• TABLE OF CONTENTS
HIDE
 Front Cover
 Half Title
 Title Page
 El sabio de la aldea
 Inocencia
 Un entierro
 El oido de los montes
 La quebrada de don Goyo
 Lo que no tiene remiendo
 El llanto de los payasos
 El coronel trancazo
 Negocio redondo
 Examen de conciencia
 Index
 Back Cover














Group Title: Huella de tradición
Title: Huella de tradición
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Permanent Link: http://ufdc.ufl.edu/UF00078398/00001
 Material Information
Title: Huella de tradición diez cuentos
Series Title: Huella de tradición
Physical Description: 99 p. : ill. ; 18 cm.
Language: Spanish
Creator: Zea Avelar, Gilberto
Publisher: Centro Editorial "Jose´ de Pineda Ibarra" del Ministerio de Educacio´n Pu´blica
Centro Editorial "José de Pineda Ibarra" del Ministerio de Educación Pública
Place of Publication: Guatemala
Publication Date: 1963
 Subjects
Genre: federal government publication   ( marcgt )
fiction   ( marcgt )
Spatial Coverage: Guatemala
 Notes
Statement of Responsibility: Gilberto Zea Avelar.
 Record Information
Bibliographic ID: UF00078398
Volume ID: VID00001
Source Institution: University of Florida
Holding Location: University of Florida
Rights Management: All rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier: ltuf - AFN5718
oclc - 08547155
alephbibnum - 001136477
lccn - 65052372

Table of Contents
    Front Cover
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    Half Title
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    Title Page
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    El sabio de la aldea
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    Inocencia
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    Un entierro
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    El oido de los montes
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    La quebrada de don Goyo
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    Lo que no tiene remiendo
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    El llanto de los payasos
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    El coronel trancazo
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    Negocio redondo
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    Examen de conciencia
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    Index
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    Back Cover
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Full Text








GILBERTO ZEA AVELAR

huella de tradiciin
D I E Z C U E N T O S




-LACAI P 9


HUELLA DE TRADITION
DIEZ CUENTOS


#2"-






GILBERTO ZEA AVELAB


HUELLA BE TRADITION
DIEZ CUENTOS








1963
CENTRO EDITORIAL "JOSE DE PINEDA IBARRA"
del Ministerio de Educaci6n P6blica Guatemala, C. A.







































Dibujante
Josi E. L6PEZ MALDONADO











-1 sabio de la aldea












OS MULEROS iban por el iltimo reco-
do del camino despues de larga jornada;
desde el mirador de la cuesta se veia una es-
peranza tangible en la distancia empafiada
por un tenue velo de niebla; era la iglesia
de la aldea, que destacaba entire la humilde
rancheria como ave de corral entire sus po-
luelos. Atras habian dejado una enorme ser-
piente ocre, que el patacho levant con el
paso nervioso de los que huelen la querencia.
Los tres j6venes, curtidos por los soles de
oriented, y a prueba de inviernos de copiosa
insistencia, iban repartidos entire el movi-
miento sincronizado de los cascos, que ace-
lerabari el paso con el reclamo del mon6tono
cencerro. Uno llevaba la mirada perdida en
el caserio, como dejando escapar la impa-
ciencia en el humo del puro. Los otros se
buscaron para cambiar impresiones que ali-
viaran la jornada.
-Oy, Catochoooooo... ~que sabes del
macho pardo que perdi6 tu tio?
-Ya lo tiene empotrerado; con don Ciria-
co no hay nada perdido, ese hombre es sabio,






GILBERTO ZEA AVELAR


yo no lo creiba, pero me dej6 pasmado el dia
que acompafi6 a mi tio. S61o recibe en la
puerta de su casa. Ahi le contamos el caso.
El macho desapareci6 del patio, y hace de
caso que se lo habia tragado un siguAn, no
hubo quien diera raz6n. El nos dijo que lo
esperAramos un rato. Como a la mediora sa-
li6 y se puso muy serio y pensativo. Despues
nos dijo: Vayan a los pajonales de Ulalio,
ahi estA el macho. Y como el dijo, ahi esta-
ba. Si se lo habian robado se jodieron, por-
que ya lo tenemos seguro.
-Pues hombre, de veras es sabio; a mi ya
me han contado muchas cosas que me han
puesto en qu6 pensar; me da miedo perder
un animal por no acercarme a su casa.
-Vieras Mincho que da much confianza,
se le mira cara de bueno, y es una babosada
lo que cobra.
Asi se fueron acercando a la aldea, hasta
llegar a sus calls silenciosas, sumergidas en
las primeras sombras, y sintieron el olor de
las cocinas que estaban iluminadas con el
oro de los fogarones primitives, entire el aplau-
so alegre de las tortilleras.
Don Ciriaco Martinez era un hombre ex-
trafio, alto, fornido, pelo entrecano, cejas muy
pobladas, ojos de profunda mirada que ins-
piraba confianza, pero que dominaba a quien






EL SABIO DE LA ALDEA


cayera bajo su influencia. Nadie conocia el
interior de su casa, porque no invitaba a pa-
sar adelante; las consultas las atendia en la
puerta de trancas, desde donde Ilamaban a
gritos los interesados.
Las mujeres pasaban corriendo por su ca-
sa, porque se decia que al encontrarse con su
mirada, ellas solas se iban detras del sabio,
cuando pasaba en su mula prieta a echarles
un vistazo a los potreros, donde tenia cien-
tos de animals.
Aquel hombre era una voluntad que se
imponia en el destiny de los habitantes del
caserio; todo se le consultaba, y sus consejos
eran seguidos al pie de la palabra, pero en
lo que se consideraba infalible era en su po-
der de adivinaci6n para encontrar animals
extraviados. Una sola vez no habia fallado.
En todas las aldeas circunvecinas gozaba de
un merecido prestigio, y era conocido sim-
plemente como EL SABIO. Los que no te-
nian dinero para pagarle sus consejos, le co-
rrespondian con products de sus cosechas
o con animals de distintas species.
Aseguraban algunos moradores que se ha-
cia invisible, y que desde los cerros miraba
por todos los rumbos para localizar a los ani-
males perdidos. A veces los campesinos,
cuando pasaba sobre sus cabezas algfn pi-






GILBERTO ZEA AvELAR


jaro extrafio, o ave de rapifia que hacia pica-
das sobre los barrancos y los pefiascos, se
encomendaban con la serial de la cruz, y
decian: que "Nuestruamo" ayude a don Ci-
riaco para que vuelva a su cuerpo. Y esto
lo afirmaban por la actitud misteriosa del
SABIO, que se encerraba en su casa por lar-
go tiempo, sin permitir que nadie cruzara
sus umbrales, por lo que suponian que reali-
zaba operaciones magicas.
Nadie habia penetrado el secret de su
"sabiduria"; pero el caso de don Ciriaco era
una profunda devoci6n por un santo viejo
que habia heredado de sus abuelos. El tenia
fe en lo que consideraba milagros de San
Caralampio, y creia interpreter en el movi-
miento de la llama de la candela, que ponia
frente a la imagen, el camino por donde apa-
recerian los cuadrupedos extraviados; pero
un dia le sucedi6 algo extraordinario: habia
perdido su mula prieta, "los dos ojos de su
cara", como dicen las gentes de lo que se
quiere intensamente. Y cuando perdi6 to-
das las esperanzas, recurri6 en demand del
milagro.
Encendi6 la candela frente a la imagen y
clav6 sus ojos oscuros en los rasgos toscos de
aquella escultura de madera, que sin duda
habia sido tallada por un Fidias criollo, en





EL SABIO DE LA ALDEA


sus ratos desocupados. Despues puso aten-
ci6n concentrada en el movimiento de la lla-
ma, y se fue en busca de la mula por el rum-
bo sefialado.
Durante quince dias obedeci6 lo que con-
sideraba sefial de un milagro del santo; re-
corri6 las direcciones sefialadas por la llama
de la candela, en todos los potreros, bosques
y cafiadas.
Un dia entr6 a su casa rojo de c6lera, per-
didos los estribos de la paciencia; tom6 una
enorme tranca y se dirigi6 al recinto sagra-
do. Despues de lanzarle un largo y encendido
reclamo al Santo, le dio un golpe tremendo
en la cabeza, que al desprenderla, hizo que
rodara por el desnudo barro del piso. En
ese mismo instant se oy6 un tropel en el
patio; abri6 la puerta don Ciriaco y se en-
contr6 con la mula prieta en rigida postura
estatuaria, y las orejas levantadas por el
asombro.
Con mistica actitud y notorio arrepenti-
miento, coloc6 la cabeza del santo en su lu-
gar, y de nuevo invadi6 la fe su coraz6n. Es-
taba listo para interpreter la voluntad de San
Caralampio. Era el sabio de la aldea.












Fmoceflcia














A RRIBA, cielo millonario de estrellas.
Abajo, cuatro cajones de gas con un
mugriento costal haciendo techo. Debajo
de ese techo una tosecita parvula que prac-
tica la o en el toj, toj mon6tono de una
bronquitis. Y como una pesadilla, la vora-
gine de ruidos alrededor de la mugrienta al-
coba. Celebran la feria del pueblo. La due-
fia de la tos es la hija de una vendedora de
mentiras que truenan en una sarten. A cada
rato se escucha la voz insistente de la duefia
del negocio: ilos bufiuelos nifia! iLos bu-
fiuelos senior!, con buena miel... Y se sien-
tan los clients a pedir plato tras plato, que-
riendo llenar el costal sin fondo del hambre
que produce el andar y andar, gastando los
zapatos y los ojos en aquel laberinto.
-Nos vamos vos, esta babosada no iena.
-- Y no te dije burro que fueramos a vo-
laros un tamal de a 10 centavos?
-Mis bufiuelos no son para lenarse, pe-
ro son sabrosos.
--Que no sea much.






GuMBERTO ZEA AVELAR


-Pues vayan a llenarse con piedras.
-Que vieja tan rascada. Von6s al rum-
bo de alla abajo, vos.
-Vayanse chucanes, a mi me sobran clien-
tes.
Y asi se van sucediendo los diAlogos entire
comer bufiuelos y liorar con el humo de un
fuego que ahoga una brasa entire volcanes
de ceniza...

II
-~Qu6 se haria tu tata? S61o a mi me
deja la "jodarria" de la hija. Te callAs o te
chipoteo el hocico. No me dejas hacer nada.
Ya son las once y no tengo listas las cosas
para la noche. Andate un rato para el par-
que, no te retires much, porque te puede
aplastar un cami6n.
III

La Chabelita, chiquilla de siete afios, que
no conoce lo que es una casa de verdad, ha
ido creciendo de feria en feria, unas veces a
tuto de la nana, otras, de la mano del tata
que de cantina en cantina fue acumulando
una buena "mona"; por las noches se duer-
me hasta parada, y cuando dobla la maleta,
vestida y arropada con brines y peri6dicos,






INOCENCIA


la acondicionan debajo del techo de costal.
Durante el dia es un estorbo para los pre-
parativos del negocio noctumo.
-Nana: por que no voy a la escuela?
Yo quiero mirar chistes como los que van
a la escuela.
S-No habl6s babosadas, decile a tu tata
que ya esta el almuerzo.
-Pero me dejas ir a la escuela.
-No estas viendo marranada que somos
como los volatines, que no calentamos puesto.
-iAy nana!, por que no tenemos casa?
Yo quiero tener casa como los muchachitos
que vienen a la rueda de caballitos.
-Apurate pasmada, llama a tu tata an-
tes que se apague el fuego.
La expresi6n dura, pronta a prolongarse
en el latigazo, cort6 el didlogo. La Chabe-
lita fue a traer al tata que estaba panza arri-
ba a la sombra de una chinama vecina, para
que fuera a engafiar las tripas con el caldo
de chipilines, el par de aguacates y la taza
de cafe.
Durante los moments que lograba- star en
contact con los tatas, obligandolos a escu-
charla con sus impertinencias, la nifia agui-
joneaba con preguntas que se referian al pe-
regrinaje constant de su vida. Sofiaba con
una casita en la que hubiera calor durante






Gnxrwro ZEA ELAR


la noche; queria vivir como los demas chi-
cos de su edad. C6mo seria de alegre tener
un gran patio para jugar al escondite. Ir
a la escuelA, tener mufiecas. En su corazon-
cito temblaba la incertidumbre que todos los
dias se traslucia en las caras afligidas de los
tatas. Y la pregunta era tematica, como la
gota de un filtro de piedra: "Nana: por
qu6 no tenemos casa?".

IV
-Comadre: jya vino su marido?
-No va venir en toda la noche.
-No sea babosa, esta encanchinado con
la mesera de aquella zarabanda que vende
"charamila" de contrabando.
-- Que desgraciado! Y me vino a decir
que tenia tumo en la rueda de Chicago; pero
a esa descarada la arrastro en cuanto ama-
nezca.
Y en aquella madrugada tragica, se le fue
la mano a la vendedora de "mentiras", y
mat6 a su rival.
Las calls tortuosas de la feria pueblerina
quedaron silenciosas. La noticia del crime
cort6 de tajo la alegria popular. En la car-
cel, sentada en el umbral de la celda, la pobre
mujer secaba lagrimas en las que mezcla-






INOCENCIA 25

ba el arrepentimiento y el odio. El viejo
delantal se empap6 de dolor.
--~Que hice Dios mio...? repetia como
aut6mata.
-No llores nana, si yo estoy content, jno
ves que ahora ya no vamos a tener frio?, ya
tenemos casa.













,14n entierro












UEBLO tirado como al acaso sobre
un'valle infernal; calls en zigzag con
cercos de cacto de agresiva geometria, sua-
vizada con sonrisa de buganvilla. De re-
pente surge sobre los sables de un izote la
plegaria blanca, y paulatinamente se con-
vierte en candelabro caprichoso. La sequia
marca-el ritmo de la canicula, que asoma su
fiebre en la ceniza de los cerros.
En aquel pueblo de atm6sfera empafiada
por las rozas, hay gentes que madrugan pa-
ra alargar la jorada en las sementeras, y
que abandonan las herramientas, en plena
labor, para comentar sucedidos, y escaparse
por las veredas de la fantasia de aquellas
horas de fastidio, que nacen sobre las lomas
desoladas y se pierden en los celajes lejanos...

II
Lalo y Nicomedes Arriaza estaban termi-
nando las doce brazadas de chapeo con los
sombreros hasta el tope; parecian dos es-
pantajos escapades de las milpas vecinas con






GILBERTO ZEA AVELAR


su indumentaria de manta de las dos "erres",
que les daba cardcter de fantoches en el ba-
lanceo ritmico del trabajo. Suibitamente pa-
raron las guarizamas y se fueron acercando
a la sombra densa y fresca de un guayacdn.
Ahi se tiraron con todo el peso de la fatiga,
para contarse histories que habian llegado
a sus oidos de algunos abuelos mentirosos que
gastaron muchas pipas para mantener su fa-
ma de conversadores.
-Vos Lalo, no habis visto nunca al sisi-
mite?
-Me quito el nombre si te miento, pero
en el Zanj6n de los Guapinoles lo divise
cuando iba brincando cercos detrds de la
Manuela PWrez, que era un primor de mu-
chacha. Es una babosadita de a jeme, pero
me par6 los pelos y me quede con frios y ca-
lenturas toda la semana.
-Pues hay cosas que lo dejan a uno pas-
mado; fijate que mi tio Crisanto cuando con-
trabandeaba con Pioquinto, se lo carg6 el
puro diablo. Iban por una vereda que los
llev6 a unas chifurnias en las que no se halla-
ban rastros de cristiano. Llegaron a un tre-
cho de palazones secas donde no habia espe-
ranza de un trago de agua. Cuando menos
lo esperaban se encontraron en una sabana
que daban ganas de ser caballo, pero no ha-





UN ENTIERRO


bian ni rastros de agua para mojar el gaz-
nate reseco. Siguieron avanzando y se topa-
ron con un volcan de cascaras gruesas de
guayaba, y ahi se dieron la gran atorada.
Les qued6 el est6mago que parecia costal
de plomo, pero siguieron la jornada. No ha-
bian caminado much, cuando encontraron
de nuevo la palaz6n espesa, y despu6s de un
claro de monte les sali6 al encuentro el gua-
yabal cargado que ya se venia al suelo, ya
podes imaginarte el disgusto; pero viene lo
mas peliagudo, como estaban Ilenos y can-
sados, dispusieron acostarse bajo las sombras
ralas de los guayabos y se quedaron bien dor-
midos. Despues de un largo rato, desperta-
ron asustados con el sol fuerte en el mero
"caite". El guayabal habia desaparecido y
estaban tirados en un arsenal caliente. Que
te parece?
-Ve Nico, eso no fue mAs que puro en-
canto. 2Y c6mo salieron del apuro?
-Pues se fueron despetacados y no sin-
tieron ni las espinas de ixcanal ya dentro del
bosque, hasta que se les enfriaron las patas
en una posada de la frontera. Cuando re-
gresaron, a mi tio le entr6 una cosa fea, que
nada le paraba en el est6mago, y luego par6
los caites. Pioquinto se volvi6 bolo de una
pieza, y un dia de tantos empez6 a ver caras





GILDERTO ZA AvumR


endiabladas entire las piedras de los cercos,
y se fue sin rumbo fijo por veredas que se
lo ievaron jalando para Honduras, y alla
estac6 el cuero de una goma.
-Ve todo lo que hace un espanto.
-Y aqui onde ves estamos sobre el puro
pisto, s6lo que no se sabe a punto fijo onde
esta el entierro, porque los nagiiilones que
han visto las luces con que avisa el finado al
pasar por el camino real, no se han animado
a poner sena.
-Hombre, eso es nuevo para mi; pero a
saber si son cuentos de los muchachos. Que
decis, seguimos el chapeo?
Y el monte fue devorado con el filo de
las guarizamas hasta que la oscuridad se
fue acercando al guatal como chucho triste.
III
Lalo qued6 picado con el cuento del en-
tierro de pisto, y se anim6 a regresar a eso
de las diez de la noche envuelto en un perra-
je, con una estaca y un martillo para dejar
la serial y regresar a sacarlo por la maiianita.
Pas6 horas de angustiosa espera, hasta
que vio una lucecilla que se regaba por ia
esquina del guatal; sigilosamente se desliz6
al punto, con la urgencia del nerviosismo,
clav6 la estaca y dio rapida media vuelta;





UN ENTmRRO 35

fue cuando sinti6 que lo habian jalado del
perraje y cay6 como fulminado por el susto.
Al dia siguiente lleg6 Nicomedes y lo en-
contr6 muerto, trabado del perraje y con un
martillo cerca de la mano derecha. El mis-
mo habia metido la estaca en la prenda de
dormir; pero lo anico cierto de esta ensarta
de mentiras que va de boca en boca de las
generaciones de campesinos, fue el entierro
de Lalo...











1 oido de los monies














LAS QUEMAZONES habian dejado ci-
catrices dolorosas en la espalda del ce-
rro Gordo. Todavia ambulaban en el cielo
plomizo los fantasmas de humo que se habian
escapade de las hondonadas.
Cipriano y Lorenzo, dos hombres curti-
dos por los soles calcinantes de abril, esta-
ban sentados bajo un Arbol triste, que alzaba
mufiones carbonizados como un veteran de
las inclemencias. Se estaban empinando un
tecomate para apagar el incendio interno,
mientras la fiebre tropical crepitaba en las
hojas secas y parecia escaparse en el mon6-
tono ritmo de los chiquirines. Los labriegos
daban la impresi6n de dos gigantes mayas
bebiendose el cielo en la gran ubre vegetal.
Cuando el milagroso liquid dej6 una sen-
saci6n de alivio en los cuerpos fatigados, ron-
rone6 en las mentes primitivas el tema de
siempre:
-Veya compare Lencho, alli en aque-
las planadas, que lujo de tierra. Con que
ganas entra el arado.






GujMRTO ZEA ANELAk


-Si compare, ya ve lo que es la suerte.
--ZPor que lo dice compa?
-No ve pues la muela que va guiando
los bueyes. Es el hijo de Esculapio que no
sabe trabajar como los hombres. Y ese viejo
hijuepuerca de don Herm6genes le da tie-
rra, porque le cuida las espaldas. Es un des-
graciado que todas las tardes se va detras
de ese viejo picaro, como chucho humilde,
oliendole el rastro...
-Veya pue, y nosotros ya sin juelgo en
este pedazo de tetunte; s6lo porque Dios es
grande no nos hemos muerto de hambre. El
sudor del pobre abona estos pedazos de in-
fierno.
-Ansina son los ricos; por eso cuando se
mueren se vuelve agua lo que dejan, porque
es pisto salado.
-Pero veya compare, mientras ellos Ile-
nan el buche, nosotros vivimos peor que esos
bueyes, pues si pasan bien domados como
nosotros, bebiendo polvo y ievando sol de
seis a seis, no se dan cuenta y siempre tienen
que comer.
-No joda compare; uste se pone mero
por el petate. Dialtiro no cre que Dios lo
pone a uno a prueba con el sufrimiento.
-Si esto no es cosa de Dios, compa. Cosa
de Dios es una sequia; una mancha de cha-






EL OIDO DE LOS MONTES


pulin que come parejo; una peste que barre
con todas las gallinas; un viento perro que
jode todoS los bananales; pero esto de ne-
garnos la tierra para criar a los hijos, es ley
de ingratos. Dios no dej6 la tierra para unos
pocos...
Y las palabras se perdieron en un oscu-
ro silencio. Cuando se levantaron fueron sor-
prendidos por el tropel de un venado que
surgi6 como un milagro entire dos enormes
piedras ahumadas. El nervioso animal se
meti6 en la espesura del monte enredando el
paisaje en su comamenta que giraba como
una rosa de los vientos.
-Que lo alcance el diablo, coment6 Lo-
renzo.

II

En el valle lejano la yunta que abri6 surco
de esperanza se perdi6 en la tristeza de la
tarde. Un presagio de tormenta asom6 sus
ojeras en el horizonte. Los montes se envol-
vieron en la niebla invemal, y las sombras
de la noche se tragaron los ranchos.
Todo qued6 hundido en el gran silencio
de la aldea sofiolienta. Los labriegos se per-
signaron y emprendieron el regreso a la ran-
cheria.






GILBERTO ZEA AvELAR


III

Al dia siguiente, el caserio anclado en la
quietud del valle despert6 con la violencia
de los sicarios. Los ranchos de Cipriano y Lo-
renzo fueron allanados. El asombro de los
moradores clav6 sus ojos en un grupo de
hombres que ievaban a los dos compadres
con las manos maniatadas hacia atras. Un
comisionado military, con cara de titere, se
volvi6 hacia los curiosos para decirles: estos
cabrones van press por comunistas.
Cuando los compadres quedaron sumidos
en la oscura inmundicia de la bartolina, y
el presentimiento ensombreci6 sus miradas,
dijo Cipriano:
-Estas son cosas del diablo, estabamos
ingrimos cuando hablamos babosadas...
-No compare -corrigi6 Lencho-, este
fue el brujo del Jocote; para jodernos se vol-
vi6 venado y nos oy6 con los cascos, porque
entire los ranchos siempre pasa a mediano-
che, cuando va a "miguelear", metido en el
cuerpo de una cocha maicera.
Y se quedaron cabizbajos, como dos dio-
ses mayas, con un semblante dramatico en
el que se adivinaba que habia muerto la tran-
quilidad...











,a quebrada de don C~yo











C OMO REBA1O estatico, el pueblo cos-
tefio luce sobre el valle de verdes ale-
grias. Las gentes van y vienen por vere-
das y caminos reales, formando rios de
prosperidad que desembocan en el mercado
pueblerino. Es un trajinar que se reduce a
la compra de products agricolas y la venta
de articulos industriales. Cuando la noche
cae como un enorme poncho negro sobre
aquel hormiguero human, buscan el reposo
en la apretada promiscuidad de las vivien-
das. Es la hora propicia de los enamorados
que se escurren como fantasmas entire las
callejuelas, para buscar en una ventana o
en el portillo de un cercado, la voz alenta-
dora de la novia. A veces, cuando la con-
fianza logra romper los obstAculos que se
oponen al noviazgo, la guitarra se aduefia del
ambiente, y una voz sincera y temblorosa
deja escapar la queja, el ruego, o la ofrenda
del coraz6n...
Y la brisa romAntica lleva la querella a
trav6s de las rendijas, hasta que asoma la
amada en la ventana y los futures suegros
49





GILERTO ZEA AVEAR


en la puerta, para que entren a tomar una
copita...
Pero entire todas las families de aquella
comunidad, hay una que jamis ha recibido
una manifestaci6n afectiva traducida en las
notas de un instrument musical; porque
don Goyo, el jefe de la casa, es un hombre
temido y respetado que tiene sus propias cos-
tumbres y leyes, que lo obligan a vivir al
margen de las tradiciones de la regi6n.
Su hija, Luz de Maria, la mAs linda zagala
de aquellos contornos, no miraba las calls
sin ievar a su lado al viejo bravuc6n. Y no
miraba a nadie para evitarse una "penquia-
da", o para no hacer blanco de una dificul-
tad a quien le devolviera una mirada de sus
ojos negros. El viejo siempre vivia mascu-
ilando frases: "Yo de naide me fio; pan-
talones, s61o estos que llevo puestos, de la
puerta para adentro de mi casa. Mi'ja no
es para ninggn hocic6n deste pueblo, mien-
tras yo viva no se darin el gusto de darle la
mano, y menos uno de esos justanudos estu-
diantillos que vienen a sembrar escindalos
cuando regresan de haraganear".
Si alguno le manifestaba interns por ella,
siempre surgia el dialogo pintoresco y Ileno
de acritud, como sucedi6 cuando un joven





LA QUmBIADA DR Dom GoYo


que habia terminado sus studios y tuvo el
atrevimiento de ofrecerle matrimonio.
-Y vos que sos para pretender semejan-
te cosa.
-Soy bachiller, don Goyo.
-Pues yo no quiero un bachiller que mate
de hambre a mi'ja, para ella quiero a uno
que sepa jalar riata, andaite a buscar una
compafiera haragana a la capital.
En otra ocasi6n tuvo parecidas preten-
siones un corralero, y le respondi6 en los si-
guientes tirminos:
-Andaite a buscar una caituda como vos,
indio lamido; conque no se la di a un bachi-
ller ladino, contimAs a un jodido que no tiene
ni para su cot6n.
Pero sucedi6 algo sorprendente: una no-
che, cuando la oscuridad daba la sensaci6n
de una masa impenetrable, frente a la casa
de don Goyo se hizo pedazos la monotonia
del ambiente, cuando brillaron las notas de
una alegre marimba. La serenata puso en
guardia a todo el vecindario, porque era algo
ins6lito. jQu6 iria a suceder? Don Goyo
se levant6 como un relnmpago, y pistola en
mano exigia que se le dijera qui6n era el
duefio de la serenata. Los marimbistas le di-
jeron que ellos estaban pagados por un des-
conocido, de quien le dieron las sefias.





GILBERTO ZFA AvELAR


-Pues aqui amanezco hasta que aparezca
este gallo, vamos a ver como canta.
La marimba llen6 el ambiente de alegria
musical durante varias horas; ya la madru-
gada comenzaba a dar las primeras pincela-
das en las serranias, cuando se escuch6 un
escandalo en el gallinero de la casa. Don
Goyo salt al instant y penetr6 al patio. En
esos precisos moments saltaba un jinete la
puerta de trancas con Luz de Maria en la
grupa. Con el demonio en el semblante le
puso la albarda al caballo mas Agil de la co-
marca, y sali6 tras el raptor con el impetu
de un huracan. En la orilla del pueblo ha-
bia un arroyuelo, y cuando el nervioso ani-
mal estir6 los remos para salvarlo, sali6 de
la cabalgadura y cay6 como un tanate en la
corriente, de donde lo sacaron con las cos-
tillas rotas.
Aquella fue una caida que celebraron to-
dos los moradores, porque el viejo era un
hombre que habia nacido en la montura y
nunca se habia bajado involuntariamente.
El acertado humorismo campesino bautiz6
al arroyuelo con aguda ironia: LA QUE-
BRADA DE DON GOYO.












4co que no liene remiendo













EL BARRIO era hacinamiento de cova-
chas con negocios que rendian para en-
gafiar el hambre. Ir y venir de gentes en
hormiguero human moviendose detras del
centavo.
Don Queno el zapatero no se despegaba
del banco, y cuando se desprendia del tra-
bajo para tender una necesidad, caminaba
como levandose pegado el asiento de cuero
que sostenian cuatro patas r6sticas: habia to-
rado la forma del hombre que no descansa.
Don Queno era una figure important en
aquel grupo de gente angustiada, con cara de
s6plica; tenia la gran virtud de prolongar la
vida de los zapatos del barrio proletario.
Ninguno salia desconsolado de su consulto-
rio de remiendos.
-Don Queno, perdone, pero no tengo
para pagarle este trabajo y me urgen los
zapatos.
-No se apure nifia Concha, lleveselos, me
paga cuando pueda.
--iAy don Queno, Dios le pagara tanta
molestia !






GILBERTO ZEA AVELAR


Otras veces era la preocupaci6n de que
ya no tuvieran compostura:
-Aqui le traigo estas "desgracias", haga
lo que pueda mientras me pagan la planilla
y los tiro al basurero.
-Dejelos, todavia aguantan, ya sabe que
yo nunca les hago el feo, aunque est6n "ma-
tados".
Y asi pasaban los dias en aquel barrio tris-
te, haciendo el milagro con sus manos hfbiles
para que los pobres abrigaran los pies y se
salvaran de las consecuencias de los crudos
inviemos.
Cuando comenzaban las luvias tenia tal
cantidad de trabajo, que el candil se apagaba
a la una de la madrugada; era viudo y como
confidence inico le qued6 un hijo, que re-
cientemente habia ganado el bachillerato.
Don Queno sabia lo que significaba y le de-
cia continuamente:
-No seas papo hijo, yo para vos trabajo,
no quiero que tronch6s tu vida, por ignoran-
te, en un trabajo que apenas da para los fri-
joles; segui hasta donde yo pueda aguantar.
-Si papa, ya me apunt6 en la Escuela de
Medicine, eso me gusta, los libros son cars,
pero se consiguen prestados, o se arrima uno
a los companeros.







Lo QUE NO TIEN REMIENDO


-Malhaya aquellos tiempos, hijo; enton-
ces s61o los ricos probaban lo que era estu-
dio, no se pasaba de las cuatro letras.
-Ahora se acab6 eso papa, lo que vale
es el esfuerzo.
Las platicas se prolongaban hasta que se
apagaba el candil. JuliAn no habia variado
en la sencillez de sus costumbres, tan s6lo
se adapt a una vida mas higienica dentro
del marco de su estrecha economic.
Los afios fueron saltando calendarios, y el
estudiante salvando obsticulos en la carrera,
entire el insomnio y el cansancio mental, que
se iba compensando con la culminaci6n de
los esfuerzos, no s61o del hombre de ciencia
sino del zapatero extraordinario. Con sed de
sabiduria devoraba textos de la biblioteca
universitaria, de los amigos bonachones y
los apuntes que iba pescando en las catedras
de los maestros mas exigentes; pero le preo-
cupaba que su anciano padre trabajara tan
duramente, y se dolia de los prejuicios de
algunas gentes de estrecho criterio que en las
vecindades mascullaban comentArios: "Viejo
tonto, manteniendo a semejante haragin".
"Tan grandote el muchacho y no hace por
ganarse la vida". "Yo no soy el viejo Queno
para mantener sebones". "Apfirese amigo,
intrele al oficio, los libros son para los ricos".







GiLBERTo ZEA AvELAR


Un dia revent6 de gozo cuando consigui6
"colarse" en una plaza de practicante que le
proporcionaba la comida y algo en efectivo.
Se lo dijo en cuanto lleg6 a su casa al pobre
viejo; pero este se qued6 clavado de una pieza
en un dramatico silencio de incertidumbre...
Al dia siguiente, a la hora del desayuno,
se reanud6 el dialogo que la noche anterior
se habia perdido en la subjetividad del za-
patero:
-Papa, ya no quiero que trabaje. Soy
joven y ganar6 para que vivamos.
-No hijo, quiero que sepas una cosa: los
viejos que siempre hemos sudado en los ta-
leres nos ponemos muy tristes y nos mori-
mos mis luego, cuando soltamos el yugo. De-
jame, lo Anico que me hace olvidar tristezas
que vos nunca conociste.
-Por lo menos quiero que trabaje s61o
durante el dia.
-Vamos a damos gusto, eso ya es bas-
tante descanso. Y quiero que sepas que te
he ayudado con mi trabajo, no para que me
desquites. Yo queria tener un hijo que hon-
rara a la familiar, y ya lo tengo.
Y asi fue rodando la rueda de circunstan-
cias que un dia los llev6 al paraninfo univer-
sitario donde JuliAn recibiria su titulo.






Lo QUE NO TIENE REMIENDO


Cuando pas6 la euforia de los aplausos, los
abrazos, y las copas de champan, el nuevo
m6dico se encontr6 a solas con su padre, que
aquella noche se veia muy seriamente preo-
cupado, los ojos ensombrecidos, como rete-
niendo inviernos interiores.
-No te veo alegre viejito, parece que no
estas content de tener un hijo medico.
-No hijo. No es eso. He pensado much
en pedirte que me des un gusto.
-- Cual sera? j C6mo voy a negarte lo
que me pidas?
-Que te dediques a curar a los pobres,
cobrandoles barato, especialmente a mi vie-
ja clientele; porque no quiero que sufras po-
brezas como yo, pero tampoco que te hagas
rico con el dolor del pr6jimo. Yo remiendo
zapatos, y muchos me los levan sin esperan-
za, porque ya casi no tienen forma, con la
plantilla podrida. La plantilla es el coraz6n
de los zapatos, hijo, y cuando ya se ha po-
drido, hay que hacer milagros para salvar-
los; hay que ponerle ajustes que la refuercen,
porque de ella se agarran las otras parties
del ensuelado, y esto se logra con un trabajo
de paciencia. Y de tu trabajo que puedo
decir? Vas a trabajar con la vida de la gente,
tal vez con una madre bafiada en llanto que
esperara, con los ojos puestos en Dios y en tus





Gu..nRTo ZEA AvxLAR


manos, tronindose los dedos por lo que ten-
dra que pagar. Y yo quiero que trabaj6s con
la vida de los enfermos poniendo el coraz6n
para salvarlos, sin pensar en lo que puedan
pagarte, y sin perder la fe, aunque te des
cuenta que ya no tienen "chapuz", porque
para un hombre de fe y voluntad todo tiene
remiendo.
Julian, conmovido le prometi6 a su padre
cumplir con su noble deseo.
El joven medico fue el guardian de la vida
de los moradores de aquella barriada que lo
vio formarse; en 61 veian los pobres reencar-
nada la bondad del viejo zapatero remend6n.
Cuando iba con su pequefio maletin, apre-
surado el paso para levar el alivio, incons-
cientemente sobreponian la imagen del obre-
ro, con el par de zapatos pendientes de la
mano.
Las comadres del barrio siempre que co-
mentaban alg6n caso grave que habia sal-
vado el doctorcito, decian: "este es como su
tata, para 61 todo tiene remiendo".
La fama le hizo un pedestal, y 61 que no
era m6dico de clientele escogida, trascendi6
en todos los 6rdenes sociales, porque en sus
manos no se habia muerto ni un paciente en
largos afios de ejercicio professional.





Lo QUE NO TIENE REMIENDO


Un dia se detuvo un coche de lujo frente
a su clinic, sus ocupantes necesitaban que
fuera a tratar un caso de urgencia. Inme-
diatamente asisti6 a cumplir con su misi6n.
Hizo el historical del caso, luch6 con todas
sus energies por salvar al paciente, pero la
muerte gan6 la partida. Lleg6 a su casa ape-
sadumbrado. Su padre que siempre lo reci-
bia con una frase optimista, se acerc6 cari-
fiosamente, sin preguntarle como en otras
ocasiones; pero 61 habl6 como escapAndose
de una'angustia: "era un caso perdido, una
rara enfermedad; se trataba de un poten-
tado que amas6 fortune con la explotaci6n
dolorosa de la gente humilde. El enfermo
no ayud6 a su salvaci6n, era un hombre Ileno
de profundos remordimientos, acobardado,
con un ambiente de odio a su alrededor, pre-
sionado por cientos de amenazas, much de
turbio en sus relaciones, con una familiar
dividida, poco afecto en su lecho, s61o con
el servicio que le proporcionaba su dinero,
era una de esas victims de la ambici6n. Yo
hice lo que pude, pero estoy seguro que lo
mat6 la conciencia, y eso tu lo sabes bien,
es lo que no tiene remiendo".












4CI llanto de los payasos













T IMIDAMENTE asoma la cuispide mu-
grosa de la carpa, con la mancha de
tristeza que le fueron dejando los invieros,
como volcan parvulo que se esfuerza por al-
canzar las estrellas. Asi se ve entire la geo-
metria defectuosa de las covachas, en aque-
lla barriada, incrustada en los aleros de la ciu-
dad. Adentro, la familiar del circo, hacina-
miento que solidariza a los miembros de la
tropa en la esperanza de tantos maianas
inciertos.
Durante el dia dormitaban reponiendo
fuerzas; apenas la noche se iba filtrando en
los contoros de aquella piramide de ilusio-
nes, la pobreza del redondel se enriquecia
con la luz artificial, y los magnavoces se adue-
fiaban del espacio lanzando anuncios exage-
rados, con much volume y poca ortografia.
El pbblico no siempre lenaba las aspira-
ciones de la taquilla, pero en habiendo para
el desayuno, el program se desarrollaba con
el mismo entusiasmo, como si estuvieran las
localidades a reventar. En cada intent del
respectable, para que repitiera sus coplas el
payaso, contestaba con salidas lenas de pi-







GLBERTO ZEA AvExm


cardia. Algunos de los bufones, viejos de
edad y de repertorio, no hacian reir a los
nifios y adolescents que ya estaban a larga
distancia de aquellos motives de risa.
En las noches de suerte la alegria era un
pleamar de algazara, balanceindose en su
debil estructura, el carnavalesco confeti hu-
mano; era cuando ponia en aprietos a la
Sempresa, porque si se venia abajo significaba
la quiebra de las tablas y del negocio.
Un dia de tantos pasan los payasos anun-
ciando, por d6cima vez, que es la iltima
funci6n la que ofreceran esa noche.
La patojada va detras haciendoles fondo
con un enjambre de gritos. Va la comparsa
en una loca y desenfrenada carrera, como
si el espectAculo fuera visto por primera vez,
peleandose la primacia para verles la cara
a los payasos.
Es una gran column que se fue formando
con muchachos de todas las edades, a lo largo
del camino; todos se sienten unidos por el
goce que produce la cara pintarrajeada de
quienes se ganan la vida por vestirse de ma-
marrachos y convertirse en caricaturas de
personajes que mueven a risa. Ninguno de
los chiquillos se preocupa de que los dejaron
cuidando la casa, con tal de former parte de
aquel desfile de alegria, unos con el pan en







EL LLANTO DE LOS PAYASOS


la mano, otros con un guineo a medio comer,
los mas pequefios Ilorando, porque los her-
manos los dejaron atras; nadie escucha mas
que gritos y silbidos, es el unico lenguaje de
aquel tumulto de locos que corren detras de
la felicidad.
Un grupo de chiquillos, de los que tienen
mas vocaci6n de saltimbanquis, reparten los
volantes que contienen las mas simpaticas
mentiras. Ellos se sienten de la familiar en-
tre la gente de carpa; caminan del brazo
con los mozos del redondel, son "cuelludos"
que en la funci6n venden chucherias y nunca
pagan la entrada.
Se destacan, entire aquel mar de bullicio,
los anunciadores que van montados en caba-
llos overos, portando una trompeta que dis-
para el anuncio. Un estribillo flota entire la
area de gritos y silbidos:

Esta es la iltima funci6n
que tenemos anunciada,
y el que no tenga la entrada
que la busque, aunque no coma!

Adi6s, calls empolvadas,
adi6s, capullos de rosas,
adi6s, muchachas hermosas,
adi6s, viejas arrugadas!







GxLBERo ZF AVELAR


El bullicio alioga las iltimas silabas, y en-
tre el zumbido de los vehiculos que pasan
en zigzag tratando de salvar la patojada, se
oy6 un grito que guillotine la alegria...
Se hizo un remolino de curiosos, y un ru-
mor de presagios gir6 alrededor del chiquillo,
que yacia en un charco rojo con los volantes
anunciadores cerca de la mano derecha. Le
habian pasado encima las ruedas de un
cami6n.
Pocos moments despues, en la sala de
emergencia del hospital, expire el active co-
laborador del circo de barriada. Tres paya-
sos estaban frente a 61, con la cara destefiida
por el l1anto, como cascarones de carnaval
mal pintados.
Cuando la noche entr6 en el coraz6n del
barrio pobre, se veia el oscuro cono de la
carpa, silencioso y solemne, como un monu-
mento a la tristeza...












41 coroner francazo












E L AGRESIVO chatin muestra la gris
monotonia del boscaje; sus crispadas ra-
mazones se levantan en el costado oriental
de la sufrida tierra chapina, como una pro-
testa muda en el quieto panorama, de aque-
los 22 afios de crudo despotismo, cuando no
se movia la hoja del Arbol sin su voluntad.
Cris6stomo Virula recorre entire aquellos
andrajos vegetables sorteando el peligro de
los pedruscos filosos para arrancarle al bos-
que la carga de lefia que salva del hambre a
la familiar.
La miseria ha rondado por su rancho en los
dias en que el senior Comisionado Militar dis-
pone que se haga cargo del correo que va a
la cabecera. Entonces recoge la chamiza
que vende a la entrada de la ciudad. Ha lo-
grado "encompadrar" con un terrateniente
que le ha permitido el cultivo de la parcelita
sin cobrarle ni un real, mientras procura
"alzar cabeza". Toda la mafiana se entrega
al cuidado de sus frijolares, la tarde es para
sangrar la entrada de la arboleda que entire






GILBERTO ZEA AVELAR


olores de resinas y cantos de chiquirines re-
cibe el golpe asesino del hacha.
Virula se siente como una prolongaci6n del
chat6n, cuando era chico iba tras de su tata
a retozar con los "chuchos", mientras aquel
cortaba la lefia. Conocia todos los secrets
de aquella naturaleza agresiva. Cuando se
cansaba de jugar con los "chuchos", probaba
el pulso con una honda vieja, llena de boque-
ras, apuntando en la cabeza de las lagartijas,
esmeraldas vivas que jugaban tuero en los
laberintos de la maleza. Cuando era mozal-
bete se turnaba con el tata la tarea de hacer
pedazos el bosque. Asi fue viviendo entire
la pobreza del rancho que hacia juego con
los andrajos de su vestido, y con el paup6-
rrimo aspect de los follajes aledafios. "Po-
bre, pero honrado", era su lema. La sencilla
moral que le dej6 su viejo cuando envuelto
en un petate se lo trag6 la tierra, estaba com-
prendida en pocas palabras: "Rompete l'al-
ma en el chatuin, pero levant siempre la
frente como hombre honrado".
El Comisionado Militar, lo levaba "en-
treojos", desde una tarde en que descuidada-
mente, quiza perdidos los pensamientos en el
ensuefio de mejores dias, no se dign6 salu-
darlo. "A este indio hijuepuerca le 'gua-
bajar' el orgullo", se habia dicho aquel






EL CORONzL TRANcAzo


SARGENTON, perro de la dictadura, que
no perdonaba la falta de flexibilidad del espi-
nazo, para satisfacci6n de su megalomania...
Todas las semanas lo hostigaba inventando
comisiones y 6rdenes del senior Comandante
-de Armas. Cris6stomo Virula aguant6 con
paciencia franciscana la enconada actitud de
aquel cacique, como una espuela incesante
clavandose en la entrafia.
Hacia un afio que estaba "apeandole el
orgullo", como solia decir el capataz con
acento de bravuc6n. Tres veces por semana
le tocaba prestar servicio como correo de la
aldea. Un dia de tantos, cuando ya habia
cumplido la obligaci6n semanal a regaia-
dientes, lleg6 el alguacil a decirle que el se-
fior Comisionado lo esperaba a las cuatro
de la mafiana para una comisi6n. -Virula
sinti6 que una tormenta le habia pasado por
la cabeza, dejandole cargados nubarrones en
sus pensamientos. Era una tempestad que
pronto se desataria. Olvid6 todos sus anhe-
los, sus obligaciones morales, s61o un objetivo
se hizo patente en el caos de su espiritu, ex-
presandolo como un sonambulo en siete fati-
dicas palabras: marianaa le pongo el corvo
de peineta". La mujer oy6 la sentencia, guar-
dando un resignado silencio.





Gu.BERTo ZEA AvELAR


Durante tres horas aquel hombre honrado,
simbolo de la conformidad campesina, estuvo
entregado a la dura faena de afilar el corvo.
Se gastaba el puro, se gastaba la piedra le-
chosa y fina, se gastaba el acero; s61o crecia
el filo y la ansiedad de la venganza...
Terminada la dramitica tarea, cuando ya
el sol filtraba su luz mortecina en la cren-
cha de los montes lejanos, fue a darle un
iltimo vistazo al chatin. Hizo un balance
de su vida noble, de Sus esfuerzos para lie-
gar a ser duefio de una parcela en la que
ahora se podia contemplar la fresca promesa
de un frijolar. Esa tarde no cort6 lefia, s6lo
venia a despedirse, como a decirles a los
agrestes parajes que a ellos les debia en parte
la modest fortune que les dejaba a sus hijos;
que terminaria con la humillaci6n, que se
entregaria a un destino incierto apenas ama-
neciera un nuevo dia. Y se alej6 de aquella
tierra rebelde de la que es dueiio s61o el que
entra con el hacha al hombro a regarla con
el sudor de su frente.
A la hora en punto de la cita estaba Cri-
s6stomo Virula frente a frente con el esbirro
que se encontraba sin guarda-espaldas. Este
no podria sospechar ninguna mala intenci6n,
porque en el campo es habitual la portaci6n
del corvo.





EL CORONEL TRANCAZO


-i Asi me gusta amigo que mis 6rdenes
se cumplan como yo mando!
-Si senior Comisionado, pero hoy no ven-
go a recibir 6rdenes.
--8Y a que venis indio amolado?
-iA ver si es hombre cuando esta solo!
No bien habia pronunciado la iltima pala-
bra, cuando el Comisionado trat6 de sacar
la pistola; Cris6stomo salt sobre e1 con la
agilidad del gato montes, separandole de un
solo tajo la cabeza. Las iltimas sombras de
la noche vieron cuando se lo tragaron los
montes.
La aldea despert6 asustada, pero en su
fuero interno vibraba una satisfacci6n: ha-
bian salido del hombre mas malo de la co-
marca.
De la Comandancia de Armas llegaron las
6rdenes mas several contra el asesino de una
autoridad. Virula se convirti6 en un perso-
naje de leyenda. Nadie podia capturarlo.
Todas las escoltas regresaban incompletas de
cada excursi6n, si lograban encontrarse con
el hombre mas temerario. Tuvo la osadia de
entrar al poblado a medianoche, producien-
do una gran alarma al tocar a vuelo las cam-
panas.





GrLBERTO ZEA AVELAR


Los campesinos compartian su comida con
1e cuando los sorprendia en las cosechas; y
lo miraban como algo sobrenatural.
Nadie sabia d6nde pasaba las noches. A
veces las escoltas iban a rendir su acostum-
brado parte en las madrugadas, y.al Ilegar
a las primeras casas de la aldea se les atra-
vesaba con lujo de temeridad.
El Jefe de Estado se preocup6 del renom-
bre que alcanzaba aquel caso esporAdico de
rebeldia. Empez6 a correr el rumor de que
visitaba al compare que habia salvado del
hambre a su familiar. El Jefe Supremo reco-
gi6 aquel rumor y lo llam6 a su despacho.
Entre el Dictador y el compare se entabl6
este dialogo:
-Usted es el hombre que debe resolver
este problema del asesinato del Comisionado.
-Sefior, a usted le han informado mal. A
mi no me ha visitado el compare desde que
le pas6 esa desgracia.
-Usted me lo entrega vivo o muerto, o
lo fusilo!
--Si usted cumple con su deber tendra
ademas, los galones de Coronel. jPuede re-
tirarse!
El compare de Virula regres6 con el ani-
mo descompuesto. Tendria que salir de su





EL CORONqEL TRANCAZO


protegido para salvar el pellejo y el destiny
de su familiar. El dilema era: sucumbir o
matar.
Una escolta permanent, oculta, rodeaba
la casa. El tenia instrucciones de avisar con
un silbato en cuanto estuviera a la mano.
Una noche son6 suavemente la puerta,
como solia anunciarle siempre. Entr6, cam-
biaron saludos. Obtuvo informaci6n de su
familiar. El compare lo invite a comer un
tamal.
Ah! querido compare, aqui es la 6nica
part donde como .con toda la confianza.
Sentado en la mesa, comia y conversaba con
el compare que media a grandes pass el
piso del cuarto.
Los minutes eran siglos de angustia. Este
se acerc6 a la puerta que estaba atras de Cri-
s6stomo, tom6 la tranca, pidi6 perd6n men-
talmente a Dios, y se la dej6 caer con todas
sus fuerzas atras de la cabeza. Se dobl6 como
un debil tallo sobre la mesa; lleg6 la escolta
al aviso de alarma, timidamente lo voltearon
y vieron un rostro con los ojos saltados, y un
bocado medio salido de la boca, era cadaver.
La tarde quiet vio pasar a la escolta cuan-
do iba para el cementerio a enterrar al ban-
dido pintoresco, las ramas secas del chatfin
se alzaban como diciendole adi6s.





84 GILBERTO ZEA AVELAR

En los dias festivos, el compare estaba
obligado a lucir los galones de Coronel que
le regal el Presidente, y los campesinos gua-
sones comentaban: "Ahi va el Coronel
Trancazo".












La/egocio redondo













E L CONSTANTE ruido de un chorro de
agua, era como el rosario de minutes
de un reloj que se escondia en los montes;
un anciano cabeceaba, como queriendo ven-
cer el suefio que fueron sumando en las cor-
tinas de los ojos las diminutas gotas de tiempo
que se deslizaron en largos dias de asedio, y
que hacian alfombra al duendecillo que ba-
jaba, insistentemente, hasta convertirse en
almohada del tiempo. El anciano estaba sen-
tado en una piedra, vigilando a los ladron-
zuelos del melonar, que anunciaba a los
cuatro vientos, con aroma tentador, que ya
estaba de punto.
El sol iba disolviendo montafias de turr6n,
y en-cada salto dejaba caer pequefias frutas
de sombra sobre el potrero. El guardian de
aromas y delicias encerradas en verde cala-
baza, queria sorprender a los picaros, que
siempre le disminuian las ganancias.
Eusebio Guancin era duefio de aquel pe-
dazo de tierra desde hacia veinte afios, y la
cosecha de melones era su esperanza inme-
diata; despues completaba el presupuesto con






GiLBERTO ZF. AVELAR


unas cuantas tareas de mulquite, ese maiz en
miniature que le servia para engafiar a los
cuatro marranos, que venderia en los dias
de navidad. Pero esa parte de su plan de
actividades todavia estaba distant, ahora ur-
gia saber, quien era el aprovechado de los
melones...
Un dia pas6 por sus propiedades el com-
padre Ciriaco, y lo encontr6 en su actitud de
espectativa, entablandose entire ellos un dii-
logo a gritos:
-Compadreooooo, Z que hace con esa cara
de alma en pena?
-Callese, ya me andaba asustando, com-
pa, estoy mero "pensoso" con esto de que no
se ve ni se oye nada y todos los dias me roban
hasta quince melones.
-Descuidese si quiere resultar "dijunto";
ese debe ser algun empautado con el socio
aquel que entra sin ruidos.
-Dios me guard, no me friegue, ya se
me "espeluc6" el cuerpo con sus anuncios de
brujo.
-Pues santigiiese, que no debe andar muy
lejos ..
Esto diciendo, le meti6 las espuelas a la
mula que se trag6 los vientos hasta perderse
en la azulidad de la distancia.







NEMocio REDONDO


El viejo Eusebio se qued6 en actitud de
titere, repitiendo el "Dios me guarde, y en
cuanto empez6 a guifiar los ojos rutilantes
el cielo a medio oscurecer, fue a su casa por
una cruz de ramo bendito para protegerse
de los fantasmas. Cuando ya las sombras for-
maban un oc6ano de oscuridad se meti6 a
sus habitaciones y solt6 a los chuchos, que
no descansaban olisqueando por todos lados
para seguir el menor rastro de animal o cris-
tiano que se atreviera a entrar. "De noche
no hay pena, porque alquentre se lo artan los
chuchos", decia siempre el viejo.
En las vecindades vivia otro cosechero de
melodies, que no salia del asombro de lo que
sucedia todas las noches en su solar: ama-
necian montones de frutas de las mejores de
la region, pero no se animaba a levantarse
para averiguar c6mo llegaban. Esto es cosa
del diablo se decia viendo los montones de
melones, pero yo no me salo vendiendolos,
que se los harten los coaches" y todos los
dias tenian rica merienda los animals del
chiquero.
Una noche de tantas, el viejo Eusebio se
levant por exigencias fisiol6gicas, y vio lo
inesperado: con una enorme red lena de
melones, su hijo mayor, caminaba como fan-
tasma, y sigui6ndole con fidelidad los tres






92 GILBERTO ZEA AVELAR

chuchos guardianes, hasta el patio del vecino,
donde vaciaba su carga. El viejo comprendi6
el misterio. Su hijo era sonambulo y 61 era el
invisible ladr6n, pero habia oido decir que
se volvian locos al despertarlos. Su problema
lo resolvi6 poniendose de acuerdo con el veci-
no: en la mariana lo mandaba a traer la carga
de melones, diciendole que aquel se los habia
vendido mis baratos para revenderlos; luego
lo enviaba a la estaci6n ferroviaria para que
los vendiera a los pasajeros de los trenes que
pasaban diariamente. El sonambulo comen-
taba cuando iba encaminandose al punto
commercial: "A mi tata nunca le falta a
quien babosearse, este es un negocio redondo".












.xamen de conciencia












BAJO LA MIRADA several de la vieja
maestra, sesenta adolescents rendian
pruebas de pedagogia, midiendo su capa-
cidad en diez problems planteados en un
test. Los ojos pesquisadores de la Catedra-
tica tenian relieves dominantes de autoridad
bajo las gruesas lentes, y giraban con descon-
fianza alrededor de los pupitres que ancla-
ron en un silencio de misterio, interrumpido
a ratos por el voltear de una hoja o por el
nervioso advance del lapicero en los renglo-
nes, avidos por llenarse, y se iban haciendo
tangibles las ideas con el garabateo temblo-
roso de las manos inquietas. La audacia ju-
venil tenia velocidad de relampago en las
sefiales convenidas para asegurar las respues-
tas dudosas: golpecitos casi imperceptibles,
tosidas significativas, miradas con radar, acor-
deones de preguntas que volaban a propul-
si6n entire las sesenta manos, fraternales en
el peligro; ufias con pequefias sefiales, y li-
bros abiertos entire las piernas en un alarde
aventurero. Toda esa maquinaria complica-
da estaba funcionando frente a los ojos im-





GILERTo ZEA AvELAR


placables que no perdian de vista la mis
insignificant huella de fraude.
Una a una fueron levantindose las cole-
gialas para entregar los trabajos, a media
que avanzaban las mariecillas del reloj que
marcaria el limited para llenar el test. Un
golpe en la mesa sefial6 el plazo fatal, y como
impulsadas por un bot6n dejaron vacia el
aula de la tortura.
La maestra recogi6 aquel mar de ideas en
sesenta hojas que coloc6 pacientemente en
una bolsa y se traslad6 a un sal6n destinado
para calificar tranquilamente, sin la zozobra
de las acechanzas. Habia evaluado los tra-
bajos con un punteo que ella consideraba
justamente objetivo, pero estaba su poder
inhibitorio vacilante, como un p6ndulo, y no
decidia el resultado final de uno de los tra-
bajos, por la resoluci6n err6nea a uno de los
problems, que tal como fue resuelto po'r la
discipula, perdia la prueba. Ahi estaba frente
a ella ese detalle tan important: "Si un
nifio llora y no la deja dormir durante mu-
chas horas de la noche, usted le registra el
cuerpo; le da la pacha; lo arrulla; va en
busca del medico; le da una tunda. Subraye
lo que consider correcto. La adolescent
subray6 la 61tima afirmaci6n, y obtuvo un
punteo que la hacia perder el curso.






EXAMEN DE CONCIENCIA 99

La Maestra recorri6 en retrospecci6n es-
cenas de families; tambien record que casi
siempre de sus vecindades lleg6 a traves de
las paredes la respuesta de su alumna en los
gritos lastimeros de los nifios flagelados; con-
sider6 que en el subconsciente de aquella
future maestra todavia estaba latente la voz
de la tradici6n; record que ella misma, des-
pues de haber asimilado ideas nuevas habia
levantado la mano mas de una vez contra
la pedagogia. Despues de aquella autoexplo-
raci6n, respir6 intensamente como descan-
sando de un largo viaje, vio de nuevo el test,
hizo un cambio de punteo que significaba la
aprobaci6n del curso, y sinti6 que la concien-
cia se habia recostado en un alivio profundo.




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