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El hombre mediocre

Material Information

Title:
El hombre mediocre
Creator:
Ingenieros, José, 1877-1925
Place of Publication:
La Habana, Cuba
Publisher:
publisher not identified
Publication Date:
Language:
Spanish
Physical Description:
1 online resource (156 pages) : ; 22 cm

Subjects

Subjects / Keywords:
Mediocrity ( lcsh )
Character ( lcsh )
Ethics ( lcsh )
Human beings ( lcsh )
Character ( fast )
Ethics ( fast )
Mediocrity ( fast )
Human beings ( fast )
Carácter ( bidex )
Ética ( bidex )
Seres humanos ( qlsp )
Mediocridad
Genre:
serial ( sobekcm )

Notes

Statement of Responsibility:
José Ingenieros.

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Holding Location:
Biblioteca del Patronato de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba
Rights Management:
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Resource Identifier:
1066740479 ( OCLC )
36545201 ( ALEPH )
Classification:
BF818 .I5 1960 ( lcc )

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Aggregations:
Cuban Monographs
Cuban Judaica

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Full Text

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PRESENT ACION La obra cientfic a de Jos In genieros ha logrado a travs del tiempo esa continuidad espiritual que graba las huellas del genio en el inmenso espacio de la civilizacin. Cada da que transcurre adquiere su pensamiento la viva seal de los valores eternos. Por esta razn sus libros conservan siempre un lugar preeminente en el campo de la ciencia donde el maestro sembr la semilla de su talento. Entre esos maravillosos libros recordaremos Si mulaci n de l a L oc ur a (1903), Cr i, mi no l og a (1907) S ocio l og a Ar rado en los crculos cientficos de Amrica y Europa como eximio dico, especialista en patologa ner viosa y mental, como excelente es critor y crtico notable". Sus facul tades extraordinarias de creacin le imponan en aquellas disciplinas in telectuales capaces de ofrecer una (Sigue en la otra solapa) .{ ... l ,.. '< ~.

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JOSE INGENIEROS EL HOMB RE 1 MEDIOCRE LA HABANA, CUBA.

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/ Derechos reservados en Cuba, por los editores.

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EL HOMBRE MEDIOCRE

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ADVERTENCIA PARA ESTA EDIClN Este ensayo sobre La simulacin en la lucha por la vida fue escrito por el autor antes de terminar sus estudios universitarios y presentado a la Facultad de Medicina como introduccin de su tesis Simulacin de la locura ( 1900). Careciendo de recursos para editarla, concedisele que slo imprimiera una parte, publicndose la obra entera, por captulos, en las revistas "La Semana Mdica" y "Archivos de Psiquiatra" ( 1900-1902). En 1903 se hizo una primera edicin conjunta (Spinelli, Buenos Aires), apareciendo en el mismo ao una traduccin italiana (Flli. Bocea, Torino, "Biblioteca Antropologico-Giuridica''). En volumen aparte se public la tercera edicin, espaola, de La simulacin en la lucha por la vida l Sempere, Valencia, 1904), con leves correcciones de estilo y algunas notas; sobre ese texto se hizo una traduc cin francesa (Charles Barthez, Narbonne, 1905). Posteriormente se han hecho seis reimpresiones espaolas, sin conocimiento previo ni intervencin del autor, acumulndose en ellas tantos y tan graves erro~es, que la ltima prueba en circulacin (1917) es ya ilegible; baste decir que si en las primeras las variantes son de origen tipogrfico, en otras ha llegado a alterarse, adems del texto, el ndice y las conclusiones. En la ltima aparece modificado el ttulo mismo. La presente, copia de la 1'\ restaura el texto de la tercera, con ligeras variantes de forma. El autor ha resistido a la tentacin de rehacer este ensayo y ha respe tado sus deficiencias; cada estacin tiene sus frutos, y los libros de ju ventud merecen vivir como han nacido, con la ligereza propia de fu menor responsabilidad. Son testigos sinceros, aunque poco ceremoniosos; sera injusto que atestiguasen la gravedad propia de las primeras canas. Aunque slo fue una introduccin a un estudio de patologa mental, aprovech el autor en ese ensayo algunos conocimientos de ciencias natu rales y de ciencias sociales, que haba adquirido simultneamente con los de medicina. Aos ms tarde advirti que Homero haba pintado, en Ulises, el arquetipo de los simuladores, y que entre los ensayos de Bacon figuran cuatro pginas dedicadas a comentar la utilidad de la simulacin. Con esos, y otros datos de bibliografa clsica, compuso su conferencia La moral de

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UJises ( curso de psicologa de los caracteres humanos, 19m), que no se agrega al presente volumen por ser de poca muy posterior. Al revisar el texto diecisiete aos despus de su redaccin, el autor ha tropezado con defectos de estilo y con opiniones ligeras sobre tpicos accesorios; ha tenido, en cambio, la grata satisfaccin de observar que posea ya ciertas ideas generales que an considera como l;,.s menos in exactas. Y por un justo escrpulo, casi documental, se ha abstenido de hacer variante alguna en la "Introduccin", profesin de fe de su ju ventud, escrita poco despus de los veinte aos: primera pgina de su primer libro. /

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LA MORAL DE LOS IDEALISTAS I. LA emocin del ideal. II De un idealismo fundado en la experiencia. III. Los tem peramentos idealistas. IV El idealismo romntico. V. El idea lismo estoico. VI Smbolo I. LA EMOCiN DEL IDEAL Cw.ndo pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfeccin y rebelde a la medio cridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custdiala; si la dejas apagar no se reenciende jams. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fra bazofia humana. Slo vives por esa partcula de ensueo que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasn, el penacho de tu temperamento. Innume rables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Scrates, la cruz izada por Cristo y la hoguera encendida a Bruno; -cuando te abstraes en lo infinito leyendo un dilogo de Platn, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio; -cuando el corazn se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota; -cuando tus sienes se hielan de emocin al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; -y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios; la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los hroes, inclinndote con igual veneracin ante los creadores de Verdad o de Belleza. Todos n
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10 JOS INGENIEROS II DE UN IDEALISMO FUNDADO EN LA EXPERIENCIA Los I filsofos del porvenir para aproximarse a formas de expresin cada vez menos inexactas, dejarn a los poetas el hermoso privileg i o del lenguaje figurado ; y los sistemas futuros, desprendindose de aejos re siduos msticos y dialcticos, irn poniendo la Experiencia como funda mento de toda hiptesis legtima. No es arriesgado pensar que en la tic venidera florecer un idea lismo moral independiente de dogmas religiosos y de apriorismos meta fsicos: los ideales de perfeccin, fundados en la experiencia social y evo lutivos como ella misma, constituirn la ntima trabazn de una doctrina de la perfectibilidad indefinida propicia a todas las posibilidades de enaltecimiento humano. Un ideal no es una frmula muerta sino una hiptesis pe rfectib le; para que sirva, debe ser concebida as, actuante en funcin de la vida social que inces antemente deviene. La imaginacin partiendo de l a expe riencia, anticipa juicios acerca d<:! futuros perfeccionamientos: los id eales, entre todas las creencias, representan el resultado ms alto de la funcin de pensar. La evolucin humana es un esfuerzo continuo del hombre p ar a adap tarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones : los caminos de su perfeccin. Sus etapas refljanse en la mente humana como ideales. Un hombre un grupo o una raza son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginacin a concebir perf ecc io namientos posibles. Los ideales son formaciones naturales. Aparecen cuando la funcin de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginacin puede antici par se a la experiencia. No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenmenos accesibles a nuestra obsrvacin. Son efectos de causas, accidentes en la evolucin universal investigada por las ciencias y resumidas po'r las filosofas Y es fcil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio qumico de la super ficie; entre las complicaciones de ese equilibrio viviente la especie humana data de un perodo brevsim; en el hombre se desarrolla la funcin de pensar como un perfeccionamiento de la adaptacin al medio; uno de sus modos es la imagina_cin que permite generalizar los datos de la expe riencia, anticipando sus resultados posibles y abstrayendo de ella ideales de perfeccin As la filosofa del porvenir, en vez de negarlos permitir afirmar su realidad como aspectos legtimos de la funcin de pensar y los reinte grar en la concepcin natural del universo. Un ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiemp<>.

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EL HOMBRE MEDIOCRE II Evolucionar es variar. En la evolucin humana el pensamiento vara incesantemente. Toda variacin es adquirida por temperamentos predis puestos; las variaciones tiles tienden a conservarse La experiencia deter mina la formacin natural de conceptds genricos, cada vez ms sintticos; la imaginacin abstrae de s tos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que pueden ser hiptesis acerca del incesante devenir: as se forman los ideales que para el hombre son normativos de la conducta en consonancia con sus hiptesis. Ellos no son apriorsticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre ella se empina la imaginacin para prever el sentido en que vara la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales pueden no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos. Por eso la representacin abstracta de las variaciones "futuras adquiere un valor moral: las ms provechosas a la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo per fecto. Y los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instruccin se limita a extender las nociones que la expe riencia actual considera ms exactas, la educacin consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios a la perfeccin. El concepto de lo mejor es un resultado natural de fa evolucin misma. La vida tiende naturalmente a perfeccionarse. Aristteles ense aba que la actividad es un movimiento del ser hacia la propia "entele. quia": su estado de perfeccin. Todo lo que existe persigue su entelequia, y esa tendencia se refleja en todas las otras funciones del espritu, la formacin de ideales est sometida a un determinismo, que, por ser com plejo, no es menos absoluto. No son obra de una libertad que escapa a las leyes de todo lo universal, ni productos de una razn pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfeccin venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobreviene en la seleccin natural; los ideales son un "lan" hacia lo mejor, en cuanto simples anti dpaciones del devenir A medida que la experiencia humana se ampla, observando la realidad, los ideales son modif isados por la imaginacin, que es plstica y no reposa jams. Exper.iencia e imaginadn .siguen vas paralelas, aunque va muy retardada aqulla respecto de sta. La hiptesis vuela, el hecho camina; a veces el ala rumbea mal, el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La imaginacin es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfeccin, ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad: el libre albedro es un error til para la gesta cin de los ideales. Por eso tiene, prcticamente, el valor de una realidad. Demostrar que es una simple ilusin, debida a la ignorancia de cau s as innmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor

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12 JOS INGENIEROS para dirigir la conducta, como las verdades ms exactas; puede tener ms que ellas, si son intensamente pensadas o sentidas. El deseo de ser libre nace del contraste entre dos mviles irreductibles: la tendencia a perse verar en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia a aume n tar el ser, implicada en la variacin. La una es principio de estabilidad la otra de progreso. En todo ideal, sea cual fuere el orden a cuyo perfeccio na miento tienda, hay un principio de sntesis y de continuidad: "es una idea fija o una emocin fija". Como propulsores de la actividad humana se equi valen y se implican recprocamente aunque en 1a primera predomina el razonamiento y en la segunda la pasin "Ese principio de unidad, centro de atraccin y punto de apoyo de todo trabajo de la imaginacin crea dora, es decir, de una sntesis subjetiva que tiende a objetiv a rse es el ideal" dijo Ribot. La imaginacin despoja a la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizndola en los moldes de perfeccin que concibe ms puros. Los ideales son por ende, reconstrucciones imaginativas de la realidad que deviene. Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en un mismo afn de perfeccin No es que una "idea" los acomune, sino que anloga manera de sentir y de pens a r con vergen hacia un ideal comn a todos ellos. Cada era, siglo o gene racin, puede tener su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minora, cuyo esfuerzo consigue imponerlo a las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; al principio, mientras l lo define o lo plasma, slo es comprendido por el pequeo ncleo de espritus s f/ nsibles al ritmo de la nueva creencia El concepto abstracto de una perfeccin posible toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen : todo ideal es una fe en la posibilidad misma de la perfeccin. En su protesta involuntaria contra lo malo se revela siempre una inclestructible esperanza de lo mejor; en su agresin al pasado fermenta una sana levadura de porvenir. No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que tiende a realizarse no depende de su verdad efectiva sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta neamente la perfeccin venidera, es id eal para quien cree sincer a mente en su verdad o en su excel~itud. Reducir el idealismo a un dogma de escuela metafsica equivale a castrarlo; llamar idealismo a las fantasas de mentes enfermizas o igno rantes; que creen sublimizar as su incapacidad de vivir y de ilustrarse, es una de tantas ligerezas alentadas por los espritus palabristas. Los ms vulgares diccionarios filosficos sospechan este embrollo deliberado: Idealismo: palabra muy vaga que no debe emplearse sin explicarla". Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos idealistas como hombre s aptos para concebir perfecciones y ca paces de vivir hacia ellas. Debe rehusarse el monopolio de los ideales y

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EL HOMBRE MEDIOCRE cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosficas, sistema de mora~, credos de religin, fanatismo de secta o dogmas de esttica. El "idealismo" no es privilegio de las doctrinas espirituales que desearan oponerlo al materialismo", llamando as, despectivamente, a todas las dems; ese equvoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias -temidas justamente como hontanares de Verdad y de Liber tadse duplica al sugerir que la materia es la anttesis de la idea, des pus de confundir al ideal con la idea y a sta con el espritu, como entidad trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que trans portan a las doctrinas filosficas el sentido que tienen los vocablos idea lismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de perfeccin en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual mpetu al filsofo monista y al dualista, al telogo y al ateo, al estoico y al pragmatista. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfeccin posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los dems. Y es ms estrecha, aun, la tendencia a confundir el idealismo 1 que se refiere a los ideales, con las tendencias metafsicas que as se deno minan porque consideran a las "ideas" ms reales que la realidad misma, o presuponen que ellas son la realidad nica, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. Idelogos" no puede ser sinnimo de idealistas", aunque el mal uso induzca a creerlo. No podramos restringirlo al pretendido idealismo de ciertas es cuelas estticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Angel, Ticiano, Flaubert o Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armona de ritmos de colores, de lneas o de sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de belleza o una original personalidad. No le confundiremos, en fin ; con cierto idealismo tico que tiende a monopolizar el culto de la perfeccin en favor de alguno de los fana tismos religiosos predominantes n cada poca, pues sobre no existir un nico e inevitable Bien ideal. difcilmente cabra en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan mag nficamente concebido y realizado por el peripattico como por el cire naico, por el cristiano como por el anarquista, por el filntropo como por el epicreo, pues todas las teoras filosficas son igualmente incom patibles con la aspiracin individual hacia el perfeccionamiento humano. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina; y en todas las doctrinas pueden cobijarse dignos y buscavidas, virtuosos y sin vergenza El anhelo y la posibilidad de la perfeccin no es patrimonio d ningn credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platn, que no poda contenerse en ningn vaso. La experiencia, slo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan natu

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JOS INGENIEROS talmente; sobreviven los ms adaptados, los que mejor preven el sentid9 de la evolucin; es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efec tivo. Mientras la experiencia no da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es til por su fuerza de contraste; si es falso muere solo, no daa Todo ideal, por ser una creencia, puede contener una parte de error, o serlo totalmente; es una visin remota y por lo tanto expuesta a las contingencias de la vida prctica inmediata, renun ciando a la posibilidad de la perfeccin moral. Cuando un filsofo enuncia ideales para el hombre o para la so ciedad, su comprensin inmediata es tanto ms difcil cuando ms se elevan sobre los prejuicios y el palabrismo convencionales en el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta La sancin ajena es fcil para lo que concuerda con rutinas secularment practicadas; es difcil cuando la imaginacin no pone mayor originalidad en el concepto o en la forma. Ese desequilibrio entre la perfeccin concebible y la realidad practi cable, estriba en la naturaleza misma de la imaginacin, rebelde al tiempo y al espacio. De ese contraste legtimo no se infiere que los ideales gicos, estticos o morales deban ser contradictorios entre s, aunque sean heterogneos y marquen el paso a desigual comps, segn los tiempos: no hay una Verdad amoral o fea, ni fue nunca la Belleza absurda o nociva, ni tuvo el Bien sus races en el error o la desarmona. De otro modo concebiramos perfecciones imperfectas. Los caminos de perfeccin son convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias: jams contradictorias, aunque lo parezc. Si el ideal de la ciencia es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza, formas preeminentes de toda excelsitud, no se concibe que puedan ser antagonistas. Los ideales estn en perpetuo devenir, como las formas de la realidad a que se anticipan. La imaginacin los construye observando la naturaleza, como un resultado de la experiencia; pero una vez formados ya no estn en ella, son anticipaciones de ella, viven sobre ella para sealar su futuro Y cuando la realidad evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginacin se aparta nuevamente de la realidad, aleja de ella a~ ideal, proporcionalmente. La realidad nunca puede igualar al ensueo en esa perpetua persecucin de la quimera. El ideal es un "lmite": toda realidad es una "dimensin variable" que puede acercrsele indefinida mente, sin alcalzarlo nunca Por mucho que lo "variable" se acerque a su "lmite", se concibe que podra acercrsele ms, slo se confunden en el infinito. Todo ideal es siempre relativo a una imperfecta realidad presente. No los hay absolutos. Afirmarlo implicara abjurar de su esencia misma, negando la posibilidad infinita de la perfeccin. Erraban los viejos mora listas al cr~er que en el punto donde estaba su espritu en ese momento, convergan todo el espacio y todo el tiempo; pa ra la tica moderna, libre

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EL HOMBRE MEDIOCRE de esa grave falacia, la relatividad de los ideales es un postulado funda mental. Slo poseen un carcter comn: su permanente transformacin hacia perfeccionamientos ilimitados. Es propia de gentes primitivas toda moral cimentada en supersti ciones y dogmatismos Y es contraria a todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y lugar la realidad vara; con esa variacin se desplaza el punto de referencia de los ideales Nacen y mueren, con vergen o se excluyen, palidecen o se acentan; son, tambin ellos, vivientes como los cerebro~ en que germinan o arraigan, en un proceso sin fin No habiendo un esquema final e insuperable de perfeccin, tampoco lo hay de los ideales humanos, se forman por cambio incesante ; evolucionan siempre; su palingenesia es eterna. Esa evolucin de los ideales no sigue un ritmo uniforme en el curse;> de la vida social o individual. Hay climas morales, horas, momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un prtido, una secta concibe un jdeal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en la evolucin de cada hombre aisladamente considerado. Hay tambin climas, ];loras y momentos en que los ideales se mur muran apenas o se callan: la realidad ofrece inmediatas satisfacciones a los apetitos y la tentacin del hartazgo ahoga todo afn de perfeccin. Cada poca tiene ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a orientarlo como polos magnticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la gloria en momento y clima propicio. Y otros ideales mueren, porque son creencias falsas: ilusiones que el hombre se forja acerca de s mismo o quimeras verbales que los igno rantes persiguen daqdo manotadas en la sombra. Sin ideales sera inexplicable la evolucin humana. Los hubo y los habr siempre. Palpitan detrs de todo esfuerzo magnfico realizado por un hombre o por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolucin mental de los individuos y de las razas. La imaginacin los enciende sobrepa sando continuamente a la experiencia, anticipndose a sus resultados. Esa es la ley del devenir lumano: los acontecimientos, yermos de suyo para la mente humana, reciben vida y calor de los ideales, sin cuya influencia yaceran inertes y lo&. siglos seran mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alum bran la ruta. La historia de la civilizacin mues,tra una infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten, anuncian o simbolizan. Frente a esos heraldos, en cada momento de la peregrinacin humana se advierte una fuerza que obstruye todos los senderos: la mediocridad, que es una incapacidad de ideales As concebido, conviene reintegrar el idealismo en toda futura filo sofa cientfica. A,caso parezca extrao a los que usan palabras sin definir sus sentidos y a los que temen complicarse en las logomaquias de los verbalistas.

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16 JOS~ INGENIEROS Definido con claridad, separado de sus malezas seculares, sera siempre el privilegio de cuantos hombres honran, por sus virtudes, a la especie humana. Como doctrina de la perfectibilidad, superior a toda afirmacin dogmtica, el idealismo ganar, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanticos, se rebaja. Yerran los que miran al pasado, poniendo el nunbo hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja; los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera oponer la imaginacin de lo futuro a la experiencia de lo pre sente, el Ideal a la Verdad, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginacin y la experiencia van de la mano. Solas, no andan. Al idealismo dogmtico que los antiguos metafsicos pusieron en las "ideas" absolutas y apriorsticas, oponemos un idealismo experimental que se refiere a los "ideales" de perfeccin, incesantemente renovados, plsticos, evolutivos como la vida misma. 1 111. LOS TEMPERAMENTOS IDEALISTAS Ningn Dante podra elevar a Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincn de su paraso donde mora Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habr evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipo cresa y la virtud. La imaginacin dar a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitacin organizar en otros los hbitos colectivos. Siempre habr, por fuerza, idealistas y mediocres. El perfeccionamiento humano se efecta con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos Los ms poseen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varan, avan zando sobre el porvenir; al revs de Anteo, que tocando el suelo cobrara alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos a emanci parse de su rebao, buscando alguna perfeccin ms all de lo actual, son los "idealistas". La unidad del gnero no depende del contenido intrn seco de sus ideales, sino de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras ms contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afn de enaltecimiento. Cualquiera. Los espritus afiebrados por algn ideal son adversarios de la mediocridad: soadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apticos, generosos contra los calculistas, indiscipli nados contra los dogmticos. Son alguien o algo contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo; posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa, y lo mejor que imagin~. Los hombr~s sin ideales son rnantitativos; pueden apreciar el ms y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.

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EL HOMBRE MEDIOCRE 17 Sin ideales sera inconcebible el progreso. El culto del "hombre prctico limitado a las contingencias del presente, importa un renun ciamiento a toda imperfeccin. El hbito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; slo de los imaginativos espera la ciencia sus hiptesis, el arte su vuelo, la moral sus ejemplos, la historia sus pginas luminosas. Son la parte viva y dinmica de la humanidad; los prcticos no han hecho ms que aprovechar de su esfuerzo, vegetando en 1a ombra. Todo por renir ha sido una creacin de los hombres capaces de presentirlo, concre tndolo en infinita sucesin de ideales. Ms ha hecho la imaginacin construyendo sin tregua, que el clculo destruyendo sin descanso. La ex cesiva prudencia de los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas ms fecundas. Y no quiere esto decir que la imaginacin excluya la experiencia: sta es til, pero sin aqulla es estril. Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiracin y la sabidura; por eso, con fre ruencia, viven trabados por su espritu crtico cuando los caldea una emocin lrica y sta les nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiracin y la sabidura nace el genio. En las grandes horas, de una raza o de un hombre, la inspiracin es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la imaginacin y la experiencia la con vierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afn de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos ms audaces a la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas. La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfeccin particular; pero siempre llega ms all de donde habra ido sin .su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos convirtese en estmulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, depende de lo mucho que algunos anhelan. La hwnanidad no poseera sus bienes pre sentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la -obsesiva aspiracin de otros mejores. En la evolucin hwnana los ideales mantinense en equilibrio in estable. Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores audaces, puestos en tensin hacia l, rebeldes al pasado, aunque .sin la intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo per petuo < entre lo ms concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma; .contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes hombres, en los genios mismos si el medio es hostil. a sus quimeras, como es fre ,cuente. No agita a los hombres sin ideales, informe argamasa de hwna oidad. Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor slo puede esperarse de el}a; jams de los enmohecidos y de los seniles. Y slo es juventud la sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrpitos de pocos aos, prematuramente domesticados por Jas supersticiones del pasado: lo que en ellos parece primavera es tibieza

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18 JOS INGENIEROS otoal, ilusin de aurora que es ya un apagamiento de crepsculo Slo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir; por eso en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeuscarse de los aos. Nada cabe esperar de los hombres que entran a la vida sin afiebra.rse por algn ideal; a los que nunca fueron jvenes, parceles descarriado todo ensueo. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere. Los idealistas suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos socia.les que los oprimen. Resisten la tirana del engranaje nivelador, abo rrecen toda coaccin, sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos cmplices de los intereses creados, dciles, malea bles, solidarios, uniformes en la comn mediocridad. Las fuerzas conser vadoras que componen el subsuelo social pretenden amalgamar a los individuos, decapitndolos; detestan las diferencias, aborrecen las excep ciones, anatematizan al que se aparta en busca de su propia perso~alidad. El original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: los desafa, aun sabindolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista es una viviente afirfJ?acin del individualismo, aunque persiga una qui mera social; puede vivir para los dems, nunca de los dems. Su inde pendencia es una reaccin hostil a todos los dogmticos. Concibindose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: "yo s quin soy". Viven animados de este afn afirmativo. En sus ideales cifran su ventura su prema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la pasin que anima su fe; sta, al estrellarse contra la realidad social, puede parecer desprecio, aislamiento, misantropa; la clsica "torre de marfil" reprochada a cuantos se erizan al contacto de los obtusos. Dirase que ellos dej escrita una eterna imagen Teresa de Avila: "Gusanos de seda somos, gusanills que hilamos la seda de nuestras vidas y en el capullito de la seda nos ence rramos para que el gusano muera y del capullo salga volando la mari posa". Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser clido su idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pen samiento sin calor es muerto, fro, carece de estilo, no tiene firma. Jams fueron tibios los genios, los santos y los hroes. Para crear una partcula de Verdad, de Virtud o de Belleza, requiere un esfuerzo original y violento contra algna rutina o prejuicio; como para dar una leccin de dignidad hay que desgoznar algn servilismo. Todo ideal es, instintiva mente, extremoso; debe serlo a sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de los ms. Frente a los hipcritas que mienten con viles objetivos, la exageracin de los idealistas, es apenas, una verdad apasionada La pasin es su atributo necesario, aun cuando parezca desviar la verdad; lleva a la hiprbole, al error mismo; a la mentira nunca. Ningn ideal es falso para quien lo profesa: lo cree verdadero y coopera a su advenimiento, con fe, con desinters. El s abio

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EL HOMBRE MEDIOCRE busca la Verdad por buscarla y goza arrancando a la naturaleza secretos para l intiles o peligrosos. Y el artista busca tambin la suya, porque la Belleza es una verdad animada por la imaginacin, ms que por la experiencia. Y el moralista la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para consigo mismo y para con los dems. Tener un ideal es servir a su propia Verdad. Siempre. Algunos ide ales se revelan como pasin combativa y otros como per.: tinaz obsesin; de igual manera di~tnguense dos tipos de idealistas, segn predomine en ellos el corazn o el cerebro. El idealismo sentimental es romntico: la imaginacin no es inhibida por la crtica y los ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia y la crtica coordina la imaginacin: los ideales trnanse reflexivos y serenos. Corresponde el uno a la juventud y el otro a la madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, resiste, vence. El idealista perfecto sera romntico a los veinte aos y estoico a los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el romanti cismo en la edad madura. Lo que al principio enciende su pasin, debe cristalizarse despus en suprema dignidad: esa es la lgica de su tempe ramento. IV. EL IDEALISMO ROMANTICO Los idealistas romnticos son exagerados porque son insaciables. Sue an lo ms para realizar lo menos; comprenden que todos los ideales contienen una partcula de utopa y pierden algo al realizarse: de razas o de individuos, nunca se integran como piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al Ideal que la imaginacin seala: su gloria est en marchar hacia l siempre inalcanzando e inalcanzable. Despus de iluminar su espritu con todos los resplandores de la cultura humana. Goethe muere pidiendo ms luz; y Musset quiere amar incesantemente despus de haber amado, ofreciendo su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los romnticos parecen preguntarse, con el poeta: "Por qu no es infinito el poder humano, como el deseo?" Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre atenta para no perder la ms imperceptible titilacin del mundo que la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, ca prichosa, artista, como si los nervios hubieran centuplicado su impresio nabilidad. Su gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclina ciones: entre diez partidos adoptan aquel subrayado por e] latir ms intenso de su corazn. Son dionisacos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el medio social o por una hostilidad contra todo lo que se opone a sus corazonadas y ~ nsueos. Construyen sus ideales sin conceder nada a la realidad, rehusndose al controlar de la experiencia, agredindola si ella los contrara. Son ingenuos y sensibles, fciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y a la ternura; con esa ingenuidad

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20 JOS INGENIEROS sin doblez que los hombres prcticos ignoran. Un minuto les basta par a decidir de toda una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequvocas cuando la realidad los hiere con ms saa. Todo romntico est por Quijote contra Sancho, por Cyrano contr a Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que ste no podra existir jams sin aqulla. Los temperamentos acomodaticios saben que la v~da guiada por el inters brinda provechos materiales; los romnticos creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueo y la pasin. Para ellos un beso de tal mujer vale ms que cien tesoros de Golconda. Su elocuencia est en su corazn: disponen de esas "razones que la razn ignora", que deca Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los Musset y los Byron: su estuosidad apasionada nos estremece, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las venas, humedece los prpados, entrecorta el aliento. Sus heronas y sus protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si los describieran con una vara mgica entintada en el cliz de una poetisa griega: Safo, por caso, la ms lrica. Su estilo es de luz y de color, siempre encendido, ardiente a veces. Es criben como hablan los temperamentos apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo o por un exceso, esa "voce calda" que enloquece a las mujeres finas y hace un Don Juan de cada amador romntico. Son ellos los aristcratas del amor, con ellos suean todas las Julietas e Isoldas En vano se confabulan en su contra las embo zadas hipocresas mundanas; los espritus zafios desearan inventar una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones. Como no la poseen, renuncian a seguirlas. El hombre incapaz de alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo: ignora que l acrisola todas las virtudes y es el ms eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido a amar. Cari caturiza a este sentimiento guindose por las sugestiones de srdidas con veniencias. Los dems le eligen primero las queridas y le imponen despus la esposa Poco le importa la fidelidad de las primeras, mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un escaln en su mundo. Musset le parece poco serio y encuentra infernal a Byron; habra quemado a Jorge Sand y la misma Teresa de Avila resltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar a la pecadora de Magdala Cree firmemente que Werther, Joselyn, Mim, Rolla y Mann son smbolos del mal, creados por la imaginacin de artistas enfermos. Aborrece las pasin honda y sentida; detesta los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila a la conquista compromete dora. Ignora las supremas virtudes del amor, que es ensueo, anhelo, pe ligm, toda la imaginacin, convergiendo al embellecimiento del instinto ; y no simple vrtigo brutal de los sentidos~ En las eras de rebajamiento, cuando est en su l apogeo la mediocri dad, los idealistas se alnean contra los dogmatismos sociales, sea cual

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EL HOMBRE MEDIOCRE 21 fuere el reg1men dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo poltico, agitan un ideal democrtico y humano. Su amor a todos los que sufren es justo encono rnntra los que oprimen su propia individualidad. Dirase que llegan hasta amar a las vctimas para protestar contra el ver dugo indigno; pero siempre quedan fuera de toda hueste, sabiendo que en ella puede incubarse una coyunda para el porvenir. En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientacin vara con los tiempos y con las inclinaciones. Hay pocas en que ms florece, como en las horas de reatcin que siguieron al sacudimiento libertario de la revolucin francesa. Agunos romnticos se creen providenciales y su ima ginacin se revela por un misticismo constructivo, como en Fourier y Lamennais, precedidos por Rousseau, que fue un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fue un Rousseau judo. En otros, el lirismo tiende, como en Byron y Ruskin, a convertirse en religin esttica. En Mazini y Kossouth toma color poltico. Habla en tono proftico y tras cendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con irona los dogmatismos sociales y en Vigny los desdea amargamente. Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga a la mediocridad con Fla~ bert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros convirtese en rebelin abiert contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en Emerson> Stirner, Guyau, Ibsen o Nietzsche. V. EL IDEALISMO ESTOICO Las rebeldas romnticas son embotadas por la experiencia: ella en frena muchas impetuosidades falaces y da a los ideales ms slida firmeza. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afri ,ie perfeccin trnase ms centrpeto y digno, bus ca los caminos propicios, aprende a salvar las acechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone a su personal inquietud y los dogma tismos sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo nase experimental. No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento. Lo que antes se proyectaba hacia fuera, polarzase en el propio esfuerzo, se interioriza. "Una gran vida, esc.l'ibi Vigny, es un ideal de la juventud realizado en la edad madura". Es inherente a la primera ilusin de im poner sus ensueos, rompiendo las barreras que les opone la realidad; cuando la experiencia advierte que la mole no cae, el idealista atrinch rase en virtudes intrnsecas, custodiando sus ideales, realizndolos en al guna medida, sin que la solidaridad pueda conducirle nunca a torpes complicidades. El idealismo sentimental y romntico se transforma en idealismo experimental y estoico; la experiencia regula la imaginacin hacindolo ponderado y reflexivo. La serena armona clsica reemplaza a la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisaco se convierte en Idealismo apolneo.

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22 JOS INGENIEROS Es natural 'lue as sea. Los romanticis mos no resisten a la experiencia crtica: si duran hasta pasados los lmites de la juventud, su ardor no equivale a su eficiencia. Fue error de Cervantes la avanzada edad e n que Don Quijote emprende la persecucin de su quimera. Es ms lgico Don Juan, casndose a la misma altura en que Cr i sto muere; los personajes que Mrguer cre en la vida bohemia, detinense en ese limbo de la madurez No puede ser de otra manera. La acumulacin de los contrastes acaba por coordinar la imaginacin, orientndola sin rebajarla. Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza o la v irtud en cri so les ms pe rennes, tiende a fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo trnase ejemplar. La posteridad lo juzga clsico. Toda clasicidad proviene de una seleccin natural entre ideales que fueron en su tiempo rnmnticos y que han sobrevivido a travs de los siglos. Pocos soadores encuentran tal clima y tal ocasin que les encumbre a la genialidad. Los ms resultan exticos e inoportunos; los sucesos cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzo s. De all cierta aquiescencia a las cosas que no dependen del propio mrito, la tole rancia de toda indesviable fatalidad Al sentir la coercin exterior no se bajan ni contaminan: se apartan, se refugian en s mismos para encum brarse en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmu rando sin que en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su poca: ven de dnde viene y cmo corre el turbin encenegado. Descu bren a los omisos que se dejan opacr por el limo, a los que persiguen esos encumbramientos falaces reidos con el mrito y con la justicia. El idealista estoico mantinese hostil a su medio, lo mismo que el rnmntico : Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organi zada, resignacin desdeosa o renunciamiento altivo, sin compromisos Imprtale poco agredir el mal que consienten los otros; ms le sirve estar libre para realizar toda perfeccin queslo dependa de su propio esfuerzo. Adquiere una "sensibilidad individualista" que no es egosmo vulgar ni desinters por los ideales que agitan a la sociedad en que vive. Son no torias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teora y el otro es actitud. En Spencer ; la doc trina individualista, se acompaa de sensibilidad social; en Bakounine, ia doctrina social coexiste con upa sensibilidad individualista. Es cuestin de temperamento y no de ideas; aqul es la base del carcter. Todo indi vidualismo, como actitud, es una revuelta contra los dogmas y los valores falsos respetados en las mediocracias; revela energas anhelosas de espar cirse, contenidas por mil obstculos opuestos por el espritu gregario. El temperamento individualista llega a negar el principio de autoridad, se substrae a los prejuicios, desacata cua l quiera imposicin, desdea las jerarquas independientes del mrito. Los partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, mientras no descubre en ellos ideales

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EL HOMBRE MEDI OCRE consonantes con los suyos propios. Cree ms eq las virtudes firmes de los hombres que en la mentira escrita de los principios tericos; mientras no se reflejan en las costumbres las mejores leyes de papel no modifican la tontera de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan. La tica del idealista estoico difiere radicalmente de esos individualis mos s rdidos que r e clutan las simpatas de los egostas. Dos morales esen cialmente distintas pueden nacer de la estimacin de s mismo. El digno elige l a ele v ada, la de Zenn o la de Ep i curo ; el mediocre opta siempre por la inferior y se encuentr a con Aristipo. Aqul se refugia en s para acriso larse; ste se ausenta de los dems para zambullirse en la sombra. El indi vi dualismo es n o ble si un ide a l lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una ca da a ms b a jo n iv el que la mediocridad misma. En la Ciren a ica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Ari s tipo a nunci que l a ni a regla de la vida era el placer mximo, buscado por t odo s lo s medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de lo s sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad erigida en sistema, lle va b a a l pl ac er tumultuoso sin seleccionarlo. Llegaron los cirenaicos a des p reciar l a v id a mi s m a ; sus ltimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ti ca, practicada instintivamente por los escpticos y los depravados de todo s los tiempos, no fue lealmente erigida en sistema despus de en tonces El placer -como simple sensualidad cuantitativaes absurdo e imprevisor; no puede sustentar una ~oral. Sera erigir a lo~ sentidos en jueces. Deben ser otros. Estara l a felicidad en perseguir un inters bien ponderado? Un egosmo prudente y cualitativo, que elija y calcule reem plazara a los apetitos ciegos En vez del placer basto tendrase el deleite refinado, que prev coordina, prepara, goza antes e infinitamente ms, pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros con sabias al quimias de preparacin. Los epicreos se apartan ya del cirenasmo. Aris tipo refugiaba la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro la encum bra en la mente la idealiza por la imaginacin. Para aqul valen todos los placeres y se busc a n de cualquier manera, desatados sin freno; para ste, de ben ser elegidos y dignificados por un sello de armona. La originaria mo ral de Epicuro es toda refinamiento: su creador vivi una vida honorable y pura. Su ley fue buscar la dicha y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo a favor de la primera Esa aritmtica de las emo ciones no es incompatible con la dignida~, el ingenio y la _v irtud, que son perfecciones ideales; permite cultivarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer. Es en otra moral helnica, sin embargo donde encuentra sus moldes perfectos el idealismo experimental. Zenn di6 a la humanidad una su prema doctrina de virtud heroica. La dignidad se identifica con el ideal; no conoce la historia ms bellos ejemplos de conducta. Sneca, digno de la corte del propio Nern adems de predicar con arte exquisito su doctrina la aplic con bello coraje en la hora extrema. Solamente S6

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JOS INGENIEROS crates muri mejor que l, y ambos ms dignamente que Jess. Son las tres grandes muertes de la historia. La dignidad estoica tuvo su apstol en Epcteto. Una convincente elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivi como el m s humilde, satisfecho con lo que tena durmiendo en casa sin puertas, en,, tregado a meditar y educar, hasta el decreto que proscribi de Roma a los filsofos. Ense a distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo dems est subordinado a fuerzas extra_as. Colocar el Ideal en lo que depende de nosotros y ser indiferentes a lo dems: he ah una frmula para el idea li~mo experimental. Es desdeable todo lo que suele desear o temer el egosta Si las resistencias en el camino de la perfeccin depende de otros. conviene ha cer de ellas caso omiso, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo enaltecedor. Ningn contratiempo material desva al idealista. Si de seara influir de inmediato sobre cosas que de l no dependen, encontrara obstculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente slo puede rebelarse con la imagiqacin, mirando cada vez ms hacia su in terior. El que sirve a un ideal, vive de l; nad~e le forzar a soar lo que no quiere ni le impedir ascender hacia su sueo. Esta moral no es una contemplacin pasiva; renuncia solamente a puticipar del mal. Su asentimiento a lo inevitable no es apata ni inercia. Apartarse no es morir; es, simplemente, esperar la posible hora de hacer, apresurndola con la predicacin o con el ejemplo. Si la hora llega, puede ser afirmacin sublime, como lo fue en Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: slo l pudo inspirar las pginas ms hondas de Renn y las ms lricas de Paul de Saint Vctor. Delicado y pene trante, su estoicismo fue ms propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con l alcanz el pensamiento antiguo su ms tran9uila nobleza. Entre perversos e ingratos que le circuan, ense a dar sus racimos, como la via, sin reclamar precio alguno, preparndose para cargar otros en la vendimia futura. Los idealistas estoicos son hombres de su estirpe: dirase que ignoran el bien que hacen a sus propios enemigos Cuando arrecia el encanallamiento de los domesticados, cuando ms sofo cante trnase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, sembrando ideales: una nueva generacin, aprendiendo a amarlos se ennoblece. Frente a las burguesas afiebradas por remontar el nivel de l bienestar material -ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura-, ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respecto ~e las cosas del espritu y el culto de todas las originalidade s descollantes. Mientras la vulgaridad obstrye las vas del genio, de la santidad y del herosmo, ellos concurren a restitujrlas, mediante la sugestin de ideales, preparando el advenimiento de e~as hor~s fecundas que quacteriz~n la : resu rteccin de las razas: el clima del genio.

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EL HOMBRE MEDIOCRE T oda tica idealista trasmuta los valores y eleva el rango del mrito; l as v irtudes y los vicios trocan sus matices, en ms o en menos, creando equilibrios nuevos. Esa es, en el fondo, la obra de los moralistas : su originalidad est en cambios de tono que modifican las perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente a la chatura comn, que empuja a ser vulgares, los caracteres dignos afirman con vehemencia su ideal. Una mediocracia sin ideales --como un individuo o un grupo-, es vil y escptica cobarde; contra ella cultivan hondos anhelos de per feccin. Frente a la ciencia hecho oficio la Verdad como un culto; frente a la honestidad de con v eniencia la Virtud desinteresada ; frente al a,rte lucrativo de los funcionarios la Armona inmarcesible de la lnea, de la forma y del color ; frente a las complicidades de la poltica medio crtica las mximas expansiones del individuo dentro de cada sociedad. Cuando los pueblos se domestican y callan, los grandes forjadores de ideales levantan su voz. Una ciencia, un arte, un pas, una raza, estre mecidos por su eco, pueden salir de su qmce habitual. El Genio es un guin que pone el destino entre dos prrafos de la historia Si aparece en los orgenes, crea o funda; si en los resurgimientos, transmuta o des orbita. En ese instante remontan su vuelo todos los espiritus superior~ templndose en pensamientos altos y para obras perennes. VI. SIMBOLO En el vaivn eterno de las eras, el porvenir es siempre de los v1s10narios. La interminable contienda entre el idealismo y la mediocridag tiene su smbolo : no pudo Cellini clavarlo en ms digno sitio que lJ maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre plasm un ~on cepto ms sublime. Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo cue~po agitase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados. Cuando los tempe ramentos idealistas se detienen ante el prodigio de Benvenuto, animase el metal, revive su fisonoma, sus labios parecen articular palabras percep t ibles. Y dice a los jvenes que toda brega por un Ideal es santa, aunque s ea ilusorio el resultado; que es loable seguir su temperamento y pensar con el corazn ; si ello contribuir a crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe alentrse, para enguirnaldar de aurora l a nica primavera que no vuelve jams Y a los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoo sus ms ve hementes quimeras instigalos a custodiar sus ideales bajo el palio de la ms sever a dignidad, frente a las tentaciones que conspiran para ence n e garlos en la Estig i a donde se abisman los mediocres Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara a la Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos

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I; EL HOMBRE MEDIOCRE l. "Attrea Mediocritas"? Jz.' Los hombres sin personalidad. lll. En torno del hombre mediocre. IV. Concepto social de la mediocridad. V. El esprit11 conservador. VI. Peligros sociales de la mediocridad. Vli/. La vulgaridad. I. {AUREA MEDIOCRITAS"? Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la natu raleza que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se uniforma en el gris homogneo de las siluetas, la primera humedad cre puscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquitase el rebao para echarse a dormir, la remota campana tae su aviso vesperal.' La impalpable claridad lunar se emblanquece al caer sobre las cosas; al gunas estrellas inquietan con su titilacin el firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breas parece conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos spera que encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado en vano a meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiracin primitiva es simple estupor. La poesa natural que le rodea, al reflejarse en su imaginacin, no se convierte en poema. :e1 es, apenas, un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el rbol, la oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para l todas las cosas han sido siempre as y seguirn sindolo, desde la tierra que pisa hasta el rebao que apacienta. La inmnsa masa de los hombres piensa con la cabeza de ese ingenuo pastor: no entendera el idioma de quien le explicara algn misterio del universo o de la vida, la evolucin eterna de todo lo conocido, la posibi lidad de perfeccionamiento humano en la continua adaptacin del hombre a la naturaleza. Para concebir una perfeccin se requiere cierto nivel tico y es indispensable alguna educacin intelectual. Sin ellos pueden tenerse fanatismos y supersticiones; ideales, jams. Los qe viven debajo de ese nivel y no adquieren esa educacin, permanecen sujetos a dogmas que otros le imponen, esclavos de frmulas paralizadas por la herrumbre del tiempo. Sus rutinas y sus prejuicios cenles eternamente invariables; su obtusa imagina:cin no concibe perfec ciones pasadas ni venideras; el estrecho horizonte de su experiencia cons\ 1

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EL HOMBRE MEDIOCRE '27 tituye el lmite forzoso de su mente. No pueden formarse un ideal. En contrarn en los ajenos una chispa capaz de encender sus pasiones; sern sectarios, pueden serlo. Y no advertirn siquiera la irona de cuantos les invitan a arrebaarse en nombre de ideales que pueden servir, no com prender. Todo ensueo seguido por muchedumbres, slo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco escribi, ha siglos, que "los animales de una misma especie difieren menos entre s que unos hombres de otros" (Obras morales, Vol. 3). ~fontaigne suscribi esa opinin: "Hay ms distancia entre tal y tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el ms excelente animal est ms prximo del hombre menos inteligente, que este ltimo de otro hombre grande y excelente" ( EnsayoJ, Vol. I, Cap. XLII). No pretenden decir ms los que siguen afirmando la desigualdad humana: ella ser en el porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco o de Montaigne. Hay hombres mentalmente inferiores al trmino medio de su raza, de su tiempo y de su clase social; tambin los hay superiores. Entre unos y otros flucta una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades o excelencias. Los psiclogos no han querido ocuparse de estos ltimos; el arte los desdea por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco intere santes; en vano buscarase en ellos la arista definida, la pincelada firme, el rasgo caracterstico. De igual desdn les cubren los moralistas; indivi dualmente no merecen el desprecio, que fustiga a los perversos, ni la apologa, reservada a los virtuosos. Su existencia es, sin embargo, natural y necesaria. En todo lo que ofrece grados hay mediocridad; en la escala de la inteligencia humana efla representa el claro-oscuro entre el talento y la estulticia. No diremos, por eso, que siempre es loable. Horacio no dijo urea mediocritas en el sentido general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes o por sus obras. Otro fue el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteci los goces de un vivir sencillo que dista por igual de la opulencia y dela miseria, llamando urea a esa mediocridad material. En cierto sentido epicreo, su sentencia es verda dera y confirma el remoto proverbio rabe: "Un mediano bienestar tran quilo es preferible a la opulencia llena de preocupaciones". Inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual y de carcter es digna de respetuoso homenaje, implica torcer la intencin misma de Horado: en versos memorables (Ad Pis., 472) menospreci a los poetas mediocres : ... Mediocribus esse poetis Non d, non homines, non consessere columnae.

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JOS INGENIEROS Y es lcito extender su dicterio a cuantos hombres lo son de espritu. Por qu subvertiramos el sentido del urea mediocritas clsico? Por qu suprimir desniveles entre los hombres y las sombras, como si reba iando un poco a los excelentes y puliendo un poco a los bastos se ate nuaran las desigualdades creadas por la naturaleza? No concebimos el perfeccionamiento social como un producto de la uniformidad de todos los individuos, sino como la combinacin armni~a de originalidades incesantemente multiplicadas. Todos los enemigos de la diferenciacin vienen a serlo del progreso; es natural por ende, que consideren la originalidad como un defecto imperdonable. Los que tal sentencian inclnanse a confundir el sentido comn con el buen sentido, como si enmaraando la significacin de los vocablos quisieran emparentar las ideas correspondientes. Afirmemos que son anta gonistas. El sentido comn es colectivo, eminentemente ret~grado y dog matista; el buen sentido es individual, siempre innovador y libertario. Por 1 a obsecuencia al uno o al otro se reconocen la servidumbre y la aristo cracia naturales. De esa insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente a cualquier destello original; estrechan sus filas para defenderse, como si fueran crmenes las diferencias. Esos desniveles son un postulado fundamental de la psicologa. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos y deberes comunes a todos los hombres; pero stos sern siempre tan desiguales como las olas que erizan la superficie de un ocano. II. LOS HOMBRES SIN PERSONALIDAD Individualmente considerada, la mediocridad podr definirse como una ausencia de caractersticas personales que permitan distinguir al dividuo en su sociedad. :esta ofrece a todos un mismo fardo de rutinas prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal : Juntad mil genios en un Concilio y tendris el alma de un mediocre". Esas palabi:as denuncian lo que en cada hombre no pertenece a l mismo y que, al sumarse muchos, se revela por el bajo nivel de las opiniones colectivas. La personalidad individual comienza en el punto preciso donde cada uno se diferencia de los dems; en muchos hombres ese punto es simple mente imaginario. Por ese motivo, al clasificar los caracteres humanos, se ha comprendido la necesidad de separar a los que carecen de rasgos caractersticos: productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educacin que se les suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean. "Indiferentes" ha llamado Ribot a los que viven sin que se advierta su existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos No tienen voz, sino eco. NC? hay lneas definidas ni en su propia sombr a, que es, apenas, una penumbra.

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EL HOMBRE MEDIOCRE Cruzan el mundo a hurtadillas, temerosos de que alguien pueda re procharles esa osada de existir en vano, como contrabandistas de la vida. Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misin trascendental sobr e la tierra, en cuya superficie vivimos tan naturalmente como la rosa y el gusano, nuestra vida no es digna de ser vivida sino cuando la enno blece algn ideal: los ms altos placeres son inherentes a proponerse un a perfeccin y perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen bio grafa: en la historia de su sociedad slo vive el que deja rastros en las cosas o en los espritus. La vida vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido ms el que cuenta ms aos; sino el que ha sentido mejor un ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cunta juventud la precedi. La medida social del hombre est en la duracin de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienc;s las hacen sobrevivientes a los siglos, y por ellas se mide. El poder que se maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades que se consiguen, tienen cierto valor efmero que puede satisfacer los apetitos del que no lleva en s mismo., en sus virtudes intrnsecas, las fuerzas morales que embellecen y califican la vida; la afirmacin de la propia personalidad y la cantidad de hombra puesta en la dignificacin de nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos a una parte mayor de hqmanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afn de elevacin hacia ideales defi nidos Muchos nacen; pocos viven. Los hombres sin personalidad son innu merables y vegetan moldeados por el medio, como cera fundida en el cuo social. Su moralidad de catecismo y su inteligencia cuadriculada los constrien a una perpetua disciplina del pensar y de la conducta; su existencia es negativa como unidades sociales. El hombre de fino carcter es capaz de mostrar encrespamientos su blimes, como el ocano; en los temperamentos domesticados todo parece quieta superficie, como en las cinagas. La falta de personalidad hace, a stas, incapaces de iniciativa y de resistencia. Desfilan inadvertidos, sin aprender ni ensear, diluyendo en tedios su insipidez, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros a la izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral hceles ceder a la ms leve presin, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y pe queas, transitoriamente arrastrados a la altura por el ms leve cfiro o revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplios velamen, pero sin timn, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si irn a varar en una playa arenosa o a quedarse estrellados contra un escollo. Estn en todas partes, aunque eri vano buscaramos uno solo que se reconociera; si lo hallramos sera un original, por el simple hecho de enrolarse en la mediocridad. Quin no se atribuye alguna virtud, cierto talento o un firme carcter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su

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JOS INGENIEROS testarudez, confundiendo la pai;lisis con la firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su bigarda y desvergenza, equi vocndolas con el ingenio; los serviles y los parapoco pavonanse de honestos, como si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno confun dirse con la virtud. Si hubiera de tenerse en cuenta la buena op1mon que todos los hombres tienen de s mismos, sera imposible discurrir de los que se caracterizan por la ausencia de personalidad. Todos creen tener una; y muy suya. Ninguno advierte que la sociedad le ha sometido a esa operacin aritmtica que consiste en reducir muchas cantidades a un denominador comn: la mediocridad. Estudiemos, pues, a los enemigos de toda perfeccin, ciegos a los astros. Existe una vastsima bibliografa acerca de los inferiores e insu ficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y el idiota; hay, tambin, una rica literatura consagrada a estudiar el genio y el talento, amn de que la historia y el arte convergen a mantener su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el imbcil. El hombre que nos rodea a millares, el que prospera y se reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Toca al psiclogo disecar su mente con firme escalpelo, como a los rndveres el profesor eternizado por Rembrandt en la Leccin de Ana toma: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entraas mismas de la naturaleza humana y sus labios palpitan de elocuencia serena al decir su verdad a cuantos le rodean. Por qu no tendremos al hombre sin ideales sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber qu es, cmo es, qu hace, qu piensa, para qu sirve? Su epopeya constituir un captulo bsico de la psicologa y de la moral. III. EN TORNO DEL HOMBRE MEDIOCRE Con diversas denominaciones, y desde puntos de vista heterogneos, se ha intentado algunas veces definir al hombre sin personalidad. La filo, sofa, la estadstica, la antropologa, la psicologa, la esttica y la moral han contribudo a la determinacin de tipos ms o menos exactos; no se ha advertido, sin embargo, el valor esencialmente social de la mediocridad. El hombre mediocre -como, en generar, la personalidad humanaslo puede definirse en relacin a la sociedad en que vive, y por su funcin social. Si pudiramos medir los valores individuales, graduaranse ellos en escala continua, de lo bajo a lo alto. Entre los tipos extremos y escasos, observaramos una masa abundante de sujetos, ms o menos equivalentes.

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EL HOMBRE MEDIOCRE acumulados en los grados centrales de la serie. Vana ilusin sera la de quien pretendiera buscar all el hipottico arquetipo de la humanidad, el Hombre normal que buscara ya Aristteles; siglos ms tarde la peregrina ocurr e ncia reapareci en el torbellinesco espritu de Pascal. Mediana, en efecto no es sinnimo de normalidad. El hombre normal no existe; no puede existir. La humanidad, como todas las especies viviente~, evoluciona sin cesar; sus cambios opranse desigualmente en numerosos agregados soci ales,distintos entre s. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil aos no lo sera hoy, ni en el porvenir. More! se equivocaba, por olvidar eso, al concebirlo como un ejemplar de l a "edicin princeps" de la Humanidad, lanzada a la circulacin por el Supremo Hacedor. Partiendo de esa premisa defina la degeneracin, en todas sus formas, como una divergencia patolgica del perfecto ejem plar originario. De eso al culto por el hombre primitivo haba un paso; a lejronse, felizmente, de tal prejuicio los antroplogos contemporneos. El hombre -decimos ahoraes un animal que evoluciona en las ms recientes edades geolgicas del planeta; no fue perfecto en su origen, ni consiste su perfeccin, en volver a sus formas ancestrales, surgidas de la animalidad simiesca. De no creerlo as, renovaramos las divertidsimas leyendas del ngel cado, del rbol del bien y del mal de la tentadora serpiente, de la manzana aceptada por Adn y del paraso perdido ... Qutelet pretendi formular una doctrina antropolgica o social acerca del H ombt"e medio: su ensayo es una inquisicin estadstica complicada por inocentes aplicaciones del abusado in medio stat virtus. No incurri1emos en el yerro de admitir que los hombres mediocres pueden reco nocerse por atributos fsicos o morales que representen un trmino medio de los observados en la especie humana. En ese sentido sera un producto abstracto, sin corresponder a ningn individuo de existencia real. El concepto de la normalidad humana slo podra ser relativo a de terminado ambiente social; seran normales los que mejor "marcan el paso", los que se alnean con ms exactitud en las filas de un convencio nalismo social? En este sentido, hombre normal no sera sinnimo de hombre equilibrado, sino de Hombre domesticado; la pasividad no es un equilibrio, no es complicada resultante de energas, sino la ausencia. Cmo confundir a los grandes equilibrados, a Leonardo y a Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compa rarse con la quietud de una balanza vaca. El hombre sin personalidad no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la idolatra de los hroes y los hombres representativos, a la manera de Carlyle o Emerson, ms los hay en repetir esas fbulas que permitiran mirar como una aberracin toda excelencia del carcter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha sealado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos psico lg i cos precisos: "Es dcil, acomodaticio a todas las pequeas opor_tuni dades, adaptabilsimo a todas las temperaturas de un da variable, avisado para los negocios, resistente a las combinaciones de los astutos; pero dis

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32 JOS INGENIEROS locado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinaci n de intrigas, l se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en s las fuerzs del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ese es el prejuicio ms grave, del hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado''. En sus ms indulgentes comentaristas, ese pretendido equilibrio se establece entre cualidades poco dignas de admiracin cuya resultante pro voca ms lstima que envidia. Alguna vez recibi Lombroso un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, y soli citaba una extensa respuesta telegrfica a la pregunta presentada con la sugerente recomendacin de un cheque: Cul es el hombre normal? La respuesta desconcert, sin duda, a los lectores. Lejos de alabar sus virtudes, trazaba un cuadro de caracteres negativos y estriles: buen apetito, tr a ba jador, ordenado, egosta, aferrado a sus costumbres, misonesta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal domstico.,. O, en ms breves pa labras, fmges consumere natus, que; dijo el poeta latino. Con ligeras variantes, esa definicin evoca la del Filisteo: Producto de la costumbre, desprovisto de fantasa, ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta gracias a la moderacin de sus exigencias, perezoso en sqs concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de prejuicios que hered de sus ante pasados". En esas lneas reflejanse las invectivas, ya clsicas de Heine contra la mentalidad que l crea corriente entre sus compatriotas. Por su parte, Schopenhauer, en sus Aforismos, defini el perfecto filisteo como un ser que se deja engaar por las apariencias y toma en serio todos Jos dogmatismos sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas. A esas definiciones del hombre medio pueden aproximarse otras de carcter intelectual o esttico, no exentas de inters, aunque unilaterales. Para algunos, la mediocridad consistira en la ineptitud para ejercitar las ms altas cualidades del ingenio; para otros, sera la inclinacin a pensar a ras de tierra. Mediocre corrspondera a Burgus, por contraposicin a Artista; Flaubert lo defini como "un hombre que piensa bajamente" Juzgado con ese criterio, le parece detestable. Tal resulta en la magnfica silueta de Hello, traspapelado prosista catlico que nos ense a admirar Rubn Daro. Distingue ~) mediocre del imbcil; ste ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa otro; el mediocre est en el centro. Ser, entonces, lo que en filosofa, en poltica o en literatura, se llama un eclctico, un justo medio? De ninguna manera, contesta El que es justo-medio, lo sabe, tiene la intencin de serlo; el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo. Lo es por natu raleza, no por opinin; por carcter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado de nimo, ser siempre mediocre Su rasgo caracterstico, absolutamente inequvoco, es su deferencia por la opinin de los dems. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como

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EL HOMBRE MEDIOCRE 33 los oye juzgar. Reverenciar a su ms cruel adversario, si ste se en cumbra; desdear a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son ofi ciales. Esa definicin descriptiva -anloga a las que repitiera Barbey D' Aurevilly-, parece muy sugestiva elocuenc'ia, aunque parte de pre, misas estticas para llegar a condusiones morales. El "hombre normal" de Bovio y de Lombroso, corresponde al "fi. listeo" de Heine y de Schopenhauer, aproximndose ambos al "burgus" anti-artstico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones son inseguras desde el punto de vista de la psicologa social; co0viene buscar una ms exacta e inequvoca, abordando el problema por otros caminos. IV. CONCEPTO SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD Ningn hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero no podra afirmarse que son medioc~es, a carta cabal, los que no descuellan ea ninguna. Desfilan ante nosotros como simples ejemplares de historia natural, con tanto derecho como los genios y los imbciles. Existen: hay que estudiarlos. El moralista dir, despus, s la mediocridad es buena o mala; al psiclogo, por ahora, le es indiferente; observa los caracteres en el medio socia'l en que viven, los describe, los compara y los clasifica de igual manra que otros naturalistas observan fsiles en un lecho de ro o mariposas en la corola de una flor. \ No obstante las infinjtas diferencias individuales, existen grupos de hombres que pueden englobarse dentro de tipos comunes; tales clasifica ciones, simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la Etiologa, que reconoce en Teofrasto su legtimo progenitor. Los antiguos fundbanla sobre los temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de ciertas funciones psicolgicas. Esas clasi ficaciones, admisibles desd e algn punto d@ vista especial, son insufi cientes para el nuestro. Si observamos cualquier sociedad humana, el valor de sus compo nentes resulta siempre relativo al conjunto: el hombre es un valor social. Cada individuo es el producto de dos factores: la herencia y la educacin. La primera tiende a proveerle de los rganos y las funciones mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las mltiples influencias del medio sociai en que el individuo est obligado a vivir. Esta accin educativa es, por consiguiente, una adaptacin de las tendencias her editarias a la mentalidad colediva: una continua aclimatacin del individuo en la sociedad. El nio desarrllase como 1.m animal de la especie humana, hasta. que empieza a distinguir las cosas inertes de los seres vivo.s y a reconocer entre stos a sus semejantes. Los comienzos de su educacin son, entonces,

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34 JOS INGENIEROS dirigidos por las personas que le rodean, tornndose cada vez ms decisiva la influencia del medio; desde que sta predomina, evoluciona como un miembro de su sociedad y s1;1s hbitos se organizan mediante l a imitacin. Ms tarde, las variaciones adquiridas en el curso de su experiencia indi vidual pueden hacer que el hombre se caracterice como una persona dife renciada dentro de la sociedad en que vive. La imitacin desempea un papel amplsimo, casi exclusivo, en la formacin -de la personalidad social; la invencin produce, en cambio, las variaciones individuales. Aqulla es conservadora y acta creando bitos; sta es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginacin. La di versa adaptacin de cada individuo a su medio depende del equilibrio entre lo que imita y lo que inventa. Todos no pueden inventar o imitar de la misma manera, pues esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta capacidad congnita, inicialmente desigual, recibida mediante la herencia psicolgica. El predominio de la variacin determina la originalidad. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carcter propio, un penacho, grande o pequeo: emblema, al fin, de que no se vive como simple reflejo de los dems. La funcin capital del hombre mediocre es la paciencia imitativa; la del hombre superior es la imaginacin creadora. El mediocre aspira a confundirse en los que le rodean; el original tiende a diferenciarse de ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la so ciedad, el otro aspira a pensar con la propia. En ello estriba la des confianza que suele rodear a los caracteres originales: nada parece tao peligroso como un hombre que aspira a pensar con su cabeza. Podemos recapitular. Considerando a cada individuo con relacin a su medio, tres elementos concurren a formar su personalidad: la he rencia biolgica, la imitaci n social y la varia cin individual. Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para adquirir una personalidad especfica. El hombre inferior es un animal humano; en su mentalidad enseo ianse las tendencias instintivas condensadas por la herencia y que cons tituyen el "alma de la especie". Su ineptitud para la imitacin le impide adaptarse al medio social en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente, viviendo por debajo de la moral o de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptacin determina su incapacidad para pensar como los dems y com partir las rutinas comunes. Los ms, mediante la educacin imitativa, copian de las personas que los rodean una personalidad social perfectamente adaptada El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y est perfectamente adaptado para vivir en rebao, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidameote tiles para la domesticidad. As como el inferior hereda el "alma de la es pecie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su caracterstica es

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EL HOMBRE MEDIOCRE ,5 imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza aena y ser incapaz de formarse ideales propios. Una minora, adems de imitar ia mentalidad social, adquiere va riaciones propias una personalidad individual, netamente diferenciada El hombre superior es un accidente provechoso para la evolucin hu mana. Es original e imaginativo, desadaptndose del medio social en la medida de su propia variacin fsta se sobrepone a atributos hereditarios del "alma de la especie" y a las adquisiciones imitativas del "alma de la sociedad", constituyendo las aristas singulares del "alma individual", que le distinguen dentro de la sociedad. Es precursor de nuevas formas de perfeccin, piensa mejor que el medio en que vive y puede sobreponer ideales suyos a las rutinas de los dems. V EL ESPIRITU CONSERVADOR Todo lo que existe es necesario Cada hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmacin; es un detalle necesario en la infi nita evolucin del pi;oto-hombre al super-hombre. Sin la sombra ignora ramos el valor de la luz. La infamia nos induce a respetar la virtud; la miel no sera dulce si el acbar no enseara a paladear la amargura, admiramos el vuelo del guila porque conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta ms el gorjeo del ruiseor cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente El mediocre representa un progreso, comparado con el imbcil, aunque ocupa su rango si le comparamos con el genio: sus idiosincracias sociales son relativas al me~io y al momento en que acta. De otra manera, si fuera intrnsecamente intil, no existira: la seleccin natural habrale exterminado. Es necesario para la sociedad, como las palabras lo son para el estilo. Pero no bastara, para crearlo, alienar todos los vocablos que yacen en el diccionario; el estilo comienza donde aparece la originalidad individual. Todos los hombres de personalidad firme y de mente creadora, sea cual fuere su escuela filosfica o su credo literario, son hostiles a la mediocridad. Toda creacin es un esfuerzo original; la historia conserva el nombre de pocos iniciadores y olvida a innmeros secuaces que los imitan. Los visionarios de verdades nuevas, los apstoles de moral, los innovadores de belleza -desde Renn y Hugo hasta Guyau y Flaubert-, la miran como un obstculo con que el pasado obstruye el advenimiento de su labor renovadora. Ante la moral social, sin embargo, los mediocres encuentran una justificacin, como todo lo que existe por necesidad. El eterno contraste de las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes, que agitan la mentalidad colectiva: el espritu conservador o rutinario y el espritu original o de rebelda. Bellas pginas le consagr Dorado. Cree imposible dividir la huma nidad en dos categoras de hombres, los unos rebeldes en todo y los

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JOS INGENIEROS otros en todo rutinarios; si as fuera, no sabra decirse cules interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmvil de gentes todas conser vadoras, ni lo es un i~estable ajetreo de rebeldes e insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningn sendero digno de seguir s e. Es vero smil que ambas fuerzas sean igualmente imprescindibles. Obligados a elegir, daramos preferencia a una actitud conservadora? La origina lidad necesita un contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habra ligereza en fustigar a los hombres metdicos y de paso tardo, si ellos constituyeran los tejidos sociales ms resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos, los di s tintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostn; en vez de mirarse como enemigos debieran con s derarse cooperadores de una obra nica, pero complicada. Si en el mundo no hubiera ms que rebeldes, no podra marchar, tornrase imposible la rebelda si faltara contra quienes rebelarse. Y, sin los innovadores, quin empuj a ra el carro de la vida sobre el que van aqullos tan satisfec~os? En vez de combatirse, ambas partes debieran entender que ninguna tendra motivo de existir como la otra no existiese. El con s ervador sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto como ste a l. He aqu una nueva base para la tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo. Si tuvieran igual razn de ser los imitadores y los originales, rnmo arguye el pensador espaol, su justificacin estara hecha. Ser mediocre no es una culpa; sindolo, su conducta es legtima. Aciertan l o s que sacan a su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos das sobre la tierra, sin consagrar una hora a su propio perfeccio namiento moral, sin preocuparse de sus prjimos ni de las generaciones posteriores? Es pecado obrar de ese modo? Pecan, tal vez, los que no piensan en s y viven para los dems: los abnegados y los altrustas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno, renunciando a sus comodidades y an a su vida, como suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el maana y dedicarle cierta parte de nuestros esfuerzos, e:; imposible dejar de vivir en el presente, pensando en l, siquiera en parte. Antes que las generaciones venideras estn las actuales; otrora fueron fu turas y para ellas trabajaron las pasadas. Este razonamiento, aunque un tanto sanchesco, sera respetable, si colocramos el problema en el terreno abstracto del hombre extrasocial, es decir, fuera de toda sancin presente y futura. Evidentemente cada hombre es como es y no podra ser de otra manera; haciendo abstraccin de toda moralidad, tendra tan poca culpa de su delito el asesino como de su creacin el genio. El original y el rutinario, el holgazn y el labo rioso el malo y el bueno, el generoso y el avaro, todos los son a pesar suyo; no lo seran si el equilibrio entre su temperamento y la sociedad lo impidiesen. Por qu, entonces, la humanidad admira a los santos, a los genios y a los hroes, a todos los que inventan, ensean o plasman, a los que piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal o forjan un imperio, a Scrates y a Cristo, a Aristteles y a Bacon, a Csar y a Washington?

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EL HOMBRE MEDIOCRE ,7 Los aplaude porque toda la sociedad tiene, implcita, una moral, una tabla propia de valores que aplica para juzgar a cada uno de sus componentes, no ya segn las conveniencias individuales, sino segn su utilidad social. En cada pueblo y en cada poca la medida de lo excelso est en los ideales de perfeccin que se denominan genio, herosmo y santidad. La imitacin conservadora debe, pues ser juzgada por su funcin de resistencia, destinada a contener el impulso creador de los hombres superiores y las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. En el prolegmeno de su ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace su elogio irnico; para toda mente elevada el filisteo es la bestia negra y en esa hostilidad _ve una evidente ingratitud. Le parece til; con un poco de benevolencia llegara a concederle esa relativa belleza de las cosas perf~tamente adaptadas a su objeto. Es el fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exiguidad esttica depende todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales de los hombres superiores permaneq:ran en estado de quimeras si no fueran recogidos y realizados por filisteos, desprovistos de iniciativas personales, que viven esperando -con encantadora ausencia de ideas propiaslos impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. Es verdad que el rutinaric;i no cede fci~nente a las instigaciones de los originales; pero su misma inercia es garanta de que slo recoge las ideas de probada conveniencia para el bienestar social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra sin nece sidad de buscarlo; su nmero es inmenso. A pesar de todo, es necesario; constituye el pblico de esta comedia humana en que los hombres supe riores avanzan hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sancin. Nordau llega hastl decir con fina irona: "Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecera, su primer brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el filisteo". Es tan exagerado ese criterio irnico que proclama su conspicuidad, como el criterio esttico que lo relega a la ms baja esfera mental, con fundindolo con el hombre inferior. Individualmente considerado a travs del lente moral esttico, es una entidad negativa; pero tomados los me diocres en su conjunto, puede reconocrseles funciones de lastre, indis pen sa bles para el equilibrio de la sociedad. Merecen esa justicia. La continuidad de la vida social sera posible. sin esa c ompacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de con servar los hbitos rutinarios que la sociedad les trasfunde mediante la educacin? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazn de auto matismos prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital comn contra la asech anza de los inadaptables. Su rencor a los creadores compnsase por su resistencia a los destructores. Los hombres sin ideales desempean en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolucin biolgica: couservan y trasmiten las variaciones tiles para la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza desti

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JOS INGENIEROS nada a contrastar el poder disolvente de los inferiores y a contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La cohesin del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero -hay que decirloel cemento no es el mosaico. Su accin sera nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, que inventan lo imitado despus por ellos. Sin los mediocres no habra esta bilidad en las sociedades; pero sin los superiores no puede concebirse el progreso, pues la civilizacin sera inexplicable en una raza constitu da por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se vara mediante la invencin. Los hombres imitativos limtanse a atesorar las conquistas de los originales; la utilidad del rutinario est subordinada a la existencia del idealista, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escritores. El "alma social" es una empresa annima que explota las creaciones de las mejores "almas individuales", resumiendo las experiencias adquiridas y enseadas por los innovadores. Son las minora; stos, pero son levaduras de mayoras venideras. Las rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas de ideales, concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebao social va ocupando, a paso de tortuga, las posiciones atrevidamente con quistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y stos ya estn muy lejos cuando la masa cree asentar el paso a su retaguardia. Lo que ayer fue ideal contra una rutina, ser maana rutina, a su vez, contra otro ideal. Indefinidamente, porque la perfectibilidad es indefinida. Si los hbitos resumen la experiencia pasada de pueblos y de hom bres, dndoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se com plementan en la evolucin social, maguer se miren con oblicuidad. Si los primeros hacen ms pafa el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. La evolucin de una sociedad, espoloneada por el afn de perfec cin y contenida por tradiciones difcilmente removibles, detendrase para ~iempre sin el uno y sufrira sobresaltos bruscos sin las otras. VI. PELIGROS SOCIALES DE LA MEDIOCRIDAD La psicologa de los hombres mediocres caracterzase por un rasgo comn: la incapacidad de concebir una perfeccin de formarse un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los dems, comparten la ajena hipocresa moral y ajustan su carcter a las domesticidades convencionales. Estn fuera de su rbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privi legios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdean. Son ciegos para las auroras; ignoran la quimera del artista, el ensueo del sabio y la pasin del apstol. Condenados a vegetar, no sospechan que existe el infinito ms all de sus ~orizontes

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EL HOMBRE MEDIOCRE 39 El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios, tornndolos timoratos e indecisos : nada aguijo nea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca. Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado es fuerzo. Ningn afn de santidad alborota la sangre en su corazn; a veces no delinquen por cobarda ante el remordimiento. No vibran a las tensiones ms altas de la energa; son fros, aunque ignoren la ~erenidad; apticos, sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofro bajo una tierna canc1a, ni avalancharse de indignacin ante una ofensa. No viven su -vida para s mismos, sino para el fantasma que pro yectan en la opinin de sus similares. Carecen de lnea; su personalidad se borra como un trazo de carbn bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su honor por una prebenda y echan llave a su dignidad por evi tarse un peligro; renunciaran a vivir antes que gritar la verdad frente al error de muchos. Su cerebro y su corazn estn entorpecidos por igual, como los polos de un imn gastado. Cuando se arrebaan son peligrosos. La fuerza del nmero suple a la febledad individual: acumnanse por millares para oprimir a cuantos desdean encadenar su mente con los eslabones de la rutina. Substrados a la curiosidad del sabio por la coraza de su insignifi ca ncia, fortifcanse en la cohesin del total; por eso la mediocridad es moraJmente peligrosa y su conjunto es nocivo en ciertos momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad. :pocas hay en que el equilibrio social se rompe en su favor. El ambiente trnase refractario a todo afn de perfeccin; los ideales se agostan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los estados convirtense en mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan alto el nivel de moral y de cultura, ahonda la cinaga constantemente. Aunque aislados no merezcan atencin, en conjunto constituyen un rgimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles Sub vierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos : pensar es un desvaro, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiracin una imprudencia, la pasin ingenuidad, la virtud una estupidez. En la lucha de las conveniencias presentes contra los ideales futuros, de lo vulgar contra lo excelente, suele verse mezclado el elogio de lo subalterno con la difamacin de lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmue v en por igual a los espritus arrocinados. Los dogmatis tas .Y los serviles aguzan sus silogismos para falsear los valores en la conoenoa social; viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan la cosechan. As. crean un mundo de valores ficticios que favorece la culminacin de los obtusos; as tejen su sorda telaraa en torno de los genios, los santos y los hroes, obstruyendo en los pueblos la admiracin

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JOS INGENIEROS de la gloria. Cierran el corral cada vez que cimbra en las cercanas el ale tazo inequvoco de un guila. Ningn idealismo es respetado. Si un filsofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los dogmatismos momificados; si un santo persigue la virtud se astilla contra los prejuicios morales del hombr e acomodaticio; si el artista suea nuevas formas, ritmos o armonas, cirranle el paso las r~glamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado quiere amar 1:scuchando su corazn se estrella contra las hipocres as del c onvmciona fmo; si un juvenil impulso de energa lleva a inventar, a cre ar, a rege nerar, la vejez conservadora atjale el paso; si alguien, con gesto decisivo., ensea la dignidad, la turba de los serviles le ladra; al que toma el camino de las cumbres, los envidiosos le carcomen la reputacin con saa malvola; si el destino llama a un genio, a un santo o a un hroe paia reconstituir una raza o un pueblo las mediocracias tcitamente regimen tadas le re s isten para encumbrar a sus propios arquetipos. Todo idealism encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio. VII. LA VULGARIDAD La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentacin de lo mediocre reside la psicologa de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Dirase que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando reaparece en su carcter lo que fue mediocridad en las generaciones ancestrales: los vulgares son mediocres de razas pimi tivas: habran sido perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen en la domesticacin que los confu1,1dira con sus contemporaneos. Si conserva una dcil aclimatacin en su rebao, el mediocre puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser decididamente vulgar. La vulgaridad es una acentuacin de los estigmas comunes a todo ser gregario; slo florece cuando las sociedades se desequilibran en desfavor del idealismo Es el renunciamiento al pudor de lo innoble. Ningn ajetreo original la conmueve. Desdea el verbo altivo y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su mi;rar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumat de las alas. Es la inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueo Bertoldo en servirle de monaguillo. La vulgaridad es el blasn nobiliario de los hombres ensoberbecido& de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el encanto prepa rado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosin luminosa del espritu: Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; delitase en lo grotesco, vive en lo turbio; se agita en las tinieblas. Es a la mepte

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EL HOMBRE MEDIOCRE 41 !o que son a! cuerpo los defectos los defectos fsicos, Ja cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar Y de amar, incomprensin de Jo bello, desperdicio de la vida, toda Ja sordidez. La condu c ta, en s misma, no es distinguida ni vulgar; la intencin ennoblece los actos, los eleva, los idea l iza y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en circunstancias ordinarias seran srdidos, pueden resulta r poticos, cos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo a rendirse, responde su palabra memorable, se eleva a un escenario homrico y es sublime. Los hombres vulg~res querran pedir a Circ los brebajes con que transforme en cerdos a los compaeros de Ulises, para recetrselos a todos los que poseen un ideal. Los hay en todas partes y siempre que ocurre un recrudecimiento de la medio c ridad: entre la prpura lo mismo gue entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos y en las crceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos mo mentos osan llamar ideales a sus apetitos, como si la urgencia de satis facciones inmediatas pudiera confundirse con el afn de perfecciones infi nitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca. Repudian las cosas lricas porque obligan a pensamientos muy altos y a gestos demasiado dignos. Son incapaces de estoicismos: su frugalidad es un clculo para gozar ms tiempo' de los placeres, reservando mayor perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre dinero dado a usura. Su amistad es una complacencia servil o una adu lacin provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud, degradan la honestidad misma, afendola con algo de miserable o bajo que la macula. Admiran el utilitarismo egosta, inmediato, menudo, al contado. Puestos a elegir, nunca seguirn el camino que les indique su propia in clinacin, sino el que 1es marcara el clculo de sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espritu exige la complicidad del corazn. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio, son fros, porque son ajenos. Un pensamiento no fecundado por la pasin es como los soles de invierno; alumbran pero bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propsito rebaja el mrito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida la posi bilidad de lo sublime. La vulgaridad es un cierzo que hiela todo germen de poesa capaz de embellecer .la vida. El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un co mercio, de la filosofa un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobarda, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentacin, a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulacin; detrs del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior, acosado por el hambre de atvicos instintos y sin otra aspiracin que el hartazgo. En esas crisis, mientras la mediocridad trnase atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Ensean a purificar

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42 JOS INGENIEROS la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto a los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los santos y de los hroes, tienen su arma; despertndolo, sealando ejemplos a las inteligencias y a los corazones, puede amenguarse la omnipotencia de la vulgaridad, porque en toda larva suea, acaso, una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento de virtud revelan con su ejemplo que la vida puede ser intensa y conservarse digna; dirigirse a la cumbre, sin enchar carse en lodazales tortuosos; encresparse de pasin, tempestuosamente como el ocano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo. En una meditacin de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareci como un velero que cruza el tiempo infinito, ignorapdo su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sera estril la pujanza del viento; sin viento, de nada serviran las lonas ms am plias. La mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, la resis tencia que stas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energa que infla las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos por aqulla. As -resistindolos, como las velas al viento-, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energas propulsoras.

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II. LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL l. El hombre rutinario. ll. Los estigmas de la mediocridad intelectual lll La maledicencia una alegora de Botticelli. IV. El sendero de la gloria. I. EL HOMBRE RUTINARIO La Rutina es un esqueleto fsil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estril la otra y las mata. En su rbita giran os espritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror a toda innovacin que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. Las ciencias el herosmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parcenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los nios y en las clases incultas. Acostumbrados a copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como esos enfermos de estmago inservible que se alimentan con substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar ideas nuevas los constrie a frecuentar las antiguas. La Rutina, sntesis de todos los renunciamientos, es el hbito de renunciar a pensar En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. Cada hbito es un riesgo, porque la familia ridad aviene a las cosas ~etestables y a las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el odo escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazn aprende a no agitarse por torpes acciones Los prejuicios son creencias anteriores a la observacin; los juicios, exactos o errneos, son consecutivos a ella. Todos los individuos poseen hbitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede substrrseles. No son exclusivos de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hbitos adquiridos por los

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44 JOS INGENIEROS hombres originales son genuinamente suyos, les son intrnsecos: consti tuyen su criterio cuando piensan y su carcter cuando actan; son indivi duales e inconfundibles. Difiere substancialmente de la Rutina, que es colectiva y siempre perniciosa, extrnseca al individuo, comn al rebao : consiste en contagiarse los prejuicios que infectan la cabeza de los dems. Aqullos caracterizan a los hombres; sta empaa a las sombras. El indi viduo se plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educacin oficial involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en el inevitable trato mundano con hombres rutinarios. El contagio mental flota en la atmsfera y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto originalizado por contigidad y es frecuente que un ingenio se amodorre entre pazguatos. Es ms contagiosa la mediocridad que el ta lento. Los rutinarios razonan con la lgica de los dems Disciplinad o s por el deseo ajeno, encajonndose en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dciles a la presin del con junto, maleables bajo el peso de la opinin pblica que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a s mismos, limitndose a creerse como los creen los dems. Los hombres excelentes, en cambio desdean la opinin ajena en la justa proporcin en que respetan la propia, siempre ms severa, o la de sus iguales. Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de razonables, su absurdidad enternecera. Oyndoles hablar una hora parece que sta tuviese mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fue otrora del siervo y lo es an del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos a la domesticidad, incapaces de gestos dignos. Enviaran en comisin a un lobo y un cordero, sorprendindose sinceramente si el fobo volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde gua de museo no los detiene con insistencia; pasan indiferentes junto a una madona del Anglico o a un retrato de Rembrandt; a la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya oleografas de toreros espaoles o generales americanos. Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la ms honda fuente de la virtud. No 10tentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo, como es2s mulas que por la costumbre de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difciles y cualquier re flexin parceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para adi vinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosmil para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse, podemos jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura les produce efectos de envenena miento. ~us pupilas se deslizan frvolamente sobre centones absurdos; gustan de los ms superficiales, de esos en que nada podra aprender un espritu claro, aunque resultan bastante profundos para empantanar al

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EL HOMBRE MEDIOCRE 45 torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental; ignoran qne el hombre no vive de lo que engulle, s ino de lo qu e a s imila. El ata s ca mi e n to puede convert i rlos en erud i t os y la rep e ticin d a rle s h bitos d e rumi a n t e. P ero, apiar d a tos no es ap render; trag a r no es digerit L a m s intr ida pa c i encia no hace de u n rutinario un pensador; la v erdad h a y que s aberla ama r y sent i r. Las n oci ones mal di g eridas slo si rven para a torar el enten dimiento 1 Pueblan su memoria con m im as de alma n a que y ias resuc i t a n de tiempo en tiempo, como si fueran s ent e nc ias Su cerebracin precaria tarta mudea pensam i entos adocenad os, h a ciendo ga.la de s impl e zas que s on la espuma inocente de su tont e a. Incap a ces de e s pol e ar su propia c a beza, renuncian a cualquier sacrificio, ale ga nd o la insegurid a d del re s ultado; no sospechan que h a y ms placer en m a rchar haci a la ve r dad que en llegar a ella". Sus creencia s amojon a da s por l o s fan a ti sm os de todo s los credos abarcan zonas circunscriptas por s up e r s ticiones pretritas. Llam a n ideales a sus preocupacione s, sin ad v ertir que son simple rutina embotellada, parodias de razn, opiniones sin juicio. Repre se ntan el sentido comn de s bocado, sin el freno del buen sentido. Son pro s aicos. No tienen afn de pe,rf eccin: la ausencia de ideales impdeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la v ida Satrales esa hllfllana tontera que ob s e s ionaba a Flaubert insoportablemente. La el racionalismo acometi v o del boticario librepensador o la c a su s tica untuosa del eclesistico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su ha descripto en mud10 s per s onajes, tanta parte tiene en la vida real. Ho mais y Bournisieu son sus prototipos; es impo s ible juzgar si es ms tonto doctrina: "Ser tonto egosta y t~ner una buena salud, he ah las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo est per dido". Sancho Panza es la encarnacin perfect a de esa animalidad humana: resume en su persona las ms conspicuas proporciones de tontera / egosmo y salud En !\ora para l fatdica llega a maltratar a su amo, en una escena que simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pen s ar que escritores espaoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotera, han s e tornado apologistas del gro sero Panza, oponiendo su bastardo sentido prctico a los quimricos en ~ueos del caballero; hubo quien lo encontr cordial, fiel, crdulo iluso, en g rado que lo hiciera un s mbolo ejemplar de pueblos Cmo no dis tinguir que el uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? A todos respondi con honda emocin el autor de la Vida de Quijote y Sancho, donde el conflicto espiritual entre el seor y el lacayo se resuelve en la evocacin de las palabras memorables pronunciadas por el primero: "asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida"; dicen los bigrafos que Sancho llor, hasta convencerse

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JOS INGENIEROS de que para serlo faltbale solamente la cola. El smbolo es cristiano. La moraleja no lo es menos; frente a cada forjador de ideales se alinean impvidos mil Sanchos, como si para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la estulticia. El resol de la originalidad ciega al hombre rutinario. Huye de los pensadores alados, albino ante su luminosa reverberacin. Teme embria garse con el perfume de su estilo Si estuviese en su poder los proscribira en masa, restaurando la inquisicin o el Terror: aspectos equivalentes de un mismo celo dogmatista. Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Defienden lo anacrnico y lo absurdo; no permiten que sus opi niones sufran el contralor de la experiencia. Llaman herejeal que busca una verdad o persigue un ideal; los negros queman a Bruno y Servet, los rojos decapitan a Lavoisier y Chenier Ignoran la sentencia de Shake speare: "el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende". La tolerancia de los ideales ajenos es virtud suprema en los que piensan. Es difcil para los semicultos; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error de los dems; ensea a soportar esa conse cuencia legtima de la falibilidad de todo juicio humano El que ha fati gado mucho para formar sus creencias, sabe respetar las de los dems. La tolerancia es el respeto en los otros de una virtud propia; la firmeza de las convicciones, reflexivamente adquiridas, hace estimar en los mismos adversarios un mrito cuyo precio se conoce. Los hombres rutinarios desconfan de su imaginacin santigun dose cuando sta les atribula con herticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios; ) muestran grave inquietud cuando alguien se atreve a perturbarlos. Astr nomos hubo que se negaron a mirar el cielo a travs del telescopio, te miendo ver desbaratados sus errores ms firmes. En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas nuevas, llegaran a creerlos peligrosos. Esa ilusin les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus profecas. Prefieren el silencio y la inercia; no pensar es su nica manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueo; los dems piensan por ellos, que agradecen en lo ntimo ese favor. En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opiniones. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dubl: confunden la tolerancia con la cobarda, la discrecin con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulacin con el mrito. Llaman sensatos a los que subscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener creencias propias; la originalidad en el pensar les pro duce escalofros. Comulgan en todos los altares apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con

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EL HOMBRE MEDIOCRE 47 JUICIOS decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes: es afn de rectificar los propios errores hasta aprender que toda crencia es falible y que los ideales admiten pref eccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los ~!avos: cuando ms se golpean ms se adentran. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, mxime si intentan subordinar el estilo a las ideas; prefieren las desteidas lucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve a toda forma y cuyo mrito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Si un ideal par padea en las pginas, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, lo s libros parcenles material de hoguera; cuando ellos pueden ser un punto luminoso en el porvenir o hacia la perfeccin, los rutinarios les desconfan. La caja cerebral del hombre rutinario es un alhajero vaco. No pueden raz o nar por s mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el creador poblp el mundo de hombres, co menz por fabricar los cuerpos a guisa de maniques. Antes de lanzarlos a la circuiacin levant sus calotas craneanas y llen las cavidades con pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espritu, buenas y malas. Fuera imprevisin al calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron env iados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen expli cara la existencia de hombres cuya cabeza tiene una significacin pura mente ornamental. Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definicin, de una prudencia desesperante: si uno de ellos pasara junto al campa nario inclinado de Pisa, se alejara de l, temiendo ser aplastado. El hombre original, imprudente, se detiene a cc : mtemplarlo; un genio va ms lejos; trepa el campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes ms altas de la fsica. Galileo. Si la humanidad hubiera contado solamente con los rutinarios, nues tros conocimientos no excederan de los que tuvo el ancestral hominidio. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioeo ; nunca i nterroga a Ja naturaleza. Observa Ardig que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse n 0 r qu est siempre all, sin caerse; ms bien creern que el preguntrselo no es propio de un hombre cuerdo. Diran gue est all porque es su sitio y encontrarn extrao que se busque la explicacin de cosa tan natural. Slo el hombre de buen sentido, que cometa la incorreccin de oponerse al sentido comn, es decir, un original o un genio -que en esto se homo logan-, puede formular la pregunta sacrlega: por qu la luna e~t all y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un

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JOS INGENIEROS audaz a quien incumbe adivinar algn parecido entre la plida lmpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del rbol mecido por la brisa. Ningn rutinario habra descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo. En esos hombres, inmunes a la pasin de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida pen s adores y filsofos, no caben impulsos de perfeccin. Sus inteligencias son como las aguas muertas; se pueblan de grmenes nocivos y acaban por descomponerse. El que no cultiva s u tnente, va derecho a la disgregacin de su personalidad. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. Las tierras frtiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan. II. LOS ESTIGMAS DE LA MEDIOCRIDAD INTELECTIJAL En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Dira que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: "Puedo conce bir un hombre sin manos, sin pies; llegara hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin l no podemos concebirlo" (Pens; XXIII). Si de esto dedujramos que quien no piensa no existe, la con clusin le desternillara de risa. Nacido sin esprit de .finesse, desesperarase en vano por adquirir-lo. Carece de perspicacia adivinadora; est condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas. Su tontera no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversi dades; fuera de tal caso, dirase que el armio de su candor no presenta una sola mancha de ingenio. El mediocre es solemne. En la pompa grandlocua de las exteriori dades busca un disfraz para su ntima oquedad; acompaa con fofa rica los mnimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese orlas. Las mediocracias exigen de sus actores derta seriedad convencional, que da importancia en la fantasmagora co lectiva. Los exististas lo saben: se adaptan a ser esas vacuas "per s onalidades de respeto", certeramente acribilladas por Sirner y expuestos por Nietzs ch~ a la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificar su yo verdadero, afanndose tan slo por inflar su fantasma social. Esclavo~ de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinin de los dems, acaban por preferirla a s mismos. Ese culto de la sombra oblgalo~ a vivir en continua alarma; suponen que bast un momento de distracrin para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos aos. De testan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituiran a un funcionario del

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EL HOMBRE MEDIORE 49 Estado si le sorprendieran leyendo a Boccacio, Quevedo o Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hbito anar quista_ de rer. Co~streidos a vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta de s denar todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediata mente provechoso. Su m~opa mental impdeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la be11eza y la sabidura. Donde c~een descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibi lidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexin, la sabi dura Borran de la historia que el ms sabio y el ms virtuoso de los hombres -Scratesbailaba Esta aguda advertencia de Montaigne, en los Ensayos, mereci una corroboracin de Pascal e1,1 sus Pen s amientos: "Ordinariamente suele imaginarse a Platn y Aristteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los dems, en el seno de la ami sta d. Escribieron sus leyes y sus tr ata dos de poltica para distrae~se y divertirse; esa era la parte menos filosfic a de su vida. La ms filosfica era vivir sencilla y tra,nquila mente El hombre mediocre que renunciara a su solemnidad, quedara desorbit a do ; no podra vivir. Son modestos, por principio. Pretenden que todos los sean, exigencia t an to ms fcil por cuanto en ellos sobra la modestia, desde que estn desprovistos de mritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que afirma las propias superioridades en voz alta como al que re de sus conven cionalismos suntuosos. Llaman modestia a la prohibicin de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad o del herosmo. Las nicas vctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreidos a no pestaear mientras los envidiosos empaan su gloria. Pra los tontos nada ms fcil que se; modestos: lo son por necesidad irrevocable; los ms inflados lo fingen por clculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de mritos pudibundos. Heine dijo: "Los charlatanes de la modestia son los peores de todos". Y Goethe sentenci: "Solamente los bribones son mo'destos". Ello no obsta para que esa reputacin sea un tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca pretender ser original, ni alzar su palabra, ni tendr opiniones peligrosas, ni desaprobar a los que gobiernan, ni blasfemar de los dogmas sociales: el hombre que acepta esa mscara hipcrita renuncia vivir ms de lo que permiten sus cmplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legtima: es el afn decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declina r por ello la ms leve partcula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de s mismo y de los dems. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, son como los trboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen genios no comprendidos y se resignan a ser modestos para complacer a la mediocracia que puede transformarlos en funcionarios; y son mediocres, lo mismo que los otros, con ms la c ata plasma de la modestia sobre las lceras de su mediocridad. En ellos, co m o sentenci La Bruyre, "la falsa modestia es el ltimo refinamiento

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JOS INGENIEROS de la vanidad". La mentira de Tartarn es ridcula; pero la de Tartufo es ignominiosa. Adoran el sentido comn, sin saber de seguro en qu consiste; con fndenlo con el buen sentido, que es su sntesis. Dudan cuando los dems resuelven dudar y son eclcticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no atrevindose a tener ninguna opinin, se apropian de todo un poco y logran encender una vela en el altar de cada santo. Temerosos de pensar, como si fincasen en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; por eso cuando un mediocre es juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se somete a la rutina y cumple el triste oficio de no hacerla nunca y embrollada con frecuencia .El temor de comprometerse lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. Bueno es desconfiar del hipcrita que elogia todo y del fraca:;ado que todo lo encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz de un s y de un no, el que vacila para admirar lo digno y execrar lo miserable. En el primer captulo de los Caracteres parece referirse a ellos La Bruyre, en un prrafo copiado por Hell.o: Pueden llegar a sentir la belleza de un manuscrito que se les lee pero no osan declarar en su favor hasta q_ue hayan visto su curso en el ntundo y escuchado la opinin de los presuntos competentes; no arries gan su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y cacarean que el pblico es de su opinin". Temerosos de juzgar por s mismos, se consideran obligados a Judar de los jvenes; ello no les impide, despus de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces prodganles juramentos de escla vitud que llaman palabras de estmulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su proteccin a toda superioridad ya irresistible, es un anti cipo usurario sobre la gloria segura: prefieren tenerla propicia a sentirla hostil. Hacen mal por imprevisin o por inconsciencia, como los nios que matan gorriones a pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por distraccin. Son incapaces de guardar un secreto; confirselo equivale a ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando a cuesta cierto optimismo de Pangloss. A fuerza de paciencia pueden adquirir alguna habilidad parcial. como esos autmatas perfeccionados que honran a la juguetera moderna: podra concedrseles una especie de viveza, quisi cosa del ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez complicada y una travesura inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se re fieren a cosas; se convencen de lo que ya tiene un sitio marcado en su mollera y mustranse equivos a lo que no encaja en su espritu Son feligreses de la palabra; no ascienden a la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y slo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitacin de palabras; tiemblan ante los que pueden jugar con las

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EL HOMBRE MEDIOCRE ideas y producir esa gracia del espritu que es la paradoja. Mediante sta s e descubren los puntos de v ista que permiten conciliar los contrarios y se en s ea que toda creenci a es r e lati v a a l que la cree pudiendo sus contrarias s er cr e das por otros al m i smo tiempo La mediocridad intel ec tual hace al hombre solemne, modesto inde ciso y obtuso. Cuando no l en v enena la v anid a d y l a envidia, dirase que duerme s i n s oar. Pas ea su v ida por l a s ll a nuras ; e v ita mirar desde las cumbres que escalan los v idente s y a som a r s e a los precipicios que sondan los e legidos Vive entre los en g ranaje s de l a rutin a I II. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORIA DE BOTTICELLI Si se limitaran a vegetar, agobiados como caritides bajo el peso de sus atributos los hombres sin ideales escaparan a la reprobacin y a la alabanza. Circunscriptos a su rbita seran tan respetables como los dems objetos que nos rodean No hay culpa en nacer sin dotes excep cionales; no podra exigrseles que treparan las ruestas riscosas por donde ascienden los ingenios preclaros. Mereceran la indulgencia de los ritus privilegiados que no la rehusan a los imbciles inofensivos. Estos ltimos, con ser ms indigentes, pueden justificarse ante un optimismo risueo: zurdos en todo rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo a los ingeniosos y ayudndolos a andar el camino. Son buenos compaeros y desopilan el bazo durante la marcha; habra que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbciles, seran acreedores a esa amable tolerancia mien tras se mantuvieran a la capa; cuando renuncian a imponer sus rutinas son sencillos ejemplares del rebao humaQo, siempre dispuestos a ofrecer su lana a los pastores. Desgraoadam~nte, suelen olvidar su inferior jerarqua y pretenden tocar la zampoa, con la irrisoria pretensin de que otros marquen el paso a comps de sus desafinamientos Trnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan a los que no pueden igualar, como si con slo existir los ofendieran Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: la exigidad del propio valimento les induce a roer el mrito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputacin que los humilla sin sospechar que nunca es ms vil la conducta humana. Basta ese rasgo para distinguir al doms tico del digno, al ignorante del sabio, al hipcrita del virtuoso, al vi llano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hom bres excelentes no saben envenenar la vida ajena. Ninguna escena alegrica posee m s honda elocuencia que el cuadro famoso de S a ndro Botticelli. La Calum n ia invita a meditar con doloroso recogimiento ; en toda la Galera de los Ofic~os parecen reson~r las pa labras que el artista -no lo dudamosquiso poner en labios de la Verdad p a ra consuelo de la vctima : en su encono est la medida de tu mr i to

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JOS INGENIEROS La inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el 1 Engao y la Hipocresa la acompaan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerz,o implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de travs hacia el opuesto extremo, donde est, como siempre sola y des nuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademn de sus enemigos, ella levanta su ndice al cielo en una tranquila apelacin a la justicia divina. Y mientras la vctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una splica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas a la Ignorarrcia y la Sospecha. En esta apasionada reconstruccin de un cuadro de Apeles, descripto por Luciano, parece adquirir dramticas firmezas el suave pincel que des borda dulzuras en la Virgen del Granado y el San Sebastin, invita al remordimiento con La Abandonada, santifica la vida y el amor en la Alegora de ta Primavera y el Nacimiento de Venus. Los mediocres, ms inclinados a la hipocresa que al odio, prefieren la maledicencia sorda a la calumnia violenta. Sabiendo que sta es cri minal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafa el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de sus iguales, mantenindose en la penumbra. Los maldicientes florecen doquiera: en los c1:rnculos, en los cl,ubes, en las academias, n las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, cons tantes en su afn de taladrar la dicha ajena sembrando a puados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insina en la conversacin de los envilecidos; sus vrtebras son nombres propios, articulados por los verbos ms equvocos del diccio nario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos. Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, dies tras en la manera y amables en la forma, Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como subscribiendo a la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, est seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insina; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe 1 seleccionar lo que converge a la detraccin. Dice distradamente todo el mal de que no est seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes ntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoa que asoma como una irrupcin en sus labios irritados,

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EL HOMBRE MEDIOCRE 53 hasta que toda la boca, hecha una pstula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete. Sin cobarda, no hay maledicencia. El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las mscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, ms graves que las peores imputa ciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la accin rectilnea. Si estos basiliscos parlantes poseen algn barniz de cultura, pretenden encubrir su infamia con el pabelln de la espiritualidad. Vana esperanza; estn condenados a perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fcil la malig nidad zumbona, pero ella no se confunde con la irona sagaz y justa. La irona es la perfeccin del ingenio, una convergencia de intencin y de sonrisa, aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cron metro, no anda mi;icho, sino con precisin. Eso ignora el mediocre. Le es ms fcil ridiculizar una sublime accin que imitarla. En las sobremesa~ subalternas su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia. mientras le ampara la complicidad maldiciente; pero fltale el aticismo sano del que todo perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteli gencia cristalina que permite descifrar la verdad en la entraa misma de las cosas que l vaivn mundano somete a nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades perversas por su misma falta de hidalgua; disfrazan de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Los ca lumniadores minsculos son ms terribles, como las fuerzas moleculares c1ue nadie ve y carcomen los metales ms nobles. Nada teme el maldi ciente al sembrar sus aagazas de esterquilino; sabe que tiene a su es palda un innumerable jabardillo de cmplices, regocijados cada vez que un espritu omiso los confabula contra una estre lla. El escritor mediocre es peor por su estilo que por su moral. Rasgua tmidamente a los que envidia; en sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le erizaran los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos esscritores, aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan a ser terriblemente aburridos, acosndonos con volmenes que podran terminar en el primer prrafo. Sus pginas estn embalumadas de lugar~s comunes, como los ejercicios de las guas poli glotas. Describen dando tropiezos contra .la realidad; son objetivos que operan y no retortas que destilan; se desesperan pensando que la calco mana no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, dirase que V asco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula montaesa, detenindose a rumiar el pienso pastado medio siglo anfes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la parfrasis practican esa pudibunda modestia que es su

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54 JOS INGENIEROS mentira convencional; se admiran entre s, con solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de cicln o revoloteo de guila. Palidecen ante el orgullo desdeoso de los hombres cuyos ideales no sufren inflexiones; fin gen no comprender esa virtud de santos y de sabios, supremo des precio de todas las mentiras por ellos veneradas. El escritor mediocre, mido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la envidia puede en.ce larle; entonces prefiere hacerse crtico. El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua centuplcase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de la ulterioridad. La maledicencia oral tiene eficacias inmediatas, pavorosas. Est en todas partes, agrede en cualquier momento. Cuando se reunen espritus pazguatos, para turnarse en decir pavadas sin inters para quien las oye, el terreno es propicio para que el ms alevoso comience a maldecir de algn ilustre, rebajndolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamacin arraiga en la complacencia tcita de quienes la escuchan, en la cobarda colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse; mo rira si ellos no le hicieran una atmsfera vital. Ese es su secreto. Seme jante a la moneda falsa: es circulada sm escrpulos por muchos que no tendran el valor de acuarla. Las lenguas ms acibaradas son las de aqullos que tienen menos autoridad moral, como ensea Molire desde la primera escena de Tartufo: "Ceux de qui la conduite offre le plus rire. Sont toujours sur autrui les premiers mdire". 1 Dirase que empaan la reputacin ajena para disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es in consciente; maldicen por ociosidad o por diversin, sin sospechar dnde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentndola, adornndola, pasando insensiblemente de la verdad a la mentira, de la torpeza a la infamia, de la maledicencia a la calumnia. Para qu evocar las palabras memo rables de la comedia de Beaumarchais ? IV. EL SENDERO DE LA GLORIA El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene apetitos urgentes: el xito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicio nada solamente por los caracteres superiores. Aqul es un triunfo efmero, al contado; sa es definitiva, inmarcesible en los siglos. El uno se men diga; la otra se conquista. Es despreciable todo cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillndose, reptando, a hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apunta lndose en la complicidad de innumerables similares. El hombre de rito se adelanta a su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone 1 Aqullos en quienes la conducta se presta ms a risa, son siempre los primeros en hablar mal de los dems. (N. del E.).

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EL HOMBRE MEDIOCRE 55 dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, a cara descubierta, sin humillarse, ajeno a todos los embozamientos del servilismo y de la tn triga. La popularidad tiene peligros. Cuando la multitud clava sus ojos por primera vez en un hombre y le aplaude, la lucha empieza: desgraciado quien se olvida de s misrp.o para pensar solamente en los dems. Hay que poner ms lejos la intencin y la esperanza, resistiendo las tentaciones del aplauso ,inmediato; la gloria es ms difcil, pero ms digna. La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo espec table en la administracin del Estado, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita El hombre excelente se reconoce porque es rn paz de renunciar a toda prebenda que tenga por precio una partcula de su dignidad. El genio se mueve en su rbita propia, sin esperar san ciones ficticias de orden poltico, acadmico o mundano; se revela por la perennidad de su irradiacin, como si fuera su vida un perpetuo amanecer El que flota en la atmsfera como una nube, sostenido por el viento de la complicidad ajena, puede abocadar por la adulacin lo que otros deberan recibir -por sus aptitudes; pero quien obtiene favores sin tener mritos, debe temblar: fracasar despus, cien veces, en cada cambio de viento Los nobles ingenios slo confan en s mismos, luchan, salvan los obstculos, se imponen. Sus caminos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega al error colectivo que le arrastra, el superior va contra l con energas inagotables, hasta despejar su ruta. Merecido o no, el xito es el alcohol de los que combaten. La pri mera vez embriaga; el espritu se aviene a l insensiblemente; despus se convierte en imprescindible necesidad. El primero, grande o pequeo, es perturbador. Se siente una indecisin extraa, un cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emocin del adolescente que se encuentra a solas por primera vez con una mujer amada: emocin tierna y violenta, estimula e inhibe a la vez, instiga y amilana. Mirar de frente al xito, equivale a asomarse a un precipicio: se retrocede a tiempo o se cae en l para siempre. Es un abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un ca s tigo, un filtro que envenena la vanidad y hace infeliz para siempre; el hmbre superior, en cambio, acepta como simple anticipacin de la gloria ese pequeo tributo de la mediocridad, vasalla de sus mritos. Se pre s enta bajo cien aspectos, tienta de mil maner~. Nace por un accidente inesperado, llega por senderos invisibles. Basta el simple elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista fcil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo el tiempo, trnase imposible eludir el hbito de esta embriaguez; lo nico difcil es iniciar la costumbre, como para todos ~os vicios. Despus no se puede vivir sin_ el tsigo vivificador y ~sa ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender sm la ayuda de cmplices y de pilotos. Para el hombre acomodaticio hay una certi

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EL HOMBRE MEDIOCRE 51 asp~ctos caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secun daria del actor o de un estado accidental de la mentalidad colectiva. Amen guada la aptitud o traspuesta la circunstancia, vuelven a la sombra y a~isten en vida a sus propios funerales. Entonces pagan cara su notoriedad; vivir en perpetua nostalg ia es su martirio Los hijos del xito pasajero deberan morir al caer en la orfandad. Algn poeta melanclico escribi que es hermoso vivir de los rec:11erdos: frase absurda. Ello equivale a agonizar. Es la dicha del pintor ma n iatado por la ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arnesgar una sola ficha. En la vida se es actor o pblico, timonel o galeote. Es tan doloroso pa
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\ III. LOS VALORES MORALES l. La moral de Tartufo. II. El hombre honesto. III. Los trnsfugas de la honestidad. IV. Funcin social de la v i rtud. V. La pequea virtud y e/ talento mo,-at. VI. El genio moral: la santidad. I. LA MORAL DE TARTUFO La hipocresa es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmu decer los escrpulos en los hombres incapaces de resistir la tentacin del mal. Es falta de virtud para renunciar a ste y de coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos vulgares, permitindoles prosperar en la mentira: como esos rboles cuyo ramaje es ms frondoso cuando crecen a inmediaciones de las cinagas. Hiela, donde ella pasa, todo noble germen de ideal: zarzagn del entusiasmo. Los hombres rebajados por la hipocresa viven sin ensueo, ocultando sus intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizn; tienen la certidumbre ntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulacin. Ninguna fe impulsa a los hipcritas; no sospechan el valor de las creencias rectilneas. Esquivan la responsabilidad de sus acciones, son a udae:es en la traicin y tmidos en la lealtad. Conspiran y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban con reticencias ponzo osas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen un galardn incon fundible: cierran todas las rendijas de su espritu por donde podra asoma, desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la mentira. En su anhelo simulan las aptitudes y cualidades que considel'.an ventajosas para acrecentar la sombra que proyectan en su escenar io. As como los ingenios exiguos mimetizan el talento intelectual, embalumn dose d refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad indecisa parodian el talento moral, oropelando de virtud su honestidad inspida. Ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen el salvocon ducto otorgado por los cmplices de sus prejuicios convencionales. El hipcrita ~uele aventajarse de su virtud fingida, mucho ms que el :verdadero virtuoso. Pululan hombres respetados en fuerza de no descubrrseles bajo el disfraz; bastara penetrar en la intimidad de sus

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EL HOMBRE MEDIOCRE 59 sentimientos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimacin. El psiclogo reconoce al hipcrita; rasgos hay que distin guen al virtuoso del simulador, pues mientras ste es un cmplice de los prejuicios que fermentan en su medio, aqul posee algn talento que le permite sobreponerse a ellos. Todo apetito numulario despierta su acucia y le empuja a descu brirse. No retrocede ante las arteras, es ~cil a los besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera a fuerza de maraas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el xito estriba en aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su vctima. Cada Scrates encuentra su Mlitos y cada Cristo su Judas. La hipocresa tiene matices Si el mediocre moral se aviene a vegetar en la penumbra, no cae bajo el escalpelo del psiclogo; su vicio es un simple reflejo de mentiras que infestan la moral colectiva. Su culpa comienza cuando intenta agitarse dentro de su basta condicin, preten diendo igualarse a los virtuosos. Chapaleando en los muladares de la intriga, su honestidad se mancilla y se encanalla en pasi0nes innoblemente desatadas. Trnase capaz de todos los rencores. Supone simplemente ho nesto, como l, a todo santo virtuoso; no descansa en amenguar sus ritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo ~acedo arriba. Persigue a los caracteres superiores, pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades, desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra, ensalobrndose, babeando sin morder mintiendo sumisin y amor a los mismos que detesta y carcome. Su malsindad est inquietada con escrpulos que le obligan a avergonzarse en secreto; descubrirle es el ms cruel de los suplicios. Es su castigo. El odio es loable si lo comparamos con la hipocresa. En ello se distinguen la subrepticia medrosidad del hipcrita y la adamantina lealtad del hombre digno. Alguna vez ste se encrespa y pronuncia palabras que son un estigma o un epitafio; su rugido es la luz de un relmpago fugaz y no deja esco~ias en su corazn, se desahoga por un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un exceso de fuerza plstica cuya funcin regeneradora cura prontamente las ms hondas heridas y trae el perdn. La juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo las pasiones malignas; el hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios est ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan imborrables como sus canas. Y como stas, puede teirse el odio: la hipocresa es la tintura de esas canas morales Sin fe en creencia alguna, el hipcrita profesa las ms provechosas. Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un pelele hueco; por eso, para conducirse, necesita la muleta de alguna religin. Prefiere las que afirman la existencia del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Esa aritmtica de ultratumba le permite disfrutar ms tranquilamente los beneficios de su hipocresa; su religin es una actitud y no un sentimiento. Por eso suele exagerarla: es fantico. En los sant<;>s

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60 JOS INGENIEROS y en los virtuosos, la religin y la moral pueden correr pare1as; en los hipcritas, la conducta baila en comps distinto del que marcan los mandamientos. Las mejores maximas tericas pueden convertirse en acciones abomi nables; cuanto ms se pudre la moral prctica, tanto mayor es el esfuerzo por rejuveneceda con harapos de dogmatismo.' Por eso es declamatoria y suntuosa 1a retrica de Tartufo, arquetipo del griero, cuya creacin pone a Molire entre los ms geniales psiclogos de todos los tiempos. No olvi demos la historia de ese oblicuo devoto a quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona a toda su familia. Cleanto, un joven, se atreve a desconfiar de l; Tartufo consigue que Orgon expulse de su hogar a ese mal hijo y se hace legar sus bienes. Y no basta: intenta seducir a la consorte de su husped. Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna a celebrar con Tartufo una entrevista, a la que Orgon asiste oculto. El hipcrita, creyndose solo, expone los principios de su casus tica perversa; hay acciones prohibidas por el cielo, pero es fcil arreglar con l estas contabilidades; segn convenga pueden aflojarse las ligaduras de la conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega: En fin votre scrupule est facile dtnre Vous tes assure ici d'un plein secret, Et le mar n' est jamais que dans l' clat qtt' on f ait; Le scandale du monde est ce que f ait l' off ense Ee ce n'est pas pcher que pcher en silence. 1 Esa es la moral de la hipocresa jesutica, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. La del hombre virtuoso es otra: est en la intencin y en el fin de las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la oratoria unh10sa. Scrates y Cristo fueron virtuosos contra la religin de su tiempo; los dos murieron a manos de fanatismos que estaban ya divorciados de toda moral. La santidad est siempre fuera de la hipocresa colectiva. La exageracin materialista de las ceremonias suele coincidir con la aniquilacin de todos los idealismos en las naciones y en las razas; la historia la seala en la decadencia de las castas gober nantes y dice que el loyolismo apuntala siempre su degeneracin moral. En esas horas de <::risis la fe agoniza en el fanatismo decrpito y alienta formidablemente en los ideales que renacen frente a l, irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia a caer en nuevos fana tismos y a oponerse a ideales venideros. El hipcrita est constreido a guardar las apariencias, con tanto afn corno pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pa sajes pertinentes del Sartor Resattus; por ellos admira a Carlyle, tanto l Finalmente vuestro escrpulo es fcil de dest~uir: Estis asegurada aqu de un pleno secreto, y el mal no est ms que en el ruido que se hace; el a&Cndalo del mundo es lo que hace la ofensa y no es pecar ,pecar en silencio.

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EL HOMBRE MEDIOCRE 61 e.orno otros por su culto a Los hl'oes. E1 respeto de las formas hace que los hipcritas de cada poca y pas adquieran rasgos comunes; hay una "manera" peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus adeptos, como h ay "algo" que denuncia el parentesco entre los afiliados a una tendencia artstica o escuela literaria. Ese estigma comn a los hipcritas, que per mit e reconocerlos no obstante los matices individuales impuestos por el rango o la fortuna, es su profunda animadversin a la verdad. La hipoc resa es ms honda que la mentira; sta puede ser accidental, aqulla e s permanente. El hipcrita transforma su vida entera en una m entira met dicamente or .ga nizada Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que e llo le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando con sus pal abras, co mo esos poetas q.ue disfrazan con largas crenchas la cortedad de su i nspi racin. El hbito de la mentira paraliza los labios del hipcrita cuando llega la hora de pronunciar una _verdad. As co mo la pereza es la clave de la rutina y la avidez es mvil del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresa. Nun ca ha escuchado la Humanidad palabras ms nobles que algunas de Tartufo; pero jams un hombre ha producido acciones ms discon formes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza o en la proscri pci n, en la opulen cia o en la miseria, el hipcrita est siempre dispuesto a a dular a los poderosos y a engaar a los humildes, mintiendo entramb os. El que se acostumbra a pronunciar palabras falsas, acaba por faltar a la propia sin repugnancia, perdiendo toda nocin de lealtad ~on sigo m ismo. Los hipcritas ignoran que la verdad es la condicin fund\t mental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: "De sierv os es mentir, de libres decir verdad". Por eso el hipcrita e s t pre dispuesto a adquir i r sentimientos serviles. Es el lacayo de los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un milln de amos, de todos los cmplic es de su mediocrid a d. El que nente es traidor: sus y ctimas le escuchan suponiendo que dice la verdad. El mentiroso c ons pira contra la quietud ajena, falta al respeto a todos, siembra la inseguridad y la de s confi a nza. Con mirar oji zaino persigue a los sinceros, creyndolos sus enemigos naturales. Abo rrece la s ince ridad. Dice que ella es fuente de escndalo y anarqua, como si pudiera culparse a la escoba de que exista la suciedad. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte e individualista, finc an do en ello su altivez inquebrantable, pues su oposic i n a la hipo cresa es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticacin y el descenso comn. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santo s ensearon a morir por ella. El disfraz sir v e al dbil; slo se finge lo que se cree no tener Hablan ms de la nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele danzar n labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo a los envilecidos; la caballerosidad es la ganza de los estafadores; la temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherit alguna

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JOS INGENIEROS partcula a su sombra. Y, en efecto sta se va modificando en la cons tante labor; la mscara es benfica en las mediocracias contemporneas, mager los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres vir tuosos. l!stos no creen al hipcrita ; descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es des leal con la verdad no tiene por qu ser leal con la mentira. El hbito de la ficcin desmorona a los caracteres hipcritas, verti ginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio; nada detiene a una avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en esa abyecta honestidad por clculo que es simple sublimacin del vicio. El culto de las apariencias lleva a desdear la realidad. El hipcrita no aspira a ser virtuoso, sino a parecerlo; no admira intrnsecamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condicin puede reportarle. Faltndole ia osada de practicar el mal, a que est inclinado, contntase con sugerir que ocul a sus virtudes por modestia; pero jams consigue usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos asoman por alguna parte, como las clsicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mrito son incompatibles con el tartu_fismo; la observacin induce a desconfiar de las virtudes misteriosas. Ya ense aba Horado que "la virtud oculta difiere poco de la oscura holgaza nera (Od. IV, 9, 29). No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En vano los hipcritas viven jactndose de una gran ecuanimidad y procurando adquirir prestigios catonianos: su prudente cobarda les im pide ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Pre fieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas; no lo hacen, empero, por filosofa, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que stos deben ser relativos, aunque en lo ntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones. No osan proclamar su propia suficiencia, prefieren avanzar en la vida sin ms brjula que el xito, ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos a poner la propia hacia el ms leve obstculo. Los hombres rectos son objeto de su acendrado rencor, pues con su rectitud humillan a los oblicuos; pero stos no confiesan su cobarda y sonren servilmente a las miradas que los torturan, aunque sienten el vejamen: se contraen a estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar prfidos venenos en el homenaje que a todas horas estn obligados a tributarles. Difaman sordamente; traicionan siempre, como los esclavos, como los hbridos que traen en sus venas sangre servil. Hay que temblar cuando sonren: vienen tanteando la empuadura de algn estilete oculto bajo su capa. El hipcrita entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su ambigedad recalcitrante. Da por da afloja sus anasto mosis con las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impdele caldearse en la ternura ajena y su afectividad ya palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado el corazn en un invierno prema

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EL HOMBRE MEDIOCRE turo. Slo piensa en s mismo, y esa es su pobreza suprema. Sus senti mientos se marchitan en los invernculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos crecen en un perpetuo olvido de su ayer y piensan en cosas nobles para su maana, lo s hipcritas se repliegan sobre s mismos, sin darse, sin gastarse, retrayndose, atrofindose. Su falta de in~imidades les impide toda expansin, obsesionados por el temor de que su conciencia moral asome a la superficie. Saben que bastara una leve brisa para descorrer su liviansimo velo de virtud. No pudiendo confiar en nadie, viven cegando las fuentes de su propio corazn: no sienten la raza, la patria, la clase, la familia, ni la amistad, aunque saben mentidas para explotarlas mejor. Ajenos a todo y a todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en srdidas caricaturas del egosmo. El hipcrita mide su generosidad por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa para su reputacin. Antes de dar, investiga si tendr notoriedad su donativo; fi gura en primera lnea en todas las suscripciones pblicas, pero no abrira su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad, como si comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado o sacar provecho del hambre ajena. Su indiferencia al mal del prjimo puede arrastrarle a complicidades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilar ante grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipcrita basta para enemistar a dos amigos o para dis tanciar a dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una armona, que brar una concordancia Su apego a la mentira le hace acoger benvo lamente cualquier infamia, desenvolvindola hasta lo infinito, subterr neamente, sin ver el rumbo ni medir cun hondo, tan irresponsable como esas alimaas que cavan al azar sus madrigueras, cortando las races de las flores ms delicadas. Indigno de la confianza ajena, el hipcrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso le acoquina frente a los hombres sinceros, creyendo escu char en cada palabra un reproche merecido; no hay en ello dignidad, sino remordimiento. En vano pretendera engaarse a s mismo, confun diendo la susceptibilidad con la delicadeza; aqulla nace del miedo y sta es hija del orgullo. Difieren como la cobarda y la prudencia, como el cinismo y la since ridad La desconfianza del hipcrita es una caricatura de la delicadeza del orgulloso Este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de ritos excelente, toda vez que desdea dignidades cuyo precio es el servi lismo y cuyo camino es la adulacin; el hombre digno exige entonces respeto para ese valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estril, pero ello le aparta para siempre de los hipcritas domesticados. Es raro el caso. Frecuentsima es, en cambio, la suscepti bilidad del hipcrita, que teme verse desenmascarado por los sinceros.

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JOS INGENIEROS Sera extrao que conservara esa delicade za, umca sobreviviente del naufragio de las dems. El hbito de fingir es incompatibl e con eso~ matices del orgullo; la mentira es opaca a cualquier resplandor de dig nidad. La conducta de los tartu.fos no puede conservarse adamantina; los expedientes equvocos se encadenan hasta ahogar los ltimos escr pulos. A fuerza de pedir a los dems sus prejuicio s endeudnd ose mor al mente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros favores y bienes materiales, olvidando que las deudas torpemente acumuladas esclavizan al hombre. Cada prstamo no devuelto es un nuevo eslabn remachado a su cadena; se les hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no pueden cruzar y entre per sonas cuya mirada no sa bran sostener. La mentira y la hipocresa convergen a estos renunciamientos, quitando al hombre su independencia. Las deudas contradas por vanidad o por vicio obligan a fingir y engaar; el que las acumula renuncia a toda dignidad. Hay otras consecuencias del tartufismo. El hombre dctil a la int riga se priva del cario ingenuo. Suele tener cmplices, pero no tiene amigos; la hipocresa no ata por el corazn, sino por el inters Los hipcritas, forzo sa mente utilitarios y oportunistas, e s tn siempre dispuestos a traicio nar sus principios en homeaaje a un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espritus sup e riores. El gentilhombre tiene siemp re un enemigo en ellos, pues la reciprocidad de sentimientos slo es posible entre iguales; no puede entregarse nunca a s u amistad, pues acechar!n la ocasin para afrentarlo con alguna infamia vengando s u propia infe rioridad. La Bruyre escribi una mxima imperec e dera: "En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanz a r los que nacieron me diocres"; stos necesitan cmplices, buscndolo s entre los que conocen esos secretos resortes descriptos como un a simple solidaridad e n el mal. Si el hombre sincero se entrega, ellos aguardan la h o ra propicia para traicio11arlo; por eso la amistad es difcil para los grandes espritus y stos no prodigan su intimidad cuando se elevan dem as iado sobre el nivel comn. Los hombres eminentes necesitan disponer de infinita sensibilidad y tole rancia para entregarse; cuando lo hacen, nada pone lmites a su ternura y devocin. Entre nobles caracteres la amistad crece de sp acio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de los mritos recproco s; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero permanece ragutica, fun dndose a menudo en la complicidad del vicio o de la intrig a Por eso la poltica puede crear cmplices, pero nunca amigos; mu chas veces lleva a cambiar stos por aqullos, olvidando que cambiarlos con fre cuencia equivale a no tenerlos. Mientras en los hipcritas las determ i na, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los mritos que la inspiran. Siendo desleal, el hipcrita es tambin ingrato. Invierte las frmulas del reconocimiet:1to: aspira a la divulgacin de los favores que hac e, sin ser por ello sensible a los que recibe. Multiplica por mil lo que da y .divide por un milln lo que acepta. Ignora la gratitud -virtud de ele

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EL HOMBRE MEDIOCRE gidos-, inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles por los que saben dar a tiempo y cerrando los ojos. A veces resulta ingrato sin saberlo, por simple error de su contabilidad senti mental. Para evitar la ingratitud ajena slo se le ocurre no hacer el bien, cumple su decisin sin esfuerzo, limitndose a practicar sus formas ostensibles, en la proporcin que puede convenir a su sombra. Sqs senti mientos son otros; el hipcrita sabe que puede seguir siendo honesto aunque practique el mal con disimulo y con desenfado la ingratitud. La psicologa de Tartufo sera incompleta si olvidramos que coloca en lo ms hermtico de sus tabernculos todo lo que anuncia de florecer de pasiones inherentes a la condicin humana. Frente al pudor instintivo, casto por definicin, los hipcritas han organizado un pudor convencional, impdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma, eternizndola, les parece inconfesable, como si el contacto de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y mi sterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicateara la tentacin de los castos pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones ms torpes. Se escandalizan de la pasin sin renunciar al vicio, limitndose a disfrazarlo o encubrirlo. Encuentran que el IJ}al no est en las cosas mismas sino en las apariencias, formndose un a moral para s y otra para los dems, como esas casadas que presumen de honestas aunque tengan tre s amantes y repudian a la doncella que ama a un solo hombre sin tener marido. No tiene lmites esta escabrosa frontera de la hipocresa. Celosos catones de las costumbres, persiguen las ms puras exhibiciones de be lleza artstica. Pondran una hoja de parra en la mano de la Venus Me dicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las ms divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Confunden la castsima ar mona de la belleza plstica con la intencin obscena que lo s f).sa lta al contemplarla. No advierten que la perversidad est siempre en ellos, nunca en la obra de arte. El pudor de los hipcritas es la peluca de su calvicie moral. 1 II. EL HOMBRE HONESTO La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobarda para el vicio. Si hay merites que parecen maniques articulados con rutinas, abundan corazones semejantes a mongolfieras infladas de prejuicios. El hombre honesto puede temer el crimen sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado sele el corazn, estru jndole en germen todo anhelo de perfeccionamiento futuro. Sus prejuicios son los documentos arqueolgicos de la psicologa social: residuos de vir tudes crepusculares, supervivencias de morales ext i nguidas. Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en

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66 JOS INGENIEROS ello implcito un error o mentira, que conviene disipar Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin s entir un afn de perfeccin; sobra para ello con no ostentar el mal lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, flucta la honestidad La virtud eleva sobre la moral corriente: implica cierta aristocracia del corazn, propia del talento moral; el virtuoso se anticipa a alguna forma de perfeccin futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hbito. El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel moral superior al vicioso, aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algn ideal. Limitndose a respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el doble decmetro que usan sus iguales, a cuyas fracciones resultan irre ducibles las tendencias inferiores de los encallados y las aspiraciones cons picuas de los virtuosos. Si no llegara a asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le castigara como delincuente por su con ducta deshonesta: si pudiera sobreponrseles, su talento moral ahondara surcos dignos de imitarse. La mediocridad est en no dar escndalo ni servir de ejemplo. El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sos pecha, toda vez que a ello se sienta constreido por la fuerza de los prejuicios, que son obstculos con que los hbitos adquiridos estorban a las variaciones nuevas. Los actos que ya son malos en el juicio original de los virtuosos, pueden seguir siendo buenos ante la opinin colectiva. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan a la masa honesta; el mediocre sigue llamando I,ien a lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad de entrever el bien del porvenir. Sentir con el corazn de los dems equivale a pensar con cabeza ajena. La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la hones tidad es un uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme a la opinin pblica con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al infierno; nunca tiene la osada de ponerse en contra de ella, y menos cuando la apariencia del vicio es un peligro nsito en toda virtud no comprendida. Renuncia a ella por los sacrificios que implica Olvida que no hay perfeccin sin esfuerzo: slo pueden mirar al sol de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los cora zones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor a las espinas; los virtuosos saben que es necesario exponerse a ellas para escoger las flores mejor perfumadas. El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; a ste le llama "loco" y al otro lo juzga "amoral". Y se explica: los mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, "cor dura" y "moral" son los nombres que l reserva a sus propias cualidades.

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EL HOMBRE MEDIOCRE Para su moral de sombras, el hipcrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la exceden, parcenle "amorales'.', y con esta calificacin les endosa veladamente cierta inmoralidad .. Hombres de pacotilla, dirase hechos con retazos de catecismo y con sobras de vergenza: el primer oferente los puede comprar a bajo precio. A menudo mantinense honestos por conveniencia; algunas veces por simplicidad, si el prurito de la tentacin no inquieta su tontera. Ensean que es necesario ser como los dems; ignoran que slo es virtuoso el que anhela ser mejor. Cuando nos dicen al odo que renunciemos al ensueo e imitemos al rebao, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la a postasa del propio ideal para sentarnos a rumiar la merienda comn. La sociedad predica: no hagas mal y sers honesto" El talento moral tiene otras exigencias: persigue una perfeccin y sers virtuoso". La honestidad est al akance de todos ; la virtud es de pocos elegidos El hombre honesto aguanta el yugo a que lo uncen sus cmplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala La honestidad es una industria; la virtud excluye el clculo. No hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo al castigo y el codicioso que las activa por la esperanza de una recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con los prejuicios sociales. El que tiembla ante un peligro o persigue una prebenda es indigno de nombrar la virtud: por sta se arriesgan la proscripcin o la miseria. No diremos poi: eso que el virtuoso es infalible Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones espontneas, el reconocimiento leal de los pro pios errores como una leccin para mismo y para los dems, la firm e rectitud de la conducta ulterior. El que paga una culpa con muchos aos de virtud, es como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergenza de ello s, agravndolos con el impudor, subrayndolos con la reincidencia duplicndolos con el aprovechamiento de los resultados. Predicar la honestidad sera excelente si ella no fuera un renuncia miento a la virtud cuyo norte es la perfeccin incesante. Su elogio empaa el culto de la dignidad y es la prueba ms segura del descenso moral de un pueblo. Encumbrando al intrpole se afrenta al severo; por el tolerable se olvida al ejemplar. Los espritus acomodativos llegan a aborrecer la firmeza y la lealtad a fuerza de medrar con el servilismo y la hipocresa Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse Stendhal reduca la honestidad a una simple forma de miedo; conviene agregar que no es un miedo al mal en s mismo, sino a la reprobacin de los dems; por eso es compatible con una total ausencia de escrpulos para todo acto que no tenga sancin expresa o pueda permanecer igno rado "J'ai vu le fond de ce qu'on appelle les honntes gens: c'est hideux",l deca Talleyrand, preguntndose qu sera de tales sujetos si 1 Y o he visto el fondo de lo que se llama gentes honestas: es odioso (N. del E.).

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68 JOS INGENIEROS el inters o la pasin entraran en juego. Su temor del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen. Son simples beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. No son asesinos, pero no son hroes; no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidore s, pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden el asaltado; no violan vrgenes, pero no redimen cadas; no conspiran contra la sociedad, pero no cooperan al comn engrandecimiento. Frente la honestidad hipcrita -propia de mentes rutinar ias y de caracteres domesticados-, existe una herldica moral cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la anttesis de la tmida obsecuencia a los pre juicios que paraliza el corazn d los temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la frialdad sentimental que caracteriza la irrupcin de todas las burguesas. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasin, arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intencin y en las obras. No hay virtud cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la intencin se arrastra. Por eso la mediocridad moral es ms nociva en los hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. El sabio que traiciona a s u verdad, el filsofo que vive fuera de su moral y el noble que deshonrra su cuna, descienden a la ms ignominiosa de las villanas; son menos discul pables que el truhn encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para consigo mismo. La nobleza que no est en nuestro afn de perfeccin es intil que perdure en ridculos abolengos y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alga su alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la hones tidad, se miden los valores de la aristocracia moral. III. LOS TRNSFUGAS DE LA HONESTIDAD Mientras el hipcrita merodea en la penumbra, el invlido moral se refugia en lit tiniebla. En el crepsculo medra el vicio, que la mediocridad arp.para; en la nodie irrumpe el delito, reprimido por leyes que la so ciedad forja. Desde la hipocresa consentida hasta el crimen castigado, la transicin es insensible; la noche ~e incuba en el crepsculo. De la hones tidad convencional se pasa a la infamia gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso est el peligro de la conducta acomodaticia y vacilante. Los trnsfugas de la moral son rebeldes a la domesticacin; despre cian la prudente cobarda de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los principios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerri llas contra ese mismo orden de cosas cuya custodia obsesiona a los me diocres. Comparado con el invlido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distincin es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros

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EL HOMBRE MEDIOCRE de que l la reputar honrosa. Si es incapaz de ideal, tambin lo es de crimen desembozado; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito penado por las leyes. En los otros, en cambio, toda perversidad brota a flor de piel, como una erupcin postulosa; son incapaces de sos tenerse en la hipocresa, como los idiotas lo son de embalsarse en la ru tina. Los honestos se esfuerza~ por merecer el purgatorio, los delincuentes s~ han decidido por el infierno embistiendo sin escrpulos ni remordi m i entos contra el armazn de prejuicios y leyes que la sociedad les opone Cada agregado humano cree que la" verdadera moral es "su" moral, olvidando que hay tantas como rebaos de hombres. Se es infame, vicioso honesto '? virtuoso, en el tiempo y en el espacio. Cada "moral" es una medida oportuna y convencional de los actos que constituyen la conducta humana; no tiene existencia esotrica, como no la tendra la "sociedad" abstractamente considerada. Sus cnones son relativos y se transforman obedeciendo el enmara ado determinismo de la evolucin social. En cada ambiente y en cada poca exist un criterio medio que sanciona como buenos o malos, honestos o delictuosos, permitidos o inadmisibles, los actos individuales que son tiles o nocivos a la vida colectiva. Eri. cada momento histrico ese criterio es la subestructura de la moral, variable siempre. Los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta a la moralidad media de la sociedad en que viven Son inferiores; tienen el "alma de la especie", pero no adquieren el "alma social". Divergen de la mediocridad, pero en sentido opuesto a los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una des a daptacin evolutiva en el sentido de la perfeccin Son innmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneracin des filan en ese caleidoscopio, como si al conjuro de un malfico exorcismo se convirtieran en pavorosa realidad los ms srdidos ciclos de un in fierno dantesco: parsitos de la escoria social, fronterizos de la infamia, wmensales del vicio y de la deshonra, tristes que se J?Ueven acicateados por sentimientos anormales, espritus que sobrellevan la fatalidad de he rencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias am bientes. Irreductibles e indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertrritos y sombros, llevando sobre sus frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta a sus semejantes con ojo enemigo Parecen ignorar que son las vctimas de un complejo determinismo, superior a todo fr e no tico; s manse en ellos los des equilibrios transfundidos por una herencia malsana, las deformes confi guraciones morales plasmadas en el medio social y las mil circunstancias ineludibles que atravisanse al azar en su e x istencia. La cinaga en que chapalean su conducta, asfixia los grmenes posibles de todo sentido moral, desarticulado los ltimos prejuicios que los vinculan al solidario consorcio

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70 JOS INGENIEROS de los mediocres Viven adaptados a una moral aparte, con panoramas de sombras perspectivas, esquivando los clarores luminosos y escurrin dose entre las penumbras ms densas; fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas, retoan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos a las normas de conducta caractersticas del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La imaginacin nos permite alinear sus tor;as siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de oro y de prpura, de incendio y de hemorragia : de_sf!le de macabra legin que marcha atropelladamente hacia la igno mm1a. En esa plyade anormal culminan los fronterizos del delito, cuya virulencia crece por su impunidad ante la ley. Su dbil sentido moral les impide conservar intachable su conducta sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbciles de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda a la crcel. No son delincuentes, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espritus de carcter claudicante y vo luntad relajada, no saben poner vallas seguras a los fa c~ ores ocasionales a las sugestiones del medio, a la tentacin del lucro fcil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridn. Son caracteres conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen a medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsin para llegar al borde mismo del manicomio y de la crcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incom pleta, larvada, accidental o alternante, representan las etapas de la tran sicin entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerados. Carecen del equilibrio oportu nista que salva del naufragio a otros mediocres. Un estigma irrevocable impdeles conformar sus sentimientos a los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del tempera mento nativo; pululan en las crceles y viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la degeneracin moral es adqui rida, fruto de la educacin; en ciertos casos deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable a su esfuerzo; son mediocres 'desor ganizados, cados en la cinaga por obra del azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha errado el salto. En otros hay una inversin de los valores ticos, una perturbacin del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabn aceptado por la sociedad: son invertidos morales, inaptos para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo carcter revela una ausencia de slidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivn de los apre mios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos invlidos no sienten la coercin social; su moralidad inferior bor dejea en el vicio hasta el momento de encallar en el delito.

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EL HOMBRE MEDIOCRE 71 Estos inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices son variados: actan en la sociedad como los insectos dainos en la naturaleza. El rebao teme a esos violadores de su hipocresa. Los prudentes no les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un complejo armazn defensivo de cdigos, jueces y prestigios; a travs de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz. Constituyen una horda extranjera y hostil dentro de su propio terruo, audaz en la acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitacin aleve de sus programas trgicos. Algunos confan su vanidad al filo de la cuchilla su brepticia, siempre alerta para blandida con fulgurante presteza contra el corazn o la espalda; otros deslizan furtivamente su gil garra sobre el oro o la gema que estimula su avidez con seducciones irresistibles; stos violentan, como infantiles juguetes, los obstculos con que la prudencia de burgus custodia el tesoro acumulado en interminables tapas de ahorro y de sacrificio; aqullos denigran vrgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de su cuerpo venusto a la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos succionan la entraa de la miseria, en inverosmiles aritmticas de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros captan conciencias inexpertas para explotar los riqusimos filones de la ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeo de su parasitaria funcin antisocial, idnticos en la inadaptacin de sus sen timientos ms elementales. Converge en ellos una inveterada promiscua cin de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia una pstula, arrastrndolos a malvivir del vicio y del delito. Sea cual fuere, sin embargo, la orintacin de su inferioridad biol gica o social, encontramos una pincelada comn en todos los hombres que estn bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse a las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresas de la sociedad en que vegeta. IV. FUNCiN SOCIAL DE LA VIRTUD La honestidad es una imitacin; la virtud es una originalidad. Sola mente los virtuosos poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la perfeccin; el rebao se limita a seguir sus huellas, incorpo rando a la honestidad banal lo que fue antes virtud de pocos. Y siempre rebajndola. Hemos distinguido al delincuente del honesto. Insistimos en que su honestidad no es la virtud; l se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en derechez, en coraje, a las prcticas ruti narias que libran de la infamia o de la crcel.

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72 JOS INGENI~ROS Ser honesto implica someterse a las convenciones corrientes; ser vir tuoso significa a menudo ir contra ellas, exponindose a pasar como enemigo de toda moral el que lo es solamente de ciertos prejuicios' infe riores. Si el sereno ateniense hubiera adulado a sus conciudadanos, la historia helnica no estara manchada por su condena y el sabio no habra bebido la cicuta; pero no sera Scrates. Su virtud consisti en resistir los prejuicios de los dems. Si pudiramos vivir entre dignos y santos, la opinin ajena podra evitarnos tropiezos y cadas; pero es cobarda, vi viendo entre atartufados, rebajarse al comn nivel por miedo a atraer sus iras. Hacer como todos puede implicar avenirse a lo indigno; el proceso moral tiene como condicin resistir al comn descanso y adelantarse a su tiempo, como cualquier otro progreso. Si existiera una moral eterna -y no tantas morales, cuantos son los pueblospodra tomarse en serio la leyenda bblica del rbol cargado de frutos del bien y del mal. Slo tendramos dos tipos de hombres: el bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el inmoral. Pero no es as. Los juicios de valor se trans forman: el bien de hoy puede haber sido el mal de ayer, el mal de hy puede ser el bien de maana. Y viceversa. No es el hombre ~oralmente mediocre -el honestoquien deter mina las transformaciones de la moral. Son los virtuosos y los sant os inconfundibles con l. Precursores, apstoles, mrtires, inventan formas superiores del bien, las ensean, las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos mdividuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican per fecciones inaccesibles al hombre comn. En eso consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que implica la santidad. Sin estos hombres originales no se concebira la transformacin de las costumbres: conservaramos los sentimientos y pasiones de los primitivos seres hu manos. Todo ascenso moral es un esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfeccin fotura; nunca inerte condescendencia para con el pasado, ni simple acomodacin al presente. La evolucin de las virtudes depende de todos los factores morales e intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazn; pero nuestros senti mientos influyen ms intensamente que nuestras ideas en la formacin de los criterios morales. El hecho es ms notorio en las sociedades que en los individuos. Ha podido afirmarse que, si resucitase un griego o un: romano, su cerebro permanecera atnito ante nuestra cultura intelectuaL pero su corazn podra latir al unsono con muchos corazones contempo rneos. Sus ideas sobte el universo, el hombre y las cosas contrastaran con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaranse en gran parte a las palpitaciones del sentir moderno. En un siglo cambian las ideas funda mentales de la ciencia y la filosofa: los sentimientos centrales de la moral colectiva slo sufren leves oscilaciones, porque los atributos biolgicos de la especie humana varan lentamente. Nos fuerzan a sonrer los conoci

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EL HOMBRE MEDIOCRE 73 rnientos infantiles de los clsicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus virtudes nos entusiasman, sus hroes .nos admiran y nos parece~ honrados por los mismos atributos que hoy nos haran honrarlos. Entonces, como ahora los hombres ejemplares, aunque de ideas opuestas, practicaban anlogas virtudes frente a los hipcritas de su tiempo. El fondo vara poco; lo que se trasmuta incesantemente es la forma, el juicio de valor que le confiere fuerza tica. Hay, sin embargo, un progreso moral colectivo. Muchos dogmatis mos, que antes fueron virtudes, son juzgados ms tarde como prejuicios. En cada momento histrico coexisten v irtudes y prejuicios; el talento moral practica las primeras; la honestidad se aferra a los segundos. Los grandes virtuosos, cada uno a su modo, combaten por lo mismo, en la forma que su cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por dis antos caminos, y partiendo de premisas racionales antagnicas, todos s~ proponen mejorar al hombre: son igualmente enemigos de los vicios de su tiempo. Los virtuosos no igualan a los santos; la sociedad opone demasidos obstculos a sus esfuerzos. Pensar la perfeccin no implica practicarla to talmente; basta el firme propsito de marchar hacia ella. Los que piensan como profetas pueden verse obligados a proceder como filisteos en mu chos de sus actos. La vi~tud es una tensin real hacia lo que se concibe como perfeccin ideal. El progreso tico es lento, pero seguro. La virtud arrastra y ensea; los honestos se resignan a imitar alguna parte de las excelencias que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que nuestros abuelos, slo quiere expresarse que lo somos ante nuestra moral contem. pornea. Fuera ms exacto decir que diferimos de ellos. Sobre las nece sidades perennes de la especie, organzanse conceptos de perfeccin que varan a travs de los tiempos: sobre las necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de virtud ms til a su progre~o. Mientras el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece escasas oscila ciones en el curso de siglos enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en las variaciones reales de la vida social; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que se alejan, sin cesar, hacia el infinito. Cada uno de los sentimientos tiles para la vida humana engendra una virtud, una norma de talento moral. Hay filsofos que meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida en los laboratorios, patriotas que mueren por )a lbertad de s~ conci~da1anos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus hijos. El hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las leyes por temor de las penas que amenazan a quien las viola, guardando la honra por no arrastrar las consecuencias de perderla.

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74 JOS INGENIEROS V. LA PEQUE~A VIRTUD Y EL TALENTO MORAL As como hay una gama de intelectos cuyos tonos fundamentales son la inferioridad, la mediocridad y el talento -aparte del idiotismo y el genio, que ocupan sus extremos-, hay tambin una jerarqua moral represetada por trminos equivalentes. En el fondo de esas de s igualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos La conformacin a los catecismos ajenos resulta f cil para los hombres dbiles, crdulos, timoratos, sin grandes deseos sin pasiones vehementes, sin necesidad de independencia sin irradiacin de su personalidad; es inconc e bible en cambio, en las naturalezas ideali s tas y fuertes capac es de pasiones vivas bastante intelectuales para no dejarse engaar por la mentira de los dems Aqullos no sufren por la coaccin moral del rebai!o pues la hipocresa es su clima propicio ; stos sufren luchando entre sus inclinaciones s upe riores y el fal s e a do concepto del deber que impone la sociedad Se ajustan a l los hombres honestos pero nunca se le esclaviza al hombre moralmente superior. Puede acord rsele -dice Remy de Gourmont el valor de una moda a la que uno se resigna por no llamar la atencin pero sin interesar el ser ntimo y sin hacerle ningn sacrificio profundo". En esa desconformidad con la hipocresa colectivamente organizada con siste la virtud, que es individual, a la contra de sus caricaturas colectivas : en la caridad y en la beneficencia mundanas la miseria de los corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacos. :tos temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El primer germen de perfecci n moral se manifiest a en una decidida pref rencia por el bien: hacindolo, ensendolo, admirndolo La bondad es el primer e s fuerzo hacia la virtud ; e l hombre bueno, esquivo a las condescendencias permitidas por los hipcritas lleva en s una partcula de santidad El buenismo es la moral de los pequeos virtuoso s ; su prdica es plausible siempre que ensee a evitar la cobarda que es su peligro Algunos excesos de bondad no podran distinguirse del envi lecimiento; hay falta de just i cia en la moral del perdn sistemtico Est bien perdonar una vez y sera inicuo no perdonar ninguna ; pero el que perdona dos veces se hace cmplice de lo s malvados No sabemos qu hubiera hecho Cristo si le hubie s en abofet e ado la segunda mejilla que ofreci al que le afrentaba la primera: los escolsticos prefieren no dis cutir este problema. Enseemos a perdonar; pero enseemos tambin a no ofender. Sera ms eficiente. Ensemoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Adm i t a m o s que la primera vez se ofende por ignorancia ; pero creamos que la se. gunda sue l e ser por v illana El mal no se corrige con la complacencia o la comp l i c idad; es nocivo como los venenos y debe oponrseles dotos eficaces: la reprobacin y d desprecio. Mientras los hipcritas recetan la au s teridad, reservando la indul gencia para s mismo; los pequeos v irtuosos prefieren la prcti c a del bien a su prdica: evitan los sermones y enaltecen su propia conducta

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EL HOMBRE MEDIOCRE 75 Para el propmo encuentran una disculpa, en la debilidad humana o en la tentacin del medio: "tout comprende c' est tout pardonner"; slo son s~veros consigo mismos. Nunca olvidan sus propias cufpas y errores; y si no justifican las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las castiga fatalmente, por esa gravi tacin que abisma a los perversos como si fueran globos desinflados. Su corazn es sensible a las pulsaciones de los dems, abrindose a toda hora para aducir las penas de un desventurado y previniendo sus nece sidades para ahorrarle la humillacin de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en ello tal afn que trasluce el deseo de haber hecho ms y mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando su aplauso a toda idea original y compadeciendo a los ignorantes sin reproches inoportunos: su cordialidad sincera con los ritus humildes no est corroda por la urbanidad convencional. Esas pequeas virtudes son usuales, de aplicacin frecuente, cotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre, y difieren tanto de la ho nestidad como el buen sentido difiere del sentido comn. Importan una eievacin sobre la mediocridad; los que saben practicarla merecen los elogios que tan prdigamente se les tributan. Desde Platn y Plutarco est hecha su apologa; ello nG> impide su asidua reiteracin por escritores que glosan en estilo menos decisivo, la socorrida frase de Hugo: "Il s~ fait beaucoup de grandes actions dans les petites luttes Il y a des bravoures opiniatres et ignores qui se df endent pied pied daos l' ombre contre l'envahissement fatal des ncessits. Noble et mistrieux triomphe qu'aucun regard ne voit qu' aucune renomme ne paye, qu' aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur, l'isolement, l'abandon, la pauvret, sont des champs 'de bataille que ont leurs hros; hros obscurs plus grands parfois que les hros ilustres" .1 No olvidemos, sm embargo, que esas virtudes son pequeas; es grave error oponerlas a las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero no pueden compararse con el asiduo celo de perfeccin que con vierte la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad su perior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente y noble, ni sabra ejecutarlo un carcter amorfo. A los que dicen: "no hay tonto malo", podra respondrseles que la incapacidad del mal no es bondad. Aun est por resolverse el antiguo litigio que propona elegir entre un imbcil bueno y un inteligente malo; pero est seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presuncin de virtud, ni la inte1 "Se haceo muchas grandes acciones en las pequeas luchas. Hay muchas intrepideces obstinadas e ignoradas que se defienden palmo a palmo en la sombra contra la invasin fatal de las necesidades Noble y misterioso triunfo que ninguna mirada ve, que ninguna fama paga, que ninguna fanfarria saluda. La vida, la desgracia, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus hroes; hroes obscuros algunas veces ms grandes que lo! hroes ilustres"

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JOS INGENIEROS ligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos necios pro testen contra el ingenio y la ilustracin, glosando la paradoja de Rousseu, hasta inferir de ella que la escuela puebla las crceles y que los hombres ms buenos son los torpes e ignorantes. Mentira, burda patraa esgrimida contra la dignificacin humana mediante la instruccin pblica, requisito bsico para el enaltecimiento moral. Scrates ense -hace de esto algunos aosque la Cien cia y la Virtud se confunden en una sola y misma resultante: la Sabidura Para hacer el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie sera malo sabindolo. El hombre ms inteligente y ms ilustrado puede ser el ms bueno; "p uede" serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio, el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente. La moralidad es tan importa!1te como la inteligencia en la compo sicin global del carcter. Los ms grandes espritus son los que asocian las luces del intelecto con las magnificencias del corazn La "grandeza del alma" es bilateral. Son raros esos talentos rnmpletos; son excepcio nales esos genios. Los hombres excelentes brillan por esta o aquella aptitud, sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos en algn gnero intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no asombran por sus dotes intelectuales. Ambas formas de talento, aunque distinta y cada una multiforme, son igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden obser varse aisladas; suelen germinar al unsono en hombres extraordinarios. Ais lados valen menos. La virtud es inconcebible en el imbcil y el ingenio es infecundo en el desvergonzado. La subordinacin de la moralidad a la inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el ms ingenioso de los hombres sera detestable cuando pusiera su ingenio al servicio de la rutina, del prejuicio o del servilismo; sus triunfos seran su vergenza, no su gloria. Por eso dijo Cicern, ha muchos siglos: "Cuanto ms fino y culto es un hombre, tanto ms repulsivo y sospechoso se vuelve si pierde su reputacin de honesto". (De offic., II, 9). Verdad es que el tiempo perdona algunas culpas a los genios y a los hroes, capaces de exceder con el bien que hacen el mal que no dejaron de hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habra que medirlos con el criterio de la posteridad'. la trascendente magnitud de su obra / Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las ciedcias y en las artes, o los que poseen un admirable conjunto de ener gas morales que impulsan a jugar el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los talentos morales, estos ltimos suelen ser preferidos con razn, conceptundolos ms necesarios. "El talento superior es el talento moral", ha escrito Smiles, glosando al inagotable Mr. de la Palisse. De este parangn est excluido

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EL HOMBRE MEDIOCRE 77 a priori el hombre mediocre, pues slo tiene ruinas en el cerebro y pre juicios en el corazn. La apot~osis del tonto bueno encamnase, evidentemente, a protestar, como lo hacia C1ceron, contra los que pretenden consentir al ingenio un ab_ s urdo derecho a la inmoralidad. El sistema es equvoco; igualmente 101usto sera desacreditar a los santos ms ejemplares fundndose en que existen simuladores de la virtud. Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como trminos inconci liabl~s. ~lo podra ser virtuoso el rutinario o el imbcil? Slo podra ser 10gen10so el deshonesto o el degenerado? La humanidad debiera son roj_arse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por cate qmstas que adulan a los tontos, buscando el xito ante un nmero inf nito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes hombres se cuentan ano malas morales o de car cte r, que no suelen contarse del mediocre o del imbcil; luego, aqullos son inmorales y stos son virtuosos. Aunque las premisas fuesen exactas la conclusin sera ilegtima. Si se concediera -y es mentiraque los grandes ingenios son forzosamente inmorales, no habra por qu otorgar a los imbciles el privilegio de la virtud, reservado al talento moral. Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y no de los papanatas, no es porque stos sean faros de virh1d, sirio por una razn muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros igno rando a los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de lechuguinos que beben como l; por un filsofo uxorricida hay cien mil uxoricidas que no son filsofos; por un sabio experimentador, cruel con un perro o una rana, hay una incontable cohorte de cazadores que le aventajan en impiedad. Y qu dir la historia? Hubo un poeta alcoho lista, un filsofo uxoricida y un sabio cruel; los millones de annimos no tienen biografa. Moreau de Tours equivoc el rumbo; Lombroso se extravi; Nordau hizo de la cuestin una simple polemica literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa. Los que hemos visitado cien crceles podemos asegurar que haba en ellas cincuenta mil hombres de inteligencia inferior, junto a cinco o veinte hombres de talento. No hemos visto un solo hombre de genio. Vol va mos al sano concepto socrtico, hermanando la virtud y el in genio, aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre propicia al talento moral y ste es la condicin misma de la virtud. Slo hay una cosa ms yasta, ejemplar, magnfica, el golpe de ala que eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontndonos a la s cimas externas de esta aristocracia moral: son los genios que ensean virtudes no prac ticadas hasta la hora de sus profecas o que practican las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo o constatando todas las contingencias materiales que contra l conspiran, ese hombre se eleva sobre el nivel mismo de las ms altas virtudes. Entra a la santidad.

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JOS INGENIEROS VI. EL GENIO MORAL: LA SANTIDAD La santidad existe: los genios morales son los santos de la huma nidad. La evolucin de los sentimientos colectivos, representados por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de hombres extra ordinarios. En ellos se reswne o polariza alguna tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan y fundan religiones, como Man, Confucio, Moiss y Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros predican y viven su moral, como Scrates, Zenn o Cristo, confiando la suerte de sus nuevos valores a la eficacia del ejemplo; los hay, en fin; que trasmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes, Epicuro o Spinoza. Sea cual fuere el juicio que a la posteridad merezcan sus enseanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales en la evolucin del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son siempre hombres de excepcin, genios, los que la ensean Los talentos morales perfeccionan o practican de manera excelente esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se concretan a imitarlas tmidamente. Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, obediente, in contrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por clculo, por corazonadas firmes ms que por doctrinarismos racionales: as lo fueron casi todos. La infexible rigidez del profeta o del apstol, es sim blica; sin ella no tendramos la iluminada firmeza del virtuoso ni la, obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son los factores ticos de la vida social, sino las masas que imitan dbilmente su frmula. No fue Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia, virtud cris tiana que el tiempo reemplazar por la solidaridad social; sus efectos til~ son producidos por innumerables individuos que seran incapaces de practicarla por iniciativa propia, pero que del exaltado arquetipo reciben sugestiones, tendencias y ejemplos, gradundolos, difundindolos. El santo de Ass muere de consuncin, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de s mismo, y entrega su vida a su ideal; los mediocres que practican su beneficencia por l practicada cumplen una obligacin, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto a los dems. La santidad crea o renueva. La extensin y el desarrollo de los sentimientos sociales y morales -dijo Ribotse han producido lenta mente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados inventores en moral. Esta expresin puede sonar extraamente a ciertos odos de gente imbuda de la hiptesis de un conocimiento del bien y del mal innato, universal, distribudo a todos los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario que ella sea la creacin, el descubrimiento de un individuo o de un grupo. Todo el mundo admite inventores en geometra, en msica, en las artes plsticas o mecnicas; pero tambin ha habido hombres que por sus dispo ciones naturales eran muy superiores a sus contemporneos y han sido promotores iniciadores Es importante observar que la concepcin terica

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EL HOMBRE MEDIOCRE de un ideal moral ms elevado, de una etapa a pasar, no basta; se nece sita una emocin poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique a los otros su propio lan. El avance es proporcional a lo que se siente y no a lo que se piensa". Por eso el genio moral es incompleto mientras no acta; la simple visin de ideales magnficos no implica la santidad, que est en el ejem plo, ms bien que en la doctrina, siempre que implique creacin original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son creadores: son simples virtuosos o alucinados, a quienes el inters del culto y la tica eclesistica han atribudo una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso slo son genios los que fundan o trasmutan, pero de ninguna manera los que organizan rdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican una norma o difunden un catecismo. El santoral lico es irrisorio. Junto a pocas vidas que merecen la hagiografa de un Fray Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al mora l ista ni al psiclogo; numerosas tientan la curiosidad de los alienistas y otras slo tevelan el interesado homenaje de los concilios al fanatismo localista de ciertos rebaos industriosos. Pongamos ms alta la santidad: donde seale una orientacin incon fundible en la historia de la moral. Cada hora de la humanidad tiene un clima, una atmsfera y una temperatura, que sin cesar varan. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmsfera se carga de creencias que sealan su orientacin intelectual; cada tempe ratura marca los grados de fe con que se acentan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder de transforma cin sea infinito como la vida. Las virtudes del pasado no son las vir tudes del presente; los santos de maana no sern los mismos de ayer. Cada momento de la historia requiere cierta forma de santidad que sera estril s i no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las variaciones de la vida social. En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando a brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y valientes para imponer la hegembna o asegurar la libertad del grupo; entonces la cualidad suprema es la excelencia fsica y la virtud del coraje se tran s forma en culto de hroes, equiparados a los dioses. La santidad est en el herosmo. En las grandes crisis de renovacin moral; cuando la apata o la decadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente entre todas es la integridad del carcter, que permite vivir o morir por un ideal fecundo para el comn engrandecimiento La santidad est en el apostolado. En las plenas civilizaciones ms sirve a 111. humanidad el que des cubre una nueva ley de la naturaleza, o ensea a dominar alguna de sus fuerzas, que quien culmina por su temperamento de hroe o de apstol.

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So JOS INGINIEROS Por eso el prestigio rodea a las virtudes intelectuales: la santidad est en la sabidura. Los ideales ticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada poca ti~ne sus ideales y sus santos: hroes, apstoles o sabios. Las naciones llegadas a cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores a los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los hroes y para los que creen los apstoles, para los que piensan lo dan los filsofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan Alejandro, Csar o Na polen; y cuando se renuevan, Scrates, Cristo o Bruno; p~ro llega un momento en que los santos se llaman Aristteles, Bacon y Goethe. La san tidad vara a comps del ideal. Lo~ espritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tao lumi oosa como en los hroes y en los apstoles; en las sociedades modernas "el santo" es un anticipado visionario de teora o profeta de hechos que la posteridad confirma, aplica o realiza. Se comprende que, a sus horas, haya santidad en servir a un ideal en los campos de batalla o desafiando la hipocresa; como en los supremos protagonistas de una lliada o de un Evangelio; pero tambin es santo, de otros ideales, el poeta, el sabio o el filsofo qqe viven eternos en su Divina Comedia, en su Novum Organum, o en su Origen de las Especies. Si es difcil mirar un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es ms resistir toda una vida los principios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteli gencia. Entre nieblas que alternativamente se espesan y se disipan, la huma nidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres. Los ms las ignoran; pocos elegidos pueden verlas y poner all su ideal, aspirando aproximr sele. Orientadas por la exigua constelacin de visionarios, las genera ciones remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito qu~ marca rn imaginaria convergencia.

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IV. LOS CARACTERES MEDIOCRES l. Hom bres y sombras. La domesticacin de los mediocres. III. LA vanidad. IV. La dign i dad I. HOMBRES Y SOMBRAS Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocr~s son inca paces de volar hasta una cumbre o de batirse contra un rebao .' Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad Nunca llegan a individualizarse; ignoran el pl a cer de exclamar yo soy", frente a los dems. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga a borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandera; siempre a embadurnarse de otros. Apuntalan todas las doctrinas y prejuicios consolidados a travs de siglos. As medran. Siguen el camino de las menores resistencias, na dando a favor de toda corriente y variando con ella; en su rbdar aguas abajo no hay mrito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba Crecen porque saben adaptarse a la hipocresa social, como las lombrices a la entra a: Son refractarios a todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan "ho nores" y alcanzan dignidades", en plural; han inventado el inconcebible plural del honor y de la dignidad, por definicin singulares e inflexibles. Viven de los dems y para los dems: sombras de una grey, su existencia es el accesorio de focos que la proyectan. Carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emocin. Todo es, en ellos, prestado. Los caracteres excelentes ascienden a la propia dignidad nadando contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo resisten con tesn. Frente a los otros se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazn moral en que aqullos se destien. Su personalidad es todo brill o y a rista : Firm eza y luz, como cristal de roca. Breves palabras que sintetizan su definicin perfecta. No la dieron mejor Teofrasto o La Bruyre. Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando en su ruta, sintindose dueos de sus acciones, templndose por gra ndes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales a sus afectos, fieles

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82 JOS INGENIEROS a su palabra. Nunca se obstinan en e l error, ni tra1C1onan jams a la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia y la insolencia de la ingra titud. Puan contra los obstculos y afrontan las dificultades. Son re s pe tuosos en la victoria y se di g nifican en la derrota : como si para ellos la belleza estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, invariable mente, ponen la mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo di v i s an un ideal ms respetable cuanto ms distante. Estos optimates son contados ; cada uno vive por un milln Poseen una firme lnea moral que les sirve de esqueleto o armadura. Son alguien Su fisopoma es la propia y no puede ser de nadie ms ; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecund a s. Las gentes dome s tic a das los temen, como la llaga al cauterio; sin advertirlo empero, los adoran con su desdn. Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que de s truyen y plasman. Son los actores del drama social con energa inagotable. Poseen el don de re sistir a la rutina y pueden librarse de su tirana ni v eladora. Por ellos la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican fas cua lidades que los dems slo poseen en germen. La hipertrofia de una idea o de una pasin los hace inadaptables a su medio exagerando su pujanza; ms, para la sociedad, realizan una funcin armnica y vital. Sin ellos se inmovilizara el progreso humano, estancndose como velero sorprendido en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la historia y el arte, interpretndolos como arquetipos de la Humanidad. El hombre que piensa con su propia cab e za y la sombra que refleja los pensamientos ajenos, parecen pertenecer a mundos distintos. Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla. El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composicin qumica; cristaliza en ella o no, segn los casos; pero nunca tomar otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es inconfundiblemente De igual manera el hombre superior es siempre uno, en aparte de los dems. Si el clima le es propicio convirtese en ncleo de energas so ciales, proyectando sobre el medio sus caractersticas propias, a la manera del cri s tal que en una solucin saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes a s mismo, creando formas de su propio sistema geomtrico La arcilla, en cambio, carece de forma propia y toma la que le im p rimen las circunstancias exteriores los seres que la presionan o las co sas gue la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la cera, como la ma s illa; ser cbica esfrica o piramidal, segn la modelen. As los caracteres mediocres : sensibles a las coerciones del medio en que vi v en, incapaces de ser v ir una fe o una pa s in Las creencias son el soporte del carcter; el hombre que la s posee firmes y ele va das lo tiene e xc elente. L as sombra s n o creen. La p e r s ona lidad est en perpetua evolucin y el carcter individual es su delicado instrumento; hay que templarlo s i n de s canso eo. las fuentes de la c ultura y del amor. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que la educacin

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EL HOMBRE MEDIOCRE corrige y orienta. Los hombres estn predestinados a conservar su lnea propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se adaptan a las dems hasta desfigurarse, domesticndose. El carcter se expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano tiene el correspondiente a sus creencias; si es "firmeza y luz", como dijo el poeta, la firmeza est en los slidos cimientos de su cultura y la luz en su elevacin moral. Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orienta cin; la febledad del carcter depende tanto de la consistencia moral como de aqullos, o ms. Sin algn ingenio, es imposible ascender por los sen. cleros de la virtud; sin alguna virtud, son inaccesibles los del ingenio. En la accin van de consumo. La fuerza de las creencias est en no ser puramente racionales; pensamos con el corazn y con la cabeza: Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad; son simples juicios a su respecto, susceptibles de ser corregidos o reemplazados. Son instrumentos actuales; cada creencia es una opinin contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmacin. Toda negacin es, en s misma, afirmativa; negar es afirmacin: Toda negacin es, en s mismo, afirmativa; negar es afirmar una negacin. La actitud es idntica: se cree lo que se afirma o se niega. Lo contrario de la afirmacin no es la negacin, es la duda. Para afirmar o negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensa mente; pensar es creer, amar es creer; odiar es creer; vivir es creer. Las creencias son los mviles de toda actividad humana. No nece sitan ser verdades: creemos con anterioridad a todo razonamiento y cada nueva nocin es adquirida a travs de creencias ya preformadas. La duda debiera ser ms comn, escaseando los criterios de certidumbre lgica; la primera actitud, sin embargo, es una adhesin a lo que se presenta a nuestra experiencia. La manera primitiva de pensar las cosas consiste en creerlas tales como las sentimos; los nios, los salvajes, los ignorantes y los espritus dbiles son accesibles a todos los errores, juguetes frvolos de las personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desva a los bajeles sin gobierno. Esas creencias son como los clavos que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco a poco, a fuerza de observacin y de estudio. Cuesta ms trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al primer estrujn vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por la sociedad al individuo: la amplitud del saber permite a los hombtes formarse ideas propias Vivir arrastrado por las ajenas equivale a no vivir. Los mediocres son obra de los dems y estn en todas partes: ma nera de no ser nadie y no estar en ninguna. Sin unidad no se concibe un carcter. Cuando falta, el hombre es amorfo o inestable; vive zozobrando como frgil barquichuelo en un ocano. Esa unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la coordinacin de las creencias. Ellas son fuerzas dinamgenas y activas, sintetizadoras de la personalidad La historia natural del pensa

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JOS INGENIEROS miento hum an o slo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las naciones, los partidos, los grupos, son animados por nece s dades mater ia les que los engendran, ms o menos conformes a la realidad, pero siempre determinantes de su accin. Creer es la forma natural de pensar para vivir. La unidad de las creencias permite a los hombres obrar de acuerdo con el propio pasado: es un hbito de independencia y la condicin del hombre libre, en el sentido relati v o que el determinismo consiente. Sus actos son giles y rectilneos, pueden preverse en cada circunstancia; si guen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre a que custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre estn prontos para el es fuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libre s cuando rectifican sus yerros y ms libres an al manejar sus pasiones. Quieren se r indepen dientes de todo s sin que ello les impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisin de los dem s. Siempre hacen lo que quieren, pues slo quieren lo que est en sus fuerzas realizar. Saben pulir la obra de sus educadores y nunca creen terminada la propia cul tura. Dirase que ellos mismos se han hecho como son, v indoles recalcar en todos los actos el propsito de asumir su responsabilidad. Las creencias del Hombre son hondas, arraigadas en vagto saber; le sirven de timn seguro para marchar por una ruta que l conoce y no oculta a los dems; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias de la Sombra son surcos arados en el agua; cualquier ventisca las desva; ~u opinin es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen a solicita ciones groseras de conveniencias inmediatas. Los Hombres evolucionan segn varan sus creencias y pueden cambiarlas mientras siguen apren diendo; las Sombras acomodan las propias a sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolucin. Si dependiera de e.llas, esta ltima equivaldra a desequilibrio o desvergenza; muchas veces a traicin. Creencias firmes, conducta firme. Ese es el criterio para apreciar el carcter: las obras. Lo dice el bblico poema: lnd i caberis ex operibus vestris, sereis juzgados por vuestras obras. Cuntos hay que parecen hom bres y slo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras mediocr ticas Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos. Sombras. II. LA DOMESTICACiN DE LOS MEDIOCRES Gil blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo de domesticacin social. Si alguna lnea propia permita dif renciarle de su rebao, todo el estercolero social se vuelca sobre l para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El rebaio le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que l las acepte a cambio de

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EL HOMBRE MEDIOCRE ciertos renunciamientos compatibles con su estructura moral. No le exige cosas inverosmiles; bstale su condescendencia pasiva, su alma de siervo. Mientras los hombres resisten las tentaciones, las sombras resbalan por la pendiente; si alguna partcula de originalidad les estorba, la eli minan para confundirse mejor en los dems. Parecen slidas y se ablan dan, speras y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles y se afe minan, erguidas y se achatan. Mil sqrdidos lazos las acechan desde que toman contacto con sus smiles: aprenden a medir sus virtudes y a prac ticarlas con parsimonia. Cada apartamiento les cuesta un desengao, cada desvo les v3:le una desconfianza. Amoldan su corazn a los prejuicios y su inteligencia a las rutinas: la domesticacin k, facilita la lucha por la vida. La mediocracia teme al digno y adora al lacayo. Gil Blas la en canta; simboliza al hombre prctico que de toda situacin saca partido y en toda villana tiene provech o. Persigue a Stockmann, el enemigo del pueblo, con todo afn tomo pone en admirar a Gil Blas: le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. Es un 4ombre de corc;ho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero, presta mista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipcrita, traidor, poltico: tan varios encenagamiento no le impiden ascender y otorgar sonrisas desde su comedero. Es perfecto en su gnero. Su secreto es simple: es un animal domstico. Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jams acomete de frente un obstculo. El buen lenguaje clsico llamaba domstico a todo hombre que serva. Y era justo. El hbito de la servidumbre trae consigo sentimientos domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habra que copiar por entero, el elocuente Disc11rso sobre la servidumbre voluntaria, escrito por La Boetie en su adolescencia y cubierto de gloria por el admi rativo logio de Montaigne. Desde l miles de pginas fustigan la subor dinacin a los dogmatismos sociales, el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto de las jerarquas adventicias, la disciplina ciega a la imposicin colectiva, el homenaje decidido a todo lo que repre senta el orden vigente, la sumisin sistemtica a la voluntad de los pode rosos: todo lo que refuerza la domesticacin y tiene por consecuencia in evitable el servilismo. Los caracteres excelentes son indomesticables: tiene su norte puesto en su Ideal. Su "firmeza" los sostiene; su "luz" los gua. Las sombras, en cambio, degeneran. Fcilmente se lica la cera; jams el cristal pierde su arista. Los mediocres encharcan su sombra cuando el medio los ins tiga; los superiores se encumbran en la misma proporcin en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lgrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar de rnmportarse, que es su sntesis: su carcter. Las sombras no tienen esa unidad de conducta que permite prever el gesto en todas las ocasiones.

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86 JOS INGENIEROS Para Zenn, el estoico, el carcter es fuente de la vida y manan de l todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus defini ciones los moralistas no concuerdan con los psiclogos: aqullos cato nizan como predicadores y stos describen como naturalistas. El carcter es una sntesis: hay que insistir en ello. Es un exponente de toda la per sonalidad y no de algn elemento aislado. En los mismos filsofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carcter parecera depender exclusivamente de condiciones intelectuales; vano error, pues su conducta es el trasunto de cien otros factores, Pensar es vivir. Todo ideal humano implica una asociacin sistemtica de la moral y de la voluntad, ha ciendo converger a su objeto los ms vehementes anhelos de perfeccin El investigador de una verdad se sobrepone a la sociedad en que vive: trabaja para sta y por todos, anticipndose, contrariando sus rutinas. Tiene una personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen com plicidad en lo turbio. En su anastomosis con los dems conserva libres el corazn y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el que posee un carcter no se domestica. Gil Blas med ra entre los hombres desde que la humanidad existe; han protestado contra l los idealistas de todos los tiempos. Los romn ticos, envueltos en sublime desdn, han enfestado contra los tempera mentos serviles: Musset, por boca de Lorenzaccio, estruja con palabras ile vantables la cobarda de los pueblos avenidos a la servidumbre. Y no le van en zaga los individualistas, cuyo ms alto vuelo lrico alcanzara Nietzsche: sus ms hermosas pginas son un cdigo de moral antime diocre, una exaltacin de cualidades inconciliables con la disciplina social. El espritu gregario, por l acerbadamente fustigado, tiene ya directores elocuentsimos, que exhiben las solidarias complicaciones con que los me drosos resisten las iniciativas de los audaces agrupndose en modos di versos segn sus intereses de clase, jerarqua o funciones. Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles. Ven cido el hombre, no lo mataban: lo hacan trabajar en provecho propio. Sujeto al yugo, tembloroso ante el ltigo, el esclavo, doblbase bajo coyundas que grababan en su carcter la domesticidad. Algunos -dice la historiafueron rebeldes o alcanzaron dignidades: su rebelda fue siem pre un gesto de animal hambriento y su xito fue el precio de compli cidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna autoridad tornronse despticos, desprovistos de ideales que les detuvieran ante la infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la servidumbre sufrida anteriormente. Gil Bias fue el ms bajo de los favoritos. El tiempo y el ejercicio adaptan a la vida servil. El hbito de resig narse para medrar crea resortes cada vez ms slidos, automatismos que destien para siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Bias se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno. Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta a bajos ins tintos.

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EL HOMBRE MEDIOCRE La costumbre de obedecer engendra una mentalidad domstica. El que nace de siervos la trae en la sangre, segn Aristteles. Hereda bitos serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carcter. Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad. Los antiguos tenan mayor desprecio por los hijos de siervos, reputndolos moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por deudas o en las batallas; suponan que heredaban la domesticidad de sus padres, intensificndola en la ulterior ~ervidumbre. Eran despreciados por sus amos. Esto se repite en cuantos pases tvieron una raza esclava inferior. Es legtimo. Con humillante desprecio suele mirarse a los mulatos, des cendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de raza blanca que han abolido la esclavitud; su afn por disimular su ascendencia servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria condensada en ellos. Ese menosprecio es natural. As como el antiguo esclavo tornbase vani doso e insolente si trepaba a cualquier posicin donde pudiera mandar, los mulatos se ensoberbecen en las inorgnicas mediocracias sudamericanas, captando funciones y honores con que hartan sus apetitos acumulados en domesticidades seculares. La clase crea idnticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan domsticos como los esclavos; la revolucin francesa di libertad poltica a sus descendientes, mas no supo darles esa libertad moral que es el resorte de la dignidad. El burgus enriquecido merece el desprecio del aristcrata ms que el odio del proletario, que es un aspirante a la burguesa; no hay peor jefe que el antiguo asistente ni peor amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son lgicas al desdear a los advenedizos: los consideran descendientes de criados enriquecidos y suponen que han heredado su domesticidad al mismo tiempo que las talegas. Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fond mismo de la he rencia tnica o social, son bien vistas en las mediocracias contemporneas, que nivelan polticamente al servil y al digno. Ha variado el nombre pero la cosa subsiste: la domesticidad es corriente en las sociedades modernas. Lleva muchas dcadas la abolicin legal de la esclavitud o la servi dumbre; los pases no se creeran civilizados si las conservaran en sus cdigos. Eso no tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen exis tiendo, por temperamento o por falta de carcter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como van a la querencia los animales extraviados. Su psicologa gregaria no se trasmut declarando los derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son ficciones que los halagan, sin redimirlos. Hay inclinaciones que sobreviven a todas las leyes igualitarias y hacen amar el yugo o el ltigo. Las leyes no pueden dar hombra a la sombra, carcter al amorfo, dignidad al envi lecido, iniciativa a los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso, afn de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican. En ciertos sujetos, sin carcter desde el cliz materno hasta la tumba, {a conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque su

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88 JOS INGENIEROS ayer no dice nada sobre su maana: obran a merced de impulsos aco dentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos vlidos, ellos estn dispersos, incapaces de sntesis; la menor sacudida pone a flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los surcos ms pro fundos de su pers~malidad. Sus imitaciones son frgiles y poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse a la honesta condicin de animales de rebao. A otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la sociedad les mezquina su educacin. Las grandes ciudades pululan de nios moralmente desamparados, presa de la miseria, sin hogar, sin e s cuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la corrupcin, sin el hbito de la hones tidad y sin el ejemplo luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse a las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar a la charca, tropiezan despus con nuevos obstculos. El trabajo, creando el hbito del esfuerzo, sera la mejor escuela del carcter; pero la sociedad ensea a odiarlo, imponindolo precozmente, como una ignominia desagradable o un envilecimiento infame, bajo la esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre o por avaricia, hasta que el hombre huye de l como de un castigo; slo podra amarlo cuando sea una gimnasia espontnea de sus gustos y de sus aptitudes. As la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educacin mal sana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad mo derna las voluntades claudicantes son toleradas; sus incongruencias que dan ocultas mientras los actos se refieren a vulgares automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los obliga a buscar una solucin, la personalidad se agita al azar y revela sus vicios intrnsecos. Esos degenerados son indomesticables. Los otros, como Gil Bias, carecen de contralor sobre su propia con ducta y olvidan que la ms leve cada puede ser el paso inicial hacia una degradacin completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad con solida nuestra firmeza: cuando ms peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto ms fcil ser maana pronunciar otra a voz en cuello. En los mundos minados por la hipocresa todo conspira contra las virtudes ci viles: los hombres se corrompen los unos a los otros, se imitan en lo intrpole, se estimulan en lo turbio, se justifican recprocamente. Una atmsfera tibia entorpece al que cede por primera vez a la tentacin de lo injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo infinito. Los mediocres no saben evitarla; en vano haran el propsito de volver a] buen sendero y enmendarse. Para las sombras no hay rehabilitacin; prefieren excusar las desviaciones leves, sin advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen esas pequeas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su origen; pero mientras en los carac teres firmes pasan como un roce que no deja rastro, en los blandos aran

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EL HOMBRE MEDIOCRE un surco por donde se facilita la recidiva. Esa es la va del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como a Gil Blas, slo les cuesta la primera cada; despus siguen cayendo como el agua en las casa~as, a saltitos, de pe queez en pequeez, de flaqueza en fla~ queza, de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa ceden a la necesidad de ocultarlas con otras ante las cuales ya no se ame drentan S~ carcter se disocia y ellos se tuercen, andan a ciegas, tropiezan, dan barqtpnazos, adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cmplices diestros para avanzar en la tiniebla. Despus de los primeros tanteos se marchan de prisa, hasta que las races mismas de su moral se aniquilan. As resbalan por la pendiente, aume,n tando la cohorte de lacayos y parsitos: centenares de Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos a su imagen y semejanza. Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas de hartazgos m a teriales sembrados en su camino. Cuando han cedido a la tentacin quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la sangre humana. Por la circunstancia de pensar siempre con la caBeza de la sociedad, el domstico es el puntal ms seguro de todos los prejuicios polticos, religiosos, morales y sociales. Gil Blas est siempre con las manos conges tionadas por el aplauso a los ungidos y con el arma filosa para agredir al rebelde que anuncia una hereja el panurguismo y la intoleranc i a son los colores de su escarapela, cuyo re s peto exige de todos. Es incalculable la infinidad de gentes domsticas que nos rodea. Cada funcionario tiene un rebao voraz, sumiso sus caprichos, como los ham brientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergenza, los adu lones viviran ms enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, pasean su domesticidad y estn orgullosos de ella, exhibindola con donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. La domesticacin realzase de cien maneras, tentando sus apetitos. En los lmites de fa in fluencia oficial los medios de aclimatacin se multiplican, especialmente en los pases apestados de funcionarismo. Los pobres de carcter no resisten; ceden a esa hipnotizacin. La prdida de su dignidad inciase cuando abren el ojo a la prebenda que estremece su estmago o nubla su vanidad, inclinndose ante las manos que hoy le otorgan el favor y maana le manejarn la rienda. Aunque ya no hay servidumbre legal, mu chos sujetos, libres de la domesticidad forzosa, se avienen a ella volunta riamente, por vocacin implcita en su flaqueza. Estn mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de beneficios, son instintivamente serviles. Lo; hay en todas las clases sociales. El precio de su indignidad vara con el i:ango y se traduce en formas tan diversas como las personas que la ejercit~n. Alentando a Gil Blas, rebjase el nivel moral de los pueblos y de las razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotizacin del m

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JOS INGENIERO S rito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida a la dignidad altiva. La piel se cubre de ms afeites cuando es menos slida la c o lumna ver tebral; las buenas maneras son ms apreciad as que las buenas acc i ones. Si el de Santillana se enguanta para robar merece la admiracin de todos ; si Stockmann se desnuda par a salvar a un n ufrago, lo condenan por escn dalo. En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud parece un ultraje a las costumbres. Las sombras viven con el anhelo de castrar a los caracteres firmes y decapitar a los pensadores alados, no perdonndoles el lujo de ser viriles o tener cerebro La falta de virilidad es elogiada como un refinamiento lo mismo que en los caballos de paseo. La ignorancia parece una coque tera, como la duda elegante que inquieta a ciertos fanticos sin ideales. Los mritos convirtense en contrabando peligroso obligados a d i scul parse y ocultarse, como si ofendieran por su sola exi s tencia Cuando el hombre digno empieza a despertar recelos, el envilecimiento cole c tivo es grave; cuando la dignidad parece absurda y es cubierta de ridculo la domesticacin de los mediocres ha llegado a sus extremos III LA V ANIDAD El hombre es. La sombra parece El hombre pone su honor en el mrito propio y es juez supremo de s mismo ; asciende a la dignidad La sombra pone el suyo en la estimacin aj e na y renuncia a juzgarse ; desciende a la vanidad Hay una moral del honor y otra de su caricatura : ser o parecer. Cuando un ideal de perfeccin impulsa a ser mejores, ese culto de los propios mritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afn de parecer arrastra a cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad. Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abe! y Can. Y ms enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas div e rsas de amor propio. Siguen caminos divergentes La una florece sobre el or gullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de s mismo; la otra nace de la soberbia. apetito de culmmaon ante los dems. El orgullo es una arrogancia originaria por nobles motivos y quiere aquilatar el mrito; la soberbia es una desmedida presuncin y busca alargar la sombra. Cate cismos y diccionarios han colaborado a la mediocrizacin moral, subvir tiendo los trminos que designan lo eximio y lo vulgar. Donde los padres de la Iglesia decan superbia, como los antiguos, fustigndola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo sentimientos distintos. De all _; de equivocar la vanidad con la dignidad, que es su anttesis, y el intento de tasar a igual precio los hombres y las sombras, con desmedro de los pri meros En su forma embrionaria revlase el amor propio como deseo de elogios y temor de censuras: una exagerada sensibilidad a la opinin ajena En los caracteres conformados a la rutina y a los prejuicios co

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EL HOMBRE MEDIOCRE 91 rrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que sugieren al pe queo grupo que los rodea, son estmulos para la accin. La simple cir cunstancia de vivir arrebaados predispone a perseguir la aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste o la comparacin con los dems. Trtase hasta aqu de un -sentimiento normal. Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepnese a la aprobacin ajena: en los mediocres se postergan los mritos y se cultiva la sombra Los primeros viven para s; los segundos vegetan para los otros. Si el hombre no viviera en sociedad, el amor propio sera dig nidad en todos; viviendo en grupos, lo es solamente en los caracteres firmes Ciertas preocupaciones, reinantes en las mediocracias, exaltan a los domsticos. El brillo de la gloria sobre las frentes elegidas deslumbra a los ineptos, como el hartazgo del rico encela al miserable. El elogio del mrito es un estmulo para su simulacin. Obsesionados por el xito, e incapaces de so'ar la gloria, muchos impotentes se envanecen de ritos ilusorios y virtudes secretas que los dems no reconocen; crense actores de la comedia humana; entran a la vida construyndose un esce nario, grande o pequeo, bajo o culminante, sombro o luminoso; viven con perpetua preocupacin del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia sedientos de distinguirse en su rbita, de preocupar a su mundo, de cultivar la atencin ajena por cualquier medio y de cualquier manera. La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la va nidad del escolar que persigue diez puntos en los exmenes, la del poltico que suea verse adamado ministro o presidente, la del novelista que aspira a ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea ver su retrato en los peridicos. La exaltacin del amor propio, peligrosa en los espritus vulgares, es til al hombre que sirve un Ideal. .este le cristaliza en dignidad; llos la degeneran en vanidad. El xito envanece al tonto, nunca al exce lente. Esa anticipacin de la gloria hipertrofia la personalidad en ,los hombres superiores: es su condicin natural. El atleta no tiene, acaso, bceps excesivos hasta la deformidad? La funcin hace el rgano. El yo" es el rgano propio de la originalidad: absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre superior es un adorno: simple exponente de fuerza. El msculo abultado no es ridculo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad excesiva, por monstruosa e intil, como la vanidad del insignificante. Ciertos hombres de genio, Sarmiento, pon gamos por caso, habra sido incompleto sin su megalomana. Su orgullo nunca excede a la vanidad de los imbciles. La aparente diferencia guarda proporcin con el mrito. A un metro y a simpl e vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra de un len : lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres y la des apercibida soberbia de las sombras. No pueden confundirse. El vanidoso vive comparndose con los que le rodean, envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputacin que no puede igualar; el orgullo no se

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JOS INGENIEROS compara con los que juzga iqferiores y pone su mirada en tipo s ideales de perfeccin que estn muy alto y encienden su entusiasm. El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad imprime a los hombres cierto bello gesto que las sombras censuran Para ello el bablico idioma de los vulgares ha enmaraado la significacin del vocablo, aca bando por ignorarse si designa un vicio o una virtud. Todo es relativo. Si hay mritos, el orgullo es un derecho; si no los hay, se trata de va nidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona hacia l, desprecia, con eso, la atmsfera inferior que le asfixia; es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y constante. Para los mediocres, sera ms grato que no les enrostrara esa humillante diferencia; pero ol vidan que ellos son sus enemigos, constri en do su tronco robusto como la hiedra a la encina, para ahogarle en el nmero infinito. El digno est obligado a burlarse de las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el individuo a la marea que le acosa. Es aislamiento de los domsticos y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio rebao. IV. LA DIGNIDAD El que aspira a parecer renuncia a ser. En pocos hombres smanse el ingenio y la virtud en un total de dignidaq: forman una aristocracia natural, siempre exigua frente al nmero infinito de espritus omisos. Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unvoca, intangible, in~ trasmutable. Es sntesis de todas las virtudes que aceran al hombre y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del honor. Y as como los pueblos sin dignidad son rebaos, los individuos sin ella son esclavos. Los temperamentos adamantinos -firmeza y luzaprtanse de toda complicidad, desafan la opinin ajena si con ello han de salvar la propia, declinan todo bien mundano, que requiera una abdicacin, entregan su vida misma antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse en facciones, convertidos en viviente protesta contra todo abellacamiento o servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para disculparse en el mero, rehuyendo las ntimas sanciones de la conciencia ; domesticadas, son incapaces de gestos viriles, fltales coraje .' La dignidad implica valor moral. Los pusilnimes son impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo equivale a la desorientacin del impul~o: el mrito de las acciones se mide por el afn que cuestan y no por sus resul tados. Sin coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud. Con su ayuda los sabios acometen la exploracin de lo ignoto, los moralistas minan las srdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan para violar la altura y la extensin, los iustos se adiamantan en la for

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EL HOMBRE MEDIOCRE 93 tuna adversa, los firmes resisten la tentacin y los severos el vino, los mrtires van a la hoguera por desenmascarar tina hipocresa, los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfeccin es indispensable: "el coraje -sentenci Lamartinees la primera de las elocuencias, es la elocu e ncia del carcter". Noble decir. El que aspira a ser guila debe mirar lejos y volar alto; el que se resigna a arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar si lo aplastan. La febledad y la ignorancia favorecen la domesticacin de los carac teres mediocres, adaptndolos a la vida mansa; el coraje y la cultura exal ta n l a per~onalidad de los excelentes, florecindola de dignidad. El lacayo pide ; el dignp merece. Aqul solicita del favor lo que ste espera del mrito. Ser digno significa no pedir lo que se merece, ni aceptar lo inme recido. Mientras los serviles trepan entre las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata de sus virtudes. O no ascienden por ninguna. La dignidad estimula toda perfeccin del hombre; la vanidad acicatea cualquier xito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasn: lo que tiene por precio una partcula de honor, es caro. El pan sopado en la adulacin, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere, ste, perder un derecho a obtener un favor; mil aos le sern ms leves que medrar indignamente. Cualquiera herida es transitoria y puede dolerle una hora; la ms leve domesticidad le remordera toda la vida. Cuando el xito no depende de los propios mritos, bstele conser varse erguido, inclume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas domsticas, la obstinada sinrazn suele triunfar del mrito sonriente; la pertinacia del indigno es proporcional a su acorchamiento. Los hombres ejemplares desdean cualquier favor; se estiman superiores a lo que puede darse sin mrito. Prefieren vivir cmcificados sobre su orgullo a prosperar arrastrndose; querran que al morir su Ideal les acompaase blanquives tido y sin manchas de abajamientos, como si fueran a desposarlo ms all de la muerte. Los caracters dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca nin guna marca de hierra; son como el ganado levantisco que hociquea los tiernos trboles de la campia virgen, sin aceptar la fcil racin de los pesebres. Si su pradera es rida no importa; en libre oxgeno apro vechan ms que en cebadas copiosas, con la vent aja de que aqul se toma y stas se reciben de alguien. Prefieren estar solos, mientras no puedan juntarse con sus iguales. Cada flor englobada en un ramillete pierde su perfume propio. Obligado a vivir entre desemejantes, el digno mantinese ajeno a todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se paseada entre los hombres como si ellos fueran rboles; y Banville escribi de Gautier: "Era de aquellos que bajo todos los regmenes, son necesaria e invenciblemente libres: cumpla su obra con desdeosa altivez y con la firme resignacin de un dios desterrado". Ignora el hombre digno las cobardas que dormitan en el fondo de los caracteres senriles; no sabe desartic ular su cerviz. Su respeto por el

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94 JOS INGENIEROS mrito le obliga a descartar toda sombra que carece de a agredirla sm amenaza, castigarla si hiere. Cuando la muchedumbre 'qUe obstruye sus anhelos es anodina y no tiene adversarios que fazferir el digno se refugia en s mismo, se atrinchera en sus ideales y calla, temiendo estorbar con ,us palabras a las sombras que lo escuchan : Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las estaciones, espera anclado en su orgullo, como si ste fuera el puerto natural y ms seguro para su dig nidad. Vive con la obsesin de no depender de nadie; sabe que sin inde pendencia material el honor est expuesto a mil mancillas, y para adqui rirla soportar los ms rudos trabajos, cuyo fruto ser su libertad en el porvenir! Todo parsito es un siervo; todo mendigo es un domstico. El hambriento puede ser rebelde; pero nunca un hombre libre. Enemig a poderosa de la dignidad es la miseria; ella hace trizas los caracteres vaci lantes e incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico ejemplar de carcter. El pobre no puede vivir su vida tantos son los comp ro mis os de la in digencia; redimirse de ella es comenzar a vivir Todos los hombres altivos viven soando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que traba la lengua y paraliza el corazn Hay que escapar de sus garras para elegirse el Ideal ms alto, el trabajo ms agradable, la mujer ms santa, los amigos ms leales, los horizontes ms risueos el aislamiento ms tran quilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el individuo se inscribe en un gremio, ms o menos jornalero, ms o menos funcionario, contra yendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que le empujan a domes ticarse. Enseaban los estoicos los secretos de la dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias necesidades Un hombre libre no espera nada de otros, no necesita pedir. La felicidad que da el dinero est en no tener que preocuparse de l; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz. Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna aumenta la libertad de los espritus cultivados y torna vergonzosa la ridiculez de los palurdos Suprema es la indignidad de los que adulan teniendo fortuna; sta le redimira todas las domestici dades, si no fuesen esclavos de la vanidad. Los nicos bienes intangibles son los que acumulamos en el cerebro y en el corazn; cuando ellos faltan ningn tesoro los sustituye. Los rgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla in maculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan o la re.bajen .A ella sacrifican bienes, honores, xitos: todo lo que es propicio al crecimiento de la sombra Para conservar la estima propia no vacilan en afrontar la opinin de l<;>s mansos y embestir sus prejuicios, pasan por indisciplinados o peligrosos entre los que en vano intentan malear su al tivez. Son raros en las mediocracias, cuya chatura moral los expone a la misantropa; tienen cierto aire desdeoso y aristocrtico que
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EL HOMBRE MEDIOCRE 95 y tenaces porque llevan en el corazn una fe sin dudas, una convicc1on que no trepida, una energa indmita que a nada cede ni teme, suele tener asperezas urticante s para los hombres amorfos En algunos casos pueden altrustas o porque cristianos en la ms alta acepcin del vocablo o porque pro fundament afectivos: presentan entonces uno de los carac tere s ms sublime s ms e s plndidamente bellos y que tanto honran a la naturaleza humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo hroes, perdonan las cobardas de los dems; victoriosos siempre ante s mismos, compadecen a los que en la batalla de la vida siembran, hecha jirones, su propia dignidad Si las estadsticas pudieran decirnos el nmero de hombres que poseen este carcter en cada nacin, esa cifra bastara, por s sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el valor moral de un pueblo. La dignidad, afn de autonoma, lleva a reducir la dependencia de otros a la medida de lo indispensable, siempre enorme La Bruyre, que vivi como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo medir el a ltsimo precepto que encabeza el Manual de Epicteto, a punto de apropirselo textualmente sin amenguar con ello su propia gloria: Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des autres, mais de soi seul, ou renoncer se faire valoir" 1 Esa mxima le parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, til para los virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrnseco de los caracteres excelentes: es, en cambio, pros cripta donde reina la mediocridad pues desterrara de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios, la bajeza, la adulacin y la intriga". Las naciones no se llenaran de serviles domesticados, s ino de varones ex celentes que legaran a sus hijos menos vanidades y ms nobles ejemplos Amando los propios mritos ms que la prosperidad indecorosa, crecera el amor a la virtud, el deseo de la gloria, el culto por ideales de perfeccin incesante : en la admiracin por los genios, los santos y los hroes. Esa dignificacin moral de los hombres sealara en la historia el ocaso de las sombras 1 .. Hacerse valer por cosas que no dependen de los dems sino de uno mismo o renunciar a hacerse valer"

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V. LA ENVIDIA l. La pasin de los mediocres. II. Psicologa de los envidiosos. III Los t'oedores de la gloria. IV. Una escena dramtica: su castig. I. LA PASiN DE LOS MEDIOCRES La envidia es una adoracin de los hombres por las sombras, del mrito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente ab fetada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es e! acbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengao de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad; de s filan lvidos de angustia, torvos avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve un a consagracin inequvoca del mrito ajeno.' La inextinguible h ostilidad de los necios fue siempre un pedestal de un monumento. Es la ms innoble de las torpes Lacras que afean a los caracteres vul gares. El que envidia se rebaja sin saberlo, s e confiesa suba ltern o; esta pasin es el estigma psicolgico de una humillante inferioridad, senti da, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en ilgn sentido; es nece sa rio sufrir del b ie n ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminacin ajena. En ese sufrimiento est el ncleo moral de la en v idia: muerde el corazn como un cido, lo car come como una polilla, lo corroe como la h e rrumbre al metal. Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco deca -y lo repite La Rochefoucauldque existen almas corrompida s ha sta jactarse de vicios infames; pero ninguna ha tenido el coraje de confesarse envi diosa. Reconocer la propia envidia implicara, a la vez, declarar se inferior al evidido; trtase de pasin tan abominable, y tan universalmente detes tada, que avergenza al ms impdico y se hace lo indecible por ocul tarla. Sorprende que los psiclogos la olviden en sus estudios sobre las pasiones, limitndose a mencionarla como un caso \,articular de los ceros. Fue siempre tanta su difusin y su virulencia, que ya la mitologa greco latina le atrabuye origen sobrehumano, hacindola nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja horriblemente flaca y exage, cubierta la cabeza de vboras en vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes negros y la lengua untada con tsigos fatales;

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EL HOMBRE MEDIOCRE 97 con una man" ase tres serpientes y con la otra un a hidra o una t ea; incuba en su seno un monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno; est agitada ; no re; el sueo nunca cierra los prpados sobre sus ojos irritados. Todo suceso feliz le aflige o atiza su congoja ; destinada a sufrir, es el v erdugo implacable de s misma. Es pasin traidora y propicia a la hipocresa Es al odio como la ga nza a la espada; la emplean los que no pueden competir con los envidiados. En los mpetus del odio puede palpitar el gesto de la garr a que en un desesperado estremecimiento destroza y aniquila; en la sub repticia reptacin de la envidia slo se percibe el arrastramiento tmido del que busca morder el taln. Teofrasto crey que la envidia se confunde con el odio o nace de l. opinin ya enunciada por Aristteles, su maestro Plutarco abord la cues tin, preocupndose de establecer diferencias entre las dos pasiones (Obra s m01aies, II). Dice que a primera vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando s~ asocian trnanse ms fuerte, como las enfermedades que se complican. Ambas sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta para confundirlas, si atendemos a sus diferencias Slo se ,odia lo que se cree malo o nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar a las cosas y a los animales; slo se puede envidiar a los hombres. El odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre in justa, pues la prosperidad no daa a nadie. Estas dos pasiones, como plantas de una misma especie, se nutren y fortifican por causas equiva lentes: se odia ms a los ms perversos y se envidia ms a los ms meri torios. Por eso Temstodes deca, en su juventud, que an no haba realizado ningn acto brillante, porque todava nadie le envidiaba. As como las cantridas prosperan sobre los trigales ms rubios y los rosales ms florecientes, la envidia alcanza a los hombres ms famosos por su carcter y por su virtud El odio no e~ desarmado por la buena o la mala fortuna; la envidia s. Un sol que ilumina perpendicularmente desde el ms alto punto del cielo reduce a nada o muy poco la sombra de los objetos que estn debajo: as, observa Plutarco, el brillo de la glori a achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer. El odio que injuria y ofende es temible; la envidia que calla y c onspira es repugnante. Algn libro admirable dice que ella es como l as caries de 1os huesos, ese libro es la Biblia, casi de seguro, o debiera serlo Las palabras ms crueles que un insensato arroja a la cara no ofenden la centsima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente a la espalda ; ste ignora las reacciones del odio y expresa su inquina tarta jeando, incapaz de encresparse en mpetus viriles: dirase que su boca est amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. As como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene el odio en los nobles espritus y exaspera la envidia en los indignos. El envidios o es ingrato, como luminoso el sol la nube opaca y la nieve fra : lo es naturalmente.

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JOS INGENIEROS El odio es rectilneo y no teme la verdad: la envidia es torcida y trabaja la mentira. Envidiando se sufre ms que odiando: como esos tor mentos enfermizos que trnanse terrorficos de noche, amplificados por el horror de las tinieblas. El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tirana, la infamia, la indignidad. La envidia es de corazones pequeos. La conciencia del propio mrito suprime toda menguada villana; el hombre que se siente superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con delirio de las grandezas. Su odio est de pie y ataca de frente. Csar aniquil a Pompeyo, sin rastreras; Donatello venci con su "Cristo" al de Brune lleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulmin a Wagner, sin envidiarlo. As como la genialidad presiente la gloria y da a sus predestinados cierto ademn apocalptico, la certidumbre de un oscuro porvenir vuelve miopes y reptiles a los mediocres. Por eso los hombres sin mritos siguen siendo envidiosos a pesar de los xitos obtenidos por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es un tormento; comprenden que slo pueden permanecer en la cumbre impidiendo que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una defensa de las sombras contra los hombres. Con los distingos enunciados, los clsicos aceptan el parentesco entre la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el problema distinguiendo otras que se le parecen: la emulacin y los celos. La envidia, sin duda, arraiga. como ellas en una tendencia afectiva, pero posee caracteres propios que permiten dif er~aciarla. Se envidia lo que otros ya tienen y se deseara tener, sintiendo que el propio es un deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se emula en pos de algo que otros tambin anhelan, teniendo la posibilidad de alcanzarlo. Un ejemplo tomado en las fuentes ms notorias ilustrar la cuestin. Envidiamos la mujer que el prjimo posee y nosotros deseamos, cuando sentimos la imposibilidad de disputrsela. Celamos la mujer que nos per tenece, cuando juzgamos incierta su posesin y tememos que otro pueda compartirla o quitrnosla. Competimos sus favores en noble emulacin, cu ando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de condiciones con otro que a ellos aspira. La envidia nace, pues, del sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan del sentimiento de posesin comprometido; la emulacin surge del sentimiento de potencia que acompaa a toda noble afirmacin de la personalidad. Por deformacin de la tendencia egosta algunos hombres estn naturalmente inclinados a envidiar a los que poseen tal superioridad por ellos anhelada en vano; la envidia es mayor cuando ms imposible se considera la adquisicin del bien codiciado. Es el reverso de la emula cin; sta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aqulla una rmora /

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EL HOMBRE MEDIOCRE 99 que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo comprendi Bartrina, en su admirable quintilla: La envidia y la emulacin parientes dicen que son; aunque en todo diferentes al fin tambin son parientes el diamante y el carbn. La emulacin es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas eces. La envidia es una cobarda propia de los dbiles, un odio impotente, una incapacidad manifiesta de compe~ir y de odiar. El talento, la belleza, la energa, quisieran verse refleja dos en todas las cosas e intensificados en proyecciones innmeras; la estulticia, la fealdad y la impotencia sufren tanto o ms por el bien ajeno que por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulacin con los ms grandes. Un ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos de voces prof ticas al leer los escritos de los grandes pensadores; el que siente grabarse en su corazn, con caracteres profundos como cicatrices, su clamor visio nario y divino; el que se extasa contemplando las supremas creaciones plsticas; el que goza de ntimos escalofros frente a las obras maestras accesibles a sus sentidos, y se entrega a la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta cuajrsele de lgrimas los ojos, y el corazn bullicioso se le arrebata en fiebre de emocin; ste tiene un noble espritu y puede incubar el deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no se inmuta leyendo a Dante, mirando a Leonardo, oyendo a Beethoven, puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha suprema, ni pasear jams sin velos ante sus ojos miopes que no saben admirarla en las obras de los genios. 1' La emulacin presume un afn de equivalencia, implica la posibilidad de un nivelamiento; saluda a los fuertes que van camino de la gloria marchando ella tambin. Slo el impotente, convicto y confeso, empon zoa su espritu hostilizando la marcha de los que no puede seguir. Toda la psicologa de la envidia est sintetizada en una fibula, a~gna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su pantano cuando vi resplandecer en lo ms alto de las toscas a una lucirnaga. Pens que ningn ser tena derecho de lucir cualidades que l mismo no poseera jams. Mortificado por su propia impotencia, salt hasta ella y la cubri con su vientre helado. La inocente lucirnaga os preguntarle: Por qu me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia, slo acert a interrogar a su vez: Por qu brillas? II. PSICOLOGIA DE LOS ENVIDIOSOS Siendo la envidia un culto involuntario del mrito, los envidiosos !Ion, a pesar suyo, sus naturales sacerdotes. El propio Homero encarn ya, en Tersites, al envidioso de los tiempos heroicos; como si sus lacras fsicas fuesen exiguas para exponerlo al bal

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100 JOS INGENIEROS dn eterno, en un simple verso nos da la lnea sombra de su moral, di cindolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por fas exce lencias de las personas que envidia. Shakespeare traz una silueta definitiva en su Ya g o feroz, almcigo d e infamias y cobardas, capaz de todas las traiciones y de todas las falsedades. El envidioso pertenece a una especie moral raqutica, mez quina, digna de compasin o de desprecio. Sin coraje para ser asesino, se resigna a ser vil. Rebaja a los otros, desesperando de la propia ele v acin. La familia ofrece variedades infinitas, por la combinacin de otros estigmas con lo fundamental. El envidioso pasi vo es solemne y setencioso; el activo es un escorpin atrabiliario. Pero, lgubre o bilioso, nunca sabe rer de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa: re a contrapelo Quin no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato: dirase que es un miope cirujano predestinado a herir los rganos vitales y respetar la vscera cancerosa. No retrocede ante ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue al mrito hasta dentro de s u tumba. Es serio, por incapacidad de rerse; le atormenta la alegra de los satisfechos.' Proclama la importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congneres aprueban tcitamente esa hipocresa que escuda la irremediable inferioridad: no vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujndoles, si es necesario, en el mismo borde de la tumba. El envidioso activo posee una docuencia intrpida, disimulando con ni garas de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los abismos del espritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el prop io. Parece poseer mil lenguas, como el clsico monstruo rebelesiano Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de elogio ret ice nte, pues la viscosidad urticante de su falso loar es el mximum de su valenta mo ral. Se multiplica hasta lo infinito; tiene mil piernas y se insina do quier, siembra la intriga entre sus propios cmplices y, llegado el caso los tra iciona. Sabindose de antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde los mediocres se empampanan de vanidad; si alg una inexplicable paternidad complica la quietud de su madurez estril podis jurar que su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es co barde para ser completo; se arrastra ante los que turban sus noch es con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce y le desprecia, se humilla ante l. Se sabe inferior; su vanidad slo aspira a desquitarse con las frgiles compensaciones de la zangamanga a ras de tierra. A pesar de sus temperamentos het er ogneos, el destino suel e agrupar a los envid iosos en camarillas o en crculos, sirvindoles de argamasa el comn sufrimiento por la dicha ajena. All desahog an su pena ntima difam ando a los en vi diosos y v ertiendo toda su hiel co mo un homenaje a la superioridad del talent o que los humilla. Son capaces de envidiar a los grandes muerto s, como si los detestaran personalmente. Hay quien

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EL HOMBRE MEDIOCRE IOI e n vi dia a Scrates y quien a Napolen, creyend igualarse a ellos rebajn dolos; para eso endiosarn a un Brunetire o un Boul~nger. Pero esos placeres malignos poco amenguan su des v entura, que est en sufrir de toda felicidad y en m:atirizarse de toda gloria. Rubens lo presinti al pintar la envidia, en un cuadro de la Galera Medicea, sufriendo entre la pompa luminos a de la inolv idable regencia. El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros es c alan la cumbre. Muere en el torm e nto de envidiar al que le ignora o desprecia, gusano que se arrastra sobre el zcalo de la estatua Todo rumo r de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla a sus vuelos g allinceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no amanecer un solo da de glor i a. Si pudiera organizar una cacera de guilas o decretar un apagamiento de astros Lo que es para otros caus a de f e licidad, puede ser objeto de envidia La ineptitud para satisfacer un deseo o hartar un apetito determina esta p a sin que hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envi diado e s p urament e subjetivo : c ad a hombr e se cree la medida de los dem segn el juicio que tiene de s mismo. Se sufre la envidia apropiada a las inferioridades que se sienten, sea cual fuere su v a lor objetivo El rico puede sentir emulacin o celos por la riqueza ajena; pero e nvidiar e1 talento. La mujer bella tendr celos de otra hermosura; pero envidi a r a las ricas. Es posible sentirse superior e n cien cosas e inferior en una sola; ste es el punto frgil por donde tienta su asalto la envidia El sujeto descollante encuentr a su cohorte de envidiosos en la esfera de sus colegas ms inmediatos, entre los que deseara descollar de t i ca manera. Es un a c cidente inevitable de t o da culminacin, aunque en algunas profesiones es ms clebre; los hombres de letras no se quedan a trs, pero los cmic o s y las rame ra s tendran el privilegio, si no existiesen los mdicos. La e nv idia medi o ru n es memorable desde la antigedad : la conoci Hipcr a tes El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de lo s enfermos sobrev ivi entes a l a s drogas. El motivo de la envidia se confunde con el de la admiracin, siendo a mbas dos aspectos de un mismo fenmeno Slo que la admiracin nac e e n el fuerte y la en v idia en el subalterno. Envidiar es una forrr.a aberrante d e rendir homenaj e a la super iorida d. El gemido que la insuficienci a a rranca a la vanidad es una forma especial de a labanza Toda culminacin es envidi a da. En la mujer la belleza El talento y l a for tuna en el hombre En am bos la fam a y la gloria cualquiera se a s u fo r m a. La e nvidia f e rn enina su ele ser a filigran a da y per v ersa ; l a mujer d a s u ara a zo c o n ua a f ilada y lu stro s a, muerde con dientec i llos orificados e struja con d e dos plidos y fi no s. Toda maledicencia le p a rece escasa par a traducir su despecho; en ella debi pensar Apeles cuando represent a la Envidia g uiando con mano fe li na a la Calumnia. L a qu e h a nacido bella y l a Belleza para ser complet a requiere

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I02 JOS INGENIEROS entre otros dones, la gracia, la pasin y la inteligenciatiene asegurado el culto de la envidia Sus ms nobles superioridades sern adoradas por las envidiosas; en ellas clavarn sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir que la pasin las convierte en vestales. Mil lenguas viperinas le quemarn el incienso de sus crticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarn su belleza por la espalda; las almas tristes le elevarn sus ple garias en forma de calumnias, torvas como el remordimiento que las ato siga, pero no las detiene. Quien haya ledo la sptima metamorfosis, en el libro segundo de Ovidio, no olvidar jams que a instancia de Minerva, fue Aglaura trans figurada en roca, castigando as su envidia de Hersea, la amada de Mer curio. AII est escrita la ms perfecta alegora de la envidia devorando vboras para alimentar sus furores; como no la perfil ningn otro poeta de la era pagana. El hombre vulgar envidia las fortunas y las posiciones burocrticas. Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los dems, partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades ms inmediatas; el destino burocrtico le asigna un sitio en el escalafn del Estado y le prepara ulteriores jubilaciones. De ah que el proletario envidie al burgus, sin renunciar a substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarqua de envidias, perfectamente gra duadas por las cifras de las prebendas. El talento -en todas sus formas intelectuales y morales : como dig nidad, como carcter, como energa, es el tesoro ms envidiado entre los hombres Hay en el domstico un srdido afn de nivelarlo todo, un obtuso horror a la individualizacin excesiva; perdona al portador de cualquier sombra moral, perdona la cobarda, el servilismo, la mentira, la hipocresa, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar en las ciencias, en las artes o en el amor, para que los mediocres se entremezcan de envidia. As se forma en torno de cada astro una nebulosa grande o pe quea, camarilla de maldicientes o legin de difamadores: los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su dolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por millares las pstulas de la viruela. La dicha de los fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su corazn gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; este dolor es la gloria involuntaria de los otros, la sancin ms indestructible de Su talento en la accin o el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en la cinaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo sereno del guila que pasa en la altura. Sin orlos. III. LOS ROEDORES DE LA GLORIA Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y con su esfuerzo est inclinado a admirar el esfuerzo y el talento en los dems; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido po r el

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EL HOMBRE MEDIOCRE 103 legtimo encumbramiento ajeno. f que tiene mritos, sabe lo que cuestan y los respeta; estima en otros lo que deseara se le estimara a l mismo. El mediocre ignora esta admiracin abierta: muchas veces se resigna a aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar Los espritus alicortes son malvolos; los grandes ingenios son admi rativos Estos saben que los dones naturales no se trasmutan en talento o en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mrito Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias, meditaciones hon das, tanteos sin fin, consagracin tenaz, a ese pintor, a ese poeta, a ese filsofo, a ese sabio; y comprenden que ellos han consumido acaso su organ i smo, envejeciendo prematuramente; y la biografa de los grandes hombres les ensea que muchos renunciaron al reposo o al pan, sacri ficando el uno y el otro a ganar tiempo para meditar o a comprar un libro para iluminar sus meditaciones. Esa conciencia de lo que el mrito importa, lo hace respetar. El envidioso, que lo ignora, ve el resultado a que otros llegan y l no, sin sospechar de cuntas espinas est sembrado el camino de la gloria. Todo escritor mediocre es candidato a criticastro. La incapacidad de crear je empuja a destruir. Su falta de inspiracin le induce a rumiar el talento ajeno, empandolo en especiosdades que denuncian su irrepa rable ultimidad. Los altos ingenios son ecunimes para -criticar a sus iguales, como si reconocieran en ellos una consanguinidad en lnea directa; en el mulo no ven nunca un rival. Los grandes crticos son ptimos autores que escriben sobre temas propuestos por otros ; como : los versificadores con pie forzado; la obra ajena es una ocasin para exhibir las ideas propias. El verdadero crtico enriquece las opras que estudia y en todo lo que toca deja un rastro de su persona:Jidad. Los criticastros son de instinto, enemigos de la obra; desean achi airla por la simple razn de que ellos no la han escrito. Ni sabran escri birla cuando el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las manos trabadas por. la cinta mtrica; su afn de medir a los dems responde al sueo de rebajarlos hasta su propia medida. Son por definicin, presta mistas, parsitos, viven de lo ajeno; pues se limitan a barajar con mano avisa lo mismo que han aprendido en el libro que desacreditan Cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como una falta de ongma lidad; si no lo es, se apresuran a culparlo de ignorancia. Si emplea un razo namiento que usaron otros, le llaman plagiario, aunque seale las fuentes de su sabidura; si omite sealarlas, por harto vulgares lo acusan de improbidad. En todo encuentran motivo para maldecir y envidiar, reve lando su interna angustia. Lo que los hace sufrir, en suma, es que otros sean admirados y ellos no. El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga a confundir el mrmol con la chiscarra y la voz con el falsete, inclinndose a suponer

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JOS INGEN IE RO S que todo escritor original es un h er esiarca Los palurdos dar a n lo que n o tienen por saber escribir un poquito, como para incorporarse a la crtica profesional. Es el sueo de los que no pueden cr ear Permite una maledi c encia medrosa y que no compromete, hecha de mendacidad prudente restringiendo las perversidades para que resulten msagudas, sacando a qu una migaja y dando all un araazo, ve lando todo lo que pued e se r objeto de admiracin, rebajando siempre con la oculta esperanza d e que puedan aparecer a un mismo ni vel los crticos y l os criticados. E l t-Sc ritor original sabe que atormenta a los mediocres, agui jone n dol es esa pasin que los enferma ante el brillo ajeno; la desesperacin de lo s fracasados es el laurel que mejor premia su luminosa labor. A la glori a de un Homero llega siempre apareada la ridiculez de un Zoilo. Fermentan en cada gnero de actividad intelectual como plagas pediculares de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, suean su exterminio, cons piran con una intemperancia de terrori stas y esgrimen srdidas calumnia s que haran sonrojar a un paquidermo Ven un peligro en cada astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen hombres ca paces de subvertir rutinas Y. prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su fuerza a los rayos y a las cataratas de infiltrar nuevos ideales a las razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gra vedad, de estremecer a los gobiernos ... Cuando se eleva un astro ellos as oman por todos los puntos cardi nales para entonar el coro involuntario de su difamacin Aparecen por docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante. Los contrabajistas de arrabal oprobiarn 1~ gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros anodinos, consumarn biografas sobre algn lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado acertar una manch a de color, dejarn caer su chorro de prosa como si un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirn en los -siglos. Cualquier promiscuador de palabras enfestar contra el que escriba pensamientos duraderos Las mu Jeres feas demostrarn que la belleza es repulsiva y las viejas s06tendrn que la juventud es insensata; vengarn su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema entre todas las virtudes, cuando ya en vano se haran viltroteras para ofrecer la propia a los transeuntes. Y los dems, todos en coro, repetirn que el genio, la santidad y el herosmo son aberraciones, locuras, epilepsia, degeneracin; negarn la excelencia del ingenio, la virtud y la dignidad; pondrn esos valores por debajo de su propia penumbra, sin advertir que donde el genio se resobra el me diocre no llega. Si a ste le dieran a elegir entre Shakespeare o Sarcey no vacilara un minuto: murmurara del primero con la firma del se gundo. Los espritus rutinarios son rebeldes a la admiracin: no reconocen el fuego de los astros porque nunc a han tenido en s una chispa. Jams se entregan de buena fe a los ideales o a las pasiones que le toman del corazn; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del

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EL HOMBR E MEDIOCR E placer de admirarlos. Confundirn siempre lo equivoco y lo cristalino, 1ebajando todo ideal hasta las bajas intenciones que supuran en sus ce rebros. Desmenuzarn todo lo bello, olvidando que el trigo molido en ha rina no puede ya germinar en ureas espigas, frente al sol. Es un g ran signo de mediocridad -dijo Leibnitzelogiar siempre moderada mente". Pascal deca que los espritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se descubren ms tipos originales a medida que se posee mayor ingenio. El criticastro es parvificente; admira un poco todas las cosas, pero nada le merece un a admiracin decidida. El que no ad mira lo mejor no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas Jas culpas y no los mritos, las discordancias y no las armonas muere en un bajo nivel donde vegeta con 1a ilusin de ser un crtico. Los que no saben admirar no tienen porvenir, estn inhabilitados para ascender hacia una perfeccin ideal. Es una cobarda aplacar la admiracin; hay que cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con su ptina ignominiosa. La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero ecu"nime: entierra en una misma fosa a los criticastros y a los malos a utores. Mientras los envidiosos murmuran, el genio crece; a la larga aqullos quedan oprimidos y ste siente deseos de compadecerlo s, para impedir que sigan muriendo a fuego lento. El verdadero castigo de estos parsitos est en la muda sonrisa de los pensadores. El que critica a un alto espritu tiende la mano espe rando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la mano tendida, negndole la notoriedad que le conferira la rplica. El silencio del autor mata al postulante; su indiferencia lo asfixia Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su presencia; suea que le han nombrado, aludido, refutado, injuri ado. Pero todo es un simple sueo: debe resignarse a envidiar desde la penumbra, 9e donde no consigue que le saquen. El que tiene conciencia de su mrito, no se presta a inflar la vanidad del primer indigente que le sale al paso pre tendiendo distraerle, obligndol e a perder su tiempo; elige sus adversarios entre sus iguales, entre sus condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra a sus lacayos o a sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de algunos criticastros slo tenemos noticias potque algn genio los honr c o n su puntapi. IV. UNA ESCENA DE.AMATICA : SU CASTIGO El castigo de lo s envidiosos estara en cubrirlos de favores, para hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como uri estiletazo. __.s ms generoso, ms humanitario. Los bienes que el envi dioso recibe constituyen su ms desesperante humil!acin; si no es posib1e agasajarle, es necesario ignorarle. Ningn enfermo es .responsable de su dolencia, ni podramos prohibirl e que emitiera acentos quejumbrosos ;

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106 JOS INGENIEROS la envidia es una enfermedad y nada hay ms respetable que el derecho de lamentarse cuando se padecen congestiones de la vanidad. El envidioso es la nica vctima de su propio veneno; la envidia le devora como el cncer a la vscera; le ahoga como la hiedra a la encina. Por eso Poussin en una tela admirable, pint a este monstruo mordindose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar. Dante consider a los envidiosos indignos del infierno. En la sabia distribucin de penas y castigos los recluy en el purgatorio, lo que se aviene a su condicin mediocre. Yacen acoquinados en un crculo de piedra cenicienta, sentados junto a un paredn l'vido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, for mando panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz; tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el bien d~l prjimo. Habla por ellos la noble Sapa, desterrada por sus con<;:iuda danos; fue tal su envidia que sinti loco regocijo cuando ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces trgicas, mien. tras lejanos fragores de trueno~ recuerdan la palabra que Can pronunci despus de matar a Abel. Porque el primer asesino de la leyenda bblica tena que ser un envidioso. Llevan todos el castigo en su cuipa. El espartano Antistenes, al saber que le envidiaban, contest con acierto: peor para ellos, tendrn que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los nicos ganan ciosos son los envidiados; es grato sentirse adorar de rodillas. La mayor satisfaccin del hombre excelente est en provocar la en vidia, estimulndola con los propios mritos, acosndola cada da c;on mayores virtudes, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiad es una garanta inequvoca de mediocridad.

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VI. LA VEJEZ NIVELADORA l. Las canas. II. Etapas de la decadencia. III. La bancarrota de los ingenios. IV. Psicologa de la vejez. V. La virtud de la impotencia. I. LAS CANAS Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepsculo. Y no hay re medio. Arrancarse la primera -quin no lo hace?es como quitar el badajo a la campana que toca el Angelus, pretendiendo con ello prolongar el da. Las canas visibles corresponden a otras ms graves que no vemos: el cerebro y el corazn, todo el espritu y toda la ternura, encanecen al mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los aos es una metfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga a la llama y protege a la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad. Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una rendija por donde escapan las excepciones particulares. Por qu no decir la conclusin desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara excep cin. La mxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse 11. s mismo, nivelndose con los dems. Cuntos se suicidaran si pudieran ad,vertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y mediocridad suelen ser desdichas paralelas. El "genio y figura, hasta la sepultura" es una excepcin muy rara en los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse cuando mueren a tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular empae los resplandores del espritu En general, si mueren tarde, una pausada neblina comienza a velar su mente con los achaques de la vejez, si la muerte se empea en no venir los genios trnanse extraos a s mismos, supervivencia que los lleva hasta no comprender su propia obra. Les sucede como a un astrnomo que perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado para confirmarlos a simple vista. La decadencia del hombre que envejece est representada por una regresin sistemtica de la intelectualidad. Al principio, la vejez medie>' f

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ro8 JOS INGE~IEROS eriza a todo hombre superior; ms tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre. Tal afirmacin es un s1mple corolario de verdades biolgicas. La personalidad humana es una formacin continua, no una entidad fija; se organiza y se desorganiza, evoluciona e involuciona, crece y se amengua se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza su mxima plenitud; despus de esa poca es incapaz de acrecentarse y pronto suelen advertirse los sntomas iniciales del descenso, los parpadeos de la llama interior que se apaga. Cuando el cuerpo se niega a servir todas nuestras intenciones y deseos o cuando stos son medidos en previsin de fracasos posibles, podemos afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse e meditar una intencin noble, es m,atarla; el hielo invade traidoramente el corazn y la perso nalidad ms libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando el clculo uti litario reemplaza a la alegra juvenil. Quien se pone a mirar si lo que tiene le bastar para todo su porvenir posible, ya no es joven ; cuando opina que es preferible tener de ms a tener de menos est viejo; cuando su afn de poseer excede su posibilidad de vivir, ya est moral mente decrpito. La avaricia es una exaltacin de los sentimientos egostas propios de la vejez. Muchos siglos antes de estudiarla los psiclogos mo dernos, el propio Cicern escribi palabras definitivas: "Nunca he odo decir que un viejo haya olvidado el sitio en que haba ocultado su tesoro" (De Senectute, c. 7). Y debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y encantos de la vejez Las canas son avaras y la avariG:ia es un rbol estril: la humanidad perecera si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burgt1;esa del ahorro ha envilecido a generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros en predicarla, pues, como ense Maquiavelo, "ms daa a los pueblos la avaricia de sus ciudadanos que la rapacidad de sus enemigos". Esa pasin de coleccionar bienes que no se disfrutan, se acrecienta con los aos, al revs de las otras. El que es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazn, lo cierra a la fe, al amor, a la esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejara al universo a oscuras para evitar que su tesoro se gastase. Adems de aferrarse a lo que tiene, el avaro se desespera por tener ms, sin lmite; es ms miserable cuanto ms tiene: para soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la dignidad o al bienestar; ese afn de perseguir lo que no gozar nunca, constituye la ms siniestra de las miserias. La avaricia, como pasin envilecedora, iguala a la envidia. Es la tula moral de los corazones envejecidos. II ETAPAS DE LA DECADENCIA La personalidad individual se constituye por sobreposiciones sucesivas de la experiencia. Se ha sealado una "estratificacin del carter; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores desenvolvimientos.

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 En sus capas primitivas y fundamentales yacen las indJinaciones recibidas hereditariamente de los antepasados: la "mentalidad de la especie". En las capas medianas encuntranse las sugestiones edusativas de la so ciedad: la "mentalidad social". En las capas superiores florecen las varia ciones y perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la "mentalidad individual". As como en las formaciones geolgicas las sedimentaciones ms pro fundas contienen los fsiles ms antiguos, las primitivas bases de la per sonalidad individual guardan celosamente el capital comn a la especie y a la sociedad. Cuando los estratos recientemente constitudos van desapa reciendo por obra de la vejez, el psiclogo descubre, poco a poco la men talidad del mediocre, del nio y del salvaje, cuyas vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen a medida que las canas van reemplazando a los cabellos. Inferior, mediocre o superior, todo hombre adulto atraviesa un pe rodo estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no adquiere nuevas. Ms tarde la inteligencia entra a su ocaso. Las funciones del organismo empiezan a decaer a cierta edad. Esas declinaciones corresponden a inevitables procesos de regresin orgnica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando comienzan a enmohecerse los engranajes celulares de nuestros centros nerviosos. Es evidente que el individuo ignora su propio crepsculo; ningn viejo admite que su inteligencia haya disminudo. El que esto escribe hoy, creer, probablemente, lo contrario cuando tenga ms de sesenta aos. Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podr haber discrepancia para sealar lmites generales a la edad en que la vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta funcin, como para todas las dems del organismo la edad de envejecer difiere de individuo a individuo; los sistemas orgnicos en que se inicia la invo lucin son distintos en cada uno. Hay quienes envejecen antes por sus rganos digestivos, circulatorios o psquicos; y hay quien conserva ntegras algunas de sus funciones hasta ms all de los lmites comunes. La lon gevidad mental es un accidente; no es la regla. La vejez inequvoca es la que pone ms arrugas en el espritu que en la frente. La juventud no es simple cuestin de estado civil y puede sobrevivir a alguna cana: es un don de vida intensa, expresiva y optimista. Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de l. Hay hombres que nunca han sido jvenes; en sus corazones, prema turamente agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las exageraciones romnticas. En ellos, la nica precocidad es la vejez. Hay, en cambio, espritus de excepcin que guardan algunas origi nalidades hasta sus aos ltimos, envejecidos tardamente. Pero, en unos antes y en otros despus, despacio o de prisa, el tiempo consuml\ su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones, energas. El proceso de involucin intelectual sigue el mismo curso que el de su organizacin, pero invertido. Primero desaparece la "mentalidad

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110 JOS INGENIEROS individual", ms tarde la mentalidad social", y, por ltimo, la menta lidad de la especie" La vejez comienza por hacer de tod individuo un hombre mediocre. La mengua mental puede, sin embargo no detenerse all. Los engranajes celulares del cerebro siguen enmohecindose, la actividad de las asocia ciones neuronales se atena cada vez ms y la obra destructora de la de crepitud es ms profunda. Los achaques siguen desmantelando sucesiva mente las capas del carcter, desapareciendo una tras otra sus adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El anciano se inferio riza, es decir, vuelve poco a poco a su primitiva mentalidad infantil, con servando las adquisiciones ms antiguas de su personalidad, que son, por ende, las mejores consolidadas Es notorio que la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta observacin en refranes, harto conocidos. Ello explica las profundas transformaciones psquicas de los viejos: el cambio total de sus sentimientos ( especialmente los sociales y altrustas), la pereza progresiva para acometer empresas nuevas l con dis creta conservacin de los hbitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda o la apostasa de las ideas ms personales (para volver pri, mero a las ideas comunes en su medio y luego a las profesadas en la infancia o por los antepasados). La mejor prueba de ello -que los ignorantes suelen citar contra la ciencia -la encontramos en los hombres de ms elevada mentalidad y de cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos, al entrar a la ancia nidad, un cambio radical de opiniones acerca de los ms altos problemas filosficos, a medida que decaen las aptitudes originariamente definidas durante la edad viril. III LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS Este cuadro no es exagerado ni esquemtico. La marcha progresiva del' proceso impide advertir esa evolucin en las personas que nos rodean; es como si una claridad se apagara tan de a poco que pudiera llegarse a la oscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transicin. A la natural !entidad del fenmeno agrganse las diferencias que l reviste en cada individuo Los que slo haban logrado adquirir un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevi table bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud. su mentalidad social se reduce a la mentalidad de la especie, inferiorizndose, a nadie sorprende ese pasaje de la pobreza a la miseria. En el hombre superior, en el talento o en el gehio se notan clara mente esos estragos. Cmo no llamara nuestra atencin un antiguo millo nario que paseara a nuestro lado sus_ postreros andrajos~ El hombre su perior deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, orgaruzadas ~n el pe rodo de perfeccion~miento, tienden a ser reemplazadas por ideas co

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EL HOMBRE MEDIOCRE III munes o inferiores. El genio -entindase biennunca es t a rdo, aunque pueda revelarse tardamente su fruto, las obras pensadas en la juventud y escritas en la madurez pueden no mostr a r la decadencia, pero siempre la revelan las obras pen sa das en la vejez misma Leemos la segunda parte del Fa1,sto por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin recordar que nunca segundas partes fueron buenas" a'clagio inape lable si la primera fue obra de juventud y la ~egunda es fruto de la vejez. Se ha sealado en Kant, un ejemplo acabado de esta metamorfosis psicolgica. El joven Kant verdaderamente crtico", haba llegado a la conviccin de que los tres grandes baluartes de misticismo: Dios, li bertad e inmortalidad del alma eran insostenibles ante la razn pura"; el Kant envejecido, dogmtico", encontr en cambio, que esos tres fantasmas son postulados de la razn pr tica", y, por lo tanto, indis pensables Cuanto ms se predica la vuelta de Kant, en el contemporneo arreciar neokantista, tanto ms ruidosa e irreparable presntase la contra diccin entre el joven y el viejo Kant. El mismo Spencer, monista como el que ms, acab por entreabrir una puerta al dualismo con su incog noscible" Virchow cre en plena juventud la patologa celular, sin sos pechar que terminara renegando sus ideas de naturalista filsofo. Lo mismo que l decayeron otros Para citar tan slo a muertos de ayer, hase visto a Lombroso caer en sus ltimos aos en ingenuidades infantiles explicables por su debil' tamiento mental, a punto de llorar conversando con el alma de su madre en un trpode espiritista. James, que en su juventud fue portavoz de la psicologa evolucionista y biolgica, acab por enmaraarse en especula ciones morales que slo l comprendi. Y, por fin, Tolstoi, cuya ju ventud fue prdiga de admirables novelas y escritos, que le hicieron cla sificar como escritor anarquista, en los ltimos aos escribi artculos adocenados que no firmara un gacetillero vulgar, para extinguirse en una peregrinacin, mstica que puso en ridculo las horas ltimas de su vida fsica. La mental haba terminado mucho antes. IV. PSICOLOGIA DE LA VEJEZ La sensibilidad se atena en los viejos y se embotan sus vas de comu nicacin con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y trnanse menos sensibles al dolor fsico. El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; as como la pereza en una vejez anticipada, la vjez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de ,la vida. Su caracters tica es una atrofia de los elementos nobles del organismo, con desa~rollo de los inferiores; una parte de los capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguneo a los tejidos, el peso y el volumen del sistema nervioso central se reducen, como el de todos los tejidos propiamente vitales; la musculatura flccida impide mantener el cuerpo erecto; los movimientos

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1 1 2 JO S ING E NIEROS pierden su agilidad y su pr eci sin En el cerebro disminuyen las per mutas nutritivas se alteran las transformaciones qumicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las clulas ms nobles. Roto el e quilibrio de los rganos, no puede subsistir el equilibrio de las fun ci ones: la disolucin de la vida intelectu a l y afectiva sigue es e curso fatal p erfectamente estudiado por Ribot e n el c aptulo final d e su psicolo g a d e los sel)timientos. A medid a que en v ejece trn a s e el hombre infantil, t a n t o por su i neptitud creador a como por su achic a miento moral. Al perodo expansiv o s u cede el de concentracin; l a i ncap a cid a d para el as a lto perf e cciona la de fensa La insensibilidad fsica se acomp a a de an a lges i a moral; en vez d e participar del dolor ajeno el viejo a c a ba por no sentit ni el propio, l a a nsiedad de prolongar su vida parece ad v ertirle qu e una fuerte emocin p uede gastar energa, y se endurece contra el dolor como la tortuga se r e trae debajo de su caparazn cuando presiente un peligro As llega a s entir un odio oculto por todas l a s fu e rzas vivas que crecen y av anzan, un s ordo rencor contra todas las p r imaveras. La psicologa de la vejez denuncia i deas obsesivas absorbentes. Todo vi ejo cree que los jvenes le d e spreci a n y desean su muerte para suplan ta rle. Tradu c e tal m a na por ho s tilid a d a la juventud consider ndola muy i nferior a la de su tiempo, juicio que extiende a las nuevas costumbre s cu ando ya no puede adaptarse a ellas. Aun en las co sa s pequeas exige l a p arte ms grande, contrari a ndo tod a iniciativa, de s deando las corazo nadas y escarneciendo los ideales sin recordar que en otro tiempo pens, s inti e hizo todo lo que a hora considera comprometedor y detestabl e. Esa es l a v erdadera psicologa del hombre que envejece. La edad a tena o anula el celo, el ardor, la aptitud para crear, descubrir o sim plemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. Omito las r arsimas excepciones que exigiran, cada una, un examen particular Para la mayora de los hombres, el debilitamiento vital suprime de seguida el gusto de esas cosa s superfluas Sealemos, tambin, con la vejez, la hos t ilidad decidida contr a las innovaciones: nuevas formas a1tsticas, nuevo s descubrimientos, nuevas maneras de plantear o tratar problemas cientficos El hecho es tan notorio, que no exige pruebas. Ordinariamente en tica sobre todo, cada generacin reniega a la que le sigue. L a explicacin co mn de ese misondsmo, es la existencia de hbitos intelectuales ya organizados", que seran conmovidos por un contraste violento, si aun e xistiera una capacidad de emocin o de pasin. Esto ltimo es lo que falta en los viejos por la modorra de su vida afectiva Agrega Ribot que a esa disolucin de los sentimientos superiores sigue la de todos lo s s entimientos altrustas y la de los egoaltrustas, perdurando hasta e! fi n los egostas, cada vez ms aislados y predominant e s en la personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad Los diversos elementos del carcter, disulvense en ord e n inverso a J de su formacin. Los que se han adquirido al fin son menos activos de jan surcos poco persistentes son a dventicios, incoordina d os. Esto rev

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EL HOMBRE MEDIOCRE Jase en la regres1on de la memoria senil; los fantasmas de las primeras impresiones juveniles siguen rodando en la mente, cuando ya han des aparecido los recuerdos ms cercanos, los del da anterior. La falta de plasticidad hace que lo s nuevos procesos psquicos no dejen rastros, o muy dbiles, mientras los antiguos se h an g rab a do hondamente en ma teria rris sensible y slo se borran con la destruccin de los rganos Con el crecimiento de ls neuronas e n el hombre joven, y su poder de crear nuevas asociacion e s, explicara Caj a l l a capacidad de adaptacin del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas ideolgicos ; la deten cin de esas funciones en los ancianos, o en los adultos de cerebro atro fiado por la falta de ilustracin u otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la inadaptacin a l medio moral y las aberraciones misonestas Se concibe, igualmente que la falta de asociacin de ideas, 1a torpeza intelectu a l, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando -por causas ms o menos mrbidasla articulacin entre los neurones llega a ser floja; es decir, cuando se debilitan y se dejan de es tar en contacto, o cu a ndo 1a memori a se desorganiza parcialmente. Para formular esta hiptesis Cajal ha tenido en cuenta la conservacin mayor de las memorias juveniles; las vas de asociacin creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos aos, h a n adquirido indudablemente tma fuerza mayor por haber sido organizadas en la poca en que el cer ebro posea su ms alto grado de plasticidad. Sin conocer eso s datos modernos, observ Lucrecio (III, 452) que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la vi.da, pero la viva ci dad, la prontitud, la firmeza y otras loables cualidades se marchitan y hnguidecen al sobrevenir la vejez : U bi jam vaJidis quass at ttm est vit'i b tts aebi co1'pttJ, el obtusis cecidermit viribtts tt rtm claudicc1t ingenimn, delirat linguaqtt e mensque. M ontaigne, viejo, estimaba que a los veinte aos ca da individuo ha anunciado lo que de l puede esperarse y afirm que ningn alm a osrura hasta esa edad se ha vuelto luminos a despus: "Si l' epine ne pique pas en naissant a peine piquerat-t-elle jama is", 1 agrega que casi todas las grandes acciones de la historia han sido realiz a das antes de los treinta a os ( Essais, libe. I, cap. LVII). A distancia de siglos un espritu absolutamente diverso ll ega a las mismas conclusiones. "El descubrimiento del segundo principio de la energtica moderna fue hecho por un joven: Carnot tenia veintiocho ~ os al publicar su memoria. Meyer Joule y Helmoltz tenan veinticinco veintiseis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes inno c vadores haba llegado a los treinta aos cuando se di a conocer. Las pocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento en qu~ fueron concebidos; hubieron de pasar algunos aos antes de que tl Si la espina no pica naciendo apenas picar elJa jams. (N. del E.).

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JOS INGENIEROS viesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos maestros de la oencia; estamos acostumbrados a considerar que sta es privilegio de una edad avanzada, y nos parece que todos ellos han faltado el respeto a sus mayores, permitindose abrir nuevos caminos a la verdad. Se dir que la solucin de esos problemas por verdaderos muchachos fue una singular y excepcional casualidad; fcil es comprobar que ocurre lo mismo en todos los dominios de 1a ciencia: la gran mayora de los trabajos que sealaron horizontes nuevos fueron la obra de jvenes que acababan de trasponer los veinte aos. No es este el sitio para buscar las causas y consecuencias de ese hecho; pero es til recordarlo, pues aunque -sea lado ms de una vez, est muy lejos de ser conocido por los que se de dican a educar la juventud. Los trabajos de hombres jvenes son de carcter principalmente innovador; el mecanismo de la instruccin blica no debe ser obstculo a ellos. permitindoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los institutos superiores, en "'.'ez de agotar prematuramente, como ocurre ahora, un gran nmero de talentos cientficos originales". Y para que sus conclusiones no parezcan improvi sadas, W. Ostwald las ha desenvuelto en su ltimo libro sobre los grandes hombres, donde el problema del genio juvenil est a9alizado con criterio experimental. Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica a los hombres que ya han dejado de existir para su ciencia o para su arte. Es natural que a ellas lleguen los muertos o los agonizantes; dar entrada a un joven significara enterrar a un vivo V. LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA Ser verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot y Ostwald; pero los viejos no renunciarn a sus protestas contra los venes, ni stos acatarn en silencio la hegemona de las canas. Los viejos olvidan que fueron jvenes y stos parecen ignorar que sern viejos: el camino a recorrer es siempre el mismo, de la originalidad a la mdiocridad, y de sta a la inferioridad mental. Cmo sorprendernos, entonces, de que los jvenes revolucionarios terminen siendo viejos conservadores? Y qu de extrao en la conversin religiosa de los ateos llegados a la vejez? Cmo podra el hombre activo y emprendedor a los treinta aos, no ser aptico y prudente a los ochenta ? Cmo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros, misn tropos, regaones, cuando nos va entorpeciendo paulatinamente los sen tidos y la inteligencia, como si una mano misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas frente a la realidad que nos rodea? La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los trminos inviolables de la vida; ella nos dice con voz firme que lo anormal no es nacer ni

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EL HOMBRE MEDIOCRE morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; enve jecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el creci miento, nos lo substrae preparando la muerte. Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, mientras los jvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La historia es de todos los tiempos. Cicern escribi su De Senectute con el mismo espritu que hoy Faguet escribe ciertas pginas de su ensayo sobre la La Vieilfesse. Aqul se quejaba de que los viejos fueran poco respe tados en el imperio: ste se queja de que lo sean menos en la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negacin de una competencia ms. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se explica all, donde no hay ms ciencia que la experiencia y los viejos lo saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber visto muchos simi lares. Dice Faguet que el libro puesto en manos de los jvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los viejos. Y se desespera porque el viejo ha cado en ridculo, aunque comete la imprudencia de juzgarle con verdad: "convenons de bonne grace qu' il prete cela; il est entt, il est maniaque, il est verbeux, il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur, et son aspect est dsagrable": 1 ningn joven ha escrito una silueta ms sinttica que sa, includa en su volumen sobre el culto de la incompetencia. Faguet opina que el viejo est desterrado de las mediocracias con temporneas. Grave error, que slo prueba su vejez. Toda sociedad en decadencia es propicia a la mediocridad y enemiga de cualquier excelencia individual; por eso a los jvenes originales se les cier~a el acceso al gobierno hasta que hayan perdido su arista propia, espe rando que la vejez los nivele, rebajndolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes a su grupo social. Por esto las funciones direc tiv.as suelen ser patrimonio de la edad madura; la "opinin pblica" de los pueblos, de las clases o de los partidos, suele encontrar en los hombres 9ue fueron superiores y empiezan ya a decaer, el exponente natural de su mediocridad En la juventud, son considerados peligrosos; slo en las pocas revolucionarias gobiernan los jvenes; la Revolucin Francesa fue ejecutada por ellos, lo mismo que la emarfcipacin de ambas Amricas. El progreso es obra de minoras ilustradas y atrevidas Mientras el individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la cabeza de las mayoras conservadoras. No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, laron Platn, Aristteles y Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por el camino de la vejez se llega a la mediocridad, es la aplicacin l Convengamos de buena fe que se presta a eso: es obstinado, es manitico, es verboso, es cuentista, es fastidioso, es regan, y su aspecto es desagradable. (N .. del E.).

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II6 JOS INGENIEROS 5impJe de una ley general que rige todos los organismos vivos y los pre paran a la muerte. Por qu extraarnos de esa decadenca mental si estamos acostumbrados a ver desteirse las hojas y deshojarse los rboles cua ndo el otoo llega perseguido por el invierno? Admiremos a los viejos por las superioridades que hayan posedo e:n la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica o genial tras una juventud equvoca, mansa y opaca; la vejez no pone flores donde slo hubo mafezas; antes bien, siega las exce lencias con su hoz niveladora Los viejos repres entativos que asciendan al gobierno y a las dignidades, despus d e haber pasado sus mejores aos en la inercia o en orgas, en el tapete verde o entre rameras, en la expectativa aptica o en la resignacin humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo a los adversarios y renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporneos ni tienen derec:1io a catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pro nunciadas en falsete y mueven a risa. Los hombres de carcter elevado no hacen a la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confan a la incertidumbre de las canas la iniciacin de grandes empres as que slo pueden concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles. .. La experiencia v iril complica Ja tontera. de los mediocres, pero puede convertirlos en genios; la madurez ablanda al perverso, lo torna intil para el mal. El diablo no sabe ms por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad, sino por impotencia

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. VII. LA MEDIOCRACIA l El cl i m a d e l a mediocr a ci a. II L a p a tt ia. III. La p oltic a de las ,via ras. IV Los ar quetipos de l a medio crid a d. V. La a ri sto c ra ci a de l m rito. I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRAiCIA En raros momento s la pasin ca ldea la h i storia y los idealismos se e xaltan: cuando las n a ciones se constituyen y cuando se renuevan. Pri mero es secreta ansia de libert a d lucha por la independ e ncia ms tarde, luego crisis de consolidacin i nstitucional; despus de vehemencia de expansin o pujanza de energas. Los genios pronuncian palabras defini tivas; plasman los estadist a s sus planes visionarios; ponen los r oes su c orazn en la balanza del destino. Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de e ncebadafi!iento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales trabajen con ritmo continuo la evolucin de una raza. Hay horas de palingenesia y las hay de apata, con vigilias y sueos, das y noches, primaveras y otoos, en cuyo alternarse infinito se di v ide la continuidad del tiempo. En ciertos perodos l a n a cin se aduerme dentro del pas. El orga nismo vegeta; el espritu se amodorra Los apetitos acosan a los ideales, torndose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningn clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apian en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Los estados trnanse mediocracias, que los filolgos inexpresivos preferiran denominar "mesocracias". Entra a la penumbra el culto por la verdad, el afn de admiracin, la fe en creencias firme s la exaltacin de ideales, el desinters, l a abne gacin, todo lo que est en el camino de la virtud y de la dignidad. En un mismo diapasn utilitario se templan todos los espritus Se habla por refranes, como discurra Panza; se cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como ense Gil Bias. Todo lo vulgar e ncuentra fervorosos adeptos en los que representan l9s intereses mili t antes ; sus m s en c umbrados portavoces resultan esclavos en su clim a So1:1

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II8 JOS INGENIEROS actores a quienes les est prohibido improvisar: de otro modo romperan l molde a que se ajustan las dems piezas del mosaico. Platn ,_ sin quererlo, al deci~ de la democracia: es el peor de los buenos gobiernos, pero es el me1or entre los malos ", defini la medio cracia. Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. En !al primera dcada del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes En cada comarca, una faccin de vividores detenta los e:ngranaj es del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos des dean tener complicidad en sus empresas. Aqu son castas advenedizas, all sindicatos industriales, acull facciones de parlaembalde. Son gavill~ y se titulan Nrtidos. Intentan disfrazar con ideas su monopolio del Es tado. Son bandoleros que buscan la encrucijada ms impune para expoliar a la sociedad. Polticos sin vergenza hubo en todos los tiempos y bajo todos los regmenes; pero encuentran mejor clima en las burguesas sin ideales. Donde todos pueden hablar, callan los ilustrados; los enriquecidos pre fieren escuchar a los ms viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribn al apstol, el baquirroto al elocuente y el burdgano al digno, la escala del mrito desaparece en una oprobiosa nivelacin de villana. Eso es la mediocracia: los que nada saben creen decir lo que piensan, aunque cada uno slo acierta a repetir dogmas o auspiciar voracidades. Esa chatura moral es ms grave que la aclimatacin de la tirana; nadie puede volar donde todos se arrastran. Convinese en llamar urbanidad a la hipocresa, distincin al amaricamiento, cultura a la timidez, tolerancia a la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equvocas. Y los que as mienten son enemigos de s mismos y de la patria, deshonrando ~n ella a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad comn. En esos pa.-ntesis de alcornocamiento aventranse las mediocracias por senderos innobles. La obsesin de acumular tesoros materiales, o el torp e afn de usufructuarlos en la holganza, borra del espritu colectivo todo rastro de ensueo. Los pases dejan de ser patrias, cualquier ideal P!"r~ce sospechoso. Los filsofos, los sabios y los ~rtistas estn de ms; 1 pesadez de la atmsfera estorba a sus alas y dejan de volar. Su pre sencia mortifica a los traficantes, a todos los que trabajan por lucro, a los esclavos del ahorro o de la avaricia Las cosas del espritu son des preciadas; no sindole propicio el clima, sus cultores son contados; no Jlegan a inquitar a las mediocracias; estn proscritos dentro del pas qe niata a fuego lento stis ideales, sin necesitar desterrarlo s. Cada hom bre qu<;da preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que vara es su prestigio y su influencia. En las pocas de exaltacin renovadora mustranse humil des, son tolerados; na~ie l<:>s n ta, no osan inmiscuirse en nada Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Apercbense entonces de su nmero, se mar coman en grupos, se arrebaan en partidos. Crece su influencia en la

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EL HOMBRE MEDIOCRE justa medida en que el clima se atempera; el sabio es igualado al anal fabeto, el rebelde al lacayo, el poeta. al prestamista. La mediocridad se condensa, convirtese en sistema, es incontrastable. Encmbranse gaanes, pues no florecen genios: las creaciones y las profecas son imposibles si no estn en el alma de la poca. la aspira cin de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada o conmovida por un genio, la siguiente descansa y se dedica a vivir de glorias pasadas, conmeinorn dolas sin fe; las facciones disputnse los manejos administrativos, compi tiendo en manosear todos los ensueos. La mengua de stos se disfraza con exceso de pompa y de palabras, acllase cualquier protesta dando participacin en los festines; se proclaman las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente el arte; se miente la justicia; se miente el carcter. Todo se miente con la anuencia de todos, cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una decoracin. Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espritus: lo re presentan. Cuando las naciones dan en bajos, alguna faccin se apo dera de engranaje constitudo o reformado por hombres geniales. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuntanse los funcionarios por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. Las ciencias con virtense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde jams brota el genio y al talento mismo se le impide que brille: su presencia humillara con la fuerza del contraste. Las artes trnanse industrias patro .nadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso a toda pre visin de nuevs ritmos o de nuevas formas; la imaginacin de artistas y poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse por ellas. En tales pocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los necesita; bstale su cohorte de funcionarios. El nivel de los gober nantes desciende hasta marcar el cero; la mediocracia es una confabula cin de los ceros contra las unidades. Cien polticos torpes juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, mil, todos los de las matemticas y no tendris cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los ticos sin ideal marcan el cero absoluto en el termmetro de la historia, conservndose limpios de infamia y de virtud, equidistantes de Nern y de Marco Aurelio. Una apata conservadora caracteriza a esos perodos; entbiase la ansiedad de las cosas elevadas, prosperando a su contra el ifn de los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen pru dentes; los que nada hacen titlanse reposados; los que no roban resultan ejemplares. El concepto del mrito se torna negativo: las sombras son preferibles a los hombres. Se busca lo originariamente mediocre o 10 mediocrizado por la senilidad. En vez de hroes, genios o santos, se 1eclama discretos administradores. Pero el estadista, el filsofo, el poeta; los que realizan, predican y cantan alguna parte de un ide~l, estn ausentes. Nada tienen que hacer.

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1 2 0 JOS INGENIERO S La tirana del clima es absoluta: nivelarse o sucumbir. La regla conoce pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno a Scrates, el leo a Cristo, el pual a Csar, el destierro a Dante, la crcel a Galileo, el fuego a Bruno; y mientras escarnecan a esos hombres ejemplares; aplastndolos con su saa o armando contra ellos algn brazo enloquecido, ofrecan su servidumbre a gobernantes imbciles o ponan su hombro para s ostener las ms torpes tiranas. A un precio: que stas garantizaran a las clases hartas la tranquilidad necesaria para usufructuar sus privilegios. En esas pocas del lenocinio la autoridad es fcil de ejercitat; las cortes se pueblan de serviles, de retricos que parlotean pane l11crando,
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E L HOMBRE MEDIOCRE 1 21 La patria ti ene intermitencias: su unidad mor.tl desaparece en ciertas pocas de rebajamiento, cuando se eclipsa todo afn de cultura y se enseorean viles apetitos de mando y de enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de cha tura no est en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral propicio a toda culminacin de la virtud, del ingenio y del carcter. Cuando no hay patria no puede haber sentimiento colectivo de la nacionalidad -inconfundible con l a mentira patritica explotada en todos los pases por los mercaderes y los militaristas. Slo es posible en la medida que marca el ritmo unsono de los corazones para un noble perfeccionamiento y nunca para una innoble agresividad que hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades. No hay manera ms ~,_ja de amar a la patria que odiando a las patrias de los otros hombres, como si todas no fuesen igualmente dignas de engendrar en sus hijos iguales sentimientos. El patri'otismo debe ser emulacin colectiva para que la propia nacin ascienda a las virtudes de que dan ejemplo otras mejores; nunca debe ser envidia colectiva que haga sufrir de la ajena superioridad y mueva a desear el alejamiento de los otros hasta el propio nivel. Cada Patria es un elemento de la Huma nidad; el anhelo de la dignificacin nacional debe ser un aspecto de nuestra fe en la dignificacin humana. Asciende cada raza a su ms alto nivel, como Patria, y por el esfuerzo de todos remontar el nivel de la especie, como Humanidad. Mientras un pas no es patria, sus habitantes no constituyen una nacin. El celo de la nacionalidad slo existe en los que se sienten acomunados para perseguir el mismo ideal. Por eso es ms hondo y pujante en las mentes conspicuas; las naciones ms homogneas son las que cuen tan hombres capaces de sentirlo y servirlo. La exigua capacidad de ideales impide a los espritus bastos ver en el patriotjsmo un alto ideal; los trnsfugas de la moral, ajenos a la sociedad en que viven, no fued~n concebirlo; los esclavos y lbs siervos tienen, apenas, un pas nata Slo el hombre digno y libre puede tener una patria. Puede tenerla; no la tiene siempre, pues tiempos hay en que slo existe en la imaginacin de pocos: uno, diez, acaso algn centenar de elegidos. Ella est entonces en ese punto ideal donde converge la aspi racin de los mejores, de cuantos la sienten sin medrar de oficio a horca jadas de la poltica. En esos pocos est la nacionalidad y vibra en ellos; mantinense ajenos a su afn los millones de habitantes que comen y lucran en el pas. El sentimiento enaltecedo r nac~ en muchos soadores jvenes, pero pennanece rudimentario o se distrae en la apetencia comn; en pocos elegidos llega a ser dominante, anteponindose a pequeas tentaciones d~ piara o de cofrada. Cuando los intereses venales se sobreponen al ideal de los espritus cultos, que constituyen el alma de una nacin, el senti miento nacional degenera y se corrompe: la patria es explotada como una industria. cuando se vive hartando groseros apetitos y nadie piensa que

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122 JOS INGENIEROS en el canto de un poeta o la reflexin de un filsofo puede estar una partcula de la gloria comn, la nacin se abisma. Los ciudadanos vuelven a la condicin de habitantes. La patria a la de pas Eso ocurre peridicamente: como si la nacin necesitara parpadear en su mirada hacia el porvenir. Todo se tuerce y abaja, desapareciendo la molicie individual en la comn: dirase que en la culpa colectiva se esfuma la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que nin guna cosa se doblar. Slo el que se levanta y mira desde otro plano a los que navegan, advierte su descenso, como si frente a ellos fuese un punto inmvil: un faro en la costa Cuando las miserias morales asolan a un pas, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como patria : de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella. III. LA POLITICA DE LAS PIARAS Causa honda de esa contaminacin general es, en nuestra poca, la degeneracin del sistema parlamentario: todas las formas adocenadas de parlamentarismo. Antes presumase que para gobernar se requera cierta ciencia y el arte de aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Bias, Tar tufo y Sancho son los rbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte. La poltica se degrada, convirtese en profesin. En los pueblos sin ideales, los espritus subalternos medran con torpes intrigas de antecmara. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia desapar:ece, eclipsada por 1a domesticidad. Se instaura una moral hostil a la firmeza y pr,opicia al relajamiento. El gobierno va a manos de gen tualla que abocad; el presupuesto. Abjanse los adarves y lzanse los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. Los pala ciegos -se frotan con los malandrines. Progresan funmbulos y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie suea, donde todos tragan. Lo que antes era signo de infamia o cobarda, trnase ttulo de astucia; lo que ,otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una aclimatacin al ridculo; sombras envilecidas se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea '!f ostenta, en vez de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubra de vergenza, en los pases cbrese de honores Las jornadas electorales convirtense en burdos enjuagues de merce narios o en pugilatos de aventureros. Su justificacin est a cargo de electores inocentes que van a la parodia como a una fiesta. Las facciones de profesionales son adversas a todas las originalidades. Hombres ilustres pueden ser vctimas del voto: los partidos adornan sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad de parape tarse tras el blasn intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma un estado mayor que disculpe su pretensin de gobernar al pas, encu briendo osadas pirateras con el pretexto de sostener intereses de partidos.

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EL HOMBRE MEDIOCRE Las excepciones no son toleradas en homenaje a las virtudes: las piaras no admiran ninguna superioridad; explotan el prestigio del pabelln para dar paso a su mercanca de contrabando ; descuentan en el banco del xito merced a la firma prestigiosa Para cada hombre de mrito hay decenas de sombras insignificantes. Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de "elegidos del pueblo" es subalterna, pelma de vanidosos, deshonestos y serviles. Los primeros derrochan su fortuna por ascender al Parlamento Ricos terratenientes o poderosos industriales pagan a peso de oro los votos colec cionados por agentes impdicos; seorzuelos advenedizos abren sus al cancas para comprarse el nico diploma accesible a su mentalidad amorfa; asnos enriquecidos aspiran a ser tutores de pueblos, sin ms capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporndose a las piaras. Los deshonestos son legin; asaltan el Parlamento para entregar a especulaciones lucrativas. Venden su voto a empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos a tanto por minuto; pagan con destinos y ddivas oficiales a sus electores, comercian su influencia para obtener concesiones en favor de su clientela Su gestin poltica suele ser tranquila: un hombre de negocios est siempre con la mayora. Apoya a todos los gobiernos. Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la certeza de su panurguismo. Viven de luz ajena, satlites sin color y sin pensa miento, uncidos al ca~w de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando l habla y a ponerse de pie llega
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JOS INGENIEROS de los hombres probos no lo amedrenta jams. Confa en que el bajo nivel del representant aprueba la insensatez del representado. Por eso ciertos homb~es inservibles se adaptan maravillosamente a los desidera ta del sufragio universal; la grey se prosterna ante los fetiches ms huecos y .los rellena con su alambicada tontera Los cmplices, grandes o pequeos, aspiran a convertirse en fun cionar i os. La burocracia es una convergencia de voracidades en acecho Desde que se inventaron los Der e chos del Homb re todo imbcil los sabe de memoria para explotarlos, como si la igualdad ante la ley implicara una equivalencia de aptitudes. Ese afn de vivir a expensas del Estado rebaja la dignidad. Cada elector que cruza las calles, de prisa, preocu pado, a pie, e n automvil, de blusa, enguantado, joven, maduro, a cualquier hora, podis asegurar que est domesticndose, envilecindose : busca una recomendacin o la lleva en su faltriquera. El fncionario crece en las modernas burocracias Otrora, cuando fue necesario delegar parte de sus funciones, los monarcas elegan a hombres de mrito, experiencia y fidelidad. Pertenecan casi todos a la casta feudal; los grandes cargos la vinculaban a la causa del seor. Junto a esa formbanse pequeas burocracias locales Creciendo las instituciones de gobierno el funcionarismo creci, llegando a ser una clase, una rama nueva de las oligarquas dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitndole toda iniciativa y ahogndola en la rutina A su afn de mando se opuso una sumisin exagerada La pequea burocracia no vara; la grande, que es su llave, cambia con la piara que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclaviz p o r partida doble: del eje cutivo y del legislativo. Ese juego de influencias bilaterales converge a empequeecer la dignidad de los funcionarios. El mrito queda exclud o en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos equs vocos. La caracterstica del zafio es creerse apto para todo, como si la buena intencin salvara la incompetencia. Flaubert ha contado en pginas eternas la historia de dos mediocres que ensayan lo ensayable: Buvard y Pcuchet. Nada hacen bien, pero a nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios de cualquier funcin, creyhdose rganos valederos para la ms contradictorias fisiologas Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la s e r v il i dad y l a a dulacin. Existen desde que hubo poderosos y favoritos. Bajo cien formas se observa la primera, implcita en la desigualdad humana: donde hubo hombres diferentes, algun os fueron dignos y otro s domst i cos. El excesi v o comedimiento y la afectacin de agradar a l amo engen dran esas carcomas del car~ter. No son delitos ante las leyes, ni vicio s para la moral de ciertas pocas: son compatibles con la honestidad". Pe ro no con la "virtud". Nunca. La sensibilidad a los elogios es legtima en sus orgenes. Ellos son una medida indirecta del mtodo; se fundan en la estimacin, el reconoci miento, la amistad, la simpata o el amor. El elogio sincero y desintere

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EL HOMBRE MEDIOCR E 125 sado no rebaja a quien lo otorga ni ofende a quien lo recibe, aun cuando c:S injusto; puede ser un error, no es una indignidad. La adulacin lo es siempre: es desleal e interesada. El deseo de la privanza induce a complacr a los poderosos; 'la conducta del aduln mira a eso y todo le sacrifica su nimo servil. Su inteligencia slo se aguza para oliscar el deseo del amo. Subordina sus gustos a los de su dueo, pensando y sin tiendo como l lo ordena: su personalidad no est abolida, pero poco falta. Pertenece a la raza de los cobardes felices", como lo bautiz Leconte de Lisle. La adulacin es una injusticia. Engaa. Es despreciable _iempre el aduln, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal o por d deseo de agradar a cualquier preci a. Racine, en Fedra, lo crey un castig o divino: Dtstables f latteurs, prsent le plm funeste Que p1.tisse faire aux rois la col'e ceteste. 1 No slo se adula a reyes y poderosos; tambin se adula al pueblo. Ha y miserables afanes de popularidad, ms degradantes que el servilismo. Para obtener el fa v or cuantitativo de las turbas puede mentrseles bajas a labanzas disfrazadas de ideal; ms cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablndoles sin cesar de sus derechos, jatns de sus d~beres, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad. En los climas mediocres, mi~ntras las masas siguen a los charlatanes, los gobernantes prestan odos a los quitamotas. Los vanidosos viven f asci uados por la sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su sombra; pier den todo criterio para juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los aprisiona; la adulacin de los serviles los arrastra a cometer ignominias; como esas mujeres que alardean su hermosa y acaban por prestarla a quienes las corrompen con elogios desmedidos. El v erdadero mrito es desconcertado por la ad~lacin: tiene su orgullo y su pudor, como la cas tidad. Los grandes hombres dicen de s, naturalmente, elogios que en labios ajenos los har a n sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no merecer. Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa co n c a beza propia, o tiene un corazn altivo, se aparta del tremenda! donde prosperan los envilecidos. "El hombre excelente -e sc ribi La Bruy re no puede adular; cree que su pre se ncia importuna en las cortes como si su virtud o su talento fuesen un reproche a los que gobiernan". Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus mritos e.orno si existiera una perfecta compensacin entre la ineptitud y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos. / De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni 1 l Det estab les aduladores, presente el ms fune sto que pueda hacer a los L' eyes la clera celeste. (N. del E.).

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126 JOS INGENIEROS / se subvierta, transmitindola al porvenir. Es la virtud cvica: lo innoble es calificado con justeza; a fuerza de velar los nombres acabara por per derse en los espritus la nocin de las cosas indignas. Los Tartufos, ene migos de toda luz estelar y de toda palabra sonora, persgnanse ante el hertico que devuelve sus nombres a las cosas Si dependiera de ellos la sociedad se transformara en un a cueva de mudos, cuyo silencio no inte numpiese ningn clamor vehemente y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningn astro. Todo idealista ha ledo con lrica emocin las tres historias admi rables que cuenta Vigny en su Stello imperecedero. Tener un ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert, muere Chat terton; muere Andrs Chnier. Los tres son asesinados por los gobiernos, con arm a distinta segn los regmenes. El idealista es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquas constitucionales y en las repblicas burguesas Quien vive para un ideal no puede servir a ninguna mediocracia. T9do conspira en ella para que el pensador, el filsofo y el artista se desven de su ruta; y guay! cuando se apartan de sta la pierden para siempre. Temen por eso la politiquera sabiendo que es el Walhall de los mediocres. En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los rutinarios; rompen la monotona de la historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llega~ contra ella, a pesa r suyo, a desmantelarla, cuando se prepara un porvemr. IV. LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRIDAD Los prohombres de las mediocracias equidistan del brbaro legen dario -tiberio o Facundo-y del genio trasmutador -Marco Aurelio o Sarmiento---. El genio crea instituciones y el brbaro las viola: los mediocres las respetan, impotentes para forjar o destruir. Esquivos a la gloria y rebeldes a la infamia, se les reconoce por una circunstancia inequ voca..: sus cubilarios no osan llamarlos genios por temor al ridculo y sus adversarios no podran sentarlos en cncana de imbciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima; soslyanse en la historia merced de cien complicidades y conjugan en su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados por equvocas jerarquas militares, por opacos ttulos universitarios o por almidnada improvisacin de al curnias advenedizas, acicalan en su espritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos siem pre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo de un cndor ni a la reptacin de una serpiente. Todas las piaras inflan algn ejemplar predestinado a posibles cul minaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que comparten sus pasiones o sus voracidades, sus fanatismos o sus vicios, su prudencia o

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EL HOMBRE M E DI O CRE 127 sus h i pocresas. No son p r ivilegio de tal casta o partido: su liviandad alcornocal flota en todas las cinagas polticas Piensan con la cabeza de a l gn rebao y sienten con su corazn. Productos de su clima, son irres pons a bles : ayer de su oquedad hoy de su preeminencia, maana de su oc aso Ju g uetes, siempre, de ajenas voluntades. Entre ellos eligen las re pb lic as sus presidentes, buscan los tiranos sus favoritos nombran los r e y es su s ministros, entresacan los parlamentarios sus gabinetes Bajo todos los r egme nes : en las monarquas absolutas y en la repblicas oligrquicas. Siem p r e que desciende la temperatura espiritual de una raza, de un pueblo o d e un a clase, encuentran propicio clima los obtusos y los seniles. Las m e d io cr a cias evitan las cumbres y los abismos Intranquilas bajo el sol mer idi ano y timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. T e m en l a originalidad y la juventud; adoran a los que nunca podrn volar o ti e nen ya las alas enmohecidas Adventicias jauras de mediocres, vinculadas por la trailla de co mun e s apetitos osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso basta para disputar a codo limpio el acaparamient de las prebendas guber nam e ntales Cada grey elabora su mentira, erigindola en dogma infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombra de su fantasma: llmase lirismo a su ineptitud, decoro a sil vanidad, ponde r a cin a su pereza, prudencia a su pusilanimidad, fe a su fanatismo, ecua nimidad a su impotencia, distraccin a sus vicios, liberalidad a su briba, sazn a su marchitez. La hora los favorece: las sombras se alargan cuant-o ms a v anza el crepsculo En cierto momento la ilusin ciega muchos, acallando toda veraz disidencia La irrespon s abilidad colectiva borra la cuota indi v idual del yerro: nadie se sonroj a cuando todas las mej i llas pueden reclamar su parte en la v ergenza comn De esas barandas salen a flote unos u otro s arquetipos, aunque no siempre los menos inservibles Viven durante aos en acecho ; escdanse en rencores polticos o en prestigios mundanos, echndolos como agraz en el ojo de los inexpertos. Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes simlanse pros criptos por misteriosos mritos. Claman contra los abusos del Poder, aspi rando a cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos siguen oropelndose mutuamente sin que la resignacin al ayuno dis minuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno mansos bajo el torniquete Se repiten la mxima de De Maistre: "Savoir attendre est le gran mayen de parvenir" 1 La paciente expectativa converge a la culminacin de los menos in quietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con mueca vigo rosa convirtindolos en comparsa que medra a su sombra; cuando les falta ese denominador absoluto, desorbtanse como asteroides de un sisl "Saber e s perar es el gran medio para llegar". (N. del E.).

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128 JO S INGENIERO S tema planetario cuyo sol se extingue Todos se confabulaban entonces en tcita transaccin, prestando su hombro a los que pueden aguantar ms alabanzas en justa equivalencia de mritos ambiguos. El grupo los infla con solidaridad de logia; cada cmplice convirtese en una hebra de l a telaraa tendida para captar el gobierno. Comprndese la arrevesada seleccin de las facciones oligrqu icas y el pomposo envanecimiento del mediocre que ellas consagran. Su s enco miastas empeados en pu rificarlo de toda m anc ha pecaminosa, intentan obstruir la verdad llamando romanticismo a su reiterada incompetencia para todas las empresas. Otros ll a m an orgullo a su vanidad e idealismo a su acidia; pero el tiempo disipa el equvoco de vo l viendo su nombre a esos dos vicios arracimados e n un mismo tronco: el orgullo es compa tible con el idealismo, pero e l primero es la anttesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia. Repujados los prohombres de hojalatera, sus cmplices acaban de azogarles con demulcentes crisopeyas. Sus lacras llegan a parec er coque teras, como las arrugas de las cortes ana s. Ungindolos rbitros del orden y de la virtud, declaran prescriptas sus viejas pstulas; incondicion a lismo para con los regmenes ms turbios, intrlopes pasiones de garito ridculos infortunios de donjuanismo epi g ramtico. Los labios de los adulones vanse en aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten que despus de chapalear una vida entera en el vicio, todo puri tanismo huele a bencina como los guantes que pasan por el limpiador. Donde medran oligarquas bajo disfraces democrticos prosperan esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un tra vie so los des inflara si los pinchase a l pasar, descubriendo la nada absoluta que retoza en su interior. Vacuo no significa algero. Nunca fue la tontera cartabn de santidad. Sin sangre de hien as, qu e han menester los tiranos, tampoco tinenla de guilas, propia de il umi nados; corre l en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en el real simblica ave que suma candorosamente la zoncera y la fatuidad. Son termmetros morales de cierta poca: cuando la mediocracia encuba pollipavos no tienen atmsfera los aguiluchos. La resignada pasividad explica ciertas culminaciones : el porven ir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en contra de otros. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de andar a la birlonga no borran sus culpas; en su paso descbrese una inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que les han humillado hasta sangrar. No pu ede haber virtud sin gallarda; no la demuestra quien esqui va con tembl oros o s ale jamientos la batalla por tantos aos ofrecida a su dignidad. Ese aco quinamiento no es, por cierto, el clsico valor gauchesco de los coroneles americanos; ni se parece al gesto del len agazapado par a pegar mejor el s alto. Ellos vagamundean con el "don de espera del batracio oportunista" de que habla Ramos Meja. El hombre digno puede enmudecer cuand o recibe una herida, temiendo acaso que su desdn exceda a la ofens a; pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para

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EL HOMBRE MEDIOCRE 129 pedir, ms hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo al cance finca en la elasticidad del arco: la tensin moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una slaba de lo que as se habla. Los arquetipos suelen interrumpir sus humillados silencios con inno cuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cmplices pregonan al guna misteriosa lucubracin tartamudeada, o no, ante asambleas que cier tamente no la escucharon. Ellos no atinan a sostener la reputacin con que los exornan: desertan el parlamento el da mismo en que los eligen como si temieran ponerse en descubierto y comprometer a kis empresarios de su fama. Compltase la inflazn de estos aerostatos confindoles subalternas diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus hue cas vanidades. Sus cmplices adivnanles algn talento diplomtico o pers picacia internacionalista, hasta complicarles en lustrosas canonjas donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de sus colaboradores ms antiguos. Nunca desalentadas, las oligarquas siguen mimando a estos engendros, con la esperanza de que acertarn un golpe en el clavo des pus de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante una nacin hermana, su casustica de sacrista envenena hondos afectos, como si por arte de encantamiento germinaran cizaas inextinguibles en los corazones de los pueblos. Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. Plutarquillos bien ren tados transforman en miel su acbar, quintaesenciando en alabanzas sus vinagres ms crnicos, como si hipotecaran su ingenio descontando pre bendas futuras. Rellenan con vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia de la tramoya. Ni el pavo parece guila ni corceJ la mula: se les reconoce al pasar, viendo su moco erctil u oyendo el chacoloteo de su herradura. Su gravitacin negativa seduce a los caracteres domesticados: no piensan, no roban, no oprimen, no suean, no asesinan, no faltan a misa, ms? Cuando las facciones forjan al Fnix, lo encumbran como su smbolo perfecto. Poseen cosmticos para sus fisonomas arrugadas: la grandlocua rancidez de programas a cuyo pie buscarase de inmediato la firma de Ber~oldo, si los vastos soponcios no traslucieran prudentes reti cencias de Tartufo. Es preferible que estn cuajadas de vulgaridades y escritos en psimo estilo; gustan ms a la clientela. Un programa abs tracto es perfecto: parece idealista y no lastima las ideas que cree tener cada cmplice. De cada cien, noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza del pas, los sagrados principios democrticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergenza, consuetudinaria, resulta de una tontera enternece dora; simula decir mucho y no significa nada. El miedo a las ideas con cretas ocltase bajo el antifaz de las vaguedades cvicas. No se avergenzan de escalar el poder a horcajadas sobre la igno minia. Obtemperan a toda villana que converja a su objeto: cuando ha blan de civismo su aliento apesta aJ:-. pantano originario. Su moral encubre

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JOS INGENIEROS el vicio, por el simple hecho de usufructuarlo. Empujados por torcidos c.:aminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para apro ve c h ar a los indignos han tenido que humillrseles mansamente; los honores que no se conquistan hay que pagarlos con abajamientos No puede ser virtuoso el engendrado en un vientre impuro", dicen las Escrituras; los que se en cubran cerrando los ojos e implicndose en maas 'de estercolero, sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintindose a s mismo s para h a rtar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del pecado original aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al maleficio de sus Mefistfeles. El pueblo los ignora; est separado de ellos por el celo de las fac ciones. Para prevenirse de achaques indiscretos retrense de la circulacin: como si de cetca no resistieran el cateo de los curiosos. Mantinense ajenos a todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las turbas pueden ser sus cmplices: el pueblo nunca. No podra serlo; en las mediocracias desaparece. Dirase que consiente porque no existe, substitudo por co hortes que medr~n. Depositarios del alma de las naciones, los Pueblos son entidades espi rituales inconfundibles con los partidos. No basta ser multitud para ser Pueblo: no lo sera la unanimidad de los serviles. El pueblo encarna la conciencia misma de los destinos futuros de una nacin o de una raza. Aparece en los pases que un ideal convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten la patria ms alta que las oligarquas y las sectas. El pueblo -anttesis de todos los partidosno se cuenta por nmeros. Est donde un solo hombre no se complica en el abellacamiento comn; frente a las huestes domesticadas o fanticas ese nico hombre libre, l solo, es todo: Pueblo y Nacin y Raza y Humanidad. Los arquetipos de las mediocracias pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas sombras chinescas. Jams llega a sus odos un insulto o una loa, nunca se les dice "hroes" o "tiranos"; en la fantasa popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: el pavo!", en una sntesis ms definitiva que una lpida Su trinomio psi colgico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo. Viven de aspavientos, que slo ataen a las formas La austera so briedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apa riendas es galardn de fas sombras. Despus de incubar sus ansias, tem blorosos de humildad ante sus cmplices, nblanse de humos y empav sanse de fatuidades ; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior a l. Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domsticas; rodanse de lacayos, adoptan pleonsticas nomenclaturas, cen tuplican los expedientes, pavonanse en trenes lujosos, navegan en com plicados bucentauros, suean con recepciones allende los ocanos. Ofrecen ambos flancos a la risuea irona de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y seoras de opereta. Su nfasis melodramtico cuadrara a personajes de Hugo y hara cosquillas al egotismo volteriano de Stendhal. En su adanismo contemplativo no cabe la ambicin, que es enrgico

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EL HOMBRE MEDIOCRE esfuerzo por acrecentar en obras los propios mritos. El ambicioso quiere ascender, hasta donde sus propias alas pueden levantarlo; el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los dems La am bicin s bella entre todas las pasiones, mientras la vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridcula en los tontos. Empavnanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales y se fingen sus sostenedores; incurren siempre en los ms con formes a la moral de su mediocracia Sospechan la verdad, a veces, porque ella entra a todas partes, ms sutil que la adulacin; pero la mutilan, la atenan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede ms que ellos; salta a "la vista a pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Trnase cmica la ineptitud de su disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que apli can a comps de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre a los que tienen la moral en piezas, para mostrarla, aunque de su pao jams corten un traje para cubrir su mediocridad. Son tributarios del sptimo pecado capital: en su impotencia hay pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aqulla podra bruir el mrito, sta adorna la vanidad. Gustan de holgar; desisten de hacer lo muy poco que podran; evitan toda firme labor; se apartan de cual quier combate, declarndose espectadores. Pueden practicar el mal por inercia y el bien por equivocacin; se entregan a los acontecimientos por incapacidad de orientarlos. "Les paresseux -deca Voltairene sont jamais que des gents mdiocres, en quelque genre que ce soit 1 Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos no es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso abandono de la funcin por el rgano, la acefala, la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible a los remedios. Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad o la vejez quitan al hombre el gobierno de 1 s mismo. La falta de inspiraciones intrnsecas trnales sensibles a la coaccin de los conspiradores, a la intriga de los domsticos, a la adulacin de los palaciegos, a los apremios de los cotahures, a las intimidaciones de los gacetilleros, a las influencias de las sacristas. Su conducta trasluce fe bledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarla su aparatoso enfestar contra molinos de vientos. Cuando llegan al poder lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se entregan al curso de la ra, como los nadadores incipientes. Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas llmanla sumisin a la democracia. El favoritismo es su esclavitud frente a cien intereses que los acosan ; l Los perezosos -deca Voltaire no son nunca ms que gente mediocre de cualquier clase que s ean (N. del E.).

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JOS INGENIEROS justo resiste a la tentacin de no serlo cuando en ello tiene un beneficio ; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta equidad en los casos que no hieren el valimiento de sus cmplices ; pero se complica de hecho en todas sus zirigaas. Nunca absolutamente, puede haber justicia en t,referir el lacayo al digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intri gante al gentilhomb.re, el medroso al valiente. Esa es la corruptela moral de las mediocracias: anteponer el valimiento al mrito En el favoritismo se empantanan los que pisan firmes y avanzan los que se arrastran blandos: como en los tembladerales. Cuando el mrito enrostra sus yerros a los arquetipos, arguyen stos humildemente que no son infalibles; pero est su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acos tumbrados a comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la bazofia; cuando s e acepta la responsabilidad de gobernar, "equivocarse es una culpa", como sentenci Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de hinojos a los estrados de los que mandan. Repiten con frecuencia el legendario juicio del Midas. Pan os com parar su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios de la armona y fue rbitro el anciano rey frigio. Resonaron de Pan los acordes rsticos y Apolo cant a comps de sus melopeyas divinas. De cieron todos que la flauta era incomparable a la lira, unnimes todos, menos el rey, que reclam la victoria para aqulla. De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: A polo qued vengado y Pan se refugi en la sombra. El juez, confuso, quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubri un cubiculario: corri a un lejano valle, cav un pozo y cont all su secreto. Pero la verdad no se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten eternamente que Midas tuvo orejas de asno La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: pgina de crnica dura ms que un rosal. Nadie pregunta si los crucificadores de Cristo, los ustores de Bruno y los burladores de Coln fueron bribones o reblandecidos. Su condena es la misma e ilevantable. La justicia es el respeto del mrito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generacin hay diez o veinte espritus privilegiados, y su genio consiste en fomentarlos todos; un Panza los excluye de su nsula, usando solamente a los que se domestican, es decir, a los peores como carcter y moralidad Siempre son injustos los que escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos prefieran a sus similares; es exactb que "la torpeza del burgus, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca consagrar a su igual, cuyo acceso le es fcil y en cuya psicologa encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido". Hora llega en que Jas injusticias de los gobernantes se pagan con formidables intereses com puestos, irremisiblemente. Hechas a uno solo, amenazan a todos los mejores; dejarlas impunes significa hacerse su cmplice. Pronto o tarde se saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jams; los arquetipos de !,as mediocracias aprenden en carne propia que por un cJavo se pierde una herradura.

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EL HOMBR E MEDIOCR E 1 33 Como a Midas el divino Apolo, los dignos castigan a los sin ver genza con la perennidad de su palabra ; pueden equivocarse, porque es humano; pero si dicen la verdad ella dura en el tiempo. Esa es su es pada; rara vez la sacan pues pronto se gasta un arma que se desenvaina con frecuenci a; si lo hacen, va recto al corazn, como la del romance famoso. Y el t e mor de los lacayos e vid e ncia la seguridad de la punta qu)! t oc a al amo. Para ser completos, son sensibles a todos los fanatismos. Los ms rezan con los mismos l a bios que usan para mentir, como Tartufo; inse guros de arrostrar en la tierra la sancin de los dignos, desearan poster garla par a el cielo. Si en su poder estuviera, cortaran la lengua a los sofistas y las manos a los escritores ; cerraran las bibliotecas para que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulacin del ignorante al consejo del sabio Subyacen a todos los dogmas. Si coroneles, usan escapulario en vez de espada ; si polticos, consultan la Monita para interpret a r las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la hipo cresa -m s funesta que la desvergenza mismatrnase sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas ibsenianos, los amorfos e:onvirtense en columnas de la sociedad, y el que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos los avisados golpanse el pecho para medrar. Las huestes de sacrista crecen y crecen, absor biendo, minando, ensanchndose: como un herpes moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la fisonoma de toda una poca. Las mediocracias niegan a sus arquetipos el derecho de elegir su oportunidad Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila y su cerebro se apaga: quieren al inservible o al romo Hombres repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: a esa edad en que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres. Eligen a los que usaron esclavizarse de su v ientre, comiendo hasta hartarse y be biendo hasta aturdirse, dev a stando su salud en noches blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes verdes, tornndose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo preparando esas decrepitudes en que el rin se fosiliza y el hgado se almibara. Esa es la mejor ga ranta para el rebao rutinario; su odio a la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan a momificarse en vida. Mientras la vejez va borrando los ltimos rasgos personales de los arquetipos, sus cmplices se confabulan para ocultar su progresivo reblan decimiento, eximindole de toda faena y adminiculndole de ingenuas ficciones. Poco a poco el carc a mal huye de sus residencias naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz, exhibindose en reducidas vidrieras, donde los pavorreales pueden lucir desde lejos los cien ojos de Argos plantado s en su cola. Inciertos ya para pensar, necesitan ms que nunca el sahumerio de todos los incensario s : la adulo n er a acaba por cubrirlos de lubricantes Las apologas se redoblan a medida que ellos van desapareciendo minado el cerebro por vergonzosas enfermedades c ontradas en el t r at o lupanario de las cortesanas

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l. 1 34 JOS INGENIEROS El crepsculo sobreviene implacable, a fuego lento, gota a gota, ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mrito El verdadero como si el destino quisiera desnudar su vaciedad, pieza por pieza, demos trndola a los ms empecinados, a los que podran dudar si mur i eran de golpe, sin ese pausado desteimiento Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque n o vivan para s tienen que vi v ir para ellas, mostrndose de lejos para a testigua r que existen, y evitando hasta la rfaga de aire que podra doblarlos como a la hoja de un catlogo abandonado a la intemperie. Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano ~ l remordimiento repetir a sus odos las clsicas palabras de Proprcio: Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llev a rse : pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso (II IX, 5). Los arque tipos sienten su esclavitud ; pero, deben morir en ella custodiados por lo s cmplices que alimentaron su vanidad Las casas de gobierno pueden ser su fretro; las facciones lo s a ben y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho Sus nombres quedan enu merados en las cronologas ; desaparecen de la historia. Sus descendientes y beneficiarios esfurzanse en v ano por alargar su sombra y vivir de ella. Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los amortaje; sobra una sola palabra -si es virtuosa, estoica, incorruptibl e, decidida a sacrificarse sin mirar atrs con tal de ser leal a su dignidad sobra una sola palabra para borrar las adulaciones de los palaciegos, en vano acendradas en la hora fnebre. Algunos hartos comensales, no pu diendo referirse a lo que fueron, atrvense a elogiar lo que pudieron ser ... ; creen que muere una esperanza como si sta fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juvenud y los almibara mientos de la vejez Es natural que muera con cada uno su piara: trnanse muchas en cada era de penumbra La mediocracia las tira como viejos naipes cuyas cartas estn marcadas por los tahures, entrando a tallar con otros nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos a la partida cuyas trampas ignoran, se apartan de todas las camarillas que medran a la sombra de la patria ; cultivan sus ideales y encienden una chispa de ellos como pueden, espe rando otro clima moral o preparndolo. Y no manchan sus labios nom brando a los arquetipos: seran acaso, inmortalizados V. LA ARISTOCRACIA DEL M-eRITO El progresivo advenimiento de la democracia, permitiendo la i gual dad de los ms, ha dificu!tad
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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 35 de todos? La democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen derechos divinos Lo que antes fue Verbo en el genio, trnase ahora palabra y es distribuda entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que uno solo. La civilizacin parece concurrir a ese lento y progresivo destierro del hombre extraordinario ensanchando e iluminando las medianas. Cuando los ms no saban pensar, era justo que uno lo hiciese por todos : facultad expuesta a peligrosos excesos. Pero d hombre providencial va siendo innecesario a medida que los ms piensan y quieren En tanta difusin de la soberana: necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas o escritas?". Esa parece, transi toriamente, la frmula del nivelamiento, y podra traducirse as: en la medida en que se difunde el rgimen democrtico restrngese la funcin de los hombres superiores. Sera verdad inconcusa, definitiva, si el devenir igualitario fuese una orientacin natural de la historia y si en caso de serlo, se efectuase con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es as. No lo ha sido nunca; ni lo ser, segn parece. La naturaleza se opone a toda nivelacin, viendo en la igualdad la muerte; las sociedades humanas, para su progreso moral y estructural, necesitan del genio ms que del imbcil y del talento ms que de la mediocridad. La historia no confirma la presuncin igua litaria: no suprime a Leonardo para endiosar a Panza ni aplasta a Ber toldo para adorar a Goethe Unos y otros tienen su razn de vivir, o prospera el uno en el clima del otro. El genio, en su oportunidad ,' es tan irreemplazable como el mediocre en la propia; mil, cien mil mediocres no haran entonces lo que un genio. Cooperan a su obra los idealistas que les preceden o siguen; nunca los conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser su instrumento, pero no su gua. Es irnico repeti r que los estados no necesitan nunca el gobernante genial. El culto del gobernante adocenado, pero honesto, es propio de mercaderes que temen al malo, sin concebir al superior. Por qu la his toria renegara del genio, del santo y del hroe? En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan de los grandes hombres; en las pocas decadentes bastan los vulgares. Hay un clima que excluye al genio y busca al fatuo; en la achatura crepuscular, mientras las academias se pue blan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado los charlatanes o los pollipavos. Pero hay otro dima en que eUos no sirven; entonces cujase de astros el horizonte. En la borrasca toma el timn un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un Ameghino y des cubre fragmentos de alguna Verdad en formacin. Y todava vara en sus dominios; frmase en su rededor, como el halo en torno de los astros, una particular atmsfera donde su palabra resuena y su chispa ilumina: e s el clima del genio. Y uno solo piensa: y hace; marca un evo. Al que dice "Igualdad o muerte", replica la naturaleza "la igualdad es la muerte". Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una constan~ nivelacin, si hubieran sucumbido alguna vez tpdos los individuos dife renciales, los originales, la humanidad no existira. No habra podido exis

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JOS INGENIEROS tir como trmino culminante de la serie biolgica. Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la seleccin natural; s'lo hay evolucin donde pueden seleccionarse las variaciones de los indivi duos. Igualar todos los hombres sera neg a r el progreso de la especie hu mana. Negar la civilizacin misma. Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo del rgimen democrtico, en las monarquas y en las repblicas ha favorecido su descenso pblico durante el ltimo siglo? Prcticamente la democracia ha sido una ficcin, hasta ahora. E s una mentira de algunos que pretenden representar a todos. Aunque en ella creyeran por momentos Lamartine, Heine y Hugo, nadie QJs infiel que los poetas idealistas al verbo de la equivalencia universal; los ms s on los abiertamente hostiles. Otra es la posicin del problema. Es sencilla Hasta ahora no ha existido una democracia efectiva. Los regmenes que adoptaron tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los tiempos han sido confabulaciones de profesionales para apro vecharse de las masas y excluir a los hombres eminentes Han sido siempre mediocracias. La premisa de su mentira fue la existencia de un "pueblo" capaz de asumir la soberana del Estado. No hay tal: las masas de pobres e ignorantes no han tenido, hasta hoy, aptitud para gobernarse: cambiaron de pastores. Los ms grandes tericos del ideal democrtico han sido de hecho individualistas y partidarios de la seleccn natural: perseguan la aris tocracia del mrito contra los privilegios de las castas, La igualdad es un equvoco o una paradoja, segn los casos. La democracia ha sido un espe jismo, ~orno todas las abstracciones que pueblan la fantasa de los ilusos o forman el capital de los mendaces. El pueblo ha estado ausente de ella. Las castas aristocrticas no son mejores; en ellas hay, tambin, crisis de mediocridad y trnanse mediocracias. Los demcratas persiguen la jus ticia para todo y se equivocan buscndola en la igualdad; los aristcratas buscan el privilegio para los mejores y acaban por reservarlo a los ms ineptos. Aqullos borran el mrito en la nivelacin; stos lo burlan atri buyndolo a una clase. U nos y otros son, de hecho, enemigos de toda seleccin natural. Tanto da que el pueblo sea domesticado por banderas de blasonados o dt advenedizos: en ambas estn igualmente proscriptas la dignidad y los ideales. As como las tituladas democracias no lo son las pretendidas aristocracias no pueden serlo El mrito estorba en las Cortes lo mismo que en las Tabernas. Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen, suele serlo; es respetable el que inicia con sus mritos una alcurnia o un abolengo. Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre hombres y sombras. Los hombres que guan a las sombras son la aristo cracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. Es justo, porque es natural. En cambio es ridculo el concepto de las aristocracias tradi cionales: conciben la sociedad como un botn reservado a una casta, que usufructa sus beneficios sin estar compuesta por los mejores hombres de rn tiempo. Por qu los deudos, familiares y lacayos de los que fueron

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 37 otrora los ms aptos seguirn participando de un poder que no han con tribuido a crear? En nombre de la herncia? Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta intil y podran renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. Conviene que lo pierdan. Toda nobleza hereditaria es la anttesis de una aristocracia na tural; ton el andar del tiempo resulta su ms vigoroso obstculo. El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos son igualmente mediocres y obstan a la seleccin de las aptitudes supe riores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal. Una concesin podra hacerse: Los pases sin castas aristocrticas son ms propicias a la mediocrizacin; en ellos se constituyen oligarquas de advenedizos, que tienen todos los defectos y las presunciones de la no bleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisacin f ltales la menta lidad del gran seor, compuesta por atributos que fincan en una cultura de siglos: hay, sin duda, gentes de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera. Son ms esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad puede tener ms parte que en los del advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envilecimientos. Es prefe rible obedecer a castas que tienen la rutina del mando o a pandillas mi uadas por hbitos de servidumbre? El privilegio tradicional de la sangre irrita a los demcratas y el pri vilegio numrico del voto repugna a los aristcratas. La cuna dorada no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor aristocrtica; en los dos casos trtase de idnticas ineptitudes con distinta escarapela. Las masas inferiores -que podran ser el "pueblo" y los hombres exce lentes de cada sociedad -que son la "aristocracia natural"-, suelen per manecer ajenos a su estrategia. Entre los demcratas embalwnados de igualdad caben audaces lacayos que pretenden suplantar a sus amos con la ayuda de las turbas fanati zadas; entre los aristcratas enmohecidos de tradicin caben vanidosos que ansan reducir a sus sirvientes con la ayuda de los hombres de mrito. La historia se repite siempre: las masa~ y los idealistas son vctimas propi ciatorias en esas disputas entre seores feudales y burgueses de levita. La degeneracin mediocrtica, que caracteriza Faguet como un "culto de la incompetencia", no depende del rgimen poltico, sino del clima moral de las pocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos o simuladas por los bribones: ls leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una resul tante concreta de la moral. La apasionada protesta de los idealistas puede ser un grito de alarma. lanzado en la sombra; pero el ensueo de enaltecer una democracia re sulta ilusorio en las pocas de domesticidad moral y de hartazgo. Las fac ciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus_ fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos, con la certidumbre de

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JOS INGENIEROS que la reaccin llega inevitablemente a cierta hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los ltimos recursos de su incompetencia, naufraga. La catstrofe devuelve su rango al mrito reclama la intervencin del genio El mismo encallamiento mediocrtico contribuye a restaurar, de tiempo en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilizacin. Hay una vis medicatriz naturae que corrige el abellacamiento de las naciones: la for macin intermitente de sucesivas aristocracias del mrito. El privilegio desaparece y la direccin moral de la sociedad vuelve a las manos mejores. Se respeta su legitimidad, se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la orientacin original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La mediocridad calla, impotente; su hostilidad trnase feble, aunque innmera. Si tuviera voz rebajara el mrito mismo, otorgndolo a ras de tierra De lo til a todos, no saben decidir los ms; nunca fue el rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el deshonesto del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez en s misma. El mrito de cada uno se aquilata en la opinin de sus igua l es. Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes ms aptas convergen a guiar los comunes destinos de la nacin. No es prerrogativa de los ingenios ms agudos, como querran algunos, en cuyo odo re suena como un eco esa "aristocracia intelectual", que fue la quimera de Renn. En la aristocracia del mrito corresponde parte a la virtud y el carcter como a la misma inteligencia; de otro modo sera incompleta y su esfuerzo ineficaz. Un rgimen donde el mrito individual fuese estimado por sobre todas las cosas, sera perfecto Excluira cualquier influencia numrica u oligrquica. No habra intereses creados. El voto annimo tendra tan exiguo valor como el blasn fortuito. Los hombres se esforzaran por ser cada vez ms desiguales entre s, prefiriendo cualquier originalidad creadora a la ms tradicional de las rutinas. Sera posible la seleccin natural y los mritos de cada uno aprove charan a la sociedad entera. El agradecimiento de los menos ti'es esti mula.da a los favorecidos por la naturaleza. Las sombras respet a ran a los hombres. El privilegio se medira por la eficacia de las aptitudes y se perdera con ellas. Transparente es, pues el credo que en poltica podra sugerirnos el idealismo fundado en la experiencia. Se opone a la democracia cuantitativa que busca la justicia en la igualdad: afirmando el privilegio en favor del mrito. Y a la aristocracia oligrquica, que asienta el privilegio en los inte reses creados, se opone tambin: afirmando el mrito como base natural del privilegio La aristocracia del mrito es el rgimen ideal. frente a las dos medio cracias que ensombrecen la historia. Tiene su frmula absoluta: "la jus ticia en la desigualdad".

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VIII LOS FORJADORES DE IDEALES l. El cli ma del genio II. Sarm i ento. III Ameghino IV. lA moral del gen io l. EL CLIMA DEL GENIO La desigualdad es la fuerza y esencia de toda seleccin. No hay dos lirios iguales, rii dos guilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que v ive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos rboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza que sonre al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo o se formula una doctrina, algunos hombres excepcionales anticipan su visin a la de todos, la concretan en un ideal y la expresan de tal manera que perdura en los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha ; profetas; los cree; capitanes; los sigue; santos; los imita Llenan una era o sealan una ruta; sembrando algn germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su firma en d'estinos de razas, creando armonas, forjando bellezas. La genialidad es una coincidencia Surge como chispa luminosa en el punto donde se encuentran las ms excelentes aptitudes de un hombre y la necesidad social de aplicarlas al desempeo de una misin trascen dental. El hombre extraordinario slo asciende a la genialidad si en cuentra clima propicio : la semiMa mejor necesita de la tierra ms fe cunda. La funcin reclama el rgano: el genio hace actual lo que en su clima es ~tencial. Ningn filsofo, estadista, sabio o poeta alcanza la genialidad mien tras en su medio se siente extico o inoportuno; necesita condidonies favorables de tiempo y de lugar para que su aptitud se convierta en foncin y marque una poca en la historia. El ambiente constituye el "clima" del genio y la oportunidad marca su hora". Sin ellos, ningn cerebro excepcional puede elevarse a la genialidad; pero el uno y la otra no b a stan para crearla. Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno entre cien, encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente a la culminacin: es como s i l a buena semilla cayera en terreno frtil y en vsperas de lluvia. Ese es el secreto de su gloria: ~oincidir con la oportuniqad que necesita de l. Se entreabre y crece, sintetizando un Ideal implcito en el

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JOS INGENIEROS porvenir inminente o remoto : presintindolo, intuyndolo ensendolo iluminndolo, imponindolo. La obra del genio no es fruto exclusi v o de la inspiracin individual ni puede mirarse como un feliz accidente que tuerce el curso de la his toria ; convergen a ello las aptitudes personal e s y circunstancias infinitas. Cuando una r a za, un arte, una ciencia o un credo preparan su adveni miento o pasan por una renovacin fundamental, el homb~e extraordi nario aparece, personificando nuevas orientaciones de los pueblos o de las ideas Las anuncia como artista o profeta, las desentraa como inventor o filsofo, las emprende como conquistador o estadista. Sus obras le so breviven y permiten reconocer su huella a travs del tiempo Es recti ~ lneo e incontrastable : vuela y vuela superior a todos los obstculos hasta alcanzar la genialidad. Llegando a deshoras ese hombre vivira in quieto, fluctuante, desorientado; sera siempre intrnsecamente un genio podra llegar al talento si se acomodara a alguna de sus vocaciones adven ticias, pero no sera un genio, mientras no le correspondiera ese nombre por la obra realizada No podra serlo desde que le falta la oportunidad en su ambiente. 1 Otorgar ese ttulo a cuantos descuellan por determinada aptitud, sig nifica mirar como idnticos a todos los que se elevan sobre la mediana; es tan inexacto como llamar idiotas a todos los hombres inferiores. El genio y el idiota son los trminos extremos de la escala infinita. Por haberlo olvidado mueven a rer las estadsticas y las conclusiones de algunos antroplogos. Reservemos el ttulo a pocos elegidos Son anima dores de una poca, transfundindose algunas veces, en su generacin y con ms frecuencia en las sucesivas, herederas legtimas de sus ideas o de su impulso. La adulacin prodiga a manos llenas el rango de genio a los pode rosos; imbciles hay que se lo otorgan a s mismos. Hay, sin embargo !!na medida para apreciar la genialidad: si es legtima, se reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floracin. Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo ensea; si hroe, lo ejecuta. Pueden adivinarse en un hombre joven las ms conspicuas aptitudes para alcanzar la genialidad; pero es difcil pronosticar si las circunstancias convergern a que ellas se conviertan en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciacin es caprichosa Por eso, y porque ciertas obras geniales no se realizan en minu~os, sino en aos, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los contem porneos no suelen marcar el paso a comps del genio; pero si ste ha cumplido su destino, una nueva generacin estar habilitada para com prenderlo. En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos, des estimados o escarnecidos. En la lucha por el xito pueden triunfar los mediocres, pues se adaptan mejor a las modas ideolgic a s reinantes ; para la gloria slo cuentan las obras inspiradas por un ideal y consolidadas por el tiempo, que es donde triunfan los genios. Su victoria no depende del

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EL HOMBRE MEDIOCRE homenaje transitorio que pueden otorgarle o negarle los dems, sino de su propia capacidad para cumplir su misin. Duran a pesar de todo, aunque Scrates beba cicuta, Cristo muera en la cruz o Bruno agonice en la ho guera: fueron los rganos vitales de funciones necesarias e la historia de los pueblos o de las doctrinas. Y el genio se conoce por la remota eficacia de su esfuerzo o de su ejemplo, ms que por las frgiles san ciones de los contemporneos. La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su horizonte y la extensin de sus aplicaciones. En ello se ha querido fundar cierta jerarqua de los diversos rdenes del genio, considerados como per feccionamientos extraordinarios del intelecto y de la voluntad. Ninguna clasificacin es justa. Variando el clima y la hora puede ocurrir la aparicin de uno u otro orden de genialidad, de acuerdo coq. la funcin social que la suscita; y, siendo la ms oportuna, es siempre la ms fecunda Conviene renunciar a toda estratificacin jerrquica de los genios, afirmando su diferencia y admirndolos por igual: ms all de cierto nivel todas las cumbres son excelsas. Nadie, si no fueran ellos mismos~ podra creerse habilitado para decretarles rangos y desniveles Ellos se despreocupan de estas pequeeces; el problema es insoluble por definicin. Ni jerarqua ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que -la alcanza es el abanderado de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolucin de su pueblo o de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crnicas de capitanes y conquistadores; las otras formas de ge nialidad entran en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel Angel, Cerva~tes y Goethe vivieron en sus siglos ms altos que los emperadores; por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo. Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir o pensar un credo como para predicarlo o ejecutarlo: todo Ideal es una sntesis. Las grandes trasmutaciones histricas nacen como videncias lricas de los genios artsticos, se trasfunden en la doctrina de los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas; la genialidad deviene funcin en los pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente. La exgesis del genio sera enigmtica si se limitara a estudiar la biologa de los hombres geniales. Esta slo revela algunos resortes de su aptitud y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, re montando si pueden en los sigls, por muchas generaciones, hasta apel mazar un puado de locos y degenerados, como si en la conjuncin d e los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende el Ideal de una poca Eso es convertir en doctrina una superchera! dw visos de cien cia a falaces sofismas. Ni, por esto, veremos en ellos sunples productos del medio olvidando sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora oportuna, su aptitud pr eexiste nte apropiada a entrambos, se desenvuelve hasta l a ge nialidad.

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JOS INGENIEROS El genio es una fuerza que acta en funcin del medio. Probarlo es fcil. Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadver a rgentino Fue la primera cuando Sarmiento se apag en el horizonte de la cultura continental ; fue la segunda al cegarse en Ameghino las fuentes ms hondas de la ciencia nuestra. Pocas tumbas como las suyas. han visto florecer y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprs y el laurel, como si en el parpadeo crepus01lar de sus vidas se hubieran encendido lm paras votivas consagradas a la glorificacin eterna qe su genio. Merecen tal nombre ; cumplieron una funcin social realizando obra decisiva y fecunda. Nadie ppdr pensar en la educacin ni en la cultura de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apstol y sem brador; ni pudo mente alguna comparrsele, entre los que le sucedieron en el gobierno y en la enseanza. En el desarrollo de las doctrinas evo lucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino; ser imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide renunciar a conocer' muchos dominios de ~a ciencia explorados por l. Sarmiento fue el genio pragmtico. Ameghino fue el genio revelador 11. SARMIENTO Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie americana, entreabriendo la visin de cosas futuras. Pensaba en tal alto estilo que pareca tener, como Scrates, algn demonio familiar que alu cinara su inspiracin Cclope en su faena, viva obsesionado por el afn de educar; esa idea gravitaba en su espritu como las grandes moles incan descentes en el equilibrio celeste, subordinando a su influencia todas las masas menores de su sistema csmico. Tena la clarividencia del ideal y haba elegido sus medios: orga nizar civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para cohibir su inquietud de ensear. Erguido y viril siempre, astabandera de sus pro pios ideales, sigui las rutas por donde le guiara el destino, previendo que la gloria se incuba en auroras fecundadas por los sueos de los que miran ms lejos. Amrica le esperaba. Cuando urge construir o trasmutar, f rmase el clima del genio: su hora suena como fatdica invitacin a llenar una pgina de luz. El hombre extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera a una predestinacin irrevocable. Facundo es ef clamor de la cultura moderna contra el crepsculo feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la verdad; ms cuesta presentir un ritmo de civilizacin que acometer una conquista. Un libro es ms que una intencin: es un gesto. Todo ideal puede ser virse con el verbo proftico. La palabra de Sarmiento parece bajar de un Sina. Proscripto en Chile, el hombre extraordinario encuadra, por en tonces, su espritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 43 Llegan hasta l gemid9s de pueblos que hinchan de angustia su corazn: parecen ensombrecer el cielo taciturno de su frente, inquietada por un relampagueo de profecas. La pasin enciende las dantescas hOr nallas en que forja sus pginas y ellas retumban con sonoridad ,pluto niana en todos mbitos de su patria. Para medirse busca el ms grande enemigo, Rosas, que era tambin genial en la barbarie de su medio y de su tiempo: por eso hay ritmos apocalpticos en los apstrofes de Fa cundo, asombroso enquirdin que parece un reto de guila, lanzado por sobre las cumbres ms conspicuas del planeta. Su verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos la prosa se enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que, siendo castizo, no parece espaol. Sacude a todo un continente con la sola fueql!_ de su pluma, adiamantada por la santificacin del peligro y del destierro. Cuando un ideal se plasma en un a l to espritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en pginas decisivas; y ellas, como si en f ada lnea llevasen una chispa de incendio devastador, llegan al corazn de miles de hombres~ desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan su aptitud hacia el ensueo naciente. La prosa del visionario vive: palpita, agrede, con mueve, derrumba, aniquila. En sus frases dirase que se vuelca el alma de la nacin entera como un alud. Un libro, fruto de imperceptibles vibra ciones cerebrales del genio, trnase tan decisivo para la civilizacin de una raza como la irrupcin tumultuosa de infinitos ejrcitos. Y s u verbo es sentencia: queda herida mortalmente una era de bar barie, simbolizada en un nombre propio. El genio se encumbra as para hablar, intrprete de la historia. Sus palabras no admiten rectificacin y escapan a la crtica. Los poetas debieran pedir sus ritmos a las mareas del Ocano para loar lricamente la perennidad del gesto magnfico: Facundo Dijo primero. Hizo despus ... La poltica puso a prueba su firmeza: gran hora fue aqulla en que su Ideal se convirti en accin. Presidi la Repblica contra la intencin de todos: obra de un hado benfico. Arriba vivi batallando como abajo, siempre agresor y agre dido. Cumpla una funcin histrica. Por eso, como el hroe del romance, su trabajo fue la lucha, su descanso pelear. Se mantuvo ajeno y superior a todos los partidos, incapaces de con tenerlo Todos los reclamaban y lo repudiaban alternativamente: ninguno grande o pequeo, poda ser toda una garanta, todo un pueblo, toda una raza, y Sarmiento sintetizaba una era en nuestra latinidad americana Su acercamiento a las facciones, compuestas por amalgamas de subalternos, tena re s ervas y reticencias, simples tanteos hacia un fin claramente pre visto, para cuya consecucin necesit ensayar todos los medios. Genio ejecutor el mundo parecale pequeo para abarcarle entre sus brazos; slo pudo ser el suyo el lema inequvoco: "las cosas hay que hacerlas; mal pero hacerlas". Ninguna empresa le pareci indigna de su esfuerzo; en todas llev como nica antorcha su Ideal. Habra preferido morirse de sed antes de

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JOS INGENIEROS ;ibrevarse en el manantial de la rutina Miguelangelesco escultor de una nueva civilizacin, tuvo siempre libres las manos para modelar institu ciones e ideas, libres de cenculos y de partidos, libres para golpear ti ranas, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades a puados. Entu siasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una propia hija, fue tambin despiadado con sus vicios, cautcrizndolos con la fica crueldad de un cirujano. La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las tiples contradicciones nacidas por el contraste de su conducta con las oscilaciones circunstanciales de su medio. Entre alternativas extremas, Sar miento conserv la lnei de su carcter hasta la muerte. Su madurez sigui la orientacin de su juventud; lleg a los ochenta aos perfeccionando fa s originalidades que haba adquirido a los treinta. Se equivoc innumerables veces, tantas como slo puede concebirse en un hombre que vivi pensando siempre. Cambi mil veces de opinin en los detalles, porque nunca dej de vivir; pero jams desvi la pupila de lo que era esencial en su fon dn. Su espritu salvaje y divino parpadeaba como un far, con alterna tivas perturbadoras. Era un mundo que se obscureca y se alumbraba con s osiego : incesante sucesin de amaneceres de crepisculos fundidos en el todo uniforme del tiempo. En ciertas pocas pareci nacer de nuevo con c ada aurora; pero supo oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser el mismo. Mir siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto a ~ u espalda; el ayer no exista, para l, frente al maana Los hombres y pueblos en aecadencia viven acorondose de dnde vienen; los hombres geniales y los pueblos fuertes slo necesitan saber dnd van. Vivi in ventando doctrinas o forjando instituciones, creando siempre, en continuo derroche de imaginacin creadora. Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del que se acomoda a las circunstancias para ve g etar tranquilamente La adaptacin social depende del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre de genio es creador y con fre c uencia inadaptado. La adaptacin es mediocrizadora; rebaja al indivfiluo a los modos de pensar y sentir que son co1;mnes a la masa borrando sus rasgos propiamente personales. Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen ceder cuando los resortes del espritu sien ten la herrumbre de la vejez. Sarmiento fue una excepcin, Haba nacido as" y quiso vivir como era, sin desteirse en el semitono de los dems. A los setenta aos tocle ser abanderado en la ltima guerra civil movida por el espritu colonial contra la afirmacin de los ideales argen tinos: en La Esmela Ulttapampeana escrita a zarpazos, se cierra el ciclo d el pensamiento civilizador iniciado con Facundo. En esas horas crueles, c uando los fanticos y los mercaderes le agredan para desbaratar sus i deales de cultura laica y cientfica, en vano habra intentado Sarmiento rebelarse a su destino. Una fatalidad incontrastable le haba elegido por ta voz de su tiempo hostigndole a perseverar sin t r e g ua h as t a el borde

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EL HOMBRE MEDIOCR E mismo de la tumba. En pleno arreciar de la vejez sigui pensando por si mismo, sjempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de sus grandes sueos: habra osado desmantelar la tumba ms glo riosa si hubiera entrevistado la esperanza de que algo resucitara de entre las cenizas. Haba gestos de guila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento Fue "inactual" en su medio; el genio importa siempre una anticipacin. Su originalidad pareci rayana en desvaro. Hubo, ciertamente, en l un desequilibrio: mas no era intrnseco en su personalidad, sino extrnseco, entre ella y su medio Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitacin. Su genio era una suprema cordura en todo lo que a sus ideales tocaba; pareca lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le circua. Tena los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir a todos los caracteres militares ; pero la revelacin ms indudable de su genialidad est en la eficacia de su obra a pesar de los aparentes des equilibrios. Personific la ms grande lucha entre el pasado y el porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de su destino. Nada le perdonaron los enemigos del Ideal que l representaba; todo le exigieron los partidarios El mayor equilibrio posible en el hombre comn e s exiguo comparado con el que necesita tener el genio: aqul soporta un trabajo igual a uno y ste lo emp,rende equivalente a mil. Para ello necesita una rara firmeza y una absoluta precisin ejecutiva. Donde los otros se apunan, los genios trepan; cobran mayor pujanza cuando arre cian las borrascas; parecen guilas planeantes en su atmsfera natural. La incomprensin de estos detalles ha hecho que en todo tiempo :.. e atribuyera a insania la genialidad de tales hombres, concr:etndose al fin la consabida hiptesis de su parentesco con la locura, cmoda de aplicar a cuantos se elevan sobre los comunes procesos del raciocinio ruti nario y de la actividad domstica. Pero se olvida que inadaptado no quiere decir alienado; el genio no podra consistir en adaptarse a la mediocridad El culto de lo acomodaticio y lo convencional, halagador para los sujetos insignificantes, implica presentar a los grandes creadores como predestinados a la degeneracin o al manicomio. Es falso que el talento y el genio pueblen los asilos; si enloquecen, por acaso, diez hombres exce lentes, encuntranse a su lado un milln de espritus vulgares: los alie nistas estudiarn la biogra fa de los diez e ig~orarn la del milln. Y para enriquecer sus catlogos de genios enfermos incluirn en sus listas a hombres ingeniosos, cuando no a simples desequilibrados i ntelectuales que rnn "imbciles con la librea del genio". Los hombres como Sarmiento pueden caldears e por l a ex ces i v a fun cin que desempean; los ignorantes confunden su pasin con la locura Pero juzgados en la evol~cin de las razas y de los grupos sociales, ello s culminan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de la c iviliz a cin y de la especie. El devenir hum a no slo aprovech a d e los

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146 JOS INGENIEROS originales. El desenvolvimiento de una personalidad genial importa una variacin sobre los caracteres adquiridos por el grupo ; ella incu~a nuevas y distintas energas, que son el comienzo de lneas de divergencia, fuer zas de seleccin natural. La desarmona de un ~armiento es un progreso sus discordan~ias son rebeliones a las rutinas, a los prejuicios, a las domesticidades. Locura implica siempre disgregacin desequilibrio, solucin de con tinuidad; con breve razonamiento refut Bovio, d celebrado sofisma. El genio se abstrae; el alienado se distrae La abstraccin ausenta de lo dems Ja distraccin ausenta de s mismo. Cada proceso ideativo es una serie ; en cada serie hay un trmino medio y un proceso lgico; entre las diversas series hay saltos y faltan los trminos medios. El genio mo vindose recto y rpido dentro de una misma serie, abrevia los trminos medios y descubre la reaccin lejana; el loco, saltando de una serie a otra privado de trminos medios disparata en vez de razonar Esa es la aparente analoga entre genio y locura; parece que en el movimiento de ambos faltaran los trminos medios; pero, en rigor el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos trminos medios, el otro no ve ninguno. En el genio el espritu se ausenta de los dems; en la locura se ausenta de s mismo. "La sublime locura del genio es, pues, relativa al vulgo; ste, frente al genio, no es cuerdo ni loco : es simplemente la mediocridad, es decir, la media lgica, la media alma, el medio carcter la religiosidad convencional, la moralidad acomodaticia la politiquera menuda, el idioma usual, la nulidad de e stilo La ingenuidad de los ignorantes tiene parte decisiva en la confusin Ellos acogen con facilidad la insidia de los envidiosos y proclaman locos .,. los hombres mejores de su tiempo. Algunos se libran de este marbete: son aquellos cuya genialidad es discutible concedindoseles apenas algn talento especial en grado excelso No as los indiscutidos, que viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empez a envejecer, sus propios adversarios aprendieron a tolerarlo aunque sin el gesto magnnimo de una admiracin agradecicia Le siguieron llamando el loco Sarmiento' ~. El loco Sarmiento Esas palabras ensean ms que cien libros sobre la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnsticos formu lados por los contemporneos sobre los hombres que no se avienen .i. marcar el paso en las filas; las medianas sorprendidas por resplandores inushados, slo atinan a justificarse, frente a ellos, recurriendo a eptetos despectivos Conviene confesar esa gran culpa : ningn americano ilustre sufri ms burlas de sus conciudadanos. No hay vocab l o injurioso que no haya sido empleado contra l; era tan grande que no bast el dic cionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de la en vidia destilaron las ms exquisitas quintaesencias; conoci todas las obli cuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes La cari catura le mordi hasta sangrar, como a ningn otro: el lpiz tuvo, vuelta a vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoa. Como la s semientes que estrangulan a Laocoonte en la obra maestra del Belveder, mil ten

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 47 tculos subalternos y annimos acosaron su titnica personalidad, robus tecida por la brega. Los espritus vulgares cean a Sarmiento por todas partes, con la fuerza del nmero, irresponsables ante el porvenir. Y l marchaba sin contar los enemigos, desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atms fera grvida de tempestades, sembrando a todos los vientos, en todas las horas, en todos los surcos : Despreciaba el m otejo de los que no le com prendan; la evidencia del juicio pstumo era el nico lenitivo a las heridas que sus contemporneos le prodigaban. Su vida fue un perpetuo fl
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JO S ING EN IERO S / rostr al gran varn que hora a todo un c ontinente Sarmi e n to p a reci: a gigantarse bajo el filo de las hachas III. AMEGHINO Su pupila supo ver en la noche, antes de que amanecie ra p ar a todo s Revel y cre: fue su misin. Lo mismo que Sarmiento, lleg Ameghino en su clima y a su hora Por :. ingular coincidencia ambos fueron maestros de escuela, autodidactos, sin ttulo universitario formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto inmediato con la natur a leza, ajenos a todos los alambicamientos exteriores de la ment i ra mundana, con las m a nos libres, Ja cabeza libre, el corazn libre, las alas libres. Dirase que el genio florece mejor en las regiones solitarias, acariciado por las tormentas qu e son su atmsfera propia; se agosta en los invernculos del Estado en su s universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados en s us aca demias fsiles y en su funcionamiento jerrquico. Fltale all el air e libre y la plena luz que slo da la naturaleza : el encebadamie n to precoz enmohece los resortes de la imaginacin creadora y despunta las mejores originalidades El genio nunca ha sido una institucin oficial. La vasta obra de Ameghino, en nuestro continente y en nuestra poc a, tene los caracteres de un fenmeno natural. Por qu un hombre, en Lujn, da pr juntar huesos de fsiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto con millares de siglos, y acaba por pedir a esos mudo s testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como s i obrara por predestinacin o por fatalidad? Tena que ser un genio argentino porque ningn otro punto de l a superficie terrestre contiene una fauna fsil comparable a la nuestra; tena que ser en nuestro siglo, porque le habra faltado el asidero de l a s doc trinas evolucionistas que sirven de fundamento; no poda ser antes de ahora, porque el clima intelectual del pas rio fue propicio a ello hast a que lo fecund el apostolado de Sarmiento; y tena que ser Ameghino y ningn otro hombre de su tiempo. Cul otro reuna en tal alto grado su aptitud para la observacin y el anlisis su capacidad para la tesis y la hiptesis, su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado du rante tantos aos, su desinters por todas las vanidades que hacen del hombre un funcionario pero matan al pensador? Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad Aunque son fuerzas todopoderosas porque obran continua y so r dament e, el genio las domina : antes o despus pero en domiJ}arlas radi ca l a reali zacin de su obra. Las resistencias, que desalient a n al medio c re, son su estmulo; crece a la sombra de la envidia ajena. La sociedad pued e cons pirar contra acomunando en su contra la detraccin y el sile nc io. Sigu e s u camino, lucha, sin c a er, sin extraviarse dionisacamente se gu ro El genio, por su definicin, no fracasa nunca El que no ha cre a do no e s genio, no lleg a serlo fue una ilusin disipad a No quiere est o decir que viva del xito sino que su march a hacia la g loria es fat a l a p esar d e todos los contrastes El que s e d e ti e n e p ru e b a im p ot e nci a p a r a marcha r

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 49 Algunas veces el hombre genial vacila y se interrog a ansiosamente sobre s u propio destino: cuando muerden su taln los envidiosos o cuando le adulan los hipcritas. Pero en dos circunstancias se ilumina o se desen cadena: en la hora de la inspiracin y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad parece que en sus pupilas brillara una luz eterna ; ~ando amonesta a .los envilecidos dirase que refulge en su frente la soberana de una generacin. Firme y serena voluntad necesit Ameghino para cumplir su funcin genial. Sin saberlo y sin quererlo nadie crea cosas que valgan o duren. La imaginacin no basta para dar vida a la obra: la voluntad la engrendra. En este sentido -y en ningn otroel desarrollo de la aptitud nativa requiere una larga paciencia" para que el ingenio se convierta en talento o se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen un valor moral y son algo ms que objetos de curiosidad: merecen" la admiracin que se les profesa Si su aptitud es un don de la naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por ms que sus grmenes sean instintivos e inconscientes, las obras no se hacen solas. El tiempo es aliado del genio; el trabajo completa las iniciativas de la .inspiracin. Los que han sentido el esfuerzo de crear, saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en la raza, en la ley, en el mrmol, en el libro. La magnitud de la tarea explica por qu, habiendo tantos ingenios, es tan escaso el nmero d e obras maestras. Si la imaginacin creadora es necesaria para concebirlas, requirese para ejecutarlas otra rara virtud: 1a virtud tenaz que Newton bautiz como simple paciencia, sin medir los absurdos corolarios de su apotegma. No diremos, pues, que la imaginacin es superflua y secundaria, atri buyendo el genio a lo que fue virtud de bueyes en el simbolismo mito lgico. No. Sin aptitudes extraordinarias, la paciencia no produce un Ame ghino Un imbcil. en cincuenta aos de constancia, slo conseguir fosi. !izar su imbecilidad. El hombre de genio, en el tiempo que dura un relmpago, define su Ideal; despus, toda su vida, marcha tras l, persi guiendo la quimera entrevista. Las aptitudes esenciales son nativas y espontneas; en Ameghino se revelaron por una precocidad de "ingenio" anterior a toda experiencia. Eso no significa que todos los precoces puedan llegar a la genialidad, ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agotarse en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden a la genialidad. Slo es genio quien las convierte en obra luminosa, con esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los ms bellos dones requieren ser cultivados, como las tierras ms frtiles necesitan ararse Estriles resultan los espritus bfillantes que desdean todo esfuerzo tan absolutamente estriles como los imbciles laboriosos; no da cosechas el campo frtil no trabajado; ni las da el campo estril por ms que se le are. Ese es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio con la paciencia aunque son inadmisibles sus corolarios absurdos.

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150 JOS INGENIEROS ~a misma significacin originaria de la palabra gemo presupon e_ algo como una inspiracin trascendental. Todo lo que huele a cansanao, no siendo fatiga de vuelo algero, es la anttesis del genio. Solamente puede acordarse el supremo homenaje de ese ttulo a aquel cuyas obras denun cian menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin que l lo sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado que exceden a sus intenciones o fatigas Para griegos y latinos, "genio" quera decir "dominio"; era aquel espritu que acom paa, gua o inspira a cada hombre desde la cuna hast a la tumba Scrates tuvo el ms famoso. Con la acepcin que hoy se da, universalmente, a l a palabra genio", los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla ante ponan al sustantivo "i ngenio un adjetivo que expresara su grandeza o culminacin. No es lcito denominar genios a todos los hombres superiores. Hay tipos intermediarios Los modernos distinguen al hombre de genio del hombre de talento, pero olvidan la aptitud inicial de ambos: el "ingenio ", es decir, una capacidad superior a la mediana. Presenta una graduacin infinita, y cada uno de sus grados es susceptible de educarse ilimitada mente. Permanece estril y desorganizado en los ms sin imp l icar si quiera talento. Este ltimo es una perfeccin alcanzada por pocos, un a originalidad particular una sntesis de coordinacin, culminante y ex celsa, sin ser por eso equivalente al genio. Rara vez la mxima intensifi cacin del ingenio crea, presagia, realiza o inventa; slo entonces se ad quiere significacin social y asciende a la genialidad, como en el caso de Ameghino. La especie, con ser exigua, representa infinitas variedades : tantas, casi como ejemplar Habra ligereza de mtodo y de doctrina en no disti~guir entre las mentes superiores a punto de catalogar como genios a muchos hombre s de talento y aun a ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura. Ensay Nordau una discreta diferenciacin de tipos. Llama genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros o desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general o fre cuentemente practicadas por otros, mejor que la mayora de los que cultivan esas mismas aptitudes Este juicio diferencial es discreto, pues toma en cuenta la obra realizada y la aptitud del que la realiza El hombre de ingenio implica un desarrollo orgnico primitivamente superior: el hombre de talento adquiere por el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en su ambiente posee la mayora de los sujetos normales. Entre la inteligencia y el talento slo hay una diferencia cuan titativa, que es cualitativa entre el talento y el genio? No es as. aunque parezca. El talento implica en algn sentido cierta aptitud inicial verdaderamente superior, que la educacin hace cul minar en su propio gnero De entre esas mentes preclaras, algunas lle garn a la genialidad si lo determinan circunstancias extrnsecas: su obra

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E L HOMBRE MEDIOCRE revelar si tuvieron funciones decisivas en la vida o en la cultura de su pueblo. Genio y talento colaboran por igual al progreso humano. Su labor s e integra. Se complementan como la hlice y el timn : el talento tre pana sin sosiego las olas inquietas y el genio marca el rumbo hacia impre vistos horizontes La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Una inmensa fauna pa l eontolgica permaneca en el misterio antes de de que l la reve lara a la ciencia moderna y formulase una teora general para explicar sus emigraciones en los siglos remotos. Crear es inventar, como lo ex pres Voltaire. El genio revlase por una aptitud social, en las ciencias, en las artes en las virtudes en todo, se manifiesta con anticipaciones aud aces, con una facilidad espontnea para salvar los obstculos entre las cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su camino. En ciertos c a sos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y percibe rela ciones entre las cosas distantes, segn lo defini Ampre. No consiste simplem e nte en invent a r o descubrir: las invenciones que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no requieren aptitudes geniales. El genio de s cubre lo que escapa a la reflexin de siglos o generaciones, induce leyes que expresan una relacin inesperada entre las cosas seala puntos que sirven de centro a mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploracin de la naturaleza En qu consiste entonces? No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad? Nunca Es ms sencillo y ms excepcional a la vez. Ms sencillo, porque depende de una complicada estructura del cerebro y no de entidades fantsticas; ms excepcional, porque el mundo pulula de enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino. Cuando mejor cerebrado est el hombre, tanto ms alta y magnfica es su funcin de pensar. Ignrase toda v a el mecanismo ntimo de los procesos intelectuales superiores. Los acompaan sin duda, modificaciones de las clulas neFViosas: cambios de posicin y permutas qumicas muy complicadas. Para comprenderlas deberan conocerse las actividade s m o le. rulares y sus variables relaciones, adems de la histologa exacta y com pleta de los centros cerebrales Esto no basta : son enigmas la naturaleza de la acti v idad nerviosa, la s transformaciones de ener:ga que termina en el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras Be producen los fenmenos que acompaan a la complejsima funcin de pensar Los conocimientos cientficos distan de ese lmite. Sin embargo mientras la qumica y la fisiologa permitan acercarse al fin, existe ya la certidumbre de -que sa, y ninguna otra, es la va para explicar las apti tudes supremas de un genio en funcin de su medio. Nacemos diferentes; hay una variadsima escala desde el idiota hasta el genio. Se nace er,i una zona de ese espectro con aptitudes subordinadas a la estructura y la coordinacin de las clulas que intervienen en la elaboracin del pensamiento ; la herencia concurre a dar un sistema ner

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l'.) 2 JOS INGENIERO S vioso, agudo u obtuso, segn los casos. La educacin puede perfeccionar esas capacidades o aptitudes cuando existen ; no puede crearlas cuando fal tan : Salamanca no las presta. Cada uno tiene la sensibilidad propia de su perfeccionamiento ner vioso ; los sentidos son la base de la memoria, de la asociacin, de la imagirtacin; de todo. Es el odo lo que hace al msico; el oj~ lleva la mano del pintor. El poder de concebir est subordinado al de percibir : cada hombre tiene la memoria y la imaginacin que corresponde a sus percepciones predominantes La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero ella, y el razonamiento circunscripto a sus datos, no crean nada superior a lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el concurso de la imaginacin, elemento necesario para sobreponer a la realidad de algn Ideal. Cuando, pues, se define el genio como" "un grado exquisito de sensibilidad nerviosa", se enuncia la ms importante de sus condiciones; pero la definicin es incompleta. La sensibilidad es el complejo instrumento puesto al servicio de las aptitudes imaginativas, aunque stas, en ltimo anlisis, no han podido formarse sino sobre datos de la misma sensibilidad. En los genios estticos es evidente la superintendencia de la imagina cin sobre los sentidos: no lo es menos en los genios especulativos como Ameghino, y en los genios pragmticos, como Sarmiento Gracias a ella se conciben los problemas se adivinan las soluciones, se inventan las hiptesis, se plantean las experiencias, se multiplican las combinaciones. Hay imaginacin en la paleontologa de Ameghino, como la hay en la fsica de Ampre y en la cosmologa de Laplace; y la hay en la visin civilizadora de Sarmiento, como en la poltica de Csar o en la de Riche Jieu. Todo lo que lleva la marca del genio es obra de la imaginacin, ya sea un captulo del Quijote o un pararrayos de Franklin; no digamos de los sistemas filosficos, tan absolutamente imaginativos cmo las crea ciones artsticas. Ms an: muchos son poemas, y su valor suele medirse por la imaginacin de sus creadores. En toda la gestin de su doctrina, la genialidad de Ameghino se traduce por una absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, que es l a anttesis de la locura. Tambin a l le supusieron loco sobre todo en su juventud. Con bonhoma risuea recordaba las burlas de vecinos y nios de su escuela, cuando le vean dirigirse, azada al hombro hacia las genes del Lujn; para esas mentes sencillas tena que estar loco ese ma estro que pasaba das enteros cavando la tierra y desenterrando huesos de animales extraos, como si algn delirio le transformara en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes sin asimilarse a ninguno c onsigui pasar ms desapercibido y atenuar su reputacin de inadaptado. Basta leer su inmensa obra -centenares de monografas y de menespara comprender que slo presente los desequilil:rios inherentes a su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y tiles, nunca fueron adivinadas al acaso ni en la inconsciencia, sino por una vasta elaboracin ; no fueron frutos de un ce rebro carcomido por l a herencia o los txicos

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 53 sino de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias, sino cose chas de siembras previas; jams casualidades, sino claramente previstos y .inunciados. El genio es una alta armona; necesita serlo. Es absurdo suponer cados bajo el nivel comn a esos mismos que la admiracin de los siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales slo pueden ser realizadas por cerebros mejores que los dems; el proceso de la creacin, aunque tenga fases inconscientes, sera imposible sin una clarividencia de su fina lidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, oprase tras largas medi t:iciones y es oportuno, llegando a tiempo de servir como premisa o punto de partida para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial ser ms evidente que en la de Ameghino: si hubiramos de juzgar por ella, el genio se nos presentara como una tendencia al siste mtico equilibrio entre las partes de un nuevo estilo arquitectnico. Esto no excluye que la degeneracin y la locura pueda11 coexistir con la imaginacin creadora, afectando especiales dominios de la mente humana; pero la capacidad para la sntesis ms vasta no necesita ser desequilibrio ni enfermedad. Ningn genio lo fue por su locura; algunos como Rousseau, lo fueron a pesar de ella; mud1os, como Nietzsche, fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra. Ameghino, a la par de todos los que piensan mucho e intensamente, se contradijn muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el sentido de su orientacin global. Cuando las circunstancias convengan a ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un rayo de luz que nada tuerce o apaga. Basta orlo para reconocerlo: todas sus palabras concurren a explicar un mismo pensamiento, a travs de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria; pa recen tanteos para cerciorarse mejor del camino, sin romper la coherencia de la obra total; esa armona de la sntesis que escapa a los espritus subalternos. Ameghino converge a un fin por todos los senderos.; nada le desva. Mira alto y lejos, va derechamente, sin las prudencias -que traban el paso a l\15 medianas, sin detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para dis traerle de la Verdad que le entre abre algn pliegue de sus velos. La verdadera contradiccin, la que esteriliza el esfuerzo y el pensa miento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga las obras de los mediocres Viven stos con la pesadilla del juicio ajeno y hablan con nfasis para que muchos ,les escu~en aunque no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no atrevindose a bostezar sin metr nomo. Se contradicen forzados por las circunstancias: los rutinarios seran supremas lumbreras si stas se juzgaran por la simple incongruencia. Para sealar el punto de interseccin entre dos teoras, dos creencias, dos pocas o dos generaciones, requirese un supremo equilibrio. En las pe queas contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser ms astuto y hbil; pero en las grandes horas de la evolucin intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de l.

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1 54 JOS INGENIEROS Sera absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo ver dades imperfectibles; cien rectificaciones podrn hacerse en la obra de Ameghino, y muy especialmente en sus hiptesis sobre el sitio de origen de la especie humana Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse conviene que se equivoquen Sus creaciones falsas resultan utilsimas por las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan, las pa siones que encieden, las inercias qe remueven Los hombres mediocres se equivocan de vulgar manera; ~l genio, aun cuando se desploma, en ciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrev alguna cosa o verdad no sospechada antes No es menos grande Platn por sus errores ni lo son por ello Shakespeare o Kant. En los genios que se equivocan hay una viril firmeza que a todos impone respeto. Mientras los contempo rizadores ambiguos no despiertan grandes admiraciones los hombres fir mes obligan el homenaje de sus propios adversarios. Hay ms valor moral en creer firmemente una ilusin propia que en aceptar tibiamente una mentira ajena. IV. LA MORAL DEL GENIO El genio es excelente por su moral, o no es genio. Pero su mora lidad no puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie medira la altura del Himalaya con cintas mtricas de bolsillo. La con ducta del genio es inflexible respecto de sus ideales. Si busca la Verdad todo sacrifica a ella. Si la Belleza, nada le desva. Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un genio universal po lidrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican en su tica ejemplar que es un culto simultneo por todas las excelencias, por todas las idea lidades. Como fue en -Leonardo y en Goethe. Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto del ideal: la moralidad para consigo mismo es la negacin del genio. Por ella se des cubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores El genio ig nma las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la ciencia busca la verdad, tal como la concibe; ese afn le basta para vivir. Nunca tiene alma de funcionario Sobrelleva heroicamente su po breza sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros a los gobiernos, sin vivir de favores y de prebendas ignorando esa tcnica de los falsos genios oficiales que simulan el mrito para medrar a la sombra del Es tado. Vive como es, buscando la Verdad y decidido a no torcer un simo de ella. El que pueda domesticar sus convicciones no es, no puede ser nunca, absolutamente, un hombre genial. Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel, el que predica la lealtad y traiciona el que predica el patriotismo y lo explota, el que predica el carcter y es servil, el que predica la dig nidad y se arrastra, todo el que usa dobleces intrigas, humillaciones, e s os

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EL HOMBRE MEDIOCRE 1 55 mil instrwnentos incompatibles con la visin de un ideal, ese no es genio, est fuera de la santidad: su voz se apaga sin eco, no repercute en el ti~mpo, como si resonara en el vaco. El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean speros y abruptos No transige nunca movido por vil inters; repudia el mal cuando concibe el bi e n; ignora la duplicidad; ama en la Patria a todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de toda '1a Humanidad; tiene sinceridades que dan escalofros a los hipcritas de su tiempo y dice la verdad en tal personal estilo que slo puede ser palabra suya; tolera en los dems errores sinceros, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas, pronunciando palabras que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de catapulta; cree en s mismo y en sus ideales, sin pactar con los prejuicios y los dogmas de cuantos le acosan con furor, de todos los costados Tal es la culminante moralidad del genio. Cultiva en grado sumo \ las ms altas virtudes sin preocuparse de carpir en la selva magnfica las malezas que concentran la preocupacin de los espritus v ulgares. Los genios amplan su sensibilidad en la proporcin que elevan su inteligencia ; pueden subordinar l os pequeos sentimientos a los gran des, los cercanos a los remotos, los concretos a los abstractos. Entonces los hombres de miras estrechas los suponen desamorados, apticos, escpticos Y se equivocan Sienten, mejor que todos, lo humano. El mediocre limita su horizonte afectivo a s mismo, a su familia, a su camarilla, a su f ac c in; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad o la Humanidad, que slo puede apasionar al genio Muchos hombres daran su vida por defender a su secta; son raros los que se han inmolado conscientemente por una doctrina o por un ideal. La fe es la fuerza del genio. Para imantar a una era necesita amar s u Ideal y transformarlo en pasin ; "Golpea tu corazn, que en l est tu genio", escribi Stuart Mill, antes que Nietzsche. La intensa cultura no entibia a los visionarios: su vida entera es una fe en accin Saben que los caminos ms escarpados llevan ms alto Nada emprenden que no estn decididos a concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan a perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, son, en definitiva, optimistas y creyentes : cuando sonren, fcilmente se adivina el ascua crepitante bajo su irona. Mientras el hombre sin ideales rndese en la primera escaramuza el genio se apodera del obstculo, lo provoca, lo cultiva como si en l pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la obstruye, hasta encen derlo, para agrandarse a s misma. La fe es la anttesis del fanatismo. La firmeza del genio es una s uprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias slidamente cimentadas con v ierte al mediocre e n fantico. La fe se confirma en el choque con las opiniones contrarias ; el fanatismo teme vacilar ante ellas e intenta a ho g arlas Mientras agonizan sus viejas creencias Salo persigue

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JOS INGENIEROS a los cnstlanos, con saa proporcionada a su fanatismo; pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: ensea y no persigue, predica y no amordaza. Muere l por su fe pero no mata; tico, habra vivido para matar La fe es tolerante: respeta las creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si stas fueran dogmas o manda mientos. Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuen da las combten: por eso los fanticos les suponen incrdulos, confun diendo su horror a la comn mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas pueden permanecer ajenas a la fe del hombre virtuoso. Nada hay ms extrao a la fe que el fanatismo La fe es de visionarios y el fanatismo de siervos. La fe es llama que enciende y el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una afirmacin individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar 1a verdad de los dems. Frente a la domesticacin del carcter que rebaja el nivel moral de las sociedades contemporneas, todo homenaje a los hombres de genio que impendieron su vida por la Libertad y por la Ciencia, es un acto de fe en su Porvenir: slo en ellos puede tomarse ejemplos morales que contri buyan al perfeccionamiento de la Humanidad. Cuando alguna generacin siente un hartazgo de chatura, de doblez, de servilismo, tiene que buscar en los genios de su raza los smbolos de pensamiento y de accin que la templen para nuevos esfuerzos. Todo hombre de genio es la personificacin suprema de un Ideal. Contra la mediocridad, que asedia a los espritus originales, conviene fo mentar su culto; robustece las alas nacientes. Los ms altos destinos se templan en la fragua de la admiracin. Poner la propia fe en algn ensueo, apasionadamente, con la ms honda emocin, es ascender hacia Jas cumbres donde aletea la gloria. Enseando a admirar el genio, la san tidad y el herosmo, prepranse climas propios a su advenimiento Los dolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos, y fuerza es que mueran otros venideros, implacablemente segados por el tiempo. Hay algo ms humano, ms duradero que la supersticiosa fantas magora de lo divino: el ejemplo de las altas virtudes. Los santos de la moral idealista no hacen milagros: realizan magnas obras, conciben su premas bellezas, investigan profundas verdades. Mientras existan cora zones que alienten un afn de perfccin, sern conmovidos por todo lo que revela fe en un Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los hroes, por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por Ja filosofa de los pensadores. Fin de EL HOMBRE MEDIOCRE

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Indice: P A d v ertencia para esta edicin . . . . . . . 7 La Moral de los idealistas: I. La emocin del Ideal. II De un idealismo fundado en la experiencia. III Los tem peramentos idealistas IV. El idealismo romntico. V El i dealismo estoico VI. Smbolo .... .... .. ... ......... : 9 I El hombre mediocre: I A urea Mediocritas ? II. Los hombres sin personalidad III. En torno del hombre me diocre. IV. Concepto social de la mediocridad V El es pritu conservador. VI. Peligros sociales de la mediocridad VII La vulgaridad . . . . . . . . . 26 II La mediocridad intelectual: I. El hombre rutinario. II. Los estigmas de la mediocridad intelectual. III. La male dicencia: una alegora de Botticelli IV El sendero de la glori'a . . . . . . . . . . . . . 43 III. Los valores morales: I. La moral de Tartufo. El hombre bre honesto. III. Los trnsfugas de la honestidad IV. Funcin social de la virtud. IV La pequea virtud y el talento moral. VI. El genio moral: la santidad . . 58 IV. Los caracteres mediocres: I. Hombres y sombras II. La domesticacin de los mediocres m. La vanidad IV. La dignidad . . . . . . . . . . . . . 81 V JL.a envidia: I. La pasin de los mediocres. II. Psicologa de los envidiosos III. Los roedores de la gloria. IV Una e scena dramtica : su castigo . . . . . . . . 96 VI La vejez niveladora: I Las canas. II Etapas de deca dencia m La bancarrota de los ingenios IV. Psicologa de la vejez La virtud de la impotencia . . . . 107 VII La mediocracia: I El clima de la mediocracia. II. La patria III. La politica de las piaras IV Los arquetipos de la mediocridad V La aristocracia del mrito . . 117 VII I L or forjadores de ideales: I El clima del genio. II Sar mie nto. III. Ameghino. IV. La moral del genio . . .. 142

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La impresin se termin en Dic. 13/60. Taller y ofi cina de Luz-mio. Imprenta Econmica lnteg-ral, S.A. La Habana, Repblica de Cuba. PLAZOLETA DE BELEN I

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enseanza cientfica o una emocin literaria. Y a todo ello debe aadir se que Jos Ingenieros, adems de su personalidad de hombre de cien cia, llevaba en s las ideas sanas del "hombre demcrata", ideas concebi das e inspiradas en el amor al pue blo, habiendo luchado con todo en tusiasmo y firmeza por esa "moral universitaria" que garantiza la liber tad de aprender y de pensar. De ms est decir, que este gran maestro, ayer como hoy y tambin maana, fue y sigue siendo el Con ductor de las Juventudes America na s, como se dijera en su poca. Jos Ingenieros naci el 24 de abril de 1877 y falleci en Buenos Aires, el 31 de octubre de 1925.