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Revista de la Biblioteca Nacional

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Material Information

Title:
Revista de la Biblioteca Nacional
Added title page title:
Revista de la Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Physical Description:
50 v. : ill. ; 26 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Biblioteca Nacional José Martí
Publisher:
La Biblioteca
Place of Publication:
Habana, Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Bibliography -- Periodicals.
Cuban literature -- Bibliography -- Periodicals.
Cuba -- Bio-bibliography -- Periodicals.
Genre:
serial   ( sobekcm )

Notes

Citation/Reference:
Also, Biblioteca Nacional "José Martí". Revista de la Biblioteca Nacional "José Martí" (OCoLC)2454556
Bibliography:
Indexes: T. 1-4, 1949-53 with t.4.
General Note:
Title from cover.

Record Information

Source Institution:
Biblioteca Nacional José Martí
Holding Location:
Biblioteca Nacional José Martí
Rights Management:
All rights reserved by the holding and source institution.
Resource Identifier:
oclc - 2459262
System ID:
AA00019219:00040


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Full Text

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1 DE LA BIBLIOTECA NACIONAL JOS MART

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2 Director anterior : Julio Le Riverend Brusone (1978-1993)Director: Eliades Acosta MatosConsejo de redaccin:Rafael Acosta de Arriba, Salvador Bueno Menndez, Ana Cairo Ballester, Toms Fernndez Robaina, Josefina Garca Carranza, Zoila Lapique Becali, Enrique Lpez Mesa, Francisco Prez Guzmn, Siomara Snchez, Emilio Setin, Carmen Surez Len, Eduardo Torres CuevasJefa de redaccin: Araceli Garca CarranzaEdicin : Marta Beatriz Armenteros Toledo Idea original de diseo de cubierta: Luis J. GarznVersin de diseo de cubierta: Coralia Cruz y Armando CarvajalComposicin electrnica: Marta Beatriz Armenteros T. Introduccin de textos: Reynier Caseus y Armando Carvajal Vietas tomadas de la revista La Poltica Cmica de 1912Canje: Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Plaza de la Revolucin Ciudad de La Habana Fax: 881 2428 / 33 5938 Email: revbnjm@bnjm.cu En Internet puede localizarnos: www.bnjm.cuPrimera poca 1909-1912Segunda poca 1949-1958Tercera poca 1959-1993Cuarta poca 1999La Revista no se considera obligada a devolver originales no solicitados. Cada autor se responsabiliza con sus opiniones. Ao 95 / Cuarta poca Enero-Junio, 2004 Nmero 1-2 Ciudad de La Habana ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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3 ndice General UMBRALLuchando por la palabra mgica5ELIADES ACOSTA MATOSANIVERSARIOS 13 de marzo13 de marzo de 19577JUAN NUIRYEnrique LoynazEnrique Loynaz: entraa y extraeza de una poesa sonmbula11NGEL AUGIERMEDITACIONESIndgenas y criollos en los primeros versos escritos sobre Cuba (fray Alonso Gregorio de Escobedo y su poema “La Florida”)42JOS ANTONIO GARCA MOLINADe la discrepancia en la investigacin martiana (A propsito de un libro de Daniel Romn)54PAUL ESTRADEHarold Gramatges. La armona de la vida68LEONEL FRANCISCO MAZA GONZLEZ Y LOURDES CASTELL"N SNCHEZTraduccin y cultura nacional o Volney por Luz y Caballero80CARMEN SUREZ LE"N“Machado de Assis frente a El Espejo”87ADIS BARRIOLiteratura y sociedad en Cuba95ARMANDO CRIST"BAL PREZSalvador Bueno y la literatura cubana103VIRGILIO L"PEZ LEMUSTarde en la siesta, un clsico de la coreografa cubana108FRANCISCO REY ALFONSODe los negros brujos a los santos inquisidores123MARA DEL ROSARIO DAZ

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4 CR"NICASChe y su mundo interior: faceta poco explorada de su personalidad145JESS DUEAS BECERRAEvocacin de Carlos Gonzlez Palacios150NYDIA SARABIAA un ilustre maestro: Llorach154MARTA B. ARMENTEROSRecuerdos de “Ms luz”156ROBERTO CASANUEVAUn jacket sin historia159 NEWTON BRIONES MONTOTOLIBROSLa Habana, puerto y ciudad. Historia y leyenda. Una bibliografa en el tiempo (siglos XVI-XX), de Siomara Snchez163LEONOR AMARO CANOLa maleta perdida 166JUANA CARRASCOGlosas martianas 168ERNESTO VERAGrandes momentos del ballet romntico en Cuba, de Francisco Rey Alfonso170ISMAEL S. ALBELOUn nuevo incentivo para el estudio de la bibliografa personal: la Biobibliografa de Lisandro Otero 176TOMS FERNNDEZ ROBAINA ¡Libros! ¡Libros! He aqu una palabra mgica…181NYDIA SARABIA

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5 Luchando por la palabra mgica Eliades Acosta MatosDirector de la Biblioteca Nacional Jos MartEste nmero de la Revista de la Biblioteca Nacional correspondiente al primer semestre del 2004 cierra con un artculo de la maestra Nydia Sarabia que no pudo hallar mejor ttulo: “¡Libros! ¡Libros! He aqu una palabra mgica”. Sin lugar a dudas lo es, pero, por cunto tiempo an lo ser? Asustan los datos que brinda el Grupo de Estudios de la Industria del Libro de los Estados Unidos, citados en un reciente artculo de Lisandro Otero:en ese pas, en el 2003, se vendieron veintitrs millones de libros menos que en el 2002, pero las ganancias del sector, contrariamente a lo que pudiera pensarse, alcanzaron la enorme cifra de veintiocho billones, superando ampliamente las ganancias del ao anterior. Cuando se venden menos libros y hay que pagar ms por los que se adquieren aumentan los peligros que amenazan a la palabra mgica. El exorcismo UMBRAL brutal del comercio pone en peligro el futuro del libro, y lo despoja de la mstica que le labrasen monjes iluminadores de estampas, libreros judos que escondan tomos prohibidos en las paredes para salvarlos del fuego inquisitorial, y audaces comerciantes que se enriquecieron con el arte de introducirlos en el Nuevo Mundo, a riesgo de perder la vida a manos de celosos aduaneros coloniales. En los monasterios medievales los libros se encadenaban a las mesas de lectura para evitar su sustraccin. En el siglo XXI, a juzgar por estos datos, son los lectores los que estn encadenados a las cuentas por pagar para mantenerlos alejados del libro. Qu poca es ms brbara? Mantener a los hombres en la ignorancia es un crimen de lesa humanidad. Lo mismo se comete cuando nada se hace para ensearlos a leer y escribir, que cuando se les dificulta el acceso a los libros. An en nuestros das, millones de seres humanos en el planeta mueren sin haber podido leer una pgina de Tolstoy ni saber que Homero nos ha legado la historia del sitio de Troya, donde hombres y dioses pelearon con igual bravura. Se les destina a vivir y morir sin luz, renegando de esa existencia opaca. Vivir sin libros, es vivir? En el aniversario 95 de la Revista de la Biblioteca Nacional, que con jbilo

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6celebramos en enero de este ao, los actuales editores renovamos la vocacin humanista que alent a los fundadores, haciendo votos por la perdurabilidad del libro entre los hombres, y proclamado el compromiso que nos anima de defender el derecho de todos, sin exclusin, a la lectura. El presente nmero reserva agradables sorpresas para sus lectores, entre ellas, la evocacin del 13 de marzo de 1957 por uno de sus protagonistas, el hallazgo de un poema “cubano” dedicado a La Florida, presuntamente anterior a Espejo de Paciencia, la recordacin de Enrique Loynaz por ngel Augier, en ocasin de su centenario, y los argumentos de Paul Estrade que refutan los “errores” cometidos por Mart, en opinin de Daniel Romn. Mucho nos agrada tambin brindar espacio en nuestras pginas, en este nmero de aniversario, a artculos dedicados a Harold Gramatges, Salvador Bueno, Luz y Caballero, Machado de Assis y el Che Guevara. La pluralidad de temas y autores, signo distintivo de la Revista de la Biblioteca Nacional, es la garanta de que sus propsitos iniciales continan inalterables, y que ha de seguir siendo, como hasta ahora, una enciclopedia viva de la cultura nacional. Trabajamos para que las cifras escalofriantes que atestiguan la reduccin en la cantidad de libros que se imprimen, y el crecimiento abusivo de las ganancias de los mercaderes no sean aceptados como males inevitables. Luchamos para que el libro, la palabra mgica, siga convocando, rotunda y poderosa, a nuevas generaciones de hombres y mujeres de todos los pueblos.

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7Asalto al Palacio Presidencial (1957-2003) 13 de marzo de 1957* Juan NuiryProfesor Titular de la Universidad de La Habana y vicepresidente de la Casa de Altos Estudios “Don Fernando Ortiz” E n el lugar que lo vio nacer, se encuentra la tumba de Jos Antonio Echeverra y Bianchi… Hroe de la patria… Smbolo y ejemplo de la juventud y los estudiantes. Estandarte permanente de rebelda y decoro. Aqu, en esta tierra que lo vio crecer… ms que enterrar sembraron una semilla. Razn, por lo que el pueblo de Crdenas, sus mujeres, sus hombres, sus estudiantes, sus obreros y campesinos que lo vieron nacer y crecer, se funden serenos y unidos al Partido, la Unin de Jvenes Comunistas (UJC), a la Federacin Estudiantil Universitaria (FEU), a los compaeros de lucha de Jos Antonio, cada 13 de marzo, para el sonoro toque de corneta, el pase de lista del martirologio estudiantil y el flamear de la bandera de la estrella solitaria, que se enarbolara por primera vez en esta ciudad, para rendirle justo homenaje al que fuera el ms alto exponente del estudiantado cubano en la lucha contra la dictadura de Batista y manifestarle ¡que su recuerdo es y ser permanente, as como que los ideales por los cuales luch y muri estn en manos vigorosas, firmes y seguras! Ha querido el destino que, como en aquella inolvidable manifestacin estudiantil del 2 de diciembre de 1955, en que cayeron abrazados e inconscientes en el pavimento de la calle San Lzaro e Infanta, salvajemente golpeados, los hermanos Jos Antonio y Alfredo…, tambin reposen en el mismo lugar. Juntos en la lucha y en los ideales. Juntos en la muerte y en el recuerdo. Como tambin unidos estn en la memoria todos los que ofrendaron su vida en aquella audaz accin del 13 de marzo de 1957.* Intervencin en el Cementerio de Crdenas, en ocasin del 47 aniversario de las acciones del 13 de Marzo de 1957. ANIVERSARIOS

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8Cuntas evocaciones. Todo un proceso. Cunto camino recorrido antes de aquella accin. Inolvidable etapa, en que compaeros de rostros firmes y contagiosa alegra nos cobijamos bajo la sombra del Alma Mater en la Colina Universitaria a combatir el golpe de Estado de 1952. Jvenes inexpertos ante el imperativo de los retos. La propia lucha constituy escuela. Las lecciones fueron aprendidas sobre la marcha. Tuvieron su inicio en protestas y manifestaciones, que llenaron crceles. Ellos sintieron en carne propia la ms cruenta represin y transitaron por la clandestinidad y por el exilio… y a lo largo del camino esa lucha dej cicatrices y mrtires los cuales enfrentaron en recta y viril conducta a un enemigo cruel y poderoso. Este ao 2004, arribamos a conmemoraciones cargadas de importantes acontecimientos en la vida y el recuerdo de Jos Antonio: Prximamente, el 8 de mayo, aniversario de la cada del combatiente antimperialista Antonio Guiteras, en El Morillo, se conmemora el cincuenta aniversario del Tercer Congreso de Estudiantes Secundarios, que tuvo lugar en el saln de los mrtires de la FEU en 1954, bajo la inspiracin de Jos Antonio y con la presencia de Jos Tey, en aquel entonces presidente de la FEU de Oriente. Congreso en que result electo vicepresidente, el dirigente estudiantil y posterior capitn del Pelotn de Vanguardia en el desembarco del Granma el querido hijo de Crdenas, Jos Smith Comas. Congreso que marc el primer paso de organizacin y unidad en el movimiento estudiantil nacional entre las universidades de La Habana, Las Villas y Oriente, as como en todos los centros secundarios, escuelas normales, artes y oficios, comercio, a travs de todo el pas. Tambin arribaremos al cincuenta aniversario en que asumiera por primera vez Jos Antonio, la presidencia de la FEU, el 30 de septiembre de 1954, dado a conocer por Fructuoso Rodrguez, al hacer uso de la palabra en el lugar que cayera herido el primer mrtir estudiantil de la generacin del treinta, Rafael Trejo. Sin lugar a dudas, el arribo de Jos Antonio a la ms alta direccin del organismo estudiantil signific una radicalizacin en la lucha. Tambin arribaremos a cuarenta y cinco aos de que el Comandante en Jefe estuviera presente dos veces en este lugar. La primera vez, cuando la histrica Caravana de la Libertad que saliera de Santiago de Cuba. Fidel llegara hasta aqu el 7 de enero antes de entrar en la capital. Gesto que de tan solo recordarlo ¡sobran las palabras! Tambin acompaamos a Fidel en la primera conmemoracin del 13 de marzo en 1959 hasta este cementerio en tributo de recordacin en inolvidable acto y peregrinacin. Estos histricos acontecimientos nos hacen recordar –pues somos testigos– el cario, confianza y admiracin que siempre se profesaron Fidel y Jos Antonio, que tuvo como colofn la histrica Carta de Mxico firmada por ambos en agosto de 1956 en la patria de Jurez. Unidad dentro de los principios. Unidad generacional contra la vieja politiquera y el pasado. Unidad que se

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9reafirm en hechos. Unidad que se rubric con sangre. Reviste especial significacin cmo a travs del tiempo la Carta de Mxico no slo mantiene su vigencia, sino que rompe el marco inmediato que lo hizo necesario e irrumpe con inusitada fuerza en nuestro tiempo constituyendo un compromiso permanente del estudiantado de hoy con la Revolucin y Fidel y observando cmo se fortalece en cada aniversario su reafirmacin unitaria. Si bien esto ocurre desde 1959, fresca en nuestra memoria, estn tanto el aniversario cuadragsimo de las acciones del 13 de marzo, en la escalinata del Consejo de Estado; imprescindible para el anlisis y comprensin de aquella historia accin, fueron las palabras de nuestro Comandante en Jefe; como el cuadragsimo quinto aniversario en el teatro Carlos Marx, de honda motivacin, cuando el propio Comandante en Jefe condecor a los catorce sobrevivientes con la medalla Jos Antonio Echeverra. ¡Cunto simbolismo en un ambiente de honda firmeza unitaria! Si en una etapa Jos Antonio dirigi, luego, con su recuerdo el estudiantado luch en ciudades y montaas. Bajo la inspiracin de Jos Antonio se reafirm la Carta de Mxico en la Sierra Maestra, en el Campamento de La Plata el 30 de octubre de 1958, firmado por Fidel Castro, por el Movimiento 26 de Julio y por Juan Nuiry por la Federacin Estudiantil Universitaria. Siguiendo el pensamiento de Jos Antonio se luch y pele en la Sierra del Escambray por el Directorio Revolucionario y se firm el Pacto de El Pedrero el 1 de diciembre de 1958, por el comandante Ernesto Che Guevara, el Movimiento 26 de Julio y el Comandante Faure Chomn por el Directorio Revolucionario. Esfuerzo mancomunado que hizo posible que cuando Fidel llegara a Santiago de Cuba el 1 de Enero de 1959, hace exactamente cuarenta y cinco aos, encontrara a todo lo largo y ancho del pas, en su puesto de combate, la presencia del estudiantado cubano en cada provincia, municipio, o rincn de la isla con un fusil en la mano y se escuchara una sola voz: “Comandante en Jefe ordene”. Hoy, conmemoramos el cuarenta y siete aniversario de aquellas acciones, del ataque a “la madriguera del tirano” y el asalto a la emisora Radio Reloj. La capital sentira por primera vez el tableteo de ametralladoras en pleno corazn de la ciudad y escuchara por Radio Reloj la voz de Jos Antonio, desafortunadamente interrumpida, sacudiendo hasta las propias races un sistema espurio sostenido por las fuerzas de las bayonetas, accin realizada dentro de un proceso articulado, producto de una correcta estrategia de profunda raz popular. En la accin se perdi la cabeza ms importante de aquella precisa operacin, cayendo la negra cabellera de Jos Antonio al lado de la escalinata de la colina universitaria que tanto am y por la que tanto luch, aquel joven estudiante de Arquitectura que an no haba cumplido veinticinco aos de edad, que vivi su breve y fecunda existencia, y ¡montado en un relmpago… con un pie en su da y otro en el futuro!

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10En esto radica su vigencia y presencia… Cul de sus compaeros de lucha no le ha parecido haberlo visto en Girn... o estar inmerso en la Batalla de Ideas... y sin lugar a dudas, estara junto a su pueblo reclamando la libertad de nuestros compaeros injustamente prisioneros del imperio. Su presencia se consolida. Se agiganta en el tiempo. Al igual que Mella, rompe el marco docente de donde procede y se reafirma en el recuerdo de su pueblo… sin perder su cargo que, por acuerdo unnime de la Direccin Nacional, ostenta de ser presidente eterno de la FEU. En este mismo orden a nivel internacional, es oportuno conocer que la personalidad de Jos Antonio como dirigente traspas las fronteras nacionales, pues las protestas e indignacin por su cada se extendieron a todos los pases del hemisferio desde el Ro Bravo hasta la Tierra del Fuego. Los estudiantes de hoy, bajo la direccin de la FEU y la Federacin Estudiantil de la Enseanza Media (FEEM), herederas legtimas de las ms puras tradiciones histricas, bajo el principio de Montecristi y la intransigencia de Baragu enfrentan grandes retos y nuevos desafos, tanto en la defensa de la Patria como en su superacin en todos los sectores del saber y la ciencia… Tienen ms firme que nunca su espritu internacionalista y de solidaridad, inherente a su formacin que les permite fortalecer el presente y mirar hacia el futuro… a sabiendas de que un mundo mejor es posible. Finalmente… suponiendo que algn estudiante de los aqu reunidos y que colman combativamente esta tribuna me preguntara cmo recordamos a Jos Antonio? Le expresaramos sin ordenar su precedencia: Lo recordamos… alegre y sereno, fiero en la lucha, apacible en el trato, radical en los principios, carismtico, orientador en la tribuna, severo en la crtica, martiano y antimperialista, sensible y justo, latinoamericanista e internacionalista, desinteresado y modesto, amigo y compaero, unitario. Su testamento es todo un legado. ¡Ms que caer, como semilla se sembr en la historia! Han transcurrido cuarenta y siete aos desde que nos separamos de Jos Antonio fsicamente el 13 de marzo de 1957… As lo recordamos y lo recordaremos siempre.

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11Enrique Loynaz ( 1904-2004) Enrique Loynaz: entraa y extraeza de una poesa sonmbula ngel AugierPoeta e investigador literarioUn poeta desconocido, pero no olvidadoAun cuando hemos llegado a la fecha en que se conmemora el centenario del nacimiento de Enrique Loynaz y Muoz (abril 5, 1904-mayo 29, 1966), todava su obra potica es un misterio que inexplicablemente se ha prolongado ms all del siglo en que transcurri su existencia. Caso singular de la literatura cubana este de cuatro hermanos poetas –Dulce Mara, Enrique, Carlos y Flor–, en el que slo la primera lleg a describir a plenitud su maravillosa parbola lrica; los dems slo mostraron sugestivos destellos juveniles, que ocultaron despus o destruyeron. Afortunada mente, Enrique confi a su amigo Jos Mara Chacn y Calvo los originales de sus poemas, y este los conserv en el silencio y la intimidad en que haban surgido, como en espera de que alguien los rescatara para darlos a conocer en su integridad y trascendencia. Los amantes de la poesa que conocimos los versos de Enrique Loynaz en sus fulgurantes destellos de los aos veinte, y que los reconocimos como una luz distinta, nica, personal, la que all resplandeca, siempre ansiamos descubrir y recorrer en su totalidad aquel apasionante orbe potico apenas entrevisto. Nunca imagin que la casualidad me deparara la misin de encontrar en su sitio de prolongado reposo aquella obra no olvidada, y de propiciar la edicin que su autor no se decidi a consumar. Al morir, a fines de 1969 –para duelo de la cultura cubana– el maestro Chacn y Calvo, la custodia de su archivo personal, como patrimonio de la nacin, fue encomendada al Instituto de Literatura y Lingstica de la Academia de Ciencias de Cuba. El doctor Jos Antonio Portuondo (1911-1996), inolvidable director fundador del Instituto (que hoy lleva su nombre), me encomend –en mi carcter de subdirector– la responsable tarea de recoger y trasladar a los fondos de la que fue histrica biblioteca de la Sociedad Econm ica de Amigos del

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12Pas, la valiosa papelera del eminente cubano. Con cunta emocin me acerqu al escritorio del maestro y a sus archivos, marcados por tantas dcadas de paciente trabajo lleno de sabidura y de sensibilidad humana y patritica. Emocin y sorpresa al encontrar los cuadernillos con los poemas de Enrique Loynaz y con las numerosas cartas del joven poeta a su fraterno Chacn y Calvo –pues ignoraba yo entonces que el admirado crtico fuera depositario de aquella poesa, y que ambos hubieran sostenido en los aos veinte unas relaciones epistolares que influyeron en el proceso de creacin de esa obra potica. Convinimos entonces Portuondo y yo en que era la oportunidad de editar la poesa total de Enrique Loynaz, que haba esperado en la sombra casi cuarenta aos –estbamos en 1970–. Al comunicar l a Dulce Mara Loynaz nuestro propsito, ella acogi la idea con entusiasmo y acept escribir una introduccin evocadora, mientras yo –que atendera la edicin– hara un estudio crtico. “A manera de introduccin” titul ella sus hermosas pginas donde evoca la extraa y sugestiva personalidad de su hermano. En varias ocasiones nos reunimos entonces Dulce Mara y yo en el Instituto de Literatura y Lingstica para examinar y organizar el proyecto. Pero algo inesperado lo interrumpi: repentinamente, ella debi consagrarse al cuidado de su esposo Pablo lvarez de Caas, quien –por gestiones que ella solicit del doctor Portuondo– regres a Cuba, enfermo, luego de algunos aos de residencia en los Estados Unidos. Falleci en 1974. Ya desde 1972, coincidieron dos hechos para alejarnos de la direccin del Instituto: la designacin de Jos Antonio Portuondo como embajador de Cuba en la Santa Sede, y la ma para la vicepresidencia de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). El proyecto se aplaz para mejor oportunidad. Parece llegada la hora de situar esa poesa en su marco histrico, examinar su proceso de creacin y destacar sus valores y significacin en el conjunto de la lrica cubana. La sugerente introduccin de Dulce Mara es imprescindible teln de fondo, en el escenario de esta apasionante poca.La renovadora dcada crticaSi en la segunda dcada del siglo XX tuvieron capital importancia para la poesa en Cuba los aportes renovadores de Regino E. Boti, Jos Manuel Poveda y Agustn Acosta, en la que le dio continuidad cronolgica, la “dcada crtica” de los aos veinte, se aceler ese proceso creativo, elevndose hasta niveles notablemente superiores, con la presencia de una nueva generacin de poetas que habra de inaugurar una etapa de esplendor de nuestra poesa. Es significativo que esa generacin literaria que marca la transicin del modernismo al postmodernismo e inmediatamente despus al vanguardismo, enriqueciera e impulsara los valores de la cultura nacional en medio, frente a y hasta hostilizada por las consecuencias de las crisis que caracterizan esta dcada. La certera denominacin de

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13“crtica” dada por Juan Marinello a ese perodo de tan intensa elaboracin histrica, est justificada porque entonces hizo aguda crisis todo el andamiaje de la falsa repblica, dentro de la crisis general causada por la primera gran guerra. La quiebra econmica de postguerra en Cuba acrecent el traspaso de la propiedad de tierras y recursos del pas a empresas norteamericanas, mientras se mostr ms descarnada, vergonzosa y humillante la condicin de neocolonia impuesta a Cuba, con la ms abierta intromisin de los Estados Unidos en la poltica nacional, a la sombra de la Enmienda Platt y del servilismo, la corrupcin y el descrdito de los mandatarios criollos. La crisis econmica, poltica y social envolvi en poderosa ola de pesimismo e inconformidad a los diversos sectores de la ciudadana cubana, ansiosos de soluciones fundamentales. El sentimiento de frustracin se transform en impulso de rebelda contra el dominio forneo y sus dciles y aprovechados servidores. En un ensayo mo de 1936 (titulado “Rubn Martnez Villena y los poetas de su generacin”), describo el brusco choque de los nuevos poetas, (ms bien de escritores y artistas en general), nacidos entre los ltimos aos del XIX y los primeros del XX con aquella lastimosa situacin de la repblica. Y apuntaba yo que, en sus inicios, esa promocin literaria, “poseedora de una fina sensibilidad y de alertada inteligencia, inconscientemente reflej en sus producciones artsticas el estado de espritu colectivo [...] de impotencia y amargura”. E ilustr mi tesis con ejemplos tomados de la obra de sus integrantes, reunidos en la ltima seccin, titulada “Los nuevos”, de la valiosa antologa La poesa moderna en Cuba de Flix Lizaso y Jos Antonio Fernndez de Castro (Madrid, 1926), donde se dio a conocer aquella juvenil eclosin potica. Es sabido que esta antologa fue una obra en cuyos juicios preliminares de cada etapa y cada autor, intervinieron los propios poetas denominados “Los nuevos”. En la nota a esta ltima seccin del libro, se advierte que: […] quienes la integran tienen caractersticas definidas y distintas a las de sus predecesores: una inquietud ms acendrada, que no es ya producto del intelecto, sino connatural, una libertad sin alardes verbales, pero todo lo amplia y necesaria para dar expresin a sentimientos complejos, la ausencia de resabios de la vieja potica y, en fin, el retorno a las fuentes de la poesa eterna. Adems, se le reconoce a esta promocin cercanas al unanimismo contemporneo que alienta “el anhelo de verlo, sentirlo y adivinarlo todo”, y para quienes, “con marcadas excepciones, la torre de marfil carecer de sentido”. Y algo muy importante: El culto de Mart, que ya en esta hora no es un vano alarde de falsos discpulos, sino un completo y amoroso conocimiento de su obra, parece dotar a los poetas de este grupo de una cualidad general y dominante: la sinceridad. En todos hallaremos la busca ms ansiosa de su propia manera de expresin.

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14Como se recordar, la nmina de esos autores la formaban: Jos Z. Tallet (1893-1989), Ramn Rubiera (18941973), Mara Villar Buceta (18991977), Enrique Serpa (1900-1968), Rubn Martnez Villena (1899-1934), Rafael Estnger (1899-1983), Juan Marinello (1898-1977), Andrs Nez Olano (1900-1968), Dulce Mara Loynaz (1902-1998), Regino Pedroso (1896-1983) y el benjamn, Enrique Loynaz y Muoz (1904-1966). Debemos evocarlos con devocin y reconocimiento. Ellos y otros coetneos no incluidos en la coleccin –como Nicols Guilln (1902-1989) y Manuel Navarro Luna (1894-1966)–, abrieron un camino nuevo y claro a la poesa cubana, aunque fueran envueltos –o salpicados o anulados– por el furioso oleaje renovador de la vida nacional que se inici en el curso de aquella dcada turbulenta, sobre todo con la dura y prolongada lucha revolucionaria contra una sanguinaria tirana. Una lucha cuyos objetivos eran ms profundos y extendidos que los de un simple cambio de gobierno: inclua los de consumar el sueo de independencia nacional que malogr la ocupacin militar norteamericana de 1898 y la imposicin del protectorado; y aspiraba a establecer una democracia social, conforme a la tradicin revolucionaria cubana. La Revolucin del 30 fracas en ese empeo, al que consagraron sus afanes redentores algunos de “Los nuevos”, con sacrificio de su destino literario. Fue Rubn Martnez Villena el poeta de mayor renuncia a la accin de la poesa –con obra an indita entonces (su libro, La pupila insomne se editara en 1936)– y de absoluta entrega a la poesa de la accin, en el ejemplo de Jos Mart, y, de todos aquellos poetas, el de vida ms breve pero ms intensa y perdurable, en el recuerdo de su servicio patritico y social. Marinello tambin qued en un solo libro de versos, Liberacin (1927), entregado a la misma generosa causa que Rubn, bajo la gida de Mart, pero nos leg una slida y brillante obra literaria no exenta de su genuina naturaleza potica. La prosaica necesidad de pan ganar en aquella poca confusa y heroica, igualmente dej en solo un libro a quien, asimismo, luch por un mundo mejor, Mara Villar Buceta ( Unanimismo 1927); a Enrique Serpa ( La miel de las horas 1925), a Ramn Rubiera ( Los astros ilusorios 1925), a Rafael Estnger ( Los nfasis antiguos 1924), casi todos atrados por las galeras del periodismo, incluso Nez Olano, que no public libro alguno. Tallet y Pedroso, en medio de las heridas de la lucha, persistieron con obra mayor, expresin, respectivamente, de la angustia y el ansia de la pequea burguesa y del proletariado; y en su altura de pura poesa, Dulce Mara Loynaz. Ya en otros niveles y momentos de la evolucin del proceso histrico y de la propia obra, Guilln y Navarro Luna dejaran impresa una imbor rable, definitiva huella, as como Mariano Brull (1891-1956) y Eugenio Florit (19031999), todos de filiacin cronolgica con “Los nuevos”, e incorporados plenamente al impetuoso proceso renovador de las tendencias estticas de vanguardia, que otros integrantes del grupo no resistieron.

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15En fin, tampoco hubo libro de Enrique Loynaz. Pero el silencio de este qued en inquietante enigma, porque se neg a continuar publicando sus versos, sin dejar de escribirlos en aquellos aos dramticos, de cuyos avatares siempre pareci estar al margen. Como la luna, su obra mantuvo visible slo una parte apreciable de su territorio. Era necesario conocer tambin la parte oculta.La parte visible de la lunaEn diversas oportunidades –incluyendo la introduccin a esta obra–, Dulce Mara Loynaz ha ofrecido testimonio del acomodado y peculiar ambiente hogareo y social que ella y sus hermanos tuvieron el privilegio de disfrutar y a veces resistir. En esta familia curiosa simblicamente se unieron dos factores opuestos que slo llegaron a ser compatibles al cesar en Cuba el poder colonial espaol en 1898. El padre, Enrique Loynaz del Castillo, gallardo hroe de la guerra de independencia de Cuba, en la que alcanz el grado de general, fue naturalmente una de las personalidades de la repblica instituida en 1902; y la madre, Mara de las Mercedes Muoz Saudo, dama ilustrada perteneciente a opulenta familia de la burguesa comercial espaola de La Habana. Al quebrarse esta unin en 1920, la sensible ausencia paterna no afect la privilegiada estabilidad econmica de la familia. Enrique Loynaz fue precedido en un ao cinco meses por su hermana Dulce Mara, la primognita, nacida el 10 de diciembre de 1902. Ya ella nos ha ofrecido inestimable testimonio de las plenas relaciones fraternales. Es de indudable valor la emocionada evocacin, por todo lo que revela del carcter y de la formacin de su hermano. Pero tenemos la suerte de haber encontrado entre la correspondencia amistosa del poeta con Chacn y Calvo, la que este denomina “Carta autobiogrfica de Enrique Loynaz (capital) 1924”, que su destinatario apun ta como recibida el 11 de julio de ese ao, la cual, obviamente, nos ofrece la ms fidedigna, profunda y amplia informacin de su vida, con las reservas que en su momento se dirn. Como este documento se reproduce en apndice de este libro, slo tomar fragmentos suyos ocasionales con circunstancias que pudieron influir en peculiaridades de su carcter. Al recordar el entonces joven poeta su infancia, expresa: Era yo el nio enfermo, deba estar muy pequeo, pero en realidad no s que edad podra tener. A veces he pensado que los nios enfermos no tienen edad. Yo. Yo creo que de mi niez, hasta la edad de diez aos, puede haber pasado poco ms de dos aos sin estar en cama. As mis primeros recuerdos, Jos Mara, muchas veces me pareci haber dejado a alguien solo toda mi ternura de nio, y de nio enfermo... Y el humo de aquellas pastillas que me ponan a arder junto a mi cama para que pudiera respirar bien creo que decan ellos, y las delgadas espirales de humo, dnde estarn ya, Dios mo?; ¡tan azul!; y el cuarto con una sola ventana y con todas las puertas cerradas; y mi madre que vena a la noche con su vestido resplandeciente, que vena de la

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16casa del ministro, y mi padre que tambin era ministro o no s qu otra cosa y deca de cmo estaba mi fiebre, y mi abuela que se alarmaba un poco al principio y luego queriendo hacer que viniese enseguida Rosillo (l mdico) [...] me dolan mucho los ojos siempre y se me quedaban a la maana tan dolorosamente! [...]. Y el reuma (la enfermedad de los viejos), cuando mis hermanos se iban al circo y me quedaba yo! Amargura y resentimiento del nio enfermo que no fue prdigo en su ternura, que crey haber renacido a los diez aos y en el que fracasaban todos los intentos pedaggicos. (Al referirse a esta inslita dificultad, Dulce Mara no menciona los intentos fracasados tambin en Washington y Londres que cuenta la carta autobiogrfica..., que pudieran ser meras fantasas). Y agregaba: Cuando ya nadie se preocupaba de mis estudios, en menos de ocho meses examinaba yo a los catorce aos, en el Instituto de La Habana, el ingreso, Literatura, Geografa, Historia, Ingls, Cvica y Lgica, estudiando esta ltima en menos de nueve das. Muchas lecturas literarias y “conocimientos poticos de familia” hicieron brotar al poeta. durante unas vacaciones en Canad, a los quince aos, el primer poema, “Los rieles”, donde una visin de la realidad se hace subjetiva, en sugerente juego lrico. Como confiesa Loynaz en su autobiografa ntima, en ese instante de su adolescencia tuvo la revelacin de su expresin potica y simultneamente del concepto de la belleza, en trminos generales, y la pasin narcisista de su propio ser. Atengmonos ahora slo a la iniciacin lrica que necesitaba exteriorarse: Regres a La Habana y me encontr con que mi hermana Dulce Mara escriba versos y era la poetisa que tena entonces ms nombre en Cuba. Haba habido una rara coincidencia. Y le pregunt a (Osvaldo) Bazil un da que si era posible que l publicara tambin cosas mas (l haba dado a conocer a mi hermana); Bazil cogi mis versos, los ley un poco con los ojos, y tuvo un gesto protector al decirme que s. Lo nico que me gustaba era ver mi nombre escrito con letras de molde. Fue, pues, como un impulso de emulacin con su hermana mayor, dentro de su incipiente narcisismo. As, en el diario habanero La Nacin del da 21 de marzo de 1920, en breve nota bajo el ttulo de “Los portaliras del porvenir. Enrique Loynaz y Muoz”, fue presentado al pblico lector el nuevo poeta: Con verdadero placer damos acogida hoy en nuestras columnas a la primera composicin del novel poeta Enrique Loynaz y Muoz, joven estudioso que promete descollar en el cultivo de las letras. Son estos sus primeros versos, reveladores de toda la inspiracin que en su alma atesora. La emotividad que en ellos se refleja nos hace pensar en el bardo futuro, todo inspiracin y sentimiento, nosotros hoy alentamos al gallardo amigo, hijo de

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17nuestro caudillo, General Enrique Loynaz del Castillo. He aqu los versos a que hemos hecho mencin, a los que sin reserva alguna aplaudimos. El debut en la letra impresa de este nuevo poeta, pues, ocurri cuando estaba a punto de arribar a sus diecisis aos. El poema que as anunci su presencia se titula “Sobre el mar”, tpico ensayo adolescente de la poca, con gracia descriptiva de un nocturno paisaje marino, basado en pareados octoslabos que rematan con un tetraslabo de uniforme rima aguda, segn esta muestra del comienzo: La luna tranquila riela dejando una nvea estela sobre el mar. Y las estrellas del cielo parecen con santo anhelo reflejar... Y al final, completando dieciocho veces la cansina combinacin: Y cuando el ambiente toma el acariciante aroma del azahar, junto a la playa encendida una barca adormecida sin dudar, su leve blancura mece y una paloma parece sobre el mar. Naturalmente, el bisoo autor no tuvo inters, ms tarde, en conservar este fruto de la adolescencia, pero ya en l estn los elementos (la noche, el mar y –precisamente– la luna), que seran recurrentes en su creacin. Esta precoz muestra potica tuvo resonancia en los crculos literarios habaneros, particularmente porque –como ya se dijo– algunos meses antes –el 16 de noviembre de 1919–, el mismo diario haba presentado los primeros poemas de Dulce Mara, la hermana mayor –entonces de diecisiete aos de edad– del joven debutante, y cuyas primicias lricas continuaran apareciendo perodicamente en aquellas pginas, promovida –al igual que Enrique– no slo por Osvaldo Bazil, poeta y periodista dominicano, residente entonces en Cuba, sino tambin por el propio director del diario, como ha contado la poetisa. Caus justificada impresin la coincidencia de que ambos hijos del General Enrique Loynaz del Castillo mostraran una superior aptitud literaria, inusitada a tan temprana edad. Ya quedaban ambos jvenes poetas incorporados a la surgente plyade que habra de formar tericamente el futuro grupo de “Los nuevos”, aunque ellos –en su aristocrtico aislamiento no exento de travesuras escnicas familiares– tampoco frecuentaran la polmica tertulia que improvisara la mayora de sus componentes en el caf del teatro Mart. Por ello, al iniciarse Emilio Roig de Leuchsenring como director literario de la importante revista Social –en su nmero de febrero de 1923–, expuso en sus “Notas de la Direccin”: Aunque Social [...] no acepta colaboracin espontnea, no por ello deja de prestar todo su apoyo a los escritores jvenes de verdadero valor. Para stos nuestras pginas sern siempre tribuna desde la que pueden comunicarse con el pblico, dndose a conocer y exponiendo sus ideas y su sentido del arte, de

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18las letras y de la vida; que Social est siempre abierta a todas las modernas orientaciones del espritu. Muchos son los jvenes de mritos relevantes que, por causas diversas, slo producen hoy para el crculo reducido de sus amigos; jvenes que por su talento, por su cultura, pueden ponerse al lado y hasta superar a algunos “consagrados”; jvenes que estn en el deber de mezclarse en nuestro mundo literario y artstico, renovndolo y vivificndolo. De esos pinosnuevos merecen especial mencin: Dulce Mara y Enrique Loynaz, Rubn Martnez Villena, Enrique Serpa, Jos Z. Tallet, Andrs Nez Olano, Ramn Rubiera, escritores todos de clara y brillante inteligencia, de los que en sucesivos nmeros iremos publicando selecciones de sus trabajos. Pero sera otra importante revista habanera, de mayor tradicin literaria, El Fgaro la que diera a conocer entonces al poeta Enrique Loynaz, en su nmero de abril de 1923, aunque no con el despliegue que habitualmente se da a los consagrados. En la pgina 183, a una estrecha columna, y bajo un retrato fotogrfico, en cuerpo entero, del imberbe y espigado bardo, un extenso e intenso poema sin ttulo, que luego se incluy en La poesa moderna en Cuba con el de su primer verso: “Estaba solo en medio de la honda noche”. Entre la fotografa y el poema, una breve nota: De un poeta muy joven –slo tiene diez y ocho aos– publicamos una poesa muy pura, llena de penetrante sentido interior. El autor vive en medio de un gran silencio, ajeno a todo intento literario. Hay en sus versos una inquietud profunda y un misterioso presentimiento. Las palabras se hacen cada vez ms interiores, las palabras tienen cada vez ms el valor de los smbolos. De dnde viene a Enrique Loynaz esa luz lejana y vagarosa que da un matiz tan inconfundible a sus versos virginales? Por qu pensamos tanto en el Oriente ms puro, en el Oriente mstico, superhumano, al leer sta y otras composiciones de Loynaz? Algn da, al dar una seleccin de este poeta admirable y casi desconocido, estudiaremos estas notas personales, de tan alto valor esttico en la obra de nuestro joven amigo. Esta nota annima se ha atribuido justificadamente a Jos Mara Chacn y Calvo, de quien tambin es, probablemente, la fotografa, arte al que ya era aficionado. Al estudioso investigador, crtico, ensayista y animador de cultura se le consideraba ya una de las personalidades de las letras cubanas. Desde 1918 era Secretario de la Legacin de Cuba en Madrid, pero de abril de 1922 a mayo de 1923 permaneci en Cuba con licencia, y en esa ocasin estableci una profunda y prolongada amistad con Enrique Loynaz, a la que haremos oportunas alusiones. La prometida seccin “Escritores jvenes” de Social se inici en el nmero de marzo de 1923, con Enrique Serpa, continundose en abril con Jos Z. Tallet y en mayo con Enrique Loynaz. (Junio y julio correspondieron a Rubn

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19Martnez Villena y Juan Marinello, respectivamente). Las “Tres poesas de Enrique Loynaz” escogidas por la importante revista fueron las que mencionamos a continuacin, con su ttulo y primer verso respectivo, y el ao de su escritura consignado por el autor: 1.“Los rieles”, (1920): “Sobre los campos desiertos / ¡qu gran poesa tienen / en la calma / los rieles de los trenes!”. 2.“En medio del estanque”, (1921): “En medio del estanque un gran chorro se ergua”. 3.“Quiero ser algo inmaterial”, (1922): “¡Dios mo, quiero ser algo inmaterial!”. El comentario sobre “Escritores jvenes: Enrique Loynaz”, de las “Notas de la Direccin”, de Social supuestamente de Emilio Roig de Leuchsenring (pero que se nota escrito por Chacn), es el siguiente: Las tres bellsimas y sugestivas poesas de Enrique Loynaz que publicamos en otra pgina de este nmero, corresponden a tres momentos diversos de una obra lrica admirable, desconocida por completo del gran pblico. Del gran pblico, pero no de un pequeo crculo literario que ve en la poesa de Enrique Loynaz y Muoz, hermano de la exquisita Dulce Mara, un caso maravilloso de intuicin artstica. El poeta, que es muy joven (hoy cuenta 18 aos), ha elaborado su obra con lentitud y en medio de una profunda soledad. No ha habido en el autor una intencin literaria directa y no ha tenido as necesidad de publicar sus producciones. Humilde como todo artista que ve en el arte como un don divino, realiza una obra vastsima, muy moderna pero sin alarde de modernidad, plena de realidad interior, sin preocupaciones ni propsitos tcnicos, y ve pasar el tiempo y la obra se mantiene en silencio y envuelve al poeta una honda soledad. Quiz esa soledad sea el primer prestigio de este poeta lleno de inquietud y presentimiento, de misteriosa angustia y dolor. Ya durante todos aquellos aos, bajo la responsabilidad y los afanes del inquieto crtico Jos Antonio Fernndez de Castro y del apacible Flix Lizaso, y la colaboracin entusiasta de gran parte del denominado grupo de “Los nuevos”, se elabor la ya citada antologa La poesa moderna en Cuba. Es en ella donde queda consagrada la nueva promocin literaria, y con mayor nfasis Dulce Mara y Enrique Loynaz. Es elocuente este comentario de Pedro Henrquez Urea en un ejemplar de la antologa, autografiado por l, que he tenido oportunidad de revisar: “Interesantes los Loynaz. Son verdaderos poetas. ¡Qu extrao el muchacho!”. Es entonces cuando se da a conocer el mayor nmero de poemas de Enrique Loynaz, hasta permitir un conocimiento ms hondo y amplio de su poesa. Vale la pena transcribir la nota preliminar sobre el poeta y su obra, aparecida en la antologa: Apartndose de la manera habitual con que la generalidad de los poetas de este grupo siente e interpreta la varia emocin, Enrique Loynaz cultiva una nota de misterio hondo,

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20creacin de una fantasa exaltada. Jos Mara Chacn, al dar a conocer sus producciones en El Fgaro nos lo present rodeado de un gran silencio y de una perfecta soledad, realizando una obra llena de penetrante sentido interior, de una inquietud profunda y de un misterioso presentimiento. “Las palabras – dice– se hacen cada vez ms interiores, las palabras tienen cada vez ms el valor de los smbolos”. Influido sin duda por la obra ltima de Juan Ramn Jimnez, la forma externa ha dejado de tener significacin, para ser slo el vehculo imprescindible que nos transmite sus visiones de un modo invisible que parece rodearlo, y del que el poeta se complace en plasmar las impalpables posibilidades. Tan honda y visible como esta influencia es la de Edgar Allan Poe, que se trasluce no slo en la forma –nmero de palabras anlogas para producir una sensacin determinada– sino en las ideas que presiden la mayor parte de su produccin: sombras, ms all, misterio, el problema de la muerte. Los cortos aos de este poeta, su absoluto apartamiento de los centros literarios, su indiferencia por la publicidad y el mrito extraordinario de sus composiciones conocidas, nos autorizan a pensar que sin esfuerzo alguno ha de figurar entre los ms notables de nuestra poca. La amplia muestra de su poesa justificaba este criterio final, porque ofreca campo suficiente para penetrar en el misterio fascinante del original orbe potico recin descubierto. De las trece composiciones de Loynaz presentadas –el mayor nmero entre los poetas de la seccin “Los nuevos”–, slo tres eran conocidas: “Los rieles”, “Quiero ser algo inmaterial” y “Estaba solo en medio de la honda noche”. Las diez restantes se titulan: “So con una noche blanca”, “A lo lejos”, “El jardn bajo la lluvia”, “Pas la procesin de amigos”, “Aquel mar negro”, “Ella iba caminando”, “Con el pecho cargado de flores”, “La estrella”, “Era la noche melodiosa” y “Quin eres t que pasas por el ro?”. (El autor no acostumbraba a titular sus poemas, por lo que los editores consignaban como ttulo el primer verso respectivo). Dos aos despus de aparecer esta antologa consagrada a mostrar la ms moderna poesa de Cuba –y que permiti un conocimiento mayor de la obra de Enrique Loynaz–, fue presentado nuestro poeta en nueva fase de su poesa en otra coleccin, ms pretenciosa, pero tambin ms promiscua y abigarrada: La poesa lrica en Cuba t. V., la misma enumeracin de la gigantesca obra Evolucin de la cultura cubana (1608-1927) de Jos Manuel Carbonell y Rivero (La Habana. 1928). La nota preliminar sobre el poeta es asaz breve. Luego de los datos imprescindibles (lugar y fecha del nacimiento), la simple valoracin: Al margen de la publicidad, como su hermana Dulce, devana sus estrofas, mientras escucha voces en la sombra, y arranca de la cantera de la vida piedras negruzcas. Literariamente parece que la tristeza del vivir doblega su alma como

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21un arco luminoso e inspira su verso, saturado de una melancola deslumbradora y adorable. Ilustra la pgina la parte superior la fotografa ampliada del retrato del poeta aparecido en El Fgaro que atribuyo a Chacn y Calvo. Excusando lo cursi, la nota pretende reproducir una sombra visin, ya generalizada entonces, de la poesa conocida de Enrique Loynaz; sin embargo, sus seis composiciones que presenta la voluminosa antologa –desprovistas de ttulo, numeradas del I al VI– reflejan una nueva fase de su personal estilo, con evidentes diferencias de ambiente y de percepcin de la realidad. Cuatro de estos poemas figuran en el libro Poemas del amor y del vino que menciona Dulce Mara en su introduccin a la presente compilacin. Resulta que algo iluminado ha apartado al poeta de su oscura soledad: “Mi corazn hoy nada en tus pupilas / de estrellas derretidas. / Mi corazn hoy nada –casi libre!– en el vino / de tus labios...”). Lo sensual parece haber sustituido a lo mstico y lo onrico, pero el autor de la antologa, en su breve nota sobre el poeta, ha copiado impresiones de anteriores criterios sobre el estilo inicial del poeta, sin percibir la evolucin de esa poesa... Pero esto es tema a comentar ms adelante.Un retrato del poeta y ms antecedentes de su obraYa se ha podido advertir la unanimidad de la crtica ante la singularidad lrica del nuevo poeta, pero nadie haba podido enjuiciarlo con la exactitud del “retrato” potico que lograra Mara Villar Buceta, en Social de septiembre de 1924, con sus cuartetos eneaslabos titulados “Enrique Loynaz”: Sacerdote de la Belleza, exaltador de lo irreal, el credo de este artista empieza ms all del bien y del mal. Extraordinario y paradjico, en su fiebre de creacin a sabiendas subvierte el lgico proceso de la concepcin. Uniendo en cpulas monstruosas lo anmico y lo inanimado, halla frmulas armoniosas su arte sutil y complicado. Y su alma al dcil cuerpo inicia en caminos de perdicin, cuando en misas negras oficia con hostias de condenacin. Celoso de su ministerio de arte y de voluptuosidad, arropa en gasas de misterio su extraa personalidad; e inhumano sin ser divino, en su anhelo de perfeccin, ahoga el amoroso trino del ave de su corazn. A un tiempo cndido y perverso, por fidelidad a su fe, da su vida –su mejor verso– a la Belleza –su Frin. Mas por aplicar el cilicio a todo mpetu carnal, en cuerpo y alma incuba el vicio raras floraciones de mal. Une a una humildad franciscana

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22su soberbia de creador; a la annima grey humana hurta los dones de su amor. Tal el maravilloso artista que, en hiertica soledad, con su vida y su obra conquista un puesto en la Inmortalidad. Y pues agito el incensario dormido de mi corazn, vierta sobre l mi comentario un humo de consagracin. Es notoria la importancia que tuvo en aquella etapa de acogida entusiasta al vanguardismo, el “Suplemento literario” del rgano periodstico ms reaccionario de la prensa cubana, el Diario de la Marina Este renovador suplemento dominical (1927-1930), que estuvo a cargo del dinmico escritor y periodista Jos Antonio Fernndez de Castro (ya mencionado como coautor de la antologa La poesa moderna en Cuba) incluy en sus pginas (de las que existe un valioso Indice analtico de las especialistas Marcia Castillo Vega y Rosa Gonzlez Alfonso), interesantes comentarios sobre Enrique Loynaz. En el “Suplemento...” del 4 de septiembre de 1927, en artculo titulado “Panorama de la poesa en Cuba”, el periodista y poeta nicaragense Eduardo Avils Ramrez (quien por su residencia en Cuba en los aos de preparacin de la mencionada antologa, haba sido incluido arbitrariamente en ella), hizo ligeras semblanzas de “Los nuevos” y expresaba de Loynaz un juicio irnico de pretencioso “magister”: En su quietismo florecen rosas irreales. El misticismo contemplativo lo convierte en un visionario casi enfermizo. Es muy joven y a Pegaso lo mantiene atado con un leve hilo de seda. Hace bien en tomar pocas precauciones, porque no se le escapar. No tiene fuerzas para relinchar. (A la sazn Avils Ramrez ya resida en Pars como corresponsal de peridicos espaoles y latinoamericanos. y su artculo era reproducido de la Gaceta Literaria de Madrid (agosto 15, 1927). El 13 de noviembre de 1927, un comentario del “Suplemento” sobre el poeta, rareza periodstica, fue puramente grfico. A la cabeza de la pgina cuarenta y dos, a tres columnas, el ttulo: “Semblanza de Enrique Loynaz”, y al centro de un amplio espacio en blanco, una magnfica caricatura vanguardista del joven poeta, por el pintor Antonio Gattorno y al pie: “Impresin de Gattorno”. En fin, el 10 de febrero de 1929, Rafael Estnger, uno de “Los nuevos” de la antologa, la enjuicia en el “Suplemento...” en cido artculo titulado “Los poetas mis contemporneos. (Al margen de un libro para la posteridad)”. Con su habitual resentida irona, el autor distribuye adjetivos indiscriminadamente, y al llegar a los Loynaz, es sarcstico con el joven poeta, pero justo con su hermana: ¡Hondo, pattico, original poeta Enrique Loynaz! Leamos a Loynaz, hay veces que el ms precioso comentario es la lectura. Haba tambin mucho que decir de Dulce Mara Loynaz, acaso de las

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23ms puras y sugestivas poetisas de la hora actual en Cuba. Una coleccin potica cubana surgida incidentalmente y por muy ilustre iniciativa, nada menos que la de Juan Ramn Jimnez –durante su breve exilio en Cuba, a causa de la guerra civil espaola–, sac a la luz aos despus versos de Enrique Loynaz. La poesa cubana en 1936 es el ttulo de la coleccin, patrocinada y editada por la Institucin Hispanocubana de Cultura en 1937. En el prlogo, el gran poeta espaol, al tender lneas histricas del quehacer potico en Cuba, seala que, desde Mart y Casal hasta Juan Marinello y Dulce Mara y Enrique Loynaz, “[…] la onda interior, la ilusin inefable subieron en voz clara, libre y sencilla, de buena influencia universal y seguridad subjetiva de cualquier parte”. Y en el apndice, vuelve a mencionar a los Loynaz para informar que […] se decidieron, ya en prensa el libro, a enriquecerlo con un don de sueos exquisitos de fina coloracin ideal y espiritual, y que expresan que la honda mina de que proceden aumenta en calidad a medida que salen a luz las vetas de su tesoro. Con ellos vinieron tambin sus hermanos Flor y Carlos; (Flor luego, etrea, se nos evapor). Cuatro son las composiciones de Enrique Loynaz incluidas en esta coleccin, las cuales desmienten la temporalidad (1936) exigida por el editor, pues pertenecen a los ciclos de su poesa ya establecidos en aos anteriores. Estas composiciones son: “El pescador” (“Casi de madrugada, el pescador ha visto)”; “Entre los lirios” (“Entre los lirios, no podra”); “He venido a buscar” (“He venido a buscar tus ojos esta tar de”) y “No vayas a decirle...” (“No vayas a decirle ya tu palabra ardiente”). Aos despus, en 1952, en su magnfica antologa Cincuenta aos de poesa cubana (1902-1952) – en la conmemoracin del cincuentenario de la repblica–, Cintio Vitier incluy ocho composiciones de Enrique Loynaz: cuatro de las presentadas en La poesa moderna en Cuba: (“A lo lejos”, “Pas la procesin de amigos”, “Con el pecho cargado de flores” y “Quin eres t que pasas por el ro?”); y las cuatro publicadas en La poesa cubana en 1936 : “El pescador”, “Entre los lirios”, “He venido a buscar” y “No vayas a decirle...”. Lcido y penetrante, como suyo. el juicio de Cintio Vitier sobre Enrique Loynaz: Ha escrito un libro de ensayos sobre Guillermo Meister y algunos captulos de historia de la literatura castellana, todo ello indito. Tampoco ha publicado ningn libro de versos, aunque los tiene agrupados bajo los siguientes ttulos: Los poemas del amor y del vino Faros lejanos Un libro mstico Canciones virginales Canto a las sombras Miscelnea y Despus de la vida este ltimo de 1937. De orientacin anloga a la de su hermana, Enrique Loynaz se distingue por un lirismo con menos peso an de experiencia inmediata, ms simblico e imaginativo. Su idioma potico dirase una impalpable nie bla,

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24que se ilumina con sbitos vislumbres de apariciones y realidades invisibles. Se le han sealado las influencias de Juan Ramn Jimnez y de Edgar Allan Poe. La primera, indudable, queda patente en su concepcin del poema breve, alusivo y desnudo; la segunda nos luce ms lejana, aunque tal vez no menos penetrante, y se manifiesta en la atraccin por los estados psquicos de presentimiento ultraterreno. La belleza sutil y el vago espanto de las figuraciones crepusculares, definen esa atmsfera exquisita, angustiosa, espectral, donde Enrique Loynaz ha dado su acento ms inconfundible y hondo. En un voluminoso nmero de la revista Islas –de la Universidad Central de Las Villas, de octubre-diciembre de 1967–, su director el gran poeta Samuel Feijo, ofreci un amplio Panorama de la poesa cubana moderna y en l aparece Enrique Loynaz con slo su poema “Entre los lirios”, tomado seguramente de la antologa juanramoniana. Ms contemporneamente, a la luz del justo reconocimiento de la excepcional significacin de Dulce Mara Loynaz, se ha logrado mayor difusin de la obra lrica de su hermano Enrique. As, como recuerdo de un homenaje que se le rindi al poeta en la Sala Jos Lezama Lima del Gran Teatro de La Habana, en fecha que no se determina, de 1987, dicho teatro edit el folleto Homenaje a Enrique Loynaz con una compilacin de composiciones del poeta, realizada por el agudo crtico Pedro Simn; incluye completo el ciclo Los poemas del amor y del vino –seis de los veinte que lo integran ya antes conocidos–, y “otros poemas”, que son: “l vendr por la noche”, del ciclo Un libro mstico ; “Pasos en la noche” y “Cuando un aire inefable”, del ciclo Faros lejanos ; “Memento” y “Salmo”, de Versos dispersos... ; “Mi mtrica” y “Biografa” de Versos de narracin... El folleto se enriquece con un apndice de “Documentos”, que incluye una de las cartas del poeta a Chacn y Calvo, varias opiniones sobre su obra –algunas de las cuales ya se recogen tambin en este estudio–, y una “Cronologa mnima”. Indudable trascendencia hay que otorgarle al libro Alas en la sombra tan primorosamente editado en 1993 por la Excma. Diputacin Provincial de Valladolid y la Fundacin Jorge Guilln, al cuidado editorial del crtico Antonio Piedra, con una amplia compilacin de Yamil Manzor Llano de la obra potica de los hermanos Loynaz (Enrique, Carlos Manuel, Flor y Dulce Mara, en ese orden), y que contiene veinticuatro composiciones del primero, de las cuales slo una no era indita: aqu titulada “La oracin del crepsculo”, publicada antes con su primer verso como ttulo, “Quiero ser algo inmaterial”. Se completa la parte visible, el lado conocido de esta obra, de esta luna, fruto de una indagacin (donde se omite un opsculo editado por el Centro Hermanos Loynaz, de Pinar del Ro, de muy difcil localizacin, a pesar de mis esfuerzos en consultarlo) con el libro Antologa de la poesa csmica y lrica de Enrique Loynaz (editado con posterioridad a la terminacin de este ensayo por el Frente de Afirmacin Hispanista, A.C., Mxico, 2003);

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25introduccin y seleccin de Roberto Carlos Hernndez Ferro (poeta cubano, estudioso de Loynaz), aparece como prlogo un fragmento de la introduccin que Dulce Mara escribi para esta compilacin en 1970, que public la revista Unin ( La Habana, enero-marzo, 1988) con el ttulo de “Enrique Loynaz y Muoz, un poeta desconocido”: y un “Estudio arquetpico” de Alfredo Arias de la Canal. Consideramos que los juicios crticos que ha provocado esta poesa, sin duda son, en general, lcidos y penetrantes, especialmente los de Chacn y Calvo, que tuvo oportunidad de profundizar en la obra por su cercana al autor desde temprano. Pero ya era necesario conocer su parte oculta, el territorio desconocido de esta poesa y descifrar el enigma del prolongado silencio del poeta.Proceso de una poesa en el testimonio de una amistadLa amistad con el maestro Jos Mara Chacn y Calvo sin duda fue capital en el proceso creativo de la obra potica de Enrique Loynaz y Muoz, y esa cercana permiti al crtico enjuiciar esa obra con la mayor amplitud y profundidad. Por ese motivo parece necesario examinar brevemente algunos testimonios de esa provechosa relacin. El ilustre fillogo cubano tuvo ocasin de evocar el inicio y carcter de esa excepcional amistad, al hacer la presentacin del poeta en el Ateneo de La Habana, en 1943, quizs en la nica lectura personal de sus poemas. Expres entonces Chacn: Una noche de diciembre de 1922 tuve un encuentro extraordinario. Habamos dejado la iglesia despus de una ceremonia nupcial. Haba un buen tiempo de luna llena. Se oa muy cerca el suave rumor del mar. Un amigo que supo mantener siempre el culto fiel a la poesa en medio de las ms hostiles circunstancias, me dijo: voy a presentarte al ms joven de los poetas cubanos. Era muy joven, casi era un adolescente aquel poeta ensimisma do. Plido, alto, delgado, tena mucho de la imagen tradicional de la poesa. Apenas comenz a hablar tuve conciencia de lo que significaba aquel encuentro. Estaba en presencia de la pura poesa, de la inmaterial poesa. De prosapia intelectual, dotado de los ms variados dones de la fortuna, aquel poeta adolescente tena ya una labor profusa. Sin embargo nunca pareci sentir el deseo de publicar nada, ni que los dems consideraran su propia obra. Haba ido reuniendo sus cuadernillos de versos, algunos escritos a los quince aos. Para qu publicarlos, si ya haban brotado de nuestro yo ms ntimo; si slo eran, como razonaba ms tarde en una carta que es un gran documento esttico, si slo eran presentimientos? No era todo esto extraordinario? No era algo inslito esta poesa envuelta en un aire de humildad, con un agudo sentido de renunciamiento? No era por el valor de aquellos versos, no era porque revelaban un autntico estado de poesa. Era la actitud espiritual que implicaban ese desasimiento, este

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26diciembre de 1922, cuando se conocieron ambos, qued trenzada una profunda amistad entre el joven poeta de dieciocho aos y el ya notable crtico de treinta y dos, inspirada por evidentes afinidades espirituales y recproca devocin literaria y personal. La comunicacin epistolar entre ambos fue inmediata, y se prolong al partir Chacn hacia Espaa en mayo de 1923, para reintegrarse a su cargo diplomtico en Madrid. El haber encontrado entre los papeles del maestro las cartas de Loynaz, me permite acudir a esa correspondencia en lo que se refiere al proceso de creatividad del poeta y a sus ideas y estados de nimo en ese perodo de febril produccin lrica. Es lamentable no conocer las cartas que hubieran de completar el epistolario – las de Chacn a Loynaz–, cuyo destino se ignora. En carta de enero 12 de 1923, el poeta adjunta cuatro poemas, con estos primeros versos respectivos: “Si contemplaras una vez ante ti una sombra”; “Cuando an por el camino de la noche me encuentre”; “Ahora, alma, no presientes ahora algo distinto?”; y “Slo tengo un deseo y extrao es mi deseo”. Y expresa en su carta el autor: Estas cuatro poesas que parecen una sola cosa, estn fuera del arte de tal modo que son invulnerables de todo concepto esttico posiblemente malo o bueno. Abandono la literatura al pensarlas y apenas las escrib yo mismo. ¡Fue l! [...] Yo le aseguro que no me conozco en ninguna de esas cuatro composiciones. sentido de la soledad profunda, este arrebato por las ms puras y misteriosas fuerzas interiores, lo que me produca una honda y, en cierto modo, insospechada emocin. Yo me llev en unos de mis viajes algunos de los cuadernos diminutos. Convers acerca del poeta desconocido con un gran maestro de la poesa y de la amistad. Y Juan Ramn Jimnez dio una seleccin de aquellos versos en el semanario Espaa cuando l intervena en la parte literaria de aquella famosa publicacin. Y de esta suerte Enrique Loynaz Muoz, casi desconocido en su patria, poeta que viva entre nosotros ms en la tradicin oral que en la tradicin escrita, lleg a un gran pblico. Recordaba el ilustre maestro, seguidamente, la representacin “amplia y varia” del joven poeta en la antologa La poesa moderna en Cuba y agregaba que Enrique Loynaz tiene unos diez libros inditos. Nunca ha querido publicar ninguno, y ha seguido trabajando. Ni la abogaca, ni las variadas curiosidades intelectuales, ni el mundo de los negocios, en el que parece tener una habilidad inslita en un poeta, lo han apartado del sentido y el sentimiento de su lrica. Sigue viviendo en el mundo de las puras intuiciones del ensueo, del misterio de lo inesperado. Esa profunda asuncin de la obra de Enrique Loynaz por Chacn y Calvo constitua un exclusivo privilegio suyo, porque desde aquella misma noche de

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27¡Si no fuera por usted, quin sabra nunca lo que ruge, o ms bien lo que truena en mi corazn! En sucesivas cartas de enero y febrero, Loynaz acompaa los poemas cuyo primer verso transcribo: “All en la soledad de la llanura”; “Cuando todo tiene vida”; “¡Ya estoy en la orilla...”; “Quizs yo he sido alguna vez cisne y he soado”; “¡Correremos los dos por los bosques!”; “Iba yo caminando con la vida en el suelo”; “Ahora veo las formas”; “Estaba solo en medio de la honda noche”; “No s por cuanto tiempo sufr”; “Nunca ha sido una noche tan profunda”; “Cantad, cantad conmigo todos juntos”; “Los rieles” (“fueron mis primeros versos...”); y “Los dos nios dorman en medio de la noche”. En carta de 20 de marzo del mismo 1923, al enviar las tres composiciones cuyo primer verso reproducir a continuacin, expresaba el poeta a su corresponsal: Estos ltimos versos donde mi lrica, irrealizada an dentro del arte, se deshace para siempre, son para usted con el alma tambin deshecha tras el muy fuerte anhelo de posesin incorprea y la muy exaltada visin mstica. Los primeros versos de esos poemas: “Voy a ti dulcemente por la noche estrellada”; “Hoy ha venido el ngel de la noche a mi lado”; y “Yo le encontr y era como una estrella en la noche”. Hay otras cartas carentes de fecha, lo que es lamentable, porque impide situar cronolgicamente los poemas que adjuntan, cuyo primer verso respectivo se da a continuacin tambin: “No vayas a decirle ya tu palabra ardiente”; “Y fui nenfar cerca de la boca de un ro”; “T sabes que donde brilla la luna”; “David, yo tuve una terrible angustia al verte”; y “Yo no puedo amar tus ojos, / gondolero...”. Contino el somero examen de cartas con nociones de fecha. En una de mayo 11 de 1923, expresa: Si desde que yo dej de amarla no fue ya mi poesa. Si era necesario que usted empezara a dejarla de apreciar para que yo volviera a amarla humildemente. Pero, ¡qu felicidad, sin embargo, me parece que sera cuando pudiera sentir que toda mi poesa no era su poesa, sino nuestra poesa! [...] mi inquietud, inquietud de no poder decir nada, inquietud de no poder ser nunca comprensible ni aun para m mismo despus de leer lo escrito, de no encontrar nunca la palabra ideal, de no poder decir lo mucho que se va sintiendo, lo mucho que voy sintiendo, inquietud de resumirlo todo en una ridiculez, temida y absurda. A pesar de todo le escribo inevitablemente y le mando los versos. Qu puedo hacer yo cuando la soledad me hace sensible, definitivamente sensible y la inquietud me penetra...? Como expresara Chacn y Calvo en sus palabras de presentacin de Loynaz en el Ateneo de La Habana, l dio a conocer al nuevo poeta cubano a Juan Ramn Jimnez, quien incluy poemas suyos en la revista matritense Espaa ; pero tambin el crtico y diplomtico propici relaciones epistolares de

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28Loynaz con jvenes poetas espaoles que habran de alcanzar despus justa fama: Rafael Alberti y Federico Garca Lorca, quienes en sus etapas iniciales tuvieron vinculacin amistosa muy estrecha en la capital espaola con el laborioso fillogo cubano. Dulce Mara Loynaz hizo referencia a esas relaciones, fortalecidas personalmente con la presencia en La Habana de Garca Lorca en 1930 y de Alberti en 1935. En carta sin fecha (que Chacn anota: “Recibida 19 julio 1923”), expresa Loynaz a su corresponsal en Madrid: Me dice que Lorca ha conocido versos mos, y esto me deja lleno de una graciosa admiracin. Desde que conoc yo versos de Lorca me parece que es uno de los ms puros poetas que ha habido. [Y en otro prrafo de la misma misiva]: Me siento feliz porque hoy le recuerdo mucho a usted. Yo quiero que se quede siempre conmigo vivamente, su recuerdo es lo ms puro, lo ms profundo que yo he de sentir hasta la ltima hora y despus de la ltima hora. La carta cuyo receptor anot recibir “el 23 de julio de 1923”, no puede ser ms pattica: Yo paso el da sin hacer nada til, no leo ni estudio y por eso tengo que poder mucho en aquello que puede ser para m de ms eterno en la vida. ¡Hasta me he quedado sin amigos! A Varona Murias le dije que ya no podra verle, a pesar de la [palabra ilegible] de mi amistad hacia l y hacia los dems amigos, ni aun los jueves, pues cada noche que ira pasando desde entonces poda llegar a hacerse ms necesaria. He abandonado el Casino Espaol y he vuelto a ver a pocos de mis amigos de all. No he vuelto a ver los amigos de la acera del Telgrafo, ni he vuelto siquiera a comer fuera de casa. Vicente [Valds Rodrguez?] fue el nico amigo que me qued y yo no he podido hablarle a l de mi gran deseo de soledad [...]. An siento como si este amor a la soledad fuera parte de mi afecto hacia usted, como si fuera parte de una necesidad vieja y nunca gastada... Parte de un anhelo escondido de perfeccin en la amistad ms grande, Ms grande porque olvida al hombre limitado y recuerda slo el espritu del hombre. En la “recibida el 4 de octubre 1923”, hay de inicio una nota alegre: Esta tarde fue para m la tarde sociable. Con mucho recuerdo suyo, sin embargo. Arrondo, el poeta, organizaba un paseo a caballo. Fue Vicente, Jess Castellanos (tan unido ya a m como Vicente, quizs por usted mismo). Muchas personas, casi no recuerdo cuntas. (Posiblemente fuera el paseo a caballo organizado por el poeta Ernesto Fernndez Arrondo en Gines, a que hace referencia Dulce Mara Loynaz en su evocacin de Mara Villar Buceta). Pero ms adelante, el poeta vuelve a reflejar su tristeza: Sobre m el dolor de todos los seres tristes, el cansancio de todos los

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29seres hastiados, sobre m la inquietud de todas las cosas imperfectas, la amargura de aquello que tiene que existir siendo feo, o arrastrando miseria o dolor humano, la desespera cin pacfica de todas las cosas inmviles, todo esto sobre el espritu tan solitario. No slo del espritu, tambin del cuerpo enferm el poeta por entonces. En carta de 1 de mayo de 1924, escribe a su amigo: Si usted me viera, yo no tengo nada, ninguna verdadera alegra en el mundo desde que usted se fue hace un ao. Yo no tengo ni siquiera cosas molestas, no necesito nada. Pero estoy solo casi siempre y no salgo casi nunca. El mdico me ha dicho que me es absolutamente necesario hacer por lo menos seis horas de reposo cada da y que ms tiempo sera an mucho mejor. Otra carta de fecha anterior a la que antecede, pero “recibida el 3 de mayo de 1924”, expresa: Jos Mara, yo no quiero darle las gracias por este gran bien que usted me ha hecho con su palabra. Yo antes hubiera querido merecerla, mejor. Pero yo no he hecho en el mundo nada, nada ms que gritar siempre este limitado temblor de belleza entre mis labios; y sentirme un poco diferente a los dems porque yo he estado siempre un poco ms cerca de la muerte que ellos y sobre todo mucho ms lejos de la vida. ¡Las pobres cosas de la gente! En otra “recibida 18 agosto 1924”, comunica Enrique a su amigo que ya no reside la familia en la calle Amistad, que se ha mudado para el Vedado, seguramente para la que lleg a ser legendaria mansin de los hermanos Loynaz, convertida por Dulce Mara en patrimonio de la literatura cubana con la novela lrica Jardn y el poema “ltimos das de una casa”. Pero el estado de nimo del poeta no puede ser ms sombro, y por primera vez se insina la presencia del alcohol en ese panorama espiritual: Yo nada podra gozar viviendo. Todos mis sentidos humanos estn muertos y aniquilados para siempre. El ajenjo es como el agua en mi boca y el agua no tiene para m la frescura soada. Tengo el presentimiento de la inmovilidad total. Y apenas podra gozar de mi espritu porque me siento demasiado dbil y seguramente dejara de vivir. Mi espritu tratando de hacerse esencial se ha deshecho, parece como si ahora hubiese perdido la unidad, como si hubiese dejado de ser uno solamente. Y yo? Dnde estoy yo ahora y cunto me ha quedado de m todava? ¡Pero yo amo, yo amo intensamente, cada vez ms intensamente! Yo no podra saber cmo ni qu cosa yo estoy amando, pero amo. La angustia contina expresndose en otra carta, de 22 de octubre de 1924: Locura, locura ntima de mi vida, de toda mi vida, sueo mo, cansancio de ir tras algo irresistiblemente, ciegamente, fatalmente solo. Debilidad de mi cerebro, reciente debilidad y pobreza de mi salud. Enfermedades. Y la vida?

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30Pero fue crisis transitoria. En carta de 15 de diciembre de aquel ao comunica que ya ha recobrado la salud. En general, es fcil apreciar las caractersticas temperamentales del joven poeta.Entraa y extraeza de una poesa sonmbulaDespus de conocer las singulares caractersticas de aquella fina sensibilidad, parece indispensable reproducir lo esencial de otras misivas (sin fecha), en las que Loynaz define su potica, que tambin aportan elementos fundamentales para apreciar y enjuiciar la entraa y la extraeza de esa apasionante y torturada expresin lrica apenas conocida. La carta que considero ms importante es la mencionada por Chacn en sus palabras en el Ateneo de La Habana, y que l denomina “documento esttico”, donde el poeta ensaya lo que pudiramos llamar una teora de su sistema potico, al enviarle unos poemas no identificados. Parece escrita antes de viajar Chacn a Espaa, recin iniciada la profunda amistad entre ambos: Jos Mara: No me parece, de ninguna manera intil, que sea yo quien le d a usted algn detalle, lo ms preciso, acerca de estos poemas. (Digo poemas por no encontrar en realidad otra palabra apropiada). Desde luego que a usted, como a m mismo, le pareciera, quizs, por muchas razones, desagradable que yo hable acerca de ciertas cosas bastante exteriores, y le sorprender que por qu lo que yo mismo escribo y escribir est ms lejos de todo clculo filosfico. Sin embargo, es precisamente por eso que puedo juzgarla como la obra ajena, escrita en momentos de exaltacin bastante intensa para dejar de pertenecer a mi vida corriente. Lo primero que deba sorprender a quien investigase con alguna sutilidad el sentido de estos poemas, sera que el conocimiento, la verdad de ellos no est adquirida por ninguno de los dos modos, el conceptual (el lgico), ni el intuitivo (el esttico). As llegara a eliminarse la realidad de ellos y considerarse insinceros, falsa yuxtaposicin de palabras sobre palabras con cierta extraa coherencia. Como yo deseo que a usted no le parezca lo mismo, me atrevo a asegurarle que antes de existir la lgica ni la esttica exista ya el conocimiento, la verdad. No es posible ampliar una vez ms los caminos que nos conduciran a ella, libremente, no es posible para llegar a la verdad y llamarle a esta cualidad presentimiento? Yo no creo que presentimiento quiera decir un estado de conciencia especial; antes del presentimiento, antes del conocimiento, me parece ms bien un estado de nimo general ms perfecto. Ms expresivo porque tambin es ms doloroso. Comprendo que todo lo que le he dicho es particularmente indemostrable para toda ciencia, para la misma esttica, porque ella, hasta ahora, no es ms que la ciencia de la intuicin; lo comprendo porque hay muchos que investigan (lgica) y muchos que sienten (esttica), pero casi nadie presiente. Es a usted a quien nicamente yo le suplico que me crea, que crea en

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31mi locura y que si es posible la ame. La coherencia de las palabras dejar de ser extraa para usted y se ir haciendo ms profunda. Despus de este extenso exordio, prosigue el poeta: La segunda cosa que debo aclararle se relaciona y depende de lo que le he dicho como una expresin verdadera de otra experiencia verdadera. Por curiosidad ma, he ledo algunos de estos poemas a ciertas personas inteligentes que me han hablado enseguida del sentido mstico del sentido cristiano El error parte de que estos poemas carecen de todo sentido, de que estos poemas, vuelvo a repetirle, son mos. Debe entenderse por misticismo a cierta comunicacin de la criatura con el Criador, o el Creador, o la naturaleza, o el espritu, o el universo o consigo mismo; esta comunicacin implica siempre no una pregunta sino un modo interrogativo cualquiera y una respuesta algunas veces silenciosa, pero evidente, necesaria para completar el sentido mstico. Bien sea porque la sensacin experimentada no me perteneciese al expresarla y la expresin fue entonces anterior a la sensacin. (Es decir, que fue una presensacin adquirida, un presentimiento), bien sea porque la pasin humana es divinizada y el Criador cantaba al creador, o porque la pasin divina se humanizaba y la criatura cantaba para la criatura; lo cierto es que aunque el poema permanece representativamente bilateral, la inteligencia es una sola, de modo que la interrogacin no exista –y si existe, no espera respuesta–. Es como la pregunta intil que uno mismo se hace. As, estos poemas nada tienen de msticos ni de humanos. Es una comunin de amores donde se expone apasionadamente, humanamente la plenitud divinizada. Es raro pensar que siendo un afecto de mi vida, no dependa de ella, no le pertenezca. Debe ser para la filosofa como un espejismo. (Yo s que para quien est en el desierto, un espejismo es siempre la realidad, y todos los filsofos han visto un espejismo y no la realidad denunciadora). Y continuaba la particularsima dialctica del poeta: La tercera aclaracin que debo hacerle –puesto que noto que ya voy diciendo demasiado–, es la aclaracin de estas aclaraciones. Para usted solo las hago; para usted solo, puesto que usted solo las leer y yo las saba muy bien. Las he hecho para que usted sienta toda la realidad de mi cario entregndole sensaciones que no son mas, ni de nadie, presentimientos, sentimientos que no he llegado a sentir. Los he hecho para que usted entienda conmigo este secreto de nuestra belleza irrealizada. La mayor felicidad de mi vida no hubiera sido nunca la de haber escrito un poema ni la de haber creado una obra artstica cualquiera entre los hombres, una obra buena o mala, til o demasiado intil. La mayor felicidad ma hubiese sido poder escribir mi cancin, tan incompleta, tan infantil, tan desprovista

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32de inters contemplativo que hubiera parecido ridcula a los ojos acostumbrados a ver a la luz del da, inadecuada en casi todos los momentos del mundo, pero la mejor sin embargo en otros momentos, cuando nosotros mismos estamos tan bien desprovistos de inters, incompletos. Deseada con un deseo repentino, momentneo, como aquel que por casualidad experimentamos ayer cuando fuimos a mirar las rosas. (Porque no siempre necesitamos ver las rosas). Ya ve usted que no he conseguido mi deseo, puesto que mi cancin no es ma. De todos modos he querido confesarle todos mis secretos, puesto que algunas veces he recibido de usted (a qu negarlo si nadie nos oye?) las ms extraas revelaciones. No creo que en el dilatado proceso de la poesa cubana exista un autoanlisis de poeta alguno tan sincero y profundo de su propia obra, como este de Enrique Loynaz, que ha de impresionar tanto como la obra misma. Tema trascendental para la crtica literaria actual, cruzada de tan dismiles corrientes tericas en su afn de desentraar el misterio insondable, diverso, multifactico, de la poesa.Relaciones, confesiones y aclaracionesEn otra carta sin fecha, hay una simptica referencia al poeta Manuel Altolaguirre, que como a Garca Lorca y a Rafael Alberti, Chacn y Calvo puso en relacin con Loynaz, quien expresa en esa ocasin a su amigo en Madrid: Ahora voy a escribirle a nuestro amigo nuevo a quien yo quiero ver envuelto en una tenue gracia lrica, a su amigo de Espaa que se llama Manolo, y que se parece mucho a m en algo, a vuestro nuevo Enrique lrico, impreciso, manchado de claveles. No falta en esta correspondencia alguna alusin a Alberti, pero de las relaciones epistolares de este con Loynaz, hay el testimonio de una carta del poeta espaol a Chacn, fechada el 21 de enero de 1925 en la villa andaluza de Rute, donde informa a su amigo cubano en Madrid que ha recibido el peridico La Verdad de Murcia, con poemas suyos y de Enrique Loynaz, enviados por Chacn a dicho diario, y comenta: “Los versos de Enrique estn muy bien. Ya los conoca. Tengo que escribirle largamente” (en el libro Corresponsales espaoles de Jos M. Chacn por Zenaida Gutirrez Vega, Madrid, 1986). No he localizado ms referencias de esta amistad, salvo la composicin del cubano titulada “El poema del mar”, con esta dedicatoria: “A Rafael Alberti, ‘que no puede vivir sin el mar’” (en Hermanos Loynaz, Alas de mariposa ya citado antes). Esta reveladora correspondencia de Enrique Loynaz a Jos Mara Chacn y Calvo (1923-1924 – 1928-1929) ha sido compilada y anotada, para prxima edicin, por el admirado poeta y crtico cubano Virgilio Lpez Lemus, investigador del Instituto de Literatura y Lingstica, a quien agradezco la oportunidad de haberla vuelto a revisar, pues ya la conoca y haba anotado al trasladar a dicho Instituto el archivo del eminente fillogo cubano, como ya se sabe.

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33En su introduccin, Lpez Lemus advierte que esta correspondencia revela una relacin compleja, pero hondamente afectiva, de un poeta adolescente –o recin salido de la adolescencia–, de muy aguzada emotividad y refinado sentido de la poesa, con el dialogante afn que necesitaba –dada la separacin paterna del hogar–, un amigo culto, comprensivo, paciente, razonador y mayor en edad y en experiencia y sabidura en las letras, para propiciar el apoyo de la madurez que l requera. Una relacin, en fin, en la que mediaba un alto espritu filial, provechoso para la extrema sensibilidad y el talento precoz de quien amaba la soledad y sufra la desgarradura vital del artista en formacin. Pero puede afirmarse que el documento ms importante de esa correspondencia es el que denomin Chacn “Carta autobiogrfica de Enrique Loynaz”; agrega su nota la palabra “capital” (para calificar su significacin en el estudio del poeta), y la fecha: 1924, al no acostumbrar Loynaz consignar fecha, como se ha podido apreciar. Del texto se deduce que termin de redactarlo en vsperas del “da de difuntos” del ao en que cumpli sus veinte de edad, o sea, el 31 de octubre de 1924. Como se trata de un documento extenso, y ya me he excedido, creo, sin embargo, que debe reproducirse textualmente, en desafo de la paciencia del lector, que en definitiva lo agradecer, por lo que revela de la personalidad y del proceso de creacin del poeta. Por eso he preferido su reproduc cin en apndice de este libro. Sin embargo, hay que saber tambin que en una de las cartas de Loynaz a Chacn y Calvo, donde este anot: “Recibida el 15 de julio de 1958”, afirma el poeta: Ahora debo confesarle lo ms triste. En cierta ocasin le escrib una carta autobiogrfica para formar en usted una ilusin del poeta que vanidosamente quera ser yo. Todo era falso. Yo careca y carezco an de historia interesante. Mi biografa podra resumirse en las fechas de mi nacimiento y de mi muerte. Y ahora una cosa que quiero que recuerde siempre. No por haberle engaado con estas vanidades he dejado de quererle siempre, para siempre. Y una “P.S. No interprete esta carta como signo de alarma o de mala salud. Es slo una confesin”. Habra que sospechar tambin, independientemente de lo que en la carta hubiera podido impostarse de fantasa juvenil, si esa tarda confesin, casi medio siglo despus de escrita la autobiografa, no tuviera una intencin diversionista para desorientarnos a quienes nos animramos a explorar esos complejos tneles confidenciales, en el propsito de estudiar la lrica del extraordinario poeta. Pero aun cuando todo lo relatado fuere imaginario, siempre valdr como narracin donde late el corazn torturado de un joven poeta, y como documento a disposicin de la indagacin de los psiclogos, duchos en explorar los vericuetos del alma. En la introduccin, donde Dulce Mara Loynaz nos acerca tanto a su hermano Enrique, presenta su triste ocaso en el sombro dramatismo del alcohlico, en el tono discreto de su buen gusto

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34habitual. Pero de las cartas a Chacn se deduce que aquel apuesto ejemplar de la juventud elegante habanera de la tercera dcada del siglo XX, no fue ajeno al ejenjo, tan frecuente en la leyen da literaria de la decadencia. Y quiz tampoco a la exploracin ocasional, experimental, de “parasos artificiales”, que tambin exacerban la alucinacin de seres sensibles y soadores que aman la belleza, pero tambin la fuga transitoria de s mismos. Sera ese el enigma de Enrique Loynaz, cuando se negaba a reconocer como propios sus poemas, que consideraba presentimientos? Su seductora extraeza, advertida ya por la perspicacia crtica de Pedro Henrquez Urea, sera la de una genuina poesa sonmbula? Falleci Enrique Loynaz el 2 de mayo de 1966. En el diario El Mundo del 5 de julio de aquel ao, Chacn y Calvo evoc los fuertes lazos que le unieron al poeta. Luego de referirse a sus escasos poemas publicados por vivir Loynaz “apartado, en la apariencia al menos, de toda preocupacin por su propia obra”, expresaba: La fraternal amistad que me uni con Enrique Loynaz –su muerte ha sido para m un duelo tan intenso, que con dificultad puedo an hoy escribir sobre el amigo entraable– me permiti conocer la casi totalidad de su obra potica. Y tengo cartas manuscritas, con letra que se desaparece cada da ms, pues como su hermana Dulce Mara, la gran poetisa de renombre continental, escriba con lpiz, que nos explican –iluminan, debiramos decir– algunas caractersticas de esta obra potica. A seguidas, haca alusin el maestro Chacn a la carta autobiogrfica de Loynaz –que dice haber recibido en Madrid en julio de 1924–, y despus de citar las referencias de su niez enfermiza que cuenta el poeta y de su estancia en Canad, recuerda que la primera composicin de Enrique que conoci fue la titulada “Quisiera ser algo inmaterial”, y aseguraba en ese prrafo de su artculo necrolgico: No podr olvidar la profunda impresin que me hizo esta poesa dicha por su autor con voz como interior, [...] en una calle iluminada por la clara luna de diciembre. Enrique Loynaz, en sus dieciocho aos, me pareci la viva imagen de la poesa adolescente. Era una voz nueva en nuestra poesa. Le senta rodeado de una soledad profunda y en medio de un gran silencio. Recordaba tambin Chacn, entonces, como resumen evocador: Haca ya muchos aos que el poeta, segn reiteradas confesiones suyas, no escriba versos. Ejerca la abogaca y era sorprendente orle hablar de sus defensas, de sus pleitos. Era un corazn generoso. Que haca el bien sin recordarlo despus. Hasta el momento de su enfermedad, cuya gravedad comprendi bien, tuvo ese sentido de la cortesa que le acompa siempre. Y la bondad, corona de su vida, llena de luz su existencia terrenal.La total superficie de la LunaContra la afirmacin de que nunca se interes Enrique Loynaz en reunir en libro poemas suyos, existe un proyecto de

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35antologa preparado por el poeta en 1937, que he podido consultar gracias a la amabilidad del estimado amigo Pedro Simn, el estudioso crtico de nuestras artes y letras. En la parte superior de la primera pgina esta dedicatoria autografiada: “A Jos Mara, con mi alta admiracin y mi profundo cario. Enrique”. El texto de la primera pgina mecanografiada –que pudiramos considerar la cubierta– es el siguiente: (Los poemas que forman el presente volumen, estn tomados de los siguientes libros: I.UN LIBRO MISTICO, II. LA CANCION DE LAS SOMBRAS, III.FAROS LEJANOS, IV.CANCIONES VIRGINALES, V.POEMAS DEL AMOR Y DEL VINO, VI.MISCELANEA (Versos de narracin y de entretenimiento), VII.DESPUES DE LA VIDA, los cuales comprenden la totalidad de poesa del autor, hasta el presente ao de 1937. Los primeros cinco libros fueron escritos y completados de 1920 a 1925 y los dos ltimos de 1926 al presente ao, an permanecen incompletos). El autor, en definitiva, no se decidi a editar la proyectada antologa (como comunic despus a Chacn), la que al cabo qued en manos de Dulce Mara Loynaz, quien lo don al amigo Pedro Simn junto con numerosos originales y copias de poemas a lo que nos referiremos ms adelante. Los cuadernos de esos libros mencionados, y en ese mismo orden, son tambin los que encontramos en la papelera de Chacn, junto con las cartas de Enrique Loynaz, y se ha respetado naturalmente ese orden original del autor, independientemente de que es posible que l alterara un orden cronolgico de creacin, teniendo en cuenta las fechas consignadas en muchas composiciones de los libros colocados en tercero y cuarto rdenes. En trminos generales se ha respetado, pues, la seleccin que conservaba Chacn y Calvo, con algunas excepciones. Por ejemplo, aparte de la elemental supresin de repeticin de poemas, se han agregado textos incluidos en la frustrada antologa y algunos encontrados entre los muchos originales y copias donados al compaero Pedro Simn, especialmente composiciones pertenecientes a la seccin “La cancin de las sombras”. Como dato curioso debo sealar que la malograda antologa slo mostraba diecisis composiciones numeradas de Un libro mstico, ms dos textos iniciales sin numeracin ni ttulo, de los que incluyo uno, “Yo tengo ya mi mtrica”, el otro, en prosa, que comienza: “No importa que todos me estn rechazando con dolor”, pas al conjunto de la coleccin. El libro –aqu seccin– La cancin de las sombras, aparece en la posible antologa con breve texto en prosa –que incorporamos a esta edicin– y diecisiete poemas numerados, si bien el ltimo, que ostenta el ttulo de la seccin, incluye tres composiciones, tituladas

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36respectivamente las dos primeras ”La visin” y “La noche” (que comienzan “Si contemplaras una vez, ante ti, una sombra” y “Has visto como todo se ha ido poniendo obscuro?”); la terce ra, sin ttulo, comienza: “...alma, alma, no presientes ahora algo distinto?”. En la versin definitiva cada parte es independiente, sin ttulo, y el autor tambin omite la breve nota introductoria que adverta: “(La aparicin de estas lricas canciones que preceden a pesar de su estructura prosaica, la justifica la buena voluntad potica de hacer ms destacable por s mismo, el ambiente exterior en que es producido este libro, del cual forman parte adjetiva)”. De Faros lejanos –donde parecen reunirse los primeros poemas escritos por Loynaz, con sus fechas–, se incluyeron en el proyecto de antologa un poema introductorio y dieciocho numerados. Las Canciones virginales –muchas de ellas tambin fechadas– fueron las ms favorecidas en el proyecto, con el poema introductorio y cuarenta numerados, algunos reincorporados ahora a la coleccin definitiva. En el resto del volumen no hay diferencia en relacin con el proyecto de antologa. En fin, estamos ya en presencia de la totalidad de la obra potica de Enrique Loynaz –-al menos de la totalidad a que l aspiraba–, que ofrece a crticos y estudiosos amplitud y profundidad para anlisis que propicien juicios definitivos sobre un orbe lrico parcialmente conocido hasta ahora. En el curso de este urgente recorrido por los territorios del misterioso y sugestivo universo, se han reproducido opiniones que pueden considerarse provisionales, aunque hayan logrado percibir en ese extrao mundo rasgos y matices indiscutibles. Suele siempre cierta crtica atribuir posibles genealogas a los poetas noveles, y al despuntar este que comentamos, se le atribuyeron influencia de poetas tan dismiles como Juan Ramn Jimnez y Edgar Allan Poe. En su deliciosa evocacin, Dulce Mara recuerda la febril consagracin de Enrique a la lectura en cuanto se le revel el secreto de la letra de molde, su gusto por Rimbaud entre los poetas franceses recitados por el to Arturo, y las preferencias hacia Tagore, dentro de una amplia gama potica que disfrutaron entre sus aficiones artsticas los adolescentes hermanos Loynaz, al decir de la primognita. Considero superfluo indagar en supuestas genealogas, sobre todo en un caso literario tan peculiar como el de Enrique Loynaz, que merece ser enfocado no slo con los diversos instrumentos tericos de la ciencia de la literatura, sino tambin a la luz de otras disciplinas que estudian y diagnostican sobre las complejidades y caractersticas de la mente y del espritu humanos. Es evidente la condicin extraordinaria, excepcional, de una persona que a pesar de haber sido iletrada hasta los once aos, haya logrado, entre la adolescencia e inicios de la juventud (de los diecisis a los veintin aos de edad), un dominio tan absoluto no ya slo del idioma y sus secretos; tambin del verso y de la esencia y la tcnica de la expresin potica. Es en el perodo entre 1920 y 1925, donde se produce la obra

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37fundamental de los cinco primeros poemarios. La correspondencia con Chacn y Calvo –aparte de lo que significa en el orden psicolgico– tambin revela el alto nivel de su escritura, tanto en lo formal como en lo conceptual, dentro de las particulares circunstancias de su formacin, y la plena conciencia de su obra y de sus peculiaridades. Sin proponerme profundizar en lo extraordinario del caso personal y artstico, en sus orgenes y manifestaciones, me atrevo a apuntar algunos elementos y circunstancias que pueden haber influido en su original personalidad literaria, de caracteres calificados de extraos e inusitados. Parece normal que un nio enfermizo (en las condiciones y durante casi todos sus primeros aos, como cuenta de su infancia el propio poeta), no pueda librarse de ciertos traumas, sobre todo un nio sensible e imaginativo, a quien el silencio y la soledad en la oscuridad de la noche rodean de rumores y de imaginarias visiones. Sus depresivos estados de nimo, que confiesa en las cartas citadas, tienen su natural reflejo en los poemas. Ya se sabe cmo fue la infancia de aquellos hijos de familia rica en La Habana de los primeros aos del siglo: una infancia prdiga en cuidados y reservas, con preceptores particulares, pero en mbito cerrado socialmente, de aislamiento y soledad relativos, por circunstancias diversas (en las que no estuvo ausente alguna tragedia familiar); todo ello con aquellos nios proclives a la fantasa y a los juegos de la imaginacin. Inteligencia superior, el pequeo Enrique pudo igualar o superar a sus hermanos, intelectualmente, pero el temperamento permanecera traumatizado, en extrema sensibilidad y en soledad interior que reclamaba expresin de las imgenes y visiones de las sombras y de los rumores del silencio que acumulaba de sus desvelos, y que se haba habituado a descubrir en el misterio de la noche, con sensaciones de presentimiento, de misterio que en su quietud generaba un secreto dinamismo interior. Una hiperestesia que no ahogaron viajes y placeres propiciados por la privilegiada condicin familiar. Con su poemario Un libro mstico el ms vulnerable pero tambin “henchido y presa de pattico anhelo”, quiso iniciar Loynaz el conjunto de su obra. Ya defini l ante Chacn el sentido de su misticismo, como presentimiento. Es posible que con las diversas invocaciones a la divinidad, en demanda de luz, intentara excusar su obsesin de penetrar, interpretar, definir el misterio de las tinieblas: Qu hiciste de m, ngel Nocturno, cul misterio / te envolva que me llen de miedo?”, interroga alguna vez. E impetra, angustiado: Si t me dieras luz... Si un relmpago tuyo me dejara un instante ver la escala tendida desde el cielo, sacando las sombras que mi vida ms despreciable hacen, en cuanto ms las huyo. En La cancin de las sombras ya no transciende el fervor mstico, sino cierto deliquio pantesta, como si la Naturaleza hubiera sustituido el culto de Dios, pero sin que el ocasional disfrute de la luz lograra borrar la obsesin de las

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38sombras, sino que la fascinacin de estas se hace ms precisa: “Loa ojos de la sombra estn abiertos ante la eternidad”. “Nada soy en la luz. / Slo en la sombra me adivino”. “Mirar las sombras es como ver lo infinito, / la nada viene en su desnudez”. “Hay voz en la penumbra / de esta noche, y un miedo / letal ha conmovido / mi alma y tiemblo... tiemblo!”. Esa obsesin predomina en el poemario. Como antes se advirti, el libro Faros lejanos parece que rene la primera cosecha lrica de Loynaz. En esta coleccin incluye su primer poema, “Los rieles”, y en la mayora de ellos, como detalle quizs significativo, consign fecha y lugar (Pars, Londres, Lucerna, etctera). Registra el poemario instantes plcidos, estampas de viaje, la vida en torno, como si el poeta viviera una etapa donde la ausencia de las sombras le permitiera apreciar el paisaje, los jardines, pero tambin descubrir la poesa de las cosas... El ejemplo de los rieles de los trenes –uno de los temas supuestamente prosaicos de la modernidad que el vanguardismo habra de magnificar–, muestra su certero sentido recndito de las cosas triviales: las velas encendidas, el silencio de las chimeneas sin humo... “En la vida de todas las cosas hay instantes de suprema hermosura...”, afirma en uno de los poemas de este libro. La extraeza parece plegar sus alas. Es como una emancipacin de las sombras, que se acrecienta en las Canciones virginales El ambiente se ha despejado y predomina el aire libre a cielo abierto. El poeta abandona la obsesin de las tinieblas y logra su lugar en la luz, en el amor. Su verso se hace ms jovial y cercano, transparente y sensual. Y lo proclama, sencillamente: Ya no ser tan oscuro con mi oscuridad de antes. Estrellas, flores y aguas se han diluido en mi sangre hacindome transparente como el aire. La estrofa es ms lmpida, ms escueta, con una ligereza de tono y de ritmo que justifica el gnero de cancin atribuido. Loynaz aporta su sello personal a un estilo que entonces cultivaban –va Juan Ramn Jimnez–, dos amigos suyos lejanos, que llegara a conocer en La Habana aos despus, ya ellos famosos: Federico Garca Lorca y Rafael Alberti. Es natural que en ese nuevo mbito iluminado florecieran los Poemas del amor y del vino. Pero en este libro que marca el final de una etapa creativa, como de despedida, me parece descubrir que el poeta, ya conquistado por la luz, por el amor, logra cantarlo, exaltarlo, con el mismo estilo de extraeza y misterio con que rondaba entre la sombra y el silencio, aunque definitivamente liberado. “Hoy te siento cantar en mi silencio”, dice a la amada. La embriaguez de la luz lo envuelve en claridades, y la flora que le rodea no es hipottica. Es la de su tierra cubana: “Es posible que haya soado con ella muchas noches, / cuando las ramas negras del palmar se inclinan en la noche clara, / y cada hoja es una meloda en el bosque de mangos. [...]. La luna redonda / ilumina las caas bravas en enero de un modo extrao”.

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39con sabor epigramtico. Y al final queda flotando la sombra que envolvi al poeta en su misterio, y que alienta en las estrofas de su “Poema roto”: Soy el muerto sueo del cual eres t dueo. –El sueo no, el ensueo del olvido. Por eso soy la noche verdadera, la que te aquieta en su letal silencio, la que ha apagado todas las estrellas. [.............] Soy la Muerte, Soy EL NO SER y el NO HABER SIDO nunca. –Una palabra sin sentido, muda, que ni a resurreccin posible aspira porque nunca he nacido y nazco siempre de ti, que eres la Muerte. Ni muerte ni olvido hay, en definitiva, para el poeta Enrique Loynaz y Muoz, aunque a veces se sintiera ajeno a su poesa. Adems, no siempre, repetimos, fue renuente a publicar sus versos. En carta que escribi el 12 de agosto de 1956 en La Habana, a su amigo Chacn y Calvo en Espaa, le expresaba: Yo no anduve viajando como usted supone. Haba proyectado reunirme con usted en Espaa para viajar juntos y tambin pens dejar editado un volumen con todas las poesas mas que se pudieran escoger, aunque para que fueran publicadas en otros tiempos. [Carta de la coleccin Chacn y Calvo del Instituto de Cooperacin Intelectual en Madrid, anotada por la valiosa bibligrafa cubana Marcia Castillo]. Segn la afirmacin del autor, los poemas que reuni en varias secciones bajo un rubro no exento de humor, “Miscelnea”, fueron escritos de 1926 a 1937. No obstante, me parece que muchos poemas conservan huellas de la primera etapa de creacin, que los distingue de los identificados como “versos de narracin y entretenimiento”. La suite incluye poemas posteriores a 1937. El primer segmento de once poemas (uno introductorio y diez signados con nmeros romanos), conservan algo del extrao ambiente de misterio y presentimiento de la etapa anterior. Hay un brusco cambio temtico y estilstico en la “Biografa” que le sigue, nada menos que de Judas. Es el primer poema del segundo segmento, donde, en extenso repertorio de doce secciones en versos irregulares consonantes y asonantes, la estampa del gran traidor justifica lo de “narracin y entretenimiento”, ambiente que se prolonga en “La Eladia”, de siniestro humor, como debe cuadrar a la apologa lrica de un sepulturero. Los poemas numerados del tres al nueve, marcan otra ruptura, con el regreso a temas de conmovedora temperatura lrica. “Despus de la vida” es una suite de trece poemas (uno introductorio, en prosa, y doce numerados), que conserva cierta unidad de estilo un tanto arbitrario –semejante al de la “Biografa”–, de suelta intencin irnica o burlesca, salvo alguno donde vuelve la profunda nostalgia a recobrar su forma y su emocin conmovedora. Por su parte, la breve coleccin “ltimos poemas” posee el aura melanclica de toda despedida mezclada a la irona y la broma, particularmente en la serie titulada “Bocetos”, algunos

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40Ya entonces haban quedado muy lejos en el tiempo los delirios y los sueos y visiones de la adolescencia y de la juventud de Enrique Loynaz, instalado cmodamente en su bufete de abogado y en sitio privilegiado de la sociedad burguesa, como l lo vislumbr y describi en un expresivo soneto que no incluy en la seleccin de su obra, pero que duerme plcidamente entre sus borradores: A la vida burguesa Yo tambin he soado con una vida nueva, Sencillamente pura, buena sencillamente, Tan montona como la cancin de una fuente Y con tanta armona como un trino de ave. No, al hallar en mi rostro un dejo grave o triste, me juzguis del todo indiferente. No pensis, contemplando mi oscurecida frente, en la luz que he podido tener, porque... ¡quin sabe! ¡Oh, paz, ingenuidad de tantos corazones adorados! ¡Esencia de un amor sin pasiones!: nios rezando, viejos en actitud serena. ¡Siluetas de los ngeles del cielo...! Od mi grito, y unid mi vida torva de soador maldito con la de una muchacha burguesa y dulce y buena. Pero, cuidado, no dejemos que nos engaen las apariencias. La imagen verdadera de Enrique Loynaz no es esta que asumi en la segunda mitad de su existencia, sino la original, la autntica, del poeta que ocult su obra hasta un lmite de renuncia cuyo motivo qued en puntos suspensivos. En su carta autobiogrfica a Chacn y Calvo, Enrique confiesa que cuando solicit de Osvaldo Bazil la publicacin de un poema suyo en el diario La Nacin (en marzo de 1920), lo hizo al saber que su hermana mayor haba logrado publicar los suyos por primera vez por la misma va periodstica. Hubo en l un celoso impulso competitivo. Ms adelante, ya situados ambos hermanos en el panorama de la poesa cubana, Enrique decide renunciar a la publicacin de sus poemarios, y tarda en renunciar a escribir versos, cuando ya su hermana ha alcanzado legtimo prestigio internacional. Considero que esa discreta actitud de renuncia de Enrique Loynaz parecera estar justificada en algunas de las consideraciones de impersonalidad creadora que el poeta expresa a su amigo fillogo. Pero, no habr tambin en esa actitud negativa una manera de evadir toda idea de competencia y de comparacin valorativa entre ambos hermanos, que al cabo aparecera humillante para uno de ellos y penosa para el favorecido? Es actitud generosa y que corresponde a la persona excepcional que describe Dulce Mara Loynaz al evocarla con gracia y ternura. La su-

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41premaca de uno sobre otro de ambos hermanos habra constituido conflicto familiar, y predominara la conciencia caballerosa de rendir las armas y sacrificar la poderosa vocacin potica? En el centenario de su nacimiento, pues, con el ms profundo y extenso conocimiento de su poesa desconocida, pero no olvidada, y ya cada cual en su sitio, quede el recuerdo de Enrique Loynaz y Muoz en el corazn de su pueblo y con el cetro excelso que le corresponde en el sagrado recinto de la cultura cubana. Mucha ha sido la evolucin y la recepcin –en forma y espritu– de la poesa a lo largo del sigloXX, pero cuando se logra expresar la poesa esencial, es para la eternidad.

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42 MEDITACIONESIndgenas y criollos en los primeros versos escritos sobre Cuba (fray Alonso Gregorio de Escobedo y su poema “ La Florida” ) Jos Antonio Garca MolinaInvestigador de la Biblioteca Nacional Jos Mart A unque hace casi dos aos el poeta y periodista Luis Suardaz public una nota sobre el descubrimiento de un poema escrito sobre Cuba una dcada antes de Espejo de paciencia (1608), todava el hecho parece ser poco conocido. Para quienes no tuvieron la ocasin de leer la noticia, he aqu su prrafo inicial: Los intelectuales espaoles lvaro Salvador –Premio Casa de las Amricas de este ao– y ngel Esteban del Campo han dado fin a la antologa de poesa cubana que comienza an antes de Espejo de paciencia (1608) y termina con los bardos nacidos en los setenta del pasado siglo. Los tres primeros volmenes reproducen la Antologa de los siglos XVII al XIX, que publicara la Editora del Consejo Nacional de Cultura en 1965, preparada, anotada, prologada y comentada por Jos Lezama Lima, pero enriquecida con un aporte singular, pues hallaron en la Biblioteca Nacional de Espaa un extenso poema en octavas reales titulado “La Florida”, de un viajero peninsular nombrado Fray de Escobedo.1Efectivamente, se trata de Alonso Gregorio de Escobedo, un fraile franciscano que desde 1587 hasta 1593 ejerci como sacerdote de esa orden religiosa en la misin de La Florida, entonces territorio del reino espaol. Su extenso poema descubierto hace poco, y titulado “La Florida” (quizs para honrar al lugar de la misin), posee centenares de versos divididos en “cantos”, en algunos de los cuales se muestra por primera vez en la historia de la poesa en Cuba, la imagen de nuestro pas, de la naturaleza cubana y de sus gentes,

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43en un instante todava fundacional (1598-1599). En particular, los cantos decimoquinto y decimosexto contienen referencias de la realidad cubana obtenidas en forma directa, tales como algunas costumbres y creencias de los indgenas cubanos, con quienes trat personalmente el fraile, cuando ya haba transcurrido un siglo de la llegada de Coln a Cuba. Otros temas diversos hacen del poema “La Florida” un texto de particular inters, no slo para los historiadores literarios, sino tambin para los estudiosos de la historia social, poltica y econmica de Cuba. La esclavitud negra e indgena, el carcter de los criollos, el comercio de contrabando, los asaltos de corsarios y piratas a las naves espaolas, las frutas autctonas y la temprana presencia de otras tradas desde lejos; la existencia de abundante ganado equino y vacuno de modo salvaje en extensas regiones del territorio cubano; la exuberancia y hermosura de nuestros bosques; la calidad de las maderas preciosas y la tala intensiva del bano y su exportacin, etctera, son algunos de los aspectos que trata o menciona el fraile de Escobedo en su largo poema.Cuba: la Isla DoradaAl comenzar el canto decimocuarto, donde de Escobedo narra su viaje desde La Espaola hacia Cuba, aparece la primera referencia interesante: denomina a Cuba “la Isla Dorada”. Dice exactamente que navegaban “[...] para el puerto de Baracoa que es en la Isla Dorada donde est la ciudad de La Habana”:2 En lo adelante, La Habana y Baracoa son mencionadas siempre con sus nombres respectivos, pero de las cuatro veces que cita a Cuba durante su estancia en ella, tres veces sustituye este nombre por “La Dorada”, lo cual nos hace suponer que esta era la denominacin ms conocida entonces, al menos entre el comn de las gentes en el rea antillana, ya que el autor del poema se nos manifiesta como testimoniante de una serie de relatos en los que participa junto con soldados, marineros, esclavos y gente de pueblo en general. A lo largo del poema utiliza numerosos trminos que aquellos empleaban en su habla comn, y es por eso que debemos preguntarnos: Por qu precisamente “isla dorada ”? La respuesta nos la da l mismo en el canto siguiente (decimoquinto), cuando al referirse a Cuba transcribe de modo textual lo que le dicen sus compaeros de viaje al acercarse a la Isla: “Esta se llama, hermanos, La Dorada / dijo nuestro cristiano y fuerte bando / que encierra dentro de s grande tesoro, / que aunque pobre de gente, no lo es de oro”.3 Como vemos, un siglo despus del arribo de Coln, cuando segn los historiadores haca ms de cincuenta aos que Cuba haba sido desechada por los espaoles como fuente para la obtencin

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44de oro, todava conservaba aquel nombre posiblemente surgido en los aos iniciales del siglo XVI, poca en que la bsqueda de dicho metal mediante la esclavitud indgena pareca an una promesa de la tierra. El verso final revela la escasez de poblacin (criolla de origen hispano) que desde haca tiempo caracterizaba a la Isla (“pobre de gente”), lo cual reitera en el siguiente canto, cuando repite: “[...] la Dorada / (que as llaman a la isla referida, / aunque pobre de gente y despreciada)”.4 Es conocido que, desde fines de la segunda dcada del siglo XVI, haba comenzado el xodo de la poblacin criolla de origen hispano residente en Cuba, hacia tierras inexploradas del continente para buscar oro, plata y otras fuentes de riqueza no encontradas en Cuba con la abundancia deseada. Del mismo modo, desde otras tierras antillanas se produca el xodo con igual propsito –incluso todava a fines de ese siglo XVI– de lo cual ofrece tambin testimonio el fraile de Escobedo en su poema. Segn nos cuenta, antes de venir a Cuba este se hallaba en La Espaola, en una poblacin nombrada “la Yaguana” (actual ciudad de Leogane, afrancesamiento del nombre original “Iaguana”: “lugar de jaguas o de cuevas”), que se encuentra a veinte kilmetros al oeste de la capital Puerto Prncipe, y cerca de la costa. All se hallaba Fray de Escobedo, tal vez cumpliendo misin religiosa en aquella poblacin que l denomina cariosamente “villa regalada” y “alegre villa”, pues segn se sabe en la entonces llamada Santa Mara del Puerto de Yaguana exista desde 1504 la Iglesia Metropolitana creada por el Papa Julio II, la cual era a la vez cabeza del arzobispado llamado Hiaguatensis (“de Iagua”, en latn).5Estando all, el fraile de Escobedo es testigo de una expedicin rumbo “al Occidente” (o sea, al rea continental americana), mediante una nave tripulada por portugueses que hizo escala en la Yaguana. Nos dice al respecto: Embarcse con ellos mucha gente que aguardaba ocasin, el punto y hora, para hacer su viaje al Occidente, adonde el oro y plata se atesora. A todos dio licencia el presidente del Rey Philippo, que en la villa mora, para poder salir sin pesadumbre cuando Apolo les diese clara lumbre. Ms de doscientos hombres se embarcaron castellanos y gente lusitana, con cuatro que obediencia profesaron de mi franciscana orden y guzmana. La nave con cien negros ocuparon, con sus cabellos cual merina lana, cuyos amos de Angola los trajeron y en Occidente todos los vendieron.6Sin embargo, a pesar del comienzo temprano y de lo prolongado del xodo de poblacin hacia el continente, por lo que nos dice fray de Escobedo, tan conocida era de Cuba entonces su pobreza de habitantes como su condicin de isla de gran riqueza, pues no obstante “[...] encierra dentro de s grande tesoro”.

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45Por qu se repite en el poema la idea de la existencia de oro, si la mayor parte de los historiadores nos dice que ya para fines de ese siglo su extraccin no era en Cuba una fuente de riqueza aprovechable (ante todo porque un por ciento muy alto de la fuerza de trabajo indgena viva oculta en montes, cayos y cinagas)? Al parecer, adems de que los nombres perduran ms all de las razones que los hicieron nacer, lo cierto es que an exista esta fuente de enriquecimiento mediante la mano de obra esclava, ahora a cargo de los africanos. Dice en el canto decimoquinto: El capitn Vizcardo, lusitano, de doce negros fuertes se serva, que en las aguas que corren al ocano sacaban grande suma cada da. por caso averiguado, cierto y llano, toda la negra gente le ofreca de sol a sol cuarenta y ms ducados de oro fino en plata conmutados.7Es un testimonio de primera mano que nos confirma un dato histrico excelente: terminndose el siglo XVIexistan todava en Cuba lavaderos de oro como al comienzo de este... ¡y an podan obtenerse buenas ganancias con ellos (ms de cuarenta ducados en una jornada)! Debemos preguntarnos: Puede asegurarse, entonces, que la emigracin masiva de pobladores de ascendencia hispana hacia el rea continental se debi, entre otras razones –como se ha dicho– a una comprobada escasez de oro en Cuba desde principios del siglo XVI?Con los indgenas de CubaAl salir hacia Cuba desde la Yaguana, en el suroeste de La Espaola, fray de Escobedo menciona el paso de su embarcacin cerca del cabo San Nicols (topnimo que se conserva al noroeste de esa Isla), as como su proximidad a la Punta de Mais, a la que denomina “Manas”, segn una versin de esa poca. Nos dice: A Manas, una punta as nombrada nuestro veloz navo fue llegando, por dar felice fin a su jornada, de entrar en Baracoa procurando.8No cabe duda de que se refiere a Nuestra Seora de la Asuncin de Baracoa, la primera villa fundada por los espaoles en Cuba (1511). Es con los indgenas de ese lugar con quienes el fraile tiene trato directo. En aquel momento haca casi medio siglo que el entonces representante de los reyes espaoles en Cuba, el gobernador Gonzalo Prez de Angulo finalmente haba puesto en prctica la orden real de abolir la esclavitud de los aborgenes (1553). Tal vez por esta razn pudo el fraile ver con facilidad cmo eran los indocubanos; cmo cultivaban la yuca y elaboraban el casabe, y sobre todo cmo era su carcter y cules creencias an tenan. Al respecto es notable comprobar cmo a ms de un siglo de la irrupcin espaola en la sociedad indgena antillana, estos de Baracoa que convivan con los espaoles desde generaciones anteriores (y con quienes habl fray de Escobedo), cuentan sus tradicionales creencias basadas en una pluralidad de deidades, y describen cmo en el culto a los es pritus de

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46sus antepasados solan llevarles ofrendas de comida a sus tumbas. Dicen los versos: Anduve por saber con entereza los dioses que los indios adoraban, y supe de los viejos por certeza que al demonio envidioso respectaban, y que solan guardar una simpleza, que al difunto comida le llevaban un ao sin faltar un solo da, porque a comer el msero vena. No cantar de su costumbre, y ritos de sus dioses dir distintamente que adoraban, que son casi infinitos, locura grande de tan ciega gente.9Por supuesto que Fray de Escobedo no puede pasar por alto en el poema la contrariedad que le producen las prcticas espirituales de los indgenas, expresadas –por lo visto– con tanta conviccin por sus interlocutores. Al comentarlas ms adelante, califica al indocubano como “idlatra pagano” e “infiel indio ignorante”. Nos dice: Por faltarle al infiel, claro nos muestra: en su mente crea por muy cierto ser verdad su opinin, de error maestra, por afirmar que come el que fue muerto es ciega sin verdad y tan siniestra, que no tuvo jams ningn concierto, ni le tuvo ni tiene quien afirma tan grande disparate y lo confirma. Certsima ocasin del perdimiento del indmito idlatra pagano, es carecer de Dios que da sustento a todo el miserable ser humano. Es su causa eficiente y fundamento, y rige mis sentidos con Su mano, y me manda la ma scrivas y cante verdades del infiel indio ignorante. Dirlas sin torcer un solo paso, soyles, por ser cristiano, aficionados en decirlas no fui jams escaso, pero quien no las trata me da enfado. Si los indios las cuentan es acaso, slo en mentiras ponen su cuidado ellas son de su gusto y fundamento, y de su alma el triste perdimiento.10No obstante, su sano afn por relatar todo lo nuevo tal cual lo ve y lo escucha, le impele a seguir informndonos. Otras creencias y costumbres de los aborgenes cubanos, tambin interesantes, nos ofrecen detalles reveladores, incluso para los estudiosos de hoy. Tales son la adoracin de ellos al arco iris y a las siete estrellas principales de las Plyades “cabrillas”, de lo cual poco o nada se ha hablado con relacin a los indgenas de Cuba: Es del indio tan grande la rudeza, que adoraba del sol el rayo ardiente por slo ser mayor en su grandeza, que los dems planetas de Occidente. De la luna adoraban la belleza por verla que sala en el Oriente, y cuando se asomaba a sus balcones la adoraban de puros corazones. Y al arco que mostr Dios en la altura, por el cual su palabra dio infalible de no anegar su humilde criatura, adoraban con trmino apacible. Y del lucero claro la hermosura, y al trueno cuyo estrpito es terrible

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47y a las que tienen nombre de cabrillas, adoraban hincadas las rodillas. Adoraban el mar, el cielo y tierra, y de menuda arena los montones, y con esto a sus almas hacan guerra por apartar de Dios sus corazones. En tal adoracin tambin se encierra adorar las corrientes y peones, los montes y los cerros y las fuentes, todas adoraciones de insipientes.11Con estos versos, fray de Escobedo se convierte en el cronista del siglo XVI que ms informacin ha ofrecido sobre las creencias de los indgenas cubanos. Ni siquiera Las Casas, que tan cerca estuvo de nuestros antepasados aborgenes, nos dio tan valiosos y precisos detalles sobre las creencias de los indocubanos. En descargo de tantas “paganas idolatras”, fray de Escobedo tiene la indulgencia de atribuir dichas ideas religiosas a los indgenas “viejos”, o sea, a los de antes, pues Los indios de ahora estn contritos, y guardan la doctrina refulgente de la iglesia de Dios con gran respeto tenindola en el alma por objeto.12Como se sabe, tal conversin a las ideas de la religin cristiana por parte de los indgenas del siglo XVI era slo posible en la mente y en los sanos deseos del ingenuo fraile. Al respecto es curiosa la alusin directa que fray de Escobedo hace a la altivez de carcter de los indgenas cubanos, quienes durante la esclavitud solan suicidarse para evadirla. Cuando se refiere a la obtencin de oro que ellos hacan antes como esclavos, declara: Sacbanle los indios de Occidente cuando fue la Dorada descubierta, y por tratarles mal los del Oriente a la muerte se entraban por la puerta, amando el cruel rigor de su accidente aunque al varn ms fuerte desconcierta, por tener por mejor el indio altivo poner fin al vivir que ser captivo.13Uno tras otro, a pesar de su discrepancia religiosa con los indgenas “viejos”, el fraile de Escobedo nos va describiendo los valiosos rasgos de su carcter. “Belicoso indio y fiel soldado”, le llama con franco regocijo a los indgenas que amistosamente los recibieron al llegar a Baracoa. De igual modo subraya en otra estrofa algunos rasgos caractersticos de los tanos de Cuba, tales como la absoluta obediencia a sus caciques, su carcter caritativo, su humildad y su condicin de hombres pacficos entre s. Pensando en estos rasgos tan definidos de nuestra idiosincrasia, cabe que nos preguntemos: es casual que dichos rasgos apunten a lo que despus devino como peculiaridades del campesino cubano? Sujetan la cerviz a la obediencia de su gobernador, sin faltar punto, y a sus mandatos no hacen resistencia, y son de caridad vivo trasunto. Tienen de todo pobre gran clemencia, con ms puntualidad que yo lo apunto,

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48y guardan entre s la paz del cielo, dada para los hombres desde suelo.14Llamo la atencin al respecto porque a veces en el poema se combina el personaje indgena con los descendientes de espaoles. Desde dcadas atrs estos ltimos venan naciendo en Cuba, y por lo tanto constituan haca tiempo una masa de poblacin criolla, ntimamente relacionada con los indgenas y en muchos casos mezclada genticamente con ellos.Indgenas y criollosAl arribar al puerto de Baracoa, fray de Escobedo y sus acompaantes fueron recibidos alegremente por los indgenas del lugar, quienes los colmaron de regalos de bienvenida, sobre todo de maravillosas frutas tropicales que enseguida el fraile se detiene a describir con deleite, antes de relatar sus experiencias subsiguientes en esa villa. Llama la atencin que fueron los indgenas y no los criollos (descendientes de espaoles) quienes los recibieron en el puerto; y ms an, que lo hicieron a la usanza indgena: entregando abundantes frutas –entre otros obsequios– como sola hacerse en la etapa de las comunidades tanas anteriores a su destruccin por la esclavitud. De nuevo estamos aqu ante la visible permanencia de rasgos tpicos de la comunidad aborigen en el modo de vivir de estos indgenas, quienes a la vez, por su contacto directo con la poblacin criolla de Baracoa, ahora usaban vestimentas a la usanza de estos (los indgenas [...] para trabajar se despojaban, porque el vestido con sudor manchaban [...]15 y por lo visto tambin hablaban espaol. Qu nos revela esta novedad indgena del vestir y del hablar a la usanza espaola en contraste con otras costumbres de los “criollos” adoptadas del indgena, que a continuacin veremos? Nos hablan del proceso de transculturacin que se llevaba a cabo entre indgenas y espaoles a fines del siglo XVI; nos dan una idea de cmo se manifestaba ese proceso complejo en la poblacin baracoense en particular, que bien pudiera considerarse un ejemplo de lo que suceda paralelamente en otros lugares de Cuba. He aqu uno de los valores que posee el poema de Escobedo, entre muchos otros, para los estudios histricos y culturales cubanos. Cuenta el fraile que al llegar a Baracoa, “ Del pueblo gran regalo recibimos, [...]”,16 y casi enseguida: En Baracoa juntos estuvimos con mucho regocijo y desenfado; mil regalos y gustos recibimos

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49del belicoso indio y fiel soldado, [...].17No cabe duda de que, en este caso, al decir “pueblo” se refiere a los indgenas; estos son para l el pueblo de Baracoa. Deben de haber representado, por lo tanto, una mayora abrumadora del total de la poblacin en la villa y sus alrededores en ese momento. De lo contrario, fray de Escobedo no les hubiera denominado “el pueblo”. Podemos imaginarnos, entonces, cun interesante sera el proceso de transculturacin que se estaba llevando a cabo all, y que se prolongara por tres siglos ms, entre la poblacin criolla descendiente de espaoles y la poblacin autctona de los indgenas (a lo cual se sum la poblacin de origen africano, como se sabe). La proporcin era: una mnima cantidad de habitantes criollos descendientes de peninsulares, representantes de una tercera o cuarta generacin de individuos nacidos ya en Cuba (que no conocieron nunca el suelo espaol y que tanto sus intereses econmicos como su hablar daban seales de una identidad que empezaba a diferenciarse de la espaola), en convivencia ms o menos directa con una masa considerable de poblacin aborigen, autctona desde varios siglos antes del arribo de Coln, y por tanto conocedora palmo a palmo de todos los secretos de esta tierra, e incluso de los secretos de sus ancestros. Siguiendo la lgica anterior podemos preguntarnos: cunto de las costumbres indgenas y de sus formas de proceder en los ms variados aspectos de la vida cotidiana no estaran en aquella poca incorporadas al quehacer diario y a los hbitos de los criollos de ascendencia hispana? No eran muchos de aquellos indgenas ya, criollos ellos mismos, no slo por su mestizaje cultural sino en ciertos casos tambin por su mestizaje sanguneo? El fraile de Escobedo no se refiere a esto, lgicamente, pero ofrece pautas que hoy nos invitan a pensar en ello. Lo primero que a l le asombra es el casabe que hacen los indgenas, al cual le dedica ocho estrofas en su poema. Describe la tcnica para su cultivo, su cosecha, la singular preparacin de las tortas, sus propiedades y la forma en que debe consumirse. Llama la atencin, por cierto, la alusin que hace sobre el empleo de la piel de levisa (un tipo de pez) como rallador de la yuca, en lugar del guayo (que se emplea todava), lo cual denota la permanencia de una variante tcnica hace mucho en desuso y empleada antiguamente para ese fin. A continuacin se refiere al palmito, que es el cogollo de la palma real utilizado por los indgenas como alimento, pero en este caso empleado por los criollos tambin para comer: Cortamos un palmito (es cosa cierta) que admirar si acaso lo refiero, que abri a treinta hombres franca puerta para comer, del ltimo al primero; y aunque su gusto a ms comer despierta, afirmo yo que atrs qued postrero, No son cual los de Espaa los palmitos, son palmas de diez brazos en altura,

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50que los que cortan quedan tan aflictos que se suelen quitar la vestidura: guardan en la dejar antiguos ritos imitando a los indios de cordura, que para trabajar se despojaban porque el vestido con sudor manchaban.18Obsrvese que es indgena tambin no slo la costumbre de comer palmito, sino que la forma de proceder para obtenerlo es, como l mismo dice, guardando “antiguos ritos”, o sea, tradiciones, e “imitando a los indios”. A continuacin Escobedo nos deleita con los comentarios sobre las frutas que se encuentra, entre las que seala no slo las indgenas guayabas, pias, mameyes y papayas, sino adems otras venidas con los europeos y acriolladas haca tiempo al finalizar el siglo XVI Tales son los pltanos, los aguacates, las naranjas y otros ctricos: Guayaba vi infinita que madura es su comer dulcsimo y sabroso, y pltanos maduros de dulzura que tienen el sabor maravilloso, y pias cual de pino su figura, que quien los come queda tan gustoso que de fruta el sabor ms regalado dejar por comer este bocado. De naranjales vi tanta maleza que parece ser nmero infinito cada naranja como una cabeza. En toda la montaa y su distrito verlas cuando maduran es belleza. Doy gracias al Seor santo y benedito a cuya adoracin provoca y llama no slo el cielo, ms la verde rama. Por el monte ver quien tiene cuenta infinidad de limas y limones, que a la vista el remedio le presenta por que le tengan todas sus pasiones. Ver cidra y toronja que acrecienta gran gusto en afligidos corazones; comer del mamey, fruto gustoso a los melocotones comparado, colorado cual ellos y oloroso; tiene dos huesos, uno en cada lado. Ver el papayo, rbol muy vistoso, su sabor al mastuerzo asimilado, aguacate es comida regalada, cual manteca de vacas extremada.19Le sigue la descripcin de otra costumbre –de igual procedencia indgena y derivada de la palma– que pervive hasta la actualidad: la confeccin de catauros (cestas) denominados por l “canoas” o “canoillas”, a partir de las yaguas de la palma. Este catauro, especie de contenedor de uso mltiple para los indgenas y para sus descendientes (los campesinos cubanos despus), es el mismo cuyo nombre universaliz Fernando Ortiz al utilizarlo para denominar uno de sus textos donde acopi vocablos raigalmente criollos: Un catauro de cubanismos (1923). As menciona fray de Escobedo uno de los usos del catauro: De las palmas que dejo atrs citadas, son las camisas de un palmito, del tiempo envejecido derivadas, sujetas a su duro yugo y rito. Dllas son canoillas fabricadas en toda aquella costa y su distrito, en que pasa su ropa nuestra gente en llegando a la orilla del torrente.

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51Cuando se hallare junto de la orilla aunque tan honda como el mar ocano, su caballo el jinete desensilla y deja sin camisa el cuerpo humano. Ver la fuerza del ro es maravilla, cuyo rpido curso es inhumano, pero las dos columnas espaolas bastan para cortar del mar las olas. Ponen en la canoa su vestido, atndole un cordel en un lado, y el nadador le lleva al diente asido y en el torrente entra acelerado. Pasa como animoso y atrevido Y da bordos con uno y otro lado, y despus de llegado a la otra parte al suelo su vestido da y reparte.20Mas no slo a la palma dirige su mirada; tambin dedica elogiosos versos a la ceiba, a la majagua y al bano, de los que celebra sus cualidades, al tiempo que describe sus usos, que son tambin –por cierto– de tradicin indgena, como la obtencin del fuego por friccin de la madera (descrita por Las Casas en su Apologtica historia sumaria, captulo XIII) y la confeccin de sogas a partir de su corteza: Sirve de pedernal, que da fuego y asimismo de yesca, pues enciende. Es tambin eslabn que hace fuego que saque clara luz quien la pretende. Para sacarla fue ocasin mi ruego; trato verdad si hubiere quien la entiende, scanla con dos palos y provoca a dar lumbre uno d los donde toca. Como sali la luz qued admirado y es de admirar un caso semejante; y llegndose al rbol un soldado sac una gran corteza en un instante, y dlla una gran soga ha fabricado, cual moroma finsima flamante de tal grosura y tanta fortaleza que del mar resistiera la braveza.21Otras prcticas de los criollos –esta vez de tradicin espaola– son del mismo modo presentadas con gusto y con largueza por el fraile: la caza de caballos salvajes y la persecucin de toros montaraces para desjarretarlos y descuerarlos. fray de Escobedo da a su poema un vuelo pico cuando dibuja las escenas en que se funden el ser humano y la naturaleza que le rodea; y en ellas, como protagonista, “el bravo criollo”: ¡O valor de criollo a maravilla! De buena cepa nunca mala rama: Si vuestro abuelo y padre siempre fue valiente; vos lo mostrates [sic] ser a nuestra gente.22Vuelve a llamarnos la atencin cmo al pintar el carcter de los criollos, parece que nos habla del campesino cubano que hemos conocido a lo largo de toda nuestra historia, por esa peculiaridad suya del desprendimiento y la generosidad que ya Bartolom de Las Casas haba elogiado en los indgenas, al poner ejemplos de las “buenas inclinaciones [...] mansedumbre, humildad, modestia y benignidad naturales” de ellos, “dotados de bondad natural”.23.Reiteradamente aparecen en los escritos de Las Casas descripciones sobre las muestras de hospitalidad y prodigalidad con que los indgenas de todas

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52partes trataban a sus huspedes aun ocasionales. Aquellos, deca, “[...] son en gran manera benvolos y dulces y benignos, lo cual manifiestan en recibir los huspedes [...]”. “En la Nueva Espaa [actual Mxico], cuando les viene algn husped, de esta manera le reciben, conviene a saber: A vuestra tierra y a vuestra casa vens, en ella podis estar, no os ha de faltar nada ; y si es persona principal: Vuestros vasallos y criados somos, bien nos podis mandar”.24Comprese lo anterior con el siguiente retrato que Fray de Escobedo nos presenta del criollo cubano y de su hospitalidad: La gente es dadivosa y tan cumplida que da con mucho gusto lo que tiene al caminante que a su casa viene. Aunque nuestro espaol vaya de paso, le darn diez caballos con presteza. Ningn criollo muestra ser escaso; por su seora tiene a la largueza, y si llegan diez huspedes acaso, los regalan y dan de su pobreza, un da, dos y diez, cincuenta o ciento, y les sirven con gusto y gran contento.25De quin se nos habla aqu: del indgena, del criollo descendiente de espaoles o del campesino cubano que se ha distinguido hasta los tiempos actuales por su proverbial generosidad? (Obsrvese que el personaje espaol est diferenciado del criollo). He aqu, pues, lo ms interesante del asunto; lo ms revelador: los tres personajes parecen el mismo, porque en verdad nuestro campesino actual, el mejor representante de lo cubano es resultado de una sntesis transcultural en la que intervinieron esencialmente el indgena y el espaol, a los que se sum despus (sobre todo desde el siglo XIX) el africano. Una vez ms la literatura artstica sirve como fuente para la investigacin histrica y cultural. Pero queda mucho por buscar an en los interesantes y copiosos versos que nos ha dejado el fraile de Escobedo en su gran poema “La Florida”. En este podrn bucear con gusto, como se ha dicho al comienzo, no slo los investigadores de la literatura cubana y antillana, sino tambin los historiadores de la economa y de otras ciencias. Sabrn del maj de siete metros de largo cazado y embalsamado con heno en Baracoa (al que “el vulgo” – los indgenas?– le renda culto); sabrn de las tiosas, de las tortugas, de la frondosidad de los bosques... En fin, queda mucho por buscar y por encontrar en la fronda que representa el poema “La Florida”, del que slo hemos comentado varios cantos. Y nada hemos dicho, tampoco, del uso del lenguaje; de los trminos de procedencia indgena que con la mayor fluidez surgen en el habla del fraile de Escobedo, como si l mismo fuera ya –no hay que dudar que lo fuera– un criollo de estas tierras. Notas1 Granma (La Habana) 19 abr. 2002.2 Escobedo, Fray Alonso Gregorio de. “La Florida” (poema, 1598-1599). Canto XIV, Introduccin.

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53Enviados por va electrnica como cortesa del profesor Ralph Bauer, del Departamento de Ingls de la Universidad de Maryland, Virginia, EE.UU.3 Ibdem, Canto XIV, penltima estrofa.4 Ibdem, Canto XV, estrofa 7.5 Vega, Bernardo. Los cacicazgos de La Espaola Santo Domingo, Repblica Dominicana : Fundacin Cultural Dominicana, 1987. pp. 68, 80.6 Op. cit. (2). Canto XIV, estrofas 24 y 25.7 Ibdem, Canto XV, estrofa 8.8 Ibdem, Canto XIV penltima estrofa.9 Ibdem, Canto XV estrofas 55 y 56.10 Ibdem, Canto XVI, estrofas 2, 3 y 4.11 Ibdem, Canto XVI, estrofas 5, 6 y 7.12 Ibdem, Canto XV antepenltima estrofa.13 Ibdem, Canto XV, estrofa 9.14 Ibdem, Canto XV penltima estrofa.15 Ibdem, Canto XV, estrofa 19.16 Ibdem, Canto XIV, ltima estrofa.17 Ibdem, Canto XV, estrofa 6.18 Ibdem, Canto XV, estrofas 18 y 19.19 Ibdem, Canto XV, estrofas 20, 21, 22 y 23.20 Ibdem, Canto XV, estrofas 24, 25 y 26.21 Ibdem, Canto XV, estrofas 47 y 48.22 Ibdem, Canto XV, estrofa 39.23 Casas, Bartolom de las. “Apologtica historia sumaria”, captulo CXCVIII. En: Serrano y Sanz, M. Historiadores de Indias. Madrid : BaillyBalliere e Hijos, 1909. t. I., p. 519.24 Ibdem, captulo XXXVII; p. 95.25 Op. cit. (2). Canto XV, estrofas 28 y 29.Otras obras consultadas BUSTAMANTE, LUIS J. Enciclopedia popular cubana. La Habana : Cultural, Sociedad Annima, 1942. vol. I. CASAS, BARTOLOM DE LAS. Historia de las Indias Repblica Dominicana, Santo Domingo : Ediciones del Continente, S.A 1985. vol. I y II. ROIG Y MESA, JUAN TOMS. Diccionario botnico de nombres vulgares cubanos. La Habana : Editorial Pueblo y Educacin, 1975. vol. II.

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54 H ace ms de un siglo, en un artculo de Patria pocas veces glosado,2dedicado a las conversaciones polticas que inauguraba un club revolucionario de Nueva York, Mart sealaba que dicho club quera “llevar adelante, con todos a la vez, la obra de mantenerse al habla, de cambiar juicios, de dilucidar puntos dudosos de nuestra historia, fomentar las relaciones afectuosas entre los que tiene que trabajar con la opinin, y la opinin que es la masa y fuerza del trabajo”, y aada, explicitando la ndole de esas conversaciones polticas, que no consistiran siempre en conferencias, porque […] la conferencia es monlogo y estamos en tiempos de dilogo [subrayado nuestro, P.E.] [...]. La conversacin importa; no sobre el reglamento interminable o las minimeces que suelen salirles a las asociaciones primerizas, sino sobre los elementos y peligros de Cuba, sobre la composicin y tendencias de cada elemento, sobre el modo de componer los elementos y de evitar los peligros [...]. Que un pueblo no es juguete heroico, para que un redentor potico juegue con l: sino nuestras mismas entraas, que no se han de poner detrs del carro de nadie, ni de pie de la estatua de nadie, sino en lo ms tierno de nuestro pecho, a calentarles la vida.3“Estamos en tiempos de dilogo” (dijo Mart)Se desprenden de esta larga cita un mtodo democrtico de elaboracin de la opinin popular (mediante los clubes del Partido Revolucionario Cubano); una invitacin a que uno hable libremente y piense por s mismo sin tener que afiliarse a un bando o rendirle culto a una autoridad consagrada aunque esta tenga la magia de un “redentor potico” y se llame por ejemplo “Jos Mart”; y la conciencia de que est asomando en el De la discrepancia en la investigacin martiana (A propsito de un libro de Daniel Romn 1 ) Paul EstradeProfesor de la Universidad de Pars VIII, Francia

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55desenvolvimiento del pensamiento poltico de una nueva fase: el que surja de los “tiempos del dilogo”. Segn parece, al decir del mismo Mart, la reunin no fue exactamente conforme a lo que el Delegado deseaba. Hubo debate por cierto, no hubo monlogo, Mart no subi a la tribuna sino que se qued en las bancas. Pero habl por dos horas, dos horas necesarias no para acumular verdades perentorias sino “[...] para decirnos como hombres, de ceja a ceja, las dudas francas que podamos tener sobre los fines de nuestra poltica o sobre sus mtodos”.4 Por ser esa la primera asamblea de ese gnero, resulta natural que el Maestro, uno de tantos participantes, haya tenido que volver sobre la necesidad y la forma de discutirlo todo llanamente entre cubanos, y monopolizar en exceso la palabra que deba ser de todos. Si ya en 1892 los “tiempos del dilogo” se entreabran dentro de los clubs revolucionarios –laboratorios de la “democracia naciente”– cmo no percatarse de que aquellos tiempos son an los del presente tanto a nivel nacional como internacional aunque parezca lo contrario? Y cmo excluir el debate, y aqu, del coloquio que nos congrega, la figura y la obra de quien siempre se opuso a que sus entusiastas seguidores lo empinaran o se pusieran detrs de l, callados y obedecientes? Entre los desafos del siglo XXI est nuestra capacidad de dilogo, entre Estados Unidos, entre comunidades, entre culturas, entre hombres, y para encararla positivamente nos puede ayudar una reflexin adecuada sobre el pensamiento y accin de Jos Mart. El dilogo supone la libre expresin, oral o escrita, de las opiniones propias y tambin su discusin pblica por los dems, en el plan de respeto e igualdad. Por espontneas y sinceras que sean esas opiniones, se supone que el dilogo tenga una organizacin mnima –para que los tiempos de dilogo no sean los de cacofona–, y que se organice sobre bases claras, referencias comunes, hechos ciertos –para que no lleguen con ellos los tiempos de la confusin–. No es fcil en un coloquio como este, con tanta y dismil participacin, y con tan breve tiempo para exponer y discutir conseguir que se establezca en todo taller, en toda sesin, un dilogo real y fructfero. Pero con suerte, nos queda la posibilidad de llevarlo a cabo a distancia, como diferido, y hasta con interrupciones sanas, basndonos en los trabajos publicados anteriormente por unos y otros. El dilogo es un debate, no puede eliminar la discrepancia (y hasta cierto grado, la polmica), que es su prolongamiento, si no imprescindible, por lo menos habitual. Las experiencias de Mart en su quehacer poltico, su propia caracterstica intelectual y social le tienen convencido de que opinar implica discrepar, y de que la discrepancia es para el ser humano un derecho y un deber: el derecho de ejercer su libertad espiritual, y el deber de contribuir a la manifestacin de la verdad, a la comprensin, conjuncin y fusin de los distintos pareceres para la cohesin y adelanto de la nacin. Desde luego la discrepancia dista de ser un mero juego

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56acadmico. No puede tener como objeto el encumbramiento del individuo discrepante por encima de las ideas debatidas. Es un acto de libertad, tino y responsabilidad. Recordemos lo que acerca de la polmica –esa prima viva de la discrepancia– escribi Mart: Si la polmica es dime y direte, sin ms provecho que el de las rias callejeras, donde el gento empuja el codo a los peleadores, y goza con los motes y puetazos, mejor es que cese la polmica, agria e intil. Pero el choque de juicios es loable, y aun apacible, cuando por l se vienen en conocimiento de libros y costumbres y autores y pueblos, y se aviva el inters en estudios que no se han de descuidar.5Los seis grandes errores de Mart (dixit Romn)Un libro reciente me ha parecido oportuno para un “choque de juicios” provechoso. Conlleva una fuerte dosis de discrepancia de la primera a la ltima pgina, y si el autor se inscribe obviamente en una lnea fuera de Cuba lo calificaramos de “anticastrista”, no ataca a nadie en persona y, por ejemplo, aunque repita que la biografa martiana de Carlos Mrquez Sterling es superior a la de Jorge Maach (criterio que no comparto), no tiene la agresividad de aquel. Estos factores, y mi ignorancia de quien es en realidad el autor de ese libro, me han incitado a ejercer mi propio derecho a la discrepancia, sin que medien otras consideraciones. El libro es de poca difusin hasta hoy, dudo que adquiera un valor perenne, y reconozco que el texto impreso me servir de pretexto para aclarar algunos puntos de metodologa y deontologa en el ao de celebraciones mltiples de Mart y en esta etapa de revisiones que se perfilan, y redefiniciones que se ensayan de Mart y en torno a l. Se trata del libro de Daniel Romn: Los seis grandes errores de Mart (¡nada menos!), publicado en Miami en 1993, por un cubano de nacimiento que reside all, y a quien en la contraportada, la editorial presenta en tanto que “psiclogo clnico, socilogo, telogo, periodista e historiador”. No tengo motivo de no aceptarlo como lo pintan, aunque, como lo veremos en su momento, lo de “historiador” no queda comprobado en esta obra. Convendra que les resumiera este libro, pero me contentar con dejarle la palabra a Daniel Romn para que exponga las razones que tuvo de publicarlo. Desde el principio, sin tergiversar lo que quiere demostrar, nuestro polmico autor aclara su propsito:

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57Nuestro hroe convoc a la lucha del pueblo cubano, y, sin embargo, a los 38 das de su desembarco en Playitas, provincia de Oriente, decidi abandonarla por la va del suicidio, un acto gravsimo e incomprensible en un hombre de su estatura por cuanto se entraa una franca desercin de sus deberes y responsabilidades. [……….] Si Mart no se suicid, entonces no tendramos necesidad de escribir un libro como el presente [...]. [……….] Nos proponemos demostrar varias cosas que no estn aclaradas –o lo estn mal– como si Mart se suicid o no y, si lo hizo, cules son las causas que lo condujeron a este infausto suceso? Debemos destacar tambin un hecho trascendental ignorado por la mayora de los historiadores, excepto por el escritor mexicano Mauricio Magdaleno y, en parte por Jorge Maach. Se trata de una conjura que contribuy decisivamente a la muerte del futuro Apstol, pues los aos siguientes le consumi la mayor parte de sus reservas espirituales. [……….] Dentro del tema principal, Mara Garca Granados emerge como figura que habra marcado la diferencia de los hechos impidiendo la futura tragedia en Boca de Dos Ros, y muy posiblemente, muchsimas desgracias que le acaecieron a Cuba republicana, cuyos males nos alcanzan a casi cien aos de distancia de la desaparicin fsica del grande hombre de la patria cubana y de Amrica.6Con estos prrafos de Romn, tenemos expuestos por l los dos errores irrecuperables en que incurri Mart. El error inicial de 1876-1877, “el ms lamentable error” (p. 53) en su vida afectiva: haberse casado con Carmen, la camageyana, en lugar de casarse con Mara, la Nia de Guatemala. El error final de su vida poltica, “acto gravsimo”: haberse suicidado el 19 de mayo de 1895 al ofrecer deliberadamente su pecho a las balas espaolas en lugar de regresar a Nueva York a proseguir el combate. Luego resultan harto difciles de hallar en el libro los dems cuatro errores. A cada rato se insiste en los errores de Mart calificados hasta de “garrafales” (p. 164), pero no hay organizacin sistemtica de los hechos y las ideas. No es un libro estructurado, como si en realidad lo constituyera una serie de artculos de prensa yuxtapuestos. Este mtodo (o falta de mtodo de exposicin) acarrea repeticiones por un lado, y por otro la ausencia de todo hilo conductor. Fuera de los dos errores sealados con insistencia, la bsqueda de los dems errores anunciados en el ttulo es tan aleatoria en esa manigua que es imposible decir en qu consistieron exactamente, ya que no se mencionan explcitamente ni en la introduccin, ni en la conclusin, ni en el titulo de los captulos, ni siquiera de repente en medio de alguna frase. Contrariamente a lo que poda esperarse por la rotundez y precisin del ttulo, hay ms nebulosidad en la obra que meticulosidad, cuando me

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58imagino que esta sigue preferible a aquella en todo estudio histrico. Lo que, segn el autor, parece relacionar el error inicial con el ltimo error –pasando por los dems que suponemos intermedios–, es cierta debilidad de carcter que tuviera Mart: inmadurez sentimental, estado anmico depresivo, que lo llev a equivocarse unas cuantas veces. Es interesante este criterio por lo que efectivamente puede aportar a la comprensin de la trayectoria vital de Mart el anlisis psicolgico y psicoanaltico de su personalidad, en la medida en que, a un siglo de dinasta, tales anlisis son posibles a partir de su epistolario ntimo, sus dibujos, su poesa y el testimonio de sus deudos y amigos cercanos. Por esa razn, aunque no es esta mi lnea de investigacin, acepto y deseo que se desarrolle. Es positivo que el doctor Romn haya tratado de adentrarse en la intimidad de Mart con la mirada nueva y con los instrumentos cognoscitivos que ha proporcionado su experiencia de “psiclogo clnico”. Que a Mart lo estudien y valoren personas ajenas al mbito del ncleo acadmico de especialistas de la literatura, el arte o la historia, no debe provocar irritacin en ellos. A medida que la obra de Mart ir difundindose por el mundo surgirn nuevos enfoques, de lo que tendremos que felicitarnos todos por ms que nos sorprendan. Cuantos ms lectores, cuantas ms lecturas, genuinas y legtimas, divergentes y problemticas ser mejor. A Daniel Romn se le puede agradecer por eso –por su irrupcin en el coto de la martilandia– y tambin por la libertad de tono e independencia de juicio. Plantea con razn: 1 Que hoy da nada pueda ser objeto de tab en la vida de Mart; que se debe admitir que Mart pudo cometer errores personales o abrigar prejuicios o expresar opiniones desacertadas; que posea la misma lucidez en todos los dominios; que esto debe estudiarse serena y cientficamente, dndole la cabal importancia que tenga, ni ms ni menos, despus del reexamen histrico global que nunca ser superfluo ni definitivo. 2 Que la compleja vida amorosa de Mart no puede limitarse a unas escuetas y tmidas alusiones; que no debe ser estudiada en s sino en sus interferencias posibles en las actividades y producciones del escritor o del poltico; que en ese campo de la vida privada, la sexualidad de Mart debe ser analizada natural y llanamente, sin pudibondera ni sensacionalismo; que no podra descartarse tampoco que “su vida emocional [fuera] su taln de Aquiles” (p. 82), aunque es menester demostrarlo. 3 Que Mart no debe ser “endiosado”; que si seguimos el camino que se abri con el libro titulado Mart, Santo de Amrica,7 dentro de algunos aos habr quien escriba “Mart, Dios de Amrica” (p. 77). Hasta ello no hemos llegado, por cierto, pero en el ao 1995 nos consta que circulan estudios manuscritos listos para su publicacin que lo tildan sistemticamente de “Mesas”. Al expresar nuestra conformidad con el criterio de Romn, le indicaremos que hace lustros y decenios que por suerte

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59tal tendencia hagiogrfica y sacralizante pas de moda; que no se puede culpar a los martianos en general de haber cado en eso en los aos treinta o cuarenta (piense en la biografa de Manuel I. Mndez, o en el Mart, hombre de Gonzalo de Quesada Miranda); y que tal vez, para ser consecuente consigo, el autor hubiera podido dejarlo de llamar “Apstol” como lo hace por ejemplo en las pginas 74 y 78. Valorado positivamente, en mi opinin, el enfoque con el que Romn aborda los pretendidos errores de Mart, pasaremos a considerar los argumentos que presenta. Aqu, dicho con sinceridad, es honda la decepcin, proporcional a la pobreza del argumentario. El libro no est exento de errores histricos a los que, como lo dimos a entender, un historiador de veras, aunque no sea del oficio, no debera tolerar en el propio manuscrito a la hora de entregarlo. Con esos lunares aparece la falta de rigor que se le puede reprochar en general como la que invalida gran parte de las hiptesis y tesis. Veamos algunos de esos detalles errneos que de entrada le restan crdito al libro: En la pgina 36, se comenta que a Mart “lo envan a la Isla de Pinos donde le colocan en la cintura y en los pies anillos de hierro que le laceran la piel”, cuando es notorio que esta desgracia la sufri estando en las canteras de San Lzaro en La Habana, y no en la islita que para l signific algn alivio y reposicin. En la pgina cuarenta y uno, se precisa que “Mart y Fermn viajaron a Santander para embarcarse con rumbo a Francia, llegando a Pars en 1875 [...] visitando el Museo del Louvre, los Campos Eliseos, la Torre Eiffel ” [etctera] [subrayado nuestro P.E.]. Acumular una sola frase, una afirmacin por nadie establecida (lo del viaje a Francia por mar y por Santander, cuando otro bigrafo, Nstor Carbonell, dice que fue en tren y por Zaragoza7bis y dos errores manifiestos (Mart lleg en 1874, y la Torre Eiffel no se inaugur sino... en 1889, quince aos ms tarde), da un idea de la poca seriedad de la informacin factual que en el libro se maneja. En la pgina 110, se dice de Juan Gualberto Gmez que “este hombre haba sido esclavo”. Dnde Romn habr encontrado esta falsedad ya que todos los bigrafos de Gmez cuentan que naci libre? Un poco ms lejos (p. 112), se lee que el viaje que Mart hizo en 1879 de Espaa a Francia fue “por la frontera de Irn a Henday a”. De qu fuente indita lo habr sacado el autor omnisciente si la ms reciente y fehaciente cronologa martiana (la de Ibrahm Hidalgo Paz, 1992) no lo recoge? Dejemos lo que, tal vez, no son ms que negligencias y fantasas de corto enlace para examinar, con ms atencin, los pertrechos que trae Romn a favor de sus tesis. La defraudacin del lector no es menos viva, repetimos.Pepe / Carmen / Mara / CarmitaVeamos por puntos las relaciones de Jos Mart con esas mujeres, puesto que Romn les dedica buen espacio donde encuentra la fuente del primer

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60error del biografiado, de consecuencias permanentes hasta Dos Ros. 1 Para fundamentar la idea de que a Mart unos amigos le echaron a los brazos sensuales de Carmen Zayas Bazn, en Mxico, con el fin de impedir que continuara las relaciones fogosas con la actriz Conchita Padilla, Daniel Romn se apoya en lo escrito por el mexicano Mauricio Magdaleno quien evoc la “conjura urdida como truco y garlito en el que caera Mart por los amigos” (p. 52). ¡Y nada ms! Ninguna otra referencia de la obra aludida a la cual por lo tanto el lector curioso no podr acudir nunca. Y adems, para colmo de la ligereza de un autor que pretende asentarlo todo mediante demostraciones, ni siquiera menciona en la bibliografa final del libro el ttulo de la bibliografa de Magdaleno, ¡su nico respaldo!8 Por otra parte, ni un dato que confirme la existencia de la conspiracin, ni una carta, ni un documento que la avale procedente de uno de los supuestos conspiradores (que seran Ramn Guzmn, Manuel Mercado, Pedro Santacilia, Nicols Azcrate y Manuel Ocaranza, p. 51). Romn no aade nada, ni el principio de una prueba, ni un indicio que venga a ratificar la opinin de Magdaleno. Lo lamento, pero as, sin mayores elementos concretos y fidedignos, no hay quien convenza de la realidad de la llamada conjura. 2 Existiendo o no tal conjura para casar a Mart y salvarle de los frenticos o incontrolables instintos sexuales que lo enloquecan por aquellos aos –segn reitera Romn–, el hecho probado, s, es que Carmen le gust a Pepe y que l la quiso apasionadamente. Las mismas cartas que le dirigi entre 1877 y 1878, lo que escribe confidencialmente a Manuel Mercado, lo que confiesa en sus Apuntes, no dan lugar a la ms leve duda.9 Ahora, admitiendo que Mart se diera cuenta a tiempo de su error y se casase con ella, por qu pensar en que se hubiera casado con Mara Garca Granados; que hubiera sido feliz con ella; que se hubiera fijado por veinte aos en Ciudad Guatemala (p. 93); y que hubiera reaparecido en 1898 para coger las riendas de la Repblica de Cuba y sustraerla a la dominacin norteamericana? Son elucubraciones, ninguna de ellas resiste a la crtica; es ficcin pura, ajena al concepto que Mart se haca del deber patrio. 3 Por atractiva y dulce que fuera Mara, aquellas dotes no suelen bastar para consolidar el matrimonio. Por entraablemente que la quisiera Mart (suponiendo inexistente todo compromiso con Carmen), cmo imaginar que el ex Presidente de la Repblica de Guatemala, el hombre ms rico del pas, accediera a la peticin del joven cubano sin fortuna y le diese a su hija por mujer? Cmo concebir que, concedida la mano de Mara, Pepe hubiera aguantado los ataques del clero y las injusticias del caudillo, y hubiera vivido all tranquilo sin preocuparse del porvenir de esta nueva tierra suya ni de la suerte de su isla natal? Recrear la historia de un hombre a base de un encadenamiento de suposiciones, pertenecer al gnero de la ficcin, nunca al de la historia. Abandonemos primero lo que fue, antes de abandonarnos a lo que pudie ra haber

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61sido. Una cantidad copiosa de pginas estn dedicadas a ese idilio trgico en el libro, constituyendo la fuente informativa de ellas los libros de Mximo Soto May y David Vela,10completada por dos viajes del autor a Guatemala para conocer los lugares que lo vieron florecer y fenecer. Pero, obsrvese que Romn no fue a los archivos11 –¡vaya historiador!– a averiguar qu edad tendra Mara en 1877: 15 o 20 aos? Maach le atribua veinte aos, Romn se decide por quince; el afamado psiclogo declara “irrelevante” la diferencia e intil la pesquisa (p. 69).12 No discrepara otro psiclogo? 4 Al autor, por suerte, no le ofusca que, dadas desavenencias conyugales con su mujer Mart haya buscado y encontrado un consuelo afectivo en la casa de y en la persona admirable de Carmen Miyares y Peoli en Nueva York (Carmita, en sus cartas). Pero viene repitiendo, sin ofrecer ninguna prueba, que Mara Mantilla es hija carnal de Mart y Carmita, bastndole eso de que “como Manuel Mantilla no haba muerto, es de suponer que la hija es de l, pero afirma que no, que es de Mart” (p. 119). Dnde y cundo Manuel Mantilla afirm tal cosa? No ser otra invencin? A ella le siguen otras invenciones de la misma estirpe (sin ninguna prueba documental o testimonio serio), como por ejemplo que “Don Mariano [el padre de Mart, P. E.] se senta feliz hasta un da que Pepe le comunic que tena una amante, Carmen Miyares” (p. 126). Por favor, quin habr contado esta conversacin, el padre o el hijo? Y en qu documento al alcance del investigador yacer parecida confesin? Por otra parte, dnde estar consignado el testimonio que le autoriz a Romn a escribir (p. 127) que “alguien le inform [a Carmen Zayas Bazn, P. E.] que su marido tena una amante y una hija con ella”? Tantas impresiones no pueden satisfacer los estudios de Mart: dan fe a viejas murmuraciones sin arrojar nueva luz sobre los hechos contemplados. No me ofuscaran tales hechos ni conductas si, por fin, fueran comprobados con los argumentos incontrastables que hasta ahora nadie ha producido. Las consideraciones prudentes que Luis Toledo Sande expuso al respecto conservan todo su valor.13Las ntimas convicciones, por verosmiles que sean, y respaldadas que sean por autoridades, no son pruebas; las suposiciones, suposiciones son. Amn de no corresponder a la verdad comprobada hasta hoy, estas consideraciones sobre la vida ntima de Mart desembocan en este libro sobre conclusiones que pretenden cambiar la opinin tradicional sobre las causas del fracaso del matrimonio de Mart con Carmen Zayas Bazn: “en esta lucha entre criterios de Carmen y Mart, hay una vctima, sera Carmen la que llev la peor parte [...]. Mart maneja la historia al dejarse ver como un gran incomprendido, vctima de Carmen, cuando la realidad es que la vctima es ella” (p. 119). Cmo Romn puede llegar a dicha conclusin, cuando nadie tiene conocimiento de las cartas intercambiadas por los esposos ni de las discusiones que mantuvieron estando juntos?

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62Mart / Gmez / MaceoEn las reuniones y enfrentamientos que tuvieron estos tres jefes de la revolucin de Independencia, entre 1884 y 1895, o sea entre la renuncia de Mart a seguir cooperando con Gmez y Maceo (octubre de 1884) y la agitada “cumbre” que tuvo lugar en el ingenio La Mejorana (cuyo contenido slo se adivina mediante deducciones), Daniel Romn, quien no teme ir contrasentido, da la razn, no a Mart, sino a Gmez, y sobre todo a Maceo. Todo cuestionamiento es legtimo, y es preciso tomar en consideracin los puntos de vista de todos los protagonistas y de todos los comentaristas. No volvamos sobre el episodio llamado “Plan Gmez-Maceo”, ya que al fin y al cabo no prosper, y la historia no puede decir quin llevaba la razn en la contienda. Sin embargo, hay sobradas pruebas, entre los tenientes de Gmez y Maceo, para que digamos que los peligros del caudillismo militar, husmeados por Mart, no los invent en aquel momento como pens algn prurito civilista.14Como a Romn lo que le parece importar es la conduccin acertada de la guerra –sin preocuparle mayormente el contenido democrtico del proceso que se estaba gestando en la guerra ni el espritu de justicia de la repblica democrtica en preparacin–, es natural que escriba al final del libro: Todas las realidades daban la razn a Maceo en el ingenio de La Mejorana, por qu pretenden algunos “historiadores” fabricarle razones a Mart y negrselas a Maceo que es quien las tena? Por qu hacer prevalecer el pensamiento de Mart sobre el proceso revolucionario si l no conoca nada de l? Por qu sospechar del republicanismo de Gmez y Maceo, si ambos eran los ejemplos a seguir por sus vidas que garantizaban la credibilidad que despertaron en la mayora de los cubanos? La participacin de Mart en la guerra de 1895 no lo sita por encima de estos dos gigantes de la patria, pues absolutamente ningn cubano est por encima de Mximo Gmez y de Antonio Maceo. Ni siquiera Jos Mart. Aunque duela reconocerlo, si nos atenemos a la verdad histrica, sin Gmez y Maceo era muy difcil realizar aquella Invasin notable que asombr a toda Amrica e hizo triunfar la revolucin. Sin Mart podra llevarse a cabo; sin Gmez y Maceo, no.15No ironicemos sobre el supuesto “triunfo” de la Revolucin en 1898, ni entremos a discutir el rango que deben ocupar en la memoria histrica cubana Mart, Gmez y Maceo. Las observaciones que preceden acaban por justificar, a la vez, el rechazo en la entrevista de “La Mejorana” de la solucin de gobierno de Mart, la obligacin en que estuvo de someterse a la estrategia de los militares (de Maceo en particular), as como la conciencia que tuvo de su fracaso y la seguridad de su prxima expulsin de Cuba y de su regreso ineludible a Nueva York a cumplir las rdenes de la jefatura de la guerra, la desilusin, la tristeza y la depresin que le invaden la mente, y la decisin de desaparecer.

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63Y concluye Romn: Frustrado por todo lo anterior, su vanidad no resiste haber sido jefe en la emigracin y subalterno en la manigua, por eso decide no enfrentar las nuevas realidades y terminar con su vida. Estaba cansado de vivir. Y se olvid de sus responsabilidades, de que haba incorporado al proceso a muchas personas, de que se erigi en lder con la obligacin de seguir hasta la conclusin de la guerra y ayudar a organizar la Repblica, y no sac fuerzas de la vida, de donde la obtienen no slo, los grandes, sino el ciudadano comn, y desert de sus deberes, pensando ms en sus propios problemas que en los del pas, y decide dejar a los dems “con carabina al hombro”, para dejarse vencer por su cansancio y sus frustraciones, y cabalgar irresponsablemente hacia la muerte, para desaparecer, como l mismo se lo haba pronosticado.16Estas consideraciones muy duras para con el Hroe Nacional de Cuba son del todo gratuitas, como lo vamos a ver, y por consiguiente profundamente injustas. No son ms que una nueva versin de una tesis nada nueva. Cules son en efecto los nuevos elementos que aporta Romn para volver sobre el asunto y darle esa interpretacin? Ledo y reledo el libro, cabe decir que ninguno. Respecto a lo acordado en La Mejorana, por supuesto, como no hay acta alguna ni pieza suelta del expediente, se las inventa. De todas formas poco le importa lo que all pasara realmente: Si no hubiera existido –aade– una reunin en el ingenio de “La Mejorana”, de todas maneras se suicidara porque estaba en sus planes hacerlo. Sobreabundan las pruebas administradas por l mismo, as es que negar su suicidio es una pre tensin caprichosa y falsa, destinada a hacerle morir peleando heroica-mente para fabricarle una gloria que encaje en planes de endiosamiento, lo que es un buen argumento para la novela, pero no para un libro de historia.17Al “historiador” Daniel Romn, le pregunto: por qu en su libro, no tan voluminoso ni tan cargado de notas (pues no lleva ninguna), no pudo haber llenado algunas pginas –que en adelante le haran famoso– con aquellas pruebas sobreabundantes administradas por Mart de que estaba en su intencin suicidarse de cualquier forma? Presumo que a usted le hubiera sido difcil llenar aquellas pginas, imprescindibles sin embargo para que un lector crtico (el mismo que deseamos usted y yo) tomara en serio la interpretacin propuesta. Supongo que por su oficio y experiencia usted sabr que todo “suicida potencial” (como califica a Mart) no se suicida forzosamente; y por sus lecturas de las bibliografas de Mart usted se habr enterado de que ni una sola vez l intent morir as. Habr que torcer mucho las cartas y otros documentos de Mart para encontrar en ellas la anticipacin y la confirmacin de lo ocurrido en Dos Ros. No

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64he encontrado personalmente ningn texto en que enuncie tal propsito. “Que si caigo...”, escribe a Federico Henrquez y Carvajal al despedirse de l, y no “cuando caiga” o “caer”.18 En todas las cartas llamadas “testamentos” existe la posibilidad de que muera en la guerra, de que siga en la isla o de que vuelva a la emigracin: estas alternativas no traducen la obsesin de un suicida potencial. Todo hombre consciente sabe que la muerte lo puede arrebatar en medio del combate. Pero entre este pronstico lcido y la voluntad de caer combatiendo hay un paso enorme. Y cuando uno recuerda la importancia que tena para Mart el cumplimiento del deber y el ser til a la Patria, dondequiera que fuera; y cuando uno medita una frase como esta de 1889: “[…] haremos para vivir hasta que Silveyra tenga cable, y los que padecen de hambre de justicia no necesiten de nosotros”,19no hay motivo para interpretar el “s desaparecer”20 de Mart como lo hace Romn. “Desaparecer” no significa suprimirse, sino retirarse para no estorbar el movimiento, trasladarse a otro lugar y seguir sirviendo, y no sacrificarse para beneficio de nadie. Tengamos presente tambin que ya en Cuba Mart se sinti feliz como nunca (lo escribi a diario a todos) y que en esta misma carta inconclusa a Manuel Mercado del 18 de mayo de 1895 donde le confiesa sus intenciones y proyectos (“cuanto hice hasta hoy, y har...”, “seguimos camino, al centro de la isla, a deponer yo...”). Ser esa la confesin de quien desesperado busca el momento propicio para renunciar e inmolarse? Tampoco hay informacin nueva de algn testigo antes callado o de algn documento perdido sobre los ltimos momentos de Mart en Dos Ros. El suicidio es, pues, pura hiptesis sin la ms mnima prueba documental. Aceptarla hoy, porque la aconsejara la intuicin, sera volver a los tiempos infantiles de la investigacin imaginaria: un mal argumento tanto para una novela como para un libro de historia. Romn da por evidente el suicidio. Quin se contentar con esa afirmacin suya de que Mart “lo cometi como lo prueban las evidencias” (p. 165)? Precisamente, no hay ninguna evidencia, ninguna prueba. Entonces debemos decir con las palabras mismas del autor: “No podemos confiar en las opiniones de cualquier persona que opine sobre Mart o cualquier otra personalidad histrica sin verificar lo que afirma [...]”.21 Mientras no aparezcan datos nuevos, debemos atenernos a la versin ms probable de la muerte de Mart en Dos Ros –su cada fortuita en combate–, que es a analizada y desarrollada por Gonzalo de Quesada y Miranda.22Nada cierto el suicidio, nada comprobado cae entonces por s mismo cuanto Romn le achaca a Mart, ya que todo en l est basado en este supuesto presentado como una verdad histrica innegable. Qu queda entonces al incumplimiento final de sus deberes patriticos, de la acusacin de desercin que formula, y de la peor falta –ms que error– que le reprocha: haber dejado al enemigo imperialista el campo libre para que intervenga? Esto es el colmo. Romn no niega el antimperialismo de Jos Mart, a quien

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65califica de “enemigo cabal y total de la expansin imperialista de Estados Unidos en el Caribe y en otras partes del continente” (p. 125), pero la emprende con los historiadores proamericanos que desvirtan la realidad, pues afirma que “[…] los Estados Unidos del pasado siglo as como del sigloXX hasta la presidencia de Franklin Delano Roosevelt eran descarnadamente imperialistas, expansionistas” (p. 126). Bien, Romn es valiente, no teme hablar de imperialismo en 1993 cuando en tierras menos sumisas al imperialismo el uso del vocablo tiende a restringirse, ni duda del antimperialismo martiano que en la mal llamada “Radio Mart” es tergiversado cuando no es un tab. Sin embargo, el lector se habr dado cuenta de que para el autor esa frase acab en los aos treinta. Para l el nico imperialismo estadounidense es “el imperialismo de entonces ” (pp. 152, 158 y 165, por ejemplo. Subrayado nuestro. P. E.). Qu habr hoy? La ley Torricelli, el proyecto de ley HelmsBurton, de qu naturaleza sern sino inspirados por el imperialismo de siempre que sigue codiciando la presa que se le escap en 1959? De toda forma, cargarle al solo Mart la responsabilidad de la intervencin militar, la ocupacin, la enmienda Platt, la neocolonia, las reiteradas intervenciones, la dominacin imperialista, etctera, a l, Mart, quien tanto pele para impedir a tiempo ese proceso que era de los contados en prever; es una deduccin y una imputacin tan arbitraria como malintencionada, que en el fondo, disculpa a los responsables verdaderos de esa evolucin a partir de 1895. Con tal invento se le atena sospechosamente la responsabilidad a los que prepararon solapadamente esa sombra historia de Cuba o en la emigracin, y a los que en los Estados Unidos trabajaban para que el “destino manifiesto” se realizase por fin. No endiosamos a Mart los que sealamos la grandeza que tuvo de enfrentar hasta el ltimo da el peligro imperialista, y no tenemos por invento de falsificadores la carta inconclusa del 18 de mayo de 1895 donde reafirma su voluntad de accin antimperialista. No vemos a quienes se les brinda hoy el apoyo de regatearle a Mart, sin fundamentos, sus mritos, si no es a los mismos imperialistas “Ni se ha de adorar dolos, ni de descabezar estatuas”, dijo alguna vez el cubano.23Llegado el momento de concluir, qu queda del libro? me pregunto, aunque la buena pregunta que se imponga sea otra: por qu el libro? No sabr responderla, pero no ignoro que hoy un libro no es slo el fruto del trabajo sino el producto de un editor. Es imposible que nadie en las Ediciones Universales de Miami no haya notado las deficiencias del libro. Para recomendar su publicacin en la coleccin “Cuba y sus jueces” debieron obrar potentes razones. Acaso ms polticas que cientficas. Acaso la conviccin de que como Cuba se agarraba de nuevo ms a Mart que a Marx, era oportuno empezar a rebajar la figura del primero para tratar de desestabilizar la Isla. Qu queda del libro? lo que me llev a adquirirlo: la voluntad que all se expresa de reexamen pe rsonal, con mtodo

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66propio y con libertad de tono, de ciertos momentos claves de la vida de Mart, reinterpretados a la luz de la psicologa. Pero tambin lo que me llevar a citarlo muy pocas veces en adelante, sino para ejemplificar lo improducente de una investigacin ligera, aproximada, carente en absoluto de los datos necesarios y de las referencias indiscutibles que dan consistencia y peso a las afirmaciones. No s, al final, si alguno de los llamados “siete errores” de Mart descubiertos por Romn puede haber tenido por tal; s que para volver a hablar algn da de ellos, sern indispensables, de parte del investigador que quiera demostrarlos y no postularlos, las “tres erres” previas del Reexamen, del Rigor y de la Responsabilidad, que a Romn no le asistieron mucho en su empresa. “El hombre sincero tiene derecho al error”, dijo Mart de Proao.24 A Jos Mart, por supuesto se le debe aplicar la regla. Como tambin a Daniel Romn se le debe aplicar. Tiene derecho al error, as como a la rectificacin. Que lo demuestre en su prximo libro y si no, que medite la sentencia martiana: “Los libros ms estorban que ayudan para la gloria venidera”. Notas1 Daniel Romn Los seis grandes errores de Mart Miami : Ediciones Universales, 1993. 182 p.2 Mart, Jos. “Los clubs”, Patria 11 de junio de 1892. En su: Obras completas La Habana : Editora Nacional de Cuba, 1963-1973. t. 2, pp.16-17. Obra de referencia que en adelante se definir por esta sencilla sigla: OC .3 dem.4 “La primera conferencia”. Patria 18 de junio de 1892. Ibdem, p. 31.5 “Las Crnicas potosinas del Sr. Vicente G. Quesada y una carta del autor”, La Revista Ilustrada, New York, mayo de 1891. OC t. 7, p. 379.6 Daniel Romn, Op.cit (1). p. 9.7 Alusin al libro de Luis Rodrguez-Embil, que gan un premio en 1940 y que fue publicado en La Habana en 1941.7 bis Carbonell, Nestor. Mart, carne y espritu. La Habana : Seoane, Fernndez y Cia, 1952. t.1, p. 113.8 El escritor Mauricio Magdaleno le dedic a Mart algunos frvidos trabajos en los aos cuarenta, antes de emprender una carrera de novelista donde ha adquirido fama. Al no aparecer la citacin recopilada en el prlogo a la seleccin de textos que hizo en 1942 ( Mart. Mxico, Secretara de Educacin Pblica), suponemos que s estar en su libro Fulgor de Mart (Mxico, Ed. Quetzal, 1940), el que lamentablemente no hemos podido consultar en Francia.9 Entre las muchsimas frases que, en sus cuadernos personales, se refieren claramente a su querida Carmen (a la novia o a la esposa) y expresan un autntico amor, sirva esta de prueba: “Porque yo no s si V. sabe cmo Carmen y yo nos queremos. En cuanto a m, todo aliento depende de ella, y cunto me place su aprobacin y sus palabras: todo est acatado”. OC, t. 22, p. 246.10 Soto Hall, Mximo. La nia de Guatemala. Guatemala : Ed. Jos de Pinera Ibarra, 1966. Vela, David. Mart en Guatemala. Guatemala : Ministerio de Educacin Pblica, 1954.11 Para conseguir la partida de nacimiento de Mara, emple los servicios de un abogado y de un periodista.12 Los estudiosos de Mart que no menosprecian lo que en Cuba se publica regularmente saben que Patria (Cuaderno de la Ctedra Martiana de La Habana) reprodujo en 1990, en su nmero

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67tres, pginas 112-113, los certificados que atestiguan que Mara Garca Granados haba nacido el 9 de septiembre de 1860 y que muri el 11 de mayo de 1878, “de diecisiete aos de edad”.13 Nota sin firmar a: Borrador de carta (de Mart) a Victoria Smith. Anuario del Centro de Estudios Martianos (La Habana) (12):11-16; 1989. Luis Toledo Sande diriga entonces el CEM, razn por la cual le atribuyo el comentario.14 Una informacin tal vez nueva al respecto fue sacada del peridico cubano La Repblica, de Nueva York, donde el delegado de Mximo Gmez, Ramn Rubiera, no vacilaba en escribir: “Pedimos y defendemos el establecimiento de un gobierno militar” (nmero del 20 de junio de 1885, AMAE, Madrid) No lo leera y no se escandalizara Mart?15 Op. cit. (1). p. 173.16 Ibdem, p. 156.17 Ibdem, p. 157.18 OC, t. 4, p. 112.19 Ibdem, t. 7, p. 396.20 Ibdem, t. 4, p. 170.21 Op. cit. (1). p. 171.22 Quesada y Miranda, Gonzalo. La interrogante de Dos Ros. Anuario Martiano (La Habana) (6):39-54;1976.23 Artculo en honor a Heredia (1888). OC. t. 5, p. 133.24 Ibdem, t. 8, p. 257.

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68 E s un inmenso placer dedicar este resumen en exclusiva para los lectores de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, sobre los resultados de la recopilacin de datos para la biografa del ilustre maestro, Harold Gramatges Leyte-Vidal. Esta tarea no ha sido fcil y de esto son testigos nuestros colegas, pues en Cuba son pocos los que se dedican a este trabajo a pesar de que existen las memorias de personalidades de diferentes mbitos, dgase, polticos, pedagogos, combatientes, msicos en espera de ser recopiladas y divulgadas; otras las hemos conocido desde estas pginas, aportando un reflejo de lo que fuimos, somos y seremos, y que constituyen la imagen ms reciente de nuestra historia. Nosotros, como lectores de esta magnfica Revista, conocimos de las prestigiosas personalidades que desde sus pginas han dejado registrado sus ms atinados trabajos, fuente de referencia obligada. Queremos expresar nuestra gratitud al licenciado Eliades Acosta Matos, director de esta institucin, al historiador e investigador que nos estimul y motiv a lo que accedimos sin vacilacin. Adelantar la sntesis de lo que ser prximamente la biografa Pensado en ti sobre el maestro Harold Gramatges Leyte-Vidal, ttulo escogido a partir de su primera obra musical recogida en su catlogo que es una romanza al estilo de Schumann, dedicada a su novia Ena Susana Hartman (Manila), su esposa en la actualidad. En Santiago de Cuba, calle Heredia N 54, 26 de septiembre de 1918 a la 01:20 a.m. le nace al matrimonio conformado por el ingeniero Gabriel Gramatges y Altagracia Leyte-Vidal, un nio de seis libras al que dieron por nombre Harold Guillermo Virgilio, quien fue recibido por la comadrona Concha, una gruesa mulata famosa en la ciudad por sus servicios. En esta casa vive sus primeros seis aos, y desde su alumbramiento, su tierna alma Harold Gramatges. La armona de la vida Leonel Francisco Maza Gonzlez y Lourdes Castelln SnchezIinvestigadores

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69fue destinada al mundo sonoro, primero escuchando en el propio hogar a su amado padre, ingeniero de profesin y amante de la msica; Gabriel tocaba el violn y la guitarra; siempre colm de cario al pequeo. Gustaba de visitar la finca de su abuelo materno, el general mamb Francisco Leyte-Vidal e Inarra, y con ello se fomenta y crece hasta la actualidad un sentimiento de amor y devocin por los caballos, al mismo tiempo que l y sus hermanos Gabriel y Ruth disfrutan de la naturaleza en estas excursiones, acompaado de la mascota de la familia: el chivito “Pepe” y su caballo “Furia”. En 1924 la familia se traslada para el Reparto Vista Alegre en calle 6 entre 13 y 15, un hogar diseado por su padre que por ese entonces ejerca la profesin de arquitecto, all crece hasta convertirse en joven y comienza a recibir sus primeras lecciones de msica de sus padres, magia que envolvi rpidamente a Harold, quien pronto fue capaz de reproducir msica en el piano por imitacin auditiva. Ese ao comienza a estudiar dicho instrumento con la profesora Zoila Figueras. Su primera presentacin se realiza acompaando a su padre al piano, cuando apenas Gramatges tena siete aos, en un concierto efectuado en la sociedad teosfica Soy de Oriente, de Santiago de Cuba. Los estudios primarios los cursa en la Escuela Pblica N 33 de Vista Alegre y la media en la Escuela Superior de Varones. Harold fue alumno fundador del Conservatorio Provincial de Oriente a partir del 24 de septiembre de 1927; all se grada de piano, teora de la msica y solfeo. En 1936 se traslada a La Habana con el inters de continuar estudios de msica en el Conservatorio Real de Bruselas, Blgica. Con su profesora, la cubana Flora Mora, estudia repertorio pianstico. Despus matricula en el Conservatorio Municipal de La Habana, nico plantel de enseanza superior oficial que exista en Cuba. En l estudia un amplio programa de diferentes asignaturas: Anlisis, Filosofa, Historia, Esttica, Pedagoga, Armona, Contrapunto y fuga, Instrumentacin y composicin, esta ltima a cargo de los compositores Amadeo Roldn y Jos Ardvol quienes a su vez ejercan como fundadores y directores de las orquestas Filarmnica y de Cmara de La Habana. Mientras estudia en el plantel, en 1942 obtiene por oposicin una beca para estudiar en los Estados Unidos de Amrica Composicin con Aarn Copland en The Berkschine Music Center, de Tanglewood, Massachussets. El premio lo obtiene con su obra Sonata para clavichmbalo ejecutada al piano por el propio Gramatges en un concierto el 20 de junio de ese propio ao a cargo de la Orquesta de Cmara de La Habana, donde tambin se escucharon otras cinco sonatas de jvenes compositores. Durante su estancia en los Estados Unidos estudia con jvenes que ms tarde llegan a ser grandes compositores iberoamericanos, como Alberto Ginastera, Blas Galindo, Pablo Moncayo, Juan Ortega Salas, Hctor Campos Parsi, Antonio Estvez, Hctor Tosar..., y toma clases de Direccin de

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70Orquesta con Serge Kussevitzki. Fue condiscpulo de Leonard Bernstein y Lukas Foss. A su regreso, Gramatges fund en La Habana la Orquesta Sinfnica Juvenil del Conservatorio Municipal (1942-1948), al mismo tiempo es subdirector de la Orquesta de Cmara de La Habana y funge como director invitado de la Orquesta Sinfnica de Radio CMQ, tambin funda la Orquesta Juvenil de Cmara del Conservatorio de La Habana. En enero de 1943 el joven y prometedor compositor est entre los fundadores del Grupo Renovacin Musical; en mayo del propio ao hace la partitura para el ballet Icaro que se estrena con un xito rotundo en el teatro Auditrium, y lo interpreta magistralmente la primera ballerina Alicia Alonso. Otro momento significativo en la vida del joven por esos aos es la obtencin del premio Reinhold del Caribe y Amrica Central convocado por la Orquesta Sinfnica de Detroit, Estados Unidos con su Sinfona en mi. An sin concluir sus estudios, en 1944 pasa a formar parte del claustro del propio conservatorio impartiendo Armona, Contrapunto, Composicin, Historia de la Msica y Esttica hasta 1959. En diciembre de 1948 regresa nuevamente a los Estados Unidos para asistir a seminarios sobre Anlisis Musical y Proceso Pedaggico en la Universidad de Columbia con los profesores Elliot, Carter y Ulises Kay. Con Aaron Copland en New York ampla sus horizontes musicales en particular en lo referente a la msica para el cine. Harold es discpulo y testigo de la creacin de la msica que realiza su maestro, para el filme norteamericano La heredera. Vuelve a Tanglewood (lugar donde estudi cuando gan la oposicin en 1942) en el verano de 1949; all asiste a conferencias impartidas por los compositores Paul Hindemithy y Bohuslav Martinu. En New York asiste a las presentaciones de Bola de Nieve, a funciones de ballet, y simultneamente trabaja como profesor en academias privadas, Desde esa ciudad mantiene Gramatges correspondencia abundante con su familia y su profesor Aaron Copland, y compone Dos danzas cubanas dedicadas a su hermana Ruth. En sntesis, en la dcada del cuarenta fue un activista de las cuestiones artsticas de Cuba, un representante de sus colegas en el norte. De regreso se incorpora al conservatorio, y se destaca tambin como escritor con atinadas crticas, crnicas y artculos publicados en la revista Conservatorio que constituyen un material importante, pues reflejan su amplio dominio de las temticas y sus anlisis invitan a la discusin del tema, por eso en la actualidad an tienen vigencia. Por estos aos se consolida como pedagogo, profesin que ama y de la cual nunca se separa, pues va dando a sus discpulos lo mejor de su experiencia. En 1950 obtiene el Premio Nacional de Msica de Cmara otorgado por la Direccin de Cultura del Ministerio de Educacin con su obra Quinteto (para flauta, clarinete, fagot, viola y contrabajo). Esta etapa es rica en reconocimientos a su trabajo como compositor:

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71sus obras se escuchan, no slo en Cuba, sino en el extranjero sobre todo en los Estados Unidos (New York), donde su colega Alfonso Montecino (chileno) lo incluye en un programa en el Carnegie Hall con la obra Montuna el 12 de abril de 1950. Se funda en La Habana la Sociedad Cultura Nuestro Tiempo en 1951 donde es elegido presidente Harold Gramatges, cargo en el que se mantiene durante la existencia de esta institucin, la cual rene en su seno a jvenes progresistas con el objetivo de promover la cultura en el pas y ampliar el conocimiento de las artes contemporneas En esta tarea se ponen de manifiesto las dotes de organizador y dirigente, se reflejan sus inquietudes revolucionarias, las cuales pasan a ser una necesidad de primer orden por lo que se vincula a la Juventud Socialista y establece contactos personales con figuras importantes como Nicols Guilln, Juan Marinello, Mirta Aguirre, y otros dirigentes del Partido Socialista Popular Desea regresar a los Estados Unidos ese mismo ao con el propsito de recibir nuevos cursos en la Universidad de Columbia, pero como es de suponer, una vez conocido su apoyo a la patria, la embajada norteamericana en La Habana le deneg la visa por razones polticas y su afiliacin como intelectual de izquierda. Esta situacin no lo sorprende en lo personal, conoce al enemigo, por lo tanto contina su labor profesional y por ende creando buena msica; su capacidad musical sigue fluyendo como un manantial, es ya un compositor consumado, contina divulgando su obra en diferentes pases y eso lo confirman los variados programas concebidos por las ms dismiles instituciones. En diciembre de 1952 contrae matrimonio con su novia de la adolescencia, Manila Hartman, quien desde entonces y hasta la actualidad forma parte de su propia existencia. En 1953 se crea la revista Nuestro Tiempo, rgano oficial de la sociedad cultural homnima, siendo su director Harold Gramatges, quien adems la enriqueci con sus artculos, editoriales, crticas de conciertos y ensayos. Las actividades de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo se agigantaron en el ao del centenario del apstol Jos Mart y del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba dirigido por Fidel Castro y un grupo de valerosos jvenes. La institucin y sus actividades se convierten en constante preocupacin para la tirana batistiana, pues conoce que en su seno se mueven dirigentes de izquierda, pero en realidad Nuestro Tiempo sigue ofreciendo al pueblo otra posibilidad de conocer su mbito cultural, sus principales figuras a diferencia de otras instituciones creadas con y para la clase ms poderosa (burgueses, ricos y rufianes de todo tipo). En el ao 1954 se produce un hecho en el orden musical de relevancia en el mbito del continente: el Festival de Msica Latinoamericana de Caracas que se desarrolla del 22 de noviembre al 10 de diciembre. En l Harold participa en todas las actividades centrales, de hecho Venezuela se convierte en el corazn musical del continente ameri cano, all se

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72dan cita los msicos ms importantes del hemisferio y otras personalidades de Europa. Por Cuba asisten adems de Gramatges, Edgardo Martn y Julin Orbn, este ltimo ganador del tercer premio con su obra Tres versiones sinfnicas. Regresa a la patria cargado de nuevas ideas que enriquecen el trabajo de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y aumentan as las presentaciones y actividades culturales en la institucin. En 1956 se da a conocer nuevas obras de Gramatges. Aparece publicada por la casa editoras Elkan & Vogel de Filadelfia dentro del lbum SXX Cuban Composers, su pieza para piano Preludio para el lbum. En junio de 1955 se estrena en La Habana la obra de teatro Calgula con msica incidental de Gramatges interpretada por el conjunto instrumental ocasional, esta vez con Harold al piano. Otro xito fue la trasmisin por la emisora BBC londinense de un programa radiofnico que incluyo su Serenata para orquesta de cuerdas interpretada por la London Philarmonic Orchestra, bajo la direccin del maestro Walter Goehr; este programa fue organizado por la Sociedad Internacional de Msica Contempornea auspiciada por la UNESCO. El Segundo Festival de Msica Latinoamericana de Caracas se realiza entre marzo y abril de 1957, promovido como siempre por la Institucin Jos ngel Lamas y presidida por el doctor Inocente Palacios. En l se interpretaron obras excelentes de diferentes compositores de Amrica Latina y los Estados Unidos En dicho evento Cuba fue representada por Jos Ardvol con Suite cubana N 1 ; Harold Gramatges present Dos danzas cubanas ; Julin Arbn, Tres versiones sinfnicas ; Edgardo Martn con Sinfnica N 1, y adems Aurelio de Vega con algunas de sus obras. Todos asistieron como invitados de honor al festival. En las actividades colaterales fueron estrenadas en la radiodifusin nacional en programa dirigido por el venezolano maestro Antonio Estvez, Serenata para orquesta de cuerdas de Harold Gramatges; otro xito del evento lo constituy la ejecucin de su Quinteto para flauta, clarinete, fagot, viola y contrabajo, obra que fue Premio Nacional de Msica de Cmara (1950) en Cuba, que se inclua en el programa de la agrupacin de msica contempornea que dirigi el maestro Primo Casale. De regreso, contina con su incansable labor pedaggica y composicional, cvica y social. En enero de 1958 asiste Gramatges al Congreso de la Asociacin Interamericana de Msica celebrado en Mxico D.F., pero la situacin es muy difcil para el compositor y para la sociedad cubana: el dolor y la incertidumbre los rodea. Harold como muchos otros es acosado, sufre en carne propia la persecucin, pues sus actividades se hacen cada da ms peligrosas para su vida, pero a pesar de todo se crece y lucha desde su trinchera, por eso viaja a Suecia como delegado al Congreso Internacional por la Paz.

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73En Pars conoce a Nadia Boulanger con quien viaja a Bucarest, Rumania, para formar parte del jurado en el I Concurso Internacional de Piano “George Enescu”. All se encuentra con su profesor Aarn Copland. Por indicaciones de los compaeros del Partido Socialista Popular no regresa a Cuba, parte hacia Mxico donde conoce que la Revolucin Cubana ha triunfado. Retorna a su pas el 6 de enero de 1959, con otros compaeros revolucionarios, convencido de que se haba abierto para la historia cubana una pgina de luz y justicia social. Amanece el 1 de enero de 1959 y con l Cuba despierta de esa enorme tragedia poltica y social que durante cincuenta y ocho aos mantuvo el desprecio y la humillacin a las capas ms humildes de la sociedad. A partir de entonces se ponen de manifiesto todas las aoranzas individuales y colectivas del pueblo; desde las montaas del Oriente llega un ejrcito de barbudos encabezados por un joven lder, Fidel Castro Ruz, que ofrece para la reconstruccin del pas la participacin de todas las clases sociales, siendo protagonista por primera vez el pueblo. En el fulgor de estas transformaciones sociales el maestro Harold Gramatges participa intensamente, es nombrado asesor del Departamento de Msica de la Direccin General de Cultura; participa en las reformas del sistema cubano de enseanza musical; es gestor de la creacin de la Orquesta Sinfnica Nacional; organiza conciertos de msica cubana como pianista y director de orquesta. Ese mismo ao participa como presidente del jurado del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes celebrado en Viena. En 1960 es designado Embajador y Ministro Plenipotenciario de la Repblica de Cuba en Francia, labor que se extiende hasta 1964. En esta propia etapa organiza conciertos en el Conservatorio Nacional de Msica de Pars con msica cubana contempornea, dicta conferencias y asiste a eventos culturales, incluso en otros pases. Gramatges en este perodo hace la msica para cuatro cortometrajes: Rebeldes (1960) Carnet de viaje ( 1961), Cuba Pueblo Armado (1961) y Habana 61 (1962). En este ltimo se utiliza su Serenata para orquesta de cuerdas (1947). En 1961 escribe Inmemoriam, homenaje a Frank Pas, mrtir de la Revolucin cubana, natal de Santiago de Cuba quien cae heroicamente el 30 de julio de 1957. Al respecto Harold Gramatges comenta “La obra est concebida en un solo movimiento, constas de varias secciones dispuestas en forma de montaje cinematogrfico, tratando de expresar de manera simblica, nunca descriptiva o narrativa situaciones, lugares, luchas significativas de la vida del Hroe Santiaguero [...]”. Esta msica fue adems utilizada como banda sonora en el cortometraje David (1961) del cineasta cubano Enrique Pineda Barnet. Su produccin musical asciende a ms de 130 obras que abarcan varios gneros. Son innumerables los conciertos en

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74Cuba y en el extranjero donde se ha escuchado su msica, incluso ejecutada al piano por l o dirigiendo la orquesta. Ha participado en diferentes eventos cientficos, culturales, como invitado y jurado. A partir de 1993 preside la Asociacin de Msicos de la UNEAC y en 1994 es designado Miembro de Honor del Consejo Iberoamericano de la msica (CIMUS) categora que le es asignada en Madrid, Espaa. El 8 de noviembre de 1996 se le concede por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de Espaa el primer Premio Iberoamericano de la Msica Toms Luis de Victoria. Harold Gramatges ha sido en mltiples ocasiones condecorado en Cuba y en el extranjero con diplomas, medallas, premios, trofeos, rdenes, sellos, placas que suman ms de setenta. En su larga vida de hombre y creador ha cultivado la poesa, fotografa, pedagoga, investigacin histrica. Es un ferviente lector y fe de esto es su abundante y rica biblioteca personal, donde se pueden encontrar volmenes de obras de diferentes poetas, as como enciclopedias musicales con los estudios actuales, revistas, libros, etctera. En el estudio, al entrar, nos sorprenden las Obras completas de Jos Mart, Nicols Guilln, Alejo Carpentier, las tesis de sus alumnos, incluso la ltima novela o poema de Pablo Armando Fernndez, los cuadernos martianos preparados por el poeta y ensayista Cintio Vitier. Sobre su escritorio siempre est la ltima edicin del peridico Granma y una partitura o boceto de su ltima obra, ahora el Canto Elegiaco con texto de Federico Garca Lorca que est en preparacin. Sus paredes son decoradas con pinturas de Vctor Manuel, Wifredo Lam, Amelia Pelez, Mendive y otros fabulosos. Posee adems una coleccin de caballitos con alrededor de 200 piezas, trada de diferentes pases, que comprende diferentes tipo de clases, tamaos, colores, materiales como metal, cristal, porcelana, madera, esmalte, en fn, de muy buen gusto. Posee Gramatges una coleccin de cerca de 1 000 fotos que recorren su vida personal y artstica, muchas de ellas captadas por el lente de su cmara en distintos eventos y pases, pues es tambin soador y amante de la naturaleza. El cario y respeto a los colegas, as como las consultas relacionadas con la cultura cubana, forman parte de la personalidad de Harold Gramatges, y esto consta en su epistolario con diferentes personalidades del mundo artstico, de ah que hemos seleccionado algunas misivas que por su contenido histrico y la relacin estrecha con su trabajo cotidiano y por ende sus xitos, han dejado de ser documentos pasivos en su archivo personal, para formar parte de la memoria activa de nuestro patrimonio cultural. El comentario se har en el orden cronolgico que fueron escritas:

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75 De Alicia AlonsoLa Habana, 8 de Agosto de 1947. Sr. Harold Gramatges, 10 # 162 e/ 7 y 9, Vedado. Querido Harold: Estas lneas son portadoras de mi agradecimiento ms sincero por tu valiosa cooperacin en la realizacin de mi funcin homenaje, interpretando impecablemente el solo de piano en el Ballet “Concerto”. Cariosamente Alicia Alonso

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76 De Wifredo LamLondres 17-Mayo /961 Sr. H. Gramatges Paris Estimado amigo Harold: Lamento mucho de no haber estado en Paris en la presentacin del film sobre Cuba “Pueblo Armado” de J. Ivens, es que la pelcula la pasaron? En fin! Estar dentro de dos o tres das en Pars. Me gustara verte, te telefonear Un abrazo, tu amigo W. Lam Salud y Patria Estoy aqu en Londres para ocuparme de unos cuadros mos, mal vendidos y casi robados.El pintor en esta misiva se refiere al documental Cuba Pueblo Armado realizado en nuestro pas por el francs Jons Ivens, clasificado como mediometraje. La compaa productora fue el Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematogrfica (ICAIC). El film aborda la creacin de las Milicias Revolucionarias en los campos y ciudades de Cuba, y la derrota de un grupo de alzados en las montaas. La msica es del destacado maestro Harold Gramatges.

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77 De Alejo CarpentierLa Habana-9 Septiembre [de 1961]. Mi querido Harold: Dos lneas para pedirte un pequeo favor. He aqu de lo que se trata: hace unas semanas, un traductor al francs, M. Durand, hizo entregar por un hijo suyo, a la Seora Labrada, de la UNESCO, el manuscrito en francs de un libro mo que debe salir en Gallimard en Noviembre, para que me lo trajera a Cuba, puesto que ella tena intenciones de regresar a nuestra patria muy pronto. Yo deba revisar ese manuscrito, como hago con todas mis traducciones, y Durand retroceda (con razn) ante el costo del envo, por avin, de un manuscrito de 550 pginas. Pero pasan los das y me entero, por Corrales, que la seora Labrada habr de demorar algo, todava en venir. El tiempo pasa, y mi manuscrito debe entrar en la imprenta, cuando antes, si es que el libro debe aparecer en Noviembre, fecha esta que mucho interesa a Gallimard por muchos motivos Por lo mismo, ya que el envo no puede demorar, te suplico lo siguiente: que rescates el manuscrito (Es el de mi novela “El Siglo de las Luces”), en caso de que la seora Labrada demore todava su regreso a Cuba, y me lo hagas llegar por algn funcionario o viajero que venga a nuestra patria, o por la va que resulte ms rpida. Es sumamente importante para m. Aprovecho la oportunidad, dndote las gracias anticipadas por la molestia ocasionada, para enviarte un abrazo, as como un gran saludo a tu esposa. Tu invariable, Alejo.El viernes 15 del propio mes Gramatges le envi el manuscrito y cartas, con impreso certificado, y recibi un cable informativo el 18, confirmando que lo haba recibido. (En esta etapa Harold se desempea como Embajador en Pars).

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78 De Nicols GuillnLa Habana, marzo 13, 63. Sr. Harold Gramatges, Embajador de Cuba, Paris. Mi querido Harold: De acuerdo con tu simptico ofrecimiento cuando me visitaste antes de partir (y se te haba pasado el enca por lo de N.T. Te pongo dos lneas para que me hagas un grandsimo favor, a saber; Que Me “achetes” un diccionario Francs-Espaol, Espaol-Francs. Un Laroussse creo que sera bueno y no costara mucho. De acuerdo? S, seor... entonces sal ahora mismo y en la primera librera que encuentres a tu paso adquiere el libraco y envamelo que te lo agradecer de todo mi coeur. Recuerdos a tu mujer, dem de la ma y para ti un fuerte abrazo de tu viejo y aftmo, Nicols Guilln Por favor el envo a mi casa, calle O No 2, piso 22, Edificio SomeillanLa carta refleja una gran familiaridad, incluso Guilln utiliza algunos vocablos en francs como achetes que significa adquirir y coeur –cuerpo– corazn, es decir su preocupacin constante por la superacin cultural.*******

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79La Habana; abril 24, 63 Sr. Harold Gramatges, Embajador de Cuba, Paris. Mi querido Harold: ¡No, no quiero que pase un minuto ms sin escribirte! (Aunque despus de mi experiencia de mi ltima carta, es de suponer que sta la leer en Pars antes que t.) Te debo las gracias, a ti y a Manila por la resignacin con que soportaron mi lata, mi enfermedad, mi fiebre... y mis compras. Por fortuna para ustedes, todo pas como un relmpago. El viaje de regreso, bueno, pero ¡qu largo! Como tuve que bajar en Gander y Shannon (nieve, nieve, lluvia, lluvia, fro, fro...) se cay el altarito que haba levantado con tanta paciencia como ciencia sin “pa” nuestro amigo Maya; y reatrap el resfri y una ronquera. En realidad afona (total) que me impidi articular ni siquiera una slaba de las muy famosa voz de con-ciencia. A Manila que todas las compras bien. Aunque fall la muchacha en la reduccin de los puntos italianos o yanquis, y los zapatos quedaron cortos por un punto. ¡Qu dolor para la dama! Aunque est empeada en ver si alguien los quiere llevar y que all se los cambien... Nada ms por ahora. Para ti y Manila mi cario, besos, abrazos, ¡vivas! Y voladores. Los recordar con el mayor cario. Expresiones (como decan los viejos camageyanos) a Maya, Gloria, todos Un abrazo bien fuerte de NicolsEn esta carta se evidencia el gracejo popular propio del Poeta Nacional cuyo centenario se celebr en Cuba en el ao 2002. Tambin si la leemos detenidamente observamos en sus lneas la voz que dice y repite nieve, lluvia, fro, es decir describe poticamente el estado del tiempo en esa ciudad, toda una crnica periodstica; o cuando comenta que lo atac un resfriado y con su maestra potica afirma “ni siquiera una slaba de las muy famosas voz de la con-ciencia”; luego una gracia criolla dice ¡Qu dolor para la dama! refirindose al dolor que le causara a su esposa l tener que calzar un punto menos de que llevaba y finaliza reflejando su origen camageyano, cuando utiliza expresiones como un vocablo de su poca de juventud. Todas estas reflexiones son a partir de cmo nosotros recibimos o percibimos el mensaje de Nicols Guilln al maestro Gramatges, recordando que se tratan de dos grandes de la cultura cubana y sus legados tienen vigencia siempre.

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80 Traduccin y cultura nacional o Volney por Luz y Caballero Carmen Surez LenEnsayista, poetisa y traductora T al vez una de las ms curiosas y “alevosamente” premeditadas traducciones que se hayan cometido en los aos candentes y fundadores de la primera mitad del siglo XIX sea el Viaje por Egipto y Siria durante los aos de 1783, 1784 y 1785 obra escrita en francs por Constantin Francois de Volney y traducida al castellano con notas y adiciones por “Un Habanero” (Pars, En la Imprenta de Julio Didot, calle del puente de Lodi, no. 6, 1830). Y hablo de estrategia traduccional alevosa en la medida en que est concebida para pasar por inocente un delito de alta traicin ante los ojos mismos de la jerarqua dominante en la sociedad colonial en la que viva y haba nacido el traductor: nada menos que la identificacin del gobierno espaol colonial en Cuba con el despotismo turco, para ilustrar a la juventud cubana de entonces. Al referirse a este extenso y laborioso trabajo de Jos de la Luz y Caballero, escribe Jos Antonio Portuondo: Luz pretende, aunque no pueda manifestarlo as por razones obvias, que la denuncia del rgimen desptico impuesto por los gobernantes turcos en Egipto y Siria, realizada por el viajero francs pueda ser aplicada a la realidad cubana. Para ello alude a las semejanzas geogrficas entre aquellas regiones y la colonia espaola, que es una manera sutilsima de llamar la atencin sobre la similitud de climas polticos. Adelantndose a Carlos Marx en casi un cuarto de siglo, Luz muestra, en 1831, las semejanzas entre la monarqua espaola y el despotismo turco que Marx haba de subrayar en el primero de sus artculos sobre “la revolucin espaola”, en 1854.1Al leer esta traduccin en dos tomos y analizar la estructura del texto original y la que le impone el traductor emprendemos la gran aventura de los paratextos con los que el joven habanero interviene en el texto de partida buscando una pertinencia nueva, bien ajena a las intenciones de Volney cuando escribe el erudito y objetivo relato de su viaje, al que, por cierto, tambin recarg de paratextos.2El conde de Volney (1757-1820), magnfico secuaz de los enciclopedistas y discpulo nada menos que del barn de Holbach, se alinea con los iluministas enamorados de un objetivismo radical –bastante ingenuo pero saludable–, “sensistas” a morirse y empeados en pasar su experiencia del mundo por el tamiz estrechsimo de las ciencias positivas. El conde, quien adems de haber hecho estudios de derecho y de medicina, profundiz arduamente en los copiosos estudios filolgicos de la poca y se convirti en un erudito cono cedor de las lenguas y

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81las civilizaciones orientales, no encontr empleo mejor para una herencia que gastarla en un viaje por Egipto y Siria en busca de las matrices de la cultura y la civilizacin humanas para poder hallar en ellas respuestas y explicaciones del estado de su propio mundo as como de su pasado. Contaba veintisis aos cuando se lanz a una aventura que llev a cabo meticulosamente como corresponda a su racionalismo positivo: aprendi el rabe viviendo en un convento entre los drusos y se empe todo el tiempo en realizar observaciones directas y a largo plazo, para narrar en su libro, por temas, el estado en que se encontraban en el momento de su visita y la historia deducible de los pueblos de Egipto y Siria, as como sus formas de gobierno, de vida, de comercio y de cultura, siempre a travs de los mtodos comparatsticos propios de ese momento. Lo que result fue una descripcin precisa y minuciosa del despotismo turco y la evidencia, a los ojos de Volney, de la necesidad de regenerar a esos pueblos con las “luces francesas”, que como es de suponer pasaban por el comercio, los intereses polticos de las potencias occidentales y la concepcin del mundo de las naciones “civilizadas”, todo entendido dentro de la rbita de las tesis enciclopedistas de “propagacin de la civilizacin europea” como panacea universal y abstracta. Ya sabemos que a la postre todo ello se concretara para los dos siglos siguientes en las guerras de conquista de Napolen Bonaparte y en toda clase de empresa colonizadora, neocolonizadora y tal vez, ahora podramos decir hasta postcolonizadora. Claro que no hay que echar tantas culpas sobre los hombros de Volney: su ilustracin racional lo coloca en una zona puntera de su poca y su libro conform una especie de modelo cientfico de libro de viajes muy diferente de los libros de viajes alucinados, muy en boga entonces y plagados de metforas paradisacas que adulteraban los testimonios del escritor. De ah que contara con numerosas ediciones y durante un tiempo oper como verdadero vademcum para los viajeros que emprendan el camino del Oriente. Cuarenta y cuatro aos ms tarde, en 1821, segn nos cuenta el propio Jos de la Luz y Caballero, l acababa de traducir esta obra. Consigui publicarla en Pars, en 1830, en espaol, por supuesto y destinada al pblico cubano: su propsito era ilustrar a la juventud habanera. Si Volney haba querido emprender su viaje como medio privilegiado de instruccin, a travs de la observacin directa de la poltica y la moral de otros pueblos, Jos de la Luz escribe en su prlogo: ¡Venturoso yo, y recompensado con usura si despertando ms y ms el apetito de la juventud hacia los estudios slidos, por la propagacin de las luminosas doctrinas contenidas en este libro, contribuyo con mi humilde cuota a la mejora intelectual y perfeccin moral de mi idolatrada patria!3Ambos autores se inscriben dentro de una accin tpica del pensamiento de la ilustracin, lo que no obsta para que el

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82estudio comparativo del texto original y del texto traducido, acompaado por dos enormes aparatos paratextuales, nos permitan asomarnos a dos registros de pertinencia bien diferentes, cuya pragmtica los adapta a cada pblico lector. Luz y Caballero elige esta obra y la traduce en una situacin histrica, cultural y lingstica diferente: su traduccin re-enuncia el texto para otros destinatarios, lo refuncionaliza porque esa gestin iluminista de Volney tpicamente emitida por una Europa colonizadora debe servir a otros fines en el universo de los colonizados. Los paratextos, de acuerdo con Genette, no son slo una zona de “transicin, sino de transaccin, lugar privilegiado de una pragmtica y de una estrategia, de una accin sobre el pblico al servicio, bien o mal entendido o realizado, de una mejor acogida del texto y de una lectura ms pertinente, claro est, a los ojos del autor y de sus aliados”.4 Es en este universo paratextual donde la traduccin de Luz y Caballero orienta y dirige el dilogo con la juventud cubana. As hallamos que este Viage [sic] por Egipto y Siria se nos aparece con un ttulo modificado, un prlogo del autor y otro del traductor, dos paratos de notas y anexos o adiciones de uno y de otro, cada quien segn su estrategia de recepcin. El texto traducido nos muestra todos esos canales de comunicacin. Analicemos someramente estos elementos del paratexto.1. Los ttulosEn la obra original se lee: Voyage en Egypte et en Syrie pendant les Annes 1783, 1784 et 1785 Es un ttulo muy explicativo y directo, que tiene una indicacin genolgica al referirse a “viaje” –se trata de un libro de viaje–, adems de informarnos de qu lugar es y darnos tambin la referencia cronolgica exacta. De manera que se ofrece al lector una buena cantidad de datos concretos para informarse sin equvocos posibles. Al traducir, Luz y Caballero aadir todo un subttulo con especificaciones de autora muy significativas. Escribe: Viage [sic] por Egypto y Syria durante los aos 1783, 1784 y 1785. Obra escrita en francs por C. F. Volney y traducida al castellano con notas y adiciones por Un Habanero Adems de establecer el origen francs del texto y la personalidad que lo escribi, ofrece su crdito de traductor bajo el seudnimo de “Un Habanero”. Sabemos que publicar bajo seudnimo es prctica usual en esta poca, y proteccin contra la censura –no hay que olvidar que todos los libros de Volney fueron incluidos en el ndice de libros prohibidos en Espaa. Sin embargo, el seudnimo escogido nos ofrece una referencia de lugar, el autor pasa a la sombra y su lugar de origen al primer plano: La Habana anotada ya en el subttulo se afirma como lugar privilegiado para su recepcin.2. Los prlogosEn orden de aparicin, encontramos en el libro, primero, el “Prlogo del traductor”, sin embargo, nos conviene asomarnos primero al “Prlogo del autor” que aparece en segundo lugar, para sopesar mejor la manipulacin que opera Luz y Caballero con su reenunciacin

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83de la palabra de Volney, quien nos deja escrito que ha emprendido su viaje como medio de “adornar nuestra mente y de formar el juicio”. Anota: En estos pases, me dije, nacieron la mayor parte de las opiniones que nos gobiernan, de all han salido esas ideas religiosas que han influido tan poderosamente en nuestra moral pblica y privada, en nuestras leyes, en una palabra, en todo nuestro estado social. Es pues de sumo inters conocer los lugares en que tuvieron origen dichas ideas, los usos y costumbres de que se compusieron, el espritu y carcter de las naciones que las han consagrado.5De manera que las conclusiones quedan para despus y sus resultados informarn a los filsofos de la poca, es un saber con el que aspira a aumentar las luces del siglo, pero no es un proyecto de transformacin inmediata de la sociedad o de un segmento de ella. Aunque Volney fue un poltico e intervino en proyectos muy prcticos, el saber de este libro tiene unas miras eruditas y de propagacin de cultura dignas de la enciclopedia. Pero Luz y Caballero no va a traducir para una comunidad de filsofos, la manipulacin textual que lleva a cabo se propone una transformacin de la mente de los jvenes de su propia generacin, que son patricios acostumbrados a vivir en la ignominia de la esclavitud y que deben adquirir la clara conciencia de cunto envilecen el despotismo y la esclavitud tanto a los amos como a los esclavos. Y entra directamente en materia con esta alusin vitrilica: [...] y bajo montones de arena, en la ruinas de Tiro, de Menfis y de Babilonia, en el Carmelo y en el Lbano, todo se halla en su lugar; pero todo est muerto, como para testificar que la grandeza y poder de un pueblo tan solo estriban en sus instituciones!6De lo que se trata es entonces de apoyarse oblcuamente en el republicanismo de Volney, en su denuncia de las estructuras despticas del gobierno turco en Egypto y Syria. El prlogo de Luz y Caballero nos orienta acerca de cul es el registro del texto traducido que debe ser activado por su receptor cubano. Luz y Caballero hace el elogio de la objetividad del autor, de su ordenamiento temtico del relato de su viaje y de los riesgos que ha corrido para decir la verdad. El tema de la verdad y el apego a la observacin veraz de los hechos son tpicos que el joven pensador cubano desenvuelve una y otra vez. Tambin expone su mtodo analgico, donde se cifra la estrategia fundamental de acercamiento entre la verdad desptica del Oriente y la situacin cubana colonial y esclavista. Escribe: Por lo respectivo a las notas del cuerpo de la obra, contemplando que nada puede llamar ms ventajosamente el objeto de los viages [sic] que el cotejo de los pases que se describen con los que conocemos de antemano, sobre todo si entre ellos median analogas; mejor dicho, no siendo un viage [sic] ms que una continua comparacin de impresiones pasadas con impresiones nuevas, no he perdido coyuntura de comparar el Egipto con mi suelo natal... 7

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843. Aparatos de notasLas notas de Volney suelen ser eruditas y polemizan con otros autores estudiosos del Oriente o se embarcan en minucionas explicaciones de tpicos aludidos en el texto o se explayan en consideraciones econmicas y geogrficas. Por su parte, Luz y Caballero va actualizando la informacin de Volney apoyndose en estudios ms recientes –tngase en cuenta que ha pasado casi medio siglo entre una produccin y la otra–. l ha argumentado en su prlogo que ha hecho la seleccin de esta obra basado en la claridad y la exactitud expositivas, pero reconoce que hay criterios que han caducado con los acontecimientos transcurridos en el tiempo y que ya se han reformulado en otros trabajos. Pero junto a estas notas que sin duda significaron un enorme esfuerzo de actualizacin, se deslizan las notas analgicas que despliegan minuciosos cotejos de climas o costumbres entre Cuba y el Oriente, estableciendo nexos sutilsimos entre una y otra realidad, como cuando aproxima y emparienta los trminos “virreinato” y “bajalato”, recurriendo a un inslito neologismo para la poca, desde una inatacable y pcara posicin filolgica. Nos dice: En efecto, as como decimos de virrey, virreynato, deberamos decir, de baj, bajato, por ser larga la ltima vocal. Mas hemos puesto la l no solo para evitar el hiato, sino porque se halla en el original persiano pachalie De todo modos, as suena ms oriental la expresin. [Nota del traductor.].8Y de esta manera interviene de tiempo en tiempo para analogar prcticas, usos y costumbres entre Cuba y Egipto y Siria o afinidades climticas que paran en reflexiones agrcolas o de ndole social, que inevitablemente homologan el despotismo oriental con la condicin de colonia esclavista.4. Las adicionesTanto Volney como Luz y Caballero enmarcan el texto con adiciones que pueden consistir en textos de otros autores, grficos o hasta mapas. El francs es un erudito de afanes ilustrados y enciclopdicos y tal es su obra. En el caso de El Habanero, practica un tipo de traduccin ilustrada arraigada en la tradicin erudita medieval, en cuyo proceso el traductor, adapta y anota su traduccin –y que cambiar con el concepto decimonnico y romntico de “apego al original”–. Las glosas y los comentarios de todo tipo acompaan a estos traspasos.9El conde de Volney no vacila en aadir un informe comercial de Marsella sobre el comercio de Francia con Egipto y Siria, introducido a su vez por medio de otro paratexto introductorio realizado por el editor para explicar la razn de ese nuevo documento extrao al texto del autor y que ostenta explcitamente otra autora. Luz y Caballero, en su condicin de traductor, proceder igual en sus afanes de actualizar la obra que vierte al castellano, completando con informes aadidos lo que llama “La regeneracin de Egypto” y que es un relato sobre la poltica de Mehemet Al, dspota ilustrado por expertos franceses, que

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85realiza adelantos en Egipto pero domina como un sultn en los das en que Luz y Caballero traduce. Toda una lista de documentos aadidos por el pensador cubano abundan sobre diversos tpicos abordados en el libro, pero de manera incompleta por el tiempo transcurrido. Aparece incluso una entrevista a un bey al cual el entrevistador le llega a decir: “Ya veo a dnde queris ir a parar. Estis penetrado de las ideas del siglo, queris leyes liberales para la dicha y dignidad del pueblo, pero queris vigilar como sultn sobre la ejecucin de dichas leyes”.10 Son temas tratados en los corrillos del Seminario habanero, los temas de la ilustracin y el despotismo de los borbones, del cese de la trata negrera, de la corrupcin de la sociedad cubana y he aqu que Luz y Caballero los pona frente a los ojos de los jvenes patricios cubanos, desde el texto de Volney.5. Por fin el textoPero el texto mismo de Volney, an sin la orientacin detallada de ese ambiente paratextual que le impone Luz y Caballero, es un texto subversivo en La Habana de 1830. El autor francs en su estrategia objetivista hace la crtica de los viajeros que describen el despotismo turco como un paraso y al mismo tiempo expresa que se da cuenta de cules son los factores que hacen que el viajero deforme su visin por el deslumbramiento de lo nuevo, y de la nostalgia y la lejana en que escribe despus. Pero subraya que l no se ha permitido esas subjetividades y que con su cuchilla racional escribe el relato de su experiencia: Tambin nos pintan con los ms halageos colores al turco tendido suavemente debajo de su sombra, dichoso, regodendose con su pipa, sin curarse de nada en el mundo; pero aunque la ignorancia y la necesidad tengan sin disputa sus goces, lo mismo que el talento y la sabidura; confieso francamente, que yo jams pude envidiar el reposo de los esclavos, ni llamar ventura la apata de los esclavos.11El sensista francs no ceja en el escrutinio de aquella realidad desptica y envilecida, necesitada de instituciones slidas y de una moral que a su juicio saneara las costumbres. Era un discurso que no poda dejar de conmover a la juventud cubana de la primera mitad del siglo XIX, ya que lo que respaldaba a Volney era la doctrina del siglo de las luces cuando define categricamente: Fcilmente se echar de ver que en un pas como el que acabamos de pintar, todo debe ser anlogo al sistema que lo rige. [...]. All, en fin, donde los conocimientos y la ilustracin a nada conducen, no se hacen esfuerzos por adquirirlos, y los talentos yacen sepultados en la barbarie. He ah una fiel pintura de Egipto.12Quien pona la escritura de un enciclopedista convencido ante los ojos de la juventud cubana en plena colonia, operaba construyendo con su traduccin una metfora del despotismo espaol, una transformacin potica y cultural del texto de partida, que se sale de la serie literaria y el dilogo cultural dentro de su lengua para adquirir un nuevo registro de significacin dentro

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86 de otra lengua-cultura. La prctica traduccional de Luz y Caballero sobre el texto de Volney conforma un proceso en el que prctica lingustica, histrica e ideolgica contribuyen decisivamente en la conformacin de la cultura nacional y del ser nacional cubano. Notas1 Portuondo, Jos Antonio. “Los romnticos”. En su: Captulos de literatura cubana La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1981. p. 177.2 Utilizo la conocida definicin de paratexto de Grard Genette: Ver: “La literatura a la segunda potencia”. En: Intertextualit. Francia en el origen de un trmino y el desarrollo de un concepto / Sel. y trad. Desiderio Navarro. La Habana : Criterios, 1997. pp. 53-62.3 Luz y Caballero, Jos de la. “Prlogo”. En: Volney, conde de. Viage (sic) por Egypto y Syria durante los aos de 1783, 1784 y 1785 / Obra escrita en francs por C. F. Volney y traducida al castellano con notas y adiciones por Un Habanero. Pars : Imprenta de Julio Didot, calle del puente de Lodi no. 6, 1830. t. I, p. XVIII.4 Genette, Grard. Citado y traducido por Desiderio Navarro. (ver lo de maia)5 Luz y Caballero, Jos de la. Op. cit. (3). t. I, p. II.6 Ibdem, pp. V-VI.7 Ibdem, p. XVIII.8 Ibdem, p. 37. [Nota del traductor].9 Ver: Lemarchand, Marie-Jos. “Qu es un texto original? Apuntes en torno a la historia del concepto”. En: Cultura sin fronteras. Encuentros en torno a la traduccin / Carmen Valero Garcs, ed. Alcal de Henares : Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcal de Henares, 1995.10 Luz y Caballero, Jos de la. Op. cit. (3). “Apndice no. 1”. t. II, p. 391.11 Ibdem, t. I, p. 206.12 Ibdem, p. 146.

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87 Machado de Assis frente a “El Espejo” 1 Adis BarrioEnsayista e investigadora“[...] hay tiempo en que el hombre se enseorea del hombre para mal suyo [...]”. (Eclesiasts, 8:9) S obre el autor carioca Joaqum Mara Machado de Assis (1839-1908) ha dicho Antonio Cndido, ensayista crtico brasileo: El perodo que se abre con el agotamiento del indianismo romntico, del lirismo sentimental, de la novela pintoresca, del “estilo potico”en prosa, del nfasis afectivo en prosa y verso, podra muy bien denominado “poca de Machado de Assis”, o, tal vez mejor, “poca acadmica”. Las letras adquieren una elevacin, dignidad y respeto que antes no se les reconoca [...] la condicin de escritor comienza a ser mucho ms valorada que antes.1“poca acadmica” que no quiere decir encartonamiento de modos en una escritura cumplida en su estado de tanteos, no obstante, valiosa en el calado de los cimientos fundacionales. El exaltador del paisaje transita hacia una observacin ms crtica de la realidad, que en el caso de Machado nos habla con el lenguaje esmerado y acento ambiguo en los contenidos, por cierto, nada ambiguos, cuando entonces deslumbra a quien lo lee, al descubrir la humorada de un delicioso juego de sentidos y complicidad con que nos tienta a la coautora. Machado de Assis, hijo de un pintor mulato con una lavandera portuguesa, sienta pautas en la literatura de su pas, y, el 20 de junio de 1897 ocupa la Presidencia de la Academia Brasilea de Letras, responsabilidad que cumple hasta su muerte. Este trnsito casi arcdico en la vida del escritor resulta de la profunda inteleccin del proceso histrico-cultural de su contexto. Machado de Assis, como explica Alfredo Bosi, descubre la matriz de un equilibrio social que l asume en la competencia de su escritura, la cual transita, tambin, las carencias y desajustes del orden social, la insuficiencia y el desaire de los estatutos raciales y clasistas, el comedimiento de las palabras que voltearn sus dobleces polmicos, toda la coreografa de un mundo estatuido en la apariencia que Machado desvela en sus retablos urbanos, donde el tpico universal se desprende de esa misma “brasilidad” que se torna escurridiza para quien la busca en el paisajismo re-

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88gional, pero que est latente en el desamparo y perplejidades de sus personajes, hechos con adusta comicidad en el episodio trivial, triunfador de s mismo, por el sagaz talento ironista del escritor. Autor de novelas y cuentos, incursion, adems, en el periodismo, en donde son notables sus escritos en los que se distingue una afanosa voluntad por inquirir en el ethos de la realidad americana, con sus contrastes y asimetras que l emplaza desde la observacin reflexiva y la experiencia existencial. Para Machado de Assis, como expresa Luis Fernando Vidal, “[…] el afn de bsqueda de lo nacional [...] no fue una indagacin azarosa o casual, sino algo muy bien meditado: un proyecto concreto [...]”.2 Al respecto, es ilustrativo este fragmento de un ensayo fechado en 1873, del propio Joaqun Mara Machado de Assis: No hay duda que una literatura, sobre todo una literatura naciente, debe principalmente alimentarse de los asuntos que le ofrece su regin; pero no establezcamos doctrinas absolutas que la empobrezca. Lo que se debe exigir de escritor, antes que todo, es cierto sentido ntimo que lo torne hombre de su tiempo y de su pas, aun cuando trata de asuntos remotos en el tiempo y en el espacio.3“Hombre de su tiempo y hombre de su pas”, planteo de sorprendente modernidad afn con lo ms ilustrado de la inteligencia iberoamericana. El alcance del aserto proyecta la trayectoria de una tradicin y, dentro de ella, el carcter procesal de la identidad cultural que se abre a un “[...] pensar sobre la cultura propia para desde ella alcanzar lo universal [...]”.4 Como advierte Adolfo Colombres: La identidad es un concepto dinmico que se define no en una esencia inmutable, de connotaciones metafsicas, como la concibieron el romanticismo y el sustancialismo filosfico, sino en una permanente confrontacin dialctica. Por otra parte, la identidad social –la que nos interesa en la emergencia civilizatoria– es ms acumulativa que excluyente. Los hombres disponen en su vida cotidiana de patrones alternativos de identificacin, como cartas distintas que les permiten actuar en variables situaciones sociales. No se trata de un travestismo, sino de iluminar las partes de una identidad mltiple y siempre cambiante que requiere cada dilogo o confrontacin.5La sorprendente contemporaneidad del escritor brasileo est no slo en sus innovaciones estticas, sino en la desestimacin de fundamentalismos que obliteren el verdadero sentido del hombre en poca transida de contrapuntos. La captacin del caos existencial que arrastra el capitalismo en su asentamiento lo aborda Machado en una escritura que precariza los absolutos relativizando conductas humanas para hacerles verosmiles en ese juego de lo ficcional y real que l atiza con la mordacidad discreta de una “risa filosfica”, emblemtica y desmitificadora de la moral burguesa. Salvando las especificaciones de cada regin, y muy atento a las complejida des de

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89la suya en donde se conjugan a fines del siglo XIX la independencia colonial, la corte y la hacienda esta ltima, clula econmica, poltica y social que prefigura la originalidad de las relaciones de produccin de las “burguesas nacionales” de Amrica en el despliegue de su gestin mercantil y a la que Darcy Ribeiro calific como “Modeladora bsica de la sociedad” y “fbrica singular por ser rural y esclavista”, Machado de Assis comprende que est inmerso en un momento de transicin que excede la defensa de una identidad cultural adscrita a trminos de pormenorizaciones paisajistas y bucolismos lingsticos, para dar paso a la integracin de tensiones del hombre de cada regin en el proceso mundializador que ha signado la comunidad en una periferia histrica. Refirindose al lugar comn en que sita la colonizacin el destino de los pueblos de Nuestra Amrica, recalca Darcy Ribeiro: “Estas diferencias, muy significativas para la comprensin de las distintas entidades nacionales y sus singularidades, son, sin embargo, irrelevantes cuando se trata de construir modelos explicativos ms generales”.6Coinciden crticos y estudiosos de esta obra imprescindible, en que Machado de Assis logra la intensificacin de sus temticas a partir de la publicacin, en 1881, de Memorias postumas de Bras Cubas, novela que, segn reza en el prlogo: Se trata de una obra difusa, en la cual, si bien yo, Bras Cubas, he adoptado la forma libre de un Sterne o de un Xavier de Maistre, no s si le he agregado alguna sarna de pesimismo. Toda esa gente viaj: Xavier de Maistre alrededor de su cuarto, Garret en la tierra propia, Sterne en la tierra de los dems. De Bras Cubas se puede decir quizs que viaj alrededor de la vida [...]. Hay en el alma de este libro por ms risueo que parezca, un sentimiento amargo y spero que est lejos de proceder de sus modelos. Es taza que puede haber sido tallada en igual escuela, pero que contiene otro vino.7Y “alrededor de la vida” viaj Joaqun Mara Machado Assis, como lo atestiguan sus novelas, Quincas Borda (1891) y Dom Casmurro (1899), fundamentalmente, y sus colecciones de cuentos: Cuentos flumineses (1869), Papeles sueltos (1882), Historias sin fecha (1884) y Varias historias (1896), entre otras. En todos estos libros se aprecia la necesidad de desacreditar las caracterizaciones tipificadoras, evitando la concrecin y apostando por cierta nebulosidad e impermanencia en los actos y enunciados de los personajes, procedimiento que ha sido calificado por Roberto Schwarz como “narrador voluble”. Las ficciones machadinas mantienen en sus instancias de fondo el imprevisto de las conductas humanas, la legitimidad del absurdo enhebrado a la andadura de lo cotidiano y lo aparencial como mueca de certitud. Uno de los aspectos que lo acredita como escritor moderno es el buceo en las identidades individuales. Bien como experimentador naturalista o como crtico de la realidad, el autor provoca al organismo social confrontando sus es tructuras para

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90revelar, desde las inmanencias confesionales de los personajes, esos imaginarios culturales conformados segn las reticulaciones del Poder. Machado de Assis ha sido un hombre cauteloso, enterado y entrenado en las estrategias discursivas, conoce a la perfeccin el valor de la palabra, su capacidad persuasiva –el halo opresivo que emana de ellas en tcticos significantes–, como lo demuestra uno de sus cuentos antolgicos, “El secreto del Bonzo”, al hacer aspirar rap a criaturas con “narices metafsicas”, o en ese otro relato estupendo, “El alienista” donde se destituye la infalidad cientfica y su pretendida racionalidad verbal y en donde los atributos conceptuales del bien y del mal cambian de acuerdo con las regulaciones del Poder que tiene en la “locura” y en la “Casa verde” los reductos para la profilaxis de tales alternancias. Con una cultura embebida en la tradicin, Machado mantiene la retrica del relato, el “espritu nacional” que admirara de Alenar y que lo llev a decir en un discurso del 1897: Ningn escritor tuvo en ms alto grado el alma brasilea. Y no solo porque hubiese tratado asuntos nuestros. Hay un modo de ver y sentir, que da la nota interna de la nacionalidad, independiente de la paz externa de las cosas [...] la imaginacin, que sobrepasa en l el espritu de nuestra tierra [...].8No obstante, al autor de Memorias pstumas... nos enmascara su escritura. La parodiza dotndola con montaje teatral, irreverente, al contarnos lo anormal e inesperado con aire desentendido, esa especia de negligencia analtica que recurre al desacato de la historia desde la historia misma, dejando a su paso una lectura multivalente y siempre actual. Han referido estudiosos del escritor brasileo que uno de los centros fundamentales de su obra es la bsqueda de la identidad. Ya sobre esto hemos insistido: “Quin soy yo?”, “Qu soy yo?”, “Soy y existo a travs de los otros?”, “Soy ms autntico cuando pienso o cuando existo?”. Lo cierto es que en Machado de Assis hay mucho del abismo humano y de las pasiones violentas recurrentes en la obra de Dostoievsky, en sus Pobres gentes y en las Memorias del subsuelo Tambin, en la risa amarga del Ggol, ese genio de la literatura rusa que diseccion las heladas noches de San Petersburgo y a quien Bielisnki calificara como “el poeta de la vida real”. Si de su “Capote” sali toda la decadencia de la poca zarista, y en Cuba de una “carta de recomendacin” desfilaron “fantasmas deshuesados”, al decir de Jos Mart sobre la novela de Ramn Meza, Mi to el empleado (1887), Machado descubre frente al “Espejo” el “espejismo” de la imagen, la terrible tragedia de la individualidad –retomada por las vanguardias del siglo XX– cuando el capitalismo es algo ms que una inquietante premonicin del destartalo, sino evidente voluntad despersonalizadora que convierte el destino de la humanidad, y muy especialmente el de Iberoamrica, en una “emergencia civilizatoria” sin precedentes.9

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91“El Espejo”, considerado uno de los cuentos ms valiosos de Machado de Assis, pertenece al libro Papeles sueltos (1882). Este relato es escrito con esmerada concisin expresiva, de ah, la efectividad dramtica y la densidad que posee. Jacobina nos cuenta desde el presente el momento en que se oper una transformacin en su vida y fue “otro”: “Yo tena veinticinco aos, era pobre y acababa de ser nombrado Alfrez de la guardia nacional [...]. ¡Mi madre se sinti tan orgullosa! Tan contenta!”.10Pero en el relato la “otredad” no garantiza la imagen de s mismo, definida por la dialctica identificacin-diferenciacin, sino que la ocluye, la supera, la sustituye. El “uniforme” es condicin esencial de su identidad social y humana: “El alfrez elimin al hombre”,11dice el narrador literalmente. Entre otras lecturas posibles, en este texto percibimos una voluntad de acentuar relaciones de Poder que apuntan hacia el tema de la esclavitud que Machado contrabandea con excepcional habilidad y astucia. La esclavitud es una acepcin genrica, contextualizada en la Historia y la esclavitud como metfora de determinadas relaciones humanas bajo exigencias de lo institucionalizado, internalizada en los cdigos culturales, aunque, siempre marcada por su vergonzante efecto despersonalizador. El “uniforme”, como habamos dicho, es elemento simblico dominante en la ficcin. A partir de l la madre lo llama “su alfrez”, nfasis en lo posesivo que delata relacin de subalternidad familiar. Asimismo sucede con el resto de la familia y, de manera especial con la ta, personaje impulsor de los conflictos de mayor tensin en el relato: Sucedi entonces que una de mis tas, doa Marcolina, viuda del capitn Peanha, que viva a muchas leguas de mi pueblo, en un sitio apartado y solitario quiso verme, y pidi que yo fuese a visitarla y llevase el uniforme [...] ta Marcolina, apenas me tuvo con ella en su chacra, escribi a mi madre dicindole que no me dejara partir antes de un mes por lo menos. ¡Y cmo me abrazaba! Ella tambin me llamaba mi alfrez [...]. Y siempre llamndome alfrez de ac, alfrez de all, alfrez en todo momento. Yo le peda que me llamase Jacinto, como antes; y ella sacuda la cabeza, exclamando que de ninguna manera, que era el “ seor alfrez ”.12Como podemos observar, el rango social ha tomado el sitio del hombre, es el nombre o la sea que identifica a la persona, prioridad sobre otras categoras o atributos de identificacin. Adems, la ta establece relaciones de subalternidad al imponer la estada del sobrino en la hacienda. Los esclavos, como entidades silenciosas observan atentamente, parecen reconocer en el alfrez la parodia del disfraz, la carnavalizacin del Poder cuando hace danzar a sus marionetas vaciadas ya de contenido humano. El Poder instaura la axiologa topogrfica inyectiva a la Cultura. Marcolina regala a su sobrino el famoso “espejo” que podra considerarse lo ms

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92valioso de la casa y que es llevado de la sala, centro del universo domstico, al cuarto de Jacobina. El “espejo” est descrito en trminos monumentales, asimismo, el decorado de su marco tiene la ptina de los aos, la rancia prosapia del tiempo medible en recovecos y retorcimientos barrocos del artesano colonial. Ningn otro objeto podra reflejar el desidertum de un canon que se anuncia en mismidad replegada por el “complejo de inferioridad” de que hablara Lezama Lima al invocar el confundido epilogo del Eco americano. “El Espejo” perteneci a la corte lusitana a su arribo al Brasil y l dar las pautas, conformar la imagen del sujeto cultural: Era un espejo que le haba dado la madrina, y que esta haba heredado de su madre, quien lo haba comprado a una de las hidalgas venidas en 1808 con la corte de don Juan VI. No s qu haba en eso de verdad; pero era lo que se deca. Naturalmente, el espejo estaba muy viejo; pero se vea en l todava el oro, carcomido en parte por el tiempo, unos delfines esculpidos en los ngulos superiores del marco, unos adornos de madreperla y otros caprichos del artista. Todo viejo pero bueno [...].13Una dificultad sbita hace que Marcolina abandone la casa y el Alfrez quede solo. Aqu comienza la constatacin de su desvalorizacin humana y su transfiguracin en smbolo: “era otro, totalmente otro”. Entonces, quin era?: Por lo cierto es que me qued solo, con los pocos esclavos de la casa. Les confieso que de inmediato sent una gran opresin, algo parecido al efecto de cuatro paredes carcelarias sbitamente alzadas a mi alrededor [...]. El alfrez segua predominando en m, aunque su vida fuese menos intensa, y la conciencia ms dbil [...].14El sentimiento de cautiverio induce la imposibilidad de huida del alfrez. Digamos que para este hombre la autoridad ha estrenado un ensaamiento que redobla el ejercicio sobre el esclavo, pues estos, finalmente huyen. Y lo hacen poniendo a funcionar el mecanismo del lenguaje del Poder, sus mismas zalemas, las pobres parodias de la insinceridad lexicalizadas en discursos complacientes: Los esclavos ponan una nota de humildad en sus cortesas, que de cierta manera compensaba el afecto de los parientes y la intimidad domstica interrumpida. Advert que ya esa misma noche redoblaron su respeto, su alegra, sus atenciones. Patroncito alfrez, a cada minuto. El patroncito alfrez es muy buen mozo; el patroncito alfrez va a ser coronel; el patroncito alfrez se va a casar con una mujer bonita, hija de general; un concierto de elogios y profecas que me dej exttico. ¡Ah, prfidos! [...] haban resuelto huir durante la noche; y as lo hicieron [...].15El “espejo” y el “uniforme” comienzan el dilogo en silencio. El tiempo queda en sus abstracciones absolutas: Las horas sonaban de siglo en siglo, en el viejo reloj del comedor, cuyo pndulo, tic-tac, tic-tac, me hera el alma interior como un capirotazo continuo de la eternidad. [...]. No eran

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93golpes de pndulo, era un di logo del abismo, un susurro de la nada [...]. Todo era silencio, un silencio vasto, enorme, infinito, apenas subrayado por el eterno tic-tac del pndulo [...].16El viejo espejo trae en su azogue una sustancia que va perdiendo su efecto. El hombre queda absorto en busca de su imagen y como una leyenda demonaca, slo encuentra en la lisura de la superficie “sombra de la sombra”, delirio de los sentidos, el gesto perdido en las dimensiones del deseo, el lmite de la locura. Slo el uniforme retribuir la apariencia. Sin l, el YO-NO ES. Machado de Assis ha pasado sobre la unidad del sujeto romntico y su mundo inteligible, al presentar lo aparente e inslito como ndices de normalidad, al plantear su crtica social abierta a la confluencia de tpicos polticos e histricoculturales, sin farragosas estridencias documentalistas, sino ribeteados en la filigrana de la ficcin. Prev el escritor el concepto de esclavitud para el hombre moderno que se despersonaliza y queda atrapado en la rigidez y el estatismo de una imagen. De ah la incapacidad para escapar de las redes de los nominalismos funcionales. El esclavo reanima la resistencia de su universo simblico con el apalencamiento; Jacobina se congela bajo el dictamen del “otro” y no hay restitucin a ninguna imagen primordial que no sea el vaciado de su individualidad anunciando la caricatura, la mecanizacin del gesto, la fragmentacin del sujeto en una cualificacin metonmica. Asumir el uniforme y el recuento desde un yo confesional confirma los abismos existenciales que quiere recalcar el autor. Pero no todo es cnica mascarada. El mulato Machado de Assis frente al “El Espejo” ha visto una imagen que reconoce en todas sus lneas de configuracin y en todas sus plenitudes. El hombre austero y dedicado ms all del sacrificio para haber podido escalar, nada menos que a presidente de la Academia Brasilea de Letras en 1897, aprendi a la perfeccin todo ritual de las buenas maneras del decir, del “aparentar”, para como los esclavos de su cuento huir por los mismos caminos. Lo logr. Sentimos una carcajada carioca resonando bajo la mscara de su escritura, pues: “La Historia es una verdad que tiene como propiedad que el sujeto que la asume depende de ella en su constitucin misma del sujeto, y esta historia depende tambin del sujeto mismo, pues l la piensa y la repiensa a su manera”. 17Notas1 Cndido, Antonio. Introduccin a la literatura del Brasil. La Habana : Casa de las Amricas, 1971. p. 32.2 Vidal, Luis Fernando. Algunas reflexiones sobre la cuentstica de Machado de Assis. Revista de Crtica Literaria Latinoamericana (Lima, Peru) 7(16):129-134; segundo semestre 1982.3 Machado de Assis, Joaquim Mara. “Insticto de Nacionalidade” (1873). Citado por Vidal, Luis Fernando en Ibdem.4 Colombres, Adolfo. La emergencia civilizatoria de Nuestra Amrica. La Habana : Centro de Investigacin y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2001. p. 228.5 dem.

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946 Ribeiro, Darcy. El proceso civilizatorio. Etapas de la evolucin socio-cultural. La Habana : Editorial de Ciencias Sociales, 1992. p. 235.7 Machado de Assis, Joaquim Mara. Memorias pstumas de Bras Cubas. Ciudad de La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1987. p. 13.8 Vidal, Luis Fernando. Op. cit. (2). pp. 129-134.9 Colombres, Adolfo. Op. cit. (4). p. 253.10 Machado de Assis, Joaquim Mara. Cuentos / Sel. y prl. Alfredo Bosi; Cronol. Neusa Pinsard Caccese. Caracas : Biblioteca Ayacucho, 1988. p. 148.11 dem.12 dem.13 dem.14 Ibdem, p. 149.15 dem.16 Ibdem, p. 150.17 Lacan, Jacques. Seminario “El hombre de los lobos” N 1.Otras obras consultadasSwarch, R. “El narrador voluble”. En: Panorama brasileo. Caracas Centro de Estudios Brasileos de la Embajada de Brasil, 1990. 71 p.

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95 Literatura y sociedad en Cuba* Armando Cristbal PrezEscritor y poeta E stimadas amigas y amigos: Ante todo quiero agradecer al Seor don Carmelo Martnez, alma y gua de Ediciones “Libertarias”, su decisin de publicar mis aproximaciones de Literatura y sociedad en Cuba, especialmente en una etapa tan compleja como la que atraviesa el mundo editorial de la lengua hispana, en la que los amigos editores deben correr numerosos riesgos para cumplir su funcin cultural, con la justa recompensa econmica que ameritan sus inversiones. Entindase que hablo de los editores que llevan su amor al libro hasta los limites de la propia subsistencia y no de entidades que los publiquen como simple mercanca. Carmelo Martnez forma parte de los primeros, y lo s y lo digo con conocimiento y causa, no llevado del agradecimiento que origina el que me haya publicado este libro, sino por el ya largo lapso de nuestras relaciones profesionales –devenidas tambin en amistad–, iniciadas en Cuba hace aos, cuando ni siquiera pensaba yo tener el inmenso placer de vivir en Espaa durante un trozo de mi vida para trabajar por las relaciones culturales entre mi patria y la cuna de algunos ancestros, y durante el cual he sido testigo de su actitud solidaria en tantos aspectos con editores y escritores cubanos. Tambin es un placer y un compromiso para m que esta modesta recopilacin de textos haya sido presentada a ustedes por dos intelectuales espaoles de innumerables mritos, con una obra ampliamente reconocida nacional e internacionalmente, y una actitud frente a los problemas de la sociedad contempornea –muestra de la cual es su presencia entre nosotros esta tarde– que se inserta por derecho propio en esa, que el inolvidable Jos Antonio Portuondo califica como heroica, en un mundo en el que a pesar de todo, todava, no eran perdonables las actitudes brutales, zafias, hipcritas y criminales que ahora nos toca vivir. Tanto al Seor don Andrs Sorel como al Seor don Alfredo Gmez Gil me unen lazos de gran riqueza espiritual, construidos con el amor por la literatura y las artes, con la comn identidad de principios para la literatura y las artes, con la comn identidad de principios para la construccin de una sociedad nueva con la participacin de todos los hombres de buena voluntad, y con el afecto de una amistad que crece continuadamente con el tiempo. A ellos agradezco, adems de su* Texto ledo por el doctor Armando Cristbal Prez en el acto de presentacin de su libro Sociedad y literatura en Cuba: seis aproximaciones, el 8 de mayo de 2003, en la Embajada de Cuba en Madrid.

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96presen cia, los criterios y observaciones sobre mi libro. Hubiese querido poder agradecer a alguna institucin madrilea la generosidad de ofrecerme su casa para presentar mi libro, por pudor de hacerlo en la ma, donde superficiales y malintencionados –que lamentablemente siempre los hay– podran encontrar un gesto de cobarda o de complacencia, defectos que me son ajenos. Pedro tras casi cuatro meses de contar con una sede segura para presentar este libro, la decisin inexplicada de una alta funcionaria, porque el tiempo disponible para este acto ya no lo permita. Aunque –seguramente– de haberlo hecho, alguna mano amiga se hubiera tendido. Y en esa episdica y ridcula odisea, he tenido siempre el apoyo de Carmelo, Andrs y Alfredo. Y por eso hoy estamos aqu. Queridos amigos: Haba pensado yo, sin atreverme a aceptar an los grados de perversin que pueden alcanzar los justos intereses humanos cuando, a travs de sistemas, regmenes e instituciones corruptas y mezquinas se transforman en instrumentos para aplastar, destruir, y manipular a la sociedad y a sus ciudadanos, que esta noche hablara de literatura y slo de literatura. Era una ilusin de mi parte, lo reconozco. Y fueron las pginas de este libro, de mi libro, reledas una vez ms al calor de los acontecimientos de estos ltimos das, las que me han hecho comprender su mayor utilidad, aun en su modestia esencial: poner en evidencia la frgil autonoma de la literatura y los fuertes vasos comunicantes que la articulan a la sociedad. Pues bien, si mantenemos la necesaria coherencia con lo que en el propio libro se sugiere, la literatura de la que puedo hablar aqu esta noche es –precisamente–, no la que se expone a travs de alguna perspectiva, ni la que involucra las ciencias filolgicas y estticas, sino la que subyace y aflora a travs de ellas: la de su funcin social y, consecuentemente su significacin tica. Habr voces que de inmediato se escandalicen o que impugnen y refuten este criterio, acudiendo a conocidos sofismas y utilizando la irona para deslegitimar teoras como la del marxismo, que entre otras, fundamentan la existencia de tal funcin y su comportamiento tico. Es lgico, necesario y conveniente que tales voces existan y que se manifiesten. Slo el debate pblico permite llevar la verdad a la mayora de los ciudadanos. Quiz por eso, quienes reivindican de manera excluyente su derecho a manifestarse, niegan el del otro a ejercer el suyo. Porque, en realidad, no quieren llegar a una verdad que les resulte inconveniente. Y porque tienen miedo de ella. En esas condiciones, les es preferible acentuar la tambin necesaria funcin de entretenimiento, a cambio de desconocer toda preocupacin social. De todas maneras, como se demuestra aqu y esta noche con la presencia de ustedes, esa relacin entre literatura y sociedad, que anima mi libro, tambin interesa. Y no slo por razones tericas. Si alguna leccin se desprende de la vida y la obra de los importantes escritores a

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97los que se aproxima este libro –¡Vlgame Dios que yo pretenda dar lecciones a nadie!– es la ntima o inevitable relacin, enormemente subjetiva si se quiere, que se establece entre aquel que imagina un mundo propio y se propone describirlo, narrarlo o compartirlo a travs del lenguaje con los dems, y la sustancia humana, que slo puede ser social en el ms amplio sentido de la palabra, con que puede construirlo. Incluyendo en ese mundo –desde luego– su propia y ms profunda sensibilidad. En este sentido, lejos quedan, aunque sumidos, el carcter que asignara Stendhal a la literatura en su pasiva reproduccin de una realidad ajena, o la mucho ms profunda y dialctica teora del reflejo de Lenin, con su apotegma: materia es todo aquello que existe fuera de nuestra conciencia. Porque la literatura espejo –como advirtiera Stendhal– y es reflejo material, como precisara Lnin, pero es tambin proyeccin de los estratos ms profundos del inconsciente, como expusiera Freud, y es el registro surrealista de asociaciones imprevisibles e inexplicables, como asegura Bretn. Y en Brecht, con su aguda percepcin marxista del problema, es el intento de objetivar el discurso en sus componentes sociales y econmicos, para establecer una nueva comprensin en el receptor. Pero en todos los casos, el punto de la cuestin es que –aun en el de aquel que escribe para s mismo y no pretende otros lectores– el resultado de su pensamiento, que es inevitablemente social, vuelve a l y a travs de l a la sociedad donde y con la que se ha formado. A menos que el hipottico creador del que hablo destruya sus manuscritos –o el CD de ordenador–, antes de que sean conocidos como quiso Franz Kafka que hiciera con su obra el albacea amigo. Pero aun as, mientras el escritor permanezca vivo y consciente, su creacin y recreacin mental continuar formando parte de nuestro mundo comn, aunque sea desconocida transitoriamente por los dems. Y ni siquiera cuando desaparezcan fsicamente el escritor y su obra, se romper totalmente ese vnculo entraable, mientras que una sola persona haya conocido de su pensamiento y lo haya incorporado al propio, incluso para negarlo. Por eso es social. Y ello carga de una gran responsabilidad a toda figura pblica –y en este sentido los escritores lo somos– por la presentacin de este otro mundo que ofrecemos en nuestras obras al resto de las personas. Por eso nuestra actitud y nuestra palabra tienen una honda repercusin tica. Claro, las conclusiones para lo paradjico del proceso en el que un individuo se transforma circunstancialmente en humanidad y piensa por todos, no son unvocas y tienen tal carcter que llevaran muy lejos de este discurrir. Tanto, por ejemplo, como que nos obligara ms temprano que tarde a asomarnos horrorizados a la inhumana concepcin de este principio por los fascistas, llevadas hasta sus ltimas consecuencias por los nazis tambin en este mbito, como es sabido. Baste apuntar como elemento clave para nosotros ahora, que se trata de un vnculo –el de la sociedad y la literatura,

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98digo –universal y permanente. Y que, por esa razn –segn mi criterio– tal principio es aplicable tambin a la literatura cubana. Y de ah que a la hora de acercarme a cinco importantes y prestigiosas figuras del parnaso nacional desde finales del siglo XIX hasta los del XX, haya privilegiado esta apreciacin por sobre otras al momento de juzgar su obra literaria. Y, como la lectura de mis textos es suficientemente clara para percibirlo, y como mis amigos Alfredo y Andrs generosamente se han referido a ello, no considero indispensable ocupar el tiempo de ustedes en glosar tales aproximaciones al tema. En cambio, el haber tenido las posibilidades de conocer ms all de su obra a personalidades tan definidas como Nicols Guilln, Dulce Mara Loynaz, Alejo Carpentier y Jos Antonio Portuondo, constituye –como en el caso de otros prestigiosos escritores cubanos conocidos por m, pero no incluidos en este volumen– un verdadero privilegio, un horror y un placer. Pues todos ellos me permitieron observar algunas de las particularidades que propician que el escritor –sin dejar de vivir entre los otros–, reconstruya, a partir de sus propias necesidades y de las de los que se identifiquen con l, otra vida posible. Y es que el aspecto tico del utopismo, tan denigrado hoy en da en determinados sectores por razones espurias y con manipulaciones tendenciosas fundamentadas en pretextos filosficos, econmicos o polticos, a pesar de todo, resulta uno de los componentes esenciales de la literatura. Porque sin l, toda ella no pasara de ser historia de las personas y sus circunstancias o el registro chato y vulgar de las manifestaciones empricas del referente real cotidiano y su repercusin en nuestra conciencia. Porque sin ese sentido de futuro que otorga el elemento utpico, no podran concebirse ni Las mil y una noches ni el Antiguo y El Viejo Testamento reunidos en la Biblia, ni el Popol Vuh ni El Quijote por mencionar slo cuatro de los monumentos literarios de los muchos que jalonan en distintos momentos el devenir de nuestra lengua, de nuestra civilizacin y de un mundo que compartimos con otras importantes civilizaciones, culturas y lenguas, afines o no, pero todas nuestras. Y es ese elemento utpico, instrumentado por el pensamiento filosfico y traspolado a las ciencias de la sociedad –con su enorme potencialidad de futuro y su carga tica–, el que al propio tiempo que impulsa las teoras sociales y polticas, condiciona la actitud de los intelectuales cuando asumen pblicamente actitudes sociales o polticas, que pueden ser o no coherentes con la proyeccin de ideas que subyacen en sus textos literarios, incluso de manera inconsciente. Si en el caso de Nicols Guilln, por ejemplo, su actitud ante la utopa social, inicialmente recibida como por smosis a travs de la relacin paterna, reafirmada despus de durante el vivir cotidiano y concientizada a travs de la formacin terica, muestra una inclaudicable filiacin popular y una inconmovible militancia comunista, lo que siempre se har evidente en su obra; en el de Dulce Mara Loynaz, el modelo le llegar tambin desde la

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99impronta familiar y el contexto social en el que creciera, y se desarrollar en el marco ideolgico del sector profesional en que se desenvolviera, a travs de un liberalismo democrtico y burgus, en cierta medida elitista y de raz cristiana, el que –con gran honestidad y franqueza– siempre reivindic como suyo, y que siempre aprovech toda oportunidad para expresarlo, especialmente en su obra. Nunca Guilln, ni Loynaz engaaron a sus lectores. Nunca Loynaz ni Guilln asumieron en este sentido, posiciones ambiguas ante sus conciudadanos. Nunca Loynaz ni Guilln adjuraron –a pesar de los tropiezos y las insuficiencias de las respectivas realidades vitales– de su propia interpretacin personal del mundo, poetas igualados en un digno amor a esa entraable sea de identidad que es la patria para cada quien. A pesar de los avatares del destino personal y de las contradicciones de la vida, ni Dulce Mara ni Nicols traicionaron su manera de pensar, seguros como estaban de la justeza de su pensamiento. Alejo Carpentier, inmerso en una cultura europea que le era propia por herencia familiar, una cultura de la que haba sido protagonista y en la que haba logrado obtener grandes rditos para su propia autoformacin, no dud en abandonarlo todo y regresar a Amrica para sumarse a la bsqueda de esa nueva realidad a la que muchos aspiraban, y otorgarle una nueva dimensin con el accionar de su magisterio esttico, no slo con una obra de ms alta significacin literaria, sino tambin con una reflexin terica –la primera en tal sentido– sobre la particular manifestacin de lo maravilloso en la realidad de las tierras americanas. Y cuando tal recreacin literaria se vio materializada en su pas, no dud en hacer permanente su compromiso con un proyecto socialista y tercermundista que significaba la concrecin de su utopismo, en el reino de este mundo. Jos Antonio Portuondo, desde la sapiencia, la erudicin y el pensamiento, arribar –en los momentos extraordinariamente conflictivos de la llamada “guerra fra” y desde los propios Estados Unidos– a la comprensin del papel del intelectual y su obra en la sociedad. El dilema que Portuondo percibiera al respecto en la vida y obra de todos los escritores del continente americano –de norte a sur– se hizo manifiesto en un texto definitorio del que yo no resistir la tentacin de compartir con ustedes algunos criterios. Me refiero a “El herosmo intelectual”. En l, Portuondo viene a decir que en las horas de crisis, en las que el hombre se debate en la encrucijada de concepciones antagnicas de la realidad, la expresin literaria comporta un indudable herosmo. Tal herosmo consiste, en revelar con absoluta franqueza, la personal visin del mundo, la propia confusin o angustia. Significa adems, sostener sin quiebras la inevitable parcialidad que engendran –inevitablemente tambin– el silencio y la hostilidad de la otra parte. Y, de igual modo, es mirar de frente la realidad en crisis, cuando resulta a veces ms cmodo y siempre menos riesgoso, escamotearla tras la alusin oscura o la evasin formalista. Herosmo, en fin, de decir

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100lo que se ve y lo que se siente, descubrir las propias vivencias, y ser simple y llanamente sinceros. Pero lo difcil y riesgosa que puede resultar esa actitud, se comprende que, en nuestros das, algunos de los ms importantes escritores de nuestra lengua, y tambin otros de ms all, no hayan podido dejar de aprovechar de manera poco legtima la compleja situacin en que ha sido colocada una vez ms por sus enemigos la Revolucin Cubana, para condenarla, para rasgarle las vestiduras, para desdecirse pblicamente de manera poco heroica, unindose a un coro –con firma o sin ella– de intelectuales anti y contrarrevolucionarios y terroristas, en medio de la enorme crisis a la que esta aldea grande asentada en nuestro planeta azul, se arrastra por la ola del nuevo fascismo que encabezan los crculos ms poderosos del nuevo imperio mundial. Pero lo verdaderamente lamentable es presenciar cmo artistas, escritores e intelectuales significativos, al parecer mal, poco o nada informados –devenidos por sus mritos profesionales en conformadores de opinin pblica–, se suman a esa campaa y reaccionan de manera francamente objetable, procurando decir slo lo que aconseja el discurso del pensamiento nico, estructurado tendenciosamente y masivamente a travs de los principales medios del Gran Hermano, para salvaguarda, exoneracin o beneficio propios. No es mi propsito, ante la inminencia del peligro global que se cierne sobre todos, desviar la atencin hacia actitudes circunstanciales, ni juzgar a ningn colega, ni traspasar los lmites que me imponen el hecho de encontrarme en mi propia casa, la responsabilidad que en ella ostento, y el respeto que la opinin de ustedes me merecen. Pero s quisiera mencionar a algunos de aquellos otros que –independientemente de cualquier diferencia–, desde la responsabilidad, han asumido una actitud diferente y citar brevemente, su nombre, un fragmento del mensaje ledo por el investigador y socilogo mexicano Pablo Gonzlez Casanova ante ms de un milln de cubanos, en la Plaza de la Revolucin de La Habana, el pasado primero de mayo. El mensaje –tras reiterar la condena a la guerra contra Iraq– culmina de la manera siguiente: “Nosotros slo poseemos nuestra autoridad moral y desde ella hacemos un llamado a los principios que nos rigen. Hoy existe una dura campaa en contra de una nacin de Amrica Latina. El acoso de que es objeto Cuba puede ser el pretexto para una invasin. Frente a esto, oponemos los principios universales de soberana nacional, de respeto a la integridad territorial y el derecho a la autodeterminacin, imprescindibles para la justa convivencia de las naciones”. Ya en estos momentos el total de adhesiones mediante firmas es de ms de 1 000. Por supuesto, resulta imposible leerlas todas y sugerimos a quien desee conocerlas y actualizar la informacin, la consulta de las pginas web que tratan el tema. Aqu slo mencionaremos como muestra, adems de Pablo Gonzlez Casanova, a los Premios Nobel Rigoberta Mench, Nadine

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101Gordimer, Adolfo Prez Esquivel y Gabriel Garca Mrquez. Y a Leopoldo Zea, Oscar Niemeyer, Antinio Gades, Adolfo Snchez Vzquez, Vctor Flores Olea, Mara Rojo, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Harry Belafonte, Alfonso Sastre, Thiago de Melo, Eduardo Galeano, Mempo Giardinelli, James Petra, Claude Couffon, Ariel Dorfman, Margaret Randall, Heinz Dietrich Steffan, Omar Cabezas, Nstor Cohen, Marta Harnecker, Antonio Mir, Carlos Aznrez, Clarivel Alegra, Chico Buarque de Holanda, Winston Orrillo, Michel Lowy, Eliseo Subiela, Tareq Al, Ignacio Ramonet, Vctor Vctor, Gianni Min, Daniel Viglietti, Fernando Birri, Gioconda Belli, Jaime Labastida, Noam Chomsky... Queridos amigos: Permtanme terminar estas palabras, haciendo una sola referencia a quien constituye una de las grandes cumbres ticas y artsticas de nuestra lengua, un escritor que lo sacrific todo a la causa de una patria que, en su sentir y en su verbo, era toda la humanidad; el hombre de cuyo nacimiento celebramos el sesquicentenario este ao y a quien hemos dedicado la presentacin de este libro: Jos Mart. No es esta la circunstancia, ni el momento, ni el lugar que merece un panegrico martiano, ni es por tal motivo que aparece incluido el Hroe Nacional cubano en el libro, ni el del porqu termino con su memoria mis palabras. Es que Mart, en vida y obra, en la consecuencia tica de su actitud, fue un intelectual heroico, y no por su muerte en combate, sino por el eterno combate tico en que convirti su vida. Y es por eso que su inmenso magisterio aparece, de una u otra manera, en todos los escritores cubanos posteriores a l, incluso –en aquellos que lo niegan– aun en esa propia negacin. No en balde el mexicano Alfonso Reyes le llam “supremo varn literario”. Por eso su vida y su obra resultaban de indispensable aproxi macin, al tratar el tema de los vnculos entre la literatura y la sociedad en Cuba. Mart –que como es sabido tambin fue periodista– re-cre una utopa por la que luchaba. En ella cifraba el futuro. Al propio tiempo, era un hombre de nuestra poca, un contemporneo. Por lo tanto, no desconoca la necesidad de adecuar el discurso al auditorio, ni la de mantener la discrecin natural que corresponde al tratamiento de cada tema especfico, ni la de la lgica interna de la labor encaminada a aunar voluntades diferentes para obtener un fin comn. Pero, a pesar de todo eso, a pesar de vivir sus ltimos y ms importantes aos en el monstruo imperial que se gestaba en las entraas de la nueva y todava inmadura sociedad estadounidense, nunca abjur de la tica de sus principios. Ni como hombre, ni como revolucionario, ni como hacedor del milagro literario. Es por eso que –al reiterarle a todos las gracias por haberme acompaado en esta presentacin– quiero concluir estas palabras con una cita martiana cargada de muchas resonancias antiguas y gran significacin actual para todo el que se proponga hacer uso de la lengua en funcin social e ideolgica:

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102de Madrid, quienes se refirieron a aspectos de inters en la obra de Cristbal. Durante la intervencin, el autor se refiri a los estrechos vnculos entre literatura y sociedad, la presencia del utopismo en toda literatura vlida, la necesidad de la tica en la actitud pblica de los intelectuales cuando devienen conformadores de opinin, y –al hablar sobre la actual campaa contra la revolucin cubana– cit el llamamiento de un grupo de intelectuales dado a conocer el 1 de mayo en la Plaza de la Revolucin y el nombre de los ms de mil intelectuales que han ratificado su adhesin hasta el momento. La actividad concluy con la venta del libro a los presentes –entre los que se encontraban diplomticos, personalidades de la cultura y el arte, directivos de fundaciones, miembros del movimiento de solidaridad, artistas cubanos residentes o en trnsito por Madrid y otros amigos– y un brindis a todos los presentes. “La palabra se hizo para decir la verdad, no para ocultarla”.Nota de PrensaCon motivo de la celebracin mundial del 150 aniversario del natalicio de Jos Mart, en la Embajada de Cuba en Madrid y con la colaboracin de Ediciones “Libertarias”, fue presentado anoche el libro Literatura y sociedad en Cuba: seis aproximaciones del doctor Armando Cristbal, narrador y ensayista cubano. El libro es un conjunto de textos sobre la vida de Nicols Guilln, Dulce Mara Loynaz, Alejo Carpentier, Jos Antonio Portuondo y Jos Mart. Hicieron la presentacin del libro el doctor Andrs Sorel, tambin novelista y actual secretario general de la Asociacin Colegial de Escritores de Espaa y Director de la Revista La Repblica de las Letras ; y el doctor Alfredo Gmez Gil, poeta y ex profesor, ex presidente de la Seleccin Iberoamericana del Ateneo

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103 Salvador Bueno y la literatura cubana Virgilio Lpez LemusPoeta, crtico y ensayista El doctor Salvador Bueno es un creador ? En el uso sustantivo del trmino, segn lo propone el Diccionario de la Real Academia Espaola de la Lengua efectivamente, lo es: un creador literario puesto que se ha ocupado durante sesenta aos consecutivos de la literatura de estudiarla, historiarla, explicarla, divulgarla, y ha sido uno de los ensayistas literarios ms fecundos del siglo XX cubano. Como el trmino creacin no implica slo a los gneros de ficcin, Salvador Bueno ha sido un creador eficiente en su rea de trabajo: el ensayo y la crtica literarios, que ha cultivado con profusin. Ha sido adems un periodista cultural muy destacado, con numerossimos artculos de reseas, comentarios crticos y notas divulgativas publicados extensamente en revistas y peridicos cubanos, espaoles, mexicanos, estadounidenses y de muchos otros pases de Europa y Amrica. Su Bibliografa selectiva (La Habana, 1987) ocupa un volumen de 238 pginas, con ms de 1 300 asientos bibliogrficos, compendiando no todo lo que public entre las dcadas de 1940 y 1980. Lo ms interesante de ello no es el factor cuantitativo, sino haber l cumplido los tres requisitos esenciales que peda Juan Marinello para un crtico: ser orientador, creativo, y ofrecer juicios novedosos acerca de lo que trata. Habiendo nacido en 1917, cuando era an un hombre de poco ms de veinte aos, comenz su estudio sistemtico de la literatura cubana. Su prestigio aument entre las dcadas de 1940 y 1950, y al triunfar la Revolucin en 1959, Salvador Bueno era ya un intelectual prominente, reconocido en el medio profesoral y profesional de las letras y el periodismo patrio. Haba sido el autor de una til Historia de la literatura cubana (La Habana, 1954), vigente por varias dcadas como texto oficial en los sistemas de enseanza del pas, de la que se cuenta con seis ediciones. Pero sobre todo, Salvador Bueno se ha destacado como un investigador tenaz. Y sus esferas de investigaciones son bastante “personales”: aquellas en las

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104que no se han inmiscuido mucho los crticos literarios cubanos, tales como el ensayismo del siglo XIX y de la primera mitad del XX, la literatura costumbrista, la crtica literaria de ese mismo lapso y sobre todo la narrativa cubana, acerca de la cual ha aportado numerosas ideas para su mejor comprensin contextual. Este “terreno” de investigaciones ha sido bien abonado por su labor, se ha cimentado l mismo como un experto en literatura cubana, por lo que de hecho ha sido consultante de infinidad de trabajos profesionales sobre historizacin y crtica literarias en Cuba y en el exterior. Se evidencia en su Bibliografa... que su materia de preferencia ha sido el rescate de la memoria de valiosos cubanos, de hombres y mujeres dedicados a las letras y que dejaron obras slidas, como patrimonio de la cultura cubana. A Salvador Bueno le han interesado las figuras cubanas tanto en sus aspectos biogrficos, relacionados con la profesin creativa, como el propio y particular hecho creativo, las obras mismas, en las que se ha detenido y sobre las que ha trabajado con diversos grados de intensidad, desde la simple resea, el comentario paralelo (descriptivo) o la exgesis ms profunda. En ese sentido, su primer libro fundamental, entre los que haba publicado ya en los aos iniciales de su labor, es Temas y personajes de la literatura cubana (La Habana, 1964), en el que se advierte tambin que su eleccin se cie ms a los autores del siglo XIX. Entre los especialistas cubanos de ese siglo (Raimundo Lazo, Cintio Vitier, Salvador Arias, et al .), Bueno descuella por su constancia, por referirse particularmente a las figuras centrales, pero asimismo a los pensadores y crticos, de algunos de los cuales ha revivido, reeditado o rescatado valiosos volmenes.1Quiero referirme a aspectos menos ponderados de su obra. Por lo comn se ve en l al estudioso de la literatura cubana, en especial, como ya dijimos, de su narrativa y ensayismo, sin que nos percatemos mucho de que nada literario le es ajeno, que ha trabajado tambin intensamente sobre la literatura hispanoamericana, y que, en funcin genrica, ha dedicado numerosos ensayos a poetas y obras lricas descollantes. Por eso me detengo ahora en su grueso volumen Aproximaciones a la literatura hispanoamericana (La Habana, 1984), donde se compilan cuarenta ensayos muy informados, acerca de cronistas, narradores, poetas y ensayistas, as como sobre movimientos literarios, etapas histricas, y asuntos tnicos de la que Jos Mart llam “Nuestra Amrica”. Este copioso, enjundioso libro es uno de los mejores que se hayan publicado sobre tal materia regional, vista en su multiplicidad literaria; o sea, el autor se introduce de lleno en lo que l mismo llama: “Los enigmas de Amrica, la mestiza”, y deja claro que por cuarenta aos ha estado ofreciendo esos textos en revistas especializadas o de divulgacin popular: Estos acercamientos –dice Bueno– por medio de monografas, ensayos artculos y reseas, proponen a distintos niveles de lectura una interpretacin de ciertas facetas de nuestra

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105literatura hispanoamericana, una respuesta a los enigmas que plantean los autores y las obras literarias… Este aspecto que he querido resaltar, calza la imagen de un Salvador Bueno al servicio del estudio de lo menos explorado, arrojando luces hacia aquellos sitios que l sabe complejos, llenos de “enigmas”, y que quizs por ello acumularon durante dcadas mucha menos bibliografa que los explosivos boom que la literatura experimental o de rasgos sexualizadores, que suelen dar ms “fama” y hasta relativo prestigio en la inmediatez a quienes se ocupan de ella. El escndalo a veces favorece, y ocuparse de las literaturas que hacen ms ruido en la coetaneidad, puede rendir buenos dividendos relativos… Salvador Bueno, sin embargo, se ha puesto del lado oculto, del lado que promete menos beneficios personales de reconocimiento, porque su misin es servir, ser til, trabajar en silencio en las reas de estudio para las que se siente mejor dotado. Lo que no siempre es bien correspondido. Y en efecto, Bueno no ha tenido el clamoroso aplauso de los crticos que se han ocupado de la inmediatez ms ruidosa, y hasta se le ha asignado el calificativo de “divulgador”, como si con ello se rebajase su condicin de ser uno de los principales crticos e historiadores literarios con que ha contado Cuba, sobre todo en su pasado siglo XX. Sus frutos han de rendir en el siglo XXI, ahora mismo entrante, entre fuegos y guerras. Cuando llegue la calma, la hora de justipreciar y valorar hondamente la huella de una vida, quizs algunos observen con asombro lo que para otros no es un secreto: autores como Raimundo Lazo, o Salvador Bueno, o los ms jvenes y tambin menos ruidosos Leonardo Acosta o Denia Garca Ronda, en diferentes esferas de trabajo, han dejado detrs suyo obra cimentada, valiosa y sobre todo til: divulgativa y orientadora, que es muchas veces la mejor manera de ser realmente til en las labores de la teora y la crtica literarias. Nos atrae la atencin en este volumen la faceta ms conocida de Bueno: los estudios cubanos. l ha sentido una pasin esencial por ellos, no slo mantenindose al da de lo que se escribe en Cuba, sobre todo en narrativa y ensaystica, sino tambin sopesando, observando obras en la distancia que pueden tener valor y repercusin en nuestro tiempo. Por eso vemos su insistencia en el periplo de la condesa de Merln. Por eso observamos que estima insoslayable incluir alguno de sus numerosos escritos acerca de la obra de Alejo Carpentier. Por eso insiste en Cecilia Valds en el articulismo del siglo XIX (ya hemos dicho que ese siglo es de su mxima especializacin), en Jos Mart…, hitos esenciales de la evolucin de la literatura cubana, y que l subraya como elementos identitarios por medio del arte de la palabra, cuyas repercusiones llegan a nuestros das. Pero hay una faceta crtica de Bueno que ha sido an menos reconocida: su laboreo con la poesa de Cuba. Se ha dicho a veces que Salvador Bueno es un especialista en narrativa, y ello es verdad, pero no se han observado los aportes que l ha realizado en el estu dio de

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106la lrica. Por eso quizs esta parte interesante de su obra merezca el agrupamiento de textos acerca de Guilln, Lezama, la Loynaz, Flix Pita…, y otros aspectos sobre poesa. Merece hallar en un solo tomo todo lo que este valioso crtico e historiador de las letras, ha escrito acerca de la poesa. Certeramente, con la mirada bien situada, el crtico elige y elige bien; si no se lanza al riesgo de comentar a los ms jvenes poetas, de obras menos exploradas, asume otra contingencia: la del anlisis de los consagrados, que no es riesgo menor. Y sus textos salen gananciosos, porque junto al dato crtico se incluye el testimonial, la cercana, la presencia del poeta (y de la poetisa), que crean y viven en las pginas de Salvador. Es cierto que el crtico debe asumir los riesgos de su coetaneidad, pero acaso Guilln, Lezama, la Loynaz y Pita no son sus coetneos? El riesgo de lo no explorado? Y el azar de hallar nuevas aristas entre lo ms reconocido? Cul es en verdad el reto mayor que asume un crtico? Quizs dijramos que el de la honestidad, el de escribir por el propio mandato sobre aquello que siente como ms adecuado para l, para arrojar luces, para orientar Y Salvador Bueno ha sido, sin dudas, un honesto crtico literario, mesurado y sagaz, no llamado a dar alaridos, sino a llamar la atencin con cuidado, con mesura. Esa mesura no quiere decir que no haya sustancia honda, que la hay. Razn tiene Imeldo lvarez cuando se refiere a nuestro autor y dice, en el prlogo a Ensayos sobre cubanos (La Habana, 1980): “Toda escritura nace bajo diversas determinaciones sociales y psicolgicas y lo determinante en Salvador Bueno es la ilusin del porvenir, la negacin de la muerte, es decir, el orgullo y la embriaguez de lo fecundante”. Bueno ha tenido ocasin de hacer su propia “antologa’ de ensayos, de ofrecer grupos de sus textos, en los que el lector pueda no slo apreciar las obras de que se habla, sino asimismo la propia labor del crtico. Se advertir que posee una prosa caracterstica, explicativa, directa, comunicadora, permeada de su largusima experiencia como profesor; advertiremos el habitual entrelazamiento que suele hacer Bueno entre la figura comentada y su oficio de escritura, o sea, el manejo de datos biogrficos de inters para el estudio cabal de una obra en su tiempo. Y ese es su mtodo de anlisis: el anlisis de textos en su en s irradiante, del autor como persona viva y de la poca a la que pertenecen obra y autor. Lejos de un inmanentismo cerrado, o de un anlisis ms asptico que realmente cientfico, Salvador Bueno prefiere observarlo todo inmerso en un proceso vital: la creacin dentro del contexto literario de su tiempo, y el autor dentro del contexto social. Esa doble contextualizacin permite el conocimiento y resalta el valor cognoscente del mtodo de estudio aplicado. La contribucin del doctor Salvador Bueno a los estudios literarios cubanos es de peso. Su labor creativa no ha sido meramente ancilar o sea, en funcin de otras obras y otros autores, como una suerte de parasitismo crtico; lejos de ello, sus aportes son de races creativas, porque no se atuvieron al co mentario de

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107resea, a la cualidad descriptiva o a la simple presentacin, sino que l puso en juego su sabidura, sus bienes profesionales, que son los bienes de la cultura, y sobre todo su sensibilidad, con la carga subjetiva que ello entraa. Ha sabido elegir el campo de referencia ms apropiado a esa sensibilidad suya, y tambin hizo de su ensaystica, de sus mejores textos, arte de la palabra. Durante muchos aos he respetado y querido a Salvador Bueno; no slo he visto en l las virtudes de un excelente profesor, sino tambin la honestidad, limpieza, cuidado sumo en el trato humano, que forman su hombrada Y junto a ello, el fervor que pone en sus escritos, el afn de utilidad que vive en l, con una modestia y sentido de la humildad que muchas veces han daado el hondo reconocimiento que merece. Pero cul ganancia mayor puede haber para una obra, cul galardn ser ms hermoso que el de la utilidad (sin utilitarismo vano), que el de tener conciencia de haber sido un hombre til, haber dado de s mismo lo que se considera mejor. Salvador Bueno lleva la marca en su apellido: es, en toda la extensin de la palabra, un hombre bueno, que era lo que propona Antonio Machado como la mejor oferta personal a la sociedad de su tiempo. El tiempo no espera, nos arma y nos borra, deja hacer obras y deja asimismo que el olvido (a veces el piadoso olvido), las sepulte. Salvador Bueno ha dejado memoria, ha asociado su nombre con momentos pinaculares de la cultura cubana, y puede sentir la certeza de que no ha sido en vano. Notas1 Enrique Jos Varona, periodista La Habana : Academia Cubana de la Lengua, 1999. Pieyro, Enrique. Poetas famosos del siglo XIX. La Habana : Academia Cubana de la Lengua, Editorial Pablo de la Torriente, 1999. Ensayos crticos de Domingo del Monte La Habana : Academia Cubana de la Lengua, Editorial Pablo de la Torriente, 2000. Guiteras, Pedro Jos. Vidas de poetas cubanos La Habana : Academia Cubana de la Lengua, Editorial Pablo de la Torriente, 2001. Todos con seleccin, prlogo y notas de Salvador Bueno.

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108I H ace aos que la creacin coreogrfica de Alberto Mndez ha devenido paradigmtica en la historia de la danza teatral cubana. Esa consideracin ha dejado de ser parcial o subjetiva, en la misma medida en que el artista ha progresado en la concepcin de su obra. Mltiples son los crticos y especialistas de diversas nacionalidades y tendencias estticas, que no han vacilado en otorgarle rango mundial a su labor. Doctos y profanos han evaluado con el mayor entusiasmo muchas de sus puestas en escena, caracterizadas por inslitas ideas temticas y formales, por el ingenioso ejercicio que del cuerpo y el espacio, el ritmo y el movimiento, el portento y la poesa, derrocha Mndez en lo ms acabado de su produccin. Eso queda corroborado, adems, al constatar cmo varias compaas han aadido sus obras a su repertorio, y por el entusiasmo y el goce que han producido y producen en los pblicos. Otro espaldarazo lo constituyen los premios alcanzados en certmenes coreogrficos cubanos o extranjeros a lo largo de su carrera. Alberto Mndez es el coregrafo de la exuberancia inefable, el de la imaginacin en vuelo hasta lo inusitado. Su creatividad trasciende el arcano de cuerpos, espacios y movimientos sin que le disminuya el aliento. Gracias a su talento de filigrana, a su proverbial refinamiento, el proceder no se le vuelve pirotecnia superflua o inoperante, no constituye extroversin sin trascendencia hacia lo humano edificante. Tarde en la siesta un clsico de la coreografa cubana* Francisco Rey AlfonsoInvestigador de la danza y ensayista Texto en homenaje al trigsimo aniversario de este ballet.

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109Desde su primera obra, Plsmasis (1970), no obstante remitirse a modelos bejartianos, Mndez demostr que su creatividad estaba asistida por tales potencialidades que lo llevaran hasta lo insospechado. La pieza alcanz muy pronto el reconocimiento ms all de nuestras fronteras, pues obtuvo el primer premio en coreografa moderna en el Concurso Internacional de Ballet de Varna, en Bulgaria, el mismo ao de su estreno. Su segundo trabajo, Nos veremos ayer noche, Margarita (1971), constituy un momento bsico en su trayectoria como creador, en virtud de la presencia de Alicia Alonso en el papel protagonista del ballet. Gracias al arte de la bailarina se produjo para Mndez una apropiacin de sabias maestras que catalizaron, por medio de los sutiles vasos comunicantes del talento, el comienzo de un nuevo estilo. Ese estmulo lo persuadi de la atencin al detalle hasta el barroquismo (“Nuestro arte siempre fue barroco [...]. No temamos al barroquismo, arte nuestro [...]”, deca Alejo Carpentier),1 le abri nuevos cauces a la expresin de las manos y los brazos, desde entonces, y quiz como nunca antes, al menos en Cuba, partes del cuerpo polismicas y multiformes. En lo adelante, para Mndez manos y brazos disearan los espacios a la vez que los estilos, esculpiran la expresin del artista y los contornos de la danza en varias obras de su catlogo. Tanto es as que, en su quehacer, manos y brazos cantan o fustigan, musitan o braman, contienen o desbordan, como lo demostr en el ballet La diva (1982). Y esa danza de manos y brazos conforma el cuerpo todo, desprende el movimiento para llenar de vida el espacio que vigorizan y alumbran. Ese procedimiento expresivo ha trazado un derrotero de adivinaciones que se superponen, enriquecen y perfeccionan de una a otra pieza, y en su verificacin no desdea apropiarse del modo de gesticular el cubano –uno de nuestros aportes al enriquecimiento de la danza acadmica–, en una proyeccin universal ajena a la superficialidad pintoresca. Su tercera labor, Del XVI al XX (1972), fue un divertimento que mostr el aadido de otro elemento de enorme importancia en el futuro quehacer del coregrafo: el humor, aqu punto de partida para un despliegue que abarcara desde la stira hasta la causticidad, desde la parodia hasta el (amable) sarcasmo, vertidos en formas, en trminos de ballet, de gran eficacia y frescura. Con esa creacin Mndez puls nuevas cuerdas expresivas y formales, y adelant ideas que germinaran en obras muy personales de su catlogo. Recurdese, por citar un ejemplo, el pasaje dedicado al siglo XVIII, donde la intencin que subyace en el cuadro buclico dedicado a la artificial pastora (una evocacin de Marie Camargo) y el villano, constituye un antecedente del pas de deux titulado Roberto el diablo (1980), en el que tambin se explota la dicotoma ser etreo artificioso-ser terrenal grotesco como fuente para provocar la risa. Tarde en la siesta (1973) es el cuarto ballet creado por Alberto Mndez.2Ese trabajo constituye un momento de gran importancia en su labor como

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110coregrafo, pues ha sido calificado por muchos como una verdadera obra maestra. En tal sentido, se trata de un hecho excepcional si se atiende a su trayectoria precedente y a su vertiginosa maduracin, pues presenta una marcada evolucin en lo concerniente a sus concepciones estticas y gnoseolgicas. Su calidad metafrica enriqueci asimismo la apreciacin que han tenido nuestros coregrafos de la mujer cubana, e igualmente contribuy a prestigiar los temas y la msica nacionales en el universo del ballet. II Si nos atenemos a las notas al programa destinadas a presentar Tarde en la siesta este ballet refiere la situacin de “Consuelo, la [hermana] mayor; Soledad, Dulce y Esperanza”, en La Habana, “en el patio de una casona de El Cerro”, en “las primeras dcadas de nuestro siglo” (o sea, el siglo XX); adems, la pieza constituye un reflejo de “las contradicciones que el medio le impona a la mujer: una vida gris, ociosa y conformista en el marco de valores que hoy han sido felizmente superados”.3 Con esas ideas se ofrecen al espectador algunos de los elementos constitutivos de la obra: los personajes y, por los nombres, una aproximacin a sus sicologas; el ambiente y, a partir de l, la poca en que tiene lugar la situacin representada y de algunas de sus coordenadas ideolgicas. Aunque como nota al programa el texto resulta aceptable, puede convenirse que la sugerencia no carece de limitaciones, pues, por su naturaleza, no puede desentraar el sentido ltimo de la pieza. Como sabemos, la obra de arte es un cdigo de naturaleza polismica y, por ello, es capaz de sugerir tantas lecturas como espectadores se propongan su decodificacin. Tarde en la siesta pertenece a los llamados ballets sin argumento, es decir, su desarrollo no descansa en la elaboracin

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111escnica de una fbula explcita, de un conjunto de motivos enlazados con inters narrativo. Se trata, por tanto, de un ballet de personajes –todos protagonistas– no de acontecimientos, en el que el coregrafo, ms que referir una accin concreta en la linealidad temporal, presenta –a partir de los caracteres y el ambiente que los rodea– una situacin de signo muy especfico: la discriminacin social que ha sufrido y sufre la mujer desde la cada del matriarcado. Entonces, no es una obra sustentada meramente en una vocacin descriptiva o costumbrista, o en la estilizacin de cierto momento histrico cubano, sino una indagacin que slo en apariencias parecera superficial y ajena a los problemas del pas. En lo tocante al contenido el superobjetivo del ballet entronca, sea o no la intencin del coregrafo, con la denuncia social –sin acudir al panfleto, a lo externo, al estereotipo–, y arremete con la persuasin del buen arte contra un orden social que escamotea a la mujer sus derechos a la plena igualdad con el hombre. Toda obra de arte lleva en s misma un sentido de sincdoque, y por eso, con Tarde en la siesta Alberto Mndez se refiere a la mujer cubana en general –a todas las mujeres, en definitiva–, aunque para ello tome como pretexto a la clase media criolla. Alude, con la parte desarrollada, al todo Asimismo, aunque el coregrafo se interes en la evocacin de un perodo histrico especfico –por la poca de su estreno algunos adscribieron el ballet a la tendencia retro entonces de moda en los medio artsticos de occidente–, su mensaje no se circunscribe a los aos iniciales del siglo XX; por el contrario, trasciende hasta nuestros das y aun se proyecta hacia el futuro. Desde ese punto de vista, Tarde en la siesta posee un carcter diacrnico y tiene, adems, calidad universal. Pero como la creacin artstica constituye en cierta medida un reflejo de la realidad y, por lo tanto, a ella se remite, es necesario considerar los factores que histricamente han conducido las vidas de esas mujeres-personajes a tal segregacin social ms o menos solapada. Uno de los retos que expone el sistema representado consiste en inferir la ideologa hostil, reaccionaria, que somete a la mujer a ese estado de discriminacin a travs de los siglos. Tanto es as que aunque el ballet, como se ha reiterado, es una danza concebida para mujeres, el sector masculino de la sociedad constituye una referencia omnipresente y determinante de las angustias y frustraciones verificadas (Consuelo, Soledad) o por venir (Dulce, Esperanza) que padecen los personajes; acta como una especie de deus ex machina conformador de ese estado de cosas, ordenador de sus destinos. La presencia masculina como personaje referido pesa aqu como Pepe, el romano, en La casa de Bernarda Alba de Federico Garca Lorca, aunque no tanto en un sentido ertico, sino social.4No se trata de una contraposicin superficial que conduzca a un maniquesmo de implicaciones inverosmiles o convencionales. Esa fuerza siempre aludida y nunca concretada gravita en el decurso del ballet de una manera diversa, interactuando afectivamente en funcin del personaje de que se trate: como la potenciali-

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112dad del amor por conquistar (Esperanza, Dulce), como la intensa necesidad de una relacin ertico-espiritual (Soledad), como la evocacin de la frustracin sentimental (Consuelo) y, en general, como la contrapartida dialctica de la realizacin individual tambin por medio del amor de la pareja. Si en el transcurso del ballet no se presienten esas fuerzas subyacentes, catalizadoras, entonces no se presenciar ms que una abstraccin de una determinada emotividad y belleza, pero carente de sus esencias. Es en funcin de esas contradicciones sociales –y derivadas de ellas, las individuales– que, no obstante ser Tarde en la siesta un ballet sin argumento, puede observase en l cierta progresin dramtica que cohesiona las partes yuxtapuestas de la coreografa en un todo asido a una lgica, en virtud de la existencia de una exposicin, un nudo y un desenlace del suceso ficticio objeto de la elaboracin escnica.5 Dicho con palabras de Wolfgang Kayser: [...] para poder llegar a un fin [...] [el creador] necesita tambin aqu de algo semejante a una fbula. Su importancia, sin embargo, es muy reducida, pues con el transcurso del tiempo se aparta de su verdadera intencin, orientada en el sentido de un estado. Aqu la fbula es, ms bien, un mal necesario.6La obra no se conforma como una mera sucesin de escenas independientes entre s; todo lo contrario, Mndez no hubiera podido disponerlas de una manera arbitraria. Los elementos que en el transcurso del ballet semejan referir una fbula se dan, en ltima instancia, a trancos. Eso contribuye a reforzar el carcter potico de la obra, pues, como se sabe, es lo lrico lo que carece de un contenido de acontecimientos. No es hasta la mitad del ballet, en el pas de deux de Consuelo y Esperanza, que comienzan a perfilarse con mayor fuerza los conflictos que enfrentan las hermanas. En este caso el tab sexual es el que se manifiesta, y lo que pudo haber sido algo natural se enmascara de mojigatera; mas ese subterfugio no puede evitar una conmocin que altera por un momento el equilibrio del sistema. Como corresponde a la poca y al status social de los personajes, el orden retorna bajo los auspicios del desasosiego y la ternura de la hermana mayor; en fin, chispas de rebelda apagadas con el soplo de los prejuicios. Puede observarse cmo durante ese conflicto –pequeo, pero no intrascendente– Dulce y Soledad permanecen inmviles, ausentes, como en un letargo, encerradas en su mundo lastrado de frustraciones, pero a la vez animado, cabe suponer, por potenciales ensueos.7El conflicto esbozado en la entre del ballet retorna con mayores implicaciones durante la coda, momento en que el desequilibrio del sistema llega a un clmax del que no puede evadirse ninguno de los personajes-sicologas de la obra. En esa parte se produce una inquietante interrelacin entre las cuatro hermanas, y cada una de ellas penetra el choque de pasiones desatado por Soledad en una medida proporcional a sus vivencias. Los preceptos ticos burgueses, traducidos como costumbres al uso, regresan

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113a su mbito para conjurar el estertor y devolverlo a una supuesta armona: el de la resignacin y la mo ral destinadas a la mujer desde tiempos remotos segn las variantes de cada poca. Con Esperanza, Dulce, Soledad y Consuelo, Mndez llev a la escena un canto pleno de lirismo, derivado de la conmocin y la catarsis de esos personajes. Quiz otro creador hubiera recreado esas visiones con tintes ms “picos”; sin embargo, por sus peculiares reacciones Soledad vive en la frontera de esas dos vertientes, en una lucha apasionada entre la conformidad y la inadaptacin a aquel estado de cosas. Cuando al final del ballet, jadeante y dolida, ella extiende hacia el vaco sus quemantes brazos, con la punta de sus dedos roza una libertad todava lejana en el tiempo, tiende un puente, an inconcluso, entre la insignificancia del ser-objeto y la magnificacin humana. En esa insatisfaccin radica, en buena medida, la capacidad conmovedora de la obra, la dramtica actualidad de sus proposiciones. Por eso, adems, el final no constituye un mero retorno al punto de partida, no cierra simplemente un ciclo ni supone un crculo cerrado. Retomar la estampa inicial de la coreografa, constituye ahora una imagen que convoca al anlisis de ese fenmeno social. Detrs de la cortina queda un problema por resolver, un acto de injusticia provocado en conciencia. Desde esa comprensin el ballet puede entroncar con el optimismo edificante, con un mensaje dirigido a la bsqueda de un orden social ms justo. III Como ya se dijo, en Tarde en la siesta es ostensible la preponderancia de los personajes a expensas de una trama que no pasa del estado embrionario. En consecuencia, ellos articulan la unidad de la coreografa y, por tal motivo, igualmente de ellos se derivan las distintas partes de la obra. Tal cualidad hace que no constituyan un simple enlace de los cuadros, sino que, por el contrario, se convierten en los portadores de la estructura. Sin embargo, no obstante lo apuntado, debe apreciarse cmo devienen alegoras8 y, en tal sentido, estn diseados en funcin de una caracterizacin esttica. Las cuatro hermanas de la pieza se presentan, en lo fundamental, en funcin de un solo rasgo: el que resulta personal y socialmente dominante. A eso se suman sus nombres. Por supuesto, la idea del coregrafo es vlida cuando establece esas relaciones, sobre todo debido a que tal recurso facilita la comprensin de una obra perteneciente a un arte que, por lo general, no se expresa con palabras. En tal sentido, dicen Wellek y Warren: “La forma ms sencilla de caracterizacin es la nominacin misma del personaje. Toda ‘apelacin’ es una especie de vitalizacin, animacin, individualizacin”.9 Es el caso de Esperanza, Dulce, Soledad y Consuelo. Con ese proceder Mndez establece la doble intencin de disear cada personaje con un trazo particular y, a la vez, de retomar la poesa de ese tipo de nominacin comn en los pases hispanos. Debido a la naturaleza del ballet como arte, el espectador desconoce los

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114ante cedentes de los personajes que contempla. Es parte de su tarea como receptor inferir sus pasados a partir del presente que ante l se representa. Eso es importante para la comprensin de la obra, puesto que es cada pasado el responsable del “aqu y ahora” de las hermanas, el que ha conformado su idiosincrasia. Por otra parte, un sistema tan abierto es lo que conduce a una aprehensin plural de sus vidas, en funcin de la subjetividad del espectador: cada cual las aprecia segn su sensibilidad y experiencia, a partir de la caracterizacin establecida por el coregrafo. Es por eso que resulta arriesgado pretender la formulacin de sus biografas, algo que, por dems, el ballet no puede dar. La presentacin de los distintos caracteres se produce, desde luego, por medio de la actuacin de las bailarinas, pero tambin de manera marcada por medio de la danza.10 Es por ello que cada variacin constituye una especie de monlogo que descubre el ser ntimo de los personajes. Para conseguir esas revelaciones, Mndez escogi un conjunto de poses y de pasos acadmicos que expuso de manera pura o intencionalmente “adulterados” en funcin de sus fines, sobre todo para entroncar con lo cubano. Pero como en esencia un paso de ballet es un signo neutro, considerado desde un punto de vista semitico, tuvo que concebir “otros” que, a manera de complemento, le permitieran recrear con una mayor precisin las cuatro sicologas puestas en juego y, en general, la idea perseguida con la pieza. A eso se aade la frtil imaginacin demostrada en lo concerniente al accionar de manos y brazos –uno de los hallazgos de la obra–, trabajo que desempea un papel fundamental en la caracterizacin de las hermanas, en tanto delinean la exultacin o la angustia que ellas comunican por medio de la danza: el juego de los brazos de Esperanza, de movimientos amplios, volantes, derivados de la frescura de su indecisa puerilidad;11los sensuales de Dulce, tan cubanos, plenos de movimientos serpenteantes que nacen de sus hombros; los huracanados de Soledad, evocadores de exorcismos que ahuyenten amargas visiones; y los angustiosos de Consuelo, que se enredan en su pecho para que no se le escape una desesperacin inadmisible en aquel contexto. Asimismo se integran al ballet algunas actitudes que matizan a los personajes desde otra perspectiva: se trata de ciertas creencias –hijas de nuestras tradiciones, supersticiones y tabes– de las

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115cuales Consuelo es la mxima representante. Ella, por ser la mayor, deviene la ms conservadora y aferrada al pasado: para el balanceo del silln cuando est vaco, oculta elementales cuestiones relacionadas con la anatoma de su hermana ms pequea; funge como un agente sobreprotector cuando trata, por ejemplo, de desviar la atencin de las menores de la actitud rebelde de Soledad, y as enajenarlas de una problemtica a las cual ellas tambin estn avocadas, ejerciendo un moralismo a ultranza. Resulta curioso que cierta crtica se haya referido a los matices lorquianos y aun chejovianos presentes en Tarde en la siesta e ignore a los escritores cubanos, como es el caso, por ejemplo, de Miguel de Carrin, cuya obra narrativa est mucho ms cerca, por razones fciles de penetrar, del espritu de esta coreografa. IV La filigrana danzaria que es Tarde en la siesta posee una estrecha correspondencia con un aspecto que caracteriza el romanticismo: la relacin que existe entre el ambiente (el “paisaje”) y las sicologas de los personajes, pues el “paisaje” representa el alter ego de cada una de las hermanas, y estas, a su vez, lo perciben segn sus realidades. Ese “paisaje” –es decir, la escenografa, debida a Salvador Fernndez–12 est integrado por un teln rectangular y por unos muebles de mimbre blancos de fuerte sabor criollo, elementos con los cuales se sugiere, como dicen las notas al programa, el patio de una casa colonial cubana. El teln –recuperado de los fondos de un antiguo coliseo habanero– est concebido con un evidente carcter decorativo; de ah la lnea y el uso del color, que le confieren una marcada exuberancia a la vegetacin representada y, sobre todo, a la fuente que constituye su motivo central, demasiado enrgica en sus funciones. Adems, su fuerte cromatismo –a base de colores fros– produce una sensacin un tanto extica que no contribuye a la metonimia que debe existir entre el ambiente y los personajes.13 Sin embargo, y a pesar de ese presumible defecto, o quiz gracias a l, el ballet se percibe como una postal que sugiere un hlito de vejez. Desde luego, las aludidas mutaciones de ese “paisaje” se producen gracias a las luces y las sombras derivadas del artificio teatral, en este caso una creacin de Alfredo Rodrguez. No se trata de un trabajo por medio del cual el espectador pueda ver lo que ocurre en la escena, sino de una meditada modulacin de la intensidad de la luz y de los colores, capaz de subrayar –parejamente con el brillo o la opacidad que adquiere la escenografa– los sentimientos de los personajes. Es por eso que la iluminacin constituye otro ingrediente que refuerza la estructura del ballet y, de hecho, su coherencia. Para Tarde en la siesta Salvador Fernndez dise un conjunto de trajes blancos, ligeros, adornados con flores oscuras circunscritas en crculos. El modelo de los vestidos, atendiendo a las edades, es distinto para cada hermana y logra caracterizarlas a simple vista con gran eficacia; lo mismo ocurre con las flores, distribuidas de manera diferente en cada uno de los trajes. Asimismo, por medio del vestuario el

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116espectador percibe la poca en que transcurre la accin de la obra y la posicin social de los personajes. Sencillo y funcional, el saldo de ese trabajo es hermoso, delicado, potico, y constituye un acertado complemento que contribuye en mucho a la armona del ballet. Resulta curioso, sin embargo –y generalmente ese aspecto pasa inadvertido–, lo extemporneo que resulta el que Fernndez haya diseado trajes cortos para dos de las hermanas (Dulce y Soledad), no obstante representar una poca en la que la mujer llevaba la falda casi a la altura de los tobillos a partir de la adolescencia. Pero es indudable que, a los ojos de hoy, esa transgresin de la verdad histrica refuerza la idea de juventud de ambas muchachas, en contraste con la austeridad que conlleva el uso del vestido ms largo en el caso de Consuelo.14 El vestuario tiene un acertado complemento en los peinados y en los adornos de cabeza –valga destacar el de Dulce, que es de mariposas, flor nacional de Cuba–, los cuales tambin remiten a nuestras y modas de entonces; esos accesorios contribuyen asimismo a la acertada caracterizacin de los personajes. Igual puede decirse del maquillaje, otro notable trabajo de Tony Caas para el Ballet Nacional de Cuba. Se trata de una labor que no slo hace visible al pblico el rostro de las intrpretes, sino que va ms all, pues se vale de un meditado uso de los colores y sus difuminados, evitando los acentos, para conseguir una discreta expresividad que no se desentiende de los cnones que en materia de afeites signaron aquella poca. V El espacio escnico en que tiene lugar Tarde en la siesta queda fraccionado en funcin del decorado en lo fundamental del mobiliario: un silln, un escabel y una hamaca, e incide en buena medida en su concepcin coreogrfica, en tanto establece dos zonas de dinmicas contrastantes que Mndez emple con gran provecho.15 En la franja trasera que deja libre la escenografa –y tambin de uno a otro mueble– los personajes no bailan, slo caminan, se mueven cual sombras hasta quedar es tticos, absortos, lejanos. Como contraparte, la zona destinada a la danza se delimita desde el proscenio hasta la lnea conformada por los muebles, y es ah, por tanto, donde los personajes dan riendas a sus respectivos conflictos, tanto entre ellos como con el medio social circundante. Esa reduccin del espacio contribuye a crear en el escenario un lugar ms ntimo, a la vez que estimula en el nimo del espectador una sensacin de sitio cerrado, opresivo. Tambin, la desnudez de esa rea –en “el centro, donde no hay conflicto precario”16– acrecienta el sentido de afliccin en que estn sumidas Soledad y Consuelo, y permite de esta manera que la danza se manifieste en toda su pureza y expresividad. En ese deslinde, las luces, adems de los muebles, desempean una importante labor, pues crean la atmsfera adecuada en cada sitio del tablado, y sus plidos azules refuerzan el tono melanclico y evocador peculiar de esta pieza; las luces perecen en el lmite de la bruma en que ha quedado el proscenio, zona de sombras que

PAGE 118

117tambin sugiere el encierro en que viven los personajes. VI El Pas de quatre (Perrot-Pugni; Londres, 1845) constituye una importante obra del repertorio mundial del ballet y lo es tambin para el Ballet Nacional de Cuba. El famoso divertimento romntico forma parte de las presentaciones de la compaa desde su fundacin, en octubre de 1948. Escenificado aqu segn la reconstruccin coreogrfica y estilstica de Alicia Alonso a partir de la versin de Keith Lester y Anton Dolin, la pieza ha marcado varios hitos en la trayectoria nacional e internacional del grupo. No resulta extrao, pues, que Alberto Mndez haya reparado de manera especial en ese, para nosotros, ballet capital, poseedor de un esquema coreogrfico devenido clsico y, en tal sentido, susceptible de fecundar la imaginacin de cualquier artista, de ser retomado para la plasmacin de nuevas visiones y significados. Lo mismo que los diversos tipos estrficos en la poesa: el soneto, el romance..., los esquemas de una sonata o una sinfona..., etctera, tambin las estructuras danzarias: pas de deux pas de trois ..., se repiten de un siglo a otro siempre en constante renuevo. En consecuencia, el esquema coreogrfico del Pas de quatre se ofrece como una estructura posible para los creadores actuales, lo que en modo alguno implica plagio o acomodo. Considerando que con Tarde en la siesta Mndez tom el primero esa opcin, puede hablarse entonces de audacia y riesgo, para aadir de inmediato que fue asumida con gran personalidad y refinamiento, y que como saldo obtuvo una obra que ha constituido un indudable aporte al arte coreogrfico. Ya se sabe que ciertas comparaciones pueden resultar ociosas, incluso inoperantes. En este caso, luego de la extrapolacin del esquema coreogrfico del Pas de quatre Tarde en la siesta se interna en sus particularidades, estilo e intenciones. No obstante, a los efectos de nuestros intereses, enumerar las analogas y diferencias percibidas entre una y otra piezas, con lo que tratar de demostrar la personalidad propia de la obra de Alberto Mndez una vez trascendido el punto de partida. Al igual que en el Pas de quatre en Tarde en la siesta se repite al final la pose con que se inicia el ballet; asimismo, la coreografa comprende primero una danza de grupo –las cuatro hermanas: Consuelo, Dulce, Esperanza y Soledad (Taglioni, Grahn, Cerrito, Grisi)–; luego dos variaciones –Esperanza y Dulce (Granh y Grisi)–; despus un pas de deux –Consuelo y Esperanza (Taglioni y Cerrito)–; seguidamente otras dos variaciones –Soledad y Consuelo (Cerrito y Taglioni)–; y por ltimo otra danza que enrola de nuevo a todos los personajes. La fidelidad a ese esquema queda refrendada de igual modo en detalles tales como la sucesin de bailes individuales dentro de las danzas destinadas al conjunto, en la entre y en la coda, y en esta ltima de un baile de varios personajes (tres en Tarde en la siesta : Esperanza, Soledad y Dulce; dos en el Pas de quatre : Cerrito y Grisi) en una coreografa destinada bsicamente al grupo. Cabe sealar que en esas partes, en ambos

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118ballets, un personaje aparece como el pvot a partir del cual se estructura la danza de los restantes; ese carcter ejecuta, adems, pequeos solos dentro del conjunto, con los cuales queda manifiesta su primaca respecto de los dems: la Taglioni en el Pas de quatre y Consuelo en Tarde en la siesta gracias a sus rangos artstico y familiar, respectivamente. Tambin, los momentos estticos de las obras se estructuran a partir de un “eje”, que se hace coincidir con la Taglioni y con Consuelo, a los cuales se aade el resto del grupo. Ese procedimiento se advierte tanto en la entre como en la coda de los dos ballets, en los que los personajes se suceden supeditados a la figura tutelar. Otra analoga puede encontrarse en la ejecucin de una serie de pasos en los que las bailarinas establecen una interrelacin fsica, una especie de apoyo mutuo. En tal sentido, mencin especial merece en el ballet de Mndez el pas de deux ejecutado por Consuelo y Esperanza, de gran ingenio dramtico y danzario. En lo concerniente a los solos que integran Tarde en la siesta el ballet no explicita otra justificacin para tal orden que no sea la edad de los personajes, de menor a mayor. Esa organizacin al parecer mecnica y sin implicaciones en el desarrollo de la obra, traza sin embargo un crescendo dramtico, hace transitar la pieza desde la calma hasta la tormenta, desde el suspiro hasta la exhalacin, desde lo claro hasta lo oscuro –no slo del artificio del teatro–, gracias a la exposicin del ser de las hermanas durante la expresin de su personal “soliloquio”. Otra diferencia entre Tarde en la siesta y el Pas de quatre es la permanencia de los personajes en la escena desde el principio hasta el final del ballet, un rasgo sustentado, en la pieza de Mndez, en la naturaleza opresiva –y, de hecho, en las limitaciones– en que desarrollan su vida las cuatro hermanas. Gracias a esa caracterstica, excepto en la casi totalidad de la entre y la coda, Tarde en la siesta se presenta como una sucesin de hermosos retablos que contrasta dinmicamente con los personajes cuando ejecutan sus variaciones. En esas poses de “esttica quietud” se pone de manifiesto una cierta espiritualidad que apunta a lo cubano Tales cuadros se reorganizan de una variacin a otra, de una danza a otra de las que componen la msica del ballet. VII Para la creacin de Tarde en la siesta Alberto Mndez articul una serie de danzas para piano de Ernesto Lecuona en el orden siguiente: Crisantemo ( entre ), Vals en si mayor (Rococ) (variacin de Esperanza), A la antigua (variacin de Dulce), Bell Flower ( pas de deux de Consuelo y Esperanza), En tres por cuatro (variacin de Soledad), Preludio en la noche (variacin de Consuelo) y Vals azul (coda).17 La seleccin y el ordenamiento de las piezas no resultan gratuitos; por el contrario, se suceden en virtud de presupuestos muy especficos por medio de los cuales el coregrafo hace corresponder el espritu de cada obra musical con la expresin de un determinado ambiente o sicologa, en una consideracin unvoca demostrativa de

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119una especial penetracin y sensibilidad. La fusin msica-sicologa de los personajes-ambiente, el carcter de sinestesia producido en uno y otro sentido, le otorga a la banda sonora un peculiar papel de narrador omnisciente dentro del ballet, sobre todo en los momentos en que tienen lugar las variaciones, a verdaderos actos de introspeccin de los personajes. A propsito de esa interrelacin, opinaba Arnold Haskell que “la msica de ballet es muchsimo ms que msica incidental. En una obra dramtica que carece de palabras, forma parte del libreto [...]. Lo que yo llamara ‘msica-libreto’ puede haber sido ya compuesta con anterioridad o encargada expresamente para un ballet”.18Quiz debido a la estrecha interdependencia msica-danza se derive en parte la musicalidad que esta obra exige a sus intrpretes, cualquiera sea el personaje que desempee. Es indudable que seleccionar la msica de Lecuona –interpretada, adems, por l mismo– constituy un acierto del coregrafo, pues le permiti desarrollar adecuadamente la idea de la pieza y conseguir una singular vinculacin entre sus componentes conceptuales y formales. En este sentido, la msica subraya a la vez la naturaleza romntica y cubansima de la pieza, y las sicologas de los personajes que en ella intervienen. A esa resultante contribuye en no poca medida la expresividad y la brillantez que el propio Lecuona le insufla a su ejecucin; tanto es as que podra pensarse que escenificar Tarde en la siesta sin el concurso de sus grabaciones, cambiara en alguna medida la efectividad dramtica de la obra. Sin embargo, hay en el transcurso del ballet, entre dos de las danzas que le sirven de apoyo, un momento de silencio de tanta emotividad como los proporcionados por la propia msica: cuando Soledad camina desde la hamaca hasta el extremo derecho del escenario y ejecuta el renverser con el que inicia su variacin. El “sonoro” silencio que acompaa a la bailarina en su desplazamiento, adquiere entonces un estremecedor dramatismo. De ah tambin el porqu los primeros acordes de En tres por cuatro cobran en el contexto del ballet una particular calidad sugestiva y atronadora. La hermosa y “atormentada” coreografa creada para el personaje –por dems, todo un reto tcnico– hace el resto en el nimo del espectador, que contempla en vilo aquel ser que intenta disolver su angustia en los torbellinos que traza con su cuerpo. VIII Uno de los rasgos distintivos de la Escuela Cubana de Ballet es la forma de saludar los artistas al concluir la interpretacin de una obra, momento en que los bailarines principales del elenco mantienen ante el pblico la identidad del personaje encarnado, generalmente en funcin de gestos, movimientos, pasos... representativos de la coreografa bailada. Otro aspecto interesante de Tarde en la siesta radica precisamente en los saludos: tan orgnica es su naturaleza que se convierten en una prolongacin de la pieza y en otro momento de disfrute para el pblico. Si algo les da un especial carcter a esas muestras de agradecimiento es, sin duda, su proverbial cubana, sobre todo cuando las artistas

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120saludan juntas; para esos momentos Mndez se ha valido del empleo de “citas” del ballet y, adems, ha creado una hermosa pose que sugiere una fotografa antigua –casi la evocacin de un daguerrotipo– que, por su “perfume”, parece una visin de un tiempo que ya es historia. Como dato curioso puede aadirse que esa pose y no alguna parte del ballet –que es lo habitual–, gracias a su belleza, ha sido utilizada en la elaboracin de afiches y programas, e incluso en otros impresos destinados a su promocin. Por cierto, para los saludos el autor no se aparta de uno de los procedimientos utilizados en la coreografa, pues en ellos sigue siendo Consuelo el pvot mediante el cual se articulan en las poses las restantes bailarinas, y en los que se reiteran, adems, los lazos afectivos que las unen. A propsito de esos nexos se observa aqu tambin, de manera particularmente notoria, la actitud inconforme de Soledad, quien no slo es la ltima que se suma al grupo, sino que lo hace –ella es la nica– sin establecer el ms mnimo contacto fsico con sus hermanas. IX Tarde en la siesta rene de manera magistral los elementos que hacen del ballet una manifestacin artstica plural en sus componentes y una en su capacidad de comunicacin y resultados estticos. Es por eso, adems de las razones mencionadas, que no resulta hiperblico otorgarle la categora de obra maestra, la primera conseguida por Alberto Mndez en el decurso de su exitosa carrera como coregrafo. Esa elevada calidad le ha permitido remontar el tiempo –sin una modificacin apreciable desde su estreno– con entera lozana, vitalidad y vigencia; ms an, por su frescura y atractivos mantenidos es fcilmente previsible su proyeccin hacia el futuro con la certeza de nuevos xitos y pblicos conquistados. Cuando se presencia una obra de la calidad esttica y gnoseolgica de Tarde en la siesta se consolida la naturaleza del ballet como un arte vigente en nuestros das, y no como un mero pasatiempo para decadentes. Y no se trata de un argumento gratuito o a ultranza, sino el producto del incontestable enriquecimiento espiritual y social que se deriva de esta coreografa, tanto para el que la ejecute como para el pblico que la presencie. Notas1 Carpentier, Alejo. Tientos y diferencias. La Habana : Ediciones UNEAC, 1974. pp. 32-33.2 Trayectoria coreogrfica de Alberto Mndez hasta el estreno de Tarde en la siesta : Plsmasis Msica: Sergio Fernndez Barroso. Diseos: Otto Chaviano. Teatro Sauto, Matanzas. 1 de mayo de 1970. Nos veremos ayer noche, Margarita Basado en La dama de las camelias de Alejandro Dumas (hijo). Msica: Henri Sauguet. Diseos: Salvador Fernndez. Gran Teatro de la "pera, Burdeos, Francia. 6 de mayo de 1971. La obra tuvo un preestreno en la Sala Garca Lorca del Gran Teatro de La Habana, entonces denominada teatro “Garca Lorca”. 23 de abril de 1971. Del XVI al XX. Msica: Benjamin Britten. Diseos: Salvador Fernndez. Sala Garca Lorca del Gran Teatro de La Habana.19 de agosto de 1972. La obra tuvo un preestreno en el programa Ballet Visin de la Televisin Nacional, el 1 de agosto de 1972. Tarde en la siesta Msica: Ernesto Lecuona. Diseos: Salvador Fernndez. Luces: Alfredo

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121Rodrguez. Sala Garca Lorca del Gran Teatro de La Habana, entonces teatro Garca Lorca. 1 de marzo de 1973. Intrpretes: Consuelo: Mirta Pl; Soledad: Marta Garca; Dulce: Ofelia Gonzlez; Esperanza: Mara Elena Llorente. ( Cf. Cabrera, Miguel. Ballet Nacional de Cuba: medio siglo de gloria. [La Habana] : Ediciones Cuba en el Ballet, [1998].) Cmo surgi Tarde en la siesta ? Cuenta Alberto Mndez que una noche, oyendo la radio, escuch una pieza de Ernesto Lecuona. Mientras transcurra la sugestiva msica, en su imaginacin aparecieron unas mujeres, miembros de una familia, que posaban para una foto, y, en el momento del flash, iniciaban una retrospectiva de sus vidas. Aquellas visiones muy pronto entroncaron con recuerdos familiares, en especial con los de la casa colonial de una abuela y unas tas en su Pinar del Ro natal. De pronto se percat de que estaba en posesin de los ingredientes mnimos necesarios para la creacin de un ballet.3 Ballet Nacional de Cuba. Notas de presentacin para el ballet Tarde en la siesta Vanse, por ejemplo, los programas aparecidos en abril de 1973, diciembre de 1974, marzo y septiembre de 1975, febrero y junio de 1977, y mayo de 1984.4 A propsito del tema, plante Engels: Su desigualdad legal [la del sexo femenino en el capitalismo], que hemos heredado de condiciones sociales anteriores, no es causa, sino efecto, de la opresin econmica de la mujer. [...]. La familia individual moderna se funda en la esclavitud domstica franca o ms o menos disimulada de la mujer [...]. Hoy, en la mayora de los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la familia, por lo menos en las clases poseedoras; y esto le da una posicin preponderante que no necesita ser privilegiada por la ley. El hombre es en la familia el burgus; la mujer representa en ella al proletariado. (Engels, Federico. “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. En: Obras escogidas de Marx y Engels. Mosc : Editorial Progreso, s.f. p. 527.)5 El coregrafo tena la obligacin de disponer con la lgica requerida las diferentes partes del suceso a saber: la exposicin, que comprende el reflejo del ambiente y su correspondencia con los estados anmicos de las hermanas; el nudo, que tiene lugar en la coda, durante el momentneo desarreglo que introduce Soledad en un sistema en precario equilibrio, al menos a escala personal; y el desenlace, en el que el azoro y el maternal comportamiento de Consuelo restablecen aparentemente, al menos por un momento, el orden hogareo (incluso, a esos efectos, social).6 Kayser, Wolfgang. Interpretacin y anlisis de la obra literaria. La Habana : Ediciones Revolucionarias, [1970]. p. 101.7 Lo mismo ocurre durante las variaciones correspondientes a cada una de las hermanas. Da la impresin de que el personaje que la ejecuta se ha desprendido de un sueo, y que, con su danza, crea una dimensin propia e intransferible que nadie ms puede advertir y en la que nadie, mucho menos, puede participar. Desde ese punto de vista, y apreciado el ballet desde la conciencia de los personajes, para cada uno de ellos slo existe la entre su variacin y la coda, y no el resto de la coreografa que ve el pblico. En tal sentido, Tarde en la siesta deviene un juego de espejos en el que el tiempo percibido por el auditorio no es equivalente al vivido por cada una de las hermanas.8 Hay tambin alegoras en manifestaciones artsticas contemporneas, pero ellas se presentan muchsimo ms libres que en la Edad Media, ya que el artista no da sus significados. A eso se le llama alegorismo o metfora continuada.9 Welleck, Rene y Austin Warren. Teora literaria. La Habana : Ediciones Revolucionarias, 1969. p. 262.10 Un personaje cristaliza cuando el coregrafo combina adecuadamente la caracterizacin, la actuacin, la coreografa, la msica y la atmsfera que lo rodea (decorado y luces).11 Obsrvese cmo algunos momentos de la variacin de Esperanza, los de los brazos enlazados, constituyen, podra decirse, citas del ballet Nos veremos ayer noche, Margarita Resulta oportuno destacar cmo debido a la complejidad del movimiento de los brazos de cada personaje, cuando no se ejecutan con la fluidez y la musicalidad necesarias constituyen lastres, efectos pesados y torpes que disminuyen la armona del conjunto; vale decir, no aparece

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122integrado, sino como un elemento impuesto. Eso se pone de manifiesto particularmente en la variacin de Consuelo.12 Como corresponde al coregrafo, los aspectos visuales del ballet fueron sugeridos en mayor o menor medida por Mndez a su equipo de colaboradores: trajes, peinados, luces…, pues resulta lgico que l, principal hacedor de ciertas visiones, tenga un concepto y una imagen integral muy definida de lo que quiere significar con cada una de sus obras. Acerca de este tema escribi Edward A. Wright: Actualmente la posicin ms importante le pertenece al director. Es el responsable de la seleccin, de la organizacin y del propsito de la produccin en su totalidad. Es el gua, el coordinador, el unificador de todos los distintos elementos que integran la produccin. Cualquier obra que pase por su imaginacin tiene impreso un sello particular. (Cf. Para comprender el teatro actual. La Habana : Instituto del Libro, 1969. p. 173.)13 A propsito del asunto, plantean Welleck y Warren: “El marco escnico es medio ambiente, y los ambientes, especialmente los interiores de las casas, pueden considerarse como expresiones metonmicas o metafricas del personaje”. Op. cit. (9). p. 265.14 Acerca de los trajes valga comentar, a despecho de mis opiniones, que un crtico se quej desde el mismo estreno del ballet del largo del diseado para el personaje de Consuelo, pues supona que poda provocar un accidente en la escena.15 Doris Humphrey propone al respecto: “[...] las reas de la escena apoyarn y realzarn distintos conceptos, o los negarn, y es necesario que el coregrafo las elija con buen juicio”. ( Cf. Humphrey, Doris. El arte de componer una danza La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972, p. 87.)16 Ibdem, p. 85.17 Segn me explic el coregrafo, la primera bailarina Marta Garca fue la que escogi la danza En tres por cuatro para la variacin de Soledad. Es pertinente observar cmo en funcin de la msica aparece en la obra una especie de leit motiv cuando en la antesala del desenlace, ya en la coda, la banda sonora retoma el tema de la entre es decir, Crisantemo Obsrvese asimismo cmo en ese momento del ballet la msica ratifica su condicin de narrador omnisciente, de hilo conductor de la trama, ms que de mero apoyo para la ejecucin de una serie de pasos. Una de las notas al programa aparecidas a propsito de Tarde en la siesta –la correspondiente a mayo de 1984, por ejemplo–, plantea que la obra constituye un “homenaje al fallecido compositor cubano Ernesto Lecuona”.18 Haskell, Arnold L. Qu es el ballet? [La Habana : Instituto Cubano del Libro], [1973]. p. 106. (Cuadernos Populares)

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123“Es la ciencia la que ha destronado a Satans el monarca de las brujas. Es ella la que ha dejado sin empleo a los dos, o a los tres: a los demonios, a los endemoniados y a los desendemoniadores […]. Es la cultura cientfica la que ms eficazmente exorciza, cambiando la base ideolgica de las sugestiones. Racionalismo contra fidelismo”. Fernando Ortiz E n 1939 apareci publicado en la revista Estudios Afrocubanos el artculo “Brujos o santeros”, rplica hecha al escritor cubano Rmulo Lachataer a propsito de la utilizacin inapropiada del vocablo “brujo”, en donde el autor, Fernando Ortiz, plantea la necesidad de dejar bien aclarada la diferenciacin existente entre los trminos “brujos” y “santeros”, pero adems, somete a anlisis diversos aspectos histricos y sociales –entre otros– de estas voces: Por eso en el lenguaje vernculo de Cuba al negro que tuviera un trato cualquiera con lo sobrenatural se le llam comnmente “brujo”, que era el vocablo que estaba muy en boga por Espaa y sus Indias por aquellos siglos XVI y XVII, cuando en la pennsula haba ms brujos y brujas que los contados despus en los ncleos afroamericanos. No hay sino leer las obras eclesisticas de aquella poca, los procesos de la Santa Inquisicin, los tratados de teologa moral, y las stiras de los literatos, para ver cun llena de brujera estaba la cultura espaola, con muchos de los atributos esenciales que se dicen caractersticos de la brujera afroamericana, tales como las magias, exorcismos, arrobos, posesiones, xtasis, conjuros, ensalmos, oraciones, amuletos, sortilegios, aojamientos, maleficios, salmodias y* Artculo preliminar preparado para la edicin del volumen II ( Brujas e inquisidores ) del libro Defensa pstuma de un inquisidor cubano del siglo XVII. De los negros brujos a los santos inquisidores* Mara del Rosario DazInvestigadora

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124danzas, hasta con espordicas aberraciones de homofagia y necrofagia, y con otros rasgos fantsticos y lbricos que jams se conocieron entre negroides, como los vuelos sobre escobas, los aquelarres nocturnos, las orgas con Satans, los engendros de criaturas con demonios ncubos o scubos, y dems prodigios de la teologa catlica. Por no creer uno en tales brujeras blancas lo quemaban piadosamente en la hoguera. Al trasplantarse a los pueblos de Amrica la religin de los blancos de Castilla, a quienes no comulgaban con ella los llamaron infieles, si jams haban sido bautizados (como los indios, los moros y los judos); herejes o apstatas, si habiendo sido cristianos renegaban de ser papistas o de aceptar cualquiera de los dogmas (como los protestantes, los hugonotes, los molinistas, los jansenistas, los iluminados, etctera) y en fin, magos, divididos en brujos y hechiceros, si tenan trato directo con los demonios para hacer maravillas sobrenaturales contra los mandatos de la Iglesia. Dada la ignorancia general del asunto, la palabra brujera prevaleci para designar la magia de los negros, y el vocablo hechicera para la magia de los blancos. Desde que en 1484, poco antes del descubrimiento de Amrica, el papa Inocencio VIII, por su bula Summis desiderantes affectibus, fulmin las ms terribles penas cannicas y persecuciones inquisitoriales contra la brujera, millares de infelices acusados de brujos murieron en las mazmorras y autos de fe del Santo Oficio. Duran te los siglos XVI y XVII fue precisamente cuando toda Espaa estaba ms cundida de brujas y de demonios. Hasta un rey muri embrujado. Lgicamente, pues, cuando en las Antillas, antes de acabarse dicho sigloXVI, se comenzaron a descubrir ciertos ritos misteriosos de los negros esclavos, con liturgias extraas, con msicas exticas, y con canturreos ininteligibles, se les aplic el mismo vocablo de brujera que se les aplicaba en Espaa a los ritos anlogos, perseguidos por la Santa Inquisicin.1Cuando escribi las anteriores lneas aclaratorias, este asunto ocupaba el centro de su atencin, y haba comenzado a escribir un monumental y erudito texto sobre el fenmeno de la brujera, la hechicera y la lucha de la Inquisicin contra ellas, que diera respuesta satisfactoria a la existencia de viejos manuscritos conservados en el Archivo de Indias, donde los alcaldes de Remedios dieron fe jurada bajo notario de

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125la presencia real de legiones de demonios moradores del cuerpo de la negra Leonarda en la cubana villa de Remedios, all por mil seiscientos y tantos. Igualmente, Ortiz haba realizado diferentes tareas relacionadas con la historia de Cuba en toda su extensin, en nuestro caso, fundamentalmente la de la etapa colonial; no olvidemos que en calidad de presidente de la Academia Cubana de la Historia, haba dado la delicada encomienda a su amigo Jos Mara Chacn y Calvo, entonces radicado en la Legacin de Cuba en Espaa, de encontrar y copiar en los archivos histricos espaoles –Simancas y el de Indias fundamental mente– toda la documentacin que sobre Cuba se pudiese hallar.2 Para ese fin, se contrataron copistas que bajo la escrupulosa gua de Chacn, estuvieron aos salvando para la historia cubana miles de manuscritos no siempre en buen estado de conservacin, lo que amerita an ms ese formidable esfuerzo intelectual. En esta labor de rescate documental se encuentra la gnesis de la investigacin de los ya famosos documentos “reales y jurados” de los alcaldes de Remedios, del inquisidor P. Joseph Gonzlez de la Cruz y de los dems partcipes en la narracin vinculada con las “villareas villas” de la Historia de una pelea cubana contra los demonios. Desde una dcada antes, Ortiz se encontraba reuniendo informacin en las ms dismiles fuentes, con el objetivo de escribir este y otros libros que ya tena en mente y en algunas fichas de papel. Los aos comprendidos entre 1927 y 1950, fueron definitorios en su quehacer cientfico y humano por la notable evolucin sufrida en sus concepciones desde el positivismo inicial de su temprana juventud a un historicismo consciente en su madurez, cuestin que le ayud considerablemente en la concepcin y escritura de obras capitales, tanto las ya clsicas de su bibliografa, como las que reposan an dentro de su archivo. Como se conoce, su labor desbrozadora de los intrincados procesos de integracin de mltiples culturas, en diferentes perodos histricos formativos de nuestro etnos, no slo le ayud a realizar la “descripcin” cientfica de “lo cubano ”, sino adems desde esa perspectiva, universalizar en trminos antropolgicos muchas de sus ideas. Elementos sobre el estudio etnogrfico de diversas advocaciones marianas del panten catlico cubano, como las vrgenes de Regla y de la Caridad del Cobre ; de oraciones catlicas del imaginario religioso cubano y de sus figuras ms representativas, como el nima Sola y el Justo Juez; de la historia de la Inquisicin en tierras insulares y de la hechicera, la brujera y otras “nefandas inmoralidades” que “combati” la Iglesia catlica en contraposicin a los cultos “salvajes e idlatras” de los brujos cubanos provenientes de frica, en memorable deuda contrada desde los tiempos en que escribi Los negros brujos conforman una parte del universo de intereses investigativos del sabio, quizs menos conocidos por estar la gran mayora de ellos insertos en textos an inditos. La correspondencia sostenida entre el sabio polgrafo y sus amigos y colegas de todo el mundo, evidencian sus inquietudes indagatorias en aquel tiempo.

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126El joven Jos Antonio Portuondo, entonces becario del Colegio de Mxico por gestiones de Ortiz ante su amigo Alfonso Reyes, le pregunta en carta fechada en 1945 cundo sera la publicacin de “[...] los tomitos sobre los demonios y los los aledaos con la negra remediana [...]”.3 A Germn Arciniegas le aconseja, en 1950, preparar una ponencia para una conferencia a celebrarse en la Universidad de la Florida: Ante su “requerimiento mgico”, le envo unas quisicosas que he publicado en la Revista Bimestre Cubana y se relaciona con los ritos sacromgicos y la poesa. Ver Ud. tambin un artculo de Lydia Cabrera. Quizs convendra que Ud. indicara que la magia del Caribe no es slo “cosa de negros”. El librito de J. T. Medina sobre “La Inquisicin en Cartajena” le dar antecedentes blancos y negros. Sobre Hait la obra Magic Island de Seabrook. Con esto y algunos de los millares de libros publicados sobre la magia universal... ya tiene carnes para su olla podrida. Quizs como cosa tpica del Caribe, convendra citar la magia del tabaco y ah le recordar mi Contrapunteo. Espero ir a Gainesville, entre otros motivos para charlar con buena gente, pero mi salud no me brinda seguridades. [...]. Pero confo en que los diablitos de mis redomas me mantengan despierto y con “embullo” [...].4Todava en el ao 1956, le cuenta al antroplogo chileno Alejandro Lipchultz: “Maana salgo para Copenhage, al Congreso Internacional de Americanistas. De cuando en cuando hay que darse una nueva y refrescante zambullida en Europa. All es donde sigue hirviendo el caldero de las brujas”.5 Mucho saba Ortiz sobre el tema en esas fechas, a casi treinta aos de haber iniciado su investigacin. La inclusin del estudio de las religiones de origen africano en contraste con el cristianismo occidental y sus instituciones, fue un aspecto de especial predileccin en el universo de intereses orticianos a lo largo de dcadas. Rastre, investig y escribi abundantes pasajes sobre el tema insertos en muchos de sus libros, o en artculos y conferencias. Como se ha dicho antes, le pesaba la deuda contrada con los “salvajes” negros brujos mezclados en el mismo grupo que los abakus o los curros en los das iniciales de pesquisas bajo los principios del positivismo y de la criminologa lombrosiana. La deuda comenz a pagarse con la propia evolucin de esos conceptos, y con la difusin de sus ideas plasmadas en su obra. Brujos o santeros fue el inicio, continuado con los libros Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), La santera y la brujera de los blancos primer volumen de la serie Defensa pstuma de un inquisidor cubano del siglo XVII, a la que tambin pertenece su segunda parte: Brujas e inquisidores. En la introduccin de este texto –su autor lo titul “Prologuillo”– expres: La narracin de un curiossimo episodio dramtico ocurrido en la cubana villa de San Juan de los Remedios, en el cual intervinieran

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127principalmente un inquisidor, una negra energmena y numerosas legiones de demonios, durante el ltimo tercio del siglo XVII (vase nuestro libro Una pelea cubana contra los demonios ) nos llev al intento de explicar cul fue el ambiente en que ocurri la tragedia, de manera que el protagonista P. Joseph Gonzlez de la Cruz pudiera tener en [nuestra] pstuma defensa algn descargo a su conciencia si an se haya en el purgatorio expiando sus culpas y por lo menos algn alivio ante la audiencia que est a cargo de sus conciudadanos de la Historia, donde an se estn tramitando tantos juicios revisorios de seculares veredictos. Para nuestro alegato escribimos ya un volumen que publicse con el titulo Energmenos y clrigos. La santera y la brujera de los blancos [M.R.D.], en el cual nos referimos sobre todo a los conceptos del demonismo, tales como eran entendidos por los eclesisticos espaoles que en aquellos tiempos queran gobernar sin lograrlo casi nunca, la vida espiritual del pueblo de Cuba. [...]. Este volumen que ahora sale a la luz con el epgrafe de Brujas e inquisidores ser, pues, un complemento del susodicho. Desde que en 1906 publicamos nuestro libro Los negros brujos nos sentimos obligados a escribir otro acerca de Los blancos brujos no dedicado a la “magia blanca” sino a la magia negra de los brujos blancos. Este libro responde aun cuando slo en parte, a ese propsito, pues ha de referirse a las ms notorias aberraciones que la creencia en los entes sobrenaturales malignos produjo sobre los pueblos de los blancos, precisamente en una poca en que para muchos de ellos fue un prodigio de cultura y de apotesica civilizacin, la poca del descubrimiento y de la conquista de Amrica, cuando los invasores, encrudelecidos por su fe y su codicia, destruan los libros, cultos y civilizaciones de los indios, basndose en la falsedad de su religin, en las atrocidades de sus ritos y lo nefando de algunas de sus costumbres. Este libro dar al lector una breve y sinttica idea de cmo en la religin de los blancos y al amparo de su teologa y sacerdocio, haba tambin mitos grotescos, ritos brbaros, nefandas inmoralidades y crueldades impas.

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128A lo largo de seis captulos y varios apndices, Ortiz fundamenta esplndidamente, con serios y rotundos argumentos, todo el devenir histrico del desarrollo del demonismo, la hechicera y la brujera como creencias inherentes al desarrollo del cristianismo –el catolicismo en particular–. Contienen sus pginas toda una erudita obra sobre la historia de las ideas, de la Iglesia y de la Inquisicin con un impresionante aparato bibliogrfico cuyas fuentes fue escudriando paciente y concienzudamente, desde el medioevo hasta aproximadamente 1952. Si bien en el anterior volumen La brujera y la santera de los blancos Ortiz realiza un anlisis de las particularidades histricas y sociales del fenmeno de la posesin demonaca y de otros aspectos, en el que hoy nos ocupa, la atencin se centra en el aquelarre y en las actividades que realizaban all, en sus participantes: brujas, embrujados, demonios y el propio Satans personificado como el gran Cabro, adems de someter a anlisis el universo de ideas que sobre el tema ocupaba a la Iglesia desde los inicios histricos del cristianismo como movimiento religioso, hasta la creacin de la Inquisicin. Otro elemento estudiado aqu es el impacto que tuvo en la sociedad europea de la poca el demonismo y su persecucin por los oficiales de la Inquisicin, fenmeno reflejado en la ciencia y las artes en sentido general, as como en especfico, en la obra de Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo y en otros autores espaoles. Resulta interesante destacar que, dada la publicacin fuera de la poca en la que fue gestada y escrita la obra (ltima dcada del treinta a los primeros aos de los cincuenta), las conclusiones a las que arriba el autor en el volumen, a pesar de la existencia de otras obras ms actuales, provocan verdadera admiracin por el pensamiento liberal y cientfico alcanzado por don Fernando, e inclinan a pensar en el porqu de su ineditez de entonces, en mi opinin, porque an la sociedad cubana ni quizs otras de mbitos diferentes, estaba preparada para aceptar estos criterios orticianos. Pasemos a dar una ojeada a los sumarios de los captulos de este volumen: Captulo I Sumario: En el Campo del Cabrn – Los demonios, la hechicera y la brujera – Alquimistas, astrlogos y magos – La figura de Satans – Las herejas de las brujas – Cmo se iba al aquelarre – La Aeronutica diablica y la teologa – La presentacin de la bruja “debutante” en la regia fiesta de Lucifer – Liturgia invertida – La “misa negra” – El diablo no tiene madre, ni tiene abuela – Sacerdotes satanistas y oficiantes de la “misa negra” – En los aquelarres no hay clases [sociales. M.R.D.] Captulo II Sumario: Lubricidad y necrofagia de brujas y demonios – Sit venia verbis! – La cpula del sbado con Satans – La “noche del sbado” – Demonios ncubos y scubos – Hijos de brujas y

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129de un demonio – Cmo era el abrazo carnal de la bruja con el diablo – Anatoma genital del demonio – Son todos negros en el infierno? – El banquete macabro: carne de muertos y sangre de nios – Otras picardas del demonio Captulo III Sumario: La parbola histrica del demonismo en el Renacimiento – Leyes, libros contra endemoniados y brujas – El “Martillo de las Brujas” – Los escandalosos aquelarres de Espaa – Asoman los incrdulos – Experimentos cientficos contra los aquelarres – Las brujas y los eclesisticos – Opiniones del Maestro Ciruelo – Tratados portentosos del jesuita P. Martn Del Ro – “Cost ms sangre a la humanidad que una invasin de brbaros” – Un jesuita en sentido contrario – Los pensadores espaoles y las brujas: Valencia, Cervantes, Quevedo – En Espaa la epidemia de brujas fue tarda, pero fue embrujado hasta el Rey – “La Inquisicin fue como serpiente que estrangul al pensamiento espaol” Captulo IV Sumario: Interpretacin sociolgica del aquelarre – Fantasas y realidades – Supervivencias de los ritos agrosexuales primitivos – El relajo litrgico – Ritos orgisticos, saturnales, bacanales, carnavales y romeras – Factores reales del “sbado” brujo – Aportes eclesisticos, polticos [y] folklricos Captulo V Sumario: Interpretacin sociolgica de los energmenos y las brujas – El terrorismo mstico – Guerra de nervios: la experiencia indiana del P. Bartolom de las Casas – Alma de mstico y alma de guerra – La psicosis colectiva por la sexualidad reprimida – Eros y Armodeo en los conventos – La claustracin contra natura Captulo VI y apndices Sumario: Continan los energmenos y los demonios – Exorcismos del siglo XIX– Siguen los amoros de los diablos con los seres humanos – Los pactos con el diablo y las brujas – Los exorcismos en el siglo XIX – Creciente desempleo de los demonios, los endemoniados y los desendemoniadores – Aumentan los espiritistas Una de las tareas necesarias que se acometieron en el transcurso del trabajo de preparacin de este volumen fue el de buscar en diferentes sectores del archivo fichas faltantes, como en el de MATERIAL DIVERSO y SIN EPGRAFE, con resultados fascinantes, al hallar secciones de materiales sobre el tema, que se insertan aqu a modo de apndices acompaando al colocado originalmente por el autor, como este ejemplo: Cmo no iban en Amrica a creer en “muelas humanas que pesaban dos libras”, cuando en una iglesia de Vercelli (Italia) se veneraba un diente de San Cristbal que an pesaba ms? [...]. Quienes con relacin al mundo natural admitan y propagaban la conviccin en la existencia de tales indios submarinos, o nutridos con perfumes, o vivientes sin aparato digestivo, estaban por su cultura pre dispuestos a

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130creer en la realidad sobrenatural de las brujas volando a los aquelarres, en el acuartelamiento de 30 legiones de demonios dentro del cuerpo de una mujer y en la preez de las monjas por obra de Satans. (Fichas 11–12, Apndice B, hallado en MATERIAL DIVERSO.) Volviendo al artculo escrito para hacer “descargo” de culpa por el empleo “impropio” del vocablo brujo, su autor resumi: As pues, toda la fenomenologa mgicorreligiosa del negro fue considerada por el blanco como brujera, tal como cada sacerdocio negro de frica califica de “hechiceros malditos” a los sacerdotes de la religin supeditada y forastera o rival; cuya magia, no siendo ortodoxa “como Dios manda” es artilugio del espritu del mal. Brujas e inquisidores constituye una magistral materializacin del afn que siempre acompa a Fernando Ortiz, como sabemos, por profundizar hasta la raz en el estudio y difusin de todos los fenmenos etnogrficos, histricos, econmicos y otros ms, concernientes a la formacin de la identidad nacional cubana. Sin embargo, aunque haya transcurrido medio siglo entre su escritura final y su publicacin, en lo sucesivo tendr que considerarse obligatoriamente a su autor, adems, entre los primeros cultores en el mundo hispnico de ese nuevo paradigma de la historiografa representado por la Historia de las Mentalidades. Notas1 Ortiz, Fernando. Brujos o santeros. Estudios Afrocubanos (La Habana 3(1-4):87-88; 1939.2 Chacn y Calvo, Jos Mara. Cedulario cubano (los orgenes de la colonizacin). Madrid : Compaa Cubana de Publicaciones, 1929. Adems aparecen documentos sobre este tema en el archivo personal de Chacn depositado en la Biblioteca Hispnica (Agencia Espaola de Cooperacin Internacional) en Madrid, que en la actualidad est siendo organizado por las especialistas del Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingstica “Dr. Jos A. Portuondo”.3 Correspondencia de la letra J. Coleccin Fernando Ortiz. Biblioteca Nacional Jos Mart.4 Correspondencia letra A. Coleccin Fernando Ortiz. Biblioteca Nacional Jos Mart.5 Correspondencia letra L. Coleccin Fernando Ortiz. Biblioteca Nacional Jos Mart.

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131 Plcido y el romanticismo en Matanzas Salvador AriasCrtico literario y ensayistaPara Cintio Vitier en sus ochenta.I Q ue Gabriel de la Concepcin Valds (1809-1844) tuvo que escribir mucho para poder subsistir es algo que puede comprobarse tan slo con revisar las pginas del peridico La Aurora de Matanzas.1 All, bajo su bien conocido seudnimo de Plcido, se reiteran a veces sus poemas hasta llegar a una frecuencia diaria, como ocurre en febrero de 1839, sin que eso sea obstculo para que incluya entre ellos alguna obra maestra como “Jicotencal”.2Pero en otras ocasiones la urgencia econmica lo apremia a producir masivamente en detrimento de la calidad, como en noviembre y diciembre de 1842, cuando se ve urgido por su matrimonio con Mara Gila y la preparacin de un viaje a Villa Clara; segn testimonio de Sebastin Alfredo de Morales, esto le hizo pedir tres onzas de oro por anticipado a cuenta de composiciones que debi llevar diez das despus y hoy podemos encontrar en las pginas del peridico.3En sus treinta y cinco aos de vida, Plcido pudo publicar dos tomos de Poesas fechados en 1838 y 1842, y dos folletos ( El veguero 1841, y El hijo de maldicin 1842), para un total de 128 poemas.4 Una buena cantidad de textos ya aparecidos en la prensa (ms aquellos inditos) quedaron sin incluir, lo que dio origen a que en sucesivas ediciones pstumas se le fueran aadiendo nuevas obras.5 El mayor esfuerzo en ese sentido lo constituy la realizada en 1886 por Sebastin Alfredo de Morales, amigo personal del poeta, que incluy “Doscientas diez composiciones inditas”, “pues si alguna vez vieron la luz pblica no fue sino en peridicos de muy escasa circulacin”.6 Esta edicin fue duramente criticada por muchos, entre ellos Enrique Jos Varona,7 pues aparte de los retoques que Morales se permiti hacerle a algunas obras de Plcido, en general se pensaba que ampliar su produccin con tanto poema mediocre no aada nada a sus valores. Sin embargo, no deja de ser necesario el conocer la produccin completa de un autor para juzgarlo ms certeramente en sus caractersticas y justa apreciacin. Otro de los problemas de la edicin de Morales lo constituye el que no todo lo incluido est debidamente probado que sea de Plcido. La mayor parte de lo “indito” recogido por el recopilador apareci por primera vez en las pginas de La Aurora A veces, como ocurri con los poemas “A una flor” y “A una Conchita”, las selecciona porque “se dice” o “se nos asegura” que son de Plcido, a pesar de haber aparecido en la prensa firmados con otros seudnimos (Jardinero, Un Trinitario), o en

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132ocasiones le atribuye algn poema que, como en el caso del soneto dedicado a la actriz Manuela Martnez por la interpretacin del personaje de Raquel, apareci en La Aurora firmado slo con tres asteriscos.8 En realidad, en el caso de Gabriel de la Concepcin Valds no parece muy lgico que algo que escribiera dejara de publicarlo bajo su reconocido seudnimo, sobre todo por tratarse de poemas que no tenan mayores implicaciones. Sin embargo el recopilador dice haber trabajado en ocasiones con manuscritos del poeta. Todo esto hace necesaria una rigurosa edicin crtica del autor. Mientras, an podemos aadir algo que escap a la bsqueda de Morales, a pesar de estar muy definidamente firmado por Plcido. Lo anterior ocurri con el poema “Juicio del ao” (1839), que rescatamos del olvido en las pginas de La Aurora La razn del lapsus de Morales parece radicar en la existencia de otros dos poemas con igual ttulo, pero referidos a los aos 1838 y 1841, que el recopilador s recoge. Por supuesto, en los tres casos debi de tratarse de una peticin expresa de los editores del peridico para insertarlos en los nmeros que iniciaban los respectivos aos.9 En la primera pgina del nmero de La Aurora del 1 de enero de 1839, los redactores publican sus planes para el nuevo ao, entre los cuales destacan que Hemos procurado y obtenido que un joven y distinguido poeta, cuyas obras no son de las que menos honran al fecundo Parnaso cubano, se asocie tambin a nuestros trabajos. El nombre de Plcido que con entusiasmo ha repetido ms de una vez los hermosos labios de las doncellas de Almendares y el Yumur, garantiza el acierto de nuestra eleccin y nos lisonjea con la esperanza de que esta parte de la obra cuya continuacin ofrecemos hoy de nuevo, no ser la menos digna del favorable apoyo de nuestros apreciables lectores... Y a continuacin, comenzando en esa misma primera pgina y terminando en la siguiente, se publica el poema “Juicio del ao”.10No es extraar que se trate de versos escritos con rapidez y sin mucha meditacin para cumplir un compromiso y, quizs, pudiera parecer que estamos aadiendo otra piedra nada ilustre que ayudara a probar la mediocridad promedio de la obra potica de Plcido. No creo que esto ocurra as, pues sin ser ni gran ni siquiera buen poema, “Juicio del ao” nos puede ayudar a acercarnos ms a Plcido como poeta y hombre. Es evidente la facilidad rtmica de unos versos que parecen improvisados, como tambin se siente la falta de una armazn estable detrs de ellos: el final da la sensacin de que llega tan slo porque el autor se cans de versar o estim que ya era suficiente lo escrito. El tono es humorstico-satrico y para esto Plcido tena gracia. Situado en su contexto matancero, muestra el momento de auge del romanticismo en aquel pueblo, que lleg a ser algo ms que un asunto meramente literario. En “Juicio del ao” existen algunos versos en cursiva, costumbre del autor cuando quera recalcar su sentido en forma satrica o simblica, o quizs

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133expresar que estaban tomados de otro lugar, que esta vez sera algn autor romntico de moda. En momento existe toda una irnica enumeracin de vocablos tpicos del romanticismo ms facilista: No habr potico canto Sin lad... inspiracin... Lmpara fnebre... orga... Luz... capuz... y maldicin! El texto de la obra placidiana supone que, hecha la tradicional invitacin del peridico a que escribiese un juicio potico sobre el nuevo ao de 1839, el autor opt por confiarlo a las posibilidades de imaginar un sueo revelador al cual pudo llegar despus de sufrir sus avatares diarios, en uno de esos desahogos en apariencia humorsticos en los que Plcido se desnuda testimonialmente: Por la tarde, cuando tibio bajaba a occidente el sol, habame dado caza con indecible furor, un tonto pidiendo versos, cobrndome un acreedor. Gan casi por asalto mi insegura habitacin, acosado de hambre y sed, no encontrando en afliccin ni agua, ni pan ni pauelo con que enjugarme el sudor. Cuanto a luz era feliz pues por la desconstruccin de mi techo, entran perennes agua, viento, luna y sol: as que cada celaje que del Sur al Septentrin corriendo turbaba un tanto de la luna el resplandor, era a mis dbiles ojos romntica aparicin [...]. El sueo le trae a la personificacin del nuevo ao, con su atuendo dentro de los ms novsimos cnones de la moda: Con un redondo sombrero, pera, corbatn, bastn, de rojas y negras listas el chaleco y pantaln, y una levita ms llena de Irenzas en derredor que deudas tiene un poeta y muertes hace un Doctor. Para sorpresa del autor-soador, se trata nada menos que el dios Marte: –Yo soy de la guerra Dios, slo que ya no soy clsico. –Y quin te romantiz? –No s si el tiempo o el diablo: Pero eso te importa? –No. –Pues si no te importa eso toma este apunte, Y... Alons Dijo: y dndome un papel a no s dnde parti o disolvise la sombra cual niebla a luz del sol. No extra lo afrancesado de la postrera diccin, porque ya todo es francs des que fue Napolen. El que leyera este poema supuestamente jocoso, como lo hicieron los matanceros de diversas clases y estratos en su momento, no creo que pudiese adivinar que este mulato claro, simptico y fcil versificador, sera torturado y fusilado por el gobierno espaol de la misma ciudad, sin pruebas judiciales firmes, tan slo un lustro ms tarde. Sin embargo, ya hacia el final del poema “Juicio del ao” existe un fragmento que, visto retrospectivamente, resulta de un premonitorio dramatismo:

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134¡La justicia! ... ¡la justicia! Alto aqu... ¡bendito Dios! Ahora que iba a desatarme He de callar... ¡Maldicin! Yo vi subalternos de ella Que no hubieran compasin de echar cien multas al da a cualquier trabajador. Mas si hallaban agua inmunda a la puerta de un Seor, pasaban por ante l, saludbanle, y... ¡chitn! Pero en aquel momento, cuando Plcido escribi su juicio del ao 1839, tal como prevea, la ciudad matancera asimilaba el estilo romntico con un entusiasmo y proliferacin como nunca antes haba ocurrido all con una “moda cultural”. Quizs ms que ninguna otra localidad cubana, dado el desarrollo econmico y cultural que tena en aquellos momentos, Matanzas fue entonces una plaza fuerte del Romanticismo en muchos aspectos, no siempre por cierto superficiales y ligeros. II Basndonos en las propias pginas de La Aurora no resulta difcil reconstruir ese contexto al que se refiere Plcido en su poema. Como casi siempre ocurri, y no importa lo reducido de la escala, el triunfo romntico en Matanzas comenz por el teatro, con todo lo inconsistente que este resultaba en aquel entonces. De la edificacin que serva como teatro encontramos una descripcin contempornea (septiembre, 1838) por El Vueltabajero de Matanzas, que no debi ser otro que Cirilo Villaverde: “Yo cre que la culta Matanzas tuviera un teatro mayor. No me gust su pequeez, aunque s su sencillez y elegancia, excepto en el techo, que no pude perdonar. En lo dems aplaud y aplaudir el orden, el gusto y el esmero que quiz no era de esperarse, mirando la malhadada de techumbre”. En el propio peridico pueden encontrarse protestas del pblico que se mojaba cuando llova con fuerza, por lo que en los anuncios de funciones teatrales sola advertirse que se ofreceran “si el tiempo lo permite”. Aunque esto no rezaba para los “grandes bailes de mscaras” que se daban en el teatro por el mes de febrero, en los que se comunicaba “al pblico que por mucha que sea la lluvia no dejarn de efectuarse”.11La vida teatral todava era un poco precaria hacia comienzos de la dcada del treinta, y, al parecer, gustaban ms espectculos como los “juegos gimnsticos” de Sandn el polaco (que tuvo que suspender la parte de “fantasmagora” por no ser del agrado del pblico) o el seor Abbondio “clebre mgico romano”, sin olvidar la llamada magia prieta (pues parece que la palabra “negra” en cualquier texto tena peligrosas connotaciones). En marzo 13 de 1838 se anuncia la llegada del famoso “Herr Blitz, natural de Moravia, profesor de nigromancia”. Incluso dentro de la temporada con obras teatrales en funciones de abono se inclua como gran atraccin a Munito del Norte, “el perro Perfecto”, que entre otras maravillas jugaba al domin y a la baraja, y dominaba las reglas aritmticas y el clculo algebraico.12Es muy probable que Plcido, como cubano tpico, disfrutara tambin mucho

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135de las fiestas que se celebraban en el barrio de Pueblo Nuevo, con fuegos artificiales y grandes bailes. Tambin all, o en la plaza frente a la iglesia, en la calle Gelabert, los “maromeros” o “volatineros” hacan de las suyas, con bailes en la cuerda floja, fuerzas gimnsticas y juegos malabares. Si hacia 1837 las estrellas del espectculo eran el Romano, el Habanero (que tragaba espadas) y el Matancerito que funga como payaso, al siguiente ao los sucedan el Gaviln y la Mosca, y ms tarde, el Pajarito y el Payasito. Hubo tambin espectculos ecuestres con ejercicios y pantomimas, as como una “caravana de animales” el 16 de julio de 1838, con elefante, camello, caballito y mono; dicho elefante haba causado verdadera “Expectacin” en presentaciones anteriores.13 En octubre 25 de 1839 se detecta algo que pudo tener especial significado: una exposicin de “antigedades mejicanas de las ruinas de Palenque”, slo que enmarcadas en una “Coleccin de fieras”, entre las que se destacaban un “Orang-outang [sic] acabado de llegar de frica”, al parecer vivo y haciendo moneras, junto a una coleccin de “animales embalsamados”. Como anticipacin del an lejano cinematgrafo, se exhiba una coleccin de diversas vistas de lugares de todo el mundo y reproducciones de hechos histricos, que dado su xito visitaba la ciudad anualmente: en 1838 se anunciaba como “Gran neorama o Viaje de ilusin”.14Para recordarnos en qu sociedad ocurra aquello, se especificaba que las funciones de 4 a 7 eran para “gente de color”, y las de 7 a 10 para “las personas decentes”.15El repertorio del teatro era bien tradicional, de marcado tono neoclsico, con versiones o adaptaciones de obras francesas y algunas clsicas, cuando no eran textos cuyos autores se haban olvidado (o no era necesario recordar), como los ttulos mencionados por Plcido en su juicio del ao 1839, El conde Saldaa y hechos de Bernardo del Carpio y El divino nazareno Sansn Entre los autores hispanos de cierto renombre, los preferidos eran Fernndez de Moratn, Bretn de los Herreros y Ventura de la Vega (nacido en Buenos Aires, aunque no considerado un autor americano). El repertorio languideca y el pblico perda inters. Pero a Matanzas arribaban, tarde o temprano, los xitos teatrales de la pennsula o La Habana; ya en octubre de 1837 una nueva compaa “llegada hace poco de la Pennsula” incluye en su repertorio al Angelo, tirano de Padua de Vctor Hugo, el Macas de Mariano Jos de Larra y, sobre todo, El trovador de Antonio Garca Gutirrez, que, estrenada el 26 de noviembre, se convirti en el xito de esa y las siguientes temporadas. Plcido, cumplidamente, publica el 3 de diciembre de 1837 un soneto “a la seora doa Luisa Martnez por su inimitable desempeo de la gitana, en las dos representaciones del Trovador”.16Como culminacin del entusiasmo teatral romntico, en marzo de 1839 debut una compaa de pera italiana con obras de Bellini, Donizetti y Rossini, que dio pie a la rivalidad entre dos “ primma donna soprano ”, reflejada con amplitud en las pginas de La Aurora. La soprano Teresa Rossi era bien

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136conocida del pblico matancero, y Jos Jacinto Milans le haba dedicado, en italiano, uno de sus poemas impresos en el peridico (junio 14, 1836). La Rossi haba constituido pareja artstica con la contralto Clorinda Rossi-Pantaneli, que cantaba las partes masculinas, incluso de tenor, en peras como I Capuletti e I Montechi Semramis Otello y Teobaldo e Isolina (de Morlachi, con el tema de Tristn e Isolda ), adems de Norma pera con la que debut Josefa Garca Ruiz, la soprano rival y que desat la polmica, y de quien un poema expresara que: Matanzas toda te adora y de alborozo se engre, porque tu voz seductora romnticamente re, romnticamente llora. Para ilustrar lo anterior vale la pena reproducir el suficiente fragmento satrico de un “Comunicado” que La Aurora publica en su nmero de marzo 18 de 1838, en donde se seala que la pera Tiene contentsimos a nuestros paisanos, principalmente a la turba de romnticos paquetes que de algn tiempo a esta parte inundan la margen del Yumur, por aquello de que la pera tiene un cierto sabor a romanticismo que est perfectamente de acuerdo con las costumbres de la edad media, edad reproducida por esos lindos muchachos que a los adornos preciosos de sus trajes, y a sus muchas levitas, renen una copiosa barba, y unos peinados graciossimos, cuyo fuerte consiste en cubrir con el cabello los parietales y las orejas. Aunque en los momentos ms importantes de la pera “descubren las orejas levantando sus enormes bucles por no dejar escapar la ms ligera nota”. La fiebre romntica se hizo patente no slo en el vestuario, para escndalo de muchos, sino que se detectaban hasta en los nombres de los establecimientos. “La Fausta” era una tienda de ropa situada al lado de la “Norma”, mientras que en la calle del Medio se podan comprar lindos sombreros en “La Romntica”. Y el domingo de ramos del ao siguiente se abrir “El Trovador”, para deleitarse con sabrosos dulces. El gusto por nombrar tiendas con ttulos de peras se manifestaba tambin en la confitera “La vestal” y en la sombrerera “La parisina”. En las libreras (“La Primera de Papel”, “El Escritorio”, la sastrera de don Magins Pons...17) se ponen a la venta libros de Walter Scott y Lord Byron, entre otros, mientras que ya desde septiembre de 1839 puede adquirirse El Conde Alarcos el drama romntico del matancero Jos Jacinto Milans, estrenado en La Habana y que se presentar en Matanzas el 27 de noviembre de ese mismo ao.18 De la capital llegan nuevas y atractivas revistas como El lbum, La Mariposa, La Siempreviva, El Plantel y La Cartera Cubana. El mismo Plcido se ha dejado animar y en noviembre 7 de 1838 haba comenzado la suscripcin para publicar el primer tomo de sus poesas.19 A finales de ese mes ya haba una discreta lista de suscriptores, con el Brigadier, primera autoridad de la ciudad a la cabeza, y en la cual, con cuatro ejemplares cada uno, aparecen los nom bres de Domingo del

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137Monte, Francisco Iturrondo (Delio) e Ignacio Valds Machuca (Desval). El libro comenzar a venderse en julio de 1839. III La llegada de los vientos romnticos a Matanzas puede detectarse bastante bien a travs de los textos aparecidos en las pginas de La Aurora Antes de 1834 era usual un neoclasicismo epigonal y de poco vuelo en poemas y artculos, sobre todo costumbristas, as como polmicas insulsas por lo prohibido que estaba tratar temticas ms trascendentes. La presencia de Domingo del Monte, que aparece como secretario de los comunicados de la Diputacin Patritica hasta 1836, se transparenta detrs de algunos de los mejores artculos publicados por aquellos aos, generalmente sin firma o con la utilizacin de seudnimos, como un tal Justiniano Sornosa de Zerrezuela, que desde San Miguel (de los Baos?) pide que se editen las cartas de Pablo Veglia en forma de libro, debido a “su mrito enteramente anticlsico”; el italiano Veglia haba trado un romanticismo europeo, desmelenado y de poco vuelo a las pginas de algunas publicaciones habaneras. El peridico empieza a publicar, tmidamente, textos de Larra y Chateaubriand, junto a los locales Delio (Francisco Iturrondo), Desval (Ignacio Valds Machuca) y un joven de veinte aos que comenz dedicndole poemas en italiano a cantantes operticas, bajo seudnimos que hoy sabemos ocultaban a Jos Jacinto Milans. Durante 1836 Plcido domina poticamente las pginas del peridico, sin mayores atisbos romnticos. Incluso, el 14 de mayo un comunicado sin firma alertaba ante la posible representacin de los “inmorales” dramas franceses de Hugo y Dumas. Pero ya el 29 de julio de 1837 aparece “Una visita a Vctor Hugo”, firmada por J. de S. Q., que presenta al poeta francs como un ser ms bien misterioso, dictando sus poemas como en un rapto. El suicidio de Larra en febrero de ese ao se comenta bastante reaccionariamente en mayo 19, pero el 7 de junio se reproduce el famoso poema que Jos Zorrilla tratar de recitar en su entierro. Un texto elogioso, tomado de una publicacin espaola, acompaa el estreno en Matanzas de El trovador el 26 de noviembre de 1837, y a partir de entonces se desatan las polmicas y stiras sobre el romanticismo y sus seguidores. Ya durante 1838 el romanticismo haba ganado tanto terreno que resultaba lgico que Plcido pudiera pronosticar que el 39 iba a ser un ao completamente romntico. A textos de Hugo, Byron, etctera se suman las reproducciones de otros annimos que discuten el asunto. En enero 27 de 1838 un escrito tomado de El Artista exalta el romanticismo: “Los clasiquistas son sus enemigos, los partidarios de la rutina. Los romnticos, jvenes que se abren al futuro, y tienen sus antecedentes [en] Homero, Dante, Caldern [...]. ¡El Romanticismo! ¡Cuntas ideas contrarias despierta esta palabra en la imaginacin de los que escuchan!”. Un texto en el cual vale la pena detenerse es un comunicado publicado el 10 de noviembre de 1839, firmado por

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138R. M. E.,20 que elige el epgrafe de Vctor Hugo como encabezamiento: “O le gnie selve, I’envie se dresse” y que trata el importante y prctico asunto de la crtica y los autores jvenes con un nuevo estilo. A continuacin, copiamos algunos fragmentos: Triste cosa es por cierto para uno que est poco avezado a escribir para el pblico, el sentirse con deseos de tomar la pluma, no con el objeto de combatir errores ni corregir abusos aisladamente, sino para alzar su dbil voz contra la turbamenta de crticos inaguantables que, desde que ha comenzado a rayar en el oriente cubano la primera alborada de una literatura tal como conviene a las grandes ideas que marchan con el siglo XIX, se le ve cundir entre nosotros como una plaga desoladora, que amenaza con no dejar obra con vida, ni autor con alientos para escribirlas. Devorados por rabiosa comezn de soltar la pluma, en la impotencia de hacer nada suyo, se ocupan solamente en atormentar, zaherir con sus punzantes diatribas al ingenio, donde quiera que empieza a brillar [...]. En su necio orgullo, se presentan capaces de hablar de todas materias, y de dar magistralmente su voto sobre todo lo que sale al pblico, pretendiendo adems que sea su opinin la nica bien asentada [...]. En el momento de crisis, tan favorable para las letras, en que nos hallamos, y en que una juventud brillante, desnudndose de la natural timidez que la tena encogida, se precipita ansiosa a la liza literaria a conquistar laureles y glorias para la patria; juzgamos la crtica necesaria, empero, la buena y bien entendida crtica [...]. La crtica sana y juiciosa, como nosotros la entendemos, ha de manejarse con mucho tino y discrecin, siempre seria y en estilo reposado, apoyndose en slidas razones [...] por qu nosotros hemos de sufrir impasibles que la mediocridad, la pedantera y la vana ostentacin, asedien y atormenten sin cesar al verdadero ingenio que se presenta modesto a la palestra, y sin ms pretensiones que las de contribuir con sus luces a levantar la grande obra que se proponen llevar a cabo las presentes generaciones? He transcrito estos algo extensos fragmentos del artculo porque sus preocupaciones, muy juiciosas y atendibles, incluso se repetirn, ms o menos parecidas, en otros momentos posteriores de la literatura cubana. Esto prueba ya cmo, en ciertos aspectos, el romanticismo matancero de hace ms de siglo y medio entronca con el comienzo de nuestra modernidad. Un aspecto que no debemos pasar por alto en aquellos momentos, es la presencia de Jos Mara Heredia, una figura bien conocida por los matanceros, que fallecer en Mxico el 7 de mayo de 1839, intrnsecamente unido a los ideales de la mejor poesa y de la independencia patria. Muchos crticos posteriores lo han llegado a considerar como el primer poeta romntico en lengua espaola. Desterrado en 1823 por participar en una conspiracin independentista en la propia Matanzas,

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139Jos Mara haba regresado a finales de 1836 a la ciudad donde viva su madre, con un permiso especial del general Tacn. Su estancia matancera tuvo que haber sido muy polmica y La Aurora o no la reflej por temor a la censura, o sus referencias al respecto fueron mutiladas posteriormente. S se ha recogido en versiones diferentes, la visita que Heredia hizo a Plcido en su taller de artesano.21 Y cuando el poeta mulato publica la edicin de sus Poesas en 1838, le dedica un poema a su colega: “El eco de la gruta”. All, despus de varios puntos suspensivos, se imprimen slo los versos finales. Como he dicho en otras ocasiones,22 no se ha reparado bien en la osada de Plcido al publicar estos versos incompletos, ya que a buen entendedor pocas palabras bastan, y los cubanos de su poca saban muy bien la razn por la cual se omita entonces la parte central de un texto que elogiaba al primer poeta cubano independentista. Por supuesto, esto pudo hacerse porque el tono de 1838 abra con un aluvin de poemas aparentemente elogiosos a la familia real espaola. Ya con la anuencia de la censura, el nombre de Heredia y sus textos fueron llegando cautelosamente a las pginas de La Aurora En diciembre 28 de 1834 se anunciaba la cancin “Ay de m” con versos del poeta y msica de J. Federico Edelmann. Pero no es hasta agosto 11 y 12 de 1838 que he encontrado un texto largo de Heredia, con uno de sus ltimos aportes literarios de calidad, el “Viaje al Nevado de Toluca en Mxico”. El 3 de diciembre de ese mismo ao la actriz Margarita Palomera, a solicitud del pblico, escoge para su beneficio en el teatro la obra Abufar o la familia rabe por “ser autor el clebre cisne cubano, el poeta por excelencia, el doctor y cientfico D. JOS MARA HEREDIA”. La muerte de este, cinco meses despus, tuvo fuerte repercusin en la ciudad, y eso se constata en los poemas que le dedicaron con ese motivo Delio (Francisco Iturrondo, junio 21 de 1839) e Ignacio Mara de Acosta, julio 27), prolfico y psimo poeta, con uno de sus textos menos malos: “Lamento en la muerte de Fileno”. Muy superior es el poema que Plcido le dedic entonces a Heredia, bajo el nombre de “La malva azul”, que no parece haberse publicado en La Aurora, sino en la Gaceta de Puerto Prncipe durante aquel ao, segn Domingo Figarola Caneda.23IV La ciudad contaba en aquel entonces con varias instituciones para la enseanza, pero en mayo 23 de 1839 un comunicado se preguntaba: “Por qu en Matanzas los establecimientos de educacin no pueden tener ni estabilidad ni duracin?”. Esto explica la razn por la cual entre 1837 y esa fecha se anuncian tantos intentos al respecto, al parecer muchos de corta vida. As estn el San Francisco, para varones, el Nuestra Seora de la Merced, “para nias que sepan leer”, la Academia Santa Matilde, El Gran Liceo Universal de San Gernimo, el establecimiento de Francisco Mauraillat, el Colegio Santa Margarita, el Instituto de Educacin Santa Isabel, el Instituto Cristina y otros, algunos de los cuales publicaban con bastantes detalles en

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140los peridicos con sus caractersticas y planes de estudio. Tambin existan cuatro “escuelas pblicas gratuitas para nios blancos” de limitada matrcula, patrocinadas por la Diputacin Patritica.24 Y al gobernador Buitrago, Garca Oa, se le atribua un proyecto de escuela gratuita para nias “a fin de formar buenas esposas y madres de familia”. La boyante situacin de algunas fortunas matanceras justificaba que en las pginas del peridico se anunciara una “academia para seoritas” en Nueva York (abril 5, 1837). En varios lugares se ampliaban las ramas de la enseanza especializada, que incluan la “ideologa” en el colegio La Unin,25 una academia de francs e italiano, como lenguas “cultas” (y romnticas), as como otra de triple enseanza: caligrafa inglesa, tenedura de libros y aritmtica mercantil, sin olvidar la “Academia de baile” dirigida por un “primer bailarn del teatro de Barcelona” que, entre otras muchas, ensear “danzas romnticas”, por supuesto. Matanzas tiene su sociedad “Filarmnica”, fundada en junio de 1834, as como su biblioteca pblica.26La ciudad cuenta con suficientes msicos, no slo para actuar en las funciones de la pera y tocar en los bailes y retretas, sino tambin para organizar algunos conciertos de piezas instrumentales, aunque no con un repertorio muy escogido que digamos.27En otra anticipacin que no deja de sorprender, un artculo se dedica a analizar los “carteles” que se exponen con distintos fines en variados lugares de la ciudad, y termina por avizorar, con irona, que esos un da puedan ser colocados en galeras (octubre 20, 1838). Pero los habitantes de la ciudad se sienten orgullosos del auge cultural que va teniendo, y por eso no es de extraar que con fecha septiembre 8 de 1838 en un comunicado annimo se profetice: “Qu tiene de extrao, pues, que llegue con el tiempo a ser Matanzas una segunda Atenas?”. Porque detrs de toda esta animacin cultural, que toma el romanticismo como estandarte externo, exista un indudable auge econmico. Dan fe de ello las propias pginas de La Aurora Por ejemplo, en un solo da (febrero 5 de 1838) encontramos cincuenta y cinco buques fondeados en el puerto: de ellos cuarenta y dos son estadounidenses y slo nueve son espaoles, ms dos portugueses y un brems. Son los medios para transportar las riquezas de la zona de la cual Matanzas es centro: cajas y bocoyes de azcar (blanca, quebrada o de cucurucho), sacos de caf, barriles de miel de purga, pipas de agua ardiente de caa, tabaco y bocoyes de miel de abeja son los productos bsicos. Las preocupaciones por mejorar la tcnica azucarera se detectan en el anuncio hecho “a los hacendados” de que se les presentar una nueva mquina para moler caa, “construida por Jos Francisco Othon” que se estaba instalando en el ingenio Jiquiabo de Jaruco.28Tacn ha dejado el gobierno de la isla en abril de 1838 y en la ciudad existen huellas de su afn constructivo, como la calzada que lleva su nombre, que comunica la barriada de Versalles con el hermoso valle del Yumur y su gran riqueza agrcola. En septiembre 8 un comunicado muestra, un tanto ingenuamente, las

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141pruebas del progreso matancero, pues estima que es Una ciudad pupulenta [sic] aunque con buenos caudales, y susceptible de colosales progresos; pero ya lo veremos en planta, pues no se gan Zamora en una hora, ni todo puede ser a un tiempo. D cualquiera una hojeada a esa Alameda, a ese Hospital, a ese Cuartel, nuevo puente de San Luis, nuevo camino de La Viga, nuevas calles a las orillas de ambos ros, plazas, el brillante a que van reducindose las dems calles, famosas casas de habitacin, etc., y observando que casi todo el da, pues nada de esto exista [...]. Entre las edificaciones nuevas se menciona “un hermoso barracn para los emancipados, que a la par que concilia economas, proporciona la ventaja de estar vigilado por la guardia del presidio”. Porque, as, casi como de pasada, es que encontramos la esclavitud, fuerza propulsora de aquel auge, mencionada en las pginas de La Aurora En su reclamo a esclavos prfugos, en venta o alquiler, con sus acotaciones de que “se dan negritos para jugar con nios”, o la comunicacin de que ha llegado a Matanzas “la cuerda de cimarrones del interior”, donde palpamos huellas del inmenso drama que vive la isla y muy especialmente Matanzas. El 12 de enero de 1838 se publica un anuncio que, tras la obligada asepsia periodstica al tratar el tema, se descubre parte de la zona ms tenebrosa de aquella sociedad: “Desde mediados del mes prximo pasado fugaron de la casa de su amo dos negros nombrados Aniceto y Antonio, ambos de nacin carabal, de estatura regular, y como de 28 o 30 aos, tuerto el primero de ojo derecho y el segundo tiene un pie hinchado bastante visible [...]”. Dos jvenes negros, con las seas irrefutables de las torturas y crueldades en sus cuerpos, enfrentan con la huida necesaria una persecucin feroz. Porque detrs de todos los pruritos culturales que tenan aquellos matanceros de principio de siglo, se esconda una verdad imposible de ocultar: la aberrante esclavitud. Cmo podran conciliar aquellos intelectuales su realidad cotidiana con los cnones de un romanticismo europeo que preconizaba, entre otras cosas, el culto a la libertad y la dignidad del ser humano? Plcido, por su piel y sus ideas, estaba en el mismo vrtice del drama, tal vez tanto como ni l mismo imaginara todava. Cuando en su poema “Juicio del ao” decide callarse al mencionar a la justicia, no saba lo trgicamente premonitorios que iban a ser sus versos. Pero ms de un lustro despus el romanticismo dejara de ser un alegre divertimento en la vida matancera y toda la injusticia y el dolor de aquella estructura econmica, social y poltica estallara, dejando ver descarnadamente su entraa inhumana feroz. Del triunfo romntico en Matanzas hasta la Conspiracin de la Escalera y el fusilamiento de Plcido en 1844, existe un trayecto que ir ganando profundidad y compromiso, en el cual literatura y vida no andarn por caminos diversos. Pero an a comienzos de 1839 el poeta podr ver, con ese humor en el que se descubre una sencilla amargura, al nuevo ao como un

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142dios Marte vestido a la romntica, sin presentir que su propia sangre ira a darle nueva dimensin a lo que pareca ser slo una moda literaria. Notas1 El peridico introdujo ligeros cambios en su nombre durante su larga historia (1828-1857). As en 1838 se llamaba La Aurora de Matanzas pero a partir del 1 de julio del mismo ao comenz a ser solamente La Aurora El presente trabajo se basa en gran medida en la revisin de las pginas de este peridico; en la localizacin de sus textos slo daremos la fecha.2 Apareci el 23 de febrero de 1939.3 El testimonio de Sebastin Alfredo Morales puede encontrarse en Plcido (Gabriel de la Concepcin Valds). Poesas completas, con 210 composiciones inditas, su retrato y prlogo biogrfico, por Sebastin Alfredo de Morales. La Habana : La Primera de Papel, 1886. xix 679 p.4 El anuncio de la puesta a la venta de la edicin de 1838 apareci en La Aurora a partir del 17 de julio de 1839: “Vencidos los obstculos que por bastante tiempo se opusieron a que viesen la luz pblica las producciones del clebre poeta que tanto honra la literatura, nos congratulamos con la idea de que los Sres. suscriptores a ellas se llenarn de placer al verlas anunciadas en nuestro peridico”. El “tomito” de versos de El veguero tuvo dos ediciones, en 1841 y 1842, debido a su xito popular. “El hijo de maldicin” apareci primero publicado por fragmentos en La Aurora entre el 11 y 25 de julio de 1841; posteriormente se imprimi como folleto aparte en 1843. Sobre la edicin de sus Poesas en 1842 existen dudas. El anuncio de su edicin, para la cual se abran las suscripciones, apareci en La Aurora en octubre de ese ao, pero no he encontrado el aviso de su puesta a la venta (lo cual no es una prueba concluyente, dado lo mutiladas e incompletas de las colecciones existentes del peridico). Trelles seala su aparicin en noviembre de aquel ao, pero Pedro J. Guiteras dice que se imprimi realmente en 1846, con fecha atrasada (Ver: Plascencia, Aleida. “Bibliografa activa [de Plcido]”. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 6 (3-4):81; jul.-dic. 1964).5 Plascencia, Aleida. Op. cit. (4).6 Plcido. Op. cit. (3).7 Varona, Enrique Jos. La nueva edicin de Plcido. Revista Cubana (La Habana) (4):372373; 1886.8 Para los dos primeros poemas, ver Plcido. Op. cit ., p. 331. “A la seora Doa Manuela Martnez por su inimitable desempeo de Raquel en la noche del 14 del corriente. Soneto” apareci en La Aurora de Matanzas en mayo 17 de 1837 y lo reproduce Sebastin Alfredo de Morales en la p. 29 de su edicin.9 Como muestra de una prctica que se mantuvo durante aos y, quizs como velado homenaje a Plcido, en el Diario de Matanzas que diriga Rafael Mara de Mendive encontramos publicado un “Juicio del ao” en el nmero del 1 de enero de 1879. Copiamos a continuacin su inicio: Era costumbre de antao, En vida del Piscator, Escribir del ao en juicio Que acaso a muchos falt El clebre almanaquista Sobrado siempre en razn, A sus pronsticos daba Por su talento valor.10 El poema completo lo reproduje en el Anuario L/L nmero 15, correspondiente a 1984, pp. 152155. En los fragmentos del texto que transcribamos en este trabajo la ortografa est actualizada.11 Como detalles curiosos de estos “bailes de mscaras”, puede anotarse que exista una comisin para examinar a los disfrazados antes de dejarlos entrar, y se aconsejaba a las familias que trajeran sillas de sus propias casas para los palcos. Debe recordarse que los espectculos teatrales, adems de la obra presentada, terminaba con una pieza corta (generalmente un sainete) y un nmero de canto y baile. Las funciones solan comenzar a las 7 o a las 8 de la noche, segn la obra y la compaa.

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14312 Aunque esto no sea propiamente un espectculo, vale la pena sealar que en marzo de 1839 llegaba, en abundante cantidad, la “nieve” a Matanzas. Con cierto sabor garciamarquiano, se anunciaba que se venda “en los Almacenes de Arias, que caen en la margen del ro San Juan a 2 pesos por arroba, y a 3 cuartillos de real la libra”.13 El 25 de febrero de 1835 se anunciaba que se “pondrn en exhibicin e/ 10 a.m. y 3 p.m. slo los elefantes, para que las gentes los vean, debido a la expectacin que han causado”.14 Este anunciado “espectculo tan sorprendente como extraordinario”, contaba con varios programas diferentes con doce vistas de cada uno. Se trataba de vistas pintadas con efectos pticos, escorzos y colorido, pues “el Neorama estudia a la naturaleza embellecida”. Un programa, por ejemplo, contaba con las siguientes vistas: 1) Gran combate de Carozelle; 2) Londres; 3) La catedral de Mjico; 4) ltima erupcin del Vesubio; 5) El campo-santo de Pars; 6) La plaza de Vendome; 7) La pesca de la ballena; 8) Toln; 9) Marsella; 10) Ginebra; 11) Luis Felipe; 12) Combate de las Puertas de San Dionisio. En 1839 se le aadi un “Gabinete de figuras de cera”.15 Esto nos ayuda a entender el cuadro escnico contemporneo “El hombre indecente”, incorporado por el matancero Jos Jacinto Milans a su coleccin costumbrista El Mirn Cubano En su: Poesa y teatro La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1981. pp. 556-580.16 El xito enorme de El trovador se corroborar en la funcin de la obra celebrada el 23 de diciembre de 1837. Sobre esto, La Aurora publicaba ese da una supuesta carta de una matancera a su prima, cuyo fragmento final, por lo representativo y pintoresco transcribimos a continuacin: [...] allanadas las dificultades que presentaba la ejecucin del Trovador [...] tengo el placer de comunicarte que el sbado 23 del corriente se ejecuta ese drama sublime en beneficio de la alameda de carruajes [...]. Te encargo que vengas para esa noche pues adems del placer que disfrutaremos en ver el Trovador cual se ha ejecutado en La Habana, tendrs ocasin de observar hermosos trajes modernos de nuestras paisanas, y lucirs el hermoso vestido de manga angosta a lo romntico [...] y por lo ltimo vers, segn he odo decir, dos hermosas palomas que dentro del teatro volarn conduciendo ramos de flores y hermosas poesas alusivas a la funcin, a su laudable objeto y al mrito y generosidad de los actores dramticos, en dedicarla al pblico. Estoy de prisa, adis e io ti salutto bella prima romnticamente. Tuya.TERESA.17 Magin Pons, adems sastre, escriba dcimas en La Aurora El 4 de enero de 1837 haba anunciado que acababa de recibir de Barcelona un cargamento de libros, que “se expendern a precios equitativos”. En larga lista, adems de diccionarios, libros de cocina, de historia, etctera, aparecen Werther Pablo y Virginia y otros textos prerromnticos, entre los que se encuentra Quicotencal, que no debe ser otra que la novela histrica annima, escrita en espaol, aparecida en Filadelfia en 1826, Gicotencal Dos aos ms tardes, en el mismo peridico, aparecer el famoso romance de Plcido de igual ttulo, al parecer continuando una prctica que ya haba dado “La Atala” el 25 de enero de 1838, segn la cual obras de moda constituan su fuente de inspiracin.18 El triunfo romntico en las libreras sigui de cerca lo que haba ocurrido en el teatro. As “El Escritorio” anunciaba con alborozo, en febrero 2 de 1839, que acababa de recibir de Espaa El trovador Y tambin Angelo, tirano de Padua y Macas Junto con ellas estaban otros libros de Larra. El doncel de Don Enrique el doliente y Obras de Fgaro Adems de El moro expsito del Duque de Rivas y Catalina Howard de Alejandro Dumas. No seran grandes ventas dadas las limitaciones culturales y econmicas de la mayora de los matanceros de entonces, pero sin dudas lo romntico era lo que despertaba inters tambin en los libros.19 El anuncio de inicios de las suscripciones para editar el tomo de Poesas de Plcido vale la pena reproducirlo fragmentariamente por la explicacin que ofrece de los mritos del autor, e incluso la eufemstica alusin a su mulatez: Bien conocido ya es de todos los amantes de la bella literatura, el talento verdaderamente potico con que plugo a la naturaleza agraciar a este joven, cuyas obras han sido acogidas con entusiasmo, y ledas con aplauso y admiracin general. Colocada la cuna de Plcido (sensible es decirlo), en un

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144punto desventajoso de la escala social, sus apreciables trabajos, cubiertos de polvo, habran sido envueltos en un funesto y doloroso olvido al que su modestia excesiva lo condenaba, si los redactores de la Aureola potica al Sr. D. Francisco de Rosa, no le hubiese arrancado, casi por fuerza de la oscuridad que la rodeaba, insertando en aquel apreciable librito su bellsima composicin titulada “La siempreviva”, que por una feliz casualidad, y no por deseos de su autor, lleg a manos de aquellos imparciales redactores. El pblico admir entusiasmado al joven atleta que se presentaba por primera vez en la arena literaria, ostentando una corona: ese triunfo, como era natural alent la timidez del poeta: sus posteriores trabajos participaron del noble orgullo que le inspiraba el aprecio pblico, y el grato nombre de Plcido ha encontrado simpatas do quiera que ha resonado.20 Si nos atenemos a la lista de suscriptores a las Poesas de Plcido en Matanzas, podra ser Ramn Mara Estvez.21Por ejemplo ver la versin de Pedro Jos Guiteras en Poesas escogidas de Gabriel de la Concepcin Valds, Plcido La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1977. p. 192.22 Ibdem, p. 166.23 Ibdem, pp. 119-123, 166.24 Estas escuelas se encontraban en la parte oriental de la ciudad, en el barrio pobre de Barracones, en Pueblo Nuevo y en Ceiba Mocha, pueblito cercano a Matanzas.25 Se llamaba “Ideologa”, a principios del sigloXIX, al cuerpo general de enseanza que preconizaba el mtodo analtico, y suceda a la filosofa de la “Ilustracin”, con la repeticin de gran parte de su ideario. Las fuentes eran Locke y Cadillac. Flix Varela haba traducido en su Miscelanea filosfica extractos de un libro de Tesstut de Tracy al respecto, que segn Medardo Vitier era la nica versin al espaol de dicho texto que l conoca (Varela, Flix. Miscelnea filosfica / Prl. Medardo Vitier. La Habana : Editorial Pueblo y Educacin, 1992). El anunciado curso tuvo tambin su correspondiente “Oda” en las pginas del peridico, firmada por E. J. N., el 12 de agosto de 1838.26 Un anuncio en La Aurora el 29 de septiembre de 1835, nos especificaba que: “Este establecimiento se halla en la calle de Contreras, ltima accesoria de esa casa Capitular: est abierto al pblico gratis todos los das del ao, sin escepcin [sic], desde las diez de la maana hasta las dos de la tarde, y desde las cuatro de la misma hasta el anochecer”.27 Como ejemplos de conciertos, tenemos que los das 5, 9 y 12 de abril de 1837 se ofrecen unos vocales e instrumentales, con matanceros tocando la flauta, el clarinete y el corno ingls, junto con la arpista Virginia Pardi, llegada de La Habana, a quien Plcido le dedica un poema “por su inimitable ejecucin de los Caprichos en el arpa”. El repertorio era de fragmentos de peras en versiones instrumentales. Otro concierto, ofrecido el 7 de septiembre de 1838, fue todo de obras instrumentales, compuestas por el flautista Cambesis y un tal Genfildn. La orquesta para la pera llegaba a contar con unos veintids msicos. Y, adems, existan bandas militares.28 Varias embarcaciones, en distintos das de la semana, ponan regularmente en comunicacin martima a Matanzas con La Habana. Predominaban los viajes nocturnos, con salida, a la ida y al regreso, entre 8 y 10 p.m., con una duracin, en los ms rpidos, de unas seis o siete horas. Entre dichas embarcaciones estaban los vapores Almendares, Yumur, Crdenas y Princesa heredera. Una lnea comunicaba tambin por el oriente, “por dentro de los cayos”, hasta el puerto La Guanaja (Puerto Prncipe), en los que se demoraba entre cuatro o cinco das. Y haba tambin goletas para Crdenas.

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145 CR"NICAS “Estudiar sus virtudes e imitarlas es el nico homenaje grato a las almas grandes y digno de ellas”. Jos Mart S i se me preguntara por qu decid escoger este apasionante tema (hasta ahora “virgen” en la literatura guevariana) no vacilara en responder, que de las muchas ancdotas (algunas tiernas y conmovedoras, otras enrgicas y viriles), que protagonizara el Guerrillero Heroico durante su corta, pero fecunda vida (14-6-1928 – 8-10-1967), hay una que dej, cual suave caricia a mi yo interno, una huella indeleble en el componente espiritual de mi inconsciente, y que –en aquel entonces– me permitiera captar, en toda su magnitud, la dimensin humana del Che, y adems, comprender claramente por qu, en diciembre de 1959, “Ao de la Libertad”, aquel ilustre claustro de profesores de la Facultad de Educacin de la Universidad Central de Las Villas (mi querida Alma Mater), donde estudi y ejerc el magisterio, decidieran nemine discrepante otorgarle al doctor Ernesto Guevara de la Serna el ttulo de Doctor Honoris Causa en Pedagoga, con apoyo en el hecho indiscutible de que el “[...] heroico comandante del Ejrcito Rebelde educa *Versin actualizada de la conferencia impartida, en forma de tema especial en la II Jornada Cientfica del policlnico “Marcio Manduley” (Centro Habana), celebrada en noviembre de 1997. Che y su mundo interior: faceta poco explorada de su personalidad* Jess Dueas BecerraPeriodista y doctor en Ciencias Mdicas

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146con el ejemplo, porque su vida es el mejor ejemplo […]”. 1He aqu el relato de la mencionada ancdota: cuando el comandante Guevara era Ministro de Industrias sola visitar, con cierta regularidad, los centros fabriles de la nacin, para conocer in situ los problemas que afectaban no slo la calidad del proceso de produccin de la naciente industria cubana, sino tambin al trabajador, eslabn fundamental de dicho proceso. En cierta ocasin, el Ministro decidi visitar la fbrica PROCUBA, ubicada en el municipio de Cruces (antigua provincia de Las Villas, hoy Cienfuegos). En reciprocidad, la administracin de ese centro laboral quiso agasajar al Guerrillero Heroico, y orden que se le preparara, en el restaurante cienfueguero Sol y Mar (famoso tanto por sus exquisitas paellas, como por la profesionalidad de los cocineros chinos “legtimos”), el plato especial de la casa. Una vez que el comandante Guevara recorriera las instalaciones de la fbrica y dialogara franca y amistosamente con sus trabajadores, la comitiva que atenda al Ministro lo acompa hasta el comedor de la casa del administrador, para almorzar. Ante tan apetitoso plato, el Che –fiel a su esmerada educacin– agradeci semejante deferencia hacia su persona, y luego, pregunt con tono afable, pero firme: “Todos los trabajadores de PROCUBA van a al morzar paella?”. La respuesta fue unnime: “No, comandante, este almuerzo es slo para usted”. De inmediato, el Ministro pidi permiso para retirarse y se dirigi al comedor obrero, para almorzar con los trabajadores “carne rusa” y “lentejas”, el men de aquella inolvidable maana. Con este hermoso gesto, que era regla, no-excepcin, el Che se gan el cario y el respeto de todos y cada uno de los trabajadores de PROCUBA, independientemente de su credo poltico-ideolgico. Me parece, pues, que el relato anterior nos sirve de brjula orientadora, para aproximarnos al conocimiento del mundo interior del Guerrillero Heroico…, pero, antes de comenzar el trnsito gradual y progresivo hacia los ms recnditos parajes de la subjetividad del Che, y en consecuencia, ir descubriendo la verdadera riqueza (bondad, belleza, dignidad, sabidura, sensibilidad), que l “escondiera” celosamente en el centro de su yo interno, habra que explicar qu es la espiritualidad y dnde habita –presumiblemente– el espritu del hombre. La espiritualidad se define como “el conjunto de acciones que el hombre realiza y que le dan sentido a su vida”,2 mientras que Anthony de Mello estima que “la espiritualidad va directamente a la raz, a rescatar tu yo, el autntico […]”.3 La espiritualidad, en sntesis, se relaciona con el mundo de los valores, que nos hacen encontrarle un sentido a la vida; sentido que nadie nos puede ofrecer o imponer, porque debemos hallarlo nosotros mismos.4Para Jos Mart, “el espritu es lo que […] nos induce a actos independientes de nuestras necesidades corpreas, es lo que nos fortalece, nos anima, nos agranda en la vida”.5

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147De acuerdo con la concepcin analtico-humanista,6,7 el espritu del hombre es parte inseparable del inconsciente freudiano,8,9 donde no slo hallamos tendencias primitivas, deseos insatisfechos o no realizados o impulsos sexuales reprimidos, sino tambin actividad espiritual, generadora de las acciones ms nobles y bellas que caracterizan al homo sapiens y le confieren –por derecho propio– su “inviolable dignidad humana”. Por otra parte, no debe olvidarse el hecho de que la Psicologa es a la vida espiritual, lo que las neurociencias a la Psicologa: su basamento cientfico.10,11Con apoyo en estos indicadores conceptuales y terico-metodolgicos no cabe duda alguna de que el invicto comandante, desde su poca de estudiante universitario, cae en la cuenta de que una persona madura12 deba formularse tres preguntas esenciales: “quin soy; qu objetivos persigo en la vida; y hacia dnde encamino mis pasos”.13Las respuestas a las acuciantes preguntas que el futuro mdico le formulara a su juvenil yo habra que buscarlas en la inalienable trayectoria revolucionaria seguida por el Guerrillero Heroico hasta el da en que, en una apartada regin de la selva boliviana, abriera sus ojos para siempre a la inmortalidad. De acuerdo con mi percepcin objetivosubjetiva, el desarrollo espiritual del Che est signado por cuatro decisiones trascendentes que l adoptara en diferentes momentos de su vida. Declina estudiar ingeniera o matemtica; y fiel a su “acendrada vocacin humanista”, se entrega en cuerpo y alma al estudio y ulterior ejercicio de la medicina. En compaa de su amigo, el doctor Alberto Granados, recorre Nuestra Amrica (como la llamara el Apstol), palpa su descarnada realidad, diagnostica sus males sociales, y por ltimo, identifica al principal agente patgeno: el “imperialismo yanqui”, cuya desenfrenada voracidad despoja a Latinoamrica de sus recursos naturales y riquezas materiales, explota sin piedad a sus pueblos y corroe nuestra “sacrosanta identidad cultural”, concebida como el ncleo central de nuestro espritu latinoamericanista y antimperialista. La impronta que la realidad social de Amrica Latina deja en la memoria sensible del combatiente internacionalista podra sintetizarse en una frase martiana: “[...] ver pena es bueno, porque nos hace creer, y nos aviva la capacidad de consolarla”.14 Fascinado con la carismtica personalidad del doctor Fidel Castro Ruz e identificado plenamente con los principios bsicos de la Revolucin Cubana, se une a las fuerzas expedicionarias, que comandadas por el joven abogado santiaguero, abordan el yate Granma, desembarcan en las costas orientales de Cuba, y se convierten en el glorioso Ejrcito Rebelde, que en Enero de 1959 derroca la dictadura pro-yanqui de Fulgencio Batista, y pone fin al aborto republicano de 1902. Su renuncia al cargo de Ministro del Gobierno Revolucionario, al grado militar de Comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y a cuanta responsabilidad oficial lo vincu-

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148lara a nuestro pas, para viajar a Bolivia y encender la llama de la lucha guerrillera en las selvas de ese pas suramericano, que era donde menos condiciones objetivas haba, para que pudiera crecer y desarrollarse la guerrilla internacionalista, y donde –poco tiempo despus– pierde su preciosa vida. Ahora bien, qu le aport al Che haber llegado a la cspide de la espiritualidad, o sea, el encuentro con su yo esencial?15,16 Si aceptamos el planteamiento de que la conducta humana tiene dos motivaciones fundamentales: una “superficial”, que se halla a simple vista, y otra “profunda”, que casi nadie percibe, y que es fiel reflejo de la esencia ntima del hombre, necesariamente se caer en la cuenta de que el principio rector que guiara al Guerrillero Heroico durante toda su vida, tanto en los das claros como en las noches oscuras, no poda ser otro que el “amor a la humanidad, a la verdad y a la justicia”. Desde estas posiciones tico-humanistas, coherentes con su slida formacin revolucionaria, luch sin tregua ni descanso por la libertad de Nuestra Amrica y contra la rapacidad imperialista, que devora hombres y pueblos. Por lo tanto, estoy convencido de que el conocimiento integral de su mundo interior, le permiti al Che actuar como pensaba y senta, o lo que es lo mismo, obrar conforme con sus pensamientos y sentimientos. Por otro lado, lo convirti en un hombre libre, feliz y realizado, con una dosis envidiable de fe y esperanza, cuyas luces jams apagara, ni siquiera en aquellas circunstancias adversas u hostiles, que caracterizaran su azarosa vida guerrillera, y un incansable espritu de sacrificio, para afrontar incomprensiones, sufrimientos, calamidades, que pudieran alejarlo un pice de lo que l interiorizara e incorporara a su estilo de vida como el ms sagrado deber: luchar hasta la victoria por el triunfo de una causa social ms justa, para enaltecer la condicin humana. Entre otras cosas, quisiera dejar bien claro el hecho de que el Guerrillero Heroico no era, en modo alguno, un “ser perfecto”, sino una persona humana con virtudes, defectos, inconsistencias y necesidades…, pero precisamente en sus imperfecciones es donde radica su “gigantesca humanidad e imperecedera espiritualidad”, que es el hermoso legado que el Che dejara no slo a sus hijos, sino tambin a las actuales y venideras generaciones de revolucionarios. Por ltimo, si alguien dudara de la intensa vida espiritual que animara al comandante-mdico-guerrillero, lo invito a leer, con los ojos del corazn, la carta que el Che les dirigiera a sus cinco hijos antes de emprender viaje a la posteridad: Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto si alguna vez tienen que leer esta carta, ser porque yo no est entre ustedes, casi ya no se acordarn de m y los ms chiquitos no recordarn nada. Su padre ha sido un hombre que acta como piensa, y seguro ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios, estudien mucho para poder dominar la tcnica, que permite dominar la na-

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149turaleza. Acurdense que la Revolucin es lo importante y que cada uno de nosotros no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo ms hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad ms linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verles todava. Un beso grandote y un abrazo de Pap.17Notas1 Rodrguez Solveira, M. Discurso de elogio al doctor Ernesto Guevara de la Serna, Doctor Honoris Causa en Pedagoga Santa Clara : Universidad Central de Las Villas, 1959. Acto de investidura.2 Garca, P. M. Introduccin a la espiritualidad cubana. Vivarium (La Habana) XIV: 5; 1996.3 Mello, A. de. La iluminacin es la espiritualidad. Llama Viva. 3: 8-10; 1994; .4 Dueas, J., J. Pardillo y P. Fernndez. Rorschach, personalidad y espiritualidad. Revista Cubana de Psicologa (La Habana) 19(3):209-11; 2002.5 Valds, R. Diccionario del pensamiento martiano. La Habana : Editorial Ciencias Sociales, 2002. p. 167.6 Dueas, J. Psicoanalista ortodoxo o humanista? Una opinin muy personal. Revista del Hospital Psiquitrico de La Habana 41 (1): 17-22; 2000.7 Garca, P. M. Psicologa de la experiencia religiosa Santo Domingo, R.D. : Editorial de Espiritualidad del Caribe, 1999.8 Freud, S. Obras completas. Madrid : Editorial Biblioteca Nueva, 1948. 3 t.9 Mannoni, O. Freud. El descubrimiento del inconsciente. Buenos Aires : Ediciones Nueva Visin, 1984.10 Dueas, J. “Varela: psiclogo precursor”. Revista Cubana de Psicologa (La Habana) 15 (3):186-190; 1998.11 Garca, P. M. Op. cit. (7).12 Bolio, E. “La personalidad madura”. Istmo (Mxico, D.F.) 1: 5-20; 1994.13 Valds, R. Op. cit (5). p. 511.14 Dueas, J. “A manera de prlogo”. En: Garca, P. M. Para tener vida Santo Domingo, R.D. : Editorial de Espiritualidad del Caribe, 1995. pp. 15-17.15 Garca, P. M. Para tener vida. Santo Domingo, R.D : Editorial de Espiritualidad del Caribe, 1995.16 _______. Op. cit. (7).17 Muoz, M. J. Mam, ese hombre est enamorado de m. Juventud Rebelde (La Habana) 15 de junio de 1997: 6-7. Entrevista a la doctora Aleida Guevara March.

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150 Evocacin de Carlos Gonzlez Palacios Nydia SarabiaHistoriadora y periodista C arlos Gonzlez no podr caer en el olvido de cuantos lo conocimos y tratamos en su etapa como director y profesor del Instituto de Segunda Enseanza de Santiago de Cuba en la dcada del cincuenta, por considerarlo como un idiosincrtico ensayista martiano. Hombre de vasta cultura, tena un estilo muy singular que logr tocar el difcil y escabroso ensayo. Lleg a escribir sustanciosos artculos sobre la vida y obra de Jos Mart que merece echarles una mirada retrospectiva por parte de los que se dedican con seriedad y amplitud de criterios al estudio a fondo del pensamiento y la accin martiana. Nacido en San Luis, antigua provincia de Oriente, en 1902, curs estudios en el Instituto de Santiago de Cuba. Luego ingres en la Universidad de La Habana donde se gradu de doctor en Derecho Civil y en doctor en Filosofa y Letras. Fue uno de los lderes del estudiantado nacionalista en el movimiento contra la tirana de Gerardo Machado (19251933). Incluso fue miembro del ABC, no sin antes haber estudiado el pensamiento marxista. Se une al lder estudiantil normalista Floro Regino Prez Daz, de la Agrupacin Nacionalista de Santiago de Cuba. En 1929 junto a Floro Prez protesta por el asesinato en Mxico, de Julio Antonio Mella. A partir de esa fecha se dedica a estudiar el pensamiento antimperialista de Mella. En enero de 1930, Floro funda la revista Capdevila, en honor al capitn del Ejrcito Espaol Federico Capdevilla, defensor de los ocho estudiantes de medicina, fusilados en 1871 por el colonialismo espaol, acusados de profanar la tumba de un periodista hispano en el cementerio de Coln, de La Habana. Gonzlez Palacios fue nombrado director literario de dicha publicacin. El 5 de mayo de 1930 un grupo de estudiantes del Directorio Nacionalista, constituyen en Santiago de Cuba la Falange Estudiantil Nacionalista, que presidir Floro Prez y editan un manifiesto a la juventud con el retrato de Mella. Gonzlez Palacios ingresa en dicho Directorio. El 30 de septiembre de 1930 es asesinado en La Habana el estudiante universitario Rafael Trejo. Floro Prez organiza un acto de recordacin a Trejo, solidarizndose con las feministas de La Habana, con otro similar en la capital y se prohibe la velada. El 9 de noviembre es detenido Floro y el da 10 una multitudinaria manifestacin de estudiantes y pueblo, se lanza a las calles a fin de rescatar a Floro y sus compaeros, presos en el Vivac Municipal. En la gigantesca manifestacin o “tngana”, cae muerto el obrero negro, Vctor Kindeln. El 11 de noviembre se

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151efecta su entierro y frente a su casa pronuncia unas palabras el doctor Carlos Gonzlez Palacios. Son apresados miembros del nacionalismo debido a los disturbios en casi todo el pas y es nombrado supervisor militar el comandante Arsenio Ortiz, de triste recordacin para el pueblo oriental por los crmenes que cometi contra la poblacin. Floro y sus compaeros se mantienen en huelga de hambre cuando ingresan ms detenidos al Vivac, entre ellos el doctor Carlos Gonzlez Palacios, de la Unin Nacionalista, quien fue internado ms tarde en el cuartel Moncada. El juez especial, Burguet, agregaba ms procesados a la causa 2273 de 1930 por los trgicos sucesos de la Alameda Michaelsen, entre ellos al doctor Carlos Gonzlez Palacios, acusado de ser “uno de los directores del movimiento sedicioso” del 10 de noviembre de 1930. El 22 de diciembre de 1930 Floro Prez fue puesto en libertad por haber consignado la fianza exigida por el juez y tambin el doctor Carlos Gonzlez Palacios, as como los estudiantes Mara Catalina Cortina y Benito Fernndez.1Gonzlez Palacios fue un promotor cultural en Santiago de Cuba. Colabor con el grupo H dirigido por Juan Ramn Bre y otros poetas y escritores santiagueros. Desde 1934 desempeo la ctedra de Lgica, Psicologa y Cvica en el instituto santiaguero, de manera ininterrumpida hasta 1951 en que pas en comisin al Instituto de La Habana. Escribi un texto titulado: Cvico social que serva de estudio a sus alumnos en el Instituto de Santiago y donde enjuiciaba el positivismo de Enrique Jos Varona. En 1940 Gonzlez Palacios integr la Comisin de Cultura del Club San Carlos de Santiago de Cuba, donde promocion importantes eventos histricos y culturales al presentar conferencistas de la talla de Eusebio Hernndez, Jorge Maach y Francisco Ichaso. Cre la Sociedad de Estudios Superiores de Oriente (SESO), donde realiz una extraordinaria labor, y dio auge a la cultura de aquella provincia. A pesar de sus discrepancias con algunos intelectuales, la idea de fundar la Universidad de Oriente fue consolidada en 1947. En 1950, Gonzlez Palacios dict en la Universidad del Aire una conferencia que titul: “Qu hacer para el fomento de las provincias?”. Fermn Peraza public en 1954 en su Bibliografa martiana sus producciones, sus elucubraciones martianas. En el orden periodstico se distingui con sus textos sobre Jos Mart en la decana de las revistas cubanas y de Amrica como es Bohemia. Colabor con artculos de carcter poltico-social durante la segunda guerra mundial como comentarista internacional en el peridico Diario de Cuba. Al producirse el golpe militar del 10 de marzo de 1952 hubo un vuelco en la vida de Gonzlez Palacios. Era muy amigo de Nicols Rivero Agero, nombrado por el dictador Batista, Ministro de Educacin. Se buscaba a un intelectual no comprometido hasta entonces con la

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152nueva dictadura militar. Era evidente que el nuevo Ministro de Educacin lo convenci para que aceptara el nombramiento como director del Instituto de Cultura al encomendarle un proyecto ante la proximidad de la celebracin del centenario del nacimiento de Jos Mart. Siempre he pensado que el martiano Gonzlez Palacios se vio precisado a servir en ese sentido al viejo amigo y a otros que lo convencieron, pues deba, junto al primer bigrafo de Mart, el asturiano Manuel Isidro Mndez, preparar las Obras completas del maestro con vistas a su centenario, as como organizar el Congreso Internacional de Escritores Martianos y otras actividades de la Editorial Lex, de Mariano Snchez Roca, se dio a la tarea de publicar en papel biblia las Obras completas de Mart y otra en papel gaceta para escuelas y pblico en general. En aquel entonces yo era una joven apasionada de la obra martiana cuando un da recib un gran paquete por correo. Se trataba de la edicin en papel gaceta que me enviaba de obsequio el doctor Gonzlez Palacios. Se haba acordado de m, pues cuando formaba parte de la redaccin de la revista estudiantil Simiente, de la Escuela Normal para Maestros de Oriente, le solicit una colaboracin y a los pocos das me entreg un acucioso ensayo titulado: “Prosa y versos de Mart” (abril 1945, pp. 8-9). Carlos Gonzlez Palacios se cas con Mara Caridad Montero (Lala) y tuvo tres hijos: Alvar, que es un excelente hispanista; Maril y Carlos Alberto. En el primer aniversario de su deceso, Jorge Maach le dedic un hermoso artculo y entre otras cosas expres: Era un conversador magnfico, de sensibilidad exquisita y pensamiento penetrante. Escriba prosa de garbo y enjundia y un buen da nos sorprendi con un librito de versos intensos y extraos. Vena del comunismo, y no se puede nunca haber sido comunista de balde. El converso tiende inevitablemente a la regresin o al extremismo. O a las dos cosas a la vez con frmula distinta. Su hijo recogi en un pequeo libro pstumo otros de sus versos inditos “Mar sin agua”. Se pusieron unas frases suyas alusivas sardnicas: [...]. Escribi con honradez y odio a los embusteros y si hacer versos es una forma segura de desprestigiarse, es tambin la nica forma honorable de desprestigiarse que queda en Cuba.2Por su parte, Max Henrquez Urea en el segundo aniversario de la muerte de Gonzlez Palacios escribi en dos partes un hermoso opsculo dedicado a la memoria del ensayista: “Era un idealista y adems un convencido de la virtualidad pragmtica del bien. Un ensayista de fibra”. Y adems agrega: Escribi un libro que titul “Exaltacin a la fe” que contiene tres ensayos y que dedic a Santiago de Cuba, otro de versos bajo el ttulo: “Villa y alma”. En 1948 public “Revolucin y seudorrevolucin en Cuba”, y otro ensayo: “En torno al

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153veinte de mayo” incluido en el primero de esos libros, va reinserto, aunque slo en parte, en otro estudio ms amplio y profundo, del segundo libro: “El cinismo poltico en Cuba”. Y si en “Exaltacin a la fe” dedica una disertacin a hablar de la “Intimidad de Mart,” vuelve sobre el tema martiano aos despus en una conferencia ms extensa y ms honda: “Valorizacin de Mart”, la que cierra con esta apreciacin sinttica: El rasgo mximo de Jos Mart no esta determinado por sus ideas econmicas y sociales, ni porque fuese el creador de un ideario poltico, ni un innovador revolucionario, ni un filsofo –aunque tuviera atisbos sorprendentes y se expresara brillantemente sobre los trminos generales de esos temas– sino por la entonacin tica de su prdica traspasada de misticismo y agraciada por su magia potica.3Un infarto lo sorprendi el 7 de noviembre de 1952. Carlos Gonzlez Palacios no pudo llegar a ver el Centenario del Maestro, de quien fue un profundo estudioso al escribir pginas de gran valor literario y semntico. Bien caben en su hoja de vida este fragmento de Jos Mart: Mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincn de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendr vigor el corazn sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia. Notas1 Sarabia, Nydia. Floro Prez, biografa de un revolucionario del 30. La Habana : Secretara de Trabajo Ideolgico. Comisin Nacional de Historia UJC. Instituto Cubano del Libro, 1972.2 Maach, Jorge. Recuerdo de Gonzlez Palacios. Diario de la Marina (La Habana) 2 dic. 1953:4.3 Henrquez Urea, Max. En memoria de un admirable ensayista. Diario de la Marina (La Habana) 7 nov. 1954:4D.

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154partamento de Ediciones como los de la Biblioteca Nacional Jos Mart, quienes de una manera u otra participaron en su realizacin. Su edicin fue una tarea ardua, pues muchos nios y jvenes escriben introduciendo citas (127 en total), casi todas sin ninguna referencia bibliogrfica; por lo tanto imaginarn que casi nos volvemos locos para localizarlas, y Llorach, siempre maestro, en una detallada nota editorial, muy didctica y con mucho amor mostr a los autores las reglas para confeccionarlas. Otra labor difcil fue lograr hacer entendibles algunos de los textos, siempre respetndose el estilo de cada autor, pero tambin ah estuvo presente el maestro. Volvimos a trabajar juntos en el libro de 1999, y gracias a ello seguimos apren diendo y tomando de l todo lo ms que pudimos, no porque siempre no estuviera dispuesto sino por el poco tiempo que haba para trabajar la publicacin. T om prestado el ttulo a una de las autoras del libro Leer a Mart 1998, el primero que se public como resultado del concurso infanto-juvenil de igual nombre, porque su editor fue Esteban Llorach Ramos,1 maestro de editores y quien recibi este ao el Premio Nacional de Edicin. El trabajo con Llorach fue muy fructfero para todos, pero lo que ms nos sorprendi fue su sencillez, doblemente valiosa porque l es una persona de vastos conocimientos. Trabajamos juntos poco tiempo durante el cual nos transmiti sus experiencias en la edicin de libros, en particular a los dedicados a nios y jvenes y en este caso, adems, confeccionado con trabajos realizados por estos grupos erarios, en los que prima la imaginacin en la interpretacin de la obra martiana. No s si quienes lo conocen piensen igual que yo, pero esta hormiguita laboriosa llamada Llorach no tiene descanso, posee una energa vital contagiosa que nos traspasa y nos lleva a emprender labores al parecer irrealizables en plazos cortos. Ese primer libro fue un trabajo hermoso tanto para los compaeros del DeA un ilustre maestro: Llorach Marta B. ArmenterosEditora

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155Por suerte para m esa labor conjunta culmin en una amistad, de la cual me precio poseer, y que tratar siempre de cultivar. Llorach es de aquellos que siempre estn prestos a ayudar, a cualquier hora y momento, lo s por experiencia propia, es de ese tipo de personas que disfrutan transmitiendo su saber. Afortunadamente, aos despus fue mi profesor de Cuidado de la Edicin en el Diplomado de Edicin de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de La Habana. En esas clases constat nuevamente sus dotes de maestro, ahora delante de un grupo de alumnos en un aula, y al igual que mis compaeros me sent muy satisfecha de haber adquirido nuevos conocimientos y algunos de los trucos que deben poseer los editores. Muchas veces lo encuentro aqu en la Biblioteca buscando imgenes o los textos de la primera edicin de un libro que se reeditar y en esos momentos hago todo lo posible por conversar con l para ponerme al da de las nuevas normas o aclarar cualquier duda, y siempre, aunque est muy ocupado, se sienta pacientemente y me atiende, as es l. Indescriptible alegra sent cuando supe que recibira el Premio Nacional de Edicin durante la Feria del Libro de La Habana de este ao. Fue un premio muy merecido por su incansable labor. Y tuve la suerte de poder retratarme con l, foto que guardar en un lugar privilegiado. Por eso siento un gran honor al escribir estas palabras y dedicrselas “A un ilustre maestro”. Llorach, felicidades, tu siempre admiradora y alumna. Notas1 No es mi objetivo referirme al currculum de Llorach. Es licenciado en Lengua y Literatura Hispnicas. Fue corrector durante aos hasta que en 1974 comenz a trabajar en la Editorial Gente Nueva como editor. Ha confeccionado la seleccin e introduccin de numerosos libros. Es vicepresidente de la Seccin de Literatura InfantoJuvenil de la Asociacin de Escritores de la UNEAC; forma parte del Consejo Tcnico Asesor del ICL, adems de ser asesor de su Departamento de Capacitacin. Desde el ao 2001 es redactor jefe de la coleccin. Periolibros, Coleccin Biblioteca Familiar. Ha constituido jurado en diversos concursos y recibido premios.

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156 Recuerdos de “Ms luz” Roberto CasanuevaDiseador grfico T erminando la carrera de dibujo comercial y publicidad, llegu a Santiago de las Vegas en 1952 para trabajar como dibujante en una empresa norteamericano-mexicana llamada Calcomanas Mayercord de Cuba que tena sucursales en distintos pases, con una remuneracin de ochenta pesos mensuales. Por discrepancias con la jefatura del departamento de arte, pas a otros puestos de trabajo como retocador y montador de negativos para el proceso de foto-screen, calador y a su vez igualador de tonos (colores), aprend fotomecnica para ese proceso, y tambin como jefe de impresin. Con todo ese aval sustituyo a todos los jefes de departamentos que tomaban vacaciones, incluyendo al de direccin artstica, adems de tener acceso a la traduccin de la correspondencia tcnica con la casa matriz, por conocer y haber sido profesor de idioma ingls. Como viva en La Habana fue mucho ms prctico mudarme para ese pueblo, alquilando una pequea casita de madera de bajo costo a una seora que ms tarde llegara a ser mi primera suegra. Desde mi llegada el primer contacto social fue con la hija de esta seora, estudiante de magisterio, ms tarde mi primera esposa, con la que tuve dos nias y quien me introdujo en el crculo de las personalidades de la regin que eran habituales a la biblioteca “Ms luz”, del cual entr a formar parte. Existan all dos grupos que cada cuatro aos se disputaban la presidencia de ese centro cultural, crendose una puja por ver quin enriqueca ms la funcin de la biblioteca, la cual haba sido creada por un grupo de estudiantes que se reunan en un local para el estudio y que denominaron Asociacin Cultural “Ms luz”, cuya fundacin ocurri en 1932 en la casa de la familia Noriega, sita en la calle 15 entre 2 y 0, ms tarde se traslad para 4 entre 11 y 13, posteriormente a 11 entre 8 y 10, y por ltimo a la antigua Sociedad La Gloria en 6 entre 9 y 11. Con el triunfo de la Revolucin qued adscrita a la Casa de la Cultura. Para los interesados en sus datos histricos, pueden hallarlos en un artculo publicado en la dcada del cuarenta que se encuentra en el archivo de la propia biblioteca. Al pasar a trabajar en una empresa cubana similar a la anterior como director artstico, ms tarde como vendedor publicitario y por ltimo como jefe de ventas, todo lo cual permiti mi matrimonio y el hecho de que mi esposa comenzara a trabajar como maestra en una escuela pblica en el poblado de Calabazar. Nada de esto interrumpi mi contacto y familiaridad con la funcin de la biblioteca y el aumento de mis relaciones con personalidades de la cultura santiaguera tales como Marcelo Salinas, Francisco Simn V., Gabriel Gavrier, ngel Vzquez Millares, Jess Puig, Eduardo Salinas, Francisco Fina,

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157Antonia Garca Cabello, Juan Toms Roig, Eulalio Gonzlez, Nancy Carol (mi esposa), Arstides Vzquez, Jorge Brito, Juan Bund Puig, Gilberto Len, Marino Garca y muchos ms. La biblioteca “Ms luz” era citada en las publicaciones de la UNESCO como ejemplo de una institucin creada y sostenida por la comunidad con una modesta contribucin mensual a la que tenan acceso todas las clases sociales de la poblacin sin ningn tipo de limitaciones. A su vez exista un estrecho vnculo con la Alianza Francesa, cuya representante era la seora Martnez, pues en esta se impartan clases de francs por maestros formados de la poblacin a los que la Alianza premiaba con una beca en Francia para completar sus estudios del idioma. All conocimos impartiendo clases a Juan Bond Puig y a su seora e hijo. La dinmica de las actividades culturales de las ms diversas manifestaciones era habitual, tales como exhibicin de pelculas (en su patio), recitales, exposiciones de las ms variadas temticas, conferencias, funciones de teatro, msica, etctera. En su saln se presentaron personalidades como Leo Brower, Dulcila Caizares, Carmina Bengura, Carilda Oliver, Juan Toms Roig con sus conferencia anuales sobre las hierbas cubanas medicinales; as como Vzquez Millares con sus clases dominicales de Apreciacin Musical, el exiliado espaol Calles, la exposicin y charla de Rafaela Chacn Nardi titulada “Cubano es ms que blanco y ms que negro”; la exposicin de la comercializacin de la rana toro por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA); los concursos campesinos de repentistas; el homenaje a Italo Calvino... Por all tambin pasaron Ral Roa, Eduardo Ortega y Gasset, Eduardo Marquina, Cintio Vitier, Nicols Guilln y el musiclogo Helio Orovio, entre muchos otros. Cuando llegu a la presidencia de la biblioteca “Ms luz” en 1957, nos dimos a la tarea de modernizar el sistema de clasificacin de los libros, tarea que acometi Eulalio Gonzlez; tambin revisamos el contenido de las obras cuyo mensaje pudiera daar la formacin cultural e ideolgica de la juventud que acuda a solicitar el servicio del centro, toda vez que se reciban donaciones de instituciones extranjeras, en particular de la oficina panamericana de los Estados Unidos, y otros tipos de publicaciones no aptas para los menores o mayores. Adems mandamos a construir para el museo las panoplias para las armas mambisas utilizadas por nuestros fundadores. Para la hemeroteca dividimos el saln de estar de los habituales del pueblo en dos partes, una para los mismos y otra con cuatro mesas con sus cuatro sillas para que los estudiantes escolares que acudan pudieran hacerlo en equipos; solicitamos el servicio de bibliobs de la Biblioteca Nacional Jos Mart que nos visitaba todas las semanas en que se efectuaban los prstamos de libros a los usuarios, que con su carn podan hacer sus peticiones. Se celebraba el Da Internacional del Libro con una exposicin de envos gratuitos de libros de diferentes pases y los propios. Se cre un cat logo de

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158materias que enviamos a las escuelas pblicas locales para la orientacin y facilitacin de estudios a los educandos, para las clases de Apreciacin Musical de Vzquez Millares se adquiri el equipo adecuado por medios propios para or las obras correspondientes al ciclo que se imparta; los discos eran facilitados por los propios asistentes. Mucho pudiera explicar en este breve artculo sobre la funcin que cumpli la biblioteca “Ms luz” de Santiago de las Vegas durante las etapas que corresponden a dos perodos, antes y despus de nuestra Revolucin, pero esto lo dejamos a los historiadores y a los amantes de hurgar en esta institucin.

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159 Un jacket sin historia Newton Briones MontotoInvestigador U n jacket es una prenda de vestir que se utiliza para protegerse del fro y en ocasiones para estar elegante. Puede ser de piel o material sinttico, no importa, cumple su funcin con mayor o menor eficiencia. Sin embargo, del jacket que nos ocupa no es precisamente su calidad o textura lo que nos interesa, sino su historia. Dejemos que l mismo la cuente: Yo era de color vino oscuro y piel legtima de vacuno. Cubra hasta la cintura de mi usuario y entr al mito por la persona que lo utilizaba, Fulgencio Batista. Por m mismo no hubiera pasado a la historia si no hubiera sido por una coyuntura favorable. Mi General saba aprovechar cualquier situacin u objeto para ganar partidarios a su causa. Yo fui utilizado como la imagen del valor, la confianza y la continuidad. Suerte parecida a la ma no la tuvieron la bandera del 4 de septiembre ni la sortija de amatista. La casualidad, madre de algunos xitos, intervino en mi presentacin en escena. Corra el mes de enero del ao 1941, varios incidentes convergieron para hacer posible el milagro. El presidente Batista ocupaba la primera magistratura de la nacin para esa fecha. Haba llegado a esa importante posicin despus de batallar durante once aos. Empez en el Ejrcito en 1921. Estudi taquigrafa y ascendi hasta sargento. En 1933 el entonces presidente Gerardo Machado abandon el cargo no por su gusto sino por la presin popular. Desde ese mismo instante atisb cmo poda agregar a su uniforme unos grados ms. Conspir con los soldados necesitados de mejorar econmicamente. El 5 de septiembre de 1933, Batista y un grupo de estudiantes universitarios pertenecientes a una organizacin poltica, lograron hacerse del control del poder. Haba cumplido su primera etapa, ahora vena la segunda. Conspir con la embajada de los Estados Unidos y las clases pudientes para eliminar a los estudiantes y sus ideas de mejorar el pas. Lo consigui 123 das despus; ahora vendra su tercera etapa, llegar a la presidencia de la repblica con un respaldo legal. Lo logr en octubre de 1940. Los medios utilizados para ascender desde sargento hasta presidente no fueron todo lo limpios y honestos que uno debe suponer. Los que lo acompaaron durante todo este recorrido, tampoco eran todo lo honestos y limpios que corresponda. Por ello en 1941 la voracidad entre sus partidarios estaba desatada como un incendio de vastas proporciones. El jefe del Ejrcito, coronel Jos Eleuterio Pedraza, conspiraba contra su jefe, el Presidente. Acompaaban a Pedraza en la aventura el jefe de la

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160Marina, teniente coronel ngel Aurelio Gonzlez, y el jefe de la Polica, Bernardo Garca. Por este ltimo comenz la desavenencia entre Batista y Pedraza. El 28 de enero de 1941, la esposa del Ministro de la Presidencia, celebr una fiesta en el pueblo de Consolacin del Sur. Para animarla se permiti jugar dinero. La polica tena otra orientacin al respecto. Esto produjo una friccin entre el presidente y el jefe de la polica, y Batista lo destituy. Enterado Pedraza, puso en alerta al 6to. Regimiento (Campamento Columbia) en la noche del 31 de enero al 1 de febrero. Sostuvo una reunin con el coronel ngel Aurelio Gonzlez, con el teniente coronel Bernardo Garca y el coronel Ignacio Galndez, al parecer contaba con su apoyo. Pedraza se present en el Palacio Presidencial, acompaado de treinta automviles llenos de guardaespaldas y oficiales con ametralladoras. Se le encar a Batista y le pidi el control del Ejrcito y la Marina. Batista contemporiz y le pidi veinticuatro horas para reflexionar, esper hasta el da 3 de febrero. Pedraza cometi el error de dormir, en medio de esta trifulca, fuera del campamento militar de Columbia. Aqu entr yo en escena, por primera vez. Batista solicit la presencia del jefe del campamento de Columbia, Ignacio Galndez, y de Manuel Bentez, este ltimo, al mando del 4to. Regimiento en Matanzas, el cual iba a ser nombrado jefe de la Polica. Antes de partir para Columbia, Batista solicit el jacket. En el campamento mand a formar a los soldados. Les explic la causa de la desafeccin de algunos oficiales y una vez ms tom personalmente el mando del campamento. De esta manera, pacficamente, quedaba zanjada la disputa. Yo emerga triunfante de la contienda y mi imagen quedaba unida a Batista como smbolo de buena suerte y seguridad. Ahora deba esperar otra ocasin propicia, que no era precisamente un invierno cubano. La oportunidad se present doce aos despus, al acompaar a Batista en otro hecho relevante. l haba regresado a Cuba en 1948, con la anuencia del presidente Carlos Pro Socarrs. Estuvo haciendo poltica hasta 1952, para darse cuenta de que no tena posibilidades de llegar nuevamente a la primera posicin. Entonces decidi dar un golpe de Estado. En la noche del 10 de marzo estuvieron todos los hilos dispuestos. Sali de su residencia, Kuquine, a las dos de la maana. En el trayecto solicit el jacket a uno de sus ayudantes. Sin embargo, el nerviosismo hizo que le dieran equivocadamente un pantaln. Trat de ponrselo, pensando que era yo, sin lograrlo. En la contienda casi termina desnucado al tratar de convertirlo en lo que no era. Por fin se dio cuenta, devolvi el pantaln, y al regreso le dieron el jacket. La accin golpista result un xito y por ende volv a ser exhibido como un estandarte de la buena suerte. As lo expres mi General en una entrevista que le hicieron: “Yo vine solo a Columbia acompaado

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161de, y seal para m, y con esta pequea pistola calibre 38”. Me sent muy orondo, las pocas ocasiones que aparec en pblico, fueron suficientes para darme a conocer como una estrella de Hollywood. Algn tiempo despus el museo Bacard de Santiago de Cuba le solicit a mi General que hiciera entrega de m. Aunque yo creo que Batista lo hizo de esta manera para cubrir la forma y con un propsito bien claro, ganar la confianza de los dems. El 15 de junio de 1952 vol en un avin con el capitn Policarpo Chaviano y periodistas, para ser entregado al museo. El coronel Alberto Ro Chaviano, jefe del Regimiento 1 y del Distrito Militar de Oriente, tuvo a su cargo la entrega oficial. Se imaginan ustedes estar al lado de la humilde cama donde muri don Toms Estrada Palma; el revlver con que se suicid Cspedes; los zapatos de Mart; prendas personales de Mariana Grajales y la mesa de Heredia.1 Adems guardias de honor que no se han puesto ni a las reliquias de Maceo...2 As estuve tranquilo durante todo el ao 1952. Desde luego los revoltosos y envidiosos estudiantes opuestos a mi General no pudieron soportarlo. Y un da me sustrajeron, en mayo de 1953, para llevarme a la Universidad de La Habana, donde procedieron a quemarme. Habl en el acto el estudiante Osmel Francis, el cual dijo oprobios contra mi General y contra m. De todas maneras no importaba que hubiera desaparecido fsicamente, estaba vivo espiritualmente y sera recordado en ocasiones parecidas. Faltaba una ocasin ms, quizs por ser la tercera, como dice el dicho, iba a ser la vencida, veamos lo que ocurri. En diciembre de 1958 la situacin del presidente Batista se hizo difcil. En Oriente el Ejrcito rebelde comandado por Fidel Castro combata con xito a las tropas enviadas. En Santa Clara tambin se combata y el pas estaba a punto de ser cortado en dos partes. Un funcionario del gobierno de Batista cuenta en sus memorias que estuvo en Palacio por esa fecha.3 Convers con el ministro de la Presidencia, Andrs Domingo Morales del Castillo. Al salir de su despacho se encontr a Jos Navarro, director de las Oficinas de la Presidencia y del Consejo de Ministro, tramitando los decretos de los nuevos militares y el nombramiento del general Jos Eleuterio Pedraza, como Inspector General del Ejrcito. Al comentar sobre la situacin contest sin vacilaciones: -Si esta semana el gobierno no toma grandes determinaciones y cambios, perece-. Se acercaban los das pascuales y la capital de la Repblica se preparaba para celebrarlos con su tradicional alegra. Los ayudantes del general Batista quisieron tener con el Presidente un presente navideo y en forma simblica como sugiriendo lo que era el sentimiento de los militares, ordenaron un uniforme completo de General en Jefe Supremo, a la sastrera de la Polica Nacional. Lo pusieron sobre su escritorio, y retiraron una pequea pistola que estaba

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162guardada en una gaveta. Era como decirle a las claras que se pusiera el “jacket militar”. Sin embargo, no se dio por aludido. Se hizo efectivo el llamado a Eleuterio Pedraza al Ejrcito. Mi General haba decidido nombrarlo nuevamente, esperanzado que le sacara las castaas del fuego. Haba quedado fuera del cuerpo desde 1941, ocasin en la que trat de deponer a Batista. Exactamente el 26 de diciembre era restituido con el grado de Mayor General. La idea era enviarlo a Santa Clara, pero Tabernilla convenci al Presidente de que sera mejor mantener a Pedraza en el cuartel general. Desde el primer da de su nombramiento como Inspector General del Ejrcito, se instal en la torre de control de la Fuerza Area para estar al tanto de lo que suceda. Batista lo visit, hizo un recorrido por varios pisos de la instalacin. Al despedirse de ellos se produjo un pequeo brindis con champaa, y dijo: -Por el Ejrcito, por Cuba, por la FAE (Fuerza Area Cubana). Era una sorpresa para la tropa verlo recorrer las dependencias castrenses. Haca muchos meses que estaba de espaldas a la realidad militar. Fue aclamado por la tropa. El general Tabernilla Palmero relat ms tarde que ante la insistencia de oficiales y soldados que le gritaban: pngase el Jacket, decidi retirarse. Y con esta accin del Presidente qued hurfano y, para desgracia ma, sin historia. Notas1 Prensa Libre (La Habana) 24 jun. 1952:6.2 dem.3 Surez Nez, Jos. El gran culpable. pp.109112.

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163 LIBROSE n el mundo de hoy, la avalancha de publicaciones ha hecho imprescindible desarrollar bibliografas que ayuden a los lectores a manejar la ingente cantidad de informacin editada. La mundializacin y la imprescindible colaboracin internacional, as como la tecnologa alcanzada en bibliotecas y centros de informacin, ha impulsado muchismos trabajos de recopilacin e investigacin para acercar al lector a toda la obra escrita en cualquier poca de cualquier tema. Esta actividad bibliogrfica, que en la actualidad se desarrolla en los grandes centros de estudios, universidades, archivos nacionales, e instituciones dedicadas a la Historia o la Lingstica, ha permitido, en el caso que nos ocupa, contar un registro temtico sobre la Habana, que no tiene antecedente en este sentido. Esta bibliografa en el tiempo, presenta al lector, segn palabras de su autora en la “Introduccin”: “Los resultados de la investigacin sobre los testimonios impresos de viajeros que visitan la Ciudad de la Habana, a partir del momento mismo de su doblamiento”. As, toda la informacin que ha recopilado Siomora Snchez Robert resulta indispensable para el trabajo de los especialistas en las ms variadas disciplinas. Es fuente de consulta obligada La Habana, puerto y comunidad. Historia y leyenda. Una bibliografa en el tiempo (siglos XVI XX ) Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Ediciones Boloa, 2001, de Siomara Snchez Robert Leonor Amaro CanoProfesora de la Universidad de La Habana

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164para los historiadores, socilogos, economistas, gegrafos, etnlogos, arquitectos, filsofos as como para los interesados en el campo de la cultura y la sociedad en general. Por supuesto, obra necesaria para las personas que trabajan en la produccin y distribucin de libros, como bibliotecarios, libreros o biblifilos. Y hoy, hay que hacer referencia tambin a la utilidad que tiene este libro para los maestros de La Habana en tanto trasmisores de la historia local de la ciudad, y para los trabajadores sociales que deben conocer de todo aquello que ha permitido hablar de la identidad del habanero. En todas las pocas, las alusiones a La Habana han resumido la prosperidad de todo el pas: desde que su puerto se convirti en el centro de enlace entre Espaa y sus colonias, pasando por el siglo XIX, donde las grandes casonas con blasones asentados sobre la explotacin de los esclavos evidenciaron el poder de los criollos, y la primera mitad del siglo XX, donde se llega a convertir en el nervio de las transacciones econmicas y los arreglos polticos, hasta las cuatro dcadas de poder jacobino en que deviene en escenario de las grandes decisiones revolucionarias. Para los historiadores, estudiar La Habana, durante mucho tiempo, signific examinar todo el pas. Sin embargo, la historia de esta ciudad ha tenido una dinmica propia. Su expresin citadina ha sido modificada ininterrumpidamente debido a su peculiar movimiento social y econmico, no slo en lo tangible sino tambin en los hbitos y comportamientos. Es por ello que muchos de esos testimonios esperan an por el trabajo del historiador. Sabiendo de esta necesidad historiogrfica aprovechamos para subrayar la importancia que tiene la obra La Habana, puerto y ciudad, historia y leyenda Una bibliografa en el tiempo (Siglos XVI al XX) al presentar una forma analtica de las obras de todos los que expresaron su asombro por la ciudad y establecieron las primeras comparaciones con otras ciudades de Amrica y del mundo. Las descripciones que bien comenta Siomara Snchez nos orientan en ese sentido. Junto a los interesados por las grandes construcciones aparecen tambin las apreciaciones de los atrados por las facetas de la vida popular, no exenta de critica, pero que ofrecen la visin del hombre comn que habilitaba en la gran ciudad, todo ilustrado de forma excelente, lo cual aade valor al libro en tanto de utilidad para historiadores del arte y arquitectos, que podrn apreciar en grabados y dibujos la vida del habanero. Economistas y socilogos podrn encontrar en este libro las mejores obras escritas sobre la vida econmica, y por ende alusivas a esta vital sociedad. Escogiendo entre muchas, encontramos obras de gran valor como Gua de La Habana, Gua y recuerdo del Gran Hotel y Pasaje, Guide Book of General Information Relative to Habana, Guide Book and Souvenir of the Gran Hotel Inglaterra for Visitor to Habana comentadas y recomendadas por la licenciada Snchez como fuentes valiosas, a las que hoy podrn hacer referencia nuestros guas de turismo para develar la legtima historia de la ciudad. Descripciones increbles sobre

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165las calles donde se realiza el comercio al por menor, los grandes mercados como la Plaza del Vapor y las costumbres de este nuevo siglo en La Habana, constituyen otros contenidos interesantes en obras tales como A travs de Cuba: relato geogrfico, descriptivo y econmico de Charles Berchon o Habana Cinderella City, de Hugh Bradley, de las cuales, la autora nos revela su importancia. En esta bibliografa encontrarn ms de 200 visiones retrospectivas de la ciudad, mapas, grabados de la poca, as como detalles de la comida criolla y de los primeros hbitos gastronmicos. La autora con sus acertados comentarios estimula la lectura de obras que nos hablan de los bailes tpicos, actividades populares, laicas y religiosas; y sugiere autores que revelan el origen de las calles, lugares clebres, evolucin de costumbres y de su arquitectura; en fin, todo lo que es de obligado conocimiento para los especialistas que tengan por encargo mantener la imagen de La Habana como punto de partida y sntesis del desarrollo del pas. No menos importantes son las relaciones de ilustraciones, que incluyen desde las reproducciones de las principales instalaciones (hoteles, bancos, fbricas) hasta las reproducciones de pintores tan reconocidos como Armando Menocal, Leopoldo Romaach y Esteban Valderrama. Luego de afirmar el valor que tiene esta obra, que Siomara Snchez ha puesto a nuestra disposicin, notificamos al lector que estamos en presencia de un trabajo de una especialista que durante quince aos trabaj en la Biblioteca Nacional de Cuba, primero como investigadora auxiliar del gran historiador y demgrafo doctor Juan Prez de la Riva; y luego editando la Revista de la Biblioteca Nacional que se ha situado entre las mejores revistas del pas. Poseyendo la cultura necesaria, el dominio tcnico de la investigacin bibliogrfica y dedicando muchos aos de trabajo riguroso, la autora contribuido a la labor historiogrfica ofrecindonos esta obra muy pertinente para estos tiempos, tal como ha sealado el doctor Jos Antonio Portuondo al prologar el libro.

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166 La maleta perdida* Juana CarrascoPeriodista U na vieja maleta, guardada en el ti co de un pueblito de la campia francesa, se desvanece apenas se hace contacto con ella, no as el tesoro que ha guardado en secreto durante largos decenios. Estaremos ante una novela de misterio sobre una valija perdida? El velo de la incgnita se descorre: vamos a conocer de inmediato que el objeto que de pronto es polvo, deja escapar, sin embargo, papelera y exquisitos recuerdos de una de las personalidades seeras de la literatura cubana y de las letras iberoamericanas, cuyo centenario estamos ya celebrando, Alejo Carpentier. La trama es verdica y se teje con la excelencia y la acuciosidad de un gnero mayor en el periodismo, el reportaje. La artfice de ese seguimiento a la maleta perdida desde el ao 1939 es nada ms y nada menos que una maestra de este ejercicio literario que es el periodismo, Marta Rojas. Tenemos aqu un pequeo volumen, acertadamente puesto en nuestra manos y esperamos que pronto en las de ustedes para que lo disfruten por la Editorial Pablo de la Torriente, de la Unin de Periodistas de Cuba, y no es un antojo decir que bien puede ser un proyecto de guin cinematogrfico que tambin honre a Alejo Carpentier. La santiaguera Marta Rojas, que nos ha dado tantas lecciones de periodismo y de conducta tica en una profesin que obsesivamente compartimos muchos, persigue y hace la historia del descubrimiento, ocurrida a finales de la dcada de los ochenta –debemos decir ya del siglo pasado–, pero no se limita a esa pesquisa, su afanosa diligencia nos entrega al hombre y la poca, la meticulosidad de su trabajo, el rico inventario de la memoria carpenteriana que aparece en las pginas de esta joya sobre la versatilidad, cultura, creatividad y obra singular de Alejo Carpentier. Las cartas que escribi a su madre Lina Valmot, borradores de originales, textos mecanografiados o de su puo y letra, pequeas notas, fotos, dos leos de Abela que enriquecen el patrimonio pictrico cubano, recortes de peridicos, partituras musicales, poemas, chismes de Pars, nmeros de revistas, guiones de radio. Grandes son las sorpresas de una maleta que guardaba erudicin y vida. A* Texto de la representacin del libro homnimo de Marta rojas en la Feria del Libro de La Habana 2004.

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167Marta Rojas las gracias infinitas por ese rastreo del acontecimiento da a da sobre lo vivo como hace el periodismo, segn nos dira el propio Carpentier en una conferencia inolvidable en los talleres de linotipo del peridico Granma, el 15 de enero de 1975. La entrega generosa que dos ancianas parisinas hicieran a Lilia Esteban, la viuda de Alejo Carpentier, est a nuestro alcance desde finales de 1989 y comienzos de 1990 en los trabajos publicados en el diario Granma. Que la Editorial Pablo haya tenido tan buen tino de solicitarle a Marta esta nueva edicin tambin se agradece, tanto ms por el colofn que hiciera de su trabajo original: La cronologa de la obra periodstica de Alejo Carpentier Valmont. Ningn libro es pequeo, este: La maleta perdida tiene grandeza de sobra por la valiosa informacin sobre una noticia que comenz as: “Una enorme maleta que se deshizo al ser suspendida, atesoraba en Francia pertenencias valiosas de Alejo Carpentier. [...]”. Y porque es, a la vez, una clase de periodismo de quien es maestra de la crnica y el reportaje, novelista sorprendente y el ejemplo vivo para la profesin.

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168 Glosas martianas* Ernesto VeraPeriodista E ste libro se comienza a leer y desde el primer instante es una aventura agradable y til, como novela envolvente, lo que se vive hasta la ltima pgina. La cronologa de los artculos y crnicas de ms de medio siglo, con un tema central, de la misma autora, lo convierte en tejido donde la diversidad de colores oculta al hilo consistente y deja en el espritu las alegras y pesares de la historia de un hombre excepcional, tanto por lo que hizo y expres como por lo que dice de l. Ms aos de los que vivi Mart han estado presentes en la pluma de Nydia Sarabia, especialmente con el tema martiano. Publicaciones cubanas y extranjeras, registran desde 1947 a 1998 ms de cuarenta y cinco crnicas seleccionadas para este libro. Glosas martianas es la condensacin de mltiples facetas de nuestro Hroe Nacional que ella va juntando hasta que nos lo trae a nuestros ojos en una sola pieza, tal como era. Sus pginas son escenario de grandes y pequeas historias donde la inspiracin y realizaciones tienen el encanto de contar bien –sin olvidar lo principal–, los detalles que aderezan el buen sabor que nos queda del hombre profundamente humano, en medio de la grandeza de su apostolado revolucionario. Los nios de La Edad de Oro, el afectado por los buenos espaoles, la admiracin hacia Max, la veneracin a Mariana Maceo, la Avellaneda nuestra, el mensaje de la Arajo para salvarle la vida, la revelacin de Eugenio Bryson en la entrevista, la evocacin a Gonzalo de Quesada y Miranda, crnica del pintor ruso, la amiga Blanche, la CIA con el nombre inicial de Pinkerton, Ana, Ocaranza, Celia, Carmen, Mara, el pintor Norman, las Palmas, la Pinkhan, Ibor City, Gmez, Mendive, Pushkin, Dellund, el pintor Caravia, Byron, el Comit Secreto, Andrs Bello, Bolvar, el momento supremo y tantos otros nombres y hechos que van llenando el espritu de una autora a la que se le nota la nostalgia por no haber vivido los aos de Mart para ser su combatiente ms fiel, con la alegra a la vez de haber luchado y luchar junto al mejor de sus discpulos, el Fidel que proclam la autora martiana en el asalto mayor. Bsqueda, investigacin, constancia indeclinable, adems de talento, capacidad y voluntad, desde la nia santiaguera martiana hasta la excelsa periodista y tenaz historiadora de hoy, tienen espacio en las 230 pginas de un libro que, al presentarlo en esta ocasin, comienza la vida eterna de las buenas* Presentacin de este libro en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el 2004.

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169cosas, las que inspiraron a la autora, y las que Nydia Sarabia nos motiva con su obra ejemplar para los que la admiramos y tambin para los que, necesariamente, y seguramente, la admirarn en el futuro. Al leer de nuevo el texto, debido a la tica consecuente, comprob mejor lo justo de mis palabras a manera de introduccin del libro, pero obtuve mucho ms de esta segunda oportunidad: me produjo gran deleite, lo apreci mejor en cuanto al conocimiento de aspectos menos divulgados del maestro. Es decir, ahora agradezco doblemente una lectura de continuidad en la medida que en sus pginas hay referencias que nos inducen a tenerlo cerca para la consulta, la indagacin por razones profesionales. Ahora s an mejor que Glosas martianas me volver a brindar momentos de placer en la lectura de disfrute y me ayudar muchas veces con los datos del tema permanente que contiene. No dudo que esa sea experiencia similar en otros lectores, sobre todo en la reiteracin de la lectura. Si los textos de ficcin pueden inducirnos a ello, no es menor la motivacin que puede despertar el disfrute de lo grandioso surgido de la propia vida, de la realidad narrada con rigor y elegancia en el lenguaje. Se trata de la verdad revelada con la exigencia que de ella dimana, que no es otra que la creatividad, la capacidad y el talento de hacerla brillar ms. S, la historia parece destinada a tener cronistas que honren a la profesin periodstica por la precisin de los hechos y la ms bella forma al contarla. O sea, la tica, y la esttica en unidad indisoluble de comunicacin identificada entre autor y lector, capaz de elevar a ambos, de hacerlos mejores por ms cultos. Nuestro tiempo orientado por Fidel, el de la batalla de ideas, el de poseer una cultura general integral, obligar cada vez ms a ello. Quien lleva ms de medio siglo practicndolo y lo ratifica, con Glosas martianas ha sido precursora de lo mejor del hoy y del maana. Estoy seguro que el agradecimiento a nuestra Nydia Sarabia crecer con el tiempo, se har ms acorde con lo que merece una mujer cubana que es elevado ejemplo de lealtad profesional y revolucionaria.

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170 L a danza, el arte que de alguna manera nos convoca en la tarde de hoy, es algo consustancial al ser humano. Pero hacer arte a travs de la danza es una tarea bien difcil, sobre todo cuando ARTE se escribe con letras maysculas. El arte de la danza es netamente prctico, incluso los artistas que se dedican a este metier pasan la mayor parte de sus vidas en la cultura del cuerpo, pidindole cada da ms al msculo, al tendn, hasta al hueso, sin dejar de trabajar fervientemente con sus mentes y sus espritus en la transmisin del mensaje de ese cuerpo. De manera que este elemento, el ms comn en la vida del hombre, se convierte en acontecimiento trascendente cuando se hace de la danza un arte. Quizs por ello, muchos se entrenan diariamente en el cultivo de sus potencialidades fsicas y espirituales y pocos dejan memoria escrita de lo que esto puede significar para el futuro... o para el pasado. As hay ms intereses por la trascendencia de la danza efmera del hoy que por la perpetuidad de la danza en el maana: esto parece una lamentable realidad. Escribir sobre danza es, adems de escaso, desafiante. Cmo poder expresar con palabras el movimiento y sus signos? Cmo comunicar sentimientos o ideas del cuerpo... y del alma, con los cdigos de la palabra escrita? Cmo hacer entender a generaciones que no conciben el gesto antiguo, que en el antes de la danza haba tambin arte? Quienes hemos intentado el ejercicio pblico del criterio sabemos muy bien* Palabras de presentacin del libro, el 11 de octubre de 2002, en el Palacio del Segundo Cabo, Ciudad de La Habana. Grandes momentos del ballet romntico en Cuba, de Francisco Rey Alfonso* Ismael Albelo OtiEspecialista de danza del Consejo Nacional de las Artes Escnicas

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171que esa pgina en blanco –nuestra peor enemiga– nos conmina a verter sustantivos, verbos, adjetivos –estos en la menor medida posible– e ideas sobre la danza a riesgo de devolver al lector una imagen otra de la que se vio en la escena. Entonces, quienes escriben sobre danza, quizs como ninguno que escriba sobre las otras artes, pueden llegar a convertirse en temerarios. Todo esto lo saben bien los editores de libros, pues ante las mltiples dificultades que encierra esta quijotesca tarea, se enfrentan en muy contadas ocasiones con la de editar textos sobre danza. Lo que nos parece en Cuba algo imperdonable, dado el gran desarrollo que esta manifestacin ha tenido, sobre todo en los ltimos cuarenta aos, es muy comn en todo el mundo: cuando aoramos rastrear las libreras internacionales en busca de obras sobre danza, lo ms que podemos encontrar es Mi vida de Isadora Duncan, la Historia de la danza y el ballet de Adolfo Salazar, o ttulos semejantes de Reyna, Martin, Lifar o Curt Sachs. Si hablas ingls, puede accederse a Blood Memories de Martha Graham, algo de Judith Lynn Hanna, Peter Watson, Sukki Schorer... as podemos citar varios autores y ttulos, pero nunca comparados en nmero con los estudios sobre plstica, arquitectura, cine o teatro que colman los estantes de la seccin de arte. Por ello, asistir a la presentacin de un libro sobre danza, en cualquier lugar del mundo, es un doble acontecimiento: el que implica la llegada a las libreras de un nuevo ttulo, per se un hecho significante; y el que este verse sobre un tema tan escaso en blanco y negro. Entonces, lo que hoy nos rene en esta galera de arte, aunque no haya sido muy divulgado, ni realizado un sbado en el acostumbrado soportal de este Palacio del Segundo Cabo, es una feliz oportunidad para festejar la danza y la industria librera nacional. Aadir a esto que el tema del cual versa la nueva publicacin est vinculado con el desarrollo de la danza en Cuba, agrega a la festividad una buena dosis de orgullo. La rica historia danzaria de nuestro pas tiene algunas publicaciones que exhibir en este campo pero, como acostumbrado es, no las suficientes como para –al menos– sentirnos medianamente satisfechos. Por ejemplo, carecemos de una verdadera Historia de la Danza en Cuba, teniendo tanto que decir desde los mutilados aretos aborgenes hasta las contradanzas acriolladas, el danzn, las grandes compaas que nos visitaron, las estrellas que hemos producido. De esto se salva, felizmente, Alicia Alonso, a quien con justicia se le han dedicado innumerables pginas, siendo ella misma autora de varios textos. Las investigaciones de Jos Antonio Gonzlez, pionero entre los que han rastreado el curso de la danza en Cuba, no han tenido la suerte de recopilarse ni de ver la luz como libro. En este sentido, habr que agradecerle a Miguel Cabrera, el acucioso historiador del Ballet Nacional de Cuba, obras publicadas sobre esta institucin, estudios breves y abundante informacin estadstica. Pedro Simn, con artculos y ensayos periodsticos, ha aportado no pocos elementos tericos sobre la danza

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172cubana, sobre cuya misma cuerda hemos trabajado otros investigadores, crticos y periodistas, sin que an hayamos accedido al sueo de acometer un empeo mayor. Entonces, la llegada de Grandes momentos del ballet romntico en Cuba es, aun sin abrir la primera de sus 284 pginas, un inefable alumbramiento de nuestro arte, del mundo de la danza y del editorial. Confieso que cuando mi amigo Francisco Rey Alfonso me anunci la salida de prensa de su texto me llen de alegra por todo el significado que acabo de mencionar. Pero cuando me pidi que lo presentara en este “lanzamiento”, aunque asent de inmediato, la responsabilidad me embarg minutos despus, cuando comenc a leerlo. Conozco a Francisco como autor de Anna Pvlova en Cuba Isadora Duncan en La Habana entre otras publicaciones que, si bien por su volumen pueden considerarse ms como cuadernos, apuntaban ya hacia una detallada labor investigativa acerca de las principales figuras y los ms trascendentes hechos acaecidos en la Cuba decimonnica en el campo dancstico. No era de sorprender que en cualquier momento saliera de sus manos una compilacin mayor, con dimensiones de libro, que recogiera aquellos datos seguramente capturados por su exhaustivo trabajo de aos a la caza de la historia perdida de la danza en Cuba. Y aqu est ahora Francisco Rey Alfonso como autor de un libro llamado a convertirse en iniciador de la gran empresa de perpetuar nuestra historia danzaria. En el texto, luego de “Algunas palabras al lector”, Rey hace un bosquejo del perodo romntico en nuestro pas, imprescindible para comprender por qu figuras trascendentes de la danza europea se aventuraron a atravesar el Atlntico y presentarse en esta pequea isla, desechando la casualidad o la posicin geogrfica privilegiada. El que en 1868 Cuba comenzara a reclamar su derecho de independencia es quizs el sumun del pensamiento romntico cubano. Por ello la humilde colonia estaba preparada para el ballet romntico: vase, si no, que cuando llega a La Habana la compaa de los Ravel, la ciudad capital poda exhibir dos grandes teatros de nivel internacional, el Principal y el Tacn, este ltimo con su famosa araa. Esta parte nos descubre tambin que las ms importantes estrellas romnticas del ballet, como Mara Taglioni y Carlotta Grisi, tenan a Cuba en la mirilla para presentarse en Amrica. Luego se extienden los hechos ms relevantes del perodo en relacin con el romanticismo balltico en Cuba segn la visin del autor, a saber: las presentaciones de Madame Lecomte, Fanny Elssler, Adela e Hipolito Monplaisir, las

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173Nias de Viena y el estreno de Giselle entre nosotros. Cada una de estas partes –que verdaderamente no me atrevera a calificar como captulos– son verdaderos estudios a travs de los documentos consultados en dismiles y difciles archivos nacionales e internacionales. Cules fueron los indicadores que llevaron al autor a calificar sus “grandes momentos”? Sin dudas el criterio eurocentrista de la indiscutible relevancia de las figuras y los ttulos que nos visitaron y estrenaron en nuestro pas prim para su seleccin. La opcin ms “democrtica” habra sido una historia completa de este perodo de la danza en Cuba y permitir al lector “sacar sus propias conclusiones”; pero, a todas luces, la empresa llevara no slo varios volmenes –que Rey Alfonso puede perfectamente asumir a partir del cmulo de informacin que posee y de su talento–, sino una cantidad de recursos materiales que no posee nuestra industria editorial, lo que por otra parte podra justificar que la calidad del papel de esta edicin prncipe no est a la altura del texto presentado. Pero lo que s no deja margen al equvoco es que los cinco “grandes momentos” para Rey Alfonso son imprescindibles para cualquier anlisis: que la divina Elssler se haya presentado en Cuba con La slfide de su rival Taglioni y que Giselle haya ido llegando a nuestras costas paso a paso –o, para decirlo en trminos balletsticos, pas pas – cinco aos despus de su estreno mundial, nos pone a la cabeza de Amrica Latina dentro del ballet romntico. La aparicin de Eugnie Martin de Lecomte y de Hiplito Monplaisir en el panorama teatral de Cuba son momentos importantes: ella haba desarrollado una carrera en Pars, Londres y San Petersburgo desde el prerromanticismo, incluso ligada a una figura clave como August Bournonville; mientras que l fue uno de los pocos sobrevivientes a la catstrofe del baile masculino en los tiempos del reinado de las femeninas durante el romanticismo. Si bien el estreno en Cuba de Giselle en su versin completa por la compaa de los Ravel fue un acontecimiento remarcable, no lo fueron menos otras presentaciones de ballets del romanticismo como La slfide Natalia Paquita o la cachucha de El diablo cojuelo o mejor el Zapateo que la propia Elssler interpretara, consecuencia ya de la asimilacin de lo criollo en nuestra danza. As, “Las nias de Viena”, precedidas de fama en Europa, se desmoronaron en Cuba y, aunque el autor atribuye el hecho a razones de mercado y promocin, con seguridad el pblico habanero encontr poco inters en sus homogneas formaciones geomtricas y prefera los ballets pantommicos, lo que demuestra desde fecha muy temprana nuestro gusto por la accin –algo que se explotara un siglo despus con nuestra propia escuela cubana de ballet. Claro, era necesario discriminar para que pudiera ver la luz un libro de volumen suficiente que satisficiera todos los gustos y, sobre todo, para llenar el vaco que sobre este perodo se tiene. Slo una completa historia de la danza en Cuba, repito, podr permitirnos juzgar

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174los hechos a partir de nuestro propio prisma... mientras tanto, habr que coincidir con Francisco Rey Alfonso quien, por dems, ha contemplado verdaderos hitos culminantes de esta etapa. Amn de los valores testimoniales, estadsticos, hecholgicos y cronolgicos, Grandes momentos del ballet romntico en Cuba confirma que la danza es un fenmeno social, que responde en cualquier parte del mundo a condiciones socioeconmicas y que la base estructural se corresponde con la superestructural. La ausencia de crtica de danza, la conversin de los “gacetilleros” –palabra peligrosamente abundante en el texto– en cronistas llenos de adjetivos y loas, en crticos en cursivas –como seala el propio autor– son fenmenos que se dan tambin en Europa, cuando las hasta entonces bailarinas terrenales se suban a las puntas de sus pies para dejar pasmado al auditorio y sin palabras a los escritores. Recuerdo en este caso a Gautier, devenido fantico primero de Elssler y luego de Grisi... y ms tarde de la Bozacchi, quien iba incrementando cada vez ms los elogios en la medida que iban surgiendo, igual que nuestros escritores. Tambin la crtica de Europa careca notoriamente de especializacin, y aunque muchos “gacetilleros” –y no quiero caer en las reiteraciones del texto– podan hablar de pirouettes o jets en el Viejo Continente a partir del uso comn del francs, en su gran mayora eran incapaces de juzgar adecuadamente las interpretaciones, lo que suceda con nuestra incipiente y escasa “crtica”. De haberse prolongado el perodo romntico en nuestra escena – que, dicho sea de paso, tambin declin por la misma poca que en Europa y por razones similares– tal vez la crtica cubana se hubiera desarrollado ms. El desinters inicial por el ballet o los espectculos de danza en general es tambin similar en Europa durante esta etapa, donde se preferan las peras y los dramas, lo que se demuestra cuando el autor dice que “[...] las compaas de ballet que intentaron cobrar en Cuba los mismos precios que las de pera, de inmediato fueron advertidas de su error, primero por la prensa, y despus, de manera directa, por la frialdad del pblico respecto al abono correspondiente [...]”. De hecho, los ballets de la poca diferan en estructura de lo que hoy conocemos: la Giselle de los Ravel con seguridad no tena la coherencia moderna, y hasta se le hubieran podido intercalar un pas chino o un jaleo de Jerez sin que el respetable pudiera advertir el dislate. Del mismo modo, el intercalar ballets entre peras o dramas era del uso comn europeo, equidad que pone a nuestra burguesa criolla a su nivel. El detalle es la premisa fundamental de Grandes momentos del ballet romntico en Cuba y, adems, parte inseparable del mtodo investigativo del autor: el color de los sombreros de las cuarenta y ocho Nias de Viena o el ritual del beneficio de la Elssler desde el Tacn hasta la casa de los Condes de Pealver; ningn pormenor deja escapar Rey Alfonso en su libro, tal vez por

PAGE 176

175desecar la laguna histrica, tal vez por ser fiel a su personalidad, pero siempre en beneficio del lector que ansa imaginarse enviando palomas con poemas al escenario en la era romntica cubana. Pero, a no dudar, los Apndices y la cronologa final son los ms fieles ejemplos del afn pormenorizador del autor. El abrumador nivel de informacin que ofrece la obra es muy bienvenido para quienes tenemos que jugar constantemente con lo histrico y ser un imprescindible referente para el futuro. Como editor que fui por veinticinco aos, creo necesario comentar sobre este importante y casi siempre olvidado aspecto en la salida de un libro. Hay un respeto casi religioso por el estilo de Rey Alfonso, el cual conocemos por sus publicaciones anteriores; no obstante, est la preocupacin de Silvana Garriga, quien adems se encarg de la correccin y liber la obra de horrores, pues no hay libro sin errores El diseo de Bernardo Rodrguez Cadalso se mantiene fiel al ambiente de la obra: sobrio, elegante, tradicional, sin insurgencias, con cierto barroquismo en las vietas que recalcan la vocacin cubana por este estilo, an cuando veneremos hoy al romanticismo. Mensaje gratificante para el realizador Pavel Alfonso, pues conozco muy bien el oficio y s de las exigencias de los diseadores. Del mismo modo, para Tatiana Saprikina, la compositora, sin quien no hubiramos podido leer el libro que hoy presentamos. En vsperas del 18 Festival Internacional de Ballet de La Habana, donde el estilo romntico estar representado bsicamente por Giselle la presentacin de este ttulo constituye una bendicin tanto para los estudiosos y estudiantes como para el pblico en general. La falta de antecedentes lo coloca en un sitio prominente de nuestra literatura sobre danza, pero los valores propios del texto le aseguran el calificativo de imprescindible en nuestras bibliotecas. El esfuerzo de aos de investigacin ahora culmina con el xito de su salida a la venta: ¡Enhorabuena para la danza cubana y para su autor! No quisiera terminar esta presentacin sin agradecer a Francisco Rey Alfonso por dos razones: primero, por haberme escogido para presentar su libro, misin que creo verdaderamente inmerecida; y segundo, por haber puesto en mis manos –y ahora en las de todo nuestro pueblo– sus Grandes momentos del ballet romntico en Cuba ya que, en ltima instancia, esta filosofa est muy cercana a nuestras tradiciones, a nuestra idiosincrasia... y tambin a la de gran parte de la humanidad pues, como dijera Rubn Daro: “¡QUIN QUE ES NO ES ROMNTICO!”. Muchas gracias

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176 L as hermanas Araceli y Josefina Garca Carranza nos acaban de hacer otra valiosa contribucin en el campo de la bibliografa personal (BP) al compilar la importante Biobibliografa de Lisandro Otero; libro de 269 pginas, de papel cromo, de cubierta verde tenue con el diseo del ttulo en negro y rojo, con los nombres de ambas compiladoras en el borde central superior de la cubierta, tambin en negro. La tabla de contenido nos permite apreciar la divisin: I Bibliografa Activa, II Bibliografa Pasiva, III Suplemento. La Activa agrupa los documentos por A) Libros y folletos, B) Colaboraciones en publicaciones peridicas, subdivididas por gneros literarios o periodsticos, reunidas algunas de las colaboraciones en la prensa peridica por las temticas objetos de la atencin de Lisandro Otero. Ejemplos: Crnicas: Cine y Televisin / Cultura / Historia y poltica. Se incluyen tambin Manuscritos no publicados, publicados en otros idiomas o no localizados en la prensa peridica. En total se registran 1 579 entradas activas y 362 pasivas presentadas, adems, de manera cronolgica en cada una de las subdivisiones indicadas. En esta ltima seccin toda la informacin se agrupa por cada obra objeto de la crtica, fundamentalmente. El suplemento presenta casi la misma estructura que el cuerpo principal de la obra, pero sus colaboraciones en la prensa se agrupan por los ttulos de las publicaciones peridicas. La parte pasiva aparece bajo el inciso C. Valoraciones, en el cual se incluyen los comentarios a uno de sus ensayos, a algunas de sus novelas, incluyendo La travesa, publicada en Mxico y a sus memorias: Llover sobre mojado. Una vez ms la aparicin de un repertorio de esta clase motiva la reflexin, Un nuevo incentivo para el estudio de la bibliografa personal: la Biobibliografa de Lisandro Otero Toms Fernndez RobainaEscritor, bibligrafo e investigador de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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177a ponderar los aciertos de esta clase de obra bibliogrfica, y a indicar aspectos sumamente importantes que pueden contribuir a una mayor aceptacin de esta clase de laboreo como resultado de una seria y rotunda pesquisa bibliogrfica que originan un repertorio cientfico para dar informacin nueva. En este sentido la obra debe hacer explcita la informacin importante implcita, pero que al no destacarse pasa inadvertida y requiere que el especialista o investigador realice una bsqueda que supuestamente el repertorio est obligado a darle ya como uno de sus resultados. La mayora de los que se han ocupado de la crtica de estos repertorios no han valorado la importancia de las consideraciones conceptuales y formales que deben tener las obras de referencia bibliogrfica. Se ha sealado de forma clara, que el objetivo principal de todas las obras de esta clase es dar informacin sobre la (s) temtica (s) o personalidad objeto de ellas. Por lo tanto, la ordenacin de los registros ha de organizarse de forma coherente con el objetivo o los objetivos propuestos por el compilador, atendiendo la demanda informativa por la cual se confecciona el repertorio. Hasta el momento la crtica bibliogrfica, entendindose como tal la que se ocupa nicamente de los repertorios bibliogrficos, atendiendo sus tres gneros principales, tomando como rango distintivo las temticas o asuntos que originan la bibliografa general o la especializada, y la que trata de la produccin activa o pasiva originada por las diferentes figuras del mbito intelectual, artstico, cientfico, entre muchos otros, que motivan la existencia de la bibliografa personal. Esta puede intentar compilar toda la produccin activa de un intelectual; slo la pasiva o ambas, organizndose entonces el repertorio en dos bloques principales: activa y pasiva, subdividindose en ocasiones por temas, gneros literarios o periodsticos o por tipos de documentos, agrupndose, no en pocos casos, adems por aos de aparicin de los documentos. Otros repertorios adoptan formas consideradas tal vez ms complejas o simples, teniendo en cuenta el modo de los registros y el objetivo o los objetivos especficos por los cuales la obra se ha ejecutado. El repertorio que nos ocupa est entre las obras del primer grupo, las que siempre requieren de los utilsimos ndices auxiliares que contemplan las diferentes categoras empleadas para satisfacer las mltiples demandas de los usuarios. La ejecucin de estos ndices ahora se facilita en virtud de las nuevas tecnologas automatizadas que posibilitan el procesamiento, almacenamiento, recuperacin y difusin de la informacin almacenada y del propio documento por vas casi imposibles de hacer de forma manual. Similares repertorios han sido ejecutados por ambas compiladoras, como la Bibliografa Cubana de Ernesto Che Guevara, la Jos Lezama Lima u otros realizados individualmente como los suplementos de las bibliografas de Nicols Guilln y Alejo Carpentier entre otros. Nos encontramos, sin duda alguna ante un excelente repertorio que facilitar a

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178los estudiosos de la obra de Lisandro Otero todas las fuentes primarias necesarias para acometer las pesquisas sobre su vasta produccin. Una vez ms se aprecia la praxis bibliogrfica, focalizada en dar a conocer la documentacin activa y pasiva del autor, como bien y muy atinadamente se demuestra en la estructuracin de la obra. En la presentacin se mencionan obras anteriores de ambas o solo de Araceli Garca Carranza, ponindose como antecedentes de la de Lisandro Otero en cuanto a su estructuracin. Se mencionan en este sentido a 30 aos de bibliografa martiana, y las biobibliografas de Fernando Ortiz, Ramiro Guerra, Alejo Carpentier, Carlos Rafael Rodrguez y Emilio Roig. Me parece muy importante anotar una reflexin de la propia bibligrafa porque seala como una de las causas de la tarea acometida la donacin de la papelera del autor a la Biblioteca Nacional, pero ms relevante an es que subraya la conveniencia de los suplementos, los cuales no siempre se suelen mantener en determinadas figuras y temticas: Las posibilidades de informacin que ofreca esta papelera respecto a su vida y obra, en especial de su extensa labor periodstica, innegable basamento de su obra novelstica, y en muchos casos paralela a su cuentstica, justificaba a plenitud, la compilacin, la compilacin de un repertorio mayor que se acercara a la exhaustividad, aun a riesgo de ser una ilusin casi imposible de lograr porque la constante en una creacin de repertorios es, precisamente, el completamiento y actualizacin que siguen a un movimiento editorial que no se detiene, y que slo por medio de suplementos se consigue aadir a la informacin ya organizada, nuevas bsquedas descritas en asientos que quedaron a la zaga o en otros de mayor actualidad. Obviamente la informacin recuperada, en virtud de esa donacin, le imprime ese carcter de compilacin exhaustiva, no siempre fcil de obtener y que por lo general es el resultado de un esfuerzo e intenso laboreo de hacerlo directamente en las fuentes primarias donde aparecieron, aunque como bien se dice, no siempre los datos aparecidos en la papelera permiten la ubicacin de la fuente peridica o libro donde apareci el texto, pero independientemente de este hecho, la existencia ya de la coleccin como tal en una institucin como la Biblioteca Nacional Jos Mart facilita el acceso al documento. Por eso la importancia de su incorporacin a la obra. La bibliografa de la crtica de la literatura cubana, esfuerzo muy importante iniciado por la Revista de Literatura Cubana en 1981? Y la informacin existente en el ndice General de Publicaciones Peridicas Cubanas desde 1970 hasta la fecha, aunque slo haya sido editado hasta 1989, mantenindose los dems en mecanuscritos o en base de datos, son dos magnficas e importantes fuentes para la realizacin de esos completamientos tan necesarios de los cuales nos habla Araceli Garca Carranza, al menos para las fuentes nacionales, tanto como la consulta de repertorios internacionales, como el Hispanic American Periodical

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179Index (HAPI), entre otros, cuando no se cuente con la papelera particular recortada por el mismo autor. No se puede descartar la posibilidad de otras vas para obtener similar informacin. Llama la atencin que en el ltimo prrafo de su presentacin anota muy justamente que: "[...] este repertorio servir a profesores universitarios, investigadores, estudiosos y crticos de la obra de Otero, y satisfar las exigencias de tesis de grado, programas de postgrados y otros estudios comparativos sobre esta figura y su obra". Es conveniente agregar que tambin ser un repertorio que posibilitar el estudio del desarrollo de la bibliografa personal como medio de informacin en nuestro pas, destacndose no slo la importancia de la personalidad objeto de la compilacin, sino prestando la atencin debida al repertorio bibliogrfico en s, a sus particularidades en cuanto al criterio de que la ordenacin de las citas en el cuerpo de las obras de esta clase deben reflejar los distintos campos del conocimiento y de la vida social, intelectual y poltica en los cuales las personas objetos de las compilaciones se destacaron; rescatndose el trascendental concepto, olvidado por la praxis de satisfacer siempre las cada ms crecientes demandas informativas, de que la bibliografa como ciencia se ocupa del estudio de un tipo especfico de libros: los repertorios bibliogrficos que dan a conocer la produccin existente general, especializada o personal en una regin, en un pas, en un idioma o en todos los idiomas, en un espacio limitado de tiempo o no. La Biobibliografa de Lisandro Otero nos evidencia que nos encontramos ante un autor que an est sumido en su proceso creativo y que su obra narrativa, por la cual entra en la literatura cubana presenta algunos ttulos significativos, si nos atenemos a la cantidad de estudios que han originado. Descuellan en este sentido La situacin (65), Bolero (53), Temporada de ngeles (30), El rbol de la vida (20), General a caballo (18) y La travesa (18). Su labor periodstica como cronista, crtico literario, de arte o de cine, o de asuntos sociales y polticos no est todava totalmente recogida en forma de libro, por lo que se dificulta una valoracin abarcadora de su prosa reflexiva, la cual abarca un total de cerca de 600 registros, incluidos los libros y sus textos dispersos en diarios y revistas. Pero en este sentido la compilacin nos ofrece lo que se ha escrito sobre algunos de sus textos que nos aproximan a su estilo como periodista: Cuba Z.D.A. [La Habana, 1960] (17), entre otros. Una muestra de que la calidad o la repercusin de una obra est asociada al nmero de comentarios aparecidos en la prensa general y especializada est dada en su produccin teatral, ya que, los registros recuperados no son cuantitativamente relevantes; no obstante ser pocos las obras y guiones que escribi an se recuerda por sus excelencias las puestas en escenas de Una lata de pintura (1962), El solar (ballet, 1964) y las posteriores versiones como comedia musical y como pelcula. Otro aspecto importante que podra destacarse del anlisis ms detallado

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180del contenido de la obra radica en la mayor o menor cantidad de trabajos de cursos y de diplomas particulares a su produccin narrativa, o generales en las cuales se menciona o se aborda el estudio de su obra. Por todo lo expresado, agradezcamos una vez ms a las hermanas Garca Carranza esta magnfica contribucin que enriquece la familia de los repertorios personales y facilita el profundizar en la evolucin del cultivo de la bibliografa personal en nuestro pas como parte del mismo proceso a nivel internacional.

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181 F ederico Garca Lorca deca cosas fantsticas. Saba utilizar la metfora como un verdadero estilista de la lrica y la prosa, y le daba un toque de originalidad y riqueza al idioma castellano. Pero como escritor siempre me ha llamado la atencin esa magistral escritura que es su “Alocucin al pueblo de Fuentevaqueros”, pronunciada en 1925 en el lugar donde naciera al dejar inaugurada una biblioteca. En Fuentevaqueros su madre ejerci como maestra, as como muchos de sus descendientes regalaron su amor y la semilla de la cultura. Esto me ha recordar la maravillosa campaa de alfabetizacin que realiz la Revolucin Cubana en 1961 y que elimin el analfabetismo en su casi totalidad en la isla. Hoy no existe aquello de que los ciudadanos tenan que firmar con la huella digital de sus dedos y no saban ni leer ni escribir. Claro, esto fue en la etapa capitalista cuando no existan escuelas suficientes, en especial en las zonas rurales. Ahora nos entusiasma la Operacin Robinson que ha dejado inaugurada en Venezuela el Presidente Hugo Chvez y nos da que pensar y reflexionar en medio de la crisis de valores espirituales que sufre la humanidad, con las guerras y las amenazas de las preventivas por parte del pas ms poderosos del planeta. Lorca escriba: “Libros! ¡Libros! He aqu una palabra mgica que equivale a decir: “amor, amor”, y que deban los pueblos pedir como pueden pan como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso, Fedor Dostoyevsky, padre de la revolucin rusa mucho ms que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, peda socorro en carta a su lejana familia, slo deca: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”. Esta alocucin es un recuento de la historia del libro desde que el hombre comenz forjar su cultura. Cita a Voltaire dice del libro: “Ya lo dijo el sagacsimo Voltaire: Todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: La Biblia El Corn, las obras de Confucio y de Zoroastro... y yo aado: todo viene de los libros. La Revolucin Francesa sale de la Enciclopedia y de ¡Libros! ¡Libros! He aqu una palabra mgica... Nydia SarabiaHistoriadora y periodistaUMBRAL

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182los libros de Rousseau, y todos los movimientos actuales societarios comunistas y socialistas arrancan de un gran libro: de El capital, de Carlos Marx.” El celebre autor de Bodas de sangre y Mariana Pineda solicitaba enviaran libros para la biblioteca de Fuentevaqueros de “[...] todas las tendencias y de todas las ideas. Lo mismo las obras divinas, iluminadas, de los msticos y los santos, que las obras encendidas de los revolucionarios y hombres de accin”. Y terminaba su Alocucin: “[…] y un saludo a todos. A los vivos y a los muertos, ya que vivos y muertos componen un pas. A los vivos para desearles felicidad y a los muertos para recordarlos cariosamente porque representan la tradicin del pueblo y porque gracias a ellos estamos todos aqu”. Y pidi Federico que esa modesta biblioteca de Fuentevaqueros sirviera de Paz y concluy con un refrn de un crtico francs del siglo XIX: “[…] dime qu lees y te dir quin eres”.

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