Group Title: Historic St. Augustine: Morales Block 22, Lot 4 - 5 (Puello House, 53 Marine St.)
Title: El Padre Varela
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 Material Information
Title: El Padre Varela
Series Title: Historic St. Augustine: Morales Block 22, Lot 4 - 5 (Puello House, 53 Marine St.)
Physical Description: Clipping/photocopy
Language: English
Creator: Hernandez Travieso, Antonio
Physical Location:
Box: 7
Divider: Block 22 Lots 4-5
Folder: Morales B22 / L4 & 5 (Puello House, 53 Marine St.)
 Subjects
Subject: Saint Augustine (Fla.)
53 Marine Street (Saint Augustine, Fla.)
Puello House (Saint Augustine, Fla.)
Spatial Coverage: North America -- United States of America -- Florida -- Saint Johns -- Saint Augustine -- 53 Marine Street
Coordinates: 29.889552 x -81.309732
 Record Information
Bibliographic ID: UF00094821
Volume ID: VID00007
Source Institution: University of Florida
Holding Location: University of Florida
Rights Management: All rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier: B22-L4
B22-L5

Full Text






COLECCION CUBA Y SUS JUECES


EDICIONES UNIVERSAL. Miami. Florida, 1984






ANTONIO HERNANDEZ TRAVIESO
*


EL PADRE VARELI

BIOGRAFIA DEL FORJADOR
DE LA CONCIENCIA CUBANA


P.O. Box 450353 (Shenandoah Station)
Miami, Florida 33145. U.S.A.

















COMIENZA LA BIOGRAFIA

Don Francisco Varela o Barela, segin fuesen arbitrarios en
ortografia los amanuenses, o imprecisos los cambios consonarios de
la lengua, era oriundo de una villa castellana con resonancias his-
t6ricas en tiempos de Carlos V, Tordesillas. Abraz6 carrera de armas
por vocaci6n y destiny aventurero, y a su vida casi ignota, toc6 dar
aliento a F6lix por itinerario semejante al polen que arrastran los
vientos. Sefialado a servir en la Isla de Cuba, hizo buen matrimonio
con Maria Josefa Morales, la hija del Teniente Coronel del Regi-
miento fijo de La Habana, don Bartolom6 Morales.
Al moment de su matrimonio, ostentaba grado de Teniente en
los Ej6rcitos de S. M. Cat6lica, habia surcado las rutas oceanicas y
realizado destinos diferentes para su rey con merecimientos y citas
honrosas. A veces como pagador de las milicias, a veces encargado
de acarrear material human, colonizador hacia la Gran Antilla, nos
lo topamos por Islas Canarias en los instantes que don Luis de las
Casas deseaba incrementar la agriculture cubana, no s6lo con negros
forzudos, sino con los mejores trabajadores de campo de la monar-
quia. Pero don Luis, que tambidn deseaba robustecer con canarios
la blancura criolla, se estrell6 en su intent con las eventualidades
tipicas de su agitado y brillante moment universal. Es de esperar
que esta vez don Francisco Varela o Barela no sacase otros mereci-
mientos y honras de su misi6n a Islas Canarias que penalidades y
mareos de viaje.
Francisco Varela y Maria Josefa Morales se desposaron en la
Iglesia del Espiritu Santo de La Habana en la primavera de 1783.
Maria Josefa no era habanera, habia nacido en Santiago de Cuba.
Entre la fecha del matrimonio y aquella en que vi6 la luz Felix,
nacieron sus hermanas Maria de Jes6s y Cristina. Es possible que














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EL PADRE VARELA


eo, contentandose con lo que privadamente, por curiosidad, pu-
dieran aprender; siendo asi que el primer maestro del hombre era
oU madre, y que esto influia considerablemente en el resto de su
educaci6n.
Parece que hermanas y tias supieron algo mis que lenar sus
vidas con quehaceres dom6sticos y devociones religiosas, lo que
halaga sus existencias y bastante la historic cubana. El patriarca
de nuestras letras, don Antonio Bachiller y Morales, en las visperas
de la Guerra de los Diez Afios, se mostraba renuente a conceder a
las mujeres capacidad para las ciencias, y no lo afirmaba con 6nfasis
te6rico, sino con acento ejecutivo desde su butaca director del Ins-
tituto de Segunda Ensefianza de La Habana.
El abuelo, don Bartolom6, era castellano, tanto que, como sus
ancestros, habia descalabrado cabezas moras en Africa. A su exis-
tencia adormilada y sin novela en el Regimiento fijo de La Habana,
se contrapuso un ascenso a coronel y la asignaci6n inmediata a la
Florida oriental.
Las Floridas habian vuelto a la posesi6n espafiola luego de la
independencia norteamericana, y es al segundo de los gobernadores
de la region Este, al achacoso y moribundo Juan Nepomuceno Que-
sada, a quien va a asesorar. Don Bartolome leva consigo a F6lix y
a su hija Rita. Es aproximadamente 1791, y el hu6rfano cuenta
escasos cuatro afios de edad.
Don Francisco es casi seguro que no particip6 de las emociones
del corto viaje. Por lo menos no queda su rastro en la Florida. Tal
vez permaneciera asedentarizado en La Habana, cuidando su nueva
descendencia, tal vez metido en mAs lejanas andanzas. De su deceso
en San Agustin, donde se ha supuesto que muriera, no habla ni el
latin de elegant y fire trazo del Padre don Michel O'Reilly, ni el
romanceado de sus sucesores. Sus iltimas noticias dicen de un ascenso
a capitan en 1790, en La Habana, y haber fallecido antes de 1806,
fecha en que F6lix esta de retorno al lar native.
En San Agustin, cabecera del viejo fundo espafol, el hu6rfano
crece. No es hermoso. Es enjuto de carnes y moreno, pero posee
ojos grandes, negros, que apuntan miopia. El muy irlandes, muy
salmantino y seguro de si mismo, Padre don Michel, le ensefia latin
y mdsica. Cuando no aprende, Felix se acerca a la naturaleza. Se







A. HERNANDEZ TRAVIESO


corre como otros nifios, a las orillas del rio Matanzas, y en las aguas
tranquilas, cabrilleantes y calientes del mediodia observa los movi-
mientos masivos, graciosamente ritmicos, de manadas de marsopas
persiguiendo a los pcquefios peces.
El sol hiere firme, y posiblemente el niiio ni recuerde c6mo
here en su Habana distant. El cielo es azul y esta orlado de nubes
blancas y grandes. En el confin, cielo y tierra parecen unirse en la
linea grisicea de los arenales. Y al atardecer, cuando todo se difu-
mina y el cielo se torna rojizo y el sol restalla sus franjas encendidas
en las combas de las nubes gordinflonas, 61 se hace preguntas miste-
riosas, calladas, que s6lo el abuelo o el buen Padre don Michel
pueden contestarle. Pero mas el Padre don Michel; 61 le ha dicho
que al atardecer Dios recoge en su mano a sus dos mundos, porque
cielo y tierra son dos mundos y uno solo a la vez. Algo semejante
al misterio de la Trinidad y a la presencia de Dios en todas parties.
Y Dios esta alli, entire las nubes gordinflonas, los arenales, el cielo
rojizo y entire las marsopas que reposan en el fondo del agua. Todo
le viene te6ricamente a Varela de su nifiez, aln el horror por la
esclavitud. El ojo avizor de Dios tambi6n se halla entire la casa del
gobernador y el rio, mirando directamente desde la iglesuca a la
plaza donde se hacen las ventas de esclavos.
Quizas el negro no sea mas que un enemigo vencido del blanco,
sin la belleza ni el arrest del indio seminola. Quizis un enemigo
id6latra y oscuro, como los moros de quienes el abuelo comenta
cuando habla de sus tiempos africanos, pero todos son hombres y
todos pueden ser cristianos. Y cuando se habla en la tertulia del
abuelo, y los militares en mayoria retornan a sus hazafias y escara-
muzas donde los hombres mueren o son sojuzgados, discrepa la sola
voz de don Michel. El siempre alude a los seminolas que bautizard
las pr6ximas navidades o a los negros que instruye en la doctrine
de Cristo. O cuando hay amenazas de rebeli6n y flechas que sor-
prenden a los caminantes de los silenciosos arenales, se duele y
lamenta de que no haya paz. Es que los hombres son distintos entire
si. Otro miembro de la familiar O'Reilly, don Felipe, es soldado.
O sea, quizAs, que ambos, don Michel y don Felipe, son soldados;
don Michel, de Cristo; don Felipe, del Rey. Pero los de Cristo
quieren un mundo sin enconos, mientras los del Rey prosiguen
hablando de las batallas donde los hombres se aniquilan.







EL PADRE VARELA 15

Si1 n embargo, a Varela, que ya cuenta mas de ocho afios de edad,
I usta tambidn el fuerte San Marcos. Gusta cruzar el levadizo
pro no mirar a las aguas grises del foso, percibe un fuerte cos-
quillar de la piel y vertigo, y s61o se le pasa el malestar cuando ya
acinmd la rampa por la que tambi6n suben los pesados cafiones los
diM do alarm. Conoce el fuerte, desde el cuerpo de guardia donde
Scalientan los soldados ateridos las noches de frio, hasta la capilla
ca su San Marcos incrustado en la roca coquina. Estos son sus
placeres y le gusta el fuerte, pero no que los hombres se maten.
Como a don Michel, le atraen los espectAculos de concordia humana.
Y cada navidad, en que los seminolas descienden por las fofas sendas
para recibir aguinaldos y bautismo, le va integrando una imagen
muy viva de lo que constituyen sus predilecciones hasta obligarle el
caricter. Definitivamente, 61 no desea ser soldado del Rey, sino de
Cristo. Las glorias apacibles de don Michel O'Reilly le atraen mAs
que las muy sonadas de don Bartolomb. En ese espiritu va creciendo
en edad y avezAndose en latines y mrsica, hasta que don Michel
no tiene otra cosa que ensefiarle en material de educaci6n que el
camino hacia una buena casa donde pueda quedar completamente
instruido en material divina y humana. El joven Felix posee una
buena cabeza para el studio y su aplicaci6n le hace apto para las
humanidades y la teologia.
Pero el abuelo es de muy distinta opinion. La tradici6n de la
familiar es military. Los meritos contraidos por 6l y por el padre del
niflo le abriran privilegios insospechados si ingresa como cadete en
los Ej6rcitos de S. M. F1lix cuenta escasos catorce afos. Es un
adolescent espigado pero recio de opinion, y cuando el abuelo, en
visperas de partir hacia La Habana, trata de disuadirle que no es a
las humanidades y a la teologia que se importen en el Real y
Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio a donde
debe acudir, sino al entrenamiento de las armas, el adolescent
explota en un exabrupto: "Yo quiero --dice--, ser soldado de Jesu-
cristo, porque mi designio no es matar hombres, sino salvar almas."

Don BartolomA nada arguye si no es para consentirle la vocaci6n
premature. A su frustraci6n momentAnea de no ver prolongarse en
el amado nieto la carrera que tanto le enorgullece, le compensa la
idea de pensar que a los catorce afios muchos embelecos se prenden
circunstancialmente en las ilusiones de un nifio. Y el nieto es eso,







14 A. HERNANDEZ TRAVIESO

un niflo, iluso como todos, a quien, y a pesar de su firmeza de
criterio, nadie creeria cambiando los goces licitos del mundo por el
menester espinoso y duro del sacerdocio.
Al abandonar el viejo fundo espafiol para retornar a su native
Habana, el adolescent que parte de San Agustin no deja tras si el
inico recuerdo de su inmediata nifiez, sino tambien el muy triste e
inolvidable de la muerte de su tia y madrina, doiia Rita, que vivi6
lo bastante para proporcionarle el cuidado maternal que reclamaba
su premature orfandad.
En el cementerio cat6lico, emplazado en la vetusta calle Tolo-
mato, quedaban para siempre los restos de dofia Rita, y en el coraz6n
del viajero la pena tenue, pero persistent que s6lo dejan las separa-
ciones irremediables. Porque ni su coraz6n ni su mente hacian
presentir al joven Felix Varela que en un distant future el fltimo
esfuerzo de su poderosa voluntad estaria dirigido por reposar eterna-
mente en la misma tierra que acogiera a su segunda madre.




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