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 Preface
 Las noches
 La noche de Young
 La noche de Lautreamont
 La noche de William Blake
 La noche de Akenaton
 La noche de Domenico Theotocop...
 La noche de Holderling
 La noche de Modigliani
 La noche de Gian Batista Piran...
 La noche de Paolo Ucello
 La noche del inquisidor Pedro de...
 La noche de Nostradamus






Group Title: Cuadernos de poesia
Title: Las noches
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 Material Information
Title: Las noches
Series Title: Cuadernos de poesia
Physical Description: 34 p. : ; 20 cm.
Language: Spanish
Creator: Pita Rodríguez, Félix, 1909-
Publisher: La Tertulia
Place of Publication: La Habana
Publication Date: 1964
Copyright Date: 1964
 Subjects
Genre: fiction   ( marcgt )
Spatial Coverage: Cuba
 Record Information
Bibliographic ID: UF00081449
Volume ID: VID00001
Source Institution: University of Florida
Holding Location: University of Florida
Rights Management: All rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier: ltuf - AHH0160
oclc - 03116070
alephbibnum - 001556530
lccn - 68051077

Table of Contents
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    Preface
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    Las noches
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    La noche de Young
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    La noche de Lautreamont
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    La noche de William Blake
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    La noche de Akenaton
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    La noche de Domenico Theotocopulis
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    La noche de Holderling
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    La noche de Modigliani
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    La noche de Gian Batista Piranesi
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    La noche de Paolo Ucello
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    La noche del inquisidor Pedro de Arbues
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    La noche de Nostradamus
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CUADERNOS DE POESIA 9


FELIX PITA RODRIGUEZ

las noches


la habana
1964





















LATIN
AMERICA


























Como un intent -un ejercicio potico apoyado en
sugerencias y alusiones- para dar el fugaz esbozo del
hombre con la reconstruccin ambiental de la vida
y la obra de ese hombre, se escribieron las primeras
Noches el ao 1935. Quedaron luego olvidadas du-
rante diez aos y se escribieron entonces las restan-
tes. Si el tiempo no fuese algo de tan brutal relati-
vidad, habra que situar estas pginas casi en el do-
minio de la arqueologa. Pero todo lo que sale del
interior de un hombre, queda atado a l para siem-
preo es una parte de,.s mismo, no puede morir. Slo
esto las justifica ahora.
F. P. R.





















LAS NOCHES

Juega a morirse una matriz solidaria en los corre-
dores indistintos de las rocas y los rboles. Se presiente
la agona interminable de los cristales, expuestos a
todas las visits en la parte exterior de las ventanas.
No puede ser que los colors tengan tal miedo, tan
confesado miedo de perder una integridad que no les
pertenece.
Es el moment en que se rompen las rosas ms els-
ticas y prenden sus espinas metlicas. Hndense los
punzones minerales en tantas cinturas varoniles de don-
de se han borrado las espadas.
Una mano indefensa, a esa hora just, agarra como
un ancla el sitio del corazn. Cualquier cosa entire la
sombra suplica ayuda. El estertor insoportable de un
caballo herido salta barrancos y azoteas, dobla en
crculos concntricos la luz de angustia de las lmparas,
se pega para siempre a las paredes que nunca ms
encerrarn la paz. Nadie puede explicarse cmo la
niebla ha entrado en las habitaciones, ni esa gran ma-
riposa de cobre que cae temblando sobre el tapete. Es
la nica hora que juptifica que haya cosas con nombres
tan oscuros como tulipn, carbn y talismn.
Y hay una noche para cada uno. Una noche en que
la sangre se apropia de otra sangre que est desen-
volviendo su curso, en esa hora que para los dems se
aleja como unos ojos cerrados.




















LA NOCHE DE YOUNG


Una entire todas para su canto oscuro. Sale a reci-
birle y le monta guardia spera nomenclatura de naipes
helados. Una cuerda trenzada, con un arpn en el
extremo, entra por su boca amargamente a buscar
aposento en sus entraas. Ramas y arafias entrecruzan
sus caminos y nadie puede decir que sus cabellos ten-
gan otras races que el roco.
Es sobre este riel, junto al ro, donde levantan su
tablero y comienzan la recia partida una esperanza y
su melancola. Sangre de campanas por el subsuelo y
su frente labranta distribuye las sombras en noches
sucesivas, en cisternas brillantes.
Un haz de lefia verde cada da domina sus mareas.
Cmo saberse vivo durante los eclipses? Young se
lamenta frente al ro y un cielo de algodn negro le-
vanta para l sus mejores acrobacias. Alguien pasar
una noche que lleve en su escarcela el secret de la
suerte tan cambiante, de tantos desdichados tornasoles.
De los ojos de las adolescents fallecidas, salen los
pjaros mosca con intenciones de reconstruir el mundo.
Young, frente al Tmesis, en la noche suya, trepa por
las escaleras de su pecho y encuentra de pronto que
ya sabe donde tienen la puerta las manzanas maduras.
Nada nos pertenece en este juego done quedan na-
dando en la superficie todas las palabras de amor y de
fortune. Slo una noche, el espacio libre entire un sol











y otro, nos trae ese fajo de lea verde, donde cantan con
luz de resina una muerte inevitable con su cortejo de
palomas mutiladas.
Young frente al Tmesis desenvuelve miles de capu-
llos sobre las barcas done el amanecer empieza a career
en su destino. Un anillo perdido un ao antes, en-
cuentra sorprendido que entire sus venas ha montado
el nido una familiar de nomeolvides submarines. Young
sonre, porque alrededor de su cinturn hace tiempo
han encontrado alojamiento trescientos insects de los
que tienen por oficio el dirigir la noche.
Y su pecho oscuro estrangula el primer rayo de sol
que compite con la oficiosidad de las hormigas locas.





















LA NOCHE DE LAUTREAMONT


Un cielo de podridas escorias, de pestilentes lluvias,
cae derrotado en el fondo del pozo ms profundo. Me-
sndose las barbas infestadas por millares de caros
feroces, Dios se incorpora profiriendo la blasfemia ms
terrible, aquella que niega su propia existencia impere-
cedera.
La carcajada terrible de Lautreamont, desgarra el
cielo sucio de Pars, del que han huido espantadas una
luna carcomida por el vicio ms triste y su cohorte de
estrellas.
"Al fin, farsante milenario -grita Lautreamont con
ios ojos inyectados por la risa interminable-, al fin
he logrado hacerte perder tu repugnante serenidad!".
El eco sordo de un trueno que trepa penosamente
desde el fondo del pozo, es la nica respuesta. Pero
la clera de Dios no puede impresionar ya al corazn
perverso de Lautreamont. Con lentitud estudiada, el
joven inefable acaricia antes de estrangularlo a un gato
siams que ronronea perezosamente en sus rodillas:
Los gritos desolados de una prostitute a la que alguien
golpea brutalmente en la callejuela vecina, hacen subir
a sus labios una sonrisa de supreme complacencia.
"Msica sin par!" -murmura entrecerrando los
ojos-. Nada es comparable al lamento sin esperanza
de un nio abandonado por sus padres en medio de las
tinieblas de un bosque sacudido por una tormenta in-











vernal. Pero hoy mi alma vive su noche victoriosa.
Dios yace desamparado en el fondo del pozo que mis
hurones salvajes cavaron para despefiarle. Su efimero
reinado ha concluido. El mal puede pasearse libre-
mente por el mundo y yo cantar para l un poema
inmortal.
Desde el fondo del pozo llega de nuevo el eco te-
rrible del trueno que arrastra la clera del dios ago-
nizante. Pero ya Lautreamont no puede gozarse en su
victoria. Con la pluma de un nade salvaje, describe
la primera estrofa del poema que tantas veces so
componer. Y un halo de nostlgica melancola le va
envolviendo lentamente. La pluma queda suspendida
en el aire enrarecido de la habitacin y el verso se
trunca en la palabra "victoria", que la mano de Lau-
treamont describe desfalleciente.
"Tal vez la nica victoria est en la lucha para con-
seguirla -dice mordiendo duramente las palabras que
dejan en su lengua un regusto amargo de hierbas de
ponzoa-. He aqu que Dios ha sido vencido por mi
mano y nadie puede disputarme la gloria de ese triunfo.
Y sin embargo, mi angustia es mayor que nunca y
mi desconsuelo ms inhumane".
Un escorpin de lumbre cruza la habitacin veloz-
mente, en procura de su madriguera, anunciando la
proximidad del da. Lautreamont cierra los ojos en un
gesto de supreme fatiga.
"Dios ha muerto -musita antes de hundirse en las
tinieblas que se retiran ya-. Dios ha muerto. Mi canto
inmortal no tiene ya sentido. Ahora comprendo que
al vencerle, he perdido mi fuerza. Esta era su venganza.
La primera luz del dia asoma ya por la ventana
abierta sobre la calle solitaria. Pero Lautreamont no
puede verla. Dos hermosos lagartos de montaa salen
de sus ojos muy abiertos y desaparecen hundindose en
el pozo donde yace el cadver de Dios.





















LA NOCHE DE WILLIAM BLAKE


En el Cabo de Buena Esperanza, las frutas tienen ins-
eripciones mgicas en las semillas. Esto sucede sin
interrupcin, desde la noche en que William Blake vio
sin asombro cmo de cada uno de sus zapatos fatigados
brotaba un ngel, con la misma indiferencia que una
flor, en una casa oscura de una calle de Londres.
Grababa un prpado el dulce obrero y toda la habi-
tacin se iba llenando progresivamente del maduro olor
a trigo que se desprenda de aquel ojo naciente. La
mirada sobre el dibujo sembraba algo tan tierno como
un charol de rosas.
"Oh prpados incomparables! Nadie ms que la
noche y vosotros puede asegurarme el predominio de
los cielos. Donde tiende al sol un prpado sus enre-
daderas tan frgiles, comienza sus gestiones la dinasta
de las siemprevivas. Cuando de roca fra sobre los
ojos quietos, oyen crecer la hierba y extenderse las
races, los odos de los hombres calladamente escon-
didos en la tierra como bulbos de miedo".
Agraz de las visions. Junto a su propia destruccin,
Blake suea la reconstruccin de una especie de gnomos
tan giles como vilanos. Artus gime sobre un aire
de linos incandescentes y no hay consuelo possible para
l, que ha perdido el imperio de los desvanes. El pr-
pado terminado se cierra sobre el dibujo y las manos
de Blake se oscurecen.










"Levanta, Artus, tu frente donde se han cuadrado
marcialmente los huesos del vino. Muerde sin temor
los graves filamentos de la noche. Los ojos de mis
nios grabados abren un comps interrogante, y yo
no tengo para darles otra cosa que este cinturn de
consuelo que la noche ajusta sobre mis lomos entriste-
cidos. Han de salir palomas de mis flancos humildes,
Artus, de cada dedo una interrogante como un lampo,
de la raz de cada cabello solitario una joven tan dulce
como Cordelia".
En un pedazo de papel minsculo, Blake va inven-
tando la figure de un dios. Bajo la mesa que cruje
por el peso de sus codos, sus pies olvidados sienten
como entire ellos y los zapatos, algo que tiene de plumas
y de magnesios, de hojas verdes y de aliento, va saliendo
sin remedio. Blake se ha dormido, pero Artus ve con
sus ojos que la gran soledad mantiene abiertos, dos
ngeles que se levantan sacudiendo las alas.
El da lleg inmediatamente despus, pero desde en-
tonces, en el Cabo de Buena Esperanza las frutas tie-
nen inscripciones mgicas en las semillas.




















LA NOCHE DE AKENATON

Baja, sombra de un ala peregrina, la barca real en
medio de la noche. Un ibis agorero, desde las ruinas
desoladas del templo secret de Amn, observa com-
placido al ceudo viajero. Pero el recndito faran,
cuyo destino escriben displicentes astros que los sabios
no alcanzan a encerrar en sus clculos alucinantes,
no puede ver otra cosa que las simas agnicas de su
alma. El gran ro humilla su silencio y el pensamiento
del rey se hace en la quietud del agua engalanada por
las sombras, ese largo graznido tenebroso que produce
en el moment de la muerte el rai-am, el pjaro ine-
fable que slo puede morir cuando el olvido involunta-
rio de una accin que hubiera podido ser misericor-
diosa, le hace estallar el pequeo corazn apasionado.
Desde su aislamiento imprevisto, Nefertite, la nica,.
la solitaria en su belleza, tiende entire las nieblas ma-
lignas que proceden del ms secret tmulo del Valle
de los Reyes, sus manos, que la flor del papiro cela
ferozmente. Pero es intil pretender alcanzar en este
minuto cerrado como la esfera hermtica del loto, al
corazn desolado del faran, que se empea en el duro
monlogo sin trmino.
"Podra acaso ser multiplicado lo indivisible? -mu-
sita mientras la pupila acongojada sigue el vuelo erra-
bundo de una enorme mariposa nocturna-. Podra
ser dividido lo inefable? ;Oh, Amn-R, los negros










espejos que te fraccionan, corrompen tu verdad inicial
y solitaria! La luz entraable se trueca en hormi-
gueante procesin vermicular, desfile de carrofas sin
esperanza!".
El enigma espantable calcina su alma. En el hori-
zonte de la margen derecha del Nilo, se estructura
lentamente la silueta del templo que esconde el ltimo
secret de Amn. Una chispa de angustiada melan-
cola cae de los ojos del ipey y las aguas calladas la
devoran.
"Tu secret es una tumba vaca, Amn-R, un cofre
bien cerrado que nada guard. Has mentido siempre y
yo he de hacerte morder el polvo del olvido, dios mul-
tiplicado, tantas veces muerto cuanto dividido. Nada
sobrevivir de tu orgullo y tu nombre ser borrado de
templos y tumbas. Porque lo indivisible no puede ser
multiplicado, t no eres sino una falacia cruel. Slo
Atn, el prvido, el generoso, el dispensador, ser ado-
rado en los dos reinos y la llama de mi corazn ser
el reflejo de su luz. Por ello, el nombre de Akenatn
permanecer por siempre, vigilante sobre la inmensa
tierra de Egipto".
Baja, sombra de un ala peregrina, la barca real en
medio de la noche. El viajero ceudo espera anhelante
la aparicin del disco solar.
Y la tremenda nostalgia del infinito, empaa por un
instant fugaz su efmera gloria desolada.




















LA NOCHE DE DOMENICO THEOTOCOPULIS

Acantos de la muerte! Los ven brotar sus ojos en
el puente de Alcntara.
Los cigarrales tienen en la noche tan suya, fugaces
transparencias infernales.
Aceros vacilantes, el Tajo se despoja de su ropaje
indiferente y una luna mudjar abre su pecho mos-
trando la funesta, desazonada fundacin de su alma.
De la mezquita llega con el vuelo de un mirlo que
conoce el secret de la supreme alquimia, el eco de
un salmo que reclama la terrible presencia.
Acantos de la muerte! Domenico est viendo bajo
la gorguera del cardenal Tavera, el enrejado triste de
un esqueleto macilento.
En el almirez de bronce que un judio falsamente
converso utilizaba para macerar en aceites infernales
entraas de insects desconocidos, hierve el azul ultra-
mar y el recinto se llena con el hedor ponzofoso de
la muerte.
"Este salterio! -gime Domenico-. Este salterio
tiene un terrible significado: una difusa y monstruosa
paloma de tinieblas, ha de devorar a los ngeles ms
altos y vengadores. Es un salmo de exterminio, una
espiga vacia que nos ha despojado de la esperanza!
Y arroja el pergamino contra el espejo, que se nubla
estremecido ante la imagen absolute que un instant
ha tenido en sus aguas.










"Buscaba el alma, -murmura Domenico viendo al
triste gusano de delicado verdor indefinible, que todas
las noches se abre paso devorando el extremo de una
vena, por su piel carcomida-, buscaba el absolute y he
aqu que la noche se aleja hacia los cigarrales y es
un gusano de ruinas quien acude, un gusano inmortal,
desnudo bajo los aceros' ;Nada puedo'".
La maana sube, sucia y desgarrada, desde el Tajo.
que arrastra en su lodo enfermizo la traslcida sangre
de un nio, inmolado hace muchos aos en alguna
inexpresable ceremonia.
Los ojos de Domenico se pliegan dulcemente y la
robusta melancola que trepa desde la callejuela con el
rumor diurno, le arranca un sordo gemido sin destino.
Con mano que la soledad espantable trasmuta en acero
de tinieblas, toma sus pinceles para volver al mundo.
Es la primera vez que observa que una araa infini-
tamente pequea, de una especie que en Creta slo se
encuentra en la ltima galera inexplorada del Labe-
rinto, ha escogido su pincel ms fino para edificar su
ingrvida y temblorosa morada.
"Eternidad! -murmura Domenico mordiendo la
dura palabra. Eternidad, manzana podrida, triste re-
verencia!"
Y aplasta a la araa minscula, tendiendo una pin-
celada de amarillo de cadmio sobre el pecho sin sangre
,del cardenal Tavera.




















LA NOCHE DE HOLDERLING

La cadena dormida en el brocal, lamenta con su ex-
traa voz herrumbrosa el destino de los liquenes, con-
denados a una muerte intermedia. Hace ya cinco horas
que el sol perdi su aplomo y sobre los lomos podridos
del jardn voltigean en ronda humedades, campanas
rajadas, gritos y mariposas ciegas. Holderling, desde
su ventana, deja caer entire la sombra, uno a uno, sus
ltimos cabellos, de un gris eminentemente triste, sobre
la sospecha de los macizos de mirtos.
"Prestmonos al concerto. Nadie ha de bajarme un
pan tierno desde los cielos. Pero aqu tengo un lamo
blanco y un pino abrevando en mis manos, aqu en este
rincn de la alcoba donde mis palabras abandonan va-
lientes la cubierta del barco en peligro. Y tengo a la
noche, la protectora, sobre mis hombros fuertes. Pasan
y repasan los elfos abriendo las paredes, dejando tras
s un vibrant aroma de caf verde. All donde la mar
edita sus corales, montan para mi esta visit de inso-
lubles mariposas mecnicas. Y tengo el dominio de
mi sangre asegurado".
"Ttanus duerme bajo la cama como un perro field
y yo slo sobre la tierra tengo facultad para ordenar
el crecimiento de mis uas y cabellos, privilegio hasta
hoy concedido a los cadveres.
"Levantemos las palabras enfermas, cuajadas de gu-
sanos vacos. Qu corredores interminables esconden
las delicadas!".










Sube un vaho de cordura del jardin en peligro por la
invasion del da. Holderling deja caer su ltimo cabello
gris sobre los mirtos. La serpiente baja rechinando
hasta el vientre del popo. "Buenas noches -dice Hol-
derling-, buenas noches mis favorables". Y se retira
cerrando la ventana.
Esta noche ha dejado sobre el mundo, como un huevo
de ese pjaro mitico que llaman Astor, un poema con
lagunas. Holderling, fatigado, se duerme de pie, apo-
yado en el lamo blanco que sus manos incoloras sa-
caron del aire en un rincn de la alcoba. Ttanus
despierta y comienza a devorar con fruicin las araas
negras de los rincones.
A esa hora, ya Holderling no puede decidir nada por
si mismo.




















LA NOCHE DE MODIGLIANI

"Esmaltes deleitables, en, el recndito juego mi co-
razn pierde sus labrados cristales, y no alcanzo la
tierna arquitectura de la sangre. La busco en las ag-
nicas, interminables fiebres. Dnde hallar la silent,
remota angustia? Cmo trazar la linea just, la
frontera precisa donde una arteria enciende los vitrales,
all done la piel detiene al desbocado potro y la forma,
la inefable, se rinde temblorosa?".
Amadeo Modigliani hurga en el fondo de la estufa
glacial y el ltimo fragmento calcinado tiembla en su
mano delicada. Desde el Sena trepa la colina un agudo
relente milenario, pero los ojos de Modigliani ya se
bastan para encender con una sola linea todas las lm-
paras perdidas.
"Oh mi dulce hoja verde, mi transparent sueo!
Con un pedazo de la oscra semilla del fuego, puedo
trasmutar la helada sombra en sereno frescor, en tierno
esmalte. Cada cuerpo lleva en su enclaustrado confi-
namiento la just parcela de infinito, capaz de iluminar
eternamente el contorno ideal, la forma inapelable".
La mano tiembla sobre el lienzo y un seno de geo-
metra increble surge, madurando remotas luces, pr-
lidos deseos. Los ojos de Modigliani persiguen afanosos
la huidiza vision. Desde un rincn en sombras del
studio glacial, vagas formas estremecidas tienden ga-
rras de bruma que intentan alcanzar la luminosa frente.










Por un instant que es de supreme angustia, Amadeo
Modigliani retrocede y sus ojos entornados persiguen el
fulgor infinito. Del dibujo que se estructura en el aire
enrarecido de la. noche, se desprende el tibio aliento
de una amazona de hermtica belleza.
"Alucinado lirio de la noche -gime Modigliani desa-
lentado. Campnula irredenta. He de hallar en el vr-
tigo los ptalos estticos, la quieta fibra indestructible.
La azucena espacial me presta sus mbitos dolientes y
el galopar desolado de una noche que se aisla en si
misma, como la extraa flor que Marco Polo vio abrirse
en los confines de la montaa azul, me depara la pos-
trera esperanza. He de hallarla".
Sobre el lienzo que invaden los liquenes alucinantes
de la noche, una magnolia enorme descorre sus pr-
pados marines y la atvica luz de las algas ms pro-
fundas, va cubriendo el rostro atormentado de la ama-
zona. En el arabesco de mayor ternura, all donde la
oreja se pliega con amor minucioso para que la rama
del cuello pueda proyectarse en el espacio, se establece
en su concha delicada la ms tierna nostalgia.
El alba inicia su gestin cotidiana y Modigliani de-
salentado hunde entire sus manos febriles el rostro tor-
turado: "Esmaltes deleitables -solloza-, en el re-
cndito juego mi corazn pierde sus labrados cristales
y no alcanzo la tierna arquitectura de la sangre!".
Sobre las cpulas del Sacre-Coeur ensaya su espada
celeste el primer rayo de sol. Ya los ojos de Modig-
liani, huspedes derrotados, no pueden comprobarlo,
pero el ngel augusto que revel en Duino el secret
doloroso, se ha detenido ante el cuadro terminado y
dos lgrimas corren por sus mejillas: "Joven infini-
tamente desdichado -musita con angustia-, ahora t
tambin sabes para siempre que la belleza es el primer
grado de lo terrible!".




















LA NOCHE DE GIAN BATISTA PIRANESI

"No hay valladar para mis ojos, no encuentro el
dulce muro de cortezas y pieles. Hme aqu, alucinado
pjaro de sombras, viendo el hueso y la entraa, la
ceida, oscura semilla bajo la mejilla lozana del mur-
dago. Desde el balcn los veo, peces de plomo bajo el
agua macilenta de los canales. Desciendo siempre, y
mis ojos me siguen cosechando el juego funesto, la
raigambre mnima y multiforme. Oh escala de Jacob,
t gozaste el privilegio alto de ascender, hollando co-
lumnas de aire, arbotantes de esplendorosa promesa!
Yo no pido el carro de Elias, su fuego celeste para
escapar al conjuro. Bajo siempre, me pierdo".
Bebe Piranesi su caf de amargura y se adormece
con la frente errabunda en pugna con la noche. El pr-
pado vencido no detiene el fragor, no esconde la agona.
Baja siempre. Del rincn ms oscuro sale Giotto, agi-
tando las alas de un color tan efmero como el vuelo
agorero de la postrera golondrina celeste. Y el capital
de clchicos le esmalta, le ciega, le conduce al tras-
mundo sin dueos, debajo de la piel lacerada de Job,
tan iracundo como la flor estril de la arena.
"Por qu me has hundido bajo la armadura tortu-
rada este afn impossible" La mariposa trmula de
un muerto que ha perdido su camino en la noche, azota
la mano ya sin sangre de Gian Batista Piranesi. Los
ojos se le escapan rodando y Venecia no es ms que










un fuego de largas lenguas negras ms all de la
ventana alarmada. Es la hora afilada, la hora siniestra
en que se abren como los dulces higos del inferno las
tenebrosas oquedades.
"Oh mi primer peldao, la inicial vaguedad". Pira-
nesi ya sabe que la yedra feroz, la enemiga sin dueos,
est levantando la arquitectura implacable en sus
entraas.
Y desciende. Bajo su mano trmula, an con la huella
del muerto displicente en las uas, va surgiendo el di-
bujo, como una blasfemia en el robusto dialecto de la
muerte.
Dialoga Gian Batista y el rido guerrero de la me-
lancolla se siente desplazado por las brumas. "Quin
construir conmigo la fortaleza para la humilde, la
remota, la evasiva doncella?".
Alguien que est muriendo sin testigos al otro lado
del mundo, intent responder en su agona. Pero el
alba abre ya la puerta de la primera casa de Venecia.
Y en su taller glacial, Piranesi contempla entire lgri-
mas que asombran a Giotto por su perfeccin geom-
trica, el dibujo jams concluido.
"lOtra noche perdida -gime Piranesi- otra noche!".
Y Giotto observa con ojos de piedad sobrecogida, que
en el cartn inconcluso, la escalera infinita se ha dete-
nido justamente a site peldaos de la estrella ms
pura.


__ _i



















LA NOCHE DE PAOLO UCELLO


Bajan de la altiplanicie caracoleando rebaos de con-
gelados crisantemos. Luz de persianas nunca abiertas,
luz rgida de verdes paos de billar, luz de billares en-
treabiertos al travs de persianas empaadas. Bajan
de la altiplanicie los guerreros.
Nunca la luna tuvo tal empeo en dejar la ciudad,
en hacer de la ciudad y sus arrabales un solo nudo
vaco. Sopla el cremoso aliento de miles de caballos
inesperados. Se duplican en el cielo lagartos de mon-
tafa que estn encendiendo en sus candiles motetes de
hechicera. "Oh noche, hoja afilada y tierna!".
Ucello tiene en una calle de Firenze dulces juguetes
de alquimia. Y esta noche es la noche que conviene a
su pecho. El Arno se ha marchado, dejando slo un
rastro de flores submarines. Estiran su pecho en arco
los lebreles. "iRema, remero. Hay que doblar el mundo
como una mariposa, como una mariposa que doblara la
ltima esquina del mundo!".
En un costado del aire, precisamente en ese que la
yedra no podr alcanzar jams, est construyendo su
hormiguero un antiguo dolor. En su corcel, la media-
noche siembra bajo el sombrero de Paolo hectreas y
hectreas de plumas, de nidos, de convalecencias.
"Oh manos mas, manos de resurreccin, en este
problema solamente los pjaros pueden cambiarme los
matices!".










Dobla un pajizo albur las esperanzas. Lluvias de
lino, de madejas secas, de insects inconclusos, ubican
para siempre una plza de niebla en su sombrero.
Paolo, triste, siente bajo sus pies el quejido frreo de
un grupo de amarantos. Una lanza de lana le protege.
Y de su pecho, ajeno a tantas armaduras, comienzan
a brotar y bajan caracoleando rebaos de congelados
crisantemos.


28





















LA NOCHE DEL INQUISIDOR
PEDRO DE ARBUES

De los cigarrales dormidos sube un sordo rumor, un
indistinto mezclarse de alaridos, sollozos y desesperados
gemidos, que se dispersan en ondas suplicantes por las
callejuelas desiertas de Toledo. Una voz desgarrada, en
algn lugar que no puede situarse exactamente, de-
manda piedad con el acento desesperado del que sabe lo
intil de la splica. La voz desfalleciente de un nio
moribundo, reclama a su madre entire sollozos, mien-
tras un vuelo de palomas negras levanta sobre el Alc-
zar en tinieblas una corona de siniestros presagios. En
lo ms recndito de cada hogar, alguien hace temblando
la seal de la cruz, sobre un rostro que la luz parpa-
deante de una lmpara torna ms angustiado. En
crculos concntricos progresivamente enlutados, la de-
solada caravana busca misteriosamente su eje frente
a la ventana abierta donde el Gran Inquisidor Pedro de
Arbus,bla enorme frente nimbada por el fulgor maligno
de la luna, escucha aterrado la oscura voz mensajera
de la noche.
"Dios no hace componendas -murmura frunciendo
el ceo duramente-. Dios no hace componendas. Ni
splicas ni lgrimas, ni el crujir de dientes en el es-
panto de la muerte, le hacen bajar un cntimo en los
intereses de su prstamo. Es menester pagarle hasta la





, -


ltima moneda. Y guay de aquel que intent astuta-
mente pasarle moneda falsa! La usura de las almas
es la ms despiadada y el Seor es el prestamista de
ms dura entraa. Yo soy su escribano y su alguacil
fidelisimo y todos los lamentos del mundo no me harn
bajar sus intereses".

Atravesando los espesos muros de la prisin del Santo
Oficio, un grito en todo semejante al graznido des-
garrado del alcor, el siniestro pjaro de lumbre que
tiene su nido en la entraa calcinante de los volcanes,
surca el cielo dejando una estela de amargura. Pedro
de Arbus escucha un instant con sobrecogida aten-
cin y el rostro atormentado de doa Elvira se dibuja
para l en los relieves de las arcadas de la plaza. La
faz de piedra del Gran Inquisidor se ensombrece do-
lorosamente.

"Tu belleza diablica no pudo acorazarte contra mi,
doa Elvira! El satnico podero de tu cuerpo, su
fuerza infernal, nada pudo. Los filtros perversos de
tu alquimista mozrabe, pretendieron encadenar mi
alma. Pero el Malo se rompi los colmillos contra el
templado acero de mi fe. Y ahora el manantial de
ponzofa de tu cuerpo es destruido por el verdugo. Y
tus gritos suplicantes no tienen eco".

Dos scuas glaciales en los ojos, Pedro de Arbus se
retira cerrando la ventana. Pero los batientes sycudidos
por su mano de hierro, no la alejan. All de nuevo,
ms hermosa que nunca en el espanto de la tortura;
su rostro impar en el plegarse de las cortinas; sus hom-
bros de estatua en el vibrar mgico del fuego del bra-
sero; sus senos de blancura cegadora en el curvarse
del brazo del candil. Y Pedro de Arbus se golpea los
ojos con los puos, se mesa la barba ensortijada, un
hilillo de baba entire los labios.











"iNo podrs vencerme! No logrars que Satans
me arrastre! Maldita, maldita!".
Pero el rostro, los hombros, los senos, giran en torno
a l, le cercan, le envuelven, le dominant. Y de los ojos
enrojecidos del Gran Inquisidor caen simtricas, mo-
ntonas, sin esperanza, lgrimas que fulguran como
rodelas del ms viejo acero toledano.





















LA NOCHE DE NOSTRADAMUS

Rompe las nieblas de mil noches lejanas el ojo
zahor. Busca anhelante rostros an disueltos en el
lgamo oscuro, formas imprecisas, escorzos apenas se-
falados, lneas que yacen en el terrible olvido del
future, la yerta soledad. En la mano que se estremece
por el contact singular, la salamandra de oro, la tene-
brosa pastora de los siglos, hurga en su inmvil vr-
tigo, persigue las distantes imgenes.
El corazn acongojado de Nostradamus escucha el
confuso rumor an no nacido, la vasta y sollozante
marea de las Centurias que han de ser. Y una angus-
tia reverente cae en ondas concntricas en el clima
glacial, la enorme llanura de su alma.
"Oh sempiterna lgrima, sollozo perdurable! La
inmutable tarea del hombre es este juego triste. Un
ayer de mil afos, un maana diez veces multiplicado
y es la misma sombra desolada, una ambicin gemela
repitindose fatigosamente. Los recios hieroglificos de
Ramss, las sabias tabletas cuneiformes de Babilonia,
los pergaminos secrets del rabino Abenasser, me die-
ron la clave negra del tiempo inmutable. Y oh angus-
tia desmedida, sierpe cuya mordedura ponzoosa des-
garra el velo de la postrera esperanza, slo encontr
una lnea sin comienzo ni fin, el juego siniestro de la
circunferencia! Las Centurias son como espejos ape-
nas deformantes, imgenes que se repiten con tortu-











rante monotona, encuadrando la lgrima perenne, la
desolada acritud de una respuesta descarnadamente
igual a si misma.
Suspira Nostradamus con la melancola del azar irre-
parable. Por la ventana abierta sus ojos descubren la
arquitectura celeste que fija el Camino de Santiago,
azuleando a la altura de la Colina de Montmartre. Y
antes de volver al palimpsesto que ha de revelarle en
su dinmica inexpresable el secret de la ltima Cen-
turia, el profeta presiente en su nostalgia que las
turbias seales se repiten.
"Una vez y otra vez, oh infinite argucia de las cons-
telaciones!, una vez y otra vez el juego inexplicable ha
de repetirse. Una sola es la imagen plural del hombre
sobre la tierra. Y el espejo sagrado solo refleja una
imagen que cruza sin remedio, mensajera de si misma,
en busca de una eternidad inalcanzable, porque es como
una semilla de hierro, condenada a no germinar jams.


















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