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Title: Miguel Figueroa, 1851-1893
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Title: Miguel Figueroa, 1851-1893 discurso leído ... el 6 de julio de 1943, en conmemoración del cincuentenario de su muerte
Physical Description: 37 p. : front. (port.) ; 25 cm.
Language: Spanish
Creator: Mañach, Jorge, 1898-1961
Academia de la historia de Cuba, Havana
Publisher: s.n.
Place of Publication: La Habana
Publication Date: 1943
Copyright Date: 1943
 Subjects
Genre: individual biography   ( marcgt )
non-fiction   ( marcgt )
Spatial Coverage: Cuba
 Notes
General Note: At head of title: Academia de la historia de Cuba.
 Record Information
Bibliographic ID: UF00081373
Volume ID: VID00001
Source Institution: University of Florida
Holding Location: University of Florida
Rights Management: All rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier: ltuf - AAQ5745
oclc - 01848612
alephbibnum - 000139631
lccn - a 43003720

Table of Contents
    Front Cover
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    Half Title
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A/


MIGUEL FIGUEROA

1851-1893




DISCURSO
ledo por el Acadmico de Nmero

DR. JORGE MAACH ROBATO
en la sesin solemne celebrada el 6 de
julio de 1943, en conmemoracin del
cincuentenario de su muerte.


LA HABANA
1945


!*


-Atabntta he la ijiotornia he O.Tuba


!















UNIVERSITY
OF FLORIDA
LIBRARIES







THIS VOLUME HAS BEEN
FI4CROFIIMED
BY THE UNIVERSITY OF
FLORIDA LIBRARIES.
























MIGUEL FIGUEROA

1851-1893
















































MIGUEL FIGUEROA


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Arabetma het la ltAItari i Qhtuba


MIGUEL FIGUEROA

1851-1893




DISCURSO

lefdo por el Acadmico de Nmero

DR. JORGE MAACH ROBATO

en la sesin solemn, celebrada el 6 de
julio de 1943, en conmemoracin del
cincuentenario de su muerte.













LA HABANA
IMPRENTA "EL BIGLO XX"
A. MUNIZ Y HNO.
BRASIL, 153 AL 187
MCMXLIII









t47


La responsabilidad de las opinions,
juicios, criterios y, en general, de today
manifestacin en los trabajos pblicos
es exclusive del autor, sin que por el
hecho de conocerlos y aprobarlos la Aca-
demia asuma responsabilidad alguna.-
Articulo 200 del Reglamento.




















Honorable Sr. President:
Honorables Sres. Acadmicos:


A s como en las relaciones del vivir social so-
lemos aprovechar el natalicio o el onomstico
de nuestros amigos para hacerles explcito
nuestro afecto, y a veces para desagraviarlos
de nuestra indiferencia, en el vivir histrico nos va-
lemos tambin de los aniversarios para tributar a
aquellos amigos mayores que son los prceres de un
pueblo, los sentimientos difusos de admiracin y de
gratitud que flotan en el ambiente moral de la colecti-
vidad, y a veces para compensarlos de aquella conti-
nuidad cotidiana del olvido a que nos obligan las exi-
gencias mismas de lo actual. Semejantes tributos de
recordacin constituyen parte de las tareas y deberes
de esta Corporacin ilustre. Por eso nos hemos reunido
hoy aqu para conmemorar a Miguel Figueroa, al cum-
plirse cincuenta aos de su muerte.
Si hay alguna figure en nuestra Historia que me-
rezca este noble tributo, es la del gran orador autono-
mista. Y esto, no solamente por la calidad intrnseca
de su ser y de su obra, sino tambin como una especie
de compensacin del tipo menor de destino que le toc










cumplir. En la historic hay. hombres que se bastan para
su propia salvacin. A su grandeza esencial se unen
coeficientes de oportunidad y de circunstancia: surgeon
cuando hay una tarea decisive que realizar y se alzan
sobre la onda de su propio moment histrico. Pero
hay otros hombres, no menores a veces en la humana
estatura, a quienes el instant como remansado en que
viven, o el marco secundario en que les toc moverse,
les imponen un destino tambin subalterno. La calidad
ntima y pblica en ellos les permiti llenar generosa o
brillantemente su propio mbito; pero como ste no
fu seero o decisive en s mismo, pasaron con gloria
menor al recuerdo de su pueblo. Cuntas veces no
habreis pensado como yo que se deberan emprender
recorridos sistemticos por los caminos de nuestra his-
toria para ir rescatando del semiolvido en que se hallan
-opacados por la gloria de los hroes mayores- a
tantos de esos prceres del moment impropicio, que
tuvieron que vencer con su intensidad y su mpetu las
tremendas resistencias de una realidad inerte, cuando
no del vaco histrico 1
Miguel Figueroa fu uno de esos prceres. Le toc
vivir su breve madurez precisamente en el lapso crtico,
inestable y expectante que se extendi desde el Zanjn
hasta Baire -puente movedizo entire dos cimas. Fu,
pues, el suyo un oscilante avanzar. Pero cubri su
etapa, y como en ciertas proezas del equilibrismo de-
portivo, cruz el espacio peligroso llevando en la mano
una antorcha llameante.
Ms que los sucesos de aquella vida breve, voy a
tratar de sugeriros su tension internal, en que radic su
mayor herosmo y la razn peculiar de su servicio. Y
quisiera que me permitieseis violar todos los cnones de
la biografa y del panegrico, empezando mi evocacin
por el final.










LA AUSENCIA Y SU PERFIL

El 6 de julio de 1893 muri Miguel Figueroa. Fu
un suceso que produjo honda y general consternacin
en Cuba. Desde los funerales de don Jos de la Luz, no
haba visto La Habana manifestacin semejante de
duelo pblico. Debiera decir ms bien de afecto y de
duelo populares. Porque lo caracterstico de aquel
tributo imponente, no fu ese fasto oficioso que suelen
revestir las exequias de los personajes, sino el desbor-
damiento hirviente, estremecido y denso del dolor po-
pular. Fueron intiles las carrozas fnebres en el en-
tierro de Figueroa: el atad fu llevado en hombros
hasta el cementerio, llevado en vilo por gente de rango
y gente de pueblo. As avanz tambin Figueroa hasta
su descanso definitive, sujeto a la leve oscilacin de su
human soporte, como en un final simblico de su
propia existencia... Se improvisaron responses espon-
tneos a su paso. Lloraban los blancos y los negros; las
mujeres y los hombres. Caan flores de los balcones.
Gente desarrapada se acercaba, unciosamente, a tocar
el atad. Y hubo un moment en que, al tratar de con-
tener la fuerza pblica al pueblo, salt la violencia y se
cerni sobre el cortejo mortuorio el amago de una tra-
gedia ms cruenta.
Quien haba muerto era, pues, un hombre popular.
Un hombre que no era del pueblo; pero a quien el
pueblo haba llegado a sentir y a querer como suyo.
Creo que si explicamos esto nos explicaremos esencial-
mente lo que fu para Cuba aquella presencia humana.
Por el hueco se conoce tambin el perfil.










PREHISTORIC

Figueroa haba nacido en Crdenas -de lo que so-
lemos llamar "buena familia"- en 1851, al ao de
flotar all melanclicamente la ensea de Narciso Lpez.
Acaso por el susto de aquel episodio, se le trajo a poco
a La Habana. Apenas haba cumplido los cinco aos,
el padre, manso hidalgo colonial, eleva una instancia a
Madrid, solicitando la real venia para que su hijo in-
gresara -es de presumir que a su debido tiempo-
en la Marina de Guerra. De casta le vena, pues, a
Figueroa, si no una obsequiosa fidelidad, la active de-
vocin hispnica. Anotemos ese antecedente, revelador
de una de las influencias que van a tirar de su destino.
Pero el medio no se demora en marcar tambin a
los hombres. Qu huella dej en el alma del mozo Fi-
gueroa su coincidencia con Ignacio Agramonte y con
Manuel Sanguily en las aulas de la Universidad, que
frecuent por tiempo muy breve, no lo sabemos; pero
s parece constarle al bigrafo de Figueroa Dr. Val-
verde,<) de quien tomo estos datos, que cuando se es-
cuch en La Habana el taido lejano de la Demajagua,
Figueroa sinti el llamamiento de la tierra, y Morales
Lemus tuvo que disuadirle de ir a quemar su adoles-
cencia en la manigua.
Su vida comienza desde entonces a mostrar un cu-
rioso paralelismo con la de Mart, que haba nacido
slo dos aos ms tarde. Es 1869, el mismo ao en que,
al amparo de la relative libertad de imprenta, publicaba
el discpulo de Mendive La Patria Libre, estrenbase
tambin Figueroa en las letras y en la preocupacin
pblica desde las pginas de El Farol, que l mismo
fundara: un "peridico impoltico, liberal, joco-serio-
(1) Miguel Figueroa y Garca. Su uida, por Antonio L. Valverde; La
Habana, 1925.










sentimental", segn a s mismo se describa, en el
estilo elementalmente irnico de aquellos aos de li-
bertad desconfiada. En el primer nmero, apareci un
"fondo" del juvenile director, muy explcito en sus reti-
cencias polticas. De l eran estas palabras:
Consideremos al pueblo como la palanca ms poderosa que sos-
tiene a los gobiernos... Nada ms en armona con nuestras condi-
ciones que ofrecer y prestar con anticipacin nuestro dbil apoyo
a ese pueblo, casi siempre esclavo, muy pocas verdaderamente libre,
mostrndole sus enemigos, repitindole da tras da que es fuerte
y vigoroso para derrocar a todos los tiranos del mundQ, si combat
con fe y entusiasmo, y excitndolo a las grandes conmociones pol-
ticas, primero por la evolucin, ms tarde, si fuere necesario, por la
revolucin... Esta es nuestra tarea y sa nuestra misin. Para el
pueblo escribimos y a l consagramos nuestros pobres trabajos...

Notemos cunto haba de trascendente y deliberado
en esas palabras, por debajo de su ingenua retrica li-
beral. Se subrayaba en ellas la dimension popular del
hecho poltico; se declaraba la adecuacin a ella del
propio temperament, comprometindose el autor a la
defense y educacin del pueblo "esclavo"; se anticipaba
la forma de la accin poltica, como una especie de
didactismo que venciera el complejo de inferioridad
histrica en que los cubanos vivan sumidos; y lo que
es an ms sorprendente en aquel moment y a la edad
de quien lo escriba: se adelantaba un criterio sobre el
progress histrico: primeroo por la evolucin; ms
tarde, si fuere necesario, por la revolucin"... Sera
much decir que aquel program novicio contena ya
en germen casi todo el ideario que Figueroa iba a sus-
tentar en la madurez, junto con el sentido populista y
el matiz insurgente que haban de constituir su propio
y personal acento?
La arbitrariedad gubernativa de la poca no dejaba
de tener sus aspects divertidos. Sola escaprsele lo










ms esencialmente subversivo, para ensaarse, en cam-
bio, con lo ms nimio. Aquel artculo de fondo no alter
al Fiscal; pero un equvoco festivo e insustancial publi-
cado poco despus, en el segundo nmero de El Farol.
di pretexto a que el joven periodista se viese encau-
sado, bajo acusacin de menosprecio al soldado espaol.
Fu en definitive absuelto. A medio process, sin em-
bargo, su padre tuvo la precaucin de embarcarle para
Espaa, de acuerdo con la pedagoga poltica que le
haba escuchado antao al General Concha. Los crio-
llitos letrados que se formaban en Cuba tambin corran
peligro de hacerse revolucionarios.

GRILLETE DE PLATA
Lleg Figueroa a la Pennsula en 1869. Dos aos
ms tarde sala Mart deportado con igual destino. Slo
que Figueroa haba nacido con mejor estrella. Aquellos
dos aos fueron los de la furia espaola en Cuba, y
Mart llevara en la carne y en el alma la huella del
presidio politico.
Desde el 71 hasta el 74 coincidieron en Espaa los
dos predestinados. Eran almas gemelas, criollos gene-
rosos y sensitivos los dos: "primognitos del mundo".
Fueron ambos estudiantes de las mismas disciplines:
Figueroa, en Valladolid y en Madrid; Mart, despus,
en Madrid y en Zaragoza. Tenan ambos vocacin de
letras y tribune. Se ejercitaron por igual en el am-
biente polmico que haba dejado "la Gloriosa", y se
nutrieron con la misma avidez de las ideas democr-
ticas y del espectculo parlamentario en aquella Espaa
de mala poltica y buenos oradores. Uno y otro, en fin,
fueron populares entire la muchachada, y sorprendieron
con su saber precoz y su palabra brillante de trpico
a las doctas academias.











Y, sin embargo, de tan paralelas que iban, aquellas
vidas no llegaron a tocarse. Haban nacido bajo distinto
signo, y las circunstancias ms ntimas les abran un
cauce diverso. Mart, de cuna humilde y pobrsima,
pudo liberarse mejor, por ese mismo absolute de incul-
tura y de miseria en su hogar, y hasta por la espao-
lidad de sus padres, con la cual no haba transaccin
ideal possible. Lleg a Espaa lacerado. Su vida estu-
diantil fu, desde el primer moment, un dramtico
forcejeo, propicio, por lo mismo, a la altiva indepen-
dencia. Se enamor de lo human espaol y de su
cultural, pero desconfiaba de la Espaa poltica en crisis,
y slo velaba por ganarle libertades para su Isla.
Figueroa, en cambio, vena de casa afortunada. Se
haba hecho la vista gorda sobre sus expansiones perio-
dsticas, exportndolo slo como media de buen re-
caudo. Devana sus aos de Madrid en plano apacible
y holgado, bajo la lejana mirada paterna. Este freno
le contiene en todo instant los mpetus. Se siente as
obligado a justificarse con su padre, a travs del mar,
por sus entusiasmos sobre la libertad de cultos, cuya
defense le haba escuchado a Castelar en el discurso
famoso. Cuando Mart define su vocacin revolucio-
naria, despus del holocaust del 71, ya Figueroa se
haba dejado alistar en la poltica espaola, si bien
eligiendo el partido de matiz ms radical entonces.
Los prohombres de este partido se apresuraron a
aprovechar las brillantes dotes de inteligencia y de pa-
labra del joven criollo, inicindole en tareas diplom-
ticas, y a Italia le mandaron con el Marqus de Mon-
temar, en la misin encargada "de convencer a don
Amadeo de Saboya de que deba aceptar el trono de
Espaa".(1) La suerte de Figueroa qued as echada.
(1) Juan Gualberto G6mez: Miguel Figueroa (En Valverde, ob. cit.,
pg. 127.











A esa edad, semejantes honors suelen ser como gri-
lletes de plata. De aquella vinculacin a lo official
espaol y a sus ms delicadas responsabilidades, le
quedara ya para siempre a Figueroa un ntimo poso
de gratitud, de emocin hispnica. Convendr recor-
darlo para explicarse ciertas actitudes polticas ma-
duras.
Pero el temperament tambin reclama imperiosa-
mente lo suyo, y la vida de Figueroa sera, como la de
casi todos los hombres, un debate permanent entire la
voz interior y el compromise externo. A veces, las
mismas circunstancias conspiran a favor de aqulla,
como ocurri, dos aos despus de aquella embajada,
cuando Figueroa, de vacaciones en Pars, conoci all
a Francisco Vicente Aguilera, que andaba apandole
recursos a la causa insurrecta.
Hicieron efusiva amistad el hidalgo criollo y su
joven compatriota. Aguilera debi de enardecerle a
ste la fibra tropical y soliviantarle el recuerdo de su
Isla hollada. Y Figueroa no necesitaba much para
encenderse. De vuelta en Madrid, ofrece un banquet
de agradecimiento a sus colegas de la Academia de
Jurisprudencia, por haberle hecho socio de mrito de
ella, y les espeta a los graves seores un discurso eri-
zado de indignaciones cubanas. La prensa le reprocha
a don Segismundo Moret, al da siguiente, haber escu-
chado aquello con aparente complacencia.
Ya Figueroa se ha dejado seducir por s mismo. En
su segunda visit a Pars, se compromete con Aguilera
a ir a luchar por la independencia de Cuba. El prcer
bayams le escucha embelesado: "Si no se malogra
-escribir a un amigo- este muchacho ser uno de
los prohombres de la Repblica". Y le nombra agent
de la Revolucin en Madrid.










Pero otros factors de destino velaban. Aquel nom-
bramiento -segn nos cuenta el Dr. Antonio Val-
verde- produjo desagrado en ciertos crculos celosos
de conspiradores cubanos. Figueroa se sinti en el caso
de renunciarlo, no sin renovar su adhesin fervorosa
a la causa libertadora y su decision de incorporarse a
ella tan pronto como Aguilera le sealase la oportu-
nidad. Era, sin duda, perfectamente sincero; mas no
pas de ah. Las circunstancias se impusieron de nuevo
a aquel ardor libertario, latente siempre en su inti-
midad.
A fines de 1874 regresa a Cuba; se casa, se establece
como abogado. Entretanto, la revolucin de Cspedes
decline. Va a sonar la hora crepuscular de aqul que
no haba nacido para servir a la libertad con el machete,
sino con la luz de su palabra.

EL MARCO

Record ya cmo la vida pblica de Figueroa -su
breve madurez- coincidi casi exactamente con el in-
terregno entire nuestras dos guerras de emancipacin.
Ese marco temporal es parte de su destino. Lo es tam-
bin el hecho de que, a diferencia de la actuacin con-
tempornea de Mart, la de Figueroa se desenvolviera
toda ella en Cuba, o representando a Cuba oficialmente
en Espaa. Nunca se tendr en consideracin sobrada
estos marcos primarios para comprender el sentido de-
una vida pblica.
Resumamos, por otra parte, los dems factors de
conduct ya insinuados: una tradicin familiar cir-
cunspecta, un temperament ardiente, imaginative, ge-
neroso, una discipline de formalidades jurdicas, aca-
dmicas y diplomticas, una salud quebradiza y una










palabra privilegiada. De todo esto, no tena que re-
sultar necesariamente una vida a la vez efusiva y ta-
sada, disciplinada y rebelde, brillante y efmera En
la contradiccin inicial de esos factors, no se deja
entrever ya el sentido ntimamente inestable de aquella
breve existencia?
El Pacto del Zanjn -escribi Manuel Sanguily-
inici en Cuba "una nueva era". La guerra de los Diez
Aos haba sido su matriz. En el largo conflict, se
haba purgado para siempre la secular inercia colonial.
Cuba haba demostrado una aptitud para el esfuerzo
sostenido y para el sacrificio; haba servido a una vo-
luntad difusa de creacin histrica. Era la entrada
en la adultez del conglomerado criollo. Espaa misma
comprendi que la poca de la nuda discipline imperial
era pasada. No se podra ya sojuzgar brutalmente al
cubano: haba que pactar con l. Eso fu lo que de
pacto tuvo, en una dimension histrica ms honda, el
trato del Zanjn. Poda interpretrsele como una de-
rrota a la pretensin cubana de soberana, de indepen-
dencia; pero llevaba implcito el reconocimiento de una
voluntad social incipiente y enrgica, con la cual haba
que entenderse.
Lo que naci despus del 78 fu, en efecto, la so-
ciedad cubana. La Isla no era ya el mero asiento geo-
grfico de un conglomerado laxo y heterogneo, entre-
gado a una juridicidad primaria y a una economa
irresponsible. A lo largo del siglo se haban ido inte-
grando ciertos plasmas sociales, ciertas formas bsicas
de conciencia, de inters y de relacin. La guerra de
los Diez Aos haba iniciado el process de concertacin
de esos ncleos internos, enlazando, por lo pronto, en
la comunidad de un propsito, representaciones mili-
tantes de las dos masas criollas hasta entonces escin-











didas: la blanca y la negra. En esa dicotoma, cuida-
dosamente mantenida por Espaa, se haba rezagado
la colonia; el solo hecho de juntarse las dos masas abra
ya una perspective de superacin, de integracin social
definitive.
Si se leen con algn cuidado los pronunciamientos
cubanos de la poca, se advierte la insistencia de esa
idea: haba ya una sociedad cubana con derechos pro-
pios. No importa que la afirmacin, a la luz de los
hechos reales, resultase todava excesiva. En todo caso,
revelaba un estado de conciencia, el cual se autorizaba
suficientemente en peculiaridades muy visible: haba
un modo de ser y de vivir cubanos, intereses especficos
del mbito insular, y hasta una constelacin propia de
ideas y de aportes culturales. Todos esos valores recla-
maban una organizacin de la autoridad adecuada a
su proteccin y servicio: una estructura, no de colonia,
sino de sociedad afincada en s misma.
Frente a esa pretensin se mantiene, disimulada-
mente al principio, abiertamente despus, la resistencia
organizada del espaol insular. Y del choque de acti-
tudes surgeon los dilemas que agitarn a la poca: en lo
civil, la disyuntiva entire el tono liberal -con todas sus
implicaciones econmicas- y el tono absolutista; en lo
poltico, la oposicin de autonomismo y asimilismo; en
lo moral y cultural, la pugna entire el espaolismo como
fidelidad y el cubanismo como ilusin disidente. Esta
double series de actitudes buscan expresin en los par-
tidos polticos que ahora se autorizan, como una con-
cesin ineludible a la voluntad de organizacin social.
Los dos partidos primordiales son el Liberal, rgano
de la conciencia criolla, y el Partido Unin Constitu-
cional, vocero del integrismo castizo y de la prudencia
criolla hispanizante.











"iPARECE MENTIRA, MENTIRA PARECE!..."
Cmo se sita Figueroa de entrada ante esos es-
quemas de vida pblica? La verdad es que no se sita
muy bien que digamos.
Los hechos conocidos son los siguientes. Apenas
nacido el Partido Liberal, en forma muy sonada por
cierto y bajo la advocacin de Gonzlez Llorente, Mi-
guel Figueroa contribute al intent de crear, frente
al partido que por el moment recoge las esperanzas
cubanas, otra organizacin que ha de llamarse Partido
Liberal Nacional de la Provincia de Cuba. Sanguily
nos ha contado(l) cmo ese conato se frustr por la
intervencin inesperada de Cortina, que desde el palco
de Payret en que asista a la sesin inicial, fulmin a
los organizadores con un apstrofe centelleante.
Estamos todava en espera de que una indagacin
profunda nos revele el sentido exacto de aquel intento..
Podra pensarse que se trat slo de un prurito juvenile,
afanoso de levantar tienda aparte, pero si hemos de
juzgar por el nombre de la organizacin que Figueroa
y sus amigos pretendan crear, parece obvio que se
trataba de abrirle va a la formula liberal-asimilista
frente al neto liberalism criollo, cuya vocacin auto-
nomista haba de hacerse bien pronto patente. Segn
eso, para aquellos disidentes el concept de nacin deba
seguir vinculado a Espaa, de la cual Cuba vendra a
ser una mera provincia, regida con mtodo liberal. Se
comprende la irritacin de Cortina, uno de los padres
de la idea autonmica, al iniciar su apstrofe de Payret
con las clebres palabras: "Parece mentira, mentira
parece... !"
Abona la anterior interpretacin un hecho subsi-
guiente que la diligencia editorial acaba de poner a
(1) Manuel Sanguily: Oradores de Cuba, La Habana, 1926, pgs. 141, 143.











luz. Al frustrarse aquella noche el plan de creacin
del partido asimilista, Figueroa no se incorpor de
inmediato al Liberal de Gonzlez Llorente, sino al
partido Unin Constitucional, que unos das despus
se constituyera. Es decir, llev su militancia a la orga-
nizacin poltica que haba de representar, frente a la
aspiracin criolla ms neta, una resistencia hispani-
zante. As, al menos, lo anot el periodista valenciano
establecido en Cienfuegos, don Enrique Edo, en la se-
gunda edicin (pi blicada en 1889) de su Memoria his-
trica de aquella ; urisdiccin, obra ltimamente reim-
presa.(1) Asegura Edo que Figueroa visit Cienfuegos
en 1879 como afiliado del Partido Unin Constitucional,
pronunciando en el Casino Espaol de aquella locali-
dad un discurso "que produjo inusitado entusiasmo
entire sus adeptos"(2); y pginas abajo aade que, en
1886, cuando ya Figueroa era miembro del Partido
Autonomista y visitara de nuevo la ciudad en compaa
de Fernndez de Castro para un acto de propaganda
poltica, se vi ste frustrado por la tremenda algarada
que los espaoles hicieron contra Figueroa, en protest
de su desviacin poltica.(<)
He aqu una de esas encrucijadas de la investiga-
cin ante las cuales la simpata al hroe se nos nubla
de sutil congoja. Pero la seriedad y la gracia de la
historic no podrn nunca consistir en que tales hechos
se oculten, sino en lograr alguna explicacin de ellos
mediante la cual el hroe se salve si puede -como se
salva siempre que es hroe verdadero.

(1) Enrique Edo: Memoria Histrica de Cienfuegos y s jurisdiocidn,
Tercera Edicin, La Habana, 1943.
(2) Ob. oit., pg. 514.
(3) Ob. cit., pgs. 640 a 642. Debo estas referencias a la cooperaci6n, que
vivamente agradezco, de nuestro colega el doctor Enrique Gay-Calb6.











CONFUSION, EMOCIN

Nada ms fcil ni ms primario que condenar de
plano las actitudes moderadas y transaccionales cuando
se las mira, retrospectivamente, desde la altura de los
grandes logros histricos. La poltica, por excelsos que
sean los ideales que la rijan, es siempre inmediacin,
y su terreno no suele ser el reino de los absolutos, sino
el de lo possible. Consiste el instinto poltico en des-
cubrir dentro de la circunstancia todo el maximum de
posibilidad que encierra.
Sin duda le falt a Figueroa esa acuidad plena en
su moment poltico inicial. Pero se ha de recorder
tambin que el complejo de circunstancias sociales que
la mirada poltica contempla no siempre le permit ver
aquella posibilidad ltima, por la problematicidad
misma de las situaciones inmediatas que present.
Ocurre eso particularmente en los trances formativos
de un pueblo, cuando los elements de su composicin
social y de su ordenacin histrica no estn an sufi-
cientemente cuajados. Una poltica de excesivo alcance
puede ocasionar entonces innmeros pasos en falso,
que la precipiten en el caos. Slo el revolucionario
corre alegremente la aventura de lo catico, y slo el
revolucionario de genial videncia, como Mart, sabe
prevenirlo o fecundarlo.
Figueroa no era un revolucionario. Era un poltico
de formacin diplomtica, acadmica y parlamentaria,
aunque llevara por dentro una tentacin temperamen-
tal a la rebelda. Recordemos cmo, desde sus primeras
palabras pblicas, contemplaba primeroo la evolucin;
ms tarde, si fuere necesario, la revolucin".
En el confuso moment que sigui al 78, pudo pare-
cerle a l, como de hecho les pareci a muchos criollos










bien intencionados, que una implantacin plena y sin-
cera por Espaa del status provincial en Cuba era un
paso suficiente de "evolucin", sobre todo si lo acom-
paaba una tnica liberal efectiva. No se olvide que
la Pennsula estaba a la sazn viviendo una cierta pro-
mesa de adultez liberal, como resaca de la oleada repu-
blicana. As se explica el primer intent asimilista en
que Figueroa quera para Cuba rango de provincia
espaola.
Pero recurdese tambin lo de "liberal" en el nom-
bre de aquel partido frustrado. Todo permita career
que esto fuera, en aquel moment, lo ms important.
La intencin patria de Figueroa habra que apreciarla
por ese matiz, y no por su criterio en cuanto al rgimen
de imperio (provincial o autonmico) que juzgaba re-
comendable para Cuba. Lo capital era entonces una
plenitud de normas y de respetos civiles; y esto es lo
que la connotacin "liberal" representaba. Porque el
liberalism, como ha observado muy bien Ortega y
Gasset, no tiene nada que ver con la forma general del
Estado o de su dependencia, sino con su proyeccin
internal.
Tard Figueroa, sin embargo, en advertir que la
distancia ultramarina y ciertas otras peculiaridades
insulares viciaban esa distincin, y atento a las nece-
sidades sociales y econmicas ms inmediatas y visible,
acept el program de la Unin Constitucional, que,
como ha apuntado Manuel Sanguily, "se asemejaba
bastante en los primeros moments al del otro"' l en
su proyeccin puramente internal.
Pero hay otro factor emotional que contribuy hon-
damente a esa confusion, de la cual no tardara much
en salir. La Unin Constitucional representaba, sobre:

(1) Manuel Sanguily: Oradores de Cuba, La Habana, 1926, pg. 229.








20

todo, un integrismo de emocin hispnica; y Figueroa
era un amador de Espaa. Tambin esto suele dar
lugar a una barata irona. Hay quienes piensan que
no se puede ser un buen cubano sin abrigar un menos-
precio, siquiera retrospective, de lo espaol. Pero lo
hispnico es nuestro patrimonio inicial de sangre y de
cultural, el ncleo traditional a que todo lo dems se
incorpora para definir y matizar una ancha parte de
la americanidad. Si la gestin de Espaa en Amrica
da, en tantos aspects, motivo sobrado de irritacin y
vituperio, slo una inconciencia supina puede desco-
nocer todo lo que a la presencia hispnica debemos en
sustancias materials e ideales. Ni sola Espaa en lo
negative tratarse mejor a s misma, pues, si se me
permit la generalizacin, el hispano, en la Pennsula
o fuera de ella, rara vez result hombre poltico: tiende
irremediablemente a henchir el mando de arrogancia,
a hacerlo absolute y dogmtico, acaso porque se trata
de un pueblo en que lo poltico estuvo siempre muy
ligado a militancia religiosa. En cambio, el espaol sin
mando -directo o reflejo- es la generosidad y la no-
bleza mismas.
Como tantos otros lderes del autonomismo, Fi-
gueroa se form en Espaa, y precisamente en los mo-
mentos en que se quebraba all la tradicin absolutista.
Del nuevo ambiente poltico espaol recogi la ilusin
pattica suscitada por "la Gloriosa", la nostalgia euro-
pea acumulada en tres siglos estriles de vocacin ame-
ricana o africana, la reverberacin humana de aquel
trasfondo de anhelos sociales que revel Galds en sus
novelas, las admoniciones del puritanismo krausista,
la elocuencia generosa de Castelar y de Martos -toda
la buena intencin pblica, en fin, de gentes que no
conocan el arte poltico de hacer possible su querer,
en parte porque la propia emocin las arrebataba en









el moment de las fras decisions. Figueroa aprendi
a querer todo eso. Pero adems, haba conocido, como
Mart, las entraas cordiales de la Espaa sin mando
-de la Espaa "fiera, fiel, sin saa". No se hizo que-
rer esa Espaa del propio Mart, a pesar de haber lle-
gado a ella lacerado por las violencias del Presidio pol-
tico? No naci en l, de aquella experiencia juvenile, el
reconocimiento de la comn alma hispnica, con su leve
distingo entire "espaoles de uva y de maz" ? No se in-
form de tales recuerdos aquella prdica posterior suya
de una guerra sin odio, porque no se luchaba contra
"el espaol bueno", sino contra las injusticias del
espaol con mando?
Ms contenido an por los cauces de su propio des-
tino, Figueroa volvi a Cuba impregnado de aquella
misma emocin de raza. Y sobre ese fondo emotional
se alz su image de una Isla que fuera libre, pero
cuya dignidad spiritual e histrica senta ineludible-
mente ligada a la devocin hispnica. Su asimilismo
primero, su "constitucionalismo" luego, no fueron sino
dos moments iniciales de progresiva liberacin de su
voluntad poltica cubana, contenida por aquella fide-
lidad emotional a lo espaol, que haba echado races
en su primera juventud.

LA FIIACIN AUTONOMISTA

Pero el trato just de la Isla, a tono con la idea li-
beral, era la condicin imprescindible. Cuando el mo-
vimiento de la Unin Constitucional comenz a poner
de manifesto su sentido de resistencia a toda liberali-
zacin efectiva; tan pronto como se tradujo, no en un
propsito de evolucin, sino de inercia y represalia,
Figueroa abandon aquellas filas recalcitrantes, ingre-







22

sando en el partido Liberal, cuya doctrine autonmica
se haba definido ya por la pluma de Cortina. El albo-
rozo con que se le acogi en esta nueva militancia fu
slo comparable a la indignacin de los peninsulares,
tan estruendosamente manifestada en Cienfuegos. Los
corros castizos hablaban ya de los "saltos" de Figueroa.
Aqul, sin embargo, no poda ser ms razonable. Los
hechos mostraban que la autonoma era la formula po-
ltica ineludiblemente accesoria al liberalism colonial.
No poda garantizarse la responsabilidad gubernativa
internal, ni el sentido social de ella, mientras la autori-
dad dependiera de conciencias ajenas a la madurez de
la sociedad cubana. Frustrada la pretensin de sobe-
rana en la guerra de los Diez Aos, el espritu esencial
de transaccin que haba informado el Pacto del 78
tena que traducirse en una formula que conciliara la
discipline national espaola con la reclamacin native
de autoridad. A esa idea se entreg Figueroa en cuerpo
y alma.
En la intense y memorable lucha autonomista, no
fu Figueroa un organizador, como Glvez o Govn, ni
un orador doctrinario, como Cortina y Montoro, o un
dialctico de la casustica poltica, como Saladrigas y
Fernndez de Castro: fu ms bien una especie de
agitador emotional. Desde la primera campaa pol-
tica, para las elecciones de 1879, se seal a travs de
toda la Isla como el verbo incendiario del Partido. En
los mtines, de oratoria meticulosamente ordenada, se
le daba siempre el turno calculado para avivar la aten-
cin entire los discursos documentales. Electo diputado
a las Cortes por Santa Clara en 1886, sorprendi al
Parlamento y a la Prensa desde su primera interven-
cin, por el ardor y la fluidez de su palabra; Hasta
cuando tuvo que exponer tesis y problems, se las arre-


'" ' ** 'I '









glaba siempre para desentraarles la implicacin hu-
mana y proyectarlos con incomparable dramatismo.
Cada discurso suyo dejaba convertido al Autonomismo,
por unas cuantas horas siquiera, a aquel pueblo
incurablemente adicto a la droga oratoria. Y hasta en
los trances forenses a que la necesidad poltica a veces
le llamaba en Cuba -como en su clebre defense de
Sanguily-, o en los artculos polmicos con que des-
cansaba de la tarea tribunicia, era siempre un movili-
zador de emociones ms que de ideas, un imprecador
magnfico ms que un argumentador.
A esa peculiar fisonoma de Figueroa en el Autono-
mismo se asoci su mayor servicio. Pero sera un error
suponer que fu se un servicio oratorio, sin mayor
trascendencia ni sentido ms hondo. Por el contrario:
la tarea de Miguel Figueroa, consecuencia de una libe-
racin progresiva de su temperament, consisti en
darle al Autonomismo un calado popular, llenando as,
segn pienso, un deficit de conciencia y de mtodo en
aquel movimiento y vinculndolo insensiblemente a la
formacin subterrnea de conciencia que haba de cul-
minar en el movimiento revolucionario del 95.
Para comprender esto es menester que volvamos
todava un poco a las categoras histricas de aquel
moment.

OLIGARQUA Y POPULISMO
El Partido Liberal primero y su derivado autono-
mista despus tradujeron, como ya dije, una vocacin
y una demand de sociedad cubana; pero no de pueblo
cubano. As tena que ser. Lo que por entonces se vea
constituido era slo una estructura general de sociedad,
una vertebracin bsica de conciencias, de classes, de
intereses. Esa organizacin estaba regida desde los









plans superiores de la burguesa criolla, rural y pro-
fesional. La Guerra de los Diez Aos haba sido una
guerra de hacendados, casi nobiliaria. Es cierto que se
haba dado ya en ella la cooperacin de los humildes;
pero slo como una suerte de exaltacin servil. Los
soldados eran esclavos que seguan a sus amos, apar-
ceros que seguan a sus colonos, colonos que seguan
a los apoderados de la tierra. La gente menor no re-
presentaba todava pedazos de pueblo solicitados por
una idea o por una emocin genrica; sino subalternos
arrastrados por la rutina de la autoridad, por la per-
sonal simpata y, cuando ms, por un oscuro instinto
de que as servan tambin a la posibilidad de un des-
tino individual ms just. La organizacin poltica
subsiguiente a la Guerra qued todava vaciada en aquel
mismo molde dual, pero de acento aristocrtico, en que
se haba fraguado la contienda. Tuvo, por eso, sentido
de sociedad, pero no de pueblo.
En rigor, el pueblo como estrato social relativamente
homogneo y consciente apenas exista an. Sin em-
bargo, la misma movilizacin para la guerra de cam-
pesinos dependientes, y sobre todo, la liberacin de los
esclavos que tomaron el machete siguiendo a sus amos,
adelantaron bruscamente el process de sensibilizacin
e integracin de los elements sociales desposedos. De
esa suerte, el Zanjn abri tambin la va para una
plasmacin lenta de lo popular. Precisamente lo que
ha de caracterizar el lapso entire las dos guerras eman-
cipadoras es esa lenta constitucin de una voluntad de
pueblo por debajo de la voluntad culta de sociedad
cubana, representada por los hidalgos y profesionales
criollos. La madurez de esa formacin profunda es lo
que Mart ver desde lejos, hacia el aiq 90, en el sub-
suelo de lo cubano, informando su fe en una posibilidad
national y su displicencia hacia los autonomistas de









botines relucientes que pasaban por Nueva York en
camino a las Cortes de Madrid.
No quiere esto decir que en el Autonomismo no
hubiera una preocupacin por el pueblo y una voluntad
de servirlo. Movimiento esencialmente liberal, contem-
plaba la ineludible necesidad de ir capacitando a
las grandes masas para una intervencini ms o menos
direct y eventual en el ordenamiento y vigilancia de
la cosa pblica, y desde luego, reclamaba para todos
los factors de la poblacin aquella plenitud de dere-
chos humans y de tutela social indispensable para
afinear un rgimen de responsabilidad, de decoro y de
cultural. De ah sus campaas tenaces e irreductibles
por la franquicia electoral, por un rgimen arancelario
y tributario que permitiera la generalizacin de un
nivel de vida decoroso y stable, por la educacin p-
blica, por la abolicin cabal de la esclavitud. La con-
tribucin histrica del Autonomismo a la obtencin de
esos derechos y, sobre todo, a la sensibilizacin de la
conciencia pblica cubana para el aprecio de ellos, es
cosa que nunca se agradecer bastante. Manuel San-
guily dej ya lealmente reconocido, con autoridad y
elocuencia insuperables, todo lo que el Autonomismo
hizo en ese sentido para allanar el camino a la Inde-
pendencia.
No consider dudoso, sin embargo, que aquella acti-
vidad fecundsima de los autonomistas, desplegada con
tanto valor y tenacidad como talent y largueza de
espritu pblico, se viera tambin regida por una vision
cautelosa del desenvolvimiento interno cubano. La raz
de esa cautela me parece haber sido una desconfianza
invencible en el pueblo -en el grado y calidad de
pueblo, si se me permit expresarlo de ese modo, que
,el Autonomismo hall frente a s.










Ciertas actitudes y convicciones, por su ndole mis-
ma, no suelen dejar testimonios ni huella muy franca
en poltica. Pero a muchos cubanos observadores era
ya entonces evidence que el Autonomismo, generoso
procurador de normas de civilidad y libertad para
Cuba, hablaba en nombre de la sociedad cubana, pero
no an del pueblo a quien de paso serva. Ese pueblo
era una preocupacin para l en ms de un sentido.
La masa ardiente de blancos y de negros que se apre-
taba en torno a las tribunas autonomistas, y ms co-
munmente en las "tertulias" de los coliseos, era una
masa problemtica, inculta, contradictoria en su dua-
lidad tnica, insegura, en una palabra, como asiento
para una democracia plena. La presencia regra, sobre
todo -factor retardatario del pensamiento y de la vo-
luntad poltica en Cuba durante ms de un siglo-
angustiaba todava a aquellas cabezas cultas, formadas
en las academias de jurisprudencia, en los ateneos, en
la lectura de Saco, en las imgenes inglesas...
De ese estado de conciencia naci una poltica posi-
bilista, proyectada, sin duda, contra la inercia colonial,
pero esencialmente conservadora. Aspiraba esa pol-
tica a que Cuba, como entidad colectiva, no fuese ex-
plotada por la Metrpoli ni en lo econmico y poltico
ni en lo social y moral, y vea la garanta nica de ello
en un gobierno propio, mediante el cual los intereses
cubanos y los delicados problems sociales que el medio
traditional planteaba se vieran atendidos y resueltos
por aquellos a quienes ms directamente afectara el
acierto o la torpeza. Todo ello, sin embargo, se con-
templaba dentro de una perdurable discipline colonial
en lo externo, y en lo interno -es preciso decirlo-
dentro de una factura oligrquica. La precaria base
humana con que la esclavitud haba dejado compro-










metido el destino de la Isla no permita, al menos por
-el moment, otra cosa. Cuba no tena ms remedio, por
razn de cultural tanto como de historic, de pragmtica
poltica tanto como de prudencia, que mantenerse vin-
culada a la nacin fundadora. La tesis evolucionista,
segn la cual poda abrigarse la esperanza de una
maduracin progresiva hacia la nacionalidad, no pa-
saba de ser un ensayo terico de conciliar el espritu
renovador con el recelo dilatorio. Y en cuanto a la
democracia, es bastante significativo que no dejaran
aquellos talentosos doctrinarios testimonios de adhe-
sin parejos a los que les dict su amor genrico a la
libertad.

LA JORNADA GLORIOSA
No contradice la anterior interpretacin el hecho
notorio de que fuese precisamente el Partido Autono-
mista el que precipitara en las Cortes espaolas, con
la liquidacin del Patronato de libertos, la abolicin
definitive de la esclavitud. El ordenamiento jurdico
pleno que el Partido apeteca no poda fundarse sobre
semejantes residuos, ni la economa de la sociedad cu-
bana ya adulta se podra consolidar sin una cabal fluidez
en la libertad del trabajo y en el derecho social de todos
sus components. En todo caso, la mera sombra del
esclavismo ya abolido era un recuerdo bochornoso. Sin
duda, el negro tena que ser ya plenamente libre, si-
quiera fuese por razn de decoro histrico.
Quien sinti esa tesis, no en su mero formalismo,
jurdico, sino en su hondo contenido human y en su
trascendencia popular, fu Miguel Figueroa, a quien
el azar, ms que ninguna consigna expresa de su par-
tido, destac como vocero imprevisto de ella en la
jornada famosa del 23 de junio de 1886. Aquella tarde,











la elocuencia apasionada de Figueroa -diputado a
Cortes por Santa Clara- aprovech gilmente una
coyuntura propicia del debate sobre cuestiones de Ul-
tramar para precipitar una mocin, ya instada por
Rafael Mara de Labra, que la representacin conser-
vadora cubana, con la vista gorda del Gobierno penin-
sular, mantena en cuarentena. No se pudo contrariar
por ms tiempo la voluntad de la Historia.
Quiso as la suerte, asistida por un temperament
generoso, que en aquel incident parlamentario de vasta
trascendencia se acreditara Figueroa como el promoter
de la ms elemental de todas las vindicaciones popu-
lares cubanas y como el zapador profundo de todo un
nuevo destino para Cuba. La liquidacin del Patronato
no era slo el punto final con.que se cerraba la herida
innoble de la esclavitud; era tambin el preludio de la
integracin cubana para una democracia efectiva. Li-
berada de su ltimo estigma, la raza negra quedaba ya
en aptitud de superarse por su propio esfuerzo, de
incorporarse al resto de la masa humilde de Cuba en
una comunidad de pueblo y en un propsito de capa-
citacin democrtica. La obra parcial del 68 se com-
pletaba al fin, a medio trecho entire el Zanjn y Baire.
La palabra de Figueroa haba dejado el mbito listo
para la palabra de Mart. Sin tocarse, volvan a co-
rresponderse aquellas vidas paralelas.
La raza de color no olvidara nunca aquel servicio.
Cuando Figueroa hablaba en los mtines cubanos, miles
de rostros oscuros se alzaban, vidos o extticos, junto
a los rostros blancos, en torno a la tribune de la cual
pareca llamear aquella figure menuda y vibrant de
cabellos de oro. Era para el negro como una encar-
nacin redentora. Juan Gualberto Gmez le vinculara
una y otra vez al reconocimiento perenne de su raza.
Cuando aquella llama se apag, la pluma de otro cu-











bano de color aventaba desde las columns de La
Igualdad el temor, que muchos negros expresaban por
lo bajo, de que no hubiera ya "en la Central del Partido
Autonomista", quien llenara la plaza vaca de Fi-
gueroa...
Pero al Partido Autonomista le quedaban muy po-
cos aos de vida. Era en 1893, y del Norte bajaba, en
rfagas ardientes, la voz de otro gran orador generoso,
llamando a todos los cubanos a fundar una nacin sobre
un pueblo de hermanos.

SIMPATa Y PALABRA
Aquel episodio parlamentario, de tan vasta conse-
cuencia, resume como en smbolo todo el sentido his-
trico profundo de la accin de Figueroa en el Auto-
nomismo, y a veces contra l. Si hubiera que definir
en una frase ese sentido, yo dira que Figueroa fu el
intuidor de la germinacin popular en su poca. La
fuente de esa intuicin fu su propio temperament;
el rgano de ella, su palabra incomparable.
El temperament de Figueroa era esencialmente
cubano. Bobadilla, crtico desapacible a menudo, pero
sagaz, nos pinta a Figueroa "verboso, elocuente, franco;
de carcter desigual, debido a lo ardiente de su sensi-
bilidad americana; valiente sin fanfarria, buen amigo,
benvolo y reservado para con las flaquezas humans,
dbil ante la splica, enrgico ante la insolencia, irre-
soluto; tipo clsico del hombre fragmentario que todo
lo empieza y nada concluye".'() &Se quiere descripcin
ms precisa del homo cubensis ?
Ahora bien: el temperament es ya de por s cosa
que sita moral e intelectualmente a los hombres en la
gama social, que los orienta hacia la exclusividad o
(1) Fray Candil (Emilio Bobadilla), en Valverde, Ob. cit., pg. 114.











hacia la comunidad, hacia la lite o hacia el pueblo.
Desconfo de los populistas con carcter sobrio, tanto
como de los aristcratas campechanos: se pasan a las
primeras de cambio. En Cuba, el populismo es cosa de
temperament. Resultamos un pas esencialmente de-
mocrtico, cualesquiera sean las estructuras polticas
que nos caigan en suerte, porque nuestra ndole tropical
nos lleva irresistiblemente a desbordarnos, a empare-
jarnos en la mezcla, a hacernos pueblo. El "cubaneo",
como el choteo, es todo lo contrario de la reserve
cautelosa y tambin de la jerarqua.
As pues, el temperament cubansimo de Figueroa
le entregaba ya de por naturaleza a las franquicias de
lo popular. Entre los prceres del Autonomismo
-hombres graves, contenidos, circunspectos, tasados
por lo jurdico y lo acadmico, hombres de mtodo y
matiz- se destac siempre Figueroa como un difuso,
todo verba, color y corazn. De ah el rasgo dominant
de carcter y de influencia que todos le reconocen: la
simpata. "Atrae -escriba Juan Gualberto Gmez-
aun a los que no comparten sus gustos; cautiva aun a
los que no profesan sus opinions; de tal suerte que
puede decirse que las hadas que presidieron su naci-
miento le dotaron del ms precioso de los dones: el de
la simpata."''(> Y Sanguily, ponderndole el corazn
magnnimo, dice que fu ese corazn "el secret de su
inmensa y profunda simpata".(2)
Pero la simpata no es slo una irradiacin luminosa
del carcter; es sobre todo, como la palabra misma lo
recuerda, una aptitud peculiar de ciertos temperamen-
tos para la comunin emotional con el prjimo. A esa
aptitud de Figueroa se debi esencialmente, como el

(1) Juan Gualberto G6mez: Miguel Figueroa, en Valverde, Ob. ovt.,
pg. 129.
(2) Manuel Sanguily: en Valverde, Ob. cit., pg. 96.










propio Sanguily sugiere, su prodigiosa virtud oratoria.
Pas su nombre a la posteridad como el de uno de los
oradores ms egregios que ha dado este suelo nuestro,
tan prdigo en ellos, sobre todo por la poca en que
Figueroa actu. An quedan viejos cubanos que se
escalofran recordando aquellos discursos de Miguel
Figueroa, que repercutan como descargas elctricas
por todo el mbito cubano. Sanguily y Manuel de la
Cruz, con los auxilios de su propia elocuencia literaria,
nos han dejado versions muy comunicativas de aquella
magia verbal. Es todo lo que nos ha quedado, porque
Figueroa ni preparaba ni se cuidaba de reconstruir sus
discursos. Era esencialmente un improvisador, un
maestro de la fortuita et subita dictio, que deca Tcito.
Y ello, precisamente tambin por imperio de la sim-
pata en l: porque necesitaba fundirse en pathos con
su propio auditorio, sacarle del alma su difusa o con-
centrada intimidad, ponerle las alas de la image, y
arrebatarlo as tras su propia entraa, con gozo y dolor
a la vez, en la levitacin milagrosa del verbo.
El autor de los Cromitos Cubanos se explicaba esa
oratoria de Figueroa como una trasmutacin del ardor
tropical; pero, ms significativamente an, la vea
cargada de "los recnditos fermentos de rebelda del
alma popular", de "su instinto indisciplinario" y "su
cisma annimo siempre latente ".'(1 "Tribuno del pue-
blo", le llama tambin Manuel de la Cruz; y Montoro
describe: "El pueblo se senta identificado con el gran
tribune, lo amaba, lo comprenda interiormente, se
reconoca en l..."(2)
(1) Manuel de la Cruz: Miguel Figueroa, en Valverde, Ob. cit., pgs.
124, 125.
(2) Rafael Montoro: Miguel Figuero~, en Valverde, Ob. eit., pg. 112.











EL AUTONOMISTA INQUIETO
Pero no podramos suscribir las dems palabras con
que el otro gran orador autonomista completaba su
juicio. Montoro aade que aquella "compenetracin"
de Figueroa con el pueblo, que era "una gran fuerza
poltica", la haba puesto "al servicio de su partido
con una decision y discipline que constituirn para
siempre uno de sus ms altos mritos".()> La intencin
de esta frase tendra que ser muy profunda para que
fuese acceptable, porque una tradicin muy insistente
y notoria nos asegura que Figueroa lo fu todo menos
un disciplinado. No llegara Mir a escribir en sus
Crnicas que Figueroa estaba pocoo menos que exco-
mulgado por .el Directorio Autonomista"?(2)
En el mejor de los casos, la discipline de Figueroa
consisti simplemente en haberse abstenido hasta el
ltimo moment de ceder por entero a su pasin. Era
un lrico de la accin poltica. Sus mismas veleidades
iniciales, sus famosos "saltos", que a un temperament
ms calculador le hubieran ganado tacha de trnsfuga,
haban sido juzgados con indulgencia por la opinion
pblica, como si sta adivinara que se deban a su
misma capacidad inagotable de pasin y de simpata.
A veces se llega a sospechar que Figueroa, como ciertos
prodigios de la aptitud amatoria, hubiera sido capaz de
enamorarse rendidamente de todas las ideas tiernas,
por feas que fuesen! Se cuenta de l que sola enviar a
peridicos adversaries artculos antagnicos de su
propia pluma, escritos con igual vehemencia. Y es que
las ideas especficas o formulares en definitive conta-
ban poco para l: lo important eran esas intuiciones

(1) Ibdem.
(2) Jos Mir: Crnicoa de la Guerra, La Habana, 1909, t. I, pg. 23.











sbitas de lo radical human en que las tesis ms di-
versas se juntan, como en un centro csmico...
Ya se comprender, sin embargo, lo peligrosa que
resultaba semejante actitud a los efectos de una pol-
tica prctica. En la propaganda autonomista poda
siempre esperarse de Figueroa que violase todas las
consignas. No estoy seguro si fu de l o de Montoro
de quien se dijo, a raz del estreno parlamentario, que
era "el inesperado", por lo que sorprendi su elocuen-
cia en aquel mbito de maestros de la palabra. En todo
caso, Figueroa fu siempre, en los discursos, un "ines-
perado" a su manera: nunca se saba por dnde iba a
salir. Es fama que el ilustre Glvez, president y mo-
nitor insustituible del Partido Autonomista, le celaba
angustiosamente en los discursos, por temor a los ex-
travos doctrinales y a los excess polmicos a que a
menudo le arrastraba la voz interior.
Hay dudas de si se debi a una intercepcin admo-
nitoria de stas o a una enrgica continencia del propio
Figueroa la brevedad que dej reducido a un solo p-
rrafo lapidario el discurso que pronunci en el mitin
famoso "del retraimiento", cuando el Partido resolvi
abstenerse de concurrir a las elecciones por falta de
garantas. El prrafo fu ste:
Miserables y cobardes no son los pueblos dignos que hacen
las guerras, sino los gobiernos, cobardes y miserables, que las
provocan !<1)

Esas palabras violentas, tras las cuales Figueroa se
retir de la tribune seguido de una atronadora ovacin,
aludan a la posibilidad de un nuevo levantamiento in-
surreccional cubano, provocado por la torpeza del Go-
bierno ultramarino. Y aventuro la sospecha de que el

(1) Al Presidente de esta Academia, doctor Emeterio S. Santovenia, debo
y agradezco esta referencia.










orador, a pesar de su iracundia del moment, contem-
plaba aquella posibilidad de guerra con secret com-
placencia. Porque Figueroa gravitaba hacia la insu-
reccin como hacia una especie de locus naturalis de su
temperament. La palabra pareca querer reivindicar
en l un destino desviado.
Es, en efecto, muy probable que, de haber nacido
Figueroa menos embarazado por un complejo externo
de mesura en todos los sentidos, la promesa juvenile a
Aguilera se hubiera cumplido. De Espaa, habra ido
tal vez Figueroa a la expatriacin de los Estados Uni-
dos, como tantos otros cubanos ardientes de la poca,
y all se hubieran juntado al fin las vidas paralelas...
Pero el tirn de lo externo le hizo caer en Cuba, y por
muchas razones, entire las cuales la razn geogrfica
no era la menor, la Isla no poda ser en aquel moment
sino un scenario de moderacin poltica. La guerra
tendra que ser trada siempre de fuera, o no sera.
Por lo dems, un expansivo como Figueroa no hubiera
servido para conspirador absolute: la oratoria era en
l una necesidad casi orgnica. De esta suerte, si para
los dems autonomistas esa postura fu cosa muy deli-
berada y doctrinal, para Figueroa fu, a la vez, una
necesidad vital y una ntima violencia.
Los separatists se percataron de aquella irreduc-
tible disimilitud entire el espritu mesurado y didctico
del Autonomismo y la explosive impaciencia de Fi-
gueroa, y le miraron siempre por eso con simpata y
expectacin no recatadas, contndole como un insu-
rrecto en potencia para cuando llegase la hora nueva
de las armas. Hasta puede que no fueran de mera
amistad las relaciones que tuvo en sus ltimos aos con
el agent de Mart en La Habana, don Juan Gualberto
Gmez, el cual llegara a decir por escrito lo much que









l y sus amigos haban esperado "de los arranques de
su alma fogosa y entusiasta".'>) Y Manuel Sanguily
recordara siempre que en la defense magnfica que
Figueroa le haba hecho ante un tribunal espaol, se
haba identificado con l "en una misma comunin de
sentimientos y de ideas".(2)
Entusiasmo oratorio, se dir. Es possible; pero el
entusiasta era, originariamente, el posedo de Dios...
Figueroa no era ni un emotivo irresponsible ni un
frentico verbal. Al fondo de su veleidad y de su ex-
ceso haba un instinto histrico profundo, un senti-
miento ms o menos consciente de su desajuste con el
cauce que le vino impuesto por el destino, una avidez
de enjugar el deficit de conciencia social del Autono-
mismo, un apasionado anhelo, en fin, por calar hasta la
entraa lacerada y oscura de su moment, hasta el hon-
dn social en que se estaba gestando la hora future.
Por su boca hablaba algo ms hondo que una mera
preocupacin poltica, algo ms sustantivo que una
doctrine, algo ms categrico como factor de historic
que un simple partido: hablaba, en rigor, la conciencia
de aquellas mayoras annimas de la masa cubana que
maduraban ya en pueblo y que se preparaban para
forzar un destino ms cierto que el que les prometa el
evolucionismo autonomista. Por Figueroa hablaba, en
suma, el pueblo naciente. As se explica que Sanguily,
tan severo como leal en el juicio de los autonomistas,
no vacilara en decir que haba sido la voz y la encar-
nacin del pueblo cubano.

EL SALTO MORTAL
A media que las torpezas y resistencias de la po-
ltica ultramarina de Espaa hacan ms inane la espe-
(1) Juan Gualberto Gmez: artculo citado.
(2) Manuel Sanguily: Nobles Memorias, La Habana, 1925, pg. 104.









ranza autonomista, la impaciencia de Figueroa se fu
exacerbando. La tisis, que de tiempo atrs devoraba su
organismo, pareca contribuir a la exaltacin febril de
sus imgenes patrias. Era una llamarada en la tribune.
Los concepts, siempre difusos en l, desbordaban ya
la mera intencin crtica, con un profetismo cundido
de amenazas; las imgenes de la Arcadia autonmica
cedieron definitivamente a las premoniciones incendia-
rias; no apelaba al patetismo de la fe burlada, sino a la
ira y al bochorno de la dignidad sin esperanzas y del
.agravio sin castigo. Se estremeca sordamente la "ter-
tulia" oscura de los teatros cuando Figueroa hablaba;
los caballeros circunspectos consultbanse con la mi-
rada, y en las plazas campesinas, los hombres de la
tierra se llevaban instintivamente la mano al machete.
Uno de los ltimos actos polticos a que pudo con-
currir se efectuaba en un teatro de Santiago de Cuba.
Al levantarse Figueroa a hablar, saludado por los v-
tores, una admiradora entusiasta le arroj desde un
"grill" un manojo de rosas. Los tallos espinosos le
rozaron violentamente el dorso de la mano, dejndole
una leve huella de sangre... Y nadie pudo reprimir
el exabrupto, a la vez lrico y pico de Figueroa: i San-
gre, sangre era ya lo que Cuba necesitaba para lograr
su ms alto destino!... Inclinndose al odo de Montoro,
Fernndez de Castro musit, sonriendo, que Miguel
Figueroa haba dado al fin su ltimo salto, el salto
mortal...(')
En efecto: no vivi ya lo bastante para comprobar
su diagnstico. Cuando expiraba la tregua tcita que
el Zanjn entabl, caa l tambin, quemado en el fuego
de su propia palabra. Su destino haba sido sustanciar
de emociones pblicas aquel lapso, como l dramtico,
(1) Ancdota recogida por nuestro colega doctor Toms de Jstiz, a quien
agradezco la comunicacin.









como l agitado entire la tradicin y la creacin, entire
la discipline y la rebelda, entire la sociedad y el pueblo.
La area y misin que haba aceptado como suyas en el
artculo juvenile veinticuatro aos antes, haban que-
dado cumplidas. Contribuy fecundamente con su
partido a la educacin civil y poltica de una nueva
sociedad americana; pero ms que ningn otro hombre
de los que vivieron aquella poca en Cuba, haba lo-
grado salvar, con el fuego de su palabra, el instinto
national y la vocacin republican de su pueblo.
He terminado.
La Habana, julio, 1943.









"%W~)~

























































ACABSE
DE IMPRIMIR EST
DISCURSO
EN LA IMPPR TA
"EL SIGLO XX"
BRASIL, 153-157
EN LA HAMANA
EL DIA 5 DE JULIO DE
MCMXLIII










PUBLICACIONES

DE LA.

ACADEMIA DE LA HISTORIC DE CUBA


TEMOBIAS


1.--a Vid de la Academia de la Bis-
torla (1910-1924), por el Secretario, Dr.
Juan Miguel Dihigo, Acadmico de n-
mero; y Pedro Pigneredo, discurso por
el coronel Fernando Figueredo Socarrs,
Acadmico de nmero.
2.-- (1924-1925), por el Secretario,
Dr. Juan Miguel Dihigo, Acadmico de
nmero; y Jos de la Luz y Caballero en
la conspiracin de 1844, discurso por el
Dr. Francisco Gonzlez del Valle, Aca-
dmico de nmero.
3.- (1925-1926), por el Secretario,
Dr. Juan Miguel Dihigo, Acadmico de
nmero; y Adolfo Bonilla y San Martin,
Carlos A. Vllanueva y Emilio Bacard y
Xoreau, discursos por los Acadmicos de
nmero, Dr. Salvador Salazar y Roig;
Lic. Francisco de P. Coronado y Dr.
Toms de Jstiz y del Valle.
4.-- (1926-1927), por el Secretario
Dr. Francisco de Paula Coronado, Aca-
dmico de nmero; y El territorio cubano
como vinculo de unin a travs de los
tiempos, discurso por el Sr. Juan Anto-
nio Cosculluela, Acadmico de nmero.
5.- (1927-1928), por el Secretario,
Dr. Francisco de Paula Coronado, Aca-
dmico de nmero; e Informes por los
Sres. capitn Joaqun Llaverias, Archi-
vero; Carlos M. Trelles. Bibliotecario;
Dr. Jos A. Rodrguez Garca, Director


de Publicaciones, y Dr. Emeterio S. San-
tovenia, Tesorero.
6.- (1928-1929), por el Secretario,
Ing. Juan Antonio Cosculluela, Acad-
mico de nmero; e Informes, por los
Sres. capitn Joaqun Llaverias, Archi-
vero; Carlos M. Trelles, Bibliotecario;
Dr. Jos A. Rodrguez Garca, Director
de Publicaciones, y Dr. Emeterio S. San-
tovenia, Tesorero.
7.- (1929-1930), por el Secretario,
Sr. Ren LufrIu y Alonso, Acadmico de
nmero; e Informes por los Sres. capitn
Joaqun Llaverias, Archivero; Carlos M.
Trelles, Bibliotecario; Dr. Rodolfo Ro-
drguez de Armas, Director de Publica-
ciones, Dr. Emeterio S. Santovenia, Te-
sorero.
8.- (1930-1931), por el Secretario,
Sr. Ren Lufriu y Alonso, Acadmico de
nmero; e Informes por los Sres. capitn
Joaqun Llaverlas, Archivero; Carlos M.
Trelles, Bibliotecario; Dr. Jos A. Rodr-
guez Garca, Director de Publicaciones,
y Dr. Emeterio S. Santovenia, Tesorero.
9.- (1931-1932), por el Secretario,
Sr. Ren LufrIu y Alonso, Acadmico de
nmero; e Informes por los Sres. capitn
Joaqun Llaverias, Archivero; Carlos M.
Trelles, Bibliotecario; Dr. Jos A. Rodr-
guez Garca, Director de Publicaciones, y
Dr. Emeterio S. Santovenia, Tesorero.


DISCUBSOS DB BBOCEPCIO

10.-La epopeya de una maana (10 de 16.-Sobre la vida y las obras del ge-
Ootnbre de 1868), por el Sr. Ren Lufrfu neral Enrique Collazo, por el Dr. Jos A.
y Alonso. Contesta el Dr. Toms de Js- Rodrguez Garca. Contesta el Dr. Juan
tiz y del Valle, Acadmico de nmero. Miguel Dihigo y Mestre, Acadmico de
(1923). nmero. (1923).
11.-Paccilo y "Ia Vos del Pueblo 17.-Nuestro pasao ciboney, por el
Cubano", por el capitn Joaqun Llave- Sr. Juan Antonio Cosculluela y Barreras.
ras y Martnez. Contesta el Dr. Fran- Contesta el Dr. Fernando Ortiz, Acad-
cisco de Paula Coronado, Acadmico de mico de nmero. (1925).
nmero. (1923). 18.-Los protomrtires de la indepen-
12.-Colonizacidn a inmigraciones en dencia de Cuba, por el Dr. Nstor Carbo-
Cuba, por el Dr. Antonio L. Valverde y nell y Rivero. Contesta el Dr. Emeterio
Maruri. Contesta el Dr. Fernando Ortiz y S. Santovenia y Echaide, Acadmico de
Fernndez, Acadmico de nmero. (1923). nmero. (1926).
13.--Es de Plcido la Plegaria "A 19.-Historiadores de Cuba, por el Lic.
Dios"?, por el Dr. Francisco Gonzlez del Rafael Montoro. Contesta el Dr. Antonio
Valle y RamIrez. Contesta el Sr. Do- L. Valverde y Maruri, Acadmico de n-
mingo Figarola-Caneda, Acadmico de mero. (1926).
nmero. (1923).
Sd m ia e Morales 20.-En precursor de la independencia
14.--a gestin diplomtica d oral de Cuba: D. Jos Alvarez de Toledo, por
Lemus, por el Dr. Salvador Salazar y el Sr. Carlos M. Trelles y Govln. Con-
Roig. Contest el Dr. Sergio Cuevas Aa-
Zequeira, Acadmico de nmero. (1923). testa el capitn Joaqun .laveras, Aca-
dmico de nmero. (1926).
15.-Vuelta Abajo en la independencia
de Cuba, por el Dr. Emeterio S. Santo- 21.-En torno da la hteurstica, por el
venia y Echaide. Contest el Sr. Domingo Sr. Manuel MArquez Sterling. Contest
Figarola-Caneda, Acadmico de nmero, el Sr. Ren LufrIu y Alonso, Acadmico
(1923). de nmero. (1929).











22.--ra evolucin constitutional de
Caba, por el coronel Dr. Carlos Manuel
de Cspedes y de Quesada. Contesta el
Sr. Ren Lufrfu y Alonso, Acadmico de
nmero. (1933).
23.-Beflexiones sore la derogacin de
la Enmienda Platt, por el Dr. Roque E.
Garrig6. Contesta el Dr. Toms de Js-
tiz y del Valle, Acadmico de nmero.
(1985).
24.--a conspiraci6n de 1824 y el pro-
nunciamtento del alfrez de dragones
Gaspar Antonio Rodrfgez, por el Dr.
Jos Manuel Prez Cabrera. Contesta el
Dr. Toms de Jstiz y del Valle, Acad-
mico de nmero. (1936).
25.-T6picos coloniales en torno a Gna-
nabacoa, por el Sr. Gerardo Castellanos G.
Contest el Sr. Ren Lufriu y Alonso,
Acadmico de nmero. (1936).
26.-Ta enseanza primaria en Cuba
prerepublicana, por el Dr. Diego Gonzlez
y Gutirrez. Contesta el Dr. Toms de
Jstiz y del Valle, Acadmico de nmero.
(1938).
27.-Mart en Espada, por el Dr. Emi-
lio Rolg de Leuchsenrlng. Contesta el
Sr. Gerardo Castellanos G., Acadmico de
nmero. (1938).


28.-Mart y la Conferem a IonetarI
de 1891, por el Dr. Carlos Mrquez Ster-
ling. Contesta el Dr. Jos Manuel Prez
Cabrera, Acadmico de nmero. (1938).
29.-Biografa de un regimiento.mambf.
El egimiento "Calixto Garcia", por el
Dr. Benigno Souza. Contesta el Dr. Eme-
terio S. Santovenia, Acadmico de n-
mero. (1939).
30.-Wna Misin Cubana a Mxico en
1896, por el Sr. Gonzalo de Quesada y
Miranda. Contesta el Sr. Joaquin Llave-
rfas y Martnez, Acadmico de nmero.
(1939).
31.-Ia expedicin de Duaba, por el
Dr. Federico de Crdova. Contest el Dr.
Emeterio S. Santovenla, Acadmico de
nmero. (1940).
32.-Isla de Pinos, belga. Tentativa de
compra a Espa a en 1838-1839, por el
Dr. Enrique Gay-Calb6. Contest el Dr.
Emilio Roig de Leuchsenring, Acadmico
de nmero. (1942).
33.-I-a Nacidn y la formsacin bst6-
rica, por el Dr. Jorge Mafiach y Robato.
Contest el Dr. Emeterio S. Santovenia.
President de la Academia. (1943).


OTROS DISCEUROS


34.-Matanzas en la independencia de
Cuba, por el Sr. Carlos M. Trelles y
Govin, Acadmico de nmero. (1928).

35.-Pl y Margall y la Revolucin Cu-
bana, por el Dr. Juan M. Dihigo y Mes-
tre, Acadmico de nmero. (1928).

36.-Manuel de la Cruz, por el Dr. An-
tonio L. Valvarde y Maruri, Acadmico
de nmero. (1929).

37.-Jos Manuel Mestre, por el Dr.
Emeterio S, Santovenia y Echaide, Aca-
dmico de nmero. (1929).

38.-Jos Antonio Echeverria, por el
Dr. Juan Miguel Dihigo y Mestre, Aca-
dmico de nmero. (1929).

39.-Gonzalez Alcorta y la libertad de
Cuba, por el Dr. Emeterio S. Santovenia
y Echaide, Acadmico de nmero. (1929).

40.-La Comisin Militar Ejecutiva y
Permanent de la isla de Cuba, por el
capitn Joaqun Llaverias, Acadmico de
nmero. (1929).

41.-Jos Antonio Saco, por el Dr. Sal-
vador Salazar y Roig, Acadmico de
nmero. (1930).

42.-Antonio Jos de Sucre, por el Sr.
Roberto Andrade, Acadmico correspon-
diente. (1930).
43.-De la revolucin y de las cubanas
en la poca revolucionaria, por el Dr.
Jos A. Rodrguez Garca, Acadmico de
nmero. (1930).
44.-Bartolom Mas, por el Dr. Eme-
terio S. Santovenia y Echaide, Acadmico
de nmero. (1930).


45.-John A. Baw~ins, por el Dr. Eme-
terio S. Santovenia, Acadmico de n-
mero. (1931).

46.-Prancisco niufriu, hroe y mrtr,
por el Sr. Ren Lufriu y Alonso, Acad-
mico de nmero. (1931).

47.-Vn orientalista cubano. Francisco
Mateo de Acosta y Zenea, por el Dr. Juan
M. Dihigo, Acadmico de nmero. (1932).

48.-El mayor general Pedro Betan-
court y Davalos. En la lucna por la In-
dependencia de Cuba, por el Dr. Juan M.
Dihigo, Acadmico de nmero. (1934).

49.-Alrededor de San Lorenzo, por el
Dr. Carlos Manuel de Cspedes y de Que-
sada, Acadmico de nmero. (1934).

50.-El Presidente Polk y Cuba, por el
Dr. Emeterio S. Santovenia, Acadmico
de nmero. (1985).

51.-Vida y martirio de Luus de Ayes-
taran y Xoliner, por el Dr. Jos M. Prez
Cabrera, Acadmico de nmero. (1936).

52.-Baces del 10 de Octubre de 1868.
-Aguilera y Cspedes-, por el Sr. Ge-
rardo Castellanos G., Acadmico de n-
mero. (1937).

53.-Las nobles pasiones del 68, por el
Dr. Diego Gonzlez y Gutirrez, Acad-
mico de nmero. (1938).

54.-Cspedes y Agramonte, art y
Mximo Omez, por el Dr. Carlos Mr-
quez Sterling, Acadmico de nmero.
(1939).





2


A 'A L ES
55-61.-Anales de la Academia de la 72.-- Tomo XVII. AAo 1935.
Historia. Director: Domingo Figarola-
Caneda, Acadmico de nmero. Afos 1919- 73. Tomo XVIII. Aflo 1936.
1925. 7 tomos. 74.- Tomo XIX. Aflo 1937.
62-70.-Anales de la Academia de la 75.- Tomo XX. Ao 1938.
Historia. Director: Dr. Jos A. Rodrigues
Garca. Aos 1926-1933. 9 tomos. 76.- Tomo XXI. Ao 1939.
71.-- Tomo XVI. Ao 1934. 77.- Tomo XXII. Afo 1940.

EiLOGIOS

78.-Elogio del Dr. Bamn Beza y 36.-- d el Sr. Domingo Ergarola-
gurez Encln, Acadmico de nmero, por Coleda, Acadmico de nmero, por el Dr.
el Dr. Evelio Rodriguez Lendln, Acad- Juan Miguel Dihigo y Mestre, Acadmico
mico de nmero. (1915). de nmero. (1928).
S87.- del Dr. Alfredo Zayas y Al-
79.---- el coronel Pedro Menoza ifonso, Acadmico de nmero, por el Dr.
Guerra, Acadmico de nmero, por el Toms de Jstiz y del Valle, Acadmico
capitn Joaqun Llaverfas y Martnez, de nmero. (1935).
Acadmico de nmero. (1923).
88.-- del Dr. Jos A. Bodrfgue
80.-- del .ic. Joad de Armas y Garca, Acadmico de nmero, por el Dr.
Crdenas, Acadmico de nmero, por el Juan Miguel Dihigo y Mestre, Acadmico
Dr. Antonio L. Valverde y Maruri, Aca- de nmero. (1935).
dmico de nmero. (1923). 89.-- dl Dr. D)omingo Mndezs a-
81.- da.gl Dr. Rafael Pernndez de pote, Acadmico electo, por el capitn
Castro y Castro, Acadmico de nmero. Joaqun Llaveras, Acadmico de nmero.
por el Dr. Toms de Jstiz y del Valle, (1935).
Acadmico de nmero. (1924) 90.- del coronel Pernanno rigne-
redo Socarrjs, Acadmico de nmero, por
82.- del Dr. Baimando Cabrera y el Dr. Nstor Carbonell y Rivero, Acad-
Bosch, Acadmico de nmero, por el Dr. mico de nmero. (1935).
Salvador Salazar y Roig, Acadmico de 91.-- dl Enrnque Josd Varona
nimero. (1925). y Pera, Acadmico de nmero, por el Dr.
83.- del coronel Manuel anguly Juan Miguel Dihigo y Mestre. Acadmico
y Garritte, Acadmico de nmero, por el de nmero. (1935).
Dr. Rodolfo Rodrguez de Armas, Acad- 92.- del Dr. Marlo Garcia Bohly
mico de nmero. (1926). (Fundador de la Corporacin), por el Dr.
Juan M. Dihigo y Mestre, Acadmico de
84.- del general Jos mr Argen- nmero. (1937).
ter, Acadmico de nmero, por el coronel
Fernando Figueredo y Socarrs, Acad- 93.- del Dr. Eodolfo Rodrguez de
mico de nmero, ledo por el Acadmico Armas, Acadmico de nmero, por el Dr.
Dr. Emeterio S. Santovenia. (1926). Carlos Manuel de Cspedes y Quesada.
Vicepresidente de la Corporacin. (1937).
85.- del Dr. Sergio Cuevas %e- 9l co. oe rr
queira, Acadmico de nmero, por el Dr. galao, Acadelmico .e numero, per Jo-G
Jos Antonio Rodrguez Garca, Acad- quin Llaverlas y MartInez, Archivero de
mico de nmero. (1928). la Corporacin. (1938).

OTRAS OBBAS


95-99.-Centn Epistolario de Domingo 104.-l6xico Cubano. Contribucin al
del Monte. Con un prefacio, anotaciones studio de las voices que lo forman, por
y una tabla alfabtica (1923-1926, 1930 el Dr. Juan M. Dihigo, Acadmico de
y 1938). Tomos I, II, III. IV y V. (En ndmero. Tomo I (1928). (En publica-
publicacin, nmero. Tomo 1 (1928). (En publica-
publcacn).in).
100.-Historia de Mantua (Pinar del
0io), por el Dr. Emeterio S. Santovenia. 105.-La epigraffa en Cuba, por el Dr.
(1923). Juan M. Dihigo, Acadmico de nmero.
(1928).
101.-Biblografa de Enrigqe Pi(eyro.
Con una introduccin, notas y un com- 106-111.-Actas de las Asambleas de
plemento, por Domingo Figarola-Caneda, Representantes y del Consejo de Go-
Acadmico de nmero. (1924). bierno durante la Guerra de Independen-
102.-Manuel de Quesada y Loynas, cia. Recopilacin e introduccin por Joa-
por el Dr. Carlos Manuel de Cspedes y quin Llaverias y Emeterio S. Santovenla,
Quesada. (1925). Acadmicos de nmero. (1895-1896),
103.- toa documentada de (1896-1837), (1898), (1898-1899), tomos I,
Cr1.stbl de a aana ena el sglo aV, II, III, IV, V y VI. (1928, 1910, 1931,
por Irene A. Wright. 2 tomos. (1927). 1932 y 1933).











112.-sistoria de la isla y Catedral de
Cuba, escrita por el Ilustrsimo sefor
don Pedro Agustn Morell de Santa Cruz,
Obispo de ella, con un prefacio de Fran-
cisco de Paula Coronado, Acadmico de
nmero. (1929).
113.-Historia documentada de la cons-
piracin de los Soles y ayos de Bolvar,
por el Dr. Roque E. Garrig, Acadmico
correspondiente. (Obra premiada en el
Concurso de 1927). 2 tomos. (1929).
114.-La misin diplomtica de Enri-
que Pifieyro. Trabajo de ingreso presen-
tado por el Acadmico correspondiente
Dr. Antonio Iraizoz y de Villar. (1930).
115.-Periotismo y peridicos espiri-
tuanos. Trabajo de ingreso presentado
por el Acadmico correspondiente Sena-
dor Manuel Martnez-Moles. (1930).
116.-La civilizacin taia en Pinar del
~Ro. Trabajo de ingreso presentado por
el Acadmico correspondiente Dr. Pedro
Garca Valds. (1930).
117.-Hombros del 51. Trabajo de in-
greso resentado por el Acadmico co-
rrespondiente Sr. Jorge Jurez Cano.
(1930).
118.-Historia documentada de la cons-
piracin de la Gran Legin del Agi~a
Negra, por el Sr. Adrin del Valle. (Obra
premiada en el Concurso de 1929). (1930).
119.-Historia documentada de San
Cristbal de La gabana en la primer
mitad del siglo XVIY, por Irene A.
Wright. (1930).
120.-Joaqun Infante. Homenaje a
este lustre bayams, autor del primer
proyecto de Constitucin para la Isla de
Cuba. (1930).
121.-El bandolerismo en Cuba. (Con-
tribuin al studio de esta plaga social).
Trabajo de ingreso presentado por el
Acadmico correspondiente coronel Fran-
cisco Lpez Leiva. (1930).
122.-Obras del Dr. Ignacio Jps de
Wrrutia y Montoya. 2 tomos. (1931)'.
123.-Legado "Bodolfo Rodriguez de
Armas". (Escritura, reglamento y con-
vocatoria a premio). (1931).
124-125.-Papeles existentes en el Ar-.
chivo General de Indias relatives a Cuba'
y muy particularmente a La Xabana.
(Donativo Nstor Carbonell). Ordenados
y con una introduccin por Joaqun Lla-
veras. Acadmico de nmero. Tomos I
y II (1931). (En publicacin).
126.-Un instant decisive de la mara-
villosa carrera de Mximo Gmez. Tra-
bajo de ingreso presentado por el Acad-
mico correspondiente coronel Dr. Carlos
Manuel de Cspedes y de Quesada. (1932).
127.-Papeles de Martf (Archivo de
Gonzalo de Quesada). Epistolario de
Jos Mart y tMimo Gmez. Recopila-
cin, introduccin, notas y apndices por
Gonzalo de Quesada y Miranda. (1933).
128.-Papeles de Mart (Archivo de
Gonzalo de Quesada). II. Epistolario de
Jos Mart y Gonzalo de Quesada. Reco-
pilacin. introduccin, notas y apndice
por Gonzalo de Quesada y Miranda. (1934).


129.-Cspedes visto por los ojos de su
hija, por Gloria de los Dolores de Cs-
pedes y de Quesada. (1934).
130.-eglamento de la Academia de
la Historic de Cuba. (1935).
131.-Papeles de Mart (Archivo de
Gonzalo de Quesada). 1Xr. Miscelnea.
Recopilacin, introduccin, notas y apn-
dice por Gonzalo de Quesada y Miranda.
(1935).
132.-Gmez el rMimo, por el doctor
Emeterio S. Santovenia, Acadmico de
nmero. (1936).
133.-Mximo Gmez, por el Dr. Ra-
mn Infiesta. (Obra premiada en el Con-
curso Extraordinario del Centenario de
su nacimiento). (1937).
134.-Historia documentada de los mo-
vimientos revolucionarios de Cuba de
1852 a 1867, por el Dr. Diego Gonzlez.
(Obra premiada en el Concurso de 1931).
2 tomos. (1939).
135.-El capitn Hernando de Soto,
Gobernador de la isla Pernandina de
Cuba, por el Dr. Jos Manuel Prez Ca-
brera, Acadmico de nmero. (1939).
136.--ma paz del Manganeso, por Ma-
nuel J. de Granda, Capitn del Ejrcito
Libertador. (1939).
137.-Prancisco de Paula Santander,
por el Dr. Jos Manuel Prez Cabrera,
Acadmico de nmAero. (1940).
138.-l ombres de mrmol, por el Dr.
Federico de Crdova, Acadmico de n-
mero. (1940).
139.-El Consejo Administrlrtivo d
Bienes Embargados, por el capitn Joa-
qufn Llaverlas, Acadmico de nmero.
(1941).
140.--El cincuentenario del Partido Be-
volucionario Cubano, por el Dr. Jos
Manuel Prez Cabrera, Acadmico de
nmero. (1942).
141.-Agraonte, paladn de la demo-
craca, por el Dr. Diego Gonzlez, Aca-
dmico de nmero. (1942).
142.-Eloy. Alfaro, por el Dr. Federico
de Crdova, Acadmico de nmero (1942).
143.-Beforma y Revolucin en Cuba,
por el Dr. Emeterio S. Santovenia, Pre-
sidente de la Academia. (1942).
144.-Calixto Garcia, por el Dr. Jos
Manuel Prez Cabrera, Acadmico de
nmero. (1942).
145.-.a juventud de Mart, por el ijr.
Gonzalo de Quesada y Miranda, Acad-
mico de nmero. (1943).
146.-L-uis Victoriano Betancourt, 1 >r
el Dr. Federico de Crdova, Acadm mo
de nmero. (1943).
147.-La poltica colonial y extranjra
de los Beyes espaoles de la Casa de
Austria y de llorbn y la toma de La
Habana por los ingleses, por Monseor
Eduardo Martnez Dalmau, Acadmico
correspondiente. (1943).
148.-Miguel Pigueroa, 1851-1893, por
el Dr. Jorge Mfiach Robato, Acadmico
de nmero. (1943).


COMISION DE PUBLICACIONES
Capitn Joaquian averias y Martnes y Sr. Carlos M. Trelles




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