Citation
La Habana

Material Information

Title:
La Habana apuntes históricos
Series Title:
Colección Documentación histórica
Creator:
Roig de Leuchsenring, Emilio, 1889-1964
Place of Publication:
La Habana
Publisher:
Editora del Consejo Nacional de Cultura, Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana
Publication Date:
Language:
Spanish
Edition:
2. ed. notablemente aumentada.
Physical Description:
1 online resource (volumes) : illustrations, maps, portraits. ;

Subjects

Subjects / Keywords:
History -- Havana (Cuba) ( lcsh )
Cuba -- Havana ( fast )
Historia -- La Habana (Cuba) ( qlsp )
Genre:
History. ( fast )
Historia ( qlsp )

Notes

Bibliography:
"Las Declaraciones de La Habana": v. 3, p. [261]-292.

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Holding Location:
University of Florida
Rights Management:
The University of Florida George A. Smathers Libraries respect the intellectual property rights of others and do not claim any copyright interest in this item. This item may be protected by copyright but is made available here under a claim of fair use (17 U.S.C. §107) for non-profit research and educational purposes. Users of this work have responsibility for determining copyright status prior to reusing, publishing or reproducing this item for purposes other than what is allowed by fair use or other copyright exemptions. Any reuse of this item in excess of fair use or other copyright exemptions requires permission of the copyright holder. The Smathers Libraries would like to learn more about this item and invite individuals or organizations to contact Digital Services (UFDC@uflib.ufl.edu) with any additional information they can provide.
Resource Identifier:
36372453 ( ALEPH )
1019678539 ( OCLC )
Classification:
F1799.H3 R72 1963 ( lcc )

Downloads

This item is only available as the following downloads:


Full Text

PAGE 3

COLECCION DOCUMENTACION HISTORICA 27 POR EMILIO ROIG DE LEUCHSERING Historiador de la Ciudad de La Habana SEGUNDA EDICION Notablemente aumentada TOMO I EDITORA DEL CONSEJO NACIONAL DE CULTURA 1963 AO DE LA ORGANIZACI"N

PAGE 5

INTRODUCCI"N Muchos, y algunos de ellos notables, son los libros que se han publicado, en Cuba y en el Extranjero, sobre La Habana. Historiadores como Morell de Santa Cruz, Arrate, Urrutia, Valds, Garca de Arboleya, Cartas, Pezuela, Guiteras, La Torre, Rosan, Bachiller y Mo rales, Ramrez, Wright, Prez Beato, han dado a conocer, con mayor o menor amplitud, los orgenes y el desenvolvimiento de nuestra capital, ofrecindonos datos y antecedentes sobre su fundacin y traslados, sobre sus plazas, calles y paseos, sobre sus hombres ilustres y sobre aquellos acont ecimientos ms relevantes de que ella ha sido escenario. Viajeros como Jameson, Abbot, Masse, Hum boldt, Ney, la Condesa de Merln, Marmier, Morelet, Dana, Hazard, Howison, Hurlbut, Salas y Quiroga, Barras y Prado, Morrell, Hergesheimer, han ofrecido su visin de turistas trotamundos o de estudiosos observadores sobre las bellezas y defectos que para ellos encerraba esta ciudad, descubriendo frecuentemente en sus impresiones y recuerdos los prejuicios o la incomprensin del extranjero, ante la vida, el carcter y los hbitos peculiares de los habaneros, y demostrando en otras, no muy numerosas, ocasiones la entusiasta admiracin que La Habana les produjo, precisamente por contraste can las condiciones fsicas, urbanas y etnogrficas del pas natal. Costumbristas como Crdenas, los Betancourt, Valerio, Costales Milln, Gelabert; y novelistas como Villaverde, Armas, Meza, Heredia, Carrin, Ca brera, Muoz Bustamante, Castellanos, Loveira, han sabido pintarnos los tipos y las costumbres, antao y ogao, de nuestra urbe. Hasta lleg a publicarse un libro apologtico de La Habana —Sol en el mar (La Habana), del literato y periodista Manuel Villaverde — consagrado todo l a ponderar los encantos y los atractivos que La Habana encierra como prodigiosa ciudad de los trpicos, orgullo de sus hijos y deleite de sus visitantes. Y recientemente un libro que cuenta la historia de la provincia en que est enclavada nuestra capital, La Habana (Biografa de una provincia) por un joven y muy talentoso historigrafo, el Dr. Julio Le Riverend, dedica varios captulos, muy interesantes y bien documentados, a distintos aspectos de la vida de nuestra capital, a travs de los tiempos. Pero est an por escribir la historia, general y amplia, de La Habana, desde los inicios de la fundacin de la villa en la costa Sur de la provincia de su nombre hasta los das presentes, y ni siquiera tenemos compendios ni manuales que sirvan para la enseanza y el estudio de la historia local de La Habana en las escuelas primarias correspondientes a este trmino municipal. Hace ya varios aos, y aprovechando la publicac in por la Oficina a nuestro cargo, de las Actas Capitulares de este Ayuntamiento, acometimos la empresa de la edicin, en tomos correspondientes a los que fueron viendo la luz de las referidas Actas, de una Historia de La Habana, de la que fu puesto en manos del pblico el tomo I Desde sus primeros das hasta 1565; y al hacerlo nos propusimos continuar esa publicacin en la forma indicada. Mas, al comprobar, con poster ioridad, lo excesivamente frag mentada que resultara esa obra as editada, ya que la generalidad de los tomos slo abarcara cortsimos perodos de tiempo, decidimos seguir dicha Historia de modo tal que cada uno de sus tomos comprendiera pocas sealadas por su mayor amplitud o por la singular trascendencia de los acontecimientos durante ellas ocurridos. Pero toda una ininterrumpida sucesin de quehaceres intelectuales de mayor urgencia nos ha impedido hasta ahora plasmar en forma definitiva la gran cantidad de material que tenamos acumulado para la redaccin de algunos tomos de la Historia de La Habana. Mientras podamos emprender la obra, si el destino nos lo permite, y a fin de suplir en parte la carencia, ya indicada, de historias locales de La Habana, ofrecemos estos breves apuntes histricos. Esta visin de conjunto de la capital de Cuba ha sido escrita con absoluta imparcialidad y sujeccin a las ms respetables fuen tes documentales c ubanas y espaolas. — ...Las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana y los documentos conservados en el Archivo de Indias, de Sevilla — auxilindonos tambin del material, digno de crdito, que nos proporcionan en sus obras algunos de los historiadores, cronistas y costumbristas citados al comienzo de estas lneas. Ha movido, aunque no torcido ni un solo momento, nuestra pluma, el amor a nuestra ciudad natal, de la que nos enorgullecemos de ser hijos, y a la que hemos consagrado buena parte de nuestra vida, empeados en el propsito de esclarecer y divulgar su historia, costumbres y grandes hombres. Por ello nos complacemos en presentar este libro que ha de permitir a propios y extraos, apreciar, en estricta justicia, la extraordinaria, y trascendente personalidad urbana de nuestra ciudad, centro de las Amricas, llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, segn la calificaron, ya desde el siglo XVII, los monarcas espaoles, y su aporte magnifico al desenvolvimiento de la cultura y la

PAGE 6

civilizacin universales, as como la significacin excepcio nal que La Habana ha tenido siempre en la historia de Cuba, y no slo como capital de la Nacin, sino por su propia importancia comercial, industrial, poltica y cultural y por su contribucin vigorosa, en grado mximo, al progreso y engrandecimiento nacionales. Y sin que trate de disminuir los valores espirituales y materiales del campo y de los poblados y otras ciudades de Cuba, no puede olvidarse que Cuba ha sido generalmente conocida en el mundo, por La Habana, y hasta ha llegado, para el extranjero, a ser Cuba, La Habana. En los primeros tiempos de la colonizacin, aunque es La Habana la ltima o una de las ltimas villas fundadas por orden de Velzquez, y queda establecida inicialmente en Santiago la capital de la Isla, bien pronto la Isla se convierte en La Habana, y existe por La Habana y para La Habana. Durante casi toda la poca colonial, la historia de Cuba puede decirse que es la historia de La Habana. Cuando en 1762 los ingleses se deciden a arrebatarle a Espaa sta, su ms importante posesin antillana, les basta tomar La Habana, y no se preocupan del resto de la Isla, porque Cuba era La Habana. Y cuando Bolvar piensa que alcancen a los hijos de Cuba los beneficios de sus campaas libertadoras americanas, nunc a habla, ni en cartas ni en otros documentos, de la independencia de Cuba, ni de enviar expediciones a Cuba, sino de la independencia de La Habana y de ocupar con sus tropas, comandadas por Sucre o Pez, La Habana; y en cambio, al incluir en esos proyectos independen tistas a los hijos de Puerto Rico, no habla de San Juan, sino de Puerto Rico. Esta importancia excepcionalmente representativa de La Habana se manifie sta a su vez durante nuestra epopeya revolucionaria emancipadora. No es posible que en La Habana, centro del poder poltico, gubernativo y militar de Espaa en Cuba, se desenvuelvan los movimientos sediciosos, aunque muchos de ellos en La Habana, se preparan .y organizan. Pero cuando orientales, camageyanos, villareos, matanceros, pinareos, se lanzan a la manigua insurrecta, saben que lo hacen para llevar la revolucin hasta La Habana y libertarla, porque aun libertadas todas y cada una de aquellas regiones, no sern verdaderamente libres, mientr as no sea libre tambin La Habana. Terminada la Guerra Libertadora de los Treint a Aos, es La Habana el escenario donde se realiza el traspaso del poder de manos del gobierno colonial espaol al gobierno norteamericano de ocupacin militar, y donde se efecta la ceremonia de la instauracin de la Repblica de Cuba como nacin independiente, si bien esta independencia fuese mucho ms aparente que real. De todos modos, ese reconocimiento internac ional de nuestra soberana era un jaln importante en el camino hacia la independencia verdadera. Constituida la Repblica, La Habana absorbe, hasta con manifiesta injusticia, la vida pblica del pas, en todos sus aspectos, desde el cultural hasta el econmico; y a lo largo de las dos primeras etapas republicanas — desde el gobierno de Estrada Palma hasta la fuga de Machado (1902-1933) la primera, y desde los gobiernos provisionales hasta el triunfo de la Revolucin (1933-1958) la segunda — La Habana va convirtindose ms y ms en la gran capital de un pas pequeo, en la fingidamente opulenta capital de un pas, si no pobre, empobreci do por la voracidad imperialista, con la complicidad de gobernantes y hombres de negocios nativos. La rebelin contra el dictador Gerardo Machado tiene su centro y casi todo su hervor en La Habana. La Habana es el escenario de las sangrientas escenas del 12 de agosto, del fracaso del gobierno provisional mediatizado por el embajador norteamericano Summer Wells, y de la agona que fue el primer gobierno autntico. As como en La Habana se redactan y promulgan las Constituciones, en La Habana se dan los golpes de Estado. Es preciso que frente a la brutal dictadura de Batista arda toda la Isla indignada y se alce la epopeya de la Sierra Maestra, para que en algunos momentos otros lugares de Cuba le disputen a La Habana su perdurable supremaca. Pero La Habana, donde hizo Fidel Castro sus primeras armas de cvica protesta contra el batistato, La Habana, siempre alerta, a la vez que enva, por centenares sus hijos a las montaas rebeldes, es protagonista de mil hechos heroicos, entre los que descuella el gesto, magnfico de decisin y arrojo, que fue el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1958, y sus calles se enrojecen con la sa ngre de incont ables hroes de la peligrossima lucha clandestina, mrtires de la feroz represin batistiana. La fuga de La Habana, que emprende el tirano al alborear 1959, marca la culminacin de la gran rebelda nacional; y si por un minuto de singularsima trascendencia en la historia de Cuba deja de ser la capital de la Repblica — cuando Fidel Castro proclama en Santiago de Cuba al nuevo Presidente —, es la huelga general, que tiene su ms potente ncleo en La Habana, y la toma de las fortalezas de La Habana por las fuerzas de los comandantes Cienfuegos y Guevara, y, sobre todo, la entrada triunfal del Comandante en Jefe del Ejrcito Rebelde, al frente de sus huestes heroicas, lo que imprime el sello de lo definitivo a la victoria de la Revolucin. Despus, es cierto que la primera gran ley revolu cionaria, la Ley de Reforma Agraria, se firma, con hermoso simbolismo, en La Plata, el cuartel general revolucionario de la Sierra Maestra, pero todas las dems importantsimas leyes mediantes las cual es la Revolucin transf orma radicalmente la fisonoma de la Nacin, en el sentido ms decididamente progresista, se promulgan desde el Palacio

PAGE 7

Presidencial de La Habana; en la que se llamara Plaza Cvica — que es el nuevo centro de la Ciudad, no solamente en el sentido topogrfico, sino como sede de las principales manifestaciones de la vida colectiva, y que con plena justicia histrica ha recibido el nombre glorioso de Plaza de la Revolucin — es donde se efectan las magnas concentraciones populares que son, con originalidad suprema, las primeras manifestaciones de democracia total y directa que registran los anales histricos; y donde, sobre todo, en 1960 se lanza a los cuatro vientos del mundo, nacido de mentes y corazones cubanos, y rubricado por todo el pueblo cubano, uno de los documentos ms trascendentales en la historia de la humanidad, la Primera Declaracin de La Habana, que completa y corona, plasmndolas en realizaciones concretas, aquellas magnficas exposiciones de principios que son la Declaracin de Independencia, en Amrica, y la Declaracin de Derechos del Hombre y del Ciudadano, en Europa, y a la que, por consiguiente, con toda justicia puede llamarse la Carta Magna de todos los Pueblos de la Tierra. Este documento, cuya importancia insuper able es imposible exagerar, habra de ser ratificado, completado y ampliado, en 1962, con la Segunda Declaracin de La Habana, igualmente presentada por el Jefe de la Revolucin en la enorme plaza que es ya lugar histrico de excep cional relevancia, y all proclamada, con entusiasmo sin lmites, por todo un pueblo en pie, dispuesto a cumplirla como la Primera con todas sus energas y a defenderla con su sangre. Por apreciar en toda su magnitud lo que significan y significarn en la Historia estos dos documentos, y lo que representan para justsimo orgullo de La Habana, hemos pensado que con nada mejor podramos cerrar este libro que, sin ellas, quedara absurdamente incompleto, y las incluimos al final de nuestras pginas para que en stas se refleje algo de su sin par grandeza. Tal es la ciudad de que aqu ofrecemos al lect or algunos apuntes histricos, recordando, en estas sus horas magnficas, cules fueron sus modestos orgenes y destacando muchas de sus caractersticas a travs de aos y siglos. Esta Habana, una de cuyas ms relevantes caractersticas consiste en poseer la doble personalidad de ciudad a la vez antigua y muy moderna. Esta Habana antigua, con sus viejos castillos, iglesias y casonas, con sus plazas, callejuelas y rincones pintorescos. Esta Habana moderna de las grandes avenidas, esplndidos edificios, suntuosos centros sociales, airosos o imponentes monumentos y hermossimos repartos, que ya se libra, gracias al Gobierno Revolucionario, de la mancha que sobre su bella faz lanzaban los misrrimos barrios de indigentes y que tambin est en vas de librarse de la fealdad e ignominia de los llamados solares o cuarteras donde se hacinaba la poblacin humilde. Esta Habana que, al decir de Manuel Villaverde, blanca ms que Jerusaln, tiene tres amantes rivales: el sol, el mar y el cfiro. Esta Habana, de la que dijo uno de sus ms ilustres visitantes — Alejandro de Humboldt — que era la ms alegre, pintoresca y encantadora de las ciudades; y en tiempos ms recientes, pidi un periodista norteamericano — William Phelon — que junto a El Morro y sobre la faz de esas aguas, fuese esparcido la mitad de sus cenizas, y la otra mitad en la Puerta de Oro, la entrada de la baha de San Francisco de California, los dos lugares ms hermosos del mundo que haba visto, despus de cansarse de recorrerlo. Esta Habana, centro de las Amricas, llave del Nuevo Mundo; cuna del hombre genial de quien Rubn Daro dijo, con justicia, que era uno de los dos nicos genios aparecidos en nuestro Continente, verdadero superhombre, grande y viril, posedo del secreto de su excelencia, en comunin con Dios y con la Naturaleza; Jos Mart. Esta Habana, en fin, que bajo el signo revolucionario, cumple el destino magnfico a que pareca vocarla este hecho extraordinario de ser la ciudad madre del hombre ms excelso de nuestro continente, capaz de ser mentor de la humanidad entera, al convertirse, como llegar a serlo en la perspectiva histrica, en la ciudad tambin ms importante de nuestro continente, por ser la capital del primer pas socialista de Amrica.

PAGE 8

1 SITUACI"N Y CLIMA Segn los datos, pedidos expresamente para esta obra, que nos ha suministrado el doctor Salvador Massip, ex-Catedrtico de Geografa y hoy Profesor Emeritus de la Universidad de La Habana, durante la poca republicana se utilizaron para fija r la situacin geogrfica de La Habana los clculos realizados por el Cuban Longitude Party, entidad formada por un grupo perteneciente a los servicios geogrficos oficiales norteamericanos, que tom co mo base para sus mediciones el edificio del Observatorio Nacional, cerca del Castillo de la Cabaa obteniendo estos resultados: 23 grados, 9 minutos latitud Norte, y 82 grados, 9 minutos longitud Oeste de Greenwich. Ms adelante, despus de ser edificado el Capitolio Nacional, se tom el punto central de ste, bajo la cpula, para determinar la situacin geogrfica de la capital de la Repblica. Actualmente, las coordenadas geogrficas de La Habana son las siguientes: Los navegantes toman como punto de referencia el faro del Castillo del Morro, siendo stas las coordenadas: Latitud, 23 grados, 09 minutos, 00 segundos; longitud, 82 grados, 21 minutos, 26 segundos. Para los trabajos de geodesia se toma como punto de referencia un punto de triangulacin situado en la azotea de la Facultad de Tecnologa de la Universidad de La Habana, y las coordenadas son las siguientes: Latitud, 23 grados, 08 minutos, 05 segundos. Longitud, 82 grados, 22 minutos, 59 segundos. El clculo de los segundos en ambos casos se ha determinado por aproximacin. Se halla edificada La Habana en la lengua de tierra comprendida entre la baha y el mar, y el terreno se va elevando gradualmente, de Este a Oeste, desde un metro en las partes bajas de la ciudad, a 60 metros en las partes ms altas, situadas junto al castillo del Prncipe. La expansin y engrandecimiento de la ciudad ha tenido lugar de Este a Oeste, desde la Plaza de Armas hasta ms all de las orillas del ro Almendares, o sea, siguiendo siempre una ln ea de ligero ascenso sobre el nivel del mar. Respecto a la baha de La Habana, puede decirse que sta es pequea en comparacin con otras bahas cubanas, y tiene —como contina expresando en sus notas el doctor Massip, a quien seguiremos en este captulo— la forma tpica de las bahas de nuestro pas: una entrada estrecha y un interior ancho y espacioso, en el que se distinguen varios lbulos. Debe su origen a la depresin de la pequea cuenca de un ro que iba a desembocar al mar por el canal que hoy constituye la entrada de la baha. Al ocurrir la depresin, los afluentes quedaron separados, llevando sus aguas al mar por desembocadura propia y formando cada uno un lbulo de los que constituyen la baha. El canal de entrada y la baha tienen calado y anchura suficientes para el acceso de grandes buques. Este puerto ha sido siempre escala de todas las marinas mercantes del mundo, y la Revolucin comenzada en 1959 ha suprimido las restricciones que durante los ltimos aos anteriores lo haban cerrado casi por completo al trfico de los pases socialistas. Muy certeramente hace resaltar el doctor Massip qu e uno de los principales atractivos de La Habana es su clima, el cual en invierno, sobre to do, es incomparable. Durante el ao se distinguen dos estaciones: la de las lluvias, que du ra siete meses (de mayo a noviembre), y la de la seca, que dura cinco meses (de diciembre a abril). La precipitacin media anual, en la ciudad de La Habana, es de 1.31 metros al ao, cifra moderada en comparacin con la de otras ciudades de parecida latitud. El 75 por ciento de las lluvias cae en el verano. La temperatura media anual es de unos 25 grados centgrados; pero en los meses de invierno es mucho menor, y en enero y febrero, que son los meses ms fros del ao, se registran con frecuencia temperaturas de 10 y 12 grados centgrados. Pero aun en los meses ms rigurosos del verano, cuando la temperatura llega hasta 30 grados, el clima es agradable por la brisa marina y por la gran oscilacin trmica diaria, que hace que la diferencia de temperatura entre el da y la noche sea muy considerable. A La Habana se puede aplicar con la ma yor propiedad la famosa expresin climatolgica de que la noche es el invierno de los trpicos. A esta peculiaridad del clima de La Habana se debe, en gran parte, la vida nocturna y los cafs al aire libre, que son una de sus notas ms salientes y de ms colorido local. El clima de La Habana presenta notable uniform idad de un ao a otro. Las anomalas son raras. Los ciclones, muy poco frecuentes, por lo general ocurren en septiembre y en octubre. Por todas estas razones se puede decir que la poca del ao ms favorable para visitar La Habana son los meses de enero y febrero, en los cuales impera un fresco delicioso y apenas se presentan las lluvias.

PAGE 9

2 LOS PRIMITIVOS POBLADORES DE CUBA Y DE LA HABANA Aunque los europeos se atribuyan el descubrimiento de las tierras que los espaoles llamaron hasta el siglo XIX Indias Occidentales, o sea del Nue vo Mundo o Amrica, es lo cierto, en lo que a Cuba se refiere —segn afirma Fe rnando Ortz en su trabajo Cuba Primitiva: las razas indias —, que la isla de Cuba haba sido descubierta varias veces y poblada desde siglos anteri ores por unos aventureros que en rsticas canoas, sin carabelas, brjulas, ni astrolabio s, haban llegado a este pas en sucesivas oleadas trasmigratorias, pues cuando el 27 de octubre de 1492 arrib Cristbal Coln a esta isla no la encontr desierta de seres humanos, como hallaron los portugue ses las islas Azores, las de Madera y las de Cabo Verde, sino que Cuba estaba poblada ya, y por lo tanto, haba sido descubierta mucho antes de esa fecha, en tiempos que no es posible fijar, pero que se remontan probablemente a ms de seis o doce mil aos antes de la era cristiana. Quines eran estos primitivos pobladores de Cuba, hallados por Coln y su gente? Durante largo tiempo, y a pesar de que el benemrito Padre Las Casas haba sealado tres tipos distintos entre los habitantes de Cuba el escaso conocimiento de su obra y la pobreza, casi la inexistencia, de los estudios arqueolgicos en nuestro pas hacan que aqullos fueran designados todos sencillamente con el nombre de ciboneyes. El reputado indlogo norteamericano Mark Raymond Harrington, en su obra Cuba before Columbus (Cuba antes de Coln), distingui ya entre dos civilizaciones cubanas: la ciboney y la tana. Las caractersticas de la civilizacin o cultura ci boney, la ms primitiva y rudimentaria, segn los hallazgos arqueolgicos, son las siguientes: Artefactos: las gubias de concha, el hacha de concha, el martillo de piedra con hoyos, el mortero de piedra con un hoyo ms bien hondo, la escudilla de concha. Los ornamentos tpicos eran: toscos pendientes ovalados, de concha o de piedra, con una perforacin cerca del borde para ser suspendidos de la oreja; groseras cuentas de conchas en forma de disco. Habitaciones: en la parte oriental de Cuba especialmente en Baracoa, utilizaban como habitaciones los abrigos rocosos y bo cas de cuevas a lo largo de la costa y en las gargantas de los ros, aunque a veces se encuentran asientos de poblacin ciboney al aire libre. En la parte occidental, vivan en lugares abiertos o en cuevas cercanas a corrientes de agua potable. Costumbres funerarias: en la regin de Baracoa en terraban los muertos en el suelo de las cuevas, sin regularidad en cuanto a profundidad, posicin u orientacin; pero en la Cinaga de Zapata usaban montculos formados de desperdicios, y los es queletos aparecen con la cabeza hacia el Este. Forma del crneo: los crneos encontrados que pertenecen a indios de la cultura ciboney no ofrecen deformacin artificial alguna. La civilizacin o cultura tan a se caracteriza por sus: Artefactos: hacha petaloide, generalmente muy si mtrica y pulimentada; majador de piedra, bien hecho y a veces grabado; bruidor de piedra de diorita o pedernal, usada, ya como martillo, ya para pulimentar hachas; pequeas lajas de piedra arenosa, utilizadas como raspadores o limas. Vasijas de barro (cazuelas, escudillas, platos, caldero s, botellas, etc.), con frecuencia decoradas con lneas incisas, o con asas modeladas grotescamente, con efigies de seres humanos o de animales: los burenes, o ralladoras de casabe, de barro, de forma circular, de unas veinte pulgadas de dimetro y tres cuartos de pulgada de espesor. Los ornamentos tpicos son numerosos: aretes de concha; sonajeros de conchas de oliva, a veces decorados; amuletos en forma de figuritas de concha o de piedra; cuentas de los mismos materiales, bien moldeadas y a veces ornamentadas; objetos de concha, representando dientes y destinados a incrustaciones en las bocas de las fi guras esculpidas en madera, sin lo cual, para la mente tana, ningn rostro o cabeza, poda ser completo; swallowsticks, segn los denomina Harrington, y que Ortz traduce por esptulas cnicas, o sean largas y delgados objetos de hues o, en forma de cuchara y en ocasiones bellamente esculpidos, que se utilizaban para introducirlos en la garganta y provocar el vmito, posiblemente en el rito de la purificacin. Aunque ex isten pocos ejemplares, eran tambin caractersticos del pueblo tano sus objetos de madera, generalmente esculpidos con caras y dibujos, como puede

PAGE 10

comprobarse, entre las piezas descubiertas, en un dujo o asiento de madera, un dolo, una bandeja y un remo. Habitaciones: se encuentran gene ralmente en lugares altos y dist antes de la costa, favorecidos por la lluvia para mejor realizar sus cosechas de maz y yuca; o cerca de alguna cueva o ro, al alcance de agua potable. Costumbres funerarias: los tanos enterraban a sus muertos, ya en lomas, en las afueras de la poblacin, colocados en posicin dobl ada y la cara vuelta al Este; ya en cuevas, cerrando con piedras la entrada. Forma del crneo: segn afirma Harrington, todos los crneos encontrados por la expedicin, asociados con artefactos de la cultura tana, haban sido artificialmente aplast ados, acotando Ortz que esta observacin de Harrington es de las ms innovadora s entre las teoras hasta l reinantes en cuanto a la arqueologa indocubana. Segn los hallazgos arqueolgicos puede sostener se que la civilizacin o cultura ciboney, la ms primitiva y rudimentaria, se extendi por toda la Isla, de Oriente a Occidente; y la tana desde Oriente hasta Morn, aunque se han encontrado algunas piezas car actersticas de esta ltima cultura en Pinar del Ro, San Miguel (en La Habana), Matanzas, Zapata y Sa ncti Spritus. Se halla tambin la cultura tana en Hait y las Bahamas, y ms perfeccionada en Puerto Rico; y la ciboney en Hait, y segn Fernando Ortz, en Isla de Pinos. Harrington resume el desarrollo histrico de Cuba y las otras Antillas suponiendo la existencia de tres invasiones sucesivas: ciboney, la primera; tan a, la segunda, venida de Sur Amrica, que no pas del Oriente de Cuba y las Bahamas, y logr su esplendor en Puerto Rico; y caribe, conquistadora de las Antillas Menores, que a la llegada de los europeos amenazaba conquistar tambin las Antillas Mayores. Pero es necesario destacar que lo s caribes no llegaron a constituir ncleos de poblacin en Cuba. En cambio, existi otra invasin anterior de la que Harrington no t uvo idea. Efectivamente, tomaron auge los estudios arqueolgicos en nuestra patria, por mrito de Fernando Ortz, Juan J. Cosculluela, Felipe Pichardo Moya, los componentes del Grupo Guam en La Habana y del Grupo Humboldt en Oriente, y otros; y lleg a hablarse hasta de las cuatro culturas indias de Cuba, dndose, inclusive, a ese hipottico cuarto grupo indio el nombre de auanabeyes. Lo que s es positivo es que han quedado huellas de una cultura anterior an a la rudi mentaria de los ciboneyes, aunque a veces resulte difcil distinguir entre los restos de una y otra: la de los guanahatabeyes, hombres completamente salvajes, que vivan en las cavernas. Fueron los primeros descubridores, invasores y pobladores de Cuba, y hay pruebas de que se extendieron por toda la Isla, si bien luego retrocedieron y se refugiaron en Pinar del Ro, probablemente huyendo de la invasin ciboney. Estos primeros habitantes de Cuba pertenecan a la cultura paleoltica, en tanto que los ciboneyes co rresponden a la neoltica primitiva y los tanos a la neoltica avanzada; los primeros no desarrollaron civilizacin ag rcola, y los segundo s, s. Ambos grupos procedan de los indios aruacos de Venezuela y Colombia, por lo cual provino de la Amrica del Sur la invasin ciboney, lo que Harrington no haba precisado. Por las noticias que nos dan los cronistas de Indias y por los descubrimientos arqueolgicos, no es posible reconstruir exactamente los caracteres somtic os de tanos y ciboneyes, ni sus costumbres. Slo puede decirse que se diferenciaban en su rostro por la diversa configuracin del crneo, artificialmente aplastados los de los tanos; que los ciboneyes llevaban el cabello largo, y los tanos, cortados, que stos tenan la estatura algo inferior a aqullos; que la tez de unos y otros era, al decir de un cronista, del color de la carne del membrillo; y que posean rasgos m onglicos en su fisonoma; que iban generalmente desnudos, utilizando ungentos para resguardarse del sol o de las lastimaduras producidas por malezas, insectos, etc., y usando como adorno dibujos en rojo y negro, trazados sobre el cuerpo, y tambin plumas, hojas de rboles, collares; las mujeres casadas llevaban naguas o sayuelas, de la cintura a la rodilla. Usaban, adems, distintivos determinantes del sexo, estado y clase. Las agrupaciones de los tanos eran, generalmente, reducidas en extensin y poblacin; sus casas, de madera y ramas de rboles, ya en forma cuadrangular (bohos) o cnica (caneyes). Los tanos eran mongamos; con excepcin a veces, de los jefes, que solan practicar la poligamia. Su economa, al igual que la de los ciboneyes, era de un comunismo de tipo primitivo: realizaban colectivamente to dos los trabajos agrcolas, y de constr uccin, caza, pesca y guerra, y repartan entre s los resultados obtenidos; t odo bajo la direccin del cacique. Aunque los tanos subyugaron a los ciboneyes y los utilizaron, la esclavitud de stos era mucho ms suave que la practicada por los pases civiliza dos; pues quedaron convertidos al parecer, en sirvientes dentro de la estructura familiar tana. Hombres y mujeres se repartan los trabajos, correspondiendo los menos penosos a stas ltimas: cuidado de la casa, alfarera, tejidos y participacin en el cultivo de la yuca e industrias derivadas de la misma.

PAGE 11

Ciboneyes y tanos eran espiritualistas, estando la direccin religiosa a cargo del behique, quien era sacerdote, hechicero, adivino, y mdico. Puede decirse —hasta donde han llegado hoy las investigaciones— que la regin habanera, es decir, lo que hoy constituye la provincia de La Habana, estaba poblada toda exclusivamente por ciboneyes. No puede afirmarse que existiera un poblado indio en el lugar donde hoy se alza la ciudad; se han encontrado restos muy abundantes de poblados en Guanabo y en la regin del Ariguanabo. Al comenzar la conquista de Cuba por los espaoles (1511-1512), la poblacin indgena ascenda, segn clculo aproximado, a unos 300,000 habitantes, distribuida en numerosos poblados que rega el cacique. La crueldad desenfrenada de Diego Velzquez, Pnfilo de Narvez y sus hombres, conquistadores y colonizadores de la Isla, redujo, en menos de cuarenta aos, o sea, hacia 1550, en que comienzan las primeras Actas Capitulares del Cabildo habanero que han llegado hasta nosotros, a no ms de 4,000 el nmero de los aborgenes. Este rpido exterminio de los indios se debi, no slo a las violentas persecusiones de que fueron vctimas, sino tambin a los malos tratos que recibieron a manos de los encomenderos en los rudsimos trabajos a que, como siervos, estaban sometidos, principalmente en las minas de oro, as como por el hecho de que, segn cuentan los propios cronistas espaoles, llevados a la desesperacin por aquella vida de esclavitud y sufrimientos incontab les, apelaron frecuentsimamente al suicidio, reiterndose una y otra vez el caso de que se ahorcasen juntas familias enteras.

PAGE 13

3 EL CACICAZGO O PROVINCIA IN DIA DE LA HABANA Y SU DESCUBRIMIENTO POR LOS ESPAOLES Como no existe ningn asiento comprobado de civ ilizacin india en el terreno perteneciente a lo que es hoy trmino municipal de La Habana, —si bien en 1961 se ha descubierto un importante cementerio de aborgenes en la provincia, cerca de la costa Norte— para descubrir los antecedentes histricos de dicha localidad antes de la fundacin de la villa por orden de Diego Velzquez, el colonizador de Cuba, tenemos que guiarnos por las muy vagas noticias que nos ofrecen los cronistas de Indias, principalmente Las Casas, Herrera y Bernal Daz del Castillo; o por las cartas de Velzquez; o, tambin, por las investigaciones y deducciones de historiadores cubanos y espaoles. El nombre de La Habana, dado a una de las villas que fund Velzquez en esta isla, lo tomaron los castellanos del cacicazgo, regin o provincia indi a de ese nombre, que al recorrerlo Pnfilo de Narvez y el P. Bartolom de Las Casas en 1514, es taba gobernado por el cacique Habaguanex, segn refiere el mismo Velzquez. Este cacicazgo co mprenda desde El Mariel hasta Matanzas. Con respecto a llamar al territorio del cacicazgo de La Habana una provin cia india, nos parece que esta denominacin debe desecharse, pues el concepto europeo de la palabra, provincia presupone un poder central, al que las provincias estn sometidas; y segn todas las investigaciones, ese poder no existi nunca en Cuba. Los caciques eran meros jefes locales, incapaces de someter a otros jefes a su autoridad, y Cuba estuvo tan alejada en lo poltico como en lo geogrfico de los grandes imperios americanos como el inca y el azteca. Pueblo de Indios: Juego de “batos” (pelotas) en el “batey” o plaza pblica Es sabido que Cristbal Coln, al dejar interrumpida, en su segundo viaje al Nuevo Mundo, la exploracin de la costa Sur de Cuba, afirm, y oblig a afirmar a sus compaeros, que este territorio era, no isla sino tierra firme, parte integrante del continente que hoy se llama Amrica y que l crea Asia. Pero exista ya el mapa de Juan de la Cosa (1500) en que Cuba apareca como isla, y muchos compartan esa opinin. A fines de 1504 el Rey de Espaa orden a Nicols Ovando, Gobernador de la Espaola, que se descubriese algo ms de esta tierra, y el cronista de Indias Pedro Mrtir de Anglera dice, en sus Dcadas del Nuevo Mundo, que Vicente Yaez Pinzn, en 1507, reco rri de Oriente a Occidente toda la costa meridional de Cuba y dio la vuelta a sta, conociendo as con prueba manifiesta que Cuba era isla. Pero la realidad es que el primer espaol que, segn noticias precisas, visit la regin india de La Habana fue Sebastin de Ocampo, al realizar, en 1508, el bojeo de la Isla de Cuba, de orden del

PAGE 14

gobernador de La Espaola, Nicols Ovando, y cumpliendo disposiciones reales al efecto. Ocampo parti del Norte con dos navos y unos cuantos marineros, sin tropa alguna, y rode toda la Isla, visitando algunos de sus puertos, y entre stos el actual de La Habana, que l llam de Carenas, debido a que en l dio carena a sus barcos, utilizando pez o brea de una fuente o minero que all encontr. Desde esta visita de Ocampo, no vuelven a hablar los cronistas de Indias de La Habana hasta despus que Velzquez inicia, hacia fines de 1510 o principios de 1511, la co nquista de Cuba. Narvez y el P. Las Casas, en 1513, con un grupo reducido de hombres, fueron los espaoles que, inmediatamente despus de Ocampo, recorrieron la regin que hoy forma la provincia de La Habana. Velzquez haba nombrado a Pnf ilo de Narvez segundo suyo, y le orden que recorriese la Isla, de Oriente a Occidente, dndole por principal acompaante al sacerdote y fraile dominico Bartolom de Las Casas, quien en vano procur siempre evitar las crueldades que cometa Narvez con los indios. Dijo luego Las Casas: ... anduvimos juntos Narvez y yo, asegurando todo el resto de aquella isla, para mal de toda ella... cerca de dos aos. Durante su marcha, despus de la espantosa ma tanza de indios que hizo Narvez en Caonao, tuvieron l y Las Casas noticia de que en la provincia de La Habana, los indios tenan entre s dos mujeres espaolas y un hombre espaol cristiano. Mand Las Casas emisarios para que los indios no matasen a estos espaoles y se los enviasen, mientras ellos proseguan su camino. Acamparon en un lugar al que pusieron el nombre de Casa Harta, por la maravillosa abundancia de comida que all encontraron: pan casab, pescado y sobre todo papagayos, de los que, en quince das que en dicho sitio se detuvieron, comieron, segn el cronista Antonio de Herrera, ms de diez mil papagayos, muy hermosos a la vista vivos, y muertos y asados sabrosos, los cuales cazaban los nios subidos en los rboles. All en Casa Harta, lleg una canoa bien equipada de indios remeros, con las dos mujeres espaolas que estaban en poder de los indios. Procedan estas mujeres del grupo de espaoles exterminados a manos de los indios en el puerto que por esta causa se llam Matanzas Las Casas envi una carta al cacique Habaguanex, de La Habana, que tena en su poder al castellano, para que lo guardase con vida hasta que los espaoles fueran a recogerlo. De Casa Harta prosiguieron la marcha, penetrando en la provincia de La Habana, donde encontraron todos los pueblos vacos a causa de la matanza hecha por los espaoles en la provincia de Camagey. Las Casas mand recado a los caciques que vinieran, ofrecindoles seguridades para ellos y sus gentes. Se presentaron dieciocho o diecinueve, cada uno con su regalo de comida, confiados en el clrigo; pero ste refiere que el capitn Narvez lu ego hcelos prender con cadenas y grillos por buena venida, y otro da tractaba de que se pusiesen palos para quemarlos vivos. Enterado las Casas, reprendi a Narvez, amenazndolo con que sera castigado por el Rey y Velzquez sobre obra tan inicua, si tal cometa, mas de miedo que de voluntad, si no me engao, pas aquel da y otro, y as se resfri poco a poco de la cr ueldad que perpetrar quera, y al cabo los solt a todos, salvo uno que era el mayor seor, segn se deca; ste estuvo y anduvo en cadenas hasta que Diego Velzquez vino a juntarse con todos ellos, y lo solt y puso en libertad. As lleg Las Casas de pueblo en pueblo hasta aquel donde saban que estaba el cristiano. Sali a recibirlos el cacique con cerca de trescientos hombr es, cantando, cargados de centenares de tortugas recin pescadas, que ofrecieron a los espaoles, sentndose despus todo s en el suelo. El cacique, refiere Herrera, de ms de sesenta aos, de buen gesto y aleg re y que mostraba tener sanas entraas, llev al castellano de la mano hasta donde estaba Narvez, pr esentndoselo a ste con grandes reverencias, y dicindole que lo haba guardado como a hijo, contra los deseos de los otros caciques que trataron de matarlo, salvando la vida gracias a su proteccin y cuidado. El castellano apenas saba ya hablar otra lengua que la de los indios, pues con ellos se encontraba desde haca tres o cuatro aos. Este cacique Habaguanex resida en un pueblo de la costa Norte, pero ni ngn antiguo cronista lo identific con el de Carenas. Las Casas cuenta, del puerto de Carenas, hoy La Habana: este puerto es muy bueno y donde pueden caber muchas naos, en el cual yo estuve de los primeros, despus deste descubrimiento, refirindose al de Ocampo. Respecto al origen de la palabra Habana, son muy diversas las opiniones existentes. Jos Miguel Macas seala que el trmino Habana ha tenido variedades: Abana, Abanatan y por corruptela Abanatam; y a stos pueden agregrsele Haban y Savana, que trae Juan Ignacio de Arma s, y el que seala Antonio Bachiller y Morales, Hauenne como si dijera Havenne, que estima errata. El fraile franciscano Manuel de la Vega la llamaba Abanatan. Para A. del Monte, Habana es trmino ciboney que equivale a pradera. Igualmente Armas la deriva de Sabana que quiere decir llanura. Mac as afirma que la expresin San Cristbal de la Habana es equivalente a San Cristbal de Sabana. Debe notarse tambin la semejanza entre el nombre del territorio, Habana, y el de su cacique, Habaguanex.

PAGE 15

Jenaro Artiles, que durante aos colabor eficazm ente en nuestra Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, dice en su folleto La Habana de Velzquez que cuando Coln emprendi su marcha del Oriente al Occidente de Cuba, oy hablar de una rica y muy poblada regin occidental que los indios llamaban Haba, Fava o Saba, nombre al que, segn el propio Artiles, pudo agregarse luego el sufijo na, que aparece con frecuencia en otras palabras de indiscutible ascendencia india. En cuanto a la etimologa de la voz Habana, recoge el doctor Juan Miguel Dihigo, ex-profesor de Lingstica y Filologa de la Universidad de La Ha bana, la opinin de Macas acerca de la existencia, en las costas septentrionales de Europa de un puerto con el nombre de Havanna-e y ser muy probable que su apelativo equivaliera a puerto; y la del gran lingista americano Whitney, que indica que el nombre completo de la ciudad es San Cristbal de La Habana y despus hace referencia a la voz haven, puerto, fondeadero, abra, y seala con toda amplitud las relaciones de esta voz con anlogas en las lenguas indoeuropeas. Como consecuencia de todo lo anteriormente expuesto y del criterio mantenido por los historiadores mencionados, el doctor Dihigo opina que debe, siempre que se refiere uno a esta ciudad, decir La Habana. Sobre la ortografa de la palabra Habana, no obstante la opinin en contra de Bachiller y Morales, hemos podido comprobar que Bartolom de las Casas, el conquistador espaol ms identificado con los aborgenes cubanos, escribi con v esa palabra, segn aparece en la edicin de 1552 de su Breussima relacin de la destruycin de las Indias, y de idntica manera se encuentra escrita en los ms antiguos documentos reales y Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. No es sino a principios del siglo XIX que comienza a escribirse oficialm ente en Espaa y en Cuba, esta palabra con b, y desde 1821 en adelante encontramos ya, en las Actas Capitulares, escrito siempre Habana.

PAGE 17

4 LOS CONQUISTADORES Tres son los hombres que ms destacadamente figu ran en la historia de los primeros das coloniales de La Habana: Sebastin de Ocampo, quien antes que otro espaol conocido positivamente visita su puerto, por l denominado de Carenas; Pnfilo de Narvez, conqui stador del cacicazgo indio de La Habana; y Diego de Velzquez, que ordena la fundacin de la villa en la costa Sur. Pero de ninguno de esos hombres puede sentirse orgullosa La Habana, ni enaltecer su memoria, ni presentar sus hazaas como ejempl os y enseanzas acreedores al respeto y al amor, ni a la imitacin, de propios y extraos. Muy por el contrario, los no mbres de Ocampo, Narvez y Velzquez han de ser perennemente execrados por los habaneros, pues, an juzgndolos dentro de su poca, el primero es un vulgar delincuente, que para eludir la prisin se transforma en audaz aventurero; y los dos ltimos se encuentran infamados, aparte de otros vicios capitales, por la cr ueldad ms aguda, continuada e injustificable, que no calificamos tambin de salvaje, porque fueron precisamente los salvajes indocubanos las vctimas infelices de estos civilizados conquistadores. De acuerdo con los datos que ofrecen Las Casas, Herrera y otros historiadores de Indias, Sebastin de Ocampo era un hidalgo gallego, criado de la Reina doa Isabel, que form parte de la tripulacin del Almirante en su segundo viaje, sin que se di stinguiera por hazaa alguna digna de mencin, como se desprende del silencio que sobre l mantiene Coln en el relato que de ese viaje hizo a los Reyes. Aos despus, y ya en Espaa, fue condenado a muerte por el asesinato de un vecino de Jerez, llamado Juan Velzquez; pero pudo escapar de la ju sticia y merecer el perdn real, conmutndosele en 1501 la ltima pena por la de destierro perpetuo en La Espaola. Ignrase si fue indultado nuevamente antes de confiarle Ovando el bojeo de Cuba, o si se le confi con el propsito de que, a cambio de ese sealado servicio a la Corona, conquistase de nuevo el favor real. En cuanto a Pnfilo de Narvez, muchas son la s referencias a su contumaz crueldad que hace Bartolom de las Casas, compaero suyo, aunque no co n agrado, en la expedicin colonizadora. Narvez, segn Las Casas, nos aparece convertido en el terror de los indocubanos. Partieron de Baracoa con unos veinticinco o treinta hombres. Narv ez iba en una yegua que produca el espanto de los indios. Despus de recorrer algunos pueblos, llegaron a Camagey, y de ah pasaron a Caonao, donde ocurri la terrible matanza a que ya hemos hecho referencia. Cuenta Las Casas que cuando ms pacficos estaban los indios en este lugar repartiendo comida a los espaoles, uno de stos sac su espada y despus todos ciento, acuchillando a hombres y mujeres, nios y viejos, que estaban sentados descuidados mirando las lleguas y los espaoles, pasmados, y dentro de dos credos no qued hombre vivo de cuantos all estaban. Lo mismo hicieron con los indios que se hallaban en sus moradas, y cinco espaoles que se encontraban con Las Casas quisieron aun matar a los 40 indios que los acompaaban, pues como oyeron los golpes de las espadas y que mataban, sin ver nada, porque haba ciertas casas delante, echan mano a las espadas y van a matar los 40 indios, que de sus cargas y hatos venan molidos y descansaban, para les pagar el corretaje. Las Casas pudo impedirlo, pero no as que los espaoles rematasen a los heridos, y fuesen a buscar a los que pudieron huir, para matarlos tambin. Ante esta horrible carnicera, el descuidado Narvez estaba siempre viendo hace r la matanza, sin decir, ni hacer, ni moverse mas que si fuera un mrmol, porque si l quis iera, estando a caballo, y una lanza en las manos como estaba, pudiera estorbar los espa oles que diez personas no mataran.

PAGE 18

Y aun aquellos a quienes Las Casas salvaba moment neamente la vida, eran asesinados cuando l se iba a socorrer a otros grupos de indios. All vide —termina Las Casas, en su obra Brevsima relacin de la destruccin de las Indias — tan grandes crueldades que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver. Tambin sabemos, siguiendo el relato de Las Ca sas, la resolucin que Narvez tom cuando, ya en la provincia de La Habana, se le presentaron, ofrendndole presentes de comida, dieciocho o diecinueve caciques que haban acudido al llamamiento del clrigo, y Narvez, despus de prenderlos con cadena, trat de quemarlos vivos, no logrndolo por la enrgica intervencin de Las Casas. En el territorio de Bayamo, con el pretexto de que los indios se proponan sorprender de noche a los espaoles, hizo matar a ms de cien aborgenes. Las Casas, comentando estas crueldades de Narvez y especialmente la del Caonao, dice que por toda la provincia no qued mamante ni piante que, dejando su pueblo, no se fuese huyendo a la mar, y a meterse en las isletas de la costa Sur. No creemos sean necesarias otras pinceladas que stas de Las Casas y de Bernal Daz del Castillo para que aparezca, en toda su odiosa y repu gnante inhumanidad, el retrato fsico y moral del conquistador del territorio indio de La Habana. De Diego Velzquez, bien gordo y pesado —dice Bernal Daz del Castillo en su obra La conquista de Nueva Espaa —, bastara sealar, para el enjuiciamiento de su gobierno en Cuba, cmo a pesar de conocer perfectamente la crueldad de Pnfilo de Narvez para con los in dios, segn ya vimos, lo mantuvo inalterablemente como su segundo en la Is la, sin castigarlo ni destituirlo, sino otorgndole en todo momento su confianza y su apoyo, al extremo de que en 1516 le encarg la defensa de sus intereses ante la Corona, y en 1520 lo nombr capitn general de la armada que envi a Mxico para combatir a Hernn Corts y hacerlo prisionero junto con su s capitanes y soldados, o al menos no quedsemos algunos con las vidas. Pero adems de esa complicidad en las crueldades de Narvez, Velzquez era, personalmente, un hombre cruel, que al llegar a Cuba, a fines de 1511, ya haba tenido amplia oportunidad de desarrollar sus perversos instintos en la isla de La Espaola. Compaero de Coln en el segundo viaje de ste a las Indias, se estableci en Santo Domingo, afincndose all hasta llegar a ser el ms rico propietario y uno de los principales jefes de La Espaola. A las rdenes del gobernador de dicha Isla, el no menos cruel Nicols de Ovando, tom parte Velzquez en la matanza de indios ordenada por aqul en la provincia de Xaragua, donde, segn Lpez de Gomara, fueron quemados cuarenta indios princi pales y ahorcados el cacique Guarocuya y su ta Anacaona, mujer que fue de Caonab. Por sus servicios en esta accin pacificadora, Velzquez fue nombrado Teniente Gobernador, avecinndose, despus, en aquella provincia. Otras muchas de las crueldades cometidas por Velzquez con los indios de La Espaola, quedan referidas en las obras de Las Casas, Historia de las Indias y Brevsima Relacin de la Destruccin de las Indias. En la primera, da Las Casas como razn primordi al de que fuera enviado Velzquez a conquistar la isla de Cuba, precisamente la experiencia que ya tena acreditada en La Espaola como exterminador de los aborgenes: En este ao de 1511 determin el Almirante D. Diego Coln, que estas islas y tierras gobernaba, de enviar a poblar la isla de Cuba y como Di ego Velzquez... el Come ndador Mayor, le haba hecho su Capitn, en las crueldades que se hicieron en las provincias de Xaragua y las por all comarcanas, y despus su Teniente de cinco villa s de espaoles que por ellas se poblaron; este Diego Velzquez, digo, como fuese el ms rico y muy estimado entre los antiguos desta isla... puso los ojos en l, y acord enviallo a que poblase la dicha isla de Cuba, porque, en la verdad, ningn otro en esta isla se hallara... que en poblar, o por, con muy mayor verdad decir, despoblar, y destruir estas tierras de que se us aba y acostumbraba, que tuviese tales ni tantas partes. Una era ser ms rico que ninguno otro, ot ro era que tena mucha experiencia en derramar o ayudar a derramar sangre destas gentes malaventuradas. Tambin relata Las Casas minuciosamente muchas de las crueldades que sufrieron los indios cubanos durante el gobierno de Velzquez. Est fuera del alcance y propsito de este trabajo seguir paso a paso todos los horripilantes atropellos que se cometieron en nuestra isla en aquella poca, y de los que es responsable, por instigacin o por tolerancia, Velzquez. Pero no podemos olvidar en esta relacin suscinta de atrocidades, el suplicio dispuesto por Velzquez al heroico cacique Hatuey, quemado vivo por defender su libertad y su raza; a cuyos feroces ve rdugos anatematiz el propio indio mrtir con magnficas palabras que ha recogido Las Casas, pronunciadas cuando rechaz los auxilios religiosos que le ofrecan los clrigos copartcipes de las atrocidades de Velzquez y sus gentes, pues no quera ir al

PAGE 19

cielo, —dijo— si all iban cristianos sino al infierno por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente, an habindosele dicho por los espaoles que en el infierno se padecan perpetuos tormentos y penas. Velzquez, violando las Ordenanzas de Indias, dio licencias repetidas para formar expediciones clandestinas para traer esclavos so color de ser carib es, expediciones en que iban a la parte el propio gobernador y los nuevos oidores. De las Lucayas, las Guanajas y otras islas se importaron indios esclavos a Cuba, los que sustituyeron a los indocuban os a medida que stos se iban extinguiendo, para morir, tambin, debido a idntico maltrato por parte de los colonos espaoles de Cuba. As, comenta Las Casas, en su Brevsima relacin..., Velzquez y su gente assolaron y despoblaron toda aquella ysla, la q. vimos agora poco ha y es una gran lstima y compassin verla yermada y hecha toda una soledad. Por estas poderosas razones es por lo que los cubanos han procedido dignamente no dando el nombre del fundador de las siete primeras villas espaolas de la Isla a ninguna ciudad ni pueblo, ni le han erigido monumento alguno. Pero este acto de justicia realizado por los cubanos con Velzquez no estar equitativamente completo mientras no honremos, en los caciques Hatuey y Guam, a las razas indias de Cuba, a nuestros aborgenes, verdaderos protomrtires, como ya hemos dicho, de las libertades cubanas, y desgraciadas vctimas, unos, de la crueldad de Velzquez, Narvez y los dems conquistadores y primeros colonizadores de la Isla; y heroicos defensores, los otros, del derecho que todo hombre tiene a la tierra en que se nace, se vive y se trabaja.

PAGE 20

Un esclavo fugitivo atacado por los perros bravos.

PAGE 21

5 EL SISTEMA DE COLONIZACI"N: SERVIDUMBRE DE LOS INDIOS Y ESCLAVITUD DE LOS AFRICANOS Desde los primeros das de la co lonia los conquistadores sintieron la necesidad de buscar quienes trabajaran por ellos. Prohibida la inmigracin extranje ra y limitada la espaola a los naturales de Castilla y de Len, echaron mano de los indios. El publicista espaol Rafael Altamira dice que la costumbre jurdica seguida en las conquistas de territorios no europeos, sancionada por la doctrina comn a todos los jurisconsultos de la poca, era de reducir a esclavitud a las poblaciones tenidas por brbaras o, cuando menos, utilizarlas en relacin semiservil. Y letra muerta fueron las disposiciones reales en favor de la libertad y del buen trato de los indgenas, convertidos de hecho, segn hemos indicado, hasta casi su total extincin, en verdaderos y desgraciados esclavos de los colonos. Diego Velzquez, el conquistador de Cuba, se acogi en esta isla a lo practicado en La Espaola por el gobernador Francisco de Bobadilla, quien, seg n Altamira, reparti en positiva calidad de siervos a los indios de la Isla entre los colonos espaoles, sujetndolos a las labores del campo y de las minas; y en 1513 realiz el primer repartimiento de indios, sancionado por Real Cdula de 8 de mayo, en la que se le haca merced del cargo de repartidor. De lo que fueron los repartimientos o encomiendas de indios, en cuanto a abusos y explotaciones de todas clases, puede enterarse el lector en cualquier historia imparcial de la conquista y colonizacin americana. A los pr opsitos del presente tr abajo slo necesitamos puntualizar que la forma temporal de aqullos contribuy al rpido exterminio de los indios, ya que stos nunca tuvieron para el encomende ro el carcter de esclavos en propiedad absoluta, vendibles y trasmisibles a su conveniencia, gus to y capricho, segn lo fueron lo s negros africanos, sino que el encomendero vivi siempre bajo el temor de que le fuese retirada la encomienda. No le importaba, por lo tanto, como al negrero, conservar la vida de su siervo, ya que ni el indio le haba costado dinero al adquirirlo, ni lo consideraba propiedad merecedor a de cuidado y conservaci n. Se dedic, pues, a explotarlo sin lmites. Sacrificados al trabajo rudsimo perecieron centenares de aborgen es, poblados enteros; otros, por sustraerse a este cruelsimo trato, como ya hemos di cho, apelaron al suicidio individual o colectivo; y muchos se internaron en la manigua o en el monte. A stos los persiguieron con saa los espaoles, atacndolos impunemente con sus ba llestas y arcabuces, o cazndolos c on perros bravos amaestrados al efecto. De nada valieron ni los sermones de Fray Anto nio de Montesinos, primero, ni despus las continuadas, generosas y nobles campaas de Fray Bartolom de las Casas impetrando clemencia y buen trato para los indios; ni las reiteradas disposiciones reales encaminadas a estos fines; ni aun la resistencia y rebelin de muchos ncleos de indios. El maltrato continu; y hasta aument, ante la posibilidad de que las encomiendas desapareciesen; y las piedras y flechas que como nicos instrumentos blicos de ataque y defensa usaban los indios, resultaban prcticamente intiles contra las armas poderosas —ballestas y arcabuces, ya mencionados— y los perros de los espao les. A la fuerza abrumadora se sum el engao, para capturar a algunos de los jefes mximos de la rebelin, luego asesinados por los hombres de Velzquez y Narvez. As murieron, peleando por su libertad y defendi endo su tierra —protomrtires de la rebelda criolla contra la explotacin colonial— Hatuey, Guam y otros caciques indios. Al fin, y demasiado tarde ya, el emperador de Alemania y rey de Espaa Carlos V promulg en Madrid, con fecha 2 de agosto de 1530, una ley o provisin, encaminada a po ner coto al cautiverio y explotacin que sufran los indios; pero esta ley, que llevaba un sello de provisionalidad, fue cumplida tarda y remisamente, y se buscaron siempre subterfugi os para eludirla. En Cuba no se hizo efectiva —por lo menos general y pblicamente— hasta 1552. Se busc entonces en La Habana un lugar donde reunir a los indios que andaban derramados y vagabundos por la villa, y se eligi a Guanabacoa, trmino e jurisdiccin de la villa de la Habana, si

PAGE 22

bien hubo muchos establecidos en el barrio llamado de Campeche —mexicanos stos en su totalidad— y en El Uyan (hoy Luyan), concedindoles el Cabildo merced de tierras para sus viviendas y cultivos. De las penas, siempre ms duras o humillantes, que se imponan a los indios por infracciones a las ordenanzas municipales, se deduce que, aunque liberados, no se les consideraba iguales a los conquistadores y colonizadores espaoles sino que ocupaban un lugar intermedio entre stos y los heridos que murieron despus. En cuanto al trabajo, no obstante su libertad, los indios eran obligados a realizar algunas labores en beneficio de la Villa, aunque fuesen prestadas sirviendo a particulares, si bien con carcter remunerativo, pues en cabildo de 5 de julio de 1555 Alonso Snchez del Corral se ofrece a traer y pesar en la carnicera de la villa, al precio vigente entonces, trescientas reses vacunas, con la condicin de que le den abierto determinado camino, e que le den Yndios para que muestren el camino ayuden a traello, comprometindose si se los dan que l les pagar su trabajo. De los indios se ech mano, igualmente, para la defensa de la Villa contra el asalto del pirata francs Jacques de Sores en julio de 1555; y cuar enta de ellos, recogidos en Guanabacoa por el gobernador Angulo, formaron parte de la fuerza irregular con que ste pretendi sorprender a los piratas que se haban posesionado de la Villa. Cuatro indi os fueron muertos por los franceses y los dems se dispersaron, segn Mazariegos, aunque el Cabildo af irma que las prdidas ascendieron a hasta veinte indios y negros en el primer encuentro, y ms tarde, cuarenta y cinco entre espaoles, indios, negros y mestizos, ms los africanos. No queremos terminar estas lneas sin hacer mencin de un elocuentsimo, testimonio que aparece en las Actas Capitulares sobre el carcter, naturalmente pacfico, bondadoso y noble de los indocubanos, puesto de manifiesto, precisamente con los primitivos conquistadores y colonizadores de la Isla, que tan crueles fueron con los aborgenes. Y para hacer resaltar an ms ese natural bondadoso de los indocubanos, traemos el juicio que a Fray Bartolom de las Casas merecen los conquistad ores, sus compatriotas, juicio que emite en su Historia de las Indias cuando trata de explicarse l mismo la s causas que provocaron la injustificada y horrible matanza llevada a cabo por la gente de Na rvez en el pueblo indio de Caonao. Despus de dar como cifra aproximada de indios asesinados all, la de dos mil, declara lo siguiente: La causa no fue otra sino su costumbre {de los castellanos}, que siempre tuvieron en esta isla Espaola, y pasaron a la de Cuba para ejercita rla, de no se hallar sin derramar sangre humana, porque sin duda eran regidos y guiados siempre por el diablo. Muy por el contrario, es necesario convenir que estos mismos maltratos indios eran sin duda, parafraseando a Las Casas, regidos y guiados siempre por Dios —por su Dios, desde luego—, pues lejos de tomar venganza contra sus inhuma nos exterminadores, stos encontra ron en los indios el auxilio y amparo, en sus contratiempos y necesidades, que no pudieron hallar en sus propios compatriotas. Quien as lo declara, y nada menos que en un documento oficial dirigido al Gobernador de Cuba, es el Rey, quien en Cdula que aparece transcrita en el acta capitu lar de 6 de abril de 1560 y firma, en Valladolid, en 17 de marzo de 1559 la Princesa Gobernadora de Espaa, en nombre de S.M., pide al Gobernador de Cuba d proteccin a cuatro o cinco personas de los primeros conquistadores pobladores de esta isla que son tan pobres que ninguna cosa tienen y tan viejos y enfermos que no lo pueden ganar. Y agrega que moriran de hambre si los indios de esa tierra no los sustentasen por amor de Dios porque los espaoles que en ella residen no lo tenan para s los ms de ellos. Aunque el mismo Fray Bartolom de Las Casas se juzg, en su Historia de las Indias, culpable de la introduccin de esclavos africanos en el Nuevo Mundo, ya Jos Antonio Saco en su Historia de la esclavitud de la raza afri cana en el Nuevo Mundo, con los documentos que tuvo a su alcance, exculp a Las Casas, demostrando que no fue ste, aunque l mismo as lo creyera, el introductor de esclavos negros en tierras de Amrica. Y Jos Mara Chacn y Calvo, en su Cedulario Cubano, ha probado documentalmente la existencia, ya en 1503, de negros esclavos en el Nuevo Mundo, ofreciendo copia fotogrfica de la Real Cdula a Fr. Nicols de Ovando, fechada en Zaragoza, el 29 de marzo de 1503, en la cual se dice: 12—en quanto a lo de los negros esclavos que dezis que no se enbien alla porque los que alla auia se han huydo en esto nos mandaremos se faga como lo dezis. Agrega Chacn y Calvo que hay tambin constancia oficial de que ya en 1510 se practicaba y se recomendaba de una manera clara y terminante, la sustitucin de los indios por esclavos africanos, fundndose en la superioridad fsica de estos ltimos. El documento en que se basa Chacn y Calvo para hacer esta afirmacin es la Real Provisin a los Oficiales de Sevilla sobre el envo de esclavos negros a Amrica, de fecha 22 de enero de 1510, citada por Saco en su referida obra, y que Chacn publica por vez primera y reproduce fotogrficamente, tambin, en su Cedulario:

PAGE 23

. .y porque agora me an escrito nuestros oficiales que all rresiden que en las dichas minas se an comenzado a fallar buena quantidad de oro gracias a nuestro Seor y que los dichos quincuenta esclavos son all muy necesarios para ronper la s peas donde el dicho oro se alla porque los yndios diz que son muy flacos e de poca fuerza por ende yo vos mando que luego pongays toda la diligencia en buscar los dichos quincuenta esclavos que sean los mayores y mas rrecios que podierdes aver y los enbieys a la dicha ysla Espaola A esta flaqueza y poca fuerza de los indios, por una parte, y a la inseguridad que a los espaoles ofreca la concesin de encomiendas, por otra, as como a las campaas de Las Casas en favor de la libertad de los indios, y a la rpida extincin de stos por el trato cruel y abusivo y la ruda explotacin de que fueron vctimas, se debi el incremento que bien pronto alcanzaron en el Nuevo Mundo la trata y la esclavitud de los negros, que ya existan, desde aos atrs, en Espaa. Y los colonizadores espaoles tuvieron desde entonces otros pobres seres, no considerados como humanos, que trabajaron por ellos y para ellos. Pero, adems de esta necesidad para el trabajo, tambin se estimul la importacin de africanos porque era ese comercio de esclavos uno de los m s lucrativos negocios que en aquellos tiempos se realizaba en el Nuevo Mundo, y una no despreciable fuente de ingresos para las Arcas Reales. Ya desde 1518 existan esclavos africanos en Cuba, segn refiere Saco, introducidos por algunos vecinos de Santiago de Cuba, que lograron licencias para importarlos en esa fecha, o trados con anterioridad. Y en 1518, tambin, al partir Corts para la conquista de Mxico, llev algunos negros de esta isla. Fernando Ortiz, en su obra Los negros esclavos, recoge estas noticias y otras ms sobre los inicios de la introduccin de esclavos africanos en es ta isla. As, Labra refiere que en 1523 fueron trados de Santo Domingo 300 esclavos; en 1526 dos genoveses importaron de Cabo Verde, 145, con licencia nicamente para 80, lo que origin escandalosa contro versia entre los tratante s, el Ayuntamiento de Santiago y la Iglesia, a cuyo asilo se ampararon los negros, y cuyo asilo fue violado; en 1527 dio el Rey la orden de llevar a Cuba 1000 esclavos; en 1534, segn carta de Gonzalo de Guzmn, gobernador de Santiago de Cuba, al Emperador, ya existan en Cuba unos 1000 negros. Pero, como dice Ortiz, la esclavitud negra no fue en Cuba tan extensa en los primeros aos de la conquista como en otros pases americanos. La ma yor parte de las licencias reales que se daban, eran para la introduccin de esclavos domsticos, en pequeas cantidades. Ortiz encuentra las causas de esta lentitud en la introduccin de esclavos africanos en Cuba, en la competencia de los intereses de la Isla Espaola, la cual, aun siendo de menor extensin y de posicin geogrfica menos trascendente, fue obje to de ms cuidada colonizacin, sin duda por los mayores intereses all creados a raz del descubrimiento; y adems porque antes de sentirse en Cuba la necesidad econmica de las colonias agrarias, se pas por una poca de colonizacin minera a la cu al sucumbieron preferen temente los indgenas. Fue necesario que la industria azucarera arraigase en Cuba, y que creciese el cultivo del caf y el tabaco, para que la forzosa demanda de brazos dies e incremento a la intro duccin de los esclavos africanos. Cuando el asalto de La Habana por Jacques de Sores en 1555, negros y negras toman parte importante en la defensa de la poblacin, ya pelean do junto a Lobera en La Fuerza, ya acompaando al gobernador Prez de Angulo en el desgraciado ataq ue nocturno que ste llev a cabo contra Sores. No es posible precisar el nmero de esclavos exis tentes en La Habana durante esta poca. En cabildo de 8 de marzo de 1553, al h acerse un repartimiento de esclavos para trabajos de defensa de la Villa, aparece que de los vecinos haba 38 que ten an esclavos. Pero podemos ofrecer un clculo aproximado, basndonos en las cifras que da el Cabildo de la Villa en las Relaciones enviadas a la Corona en 1555, refirindole los detalles del asalto y toma de La Habana por el pirata francs Jacques de Sores, de las que aparece que despus de refugiarse Prez de Angulo en el pueblo indio de Guanabacoa, logr reunir, desde el jueves 11 de julio al sbado 13, 2 20 negros; aunque el gobern ador Diego Mazariegos slo dice que eran ms de cien, sin que se es pecifique ni en una ni en otra de dicha Relaciones si eran negros esclavos y horros, o solamente de los primeros. En cuanto a los negros horros, de los que en cabildo de 8 de febrero de 1556 se dice que se han libertado de poco tiempo a esta parte, la histor iadora norteamericana Irene A. Wright, basndose en documentos del Archivo de Indias, afirma que eran ellos una proporcin tan considerable de la poblacin total de la Villa, que la Corona fu advertida varias veces de que los cuarenta que en La Habana antes de 1568 haban comprado la libertad (con lo que habrn hurtado a sus amos) constituan una molestia (sern ocasin de muchos males e inconvenientes) y que deban ser, por consiguiente, deportados a la Florida. Indica la referida historiadora que uno de los argumentos de mayor peso para

PAGE 24

que fueran trasladados, fu el de que las chozas que vivan, a causa de sus materiales se quemaban fcilmente. Estos negros horros eran, en la inmensa mayora de los casos, los que haban pertenecido a amos pobres que, por no tener cmo albergarlos ni alimentarlos, los dejaban residir en bohos fuera de la casa del dueo y los alquilaban a terceros: este sistema permita al esclavo ganar ms de lo estipulado para el dueo, y guardar algo para s, con lo que al fin compraba su libertad. Al fin, no fueron trasladados los negros libres fuera de la Isla, sino a un barrio entonces extremo de la Ciudad, donde se encuentra la actual Plaza del Cristo. A lo largo de las Actas Capitulares se observa la severidad, que muchas veces llega a ser cruel, de las penas que se imponan a los negros esclavos y aun a los libres u horros como castigo por los delitos ms leves. Y tambin queda constancia, en esas mismas Actas Capitulares del Municipio Habanero, de cmo con el trfico de negros lucraban en esta capital capitanes generales, ttulos de nobleza, militares, altos dignatarios del Gobierno y frailes y curas, unas veces en forma legal, mediante la concesin de contratos y privilegios, o como er an corrientemente llamados, de asientos; y otras, luego, de trata libre, y siempre, en la forma ms riesgosa, pero ms productiva, del contrabando. La esclavitud y la trata constituyeron durante siglos las bases fundamentales del rgimen de colonizacin espaol en Cuba. Por lo tanto, era apoy ada por todo el elemento oficial y por todas las oligarquas dominantes de la socied ad colonial, que slo discutan s obre las ventajas o desventajas que para cada una representaban las formas de la trata. As vemos que el sistema de los asientos lleg a constituir un verdadero monopolio, —uno ms de los que Espaa impona a sus colonias; que la libertad comercial iniciada con la toma de La Habana por los ingleses aument notablemente la trata, es decir, la introduccin de esclavos africanos en Cuba; que, devuelta al dominio espaol, se robusteci la protesta contra el monopolio negrero, hasta que el afamado economista, publicista y hombre pblico habanero Francisco Arango y Parreo, procurador del Ayuntamiento de La Habana ante la Corte de Madrid, logr, en 1789, la promulgacin de una Real Cdula que permita, con slo fciles requisitos, la libre introduccin de esclavos. Por su parte, los hacenda dos, casi todos cubanos, procuraban y obtenan, medidas favorables al incremento de la poblacin africana ya asentada en Cuba, a fin de librarse en algo de las exacciones de los tratantes negreros, casi siempr e espaoles o extranjeros. Pero unos y otros vivan y lucraban de la crudelsima sujecin y explotacin impuesta al hombre negro. Por eso, hay otra nota sombra, en la historia de La Habana, que atae a esta nefanda institucin. Cuando en las Cortes de 1811 un diputado mexicano, Guridi, pidi el cese de la esclavitud en los dominios espaoles, y el poltico de la Pennsula al que llamaron el divino Argelles lo apoy con todo el peso de su elocuencia, fue el primer diputado de La Habana, Andrs de Jaregui, quien se opuso, y logr aplazar la discusin..., que ap lazada qued para siempre. Pero la sola noticia del comienzo del debate provoc el pnico entre las clases ricas de Cuba; los hacendados y los ricos propietarios acudieron ante el gobernador, Marqus de Someruelos, y obtuvieron de l que formulase una protesta oficial ante el monarca espaol. Pero, no contentos con esto, hicieron que el organismo de mayor importancia en la vida oficial de la colonia—, que era el Ayuntamiento de La Habana, enviara al Gobierno Central, con fecha 20 de julio de 1811, una representacin redactada por el mismo Arango y Parreo, en contra de todo intento de abolicin de la esclavitud, por considerarse que tal medida sera ruinosa para el pas. Esta representacin, que circul profusamente entre todos los altos funcionarios y polticos espaoles, di el golpe mortal a aquel generoso empeo, y ha quedado como el ms negro borrn en las Actas Capitulares del Ayuntamiento habanero. Dados estos antecedentes, claro es que Espaa nada hizo nunca por acabar con esa vergenza colonial, ni era posible que acometiera la abolicin de la esclavitud y de la trata, ya que, como dijimos, una y otra instituciones constituan las bases fundamentales de su rgimen de colonizacin en el Nuevo Mundo. Fueron los cubanos revolucionarios los que forzaron a la Metrpoli a dar los pasos iniciales para la total extincin de tan nefandas instituciones. En efecto, cbele a la revolucin emancipadora cubana la gloria de que uno de los primeros actos que realizara, el mismo da —10 de octubre de 1868— que en los campos de La Demajagua proclam por boca de Carlos Manuel de Cspedes el propsito de lograr la separacin de la Metrpoli, fuera el proclamar tambin el que habra de ser Padre de la Patria, con palabras ratificadas inmediatamente con hechos, la libertad de sus esclavos negros. Y el Ayuntamiento libre de Bayamo, la primera ciudad tomada aquel mismo ao por las fuerzas revolucionarias, apenas se constituy con los nuevos regidores cubanos libertadore s, propugn la abolicin total de la esclavitud. Ese mismo espritu informa el decreto que Cspedes hizo pblico el 27 de diciembre de aquel mismo ao. Al terminar la Guerra, los revolucionarios cubanos llevaron al Pacto del Zanjn los ideales antiesclavistas contenidos en el acuerdo del Ayuntamien to Libre de Bayamo, ya citado, y en el artculo 24 de la Constitucin de Guimaro, logrando con ello, batir primero, y derribar, poco despus,

PAGE 25

definitivamente, tanto la esclavitud y trata negras, como la no menos odiosa esclavitud china, disfrazada hipcritamente bajo la designacin de contratacin de colonos asiticos. El artculo del Pacto en que quedaron establecidos esos ideales revolucionarios cubanos fu el tercero, por el que Espaa, al comprometerse a dar libertad a lo s colonos asiticos y esclavos que se hallen hoy en las filas insurrectas, en momentos en que an la esclavitud era una sagrada e invulnerable institucin, se ataba irremediablemente al compromiso de abolir por completo la esclavitud, ya que era un contrasentido que gozaran de libertad los negros rebeldes y continuaran es clavos los negros leales a Espaa. Y Espaa, el 13 de febrero de 1880, tuvo que decretar la ley que abola por completo la esclavitud en la isla de Cuba. Por lo humana, justa y civilizada, puede considerarse sta la ms brillante y gloriosa conquista y el ms beneficioso resultado que a Cuba produjo la Guerra de los Diez Aos.

PAGE 26

Fray Bartolom de las Casas, el Apstol de los Indios.

PAGE 27

6 EL AP"STOL DE LOS INDIOS Frente a los nombres execrables de Ocampo, Narv ez y Velzquez, se alza en la historia de la conquista y colonizacin espaolas de La Habana y de Cuba, el nombre, limpio de toda mcula, de Fray Bartolom de las Casas, el austero, valiente, incansable y humansimo defensor de los indios y anatematizador de los atropellos, explotacin y crueldades que stos sufrieron de los conquistadores castellanos. No fu Las Casas el primero que en tierras del Nuevo Mundo levant su palabra admonitoria contra la sujecin de los indios a la esclavitud, ni tampoco sinti desde los comienzos de su estancia en La Espaola y en Cuba la ignominia que representaba el sistema de las encomiendas y de la pacificacin mediante la fuerza bruta y el exterm inio; pero ello no empaa en lo ms mnimo la pureza y la gloria inmarcesibles que conquist como Apstol de los Indios. A Fray Antonio de Montesinos corresponde la primaca de la protesta contra el rgimen seguido por sus compatriotas en la conquis ta y colonizacin americanas: el do mingo anterior a la Natividad de 1511 pronunci Montesinos en Santo Domingo su primer sermn en defensa de los indios, proclamando entonces que l era una voz que clama en medio de l salvajismo. Y esa voz fl agel el rostro de los colonos con estas palabras: Con qu derecho y con qu justicia mantenis a es os indios en tal cruel y horrible esclavitud? Con qu autoridad habis llevado la guerra contra esos pueblos que vivan sosegadamente en el propio suelo? Acaso no son hombres? No tie nen acaso una mente que razona? No estis acaso obligados a amarlos como a vosotros mismos? N o lo entendis? No lo sents en vuestros corazones? Tuvo Montesinos durante algn tiempo el apoyo de sus hermanos dominicos; pero stos, al ao siguiente, le abandonaron, habiendo ordenado el 16 de marzo de 1512 el Provincial de la Orden al Vicario general de las Indias: yo vos ruego, encargo y mando que lo pasado se remedie todo lo posible y no consintays mas predicar tal materia en tal manera con escndalo con lo cual hareys lo que soys obligado como buen religioso y buen prelado y hijo de obediencia. Hasta pasados tres aos no aparece Las Casas a recoger la bandera enarbolada en Santo Domingo por Montesinos; pero desde entonces la tr emolar, enhiesta siempre, en perenne actitud de rebelda, de protesta y de defensa, hasta el mismo ao de su muerte. Antes de aquella primera fecha, Las Casas se haba limitado a protestar personalmente ante Narvez de las matanzas realizadas en Caonao y otros lugares de Cuba y, a impedir los asesinatos que reiteradamente aqul proyect ejecutar en las personas de varios caciques, salvndoles la vida as como a otros muchos aborgenes, sin que pareciera juzgar esos hechos como sntomas reveladores de todo un sistema de conquista, sino ms bien como accidentes fortuitos, hijos de la crueldad individual de algunos de los conquistadores. As, no tuvo inconveniente en aceptar una encomienda que en unin de su amigo Pedro de Rentera le otorg Velzquez junto al puerto de Xagua, en el pueblo de Canarreos. Pero bien pronto la verdad ilumina la mente de Las Casas. Ve que a las matanzas de Narvez y sus gentes se suma ahora la no menos inicua crueldad del trabajo de las encomiendas; que despus de sealados los lugares para dichas villas {las seis primeras fundadas por Velzquez en Cuba}, y para cada una sealados los vecinos espaoles, y repartidoles los indios de la comarca, danse priesa los espaoles a hacer sudar el agua mala a los pobres y delicados indios, haciendo las casas del pueblo y labranzas, y cada espaol que poda echarlos a la s minas, y si no en todas las otras grangeras que podan;

PAGE 28

y que cuando Velzquez envi a Narvez a pacificar la pa rte occidental de la Isla, ste lo realiza en tal forma, que no me acuerdo —dice Las Casas— con cu anto derramamiento de sangre humana se hizo aquel camino; y comprueba, por ltimo, en sus viajes por la Isla, la despoblacin grande de indios que encontr en todas partes, a consecuencia del rudo tr abajo y de las penalidades a que los sometan los espaoles y de la inhumanidad con que eran tratados. Y el da de Pentecosts de 1514, desde el plpito de la pequea iglesia de Sancti Spritus, ataca duramente las servidumbre de los indios, renuncia en Diego Velzquez el repartimiento que ste le haba dado conjuntamente con Rentera y resuelve embarcar se para Espaa, y emplear en la campaa en favor de la libertad de los indios lo poco que le quedaba y la fortuna de su amigo Rentera, que la puso a su disposicin para ese objeto, segn refiere el mismo Las Casas en su Historia General de las Indias. Al calor de las prdicas de Las Casas en tierra cubana, los dominicos reanudaron los esfuerzos iniciados por Montesinos, y nuevos frailes, procedentes de la Isla Espaola, predican juntamente con Las Casas, segn ste relata, en favor de los indios, hasta que, en septiembre de 1515, se hizo l a la mar, rumbo a Espaa, a presentar sus cargos ante el Rey. Mucho y muy apasionadamente se ha escrito so bre Las Casas. Su nombre, sus obras y sus actividades en defensa de los indios han sido tomados, no slo como fuente inapreciable y testimonio excepcional para el enjuiciamiento de la conquist a y la colonizacin espaolas en el Nuevo Mundo, sino tambin, en mltiples casos, como armas poderossimas de ataque contra Espaa por escritores hispanfobos, tanto europeos como hispanoamericanos. Su libro Brevsima Relacin de la Destruccin de las Indias alcanza numerosas ediciones en su idioma orig inal y en traducciones al francs, ingls, holands, alemn, italiano, alterndosele a veces el ttulo para hacerlo ms ofensivo contra Espaa. Esta utilizacin de las campaas y trabajos de Las Casas produjo, como era natural, la defensa, por parte de los escritores espaoles, de la empres a colonizadora realizada por sus compatriotas en Amrica; pero basando esa defensa, no en el aporte de pruebas demostrativas de que fueran inciertos los hechos relatados por Las Casas, ni en la presentacin de nuevos datos y documentos reveladores del buen trato y la humana conducta tenidos por los hombres que conquistaron y colonizaron las tierras del Nuevo Mundo, sino tan slo en el vituperio contra Las Casas, acusndosele de falsario, loco, fantico o exagerado, y tambin esgrimiendo, como defensa de los conquistadores hispanos, la excusa de no haber sido ms humanos los sistemas colo nizadores empleados, en la propia Amrica y en otras partes del mundo, por franceses, ingleses, holandeses y norteamericanos. Pero esta actitud, mantenida frente a la leyenda ne gra de la crueldad espaola en sus colonias americanas, no ha logrado destru ir los hechos y afirmaciones de Las Casas, a quien es necesario considerar, especialmente en lo que a Cuba se refiere, como el ms autorizado y veraz de los cronistas de la conquista y colonizacin, por haber sido testigo excepcional del maltrato recibido por los indocubanos en las encomiendas, de la esclavitud a que estuvieron sometidos, y de las matanzas y crueldades de todo orden que sufrieron a manos de Velzquez, Narvez y sus gentes. Y, adems, porque los relatos de Las Casas se encuentran ratificados por las declaraciones y relatos que hizo el propio Velzquez en sus cartas; por el cronista Herrera, que no rechaza sino que acoge los dichos de Las Casas, y por las reiteradas disposiciones de la Corona en favor del buen trato para con los indios. Es muy pobre defensa la del que culpa a sus acusadores de hechos anlogos a los que a l se le achacan, pues nunca puede demostrarse con ese sistema la limpieza de conducta. E1 historiador sereno e imparcial, que no va guiado en sus investigaciones y crticas por propsito partid arista alguno, recoge los hechos que cree autorizada y documentalmente probados de entre las fuentes histricas que tiene a su disposicin, dndolos a conocer sin importarle que esos hechos se registren tambin en otros pases, si es su nica intencin hacer la histor ia de determinada poca, determin ada nacin o determinados hombres. Y si en esos hechos, como ocurre en la conquista y colonizacin espaolas de Amrica, encuentra la crueldad como nota caracterstica y permanente en la co nducta de las personas que realizaron aqullas, ha de presentarla tal como es, sin que por ello puedan sentirse ofendidos nuestros contemporneos pertenecientes a esa nacin o esa raza, que no tienen por qu considerarse responsables de tales remotos acontecimientos, ni pensar que stos empaan en el pres ente, ni an en el pasado el prestigio y el honor de su patria, pues al mismo tierno en que por determinados hombres se realizaban esos hechos vituperables, existieron otros hombres, como Montesinos, Las Casas y algunos de los mismos monarcas espaoles, que salvaron, con su actitud y sus campaas nobilsimas unos, y con sus bien intencionadas disposiciones los otros, el nombre, el prestigio y el honor de su pas.

PAGE 29

Portada de la famosa de Bartolom de las Casas. Breussima relacin de la destruycin de las Indias. Si bien el propio Las Casas se acus, seg n apuntamos en captulo anterior, en su Historia de las Indias, de haber sido el culpable de la introduccin de esclavos africanos en el Nuevo Mundo, llegando a escribir: Este aviso que se diese licencia para traer esclavos negros a estas tierras di el primero el clrigo Casas, no advirtiendo la injusticia con que los portugueses los toman y hacen esclavos, el cual despus cuando cay en ello, no lo diera por todo el oro del mundo, est hoy plenamente demostrado, con abundante prueba documental, como ya tambin detallamos, que aos antes de llegar Las Casas a estas tierras de Am rica, ya desde 1503, existan en ellas negros esclavos.

PAGE 30

Pgina del libro de Las Casas sobre la destruccin de las Indias, donde comienza el captulo sobre la isla de Cuba. Y desvirtuada como est, segn demostramos en el captulo anterior, la acusacin que el propio Las Casas se hizo de haber prohijado, por defender a los indios, la introduccin en tierras de Amrica de la esclavitud africana, bien pode mos los cubanos de hoy, libres de prejuicios raciales, religiosos y patrioteros, iniciar un movimiento de opinin a fin de que le sea erigida a Bartolom de Las Casas una estatua en nuestra capital: en alguno de los tpicos rincones que an guardan algo del sabor de la antigua urbe, de la que los habaneros llamamos con cario la Habana vieja, tendr su lugar adecuado el monumento a Bartolom de las Casas, el nico de los conquistadores y colonizadores espaoles de quienes La Habana y los habaneros en particular, y Cuba y los cubanos en general, pueden sentirse orgullosos y a quien deben tributarle pblico y perenne testimonio de amor, de respeto y de admiracin.

PAGE 31

EL TEMPLETE REMEMORATIVO DEL PRIMER CABILDO Y LA PRIMERA MISA CE LEBRADOS EN LA HABANA

PAGE 32

7 FUNDACI"N DE LA HABANA SU ESTABLECIMIENTO DEFINITIVO EN EL ANTIGUO PUERTO DE CARENAS La fundacin de La Habana est sumida en profunda oscuridad. Por haber desapareado los Libros de Cabildos anteriores a 1550, y no existir, hasta hoy, documento alguno referente a la fundacin de la villa de La Habana, es imposible fijar de manera precisa el sitio en que sta fue fundada por orden de Diego Velzquez as como tampoco la fecha exacta de dicha fundacin. Todos los que hasta ahora han escrito acerca de esos acontecimientos se limitan, forzosamente, a especular sobre las noticias aisladas, vagas, confusas, y a veces contradictorias, que ofrecen los cronistas de Indias y Velzquez en algunas de sus cartas. Pero el historiador imparcial y honrado que no lleve preconcebidas intenciones de defender o combatir una tesis determinada sobre es tos asuntos, slo puede afirmar, guindose por aquellos datos, que la villa de La Habana fu fundada por los conquistadores espaoles, cumpliendo rdenes e instrucciones de Velzquez, en la costa Sur de la provincia o regin india de La Habana y trasladada posteriormente a la costa Norte; pero a un lugar distinto al de su definitiva instalacin en el puerto de Carenas. Casi todos los historiadores antiguos y contemporneos sealaban a La Habana el ltimo lugar en el orden de fundacin de las siete villas que Velzquez dej establecidas en la Isla despus de haber realizado su conquista y el sometimiento de sus abor genes, guindose para ello por el relato de Las Casas; pero existe un documento del Archivo de Indias — Relacin de cartas que los Oficiales Reales de la isla de Cuba escribieron a S.A. sobre el Gobierno de ella — de fecha 1 de agosto de 1515, que establece dudas y contradicciones sobre la veracidad de esa afirmacin, en el sentido de haber sido posiblemente Santiago la ltima villa fundada, despus que lo fue La Habana. No especifica este documento qu orden correspondi a Santiago en la serie de siete villas fundadas por Velzquez, aunque s nos ofrece una noticia que hace dudar del dicho de Las Casas y Herrera, de que fuera Santiago la penltima de las v illas fundadas, y La Habana, la ltima. Dicha noticia es la siguiente: Que en la isla ay siete iglesias, y ay necesidad de ornamentos, e suplica a V.A. se provea, por orden que se tiene en, la Espaola, en el librar las cosas... Pues bien: Si despus de fundada la villa de Santiago haba en la Isla ya siete iglesias, y cada iglesia corresponde a una de las villas fundadas, no fue, entonces, Santiago, la ltima de stas, de acuerdo con el momento en que aparece escrita y transm itida a S. A. por los Ofic iales Reales la noticia que acabamos de copiar? Si ello es as, La Habana se fund antes que Santiago. Sobre la fecha de fundacin de La Habana, el cronista Gil Gonzlez Dvila precisa la de 25 de julio de 1515, opinin que recoge y acepta el historia dor habanero Jos Martn Flix de Arrate; mas, de acuerdo con el documento citado, de los Oficiales Reales a S. A., ni Velzquez ni Narvez pudieron fundar la villa de La Habana durante el tiempo comprendido entre das antes del 18 de abril y el 1 de agosto de 1515, pues durante ese tiempo se encontraban ellos ocupados en la fundacin de Santiago, viaje a Bayamo, regreso a Santiago y redaccin de las cartas que los Oficiales Reales elevaron a S.A., y por lo tanto, era imposible que la fundasen el 25 de julio de aquel ao, fecha que se tiene y celebra oficialmente como la exacta y precisa de la fundacin de La Habana. La historiadora Irene A. Wright lleg a conclusi ones idnticas a las nues tras. Efectivamente, en su Historia documentada de San Cristbal de La Habana en el siglo XVI producto de sus estudios en el Archivo de Indias de Sevilla, da como fecha posible de la fundacin de La Habana la de 25 de julio de 1514, basndose en la mencionada comunicacin del G obernador y Oficiales Reales dirigida al Rey desde Santiago de Cuba, en 1 de agosto de 1515.

PAGE 33

Parece —dice dicha historiadora, especulando con los datos que ofrece este documento— fijar la fecha de la fundacin de Cuba en 25 de julio de 1515. Afirma que en 1 de agosto de 1515 haba siete iglesias en la Isla; se sabe que una era la de la Asuncin de Baracoa, y otra la del Bayamo, y es lgico suponer que las dems fueran las de la Trinidad, Sancti Spritus, Puerto Prncipe y La Habana, respectivamente. La sptima y ltima estara probablemente en la sptima y ltima poblacin establecida, que era Santiago de Cuba. La Habana debi haber sido fundada, con su iglesia, entre enero de 1515 y 1 de agosto de 1515. En vista del nombre que lleva es lgico suponer que fue fundada en el da de San Cristba l, que es el 25 de julio, y necesariamente del ao 1514, porque, dada la distancia que media entre La Habana y Santiago de Cuba, si hubiera sido del ao 1515, no era posible informar al Gobe rnador y Oficiales que all estaban en el breve perodo de tiempo entre 25 de julio y el 1 de agosto. Pero, en poca ms reciente, ya despus de publi cada la primera edicin de este libro, un nuevo elemento de juicio y una nueva va para la investigacin de este extremo, el de la fecha de la fundacin de La Habana, ha sido hallado en las Actas Capitulares: la s elecciones de 1 de enero de 1553, al sealar los motivos de rebelda que tiene el Cabildo contra la orden arbitraria del gobernador Prez de Angulo impidiendo la eleccin de alcaldes, se refiere a la antigedad de la co stumbre de elegirlos ... desde que esta villa est poblada a donde agora tiene su asiento y en otras partes donde primero sido poblada, que a quarenta aos poco ms o menos (Actas originales, I, fol. 72 r; Actas trasuntadas, I, fol. 66 r; Actas capitulares (impresas), I, vol. II, p. 67). En la transcripcin del siglo pasado se ley por error poblacin donde el original dice primero, con lo que se desvirtuaba el sentido de la afirma cin que hacen los capitulare s sobre la fecha de la fundacin, toda vez que, dada la lect ura incorrecta, la antigedad de cuarenta aos de que se habla pareca referirse a la costumbre general, en todas las poblaci ones pobladas, de elegir sus alcaldes, cuando lo que se afirma es que esta villa fue poblada primero (despus lo fue en otras partes) cuarenta aos antes de 1553 o sea en 1513. Si esta afirmacin es exacta, La Habana fue una de las primeras villas fundadas en la Isla, habindolo sido durante el recorrido que por todo el Occidente realizaron el P. Las Casas y Narvez (1513-1514, segn los cronistas). La incertidumbre que envuelve la frase de poco ms o menos que leemos en el acuerdo, no significa aqu incertidumbre, sino una frmula usada constantemente siempre que se citan fechas, edad, etc., cuando no se concretan en la fecha de mes y de da. Este dato, nuevo por no haber podido ser tomado en cuenta hasta ahora, puesto que la lectura incorrecta del original lo tena oculto a los investigadores, debido a no existir, entonces, como existi luego —en la persona del Dr. Jenaro Artiles, palegrafo que fue de la Oficina del Historiador de la Ciudad— tcnico capacitado para leer la escritura de l siglo XVI, merece ser utilizado para reemprender el examen de toda la cuestin y que se llegue a nuevas conclusiones so bre este extremo oscuro de la fundacin primitiva de nuestra capital. El Padre Las Casas, en su Historia de las Indias, luego de citar la fundacin de Baracoa, Bayamo, Puerto del Prncipe, Sancti Spritus y Trinidad slo declara que despus, el tiempo andando, se pobl la del puerto de Carenas, que agora se llama de la Habana. No dice que l asistiera a la fundacin de esta ltima, y de su relato no consta que estuviese presente en ese acontecimiento. Pero no por ello deja de ponderar el valor e importancia de la Habana y su puerto. Es esta villa —dice— la que ms concurso de naos y gentes cada da tiene, por venir all a juntarse o a parar y tomar puerto de las ms partes destas Indias, digo de la s partes y puertos de tierra firme, como es de Sancta Marta, Cartagena, del Nombre de Dios, de Honduras, y Trujillo y Puerto de Caballos, y Yucatn, y de la Nueva Espaa. Esto es por razn de las grandes corrientes y vientos brisas que siempre corren entre la tierra firme de Paria y t oda aquella costa y esta isla Espaola, porque acaeca estar una nao, desde Sancta Marta o Cart agena o Nombre de Dios, ocho o diez meses que no poda tomar este puerto de Santo Domingo, que no son ms de doscientas o trescientas leguas, y as hallaron ser menos trabajoso y costoso y ms breve andar ms de quinientas (y an para hasta llegar a Castilla se rodean ms de las seiscientas para las naos que salen de Sancta Marta y Cartagena); as que todas las naos se juntan o vienen a tomar puerto a la Habana de los puertos y partes dichas; relato ste que casi transcribe al pie de la letra Herrera, agregando que despus que fueron sealados por Velzquez los lugares para las villas y nombrados para cada una de los vecinos y repartidos los indios de la comarca, dironse priesa a fundar sus casas, h acer sus grangeras y sacar oro y desde all envi

PAGE 34

Diego Velzquez a Pnfilo de Narvez a pacificar la provincia de Uhima, que est al cabo mas occidental de aquella isla, que los indios llamaban de Haniguanica: y esto es cuanto sucedi en la Isla de Cuba este ao, refirindose a 1516. Pero se ve que Las Casas no se refiere ya a la primitiva villa, establecida en la costa Sur, presumiblemente junto a la desembocadura del ro Mayabeque; sta pudo muy bien ser fundada antes que Santiago, y despus: el tiempo andando, mudada al Norte, donde se asegura que su primer emplazamiento no fue siquiera en Carenas, sino a orillas del Almendares, que los primeros colonizadores llamaban de la Chorrera. El hecho es que no fue, como se ha visto, la hoy capital de la Repblica de Cuba, la primera de las poblaciones fundadas en la Isla por su primer teniente gobernador Diego Velzquez de Cullar, ni se encuentra situada, tampoco; actualmente, en el pr imitivo lugar que para erigirla escogi Velzquez. En efecto, en la fecha probable ya citada, erigi ste, con la autoridad de su alto cargo, en nombre de los Reyes de Espaa, la villa de San Cr istbal de la Habana, en la costa Sur del cacicazgo indio de La Habana, junto a la de sembocadura del ro Gines, Mayabequ e u Onicajinal. Necesidades de la navegacin hicieron que La Habana se fundara en la costa Sur, de manera que su puerto sirviera de refugio a los barcos nufragos que represaban de l Itsmo de Darin y de base de operaciones y aprovisionamiento a los navos que iban en busca de or o. Se le dio ese nombre en atencin, como indica Mis Wright, a la fecha en que tuvo lugar el aconteci miento, y tambin al nombre del Primer Almirante y a la denominacin que de los siboneyes reciba aquella comarca. Pero bien pronto pudo comprobarse que el lugar elegido era inadecuado, ya por lo bajo y malsano, ya por la existencia de plagas de hormigas y mosquitos, ya por otras causas poderosas, que hacan imposible la vida de sus habitantes, y por en de la probabilidad de que la nueva poblacin creciera y progresara; y en vista de todo ello se traslad la villa a la desembocadura del ro Casiguaguas o Almendares, y luego, o, ms bien, segn las investigaciones ms recientes, junto al lugar que en aqullos tiempos se nombraba la Chorrera, es deci r, junto a los actuales Puentes Grandes. Mas no pareciendo tampoco reunir el sitio elegido a orillas del ro las condiciones que sus moradores anhelaban para su seguridad y vida tranquila y estable, resolvi Velzquez trasladar, esta vez definitivamente, la villa de San Cristbal de La Habana al puerto de Carenas, descubierto por el capitn Sebastin de Ocampo en la expedicin que por rdenes del encomendador don Nicols de Ovando emprendi en 1508 con objeto de averiguar si Cuba era o no una isla; puerto que era conocido de Fernndez de Crdoba, Grijalva y otros marinos. Se asegura que, ya en Carenas, el primer luga r de emplazamiento fue junto a la ensenada de Guasabacoa, y el definitivo, junto a la entrada de la baha. Si es imposible, como hemos visto, precisar el sitio y fecha en que fue fundada la villa de La Habana en la costa Sur, no menores dificultades se presentan respecto al tiempo y, lugar en que se realiz su primer traslado a la costa Norte y su instalacin definitiva en el lugar que hoy ocupa. Es Bernal Daz del Castillo el cronista de Indias que ms noticias ofr ece sobre estos acontecimiento s, y en su dicho se han basado algunos historiadores para dar como fecha de la traslacin de la villa a la costa Norte el ao de 1519. Antonio de Herrera da a entender que el tr aslado se llev a cabo despus del ao 1518, pero algunos historiadores contemporneos, M. Prez Beato entre ellos, no conceden entero crdito a las fechas que ofrecen esos cronistas y sostienen que la villa no pudo trasla darse sino despus de 1519, pero encontrndose ya establecida en la costa Norte en 1521. Ignacio J. de Urrutia da por cier to, basndose en los relatos del cronista Herrera y del historiador Arrate —criterio que ha compartido ltimamente la historiadora Irene A. Wright—, que existieron, durante algn tiempo, dos poblaciones en la regin de La Habana, una en la costa Sur, a la cual llamaron especficamente San Cristbal, y la otra en la costa Norte, que denominaron Puerto de Carenas y que por las ventajas que ofreca este ltimo lugar sobre aqul, fue mudndose e incorporndose la poblacin de San Cristbal a la de Carenas, hasta desaparecer aqulla por completo. Dos motivos poderosos contribuyeron a que el nuevo lugar elegido para el establecimiento de la villa de La Habana tuviese el carcter de permanente y definitivo: la magnificencia del puerto, dotado de admirables condiciones de amplitud y seguridad, as como su estratgica colocacin; y las condiciones topogrficas del terreno, llano en una gran extensin, y de clima benigno y saludable para los extranjeros y con inmediato acceso a la baha y boca del puerto, lo que facilitaba el embarque y desembarque de las mercancas. La pennsula donde se asent definitivamente La Habana era tan frtil que dice Jos Mara de la Torre —en su obra Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna — no slo abundaban en ella arbustos como tunas, hicacos, uvas caletas y otros frutales, sino au n cedros, jobos y caobas.

PAGE 35

Tambin eran abundantes las tortugas y los cangrejos. Sobre estos ltimos cita dicho autor que, segn un viajero, en 1598, abundaban tanto, que hacan ruido como las tropas cuando de noche iban a la poblacin en busca de desperdicios, lo que no debe extraar —agrega— al que los haya visto por el puente de Chvez y sus cercanas (que tomaron el nombre de los Cangrejos ); y en cuanto a las tortugas, relata Manuel Prez Beato, —en su trabajo Habana histrica y tradicional, publicada en 1925 en la revista Archivos del Folklore Cubano — que era uno de los ramos de ms consumo en la Isla, y, en forma de tasajo, para las tripulaciones de los buques…, en diferentes ocasiones tuvo el Cabildo que dictar providencias para que no se mataran las tortugas en parajes inmediatos a la poblacin, y en 1590 se mand que no se matasen en la proximidad de San Francisco, sino ms adelante, por el perjuicio a la salud y el mal olor de sus despojos; esta abundancia de tortugas dio lugar a que durante el siglo XVI se llamara Playa de las Tortugas a la playa donde despus estuvo, al comienzo de la calle de Cuba, la Cortina de Valds. Aunque slo hay muy vagas noticias de la reside ncia de Velzquez, en La Habana, se dice que en 1520 lleg a una hacienda que posea cerca del ro de la Chorrera y que traslad para all la villa de San Cristbal. Pero sta cont luego entre sus moradores a dos famosas figuras de la Conquista. Hernn Corts, el futuro conquistador de Mxico, visit dos veces La Habana, la primera de ellas poco antes de emprender su clebre expedicin haci a el imperio azteca; por cierto qu e ya desatadas las desavenencias entre Corts y el gobernador Velzquez, quien vea con ms que recelo crecer los arrestos y las orrogancias del que hasta entonces haba sido su subordinado, las autoridades y vecinos de La Habana, contraviniendo las rdenes de Velzquez, agasajaron y aprovisionaron al expedicionario, en vez de prenderlo y enviarlo a buen recaudo a Santiago, segn se les haba mandado; dieron por excusa el temor que les inspiraban las tropas de Corts. El otro residente ilustre fue Hernando de Soto, quien, ejerciendo funciones de Gobernador, prepar aqu su expedicin de conquista de la Florida, y de aqu parti — dejando a su esposa Isabel de Bobadilla, como Gobernadora de la Isla— para no volver jams, pues muri en el viaje de conquista y fue sepultado junto al ro Mississipi.

PAGE 36

La ceiba sucesora de aquella bajo la cu al, segn la leyenda, se celebraron la primera misa y el prim er cabildo en La Habana.

PAGE 37

8 LA CEIBA DE LOS SUPUESTOS PRIMER CABILDO Y PRIMERA MISA CELEBRADOS EN ESTA VILLA Con objeto de recoger la tradicin existente de haberse celebrado, a la sombra de una ceiba que exista al Noroeste de la actual Plaza de Armas, la pr imera misa y el primer cabildo en esta villa, en el mismo ao en que se traslad La Habana al lugar que hoy ocupa, el gobernador Francisco Cagigal de la Vega erigi el ao 1754 una columna de tres caras que ostentaba en lo alto una pequea imagen de la virgen del Pilar y en su base dos inscripciones alus ivas a estos acontecimientos, una en latn y otra en castellano antiguo. Mucho se ha discutido y escrito por nuestros investigadores histricos sobre la veracidad de estos hechos recogidos y conservados tradicionalmente, a los que se quiso dar ms solemne y ostentosa ratificacin cuando en 1828 se constr uy en aquel lugar, por el capitn general Francisco Dionisio Vives y Planes, un templete rememorativo en cuyo interior aparecen cuadros alusivos a esos acaecimientos. En cuanto a la existencia de una ceiba en los al rededores de la actual Plaza de Armas, es ms que probable que ello fuera cierto, dada la abundante y rica vegetacin que posean en aquellos primitivos tiempos las tierras que se eligieron para lugar definitivo de la instalacin de la villa. Pero ello no permite asegurar que en el sitio preciso en que Cagigal levant el mencionado pilar existiese una ceiba, ni mucho menos que esa ceiba fuese la que se eligi para celebra r bajo ella la primera misa y el primer cabildo. S hay constancia, en cambio, por los Libros de Cabildos de este Ayuntamiento, de que existi en la primitiva plaza de la villa una cei ba que se utilizaba para fines tan poco merecedores de recuerdo y consagracin como era el de atar a ella los indivi duos —casi siempre negros esclavos— que deban sufrir la pena de azotes pblicos impuesta por el Cabildo dentro de las atribuciones judiciales que entonces posea. Sobre la celebracin, bajo aquella otra ceiba lege ndaria, de la primera mi sa y del primer cabildo, no existen documentos comprobatorios en que basar la autenticidad de tales hechos. Todos nuestros historiadores, aun los ms antiguos, como Arrate, no pueden invocar sobre el particular otro antecedente que la tradicin. As lo reconoce el propio Arrate y tambin Jacobo de la Pezuela, que tuvo a su disposicin los archivos de la Pennsula y de la Isla, y a pesar de ello afirma que no ha encontrado justificada en texto alguno esa antigua tradicin. Idntico criterio comparten dos historiadores contemporneos que se han ocupado especialmente de ese asunto: Manuel Prez Beato y Jos Manuel de Ximeno. Pero adems de la carencia total de noticias y datos respecto al asunto, hay un hecho contundente que nos permite afirmar que no pudo ser esa ceiba, que segn la tradicin se alzaba en el lugar donde Cagigal levant el pilar conmemorativo, la misma bajo la cual se celebraron la primera misa y el primer cabildo en esta villa, ni tampoco sta la misma ceiba que sirvi para el castigo de los esclavos infractores de las disposiciones municipales: la primitiva plaza de la villa de La Habana —ya en su asiento de la costa Norte—, en la cual se leva ntaba esa ltima ceiba, y tuvo, forzosamente, que existir aqulla otra, estaba emplazada en lugar muy distinto al que ocup despus la actual Plaza de Armas. Finalmente, es indispensable tener en cuenta un detalle de mayor importancia histrica an que las razones anteriores: y es que el suceso transcendente de la fundacin de La Habana, que hubiera podido dar motivo para la celebracin de una misa y cabildo conmemorativos, no tuvo lugar en el puerto de Carenas, sino que en ste slo se realiz el ter cer traslado de la villa, posiblemente, segn queda anticipado, gradualmente, con el correr de los meses y los aos, y, por tanto, sin ceremonias de ninguna clase.

PAGE 38

9 LA VILLA PRIMITIVA I SU TOPOGRAFA Y SU POBLACI"N Los comienzos de la que es hoy nuestra bella, grande y populosa capital fueron modestsimos, y —a pesar de que desde 1532 era ya la poblacin ms importante de la Isla, despus de Santiago, que era entonces la capital— a lo largo de todo el primer siglo de su vida bien poco haca presagiar el brillante porvenir que le esperaba si los colonizadores se da ban cuenta bastante de las ventajas que a la ciudad proporcionaba, y proporcionara ms y ms, su privilegiada posicin geogrfica. Pero durante las dos primeras dcadas de su vida despus de su definiti vo traslado al puerto de Carenas, la entonces villa de La Habana no era ms que un pobre casero de bohos extendido —segn apunta la historiadora I. Wright ya citada— a lo largo de la orilla de la baha, desde el sitio donde estuvo, al comienzo de la calle que hoy se llama de Manuel Sanguily, el edificio de la Secretara de Estado, derribado en tiempos del dictador Gerardo Machado y hoy es un espacio yermo al fondo del castillo de la Fuerza, hasta el lugar donde se alza el edificio de la Lonja. El centro de la villa era la plaza, situada precisamente donde luego se levant el castillo, trasladndose entonces, primero a un lugar vecino que no ha sido identificado, y al cabo, definitivamente, al emplazamiento de la actual Plaza de Armas Carlos Manuel de Cspedes, frente al Palacio Municipal. Como bien dice Jos Mara de la Torre en su obra Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna, esta plaza fue el centro de donde irradi la poblacin, extendindose primero desde all por las calles de los Oficios y de los Mercaderes, como ms prximas al punto de desembarque de los bajeles; por la calle Real (llamada despus de La Muralla), que daba salida al campo en un principio (no por la Calzada del Monte, sino por el Camino de San Antonio o sea calle de la Reina) {hoy Avenida Simn Bolvar}, enseguida por la parte Norte de la calle de la Habana y despus por las de Aguiar y Cuba, porque conducan al torren de la Caleta, donde da y noche haba vigilantes para avisar la llegada de piratas, y adems serva entonces de paseo en calzada orillada de uveros y otros arbustos. Desde 1584 ya tena cuatro calles, de las cuales la principal era la de Oficios. Tambin se extendi poco a poco la poblacin hacia el sur, camino de lo que entonces se llamaba el Ancn y es la actual ensenada de Guasabac oa. En esta direccin, pero mucho antes de llegar a la ensenada, se cre el barrio de Campeche, para residencia de los indios procedentes de fuera de la Isla. En el Ancn desembocaba el ro del Uyan —hoy cegado, y que luego dio nombre a la barriada de Luyan; este es el nico ro habanero que mencionan las viejas crnicas, fuera del de La Chorrera, llamado por los indios Casiguaguas, y que luego recibi el nombre de Almendares. Pero en aquellos tiempos no solamente era La Habana pequesima —en comparacin con la actual— por su escaso desarrollo, sino que nuestra capital fue creciendo no nicamente por los terrenos que primero ocupaban montes y luego hatos, estancias, Acorrales y huertos, sino tambin sobre los progresivamente ganados al mar. Esto ha hecho cambiar notablem ente la topografa de la ciudad. En el libro ya citado deca Jos Mara de la Torre desde 1857: Para comprender lo que ha perdido el puerto o baha as en su superficie como en fondo, basta saber que por el boquete de la Pescadera {dond e estuvo despus la llamada Cortina de Valds, cuyo terreno hoy forma parte de la Avenida de Carlos Manuel de Cspedes, antes Avenida del Puerto} entraba un brazo de mar que llegaba hasta San Juan de Dios, donde haba un colgadizo para guardar en l atada la fa la del Gobierno, quedando ms tard e cenagoso todo este espacio, por lo que la plazuela de la Catedral se llam Plaza de la Cinaga, y por lo que el tramo desde la

PAGE 39

Catedral hasta San Juan de Dios fue elegido para el primer ensayo de empedrado (a mediados del siglo pasado) dando nombre a la calle de lo Empedrado. La Zanja Real derramaba en dicha plazuela de la Cinaga por una abertura como de un vara cuadrada que elevada sobre vara y media del suelo haba en el callejn del Chorro. Mediante la construccin de la muralla comprendida desde la Puerta de la Punta hasta el cuartel de la Fuerza (y la cual comenz en 1730), perdi la entr ada del puerto por esa parte una porcin de varas, puesto que dicha Muralla se levant sobre el mismo mar. Perdi tambin mucho el puerto por la parte del muelle que ha ido avanzando a medida de su extensin y mejoras. Y en nuestros das hemos visto lo que ha perdido con motivo de la construccin de los almacenes de Regla y de San Jos y con el Saln de O'Donnell y muelle de cabotaje, que debajo de ste se acaba de construir. En 1803 llegaba el mar a la casa Quinta del Rey, que tena su asiento en la playa, conducindose desde la misma hasta 1796 las made ras para el Arsenal que se traan desde el baradero del Cerro (cuyos restos an se ven detrs de la casa del Sr. D. Joaqun Pealver). Las olas murmuraban tambin sobre el suelo de alguna de las casas de Jess Mara, como v. g.: en el alambique de Guimbal (despus de D. Jos Soler), que an hoy existe en la calle del Alambique esquina a la calzada de Vives, do nde se puede ver an el pilotaje de su muelle, situado en el mismo establecimiento: siendo el lmite de la costa una linda playa, que desde Tallapiedra se diriga primeramente al N. O., y despus bordeando la calzada del Monte, llegaba hasta el puente de Chvez, y segua el rumbo de Jess del Monte, cual si pretendiese aislar el promontorio donde se alza el castillo de Atars. Las ltimas cinco cuadras de la hoy calzada de Vives, igual nmero de la conocida por de la Gloria; no menos de la de la Esperanza; la plaza de la Reina Amalia; las cuatro postreras cuadras de la de la Alcantarilla; otras tantas de la de la Puerta Cerrada, y la mitad justamente de la denominada la Diaria, y tambin el rea form ada por el hoy canal de desage hasta cerca de las calzadas de Jess del Monte y de la Infanta, estaban baadas por el mar, y cubiertas de mangles. En el sitio en que en 1748 se construy el navo Begoa (a) Tallapiedra, haba en 1812 una casa, con un muelle que an existe avanzando sobre 30 varas hacia el mar y el ancho del canal del puente de Chvez, que hacia 1783 contaba lo menos 80 varas y era atravesado por buques de bastante calado, que traan efectos del interior de la Isla y cargaban maderas que se conducan a ese punto; hoy se ve reducido a un estrecho, somero y pantanoso cauce. Hace an muy pocos aos, dice un comunicado inserto en la Prensa de 8 de Marzo del corriente ao 1857, que tanto por la parte del ro de Chvez cuanto por el de Aguadulce pod an entrar embarcaciones de las que usan comunmente nuestros pescadores, y se vean en dichos ros y a orillas de las casas porcin de esas embarcaciones; pero hoy si alguna entre es preciso que sea de las llamadas cachuchas, que sea muy prctico el que la gue y que aguarde la marea. Siempre sigui La Habana ganndole espacio al mar. Si los bisabuelos de nuestros bisabuelos contaban haber visto las aguas del mar en el hoy Parque de San Juan de Dios, quedan todava muchos habaneros que a su vez guardan entre sus ms viejos recuerdos el de las olas lamiendo las paredes posteriores —y an las laterales, en algunas esquinas — de las casas de la acera Norte de la Calzada de San Lzaro, y una pequea caleta —la primitiva de Juan Guilln—cerca de donde hoy se alza la estatua de Antonio Maceo. Donde slo haba mar y arrecife s y algunos establecimientos de baos bastante primitivos, durante la ocupacin norteamericana (1899-1902) se construy el primer tramo —hasta Belascoan o Padre Varela— del hoy extenssimo Malecn que ahora llega casi hasta la desembocadura del Almendares. La mayor parte de las casas de la villa primitiva eran de tabla y guano, si bien desde el ao 1550 algunos de los ms ricos vecinos, como Juan de Rojas y Diego de Soto y otros, entre ellos un Alonso Castao, posean residencias de piedra y tejas, y es de suponerse que igual fuese la morada del gobernador, porque si bien en 15 56, bajo el Gobierno de Diego de Mazariegos, las casas de Su Majestad eran tambin de paredes de tabla y techo de guano, probablemente ello se debera a que las primitivas fueran destruidas cuando el pirata Jacques de Sores incendi la villa. A aquellas casas modestas, los colonizadores las llamaban muchas veces bohos, empleando la misma palabra que usaban los indios. La ciudad estaba toda rodeada de sitios, que podan ser hatos, estancias, corrales o simples ranchos o simples solares. Los hatos tenan dos leguas de extensin y se dedicaban principalmente a ganado mayor; lo corrales slo tenan una legua y se criaba en ellos ganado mayor o menor; en los ranchos se cultivaban especialmente frutos. Estas haci endas se iban creando entre los muy espesos montes que primeramente cubran casi todo el territorio habanero. As sabemos que al camino que iba de la Villa,

PAGE 40

costeando la playa, hasta la caleta de Juan Guilln —as nombrada por residir all uno de los vecinos de la villa primitiva, y que luego se llam de San Lzaro— sola denominrsele del arcabuco, debindose ese nombre a que se llamaba arcabuco, en aquellos tiempos, al camino cubierto de rboles, y en esa zona exista un espeso bosque. Y que en cabildo del 10 de octubre de 1550 se menciona el camino que conduca de la fortaleza a la punta y se encontraba mu y poblado de monte, por lo que acord desmontar el dicho monte por ser muy perjudicial para la salud de los vecinos desta villa, y para la eficiencia defensiva de la fortaleza. Tambin lindaba con el monte el camino llamado de Quisiguaba o Quisicuaba, que, segn el investigador Manuel Prez Beato, por corresponder a los qusis, una de las naciones africanas que formaron el contingente venido a La Habana en la primera mitad del siglo XVI... era el lugar designado por el Cabildo a los negros horros o libres para que cultivaran las tierras, tenerlos ms a mano y ejer cer en ellos la polica necesaria, dado que en virtud de la libertad adquirida no hacan muy buen uso de ella, salvo contadas excepciones. De aquellos montes se extraa profusin de maderas aprovechables para la construccin, tanto de viviendas como de navos, pero de tal manera se utilizaron para estos ltimos y para llevarlas a Espaa en grandsimas cantidades, que desde 1552 fue preciso que el cabildo tomara medidas sobre el asunto, prohibiendo, segn dicen las Actas Capitulares de la poca, la tala de los montes de la villa por los maestros de los navos y otras personas forasteras, pues tenan por costumbre cortar mucha madera en los montes desta villa la llevan a Castilla para la vender della hacer sus casas y edificios, lo cual ocasionaba grave perjuicio a este pueblo los moradores de l, porque cuando han menester madera para sus casas y edificios la van a buscar muy lejos. Estas disposiciones demuestran la cantidad y calidad de los rboles que formaban los montes de la villa de La Habana y la destruccin que en ellos haban realizado los forasteros, a tal extremo que lleg a constituir una amenaza para el crecimiento de la poblacin, pues los montes se atalan de tal manera que aunque algunas persons quisiesen venir a poblar en esta villa no lo podran hacer por la falta de las dichas madera s. Slo se permiti, previa licencia del Cabildo, cortar aquella madera indispensable para reparo adobo de los navos si lo hubieren menester, la que tovieren necesidad para quemar gastar en el viaje que llevan para Castilla, con pena, a los infractores, de veinte pesos y decomiso de la madera cortada. El sistema para entregar las tierras era el de la s mercedes; es decir, se entenda que todas las tierras, en Cuba como en el resto de la Amrica conquistada, eran propiedad del Rey de Espaa, y que ste encargaba a los cabildos, o sea los ayuntamient os de la poca, que hicieran merced de una determinada porcin de terreno a un particular que la solicitase. Tambin se entenda que la propiedad continuaba, de derecho, perteneciendo a la Corona; pero de hecho se converta en propiedad privada. Las mercedes concedidas por el Ayuntamiento a los vecinos de la villa se referan tanto a solares para fabricacin de viviendas como a estancias pa ra cultivos agrcolas o crianza de ganado vacuno, caballar y porcino que ya citamos. De las concesiones hechas por el Cabildo se ve que cuando se trataba de solares se exiga el requisito de la fabricacin, y al no cumplirse se re tiraba a los seis meses la concesin, imponindose al concesionario multa de seis pesos y prdida del solar. Hay casos en que tambin era exigida esta condi cional tratndose de haciendas, estancias o hatos, corrales, ranchos o sitios, as como se obligaba a cercar esas heredades y poner guardas en ellas para que no entrase el ganado, y si entraba se prohiba matarlo. Tambin estaba prohibido montear a dos leguas a la redonda de los corrales de vacas y puercos. Jacobo de la Pezuela, en su Historia de la Isla de Cuba, dice que el rey Fernando el Catlico demostr su satisfaccin por los prog resos alcanzados en Cuba por Vel zquez, concedindole desde 1512 numerosas gracias y mercedes para l y sus favor ecidos, y que con ellas vinieron otras de carcter general, haciendo extensivos por diez aos a los pobladores de Cuba anlogos privilegios y franquicias a los que gozaban los de La Espaola, con el propsito de llamar ms gentes y propagar la colonizacin de Cuba. Entre estos favores figuraban el pasaje franco de Espaa a Cuba, sacando vveres para un ao de los almacenes reales, exencin de contribucin y de derechos de introduccin, propiedad perpetua de las casas que fabricaran y de las tierras que les fueren sea ladas, suministro gratuito de semillas e instrumentos que necesitasen para la brarlas e instalarse en ellas. De esta manera —agrega Pezuela— se declaraba a los primeros pobladores dueos de lo que en otro caso no sera ms que un usufructo.

PAGE 41

Al correr del tiempo, la merced fue cayendo en desuso, primero porque no iban quedando o no quedaban terrenos por mercedar, y porque los favorecidos y sus descendientes disponan a su antojo de las tierras y lo en ellas edificado, por medio de la compra-venta, hipotecas, etc. Pero, oficialmente, casi dos siglos despus fue cuando, por Real Cdula de 23 de noviembre de 1729, se prohibi al Cabildo la concesin de mercedes de tierras, confirmndose esa orden por Real Cdula de 16 de febrero de 1739, segn se dio cuenta, respectivamente, en los cabildos de abril 27, de 1730 y junio 6 de 1739. Exista tambin, en La Habana primitiva, como en todas las poblaciones de su tiempo, una porcin de tierra que se consideraba propiedad colec tiva, mercedada por el Rey para beneficio general. As, en el cabildo de 12 de diciem bre de 1552 se hace referencia al ejido de la villa, o sea a los terrenos comunales para uso de todos los vecinos del pueblo, donde los ganados desta villa han de pastar andar; y se ordena al vecino Juan Snchez cerque una estancia que posea en el egido, pues por no tenerla cercada se han recrecido recrecen muchos inconvenientes, impidindose que el dicho egido est libre para los dichos ganados; tambin se le mand que de hoy en adelante no labre en la dicha estancia ni con media legua a rededor del pueblo. De dnde se hallaba situado el ejido nos da idea el hecho de que lleva precisamente ese nombre la prolon gacin de la calle actual Monserrate o Avenida de Blgica hacia la Estacin Term inal de los Ferrocarriles. La poblacin de la villa de La Habana era muy escasa en sus primeros tiempos. En 1544 solamente haba, segn documentos de la poca, 40 vecinos; y en 1553, 60. Pero si bien efectivamente el nmero de habitantes era pequeo, no llegaba a ser tan exiguo como estas cifras a primera vista haran presumir. Porque los vecinos no formaban toda la poblacin: eran, la minora de ella, y la minora privilegiada segn veremos. En uno de aquellos documentos citado se dice que en 1544 haba en la villa 40 vecinos casados y por casas; indios naboras naturales de la Isla, 120; esclavos indios y negros, 200; un clrigo y, un sacristn. En 1554 el total de habitantes era de 700. En 1590, ya al finalizar el siglo que la haba visto nacer, La Habana contaba co n 800 vecinos y un total de 4,000 habitantes. Dividanse los habitantes en vecinos, moradores, y estantes. Estos ltimos eran los que vivan en la villa sin casa, ni mujer, ni hacienda, ni padr e, ni madre: la poblacin flotante de la villa. Los moradores eran los que residan en la villa con mayor estabilidad que los anteriores, muchos con intencin de avecindarse en ella, as como los que po r alguna causa no queran o no podan lograrlo. Los vecinos eran los residentes con carcter permanente y otras condiciones, qu e gozaban de preferencia especial. La condicin de vecino quedaba acreditada en las Ac tas Capitulares; y en una de ellas, la de 5 de julio de 1555, aparece que lo s seores capitulares al recibir por v ecino a Alonso Snchez del Corral le mandaron apuntar en este libro por tal. Esta condicin de vecino tena ex traordinaria importancia en aquella poca, pues no slo llevaba implcita la concesin del derecho de sufragio para elegir a los alcaldes y regidores en los comicios que anualmente se celebraban el 1ro. de enero, sino tambin para el disfrute de solar y tierra para edificar y labrar y criar ganado, y otros derechos, y el cumplimiento de los deberes inherentes a la tal condicin de vecino. Al celebrarse las elecciones de 1ro. de enero de 1560, los regidores se opusieron a que votaran los canteros que vinieron para la obra de la fortaleza que estn en la villa, pues no son vecinos ni contribuyen ni han contribudo en velas ni en otras cosas convenientes esta villa que tan en tanto tiempo que no se metan por vecinos contribuyan como los dems vecinos desta villa no les reciban su voto ans lo piden su merced se lo requieren que aunque den su voto no sea vlido. En esa misma sesin se dio la anormalidad de haber sido electo como uno de los regidores de la villa, Gernimo de Avellaneda, antes de que el Cabildo lo recibiera por vecino, aunque esta formalidad la cumpli inmediatamente que del conteo de los votos apareci haber sido electo: luego incontinente el dicho Ge rnimo de Avellaneda dijo que se avecinaba meta por vecino desde villa pidi al Seor Gobernador regimiento lo reciban por tal: el dicho Seor Gobernador Antonio de la Torre regidor dijeron que lo reciban por tal vecino desta villa. Y fu entonces cuando prest el ju ramento solemne como regidor electo. Ya vimos cules eran algunos de los deberes y derechos de los vecinos. Ms ampliamente se explican en el acta de 25 de agosto de 1564, al ser recibido por vecino Domingo Lorenzo, que es hijo de vecino antiguo poblador de ella en que dice que pretende residir en esta villa y ser vecino della y como tal contribuir en los partimientos velas derramas y otras cosas que

PAGE 42

contribuyen los dems vecinos y ansi-mismo gozar de las franquezas, libertades, pastos y puentes y fuentes que los dems, que pide y suplica sus mercedes le admiran por tal vecino y le manden asentar en el libro de cabildo y darme entera vecindad, recibindosele de acuerdo con su peticin. La poblacin blanca masculina se compona de las autoridades, los hacendados, los artesanos, y los criados, que eran los agregados a las casas de los rico s, no slo como sirvientes sino como secretarios, ayudantes y protegidos de toda ndole. Los negros eran casi todos esclavos, aunque ha ba algunos libres u horros, a los que se les conceda terreno para edificar casa, y licencia para ejercer algunos comercios. En las Actas Capitulares que se conservan, todas posteriores al primer semestre de 1550, hay pocas menci ones de indios residentes en La Habana, pues aparte de los procedentes de Mxico, que moraban en el barrio de Campeche, la gran mayora haba sido agrupada en Guanabacoa.

PAGE 43

10 LA VILLA PRIMITIVA II SUS VECINOS Quines fueron los primeros pobladores y vecinos de la villa de La Habana? Segn Jos Martn Flix de Arrate, en su obra Llave del Nuevo Mundo: La Habana descripta, tanto como sobre la fecha de la fundacin de la Villa, ntase igual descuido y silencio en los cronistas de estos reinos, en orden a los nombres, nmero y cualidades de los vecinos y primeros pobladores de La Habana. La ms rica relacin de stos la ofrece, sin duda, Bernal Daz del Castillo en La conquista de Nueva Espaa, donde seala como vecinos de La Habana, a quienes conoci y trat en el tiempo que estuvo en la Isla incorporado a la expedicin de Co rts, a los siguientes: Pedro de Avila, con el que hizo un desgraciado viaje en canoa por la costa Sur desde La Habana hasta Trinidad; Juan Sedeo, que debe ser el mismo Juan Nez Sedeo a quien se refiere Miss Wright y del que dice el cronista que citamos: en Trinidad fue a besar las manos a Corts, y despus de muchas plticas que tuvieron, le compr el navo y tocinos y casabe fiado y se fu el Juan Sedeo con nosotros; los que visitaron a Corts cuando ste se aposent en la casa del teniente de Velzquez en La Habana, Pedro Barba, o sean: un hidalgo que se deca Francisco de Montejo, y s te es el por m muchas veces nombrado, que, despus de ganado Mxico, fue adelantado y gobernador de Yucatn y Honduras; y vino Diego de Soto, el de Toro, que fue mayordomo de Corts en lo de Mxico; y vino un Angulo, Garca Caro y Sebastin Rodrguez, y un Pacheco, y un Fulano Gutirrez, y un Rojas (no digo Rojas el rico), y un mancebo que se dec a Santa Clara, y dos hermanos que se decan los Martnez del Fregenal, y un Juan de Njeras (no lo digo por el sordo, el del juego de la pelota de Mxico), y todas personas de calidad, sin otros soldados que no me acuerdo sus nombres. Refiere tambin Bernal Daz del Castillo que al poner casa Corts en La Habana tuvo por maestresala a un Guzmn, que no fue el mayordomo de Corts, Cristbal de Guzmn que prendi Guatimozn cuando la guerra de Mxico; por camarero a un Rodrigo Ranguel, y por mayordomo a un Juan de Cceres, que fue, despus de ganado Mxico, hombre rico; sin que preci se s estos ltimos eran vecinos de La Habana. Al relatar todos los hombres de Corts que se embarcaron en La Habana llevndose caballos y yeguas, vuelve a hablar de Juan Sedeo, refiriendo que llev una yegua castaa, y esta yegua pari en el navo; agregando que este Juan Sedeo pas el ms rico soldado que hubo en toda la armada, porque trujo un navo, y la yegua y un negro, e casabe e tocinos. De Francisco do Montejo dice que llev un caballo alazn tostado, que no fue para cosa de guerra. Al hablar del criado que envi Velzquez a La Habana con cartas para Pedro Barba y otros vecinos de la villa a fin que prendiesen a Corts y le tomasen su armada, lo que no hicieron, menc iona a Diego de Ords y a Juan Velzquez de Len que eran sus deudos e amigos. Por ltimo, cita a los hermanos Andrs y Gregorio de Monjarraz, que se fueron con Co rts, y al clrigo Alonso Gonzlez, que se incorpor a la expedicin capitaneada por Francisco Hernndez de Crdova y de la que form parte el propio Bernal Daz del Castillo. Herrera menciona entre los vecinos de La Habana que en 1518 se incorporaron a la expedicin de Corts, a Juan Velzquez de Len, pariente de Diego Velzquez, Alonso Hernndez Puertocarrero, Gonzalo de Sandovel, Rodrigo Rangel, Juan Sedeo, Gonzalo Lpez de Ximeno i Juan Lpez su Hermano.

PAGE 44

Arrate cita a todos los anteriormente mencionados por Bernal Daz del Castillo como incorporados a la expedicin de Co rts el ao 1518, declarando que es muy presumible estuviesen todos avecinda dos en ella desde su fundacin, por constar plenamente el que Montejo tena posesiones en el Mariel del distrito de la Habana, cuando sigui al expresado caudillo en su jornada, y que deseosos los dems de mejor fortuna dejaran a su ejemplo las que gozaban, pues por lo que toca a Diego de Soto y Alonso de Rojas, (distinto del que se conoca por el rico, que era Juan), no se ofrece duda alguna, porque finalizada la empresa y ocupacin que en ella alcanzaron, volvieron a La Habana como a lugar propio de su domicilio y vecindad y dejaron en ella legtima descendencia, que se conserva hoy {1761} y tiene justificado serlo de aquellos primitivos pobladores. Se asegura que vino a La Habana con Diego de Soto su to Juan de Madrid Sotolongo. El citado Alonso de Rojas era Rojas Sotolongo, hermano de Diego de Soto. Antes haba venido otro to de De Soto, Francisco de Madrid Sotolongo, que fue escribano de La Habana en 1532. Incluye tambin Arrate al capitn Antn Recio, porque siempre he odo ser reputado por tal, y hace mucha prueba a su favor el que en el asiento y sepulcro que tiene en la Parroquial Mayor de esta ciudad manifiesta la inscripicin que sirve de orla a la piedra de su huesa, y se labr el ao 1572, que fu uno de los principales pobladores de la Isla, y por consiguiente de la Habana, donde fund casa y mayorazgo, y sirvi el oficio de regidor y depositario general, muy desde sus principios. Da tambin por uno de los vecinos primeros al primer teniente de gobernador que tuvo la Villa, Pedro de Barba, —ya citado—, que lo era al tiempo que transit por ella con su armada Hernando Corts, porque desde el establecimiento de la Habana, el ao de 1515, hasta del 1518 que arrib a ella, slo mediaron tres aos, trmino en que era regular perman eciese en dicho cargo desde que se ausent Velzquez, dejando efectuada la poblacin, y as, te ndr, en la serie de las personas que consta la han gobernado hasta ahora, el primer lugar, reservado para el que competa esta nomenclatura. Ignacio J. de Urrutia —en su Teatro histrico, jurdico, poltico y militar de la Isla Fernandina de Cuba, y principalmente de su capital, La Habana — acepta los nombres dados por Arrate, sin agregar otros. Irene A. Wright, en su obra ya citada, dice que en documentos por ella examinados en el Archivo de Indias aparece que a Pedro de Velzquez se le me nciona como vecino de la Habana en 1518; tena sus propiedades en Matanzas; y Pedro de Villaroel se jactaba en 1526 de ser uno de los primeros pobladores de la Habana; que el nombre de Juan Nuez Sedeo debe encabezar cualquier lista de los primeros vecinos de La Habana que se haga, utilizando los documentos del Archivo General de Indias, uno de los cuales lo seala como vecino que vendi provisiones a Corts en el puerto de la costa Sur. Manuel Prez Beato en el Album A la Sexta Conferencia Internacional Americana, cita adems de algunos de los incluidos en las re laciones anteriores, a Francisco de la Madrid (debe ser el to de Diego de Soto) Gaspar de Villaroel, San Martn, Galdames y Garca Mejas. Y ante un cabildo de 1564 se presenta un Domingo Lorenzo que dice ser hijo de poblador. Como el acta capitular ms antig uo que se conserva pertenece a un da no determinado, pero inmediatamente anterior en el orden de las sesiones a la de 31 de julio de 1550, no podemos conocer la relacin exacta de los vecinos que tomaron parte en la s elecciones de 1ro. de ener o de ese ao, teniendo que limitarnos a dar los nombres de los habitantes que aparecen citados en las varias actas correspondientes al ao re ferido. Son los siguientes: Dr. Gonzalo Prez de Angulo, gobernador; Juan de Ynistrosa, teniente de gobernador; Juan de Rojas, Pedro Blasco, Pedro Velzquez, Antonio de la Torre, Diego de Soto y Francisco Gutirrez, regidores; Francisco Prez de Borroto, escriba no pblico; Antonio Suazo, alguacil; Pedro Snchez, procurador; Flores Zamora; Juan Snchez; Juan de Oliver, platero; Juan de Bazn; Luis de Pineda, alguacil mayor; Diego de Crdova; Alonso Hernndez; Juan de Lobera, alcaide de la fortaleza; Alonso de Aguilar, mayordomo de la obra de la iglesia; Constantn Martel; Francisco de Ledesma, cura y vicario de la villa; Alonso Castao; Francisco Martn; Alonso de Reina; Pedro Martn; Basco Rojas, estante de la villa; Catalina de Guzmn, negra horra; Juan de Cura; Antn Hernndez, pregonero pblico.

PAGE 45

Las primeras elecciones para elegir alcaldes y regi dores de que existe constancia, y en las que aparecen el nmero y nombres de los vecinos votantes, toda la mayor parte de los vecinos e moradores desta dicha villa, fueron las de 1ro. de enero de 1552. Votaron en ellas los siguientes vecinos: Juan de Rojas, Juan de Lobera, Antonio de la Torre, Nicols Nizardo, Domingo Garca, Francisco de Rojas, Alonso de Rojas, Diego de Crdova, Ambrosio Hernndez, el lombardero Pero Andrs, Francisco Gutirrez, Machn de Ondiz, Juan Fernndez de Za mora, Juan Daz, Francisco Prez de Borroto, Francisco de Yebenes, Juan Gutirrez, Alonso Hernndez, Bernardo Nieto, Pero Velzquez, Calixto Caldern, el licen ciado Almendariz, Pero Bl asco y Diego de Soto. Existe una interesantsima y detallada Relacin de los vecinos y moradores que residen en esta villa el da 10 de julio, al ser atacada por los franceses, enviada a la Corona y al Consejo de Indias por el gobernador Gonzalo Prez de Angulo, segn la cer tificacin que al efecto expidi en el pueblo de Guanabacoa, el 20 de diciembre de 1555, el escribano del Cabildo Francisco Prez de Borroto, tomando los datos del libro de cabildo e vecindad desta villa de San Cristbal de la Havana. Eran los siguientes los vecinos del sexo masculino con que contaba la villa de La Habana el referido 10 de julio de 1555: VECINOS Juan de Rojas, Regidor, hombre que por su aspecto parese de sesenta aos para arriba. Pero Velzquez, de la misma hedad, antes ms que menos. Pero Blasco, Regidor, casi de la misma hedad, conforme a su aspecto. Antonyo de la Torre, Regidor, por su aspecto parece de hedad de unos sesenta e cinco aos. Alonso de la Reina, de hedad de ms de sesenta aos conforme a su aspeto enfermo, e sustntase sobre un bordn. Baltasar de Avyla, hombre enfermo; parece por su aspeto de sesenta e cinco aos. Francisco Martn, viejo decrpito; confiesa ser de hedad de noventa aos. Alonso Lpez; vegsimo, que confiesa te ner ms edad questotro Francisco Martn. Bernardo Nieto, hombre enfermo e al parecer de hedad de cincuenta aos. El alcaide Juan de Lovera, Regidor. Juan de Inystrosa, alcalde. Juan Gutirrez, alcalde. Calixto Caldern, alguacil mayor. Diego de Soto. Alonso de Rojas. Antn Rezio. Ambrosio Hernndez. Bartolom Cepero. Juan Nez. Sebastin Biano. Francisco de Rojas. Juan Daz, albail. Bartolom Bazago. Toms Daca. Maestre Juan, carpintero. Domingo Alonso. Gonzalo Rodrguez. Francisco de Aguilera. Antn Alonso. Martyn Ruiz. Cristoval Galindo. Francisco Prez de Borroto. Rodrigo Martyn. Pero Andrs. Diego de Crdova. Diego de Talavera, sastre. Francisco Ginoves.

PAGE 46

MORADORES Cario Florentin, mercader. Andrin Flamenco. Pedro de Zubierra. Machn de Sagartigui. Juan de Oliver, mercader. Esteban Snchez, carpintero. Fernando Alonso. Francisco Flamenco, pregonero. Juan Flamenco, criado del gobernador. Juan Martn. Domingo, calafate. Carrillo, clrigo. Nycolao, carpintero. Segn dicha Relacin, murieron a manos de los franceses mandados por Jacques de Sores once vecinos —tambin falleci Bernaldo Nieto, pero de muerte natural—; Alonso Lpez, Juan Nuez, Sebastin Biano, Juan Daz, Toms Daca, Juan el m aestro carpintero, Gonzalo Rodrguez, Francisco de Aguilera, Antn Alonso, Cristbal Galindo y Diego de Crdova; y doce moradores, es decir, todos menos Juan de Oliver. Deba, pues, haberse reducido la poblacin masculina a veintisis vecinos, pero en la nueva relacin se agregan dos, que son Antonio de Zorita y Francisco Mexa; y tambin cuatro moradores: Orejn, criado de Juan de Rojas. Juan Montas, criado de Juan de Rojas e su estanciero. Luis Hernndez, criado de Pero Velzquez, que reside en su estancia en Matanzas. Pablo Flamenco. Lo cual arroja un total de veintiocho vecinos y cinco moradores, o sea treinta y tres residentes varones y blancos, en La Habana el 20 de diciembre de 1555. La diferencia entre estas relaciones se presta a comentario. Si se excepta a Juan de Lobera, el defensor de la fortaleza primitivsima, cuyo valor se gan el respeto y la admiracin de Jacques de Sores, el hecho de que no muriesen ni alcaldes, ni regidores, ni alguacil mayor ni casi ningn miembro de las familias principales, como los Rojas, los Cepero, los Soto, los Recio, y s el albail, los carpinteros, el calafate, el pregonero y el criado —¡sin hablar de los indios y los negros, a quienes ni siquiera se nombra, pero que seguramente sirvieron de carne de arcabuz!—, hace temer que tan distinguidos seores siguieran ms o menos en su prudentsima retirada al gobernador Prez de Angulo y dejaran a los soldados de Lobera y a los humildes moradores la defensa de la villa cuyas mejores casas y mejores haciendas posean. En las elecciones de 1ro. de enero de 1565, votar on para elegir regidores los siguientes vecinos: Alonso de Rojas, Diego Lpez Durn, Alonso Surez de Toledo, Francisco Dvalos, Pero Blasco, Antn Recio, Diego de Soto, Juan Prez de Arteaga, Pero Castilla, Juan de Llerena, Diego de Miranda, Gaspar Prez de Borroto, Miguel de Alquizar, Nicolau Ginovez, Francisco Nuez, Francisco de Zamora, Silvestre Martn, Francisco Prez de Borro to, Sebastin Lpez, Ruiz Gonzlez Menavente, Antonio Zuazo, Antonio de la Torre, Juan de Inistrosa, Figura, adems, en esa acta el nombre del Gobernador Diego de Mazariegos, que presidi el Cabildo. De la poblacin femenina de la villa en aquella poca tenemos la noticia, que aparece en la relacin enviada por el Cabildo a S. M. sobre el asalto de La Habana por Sores, de que quedaron viudas diez u once mujeres. Pero en varias actas de ento nces aparecen mencionadas algunas mujeres, tanto blancas como negras, de las que ya citamos a Catalina la horra o libre. Por cierto que las mujeres gozaban de mayor personalidad de lo que pudiera suponerse, ya que en las actas del cabildo de 1558 se habla de la casa de una Ins Gutirrez, y en 15 58 una Ins de Gamboa pidi tierra cerca de Matanzas, que estaba entonces bajo la jurisdiccin de La Habana, para poblar un hato de vacas. Y hay otros varios casos, como los de Leonor Costilla viuda de Alonso de Aguila r, e Isabel Durn, y la propia Catalina de Guzmn y algunas ms, —como Leonor de Guzmn, y Catalina Garay, negra horra, y Brianda Garca y Catalina de Bazn, indias—, que por aquella poca, piden y obtienen solares para edificar su casa. Pero, quines eran, de aquellos vecinos que hemos enumerado, los ms importantes, el ncleo de lo que luego sera la aristocracia, o ms bien, la se udoaristocracia de la villa, y luego de la ciudad cada

PAGE 47

vez ms floreciente? A lo largo de las Actas Capitulares de la primera poca habanera vemos que cambian, y con frecuencia, los gobernadores nomb rados por la Corona, pero que en los cargos del gobierno local —regidores, alcaldes, tesorero, etc. — aparecen siempre hatajados unos cuantos nombres que son invariablemente los mismos. Son, principalmente: Juan de Inestrosa, lugarteniente del gobernador Prez de Angulo, mayordomo de la iglesia, tesorero de Su Majestad, Juan de Rojas, lugarteniente de los gobernadores Gonzalo Prez de Angulo y Diego de Mazariegos, contador de Su Magestad, dueo de los cu atro pasamuros que tena el bastin de la villa, tesorero de Su Majestad, y cuyo esclavo Antn es nombrado verdugo y pregonero de la villa, por haberse desterrado a Bartolom Fernndez, que desempeaba dichos oficios. Diego de Soto, teniente del gobernador Hernando de Soto, teniente a guerra bajo el gobierno de Isabel de Bobadilla. Antonio de la Torre, regidor perpetuo. Juan de Lobera, regidor perpetuo nombrado por el Rey y alcaide de la fortaleza. Antn Recio Castaos, gran propietario, y alto funcionario, quien al casarse con Catalina Hernndez vincul su mayorazgo al hijo que haba tenido antes de su matrimonio con una mujer india —dicese hija del cacique de Guanabacoa—, y el cu al, llamado Juan Recio, fue legitimado por Real Provisin, y hered los bienes de su padre. Mas si tomamos en cuenta que Juan de Rojas era hijo de Manuel de Rojas, primo de Diego Velzquez y dos veces gobernador interino de la Isla en sustitucin de ste; que el segundo apellido de Juan de Rojas es Inestrosa, lo que lo emparienta co n otro personaje: que Diego de Soto era hijo de una Doa Isabel de Rojas, aunque no consta el parentesco de sta con Manuel y Juan del mismo apellido; y que junto a aquel grupo primero, figurando entre los que ocupan cargos de regidores y de alcaldes, y de tesoreros, contadores y factores de Su Majestad, y alzan las mejores casas y reciben las ms frecuentes mercedes de tierras se encuentran Blas Velzquez, Pero Velzquez, Cristbal Velzquez, Alonso de Rojas, hermano de Diego de Soto, y su hijo Melcho r de Rojas, Hernn Manrique de Rojas, Gmez de Rojas Manrique, y Bartolom Cepero y Nieto, hermano de la esposa de Juan de Rojas, y Alonso Velzquez de Cuellar, sobrino de Diego Velzquez y esposo de Magdalena de Rojas, hija de Juan de Rojas y de Mara Cepero, comprobamos que el nepotismo, ms o menos justificado, ha florecido en casi todas las sociedades, y vemos perfilarse al poderoso clan de los Rojas Sotolongo, dominando la vida de la villa, donde cerca de ellos, acaso contra ellos, se abran paso los Antn Recio y su hermano Martn Recio y los de La Torre. Es curioso observar que estos apellidos de los primeros vecinos importantes de La Habana llegan hasta nuestros das. En una casona colonial de la ca lle de Cuba resida hasta hace poco la Sra. Mara Teresa de Rojas, descendiente de aquel Juan de Roja s, jefe del clan habanero del siglo XVI; adornando sus apellidos con un marquesado mucho ms reciente, el de la Real Proclamacin, viva en las primeras dcadas de este siglo un Manuel Antn Recio de Morale s; el escritor Jos Mara de la Torre, en 1857, se gloriaba de descender directamente de dos de los pr incipales pobladores de La Habana, Antonio de la Torre y Diego de Soto o de Sotolongo; y hace unos ve inte aos visitaba nuestra Oficina del Historiador un joven descendiente de Francisco Prez de Borroto, el escribano que puso su firma al pie de muchas de las ms antiguas Actas Capitulares.

PAGE 48

Plano de la villa de La Habana en 1603, po r Cristbal De Roda.

PAGE 49

11 LA VILLA PRIMITIVA III SUS COSTUMBRES Trazaremos ahora un ligero bosquejo del estado moral, de las costumbres y la vida cotidiana de los habitantes de La Habana primitiva, segn se desprende de los documentos conservados en el Archivo de Indias de Sevilla y de las Actas Capitulares de nuestro Ayuntamiento. Del examen y estudio de esas autnticas y valiosa s fuentes de informacin para el historiador, se deduce que la infancia de La Habana, como la de Cu ba, es una lucha tenaz y enconada de sus gobernantes y autoridades metropolitanos y municipales, unos contra otros, por el reparto y disfrute, con entera libertad y amplio provecho, de los puestos que ocupaban, de los productos del suelo y ganancias que podan obtenerse mediante la, explotacin del comercio legal y del contrabando; del trabajo de los indios, primero, de los esclavos africanos, despus, a travs de las encomiendas y repartimientos de aqullos, y de la trata y esclavitud de stos. No escapaban a esas discordias y porfas ni a la desenfrenada codicia, las autoridades religiosas, desde los obispos hasta lo curas y frailes, tanto entre s como con las autoridades civiles y militares. Famosas son, por ejemplo, las gravsimas desavenencias entre el Dr. Gonzalo Prez de Angulo, el primer gobernador de Cuba que residi en La Habana, y el grupo principal de los vecinos habaneros encabezados por la poderosa familia de Rojas. Hay un episodio por dems llamativo: un da, en 1552, los alcaldes y regidores, en vez de reunirse, como de costumbre, en la casa del Gobernador, deciden juntarse en la crcel, sin contar con la presencia ni el permiso de aqul; en medio de la reunin se presenta el muy magnfico doctor Prez de Angulo y amenaza a los miembros del cabildo con prdida de sus vidas y sus bienes si persisten en su actitud de rebelda. Esta larga pelea termin con el relevo del gobernador Angulo, a peticin del cabildo habanero. Y los pobladores y vecinos batallaban, a su vez, por convertirse en caciques, amos y seores de vidas y haciendas en aquellas tierras que les era posible acaparar, con sus indios y sus negros, para su personal beneficio, satisfaciendo as el ansia incont enible de honores y riquezas que en aquellos tiempos —como en los posteriores— constituyeron la causa y la finalidad que los impuls a venir a las Indias. No fueron, en realidad, coloni zadores, los hombres que poblaron la Isla, desde Velzquez a los mismos das de la dominacin inglesa, sino buscadores de fortuna fcil y rpida. Buena prueba de ello nos la da el hecho elocuentsimo de que el mismo Velzquez abandonara todos los trabajos de la colonizacin al convencerse de la escasa riqueza que en metales pr eciosos posea la Isla, y se dedicara entonces a organizar y realizar expediciones a otros lugares de Indias donde se ofrecan mayores posibilidades de enriquecimiento. Y tanto en seguimiento de Velzquez como al paso de Corts, los primitivos pobladores espaoles de Cuba abandonaron la Isla, incorporndose a las varias expediciones aqu organizadas o que hicieron escala en nuestros puertos. Intensifcase esta despoblacin durante el interv alo que media entre el aniquilamiento de los indocubanos y el auge de la esclavitud africana. Las disputas entre vecinos y autoridades eran frecuentes y enconadas, ya por la posesin o distribucin de indios o de tierras, ya por ventajas en los intereses propios, con perjuicio de los ajenos. Y los gobernantes se distinguan adems, por el mayor desenfreno en el mal manejo de los dineros pblicos. Adems de las caractersticas generales de la co nquista y colonizacin espaolas que en este y en otros captulos hemos apuntado, dos hechos contribuyeron poderosamente a modelar la fisonoma moral de La Habana naciente, abriendo cauce a la vida habanera de siglos posteriores y marcndola con males que llegaron hasta nuestros das, y que solamente la Revolucin actual est logrando superar. Uno de esos hechos influy ms sealadamente sobre las costumbres pblicas, y el otro sobre las privadas.

PAGE 50

Primera pgina que se conserva de las Actas Capitulares del Cabildo de La Habana, correspondiente a un da del mes de julio de 1550.

PAGE 51

La Habana, a principios del siglo XVII, segn un grabado holands colmado de fantasa. Fue el primero el sistema comercial estableci do por Espaa en sus colonias, sistema de exclusivismo y monopolio, inherente, en verdad, a todo colonialismo, pero que la que fuera nuestra metrpoli aplic de modo muy cerradamente estricto en nuestra Amrica. Este sistema, por ser contrario a las leyes naturales del crecimiento de una sociedad, era burlado, diramos que por necesidad imperiosa, y el organismo social era llevado, diramos que forzosam ente, a la ilegalidad, a la transgresin y a la falta de respeto a la ley, con todas sus antisociales consecuencias. Como dice el historiador cubano Ren Lufru en su libro El impulso inicial: El contrabando era la vlvula de escape de una p oblacin oprimida por el monopolio... De modo natural, lgico, necesario, brot robusto del monstruoso rgimen, a su sombra creci y constituy un sistema organizado, consentido, y, a veces frecuentes, practicado por las autoridades. El colono, bajo la tolerancia del gobernante, se connaturaliz, en el trfico clandestino, con el ardid, el fraude, el cohecho, la transgresin, habilidosa y corruptora, de la ley, el robo, consuetudinario y sin sancin, al erar io, aceptado y justificado por razones de suprema necesidad, que disolvi la vergenza en el hb ito y acuerdos unnimes. Pr ovechosa y fatal fuente de ingresos, el contrabando fue tnico para la vida y agente formidable de perturbacin moral. Vicios permanentes de la sociedad cu bana en l hallan raz psicolgica. El segundo punto que influy marcadamente sobre la vida habanera fue el hecho de que La Habana fuese escogida, por su privilegiada situacin geogrfica, como punto de reunin de todos los buques que, procedentes de todas las Indias ya desc ubiertas, haban de llevar a Espaa las riquezas en productos naturales, especialmente piedras y metales preciosos. Para defenderse mejor de los ataques de piratas y corsarios, juntbanse en La Habana los galeones y otros barcos para formar lo que se llamaba la flota, que entonces cruzaba el Atlntico bajo la prot eccin de navos de guerra. Poco despus de mediado el siglo XVI La Habana, no obstante figurar como escala de todas las Indias, era un pueblo pequeo, de escaso vecindario y marcada pobreza. Vivan habitualmente sus habitantes del alquiler de sus casas y la venta de bas timentos a los navos que hacan escala en el puerto. Pero las armadas que haban de componer la flota proporcionaban un contingente de poblacin flotante integrado, segn manifestaba el obispo Fernando de Uranga, por mucha gente de diversas naciones y

PAGE 52

relajados hbitos, cuyo mal ejemplo influa en la vida y costumbres de los vecinos a tal extremo, que para remediar este dao el obispo a principios de 1561 deseaba traslada r la catedral y su residencia desde Santiago de Cuba a La Habana. La villa mantena un trfico regular con las naves que en viaje de los continentes occidentales a Espaa hacan escala en su puerto, as como tamb in con las armadas reales, pudiendo afirmarse que ordinariamente haba en el puerto de 19 a 30 navos. Jos Mara de la Torre dice en La Habana antigua y moderna que ya desde 1532 visitaba La Habana una cantidad de buques cuyos derechos producan al ao $200, cifra que compara con la de 9 millones de pesos, producto de dichos derechos en 1857. Durante la estancia de la flota, como afirma Lufru en el libro mencionado, la invasin, a veces prolongada, de tripulantes y pasajeros, traa el reinado sabroso y lucrativo del trfico, la explotacin y el libertinaje. La capital, mercado, garito y lupanar, engulla oro y volcaba concupiscencia. Se veri ficaban pinges transacciones; casas, barracas y bohos se armaban hosteras y, de par en par se abran las puertas a la codicia, el agio y la licencia. La lluvia aurfera, derramada a chorros y recogida sin esfuerzo, daba la sensacin de riqueza eterna de fcil acceso. As, la estancia de la flota, fuente de pasaje ros provechos materiales, era causa de muy graves daos morales, entronizando la co rrupcin, los escndalos, los crm enes, las bacanales y el juego. Sobre el aspecto y sobre diversos detalles de la vida diaria de La Habana cuando estaba a punto de acabar el siglo que la vio nacer, existe un docum ento interesantsimo que di o a conocer en 1846 Jos Joaqun Garca en su Protocolo de Antigedades; se trata de una narracin escrita en 1598 por Hernando de la Parra, criado del gobernador Juan Maldonado, y continuada por Alonso Iigo de Crdoba. En ella se nos dice que: San Cristbal va progresando no obstante los inconvenientes de piratas y el poco comercio. Esta poblacin se est construyendo con mucha irregularidad. La calle Real, {hoy Muralla}, la de las Redes {hoy Inquisidor}, la del Sumidero, {O'Reilly} y la del Basurero {Teniente Rey} es en donde se fabrican las hab itaciones en lnea, las dems estn planteadas al capricho del propietario, cercadas o defendidas, en sus frentes, fondos y costados, con una muralla doble de tunas bravas. Todas las casas de esta villa son de paja y tablas de cedro, y en su corral tienen sembrados rboles frutales, de que resulta una plaga insufrible de mosquitos, ms feroces que los de Castilla. Me han asegurado que un mancebo de la Nao de Antn Ruz fue vctima de estos venenosos insectos. Despus de cerrada la noche nadie sale a la calle: y el que tiene que hacerlo por urgencia, va acompaado de muchos, armados y con linternas; as lo exige el crecido nmero de perros jbaros o sean monteses que vagan por ellas, y el atrevimiento de los cimarrones que vienen a buscar recursos en lo poblado. En el interior de las casas, dice Hernando de la Parra, Los muebles consisten en bancos y asientos de cedro o caoba sin espaldar, con cuatro pies que forran en lona o en cuero crudo, que po r lo regular es el lecho de la gente pobre. Los pobladores acomodados mandan a Castilla el bano y el granadillo, maderas preciosas que aqu abundan; y de all le vienen construidos ricos dormitorios que llaman camas imperiales. En todas las salas hay un cuadro de devocin a quien le encienden luces por la noche para hacer sus plegarias ordinarias. Las familias se alumbran con velas de sebo, qu e es abundante en el pas; los ricos usan velones que traen de Sevilla y alimentan con aceite de olivas. Los utensilios de cocina son generalmente de hierro, aunque los indgenas fabrican cacharros de barro que prefieren pa ra condimentar sus alimentos par ticulares. El servicio de las mesas es de loza de Sevilla y de batea y de platos que hacen de sus maderas. Los vasos, de una madera beteada que llaman guayacn, son hermosos, y se dice que sus leos tienen grandes y prodigiosas virtudes medicinales. Y, cmo coman los habaneros? Las comidas se alian aqu de un modo tan extrao que repugna al principio, pero habitanse luego tanto a ellas los europeos que olvidan las de su pas y les dan preferencia. Una reunin de carnes frescas y saladas, divididas en pequeos trozos que hacen cocer con diversas races que estimulan por medio del pequeo pimiento custico (aj-ji ji) y dan color con una

PAGE 53

semilla (vija), que vegeta espontneamente hasta en los corrales de las casas, es el plato principal, por no decir el nico, de que se sirven estos primitivos habitantes. El maz, preparado de muchas maneras, es tambin otro de los alimentos predilectos del pas. El pan de casabe es inspido y desagradable al sabor, pero la costumbre, o mejor dicho, la necesidad, nos familiariza, y muy breve lo encontramos excelente y nutritivo. Introducimos aqu, como dato curioso tomado de las Actas Capitulares, la cantidad de algunos comestibles que consuma anualmente la poblacin: trescientas reses vacunas, algunos puercos, cincuenta y dos pipas de vino de dieciocho arrobas cada una. Y se empleaban al ao cincuenta quintales de jabn. Volviendo a 1598 y al criado del gobernador, vemos que, como cronista, sobre las distracciones de la vida ciudadan a nos da estos sabrosos detalles: Los bailes y diversiones en la Habana son graciosos y estravagantes; conservan todava los primeros la rudeza y poca cultura de los indgenas, y las segundas la escasez y ningunos recursos de una poblacin que comienza a levantarse. Hay en esta villa cuatro msicos que asisten a los actos a que se les llaman mediante un previo convenio. Son estos msicos, Pedro Almanza, natural de Mlaga, violn; Jcome Viceira, de Lisboa, clarinete; Pascual de Ochoa, de Sevilla, violn; Micaela Ginez, negra horra, {es decir libre} de Santiago de los Caballeros, vigelista; los cuales llevan generalmente su compaa para rascar el calabazo y tair las castauelas. Estos msicos siempre estn comprome tidos, y para obligarlos a la preferencia es preciso pujarles la paga, y adems de ella, qu e es exhorbitante, llevarles cabalgadura, darles racin de vino y hacerles a cada uno, y tambi n a sus familiares, (adems de lo que comen y beben en la funcin) un plato de cuanto se pone en la mesa, el cual se lo llevan a sus casas; y a este obsequio llaman propina de la funcin. Estos mismos msicos concurren a las fiestas solemnes de la parroquia, que son las de San Cristbal, San Marcial, Corpus etc. Hernando de la Parra no deja de admirar los encantos de la naturaleza cubana: Esta tierra es hermosa, sus campos conservan el verdor de la primavera todo el ao, hay aguadas buenas y abundantes, los ganados se multiplican prodigiosamente; pero hasta ahora yo no veo en ella los prospectos de ricas minas con que se alucin nuestra imaginacin. Los pastos crecen con asombrosa admiracin, las labranzas se levantan mgicamente. Aqu no se conocen ni son neces arios los abonos, la naturaleza so la trabaja y sin las penalidades y fatigas que cuesta all en Castilla el cultivo de las mieses, se cogen dos cosechas al ao. Los bosques de Cuba son frondosos y sus rboles de una construccin extraa para el europeo. Y da, en fin, notas muy pintorescas: Es increble el nmero de cangrejos que se cr a en estas cercanas, y el ruido, como de tropa, que hacen de noche entrando en el poblado, buscando las inmundicias y asquerosidades. En Cuba todo es bello, nuevo y encantador para el que viene del otro hemisferio y se acostumbra a la vida pastoril. La caza es ab undante; pero no encuentro aquella s aves de picos de plata y oro con plumajes de esmalte que nos pintaban en Castilla. El guacamayo, el tocor {ser el tocororo?}, la locuaz cotorra, y el flamenco, son los nicos que han llamado mi atencin.

PAGE 54

12 ASALTOS Y SAQUEOS A LA HABANA POR PIRATAS Y CORSARIOS Los piratas y corsarios que durante los siglos XVI y XVII asolaron los mares que baan a la isla de Cuba y sus principales puertos fueron la inevitable respuesta al monopolio comercial que hasta despus de ocurrida la ocupacin inglesa de La Ha bana mantuvo Espaa en sus colonias americanas, impidiendo que otras naciones comerciaran con ella s. Esta equivocada poltica dio vida, natural y lgicamente, a la piratera realizada, primero, y, o casionalmente despus, por particulares, por hombres audaces y temerarios, ansiosos de aventuras y fortuna; y despus, y en la mayora de los casos, al amparo y bajo la proteccin de las naciones enemigas de Espaa. Las condiciones estratgicas de las Antillas, con puertos seguros y escondidos y grup o de pequeas islas desiertas o apenas habitadas, —que facilitaban refugios admirablemente preparados por la natural eza para el espionaje, el asalto y la sorpresa— favorecieron las incursiones pirticas por estos mares y los ataques a las flotas que llevaban metales preciosos y mercancas codiciadas de Amrica y Espaa, as como los saqueos de poblaciones pequeas e indefensas. Los franceses fueron los primeros en atacar y romper el monopolio es paol en Amrica. Y a Cuba tocle puesto prominente en esas depredaciones por ser esta isla, y especialmente su puerto de La Habana, lugar de escala de los galeones que traan los dineros de la Metrpoli y llevaban a sta los metales y productos del suelo americano. Las diversas guerras mantenidas por Espaa con Francia desde los tiempos de los Reyes Catlicos co nvirtieron las hazaas de los pirata s franceses en Amrica en motivo de regocijo y hasta de orgullo para los monarcas galo s, que, como es natural, dispensaron su proteccin a quienes de tan eficaz manera operaban en la lucha co ntra los espaoles. A los franceses se sumaron bien pronto los ingleses, atrados por el oro de las Antillas y el palo del Brasil. Dos sistemas adopt Espaa como defensa contra los piratas y corsarios: el envo de escuadras que convoyaran a las naves que hacan el intercambio comercial con las Indias, y la fortificacin de las plazas ms importantes de las Antillas, y entre ellas, de La Habana. Pero de nada sirvieron uno ni otro; la piratera continu extendindose al calor de la causa que era su razn de existencia: el monopolio comercial espaol; y lejos de decrecer, a ella se de dicaron aun los propios espaoles, afectados tambin por dicho monopolio, de cuyos beneficios slo poda disfrutar el Estado. As, el extranjero, como el espaol, que quera traficar en Amrica, tena forzosam ente que convertirse en pirata, ponindose fuera de la ley y bajo la amenaza de penas seversimas, por el simple hecho de comerciar, quedando equiparados en persecucin y castigo —como apunta Pedro Jos Guiteras—, el desalmado pirata y el pacfico mercader. La trata de esclavos negros africanos —convertida en otro monopolio tambin— favoreci an ms el incremento de la piratera, dedicndose algunas veces los piratas a capturar a los barcos negreros, y otras, a traer directamente de frica los negros que como esclavos vendan luego a los castellanos o cambiaban por productos del suelo americano. En ao de 1537 sufri La Habana el primero y mu y desastroso asalto de los corsarios franceses. Uno de stos permaneci anclado en el puerto durante tres horas, observando los buques espaoles que en l se encontraban, los que, al retirarse el corsario rumbo al Mariel, lo persiguieron y combatieron, con suerte adversa, pues el francs quem dos y se llev otro, no sin antes asaltar, saquear y quemar la villa. Es posible que en este incendio se perdieran, total o parcialmente, los Libros de Actas existentes hasta esa fecha. En 1538, otro francs, que haba sido ahuyentado de Santiago por Diego Prez con su navo La Magdalena, se posesion de La Habana durante quince das, quemando un bajel, saqueando el poblado, haciendo huir a sus moradores y llevndose las campanas de la iglesia. Jean Francois de la Roque, seor de Roberval, que ostentaba el cargo de Teniente General del Canad otorgado por Francisco I de Francia, y a quien los espaoles conocan por Robert Baal, atac La Habana en 1543 con cuatro galeotas, anclando sus embarcaciones frente a La Punta, y desembarc su gente por la caleta de San Lzaro; pero los vecino s de la Villa se armaron, logrando rechazar a los invasores con el auxilio de los fuegos de la prim itiva fortaleza construida po r Aceituno, reembarcndose los piratas sin realizar dao alguno, y con prdida de ms de quince hombres.

PAGE 55

Uno de los ms desastrosos asaltos que sufri La Ha bana en el siglo XVI, por parte de los piratas franceses, fue el realizado el 10 de julio de 1555 po r el famoso corsario Jacques de Sores, valiente y experimentado marino que haba sido almirante con Francois Le Clercq (Pie de Palo). En la maana de aquel da se present a la vista del puerto el navo pirata. El gobernador Gonzalo Prez de Angulo sali huyendo con su familia hacia la aldea de indgenas de Guanabacoa, donde se refugi con varios regidores y vecinos, poniendo a resguardo, tambin, algunos de sus muebles y otras pertenencias. Ante la cobarda de Prez de Angulo, el vecino de La Habana y regi dor de su cabildo don Juan de Lobera se dispuso valientemente a resistir el ataque de los franceses atricherndose en la ni ca, pobrsima e inadecuada fortaleza, de la que era alcaide. Despus de enc onada lucha se vio obligado a rendirse, pero en condiciones honrosas, respetndole el francs su vida y la de los suyos y el honor de las mujeres. Concertada una tregua para negociar con Prez de Angulo el rescate de la poblacin, que Sores hizo ascender a treinta mil pesos y cien cargas de pan casab el Gobernador no acept la tregua y se dispuso a sorprender a los franceses mientras dorman, pero, advertidos stos a tiempo, rechazaron el ataque. Reanudadas las negociaciones para el rescate, Sore s, indignado por los miserables mil pesos que ofrecieron los habitantes, prendi fuego a la poblacin, destruyndo lo todo, quemando las embarcaciones que haba en el puerto, y las estancias vecinas, colgando a los negros que en stas laboraban y ultrajando las imgenes de los santos y las sagradas vestiduras. Perdironse tambin, en el incendio, los archivos del cabildo habanero anteriores a 1550. El 5 de agosto, a medianoche, se hizo Sores a la vela, dejando La Habana arrasada y a sus vecinos en la miseria, maldiciendo al hereje francs y renegando de su cobarde gobernador. Durante el gobierno de Diego de Mazariegos, sucesor de Angulo, estuvo La Habana en varias ocasiones amenazada de asaltos de piratas, que no llegaron a desembarcar gracias a la vigilancia mantenida por el Gobernador, en tierra, y a las flotas de Pedro de las Ruedas y de Pedro Menndez de Avils. Al abandonar Mazariegos la Is la, en 1565, fue vctima, frente al Mariel, de los piratas, que lo hicieron prisionero, exigindole rescate; pero enterado de ello el nuevo gobernador, Garca Osorio, envi al sobrino de Avils, Pedro Menndez Mrquez, en defensa de Mazariegos, logrando aqul batir a los franceses y libertar al Gobernador. En 1568, el marino ingls John Hawkins, trafican te de esclavos, oro, perlas, cuero y azcar por estos mares de las Antillas, y a quien la reina Isabel de Inglaterra ennobleci, concedindole escudo de armas que ostentaba sobre unas olas de mar azuladas, un len de oro sobre fondo negro, en el cual se ven tres monedas tambin de oro, y por cimera, el busto de un negro engalanado con joyas, fu sorprendido a la altura de La Habana por fuerte tormenta que le ocasion averas gruesas a su nave capitana El Jess. Un pirata francs persigui, el ao 1576, hasta la misma entrada del puerto a un navo espaol, que logr ponerse en salvo, refugindose en el interior de la baha. Francis Drake, discpulo y compaero de Hawkins, clebre en la historia de la marina inglesa, constituy durante los aos de 1585 y 86 la preocupacin y el terror de los gobernantes y vecinos de La Habana, al saberse de una proyectada incursin pirtica de aqul a la Villa, al frente de una escuadra de veinte y tres buques, con mil trescientos tripulantes, salida de Plymouth el 15 de septiembre del primero de dichos aos, rumbo a Amrica, para vengar la traicin espaola que contra el escuadrn de Hawkins realiz Don Henrquez de San Juan de Ulloa; pero, afortunadamente para los habaneros, el temido corsario no lleg a atacar la poblacin, aunque el 27 de mayo del 86 siete barcos ingleses persiguieron, frente a La Habana, infructuosamente, una goleta espa ola cargada de palo campeche, la cual pudo guarecerse en el puerto, castigando a las naves enemig as los fuegos de La Punta y El Morro. Ese mismo da, a las tres de la tarde, catorce buques de Drake barloventearon frente a la poblacin, y a la madrugada siguiente se present el resto de la escuadra, permaneci endo al pairo hasta el 4 de julio, en que se dirigi rumbo al Noroeste, sin intentar ataque ni desembarco alguno. Una de las embarcaciones, al quedar rezagada, sufri la captura por dos galeotas espaolas, que la trajeron a La Haba na con su tripulacin. Si bien se trat de ahorcar a todos estos ingleses piratas, se les perdon luego, por haber alegado que no haban ocasionado dao a la Villa, obligndoseles ni camente a cooperar en las obras de la fortaleza. Igual suerte experimentaron los tripulantes de una nave pirata francesa capturada tambin en esos das. El 15 de junio de 1626 se present frente a La Habana la flota del corsario holands Baodayno Enrico o Vaude Vin Enrique, en acecho de la flota espaola de Mxico, pe ro habiendo muerto su jefe el da 2 de julio, de fiebres contradas al hacer escala en Cabaas, el oficial que lo sustituy, al darse cuenta de lo bien fortificada que estaba La Habana, abando n el sitio de la misma, dirigindose a Matanzas. Otras naves holandesas trataron despus, intilmente, de asaltar la armada espaola que se diriga a La Habana por el cabo de San Antonio, siendo defendida aqulla felizmente por el marino habanero Diego Vzquez de Hinostrosa, jefe de una armadilla. Durante el gobierno del maestre de campo Lorenzo Cabrera Corbera sufri horrible descalabro el convoy espaol de la plata mandado por Juan de Benavides Bazn, a manos de la poderosa flota

PAGE 56

holandesa de Piet Heyn, uno de cuyos escuadrones, de diecisis buques, se estacion frente a La Habana a mediados de 1628, y el otro escuadrn, de igual nme ro de barcos, se dirigi a Pinar del Ro, en espera ambos de la escuadra espaola. Al divisar sta a los piratas, trat de alcanzar el puerto de Matanzas, varndose a su entrada la nave capitana y dos galeon es y siendo apresadas otras embarcaciones por Heyn, quien se apoder de los ocho mejores navos y de los tesoros que llevaban a bordo, quemando los barcos que juzg inservibles. Durante ms de dos semanas perm aneci el pirata holands a la vista de La Habana con su flota y los barcos espaoles apresados, hacindose a la vela rumbo a su patria el 15 de noviembre. Otras naves holandesas trataron despus, intilmente, de asaltar Jool's (Pata de Palo), en los primeros meses del ao 1631 trat en dos ocasiones de apresar la flota de Mxico, situndose al efecto frente a La Habana durante varios das, sin lograr su propsito y ni siquiera la efectividad del bloqueo del puerto, pues en su segundo acecho burlaron aqul veintisis buques espaoles, y la escuadra de Toms de Larraspuru pudo zarpar de La Habana en febrero de 1632, con cincuenta y ocho buques, portadores de ms de ocho millones de pesos. Nuevamente, el cuatro de septiembre de 1640, Pata de Palo, con una flota de treinta y seis velas, se situ a la vista de la Ciudad; pero el huracn desencadenado el da 11 dispers los barcos, embarrancando y destruyendo varios de ellos, muchos de cuyos tripulantes fueron hechos prisioneros y conducidos a La Habana, y el da 20 el jefe holands envi un parlamento al Gobernador, solicitando el canje de prisioneros, lo que no fue aceptado, dirigindose Pata de Palo a Matanzas y desembarcando en ella, no sin causar algn dao a los vecinos. En el mes de octubre abandon definitivamente nuestros mares. Las ltimas amenazas de ataques corsarios a La Ha bana tuvieron lugar du rante los gobiernos de Juan de Salamanca y Francisco Dvila Orejn. El ingls David Manwell merode a la altura de La Habana en espera de convoyes espaoles, que no se presentaron. Su discpulo, Henry John Morgan, que lleg a adquirir triste renombre por su desenfrenada cr ueldad, no obstante lo cual —o tal vez por ello mismo—, fue recompensado por el rey Carlos II de Inglaterra con el ttulo de Caballero y el nombramiento de Comisario del Almirantazgo en Jamaica, despus de varias depredaciones en Santiago y otros puertos antillanos y centroamericanos, el 1ro. de marzo de 1668 se present a la vista de La Habana con el intento de asaltarla por la parte no fortificad a, desembarcando para ello en Bataban setecientos hombres, que se disponan a entrar por Jess del Monte; pero, conocedor el pirata de los serios preparativos de defensa llevados a cabo por Dvila Orejn, abandon la empresa, planeando entonces el ataque y saqueo de Puerto Prncipe, que s pudo efectuar impunemente a fines de ese mismo mes de marzo. Incendio y saqueo de una poblacin cubana por unos piratas.

PAGE 57

El Castillo de la Fuerza, visto por el pintor E. Caravia.

PAGE 58

13 FORTIFICACIONES Como ya hemos visto, desde los primeros tiempos de la colonizacin espaola una de las ms graves preocupaciones de los gobernantes de Cuba, y de los propios monarcas, fu la de los daos enormes que causaban, principalmente en las poblacion es martimas, los frecuentes asaltos .y saqueos de los piratas y corsarios y los ataques de las flotas pertenecientes a naciones en guerra con Espaa. Pero las medidas para precaverse de estos daos, a pesar de la gravedad e importancia de los mismos, tardaron muchos aos en adoptarse, como todo cuanto tocaba a resolver al gobierno de la Metrpoli en relacin a sus colonias de Indias, y fueron objeto de largas y a veces enconadas polmicas. A ello se debe que la Corona no se decidiese a fortificar esta villa sino hasta despus de haberse realizado, como ya hemos visto, los desastrosos ataques, tomas y saqueos de La Habana de los aos l537 y 1538. CASTILLO DE LA FUERZA Ante estos acontecimiento s desgraciados fue cuando, el 20 de marzo de ese ltimo ao, la Reina encomend al adelantado don Hernando de Soto, gobernador de la Isla, la construccin de una fortaleza en La Habana, de cuya obra qued hecho cargo el vecino de Santiago, Mateo Aceituno, dejndola terminada en 12 de marzo de 1540. Esta primitiva fortaleza de La Habana se encontra ba a trescientos pasos del sitio que ocupa La Fuerza, a la banda del puerto, y no obstante los elogios que de ella hizo su constructor y despus alcaide y tenedor, Aceituno, el gobernador Juanes de Avila, sucesor de De Soto, declar en 31 de marzo de 1545 que de fortaleza no tena ms que el no mbre, encontrndose, adem s, mal situada, pues quedaba dominada por un cerro que se supone fuera la llamada Pea Pobre, desaparecida posteriormente con el ensanche y construcciones de la ciudad, as como que era innecesario alcaide para mandarla, y en, efecto, Avila sustituy a Aceituno por Francisco de Parada, como representante del Gobernador en La Habana. Juan de Lobera, hermano poltico de Juan de Rojas, que fu alcaide antes de 1548, particip del pobre juicio pblico que se tena de la fortaleza. La importancia que con el descubrimiento del canal de Bahamas adquiri el puerto de La Habana como lugar donde se congregaban las flotas y navos sueltos, mercantes y de guerra, que hacan la ruta desde Santo Domingo, Nombre de Dios, Honduras y Mxico a Sevilla, y la actividad demostrada por los corsarios franceses impulsaron a la Corona a mejorar las defensas de La Habana, acordndose primero, hacia 1550, reparar o recons truir la fortaleza existente, cuya ob ra fu confiada a Juan de Rojas y a Juan de Lobera, inspeccionando la existente los capitanes generales Di ego Lpez de Roelas, en 1550, y Sancho Viezma, en 1551, originndose largas discusiones sobre si deba reconstruirse la existente o construirse una nueva fortaleza. Durante el borascoso gobierno de don Gonzalo Prez de Angulo se tomaron diversas medidas por el Gobernador y Cabildo sobre la fortificacin, vigilancia y seguridad de La Habana, con motivo de la guerra con Francia. A pesar de todo esto, el asalto y toma de La Haba na por el corsario francs Jacques de Sores, el 10 de julio de 1555, sirvi para comprobar lo inad ecuada que era la fortaleza entonces existente para defender La Habana, pues no obstante la tenaz y heroi ca resistencia que hizo su alcaide Juan de Lobera, se vi obligado a rendirse, quedando aqulla prcticamente destruda, ya que en 1565 el gobernador Garca Osorio la encontr en tan psimas condiciones que era utilizada como corral para guardar el ganado que se destinaba al sacrificio, con slo un terrapln sobre la boca del puerto y cuatro piezas de bronce, ms otras cuatro que dicho gobernador coloc. Con tal motivo, por Real Cdula de 9 de febrero de 1556 se orden por la Corona la construccin de una fortaleza. El gobernador Die go de Mazariegos eligi como sitio de emplazamiento el de las casas de Juan de Rojas, o sea, el lugar que ocupa actualmente La Fuerza. La historiadora Wright, en su obra varias veces citada, y basndose en documentos del Ar chivo de Indias, cree pode r afirmar que la fortaleza

PAGE 59

vieja, o sea la primitiva, ocupaba el sitio donde estuvo hasta el gobierno de Gerardo Machado la Secretara de Estado, al comienzo de la calle que por muchos aos se llam de Tacn y hoy lleva el nombre del patriota Manuel Sanguily. Pero adems de las casas de Juan de Rojas fueron asimismo expropiadas para levantar la fortaleza las de Melchor Rodrguez, Juan Gutirrez, Antn Recio, Alonso Snchez del Corral, Diego de Soto, Juan de Inestrosa, Isabel Nieto, y el sacerdote Andrs de Nis, vecinos de los ms distinguidos y ricos, que de aquel lugar haban hecho la barriada aristocrtica de la Villa. No todas las casas se derribaron inmediatamente, y de al gunas slo pudieron cobrar indemn izacin sus propietarios despus de varios aos. Se iniciaron las obras de esta la ms antigua fo rtaleza habanera que se co nserva en nuestros das, en 1558, por Bartolom Snchez, du rante el gobierno de Di ego de Mazariegos, y fueron terminadas por Francisco de Calona en 1557, gobernando Francisco Carreo. Pero, apenas terminada, comenzaron las crticas contra ella, y fue la primera su situacin frente a la loma de la Cabaa, que la seorea toda y con piezas muy pequeas pueden matar la gente que tuviere jugando el artillera, por ser el cerro grande y. muy alto. En cuanto a la fortaleza en s, la censur Antonio Manrique, comisionado del Rey para inspecci onarla en 1577, por tener el patio muy pequeo, faltarle escaleras, parecer sus puertas ms bien de ciudad que de fortaleza, carecer de agua y tener la fosa tan alta que si no se baja conforme a la marea no podr tener agua aunque se la echen a mano. Adems, los cubos que tiene que sirven de casamatas esta ban altos y abiertos y tenan las bbedas tan altas y delgadas que entrando las piezas tiembla toda la capilla, y en pocos aos podran venir al suelo; no obstante, Manrique terminaba su informe declarando que la fortaleza est en trminos que artillndola y pertrechndola de municiones se puede muy bien defender y offender... al presente tiene pocas municiones, y son la ocho piezas de artillera medianas y la vna quebrada por la boca, ninguna de las cuales alcanzaba ms all de la boca de l puerto. Al terminarse La Fuerza, su guarnicin se compona de cincuenta hombres, de los que diecinueve eran portugueses ; los artilleros, dos flamencos y un alemn; y el tambor un viejo negro esclavo. El Gobernador hizo a su hijo de catorce aos Capitn de La Fuerza, aunque asegur que su mando era nominal. Sobre la disciplina de la guarnicin puede juzgarse por el hecho pintoresco de que el Gobernador la encerraba por la noche guardando la llave bajo su almohada. En 1578 se nombr Capitn de La Fuerza a Melchor Sardo de Arana, quien tom posesin de su cargo al ao siguiente. En julio de 1579, considerando la Corona que La Fuerza estaba ya en defensa, se di orden que fuese saludada por los navos que entraban en el puerto. En 2 de enero de 1582 se nombr al Capitn Diego Fernndez de Quiones, Alcaide de La Fu erza, a fin de que sta tuviese un oficial de responsabilidad al frente de ella. Con motivo de este nombramiento, surgieron graves disenciones entre el entonces gobernador, Gabriel de Lujn, y el alcaide Qu iones, que tuvieron eco en la Corte, pues el Rey crea que el Gobernador y el Alcaide deban ser una misma persona, y el Consejo de Indias opinaba que deban estar divididos dichos cargos. Fueron intiles las recomendaciones que el Consejo hizo al Gobernador y al Alcaide para que guardaran entre s armnicas relaciones, y desde la llegada de Quiones a La Habana, en 13 de julio de 1582, se sucedieron las disputas entre ste y Lujn, sin que ello impidiese a aqul realizar beneficiosas modificaciones en la Fortaleza. A Sardo de Aran a lo nombr Quiones su segundo, sustituyndolo en 1ro. de febrero de 1584 por Toms Bernardo de Quirs. Ante la presencia de Francis Drake y el temor de un asalto a La Habana en 1586, Quiones y Lujn olvidaron sus diferencias, para cooperar am bos, en La Habana y en las regiones orientales, respectivamente, a la defensa de la Isla. Y aunque al fin el ingls no se decidi al ataque, de los preparativos result beneficiada La Fuerza con 50 quintales de plvora y 40 de plomo. Y reunidas las autoridades de La Habana, el 15 de noviembre, en junta presidida por Lujn y Quiones, se pidieron al Rey plvora, cuerda, y municiones para la defensa de La Habana, as como a Mxico artillera, municiones, 300 hombres armados y dinero para pagarles sus sueldos y raciones. El 2 de julio de 1587, con la armada de Alvaro Flores, lleg a La Habana el nuevo Gobernador don Juan de Tejeda, acompaado del ingeniero mi litar Bautista Antonelli. La Fuerza fu provista entonces de 8 piezas de bronce, muni ciones, plvora y cuerda y, se le construy una entrada en cubierta al rrededor de esta fortaleza, qu e Miss Wright supone se hizo de acuerdo con dibujos de Antonelli.

PAGE 60

Con el nombramiento de Tejeda se unieron en una sola persona los cargos de Gobernador y Alcaide, por acuerdo de la Corona. La llegada de Antonelli, representa, a su vez, el inicio y desarrollo del vasto plan de fortificaciones para La Habana que culmin, aos ms tarde, en la construccin de las fortalezas de El Morro y La Punta. La torre de La Fuerza fu levantada en tiempos de gobernador Juan Bitrin de Biamonte (16301634), quien coloc en lo alto de bella estatuta de bronce que representa simblicamente La Habana, modelada por Gernimo Martn Pi nzn, artfice fundidor escultor. Por ser el edificio ms seguro de La Habana en los tiempos de su construccin, a La Fuerza trasladaron su residencia muchos capitanes generales y gobernadores de la Isla, siendo el primero que la ocup Juan de Texeda, en 1690, y despus otros de sus sucesores, hasta que se construy en 1790 la Casa de Gobierno en parte del terreno ocupado por la antigua Parroquial Mayor. A pesar de diversas tentativas de demoler el castillo de La Fuerza por su inutilidad como fortaleza, segn criterio de varios ca pitanes generales, afortunadamente es os propsitos no prosperaron, y el castillo se conserv durante el tiempo de la dominacin espaola, utilizndosele para cuartel y oficinas. El Castillo de la Fuerza, segn un grabado de 1841. A1 ocupar la Isla en 1899 el gobierno norteamericano, orden la mudanza al cuartel de La Fuerza del Archivo General de la Isla de Cuba, el cual permaneci all hasta el 20 de julio de 1906 en que fu trasladado al antiguo cuartel de Ar tillera, en la calle de Compostela. Desde 1909 hasta 1938 estuvo destinado el castillo a la Jefatura de la Guardia Rural primero, al Estado Mayor del Ejrcito, despus, y a cuarte l de un batalln de Artillera, por ltimo. | En 1938, al ser desalojada violentamente la Biblioteca Nacional del edificio de la Antigua Maestranza de Artillera para construir en esos terreno s la Jefatura de Polica, fueron trasladados los fondos de la Biblioteca al castillo de La Fuerza, donde funcion dicha institu cin hasta que en 21 de febrero de 1958 se traslad a su edificio propio en la Plaza de la Revolucin Jos Mart. En 1940, la intervencin de la Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales impidi que se levantara, en terrenos anexos al Castillo, de La Fuerza, el edificio social del Colegio de Abogados de La Habana, lo que habra destrudo la interesa nte perspectiva que ofrece la antigua fortaleza. Bajo la dictadura de Fulgencio Batista, en 1958, y previa la disolucin, por decreto, de la Junta Nacional de Arqueologa y Etnologa, se intent una s upuesta restauracin del Castillo de La Fuerza, en que empezaron a cometerse innumera bles errores, y que felizmente qued paralizada con la cada de la Dictadura. Poco despus de asumir el poder el Gobierno Revolucionario restableci, con todas sus atribuciones, la Junta Nacional de Arqueologa y Etnologa, la que inmediatamente traz los planes para la adecuada restauracin de La Fuerza, que fueron apro bados por el Ministerio de Obras Pblicas, y cuya ejecucin ya ha comenzado. Se s upone que una vez terminadas esas obras, La Fuerza ser destinada a museo. Como la ms antigua fortaleza que ha tenido la ciudad, constituye la Fuerza una de las ms preciadas joyas histricas que posee La Habana y figura en el escudo de armas que le concedi la Corona al otorgarle el ttulo de Ciudad por Real Cdula de 20 de diciembre de 1592 confirmndose aquella distincin, a causa de haber desaparecido el documento oficial de la misma, por Real Cdula de 30 de

PAGE 61

noviembre de I665 firmada por la Reina gobernadora doa Mara de Austria, viuda de Felipe IV. As, blasonan el escudo de La Habana los tres primeros castillos que sta tuvo: La Fuerza, La Punta y El Morro. La torre del Castillo de la Fuerza, con la estatuita que, segn la tradicin, representa a La Habana.

PAGE 62

CASTILLO DE EL MORRO Desde tiempo inmemorial se aprovechaban los vecinos de la villa de La Habana de la excelente situacin de las alturas de El Morro, en la ribera derecha de la baha, para establecer vigas que anunciaran la presencia de naves enemigas, y con much a mayor eficacia que en La Punta, situada frente a aqullas en la ribera izquierda, puesto que, desde a ll, no slo se alcanza a ver una zona de mar ms dilatada, sino que se domina toda la costa por el naciente, al otro lado de la loma de La Cabaa. Esta costumbre antigua est confirmada en el act a de la sesin del cabildo habanero celebrada el 30 de abril de 1551, al acordarse que desde el da siguiente, 1ro. de mayo, se pusieran velas en El Morro segn se acostumbra... por haber nuevas de franceses. En 15 de abril de 1583 se dispone colocar en El Morro dos pasamuros e quatro bersos {caones}, adems de los vigas acordados, pero procurando que uno de stos sea hbil para disparar la artillera, as como levantar en El Morro una casilla de teja para reparo de los hombres que all estuvieren. Es la primera vez que en la historia de La Habana se habla de fortificar el sitio que ocupa actualmente el Castillo de El Morro. En 1563, el 2 de diciembre, consta que el gobern ador Diego de Mazariegos ha hecho construir ya en El Morro una torre de cal y canto de seis estadios y medio de alto y muy blanca. Est el capitel de la torre a 15 estadios sobre el nivel del mar y sirve de atalaya contra corsarios, puesto que se alcanza a ver hasta ocho leguas. Se gastaron en esta torre 200 pesos, y para pagarlos se estableci un derecho de anclaje sobre los buques que visitaran nuestro puerto, segn documento conservado en el Archivo de Indias, utilizado por la historiadora Irene A. Wright. Los continuos ataques de corsarios y piratas y el hecho de no considerarse suficiente el Castillo de La Fuerza para rechazarlos y resguardar en debi da forma la Ciudad motivaron que Felipe II creyera necesaria la construccin de una gran fortaleza que hiciera inexpugnable este puerto; y, al efecto, comision al ingeniero Juan Bautista Antonelli, para qu e bajo la direccin del capitn general, maestre de campo Juan de Tejeda, se emprendieran los trabajos para la edificacin, inicindola efectivamente en 1589; dcese que para terminarla se necesit del auxilio del vecindario, y no qued definitivamente concluda, al mismo tiempo que el castillo de La Punta, hasta 1630, siendo gobernador de la lela Lorenzo de Cabrera. La fortificacin de El Morro pres enta la forma de un polgono irre gular, porque va siguiendo la superficie de las rocas, y se compone, de tres baluartes unidos por cortinas y un cuartel acasamatado. Uno de esos baluartes tiene, en lo ms angosto de la punta, un torren que Arrate califica de sublime torren de doce varas de alto, que llaman El Morrillo, agregando que se utilizaba de atalaya para vigilar las embarcaciones que se avistan y hacer sea con la campana del nmero de velas que se descubren, las que se manifiestan por unas banderitas que se fijan sobre la cortina que cae encima de la puerta del castillo y mira a la poblacin, distinguindos e, por el lado en que las colocan, el rumbo o bando por donde aparecen. La fortaleza contaba, dentro de sus murallas y foso s, con dos grandes aljibes que se consideraban suficientes para abastecer la guarnici n por largo que fuera el sitio que se le pusiera, una iglesia, casas del comandante, capelln y oficiales, tres cuarteles para la tropa, oficinas, calabozos y bveda. En cuanto a piezas de defensa, tena varios ca ones gruesos mirando al mar, otros de menos calibre a la boca y fondo del puerto, y una batera de media luna con doce caones que se conocan con el nombre Los Doce Apstoles. A 500 varas del Castillo se form otra, denominada La Pastora, con igual nmero de piezas. El primer Alcaide del Castillo fu Alonso Snchez de Toro, segn vimos en la inscripcin citada, y el puesto llevaba aparejadas grandes preeminencias, y, entre ellas, la ms importante era la de sustituir en el gobierno militar de la Isla al Capitn General, en caso de muerte de ste. Durante ms de un siglo, la fortaleza de El Mo rro llen cumplidamente los fines de defensa del puerto y de la ciudad de La Habana, rechazando sus caones, repetidas veces, los asaltos de escuadras holandesas, francesas e inglesas, entre estas ltimas, las de los almirantes Hossier, Vernon y Knowles. No pudo resistir, en cambio, el ataque iniciado el 6 de junio de 1762 por el ejrcito y escuadra britnicos, al mando, respectivamente, del Conde de Al bemarle y de Sir George Pocock. Tomada la altura de La Cabaa el da 11 y fortificada por los ingleses dicha eminencia, se abri fuego en la maana del primero de julio contra El Morro.

PAGE 63

El Castillo del Morro, la entrada del puerto de La Habana y el Castillo de La Punta, segn un grabado antiguo. El Castillo del Morro en la poca actual

PAGE 64

Despus de un sitio que dur cuarenta y cuatro das debido a la heroica resistencia dirigida por el jefe de la fortaleza, don Luis de Velasco, la muerte de este hroe y el estado desastroso de la fortaleza y de sus defensores obligaron a la rendicin de El Morro, perdindose as la ltima esperanza que para su resistencia tena la Ciudad; sta, a pesar del valeroso comportamiento de muchos civiles y milicianos criollos, pocos das despus caa totalmente en poder de los invasores ingleses. Recuperada la Ciudad por los espaoles el 6 de julio de 1763, a consecuencia del tratado con Inglaterra, el capitn general Conde de Ricla se consagr a la reconstruccin de las fortalezas, especialmente El Morro. La de esta ltima fu direct amente ejecutada por el ofic ial Antonio Trebejo, bajo la direccin de los brigadieres Silvestre Abarca y Agustn Cramer. Desde entonces sus caones han permaneci do mudos para toda accin de guerra. Pero esta fortaleza no slo represent, hasta la edificacin de La Cabaa, la mxima defensa de La Habana, sino que tambin ha llenado siempre otra misin no menos trascendental y singularmente humanitaria, confiada no a sus murallas, fosos, balu artes, cortinas y cuarteles acasamatados, ni a sus piezas de artilleras y guarnicin, sino a su torre, su fa ro y sus torreros: la de se rvir de gua durante la noche, con su luz emplazada en lo alto, a los navegant es que se dirigen a este puerto o recorren nuestros mares. Antes y despus de la toma de La Habana por los ingleses la luz del faro de El Morro, segn el historiador Pezuela, se alimentaba con lea. En 17 95 se intent utilizar gas inflamable, producto del chapapote cubano, pero fracasaron los intentos, y en 1819 se empleaba el ace ite; en 1845 el llamado aceite de colza; en 1928 se empez a utilizar el acetileno y en 1945 se di a la farola iluminacin elctrica. Desde 1824, la farola del Morro tena un nuevo fanal, muy superior a los anteriores, instalado por el brigadier Honorato Bouyn. En 1844, el 8 de diciembre, se inaugur con gran pompa oficial la construccin de una nueva torre, de una altura total de 85 pies, que por el lugar donde est situada alcanza 151 pies sobre el nivel del mar, y en la que se colocara un nuevo fanal, superior al de Bouyon, del sistema del francs Fresnel, mejorado por el tambin fra ncs Henri Lepante. Esta torre es la que existe en la actualidad, lo mismo que la farola de Fresnel. Terminronse las obras en 1845, y se di a la tercera torre el nombre del que entonces gobernaba la Isla, el capitn general Leopoldo O'Dnnell, de siniestra memoria para los cubanos, especialmente por su feroz represin de la llamada Conspiracin de la Escalera en 1844. Con tal motivo, al celebrarse en 1945 el centenario de estos actos, y la inauguracin del alumbrado elctrico en la farola de El Morro, nosotros pedimos a las autoridades que fuera borrado de la pared de la torre el nombre despreciable de aquel d spota. Entonces no fuimos odos. En 1952, un decreto presidencial cambi oficialmente el odioso nombre de O'Donnell por el del ilustre sabio cubano Finlay; pero tal decreto no tuvo repercusiones prcticas; es decir, que todava sigue inscrito en la piedra centenaria de la farola de El Morro el apellido de aquel gobernante cruel cuya memoria execran los cubanos. Desde hace muchos aos fu dedi cado El Morro a Escuela de Cadetes del Ejrcito, y bajo el Gobierno Revolucionario radica en l una Escuela Militar. El Castillo de El Morro de La Habana ostenta indiscutiblemente, la representacin de la Isla de Cuba, al extremo de que, fuera de nuestra patria, los que slo la conocen de nombre la identifican siempre al contemplar alguna reproduccin de la vieja fortaleza que se levanta a la entrada de nuestro puerto. Pero an hay ms. Si desde los puntos de vista geogrfico e histrico, El Morro tiene ese extraordinario y singular carcter simblico, su si gnificacin en el orden poltico es a n mucho mayor, al extremo de que encarna la patria misma, la Colonia ayer, la Repbli ca hoy. As, cada vez que nuestra isla ha cambiado su status poltico, el acto oficial de cambio de soberana, y con l el de la bandera, no se ha realizado slo en el Palacio de los Capitanes Generales, o en alguna otra de las fortalezas de la capital de la Isla, sino precisamente en el Castillo de El Morro. En cuatro ocasiones ha tenido lugar esta trascendental ceremonia: la primera, a las 3 de la tarde del da 30 de julio de 1762, en que como consecuencia de la toma de La Habana por los ingleses, fu arriada la bandera espaola y sustituda por la britnica; la segunda, al volver a tremolar aqulla en 6 julio de 1763, recuperada la plaza por los espaoles; la tercera, en 1ro. de enero de 1899, al perder Espaa la Isla como resultado de la Guerra Hispano-cubanoamericana y ocuparla militarmente los Estados Unidos, izndose entonces en vez de la ensea gualda y roja, la de las barras y estrellas; y la cuarta y ltima, cuando la ba ndera de la Unin fu sustituida por la bandera que el 19 de mayo de 1850 fu alzada por Narciso Lpez a los vientos de la libertad, en la ciudad de Crdenas —y santificada por la sangre de los mrtires y hroes en nuestra guerra de los Treinta Aos— al nacer, el 20 de mayo de l902, a la vida de los pueblos soberanos la Repblica de Cuba.

PAGE 65

CASTILLO DE SAN SALVADOR DE LA PUNTA Desde los primeros das de existencia de La Habana en el sitio en que se estableci a la entrada del Puerto de Carenas, se cay en la cuenta de la gran importancia estratgica que tena la llamada Punta, por estar en la boca del puerto y de la baha. Estaba La Punta en un principio separada de la Villa por un tupido bosque que haca imposible el paso por la playa de uno a otro lugar, y en diversos pasajes de las actas y de documentos de la primera mitad del siglo XVI hay alusiones a tal circunstancia y a la prohibicin de cortar lea en el bosque de referencia para evitar abrir caminos que pudieran servir de ruta de ataque por parte de piratas. El 10 de octubre de 1550 se acord por el cabildo habanero desmontar el camino que sala de la fortaleza ya construda (la primitiva de Hernando de Soto) para que ju egue bien la artillera, y adems por motivos sanitarios, pues se consideraba insalubre la existencia de aquella manigua a las puertas mismas del poblado; con lo que se empieza a dar a La Punta la importancia militar que realmente tiene e iba a adquirir andando los siglos. Esta importancia se puso de manifiesto con el ataque y toma de La Habana por el pirata francs Jacques de Sores el 10 de julio de 1555. Los atacante s llegaron a la Villa despus de haber desembarcado en la Caleta, al otro lado de La Punta, pasando indudablemente por este lugar o por sus inmediaciones sin que se explotaran, para la defensa, las magnficas condiciones del lugar. Por esta razn, inmediatamente despus de haberse instalado nuevamente en La Habana el Cabildo, que haba hudo con el gobernador Angulo ante el ataque del francs, el 8 de febr ero de 1556 toma el acuer do de establecer velas, esto es, vigas, en La Punta, que previnieran la presencia de enemigos en los mares frente a La Habana y en las playas vecinas por el norte. En 1559, el 28 de enero, por estar entonces Espaa en guerra con Francia y ante el temor de que corsarios de esta lti ma nacin reanudaran los ataques a nuestra capital, se vuelve a acordar establecer las velas en la boca del pu erto (La Punta), y adems, en la Caleta y en El Morro. Estamos ante los primeros intentos de dar a La Punta importancia militar. En 1582, el 27 de febrero, ya tiene Gabriel de Luxn hechas unas trincheras de defensa en La Punta, previniendo un ataque de franceses que se esperaba nuevamente. Pero el alcaide Diego Fernndez de Quiones, militar de oficio llegado a La Habana ese mismo ao, con el fin de perfeccionar las defensas, ve inme diatamente la convenienc ia de hacer algo ms que una trinchera en La Punta, y dice al Rey, en carta de 1. de diciembre de aquel ao, que La Punta tiene gran necesidad de hacerse en ella un torren para la guardia y seguridad de este puerto, y pide a S. M. permiso para hacerlo y para poner en l dos caones de hierro. Castillo de La Punta

PAGE 66

Casi al mismo tiempo que el Castillo de El Morro se empez a fabricar el Castillo de La Punta, durante el gobierno del maestre de campo Tejeda, en 1590, por el ingeniero J. B. Antonelli, que tena a su cargo la construccin de aquella otra fortaleza. Dice el historiador Pezuela, que el primer relieve figur un cuadriltero abaluartado de menos extensin que el que compone el castillo actual. El fin que se persigui al construir esta fortaleza fue el de que con ella se pudiera cooperar a la defensa que de la entrada del puerto haca El Morro, ya que los fuegos de una y otra se cruzan. El primero de sus alcaides de que se tiene noticia, en 1596, fue el capitn don Antonio de Guzmn y cuando la invasin inglesa lo mandaba el comandante Buseo. Por una lpida que existe en una de sus cortinas se sabe que a las obras primitivas que hizo Tejeda agreg otras su sucesor D. Lorenzo de Cabrera. Hasta el 30 de julio de 1762, en que los ingleses tomaron El Morro, no sufri el Castillo de San Salvador de La Punta ataque serio alguno. Entonces s quedaron arruinadas por las bateras inglesas sus cortinas y baluartes. Despus de recuperar los espao les La Habana dispuso su reconstruccin en 1763, el gobernador Conde de Ricla, de acuerdo con los planos y bajo la direccin de los jefes de ingenieros Silvestre Abarca y Agustn Cramer, que ampliaron las obras primitivas recibiendo la fortaleza desde entonces, en diversas pocas, vari as modificaciones, principalmente en 1868, en que se construyeron cuatro explanadas para igual nmero de piezas de artillera, sistema Barrios, consideradas de lo ms moderno de su poca, las que se montaron en ellas. Aunque en algunos aos, como en 1854, no tena guarnicin, si endo la plaza la que daba la guarnicin, sola tenerla, en tiempos normales, de 60 hombres que eran suficientes para cubrir el servicio de sus puestos, cuyo Capitn Gobernador ganaba 1,500 pesos fuertes anuales y un Subteniente Tercer Ayudante, 675 y 60 de gratificacin. El Castillo de San Salvador de La Punta, durante la Repblica, sirvi de residencia al Estado Mayor de la Marina Nacional. Actualmente, bajo el Gobierno Revolucionario, est ocupado por una Escuela de Milicias. CASTILLO DE SAN CARLOS DE LA CABAA Cuenta la tradicin que el famoso ingeniero Antonelli, constructor de El Morro, subi un da al cerro de La Cabaa y dijo: E1 que fuere dueo de esta loma, lo ser de La Habana. Esta profeca se cumpli ciento setenta y tres aos despus, ya que en 1762, cuando el ataque de la escuadra inglesa a La Habana, fue la posesin de la loma de La Cabaa por las tropas britnicas la que facilit el ataque a El Morro, ya que en aquel lugar colocaron stas sus bate ras, dirigiendo sus fuegos a la plaza y puerto hasta lograr la total rendicin de la Ciudad. Tan dolorosa experiencia hizo que, una vez reconquistada la ciudad de La Habana por Espaa a virtud del Tratado de Paz que firm con Inglaterra el rey Carlos III, ordenase ste la ejecucin de un castillo sobre la loma de La Cabaa, con preferencia a cualquier otra obra pblica. Y al efecto, el da 4 de noviembre de 1763, se dio comienzo a la construccin del castillo de San Carlos de La Cabaa, concluyndose en 1774. Los planos fueron trazados por el ingeniero francs M. Vallire, de dibujos suministrados por M. Ricaud de Targale. El nombre de la fortaleza se debi, en primer lugar, al propio rey Carlos III, y en segundo, a la loma sobre la que est levantada, que se conoca por Cerro de La Cabaa, por unos bohos o cabaas que all existan. Era propietario del terreno don Agustn de Sotolongo, que lo cedi gratuitamente para la obra, cuyo importe total ascendi a la respetable suma de catorce millones de duros, contndose que, al saberlo, y asombrado de la cuanta de la obra, el rey Carlos III pidi un anteojo para verla, pues obra que tanto haba costado, deba verse desde Madrid. La posicin estratgica del Castillo de La Cabaa dominando la ciudad, la baha y el canal de entrada, por un lado, y el mar del Norte por el otro; su cercana y enlace con el Castillo de El Morro; su extensin de ms de 700 metros de largo; y su admirable y slida construccin hacan de esta fortaleza la primera de Amrica en la poca en que fue construida, y la ms considerable de la Isla. Su situacin es al E.N.E. de La Habana, a 380 va ras al S.E. del Castillo de El Morro. Tiene un polgono de 420 varas exteriores con sus baluartes, terrazas, caponer as y rebellines flanqueados. Lo circunda un foso profundsimo abierto en la pea viva, y un camino cubierto con dos bajadas que llegan hasta la ribera de la baha. Tiene vastos cuarteles y almacenes. Estuvo siempre dotada por el gobierno espaol de gruesa artillera, mantenindola en perfecto estado de defensa. Para completar las defensas de El Morro y La Cabaa, se construy, a 2,090 varas al S. E. del primero y 1,200 de la segunda, el Fuerte de San Diego, nmero 4, que es un polgono de 150 varas

PAGE 67

exterior con foso, caponera, rebelln y camino cubierto. Las fuerzas de aquellas fortalezas lo protejen, cubrindolo por el fl anco, y los suyos, a su vez, descubren y baten aquellos accidentes y sinuosidades del terreno a donde no alcanzan los fuegos de La Cabaa, preservndola de todo ataque por el S. Se le puso ese nombre en memoria del gobernador Diego Manrique, muerto a los pocos das de su llegada a La Habana, a consecuencia del vmito o fiebre amarilla que contrajo al examinar la meseta sobre la que se levanta este fuerte. Durante las guerras de i ndependencia con Espaa la fortaleza de La Cabaa sirvi, a falta de hechos de armas gloriosos y heroicos, de prisin y de escenario de fusilamientos y decapitaciones. Sus calabozos y fosos fueron mudos testigos de mltiples asesinatos de patriotas cubanos. Pginas sombras escribi all la Metrpoli en los ltimos aos de su dominacin en Cuba. Sangre cubana en abundancia ha corrido en aquella fortaleza, cuyos murallones recogi eron los ltimos ayes de centenares de mrtires, apstoles, hroes y propagandistas de la libertad de Cuba, transmitiendo el eco de sus voces de angustia, dolor y rebelda a todos los confines de la Isla, y animando la fe y entusiasmo en la noble, tenaz y patritica empresa revolucionaria. El Foso de los Laureles, en el Castillo de La Cabaa, donde murieron ejecutados nume rossimos patriotas cubanos. Una lpida, colocada en el muro de uno de sus fosos —el de Los Laureles— por el cario y la gratitud de un pueblo, rememora a la generacin presente y a las venideras el sacrificio y el martirio que engrandecieron y santificaron la gloriosa epopeya que fue nuestra Revolucin Libertadora. Desgraciadamente, ya despus de instaurada la Repblica, en La Cabaa fueron asesinados numerosos presos polticos durante el gobierno tirn ico de Gerardo Machado (1925-1933) y durante la dictadura feroz de Fulgencio Batista, es pecialmente de 1952 al fin de 1958. Actualmente, en La Cabaa radica uno de los mandos militares, y adems entre sus muros se encierran las prisiones militares. Tambin se c onstituyen all ahora Tribunales Revolucionarios para juzgar los delitos ms importantes de carcter militar, y por ese motivo fue escenario, a raz del triunfo de la Revolucin en 1959, de los ms sensacionales procesos contra los sanguinarios mantenedores de la tirana batistiana que ms odiosos se hicieron por sus crueldades contra el pueblo.

PAGE 68

CASTILLO DE ATARES Como consecuencia de la toma de La Habana po r los ingleses en 1762 se palp la necesidad, para tener resguardadas y defendida s las comunicaciones de la plaza con los campos vecinos, de fortificar la Loma de Soto que domina el fondo de la baha. Al efecto, despus de varias obras provisionales y urgentes, se acometi la construccin, que dur de 1763 a 1767, por el ingeniero belga, Agustn Cramer, del Castillo de Atars, cuyo nombre debe al Conde de Ricla, promotor de las obras. El terreno lo cedi su dueo, Agustn de Sotolongo. Al ser construdo, se hallaba a 1,500 varas al sur del recinto amurallado de la ciudad. Bajo la tirana de Gerardo Machado (1925 a 1933 ) fueron torturados, asesinados y enterrados en Atars muchos luchadores contra aquella dictadura; y el 8 de noviembre de 1933, durante la primera presidencia de Grau San Martn, se efectu en ese cas tillo y sus alrededores una sangrienta lucha entre el Ejrcito mandado por Fulgencio Batista, y los abecedarios, opuestos al Gobierno. Castillo de Atars

PAGE 69

CASTILLO DE EL PRINCIPE An despus de construdo el castillo de Atars, todava se notaban otras deficiencias en la defensa de La Habana, que el sitio de los ingleses puso de relieve, y entre ellas, la insuficiencia del Torren de La Chorrera para evitar el desembarco por este sitio, nico en el cual se proveyeron aqullos de agua potable, y adems, segn Pezuela, la urgencia de cubrir los aproches de la plaza por la parte ms expuesta, y proteger a las tropas que hubieran de oponerse a un desembarco, ms fcil y probable por aquel que por ningn otro puesto de la costa inmediata a La Habana. Para evitar ambos peligros, se encarg al inge niero Cramer la fortif icacin de la Loma de Arstegui, que perteneci a don Agustn Arstegui Loynaz. Utiliz aqul los diseos que haba hecho el ingeniero Silvestre Abarca, empezndose las obras en 1767, no terminndose por completo, hasta despus de 1779 y por el brigadier Luis Huet, que modific los planos de Abarca. A esta fortaleza se le dio el nombre de Castillo del Prncipe, por el entonces heredero de la corona real de Espaa, el prncipe don Carlos, que de spus rein, para desdicha de sus gobernados, con el nombre de Carlos IV. Al ser demolida bajo el gobierno de Gerardo Machado, la Crcel y Presidio que se hallaba al comienzo del Paseo del Prado, hoy Paseo de Mart, pasaron all estas dependencias, aunque hoy slo queda en ese lugar la Crcel. Por este motivo el castillo de El Prncipe ha sido, en tiempos de tirana o de viva agitacin poltica, escenario de innumerables actos de rebelin, as como de castigos y represiones violentas, huelgas de hambre y fugas espectaculares. OTRAS FORTIFICACIONES Entre otras fortificaciones que tuvo La Habana du rante la poca colonial y fueron derrudas en tiempos republicanos para facilitar el ensanche de la ciudad y la construccin de plazas, calles y manzanas de edificaciones, debemos mencionar la ba tera de San Lzaro, prxima a la caleta del mismo nombre, hoy desaparecida, y que cruzaba sus fuegos con la batera de Santa Clara, a 980 varas de distancia, y con los del castillo de la Punta, a 1,600 varas; la de San Nazario, a 750 varas del castillo de El Prncipe, probablemente en el cerro donde hoy se halla la Universidad, dominando la costa; la de Santa Clara, prxima a la anterior, situad a sobre la eminencia en donde hoy se alza el Hotel Nacional, y cuyos fuegos se cruzaban con los de la Punta y del Morro, y a la que se di este nombre por haberse construdo de 1797 a 1799, bajo el gobierno del Conde de Santa Clara; la batera o cuartel defensivo de Las Animas, sobre un cerro donde despus se erigi el hospital del mismo nombre, a 1,060 varas al sudoeste del castillo del Prncipe y a 1,500 al norte del de Atars; y la batera de la Reina, de ms reciente construccin que las anteriores, y de forma redonda, construida donde hoy se encuentra el Parque Maceo, en sustitucin de la antigua de San Lzaro. LOS TORREONES O CASTILLITOS Varios aos despus de terminada la construccin de los castillos de El Morro y La Punta, y con motivo de la visita que por orden de S. M. hicieron a Cuba en 1633 el capitn general marqus de Cadereyta y el almirante Carlos de Ibarra para insp eccionar el estado en que se encontraban aquellas dos fortalezas y la de La Fuerza, stos, en el estudio que con otros oficiales de la plaza realizaron, creyeron conveniente recomendar, adems de obras de repar acin en dichos castillos, la construccin de dos torreones en las bocas, respectivamente, de La Chorrera y Cojmar, que sirvieran para impedir que por esos lugares estratgicos se realizaran desembarcos de enemigos que pudieran internarse de tal manera en la Ciudad, sorprendiendo a sus moradores y defensores y, sin que resultaran efectivos hasta esos sitios los fuegos de La Fuerza, La Punta y El Morro. Regulado, segn Arrate, el costo de los torreones en veinte mil ducados, no se empez su construccin hasta. 1646, cost endolos de su peculio los vecinos de esos lugares, lo que, como es natural, agradeci extraordinariamente el Gobierno. El torren de La Chorrera result casi totalmente destruido en 1762 por la artillera de unos barcos ingleses que fondearon a hacer aguada en la desembocadura del Almendares, a pesar de la heroica defensa de don Luis de Aguiar. Fue entonces reconstruido en forma de rectngulo abaluartado, con dos pisos.

PAGE 70

Castillo de la Chorrera, en 1838. Castillo de la Chorrera, en su estado actual.

PAGE 71

Tambin sufri gravsimos daos el torren de Cojmar, y fue reconstruido en igual forma que el de La Chorrera, por lo cual no deben hoy considerar se como torreones sino como pequeas fortalezas o pequeos castillos. El pueblo los llama los castillitos. Durante el siglo XVII, posiblemente, pero sin qu e pueda precisarse la fech a, fue construido el llamado Torren de la Caleta o de San Lzaro, en el lugar denominado primeramente de Juan Guilln, por llamarse as el alguacil menor dueo de los terrenos colindantes, y despus de San Lzaro, por el hospital de ese nombre. Se destinaba, mientras no se pobl lo que era playa desierta, al uso y resguardo de los vigas que de da y de noche velaban la llegada de los barcos piratas. An queda en pi, con su primitiva estructura, y como cronicn de piedra, segn lo llam en una de sus Tradiciones Cubanas Alvaro de la Iglesia, este torren donde, segn refiere el historiador Jos A. Treserra. se apostaban los vigas y su construccin bastante fuerte les protega al mismo tiempo para resistir cualquier ataque, a la vez que su altura les permita hacer seales de peligro que podan ser vistas desde la poblacin, sin tener que marchar hasta ella, para dar el aviso de barco enemigo a la vista. Pero ha desaparecido la caleta o pequea ensenada que le dio nombre, y que an recuerdan los muy viejos habaneros. Durante la ocupacin norteamer icana, al construirse el Malecn, fue rellenada, y hoy ocupa ese lugar una parte del Parque Maceo. Torren de San Lzaro

PAGE 72

ESTACIONES DE POLICA No pueden stas llamarse fortificaciones propiame nte dichas, aunque se les asemejen por su aspecto externo, exageradamente b lico, y por la finalidad a que en poca an reciente se les dedic. Poco despus de comenzar la primera etapa del gobierno de Fulgencio Batista, que, oficial o extraoficialmente, se extendi desde 1934 hasta 1944, vieron los habaneros sorprendidos cmo las estaciones de polica de la ciudad se iban transfor mando en seudocastillos, con almenas, arpilleras, y aun garitas situadas a proximidad de su entrada. La ms amplia de estas edificaciones es la que, dedicada primeramente a la primera estacin de polica, fue luego ocupada por la jefatura de dicho cuerpo, y se alza, pretensamente imponente, como imagen o caricatur a de un castillo antiguo, en tre la calle de Chacn y la Avenida del Puerto o Avenida Carlos Manuel de Cspedes, muy prxima a las piedras genuinamente antiguas del histrico Castillo de La Fuerza. Fortalezas queran parecer, fortal ezas sin sentido en medio de la Ciudad; pero durante el perodo de tirana y de represin brutal ab ierto por el golpe militar del 10 de marzo de 1952, en fortalezas se convirtieron, pero no para defender a la patria de ataques extranjeros sino para atacar al pueblo y oprimirlo, para servir de arsenal y de guarida a los esbirros ms feroces y de escenario de las ms dantescas escenas de torturas y de muerte. Al tomar el poder, el Gobierno Revoluciona rio demoli uno de estos castilletes, el ms odiado: aquel situado al final de la calle 23 del Vedado, a la entrada del puente Almendares, que desde tiempos de Gerardo Machado haba albergado al Bur de Investigaciones, de funesta memoria, entre cuyos muros se haban sucedido desde entonces las m s sangrientas escenas, y cuyas verjas exteriores haban sido electrizadas —o as se le haba hecho creer al pueblo— en los ltimos tiempos de la dictadura de Batista, para que nadie se atreviese siquiera a aproximarse a su recinto. Por disposicin del Gobierno Revolucionario, en el lugar que ocupaba aquella siniestra estructura juegan hoy los nios en un hermoso parque infantil. Adems, el Gobierno Revolucionario, cumpliendo con su hermossimo lema de convertir los cuarteles en escuelas, ha transfor mado ya en centros escolares la Quinta Estacin de Polica, donde uno de los ms crueles esbirros de Batista, Esteban Ventura, cometi incontables y espantosos crmenes, y el castillete de La Lisa, muy prximo al puente del mismo nombre, en Marianao. Y se propone transformar todos o casi todos estos edificios que se hicieron tan odiosos en bellos y alegres centros de educacin popular. CAMPAMENTO DE COLUMBIA El campamento de Columbia, hoy Ciudad Libert ad, no es propiamente una fortaleza ni est situada dentro del actual Municipio de La Habana, pero hay ciertas razones que nos obligan a dedicarle siquiera sea una breve mencin en este lugar del presente libro. Cierto que no fue nunca una fortaleza en el sentido de es tructura de gruesos muros, con baluartes, almenas y fosos, pero como principal cuarte l del Ejrcito desde el co mienzo de la Repblica y sede de su Estado Mayor desde 1933 hasta 1959, representa por antonomasia el podero blico, y por eso tambin se halla ntimamente ligada a la historia de la Capital, dentro de cuyo territorio quedar enclavado cuando, como esperamos, quede definitivamente estructurada la Gran Habana mediante la unin del actual municipio capitalino con todos los adyacentes. El campamento de Columbia fue edificado en 1899 para servir de sede principal de las tropas del ejrcito norteamericano que ocupaba la Isla. Digamo s, de paso, que se cre otro gran campamento subsidiario en la loma donde en tiempos coloniales se haba albergado el Cuerpo de Ingenieros, —probablemente el sitio de la antigua batera de San Nazario—, y hoy se encuentra la Universidad de La Habana. Instaurada la Repblica, ya hemos dicho que se acrecent su importancia. Decir Columbia era decir oligarqua militar. De Columbia salan los re gimientos, y luego los tanques, para reprimir las manifestaciones populares. En Columbia se fraguan los golpes militares, como los del 4 de septiembre de 1933 y el 10 de marzo de 1952. La adhesin de Columbia al Gobierno prolonga la guerra civil de 1906 contra el presidente Estrada Palma, y es factor mu y importante en la derrota del gran levantamiento de 1917 contra el presidente Menocal. Columbia man tiene al tirano Machado en el poder hasta que un conjunto de factores hace la situacin positivamente insostenible. Columbia, po r fin, ya convertida en imponente Ciudad Militar, es, desgraciadamente, dura nte una larga etapa, de 1934 a 1944 y de 1952 a 1958, la verdadera capital de la Repblica, ya que all resida el poder real, el poder militar, que unas veces sustituye y otras veces subyuga al poder civil, y gobierna a es paldas de la voluntad del pueblo.

PAGE 73

Uno de los primeros actos del Gobierno Revolucionario al llegar en triunfo a la Ciudad Militar en que se haba apoyado el podero del tirano Batista, fue sustituir el nombre odiado de Columbia por el de Ciudad Libertad. Y otro, aun mucho ms trascendental ha sido convertir aquella sede del poder militar en magno centro educacional donde radica el Minist erio de Educacin, y donde funcionan ya —y an ms funcionarn en lo adelante— diversas escuelas pr imarias, secundarias, tecnol gicas, etc. Aqu es, por excelencia, donde la Revolucin ha hecho realidad magnfica su lema, ya citado, convertir los cuarteles en escuelas, y, simblicamente, all donde la fuerza ce rraba al pueblo los caminos de la libertad, hoy la cultura le ofrece perspectivas de progreso y de bienestar.

PAGE 74

14 MURALLAS Tal vez muchos habaneros de la actual generacin, poco conocedores de nuestra historia, o los extranjeros que visitan esta ciudad, achaquen al olvi do o a la incuria de los gobernantes la existencia frente al Palacio Presidencial y en la Avenida Carlos Ma nuel de Cspedes, de sendas garitas de piedra, medio derrudas, que en uno y otro lugares pueden contemplarse, o la del trozo de paredn, con un viejo rbol entre sus sillares, qu e se encuentra en uno de los costados del Instituto Provincial, o la del otro paredn de gruesas piedras que se ve en la calle de Egido, muy cerca de la moderna Estacin Terminal, as como la del lienzo de pared, con una puerta tapiada, que an se levanta junto a los muelles que hoy se llaman de La Coubre. Y, sin embargo, esas ruinas de muy antigua s, destrudas y abandonadas fortificaciones, contrastando precisamente con la modernidad de los bellos palacios y edificios que las circundan, no se encuentran en cada uno de esos sitios por abandono o desidia, sino que su conservacin demuestra plausible acierto revelador del amor y respeto que siempre deberamos tener para todo aquello que, representando algn valioso recuerdo histrico, rememorase a las generaciones actuales, tiempos, cosas y hombres de otras pocas ya pasadas, que no deben sepultarse en el olvido, porque forman parte de nuestra vida como pueblo, dan a conocer la evolucin que hemos experimentado y permiten apreciar si hoy pueden los habaneros regocijarse con el progreso conquistado o entrist ecerse por el atraso o estancamiento sufridos. Y pocos recuerdos histricos tan representativos, valiosos e interesantes para la ciudad de La Habana como esos paredones y garitas. Ellos son la s nicas reliquias que quedan de las antiguas murallas que, formando enorme cinturn de piedra, rodeaban y defendan, como inexpugnables fortalezas de su poca, la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequea ciudad de San Cristbal de La Habana. | Empez la construccin de estas murallas el 3 de febrero de 1674 y se terminaron las obras hacia 1797. El baluarte y garita conservados frente al Palacio Presidencial llevaron el nombre del Santo ngel, por la iglesia cercana as denominada. Los que se en cuentran en la Avenida de Carlos Manuel de Cspedes, eran llamados de San Telmo, y pertenecan a la muralla mar tima edificad a en 1708 y reconstruida por los gobernadores Dionisio Martnez de la Vega y Juan Francisco Gemes y Horcasitas, de 1733 a 1740. Esta muralla, que se extenda desde el castillo de La Punta hasta la Capitana del Puerto, era la parte mejor construida de di chas fortificaciones; y desde ella lu charon, cruenta y heroicamente, las milicias de habaneros y esclavos africanos que en 1762 defendieron la Ciudad contra el ataque del ejrcito y armada britnicos, y las que capitularon slo cuando los jefes militares y navales espaoles se rindieron el 12 de agosto de aquel ao. Despus de la toma de La Habana por los ingles es, realizada la restauracin espaola, recibi esta parte de la Muralla las necesarias reparaciones de los destrozos que en la misma caus la artillera inglesa, terminndose su definitiva construccin en 1797 durante el mando del Conde de Santa Clara. Sobre este trozo de Muralla se construy, aos ms tarde, el Parque y Maestranza de Artillera, considerado por el historiador Pezuela como el verdadero falansterio militar del armamento de l Ejrcito de Cuba, desde que dio impulso a sus talleres en 1860 el Excmo. seor Capitn General don Francisco Serrano, agregando que en ese excelente establecimiento, se construan y reparaban toda clase de armas de fuego desde fusiles hasta caones, as como se fabricaban balas a presin y cpsulas, pues contena todos los artefactos y maquinarias para estos menester es blicos, de acuerdo con la poca. De sus talleres salieron las armas empleadas en la expedicin espao la a Mxico, y Pezuela relata que desde 1860 hasta fines del 62 se pusieron en perfecto estado de servicio 6,923 fusiles que haban sido dados de baja por intiles y a 3,929 se le pusieron llaves de pistn y a 1,293 cajas nuevas.

PAGE 75

Pedro J. Guiteras en su muy valiosa Historia de la Conquista de La Habana (1762), al hablar de las fortificaciones con que contaba La Habana de la Ciudad al Nordeste, cuyo frente martimo desde el Castillo de La Punta hasta la Capitana del Puerto daba precisamente la cara a alturas de la otra margen de la entrada del Puerto que constituan serio peligro en caso de ser dominadas por los sitiadores. RefiFALTA TEXTO (128 – 132). Por todas estas razones se empez desde 1841 a pedir a la Metrpoli, por el Ayuntamiento, autorizacin para el derribo de las murallas. Pero ste, debido al papeleo caracterstico del rgimen colonial espaol en Cuba, no pudo comenzar hasta el 8 de agosto de 1863 en un solemne acto pblico presidido por el Capitn General y el Cabildo y con la asistencia de las autoridades civiles, militares, y eclesisticas de la Ciudad. Desgraciadamente, la historia de las murallas se encuentra ntimamente en lazada con la historia de la bochornosa institucin de la esclavitud, mancha imborrable de toda nuestra poca colonial. Para construir esas fortificaciones, el vecindario habanero constribuy con esclavos, qu regaron con su sudor y su sangre aquellas piedras. Y en 1762, cuando lo s ingleses atacaron y tomaron La Habana, esclavos negros, haciendo de soldados, lucharon y murieron tras del lienzo de muralla martima que se extenda de la Puerta de La Punta hasta el Arsenal, inclusive. Y en 1863, vuelven los sufridos y explotados esclavos a contribuir con su sudor y su sangre a la obra del de rribo de las Murallas, la que se realiza echando mano la Hacienda Civil y el Ayuntamiento de penados y cimarrones, o sea de esclavos condenados por el grave delito de haberse huido de sus amos en busca de la libertad a que, como seres humanos, tenan derecho a disfrutar. Aunque, segn vimos, fueron abiertos con rela tiva rapidez los boquetes necesarios para de las calles de la ciudad de Intramuros con la de Extramuros, y se derribaron tambin algunos lienzos de muralla para la construccin de paseos y plazas y la fabricacin de edificios, la obra total del derribo de aquellas fortificaciones no se terminara hasta los tie mpos republicanos, pues al evacuar la Isla los gobernantes espaoles en 1899 y ocuparla las auto ridades militares norteamericanas, eran bastante numerosos y extensos los lienzos de muralla que an quedaban por derribar. Las obras pblicas y de

PAGE 76

saneamiento que inici el Gobierno de Ocupacin yanqui y continu la Repblica, as como las indispensables al crecimiento y ensanche de la poblacin, provocaron el derribo total de las Murallas. Pero, adems de aquellas garitas, de aquellos lienzos de pared cuyas rugosas piedras oculta en parte la exuberante vegetacin cubana, y de aquella tapiada puerta que an conserva algo de imponente arrogancia, tambin queda en la vida actual de La Habana otro recuerdo de sus viejas murallas: la apertura y el cierre de las puertas de las muralla se anunciaban a la poblaci n mediante el disparo de sendos caonazos; a las cuatro y media de la maa na, al toque de diana, se disparaba un caonazo, alzndose los rastrillos, tendindose los puentes levadizo s y abrindose las puertas al trnsito y trfico de la ciudad de Intramuros con la de Extramuros; y a las ocho de la noche, al toque de retreta, se hacan caer los rastrillos, se levantaban los puentes y se cerraban las puertas, no permitindose entrar ni salir en la poblacin. La hora de las ocho fue cambiada posteriormente por la de las nueve, y con ella el disparo del caonazo correspondiente. Estos se hacan desde la Fortaleza de La Ca baa, en una poca, y desde el buque de guerra que haca de Capitana, en el Apostadero, en otra. Dicha costumbre de simple reglamentacin militar, o sean los antiguos toques de diana y retreta, sustitudo este ltimo desde hace anos en la misma Espaa por el de silenco, di origen al caonazo que an despus de desaparecidas las murallas y evacuada la Isla por Espaa, se ha seguido disparando desde la Fortaleza de La Cabaa, con el nico objeto de anunciar pueblerinamente a los habaneros que deben poner en hora sus relojes todos los das a las nueve de la noche.

PAGE 77

Pgina final del acta del Cabildo habanero donde consta la toma de posesin del gobernador D. Diego de Mazariegos en 1556.

PAGE 78

15 LA HABANA, YA CAPITAL DE LA ISLA, RECIBE EL TITULO DE CIUDAD Al hecho de elegir el doctor Gonzalo Prez de An gulo, que desde 1550 era gobernador de la Isla, la villa de San Cristbal de La Habana para morar en ella, y de que despus, en 1556, el entonces gobernador capitn Diego de Mazariegos, cumpliendo lo di spuesto por el Rey, fijase su residencia oficial en La Habana, por ser el lugar de reunin de las nave s de todas las Indias y la llave de ellas, se debe, as como a las excelenaes condiciones topogrficas especiales del lugar y principalmente de su puerto, el que quedase ya convertida definitivamente La Habana en capital de la Isla, morando en ella ininterrumpidamente todos los sucesivos gobernadores, representantes de los reyes de Espaa. Notable era el progreso que, dentro de la poca, haba alcanzado ya la villa de San Cristbal de La Habana a fines del siglo XVI. Frecuentando su pue rto, por el refugio seguro que ofreca a los barcos que regresaban a Espaa y la facilidad de hacer ag uada y aprovisionarse; resguardada, mejor que las dems villas de la Isla, de los ataques de piratas y cors arios, gracias al castillo de La Fuerza, terminado de construir, segn ya dijimos, hacia el ao 1577 —v entajas que, como expresa Pedro Jos Guiteras en su Historia de la Isla de Cuba, hicieron que la poblacin afluy a vivir en ella y sus cercan as, donde ya empezaban a dedicarse al cultivo del tabaco y la caa con auxilio de negros esclavos ; y de catorce a diez y seis mil almas que quizs tena entonces la Isla, la mayor parte se hallaba concentrada en esta jurisdiccin; establecidos en La Habana el Gobierno y la Capitana general, como residencia oficial de los gobernadores; comenzada ya la construccin de las fortalezas de El Morro y La Punta, que prometan hacer inexpugnables el puerto y la ciudad; prestos a terminarse los tr abajos de la Zanja Real para proveer de agua abundante a los habaneros y a los navos que hicieran escala en su puerto; todos estos progresos, mejoras y ventajas que a moradores y visitantes ofreca La Habana, colocndola como una de las primeras poblaciones de Amrica, llevaron al Rey de Espaa Felipe II a acceder a los reiterados ruegos que tanto los vecinos de La Habana como sus autoridades le haban hecho de que se le concedieran los honores y prerrogativas de ciudad, los que al efecto le fueron otorgados por Real Cdula de 20 de diciembre de 1592, que dice as, segn la transcripcin ofrecida por el primero de los historiadores habaneros, Jos Martn Flix de Arrate, en su obra Llave del Nuevo Mundo antemural de las Indias Occidentales. La Habana descripta: noticias de su fundacin, aumentos y estado: D. Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, &. Por cuanto teniendo consideracin a lo que los vecinos y moradores de la villa de San Cristbal de la Habana me han servido en su defensa y resistencia contra los enemigos, y que la dicha villa es de las principales de la Isla, y donde residen mi Gobernador y Oficiales de mi Real Hacienda, deseo que se ennoblezca y aumente. Por la presente quiero, y es de mi voluntad, que ahora y de aqu adelante para siempre jams la dicha villa sea y se intitule la ciudad de San Cristbal de la Habana de la dicha Isla de Cuba, y asimismo quiero que sus vecinos gocen de todos los privilegios, franquezas y gracias de que gozan los otros vecinos de semejantes ciudades, y que sta pueda poner el dicho ttulo, y lo ponga, en todas las escrituras, autos y lugares pblicos, y as se lo llamen los Reyes que despus de m vinieren; los cuales encargo que ampare n y favorezcan a esta nueva ciudad y le guarden y hagan guardar las dichas gracias y privilegios; y mando a todos mis sbditos y naturales de mis Reinos y de las dichas Indias, as eclesisticos y seglares, de cualquiera dignidad, preeminencia calidad que sean, le llamen intitulen la dicha villa la ciudad de S. Cristbal de la Habana, y que ninguno vaya ni pase contra este mi privilegio, el que hagan gaurdar todas y cualesquiera Justicias de estos dichos seis Reinos, y de los de nuestras Indias, como si en particular fuera dirigido cualquiera de ellos, quien fuere mostrado y pedido su cumplimiento; de lo cual mand dar la presente firmada de mi mano, y sellada con el sello. En Eras 20 de Diciembre de 1592, — Yo el Rey —. Yo Ju an Vzquez, Secretario, la hice escribir por su mandadto.

PAGE 79

16 EL ESCUDO DE ARMAS DE LA CIUDAD Desconcese la fecha exacta en que le fue conced ida a la ciudad de La Habana por los Reyes de Espaa, escudo de armas, ni como fuera ste en realidad, pues la primera noticia fidedigna que sobre el particular ha llegado hasta nosotros es la proposicin del gobernador y capitn general don Francisco Dvila Orejn Gastn, presentada al Cabildo el 30 de enero de 1665, la que, segn el acta correspondiente que se conserva en el Archivo Histrico Municipal, a nuestro cargo, era del tenor siguiente: El seor Gobernador y Capitn General porpone que ha visto las armas de que usa esta ciudad que son tres castillos y una llave que demues tran serlo de estos Reynos de las yndias y tiene por cierto que su orijen y principio probiene de merced perticular de Su Magestad que Dios guarde y aunque a procurado su paradero no hallado la dha merced e preuilegio. En cuya Virtud usa de las dhas armas que se allan tan bien empleadas en el amor y lealtad desta Repblica conque siempre se emplea en el Real Seruicio y lo que antendido se reduse a que con el tiempo se a perdido el dho preuilegio o merced y para que sese este ynconbeniente le parese ser conbeniente suplicar a su magest ad confirme las dhas armas para que use dellas como lo a hecho de tiempo ymemorial a esta parte. Y sobre esta demanda, auiendose tratado y conferido sobre ello los caualleros Rexidores dixeron que se ynterponga la dha suplica en la forma que se propone por su seora y se comete a los Seores comisarios deste ao la carta que sobre ello se a de escriuir la cu al se trayga para Reconozer y firmar de lo qual quede copia en este libro. No exista tampoco en los archivos reales, segn parece, constancia de la disposicin por la cual le fue conferido a La Habana el escudo de armas a que se refieren el gobernador Dvila Orejn y el Cabildo habanero, pues la Reina Gobernadora, en vez de remitir copia de la Real merced, se limit a conceder a la ciudad de La Habana que pudiere usar las mismas armas que, segn su Gobenador y Cabildo, constaba haber usado hasta ntonces. Esta Real Cdula, que lleva fecha 30 de noviembre de 1665, fue recibida, y de ella se di cuenta en cabildo de 20 de mayo de 1566, y dice as: La Reyna Gouernadora. Por quanto la ciud. de san xptoual de la Hauana en carta de Veynte y dos de mayo de este ao a representado que con El trans curso del tiempo no se a podido hallar (aunque se ha buscado) El origen de la merced que le est hecha de Tener Por armas tres castillos y Vna Llaue En campo acul seal de su forta leza y del Valor con que sus naturales y Vecinos La de fendieron como La de fenderan en las ocasiones que se ofrecieren y para honor y lustre de la dha ciudd. en Los siglos venideros suplican a que en premio de su lealtad se le confirmase la dha merced pues El des cuydo que haua hauido enperder los papeles de su origen no deua de de fraudalla del honor que hauia merexido y auiendose Visto por los del consejo de las yndias teniendo considerason. a los seruicios dela ciudad de la Hauana y a la finesa conque los acontinuado he tenido por bien haserle (como Por lapresentte se la hago) de que aqu en adelante Vsse y pueda Vssar de las mismas armas que constase hauer Vsado hasta aqu en la misma forma y manera que se a referido que yo lo tengo asi por bien y mando que ninguna la ponga Ynpedimentto a Ello que as procede de mi Voluntad fha en madrid a Treynta de noviembre de mill e seis sientos y sesentta y sinco aos — Yo la Reyna — Por mandato de su magd. —D. Pedro de Medrano. : Desde esa remota fecha hasta los mismos das re publicanos se ha registrado la ms escandalosa confusin en el uso, como representacin de la ciudad de La Habana, de escudos de armas distintos unos de otros, sin que procediesen de estudios ni de razonados informes histricos, ni herldicos,

PAGE 80

correspondiendo a La Habana, dentro de la anarqua existente en nuestro pas —reflejo de la que imper en Espaa—, el triste privilegio de que su escudo haya sufrido, como ningn otro de poblacin cubana, la ms atrabiliaria variacin de estilos, formas, colocaci n de los muebles (castillos y llave), empleo de corona y collar del Toisn, supresin de aqulla y ste. Convencidos, desde que comenzamos nuestras labores en la Administracin Municipal como Historiador de la Ciudad de La Habana de la necesidad en que se hallaba este municipio de determinar en definitiva cmo deban ser las armas de la ciudad capital de la Repblica, y considerando al doctor Ezequiel Garca Enseat —por desgracia fallecido algo despus— la persona entonces de ms reconocida y singular autoridad en estas cuestiones histrico-her ldicas y la ms capacitada para llevar a cabo ese trabajo, recabamos de l, con autorizacin del alcal de, doctor Antonio Beruff Me ndieta, redactase dicho estudio, lo que en efecto hizo cumplidamente, sirv indonos de base para recomendar al Alcalde la adopcin, por el Ayuntamiento, de un escudo oficial del trmino municipal de La Habana y de las disposiciones oportunas para el uso del mismo, todo lo cual fu aprobado por el Alcalde, y sancionado por el Ayuntamiento en sesin de 11 de noviembre de 1938. Tal como nosotros lo sugerimos, desde esa fecha el escudo oficial del Municipio de La Habana est blasonado de este modo: Usa de azur (campo azul); tres castillos de plata alin eados en faja, cada uno almenado de cuatro merlones y donjonado (torreado) de una torre de home naje almenada de tres merlones; el todo mazonado (las lneas que marcan la separacin de los sillares o el material que los une), y aclarado (puertas y dems huecos) de sable (color negro). Debajo, una llave de oro en la misma disposicin, con el anillo a diestra (a la derecha del escudo, o sea a la izqierda de quien lo mira) y el paletn hacia abajo. Al timbre, corona mural de oro, formada por un crculo murado con cuatro puertas (slo visibles una al centro y media en cada extremidad) y cuatro aspilleras (dos visibles); y en un cuerpo superior, separado por un cordn, ocho torres almenadas (cuatr o visibles unidas por lienzos de muralla almenada). Como ornamento exterior, dos ramos de encina al natural, una a diestra y otra a siniestra del escudo, cruzados bajo la punta y atados de azur.

PAGE 81

Este escudo, como oficial que fue declarado del Municipio de La Habana, y smbolo representativo del Trmino, slo podra ser usado, segn acuerdo municipal de la fecha antes citada, por los Departamento, Oficinas y Dependencias de la Alcalda y Ayuntamiento, en la documentacin de los mismos y en los bienes muebles e inmuebles de propiedad municipal, as como tambin por el seor Alcalde y los Seor es Concejales, funcionarios y empleados en documentos propios al ejercicio de sus funciones; en los sellos y cuos de toda ndole que la Administracin Municipal utilice, yen los distintivos e insignias que tengan a bien usar el seor Alcalde y los seores Concejales o que adop ten para la identiifcacin de funcionarios y empleados municipales. y dado su carcter estrictamente of icial, este escudo no podran usar lo, en ningn caso, instituciones, corporaciones, sociedades, empresas in dustriales o comerciales, ni partic ulares. Se entender que se ha tratado cuando se empleen conjuntamente, en campo azul o de otro color, de imitar este escudo oficial de la Habana, los tres castillos y la llave que han ostentado los mltiples escudos atribudos desde los tiempos coloniales a esta ciudad, a no ser que se tratare, co mo nica excepcin, del escudo que desde hace ms de cien aos utiliza en sus documentos la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, de La Habana, institucin oficial que fue de Cuba, que ha realizado ininterrumpidamente obra educativa, cultural y de progreso para nuestro pas.

PAGE 82

17 EL GOBIERNO GENERAL Y EL GOBIERNO LOCAL Para el gobierno general de las tierras del Nuevo Mundo fue instituido por el rey don Fernando, en 1511, el Consejo Supremo de las Indias, controlado en sus comienzos por el obispo Fonseca y el comendador Lpez de Conchillos, y reorganizado en 1524. Lo integraban normalmente un presidente, ocho consejeros y un fiscal, encontrndose adscrita al mismo la Contadura de Real Hacienda. Durante el reinado de Felipe II, al ampliarse las atenciones del tribunal, se crearon un Consejo de Cmara para lo concerniente a provisiones espirituales y temporales, gracias y mercedes, y dos salas para los asuntos de guerra y hacienda. Las leyes y las instituciones judiciales que rigieron en Cuba fueron las mismas de Santo Domingo, o sea las de Espaa. Los gobernadores, con residencia, primeramente, en Santiago, conocan en primera instancia —asesorados a veces de letrados— de los asuntos criminales, civiles y cont enciosos, teniendo por delegados, en La Habana, un teniente a guerra, y en las dems villas los alcaldes, considerados como justicias ordinarias. Las apelaciones contra los juicios y fallos recados en los mismos y el conocimiento de asuntos de inters o cuanta superiores correspondan a la Au diencia de Santo Domingo, primera que se cre; y en cuyo distrito qued comprendida la isla de Cuba, y las de Puerto Rico y Jamaica, as como Tierra Firme y Nueva Espaa, hasta la creacin de nuevas audiencias. De las resoluciones de la Audiencia de Santo Domingo sobre negocios de gran importancia y alto inters, se poda apelar ante el Consejo de Indias. El primer gobernador de Cuba, Diego Velzquez, ostentaba el ttulo de Lugarteniente del Almirante en la isla de Cuba; y nombr alcaldes y ayuntamientos para las villas, a semejanza de los existentes en Castilla y en La Espaola; y en La Habana, segn dijimos, un teniente a guerra, siendo Pedro Barba el primero en ocupar este cargo. Para los asuntos comerciales, fu creada por Real Pragmtica de 20 de enero de 1503 la Casa de Contratacin de Sevilla, compuesta de un administrador, un tesorero, un contador y empleados subalternos. Entre sus funciones figuraban la contrata de los armamentos y su reglamento, fijacin de derrotas; recibimiento, registro y depsito de los carga mentos y mercaderas, tanto a la ida a Indias como a su regreso a Sevilla y tambin respecto de los buques que salan de Cdiz y San Lcar para Canarias y Berbera. Conoca igualmente este tribunal de los pleitos y las reclamaciones que se suscitaban con motivo de los viajes y trfico comercial con todas las tierras mencionadas. Al sistema mantenido por la Casa de Contratacin de Sevilla se debi en gran parte la vida lnguida, mezquina y pobre que llev Cuba durante las primeras pocas de la colonizacin, puede decirse que hasta la toma de La Habana por los ingleses en 1762, la cual hizo ver a los gobernantes espaoles las ventajas enormes que habra de producir, tanto a la Metrpoli como a esta colonia de Cuba, el hecho de romper las trabas comerciales hasta en tonces mantenidas, y "autorizar el libre comercio de la Isla con los dems pases del mundo; ventajas que no se lo graron cabalmente hasta que, gracias a la liberales orientaciones polticas del rey Carlos III, se suprimi durante el gobierno de don Luis de Las Casas el monopolio de la Casa de Contratacin de Sevilla y se decret el comercio libre de Amrica con Europa, establecindose el Real Consulado y derogndose la concesin hecha a Cdiz y multitud de impuestos que aprisionaban la industria. El Gobernador y Capitn General de la Isla era nombrado por la Corona, y su residencia habitual, como ya indicamos, era Santiago; pero desde 1547 comenzaron los gobernadores a residir indistintamente en Santiago o La Habana. As lo hicieron Antonio de Chvez, primero, y despus Gonzalo Prez de Angulo, quien, segn refiere Jacobo de la Pezuela en su Historia de la Isla de Cuba, fue autorizado para residir en La Habana con achaques de peligro de corsarios, hasta que por provisin de la Audiencia de Santo Domingo de 14 de febrero de 1553 se dispuso que el gobernador de Cuba residiese oficialmente en la villa de La Habana, porq. la dha. villa de la habana estava en el paraje donde se haze escala de todas las yndias teniendo como tenemos guerra con el Rey de Fran cia al presente tenindose como se tiene nueva de los muchos navos de corsarios franceses que son partidos de francia para estas ptes.

PAGE 83

avia muy grande necesidad q, vos el dho governador residiesedes en la dha. Villa q se toviese muy gran recabdo en la guarda della por ser como hera la llave de toda la contratacin de las yndias y si all se apoderasen franceses seran se ores de todos los navos q, viniesen de nueva espaa y nombre de dios y de las otras parte q .all hazen escala. Desde entonces, y debido tambin a las condiciones topogrficas especiales del lugar y principalmente de su puerto, qued ya convertida definitivamente La Habana en capital de la Isla, morando en ella ininterrumpidamente todos los sucesivos gobernadores, y dejando como sustitutos, al frente del gobierno, cuando realizaban algn vi aje por otros pueblos de la Isla, a los tenientes de gobernadores, que ellos mismos nombraban, ya al tomar posesin del cargo, ya en la oportunidad de realizar alguno de esos viajes. Al llegar a La Habana, el Gobernador tomaba posesin de su cargo ante el Cabildo, en solemnsima ceremonia, de acuerdo con el ritual de la poca, segn puede conocerse del acta de 8 de marzo de 1556, en que se hizo car go del gobierno Diego de Mazariegos primer gobernador que al llegar a esta isla se instal permanentemente en la villa de La Habana. En efecto, el 8 de marzo de 1556, ante el Cabildo, pareci presente el muy magnfico Seor Diego de Mazariegos dio present una Provisin Real de Su Magestad escrita en papel sella do con su sello Real con cera colorada, por la cual su Majestad le haca merced de la gober nacin de esta isla y le encomendaba tomar residencia a su antecesor el doctor Gonzalo P rez de Angulo y a sus tenientes y oficiales. Leda aqulla por el escribano pblico Francisco Prez de Borroto, los alcaldes y regidores la tomaron en sus manos la besaron la pusi eron sobre sus cabezas, digeron la obedecan obedecieron con todo el debi do acatamiento como provisin mandado de su Rey y Seor natural, estaban prestos de la ans cumplir. Acto seguido, Angulo entreg la vara de justicia a Mazariegos, quien hizo bien cumplidamente la solemnidad jurame nto que de derecho se requiere, todas sus mercedes le hobieron r ecibieron por Gobernador Juez de residencia desta isla le Cuba, segn como Su Magestad lo ma nda por su provisin Real. Era as, ante el Cabildo habanero y con esta complicada ceremonia, cmo se realizaba, en los primeros tiempos coloniales, el cambio de poderes entre los gobernadores de la Isla: demostracin plena de la significacin e importancia extraordinar ias de que entonces gozaba el Cabildo. Mazariegos present tambin una cdula real por la que se le autorizaba a nombrar sus lugartenientes, designando, al efect o, al Licenciado Martnez Barba, a quien dichos seores justicia y regidores recibieron por tal, despus que prest juramento, entregndole el Gobernador la vara de justicia. Antes de terminarse el cabildo, los seores capitulares dijeron al Gobernador que d las fianzas que de derecho se requiere para que l sus oficiales harn residencia personalmente pagarn todo aquello que contra ellos fuera juzgado sentenciado en la dicha residencia, el cual dijo que est presto de las dar lo firmaron. Interesantsimos son los particulares que constan en el Ttulo de Gobernador expedido por S.M. a favor de Mazariegos, pues nos dan a conocer, no s lo las formalidades y redaccin de esta clase de documentos, sino tambin las atribuciones, salario, etc. de aquellos altos funcionarios de la Corona. Dicho Ttulo aparece ntegro en el acta de l citado cabildo de 8 de marzo de 1556. Reinaba entonces en Espaa S. M. Carlos V; y en su nombre y en el de su madre, Doa Juana, se expeda el Ttulo, en esta forma: Dn Carlos por la divina clemencia Emperador semper augusto Rey de Alemania, Doa Juana su madre y el mismo Don Carlos por la gracia de Dios Reyes de Castilla, de Len, de Aragn, de las dos Sicilias, de Jerusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mayorca, de Sevilla, de Cerdea, de Crdoba, de Crcega, de Murcia, de Jaen, de los Algarbes de Algeciras, de Gibraltar, de las Yslas de Cana rias, de las Yndias, Yslas tierras firmes del mar Occeano, Condes de Flandes e del Tirol, etcÂ…,

PAGE 84

Copia hecha en Sevilla de una Real Cdula de 9 de febrero de 1566, en que se prohiba a la Real Audiencia de Sto. Domingo proveer cargos en la isla de Cuba.

PAGE 85

Las mazas de plata del Ayuntamiento de La Habana, fabricadas por orden del Gobernador D. Juan Vitrina en 1631. Salud e gracia daba S.M. a vos Diego de Mazariegos, participndole que por algunas causas complideras nuestro servicio y egecucin de nuestra Justicia, se le confiaba la merced y voluntad real de tomar residencia a su antecesor, Angulo, a sus tenientes y oficiales, del tiempo que han usado y egercido la nuestra justicia, ordenndole dirigirse a la Isla de Cuba a tomar las varas de nuestra justicia y la residencia ya expresada, debiendo co mparecer ante el nuevo Gobe rnador el depuesto y sus tenientes y oficiales, investigando aquel durante cuarenta das todo lo tocante al gobierno y administracin de dichos funcionarios, cumplimiento de las leyes y ordenanzas, uso del patrimonio real, buen tratamiento de los naturales de la Isla, buen recaudo y fidelidad de la hacienda, penas a que se ha condenado a los vecinos, forma en que han ejercido sus cargos los regidores, mayordomos y escribanos

PAGE 86

de Consejo y dems oficiales de las ciudades y, villas, encontrndose el Gobernador investido de facultades para hacer y determinar lo que considerase de justicia, enviando a la Corona el resultado de la residencia ordenada. Entre las facultades propias de su cargo, posea el Gobernador, segn el ttulo que glosamos: la gobernacin de la Isla, la administracin de la justic ia civil y criminal en las ciudades y villas pobladas y por poblar, ejercitndolas por s mismo o por sus tenientes y oficiales, debindole obediencia y respeto los vecinos y autoridades inferiores en el cumplimiento de las disposiciones que ordenare y las penas que impusiere. Tambin se hallaba facultado para impedir la salida de la Isla o la entrada en ella a las personas que l creyera merecedoras de esta prohibi cin, ya dndole a conocer la causa, al tomar dicha medida, o reservando sta en pliego secreto. Se adverta al Gobernador que cuando hubiera de desterrar a alguno, no sea sin muy gran causa, y participndolo detalladamente a la Corona. Al pi de la Provisin R eal consta que, de orden de S.M., se le anticiparon a Mazariegos, por la Casa de Contratacin, a cuenta de su salario, 300 ducados de oro de a 375 maraveds cada uno, ms 100 pesos oro de a 450 maraveds. Primitivamente los ayuntamiento cubanos se reg an por las Leyes de Indias, por Reales Cdulas y por las ordenanzas y disposiciones que acordaban los Cabildos siempre que les pareca conveniente. Muchas de estas Ordenanzas y disposiciones, ampliadas o modificadas, sirvieron de base a las Ordenanzas para el buen gobierno de la ciudad de San Cristbal de La Habana y de todos los pueblos de la Isla, hechas en 1574 por el doctor Alonso de Cceres, oidor de la Real Audien cia de Santo Domingo de la isla Espaola y visitador y juez de residencia de la ciudad de La Habana, aprobadas por el Rey en Madrid a 27 de mayo de 1640 y confirmadas y promulgadas por el Cabildo de La Habana en 26 de abril de 1641. Dichas Ordenanzas fueron presentadas por primera vez al Cabildo habanero en 15 de enero de 1574, segn consta del acta correspondiente de dicha sesin. Despus de ledas y de expuestos por los seores capitulares algunos reparos a determinad as ordenanzas, fueron stas aprobadas, pues que son justas santas buenas e ans suplican a Su Magestad fielmente sea servido de las mandar confirmar atento a que en esta villa no hay otra s ningunas ordenanzas confirmadas por Su Real Magestad porque ans conviene a su real servicio bien pro e aumento desta villa Ysla. Pero no fu hasta 26 de abril de 1641, segn hemos expuesto, cuando, confirmadas ya por el Rey y Seores de su Real Consejo de las Indias, el Cabildo conoci en definitiva de las mismas y las promulg, apareciendo transcritas ntegramente en el acta de la sesin de dicho da. Estas Ordenanzas de Alonso de Cceres, de ex cepcionel mrito legisl ativo para su poca, estuvieron vigentes durante ms de dos siglos y medio, y continuaron surtiendo sus efectos normales durante los meses de los aos 1762-1763 de la ocupacin inglesa en La Habana, respetanto el gobernador ingls, conde de Albemarle, sus disposiciones, as como la organizacin del A yuntamiento y los hombres que lo formaban al realizarse la conquista, lo s que continuaron actuando como representantes y defensores de las personas e intereses de la municipa lidad habanera, y al prestar el obligado juramento de obediencia al rey britnico, hicieron constar, que seguan considerndose como fieles sbditos del monarca espaol. El Ayuntamiento en el siglo XVI abarcaba todos los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial. Integraban el Ayuntami ento los alcaldes ordinarios, norm almente de eleccin popular por los vecinos de la villa, reunidos al efecto el primero de enero de cada ao, y los regidores, unos de nombramiento real de por vida, y otros elegidos tambin por los vecinos al mismo tiempo que los alcaldes. Presida el Cabildo el Gobernador, o el Teniente de Gobernador o uno de les alcaldes, y daba fe de las actuaciones el Escribano Pblico y del Cabildo de la Villa. Como los gobernadores presidan normalmente las sesiones del Cabildo, deben ser considerados los primeros y ms antiguos presidentes del Ayuntamiento. Y los primitivos Alcaldes Ordinarios, como los antecesores, en autoridad y funciones, de los Alcaldes Municipales; y los Regidores, de los Concejales. Tambin aparecen asociados al Cabildo, desde los primeros tiempos, otros varios magistrados, cuyo nmero y carcter vara segn la poca y la importancia de la poblacin iba adquiriendo; pero entre los cuales predominaba el elemento militar, muy de acuer do ello con la condicin de presidio, depsito de gentes de guerra y de aprovisionamiento para las naves que hacan la travesa entre Espaa y las Indias, que tuvo La Habana hasta bien entrado el siglo XVIII, o sea hasta la ocupacin inglesa. Las primeras elecciones municipales habaneras de que se guarda noticia fidedigna en las Actas Capitulares son las que se celebraron el jueves 1ro. de enero de 1551.

PAGE 87

Gobernaba entonces la Isla el muy magnfico seor Doctor Gonzalo Prez de Angulo. Con l se reunieron, segn el acta expresa, los seores alcaldes regidores que han sido el ao procsimo en esta dicha villa juntamente los vecinos desta dicha villa la mayor parte dellos en presencia de mi Francisco Prez escribano publico del Cabildo desta dicha villa para elegir hacer la eleccin de alcaldes regidores que han de ser este presente ao en esta dicha villa sus trminos. No dice el acta de esa primera eleccin municipal de que tenemos constancia, en qu lugar se celebr; pero la correspondiente a las elecciones del siguiente ao s expresa que stas se efectuaron en la casa de la morada del gobernador Angulo. Las de 1553 se realizaron en el hospital desta dicha villa donde al presente se celebran los divinos oficios. En las actas de las eleccione s de 1561, 1562, 1563 y 1564 se hace constar que se juntaron a consulta e cabildo a campaa taida. No se expresa en el acta de las elecciones de 1551 la forma en que stas se efectuaron, dndose cuenta solamente de su resultado: En la cual dicha eleccin salieron por alcaldes desta dicha villa el seor Pero Velzquez Alonso de Aguilar vecinos della por regidores Pero Blasco Diego de Soto. Pero en las elecciones de 1552 y siguientes s se es pecifica por quienes votaron para alcaldes y regidores —o para regidores slo, cuando fu prohibida, se gn veremos, la eleccin de alcaldes— los alcaldes regidores del ao anterior y los vecinos de la villa. Despus de conocerse el resultado de la votacin, sta era aprobada por el gobernador: E luego incontinenti, este dicho da, mes ao suso dicho su merced del dicho Seor Gobernador que presente estaba la dicha elecci n dijo que le paresce que la eleccin que esta fecha por el pueblo regidores de los dichos Francisco de Yebenes Diego de Soto por alcaldes de esta villa est justa buena conforme lo que conviene la repblica que su voto parescer es lo mismo. (Cabildo 1ro. de enero de 1552). Se les tena entonces por tales alcaldes, hacindose les comparecer para que les sean dadas las varas hagan la solemnidad juramento que en tal caso se requiere. Presentes lo s alcaldes electos, el Gobernador les tomaba juramento en forma de derecho que bien fielmente usarn el oficio de alcaldes que les era encargado guardaran cumplirn las provisiones mandamientos de Su Magestad miraran por el provecho utilidad de la repblica guardaran las Ordenanzas fueros desta villa en los negocios que ante ellos se ofrecieren guardaran igualmente justicia las partes sin aficin ni escepcin. Finalmente, se les entregaban las varas de justicia los cuales las rescibieron testigos los dichos seores justicia e regidores. Los regidores electos cada ao tambin juraban, en cabildo, ante el Gobernador o el Teniente, cumplir bien fielmente su oficio procurando el servicio de Dios Nuestro Seor de Su Majestad el bien pro desta villa vecinos della segun que tales regidores deben son obligados, dndoseles entonces posesin de sus cargos. Constituido as cada ao el Cabildo, ste nombraba, en la misma sesin o en la inmediata, el Procurador, los Oficiales de Real Hacienda, el Diputado Fiel Ejecutor y los Tenedores de Difuntos. Estos Tenedores de Difuntos tenan a su cuenta la fiel custodia de los bienes de los europeos que fallecan en Indias, a fin de que sus herederos no fues en burlados en la herencia. A ese fin todo castellano registraba su nombre, bienes y lugar de procedencia ante el Escribano del Concejo, de modo que a su muerte, ste corra con su testamentara, ya cump liendo sus ltimas disposiciones, ya vendiendo en almoneda los bienes, oro y plata y enviando su producto a la Casa de Contratacin de Sevilla o Cdiz, para su entrega a los herederos. El Cabildo elega tambin o autorizaba en el ejer cicio de su cargo a todos los empleados pblicos de la villa, —civiles, militares o eclesisticos — quienes sin tal requisito no podan desempear sus puestos. Eran el Contador, el Alguacil mayor y el menor, que designaba el Gobernador y juraban y prestaban fianza ante el Cabildo; el Verdugo, el Pregonero, el Alcaide de la Crcel, el Mayordomo de la Villa, el Barbero y Cirujano, elegidos todos por el Ca bildo, y los titulares de otros diversos empleos que se fueron creando a travs de los aos. En cuestiones eclesisticas, el Cabildo nombraba al Mayordomo, quien administraba los bienes y haciendas de la Iglesia y llevaba cuenta de las cost as y gastos de la misma, informando en reunin especial tenida al efecto, a los re gidores y al cura y al vicario; de signaba al Sacristn, cuyo sueldo

PAGE 88

abonaba; tomaba razn del nombramiento de Clrigo beneficiado, hecho por el Obispo de Cuba; y hasta en las Actas de este perodo encontramos que habindosele vencido las provisiones al cura de la villa, P. Antonio Vicente, sin que le fueran renovadas por el Obispo, a consecuencia de encontrarse ste de viaje fuera de la Isla, el Cabildo, en 4 septiembre de 1565, otorg al referido P. Vicente nombramiento de cura beneficiado desta villa para que lo use y lo egerza segun como hasta aqui lo ha hecho goce del salario que Su Magestad le manda dar esto hasta en tanto que venga Obispo esta dicha Ysla; daba, por ltimo, el pase a los Provisores, a la Bula de la Cruzada, a los Ministros de la Inquisicin, etc. Buena prueba de la importancia y significacin de que gozaba el Ayuntamiento habanero en los primeros tiempos coloniales la tenemos en tres hechos que nos dan a conocer las Actas de este perodo. En las elecciones municipales de 1553, el gobe rnador Prez de Angulo, por medio de su Teniente, Juan de Rojas, prohibi que se realizase la eleccin de Alcaldes Ordina rios, alegando que ello ocasionaba algunos inconvenientes a la Villa; no obstante lo cual, el Cabildo y los vecinos acordaron celebrar la eleccin, y as lo hicieron, quedando sta en vigor y celebrndose, tambin, las de los dos aos siguientes, hasta que el nuevo G obernador, Mazariegos, suspendi la eleccin de alcaldes para 1557, apelando entonces el Cabildo ante la Audiencia de Santo Domingo, la que, durante el gobierno de Garca Osorio, dispuso que los regidores y el sndico fuesen los electores de los Alcaldes. Otro hecho importante es la impugnacin que en el mes de enero de 1551 hizo el Cabildo de una provisin de S. M. sobre el valor de los reales, no cumplindola hasta tanto la Corona conociese de las razones y motivos que para no obedecerla tena el Cabildo, y en atencin a stos resolviese en definitiva. Y el tercero, la acusacin formulada contra el gobernador Angulo por su deficiente actuacin en la defensa de la villa contra el pirata Sores. E1 Cabildo examinaba, tambin, las letras de los jueces de residencia, criticndolas y hasta oponindose a su aceptacin. Atenda el Cabildo, adems, a la defensa de la Villa contra posibles ataques de corsarios y, piratas o enemigos de la Metrpoli; daba licencia para toda clase de empresas, comercios e industrias, regulando su funcionamiento; determinaba las tierras comunales necesarias para ejidos y propios; daba mercedes de solares para viviendas y terrenos para labranzas y cra de ganados, reciba y otorgaba el ttulo de vecinos a los que se aposentaban en la Villa ; votaba los aranceles y ordenanzas reguladores de los precios de los comestibles, bebidas, vestimentas y hospedaje; dictaba medidas para el orden en la Villa, trazado, limpieza y conservacin de calles y cami nos y delimitacin de solares; tala de montes y venta de maderas; carga y descarga de los navos; prov isin de vveres para las flotas que anclaban en el puerto; abastecimiento de agua, y dems necesidades de la poblacin; sealaba y haca ejecutar las penas contra los infractores de disposiciones municipales, desde las de multa, hasta las de azotes, cepo, desjarretamiento, prdida de una orej a, enclavacin de la mano, etc. En asuntos de rentas y haciendas, ya vimos co mo suspendi una provisin real acerca del valor de los cuartos. Tambin contramarcaba las monedas que posean los vecinos. Las tres nicas rentas, bien escasas por cierto, co n que poda contar la Isla en los primeros aos de la Colonia para sufragar los necesidades pblicas eran, segn Pezuela, las producidas por estas tres contribuciones: el diezmo, cuya exaccin se empez a imponer de sde que en 1518 se decret la ereccin de una dicesis en la Isla, el Real Quinto que se exig a a todos los metales preciosos, y el derecho de Almojarifazgo sobre todo efecto de importacin y exportacin, equivalente, por lo tanto, a lo que conocemos hoy por derechos de aduana. El progreso constitucionalista de Espaa, nacido al calor de la Constitucin de 1812, produjo en Cuba, por razn de la distancia y de la oposicin de algunos de sus gobernantes, muy ligeras y breves modificaciones en el rgimen municipal, no obstante las grandes transformaciones que aqul entraaba para la vida pblica de la Metrpoli. Al derogarse en Espaa la Constitucin de 1812, volvieron a regir para los ayuntamientos cubanos las Ordenanzas redactadas en el siglo XVI por Alon so de Cceres, hasta que por Real Decreto de 27 de julio de 1859 qued establecido un nuevo rgimen municipal, extremadamente centralizador, de acuerdo con el autocrtico sistema de gobernacin colonial imperante en la Metrpoli, y que significaba un retroceso en relacin con las Ordenanzas de Cceres, como insp iradas que fueron estas nuevas disposiciones legales por el autocratismo del dspota capitn general y gobernador de la Isla, Jos Gutirrez de la Concha.

PAGE 89

A este estado de cosas puso fin la ley municipa l espaola de 2 de octubre de 1877, promulgada en Cuba, con algunas modificaciones, por Real Decreto de 21 de junio de 1878. Al ocurrir en 1ro. de enero de 1899 el cese de la dominacin espaola en la Isla, se encontraba vigente la legislacin municipal ltimamente citada, pues un proyecto de estatuto redactado durante el ao autonomista por el Secretario de Gracia y Justicia y Gobernacin, con fecha 20 de mayo de 1898, no lleg a promulgarse. El gobierno de ocupacin militar norteamericano decret el 12 de enero de 1899 la reorganizacin del Ayuntamiento habane ro, designando alcalde al patriota y revolucionario Perfecto Lacoste, y nombrando concejales a notables persona lidades de la intelectualidad, la revolucin el comercio y la industria de esta capital. El Gobernador Militar concedi, en 25 de marzo de 1899, amplia autonoma econmica el Municipio, y aunque en un principio se reserv aqul la direccin de los servicios sanitarios y otras obras pblicas, a fines de 1899 logr el alcalde Lacoste que stos volvieran al gobierno local. El 16 de junio de 1900 se celebraron las pr imeras elecciones populares en el Municipio, resultando electo alcalde de la ciudad el mayor general Alejandro Rodrguez. Al entrar en vigor la Constitucin de la Repblica, el 20 de mayo de 1902, quedaron establecidas en ellas las bases del nuevo rgimen municipal cubano sin que llegaran stas a plasmarse en un cuerpo de disposiciones legales expresamente dedicado a la organizacin y rgimen de los municipios hasta que fue redactada por la Comisin Consultiva, en 1908, una Ley Orgnica de los Municipios, afectada por las modificaciones que en el transcurso de los aos ha experimentado mediante leyes votadas por el Congreso. En ella se estableca una justa y amp lia autonoma municipal, conforme al precepto constitucional de separacin de poderes, deslindndose completamente las funciones legislativas de las ejecutivas y administrativas de cada municipalidad, y establecindose la eleccin por sufragio directo, tanto del alcalde como de los concejales. Aquellas modificaciones a que antes nos hemos re ferido, llevadas a cabo por el Congreso, y tambin las que, a veces con extralimitacin de sus fa cultades, realizaba mediante decretos el Poder Ejecutivo de la Repblica, mermaron en mucho la autonoma municipal convirtindola en una de las numerosas ficciones de la llamada democracia representativa. Durante la dictadura machadista, y a fin de poder controlar totalmente el gobierno y administracin municipales, el pr esidente Machado hizo que el Co ngreso votase una ley, que fue sancionada en 19 de febrero de 1931, creando el Di strito Central de La Habana, en sustitucin del Ayuntamiento y Municipio, y en que se reservaba el Presidente la designacin del Alcalde o jefe del Distrito y de los miembros del Ayuntamiento o Consejo Deliberativo. Este desastroso rgimen desapareci al ser derrocado el presidente Machado, declarndose por decreto de 19 de septiembre de 1933 vacantes los cargos de Comisionados del Consejo Deliberativo. Durante los gobiernos provisionales se dieron al Alcalde todas las atribuciones de que gozaban los ayuntamientos, hasta que en 25 de marzo de 1936, como resultado de las elecciones municipales celebradas en la Repblica, qued restablecida la norm alidad municipal, tomando posesin ese da de los cargos para que haban sido electos el Alcalde Municipal y los Concejales del Ayuntamiento. Pero no desaparecieron con ello los vicios politiqueros ya consuetudinarios que haban ido viciando el sistema. El golpe militar del 10 de marzo de 1952 produjo el consiguiente derrocamiento del gobierno municipal, en La Habana como en las dems poblaciones de la Isla. Los alcaldes fueron arbitrariamente sustituidos por los que se haban adueado del poder central; los concejales, para continuar en sus cargos, tuvieron que firmar unos llamados Estatutos Constitu cionales en que juraban adhesin a las nuevas autoridades ilegtimas, y aunque ms tarde se celebraro n elecciones, stas, viciadas de origen, no hicieron ms que dar fingido viso de legalidad al cuartelazo. Alcaldes y concejales no fueron representantes del pueblo, sino meros instrumentos de la Tirana. Luego de derrumbarse las instituciones del antiguo rgimen, el Gobierno Revolucionario que rige desde el 10. de enero de 1959 nombr primeramente un grupo de tres comisionados para dirigir provisionalmente cada municipio. Para el de La Habana fueron los tres los Sres. Jos Llanusa Gobel, Arnold Rodrguez Camps y Vctor de Yurre Clayton; algn tiempo despus, se cambi este sistema por el unipersonal, quedando como nico Comisionado Municipal de La Habana Jos Llanusa Gobel. Al pasar ste a hacerse cargo de un organismo cuyas actividades abarcan todo el pas, como director del Instituto Nacional de Deportes, Educacin F sica y Recreacin, fue designado para sustituirlo el an terior Ministro del Interior Sr. Jos Alberto Naranjo, que contina al frente del Municipio durante este perodo de transicin. La nueva sociedad socialista a que nos en caminamos extraer de su seno, a su debido tiempo, sus rganos definitivos de gobierno local.

PAGE 90

Don Diego Velzquez de Cullar, primer gobernador de Cuba

PAGE 91

18 PRIMERAS AUTORIDADES DE LA ISLA DE CUBA Y DE LA VILLA DE LA HABANA GOBERNADORES Capitn y luego Adelantado, Diego Velzquez, como Teniente del Almirante de las Indias, desde principios de noviembre de 1511 hasta fines de se ptiembre de 1524, segn Pezuela, o mediados de octubre del mismo ao, segn Prez Beato, en que muri en Santiago de Cuba, donde fue sepultado. Manuel de Rojas, interino, como Teniente del Almirante, por nombramiento de la Audiencia de Santo Domingo, desde fines de septiembre de 1524 hasta 14 de marzo de 1525. Licenciado Juan Altamirano, interino, desde 14 de marzo de 1525 hasta 27 de abril de 1526. Gonzalo de Guzmn, Regidor de Santiago, como Teniente del Almirante, desde 27 de abril de 1526 a 6 de noviembre de 1531. Lcdo. Juan Vadillo, Oidor de Santo Domingo, interino, desde 7 de noviembre de 1531 hasta 1 de marzo de 1532, pues aunque Pezuela dice que gobern hasta 7 de septiembre, da como fecha de inicio del segundo gobierno de Manuel de Rojas, la de 1 de marzo de 1532. Manuel de Rojas, por segunda vez, desde 1 de marzo de 1532 hasta 1 de febrero de 1534. Gonzalo de Guzmn, por segunda vez, desde febrero de 1534 hasta 20 de marzo de 1537. Adelantado Hernando de Soto, desde 20 de marzo de 1537 hasta 12 de mayo de 1539. Doa Leonor de Echadilla, esposa de De Soto, a quien ste dej al embarcar para la Florida, con una representacin puramente nominal de su autoridad, segn Pezuela; don Juan de Rojas, como teniente a guerra en La Habana; y el Licenciad o Bartolom Ortiz, como gobernador, por Soto, en Santiago; los dos primeros desde 12 de mayo de 1539 hasta 2 de febrero de 1544, y el tercero desde agosto de 1538, en que sali Soto para La Habana, hasta 2 de febrero de 1544. Licenciado Juanes Dvila, desde 2 de febrero de 1544 hasta 4 de junio de 1546. Licenciado Antonio de Chvez, desde 5 de junio de 1546 hasta marzo de 1550. Dr. Gonzalo Prez de Angulo, desde marzo de 1550 hasta 8 de marzo de 1556. Durante varios meses del ao 1550, mientras Angulo visitaba las poblaciones del interior, dej de interino en La Habana a don Juan de Inistrosa. Capitn Diego de Mazariegos, de sde 8 de marzo de 1556 hasta 1 de septiembre de 1556. Capitn Francisco Garca Osorio, desde 19 de septiembre de 1565 hasta 24 de julio de 1568. TENIENTES DE GOBERNADOR Juan de Inistrosa; aparece en las primeras Acta s Capitulares que se conservan, correspondientes a 1550. Juan de Rojas, designado por el Gobernador Prez de Angulo en cabildo de 26 de febrero de 1551; desde el cabildo de 2 de diciembre de 1552, sustituye a Prez de Angulo, que se ausent de La Habana, hasta el cabildo de elecciones de 1 de ener o de 1554, que presidi de nuevo el Gobernador. Lorenzo Martnez Barba, nombrado por el gobernador Diego de Mazariegos en cabildo de 8 de marzo de 1556. Juan de Rojas, nombrado por Mazariegos, en cabildo de 18 de septiembre, para que lo sustituyera mientras realizaba un viaje por la Isla, hasta primero de marzo de 1558, en que de nuevo preside Mazariegos el Cabildo; no as el de 21 de abril sino luego el de 28 de abril y siguientes. Diego Cabrera, nombrado por el Gobernador Garca Osorio en cabildo de 19 de diciembre de 1565. ALCALDES ORDINARIOS: 1550 Juan de Rojas y Pero Blasco. 1551 Pero Velzquez y Alonso de Aguilar.

PAGE 92

1552 Francisco de Llevenes y Diego de Soto. 1553 Juan Gutirrez y el Li cenciado Leonardo Almenda ris, electos a pesar de la orden escrita presentada por el gobernador Angulo prohibiendo la eleccin de alcaldes. 1554 Juan de Inistrosa y Pero Blanco. El primero renunci, pero el gobernador Angulo lo oblig a aceptar el cargo, envindolo preso a su casa, hasta que retir su renuncia, en cabildo de 5 de enero. 1550 Juan de Inistrosa y Juan Gutirrez. 1556 Diego de Soto y Pero Blasco. 1557 No se realiz eleccin de alcaldes, po rque en el cabildo de 11 de diciembre de 1556 present el gobernador Mazariegos un despacho prohibien do dicha eleccin. 1558 a 1565 No se cel ebraron elecciones para alcaldes. REGIDORES: 1550 Pero Velzquez, Antonio de la Torre, Francisco Gutirrez y Diego de Soto; Juan de Lobera desde el cabildo de 10 de octubre en que present una provisin real por la que se le haca merced del oficio de regidor. 1551 Pero Velzquez y Diego de Soto (Slo damos los nombres de los regidores electos cada ao). 1552 Pero Blasco y el Licenciado Leonardo Almendaris. 1553 Diego de Soto y Pero Blanco. 1554 Juan Gutirrez y Juan de Rojas. Este ltimo renunci, pero el gobernador Angulo estendi la vara le mand que jurase aceptase el dicho oficio so pena de mil pesos de oro para la cmara fisco de Su Magestad en los cuales desde lu ego le daba por condenado y le hara hacer ejecucin en ello. Rojas apel del mandamiento; pero el Gobernador confirm su orden envindole preso a su casa; en cabildo de 5 de enero se le tuvo por ecsonerado del dicho cargo y oficio, no eligindosele sustituto. 1555 Juan de Rojas y Pero Blanco. 1556 Juan de Inistrosa y Juan Gutirrez. 1557 Diego de Soto y Diego Lpez Durn. 1558 Diego de Soto y Antn Recio. En cabildo de 28 de abril se acord que haya cuatro regidores para este presente ao eligindose uno ms en dicho cabildo, que lo fue Juan Gutirrez, por ser la persona que mas votos tiene en la eleccin que se hizo dems del dicho Antn Recio Diego de Soto. El cuarto regidor lo era, por merced real, como ya vimos, Juan de Lobera. 1559 Juan Gutirrez, Diego de Soto y Diego Ppez Duran. 1560 Alonso Snchez del Corral, Pero Blasco y Gernimo de Avellaneda. 1561 Alonso Surez de Toledo y Diego de Soto, solamente, pues Juan de Inistrosa aparece fungiendo de Regidor perpetuo desde varios cabildos de fines de 1560. 1562 Francisco Dvalos y Pero Blasco. 1563 Diego de Soto y Francisco Dvalos. 1564 Alonso de Rojas y Gmez de Rojas. 1565 Diego Lpez Durn y Antn Recto.

PAGE 93

19 AUTORIDADES MUNICIPALES DE LA HABANA DESDE 1790 HASTA NUESTROS DAS ALCALDES Juan de Zayas Santa Cruz. Jos Vicente Valds. Enero 1o., 1790 a enero 1o., 1791 Jos Mara Pealver. Jos Francisco Basave. Enero 1o., 1791 a enero 1o., 1792. Rafael de Montalvo. Jos de Zaldvar y Murgua. Enero 1o., 1792 a enero 1o., 1793. Miguel de Coca. Domingo de Crdenas. Enero 1o., 1793 a enero 1o., 1794. Carlos Pedroso. Juan Bautista Pacheco. Enero 1o., 1794. a enero 1o., 1795. Jos Manuel de Torrontegui. Juan B. Sanz. Enero 1o., 1795 a enero 1o., 1796. Jos Agustn de Peralta. Antonio Morejn y Gato. Enero 1o., 1796 a enero 1o., 1797. Miguel Ciriaco Arango. Pedro Julin de Morales. Enero 1o., 1797 a enero 1o., 1798. Antonio de la Luz. Antonio Ponce de Len y Moroto. Enero 1o., 1798 a enero 1o., 1799. Jos Mara Escobar. Nicols Martnez Campos. Enero 1o., 1799 a enero 1o., 1800. Sebastin Ignacio de Pealver. Ambrosio M. Zuazo. Enero 1o., 1800 a enero 1o., 1801. Ignacio de Pedroso. Alonso Benigno Muiz, Enero 1o., 1801 a enero 1o., 1802. Francisco Javier Pedroso. Jos Cristbal Pealver. Enero 1o., 1802 a enero 1o., 1803. Pedro Pablo de O'Reilly, Conde de O'Reilly. Joaqun Garro y Zayas. Enero 1o., 1803 a enero 1o., 1804. Pedro Pablo de O'Reilly, Conde de O'Reilly. Seba stin Jos de Pealver y Barreto. Enero 1o., 1804 a enero 1o., 1805. Gonzalo de Herrera y Santa Cruz Rafael de O'Farrill. Enero 1o., 1805 a enero 1o., 1806. Juan Crisstomo Pealver. Miguel Herrera y Pedroso. Enero 1o., 1806 a enero 1o., 1807. Melchor Valds. Alonso Benigno Muoz. Enero 1o., 1807 a enero 1o., 1808. Martn de Echeverra. Andrs de Juregui. Enero 1o., 1808 a enero 1o., 1809. Joaqun de Herrera. Toms Domingo de Sotolongo. Enero 1o., 1809 a enero 1o., 1810. Jos Ignacio de Echegoyen. Jos Mara Pedroso. Enero 1o., 1810 a enero 1o., 1811. Andrs de Zayas y Jztiz. Casimiro de Lamadrid. Enero 1o., 1811 a enero 1o., 1812. Conde de Casa Montalvo, Agustn Valds. Enero 1o., 1812 a julio 23, 1813. Simn del Moral. Jos Remigio Pita. Agosto 21, 1812 a enero 1o., 1813. Bruno de Palacios. Manuel Joaqun Ramrez. Enero 1o., 1813 a enero 1o., 1814. Carlos de Castro Palomino. Ignacio Pedroso. Enero 1o., 1814 a enero 1o., 1815. Marqus de Prado Ameno. Jos Gonzlez Ferreguz. Enero 1o., 1815 a enero 1o., 1816. Juan Bautista Juregui. Francisco Pedroso y Barreto. Enero 1o., 1816 a enero 1o., 1817. Francisco de Pealver y Crdenas, Conde de Sa nta Mara de Loreto. Jos Ricardo O'Farrill y Arredondo. Enero 1o., 1817 a enero 1o., 1818. Manuel de Molina. Isidoro de Arteaga. Enero 1o., 1818 a enero 1o., 1819. Martn de Arstegui. Jos Matienzo. Enero 1o., 1819 a enero 1o., 1820. Marqus de la Real Proclamacin. Tello Mantilla. Enero 1o., a abril 28, 1820(1). Carlos de Castro Palomino. Isidoro de Arteaga. Abril 28 a junio 30, 1820(2). Felipe Valds. Nicols de Crdenas y Manzano. Junio 30, 1820 a enero1o., 1821(3). Juan Echegoyen. Pedro Armenteros Castelln. Enero 1o., 1821 a agosto 7, 1821. (1), (2), (3).—Estos Alcaldes no son electos sino nombrados por el Gobernador, debido al restablecimiento de la Constitucin de la Monarqua Espaola. Los seores Castro Palomino y Arteaga son los primeros que aparecen como Alcaldes Constitucionales.

PAGE 94

Bernardo Gallol de Villamil. Juan de Dios Hernndez. Agosto 7, 1821 a enero 1o., 1822(4). Florentino de Armenteros y Zaldvar. Santiago de la Cuesta. Pedro Menocal. Jos Gaytn. Francisco Romero, Enero 1o., 1822 a enero 1o., 1823. Francisco Garca Montero, Conde de Bayona, Jos Bohorques. Juan Agustn de Ferrety. Agustn Fosaty. Enero 1o., 1823 a enero 1o., 1824. Francisco Filomeno. Vicente Mara Rodrigo. Enero1o., 1824 a enero 1o., 1825(5). Florentino de Armenteros y Zaldvar. Juan Tirry y Sacy. Enero 1o., 1825 a enero 1o., 1826. Nicols Barreto. Domingo Garro y Risel. Enero 1o., 1826 a enero 1o., 1827. Francisco Filomeno Ponce de Len. Francisco del Corral y Alderete. Enero 1o., 1827 a enero 1o., 1828. Nicols Martnez de Campos, Conde de Santovenia. Ignacio Calvo y Pealver. Enero 1o., 1828 a enero 1o., de 1829. Manuel de O'Reilly y Calvo de la Puerta, Conde de Buenavista. Juan Ignacio Rendn. Enero 1o., 1829 a enero 1o., 1830. Marqus de la Caada Tirry. Rafael Quesada y Arango. Enero 1o., 1830 a enero 1o., 1831. Jos Mara Calvo y O'Farrill. Jos Pizarro y Gardn. Enero 1o., 1831 a enero 1o., 1832. Mariano Ricafort Palacios y Abarca, Conde de Fernandina. Ignacio Crespo y Ponce. Enero 1o., 1832 a enero 1o., 1833. Carlos Jos Pedroso. Antonio Arredondo y Cabello. Enero 1o., 1833 a enero 1o., 1834. Jos M. Chacn y Calvo. Anastasio Carrillo de Arango. Enero 1o., 1834 a enero 1o., 1835. Francisco Chacn y Calvo. Sebastin Fernndez de Velasco. Enero 1o., 1835 a enero 1o., 1836. Joaqun Pedroso y Echevarra. Francisco Cascales. Enero 1o., 1836 a enero 1o., 1837. Marqus de Esteva de las Delic ias. Jos Guerrero. Enero 1o., 1837 a enero 1o., 1838. Luis Ignacio de Genes. Nicols de Crdenas y Manzano. Enero 1o., 1838 a enero 1o., 1839. Jos Mara Cadaval. Fernando de O'Reilly y Calvo. Enero1o., 1839 a enero 1o., 1840. Marqus de Crdenas de Monte Hermoso. Agustn Ugarte y Risel. Enero 1o., 1840 a enero 1o., 1841. Jos Mara Mantilla. Jos Agustn Govantes. Enero 1o., 1841 a enero 1o., 1842. Francisco Chacn y Calvo. Carlos Galarraga. Enero 1o., 1842 a enero 1o., 1843. Angel Urzais. Ramn de Armas. Enero 1o., 1843 a enero 1o., 1844. Martn Pedroso y Echevarra. Manuel de Armas. Enero 1o., 1844 a enero 1o., 1845. Antonio de Zuazo. Jos Antonio de Galarraga. Enero 1o., 1845 a enero 1o., 1846. Conde de Pealver. Francisc o Valds Herrera. Enero 1o., 1846 a enero 1o., 1847. Agustn Valds Arstegui. Conde de San Esteban de Caongo. Fernando de Peralta y Torrontegui. Enero1o., 1847 a enero 1o., 1848. Conde de Santovenia. Bonifacio de la Cuesta y Gonzlez. Enero 1o., 1848 a enero 1o., 1849. Marqus de Villalta. Jos Antonio de Cintra. Enero 1o., 1849 a enero 1o., 1850. Ramn de Montalvo y Calvo. Manuel Ramos Izquierdo y Villavicencio. Enero 1o., 1850 a enero 1o., 1851. Manuel Pedroso y Echevarra. Francisco de Vargas. Enero 1o., 1851 a enero 1o., 1852. Francisco Jos Caldern. Nicol s Martnez Valdivielso. Enero 1o., 1852 a enero 1o., 1853. Miguel de Hano y Vega. Lorenzo Larrazbal y Calvo. Enero 1o., 1853 a enero 1o., 1854. Jos Manuel Espelius. Simn de Crdenas. Enero 1o., 1854 a enero 1o., 1855. Joaqun Fernndez de Velasco. Rafael Rodrguez Torices. Enero 1o., 1855 a enero 1o., 1856. Conde de San Fernando de Pealver. Gabriel Lpez Martnez. Enero 1o., 1856 a enero 1o., 1857. Conde de Lagunillas. Jos Solano de Albear. Enero 1o., 1857 a enero 1o., 1858. Marqus de Aguas Claras. Luciano Garca Borbn. Enero 1o., 1858 a enero 1o., 1859. Miguel Matienzo. Rafael Rodrguez Torices. Enero 1o., 1859 a enero 1o., 1860. (6) Conde de Caongo. Enero 1, 1860 a enero 1o., 1864. Domingo Guillermo Arozarena. Enero 1864 a enero 1o., 1866. (4).—Estos seores resultaron nombrados pa. completar el nme ro de individuos qe. con arreglo al decreto de las Cortes de veinte y tres de marzo de este ao, y censo de la poblacin, han de componer en lo sucesivo el Exmo. Ayuntamiento. (Acta del Cabildo de 7 de agosto de 1821). (5).—Se vuelve al antiguo sistema de eleccin de los alcaldes. (6).—Segn el artculo 7. del Real Decreto de veinte y siete de julio de 1859, las elecciones son bienales y se elige un solo alcalde.

PAGE 95

Conde de Caongo. Enero 1, 1866 a enero 1o., 1876(7). Marqus de Bella Vista. Enero 1,1876 a marzo 23, 1876. Juan Jos Moreno. Marzo 23, 1876 a enero 5, 1877. Leandro Alvarez Torrijos. Enero 5, 1877 a enero 1,1879. Antonio Gonzlez de Mendoza. Enero 1,1879 a julio 8, 1881. Pedro Balboa. Julio 8, 1881 a julio 1, 1883. Pedro Gonzlez Llorente. Julio 1,1883 a julio 1, 1885. Juan Bautista Ordua. Julio 1, 1885 a julio 1, 1887. Feliciano Ibez, Conde de Casa Ibez Julio 1, 1887 a julio 1, 1889. Laureano Pequeo Gonzlez. Julio 1, 1889 a julio 1, 1893. Luis Garca Corujedo. Julio 1,1893 a julio 1, 1895. Antonio Quesada y Soto. Julio 1, 1895 a febrero 1, 1897. Miguel Daz Alvarez. Febrero 1,1897 a enero 21, 1898. Marqus de Esteban. Enero 21, 1898 a enero 14, 1899. Perfecto Lacoste Grave de Peralta. Enero 14, 1899 a julio 1, 1900. Alejandro Rodrguez Velasco. Julio 1, 1900 a abril 9, 1901. Miguel Gener Rincn. Abril 9, 1901 a enero 8, 1902. Carlos de la Torre Huerta. Enero 8, 1902 a mayo 30, 1902. Juan Ramn O'Farrill Chappotin. Mayo 30, 1902 a julio 24, 1905. Eligio Bonachea Palmero, julio 24, 1905 a agosto 3, 1906. Julio de Crdenas Rodrguez. Agosto 3, 1906 a julio 27, 1909. Eugenio Leopoldo Aspiazo. Julio 27, 1909 a agosto 31, 1909. Julio de Crdenas Rodrguez. Agosto 31, 1909 a diciembre 1,1912. Fernando Freyre de Andrade, Diciembre 1, 1912 a octubre 18, 1916. Jos Roig Igualada. Octubre 18, 1916 a octubre 24, 1916. Fernando Freyre de Andrade, Octubre 24, 1916 a diciembre 24, 1916. Ramn Ochoa Prez. Diciembre 24 1916 a diciembre 30, 1916. Miguel Varona Surez. Diciembre 30, 1916 a septiembre 28, 1920. Jos Varela Baquero. Septiembre 28, 1920 a septiembre 30, 1920. Miguel Albarrn Monedero. Octubre 1, 1920 a diciembre 1, 1920. Jos Castillo Rodrguez. Diciembre 1, 1920 a febrero 12, 1921. Marcelino Daz de Villegas. Febrer o 12, 1921 a febrero 24, 1923. Luis Carmona Castao. Febrero 24, 1923 a marzo 14, 1923. Jos Mara de la Cuesta y Crdenas. Marzo 14, 1923 a septiembre 5, 1926. Manuel Pereira Rolandeli. Septiembre 5, 1926 a febrero 24, 1927. Miguel Mariano Gmez Arias. Febrero 24, 1927 a febrero 24, 1931. Jos Izquierdo Julia. Febrero 24, 1931 a agosto 12, 1933. Estanislao Carta Borrell. Agosto 15, 1933 a septiembre 2, 1933. Alberto Blanco Snchez. Septiembre 2, 1933 a noviembre 2, 1933. Alejandro Vergara Leonard. Noviembre 13, 1933 a diciembre 23, 1933. Rafael Trejo Loredo. Diciembre 23, 1933 a enero 23, 1934. Miguel Mariano Gmez Arias. Enero 23, 1934 a enero 19, 1935. Guillermo Belt Ramrez. Enero 19, 1935 a febrero 8, 1936. Arstides Sosa de Quesada. Febrero 8, 1936 a marzo 23, 1936. Antonio Beruff Mendieta. Marzo 25, 1936 a marzo 25, 1940. Francisco Rivero San Romn. Enero 31, 1940 a marzo 25, 1940. Orosmn Viamontes. Marzo 25, 1940 a octubre 9, 1940. Manuel Martnez Zaldo. Octubre 9, 1940, a noviembre 9, 1940. Ral Garca Menocal y Seva. Noviembre 9, 1940 a noviembre 9, 1944. Jos Castillo Rodrguez. Febrero 26, 1944 a septiembre 15, 1944. Ral Garca Menocal y Seva. Septiembre 15, 1944 a septiembre 10, 1946. Manuel Fernndez Supervielle. Septiembre 10, 1946 a mayo 4, 1947. Nicols Castellanos Rivero. Mayo 4, 1947 a septiembre 10, 1950. Jos Daz Garrido. Enero 5, 1950 a septiembre 10, 1950. Nicols Castellanos Rivero. Septiembre 10, 1950 a marzo 11, 1952. Justo Luis Pozo y del Puerto. Marzo 11, 1952 a agosto 13, 1954. Justo Garca Rayneri. Agosto 13, 1954 a enero 3, 1955. Justo Luis Pozo y del Puerto. Enero 3, 1955 a enero 1, 1959. (7).—El Conde de Caongo fue reelecto cada dos aos, segn el Decreto anterior.

PAGE 96

Jos Llanusa Gobel, Vctor de Yurre Clayton y Arnold Rodrguez Camps. Enero 13, 1959, a marzo 23, 1959. Jos Llanusa Gobel. Marzo 23, 1959, a junio 9, 1963. Jos A. Naranjo. Junio 9, 1963.

PAGE 97

El Palacio Municipal de La Habana.

PAGE 98

20 POBLACI"N Al hablar de la villa habanera primitiva, anotamos cual era su poblacin segn los datos que han llegado a nosotros: tena en 1544, 362 habitantes; en 1554, 700; y en 1598, 4,000. Segn las cifras que da el historiador Jacobo de la Pezuela en su Diccionario geogrfico, estadstico e histrico de la Isla de Cuba, la poblacin habanera, segn los censos que ordenaron diversos capitanes generales, fue aumentando en la forma siguiente: En 1791, bajo el gobierno de gobierno de Luis de las Casas, era de ............. 51.307 En 1817, bajo el gobierno de Jos Cienfuegos....... .......................................... 84.975 En 1827, bajo el gobierno de Dionisio Vives.......... ......................................... 94.023 Sin contar la eventual de unos 18.000. En 1841, bajo el gobierno de Gernimo Valds....................... ........................ 162.508 ms unos 22.000 transentes, con sus suburbios de Regla, Casa Blanca, Horcn, Cerro, Jess del Monte y Luyan. En 1847, bajo el gobierno de Leo poldo O'Donnell Â…Â…Â…Â…Â…Â…Â…Â…Â…Â….. 129.944 En 1862, bajo el gobierno de Domingo Dulce, e incluyendo los siete distritos que formaban la ciudad y sus barrios adyacentes. 179.996 De acuerdo con los datos ms fidedignos que hemos podido encontrar en los volmenes de los censos oficiales de Cuba efectuados despus del cese de la dominacin espaola, as como de las noticias que figuran en las publicaciones de la Oficina Nacional del Censo y de la Direccin General de Estadsticas del Ministerio de Hacienda, el movimiento de poblacin del Trmino Municipal de La Habana de 1887 a la fecha, ha sido el siguiente: 1887 ....................................... 200,448 1899 ....................................... 242,055 1907 ........................................ 302,526 1919 ....................................... 363,506 1923 ....................................... 432,353 1925 ....................................... 562,968 1926 ....................................... 580,797 1927 ....................................... 580,946 1929 ....................................... 580,932 1931 .....:................................. 542,522 1935 ....................................... 546,782 1943 ....................................... 676,376 1953 ....................................... 787,765 En esta ltima fecha los municipios que se espera constituyan prximamente la Gran Habana tenan la siguiente poblacin: Marianao ................................... 229,576 Regla ......................................... 26,775 Guanabacoa ............................... 112,000 Santiago de las Vegas ................. 32,891 Santa Mara del Rosario .............. 21,600 Con un total de.............................. 422,842 Lo que dara una poblacin de 1.210,607 para la Gran Habana; pero es preciso tener en cuenta que esas fechas corresponden a 1953, y nuestra poblacin est en aumento constante. No se ha publicado todava ltimamente un censo completo de poblacin pero s sabemos, por declaracin del Gobierno Revolucionario que la poblacin total de la Repblica, que en 1953 era de 5.829,029 asciende ahora a

PAGE 99

7,199,000, lo que representa una tasa de aumento de l 23 % en estos ltimos aos. Si aplicamos este porcentaje de aumento a la cifra de 1.210,607 —y es casi seguro que en los fuertes ncleos urbanos mencionados ese porcentaje sea an algo mayor— podemos dar la cifra de 1,634,310 como la de poblacin de la Gran Habana en los momentos de su creacin.

PAGE 100

21 SUCESIVAS DIVISIONES DE LA CIUDAD LOS BARRIOS ACTUALES LA GRAN HABANA La primera divisin legal de La Habana la llev a cabo el capitn general conde de Ricla en bando de 23 de septiembre de 1763, separando la ciudad en cuatro cuarteles: el primero comprenda toda la parte sur hasta la calle de Acosta; el segundo, desde la calle de Acosta hasta la de Amargura; el tercero, desde la calle de Amargura hasta la de O'Re illy; y el cuarto, el resto de la poblacin. E1 sucesor de Ricla, capitn general Bucarely, modific esta divisin, distribuyendo la ciudad slo en dos cuarteles, el de la Punta y el de Ca mpeche, subdivididos cada uno en cuatro barrios: el primero, en los de Dragones, El Angel, La Estrella y Monserrate; y el segundo en los de San Francisco, Santa Teresa, Paula y San Isidro. Todo ello, desde luego, para la poblacin intramural, hasta que en 1807 se dividi sta en diecisis barrios, y la extramural en capitanas de partido, las que en 1841 el capitn general Gernimo Valds dividi en seis barrios, co nsiderndose, desde 1851, la poblacin de extramuros como parte integrante de la capital, y ampliada a los nuevos pueblos del Cerro, Jess del Monte y Arroyo Apolo, as como tambin a las poblaciones del otro lado de la baha: Regla y Casa Blanca. En la actualidad el trmino municipal de La Habana se encuentra dividido en los cuarenta y tres barrios siguientes: Casa Blanca, San Juan de Dios, Santo Angel, Templete, San Felipe, Santo Cristo, San Francisco, Santa Clara, Santa Teresa, Paula, San Is idro, Punta, Coln, Tacn, Arsenal, Ceiba, Jess Mara, Marte, San Nicols, Vives, Chvez, Pealv er, Monserrate, San Leopol do, Guadalupe, Dragones, San Lzaro, Cayo Hueso, Pueblo Nuevo, Pilar, Atars, Villanueva, Cerro, Vedado, Medina, Prncipe, Puentes Grandes, Jess del Monte, Manuel de la Cruz, Luyan, Arroyo Apolo, Arroyo Naranjo y Calvario. La Habana de extramuros, segn un grabado de 1838.

PAGE 101

Por ley del Congreso de 13 de junio de 1912 fue segregado, para constituirse en municipio aparte, el barrio de Regla. Desde hace mucho tiempo las poblaciones limtr ofes, y muy especialsimamente Marianao, forman, en realidad, parte de La Habana; los repar tos marianenses eran los suburbios ms elegantes y opulentos de la capital, donde haban ido alzndose las esplndidas mansiones de las familias ms acaudaladas —hoy, en su gran moyora, abandonadas por sus primeros moradores, que se han trasladado al Extranjero, y utilizadas para escuelas de diversas ndole por el Gobierno Revolucionario—, y los clubs ms exclusivos de la llamada alta sociedad habanera —hoy convertidos en crculos sociales obreros— se haban construido a lo largo del litoral de Marianao. As, ahora como antes, Marianao es parte integrante de la Capital. Al extirpar de raz la ambicin y la corrupcin polticas, casi nico obstculo que impeda la fusin o confederacin de los municipios adyacentes con el municipio habanero, la Revolucin ha abierto la va hacia la creacin de la Gran Habana, que formar un magnfico conglomerado urbano, cuya plasmacin era desde hace muchos aos necesidad urge nte para el progreso de la capital del pas. El primer gran paso en este sentido se ha dado ya, en agosto de 1961, al crearse, dentro del marco de la Junta de Planificacin de la Provincia de La Habana, una Comisin Planificadora de la Gran Habana, que comprender los municipios de La Habana, Marianao, Guanabacoa, Regla, Santa Mara del Rosario y Santiago de las Vegas, conjunto que abarcar una poblacin de dos millones de habitantes y un presupuesto de unos treinta millones de pesos, o sea de ms del 50% del monto de todos los presupuestos municipales de la Repblica. La Gran Habana, aspiracin de todos los habaneros amantes de su ciudad, est, pues, ya a punto de ser completa y triunfante realidad.

PAGE 103

22 TRANSPORTE VOLANTES, QUITRINES, CALESAS, COCHES Al componer en 1761 don Jos Martn Flix de Arrate, regidor de esta ciudad, su historia de la misma — Llave del nuevo mundo antemural de las Indias Occidentales. La Habana, descripta: noticias de su fundacin, aumentos y estado — dice que la planta de la ciudad no es de aquella hermosa y perfecta delineacin, que segn las reglas del arte y estilo moderno contribuye tanto al mejor aspecto y orden de los lugares y desahogo de sus habitantes; y explica que sus calles no eran muy anchas ni bien niveladas, algunas no tenan nombres, y la de Mercaderes, la ms importante entonces, slo alcanzab a cuatro cuadras de extensin, agregando que el mejor sitio de la ciudad era la plaza de San Francisc o, donde el Ayuntamiento te na sus casas capitulares y se encontraba tambin la crcel pblica. El estado de las calles fue, hasta bien entrado el siglo XIX, desastroso, segn lo reconoce el capitn general Miguel Tacn, en 1838, en que acometi la obra de pavimentacin, rotulacin y numeracin de las calles. A la psima calidad de su empedrado, donde entraban piedras de todos tamaos acuadas con tierra que era arrastrada por las primeras lluvias y conducida al puerto con perjuicio de su fondo atri buye Tacn el mal aspecto que ofrecan las calles y lo molesto que era el transitar por ellas. Explcase as que hasta fines del siglo XVIII, y al decir de Jos Mara de la Torre, en su obra varias veces citada, de 1857, Lo que fuimos y lo que somos o la Habana antigua y moderna, solo se conocan las volantes, las calesas tiradas por mula s y algn coche. Al principio del siglo XIX se introdujeron los quitrines, que se generalizaron desde 1820, aunque no los hubo de alquiler hasta 1836. Los coches se hicieron ms comunes desde 1846, pues si ya se conocan en 1840, eran exclusivamente los que posean los capitanes generales y el que haba para la visita de enfermos en la Catedral. En otros tiempos, en que no se pensaba todava en carreteras, y slo se conocan los caminos reales, intransitables en pocas de lluvias por ot ra clase de vehculos, el quitrn era el carruaje insustituible de nuestros campos: con sus ruedas enormes, para darle mayor impulso e impedir pudiese volcarse; sus largas, fuertes y flexibles barras de majagua; la caja montada sobre sopandas de cuero que le daban a aquella un movimiento lateral, suave y cmodo; su fuelle, de baquetn, para contrarrestar en algo los ardores de nuestro sol; sus estribos, de resorte o de cuero, de manera que no opusiesen resistencia a los rboles y piedras del camino; y todo el carruaje tirado por un caballo criollo o dos o tres, en cuyo caso, el de dentro de las barras deba ser de trote y los ot ros dos, de paso, llamndose el de la izquierda la pluma, por servir slo para ayudar el tiro, y el de la derecha de monta, sobre el que iba el calesero; el tro no se usaba sino en el campo, bastando al de la ciudad con uno o dos caballos. La volante era el quitrn de alquiler, mucho ms reducido y de construccin menos acabada y artstica, y con cristales a ambos lados del fuelle, que no se bajaba como en los otros. Los arreos, de cuero negro, se distinguan segn la riqueza de sus adornos de plata, distribuidos abundante y artsticamente en sillas, estribos, cabezadas, correas, y cons tituan el orgullo de los caleseros de casas ricas. Estos caleseros eran, de entre todos los esclavos aquellos a los que, sin estar exentos de castigos, se le guardaban ciertas consideraciones, pues a los amos no siendo fcil sustituirlo s, les eran necesarios y procuraban conservarlos. Constituan la aristocracia entr e su clase: chifladores, tenorios, bailadores, bien vestidos siempre, ya en traje de casa o de monta, saban y guardaban los secretos de sus dueos, eran mediadores y mensajeros en los asuntos amorosos de los amos, y a veces hasta haban sido compaeros de juegos del nio y la nia. El costo aproximado de un juego completo de qu itrn, incluyendo el calesero, el quitrn, dos caballos, arreos de plata, vestimenta del calesero y derechos, alcabala y escritura, ascenda a $3,500.00. Las volantes y quitrines fueron sustituidos, al corr er de los tiempos, por los coches corrientes, de que an existen algunos ejemplares, sobre todo en provincias. Durante la ocupacin militar norteamericana se introdujeron en ellos los zunchos de goma.

PAGE 104

En 1913 o 1914 se importaron los primeros automviles de propiedad particular, y poco despus comenzaron a correr los de alquiler, casi todos, al principio, de la marca Ford, y a los que el pblico llamaba fotingos. Pronto se multiplicaron extrao rdinariamente. El Gobierno Revolucionario ha establecido que se distingan llevando todos un solo color que no pueden usar los particulares, y es de esperarse que pronto introduzca en ello s el sistema de taxmetros, ya que todava se rigen por la anticuada y muchas veces arbitraria tarifa por zonas. OMNIBUS O GUAGUAS Jos Mara de la Torre da como fecha de circul acin en La Habana de los mnibus de traccin animal la de 1840 —de la Ciudad al Cerro— si bien, desde el ao anterior haba una lnea entre Regla y Guanabacoa; los de Jess del Monte comenzaron en 1844; en 1850 los del Prncipe, y en 1855 los del Cerro a Marianao. En un artculo de costumbres — Un da en La Habana — publicado en el Diario de La Habana, de enero 29 y febrero 4 de 1836, su annimo autor hace ascender a cuatro mil el nmero de carruajes que en aquella poca circulaban por La Habana, sin contar las diligencias o berlinss ni las guaguas u mnibus. De stas apunta que comenzaban su recorrido en las primeras horas de la maana, partiendo de la Plaza de Armas hasta Marianao, y terminando a las diez de la noche con las llamadas guaguas de los enamorados, que a dicha hora hacan su ltimo viaje del Cerro, Jess del Monte y Marianao. Jos Garca de Arboleya, en su Manual de la Isla de Cuba, de 1859, declara qu e sin el auxilio del vapor las comunicaciones de la Isla seran las peor es del mundo, y seala la existencia de varias lneas de berlinas y mnibus que enlazaban La Habana con las poblaciones vecinas por las cuatro nicas calzadas que merecan el nombre de tale s, as como de otras lneas suburbanas. En su Diccionario geogrfico, estadstico, histrico de la isla de Cuba, de 1863, Jacobo de la Pezuela detalla la organizacin y funcionamiento de una empresa de mnibus perteneciente a los seores Ibargen, Ruanes y Compaa, poseedora de setenta coch es y seis extensos depsitos, dos en el Cerro, dos en Jess del Monte, uno en Marianao y otro en Pu eblo Nuevo, con trenes para relevos de caballos en Arroyo Arenas y Caimito, empleando ciento cincuenta individuos y con ms de ochocientas bestias de tiro. En los primeros aos republicanos controlaba el servicio de guaguas la empresa llamada de Estanillo, muchos de cuyos vehculos fueron montados sobre chasis de automviles Ford, que prestaron los primeros servicios en la capital al ser el iminada la traccin animal en guaguas y mnibus. Varias empresas, pequeas, constituidas por la agru pacin de propietarios de mnibus realizaban hasta 1933 esta clase de servicio de transporte, la s que fueron asocindose hasta llegar a constituir la Cooperativa de Omnibus Aliados S. A., que controla ba la casi totalidad de las lneas de mnibus, interiores de la ciudad y entre La Habana, sus barrios y repartos y el resto de la Repblica. TRANVAS Una de las ms importante innovaciones de que goz La Habana con motivo del cese de la dominacin espaola, el 1. de enero de 1899, e inicio de la ocupacin militar norteamericana, fu la electrificacin de las lneas de los tranvas de tracci n animal y del ferrocarril suburbano movido por pequeas locomotoras de vapor. Como ha dicho Federico Villoch en una de sus Viejas Postales Descoloridas, los carritos urbanos de los ltimos tiempos coloniales, venan siendo como una prolongacin de nuestros hogares domsticos, porque en ellos, al paso lento de los caballos y mulas que los arrastraban, los habaneros, libres del delirio contemporneo de velocidad, continuaba n la tertulia iniciada en la casa o en la oficina, concertaban las citas comerciales o amorosas o apro vechaban el forzoso y ha bitual encuentro a horas determinadas del da o de la noche para charlar con los amigos. De La Habana al Vedado circulaban maquinitas de cajn o cucarachas, que en la explanada de La Punta recogan, para conducirl o al Carmelo, el pasaje del trasbordo, o sea, un tranva de caballos que en el Parque Central esperaba a los vecinos del Vedado. En 1901 un sindicato americano compr los tranv as y ferrocarriles suburbanos, recibiendo al efecto del Gobierno de ocupacin una concesin para reconstruir y electrificar las lneas existentes y construir otras nuevas en La Habana y los barrios veci nos. El primer coche del tranva elctrico de La Habana circul el 22 de marzo de 1901, hasta el Vedado. Gradualmente fueron construyndose lneas a travs de toda la ciudad y sus barrios y nuevos repartos, hasta ms all del trmino municipal de La Habana. Una corporacin de los Estados Unidos, la Havana Electric Railway Company, fue la primitiva duea de los tranvas elctricos de nuestra capital, fusionndose en 1913 con la nueva empresa que en

PAGE 105

1912 se haba constituido, bajo las leyes del Estado de New Jersey, y, con el nombre de Havana Electric Railway, Light and Power Company, completndose as la consolidacin de servicios de tranvas elctricos, mnibus, servicio de alum brado elctrico y fuerza motriz y la fabricacin y distribucin de gas artificial en la Ciudad y suburbios. Durante el gobierno del presidente Machado tuvo lugar la separacin, en compaas diversas, de los servicios de transporte elctrico urbano y los de alumbrado elctrico, fuerza motriz y gas, esta ltima la clebre y mal llamada Compaa Cubana de Electri cidad, hoy nacionalizada c on el nombre de Industria Elctrica Antonio Guiteras, en homenaje al gran luchador antimperialista que se incaut de ella en 1933. Durante los aos en que ocup el poder Fulgencio Batista, y en virtud de uno de los jugossimos negocios tan frecuentes en esa poca, los tranvas desaparecieron por completo, siendo sustituidos por otros mnibus que formaban la Autobuses Modernos S. A. Hoy esta Compaa y la Cooperativa de Omnibus Aliados, junto con las que realizaban el transporte de pasajeros por toda la Isla han sido nacionalizadas, son propiedad del Estado y, fusionadas funcionan como Empresa Consolidada de Transportes Nacionales. No hay que decir que el crecimiento enorme de la ciudad ha hecho continuamente necesario el estableci miento de nuevas y nuevas lneas y las divisiones y ampliaciones del itinerario VAPORES Entre La Habana y las poblaciones ultramarinas de Regla y Guanabacoa existi primeramente el servicio de botes, cuyo trfico sacaba, a remate el Ayuntamiento, En 1837 qued establecida la primera empresa de vapores de la baha, de la capital a Regla; en 1842 se fund otra que tuvo brevsima vida; y en 1854 comenz a prestar servicio la tercera, que recibi la denominacin popular de segunda empresa. Vaporcitos de Regla, fu el nombre con que eran conocidos po r el pblico, aunque tuvieran sus nombres particulares: Havana, Regla, Guanabacoa, Invencible, Victoria, Eduardo Fesser y Emmanuel Underdown. La caracterstica de ste consista en estar construdo todo de hierro. Con excepcin del Guanabacoa, que era de hlice y ostentaba cierto lujo, los dems eran movidos por grandes ruedas laterales y fueron adquiridos de segunda mano. Desde hace tiempo desaparecieron estas lneas de vapores, asimismo llamadas la empresa vieja y la empresa nueva, que tambin efectuaban el transporte entre La Habana y Casa Blanca. Hoy, adems de de los numerosos botes y lanchas independientes, hay una lnea de estas ltimas en combinacin con los urbanos. En 1859, segn relata Jos Garca de Arboleya, en su Manual de la isla de Cuba, haba once lneas de vapores, cuatro en la co sta Norte, cinco en la del Sur y dos en ambas costas. La Metrpoli enviaba un vapor mensual con la correspondencia pblica, que sala de Cdiz los das 12 y llegaba a La Habana del primero al cuatro, saliendo el 12 para Vigo, los meses de cuarentena y para Cdiz los restantes del ao. Este vapor tocaba en Canarias y Pu erto Rico. En aquella fecha haba adems lneas de vapores con Mxico, el Norte de Europa, las An tillas extranjeras, Estados Unidos e Inglaterra. Sucesivamente fueron establecindose nuevas lneas de vapores entre La Habana y los puertos ms importantes del Viejo y el Nuevo Mundo. En 1879, El Carondelet, inaugur el servicio de Cuba y las Bahamas, de la Ward Line. Otro buque de esta empresa, El Yucatn, construdo en 1890, fue el que trajo a Cuba al coronel Theodore Roosevelt, con sus Rough Riders.

PAGE 106

23 EL PRIMER MEDICO. EL PRIMER "BARBERO Y CIRUJANO" Durante todo el inicial perodo de su existencia careci La Habana de mdico y de boticario, pues el primero que, con ttulo, ejerci ambas func iones en la Villa, hacia 1569, fue el licenciado Gamarra. Pero s exista un maestro examinado en el oficio de barbero y cirujano, llamado Juan Gmez, a quien el Cabildo, en 26 de agosto de 1552, bajo la presidencia del gobernador Angulo, recibi por tal barbero cirujano desta villa, por considerarlo maestro examinado en el dicho oficio hbil suficiente para lo usar y egercer, prohibiendo que durante el tiempo que el referido Gmez viviese en la Villa, persona ninguna... no sea osados usar del dicho oficio sopena de dos pesos de oro por cada vez que usaren del dicho oficio los cuales aplican para el dicho Juan Gmez barbero. En cuanto al mdico, el 26 de febrero de 1569, el cabildo acord que: considerando la gran necesidad que esta Villa tiene de botica y mdico y cirujano, ans para los vecinos como para muchas personas que ella ocurren en flot as y fuera de ellas, y porque el Ldo. Gamarra, que al presente est en esta Villa, es graduado en Alcal de Henares de todas las tres licencias y concurren en l todas las calidades que se requi eren, sea obligado, como se obliga, hacer su asiento en esta dicha villa, y poner botica y servir los dichos oficios por s y por sus oficiales suficientes. El contrato estipulaba una paga anual por los veci nos que a ello se compro metan, en cambio de lo cual dicho Ldo. se obligaba y oblig que las dichas tales personas, como sus mujeres hijos y a todos los de su casa los curar y har sangrar, dndoles en todo el mejor remedio que entendiere para su salud y hnle de ser pagadas las medicinas que en esto gastare. Los vecinos que no hubiesen firmado el contrato recibiran los servicios del mdico segn lo ahora se acostumbre llamar precios convencionales. Y desde entonces tombanse medidas contra el intrusismo, pues en el mismo contrato se es pecificaba que los habitantes de La Habana no se podrn curar con otra persona sino con l, porque durante el tiempo que l quisiere residir en esta Villa a servir el dicho oficio no puede servirlo por dinero, ni sin l, ninguna otra persona Ldo. mdico, cirujano, boticario, barbero, si no fuese con su licencia y especial consentimiento, so pena de pagar con el doble la persona que as se curare con otro, y el que hiciere la tal cura lo pague tambin lo que hubiere recibido con el cuatro tanto, y que si durante el tiempo que el dicho Ldo. Gamarra sirviera el dicho oficio en esta Villa hubiera de hacer alguna ausencia ha de ser con licencia de la justicia y regimiento y ha de dejar en su lugar personal tal y a contento de la justicia y regimiento de esta dicha villa.

PAGE 107

24 EL PRIMER IMPRESO, LA PRIMERA IMPRENTA Y EL PRIMER IMPRESOR Fu introducida la imprenta en La Habana, segn las investigaciones que hasta ahora han podido realizar los bibligrafos, en 1723 po r el impresor francs Carlos Habr. Ambrosio Valiente, en su Crnica de Santiago de Cuba, seala como fecha, recogida por la tradicin, de haberse instalado la primera imprenta en la ciudad de Santiago de Cuba, la de 1698; pero ni lo prueba ni ofrece otros anteceden tes esclarecedores de su dicho. Jacobo de la Pezuela, el hist oriador espaol ms copiosamente documentado sobre Cuba en los archivos de la Pennsula y de esta Isla, da, en el tomo IV de su Diccionario Geogrfico, Estadstico, Histrico de la Isla de Cuba, la noticia de que cuando el capitn General D. Gregorio Guazo Caldern lanz, al llegar a La Habana el 23 de diciembre de 1718, severo bando con motivo de la ruptura de hostilidades entre Espaa e Inglaterra, dicho bando s e public con copias manuscritas, porque an no exista en la capital ninguna imprenta. Y el fraile cubano Salvador Cabello envi a imprimir en Mxico su Sermn de la Santsima Virgen del Rosario, (Mxico, 1720, 7 p.), lo que hace su poner a Carlos M. Trelles en su Bibliografa Cubana, de los siglos XVII y XVIII que no exista entonces la imprenta en La Habana, porque no es lgico creer que si aqu hubiera habido un taller tipogrfico se hubiera enviado un opsculo tan pequesimo a imprimir en la capital de aquel virreinato. Antonio Bachiller y Morales en sus Apuntes para la Historia de las Letras y de la Instruccin Pblica de la Isla de Cuba, seal ya en 1861 al impresor francs Ca rlos Habr como el introductor de la imprenta en esta Isla, ofreciendo la ficha bibliogrfica de un folleto de 1724, que afirmaba poseer: Mritos que ha justificado y probado el Ldo. D. Antonio de Sossa, Pbro. Colegial presidente del Ille. de Seor de Reales Audiencias de Mxico y Guadalaxara: Consultor del Santo Oficio de la Inquisicin y Agentes Fiscal de el Superior Govierno, Real Audiencia y dems tribunales Civiles de la corte de Mxico: Por el Excmo. Seor Mar qus de Casafuerte, Virrey de la nueva Espaa, Illmo. Rmo. S. M Gernimo de Valds, Dignsimo Obispo de esta Isla de Santiago de Cuba, Xamaica y la Florida & Imprenta de Carlos Habr. Dice Bachiller que este folleto tiene varias noticias curiosas, aunque de un inters personal. El impresor era extranjero, como se ve del apellido y de las mu chas erratas y rara acentuacin y puntuacin del impreso. Tambin dice Bachiller en su obra ya citada ha ber adquirido casualmente un impreso que parece ser de 1720, pues en uno de los cartones de la cubierta del tomo en que estaba encuadernado con otros folletos apareca como pie de imprenta Havana 1720. Dicho folleto era una Carta de esclavitud a la Virgen Santsima del Rosario; no tena nombre de impresin, y el mismo Bachiller, que no da su descripcin completa, indica las dudas que tiene sobr e la exactitud de la fecha, pues, afirma, est un poco confuso el cero. Tambin hace ob servar la escasez de los tipos, notndose que en otro ejemplar de 1723 estn idnticos los caracteres en sus trastornos, de manera que parece una misma composicin, cuya co nservacin por 11 aos no se puede explicar satisfactoriamente. Tan no le di Bachiller autoridad a este folle to que, como hace resaltar Prez Beato, al mencionar aqul en su Bibliografa, un Reglamento de Milicias de la Isla de Cuba, impreso por D. Blas

PAGE 108

de los Olivos en 1777, dice: Mi estimado amigo D. Jos Mara de la Torre cree que el Reglamento de Milicias es el primer libro impreso en la Isla, y ya vemos que hubo uno en 1724, no acordndose o no queriendo citar el de 1720. Toribio Medina describe otro impr eso, conservado en su bibliot eca, de Carlos Habr, de 1727: Rbricas generales del Breviario Romano Fielmente traducidas del Latn, en Romance, y sucinctamente comentadas, para su mas facil inteligencia, por el Rev. D. Francisco Menendez Marques, Cura Rector mas antiguo que fu de las Parroquiales de esta Ciudad ... En 1910 Manuel Prez Beato (Una Joya bibliogrfica. En El Curioso Americano) descubri el ms antiguo de los folletos hasta ahora existentes, impreso en La Habana por Habr: Tarifa General de Precios de Medicinas. En la Havana, con Licencia de los Superiores en la Imprenta de Carlos Habr, 1723; que reproduce ntegramente en su folleto ya mencionado de 1936, ofreciendo adems copia fotogrfica de la primera pgina que contiene una exposicin del asunto, y de la segunda con el Auto del Protomdico Dr. Francisco Tenesa, ordenando la formacin del arancel. El folleto contiene 26 pginas de texto, en las que aparecen por orden alfabtico las medi cinas que se deben vender y los precios de ellas. Por no hallarse, segn vimos, suficientemente acl aradas la fecha y existencia del folleto citado por Bachiller como de 1720, es necesario dar hasta ah ora como fecha comprobada de la introduccin de la imprenta en Cuba, el ao 1723, y como primera obra impresa entre nosotros de que se tiene constancia cierta, la Tarifa General de Precios de Medicinas, que acabamos de mencionar. El impresor Habr era belga (de nacin flamencio natural de la ciud. de Gante), segn aparece de la certificacin de matrimonio con Mara Teresa Hamble y Bren, viuda de Juan Carlos Duet, y natural de San Malo, en Francia, vecinos ambos de La Haba na en 1720, en cuyo ao contrajeron matrimonio el 15 de enero. En 1735 D. Francisco de Paula logr que el capitn general Francisco de Gemes le concediese licencia de impresor, a 4 de junio de ese ao, despus de haberla solicitado del Ayuntamiento, el que le orden, en 3 de ese mes, se participase dicha solicitud a la primera autoridad gubernativa de la Isla. Paula vendi su taller a D. Manuel Aspeita, y ste a D. Esteban Jos Boloa, nombrado impresor de Marina en 1785, sucediendo a D. Matas de Mora. Hacia 1763 existi otra imprenta, de D. Blas Olivos, titulada de la Capitana General, establecida en la calle de Mercad eres. Este ltimo impresor present una solicitud al capitn general, Conde de Ricla, para fomentar las imprentas en la Isla, la que le fue negada por Real Cdula de 20 de enero de 1774, en la que S. M. mandaba que ni ahora ni mas adelante hubiera ms imprenta que la de la Capitana General; resolucin que no fu cumplida por los Capitanes Generales. Ms adelante, y segn afirma Bachiller, D. Francisco Segu tom a su cargo la direccin de la imprenta, po r haberse enlazado con la familia de Olivos, y hasta principios del siglo XIX conserv tranquilamente el concepto de ser el mejor establecimiento de su especie; por los aos 1800 ya tuvo un rival en D. Esteban Boloa, pues en informes oficiales que existen en el archivo de la Real Sociedad Econmica, las vemos reconocer como los dos nicos establecimiento s de la ciudad a las expresadas oficinas.

PAGE 109

El Morro con la brecha por donde entraron los ingleses en 1762.

PAGE 110

25 LA TOMA DE LA HABANA POR LOS INGLESES Ya hemos hablado de los reiterados y a veces muy violentos ataques que sufri La Habana por parte de piratas y corsarios, desde los comienzos de su historia como villa colonial, durante los siglos XVI y XVII. Pero, ya ms que mediado el XVIII, haba de ser vctima de otro incomparablemente ms importante, tanto por su intensidad, su xito, y las diversas circunstancias que lo rodearon, como por las trascendentales consecuencias que en el orden poltico, econmico y social de l haban de derivarse. En efecto: a causa de la guerra estallada en 1762 entre Espaa e Inglaterra, el 6 de junio de ese ao iniciaron el sitio y ataque de La Habana el ejrcito y la escuadra britnicos, bajo el mando, respectivamente, del conde de Albemarle, Sir George Keppel, y del almirante Sir George Pocock. No obstante la incuria y los desaciertos del gobernador y capitn general, don Juan de Prado Portocarrero —digno sucesor, a travs de los siglos, de don Gonzalo Prez de Angulo—, los vecinos de la Ciudad y sus alrededores resistieron con herosmo el asedio del enemigo dur ante casi dos meses. Cuando en el citado da se present a la vista de La Habana la escuadra inglesa, el gobernador Prado, fiado en la errnea creencia de que dada la inexpugnabilidad de la plaza —que luego se prob inexistente—, no se atreveran lo s enemigos a atacarla, no tom precau ciones de ninguna clase sino hasta despus que le avisaron de El Morro que los navos britnicos se disponan a realizar un desembarco, lo que efectivamente llevaron a cabo en Cojmar; pues, muy por el contrario de lo que imaginaba Prado —y segn refiere el historiador cubano Pedro M. Guiteras en su Historia de la conquista de La Habana (1762), tomndolo de la Beatson's Naval and Military Memories, los britnicos juzgaban que La Habana, aunque bien fortificada, no era inexpugnable en aquella poca. Entre las presurosas medidas de defensa que se tomaron, merecieron atencin preferente los trabajos de fortificacin del lado de la baha, desd e La Punta al Arsenal, en cuyos trabajos fueron utilizados, segn Guiteras, los negros esclavos ofrecidos voluntariamente por sus dueos los cuales sirvieron de gran utilidad en las operaciones por el lado de la baha y en los trabajos de fortificacin. Estos esclavos los hace ascender Pezuela, en su Historia ya citada, a 1,400 o a 1,500 de propiedad particular, ms los 300 que pertenecan al Rey. El total de hombres que este historiador espaol seala como participantes en la defensa de La Habana dice ascendan a unos 2,600 entre tropas regular y milicia, ms 300 dragones y 1,200 marinos de la escuadra anclada en el puerto, que apenas tomaron parte en la defensa inmediata del recinto. En cuanto a los voluntarios, gente de campo y de color de las inmediaciones de la plaza, Guiteras, en su ya citada obra, rectifica a Pezuela en su afirmacin de que no pasaron de 3,000, haciendo resaltar las contradicciones en que incurre sobre este asunto dicho historiador, inclinndose ms bien a aceptar la cifra dada por uno de los tres primeros historiadores cubanos, Antonio Jos Valds, en su Historia de la Isla de Cuba y en especial de La Habana, de ms de 10,000 hombres, aunque no todas ni mucho menos, de estas milicias estuvieran armadas, pues afirma este ltimo historiador que el da 6 de junio, despus de haberse repartido al vecindario los 3,500 fusiles, muchsimos descompuestos, algunas carabinas, sables y bayonetas. vinieron a quedar por ltimo innumerables {vecinos de La Habana} desarmados. Cojmar fue tomada el da 7, y all se atrincheraron los invasores; igual suerte corri Bacuranao; Guanabacoa fue abandonada sin resisten cia; La Chorrera cay el da 10, y los ingleses se hicieron fuertes sobre la loma de Arstegui, donde ms tarde se constr uira el Castillo del Prncipe. Se haba hecho salir de la ciudad a religiosos y religiosas, ancianos, mujeres y nios, hacindolos buscar refugio en Managua y Santiago de las Vegas. El da 11, al medioda la infantera ligera y los granaderos mandados por el coronel Carleton tomaron la altura de La Cabaa, como dice Guite ras, el punto ms importante de la plaza… llave principal de la defensa de La Habana, que el gobernador prefiri abandonar apenas sin combate, provocando, segn un documento de la poca, la consternacin popular:

PAGE 111

Toda la ciudad llor con amargura esta prdida co mo fundamento el ms esencial de la defensa; en las iglesias resonaban los sollozos, dimanados del ms leal sentimiento. Contina aquel historiador haciendo resaltar que Prado conoci todo el valor que tena la posicin de La Cabaa cuando los ingleses empezaron a hacer sus preparativos para rend ir El Morro, y se empe en desalojarlos de all sacrificando gran nmero de gente, que con mejor crdito de su honra, hubiera sabido arriesgar sus vidas en defenderla. Ya en posesin de La Cabaa, el Conde de Albemarle orden al General Guillermo Keppel poner sitio a El Morro, cons truyendo al efecto, no sin grandes trabajos fortificaciones, las que al fin el da 30 quedaron en disposicin de iniciar el ataque con sus caones y morteros de varios calibres, abriendo el fuego en la maana del 1. de julio contra El Morro. Keppel tu vo que reforzar esas fortificaciones con otras bateras construidas a doble distancia de El Morro que las anteriores, a fin de mejor repeler los fuegos de la Ciudad y de La Punta, los de la escuadra surta en el puerto y las bateras flotantes de los sitiados, segn refiere Guiteras tomndolo del Diario del sitio de La Habana, por McKellar. All, en este escenario esplendoroso, surge, ms firme y precisa con el decursar de los siglos, la figura magnfica de don Luis Vicente de Velasco, anttesis en herosmo y martirio del pusilnime e inepto Gobernador, el Mariscal de Campo don Juan de Prado. Ya ste, desde el da 7, en su larga cadena de errores, haba tratado de cerrar el puerto con los navos Neptuno, Europa y Asia, echando a pique a dos de ellos a la entrada del canal y tendiendo de uno a ot ro extremo una cadena de hierro y tozas de madera, amarrada a dos grupos de caones, que an se conser van, como reliquias histricas, empotrados en las faldas de esta loma de El Morro y en las cercanas del Castillo de La Punta. Slo se logr con estas medidas embotellar la escuadra espaola. Cuarenta y cu atro das dur el sitio de la fortaleza, hasta que una bala enemiga hiri mortalmente al bravo militar que haba rechazado la honrosa rendicin propuesta por el Conde de Albemarle, quien en homenaje a su valor sin lmites, suspendi las hostilidades el da del entierro y contest desde su campamento la descarga de despedida que en honor del hroe le hicieron sus compaeros. El pabelln britnico fu plantado en las almenas de El Morro el 30 de julio, por el propio General Keppel, despus de herido mortalmente don Lu is de Velasco, el heroico comandante de dicha fortaleza; muerto, abrazado a su bandera, el Ma rqus Gonzlez y herido el segundo Comandante Bartolom Montes. En uno de los diarios ingleses de las operacione s contra La Habana —del que ofrecen sendas traducciones en espaol Antonio Jos Valds, en su Historia de la Isla de Cuba y en especial de La Habana y Antonio Bachiller y Morales en Cuba: monografa histrica — no se recoge el hecho de haberse izado la bandera inglesa en El Morro, despus de tomado ste, expresndose, s, que la posesin de El Morro nos ha costado 44 das de constante lucha, desde el primero que comenzamos las operaciones, y en este tiempo los espaoles han perdido mil hombres, aunque es verdad que tambin se ha derramado bastante sangre nuestra. En otro diario de un oficial ingls, editado en Londres ese mismo ao, y cuya traduccin tambin publica Bachiller, tampoco se precisa dicho hecho. Pero el Conde de Albemarle, en su carta de 21 de agosto, al Conde Egremont, dndole cu enta de la capitulacin de La Habana, al referirse a la toma de El Morro, el da 30 del mes anterior, refiere: Cometera yo una injusticia respecto al honor y crdito de las tropas de Su Majestad como al mayor general Keppel, que dirigi el ataque, si no los mencionara de un modo particular a su Seora. Nuestras minas se hicieron estallar como a la una, abriendo una brecha transitable exactamente por una fila de hombres de frente; el enemigo se lanz sobre la misma, animado por una visible determinacin de defenderla; el ataque fue tan vigoroso y violento que el enemigo fue arrojado instantneamente de la brecha y el estandarte de Su Majestad qued sobre el bastin. No envi a su Seora ninguna manifestacin particular con esta buena noticia, porque estaba seguro de que lo que ha sucedido pronto sera la consecuencia de nuestro xito en El Morro. El historiador Valds, en su obra citada, siguiendo la relacin de la toma de El Morro que da Bartolom Montes, dice:

PAGE 112

El da 30 (de julio) despus del medio da se rindi el castillo de El Morro... Antes de las tres de aquella tarde se vio tremolar el pabelln ingls en el castillo. Guiteras, basndose en el mismo relato, expresa: Sin jefes ya ni fuerzas para combatir los pocos valientes que all quedaban, el general Keppel, que haba llegado con gente de refresco y estaba en posesin de la batera de San Nicols, se adelant con los suyos y plant el pabelln britnico en las almenas del castillo, anunciando al consejo de guerra que haba perdido la segunda llave de la defensa de la ciudad, y que la hora se acercaba en que vera tambin ondear en sus muralla s el pabelln que acababa de plantar sobre la tumba gloriosa de tantos valientes, dignos de mejores jefes. Fu intil, pues, la heroica defensa que del Castillo de El Morro hizo su gobernador D. Luis de Velasco, debido a la ineptitud de Prado, su demora en ayudar por el campo con tropas de la Ciudad a Velasco y el error de elegir para que integraran stas, cuando se decidi a enviarlas, no militares aguerridos sino unos 1,000 milicianos recin llegados del interior de la Isla y sobre 500 pardos y morenos de La Habana, a todos los cuales llev la incapacidad del jefe espaol Lujn a morir miserablemente en pago del noble espritu que los animaba de ser tiles a su pas y defenderlo contra la invasin extranjera, segn afirma Guiteras, as como la cobarde desercin, an te el ataque del teniente ingls Carlos Forbes con su piquete de Royals, de la minera y artilleros de br igada espaoles que se arrojaron fuera de El Morro, dando lugar a que las dems tropas se ocultaran en las trincheras y al abrigo de los blindajes que se haban colocado para defensa de las bombas enemigas. Y la fragata Perla, anclada entre La Cabaa y la Muralla Martima de la Maestranza, logr tan slo incomodar a los ingleses, que la echaron a pique el da 26. Al fin, las tropas britnicas se posesionaron el 30 de julio de El Morro. Con la toma de El Morro se perdi la ltima esperanza que para su defensa tena la ciudad, resultando intil tambin el heroico comportamiento de numerosos civiles valientes e intrpidos milicianos mandados por los regidores criollos Luis Jos de Aguiar, Toms Aguirre y Laureano Chacn, —todos nombrados coroneles de milic ias— que, mientras Velasco defenda la fortaleza, se distinguieron de tal modo que el historiador Pedro Jos Guiteras declara: toda la gloria de las armas espaolas en aquella dilatada e importantsima posicin se debi al valor e intrepidez de las milicias que mandaron Aguiar y Chacn, bajo cuyas rdenes se reuni mucha juventud del pas, procurando sealarse en los empeos ms aventurados. Los negros esclavos cooperaron, asimismo, eficientemente con las milicias, y los guajiros arriesgaron a diario sus vidas en el aprovisionamiento de frutos y ganado a los vecinos de La Habana. A mencin especialsima es acreedor el vecino, regido r y alcalde mayor del cabildo de Guanabacoa, Jos Antonio Gmez, atrevido, infatigable y leal guerr illero cubano —como lo califica Manuel Sanguily—, el hroe popular Pepe Antonio. Ya en posesin de las alturas de La Caba a y El Morro, que dominaban la lnea de fortificaciones desde La Punta a La Fuerza, los ingles es dirigieron sus ataques sobre este lado de la Ciudad. En ambas fortalezas, y principalmente en la de La Punta y en el lienzo de Muralla que corra desde sta hasta La Fuerza, frente a El Morro y La Ca baa, trataron de repeler el fuego de los ingleses, auxiliados los artilleros y milicianos por dos fragatas y el navo Aquiln, que se situaron frente a la parte de Muralla martima que resguardaba la Maestranza; pe ro dichas fragatas tuvier on que internarse en la baha, vindose obligado tambin a hacerlo el Aquiln el da 3 de agosto a causa del grave dao que le infirieron dos obuses de La Cabaa, haciendo 24 pulgad as de agua por hora y habrsele arrojado la mayor parte de la gente al mar, segn refiere el Gobernador Prado en su Diario Militar. Concretada la defensa de La Habana ya solame nte a la lnea de fortificaciones comprendida entre La Punta y La Fuerza, sobre ese frente arreciaron su ataque los ingleses, construyendo al efecto trincheras, como relata Valds,

PAGE 113

desde la eminencia de La Pastora hasta la cruz de La Cabaa, mirando a nuestros baluartes, y a los Castillos de La Fuerza y La Punta y en ellas montaron 42 caones de todos calibres, y gran porcin de morteros, con cuyos adelantos el da 10 nos requirieron por capitulaciones, y para ms imponernos respeto, amanecieron el 11 descubiertas las bateras principiando con un fuego copioso y continuado, que dur hasta la una del da, en que mand el Gobernador poner bandera de paz, para efectuar los artculos de las capitulaciones. Tal es la historia de este lienzo de Muralla ma rtima que la piqueta del progreso ha derribado para que por el sitio que ocupaba crucen las amplias y hermosas avenidas de la nueva Grande Habana. Lamentable hubiera sido que de este trozo de las Murallas no quedase recuerdo alguno, como reliquia, para conocimiento e ilustracin de la presente y futuras generaciones cubanas, porque, como el lector habr podido comprobar, fue el lienzo que va desde el Castillo de La Punta hasta el Arsenal, y principalmente hasta La Fuerza, la nica parte de las Murallas que realmente se utiliz al travs de los aos para los fines de defensa de la Ciudad que motiv aron su construccin. Esas piedras, algunas de las cuales por nuestras gestiones se conservaron, y deben merecer la declaracin oficial de monumento nacional, fueron regadas con la sangre de centenares de habitantes de esta Ciudad, hijos de ella, en su mayor parte, blancos, pardos y negros, y esclavos africanos otros, que ofrendaron sus vidas, con mayor herosmo an que los propios jefes y soldados del Ejrcito espaol, por repeler el ataque de tropas a las que consideraban enemigas, ya que lo eran de lo s monarcas espaoles. Cndido herosmo e ingenua lealtad la de estos habaneros y africanos, a los que nunca pudiera habrseles ocurrido, ni aun a los de cierto nivel superior de cultura como Luis de Aguir, el regidor y coronel de milicias defensor de La Chorrera y las playas de San Lzar o; Pepe Antonio Gmez, alcalde ma yor provincial de Guanabacoa; el teniente Diego Ruiz; y los miembros del Cabildo habanero que tan altivamente mantuvieron los fueros y prerrogativas municipales, pensar y suponer que la toma de La Habana por los ingleses, a la que todos ellos denodadamente se opusieron, producira a la Capital y a la Isla extraordinarios e inestimables beneficios, que sin ella no hubieran recibido de los espaoles hasta largos aos ms tarde. Los cubanos se batieron en 1762 con mayor herosmo y demostrando sus jefes superior capacidad militar que las tropas de jefes espaoles, desde el incapaz Gobernador Prado hasta la marinera y artillera que huyeron de El Morro y abandonaron el navo Aquiln, siempre con la honorossima excepcin del valeroso y denodado Luis de Velasco. Todos estos criollos, blancos, negros y pardos revelaron en 1762, cuando an no exista conciencia de nacionalidad — al igual que ms tarde, nacida y consolidada definitivamente sta, durante la larga y cruenta lucha libertadora—, la capacidad cubana para los ms nobles y ms elevados patriticos empeos, que slo necesita para triunfal una direccin dotada de honradez de propsitos y honestidad de conducta. Y tanto ms asombran ese herosmo y esa lealtad cubanos, contemplados hoy, despus de ofrecernos la historia las pruebas reiteradas de que nunca los Gobiernos de la Metrpoli y los Gobernantes espaoles de la Isla supieron recono cer ni recompensar ese s acrificio y esa adhesin, negando en todo momento a los hijos de esta tierra cuanto significara justicia y libertad. Ms an: persiguiendo con la ms negra ingratitud a los mismos valerosos defensores de su dominio sobre Cuba, como lo muestra el mismo caso del insigne Pepe Antonio. Jos Antonio Gmez de Bullones, nacido el ao 1707 en Guanabacoa, de familia distinguida, alcalde mayor provincial, con residencia en su villa natal, casado en segundas nupcias con una dama de alta alcurnia, Narcisa Soto y Calvo de la Puerta, descendiente del conquistador de la Florida, se distingui, en primera fila, por su arrojo, su inteligencia y su bizarra, en la lucha contra los invasores ingleses, alcanzando una popularidad que ha llegado a nuestros das. A sus esfuerzos se debi la evacuacin por los ingleses, el 15 de julio de la villa de las lomas, que pocos das antes les haba entregado, por su pasividad, el coronel Carlos Caro. Pero el brillo mismo de sus hazaas despert la envidia de Caro, quien, con bajas intrigas, logr que el gobernador Prado lo destituyera del mando de las fuerzas a cuyo frente tan valerosa y acertadamente haba combatido. Pepe Antonio acat disciplinadamente aquella disposicin: toda insubordinacin, en aquellos momentos, habrale parecido una traicin ante el enemigo; se retir, solo, a Jess del Monte, pero la monstruosa injusticia lo afect hasta tal extremo, que pocos das despus, el 26 de julio, muri en el ingenio Aldana. Como al hroe Luis de Velasco, el Destino le evit el dolor de contemplar la rendicin de la ciudad que tan fieramente haba defendido. Ya sin esperanza de ningn xito para la resistencia —aunque algunos documentos de la poca aseguran que s exista—, el da 11 de agosto mand el Gobernador poner bandera de paz, ofreciendo rendirse para terminar las hostilidades, de acuerdo con las capitulaciones concertadas entre los jefes militares y navales ingleses y espaoles. Y efectivamente el 12 de agosto se firmaron sta s por los representantes de Espaa e Inglaterra: Juan de Prado, Antonio Ramrez de Estenoz, el Marqus del Real Transporte, J. Pocock, y Albemarle,

PAGE 114

posesionndose las tropas de S. M. britnica del Ca stillo de La Punta y dems fortificaciones dentro y fuera de la Ciudad, el da 14. En dichas capitulaciones se establecan los honores con que las tropas vencidas abandonaran la Ciudad; el embarque de stas para su metrpoli en bu ques ingleses; la atencin de los heridos en igualdad de trato que los ingleses, pero a expensas de la comi sin espaola que de ellos se hiciese cargo; el respeto a la Religin Catlica, Apostlica Romana, en sus actos bienes y rentas, y en los derechos, privilegios y prerrogativas del Obispo, con la reserva de que el nombramiento de prrocos y dems ministros eclesisticos sera con la aprobacin del Gobernador britnico; respeto a los empleados del pas que quisiesen conservar sus destinos; respeto de la propiedad, derechos y privilegios de los habitantes, pudiendo salir de la Isla y disponer libremente de sus bienes; canje de prisioneros: no persecucin por haber tomado las armas, en fuerza de su fidelidad; prohibicin de saqueo por los vencedores; reconocimiento de La Habana como puerto neutral para los vasallos de Su Majestad Catlica, con libertad de comercio; respeto de las leyes, usos y costumbres y administracin de justicia de los tiempos de la dominacin espaola. Las tropas britnicas se posesionaron de la pl aza durante los das trece y catorce. El da 8 de septiembre, ante el Conde de Albemarle, el Cabildo, en nombre de la Ciudad, jur obediencia y fidelidad a Dn. Jorge Tercero, Rey de la Gran Bretaa, Francia y Irlanda... durante el tpo. que estuviere sugeta a su Dominio, si bien declar que slo obedecera las rdenes de Su Majestad Britnica como no se oponga a las que como leales de Su Majest ad Catlica tiene jurado observar. La Habana permaneci bajo la dominacin inglesa hasta el seis de julio de 1763, en que se verific la restauracin espaola, como resultado del Tratado de Paz cuyos artculos preliminares se firmaron en Fontainebleau el 3 de noviembre de 1762 y fue concertado definitivamente en Pars, el diez de febrero de 1763, en que se convena la devolucin a Espaa de La Habana y otras posesiones suyas que estuviesen en poder de Inglaterra, mediante varias cesiones y concesiones que aquella nacin hacia a sta. Durante el tiempo de la domin acin britnica ocuparon el gobierno, con el ttulo de Capitn General y Gobernador de la Isla, don George Keppel, Conde de Albemarle, Vizconde de Bury, Barn de Ashford, uno del Muy Honorable Consejo Privado de Su Majestad, Capitn Custodiador de la Isla de Jersey, Coronel de los ejrcitos de Su Majestad, desde el 13 de agosto de 1762 hasta el 23 de enero de 1763, en que embarc para Inglaterra; y su hermano, Honorable Guillermo Keppel, Mayor General, Coronel de un Regimiento de Infantera, Comandante en Jefe de las tropas de S. M., desde esa fecha hasta el citado 6 de julio del mismo ao, en que se realiz la restauracin espaola. Ambos con residencia en La Habana. Pero la bandera inglesa no flame, en seal de dominio, en toda la Isla, sino en parte limitada de ella, desde el cabo de San Antonio hasta la provincia de Matanzas, en realidad sobre los lmites de la ciudad de La Habana. Los habitantes del resto de la Isla, regido por el Gobernador don Lorenzo Madariaga, con residencia en Santiago de Cuba, continuaron contem plando la bandera del Rey Carlos III en fortalezas y edificios oficiales. Si los habaneros haban defendido valientemente su ciudad, no fue menos cvica su conducta durante los once meses en que vivieron bajo la dominacin inglesa. El Cabildo reafirm siempre su digna actitud, defendiendo con entereza sus fueron, libertades y pres tigios, as como los de su religin y los de la que consideraban como su patria: Espaa. Si examinamos las actas capitulares de aquel per odo, veremos claramente cmo el conquistador ingls no alter, segn indicamos durante la poca de su dominacin, el Ayuntamiento de La Habana, ni en su organizacin ni en las leyes por que se rega, ni en los hombres que lo formaban al realizarse la conquista, y que stos continuaron act uando como representantes y defens ores de la personas e intereses de la municipalidad, siguieron considerndose como fieles sbditos del monarca espaol. Continuaban rigiendo entonces, con muy ligeras modificaciones, las Ordenanzas Municipales que hizo en 1574 el Dr. Alonso de Cceres e implant Don Felipe, rey de Castilla, de Len, etc. De acuerdo con las mismas, haban sido elegidos en 1. de enero de 1762 Alcaldes D. Miguel Calvo de la Puerta y D. Pedro Santa Cruz y Sndico Procurador General D. Felipe de Sequeira, y en esos puestos continuaron al ocurrir el cambio de soberana. No haba celebrado sesiones el Cabildo durant e el sitio de La Habana por los ingleses. El libro de actas de esa poca empieza con la de 15 de agosto en que se juntaron a cabildo D. Miguel Calvo de la Puerta, Alcalde ordinario; D. Pedro Joseph Calvo de la Puerta, Alguacil mayor; D. Joseph Cipriano de la Luz, Correo mayor; D. Joseph Martn Flix de Arrate, D. Sebastin de Pealver Angulo y D. Cristbal de Zayas Bazn, Receptor de Pe nas de Cmara y gastos de justicia, Regidores por S.M.

PAGE 115

En ese cabildo se dio cuenta de un pliego del Gobernador y Capitn General de la Ciudad e Isla, Mariscal de campo, D. Juan de Prado, contentivo de los artculos de las capitulaciones hechas para la entrega de la plaza a las armas de S. M. Britnica; y se acord ponerlas a conti nuacin, acusar recibo al Gobernador y darse por enterado de las mismas para arreglar en lo subcesivo sus acuerdos y resoluciones conforme se prebiene por Su Sria y pide el estado de la materia. Preocupados por los intereses de la comunidad, al da siguiente se reunieron los seores capitulares a cabildo extraordinario y tomaron medidas para proveer de alimentos a la tropa y pblico, acordando tambin la libre matanza de animales; para restablecer el or den; para la limpia de calles; sepultura de cadveres, y para otros particulares co ncernientes a la vida cotidiana de la poblacin. Como acertadamente comenta Carrera Jstiz: esa actitud evidenciaba que el gobi erno municipal saba estar a la altura de sus funciones, por cuanto asuma la representacin del pueblo y le trazaba la lnea de conducta en los momentos precisos de la natural confusin. Juzga tambin el Dr. Carrera y Jstiz esta actit ud de los hombres que formaban el Ayuntamiento y su resolucin en continuar en sus cargos, no obstante el cambio de soberana, como reveladora de que ellos se consideraban representantes del pueblo de la localidad, en cuyo nombre actuaban y cuyos intereses servan. Para ellos, dice: La Habana segua siendo una entidad poltica colectiva; se daba cuenta su Ayuntamiento de que l era la representacin poltica de una sociedad local, y con este carcter continu en sus funciones, salvando su decoro para con las de arriba y atendiendo sus deberes para con el pueblo. Fieles a su rey y a su patria, en 20 de agosto los seores capitulares demandaron, de D. Juan de Prado Portocarrero certificacin de los servicios que colectiva e individualmente prestaron durante el sitio, en defensa de Espaa y contra los invasores, sin omisin en su inteligencia y respectivos encargos, la que ratific Prado Portocarrero por ser verdad que se haban comportado con amor, lealtad y celo al Real Servicio y satisfaccin pblica. Y en 25 de ese mes, aco rdaron dar cuenta directamente a S. M. Catlica del sitio y toma de La Habana por los ingleses y de que ellos haban realizado cuanto pudo contribuir a la mejor defensa y seguridad de esta Ciudad, remitindole testimonio de la certificacin expedida por el Go bernador y Capitn General. Mientras tanto, y atenindose a la situacin de facto creada, se dirigieron al jefe ingls dueo de la Ciudad cuantas veces fue necesario en defensa de las necesidades e intereses que el Cabildo representaba, no olvidndose de enviar a Albemarle, como lo acordaron en 26 de agosto, las Ordenanzas Municipales por que se gobernaba la Ciudad, para su conocimiento y mejor actuacin del Cabildo y para que en su inteligencia resuelva lo que tenga por mas combeniente. El 8 de septiembre, cuando ya haban transcurrido veintisiete das de la rendicin de la ciudad, en el cabildo extraordinario se present el gobernador ingls, conde de Albemarle, y despus de haber hecho algunas demostraciones de urbanidad a los seores capitulares, les present dos papeles, en uno de los cuales se expresaba que despus de haber hecho juramento de fidelidad cada magistrado a Su Majestad Britnica pueden ser authorizados, y con poder competente para actuar en su jurisdiccin como se ha acostumbrado. En el otro papel se presentaba a los seores capitulares la frmula del juramento de fidelidad al rey ingls que deban prestar, redactada as: Juramos y prometemos fiel y sinceramente de pagar omenaje, serbir y ser fiel a S. M. Jorge III, Rey de la Gran Bretaa, Francia y Irlanda. Contra esta frmula dice Jacobo de la Pezuela en su Historia de la Isla de Cuba que se pronunciaron los miembros del Cabildo, levantando por todos ellos su voz el Alcalde D. Pedro Santa Cruz, el que segn el citado historiador, exclam: Milor, somos espaoles y no podemos ser ingleses, disponed de nuestros bienes, sacrificad nuestras vidas, antes que exigirnos juramento de vasallage a un prncipe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y nuest ra obligacin jurada del Sr. D. Carlos III, rey de Espaa, ese es nuestro legtimo monarca, y no podramos, sin ser perjuros, jurar a otro. Los

PAGE 116

artculos de la capitulacin de esta ciudad no autorizan ms que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva, y sa, ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla. Accedi Albemarle a modificar el texto, y la nu eva frmula aceptada por todos los miembros del Cabildo y por Albemarle, cuyas firmas ap arecen suscribindola, fue la siguiente: Esta Ciudad jura obediencia y fidelidad a D. Jorge Tercero Rey de la Gran Bretaa, Francia y Yrlanda durante el tpo. que estuviera su jeta a su Dominio arreglado a nuestras Leyes y sin tomar armas favor ni en contra de ambas Magestades. Havana ocho de Septiembre de mill setecientos sesenta y dos — Albemarle— Dr. D. Pedro Sta. Cruz — Miguel Calvo de la Puerta — Gonzalo Recio de Oquendo—Pedro Jph. Calvo de la Puerta—Jasinto Thomas Barreto — Jph. Zipriano de la Luz — Joseph Martn Flix de Arrate — Gabriel Pealver Angulo y Calvo — Xptoval de Sayas Basan — Flix Joseph Acosta Riaza — Laureano Chacn — Pedro de Sta. Cruz — Matheo Pedroso — Felipe Jph. Zequeira. Ante mi Ygnacio de Ayala ssno. The. de Cavdo. Sobre esta frmula dice el Dr. Carrera y Jstiz en su Introduccin a la Historia de las Instituciones locales en Cuba: La sencillez solemne de esa frmula estaba evidenciando la .importancia poltica del municipio, cuya vida propia, como entidad local, perduraba, per se, a despecho de cuanto pudiera acontecer en el campo, muy dis tinto, de la soberana del Estado. En cuanto se refiere a la organizacin del Gobi erno y administracin de La Habana, no fue alterada en lo ms mnimo por los dos gobernadores ingleses, el Conde de Albemarle y el General Keppel. Solamente las ms altas autoridades de la Ciudad fueron renovadas, as en el Ayuntamiento, como en Hacienda y otros ramos. Alcaldes y jueces municipales continuaron en sus puestos, libremente, atenindose a las leyes espaolas y actuando el Cabildo como si continuara La Habana bajo la soberana de Espaa. Slo el cambio de escudo en el papel sellado fue la innovacin introducida por los ingleses; y el juramento de obediencia, mientras durara la dominacin, que hizo el Cabildo, en nombre de la Ciudad, a Jorge Tercero, no se tradujo en cambio alguno administrativo o poltico. Albemarle nombr Teniente Gobernador, con el car cter de Gobernador poltico, al regidor de la Ciudad Don Sebastin de Pealver y Angulo, participndole el nombramiento al Cabildo en la sesin extraordinaria de 31 de agosto de 1762. En el cabildo extraordinario de 14 de septiembre, Albemarle, personalmente, di cuenta del nombramiento que haba hecho de Teniente Gobernador a favor de Don Gonzalo Recio de Oquendo, descendiente de Antn Recio y futuro Marqus de la Real Proclamacin. En 31 de diciembre de 1762 fue repuesto Pealver en el cargo de Teniente de Gobernador desempeando el cargo hasta la restauracin espaola. Desde luego que la jurisdiccin de estas autoridades y el imperio de las leyes espaolas durante la dominacin inglesa se li mit a los habitantes y residentes espaoles, sobre los cuales, adems, ejerca su absolu ta autoridad el Gobernador britnico. Los sbditos de esta nacin, militares y civiles residentes acci dentalmente en La Habana, estaban sometidos exclusivamente a las autoridades militares de ocupacin. Para juzgar imparcialmente la actuacin de los jefes militares que gobernaron La Habana durante los diez meses de los aos 1762 a 1763 en que estuvo sometida a la dominacin britnica, debemos acordarnos de los usos y costumbres de la guerra en aquellos tiempos, y no olvi dar el carcter militar que tuvo el gobierno britnico, y de mil itares que en accin de guerra haban ocupado el pas. Si tenemos en cuenta estas circunstancias no pu ede producirnos asombro extraordinar io el que, como conquistadores, exigieran a la ciudad de La Habana el pago de un botn de guerra, crecido, exageradamente cuantioso si se quiere, pero en consonancia con la fama de que gozab a la Isla de Cuba, y en especial La Habana, de ser uno de los ms ricos parajes del Nuevo Mundo. Las exacciones que tomaron como botn de guerra, a la Ciudad, se hacen ascender —en carta escrita por un sacerdote jesuta el 12 de diciembre de 1763 de La Habana a su Prefecto en Sevilla y reproducida en las Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas — a las siguientes cantidades: $10.000 a las iglesias. Todos los tabacos de S. M. que enco ntraron en los almacenes y oficios. $200,000 de donativos para el General, sacados por D. Gonzalo Oquendo de los seculares, ricos y pobres. $70,000 del Estado eclesistico, por D. Sebastin Pealver. $170,000 en plata entregados pos los comerciantes a Albemarle, por cesin a su favor de los caudales que tenan pertenecientes a sujetos de Cdiz, Mxico, etc.

PAGE 117

$322,000 en reales que tom Albemarle a la Real Compaa de Comercio, ms un almacn de hierro que importaba $800,000 y dos fragatas, ms el importe en dinero de los efectos que entregaban por el principal de las acciones a los vecinos que las posean. Toms Keppel, sobrino del Comodoro, en su libro The Life of Augustus Viscount Keppel Admiral of the White, expresa que las riquezas que adquirieron lo s ingleses en La Habana sumaron tres millones de libras esterlinas y que a Elliot le toc en el reparto 24,500 libras y a Albemarle y Pocock 122,697 libras a cada uno. Pezuela da como cantidades tomadas por los ingles es en efectos vendidos y metlicos 3.496,000 libras, para repartir entre 28,442 ingleses y de las que recibieron Albemarle y Pocock $613,000 cada uno. Pealver avala en $230,000 el donativo secular, y los comerciantes agradecidos a l por la rebaja que logr de Albemarle en la cantidad de 400,000 que exiga, le gratificaron con $4,000 para l y 27,000 para los ingleses que favorecieron la negociacin. Estas, que el historiador Antonio Jos Valds llama depredaciones comunes de los conquistadores contra los que tienen la desgracia de ser reducidos a la fuerza, y a las que —agrega— ni el Conde de Albemarle ni sus sbditos pudieron conten erse desde luego en cometer, es la acusacin ms fundada y positivamente cierta de todas las que se ha n hecho contra la actuacin de los ingleses durante los meses que gobernaron La Habana, y an as tenemos que juzgarla, como antes indicamos, y el propio Valds aprecia, sin olvidar que eran sas las prcti cas comunes y las costumbres de los conquistadores de aquella poca y hasta de la presente. Esas mismas consideraciones debemos tenerlas en cuenta al juzgar los dems cargos dirigidos contra los ingleses; y muchas de las crueldades qu e se les achacan, hemos visto que quedan desvirtuadas y aminoradas por testigos presenciales de esos sucesos, y por la que hacia los militares britnicos observaron los habaneros. Guitera hace resaltar cmo el Conde de Albemarle y su sucesor el Honorab le Guillermo Keppel procuraron en vano captarse la estimacin de los naturales del pas con la afab ilidad de su trato, el desinters y templanza de su gobierno y la ms rgida severidad en la disciplina del ejrcito. Es evidente que los ingleses procuraron hacerse ag radables a la sociedad habanera, y que el trato con los vecinos en general no parece tampoco haber sido muy tirnico. Pero, en cambio, los vecinos resistieron a lo s halagos como a las amenazas del invasor, mantenindose en alejamiento y reserva, no sin llegar en muchos casos a manifestaciones de abierta hostilidad. Porque no haba sido la toma de La Habana una accin de guerra entre dos ejrcitos sino la conquista, por las tropas inglesas, de toda una poblacin, despus de una lucha denodada de sta por rechazar a aqullas. No es ponderable —dice el padr e jesuta ya citado— el dolor que recibi toda la ciudad con la prdida del Morro, y an mirando tremolar en l la bandera de San Jorge, no se crea todava; dolor que lleg al paroxismo cuando se rindi la ciudad: el dolor de los vecinos y naturales de la plaza al ver entregar su patria, excede a las palabras, y si bien dudo decir en obsequio de la verdad, que con el tiempo ya no se hallaban muchos tan mal entre una nacin que se port no tan mal con nosotros, sino mejor de lo que nos podamos prometer, sin embargo fue inexplicable el dolor de estos primeros das. Como espaoles, amantes de la madre patria que se consideraban en aquella poca los habitantes todos de la Isla, ya fueron peninsulares o indianos, y como catlicos, creyentes y fervorosos que eran hombres y mujeres, los habaneros trataron a los ingleses conquistadores como enemigos de su patria y de su religin. Nada tiene, pues, de extrao que cuando el cond e de Albemarle quiso ofrecer en la Contadura de Marina un sarao e invit por medio de sus primeros oficiales, a las seoras de carcter, respondieron las ms a S. E. no haber enjugado las lgrimas para entretenerse en diversiones, y asistieron pocas. El Conde reiter personalmente la invitacin para otra fiesta la noche siguiente, y no pudiendo ya excusarse fueron muchas, pero se les lea en el semblante el in terior disgusto, y se desisti de estos convites, segn dice la carta mencionada. Apreciando en conjunto esa actitud hostil de los habaneros para con los ingleses, dice el historiador espaol D. Jacobo de la Pezuela en su Ensayo histrico de la Isla de Cuba: A pesar de la pblica aversin que en todas ocasiones se manifestada, la conducta del Lord general (Albemarle) en el breve perodo de su mando fue propia de un Lord de su pas. Hubo

PAGE 118

suplicios y lstimas que deplorar, que fueron indispensables, porque muchos soldados ingleses haban sido asesinados en el campo y fuera injusto no castigar a los homicidas. Y agrega, que a pesar de los justos procederes de aqullos en muchos aspectos de su actuacin, no se calmaba la aversin profunda que al ingls marcaban todas las clases; la mayor parte de las familias a quienes su profesin y fortuna permitan ausentarse, fijaron la residencia en sus haciendas. Los guajiros y vendedores de artculos de diario consumo se retraan de acudir al mercado, y muchas veces las tropas invasoras hubieron de racionarse con subsistencias enviadas de Charleston y de Jamaica. Recoge Antonio Bachiller y Morales, en su obra Cuba: monografa histrica que comprende desde la prdida de La Habana hasta la restauracin espaola, la tradicin de que, aprovechando los habitantes, los primeros das de resentimiento, esa tendencia a embriagarse, daban a comer pltano como fruta a los ingleses y los hartaban con aguardiente, lo que si no los mataba de momento, como crea el vulgo, les produca enfermedades que solan tener por trmino la muerte. Hubo, sin embargo, excepciones; ha recogido la musa popular la indignacin que produca en la ciudad el que algunas mujeres mantuvieran relaciones amorosas y hasta contrajeran matrimonio con los casacas rojas; eran defecciones contra la religin y la patria. As cantaba el pueblo: Las muchachas de la Habana No tienen temor de Dios Y se van con los ingleses en los bocoyes de arroz. La indignacin general asumi otras formas. En los procesos que, te rminada la dominacin britnica, se siguieron contra los tenientes de Gobernador Don Sebastin Pealver y Angulo y Don Gonzalo Recio de Oquendo, luego Marqus de la Real Proclamacin, hubo como causas reales de los mismos, segn afirma Bachiller, resentimiento populachero por sus simpatas por el gobierno invasor a que sirvieron. En verdad no se les encaus por la conducta que observaron en el desempeo de sus cargos, sino por haber servido a los ingleses. No slo se defendi Pealver, sino que calific certeramente su proceso cuando dijo: esta causa ha estado compuesta de la pasin y del odio. Pasin y odio, efectivamente, fue lo que el pueblo habanero en genera l sinti contra Oquendo y contra Pealver, porque estuvieron al lado de los ingleses. De tirano, traidor y fascineroso fue calificado este ltimo, pero el mayor insulto que el pueblo le dirigi fue llamarle el inglesito. Y esa pasin y ese odio que los habaneros mostraron contra Oquendo y Pealver fueron consecuencia natural y lgica de la pasin y el odio y la actitud hostil que tuvieron, como espaoles y catlicos, contra el conquistador ingls, considerndole en todo momento, durante los meses de la ocupacin de la ciudad, como enemigo de la Patria y la Religin. Ocurri durante la dominacin britnica un suceso resonante que caus impresin hondsima en la Ciudad. Fue la expulsin del obispo Pedro Agustn Morell de Santa Cruz, enviado, por la fuerza, a La Florida, en 3 de noviembre de 1762, por haberse nega do a ceder a las exigencias de Albemarle a la Iglesia de La Habana, que consideraba abusivas y contrarias a lo que l deba a su patria y religin. Pero el extraamiento del obispo Morell se debi, en realidad al carcter extraordinar iamente violento, impulsivo e intolerante del eclesistico, que tambin se puso de manifiesto en numerosos incidentes antes y despus de la poca de la dominacin britnica. De todas maneras, este hecho aument considerablemente la animadversin de los habaneros contra sus conquist adores. En 3 de mayo de 1763, Keppel autoriz a Morell a regresar a La Habana. En la parte de la Isla que permaneci bajo el dominio espaol, se manifest anloga repulsa que en La Habana, contra los ingleses invasores, sobres aliendo entre todas las poblaciones cubanas, en esta actitud antibritnica, Trinidad. La importancia de la ciudad de La Habana en aquella poca queda bien demostrada por las manifestaciones extraordinarias —de jbilo en Inglaterra y de dolor en los espaoles— que produjo su conquista por las armas britnicas; y tambin lo prueba el hecho de que por el tratado de paz concertado entre Espaa y la Gran Bretaa la primera de estas potencias recuper la posesin de La Habana a cambio

PAGE 119

de toda la provincia de La Florida, y que envi a un alto personaje espaol, el Conde de Ricla, a recibir la Ciudad de manos del ingls, en nombre de Su Majestad Catlica. El nuevo Capitn General designado por el Rey Carlos III, don Ambrosio Torres de Villalpando Abarca de Bolea, Conde de Ricla, lleg al puerto de La Habana —segn aparece en la carta dirigida en 21 de julio de 1763 por la Administracin de la Real Compaa de esta ciudad a don Diego Jos de Cosa, Secretario de la Comisin establecida en Madrid— el 20 de junio, en horas de la tarde, en compaa de la escuadra del Rey. Todos permanecier on en los barcos, a peticin del Gobernador ingls, excepto el Conde de Ricla, que se aloj en una casa de campo en la zona de extramuros, donde convino con los generales ingleses la forma en que se realizara el cambio de mandos. Los das 4, 5 y 6 de julio desembarcaron las fuerzas espaolas, quedando todas en extramuros. A las cinco del da 6 entraron en la ciudad, ocupando las guardias que iban abandonando los ingleses, y los Castillos de El Morro y La Punta, y antes de la noche qued hecha la entrega total y embarcado el General ingls con todas sus tropas, y los das 9 y 10 se hicieron a la vela todos los navos ingleses a excepcin de cinco embarcaciones comerciantes que han quedado en es te puerto, sin duda por el permiso que se les ha concedido de diez y ocho meses para despachar sus gneros. El Conde de Ricla fue recibido por el Cabildo de La Habana en sesin extraordinaria de 7 de dicho mes, tomando oficialmente posesin de ese alto cargo, celebrndose durante varios das, con iluminaciones, bailes y otras fiestas, la restauracin del dominio espaol en toda la Isla. La restitucin de La Habana a los espaoles, se efectu —segn aparece en la carta antes citada— sin haber habido el menor alboroto, ni encuentro entre nuestras tropas y las inglesas, mediante las acertadas providencias de nuestro Excmo. So r Comandante, bien no se han podido remediar algunas muertes, que han hecho los negros espaoles entre los ingleses que encontraban por las calles. La devolucin de La Habana a Espaa, como consec uencia de la paz fue recibida por el pueblo y comercio ingleses con grandes muestras de desagra do y protesta. El escritor ingls Almon cuenta que cuando fueron conocidos y pub licados los artculos de paz se produjo en todo el reino una tal alarma que el pueblo se levant como un solo hombre en demostracin de su oposicin a ta les condiciones... El comercio de importacin del reino fue el ms sensiblemente afectado. La odiada dominacin britnica procur, sin embargo, incalculables beneficios a la Ciudad. Aunque se consideraba a La Habana como la ci udad ms rica de Amrica, poseedora de una de los mejores y ms frecuentados puertos del mundo, estn de acuerdo los historiadores en que era miserable el beneficio que los habaneros sacaban de esa admirable situacin geogrfica de la Ciudad, amplitud natural de su puerto y feracidad extraordinaria de la Isla. Don Ramn de la Sagra, en su Historia econmico-poltica y estadstica de la isla de Cuba, demuestra que en los comienzos del siglo XVIII apen as exista en Cuba el comercio y en muy corta escala la ganadera. La Real Compaa de La Habana tena el monopolio absoluto del comercio, sin que en los catorce aos de su existencia ofreciera ventaja alguna al pas. Por sus registros —dice— y otros documentos, consta que en esa miserable poca slo venan de Espaa para la provisin de la Isla tres embar caciones por ao; que la extraccin de azcar no llegaba en un cuatrenio a 12,000 arrobas y que por todos derecho entraban en cajas reales menos de 300,000 ps. Por otra parte, la corrupcin administrativa y judi cial en La Habana y en toda la Isla era tan general y profunda que Valds, en su Historia, dice: declaro con rubor a la faz del universo que nin gn otro pueblo excede a la Habana en su arraigada y destructora intrig a; excepto acaso algunos pueblos del interior... el descaro e inmoralidad de los papelistas de la Habana es capaz de imponer temor a todo hombre de bien, celoso de su honor y tranquilidad y es capaz de tener prevenidos a los amigos de la justicia para rehusar constantemente todo cargo de magistratura, por no verse en el extremo de autorizar las

PAGE 120

perversidades de los agentes del enredo, o de matarse en vano por exterminar males que son el bien de tanto depravado. Esta inmoralidad en lo judicial y administrativo, que amparaban y fomentaban las ms altas autoridades de la Pennsula, redundaba, como es natura l, en perjuicio de los habaneros, de sus personas e intereses. El Conde de Albemarle reprimi con energa suma esta corrupcin prohibiendo terminantemente las regalas a los Sres. Gobernadores de esta Isla y sus asesores, y manifestando su determinacin de hacer justicia con im parcialidad, sin favorecer al superior ni al inferior, al rico ni al pobre, pero s despacharlo con equidad, y con la brevedad que admitan las leyes del pas. He aqu un indudable y extraordinario beneficio que la dominacin inglesa proporcion a los habaneros, y que su exaltacin relig iosa e indignacin patritica tal vez no les dejara apreciar justamente, pero que fue, sin duda, ejemplo saludable y medida provechosa para ellos. Pero no fue ese el mayor e inestimable beneficio que a La Habana y a la Isla en general produjo la dominacin inglesa, sino que aqu l consisti en que, gracias a ella y desde entonces, goz Cuba de la libertad de comercio, base del rpido y creciente progreso que alcanz de esa fecha en adelante. As lo reconocen aun historiadores, como Pezuela, que de manera tan dura juzgan la dominacin inglesa en La Habana. Dice ste: La corta dominacin de los ingleses en la capital de la Isla, hasta principios de julio de 1763, sirvi de provechossima enseanza. En tan br eve intervalo cerca de un millar de embarcaciones comerciales haban entrado o salido cargadas de una baha que no despachaba antes ms que diez o doce al ao. Los ingleses, al arrebatarlo as todo con una mano, con la otra prodigaron a los habitantes los medios de reponer en breve tiempo todo lo que haban perdido y an de multiplicarlo. El insigne patricio Don Francisco de Arango y Parreo, conocedor profundo y crtico sagaz de los problemas econmicos cubanos, y defensor infatigable del progreso y engrandecimiento de la agricultura y el comercio, ha sabido apreciar en todo su alcance y trascendencia los beneficios que a Cuba produjo la dominacin inglesa, la que considera como la verdadera poca de la resurreccin de la Habana. La diferencia entre la situacin econmica de la Isla antes y despus del sitio de La Habana la sintetiza Arango y Parreo en este juicio que aparece en sus Axiomas econmico-polticos relativos al comercio colonial, presentados al Consejo de Indias en 1816: A los dos siglos y medio de su fundacin, o sase en el ao 1762, bastaban para el suministro de toda la Isla de Cuba dos registros o cargamentos de efectos europeos, conducidos a la Habana por la compaa que tom su nombre, y entonces la extraccin anual de frutos de tan preciosa Isla consista en algunos millares de cueros sin cu rtir, en unas trescientas mil arrobas de tabaco, y en veinte mil arrobas de azcar, si acaso. No lle gaba su poblacin a dosci entas mil personas de todas castas, y las rentas Reales pasaban poco de trescientos mil duros; y he aqu el fruto que, al cabo de doscientos cincuenta aos, dieron en la Isla de Cuba las leyes monopolizadoras. Aflojronse sus trabas en el ao 1764 con motivo de la fcil conquista que hicieron los ingleses de una capital que no tena el vigor que poda tener. El ao 1780 ya asombraban los progresos que haban hecho los consumos, los frutos, la poblacin y el Erario en todos los puntos de la Isla que disfrutaran de ensanches. Pero aumentados stos por el concurso de tan extraordinarias circunstancias como las que nos han rodeado, lo que vemos es que aquella Habana que para surtir toda la Isla reciba dos solos cargamentos en 1762, consume ya en slo su distrito, ms de ochocientos y produce a corta diferencia el mi smo tabaco que entonces produca, mucho mayor nmero de cueros, cuatro millones de arrobas de azcar, en lugar de aquellas veinte mil, gran cantidad de aguardiente y melazas que no se conoc an en la primera poca, veinticinco millones de libras de caf, medio milln de pesos en cera, y mil artculos que se llaman menores y son mayores que todos los que se sacaban antes. La p oblacin ha triplicado por lo menos, y las rentas Reales de toda la Isla, a pesar de su psima organizacin y la detestab le administracin en que han estado y estn, se acercan anualmente a cuatro millones de pesos. En ese notable trabajo de 1816, Arango y Parre o clamaba por el debido establecimiento del libre comercio de la isla de Cuba, en beneficio de la propia isla y en beneficio de la Metrpoli. Y para confirmarlo, sealaba las ventajas que la libertad mercantil que iniciaron los ingleses, produjo a Cuba:

PAGE 121

El consumo de frutos metropolitanos (que es el verdadero patrimonio de la Pennsula) es mil veces mayor en la Habana que lo era el ao 1762. El nmero de marineros y embarcaciones nacionales empleados en los dife rentes ramos de aquel comercio est en la misma proporcin, y puede seguir en pasmosa progresin, si con la libertad de trfico se forman aranceles y reglamentos oportunos. El mismo gremio de consignatarios nacionales, (que tan impropiamente se ha alzado con el nombre de comercio) ha ganado mucho con las franquicias de la Habana, pues, slo dentro de las murallas de aquella opulenta ciudad hay en la actualidad tantos espaoles ricos con ese ejercicio como los que hab a en Cdiz para el trfico de toda la Amrica en el tiempo de las flotas. La dominacin inglesa en La Habana abri, co mo hemos visto, una brecha formidable en el absurdo sistema que haba mantenido con Cuba el gobierno espaol de incomunicacin casi absoluta con los dems pueblos de la tierra. Los habaneros, por mucho que fuera su fanatismo religioso y su fervor a la madre patria, tuvieron que comprender, porque los sintieron en sus personas e intereses, los beneficios incalculables que les trajeron los meses de gobierno ingls. Espaa tuvo que empezar a ceder en algo, en cuanto a su empeo de mantener a Cuba aislada, ignorada e ignorante de sus propias fuerzas. Fue la dominacin inglesa en La Habana la que despert a los cubanos de ese sueo seminconsciente en que vivan bajo el yugo de la monarqua espaola; la que les hizo mirar hacia el mundo y comprender la necesidad de buscar fuera de la Metrpoli relaciones econmicas; la que les revel la riqueza extraordinaria e inaprovechada hasta ento nces que atesoraba la Isla y la fuente inmejorable de bienestar que posean en la agricu ltura; la que prendi en sus cerebros los primeros chispazos de protesta contra los abusos, injusticias y explotaciones de la Metrpoli; la que abon el terreno para que germinaran las an sias de libertad e independencia.

PAGE 122

Don Luis de Velasco, el heroico defensor de El Morro.

PAGE 123

26 LAS PRIMERAS PUBLICACIONES OFICIALES EL PRIMER PERI"DICO LITERARIO HABANERO Las dos primeras publicaciones ofic iales editadas en Cuba fueron: El diario oficial y semanal con 4 pginas de a cuartilla y de forma muy parecida al antiguo Diario de Avisos de Madrid, que dice el historiador Pezuela se empez a publicar en mayo de 1764 por orden del capitn general conde de Ricla, en la imprenta de Blas de los Olivos, o sea de la Capitana General, cuya misin, segn explic el Director del Archivo Nacional, capitn Joaqun Llaveras, ya fallecido, casi se reduca a anunciar compras y ventas y las entradas y salidas de los pocos buques que fondeaban entonces en el puerto, y cuya publicacin dur slo dos aos; y la Gaceta de la Havana, cuyo primer nmero vio la luz el 8 de noviembre de 1782, que agreg a las materias que contena su antecesora alguna informacin sobre acontecimien tos mundiales; era en cierto modo la sucesora de la publicacin que acabamos de citar; la dirigi, segn Llaveras, Diego de la Barrera, y mereci la severa crtica del ilustre venezolano precursor de la independencia amer icana, Francisco de Miranda, quien residi en La Habana durante la primera poca del gobierno de Juan M. Cagigal. Miranda censur, de la Gazeta, el desorden en la presentacin de las materias y las nu merosas faltas gramaticales del lenguaje. No se sabe cunto dur esta Gazeta, de la que slo se conserva un ejemplar y el suplemento de otro. Pero si bien stas fueron las dos primeras publicaciones oficiales editadas en Cuba, el Papel Peridico de la Havana es el primer peridico literario que se public entre nosotros, el ao 1790. De acuerdo el gobernador don Luis de Las Casas con don Toms Romay y don Diego de la Barrera, fundaron la publicacin que no slo constituira una de las mejores obras del gobierno de Las Casas sino a la que, adems, cabra la gloria de ser la primera de las publi caciones peridicas literarias editadas en Cuba. Apareci el nmero primero del Papel Peridico de la Havana el domingo 24 de octubre de 1790, antes de cumplirse los cuatro meses de la llegada a La Habana de Las Casas. Los planes de ste se propona realizar con la publicacin del Papel estn expuestos en el Prospecto que apareca como fondo, inmediatamente despus de la cabeza del peridico. Lo reproduciremos ntegramente, por el inter s excepcional que ofrece el conocimiento del concepto que Las Casas y los cubanos ms conspicuos de su tiempo tenan de lo que era un peridico, y pensaban, por tanto, fuese el que haban fundado. Comienza expresando: En las ciudades populosas son de muy grande utilidad los papeles pblicos en que se anuncia los vecinos qu anto ha de nacerse en la semana referente sus intereses o sus diversiones. La Havana cuya poblacin es ya tan considerable echa menos uno de estos papeles que d al Pblico noticias del precio de los efectos comerciales y de los bastimentos, de las cosas que algunas personas quieren vender o comprar, de los espectculos, de las obras nuevas de toda clase, de las embarcaciones que han entrado o han de salir; en una palabra, de todo aquello que puede contribuir las comodidades de la vida. En seguida agrega: El deseo de que nuestros compatriotas desfruten quantas puedan proporcionarse nos mueve tomarnos el trabajo de escribir todas las semanas medio pliego de papel en que se recojan las explicadas noticias. A imitacin de ot ros que se publican en la Europa comenzarn tambin nuestros papeles con algunos retazos de literatura, que procuraremos escoger con el mayor esmero. As declaramos desde ahora que excepcin de las equivocaciones y errores, que tal vez se encontrarn en nuestra obrilla, todo lo dems es ageno, todo copiado. Pero, adems de este material que podramos llamar de tijera, el Papel admitira trabajos de colaboracin:

PAGE 124

Facsmil del primer nmero del Papel Peridico de la Havana.

PAGE 128

Los aficionados que quisieren adornarla con sus producciones se servirn ponerlas en la Librera de D. Franco. Segu que ofrece imprimir las, quando para ello hubiere lugar y no se tocaren inconvenientes, conservando oculto pub licando el nombre del autor segn ste lo previniere. Los anuncios, que luego constituyeron por largusimo tiempo la fuente principal de ingresos para el sostenimiento de los peridicos, no se cobraban por los editores del Papel: Todo el que deseare vender o comprar algu na casa, estancia, esclavo, hacienda o qualquier otra cosa, avselo en la mencionada Librera de D. Franco. Segu, y sin que le cueste cosa ninguna se participar al pblico en uno de estos papeles. Los redactores del Papel no perseguan propsito s lucrativos con la publicacin de ste, ni tampoco escriban por mero pasatiempo, a falta de otras ocupaciones, sino que buscaban, al dedicarse a esas tareas periodsticas, el bienestar pblico: Sentiramos sobremanera que alguno se figu rase que nos dedicamos escribirlos tan solo con la mira de evitar los fastidios de la ociosidad. No carecemos de ocupaciones capaces de llenar la mayor parte del tiempo. Aquellos ratos de descanso que es preciso sucedan las tareas del estudio son los que sacrificamos gustosamente nuestra Patria, como sacrific los suyos el eloquente Tulio a su amigo Tito Pomponio tico. Prefiera el amor de nuestra Patria nuestro reposo: Havana, t eres nuestro amor, t eres nue stro tico; esto te escribimos no por sobra de ocio, mas un exceso de patriotismo. Haec scripsi otii abundantia, sed amoris ergate. Esta ltima sentencia latina apareca como epgrafe bajo el ttulo, en el primer nmero, varindose los epgrafes en los cinco nmeros siguientes y suprimindose desde el sptimo. El material que contena el primer nmero, adems del ya transcripto Prospecto, era el siguiente: anuncio de la funcin de la compaa La Comedia, aviso del arribo a este puerto de los correos de Veracruz y Nueva Orleans, y noticias varias. Se imprimi en plieguitos de 4 pginas, de 22 x 15 cm., en la tipografa de Francisco Segu, cuyos tipos y composiciones eran bastante malos, as como psima era tambin la calidad del papel, aunque muy superior a la de los peridicos diarios de nuestra poca. En el colofn se deca: Con licencia del superior Gobierno. Joaqun Llaveras, en el Boletn del Archivo Nacional, en 1923, ha dejado escrita la historia del Papel Peridico desde su fundacin en 1790 hasta su transformacin definitiva en peridico oficial del Gobierno, o sea en la Gazeta de la Habana, en 1848. Si bien en el Prospecto que figuraba en el primer nmero del Papel Peridico, que hemos transcrito, se indicaban los propsitos que con su publicacin perseguan sus fundadores, aqullos fueron ampliados en 1792 y expuestos en un Discurso sobre el Peridico, que fue inserto en el nmero 11, del domingo 5 de febrero de ese ao. Entre esos nuevos pr opsitos figuraba de manera especial la crtica de costumbres. Desde el 24 de octubre de 1790, en que vi la luz el primer nmero hasta el 31 de diciembre, o sea en el primer ao de publicacin, slo aparecieron diez nmeros, publicados cada domingo nicamente. Desde el segundo ao, 1791, .has ta 1805, se public dos veces a la semana, los jueves y los domingos. En el mes de mayo de 1805, se le vari el nombre de Papel por el de El Aviso, que conserv hasta 1808. Desde 1809 sufri los siguientes cambios en su dominacin: Aviso de la Habana (18091810), Diario de la Habana (1810-1812), Diario del Gobierno de la Habana (1812-1820). Diario Constitucional de la Habana (1820), Diario del Gobierno Constitucional de la Habana (1820-1823), Diario del Gobierno de la Habana (1823-1825), Diario de la Habana, (1o. de febrero de 1825 a 3 de febrero de 1848), en que se transform en Gaceta de la Habana. Don Luis de las Casas y Don Diego de la Barrera fueron los primeros redactores del Papel Peridico; y cuando en 1793 Las Casas dej constituida la Sociedad Patritica de la Habana, le confi la direccin y administracin del peridico, nombrado sta una diputacin integrada por Agustn de Ibarra, Joaqun Santa Cruz, Antonio Robredo y Toms Romay, quienes redactaron un plan sencillo y el ms conforme a los objetos de ste papel, segn nos refiere Jos Agustn Caballero y Rodrguez en el informe que present a la Sociedad en 2 de septiembre de 1794 y en el que dej escrita la historia del Papel Peridico desde su fundacin hasta ese ao. Durante dicho tiempo, dice Caballero.

PAGE 129

nuestro paridico ha promovido la aplicacin a las Letras, Ciencias y Artes, ha corregido ciertos defectos que lastimosamente notbamos en nuestros profesores, y me atrevo asegurar pondr a esta ciudad en el grado de ilustracin en que admiramos a la Europa despus que la serensima Repblica de Venecia invent en el siglo XVIII el til uso de los papeles pblicos. Hace resaltar Caballero la acogida, notable para la poca, que el pblico haba dispensado al Papel, al extremo de contar a los cuatro aos de publi cacin con 126 suscriptores, a seis reales al mes, servido el peridico a domicilio, segn ya expusimos, domingos y jueves. Tambin pone de relieve Caballero cmo en esos cuatro aos no se conform el Papel con la labor cultural que en s realizaba, sino que quiso ampliar ste creando con los fondos sobrantes del peridico, en el mes de julio de 1793, una biblio teca pblica, la primera que ha existido en Cuba, supervisada, desde luego, po r la Sociedad Patritica. Caballero fue redactor del Papel desde el primer nmero hasta 1797 y desde ese fecha hasta 1799 form parte, primero del consejo de doce redactores nombrados por la Sociedad, y despus, de nuevo, como redactor, en unin de Toms Romay, reemplazados ambos en este ltimo ao por el Pbro. Flix Veranes. Al reorganizarse en 1797 el primer peridico literario publicado en Cuba, o sea el Papel Peridico de la Havana, se redact por la Sociedad Patritica de la Habana, a cuyo cargo corri desde 1793 la direccin y administracin del peridico, un reglamento que contena las obligaciones del impresor, que lo era don Francisco Segu, as co mo tambin otro reglamento que determinaba las obligaciones del diputado que se hallaba de mes. Desde el nmero 31, del ao 1797, se puso a la cabeza del peridico el nombre del diputado redactor del mes. Durante ese ao compusieron la diputacin los siguientes seores: enero, Alonso Benigno Muoz; febrero, Tomas Romay; marzo, Juan Gonzlez; abril, Antonio Robredo; mayo, Jos A. Caballero; junio, Domingo Mendoza; julio, Jos Antonio Gonzlez; agosto, Agustn de Ibarra; septiembre, Nicols Calvo; octubre, Juan Manuel O' Farrill; noviembre, Francisco de Arango; diciembre, Jos Arango. El diputado para el mes de diciembre tena la obligacin de formar la Gua de Forasteros de la Havana, publicada tambin bajo los auspicios de la Sociedad Patritica. Adems de los redactores que ya hemos citado, debemos mencionar a los siguientes intelectuales de aquella poca, que, entr e otros, colaboraron en el Papel: Jos Mara Pealver, Jos Anselmo de la Luz, M. Garca, J, B. Galainena, Rafael Gonzlez, Antoni o del Valle Hernndez, J. Santamara y Manuel de Zequeira. Para la colaboracin espontnea y comunicaciones del pblico con el peridico, exista una caja, a manera de cepillo de nimas, en que se echaban los artculos, poes as, cartas, etc., estando a cargo del redactor del mes la seleccin del material publicado. La Sociedad Patriti ca ejerca sobre el Papel, mediante una comisin nombrada al efecto, severa censura literaria, por semestres. Entre estas censuras hace resaltar Bachiller y Morales las pronunciadas por el conde de Montalvo, Andrs Juregui, Pablo Boloiz, Francisco Filomeno y otros, en todas las cuales se recomendaba a las diputaciones que tratasen de asuntos de utilidad inmediata al pas, principalmente la agricultura. Nombrado en 1809 redactor del Aviso Toms Agustn Cervantes, introdujo notables reformas en el mismo, tanto en la parte literaria como en el or den econmico. Entre otras, suprimi la caja de colaboracin espontnea, que se haba convertido en un depsito de libelos infamatorios. La desaparicin definitiva del Diario de la Habana, continuador del primitivo Papel Peridico, ocurrida, como ya expusimos, en 1848, se debi a haber obtenido don Jos de Arazoza, que en esa fecha lo redactaba, licencia para imprimir la Gaceta oficial del Gobierno. Refiere Bachiller que despus de 1848 varias veces ha intentado renacer el Diario de sus cenizas, pero ha vuelto a desaparecer con ms o menos fortuna en sus apariciones. El Papel Peridico se distingui por su empeo —seguramente debido, sobre todo, a la influencia del eminente mdico Toms Romay— en te ner al corriente a sus lectores de los progresos cientficos de la poca; y tambin muy particularmente por la crtica de costumbres, lo que convierte su coleccin en un riqusimo tesoro de datos sobre la vida cotidiana de los habaneros de su tiempo. A quien desee noticias sobre las poesas del Papel Peridico le remitimos al estudio de Jos Mara Chacn y Calvo, Los Orgenes de la poesa en Cuba, en que divide aqullas en dos grandes grupos: las didcticas y las lricas. Las primeras —dice— casi siempre son, o stiras contra las modas de la poca, siendo algunas antecedentes importantes para est udiar nuestra literatura de costumbres, o

PAGE 130

consideraciones sobre lo mal mirada que estaba la profesin del teatro. En el grupo de las composiciones lricas priva este tema: las dulzuras de la vida retirada. Ni los artculos ni las poesas del Papel Peridico aparecen firmados por sus autores, sino, bien sin firma alguna, bien autorizados por un seudnimo, por lo que se hace muy difcil a nuestros investigadores literarios descubrir la exacta paternidad de esos trabajos, tanto en prosa como en verso. Entre los muy pocos seudnimos identificados del Papel Peridico figuran los que us Manuel de Zequeira y Arango, tanto en artculos en prosa como en poesas; lo han sido por las investigaciones realizadas por su nieto el Dr. Serg io Cuevas Zequeira, quien adems de estudiar a su ilustre antecesor, fundador de nuestro parnaso, en sus poesas lricas, lo hace tambin en sus versos satricos y de costumbres y en sus artculos de este gnero. Los trabajos de Zequeira que aparecen en el Papel, llevan como firma los seudnimos de Armenan Queizel, Ezequiel Armuna, Anselmo Erquea y Gravina, Raquel Yum Zenea e Izmael Raquenue, y otras veces los de El Observador de La Habana o las iniciales M. Z., y algunos ms. No podemos pasar por alto que las polmicas, principalmente sobre asuntos literarios o de costumbres, menudean en el Papel Peridico y constituyen uno de sus ms interesantes atractivos, como reveladoras de la idiosincracia de los habaneros de esos tiempos, no muy distinta, por cierto, de la de nuestros contemporneos. Terminaremos estas lneas acerca del Papel Peridico de la Havana, expresando, con palabras del historiador Guiteras, que este peridico tiene el mrito indisputable de ser el nico lugar a donde el cubano deseoso de instruccin local puede acudir para conocer cul era en el ltimo tercio del siglo pasado y a principios del presente XIX el carcter y extensi n de las ideas de nuestros abuelos, cules sus costumbres y preocupaciones, sus necesidades y medios de satisfacerlas, descrito todo con la variedad de formas y estilo en la composicin tan propias de esta clase de impresos, y con la templanza, o calor, la moderacin, o mordacidad propias de la ndole de los individuos, del asunto, o de las circunstancias.

PAGE 131

Don Luis de las Casas y Arangorri, el gobernante colonial que ms hizo por la cultura en Cuba.

PAGE 132

27 EL PRIMER FLORECIMIENTO DE LA CULTURA Y EL MEJOR GOBERNANTE DE CUBA COLONIAL Si bien es cierto que la primitiva capital de la Isla y luego de la mayor de las provincias cubanas, Santiago de Cuba, ha mantenido si empre un alto seoro cultural y qu e a veces se ha adelantado a La Habana —por ejemplo, all hubo, que se sepa, maestro, en el siglo XVI, antes que en nuestra ciudad, y tambin antes que en sta, en el si glo XVIII, Sociedad Patritica o Eco nmica—; y si es cierto asimismo que otra ciudad geogrficamente muy cercana a nues tra provincia, la bella y hoy dormida Matanzas, reuni en su seno, en un momento dado, tal plyade intelectual, que mereci el nombre de la Atenas de Cuba, no cabe poner en duda que, en conjunto, la capital poltica ha sido, no menos positivamente, la capital cultural del pas, llegndose en este sentido, bajo la Repblica, hasta la supercentralizacin ms excesiva, que con justicia y certero sentido de la nacionalidad est modifi cando amplsimamente el Gobierno Revolucionario. Y son exactas las palabras primer florecimiento, porque si bien hay tmidos pero indudables brotes de cultura que pugnan por vi vir y crecer, casi desde los primeros tiempos, en el ambiente asfixiante de la colonia-factora, slo a fines del siglo XVIII es cuando llegan a abrirse en capullos. Tres causas motivan este florecer. Primera, el gran movimiento re novador que, nacido en gran parte de los enciclopedistas franceses, y calificado con el nombre tan significativo de iluminismo, estremece la vida intelectual de Europa y nos llega a tr avs del Atlntico. Segunda: la influencia ejercida sobre la vida cubana por la toma de La Habana por el ejrcito y la armada de Su Majestad Britnica, y tercera: la actuacin ex traordinaria del mejor, sin comparacin, de todos los gobernantes de Cuba colonial. Al llegar aqu pensarn muchos lectores: es posible precisar quin fue el mejor gobernante de Cuba colonial, enjuiciada su administracin no en sentido relativo, comparndola con la de sus antecesores y sucesores, sino en trminos absoluto s, por sus propios mereci mientos personales y los progresos y beneficios que por su recto manejo de la cosa pblica alcanz para este pas? No vacilamos en contestar afirmativamente. Y ese gobernante, no menos malo, sino superlativamente bueno, en s y por s, se llam Luis de las Casas y Arragorri, guipuzcoano que, aunque consagrado desde temprana edad a la carrera de las armas, ha dejado un nombre glorioso en la historia de Espaa, ms que por sus hazaas guerreras, que fueron muchas, por sus dotes excepcionales de hombre de Estado y, como afirma el historiador espaol Jac obo de la Pezuela, por su amor a la justicia, a las artes y al comercio. Seis aos y cinco meses dur el gobierno de don Luis de las Casas: del 8 de julio de 1760 al 7 de diciembre de 1796. Lleg a Cuba, como ya hemos apuntado, en un momento crtico de nuestra vida colonial, y supo aprovecharlo, poniendo su talento y su buena voluntad en pro del bienestar y adelanto morales y materiales de la Isla. En efecto, la conquista y dominacin inglesas de La Habana (1762-1763), tan mal recibidas por los cubanos de la poca, proporcionaron a Cuba la libertad de comercio, base del rpido y creciente progreso alcanzado desde esa fecha en adelante, sin que al ocurrir la restauracin espaola pudieran ya los gobiernos de la Pennsula volver al absurdo sistema de aislamiento absoluto comercial de la Isla, mantenido hasta entonces. Ya la Isla en comunicacin con el mundo por las vas del comercio, quedaba abierto tambin el camino a la cultura, y con ella, a la civilizacin. Y el primer paso por esta senda lo di don Luis de las Casas, pues si bien es verdad que desde 1734 haba quedado establecida en La Habana la Universidad Pontificia, precisamente a causa de ese aislamiento en que Cuba vivi hasta 1762 y por lo anticuado y restrictivo de su plan de estudios, fueron muy limitadas las influencias y repercusiones de la Universidad en la cultura general de la Isla, hasta el advenimiento, a su gobierno y administracin, de don Luis de las Casas, a quien bien puede calificrsele, como lo hace el historiador cubano Pedro Jos Guiteras, de fundador de nuestra civilizacin. Desde el mismo da que se en carg del Gobierno, dej claramente trazado su programa administrativo y di a conocer su relevante personalidad.

PAGE 133

Yo juro —dijo— ¡oh Habana!, consagrar a tu defensa y prosperidad toda la sangre que corre por mis venas, todos los in stantes que exista en tu recinto: ser corto ese tiempo, y mis recursos muy inferiores a mis deseos, pero si no co nsiguiera la gloria de hacerte feliz, tendr al menos la complacencia de haberte sido til. Vo sotros, habaneros, auxiliadme con vuestras luces, con vuestra generosidad y patriotismo a ilustrar y a engrandecer la patria. Y —caso nico en nuestra historia colonial y republicana hasta 1959— don Luis de las Casas cumpli con creces las promesas que hizo en este juramento prestado tan democrticamente ante el pueblo al que iba a gobernar. En este juramento est la clave de su buen gobierno: propsito firme y desinteresado de laborar por la felicidad de la Isla, acierto en rodearse de los hombres ms capaces y honrados a fin de conocer y satisfacer las necesidades del pas. Eso hizo Las Casas, y por hacerlo, gobern bien. Fu la anttesis de la gran mayora de los gobernantes espaoles de Cuba, interesados en su prop io bienestar y en el de sus amigos y compinches polticos, ciegos y sordos a los clamores criollos por mejoras y reformas, por justicia y libertad. Tal como lo expuso y demand en su juramento al tomar posesin, Las Casas utiliz y encauz los esfuerzos y proyectos concebidos desde aos antes por cubanos tan eminentes por su cultura, por su talento y por su amor a esta tierra, como Toms Roma y, Francisco Arango y Parreo, Nicols Calvo, Jos Agustn Caballero, Luis Pealver, Juan Manuel O'Farr ill, y otros, que secundaron unas veces y orientaron otras, los planes de buen gobierno y administracin desenvueltos por Las Casas durante su gobierno de Cuba. Aunque, segn afirma Guiteras, el gobierno de Las Casas recuerda una de las pocas ms brillantes de la hi storia de Cuba y dispone el nimo del escritor a espaciarse en la relacin de los sucesos memorables que en l tuvieron lugar para bien de la civilizacin de esta importante Isla, nos vemos privados, por los forzosas limitaciones de es te trabajo, de consagrarle la atencin y el espacio que merecen sus obras y sus disposiciones. Bstenos aqu decir que por su beneficioso influjo personal —respaldado, desde luego, por las progresistas orientaciones polticas trazadas por los ministros liberales del rey Carlos III, y habiendo contado igualmente con la ya citada cooperacin efcien tsima de ilustres y sabios hijos de esta tierra— se crean en Cuba las Sociedades Patr iticas; se funda la Casa de Bene ficencia; se inaugura la primera biblioteca pblica; se derogan multitud de impuestos que ap risionaban la industria; se decreta el comercio libre de Amrica con Europa ; se suprime el monopolio de la Casa de Contratacin de Sevilla; se establece la Junta de Agricultura y Comercio; se restablece y as egura el orden pblico mediante su Bando de buen gobierno de 30 de junio de 1792, la Circular de 12 de diciembre de 1793 y la Instruccin de 23 de junio de 1794; y, por ltimo, ve la luz el primer peridico literario fundado en nuestra patria: el Papel Peridico de la Havana. Como dice Guiteras el primer paso dado por Las Casas en la senda florida de su mando fu pagar un justo tributo de consideracin al talento cubano, anunciando as que un gobierno de paz debe buscar su ms firme apoyo en la opinin pblica, y que el nico modo de obtenerlo es alentar por medio de la prensa a los ingenios del pas para que ofrezcan francamente a la autoridad la expresin de sus necesidades a fin de dispensarles con acierto un remedio conveniente. Como explicamos en otro captulo, de acuerdo Las Casas con Toms Romay y Diego de la Barrera, fund el Papel Peridico de la Havana, cuyo primer nmero apareci el domingo 24 de octubre de 1790, antes de cumplirse los cuat ro meses de la llegada a La Habana de Las Casas. Y no conforme con fundarlo, fu tambin el primero de sus redactores, unido a La Barrera, hasta que, cuando en 1793 dej Las Casas constituida la Sociedad Pa tritica de La Habana, le confi la direccin y administracin del peridico. De manera efectiva y directa particip tambin en el desenvolvimiento de la Sociedad Patritica, y como dice Jos Agustn Caballero, no hay junta que l no hubiese presidido; no hay negocio en que no hubiese intervenido, no hay proyecto o que no hubiese sido suyo o al que no hubiese concurrido con su sufragio, o en cuya ejecucin no se hubiese ar rebatado una mxima parte.

PAGE 134

De su desinters y altruismo dan buena prueba los donativos que hizo de su peculio a la Casa de Beneficencia —renunciando a favor de sta diversas granjeras de que gozaban los gobernadores—, y los socorros monetarios en favor de los damnificados por la inundacin de que fu vctima La Habana en abril de 1791, y de los que ocasion el incendio de Tr inidad. En cuanto a su honradez en el manejo de los dineros pblicos —en el ms vivo contraste con la escandalosa corrupcin de la inmensa mayora de los gobernantes coloniales—, fue escrupulosa hasta tal punt o que se afirma que al mo rir, en 1800, pocos aos despus de terminado su mando en Cuba, apenas dej lo suficiente para pagar su entierro. Como certeramente ha notado Francisco Gonzlez del Valle, un hecho nada ms empa la brillantez de su obra: la facilidad que di a la introd uccin de esclavos africanos para fomentar la riqueza agrcola; pero, como enjuicia dicho hist oriador, la responsabilidad de ese hecho no cae sola sobre Las Casas, pues en justicia tienen que compartirla los ms prominentes cubanos de su tiempo y los hombres que dirigan en Espaa la poltica colonial; su previsin, sin embargo, le hizo comprender el inconveniente que resultara del aumento preferente de la poblacin negra esclava, y ges tion del Rey la inmigracin de colonos blancos, por familias, procedentes de Canarias, con las cuales contribuy al desarrollo de las nacientes poblaciones por l fundadas (Manzanillo, Guantnamo, Mariel...) Tal fu en brevsima sntesis, la obra administrativa del mejor de los gobernantes de Cuba colonial. En estas palabras de Jos Agustn Caballero en el elogio a su memoria, pronunciado ante la Sociedad Patritica el 15 de enero de 1801, est expres ado el ms certero de los juicios que se han escrito sobre su buen gobierno: Vosotros no sentiris movimiento de pirronismo, cuando yo os diga que fueron muy grandes y vivos los deseos y el desvelo de Exmo. Seor Casas por hacernos felices, y que a este fin practic cuanto estuvo en su mano.

PAGE 135

28 EL PRIMER FERROCARRIL Y EL PRIMER VAPOR Han sido siempre los cubanos tan progresistas, que Cuba, colonia espaola, implant el ferrocarril antes que su metrpoli, y antes que la inme nsa mayora de los dems pases. Resulta en verdad sorprendente que nuestra pequea isla, tan aislada del mundo por el rgimen tirnico a que estaba sometida, fuese nada menos que el cuarto pas del mundo en que se tendiesen vas frreas y sobre ellas corriesen locomotoras. Efectivamente; el ferrocarril, como el empleo de l vapor, que le sirvi de base, fue invento ingls, inaugurado en la Gran Bretaa en 1825; se extendi a los Estados Unidos en 1829, a Francia en 1832, a Alemania en 1837, y se inaugur en Cuba en este mismo ao. La iniciativa de este progreso, como la de tantos otros en Cuba, se debi a la benemrita Sociedad Econmica de Amigos del Pas. A instancias de sta, que se interes por el asunto desde 1830, ¡slo un ao despus de puesto en prctica el invento!, la Junta de Fomento, presidida por don Claudio Pinillos, conde de Villanueva, solicit del monar ca espaol Fernando VII —de tan aciaga memoria en muchos otros aspectos— autorizacin, que le fu conced ida en 12 de octubre de 1834, para concertar un emprstito en Inglaterra por dos millones de pesos para construir un ferrocarril en Cuba: la lnea de La Habana a Gines. Es posible que a esa actuacin del Conde de Villanueva se debiera principalmente el hecho de que ms adelante se diese su nombre a la estacin de ferrocarriles que durante mucho tiempo existi donde hoy se alza el Capitolio Nacional. Obtenido el emprstito, con bastante rapidez, para las normas de aquella poca, se realizaron los trabajos necesarios, y el 19 de noviembre de 1837 fue inaugurado el primer tramo de lnea, corriendo el fe rrocarril de La Habana a Bejucal, y exactamente un ao despus, el 19 de noviembre de 1838, se puso al servicio pblico el segundo tramo, de Bejucal a Gines. En La Habana los trenes salan de la llamada Casa de Parada de Garcini, situada en la calle de Oquendo entre Estrella (hoy Enrique Barnet) y Maloja. Aquel primer ferrocarril era prop iedad del Estado, pero muy pronto, en 1842, ste lo entreg a una empresa privada precursora de las grandes comp aas ferrocarrileras que luego extendieron este medio de locomocin por todo el pas. Al cumplirse en 1937 el primer centenario de la inauguracin del ferrocarril en Cuba, se celebraron festejos en La Habana y en Beju cal, y el Municipio capitalino acu una medalla conmemorativa. Tambin tiene sealadsima importancia que comenzando a implantarse el invento de Robert Fulton, el vapor como elemento propulsor de los buques, en un pequeo paseo por el Sena en Pars, el ao 1803 y luego en una breve navegacin por el Hudson, Estados Unidos, en 1807, el primer buque de vapor que circulara en dominios espaoles fuese el nombrado Neptuno, que estableci don Juan O'Farrill para el trfico entre La Habana y Matanzas, en 1819.

PAGE 136

Edificio de la antigua Estacin de Villanueva, te rminal del entonces llamado “camino de hierro”, donde por largos aos celebr sus sesiones el Real Consulado, despus Junta de Fomento.

PAGE 137

Don Toms Romay, uno de los primeros grandes animadores de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas.

PAGE 138

29 LA REAL SOCIEDAD PATRI"TICA O SOCIEDAD ECON"MICA DE AMIGOS DEL PAS En el Cuaderno de Historia Habanera que la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana public en 1936 como Homenaje a la benemrita Sociedad Econmica de Amigos del Pas, dice el muy distinguido publicista Adrin del Valle que las Sociedades Econmicas nacieron en Inglaterra; y el eminente polgrafo Fernando Ortiz, refirindose esp ecficamente a las de Espaa, explica, en aquella misma obra: En la segunda mitad del siglo XVIII, por inspiracin de los enciclopedistas, por iniciativa del joven Conde de Peaflorida y de los liberales caballeritos de Azcoitia, y por impulso secreto de la Masonera, surgieron en Vasconia unos ncleos revolucionarios que luego se extendieron a Espaa y sus Indias, por Real Or den de Carlos III (1775) y avisado propsito de sus iluminados ministros. Tales fueron estas sociedad es de programas econmicos que se establecieron como extraoficiales consejos de patricios para la iluminacin as de las clases dominantes como del absolutismo regio que daba estructura poltica a su dominacin. Se quiso hacer la revolucin desde arriba mediante la precipitacin de una corriente racionalista en el cauce social y poltico. Estos rganos de cerebracin social fueron denominados Sociedades Econmicas de Amigos del Pas. Tambin, como ocurri con la de La Habana, alguna vez se las apellid Sociedades Patriticas. Siempre se las llam de Amigos del Pas, y hasta una de ellas, la de Quito, fue titulada Escuela de Concordia. Contina explicando Ortiz: Fueron sociedades econmicas, porque ellas quisieron significar la actuacin poltica de una transformacin revolucionaria hacia un nuevo rgimen econmico de mayor amplitud social, la sustitucin de los modos de ganar feudalescos por los de la industria, las ventajas de la sangre por las del dinero. Fueron sociedades patriticas, porque enfocaron sus ener gas, no en el reino, sino en el pas, que luego de la Revolucin Francesa se llam la patria. Fueron de amigos del pas, porque sus impulsos se movieron hacia el bien colectivo, no por autoritarismo absolutista, sino por libre y consciente consorcio de voluntades. La amistad, como virtud de benfica cooperacin social, fue anticipacin de la fraternit de los revolucionarios franceses. Y se les dijo escuela de concordia, porque quisieron hallar un nuevo sistema de rodajes econmicos que combinara todas las energas sociales para la ms segura y progresiva marcha del pas. Por iniciativa de don Pedro Rodrguez Campomanes, prohijada por el Consejo de Castilla, el rey Carlos III, uno de los mejores representantes del despotismo ilustrado, otorg autorizacin regia para la creacin oficial de aquellas sociedades. Inmediatamente surgi en nuestra isla la primera de ellas, en Santiago de Cuba, el ao 1787; y en La Habana comenz a actuar la segunda, de gloriossima historia, el 9 de enero de 1793. Se haba fundado a solicitud del Conde de Casa Montalvo, y de los Sres. Juan Manuel O'Farrill, Francisco Basave y Luis de Pealver favorabilsimamente acogida por aquel eximio gobernador que fue don Luis de Las Casas, quien obtuvo del Rey una Real Cdula a ese efecto, fechada en 27 de abril de 1792; comenz a funcionar en el propio Palacio de Gobierno y bajo la presidencia del Gobernador. Mas como muy bien dijo el notable publicista Raimundo Cabrera, No fueron el gran rey Carlos III y su ministro Campomanes, que establecieron en las provincias peninsulares de la antigua metrpoli las Sociedades Econmicas para fomentar en ellas progresos industriales y eco nmicos los que echaron los cimientos de este edificio: fue la acometividad de una veintena de cubanos ricos, de familias preclaras, de ilustracin cultivada en el Extranjero y en el contacto de extraas ci vilizaciones, los que, impulsando las iniciativas de

PAGE 139

un gobernante ilustre —don Luis de las Casas— r ecabaron la carta de fundacin de la Sociedad Econmica… desde entonces cambi la faz de Cu ba: la colonia pobre e inculta, reducida a los fomentos y necesidades de una factora militar, emprendi los derroteros de los pueblos que deben a la instruccin popular, al trabajo inteligente y a la elevacin de los mtodos su crecimiento y desarrollo. La factora se co nvirti en colonia agr cola… Esta Sociedad Econmica fue en los dos primeros tercios del siglo pasado, porque quiso y supo serlo —y no porque se quisiera que lo fuese en las altas esferas— alma y brazo del pueblo cubano, voluntad firme y accin definitiva para dar carcter y personalidad a nuestro pueblo. Claro que estas frases hemos de interpretarlas en un sentido muy relativo, tanto porque, en efecto, la oposicin de las altas esferas, es decir, del gobierno colonial, fren siempre los ms vigorosos impulsos de la Sociedad Econmica de La Habana, cuanto porque ella misma se impuso, por su composicin y por su ndole, definidos lmites que, sin restarle mritos a su valiosa labor especfica, le impidieron siempre osados arrestos. Como, por ejemplo, intervenir, ni aun de lejos, en la lucha independentista. Pero hay que reconocer que, dentro del campo que se haba sealado, su labor fue utilsima a Cuba. Como muy bien dice Adrin del Valle en el trabajo ya citado: La Sociedad Econmica de La Habana se distingui de las de la Pennsula, las super en iniciativas, y en cierto modo traspas los lmite s fijados a tales instituciones. Por otra parte, su carcter de Amigos del Pas indicaba a las claras que deban laborar por el bien de Cuba, y como el bien de sta en muchos casos estaba en contraposicin con la conveniencia de Espaa o del gobierno espaol, resultaba de ello que la Sociedad actuaba como una institucin neta y exclusivamente cubana, siempre dispuesta a la defensa de los intereses de la Isla, en contra, si era preciso, de los intereses peninsulares y de las imposiciones del gobierno hispano. Actu la Sociedad, en cierta forma, en asunto s polticos, pues al ser invadida Espaa por los franceses en 1808 y verse Cuba entregada a su propia direccin, intervino en los acontecimientos que aqu se desarrollaron. En las elecciones para diputados a la s clebres Cortes de Cdiz, se encarg a la Sociedad designar ocho de los diecisis individuos que, junto con los regidores propietarios del Ayuntamiento de La Habana redactaran las instrucciones que haban de seguir los diputados cubanos; por lo dems, stos eran miembros de la Sociedad: Toms Gmez, Leona rdo Santos Surez y el eximio Flix Varela. Ms tarde, la Sociedad Econmica se opuso, con xito, en 1820, a un Arancel de Aduanas que proyectaba el gobierno espaol y era ruinoso para Cuba. Del ao 1840 al 1844, con motivo del ruidoso incidente provocado alrededor del cnsul ingls, Mr. David Turnbull, la Sociedad se manifest como antiesclavista, lo que provoc que varios de sus miembros fueran complicados por el gobierno colonial en la famosa Conspiracin de la Escalera. Influy ms adelante en la formacin de una conciencia pblica con vistas a la actuacin de la clebre Junta de Informacin en que pusieron sus esperanzas —tan lamentablemente frustradas— los reformistas cubanos. Continuando esta lnea reformista, despus de la Guerra de los Diez Aos, al ser designada para enviar su representante al Senado de la Metrpoli, y ms tarde, en 1890, al ser llamada a tomar parte en una nueva Junta de Informacin, design de su seno hombres muy distinguidos que realizaron meritori os esfuerzos, pero que, como era de esperarse, nada efectivo pudieron lograr en favor de Cuba: lo que sta, por medios pacficos, como los de la Sociedad, o por la lucha armada, como la que haban sostenido y luego sostendran los patriotas independentistas, tanto habra de esforzarse por conseguir, er a totalmente intil esperarlo del gobierno espaol. Desde sus comienzos, la Sociedad Econmica se organiz en Seccion es: de Ciencias y Artes, de Agricultura, de Industria y de Comercio. Instituy premios a los mejores trabajos sobre asuntos econmicos; se interes en proyectos para el empedrado de las calles de la Ciudad, su iluminacin y la construccin de caminos. Cre y sostuvo el Jardn Botnico, de gran utilidad para la ciencia y para la agricultura. Tambin cooper al fomento de la poblacin blanca a fin de combatir la esclavitud, al censo general de la Isla, a la exencin de impuestos para las industrias incipientes, al desestanco del tabaco y a la fundacin de varias poblaciones. Suya fue la iniciativa del proyecto del primer ferrocarril en Cuba, que, adoptada luego por el Real Consulado, se hizo realidad en 1837. Realiz dos gran des exposiciones de productos agr colas, industriales y agrcolas cubanos, en 1847 y 1853, siendo stas las primeras de su clase que se efectuaron en nuestro pas. Ofreci en 1863 un buen premio al autor del mejor Manual de Agricultura; gestion y en parte coste, en ese mismo ao, el envo de diez jvenes cubanos a cursar es tudios de ciencia y arte ag rcola en Francia; y en 1865 inaugur un curso pblico de agricultura en La Habana, a cargo del famoso agrnomo y publicista Francisco de Fras y Jacott, Conde de Pozos Dulces. En cuanto a educacin, la Sociedad cre en 18 16 su Seccin de Educacin con treinta y un miembros, que inmediatamente asumi la direccin de la enseanza primaria, entonces atrasadsima en

PAGE 140

nuestro pas, y la hizo realizar notables progresos; f acilit la provisin de la Ctedra de Matemticas en la Universidad de La Habana, y foment la enseanza de la Qumica, la Botnica y la Economa Poltica. Ya hemos dicho que a ella se debe la creacin del Jardn Botnico, hoy dependencia de la Universidad de La Habana, y que la Sociedad tuvo a su cargo desde 1817 hasta 1865. Cre tambin la Escuela de Dibujo, la de Nutica, la de Obstetricia, y protegi la Acad emia de Msica Santa Cecilia. En 1818 fund, ampliando la Escuela de Dibujo, la Academia de Dibujo y de Pi ntura de San Alejandro, que por largusimos aos dio formacin a nuestros artistas plsticos. En 1830, la Sociedad cre esp ecficamente su Seccin de Litera tura; pero desde sus comienzos se haba preocupado intensamente de las letras. Ya hemos dicho que durante una larga temporada tuvo exclusivamente a su cargo la publicacin del Papel Peridico, nuestro primer peridico literario, al que siempre consagr atencin especia lsima. Ms adelante, en 1831, comenz la publicacin de su rgano propio, la notabilsima Revista Bimestre Cubana, famosa en los anales de nuestras letras. Ms famosa todava es su biblioteca, de la que acertadamente dice Adrin del Valle: Uno de los mayores servicios culturales prestados a Cuba por la Sociedad Econmica es el que representa la fundacin, mantenimiento y gradual enriquecimiento de su Biblioteca Pblica, la primera establecida en la Isla y prob ablemente una de las ms antiguas de la Amrica. En junio de 1793, es decir, dentro del sexto mes de fundada la Sociedad Econmica, abri la Biblioteca sus puertas al pblico, bajo la direccin de D. Antonio Ro bredo, y en la propia casa de ste, cedida para tal fin. De all pas la Biblioteca a dos locales suces ivos en el Convento de Santo Domingo, sede entonces de la Universidad de La Habana; y despus al antiguo edificio de la calle de Dragones nmero 62, vasto y vetusto edificio que por muchsimos aos comparti con la propia Sociedad Econmica y con la Academia de San Alejandro. Conservaba esta clebre biblioteca, entr e sus riqusimos fondos, verdaderos tesoros bibliogrficos representados por muy antiguos y agotados libros, folletos y peridicos cubanos. Adems de su continua preocupacin por la ense anza en general, desde la elemental hasta la universitaria, atenda especialmente la Sociedad Eco nmica al mantenimiento de varios establecimientos escolares, fundados en virtud de legados de miembros de la Sociedad y de otros benefactores, en el empeo de suplir, aunque fuera en modestsimas prop orciones, el permanente y escandaloso abandono en que los gobiernos dejaban la enseanza pblica. Eran: el Instituto San Manuel y San Francisco, el Instituto Zapata, el Colegio El Santo ngel, y dos institutos con el nombre de La Encarnacin, uno en Limonar y otro en Marianao, con un total de 672 alumnos. El inters de la Sociedad Econmica por la beneficencia e higiene pblicas se manifest en el clido apoyo que prest a uno de sus miembros ms eminentes, el Dr. Toms Romay, para el establecimiento de un cementerio en las afueras de la Ciudad, que fue el llamado Cementerio de Espada, para evitar la perniciosa costumbre de los enterramientos en las iglesias, y para la vacuna contra la viruela, asunto este ltimo que to m completamente a su cargo en 1804 ; y, adems por su celo y probidad en la inspeccin directa del funcionamiento de la Ca sa de Beneficencia y Maternidad, que conserv hasta bien entrada la poca republicana. Estos son los hechos ms salientes —porque un a relacin completa sera imposible— de la actuacin de la Sociedad Econmica durante la poca co lonial; si bien debe advertirse que la organizacin progresiva de los servicios del Estado la fue relevando gradualmente de su tutela sobre materias agrcolas, industriales y comerciales; y asimismo, poco a poco, de su atencin a la Universi dad, al Jardn Botnico, a la Academia de San Alejandro y a las escuelas en general. Al cesar la soberana espaola sobre Cuba, la Sociedad Econmica de Amigos del Pas perdi automticamente su carcter de corporacin semi oficial, y continu actuando, siempre con celo y entusiasmo, como institucin particular, manteniendo sus escuelas, y an creando otras nuevas, como la de Redencin, en 1905, con 150 alumnos, y otra ms importante, en 1906, la Escuela Elemental de Artes Liberales y Oficios —a la que dot de nuevo edificio e instrumental en 1928—, todas las cuales subsistieron hasta la nacionalizacin de la ensean za por el Gobierno Revoluc ionario; continu la publicacin de su Revista Bimestre Cubana, los servicios de su famosa biblioteca, y, en general, sus actividades culturales. En 1946, la Sociedad Econmica de Amigos del Pa s abandon el viejo edificio de Dragones 62, ya bajo amenaza de ruina, y que guardaba entre sus maltrechas paredes tantos y tantos recuerdos de sus empeos en pro de la cultura patria, y se traslad a un magnfico edificio, de bella arquitectura moderna, situado en el Paseo de Carlos III, y donde tambin qued adecuadamente instalada su valiosa biblioteca. Frente al ed ificio, sobre el Paseo, en cumplimi ento de un deber de gratitud y de justicia, fue colocado el busto de mrmol de aque l a quien debi Cuba la creacin de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, y tantos y tantos otros progresos: el benemrito don Luis de las Casas.

PAGE 141

30 REAL CONSULADO DE AGRICULTURA Y COMERCIO Y JUNTA DE FOMENTO Lo que fue para Cuba, desde La Habana, la Sociedad Econmica de Amigos del Pas en cuanto a la vida cultural, lo fue el Real Consulado de Agricultura y Comercio, despus Junta de Fomento, en la vida material. Como muy bien dice el eminente hist oriador Francisco Gonzlez del Valle en su citado libro La Habana en 1841, dicho Consulado hizo tanto para el desenvolvimiento econmico de Cuba como en el orden intelectual lo hiciera la Sociedad Patritica. Para el historiador Pedro J. Guiteras, segn explica en su Historia de la Isla de Cuba, el Consulado fue como un desprendimiento, una derivacin de aquella institucin antes citada: Las atenciones de la Sociedad Econmica er an tan vastas y complicadas que abarcaban todos los ramos de la prosperidad pblica en letras, artes, agricultura y comercio; y a poco de instalada esta corporacin parece se crey conveniente dividirla en dos, que atendiesen la una a los intereses intelectuales y morales y la otra a los intereses materiales del pas. Y agrega: Aunque separadas en sus atribuciones, ambas corporaciones marcharon despus unidas en el noble deseo de propender a la felicidad del pas, y Cuba vi en ellas las columnas ms firmes de su regeneracin. Por otra parte, Gonzlez del Valle agrega algo altamente significativo: El xito de esta institucin oficial se debi, en primer trmino, a haber quedado separada del gobierno poltico y militar de la Isla, a su autonoma propia y a la honradez acrisolada de los elementos que la dirigan. Su actuacin fue, pues, en cier to sentido, un episodio ms en la larga lucha de los cubanos progresistas contra la rmora que —salvo precisamente en la poca de su creacin— haba representado y representara luego, a lo largo de los tiempos, el rgimen colonial con que Espaa oprima a la Isla. El Real Consulado de Agricultura y Comercio, uno de los frutos, por consiguiente, de aquel momento excepcional que fue, para nuestra patria, el gobierno de don Luis de Las Casas, fue creado por Real Cdula del rey Carlos III, de fecha 4 de abr il de 1794, en respuesta a las solicitudes que haban presentado separadamente dos comisionados especiales del Ayuntamiento habanero y el ilustre economista cubano don Francisco de Arango y Parreo, Apoderado de la Ciudad de La Habana. El Consulado, segn la propia Cdula, qued formado por un Prior, dos Cnsules, nueve Consiliarios y un Sndico, hacendados o comerciantes de la Havana, todos con sus respectivos Tenientes, un Secretario, un Contador y un Tesorero. Y continuaba, explicando el objeto y composicin de dicho Consulado: Su instituto ser la ms breve y fcil administracin de justicia en los pleytos mercantiles, y la proteccin y fomento de la agri cultura y comercio en todos sus ramos. Sern hacendados el Prior y los Consiliari os 1ro., 2do., 5to., 6to., y 9n o.; sern comerciantes los dos Cnsules y los Consiliarios 3ro., 4to., 7to., y 8to., y lo mismo se observar con los respectivos Tenientes. El Sndico podr ser de qualquiera de las dos clases.

PAGE 142

El distrito de la jurisdiccin del Consulado era toda la Isla; pero —continuaba diciendo la Real Cdula— para mayor comodidad de los litigantes, tendr Diputados en aquellos puertos y lugares de mayor comercio donde parezc an necesarios. Y, en lo referente a la solucin de pleitos, agregaba: El Prior y Cnsules y sus Diputados en los puertos y lugares donde se establezcan sern mirados por todos como Jueces puestos por m para administrar justicia, amenazando con todo el rigor de la Ley a quien se atre viera a faltarles al debido respeto. El Capitn General era el Presidente nato de aquel Consulado o Junta, y si faltase, ocupara la Presidencia el Intendente General de Hacienda; sera Vicepresidente el Prior, y, en su defecto, uno de los dos Cnsules, por orden de antigedad. Los fondos del Consulados quedaban establecidos de este modo: Ser fondo del Consulado el derecho que le concedo de avera, y el producto de todas las multas y penas pecuniarias que imponga el Tr ibunal, sus Diputados o los Jueces de Alzadas. Por derecho de avera podr cobrar medio por ciento sobre el valor de todos los gneros, frutos y efectos comerciales que se extraigan, o introduzcan por mar en todos los puertos de su distrito. A la Junta o Consulado encargaba el Rey especialmente: procurar por todos los medios posibles el adelan tamiento de la agricultura y el comercio, la mejora en el cultivo y beneficio de los frutos, la facilidad en la circulacin interior, y en las expediciones mercantiles fuera de su distrito: en suma, quanto parezca conducente al mayor aumento y extensin de todos los ramos de cultivo y trfico. Adems, admitir la Junta y examinar las memorias que se le presenten acerca de las mejoras que pueda tener la agricultura y el trfico de la Isla, y aun ofrecer premios a quien mejor escriba sobre los problemas que le parezca proponer en esta mate ria. Los ofrecer tambin a quien mejor imite las nuevas mquinas o instrumentos que se hayan inventado para la elaboracin de los frutos, o mejore la construccin y manejo de los usuales; y enviar quando lo juzgue conveniente, personas de instruccin y experiencia a los esta blecimiento estrangeros para observar e imitar sus descubrimientos e invenciones. Asimismo deba el Consulado y Junta averiguar amenudo el estado econmico de las Provincias de su distrito por medio de los diputados que tenga en ellas o de otras personas o cuerpos con quienes entable correspondencia a este fin; y me har presente lo que considere de mi Real noticia, proponindome las providencias que le dicte su zelo en beneficio de la agricultura, industria y comercio del pas. Especialmente se le encargaba que tome desde luego en consideracin la neces idad de construir buenos caminos, fomentar la poblacin de los campos y aldeas evitar la emigracin a las Ciudades y Villas grandes, abrir canales de navegacin y de riego, limpiar y mejorar los puertos. Y ordenaba la Real Cdula que los ayuntamiento y sociedades econmicas, las comunidades y cuerpos pblicos, los jefes y tribunales de la Isla prestaran para todo esto a la Junta quantas luces y auxilios necesitare. Los primeros integrantes del Real Consulado fu eron nombrados por el Rey en esta forma: Para Prior, al Conde de Casa-Montalvo, y por su Teniente al Marqus del Real Socorro; para primer Cnsul a D. Juan Toms de Juregui, y por su Teniente a D. Manuel Joseph Torrntegui; para segundo Cnsul a D. Lorenzo de Quintana, y por su Teniente a D. Jua Francisco de Oliden; para Consiliarios al mismo Marqus del Real Socorro, al Marqus de Villalta, a D. Juan Bautista Lanz, a D. Pedro Juan de Erice, al Marqus de Casa-Pealver, al Marqus de Arcos, a D. Manuel de Quintanilla, a D. Antonio de Arregui y a D. Ni cols Calvo de la Puerta; y por sus Tenientes a D. Joseph Eusebio de la Luz, D. Joseph Ricardo O'Farrill, D. Pedro Mr tir Alguer, D. Mariano Carb, D. Pedro Regalado de Pedroso, D. Miguel de Crdenas, D. Pedro Bolois, D. Bernab

PAGE 143

Martnez de Pinillos y D. Agustn de Ibarra; para Sndico a D. Francisco de Arango y Parreo, y por su Teniente a D. Antonio Robredo; para Secretario a D. Antonio del Valle Hernndez; para Contador a D. Ramn Arango; para Tesorero a D. Joseph Rafael de Armas; y para Asesor al Lcdo. D. Manuel de Coimbra. Y la Real Cdula estableca el cambio gradual de los componentes del Consulado, a partir de los dos aos cumplidos despus de su fundacin, cesando sucesivamente en sus cargos los nombrados, y sendo electos sus sustitutos por una junta general de hacendados y comerciantes. Pero atendiendo a las particulares circunstancias que concurren en D. Francisco de Arango, este esclarecido cubano continuara indefinidamente en su cargo de Sndico, sealando el Rey que lo tenga por el tiempo de mi Real voluntad. Se le daba, asimismo, plaza perpetua en la Junta al Conde de Casa Montalvo; y a ambos se les comisionaba para realizar un viaje por las dems colonias a fin de observar sus adelantos y aplicarlos a Cuba en cuanto fuera posible. Si bien la Real Orden estableca que el Capitn General fuese el presidente nato del Consulado, desde el principio sta deleg, de modo definitivo, es ta facultad en el Intendente General de Hacienda, hasta 1841, en que el Rey dispuso expresamente que lo presidiera el Capitn General. El Real Consulado celebr su primera sesin el 10 de abril de 1795, y desde sus comienzos result altamente beneficiosa su gestin con respecto al progreso material de la Isla, en sus diferentes aspectos. En 1831, al ponerse en vigor en los dominios espaoles un nuevo Cdigo de Comercio, el Real Consulado qued dividido en Tribunal de Comercio y Junta de Fomento, continuando esta ltima la admirable labor —en trminos generales— que haba realizado el Consulado. Sus ingresos se haban ido acrecentando al concedrsele, en 1815, el aumento de un cuartillo ms al derecho de avera; en 1819, la percepcin de un nuevo derecho, llamado de atraque al muelle, de 10 reales diarios por cada 100 toneladas de los buques extranjeros y 6 reales por cada 100 toneladas de los espaoles; en 1825, se le consign el llamado auxilio consular, de 2 reales po r caja de azcar y 1 y 1/2 por saco de caf que de otros puertos de la Isla llegasen a la Capital; en 1832 otro cuartillo ms sobre los derechos de aduana; y desde 1831 se le haba concedido otro arbitrio de un 4% sobre el valor de las co stas procesales, destinado a proveer la inmigracin de colonos. Y asimismo obtuvo otro derecho llamado de capitacin de esclavos, sobre los destinados al servicio domstico, y que tena por finalidad promover el aumento de la poblacin blanca en la Isla. Como muy bien dice Fr ancisco Gonzlez del Valle Todas las obras de gran importancia llevadas a cabo, a ella le son debidas, sealando especialmente la construccin del primer ferrocarril, de La Habana a Gines, y el de Camagey a Nuevitas. Y agrega: Como todas las instituciones, tuvo sus errores, pues, si es verdad que el propsito de terminar con la trata africana, y en definitiva, co n la esclavitud, la hizo traer colonos blancos, parece que no en todos los momentos poda im portarse esta clase de hombres, y entonces recurri a la inmigracin de asiticos, que aunque venan como hombres libres, en virtud de las contratas y de la malicia de los que de ellas se aprovechaban, quedaban convertidos en esclavos. Y sobre la independencia de criterio que demostraba esta Junta de Fomento tambin da testimonio este historiador, diciendo que el general Valds se quej al Gobierno Central de que la citada Junta quedaba fuera de su vigilancia en lo poltico y militar, y solicitaba que le diera intervencin en ella para impedir o atenuar lo acordado por la misma. A esto respondera, sin duda, la resolucin regia de que no dejara nunca de presidir el Capitn General las sesiones de la Junta. Uno de los pero dos de mayor brillantez en la actuacin de sta fue cuando estuvo al frente de ella el Intendente General don Claudio Martnez de Pinillos, conde de Villanueva. Y la Junta de Fomento celebr por largos aos sus sesiones en un local situado en el edificio que albergaba la estacin del primer ferrocarril de Cuba, y a la que se llam Estacin de Villanueva, precisamente por la parte importantsima que el Conde de Villanueva haba tomado en aquel importantsimo progreso. En el Archivo Nacional de Cuba se conservan los interesantsimos documentos que dan fe de la extraordinaria actuacin de l Real Consulado y Junta de Fomento de sde su fundacin hasta el ao 1862, aunque las actas de las sesiones que se han guardado slo alcanzan hasta 1854. De la Junta de Fomento dijo el notable publicista Raimundo Cabrera que en ella figuraban los hombres ms preclaros del pas, y a su iniciativa se debieron las ms importantes reformas.

PAGE 144

Pbro. Jos Agustn Caballero, uno de los primeros grandes propulsores de la cultura cubana.

PAGE 145

El tpico quitrn habanero, segn un grabado de 1838.

PAGE 146

31 TRES VISIONES DE LA HABANA ANTIGUA Grande fue, en verdad, el aprecio con que los habaneros de la poca contemplaron los provechossimos resultados que para su ciudad se obtuvieron, primero de su conquista y breve ocupacin por los ingleses —debido al hecho de que, por tal circunstancia y sus consecuencias, la Metrpoli se vio despus obligada a introducir enseguida mejoras de diversa ndole que casi seguramente no habra concedido a su colonia a no mediar aquel acontecimiento—; y, segundo, de la benfica y progresista administracin de Don Luis de las Casas, de quien ya hemos dicho que fue, sin comparacin posible, el mejor —y uno de los poqusimos buenos— entre todos los gobernantes que Espaa envi a Cuba durante sus cuatro siglos de coloniaje. Muestra muy expresiva de este reconocimiento es el trabajo sobre los importantes cambios efectuados, a causa de dichos sucesos, en la cida capitalina, que redact y public, en el nmero XV de su famoso peridico Regan de la Havana, de fecha martes 6 de enero de 1801, el inteligentsimo y mordacsimo escritor habanero Buenaventura Pascual Ferrer, y que reproducimos a continuacin porque, adems, fija para la historia dos momentos representativos de la vida de la Ciudad: Ao nuevo, siglo nuevo, tres papeles peridicos cada semana, la mayor parte de los escritores ramplones ya destrudos, y los que han quedado se hallan en las ansias de la muerte, los delirios poticos mandados desterrar, los estudi os mejorados en parte, la crtica en Ciencias y Artes en ltima moda, las imprentas en auge y tr abajando sus prensas continuamente, las luces y el buen gusto en las letras haciendo progresos, y la instruccin extendindose hasta en los ms ntimos individuos. Tal es el quadro literario que presenta la Ciudad de la Havana en la conclusin del siglo diez y ocho, y tales son los cimientos sobre que va a edificar su verdadera grandeza y sus adelantamientos en el diez y nueve que principia. Ni la separacin de cerca de dos mil leguas en que est de la parte del mundo ms culta, ni la pequea correspondencia que en el da disfruta con ella, ni las preocupaciones antiguas de algunos pseudo-sabios que por desgracia no faltan, ni las vaci edades de muchos escritores que no conocen la buena crtica, y que guiados por su amor propio tienen por un de lito el que se les descubran sus faltas literarias; ltimamente, ni todas las quexas que dan aquellos corrompedores del buen gusto, de la razn y de la verdad podrn impedir el feliz trastorn o de ideas en la literatura que va cundindose generalmente hasta en los individuos que menos gustaban de ella. No dexo de confesar que en trescientos aos, que son los que cuenta esta Isla de existencia social, ha llegado a un estado de grandeza que, comparada con otras muchas poblaciones, les lleva una excesiva ventaja; pero tampoco se me oculta que esta misma grandeza tan notable, casi se ha formado toda en menos de cincuenta aos. LA HABANA HASTA MAS DE MEDIADO EL SIGLO XVIII Hagamos, pues, una ligera y desapasionada pintura de lo que era esta Colonia medio siglo hace. Considrese una Isla casi desierta, la mayor parte de los campos realengos y sin cultivo, los caminos intransitables, las poblaciones sin orden, la Ciudad donde resida el Primer Magistrado, aunque un poco fortificada, sin la mayor defensa; sus casas eran casi todas de guano, su comunicacin con la capital del Reyno era tan tarda que quando llegaba el Correo de Espaa se tocaban las campanas y se hacan regocijos pblicos; su industria y su comercio tan limitado y dbil, que los que lo exercan estaban envilecidos: sobre literatura no se hable, porque estaba reducida a un cortsimo nmero de individuos que, a fuerza de no haber otros, los llamaban sabios y hombres grandes: los pocos libros que venan de Europa, a pesar de la libertad de derechos, eran tan caros que su precio impeda la venta. No haba ms que una imprenta, y sta defectuosa, que se ocupaba quando ms en hacer alguna papeleta de combite, tirar alguna estampa, reimprimir los almanaques de Mxico, o copiar alguna cartilla de primeras letras. Algunas coplas insulsas y majaderas, con el nombre de dcimas, quartetas o cosa semejante, que corran manuscritas, era todo lo que se llam aba poesa y la admiracin de casi todos los

PAGE 147

habitantes que se quedaban lelos quando las oan y llenaban de bendiciones, no slo a sus autores, sino tambin a las madres que paran uno s pozos tan grandes de ciencia. En punto a las Artes, no se conoca una obra siquiera que fuese hija suya legtima: edificios sin ms mrito que ser unas masas enormes sin orden ni proporcin, obras de escultura ridiculsimamente copiadas, y estatuas que slo se saba que eran de seres r acionales por tener algn le trero que lo expresase; en la pintura no se vean ms que mamarrachos indecentes y desconcertados y que causaban la mayor irrisin; teatro, drama, unidades y expectculos eran voces enteramente desconocidas, y slo por noticias saban algunos los nombres de comedias y entremeses. Ultimamente, yaca esta Colonia en la inaccin y debilidad y casi no era conocida en Europa ms que por su excelente tabaco. Tal fue la existencia de la Isla de Cuba y la de esta Ciudad hasta mucho despus del ao de 1750. LA HABANA AL COMENZAR EL SIGLO XIX Pero desde entonces ac, qu conjunto de cosas nuevas e inmortales no se presentan a mi vista, y que parece imposible que se hayan podido efectuar en menos de cincuenta aos? Ya veo una Isla regularmente poblada, la mayor parte de los campos produciendo sus riquezas inagotables: unos cami nos, aunque no buenos por no ser sta obra de tan poco tiempo, a lo menos casi todos transitables; las poblaciones en lo interior de la Isla regularmente ordenadas; la Havana en el mayor estado de defensa, tant o en sus fortificaciones como en tropa arreglada; muchos aos hace que se prohibieron enteramente de ntro de la Ciudad las casas de guano, siendo todas las que hay de cal y canto, aseadas y de regular proporcin: la correspondencia de Europa, aunque detenida en el da por los males inevita bles de la guerra, tiene su establecimiento mensual: la industria ha ido tanto en aumento y el comercio le ha proporcionado tantos adelantos, que no es maravilla ver los muchos caudales que hay y que se van levantando cada da; la literatura ha tomado un vuelo que ya desprecia la abstraccin problemtica de los antiguos, y ocupada en el verdadero saber, mira como puerilidades las qestiones de voces vagas, los sofismas embaucadores y los argumen tos estrafalarios, inventados ms bien para ostentar una erudicin ridcula y saciar el amor propio con aplausos estriles que para descubrir la verdad de que tanto se jactan. Ya tenemos muchos hombres que, regularmente instrudos en las verdaderas ciencias y manejando la pluma con algn acierto y muy buena crtica, apenas pueden lograr el nombre de sabios, porque este dictado no se da con tanta facilidad como antes; los buenos libros no son raros para aquellos que los saben buscar y quieren aprovecharse, pues tenemos una biblioteca pblica de la Sociedad con escogido aunque no copioso nmero de libros. Nos hallamos con quatro imprentas de las quales dos son buenas, la tercera no es completa, y la quarta est jubilada. En las dos primeras no falta trabajo, y a pesar de no haber sobra de operarios por causas que ignoro, estn sus prensas continuamente ocupadas en dar a luz muchas producciones, que aunque no sean excelentes, servirn de fundamento para que se emprendan cosas de ms mrito. Tres papeles peridicos de a pliego cada uno, en la semana se reparten al pblico: el que se llama as, que se reparte por medios pliegos los domingos y los jueves; y el presente, que se da a luz los martes, tratan de asuntos polmicos; y el que se reparte los mircoles, titulado La Aurora, es puramente poltico y econmico. Otro ha habido tambin, titulado La Lonja Mercantil, que pudiera subsistir al presente, si la mala eleccin y el peor desempeo de las materias que ha escogido su editor no hubieran forzado a sus subscriptores a abandonarlo, por no sostener con su aten cin la existencia de semejante papel. No podemos menos de decir que por desgracia tenemos todava una cfila de copleros que, a pesar de la obscuridad y anonadamiento lite rario en que yacen, pretenden sacar la cabeza de quando en quando para echar un erupto potico; pero como hay tanta diferencia del presente ao al de 1750, estos fastidiosos entes ya casi no exercitan su vena ms que en hacer trobas, y en algunos delirios sueltos con nombre de redondillas, sonetos, &; todos los hombres de juicio les dan el aprecio que se merecen unos sugetos tan mezquinos. Las artes ya se van estimando; y no faltan edificios de mediana arquitectura, estatuas regularmente hechas, como las de las fuentes en el paseo de la Alameda, pinturas bastante buenas y bien expresadas, y maestr os inteligentes en estos ramos. Hay una Sociedad Patritica y un Real Tribunal del Consulado, que ocupados incesantemente en fomentar la agricultura, el comercio, las Ciencias y las Artes, han dedicado y dedican quantiosos prem ios para su adelanto. Ambos cuerpos, a ms de los gastos ordinarios y extraordinarios que h acen para la pblica felicidad, pagan de esos fondos dos jvenes que han puesto a aprender el arte de imprimir en las dos principales imprentas de esta Ciudad, y otro bien dotado para el estudio de la Botnica, ciencia desconocida en ella poco tiempo hace.

PAGE 148

Hay una Casa de Beneficencia, obra suntuos a, donde estn recogidas sesenta y seis educandas, y casi igual nmero de indigentes. Hay, finalmente, muchas casas de piedad modernamente aumentadas; y establecimientos utilsimos dedicados al ramo ms interesante, que es la educacin pblica de los individuos que algn da han de llegar a ser padres de la Patria. Hemos tenido tambin un teatro muy regular y bien servido, y el que hay en el da puede adquirir dentro de poco tiempo una gran mejora. Muchas de estas cosas que en el da existen en esta Ciudad no eran conocidas en ella medio siglo hace, y las dems estaban muy imperfectas. Al fin, el aparato con que se presenta la Havana en el principio del sigl o XIX, la grandeza a que ha llega do en menos de cinquenta aos, como hemos visto, y los espritus generosos qu e la habitan me hacen pronosticar con mucho fundamento que en el discurso de este sigl o llegar esta Ciudad a causar emulacin a las ms cultas de Europa, logrando la mayor parte de sus individuos, quando no saber todo lo que pudieran, a lo menos competir con los literatos de las dems naciones. ¡O si lograra yo, antes de acabar mis das, ver verificado este pronstico en mi Patria! Me parece que ningn hombre de buen sentido puede dudar que no suceda; pero aun quando no llegase a efectuarse, por uno de aquellos acasos rarsimos que trastornan el orden natural de los sucesos, quiero tener la dulce ilusin de considerar que llegar a verificarse: quiero regocijarme de antemano con su futura prosperidad y grand eza; y quiero, finalmente, mostrar a todos este jbilo que se ha apoderado de m desde que llegu a tocar el suelo que me ha visto nacer, el qual bien podr ser indiscreto si se quiere, pero nunca infundado ni estril! Y hemos querido completar este captulo de evocaciones retrospectivas con una tercera visin de La Habana de otros tiempos: la que, poco ms de un siglo despus, en 1857, ofreci el notable historiador y costumbrista don Jos Mara de la Torre en su famoso libro Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna, describiendo la que era para l La Habana actual, es decir, nuestra capital a media dos del siglo XIX, en el trabajo titulado. UN DA EN LA HABANA No bien resuena el estampido del bronce poco antes de despuntar el da, cuando entran por las puertas de la ciudad los alegres campesinos, que con sus ay es lastimeros vienen de las inmediaciones a abastecer los mercados con todo lo que un fertilsimo suelo, ayudado del arte, produce para sustento y regalo del hombre. Otros, circulando por las calles de intra y extramuros, permanecen durante la maana ocupados en la venta por menor de sus provisiones. A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a pases lejanos; los vapores de Regla co mienzan su incesante crucero de una banda a otra de la baha, as como las guaguas (mnibus) lo verifican desde Marianao a la plaza de Armas; los vaqueros y lecheros invaden las plazas; los liger os repartidores de peri dicos serpentean por las calles introduciendo los peridicos por entre las rendijas de las cerradas puertas y ventanas; las iglesias van llenndose de ancianos, beatas y madrugadores que corren a la primera misa de la maana; los encargados de la limpieza de la ciudad comienzan la higinica tarea de despejar las calles de cajones y barriles de pestilente basura: los cocineros salen con sus canastas a proveerse en los mercados, que progresivament e van llenndose de toda clase de gentes ocupadas en la venta por menudeo; las bodega s se abren para dar entrada a la multitud de jornaleros y obreros que concurren a ellas, bien a tomar la maana, bien a desayunarse con una taza de caf, para marchar en seguida a sus respectivos trabajos. Todo va siempre en movimiento. Los mercados, los paseos, el muelle y el depsito del ferrocarril, y paraderos de diligencias o berlinas van cubrindose progresivamente de gentes que concurren, ora a pasear la maana, ora a embarcarse o despedirse de amigos que se ausentan de la ciudad. Las nyades vestidas a la neglig y tiradas por muelles carruaj es corren a su elemento del Recreo, las Delicias o la Elegancia; y los ensayo s de las cornetas y los tambores, el tiroteo de las tropas en instruccin en los recintos, las parejas y tros que van y vienen del campo, las volantes y quitrines de alquiler, y filas de carre tones que comienzan sus estrepitosas tareas, van propagando el ruido que luego sigue en aumento. Oyense las siete, y los retumbantes tambores de las guardias que se relevan se hacen or en todos los mbitos de la capital. Las campanadas de los locomotores del ferro-carril anuncian al pasajero la salida del tren para Guanajay (hab indolo verificado una hora antes el de Gines o Bataban), los nios se encaminan a sus escuelas, y, el empleado se levanta, y apoltronando su humanidad en un muelle silln, toma su taza de cafe, fuma un fuerte tabaco y se ocupa en seguida de leer los peridicos hasta que almuerza y sale a su destino. Hora es esta tambin en que los isleos (buhoneros) comienzan a lucir sus elevados pulmones para anunciar sus aretes,

PAGE 149

sortijas, dedales, tijeras finas, etc.; en que los fruteros empiezan a formar sus pilas y mesas, en que los mercaderes faltos de quehaceres politiquean desde las puertas de sus establecimientos con los peridicos en las manos, y en que las nuevas clases de agentes y negociantes de acciones forman enjambre en el dilatado tinglado del muelle anunciando nuev as acciones y primas. Suenan las nueve: y a esta hora vara el cu adro de aspecto. Los vaqueros tornan sus numerosas vacas a sus pastos, ya por la calle de la Reina, ya por la calzada del Monte, como para acabar de obstruir el paso, in terrumpido incesantemente por mu ltitud de carruajes que van y vienen por ellas a estas horas: hordas de estudiantes salen de las clases universitarias, e invadiendo las calles se hacen ceder el paso por temor de sus juveniles travesuras. Las bellas dejan a estas horas a Morfeo para se ntarse a la mesa, dispuesta ya para el almuerzo; a excepcin de alguna que otra madrug adora que hace su estudio de canto y piano, o bien toma algn peridico, para dejarlo caer de las manos si no contiene alguna novela, poesa o artculo favorable a su sexo: es asimismo la hora en que los enjaezados carruajes de los funcionarios pblicos corren, encontrndose sus plateadas bocinas por las calles de O'Reilly, Obispo, Muralla y Mercaderes (centros de agitacin y ruido general) para llegar a sus destinos; y en que los tribunales y estudios de los le trados quedan abiertos a los litigantes. A las diez llega la confusin a su crisis: el aturdidor sonido del martillo en el taller del artesano; el del canto penetrante de los africanos ocupados en entongar, pesar, cargar y descargar los carretones de cajas de azcar o caf; el de los montonos temas del ambulante organista; el de la multitud de pianos que, tocados por principiantes en cada manzana, atormentan a los no dilettanti; el agudo pregonar de las fruteras y vendedores de ropa que pululan por las calles; el continuo transitar de ms de cuatro mil carruajes y de hombres de todas edades que circulan en distintas direcciones, forman un cuadro difcil de pintar. Los litigantes, procuradores, oficiales de causa con sus expedientes debajo del brazo, se dirigen a los tribunales o escribanas para dar a las causas el curso que las leyes recomiendan; las bellas habaneras, luciendo sus celebrados breves pies en las conchas de elegantes quitrines ocupan las puertas de los establecimientos de tendera, modistas y tiendas de ropa (perfectamente surtidas de cuanto a su capricho o vanidad pueda antojarse), ya para proveerse de los ense res propios de sus distintas labores, ya para explorar las novedades, poniendo en ejercicio la afectada amabilidad y paciencia de los dependientes. La baha, las cercanas de la aduana, el muelle, ¡qu Babilonia! Trbase la vista al contemplar el continuo y rpido movimiento de millares de buques de todos tamaos y naciones, que figurando espesos bosques con sus empinadas ar boladuras, surcan las aguas de la baha en todas direcciones, cruzndose unos a otros, girando sobre s mism os, y describiendo toda clase de figuras geomtricas, ya para atracar a los mue lles y sufrir carenas, ya, en fin, para cargar o descargar. Velas hasta treinta mil y ms toneladas, procedentes de todos pases y cargadas de preciosas mercancas, que desde muy temprano apar ecan en la boca del puerto, aprovechan esta hora en que se monta un poco la algera brisa para introducirse en el puerto con regocijo de sus consignatarios que ansiosamente aguardan el arribo de estos bajeles. Entre tanto, mil goletas, botes y lanchas destinados exclusivamente a la navegacin de cabotaje y conduccin de frutos y embarque de pasajeros, culebrean por entre los dems buques, avanzan, giran, se ensartan, viran e introducen por espacios al parecer inadecuados para su admisin. Tres sonoros toques en la campana mayor de la Catedral anuncian la hora del deseado descanso a los jornaleros y dems trabajadores, y a los portadores de reloj su arreglo. La proximidad al Palacio del Gobierno, Intendencia, Universidad, Almoneda y an a la Aduana, centro de grandes negocios, hacen que las esplndidas confituras y neveras de la Dominica y la Marina, el magnfico caf y nevera de Arrillaga, y los establecimientos de soda de la Columnata y la Imperial sean invadidos por enjambre de sedientos y golosos, que a estas calorosas horas procuran refriger arse con agradables granizados, agraces o riqusimos pastelitos. Los activos agentes de bolsa cubren las cercanas de Sto. Domingo pregonando las primas y las nuevas empresas. La una. Hora solcita (en los das de fiesta s) del elegante y fino para cumplir con las visitas de etiqueta, y de la encantadora beldad para recibir la de su apasionado, a quien los minutos antes han parecido aos. Las frutas y re frescos hacen dar tregua a los quehaceres en horas tan fatigosas. Las dos. Vuelven ya los obreros a sus trabajos, en tanto van desocupndose las oficinas, cerrndose los bufetes y retirndose ste a los baos, aqul al hotel del guila de Oro, y estotro al seno de su familia. Mil volantes simonas parada s en el depsito del ferrocarril anuncian la prxima llegada de los trenes de pasajeros.

PAGE 150

El casero tpica estampa de La Habana antigua.

PAGE 151

Las tres. Las opparas mesas empiezan a ser honrad as; y hasta las 5 permanece la poblacin con alguna menos agitacin; mas desde esta hora vuelve progresivamente a reanimarse, aunque de un modo diferente. Los placeres sustituyen gene ralmente a los trabajos, y quien desd e bien temprano sale a respirar un ambiente ms puro, ya en los campestres barrios del Cerro y Jess del Monte, ya en las poticas Puentes Grandes, Guanabacoa y Marianao, Chorrera, o bien en el Paseo Militar o jardn de Pealver; quien, antiguo parroquiano del mentidero, ocurre devoto a su feligresa: s te, puro clsico, se encamina a ver los adelantos de las obras pblicas, la fbrica del gas, la estacin del telgrafo elctrico, el hospital militar, el saln de O'Donnell, (antes Alameda de Paula), o el de Roncali, el despejado muelle: o bien las empinadas fortalezas de la Cabaa, del Prncipe o del Morro, donde en esplndido panorama se ofrece a la vista una dilatada ciudad rodeada de argentadas aguas y pintorescos collados, lujosamente alfombrados por una rica y lozana vegetacin, esmaltada por los colorantes rayos del moribundo Febo. El enjambre de agentes de bolsa, que de maana se asentaba en el muelle, y al medio da herva en la plazuela de Sto. Domingo, establece sus reales en Escauriza y T acn hasta hora bien tarde de la noche. Mil eleganes carruages de todas clases, con duciendo las deidades habaneras, ocupan en forma de cordn el dilatado paseo de Tacn y despus el de Isabel II, donde las espera una fila de gallardos jvenes slo para el desconsuelo de verlas pasar fugitivas cuatro o seis veces: mientras que por uno de los extremos del ltimo paseo se ve atravesar un fnebre carro conduciendo a la ltima morada al que ha deja do de existir. ¡Tal es el drama de la vida! Tocan las oraciones, y cada cual toma distin ta direccin; sta, por estar ya vestida de punto en blanco, se dispone a pagar una visita de cumplo-y~miento; o a visitar a alguna que ha dado a luz un nio (ms claro, a criticar el canastillero), o bien a ejercitar su lengua de paloma en algn velorio o visita de novia: aqulla, atrada por un melifluo tema de la Luca, se encamina hacia la retreta. Este, movido por tmidos anunci os, se dirige a alguna funcin teatral con que suelen distraernos los saltimbanquis, aqul invitado concurre a una tertulia en que una amable beldad hace el encanto con su brillante voz o prodigiosa ejecucin de irresistibles danzas cubanas en el piano; estotro, ms positivista, se dirige a oir instructivas lecciones en el Liceo Artstico y Literario. Los esplndidos establecimientos de las calles de la Muralla, Obispo y O'Reilly, as como el hermoso mercado de Tacn, brillantemente alumbrado por gaseosa y ntida luz, se cubren de compradores y curiosos qu e se extasan admirando las preciosidades que encierran. Oyense las nueve; y concludos los melodiosos sones de la retreta, vuelven los sedientos y golosos a inundar la espaciosa Lonja, o sea caf de Arrillaga, para gustar sus afamados helados y chocolates; la Dominica y la Marina para gozar de sus bien confeccionados dulces, la Imperial y la Columnata para absorber sus gaseosas aguas de soda: o para refrigerarse con exquisita orchata o nutrirse con un hermoso vaso de leche helada. Los habitantes de extramuros para satisfacer las mismas exigencias se dirige n al hermoso y elegante caf de Escauriza (rendez-vous desde por la tarde, que se llena de ociosos), o a las confiteras y neveras de Tacn y de las Delicias. A las diez se ven cruzar por las calzadas del Cerro, de Jess del Monte y de Marianao, las guaguas de los enamorados; hace el amante su saludo a su encanto, y la numerosa poblacin se recoge, oyndose slo desde media hora despus la voz del vigilante sereno y centinelas de las fortalezas. Solo se ve abierta alguna que otra casa que espera la familia asistente a alguna diversin. El crujiente carruaje hace temblar las solitarias calles y anuncia la llegada. Mientras los jvenes reunidos se preparan para entregarse a Morfeo; ¡pobre vestido de las Damas! Mientras las damas se ocupan de la misma operacin ¡pobre vestido de las otras damas y de los hombres!

PAGE 152

Escena callejera en La Habana antigua.

PAGE 153

INDICE Pg. _______ INTRODUCCI"N 5 1. SITUACI"N Y CLIMA 8 2. LOS PRIMITIVOS POBLADORES DE CUBA Y DE LA HABANA 99 3. EL CACICAZGO O PROVINCIA INDIA DE LA HABANA Y SU DESCUBRIMIENTO POR LOS ESPAOLES 13 4. LOS CONQUISTADORES 17 5. EL SISTEMA DE COLONIZACI"N: SERVIDUMBRE DE LOS INDIOS Y ESCLAVITUD DE LOS AFRICANOS 21 6. EL AP"STOL DE LOS INDIOS 27 7. FUNDACI"N DE LA HABANA. SU ESTABLECIMIENTO DEFINITIVO EN EL ANTIGUO PUERTO DE CARENAS 32 8. LA CEIBA DE LOS SUPUESTO S PRIMER CABILDO Y PRIMERA MISA CELEBRADOS EN ESTA VILLA 37 9. LA VILLA PRIMITIVA. I. SU TOPOGRAFA Y SU POBLACI"N 38 10. LA VILLA PRIMITIVA. II. SUS VECINOS 43 11. LA VILLA PRIMITIVA. III. SUS COSTUMBRES 49 12. ASALTOS Y SAQUEOS A LA HABANA POR PIRATAS Y CORSARIOS 54 13. FORTIFICACIONES 58 14. MURALLAS 74 15. LA HABANA, YA CAPITAL DE LA ISLA, RECIBE EL TITULO DE CIUDAD 78 16. EL ESCUDO DE ARMAS DE LA CIUDAD 79 17. EL GOBIERNO GENERAL Y EL GOBIERNO LOCAL 82 18. PRIMERAS AUTORIDADES DE LA ISLA DE CUBA Y DE LA VILLA DE LA HABANA 91 19. AUTORIDADES MUNICIPALES DE LA HABANA DESDE 1790 HASTA NUESTROS DAS 93 20. POBLACI"N 98 21. SUCESIVAS DIVISIONES DE LA CIUDAD. LOS BARRIOS ACTUALES. LA GRAN HABANA 100

PAGE 154

22. TRANSPORTE 103 23. EL PRIMER MEDICO. EL PR IMER "BARBERO Y CIRUJANO" 106 24. EL PRIMER IMPRESO, LA PRIMERA IMPRENTA Y EL PRIMER IMPRESOR 107 25. LA TOMA DE LA HABA NA POR LOS INGLESES 110 26. LAS PRIMERAS PUBLICACIONES OFICIALES. EL PRIMER PERI"DICO LI TERARIO HABANERO 123 27. EL PRIMER FLORECIMIENTO DE LA CULTURA Y EL MEJOR GOBERNANTE DE CUBA COLONIAL 132 28 EL PRIMER FERROCARRIL Y EL PRIMER VAPOR 135 29. LA REAL SOCIEDAD PATRI"TICA O SOCIEDAD ECON"MICA DE AMIGOS DEL PAS 138 30. REAL CONSULADO DE AGRICULTURA Y COMERCIO Y JUNTA DE FOMENTO 141 31. TRES VISIONES DE LA HABANA ANTIGUA 146 INDICE 153