Title: eme eme : Estudios Dominicanos
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Title: eme eme : Estudios Dominicanos
Physical Description: Book
Publisher: Universidad Católica Madre y Maestra
Publication Date: Septiembre-Diciembre 1988
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Bibliographic ID: PUCMMA0011
Volume ID: VID00083
Source Institution: Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra - Recinto Santo Tomás de Aquino
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Max Henrquez Urea como Historiador de la Literatura Cubana
Jos Mil le t
Presencia de la Iglesia en la Cultura Dominicana
Carlos Do bal
Educacin y Desarrollo Nacional
Ra dha mes Meja
Transformacin Social y Renovacin de la Novela Dominicana
Bruno Rosario Candelier
Negros de Mentira y Blancos de Verdad
Federico Henrquez Gratereaux
La Poesa Sorprendida: 45 Aos Despus Bienvenida Polanco
Flujo Migratorio del Caribe a los Estados Unidos: El Caso de la Repblica Dominicana
Antonio Ugaldel y Erick Larson
Documento: Arancel de los Diezmos y Primicias para la Isla Espaola. Septiembre de 1501
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Vol. XV Nm. 81 Sep7Dic. 1988.




ESTUDIOS DOMINICANOS
Vol. XV Nm. 81 SepyDc. 1988

CONTENIDO
Max Henrquez Ureacomo Historiador de la Literatura Cubana.
Jos Millet......................................... 3
Presencia de la Iglesia en la Cultura Dominicana.
Carlos Dobal........................................ 21
4
Educacin y Desarrollo Nacional.
Radharns Meja..................................... 33
Transformacin Social y Renovacin de la Novela Dominicana.
Bruno Rosario Candelier .............................. 59
Negros de Mentira y Blancos de Verdad.
Federico Henrquez Gratereaux......................... 73
La Poesa Sorprendida: 45 Aos Despus.
Bienvenida Polanco .................................. 81
Flujo Migratorio del Caribe a los Estados Unidos: El Caso de la Repblica Dominicana.
Antonio Ugaldel y Erick Larson......................... 97
Documento: Arancel dlos Diezmosy Primicias
para la Isla Espaola. Septiembre de 1501................. 115


EME-EME
Estudios Dominicanos
Revista Cuatrimestral
Directora: Bienvenida Polanco
DirectorFundador: Hctor Inchustegui Cabral
Consejo de Edicin: Monseor Nez C, Rector Radharns Meja Rafael Emilio Yunn Carlos Dobal Jos Luis Alemn, S. I. Adriano Miguel Tejada Danilo de los Santos Bruno Rosario Candelier.
Fecha de inicio: Junio, 1972.
Composicin: Alexandre Alvarez Morel.
Diagramacin: Chame Romn Pea.
Impresin: Editora Taller.
departamento de publicaciones
PONTIFICIA UNVERSI DAD CATLICA MADRE Y MAESTRA.
Derechos Reservados
Santiago, Repblica Dominicana, 1988.
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MAX HENRQUEZ UREA COMO HISTORIADOR DE LA
LITERATURA CUBANA
Jos Millet*
De Santo Domingo, porqu le he de hablar? Es eso cosa / distinta de Cuba?
Jos Mart
En tierras de Montecristi, poco antes de partir hacia Cuba para lograr "a sangre y a cario" lo mismo que hace "por e fondo de la mar la cordillera de fuego andino": unir estas dolorosas islas, Jos Mart se diriga1 al patricio dominicano Federico Henrquez y Carvajal. Nuestro hroe nacional crea obedecer as los dictados de la "ley americana" para l, "el nico corazn de nuestras repblicas" la misma que le haba indicado que "ya era hora" de lanzarse a la guerra a fin de alcanzar "las Antillas libres" que salvaran la independencia de Amrica.
En esa carta memorable, considerada como su testamento poltico, Mart no buscaba en el "hermano" "no tengo ms hermanos que los que me la aman (a Cuba)" apoyo moral o simple adhesin a la que Mximo Gmez llam "la gran causa antillana"; si bien estaba en primer trmino la necesidad de que se ganara conciencia de que la revolucin que se desatara se hara "tambin por la independencia" de la Repblica Dominicana, se quera subrayar los trminos de una entidad mayor, entonces denominada Las Antillas y hoy, Caribe, por cuya liberacin en realidad se haba trabajado desde mucho antes de 1895. Ley americana, causa antillana: dos conceptos a los que haba arribado el pensamiento ms avanzado de aquella etapa histrica.
Historiador y crtico literario cubano. Labora actualmente en el Departamento de Investigaciones Histricas de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba.
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Sobre el suelo histrico de la identidad caribea, evidenciada por ellos desde entonces, puede pues fundarse en el presente siglo, con mayor justicia u objetividad, la existencia de una sola patria, a la que pertenecemos todos los que habitamos al Sur del Bravo, no por simple delimitacin geogrfica, sino por factores histricos y culturales concretos; eso explica, en parte, el hecho de que en uno o en otro pas nos sintamos indistintamente dominicanos o cubanos, y que las diferencias, no esenciales de hecho, se subordinen a lo que poderosamente nos une, identifica y hace solidarios.
Eso le posibilita a Franciscohermano de Federico integrarse rpidamente a la vida santiaguera cuando emigra a nuestro pas procedente de su patria, al perder su posicin poltica prominente por la cada del gobierno de Juan Isidro Jimnez.
No slo la necesidad, sino fundamentalmente los rasgos comunes permiten a muchos de estos emigrantes instalarse en Cuba y sentirse "como en su casa"; por ello, el tercer hijo de Francisco, Max, quien se le une aqu en 1904, desde entonces se ir vinculando tan raigal e ntegramente a la vida cultural cubana que puede afirmarse que no habr fenmeno literario o hecho cultural significativo, del perodo de la neocolonia en que l permanece en nuestra Isla, en el cual de una u otra manera l no tome parte.
Su intensa labor en Cuba no se refiere slo a su participacin en la esfera cultural, sino en general a toda la vida social; ello le permite adentrarse en los bastidores de la repblica neocolonial, arrojada al grillete de la Enmienda Platt y a las continuas amenazas de intervencin yanqui.
Es evidente que esta situacin y la que se crear cuando los marines yanquis desembarquen en Santo Domingo en 1916, conducirn a Max Henrquez Urea a tomar pruebas fehacientes de la situacin poltica deplorable que viven Cuba, su patria y el resto de los pases de la subregin.
Cinco aos de peregrinante campaa en favor de la desocupacin de su patria, le harn sufrir una parlisis investigativa y consumirn sus "mejores energas"2; no obstante, escribir varios artculos.
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folletos y libros; entre estos ltimos cabe mencionar Los Estados Unidos y la Repblica Dominicana (1979) y Los Yanquis en Santo Domingo; la verdad de los hechos comprobada por datos y documentos oficiales (Madrid, 1929), donde fija con espritu crtico su posicin ante la ocupacin.
Pese a todas sus vinculaciones con la prctica poltica Max no ha cristalizado como poltico, es un intelectual y prefiere entregarse a tareas relacionadas con la organizacin de la cultura.
En "Amrica, la tierra de los rebeldes y de los creadores", segn frase martiana, l ser ms erudito que insurrecto; en una sociedad vaca, insustancial y en proceso de desnacionalizacin como la cubana de entonces, la profesin del erudito a que l se entrega no es excepcional ; es un mecanismo de escape.
La conexin de Max con nuestra literatura se objetiva mediante su labor como fundador de importantes instituciones culturalesLa Sociedad de Conferencias, la Academia Nacional de Artes y Letras y el Ateneo de Santiago de Cuba, entre otras y se refuerza a partir de sus ntimos vnculos con figuras literarias prominentes; por ejemplo, su amistad con Jess Castellanos a cuya muerte, ocurrida en 1912, escribe un estudio sobre la vida y obra de este autor que presidir la publicacin de sus obras inditas, y en especial la que establece con el sabio Jos Mara Chacn y Calvo, que se extender por varias dcadas.
En fecha tan temprana como 1919, Max diserta sobre el tema
"Heredia y la poesa parnasiana", con el cual contacta tangencial-
mente con nuestra literatura a travs del autor de Los Trofeos; pero
an aqu se mantendr en los dominios de la exgesis tradicional, constriendo su anlisis al plano formal.
Entre los aos de 1914 a 1919 hay pruebas de su cristalizacin como crtico literario; es ste el perodo en que estudia la obra de Jos Diego y que se da a conocer en sus esclarecedores ensayos Rod y Rubn Daro (1918) y El ocaso del dogmatismo (1919). En estos aos, funda en Santiago de Cuba la Academia "Domingo Delmonte" de estudios superiores de derecho, en la cual ya desde el nombre del
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lustre intelectual cubano se pone en evidencia su orientacin ideolgica hacia posiciones conservadoras o reformistas. Decididamente Max se entrega de cuerpo y alma a los estudios literarios centrando cada vez ms su atencin en materias cubanas, incluso reforzando este inters con la publicacin en 1916 del juguete cmico La combinacin diplomtica, y en 1947 de Cuentos insulares, ambas obras con ambientes cubanos.
Dejando a un lado el inters puramente intelectual por nuestra cultura, Max se inserta en los tejidos de nuestra vida social como un cubano ms, posicin que le impulsar con mayor fuerza a adentrarse paulatinamente en zonas de la cultura cubana con mejores condiciones para su anlisis y evaluacin.
Leyendo la correspondencia que durante ms de cincuenta aos sostuvieran Max y Chacn y Calvo, podemos seguir de cerca el inters
creciente del primero por nuestras letras y, en general, por nuestra cultura.
En la carta del 19 de mayo de 1917, le expresa el famoso here-diano, en ocasin del homenaje al cantor del Nigara que se realiz en los salones del Ateneo de La Habana ese mismo ao, su sentimiento por Hernndez Cata "a quien tanto quiero y admiro"3 y le pide a Chacn su folleto que recoge su conferencia sobre Heredia.
En 1917 fue uno de los fundadores en Santiago de Cuba del peridico Diario de Cuba en el cual inserta la hoja "Domingos Literarios". Para ella, en 1918 pedir a Chacn y Calco colaboracin, en especfico para poder publicar los poemas de los mejores poetas cubanos con sus respectivas notas biogrficas. Ese mismo ao le informa acerca de la peticin que le hiciera el crtico francs, especializado en literaturas hispnicas, Raymond Foulch Delbosc (1864-
1929) lo siguiente:
"Estoy preparando el trabajo que me pidi Foulch-Delbosc sobre "la literatura cubana". Mucho le agradecer las indicaciones que tenga a bien hacerme, sobre todo respecto de orgenes y de literatura colonial. Si usted me consiguiera un nuevo pasaje
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del "Poema" de Balboa, sera muy interesante y se lo agradecera mucho; no quisiera limitarme a lo citado por (Jos Antonio) Echeverra. Tambin me interesara copia de los sonetos hasta ahora no publicados que preceden al "Poema" y un motete que se conserva en la Historia de (Pedro Agustn) Mo-rell. Desde luego, yo citara la fuente y consignara que a usted debo esos datos.
Me parece que para Foulch sera interesante publicar por primera vez el "Poema", si usted quisiera prepararlo con introduccin y notas crticas, segn me dijo.
Si usted quiere enviarle mi trabajo, le puede indicar esto a Foulch, que estoy casi seguro que lo acoger con sumo agrado ( . .)4.
En esta misma carta, le solicita tambin la conferencia de Alfonso Reyes "Rod (una pgina a mis amigos cubanos )" que se leer en el acto con motivo del primer aniversario de la muerte del escritor uruguayo, ocasin en que Max pronunciar una conferencia integrante de su estudio Rod y Rubn Daro, donde combina, con criterios independientes, la crtica con el enfoque histrico.
Luego del lustro antes aludido, en 1921 le escribe desde Pars informndole que ha hecho viaje con Carlos Loveira y Emilio Roig de Leuchsering y, tras mencionar los versos que escribi en Suramrica, da cuenta de su traduccin de Los Trofeos, de Jos Mara de Heredia, que se publicar con un discurso preliminar, notas y apndice suyos en 1938. Aqu retoma Max una de las lneas investigativas ms interesantes: la del esclarecimiento del impacto de la cultura francesa entre las naciones de Amrica espaola, de la cual quedarn sus artculos "Las influencias francesas en la literatura hispanoamericana" y "Poetas cubanos de expresin francesa", publicados en 1940 y 1941, respectivamente.
En esa carta pone en evidencia, adems, las cualidades personales suyas sealadas cuando dice que
"Llevo por la mitad el breve, pero por lo visto interminable trabajo de 'Literatura cubana', que me
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pidi Foulch Delbosc para la (Revue) Hispani-que, y para el cual me facilit usted fragmentos inditos del 'poema' de Balboa pronto har cuatro aos. Lo que tengo hecho, que es la parte ms difcil (siglo XVI a XVIII) me parece que vale por el aporte de investigaciones nuevas y depuracin de datos errneos. No s si Pedro, a quien encargu me comprobara dos datos (uno de los cuales, aunque aclarado, hubiera deseado tener ms completo porque se trataba de que me copiaran una carta en la coleccin de Muoz y, segn informes, no apareca el tomo que yo mencionaba, aunque me consta que est ah), le enseara los primeros borradores de las cinco hojas iniciales del trabajo que le envi cuando estuve en Madrid la ltima vez"6.
Aqu se queja Max de haber cometido el error de llevar consigo escasos libros y se topa con que en las bibliotecas parisinas hay muy poco o casi nada de Espaa y, de Hispanoamrica, hay "algo menos que nada". Para llenar este vaco, ha tenido que acudir a bibliotecas privadas de algunos amigos suyos; pero, sobre todo, debe observarse cmo hace hincapi en la necesidad de que cualquier trabajo con pretensiones histricas debe ser respaldado por las pesquisas documen-tales: sta ser una de las constantes en sus trabajos como historiador de la literatura, y una de sus ms preciadas virtudes.
Sin dudas, en el artculo sobre literatura cubana convenido con el crtico francs Foulch Delbosc est el germen de sus trabajos posteriores sobre la vida literaria cubana; con l no slo se pone en tensin su voluntad investigativa, sino se abona un campo que dar frutos encomiables con el decursar de los aos. De ahora en adelante, su esfuerzo se dirigir a acopiar informacin suficiente para revertir-la en un trabajo de envergadura mayor; as, acusa recibo, en carta del 16 de septiembre de 1y21, del estudio de Chacn y Calvo titulado El primer poema escrito en Cuba, publicado en 1921.
Debemos apuntar que precisamente ese ao Max publica en Pars Pginas escogidas de Jos Mart, seleccionadas por l y precedidas de una introduccin suya. ^
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Se ha detenido, as, en la figura mayor de nuestras letras y en una de las personalidades fundacionales de nuestra cultura nacional. Y de este modo est tocando fondo, al tomar conciencia de los pilares esenciales sobre los que se erigi el pueblo cubano.
En otra misiva fechada en Pars el 12 de mayo de 1922, vuelve sobre el tema que nos ocupa cuando le manifiesta a Chacn lo siguiente:
"Siento mucho no haberle visto y no haber cambiado impresiones sobre muchas cosas. Quera darle a conocer los captulos de mi trabajo sobre literatura cubana para la (Revue) Hispanique. Su opinin me interesa. No he recibidosus libros, que me anuncia. Al pasar por Madrid, slo hoje sus Cien mejores poesas (. . )"7.
Estando ya nuevamente en Santiago de Cuba, el 31 de diciembre de 1922 se realiza una actividad en honor de Jos Mara Heredia; en ella interviene, como era de esperar, Max. El Diario de Cuba registra el evento en su edicin del 2 de enero siguiente en estos trminos:
"El Dr. Max Henrquez Urea, al hacer uso de la palabra (...) deleit a la concurrencia con la lectura de un brillante captulo de su notable obra Literatura Cubana. El captulo de referencia es el que trata de la vida de Heredia"8.
De ah en adelante, no se ha podido documentar el quehacer investigativo de Max en la direccin que nos ocupa; pero intuimos que todo este trabajo preliminar cristalizar en la publicacin de sus Tablas cronolgicas de la literatura cubana (Santiago de Cuba, 1929), de gran utilidad acadmica y en las que trata de poner orden en el tiempo a nuestra historia literaria desde sus orgenes hasta 1910.
La derrota sufrida cuando se presenta en 1923 a oposiciones para la ctedra de Literatura Castellana de la Universidad de La Habana, le revela los mecanismos turbios que operan en tales casos; se dirige a amigos suyos, como Juan Gualberto Gmez y Cosme de la Torriente, para que influyan pero "sin mucha fe" en que se hagan
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las cosas de manera justa y recta; y la protesta de los estudiantes le hace exclamar: "Es un consuelo ver que el alma juvenil deja or su voz contra las cosas inmundas que nos rodean ( . )"9.
Este ao, por solicitud de Chacn y Calvo, quien haba cofunda-do la Sociedad de Folklore Cubano, organiza en Santiago de Cuba un grupo folklrico; vale su registro en el presente trabajo porque estos nuevos intereses respecto a la cultura popular tradicional se reflejarn, dos dcadas despus, en la seleccin de algunos materiales y asuntos que recoger en sus estudios histricos acerca de la literatura cubana.
El 4 de octubre de 1923 vuelve a dar seales a su corresponsal de sus trabajos que tienen por objeto compendiar la literatura cubana, en los siguientes trminos:
"(...) Y dentro de uno o dos meses salen a la luz mis dos volmenes de Discursos y Conferencias (publicados, en efecto, en La Habana en 1923). Es mi primer manifiesto despus de la derrota. Es el resumen de mis actividades de hombre que quiere ser til. Yo no s si hay obra de escritor, pero creo que en esos volmenes hay un alma. Despus vendr por fin! Los trofeos y otras cosas. Pero arreglando mi Literatura cubana. Foulch no quiere que la publique sino en su revista, y creo que no podr desairar a tan querido amigo, aunque as saldr ms tarde"10.
En esos momentos, Max se encuentra inmerso en uno de los perodos ms convulsos de la historia contempornea de Cuba, el de la dcada del 20: la radicalizacn del movimiento estudiantil universitario y todo lo que trae consigo, lo llevan a tomar posiciones polticas de izquierda.
Es as como participa activamente en el "Movimiento de veteranos y patriotas" y cuando el "Grupo minorista" lanza en 1927 el manifiesto que fija su posicin ideolgica, se adhiere a su declralo


cin de principios en carta publicada en la revista Social de La Habana.
A comienzos de la dcada siguiente, como reaccin frente a la revolucin antimachadista, el gobierno clausura la Escuela Normal de Oriente donde labora Max. Es la dcada en que se produce la muerte-de su padre y el regreso de Max a Santo Domingo para incorporarse a la vida oficial.
Se abre entonces un captulo de su vida que, decididamente, contradice ciertas actitudes polticas asumidas anteriormente por l, evidencindose que haban sido adoptadas posiblemente bajo el influjo del movimiento revolucionario gestado en la Universidad de La Habana y extendido a todas las esferas de la vida del pas.
Desde Argentina, donde se desempeaba como ministro plenipotenciario de su pas, le escribe a Chacn en 1934 informndole que le tena listo su trabajo "La poesa cubana de expresin francesa" y que no haba publicado nada nuevo despus del libro El retorno de los
galeones.
En este volumen, cuya primera edicin apareci en Madrid en 1930, se recogen sus trabajos ensaysticos "Sobre el intercambio de influencias literarias entre Espaa y Amrica durante los ltimos cincuenta aos" y acerca del "Desarrollo histrico de la cultura en Amrica espaola durante la poca colonial''.
En sus "Advertencias preliminares", Max declara que la obra tiene por objeto orientar los estudios de erudicin hacia el campo de la historia de la cultura espaola en la poca colonial; el mtodo por l empleado ha consistido, segn expresa, en "seguir el proceso histrico de la evolucin intelectual en los distintos centros de cultura de Amrica en este perodo", y afirma, adems, que este estudio es una "acumulacin ordenada de materiales que pueden servir de gua
a futuros investigadores"11.
Aqu, nuevamente, pero ahora con un nivel de elaboracin que anuncia ya sus obras terminales en el campo de la literatura, se combina la investigacin historiogrfica en la que se han consultado las

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fuentes, principalmente, de los archivos de Sevilla con la bibliografa, referente a lo cual consigna que "reunir todos estos elementos dispersos es el fruto que podr dejar, sin duda, este trabajo, como contribucin a futuros estudios de mayor aliento y extensin"12.
Una de las mayores limitantes de un abordaje de la historia de la cultura como se, consiste en constreirlo al plano intelectual; hay aseveraciones en l que nos conducen a cuestionar el sentido de la historicidad empleado.
Por ejemplo, en el captulo dedicado a Cuba afirma que "el sacudimiento provocado por la guerra de la independencia espaola contra la invasin napolenica (...) provoc en la Amrica espaola la independencia continental"13. Sin menospreciar la importancia de este hecho para nuestra Amrica, evidentemente estamos ante una afirmacin absolutizadora, en tanto conocemos el complejo de causas sociales y econmicas que originaron ese proceso.
Del mismo modo, en otro lugar de ese trabajo afirma refirindose a Cuba:
"Pero no es el movimiento literario y cientfico la faz ms significativa de la actividad mental en este momento: en el orden de las deas polticas se opera una evolucin que a la larga haba de producir como resultado la independencia"14.
Justipreciamos el papel de las ideas en los cambios histricos, por lo que, si bien le concedemos su justo peso a la radicalizacin del pensamiento poltico de los patriotas cubanos en la segunda mitad del XIX, nunca le otorgaramos el papel de causa desencadenante de la Guerra de los 10 aos.
El tema de nuestra literatura reaparece en carta dirigida por Max a Chacn y Calvo de 12 de marzo de 1935, donde manifiesta:
"Veoque ya se ha publicado el Homenajea Varona. Las absorbentes atenciones de los cargos oficiales que anteriormente he desempeado me impidieron enviarle oportunamente una contribucin escrita. Ahora, con ms sosiego., aunque con bastante
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trabajo a mi cargo, me dispongo a enviarle ( . ) lo que haba preparado para el caso: mi estudio sobre "La poesa cubana de expresin francesa". A propsito: podramos hallar un ttulo mejor? En rigor, no se trata de poesa cubana, sino de poesa hecha por cubanos: Armas, Price, Heredia y algn otro, como Godoy. Mi definicin, en el curso del trabajo, es que se trata de "Literatura de emigrantes". Si usted lo cree til, puedo mantenerlo para la Revista Cubana. Si tiene usted noticia de algn otro cubano que haya escrito en francs, le agradecer me lo comunique. Me parece que cuando di en La Habana una conferencia sobre este mismo tema, Fernndez de Castro me dijo que conoca algn otro"15
Su extensa labor como historiador de la literatura se ampli con la publicacin del Panorama histrico de la literatura dominicana (Ro de Janeiro, 1945) y de su enjundiosa Breve historia del modernismo (Mxico, 1954).
En agosto de 1955 So encontramos en Universidad de California, donde ha concluido un curso sobre la novela modernista; desde all le dirige una carta a Chacn y Calvo en la que le afirma que "en este clima delicioso (aqu parece que no habr verano), sigo trabajando, con el auxilio de la magnfica biblioteca de esta Universidad, en mi literatura cubana, que quiero publicar a fin de este ao"16.
Cincuenta aos despus de haber contactado personalmente con la realidad cubana, ve acercarse el momento en que se materializar en una obra acabada su vivo inters por nuestra vida literaria; en esa misma misiva dice estarle escribiendo a Jos Manuel Prez Cabrera erudito cubano especializado en estudios histricos- para anticiparle algo sobre la leccin inaugural del curso que impartira en la Universidad Catlica de Santo Toms de Villanueva, cuyo claustro integr como profesor de Literatura Hispanoamericana.
En octubre de este mismo ao informa a su amigo de los pormenores de su leccin inaugural en ese centro y a continuacin le manifiesta:


"Despus de mi regreso tengo un tanto abandonada mi literatura cubana, pero el tiempo se me ha ido en organizar mis cursos y preparar para el mes que viene la serie de conferencias que me compromet a dictar en el Lyceum sobre la literatura inglesa de hoy. Espero de todos modos que pronto me pondr a la labor otra vez"17.
Y el ao siguiente, diserta en el Ateneo de La Habana acerca del escritor cubano Jos Antonio Ramos, ante una concurrida audiencia.
Max vuelve a integrarse a la vida cultural cubana, con nfasis especial esta vez en lo que a actividades musicales se refiere; el 2 de julio de 1956, le informa a Chacn y Calvo del reciente deceso de Mariano Brull y le sugiere que "cuando se abra el prximo curso del Ateneo debera dedicarle una sesin pblica" y, finalmente, le habla de "la serie de conferencias (que) sobre El amor en la vida y en la obra de las poetisas cubanas" (...) est impartiendo"18.
En 1960 se traslada para la Universidad de Ro Piedras, en Puerto Rico, donde ocupa una plaza de profesor vacante por la muerte de Juan Ramn Jimnez; a ese pas le escribe en 1962 el autor de Estudios heredianos, informndole de la sesin dedicada al cincuentenario de la muerte de Jess Castellanos: "no he de decirle cunto se le record a usted en esta evocacin del notable novelista y ensayista cubano"19.
Para Max, 1962 es muy significativo; ese ao se publica en Nueva York la obra que resume varias dcadas de constante dedicacin al estudio de nuestras lectras: su Panorama histrico de la literatura cubana. Al llegar a sus manos este importante ttulo. Chacn y Calvo lo recibe con este comentario, escrito en carta dirigida al dominicano:
"Su libro es un nuevo gran servicio que presta usted
a las letras cubanas. Informacin muy exacta y precisa, revelaciones de orden erudito, como el de las silvas de Rubalcava, crtica ponderada y certera. Yo he anotado en el curso de mi lectura, algunas pequeas observaciones. No llegar hoy sino al
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captulo XII, dedicado a la gran personalidad de Jos Antonio Saco ( . )"20.
Ms adelante, continuara emitiendo sus apreciaciones:
"En ese captulo de la oratoria del siglo XVIII la tradicin oral hace el gasto: muy pocos ejemplos tenemos de cmo fue en realidad esa oratoria. Creo que debi sealarse con ms precisin esta verdadera laguna, que un alumno nuestro en Villa-nueva, Fernando Mara Alvarez i . ) trat de cubrir con tenaces indagaciones en nuestros archivos monacales ( . )"21.
Hasta llegar a hacerle el siguiente comentario crtico:
"En la parte de la iniciacin de los estudios histri-

eos, en las referencias a la historia de Urrutia, no se seal que la Academia de la Historia de Cuba, en 1931, public captulos del tomo II, que no es imaginario, del libro de ese autor"2 2.
El lustre estudioso de Heredia tiene aqu palabras encomisticas para la parte del libr consagrado al autor de "Nigara":
"El captulo de Heredia es admirable. Como viejo heredifilo, le felicito con entusiasmo. Su sntesis crtica es magnfica. Lo mismo digo del captulo dedicado a la Academia Cubana de Literatura y a su frustracin: muy expresiva la verdadera semblanza de don Bernardo O'Gavan"23.
Un ao despus, el propio Chacn y Calvo califica el Panorama de "magistral"; en realidad, lo es, pese a los reparos que hemos expuesto aqu con respecto a los trabajos de ndole histrica que lo prepararon y que constituyen sus pilares.
Esa obra logra este difcil punto de equilibrio entre lo informativo hay un gran volumen de datos fidedignos y la sntesis crtica; podemos as utilizar bastante confiadamente el caudal informativo
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que nos aporta pero no ocurre lo mismo con algunas valoraciones de figuras sobre las cuales Max emiti juicios fallidos.
Una valoracin global de ese trabajo nos indica que Max Henrquez vio la literatura cubana con la ptica que le impona la concepcin general del- mundo del sector culto y morigerado de la clase burguesa del siglo XX a la que perteneca; sin abstraemos de los aciertos que alcanz, tenemos el deber de sealar las limitaciones que de este enfoque clasista se derivaron: la suya era, en prioridad, una visin ideolgica y poltica, no cientfica, de la sociedad y de la cultura.
Al argumentar el autor en 1962, en la portada general de su obra ms ambiciosa sobre nuestra vida literaria porqu prefera titularlo "Panorama histrico" y no "Historia de la literatura cabana"
pone en evidencia la estrecha relacin que existe entre sta y la historia poltica, al expresarse sobre este fenmeno del modo siguiente:
"No quiere esto decir que la historia literaria est subordinada a la historia poltica: antes al contrario, el acontecer histrico depende, en buena parte, de la evolucin de las ideas polticas, que tienen eficaz vehculo en la obra de los pensadores y de los poetas; pero, en rigor, se trata de dos procesos paralelos que convergen hacia el infinito, esto es, hacia el porvenir"24
Este error de enfoque no desdora los mritos suyos como historiador de la literatura; remontndonos a sus Tablas cronolgicas dla literatura cubana, reconocemos lo inusual en nuestra historiografa contempornea de incluir en trabajos de ndole literario lo relativo a la enseanza pblica, la imprenta y el periodismo, dndoles un tratamiento en extenso.
El propio Max expresa en el prlogo a dichas Tablas por qu vincula estos factores que influyen en la vida intelectual con la historia:
"Igual sucede con la mencin de hechos histricos que de algn modo han podido influir en la vida in-
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telectual. Se dira que la cronologa literaria no debe ajustarse de manera demasiado minuciosa a la evolucin poltico-social; pero como se trata del proceso de formacin de un pueblo, he credo til y an dir que necesario establecer esa relacin constante entre las actividades literarias y las restantes manifestaciones de la vida cubana"25.
Al hacer depender la historia de la ideologa, cae en la misma mixtificacin de Guzot en su historia de la civilizacin occidental criticada por Carlos Marx en su poca.
En cierto sentido, aun cuando acierte al vincular el quehacer literario con la evolucin del pensamiento poltico, yerra al creer y afirmar que la praxis histrica depende de ste. Ni siquiera encontramos el enfoque positivista presente a principios del siglo XX en figuras prominentes de nuestra historiografa, tales como Ramiro Guerra quien relaciona la historia poltica con determinados hechos econmicos con la pretensin de proporcionar al menos una visin mecanicista capaz de atenuar las insuficiencias de la vulnerable visin ideolgica y poltica propia de la clase dominante.
Por lo dems, evitando que el presente anlisis se convierta en un proceso de inculpacin, debemos decir que es precisamente esta visin falsa de la historia y de la nacin cubana la que hemos heredado y a la cual debemos enjuiciar para revalorizar el quehacer de la historiografa literaria cubana y, en particular, el lugar que en ella ocupa Max Henrquez Urea, quien se aproxima a veces a una visin de la realidad que toma en cuenta las contradicciones.
As, al valorar a Miguel Velzquez como el primer rebelde de los espaoles nacidos en Amrica, habla del "antagonismo secular" que se abre entre stos y los espaoles que han venido a esta "triste tierra, como tierra tiranizada y de seoro" impulsados por el afn de enriquecerse rpidamente. Y llega, incluso, a precisar las posiciones encontradas:
"Es as como surgen, lentamente, lasdos tendencias principales y paralelas que siguieron las ideas polticas en Cuba y que, pasando por diversas transfor-
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mariones, se intensifican- y definen durante el siglo XIX: la que viene de afuera sustenta la adhesin incondicional al rgimen establecido para la colonia; y la que surge de adentro, cual si brotara de la propia tierra, y aspira a encauzar y reformar ese rgimen para que satisfaga las verdaderas necesidades de la isla, hasta que, al fin, no pudiendo encauzarlo ni modificarlo, culmina en una nueva aspiracin: la de separar los destinos de la colonia de los de la Metrpoli"26.
Si bien l toma en cuenta como se aprecia en el texto citado-las tendencias polticas contendientes, no alcanza a ver las fuerzas motrices que hay detrs de ellas, y que se irn delineando y enfrentando cada vez ms, en la medida en que sus intereses se opongan ms violentamente hasta hacerse inconciliables.
No se trata del mero enfrentamiento entre los europeos que no echan races aqu y los nacidos en el Nuevo Mundo que s lo hacen; sino de los intereses econmicos de unos y otros que los enfrentan hasta irlos situando en bandos opuestos.
El ilustre dominicano no alcanza a ver detrs de los acontecimientos las races econmicas, ni tampoco a entender su sentido dialctico: Esta limitacin metodolgica se traducir no slo en la esfera del material elegido las figuras, los hechos y los fenmenos, sino tambin en la de los mismos fines propuestos, que explicitaba en el prlogo al segundo tomo: 1
"Los lectores de historia literaria aspiran,sin embargo, a encontrar en obras de esta ndole una revisin lo ms completa posible, incluyendo la produccin de nuestros das, del proceso y evolucin de las letras en un pas determinado. Este Panorama pretende satisfacer, en lo esencial, esa aspiracin aunque la parte relativa a los autores contemporneos sea ms informativa que crtica, ya que toda crtica tiene, en ese caso, un valor provisional (...)27.
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Justamente en medio de estos dos extremos se sita la obra con que culmina su estudio sobre la historia de nuestras letras: entre un panorama que registra las figuras y fenmenos literarios ms significativos con el deliberado objeto de ubicarlos en el eje diacrnico y una crtica de esos componentes; se mueve, pues, buscando alcanzar un difcil equilibrio entre la historia y la crtica.
Es cierto que realiza un loable esfuerzo por establecer conexiones entre "la vida literaria" y la "historia poltica", pero los elementos relacionantes que elige son de ndole puramente intelectual. Ya hemos analizado qu entiende l por acontecer histrico y por historia ria poltica; ahora bien, en cuanto a la literatura, no se constrie a registrar las "bellas letras", sino que incluye el gnero epistolar, el periodismo, la oratoria, el teatro y an los trabajos cientficos e histricos.
Pese a esta amplitud en los "gneros" que abarca, por lo general se detiene slo en las figuras intelectuales, no en propiedad en aquellas personalidades que en razn de ser portadoras de soluciones concretas a las necesidades histricas de una poca se convierten en signos culturales por ser funcin y resumen particularizado de problemas generales de una sociedad determinada. Esto le impide buscar en la tupida urdimbre de los movimientos, escuelas y tendencias, las relaciones e intereses morales e intelectuales que predominaban entre nuestros literatos, es decir, la direccin cultural prevaleciente entre ellos; y, como es lgico, esto lastra la posibilidad de darnos los elementos de continuidad o ruptura existentes entre una o ms generaciones de escritores.
Si existe esa falla en el eje diacrnico, qu ocurre con la necesaria labor crticoesttica o de revisin de valores que debe efectuarse en un libro, como el de Max,con tales pretensiones histricocrticas? Es este lado de la obra el que ms se resiente, porque no se alcanzan en l los fines propuestos.
Seran muchas las razones que pudiesen alegarse para explicar esta insuficiencia: no basta, al llevar una figura a la balanza, con poner en sus platillos lo que de positivo o negativo tiene su obra para la literatura; es necesaria una labor previa de reconstruccin del contexto histrico en que ella surge y se desarrolla, dibujando en l los rasgos
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particulares que le dan fisonoma propia; hay que hacer previamente un anlisis sociolgico de correlacin de clases y de luchas de clases, de determinacin de intereses de grupos sociales o de generaciones, que la escuela historiogrfica tradicional a la que perteneci Max Henrquez Urea eluda.
NOTAS
* Comunicacin leda en el Simposium por el Centenario de Pedro Henrquez Urea realizado por la Casa del Caribe en junio de 1984.
1. Carta a Federico Henrquez y Carvajal, en Jos Mart. Antologa Mnima. (La Habana) Editorial de Ciencias Sociales (1972), p. 237.
2. Cuadernos hispanoamericanos, No. 380, feb. 1982, p. 316. Todas las citas que hemos tomado de la correspondencia sostenida entre Chacn y Calvo y Max Henrquez Urea aparecen en este nmero de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que de ahora en adelante identificaremos como Cuadernos.
3. Cuadernos, p. 306.
4. Cuadernos, p. 313-314.
5. Cuadernos, p. 315316.
6. Cuadernos, p. 319.
7. "Cmo recibi Santiago a 1923", en Diario de Cuba, ao VI, No. martes 2 de enero de 1923, p. 1.
9. Cuadernos, p. 323.
10. Cuadernos, p. 324.
11. Max Henrquez Urea: El retorno de los galeones (Bocetos hispnicos), Madrid, Renacimiento, 1930.
12. Ibid.
13. Ibid.
16. Cuadernos, p. 329.
17. Cuadernos, p. 331.
18. Cuadernos, p. 338.
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PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA CULTURA DOMINICANA Carlos Dobal*
He pensado enfocar el tema que se me ha asignado: "Presencia de la Iglesia en la Cultura Dominicana", del modo ms sinttico posible, con objeto de evitar reducirlo a una enumeracin infinitamente extensa de datos, de todos conocidos con mayor o menor exactitud y variaciones. Y a estos efectos, se me ocurre comenzar por dejar sentadas algunas premisas que pueden ser avaladas por firmes argumentaciones; y sobre las cuales puedan ser ubicadas las ms importantes aportaciones de la Iglesia a nuestro desarrollo espiritual y material, a lo largo de la Historia Patria.
En primer lugar, debemos proclamar nuestra creencia en la existencia de una cultura y una civilizacin dominicanas producto de la sedimentacin de valores de diversa ndole que a travs de medio milenio ha do producindose en la parte de la Isla que ocupamos.
Explicaremos aqu que separamos cultura y civilizacin, basndonos en la traduccin de los trminos alemanes kultur (cultura) y wirtschaft, palabra esta ltima que tiene, a veces, cierto significado despectivo y que seala las realidades materiales de la civilizacin.
Jean Laloup y Jean Nelis, en su obra sobre cultura y civilizacin, nos dan una distincin al alcance de todos: "cada vez que el hombre dirige sus esfuerzos sobre s mismo se habla de cultura; cada vez que el hombre modifica el mundo, se habla de civilizacin"1.
Basndonos en estas afirmaciones "cultura dominicana" ser nuestro particular, idiosincrtico, modo de creer, de pensar, de sentir, de
actuar... "Civilizacin Dominicana" puede ser considerada e! tesoro caudal de nuestra aportacin peculiar a realizaciones materiales que
* Historiador y diploma'tico dominicano. Miembro Numerario de la Academia Dominicana de la Historia y Exembajador ante la Santa Sede; Profesor Titular de la P. U. C. M. M.
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han surgido y eventualmente continuarn surgiendo en el presente
y en el futuro para plasmar el impulso creativo de los valores inmateriales dominicanos a que aludimos en el prrafo anterior.
Ahora bien, de lo anteriormente expuesto, podemos deducir fcilmente, que est en lo que denominamos "Cultura Dominicana", es decir, "nuestra particular idiosincrasia, modo de creer, de pensar, de sentir y de actuar", la inspiracin de todas las realizaciones materiales que integran nuestra "Civilizacin Dominicana", patente en nuestras obras artsticas: arquitectura, escultura, etc. (En relacin a si
^^^^^tofe^^^ ^^^^
existe o no, una arquitectura, escultura y pintura dominicanas podemos remitir a los interesados a la obra del profesor Danilo de los Santos sobre las Artes Plsticas y del arquitecto Rafael Calventi, sobre la arquitectura dominicana).
Por otra parte, debemos de partir de una verdad fundamental: toda cultura surge y se desenvuelve gracias a una ideafuerza. Esta ideafuerza surge de la Historia. Y la "Historia est unida ntimamente a la cultura y a la civilizacin", como afirman los autores antes mencionados2.
A estas alturas, nosotros debemos preguntarnos cul es la idea-fuerza queda origen y mueve el desarrollo de la cultura dominicana?; y nuestra respuesta no admite titubeos: la deafuerza que da origen a nuestra cultura dominicana son los valores que nutren las enseanzas de la Iglesia Catlica... En algunos momentos histricos, estos valores idea-fuerza no se nos van a presentar en su prstima forma sino confusamente dibujados, pero esta penumbra no podr ocultar al ojo educado, su constante presencia, desde los primeros smbolos encontrados en los restos de La Navidad, hasta los emblemas de nuestra inmarcesible soberana patria.
La Iglesia Catlica, por tanto, en us milenarias ra ices hebreocristianas y grecolatinas, ha sidoy por gracia de Dios seguir sindolo-madre y maestra de la cultura dominicana.
Para probar cuanto acabamos de afirmar, intentamos un suscinto recorrido por la Historia Patria.
Durante la colonizacin espaola de Santo Domingo la mira es^v
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cial de la Iglesia Catlica fue: 1ro., la evangelizacin; y 2do., la difusin de los Sacramentos. Ahora bien, la mira referida produjo el deseo de "emancipacin"... Esto hace que la Iglesia Catlica chocara
en muchos casos, contra las ideas civiles de "dominacin" y de "explotacin".
La Iglesia en la "colonizacin" de nuestra Isla, fue, en parte, "colaboradora" y en parte "contradictora". Ella acept la forma colonial de extender la Verdad del Evangelio y la extensin de la gracia sacramental (evangelizacin y sacramentalizacin), pero, tambin ocup sus mejores recursos, para que, el da de la "ruptura entre colonos y colonizados", la Iglesia Catlica Dominicana se encontrara en manos de una poblacin capaz de conservarla, dirigirla y transmitir su mensaje.
Como hemos dicho, la Iglesia en la colonizacin tuvo puesta su mira esencial en la Evangelizacin y la Sacramentalizacin de las tierras descubiertas; pero no hay que olvidar, que el Reino tena su mira principal en la dominacin y la explotacin.
Pensemos que estamos en el Renacimiento, perodo histrico en que se enfrentan de un modo brutal pero elegante, las dos ciudades de que nos habla San Agustn, en su obra inmortal. Los Estados, regidos por monarcas, competan por promover sus economas respectivas en orden a ampliar su poder. La Iglesia, regida por pontfices mayormente de extraccin burguesa, imitaba a los reinos... y tambin aspiraba a aumentar su poder.
Ambas potestades: Reino y Pontificado, basaban su autoridad en el controversial principio paulino de que "todo poder viene de Dios"... De aqu' que, en Espaa, en el momento del Descubrimiento y Conquista de Amrica, la monarqua, recin unificada, y la Iglesia, pugnaran por predominar. La monarqua castellano-aragonesa -la ciudad del hombre trajo a las tierras vrgenes, los avances materiales de una civilizacin racionalista francamente material que se impona por su tcnica de hierro y fuego. Es decir, trajo la civilizacin.
La Iglesia la ciudad de Dios representada ampliamente por hijos preclaros, trajo a las nuevas gentes del Nuevo Mundo, la doctrina de amor, la vida trascendente, la fuerza de las ideas... Es decir, la cul-
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tura... La Isla en que se asienta nuestra Patria, recibi, de los conquistadores, la primera herida de la civilizacin y el primer beso de la cultura europea.
La herida lleg del Reino codicioso, y el beso de la Iglesia Misionera.
Una visin cultural individualistacolectivista en que el hombre persigue su personal perfeccionamiento poniendo sus conocimientos al servicio de su prjimo arrib con los misioneros, durante la Conquista. Esta era la visin de la Iglesia. El hombre, iluminado por Cristo, recibe su misin existencial en la tierra, no de la cohesin de un grupo, sino de su propia conviccin cultural. La Iglesia, por tanto, como su principal instrumento misional, se empe en educar, mientras el Reino se empeaba en explotar...
Prueba evidente del inters de la Iglesia en educar, es la plyade de religiosos cultos que arribaron a nuestra tierra desde los primeros tiempos.
Todos conocemos la formacin del padre Las Casas, del padre Cr-dova y del padre Montesino; pero, quiz olvidamos que en el Segundo Viaje del Almirante, llegaron acompaando al Primer Vicario Papal, fray Bernardo Boyl telogo y diplomtico notable; los letrados franciscanos fray Juan Tisn y fray Juan de la Duela; as como el Abate de Lucerna, que discuti al Almirante, en La Isabela, su afirmacin de que Cuba era el Continente Asitico... lo que le acarre un "impedimento de salida", que dur muchos aos...
Muchos tambin ignoran, que el primer maestro de Amrica como descubri el arzobispo Polanco Brito fue el bachiller Hernn
Surez, primer prroco de Santiago, en 1543...3.
Y, si pasamos de los maestros de primeras letras, a los grandes doctores en Teologa, pocos sabrn que, ya en 1532, daba ctedras en el Monasterio Dominico de Santo Domingo, el famoso fray Toms de San Martn4.
Aunque el cannigo Carlos Noue/, en su "Historia de Santo Do-
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mingo" ofrece mltiples datos sobre el segundo obispo de Santo Domingo, nunca se ha exaltado lo suficiente la personalidad intelectual de Alejandro Geraldini, gran humanista, poeta, filsofo, diplomtico, gloria del Renacimiento, que escribi su Itinerarium ad Regiones Al-quinoctiales Plaga Constituas, publicado en Roma, en 1631, y dedicado por el sobrino del autor, Onofre Geraldini de Catenaccii al gran orientalista cardenal Barberini. (Cuando Geraldini termin su Itinerario, lo dedic a Len X, pero cuando se dispona su edicin, muri el Papa Mdicis)5.
Gil Gonzlez Dvila, en su "Tratado Eclesistico de la Santa Iglesia Metropolitana de Santo Domingo y Vida de sus Obispos Arzobispos", cita como "varones elegantes en su santidad y eruditos en el gobierno", adems del ilustre Geraldini, a fray Garca de Padilla, a fray Luis Figueroa, a don Sebastin Ramrez de Fuenleal, a don Alonso de Fuenmayor y a don Diego de Covarrubias"6.
Junto a estos prelados de eminente intelecto que gobernaron la Iglesia dominicopolitana en remotas pocas, debemos traer tambin, los nombres de algunas otras figuras cimeras de la Iglesia Catlica, que tambin lo fueron de la cultura dominicana, en pocas recientes. A la cabeza de stas, la figura egregia del doctor Fernando Arturo de Merino, Arzobispo de Santo Domingo, desde 1896 hasta su muerte acaecida el 10 de mayo de 19067. Monseor de Merino, que fue Presidente de la Repblica, es la gran figura de la oratoria sagrada dominicana. Tambin destac en este campo, el doctor Alejandro Nouel y Bobadilla, quien gobern la Mitra Primada de 1906 a 1937; as como el cannigo licenciado Rafael Castellanos Martnez, orador sagrado famoso, nacido en Puerto Plata. Aprovechamos para aadir, que, en el campo de la oratoria sagrada, los citados prelados dominicanos tienen actualmente algunos eminentes discpulos como los monseores Nicols de Jess Lpez Rodrguez, actual Arzobispo Primado y Agri-pino Nez Collado, Rector de la PUCMM.
En el campo de la alta cultura acadmica la Iglesia puede presentar grandes realizaciones al devenir histrico cultural dominicano. Siguiendo a Jacinto Gimbernard, en su "Historia de Santo Domingo", diremos que "Los grandes beneficios trados a Santo Domingo por los frailes Dominicos no se limitaron a la proteccin de los indios y al cuido que tuvieron de que la fe Catlica fuera observada, propia-
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mente. Estos fieles servidores de Cristo, cuyo nmero haba sido aumentado, fundaron en su convento un Estudio General, cuyos resultados fueron tan satisfactorios que en el ao 1512 los frailes pidieron permiso para enviar al Estudio General de la Orden en Sevilla, quince nios indios a fin de que continuaran all sus estudios. En 1518, asistan al Estudio alumnos provenientes de las dems posesiones espaolas en Amrica.

En el 1538, los frailes Dominicos solicitaron a Su Santidad el Papa Paulo III, la elevacin del Estudio a categora de Universidad. El 28 de octubre de 1538, Su Santidad cre la Universidad Santo Toms de Aquino, mediante su bula "In Apostolatus Culmine". A esta primera Universidad de Amrica se le confirieron la totalidad de los "privilegios, indultos, inmunidades, exenciones, libertades, favores y gracias" de que gozaban las grandes Universidades de Espaa, siendo su plan de estudios semejante.
Esto suceda trece aos antes de crearse las Universidades de Lima y Mxico.
Ms tarde fue creada en Santo Domingo otra Universidad, la de Santiago de la Paz, conocida tambin como Universidad de Gorjn o Colegio de Gorjn, "en honor de Hernando Gorjn, rico propietario de un gran ingenio y ganaderas, cuyo generoso patrocinio econmico al Colegio del Arzobispo don Sebastin Ramrez de Fuenleal, permiti la subsistencia y progreso del mismo hasta el punto de que en el ao 1540, recibiera autorizacin Real para funcionar como Estudio General y en 1538, se le confirmara categora de Universidad"8.
Volviendo al siglo XVI, fermento principal de nuestra cultura dominicana, diremos con el historiador profesor Danilo de los Santos que: "A medida que fue efectundose la colonizacin en La Espaola mediante la evangelizacin, las prcticas jurdicas y la educacin en todos sus niveles, fue crendose un ambiente intelectual. En ese ambiente la clereca asuma el papel principal como conglomerado que posea los elementos socializadores para incorporar a la civilizacin a los grupos no cristianizados y para consolidaren el Nuevo Mundo las concepciones de la catolicidad y de lo hispnico.
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Desde el primer momento se distinguieron los religiosos franciscanos, dominicos y mercedarios como conquistadores espirituales, distinguindose entre ellos algunos hombres destacados individualmente como evangelizadores, humanitaristas, cronistas y letrados. Los dominicos fueron quienes ms aglutinaron los primeros nombres destacados: Pedro de Crdoba, autor de la Doctrina Cristiana, obra didctica para la instruccin de los indios; Antn de Montesino, clebre por el Sermn de Adviento; Bartolom de Las Casas y otros ms ocuparon ctedras en la Universidad de Santo Toms de Aquino.
Los intelectuales del siglo XVI, aparte de ser religiosos, fueron en su casi totalidad europeos y entre ellos no faltaron prelados que se distinguieron en el campo de las letras, como ocurri con Alejandro Gerardini, Sebastin Ramrez de Fuenleal y Alejandro Fuenmayor, primeros obispos residentes en Santo Domingo. Tampoco faltaron hombres destacados que transitoriamente residieron en Santo Domingo, como los poetas Eugenio Salazar de Alarcn, Lzaro de Bejarano y el clebre Tirso de Molina.
Algunos funcionarios civiles como el oi'dor Alonso Suazo o como el visitador Rodrigo de Ribero sobresalieron notablemente. El primero como autor de numerosos memoriales y el segundo como autor de los estatutos que deban regir el Estudio de Gorjn. Para mediados del siglo XVI ya aparecan los primeros poetas y prosistas nativos de los que apenas se conservan algunas que otras composiciones o fragmentos. Francisco Tostado de la Pea, Leonor de Ovando y la monja Elvira de Mendoza, se destacaron en el campo de la poesa. En prosa, el ms notable fue Cristbal de Llerena, autor de un entrems en el que critica la violencia de las autoridades coloniales. Dicho entrems fue escenificado en el barrio de la catedral por sus alumnos del cole-qio de Gorjn.
Al igual que el pensamiento y las letras, las artes de La Espaola del siglo XVI revelan puramente el espritu hispnico. Esto, debido a que las artes son el producto de un traspaso directo y sin obstculo y de una ejecucin concebida y realizada bsicamente por espaoles. De las artes, la arquitectura es la expresin por excelencia, al ser el modo ms desarrollado y subsistente. Llamado al "estilo isabelino", que combina las formas estructurales de la arquitectura medieval g-
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tica con las formas de la arquitectura renacentista; caracterizada por el arco de medio punto empleado en las portadas. La arquitectura que se desarrolla en la isla se concentra preferentemente en Santo Domingo, distinguindose las construcciones de tipo religioso, las de tipo militar y las construcciones civiles.
Las construcciones religiosas son aquellas que albergaron a las diferentes rdenes y en donde se ofrecieron servicios espirituales y de asistencia social. Notables son las iglesias y los conventos, entre los que podemos mencionar:
1) La Iglesia de San Nicols, primer templo de piedra construi-
do en Amrica. Edificada entre 1506 y 1508 a instancias de Ovando.
2) El imperial Convento de Santo Domingo, construido entre 1511 y 1517. Fue el centro de cuantos dominicos llegaron a la isla para ser trasladados a otras zonas del continente. Tambin fue asiento de la Pontificia Universidad de Santo Toms de Aquino.
3) El monasterio de San Francisco, comenzado bajo el gobierno de Ovando y concluido para el 1556. En este convento laboraron los franciscanos.
4) La iglesia de la Madre de Dios, conocida actualmente con el nombre de "Iglesia de las Mercedes". Construida para el 1555.
5) La iglesia de Santa Brbara, construida a mediados del siglo XVI y donde los perseguidos poHan acogerse al asilo eclesistico.
6) La Catedral de Santo Domingo, llamada Baslica de Santa Mara la Menor. Es el ms importante monumento religioso del siglo XVI y el ms notable ejemplo de arquitectura isabelina. Concebida por el maestro sevillano Alonso Rodrguez, posee tres naves y catorce capillas"9.
Coronacin de la obra de la Iglesia en el mbito universitario domi-
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i


nicano, es la creacin por la Venerable Conferencia Episcopal de nuestro pas, a solicitud del arzobispo Hugo Eduardo Polanco Brito, de la Pontificia Universidad Catlica Madre y Maestra, el 9 de septiembre de 1962.
Hoy resulta un tpico la afirmacin de un historiador dominicano, recogida y difundida por un Editorial del peridico La Informacin, de Santiago, que reza: "la historia cultural de esta ciudad puede dividirse en antes y despus de la fundacin de la Madre y Maestra". Y una de las plumas ms lcidas de nuestra intelectualidad, ha calificado a esta gran Institucin Acadmica de la Iglesia como "uno de los mayores y fructferos empeos creadores de la nacin dominicana en los ltimos tiempos"10.
En la enseanza primaria y secundaria privada, la Iglesia ha mantenido, a travs del tiempo, su activa presencia en el medio educativo dominicano.
Aparte de los seminarios Mayores y Menores que han formado en Humanidades Clsicas y Ciencias Puras y Sociales al clero nativo-la presencia de la Iglesia se ha hecho notar plenamente en los colegios e institutos de enseanza dirigidos por religiosas y religiosos de diversas congregaciones, tales como los Padres Jesutas y Salesianos; los Hermanos de las Escuelas Cristianas; las Madres Mercedarias y Je-sutinas; las Hermanas del Apostolado y del cardenal Sancha; los Institutos Seculares, Altagracianos y Teresianos, etc.
Tambin es necesario destacar la influencia de la ideafuerza de la Iglesia, de la que hablamos al principio y que cimenta constantemente la dinmica de la cultura dominicana, en la labor de alta calidad intelectual a travs de libros, publicaciones peridicas, conferencias, congresos y cursos y seminarios de alto nivel acadmico de profesionales del ejercicio e investigacin en diversas ramas del conocimiento, que van desde la Historia hasta las Ciencias Naturales, Sociales y Econmicas. As, adems de los hombres universales del Renacimiento como Pedro Mrtir de Anglera, Protonotario Apostlico, fray Bartolom de Las Casas, Obispo de Chiapas y el lego gernimo fray Ramn Pane, tenemos al cannigo Carlos Nouel, al capuchino Cipriano de Utrera, al arzobispo Hugo E. Polanco Brito, a los obispos Adames, Moya, Pepn y Flores Santana, al den Rafael Bello Pe-
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fe
gero, al dominico Vicente Rubio y al presbtero Antonio Camilo; al
cannigo Robles Toledano, al padre Cicero, al padre Jos Luis Alemn
y al padre Benavides, al padre Arnaiz; Jesutas, y otros que sera interminable enumerar.
No podemos dejar de citar, por ser culminacin de la influencia de la Iglesia en la cultura dominicana, sus proyecciones cvicas. Monseor Polanco, en su "Opsculo sobre la Iglesia Catlica y la Primera Constitucin Dominicana"11, recuerda cmo los constituyentes del 16 de enero de 1844, "en la villa de San Cristbal fundada por el padre Juan de Jess Ayala, de grata memoria" dejaron sentado que "La Religin Catlica, Apostlica y Romana ser protegida en todo su esplendor como la del Estado; pero ninguno ser perseguido ni castigado por sus opiniones religiosas"12.
Tambin resulta interesante recordar, como en la eleccin de diputados al Congreso Constituyente, los pueblos dominicanos, eligieron, entre sus mejores hijos, a ocho sacerdotes; y un diputado, en 1848, tambin se hara sacerdote13.
Tambin recordaremos, cmo se eligi al Presidente de la Asamblea y cmo juraron sus miembros "puesta la mano derecha sobre los Santo Evangelios"...14.
La primera Constitucin Dominicana vinculada a nuestra institu-cionalidad jurdica como nacin soberana, se inicia as: "Dios, Patria
y Libertad". Repblica Dominicana. "En el nombre de Dios uno y trino, Autor y Supremo Legislador del Universo, los diputados del pueblo..."15.
Esta es la consagracin definitiva al glorioso juramento de los trinitarios, bajo el benfico influjo del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, eminente hijo de la Iglesia.
Slo entran en colisin Iglesia y Estado en nuestro pas, en dos momentos en que atravesamos circunstancias de rampante cesaris-mo: El 14 de marzo de 185316, cuando el general Pedro Santana se enfrent dolorosamente a la inconmovible lealtad, a la Iglesia del arzobispo dominicano Toms de Portes Infante. Y en la otra dolorosa
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y ms reciente situacin, cuando en 1960, el trujillato recibi el impacto contundente de las Pastorales Histricas, que todos conocemos y que todos consideramos monumentos nacionales17.
Despus de este corto recuento que ha pretendido ser impresionante sin ser exhaustivo, nos permitimos expresar que, a nuestro juicio compartido con una gran mayora de estudiosos la cultura dominicana ha recibido su bsica idea fuerza de las enseanzas de la Iglesia; y que, aunque puede haber asimilado tambin ricas corrientes de otras procedencias, en lo esencial ha mantenido, durante su medio milenio de existencia que nos proponemos celebrar, su vigorosa raz cristiana alimentada sin tregua por la solcita accin maternal y magistral de la Iglesia Catlica Romana.
NOTAS
1. Jean Laloup, Jean Nelis. Cultura y Civilizacin, Ao 1961. Tomo III, p. 20.
2. Ibidem, p. 16.
3. Dobal, Carlos. Santiago en los Albores del Siglo XVI (El Solar de Jacagua).
Ed. UCMM, 1985, p. 117.
4. Rubio, Vicente (fray). Suplemento El Caribe del 23 de noviembre de 1985,
p. 8.
5. Escobal, Luis. Biografa de la Catedral Primada de las Indias, Ed. Alfa y Ome-
ga. Edicin 1977, p. 32.
6. Ibidem.
7. Ibidem, p. 149.
8. De los Santos, Danilo y Peguero, Valentina. Visin General de la Historia
Dominicana, Edicin UCMM, Editora Taller, Tomo I, pp. 122124.
9. Gimbernard, Jacinto. Historia de Santo Domingo, 3ra. edicin, Ed. Talleres
Offsset Sarda, 1971, pp. 87, 88, 89 y 90.
10. Herrera, Rafael. Editorial El Listn Diario del 10 de octubre de 1964.
11. Arzobispo Polanco Brito, Hugo Eduardo. Ed. El Caribe, 1970.
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12. Garca Lluberes, Lenidas. "Influencia de la Iglesia Catlica en la Formacin
de la Nacionalidad y en la Creacin de la Repblica", en Crtica Histrica, Santo Domingo, 1964, pp. 10-35. Boletn Eclesistico Nos. 116-129-nov. 1933-dic. 1934.
13. Arzobispo Polanco Brito, Hugo Eduardo. Ibidem, p. 7.
14. Ibidem.
15. Ibidem, p. 9.
16. Alfau Duran, Vetilio. El Derecho de Patronato en la Repblica Dominicana",
Ed. Educativa Dominicana, 1975, p. 25.
17. Moya Pons, Frank. Manual de Historia Dominicana, 1980.
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EDUCACIN Y DESARROLLO NACIONAL
Radhams Meja*
1.- INTRODUCCIN
Un anlisis de la educacin dominicana y su vinculacin con el desarrollo nacional requiere que, desde el inicio, reconozcamos que educar es, en su sentido ms amplio, desarrollar al mximo las potencialidades inherentes al ser humano en todas sus vertientes.
Esto quiere decir:
a) Desarrollar al mximo las potencialidades del hombre como ser capaz de abrirse al mundo transcendente de lo divino.
b) Desarrollar al hombre como ser con una interioridad que necesita cultivar para ser capaz tanto de enriquecer como de disfrutar la creacin cultural que el hombre, a travs de las generaciones, ha do legando como patrimonio y como testimonio de su grandeza. El hombre es el nico ser capaz de transcender su entorno y proyectarse en el tiempo a travs de eso que se ha convenido en llamar la segunda naturaleza del hombre: la cultura.
c) Desarrollar al hombre como ente en necesidad.de vivir y realizarse a plenitud en colaboracin y en estrecha relacin con los dems hombres. En otras palabras, desarrollar en el hombre la capacidad de convivir con los dems hombres y lograr juntos los niveles mximos de bienestar individual y social que el desarrollo social, cultural, cientfico, tecnolgico y econmico hagan factibles en
* Educador y socilogo. Profesor titular de la Pontificia Universidad Catlica Madre y Maestra. Actualmente es Vicerrector Ejecutivo del Recinto Santo Toms de Aquino de esa Institucin.
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cada etapa del desarrollo histrico de nuestra sociedad y humanidad.
Dentro de esta perspectiva amplia y general del quehacer educativo, tenemos que convenir que la capacidad de una sociedad de generar los recursos necesarios para promover el bienestar material y espiritual de sus ciudadanos, depende del nivel de desarrollo de su sistema productivo. Este nivel, a su vez, depende en gran medida del grado de productividad que como productores los integrantes de esa sociedad hayan logrado.
Este grado de productividad estar en gran medida condicionado por el nivel educativo y el sistema de educacin de dicha sociedad.
Sin pretender jerarquizaren orden de importancia los diferentes objetivos que la educacin debe tratar de conciliar y lograr, vamos a hacer algunas consideraciones que nos parecen esenciales en cualquier anlisis que se haga del sistema educativo dominicano.
Estas consideraciones las vamos a hacer desde una perspectiva
econmicoempresarial, tomando en cuenta el compromiso comn que tanto el sistema educativo como el sector empresarial tienen de contribuir al bienestar individual y colectivo de todos los dominicanos. Esta contribucin se logra mediante el desarrollo de un aparato productivo capaz de generar, en cantidad y en calidad, las mayores riquezas que nuestras potencialidades nos permiten.
El desarrollo del aparato productivo debe ser logrado dentro de un rgimen equitativo de distribucin de riquezas. Rgimen que no debe generar ineficiencias ni desestmulo* al continuo desarrollo de nuestra capacidad productiva. Es decir, un rgimen que garantice a todos los dominicanos el desarrollo de las potencialidades que como seres humanos tienen, tal como ya sealamos al inicio de nuestra intervencin.
2.- LA EDUCACIN COMO BIEN DE CONSUMO Y COMO BIEN DE CAPITAL
El anlisis de la educacin y de la poltica educativa dentro del contexto de las necesidades del desarrollo socioeconmico se ha vis-
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to oscurecido por una controversia que, si bien ha tendido a ser superada parcialmente en los crculos acadmicos, contina presente, a veces de manera determinante, en los crculos donde se toman las decisiones de poltica pblica.
Nos referimos a la controversia entre quienes consideran la educacin esencialmente como un bien de consumo versus quienes la consideran esencialemnte como un bien de capital.
No vamos a entrar de lleno en un anlisis de esta controversia. Queremos aprovechar esta oportunidad para resaltar la importancia que tiene contar con una fuerza de trabajo capacitada, disciplinada y con el ethos cultural que permita niveles de productividad que hagan cada una de nuestras actividades productivas, en particular, y nuestra economa en general, ganar el nivel de competitividad requerido para lograr el xito dentro de un sistema econmico que exige niveles cada vez mayores de eficiencia, de innovacin y creatividad.
Para lograr una fuerza de trabajo con estas caractersticas la sociedad tiene que estar dispuesta a asignar parte de sus recursos de inversin a la preparacin de dicha fuerza de trabajo. En otras palabras, la sociedad tiene que considerar los gastos para formar la infraestructura humana requerida por nuestro sistema econmico como una inversin tan importante y necesaria como los gastos requeridos para la preparacin de la infraestructura fsica sin la cual el desarrollo industrial y agrcola no puede ser logrado.
Estamos conscientes de que esta posicin, prejuiciada si se quiere, nos coloca del lado de quienes favorecen el anlisis de la educacin como una inversin.
Este enfoque bajo ningn concepto implica que desconozcamos la importancia que tiene la educacin para el logro de otros objetivos sociales tan importantes, o quizs ms importantes, que el desalo econmico, como lo son el desarrollo poltico, moral y espiritual de nuestra sociedad. Esperamos que nuestras palabras introductorias resulten claras al respecto.
Lo que queremos reclamar en esta intervencin es la utilidad, desde una perspectiva de establecer prioridades dentro de la poltica
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de inversiones pblicas y privadas, de adoptar este enfoque que ve la educacin como una inversin capaz de ser analizada con los mismos parmetros que se utilizan para evaluar cualquier otra inversin econmica.
Si, desde esta perspectiva estrecha de lo que es el quehacer educativo, nosotros logramos demostrar que la inversin en el sector educativo se justifica como altamente prioritaria, creemos que con ello estamos contribuyendo a crear una conciencia pblica de la necesidad de colocar la educacin como uno de los objetivos centrales de nuestra sociedad.
Si, analizada desde una perspectiva estrictamente econmico-empresarial, la educacin debe ser un objetivo prioritario, cuanto ms .prioritario es si se consideran sus efectos en el logro del desarrollo espiritual, moral y poltico del pueblo dominicano.
Quede, pues, bien claro que para nosotros la educacin tiene que ser vista como un todo integrado. La posicin que vamos a plantear aqu es la de justificar la necesidad de aumentar la inversin en el rea educativa desde una perspectiva estrictamente econmica, si queremos desarrollar nuestro sistema productivo a niveles que hagan posible el incremento del bienestar econmico y social de todos los dominicanos.
3.- LA EDUCACIN COMO INVERSIN
En el siglo XVIII Adam Smith expres la dea de que el costo incurrido en educar a un hombre puede ser considerado como una inversin que debe proporcionar una rentabilidad que "... le compensara todos los gastos de su educacin, con por lo menos los beneficios ordinarios de una inversin equivalente de capital. Esto tiene que hacerlo en un tiempo razonable, dada la duracin incierta de la vida humana, de la misma manera como la ms cierta duracin de la mquina". (Adam Smith, 1982:8).
A pesar de que desde la poca de Adam Smith se ha reconocido el valor econmico que la adquisicin de conocimientos y destrezas aade a la productividad del hombre, no fue sino hasta recientemente que esta nocin fue incorporada a la corriente principal del anlisis
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y la investigacin econmica (Mincer, 1984: 195). Muchas razones de ndole histrica, filosfica y moral estn envueltas en la explicacin de por qu los cientficos sociales y el hombre comn y corriente rehuyeron un anlisis directo de los gastos en educacin como una inversin en capital humano.
Al as hacerlo contribuyeron a que, dentro de los programas de inversiones pblicas, la asignacin al sector educativo fuera considerada como una asignacin ms ligada al logro de los objetivos sociales de la poltica pblica y, por lo tanto, ms ligada al aspecto consumo que al aspecto inversin. Esto ha conducido a la creencia, dentro de ciertos ncleos tcnicos y polticos, de que cada peso gastado en educacin es un peso que se sustrae de los sectores prioritarios desde el punto de vista del aumento de nuestra capacidad productiva.
En nuestro pas, si se analizan los diferentes programas de inversiones pblicas elaborados en los ltimos 20 aos, se puede comprobar que ste ha sido el enfoque prevaleciente. A pesar de la aparente importancia que se le asigna a la educacin dentro de la retorica poltica.
Esta importancia retrica raras veces se ha traducido en proyectos y programas como expresin concreta de los planes de inversiones del gobierno. A nuestro modo de ver esto, se ha debido en cierta medida a que el debate sobre los problemas educativos en nuestro pas no ha incorporado, con la debida amplitud y profundidad, un enfoque econmicoempresarial.
Este enfoque permitira demostrar que, desde una perspectiva estrictamente econmica, una inversin en el sector educativo puede ser, tanto desde el punto de vista individual como social, tan rentable o ms rentable que ciertas inversiones en otros sectores que siempre se han supuesto ms productivos.
La contribucin de T. W. Schultz (1961: 1) en la dcada del 60 fue un paso de avance tanto para romper esta tradicin de ignorancia sobre el carcter productivo de la inversin en educacin, como sobre el tremendo poder explicativo que una teora sobre el capital humano incorpora a la teora econmica.
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Schultz estableci que si la adquisicin por el hombre de conocimientos y destrezas que tienen un valor econmico es conceptuali-zado como capital humano, muchas cuestiones econmicas que no haban tenido respuestas satisfactorias dentro de los modelos econmicos tradicionales, podan ser mejor respondidas y se incorporaba as el concepto de capital humano dentro de dichos esquemas.
Dentro de las cuestiones que podan ser comprendidas mejor mediante el uso de la teora del capital humano, Schultz seala:
1) La evolucin en una direccin contraria a la esperada por la teora econmica de la relacin capitalingreso.
2) El hecho observado en muchos pases de un crecimiento del ingreso nacional a un ritmo ms rpido que los recursos nacionales, y
3) El hecho observado en muchos pases de que los ingresos de los trabajadores han aumentado de tal manera que no puede ser explicado dentro del marco de referencia de la perspectiva econmica tradicional usada por los economistas.
Todas estas cuestiones adquieren una explicacin ms comprensible cuando el concepto de capital humano es incorporado dentro del marco de referencia econmica, a juicio de Schultz.
Los trabajos posteriores de Gary Becker (1964) y Jacob Mincer (1974) arrojaron nuevas luces en la teora del capital humano.
4.- TEORA DEL CAPITAL HUMANO
La idea central de la teora del capital humano es que la productividad del hombre no depende exclusivamente de un conjunto de rasgos innatos sino que el hombre los adquiere y los desarrolla.
El proceso de adquirir habilidades, conocimientos o fuerzas que incrementan la productividad del hombre implica algn costo y tam-
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bien algn beneficio. Esta relacin de costo y beneficio hace posible que este proceso sea considerado como un proceso de decisin econmica.
En este sentido, la inversin en capital humano puede ser analizada usando el mismo procedimiento que es usado en el anlisis de cualquier inversin econmica. Esto es, comparar el costo de dicha inversin con el flujo de beneficios que la misma produce. Por lo tanto, es de esperarse que como en cualquier otra decisin econmica, si el flujo de beneficios esperado es mayor que los costos, la inversin se haga.
Ha sido ampliamente reconocido en la literatura sobre la materia que la inversin en educacin y entrenamiento, as como en salud, migracin y bsqueda de trabajo, pueden ser consideradas como inversin en capital humano siempre que ello envuelva un costo inicial y cree una expectativa de que dicha inversin generar una recompensa en el futuro (Ehrenberg y Smith, 1985: 253).
Nuestro inters en esta presentacin radica en la inversin en capital humano hecha a travs de la educacin y el entrenamiento. No tocaremos las inversiones en recursos humanos que se hacen ose deben hacer a travs de la salud, migracin y bsqueda de trabajo.
Fueron Gary S. Becker (1964) y Jacob Mincer (1974), conjuntamente con Schultz, entre otros, quienes establecieron la base para un entendimiento sistemtico de la relacin entre educacin, entrenamiento e ingresos.
En el anlisis de la educacin como inversin en capital humano, como en cualquier inversin econmica, se tiene que prestar particular atencin a la rentabilidad que dicha inversin genera en el tiempo. La diferencia entre la recompensa futura y los costos representan los beneficios o prdidas que la inversin genera. Si existen ganancias uno debe esperar demandas adicionales de escolaridad y entrenamiento, y si existen prdidas se debe esperar disminucin de la demanda de las mismas (Mincer, 1984: 196).
Este tipo de inversin tiene algunas caractersticas que necesitan ser tomadas en cuenta en cualquier anlisis de costobeneficio.
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1. La primera de estas caractersticas, que no encontramos en la mayora de las inversiones en capital fsico, es que el capital humano es siempre rentado en vez de vendido. El mercado del capital humano es un mercado para el servicio de este capital, no para el "stock" de dicho capital o bien de capital. (Rees, 1979: 34). Esto es as porque, como muy bien dice Gary Becker "Los derechos de propiedad sobre las destrezas... son automticamente protegidos por la ley, ya que una destreza no puede ser utilizada sin el permiso de la persona que lo posee" (Becker, 1964: 26).
Esta caracterstica es la razn principal de por qu ha sido tan difcil desarrollar un mercado de capital para apoyar las inversiones en capital humano. Mientras las inversiones en capital fsico permiten que el objeto de la inversin sea puesto como garanta de un prstamo, las inversiones en capital humano no permiten esto dada la naturaleza del derecho de propiedad del conocimiento, las habilidades y las destrezas.
Tenemos que reconocer a este respecto que en nuestro pas se ha avanzado bastante en crear una infraestructura de apoyo al finan-ciamiento de quienes desean realizar estudios, principalmente estudios universitarios.
Muchas de las instituciones universitarias y, en particular, la Fundacin de Crdito Educativo, Inc. han establecido un sistema de crdito educativo, cuya demanda ha do creciendo. Este crecimiento es un reconocimiento, por parte de los individuos que van tras esos crditos, de que desde su perspectiva estrictamente personal es rentable tomar dicho prstamo e invertirlo en mejorar su capacidad productiva. El mejoramiento de su capacidad productiva le permitir generar ingresos adicionales con qu pagar el prstamo y generar cierto beneficio neto.
La constatacin de esta realidad en nuestro pas, avalada por la teora econmica del capital humano que hemos venido presentando, constituye a nuestro entender una buena base sobre la cual ir erigiendo una coherente y efectiva poltica de financiamientode la educacin.
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Esta poltica debe tomar la rentabilidad de la inversin para el individuo como punto de partida, para ir determinando la combinacin ptima de sacrificio econmico que se debe esperar del individuo y de la sociedad, a travs del gobierno. Para ello es necesario que el Estado comience a pensar en mecanismos institucionales y legales que, tomando en cuenta la caracterstica no vendible de capital humano, hagan posible la ampliacin de las facilidades de crdito a quienes estn dispuestos a invertir en el desarrollo de su propio capital humano.
En este sentido, proponemos que se analice la posibilidad de extender el poder conferido a la Fundacin de Crdito Educativo, Inc. de recuperar los prstamos otorgados a los estudiantes a travs de sus empleadores, para que ese mismo poder lo tengan cuantas instituciones financieras en nuestro pas estn en disposicin de otorgar crditos a personas interesadas en incrementar su capital humano a travs de la educacin y el entrenamiento.
Dadas las limitaciones financieras que siempre acompaan la gestin pblica en nuestro pas, si aquellas personas interesadas en estudiar carreras, profesiones, o reas de educacin tcnicovocacional de alta rentabilidad privada pueden ellas mismas hacer su inversin, la disponibilidad de recursos por parte del Estado ser mucho mayor para dedicarlas a aquellas reas educativas en donde la rentabilidad privada es baja, pero la rentabilidad social es alta y los efectos externos positivos son considerables. Esto nos conduce a las otras caractersticas de la inversin en educacin.
2.Una segunda caracterstica que debe ser tomada en consideracin es que los gastos en educacin pueden ser considerados al mismo tiempo como inversin y como gastos de consumo. Distribuir entre el componente de consumo y el de inversin ha sido una de las tareas principales y de mayor dificultad en las investigaciones sobre capital humano.
3.Una tercera caracterstica tambin encontrada en muchas otras inversiones en capital fsico, es el hecho de que dicha inversin tiene efectos positivos externos.
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Lo que en economa se conoce como externalidades. Un hombre educado no slo aumenta las posibilidades de obtener mayores ingresos para s, sino que tambin contribuye al bienestar de la sociedad porque se considera que la educacin contribuye al desarrollo de un ciudadano mejor informado y ma's responsable, mediante el desarrollo de mejores habilidades y destrezas de comunicacin, comportamiento cvico ma's apropiado y mejores standares de salud (Mincer, 1984: 197).
Estas caractersticas nos conducen a considerar la cuestin central de a quin le corresponde cargar con la responsabilidad de hacer las inversiones en capital humano requeridas por una sociedad.
Si bien es cierto que desde el punto de vista de la rentabilidad individual cada persona tiene incentivo para invertir en s mismo, en la medida en que la educacin tiene externalidades que benefician a la sociedad como un todo, sta se convierte en un bien casi pblico. Se justifica entonces que el gobierno, a nombre de la sociedad, cargue con buena parte de la responsabilidad de proveer de educacin en la cantidad y calidad que el desarrollo nacional requiere. Hasta dnde debe esperarse que el individuo financie su propia educacin y hasta dnde el Estado debe proveerla?
Para dar respuesta a esta problemtica dos enfoques complementarios han sido desarrollados. Por un lado, las inversiones en capital humano han sido tratadas como cualquier inversin que produce externalidades. Parte del costo debe ser aportado por el individuo y parte del costo debe ser aportado por la sociedad.
El individuo debe pagar por el componente del consumo y por la parte de la inversin que le generar recompensas directas a l.
En este sentido una inversin en capital humano no es diferente de cualquier otra inversin desde el punto de vista de las externalidades que las mismas generan. La sociedad debe distribuir el costo entre los beneficiarios de tal manera que garantice una asignacin eficiente de recursos y una distribucin equitativa de los beneficios y los costos.
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1.Los ingresos de los individuos tpicamente aumentan con la edad a una tasa decreciente. Ambas, la tasa de incremento y la tasa de reduccin, tienden a estar positivamente relacionadas con el nivel de destrezas y conocimientos del individuo.
2Las tasas de desempleos tienden a estar inversamente relacionadas con el nivel de destrezas.
3. Las personas jvenes cambian de trabajo ma's frecuentemente y reciben ms escolaridad y entrenamiento en el trabajo que las personas de mayor edad.
4.La distribucin de los ingresos es positivamente sesgada, especialmente entre profesionales y trabajadores especializados.
5. Las personas ms hbiles reciben ms educacin y otros tipos de entrenamiento que otros.
6.La divisin del trabajo est limitada por la extensin del mercado.
7 El inversionista tpico en capital humano es ms impe-tuoso y, consecuentemente, con mayores posibilidades de equivocarse que el tpico inversionista en capital tangible.
Para dar una interpretacin que tenga sentido a esta variedad de fenmenos Becker desarrolla su marco de referencia terico tomando como centro del anlisis el entrenamiento en el trabajo. Si bien Becker hizo nfasis en el entrenamiento en servicio, sus conclusiones llevan "... a unos resultados generales que tambin pueden ser aplicados a otras formas de inversin en capital humano". (Becker, 1974: 39).
El anlisis de este problema de la responsabilidad de los diferentes sectores de aportar para financiar la imprescindible labor educativa, puede ser esclarecida f utilizamos una distincin introducida por Becker (1964: 1637) er.tre entrenamiento general y entrenamiento especfico. Esta conceptualizacin nos parece interesante por su po-
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der explicativo y su utilidad en cuanto a orientar la pol tica de finan-ciamiento de la educacin y el papel que el gobierno, la empresa y los individuos deben jugar en dicho f mandamiento.
Esta distincin ayuda a explicar quin debe soportar la carga de financiar la educacin y el entrenamiento. Dicha carga, segn este enfoque, debera ser distribuida en funcin de quien recibe los beneficios de la educacin y el entrenamiento: los individuos, las firmas donde estos individuos trabajan o la sociedad en general.
En su empeo de solucionar este dilema desde un punto de vista estrictamente econmico, Becker elabora, a partir de la teora del capital humano, una interpretacin terica mediante la cual explica una serie de fenmenos empricos. A su juicio, dichos fenmenos no podran ser comprendidos satisfactoriamente sin recurir a esta teora. Los fenmenos sealados por Becker son los siguientes (Becker, 1974: 16):
Como ya sealamos, Becker parte de una distincin bsica entre entrenamiento general y entrenamiento especfico. El entrenamiento general aumenta la productividad del trabajador. El valor de este incremento es el mismo tanto para la firma que proporciona el entrenamiento como para cualquier otra firma dentro de un determinado ramo industrial. El entrenamiento especfico tambin aumenta la productividad del trabajador, pero en este caso el aumento es de valor exclusivo para la firma que lo proporciona.
Becker concluye que, dado que en un mercado competitivo las firmas tienen que aceptar los precios fijados en el mismo, el salario que cada una tiene que pagar es determinado por la productividad marginal de los trabajadores en otras firmas.
Siendo as, el aumento de salario que un entrenamiento general trae como consecuencia es determinado por el aumento en la productividad que tal entrenamiento produce en las otras firmas. "Consecuentemente, los salarios aumentarn por el mismo monto que el producto marginal y las firmas que proveen tal entrenamiento no podrn capturar ningn beneficiopor dicha inversin" (Becker, 1974: 20). De ah que las firmas no tendrn ningn incentivo para proveer en-
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trenamiento general a sus empleados dado que ellas no recibirn ninguno de los beneficios.
Por otro lado, el entrenamiento especfico aumenta la productividad del trabajador de manera tal que slo beneficia a la firma que proporciona este entrenamiento. En estas circunstancias el trabajador no est dispuesto a invertir en este tipo de entrenamiento dado que todo el beneficio va a los empleadores. En cambio, las firmas estn altamente incentivadas a proporcionar este tipo de entrenamiento a sus empleados y a pagar el costo del mismo.
En la prctica, la mayor parte del entrenamiento en servicio no es ni completamente general ni completamente especfico. En estas circunstancias, el costo del entrenamiento debe ser compartido por la firma y el empleado. La proporcin exacta que cada uno debe aportar depender de dos factores principales: 1) la probabilidad de cambio de trabajo, y 2) las condiciones de trabajo bajo las cuales la firma opera.
Dentro de esta distincin general, Becker caracteriza la escuela como una institucin especializada en la produccin de entrenamiento, y especficamente en general. La empresa, desde esta perspectiva, es vista tambin como parte del sistema educativo orientada bsicamente al entrenamiento especfico. Esto sin perder de vista la funcin educativa ms amplia de la escuela en la formacin integral del individuo.
Sin embargo, la escuela puede ofrecer entrenamiento especfico y la empresa puede proporcionar, y de hecho proporciona, entrenamiento general.
Una poltica educativa que tenga como uno de sus objetivos bsicos la formacin de recursos humanos necesarios para el desarrollo del sistema productivo nacional, tiene que tomar en cuenta esta doble funcin de la escuela y de la empresa.
La funcin educativa de la empresa es un elemento esencial en el desarrollo de una fuerza de trabajo altamente productiva. De la misma manera podemos decir que en el logro de este desarrollo la inversin en capital humano ser ms rentable en la medida en que una
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buena parte del entrenamiento, sobre todo a nivel tcnicovocacio-nal, sea realizado directamente en el lugar de trabajo. Para que esto pueda ser efectivo hay que partir de la distincin que acabamos de hacer entre entrenamiento especfico y entrenamiento general.
En funcin de este anlisis se debe elaborar un esquema donde las cargas financieras sean distribuidas de manera que permitan obtener, tanto desde el punto de vista estrictamente econmico como desde el punto de vista social, una asignacin eficiente y justa de los recursos disponibles por la sociedad para educacin y entrenamiento.
Este esquema tambin debera contemplar el hecho de que parte del entrenamiento para el trabajo puede ser ms apropiado llevarlo a cabo en un ambiente escolarizado y que parte debe llevarse a cabo directamente en los mismos centros de trabajos. No debemos olvidar a este respecto que la gran parte de los ebanistas, carpinteros y mecnicos que se encuentran en la mayora de nuestros talleres aprendieron esos oficios, no en centros escolares, sino en sus respectivos centros de trabajo. Al aceptar pagos mnimos durante el perodo de aprendizaje, estos "tcnicos" empricos de hecho financiaron el costo de su entrenamiento.
Dentro de una poltica educativa amplia, coherente e innovadora, no debemos descartar el papel que estos centros de trabajo pueden y deben desarrollar en la creacin de una fuerza de trabajo capacitada.
Cmo hacer ms eficiente esta labor de enseanza que los centros de trabajo han venido desempeando? La respuesta a esta pregunta constituye a nuestro entender uno de los desafos que el sistema educativo debe enfrentar y para lo cual el sector empresarial puede jugar un papel de primer orden.
La necesidad de aunar esfuerzos entre los diferentes sectores se
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est haciendo cada da ms imperativa a medida que la economa se reactiva y desarrolla. De manera especfica se puede observar cmo en los ltimos aos el desarrollo del sector financiero, de la construccin, la manufactura, el turismo, zonas francas y exportaciones no tradicionales, han ido demandando personal cada vez mejor entrenado tanto a nivel gerencial, como a nivel tcnico y de apoyo.
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En nuestro pas se ha avanzado en el sentido de reconocer el compromiso compartido que debe existir entre el trabajador, el empresario y el Estado en la formacin de los recursos humanos requeridos para el desarrollo. Ejemplo de ello lo tenemos en el establecimiento del Instituto de Formacin Tcnico Vocacional (INFOTEP). Este instituto tiene un financiamiento tripartito, y su espritu encaja perfectamene dentro del esquema que venimos desarrollando.
Es bueno sealar que para poder evaluar la inversin en capital humano empleando el mismo enfoque que es usado para evaluar inversiones en capital tangible, debe desarrollarse una medida de costo-beneficio.
A este respecto los economistas han evaluado el costo de la educacin tomando en consideracin lo siguiente: a) ingresos diferidos o renunciados durante el perodo de estudios, en otras palabras, el costo de oportunidad del tiempo de los estudiantes; b) costo de matrcula, y c) otros gastos escolares.
De la misma manera, para poder calcular la tasa de redituabili-dad de la inversin en capital humano los economistas han considerado el incremento adicional de ingresos que un individuo recibe como consecuencia de un ao adicional de educacin o de entrenamiento en servicio.
A este respecto los trabajos de Hanoch (1967) y Mincer (1974) han sido de mucha influencia y han servido como punto de partida
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para la mayora de los estudios posteriores sobre escolaridad e ingresos. Bsicamente, Mincer formul un modelo de capital humano que asume que el individuo adquiere poder de ingreso a travs de la educacin formal o escolaridad o a travs de entrenamiento en el trabajo. Generalmente la escolaridad ocurre antes de la entrada al mercado de trabajo, y entrenamiento en el trabajo durante los primeros aos de participacin en la fuerza laboral.
Este modelo ha sido ampliamente utilizado para estimar la relacin entre escolaridad e ingresos. Es un instrumento que ha servido para estimar el perfil ingresoedad de una determinada poblacin. La extensin en que este enfoque ha sido utilizado es bien ilustrada
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por un anlisis comparativo llevado a cabo por el Banco Mundial (Psacharopoulus, 1981: 376: y 1985). En estos anlisis se reportan las tasas de redituabilidad de la educacin encontradas en estudios conducidos en 61 pases.
En estas comparaciones internacionales se encontraron ciertos patrones que son resumidos de la siguiente manera:
1.La rentabilidad de la educacin primaria (sea la rentabilidad social o privada) es la ms alta entre todos los niveles educacionales.
2.La rentabilidad privada es mucho mayor que la rentabilidad social, principalmente en el nivel universitario.
3.Todas las tasas de rentabilidad de inversiones en educacin encontradas estn por encima de un 10 o/o que suele ser tomada como patrn para medir el costo de oportunidad de las inversiones de capital.
4.La rentabilidad de la educacin en pases subdesarro-llados es superior a la rentabilidad comparativa de los pases desarrollados.
Las implicaciones de estos resultados, desde el punto de vista de formulacin de polticas para el sector educativo, son tremendas y Psacharapoulos analiza algunas de ellas en sus artculos. Dada su alta rentabilidad social y, desde un punto de vista estrictamente econmico, una de las implicaciones que nos parece ms relevante es la prioridad que la educacin debe tener en el gasto pblico.
Dentro de la inversin pblica en el sector educativo, la prioridad debe drsele a la educacin primaria dado que ste es el nivel de mayor rentabilidad social. En ese mismo orden debe ser considerado el nivel tcnicovocacional. Estas aseveraciones no implican bajo ningn concepto que los dems niveles deben ser relegados a un segundo plano.
A esta justificacin estrictamente econmica de la prioridad que la educacin debe tener dentro de los gastos pblicos y privados.
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le debemos agregar el derecho que todos los individuos tienen a la educacin. La educacin no es slo precondicin para el disfrute de los bienes culturales ma's elevados que el hombre ha creado, sino tambin una precondicin para el logro del perfeccionamiento personal en todos los rdenes. Se torna evidente entonces cuan necesario es que la educacin sea colocada en el centro de las polticas de inversiones pblicas de nuestros gobiernos.
En los otros niveles del sistema educativo, la poltica pblica debe ir orientada ma's en el sentido de incorporar el sector privado, junto al esfuerzo necesario del gobierno, en el proceso de producir y financiar ma's educacin y entrenamiento. Esta incorporacin se puede lograr mediante esquemas que permitan que parte de los costos de la formacin del capital humano recaigan en los propios individuos, dada la rentabilidad privada de estos niveles, o sobre sectores directamente beneficiados como lo es el sector productivo, en lo que se refiere de manera particular al nivel tnico vocacional y para el tipo de entrenamiento especfico a que hemos hecho referencia.
A fin de lograr un incremento de la rentabilidad individual, y tambin social, de la inversin que la sociedad y los individuos realizan a nivel de la educacin secundaria, es necesario que se realicen en nuestro pas las adaptaciones curriculares necesarias que permitan una mayor articulacin de la formacin que los individuos reciben a este nivel con los requerimientos del mercado laboral.
Esta misma articulacin debe lograrse a nivel universitario. Aunque creemos que a este nivel, aun con todos los aspectos que todava necesitan mejorarse, la orientacin hacia el mercado laboral de los programas de estudios es ma's definida que al nivel secundario.
A fin de lograr esta mayor articulacin entre educacin y trabajo, se hace necesario que se le d al sector empresarial mayor participacin en los organismos encargados de formular las polticas educativas. De esta manera se establecera un dilogo ms fructfero entre educacin y empresa que, a nuestro juicio, beneficiara tanto al sector educativo como al sector empresarial. Con ello saldra ganando, en ltima instancia, la sociedad toda.
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5.- SISTEMA EDUCATIVO Y PRODUCTIVIDAD
La mayora de los estudios que hemos venido mencionando hasta ahora han tomado el nmero de aos escolaridad como indicador de aumento en capital humano. Ejemplos de este enfoque podemos encontrar en los estudios realizados por Giora Hanoch (1964), en los cuales ella analiza los ingresos de la poblacin masculina en los Estados Unidos. Hanoch enfatiza de manera especial la relacin entre ingreso, escolaridad y edad, y la demanda de inversin en escolaridad entre varios grupos de la poblacin. Asimismo, el estudio realizado en Pakistn por Guisinger, Henderson y Scully (1984), va en la misma direccin.
Este enfoque, que descansa en los aos de escolaridad como indicador de capital humano, ha sido criticado desde varios ngulos. Dos de ellos merecen ser mencionados. En primer lugar, ha habido un conjunto de crticas que parten de la hiptesis de que los aos de escolaridad, en vez de medir los efectos en la productividad de los trabajadores del capital humano adquirido en la escuela, "...representa un filtro de habilidades y motivaciones naturales, o credencialis-mo, y que, por lo tanto, medidas convencionales de los beneficios sociales de la educacin son sustancialmente sobreestimadas". (Boissiere, Knightand Sabot, 1985: 1016).
Otro conjunto de crticas indican que, aun cuando la escolaridad aumenta el capital humano, estimar este aumento solamente por la "cantidad" en trminos de aos o grados de escolaridad puede ser engaoso. Como Behrman y Birdsall (1983: 928) indican "...si hay variaciones sustanciales en la "calidad" de la escolaridad, como parece ser el caso en muchos pases, fallas en el control del efecto de la calidad de la escolaridad en los estimados de la funcin de ingresos pueden producir sobreestimaciones de rentabilidad de la escolaridad".
La hiptesis de la escolaridad como un filtro dice que las personas que tienen caractersticas innatas, como seres inteligentes, trabajadores, tienden a tener ms xito en la escuela y, por eso, tienden a
pasar ms aos en la misma. Estas personas tambin tienden a ser ms productivas. Si esto es as, los aos en la escuela slo sirven como un mecanismo de filtro o seleccin y el aumento en la productividad ob-
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servada como correlacionada a los aos de escolaridad, lo que realmente estn midiendo son las cualidades innatas de aquellos que han tenido la habilidad de sobrevivir el proceso escolar.
Esta crtica no ha sido bien documentada en la literatura. En realidad varios estudios han intentado controlar el efecto de estas cualidades innatas y han encontrado que la relacin entre escolaridad y productividad es significativa (Wise, 1975: Bossiere, Knighty Sabot, 1985: Ehrenberg y Smith, 1985: 298-302).
La hiptesis del credencialismo sugiere que "... la escuela provee al estudiante una credencial que es de valor personal, pero no productivo. Por ejemplo, el gobierno no puede determinar salarios y establecer criterios basados en la escolaridad para contratar para ciertos puestos y determinar el salario a pagar, o los empleadores privados pueden discriminar en favor de los grupos ciertos niveles educativos con quienes ellos comparten antecedentes similares. (Bossiere, Knight y Sabot, 1985: 1018). En su estudio comparativo de Tanzania y Ke-nia, Bossiere, Knight and Sabot no encontraron apoyo para esta hiptesis.
El segundo conjunto de hiptesis establece que la relacin observada entre escolaridad e ingresos puede causar una sobreestimacin de la rentabilidad de aos de escolaridad si la calidad de la educacin no es incluida como una variable dentro del modelo de anlisis que hemos venido bosquejando. Esta lnea crtica ha producido un extenso nmero de investigaciones y sus hallazgos prometen tener profundas implicaciones, tanto para la formulacin de pol ticas educativas como para la elaboracin de los planes del sector.
En los pases subdesarrollados el hallazgo de que la calidad de la educacin est positivamente relacionada con el flujo de ingresos esperado por un individuo implica, para los formuladores de las polticas pblicas, un compromiso entre cantidad y calidad de la educacin que debe ser ofrecida a travs del sistema educativo (Behrmann y Birdsall, 1983). Esta crtica ha ganado apoyo adicional desde otra corriente de investigacin que ha analizado la relacin entre calidad de la educacin y rendimiento estudiantil.
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La calidad de la educacin es importante para determinarel efecto de la escolaridad en la formacin del capital humano, medido por el ingreso. En funcin de esto, es de la mayor importancia conocer ms acerca de los determinantes de la calidad de la escuela a fin de estar en condiciones de formular e implementar polticas que maximi-cen los beneficios que se dirigen tanto al individuo como a la sociedad, porcada peso invertidoen mejorar y aumentar el capital humano.
En ese sentido, la teora del capital humano se beneficia de las investigaciones que han explorado los determinantes de la calidad de la escuela y sus relaciones con el rendimiento estudiantil, el desempeo en el trabajo y el perfil de ingresos de las personas.
Un paso de avance en el estudio de los determinantes de la calidad escolar lo constituy, en los Estados Unidos, el Reporte Coleman (Coleman, et al., 1966). Usando un modelo de funcin de produccin para relacionar insumos y productos, encontraron que las principales variables asociadas al rendimiento estudiantil fueron (Murnane, 1975: 9):
1.Las variables relacionadas con el ambiente familiar fueron las ms importantes para explicar la variacin en el rendimiento de todos los grupos raciales y regionales.
2.Las caractersticas del grupo estudiantil fueron las segundas en importancia para explicar las diferencias en el rendimiento de los nios de los grupos de minoras.
3. Las caractersticas de los maestros fueron las variables escolares ms importantes, y stas fueron las que mostraron ms impacto para explicar el rendimiento de los
nios negros del Sur de los Estados Unidos. Para todos los grupos raciales y regionales, sin embargo, las caractersticas de los maestros tuvieron un poder explicativo mucho menor que las variables del hogar.
4. Las facilidades y el curriculum escolar fueron las variables de menor importancia.
Este reporte condujo en su poca a una controversia muy inten-
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sa. Una de las crticas principales fue dirigida a la metodologa usada en el reporte. Muchos otros investigadores realizaron investigaciones para determinar si los hallazgos reportados encontraban apoyo en la evidencia de los hechos (Mosteller y Moyniha, 1973; Murnane, 1975; 9-10; Hanushec, 1981).
Algo que fue surgiendo de manera consistente a travs de todos los estudios de verificacin y de seguimiento a que este reporte dio lugar fue la relacin entre la calidad del maestro (medido a travs de diferentes indicadores) y el rendimiento estudiantil.
En una revisin de las investigaciones sobre esta materia llevadas a cabo en veintinueve pases de altos y bajos ingresos per cpita, Hey-neman y Loxley (1983: 1162) encontraron que:
Los nios que asistieron a la escuela primaria en pases de bajos ingresos per cpita haban aprendido sustancialmente menos despus de una cantidad similar de tiempo en la escuela que estudiantes de pases de altos ingresos. Al mismo tiempo, a ms bajo ingreso del pas, ms dbil la influencia del status social del estudiante en el rendimiento. Por el contrario, en pases de bajos ingresos, el efecto de la calidad de la escuela y del maestro en el rendimiento en la escuela primaria es comparativamente grande. De estos datos, que es lo ms representativo de la poblacin mundial de nios, se puede concluir que la influencia predominante en el aprendizaje del estudiante es la calidad de la escuela y del maestro a que el estudiante est expuesto.
Si la calidad de la escuela es importante para determinar la rentabilidad privada y social de la educacin, y la calidad del maestro es importante para determinar la calidad de ia escuela, es de la mayor importancia esttn-dar los factores que contribuyen a la seleccin y retencin de maestros altamente calificados en las escuelas. En otras palabras, es importante estudiar cmo funciona el mercado laboral para maestros en nuestro pas.
Si desde el punto de vista econmico la educacin es importante en cuanto contribuye a aumentar la productividad del trabajador, un
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anlisis econmico de la educacin no puede dejar sin considerar la productividad de la empresa educativa en cuanto tal. Como sealamos ms arriba, la calidad del profesorado constituye el elemento ms importante en el logro de uno de los objetivos de la empresa educativa: incrementar la productividad de la persona a fin de que la rentabilidad de su inversin y la rentabilidad de la inversin hecha por la sociedad sean mayores.
Estamos seguros de que desde el punto de vista de los objetivos polticos, morales y espirituales, la calidad del maestro es tan importante, o ms importante, que desde el punto de vista econmico.
Por lo tanto, el logro de un cuerpo profesoral de alta calidad es un prerrequisito para que el sistema educativo nacional cumpla con su compromiso de contribuir, conjuntamente con el empresariado dominicano, al desarrollo de un sistema productivo eficiente y equitativo.
De aqu se desprende la importancia de que el sector educativo tome muy en cuenta cuales deben ser las prioridades de sus gastos. Esto as, no slo en trminos de los niveles del sistema educativo en los cuales va a concentrar sus esfuerzos, sino en trminos de cules aspectos deben ser prioritarios dentro de cada nivel. Si estamos hablando de la contribucin de la educacin al aumento de la productividad del sector empresarial, con mucha ms razn debemos preocuparnos por la productividad misma del sector educativo.
Si el maestro es el elemento en la elevacin de la calidad de la educacin, y la calidad de la educacin es esencial para elevar la productividad de los estudiantes, hay que convenir que, siguiendo nuestro enfoque, las inversiones en el maestro deben considerarse como inversiones altamente prioritarias.
Si le aplicamos al sector magisterial el instrumental analticoque hemos venido desarrollando, tenemos que concluir que, para retener a los buenos maestros dentro del sector, es necesario elevar su nivel, proporcionndoles el entrenamiento general y especfico requerido.
A este respecto debemos recordar que su entrenamiento general aumenta su productividad marginal en otros sectores de la economa.
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Estos sectores estn en disposicin de pagar por esta productivdidad. Si el sector educativo no est en disposicin de hacer lo mismo en la misma proporcin, debemos esperar un proceso de abandono de la enseanza y, consecuentemente, de! mejoramiento de nuestra fuerza laboral y del desarrollo de nuestro aparato productivo.
6.- CONCLUSIN
En nuestra exposicin hemos intentado proporcionar argumentos que justifiquen desde un punto de vista estrictamente econmico, y teniendo como objetivo el desarrollo del aparato productivo nacional, la necesidad de que la educacin sea tomada como un objetivo central tanto de la poltica del sector pblico como de la poltica de inversin del sector empresarial privado.
Esta justificacin la hemos realizado tomando como base la teora del capital humano que se ha venido desarrollando en los ltimos
25 aos.
Partiendo de estudios realizados a la luz de este marco de referencia terico, hemos visto cmo se desprenden algunas recomendaciones polticas tales como:
1. La prioridad que se le debe dar a la educacin primaria y la educacin tcnicovocaional desde el punto de vista de la inversin pblica. Esto es as por la alta rentabilidad social de este nivel.
2.La prioridad que deben tener los otros niveles educativos para el logro del desarrollo del aparato productivo nacional. Esta prioridad debe realizarse a estos niveles con una mayor participacin en la carga financiera de quienes reciben el beneficio directo de la educacin. Esto es por la alta rentabilidad privada de estos niveles.
3.La conveniencia de contribuir al desarrollo de mecanismos de financiamiento de las inversiones en capital humano mediante la introduccin de mecanismos que permitan a entidades financieras, otorgar prstamos a estudiantes.
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Entre los mecanismos de incentivos para estas entidades financieras estaran el dotarlas de las mismas facultades legales que posee la Fundacin de Crdito Educativo para el cobro de estos prstamos as como otros mecanismos y especificaciones que se juzguen apropiados dada la naturaleza especial de este tipo de inversin.
4. La conveniencia de que a todos los niveles educativos se desarrollen mecanismos de articulacin entre el sector productivo, la universidad, la escuela secundaria, y las escuelas tcnicovocacionales. Esta articulacin debe hacerse tanto a nivel de la formulacin de las polticas globales como en la definicin del papel que el sector productivo debe jugar en el entrenamiento en servicio. Es necesario que se diseen mecanismos e incentivos especiales para que el sector productivo juegue un papel activo en el entrenamiento en servicio que la fuerza laboral requerir en el futuro.
5.Dado el papel central que el maestro juega dentro del sistema educativo, se le debe dar prioridad en la poltica educativa, con miras a garantizar la calidad del sistema y el logro de sus objetivos bsicos, entre los cuales hemos venido destacando el objetivo de educar para producir ms bienes y servicios, para mejorar la calidad de vida de todos los dominicanos.
Dentro de esta atencin especial al maestro debe estar su entrenamiento para que puedan incc.porar los mtodos de enseanza ms acordes con las nuevas condiciones dentro de las cuales el sistema educativo tiene que operar, as como el ethos cultural que sirve de base al desarrollo de un sistema productivo eficiente como son, entre otros, el amor al trabajo, la disciplina y el cumplimiento del deber. Todo esto en conjuncin con los conocimientos y destrezas en las disciplinas que son de su especialidad. Este esfuerzo de mejorar la calidad de la enseanza a travs del mejoramiento del profesorado slo se lograr si se les proporcionan las recompensas que su
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formacin general recibira en cualquier otro sector de la economa.
6. Dado el dinamismo de nuestra economa, se requiere que el sistema educativo adquiera la flexibilidad y el dinamismo necesarios, a todos sus niveles, a fin de que, adems de procurar una educacin mnima para el trabajador de planta, se logre la tecnificacin y modernizacin del personal calificado, incluyendo el continuo refrescamiento y reciclaje del personal gerencial. Los cambios de nuestra economa hacen imperativo que el aparato productivo nacional sea reconvertido para adecuarse a las nuevas circunstancias que los cambios econmicos y sociales, tanto a nivel nacional como internacional, nos imponen.
Hay un aspecto que hemos dejado de lado de manera deliberada, a pesar de que lo consideramos de vital importancia. Se trata del papel del sector educativo en la elaboracin y transferencia de tecnologa como soporte del desarrollo productivo nacional.
Hemos dejado de lado este aspecto porque su inclusin hara esta presentacin ms extensa de lo que ya es. Sin embargo, no podemos dejar pasar esta oportunidad sin decir que sta debe ser una de las reas prioritarias del sector educativo, en especial del sector universitario. Es tambin una de las reas donde la colaboracin educacinempresa debe articularse de manera ms dinmica y creadora. Dejaremos para otra oportunidad el tratar este tema.
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TRANSFORMACIN SOCIAL Y RENOVACIN DE LA NOVELA DOMINICANA
Bruno Rosario Candelier*
La innovacin ha sido la meta de los grandes novelistas de nuestros das. Mientras el teatro ha permanecido ms o menos sujeto a sus reglas generales, la novela, por no tener reglas, ha introducido profundas novedades en su estructura, hasta el colmo de que muchos son los que no consideran lo novelesco sino en trminos de las novedades que un escritor pueda aportar en el gnero.
Marcio Veloz Maggiolo
Si se leen las novelas dominicanas que recogen los momentos ms significativos del acontecer narrativo nacional, se podr apreciar un predominio de la temtica emparentada con nuestra vida tradicional y campesina. Si nuestra narrativa tradicional era eminentemente rural en los motivos de su temtica, se debe a que nuestra sociedad era bsicamente rural, y si la narrativa moderna tiene un aliento urbano, aunque algunas novelas vuelven los ojos al campo, se debe a que la sociedad est caminando hacia lo urbano, como son los escritores, hombres y mujeres radicados en centros urbanos y con actividades relacionadas con la vida y el desenvolvimiento en la ciudad, como la docencia universitaria, la publicidad, la investigacin cientfica, el activismo poltico, las profesiones liberales, etc.
Cambios demogrficos y renovacin novelstica
La lnea divisoria, en trminos cronolgicos, de la novela tradicional y la moderna en Repblica Dominicana la marca la dcada del '60,
* Ensayista y crtico literario dominicano. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua Correspondiente de la Real Academia Espaola. Profesor de la Pontificia Universidad Catlica Madre y Maestra.
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ya que tenemos el prolegmeno establecido en 1967 por Los ngeles de hueso, la primera novela dominicana que usa recursos experimentales y novedosos, y ese hecho, el de usar los recursos de la Modernidad, fue potenciado con el logro ms notable de la nueva novela dominicana. Escalera para Electra, de Ada Cartagena Portalatn, que lleg a finalista en el Concurso Internacional patrocinado por la editorial Seix Barral de Barcelona, Espaa, en 1968. Se edit en 1970 en Santo Domingo.
No deja de ser significativo el hecho de que para la misma dcada en que se producen las dos novelas citadas en el prrafo anterior, se produce tambin, no slo en la Repblica Dominicana, sino en toda Latinoamrica, uno de los cambios demogrficos ms importantes, el de pasar de una poblacin mayoritariamente rural a una poblacin mayoritariamente urbana. Esta transformacin se fue iniciando desde los inicios del ,60, y en algunos pueblos fue ms lento el proceso, pero ya desde la dcada del 70 las estadsticas confirman la supremaca de la poblacin urbana. De modo que en trminos generales, el dominio de la novela tradicional coincide con la primaca de la poblacin rural, puesto que la novela tradicional estuvo vigente hasta la dcada del ,60, y el dominio de la novela moderna coincide con el predominio de la poblacin urbana.
Y no es algo casual porque lo tradicional, desde siempre, ha estado ligado al campo con todas sus implicaciones de tipo conservador y antiguo, rstico y silvestre en el mejor sentido de la palabra, esto es, el de la rurala inveterada, natural y sencilla. Y lo moderno ha estado ligado a las ciudades con todas sus implicaciones progresistas comple-jas e innovadoras.
En su seccin dominical sobre Economa y Sociedad, y con el ttulo de "Los principales problemas de la economa dominicana", Vicente Bengoa seala que "A raz de la muerte de Trujillo (1961, nota de BRC) se acelera considerablemente el proceso migratorio del campo a la ciudad. Masivamente se trasladan grandes contingentes humanos de las zonas rurales a las zonas urbanas, como se puede apreciar en el cuadro (se refiere a un cuadro adjunto, nota de BRC), lo que significa que en la actualidad hay un mayor nmero de dominicanos que demandan empleo industrial" (La Noticia, 22 de febrero de 1981, p. 17).
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Desde el punto de vista socioeconmico, el aumento de la poblacin urbana implica aumento de la demanda industrial, y desde el punto de vista sociocultural, ese aumento poblacional urbano significa aumento de la demanda educativa, cientfica y humanstica. Por tanto, la literatura, como principal expresin del desarrollo humanstico, va a recibir su cuota de demanda y su consecuente valoracin. El aumento de la produccin narrativa es la mejor confirmacin de lo sealado, y sobre todo, el desarrollo de la novela moderna.
Eso explica el hecho de que los signos de la modernizacin y todas sus implicaciones progresistas e innovadoras, han estado ligados a los centros urbanos, en procura de nuevos estilos y procedimientos. La novela no ha estado ajena a este signo de los tiempos. As pues, a la sociedad urbana corresponde la novela moderna, aunque muy frecuentemente, esa novela moderna, como aconteciera con buena parte de la novelstica del Boom, vuelve los ojos al campo para su revalorizacin y aprecio.
Un estudio de nuestra novelstica debe tener en cuenta que no es lo mismo una novela tradicional que una novela moderna, y, a la hora de evaluarlas, no puede proceder con los mismos instrumentos ni con las mismas exigencias, aunque s con los mismos requisitos genricos, porque ambas, la tradicional y la moderna, son novelas, responden al concepto de novela. El tipo de recursos, como se sabe, y no la temtica ni la intencin, es lo que seala la diferencia entre una y otra modalidad. Los elementos de la narracin (acontecimientos, personajes, ambientes) reciben en la novela tradicional un tratamiento omnisciente junto a la cronologa de sus narraciones.
La novela moderna y el influjo del Boom
Estimamos que nuestra novelstica, tanto la tradicional como la moderna, obedece a comportamientos estancos, sin solucin de continuidad, aunque hay elementos compartidos. Cada generacin de novelistas, por ejemplo, ha estado en sintona, aunque con cierto retraso, con la tnica del momento en Latinoamrica. Cuando surge entre nosotros en el siglo XIX la primera promocin de narradores, todos fueron romnticos, como lo fueron en toda Hispanoamrica. Cuando en la dcada del treinta de este siglo surge en nuestro pas la generacin socializante, coincide con la que surgi en Latinoamrica
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cultivando la novela social. Y la ltima promocin, la del 75, responde al eco del Boom latinoamericano de escritores que a partir de la dcada del '60 irrumpe al escenario mundial con una obra avasallante y triunfadora.
La novela modernizante de nuestro pas promueve la renovacin formal bajo el estmulo de la narrativa latinoamericana (la que a su vez fue estimulada por la europea y la norteamericana). Hace uso de las superposiciones y desplazamientos espaciotemporales, el monlogo interior y la corriente de conciencia, los puntos de vista de los personajes y los estilos narrativos afines (directo, indirecto e indirecto libre), la metanovela y el metalenguaje, el desdoblamiento de los personajes, recursos cinticos y otros artificios tcnicos de la invencin moderna.
Ya dijimos que correspondi a Marcio Veloz Maggiolo la puesta al da de nuestra novelstica. Con Los ngeles de hueso inici la vanguardia narrativa entre nosotros; ha enmarcado con sus obras la frontera entre la novela tradicional y la moderna. Los ngeles de hueso es el punto de partida de una nueva era en la novelstica dominicana: la era en que la novela tradicional cede el trono a la novela moderna. La nueva tendencia novelstica plasmada en la novela de Veloz Maggiolo experimenta recursos tipogrficos, puntos de vista alternantes, relacin retrospectiva, superposiciones de planos, monlogo interior, metanovela, registro de estilos y niveles de lengua, empleo de las tres personas gramaticales, desplazamientos espaciotemporales, y otros recursos renovadores que aplica en sus diversas novelas.
En realidad. Los ngeles de hueso (1967) llama la atencin, no por su temtica de la demencia, que retom~ Digenes Valdez en La te/araa (1980) con perspectivas histricas y formales diferentes, sino por la aplicacin de lo que parecan recursos snobistas en un momento en que nuestra narrativa precisaba remozarse. Veloz Maggiolo haba ensayado temas nuevos en El buen ladrn (1961) y formas nuevas en La vida no tiene nombre (1965).
Es una miopa restar validez a la narracin que en la novela acude al empleo de recursos que procuran revelar los estados interiores, como los monlogos y fluir de la mente, como se ve en Los ngeles de hueso. Ms an, el escritor tiene plena libertad para hacer uso de las
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tcnicas que considere oportunas. De ah lo saludable de la va experimental hasta llegar a las frmulas satisfactorias. Si el objetivo de la novela es establecer una relacin significativa entre el hombre y la realidad circundante, esta expresin literaria encuentra su justificacin en la medida en que se sita de una manera positiva frente a la problemtica social. Justamente, Marcio Veloz Maggiolo,en su ensayoso-bre nuestra novelstica, subraya: "La vanguardia por la vanguardia misma es peligrosa; no sucede lo mismo cuando nuestro arte busca el vanguardismo como una va para llegar a formas que se ajusten a la
fe
realidad que vivimos" (Ob. cit., p. 163).
La relativa carencia de una novelstica socialmentesignificativa remite al papel desempeado por nuestros novelistas, puesto que el papel que efectivamente le corresponde desempear a la novela en una coyuntura histrica y social determinada es el mismo que le ha tocado realizar desde que apareci como gnero literario.
Por ejemplo, no tenemos una novela de la esclavitud en el pas y no podamos tenerla debido a que mientras existi nuestra oligarqua esclavista no hubo, por las indigentes condiciones materiales de entonces, cultivo literario, y la novela es la ms alta expresin del desarrollo literario de un pas. De modo que no podamos tener, como la tienen los cubanos con la Cecilia Valdez, de Cirilo Villaverde, una novela que reflejase las condiciones sociales, el modo de vida, el comportamiento lo mismo del amo que de los esclavos en algn determinado momento de nuestro discurrir histrico dentro del sistema social esclavista en el pas. La novela dominicana, como vimos, data de mediados del siglo XIX, y desde 1822 fue abolida la esclavitud en Santo Domingo, de modo que cualquiera reconstruccin novelesca
4
dentro del sistema social esclavista sera mera evocacin, pura representacin imaginaria, y no trasunto fiel de una realidad constatable y vivida por el autor.
Esta carencia que tenemos demuestra el alcance de la novela, porque de haber existido esa novela que no tenemos sobre la esclavitud, podramos conocer y apreciar un sinnmero de detalles y aspectos que slo podemos imaginar con la ayuda de la historiografa. Por eso sorprende la gran imaginacin y el impresionante cuadro que a modo de fotograma logra Carlos Esteban Deive en Las devastaciones, una
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de las novelas ms importantes de todos los tiempos que ha conocido el pas. La novela, como hemos reiterado, retrata a la sociedad de cuerpo entero. Por eso es en la novela donde mejor se puede cumplir aquello del texto como documento, aunque advertimos que ese documento posee particularidades estticas, estilsticas, tcnicas y lingsticas que lo distinguen de un texto histrico, sociolgico o antropolgico.
Ahora bien, as como hablaba de la carencia de una novela escrita en la poca en que sufrimos la esclavitud y que hubiese reflejado las condiciones socioculturales durante la poca de la esclavitud, podemos hablar, y es an ms lamentable, de carencias de novelas que den nuestro perfil como pueblo. En otra parte he dicho, y ahora lo repito, que la suma de los rasgos que podemos apreciar a travs de nuestra novelstica no nos dan nuestra fisonoma completa, como real y efectivamente somos los dominicanos en nuestro comportamiento social, con las reacciones sicolgicas y sociales propias de una clase o de un sector de clase. Y esa deficiencia hay que cargarla a nuestra novelstica.
Una sociedad se da a conocer por sus hechos, y entre ellos sobresalen virtudes, vicios, as como sus excesos y sus carencias. En una novela como Guazbara, de Alfredo Fernndez Sim, se da cuenta del vicio tradicional de las inveteradas luchas montoneras, y a su travs los rasgos del comportamiento tradicional dominicano. Una novela como Goeza, de Manuel Mora Serrano, cuestiona nuestra tendencia a servirnos de los dems, a sacarle utilidad a los otros, y no a serle til a la sociedad. Y eso naturalmente mengua nuestra solidaridad, nos empequeece como humanos; esa forma del individualismo no es sino una expresin de una organizacin social que le mete a las gentes por los tutanos la idea de que el sentido de la vida radica en enriquecerse, en hacerse de dinero a toda costa. Por eso en la novela del escritor pimentelense se exalta la vida del hombre desinteresado de bienes materiales y apegado a un ideal de superacin humana, literaria, artstica. He puesto el ejemplo de dos novelas, y podran citarse otras, que revelan retazos de nuestro ser colectivo. Por ejemplo, el tema de las emigraciones, a la manera como lo enfoca Digenes Valdez en Lucinda Palmares, tiene variados costados dramticos an no hollados.
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Desde luego, la preocupacin del buen narrador ronda por los dominios del arte narrativo. Ya los dominicanos contamos con buenos narradores verdaderamente preocupados por la singularidad narrativa. Conscientes de que una novela debe presentar algo diferente a las existentes para no ser redundante. Para distinguirse de las dems, una novela debe agregar, al carcter peculiar, vale decir, nico e insustituible, el carcter singular, o lo que es lo mismo, irrepetible osinigual, para que se le diferencie su autntico valor. Para la factura novelesca es preciso ensayar frmulas peculiares y singulares. A su primera produccin Mora Serrano llam noveleta, trmino que aplicaron los italianos para novelas pequeas, y como ya dijimos, de Italia nos lleg el trmino novela, tomado del latn, pero traducido a las lenguas culturales directamente del vocablo italiano novella, para signficar 'novedad' o 'noticia nueva'. Aunque no fue creacin suya introdujo el trmino al aplicarlo a Juego de domin en 1973. En Goeza su preocupacin ha sido la novela escnica, variante de la novela dialogada. En ella aplica la estructura del drama y el tono de la tragedia antigua. Oigamos lo que el propio narrador dice de la novela escnica: "Ese hombre no iba a volver a leer en forma tradicional y para ese hombre (moderno, nota de BRC) haba y hay que escribirle como si estuviera frente al aparato (de televisin, nota de BRC), quitndole lo ms que podamos que huela a tradicin, y dndole lo ms que podamos, lo que l est ya acostumbrado a elegir: escenas, imgenes, y sonidos. Es un hombre que usa directamente la vista y el odo y experimenta sensaciones directas. A ese hombre hay que escribirle otro tipo de novelas porque no es un lector tradicional, es un vidente; para l es para quien pienso la novela escnica que no est hecha para ser filmada o representada, sino para ser leda como si estuviese siendo representada delante del lector vidente; la prueba la deseo que la hagan los lectores mismos con Goeza; sa es su novedad y en eso consiste la novela escnica" (Manuel Mora Serrano, "El lector tradicional ha muerto". Listn Diario, 10 de setiembre de 1980, p. 7). Se trata, pues, de la sucesin de escenas sin intervencin directa del narrador, y en la que cada personaje dispone de un espacio para su parlamento como se aprecia en las secuencias cinematogrficas, y que constituye ciertamente una novedad en nuestra novelstica contempornea puesto que entraa una variante respecto a las novelas dialogadas del siglo XVIII.
Las novelas dominicanas publicadas en la ltima dcada son las ms fructferas en el terreno de la experimentacin, y sin duda, las
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ms importantes en el dominio de la calidad. Pienso en Veloz Maggiolo (nuevamente Premio Nacional con La biografa difusa de Sombra
Castaeda, 1980), en Ada Cartagena, Deive, Digenes Valdez; en Pedro Mir, Mora Serrano, Pedro Vergs; en Virgilio Daz Grulln, Roberto Marcall Abru, Arturo Rodrguez Fernndez, Jos Alcntara Almnzar, Pedro Peix y Rafael Castillo, que pueden dar el salto a la novela y trabajarla con la profundidad y la seriedad con que elaboran sus cuentos.
El ejemplo dado por Roberto Marcall Abru, nos parece significativo: "Marcall logra despojarse de un gnero para iniciarse en otro dice Mara del Carmen Prosdocini, en "Una trayectoria: los cuentos y novelas de Roberto Marcall", apud Suplemento Sabatino de El Caribe (Santo Domingo, 17 de mayo de 1980, p. 15) problema grave en muchos narradores que titubean entre la novela corta y el cuento. Tanto los Cinco bailadores como Espera de penumbras en el viejo bar tienen la estructura de novela sin lugar a dudas y con sus personajes trabajados con firmeza. No nos parece estar ante obras primas, y esto sorprende en un autor joven y en un medio donde la novelstica no se ha desarrollado plenamente".
Realmente, Roberto Marcall Abru es muestra del nuevo escritor laborioso, constante, persistente. En un escritor como l tiene la novelstica dominicana puestas sus esperanzas como las tiene el Alcntara Almnzar, en Peix, en Rodrguez Fernndez y en Valdez, en Ivn Garca, en Rafael Castillo Alba, todos jvenes integrantes de la nueva promocin de narradores que ha surgido al escenario nacional con una fuerza impresionante. Despus de publicar tres libros de cuentos,
exitosos si los medimos por los galardones obtenidos, Marcall Abru se lanza de la narrativa corta a la narrativa larga, y ya lleva publicadas dos novelas (Cinco bailadores sobre la tumba caliente del licenciado, 1979, y Espera de penumbras en el viejo bar, 1980), y con la primera fue merecedor del Premio Nacional de Novela 1979. La temtica de sus novelas, como la de sus cuentos, bordea la vida del bajo pequeo burgus en los barrios ci la capital, y los procedimientos narrativos, modernos casi todos, tienen la particularidad de que, lejos de loque ocurre en otros, comunican, y eso es mucho decir.
Innovacin formal y proyeccin narrativa
A pesar de que la novela dominicana de los ltimos aos incorpo-
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ra gran parte de los recursos modernizantes de la narracin, hay an ciertos procedimientos tcnicos de la novelstica contempornea que no han enfocado la nuestra, con toda su riqueza expresiva y artstica, como la profundizacin en el punto de vista que toma en cuenta la interioridad del locutor para hurgar en el trasfondo de su siquis y en cuya plasmacin se advierte una ruptura de los mdulos sintcticos habituales, adquiriendo la nueva variante modular sintctica una fie-xibilidad porosa a las ms imperceptibles emanaciones de la conciencia. "A partir de esos autores se refiere el autor de la cita a James Joyce y Marcel Proust hoy por hoy, la visin del mundo del novelista gana una nueva dimensin en profundidad sicolgica, el lenguaje literario rompe sus cadenas sintcticas tradicionales para sumir una inusitada plasticidad que lo hace apto para transmitir al lector las ms sutiles modulaciones de los procesos que se suscitan en los ms profundos estratos de la siquis de los personajes" (Carlos Curiel, "La odisea de Ulises de Joyce", Suplemento Sabatino de El Caribe, 15 de noviembre de 1980, p. 15). Se trata de alcanzar las "modulaciones ms sutiles" de la pantalla de la conciencia de los propios personajes presentadas desde ellos, tal como operan en su mente, las imgenes y los recuerdos, las asociaciones y las impresiones. Es a eso a lo que Manuel Mora Serrano se refiere cuando habla de "La narracin polifnica" (Listn Diario, 3 de abril de 1981, p. 6), a esa multiplicacin de voces annimas que enriquecen el texto, la voz de los participantes, formas de hablar y de contar, fragmentos, mosaicos, rompecabezas, como en las novelas de Juan Rulfo o Jorge Amado o Alejo Car-pentier o Guimaraes Rosa o Augusto Roa Bastos.
Como la novelstica hispanoamericana ha tanteado formas apropiadas para la realidad latinoamericana, y ello mediante el camino de la experimentacin, a nosotros, que tenemos el reto que su obra conlleva, nos conviene proseguir la misma ruta dentro de la libertad creadora.
En el Coloquio de la Novela Dominicana celebrado en Moca en 1970 se subray que la misin del novelista dominicano actual es la de experimentar los nuevos recursos de la novelacin, y eso comenz a ponerse en prctica de inmediato, y la dcada del 70 prueba la validez de esa recomendacin, porque durante esa dcada la novela dominicana se ha enriquecido con valiosos textos que se inscriben dentro de la narrativa moderna.
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El monlogo interior es una de las formas apropiadas para captar las voces y el fluir del pensamiento. Persigue explorar "las capas ms profundas de la conciencia y no es sino el fluir inacabado, tormentoso, atropellado del lenguaje y el pensamiento, incontenible, en una serie incesante de palabras y frases incoherentes, apretadas, que quieren ser la manifestacin ms sincera y desganada de nuestras ideas, sentimientos, pasiones e intimidades" (Cf. Carlos Esteban Deive, Tendencias de la novela contempornea, Santo Domingo, Arquero, 1963, pp. 126, 7). Aade Deive que este procedimiento, inspirado en Freud e implantado por Joyce, comporta una "especie de conversacin con el propio yo" por lo que el narrador no tiene ms remedio que desaparecer. Ya es prctica usual en la narrativa mundial.
Ahora bien, las enseanzas de James Joyce o de Marcel Proust, de Gustave Flaubert o de Lawrence Durrell, de William Faulkner o Er-nest Hemingway, importantes creadores novelistas representativos de la vanguardia en lenguas extranjeras, nos han llegado mejor a travs de la tamizacin que han hecho los narradores latinoamericanos de las ltimas dcadas. De manera que aprovecharon no slo a los narradores europeos, sino a los norteamericanos que han hecho una novela significativa.
La aparicin del Boom produjo entre nosotros un despertar sacudimiento y apuro, conmocin y reto ante el asombro y la admiracin que suscitaron obras como Pedro Pramo o El siglo de las luces. La casa verde o Cien aos de soledad. Angustia saber que tenemos la misma historia, los mismos basamentos culturales, parecidos conflictos y problemas... y nuestro pas an no figura en el mapa de la nueva novelstica latinoamericana. Eso es una especie de trauma que nos desconcierta, y que nuestros narradores deben asumir como incitacin estimulante o como desafo ineludible.
Las novelas de la renovacin
Los novelistas latinoamericanos del Boom novelstico de la dcada de los '60 nos dan la clave para penetrar en la intimidad de los personajes, a partir de la posicin del narrador que toma en cuenta hasta suspiros y jadeos, como lo hace Juan Rulfo; para percibir la faceta mgica de nuestra realidadsociocultural, como lo hacen Alejo Carpn-tier o Gabriel Garca Mrquez; a elaborar escenas con desplazamien-
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tos tempoespaciales, al estilo de Mario Vargas Llosa o Juan Carlos Onetti; para profundizar en la pasin dramtica de los pesonajes, a la manera de Carlos Fuentes o Augusto Roa Bastos; para empalmar superposiciones de planos, a la manera de Jorge Amado; para enriquecer la expresin verbal que hace de la lengua un filn expresivo al servicio de la narracin, como lo vemos en Julio Cortzar o Ernesto Sbato; para volver los ojos al campo, como se aprecia en Pedro Pramo o en Cien aos de soledad, contando la realidad de nuestra tierra y de nuestra idiosincrasia, no slo con asombro sino con las nuevas tcnicas del novelar, y desde la perspectiva de su condicin de hombres de la ciudad que valorizan un mundo real maravilloso.
Nuestras mejores novelas, sin embargo, sufren de altibajos. Una novela como Escalera para E/ectra, de Ada Cartagena Portalatn, entre otros recursos, profundiza las superposiciones, las espaciales y las temporales; su novelar imbrica varias historias y diversas tcnicas; la experimentacin innovadora, en una novela como Escalera para E/ectra, est en el empleo de la tcnica del "collage": cartas, telegramas, monlogos, notas al margen y otros dispositivos que se alternan en el discurso narrativo. Ada Cartagena Portalatn comparte con Marcio Veloz Maggiolo el mrito de hollar la apertura renovadora en materia novelstica en Santo Domingo, porque si bien Marcio es el introductor, Ada aclimata definitivamente la tendencia experimental en la novelacin. Los valores narrativos de Escalera se ven, sin embargo, menguados por el deficiente uso del idioma de parte de la autora.
De Abril en adelante, de Veloz Maggiolo, practica la metanovela en un novelar que introduce la 'intranovela' o el proceso tcnicoes-critural de recursos y temas que maneja el novelista al momento de escribir una novela sin un aparente plan preconcebido; pero usa y abusa de casi todas las tcnicas modernizantes de la narracin.
El oro y la paz, de Bosch, la novela que mejor ausculta la vida en una zona rural latinoamericana, desde la selva boliviana donde se desarrolla, tiene el atractivo de combinar el suspenso dramtico con la tcnica del cuento, pero es muy directa en su mensaje, lo que le resta aliento esttico. Resalta la reflexin filosfica en esta novela.
Cuando amaban las tierras comuneras, de Pedro Mir, es la primera en practicar la tcnica 'especular', pero el atractivo de su estilo se tor-
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na cansn por la reiteracin de las mismas frmulas estilsticas. Su total despuntuacin ni le aade ni le quita mritos al pertinente procedimiento circular de su narracin.
La novela de Virgilio Daz Grulln, Los algarrobos tambin suean, aprovecha el silencio forzado de la guerrilla para introducirse al interior de sus criaturas. A pesar de la buena prosa del narrador, le falta aliento expresivo. Y la de Deive, Las devastaciones, cuyo experimento estilstico supone un enriquecimiento verbal para nuestra produccin narrativa, por el mbito culto del nivel lingstico elegido, resulta, precisamente por eso, una novela de difcil lectura para el lector dominicano comn. Aunque la mayora de sus recursos son tradicionales, es hasta ahora la ms lograda novela dominicana.
Goeza, de Mora Serrano, es la primera novela de importancia en cultivar el Realismo maravilloso desde la vertiente demuestra tradicin folklrica y nuestra mitologa insular, y practica, para nuestra narrativa, la novedosa estructura de la 'narracin escnica', peroen ocasiones cae en escenas poco verosmiles y con estilos de lengua que no se corresponden con los niveles socioculturales de los personajes.
Slo cenizas hallars, de Pedro Vergs, revela un tratamiento montono que se aligera con ciertos recursos popularizantes (canciones populares, melodrama). El discurso que reproduce el lenguaje ordinario de su escritura sociogrfica revela, sin embargo, a un diestro maestro de la crnica de un perodo histrico que el autor logra ensamblar. Como figuracin del ansia de cambios de una sociedad pe-queoburguesa, da testimonio de un desahogo colectivo. Constituye una valiosa radiografa epocal desde la perspectiva social de una domstica.
Mutanville,. de Rodrguez Fernndez, cuya tcnica experimental auna, a la ambientacin citadina (la capital dominicana), el relato policaco, repite, innecesariamente, recursos orillados en diversos pasajes narrativos. Y Lucinda Palmares, de Digenes Valdez, tiene la ventaja de organizar una historia atractiva para el lector medio, y est bien ambientada, pero da la impresin que el narrador emplea ciertas tcnicas modernizantes por emplearlas, vale decir, sin una necesidad narrativa. La perspectiva del enfoque es novedosa, centrada en la mujer campesina que, en busca de mejor destino, emigra a la gran ciudad.
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A pesar de su condicin ficticia, la narracin novelesca refleja la importancia social de una poca (Ban, La Maosa, Guazbara, Las devastaciones, Lucinda Palmares, Slo cenizas hallars, etc.), y sea tradicional o moderna se nutre de la realidad sociocultural. De ah la huella sociogrfica en el novelar.
El narrador escribe generalmente sobre hechos pasados, pero para lograr el tono novelstico adecuado precisa de ciertas vivencias temticas, en sus expresiones sociales, polticas, sociolgicas, antropolgicas, ideolgicas y culturales.
La novela moderna supera la limitacin de la novela tradicional en cuanto a que penetra ms hondamente en los estratos de la conciencia y en la intimidad de los personajes. Nuestra novelstica tradicional se centraba en nuestros conflictos polticos y descuidaba los sociales, que son determinantes en el genero novelstico. La novela moderna nacional super esa limitacin al abrirse a todas las vertientes temticas y a todas las tendencias narrativas con los ms novedosos recursos de la novelacin.
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NEGROS DE MENTIRA Y BLANCOS DE VERDAD
Federico Henrquez Gratereaux*
Hait es el otro lbulo de nuestra historia. En los ltimos 300 aos todo lo que ha ocurrido en la parte oeste de nuestra isla ha repercutido sobre la vida de los dominicanos. No hay ninguna duda de que el problema de Hait ha sido y es el centro de la sociologa poltica dominicana. Los historiadores y socilogos haitianos no tienen ningn empacho en reconocer esta verdad incuestionable. Price-Mars titula su famoso libro sobre la Repblica Dominicana y la Repblica de Hait: Diversos aspectos de un problema histrico, geogrfico y etnolgico.
A mi manera de ver, algunos de los artculos publicados con motivo de la reciente polmica sobre los haitianos indocumentados que viven en territorio dominicano, han sido parciales o insuficientes. En primer lugar, no se trata de un problema racial; se trata de un problema cultural. En el frica negra influida por los rabes es posible encontrar individuos negros puros que usan albornoz, hablan la lengua rabe, son mahometanos, fuman en narguille. Su cultura es enteramente rabe aunque su piel sea completamente negra. No es lo mismo el negro biolgico piel, morfologa, ngulo facial que el negro biogrfico lengua, historia, costumbres.
Las despoblaciones realizadas por el Gobernador espaol Oso-rio, en 1605 y 1606, dejaron la parte norte de nuestra isla a merced de los aventureros, filibusteros y bucaneros, que habitaban la Isla de la Tortuga. Los franceses normandos que poblaban esa isla empezaron a trasladarse a la parte noroeste de La Espaola y formaron una colonia francesa.
En esa colonia se fomentaron plantaciones atendidas por mano de obra esclava. Estos esclavos procedan de diferentes lugares de
* Periodista y ensayista dominicano. Miembro de Academia Dominicana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Espaola. Premio Nacional de Ensayo.
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frica: bantes, sudaneses, del Senegal, del Dahomey y no hablaban una lengua comn. Adoptaron como lengua franca el francs
normando que hablaban los propietarios de las plantaciones. Este francs normando es el origen del crele haitiano que hoy se habla all. Sobre este punto es interesante leer The Haitian People, el libro del socilogo norteamericano James Leyburn, quien da a conocer un trabajo filolgico, publicado por Yale University Press, acerca de las particularidades lingsticas del crele. En la Biblioteca Nacional se encuentran ejemplares de los libros de Jules Faine y Suzanne Sil-vain, quienes han hecho pormenorizado estudio de la gramtica crele, de su sintaxis y lexicografa. El crele haitiano no es un patois del francs, o sea, una corrupcin de una lengua superior. Es una lengua en desarrollo, histricamente anterior al francs moderno, que ya tiene poemas, proverbios, gramtica. Apunto todo esto para sealar que los haitianos constituyen un pueblo bilinge. En la Repblica Dominicana se habla una sola lengua: la lengua espaola. Y esta es la primera y bsica diferencia entre el negro dominicano y el negro haitiano.
La esclavitud en las plantaciones de la colonia del oeste fue tan intensa que los esclavos apenas sobrepasaban siete u ocho aos de vida til. Esa espantosa explotacin no permita que vivieran muchos aos. La consecuencia de esas muertes por agotamiento fue que los colonos franceses se vieron obligados a importar continuamente nuevos esclavos que sustituyeran a los cados. De modo que siempre eran nuevos, pues esa explotacin inmisericorde no permita que nacieran en Hait, que se criaran criollos nacidos en la nueva tierra. Cuando estall la revolucin haitiana la mayora de los lderes que la dirigieron haban nacido en frica. Ese es el caso de Biassou, Jean Francois, Dessalines. No es seguro que Bouckmann haya nacido en Jamaica, ni es seguro que Cristbal naciera en Saint Kitts. Toussaint fue el nico lder de la revolucin el ms viejo que con toda seguridad sabemos naci en Hait. Si los esclavos moran rpidamente, y siempre eran importados nuevos esclavos de frica, no es de extraar que mantuviesen siempre una vinculacin cultural con el frica de origen.
En el Santo Domingo espaol hubo plantaciones en los primeros aos de la colonia: pero el desarrollo econmico posterior es de la ganadera. En lugar de plantaciones hubo hatos. Los esclavos dominicanos no estuvieron sometidos al duro trabajo de cuadrillas que sa
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exige en las plantaciones. Es til recordar que tanto Toussaint como Bouckmann intentaron conseguir que en las plantaciones haitianas se suprimiera la pena de foete durante 3 das a la semana. Tres das sin foete se consideraba una importante conquista o mejora en las condiciones de trabajo.
En Santo Domingo los esclavos vivan ordeando y arreando vacas; por eso no moran con la facilidad que moran los esclavos haitianos. Y por eso no haba que importar nuevos esclavos "recin llegados" de frica. De este modo entre los negros esclavos de Santo Domingo se fue atenuando la vinculacin con el frica, y se oper un largo proceso de transculturacin en sentido hispnico. Plantaciones y hatos es otra diferencia fundamental en el desarrollo social de los dos pases. Lemonnier Delafosse, en Segunda Campaa de Santo Domingo, dice que los negros dominicanos de esa poca exclamaban orgullosos "yo soy blanco de la tierra", para indicar que haban nacido criollos y no en frica, y creo que este aspecto es tambin bsico para entender la diferencia cultural que separa a Hait de Santo Do-\ mingo.
Un poeta haitiano, Len Laleau, escribi un poema que dice:
Ese corazn obsesionante que no corresponde
a mi lengua, o a mis costumbres,
y sobre el que muerden, como un gancho,
sentimientos prestados y costumbres
de Europa... sienten ustedes este sufrimiento
y esta desesperacin sin paralelo,
de domear con palabras de Francia
este corazn que me vino del Senegal?
Esta dualidad o conflicto cultural no existe en el negro dominicano que se siente instalado, de modo unvoco, en su lengua materna, que es la lengua espaola. El primer cultivador de la poesa negroide en Santo Domingo es Manuel del Cabral, un poeta vivo, esto es, reciente. Y no se trata de una poesa que provenga de una corriente social autnoma y nacional como es el caso de Cuba sino de influencias belgas, espaolas y cubanas; quiero decir influencias extranjeras. La peosa negra dominicana est escrita por blancos, que en esos textos protestan por la infravaloracin social del negro.
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Santo Domingo no se independiz de Espaa, como casi todas las naciones de Amrica; se independiz de Hait. Y aqu hay otro aspecto importante de nuestra cultura no suficientemente subrayado. Las invasiones haitianas de 1801, 1805, 1822; despus la dominacin por 22 aos; los muy impopulares impuestos establecidos por Boyer
para pagar reparaciones a Francia y cobrables en Santo Domingo; luego diversas invasiones frustradas, fijaron el antihaitianismo en la conciencia nacional dominicana.
El antihaitianismo no es obra ideolgica de los grupos superiores dominantes como han dicho muchas personas; es algo que penetr hasta en el folklore nacional. A comienzos de este siglo se asustaba a los nios dicindoles: "Vete a acostar que ah viene el haitiano". Y el folklore, en resumidas cuentas, no es otra cosa que la cultura de los pobres. Los llamados "horrores de Dessalines" estn documentados nada menos que en el propio diario de campaa de Dessalines.
Toussaint no entendi nunca la razn por la cual los dominicanos negros no manifestaban tanto inters como los haitianos en la lucha por abolir la esclavitud. Tampoco lo entendi Dessalines. Price-Mars, el socilogo y etnlogo haitiano, nos acusa de bovarysmo, esto es, de creernos ser lo que no somos; unos negros que nos creemos blancos. Pens el Dr. Price-Mars que se trataba de una manifestacin hipcrita del pueblo dominicano. Es, en realidad, un problema de cultura. No somos blancos de verdad; somos negros de mentira; que son dos formas de decir lo mismo: piel negra y lengua espaola. La autopercepcin racial del dominicano sea blanco, mulato o negro lo revela poco menos que "desvinculado" culturalmente de frica y atado a la cultura hispnica, todo ello sin sombra de hipocresa. Lo cual quiere decir que el pleito actual entre "africanistas" e "hispanistas" est mal planteado desde la raz.
-II-
Durante gran parte del siglo pasado los dominicanos vivieron sobresaltados por el miedo a las invasiones haitianas. Este miedo era, al mismo tiempo, miedo militar, miedo econmico y "miedo demogrfico". Hait posea las armas de Leclerc, esto es, las armas de Napo-
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len, del imperio francs, las armas de la nacin ms poderosa de entonces. Es opinin aceptada que Hait era en aquella poca la colonia ms rica de Francia y tal vez del mundo. En 1790 Hait contaba una poblacin de 400,000 esclavos, 28,000 mulatos y 10,000 blancos. En cambio, Santo Domingo, segn un censo realizado poco despus de las emigraciones resultado del Tratado de Basilea de 1 /95, tena una poblacin de unas 73,000 almas. De este tratado, que nos ceda a Francia, dice Pedro Henrquez Urea que fue recibido: "con dolor de los naturales y llanto de poetas". Quiere decir que Hait tena mayor poblacin, reputacin de mayor riqueza y mejores armas que las de los dominicanos. Ante un enemigo tan poderoso es explicable que se mantuviera vivo un antihaitianismo militante entre los pobladores de la parte Este de la isla. Riqueza econmica, podero militar y poblacin numerosa, causaban miedo a unos vecinos pobres y dbiles.
Al ir desapareciendo esos tres factores de superioridad, es tambin explicable que haya menguado el antihaitianismo y que haya sido substituido por una especie de dolorido idealismo pro-haitiano.
Por qu se empobreci Hait?
El Presidente Petin comenz una reforma agraria la cual fue continuada por Boyer, su sucesor al frente del gobierno desde 1818. La plantacin haba sido considerada por Toussaint como la unidad econmica de produccin en Hait; pero a la vez las plantaciones fueron el smbolo de la esclavitud. Siguiendo las disposiciones de la reforma agraria de Petin se distribuyeron tierras entre la poblacin campesina y se dividieron algunas grandes propiedades. Se pas as del latifundio al minifundio. Los trabajadoras que formaban parte de esa unidad coherente de produccin que era la plantacin, llegaron a ser cultivadores libres de conucos de subsistencia. Esto quiere decir que se arruin la industria y Hait se convirti en una nacin de campesinos. Esa es una de las causas ms importantes del empobrecimiento de nuestros antiguos'ricos vecinos. Los comunistas haitianos de hoy llaman a este paso de su historia "el error revolucionario".
La tasa de natalidad en Hait es una tasa elevadsima, pero como la tasa de mortalidad tambin es elevadsima, la resultante final, que es la tasa de crecimiento de la poblacin, ha sido ms baja en Hait
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que en la Repblica Dominicana. Aunque a finales del Siglo XVIII Hait tena una poblacin de casi medio milln de habitantes, y Santo Domingo no llegaba a los 100,000, al ser nuestra tasa de crecimiento ms elevada, hemos casi alcanzado la poblacin de Hait. A pesar de que el crecimiento poblacional es una progresin geomtrice y de que Hait parti de una base mayor. Y ah tenemos cmo ha desaparecido el "miedo demogrfico" y el miedo econmico. En cuanto a las armas de Napolen, obtenidas tras la derrota de Leclerc armas entonces poderosas, el paso del tiempo las ha despojado de su importancia tcnica y militar. Aqu est la fuente de nuestro cambio de actitud frente a los haitianos; en lugar de "los peligrosos haitianos" de ayer tenemos hoy a "los pobres e indefensos haitianos".
Como es de todos sabido, a comienzos del siglo pasado desde 1807 Hait estuvo dividido en dos estados independientes; una repblica en el Sur dirigida por Petin: y un reino en el norte, cuya capital fue el Cabo Haitiano de hoy, dirigido por Cristbal, el clebre constructor de la Citadelle. A esa localidad se le llam primero El Guarico, despus Cabo Francs, ms adelante Cabo Henry y, finalmente, Cabo Haitiano, Al matarse Cristbal de un pistoletazo en el pecho, se aceler la unificacin de Hait en un solo Estado. Los sol-dos licenciados de Cristbal tambin recibieron tierras en la continua-
*
cin de la reforma agraria dirigida entonces por Boyer.
Todo esto ocurra en el ao 1820, dos aos antes de la invasin de Boyer a nuestro pas. No debe olvidarse que en 1815, a la cada de Napolen, se empez a hablar en Francia de una posible restauracin de los Borbones. En espaa los Borbones reinaban desde 1700, tras ascender al trono Felipe V. Los lderes haitianos teman que si se restauraba la monarqua en Francia, la presencia de Espaa en la parte Este de la isla podra ser peligrosa, pues eso significaba que habra Borbones en Pars y Borbones en Madrid.
La independencia proclamada por Nez de Cceres en 1821 dio oportunidad a los haitianos de invadir la parte Este de la isla sin provocar a los gobiernos europeos. Y las nuevas tierras ocupadas ofrecieron la ocasin de ampliar una reforma agraria para beneficiar a miles de antiguos soldados del viejo rgimen de Cristbal.
Tal vez estos datos histricos no sean del todo intiles para
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comprender el cambio de actitud mental de los historiadores contemporneos con respecto a nuestros viejos historiadores tradicionales. Estos ltimos eran todos antihaitianos, puesto que reciban como herencia sentimental una larga historia de luchas contra los franceses: Primero contra los "franceses blancos", antes y despus del Tratado de Aranjuez de 1777; y despus contra los "franceses negros", antes de ser liberados y tambin despus de su revolucin. Manuel Arturo Pea Batlle, nuestro gran historiador, naci en 1902.
La lengua es, entre todas las manifestaciones de la cultura de un pueblo, la ms abarcadura y de ms sutil influencia. El idioma es una psicologa colectiva que "nos hace" por dentro; la lengua es la matriz fundamental de nuestra cosmovisin o manera de ver el mundo. Los modos econmicos de produccin y las guerras tambin dejan sus huellas como "formas de vida" o cicatrices existenciales.
Es claro que existen influencias africanas en nuestra cultura en
la msica, en la comida, en la religin pero todas ellas estn incorporadas a un torso cultural bsico que es hispnico.
Con seguridad los dominicanos no somos "blancos de verdad", pero podramos ser "negros de mentira". Muchas naciones de Amrica sienten su cultura "como problema". En el Cuzco, algunos peruanos de hoy contemplan las construcciones incaicas como algo ajeno nos dicen que fortalezas y calles incaicas fueron hechas por ellos, y miran las iglesias y los edificios de la municipalidad tambin como ajenos, construidos por ellos los espaoles. Y esos peruanos no saben a que carta quedarse, a qu cultura adscribirse de todo corazn. Hijos del imperio incaico o hijos de la colonizacin espaola?. No aciertan a encontrar su identidad antropolgica.
El Santo Domingo espaol es plenamente una poblacin de mulatos desde mediados del Siglo XVII; desde esa fecha la corona espaola tuvo que aceptar que los mulatos tuviesen cargos pblicos. Eso contribuy mucho entre nosotros a la atenuacin de los prejuicios raciales. En Cuba, el gobierno colonial espaol traz una poltica racista que no pudo mantener en Santo Domingo. De todos los pases birraciales de las Antillas, Santo Domingo es el que conserva
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menos prejuicios raciales. Jamaica, Martinica, Cuba, no pueden compararse con Santo Domingo. Hait, como es bien sabido, ha sufrido varias guerras raciales entre negros y mulatos.
Tiene razn Juan Bosch cuando dice que Santo Domingo nunca ha tenido una guerra social. Podemos aadir que tampoco nunca ha tenido una guerra racial. Los socilogos e historiadores, desde luego, no nos explican porqu no han ocurrido ninguna de las dos cosas.
Sin embargo, estos asuntos culturales e histricos son tan slo el marco dentro del cual podemos abordar los ms peliagudos y recientes problemas econmicos y polticos que existen entre la Repblica Dominicana y la Repblica de Hait.
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LA POESA SORPRENDIDA: 45 AOS DESPUS Bienvenida Polanco*
"Todo haba sido sometido al control y a la maquinaria socioeconmica y poltica del Generalsimo Trujillo. No era fcil ni resistir, ni negarse. Hacerlo poda conllevar el riesgo fsico. Como en todo sistema de control total o casi total, el margen para una oposicin que deba ser siempre extremadamente cautelosa y no pocas veces disimuladaera bastante reducido. Quedaban algunos leves resquicios en algunos medios de comunicacin colectiva, donde la posible oposicin tena que ser un tanto alegrica y recurrir a smbolos o a una escritura entrelineada.
"(...) Para terminar de cerrar, con llave maestra, esta tctica del control de los elementos culturales, aparecieron, un da, los Cuadernos Dominicanos de Cultura que anunciaron la centralizacin de la cultura.
"Qu hacer frente a la accin de Cuadernos Dominicanos de Cultura que se presentaban excluyentes de un grupo de valores que algunos muy jvenes luchaban an por resistir?
"Fue entonces que nos reunimos cinco para oponer una posicin abierta al mundo, a la creacin ms libre y con la ms amplia apertura hacia los ms jvenes, hacia los escritores de las nuevas promociones. Convinimos algunos puntos programticos que nos parecieron esencia/es para orientar nuestra accin creadora futura (...).
"Aquellos cinco que nos habamos reunido para proclamar esta Poesa con el Hombre Universal y fundar La Poesa
*Profesora de Literatura de la Potificia Universidad Catlica Madre y Maestra, Directora del Departamento de Publicaciones.
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Sorprendida, ramos jvenes. Mariano Lebrn Savin y Freddy Gatn Arce acababan de cruzar la veintena Mariano tena 21 aos y Freddy 23 El mayor de entre nosotros, acababa de cruzar los 35 aos Franklin Mieses Burgos. Eugenio Fernndez GranelI tena 30 aos y yo 29. Nos unificaban: la bsqueda, la inconformidad, y la aspiracin de un mejor destino para el hombre de nuestro tiempo y para la poesa de nuestros aos"1.
Alberto Baeza Flores
En octubre de 1943 se public el primero de los cuadernos de la Poesa Sorprendida, cuya edicin continuada durante varios aos habra de marcar un perodo especial en la historia de nuestra literatura. La consigna fue: Poesa con el Hombre Universal. Compromiso, vocacin y talento profundos implicaba y exiga el nuevo derrotero de la poesa dominicana. Talento, sobre todo. Como afirmara un gran escritor nuestro, la caracterstica ms relevante en el significado de la Poesa Sorprendida estriba en que sus principales figuras trascendieron el marco temporal del grupo, manteniendo posteriormente, el li-derazgo y calidad poticos con que descollaron en l.
Al conmemorarse el cuarenta y cinco aniversario del primer ejemplar de su Revista, tres de los Sorprendidos, dos de ellos iniciadores, comentan, opinan, revelan en torno de la realidad potica dominicana pasada y actual. Llama la atencin especialmente la manera particular con que cada uno enfoca el surgimiento de la Poesa Sorprendida de acuerdo a diferentes perspectivas y puntos de vista. El testimonio de los Sorprendidos, siempre valioso no importa cuntos aos hayan pasado por sus Cuadernos sirve de gua y estmulo a reflexiones sobre la literatura nacional en general. En este sentido, las prximas lneas no hacen ms que evidenciar la abundancia de aspectos aun por estudiar, en torno a la Poesa Sorprendida.
La parte final de este artculo reproduce la primera colaboracin de Franklin Mieses Burgos aparecida en el cuaderno No. 1, ei poema "Yo estoy Muerto con ENa" que forma parte de su libro Sin Mundo ya y Herido por el Cielo entonces indito; y el ensayo "Arte, Artistas y Contables", primer escrito, a su vez, de Eugenio Fernndez Granell, correspondiente al ejemplar No. III de diciembre 1943.
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Sorprendidos, hoy.
Lebrn Savin, Gatn Arce, Manuel Rueda.
1. Mariano Lebrn Savin
P.: Hace cuarenta y cinco aos aparecieron los primeros cuadernos de la Poesa Sorprendida. Cules fueron los principales antecedentes inmediatos de esta primera manifestacin?
R.: Todo empez con las llamadas "Conferencias a dos voces". Me refiero a los dilogos poticos que iniciamos Alberto Baeza Flores y yo como una novedad en el ambiente literario de la poca. El primero correspondi a una invitacin de la Sociedad Alfa y Omega en abril de 1943 y se llam "Poesa en la noche"... Baeza Flores, recin llegaba al pas procedente de Cuba y su inmenso entusiasmo por la cultura dominicana encajaba en nuestro ambiente cultural, para entonces en plena efervescencia debido principalmente a la entonces reciente publicacin de obras tan mportantescomo Poemas ote Una Sola Angustia, de Inchustegui Cabral, y la Antologa Potica Dominicana, de Contn Aybar, ambas verdaderas revoluciones dentro del contexto polticosocial que se viva. Luego surgen los Trilogos; tres capturando la poesa en su nacer, atrapndola en el aire: Baeza Flores, Moreno Jimenes y Lebrn Savin (en este punto de nuestra conversacin Lebrn Savin se inclina y recogiendo de la mesa su libro Historia de la Cultura Dominicana, Tomo IV, lee para m en la pgina 124):
"Una noche de julio de 1943, en la Embajada de Chile, Moreno Jimenes, con un vaso de rojo licor, del cual no puraba ningn sorbo... hablaba... hablaba... Tena dos oyentes amables: el uno era Baeza Flores, el otro, Lebrn Savin. Una pared enrejada, de pulida caoba, los separaba del resto silente de la casa.
"Era la medianoche y la hora se insinuaba en el latir persistente del reloj.
'Estoy haciendo poesa a expensas de todo lo que me rodea' dijo Moreno Jimenes.
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"Y, entonces, los otros empezaron a arrojarle palabras que el poeta tiraba en un cuerno henchido de poesas:
"Delirio: Te evocaron y yo me vi entre los infiernos de dos sbanas calientes y un vagido de nio que quera subir y slo osaba desgarrarse los dedos. Pasin: Los libros colocados horizontal mente sufren; la verticalidad es de las palabras escritas. El sueo: llegaste al fin y pu-sis te en la comisura de mis labios el eco de una cancin de infancia (...) Despus de esto como el da anterior salieron a la calle dialogando y poetizando. (12) Desde entonces se juntaron todas las noches, noches poticas de esencias divinales y eternas(...)".2
P.: Cul fue el aporte de los Trilogos?
R.: Fueron muy novedosos. De los Trilogos surgen los talleres poticos, tan importantes para el necesario desarrollo de la poesa dominicana posterior. La publicacin de sus cuadernos hablaba de "Ediciones La Poesa Sorprendida", y se publicaron adems el opsculo Infinititstica y Cosmohombre, de 1944. En realidad los Trilogos fueron, como he afirmado antes una "amable y estremeciente experiencia"; ms que nada su mrito descans en el avasallante fervor potico de sus integrantes y en la efusividad con que cristaliz su labor, aunque breve. Posteriormente los originales escritos de los Trilogos se lean en la casa de Franklin Mieses Burgos en veladas a las que asistan poetas valiosos como Gatn Arce, Ada Cartagena,
entonces muy jvenes, Rafael Amrico Henrquez, Manuel Ilaes, el gallego Fernndez Granell, Manuel Valerio. Se gestaba as la Poesa
Sorprendida; s, su primer nmero sali en octubre de 1943...
P.: Qu reaccin suscit en el pblico lector el surgimiento de Los Sorprendidos?
R.: Gran curiosidad. Encontraban sobre todo lo novedoso. Prcticamente era la primera vez que la gente lea y oa surrealismo. La crtica, de Contn Aybar, por ejemplo, era buena, favorable, pero la burla en general se haca evidente. Sencillamente no entendan. En aquella poca la poesa dominicana estaba an impregnada de estilos como el de Daz Ordez, Garrido, Favio Fiallo, es decir, poesa en-tendible. Los movimientos culturales universales entraban rezagados
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y tardamente a nuestro pas y cuando grandes poetas de Latinoamrica como Neruda y Huidobro descollaban en la ms avanzada vanguardia literaria lo que predominaba aqu era una poesa neomoder-nista. De aqu que a Moreno Jimnez se le quisiera llamar loco. Precisamente y tambin a este respecto el Postumismo qued en l, y muri con l, sin escuela, sin actitudes escandalosas, como las haba tenido el Dadasmo, por ejemplo. La publicacin de una revista fue entonces la motivacin central, una publicacin exenta de tendencias determinadas, universalista.
considera a la Poesa Sorprendida como todos los grandes fenmenos estticos de la Historia, un rompimiento, una reaccin y aqu radica en cierta forma su trascendencia y actualidad, cules fueron las implicaciones reales de ese rompimiento y hasta qu punto tuvieron stas una participacin poltica?
R.: La Poesa Sorprendida fue algo ms que mera poesa, era un quehacer diario, de intensa labor exigente, un grupo exclusivo en su tiempo dentro del cual era necesario adoptar y seguir una actitud propia, personal. No fue escuela, pues cada quien posea su estilo y lo> conserv. Naturalmente eran tiempos difciles para el arte nacional, todos los sorprendidos ramos decididamente poetas de deas avanzadas, an as no hubo conspiracin ni movimiento alguno en contra de la tirana dentro del grupo, tampoco hubo represin de parte del rgimen en contra de nuestra actividad; pero ninguno de nosotros, a excepcin de Baeza Flores que a la sazn era agregado cultural de la Embajada de Chile tena cargos pblicos y hacamos y organizbamos actividades que habran podido muy bien tildarse de conspirati-vas, verdaderas concentraciones en lugares abiertos, tales como estudios de Whitman en el parque Enriquillo o lecturas nocturnas de Becker en pleno cementerio municipal. Se produjeron reuniones, poe-mas, atrevidos por dems, que pudieron suscitar la represin por parte del gobierno; algunos de Mieses Burgos son buenas pruebas de ello. Por otro lado en ninguno de los cuadernos de la Poesa Sorprendida aparece un soloelogioal tirano. Personalmente creo que Trujillo aprovechaba de manera zorril la resonancia internacional de la Poesa Sorprendida revolucionaria por dems para proyectar una imagen de libertad que no exista.
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P.: La preferente inclinacin por los surrealistas en los sorprendidos ha sido tema muy debatido aunque al parecer no lo suficiente. Usted por ejemplo traduce de forma repetida a Supervielle, Forneret, a Desnos y particularmente a Eluard, qu piensa al respecto?
R.: El sentido esencial de la Poesa Sorprendida fue ecumnico. Universalismo y rigor eran sus normas, se deba escribir, no para el momento en que se vive sino para la eternidad, como lo haban hecho los grandes genios aun' cuando se trataran temas locales. En realidad el gusto por el surrealismo no fue tal preferencia, todo el grupo tuvo pasin por Rilke por ejemplo y las preferencias eran ms bien individuales, como la de Gatn Arce por los ingleses y particularmente yo he credo siempre que Ibsen y Tolstoi son los grandes genios de la literatura del siglo XX, en cambio otros, como Goethe, no me llamaron nunca la atencin.
P.: En abril de 1944 la Poesa Sorprendida publica una seleccin de poemas suyos juveniles: Sonmbulo sin sueo. Para esa poca cules autores le influyen? Algunos de sus crticos mencionan a Al-berti, Juan Ramn Jimnez, Garca Lorca...
R.: Yo me inici en la literatura tocado muy de cerca por Juan Ramn Jimnez, Machado y Bcker. Los poetas del siglo de oro espaol tambin me fueron muy cercanos, pues mi padre era de Andaluca y lgicamente nuestra biblioteca se mantena henchida de los ms grandes autores espaoles. Posteriormente me apasion por otras culturas, como la medieval y me influy en una poca la literatura oriental que estudi por largo tiempo. Pero pienso que esencialmente los clsicos grecolatinos ejercieron mayor influjo sobre mi formacin y
produccin, al punto que desde muy temprana edad escriba numerosos ensayos sobre ellos.
P.: Hoy da las condiciones de vida de un poeta son infinitamente diferentes a las de 1943, cul es su opinin respecto a la poesa dominicana actual?
R.: Siempre se hace buena poesa en todos los tiempos si hay talento y vocacin. En la actualidad el pas cuenta con un buen nmero de escritores autnticos que hacen muy bien su labor y proba-
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blemente los dominicanos estamos entre los que utilizamos con mayor correccin el idioma. Creo que en contra de lo que se dice se est leyendo mucho y con verdadera aficin, con verdadera vocacin literaria y el nmero de jvenes cultos es considerable hoy da. Existe sin embargo un aspecto desfavorable a este ambiente y es la tendencia al aparcelamiento que puede llevar a estimular y exaltar la mediocridad. Aunque este fenmeno ha existido siempre es ahora cuando puede producir ms dao. Guardando las proporciones, hoy da hay ms intelectuales que antes y es evidente que ciertas condiciones favorecen este hecho como por ejemplo el acceso fcil a libros de todo tipo, lo que no ocurra antes. Otro rasgo favorecedor es la abundante publicacin de libros. Actualmente se editan libros como nunca antes, no hay mes en que no se pongan a circular diez o doce y una gran parte de gran calidad.
2. Freddy Gatn Arce
En su Borrador para una conversacin seala Gatn Arce:
"Una tarde de septiembre de 1943 llegaron a mi casa Mariano Lebrn Savin y Alberto Baeza Flores. Al primero lo conoca, al segundo no. Ellos me pidieron que les mostrara mis escritos inditos, pues haban ledo un cuento mo que apareci para esas fechas en la revista "Ahora", entonces bajo la direccin de Aman ti na Bez viuda Prez, y ese relato los encamin a mi hogar. Esa primanoche mis narraciones cortas, muy cortas, fueron bautizadas con el nombre de 'bio-brevis' por Mariano y, unas horas ms tarde, se acordaba entre ellos, Franklin Mieses Burgos, Eugenio Fernndez GranelI y yo la fundacin de 'La Poesa Sorprendida'. Con slo un cuanto pisaba yo el terreno literario en que a partir de ese da me cimento gozoso.
"Circul el primer nmero de la revista, y de inmediato surgieron las reacciones favorables, recelosas y amargas; se censuraba que al lado de autores ya aceptados por los corrillos hubiera 'un don nadie' ignorado por los crculos artsticos consagra dores. Franklin enfrent las crticas con nobleza urgindome para que escribiera poemas en prosa, con el resultado de que, en una semana ms o menos, puse en sus manos 'Muerte en blanco'. Por otro lado, Baeza comentaba y aco-
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gia algunos Biobrevis en su columna diaria del desaparecido vespertino 'La opinin'. Los dos me dispensaron confianza, y en enero de 1944, cuando los irnicos censores gratuitos escudriaron 'Muerte en blanco', dejaron de 'comerme vivo'. Yo ya tena escrito 'VIa', el texto de escritura automtica que se edit en abril de ese ao y que parcialmente habra de marcar mi derrotero en el campo de la poesa .
P.: Hablemos un poco de la integracin entre los poetas sorprendidos, fue fcil o difcil la convivencia?-
R.: Entre los sorprendidos hubo ms bien una coordinacin pues en el fondo todos ramos muy diferentes. Franklin Mieses Burgos, por ejemplo, era muy reposado y tremendamente ingenioso. Todas las cosas las traduca a ancdotas, an el problema ms grave. Baeza Flores era otro impulsivo, peroen una cosa superaba a Mieses: en que era ms desbordado en sus gestos, en sus frases. Rafael Amrico Hen-rquez Puchungo, como le decamos era muy reflexivo y rebuscador de cosas, con una mente tan clara y de una retentiva tan firme que le permita dictar de un solo tirn un bloque de deas completo, como en el caso de su poema en prosa Rosa de tierra. De l deca Manuel Manes que tena un grabador que cuando quera borraba las palabras para sustituirlas a su antojo dndose en la cabeza para "re-sacarlas". A este ltimo le decamos el Buda, siempre transportado. Era tan humorista que de momento se acercaba a cualquiera de nosotros para requerir: "tienesun verso por ah que te sobre y que yo pueda usar en mi prximo poema?" Manuel Valerio era muy ensimismado y de una gran vida interior, opuesto a Fernndez Spencer que cuando joven y an sigue sindolo era no slo impulsivo sino tambin gran provocador de debates, muchas veces por el simple hecho de discutir. No sorprenda a nadie que despus de haber defendido un punto de vista determinado ripostara a su opositor: "ahora yovoy a defender lo que dices para que t defiendas lo que he dicho yo". Manuel Rueda estuvo ligado siempre al mundo de la msica, y ese hecho marc su participacin, valiosa por dems. Ramrez Pereyra era muy lacnico, pero firme y vehemente tanto en su poesa como en sus concepciones ideolgicas. Alrededor del grupo directivo de la Poesa Sorprendida se movan varios poetas, algunos de mucho valor. Lzaro Manuel Monteagudo era uno de ellos... Era relojero y su afn eterno consista en entrar al grupo a como diera lugar...
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En cuanto a la actitud poltica del grupo, nunca fue abiertamente opuesta al rgimen pero s de marcada indiferencia. Se exaltaba, las posturas de los movimientos opuestos al fascismo y a favor de sistemas determinados, tales como la Repblica espaola. Tenamos deas polticas pero cada uno mantena su personalidad propia, con una, digamos, atmsfera comn. De nada valen las especulaciones que se emitan al cabo de los aos al respecto, lo importante es que cada autor que dirigiera o colaborara estrechamente con la Poesa Sorprendida haya seguido, una vez desaparecida la tirana, la conducta que real y efectivamente indican la moral y el humanismo, esto es, que cada quien tiene su propio destino como hombre y como autor una vez libre de hacer lo que le dicten su pensamiento y su pasin.
P.: Ha existido siempre una tendencia a considerar a la Poesa Sorprendida como un grupo hermtico, cerrado, cul es su opinin respecto a esa apreciacin? Fue as realmente?
R.: No, era muy abierto. Hay que determinar, sin embargo, que era un grupo sumamente selectivo por lo exigente. Pero si de algo estbamos exentos era del acarreo de unos a otros. Eso lo primero, y despus lo que interesaba eran las publicaciones. Eclcticos, agrupbamos lo mejor al punto que desde los primeros nmeros se hacen presentes los tres grandes de la poesa de la poca, es decir. Guillen, Salinas y Juan Ramn Jimnez. Una muestra de ello fue que nuestro gran Amrico Lugo decidiera publicar sus deas en los cuadernos de la Poesa Sorprendida. "Es algo diferente", deca. De aqu la importancia de que esas publicaciones sean bien conocidas por los poetas ms jvenes, con el fin de que puedan superarlas y no mal imitarlas como hacen, equivocadamente, muchos.
P.: El centro de accin de la Poesa Sorprendida fue la casa de Franklin Mieses Burgos e implcitamente se le considera a ste la cabeza del grupo. Se comportaba el poeta como tal? Lo perciban todos los sorprendidos de esa manera?
R.: De hecho no hubo capitn. Eso se lo inventaron otros para provocar enfrentamientos internos. Es una cuestin real que en la casa de Mieses Burgos estaba el asiento de la Poesa mas l nunca actu como jefe. Su propia personalidad lo haca agradable y agradable cual-
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quier momento que pasbamos con l. Era una persona excepcional, anecdtico hasta el extremo y muy razonable. Yo entonces era muy joven, desconocido y el ms joven y l ya un poeta consumado con un nombre hecho. Recuerdo que cuando la coleccin Pensamiento Dominicano, dirigida por Julio Postigo, le propuso publicar una antologa4 de su obra, Franklin me eligi a m para que la presentara y reuniera, pudiendo haber elegido a alguien de renombre y ms maduro. El era, claro, el ms brillante pero dentro del grupo todos ramos iguales principalmente debido a la compenetracin de propsitos comunes. Es una imagen falsa de Franklin esa exagerada visin de su labor dirigencial que resulta un tanto mezquina, pues su elevacin espiritual era demasiado grande y su dimensin humana rebosaba esas pequeneces de pura vanidad. En son de broma nos sola decir: "soy el poeta ms grande del mundo y dispongo de un pulmn celeste para recitar mis versos".
P.: Qu hace usted actualmente? Sigue produciendo poesa?
R.: Ahora slo leo. Con la publicacin de Era como Entonces cierro un ciclo potico que abarca mis inicios en 1943. Pronto iniciar otro. Ser cuando "cargue de nuevo mis bateras".
P.: Qu es la Poesa?
R.: La esencia de la creacin potica es una manera nueva de hacer ancdotas, sntesis de pensamiento y pasin,y desde luego lo que nunca se propuso uno decir y que sin embargo otros comprenden... inexplicable por tanto.
P.: Qu opina sobre la joven poesa dominicana?
R.: Creo que Jos Enrique Garca con El Fabulador, como Cayo Espinal en Banquetes de Afliccin y Juan Carlos Miesesen su ltimo libro ganador del premio Siboney son los ms valiosos representantes de la joven poesa dominicana5. Muchos repiten cosas que han sido dichas hace hasta dcadas atrs con mayor eficacia. Lo que ocurre es que la mayora de los jvenes escritores son tribales, sectarizados y radicalizados. Entre stos se encuentran las poetisas que escriben al parecer para que se las entienda. Nos se replantean problemtica alguna del lenguaje, por tanto no piensan, pues crear es pensar. Es que
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la poesa tiene que ser reflexiva y lo contrario es vulgaridad; y si eso es hoy me pregunto qu ser con el correr de los aos. Si se desea que lo que se dice sea entendido por cualquier persona, para ello est el periodismo informativo. Este s debe estar de acuerdo con el uso comn, Y aun dentro de aqul hay algo que se llama imaginacin y que debe ser aplicada. Es decir, si se posee. Lamentablemente hoy da existe una propensin exagerada hacia la publicidad que elimina la diferenciacin entre el difusor de cultura y el creador de ella. El creador debe trabajar sin tener en cuenta al pblico, identificado slo y plenamente con su obra, mientras que el difusor de cultura es quien tiene ms en cuenta a aqul.
3. Manuel Rueda
P.: "Estamos por una poesa nacional nutrida en lo universal". Siendo sta la consigna de los sorprendidos lograron a cabalidad ese anhelado rasgo ecumnico?
R.: El lema era un ideal... La Poesa Sorprendida lanz una propuesta que atae a toda nuestra poesa, a la de entonces, a la actual, y a la que vendr posteriormente; tena que ver con la poesa en general y era deseable para toda la poesa dominicana no slo la Sorprendida. Naturalmente esto provoc reaccin pues se trataba de una posicin contraria a lo que se produca, es decir, en contra de un degenerado criollismo pos tu mista y de un modernismo trasnochado a lo Rubn Daro. La Poesa Sorprendida trajo una literatura fresca, diferente, a nuestro pas y nuevos y grandes poetas europeos y de Amrica se trasladaron a travs de su obra enriqueciendo nuestras letras. El gran aporte de los sorprendidos consisti en su planteamiento universalista con races criollas, basado en el respeto a las individualidades de cada pas sin adherencias a lo perifrico y s a lo esencial propio de lo universal. Todos los integrantes van a tener en cuenta este rasgo y asimismo los colaboradores. Juan Ramn Jimnez, por ejemplo, canta a Espaa pero con un ropaje universal y no es coincidencia su presencia desde los primeros cuadernos.
P.:# En opinin de muchos, la Poesa Sorprendida fue un grupo hermtico y exclusivista, qu tanto hay de verdad en esta afirmacin?
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R.: La publicacin de los Cuadernos era en realidad una lucha secreta contra la tirana. No estaba subvencionada por el gobierno y era la nica edicin no oficial de su especie, pues en ese tiempo exista Cuadernos Dominicanos de Cultura, que dirigan Inchustegui Ca-bral, Contn Aybar, y Tolentino. Determinados rasgos de los integrantes establecan en cierta forma la relacin con el rgimen de Tru-jillo. Franklin Mieses Burgos por ejemplo nunca fue empleado del gobierno; Puchungo tena sus razones para ser enemigo de Trujillo, aunque claro, lo era de manera disimulada; Manuel Valerio estuvo preso y la tirana mat a su padre, qu significa esto?, pues una revista no oficial cuyos dirigentes eran gente revolucionaria. Este solo hecho implicaba una reaccin contra la dictadura y fueron muchas y variadas las formas de rebelin. El trmino camarada que usa Mieses Burgos en Clima de Eternidad constitua un desafo. Respecto al hermetismo, s, era exclusivo; las colaboraciones eran solicitadas especficamente...
P.: La crtica, ha estudiado en su justa dimensin el alcance de la Poesa Sorprendida?
R.: La Poesa Sorprendida amerita un anlisis valiente. Hay varios aspectos suyos que de hecho resulta necesario poner en claro, entre ellos cundo ocurre su clausura pues realmente Franklin Mieses cierra el grupo cuando ya se haba ido Lebrn Savin y antes Baeza Flores; las posteriores bifurcaciones de los Cuadernos; El verdadero aporte a la literatura nacional de las colaboraciones exclusivas de grandes autores extranjeros y la influencia de la Poesa Sorprendida en poetas que no pertenecan a ella. A este respecto hay muchos ejemplos como el caso de Andrs Avelino que abandona el Postumismo y encauza su estilo primero hacia una poesa matemtica desembocando en una produccin si no digamos surrealista s totalmente abstracta, colindante perfectamente con la Poesa Sorprendida. No, no ha sido estudiada, nadie la ha criticado en todo su alcance, en sus detalles, desprendimientos, en su verdadera significacin, como testimonio socio poltico, como cuadernos, como aporte individual de sus autores y lo que ha hecho cada uno, pues aqu radica su importancia: Es el nico grupo cuyos integrantes han sobrevivido cada uno por su lado, independientemente, siendo verdaderos poetas de vocacin sin abandonar la poesa nunca.
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P.: Qu es la poesa?
R.: La poesa es todo, ideal y vida, vida del espritu y vida del cuerpo; es social, es material, es concreta, indefinible. Donde hay una manifestacin de vida vuelta problema, hay poesa; es la felicidad despus de la crisis...
P.: Cules obras considera usted que reflejan con mayor fidelidad los rasgos esenciales de la Poesa Sorprendida?
R.: VIa, de Freddy Gatn Arce, es uno de los textos bsicos de la vertiente surrealista y es adems uno de los bsicos de toda la literatura dominicana. Tambin Clima de Eternidad, y especialmente Sin Mundo Ya y Herido por el Cielo, por su simbolismo metafsico
de gran profundidad; y Rosa de Tierra, de Rafael Amrico Henrquez. Otros textos revisten importancia particular, entre ellos muchos de Fernndez Spencer, y El Hombre Verde, que es el primer relato publicado por la Poesa Sorprendida. Tambin son importantes los cuadernos que contienen primicias valiosas de autores extranjeros en especial el del Tercer Cntico de Guillen, y Rquiem por los Muertos de Europa, de Walter Palm.
ARTE, ARTISTAS Y CONTABLES6
"El arte es arcaico o moderno slo en relacin con la vida efmera del hombre. En su abstraccin en su ntima esencia el arte no es de sta ni de aquella poca, sino de siempre. Lo que el arte tiene de inmortal es que para l no cuentan ni el reloj de arena de Saturno ni el extraplano troquelado en la mejor fbrica suiza. (El arte es lo nico que ni los bussines men han logrado sujetar a la tirana del reloj).
"La mejor realizacin del llamado arte realista es es horrible invencin, creo que inglesa (especialmente horribles suelen ser las invenciones inglesas) del "puzzle" El castillo de los Tudor reflejado en un ro, por ejemplo, entre espeso boscaje y nubarrones de pus, queda completo slo en paciencia. El arte realista se simboliza en el "puzzle"mejor que en nada ms. Consiste precisamente en eso: en colocar al lado de
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un trocito de verdad convencional otro pedacito de verdad igualmente convencional.
"As resulta el todo parcial de la escena convenida. 'Todo parcial", porque lo real sera el todo total, es decir, un sueo; es decir, una irrealidad. Como el todo total es imposible el arte realista se contenta con la descuartizadn de la naturaleza mediante la superchera de su reproduccin disminuida y fragmentada. El arte realista sera valiente si esa descuartiza-cin la realizase en realidad.
"El artista suea, no echa cuentas.
"El artista inventa, no calcula.
"El artista abre su camino lanzndose como una flecha y cierra su rbita arremetiendo con el mpetu de un bisonte sideral.
"Mixtificador vestido de realista, de moralista, de socilogo, o de lo que quiera es quien comienza arremetiendo como un toro para quedar exhausto en su viaje y cansino como un buey.
"No es misin de la msica reproducir en la orquesta los sonidos confusos y atrabiliarios que pueblan el cotidiano vivir. Esos sonidos ya estn producidos sin necesidad de orquestas. Por eso reproducir la naturaleza sean pinos o narices no puede ser tampoco misin de pintura, tan arte como la msica. Igual men te que aquel la, s ta tiene p or obje to la in vencin (...)
Eugenio Fernndez Graneil
YO ESTOY MUERTO CON ELLA1
Yo estoy muerto con ella
sin ru muros o llanto de azucenas,
desde un pecho que es tingue sus ardientes cenizas,
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desde la misma rosa de hielo en que ella habita,
desde la misma niebla donde sus ojos miran la soledad del mundo,
desde todas las cosas
inevitablemente yo estoy muerto con ella.
No valen los clarines que golpean desde el fondo terrible de los sueos;
no valen los clarines con el eterno y duro gemir de sus cristales
de amor resquebrajados;
no vale nada ahora desde que ella se ha ido:
ni el musgo que nos brinda su refugio tranquilo,
ni la amarilla voz de los otoos,
ni la piedra ni el nardo, ni la arcilla madura
donde moldea el silencio su recndita estatua:
no vale nada ahora desde que ella se ha ido.
A la orilla del Han to ser en o de la n oche; a la orilla del llanto donde caen las estrellas, no s desde qu sombra, yo escucho sus campanas, palabras que se han ido de amor entre las gentes.
Yo estoy muerto, con ella
inevitablemente desde todas las cosas que ignoran su presencia:
el mar, la tierra, el vi en to.
La brisa ms pequea que est lejos de ella.
La que no haya podido colgar su primavera
furiosa de sonrisas o de besos
sobre el mrmol sonoro que le cubre la frente,
el traje que no tiene,
los ojos con que mira,
o esas lluviosas manos donde vienen
a reposar en ella los astros sonrientes.
Yo estoy muerto con ella
inevitablemente desde donde su pena estremecida grita, donde un ro como ella pasa callando siempre .
Franklin Mieses Burgos
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NOTAS
1. De La Poesa Dominicana en el Siglo XX, Tomo II, Ed. Universidad Catlica Madre y Maestra, 1977.
2. Lebrn Savin, Mariano. Historia de la Cultura Dominicana. IV Tomo. Ed. UNPHU, 1982.
3. Tomado de "Borrador para una Conversacin", del libro Cantos Comunes, del entrevistado. Pg. 117. Ed. Taller, 1983.
4. Gatn Arce, Freddy. Antologa de Franklin Mieses Burgos. Coleccin Pensamiento Dominicano, Vol. 7. 1952.
5. Jos Enrique Garca y Cayo Claudio Espinal son profesionales egresados de la Pontificia Universidad Catlica Madre y Maestra. El libro de Juan Carlos Mieses a que se refiere el entrevistado se titula Flagellum Dei.
6. Revista La Poesa Sorprendida. No. III. Diciembre de 1943.
7. Revista La Poesa Sorprendida. No. 1. Octubre de 1943.
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FLUJO MIGRATORIO DEL CARIBE A LOS ESTADOS UNIDOS:
EL CASO DE LA REPBLICA DOMINICANA
Antonio Ugaldel y Eric Larson*
INTRODUCCIN
Como es bien conocido Estados Unidos es un pas constituido por emigrantes. Las olas migratorias masivas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX fueron la base de una sociedad tnicamente pluralista que busc una identificacin nacional con el mito del mel-ting pot. Despus de la Segunda Guerra Mundial y la inmigracin de refugiados polticos de Europa Oriental, las olas migratorias ms recientes y tambin masivas, aunque no tanto como las anteriores, han sido de caractersticas muy diferentes. Desde la dcada de los cincuenta, el componente racial y cultural de la emigracin a los Estados Unidos se altera sensiblemente: de una parte se encuentran los hispanos y, de otra, los orientales quienes son en su mayora refugiados del conflicto del sureste asitico. El caso de los hispanos o latinos representa una complejidad peculiar: provienen de varios pases a veces tan diferentes como Mxico, del Caribe, y Centro Amrica. Contrariamente a las migraciones masivas de primeros de siglo, los motivos de la migracin latinoamericana son tres: polticos, econmicos y educativos, y representan varios estratos sociales, por ejemplo, los emigrantes cubanos tienden a ser de las clases media y alta, los centroamericanos de clases media y baja, y los mexi ;anos de clase baja. La emigracin puertorriquea es muy especial, porque aunque no es internacional, el traslado de la isla a Nueva York tiene todas las caractersticas, excepto las legales, de emigracin internacional.
A pesar de las diferencias indicadas, la emigracin latina a los Estados Unidos tiene unas caractersticas comunes de idioma, de religin
* Antonio Ugaldel y ric Larson, profesores de Sociologa y Filosofa respectivamente, de la Universidad de Texas, Austin.
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y de cultura que dan unidad al enorme flujo migratorio latino, y que permite tambin, ser identificado por el resto de la poblacin y de las autoridades como si fuera un mismo grupo. Una buena parte de la migracin latina es legal, sin documentos, lo que tambin la separa de anteriores experiencias. Otra caracterstica tpica de la emigracin latina, de la mexicana y dominicana en particular, es el movimiento de ida y vuelta de muchos de los emigrantes, lo que se puede llamar migracin ping-pong. Los emigrantes ping-pong se trasladan a los Estados Unidos para buscar trabajo temporal, y regresan a Mxico o Santo Domingo despus de unos meses, para de nuevo volver a los Estados Unidos por otro tiempo. De cierta forma este tipo de migracin recuerda a aquella migracin del campo a la ciudad en la que el campesino se ausenta del campo en las temporadas bajas de trabajo para regresar durante las temporadas altas. Es decir, para muchos dominicanos y mexicanos, su da a los Estados Unidos es temporal, sin nimo de afincarse y con intenciones de regresar a su pas de origen, bien cuando es sorprendido por las autoridades, cuando termina el trabajo por necesidades familiares o festivas.
Dentro de este complejo fenmeno de emigracin hispana a los Estados Unidos se encuentra el de la Repblica Dominicana. Antes de empezar a hacer un anlisis sociodemogrfico de los emigrantes, es til recordar algunos aspectos de las relaciones entre Estados Unidos y la Repblica. La ocupacin de 1916 a 1924 fue el primer contacto formal entre los dos pases, que estableceran unos vnculos de dependencia polticos, econmicos y una gran influencia cultural por parte de los Estados Unidos. Hay que tener en cuenta que el estrecho de La Mona, que separa la Repblica Dominicana de Puerto Rico, solamente tiene unos 110 kilmetros, lo que hace a la Repblica el pas latinoamericano, despus de Mxico, geogrficamente ms cercano a
los Estados Unidos.
Tambin hay que hacer referencia a la ubicacin geopoltica de la Repblica. Situada entre Puerto Rico, que tiene acceso librea la riqueza (y a los problemas sociales) de los Estados Unidos y Cuba que goza de los beneficios, por los menos para las grandes mayoras, del paternaiismo socialista, no tiene posibilidad de escoger ninguna de es-.tas dos alternativas. La invasin de 1965 indic claramente que los Estados Unidos noestaban dispuestos a permitir que la segunda nacin
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