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Title: Un hombre solo
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 Material Information
Title: Un hombre solo
Physical Description: 47 p. : ; 16 cm.
Language: Spanish
Creator: Martin, Ramón
Publisher: La Verónica
Place of Publication: La Habana
Publication Date: c1941
 Subjects
Genre: non-fiction   ( marcgt )
Spatial Coverage: Cuba
 Record Information
Bibliographic ID: UF00081406
Volume ID: VID00001
Source Institution: University of Florida
Holding Location: University of Florida
Rights Management: All rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier: oclc - 20486919

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UN HOMBRE

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Copyright by

RAMON MARTIN

Diciembre, 1941


Prinred il, Cub









Ramn Martn


UN HOMBRE

SOLO


LA VERONICA


1








4


















Aquel da me levant con un carcter
sombro. Qu ganas tena de chocar con
alguien o contra algo! Gregorio, al venir,
como todas las maanas a ordenar el cuarto,
lo comprendi, di media vuelta y se fu. Su
alerta sensibilidad y su prudent comprensin
se me han hecho admirables. De moment
sent una ira irrefrenable al ver que no volva.
Si cuando di media vuelta dndome la es-
palda hubiese comprendido que fu para no
volver, habra saltado sobre l, lo habra co-
gido por el cuello y lo hubiese metido violen-
tamente en el cuarto para que hiciera la lim-
pieza. Pero pens que se le haba olvidado
algo, como le sucede todos los das, y esper
tranquilamente su regreso. Sin embargo, lo
estuve esperando intilmente. Por qu ese









8 RAMN MARTIN

animal haba desaparecido? A dnde haba
ido a dar con sus pies kilomtricos, su paso
balanceante y su perfil garabateado? Ah, s!
Ahora vea claramente la razn de su fuga.
El da anterior, a la misma hora, le contuve
brutalmente sobre un asunto. Yo me haba
levantado tambin preocupado. Pero ste es
un problema viejo, de algunos das, mejor
dicho, an cuando ha tomado aspect alar-
mante desde ayer. Pensaba y meditaba sobre
mi vida y mis cosas. Pero bien, me deca, soy
el nico, la sola persona que tiene sus pro-
blemas y sus conflicts? Desde luego no. Sin
embargo, insista en indagar lo que hubiese de
solucionable en el fondo de todas mis inquie-
tudes, en mis temores irrazonados y en mis
esperanzas absurdas. Cuando insista en bus-
carles una solucin senta que la confusion se
haca ms grande.
Mir para el calendario que tengo clavado
en la pared, y mis ojos quedaron fijos pro-
fundamente.
-Ah!---exclam sin poder contener un
grito.









UN HOMBRE SOLO 9

Haca justamente un mes que haba ido al
campo la ltima vez. En qu estado de ni-
mo, en qu actitud interior emprend el viaje
la maana aqulla! En realidad no fu por
amor a las sabanas ni a las palmeras ni a los
caaverales. El mismo estado de espritu de
ayer, el mismo, oh, s, cierto, el mismo! Pero
ante la rigidez del paisaje y la inmovilidad de
las cosas sent en aquella ocasin una crispa-
cin de nervios.
Mientras tena fija la mirada en el calen-
dario y se reproduca aquel episodio en mi
memorial, Gregorio me mostr un paisaje re-
producido en una estampa litogrfica. Me re
en sus propias narices con sarcasmo. Despus
sentenci en tono de docta comprensibilidad
que debi haberlo llenado de humillacin:
-Ah, Gregorio, cmo se ve que nunca has
salido de la ciudad, y que siempre has estado
pegado a la bayeta urbana!
El no respondi. Pero comprend que en
su silencio haba todo el rencor reconcentrado
de una desilusin.
-Un paisaje... un paisaje...-repet-. Mi-









1o RAMN MARTIN

ra, dije dirigindome a l al tiempo que arran-
caba la hoja del calendario, el campo es bonito
sin los campesinos y sin el paisaje. Te lo dice
quien conoce las dos cosas. Qu he sido, qu
soy yo? Campesino, desengate. Lo fui en
activo; hoy lo soy en pasivo. Yo s leer en
esos rostros amarillentos y en esas almas secas.
No te hagas ilusiones. En el fondo-quise ter-
minar, tocndole en el hombro, pero l me
daba ya la espalda-en el fondo, repet detrs
de l, sin los guajiros y sin el paisaje el campo
sera un paraso. Creme.
Gregorio andaba ya balancendose, cabiz-
bajo, triste, reconcentrado, feroz.
-Imbcil-murmur para m mismo-,
cgete el campo, tu paisaje y... tu tontera!
Pero ya descenda la escalera y lo sent abrir
la puerta de otro apartamento. Volv a entrar
en mi cuarto. Al tiempo de volverme para
cerrar la puerta, Gregorio le opuso sin brus-
quedad su mano, y entr.
-Ah, yo crea...-le dije, sin saber como
explicarme aquel regreso.
De un gesto, humildemente, como un hom-









UN HOMBRE SOLO i

bre que no se concede ya el derecho de pensar
ni de sentir, me mostr unos trapos que se le
haban olvidado.
-Gregorio-comenc-, no crees que hay
almas que se transparentan a travs del
cuerpo?
El alz los hombros de una manera estpida
y ambigua.
-Vers. En cuanto a m, es decir, al asun-
to del paisaje, no le des importancia. Ser
possible que hayas podido tomar en serio eso?
No obstante, crees t que se pueda compa-
ginar un fracaso sentimental con todas esas
cosas? Sin embargo, ese es mi caso. Es decir,
para decir mejor, ese era mi asunto. Cuando
me fui al campo aquella vez, t recuerdas,
me parece, fu en esas condiciones de esp-
ritu. Fu un fracaso, yelo bien, un fracaso
sentimental. Ya eso no cuenta. No es que
no sienta todava el sabor, s. Pero no cuenta.
En este moment veo a las mujeres con horror.
Por otra parte me entretengo en imaginarlas
traidoras, embusteras, malas, aborrecibles.
Aprende para cuando te toque a ti. Eso ten-









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drs en tu haber, que en cuanto a m esa
experiencia me la he ganado honradamente
con el sudor de mis malos ratos. Pero cuando
realmente tropiezo con una mujer bonita-in-
sist moviendo los labios como si sintiera un
sabor particular al hablar as-simptica, in-
teresante, entonces me digo a m mismo, en
esos monlogos interiores que han venido a
constituir casi toda mi forma de vida y de
accin: "s, pero luego en la intimidad de las
cuatro paredes de la casa o del cuarto, es co-
mo las otras: complicada, torturadora, mala,
exclusivista, feroz"!... Por Dios, hombre, deja
tranquila, por unos minutes siquiera, esa mal-
dita bayeta. Me pones nervioso... Ese razo-
namiento, como te deca, matizado con los
colors ms agrios y ms terrible, alza entire
ellas y yo una muralla. Pero en el fondo
siento que esa muralla es dbil. T no has
notado nunca, cuando vas de noche por un
camino solitario del campo, que de pronto te
pones a cantar a toda voz, estrepitosamente?
Es cierto que t nunca has estado en el cam-
po. Pero en fin, por cualquier otro lugar. En









UN HOMBRE SOLO 13

el fondo de ti, al cantar as, no hay sino el
deseo de ocultar una gran inquietud. Yo re-
conozco, como te deca, que en el fondo esa
muralla es dbil. Lo presiento. Si realmente
ella, a alguna de esas mujeres que yo veo en la
calle, se le ocurriese comenzar conmigo un
idilio, admitiendo conocernos y frecuentar-
nos, estoy seguro que caera vencido nueva-
mente, como aquella vez, y todas mis precau-
ciones y todas mis teoras seran destruidas
tambin. Por eso evito todo contact, rehuyo
todo conocimiento y procuro hacer impossible
cualquier acercamiento. Creo que si fuera
preciso apelara a la conduct soez y al in-
sulto. Qu me importa como me juzguen?
Lo que me interest es que sepan que las de-
testo, que me son indiferentes, y que s pa-
sarme sin ellas! Pero no hay realmente de-
masiada vehemencia en todo eso para que sea
cierto? Sin embargo, ayer, cuando yo sala
del caf, una mujer joven y bonita, mientras
iba por mi derecha, vena en direccin con-
traria por la misma acera. Ahora que te cuento
framente ese episodio, pienso que habra sido









14 RAMN MARTIN

una fortune haberse hecho amar por una mu-
jer como aqulla. Comprendes ahora por
qu se canta, Gregorio, por los caminos soli-
tarios? Era esplndida, agradable y pareca
dulce de carcter. No obstante, en vez de
darle la parte de adentro, como ella pensara
puesto que segua aquella direccin, cerr los
ojos, segu recto, sin mirarla... y vine a darme
cuenta de su proximidad cuando mi cuerpo
haba chocado violentamente contra el suyo.
Yo no me inmut. Sent ms bien una os-
cura satisfaccin en aquel acto. Solamente o
a mi espalda un insulto:
-Qu hombre ms salvaje!
No volv el rostro. Pero estaba seguro que
era conmigo. En aquel instant me senta
feliz. Adems, la cuestin... La actitud pro-
vocativa de otra mujer que iba delante de m,
sin medias, imagnate, rompi el hilo de mis
razonamientos y me hizo olvidar el incident.



















Este era otro asunto. Mi estado de espritu
haba cambiado en el acto. Yo no s si entire
las dems personas esas estupideces se pro-
ducen con tanta rapidez. En cuanto a m no
siento escrpulos en confesarlo. T no com-
prendes esa actitud ma, verdad? No te la
explico, porque yo mismo no pierdo mi tiem-
po en explicrmela tampoco. Ibamos prxi-
mos el uno del otro. A veces me atrasaba
impedido de continuar por el abigarramiento
de los transeuntes. Cuando enfurecido me
detena unos segundos para evitar ser atrope-
llado o empujado por las personas apuradas,
entonces ella se detena tambin frente a al-
guna vidriera fingiendo ver los objetos. Crees
t que eso pasaba inadvertido para m? No!
Yo me daba cuenta perfectamente. Saba que









16 RAMN MARTIN

era un pretexto. En ese moment tuve ganas
de decirle una grosera, y seguir mi camino.
Pero aquel espionage me agradaba. Sobre todo,
lo que tena de interesante para m, tal vez
lo nico interesante, era que yo constitua en
aquel moment el punto central de todas sus
preocupaciones. Cuando estuve cerca, casi
rozando con mi brazo el suyo, sent que me
rozaba con su mirada y echaba a andar de
nuevo. En una de esas ocasiones, sin saber
cmo, nos encontramos juntos, ms bien fren-
te a frente. Comprend al instant que ella
me habra hablado con gusto, dicindome
cualquier cosa para decidirme. Pero se redujo
a sonreir de una manera acogedora. Eso, en
una mujer que ves en la calle por primera vez,
es todo. Yo era la primera vez que la vea.
Estaba seguro. Pero su sonrisa me di la sen-
sacin de una remota y profunda amistad.
Tal vez eso me decidi y le dije entonces unas
palabras rpidas, atropelladas. An hoy no s
lo que le dije. Pero en aquel instant, y lo
creo todava, me di la sensacin de que le
haba dicho una tontera o un disparate.









UN HOMBRE SOLO 17

Cuando de pronto me vino ese pensamiento,
sent una agona terrible y lleno de vergenza
me habra fugado. Qu dira ella, qu pen-
sara de m? Generalmente no me inquieta ni
me interest la opinion de los dems. T lo
sabes. Pero en ese minuto, creo que toda mi
vida dependa de la opinion que se poda haber
formado aquella mujer de m.
Cuando clav mis ojos, llenos de espanto,
sobre ella, su rostro se ilumin por una son-
risa inolvidable. Mi actitud cambi de pronto.
Le dije entonces algunas palabras ms sensatas,
dueo ya de mis actos, los cuales iba anali-
zando a pesar mo. En ese instant comenzaba
el idilio. Un moment, un moment, no
sonras con esa sabia suficiencia! Yo tengo
conciencia del empleo de mis expresiones. Le
he llamado idilio, no s por qu. Creo que al
llamarle as no es por lo que hay de just en
la palabra, sino por una aspiracin secret ma-
lograda siempre. El mo no fu un idilio pro-
piamente. Fu... eso, una aventura cualquiera,
vulgar, o si quieres... Aquel da yo no tena
nada que hacer, comprendes ahora? Me pa-









I8 RAMN MARTIN

seaba por la calle porque tema, en un acceso
de furor, destruir los muebles del cuarto. Ya
la noche anterior haba roto, despedazado los
retratos de Marta. Despus, agotado, la mi-
rada fija, me inclin en el suelo, recogiendo
los pedazos de las fotografas, casi diminutos,
y me entretena en ir descubriendo algn ras-
go de la fisonoma de ella. Si t vieras que
sensacin cuando entire los pedazos que reco-
ga descubra separadamente un ojo, un pe-
dazo de la boca o un lado del cuello! Me daba
la sensacin de un crime. Es decir, me pare-
ca que materialmente la haba asesinado, des-
cuartizado, hecho pedazos. Todo mi cuerpo
temblaba. Eran sus retratos, sus fotografas,
aquellas fotografas que nos habamos hecho,
algunas, no todas, cuando salamos juntos a
pasear... Luego tom sus cartas, sus papeles,
hice un montn en medio del cuarto, y les
prend fuego. Con ese acto ella desapareca
definitivamente de mi vida. Qu me quedaba
por hacer en el cuarto? Nada. Por eso no
pens volver en toda la noche. Prefera vagar
por la ciudad, o por la orilla de la baha, cerca








UN HOMBRE SOLO 19

de los muelles, entire gente desarrapada. Pero
no. La aventura de la tarde pona una va-
riante en la absurda uniformidad de mi vida.
Aunque la invit a comer conmigo, no acept.
Entonces no tuve ms remedio que invitarla
al cine. Esa vulgaridad me aplastaba. Si su-
pieras con qu abnegacin le hice esa ltima
invitacin! No es que a m no me guste el
cine. En otras ocasiones te he hablado de l,
y hasta te he recomendado determinadas obras.
No es cierto? Pero comprende, Gregorio. Ir
al cine con una mujer, hay nada ms absur-
do? A m me gusta ir al cine para... en fin.
Para estar solo, completamente solo. Cuando
ella rehus mi invitacin, en la cual haba ci-
frado yo antes todas mis esperanzas, sent un
gran alivio. En eso no hay nada de paradjico.
Si pudiera explicarte ciertas cosas... Pero bue-
no. Entonces se me ocurri una idea. En
otras ocasiones, en mis access de malhumor,
me iba siempre fuera de la ciudad, a un lugar
elevado que domina todo el panorama urba-
no. No s por qu se me ocurri eso. Adems,
era mi nico recurso. Cualquier otro hombre,








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cualquiera menos yo... con venir a su apar-
tamento... Oh, no; eso no poda ser! Ya esa
misma tarde le haba hablado a ella de nuestra
vida future, de lo que haramos y de cmo
viviramos. Por el moment me repugnaba
encanallar mis propios sueos. Comprendes
ahora toda mi imbecilidad, esa tontera espe-
cfica que me persigue a travs de la vida co-
mo un estigma? Fuimos all a soar... Solo,
en otras ocasiones, haba pasado en aquel lugar
los mejores instantes de esta absurda existencia
ma. Imagnate yendo acompaado por un
ser delicioso. Sin rehacerse apenas de la fatiga
de la ascensin, ella qued absorta en la con-
templacin del panorama. An veo su mirada
profunda. "Luisita, cuando me siento fatiga-
do de la ciudad, murmur a su odo rozando
con mis labios su cabellera negra, vengo aqu."
Arranc sus grandes ojos del panorama, diri-
gindolos hacia m. Me pareci que hun-
dindose por todo mi cuerpo, le hablaban a mi
alma. Haba tal lealtad en el brillo de sus pu-
pilas, que fu en ese moment cuando cre
sentir latir por primera vez el corazn de una











UN HOMBRE SOLO 2z

mujer. "Qu sensacin de plenitud y de eter-
nidad!", djele lentamente, despus de un pe-
queo silencio. Nos sentamos sobre la hierba,
bajo el cielo estrellado. La brisa venida del
mar bata sobre nuestros rostros poniendo en
desorden nuestras cabelleras. Ella estaba exal-
tada de belleza y de seduccin. Estaba ms
bien transfigurada. S que en part era el
misterio de la noche, la luz tenue de las estre-
llas y el lugar. Pero haba en ella algo de
transfiguracin, positivamente, creme. Yo
me senta exaltado tambin por sentimientos
profundos y diversos. No poda ocultar mi
dicha. Hay moment en que no podemos sus-
traer a la mirada de los dems el fondo de
nuestra alma. Yo me senta bien en aquel
lugar, como siempre que iba all. Le dije que
para mi era una liberacin. Le expliqu luego
que entire la multitud, en la calle, el paseo o
las reuniones de personas no me siento bien.
No es que yo deteste a los series humans, le
aclar, sino... t me comprendes verdad?
Ella me tom las manos. As estuvimos much
tiempo. Me quit el alfiler de brillantes, el











zz RAMN MARTIN

trbol, y se lo puse en el pecho. Las piedras
brillaban de una manera rara en la oscuridad.
Yo haba reclinado mi cabeza sobre el pecho
de ella que palpitaba profundamente. No obs-
tante, mis ojos permanecan fijos all, a lo
lejos, como en xtasis.
-Ah, la ciudad, la ciudad!-exclam se-
alndole con la mano extendida hacia el va-
co-. En ella siento que me fragmento y que
pierdo parte de m mismo. En ese moment
yo no soy yo. Si conocieras esa tortura!
Yo me haba incorporado ya y la miraba
a los ojos, intensamente. Ella se me tir al
cuello y permanecimos as largo rato. Luego
le di un beso, poniendo con ternura sobre mis
piernas su cabeza, y enmudecimos. Yo senta
su pecho palpitar sobre mis muslos, y en aquel
instant la habra fundido en mi propio ser.
-Este lugar-murmur, las palabras tem-
blndome en los labios-, es como un lmite
entire la ciudad y yo. Al alejarla de mi, me
siento en posesin de m mismo hasta sentir
dilatarme infinitamente. Es una sensacin casi
material. No es la primera vez. Siempre que









UN HOMBRE SOLO 23

vengo aqu me sucede lo mismo. Y mientras
yo me exalto, la ciudad se va reduciendo a un
punto, a algo imperceptible, a la nada. Ah,
en esc instant, mientras miro hacia all abajo,
cmo me sera indiferente si todo se hundiera
bajo mi mirada o desapareciera como una plu-
ma arrebatada por el viento!
Apenas haba terminado cuando una agona
terrible se apoder de m. Fu una sensacin
desgarradora de ridculo, despus de esa con-
fesin ntima. Al analizar ms tarde ese epi-
sodio, he pensado que interiormente tal vez
ella se reira de m, o pensara en aquel ins-
tante en cosas ajenas a m, lejos de aquel lugar,
del panorama, de la noche y de las estrellas.
Le interesaba realmente todo aquello? No la
fastidiaba, no la llenaba de tedio en vez de or-
me hablar con gusto? Pero antes de que el
arrepentimiento en forma de vergenza sa-
liera a mi rostro, los labios de ella fueron as-
cendiendo hasta los mos convulsivamente.
Una dicha infinita me inund. De pronto
sentimos fro. Sin embargo, estbamos en el
mes ms riguroso del verano. Las luces de la









24 RAMN MARTIN

ciudad parpadeaban a lo lejos como si alguien
soplase sobre ellas.
Decidimos regresar. Era la noche ms feliz
de mi vida. La acompa hasta su casa. Es
decir, hasta una esquina, por temor a que me
vieran en su compaa. Crees t que hay
derecho a comprometer a una mujer que nos
ama? Pero cuando imagine, apostado en la
esquina, que estara entrando, vi que se de-
tena un auto frente a ella; la vi luego meters
en l y desaparecer rpidamente. Yo le haba
dado mi telfono, la direccin de la calle don-
de vivo y hasta el nmero de mi apartamento.
Un pensamiento inevitable quem mi cerebro.
S, efectivamente, eso mismo que tu ests
pensando ahora, el alfiler de brillantes de mi
to que se suicide, y que me haba dado en
recuerdo mi ta, loca despus y suicide
tambin.
Aquella noche se lo haba puesto en el pe-
co, con objeto de embellecerla ms...
















III


Al detenerme en el relato de la aventura,
re con cinismo. Me haba chocado de pron-
to, al observarlo, la expresin absurda del ros-
tro de Gregorio que me miraba fijamente.
Es verdad que le haba contado demasiado so-
bre aquel asunto. Pero no todo. Haba de-
jado pasar ciertos detalles por pudor, o tal
vez por vergenza. Cuando volviendo a ellos
mentalmente estuve tentado de aclararle al-
gunos pormenores, me contuve, me arranqu
la corbata con desesperacin, tom un tabaco,
lo encend y fum en silencio.
Mientras reflexionaba me puse a pasear de
un lado para otro. Gregorio me segua con
la mirada, an cuando finga examinarse la
punta de los zapatos.
Arrepentido, sent asco, repugnancia, furor.










z6 RAMN MARTIN

En aquel instant no poda soportar mis pro-
pias confidencias. A pesar de mis propsitos
de no contar en lo sucesivo las intimidades de
mi vida, siempre caa en las mismas debilidades.
Ese conflict, esa lucha conmigo mismo, sur-
ga y desapareca y volva a surgir de nuevo.
Me haca la promesa de ser reservado en mis
cosas. No me lo haba jurado yo mismo en
ms de una ocasin? Sin embargo, despus,
envuelto por mi propio tono, embriagado por
los episodios, el tono confidencial me seduca
hasta relatarlo todo. Luego... Ah, s, volvan
los reproches, los nuevos juramentos y los arre-
pentimientos de otras veces! Yo no poda
guardar nada. Era incapaz de vivir para m,
como hacan los dems, ni mis alegras ni mis
tristezas. Qu le importaban a Gregorio esas
cosas? Me contaba las suyas, o me deca los
incidents y las aventuras de su vida? Por el
contrario, en su actitud y en su conversacin
pona siempre un clculo meditado de reserve.
Saba hasta donde quera llegar. Mejor dicho,
en sus confidencias revelaba lo que quera o
wo que le convena. Cuando por primera vez










UN HOMBRE SOLO 27

me asalt ese presentimiento, enmudec sbi-
tamente. Mi rostro adquiri una expresin
sombra. No s por qu, creo que un estreme-
cimiento recorri su cuerpo. Fij su mirada en
el suelo, abstrado. Pero no! El haba adivi-
nado en aquel instant mi pensamiento. Esta-
ba seguro. Mi rostro se haba trocado duro y
terrible. Me haba detenido precisamente, en
el moment en que le iba a relatar otros epi-
sodios. El cruz una pierna sobre la otra, to-
mando una actitud important, desembaraza-
da, como si me hiciera el heror de orme. En
ese moment dud de su lealtad. La idea me
vino como un relmpago. Me pareci que en
el fondo de su alma me despreciaba, se rea de
m, de mis contrariedades, de mis torturas, y
que me oa... Fu en ese segundo precisamen-
te. Enmudec y lo mir con fijeza. Mientras
hacindose el distrado miraba en direccin
opuesta a m, tuve ganas de gritarle, de insul-
tarlo y de echarlo despus del cuarto. El lo
comprendi en mi mirada que, turbado, pro-
cur evitar. Luego, con un gesto peoso, se
volvi hacia m invitndome con la mirada a










28 RAMN MARTIN

continuar. Pero me levant y me detuve frente
a l.
-Oye-djele lentamente, con una ecuani-
midad que an hoy me admira-yo s lo que
t piensas de m. No me lo niegues. Pero t
sabes tambin lo que yo pienso de ti.
En su turbacin, su rostro de imbcil y sus
ojillos innobles me sublevaban. Haba ledo
toda la bajeza de su alma y haba llegado hasta
su pensamiento miserable. Se torn sombro
sbitamente. Luego, de pronto, sonri de una
manera baja y repulsiva.
En ese instante...
Pero no. Es preciso ser comprensivo. Hay
que imaginarse como estaba yo, solo en el cuar-
to, perseguido por pensamientos torturadores y
por mis contrariedades de aquellos das. Las
cuatro paredes eran un desierto. Los libros
mos tirados por el suelo los miraba yo de vez
en cuando con hasto, y el pedazo de cielo que
vea a travs de mi ventana me pareca que
me aplastara de un moment a otro. En ese
instant la presencia de Gregorio era un ali-
vio. Cuando inesperadamente lo vea aparecer,








UN HOMBRE SOLO 29

mi actitud cambiaba y mi espritu perdia esos
erizamientos feroces de otras veces. Despus,
a pesar mo, senta que su pensamiento hurga-
ba en mis miserias interiores. Cuando anterior-
mente haba mirado para mi corbata viendo
que el trbol, mi alfiler de brillantes, haba
desaparecido, no pudo disimular su alegra in-
terior. Al mismo tiempo alz una mano, me
mir fijamente y sonri con malicia.
-Crees t-djele contestando a su pen-
samiento-, que eso tiene importancia? El tr-
bol: un trbol... qu ms da?
Yo estaba de espalda y no esperaba adems
su asentimiento. Es cierto. El trbol nunca
me interest sino como recuerdo. Yo detestaba
las joyas desde pequeo. Si usaba aqulla,
cuando la usaba, muy rara vez, era precisa-
mente cuando me pasaba por el cerebro el re-
cuerdo de mi to suicide. Lo haba querido
much cuando nio.
-En cambio-insist dirigindome hacia l,
con acento triste-a veces pienso cosas terrible
de m mismo...
Gregorio clav sus ojos sobre m con rapidez.








30 RAMN MARTIN

Haba en su mirada como un deseo sincero y
noble de escucharme.
-Hay momentos-continu despus de un
breve silencio-en que quisiera echar un velo
sobre mi vida o borrarla de un golpe. Ah, si
fuera possible!
Dando media vuelta me haba detenido
frente al espejo asaltado por un pensamiento
repentino. Mi rostro estaba plido. Apenas me
reconoc. Es decir, mi aspect desencajado, la
mirada fija y vaga, no era mi aspect de todos
los das. Ya en otras ocasiones me entretena
horas enteras en examiner mi rostro en el es-
pejo. Yo no era yo. Mejor dicho, me vea
tan distinto a como me crea, a como me ima-
ginaba generalmente!
Me sent, tom de encima de la mesa un ta-
baco y se lo ofrec. Gregorio lo encendi tran-
quilamente, fijando sus ojos en los arabescos
del humo que se iba fugando a travs de las
rejas de la ventana.
-No se te ha ocurrido alguna vez-le pre-
gunt al tiempo que alargaba mi mano para
recoger la caja de fsforos que me devolvia-








UN HOMBRE SOLO 31

interrogarte a ti mismo? No hay un solo da,
sobre todo en horas determinadas, en que no
me plantee estas preguntas estpidas: quin
soy"? "cmo soy"? Hay nada ms absurdo
que plantearse as, sin ms ni ms, preguntas
que podran parecer incoherentes? Pero des-
pus de hacrmelas con un profundo desdn,
las dejo sin respuesta. Tengo miedo de con-
testarme; siento pavor de decirme lo que pien-
so y siento sobre m. Si la tarde aquella en que
t viste a aquel hombre venir a mi aparta-
mento a hablarme de negocios, hubieras visto
tambin el fondo de mi pensamiento, te ha-
bras espantado. Aquel imbcil hizo una exal-
tacin de mis cualidades eminentes y de mis
grandes virtudes. No s si t me estimate ms
desde entonces. En el fondo creo que t pen-
saste como yo. Desde luego, en tu actitud re-
servada o cohibida, haba como un asentimien-
to. Pero no! T mentas, t no sentas hon-
radamente aquel gesto. Pienso que la poca
estimacin que te merezco, si te merezco al-
guna, disminuy en aquel instant. Ah, Gre-
gorio, con qu gusto le habra desmentido! Por









32 RAMN MARTIN

un moment, tuve intenciones de plantrmele
frente a frente, cortarle la palabra y decirle sin
subterfugios ni prembulos: "iOiga, seor;
pues precisamente yo soy todo lo contrario de
lo que dice usted! Me conoce usted mejor que
yo mismo"? Esa idea me vino en forma de
furor, pensando justamente en mi aventura
sentimental, antes de mi ida al campo, y alre-
dedor de mis contrariedades de aquellos das.
Sin embargo, recuerdo que tuve palabras de
agradecimiento para sus elogios, y hasta me
sent, por un minuto solamente, te lo juro,
conmovido. Eran frases inesperadas, y que si
te digo verdad, nunca las haba odo antes en
otros labios. As pues, como te deca, tengo
a veces pensamientos tan ridculos sobre m,
que el da que llegase a formulrmelos defini-
tivamente no me sobrevivira. Por otra part
esa idea me asalt por primera vez en aquella
poca. Fu en el campo cuando me puse a re-
pasar mentalmente ciertos episodios de mi vida.
El ms reciente, es decir, el que ms me ator-
mentaba en aquellos das, fu aqul. Al es-
coger la vida de provincia no fu por lo pr-









UN HOMBRE SOLO 33

ximo que tena a mis padres. A pesar de que
viva con ellos, nos veamos muy poco durante
el da. Me haba aislado de todo. Solamente
iba hacia la soledad de los potreros, me meta
entire los caaverales o me tiraba bajo la som-
bra de las caabravas, a la orilla del camino
real. Hay algo en m, como te deca, que se
resisted a admitirme y a tolerarme en ciertas
formas. S que no soy el nico. Como yo hay
otros, muchos, millares. Pero, qu quieres?
Los dems desaparecen de la escena de mi pen-
samiento, para verme yo en todo mi relieve
interior. No es que a m me inquiete ni me
preocupe la opinion que tengan de m los otros.
Si eso me hiciera feliz, si eso me borrara a m
mismo, t comprenders que habra bastado
para mi felicidad de toda la vida, la exaltacin
que hizo de m aquel hombre que vino a verme.
No obstante, yo podra aceptar la vida como la
aceptan todos, como la aceptas t mismo. Pero
no. Entre tu manera de ver las cosas y la
mia, hay un abismo. Yo no s cul es la mejor
o la peor. Para m, la verdad ma es... la ma.
Es una manera de ver, desde luego. Y sin ir









34 RAMN MARTIN

ms lejos, lo que te deca del paisaje. No quiero
insistir sobre ese asunto desagradable con el ob-
jeto de erizar tu sensibilidad. Sin embargo, los
dos lo vemos de distinta manera. Pero no eres
t solo. Cuando estuve en el campo, los mis-
mos campesinos al pasar por mi lado a la hora
del crepsculo, deteniendo su caballo se diri-
gan a m: "Muy lindo, amigo; muy lindo!"
Qu tiene eso de particular? Nada; lo s. Al
contrario. Visto framente creo que esa cor-
dialidad debe ser agradable y confortadora. Pe-
ro hay moments en que esas palabras sencillas
se hacen intolerables. Ellos saban que yo no
era del lugar y que mi aspect no era preci-
samente de un hombre de campo. Para m, en
eso haba un deseo estpido de halagarme o de
restregarme por la cara su paisaje. Creo que
aquellos hombres se fijaban por primera vez
en aquel espectculo. Me bast ese pensamien-
to, es decir, esa idea, para sentir de pronto un
furor sordo contra ellos. Nunca me parecie-
ron ms ridculos ni sus crepsculos ms in-
soportables. Es cierto que mi estado de nimo
no era favorable a las contemplaciones. Fui










UN HOMBRE SOLO 35

all como pude haber ido a otro lugar cual-
quiera. Pero bast aquel incident para que
entire el paisaje, el campo y mi espritu se es-
tableciera de pronto un estado de hostilidad.
Si ese mismo hombre que vino a verme no hu-
biera hablado de m con exaltacin, posible-
mente mi opinion sobre m mismo habra sido
otra...















IV


Para corroborar mi opinion iba justamente a
exponerle otras razones, mencionarle algunos
hechos de los cuales l mismo haba sido testi-
go en das anteriores, cuando me sent cansa-
do. Adems deseaba estar solo y meditar tran-
quilamente sobre ciertas cosas. Me detuve
frente a la ventana, contempl largamente el
cielo a travs de las rejas, y luego, volvin-
dome hacia l, le dije con aire fatigado:
-Hasta luego, Gregorio.
Se levant, recogi en silencio sus cosas, y
abandon el cuarto. Casi siempre mis despedi-
das tomaban esa forma. Eran ms bien rde-
nes de dejarme, sin explicaciones ni parntesis.
Es verdad que cuando le dije "hasta luego",
l me mir con rapidez, pero con fijeza. Se-
guramente esperaba la explicacin de algo, una









UN HOMBRE SOLO 37

confidencia, cualquier cosa. Con frecuencia
yo le planteaba cuestiones que despus no re-
solvia. Las planteaba, y nada ms. Pero haba
una, una sola que me parece le preocup siem-
pre. Por lo menos, en ms de una ocasin alu-
di a ella. Yo conoca la intencin en su aire
distrado. Saba hasta donde quera llegar cada
vez que me trataba un asunto sin inters apa-
rente. En otras ocasiones haba intentado
arrancarme ciertos secrets hablndome con
indiferencia sobre cosas banales. Pero me haca
el preocupado y no contestaba. Esta vez estaba
seguro. Era la pregunta que yo le haba hecho
de que si "no crea de que hay almas que se
transparentan a travs del cuerpo". O l crea
que se trataba de una tontera y quera des-
esperarme repitindomela, o realmente le
intrig. Por mi parte no tuve dudas. Oh,
no! Aquella vez lo hice intencionadamente.
Le haba hecho esa pregunta, para evitar tener
que plantrmele frente a frente, y decirle sin
subterfugios:
-Oye, estpido, imbcil, a-c-mi-la... ten-
go cara de eso que acabo de decirte?









38 RAMN MARTIN

Aunque no estoy seguro, pienso que aqulla
fu una salida de mi malhumor. Tal vez un
viejo resentimiento me la haba dictado, o
cuando menos una de esas sospechas terrible.
Seguramente Gregorio no lo ignoraba. Aparte
de eso, l se aprovechaba de mis accesibles es-
tados de carcter para desvalijarme en ocasio-
nes, con mi propio consentimiento. En mis
horas sombras, en cambio, desapareca. No es
que me hiciera falta ni tuviera necesidad de sus
servicios, sino... En fin, yo no poda soportar
aquella soledad rencorosa y por lo menos me
habra agradado decirle cualquier verdad. Esos
estpidos estados de nimo rigen la tonalidad
de mi vida. Gregorio no lo ignoraba. De pri-
mera intencin, nada ms que con verme, sa-
ba lo que senta y lo que pensaba. Era un
espritu hecho de clculo y de maldad, de sor-
didez, de bajo egosmo. Si se pudieran definir
los temperamentos por los oficios, podra decir
ahora que l haba escogido el suyo por tem-
peramento. Sin embargo, no me poda resig-
nar a admitir que a travs de mis miserias sen-
timentales pudiera penetrar en todos los plie-









UN HOMBRE SOLO 39

gues de mi espritu. Me imagine que, sin mi-
rarme, saba penetrar hasta mi ltimo pensa-
miento. Ms de una vez me haba asaltado la
idea de que l saba ver entire los pensamientos
ms elevados y los sentimientos ms desinte-
resados, toda la series de pequeas cosas que se
arrastraban en el fondo de mi alma. Nunca
me lo dijo, y en ese sentido guardaba una re-
serva diablica. Pero s que mi pensamiento
y mi sentimiento adquiran para l como una
forma externa. iOh, s! Yo lo presenta; pero
su sonrisa enigmtica, cuando apareca frente
a mi cuarto, me lo confirmaba definitivamen-
te. Siempre que vena a poner en orden las
cosas, llegaba en la misma actitud de quien
viene a visitar a un camarada. No me ofendia.
iOh, no! Por el contrario, creo que su des-
embarazo me haca verle con ms simpata.
Yo mismo lo alentaba dndole a nuestras re-
laciones cierta familiaridad. En esas ocasiones,
antes de comenzar la limpieza me daba los bue-
nos das con una sonrisa, una sonrisa a veces
maliciosa que daba la sensacin de una confi-
dencia o de un asentimiento, y se sentaba en









40 RAMN MARTIN

mi silla. Despus, sin mostrar deseos de co-
menzar, empezaba a curiosear en los cuadros,
en las estampas, en las caricaturas. Luego son-
rea como si recordara entire tanta gente-casi
todos viejos amigos mos-, a sus propios ami-
gos, cuya presencia le trajera algn recuerdo
agradable. Su actitud era esttica, reposada,
ponderada. Haba en ella algo de ennoblecedor
y de digno. Luego, estirando con familiaridad
la mano sobre mi mesa, tomaba un tabaco, a
veces mi nico tabaco, tomaba un fsforo, lo
encenda tranquilamente y fumaba lleno de
dicha. Si por casualidad me echaba a la calle
a hacer alguna diligencia, entonces los amigos
que me encontraba me saludaban a gritos, des-
de una cuadra de distancia, de una a otra acera,
apenas me perciban:
-Adis, Hctor!-y agitaban la diestra
vertiginosamente hasta desaparecer envueltos
en una sonrisa entire el marco de la puerta de
una tienda o al doblar una esquina.
Era un torrente de alegra, de cordialidad,
surgido de todas parties y por todas parties. Eso
me haca feliz. Luego mis propios enemigos-,









UN HOMBRE SOLO 41

es decir, algunos tipos que se haban hecho
gratuitamente enemigos mos-me saludaban
al pasar cerca de m, o me tocaban en el hom-
bro cordialmente. Pero si por el contrario se
produca un dislocamiento interior... He ah
la paradoja, lo estpido. Es decir, el caso de
hoy, precisamente. Gregorio se apareci a ha-
cer la limpieza por la maana, hermtico. Sa-
lud sin mover los labios, entr de lleno en su
labor, y ni siquiera se ha permitido la familia-
ridad de mirar para los cuadros colgados en la
pared. Cmo me habra gustado que se hu-
biera permitido las libertades de otras veces!
Sin embargo, su actitud comedida me sacaba de
quicio. Nada ms que con intentarlo lo ha-
bra botado del cuarto violentamente. Por
qu ese ser repugnante se conduca de esa ma-
nera? Yo vigilaba sus movimientos, sus pasos,
y mis ojos fijamente espiaban sus actos. Si so-
lamente por equivocacin hubiese mirado para
uno de mis cuadros, le habra contenido:
-Imbcil, abusador, atrevido, ladrn de
,tabacos, qu miras?
Me haba levantado desde muy temprano.









+2 RAMN MARTIN

Esa idea me obsesionaba hasta torturarme. A
pesar de las distintas cosas que tena que hacer,
y que haba anotado en un carnet desde la
noche anterior, no haba hecho nada. Com-
prendia que lo que senta eran ganas de en-
frentarme con alguien, y hasta esos moments
haba puesto mis esperanzas en l. Confiaba
en un atrevimiento suyo, en una libertad, en
cualquier cosa. Pero no. Gir por el cuarto co-
mo una sombra, y sin darme cuenta, mientras
yo hojeaba un libro, desapareci.
Qu poda hacer entonces, solo y enfure-
cido? De pronto pens en una cita que tena
para ese da. La haba anotado tres dias antes.
Pero no me interesaba. Ya se lo haba dicho a
Gregorio, en otra ocasin, comentndolo.
-Es intil, le haba dicho. He prometido
ir por debilidad. Si en su presencia tom el
carnet, anot la fecha, el da y la hora, fu
por hacerlo, comprendes? Crees que ese tipo
me puede decidir haciendo una exaltacin de
mis cualidades eminentes y de mis grandes vir-
tudes? Bandido! Estoy seguro de que a mi es-
palda es mi peor detractor y que no me con-









UN HOMBRE SOLO 43

cedera ni el derecho a la vida. En cuanto al
negocio, magnfico! no es cierto?...
Me detuve, rel nerviosamente hasta estallar
en una carcajada, recog unos papeles del sue-
lo, y me volv de nuevo hacia l:
-Pues bien; ese canalla no me conoce. No
pienso ir. No me interest ninguna de sus pro-
posiciones. Qu te parece?
Le di la espalda, y comenc a pasearme a lo
largo del cuarto.
-Ah, s !-exclam bruscamente al cabo de
un rato, detenindome en seco, mis ojos fijos,
provocativos, en los suyos. En mi lugar t
iras, trataras con l, y an cuando supieras
que te despreciaba lo habras tratado con ama-
bilidad. Pero yo... oh, s, soy un imbcil, ver-
dad? Pues bien, no ir! lo oyes? no ir!
-repet en un gesto feroz al tiempo que con-
traa las mandbulas y mis dientes chocaban
unos contra otros hasta seguramente adquirir
mi rostro una expresin ridcula. S pasarme
de todo y de todos. Tengo mis razones, que yo
conozco y que a nadie important.
Gregorio abri los ojos desmesuradamente,









44 RAMN MARTIN

alz un brazo en un gesto mudo, y luego lo de-
j caer. Pens que deseaba decirme algo; de-
cidirme, exponer su parecer. Pero clav su
mirada en el suelo y no contest. Desde ese
da no se atrevi a hablarme ms sobre aquello.
Yo lo haba olvidado tambin.
Pero hoy, cuando desapareci del cuarto, me
asalt la idea nuevamente.
Tom el carnet de notas que haba tirado
por el suelo en un acceso de clera, borr aque-
lla cita y me ech a la calle.
Desde haca algn tiempo me haba habi-
tuado a tomar por el mismo lugar, pasar por
dos o tres cuadras, aun cuando fuera el camino
opuesto al lugar adonde iba, y luego, bifurcn-
dome, dirigirme a done tena que ir. Me
haba acostumbrado a ver las vitrinas de cier-
tas tiendas, ciertos anuncios comerciales, unas
esquinas determinadas, algunas caras de perso-
nas que, por otra parte, no conoca, y sin nin-
gn propsito concrete, iba hacia ese espec-
tculo hecho ya parte de mi vida.
No obstante, a los primeros pasos, me de-
tuve. Haba sentido de sbito la monotona de









UN HOMBRE SOLO 45

una cosa demasiado vista. "Oh, ver el mismo
pedazo de calle, las mismas vidrieras todos los
das, y las mismas esquinas y las mismas cosas"!,
pens. Mientras permaneca indeciso sin saber
por qu decidirme, algunas personas amigas
pasaban a mi vista, en distintas direcciones, sin
saludarnos, sin dirigirnos siquiera una mirada.
Eran los mismos tipos que en otras ocasiones,
al encontrarnos en la calle a una cuadra de
distancia, me saludaban a gritos, agitando una
mano y desapareciendo despus envueltos en
una sonrisa. De pronto sent un furor terri-
ble. Pero no haba dado veinte pasos cuando
percib en la otra acera a Nstor. Era un vie-
jo amigo mo a quien no vea hacia much
tiempo. Es cierto que nuestra antigua amistad,
en aquella poca, se turbaba por instantes,
arrastrados ambos por la pasin de discusiones
violentas. Llegbamos a injuriarnos gratu-
tamente. Yo s que l lo haca por amor pro-
pio y a veces pienso que por un exceso de
afecto. Ninguno nos confesbamos esa ver-
dad. Pero algunas veces, reflexionando sobre
eso, lo he adivinado. Despus estbamos das,









46 RAMN MARTIN

semanas enteras sin hablarnos. Pasados esos
moments, nos afrontbamos con una sonrisa
y nos dbamos un abrazo. A pesar de mi ca-
rcter sombro sent alegra al verlo. Me de-
tuve y lo salud con un grito. Al mismo tiem-
po me avergonc. Comprend que mi exalta-
cin atraa la curiosidad de las personas ex-
traas. Cuando con un gesto mir a mi alre-
dedor, no pude soportar la mirada fija de una
mujer que se detuvo un segundo y ech a
andar de nuevo. "iQu, tuve ganas de gri-
tarle, soy la primera persona que saluda as,
en medio de la calle!" En ese instant Nstor,
indeciso, se apoy en su bastn, se meti la ma-
no en el bolsillo inferior del saco, y sonri a
una muchacha. Luego volvi a mirar hacia m.
Yo me haba detenido en el filo de la acera,
cerca de una seora que llevaba dos nios por
el brazo. Como yo, esperaba el paso de los
autos para pasar al otro lado. Pero cuando
llegu all, Nstor no estaba. Se perda y rea-
pareca entire la multitud que se agitaba a lo
largo de la acera, en direccin opuesta.
"Imbciles, cretinos!-grit mentalmente.









UN HOMBRE SOLO 47

Si se hundiera ahora mismo este cochino as-
falto y se los tragara a todos!"
Yo senta que mi rostro se contraa ridcu-
lamente. La ira que no haba podido satisfacer
aquella maana, se diriga ahora contra todos,
contra las personas que indiferentemente pa-
saban por mi lado a lo largo de la calle.
En aquel instant, si me hubiese tropezado
con uno de mis pretendidos enemigos, nos ha-
bramos destruido sin remedio.
Oh, s, yo me conozco! Estoy seguro, lo
veo, lo siento!




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