "Tena doce aos, y se recuerda como
30
un nio de ojos brillantes y atnitos".
Flix Grande se pregunta: "Qu fue de aquel muchacho de doce
aos, delgado, introvertido, que al trasladarse desde la placenta de
31
Macondo hasta Bogot se sinti desplazado?
Jos A. Nez Segura nos. ofrece su impresin, como maestro, de
la personalidad de aquel estudiante sobresaliente:
Su simpata y sencillez, su ingenuidad y herosmo, su Inteligencia
y capacidad universalista, dironle prestancia e influjo en el Co
legio de San Jos, destacndose, desde entonces, el escritor, el
dibujante, el declamador, el amante de la msica y lector de obras
literarias.^2
El propio autor reproduce colaboraciones en prosa y en verso de
Garca Mrquez en la revista escolar Juventud, y nos completa la sem
blanza del discpulo con estas interesantes observaciones:
Generoso con sus compaeros los sacaba de apuros en lo que le era
dado. An se conservan los versos y las cartas de colegiales a
sus novias y amigas, compuestas por Gabito inmediatamente se lo
pedan. Era un gran confidente. Con los pobres ejemplar de en
trega y car¡o.3*

14
Sabemos que nuestro autor no se sinti despus muy atrado por
los estudios de leyes en la Universidad de Bogot, y como resultado
"Desert el derecho por el periodismo. Fue reportero y editorialista
de El Espectador de Bogot, en cuya pgina literaria aparecieron sus
34
primeros cuentos en 1946".
Su amigo Germn Vargas, que aparece en Cien aos de soledad como
personaje, nos resea una etapa poco comentada de la vida de Garca
Mrquez:
Garca Mrquez trabaj duramente en La casa en sus primeros aos
en Barranqui1 la, hacia los comienzos de la dcada del 50. Vesti
do con un pantaln de dacrn y una camiseta a rayas, de colorines,
Garca Mrquez, encaramado sobre una mesa en la redaccin de El
Heraldo o sentado sobre su cama de madera en un cuartucho de "El
Rascacielos", un extrao burdel de cuatro pisos, sin ascensor. En
el diario barranqui Hero escriba a diario una columna -La Jirafa-
que le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas
si le alcanzaba para medio comer y cancelar el alquiler de la
pieza -y algo ms- en "El Rascacielos". En ste, el cuarto en que
dorma quedaba en el ltimo piso y era frecuente que se convirtiera
en el sitio de tertulia de las prostitutas y de los chulos, que se
encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que
llegaba despus de medianoche o en la madrugada y lea extraos
libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien iban a
buscar en carros oficiales de ltimo modelo, amigos que a ellas les
parecan demasiado distinguidos para el ambiente del burdel pobre-
tn. Ellas nunca supieron quin era ni qu haca el para ellas
extrao compaero de alojamiento. Pero la verdad es que le tenan
mucha simpata y un cierto respeto y, a veces, lo convidaban a
compartir la sencilla comida que ellas mismas preparaban y a que
les hiciera or canciones vallenatas tocadas por l en una dulzaina
Segn Francisco Urondo, a Garca Mrquez slo le falta la tesis
36
para completar sus estudios de leyes. Por cierto, que los abogados
han sido uno de los blancos preferidos de sus ataques inmisericordes.
Resulta oportuno reproducir un comentario de nuestro novelista
de gran inters:
Yo tengo la impresin de que empec a ser escritor cuando me di
cuenta de que no serva para nada. Mi pap tena una farmacia y,
35

15
naturalmente, quera que yo fuera farmacutico para que lo re
emplazara. Yo tena una vocacin totalmente distinta: quera
ser abogado. Y quera ser abogado porque en las pelculas los
abogados se llevan las palmas en los juzgados defendiendo las
causas perdidas. Sin embargo, ya en la Universidad, con todas
las dificultades que pas para estudiar, me encontr con:que
tampoco iba a servir para abogado. Entonces empec a escribir
los primeros cuentos.*7
Permaneci durante algunos aos como redactor y reportero, re
corriendo como tal todo su pas. En 195^ viaj a Europa como corres
ponsal de su diario, establecindose inicialmente en Roma, donde tom
un curso de director en el "Centro Cinematogrfico Experimental". El
propsito original del viaje aparentemente se debi a la encomienda
38
de "cubrir la muerte de Po XI i, que se crea inminente". Pero el
desenlace no se produjo y Garca Mrquez decidi radicarse por algn
tiempo en el Viejo Continente.
De Roma pas a Pars, desde donde viaj a varios pases de la
Europa Oriental. A fines de 1955 El Espectador fue clausurado por el
rgimen del general Gustavo Rojas Pinilla, vindose Garca Mrquez
privado de sus emolumentos. Sufri toda clase de penurias, enclaustrado
en su cuarto de la pensin,^ tecleando en su mquina de escribir hasta
altas horas de la noche. El propio Garca Mrquez ha ofrecido estos
detalles de su estancia en Pars:
En aquella poca yo viva en un hotel de la ru Cujas que se llama
hotel de Flandre. Los administradores se llamaban M. y Mme.
Lacroix. Cuando rne qued sin un centavo, les habl y les dije que
no poda pagarles y me dejaron irme a la buhardilla. Pensaba que
esa situacin iba a durar uno o dos meses, pero me qued un ao y
no tuve nunca con qu pagarles. Al ao les pagu 120.000 francos
antiguos que para nosotros era una suma enorme. Ahora, lo primero
que hice al llegar a Pars fue preguntar por los seores.Lacroix
en el hotel de Flandre... Pero si no hubiese vivido estos tres
aos probablemente no sera escritor. Aqu aprend que nadie se
muere de hambre y que uno es capaz de dormir bajo los puentes.

16
En 1957 pas por Colombia, donde contrajo matrimonio "con una
bella muchacha de rasgos egipcios llamada Mercedes, que desde haca
41
cuatro aos lo estaba esperando en Barranqui1 la".
Inmediatamente se traslad a Caracas, donde permaneci por espa-
^ / j.2
ci de dos aos, trabajando en la redaccin de Momentos v de Elite.
En 1959 le fue encomendada la apertura de una oficina de la agencia de
noticias castrista "Prensa Latina" en la capital colombiana. El ao
siguiente represent a dicha agencia en la Asamblea General de las Na
ciones Unidas, en su carcter de corresponsal en Nueva York, pero slo
se mantuvo en el cargo durante varios meses, ya que aparentemente sur
gieron discrepancias insalvables entre l y "Prensa Latina".
De Nueva York, despus de un recorrido por el sur de los Estados
Unidos "en homenaje a Faulkner",^ se traslad a Mjico, donde habra
de permanecer ocho aos, dedicado a escribir guiones cinematogrficos.
De Ciudad Mjico pas a Barcelona, donde dice haberse considerado des-
44
tinado a vivir. Dejemos que l mismo nos lo aclare:
Era lo natural. Trat mucho, e influy mucho en m, un librero,
cataln establecido en Colombia: Ramn Vinyes, El presida la
tertulia del caf Colombia. Gran tipo. Estupendo tipo... Mi
homenaje annimo fue incluirle en la nmina de locos personajes
que pueblan Macondo. Ramn era un gran hombre, ya os lo he dicho.
Y muy enterado. Frecuentaba yo, adems, a muchos catalanes en la
tertulia del caf y en la Zona Rosa de la ciudad de Mjico. Ca
talana era tambin mi agente, Carmen Ballcells. Y un da, claro,
me decid. Le dije a mi mujer que ya estaba bien, que para vivir
entre catalanes lo mejor era vivir en Barcelona. Y ac estamos.
Y muy bien..
El 14 de enero de 1971 lleg a Colombia, en lo que ha sido cali
ficado de viaje de placer, en unin de su esposa y de sus dos hijos,
46
Rodrigo y Gonzalo, de trece y ocho aos, respectivamente. El hecho
de que hasta la fecha en que redactamos estas lneas (principios de

17
1972) no haya regresado a Barcelona, nos hace barruntar que Garca Mr
quez ha debido tener dificultades con el rgimen franquista, en virtud
de haber firmado un telegrama, al que l mismo alude en declaraciones
que formul a su llegada a Barranqui1 la:
En compaa de Mario Vargas Llosa firmamos en Barcelona un tele
grama de respaldo a los intelectuales y artistas que se refugiaron
en el convento de Monserrat, cerca de Barcelona, para protestar por
el juicio contra los nacionalistas vascos. '

18
Notas
^Ren Welleck y Austin Warren, Teora literaria, trad. Jos Mara
Gimeno, 4a edicin (Madrid: Editorial Gredos, 1966), pp. 90-96, 216-
220. Vase tambin Wolfgang Kayser, Interpretacin v anlisis de la
obra literaria,, trad. Mara D. Mouton y V. Garca Yebra, 4a edicin
(Madrid: Editorial Gredos, 1961), pp. 382-385.
2
Susan Sontag, "Contrainterpretacin", Mundo Nuevo. No. 7, Enero
de 1967, p. 80.
^Helmut Hatzfeld, El "Quijote" como obra de arte del lenguaje. 2a
edicin (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Cientficas,
1966), p. 207.
^Dmaso Alonso, Poesa espaola. 5a edicin (Madrid: Editorial
Gredos, 1966), p. 428.
5lbjiL, P. 518.
6lb?d.. p. 165.
^Luis Hars, "Gabriel Garca Mrquez o la cuerda floja", Mundo
Nuevo. No. 6, Diciembre de 1966, p. 70.
O
Jean-Michel Fossey, "Entrevista con Gabriel Garca Mrquez",
Imagen. No. 40, Enero 1-15 de 1969^ p. 17.
9Hars, p. 70.
^Miguel Fernndez-Braso, Gabriel Garca Mrquez: Una conversa
cin infinita. 2a edicin (Madrid: Editorial Azur, 1969)> p. 116.
^Ernesto Shoo, "Los viajes de Simbad Garca Mrquez", Primera
Plana. V, No. 234, Junio 20 al 26 de 1967, 52.
12
Fernndez-Braso, pp. 45 y 46.
^Estrella Cartn de Guier, "Gabriel Garca Mrquez, su mundo
novelesco", La Repblica. XIX, No. 6175, Julio 5 de 1970, 9.
14
Citado por Wolfgang Kayser, p. 367. Vase Nota 1.
^Esta es la fecha generalmente aceptada. Sin embargo, Jos A.
Nez Segura, S.J., nos informa que, de acuerdo con el Archivo de Ma
trculas del colegio San Jos, naci el 6 de marzo de 1927. Vase
Jos A. Nez Segura, S.J., "Gabriel Garca Mrquez (Gabo-Gabito)",
Revista Javeriana. No. 351, Enero-Febrero de 1969, p. 31.
l6Hars, p. 67.

19
171 bid.
18
Armando Durn, "Conversaciones con Gabriel Garcfa Mrquez",
Revista Nacional de Cultura, No. 185, Julio-Agosto-Septiembre de
1968, p. 32.
19
20
21
Fernndez-Braso, p. 94.
Hars, p. 67.
Fernndez-Braso, p. 101.
22.
'Mario Vargas Llosa, "De Aracataca a Macondo", 9 asedios a Garcfa
Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), p. 129.
23
24
Fernndez-Braso, p. 96.
Hars, p. 75.
25 'jj
Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo en Cien aos de
soledad", Revista Nacional de Cultura. No. 185, Julio-Agosto-Septiembre
de 1968, p. 19.
2^
Francisco Urondo, "La buena hora de Garca Mrquez", Cuadernos
Hispanoamericanos, No. 232, Abril de 1969, p. 163.
2?Vargas Llosa, p. 128.
28ikid., P* 130.
2^Nez Segura, S.J., p. 32. Vase Nota 15. ''
3Hars, p. 65. Luis Hars, al igual que Flix Grande, refiere que
Garca Mrquez fue llevado a Bogot, pero Jos A. Nez Segura, S.J.,
atestigua que permaneci en el colegio San Jos de Barranquilla durante
los aos 1940, 1941 y 1942. Vase Nez Segura, S.J., p. 31.
^Flix Grande, "Con Garca Mrquez en un Mircoles de Ceniza",
Cuadernos Hispanoamericanos, No. 222, Junio de 1968, p. 635.
32Nez Segura, S.J., p. 31. *
331 bid., p. 32.
34
Vargas Llosa, p. 131. En cuanto a la fecha de publicacin,
debemos sealar que en Letras Nacionales, Bogot, Mayo-Junio de 1968,
PP. 6-15, se reproduce el cuento "La tercera resignacin", que se con
sidera el primero escrito por Garca Mrquez, y se aclara que "fue
publicado por primera vez en El Espectador en 1947...".
35
Germn Vargas, "Un personaje: Aracataca", Recopilacin de textos
sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las Amricas, 1969), p.
142.

20
^lirondo,
p. 166.
^7Cart n
de Guier,
P. 9.
^^Vargas
Llosa, p.
131.
bid..
P. 135.
Vargas
Barrio Latino.
40 _
Fossey,
P. 17.
41
'Vargas
Llosa, p.
138.
^2Hars, f
. 65.
43.,
Vargas
Llosa, p.
140.
44
Fernndez-Braso,
P. 41.
451bid.
^Juan Gossan, "Regres
1971, P.
1.
47lbid..
P. 4-A.

CAPITULO II
IDEARIO CIVICO
Germn Arcniegas tuvo la visin de destacar el valor documental
de la novela hispanoamericana, en los trminos que siguen:
La novela latinoamericana es en lo general un documento ms exacto
que la historia... Para llegar hasta el fondo de la tragedia del
campesino ecuatoriano hay que leer una novela con nombre indgena:
Huasipungo. Para acercarse al indio peruano el camino ms directo
es la novela de Ciro Alegra El mundo es ancho y ajeno, cuyo ttulo
ya es bien expresivo. La historia verdadera de la revolucin me
jicana se ha de leer en reportajes novelados como Los de abajo o
El guila y la serpiente. La historia de Bolivia qued escrita por
un insigne novelista con este ttulo: Los caudillos brbaros.
Venezuela se mueve con estos ttulos de novela al fondo: Las lan
zas coloradas. El pobre negro. Sobre la situacin de Colombia en
estos aos no hay nada mejor que el libro Cenizas para el viento.
La obra bsica de la vida y las letras argentinas sigue siendo la
de Sarmiento Civilizacin o barbarie. Conviene leer dos veces
todos estos ttulos porque ellos solos son un mapa en imgenes de
nuestro mundo contradictorio y difcil.**
El juicio que antecede est vinculado, en cierto modo, al concepto
de "intrahistoria", que ha sido explicado por Jos Angeles con claridad
meridiana:
... la historia, la autntica, la que se vivi y form carne y es
pritu de los espaoles no es la oficial, la historia al uso, tal
y como la entienden los historiadores, sino la que se les escapa;
la que puede leerse, cuando se tiene sensibilidad para ello, en la
cual idad,substancial del idioma, en la literatura, en el arte y el
paisaje.
En el caso de ciertos novelistas hispanoamericanos contemporneos,
ntimamente solidarizados entre s (Julio Cortzar, Carlos Fuentes, Ma
rio Vargas Llosa y el propio Gabriel Garca Mrquez); s debe tratar de
penetrar a fondo en sus procedimientos y tantear sus motivaciones, a
fin de indagar hasta qu grado se proponen simplemente execrar la
21

22
historia de sus pases y del Continente y hasta qu extremo intentan
distorsionarla con fines sediciosos o meramente sensacionalistas. Estos
autores interpretan el compromiso social del escritor de una manera pe
culiar. Nos dan la sensacin, a primera vista, de preocuparse slo por
el aspecto esttico de su produccin, mientras que de modo simultneo,
estn contribuyendo, en realidad, a una dislocacin total de normas y
principios en todos los sectores imaginables, sin excluir, desde luego,
el artstico.
Veamos cmo plantea el problema Gabriel Garca Mrquez: \
Es absurdo decir que practicamos el escapismo, cuando una lectura .
detenida de nuestras obras demuestra a las claras que estamos mu
cho ms politizados y comprometidos que nunca lo estuvieron nues
tros predecesores, y esto teniendo en cuenta que ellos partan de
un realismo furibundo con el que crean poder expresar mejor las
denuncias, y no se daban cuenta que el realismo les limitaba la
perspectiva, y a travs de l slo les era permitido reflejar una
de las caras del problema, pero no todas o la mayor parte, que es
lo que nosotros pretendemos con este tipo de novela integradora...
le aseguro que a los universitarios les dice mucho, y ellos saben
mejor que nadie el grado de politizacin que asume Julio Cortzar,
Mario Vargas, yo mismo, todos nosotros, aun a pesar de escribir lejos
y hacer un tipo de novela que a algunos se les pueda antojar esca-
pista o poco comprometida.50
Cul debe ser, entonces, la funcin del novelista? Para nuestro
autor:
La funcin del novelista... en cualquier panorama social, es escri
bir buenas novelas. Me doy cuenta, sin embargo, que toda buena
novela es fatalmente inconformista, y tiene, por tanto, una funcin
subversiva, as sea involuntaria. Siempre ha sido as y siempre
ser as. En Amrica Latina, que es un continente volcnico, esta
evidencia es particularmente dramtica.5
Julio Cortzar nos ofrece su versin del compromiso en trminos
no menos significativos:
Pocc6 dudarn de mi conviccin de que Fidel Castro o Che Guevara han
dado las pautas de nuestro autntico destino latinoamericano; pero
de ninguna manera estoy dispuesto a admitir que los Poemas humanos

23
o Cien aos de soledad sean respuestas-inferiores, en el plano
cultural, a esas respuestas polticas. 2
Es interesante constatar que las ideas de Mario Vargas Llosa re
sultan totalmente afines a las expuestas, ya que, para l, el novelis
es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, o con
su tiempo, o con su clase, un hombre que no est satisfecho con
el mundo... Ese rebelde ignora la razn profunda de su rebelin
y escribe buscndola... El novelista sera una especie de rebelde
que ignora los orgenes de su rebelda, un ser esclavizado a una
insatisfaccin, a una especie de solitaria, que se alimenta de l,
que vive de l, de la cual trata de librarse, a la que trata de
desalojar escribiendo, y que justamente a travs de ese ejercicio
se alimenta, se apodera de l y va tiranizndolo.^3
En una entrevista con Emir Rodrguez Monegal, Carlos Fuentes se
solidariza con la posicin aludida:
Es, como tan bien dice Mario Vargas Llosa, el eterno descontento,
el eterno opositor, el buitre que se alimenta de todos los detritus
de la sociedad. Es el gran pesimista... Esto es lo que nos falta:
la crtica diaria, la elaboracin crtica, permanente, de todos los
problemas humanos, con la intencin de colmar ese vaco del poder en
Amrica Latina, el vaco entre el poder total de la mjnora y la im
potencia total de la mayora... El lenguaje es libertad o no es; y
para m la libertad es mantener el margen de hereja, mantener el
mnimo disentimiento para que nunca se cierren del todo las puertas
de las aspiraciones concretas de hombres concretos.5
Las opiniones transcriptas reflejan una actitud aparentemente de
liberada y sistemtica de socavamiento de las instituciones y valores
sociales, sin el contrapeso de alternativas concretas; una posicin
basada ms bien en una consigna intransigente de destruccin que en un
afn razonable de mejoramiento. Predomina una subjetividad catica y
arbitraria, inspirada tal vez por compulsin temperamental o por afn de
notoriedad, ms que por genuinas inquietudes humanitarias o por sin
cero fervor patritico o americanista.
Estos cuatro novelistas integran una especie de secta ideolgica

24
que pontifica, desde el extranjero, sobre todas las cuestiones hemisf
ricas y publica novelas que son ledas vorazmente, debido a la efectivi
dad de las campaas publicitarias y a los respectivos elogios que entre
s se prodigan. Uno de los problemas ms alarmantes que esta faccin
intelectual est creando, se relaciona con el lenguaje y con la coopera
cin, consciente o inconsciente, que el nihilismo semntico que predican
o practican est brindando a los designios sediciosos del radicalismo
revolucionario. Estas palabras que a continuacin reproducimos probarn
la coincidencia:
Por qu la filosofa pelea por palabras? Las realidades de la
lucha de clases son "representadas" por las "ideas", las que a su
vez son representadas por "palabras". En los razonamientos cien
tficos y filosficos, las palabras (conceptos, categoras) son
"instrumento" de conocimiento. Pero en la lucha poltica ideol
gica y filosfica las palabras son tambin armas: explosivos, cal
mantes o venenos. Toda la lucha de clases puede, a veces, resumir
se en la lucha por una palabra, contra otra palabra. Ciertas pala
bras luchan entre ellas como enemigos. Otras dan lugar a equvocos,
a una batalla decisiva pero indecisa... Este combate filosfico
entre palabras es una parte del combate poltico. La filosofa
marxista-leninista no puede realizar su trabajo terico, abstracto,
riguroso, sistemtico sino a condicin de pelearse tambin por pa
labras muy "eruditas"... y por palabras muy "simples"... **
Para constatar afinidades, veamos cmo plantea Carlos Fuentes el
problema del lenguaje. Primero, ubica al intelectual hispanoamericano
en el sector revolucionario:
En las ltimas dcadas, y sobre todo a partir del triunfo y el
ejemplo de la revolucin cubana, la inteligencia de nuestros
pases se sita, mayor i tari amente, en la izquierda.
Mas adelante, nos ofrece su punto de vista concreto sobre el par
ticular:
Nuestras obras deben ser de desorden: es decir, de un orden posi
ble, contrario al actual... Nuestra literatura es verdaderamente
revolucionaria en cuanto le niega al orden establecido el lxico que
ste quisiera y le opone el lenguaje de la alarma, la renovacin,

25
el desorden y el humor. El lenguaje, en suma, de la ambigedad:
de la pluralidad de significados, de la constelacin de alusiones:
de la apertura.57
Raymond D. Souza analiza este aspecto del lenguaje en la novela
hispanoamericana actual, considerando tres obras, escritas, respectiva
mente, en 1947, 1963 y 19&7: Al filo del agua, de Agustn Yez, Rayuela.
de Julio Cortzar, y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.
En este artculo se alude a un proyecto de Julio Cortzar, que vamos a
reproducir en sus propias palabras:
Tratar de crear mi propio lenguaje. En eso estoy trabajando y no
es cosa fcil. El ideal es llegar a una lengua que haya eliminado
todas las muletillas (no slo las evidentes, sino las otras, las
solapadas) y todos los recursos fciles, eso que tan alegremente se
califica en seguida de estilo literario. S que el mo ser un
lenguaje ant i 1 iterar¡o, pero ser un lenguaje.5
Esta conspiracin artera disfrazada de literatura -o esta litera
tura pseudoingenua lastrada de potencialidad destructiva- es considera
da por Luis Hars "la moda de la investigacin lingOstica -hija algo
ilegtima del estructuralismo por un lado, del cortazarismo por el
otro-...".59
En esta moda han cado narradores jvenes como Nstor Snchez,
Manuel Puig, Severo Sarduy y Gustavo Sainz. De este ultimo son las
siguientes palabras:
Me gusta irritar, hacer exclamar que lo que escribo no es literatu
ra, practicar innumerables formas creativas de descontento. Me gQ
gusta hablar, enfrentarme al mundo bajo el signo de las palabras.
En las "Cartas al Director" de un ejemplar relativamente reciente
de la revista Blanco v Negro, un corresponsal enva la contribucin
epistolar que reproducimos en lo pertinente:
En la pgina 57 del nmero 1.046 del semanario L1Express un redac
tor espaol, J. S., al dar cuenta de una novela, dice lo siguiente:

26
"Escribir es un gran riesgo, sea cual sea la lengua en que se escri-
be. Pero escribir en espaol puede ser un riesgo mortal. Porque
el espaol -es decir, el castellano, lengua imperio, lengua de opre
sores: colonos, curas, capitanes-, por el peso mismo de su histori
cidad represiva, tiene una tendencia (difcilmente superable) a apo
yarse en la retrica moralizadora, en la hipocreca de la buena con
ciencia, en la ambigaedad ampulosa y espesa de un lenguaje duro.
El castellano es una lengua a la que no hay ms remedio que traicio
nar, una lengua que hay que partirla en pedazos y volverla a in
ventar para poder descolonizarla. En esta empresa se hallan empe
ados, ya sabemos con qu poco xito, los escritores de la Amrica
Latina, obligados a conquistar su autonoma contra la lengua de la
madre patria: madre de todos los vicios. Buen numero de dirigen
tes y de intelectuales de esas naciones (y no son por cierto mino
ra ni los menos revolucionarios) viven prisioneros del.sistema
semntico y moral de la retrica castellana colonial...'
Resulta interesante examinar un ejemplo concreto de los procedi
mientos que estos novelistas emplean, ilustrado por unas declaraciones
de Gabriel Garca Mrquez:
Otro caso: relato la masacre de las bananeras en una forma que
puede llamarse falsa, superficial, irreal, sin documentos hist
ricos. Todo lo que se quiera. Pero el hecho es que ahora hay en
Amrica ochenta mil lectores que saben que en Colombia, en las ba
naneras, hubo una masacre. Antes no lo saban. Yo describo la
mecnica del hecho. Y cuando alguien me deca que este libro era
peligroso porque yo digo que hubo tres mil muertos y que en reali
dad no hubo sino 26, le'respond: yo s que hubo miicho ms que 26,
pero ustedes, los informadores oficiales, reducen la cifra a 26, yo
la aumento a tres mil, a ver quin gana.2
Como se podr apreciar, esta posicin dista mucho de la asumida
por los noventayochistas espaoles, quienes basaban su concepto de la
"intrahistoria" en una actitud reverencial hacia el pasado que consi
deraban autntico, sin proponerse en ningn momento falsear la historia
con fines de propaganda o de sensacional ismo mendaz. Algunos de nues
tros novelistas se regodean en la presentacin traumtica de los aspec
tos ms srdidos de la historia y de la sociedad y de las facetas ms
equvocas de los individuos representativos, con el aparente designio
de provocar el inters morboso y la complicidad del lector y de

27
convertirlo en un escptico o en un renegado, cuando no en un impaciente
partidario de la accin directa, de la cruenta revolucin.
En virtud de nuestra instintiva resistencia a atribuir designios
inconfesables a intelectuales tan excepcionalmente dotados, hemos pen
sado que su actitud puede deberse, aparte de al esnobismo ideolgico
prevaleciente, a una postura de idealismo hipertrfico de que suelen
resentirse los cultivadores del arte en todas sus manifestaciones. El
"deber ser" inminente es antepuesto, con testarudez bizantina, al "ser"
gradual que la sociedad ha ido alcanzando penosamente a travs de las j
centurias, mediante la formulacin de fines concretos y el arbitrio de
medios idneos adaptados a la poca, aun en los casos en que el primer
impulso ha surgido del ideario dinmico de un proceso revolucionario.
De que Garca Mrquez es un perfeccionista impenitente, resulta
buena muestra la siguiente declaracin: "El escritor debe mantenerse
siempre independiente, debe ser siempre rebelde, en cualquier sociedad,
63
porque la sociedad es infinitamente perfectible."
Esta posicin podra calificarse de demagogia intelectual, toda
vez que el denunciar los males de la sociedad sin aportar remedios es
pecficos para solucionarlos, o a sabiendas de que stos no existen o
de que aqullos son insuperables, es aun ms pernicioso que permanecer
indiferente ante la injusticia. A no ser que la tctica del inconfor
mismo a ultranza sea slo una cortina de humo, tras la cual propiciar
una revolucin de revanchismo resentido, en que la justicia social sea
slo un alarde frustrado, y la abyeccin, el caos y la miseria, sus re
sultados tangibles.

28
La declaracin de Garcta Mrquez a Armando Durn que a continua
cin reproducimos, resulta por dems explcita: "Yo creo que tarde o
temprano el mundo ser socialista, quiero que lo sea, y mientras ms
64 '
pronto mejor."
Otro comentario significativo, se refleja en las palabras que
siguen:
Tengo una ideologa, y a travs del lente de esa ideologa veo todo
y hago cuentos. Como le sucede a todo hombre y a todo libro. Cape-
rucita Roja es.un cuento que tiene ideologa. Esto es inevitable si
se es sincero. ^
Miguel Fernndez-Braso aporta este comentario:
El 1 de enero de 1959, Fidel Castro entra en La Habana. La juventud
rebelde americana, la juventud que ama la igualdad y odia la tirana
que favorece a unos grupos, est entusiasmada. Garca Mrquez se
alist moralmente a su causa y empez a trabajar en la agencia f i -
delista "Prensa Latina".
Garca Mrquez nos ofrece una confirmacin, al ser entrevistado
por Carlos Landeros: "Lo nico que es cierto para m, son las canciones
de los Rolling Stones, la revolucin n Cuba y cuatro amigos."^
Una actitud desconcertante en la ejecutoria de Garca Mrquez, se
relaciona con su reaccin ante el arresto en Cuba del poeta Hberto
Padilla y su tristemente famosa retractacin, de la que el novelista
Juan Arocha escribi en "Le Monde", de Pars: "la autocrtica de Pa
dilla no poda haber sido firmada ms que en una sola circunstancia:
68
bajo la tortura."
Refirindose a la postura de los intelectuales, el artculo de
que tomamos estos datos resea:
Pero la crisis estall en marzo de este ao, cuando Heberto fue
encarcelado y los intelectuales de izquierda, como Alberto Moravia,
Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Carlos Fuentes, Mario Vargas
Llosa, Julio Cortzar, Pier Paolo Pasolini, Juan Rulfo y otros

29
enviaron una carta a Fidel Castro mostrando su inquietud por el
arresto del poeta. Padilla fue puesto en libertad 38 das ms
tarde, despus de escribir una carta confesndose "traidor a la
revolucin" y ser llevado al local de la Unin de Escritores Cu- -
baos para que se "autocriticara". Los intelectuales rompieron
abiertamente con Fidel Castro. El famoso novelista peruano Mario
Vargas Llosa, abri el fuego renunciando a sus funciones de asesor
de "La Casa de las Amricas" (editorial cubana) y a dictar un curso
que se haba programado para el prximo enero en la Universidad de
La Habana... Pero como se sabe, la protesta de mayor repercusin
fue la segunda carta que enviaron a Castro sesenta y un prominentes
intelectuales izquierdistas de Europa y Amrica Latina, con la ex
cepcin del argentino Julio Cortzar, que haba firmado la primera
y de Gabriel Garca Mrquez, que se opuso a firmar la primera no
obstante ser amigo de Padilla.
Recurdese la declaracin de Garca Mrquez a su llegada a Barran-
quilla, a principios de 1971; respecto al telegrama de solidaridad con
los intelectuales y artistas refugiados en el convento de Monserrat, en
Barcelona, en seal de protesta por el juicio que se segua a los na-
70
cionalistas vascos, que l firm conjuntamente con Mario Vargas Llosa.
Como se podr apreciar, existe entre esta postura y la anterior una con
tradiccin de tal magnitud, que no resultara fcil poder conciliar.
En la entrevista concedida a Francisco Urondo, se rebela airado
Garca Mrquez contra la reaccin que puede provocar el tema manido de
su prxima novela: "No s, me van a decir de todo, pero yo quiero hablar
de esta gente, que le ha tocado la cabrona suerte de ser dictadores y
matar estudiantes y todo aquello que t sabes.
Al aludir a su recorrido por el sur de los Estados Unidos, Ernesto
Schoo nos ofrece este dato ilustrativo:
Son veinte das de carretera, alimentndose con leche malteada, con
hamburgueses, conociendo en Atlanta un spero rostro de los Estados
Unidos ("no queran recibirnos en los hoteles porque crean que
ramos mexicanos") y leyendo, en otro pueblo del Sur,y^n letrero que
deca; "Prohibida la entrada de perros y mexicanos".

30
Su inconformidad ante la situacin prevaleciente en Colombia, se
pone de manifiesto en estas declaraciones de principios de 1969:
..."yo sal del pas hace catorce aos, fortuitamente11, lo haban
mandado como corresponsal de un diario colombiano. "Luego regres,
pero ya no me senta cmodo, y entonces volv a salir del pas, y
ha llegado un momento en que ya no me encuentro bien en ninguna
parte; cuando vuelvo, no estoy cmodo, y no es que me sienta mar-
ginado de la vida del pas, porque ahora, y a pesar de que los
critico y que en mis novelas muestro una realidad que no puede
halagar a nadie, ellos incluso me consideran una especie de gloria
nacional. Si llego a hacer -como hice- declaraciones pblicas cri
ticando, en seguida aparecen por la televisin los ms altos fun
cionarios haciendo aclaraciones, y con toda delicadeza sealando
que yo no estoy all y que debo tener malas informaciones". Lo
afirma con rabia, y con tristeza: "esto de no sent i rme .bien en mi;
pas, me da una gran pena, porque antes estaba cmodo, sin proble
mas, y eso que senta lo he perdido, porque ya no lo siento ms en
ninguna parte".73
En la entrevista con Fernndez-Braso, aparece este dato de inters
La ltima vez que estuvo en Colombia... le "hicieron objeto de un
gran recibimiento, todo el mundo se desviva por agasajarme y tuve
que oponerme a que en mi pueblo me levantaran un monumento. Pero
los universitarios me decan: 'Venga, venga a que le contemos lo
que ocurre con esto, con lo otro y lo de ms all'. Yo me daba ms
cuenta de las muchsimas cosas que no marchaban bien, y comprend
que no pod quedarme ms tiempo. Yo represento muy poco y hay
mucho, muchsimo que hacer. En todo caso, pens, lo que yo tenga
que hacer lo har mejor desde fuera."7**
Hablando tambin de Colombia, esta vez con Jean-Michel Fossey,
nuestro novelista aduce:
All me consideran como un escritor colombiano, que desde luego
soy. No tratan de quitarme nada. El Estado y la sociedad hacen
muy poco por fomentar la cultura y las manifestaciones culturales.
Es una realidad que he declarado all en Colombia y se han hecho
grandes polmicas. Me refiero a la cultura, pero lo mismo ocurre
en la educacin, la economa, la agricultura, etc. Es un problema
total del subdesarrollo.75
Una carta de Garca Mrquez al director del peridico El Especta
dor. que es reproducida por la revista Siempre, nos brinda la oportuni
dad de conocer ms de cerca la actitud de nuestro autor. El trata de
explicar abiertamente las razones qu lo fuerzan a declinar el ofrec-

31
miento del consulado de Colombia en Barcelona, despus que su rechazo
original, expresado con la mayor discrecin, haba dado lugar a comen
tarios que consider enojosos:
... no puedo ponerme al servicio del gobierno de mi pas, y no por
su soberbia dogmtica, ni por el machismo vengativo con que quiere
tener manos arriba a los estudiantes, ni por sus explosiones de ra
bia que retumban en el exterior con un estruendo mayor que el de sus
buenas obras, sino porque estoy en desacuerdo con el sistema entero
a todo lo largo ya todo lo ancho y a todo lo profundo de su estruc
tura anacrnica.
Tal vez resulte apropiado concluir el presente captulo, sugirien
do como simblicos de la actitud de Gabriel Garca Mrquez ante los pro
blemas polticos y sociales, los dos carteles que exhibe en las paredes
de la habitacin en que trabaja, en Barcelona: uno anuncia un festi
val de la cancin de protesta y el otro reproduce una mquina de escri
bir hecha pedazos en medio de una carretera".^

32
Notas
48
Eugenio Chang-Rodrguez y Harry Kantor (eds.), La Amrica Latina
de hoy (New York: The Ronald Press Company, 1961), pp. 12 y 13. Antes
haba aparecido en Entre la libertad y el miedo. 6a edicin (Santiago
de Chile, 1955), P. 29.
^Jos Angeles, "Galds precursor del noventa y ocho?", Hispania.
XLVI (1963), 267.
5Fernndez-Braso, p. 54.
5llb¡d., P. 57.
52Julio Cortzar, "Literatura en la revolucin y revolucin en la
literatura", Marcha. Enero 9 de 1970, P. 30. ,
* t
53
^ Mario Vargas Llosa, La novela (Paysand: Fundacin de Cultura
Universitaria, Cuadernos de Literatura [2], 1969), PP. 4, 5 y 13.
^Emir Rodrguez Monegal, El arte de narrar (Caracas: Monte Avila
Editores, 1968), pp. 144 y 145.
55loujs Althusser, "La filosofa: arma de la revolucin", La P
jara Pinta. No. 49, Enero de 1970, p. 6.
56 a
3 Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana. 2 edicin
(Mxico: Editorial Joaqun Mortiz, 1969), p. 29.
57lbid.. p. 32.
^Raymond D. Souza, "Language vs. structure jn the contemporary
Spanish American novel", Hispania. LI I, No, 4, Diciembre de 1969, 836.
La versin espaola que reproducimos aparece en el libro de Luis Hars,
Los nuestros. 3a edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969),
P. 288.
-^Hars, Los nuestros, p. 465. Vase nota precedente.
^"Entrevista a Gustavo Sainz". Apunte. No. 35, Agosto de 1971, P. 6
^C. E. Valladolid, "Opinin sobre el Castellano",
LXXXI, No. 3.097, Septiembre 11 de 1971, 4.
62
Alfonso Mor.salve, "Una entrevista con Garca Mrquez",
T-iempo. Lecturas Dominicales, Enero 14 de 1968, p. 4.
63
64
Ibid.
Durn, pp. 28 y 29.

33
65
Monsalve, p. 4.
66
Fernndez-Braso, p. 31. Vase tambin p. 53. Debe aclararse
que la fecha de entrada de Fidel Castro en La Habana fue el 3 y no el
primero de enero de 1959.
67
'Carlos Landeros, "En Barcelona con Gabriel Garca Mrquez",
Siempre. No. 872, Marzo 11 de 1970, p. 21.
68
"Marta Padilla y la clera de los intelectuales", Vanidades
Continental. Ao 11, No. 15> Julio 26 de 1971^ P. 70.
^Vase el texto de la declaracin en la p. 17 del presente tra
bajo.
J
^Urondo, p. 165.
22Schoo, p. 54.
^Urondo, p. 168.
7i+Fernndez-Braso, P. 54. La entrevista tuvo lugar el 17 de oc
tubre de 1968.
^Fossey, p. 8.
^Siempre. No. 876, Abril 8 de 1970, pp. 14 y 15.
^Durn, p. 23.

CAPITULO III
CREDO ESTETICO
No es tarea fcil captar con absoluta certeza las ideas que sobre
su arte sustenta un artista como Gabriel Garca Mrquez, en virtud de
que su proclividad hacia lo paradjico parece a veces un recurso para
provocar el asombro del interlocutor. Por otra parte, encontramos una
dificultad no menor en su constante afn de experimentacin:.
Siempre estoy experimentando. Lo sabroso de la novela es eso -bus
car, encontrar, renovar. Por eso mis teoras literarias cambian to
dos ios das. No tengo una frmula. El da que tengo una frmula
estoy acabado, me contradigo. Quien no se contradice es dogmtico,
y ser dogmtico es ser reaccionario. Y yo no quiero ser reacciona
rio. 7
Otro ejemplo de su versatilidad en materia literaria, lo hallamos
en una de sus respuestas a Jos Domingo:
En mi caso personal no tengo autores favoritos, sino libros que me
gustan ms que otros, y stos no son los mismos todos los das, y
adems no me gustan porque los crea mejores, sino por razones muy
diversas y siempre difciles de precisar. Esta tarde, por ejemplo,
hara la lista siguiente: "Edipo Rey", de Sfocles; "Amads de
Gaula", "Lazarillo de Tormes", "Diario del ao de la peste", de
Daniel de Foe; "Primer viaje en torno del globo", de Pigafetta";
"Tarzn de los monos", de Borroughs, y dos o tres ms. No s lo
que esta lista pueda significar para los crticos, pero esta tarde
es honrada, aunque probablemente no lo sea maana. Por cierto que
desde hace algunos aos no puedo soportar a Faulkner. Sin embargo,
comprendo que estas son veleidades de escritor, y supongo que los
crticos saben lo que hacen. ^
En la entrevista concedida a Armando Durn, su respuesta es exac
tamente igual, hasta la alusin a Faulkner; con la siguiente variacin
al final: "... y las novelas, en general, me aburren. Hace varios
8
aos que slo me interesan las crnicas da navegantes".
34

35
En otras declaraciones, sin embargo, es ms categrico en su
seleccin:
En tanto que como escritor, las lecturas en lengua castellana que
me resultan obsesivas, son mucho ms antiguas: las novelas de ca
ballera, el romancero annimo, el Lazarillo de Tormes, que tengo
como una de las grandes novelas de siempre, y los poetas del Siglo
de Oro.81
Sobre las novelas de caballera Garca Mrquez ha hablado extensa
mente, como veremos, pero ahora nos interesa recoger esta expresiva alu
sin:
Una de las grandes y gratas sorpresas de mi vida me la dio Mario ,
Vargas Llosa, que es tan buen crtico como novelista, cuando seal
con gran lucidez algunas coincidencias entre Cien aos de soledad y
Amads de Gauia. En verdad, yo le este libro con verdadera pasin.
La observacin de Vargas Llosa me.ha puesto a pensar seriamente en
la labor callada que pueden hacer ciertos libros en el subconsciehte
de un escritor. 2
Contestando a una pregunta sobre el tratamiento de la realidad,
nuestro narrador reitera su adhesin al lema de los universitarios fran
ceses ("El poder para la imaginacin") con esta observacin:
Yo creo que este sistema de explotacin de la realidad, sin prejui
cios racionalistas, le abre a nuestra novela una perspectiva espln
dida. Y no se crea que es un mtodo escapista; tarde o temprano,
la realidad termina por darle la razn a la imaginacin. ^
En una contestacin a Rosa Castro, Garca Mrquez logra perfilar
desde otro ngulo, este concepto de lo real:
Las novelas son como los sueos... Como los sueos estn construidas
con fragmentos de la realidad, pero que terminan por constituir una
realidad nueva y distinta. As es que son mis novelas. Son expe
riencias elaboradas y personajes armados con pedazos de unos y
otros, de seres que uno ha conocido. Lo mismo los hechos y los
ambientes.
La conocida aficin de nuestro autor a las novelas de caballera
no escapa a la perspicacia de Armando Durn, quien al traer el tema a
colacin, obtiene la siguiente respuesta:

36
Lo que pasa, creo yo, es que los autores de novelas de caballeras,
formados en el delirio imaginativo de la Edad Media, consiguieron
inventar un mundo en el cual todo era posible. Lo nico importante .
para ellos era la validez del relato, y si crean necesario que al
caballero le cortaran la cabeza cuatro veces, cuatro veces le cor
taban la cabeza al caballero. Esta asombrosa capacidad de tabula
cin penetr de tal modo n el lector de la poca, que fue el signo
de la conquista de Amrica. La bsqueda de El Dorado o de la Fuente
de la Eterna Juventud, slo eran posibles en un mundo embellecido
por la libertad de la imaginacin. Lo triste es que la literatura
latinoamericana se hubiera olvidado tan pronto de estos orgenes
maravillosos. Se han necesitado cuatro siglos para que Mario Vargas
Llosa encontrara el cabo de esa tradicin interrumpida y llamara la
atencin sobre el raro parecido que tienen las novelas de caballera
y nuestra vida cotidiana. ^
Cuando le habl a Jos Domingo del mismo tpico, volvi a recono
cer su deuda a la novela de caballera, aclarando su pensamiento en for
ma explcita:
Esta reduccin de lo maravilloso al nivel cotidiano, que fue por
cierto el gran hallazgo de la novela de caballera, tena adems
la ventaja de resolverme al mismo tiempo el problema del lenguaje,
pues lo que una vez fue verdad dicho de un..modo, tena que ser ver
dad cada vez que se dijera del mismo modo. b
Emmanuel Carballo aporta un dato relevante sobre la posicin de
Garca Mrquez respecto al retoricismo:
En 1963, recin aparecida la primera edicin mexicana de El coronel
no tiene quien le escriba me dijo al contestar una pregunta que le
hice sobre este tema: "Una de las cosas que ha demorado mi trabajo
ha sido la preocupacin de corregir el vicio ms acentuado de la
ficcin latinoamericana: la frondosidad retrica. Escribir ampu
losamente es bastante fcil y, adems, es tramposo: casi siempre
se hace para disimular con palabreras las deficiencias del relato.
Lo que en realidad tiene mrito aunque por lo mismo cuesta trabaj,
es contar de un modo directo, claro y conciso. As no hay modo ni
tiempo de hacer trampas."0'
Otro testimonio digno de researse, nos lo ofrece Carmen C. de
Rodrguez-Purtolas, quien reproduce la siguiente opinin de Garca
Mrquez sobre el tratamiento de la violencia:

37
El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las
mujeres violadas, los sexos esparcidos, las tripas sacadas y la
descripcin minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos
crmenes, no es el camino para la novela. El verdadero drama es
taba en el ambiente de terror que provocaron los ggmenes. La no
vela no estaba en los muertos, sino en los vivos.
Preguntado sobre su concepcin de la novela como gnero literario,
el narrador -colombiano ofreci la siguiente respuesta:
No creo en las definiciones ni en las teoras literarias. Un escri
tor que no est dispuesto a cambiar sus conceptos literarios todos
los das, est perdido, tanto o ms como el que cambia^aus convic
ciones polticas en los primeros cien arios de su vida. y
Es digno de mencin el criterio de Garca Mrquez sobre la tras-
4
cendencia y dificultad del primer prrafo de una novela:
Puede que cueste muchos meses, e inclusive muchos aos, hasta tener
lo como debe ser. Slo cuando est escrito el primer prrafo se
puede decidir, en definitiva, si la historia tiene porvenir, y se
sabe cul ha de ser su estilo y su longitud, y el tiempo que costar
escribirla.^
Luis Hars nos ofrece una oportuna aclaracin sobre el elemento
humorstico en la narrativa de nuestro novelista:
Garca Mrquez no se considera un humorista, si es que la palabra
tiene algn sentido preciso. Dice que en sus obras el humorismo,
que siempre comenta la gente, es incidental. Desconfa del humor,
sobre todo del chiste fcil que llena un vaco. Adems, agrega
solemne, siempre ha credo que no tiene sentido del humor. Las
sonrisas desparramadas en sus obras las ha dejado caer de paso y ^
como por casualidad, cuando surgan espontneas de una situacin.
Otro aspecto de importancia que destaca Luis Hars, explica el t
tulo do su trabajo sobre Garca Mrquez:
"Lo que da valor literario es el misterio", dice Garca Mrquez,
que trabaja siempre dejando una "cuerda floja" -una sugerencia
enigmtica, la rpida visin de algo fugitivo, indescifrable como
un sueo que.se pierde al despertar- en la que vibra esa "magia que
hay en los actos cotidianos". Garca Mrquez toma sus mitos como
los encuentra, sin alterarlos. No se detiene a investigar el mis
terio, para que no.se le esfume.^ .
Sobre el origen del vicio retrico, a que antes aludimos, el no
velista colombiano expresa su criterio de este otro modo:

38
Atribuyo esa caracterstica a que se ha confundido el fondo con la
forma. En la Amrica Latina uno se encuentra con los hechos cot-
dianos, los movimientos polticos, los acontecimientos sociales,
son todos enormes, fuera de proporcin, como si tuvieran otra medi
da. Tengo la impresin de que lo que se ha hecho es tratar de contar
esto con una retrica igualmente enorme, y pienso que lo que hay que
hacer es lo contrario: asumir una actitud muy serena y sobre todo
muy sencilla para contar eos as.
Precisamente, en el concepto que antecede est basada su crtica.
sobre El seor presidente, de Miguel Angel Asturias:
...-"estoy escribiendo sobre este tema, imagnate"-, y a su juicio '
la novela es insalvable, "lo que pasa es que a uno le queda el re
cuerdo de aquel impacto que hiciera, tal vez hace aos, por su tema.
Pero ahora se lo ve como algo sin grandeza, "provinciano", escrito
para jorobarlo a Ubico o a quien sea". Porque para Garca Mrquez,
Asturias ha sido uno de los susteptadores de la mala retrica, "es
la apoteosis de la mala poesa". *
Preguntado sobre el mayor obstculo que debe salvar el escritor,
el novelista de Hispanoamrica, Garca Mrquez responde;
La dificultad permanente del escritor de la Amrica Latina es la
palabra, las palabras. El hecho de que el espaol se nos est ol
vidando. 0 no lo conocemos. Se dice ya muy fcilmente que el es
paol no es un idioma para la novela. Yo creo que s lo es. Lo
que pasa es que tenemos que seguir explorando el idioma, nuestra
herramienta de trabajo. Desde que decid ser escritor me encontr
con esa dificultad, y decid ponerme a trabajar en esa exploracin.
Yo oigo decir: "Ou lstima no poder escribir en ingls, o en fran
cs, idiomas con los que se logran tantos matices." Yo creo que el
espaol es un idioma estupendo para la novela, como lo son todos.
Lo que ocurre es que no conocemos verdaderamente el espaol. El
ingls, el francs, y el italiano hablados son los mismos que escri
tos, En cambio hay un espaol para hablar y otro para escribir.
Es el problema del teatro en espaol, que se escribe, y cuando se
dice, es otro. Ya no funciona. El problema es que conocemos el
espaol hablado, pero no el espaol escrito. Tratamos de escribir
una novela con el espaol hablado, cuando en realidad debemos escri
birla con el espaol escrito. Yo la traigo con el idioma.
Su enjuiciamiento de los crticos nos orienta sobre algunas de.sus
opiniones como novelista:
Mi opinin sobre la crtica es bastante injusta: creo que es una
actividad parasitaria. El crtico se ha colocado, por determinacin
autnoma y soberana, entre el autor y el lector, y yo creo a^e las
relaciones entre stos ltimos no necesitan intermediarios.

39
Armando Duran recoge una amplia impresin del pensamiento de Garca
Mrquez sobre la labor crtica, de la cual hemos seleccionado el siguien-
te pasaje:
ili conclusin os que ningn crtico podr trasmitir a sus lectores
una visin real ele Cien arios de soledad mientras no renuncie a su
caparazn de pontfice y parta de la base ms que evidente de que
esa novela carece por completo de seriedad. Esto lo hice a concien
cia, aburrido do tantos relatos pedantes, de tantos cuentos providen
ciales, de tantas novelas que no tratan de contar una historia sino
de tumbar el gobierno; cansado, en fin, de que los escritores furamos
tan serios e importantes. Esa misma seriedad doctoral nos ha obl-
yado a eludir la sensiblera, el melodramatismo, lo cursi, la misti
ficacin moral y otras tantas cosas que son verdad en nuestra vida
y no se atreven a serlo en nuestra literatura.^
Garca Mrquez rubrica su opinin sobre los crticos con este
smil ingenioso:
Lo que ocurre es que a los crticos les sucede lo mismo que a los
ingenieros, que construyen una carretera torcida y luego ponen un
letrero; "Curva peligrosa", como si la hubiera construido el des
tino.^
Francisco lirondo recoge una alusin clave a Cien aos de soledad:
"Despus 'me empec a divertir1, senta 'que haba fastidiado a alguien.'
Era cCiTio una burla., como un corte de mangas
Y en efecto, esta alusin responde a una idea expresada en la men
cionada novela: "No se le haba ocurrido pensar hasta entonces que la
literatura fuera el mejor juguete que se haba inventado para burlarse
100
de la gente..."
Para concebir la fundada sospecha de que ese juguete de la litera
tura puede caer a voces en manos sensibles, afanosas de ocultar pudoro
samente su temblor de tristeza y de estupefaccin ante el misterio de la
vida y de la muerto, es necesario leer la obra completa de Gabriel Garca
Mrquez. Para comprobar ia apariencia de que ese juguete puede caer

tambin en manos desaprensivas, emboscadas para la travesura sbita,
basta con leer sus pasajes chispeantes, paradjicos y hasta chocarreros,
que son slo una fase da su compleja potencialidad humana y artstica.
/
De que esto ltimo es cierto, es buena muestra el siguiente fragmento
de su autosemblanzn;
Nunca hablo de literatura, porque no s lo que es, y adems estoy
convencido de que el mundo sera igual sin ella. En cambio, estoy
convencido de que sera completamente distinto si no existiera la
polica. Pienso, por tanto, que habra sidonms til a la humani
dad si en vez de escritor fuera terrorista.

41
Notas .
-jQ
' Monsalve, p. 4.
79
'Jos Domingo, "Entrevistas: Gabriel Garca Mrquez", Insula.
No. 259, Junio de 1968, p. 6.
8%urn, p. 26.
O 1
Algazel, "Dilogo con Garca Mrquez", El Tiempo. Lecturas Do
minicales, Mayo 26 de 1968, p. 5.
82,
83
Ibid.
Durn, p. 31.
84
Rosa Castro, "Con Gabriel Garca Mrquez", Recopilacin de tex
tos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las Americas,
1969), P. 33.
85Durn, p. 32.
86
Domingo, p. 6.
^Emmanuel Carballo, "Gabriel Garca Mrquez, un gran novelista
latinoamericano", Revista de la Universidad de Mxico. XXI!, No, 3,
Noviembre de 1967, 10.
^Carmen C. de Rodrguez-Purtolas, "Aproximaciones a la obra de
Gabriel Garca Mrquez", Unlversidad. No. 76, Julio-Diciembre de 1968,
P. 20. .
89
"Cien aos de un pueblo1
1967, 29.
90Durn, p. 32.
91Hars,. p. 70.
92iM., p. 75.
^Castro, pp. 29 y 30.
9fUrondo, p. 165.
"Castro, pp. 30 y 31.
^Domingo, pp. 6 y 11.
9^Durn, p. 28.
Visin. XXXIII, No. 4, Julio 21 de

42
^Algazel, p. 5.
99urondo, p. 163.
^^Gabriel Garca Mrquez, Cen aos de soledad. 15a edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 327.
'^Jos Miguel Oviedo, Hugo Achugar y Jorge Arbeleche, Aproximacin
a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin de Cultura Universitaria,
Cuadernos de Literatura [12], 1969), p. 2.

CAPITULO IV
EL NARRADOR Y LAS NARRACIONES
La compulsin narrativa de Gabriel Garca Mrquez se entreteje con
las avatares de su vida y con esas otras realidades inmanentes que ani
dan en los pliegues ms recnditos de toda personalidad: sensibilidad,
convicciones y sentimientos. Lo que cuenta y su modo de contarlo son
. I
muy humanos; a veces demasiado humanos, para bien o para mal. De ah
sus temas obsesivos y controvertibles, su estilo enftico, avasallador.
Da ah, adems, que el manantial subyacente no necesite ms que una pe
quea brecha, para brotar con pujanza de torrente incontenible;
El origen de todos mis relatos es siempre una imagen simple. Todo
el argumento de "La siesta del martes", que considero mi mejor cuento,
surgi de la visin de una mujer y una nia vestidas de negro, con
un paraguas negro, caminando bajo el sol abrasante de un pueblo de
sierto. La complicada historia de La hojarasca surgi del recuerdo
de m mismo, cuando era muy nio, sentado en una silla en un rincn
de la sala. De El coronel no tiene quien le escriba lo primero que
vi fue al hombre contemplando las barcas en el mercado de pescado de
Barranquilla; muchos aos despus, en Pars, me encontr yo mismo en
una situacin de espera angustiosa y me identifiqu con el recuerdo
de aquel hombre: entonces comprend lo que senta mientras espera
ba. Durante muchos aos, lo nico que saba de Cien aos de soledad
era que un viejo llevaba a un nio a conocer el hielo, exhibido como
curiosidad de circo. De la novela que escribo ahora, la nica ima
gen que he tenido durante muchos aos es la de un hombre inconcebi
blemente viejo que se pasea por los inmensos salones abandonados de
un palacio lleno de animales. Esas imgenes originales, para m^ son
lo nico importante: lo dems es puro trabajo de burro.
Ya hemos visto cmo su maestro, Jos A. Nez Segura, S.J., re
produce colaboraciones en prosa y en verso, aparecidas en la revista
103
Juventud en 1940 y 1941, y su referencia a las cartas que el inquieto
adolescente escriba con prodigalidad para las novias y amigas de sus
43

condiscpulos.^^ Tambin sabemos que El Espectador recogi sus prime
ros cuentos, cuando nuestro autor contaba 19 20 aos.
105
Sobre su produccin inicial, resulta de inters la siguiente re
ferencia de Luis Hars: "Dice que destruira esos primeros cuentos si los
tuviera a mano, pero esperan la posteridad en los archivos de El Especta
dor el diario liberal cuyo suplemento literario fue el primero en publi-
106
car su obra".
Otros relatos fueron publicados en diferentes revistas. Luis Hars
menciona el "Monlogo de Isabel viendo llover en Hacondo": "... que su
primi de La hojarasca, se ha convertido luego -sus amigos lo persuadie
ron a dejarlo publicar en una revista- en una pieza de antologa, y hasta
, 107
apareci como material de lectura en un libro de texto".
, 108
Podemos mencionar, ademas, "El mar del tiempo perdido", "Alguien
i 109 .... . . 110
11 "Un hnmh na nr.-iw \i i t r\ nAn nnSc 3 I ac AnAfmac *1
'Un hombre muy viejo con unas alas enormes1
111
desordena estas rosas",
y "Blacamn el Bueno vendedor de milagros"
En cuanto a su primera novela. La hojarasca. Mario Vargas Llosa
refiere:
En 1955, mientras l se mora de fro en Europa Oriental, sus amigos
colombianos descubrieron en un cajn de su escritorio de Bogot, el
manuscrito de una novela que haba terminado poco antes de partir de .
Colombia y que, por un exagerado sentido de autocrtica, haba deci
dido no publicar. Sus amigos, "manu militare", 1 levaronj<|,£ manuscri
to a la imprenta, y as apareci, en 1955, La hojarasca.
Miguel Fernndez-Braso seala que la novela fue escrita en Pars,
en 1952.
113
Por otra parte, Emmanuel Carbal lo indica:
La primera de las novelas la termina a los 19 ao$ en 19^7 > y la da
a conocer ocho aos despus: se titula La hojarasca y apareci en
Bogot, con pie de imprenta de las ediciones S.L.B., el ao de 1955.
La segunda edicin la hizo Editorial Arca de Montevideo en 1965.
Segn Luis Hars, Garca Mrquez comenz a escribir La hojarasca

45
cuando tena 19 aos, coincidiendo con los crticos anteriores respecto
a la fecha de publicacin.^"*
La segunda novel a, El coronel no tiene guien le escriba, fue con-
116
cluida en Pars a principios de 1957 y publicada en Medelln en 1961.
En 1363 y 1966 se publicaron en Ciudad Mxico dos nuevas ediciones de
la obraje De acuerdo con el testimonio de Mario Vargas Llosa, Garca
118
Mrquez escribi once veces esta obra "breve y maestra". Flix Grande
119
indica que esta novela fue redactada nueve veces, coincidiendo en ello
. 120
con Luis hars.
La mala hora es publicada en Madrid en diciembre de 1962, y re
editada en Ciudad Mxico en 1966 por "Ediciones Era, S.A.". Al comienzo
de esta edicin pueden leerse unas significativas palabras de Gabriel
Garca Mrquez, que ilustran su obstinada independencia de criterio:
La primera vez que se public La mala hora, en 1962, un corrector
ds pruebas se permiti cambiar ciertos trminos y almidonar el es
tilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasin, a su
vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idioma-
ticas y las barbaridades estilsticas en nombre de su soberana y
arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edicin de La mala
hora. EL AUTGR.*21
Segn nos informa Luis Hars:
El coronel no tiene quien le escriba. Los funerales de la Mam Gran-
d_e. y La mala hora fueron escritos los tres al mismo tiempo, cada uno
corno un eco de los otros, contenido en ellos, o contenindolos. De
ban originariamente formar un solo libro, La mala hora, que inclui
ra a los dems.
Despus viene una etapa de aparente pasividad, en la que, en reali
dad, estuvo incubndose la obra maestra del narrador colombiano, Cien
anos..de soledad, publ ¡cada n Buenos Aires en 1967.
Mario Vargas Llosa se refiere al proceso germinativo de esta po
pular obra de ficcin:

46
Y de pronto, un da de 1965, sobrevino el milagro, es decir, la re
compensa a tantos aos de fidelidad con, diremos, sus obsesiones.
Estaba viajando en automvil de Acapulco a Mxico -cuenta l-, y de
pronto "vio" la novela que vena trabajando mentalmente desde que
era un nio. "La tena tan madura -dice-, que hubiera podido dic
tarle all mismo el primer captulo, palabra por palabra, a una me
cangrafa." ^
En noviembre de 1965 escribi a Luis Hars una expresiva carta que,
entre otras cosas, expresaba;'
Estoy loco de felicidad. Despus de cinco aos de esterilidad abso
luta, este libro est saliendo como un chorro, sin problemas de pa
labras... Es, en cierto modo, la primera novela que empec a escri
bir a los 17 aos, pero ahora ms ampliada. No es slo la historia
del coronel Aureliano Buenda, sino la historia de toda su familia,
desde la fundacin de Macondo, hasta que el ltimo Buenda se suH
cida, cien aos despus, y acaba la estirpe.
Segn le confes el autor a Armando Durn, le tom ms de ao y
125
medio escribir esta novela exitosa, de la cual se vendieron cien mil
126
ejemplares el primer ao en la Amrica Latina, y ms de 300,000, so
lamente en espaol, hasta marzo de 1970; habindose traducido a dieci-
127
siete idiomas.
Una pregunta que se hace indispensable al estudiar esta faceta del
autor colombiano, es la siguiente; cmo trabaja Gabriel Garca Mrquez?
Por su hablar desenfadado y paradjico y por su estampa y vocacin de
bohemio, podramos presumir que se trata de un escritor indisciplinado e
improvisador; mas no debemos dejarnos confundir por las apariencias.
Dejemos que l mismo nos lo aclare:
Escribo todos los das, inclusive los domingos, de nueve de la ma
ana a tres de la tarde, en un cuarto sin ruidos y con buena cale
faccin, porque lo nico que me perturba son las voces y el fro.
Durante las horas de trabajo fumo cuarenta cigarrillos negros, y el
resto del da se me va tratando de des intoxicarme... Otra cosa:
escribo con un overol de mecnico, en parte porque es ms cmodo y
en parte porque cuando no encuentro las soluciones en la mquina y
tengo que levantarme a pensar, armo y desarmo con un destornillador
las cerraduras y las conexiones elctricas de la casa, o pinto las
puertas de colores alegres. 2y

47
Su mtodo es lento y laborioso:
Si escribo un cuento, me siento satisfecho de avanzar una lnea por
da. Si es una novela, trato de avanzar una pgina... Lo primero
que hago al levantarme es corregir a mano, con tinta negra, el tra
bajo del da anterior, y en seguida saco todo en limpio. Luego hago
correcciones en el original completo y se lo voy llevando poco a po
co a una mecangrafa, porque nunca dejo copia de lo que escribo, y
si algo se pierde en las idas y venidas, no ser tanto que no lo
pueda rehacer en un da.
Veamos la razn de esa disciplinada laboriosidad:
En mi caso, el ser escritor es un mrito descomunal, porque soy muy
bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz
para terminar media pgina en ocho horas de trabajo; peleo a trompa
das con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero
soy tan testarudo que he logrado publicar cuatro libros en veinte
aos. El quinto que estoy escribiendo, va ms despacio que los
otros, porque entre los acreedores y una neuralgia me quedan muy po
cas horas libres.
Otro aspecto de su laboriosidad reside en la cuidadosa bsqueda y
en el estudio de antecedentes relativos a su obra:
Mientras escribo se van acumulando en mi mesa toda clase de libros
de informacin y consulta, que consigo a medida que los necesito.
Para mi ltima novela me val de varios textos de alquimia, numero
sos relatos de navegantes, crnicas sobre las pestes medievales,
recetas de cocina, manuales de venenos y antdotos, estudios sobre
el escorbuto, el beriberi y la pelagra, libros sobre nuestras guerras
civiles, sobre medicina casera, sobre armas de fuego antiguas, ade
ms de los veinticuatro tomos de la Enciclopedia Britnica, y mucho
ms. Tuve que aprender sobre la marcha cmo se distingue el sexo en
los camarones, cmo se fusila a un hombre, cmo se establece la ca
lidad del banano. Tuve que renunciar a un personaje porque no en
contr a tiempo alguien que me tradujera siete frases al papiamento,
tuve que calcular cunto pesan siete mil doscientos catorce doblones
de a cuatro para estar seguro de que podan cargarlos cuatro nios,
y tuve que prescindir de muchos episodios y modificar a ltima hora
el carcter de un personaje porque no pude encontrar diecisis mane
ras de matar cucarachas en la Edad Media. En la actualidad estoy
aprendiendo a construir una silla elctrica, para que pueda hacerlo
un personaje de mi prxima novela. ^1
No siempre -tal vez pocas veces antes de su radicacin en Barcelo
na- ha disfrutado Garca Mrquez de comodidad apacible para escribir.
Recordemos las circunstancias en que concibi La hojarasca:

48
... la escrib entre el ruido del peridico. Cuando se iban todos
y se callaban las linotipias no saba seguir. El silencio distrae.
El silencio es atronador. La msica pone orden al silencio.132
El coronel no tiene guien le escriba fue redactado en su buhardi
lla del Barrio Latino de Pars, mientras sufra los zarpazos del hambre,
y Cien aos de soledad fue escrito en 18 meses de aislamiento en Mjico,
mientras los amigos le ayudaban a subvenir las necesidades familiares
ms perentorias. Tal vez por esto, ha declarado: "Me parece que se
133
necesita una enorme irresponsabilidad para ser escritor."
Sobre todo -podra pensarse-, si se tiene en cuenta que tambin!
ha dicho: "En realidad, me importa ms terminar los libros que publi-
134
carlos."
Esta misma declaracin la formul a Jos Domingo, complementn
dola con datos que corroboran la informacin que hemos aportado con
anterioridad:
Los originales de la primera novela que escrib estuvieron guar
dados cinco aos, y a veces no recordaba dnde los tena. Los de
la segunda se los mand a un amigo desde Pars, donde los haba
escrito, y ste los hizo publicar sin mi autorizacin. El tercer
libro, que era una serie de cuentos, se lo mand a un amigo para
que lo leyera en la crcel, y el amigo se lo pas a un crtico,
que lo perdi durante varios meses. El cuarto era un rollo de
papeles amarrado con una corbata, que mi mujer encontr en el fondo
de una maleta cuando nos casamos. Un amigo lo rescat, otro lo
mand a un concurso, y gan.135
Miguel Fernndez-Braso se muestra escptico ante la actitud
displicente de Garca Mrquez, quien dice compartir la impresin de
Ernesto Hemingway de que "todo libro terminado es como un len muerto":
A Garca Mrquez -como a todo escritor que se haya tomado en serio
su profesin- le cuesta mucho trabajo cada libro para que luego se
lo enve a sus amigos lejanos sin quedarse previamente con alguna
copia.136
Actualmente nuestro autor sigue trabajando en una obra que piensa

49
intitular El otoo del patriarca, y que ser la historia de un dictador
latinoamericano, contada de un modo distinto a como se ha hecho hasta
hoy: "... una novela sin el prejuicio del mensaje, al menos sin la
137
presin racional de hacerlo expreso."
En realidad, lo que ha estado haciendo Garca Mrquez es reelaborando
esta obra, pues segn le declar a Alfonso Monsalve:
Cuando apareci Cien aos de soledad yo tena lista para publicar
otra novela. El otoo del patriarca. Ahora he decidido revisarla,
trabajarla ms aun. Ya no me siento tan seguro, siento una gran
responsabilidad. Ahora bien, no se trata de cambiar la novela que
tena escrita, no se trata de acomodarla al gusto del publico. Yo
s muy bien a qu se debe el xito de Cien aos de soledad y podra
valerme de ciettos recursos tcnicos para garantizar a El otoo del
patriarca
rodiarme.
|Ug xito similar. Pero no lo voy a hacer. No quiero pa-
Una resea ms detallada de El otoo del patriarca aparece en la
entrevista que concedi nuestro autor a Rosa Castro:
Yo creo que es una enorme visin delirante de ese enorme animal de
delirio que es el dictador latinoamericano. Cuando hay un crimen
yo pienso ms en el criminal que en el muerto. Entonces me atrevo
a decirle que mi visin del dictador latinoamericano tpico, el'
mitolgico, el legendario, mi visin de ese personaje es compasiva.
Es decir: mi dictador, que es el general Nicanor Alvarado, ha lle
gado a tener un poder tan descomunal que ya ni siquiera manda. Ha
llegado a ser tan poderoso que est completamente solo y completa
mente sordo, en un palacio lleno de jaulas de canarios, en cuyos
salones se pasean las vacas. El dictador se vuelve loco por una
nia de diecisis aos, a la que ha coronado reina de la belleza
y est tan desesperado de amor, que manda asesinar a tres mil pre
sos polticos en una noche... Es una visin potica del mito lati
noamericano del dictador. Es un libro con el que corro verdadera
mente el riesgo de darme un frentazo. A ver si le atino. En el
momento del relato el dictador tiene ciento veintitrs aos. Hace
tanto tiempo que lleg al poder, que no se acuerda ya cmo lleg.
El mismo no se da cuenta de que se va quedando sordo, sino que cree
que los canarios cantan cada vez menos. Cuando ya se queda sordo
por completo, real iza uno de los grandes sueos de su vida, que es
or el ruido del mar durante todo el da y toda la noche, a pesar
de que est a quinientos kilmetros del mar. El libro puede ser un
desastre, porque es una imagen totalmente nostlgica del dictador.
Es mitologa. Se llamar El otoo del patriarca.^39

50
Otra versin bastante pormenorizada le fue ofrecida por Garca
Mrquez a Francisco lirondo:
"El patriarca" tiene ciento sesenta aos, y ya no sabe cundo ni
cmo lleg al poder; extraa el mar, y en vez de volver a su orilla,
se ha hecho construir una enorme mquina de hacer viento que dulci
fica la pesadumbre de esa lejana. Despus de haber tomado el poder,
lo dejan solo con su mujer en ese enorme palacio que empiezan a re
correr, hasta que finalmente, cansados, se sientan en un escaln de
la gran escalera de mrmol; es entonces cuando su mujer comenta:
"qu cantidad de sbanas vamos a tener que lavar aqu". El patriar
ca ir envejeciendo y pensar que los canarios cantan cada vez ms
bajo y no que es l quien se est quedando sordo; no obstante, dor
mir siempre boca abajo, como un nio, con su cabeza apoyada en la
mano derecha, hasta que vengan los gallinceos -los cuervos- y lo
vean cado y comiencen a picotearlo con tal ahnco y terminen matn
dolo. Pero tambin lo han desfigurado, y ya nadie sabe a ciencia
cierta si ese.cuerpo es o no del patriarca, si el patriarca realmen
te ha muerto.
Despus que concluya El otoo del patriarca escribir poemas, por
ser ste su ferviente deseo y, desde luego, no ser la primera vez: "Yo
l4l
he escrito cantidad de poemas que, por supuesto y por suerte, romp."
Debemos insistir en otra fase importante de las vicisitudes de es
critor de Garca Mrquez: la influencia de sus amigos. Citemos primera
mente una de esas afirmaciones suyas desconcertantes, en que la ternura
se disfraza de humor:
Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocacin es la de prestidi
gitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he
tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas activi
dades, en todo caso, conducen a lo nico que me ha interesado desde
nio: que mis amigos me quieran ms.
En otra ocasin haba expresado la misma idea, en trminos ms
categricos:
Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para
que los que me quieran mucho me quieran ms. Por eso hago lo posi
ble por que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan
fascinantes para los adultos, comoto es Caperucita Roja para los
nios.'73

51
Confrontemos el testimonio de Luis Hars: "... se vendieron trein
ta mil ejemplares en cuanto sali (La hojarasca), gracias, segn Garca
i 44
Mrquez, a sus amigos en el periodismo."
Hablando Garca Mrquez de sus posibilidades de publicar todos los
aos a costa de la autenticidad de su obra, provoca la siguiente aclara
cin de Luis Hars: "El pblico lector podra no advertirlo, pero lo ad-
, 145
vertiran sus amigos. Y es la opinin de ellos la que cuenta para l."
Mario Vargas Llosa nos informa que en Mjico
sus amigos rescataron el manuscrito de El coronel no tiene quien le
escriba, que segua apoli 1 jndose en esa maleta, y lo publicaron en
1961; ellos ordenaron y enviaron a la imprenta, al o siguiente, los
cuentos de Los funerales de la Mam Grande, y ellos, finalmente, lo
obligaron a enviar a un concurso literario en Bogot, el manuscrito de
una nueva novela, escrita en Mxico, despus de aconsejarle que cam
biara el ttulo original, Este pueblo de mierda, por uno menos pro
caz: La mala hora. La novela gan e! concurso y fue publicada en
1962.m
Gabriel Garca Mrquez posee la virtud de saber reciprocar esa de
vocin amistosa. Ciertas claves de Cien aos de soledad slo pueden ser
descifradas por sus amigos ms allegados:
... que cada fecha corresponde al cumpleaos de alguien, que algn
personaje tiene el mismo espritu de mi mujer, que alguien quiere
ponerle a sus hijos el mismo nombre de los mos, y mil cosas ms
que es imposible descubrir en la simple lectura del libro.14'
Ya hemos visto que Garca Marquez.se refiri en una ocasin al li
brero cataln, Ramn Vinyes, como a una persona a quien trat mucho y
148
que influy mucho en l. Pues bien, la tertulia del caf "Colombia"
de Barranqui1 la, que Vinyes presida, era frecuentada por Alfonso Fuen-
mayor, Alvaro Cepeda, Germn Vargas y el propio Garca Mrquez, quienes
" alborotaban a los tranquilos parroquianos con su heterodoxia de temas
14q
y vocabularios". **

52
Todos ellos aparecen en Cien aos de soledad, pero ahora nos in
teresa destacar un pasaje en que puede detectarse la veta sentimental
de nuestro autor, al referirse a la muerte de Ramn Vinyes: "Llor con
la frente apoyada en la puerta de la antigua librera del sabio cataln,
consciente de que estaba pagando los llantos atrasados de una muerte que
150
no quiso llorar a tiempo para no romper los hechizos del amor."
Y es que su recuerdo del librero cataln est basado en un pro
fundo sentimiento de gratitud: "Fue l la primera persona que me atri
buy una vocacin de escritor que yo me ignoraba, quien me dijo qu de
ba leer y que no deba leer, y quien me prestaba los libros de su 1 i-
151
brera que yo no poda comprar."
Ernesto Schoo le oy decir a Garca Mrquez: "No s. Despus de
152
Cien aos me siento como si se hubieran muerto mis amigos."
El perspicaz entrevistador acota despus:
Para que se le pase la tristeza, los otros amigos estn ah, siem
pre: Alvaro Mutis y su mujer, Jomi Garca Ascot y Mara Elena, los
dos matrimonios con quienes "los Gabos" (el sobrenombre se ha ex
tendido a toda la familia y los chicos son ahora "los Gabitos")
pasan invariablemente los tediosos domingos de la Ciudad de Mxico.
Si se lee la dedicatoria de Cien aos de soledad, se podr obser- -
var que la obra est dedicada, precisamente, a Jomi Garca Ascot y a
Mara Luisa Elo.
Por cierto, que no debemos dejarnos despistar por ese pasaje tan
tpico de nuestro autor, en que le hace decir a uno de sus personajes,
que trat de buscar en el alcohol el consuelo imposible a la muerte del
librero cataln, de su esposa' y de su hijo, esta palabras restallantes,
grvidas de soterrada contradiccin: Los amigos son unos hijos de
puta.1
,155

53
El autor se ha encargado de desmentir a este personaje en muchas
ocasiones. Una de las ms explcitas est §onten?da en las palabras que
tuvo el privilegio de escuchar Rosa Castro:
Yo creo que la nica idea que podra asustarme realmente, es la de
que alguien no me quiera. Ojal encontrara yo un amigo que me qui-
siera siquiera la mitad de lo que yo quiero al amigo que menos me
quiere. Esto suena cursi y rebuscado; pero es as,'5
Ya hemos visto cmo su maestro de la adolescencia enumer las ex
cepcionales aptitudes de Gabriel Garca Mrquez en varias ramas artsti-
157
cas. Quiere decir, que tal vez hubiera podido llegar a ser un gran
pintor o un gran msico, puesto que est dotado de suficiente talento y,
sobre todo, de sobrada sensibilidad para ello. Recojamos un pasaje muy
significativo de Francisco Urondo:
Regresa de un viaje que ha compartido con Julio Cortzar: "nos pa
samos seis horas seguidas escuchando msica". Despus jugaron a qu
se llevara cada uno si tuviera que recluirse en una isla desierta:
"Cortzar libros y yo discos, aunque le confes que tratara de me
ter de contrabando el Edipo Rey"... "yo, en realidad, soy ms msico
que cualquier otra cosa".5o
Carlos Landeros nos brinda otro testimonio, capaz de hacer recon
ciliar con Garca Mrquez a su ms acrrimo detractor:
El otro da, entre dos trenes, me refugi de una tormenta de nieve
en un bar de Zurich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el
piano en la sombra, y los pocos clientes que haban eran parejas de
enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera que
rido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie.le viera la
cara, slo para que los enamorados se quisieran ms.
El caso es que deriv hacia el periodismo como transicin y, en
definitiva, hacia la literatura. En sta ha volcado su numen de poeta
y sus inquietudes de hombre saturado de recuerdos -algunos traumticos-
y de esperanzas -algunas utpicas-. Tambin lleva a cuestas el bagaje
de su personalidad multiforme, llena de vitalidad y de rebelda, y no
exenta de algunos rescoldos de arrogancia.

54
Sobre la actitud de Garca Mrquez hacia los editores, Jos Domin-
go nos reporta lo siguiente:
No recuerdo haber hecho nunca una gestin ante un editor. El nico
libro que compromet antes de terminarlo fue Cien aos de soledad.
porque ya los anteriores eran conocidos, y varios editores se anti
ciparon a hacerme ofertas... Otro inconveniente es que me he negado
siempre a participar en promociones de mis libros, y no hago "vida
de escritor". Nunca he dictado una conferencia, nunca he firmado
ejemplares en libreras, me niego a cualquier clase de presentacin
pblica, y ms si es en la radio o la televisin. Probablemente yo
no sea un hombre de este tiempo, porgue la verdad es que esos actos
de exhibicin me parecen inmorales.
Ya hemos visto que Cien aos de soledad ha sido traducida a dieci-
161
siete idiomas. La revista Visin, en una entrevista publicada en 1967,
nos ofrece estos pormenores:
En pocos meses aparecern la traduccin al ingls, que editar Har
per & Row de Nueva York y la traduccin al francs, en Editions du
Seuil de Pars. Ya hay libros de Garca Mrquez en francs (Julliard,
Pars) y en alemn (Aufbau Verlag, Berln occidental); otros han
sido contratados para aparecer en italiano, holands y rumano. La
multiplicacin de ediciones y traducciones est dando finalmente al
autor una holgura relativa que le permitir, a los 39 aos de edad,
dedicarse de lleno slo a escribir libros.
En cuanto a los premios, recordamos que la obra de Garca Mrquez
ha sido recompensada en varias ocasiones con galardones literarios.
Segn Juan Loveluck: "... un cuento suyo, 'Un da.despus del viento',
haba merecido la primera recompensa en el certamen a que convoc la
1 63
Asociacin Nacional de Escritores y Artistas (1954)".
El propio crtico se refiere al Premio Literario "Esso", adjudi-
164
cado a La mala hora. sobre el que Ernesto Schoo nos ofrece el si
guiente comentario: "El relato triunf en el concurso, se llam final
mente La mala hora, y cuando le preguntaron al autor qu pensaba hacer
165
con los 25 mil pesos del premio, contest: 'Pregntenle a Mercedes'".

55
Francisco lirondo alude a otro galardn:
... el premio de la crtica italiana -alrededor de un milln de li
ras-; estuvo a punto de perderlo porque no se lo daban si no iba a .
recibirlo personalmente, y l se negaba, hasta que al final, los or
ganizadores, debieron ceder para entregar el premio y resignrsela
la ausencia en las ceremonias que, sin duda, haban preparado.
Sobre otro premio nos informa Mario Bejarano, refirindose a Cien
aos de soledad:
... el premio al mejor libro extranjero 1969; dicho premio haba
sido concedido con anterioridad al escritor guatemalteco y Premio
Nobel, Miguel Angel Asturias, posteriormente a escritores de gran
prestigio como Heinrich Boll, Robert Musil, Lawrence Durrel,
Gunther Grass y Alexandre Soljenytsine. '
Aunque en otro campo, no debemos omitir el premio obtenido conjun
tamente con Luis Alcoriza, en el primer certamen de libretos organizado
por la "Sociedad de Escritores de Radio, Televisin y Cine de Mxico",
168
por el guin de la novela La Nada. Recordemos que, durante su estan
cia en Mjico, se dedic a esta actividad: "... se gana la vida en lu
gares remotos haciendo guiones para pelculas de la "nueva ola" mexica
na. Uno de sus cuentos, 'En este pueblo no hay ladrones', fue filmado
por un grupo experimental para presentarlo en el Festival de Locarno en
1965".169
Antes de considerar el tpico de las influencias, queremos inter
calar un hecho digno de mencin. Se trata de un relato en serie que
apareci en "El Espectador" hacia 1955, sobre un marinero que sobrevivi
diez das sin alimentos en una balsa, despus de caerse al mar desde un
buque colombiano que aparentemente transportaba mercancas de contra
bando. Los reportajes de Garca Mrquez han sido reunidos en un libro
por la "Editorial Tusquets", bajo el titulo Relatos de un nufrago.
Sobre esto, ha dicho nuestro autor:

56
S ahora se imprime en forma de libro... es porque dije s sin pen-
sarlo muy bien y no soy hombre con dos. palabras. Me deprime la idea
de que a los editores no les interese tanto el mrito del texto como
el nombre con que est firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un
escritor de moda. Por fortuna, hay libros que no son de quien los
escribe sino de quien los sufre, y ste es uno de ellos. Los dere
chos de autor, en consecuencia, sern para quien los merece: el
compatriota annimo que debi padecer diez das sin comer ni beber
en una balsa, para que este libro fuera posible.
El tema de las influencias en la narrativa de nuestro autor ha si
do extensamente tratado. El propio Garca Mrquez se ha visto precisado
a terciar en el debate:
Uno no tiene ms influencias que las que le atribuyen los crticos.
Desde que empec a escribir he tenido la preocupacin de no parecer-
me a nadie, y a medida que escribo los crticos aumentan la lista.
He decidido no leerlos ms para vivir con la ilusin de que soy un
escritor original.171
Nos limitaremos a ofrecer seguidamente la informacin que hemos
logrado acopiar en nuestra bsqueda, nicamente para beneficio de los
estudiosos.
A) WILLIAM FAULKNER:
1. Javier Arango Ferrer, Dos horas de literatura colombiana (An-
tioquia: Ediciones La Tertulia, 1963), p. 81. Este autor
agrega los nombres de Proust y Joyce.
2. Juan Loveluck, "Gabriel Garca Mrquez, narrador colombiano",
Duguesne Hispanic Review. V (1967), 144.
3. Alfonso Rumazo Gonzlez, "Teora de los pactos en la novela
nueva americana", Cuadernos Hispanoamericanos. No. 209., Mayo
de 1967, p. 410.
4. Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien aos
de soledad". Revista Nacional de Cultura. No. 185, Julio,
Agosto, Septiembre de 1968, p. 5. incluye tambin a los
clsicos (8), Virginia Woolf (14), Rabelais (14), Cervantes
(14) y a Jorge Luis Borges (18, 20). En "La hazaa de un
escritor", Visin. 37, No. 2, Julio 18 de 1969, se refiere
a Ernest Hemingway, en la pgina 30.
5. Luis Hars, "Gabriel Garca Mrquez o la cuerda floja", Mundo.
Nuevo. No. 6, Diciembre de 1966, p. 68. La influencia indirecta
de Ernest Hemingway es mencionada en la pgina 69.

57
6. 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial
Universitaria, 1969), pp. 40, 62, 107, 108, 137, 147, 148,
150.
7. Carmen C. de Rodrfguez-Purtolas, "Aproximaciones a la obra de
Gabriel Garca Mrquez", Universidad. No. 76, Julio-Diciembre
de 1968, pp. 12, 13, 14.
8. Francisco Cajiao, S.J., "La mala hora. Gabriel Garca Mrquez",
Revista Javeriana. No. 353, Abril de 1969, p. 240. En la misma
pgina alude al influjo de Kafka.
9. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana:
Casa de las Amricas, 1969), pp. 98, 218.
10. Roger M. Peel, "The short stories of Gabriel Garca Mrquez",
Studies in Short Fiction. VI i, No. 1, Winter, 1971, 160.
11. Ramiro Andrade, "Apuntes sobre la nueva cuentstica nacional",
Bolvar. XII, Nos. 5558, Enero-Diciembre de I960, 179.
B) ERNEST HEMINGWAY:
1. 9 asedios a Garca Mrquez, p. 137.
2. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
3. Luis Hars. Vase A-5.
4. Alfonso Rumazo Gonzlez, p. 411.
C) VIRGINIA W00LF:
1. Emir Rodrguez Monegal, Vase A-4.
2. Suzanne Jill Levine, "Cien aos de soledad y la tradicin de la
biografa imaginaria", Revista Iberoamericana. XXXVI, No. 72,
Julio-Septiembre de 1970, 453 y siguientes. Esta influencia se
considera ejercida a travs de Jorge Luis Borges (456).
D) F'. RABELAIS:
1. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
2. SL asedjgs.a...fiax.<;..a.ijirque.z<> pp. 86, 130.
3. Carmen C. de Rodrguez-Purtolas, p. 38.
4,. Germn Arciniegas, "Un mundo para la novela", Piari_o. Las Am.r].-
cas. Octubre 17 de 1970, p. 4.

58
5. Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana. 2a edicin
(Mxico: Editorial Joaqun Mortiz, 1969), p, 59.
6. Jorge Lafforgue (ed.), Nueva novela latinoamericana (Buenos
Aires: Editorial Paids, 1969), p. 171.
7. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, pp. 45,
134.
8. Marino Bejarano, "Garca Mrquez; el artificio de la soledad",
Imagen. No. 78, Agosto 1-15, 1970, p. 22.
E) JORGE LUS BORGES:
1. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
2. Suzanne Jill Levine. Vase C-2.
3. Roger M. Peel, p. 159.
4. Andrs Amors, "Cien aos de soledad", Revista de Occidente.
No. 70, Enero de 1969, p. 60.
5. Re inaldo Arenas, "Cien aos de soledad en la ciudad de los es
pejismos", Casa de las Amricas, VIII, No. 48, Mayo-Junio de
1968, 136. Tambin menciona a Alejo Carpentier.
6. Jorge Campos, "Garca Mrquez: fbula y realidad", insula.
No. 258, Mayo de 1968, p. 11. Igualmente se refiere a Juan
Rulfo, a Kafka y al surrealismo.
F) SEG iSMUO FREUD:
1. Marino Bejarano, p. 21.
2. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, pp. 46
y 157.
3. Leopoldo Muller, "De Viena a Macondo", Psicoanlisis v litera
tura en Cien aos de soledad (Paysand: Fundacin de Cultura
Universitaria, Cuadernos de Literatura [14], 1969), PP. 1 57.
G) HONORATO DE BALZAC:
1. 9 asedios a Garca Mrquez, pp. 107 y 123.
Sobre la polmica iniciada con motivo de la acusacin de plagio
formulada por Miguel Angel Asturias, vase.
2.

59
a) "Afirma Miguel Angel Asturias que Garca Mrquez plagi
obra de Honorato de Balzac", Diario Las Air> ricas. Junio
23 de 1971, p. 2.
b) "Ahora para Juan Bosch, Garca Mrquez es el mejor escritor
despus de Cervantes", Diario Las Americas. Junio 26 de
1971, P. 3.
c) "Cartas al Director", Diario Las Americas. Julio 10 de 1971,
P. 5.
d) "Violenta polmica por acusacin contra Garca Mrquez",
Vanidades Continental. Ao 11, No. 17, Agosto 23 de 1971,
P. 7.
e) "Garca Mrquez har prlogo a obra que lo acusan de plagiar",
Vanidades Continental. Ao 11, No. 19, Septiembre 20 de 1971,
P. 11.
H) ALEJO CARPENTIER:
1. Reinaldo Arenas. Vase E-5.
2. Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, p. 123.
I) MIGUEL DE CERVANTES:
1. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
2. Roger M. Pee1, p. 160.
3. Isaas Lerner, "A propsito de Cien aos de soledad". Cuadernos,
Americanos. CLXII, No. 1, Enero-Febrero de 1969, 198 y 200.
J) LOS CLASICOS:
1. Pedro Lastra, "La tragedia como fundamento estructural de La.
hojarasca". Letras, Nos. 78 y 79 (1967), PP. 132-134. Este
trabajo es reproducido en 9 asedios a Garca Mrquez, pp. 38-51.
2. Leopoldo Muller, pp. 1530. Vase F-3.
3. Emir Rodrguez Monegal. Vase A-4.
4. Mario Bejarao, p. 21, Vase D-8.
Recopilacin de textos sobre Gabriel Garca Mrquez, p. 159.
5.

60
K)NOVELAS DE CABALLERIA:
1. Mario Vargas Liosa, "El Amads en Amrica", Recopilacin de
textos sobre Gabriel Garca Mrquez (La Habana: Casa de las
Amricas, 1969), pp. 113-118.
2. Algazel, "Dilogo con Garca Mrquez", El Tiempo. Lecturas
Dominicales, Mayo 26 de 1968, p. 5. Vanse pp. 35"37 del
presente trabajo.
3. Iris M. Zavala, "Cien arios de soledad, crnica de Indias",
Insula. No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11. La autora
agrega las crnicas de navegantes y a Ezequiel Martnez Estrada.
L) TOMAS CARRASQUILLA:
1. Emmanuel Carballo, "Gabriel Garca Mrquez, un gran, novel ista
latinoamericano", Revista de la Universidad de Mxico. XXII,
No. 3, Noviembre de 1967, 11.
2. Ramiro Andrade, p. 176. Vase A-ll. Se sugiere la lectura de
Federico de Ons, "Toms Carrasquilla, precursor de la novela
americana moderna", La novela iberoamericana (Albuquerque; The
University of New Mexico Press, 1952), pp. 133-151.
M) OTROS PRECEDENTES:
1. Emir Rodrguez Monegal (vase A-4) se refiere tambin a la Biblia,
a la novela picaresca, a la pura fbula milyunanochesca y a
Thomas Mann, en "Novedad y anacronismo de Cien aos de soledad",
pp. 14 y 15.
2. Jorge Campos (vase E-6) alude a Juan Rulfo, a Kafka y al su
rreal ismo.
. Iris M. Zavala (vase K-2) hace referencia a las crnicas de
navegantes ya Ezequiel Martnez Estrada.
3

61
Notas
102Durn, p. 32.
103
Nuez Segura, S.J., pp. 35 y 36.
*\ase Nota 33.
105
'vase Nota 34.
106
Hars, p. 65.
107 __
I bid., p. 77.
i nfi
Revista Mexicana de Literatura. Nos. 5 y 6, Mayo-Junio de 1962,
PP. 3-21. ¡
^^Revista de la Universidad de Mxico, XXI, No. 9} Mayo de 1967.,
10 y 11.
^^Casa de las Amricas. VIII, No. 48, Mayo-Junio de 1968, 62-67.
^* Cuadernos Hispanoamericanos. 234, Junio de 1969, 573-580. Re
producido por Alacrn Azul. Ao 1, No. 1 (1970), pp. 34-39,
112
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 131,
113
Fernndez-Braso, p. 30.
114
Carballo, p. 11.
115Hars, p. 67.
^^Carballo, p. 11.
ll7lbid.
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 135.
119
Grande, p. 635.
120.,
Hars, p. 75.
1 o]
Gabriel Garca Mrquez, La mala hora (Mxico: Ediciones Era,
1966), p. 6.
122u
Hars, p. 66.
^Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo",
P. 141

62
12%lars, p. 76.
129Durn, p. 34.
1 26 *0 "
Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo de Cien aos de
soledad", p. 3.
1 panderos, p. 21.
128Durn, p. 34.
129lbid.
1 3Q
J Fernndez-Braso, p. 23.
131Algazel, p. 5.
132
Fernndez-Braso, p. 38.
'99Schoo, p. 54.
135
?Domingo, p. 6.
'^Fernndez-Braso, pp. 98 y 99.
^Urondo, p. 165.
^98Monsalve, p. 167.
^9Castro, p. 32.
1if0Urondo, pp. 165 y 186.
141Ibld., p. 165.
^2Fernndez-Braso, p. 23.
143JLL2 "Cen aos de un pueblo", p. 28.
*^Hars, p, 68.
1f9lb?d., p. 76.
^Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: De Aracataca a Macondo'
P. 140.
^Durn, p. 28.
^^Vanse pp. 16 y 17 de este trabajo.

63
'^Schoo, p. 52.
^^Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad. 15a' edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 348.
151Algazel, p. 5.
^Schoo, p. 54.
153ib]d.
^\arca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 7.
]55lhl '"^Castro, p. 30.
157
3 7 Vase p. 13 de este trabajo.
^3^Urondo, p. 168.
^^Landeros, p. 21.
160 ^
Domingo, p. 6.
^Landeros, p. 21.
1 62
Visin. "Cien aos de un pueblo", p. 27.
163
^Juan Loveluck, "Gabriel Garca Mrquez, narrador colombiano",
Duquesne Hispanic Review. V (1967), 135. El mismo cuento aparece en
Los funerales de la Mam Grande (1962), bajo el ttulo "Un da despus
del sbado". Vase Los funerales de la Mam Grande. 6a edicin (Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1969), pp. 87-114.
^**1 bid.. p. 137. El premio fue otorgado en 1961.
1 65
Schoo, p. 54.
^^Urondo, p. 163.
167
Be jarano, p. 15.
168
Vanidades Continental. Ao 10, No. 14, Julio 14 de 1970, p. 36.
16^Hars, p. 65.
^^"Relatos de un nufrago", Vanidades Continental, Ao 10, No. 20,
Octubre 6 de 1970, p, 9.
^Landeros, p. 21.

SEGUNDA PARTE
DIMENSION TEMATICA

CAPITULO V
LO REGIONAL Y LO UNIVERSAL
Aunque a Gabriel Garca Mrquez, como a Terencio, nada humano le
es ajeno, los captulos anteriores nos han preparado para barruntar los
temas que van a prevalecer en su narrativa y el enfoque con que los va a
presentar al lector. En esta Segunda Parte nos referiremos principal
mente al contenido, mientras que reservaremos para la Tercera Parte \
el procedimiento expositivo que le sirve de vehculo para exteriorizar
su mensaje, cuando no de fin en s mismo para solazar, asombrar o hasta
traumatizar al vido lector.
Es oportuno que consignemos, que no nos acercamos a la temtica
de nuestro autor con un criterio simplista, con un mero afn de inven
tariar tpicos que resulten intrnsecamente atractivos y de fcil glosa.
Al seleccionarlos, nos ha guiado el criterio de contrastar la intensi
dad de su tratamiento, para as enlazar las otras dos dimensiones de
nuestro anlisis: vida y estilo. Nos sentimos slidamente respalda
dos en nuestro empeo, por esta aguda observacin de Dmaso Alonso
sobre Francisco de Quevedo:
Ese vitalismo no slo est en su persona, no slo est en su verso,
sino que se transparenta en sus temas... Hay temas que se le caen
de las manos en expresiones triviales, tributo a la moda. Hay
otros... que le ponen el ritmo tenso y le dan una impetuosidad y
una velocidad fustigantes. La expresin y el concepto se hacen re
concentrados y heridores.*72
Un tema que merece prioridad, se refiere al alcance de la obra
de nuestro novelista, quien si bien lleva siempre como parte de su
65

66
equipaje una suerte de nostalgia de su patria colombiana, ha pasado
mucho tiempo ausente y puede haber sido afectado por esa especie de
cosmopolitismo abstracto de que se resienten no pocos intelectuales
hispanoamericanos. Sus inquietudes y curiosidades personales no pa
recen tener fronteras, como tampoco las tienen sus dilatados horizontes
intelectuales y estticos.
Es oportuno traer a colacin el testimonio de Juan Mar ichal,
quien, partiendo de una base idiomtica, precisa de este modo su ori
ginal observacin:
Dira as que Gabriel Garca Mrquez, al escribir su novela Cien
aos de soledad, no se propona escribir una novela colombiana,
sino que quera escribir una novela "en castellano". Es ms, me
atrevera a mantener que el xito actual y la maestra de Gabriel
Garca Mrquez se deben fundamentalmente a su voluntad de escribir
una novela de alcance trasnaconal.^73
Es de notar que Juan Marichal, al igual que la mayora de los
crticos en sus generalizaciones sobre Garca Mrquez, se refiere a una
de sus novelas en particular, si bien la ms representativa,
Ricardo Gulln, desde el punto de vista de la temtica, realza
tambin el carcter multinacional de Cien aos de soledad:
Algn crtico ha sugerido la posibilidad de que Macondo sea un
equivalente de Hispanoamrica, Sera un error reducir a trminos
localistas el alcance de la novela; sin negar su relativo arraigo
en la geografa colombiana, tampoco parece dudoso que trasciende
toda geografa y propone a los hombres del universo mundo una
vasta parbola de la creacici*Ky partiendo de ella, de su general
historia y comn naturaleza. '
Algunos crticos insisten en el criterio de la universalidad,
176
175
otros adoptan una postura eclctica, y hay tambin quienes admiten
el objetivo regional ista, pero dejndose deslumbrar por los procedi
mientos narrativos de nuestro autor, y no se deciden a ser categricos

67
en su aseveracin. Creemos que se olvidan los distintos niveles de la
narracin y que se hace abstraccin del factor bsico del enfoque, que
es, a nuestro juicio, la personalidad del novelista considerada en con-
junto, tal como hemos tratado de presentarla en este trabajo. De ah,
que nuestro criterio no sufra vacilaciones, llevndonos a concluir que
la obra fundamental de Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad.
es de carcter esencialmente regional.
Se trata de un cambio de tcnica narrativa, de una manera distin
ta de presentar la realidad, y no de una evasin del tema primordial ,
por parte del autor. Habra que sopesar, entonces, los mviles a veces
insondables de la creacin artstica, ya que, segn Garca Mrquez:
... los lectores latinoamericanos no necesitan que se les siga
contando su propio drama de opresin e injusticia, porque ya lo
conocen de sobra en su vida cotidiana, lo sufren en carne pro
pia, y lo que esperan de una novela es que les revele algo nuevo. '
De que sus convicciones se hallan muy arraigadas al respecto, es
buena muestra la siguiente declaracin:
Yo pienso que nuestra contribucin para que Amrica Latina tenga
una vida mejor no ser ms eficaz escribiendo novelas bien in
tencionadas que nadie lee, sino escribiendo buenas novelas. A
los amigos que se sientan obligados de buena fe a sealarnos normas
para escribir, quisiera hacerles ver que esas normas limitan la li
bertad de creacin y que todo lo que limita la libertad de creacin
es reaccionario. Quisiera recordarles, en fin, que una hermosa no
vela de amor no traiciona a nadie ni retrasa la marcha del mundo,
porque toda obra de arte contribuye al progreso de la Humanidad, y
la Humanidad actual no puede progresar sino en un solo sentido. En
sntesis, creo que el deber revolucionario del escritor es escribir
bien. Ese es mi compromiso J79
Es interesante constatar que en esta ltima conclusin nuestro
autor parece aproximarse a Alain Robbe-Gri 1 let, para quien "el nico
180
compromiso posible del escritor es con la literatura".

68
Decimos que parece aproximarse, porque una cosa es "escribir
bien" y otra, muy distinta, comprometerse con la literatura. Para
Garca Mrquez -sus ideas y actitudes y, desde luego, la mayora de
sus obras autorizan proclamarlo- la literatura no es un fin en s
misma sino un medio, efectivo y efectista a la par, de explayar su
pujante personalidad, las querencias y malquerencias que se agazapan
en sus ms recnditos pliegues psicolgicos. Su compromiso es consigo
mismo, con el afn de reconocimiento, con la rebelda difusa y el res
peto humano vergonzante que se advierte en su afn de retocar su imagen
de reformador. El no tiene un compromiso con la literatura sino, a lo
sumo, un pacto. Sus dotes excepcionales de creador, reforzadas por su
genuina sensibilidad, le han permitido, sin embargo, despistar a aque
llos crticos que se han acercado a l desde una perspectiva estricta
mente literaria.
Ya hemos insistido en que Gabriel Garca Mrquez es un hombre do
tado de no poca sensibilidad. Como tal, no puede permanecer ajeno a
las vicisitudes y al destino de su patria. Pero, a la vez, es un ide
logo que destila sus realidades y sus fantasas a travs del filtro de
sus convicciones poltico-sociales. Al mismo tiempo, es un artista y,
en ese plano, tamiza sus ideas, experiencias y sentimientos a travs
del cernidor de su inspiracin, de su xtasis creador o de su travieso
humor luc?ferino.
El examen de la transfiguracin resultante -para embellecer o
para afear, para exaltar o para execrar, para asombrar o para entre
tener- puede servirnos de brjula en nuestra pesquisa. El factor

69
voluntariedad o deliberacin puede llegar a jugar un papel decisivo, como
en el caso de los tres mil muertos de la huelga bananera, en que Garca
Mrquez alega proponerse contrarrestar con su propia mentira la mentira
,181 .
oficial.
En cierto modo, nuestro autor aclara su postura, en relacin con
Cien aos de soledad, al declarar:
... esa novela carece por completo de seriedad;.. Esa misma serie
dad doctoral nos ha obligado a eludir la sensiblera, el melodrama-
tismo, lo cursi, la mistificacin moral y otras tantas cosas que son
verdad en nuestra vida y no se atreven a serlo en nuestra litera-
tura.182
Uno de los objetivos que dice perseguir es recuperar al lector,
que los novelistas hispanoamericanos haban perdido con su artificiosa
seriedad. Recurdese cmo le es obsesiva la idea de que sus amigos le
quieran ms y, en general, ese latiguillo sentimental, expresado a ve
ces con desenfadado candor: "... a m me gusta que a la gente le guste
i -u 183
lo que yo escribo .
El novelista ha evadido sistemticamente concretar su objetivo,
responsabilizando a los crticos con la elucidacin del misterio.
Jean-Michel Fossey trat de precisarlo, pero la respuesta de Garca
Mrquez fue, como siempre, elusiva:
Jean-Michel Fossey: Se puede considerar que en Cen aos de sole
dad a travs de la historia de una poblacin imaginaria usted est
contando la historia de los pueblos de la Amrica Latina?
Gabriel Garca Mrquez: Es una pregunta para crticos. Cuento la
historia de una familia del pueblo de Macondo que toma toda clase
de precauciones para no tener un hijo con cola de cerdo y, al cabo
de cien aos, lo tiene, en virtud de las mismas precauciones que
toma para no tenerlo. Eso era lo que me interesaba contar. Si hay
otras implicaciones, es a los crticos a quienes corresponde en
contrarlas. 4
Las han encontrado los crticos? Repetimos que no. Su respuesta

70
alude, en realidad, a uno de los niveles menos significativos de su
obra, si bien desde el punto de vista estructural juega un papel de
cisivo en la misma, ya que le sirve de hilo conductor y como de tram
poln, para saltar de un tema a otro y de uno a otro personaje.
185
Macondo sirve de escenario a La hojarasca. De los cuentos de
Los funerales de la Mam Grande. "La siesta del martes" y "Un da des-
, 186
pues del sbado" ocurren tambin en Macondo. Los cuentos restantes
y las novelas El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora
i
tienen por mbito otro pueblo que se parece y se diferencia de Macondo,
tal vez en la misma medida en que la historia se asemeja y se distingue
de la leyenda; aunque en Macondo haya tanto o ms de la primera como
de la segunda, y aunque lo que haya de sta sea -o pretenda ser- una
simple mscara de aqulla, si exceptuamos los pasajes puramente ldi-
cos o gratuitos de la narracin.
Iris M. Zavala ofrece su aporte para la'identificacin histrica
y geogrfica de Macondo:
Aunque el autor no da fechas y datos precisos y mezcla la historia
y la geografa con la irrealidad lrica para confundir y evitar
toda identificacin, s ofrece algunos indicios para reconstruir
el pasado. A juzgar por su situacin geogrfica, Macondo estara
situado donde lo est Santa Marta, primera ciudad fundada en la
Nueva Granada, en cuyo oriente se encuentra Riohacha, el pasado,
y al sur la cinaga. Santa Marta es tambin el lugar donde muri
Simn Bolvar, representado en parte por el Coronel, con quien
comparte el inters de unificar las fuerzas federalistas de la
Amrica Central. Pero en la dislocacin del tiempo, hace que
las guerras del Coronel vayan desde la independencia hasta finales
del siglo XIX. Sus luchas representan todos los sobresaltos y ca
lamidades previa la invasin yanqui. Es preciso recordar que en
Colombia el imperio de la United Fruit se concentra sobre todo en
Santa Marta, donde no slo controla cosechas y trabajadores, sino
ferrocarriles, barcos, viviendas y finanzas. Santa Marta tuvo el
primer ferrocarril del pas, del mismo modo que la compaa bananera

71
traer el primer tren a Macondo, "el inocente tren amarillo" que
desconcierta al pueblo. La bananera, como su modelo la United
Fruit, desquicia y destruye... Segn el autor, la historia de
Macondo acaba en 1928, ao de su propio nacimiento. Una simple
operacin aritmtica nos permite suponer que el solitario siglo
de Macondo se inicia hacia 1828. Claro est que si tenemos pre
sente que Jos Arcadio y Ursula se casan cerca de trescientos
aos despus de que el pirata Drake atacara y saqueara Riohacha,
quiz en 1596, como ocurri en la realidad... entonces los cien
aos de soledad los estaramos viviendo todava, pues no con
cluiran hasta dentro de algunos lustros. El Macondo feliz es
el prehistrico, es decir, el pre-colonial. Aislado del oriente
donde se encuentra Europa, y del cenagoso sur americano y some
tido a las leyes del progreso que viene del norte anglosajn,
todo se desquicia.
Vamos a tratar de deslindar lo regional de lo universal, tomando
como puntos de referencia los tpicos reiterados en la obra de Garca
Mrquez y distinguiendo aqullos que insistentemente l asocia al medio
fsico o social que sirve de mbito a la mayor prte de su obra, de
aquellos otros que no tipifican ningn medio geogrfico en particular.
En La hojarasca nos hallamos en un pueblo colombiano, como puede
comprobarse desde la introduccin, en que se menciona la llegada de la
compaa bananera y se habla de la guerra civil (aparte de aparecer fe-
188
chada en Macondo, como ya anticipamos). Despus se hace mencin del
189 190
calor sofocante, de la violencia 3 y de la venalidad de los funcio-
191 192
narios. v Tambin se alude a los problemas electorales; pero al
mismo tiempo, se plantea el problema de la soledad, el conflicto del
hombre "que no sabe qu ser de su vida un minuto despus, ni tiene el
menor inters en averiguarlo... del hombre que ha empezado a sentirse
derrotado por las circunstancias."^
Se suscita el tema de Dios-, que uno de los personajes afronta de
este modo;

72
-Crame que no soy ateo, coronel. Lo que sucede es que me
desconcierta tanto pensar que Dios existe, como pensar que
no existe. Entonces prefiero no pensar en eso. ^
El Coronel no puede menos que calificar a este hombre como "un
195
desconcertado de Dios".
Se trae a colacin el tema del fatalismo:
Pero algo me indicaba que era impotente ante el curso que iban
tomando los acontecimientos. No era yo quien dispona las cosas
en mi hogar, sino otra fuerza misteriosa, que ordenaba el curso
de nuestra existencia y de la cual no ramos otra cosa que un
dcil e insignificante instrumento. Todo pareca obedecer en
tonces al natural y eslabonado cumplimiento de una profeca...
se supona que l estaba aqu, en la trastienda, acorralado quin
sabe por qu implacables bestias profticas.'9
197
Se sugieren tambin propensiones homosexuales en adolescentes;
198
se contrasta "el tiempo de adentro" con "el de afuera"; se habla de
199 200
murmuracin y de rencor, de aparecidos, y hasta del fantasmal
Duque de Mar 1 borough.
Hemos visto, pues, como en La hojarasca, temas locales son tra
tados conjuntamente con tpicos universales, como suele ocurrir en toda
novela, incluso en las ms regionalistas de Jos Mara de Pereda, como
202
Sotileza. Para mencionar solamente otra obra de ficcin del tan
subestimado perodo realista-naturalista del siglo XIX, recordemos
Misericordia, de Benito Prez Galds. Esta novela nos presenta, a la
par que una fiel estampa de la mendicidad en Madrid, todo un repertorio
de facetas neurticas, que han sido cabalmente analizadas por Rupert C.
203
Alien en un penetrante trabajo.
Un apropiado ejemplo en la novelstica hispanoamericana, nos lo
ofrece Mariano Azuela en Las tribulaciones de una fam?1ia decente
(1918).20f En esta bra, l pinta con maestra las escenas de la nueva

73
vida que el proceso revolucionario impuso a su patria: los raudos au
tomviles atestados de carrancistas y meretrices; la plebe irreverente
que rea sin disimulo a la huida de la familia que protagoniza la his
toria; la soldadesca voraz, chorreada de lodo hasta los cabellos; los
saqueadores insaciables que descerrajaban puertas y ventanas; la plebe
que controlaba los trenes elctricos y robaba impunemente a los pasajeros
indefensos; los infelices ahorcados en las torres de la Catedral; los
desfiles interminables y las multitudes idlatras que, bajo la vigilan
cia ignorada de soplones a sueldo, de la ms abyecta condicin moral, ;
rendan pleitesa a los verdugos de turno. Paralelamente, Mariano
Azuela trata de hacernos ver que el verdadero sentido de la vida slo
se adquiere a travs del dolor, y que la felicidad consiste en la ar
mona de nuestro mundo interior con el mundo exterior; se mofa del abo
lengo familiar con un escepticismo rayano en el sarcasmo; exalta la
afinidad y el mutuo cario de un padre y de su hija; describe el ci
nismo descarnado de una alcahueta, capaz de urdir las ms fantsticas
mentiras para explotar los sentimientos ajenos; relata la pueril es
peranza ante sucesos irreparables, de una rica heredera nostlgica de
las bienandanzas de sus rentas y del prestigio de su alcurnia. Nos
presenta la estampa del ambicioso que no repara en los medios para es
calar elevadas posiciones, incluyendo la cesin de los favores de su
propia esposa a los caprichos seniles de un ricachn cnico y rijoso;
nos ofrece ejemplos de venganza, de maldad, de traicin y de lealtad
amorosa, que penetran a fondo muchas zonas misteriosas de la psicolo
ga humana, y que constituyen facetas de indiscutible carcter universal.

74
Deja de ser por esto la novela tpicamente mejicana? Para nosotros,
la obra sigue siendo de Mjico, del Mjico revolucionario de la poca
de Victoriano Huerta y Venustiano Carranza, aunque aada a su valor de
crnica documental de una poca y de una regin el contenido humano de
todas las pocas y de todas las regiones.
En El coronel no tiene quien le escriba vemos reaparecer al Duque
205
de Marlborough. En esta novela nos impresionamos con el sentido
prctico y la firmeza de carcter de una mujer que puede encarnar a
206
muchas mujeres de diversas latitudes, as como con el leguleyismo \
cnico de un abogado, que podra representar a cierto tipo de profe-
OQ7
sional togado de cualquier poca o regin. De modo simultneo, nos
20B
percatamos de la prepotencia clerical, de las vicisitudes polticas,
de la omnipresencia del calor^^ y la violencia^ y de la desidia e
212
ineficiencia administrativas.
En los cuentos incluidos en Los funerales de la Mam Grande yol -
213
vemos a encontrar al Duque de Marlborough, nos enfrentamos al Judo
214 215
Errante, hallamos a un cantinero homosexual, a ms mujeres prc-
216
ticas y voluntariosas y a seres atormentados que sufren, el rigor de
217
la soledad, Paralelamente, hallamos alusiones a la violencia,218 a
219 220
la corrupcin de las autoridades, al arribismo inescrupuloso, a
221 222
las trapisondas electorales, a los privilegios de los ricos, al
223 224
infortunio de los pobres, a la parcialidad de los historiadores,
225
a las sinrazones dilatorias de los abogados, a la vacua labor de la
226 .. . . 227
prensa y a la ubicua presencia del calor.
209

75
o oQ
En La mala hora se repite el caso de la mujer dominante, se
229
confrontan nuevas crisis de soledad, se plantea un complejo caso de
neutralidad sexual, resaltan pasajes de atesmo^ y erotismo,y
233 234
se habla de aparecidos y de cartomancia. Al mismo tiempo, nos
235 '
sentimos rodeados por un contorno de violencia, por un ambiente de
i 237
corrupcin poltica y por una sofocante atmsfera de calor. Me-
'2P 8
nudean tambin crticas que afectan a los ricos J y a las damas cat-
23 9 24o
licas, as como diatribas acerca de la polica y de los funcio-
241
narios en general. \
En Cien aos de soledad, diramos que se tratan o se sugieren
242
todos los temas divinos y humanos. El Duque de Marlborough vuelve
a aparecer (145, 146), y encontramos referencias a Francis Drake (16,
24, 350), a Sir Walter Raleigh (51) y a Alexander Von Humboldt (68).
El Judo Errante tambin reaparece en esta crnica monumental (119,
291), en la que hallamos igualmente a un juglar casi bicentenario con
reminiscencias gauchescas, que responda al apelativo de Francisco el
Hombre (50, 64). La soledad subyace a travs de toda la novela (27,
31, 41, 49, 52, 63, 67, 78, 82, 96, 119, 127, 133, 135, 139, 143, 144,
146, 149, 174, 187, 188, 190, 191, 213, 222, 223, 226, 229, 232, 238,
246-248, 265, 288, 295, 298, 303, 305, 316, 330, 340, 346). El tpico
de la mujer de carcter firme y de visin prctica llega a su culmina
cin en la personalidad de Ursula Iguarn (9, 10, 12-15, 19, 20, 25,
26, 32, 36-38, 41, 49, 53, 58, 65, 86, 95, 96, 103, 105, 106, 110, 120,
139, 140, 148, 151, 157, 165, 191, 205, 211, 241, 27I, 277, 278, 283,
?43
285, 286, 289). Alusiones a aparecidos (26, 49, 70, 73, 124, 156,

76
161, 179, 195, 209, 221, 226, 238, 239, 251, 301, 346), premoniciones
(20, 112, 135), levitaciones (77, 92, 205), mdicos invisibles (233,
236, 242, 253, 269, 285, 294) ya agoreras mariposas amarillas (243,
245, 246, 248, 250, 251, 350) se prodigan en la atmsfera de misterio
que a menudo se enseorea de la obra. El fatalismo se hace patente en
otros pasajes (24, 44, 87, 136, 149, 350), as como el homosexualismo
(51, 314, 315). Los abogados son vilipendiados (120, 147, 186, 196,
255, 256), al igual que los historiadores (296, 329). Se nos habla de
amor (63, 87, 88, 97, 99, 107, 118, 122, 123, 152, 158, 170, 172, 200,
202, 203, 214, 225, 246, 252, 272, 286, 288, 298, 300, 317, 319, 334,
339, 340, 342, 343, 345, 346) y de erotismo (126, 127, 166, 218, 246,
247, 321, 322, 325, 332, 335, 341), de ternura (76, 81, 96, 348), de
amistad (330, 347, 348), de odio (237, 238), de soberbia (214), de or
gullo (121, 180, 209, 214) y de olvido (49, 119, 292, 324). El tema
de Dios se trata en varias ocasiones (38, 47, 52, 59, 77, 78, 162, 216),
alternado con referencias, cargadas de intencin, a cuestiones religio
sas en general (254, 340, 345).
Junto a otros tpicos de ndole universal (literatura, incesto,
hijos ¡legtimos, etc.), podemos adentrarnos en el ncleo mismo de la
historia, cuya faceta esencial se centra en la biografa del coronel
Aureliano Buenda, el cual se menciona en el primer prrafo de la novela
(9) y contina protagonizando algunos de sus pasajes ms vitales hasta
el relato del sencillo episodio de su muerte (229). La violencia es
tratada extensamente (92, 93, 95, 105, 118, 128, 134, 136, 139, 175,
206, 207, 252, 317). Tambin abundan las referencias al gobierno (54,

77
116, 175, 186, 208, 210, 263), a la poltica (88, 89, 95, 116, 120,
121, 127, 128, 144, 147, 173, 209), a la geofagia (103, 138, 144, 147),
a los "gringos" (195, 196, 206, 207, 219, 263), a los soldados (92, 110,
129, 140, 175, 180, 256, 257, 263) y a la polica (206, 317). Se rela
ta en detalle la huelga bananera y la "masacre" de los obreros (252, 256,
258, 266, 285, 295, 300, 324, 329, 344). Se contrastan los tiempos fe
lices del gnesis de la aldea de Maccndo (15, 16) con su desaparicin
apocalptica de la faz de la tierra (351).
La seleccin de citas sobre algunos de los tpicos enumerados
respecto a Cien aos de soledad la haremos a continuacin en forma
conjunta, a fin de ofrecer al lector la oportunidad de compenetrarse
ms ntimamente con la temtica de Gabriel Garca Mrquez a travs del
vigor expresivo que, particularmente en esta obra, le sirve de vehculo
para su formulacin:
El Judo Errante: "Rebeca cerr las puertas de su casa y se enterr en
vida, cubierta con una gruesa costra de desdn que ninguna tentacin te
rrenal consigui romper. Sali a la calle en una ocasin, ya muy vieja,
con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minscu
las, por la poca en que pas por el pueblo el Judo Errante y provoc
un calor tan intenso que los pjaros rompan las alambreras de las ven
tanas para morir en los dormitorios."(119)
Francisco el Hombre: "Meses despus volvi Francisco el Hombre, un an
ciano trotamundos de casi 200 aos que pasaba con frecuencia por Macondo
divulgando las canciones compuestas por l mismo. En ellas, Francisco
el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los
pueblos de su itinerario, desde Manure hasta los confines de la cinaga,
de modo que si alguien tena un recado que mandar o un acontecimiento
que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su reper
torio... Francisco el Hombre, as llamado porque derrot al diablo en
un duelo de improvisacin de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoci
nadie..."(50)
Soledad: "Lo atormentaba la inmensa desolacin con que el muerto lo ha
ba mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que aoraba a los vi
vos, la ansiedad con que registraba la casa buscando el agua para mojar

78
su tapn de esparto. 'Debe estar sufriendo mucho', le deca a Ursula.
'Se ve que est muy solo.'"(27)
Mujeres: "Petra Cotes, consciente de su fuerza, no dio muestras de
preocupacin. Ella lo haba hecho hombre. Siendo todava un nio lo
sac del cuarto de Melquades, con la cabeza llena de ¡deas fantsticas
y sin ningn contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo.
La naturaleza lo haba hecho reservado y esquivo, con tendencias a la
meditacin solitaria, y ella le haba moldeado el carcter opuesto, vi
tal, expansivo, desabrochado, y le haba infundido el jbilo de vivir
y el placer de la parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por
dentro y por fuera, en el hombre con que haba soado para ella desde
la adolescencia. Se haba casado, pues, como tarde o temprano se casan
los hijos... Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnfico
dominio de fiera en reposo, oy la msica y los cohetes de la boda, el
alocado bullicio de la parranda pblica, como si todo eso no fuera ms
que una nueva travesura de Aureliano Segundo. A quienes se compadecie
ron de su suerte, los tranquiliz con una sonrisa. 'No se preocupen',
les dijo. 'A m las reinas me hacen los mandados.' A una vecina que
le llev velas compuestas para que alumbrara con ellas el retrato del
amante perdido, le dijo con una seguridad enigmtica: -La nica vela
que lo har venir est siempre encendida".(177> 178)
Aparecidos: "La vio un medioda ardiente, cosiendo con ella en el co
rredor, poco despus de que Meme se fue al colegio. La reconoci en el
acto, y no haba nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer ves
tida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con
un cierto parecido a Pilar Ternera en la poca en que las ayudaba-en
los oficios de la cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no
la vio, a pesar de que era tan real, tan humana, que en alguna ocasin
le pidi a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja."(238)
Premoniciones: "En cierto modo, Aureliano Jos fue el hombre alto y
moreno que durante medio siglo le anunci el rey de copas, y que como to
dos los enviados de las barajas lleg a su corazn cuando ya estaba mar
cado por el signo de la muerte. Ella lo vio en los naipes. -No salgas,
esta noche -le dijo-, Qudate a dormir aqu, que Carmelita Montiel se
ha cansado de rogarme que la meta en tu cuarto... Aureliano Jos estaba
destinado a conocer con ella l felicidad que le neg Amaranta, a tener
siete hijos y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil
que le entr por la espalda y le despedaz el pecho, estaba dirigida
por una mala interpretacin de las barajas."(135* 136)
Mdicos invisibles: "La dispendiosa correspondencia con los mdicos in
visibles termin en un fracaso. Despus de numerosos aplazamientos, se
encerr en su dormitorio en la fecha y la hora acordada, cubierta sola
mente por una sbana blanca y con la cabeza hacia el norte, y a la una de
la madrugada sinti que le taparon la cara con un pauelo embebido en un
lquido glacial. Cuando despert, el sol brillaba en la ventana y ella

79
tenia una costura brbara en forma de arco que empezaba en la ingle y
terminaba en el esternn."(294)
Lev i tac i ones: "Acab de decirlo, cuando Fernanda sinti que un delicado
viento de luz le arranc las sbanas de las manos y las despleg en toda
su amplitud. Amaranta sinti un temblor misterioso en los encajes de
sus pollerinas y trat de agarrarse de la sbana para no caer, en el
instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Ursula, ya
casi ciega, fue la nica que tuvo serenidad para identificar la natu
raleza de aquel viento irreparable, y dej las sbanas a merced de la
luz, viendo a Remedios, la bella, que le deca adis con la mano, entre
el deslumbrante aleteo de las sbanas que suban con ella, que abando
naban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con
ella a travs del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se
perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podan al
canzarla ni los ms altos pjaros de la memoria."(205)
Mariposas amarillas: "Fue entonces cuando cay en la cuenta de las
mariposas amarillas que precedan las apariciones de Mauricio Babi
lonia... Pero cuando Mauricio Babilonia empez a perseguirla, como
un espectro que slo ella identificaba en la multitud, comprendi que
las mariposas amarillas tenan algo que ver con l. Mauricio Babilonia
estaba siempre en el pblico de los conciertos, en el cine, en la misa
mayor, y ella no necesitaba verlo para descubrirlo, porque se lo indi
caban las mar i posas."(245)
Fatal isrno: "Slo entonces descubri que Amaranta Ursula no era su her
mana, sino su ta, y que Francis Drake haba asaltado a Riohacha sola
mente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos ms intrinca
dos de la sangre, hasta engendrar el animal mitolgico que haba de
poner trmino a la estirpe."(350)
Homosexualismo: "En varias ocasiones se metieron en la alberca, para
jabonarlo de pies a cabeza, mientras l flotaba bocarriba, pensando en
Amaranta. Luego lo secaban, le empolvaban el cuerpo y lo vestan. Uno
de los nios, que tena el cabello rubio y crespo, y los ojos de vidrios
rosados como los conejos, sola dormir en la casa... A las seis de la
maana salieron desnudos del dormitorio, vaciaron la alberca y la lle
naron de champaa. Se zambulleron en bandada, nadando como pjaros que
volaran en un cielo dorado de burbujas fragantes, mientras Jos Arcadio
flotaba bocarriba, al margen de la fiesta, evocando a Amaranta con los
ojos abiertos."(314, 315)
Abogados: "En noches de vigilia, tendido bocarriba en la hamaca que
colgaba en el mismo cuarto en que estuvo condenado a muerte, evocaba
la imagen de los abogados vestidos de negro que abandonaban el palacio
presidencial en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos
levantado hasta las orejas, frotndose las manos, cuchicheando, refu
gindose en'los cafetines lgubres del amanecer, para especular sobre

80
lo que quiso decir el presidente cuando dijo que si, o lo que quiso
decir cuando dijo que no, y para suponer inclusive lo que el presi
dente estaba pensando cuando dijo una cosa enteramente distinta,
mientras l espantaba mosquitos a treinta y cinco grados de tempera
tura, sintiendo aproximarse el alba temible en que tendra que dar a
sus hombre la orden de tirarse al mar."(120)
Historiadores; "Ense al pequeo Aureliano a leer y a escribir, lo
inici en el estudio de los pergaminos, y le inculc una interpreta
cin tan personal de lo que signific para Macondo la compaa bana
nera, que muchos aos despus, cuando Aureliano se incorporara al mundo,
haba de pensarse que contaba una versin alucinada, porque era radical
mente contraria a la falsa que los historiadores haban admitido, y con
sagrado en los textos escolares."(296)
o
Amor: "Conscientes de aquella amenaza, Aureliano y Amaranta Ursula pa
saron los ltimos meses tomados de la mano, terminando con amores de <
lealtad el hijo empezado con desafueros de fornicacin. De noche,
abrazados en la cama, no los amedrentaban las explosiones sublunares de
las hormigas, ni el fragor de las polillas, ni el silbido constante y
ntido del crecimiento de la malza en los cuartos vecinos... y enton
ces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte,
y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguiran amn
dose con sus naturalezas de aparecidos, mucho despus de que otras especies
de animales futuros les arrebataran a los insectos el paraso de miseria
que los insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres ."(3^6)
Erotismo: "... Aureliano Jos despert con la sensacin de que le fal
taba el aire. Sinti los dedos de Amaranta como unos gusanitos calien
tes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir cambi de po
sicin para eliminar toda dificultad, y entonces sinti la mano sin la
venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansie
dad. Aunque aparentaron ignorar lo que ambos saban, y lo que cada uno
saba que el otro saba, desde aquella noche quedaron mancornados por
una complicidad inviolable... Entonces no slo durmieron juntos, des
nudos, intercambiando caricias agotadoras, sino que se perseguan por
los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios a cualquier
hora, en un permanente estado de exaltacin sin al¡vio."(127)
Ternura: "Se sinti tan sola, que busc la intil compaa del marido
olvidado bajo el castao. 'Mira en lo que hemos quedado', le deca,
mientras las lluvias de junio amenazaban con derribar el cobertizo de
palma. 'Mira la casa vaca, nuestros hijos desperdigados por el mundo,
y nosotros dos solos otra vez como al principio'. Jos Aread i o Buenda,
hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus lamentos... Ella
lo baaba por partes sentado en el banquito, mientras le daba noticias de
la familia. 'Aureliano se ha ido a la guerra, hace ya ms de cuatro
meses, y no hemos vuelto a saber de l', le deca, restregndole la es
palda con un estropajo enjabonado. 'Jos Arcadlo volvi, hecho un hom-
brazo ms alto que t y todo bordado en punto de cruz, pero slo vino a

81
traer la vergenza a nuestra casa.1 Crey observar, sin embargo, que
su marido entristeca con las malas noticias. Entonces opt por men-
tlrle. 'No me creas lo que te digo1, deca, mientras echaba cenizas
sobre sus excrementos para recogerlos con la pala. 'Dios quiso que
Jos Arcadio y Rebeca se casaran, y ahora son muy felices.' Lleg a ser
tan sincera en el engao que ella misma acab consolndose con sus pro
pias menti ras."(96)
Amistad: "Aureliano no comprendi hasta entonces cunto quera a sus
amigos, cunta falta le hacan, y cunto hubiera dado por estar con
ellos en aquel momento... Llor con la frente apoyada en la puerta de
la antigua librera del sabio cataln, consciente de que estaba pagando
los llantos atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para
no romper los hechizos del amor."(347, 3^8)
Odio: "Elabor el plan con tanto odio que la estremeci la idea de que
lo habra hecho de igual modo si hubiera sido con amor, pero no se dej
aturdir por la confusin, sino que sigui perfeccionando los detalles
tan minuciosamente que lleg a ser ms que una especialista, una virtuosa
en los ritos de la muerte".(237)
Soberbia: "Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buenda no le haba
perdido el cario a la familia a causa del endurecimiento de la guerra,
como ella crea antes, sino que nunca haba querido a nadie, ni siquiera
a su esposa Remedios o a las incontables mujeres de una noche que pasa
ron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbr que no haba he
cho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo crea, ni haba
renunciado por cansacio a la victoria inminente, como todo el mundo crea,
sino que haba ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa
soberbia. Lleg a la conclusin de que aquel hijo por quien ella habra
dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor."(214)
Orgullo: "-Dime una cosa, compadre: por qu ests peleando? -Por qu
ha de ser, compadre contest el coronel Gerineldo Mrquez-: por el
gran partido liberal. -Dichoso t que lo sabes -contest l. Yo, por
mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Mrquez. Al coronel Aureliano
Buenda le divirti su alarma. 'Naturalmente', dijo. 'Pero en todo
caso, es mejor eso, que no saber por qu se pelea.' Lo mir a los ojos,
y agreg sonriendo: -0 que pelear como t por algo que no significa
nada para nadie. Su orgullo le haba impedido hacer contactos con los
grupos armados del interior del pas, mientras los dirigentes del par
tido no rectificaran en pblico su declaracin de que era un bandolero."
021)
Olvido: "Lo salud con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo co
nocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirti
su falsedad. Se sinti olvidado, no con el olvido remediable del corazn,
sino con otro olvido ms cruel e irrevocable que l conoca muy bien,
porque era el olvido de la muerte."(48, 49)

82
Dios; "Mediante un complicado proceso de exposiciones superpuestas
tomadas en distintos lugares de la casa, estaba seguro de hacer tarde
o temprano el daguerrotipo de Dios, si exista, o poner trmino de
una vez por todas a la suposicin de su existencia... Ursula se pre
guntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y
que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si
de verdad crea que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas
penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su
propia ofuscacin, y senta unos irreprimibles deseos de soltarse a des
potricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de re
belda, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de
meterse la resignacin por el fundamento, y cagarse de una vez en todo,
y sacarse del corazn los infinitos montones de malas palabras que ha
ba tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad. - Carajo.1 -
grit."(52, 216)
Reigin: "-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla-sonri.
-No se lo creer nadie -dijo la monja. -Si se lo creyeron a las Sagradas
Escrituras -replic Fernanda-, no veo por qu no han de crermelo a m...
-Ah.' -dijo-, entonces usted tampoco cree. -En qu? -Q.ue el coronel
Aureliano Buenda hizo treinta y dos guerras civiles y las perdi todas
-contest Aureliano-, Q,ue el ejrcito acorral y ametrall a tres mil
trabajadores, y que se llevaron los cadveres para echarlos al mar en
un tren de doscientos vagones. El prroco lo midi con una mirada de
lstima. -Ay, hijo -suspir-, A m me bastara con estar seguro de
que t y yo existimos en este momento."(254, 314, 315)
Violencia: "Sacaron a rastras al doctor Noguera, lo amarraron a un
rbol de la plaza y lo fusilaron sin frmula de juicio. El padre Ni
canor trat de impresionar a las autoridades militares con el milagro
de la levitacin, y un soldado lo descalabr de un culatazo... Por
esos das, un hermano del olvidado coronel Magnfico Visbal llev su
nieto de siete aos a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y
porque el nio tropez por accidente con un cabo de la polica y ,le
derram el refresco en el uniforme, el brbaro lo hizo picadillo a ma
chetazos y decapit de un tajo al abuelo que trat de imped rio."(92,
206)
Gobierno: "Hizo con ellos la guerra triste de la humillacin cotidiana,
de las splicas y los memoriales, del vuelva maana, del ya casi, del
estamos estudiando su caso con la debida atencin, la guerra perdida sin
remedio contra los muy atentos y seguros servidores que deban asignar
y no asignaron nunca las pensiones vital¡cas."(210)
Poltica: "Pedan, en primer trmino, renunciar a la revisin de los
ttulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terra
tenientes liberales. Pedan, en segundo trmino, renunciar a la lucha
contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo cat
lico. Pedan, por ultimo, renunciar a las aspiraciones de igualdad de

83 '
derechos entre los hijos naturales y los legtimos para preservar la
integridad de los hogares. .-Quiere decir -sonri el coronel Aureliano
Buenda cuando termin la lectura- que slo estamos luchando por el
poder. -Son reformas tcticas -replic uno de los delegados-. Por
ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Despus
veremos. Uno de los asesores polticos del coronel Aureliano Buenda
se apresur a intervenir. -Es un contrasentido -dijo-. Si estas re
formas son buenas, quiere decir que es bueno el rgimen conservador.
Si con ellas lograremos ensanchar la base popular de la guerra... quiere
decir que el rgimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en
sntesis, que durante casi veinte aos hemos estado luchando contra los
sentimientos de la nacin."(147, 148)
Geofagia: "Se deca que empez arando su patio y haba seguido derecho
por las tierras contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con
sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza de los mejores predios del
contorno... No lo neg. Fundaba su derecho en que las tierras usur-(
padas haban sido distribuidas por Jos Arcadio Buenda en los tiempos
de la fundacin, y crea posible demostrar que su padre estaba loco
desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en realidad
perteneca a la fami1?a."(103)
Gringos: "Los gringos, que despus llevaron sus mujeres lnguidas con
trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte
al otro lado de la lnea del tren, con calles bordeadas de palmeras, ca
sas con ventanas de redes metlicas, mesitas blancas en las terrazas y
ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules
con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla
metlica, como un gigantesco gallinero electrificado... Nadie saba
an qu era lo que buscaban, o si en verdad no eran ms que filntropos,
y ya haban ocasionado un trastorno colosal, mucho ms perturbador que
el de los antiguos gitanos, pero menos transitorio y comprensible. Do
tados de recursos que en otra poca estuvieron reservados a la Divina
Providencia, modificaron el rgimen de lluvias, apresuraron el ciclo de
las cosechas, y quitaron el ro de donde estuvo siempre y lo pusieron
con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de
la poblacin, detrs del cementer i o. "'(197)'
Soldados: "Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin princi
pios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a los civiles para
medrar en el desorden... Eran tres regimientos cuya marcha pautada por
tambor de galeotes haca trepidar la tierra. Su resuello de dragn mu-
ticpalo impregn de un vapor pestilente la claridad del medioda. Eran
pequeos, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenan un
olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impene
trable de los hombres del pramo... porque todos eran idnticos, hijos
de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los
morrales y las cantimploras, y la vergenza de los fusiles con las ba
yonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del
honor."(129, 256, 257)

84
Masacre de obreros: "... en ese momento la masa desbocada empezaba
a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abri fuego. Va
rias voces gritaron al mismo tiempo: -'Trense al suelo.1 'Trense
al suelo.1 Ya los de las primeras lneas lo haban hecho, barridos por
las rfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al
suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pnico dio entonces un co
letazo de dragn, y los mand en una oleada compacta contra la otra
oleada compacta que se mova en sentido contrario, despedida por el otro
coletazo de dragn de la calle opuesta, donde tambin las ametralladoras
disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino
gigantesco que poco a poco se reduca a su epicentro porque sus bordes
iban siendo sistemticamente recortados en redondo, como pelando una
cebolla, por la tijeras insaciables y metdicas de la metralla."(259,
260).
De Cien aos de soledad podra, pues, decirse que es de Macondo
y universal, como es para Garca Mrquez Pedro Pramo (de Cmala y
universal), "la novela ms hermosa que se ha escrito jams en lengua ,
244
castellana". Sobre Macondo, nuestro autor ha expresado que "no es
245
un lugar sino un estado de nimo". Esta declaracin nos reafirma
aun ms en nuestro criterio de que los recuerdos y las esperanzas del
autor se materializan en un mbito sociolgicamente histrico, proyec
tado estticamente en un plano mtico, que es una metfora de su patria
colombiana y, extensivamente, de la Amrica Latina.
Ya hemos dicho que Macondo era una finca de bananos ubicada en
las afueras de Aracataca, que Garca Mrquez sola recorrer en los
. 246
das de su infancia. Es, pues, un lugar real, que nuestro autor
ha mantenido vivo en su memoria y que ha ido creciendo con l, conta
minndose con sus recuerdos traumticos y con sus afanes reformistas,
hasta convertirse en un verdadero smbolo. Un smbolo, creemos, de un
lugar de la Amrica Latina en que prevalecen el recelo, la frustracin
y la miseria, porque el tiempo le ha ido pasando por encima, como a
toda la regin, sin dejarle impresa una huella de esperanza.

85
La familia Buenda es de Macondo, aunque le ocurran cosas que
pueden sucederles a todos los seres humanos sobre la faz de la tierra.
Cualquier semejanza con la realidad no es aqu, como en las adverten
cias preventivas que se inscriben al principio de las cintas cinemato
grficas, pura coincidencia. Por eso nos inclinamos a creer que Macondo,
al igual que el otro pueblo que novela nuestro autor, es Aracataca, es
Colombia; y es tambin la Amrica Latina, en cuanto refleja una realidad
247
globalmente compartida bajo el signo del subdesarrollo. Las perdu
rables races coloniales, la aceleracin de los procesos histricos,
la explosin demogrfica, el desproporcionado incremento de la produc
cin agrcola, la escasez de viviendas, el analfabetismo, la falta de
capital, los latifundios no sometidos a un rgimen de productividad in
tensiva, el monocultivo, las condiciones sanitarias, las deficientes
regulaciones fiscales, la inflacin, las fluctuaciones de los precios
de las materias primas en el mercado mundial, el dficit de la balanza
comercial y la ausencia de una adecuada coordinacin econmica inter
continental, entre los principales factores, han hecho de la Amrica
Latina una de las regiones econmicamente atrasadas del mundo, con
sus problemas polticos "sui generis" y con una poblacin de idiosin
crasia peculiar, que se mira con recelo en el espejo de la prosperidad
ajena, sin dejar de sentir y padecer, a la vez, los mismos quebrantos
morales y desazones espirituales que aquejan al resto de la humanidad.

8$
Notas
172Alonso, p. 555.
Juan Marichal, "Criollos y peninsulares: una vieja cuestin
docente", Insula. Nos. 284-285, Julio-Agosto de 1970, p. 11.
174
' Ricardo Gulln, Garca Mrquez o el arte de contar (Madrid:
Taurus Ediciones, 1970), p. 27.
^Mario Benedetti, "Gabriel Garca Mrquez o la vigilia dentro
del sueo", 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial .
Universitaria, 1969), PP. 18 y 19. Vase el mismo trabajo en Letras
del continente mestizo. 2a edicin (Montevideo: Arca Editorial, 1969)^
pp. 180-189.
1
Mario Vargas Llosa, "Garca Mrquez: de Aracataca a Macondo1
pp. 144-145.
^77Ange1 Rama, "Un novelista de la violencia americana", 9 ase
dios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), p. 106.
'^Fernndez-Braso, p# 58,
179LbU P. 59.
1 o
Citado por Susan Sontag, "Burroughs y el futuro de la novela1
Mundo Nuevo. No. 23, Mayo de 1968, p. 32.
i O I
1 'Vase la pgina 26 de este trabajo.
^2Durn, p. 28.
^Castro, p. 30.
^^Fossey, p. 8.
^'La introduccin a la novela, de la cual forma parte, est fe
chada "Macondo, 1909". Vase Gabriel Garca Mrquez, La hojarasca.
3a edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, I969), p. 10.
l86Carballo, p. 13.
1 87
'iris M. Zavala, "Cien aos de soledad, crnica de indias",
Insula. No. 286, Septiembre de 1970, pp. 3 y 11.
188
'Vase Nota 185.

87
189
Gabriel Garca Mrquez, La hojarasca, pp. 11, 13, 22, 51, 60.
Seleccionaremos a continuacin un pasaje representativo, como haremos
en cada caso: "El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el
zumbido del sol por las calles, pero nada ms. El aire es estancado,
concreto; se tiene la impresin de que podra torcrsele como una lmina
de acero".(11)
190
Ibid., pp. 26, 60, 61, 123: "Porque la noche en que pusieron
las cuatro damajuanas de aguardiente en la plaza, y Macondo fue un pueblo
atropellado por un grupo de brbaros armados; un pueblo empavorecido que
enterraba a sus muertos en la fosa comn, alguien debi de recordar que
en esta esquina haba un mdico."(123)
191
Ibid., p, 37: "Aqu veo sus ojos turbados, su sonrisa que no
corresponde a la expresin de su mirada. Oigo su voz que dice; 'Coro
nel, esto podramos arreglarlo de otro modo.1 Y yo, sin darle tiempo
a terminar, le digo: 'Cunto.' Y entonces se convierte en un hombre
perfectamente distinto."(37)
192
Ibid., pp. 110, 122, 123: "Todo lo haba trado la hojarasca y
todo se lo haba llevado. Despus de ella slo quedaba un domingo en
los escombros de un pueblo, y el eterno trapisondista electoral en la
ltima noche de Macondo, poniendo en la plaza pblica cuatro damajuanas
de aguardiente a disposicin de la polica y el resguardo."(1.22, 123)
Ver tambin pp. 80 y 92.
193JJbM.,
pp.
68,
69.
'94lb!d'.
/
p.
94.
,95,b¡d.
,9W
pp.
99,
100.
l97IMd.,
pp.
56,
64:
Vanse tambin pp. 101, 121, 122 y 125.
volveramos a salir de la escuela y que iramos al ro, pero no con
Gilberto y Tobas. Quiero ir solo con Abraham, para verle el brillo
del vientre cuando se zambulle y vuelve a surgir como un pez metlico.
Toda la noche he deseado regresar con l, solo por la oscuridad del
tnel verde, para rozarle el muslo cuando caminemos. Siempre que lo
hago siento como si alguien me mordiera con unos mordiscos suaves, que
me erizan la piel."(56)
^Ibid., pp. 60, 62; "Si el tiempo de adentro tuviera el mismo
ritmo del de afuera, ahora estaramos a pleno sol, con el atad en la
mitad de la calle. Afuera sera ms tarde; sera de noche... Pero
entonces el nio vuelve a moverse y hay una nueva transformacin del
tiempo. Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha trans
currido. Antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo eterno,
el sudor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable
y helado detrs de su lengua mordida. Por eso no transcurre el tiempo
para el ahorcado: porque aunque la mano del nio se mueva, l no lo
sabe."(60, 62)

88
199
Ibid., pp. 26, 60, 61: mientras el rencor creca, se ra
mificaba, se converta en una virulencia colectiva, que no dara tregua
a Macondo en el resto de su vida para que en cada odo siguiera retum
bando la sentencia -gritada esa noche- que conden al doctor a pudrirse
detrs de estas paredes... Ahora empiezo a creer que de nada valdr mi
compromiso contra la ferocidad de un pueblo, y que estoy acorralado,
cercado por los odios y la impenitencia de una cuadrilla de resentidos."
(26)
Ibid., pp. 53, 66: "Por el camino yo me iba acordando del asiento
inservible, arrimado a un rincn de la cocina, que en un tiempo sirvi
para recibir visitas y que ahora es utilizado por el muerto que todas las
noches se sienta, con el sombrero puesto, a contemplar las cenizas del
fogn apagado."(53)
201
Ibid., p. 120: "... y habl de aquel extrao militar que en la
guerra del 85 apareci una noche en el campamento del coronel Aureliano
Buenda, con el sombrero y las botas adornadas con pieles y dientes y uas
de tigre, y le preguntaron: 'Quin es usted?' Y el extrao militar no
respondi; y le dijeron: 'De dnde viene?' Y todava no respondi; y
le preguntaron: 'De qu lado est combatiendo?' Y an no obtuvieron
respuesta alguna del militar desconocido, hasta cuando el ordenanza agarr
un tizn y lo acerc a su rostro y lo examin por un instante y exclam,
escandalizado: 'Mierda.' Es el duque de Marlborough.'"'
202
Jos M. de Pereda, Sot?leza. 3a edicin (Madrid: Espasa-Calpe,
1966). Vase la actitud de Silda hacia Muergo (pp. 32, 33 y 84, entre
otras), digna de considerarse como tema de la ms sofisticada novela
psicolgica de cualquier poca.
1
*)f\0 i
^Rupert C. Alien, "Pobreza y neurosis en Misericordia, de Prez
Galds", Revista Hispanfila. 33, Mayo de 1968, 35~47.
^Niariano Azuela, Las tribulaciones de una familia decente, 2a
edicin (Mxico: Ediciones Botas, 1938)..
205
Gabriel Garca Mrquez, El coronel no tiene quien le escriba,
5 edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), P. 23.
Ibid., pp. 18, 35, 36, 64, 65, 70, 88, 90, 92: "Estoy dis
puesta a acabar con los remilgos y las contemplaciones en esta casa,
dijo. Su voz empez a oscurecerse de clera. 'Estoy hasta la coro
nilla de resignacin y dignidad'... '-Cumplimos con nuestro deber-
dijo. -Y ellos cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el senado
durante veinte aos -replic la mujer-. Ah tienes a mi compadre Sabas
con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un
hombre que lleg al pueblo vendiendo medicinas, con una culebra enrollada
en el pescuezo... -Y t te ests muriendo de hambre... Para que te con
venzas que la dignidad no se come."(65)

89
ibid.. pp. 36-41; "Yo le advert que la cosa no era de un
da para el otro", dijo el abogado en una pausa del coronel... -Mis
agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesp-
rarse... Mi hijo trabaj toda su vida -dijo el coronel-. Mi casa
est hipotecada. La ley de jubilaciones ha sido una pensin vitalicia
para los abogados. -Para m no -protest el abogado-. Hasta el lti
mo centavo se ha gastado en di 1 i gene ¡as. "(37. 39)
200
Ibid., pp. 21, 62, 86; "Sentado a la puerta de su despacho el
padre Angel vigilaba el ingreso para saber quienes asistan al espectculo
a pesar de sus doce advertencias."(62)
209lb?d.. pp. 21, 25, 34-36, 40, 41, 51, 76; "Pero en los lti
mos quince aos han cambiado muchas veces los funcionarios -precis el
abogado-. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada pre
sidente cambi por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro
cambi sus empleados por lo menos cien veces."(40, 41) ¡
210ibjd.., PP. 13, 24, 26, 27, 37, 39, 43, 66, 67, 77: "Se sec
la frente con la manga de la camisa. Con este calor se oxidan las
tuercas de la cabeza."(39)
911
Ibid., pp. 11, 15, 17, 75: "-Este entierro es un aconteci
miento -dijo el coronel-. Es el primer muerto de muerte natural que
tenemos en muchos aos."(11)
lo
Ibid., pp. 35, 40, 41: "Diecinueve aos antes, cuando el
congreso promulg la ley, se inici un proceso de justificacin que
dur ocho aos. Luego necesit seis aos ms para hacers incluir
en el escalafn. Esa fue la ltima carta que recibi el coronel."
(35)
^Gabriel Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande. 6a
edicin (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 144.
?14 :
Ibid.. pp. 100, 112, 114: "-Ahora dice que vio al Judio
Errante... La viuda sinti que se le crispaba la piel. Un tropel
de revueltas ideas entre las cuales no poda diferenciar sus alam
breras rotas, el calor, los pjaros muertos y la peste, pas por su
cabeza al escuchar esas palabras que no recordaba desde las tardes
de su infancia remota: 'El Judo Errante.' Y entonces comenz a
moverse, lvida, helada, hacia donde Argnida la contemplaba con la
boca abierta... -Es verdad- dijo, con una voz que se le subi de
las entraas-. Ahora me explico por qu se estn muriendo los pja
ros. "(112)
215
Ibid., p. 44: "El cantinero, empolvado y con un clavel en
la oreja, pregunt en falsete: -Q.u toman?... -No es eso -dijo D
maso-. Tengo hambre. -Lstima -suspir el cantinero-. Con esos
ojos."

90
216
Ibid., pp.. 42, 43, 66, 68: "Estaba disgustada porque su ma
rido haba descuidado el trabajo de la carpintera para dedicarse por
entero a la jaula... -Cunto vas a cobrar? -pregunt. -No s -con
test Baltazar. Voy a pedir treinta pesos para ver si me dan veinte.
-Pide cincuenta -dijo Ursula-, Te has trasnochado mucho en estos quince
das. Adems, es bien grande... Eso no es nada para don Chepe Montiel,
y la jaula los vale -dijo Ursula-, Debas pedir sesenta."(65, 66)
217
Ibid., pp. 16, 17, 106, 108: "Orientndose no tanto por el
ruido de la cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28
aos de soledad, localiz en la imaginacin no slo el sitio donde es
taba la puerta sino la altura exacta de la cerradura."(16, 17)
218
Ibid.. pp. 80, 83, 100: "Tal vez de ah vino.su costumbre de
asistir todos los das a la estacin, incluso despus de que ametra
llaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos."
(ICO) j
219
Ibid., p. 46: "El alcalde vino donde Gloria, volte el cuarto
al derecho y al revs, y dijo que la iba a llevar a la crcel por cm
plice. Al fin se arregl por veinte pesos."
220
lbid.. pp. 69, 81, 82: "En su mausoleo adornado con bombillas
elctricas y arcngeles en imitacin de mrmol, Jos Montiel pagaba seis
aos de asesinatos y tropelas. Nadie en la historia del pas se haba
enriquecido tanto en tan poco tiempo. Cuando lleg al pueblo el primer
alcalde de la dictadura, Jos Montiel era un discreto partidario de
todos los regmenes, que se haba pasado la mitad de la vida en calzon
cillos sentado a la puerta de su piladora de arroz."(81)
221
Ibid.. p. 139: "Durante muchos aos la Mam Grande haba ga
rantizado la paz social y la concordia poltica de su imperio, en virtud
de los tres bales de cdulas electorales falsas que formaban parte de
su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y
arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no slo su propio
derecho de sufragio, sino tambin el de los electores muertos en un
siglo."
222
I bid.. 69, 70, 73, 81, 129, 135~137c "Pero nunca se sinti
bien entre los ricos. Sola pensar en ellos, en sus mujeres feas y
conflictivas, en sus tremendas operaciones quirrgicas, y experimentaba
siempre un sentimiento de piedad. Cuando entraba en sus casas no poda
moverse sin arrastrar los pies."(70)
223
Ibid.. pp. 128, 138: "... los peones dorman amontonados so
bre sacos de sal y tiles de labranza, esperando la orden de ensillar
las bestias... En el Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos
en papeles dorman al amparo de columnas dricas y taciturnas estatuas
de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas."(128,
138)

91
Ibid., p..127: "... ahora es la hora de recostar un taburete
a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los por-
menores de esta conmocin nacional, antes de que tengan tiempo de llegar
los historiadores."
JI bid.. pp. 140, 141: "La estructura jurdica del pas, cons
truida por remotos ascendientes de la Mam Grande, no estaba preparada
para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doc
tores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en herme
nuticas y silogismos, en busca de la frmula que permitiera al presi
dente de la repblica asistir a los funerales."(140)
226
Ibid.. pp. 138, 141: "Horas interminables se llenaron de
palabras, palabras, palabras que repercutan en el mbito de la re
pblica, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa."(141)
227Jbid., PP. 11 14, 16, 18, 19, 34, 35, 43, 54, 66, 81, 88, ,
89, 93, 100, 141, 144: "Consideraba, tal vez en sus momentos de menor
lucidez, que es posible lograr la felicidad en la tierra cuando no hace
mucho calor, y esa idea le produca un poco de desconcierto."(93)
228
Gabriel Garca Mrquez, La mala hora. 3a edicin (Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1969), p. 171: "La viudad de Ass
se ocupaba de las jaulas cuando su hijo apareci en el patio.
-Acurdate -le dijo-, que una cosa es cuidar el pellejo y otra cosa;
es saber guardar las distancias... 'Nada ms te digo eso1, replic. .
'No me traigas asesinos a la casa.'"(171)
229
Ibid.. pp. 22, 40, 95, 125: "Viva sola en la sombra casa
de nueve cuartos donde muri la Mam Grande, y que Jos Montiel haba
comprado sin suponer que su viuda tendra que sobrellevar en ella su
soledad hasta la muerte,"(95)
23ibld., pp. 55, 91, 108: "Acudi una muchacha muy joven, con
un traje corto y ajustado y senos como piedras. El alcalde orden el
almuerzo sin mirarla... Cuando dieron las doce, ella se tendi boca
bajo en la hamaca, extendi hacia l un brazo adornado con un juego de
pulseras sonoras y le pellizc la nariz. -Es tarde, nio -dijo-.
Apaga la luz. El alcalde sonri. -No era para eso -dijo. Ella no
comprendi. -Sabe echar la suerte? -pregunt el alcalde."(55, 108)
11 b i d.. pp. 60, 65: "-Q,u tiene? -pregunt el padre. -To
dava no lo he examinado -contest el doctor; y coment pensativo-^:
Son cosas que le suceden a la gente por voluntad de Dios, padre. El
padre Angel pas por alto el comentario... Rez a fondo, tensos los
msculos en el espasmo final, pero consciente de que mientras ms
pugnaba por lograr el contacto con Dios, con ms fuerza lo empujaba
el dolor en sentido contrario."(60, 65)

92
232
Ibid., pp. 27, 46, 47, 76, 140: "Le dioun beso a su marido
en la nariz. El trat de esquivarla, pero ella se fue de bruces sobre
l, de travs en la cama. Permanecieron inmviles. El juez Arcad i o
le pas la mano por la espalda, sintiendo el calor del vientre volu
minoso, hasta cuando percibi la palpitacin de sus riones... Ella
levant la cabeza. Murmur con los dientes apretados: -Esprate y
cierro la puerta."(76)
233
Ibid.. p. 95: "De noche, mientras recorra con la bomba
del insecticida los aposentos vacos, se encontraba a la Mam Grande
destripando piojos en los corredores, y le preguntaba: Cundo me
voy a morir?1 Pero aquella comunicacin feliz con el ms all no
haba logrado sino aumentar su incertidumbre, porque las respuestas,
como las de todos los muertos, eran tontas y contradictorias."
234
Ibid,. pp. 108, 149: "Sac unos naipes gastados del fondo
de la maleta. Ella examin cada carta, al derecho y al revs, con una
atencin seria. 'Los otros naipes son mejores', dijo. Pero de todos
modos, lo importante es la comunicacin.' El alcalde rod una mesita,
se sent frente a ella, y Casandra puso el naipe. -Amor o negocios?-
pregunt. El alcalde se sec el sudor de las manos. -Negocios dijo.
235
Ibid., pp. 14, 25, 30, 31, 74, 94, 122, 142, 167, 173, 187,
192, 193, 202: "Usted no sabe -dijo- lo que es levantarse todas las
maanas con la seguridad de que lo matarn a uno, y que pasen diez aos
sin que lo maten."(173)
236|b?d.. pp. 25, 42, 51, 52, 71, 77, 85, 86, 116, 166, 175, 179,
188: "El alcalde interrumpi la fumigacin. El padre se tap la nariz
pero fue una diligencia intil: estornud dos veces. 'Estornude,
padre', le dijo el alcalde. Y subray con una sonrisa: -Estamos en
una democracia... En su oficina lo esperaba el alcalde con un proble
ma moral. A raz de las ltimas elecciones la polica decomis y des
truy las cdulas electorales del partido de oposicin. La mayora de
los habitantes del pueblo careca ahora de instrumentos de identifica
cin."^, 71)
237Jbid., pp. 25, 26, 32, 34, 38, 44, 47, 56, 65, 70, 74, 77,
78, 91, 96, 98-100, 107, 120, 138-140, 145, 165, 167, 176, 178, 191:
"Entr un boletn de noticias, con citas de un discurso pornunciado
la noche anterior por el presidente de la repblica, y luego una lista
de los nuevos artculos de prohibida importacin. A medida que la
voz del locutor ocupaba el ambiente se fue haciendo ms intenso el
calor."(55, 56)
23^lb?d., pp, 46, 52, 81, 102-104, 154: "-Lo que pasa es que en
este pas no hay una sola fortuna que no tenga a la espalda un burro
muerto... -Dichosa juventud -exclam finalmente el enfermo-. Tiempos
felices en que una muchachita de diecisis aos costaba menos que una
novilla."(102, 103)

93
239
Ibid., pp. 44-46: "Con una voz sinuosa, como habra contado
una leyenda infantil, expuso la alarma del pueblo. Dijo que aunque
la muerte de Pastor deba interpretarse tomo una cosa absolutamente
personal1, las familias respetables se sentan obligadas a preocuparse
por los pasquines... Apoyada en el mango de su sombrilla, Adalgisa
Montoya, la mayor de las tres, fue ms explcita: -Las damas catli
cas hemos resuelto tomar cartas en el asunto... No es por nosotras
-dijo Rebeca de Ass-, Pero esa pobre gente.. ."(45, 46)
?4o
Ibid.. pp. 25, 31, 71, 129, 160; "Usted lo sabe: ah tengo
seis agentes encerrados en el cuartel, ganando sueldo sin hacer nada.
No he conseguido que los cambien... -En la actualidad... para nadie
es un secreto que tres de ellos son criminales comunes, sacados de las
crceles y disfrazados de policas. Como estn las cosas, no voy a
correr el riesgo de echarlos a la calle a cazar un fantasma."(129)
241
Ibid., pp. 77, 166, 175: "Dos aos de discursos, cit de me
moria. 'Y todava el mismo estado de sitio, la misma censura de prensa,
los mismos funcionarios.'"(175)
242 a
Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad. 15 edicin
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969). Todas las citas suce
sivas se referirn a esta edicin. La paginacin se especificar
mediante parntesis incluidos en el texto.
243
JDos referencias de inters respecto a los otros personajes
femeninos, pueden confrontarse en las pginas 171 y 177.
244
Landeros, p. 21.
245lbld.
o/j
Vanse las pginas 12 y 13 del presente trabajo.
^^Vase la observacin de Gabriel Garca Mrquez al respecto
en la pgina 30 del presente trabajo.

CAPITULO VI
LA SOLEDAD
Carlos Landeros, en su interesante entrevista con Gabriel Garca
Mrquez, nos ofrece una necesaria aclaracin:
Me quiere explicar el por qu en la portada de su libro la letra
"e" correspondiente a la palabra soledad, est escrita a la inver
sa?, le pregunta el librero al escritor. -Fue ¡dea de Vicente
Rojo quien compuso la portada, respondi-, 0
Es decir, que no hay clave alguna por parte del escritor en ese
intrigante capricho tipogrfico, y que tendremos que bucear su mensaje
en el contexto de la novela, ms all del umbral de su portada.
Una visin de conjunto la encontramos en un trabajo de Julio Or
tega, del cual seleccionamos las siguientes ¡deas:
La soledad es un matiz de los Buenda... Es tambin una precaria
forma de unin... Y tambin la soledad es el espejo que recupera
una vida en el trnsito del tiempo que regresa... As, la sole
dad es una diversa cadena, est en los hbitos... y est en los
instantes significativos, y tambin en la suma de una vida... En
la condicin humana, parece decir la novela, la conformidad condena
a la soledad, a la ausencia de comunin. y
En la autosemblanza que precede a su cuento "En este pueblo no hay
ladrones", nuestro autor expresa: "He tenido que refugiarme en la sole-
250
dad de la literatura."
A travs de una parte de su vida al menos, nuestro autor ha es
tado queriendo emanciparse de las responsabilidades cotidianas, para
encerrarse a dialogar con sus criaturas invisibles. Gracias a s ta
lento, a su perseverancia, seguramente a las dotes administrativas de
su esposa y posiblemente a la paciencia de sus acreedores, ha logrado
94

95
al fin dedicarse exclusivamente a escribir. Dice de l Francisco
Urondo: "De todas formas, el momento en que su intimidad es inex
pugnable, es cuando se pone a escribir. En esa circunstancia es el
hombre ms feliz de la tierra, 'ya no .me importa nada, ni mujer, ni
hijos, nada'."2'^
En otra oportunidad, Garca Mrquez se desahoga de este modo:
Me he negado a convertirme en un espectculo, detesto la televi
sin, los congresos de escritores, las conferencias, la vida in
telectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes,
a diez mil kilmetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda
muy poca vida privada. Esta es mi cuarta entrevista en los l- i
timos quince das... he resuelto que la mejor manera de poner
trmino a este aluvin de entrevistas intiles es conceder la
mayor cantidad posible, hasta que todo el mundo se aburra de m,
hasta que me gaste como tema.
A Fernndez-Braso le aclara: "Yo vine a Barcelona a trabajar y
a vivir. Desde luego, no a hacer declaraciones. Creo que quien tenga
inters por saber cmo pienso le basta con leer mis libros.
,,253
Ms adelante reitera: "Yo defiendo mi vida privada. No quiero
254
que nada ni nadie la invada."
Hay que partir, pues, de la base de que Gabriel Garca Mrquez
es un solitario. No un eremita ni un misntropo, y tampoco un tmido
o un retrado, sino simplemente un solitario. Tiene sus das y sus
horas contados para salir a la superficie a respirar, porque prefiere
permanecer sumergido el resto del tiempo en la soledad de su estudio,
leyendo lo que otros han escrito o escribiendo lo que otros habrn de
leer. Y tal vez, algo ms: escuchando msica; porque l dice ser "en
255
realidad, ms msico que cualquier otra cosa".

96
Es significativo, que en unas declaraciones a Jean-Michel Possey,
Garca Mrquez expresara: Podra perfectamente vivir en una isla de
sierta siempre que no hubiera el problema del colegio para los nios y
.,256
que mis amigos vinieran a verme."
Pero ya hemos dicho que la personalidad del novelista colombiano
es bastante compleja. Ernesto Schoo se hace eco de este aspecto con
tradictorio de Garca Mrquez:
Pero cuando se lo ve, poco despus, en la Zona Rosa" de la Ciudad
de Mxico (un puado de manzanas, a un costado de la columna del
Angel de la Independencia, donde se acumula todo lo que hay de lu
joso, snob y with it en la fastuosa capital de Nueva Espaa), re
partiendo sonrisas y apretones de manos, interesndose por la vida
de todo el mundo y escuchando los informes con sus grandes orejas
apantalladas, absorbiendo la vida y la fama con la misma avidez
con que absorba las historias de la abuela, no se puede creer de
masiado en el retraimiento de Garca Mrquez. Es que est en uno
de sus perodos de descanso, explica: acaba de emerger de Cien
aos de soledad, y se siente como naciendo de nuevo, bautizndose en
las aguas de la amistad, de la risa, de la ancdota ligeramente pi
cante o prfida, del alboroto que inevitablemente suscita con sus
carcajadas, sus manotazos, sus ironas (sin que se le vaya del todo
la tristeza levantina de su cara de buhonero) ->/
Karl Vossler propone una explicacin sobre estas situaciones, al
postular: "El solitario puede conducirse activamente y el sociable con-
258
templativamente, por lo menos en casos excepcionales."
Gregorio Maran ofrece este enfoque genrico de la cuestin:
La soledad naci, no como un alivio de algo, sino como signo nega
tivo: como miedo a la soledad". De este miedo surgi la necesi
dad de la compaa con los dems hombres. Pero la convivencia con
los hombres nos hace perder la libertad, sin la cual la vida se
hace insoportable... el pobre ser humano se ve obligado a huir de
la soiedad, para caer en la servidumbre. *>*'
Tal vez por la complejidad misma de su carcter, haya podido ofre
cernos Garca Mrquez tan variadas facetas de la soledad que, segn An
drs Amors, es el tema que unifica toda la novela -toda la familia-"
en C i e n a os de sol edad.

97
Ya hemos mencionado la ms impresionante de todas las variantes,
261
que se refiere a la nostlgica soledad de la muerte. Tambin se
nos habla de la "laberntica soledad" de un personaje de La hojarasca.
de "la indiferencia atormentada con que asista al espectculo de la
262
vida". Del mismo personaje, se plantea "su tremenda soledad sexual...
la furia biolgica que deba atormentarlo en esos aos de sordidez y
263
abandono". Es curioso que en Cien aos de soledad se considere la
misma sensacin en la circunstancia inversa, de la satisfaccin del
instinto sexual: "... y sintiendo que no poda resistir ms el rumor
glacial de sus riones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia
atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel
264
silencio exasperado y aquella soledad espantosa."
Esta reaccin se repite en el caso de Aureliano y la mulata
adolescente, en que: "A pesar de los esfuerzos de la muchacha, l se
265
sinti cada vez ms indiferente, y terriblemente solo."
Por cierto, que esta actitud nos recuerda a los amantes de Barbusse,
en El infierno. Ella sabe de la soledad del amor, que no es ms que
puro egocentrismo: ella se ama a s misma en l, al igual que l en
11 266
ella.
Una tercera alternativa en el orden sexual, se presenta a travs
de las relaciones incestuosas entre Aureliano Jos y su ta Amaranta,
para quien representaban "un paliativo para su soledad" (127)> tal vez
como una confirmacin del aserto de Quevedo de que "a los solos no hay
67
mal pensamiento que no se les atreva". Cuando la ta recapacita y
decide evitar aquel intercambio pecaminoso, Aureliano Jos sobrelleva

98
su soledad "con mujeres ocasionales" (135). Otro ngulo del tema nos
lo ofrecen Aureliano y Amaranta Ursula, "recluidos por la soledad y el
amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible
dormir por el estruendo de las hormigas coloradas... eran los nicos
seres felices, y los ms felices sobre la tierra" (340).
Resulta digno de mencin el comentario de Alfonso Rumazo Gonzlez,
quien incluye la actitud ante lo sexual entre las caractersticas co
munes a los actuales narradores latinoamericanos:
La unin de hombre y mujer se relata actualmente con la misma
clara nitidez que un paseo, a espacio y sin perder minucia; pero
se anhela trascender, buscando en ello una.golucin a la soledad
en la complejsima vida de nuestro siglo.
En La mala hora se alude al aislamiento en que se sume el repre
sentante de la autoridad,
quien se hace construir un despacho blindado.
269
De este interesante personaje, que es el Alcalde, se dice:
El alcalde sola pasar das enteros sin comer. Simplemente lo ol
vidaba, Su actividad, febril en ocasiones, era tan irregular como
las prolongadas pocas de ocio y aburrimiento en que vagaba por el
pueblo sin propsito alguno, o se encerraba en la oficina blindada,
inconsciente del transcurso del tiempo. Siempre solo, siempre un
poco al garete, no tenia una aficin especial, ni recordaba una
poca pautada por costumbres regulares. Slo impulsado por un
apremio irresistible aoareca en el hotel a cualquier hora y coma
lo que le sirvieran. '
271
Refirindose al dolor de muelas del Alcalde, Ernesto Volkening
comenta;
En esa historia atroz de efectos similares a los que produce una
barrena de dentista, el dolor de muela adquiere metafsicas di-,
mens iones, confronta al paciente con su tragedia de dspota so
litario, lo humaniza, le confiere cierta grandeza y se vuelve
hasta tal punto alucinante e intenso que el relato por s solo
llega a constituir una pequea obra maestra.2^2

99
Adalbert Dessau comenta el aspecto metafsico, refirindose a
la soledad en Cien aos de soledad;
como epicentro de una concepcin metafsica de la historia, segn
la cual los protagonistas estn condenados a destruirse... Garca
Mrquez, que es uno de los autores representativos de la "nueva
novela latinoamericana", no est solo en lo que se refiere a la
trayectoria conceptual de su obra... El cambio conceptual desde
la tendencia de analizar directa y crticamente la realidad social
de los pases latinoamericanos hacia la interpretacin metafsica
del ser humano en la Amrica Latina es un fenmeno que se repite
en muchos autores... En Garca Mrquez es la idea de la soledad,
otros son ideas de corte existencialista, mitolgico, etc.
en
En Cien aos de soledad se repite el caso del Alcalde, con el
coronel Aureliano Buenda, de quien se dice:
La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los
comandos rebeldes, despert sobresaltado, pidiendo a gritos una
manta. Un fro interior que le rayaba los huesos y lo mortifi
caba inclusive a pleno sol le impidi dormir bien varios meses,
hasta que se le convirti en una costumbre. La embriaguez del
poder empez a descomponerse en rfagas de desazn.
Otra referencia antolgica al coronel Aureliano Buenda se cifra
en las siguientes palabras:
... el coronel Aureliano Buenda rasgu durante muchas horas,
tratando de romperla, la dura cscara de su soledad. Sus ni
cos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo
llev a conocer el hielo, haban transcurrido en el taller d
platera, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro.
Haba tenido que promover 32 guerras, y haba tenido que violar
todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el
muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta aos de
retraso los privilegios de la simplicidad.^75
No es posible omitir esta otra alusin al coronel Aureliano
Buenda: "Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitali
dad que estremeca la casa, el coronel Aureliano Buenda apenas si
comprendi que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un
276
pacto honrado con la soledad."

100
,,281
Recurdense, adems, las alusiones a la soledad del dictador
que protagonizar El otoo del patriarca, la novela que nos tiene
277
prometida nuestro autor.
Recordemos tambin la soledad de los padres, con "la casa vaca'.'
278
y ellos dos "solos otra vez como al principio"; "la impenetrable
279
soledad de la decrepitud", que se posesiona de Ursula; "el paraso
280
de la soledad compartida" de dos amantes, que haban agotado todos
los recursos de la concupiscencia; "la amarga soledad de las parrandas
2.S2.
("agonizando de soledad en el aturdimiento de las parrandas") que j
invade a Aureliano Segundo; la actitud de las vecinas del barrio de
tolerancia: "las mujeres solitarias que sollozaban junto a las vic-
o 0*2
trolas"; la soledad apacible de Santa Sofa de la Piedad, quien
"desde la muerte de sus padres no haba tenido contacto con nadie n
el pueblo, ni recibi cartas ni recados, ni se le oy hablar de pariente
284
alguno". No olvidemos tampoco la soledad delirante de Fernanda,
"sentada en una cabecera solitaria, al extremo de quince sillas vacas";285
la soledad apasionada de Meme, que casi enloqueci de amor por Mauricio
Babilonia "y se hundi tan profundamente en-la soledad, que hasta su
286
padre se le convirti en un estorbo"; as como la inerme soledad
del propio Mauricio Babilonia, vctima de la parlisis en plena juven
tud: "Muri de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta,
sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por
las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz y
, 287
publicamente repudiado como ladrn de gallinas."

101
Prrafo aparte merece el caso de Amaranta y de Rebeca. La sole
dad recalcitrante de Rebeca, mezcla de recuerdo amoroso exaltado y de
inhibicin vergonzante, por haberse entregado al descomunal Jos Arcad i
, 288
una tarde en que todos dorman la siesta, es contrastada con la viru
lenta soledad de Amaranta, que en una ocasin Garca Mrquez explic de
este modo:
Parece ser que Amaranta, en efecto, tenala aptitud sicolgica y
moral para concebir el hijo con cola de cerdo que pusiera trmino
a la estirpe, y el origen de su frustracin es que en cada oportu
nidad le falt valor para asumir su destino.2-*
Amaranta odiaba a Rebeca y
... pensaba en ella al amanecer, cuando el hielo del corazn la
despertaba en la cama solitaria... porque la soledad le haba
seleccionado los recuerdos, y haba incinerado los entorpecedores
montones de basuca nostlgica que la vida haba acumulado en su
corazn, y haba pur ificado, magnificado y eternizado los otros,
los ms amargos. Por ella saba Remedios, la bella, de la exis
tencia de Rebeca. Cada vez que pasaban por la casa decrpita le
contaba un incidente ingrato, una fbula de oprobio, tratando en
esa forma de que su extenuante rencor fuera compartido por la2&fi
brina, y por consiguiente prolongado ms all de la muerte...
No sin razn, estima Jorge Arbeleche que la soledad se mate-
291
rial iza en este personaje. La soledad de Amaranta es peculiar:
Alta, espadada, altiva, siempre vestida con abundantes pollerines
de espuma y con un aire de distincin que resista a los aos y a
los malos recuerdos, Amaranta pareca llevar en la frente la cruz
de ceniza de la virginidad. En realidad la llevaba en la mano, en
la venda negra que no se quitaba ni para dormir, y que ella misma
lavaba y planchaba. La vida se le iba en bordar el sudario. Se
hubiera dicho que bordaba durante el da y desbordaba en la noche,
y no con la esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino
todo lo contrario, para sustentarla.2^2
Veamos la siguiente referencia a Rebeca:
Ursula, en cambio, que haba sufrido un proceso contrario al de
Amaranta, evoc a Rebeca con un recuerdo limpio de impurezas,
pues la imagen de la criatura de lstima que llevaron a la casa
con el talego de huesos de sus padres prevaleci sobre la ofensa

102
que la hizo Indigna de continuar vinculada al tronco familiar.
Aureliano Segundo resolvi que haba que llevarla a la casa y
protegerla, pero su buen propsito fue frustrado por la inque
brantable intransigencia de Rebeca, que haba necesitado muchos
aos de sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios
de la soledad, y no estaba dispuesta a renunciar a ellos a cam
bio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la mise
ricordia.^
Ambos personajes, cada uno a su modo, comparten "el sino soli
tario de la familia" (223), que estaba "condenada a cien aos de so
ledad" (351). En esto se refleja, por cierto, uno de los rasgos fun
damentales que le atribuye Peter G. Earle a la nueva novela hispano
americana, que comparte con algunas obras precursoras: "un fuerte
294
sentido proftico, generalmente fatalista".
La soledad de los cien aos (de los miles de aos, que dira
295
Mario Benedetti) representa el aspecto ms universal de la ultima
novela de Garca Mrquez. Ella abarca a cada ser humano en cada
rincn del planeta, desde los orgenes hasta la desaparicin de la
especie. Tambin nos hace sentirnos rodeados por una especie de aura
pattica, no desvirtuada por la irona, la procacidad o el humor, que
le imprime a la obra un cierto sentido existencialista.
Resulta interesante la aclaracin de Hugo Achugar:
No es una soledad abstracta y alejada de la que todos participan,
sino que est fragmentada en una serie de personales soledades.
La soledad es el patrimonio de los Buenda, pero cada uno, adems,
tiene su propia soledad. Soledad que, por otra parte, slo es
combatible con el recuerdo... Garca Mrquez aclara su idea al
delinear ya no un personaje solitario sino una situacin de sole
dad: la peste del insomnio... no es el insomnio el peligro sino
su corolario: el olvido... El olvido aparece entonces, como una
forma de la soledad y de la muerte. Y por el contrario, el re
cuerdo como una forma esencial izada de vida, J

103
297
Hemos visto que en la acotada observacin de Ernesto Schoo,
se hace resaltar la tristeza subyacente en Garca Mrquez, detrs de
"sus carcajadas, sus manotazos, sus Ironas". Tambin Miguel Fernndez-
Braso not que siempre prevalece en nuestro autor "un claroscuro de
298
tristeza como fondo". En sus declaraciones a Francisco lirondo, ex
presa su pesar por no sentirse ya bien en su pas y, lo que es ms gra-.
299
ve, "en ninguna parte". Se trata, pues, de un ser angustiado que,
como a Arcadio en el trance de su fusilamiento, no le importa la muerte
300
sino la vida; que, como el coronel Aureliano Buendia en circunstan
cias similares, reniega de la muerte artificiosa que "no le permitira
301
conocer el final de tantas cosas que dejaba sin terminar"; que, en
fin, como Pilar Ternera, podra hacer suyas estas conmovedoras palabras:
302
"Soy feliz sabiendo que la gente es feliz en la cama".
Emilio Carril la nos habla del desengao en el barroco espaol, y
nos ilustra con las siguientes observaciones:
Yo creo que en la visin pesimista del desengao, que subraya as
pectos del barroco espaol, confluyen tanto las consecuencias de
una realidad poltico-social... como la leccin religioso-moral
que vuelve incesantemente sobre los motivos de la ilusin, el or
gullo, sobre la vanidad de las cosas terrenas... Por eso, me pa
rece que el tema de la soledad es, en el barroco, una nota impor
tante vinculada al tema del desengao: soledad como "purgacin"
amorosa o religiosa; como recogimiento; como nica "libertad" po
sible; como oposicin al boato y la apariencia; como enriquecimiento
interior; como "ocio" til...0^
Nosotros creemos que en Garca Mrquez se contraponen dos fuerzas
poderosas: una centrfuga, generada por impulsos vitales y tambin es
pirituales, que tiende a lanzarlo al ruedo de la vida, con sus "carcaja-
304
das, sus manotazos, sus ironas", y otra centrpeta, que se engendra

104
en su naturaleza sentimental y filosfica, como una reaccin medrosa
de su intimidad amenazada, que en definitiva se impone en forma de auto
defensa recelosa y firme de su privacidad, que es como decir, de su so
ledad. Como un enamorado del amor que no ha hallado su objeto amoroso,
pero que no cesa de buscarlo con exacerbada ansiedad, o que habindolo
hallado, lo encuentra inferior a su imagen prefigurada, Garca Mrquez
305
es un enamorado de la vida que carece del "instinto de la felicidad"
y que tiende a tropezar a cada paso con un hito de desengao. Nos atre
vemos incluso a sospechar en su personalidad, una faceta de Don duijote
que subraya Jos Camn Aznar:
No hay en toda la literatura una soledad tan absoluta como la de
Don duijote. Porque tampoco se encuentra un mayor desarraigo de
un espritu, del ambiente que ha de concretar sus proyectos...
Esta soledad, que es el sino de Don duijote, es el anverso de la
romntica. El solitario romntico lo es por su inadaptacin al
mundo, provocando esas desganas vitales y esos lricos desfalle
cimientos. En Don duijote, por el contrario, su soledad proviene
de la inadecuacin del mundo a sus programas justicieros, que no
se mellan,sino que salen robustecidos despus de cada fracaso...
Don duijote, como todos los tipos trgicos, es.de un enorme ape
tito social. Invive en su afliccin la de los dems, y un buen
da sale a remediarla.^
Espritu bohemio, propenso al deporte de la conversacin y a la
broma jocunda al calor del estmulo espirituoso, catador de la vida y
curioso de esos fantasmas ilusos, siniestros, nobles y farsantes que
son los seres humanos y las criaturas de ficcin, nuestro autor parece
haberse dedicado a vivir con ellos sus alegras y sus pesares, mientras
l se desvive tambin en su solitario laboratorio de almas, tratando de
' crear un mundo que atene la soledad ajena, aunque no logre extirpar por
completo la suya propia.

105
Como se podr apreciar, no resulta fcil trazar el rumbo defini
tivo. Espritu trgico o cmico (o, tal vez, tragicmico), portavoz de
un paganismo eufrico mezclado con una especie de humanismo atormentado,
amante de la vida y torturado por la muerte, partidario de la reforma so
cial y defensor de la libertad individual, ms que tratar de dilucidar
la arista que ms deslumbra en el hombre y en el artista, lo interesante
es contemplar el prisma en todo su esplendor. Entonces llegamos a la
conclusin de que lo que s no ofrece duda, es que ha sido un factor be
nfico para la humanidad que Gabriel Garca Mrquez se haya tenido que
307
refugiar "en la soledad de la literatura".

106
Notas
248
Landeros, p. 20, pie de grabado.
249
Julio Ortega, "Gabriel Garca Mrquez, Cien aos de soledad".
9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), P. 79.
250
Oviedo et al.. p. 1 (vase Nota 101).
2"^Urondo, p. 166.
252Durn, p. 24.
253
Fernndez-Braso, pp. 28 y 29.
254
Ibid., p. 115.
^-Urondo, p, 168.
256Fossey, p. 8.
^Schoo, p. 53.
2^Kar1 Vossler, La soledad en la poesa espaola (Madrid: Revista
de Occidente, 1941), p. 30.
2^^Gregorio Maran, "Soledad y libertad", Vida e historia (Buenos
Aires: Compaa Editora Espasa-Calpe Argentina, 19^1), p. 9.
26o
Andrs Amors, "Cien aos de soledad", Revista de Occidente. No.
70, Enero de 1969, P. 61.
"Vanse pp. 77 y 81 (Olvido) de este trabajo. "Melquades ha
ba estado en la muerte, en efecto, pero haba regresado porque no pudo
soportar la soledad" (49). Otro pasaje emocionante lo hallamos en el
encuentro de Jos Arcadio Buenda con su vctima, Prudencio Aguilar:
"Cuando por fin lo identific, asombrado de que tambin envejecieran
los muertos, Jos Arcadio Buenda se sinti sacudido por la nostalgia.
'Prudencio -exclam-, cmo has venido a parar tan lejos.'1 Despus de
muchos aos de muerte, era tan intensa la aoranza de los vivos, tan
apremiante la necesidad de compaa, tan aterradora la proximidad de
la otra muerte que exista dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar
haba terminado por querer al peor de sus enemigos" (73). La pagina
cin en parntesis corresponde a Cien aos de soledad.
262
263
Garca Mrquez, La hojarasca,
1 hid., p. 80.
PP. 92-94.

107
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 31.
265ibid., pp. 51 y 52.
266
Henry Barbusse, The inferno (New York: Boni and Liveright,
1918), p. 107: "You showed me that love is only a kind of festival of
solitude, and holding me in your arms, you ended by exclaiming, 'Our
love,' and I gave the inev?table answer, alas, 'Our
love.'"
por Karl Vossler, La soledad en la poesa espaola,
Gonzlez, p. 409.
Mrquez, La mala hora, p. 40.
P. 125.
pp. 61-70.
272
Ernesto Volkening, "A propsito de La mala hora", 9 asedios a
Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1969), P.
168.
love I am our
love I am our
267Citado
P. 300.
268
269,
Rumazo
Garca
270
271
Ibid..
Ibid.,
273
Adalbert Dessau, "El tema de la soledad en las novelas de Ga
briel Garca Mrquez," El ensayo y la crtica literaria en Iberoamrica.
ed. Kurt L. Levy y Keith Ellis (Toronto: Universidad de Toronto, 1970),
pp. 212, 213, 214.
274 i \
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, p. 146.
275lbid.. p. 149.
276|bid., p. 174.
277
Confrntese el texto relacionado con las dos citas de les pginas 49
50 de este trabajo.
278
Vase el epgrafe "Ternura" en la pgina 80 de este trabajo.
279
280
281
282
Garca Mrquez, Cien arios de soledad, p. 213.
Ibid., p. 288.
Mo P. 232.
Ibid., P. 346.

108
P.
298.
284ibid..
P.
304.
285lb]d.,
P.
305.
286lbid.,
P.
246.
287lbid..
P.
248.
288ibid..
P.
85.
289Durn,
P.
28.
29Garca
M
rquez,
29^Jorge i
Arbeleche
i Gabriel i
Garca M
a, 1969),
P.
40.
292Garca
M
rquez,
2931 bid.,
P.
191.
294
Peter G. Earle, "Camino oscuro: la novela hispanoamericana",
Cuadernos Americanos. CU I, No. 3, Mayo-Junio de 1967, 205.
299Vase pg i na 66 de este trabajo.
Hugo Achugar, "Algunos temas en Cien aos de soledad", Aprox?-
macin a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin de Cultura Univer
sitara, I969), p. 37.
297
Vase pgina 96 de este trabajo.
298
299
300|
301
Vase pgina 9 de este trabajo.
Vase pgina 30 de este trabajo.
Garca Mrquez, Cien anos de so1edadL. p. 107.
UlLs., p. 113.
ono
3 1bid.. p. 135. Vase Jorge Arbeleche, "Sobre la construccin
temtica", Aproximacin a Gabriel Garca Mrquez (Paysand: Fundacin
de Cultura Universitaria, 1969), p. 42. Este autor sostiene que "por
encima del fatalismo de la soledad y de la muerte, lo que prevalece en
la obra, es el amor vital, la vida, en fin, con todos sus sinsabores y
desgracias.-.."..

109
303
Emilio Carril la, El barroco literario hispnico (Buenos Aires:
Editorial Nova, 1969), PP. 144, 152.
304 .
Vase el texto relacionado con la nota 257 de este trabajo.
305 ,
Andres Maurois escribi una interesante novela bajo este ttulo.
306
Jos Camn Aznar, Don Quijote en la teora de los estilos
(Zaragoza: Institucin "Fernando el Catlico", 1949), PP. 18, 22, 24.
^^Vase la pgina 94 de este trabajo.

CAPITULO Vil
LA VIOLENCIA
La marcada tendencia de la novela hispanoamericana a reflejar
la realidad circundante, ha sido sealada, entre otros, por el cr
tico Fernando Alegra:
Como punto de partida dir, pues, que la novela hispanoamericana
contempornea es una novela de problemas donde el hombre -no ya
el paisaje- ocupa el centro de nuestra atencin, angustiosamente (
afanado en definir su individualidad, speramente dividido en sus
relaciones sociales y econmicas, buscando en medio de trgicos
episodios la solucin al conflicto bsico de nuestro continente:
la posesin de la tierra y la necesidad de organizar una vida sobre
bases de justicia social y dignidad humana.
Entre esos trgicos episodios se encuentra el de la violencia en
Colombia, donde las rivalidades polticas, en cierto modo instigadas por
el regionalismo y la cuestin clerical, han provocado cruentas luchas
desde el siglo XIX y a lo largo de la presente centuria, con un impre-
309
sionante balance de vctimas.
Como era de esperar, una pltora de novelas ha dado testimonio de
esa realidad histrica; a tal extremo, que se habla de "la novela de la
Violencia" en Colombia con la misma naturalidad con que se habla de "la
310
novela de la Revolucin" en Mjico.
Ya nos hemos referido al criterio del escritor colombiano Germn
Arciniegas, sobre el valor documental de la novela hispanoamericana,.
311
"que es en lo general un documento ms exacto que la historia".
Ahora es oportuno reproducir los fundamentos con que este autor res
palda su tesis:
110

Ill
Se desarrolla en torno a los puntos ms sensibles. Explica el punto
de vista del campesino, de la masa. No tiene las limitaciones de
los informes oficiales. Y si puede ser caricaturesca y tener puntos
de vista interesados, de los mismos defectos sufren no pocas veces
ya no los simples informes oficiales, sino las estadsticas. 2
Para poder formarnos una idea de las dificultades que ofrece el
estudio de la historia, creemos apropiado seleccionar el episodio de la
huelga bananera, que aparece mencionado en siete ocasiones diferentes
313
en Cien aos de soledad.
En El imperio dl banano encontramos la siguiente versin:
El 6 de diciembre se produjo un incidente que por algn.tiempo se \
crey haba sido un intento de los huelguistas, armados con mache
tes, de atacar a un grupo de soldados. Parece, empero, que el ob
jeto de los trabajadores fue desarmar a un soldado borracho que
haba querido disparar contra ellos y al final no hubo derramamiento
de sangre. No obstante, el incidente sirvi de pretexto al gober
nador para declarar la ley marcial. Al da siguiente, en la plaza
de Cinaga los soldados ordenaron a un grupo de trabajadores que
se dispersasen y al no obedecer los huelguistas, dispararon sobre
ellos, matando e hiriendo a muchas personas. Castrilln dice que
el nmero de muertos fue de cuatro cientos diez. "Esta tragedia
enfureci a los trabajadores de tal manera que arrancaron motores,
destrozaron carriles, demolieron bodegas e incendiaron las casas de
plantadores del pas y de agentes de la United indistintamente".
Entonces el jefe militar de la regin declar a los jefes obreros
fuera de la ley y los persigui ferozmente. Los trabajadores ase
guran que los militares cometieron muchas y grandes atrocidades.
Sobre el nmero de los muertos y heridos en todo el tiempo de la
huelga no hay coincidencia. El general Corts Vargas, que sofoc
la huelga, dice que hubo cuarenta muertos y ms de un centenar de
heridos. Por otra parte, Castrilln declara que los muertos fueron
mil quinientos y los heridos tres mil. Otras personas dan cifras
interned i as.31^
Otra resea del suceso la encontramos en De la revolucin al
orden nuevo;
En aquellos momentos, de profunda escisin en las filas tradicio
nal istas, el gobierno conservador se haba visto obligado a re
primir enrgicamente un brote subversivo de inspiracin comunista,
presentado en la zona bananera de Santa Marta, a pretexto de un
conflicto laboral surgido entre un grupo de trabajadores y la

112
Magdalena Fruit; Company, empresa norteamericana que explotaba una
valiosa concesin en dicha comarca. Los agitadores haban provo
cado desrdenes, impidiendo todo entendimiento, llegando a la des
truccin de las plantaciones y de las vas frreas, a consumar ver
daderos atentados contra la vida de sbditos extranjeros y al franco
estado de la revuelca armada. Cubiertos por la bandera ant?"impe
rialista condujeron a multitudes ingenuas a comprometerse en una lu
cha de resistencia contra el rgimen, el cual, para restablecer el
orden, declar en estado de sitio la regin, aplicando las medidas
exigidas por esta situacin de emergencia. Como saldo de sangrien
tos encuentros gentes humildes pagaron con sus vidas, la equivocada
defensa de sus derechos y de sus reivindicaciones sociales. La nor
malidad qued restablecida pero los hechos trgicos sirvieron a la
oposicin liberal para intensificar sus campaas. Se calific al
ejrcito como guardia pretoriana del capitalismo y se seal a la
ira del pueblo a los gobernantes de entonces... Gaitn viaj al
propio escenario de los sucesos buscando documentarse para su lucha
contra el rgimen.
Ya vimos como Garca Mrquez se mostr partidario de exagerar la
cifra de muertos, para contrarrestar la alegada reduccin que de ella
hacan los informadores oficiales: "... el hecho es que ahora hay en
Amrica ochenta mil lectores que saben que en Colombia, en fes bananeras,
316
hubo una masacre. Antes no lo saban."
Refirindose en una ocasin al mismo hecho, Garca Mrquez co
ment: Un pueblo cercado en una plaza y balaceado por la fuerza
pblica es un lugar comn en la historia de la Amrica Latina. Pero
lo peor, como en Macondo, no es la matanza misma, sino la rapidez y la
intensidad con que se olvida."^^
Recordemos que la indisposicin de nuestro autor hacia los histo
riadores se hace patente en el relato "Los funerales de la Mam Grande",
318
cuento que le da su nombre al libro del mismo ttulo, y en Cien aos
de soledad 3*9
Es notorio, que no es solamente la cifra de muertos la que aparece
hipertrofiada en el relato de Garca Mrquez. Desde que describe la

113
llegada de los soldados, comienza a destilar su predisposicin hacia
los agentes del orden: "La ley marcial facultaba al ejrcito para
r
asumir funciones de rbitro de la controversia, pero no se hizo nin-
320
guna tentativa de conciliacin."
321
En la novela se menciona al general Corts Vargas, que efec
tivamente particip en el suceso, segn puede comprobarse de la lectura
del pasaje de El imperio del banano antes reproducido. Pero la ficcin
(esa ficcin que van a convertir en historia ochenta mil lectores de
Amrica, ahora multiplicados, y los innumerables lectores de Europa, ;
que se habrn de multiplicar) intensifica su mensaje, al decirnos que :
Jos Arcadio Segundo "veta los muertos hombres, los muertos mujeres,
los muertos nios, que iban a ser arrojados al mar como el banano de
rechazo.1
,322
Esta tcnica de socavamiento no es nueva, desde luego, y sus
efectos traumticos resultan obvios. Por si tampoco se saba, Garca
Mrquez ofrece un inventario pormenorizado de las vicisitudes de los
Q
obreros, que constituyen, sin duda, caldo de cultivo de la violencia
y coyuntura propicia para los taimados pescadores de ro revuelto:
La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la
insalubridad de las viviendas, el engao de los servicios mdi
cos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban,
adems, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino con vales,
que slo servan para comprar jamn de Virginia en los comisariatos
de la compaa... Los otros cargos eran del dominio pblico. Los
mdicos de la compaa no examinaban a los enfermos, sino que los
hacan pararse en fila india frente a los dispensarios, y una en
fermera les pona n la lengua una pldora del color del piedra-
lipe, as tuvieran paludismo, blenorragia o estreimiento. Era una
teraputica tan generalizada, que los nios se ponan en la fila
varias veces, y en vez de tragarse las pldoras se las llevaban a

114
sus casas para sealar cpn ellas los nmeros cantados en el juego
de lotera. Los obreros de la compaa estaban hacinados en tam
bos miserables. Los ingenieros, en vez de construir letrinas,
llevaban a los campamentos, por Navidad, un excusado porttil para
cada cincuenta personas, y hacan demostraciones pblicas de cmo
utilizarlos para que duraran ms. *
Veamos ahora otras ilustraciones de la violencia en la narrativa
de Garca Mrquez. En primer lugar, este logrado pasaje de La hojarasca
Afuera est el pueblo en ebullicin, entregado a la labor de un
largo, uniforme y despiadado cuchicheo... Y es un pueblo sin nadie,
con las casas cerradas en cuyos cuartos no se oye nada ms que,el
sordo hervidero de las palabras pronunciadas de mal corazn.
En el cuento "La viuda de Montiel", Garca Mrquez se refiere a
las cartas de las hijas a la madre, desde Pars: "Esto es la civiliza
cin", decan. "All, en cambio, no es un buen medio para nosotras.
Es imposible vivir en un pas tan salvaje donde asesinan a la gente por
cuestiones pol t i cas
El coronel no tiene quien le escriba nos ofrece otros pasajes
ilustrativos de la violencia. Ante la prohibicin de que el entierro
pasara frente al cuartel de la polica, uno de los personajes reacciona
del siguiente modo: "Se me haba olvidado -exclam don Sabas-. Siempre
3 2
se me olvida que estamos en estado de s¡tio.n-J
El Coronel exalta las virtudes del gallo, ante la subestimacin
de su esposa: "Tuvo la certeza de que ese argumento justificaba su
determinacin de conservar el gallo, herencia del hijo acribillado nueve
327
meses antes en la gallera, por distribuir informacin clandestina."
Refirindose al valor del gallo, don Sabas aduce: "En otro
tiempo cualquiera hubiera dado mil... Pero ahora nadie se atreve a
soltar un buen gallo. Siempre hay el riesgo de salir muerto a tiros
de la gal lera.

115
330
Respecto a La mala hora, podemos depender del testimonio del pro
pio autor: "... quise comprometerme con una realidad que me haba im-
329
presionado mucho: la violencia."
La frase clave del libro es expresada por el peluquero, quien se
pas diez aos presintiendo cada da la contingencia de que lo mataran.
Esa es la atmsfera que prevalece en la novela, ya a travs de la cons-
331
tante alusin a hechos pasados, ya mediante el relato de sucesos
332
presentes, como la muerte de Pastor y las torturas infligidas a Pepe
Amador, ^33 que culminan en su ases i nato. 33** La misteriosa aparicin de
pasquines en las puertas de las casas, coopera a mantener un clima tenso
y desasosegado a travs de toda la trama. La rivalidad entre el dentista
y el alcalde, quien allana el consultorio con tres agentes, para que le
extraigan la muela cuyo dolor le atormentaba,:>J-> contribuye tambin a
atizar la intensidad del relato, en cuyo fondo palpita sostenidamente
ose insina abiertamente la ubicuidad de la violencia circundante.
Mario Benedetti comenta que "pocos relatos de Garca Mrquez in-
336
cluyen escenas de violencia desatada." La aclaracin que sigue re
sulta muy interesante:
La verdad es, sin embargo, que la violencia queda registrada, aunque
de una manera muy peculiar. Ya sea como cicatriz del pasado o como
amenaza del futuro, la violencia est siempre agazapada bajo la paz
armada de Macondo. En estos relatos, el presente (que sirve de so
porte a una impecable tcnica del punto de vista) es un mero inter
ludio entre dos violencias. 3'
Pedro Lastra, refirindose a la transcripcin del pasaje de Ant-
333
gona que aparece al comienzo de La hojarasca. nos ofrece un comentario
esclarecedor:

116
Para nosotros, en cambio, esa cita de Antfgona es reveladora, en la
medida en que el paralelismo de las situaciones planteadas en la
tragedia de Sfocles y en la novela de Garca Mrquez permite ver
esta ltima como un intento de desarrollo, sutilmente elaborado,
de la visin trgica de un presente social concreto, que llena de
patetismo -al hacerla comprensiva- una expresin literaria que se
proyecta en el hecho histrico que conocemos hoy bajo la denomina
cin sociolgica de la "violencia colombiana". Aunque el aconte
cimiento central de la novela ocurre en 1928, es evidente que la
"violencia" constituye la base de contenidos obj-et voSq nmed i atos
que el autor aprehende aqu en su dimensin trgica. y
Angel Rama considera la violencia como el tema bsico de Garca
Mrquez:
Del mismo modo que durante un decenio largo el drama de Colombia
radic en el permanente estado de violencia, del mismo modo, y con-
fesadamente, ste es el tema central sobre el cual se edifica la
obra de Garca Mrquez, y de la generacin literaria a la cual per
tenece... Un pas vive en estado de violencia permanente, ya sea
declarada, ya sea soterrada, amenazante, y es normal que sea el sus
trato anmico que alimente su narrativa... imponindole sus coor
denadas dramticas.
Ya hemos mencionado una opinin de nuestro autor, sobre la acti-
341
tud con que el novelista debe enfocar el tema de la violencia. Ana
lizando ahora ms detenidamente sus ideas al respecto, creemos oportuno
aadir la siguiente observacin:
El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crmenes. La
novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos
que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido
del corazn corran el riesgo de que les sacaran las tripas. As,
quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se
dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrs, en
la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos.
El resto -los pobrecitos muertos que ya no servan sino Rara ser
enterrados- no eran ms que la justificacin documental.-^
Uno de los modelos que menciona es La Peste, y sobre esto co
menta:
En cada pgina de La Peste se descubre que Camus saba todo lo que
se puede saber sobre las pestes medievales, y que se haba infor
mado a fondo de sus caractersticas, de la forma y las costumbres

117
de su microbio y hasta de los tratamientos empleados en todos los
tiempos. Casi como al descuido, esos conocimientos estn aprove
chados a todo lo largo del libro, inclusive con estadsticas y
fechas, pero estrictamente calibrados en su funcin de soporte
documental... Comprendi que el drama no eran los viejos tranvas
que pasaban abarrotados de cadveres al anochecer, sino los vivos
que les lanzaban flores, desde las azoteas, sabiendo que ellos
mismos podan tener un puesto reservado en el tranva de maana.
El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cemen
terio -y para quienes la amenaza de la peste haba por fin termi
nado- sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes,
sin poder escapar de la ciudad sitiada.
Y, por ltimo, recojamos estas significativas palabras:
Quienes vuelvan alguna vez sobre el tema de la violencia en Colombia,
tendrn que reconocer que el drama de ese tiempo no era slo el del
perseguido, sino tambin el del perseguidor. Que por lo menos una
vez, frente al cadver destrozado del pobre campesino, debi coin
cidir el pobre polica de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar,
pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano
que pueda ser definitivamente uni lateral .3^
Este ltimo comentario nos causa cierta perplejidad. Como hemos
345
visto, La mala hora fue publicada en 1962, pero escrita con anterio
ridad a i960, fecha del artculo que comentamos, de acuerdo con el tes-
346
timonio de Luis Hars (el Premio Literario Esso le fue adjudicado en
1961 y, segn Garca Mrquez, su mujer encontr el rollo de papeles en
el fondo de una maleta cuando se casaron,que fue en 1957). D cual
quier modo, lo que ahora nos interesa es destacar que Garca Mrquez no
se solidariza en La mala hora con "el drama del perseguidor". Antes,
al contrario, nos presenta la imagen de un representante de la autoridad
que parece animado de propsitos constructivos, tolerante con el enemigo
desembozado, dispuesto a contemporizar con todos, renuente a la provo
cacin (todo ello en momentos de tensin social incitada por los pas
quines), y a.l mismo tiempo, lo hace actuar de una manera cnica y hasta

118
o .O
criminal. Esta ambivalencia psicolgica se resiente de la misma
inconsistencia que la neutralidad sexual que se atribuye al mismo per
sonaje, el cual acta de manera totalmente opuesta en el siguiente pa
saje:
-Como se llama? -pregunt el alcalde. -Ah- hizo el empresario;
le decimos Casandra, espejo del porvenir. El alcalde mostr una
expresin desolada. -Me gustara acostarme con ella -dijo. -Todo
es posible- dijo el empresario. ^
* r -
Comprese este pasaje con las referencias transcriptas en la Nota
230 y se advertir de inmediato la flagrante contradiccin. No negamos,
\
por otra parte, el simbolismo eficaz que logra plasmarse en la prevale
ciente actitud de indiferencia sexual, relacionada con la impotencia
del rector del pueblo para variar su propio destino y el del pueblo que
rige, lo cual atiza su obsesin por la prediccin del futuro. Tampoco
debemos descartar la posibilidad de la presencia del llamado realismo
dialctico en la construccin psicolgica del personaje, aunque en de
finitiva, no resulte del todo convincente.
En el primer aspecto tratado sobre el Alcalde, lo ms que podra
aceptarse sera la natural propensin al enriquecimiento fcil, al ampa
ro del cargo, pero slo mediante la pasividad culposa o dolosa del so
borno encubierto o de la consabida prebenda marginal, y nunca a travs
de la activa conminacin al cohecho, sobre todo, mediante procedimien
tos despiadados de torturas fsicas y psicolgicas, llevados a los l
mites del ms refinado sadismo.
Debe reconocerse, sin embargo, que las distintas estampas de re
volucionarios que se configuran en Cien aos de soledad, no parecen
mostrar seal alguna de deliberacin tendenciosa sino, antes bien, re-

119
flejar un soterrado desengao o una irremediable desesperanza por
parte de una especie de sincero, y hasta de mstico creyente, que
pugna por tener fe en el milagro, pero que reniega al mismo tiempo
del santo de quien espera su consumacin.
Alirio Noguera es calificado de "farsante" en Cien aos de so
ledad (90). Haba falsificado un ttulo de mdico y se refugi en
Macondo para adoctrinar a la juventud con su lema de que "lo nico
eficaz es la violencia" (90). Garca Mrquez lo presenta como "un ms
tico del atentado personal. Su sistema se reduca a coordinar una serie
de acciones individuales que en un golpe maestro de alcance nacional li
quidara a los funcionarios del rgimen con sus respectivas familias,
sobre todo a los nios, para exterminar el conservatismo en la semilla".
(91). No es improbable que nuestro autor juzgue a Alirio Noguera con
las mismas palabras que pone en boca de Aureliano: "Usted no es liberal
ni es nada. Usted no es ms que un matarife". (91)
Entre los discpulos de Alirio Noguera, "ninguno saba concreta
mente en qu consista la accin que ellos mismos tramaban".(91) Igual
ocurra en la escuela, "donde haba prendido la fiebre liberal.(92)
All 1 'se hablaba de fusilar al padre Nicanor, de convertir el templo en
escuela, de implantar el amor libre".(92) Cuando estall la guerra,
"Arcadio fue nombrado jefe civil y militar de la plaza".(93) Para re
sumir su actuacin, Garca Mrquez nos dice que "sigui apretando los
torniquetes de un rigor innecesario, hasta convertirse en el ms cruel
de los gobernantes que hubo nunca en Macondo".(95). Como Aureliano y
sus coetneos, Arcadio y sus condiscpulos "eran, al fin de cuentas, los
muchachos de la escuela jugando a gente mayor".(95)

120
Estas observaciones pesimistas sobre la juventud, nos obligan
a poner en tela de juicio sus declaraciones sobreestimando a los es-
350
tudiantes universitarios, ante quienes parece querer preservar a
toda costa su imagen de revolucionario. Sus declaraciones a Leopoldo
Azancot, podran respaldar nuestra sospecha:
Los jvenes piensan que tenemos poder y dicen: "Pues si tienen
poder y cojones, que se queden aqu con nosotros"... Yo no par
ticipo ya en ningn acto pblico, para evitar confusiones... No
quiero decepciones. La ltima vez que estuve en mi tierra, los
diarios me exaltaron, y entonces los jvenes gritaron que yo me
haba vendido a la oligarqua y a la CIA. Me vi obligado a exigir
que se publicara en los peridicos un artculo con gran lujo de
fotos en el que deca que el Gobierno persigue a la cultura... *
En su visita a Ecuador, el poeta ruso Evgeni Evtushenko declar,
sobre Cien aos de soledad: "Quizs sea el libro ms importante del
352
siglo veinte". El entrevistador agrega:
Dij que le agradaba saber que Garca Mrquez est residiendo ahora
en Barranquilla porque es ah, junto a su pueblo, donde le corres
ponde estar... Particularizando en el caso del novelista argenti
no Jlio Cortzar, que decepcionantemente inclusive para m que
soy su ferviente admirador, acaba de nacionalizarse ciudadano
francs, Evtushenko dijo: "Cortzar es un gran escritor, nadie lo
duda. Sus cuentos son admirables... Pero, sin embargo, yo no s.
Me parece un espectador que se sienta con un cigarrillo y un tinto,
a mirar los dolores del mundo. Hay que estar dentro del dolor, no
sentarse a mirarlo desde afuera". 353
Esta ltima observacin del poeta ruso, constituye una espina
irritativa en la vida de los novelistas que integran la "mafia" intelec
tual hispanoamericana, sin excluir, desde luegc^ a Garca Mrquez, quien
354
tambin ha prodigado sus excusas sobre el particular.
Otra imagen del revolucionario se nos presenta a travs de Jos
Arcadio Segundo, tambin en Cien aos de soledad: "Haba participado
en una reunin de los dirigentes sindicales y haba sido comisionado
junto con el coronel Gaviln para confundirse con la multitud y orientarla

121
segn las circunstancias".(257) Siendo el nico sobreviviente de la
matanza de la estacin, nunca se repuso del trauma que le produjo la
experiencia: "... la noche en que los militares lo miraron sin verlo,
mientras pensaba en la tensin de los ltimos meses, en la miseria de
la crcel, en el pnico de la estacin y en el tren cargado de muertos,
Jos Arcadio Segundo lleg a la conclusin de que el coronel Aurel ¡ano
Buenda no fue ms que un farsante o un imbcil. No entenda que hu
biera necesitado tantas palabras para explicar lo que se senta en la
guerra, si con una sola bastaba: miedo".(265) Como resultado de todas
esas vicisitudes, Jos Arcadio Segundo perdi la razn (266, 285) y
muri repitiendo su estribillo de que los muertos de la plaza de Ma-
3 55
condo "eran ms de tres mil y que los echaron al mar".(300)
El coronel Aurel¡ano Buenda "promovi treinta y dos levanta
mientos armados", (94) hasta darse cuenta de que slo estaba peleando
por orgullo.(121) El se neg a conmutarle la pena de muerte al general
Jos Raquel Moneada, a pesar de la persuasiva y emocionada intercesin
de Ursual, su madre: "Poco antes del amanecer, visit al sentenciado
en el cuarto del cepo. -Recuerda, compadre -le dijo- que no te fu
silo yo. Te fusila la revolucin. El general Moneada ni siquiera se
levant del catre al verlo entrar. -Vete a la mierda, compadre-
replic". (140) Cuando ms tarde permiti que se saqueara y quemara
la casa de la viuda del general Moneada, el coronel Gerineldo Mrquez
le dijo: "Cudate el corazn, Aurel¡ano... Te ests pudriendo vivo".
(145) Al fin, se refugia en la soledad: "Si alguien resultaba ino
fensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desentantado coronel

122
Aureliano Buenda, que poco a poco haba ido perdiendo todo contacto
con la realidad de la nacin... En verdad, lo que le interesaba a l
no era el negocio sino el trabajo. Le haca falta tanta concentracin
para engarzar escamas, incrustar minsculos rubes en los ojos, laminar
agallas y montar timones, que rio le quedaba un solo vaco para llenarlo
con la desilusin de la guerra".(173) El Coronel "se endureci cada
vez ms desde que el coronel Gerineldo Mrquez se neg a secundarlo en
una guerra senil. Se encerr con tranca dentro de s mismo, y la fa
milia termin por pensar en l como si hubiera muerto".(225, 226) Y,
en efecto, ya haba muerto, mucho antes de que la otra muerte lo sor
prendiera, pensando en el circo: "... y mientras orinaba trat de
seguir pensando en el circo, pero ya no encontr el recuerdo. Meti
la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se qued inmvil con
la frente apoyada en el tronco del castao".(229)
En conclusin, las revoluciones, con su secuela de violencia
gratuita y vindicativa, y los revolucionarios, con sus inexorables
claudicaciones y latentes resentimientos, parecen provocar en nuestro
autor un escepticismo incontenible, que busca refugio en la ausencia,
en el aislamiento, en la ms recelosa soledad que, de acuerdo con el
mensaje de Henrik Ibsen en Un enemigo del pueblo, es el estado perfecto
356
del hombre.
Ocurre que nuestro autor, al mismo tiempo, no se resigna a ser
un descredo ni un solitario, y sigue sonando con el factor imponde
rable que contribuya a superar su aprensiva actitud. Dirase que su
fe es del tipo de la incredulidad sometida de Voltaire; sobre todo,

123
cuando se piensa que ha credo encontrar en la llamada revolucin cas-
trista una respuesta a su estupor. A no ser que Gabriel Garca Mrquez
est en el caso de no rechazar, en su fuero interno, este diagnstico
de Octavio Paz: "Condenado a vivir en el subsuelo de la historia, la
soledad define al poeta moderno. Aunque ningn decreto lo obligue a
357
dejar su tierra, es un desterrado." Pero no slo un desterrado de su
patria, sino de s mismo, rubricamos nosotros.

124
Notas
^ Fernando Alegra, "Una clasificacin de la novela hispano
americana contempornea", La novela iberoamericana, ed. Arturo Torres
Rioseco (Albuquerque: The University of New Mexico Press, 1952), p.
63. Idntica opinin es sustentada, con lujo de detalles, por Jos
Antonio Portuondo en el mismo libro, en "El rasgo predominante en la
novela hispanoamericana", pp. 7987, y en "El contenido social de la
literatura cubana", Jornadas. No. 21, s.f., El Colegio de Mxico,
Centro de Estudios Sociales. Agustn Yez abunda en el tpico en
"El contenido social de la literatura iberoamericana", Jornada. No.
14, s.f., El.Colegio de Mxico, Centro de Estudios Sociales.
3%obre estos acontecimientos histricos, ver Hubert Herring,
A History of Latin America. 2nd edition, revised (New York: Alfred
A. Knopf, 1966), pp. 499, 500, 503509, 517520; Ben G. Burnett and
Kenneth F. Johnson (eds.), Political forces in Latin America: Dimensions
of the quest for stability. 2nd edition (Belmont: Wadsworth Publishing
Company, 1970), pp. 3133l8; Rafael Azula Barrera, De la revolucin al
orden nuevo (Bogot: Editorial Kelly, 1956); Miguel Angel Gonzlez,
S.J., La violencia en Colombia, anlisis de un libro (Bogot, 1962),
que se refiere a La violencia en Colombia (Bogot, 192 y 1964), es
crito en colaboracin por Orlando Fals Borda, Eduardo Umaa Luna y
Germn Guzmn Campos. Este ltimo public despus La violencia en
Colombia, parte descriptiva (Cali, 1968), que es un desprendimiento
del anterior.
310
Ver Gerardo Surez Rondn, La novela sobre la violencia en
Colombia (Bogot, 1966); Robert Kirsner, "Four Colombian novels of
'La Violencia1", Hisoania. |L, No. 1, Marzo de 1966, 70-74; Publio
Gonzlez-Rodas, "Lxico de la violencia en Colombia", Hisoania. Ll,
No. 2, Mayo de 1966, 302-309 (Este artculo origin una apasionada
polmica que aparece reseada en Hisoania. Ll, No. 4, Diciembre de
1968, 848 y 849 y Ll1, No. 2, Mayo de 1969, 243 y 244).
311
Vase pgina 21 de este trabajo.
312
Eugenio Chang-Rodrguez y Harry Kantor, p. 12.
313
Garca Mrquez, Cien aos de soledad, pp. 254-263, 285, 295,
300, 324, 329 y 344.
314
Charles David Kepner, Jr. y Jay Henry Soothill, El imperio
el banano. Tomo II (La Habana: Imprenta Nacional de Cuba, 1961),
PP. 121 y 122.
315
Rafael Azula Barrera, De la revolucin al orden nuevo (Bo
got; Editorial Kelly, 1956), pp. 60 y 61.

125
3*^Monsa1ve, p. 4.
^^Landeros, p. 21.
3^8Vase la Nota 224 de este trabajo.
319
Vase pgina 80 del presente trabajo.
32Garca Mrquez, Cien arios de soledad, p. 257.
321 Ibid., p. 258.
3221 bid., p. 260.
3231 bid., pp. 254 y 255.
324Garcfa Mrquez, La hojarasca, p. 61. Ntese que e este cap
tulo reproducimos pasajes no incluidos en el Captulo Primero de esta
Segunda Parte, al que remitimos al lector.
32^Garca Mrquez, Los funerales de la Mam Grande, p. 83. Este
pasaje es reproducido en La mala hora, p. 94.
"^Garca
M
rquez. El
coronel no
tiene quien
le escriba, p. 15.
3271 bid.,
PP
. 17 y 18.
-
328Ibid.,
P.
75.
329
Monsalve,
P.
330Vase i
'Iota 235.
33^Garca
Mrquez. La
.ma l.a...l3.p,n^
PP. 25, 30,
31, 74, 94, 122,
167, 192.
3 3 2 5 b i d.,
P.
14.
333 Ibid..
P.
187.
33f!bid.,
P.
193.
335lbid.,
PP
. 65-70.
33<3Benedett i
, P. 13.
-
33^Ibid.
338Garca
M
rquez. La
hoiarasca.
P. 7.

126
339
Pedro Lastra, "La tragedia como fundamento estructural de
i a hojarasca". 9 asedios a Garca Mrquez (Santiago de Chile: Edi
torial Universitaria, 1969), p. 39. Este trabajo aparece previamente
en Letras, Nos. 78-79 (1967), pp. 132-144.
3**Angel Rama, "Un novelista.de la violencia americana", 9 ase
dios Garca Mrquez (Santiago de Chile: Editorial Universitaria,
1969), P. 113.
341
Vase pgina 37 de este trabajo.
^2Gabriel Garca Mrquez, "Dos o tres cosas sobre la novela de
la violencia", Tabla Redonda. Nos. 5"6, Abril-Mayo de I960, pp, 19 y 20.
343 i bid.. p. 20.
344lb?d.
^^Vase pgina 45 de este trabajo.
346
3 Ibid, y Nota 122.
^^Vanse pgina 48 y Nota 135.
3 Sobre la primera actitud, confrntense las pp. 76,77, 128-130
y 194 en La mala hora. Sobre la segunda postura, que en definitiva
prevalece, vanse pp. 83-86, 118, 119, 163, 179, 187, 188, 195-197,
199. Para adentrarse ms en este personaje, el lector puede acudir a
Luis Hars, p. 73, y a Emir Rodrguez Monegal, "Novedad y anacronismo
de Cien arios de soledad", pp. 9 y 10.
349,
350
351
Garca Mrquez, La mala hora, p. 91.
Vanse pginas32 y 33 de este trabajo.
Leopoldo Azancot, "Gabriel Garca Mrquez habla de poltica
y de literatura", Indice. No. 237, Noviembre de 1968, p. 32.
3^2Fernando Artieda, "El rostro de un poeta", VJstaz.o, XV, No.
170, Julio de 1971, 96.
3 53 I b i d.
354v£anse pp. 22 y 30 de este trabajo. Es procedente consignar
que tambin ha invocado su derecho a escribir sin cortapisas de nin
gn gnero. Vnss pp, 27 y 67 de este trabajo.
33^La locura de Jos Arcadlo Segundo es objetivamente aparente,
pero est el personaje tan vinculado al episodio de la matanza rela
cionada con la huelga, que en un pasaje de la obra se dice: "En rea
lidad, a pesar de que todo el mundo lo tena por loco, Jos Arcadio

127
Segundo era en aquel tiempo el habitante ms lcido de la casa".(296)
Lo mismo se dice del fundador Jos Arcadio Buenda, en la misma pgina;
lo que nos da la impresin de que el autor condesciende con los perso
najes fantasiosos, y de que hasta se propone plantearse y plantearnos
la duda sobre cules sern en realidad los lmites de la cordura. Reme
dios, la bella, constituye otro caso digno de anlisis, en este sentido.
(143, 151, 158, 170-172, 190, 199, 205)
James Walter McFarlane (ed.), "An enemy of the people", Ibsen.
Vol. VI (London: Oxford University Press, I960), p. 126. El personaje
expresa, al concluirse la obra: "The thing is, you see, that the
strongest man in the world is the man who stands alone". En Arthur
Miller's adaptation of An enemy of the people, by Henrik Ibsen (New
York: The Viking Press, 1951), PP. 124, 125, se da la siguiente ver
sin: "You are fighting for the truth, and that's why you're alone.
And that makes you strong. We're the strongest people in the world...
and the strong man must learn to be lonely".
357
Citado por Orlando Gmez-Gil, Historia crtica de la litera
tura hispanoamericana (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1968),
p. 604.

CAPITULO VIII
EL MACHISMO
En La mala hora hay un personaje, el juez Arcad i o, que es intro
ducido con el siguiente episodio:
El viernes amaneci tibio y seco. El juez Arcadio que se vana
gloriaba de haber hecho el amor tres veces por noche desde que lo
hizo por primera vez, revent aquella maana las cuerdas del mos
quitero y cay al suelo con su mujer en el momento supremo, enre
dados en el toldo de punto.358
Es curioso, que en este pasaje aparezcan dos elementos contradict
torios, representativos ambos del machismo tradicional: la vanagloria
del acto y, al mismo tiempo, su efectiva consumacin. Pero lo intere
sante, respecto al personaje, es que no conocemos las circunstancias en
que se jactaba de su prodigalidad sexual y, por lo tanto, no podemos
juzgar cabalmente el grado de banalidad de su actitud, y en cambio, es-
359
tamos bien informados sobre su dispendiosa actividad sexual. Ahora
bien, esta inquietud resulta normal en un hombre joven como el Juez,
quien se limita a costearse una amante y a visitar las prostitutas. 0
sea, que no se integra en este caso el machismo por la via de la seduc
cin, basada en la fama o en la conquista, sino por medio del alarde de
la potencia sexual, cuyo contexto desconocemos.
No es fcil, pues, percatarse a primera vista de la intencin del
autor, a travs del anlisis de una frase aislada. De ah que nos veamos
forzados a calar en lo hondo del tema, si de veras queremos arribar a un
resultado esclarecedor sobre el intimo propsito de Garca Mrquez, cuya
128

129
tcnica en la presentacin de ciertas situaciones de tensin ha hecho
a Mario Benedetti proclamar la conveniencia de comparar su "machismo
sobrio" con el "machismo urgente" que atribuye a las novelas mejicanas.
360
Angel del Ro cuenta el siguiente incidente de la vida de Fran-
cisco de Q.uvedo: "En 1611 sale a la defensa de una mujer a quien un
hombre abofetea a las puertas de la Iglesia de San Martn en Madrid y
. ,,361
mata en desafio al agresor."
Del propio Q.uevedo, nos dice Dmaso Alonso lo que sigue:
Del turbio revoltijo de aparentes contradicciones que forman a este
ser, desde su facha exterior hasta su ambiente moral, podran salir
muchas imgenes distintas; la que no sale, la que no nos podemos
representar, es la de un CLuevedo galanteador de damiselas. Hay
hombres que, por demasiado hombres, no tienen mucho xito con las
mujeres, y de este tipo me parece que era Q,uevedo. Les falta en
su persona moral y fsica un plano que resbale hacia lo femenino
y que sirva para la unin de esos dos hemisferios siempre en guerra
que forman el mundo humano. Lope tena, evidentemente, esa proyec
cin feminoide; a Quevedo le faltaba en absoluto. Estos hombres
enteros pueden pensar y sentir el amor, cargarse de la ¡dea de esta
pasin como de un fluido de una intensidad tal, que sus chispazos
llegan a ser deslumbradores. Esos chispazos, en Q.uevedo, son sone
tos.362
Nos encontramos ante un hombre que se prodiga; un hombre que, en
un rapto de quijotismo -fundado en un elevado valor: la devocin a la
mujer-, arriesga su vida por reparar la vil ofensa infligida en su pre
sencia a una desconocida. He aqu un rasgo de machismo (no considerado
en sentido peyorativo) que no tiene que ver principalmente con lo sexual
y que, sin perjuicio de las sutiles ramificaciones psicolgicas que pu
dieran adscribirlo en definitiva a ese mbito, constituye un ejemplo
edificante, que seguramente Wolfang A. Luchting no vacilara en cata-
O O
logar como "machismo interiorizado".

130
Otro aspecto singular nos lo ofrece Octavio Paz, en su interpre
tacin de la hombra desde el punto de vista del mejicano, o de un
grupo especfico de mejicanos, en que alega basar su concepcin:
El ideal de hombra para otros pueblos consiste en una abierta
y agresiva disposicin al combate; nosotros acentuamos el carc
ter defensivo, listos a repeler el ataque. El macho" es un ser
hermtico, encerrado en s mismo, capaz de guardarse y guardar
lo que se le confa. La hombra se mide por la invulnerabilidad
ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior.
El estoicismo es la ms alta de nuestras virtudes guerreras y
polticas.364
Tambin se refiere Octavio Paz a la familiaridad del mejicano
con la muerte: "... la contempla cara a cara con impaciencia, desdn
3 65
o irona: si me han de matar maana, que me maten de una vez."
Su conclusin es la siguiente:
... en un mundo de chingones, de relaciones duras, presididas
por la violencia y el recelo, en el que nadie se abre ni se raja
y todos quieren chingar, las ideas y el trabajo cuentan poco.
Lo nico que vale es la hombra, el valor personal, capaz de
imponerse.366
Refirindose a la tradicin gauchesco-ganadera en la Argentina,
Julio Mafud asevera: Todo el contorno masculino est copado por el
machismo y el culto del coraje.
Sobre la psicologa amorosa del gaucho, expresa;
No tena suficiente estabilidad social para amar consecuentemente.
En su vida estn excluidos la familia, los hijos y en cierto modo
la mujer... Su rebelda, su machismo y su desarraigo barometra
mejor el modo de ser hombre en su medio... El temperamento del
gaucho no se adaptaba a los melindres de la pasin amorosa. .Su
vida permanentemente violenta no permita esas gratuidades.
Veamos una aclaracin interesante sobre la psicologa del ma
chismo:

131
El amor entre nosotros, siempre ha estado imbricado al culto na
cional del coraje o al culto del machismo. Dice Bunge en Nuestra
Amrica: "En la pampa predomina el culto del coraje. En la ciu
dad el culto de la potencia sexual". El culto del coraje en la
ciudad se "civiliz" en el culto de la potencia sexual. El hombre
de aqu casi nunca quiere exteriorizar su enamoramiento. Porque
ste se opone al ser macho. El amor en casi todos los casos exige
blandura y sensibilidad. Y sobre.todo salirse de s mismo. Entre
garse a otro.^
Wolfang A. Luchting aporta esta cita de "Time":
El latinoamericano est constantemente obligado a probar su mascu-
linidad agresiva mediante un fenmeno compulsivo llamado machismo.
En su forma ms elemental, machismo es el desplante ostentoso de]
torero, la vida al aire libre, independiente e impulsiva del gaucho
la heterosexual idad sin rodeos del "playboy".I
En un segundo trabajo sobre el tema, el propio crtico alega:
El machismo, y me refiero ahora a su dimensin sexual, es pues un
mito, que de ninguna manera por eso, carece de un poder transfor
mador de la realidad. Deja sus huellas en la vida pblica y diaria
de Amrica Latina, o sea en la vida que no es creada por un artis
ta. Esto no excluye que debe haber sido y es una compensacin en
pblico de insatisfacciones o insuficiencias en privado.'*'
Debemos proceder ahora a escindir los campos. En primer lugar,
impugnamos la inclusin del torero y del gaucho en la misma categora
del "playboy". En segundo trmino, debemos distinguir el machismo
sexual del machismo heroico. Dentro de este ltimo, tendremos tambin
que diferenciar el gesto viril de un Q.uevedo, basado en un concepto
axiolgico o de valor, de la actitud aventurera de un Don Juan, fundada
en una raz egocntrica, desprovista de asidero moral. Tambin corres
ponde precisar los distintos grados del machismo sexual, ya que en
realidad no merece ese nombre "el culto de la potencia sexual". Por
ltimo, es necesario clasificar "la hombra, el valor personal, capaz
de imponerse", a que se refiere Octavio Paz, distinguiendo lo que sea

132
mera pose o jactancia, de 1p que constituya una costumbre arraigada,
generada por un juicio de autovaloracin.
Desde el punto de vista sexual, vamos a considerar la actitud
de Don Juan (el de Tirso de Molina, el de Jos Zorrilla y una versin
espaola del de Moliere) y la de Giacomo Casanova, personaje real.
El Don Juan de Tirso de Molina es un cazador de honras:
Sevilla a voces me llama
"El Burlador", y el mayor
gusto que n m puede haber,
es burlar una mujer
y dejalla sin honor. 'z
Este personaje impetuoso busca una puerta de escape a su exube
rante vitalidad, y no persigue en definitiva el goce amoroso sino que
se siente urgido de ms fuertes sacudidas emocionales. Por eso es con
fiado hasta la soberbia, valeroso hasta la temeridad y altanero hasta
la irreverencia. Por eso, quizs, se regodea en la maldad sdica de
lograr la deshonra ajena, a pesar del alto concepto que de la honra
propia tiene; como si negando a los dems, se afirmara a s mismo.
Por otra parte, nadie puede poner en duda los arrestos de valen
ta del personaje, que a veces son llevados hasta los lmites de la
insania:
DON GONZALO: -Dame esa mano; no temas.
DON JUAN: -Eso dices? Yo temor?
Si fueras el mismo infierno _7_
la mano te diera yo (Dale la mano). *
Don Juan es consciente de su pujanza varonil, de la que parece
derivar ms orgullo que vanidad:
Maana ir a la capilla
donde convidado soy
porque se admire y espante
Sevilla de mi valor,3-/4

133
Esta es la actitud del hombre prdigo de s mismo, que en un
personaje vulgar se podra calificar de mera fanfarronera, pero no
en uno tan complejo, que tiene un concepto tan elevado de s mismo y
est siempre presto a reafirmarlo con la ofrenda gratuita de su vida.
El Don Juan Tenorio, de Jos Zorrilla, aunque reivindicado al
final en el orden espiritual, nos parece hasta entonces el prototipo
del calavera, que es pendenciero por una especie de propensin depor
tiva ms que por recelos de conviccin intransigente; aventurero por
azar de clculo ms que por designio vital: j
Aqu est Don Juan Tenorio,
y no hay hombre para l.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquiera empresa abarca
si en oro o valor estriba.75
Siendo, pues, la conquista amorosa un medio y no un fin, podra
decirse que en esta versin del donjuanismo, el machismo consiste en
un desbordamiento de energa, representada por la tensin interna,
siempre vida de lanzarse hacia un blanco indiscriminado de aventura.
Alonso Quijano tena ya dentro de s ese desasosiego del incon-
forme, esa vocacin de redentor, que lo transform en Don Quijote cuando
sufri el impacto traumtico de los libros de caballera. La diferencia
entre el quijotismo y el donjuanismo radica aqu en lo cualitativo de la
conducta, no slo en la categora de la accin. Detrs de las motiva
ciones de Don Quijote hay valores; delante de los designios de Don Juan,
aventuras. Hay un aspecto, sin embargo, en que se produce la coinci
dencia. Don Quijote, como Don Juan, no es intrpido a causa de una
impulsin ertica. Si hay machismo en la fase anecdtica de ambas

134
actitudes, es por la voluntad de afirmacin individual, por el prurito
de fama (ms unamunesco que mundano en Don Quijote) que alientan las
hazaas de ambos adalides de la hombra.
El tercer Don Juan de nuestro examen lo es el de la novela La Re
centa. de Leopoldo Alas. Alvaro Mesa representa al seductor de saln,
v 376
que est ms cerca del Don Juan de Moliere que del tipo concebido por
Tirso de Molina y recreado por Jos Zorrilla. La protagonista, Ana
Ozores, por su parte, parece llevar en su psicologa el sello de otra
herona afamada en las lides amorosas: Madame Bovary; slo que, segn
Jos A. 3alseiro,^^ Emma "seduce sin escrpulo", mientras que Ana "es
la seducida". Tanto una como otra llevan, no obstante, en su tempera
mento, el germen de su propia destruccin: un desbordamiento imaginativo
morboso, mezclado con la insatisfaccin de la vida conyugal, que las hace
proclives al adulterio, al liberar el hembrismo que^Se agazapa en sus
cuerpos y en sus almas de mujeres apasionadas. Por otra parte, ese
estmulo aparece incitado en La Regenta por el "genio" y la "figura"
de Alvaro Mesa, quien
... era ms alto que Ronzal y mucho ms esbelto. $e vesta en
Pars y sola ir l mismo a tomarse las medidas... iba muchas
veces a Madrid y al extranjero... hablaba en francs, en ita
liano y un poco en ingls... y en cuanto a la fama que don Alvaro
gozaba de audaz e irresistible conquistador, reputbala autntica...
Le diverta y le convena la inquina de Ronzal, gran propagandista
de la leyenda de que era Mesa el hroe; y aquella leyenda era muy
til, para muchas cosas.
Don Alvaro nos ofrece un ejemplo de conquistador frvolo, para
quien la posesin sexual no constituye un medio sino un fin. Su fi
gura, sin embargo, no es la del libertino vulgar o del tipo voluptuoso,
de sensibilidad enfermiza, que bordea los lmites del afeminamiento,

135
380
segn la tesis de Gregorio Maran. Tampoco prevalece en Mesa la
pose fanfarrona ni el alarde de virilidad de mujeriego vulgar, que son
caractersticas tpicas del machismo elemental.
Un obcecado cazador de amoros, cuya imagen tampoco se ajusta al
concepto que tenemos del machismo superficial, lo es Giacomo Casanova,
el supuesto prototipo del donjuanismo sensual; que no lo es, en efecto,
porque cuando conquista, lo hace para entregarse al otro sexo con toda
la devocin de un acto ritual: "Cuatro quintas partes de mi placer han
381
consistido siempre en hacer felices a las mujeres."
No lo es, insistimos, porque su erotismo tiene el ingrediente
psicolgico de un afn insaciable por penetrar en la intimidad de cada
mujer, acorde con su concepto del amor: "Ya y me haba dado cuenta,
confusamente, de que el amor no pasa de ser una curiosidad ms o menos
vivaz."^^
Prescindiendo de toda connotacin moral, hay que reconocer que
tambin Casanova asume una actitud original ante lo sexual, sin caer
en el diagnstico de Gregorio Maran de que hemos hecho mencin (entre
otras razones, porque su virilidad, como el espritu de aventuras del
Don Juan de Zorrilla, tena un fundamento biolgico: un asombroso
caudal de energa vital, que necesariamente requera desplazamiento)
ni en el grrulo machismo chabacano.
Como se habr observado, en todos los personajes que hemos men
cionado el machismo radica fundamentalmente en su pujanza, en su aco
metividad, en su derroche de accin, con independencia de que la misma
se ejercite directa indirectamente, en la esfera de lo sexual. La
atribucin de su mxima categorizacin a lo sexual resulta, en principio,

136
un error, en el caso de que se pretenda fijar esa etiqueta al mnima-
chismo rudimentario del charlatn o al pseudomachismo morboso del psi
cpata. Ms adelante trataremos de ampliar esta ltima observacin.
No podemos prescindir del ejemplo del hombre que alcanza reputa
cin de valiente por su coraje, que se impone por su categora de triun
fador, o que sojuzga voluntades y acapara autoridad, ya que este tipo de
individuo suele producir en el sexo opuesto una especie de deslumbra
miento, que lo convierte en blanco de la conquista femenina; en con
quistado, ms bien que en conquistador.
Obsrvese que con esto estamos adentrndonos en otros fenmenos
incomprendidos de Latinoamrica: el paternalismo y el caudillismo.
El primer aspecto se ejemplifica en la novela de Juan Rulfo, Pedro
o Oo
Pramo. 3 en que el protagonista, con su rebelda de adolescente, que
luego se convierte en carcter implacable y don autoritario, su agre
siva sensual idad, su blasfema incredulidad, su desmedida ambicin, su
inagotable rencor y desembozado cinismo, termina por ser el dueo y
seor de Cmala. Para qu hablar de leyes?: "La ley la haremos
384
nosotros", le dice a su administrador. Cuando una bala errtica
troncha la vida de su padre, Pedro Pramo toma venganza de la mayora
385
de los asistentes a la boda. Cuando prev el riesgo de que Bar
tolom San Juan se lleve otra vez a la hija de ste, Susana, y de que
no la pueda volver a encontrar, lo manda asesinar. Cuando, forzado
por la abstinencia, salta la ventana de Margarita y satisface su apre
miante apetito carnal, slo conserva el recuerdo de aquel "pequeo
387
cuerpo azorado y tembloroso" en el que, en verdad, se propona
gozar a la ausente y ajena Susana San Juan.

137
En su paralelo entre Pedro Pramo y Cien aos de soledad. Suzanne
Jill Levine, refirindose a Pedro Pramo y al coronel Aureliano Buenda,
expresa: "... ambos son j'efes rurales fuertes y dominantes, y cuyo ma
chismo se caracteriza, tambin, por los hijos ilegtimos que van sembrando
o op
en su camino."
Ntese la coincidencia de nuestro punto de vista con la precedente
observacin. Ciertas dotes carismticas hacen a un hombre caudillo, y
al caudillo lo visitan mujeres que los centinelas dejan pasar porque
conocen "el fanatismo de algunas madres que enviaban a sus hijas al dor
mitorio de los guerreros ms notables, segn ellas mismas decan, para
389
mejorar la raza."
Limando la dosis de irona que subyace en la idea, lo cierto es
que muchas van sin que las manden, y aunque el guarismo es intencional
mente hiperblico, lo cierto es que Aureliano Buenda tuvo hijos de
diecisiete mujeres distintas. Cuando Ursula Iguarn entr al cuarto
en que Aureliano esperaba el momento de su fusilamiento "se sinti co
hibida por la madurez de su hijo, por su aura de dominio, por el res-
390
plandor de autoridad que irradiaba su piel."
Se trataba de un hombre omnmodo: "Sus rdenes se cumplan antes
de ser impartidas, aun antes de que l las concibiera, y siempre 11e-
391
gaban mucho ms lejos de donde l se hubiera atrevido a hacerlas llegar."
Es curioso el hecho de que el coronel Aureliano Buenda no fuera
un hombre sensual y, sin embargo, fuera tan afortunado con las mujeres.
El caudillo suele serlo, desde luego, pero por un tipo de machismo "sui
generis", que est complementado por una actitud de oficiosa condescen
dencia femenina, que nosotros denominamos Uhernbrismo".

138
Lo.mismo que con el caudillismo, ocurre con el caciquismo. Damiana
Cisneros llev a la tumba el desconsuelo de no haberle abierto la puerta
a Pedro Pramo aquella noche aciaga en que l se lo pidi. Despus envi
diaba a Margarita, porque desde entonces el patrn jams la volvi a re-
querir. Quiere decir, que le falt acometividad (porque acceder al
primer requerimiento imperioso hace a la mujer al menos cmplice, si no
victimara), que le falt en definitiva "hembrismo" para entregarse al
hombre corpulento, egosta, cnico y desamorado que era el dueo de to
das las tierras y de todos los pobladores de Cmala, que era, a la vez,
su protector y su explotador.
Refirindose a las mujeres, Suzanne Jill Levine aclara:
Garca Mrquez se burla del machismo y reafirma la vitalidad de la
raza humana a travs de la fuerza terrenal de sus mujeres. Las de
Juan Rulfo son sumisas y pasivas. Esta diferencia puede ser conse
cuencia, en parte, del hecho de que la sociedad mexicana est ms
centrada en torno del hombre, en tanto que la colombiana es una.
sociedad ms matriarcal...393
Es cierto que algunas mujeres que aparecen en la narrativa de Gar
ca Mrquez -Ursula Iguarn sera el paradigma- demuestran sentido prc
tico y fortaleza de carcter, como ya hemos visto, mientras muchos hom
bres resultan en gran medida ¡lusos y de frgil voluntad. Pero, aparte
de que este factor no altera la certeza de nuestra tesis, debe tenerse
en cuenta que tambin hay zonas matriarcales en Mjico, como el propio
Juan Rulfo explic a Luis Hars:
Las costumbres de esos pueblos [del norte del estado de Jalisco]
son matriarcales todava. All la mujer es la que manda. Justa
mente una de las cosas en que se not el poder del matriarcado
fue durante la revolucin cristera, en donde fue la mujer la que
hizo la revolucin.^
El 15 de junio de 1322, Simn Bolvar entr triunfalmente en
Quito. Las mujeres sonrean a su paso y lanzaban flores desde los

139
balcones. Una plataforma fue levantada en la plaza principal, donde
seis muchachas esperaban al Libertador para ofrecerle una corona de
laurel. Desde uno de los balcones lo miraba una mujer que logr llamar
su atencin: Manuela Senz. Salvador de Madariaga comenta: "Ella se
entreg a l, y en tal proceso, como es costumbre en las mujeres, lo
tom para s. Pero l no se haba percatado de ello todava."^95
396
Sabemos del "amor inmoderado de Bolvar hacia las mujeres" J
397
y de la desaprensin de Manuela Senz en lo tocante a convenciones.
No obstante, creemos que la aureola de caudillo que rodeaba.al Liber
tador, fue el factor decisivo que estimul el "hembrismo" de mujeres
como Manuela Senz, es decir, de mujeres de pasin, que es como decir
mujeres de accin.
Las mujeres voluntariosas se pliegan en definitiva a la prepo
tencia del varn. Recurdese la sumisin de Ursula Iguarn -nada menos
que Ursula Iguarn-, cuando Jos Arcadio Buenda le orden despojarse
398
del pantaln de castidad. Digamos de paso, que tal vez el recono-
3 99
cimiento de Garca Mrquez de que sus mujeres "son masculinas",
constituye un espaldarazo a nuestra tesis del hembrismo como factor
coadyuvante, y aun incitante, a la receptividad femenina, susceptible
de transformarse en acometividad incoercible al caer en las redes de la
irradiacin varonil. El machismo no depende, pues, de que las mujeres
sean empecinadas o sumisas, sino de que surja un hombre capaz de liberar
sus inhibiciones o de avenirse simplemente al convite pasional. Ese
hombre puede ser un caudillo, como Aureliano Buenda, un cacique, como
Pedro Pramo, o un simple gaucho, como Ismael, el personaje de Eduardo

Acevedo Daz. Ante este tipo de hombre, repetimos, la mujer puede ser
tan seducida como seductora.
Ismael es el gaucho equidistante, indolente y adusto que impre-
400
siona a la nieta de la duea de la estancia. Una vez salva a la
401
muchacha de la embestida de un toro, con su arrojo y agilidad. En
otra ocasin, se interna en la espesura con el perro y logra traer como
402
trofeo el cuero de un tigre. Acevedo Diaz trata de pintar al gaucho
genuino que muestra su fuerza y su valor en el combate cuerpo a cuerpo
con el rival, y por quien la "china" se deja de buen grado raptar.
Otra prueba de que, al lado del machismo, encontramos a menudo el hem-
brismo, que es la otra cara -la oculta- de la moneda del amor.
Pensamos que, en el enfoque del machismo, hay que considerar dos
aspectos: uno objetivo, que lo analiza sin prejuicios, como un fen
meno psicosociolgico cualquiera, y otro subjetivo, que lo considera
como una actitud desaprensiva o predispuesta, enjuicindolo como una
cualidad denigrante ms de los subestimados pobladores de la Amrica
Latina. Desde la primera perspectiva, se puede tratar de determinar
qu es y qu no es machismo, siendo sta, precisamente, una de nuestras
finalidades en el presente captulo, a fin de lograr comprender mejor
la posicin de nuestro autor. Para ello, proponemos la siguiente cla
sificacin, ilustrada con los mismos ejemplos que hasta aqu han sido
mencionados:
1. Machismo instintivo: La hombra espontnea, de carcter
primitivo, producto del endurecimiento provocado por el medio hostil.
La actitud ante lo sexual no es ms que un corolario de la actitud

141
total ante la vida. En este grupo incluimos casos como el del gaucho
Ismael y el del mejicano, en la versin que de ste nos ofrece Octavio
Paz. Nos atrevemos a sugerir, que es en gran medida, el caso del lati
noamericano en general.
2. Machismo rudimentario: Desplante de virilidad o alarde de
conquistas, respaldados por hechos reales, que denotan una precaria
mentalidad y la total ausencia de raigambre moral.
3. Machismo espurio: Si es ilusorio, resulta seal de mentali
dad retardada; si fingid<^ muestra de complejo de inferioridad o de ba
jeza moral, o de ambos.
4. Machismo vergonzante; inclinacin epicrea a las lides amo
rosas, que se encubre con el velo de la displicencia o del humor, o la
propensin a asumir las mismas actitudes para juzgar a un ser afn.
Tiene relacin con el machismo espurio por la presencia de la simula
cin, pero merece considerarse como categora independiente, ya que no
representa una conducta de bajeza moral. Lo que aqu se finge no es
el machismo sino la ausencia de l.
5. Machismo heroico: Es el culto del coraje, de la hombra
cabal, basado en una actitud dinmica de desafo ante la vida y de
desprecio ante la muerte. Es el caso del Burlador y de Don Juan Te
norio, del hombre prdigo de s mismo por mero afn de aventuras, o
de Don Quijote y Francisco de Quevedo, prestos a arriesgar sus vidas
por conviccin moral.
6. Machismo reflejo: Se desempea el rol amoroso, cmo una
respuesta afirmativa a la oficiosa actitud de la mujer cmplice o
victimara, que ejerce el papel de seductora mediante su franca o

142
solapada agresividad. Es el, caso del caudillo (Simn Bolvar, Aureliano
Buenda) o del cacique (Pedro Pramo).
7. Machismo sexual: Propensin ertica inagotable, basada en una
fortaleza biolgica excepcional y en una proclividad temperamental, res
paldadas por la aceptacin femenina, sin alarde de conquistas ni jactan
cia de virilidad. Es el caso de Giacomo Casanova, que resulta el arque
tipo de esta categora.
8. Machismo morboso: Es la obsesin psicoptica de ndole sexual,
que invade, por tanto, el mbito patolgico.
9. Machismo arraigado: La hombra recndita, no primitiva, como
en el instintivo, ni activa, como en el heroico, sino generada por la
ntima conviccin del rol que el verdadero hombre debe desempear en
cada caso, de acuerdo con su conciencia y el respeto a s mismo y a
los dems.
Aunque le hemos asignado el nombre de machismo a cada uno de los
miembros de nuestra clasificacin, para facilitar su estudio, es opor
tuno que precisemos que slo consideramos acreedores a esa denominacin
al instintivo, al heroico, al reflejo, al sexual y al arraigado, dentro
de las especificaciones que hemos sealado en cada modalidad, con la
aclaracin indispensable, de que a veces hay elementos de ms de una de
dichas categoras en algn caso particular.
El machismo es, pues, a grandes rasgos, un fenmeno psicosociol-
gico universal, integrado por tres factores: irradiacin, mimetismo y
receptividad. Una hazaa o actitud que cimenLa un prestigio, el cual
repercute en un medio social dado; un grupo de hombres -ms numeroso
de lo que suele admitirse- que estn prestos a remedar la accin y

143
vidos de gozar de.la misma aureola, con una mezcla de envidia y admi
racin; y, finalmente, un grupo de mujeres, igualmente numeroso, que
se hacen eco de la fama y rinden tributo al dolo, asumiendo a menudo
la iniciativa frente a l.
Muchos habrn odo hablar del actor Rodolfo Valentino, y para
referirnos a un ejemplo ms reciente, de Clark Gable, quien falleci
a fines de I960:
... el hombre adorado por millones de mujeres, que amaban el in
vencible hechizo que ejerca sobre el sexo dbil, y admirado por
millones de hombres, a quienes fascinaba con sus actitud franca ¡
y realista ante la vida y su dominio total de las mujeres. 5
El vaquero de las pelculas del oeste y el pistolero de las cin
tas de ambiente del hampa, ejercen tambin sobre las multitudes un em
brujo peculiar. Su prepotencia e invulnerabilidad, as como la pri
vanza de que gozan, cada uno a su modo, entre las mujeres, los hacen
blancos de envidia y admiracin. El hombre abandona el cine con el
afn de emular al hroe; la mujer, con el anhelo de encontrar un mulo
del galn, igual podra decirse del torero que arriesga su vida en el
ruedo o del pugilista que exhibe su bravura en el cuadriltero. Las
multitudes no pueden menos que rendir tributo de admiracin y respeto
a los hombres de coraje. Son, para nosotros, ejemplos todos de machismo
heroico, del tipo del hombre prdigo de s mismo, que es el caso de Don
Juan. Resulta, pues, el machismo uno de los tantos fenmenos sociales,
del que mal puede decirse que tiene un carcter regional.
L\.qL^
Wolfang A. Luchting distingue entre machismo clsico y machismo
interiorizado, y se ufana de la actitud de Gabriel Garca Mrquez hacia

144
esa forma de conducta peculiar, que l considera burlona, citando al
405
efecto un pasaje de La mala hora y tres de Cien arios de soledad.
relacionados con la frecuencia exagerada de la actividad sexual, con
la desmesura flica de Jos Arcadio y con la abundante progenie ¡le
gtima del coronel Aureliano Buenda. Su conclusin es la siguiente:
... es altamente improbable que lneas como las que he citado y
como las que citar a continuacin, no tengan por objeto distan
ciarse del concepto "popular" del machismo, distanciarse de l a
fuerza de elevarlo, juguetonamente, a la regin de la leyenda, de
lo que Alejo Carpentier llama "lo real maravilloso"...^
Nosotros consideramos ms ilustrativo del machismo que hemos
denominado rudimentario, el episodio de La mala hora en que el mdico
le dice a otro personaje:
-Yo siempre he credo, mi querido don Sabas, que su nica virtud
es la desvergenza... El enfermo se entusiasm. Los golpes de
su mdico le producan una especie de juventud repentina. "Esa,
y mi potencia sexual", dijo, acompaando las palabras con una
flexin del brazo que pudo ser un estmulo para la circulacin,
pero que al mdico le pareci de una expresiva procacidad. Don
Sabas dio un saltito con las nalgas. -Por eso me muero de risa
de los pasquines -prosigui-. Dicen que mis hijos se llevan por
delante a cuanta muchachita empieza a despuntar por esos montes,
y yo digo: son hijos de su padre.
Un ejemplo idneo de machismo arraigado (pues, a pesar de su
contenido popular, aparece realzado por la firmeza sin jactancia del
gesto viril), lo encontramos en Cien aos de soledad, en el incidente
provocado por Prudencio Aguilar en la gallera, al gritarle a Jos
Arcadio Buenda: "Te felicito... A ver si por fin ese gallo le hace
1 r 408
el favor a tu mujer."
En el pueblo se rumoraba que Jos Arcadio Buenda era impotente
y que Ursula se conservaba virgen n ao despus de casada. Escribe
Garca Mrquez: "Jos Arcadio Buenda, sereno, recogi su gallo.
'Vuelvo en seguida1, dijo a todos. Y luego a Prudencio Aguilar:

145
409
-Y t, anda a tu casa y rmate, porque te voy a matar..."
Y, en efecto, le atraves la garganta con la lanza cebada de su
abuelo. Despus volvi a su casa y le orden a Ursula que se quitara
el pantaln de castidad:
Ursula no puso en duda la decisin de su marido. "T sers res
ponsable de lo que pase", murmur. Jos Arcadio Buendta clav la
lanza en el piso de tierra. -Si has de parir iguanas, criaremos
iguanas -dijo-, Pero no habr ms muertos en este pueblo por culpa
tuya.41
Todava ms refinado, por la mezcla de coraje e hidalgua que
interviene en el suceso, es la confrontacin del propio Jos Arcadio
Buenda con don Apolinar Moscote. Cuando el Corregidor dispone que
todas las casas de Macondo se pinten de azul para conmemorar el ani
versario de la independencia, Jos Arcadio Buenda le dice que si es
as como habr de actuar, que se vaya de Macondo, y que su casa:
... ha de ser blanca como una paloma. Don Apolinar Moscote se
puso plido. Dio un paso atrs y apret las mandbulas para
decir con una cierta afliccin: -Quiero advertirle que estoy
armado. Jos Arcadio Buenda no supo en qu momento se le su
bi a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo.
Agarr a don Apolinar Moscote por la solapa y lo levant a la
altura de sus ojos... As lo llev por la mitad de la calle,
suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus dos pies
en el camino de la cinaga.411
Don Apolinar Moscote regres con seis soldados armados y con su
familia, y los fundadores de Macondo ofrecieron su cooperacin a Jos
Arcadio Buenda para expulsarlos:
Pero l se opuso, segn explic, porque don Apolinar Moscote haba
vuelto con su mujer y sus hijas, y no era cosa de hombres abochor
nar a otros delante de su familia. As que decidi arreglar la si
tuacin por las buenas. 2
El rasgo de delicadeza e hidalgua que encierra este pasaje, en
que se antepone la actitud conciliatoria a la expeditiva solucin vio
lenta en aras de la ms recndita caballerosidad, nos acerca ms aun

146
al verdadero concepto del "machismo". Vemos, pues, como Garca Mrquez
tiene plena conciencia del fenmeno, el cual aparece a veces desvirtuado
por la propensin ldica o irnica de nuestro autor, quien tambin se
solaza -o tal vez se apesadumbra- en parodiar uno de los sentimientos
que ms presente se halla en su obra, quizs por la soterrada intencin
de querer hacerlo aparecer ausente: el amor.
Un da Meme conoci a Mauricio Babilonia, el de las mariposas
amarillas, que era aprendiz de mecnico en la compaa bananera. La
historia nos cuenta que: "Ms tarde haba de recordar que durante el
paseo le llam la atencin su belleza varonil, salvo la brutalidad de
sus manos, pero que despus haba comentado con Patricia Brown la mo-
413
lest¡a que le produjo su seguridad un poco altanera."
Al describirlo, se ofrece esta fase de su semblanza; "... pero
tena una dignidad y un dominio que lo ponan a salvo de la humilla
cin, y una prestancia legtima que slo fracasaba en las manos per-
414
cudidas y las uas astilladas por el trabajo rudo."
La primera vez que coincidieron en el cine, Meme advirti
que l se desinteresaba de la pelcula por volverse a mirarla, no tanto
415
por verla como para que ella notara que la estaba mirando."
El proceso amoroso comienza a cristalizar en Meme, quien
... dej de engaarse a s misma, y comprendi que lo que le
pasaba en realidad era que no poda soportar los deseos de
estar a solas con Mauricio Babilonia, y la indign la certi
dumbre de que ste lo haba comprendido al verla llegar.
Mauricio Babilonia confirm su altanera: "No se asuste", le
dijo en voz baja. "No es la primera vez que una mujer se vuelve loca
417
por un hombre."

147
Y, en efecto:
La primera vez que se vieron a solas, en los prados desiertos
detrs del taller de mecnica, l la arrastr sin misericordia
a un estado animal que la dej extenuada. Tard algn tiempo
en darse cuenta de que tambin aqulla era una forma de la ter
nura, y fue entonces cuando perdi el sosiego, y no viva sino
para l, trastornada por la ansiedad de hundirse en su entorpe-
cedor aliento de aceite refregado con leja. 10
En definitiva, Meme se entreg a Mauricio Babilonia, con la com