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Revista de la Biblioteca Nacional

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Material Information

Title:
Revista de la Biblioteca Nacional
Added title page title:
Revista de la Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Physical Description:
50 v. : ill. ; 26 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Biblioteca Nacional José Martí
Publisher:
La Biblioteca
Place of Publication:
Habana, Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Bibliography -- Periodicals.
Cuban literature -- Bibliography -- Periodicals.
Cuba -- Bio-bibliography -- Periodicals.
Genre:
serial   ( sobekcm )

Notes

Citation/Reference:
Also, Biblioteca Nacional "José Martí". Revista de la Biblioteca Nacional "José Martí" (OCoLC)2454556
Bibliography:
Indexes: T. 1-4, 1949-53 with t.4.
General Note:
Title from cover.

Record Information

Source Institution:
Biblioteca Nacional José Martí
Holding Location:
Biblioteca Nacional José Martí
Rights Management:
All rights reserved by the holding and source institution.
Resource Identifier:
oclc - 2459262
System ID:
AA00019219:00037


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Full Text

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1 3 4 JULIO DICIEMBRE 2000 AO 92, No. 3-4 JULIO-DICIEMBRE 2001 ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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2 Director anterior : Julio Le Riverend Brusone (1978-1993)Director: Eliades Acosta MatosConsejo de Redaccin:Rafael Acosta de Arriba, Salvador Bueno Menndez, Ana Cairo Ballester, Toms Fernndez Robaina, Josefina Garca Carranza, Zoila Lapique Becali, Enrique Lpez Mesa, Francisco Prez Guzmn, Siomara Snchez, Emilio Setin, Carmen Surez Len, Eduardo Torres CuevasJefa de Redaccin: Araceli Garca CarranzaEdicin : Marta Beatriz Armenteros ToledoDiseo e ilustraciones: Luis Garzn MasabIlustraciones: Fragmentos de obras de Carlos EnrquezComposicin electrnica: Marta Beatriz Armenteros T.Canje: Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Plaza de la Revolucin Ciudad de La Habana Fax: 81 6224 / 33 5938 Email: revbnjm@jm.lib.cult.cu En Internet puede localizarnos: www.lib.cult.cuPrimera poca 1909-1912Segunda poca 1949-1958Tercera poca 1959-1993Cuarta poca 1999La Revista no se considera obligada a devolver originales no solicitados. Cada autor se responsabiliza con sus opiniones. Ao 92/ Cuarta poca Julio-diciembre, 2001 Nmero 3-4 Ciudad de La Habana ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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3ndice GeneralUMBRAL ELIADES ACOSTA MATOSPrimer centenario5 EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO [A. M. ELIGIO DE LA PUENTE] Acta de la colocacin de la primera piedra del edificio de la Biblioteca Nacional7 FRANCISCO DE PAULA CORONADOLa Biblioteca Nacional: su historia y propsitos9 RENE MNDEZ CAPOTERecuerdos de la vieja Biblioteca13 [TOMS F. PUYANS NEZ] Discurso23 [MARA TERESA FREYRE DE ANDRADE] Resolucin26 [MANUEL PEDRO GONZLEZ] Manuel Pedro Gonzlez y la Sala Mart: de un discurso inaugural29 SALVADOR BUENODirectores de la Biblioteca Nacional de Cuba34 MARUJA IGLESIAS TAULERRe-nacimiento de la Biblioteca Nacional: tiempos y tonos39 GRAZIELLA POGOLOTTILa maravilla en los predios de Boloa88 CINTIO VITIEREl escritor y la Biblioteca92 FRANCO SALAZARRegla Peraza Sarausa: la estirpe100 REGLA PERAZAMis aos felices en la Biblioteca103 MERCEDES SANTOS MORAYEl caballero de Boloa105 MARA ELENA JUBRASPrimeros aos del Departamento de Arte108 ARACELI GARCA CARRANZAY cmo ha podido ser?112

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4 LUISA CAMPUZANOJuan Prez de la Riva: confesiones de una secretaria115 ZOILA LAPIQUEImgenes de un tiempo no perdido119 LUIS SUARDAZEn ocasin de un centenario129 CARMEN SUREZ LE"NRevistera de la Biblioteca: una forma de felicidad134 FRANCISCO PREZ GUZMNUn guajiro en la Biblioteca Nacional136 ANA CAIROTertulias en la Biblioteca139 MARTA BEATRIZ ARMENTEROSDe mis buenos recuerdos142 CONCEPCI"N JAN BASTHace diecisiete aos...145 LOS TRABAJOS Y LOS DAS OLGA VEGAImpresos del siglo XIX en los umbrales del XXI: control bibliogrfico y custodia de un fondo de carcter patrimonial149 RAFAEL ACOSTA DE ARRIBAUna enciclopedia de la cultura cubana160 ALICIA SNCHEZEl patrimonio documental, difusin, proteccin y defensa164 ELIADES ACOSTA MATOSCentenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, de Cuba: las lecciones de la historia166 ARACELI GARCA CARRANZAColecciones de grandes figuras de la cultura cubana: Alejo Carpentier y Lisandro Otero (Adquisicin y bibliografa)175 ROSA BEZEn familia y como hermanos181 ROBERTO CASANUEVALa Biblioteca y el diseo de libros183 VIGENCIAS ROBERTO FERNNDEZ RETAMARCuarenta aos despus186

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5 UMBRAL El 18 de octubre de 1901, mediante una extraa Orden Militar del General Leonardo Wood, interventor militar de la isla de Cuba en representacin del gobierno de Estados Unidos, se fijaba salario anual al doctor Domingo Figarola Caneda como director de la Biblioteca Nacional. El hecho en s mismo hubiese sido irrelevante, si no constituyese la fecha aceptada como la de fundacin de nuestra institucin que arriba de esta forma, en este octubre del 2001, a su primer centenario. Signada desde su surgimiento por la sombra de una intervencin fornea que ha planeado sobre la nacin ms de una vez en los cien aos transcurridos, y tambin, por la aspiracin irreductible de los cubanos a la autodeterminacin, la soberana y la libertad que trae consigo la cultura, sigue siendo la Biblioteca Nacional reflejo y acicate, reservorio y orgullo de todas las gene raciones. Y lo seguir siendo en la medida que sea capaz de renovarse y andar por la misma senda que nuestro pueblo. No podramos hoy abrazar a tantos que han hecho posible que lleguemos con honor a este aniversario. Pero podemos asegurarles que continuaremos y enriqueceremos su obra, y que seguir teniendo Cuba en los trabajadores de la Biblioteca Nacional motivo de satisfaccin y orgullo. Han transcurrido cien aos. Ni Cuba ni los cubanos somos los mismos de entonces. Tampoco la Biblioteca Nacional. Mirando a los jvenes que atraviezan nuestro umbral, a los padres que traen a sus hijos a iniciarse en el mundo fascinante de la lectura, a los investigadores que tanta gloria traen al pas, y a nuestros propios bibliotecarios, tengo la certeza de que somos incomparablemente mejores, como pueblo. Y siento renovado orgullo por lo que la Biblioteca Nacional Jos Mart ha aportado y seguir aportando a ello. Primer centenario Eliades Acosta MatosHistoriador y director de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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6 EL ZAPATEADO Fragmento de un grabado de Federico Mialhe, del siglo XIX, tomado de lbum pintoresco de la isla de Cuba plagiado por Bernardo May, perteneciente a la coleccin de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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7 EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO En la ciudad de San Cristbal de La Habana, a los veinte y ocho das del mes de Enero del ao del Seor de mil novecientos cincuenta y dos, nonagsimo noveno aniversario del nacimiento del Apstol de las libertades cubanas, Jos Mart; siendo las cuatro de la tarde, se constituy en los terrenos situados en el barrio del Prncipe, antigua loma de Tadino o de los Catalanes, adquiridos con objeto de construir en los mismos el edificio en que se ha de instalar la Biblioteca Nacional “Jos Mart”, la Junta de Patronos de dicha Biblioteca Nacional formada por el Dr. Emeterio S. Santovenia y Echaide, Presidente; Aurelio Portuondo y Barcel, Vice-Presidente; Dr. Toms F. Puyans y Nez, Tesorero; Ing. Mario Guiral Moreno, Vice-Tesorero; Dr. Antonio M. Eligio de la Puente y Garca Tejada, Secretario; Dr. Fernando Ortiz y Fernndez, Vice-Secretario; y Sra. Lilia Castro de Morales, Dr. Pablo Ruiz Orozco, Dra. Ins Segura Bustamante, Dr. Ricardo Mestre y Llano, y Jos Luciano Franco, Vocales, con objeto de dar cumplimiento al acuerdo adoptado por dicha Corporacin en junta celebrada el da catorce del corriente mes, de colocar en este da la primera piedra del edificio en que se alojar la Biblioteca Nacional. Con la asistencia del Arquitecto Director de las obras del expresado edificio, seor Evelio Govantes y Fuertes, se procedi a situar en el lugar adecuado de las fundaciones del mismo, un canto labrado de piedra dura que mide un metro de largo, por sesenta centmetros de ancho y sesenta centmetros de alto, cuyo centro haba sido parcialmente vaciado, para colocar en su hueco una caja metlica la cual se cerr despus de depositar en ella la presente acta original, un ejemplar de los peridicos Alerta El Avance Cubano y El Crisol nicos publicados en La Habana, en el da de hoy por ser Lunes; y mone-* Este texto apareci publicado entre las pginas 25 y 27 del nmero dos de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart de abril-junio de 1952. [N. de la E.] Acta de la colocacin de la primera piedra del edificio de la Biblioteca Nacional*

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8das de plata y nickel del cuo cubano, de los diferentes valores en circulacin, o sea una pieza de cada una de las siguientes denominaciones: un peso, cuarenta centavos, veinte centavos, diez centavos, cinco centavos, dos centavos y un centavo. La ceremonia se llev a cabo en presencia del seor Luis Casero, Ministro de Obras Pblicas, Representante del Honorable Seor Presidente de la Repblica, Doctor Carlos Pro Socarrs; de los seores Ministros de su Gobierno; altas autoridades civiles y militares, Cuerpo Diplomtico extranjero, representantes de todas las Corporaciones Cientficas y Literarias de la Repblica; de la Banca, el Comercio, la Industria y la Agricultura; de las organizaciones obreras; de la Prensa escrita y radiada; y de Mr. Burton W. Adkinson, enviado especial de la Biblioteca del Congreso de Washington a este acto; ante numeroso concurso popular. El Representante personal del Presidente de la Repblica, el de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional “Jos Mart”, y otras muchas personalidades distinguidas, depositaron a su turno, paletadas del mortero destinado a fijar y consolidar en la posicin adecuada el canto referido y la pieza de piedra que cubre la oquedad hecha en el mismo, despus de guardado en ella el cofre mencionado. El Dr. Emeterio S. Santovenia y Echaide, a nombre de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, ley un breve discurso explicando el significado y trascendencia del acto que se realizaba; el seor Burton W. Adkinson, Representante especial enviado por la Biblioteca del Congreso de Washington, ley igualmente unas palabras de elogio y estmulo dignamente para gloria del hombre insigne cuyo nombre ostenta, y beneficio de la humanidad; y el Representante del Seor Presidente de la Repblica, pronunci algunas palabras ratificando el apoyo incondicional del Gobierno de Cuba, a la fecunda tarea encomendada a esta Junta de Patronos de crear un centro organizado cientficamente para contribuir a la ms slida educacin del pueblo de Cuba. Terminado el acto se extiende la presente por el Secretario que da fe, firmndola el Representante del Honorable Seor Presidente de la Repblica, los miembros de la Junta de Patronos presentes, autoridades, personalidades distinguidas y pueblo. [Siguen las firmas]. A. M. Eligio de la Puente, Secretario.

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9 La Biblioteca Nacional: su historia y propsitos* Francisco de Paula CoronadoPrimer director de la institucinCorrespondiendo a invitacin gentil de S. E. el seor Ministro de Educacin, para que en la noche de hoy presente en esta Primera Feria Nacional del Libro un trabajo breve sobre la historia y propsitos de nuestra Biblioteca Nacional, como director que soy de esta institucin de cultura, cumplo gustoso encargo que tanto me honra. El general Leonardo Wood, siendo Gobernador militar de Cuba, fund la Biblioteca Nacional a instancias repetidas del seor Gonzalo de Quesada, el 18 de octubre de 1901, y tambin por recomendacin de este patriota insigne, nombr director del nuevo establecimiento al seor Domingo Figarola Caneda. Antes que el seor Quesada consiguiera del valeroso jefe de los Rough Riders el loable acuerdo de crear la Biblioteca, habanse hecho con ese mismo propsito, despus del cese de la soberana espaola, tres gestiones que, a la postre no resultaron infructuosas del todo. Debise la primera al ilustre bibligrafo habanero licenciado Nstor Ponce de Len, quien al encargarse del Archivo General en 1899, obtuvo del Gobierno la formal promesa de que en breve plazo fundara la Biblioteca y el Museo Nacionales; pero la muerte inesperada del licenciado Ponce de Len y el sbito relevo del gobernador Brooke, que era quien tena contrado aquel compromiso, impidieron que iniciativa tan generosa alcanzara un xito inmediato. La segunda gestin fue del meritsimo historigrafo doctor Vidal Morales y Morales, sucesor del licenciado Ponce de Len en la jefatura del Archivo; el doctor Morales recogi el proyecto, que haba quedado hurfano, lo hizo suyo, y labor tenazmente por realizarlo. Y la tercera y ltima gestin corresponde al eminente mdico doctor Diego Tamayo, que en 1901 desempeaba la cartera de Estado y Gobernacin en el Gabinete del general Wood. Prestando, al fin, odos a las constantes recomendaciones del doctor Morales, decidise el doctor Tamayo a actuar en el asunto, y puesto al habla con los esclarecidos polgrafos seores* El autor de este artculo fue director de la Biblioteca Nacional desde 1920 hasta su muerte acaecida el 30 de noviembre de 1946. Muchos de los conceptos vertidos en estas pginas tienen hoy completa actualidad, sobre todo al hallarnos en una nueva fase de engrandecimiento de la institucin con motivo de la construccin del nuevo edificio. Por ello hemos credo conveniente publicarlo. [Estas palabras inician el texto que apareci en el nmero dos, de febrero de 1950, desde la pgina siete hasta la doce. N. de la E.]

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10Enrique Jos Varona y Manuel Sanguily, el primero de los cuales era a la sazn Secretario de Instruccin Pblica, y el segundo del Instituto Provincial de La Habana, resolvi con ellos constituir una Junta Organizadora de la Biblioteca y Museo Nacionales de la Isla de Cuba Como medida previa, que por los acontecimientos posteriores result la nica adoptada, redactaron en ingls y en castellano una circular, que distribuyeron profusamente dentro y fuera del pas, solicitando donaciones de libros. As las cosas interpsose el seor Gonzalo de Quesada, haciendo valer su influencia con el general Wood para que este fundara en seguida la Biblioteca y nombrase director de la misma al seor Figarola Caneda, y cuando slo faltaban siete meses para que el mando de la isla fuera traspasado al presidente que eligieran los cubanos, y cuando estaba desenvolvindose un plan patrocinado por dos de los secretarios del Despacho, el Gobernador Militar, por medio de una orden verbal dada al seor Quesada, cre la Biblioteca y lo nombr director. Donde primero se estableci la Biblioteca fue en una nave anexa al Castillo de la Fuerza, nave que desapareci ya, y all estuvo hasta julio de 1902, que fue trasladada a una parte de los altos de la antigua Maestranza de Artillera, por la calle de Chacn, permaneciendo en ese local hasta que en 1938, habindose cedido la Maestranza a la Polica Nacional para que en su solar construyese el edificio de la Primera Estacin, mudse la Biblioteca al Cuartel de la Fuerza, cedido a ese objeto por el entonces coronel Batista, y donde actualmente se encuentra. Por una iniciativa del senador pinareo doctor Emeterio S. Santovenia, se ha dotado a la Biblioteca de un patronato constituido por representantes de nuestras principales instituciones culturales y se ha establecido un impuesto de medio centavo por cada saco de azcar que se fabrique, a fin de reunir fondos para construir el edificio definitivo de la Biblioteca. A consecuencia de sus achaques de salud el seor Figarola Caneda se retir con licencia, en 1918, de la direccin de la Biblioteca Nacional, y le sustituy, interinamente, el bibliotecario seor Fernando Miranda, en los asuntos administrativos, confindose las labores tcnicas, en comisin, al seor Luis Marino Prez, que era bibliotecario de la Cmara de Representantes. Jubilado por fin el seor Figarola Caneda a mediados de 1920, nombrme en propiedad director, el mayor general Mario Garca Menocal, a la sazn Presidente de la Repblica, y por indicacin de los seores Cosme de la Torriente, Rafael Montoro, Enrique Jos Varona y Manuel Sanguily. Mi primera labor fue componer una clasificacin que nombr Racional, despus de consultar las que rigen en el Museo Britnico, de Londres, en la Nacional de Pars y en la Biblioteca del Congreso de Washington, y luego de examinar detenidamente las populares clasificaciones denominadas de Asuntos, debida al gran bibliotecnomo ingls Mr. Brown, que est muy vulgarizada en Inglaterra; la expansiva, de la que es autor el eminente bibliotecnomo norteamericano Mr. Cutter, y la decimal compuesta por el ingenioso Mr. Dewey, bastante usada en los Estados

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11Unidos. Con arreglo a mi clasificacin Racional, que tiene ms de la del Congreso que de ninguna otra, fueron clasificados por materias, clases y subclases todas las obras que constituyen los fondos de nuestra Biblioteca Nacional y colocadas en sus sitios respectivos por riguroso orden alfabtico de autores. Una vez clasificada la Biblioteca, se acometi, con los pocos elementos disponibles, la catalogacin de los libros, llegando a catalogarse las secciones de Derecho, Medicina, Historia de Cuba y Literatura espaola, cubana, francesa e inglesa. El trasiego de empleados, debido a los cambios polticos, interrumpi varias veces la catalogacin, hasta que la paraliz por completo. Hacia 1929 antojse alguien de las estanteras de la Bibliotcca Nacional, y con objeto de llevrselas al Capitolio, entonces en construccin, unos delegados de Obras Pblicas vinieron a la Biblioteca, metieron la mayor parte de los libros en cajas y se llevaron estos a una nave del viejo Presidio, en la calle del Prado. Un incendio que all se produjo destruy 29 cajas que contenan libros muy importantes, sobre todo de historia de Francia. Este despojo de las estanteras de la Biblioteca, trastorn la clasificacin y ocasion que muchas obras que no haban cabido en las cajas estando sin estantes, quedaran amontonadas en rincones de la Biblioteca. Fue aquel despojo un desastre para el establecimiento. Pero, a pesar de todo, el dao recibido entonces no fue tan grande como el que caus la mudanza de la Biblioteca de la Maestranza de Artillera al Cuartel de la Fuerza, porque esta mudanza se hizo precipitadamente, hostigada por el entonces Jefe de Polica que lo que quera era desalojar enseguida el lugar de la Maestranza, llegando hasta comenzar el derribo de los techos cuando los libros estaban todava en los salones y echndolos en los carros, sin ningn cuidado como si fuesen ladrillos. Esta mudanza acab de desarticular la clasificacin, mezclando unas obras con otras y regando las tarjetas del catlogo. Fue realmente una catstrofe, perdindose la labor de dos aos y teniendo que empezarse de nuevo. Con el propsito de que reorganizara la Biblioteca se nombr asesor tcnico al seor Jos Antonio Ramos. La primera labor de este asesor fue suprimir la clasificacin de la Biblioteca, sustituyndola por la llamada decimal, con las modificaciones dichas de Bruselas y algunas de cosecha propia; emprendiendo despus la catalogacin, con mucho ms personal del que nunca tuvo la Biblioteca. Los propsitos de nuestra Biblioteca, como los de las otras nacionales, son: Primero, reunir toda la produccin impresa del pas, libros, folletos, opsculos, revistas y peridicos; segundo, acumular cuantos manuscritos cubanos pueda obtener, lo mismo cientficos, que literarios, histricos que artsticos; formar la ms rica coleccin posible de estampas, lminas, grabados, dibujos y fotografas; coleccionar todos los mapas y los planos que le sea posible adquirir; y formar la mejor coleccin de medallas cubanas, lo mismo conmemorativas que decorativas, militares que bautismales y comer-

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12ciales, para ofrecer as, al investigador todos los elementos precisos para la erudicin, puesto que las Bibliotecas Nacionales son principalmente para los eruditos, ya que constituyen el gran depsito de la produccin intelectual de la nacin, su tesoro cultural. Cumpliendo estos fines, la Biblioteca ha prestado verdaderos servicios a cubanos que, hoy son notables figuras de las letras, las ciencias, las artes y la vida pblica entre otros los seores Emeterio S. Santovenia, Emilio Roig de Leuchsenring, Jorge Maach, Raimundo Lazo, Jos Antonio Fernndez de Castro, los hermanos Juan y Herminio Portell Vil, Jos Manuel Prez Cabrera, Francisco Gonzlez del Valle, Flix Lizaso, Jos Mara Chacn y Calvo, Emilio Ballagas, Ezequiel Garca Enseat, Enrique Larrondo, etctera. En la Biblioteca compusieron tambin sus brillantes tesis doctorales alumnos notables de nuestra Universidad como las seoritas Mara Gmez Carbonell, Graciela Barinaga, Fany Azcuy, Mara Teresa Piera, Mara Josefa Beltrn y el seor Humberto Valdivia. Para concluir dir que una de las formas como la Biblioteca ha contribuido ms a la cultura, ha sido suministrando a los escritores las bibliografas de que haban menester y orientndolos en sus investigaciones con las luces del saber y de la experiencia, y de estos son testigos de mayor excepcin las personas antes nombradas y otras muchas que sera prolijo enumerar, que con razn ha dicho celebrado escritor argentino que las bibliotecas son a maneras de universidades libres, en las que los lectores son los alumnos, el bibliotecario, el profesor y los libros, los repasadores o adjuntos.

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13 Recuerdos de la vieja Biblioteca* Rene Mndez CapoteEscritora y periodistaTenemos que imaginar a una muchachita salida de las pginas de las Memorias de una cubanita que naci con el siglo, entrando en el antiguo edificio de la Maestranza de Artillera; subiendo la ancha escalera, de caoba bellamente torneada, con el corazn palpitante porque iba a pasar un rato en un ambiente que la atraa de manera muy especial. Es una nia acostumbrada a los libros; en su casa hay varias colecciones que bien pudieran llamarse bibliotecas: la jurdica de su padre y su hermano mayor; la general, instalada en una alta pieza grande, con siete ventanas y las paredes cubiertas hasta el techo con estanteras de cedro, y en la que figuran obras maestras de la literatura universal, libros de viajes y exploraciones, enciclopedias, historia... La coleccin del hermano segundo, compuesta casi exclusivamente por libros de marinas mercantes y de guerra; geografa; biografas de personajes relacionados principalmente con el mar. Porque es un nio que suea con que algn da tengamos una flota poderosa, de barcos comerciales y pesqueros; que no en balde su padre dice que Cuba es un pas de costas y tiene un gran porvenir en el mar. Y est la coleccin de las nias, con las consabidas Bibliothque Bleue, Bibliothque Rose... y ediciones en ingls de obras maestras universales, adaptadas para nios. Adems, guardada celosamente, la coleccin particular de la hermanita menor, de filosofa, metafsica, msica y versos. Y a esto hay que aadir, que corno cauterio contra la estrechez mental de la poca y valladar contra la cursilera, la gran biblioteca general que campea en la azotea, y a la que se sube por una escalera de caracol, de buenas proporciones, est a la entera disposicin de la muchacha que va a buscar en la lectura, sin trabas de ninguna clase, el ms preciado de los entretenimientos y la respuesta a inquietudes y curiosidades.* Este trabajo apareci en el nmero 2 de mayo-agosto de 1981 desde la pgina 91 hasta la 103 de esta revista. [N. de la E.] Interiores de la Maestranza de Artillera

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14El ao 1901 se inaugur la Biblioteca Nacional, el mismo ao en que me inauguraron a m; e inauguracin debe querer decir vivir en perpetua mutacin hacia adelante, si el que nace viene dotado de fuerza y voluntad de existir. Naturalmente que yo no fui de niita a visitar la Biblioteca; es cuando la cubanita se queda en el portal de B y 15, viendo partir para siempre a su primer enamorado, cuando empez a hacer visitas asiduas al viejo edificio colonial, que de no haber sido una vctima ms del batistato, hoy sera uno de los ms valiosos monumentos de una Habana, que no se ha desnaturalizado totalmente gracias al triunfo sin par de los barbudos de la Sierra. Yo conoc y trat al primer director que tuvo la Biblioteca Nacional, a Figarola Caneda, casado con francesa, pero mi trato ms ntimo fue posteriormente con Francisco de Paula Coronado, uno de esos personajes que merecen estudio, porque junto a una condicin que podra en rigor llamarse cinismo, tena una fuerte personalidad, mucha inteligencia, una vastsima cultura, trato exquisito y un conocimiento de la bibliografa cubana como no ha vuelto a tenerlo ningn otro director de biblioteca. Era tan miope, que se pegaba los libros a la nariz para poder ver las letras aun a travs de unos lentes increblemente gruesos, y tambin era increble todo lo que lea. l no fue mamb, naturalmente, no fue a la Guerra del 95, pero conspir con don Juan Gualberto Gmez e intervino en muchas incorporaciones de cubanos a las filas insurrectas. Cuando se preparaba el levantamiento en armas para la “guerra necesaria”, haba una guagita de mulas que sala de la Plaza de Armas, frente al palacio de los Capitanes Generales, recorra las calles de La Habana Vieja y regresaba a su punto de partida. El cochero era un cubano separatista que tuvo en sus manos muchas vidas. Esa guagita la tomaron a menudo Coronado, Juan Gualberto, y mi padre del cual se ultimaron en ese vehculo los preparativos para incorporarlo a las filas de Leoncio Vidal; el joven hroe que muri una de esas muertes en las que no se muere, cumpliendo la orden de tomar el parque de Santa Clara, con la ciudad en poder de los espaoles. Coronado, como bibliotecario era fantstico; deca que la polilla no era tan mala como crea la gente; tena un sistema propio de clasificacin, muy particular, que por desidia no aplic, felizmente, a los indefensos libros. Se llamaba l “sistema Coronado”, Sistema Racional, y empeoraba con el surgir de la inteligencia en el primate y llegaba hasta los ltimos descubrimientos cientficos que en aquella poca eran nuevos y hoy son antiqusimos. De ms est decir que Francisco de Paula me quera y nos permita, a mi hermanita y a m, andar por la Biblioteca corno perros por su casa. Sara era muy impertinente, y un da le pregunt: –Doctor, Por qu usted no fue a la guerra? –Porque yo casi no veo Sarita. –Pues el “Ciego de los Pasitos” no vea y se mantuvo en ello. Coronado no se molest. Yo coga los libros que me daba la gana, de los propios almacenes, y me iba a un balconcito de madera que

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15quedaba encima del mar, porque entonces el mar llegaba hasta los muros de piedra de la Maestranza, y all me sentaba a leer. El balconcito era peligrossimo, se estaba cayendo de puro carcomido e histrico, y Mara Villar Buceta, que trabajaba con Coronado, se sentaba conmigo y nos enfrascbamos en largas charlas, en las cuales mucho aprend con la ms paciente y dulce de las mentoras. Haba, junto al director, un grupito de palomas mensajeras que andaban entre los libros caprichosamente colocados, y encontraban de milagro lo que pedan los lectores, que, afortunada o desgraciadamente, no eran muchos. Entre estas palomas haba un palomo verdaderamente notable y con un amor a una institucin a la que dedic toda su vida, y que merece un perenne recuerdo emocionado: Carlos Villanueva. Lo acompaaban excelentes compaeros; no cito nombres porque me dolera omitir, involuntariamente, alguno. Pues nuestra primera Biblioteca Nacional iba tirando, en el vegetar en que estaban sumidas todas las instituciones culturales de unos tiempos, en los cuales sacar una edicin de quinientos ejemplares no era raro, y de mil se consideraba una edicin masiva. Eran ejemplares de libros pagados por el autor, que haba que regalarle a los amigos y comerse el resto, porque nadie compraba libros cubanos. Bien es verdad que existan sus excepciones como crditos que votaba el Senado para imprimir las obras de quien no haba escrito nada; pero eso era peccata minuta, en la poltica al uso. Los periodistas tenan que vivir, como los polticos, pero mucho ms modestamente, de unos cuantos puestos en las nminas oficiales, y, los ms descarados del chantaje. Los honrados, escritores y periodistas, podan alimentarse soando con tiempos mejores. No doy datos concretos sobre la Biblioteca, en cualquiera de sus fases, porque para eso estn los historiadores y los investigadores nuevos, sacados del limbo, o del nirvana, como quiera llamrsele a la indiferencia gubernamental que padecieron las instituciones reputicanas hasta el enorme primero de enero de 1959. Pues as las cosas, un buen da, ya en pleno poder militar, el pernclito “Pimeo”, (yo soy un Pimeo, haba dicho Batista en uno de sus “colosales” discursos, lo que no le impeda tener apetito de gigante) se le ocurri levantar castillitos de cartn-piedra, para albergar a las siniestras casas de tortura llamadas estaciones de polica; y precisamente para una de estas, escogi el mismsimo lugar que ocupaba la Maestranza de Artillera. En cuanto alumbr en su caletre de pimeo la brillante idea, mand meter los 1ibros en cajones y trasladar la Biblioteca Nacional para los stanos y bastiones del Castillo de la Fuerza, y asestar la piqueta demoledora a lo que hoy sera esplndido monumento colonial restaurado y conservado, como parte de las races que los yanquis por poquito nos arrancan completamente junto con meternos los letreros en ingls, la ladronera (oficial y privada) entronizada y ostentada, el robo de las tierras e industrias, la dependencia poltica y econmica, la

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16coca-cola, la mascadera de chicle y la mafia. (A lo mejor la mascadera de chicle fue lo que les desarroll a los autnticos el apetito de “adquirir”...). Pues seor yo iba desenvolviendo mi agitada vida, tan llena de pequeos y grandes cambios: haba abortado la “Revolucin que se fue a bolina”, se haba producido mi pase de vida regalona de burguesa adinerada a la vida dura de la trabajadora; haba sobrevivido al naufragio del Morro Castle; haba tenido lugar la huelga revolucionara de marzo de 1935, y yo haba conocido por dentro la crcel de mujeres; haban transcurrido dos aos y cuatro meses de vida precarsima en compaa de mi segundo marido; fui madre... y gracias a uno de esos golpes bajos que se asestaban nuestros polticos, enganch de nuevo un trabajo. Por circunstancias de ntimas amistades familiares, tuve oportunidad de escoger “lo que quisiera”, y para no ensuciar mi expediente revolucionario, acept un puesto de oficial clase 5ta. en el Fondo Especial de Obras Pblicas, y pas a hacer las recaudaciones municipales de Las Villas y La Habana. Sud tinta china, los nmeros no me caban en las casillas del papel cuadriculado y yo, que odiaba la aritmtica, tuve que sumar, restar, multiplicar y dividir a pura cabeza, porque no se usaban, en las oficinas pblicas, las mquinas de calcular. Hasta que un buen da, otros dos aos despus, me encontr una maana en la calle al ministro de Educacin, Aurelio Fernndez Concheso. Me pregunt dnde me esconda que no se me vea por ninguna parte y cuando le dije el tipo de trabajo que haca, se cay para atrs: ¡Qu barbaridad! Ve por Educacin. Y pas a trabajar, en comisin, a la Biblioteca Nacional del Castillo, junto con las palomas mensajeras y el elemento flotante constituido por los botelleros, que iban y venan siguiendo los vaivenes de sus respectivas palancas, y en la compaa, los das de tormenta, del amable fantasma de doa Isabel de Bobadilla, que la conseja popular haba trasladado a la ‘‘nueva fortaleza”, sin ocuparse para nada de la verdad histrica. Entre estos elementos, tan tpicos del oleaje oficial de aquella poca, merece recordarse al hermano de un senador, que deca con un cinismo deliciosamente ingenuo, que l tena cuatro mujeres, pero eso s, mujeres decentes y de casas respetables. Y hasta gozamos la compaa de un clebre babalao, cuya presencia alborot a muchas de las mujeres, y el cual, al ver que yo no crea en su, a ratos, segura profesin, me trat con muchsimo respeto. Y haba tambin una palomita torcaza, a quien su “protector” mandaba peridicamente a Mxico, a traer pieles finas, de contrabando, para que las vendiera y la pobrecita “se ayudara” y no pesara ms de la cuenta sobre el erario pblico. Me mantuve en comisin de servicio hasta que un jefe de 6ta. clase de la Direccin de Enseanza Primaria renunci a su puesto para ir a ocupar un aula en Cienfuegos. Era el ltimo de los jefes administrativos, con 125 pesos de sueldo, pero ya de nuevo en el Ministerio que me corresponda.

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17Cuando me mandaron para la Biblioteca encastillada, fue como un destierro benigno, porque todava mi fama de “comecandela” no se haba debilitado; casi me da vergenza confesar, a fuer de sincera, que era una fama completamente inmerecida. Me alegr de ir para la Biblioteca, pues mi innato amor por este tipo de institucin s que no se haba debilitado, y no me abandon nunca. Cuando fundamos el Lyceum en 1929, escog el cargo de vocal de biblioteca, con la ilusin de crear una biblioteca circulante en el Vedado; y cuando en 1933, a raz de la cada de Machado, Grau me nombr directora de Bellas Artes, entre otros proyectos, aprobados todos y ninguno realizado, figuraba la instauracin de salas populares de lectura, en modestos locales asequibles al hombre de la calle, donde pudiera leer los peridicos y revistas y libros de fcil lectura. En aquella poca turbulenta, todo se quedaba en el papel; Haba que tener la grandeza de Antonio Guiteras para nacionalizar la Havana Light and Power Company. En la Biblioteca Nacional del castillo, me sucedi una de las cosas ms constructivas de mi carrera de funcionario pblico venido a menos: colabor con el tipo ms notable, ms inteligente, ms original, ms limpio de mente y ms entusiasta del trabajo, que he conocido en mi ya tan larga vida. Ese tipo fue Jos Antonio Ramos, comunista de cuerpo entero, trabajador incansable, escritor ilusionado, compaero de labor entraable y enamorado perdido de su Josefina de Cepeda. De ms est decir que era un bibliotecario chiflado; estaba escribiendo, y escribi y public, un Manual de biblioteconoma, con un sistema caprichoso, porque de biblioteconoma no saba nada. Pero lo haban nombrado asesor de la Biblioteca Nacional. Yo pas a trabajar directamente con l, en calidad de clasificadora general. Puede imaginarse lo que es una clasificadora general? Una barbaridad, claro, pero yo era tan brbara como Ramos y acept entusiasmada la disparatada encomienda. La cantidad de barbaridades que comet, puede suponerse; con decir que en cuanto vea un diente o una muela clasificaba el bicho en mamferos... El sistema de Ramos era una combinacin de Dewey y Ramos, y tena reminiscencias del de Bruselas y hasta del de la Biblioteca Mdica de Yanquilandia. ¡Pero cmo trabajbamos! Limpibamos, sacudamos, barramos, colocbamos en estantes de pinotea los libros que sacbamos a sudor y lomo de los cajones, empeados en que no se perdiera el acervo de la Biblioteca, y la humedad del Castillo no lo destruyera, y ensaybamos la ejecucin de un catlogo por materias y otro por orden alfabtico de ttulos y autores. Nos pasaban cosas graciossimas, porque Ramos era muy alegre y chistoso: Una vez, un lector muy impertinente lleg a desesperar y atolondrar a la bandada de palomas mensajeras, que se esforzaban por servir todos los libros pedidos –ya el nmero diario de lecto-

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18res empezaba a crecer considerablemente; te acuerdas, entraable y juvenil Manolo Moreno Fraginals? Pues las palomas vienen a quejarse al asesor, de la impertinente exigencia del susodicho lector, primero con suave batir de alas, y despus con revoloteo desesperado; y Ramos sale para la sala de lectura con violento batir de alas de gaviln, de la larga bata que usaba –un viejo guardapolvo de la poca en que se endosaba ese atuendo para andar en automvil– y regresa para la oficina muy satisfecho. –Ya lo puse en su lugar. Le dije: “"igame, amigo, por qu no vuelve usted para su lugar de origen?” –Y cul es ese lugar, Ramos? –El c... de su madre, hija. Otra vez se vio enredado con un grupo de viejos veteranos de las guerras de independencia, que queran batirse con l en duelo al machete “hasta el derramamiento de sangre”, porque al referirse a ellos, que escenificaba no recuerdo qu protesta, haba dicho: – ¡vaya, se alborot el cotarro! Yo intervine, con mi prestigio de hija de general, y pude salvar a Ramos de la acometida de los viejos enfurecidos, convencindolos de que la intencin de Ramos no haba sido despreciar a los mambises, sino usar inocentemente una frase muy castiza, para expresar su admiracin por el alboroto que haba armado; y les record que el suegro de Ramos haba sido el coronel Cepeda, cuya memoria el yerno respetaba, y que al fin y al cabo decir “se alborot el cotarro” no era en lo absoluto llamarles pjaros o cotorras como ellos aducan. Cuando Jos Antonio Ramos conceba una obra, novela o teatro, la concepcin era muy buena. Se sumerga en un mundo maravilloso. Me deca entonces: –Ni me hable, ni me hable. Estoy en mis momentos de “¡pobre Guillermito!”. Se refera a Shaskespeare. Pero cuando la obra estaba terminada, l que era muy inteligente y crtico implacable de s mismo, vena todo alicado y me deca: –Lala, hija; no me sali corno yo la conceb. Ahora estoy en la triste fase de “pobre Jos Antonio?”. Qu gran hombre era Ramos, qu firmeza en sus convicciones, qu fe inquebrantable en un porvenir que todava saba lejano? Tena una buena biblioteca particular, y haba dispuesto que a su muerte se le entregara la Central de Trabajadores de Cuba. La ltima vez que lo vi fue un da muy triste, en que vino a la Biblioteca con Josefina. Estaba enfermo y su visita fue una despedida; estoy segura de que l saba que iba a morir. Yo segu corto tiempo en la Biblioteca, vaca sin Ramos. En los aos en que trabaj en la institucin, Coronado era el director; se llevaba muy bien con el asesor, estaba resignado a que su sistema racional no se aplicara: aunque pensaba que el sistema de Ramos era disparatado, nunca hizo la menor tentativa por defender su propio sistema, y yo llegu a la conviccin de que l bien saba que aque-

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19llo era un galimatas, y hasta llegu a sospechar que lo hizo por diversin. Yo gozaba de la confianza de Coronado, a causa de nuestra vieja amistad, y un da memorable en el cual me dej poner un poco do orden en la montaa de papeles que ocupaba su bur y atascaba sus gavetas, me encontr cartas sin abrir desde haca diez aos, y giros postales viejsimos que nunca haban salido de sus sobres amarillos. Hice lo que pude por darle buenos consejos: – Doctor Coronado, plese y afitese la barba; cuando se decida a tumbarse esa maraa de pelos, va a coger catarro... y crtese las uas, y mande a lavar y remendar lo bata. Tena en la solapa de una bata que usaba, (sobre todo en su casa pero que a veces vino a dejarse admirar en la Biblioteca) para andar entre el montn de libros de su propia biblioteca, que estaban por todas partes: sobre sillas, estantes, suelo y hasta trepando en montaas hasta el techo, una corbata negra de etiqueta, prendida con un imperdible de aquellos que se llamaban “de criandera” en el ao mil, y que estaba fijo all para siempre, a causa de la herrumbre; a la bata le faltaba medio faldn por detrs y tena un montn de desgarraduras, amn de manchas de grasa, de caf, de goma de pegar, y hasta colores de pintura de aceite. l no se ofenda conmigo, y segua con su bata, su pelambrera y sus uas increblemente largas. Pero, ¡qu hombre tan culto, qu trato encantador, qu don de gentes! Y cuando hablaba por telfono con una mujer desconocida, que lo llamaba todas las tardes desde haca aos y a la que nunca conoci personalmente, haba que or aquella deliciosa voz y la manera fina y sutil con que mantena una amistad amorosa tan romntica y tan bella. Su dominio de la bibliografa cubana no tena paralelo, y conoca a fondo la espaola, la francesa, la inglesa, la italiana... ¡Qu tipo ms curioso! En esa vieja Biblioteca Nacional atropellada, dejada de la mano de gobiernos venales, que no respetaban para nada nuestras races culturales, pas la vergenza ms grande de tu vida. Siempre que venan extranjeros que hablaban francs, ingls o italiano, los compaeros de la sala de lectura me llamaban a m para que atendiera en principio la visita, que yo les pasaba a Coronado y a Ramos si se trataba de alguien ms importante que un simple curiosos o turista. Pues una buena maana se presenta un norteamericano muy sencillo y cordial. Era un experto en arquitectura colonial hispanoamericana. Traa un bellsimo libro editado por la Yale University Press, si mal no recuerdo, impreso en magnfico papel, con un tipo de letra preciosa y esplndidas fotografas voladas, a toda pgina. Ya iba yo a avisarle a mis jefes, cuando el autor, insiste en ensearme su obra. Traa todo un largo captulo dedicado precisamente al edificio de la Maestranza de Artillera de La Habana. La escalera, las puertas, los clavos de bronce cincelados, los llamadores... todo estaba fotografiado y detallado minuciosamente. El hombre estaba consternado, asombrado, con la sincera angustia de quien se considera que se ha perdido uno de los mejores mo-

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20numentos de arquitectura colonial hispanoamericana. –Pero, qu han hecho con ese edificio que mereca ser tratado como una joya; tan importante como el antiguo Convento de San Francisco? Dnde estn las puertas, los clavos, los llamadores, de los ms bellos que tena vuestra vieja arquitectura? Lleno de ilusin fui al lugar donde estaba ese monumento, y me encuentro un espantoso castillo que parece de cartn; un mamarracho. Han echado abajo un tesoro, para levantar en su lugar una cosa indigna. Dgame, por favor, en dnde estn esas puertas, esos clavos, esos llamadores... yo les dedico en mi libro la importancia que merecen, y ahora me encuentro que han desaparecido... Yo tuve que tragar saliva antes de contestarle, pero tena que decirle la verdad. Le dije que tenamos un salvaje al frente del pas, que el gobierno se rea de los monumentos nacionales, y que ese gobierno estaba protegido por su pas; que poda comprobarlo viendo la Biblioteca Nacional metida en un local absolutamente daino para la conservacin de los libros; y que las puertas, la escalera, los llamadores y los clavos, deban estar adornando, en el mejor de los casos, las fincas de algn personero del rgimen, o tirados por un depsito de cosas inservibles. –Y qu hago yo ahora con mi libro? Qu hago con el captulo dedicado a la Maestranza? Yo le ped que dijera la verdad, que as contribuira a que en su pas, tan generoso con los malos gobiernos de esta menospreciada Amrica Latina, se conociera parte de la triste verdad cubana. Han pasado muchos aos, y todava me duelen la escalera, las puertas, los llamadores y los clavos de la antigua Maestranza de Artillera. Entre los personajes inolvidables de la vieja Biblioteca Nacional, se destacaba Mara Villar Buceta. Unos ojos azules grandes, muy abiertos, con una chispita alegre en el fondo, y una luz de sorprendente penetracin, iluminados por una inteligencia profunda Una boca muy fea, de dientes grandes y una enca rosada ms presente de lo necesario, pero una boca siempre dispuesta a la risa cordial. Dos gruesas trenzas rubias, largas; las trenzas que yo soaba. Un cuerpo bien formado y esbelto, rematado por dos piernas perfectas, de las que ella, muy femenina, callada e ntimamente se enorgulleca. Una adolescente huraa al principio y despus de una sinceridad total y una bondad sin limites; capaz de darse con toda su alma a la causa que amara y a todo ser necesitado o desvalido; una capacidad de ternura infinita. Un carcter altivo y digno, que rechazaba toda humillacin; que odiaba la lstima de s misma y no admita el anteponer ninguna necesidad propia a la ajena. Una entrega a los suyos completa: al padre borroso y callado que se apoyaba en ella, al hermano estrafalario, a la hermanita menor, al hermano talentoso. Un temperamento totalmente tierno, guardado celosamente, porque Mara se

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21consideraba, en el fondo de su ser, la nia fea y esconda los justos reclamos de sus sueos y sus legtimas ansias, debajo de un disfraz de indiferencia, de mujer que no necesitaba el amor fsico, porque tena el amor sublime de una militancia que la absorba. Mara hubiese sido una madraza, si no se hubiese entregado totalmente a la lucha social y poltica Mara era total, en ella no haba grietas ni debilidades, era en verdad la mujer fuerte, y sin embargo, nunca menospreciaba ni mucho menos ofenda al dbil, no excusaba imperfecciones, pero en el fondo de su alma buena senta lstima por el que no saba superar su debilidad, y estaba siempre dispuesta a prestarle su propia fuerza para ayudarlo a redimirse. Nunca la o condenar a nadie, con excepcin del traidor; para este era implacable. Aquella dulzura de Mara por los viejos y los nios, por los gaticos abandonados en los solares yermos; aquella generosidad que no meda el sacrificio, la hacan un ser excepcional. Yo nunca me he visto frente a una bondad como la suya Mara era una mucha cha como todas las muchachas, salvo que ella era muy superior a todas las dems. Nos conocimos casi nias, vino a operarse de la garganta a la clnica FortnSouza, y Benigno Souza nos dijo a mi hermana Sara y a m, que vena a buscarnos porque tena “una gajirita portentosa” y quera que nos conociramos. Al principio, Mara y Sara ligaron inmediatamente, porque eran caracteres muy afines y tenan las mismas cualidades; a m de entrada me rechaz, porque yo era demasiado turbulenta; la puso recelosa mi exceso de vitalidad, pero cuando a travs del trato penetramos en las almas la una de la otra, llegamos a ser tres hermanas. Y yo s que a Mara mi exceso de vida le haca bien, como a m el profundo torrente, que corra debajo de sus aguas, tranquilas en la superficie, pero capaz de horadar la roca. Yo la alegraba cuando ella, demasiado altiva para aceptar la compasin, tena alguna preocupacin que empaaba el brillo de sus ojos; y ella atemperaba mis ansias, desbordadas en mi afn de apurar la vida. Y Mara era alegre, a menudos bamos a almorzar sobre la hierba en pleno campo, ah donde encontrbamos un espacio abierto en el que crecan flores. Nos acompaaba mi ta Rita Chaple, mujer mayor, pero alegre como una joven y un chofer que era hombre de toda confianza; comamos toda clase de golosinas, tombamos t fro, y Mara se diverta corno una chiquilla en vacaciones, corramos, saltbamos y hacamos diabluras, como una vez que simulamos soltarle la vaca a un campesino, que primero reneg de las habaneras y acab comiendo con nosotras. Mara olvidaba por unas horas la carga que sobre sus espaldas juveniles haba echado la muerte prematura de la madre. Andando la vida nos lig a Mara y a m una amistad fraternal inquebrantable. Tardes inolvidables en la vieja Biblioteca Nacional, entonces alojada en la antigua Maestranza de Artillera, cuando llegando el final de la tarde, bamos Sara y yo a ver a Mara y darle lata a

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22Coronado, el cual nos dejaba pasar a los almacenes donde estaba trabajando nuestra amiga y nos sentbamos en el balconcito de madera carcomida que amenazaba caerse encima de los acantilados a orillas del mar, le llevbamos a la amiga, hermana mayor, dudas, ignorancias, vacilaciones, y ella era entonces mentora que encauzaba vocaciones, recomendaba lecturas y resolva problemas sentimentales, y abra caminos a un enfoque justo de la calidad poltica, y muchas veces nos devolva la paz, alterada por prematuras ambiciones literarias. Muy a menudo bamos a pasar la maana en casa de Enrique Jos Varona. El querido viejo nos reciba en un rinconcito amable de la sala familiar, y nadie nos molestaba. Los hijos de Varona eran mayores que nosotras, la hija menor era una muchacha alta, rubia, muy bella, pero no le interesaba la amistad de tres muchachitas abrasadas por la fiebre de saber, y, aunque muy gentil, nunca fuimos amigas. Mara era ya una gran poetisa; Sara, modestsima, era una precoz pensadora profunda; y yo tena ya sembrada la semilla de una narradora de memorias. Mara escriba unanimismo y Sara se lo publicara con fraternal devocin admirativa; y yo era ya la rebelde que en un futuro rompera con la clase en que haba nacido y conocera la diversidad de situaciones y ambientes que hoy me permite escribir tantas cosas. Llegbamos temprano, con un ramo de rosas rojas para el maestro, que adoraba las flores y prefera las rosas rojas. Y durante dos o tres horas, al bondadoso anciano le llovan preguntas, ansiedades, ambiciones, ilusiones y sueos. Nos escuchaba con una paciencia sin lmites y al despedirnos deca: –No dejen de volver la prxima semana, que ustedes traen un hlito de juventud que me refresca. Mi inolvidable Mara era una mujer muy femenina, repito que en ese aspecto era una muchacha igual a otra muchacha, slo que muy superior a todas las dems. Su ltimo rasgo de femenina coquetera, fue en una operacin que dur ms de tres horas, se hizo recortar las encas, y se convirti en una vieja muy bonita, porque lo nico que la afeaba era la boca. Yo le dije: –Coquetera... eso es lo que te ha hecho soportar la operacin. Y ella me replic, ocultando la satisfaccin que le produca verse bonita: –Comprenders que no lo hice por ser bella, a mi edad... Lo hice porque tena que ponerme los dientes postizos, y eso era imposible con aquella enorme enca... y a m me gusta mucho comer....

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23 [Discurso]* Toms F. Puyans NezTesorero de la Junta de Patronos de la Biblioteca NacionalSeores presidente y compaeros de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, Seores bibliotecarios invitados, Seora directora de la Biblioteca Nacional, Seores bibliotecarios cubanos, Seoras y seores: Por mandato de nuestra Junta de Patronos, que acato como un honor, me hallo en el delicado trance de dirigirme a este amable y benvolo conjunto de amigos, compuesto en su inmensa mayora de mujeres cubanas, que han venido a esta casa a cumplir una delicada y enaltecedora misin. Estoy entre bibliotecarios, y a fortiori debera acomodar mis palabras al medio ambiente. Esta ltima circunstancia trae a mi memoria la siguiente historia, que alguna vez he referido: vivan en Santiago de Cuba dos pobres de espritu, nombrados Juan Toms y Bocacio, y muy conocidos de todo el pueblo; el Bocacio pasaba sus das bajo los frondosos laureles de la Plaza de Armas, frente al Ayuntamiento, esperando que saliera para algn acto la Banda Municipal, porque l tena que seguirla a retaguardia con un carro de mano atestado de atriles, instrumentos, etctera. Cuando Bocacio tomaba la palabra entre sus pintorescos corifeos, no dejaba de repetir “Nosotros los msicos”. Salvando desde luego las distancias no cometer la osada de parodiar a Bocacio, ni me vestir, como el pavo de la fbula con el irisado plumaje del pavo real, para decirles “nosotros los bibliotecarios”... No les habla pues un bibliotecario, ni un tcnico, ni siquiera un biblifilo aficionado; aunque en mi lejana adolescencia sola “bouquiner”, o registrar con curiosidad, entre las famosas tarimas a orillas del Sena, en Pars, donde tantos tesoros, legtimos y falsos, han descubierto algunos coleccionistas y tambin turistas con tiempo suficiente para semejantes aventuras. Tampoco me atrever a hablaros de libros, porque llevamos varios das en esa actividad y hemos odo muchas cosas bellas y enseanzas provechosas sobre lo que significa el libro en sus variados aspectos. Slo he de referirme a lo que para este modesto hombre de leyes por profe sin,* Discurso pronunciado por el doctor Toms F. Puyans Nez, tesorero de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, aceptando a nombre de esta ltima el donativo de la Asociacin Cubana de Bibliotecarios, con ocasin de la inauguracin de la Biblioteca Nacional Jos Mart, el da 24 de Febrero de 1958. [Este texto aparece como ttulo en el nmero cuatro correspondiente a octubrediciembre de 1957, desde la pgina 45 hasta la 50 de la Revista de la Biblioteca Nacional. N. de la E.]

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24pero campesino por vocacin y destino, significa el gesto generoso, estimulante y ejemplar de bibliotecarios, donando una valiosa coleccin de libros a la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, para testimoniarle sus parabienes con ocasin de la inauguracin de este esplendoroso palacio, y para enriquecer su acervo en forma objetiva y til. Viniendo de una clase genuinamente cubana, compuesta de una selecta y refinada categora profesional, el donativo, cualquiera que sea su valor intrnseco, significa para m, y seguramente para mis compaeros de la Junta, el reconocimiento espontneo de esta juventud estudiosa, henchida del ms puro anhelo de superacin, y animada de un elevado concepto del sacrificio y de la abnegacin; juventud que forma una plyade ansiosa de servir, de educar y de realzar el nivel de cultura de nuestro pueblo por medio de la lectura. Viene tambin este grupo de cubanos inteligentes a demostrar con hechos positivos su satisfaccin y regocijo frente al paso gigantesco de adelanto y progreso que acaba de dar nuestra Junta de Patronos, gracias a la generosa contribucin de los sectores de la industria azucarera, colonos y hacendados, y a la cooperacin del Gobierno, hbilmente coordinadas, gracias a la sabia y perseverante gestin de quien ha demostrado durante toda su vida su amor entraable al libro y a la Biblioteca, mi querido compaero y viejo amigo doctor Emeterio S. Santovenia. Emotivo es este acto, y al propio tiempo estimulante y ejemplar; y la Junta de Patronos ha de atribuirle la trascendental importancia que el mismo reviste, porque al culminar sus anhelos despus de diecisiete aos de pacientes e imperturbables esfuerzos, ha podido ver realizado lo que nos pareca una utopa y casi un imposible. Cuntas horas, das y meses de preocupacin, de desesperanza, han agobiado a la Junta en esos aos; pero la serenidad, la confianza y el tesn de Santovenia destruyeron todo pesimismo y nos contagiaron con su inquebrantable seguridad en el xito de la empresa. Ese esfuerzo ingente es el que, a mi juicio, viene a reconocer y exaltar hoy la clase cubana de bibliotecarios, aqu congregada como ante un altar, donde se consagra el triunfo de la voluntad y del decidido propsito de realizar una obra de tanto valor espiritual como la que acabamos de inaugurar, y que entregaremos dentro de breves horas al servicio de nuestro pueblo, tan ansioso de superacin y de progreso; y este acto es ejemplar porque precisamente una valiosa y dinmica representacin de la clase bibliotecaria ha compartido con la Junta de Patronos las horas de intranquilidad que hemos vivido, triunfando ella como triunf la Junta; me refiero a Lilia Castro de Morales, la directora de la Biblioteca Nacional; cuyo ejemplo me complazco en destacar ante sus compaeros de profesin, con la esperanza de que sigan su misma trayectoria; y siendo el que habla un testigo de mayor excepcin, quiero aprovechar esta oportunidad para reconocer la cooperacin eficaz del reducido grupo de modestos y esforzados empleados de buena voluntad, entre los que contamos bibliotecarias graduadas y prximas a graduarse, que, bajo la direccin de Lilia

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25Castro, realizaron el milagro de trasladar para esta casa, instalar y organizar aquella complicada montaa de libros, folletos y papeles que estaban acumulados en el vetusto e inadecuado Castillo de la Fuerza. Este acto nos animar de modo extraordinario en la nueva y gloriosa etapa que tenemos que emprender desde hoy; esa prxima jornada ser quizs la ms difcil, la ms larga y la que le dar a esta obra su verdadera funcin educadora, su verdadera funcin social, y su verdadero destino, que es el de servir mejor a nuestro pas. De ahora en adelante, se requerir toda la capacidad, toda la dedicacin y entusiasmo de los bibliotecarios, si es que vamos a cumplir a plenitud la ingente misin de dotar este bello recinto de los mejores libros, de los mejores equipos y principalmente de los mejores elementos humanos para que esta institucin pueda sealar con certera visin los derroteros de nuestra cultura. El edificio luce grande, espacioso, y algunos creern con error que pasarn muchos lustros para que sus depsitos de libros se vean plenamente nutridos; pero nunca es demasiado grande una casa de esta naturaleza, y llenarla de libros es quizs una labor material; lo que importa es que los libros sirvan y rindan su cometido; y para eso estn los bibliotecarios cubanos, que sabrn poner al servicio de esta institucin todo su saber, toda su inteligencia, toda su capacidad, y tambin todo su espritu de sacrificio, toda su devocin y abnegacin, porque su profesin es algo ms que un ttulo que capacite para el trabajo, es un apostolado que slo pueden cumplir los buenos y, entre los buenos, los mejores. Al agradecer en nombre de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, el donativo de los bibliotecarios cubanos, sanos permitido elevar al cielo nuestros ms fervorosos votos por el auge del libro cubano, y de todos los pases cultos de la Tierra, por la unin y confraternidad de todos los que aman, respetan y enaltecen vuestra noble profesin; y que nuestros hijos y nietos, al entrar en este recinto, donde se atesora una parte del saber humano, lo hagan con veneracin y orgullo, recordando no solamente a los que pudieron materializar un bello ideal, como esta Biblioteca, sino principalmente a los que ostentaron esos nombres ilustres y gloriosos, grabados para la posteridad en los muros y columnas de esta Biblioteca, y que tanto hicieron por la humanidad y por Cuba. Muchas gracias.

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26 Resolucin* Cincuenta aos de atraso, reflejo sin duda de la organizacin econmica, social y poltica del pas hacen sentir hoy su peso sobre nuestras instituciones culturales. Aos de incuria determinaron la paulatina decadencia de la investigacin, tarea indispensable para la formacin y el mantenimiento de una conciencia nacional, pero al mismo tiempo –y esto tiene quizs mayores y ms graves alcances– se resquebrajaron los instrumentos destinados a echar las bases de una educacin slida que pudiera extenderse a todas las clases sociales. Todo ello se tradujo en la rpida decadencia de la instruccin pblica que tan altos niveles haba alcanzado en los primeros aos de nuestra repblica; en la escasez de bibliotecas –verdadera penuria, pues faltaba en ellas el personal tcnico–, no se adquiran libros y no existi jams una poltica que tuviera en cuenta el crecimiento de la poblacin y los nuevos intereses surgidos de la realidad cambiante ni en la crisis progresiva de las instituciones de alta cultura Corresponde a la Biblioteca Nacional, en esta etapa revolucionaria, una tarea de importancia suma a la que ha dedicado la nueva direccin sus mayores cuidados: ofrecer a los investigadores un amplio acopio de documentos relacionados con los antecedentes histricos, artsticos y literarios de nuestra actual cultura. Y, al mismo tiempo, estimular la investigacin, tan descuidada por las nuevas generaciones cubanas. Ambas son tareas urgentes, inaplazables. Porque en el estudio y la interpretacin de nuestro pasado se sentarn las bases firmes y slidas de nuestra conciencia nacional. Sin embargo, la Biblioteca Nacional ha querido contribuir a este momento creador de nuestra historia asumiendo otra responsabilidad y ha puesto al alcance de los nios y adultos libros y reproducciones de arte, en un esfuerzo por hacer llegar la cultura a capas ms amplias de la poblacin, de acuerdo con la poltica del Gobierno Revolucionario y de acuerdo con esa tnica, el 3 de diciembre de 1959 se dict la siguiente Resolucin: Diciembre 13, 1959. “Ao de la Liberacin” 1POR CUANTO: es funcin de la Biblioteca Nacional “Jos Mart” recoger, conservar y organizar el patrimonio cultural de la Nacin con el fin de ponerlo al servicio de los estudiosos e investigadores. Esta Resolucin aparece en el nmero de enero-diciembre de 1959, de la pgina cuatro a la ocho de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart [N. de la E.]

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272POR CUANTO: el folklore nacional, as como la msica culta de los compositores cubanos forma parte principal de ese patrimonio cultural. 3POR CUANTO: muchos documentos de gran importancia para nuestra historia se encuentran fuera de Cuba, ya que algunos fueron sacados del pas al terminar la dominacin espaola, otros se encuentran en el Archivo de Indias, en el de Simancas, en el de los Estados Unidos de Norteamrica, en Francia y en otros pases ms; otros se encuentran en diversas bibliotecas extranjeras debido a la incuria de los gobiernos que han regido la nacin en pocas anteriores, los que jams se preocuparon de adquirirlos cuando los particulares que los posean los pusieron en venta. 4POR CUANTO: hoy da es posible recuperar todos esos documentos organizando debidamente su seleccin y reproducindolos en microfilm. 5POR CUANTO: Cuba es un pas subdesarrollado en lo que respecta a su organizacin bibliotecaria. 6POR CUANTO: es un hecho comprobado y admitido por las naciones ms cultas que sin la existencia de un buen servicio do Bibliotecas Pblicas es difcil mantener en el pueblo un alto nivel de cultura, ya que estas Instituciones son llamadas a poner el libro al alcance de todos y llevar adelante una campaa tcnicamente planeada, para fomentar el hbito de la lectura, que alcance a la totalidad de la ciudadana. 7—POR CUANTO: la Biblioteca Nacional “Jos Mart’ cuenta con personal idneo y rene las condiciones requeridas para prestar, tanto el servicio que es propio de la Biblioteca Nacional como aquellos que incumben a una Biblioteca Pblica moderna, a saber: fomentar el amor por la lectura; facilitar al pblico en prstamo tanto libros como reproducciones de buenos cuadros, poner al alcance de sus visitantes buenos discos, organizar cursillos y otras actividades tendientes a despertar el inters por distintos temas, facilitando bibliografas sobre los mismos, confeccionar listas de libros sobre diversas materias para aquellos que deseen ser aconsejados en sus lecturas, ya sea de manera colectiva o de manera individual, depositar en los distintos centros de trabajo colecciones de libros debidamente seleccionados, ofreciendo charlas que inciten a leerlos, trabajar con los nios en el saln juvenil, ya que la niez es la etapa ms propicia paro inculcar y arraigar el hbito de leer, ofrecer en prstamo a los maestros, en ese mismo departamento las lminas que puedan serle tiles en e aula 8—POR CUANTO: la Biblioteca Nacional Jos Mart al mismo tiempo que realiza esa labor de Biblioteca Pblica puede servir de gua a otras bibliotecas del pas que deseen ser auxiliadas en su labor, as como adiestrar a los bibliotecarios que trabajan fuera de La Habana sin haber tenido la oportunidad de trabajar en sus distintos Departamentos bajo la supervisin de personal tcnico: RESUELVO: Que la Biblioteca Nacional Jos Mart trabaje de la siguiente manera: Primero. Cumpliendo a cabalidad su funcin de Biblioteca

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28Nacional, para lo que recoger, organizar y pondr a la disposicin del pblico todo el tesoro bibliogrfico y musical de la Nacin, y llevar a cabo, al mismo tiempo, una labor sistemtica de recuperacin, por medio de microfilms de todos los documentos histricos de inters nacional que se encuentran fuera del pas, segn se ha expuesto en el POR CUANTO N 3 de esta Resolucin. Segundo. Que en atencin a lo expuesto en el POR CUANTO N 6 de esta Resolucin, la Biblioteca mantenga su personal idneo y la debida organizacin departamental para llevar adelante las labores de una Biblioteca Pblica, tomando este trmino en la acepcin y alcance que le confiere la ms moderna ciencia bibliotecolgica, y cumpliendo todo lo enunciado en los POR CUANTO Nos. 7 y 8 de esta Resolucin. Y para que quede constancia expido esta Resolucin el da 13 de diciembre de 1959 ao de la Liberacin, vspera de la inauguracin de todos estos servicios que en este escrito se mencionan. La Habana, Mara T. Freyre de Andrade de Velzquez. Directora. Dpto. de Circulante

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29 Manuel Pedro Gonzlez y la Sala Mart: de un discurso inaugural *Nos hemos congregado en este augusto recinto para inaugurar el nico monumento digno de Mart que Cuba le ha erigido hasta ahora. Porque la verdad sea dicha: Mart ha sido muy poco afortunado con los tres monumentos que se le han dedicado en las dos ciudades ms importantes de Cuba. Ni el “pisapapel” del Parque Central, como lo llama Ral Roa, ni la tumba o mausoleo de Santiago de Cuba, ni la “raspadura” que afea esta plaza, guardan armona ninguna con el magno espritu, el genio y el refinamiento artstico de aquel grande que no lo fue de Espaa, pero s de Amrica y empieza a serlo del mundo. En cambio, este todava modesto que hoy le consagramos, s es digno de l. Con estas palabras inici Manuel Pedro Gonzlez, profesor de Literatura, escritor, martiano distinguido, el discurso de inauguracin de la Sala Mart, en la Biblioteca Nacional, el 28 de enero del ao en curso. Despus de expresar reconocimiento a cuantos contribuyeron a que esta sala fuera posible continu diciendo: Habis designado para decir unas fervorosas palabras en este acto que honra a Cuba, a un humilde martilatra –el ms humilde, pero no el menos devoto. Quien en este instante tiene el alto honor de hablaros, ni siquiera naci en Cuba, pero en Cuba transcurri su adolescencia y su juventud, aqu recibi la muy parca preparacin acadmica que posee y aqu ech races sentimentales que se mantienen vivas todava. Por aquellos aos de 1910 a 1920 en que yo era estudiante en La Habana, prevaleca en esta capital una increble esterilidad en los estudios martianos. El culto al hroe se reduca a pomposas alusiones en discursos de polticos de muy escasa ejemplaridad y notas periodsticas en aniversarios de nacimiento y muerte. Gonzalo de Quesada y Arstegui publicaba cada dos o tres aos un volumen con escritos del Maestro que nadie lea ni se comentaban en la prensa. l mismo se doli amargamente en algn prlogo de la indiferencia glacial con que el ambiente premiaba su noble esfuerzo. Nstor Carbonell, que tambin so con hacer una edicin de obras completas, recibi idntica recompensa. Si la memoria no me traiciona, el ms tenaz propagador de Mart por aquellas calendas creo que era Arturo R. de Carricarte,* Texto aparecido en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, nmero 1 de enero-abril de 1968 desde la pgina :93 hasta la 98. [N. de la E.]

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30pero la suya era una voce clamantis in deserto. Yo mismo llevaba varios aos en Cuba y apenas tena noticias de l. Recuerdo que mientras trabajaba en una bodega en San Antonio de los Baos, cay en mis manos una insignificante biografa novelada de Mart publicada annimamente. Muchos aos despus Pancho Coronado, siendo director de esta Biblioteca, me aclar que el autor de la consabida biografa novelada era el tradicionista lvaro de la Iglesia. La lectura de aquel humilde libro –lo primero que de o sobre Mart le– torci el rumbo a mi destino, porque despert en m la vocacin de cultura. Con setenta y cinco pesos que haba logrado ahorrar, decid venir a estudiar a La Habana. De no haber tropezado a tiempo con Mart, es probable que hubiera seguido trabajando en el giro de abarrotes, habra permanecido analfabeto, me habra hecho bodeguero y acaso habra llegado a ser rico. Este primer contacto con Mart me revel la verdad evanglica que no slo de pan vive el hombre. Desde entonces –y hace de esto ms de medio siglo– su sombra bienhechora no me ha desamparado nunca ni su memoria ha dejado de endulzar y confortar mis desdichas y tristezas. Perdonen ustedes esta reminiscencia personal. La ancdota carece de trascendencia, pero es reveladora del milagroso influjo que el contacto con el espritu de Mart puede ejercer sobre las almas ganosas de superacin. Estoy seguro de no haber sido el nico en quien Mart ha operado este tipo de conversin o revelacin de un destino ms alto y noble. Mart es, nemine discrepante, creo, el espritu ms puro, generoso y genial que Amrica –Norte y Sur– ha producido. Como afirm hace aos el gran crtico espaol Federico de Ons, es tambin el escritor de nuestra lengua que ms ha crecido en los ltimos setenta aos, y previ que seguira creciendo. La profeca se est cumpliendo al pie de la letra. Igual crecimiento podemos augurar a esta “Sala” que hoy inauguramos. Antes de inmolarse en Dos Ros ya se haba convertido en el pensador y prosista ms ledo y acatado del continente americano. (Los dos nicos pases del mbito hispano en que no se lea ni se le conoca eran precisamente Cuba y Espaa). Fue tambin el renovador del arte de escribir, prosa y verso, en nuestra lengua. Porque a despecho de lo que algunos insisten en negar, Mart fue el autntico innovador e iniciador del Modernismo americano, pues se anticip a Rubn Daro en el empeo novador en ms de seis aos. El mismo portalira nicaragense le debe mucho ms de lo que nunca admiti pblicamente. Sin embargo, la devocin de Daro por Mart era fervorosa y se acrecent con los aos. La influencia del nclito cubano es la nica que permanece en la obra de Rubn Daro hasta su muerte. En los ltimos aos, el prestigio y la gloria del Apstol han traspasado las fronteras continentales para convertirse en figura universal, lo cual demuestra la universalidad de su pensamiento. Prueba de ello es el crecido nmero de antologas y estudios crticos de tamao mayor que en mltiples lenguas y pases se

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31han publicado en torno a su ideario, su verso y su prosa nica. Ustedes me excusarn si traigo a cuento aqu otro elocuente caso reciente de catequizacin o conversin martiana de mxima ejemplaridad. Es, junto al caso de Gabriela Mistral, la prueba ms eminente de la vala y capacidad de seduccin y proselitismo que encierran el espritu y e l pensamiento martianos. El ao pasado se public en La Habana el estudio ms erudito, apasionado, apasionante y extenso que la personalidad de Mart ha inspirado hasta ahora. Refirome al Mart revolucionario del gran ensayista argentino Ezequiel Martnez Estrada. Slo conocemos el primero y el tercer tomos de esta obra, porque el segundo permanece indito. Es un estudio de proporciones gigantescas, arrebatado, frentico, ditirmbico siempre, complejsimo y de ardua lectura a ratos. Este heroico esfuerzo consumi las ltimas energas del autor y precipit su muerte. Sin embargo, he notado que esta magna obra ha tenido un eco poco menos que nulo en Cuba. Slo tengo noticias de dos reseas: una de Federico lvarez en La Gaceta de Cuba y otra del poeta ngel I. Augier en Casa de las Amricas. Esto revela increble indiferencia y hasta ingratitud por parte de los martistas. Cmo es posible que el ms famoso ensayista que en Amrica haba dedicara ntegros los cuatro ltimos aos de su gloriosa vida, trabajando de doce a catorce horas diarias para escribir este monumental estudio caracterolgico y que la aparicin de esta Summa martiana no tenga resonancia prcticamente ninguna en la patria de Mart? Qu significa o qu misterio esconde este silencio injusto? Es displicencia? Es ignorancia? Es desgano, desidia o apata ante una obra tremendamente erudita, compleja, barroca y de no fcil lectura? Porque lo indiscutible es que en torno a ella prevalece una “conjura de silencio” que lo mismo pudiera significar una actitud peyorativa que hostil, inapetencia mental para digerir un libro denso, cultsimo y hasta culterano y a ratos poco entretenido, que indiferencia irresponsable, frivolidad o despreocupacin. Porque lo cierto es que ni siquiera se ha negado ni atacado por sus muchos errores y defectos. En tanto, engendros anmicos, sin valor artstico ni originalidad valedera son profusamente aplaudidos por cofrades y amigos de los autores, Mart revolucionario no provoca comentario ninguno, ni siquiera para atacarlo y destruirlo. Tal recepcin implica injusticia imperdonable. Al analizar las circunstancias en que Martnez Estrada escribi este libro pstumo, el profesor Gonzlez explica: [...] fui amigo de Martnez Estrada y testigo del fervor con que trabajaba a pesar de lo precaria que era ya su salud, y me duele la indiferencia con que Cuba ha recibido esta obra monumental. No me arredra el adjetivo y menos los comentarios peyorativos que he escuchado de labios cubanos. A despecho de errores y fallas, que conozco porque he ledo con suma atencin ambos tomos, no titubeo en proclamarla mo-

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32numental. Ya s que los especialistas y los hombres de saber acadmico no vern en este libro ms que los lunares que lo afean y no sus luminosidades, sus intuiciones geniales y sus grandezas; pero con todas sus deficiencias y errores, cuntos de nosotros somos capaces de escribir un libro del calibre de este y, sobre todo, cuntos tenemos el fervor y la capacidad de sacrificio demostrados por el genial argentino? Volviendo a su tema central, hace estos sealamientos y pronsticos: Esta Sala a cuya apertura asistimos, debi haberse creado hace cincuenta aos, pero de la desidia de aquellos gobiernos mediatizados y corrompidos no poda esperarse iniciativas de esta ndole. La Biblioteca Nacional fue smbolo perfecto de la Cuba que la Revolucin cancel. Era una institucin ambulante, sin hogar propio ni direccin postal segura. Unas veces se albergaba en la Maestranza, otras iba a parar a los stanos de la antigua crcel, donde valiossimas colecciones de peridicos y revistas fueron destruidas por una inundacin; y por algn tiempo fue husped de la fortaleza militar de la Plaza de Armas. En realidad era una desvalida hurfana, sin proteccin, ni hogar, ni valedores. En una poca se form el grupo protector llamado “Amigos de la Biblioteca Nacional”, al cual me cupo el honor de pertenecer, compuesto por el capitn Llaveras, Emilito Roig, el benemrito Francisco Gonzlez del Valle, etctera. Todas nuestras gestiones se estrellaron contra la indiferencia y la apata oficiales. Cmo pretender o esperar que de tal incuria salieran iniciativas como esta Sala? Y no obstante es una gran prdida la que se ha sufrido por no haberla fundado a tiempo. ¡Cunto libro o folleto publicados en Cuba o en otros pases hoy incontrables en el mercado que no encontrarn albergue en este fiel recinto! ¡Cuntos estudios de calidad que no enriquecern esta coleccin! Pero no debemos cejar en el empeo. Si en el mercado de libros no es posible obtenerlos ya, estoy seguro de que en las bibliotecas y archivos privados se encuentran muchos de estos libros y folletos que nunca llegaron a la Biblioteca Nacional. Hay que realizar una campaa intensa y persuadir a quienes posean estos tesoros de que, si como Mart dijo el lugar de un hombre est all donde pueda ser ms til, el lugar donde un libro puede rendir mxima utilidad es la biblioteca pblica. En La Habana, igual que en las otras principales ciudades de Cuba, hay centenares de bibliotecas privadas que seguramente contienen libros y folletos de o sobre Mart inexistentes en las libreras. Creo que una campaa publicitaria apelando al patriotismo de estos biblifilos producira ptimos resultados. En esta campaa debe utilizarse la radio, la televisin y la prensa. En esta debiera insertarse un anuncio permanente, en primera plana a ser posible, solicitando la donacin a esta Sala, o por lo menos la venta, de todo lo que la Sala no tenga. Esto es factible y no erogara costo ninguno Es cuestin de movilizar el inters cultural y el patriotismo de los dueos de estos tesoros.

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33La biblioteca que hoy se inaugura es absolutamente nica en el mundo y honrar y servir a Cuba durante las generaciones venideras, porque cuantos martifilos vengan a investigar en ella, trabajarn para Cuba sin siquiera percatarse de ello. Mart es nuestro gran valor universal, acaso el nico de este rango que Amrica ha producido, y el inters por l crecer con el tiempo en muchos pases. No hace mucho vinieron a Cuba dos eminentes mujeres –una rusa y la otra alemana– a completar sus investigaciones sobre Mart para terminar sus respectivas tesis doctorales a l dedicadas. Otra mujer de talla intelectual, profesora agregada de la Sorbona, trabaja desde hace aos en su tesis doctoral tambin sobre el estilo martiano. En los Estados Unidos se han escrito ya unas ocho o diez tesis doctorales sobre el Apstol que cuentan entre los estudios ms prolijos, especializados y agotadores que sobre l se hayan escrito y se escribirn muchas ms porque Mart interesa enormemente a la gente joven all. Plceme dejar constancia aqu de dos eminentes martistas que han salido de mi ctedra y son ya no slo martilogos entusiastas, sino especialistas muy peritos: los profesores Isis de Galindo e Ivan A. Schulman. Sus respectivas tesis hay que colocarlas entre los estudios de estilstica martiana de mayor significacin hasta el presente escritos. Luego el distinguido disertante se detiene en lo que llam “aspectos ‘programticos’, organizativos y hasta prosaicos”: la necesidad de que la Sala Mart publique un boletn anual conteniendo, entre otras cosas, la bibliografa martiana activa y pasiva aparecida durante el ao; una seleccin de artculos publicados durante el perodo en lenguas extranjeras, una seccin bibliogrfica de carcter crtico que informe al lector extranjero sobre ciertos estudios, cualquiera sea su carcter –tesis acadmicas, libros, folletos y artculos de alta calidad–; una seccin que incluya nombre y direccin de los ms significados estudiosos de Mart en todas partes. Huelga aadir que el boletn debe gestionar el envo a la Sala Mart de todo lo que sobre el Apstol se publique en todas partes, as como las ediciones que de l se hagan. Los agregados culturales de las embajadas acreditadas en La Habana pueden ser auxiliares muy eficaces en este empeo. Al concluir, Manuel Pedro Gonzlez evoca a la “figura hispana que mayores afinidades idiosincrsicas mentales y morales tiene con Mart”, Miguel de Cervantes Saavedra. “Estos dos mximos espritus de nuestra lengua se disputan la preferencia del mo”, dice antes de citar las palabras finales de un ensayo de Jean Cassou sobre Cervantes. Esta, ms conversacin que conferencia, franca, directa y emotiva, fue acogida con simpata por el pblico asistente, que la aplaudi en el Saln de Actos de la Biblioteca Nacional Jos Mart.

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34 Directores de la Biblioteca Nacional de Cuba Salvador BuenoEnsayista y profesor de la Universidad de La HabanaDentro de la poltica de los gobiernos espaoles hacia su principal colonia antillana, nunca estuvo la fundacin de una gran biblioteca en su capital. Al ocurrir la ocupacin militar norteamericana en 1898, que se extendi “oficialmente” hasta el 20 de mayo de 1902, los patriotas cubanos iniciaron a poco gestiones para lograr la creacin de la Biblioteca Nacional. Ninguna atencin prest el primer gobernador militar, general Brooke. El segundo, general Leonard Wood, fue ms accesible. Gonzalo de Quesada y Arstegui encabez las iniciativas. Por fin, el 18 de octubre de 1901 fue firmado el decreto, por supuesto en ingls, que nombraba a Domingo Figarola Caneda, director de la recin constituida institucin. La primera decisin del director fue donar unas tres mil piezas, la mayora con temas cubanos. Durante los primeros aos entreg parte de su salario, $125.00 mensuales, a la compra de libros y revistas para la flamante institucin. El exiguo presupuesto de que dispona el establecimiento no permita la compra de libros, aunque hubo valiosos donativos como el ofrecido por el ilustre bibligrafo Nstor Ponce de Len y tambin por el conde de Lagunilla. Cuando advino la repblica, la Secretara de Instruccin Pblica fue instalada en la llamada Maestranza de Artillera donde se concedi a la Biblioteca la mitad del primer piso. Nacido en la ciudad de San Cristbal de la Habana, el 17 de enero de 1852, Domingo Figarola Caneda dispona de una hoja de servicios como patriota e intelectual intachable. Viose obligado a emigrar por sus ideales independentistas. Por la causa de la liberacin public en Pars el peridico La Repblica Cubana en espaol y en francs. Al regresar a la patria, tras desaparecer la dominacin espaola, fue designado delegado oficial de Cuba en el Congre-

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35so Internacional de Bibliografa y de Bibliotecarios, celebrado en Pars, en 1900. Sus estudios de biblioteconoma los increment en Londres. Cuando pas por New York, conoci a Jos Mart quien, en un ejemplar de su traduccin de la novela Ramona de Helen Hunt Jackson, escribi: “Para Domingo Figarola Caneda, que tiene su fuerza en el corazn”. Con este aval, debemos justipreciar la vasta obra realizada por el director de nuestra Biblioteca Nacional. Relevancia conquista don Domingo con las compilaciones bibliogrficas que realiz durante su fecunda trayectoria vital. Debemos subrayar, lo que no es nada superfluo, su absoluta honestidad. No se benefici con las obras que posea la institucin que diriga. Su biblioteca personal no dispona de ningn libro que no se encontrase en la Biblioteca Nacional. Recordaba Emilio Roig de Leuchsenring, que le deca: “Mira [...] Ves todas esas cajas?, pues contienen fichas sobre el asunto de que t quieres escribir. Las pongo a tu disposicin si no eres una mariposa”. l llamaba “mariposa” a los que slo libaban unas cuantas gotas, saltando de tema en tema, sin profundizar en ninguno, –y agrega– “as me calific a m cuando en los comienzos de mi carrera periodstica le peda algn dato insignificante para artculo de ocasin”. Fund la Revista de la Biblioteca Nacional (1909-1912), que poda publicar gracias a la imprenta que don doa Pilar Arazoza de Morales. All dio a conocer, entre otros materiales valiosos, cartas de Domingo del Monte a Jos Luis Alfonso y ms tarde, las “Memorias inditas de la Avellaneda” con anotaciones, etctera. Edit las bibliografas de Ramn Meza, de Luz y Caballero y de Enrique Pieyro. Uno de sus aportes de mayor calidad y de paciente investigacin fue su Diccionario cubano de seudnimos (1922). A su cargo estuvieron los tres primeros tomos del Cantn epistolario de Domingo del Monte, empresa que acometi la Academia de la Historia y que en total fueron siete volmenes. Despus de su fallecimiento, ocurrido el 14 de marzo de 1926, su viuda, Emilie Boxhorrn, de origen polaco, dio a la imprenta en Pars su amplia investigacin sobre Mara de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, la reconocida escritora habanera, condesa de Merlin, y de Gertrudis Gmez de Avellaneda. No debo olvidar la mencin de Plcido (poeta cubano) (1922) que ofreci una muy variada informacin sobre la vida y obra de Gabriel de la Concepcin Vldes, donde hace algunas precisiones sobre la biografa del bardo que public Pedro Jos Guiteras en 1874. Frente a la situacin aflictiva de una institucin que tena sobrado prestigio, el patriota e historiador Enrique Collazo declaraba: La Biblioteca Nacional, por su significacin deba ser una institucin que debiera contar con el apoyo del gobierno para su desarrollo. Veo que, por el contrario, no es ya siquiera ni esta enmienda que se propone, ya que lo que se trata es matarla, en vez de ayudar al desarrollo de la Biblioteca, se trata de acortar cada

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36presupuesto y as los recursos que se dan para que eso pueda tener desarrollo. Una Biblioteca Pblica es un centro de instruccin en el que cual el gobierno debe poner empeo en su desarrollo, aqu sucede lo contrario [...]. –continuaba– Si se quiere matar la Biblioteca, mtese de una vez, pero no se la haga morir de inanicin, quitndole fibra a fibra y pelo a pelo, lo nico que puede tener para poder vivir. Con las palabras del bravo patriota deseo resumir las muchas opiniones adversas a las condiciones que pesaban sobre un establecimiento que representaba la cultura nacional. Cincuenta y ocho aos despus de la fundacin de la Biblioteca Nacional ocurri la victoria de la Revolucin Cubana. Antes de 1959, era deplorable el estado de las bibliotecas pblicas del pas. Acababa de instalarse la Biblioteca Nacional en un edificio enorme e imponente despus de haber estado en las dcadas precedentes situada en el Castillo de la Fuerza, cercano al mar. Existan 175 bibliotecas pblicas en el pas, pero en este nmero se incluan las de universidades, centros culturales y sociedades de recreo. Las bibliotecas municipales eran deficientes, salvo las de La Habana, Marianao y Matanzas. Para ocupar la direccin del importante establecimiento fue designada por el Gobierno Revolucionario la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade: deba emprender la institucin nuevas tareas. Naci en 1896, en San Agustn de la Florida adonde se traslad su padre, Fernando Freyre de Andrade, para desde all incorporarse a las fuerzas del Ejrcito Libertador. Su ancestro mamb la impuls a un firme quehacer patritico, pero igualmente a la necesidad de forjarse como una excelente profesional. Requiri salir de su patria tras el asesinato de sus tos Gonzalo, Leopoldo y Guillermo por los esbirros de la dictadura machadista. Llev a cabo en Pars una intensa campaa contra la tirana que asolaba al pas, organizando el Comit de Jvenes Revolucionarios Cubanos que public El terror en Cuba atrayendo el apoyo de prestigiosas personalidades e instituciones. La vuelta a Cuba produjo pronto el regreso a Europa donde obtuvo el ttulo de profesora de francs y el diploma de tcnica bibliotecaria, en la Universidad de Pars. Ya de nuevo en La Habana publica en el Boletn Bibliotecario que de ningn modo consideraba la biblioteca como un mero lugar para guardar libros. Intervino en la Asamblea Nacional de Bibliotecas (1938) de la que brot la Asociacin Bibliotecaria Cubana la cual promovi la Escuela de Servicio de

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37Bibliotecas, en la que asumi la asignatura de Referencia. Form parte del claustro de profesores de los cursos de Tcnica Bibliotecaria en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana. Fue cofundadora de la Escuela de Bibliotecarios de la propia institucin. Utiliz la seccin “Bibliotecas” que la Asociacin Bibliotecaria Cubana publicaba en el peridico El Mundo llamado por entonces El Nuevo Mundo para difundir valiosos artculos sobre aspectos relacionados con su especialidad. Adems en otros peridicos y revistas dio a conocer ms artculos sobre los mismos temas. Ofreci por radio, en 1940, una exposicin sobre “El panorama bibliotecario nacional”. Prepar un folleto donde recoga los ms diversos aspectos de la profesin: El servicio de bibliografa y referencia y la adquisicin de libros en una biblioteca, esclareciendo cuestiones poco conocidas por entonces. Mara Villar Buceta, poetisa y bibliotecaria reconocida ya, coment: “Tan largo de ttulo como nutrido de ciencia”. Hasta en aquella sociedad prerrevolucionaria, plante que los trabajadores deban recibir los beneficios del servicio bibliotecario en su artculo “El sindicato como punto de partida para las bibliotecas populares”. Siempre manifestaba su preocupacin por la carencia o escasez de los servicios bibliotecarios. As ofreca conferencias, charlas, seminarios destinados a superar aquella situacin denigrante para la cultura cubana. En las Memorias o Informes de las Jornadas Bibliogrficas Cubanas se encuentran sus aportes sobre las bibliotecas escolares universitarias e infantiles. Pona especial nfasis en el trabajo que se deba hacer con relacin a los nios. Slo en 1942 fue inaugurada la primera biblioteca pblica de estante abierto patrocinada por la sociedad cultural femenina Lyceum. La doctora Freyre de Andrade fue designada su directora. Y en ese mismo ao intervino en el Primer Congreso Internacional de Archiveros, Bibliotecarios y Conservadores de Museos del Caribe que se realiz en la capital cubana. En la Universidad de La Habana no slo se desempeaba como profesora, sino que dirigi el Departamento de Hemeroteca de nuestro ms alto centro docente. Ya se la reconoca en el extranjero, la UNESCO la contrat como bibliotecaria consultante por lo que pudo viajar a diversos pases y adquirir ms experiencias y conocimientos que, como siempre, transmita ampliamente entre sus colegas nacionales. Debo destacar que fue cofundadora de la Asociacin Nacional de Profesionales de Bibliotecas que vendra a ser en 1955 el Colegio Nacional de Bibliotecarios Universitarios. "rgano oficial de ambas corporaciones era Cuba Bibliotecolgica en cuyas pginas fueron incluidos diferentes textos de una personalidad tan relevante no slo en el campo de sus estudios especficos. No era, de ninguna manera, una intelectual encerrada en su torre, sino que se preocupaba por los problemas nacionales, por lo que se opuso a los gobiernos de Grau San Martn y Pro Socarrs. Como consecuencia, despus del cuartelazo de Fulgencio Batista en

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38marzo de 1952 se coloc abiertamente contra la nueva tirana y tuvo que trasladarse al extranjero. Con la victoria revolucionaria del primero de enero de 1959 comienza una etapa de transformacin en todos los mbitos de la nacin. La doctora Mara Teresa Freyre de Andrade fue designada directora de la institucin que apenas se haba trasladado a un hermoso edificio de grandes dimensiones, pero que estaba vaco y sin orientaciones precisas. Tantos cambios radicales en la capital del pas no deban quedar reducidos al permetro capitalino. Fue creada la Red Nacional de Bibliotecas Pblicas. Con frecuencia realiz visitas a muchas de dichas instituciones. Recuerdo haberla acompaado a Cienfuegos y a Trinidad y resulta inolvidable recordar su movilidad y su afn de servicio. Era frecuente observar en muchas libreras habaneras cmo se agrupaban montones de libros destinados no slo a las bibliotecas existentes, sino tambin a las nuevas que surgan por doquier. La Biblioteca Nacional Jos Mart se llenaba con nuevos departamentos y secciones, como la Sala Tcnica y el Catlogo Colectivo de revistas. Nos llenaba de alborozo contemplar las continuas visitas al Departamento Circulante, las investigaciones de variadas caractersticas que se iniciaron. Con razn nuestro Comandante en Jefe declaraba: “No le decimos al pueblo cree, le decimos lee”. No se pasaban por alto otras actividades y funciones. La Bibliografa Nacional fue iniciada con todas las atenciones que resultaban imprescindibles. El ao 1964 abri los quehaceres relacionados con la Campaa Nacional por la Lectura: se visitaron centros docentes, talleres y fbricas y algunos Comit de Defensa de la Revolucin que presentaban las mejores posibilidades de realizar una labor fructfera en este sentido. Dadas las condiciones que afrontaba la nacin, la Biblioteca Nacional Jos Mart debi asumir, y ha tenido que conservar ese carcter de biblioteca pblica. Resulta indudable que tales caracteres se han debido obviar y resolver de la mejor forma posible. Por una parte, las Salas de Coleccin Cubana impulsa indagaciones de variado perfil; la Revista niveles que hasta entonces no haba disfrutado. Ciertos acontecimientos de nuestra ya larga historia han provocado ediciones de variado cariz, como fue el bicentenario de la toma de La Habana por los ingleses.Subrayamos la importancia del Saln de Actos. Ha habido all ciclos de conferencias, audiciones musicales y actos pblicos de tanta trascendencia como las reuniones durante tres das de los ms altos dirigentes de la Revolucin, encabezados por Fidel Castro Ruz, durante 1961, que culminaron con el clebre texto: Palabras a los intelectuales Preparar personal tcnicamente condujo a la fundacin de la Escuela de Capacitacin Bibliotecaria que se transform ms tarde en la Escuela de Tcnicos Bibliotecarios. De ella egres el personal requerido con una base no slo tcnica, sino humanstica. De su sabidura y comprensin emergi el sendero que ha seguido la trayectoria de la Biblioteca Nacional Jos Mart.

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39Para bien o por adversidades, suceden naturalmente acontecimientos que marcan el curso de una vida, y yo no soy la nica que est llena de marcas, que no son del caso comentar. Sin embargo, les ser fcil descubrir algunas si leen la especie de ajiaco –dicho con el mayor respeto a uno de nuestros platos ms criollos– de unas y otras, pero sin el estrecho orden del tiempo y mucho menos al tono particular que tienen cada uno de sus incidentes. Por supuesto, la marca mayor fue el triunfo de la Revolucin y las albricias de sus primeros aos. En ella va mi cario y respeto a la Biblioteca Nacional Jos Mart, su devenir entre avatares y gozos en su re-nacer. Cuando el licenciado Eliades Acosta me llam para conversar de esos primeros aos, lleg a insinuarme que tratara de escribir, yo qued sorprendida, pero debo confesar que siempre fui –y de ah mi horror– una escritora frustrada. Estudi letras y filosofa con la nica e increble pretensin de escribir; tena fuerte vocacin, pero tambin era fuerte la atmsfera de la rutina, y las propias fantasas, sin voluntad de llevar algo al blanco y negro. Problemas familiares –inclusive de carcter econmico– pasmaban mis deseos y pesaba tambin mucho la imperante situacin polticosocial. Un da, cuando tena inmovilizada la voluntad, lleg la hora de venir a la Universidad de La HabaRe-nacimiento de la Biblioteca Nacional Jos Mart: tiempos y tonos Maruja Iglesias TaulerExsubdirectora de la Biblioteca Nacional Jos Mart Doctoras Maruja Iglesias Tauler (a la derecha) y Mara Teresa Freyre de Andrade

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40na y empec a vivir en participacin constante de todo lo que no tena antes; al acabar con los sueos fantasiosos, empec a participar activamente en el propio seno del Alma Mater. All estuve presente en los seminarios de algunas asignaturas con el propsito de combatir mi terror escnico; y sin perder las asambleas donde Alfredo Guevara ya haca gala de su convincente dialctica. En la actual situacin, de pronto me vi ante un compromiso con la historia y la posibilidad de reintegrar a su justo valor el papel de la Biblioteca Nacional en el seno de una Revolucin triunfante, pero bajo la condicin de que no fuera de carcter histrico solamente; tampoco quera una crnica con sus contrastes y llena de elogios; ni tampoco un anecdotario y mucho menos un simple inventario. Cuando mis amistades me preguntaban qu estaba haciendo, les responda que no lo saba y era verdad –an no haba descubierto lo del ajiaco criollo. Ahora me encuentro que lo tengo y no niego que me preocupa su acogida... de todas formas, recordar, tuve que hacerlo y frecuentemente los recuerdos venan solos, pero necesitaba constatar lo que me vena a la mente. Entonces empec a llamar a mis gentes de aquella poca, sobre todo despus que Tomasito Fernndez Robaina vino a hacerme algunas preguntas para completar el estudio histrico que l realizaba. Qued abrumada porque l traa informacin que yo desconoca y otras que yo recordaba fielmente, y la lejana de los hechos la haban transformado. Entonces se me ocurri buscar papeles propios de mi antigua oficina y aparecieron actas e informes que realmente tampoco recordaba; y que esclarecan detalles. La bsqueda continu y en otra carpeta encontr otros. Ya la intencin primera se convirti en obsesin y entonces comenc a llamar a las compaeras que estaban en la Biblioteca cuando yo llegu a ella como Caridad Lara, Juana Hernndez y Blanca Patallo ms Ral Carballea, y despus a Mara lvarez que haba trabajado directamente conmigo al igual que Adelina Lpez Llerandi, ambas me aclararon y completaron detalles de otros compaeros y compaeras que inclusive no recordaba, as como tambin lo hizo Emilio Setin. Tambin me ayud Regla Peraza tanto como Mara Elena Jubras, Mara Teresa Linares y Zoila Lapique, sin descontar algunos consejos de Graziella Pogolotti y de Carlos Lechuga. La verdad que los momentos crticos o lgidos los tena tan claros como los viv. Todo ello me dio la oportunidad de analizar esos determinados momentos crticos y del medio siglo que acaba de cerrar, media centuria que tambin me ha llevado a pensar en la prxima, porque pertenezco a tres de ellas por lo que hered, lo que me contagiaron y lo que ya vivo en el preado siglo XXI. El da primero de enero de 1959, a las diez y treinta antes meridiano, una brigada del Movimiento 26-7 ocup la Biblioteca Nacional Jos Mart e impeda la entrada haca las oficinas de su direccin y a la de los directivos de la Junta de Patronos. Das despus, exactamente el 16, la compaera Thelvia Marn, de parte del ministro de Educacin, el entonces joven

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41 abogado, Armando Hart Dvalos, me plantea por telfono que si yo estaba dispuesta a ser la delegada del doctor Hart ante la Biblioteca Nacional. Susto y audacia se conjugaron y respond que ira a verlo, y no recuerdo si fui enseguida o al otro da, pero mi designacin como delegada tiene fecha 16 de enero. En mi primera entrevista con el Ministro estaba presente Hayde Santamara. Un acta de la toma de la Biblioteca Nacional del da 19, recoge la firma de los miembros de la Brigada vinculada al M 26-7, as como del soldado rebelde –custodio del edificio. Firmaron a su vez dos bibliotecarias universitarias vinculadas a la Asociacin de Profesionales Bibliotecarios que cooperaba con la “Resistencia Cvica”, el abogado asesor y la delegada. En la prisa, el nombramiento como delegada se haba hecho directamente a la Biblioteca Nacional lo que exiga una ley para anular la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional Jos Mart, dando lugar a que el Banco de los Colonos congelara la cuenta: cuando la delegada fue a sacar la cantidad de dinero necesaria para pagar la plantilla que, aparte de la que corresponda al Ministerio de Educacin, tena la Junta, slo poda extraerla su tesorero, el seor Toms Puyans, esta se percat de la realidad. Del soldado rebelde, ahora custodio provisional, Santana quien firm el acta, habra que decir algo ahora, porque represent en su momento al hombre del pueblo, listo por sus picardas, que se despidi unos meses despus y no volvimos a verlo. El solo hecho de llamar a la Biblioteca “La tumba del faran” sorprendi a todos convirtindose en el primer “personaje” que haca entrada en la Biblioteca Nacional en su novsima etapa. Es de recordar que cuando el ministro Armando Hart y Hayde Santamara la visitaron en esos das, sent que estaban en “La tumba del faran” por la suntuosidad del edificio y la inesperada y compleja responsabilidad aceptada: auditora, cuenta bancaria, trabajadores sin cobrar enero y se acercaba febrero en iguales condiciones; en tanto el edificio me era fro y solemne, a pesar de sus vitrales, sus luces y el brilloso recubrimiento de sus mrmoles. La precariedad del movimiento humano no apagaba del todo el ruido del trnsito. Fuera de sus columnas de entrada se senta el bullicio de otros organismos, o de nuestras calles, a pesar de que la Avenida de Boyeros era va hacia el aeropuerto. Sin embargo, en la oficina de la direccin haba un pequeo equipo afiebrado en su quehacer. El abogado Manuel Iribarre fue solicitado al recin estrenado Ministerio de Recuperacin de Bienes Malversados; nos acompaaba como perito un contador pblico de la firma “Manrara y Prez Daple”, y una secretaria voluntaria. Con ellos se hizo el proyecto de ley que llev al Ministro. l asegur proponerla enseguida; corran los das 19 o 20 de febrero. En racimos salan publicadas diariamente en la prensa todas las leyes y decretos del Gobierno Revolucionario. Nuestra ley tena que salir el da 21 y temprano supe lo contrario. Otra compaera (Mara) que trabajaba en la Ofi41

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42cina Presidencial me facilit la entrada a Palacio. Sus salones eran un hervidero, pero de inmediato vi que Fidel vena hacia m y al reconocerme me dijo: “Quiero hablar contigo, ya s, la ley no sali, necesitamos a Hart”, y en una vuelta lo vio y Hart lleg a nosotros. Fidel le pidi que trajera el proyecto y sealndome algunos prrafos me explica los que haba rectificado, con su propia letra; y lo que ms me impresion fue cuando me alert que “no era necesario zaherir a las personas de la Junta de Patronos nombrndolas...”. Dos das antes habamos terminado el proyecto de ley sobre la Biblioteca Nacional que no sali porque faltaba el nombramiento de la direccin de la Biblioteca. Para m ese hecho fue inolvidable. Del final de ese encuentro con el Comandante, recuerdo: –T crees que Mara Teresa acepte irse de embajadora para Italia? –Ella me dijo hace dos das a su regreso del exilio que no saldra de Cuba por ahora ni en mucho tiempo por nada del mundo, y para la Biblioteca Nacional Jos Mart, su aval es cultura y experiencia, ella fue mi profesora. –Entonces, tu sers la subdirectora. Por supuesto, al da siguiente, la prensa public la ley de disolucin de la Junta de Patronos y las designaciones de ambas por decreto. En la cuenta bancaria no apareci malversacin y se recomend en el informe una auditora a fondo. Uno de los patronos eran colono y el otro hacendado. El impuesto de medio centavo por cada saco de azcar de 325 libras, dej dividendos, inclusive despus de terminado el edificio. Hasta ese momento el impuesto no se haba cancelado, sin embargo no hubo preocupacin por adquirir libros, aunque en verdad no encontramos dilapidacin, la cual reinaba en los gobiernos a lo largo y ancho de la isla de Cuba, donde un alto porciento de los presupuestos eran malversados en “perchas”, “botellas” y las “preferencias polticas” que eran ms importantes que cualquier obra a realizar. La entrega del edificio terminado, en los peores momentos de la sangrienta tirana de Fulgencio Batista a 58 aos de la tercera guerra independentista que convoc Jos Mart, quien proclamara en 1891 “con todos y para el bien de todos” lleg hasta Fidel Castro Ruz. A su vez, a poco ms de otro medio siglo la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional no pudo por menos que honrar tambin al Apstol y Maestro al poner su nombre a la institucin imprescindible para todo pas que se precie a s mismo, en su frontispicio y en ella qued para siempre imborrable, el nombre de Jos Mart. Todo mezclado: en uno de los primeros das, Santana en el curso de una interminable jornada en la oficina –sin almuerzo posible– nos trajo sandwich y cerveza. Estbamos reunidos con el abogado Iribarri, el auditor, revisando papeles, la secretaria tecleando el proyecto de ley, y, en esos momentos nos acompaaba el soldado Santana. En un respiro mientras deglutamos la suculenta merienda aprovech para pregun-

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43tarle qu haba pasado la noche anterior fuera de la Biblioteca en lo que l haba intervenido y yo desconoca por qu l estaba involucrado. Con gran naturalidad respondi de inmediato “que s haba intervenido”, entonces le ped informacin y sin ningn titubeo dijo: “No haba nadie que atendiera el trnsito y lo hice”. Estaba orgulloso de ello, pero aadi que “dando vueltas al edificio de la Biblioteca haba notado que un carro estaba parqueado en la mayor oscuridad en una esquina de la parte de atrs prximo a la zona de parqueo, donde l vislumbr un hombre dentro y al acercarse, diose cuenta que tambin haba una joven y, seores, hay que luchar por la moral pblica (sin respirar repeta) no se podan tolerar las inmoralidades, ahora las cosas sern distintas” y sac de su camisa un papel doblado que abri y nos dijo: “Hice un acta para el juzgado...”. Interrumpido por mi asombro le expres que su responsabilidad nada tena que ver en absoluto con el trnsito y tampoco que estuviera fuera de la Biblioteca, pero l volvi a tomar la palabra y muy orgulloso de s mismo ley: “En la ciudad de La Habana a los tantos das... el ciudadano tal y la seorita tal... vecina de...”. El lenguaje era realmente de un acta del acusador en un juzgado correccional y segua, segua leyendo hasta volver al atentado a la moral pblica. Ya en voz ms firme le pregunt: “qu tiene usted que ver con eso... su responsabilidad es la Biblioteca...”. “No, seora, usted no entiende, para algo sirve la linterna” y vuelve con la lectura y termina ...“tenan el cuerpo del delito al aire...”. Y, por supuesto, casi nos ahogamos atragantados por las desesperadas mordeduras al sandwich. A este soldado improvisado que entr en La Habana siguiendo a la caravana tras el ejrcito rebelde que segua al Comandante Fidel Castro desde Santiago de Cuba, y que en cada tramo de carretera se sumaba ms pueblo, tuve que perdonarlo. Ya l me haba expresado que en su guardia da y noche, encerrado en aquel edificio, durmiendo a ratos en los bancos del vestbulo, se aburra mucho. En la noche –horas de mayor silencio– a l no le gustaba or los ms imperceptibles sonidos... “con extraa musiquita”. Sonaban los tic, tac de los relojes de las Salas de lectura; tambin las grandes cortinas venecianas; oa “el airecito que las mova” y a l eso, “le parecan cosas de espritus... adems se aburra muchsimo”. As me conmovi y le llev para su compaa mi pequeo radio. La estacin de polica ms cercana que nos lo haba situado, no tena cmo enviar otro para rotar jornadas. Santana se incorpor a trabajar en la Biblioteca porque nos lleg una informacin: un compaero que estaba trabajando en la cancillera vino expresamente a decirme que a la oficina del Ministro de Estado, Roberto Agramonte, haba llegado la antigua directora de la Biblioteca Nacional, acompaada nada menos que de Fernando Ortiz, miembro de la Junta de Patronos, con la intencin de presionar o para que influenciara en que la seora Lilia Castro no fuera removida de su cargo. Al da siguiente se present una compaera trabajadora de la Biblio-

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44teca muy seria y bien informada, Mara Victoria Bru, especialista de restauracin, quien me traa un nuevo mensaje: otro miembro de la misma Junta, el seor Toms Puyans, trataba de amedrentar diciendo que los rebeldes amigos a quien haba apoyado “vendran a sacar de all, a la delegada del Ministro”, por eso fui a la estacin cercana donde resolvieron enviar a ese “rebelde”. De esa forma, entre dicharachos como los que aqu se exponen, el custodio preserv a su manera la integridad de la Biblioteca –a tiempo completo– hasta reincorporarse uno de los custodios que tena antes el edificio. A esta fecha pienso que el joven rebelde de aquellos primeros das de 1959 y conocedor de “los faraones” –sin duda con aguda inteligencia–, haya seguido estudios como tantos y dejado atrs “las moralinas inquisidoras” que en el sigloXIX an rezumaba la metrpoli, se contagiaba a las excolonias y se heredaban en “la repblica” de la mitad del siglo XX. Sin lugar a dudas, Mart el intelectual y por excelencia Maestro y Apstol, en la lucha por la libertad de nuestro pas, seguira vivo en la Biblioteca Nacional, y en el pas. Mucho haba sembrado en su corta vida, fue el primero en alertar a toda Cuba, a toda Amrica y al mundo lo que tambin era ya, el signo del poder imperial. Este, desde 1808 irradiaba su expansiva e incontrolable ambicin y nadie mejor que Jos Mart dio el alerta en los aos que convocaba y daba inicio a “la ltima guerra” independentista de Cuba (1895-1898). l supo y anunci tambin su grandeza, pero no se equivoc sobre el llamado de la “fruta madura”. l fue compedio histrico del siglo XIX y da continuidad, sin dejar de analizar a fondo, a Flix Varela y Jos de la Luz y Caballero. Estos hombres ofrecen las primicias de la conciencia nacional a tres siglos de colonizacin que emerga del mismo corazn de la metrpoli y la esclavitud, frente a las generaciones nacidas en Cuba, criollos blancos, criollos negros y mulatos. l se adelant a los grandes y parciales admiradores de los Estados Unidos de Amrica deslumbrados por el adelanto de la democracia americana, aunque su grandeza fuera apocada primero por Mxico. A fines de siglo en Cuba con su amaada “Joint Resolution”, la intervencin en la guerra cubana contra Espaa, la “Enmienda Platt” (el derecho a intervenir cuando all se entendiera pertinente) y “los tratados de reciprocidad” (antecesores de la globalizacin actual), que condicionaron la Repblica y la convierte en una manejable “neocolonia”, es decir mediatizada y corrompida, que as lo fue por los espurios manejos de los partidos polticos que suban y bajaban de los sucesivos gobiernos, mientras se contemplaba cmo las riquezas de Cuba se evaporaban en sus trajines, en tanto no dej de haber hambre, opresin y muertos en nmeros estadsticos escandalosos: en pocas de tiranas, como las de Gerardo Machado, ocho aos, y la de Fulgencio Batista en tres etapas que duraron diecisiete aos, en medio de toda la corrupcin. La nueva situacin abra los caminos a inusitadas oportunidades; el pueblo en general: trabajadores, profesionales, in-

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45telectuales, patriotas y revolucionarios o de ambas facetas a las vez, tena abiertas las expectativas previsoras; como nunca antes se dio tanto a las bibliotecarias y bibliotecarios de oficio como a las bibliotecas. Ni la ansiedad ni la responsabilidad impidieron que soara en esos momentos que la Biblioteca sera abierta a las corrientes contemporneas de acuerdo a su ser y su quehacer, que proceda de su propio nombre: Jos Mart, quien igual que sus antecesores y sucesores estn adheridos en pensamientos y accin a las corrientes filosficas y tecnolgicas de la contemporaneidad. Por tanto, en mitad del siglo XX el hacer deba ser el de ese siglo en funcin del siguiente. Ahora se poda abrogar leyes y hacer proyectos para las leyes sustitutas. Para m, ahora delegada de un ministro, sin conocer el lenguaje jurdico e intervenir en l, era si vamos a ver, una extravagancia que slo pude resolver con un abogado “a pie de obra”. Eso s, ahora con la energa necesaria que requera esta noble institucin, la Biblioteca Nacional Jos Mart. Y para suerte de Cuba el fervor herva desde la punta de Mais hasta el cabo de San Antonio –extremos de la isla. Presente en la Biblioteca desde el 24 de febrero, la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade empez la incorporacin de personal especializado. Ella entr con la idea fija de que no slo bamos a ser Biblioteca Nacional, sino que la promocin deba ser constante y bien estructurada, y se empez por la exposicin de los libros nuevos en las vitrinas del vestbulo en lo que se hizo experta Elena Giraldez hasta el infarto de 1989, despus de una trabajosa exposicin, para gran consternacin de todo el personal. De ah se pas a que todo el movimiento cultural de la institucin se anunciara. Por otra parte se asuma la responsabilidad de la bibliografa nacional bajo un sistema hasta ese momento fraccionado en etapas, y entre etapas y etapas los tiempos vacos, llambamos aos huecos. Tendramos investigadores para escarbar y dar a conocer los fondos de todo aquello que diera lugar en beneficio de nuestra historiografa. La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart se regulara y no iban a faltar otras ediciones de la institucin como consecuencia natural de las investigaciones. Junto a bibliografas activas y pasivas de nuestros escritores apareca un boletn y los manuales tcnicos para el uso de las pequeas bibliotecas, sin descontar las narraciones y adaptaciones de textos destinadas a los pequeos con la debida orientacin metodolgica para las otras bibliotecas. Esta ltima labor estaba directamente a cargo de la directora y del poeta Eliseo Diego, cuya conversacin –terminada cualquier reunin– es an de muy grato recuerdo. Conciertos, conferencias y exposiciones de libros o lo que fuere, se sucedan porque para algo se tena un buen Saln de actos y una buena sala y vestbulo que podra usarse para exposiciones variadas. La realidad posterior a estos propsitos demostr el aserto.

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46Algunas bibliotecarias de experiencia, tenan trabajos de media sesin y mucho menor salario. Tambin otros quedaron sin empleo. Hubo casos que solamente venan a visitar y saludarnos y se iban aceptando la proposicin; as fueron Graziella Pogolotti, Juan Prez de la Riva y Rene Mndez Capote, quien en otro momento de su vida haba trabajado en la Biblioteca cuando estaba ubicada en el Castillo de la Fuerza. Mara Teresa, por supuesto, prefera de sus alumnas a las ms brillantes, y entre los otros profesionales los que se hacan valer por sus lecturas e inquietudes culturales. El personal anterior en la institucin –salvo excepcin– se mantuvo en un 98%. Entre ellos, especializados, se mantuvieron Carlos Villanueva –por experiencia– e Hilda Miranda, tcnica joven y eficiente. En la catalogacin y clasificacin tambin laboraban las tcnicas Caridad Lara y Juana Hernndez, que como Hilda, slo salieron de la Biblioteca cuando se jubilaron, al igual que los dems compaeros, inclusive el propio Carlos Villanueva fallecido el 22 de abril de 1982. Se haba jubilado el 31 de octubre de 1969 despus de 66 aos de labor, y que en la vieja plantilla figuraba como subdirector, pero a la verdad, antes all dispona de todo, la Junta de Patronos. A m me toc sustituir en el cargo a Villanueva que se mantuvo como jefe del Departamento de Hemeroteca con su mismo salario. Tantos aos tena en el organismo, que era capaz de encontrar –por su experiencia–lugares y volmenes o documentos en aquellas partes en que no haba orden alguno. Esta habilidad le vali el agradecimiento de no pocos y destacados intelectuales e investigadores. l mantena al da el libro de registro cronolgico de publicaciones peridicas y su orden en la estantera. Una de las primeras medidas orgnicas, en la Hemeroteca fue la introduccin de un krdex que permita un orden ms racional desde la misma entrada de los materiales, lo que no afect en lo absoluto la labor de Villanueva a quien para ese tiempo ya se tena como anciano. Su labor callada y efectiva en la localizacin de materiales –en esto competa con l Rosina Carone– fue cotidiana y conocida desde larga poca atrs, tanto as, que hace poco supe por Lilia Esteban, viuda de Alejo Carpentier, cmo cuando el escritor comenzaba su primer libro La msica en Cuba, y buscaba artculos de revistas cubanas, documentos y partituras musicales, Villanueva lo ayud a encontrar en cajas y cajas, papeles y papeles lo que a l le interesaba. Pero, al referirme a Villanueva debo retrotraerme a un asunto que le era colateral a Mara Teresa y al ahora viejo y nuevo jefe de Hemeroteca. Cuando an estaba como delegada del ministro Hart, me sorprendi una llamada telefnica de un profesor de la Universidad que respetaba mucho. Paradjicamente l fue quien en sus clases nos dio a conocer las garras de la expansiva potencia imperialista vecina... Para mi asombro, desde que se fue de Cuba y hasta su muerte se man-

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47tuvo expresando sus ideas llenas de un extremismo insano, ridculo y estridente por la radio Swan, enemiga de la Revolucin Cubana. El caso es que me llam por telfono y me pidi que hiciera todo lo posible para que no nombraran a Mara Teresa Freyre como directora, con lo que me desconcert, demostrndome que su antagonismo hacia ella era absurdo, porque no era comunista, eso s de lejos le vena la estirpe de cubana y patriota y algo ms que burguesa en su quehacer, al punto de tener que exiliarse cuando Machado y cuando Batista. Pero hay algo ms importante: das y das despus, mientras Mara Teresa estaba instalada ante su mesa de trabajo y no puedo recordar con quin ms frente a ella, entra alguien y nos dice que en la ltima revista Bohemia haba salido una pequea nota perdida en no recuerdo cul pgina, firmada por Herminio Portell V il que informaba la cada y muerte de Villanueva desde la azotea de la Biblioteca Nacional debido a los maltratos que le daban en la institucin. Pero, por supuesto, Villanueva estaba inocente en su puesto de trabajo. ¡Qu caso!, el mismo profesor que me haba pedido que impidiera la designacin en la direccin de la Biblioteca, a Mara Teresa. Precisamente por esos das nos llaman de informacin y nos dicen que el da anterior haban firmado el libro de entrada, cincuenta usuarios, y bajamos a ver las firmas. Para gran sorpresa uno de ellos haba firmado como Miguel de Cervantes y Saavedra, broma que por supuesto no tomamos a mal y ms bien nos divirti. En 1960 ya “los servicios prestados –segn informacin de Emilio Setin– sextuplicaron los mejores ndices de todo el perodo anterior[...]”. Durante las reuniones de la direccin se sugeran temas a desarrollar, as como actividades de todo tipo como exposiciones, conciertos, conferencias o cursillos. La rutina, sin proponrnoslo, estaba erradicada del todo y siempre por medio de libros, y entre contrastes, el trabajo interno. Ese estilo de trabajo –obra al fin humana– con impaciencia de hacer lo que nunca en 58 aos se haba hecho, contrastaba con lo que por obra y gracia de la desidia oficial, no haba llevado al pas a un desarrollo equilibrado, porque se dilapidaban fortunas en indigno peculado.Carlos Villanueva en 1981

PAGE 48

48Mara Teresa asuma el enfrentamiento a la lucha contra el burocratismo como una racionalizacin, y esta palabra vena de la razn, y su razn era, en vez de ajustar la plantilla, aumentarla, debido a los documentos acumulados en los fondos de la Biblioteca, que no se haban atendido nunca en forma extensiva, pues no tena el personal adecuado, ni exista voluntad oficial de presupuesto para ello. Ese cmulo del pasado lleg a cuanta mayor al recibirse unas cuantasdocenas de camiones cargados de libros recuperados que, por abandono, dejaban atrs los que se iban del pas a cuenta de la solucin que esperaban de la reaccin y del gobierno norteamericano. La masa de obras sin registro ni catlogo aument en proporcin geomtrica. Para su tratamiento, el solo reconocimiento entre lo realmente valioso era irrealizable por las tareas que la institucin se haba impuesto porque tampoco era justo atenderlo ms que lo que corresponda a la contemporaneidad. Para la directora una de sus ideas fijas era aumentar el personal aunque hubiera que entrenarlo y as solucionar ese problema de una vez y por todas, pero las causas de las medidas que se le oponan quizs tenan propuestas a ms largas luces para acometer el mprobo empeo, pero no se lo quisieron explicar. De todas formas nadie puede negar que esa etapa fue emblemtica por la puerta abierta que facilit la Revolucin. Actualmente, –al margen de medidas radicales y hasta traumatizantes en momentos coyuntura les– la diversificacin de justas y adelantadas especialidades como las nuevas tecnologas, han condicionado un perfil ms estricto al papel de la Biblioteca Nacional Jos Mart. La doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, falleci en La Habana en 1975, y hasta la llegada de los peores das de sus antiguos padecimientos, se mantuvo –jubilada– en condicin de profesora consagrada, sin dejar de promover y orientar los servicios de centros de informacin de la industria en desarrollo junto a la compaera Regla Peraza que bajo su direccin en la Biblioteca era la jefa del Departamento de Informacin Cientfico-Tcnica; y as va mi tributo y reconocimiento a la tenacidad de ambas que no pueden olvidarse, como tampoco olvido cuando la directora deca: “la locomotora marcha aprisa, pero yo me subo aunque sea para m el ltimo carro...”. No todo era “miel sobre hojuelas”, las contradicciones no faltaron con respecto a algunas tcticas y manifestaciones de intolerancia o tolerancia excesiva de otras. Apresuramiento en algunos trabajos que requeran tiempo de maduracin y me abstengo de la sealizacin de las partes porque el tiempo se ha encargado de irlos rectificando. Cul tiempo fue o ha sido de acerto absoluto? Ninguno, porque la contradiccin es constante y humana. En un ro bandonos –como dice Herclito desde la Grecia Antigua–, el agua que no se estanca no puede medirla el propio tiempo... tiempo y ro hacen el cauce en medida siempre infinita y siempre queremos el agua clara. Mara Teresa a veces se llenaba de impaciencia –se saba fuera de la generacin actuante– pero en ella

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49predominaba el espritu creador en la profesin a la que se haba consagrado inclusive magistralmente. A veces, se reverta en terquedad cuando surga lo inesperado, o una idea que no cuajaba, entonces recordaba la siguiente estrofa: Las penas que a m me matan son tantas que se atropellan se agolpan unas con otras y por eso no me matan... Un da, un grupo de su equipo le regal una pequea bandeja de plata que tena grabada la estrofa de la cancin de Sindo Garay que tanto le gustaba, y para su solaz, la coloc enfrente de ella –parte central del escritorio– y pienso que pudo ser lo nico que se llev. Poco antes de mediados de 1959, llaman por telfono de Informacin a la directora para decirle que el “bachiller Guilln” deseaba hablar con ella –inevitable desconocimiento del asistente. El poeta vena a saludar a la nueva direccin de la Biblioteca Nacional y desearle los mayores xitos posibles. Buen rato de humor nos proporcion; sin dudas fue de su parte una muy amable atencin. En esa oficina conoc a la mayora de los escritores e intelectuales cubanos y no cubanos que empezaron a descubrir de lo que ramos capaces de introducir en una biblioteca en medio de una Revolucin cuando haba comenzado la enemistad del “vecino poderoso”... Para 1962, la Biblioteca Nacional ya tena ms crdito y valores conquistados a puro trabajo de todos. Ese ao era el sesenta aniversario de Nicols Guilln; al saberlo nos propusimos celebrarlo en la Biblioteca. Recordar de quin fue la iniciativa, no puedo, solamente s que desde mi oficina, en frecuente contacto con ngel Augier, se plante el proyecto: primero, la exposicin de libros editados en Cuba y en el extranjero, que eran muchos ms en distintos idiomas; segundo, hacer un catlogo con su foto y nota de presentacin; tercero, la apertura del acto. Cuando se enter del plan, Nicols pidi algo ms, quiso que all estuvieran expuestos los regalos que le haban hecho en los distintos pases visitados... y eran muchos... No dejo de suponer, que aqu, en su pas, eran muy pocos los reconocimientos, mientras fuera s se los ofrecan. Por supuesto, su deseo era el nuestro y se cumpli el compromiso. En verdad, la exposicin –en la sala habilitada ya para eso– ahora, “El reino de este mundo”, fue muy colorida; era como una muestra extraordinaria por su variedad, donde apareca el lugar de cada donante, sobre todo la riqueza y original artesana de Amrica Latina. Lo mismo haba cermicas en distintas formas, como telas y pinturas “primitivas”, figuras humanas en yeso pintadas

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50y hasta animalitos en todos esos materiales o fibras. En el vestbulo, las vidrieras empotradas y las mesas con cristal, guardaban su obra hasta ese momento conocida. En su agradecimiento, el generoso fue l, porque en el sencillo catlogo que se hizo al efecto, escribi el mensaje: Estuve aqu con Augier que me dio nimo. Maruja: Pens que de 2 a 3 de la tarde haba menos pblico que en el resto del da, y as vine a las 2. Al fin pude ver la exposicin a mi gusto, pues el da de la inauguracin fue imposible, y menos en los das que vinieron luego, por las normas que todos conocemos. ¡Cmo le agradezco todo, pues s el inters que usted se ha tomado en esto! Y a Ma. Teresa y Ren [Freyre de Andrade y Mndez Capote], sin cuyo concurso no se habra llegado a tanto. Solo que –sin falsa modestia ni verdadera hipocresa– todo me parece demasiado. Y cuando yo me muera? Mi carioso saludo y la amistad muy sincera de Guilln. Hab Nov. 6/62 A: Maruja Iglesias Varias veces visit a Conchita Fernndez –secretaria del Comandante Fidel Castro– en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA). La conoca desde los tiempos del inicio del Partido Pueblo Cubano (Ortodoxo). En una de esas ocasiones no me di cuenta que detrs de m pisaba mis talones el Comandante Ernesto –Che– Guevara, que entr tambin en el ascensor. Yo, por supuesto –sin tribuna por delante– no era tmida y no tard en saludarlo. Con todo respeto le dije cunto apreciaramos una visita suya a la Biblioteca Nacional Jos Mart, cuyas transformaciones empezaban a notarse. Llegu inclusive a referirme especialmente, al Departamento Juvenil... y con su “humor argentino” me pregunt: “Tienen ah muchos monitos...? Monitos se les deca en la provincia de Oriente a los famosos “muequitos” y le contest que “monitos” no haba, que s haba muchos libros infantiles y para jvenes, y que asistan muchos lectores... Y sali rpido del ascensor haciendo una seal de despedida. No crea en absoluto que recordara mi invitacin, cuando el da 5 de febrero de 1964, Mara Teresa Freyre recibe una llamada telefnica de la oficina del Che Guevara anunciando que l poda ir esa tarde a visitar la Biblioteca, si ello era oportuno. Mara Teresa y su ms cercano entorno, verdaderamente todos, nos alborotamos. Una de las ms queridas iniciativas de Mara Teresa fue el Catlogo Colectivo que luego se llam Departamento Metdico, y eso fue lo que el Che marc como su primer inters en la visita.

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51Las primicias del Catlogo Colectivo fue una reunin en la Biblioteca para analizar el lenguaje que requeran los catlogos en ciencias y en humanidades, as como las directivas que podan emprenderse en las investigaciones en funcin del desarrollo del pas. De los invitados recordamos a Ral Cepero Bonilla, Salvador Vilaseca y Julio Le Riverend, ms otros cuyos nombres no recuerdo, plantendose el papel que habra de regir el Catlogo Colectivo y su metodologa en la constante informacin que requeran los centros interesados en el pas. Por una visita ma a Regla Peraza, logr ms precisin del inicio y desarrollo del referido servicio. Tambin me nombr a dos profesionales que visitaban mucho el Departamento: el ingeniero Francisco Betancourt, del Centro de Investigacin y Desarrollo de la Caa de Azcar (ICIDCA) y el arquitecto Julio Casal, del Ministerio de la Construccin. Los contactos con el Centro Universitario Julio Antonio Echeverra (CUJAE), la biblioteca del Ministerio de Industria y Edith Escalante, su directora, y otros profesionales de ese ministerio eran constantes. Los centros respectivos intercambiaban con el Catlogo Colectivo la informacin que les llegaba, y esta se sumaba al catlogo central de la Biblioteca Nacional. Las visitas eran mutuas y se llegaron a visitar con ese mismo fin las universidades de Santiago de Cuba y Las Villas. Todos entre s tenan de ese modo las altas y las bajas de la informacin y sus documentos o publicaciones, libros y sobre todo de revistas, as como de los servicios de fotocopia. Regla, al explicarle al Comandante estos detalles, lleg a decirle como excusa, que ellas mismas haban tenido que improvisar el archivo “primitivo y rstico” que le enseaban, porque no haban logrado conseguir otro ms decente, a lo que rpidamente el Che contest a media risa: “Nos est haciendo una crtica velada...?”. El recorrido con Mara Teresa por otros departamentos lleg hasta Seleccin y Adquisicin, cuyas oficinas colindaban con la direccin de la Biblioteca. En la primera estaba Graziella Pogolotti ante un escritorio lleno de catlogos de editoriales, el peridico del da, algunos libros y files y se le ocurri a ella decirle como excusa, lo revuelto que estaba todo, el Che no qued callado: “Eso quiere decir que usted trabaja...”. Se haba dado cuenta adems de que todo el personal estaba en expectativa por su visita... Y Regla me confirm que al despedirse del Departamento Metdico se refiri a que seguira de cerca la evolucin del trabajo que realizaban. Se haba trabajado mucho para la inauguracin de nuevos departamentos en la Biblioteca Nacional. Todo reluca y se distribuyeron arecas y malangas por las partes que lo merecan. Mara Teresa lo supervis todo muy temprano y ella misma intentaba mover de aqu o de acull una planta por otra o buscar el lugar mejor.

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52De momento, la llaman por telfono de la Presidencia: el presidente Dortics le dice que si ella consideraba posible que l fuera a la inauguracin anunciada. Por supuesto, ella le respondi que su voluntad era muy bien acogida, pues l nos atenda cuando haba que consultar algo delicado, ya que an la institucin todava era autnoma. La campaa de promocin que se hizo por la prensa fue muy efectiva y estuvo dirigida por Marta Vesa. Cada da de una semana sala uno de los siete departamentos novedosos: Coleccin Cubana, Referencia en las salas, departamentos de Arte y de Msica; en el stano, el de Juvenil y el Circulante de Adultos, y Extensin Bibliotecaria para los obreros. Ahora pienso que ni a la direccin de la Biblioteca, ni a Marta Vesa, de chispa siempre encendida, se nos ocurri hacer una invitacin... aparte de la convocatoria pblica. El caso fue tremendo, porque casi se caen las columnas de la entrada en el edificio, como la directora pronosticaba que le gustara que pasara por el acoso del pblico en busca de su Biblioteca, antes que no tener lectores. Sin exagerar, alrededor de las cuatro de la tarde, cuando llega el presidente Dortics haba entre doscientas y trescientas personas esperando e iban abriendo espacio cuando lo reconocieron. Esa tarde tampoco la olvido, porque una parte de aquel pblico sigui al Presidente con todo respeto, y la otra observ cuidadosamente todo lo que se vea segn avanzaba la multitud a pasos cortos. En un apartamento de estudiantes universitarios de la calle L esquina a 25, en el Vedado, conoc a Fidel Castro. Yo, provinciana oriental, como una rezagada pero pretenciosa muchacha, usaba turbante para diferenciarme de las jovencitas seguramente ms adiestradas. Empezaba, tardamente, mi primer ao en nada menos que Filosofa y Letras. La anfitriona era la seora Lolita, que a su vez tena tres hijas. Poco duramos en aquel apartamento porque el edificio habra de demolerse; tan moderno entonces, como el que contina frente a la esquina de L y 25, actual Habana Libre. Los jvenes eran, uno aspirante a dentista, otro a qumico y otro a la abogaca: Fidel. Dos de las hijas eran aspirantes, una al doctorado de Filosofa y Letras como yo, y la otra de Estomatologa. Cada uno andaba por su lado y tena sus propias amistades. El ambiente era agradable y la comida buena, pero tuvimos que mudarnos. Siempre ignor y me pregunt cmo la “duea” de casa logr que la mudada fuera para un apartamento –de lujo– mucho mejor con terraza grande, dos cuartos ms, con tres baos y mucha amplitud en general en un edificio de tres pisos en la calle 21 entre L y M. A nuestro lado viva una norteamericana cargante y exclusiva que le molestaba que yo subiera a la azotea a la sombra del tanque de agua cuando reciba una visita, o sencillamente lea o estudiaba all. Llevaba un pequeo balancn donde alguna que otra vez al moverme molestaba a la yanqui. Uno de los vecinos de la planta baja, era nada menos que un politiquero de la poca de quien no recuerdo su nombre,

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53a pesar de que era famoso en los chanchullos polticos, y que, en aquel momento, era nada menos que ministro. All haba jovencitas y jvenes. La comida fue de mal en peor porque hacerla de calidad no haca negocio. Ms familiarizadas las unas con los otros, en horas de descanso, llegamos a tener un pequesimo grupo musical: “el dentista”, usaba una silla de “renacimiento espaol” de cuero duro y tenso como tambor; el “cientfico” tocaba la guitarra y realmente se poda or; yo tocaba las claves tan desafinaba como cantaba, y lo disfrutaba. Fidel nunca nos oy, aunque haba hecho ms relacin con la hija mayor de la “duea” y conmigo. Conviva con los dems jvenes, pero no eran sus amigos. Antes de llegar los exmenes y las vacaciones en algn momento le dijimos que, como no estudiaba, iba a perder el primer ao y l se ri. Un da se nos apareci con un libro grueso y de tapa azul, y dijo: “Miren, branlo y elijan unas pginas...”. Lo abrimos y lo tom en sus manos por las pginas que nosotros sealamos porque estaban cerradas y el librote era nada menos que un texto de derecho administrativo o algo as... y ley para s unos dos o tres minutos y lo devolvi. Entonces comenz a decrnoslo tal y como lo podra estar leyendo en voz alta, mientras nosotras, con el libro abierto, constatbamos lo que l lea. Despus lo recogi y se fue rindose de nosotras. En ese mismo ao, estoy una noche muy tarde leyendo sola en el comedor cuando se me acerca y me dice: “Quieres orme lo que voy a decir maana?”. (27 de noviembre en la recordacin a los estudiantes ejecutados un da como ese en 1871). De verdad que me molest, porque yo estaba robando tiempo al sueo y era tarde y slo hice el gesto afirmativo con la cabeza. En realidad yo lo tomaba desde mi petulancia como pretenciosa adulta. Empez y termin su discurso de unos quince minutos y me dijo “Qu te parece? Tremenda arenga contra el rgimen poltico”. Y con un gesto ms petulante an, le contest: “Bien... pero lo dijiste desde aqu –y me seal la cabeza–, lo tienes que decir: de aqu”, –y me toqu el pecho. Antes, de esta escena hubo otra que lo super todo. Estbamos ante los exmenes de fin de curso; nosotras estudibamos en el comedor y Fidel entra con un paquete que sujetaba bajo su brazo doblado y pegado al cuerpo: “Aqu llevo 17 libras de economa poltica”, y le remos la ocurrencia. Esa tarde estbamos en la misma posicin y l volvi a pasar y sali triunfante al decir. “Muchachas, ya me aprend dos y media libras de economa poltica...”. Y la aprob. En el cuarto ao de mi especializacin, yo estudi, la economa poltica y la suspend. No estaba preparada para el examen oral, y mucho menos en esa asignatura, y guardar para otra ocasin lo que era un examen oral con el profesor, doctor Guillermo Portela. Fidel se mud de casa, se cas y estuvo de viaje. A su regreso pas por la Escuela de Derecho donde ya yo tena mi “plaza” de bibliotecaria por cincuenta pesos mensuales, porque no era plantilla. Un da se apareci en esa

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54biblioteca y nos trajo a su mujer y a su hijo Fidelito de unos siete u ocho meses, que estaba hermossimo. Reinici sus rpidos estudios de las asignaturas pendientes en tiempo rcord. Los libros que no se podan prestar se los facilitaba Mara Teresa Gonzlez del Valle, la empleada de Derecho. Otro da vino a verme y tantear si yo poda contribuir al trabajo poltico del Partido Ortodoxo. l aspiraba a representante junto a Leonardo Fernndez Snchez, que iba como senador; yo estaba ya comprometida con mi profesor de filosofa, doctor Jorge Maach, que aspiraba tambin a senador. As lo dije a Fidel. l haba terminado sus doctorados (si no recuerdo mal en Derecho y en Ciencias Sociales), en el menor de los tiempos y con magnficas calificaciones. Dej de verlo y lleg el segundo o tercer cuartelazo–como yo lo llamo– de Batista el 10 de marzo de 1952. Alguna que otra vez lo vi de lejos en la sede del Partido Ortodoxo, sin que hubiera otro encuentro hasta el triunfo de la Revolucin. Das despus, antes de ser nombrada delegada del compaero Ministro de Educacin, acud a saludarlo al Hotel Habana Libre donde haba tenido una reunin con los Rotarios o Leones. Yo estaba convaleciente de una gripe de cuarenta grados despus de dos das –da y noche– con un fro escalofriante, sin abrigo, que haba pasado en una de las comandancias de la Revolucin triunfante en el Palacio de los Deportes, donde hoy est el Instituto Nacional de Deporte, Educacin Fsica y Recreacin (INDER). All se vigilaba tambin a los esbirros que se apresaron y estaban sujetos a juicio. Cuando me vio, desaparecidos los con l antes reunidos, baj de la tarima donde estaba y nos dimos un abrazo. No hablamos mucho y no volvimos a vernos hasta das despus en el Palacio Presidencial. Junto a Mara Teresa Freyre de Andrade y a otros compaeros de la Biblioteca Nacional recorrimos en ms de una ocasin las primeras marchas convocadas por el Jefe de la Revolucin, y recuerdo muy bien nuestro paso en unin de un pueblo abigarrado y entusiasta, por el Malecn. No recuerdo si una de estas marchas fue la de octubre de 1959, cuando en noche cerrada suenan unas bombas, y como respuesta a esos elementos contrarrevolucionarios el Comandante Fidel crea, desde su Tribuna del Palacio Presidencial, las milicias de los trabajadores. Al otro da, muy temprano, antes de cumplir con el inicio del trabajo, fuimos juntas a comprarnos el uniforme. En esa poca, yo viva en el edificio Alaska frente al actual Instituto Cubano de Radio y Televisin (ICRT), en 23 y M, y me colaba en casi todas las audiciones de entrevistas al Comandante con alguna amiga; y un da, muy especial por cierto, fui con la doctora Freyre. En esa ocasin fue en un pequeo estudio de la calle N o P, casi esquina 23. All haba, un poco apretadas en sillas endebles de tijeras, de ochenta a cien personas. Nosotras estbamos sentadas ms o menos en la mitad de la salita. Fidel no me acuerdo si responde o habla con los periodistas, y de pronto, en el silencio de aquel pblico expectante se siente que alguien, como un “miura”, arrasa

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55lo que encuentra en el pasillo estrecho; yo estaba un poco ms all de la hilera y casi me saca de la silla. Dos de los guardias personales van caminando detrs y casi llega hasta el pequeo escenario donde lo acorralan e intentan sacarlo por el pasillo del otro lado. Los asistentes vociferan, mientras de la tarima se dice “¡Calma! ¡calma! Est controlado”. Las mujeres se encaraman en las sillas o se empinan para darle en la cabeza con el tacn del zapato, otras lo intentan con carterazos. l bufa, jadea y suda... yo tambin me encaramo en la silla y grito: “¡No lo provoquen ms! ¡no caigamos en la provocacin!”. Y muy cerca de m, por el otro pasillo ms estrecho an pegado a la pared, lo van sacando hasta llevrselo a su casa. l es el marqus de Logendio, embajador de Espaa, con antecedentes de agresividad que rompen el protocolo diplomtico. El “miura”, en base a una opinin que a nadie poda provocar por sabida y manida, intentaba cortar la libre expresin del Comandante. De pasada, tuvimos algunos encuentros sin ocasin de establecer conversacin. Nunca supo acerca de nuestra experiencia de la noche del marqus. Yo vea a Conchita Fernndez de cuando en cuando y un da uno de los informes sobre el trabajo de la Biblioteca result tan elocuente y positivo que se me ocurri hacrselo llegar mediante ella. Esa noche l estaba en la Televisin y lo vi desde la casa. l habla y habla de muchos resultados alentadores y de momento enarbola unos papeles blancos y dice “Aqu tengo tambin los de la Biblioteca...”. Al mismo tiempo lo interrumpe un periodista que le nombra un problema lgido de la coyuntura internacional. Baja los papeles y contina refirindose al asunto del periodista. Por supuesto, yo me sent muy defraudada.... qu ms puedo decir? Al fin, un da de junio de 1961, l vino a la Biblioteca. Y aunque especficamente no fue para visitar la institucin, la subdirectora esper la oportunidad para actuar... y esta se present. All expres uno de sus discursos de ms repercusin en el mundo de la intelectualidad. Lo dijo en la Sala-teatro de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Haba reunido a los intelectuales por el resultado de un conflicto entre cineastas y nada menos que la libertad de expresin. El saln estaba repleto y todos hablaron. Me di cuenta que sala a refrescarse despus de or pacientemente casi toda la historia de Grecia entre otras cosas y llegu hasta l: “No te parece que es hora de que visites la Biblioteca...? Al fin la vio. Eso me cost que a Mara Teresa se le desatara el celo, pero yo no poda perder aquella oportunidad, ni ese momento. Le dimos la vuelta a todo el edificio; empezamos por el Departamento Juvenil y terminamos en el Departamento de Coleccin Cubana y enfrente el Departamento de Arte. Inclusive llam a Mara Elena Jubras, la jefa, para que le hablara de su modus operandi y l se qued mirando desde el mostrador la exposicin muy variada de las reproducciones de la vanguardia de pintura europea y expres cunto senta que no le hubieran enseado la apreciacin de las artes.

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56De aquellas Palabras a los intelectuales se desprendi la firmeza de la ley que garantizaba el funcionamiento de la Imprenta Nacional; la adquisicin de libros y los materiales que han preocupado a los escritores y artistas; la reintegracin de la Orquesta Sinfnica; se refiri al Ballet de Cuba y al Conjunto de Danza Moderna; antes de llegar a la industria del cine, dedica dos prrafos a la institucin: La Biblioteca Nacional por su parte est desarrollando una poltica en favor de la cultura, empeada en despertar el inters del pueblo por la msica, por la pintura. Ha constituido un Departamento de pintura con el objeto de dar a conocer las obras al pueblo. Un Departamento de msica, un Departamento juvenil, una seccin, tambin, para nios. Nosotros, poco antes de pasar a este Saln, estuvimos visitando el Departamento de la Biblioteca Nacional, para nios; vimos el nmero de nios que ya estn asociados, el trabajo que se est all desarrollando y los adelantos que ha logrado la Biblioteca Nacional constituyen un motivo para que el Gobierno le facilite los recursos que necesite para seguir desarrollando esa labor. De ah regresamos a la reunin. Al fin los tres das aquellos, 16, 23, y 30 de junio de 1961 fueron rememorados cuarenta aos despus en el mismo lugar. El acierto de aquella reunin y la importancia de las Palabras a los intelectuales, que garantizaban el norte y camino de nuestra cultura y su desarrollo, fueron recordados por el poeta Roberto Fernndez Retamar, a quien le toc impartir la conferencia magistral en esa actividad. Cuando Fidel se despeda, se me ocurri hacerle una peticin, pues aspirbamos a que la Biblioteca Nacional tuviera la oportunidad de disponer de bibliotecas viajeras para poder llevar libros a los campos cercanos, y aprisa le dije: “Necesitamos cuatro chasis de camiones para adaptarlos como bibliotecas viajeras; tenemos los diseos para adaptarlas y dnde se puede hacer qu tu crees?”. Llam a su ayudante y le dijo que nos mandaran cuatro camiones, y vinieron tres que ya no fueron para las proximidades de La Habana, sino para el plan nuevo que en 1962 empez a llevar bibliotecas al campo de Cuba. Cienfuegos, Trinidad (donde todava haba bandidos), y Camagey fueron las primeras, que perduraron aos despus, hasta que hubo menos recursos para mantenerlas, sustituirlas y aumentarlas. En marzo de 1959 se firm en la Sierra Maestra la Ley de Reforma Agraria y, por supuesto, enseguida se increment la campaa contra Cuba que se una a la iniciada con el pretexto del ajusticiamiento de los esbirros, asesinos y torturadores que no haban alcanzado los aviones del 31 de diciembre de 1958 a las doce de la noche, como les pas a los americanos que salieron de Viet Nam agarrados a los helicpteros al terminar la guerra. Por

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57ello se quedaban en Cuba “sus tierras”, la productiva explotacin de las tierras que haban comprado barato, aprovechando una hipoteca, robado y expropiado a porque s, con la guardia rural, y explotado y denigrado por el despojo a los campesinos pobres del pas. La presin del norte, logr ablandar algunos de los elementos del gobierno provisional porque segn el decir del pueblo “haban querido Revolucin, pero no tanta”. Es verdad que algunos norteamericanos y sus empresas fueron afectados, pero la Ley tambin traa la compensacin correspondiente que ellos negaron con tal de no reconocer la independencia y derecho que traa la Revolucin. Para agradecer esa Ley, cien mil campesinos llegaron a La Habana para el 26 de julio. La Reforma Agraria, trada y llevada sin serlo en las promesas de la politiquera de una repblica mediatizada que lleg a estar programada en la plataforma de la Constitucin de 1900 y slo sala a relucir –como se dice ahora– de una plataforma “virtual”... Por supuesto, la Sierra Maestra de la entonces provincia oriental era el smbolo de la rebelda en el espritu independentista de los treinta aos de guerra en los ltimos meses del siglo XIXy de las luchas y muertes por el asesinato de campesinos y otros que no lo eran en la primera mitad del siglo XX. De la Sierra Maestra y sus alrededores, sali lo que comenz en 1956 con el desembarco del Granma: la guerra. Anteriormente, en 1953, en su autodefensa, conocida como La historia me absolver, Fidel Castro seal que Jos Mart era el autor intelectual del asalto a los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y el de Bayamo; all plantea la plataforma poltica y social de la Revolucin. Despus de cinco aos de opresin, represin, clandestinaje se logra la independencia sin interventores ni padrinos. Sin lugar a dudas los ms explotados haban sido los campesinos cubanos que ahora acompaados de sus atuendos ms emblemticos: el sombrero aln de yarey con banderita cubana al frente, pauelo rojo al cuello y el machete a su cintura colgado –igual que los mambises de las otras guerras y no para responder a la orden del “degello” sino “al chasquido” agradecido de los machetes. El recibimiento a ellos fue universal en toda la ciudad de La Habana; fueron atendidos en casas de familia, hoteles, organismos centrales, escuelas, inclusive las religiosas, los sindicatos y tambin en la Biblioteca Nacional donde su sindicato acogi a unos treinta. Habra que reconocer adems que el Diario de la Marina alberg cincuenta, todava no haban tomado el camino de Villadiego. Pero hubo algo ms. El monumento a Jos Mart, an no se haba estrenado y algn elemento impeda la concentracin en la entonces llamada Plaza Cvica despus Plaza de la Revolucin. El espacio de los jardines y la Avenida de las Misiones frente al Palacio Presidencial no tena el suficiente terreno para la millonada que se esperaba, porque de todas las provincias llegaran a La Habana en trenes, en mnibus y camio-

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58nes, a pie o en carreta los del interior de La Habana, y el comandante Camilo Cienfuegos entrara con toda una caballera montada... nase a eso el pueblo de la capital. La mayora de ellos –a pesar de que nuestro pas es un archipilago y la isla grande es larga y estrecha, el campo cubano est lejano de las costas– nunca haban visto el mar y costaba trabajo sacarlos del Malecn habanero. En la tribuna improvisada estaban los principales hroes de nuestra odisea que ahora eran el gobierno provisional de los invictos en la guerra; y entre ellos el presidente de la Reforma Agraria y promotor de la Campaa de Alfabetizacin en 1961 tanto en las ciudades como en el llano y las montaas. La concentracin en la Plaza lleg a desbordar por completo sus lmites en abigarrada y aguerrida actitud de los hombres del campo junto a un pueblo decidido a no torcer la esperanza. En esos momentos haba una complicada situacin poltica que puso en crisis al gobierno, y en el inusitado escenario de aquella plaza se disolvi. El presidente provisional Manuel Urrutia no estaba presente. Pronto supe, “in situ”, cmo era aquella “tribuna” para la presidencia en el primer ao de la conmemoracin del Asalto al Cuartel Moncada despus del triunfo de la Revolucin: una baranda rstica de tablones se haba instalado alrededor de la cpula vitral y luminaria del vestbulo de la Biblioteca que daba a su entrada en el piso bajo. All fue nece sario reforzar los sealamientos para el paso de uno en uno a sus asientos porttiles, en el lmite correspondiente a la zona que, arquitectnicamente, era ms dbil y haba que proteger. Algo ms ocurra con aquella improvisada tribuna. En la azotea que perteneca a las grandes salas de lectura –tercer piso (quinto en la estructura de la torre y sus almacenes)– empezaron a aterrizar helicpteros para llevar algunos invitados a la que vamos a llamar la presidencia del acto; no puedo precisar cuntas veces se produjo. Desde all se poda pasar a los almacenes y a la presidencia. As llegaron algunos participantes e invitados, pero no recuerdo por dnde lo hicieron el expresidente de Mxico, Lzaro Crdenas, y su hijo Cuahtmoc. A Fidel lo vimos llegar por el ascensor interior de los almacenes. Recuerdo tambin al comandante Juan Almeida, pues yo qued junto a l en las filas intermedias. El comandante Almeida cada vez que se acercaba un helicptero se pona las manos en la cabeza y lleg a decirme que esos ruidos le aumentaban mucho su dolor de cabeza. Quise ayudarlo y me dijo que no se poda hacer nada. Para cualquiera de nosotros, los que venan de la guerra eran verdaderos hroes dignos de todo respeto y verlo sufrir me alarm mucho. Ese da supe que an tena una bala, a consecuencia de uno de los combates, que no le pudieron extraer en aquellos momentos y, a siete meses del triunfo de la Revolucin, pienso que no haba tenido tiempo de resolver su gran problema, lo que me vali para respetar ms su coraje.

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59A aquel acontecimiento le he tenido siempre una especial remembranza y no lo olvidar nunca. All se anunci la salida del presidente Urrutia y el nombramiento de Osvaldo Dortics Torrado como presidente, quien haba sido hasta ese momento el hombre encargado de la nueva legislacin. Por otra parte al salir del conflicto el Comandante, doctor Fidel Castro Ruz, asuma el cargo de Primer Ministro como respuesta a aquel torrente de pueblo, cargo que hasta ese momento haba correspondido a Mir Cardona. Y, como si lo oyera ahora mismo recuerdo vivamente el tronar como de verdadera percusin metlica, los chasquidos producidos entre cien mil machetes, y las voces de un pueblo entero que repeta: Fidel, Fidel... De esa forma, se dio tajo abajo como a las yerbas malas, a la miseria de los campesinos, “al vara en tierra”, a los despojos de la guardia rural, de una vez y para siempre. Mejor plebiscito o sondeo poltico hubo igual en nuestra historia? A quin se le puede ocurrir pensar que desde la azotea de la Biblioteca Nacional alguien diera la orden, o mand a que los campesinos y el pueblo de la capital hicieran cantar a sus machetes, aplausos, voces... todos juntos en concierto inusual? Quin ha podido en cuarenta y dos aos callarlos? Entonces fueron, de seis millones, ms de un milln. Ahora, de ms de once millones cuntos ms? Tengo vivas algunas referencias del campo. En la primera juventud tuve la oportunidad de hacer algunas giras campestres. Recorr a caballo, por placer, algunos caaverales. Fui feliz en esos momentos; me senta fuerte por la fuerza de la bestia. Bastante inconsciente todava, slo estuve a la puerta de miserables bohos. Uno de los hijos del encargado de la finca era enjuto, feo, sin dientes y sucio. No tena ms de cuarenta aos. La guajira era joven y linda. Para mi asombro, ante tal pareja, alguien despreciativamente me dijo: “ah no hay besos, se juntan como bestias...”. Durante aos se acumularon la soledad, explotacin y pobreza en el campo, principalmente, pero cuando lleg el vuelco social, en cada rincn –poco a poco– se pudo hacer justicia. Despierta, para la mayora, la conciencia de sus derechos. Parece que en el campo aislado cuesta ms. Pero, para otros, el paisaje deja de ser regocijo propio o naturaleza muerta y en esos momentos se mira hacia el futuro y se piensa en lo primero: la escuela.

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60La Biblioteca Nacional Jos Mart apadrinaba dos escuelas. Una en Matanzas, otra entre un lomero de Pinar del Ro. A esta ltima fui. Probablemente por ser un lugar aislado, se llamaba El Cayo; quince casas perdidas unas de la vista de otras, entre las lomas, pocos rboles, yerba pobre y cascajo por tierra. nica cosecha y principal alimento, la misma yuca que amasaban nuestros indios. Un grupo de unos treinta trabajadores, visit a una sola familia, la que viva cerca del boho-escuela. Llevbamos lpices, libretas y algunos textos, adems dulces para los nios, tambin retratos de algn patriota, sin faltar la desconocida bandera cubana. Horas dur la bsqueda de aquel punto perdido. Faltaban algunos de los que all deban recibirnos. Cmo anunciar en ese lugar una visita, una reunin con gente de la capital? Presente s, el verde amarillento de aquel suelo veteado del blancuzco cascajo; los rboles tan aislados, el riachuelo raqutico muy abajo. Aquellos nios tristes, sucios, espantados, de cabellos duros como de perro lanudo que nunca peinan. Eran ocho, diez, no recuerdo; pero s recuerdo la nia de catorce aos tambin sucia; de piernas torcidas (herencia tuberculosa) y la madre, extenuada de partos y de andar entre lomas. A un lado del boho, sobre tablas unidas para arrastrar con sogas muy gastadas, estaba el nico recipiente de agua: un tronco ahuecado de palma barrigona que deba subirse lleno de agua por la ladera de la loma, desde el riachuelo, all abajo. Vida absurda cmo podran ser limpios? / cmo podan vivir de yuca? / Por qu resignarse a aquel pramo pobre, aquellas quince familias todas de la misma sangre? El padre mora de tuberculosis en un hospital. Alguna vez vino a la casa y haba dejado un nuevo hijo. En poco tiempo comprend como nunca antes que all no poda haber nuevo aliento de vida real si aquellas gentes se aferraban a la tierra propia, pero pobre y no renunciaban en ella a su pobreza. Tiempo era para ello, pues en ese momento lo importante era ayudar a la escuela, alertar al maestro, hospitalizar a la nia. Todo se pudo hacer. Haba que despertar aquellas mentes. Lo primero la escuela. Ya nos bamos. Haba que hacer esfuerzos para despedirse y de repente no hubo voces y miramos a lo lejos. Atardeca sin que se percibiera movimiento alguno, ni un ave o bestia bajo aquel cielo claro, infinito. Nunca antes haba sentido tanto el silencio. Me lacer el silencio y la incomunicacin de tanto tiempo en aquellas gentes al parecer muertas, y que an no se daban cuenta que entre los relmpagos y truenos vendran a sacarlos de su casi tumba, de su perenne sueo las nuevas leyes. En otra ocasin fuimos a la cooperativa de la provincia de Matanzas donde se apadrinaba la otra escuela. Ms accesible, relativamente cercana a esa ciudad. Se haba c onstruido un poblado nuevo y los campesinos invitaron a que se conocieran sus casas nuevas. Uno de ellos le dijo al chofer del mnibus “alitraga”, y como el chofer no saba a que se refera, fue invitado a entrar al bao: entonces el campesino le demostr cmo se descargaba el inodoro.1

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61Las amenazas del enemigo no cesaban cuando se realizaron los bombardeos a los aeropuertos de San Antonio de los Baos (La Habana) y Santiago de Cuba, que fueron adelantos de mayores intenciones que no tardaron ms de dos das en hacerse realidad: la invasin de mercenarios por Playa Girn. Como es natural, absolutamente todos nos sentimos involucrados, inclusive la Biblioteca Nacional Jos Mart, donde se establecieron entre veinte y treinta soldados del Ejrcito Rebelde con su propio mando, quienes convivieron con nosotros durante esos das. Salvo aquellos que tenan problemas familiares serios, muchos de nosotros nos quedamos acuartelados. En la azotea, en constante vigilia, se emplazaron ametralladoras. Recibimos clases de arme y desarme, y las guardias eran de da y noche hasta el 19 de abril cuando se alcanz el triunfo total Mas, para abundar en lo mismo me voy a referir a algo de lo que no he hablado... Despus de la derrota de Playa Girn, fueron apresados ms de mil invasores mercenarios del gobierno del presidente Kennedy. Entre ellos vena un hijo del politiquero de “grandes vuelos”, y vicepresidente del gobierno de Carlos Pro Socarrs que sufri directamente el cuartelazo ltimo de Fulgencio Batista en 1952, el abogado y culto Alonso Pujols. Como se sabe, el Comandante Fidel Castro decidi que, en vez de gastar comida para la preservacin de aquella mezcla de politiqueros, algunos pastores, “cocineros”, “burguesitos” y esbirros –menos estos ltimos que fueron juzgados, sancionados y ejecutados aqu– estos fueran cambiados por compotas y medicinas para los nios de Cuba, a quienes ya les faltaba la atencin debida a causa de la prdida del mercado cercano al pas y las medidas impuestas para impedir todo su comercio exterior. El doctor Pujols al ver a su hijo preso por invasor al amparo de Estados Unidos, quiso que lo liberaran mientras se haca efectivo el intercambio –de las compotas por mercenarios–, y bien lo pag, pero tambin quiso ver sus libros que saba estaban en la Biblioteca Nacional. “Muy bien acompaado” lleg a esta sede, subi en sus ascensores hasta el piso donde estaban; recorri “su” estantera y se dio cuenta de que estaban limpios y cuidados, los reconoci, aunque no en el orden que tenan en su biblioteca. No haba dado tiempo. Sin Olimpo al que reclamar... el fuego tambin pudo hacer trizas “de tinta” a nuestra Biblioteca Nacional. Peligro mayor lo sufri en su corta estancia en la crcel de Prado en 1938, donde los libros estaban en cajas unas sobre otras, porque los estantes se haban llevado al Capitolio en 1929. En aquel mismo ao la volvieron a trasladar al edificio de la Maestranza de la Artillera donde haba sobrevivido en su primera etapa. All estuvo hasta la ocasin que el gobierno “civil” de Fulgencio Batista decidiera derrumbarla para construir una estacin de polica. As que nuestra muy querida institucin no conoci ms techumbre que tres unidades de carcter militar de la metrpoli espaola, porque volva de nuevo al Castillo de la Fuerza que, mar y baha por medio,

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62queda frente a El Morro para bien identificar a La Habana. Pero el caso fue que la Biblioteca estuvo justo a punto de perder por completo la coleccin matriz por el fuego cuando estuvo en el presidio, prdida que pudo haber sido total, aunque no a la misma escala –sobre todo en fama– de la de Alejandra. La nuestra tena buenos libros, aunque Cuba en la historia era –para Europa– de cuatro y medio siglos nada ms, pero era de verdad gran parte de nuestra historia, y no puede dejar de decirse que contaba slo con una cuarta parte en catlogo, y cmo no acordarse entonces de las otras tres cuartas partes que adems, tampoco contaban con la gracia de Dios? Sin esa “gracia”, en octubre de 1962 casi alcanzamos el holocausto por causa de la crisis de los misiles soviticos desatada por esa presencia, que era a su vez barrera para detener a los vecinos norteamericanos en sus ataques, viejas agresiones y amenazas a la integridad de la nacin. En consecuencia, el Consejo Nacional de Cultura (CNC) cita a una reunin en su sede a todas las direcciones que cubren su rea tarde en la noche. La direccin de la Biblioteca Nacional estaba a su vez reunida en su sede con un grupo de soldados rebeldes seleccionados para recibir un entrenamiento elemental para manejar las pequeas bibliotecas de sus respectivas unidades, y se da el caso que, cuando ellos reciben su llamado urgente para regresar a su punto de partida, Mara Teresa y yo recibimos la citacin del Consejo. All nos situaron en el patio del edificio a esperar a que la presidenta, Vicentina Antua, regresara de la llamada que haba recibido del presidente Osvaldo Dortics. A su regreso, la confirmacin fue escueta y precisa: el momento era crtico, grave, a pesar que existan ciertos encuentros al respecto para discutir un peligro de ataque (y no recuerdo si se dijo nuclear) que poda ser inminente; la armada yanqui rodeaba nuestras costas y estaba a la vista: la amenaza era el bloqueo total por el momento. El patrimonio nacional haba que salvarlo. En nuestro caso tenamos que salvar por lo menos los libros ms valiosos, y llevarlos al lugar ms seguro posible... Parte de esa misma noche y desde muy temprano, la directora y a su lado todo el que pudo de Coleccin Cubana y de Mantenimiento prepararon el amarre de los libros que se seleccionaron en grandes o pequeos grupos y se guardaron en el interior del equipo de fumigacin situado en el stano. Para darme idea de cuntos libros pudimos preservar, fui en estos das que escribo, al lugar donde estaba empotrado el nombrado equipo de fumigacin y contando por el alto y ancho de donde estaba el equipo, ms la capacidad de una zorra, llegu a la conclusin de que pudimos ¡resguardar! de quinientos a ochocientos libros apretados que se pudieron seleccionar, porque ms no caban... Me pregunto, dnde cabra la prensa, dnde las obras que no haban tenido tiempo de ms valer con ms aos? Todo pudo haberse perdido y tres cuartas partes todava sin el catlogo indicador para que en el futuro se pudiera rehacer un fondo igual o semejante.

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63Sin embargo, llega la noticia de “los cinco puntos” con los cuales el Comandante Fidel Castro responde al acuerdo tomado entre la URSS y Estados Unidos de modo que “la paz” fuera justa y honorable para Cuba, lo que a m me record la Protesta de Baragu de 1878 y al Mayor General Antonio Maceo: Seguiremos luchando y as ha sido; no hemos dejado de cumplir con lo que actualmente se aade: la demanda justa de los daos a vidas, y daos y perjuicios a la economa del pas. “Yo quiero que la Ley primera de nuestra repblica sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”, es la idea que llega a ser el signo de nuestra Constitucin, proclamada en 1976, la cual contiene las reformas aprobadas por la Asamblea Nacional del Poder Popular durante el onceno perodo ordinario de sesiones de la Tercera Legislatura celebrado los das 10, 11 y 12 de julio de 1992. Este pueblo est compuesto por hombres que se niegan a perder su dignidad y se comportan a su vez en eterna lucha desde antes que Mart lo reafirmara. Y Fidel Castro le da continuidad con los cinco puntos: 1Cese del bloqueo econmico y de todas las medidas de presin comercial y econmica contra Cuba. 2Cese de actividades subversivas. 3Cese de ataques piratas. 4Cese de las violaciones de nuestro espacio areo y naval. 5Retirada de la Base Naval de Guantnamo y devolucin del territorio ocupado por Estados Unidos. En uno de esos tres das, Juan Prez de la Riva me trae a la oficina un profesor de Grenoble para que le explicara nuestros planes. Al parecer se conocan de cuando Juan fue profesor de geografa en esa misma universidad francesa. El hombre estaba muy preocupado por todos los cubanos. En perfecto espaol expresaba su terror, con su mente puesta en el podero de Estados Unidos. No entenda que hubiera hombres armados en todas partes, inclusive en las puertas del Hotel Riviera donde se hospedaba. Por ms que trat de llevarlo a nuestra historia y explicarle las medidas tomadas ahora, y lo que nos significaba la Revolucin, el pobre hombre no entenda nada. Le llamaba la atencin el que, al parecer, no dbamos importancia a lo que podra pasar, a causa de nuestras demostraciones... hasta llegar al momento que le dije: La situacin an es oscura, no se sabe todava como terminar, pero todo el mundo ha ido a su trabajo. Las armas estn controladas tanto por los soldados del ejrcito como por las milicias, la cual tiene su disciplina y organizacin de los mandos. Hay armas por todas partes, pero tambin hay tranquilidad en todas partes y eso no era inconsciencia. Hay la confianza absoluta en nuestros dirigentes. Fjese en el propio ambiente de la Biblioteca Nacional. Su pblico es el de todos los das, ningn empleado ha faltado tal

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64como ha pasado en las escuelas, el comercio y todos los centros laborales –y con tal que se riera le ripost– yo tambin estoy armada... y le saqu un enorme revlver 45 que tena en el escritorio, de uno de los viejos custodios del edificio que ya se haba jubilado. No dudo que estuviera con mi uniforme de miliciana, todos estbamos as. Por supuesto, terminamos la conversacin tomando una taza de caf y regres a su hotel como vino, a pie por la Avenida de Paseo para que viera mejor todo lo que suceda a su alrededor. Ricardo de Aungerville (Ricardo de Bury, 1345)2 en referencia a la no salvacin de los libros se pregunta: “Quin no se estremece de horror ante un holocausto tan funesto como el de la Biblioteca de Alejandra en el que se ofreci tinta en lugar de sangre? Uno de los Ptolomeos la cre; los bibliotecarios eran los ms cultos; sus catlogos, al parecer, los que conducan al ‘canon alejandrino’. Acaso no se salvaron todos?”. As me pregunto, porque las transcripciones que se hacen en ediciones Aguilar suelen ser deficientes. Segn Bury, all conservaban la memoria de la humanidad y seala desde Adam el hombre, y la relacin sobrepasa como perdidas “las leyendas de la ms remota antigedad”, “los destinos del cielo”, “la religin de los egipcios”, “la vetusta Atenas”, las observaciones de los caldeos, “los antdotos de Esculapios”, “Apolo y sus orculos” y termina con lo que “pueda hacerse valer en el futuro”. Si el dios del Olimpo... “no impide la guerra y que en tiempo de paz nos tomase bajo su proteccin”. Muchos eran los frentes que tenan necesidad de renovarse y ofrecerles estabilidad y el ms crtico era el de clasificacin y catalogacin. Para tomar una decisin se invit a una reunin al doctor Alfredo Aguayo y a su ayudante Carmen Rovira, profesores de la materia. Al fin nos decidimos por el Sistema Dewey que tenan ellos en la Biblioteca Central de la Universidad. Los catlogos heredados eran una mezcla del decimal europeo alterado por modificaciones y adaptaciones distintas. Carecan de un epigrafiario adecuado y se dio el caso de encontrar algunos epgrafes estrafalarios. En un muestreo que empec yo misma a hacer no se me olvida el que encontr como “Arqueologa criminal” y el libro se refera a Jack el destripador, el asesino de poca pasada que ya en 1959 estaba olvidado. Muy interesante fue cuando en un muestreo del catlogo provisional que se invent por nosotras mismas, apareci otro fenmeno. Hechas deprisa las tarjetas en la idea de poner en catlogo provisional lo ms pronto posible las nuevas adquisiciones, salt a mi vista que Baudelaire y sus Flores del mal estaban ubicados bajo Botnica, y, por supuesto, las flores se sentan muy mal; este hecho mucho despus se atribuy a la subdirectora, quien precisamente haba alertado sobre el peligro de la prisa.

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65De todo puede pasar en una biblioteca. En esos momentos ya se necesit ms atencin a los servicios de limpieza y un da, a poco de haberse incorporado a su nuevo oficio, aparece en la oficina de la subdirectora el hombre granduln, maduro y semianalfabeto que no tena ms que su nobleza y voluntad increbles, en su celo por la higiene de los almacenes ms todo aquello que se le solicitara. Un da, lleg alterado y muy asustado. Y al preguntrsele “Qu pasa Zayas?”..., contest: “Israel se ha puesto loco, loco, loco, est buscando entre los estantes ‘fantasmas’ y hasta grita de un lado al otro... dnde estn los fantasmas...?”. Israel que fue un bibliotecario destacado en su cargo en Salas y Referencia, haca uso de la quizs universal jerga del pro fesional en busca de los cartones o tablillas que representaban a los libros prestados. De otros dos compaeros de Mantenimiento tengo tambin gratos recuerdos, y son dos de los veteranos del edificio, personas atentas y cumplidoras: Flores y el conocido “abuelo”, cuyo nieto todava trabaja en la institucin. En el Departamento de Referencias se responda muy bien a las consultas de los usuarios en sala, o inclusive los que con frecuencia haca cualquier entidad administrativa que quera ampliar un concepto, un hecho o dnde encontrar ms amplia informacin. El jefe tena que informar mensualmente con una estadstica a la direccin las consultas evacuadas y los temas de estas. Desde Extensin Bibliotecaria, unidad que se ocupaba de la atencin a las pequeas bibliotecas obreras en unas cuantas industrias, me comunican que de una de ellas nos preguntaban de quin era la frase “Nada humano me es ajeno”. Ese pequeo equipo trabajaba en mi oficina y era atendido por la subdireccin– y a Mara lvarez, una joven ayudante– se le orient que si bien Terencio era el autor, poda ofrecrsele la frase completa. A las salas se les haba dotado de todo tipo de obras de consultas y referencias y el que tom el recado –abogado de oficio y estudios–, se situ en esa unidad por la cantidad de obras jurdicas que tenan los fondos, incrementados con las bibliotecas recuperadas de los grandes bufetes cerrados por abandono, y de las decenas de abogados que fueron saliendo del pas al acabrseles sus negocios, le respondi a la joven: “Mara, esa frase es de Kuchiln...”.3Insultada, la subdirectora llam a Israel y advirti que dijera a su subalterno que no estaba autorizado a responder absolutamente nada, sin consultar las obras que tena para ello, y que su dedicacin o trabajo se reducira slo a estudiar y analizar las obras jurdicas y que por favor pensara (investigara) en sus respuestas antes de decirlas por las trascendencia que tena las que se ofrecan a nombre de la Biblioteca Nacional... Un aumento en el servicio vino a tenerlo muy pronto la Hemeroteca, porque la prensa era muy requerida en bsqueda de informaciones de la pasada

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66dcada con la que se poda clasificar a determinados oportunistas o esbirros de la tirana, sus secuaces y sus padrinos. En esa etapa, a un ao rasante de inaugurado el edificio, la direccin de la Biblioteca Nacional tena un solo file de adquisicin donde apareca una cuenta nica, que si mi memoria no falla, alcanzaba la cifra de ciento cincuenta pesos por la compra de una enciclopedia... Sin embargo, en poco tiempo “la tumba faranica” comenzaba a tener hlito de vida y atmsfera adecuada, haban comenzado las transformaciones administrativas que empezaron por cambiar la boleta de prstamo de libros, la cual tena aspectos seguramente desconocidos por Fernando Ortiz: el lector tena que anotar su “color de la piel”, lo que no tena que ver con el servicio pblico y, nada, con la antropologa. Desde la primera mitad del ao 59 las exposiciones de libros en la Biblioteca se sucedan constantemente: libros nuevos, de autores destacados, de pases segn su procedencia, que en muchas ocasiones llegaron por donaciones, que lo mismo podan ser de Francia, como de la URSS, Bulgaria o Hungra; de escritores cubanos las hubo, de Nicols Guilln, Alejo Carpentier y Marcelo Pogolotti, las cuales se acompaaban del catlogo correspondiente y la bibliografa activa y pasiva. De esa manera se trataban muchas ms, pero tampoco queremos caer en un inventario completo. La primera exposicin grfica se puso en el vestbulo de la Hemeroteca sobre la Prensa Clandestina 1953-1958 que ms o menos se complet con prstamos de combatientes y despus quedaron en los fondos de la Biblioteca. A esa, le sucedi la de Antonio Nez Jimnez con ampliacin de fotos del trabajo de su equipo de Arqueologa. Manuel Moreno Fraginals propuso una exposicin de fotos dedicadas a la atencin que el Comandante Fidel Castro daba a la enseanza. El texto principal era el pensamiento de Jos Mart, que apareca en una foto del Comandante hablando con un nio: “Hombres recoger quien siembre escuelas”. Nunca ms las vidrieras empotradas, las grandes mesas con tapa de cristal, los espacios del primer piso entre el vestbulo, las salas de lectura y el saln de “Azcar, caf y tabaco” (actualmente “El reino de este mundo”) dejaron de ser una muy apropiada sala de exposicin, y esos espacios siempre tuvieron algo que decir. Elio Dutras –brasileo residente en Cuba– propone a la Biblioteca una exposicin de grandes fotos de su pas donde se reflejaran monumentos y tomas de distintas ciudades importantes; se trataba de una iniciativa que bajo la direccin de Joao Goulart tendra carcter itinerante por Amrica Latina y que empezara en La Habana. Se acept, por supuesto, y quien ofici en su inauguracin fue el embajador de Brasil en Cuba. Ren Portocarrero en agosto de 1960 nos trajo “El Sueo”, poemas y dibujos salidos de su angustia ante las primicias

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67de la segunda guerra mundial (al trmino de la guerra millones y millones de muertos) y quera exponerlos al trmino de la nuestra (unos 20 000 para un pequeo pas de unos seis millones). A “El Sueo” aadi una coleccin de sus dibujos que cubri la sala y result un magnfico evento. El cuaderno de sus poemas se edit y distribuy a los participantes de la apertura, y an guardo la nota que dej al finalizar la inauguracin: “Por el tiempo que nos conocimos...”, cuyas palabras dicen mucho por lo que valieron esos tiempos... Se continu con Samuel Feijo y Ernesto Gonzlez Puig, ambos con acuarelas. Al segundo le robaron del Saln uno de los cuadros y cuando lo supo qued encantado y dijo que por lo menos “a uno le haba gustado su pintura... ”. Feijo, no conforme con la primera, trae tambin otra, en este caso, de los pintores populares de La Villas. Tampoco es de olvidar la de Marcelo Pogolotti con algunos dibujos de carcter poltico, y de su obra literaria acompaada de la bibliografa. Los problemas del pas han sido de todo tipo y entre ellos hubo gran falta de juguetes y sobre todo de muecas. Supimos que Josefina Barreto de Cur poda ofrecer un cursillo para hacer muecas de trapo, nos acordamos de la foto de Korda de aquella nia campesina cuya pobreza se vea en su triste mirada, mientras en sus brazos apretaba tiernamente como mueca un pedazo de madera, y se decidi que el cursillo se diera, y result un xito. Las mejores fueron expuestas en el vestbulo de las oficinas del tercer piso. Sin llegar a espacios atiborrados, en este edificio siempre hay algo que ver. El Departamento de Arte se esmeraba en la promocin de las artes. Prestaba buenas reproducciones, las nuevas adquisiciones de libros y diapositivas. A las reproducciones se aada la exposicin de libros afines al nombre, poca y estilo, y se situaban al alcance del interesado. Estos servicios para las artes plsticas llegaron a extenderse a charlas y comentarios que algunas escuelas, centros de trabajo y grupos de la Federacin de Mujeres Cubanas y de los Comit de Defensa de la Revolucin solicitaban in situ. Otras exposiciones fueron tambin las de Rosgart y Morales y la de los originales de afiches del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematogrfico (ICAIC) y las de marquillas de tabaco. En una ocasin al ya disponer de una coleccin importante de muy buenas reproducciones de los grandes pintores europeos principalmente, la exposicin cubri todos los espacios posibles de los tres pisos. De alguna manera nos dimos cuenta que algo faltaba y se decidi dedicar parte del presupuesto a traer obras de pintores cubanos, entonces ms baratos que cualquier diccionario enciclopdico para ni hablar de una gran enciclopedia, y ya tenamos todas las posibles por los menos en espaol, ingls y francs. De ese modo tambin se enriqueca el patrimonio de la Biblioteca Nacional que slo tena cuatro retratos al leo de los directores ms importantes antecesores, y un gran leo, copia de los grabados de la anti-

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68gua Habana en la Sala de Reuniones de la Junta de Patronos. Al mismo tiempo se beneficiaba a los pintores que estaban vivos y en el pinculo de su arte, y que apenas podan vender su obra, la cual era y sigue siendo muy buena. Amelia Pelez, Cundo Bermdez, Mariano Rodrguez, Eduardo Abela y Servando Cabrera fueron privilegiados. Aos despus, el director Julio Le Riverend entendi que estaran mejor guardados en el Museo de Bellas Artes. Pero ahora, la subdirectora que algunas veces relata y otras veces es casi protagonista cuando el trabajo es hacer de cicerona. Enviados por la Academia de Ciencias y el Instituto de Historia, un joven que quizs an estudiaba historia, se me present como acompaante de dos historiadores de la Repblica Democrtica Alemana. Despus de haberle dado algunas explicaciones los llev por todas partes, terminamos junto al Departamento de Arte, y de momento, Morales se lanz a intervenir sealando una reproduccin de la vanguardia europea: “No me explico, cmo en una institucin oficial, se exhibe un cuadro como este”. Y sin acalorarme –he ah la intolerancia por desconocimiento y falta de educacin–, digo: “Mira joven, yo no entiendo nada de la teora de la relatividad, pero la respeto y mucho”. El alemn de mayor edad, me coge la mano y dice: “Seora, ojal muchos funcionarios de nuestro pas pensaran como ustedes”. Hubo bastantes personajes ocurrentes en la Biblioteca y la principal no dej de serlo la propia directora, a quien la subdirectora lleg a decir que debamos tener una especie de tornillito que “cerrara” su sentido del pensar para que descansara mejor; pues cuando iba a almorzar, reposaba y dorma no ms de diez minutos y regresaba con una nueva iniciativa. Pero Mara Lastayo casi le gan... Jefa del Departamento de Seleccin, Adquisicin y Canje de libros, no pudo desde un momento X, tener recursos ni vueltas que dar al presupuesto de las importaciones en la medida que ms frreo era el bloqueo de Estados Unidos contra este pas. De momento, nos llegamos a ver sin libros extranjeros en librera ni como adquirirlos, salvo en los pases socialistas de Europa, en la URSS, y Espaa –desde donde se hubieran podido adquirir a precios insostenibles–; a lo que puede aadirse la burocracia del Instituto del Libro... En 1959 un equipo del departamento se introduca en las libreras, buscaban hasta en los “contra fondos” y seleccionaban lo que groso modo se saba que no se tena en los viejos catlogos, ni en los fondos sin catlogo. Sencillamente en aos y dcadas nunca pudo haber un surtido equilibrado del mismo modo que no haba presupuesto para adquirirlos. Pero tambin a medida que esa extorsionadora y deshumanizada medida –el bloqueo– apretaba, el canje, por va de un correo dificilsimo para obtener algo a partir de los sesenta, se fue perfeccionando no tan rpido como bastante seguro para la Biblioteca.

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69Primero se sinti la gestin de Regina Trobo, bibliotecaria con alguna experiencia y graduada de Filosofa y Letras –y Graziella Pogolotti a su lado– que en 1967 pas a dirigir la biblioteca de Marianao “Enrique Jos Varona”, y despus Mara Lastayo –abogada y tambin graduada de Letras– quien la sustituy en el cargo y ya tena experiencia de trabajo en el departamento. Para Mara, el intercambio lleg a ser el medio principal para adquirir, y lo mismo lo haca con las bibliotecas ms famosas del mundo como con las universidades e institutos superiores, editoras y hasta libreras. Ella ofreca sus listados de libros y publicaciones cubanas; lo editado por la propia Biblioteca y peda lo que viniera bien a la institucin para ese momento o para el futuro, y hasta lleg a pedir para centros de informacin y bibliotecas de otros organismos. De esa forma la institucin burl el bloqueo. No hubo biblioteca importante norteamericana, pblica, del congreso o de universidad que se negara al intercambio. Ellos ms que los europeos le contestaban. Sus ofertas en modestas listas eran bien recibidas en cualquier pas. Lleg a escribir a continentes lejanos. Escribi a Etiopa pidiendo la biografa de Haile Selassie; y tambin la de Joseph Mobuto (Zaire), o Francois Duvalier (Hait). Ellos aceptaban las revistas y ediciones de la propia Biblioteca; los libros recin editados en Cuba, sobre todo de escritores cubanos, los cuales pedan mucho. Por supuesto, para ella el patrimonio era sagrado e intocable, sin embargo, lleg a la obtencin de elementos o informacin del Tercer Mundo muy importantes como la correspondiente a los pormenores de la lengua swahili. El catlogo de sus catlogos de editoriales extranjeras lo venan a ver usuarios de otros organismos interesados por obras que tenan que adquirir de cualquier manera. Descontado su inters por las inquietudes de carcter intelectual, no dejaba de lado nada que significara algo nuevo para el desarrollo del pas. Su celo por lo universal, llevado como ella lo llevaba, le trajo incomprensin y dificultades, mucho antes de su fallecimiento inesperado, el 24 de enero de 1998, mientras trabajaba en el centro de informacin del Teatro Nacional con la misma entrega. Ella tampoco poda controlar sus incompatibilidades, porque las haca sentir con todo el peso de una autosuficiencia menos real que lo se crea ella misma. Su alma era de generosidad extrema con el dbil cuando lo vea noble; si no era as su indiferencia tambin se haca sentir. Humor tena, aunque no poda cantar ni bailar por lo imposible que le era el tono a pesar de lo mucho que le gustaba la msica. Era de gran divertimento por sus salidas espontneas, lo que llevaba a los trabajos voluntarios en el campo y recuerdo una de ellas. La subdirectora tambin fue a esas escapadas y refrescantes tareas, como una recogida de caa o limpieza de yerbas, aunque la espalda doliera. As templamos un poco ms el cuerpo y el alma con las “mataduras” de los huesos.

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70Siempre me gust el campo y su paisaje, pero respetaba y me horrorizaba el trabajo del campesino. Siendo an una nia, mi madre, que gustaba mucho de la msica y la poesa, me consigui una guitarra, porque haba vendido su piano, instrumento que desde nia quise estudiar. Ella me ense los acompaamientos ms sencillos y cantbamos juntas una dcima campesina: Levntate Baldomera A tomar caf sabroso Hecha con agua de pozo Arrimado a la candela... Puede que sea tonto y simple, pero se me ocurri entonar esta otra –en tono tambin desbalanceado– en pleno campo de caa: A Mara le gust del gusto le fue al canto y casi el campo enmudece de lo mal que lo cant; Pero a partir de ah, Y en honor a Mara, la brigada llamse Baldomera... Si seores, as se llam. Un domingo no fui al campo. Al da siguiente, en el Saln de reuniones, provisionalmente oficina de unas cuantas bibliotecarias, hubo un escarceo inusual; mi oficina colindaba con l y supe su causa: una de las ms jovencitas, inexperta y sin malicia oy cuando contaban el desentono de Mara y las risas que provocaba, y esa risa en ese momento de lunes temprano, al coger ms fuerza logr que la jovencita expresara con un suspiro su ausencia al trabajo voluntario, y dijo: “No simpatizo con esas cosas del campo... me qued en mi casa”, y luego confes no haberse divertido nada en el fin de semana... a lo que el escarceo subi, mientras otra arengaba: se acab, es hora de trabajar. Cuando la crisis del agua se hizo aguda Mara pregonaba que el personal de la Biblioteca era de “ngeles cerficos” porque no necesitaban el agua pues “carecan de los rganos idneos...”. El almacn de libros de los siglos XVIIIy XIX con que se inici la Biblioteca Nacional en 1901, nutrieron los fondos organizados que dieron lugar a un sinnmero de investigaciones en lo que a partir del 14 de diciembre de 1961 se llam Coleccin Cubana, cuyos trabajos han sido publicados por la institucin. All mismo Juan Prez de la Riva, adems de su trabajo en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, fue el ponente y redactor de un valioso prlogo que hizo al cuaderno de los grabados de la Flota inglesa en la baha de La Habana, al cumplirse el bicentenario de la toma de La Habana por los ingleses. A la par de otras publicaciones se consagr al buceo en busca de mapas y cre y desarroll la mapoteca que probablemente no hay otra igual en el pas. Cintio Vitier y Fina Garca Marruz dieron brillo a las primeras investigaciones literarias en la Biblioteca Nacional, y prueba de ello son sus obras sobre Mozart ensayando su Requiem Temas martianos y tantas otras que proyec-

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71taron, desarrollaron y publicaron mientras trabajaron en ella hasta 1977. Los fondos de la Biblioteca Nacional Jos Mart, tambin tenan algunas partituras que nunca se haban dado a conocer del mundo de las artes. El cubano siempre tuvo un gusto especial por la msica; se le pega el ritmo y suele gustarle el baile y el guateque, sin ser ajeno al folklore nacional y sus componentes humanos y sonoros. En ningn momento de la historia de Cuba dej de haber conjuntos y orquestas populares ni ritos religiosos. No han faltado creadores, buenos intrpretes y compositores de fama internacional a las canciones y boleros, al son cubano y a la rumba. Tres violinistas importantes hubo: Jos White (18361918), muy conocido en la Corte de los Braganza de Brasil,;Claudio Brindis de Salas (1800-1872) y Claudio Jos Domingo Brindis de Salas, el Paganini de bano (1852-1911), tambin mestizos, que supieron de la miseria a pesar de sus habilidades, a consecuencia del racismo y de la sublevacin de negros a principios de la Repblica de injustas implicaciones. La msica popular an est rezagada en cuanto a su estudio, aunque tuvo en el siglo XX brillantes compositores e interpretes como Eduardo Snchez de Fuentes (1874-1944), Manuel Corona (1880-1950), Sindo Garay (1867-1968), Moiss Simons (1889-1945), Eliseo Grenet (1909-1988), Miguel Matamoros (1894-1971); Rita Montaner (19001958) y Benny Mor (1919-1963), a quienes slo se les recuerda cada ao; Ignacio Villa, Bola de Nieve (19111971). Hay libros sobre ellos o que slo se refieren a ellos con comentarios sin suficiente anlisis. Compositores muy destacados y prolficos, fueron Ignacio Cervantes (1847-1905) y sobre todo Ernesto Lecuona (1895-1963). A escala mayor pertenecen al siglo XX Alejandro Garca Caturla (1906-1940) y Amadeo Roldn (1900-1939), a quien le supera Harold Gramatges (1918), Premio Iberoamericano de Msica Toms Luis de Victoria, 1996, y Leo Brower (1939), afamado guitarrista, director sinfnico y compositor a quien se le vio alguna vez en aquellos tiempos, muy joven de visita en la Biblioteca Nacional. Esos antecedentes y sin apoyo oficial, dieron lugar a que la nueva directora de la Biblioteca pensara que era hora de crear un grupo o equipo de musiclogos que se pusieran a investigar y promover lo que tambin era un esencial componente de nuestra identidad. De inmediato convoc a concurso la plaza de jefe del Departamento de Msica; Argeliers Len lo gana por su expediente, y en poco tiempo integra su equipo de trabajo. Por supuesto, la obra de don Fernando Ortiz haba sentado una slida base. Alejo Carpentier en 1946, publica La msica en Cuba en la editorial Trpico del Fondo Cultura Econmica de Mxico. A favor del nuevo departamento estaban esos estudios musicolgicos y, en ese momento, se poda incrementar la investigacin en los diversos gneros y espe-

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72cialidades salidas de distintas races. Institucionalmente slo exista el Museo Antropolgico Montan en la Universidad de La Habana, dedicado a los atributos e instrumentos musicales para los ritos afrocubanos. No haba ni museo de msica, ni instituto de alto nivel de estudios, ni un Consejo Nacional, aunque s haban existido algunos conservatorios, sobre todo particulares, principalmente en La Habana. En las ciudades ms importantes siempre hubo profesores particulares de piano y alguno de guitarra. El primer instrumento constitua, sobre todo, una virtud ms para una muchacha joven. El violn y los instrumentos de viento eran casi por completo llevados por la tradicin familiar. Como ayudantes, Argeliers trajo a un msico joven, Gonzalo Romu, y a un musiclogo en ciernes, Antonio Acero, que pas al Ejrcito Nacional poco despus. Mara Teresa Linares siempre fue su ayuda principal. Zoila Lapique, muy entendida en la msica y a quien yo le deca “la bibliotecaria erudita” por la rapidez con que encontraba el ms escondido enigma histrico, le fue propuesta por la directora que bien la conoca por haber sido su alumna. En realidad el departamento se convirti en esos momentos en el centro para los intercambios importantes y necesarios de los msicos. Ellos ofrecan adems de algn concierto, su experiencia, lo que antes tenan que agradecer al club privado Lyceum Lawn Tennis. A partir de esta nueva situacin y atmsfera creadora, si algo son en la Biblioteca fue la msica y su diversidad. Argeliers dirigi el primer concierto en la Biblioteca Nacional en primera audicin de las Rtmicas de Amadeo Roldn, a treinta y dos aos de su creacin. Le sigui el septeto Tpico Habanero, al cual l mismo reagrup e hizo el anlisis de su trayectoria en la presentacin. Le sigui la orquesta de Flix Gonzlez, el conjunto de Claves y Guaguanc, as como el Conjunto de Cmara. El pedagogo alemn Kurt Phalen ofreci un cursillo a maestros de msica sobre la educacin musical del nio a invitacin del departamento. La promocin a los conciertos, cursillo o historia de la msica que se ofrecan se haca oportunamente. En algunas ocasiones un vehculo con altavoz tambin anunciaba en la zona las actividades que se efectuaran, y el pblico responda a sala llena. Las investigaciones dieron lugar a variadas ediciones modestas o ms modestas, pero muy bien documentadas. Entre las publicaciones estuvo la Revista de msica ; la serie de folletos de msica yoruba, batu, abaku, guajira, condoneros, y rumbas, ms una gua para informar, las peculiaridades locales de la msica en las distintas regiones del pas. El Catlogo de canciones cubanas, del siglo XIX, coedicin con el Consejo Nacional de Cultura con referencias a las comentadas en el Papel Peridico de la Havana entre 1791 y 1793 y la Habana Artstica en 1800. En 1964 sale Msica folklrica cubana tambin de Argeliers Len. Zoila Lapique ya por el ao 1979 public en la edito-

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73rial Letras Cubanas La msica colonial cubana salida de su experiencia en la Biblioteca. Se realizaron las grabaciones de danzas y danzonetes a partir de las partituras originales de la Biblioteca, y un disco del Departamento de Juvenil. Por otra parte, la Sala de Servicio al Pblico no slo presta libros y publicaciones, tambin facilita audfonos, para disfrutar o estudiar el disco solicitado. Usualmente nos topbamos con Juan Blanco, con sus primeras experimentaciones de la msica electroacstica, o con algn otro miembro de la plyade de folkloristas, compositores, intrpretes o ambas cosas que entraban o salan del departamento, o realizaban colaboraciones en las actividades del Saln de acto; muchos de ellos tambin ensayaban en dicho saln. As pasaba con Carlos Farias, Jess Ortega, Edgardo Martn, Rolo Rodrguez, Lid Jurez, Jos Bidot, Alberto Marn, Miguel Barnet y Rogelio Martnez Fur. Con avatares y todo lo dems, si la cultura tuvo tropiezos, sali del subjetivismo y subi su nivel y exigencia. Ante las nuevas alternativas se crea la direccin de Etnologa en la Academia de Ciencias y Argeliers Len pasa a su direccin. A Zoila Lapique se la traslada al Departamento de Coleccin Cubana donde tambin es eficiente y hace falta. Surgen los cambios de direccin, y se agudiza la debilidad en algunos departamentos. Sin embargo, se haba rendido un buen ejemplo de trabajo creador porque exista la voluntad de entendimiento junto a la motivacin constante a los que se consagran a su trabajo. De igual manera puede decirse que lo mismo pas en el Departamento de Arte; en este caso se presentaron alternativas de trabajo ampliadas en museos y galeras en todo el pas; se crea el Instituto Superior de Arte (ISA) y las Escuelas de Instructores de Arte, y por lo tanto nuevas plazas para profesores de esa especialidad en las escuelas nuevas y en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, adonde se integran Mara Elena Jubras, Luz Merino y Oscar Morria. Al mismo tiempo se encareca –sin suficientes divisas– el costo de los libros de arte, las publicaciones y las reproducciones. No obstante, a los principales centros de estudio pas la semilla de un buen trabajo por la cultura. Aunque no slo el Departamento de Arte de la Biblioteca Nacional dio su aporte en este aspecto, pues no puede obviarse a la ctedra de la Escuela de Filosofa y Letras, verdadera matriz de los destacados profesores Luis de Soto y la muy estimada y querida Rosario Novoa. En las mismas dos oficinas de la subdireccin trabajaban la secretaria y el equipo de Extensin Bibliotecaria, compuesto por unas cuatro bibliotecarias, alguna tcnica y se prestaba atencin a las pequeas bibliotecas obreras y a su responsable voluntario. Muy difcil era conseguir una buena coleccin para entretener y a la vez superar, por lo menos en historia a traba-

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74jadores cuyo nivel educacional no sobrepasaban el tercer grado de primaria, pero que tenan sus cursos de superacin y queran leer. Una vez nos encontramos que en una venta de libros editados en Mxico por el Fondo de Cultura Econmica, una fbrica de 600 obreros haba comprado por su cuenta la Utopa de Tomas Moro, a Adam Smith y a David Ricardo... Nosotros, por supuesto, tratbamos de completarle sus propios libros con pequeas dotes de libros en prstamo que se podan cambiar cuando ellos lo estimaran oportuno. Alguna obra apropiada se les comentaba, a veces, con algn escritor que conmigo se decidi a ir, y en los comentarios finales uno de esos obreros estaba consternado porque no entenda cmo personas de buen vivir podan tener conductas no aceptadas por la sociedad. El caso es que una noche nos invitan a una gran asamblea que se desarrollaba en La Lisa y all fui con la intencin de hablar del papel de la lectura personal, fue algo muy breve y sin pretensin alguna. Al terminar, un hombre de unos cuarenta aos decide preguntarme, para mi absoluta consternacin, que cmo haban permitido publicar el libro Paradiso de Jos Lezama Lima por inmoral. Respirar lo hice dos veces para contestar que por qu aferrarse a determinadas pginas solamente y no se fijaban en las que trataban de la familia y sus comidas, las relaciones familiares y las de amistad, sus comidas y su entorno. Con mis pobres palabras se acab la asamblea. En este homenaje a la Biblioteca Nacional Jos Mart por su primer centenario –que bien se lo merece despus de tantas vicisitudes–, deseo referirme a la perduracin de algunas expresiones de la tica profesional indispensable que he podido apreciar. No siempre el tiempo que pasa se hace tan distinto al precedente por mucho que hayan cambiado el hombre, su ambiente y sus instrumentos de trabajo. Si en este homenaje se ha hecho alusin a los fundadores de la institucin con sus avatares, no es menos que en ello va tambin el reconocimiento a las personas que desde los oficios ms humildes y servicios de mantenimiento tambin han sido leales a su cuidado; conoc a algunos de ellos que an respeto; dejaron un hijo o un nieto que heredaron su condicin de incondicional respeto a su tarea, y cuando no eran verdaderos herederos, contagiaban al nuevo trabajador. Como en toda realidad del hombre a cualquier nivel puede surgir el o la que slo le interesa el provecho propio y por mucho dao que hagan, y lo han hecho, los que se apegan, los que se encarian y consagran a un trabajo por lo que sea, son ms; yo, no esperaba tanto como Nicols Guilln en el mensaje que nos dej. En las salas, en Referencia, en Informacin al llegar. En los almacenes cuando fui a ver el espacio de la tribuna improvisada del 26 de julio y los campesinos, en la oficina de la bibliografa y todo lo que ha tenido que ver con este trabajo, he sentido la mejor atencin y el deseo de cumplir con su servicio, que no creo sea slo para m, porque sera una gracia a una mujer de ochenta y un aos que haca mucho

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75tiempo que no tocaba la pluma ms que para hacer alguna carta. Por cierto, poco antes del perodo especial –del que estamos despegndonos ms aprisa de lo que en un momento se pens– y desprendida de toda obligacin laboral, me dirig al Consejo de Estado por medio del ministro de Cultura, Armando Hart, para recordar a las autoridades ms altas del Gobierno los requerimientos de climatizacin para los Fondos de la Biblioteca Nacional y fueron bien acogidos. Pero el proyecto y ajuste necesario no se pudieron realizar debido al acoso del norte, con guerra bacteriolgica inclusive, pues lleg el perodo especial entre apagn y apagn y restricciones sin cuento, ¡qu poda hacerse, sino esperar a salir de esa coyuntura y terrible que cay de sorpresa?! Por el ao de 1950 cuando haca el curso de especializacin en bibliotecologa, la doctora Freyre de Andrade recomend como una de las lecturas la Misin del bibliotecario, de Jos Ortega y Gasset donde este deca que no slo el libro haba trado al mundo su desarrollo, sino tambin que el bibliotecario era el filtro entre el libro y el lector en la biblioteca. Y nada hace sentirse mejor que el deber cumplido con el servicio que nos toque sobre todo cuando lo hemos elegido –el de la Biblioteca desde cualquier lugar que se ocupe en ella, o el de cualquier otro servicio. Un da, cuando realizaba una cooperacin con el Instituto de Historia de la Revolucin, tuve que venir a la Biblioteca y fui atendida hasta el punto de prestarme peridicos que ya no se podan ofrecer al pblico debido a su deterioro. Todas las premoniciones que habamos hecho en los aos sesenta eran plidas en cuanto al referido deterioro, pero este tambin se vea en los muebles. Grandes y pequeos, todo organismo de esta naturaleza necesita el presupuesto que pueda cubrir constantemente el desgaste de libros que hay que renovar, sin descontar las novedades que cubran el nivel correspondiente; equipos e insumos ms el mantenimiento higinico de su entorno, dentro y fuera de su edificio, sin descontar, por supuesto, el personal capacitado para su trabajo interno y el servicio al pblico, porque si los fondos son sangre y corazn, el bibliotecario es el oxgeno que le impulsa y como deca Ortega y Gasset, los filtra. Y basado en todo esto, quiero destacar el papel del Departamento Juvenil y del poeta Eliseo Diego, laureado con el premio Juan Rulfo, cuya labor realizaba all muy a gusto. El peridico La Jornada de Mxico publica una entrevista –entre otras muchas a Eliseo Diego– cuando recibe ese premio y la primera pregunta que le hace la periodista Ana Mara Gonzlez es “Cmo se le ha tratado en Cuba”...? Segn Eliseo haba entrado a trabajar durante los primeros aos de la Revolucin en la Biblioteca Nacional Jos Mart, y hace y reitera su elogio a la directora, Mara Teresa Freyre de Andrade, y contina expresando cmo en el Departamento Juvenil sinti una felicidad muy grande, porque all record lo feliz que haba sido en su in-

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76fancia por los libros que sus padres podan regalarle y que los nios pobres de Cuba nunca pudieron tener, pues el dinero slo renda para comprar el alimento... Critica las traducciones espaolas de los clsicos y afirma cmo le dio por incentivar la edicin de libros para nios. En ese departamento adaptaba los cuentos para su narracin y contribuy a formar narradores junto a la compaera Mara del Carmen Garsini. Junto a Mara Teresa, all se edit un manual sobre la literatura infantil. Tambin se refiere a una observacin que l hace sobre la prensa en Mxico: “Es justo hacer notar aqu, sobre las acusaciones tan severas que se decan en las Naciones Unidas contra Cuba y que no eran verdaderas como que la Revolucin cubana haba abolido las editoriales, pero mal poda abolir algo que no exista... las editoriales cubanas las cre la Revolucin...”. El Departamento Juvenil lleg a ser ejemplar y sus servicios se extendieron desde 1962 a cada una de las bibliotecas pblicas que se iban creando o fortaleciendo en las otras provincias. Su saln lleg a ser muy acogedor por la presencia de alguna buena reproduccin de pintura, el mapa de Cuba, y un mapa mundi esfrico al lado del “burrito verde” –artesana mexicana de fibra– que posaban sobre el estante que agrupaba un buen diccionario y las obras de consulta especializadas; las plantas, una aqu y otra all; los nios o jovencitos viendo una cosa o la otra, haciendo sus tareas de la escuela o leyendo algo, mientras otro buscaba un libro y, una bibliotecaria atenta, en seaba y observaba a otro de los visitantes a usar el catlogo. Realmente era estimulante observarlo... El trabajo interno se prodigaba entre las obras nuevas y la atencin a las que se podan arreglar: se usaban mucho y pronto haba que sustituirlas. Las narraciones, agrupaban a los nios sentados en el suelo, y sin escenografa alguna, slo se senta la voz de la narradora, y se realizaban, no recuerdo bien, si dos o tres das a la semana. El espacio del coro para las prcticas y conciertos era el Saln de actos de la Biblioteca, que tambin contribua a incrementar la disciplina de los integrantes del coro y de los asistentes. Se lleg a grabar un disco, pues Carmen Valds era genial por la forma, rigor y conocimiento que les transmita sin grandes esfuerzos. En algunas ocasiones especiales sus conciertos llegaron a llevarse a algunas escuelas. Otros muchachos, entre siete y diez aos, tirados al suelo del vestbulo del departamento, aprendan a usar colores y pinceles y en el papel que se poda encontrar, pintaban bajo el estmulo que les ofreca Ulises Cruz –fechas patriticas, un huracn, etctera– y llegaron a ganar algn premio internacional. En estos momentos, l dirige el Centro de

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77Estudios Jos de la Luz y Caballero, que cubre distintos crculos de estudio para nios y jvenes, cuyos padres tambin asisten, porque adems hay una biblioteca. El mbito es uno de los palacios restaurados en La Habana Vieja. La Juvenil de la Biblioteca Nacional tambin desarroll otro instrumento de ayuda a los maestros de primaria para estimular algunas clases: “el archivo vertical”, que lo hizo y atendi otra bibliotecaria de experiencia, Mercedes Meneses, para quien no haba revista duplicada y vieja que desechara sin sacar la lmina que mucho poda completar cualquier clase en el aula. Muy cercanas al inters de la propia directora, Mara Teresa, eran todas estas actividades que en s diriga otra bibliotecaria consagrada y de experiencia como Audry Mancebo. Sin dejar de lado su poesa, Eliseo edit una obra curiosa y elocuente sacada de los Fondos propios de la Biblioteca, que no era su poesa pero est llena de ella. Ese libro, Muestrario del mundo o libro de las maravillas, es un homenaje a don Jos Severino Boloa, famoso impresor del siglo XIX que en grfica y dcimas sobre sucesos “memorables” que segn Eliseo quizs provenan del “Patbulario adorno de sus patillas adelantadas en parentesco con “su bestiario” para la edificacin del miedo... y esa baraja cruel de sus esquelas mortuorias? “...registro de sus entraas para uso y regalo del sueo... mientras simula relatar la historia de la imprenta...” y, cuando llega al sumario Muestrario de La Habana, yo cito uno de sus asuntos “Apoteosis del papalote”; como se ve, puesto a saltos del deliciosos prlogo de Eliseo. El Departamento Juvenil tuvo su momento crtico. Alguien empez a pensar y presionar que no era propio para una Biblioteca Nacional, y adems su espacio podra ocuparlo una emisora vinculada al Departamento de Referencia que pudiera ser tribuna de los intelectuales extranjeros que nos visitaban, y adems desde ella se podan responder consultas. Por supuesto, hubo oposicin y, discutido el asunto decidise hacer un muestreo de los asistentes al Departamento para saber cuntos y de qu zonas eran. Todos los servicios tenan su estadstico, as que slo hubo que contar. El resultado fue tan elocuente, que la iniciativa se frustr. Desde 1961 a 1967 el Departamento fue “piloto”, pues a l llegaba personal desde las bibliotecas pblicas de provincias y municipios para su entrenamiento, as como de los estudiantes de la Escuela de Tcnicos Medios, tambin fundada por la Biblioteca Nacional Jos Mart. El entrenamiento comprenda las narraciones, las artes y la atencin directa a los ms pequeos lectores e inclusive a los ms grandes. Extensin Bibliotecaria dio atencin a tantas pequeas unidades, como asientos tiene el saln de actos que se llen de obreros responsables de pequesimas bibliotecas en industrias y otros centros de trabajo; la intencin era ofrecerles una informacin general de nuestros servicios, intenciones y dificultades, as como conocer las de ellos.

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78Las palabras finales las dijo la directora, Mara Teresa, sobre el tema de la importancia de la lectura y el papel que desempaa la Biblioteca en su comunidad. Terminado el acto se les ofreci un modesto bufet junto a un gracioso bho de papel, smbolo del boletn de la Biblioteca Nacional, como recordacin del acto. En el campo de la cultura y sobre todo cuando se pas de la Direccin de Cultura al Consejo Nacional, las plenarias fueron asambleas generales celebradas en las provincias y ello sirvi para sondear su situacin en el pas. Lo que se saba era pobre y haba que calibrarlo en sus necesidades perentorias. Dentro del sector de las bibliotecas, la Nacional, autnoma en los primeros dos aos, pas del Ministerio de Educacin al CNC bajo la presidencia de la doctora Vicentina Antua, respetndosele su especificidad. Desde los primeros momentos, la Biblioteca Nacional haba tomado el camino del humanismo en funcin de la cultura, y as llevar por delante la educacin y sensibilidad humana, o sea, el servicio del hombre al hombre: elementos que deben ir juntos y lo ms parejo posible. En la dcada de la dictadura, cumpliendo al parecer con la Constitucin del cuarenta, se hicieron intentos para situar bibliotecas en cada municipio, aunque con precarios recursos. Sin embargo –por excepcin– quizs funcion realmente alguna, pero la experiencia y curiosidad me llev al anlisis de lo que conoc directamente en el entonces municipio de Holgun, con ms de cien mil habitantes, e importante y rica regin, a pesar de los pobres menesterosos que en ese tiempo pedan limosna de casa en casa y de “caf en caf”. En el ayuntamiento de esa ciudad, donde un alcalde autntico, Garca Bentez, crea una escuela nocturna para trabajadores, conoc la biblioteca: unos doscientos libros estaban apretujados en un estante cerrado con puertas de cristal, y oxidada cerradura, que no tena a nadie que se ocupara de ella. Unos aos despus, por ser fundadora y ejecutiva del Colegio Nacional de Bibliotecarios Universitarios en los aos cincuenta, saba que al triunfo de la Revolucin, no haba ms de cincuenta bibliotecarios profesionales en el pas. Dos o tres de ellos estaban situados en Santiago de Cuba como Aida Quevedo, y en Matanzas, Guillermina Harvest. Tcnicos haba algunos en La Habana salidos de cursos ofrecidos en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas que lleg a tener su revista. Los dems empleados en las bibliotecas eran estacionarios, algunos con la vocacin siempre en ciernes y otros de plantilla; su estabilidad era irregular por lo nada estable que resultaba una plantilla de cualquier dependencia del Estado, donde se poda quitar y poner trabajadores segn los cambios de liberales y conservadores en su vicisitudinario andar y la bsqueda de votos electorales. Si la Biblioteca Nacional tuvo que tener una ley de impuesto para su edificio, imaginmonos qu significaba una biblioteca pblica de entonces.

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79Slo dos de las seis provincias las tenan: Santiago de Cuba por su benefactor Emilio Barcard, patriota que se propuso que la ciudad tuviera primero el Museo, que despus llev su nombre para en l recoger la memoria de las guerras de independencia, y despus la Biblioteca Elvira Cape; la otra biblioteca, la de Matanzas, fue tambin de origen patriarcal: la Guiteras; esta ltima con edificio moderno, la primera en uno neoclsico cuyo stano sombro –entrada de coches– dio cobija a la de Santiago. En la ciudad de Santa Clara, al parecer exista una pequesima coleccin reducida a un rincn del Palacio de Gobierno Provincial. En Pinar del Ro no haba y en Camagey si la hubo no nos la ensearon. Las haba en las sociedades de recreo, en logias masnicas y centros teosficos muy privados. Slo la del Centro Gallego de La Habana y la del Lyceum Lawn Tennis Club del Vedado ofrecan servicios para adultos y para nios. Ignoro si los de Santiago de Cuba y Camagey –tambin de mujeres profesionales de la mediana burguesa– prestaban iguales servicios. Mart, el inspirador de nuestra Revolucin, se refiri en alguna ocasin a la necesidad de satisfacer los placeres intelectuales, mientras que Fidel Castro plante: “No vamos a decir cree, vamos a decir lee...”. Por eso, todos a uno estuvimos de acuerdo en llevar la lectura al pueblo y, ahora, a 42 aos se vuelve con mucha ms fuerza y razn para incrementar los esfuerzos de un pueblo ms instruido, con el reinicio de una verdadera campaa por el libro junto al hombre y al nio ms la computadora. Actualmente, quizs cueste mucho ms la restauracin del ejemplar muy usado que sustituirlo. No obstante, los clsicos de siempre, aunque haya que adquirirlos a precios muy altos, son indispensables al igual que las novedades editoriales. Al mismo tiempo ya estamos ms conscientes de que no hay biblioteca si no hay sede y personal idneo. Pienso, inclusive, que quizs fuimos ms aprisa de la cuenta en esa poca: lanzar al pas una red de bibliotecas y a la vez fomentar la escuela de tcnicos medios, en tanto el acoso permanente de nuestros enemigos pesaba sobre todo en lo que requiriera divisas y ms divisas... Podrn fomentarse en relativo tiempo, pero el costo de su mantenimiento y desarrollo es muy alto cuando la estrategia del pas tiene sus reas preferenciales y hay que comprender que la realidad nos impone en cada etapa ms altos los costos de los libros. Impulsar, y crear una biblioteca y un buen servicio depende de cmo se desarrolla este que empieza por el bibliotecario, le sigue la novedad editorial y su promocin para que no decaiga el incremento de sus lectores. En aquellos efervescentes tiempos se realiz el aspecto fundacional que empez como una verdadera campaa de conquista de los edificios indispensables, en funcin de la biblioteca pblica en el pas. Se consigui al mximo la expectativa para las capitales de cada provincia y se lleg prematuramente –me cuestiono ahora– a los municipios, antes de crear la conexin y dependencia de los ltimos a las primeras y, que luego todas dependan del apoyo al poder popular local, el cual slo en algunas ciudades tena un poco ms de recursos.

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80Los viajes a provincia se hicieron sistemticos cuando se traspas, correctamente, a la Biblioteca Nacional Jos Mart la responsabilidad de su atencin, y tambin lo que se llam Organizacin Nacional de Bibliotecas Populares del MINED (ONBAP). Aos despus dichos viajes no pudieron continuar. Marta Vesa, todava por la va del MINED, es quien ubica, habilita y organiza la de Cienfuegos, “Roberto Garca”; en presencia de la subdirectora se inaugura en 1961 y ha sido nombrada como su directora Olga Hernndez, que por su eficiencia fue luego directora provincial cuando se funda la de Trinidad. Estas dos bibliotecas tuvieron tambin el privilegio de contar con las bibliotecas viajeras y su eficacia pudo ser constatada por la doctora Graziella Pogolotti que vivi personalmente la experiencia: los campesinos y sus nios esperaban en fila el da de su llegada para devolver los libros y quedar con otros, hasta el prximo viaje. En ese mismo ao 1961, el Consejo Nacional de Cultura convoca en Camagey a una Plenaria donde se plantean las distintas vertientes del trabajo para el desarrollo de la cultura en el pas. All la subdirectora de la Biblioteca Nacional se refiere al Plan de la Red de Bibliotecas para el pas: clase A, B, y C segn las posibilidades de cada territorio y sobre todo del edificio que pudieran ofrecer las autoridades locales, a las que pondran el nombre que determinaran. Para ello se daran facilidades de materiales, muebles y, por supuesto, apoyo para la adaptacin del inmueble si se quera. Tambin se les explic que era necesario que seleccionaran un personal para pasar el curso de capacitacin en la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas tipo A tendran servicio de consulta y referencia, as como colecciones de libros y publicaciones para leer en la sala y otra para prstamo a domicilio, la sala para nios estara aparte; se realizara tambin el anlisis de la prensa y de libros que all se editaran, y se confec cionara la bibliografa retrospectiva. Tendran adems libros de arte y reproducciones, as como una sala para reuniones y comentarios de libros; para ello podran tomar la idea de lo que se haca en el Departamento de Circulante de la Biblioteca Nacional cuando se presentaba el libro de algn escritor, o cuando un escritor o crtico poda comentar una obra recin editada; de todo eso se pondran notas de anuncio en la prensa local y en el mural de la institucin para que los usuarios se enteraran de las actividades culturales de la ciudad. En el Departamento de Circulante de la Biblioteca Nacional esas actividades se hacan informalmente con un ambiente de conversatorio en la antesala, donde se reunan los asistentes, si eran quince se haca y si eran diez igualmente. Por all pasaron, entre los que recuerdo, Salvador Bueno, a la salida de la ltima edicin de Cecilia Valds; Eliseo Diego comentando Hijo de hombre, de Augusto Roa Bastos; Onelio Jorge Cardoso y Flix Pita Rodrguez con sus cuentos respectivos; Jaime Sarusky y su primera novela. Las bibliotecarias de este Departamento tambin ofrecan comentarios sobre las novedades. En alguna ocasin se pudo ofrecer caf.

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81La Circulante, como la llambamos, posea una coleccin abierta bien compuesta de todo los gneros literarios e histricos. All se ofreca y se ofrece un magnfico servicio. El lector poda escoger directamente en el estante, su gnero preferido, as como a travs del catlogo o ayudado por las bibliotecarias, muy bien preparadas para la atencin y conocedoras de la coleccin a disposicin tanto como en qu momento estara a la disposicin una obra prestada porque sera devuelta en tal da. Por otra parte tenan la virtud de la complacencia cuando el usuario necesitaba una ayuda para el trabajo que haca. Inclusive se dio ms de un caso en que a algunos lectores autodidactos, con ideas de escribir, mucha inteligencia y disposicin, los fortalecan en la ortografa y la gramtica. Mucho contribuyeron a ello Elena Giraldez y Rebeca Fuentes. Puede decirse que al mismo tiempo que se iniciaba el trabajo con la red de bibliotecas del pas, cuando ya se est preparando la coleccin destinada a una biblioteca pblica, se tena algn personal que vena de la provincia y se capacitaba pasando por todos los servicios que ofreca la Nacional, as muy poco a poco se fue preparando algn personal cuando se decide fomentar la Escuela. Esta, que primero fue de capacitacin, lleg a ser la de tcnicos medios que hoy en da ha graduado a unos cuantos cientos de jvenes –en una poca estaba prohibido a los varones por decirse que hacan falta en el campo– y cuyo ttulo permiti el pase para pasar a la licenciatura de Informtica mezclada con la Bibliotecologa, cuando el alumno no entraba con nivel de secundaria bsica, sino con el equivalente a la enseanza media superior. Los planes de estudio, por supuesto, los revisaba la propia Mara Teresa, inclusive el ltimo que atendi ya no estaba en la Biblioteca Nacional. La primera directora de la Escuela fue Adelina Lpez Llerandi, cuyo origen era de maestra normalista y que haba sido alumna de la propia directora, que mucho la distingua. La subdirectora, con quien ella trabajaba en Extensin Bibliotecaria fue la que la propuso y fue de mucho acierto debido al nivel que Adelina le infundi a la Escuela. En secuencia lgica, al cabo de unos veinte aos pas a otra bibliotecaria de condiciones semejantes al jubilarse Adelina. El orgullo de ellas es que un nmero considerable de sus alumnos ha llegado a tener importantes cargos en centros de informacin, lo que la subdirectora pudo constatar cuando celebraron un aniversario en que fue invitada a un cierre de curso o aniversario especial de la Escuela que han querido llamar con mucha razn Mara Teresa Freyre de Andrade. A esta altura de los reconocimientos en el primer centenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart me parece que tambin hemos de referirnos al personal de la institucin que contribuy en todas las etapas, inclusive en la de la alfabetizacin, que sin tanto nivel educacional, si lo hubo fue a partir de tercer y cuarto grado, alcanzaron el sexto trabajando aqu; uno de estos Ral Carballea, lleg a tener el nivel de Tcnico Medio y ocup la jefatura de los almacenes. Muchos fueron los que pasaron a la Escuela; y las que ms se

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82lucieron en esa etapa como profesoras fueron Primitiva Rodrguez y Mara Luisa Gil que luego pas a la Escuela. As pues la docencia fue parte de la actividad interna y de extramuros y creo justo destacar sus nombres en el ao que se festeja el centenario primero de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Mara lvarez, una de mis ayudantes en aquella etapa, que pas el cursillo de tres meses, el cual daba los conocimientos indispensables para trabajar en bibliotecas –capacitacin–, y que despus alcanz el ttulo de tcnico medio, me ha ofrecido todos los nombres de los profesores: Mara Luisa Gil: Administradora Juana Zurbarn: Historia Bella Garca Marruz: Letras Mara Luisa Antua: Letras Israel Echevarra: Referencia Primitiva Rodrguez: Referencia Salvador Bueno: Literatura Juana Hernndez: Catalogacin Caridad Lara: Catalogacin Aida Quevedo: Bibliotecologa Blanca Rosa Snchez: Organizacin de bibliotecas Francisco Calle: Composicin A su vez, la Biblioteca contact a profesores de ingls, francs y ruso para la enseanza de estos idiomas al personal profesional. No en todas partes nos recibieron de igual manera. En extramuros se apreciaba alguna dificultad en la comprensin del plan que se llevaba desde la capital al conjugarlo con el que tenan all y para el cual ellos requeran una solucin particular. No era igual cuando nos invitaban a una unidad militar que cuando se llega a un pueblo a proponer un plan. En varias ocasiones acompa a la doctora Freyre. Algunas veces los soldados llegaron a la Biblioteca en servicio como en Girn y la crisis de octubre, y en otras la invitacin tambin era de ellos –sus unidades– porque la ms alta jerarqua quera que los soldados se instruyeran. Un da llamaron de la fortaleza de la Cabaa para que la directora ofreciera una charla y all fuimos en el jeep que nos vino a buscar y ella, por supuesto, se refiri al papel que la lectura significaba para todos. En Pinar del Ro –no hubo discurso– las autoridades fueron acogedoras y al final de la conversacin, despus de todas las explicaciones necesarias, se consigui el edificio del mejor club de la ciudad, que sigui funcionando como tal, porque corran las mesas, sillas y estantes para celebrar reuniones y hasta fiestas, lo que era difcil controlar. En Isla de Pinos se consigui con el apoyo del comandante William Glvez una casa, ni pequea ni grande, para la biblioteca de Nueva Gerona. En su buena y gentil acogida el comandante

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83nos invit a un almuerzo que le ofreca al doctor Salvador Allende cuando aspiraba a ser presidente de Chile. En alguna ocasin supe que la biblioteca haba sufrido avatares por fenmenos meteorolgicos, entre otras cosas. Despus de obtener el edificio o casa, el sustento de libros y sus fichas de catlogo ms la preparacin del personal quedaba a cargo de la Biblioteca Nacional Jos Mart, mientras que el presupuesto lo pona el CNC; posteriormente las bibliotecas pasaron al Poder Popular en cuanto al mantenimiento e insumos, sin que existieran las conexiones naturales entre la provincia, sus municipios y sus bibliotecas lo suficientemente fortalecidas. Al hacer estas notas en rememoracin me doy cuenta que aquella subdirectora lleg a tener una oratoria estratgica de la que antes no se haba dado cuenta, y las casualidades la ayudaban. Cuando al faltar la casa para la Escuela se enter que en el Vedado, en Calle 11 y 4 haba una de las residencias de Julio Lobo cerrada, y que quien responda por ella era Xiomara Lancis, directora administrativa del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), ya que este organismo haba tenido all su primera escuela para cuadros jvenes. Fue a verla rauda y veloz y de all sali con las llaves. Despus fui a la provincia de Oriente y en recorrido de una semana con sede en mi propia casa (en Holgun), visit Santiago de Cuba, Bayamo y Manzanillo y por supuesto como en todas partes visit a las autoridades de Holgun. De Las Tunas tambin supe que las autoridades aceptaban el plan, pero que lo decidiran ms adelante. Los clubs sociales, por sus espacios y grandes salones –estaba bien claro que no se poda pensar en nuevos proyectos arquitectnicos– eran los ms apropiados para su adecuacin. Pero el caso era que las organizaciones de masas aspiraban a ellos por la misma razn, pues se prestaban para conmemoraciones patriticas, la recreacin, baile y reuniones. En esos lugares enarbol el lema que me acompa a los otros lugares que visit como Camagey y Sancti Spritus, acompaada por Blanca Rosa Snchez, quien era realmente experta en la distribucin de los espacios. A la subdirectora se le oa decir con gran firmeza que la biblioteca estara a al servicio de adultos, jvenes y nios, esto es, de todo el pueblo con sus mujeres y sus trabajadores; quienes podran llevar el libro a su casa, y que adems contribuira con su servicio al desarrollo de la cultura. En ella se podran celebrar reuniones de otros sectores, siempre y cuando se pidiera autorizacin. Solamente Guantnamo en aquel momento fue reacio a ensear un edificio con distintas justificaciones, sin dejar de hacer sentir que ellos esperaban a la directora Mara Teresa Freyre de Andrade. De pie, sin dar lugar a sentarse, la conversacin con Rita Daz y Ramn Nuo se dio por terminado el encuentro. Por lo tanto, la subdirectora tuvo que volver al transporte que le haba prestado el representante del CNC,

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84Miguel ngel Botaln, para regresar a Santiago de Cuba. El empeo de ellos –y de los arquitectos– era una nueva construccin, porque no haba otra opcin por el deplorable estado de los edificios, inclusive se refirieron a que all haba suficientes materiales de construccin. En Bayamo, Efran Montoya apoy la propuesta para rescatar el edificio que tena grabado y bien destacado al frente y que por s solo se impona, 1868; fecha del Grito de Yara, cuando Carlos Manuel de Cspedes dio la libertad a sus esclavos y comienza la gran Guerra de los Diez Aos por la independencia de Cuba Cmo pues desecharla? Ni muy grande y nada chico, aquel edificio as marcado pero utilizado como almacn se convirti en su destino. En Manzanillo tambin visitamos y nos reunimos con distintas autoridades, Norma Villiers nos atendi junto a Roque Gonzlez, de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y Reinaldo Somoza, de la Junta de Coordinacin, Ejecucin e Inspec cin (JUCEI). Las Tunas tambin se hizo eco del compromiso para fundar su biblioteca y contribuir a su adaptacin y equipamiento, pero en ese momento no podan todava pensar en el inmueble. Santa Clara result un caso especial; su biblioteca no fue ni de las primeras ni de las ltimas de aquella etapa en nacer como era debido. Mara Teresa se empe en ser ella la que fuera a discutir el problema del edificio con las autoridades de la ciudad. Como en todas partes, existan las conocidas aspiraciones respecto al Palacio Provincial, pero no tuvo problemas y lo consigui con todas las prerrogativas y el apoyo de sus propias autoridades. Cuando se empez a escribir este trabajo, la subdirectora, buscando papeles de ese tiempo, dio con unas palabras propias, escritas a mquina con correcciones de su propia letra a lpiz que fueron las de inauguracin de la biblioteca Mart de la ciudad de Santa Clara. Ella casi sufre un shock, porque no las recuerda. En primer lugar excusa la ausencia de la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade en aquella inauguracin, cuyo proyecto impuls directamente, pero en la misma fecha haba sido designada para participar en una reunin de la UNESCO en Mxico. Las palabras terminan hablando de Mart y su amplsima cultura por las constantes lecturas que le permitieron ser el vocero de todo lo nuevo que surga en el mundo, y de la presencia de V. I. Lenin en todas las bibliotecas importantes en su exilio. Y al final siendo estas mis palabras, sigo sin recordarlas. Los que me atendieron en Holgun, fueron Vctor Gonzlez, de las ORI y Adenis Sarmiento, de la JUCEI. All no me fue difcil el entendimiento y hasta se lleg al cmo equipar de mobiliario y equipos al antiguo Liceo para convertirlo en biblioteca B con todo lo necesario para su funcionamiento. Su nombre tambin lo pusieron ellos “Alex Urquiola”. As mismo ocurri en Camagey donde en otra fecha, Luis Suardaz y Joaqun Torres representaban al CNC. Ellos nos citaron a Blanca Rosa y a m para el da siguiente despus de la Plenaria. Muy temprano llegamos a sus oficinas radicadas en la aristocrtica Sociedad de los Terratenientes. Cuan-

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85do llegaron, ya nosotros habamos recorrido todo el edificio. La intencin que tenan era mostrarnos algunas cosas a disposicin de la biblioteca, y apenas llegaron les expresamos que no haba que ver ningn otro emplazamiento porque ya lo habamos visto todo. Blanca Rosa –muy expresiva y gozosa como siempre de la disposicin de espacios–, tom la palabra y apenas me dejaba hablar, dando una explicacin certera sobre dnde iba esto y aquello: el trabajo interno y los servicios, fondos y salas; referencia y biblioteca infantil y hasta creo que all mismo se le pregunt como la llamaran, ahora slo s que ha sido una de las mejores y su nombre es “Julio Antonio Mella”. De la subdirectora tambin haba que decir que cuando tena el compromiso de decir unas palabras, para no fallar y salirse del tema, llevaba escrito sus decires. Pero a veces s le daba bien a la discusin en las reuniones, dndose cuenta adems que en general en las ciudades y pueblos de provincia existe una especie de reserva con la “injerencia” de la capital. Los planes nacionales como la red de bibliotecas, me di cuenta que en algunos lugares haba que plantearlos como sugerencias, y a veces las reticencias venan de los lugares ms olvidados y no por el pueblo en general, sino por personas en particular... Para abril del Ao de la Liberacin estaban reinstalados en Cuba, procedentes de Venezuela despus de catorce aos de residir en ese pas, Alejo y Lilia Carpentier. No creo que pasaran ms de unas semanas cuando Alejo lleg a la direccin de la Biblioteca Nacional a saludar a Mara Teresa –en mi presencia–. l, expresaba el gozo de su regreso y se congratul con la oportunidad de Mara Teresa para echar a andar planes no soados para una institucin como lo era la Biblioteca Nacional que renaca. Bien se sabe lo grata y expresiva que era la conversacin del ya destacado escritor cubano. Esa visita, no fue la nica. A mediados del ao se apareci en mi oficina, vociferando como sola hacer, moviendo de arriba-abajo los brazos: “Chica, no encuentro el libro de Maach sobre Mart. Debe estar presente en la coleccin para el Festival del Libro Latinoamericano dedicado a Cuba. Slo me falta ese para completar la Coleccin Cmo pudiera encontrarlo? La Biblioteca no lo tiene. Te prometo la primera edicin cubana...”. Y yo lo tena, as que le ripost que no se agitara ms que le traera el mo. El primer lanzamiento se hizo en el Saln de Reuniones de la Biblioteca que nosotros an no habamos usado. Era el Primer Festival del Libro Cubano con la Revolucin en el poder. Las fotos de ese da recogen la solemnidad de los rostros, tanto de Carpentier y Jos Antonio Portuondo como de la directora y subdirectora que reciban la donacin. A posteriori, en 1966, otra vez Alejo estaba ms que nunca presente en la Biblioteca. Frisaba sus 62 aos y 45 de trabajo intelectual cuando haba tenido un rotundo xito editorial por El siglo de

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86las luces, y la direccin de la institucin acord hacer una bibliografa activa y pasiva de su obra a nuestro alcance. l aport toda la documentacin que le vali el acondicionamiento y atmsfera del desarrollo de su obra, que en exposicin, result ser del mayor inters al pblico. Graziella Pogolotti escribi la introduccin al catlogo y a la bibliografa con bistur por pluma, y no por breve, dej de ser un anlisis acucioso de la esencia de su obra en general, hasta ese momento. Recopilada en aquella ocasin por Marina Ata esa obra sigui incrementndose tanto como su bibliografa pasiva. Ediciones y reediciones se sucedieron en todas las lenguas universales, lo que da lugar a una de las bibliografas ms amplias de autor, que en seguimiento constante se actualiza por Araceli Garca Carranza, la responsable de la bibliografa nacional. Alejo saba que sus papeles son patrimonio; por eso, sin alarde alguno, hizo la entrega de su mayor tesoro en varias etapas hasta terminar la entrega cuando ya lo haban elegido primer Premio Cervantes de Cuba y primer Premio Cervantes de Amrica Latina, en reconocimiento a lo que representaba para l la Biblioteca Nacional de Cuba. Ese gesto reafirma algo de su mayor inters, pues as hace gala de su ms autntica realidad: su cubana. El campo de una parte, “la ciudad de las columnas” –La Habana– de otra, le dejaron de la Espaa vetusta, la picaresca –que nunca fue vetusta– y el Cervantes mismo; y del parque, cuyos bordes tambin vivi, recogi los decires de nuestro pueblo ya mestizo en su cultura. Otro decir guardo, para un punto final de mi memoria sobre la Biblioteca Nacional Jos Mart y del hombre que siempre apreci como nuestro escritor mayor. Al verlo en el hogar junto a Lilia, en la oficina de Caracas, en Cuba, en su casa de Pars y en su oficina de la Embajada cubana como Ministro Consejero, donde con gran celo de consagrado diplomtico cumpli en algunos momentos la mxima autoridad y responsabilidad cuando le toc hacerlo, bien comprend, su entrega completa... Este ltimo perodo, el llamado perodo especial ha afectado a todo el pas y a algunos frentes ms que a otros. Falt la luz elctrica con apagones diurnos y nocturnos; hubo que reducir horarios; el transporte se hizo imposible para los trabajadores de todas partes; el correo y la correspondencia con la Biblioteca se afect ms; la falta de colaboracin externa impidi las operaciones mercantiles y no mercantiles y en ello iban los libros de nueva edicin sobre Cuba y extranjeros en general, por lo que disminuyeron al mximo las libreras, la prensa y las revistas, mientras que las divisas tambin disminuan, y las urgencias y prioridades eran muchas. Todo fue peor de momento por la cada de los pases de Europa del este y la propia Unin Sovitica, y en resumen no hubo cmo adquirir equipos e insumos faltantes, lo que en aquel momento empezaba a hacerse realidad.

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87Sin embargo, tambin puede decirse que si no haba bombillos, la Biblioteca no cerr del todo, aunque su horario se restringi. La clasificacin y catalogacin continu, a pesar que el personal de experiencia se jubil en la medida de lo posible. El servicio en las salas se demoraba mucho. Hubo un estancamiento real y general entre tres y cinco aos. La recuperacin empez; lenta y sin dar marcha atrs se hace sentir tambin en la Biblioteca Nacional Jos Mart. Sin embargo, hemos de confirmar que es mucho ms difcil la recuperacin que la creacin, cuando se pierden algunas conexiones indispensables. Aparte, es hora tambin de revisar los mtodos de trabajo cuando adems es poca de adelantos tecnolgicos que enriquecen las posibilidades infinitas para la actividad informtica. No es el tiempo de Mart. Tampoco el de cuarenta y dos aos atrs. Tambin es hora de reconocer con ms quilates a la profesin del bibliotecario; el que quiera puede hacerse adems informtico o viceversa. El resultado de su trabajo es tan indispensable como el del mdico. Estos profesionales son tan indispensables al lado de los cientficos, investigadores, como al lado de los humanistas en general, aunque ni el mdico ni el bibliotecario ofrecen dividendos materiales, su trabajo, en un caso salvar vidas y en el otro la historia y la actualidad de las ciencias, las tcnicas y las artes. Esta profesin, en Cuba, no tiene ms que unos sesenta aos de vida. Recordemos que tenamos muy pocos profesionales y unos menos, “los estacionarios”, con experiencia de servicio y control de libros y publicaciones segn llegaban a la institucin, cuando ya haba bibliotecas importantes en el mundo. Nuestra Biblioteca Nacional y las de provincias y municipios, a esta altura, requieren mayor presupuesto y acceso a insumos, acorde con el adelanto y desarrollo en Cuba de las escuelas y el nivel de instruccin alcanzado. Anteriormente slo a nivel personal, los integrantes de la clase media profesional, podan tener todos los libros a mano en su casa. Ahora ni a los millonarios les caben en sus distintos palacios, porque las opciones son tambin millonarias tanto de libros importantes, como de publicaciones seriadas, hasta el grado, de que la computadora se hace tambin indispensable. Por todo ello entiendo que en el centenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, y dada la supervivencia del organismo, lleg la hora de hacer valer sus necesidades materiales. Ya marchan... pero hay que apurarlas. Notas1 Sejourn, Laurette. Testimonio. La mujer cubana en el quehacer de la historia Mxico : Siglo XXI, 1980. p. 227. Contiene discursos de los primeros aos del Comandante Fidel Castro y mltiples testimonios.2 Aungerville, Ricardo de (Ricardo de Bury 1345). Filobiblion. Madrid, Aguilar, [194 ] “Crisol” pg. 131-133.3 Kuchiln era el seudnimo de un periodista popular del peridico Prensa Libre y esa frase era su “excerta”.

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88 La maravilla en los predios de Boloa Graziella PogolottiEnsayista, profesora de la Universidad de La Habana y vicepresidenta de la UNEAC A la memoria de Regina TroboEra una maana de marzo del cincuenta y nueve. Decid pasar por la Biblioteca Nacional para testimoniar mi felicitacin a Maruja Iglesias, recin nombrada subdirectora. Al verme, me pregunt si quera saludar tambin a Mara Teresa Freyre de Andrade, que se estrenaba al frente de la institucin. Vacil. Apenas la conoca y pens que ella no recordaba nuestros escasos encuentros. En mis das de estudiante, cuando el parloteo rompa los lmites de lo permisible, la haba visto asomarse a la puerta de la hemeroteca universitaria para reclamar, severa, el silencio necesario. Luego, en los meses que siguieron al golpe de estado de Batista, compartimos la redaccin de un periodiquillo clandestino, de breve circulacin, nombrado El cubano libre. Supe despus de su renovado exilio –el otro haba sido en la poca de Machado– cuando entre tantas vctimas, cayeron sus tos, los hermanos Freyre de Andrade. Ahora, pensaba, haban transcurrido cerca de siete aos desde nuestro ltimo encuentro. Para mi sorpresa, Mara Teresa me recibi efusivamente. Sin prembulos, me ofreci trabajo. Confundida, le dije que no era bibliotecaria. No importa, respondi tajante y aadi una frase que escuchaba por primera vez y le escuchara repetir a travs del tiempo con una frecuencia casi obsesiva: t lees. Una biblioteca es, ante todo, un centro de cultura. Insegura, yo segua vacilando. Podemos probar durante tres meses, aadi. En pocos minutos, todo estaba arreglado. A la maana siguiente, a partir de las ocho, yo empezara mis funciones como asesora del Departamento de Seleccin y Adquisicin de libros. En un abrir y cerrar de ojos, casi De izquierda a derecha: Mara Teresa Freyre de Andrade, Juan Prez de la Riva, Mara Teresa Linares, Argeliers Len, Israel Echevarra, Sara Fidelzait, Dolores Rovirosa, Mara Iglesia, Tauler.

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89por azar, se iniciaba para m un intenso aprendizaje. Descubr la inmensa alegra alentada por el trabajo creador forjado en la cohesin de un equipo heterogneo, unido por propsitos comunes. Mi admiracin por Mara Teresa no ha dejado de acrecentarse. Al verla tan frgil, comprend el poder multiplicador de la pasin. Slo ella puede remover montaas. Maruja Iglesias me coment en alguna oportunidad que, cuando el primer hombre pisara la luna, detrs llegara Mara Teresa para instalar una biblioteca. Su padre, el general Freyre de Andrade, a quien veneraba, haba contribuido a fundar patria. En el amanecer de la Revolucin, a ella le tocara fundar bibliotecas. La impaciencia suele acompaar a la pasin. De salud precaria, inmersa en una poca en la que la historia pareca andar a golpe tendido, Mara Teresa quera inundar de libros y de vida aquel edificio marmreo, erigido como un mausoleo destinado a honrar una cultura petrificada. En las libreras de la ciudad encontr almacenes abarrotados con obras que nadie haba estado en condiciones de comprar. As empezamos a cubrir inmensos vacos existentes en nuestros fondos bibliogrficos. Mientras tanto, arrumbados en la estantera de la Biblio teca aparecan documentos valiosos. Cada hallazgo era una sorpresa. Cada sorpresa ofreca el regalo de una ntima celebracin. Y yo no dejaba de evocar el viejo Castillo de la Fuerza, donde Jos Antonio Ramos padeci la angustia infinita de su impotencia, carente de patrocinio en su intento desesperado por preservar el patrimonio de la nacin. Poco a poco se fue articulando el peculiar equipo intelectual al que correspondera participar en el diseo cultural de la institucin. No recuerdo ya con precisin las fechas y las circunstancias, quizs tan azarosas como las mas, que determinaron la llegada de cada uno. Cintio Vitier y Fina Garca Marruz se entregaron a la exploracin del siglo XIX. Eliseo Diego orient el modo de acercar a los nios a la aficin por la lectura. Prepar personalmente el espacio en semipenumbra para las narradoras entrenadas por l. All en una atmsfera propicia, la imaginacin de los pequeos, sin reconocer trabas ni fronteras, se desatara a plenitud. Para organizar el Departamento de Msica, una convocatoria pblica invitaba a formular proyectos. El ms interesante result ser el de Argeliers Len. Junto a Mara Teresa Linares, promovi audiciones musicales, public partituras y una revista especializada. Mara Elena Jubras tuvo a su cargo libros, reproducciones de arte y diapositivas, todo ello complementado con la sistematizacin de cursos y conferencias sobre historia del arte. Zoila Lapique se sumerga en el estudio minucioso de fuentes documentales, sin renunciar por ello a su gusto por la msica y, en particular, por la pera italiana. Mientras preparaba sus Memorias de una cubanita que naci con el siglo Rene Mndez Capote intervena en casi todo. Polgrafo, dueo de un saber que pareca abarcarlo casi todo, Juan Prez de la Riva prosegua sus indagaciones histricas y demogrficas, atenda la revista y rescataba hermosos mapas antiguos. Cascarrabias aferrado a su sempiterna pipa, en dilogo ntimo con Mara Teresa dejaba caer alguna cida observacin. Ya

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90a solas, ella se limitaba a acotar: “la Biblioteca lo necesita y mi deber es escucharlo”. Heterogneo por origen, edad y hasta por vnculos con tradiciones intelectuales e ideolgicas diferentes, el grupo logr singular coherencia y organicidad en la articulacin y puesta en prctica de las estrategias requeridas para la proyeccin cultural de la institucin. Compartamos una vocacin de servicio y aspirbamos a contribuir, con los medios a nuestro alcance, a la configuracin del sueo, siempre postergado, de una repblica justa y soberana. Pero, la capacidad desplegada por Mara Teresa en el empeo de aglutinar voluntades desempe un papel decisivo. Supo establecer el equilibrio exacto entre el talento particular de cada uno y el diseo de una plataforma hacia la que convergan los esfuerzos individuales. T rabajar dejaba de ser un deber para convertirse en una fiesta. En cada xito individual reconocamos, intangible, una parte de nuestra obra. Disciplina y libertad coexistan en plena armona. Como un general en campaa, de cuando en cuando, Mara Teresa haca sonar una clarinada. Una convocatoria urgente nos reuna, en crculo apretado, en su despacho. “Estamos en crisis”, afirmaba tajante. Cada cual se apresuraba a explicar lo que se vena haciendo, lo previsto para las prximas semanas, los planes en ejecucin. “Es cierto”, afirmaba. Y aada: “pero estamos demasiado satisfechos. Nos vamos quedando dormidos y el que se duerme, muere”. Con ese estmulo, empezaban a multiplicarse las ideas. Se definan proyectos. Oxigenada, la sangre pareca estallar en las venas. Formada profesionalmente en Francia, donde pudo conocer las grandes colecciones patrimoniales, Mara Teresa Freyre de Andrade estudi tambin el trabajo de las bibliotecas pblicas norteamericanas. Conjug esas experiencias con una concepcin lcida de las necesidades culturales y sociales de un pas subdesarrollado en el que se estaba llevando a cabo un dinmico proceso de transformacin. El impulso renovador de la Revolucin y la quiebra de las estructuras establecidas implicaban, en trminos reales, el acceso a derechos hasta entonces calculados y, entre ellos, la posibilidad de aduearse de zonas del saber, siempre vedadas para las grandes mayoras. Un pblico nuevo, ansioso por aprender, empezaba a llenar el saln de conferencias. Algo ms tarde, campesinos recin alfabetizados acudiran, de la mano de sus hijos, a solicitar libros de las bibliotecas viajeras. Atenta a este contexto, Mara Teresa elabor una concepcin original del trabajo que habra de corresponderle a una Biblioteca Nacional. Constituye, a mi entender, un modelo para cualquier pas en vas de desarrollo. Era indispensable, en primera instancia, defender, rescatar y preservar los bienes patrimoniales. Por desidia o por irresponsable venta al mejor postor, mucho se nos haba ido entre las manos, tal y como segua ocurriendo en muchas zonas del tercer mundo. As lo comentaba entonces, en sus frecuentes visitas, ngel Rama quien haba visto, desde la Nacional de Montevideo, escapar mu-

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91chos tesoros bibliogrficos de su pas. El Departamento de Coleccin Cubana se dedic a una intensa labor de salvaguarda y de bsqueda para recuperar lo perdido en tiempos de abandono. Esa obra esencial se uni a un programa de accin, tpico de una biblioteca pblica moderna, dirigido a sembrar hbitos de lectura y a fomentar el inters por la msica y las artes plsticas. A todo ello se aada que la Nacional se converta en matriz generadora de una red extendida paulatinamente a lo largo de la isla. La centralizacin garantizaba, en aquellas circunstancias, el aprovechamiento ptimo de la escasa fuerza de trabajo disponible. Segn el modelo establecido, en cada capital de provincia, una biblioteca cumpla, a ese nivel, la doble funcin, a la vez patrimonial y socializadora. Como si pensara que el tiempo se le estaba acabando, la impaciencia la devoraba. Un mapa de Cuba tena sealados los puntos de la geografa donde se proyectaban zonas de desarrollo agrcola e industrial. A las necesidades de cada una de ellas se acomodara el diseo de las futuras bibliotecas. Pero el momento reclamaba tambin la rpida incorporacin de los avances de la ciencia y la tcnica a las necesidades del crecimiento econmico. Mara Teresa se propuso abrir un nuevo departamento destinado a ofrecer informacin actualizada a los especialistas vinculados a la investigacin en las reas emergentes de la produccin. La indispensable solicitud de un aumento de personal tcnico dedicado a esos fines coincidi con una etapa caracterizada por las medidas dirigidas a frenar el aumento de la burocracia estatal. Le ped un tiempo de espera. Insisti en su propsito. Relevada del cargo, recogi en pocas horas sus escasos papeles y sali sola, en silencio. Un breve ensayo de Fina Garca Marruz contrapone las personalidades de Gracin y Mart. En el primero, afirma, dominaba la cautela; en el segundo, la pasin. Mara Teresa Freyre de Andrade era de estirpe martiana. Indoblegable, siempre fiel al destino de su pas, prosigui su tarea de servicio como profesora de la Universidad de La Habana.

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92 El escritor y la Biblioteca* Cintio VitierInvestigador martiano, poeta y ensayistaLa patria de biblifilos tan ilustres como Antonio Bachiller y Morales, de quien Jos Mart dijera que es “el autor que ms materiales ha allegado acaso para la historia y poesa futuras de un pueblo”,1 o Carlos M. Trelles, “considerado con razn –apunta Ambrosio Fornet en su precioso estudio El libro en Cuba– uno de los grandes bibligrafos de la humanidad”,2 se enorgullece y alegra de recibirlos a ustedes, servidores mundiales de la lectura que dignifica, enriquece y hermana a los hombres. Por eso lo que se refiere a la praxis especficamente bibliotecaria, tambin podemos los cubanos mostrar un honroso expediente, desde la fundacin de la Biblioteca de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas en 1793 hasta nuestros das, con figuras de relevantes mritos, como las de Domingo Figarola Caneda,3 primer director de nuestra Biblioteca Nacional, y Mara Teresa Freyre de Andrade,4 refundadora de esa i nstitucin desde el triunfo revolucionario, quien logr convertirla, con sus mltiples y concertados departamentos, en una biblioteca coral o polifnica, no obstante su impecable silencio. Durante los quince aos que, en compaa de mi esposa, trabaj como investigador literario, y despus tambin como responsable de la Sala Mart en el entonces flamante edificio alzado frente a la Plaza de la Revolucin, pude acercarme ntimamente a dos realidades de las que tena muy vagas referencias: cmo es una biblioteca pblica por dentro y cules son las caractersticas de la profesin bibliotecaria. El trato con los libros, incluso como objetos atractivos antes de ser legibles, me resultaba familiar desde la infancia, pues la casa en que me cri en Matanzas era una escuela, como la biblioteca personal de un maestro de la cultura cubana. En efecto, mi padre, Medardo Vitier,5 desde la perenne modestia de sus recursos econmicos, haba acumulado una escogida coleccin de libros preferiblemente cubanos e hispanoamericanos, con no pocos clsicos espaoles y de lengua inglesa, muchos de ellos procedentes de la legendaria coleccin del bibligrafo Jos Augusto Escoto,6esposo de la inolvidable memorialista matancera Dolores Mara Ximeno.7Intuitivamente empec a distinguir, en aquellos mis primeros aos de cuadernos escolares y convivencia oscura y diaria con los volmenes de mi padre, que al estar en sus manos, entrar por* Este trabajo apareci publicado en el Booklet Cero de la 60 Conferencia General de IFLA, celebrada en La Habana del 21 al 27 de agosto de 1994. pp. 5-9. [N. de la E.]

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93sus ojos y viajar por su alma, ya no eran iguales a los que, aunque con idntica apariencia, quedaban solos y como desolados o expectantes en las vidrieras y los mostradores de la Casa Mercado, la librera principal de Matanzas; ni deban ser tampoco iguales a como haban sido en las manos del amigo coleccionista y anticuario, cuyas conversaciones con Lola Mara –la de Aquellos tiempos...–, en las mecedoras de la Biblioteca Municipal segn contaba mi padre, le hacan pensar que todas las figuras, mayores o menores, de la cultura cubana, eran para ellos como parientes de su familia personal. Iba descubriendo as los distintos modos de ser y actuar del libro, de los libros que ya en nuestra casa de La Habana estableceran dilogos noctur nos entre la biblioteca pensadora, en los bajos, de mi padre, y las estanteras poticas de mi esposa y mas, mezcladas pero no idnticas, con sabores tenaces de sus casas de origen, en los altos. Otras bibliotecas privadas me impresionaron, como la Enrique Jos Varona8cuando, presidida por una estatuilla de la Victoria de Samotracia, fue trasladada al Ateneo de La Habana para candoroso orgullo de su presidente, Jos Mara Chacn y Calvo,9 curtido por soles de playas y serranas a la vez que doblegado por infolios e incunables; y la de Jos Lezama Lima10 en su casa-gruta de Trocadero 162, cuyas columnillas salomnicas parecan invitar a una sabidura otra como si all pudieran estar reducidas alqumicamente las inmensas bibliotecas de los egipcios y los monjes medievales, pero lo que uno vea, contrastando con la de Varona, no eran alineamientos de acadmica pasta espaola, sino estantes atestados por una hibridez tan indescifrable como fabulosa. No me eran desconocidas ya, por otra parte, las emociones como iniciticas de las primeras visitas de estudiante y de estudioso a la Biblioteca de la colina universitaria, donde tuve que extractar horribles mamotretos de las Cortes espaolas; a la Municipal, dirigida por un valioso e infatigable bibligrafo, Fermn Peraza Sarausa;11 y a la ms venerable de todas, la de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, ya plantada en el espacio abierto de Carlos III con cierto aire griego, donde en parte compuse, desflorando ejemplares dedicados e intensos, mis Cincuenta aos de poesa cubana (1952). Era el encuentro extrao y de pronto entraable con los libros de nadie, los que sabemos que nunca sern nuestros, los que uno lee como despidindose, y que tiene que devolver a un silencio que desconocemos. Incluso creo recordar una visita, ya no s si real o soada, a una sala de lectura con ventanales marinos, y all relampagueaba, pletrica y sarcstica, la amarga cubana de otro fiero defensor de nuestros libros: Jos Antonio Ramos.12Pero entrar a trabajar en 1962 en las celdillas llamadas cubculos de la Biblioteca Nacional Jos Mart bajo la direccin de Mara Teresa Freyre de Andrade, tener acceso a sus misteriosos almacenes levemente recorridos por los pasitos de Carlos Villanueva,13 duende tutelar de todos los bibliotecarios habaneros, con la compaa de un sbito y maravilloso grupo de amigos,

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94ms bien amigos que se sumaban a los que ya la fortuna nos haba regalado, como Eliseo Diego,14 Octavio Smith,15Cleva Sols,16 y Roberto Friol,17 fue como salir de la habitacin de estudiante solitario de cualquier instrumento y entrar a formar parte, segn ya lo dijimos, de un conjunto polifnico, que en realidad era el hogar soado de lo que Juan Ramn Jimnez llamara el “trabajo gustoso”. Investigadores, poetas, referencistas, vigilantes de sala, catalogadoras, usuarios cotidianos de todas las edades, contadoras de cuentos para los nios, responsables de almacn, obreros de mantenimiento, bibligrafos, colaboradores de la revista, empleados de Hemeroteca, de Informacin, de Humanidades, Ciencia y Tcnica, Arte y Msica, Publicaciones, Seleccin, Canje y Distribucin, Taller de Encuadernacin, todos aprendimos juntos en aquellos aos que una biblioteca pblica no es un depsito de libros sino un concierto admirable de vocaciones silenciosas, una especie de religin laica, y un organismo reproductor de cultura viva e irradiante para la comunidad. Al ponerse en contacto el escritor –no como usuario externo, sino como partcipe interno del quehacer bibliotecario– con fondos que en nuestro caso eran los de la entonces llamada Coleccin Cubana, surgen proyectos creativos que en la soledad de la propia Biblioteca no se hubieran propiciado. Esos fondos, que ya dejaban de ser “de nadie”, empezaban a actuar imaginativamente en el excitante trnsito del escritor al investigador. As, mi esposa y yo, como nuestros amigos mencionados, nos convertimos rpidamente, saltando lagunas de formacin cientfica, en apasionados investigadores “internos”. Basten como ejemplos el trabajo de equipo realizado sobre nuestro primer peridico, El Papel Peridico de la Havana ,18 o los estudios individuales llevados a cabo por Fina Garca Marruz19 sobre Domingo del Monte, por Octavio Smith sobre Santiago Pita, por Roberto Friol sobre Cirilo Villaverde y Juan Francisco Manzano, o la crtica en el siglo XIX cubano por quien les habla,20 adems de la inspirada direccin que tuvo en manos de Eliseo Diego el departamento de literatura para nios. Otros ejemplos mayores nos ofrecan cotidianamente –y no podemos aqu ser exhaustivos– Juan Prez de la Riva,21sabio escrutador del pasado colonial, y Rene Mndez Capote,22 desenfadada y encantadora memorialista de la seudorrepblica. Lo que he querido sugerir con estas rpidas evocaciones es que el escritor doblado en investigador, integrado a un trabajo bibliotecario comn, constituye una especie de creador distinto que se enriquece con posibilidades inesperadas y puede rendir nuevos servicios a la comunidad intelectual. Por otra parte, a mi esposa y a m nos toc la suerte de fundar, el 28 de enero de 1968, la Sala Mart, que prestaba un servicio especializado a investigadores y estudiantes, de la que fue rgano el Anuario martiano publicacin informativa y crtica que, segn palabras del profesor Manuel Pedro Gonzlez,23“servira como punto de enlace y fuente entre todos los martianos del mundo y principales bibliotecas universitarias y pblicas”. Para ello contamos, adems

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95de la colaboracin de estudiosos cubanos y extranjeros, con un trabajo bibliogrfico sistemtico que comenz Celestino Blanch Blanco,24 y continu hasta nuestros das en el Anuario del Centro de Estudios Martianos nuestra prestigiosa bibligrafa, alma de la hoy llamada Sala Cubana, y ms tarde del Departamento de Bibliografa Cubana, Araceli Garca Carranza.25De no haber sido trabajadores de la Biblioteca Nacional, no hubiramos podido realizar este proyecto, que ha llegado a significar un aporte serio y constante al estudio nacional e internacional de Jos Mart. Inspirado en sus estudios de la milenaria cultura china, Jos Lezama Lima opin en una conferencia memorable, titulada “La biblioteca como dragn” y leda en la Biblioteca Nacional en 1965, que “toda biblioteca es la morada del dragn invisible”, a la vez que “se apoya sobre la tortuga de espaldar legible”.26No nos asustemos demasiado. La tortuga aludida por Lezama es la legendariamente nombrada Pei-hei, cuyo espaldar interpretado por los sabios dio lugar al llamado Libro de las mutaciones o de las metamorfosis especie de explicacin simblica y omnicomprensiva de la realidad universal, mientras el dragn en cuestin es el emblema de lo inapresable perseguido por el bibliotecario de los prncipes, el doctor Kungtse (551-479 a.C). Lo que Lezama con estas evocaciones nos recuerda es que la inmovilidad de la Biblioteca edificada en medio de la ciudad, comparable a la tortuga legible como Libro, es meramente aparencial, porque en ella mora el dragn invisible de lo inapresable que esos mismos libros, cifrados en su infinitud como Libro de las mutaciones o de las metamorfosis persiguen incesantemente desde el ms remoto origen de la escritura humana. Entrar en la Biblioteca, pues, viene a decirnos Lezama, no es entrar en un edificio, sino en una persecucin, en una cacera sin fin que atraviesa los siglos, pero es tambin entrar –utilizando un trmino refuncionalizado por Ernest Robert Curtius– en un tesaurus visible de lo invisible, palpable de lo impalpable. Monumento a una final sabidura que no sabemos dnde est, que simultneamente es una ignorancia petrificada, irnicamente monumentalizada, y tambin nica fle cha –la de la utopa de una gnosis integral o cultura definitiva– que unos llaman todava progreso, y otros apocalipsis de todas las creencias, y otros la eterna futuridad de lo desconocido, como gustis. La Biblioteca, en suma, aunque parezca el lugar ms quieto del mundo, en las almas ejecutantes de sus servidores y usuarios, se mueve siempre hacia el este, hacia donde sale el sol, como el dragn inapresable del doctor Kunt-tse. Y cuando digo “almas ejecutantes” vuelvo a mi primera impresin de la Biblioteca como polifona, “aquellas” misteriosas servidoras que conocen los cdigos secretos de las escrituras, que oyen al visitante en consulta penumbrosa como de confesionario o de orculo, que lo guan por laberintos de las que slo ellos, o “ellas” ms bien, tienen la clave, que caminan por los corredores eternos de la Biblioteca de Alejandra, que entregan son-

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96riendo el tesoro que ansa el prncipe, quiero decir, el nio, el anciano, el obrero, el cientfico, el campesino, el estudiante. Quiero decir, el nico prncipe nuestro, el pueblo. Y ms an, que estn dispuestas a ser misioneros y misioneras capaces de curar a mudos y ciegos all donde el texto, ese milagro humano, no haya podido entrar todava en la carne de los desposedos, a los cuales pertenece como la estrella a la noche. Estoy hablando, amigos, si me excusis memorias que quisieran despertar las vuestras y metforas que nos iluminan la vida, de los valores, objetivos y responsabilidades de la profesin bibliotecaria e informtica, y de su papel en el contexto social y econmico contemporneo. No pierdo de vista que el tema central de esta Conferencia es “Biblioteca y desarrollo social”, y que el Preseminario de Matanzas, donde empezaron mis dilogos con el mundo de los libros, se ha ocupado del ms conmovedor y til de los proyectos de IFLA: el de las “Bibliotecas para la alfabetizacin en comunidades geogrficas y socialmente aisladas”. Hablar diferentes idiomas y tener que ser traducidas nuestras palabras, me parece que tambin justifica el recurrir al mbito de las vivencias, que siempre actan como vasos comunicantes, y al lenguaje de las imgenes, que son el Pentecosts de la poesa. Mi conviccin ms profunda es que la poesa, la poiesis, la creacin, debe llegar a ser el centro de la sociedad planetaria, como ya es, de hecho, el centro del universo en que vivimos. Basta contemplar el cielo estrellado para convencernos de que la justicia existe. Trabajar ntima y pblicamente para que esa justicia exista y rija tambin en la Tierra, es el deber de todos los hombres de buena voluntad. La justicia es belleza. La belleza es siempre creacin. Fijas o ambulantes, enormes o modestas, valoradas siempre como el legendario dragn hacia el este, hacia la regin del nacimiento de la luz, las bibliotecas son templos de la creacin humana, la que nos pertenece a todos. “Un libro –escribi Jos Mart–, aunque sea de mente ajena, parece como cosa nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro nuevo”.27 La novedad, por supuesto, no depende del libro solo, sino de la recepcin personal de quien lo recibe. A ustedes, servidores y servidoras de la escritura humana, corresponde la delicada tarea de trabajar diariamente con esa siempre imprevisible relacin del lector y su texto, el que la necesidad, el azar o el destino en cada caso le deparan. Pero todo texto til forma parte del destino de los hombres, que inventaron la escritura y todas las tecnologas posteriores, no para ser esclavos de propios inventos, sino creadores, es decir, poetas de su propia libertad. Contribuir a la poesa, a esa libertad, a esa justicia, sin salir de los silenciosos menesteres de vuestra abnegada profesin, es el mayor honor que les deseo desde nuestra comn aspiracin a una cada vez ms invencible fraternidad. Notas1 Mart, Jos. Obras completas. t. 5, p. 149. El mayor aporte de Antonio Bachiller y Morales (1812-1889) a la bibliografa cubana figura en

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97sus Apuntes para la historia de las letras y de la instruccin pblica en la isla de Cuba (1861), en cuyo tercer tomo apareci el “Catlogo de libros y folletos publicados en Cuba desde la introduccin de la imprenta hasta 1840”, con un total de 1 020 ttulos.2 Fornet, Ambrosio. El libro en Cuba La Habana : Editorial Letras Cubanas, p. 17. Dentro de la gigantesca labor bibliogrfica de Carlos M. Trelles (1866-1951), se destacan su Ensayo de una bibliografa cubana de los siglosXVII y XVIII (1907), Bibliografa cubana del sigloXIX (1911-1915) en ocho volmenes, y Bibliografa cubana del siglo XX ( 1916-1917), en dos volmenes.3 Domingo Figarola-Caneda (1852-1826). Fue delegado de Cuba en el Congreso Internacional de Bibliografa y en el de Bibliotecarios, celebrado en Pars en 1900. En Londres ampli sus estudios de biblioteconoma. En 1901 ocup la direccin de la recin creada Biblioteca Nacional, cuya revista fund y dirigi de 1909 a 1912. Se destac por sus compilaciones bibliogrficas, as como por la divulgacin de nuestras figuras literarias.4 Mara Teresa Freyre de Andrade (1896-1975). Doctora en Ciencias Sociales y Derecho Pblico de la Universidad de La Habana. Participa activamente contra la dictadura de Gerardo Machado. Crea en Pars el Comit de Jvenes Revolucionarios Cubanos. Cursa estudios bibliotecolgicos en la Universidad de la Sorbona. Funda la Asociacin Bibliotecaria Cubana y es profesora de la Escuela de Servicios de Bibliotecas, auspiciada por esta Asociacin. Trabaja en la Biblioteca General de la Universidad de La Habana. Imparte clases de Tcnica Bibliotecaria (Escuela de Verano) en dicha Universidad, donde figura desde su creacin en el claustro de profesores de su Escuela de Bibliotecarios. Lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y por ello vuelve al exilio. Al triunfo de la Revolucin cubana, regresa a su patria y reorganiza la Biblioteca Nacional Jos Mart. Crea la Red Nacional de Bibliotecas Pblicas. Funda la Escuela de Capacitacin Bibliotecaria (1962), hoy Escuela de Tcnicos de Bibliotecas. Fue directora de la Biblioteca Nacional desde 1959 hasta febrero de 1967.5 Medardo Vitier (1886-1960). Educador y ensayista. Entre sus obras principales se destacan Varona, maestro de juventudes (1937), Las ideas en Cuba (1938) y Mart, estudio integral (1954).6 Jos Augusto Escoto (1864-1935). En 1900 sucedi a Carlos M. Trelles como director de la Biblioteca Pblica de Matanzas. En esta ciudad public su Revista histrica, crtica y bibliogrfica de la literatura cubana (1916) .7 Dolores Mara Ximeno y Cruz (1866-1934). Autora de Aquellos tiempos... Memorias de Lola Mara publicado con prlogo de Fernando Ortiz en dos tomos (1928-1930).8 Enrique Jos Varona (1849-1933). Filsofo, conferencista y crtico. Una de las figuras cimeras de la cultura cubana, con vasta bibliografa activa y pasiva.9 Jos Mara Chacn y Calvo (1892-1969). Humanista, fillogo y crtico de gran relieve. Como director de Cultura (1934-1944) de la Secretara de Educacin, cre la Revista Cubana y la coleccin Cuadernos de Cultura. Fue presidente de la Academia Cubana de la Lengua y del Ateneo de La Habana .10 Jos Lezama Lima (1910-1966). Poeta, ensayista y novelista. Fundador, con Jos Rodrguez Feo, de la revista Orgenes (19441956). Una de las figuras capitales de la literatura cubana contempornea.11 Fermn Peraza Sarausa (1907-1969). Entre otras muchas, a l se debe la Bibliografa martiana publicada en 1954. Dirigi la Biblioteca Municipal de La Habana desde 1933 hasta 1959.12 Jos Antonio Ramos (1885-1946). Dramaturgo, novelista y crtico. Hizo estudios de tcnica bibliotecaria en la Universidad de Pennsylvania. Atendi la direccin de la Biblioteca Nacional (1938-1946), para lo cual tradujo y adapt las tablas de clasificacin Dewey, que fueron aceptadas por el I Congreso Internacional de Archiveros, Bibliotecarios y Conservadores de Museos del Caribe, celebrado en La Habana en 1942. Ese mismo ao aparecieron sus Cartillas del aprendiz de bibliotecario en tres tomos.13 Carlos Villanueva Llamas (m. 1982). Fiel custodio de los primeros fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba, donde inicia sus labores el 17 de julio de 1903. Su historia laboral es parte de la historia de la Biblioteca. Ocupa cargos de vigilante, estacionario, encargado de materiales y bibliotecario a partir de 1925. Transmite

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98ejemplarmente su pasin bibliotecaria a las generaciones que le sucedieron hasta que, vencido por la edad, se retira, despus de 66 aos de labor, el 31 de octubre de 1969. Fue director de la Biblioteca Nacional desde 1946 hasta 1948.14 Eliseo Diego (1920-1994). Poeta, narrador y ensayista. Miembro del grupo Orgenes. De 1962 a 1970 dirigi el Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Editados por este Departamento, aparecieron sus ensayos “Los cuentos y la imaginacin infantil” y “Los hermanos Grimm y los esplendores de la imaginacin popular” (1966). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1988) y el Premio Juan Rulfo (Mxico, 1933).15 Octavio Smith (1921-1987). Poeta, dramaturgo, narrador y crtico. Miembro del grupo Orgenes. Fruto de su trabajo como investigador literario en la Biblioteca Nacional, es su estudio sobre el primer dramaturgo cubano: Para una vida de Santiago Pita (1978).16 Cleva Sols (1926-). Poetisa. Curs estudios de bibliotecologa en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas y en la Universidad de La Habana. Trabaj en los Departamentos de Seleccin de Libros, Metdico, Ciencia y Tcnica y Bibliografa Cubana, de la Biblioteca Nacional. A ella se debe la catalogacin del archivo de Dulce Mara Loynaz, Premio Miguel de Cervantes (1992), as como su bibliografa activa y pasiva.17 Roberto Friol (1928-). Poeta y crtico. Como investigador literario de la Biblioteca Nacional, se dedic principalmente a estudiar la novelstica cubana del siglo XIX –especialmente a Cirilo Villaverde– y la vida y obra del poeta esclavo Juan Francisco Manzano, sobre el cual public en 1977 Suite para Juan Francisco Manzano Tambin compil y prolog Narraciones (1990) de Tristn de Jess Medina.18 La literatura en el Papel Peridico de la Havana, 1790-1805 / Textos introductorios de Cintio Vitier, Fina Garca Marruz y Roberto Friol. La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1990. En este trabajo, realizado en la Biblioteca Nacional durante los aos 1962 y 1963, colaboraron tambin Celestino Blanch y Teresita Batista.19 Fina Garca Marruz (1923-). Poetisa, ensayista y crtica. Integrante del grupo Orgenes. Sus Estudios Delmontinos (1965) permanecen inditos, aunque de ellos se han publicado captulos en revistas. Juntos publicamos Estudios crticos (1964), Temas martianos (1969) y Flor oculta de poesa cubana (1978).Tambin, como trabajo en equipo con Roberto Friol, Celestino Blanch y Feliciana Menocal, la Biblioteca Nacional, nos edit Bibliografa de la poesa cubana en el siglo XIX (1965). Recibi el Premio Nacional de Literatura en 1990.20 La crtica literaria y esttica en el siglo XIXcubano / Prlogo y seleccin de Cintio Vitier. La Habana : Biblioteca Nacional Jos Mart, 19681974, 3 t.21 Juan Prez de la Riva (m. 1976). Demgrafo e historiador cubano. Public, entre otros ttulos, El barracn y otros ensayos valiosa contribucin metodolgica y analtica a la investigacin de las ciencias sociales. Asesor la direccin de la Biblioteca Nacional Jos Mart en el perodo 1959-1967, y dirigi la revista de esta institucin desde 1964 hasta su muerte.22 Rene Mndez Capote (1901-1989). Escritora y periodista especializada en literatura para jvenes. Durante los aos que trabaj en la Biblioteca Nacional, tradujo del ingls Documentos inditos sobre la toma de la Habana por los ingleses en 1762 con introduccin, notas y cartografa por Juan Prez de la Riva y bibliografa por Juana Zurbarn, a la vez que escriba sus Memorias de una cubanita que naci con el siglo (1963), que ha merecido varias ediciones.23 Manuel Pedro Gonzlez (1893-1974). Profesor en la Universidad de Los ngeles. Crtico especializado en el estudio de la obra literaria de Jos Mart. Con ngel Rama y Carlos Pellicer, propuso en el Congreso por el Centenario de Rubn Daro (Varadero, noviembre de 1967), la creacin de la Sala Mart en la Biblioteca Nacional. Las palabras que se citan a continuacin forman parte de las que pronunci al inaugurarse dicha sala el 28 de enero de 1968.24 Celestino Blanch Blanco. Bibliotecario de la Sala Mart de la Biblioteca Nacional y de la Fragua Martiana. Public la Bibliografa martiana 19541964 y fue colaborador del Anuario Martiano.25 Araceli Garca-Carranza. Bibligrafa de la Biblioteca Nacional Jos Mart, institucin en la que trabaja desde 1962. Ha publicado

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99repertorios bibliogrficos y otras investigaciones sobre la especialidad. Entre otras bibliografas, ha compilado la obra de grandes figuras de la historia y la cultura cubana: Jos Mart, Alejo Carpentier, Jos Lezama Lima, Carlos Rafael Rodrguez, Fernando Ortiz, Cintio Vitier, y otros; es actualmente jefa del Departamento de Bibliografa Cubana. Para tener una idea cabal del trabajo bibliogrfico realizado en Cuba desde los orgenes de nuestra cultura hasta 1975, vase el epgrafe “Bibliografa”, en el Diccionario de la Literatura Cubana. La Habana : Instituto de Literatura y Lingstica de la Academia de Ciencias de Cuba. Letras Cubana, 1980. t. 1, pp. 118-124.26 Lezama Lima, Jos. “Las eras imaginarias: la biblioteca como dragn”. En su: La cantidad hechizada. La Habana : UNEAC, 1970. p. 140.27 Mart, Jos. Obras completas t. 16, p. 420. Sala de lectura de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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100 Regla Peraza Sarausa: la estirpe Franco SalazarInvestigador y doctor en medicinaHija del General de la Guerra de Independencia, Francisco Peraza Delgado. Con semejante ascendencia, no necesitamos encomios. Viuda del doctor Vctor Llanos, mdico excelente y caballero sin tacha. A sus ochenta y seis aos trabaja de la maana a la noche enseando idiomas: ingls, alemn, francs, italiano, y es el tronco familiar de varias personas. Durante aos trabaj en nuestra Biblioteca Nacional, en la que dej huellas imborrables y pertenece a una estirpe de cubanos de tal estatura moral e intelectual que admite muy pocas comparaciones. Alguien tena el deber de rendirle tributo. Su hermano Fermn fue un bibligrafo notable, continuador de la tradicin de Bachiller Morales y Trelles Govn. La conoc hace muchos aos, junto a otra cubana ilustre, la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, entonces directora del mximo centro cultural y muy respetada en nuestros medios intelectuales. Inquieta, extrovertida y muy expresiva, honesta hasta el sacrificio, dotada de una maravillosa facilidad para el aprendizaje y la enseanza de lenguas ajenas a la propia, valerosa y digna, amante de su patria cubana y dolorida de su destino. En su ms reciente visita me relat los sucesos que llevaron a su padre a la muerte. Son cosas lastimosas y expresivas de las grandezas y miserias que han enturbiado nuestra historia en forma alternativa durante casi dos siglos. Ese da, temprano en la maana escuch su voz, que es una delicada combinacin de fortaleza de carcter y nobleza personal. Se senta muy mal y quera verme con premura. Ella, como muchas personas, pertenece al grupo de quienes obtienen consuelo y alivio en una conversacin, ms que de los frmacos, de los que abusamos sin advertir que el primer medicamento de la historia es la palabra. Despus de examinarla, nos sentamos, ella frente a m y comenzaron a fluir tristes y conmovedores recuerdos de su vida. Del ms desgraciado de todos, parte importante de nuestra historia, obtuve detalles esclarecedores, que arrojaron luz sobre hechos que tuvieron lugar en agosto del ao 1931, sangrientos, como casi siempre en nuestros avatares. A principios de 1925, el general Gerardo Machado Morales inici la campaa presidencial para llegar a la primera magistratura de la nacin. Le haba precedido el doctor Alfredo Zayas Alfonso, gobernante venal pero extraordinariamente celoso de los derechos y virtudes de una sociedad civil y democrtica, a extremos que durante su man-

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101dato no se derram una gota de sangre cubana. Buscando apoyo a su candida tura el g eneral Machado se aproxim al general Peraza y le pidi que lo acompaara durante la campaa electoral; este acc edi con una condicin: “te ayudar a ser Presidente, pero te retirar mi apoyo y luchar contra ti si te apartas del camino correcto”. Ellos fueron amigos y compaeros durante la lucha por la independencia, pero el general Peraza se reservaba el derecho de criticarlo y le adverta que nunca sera un incondicional. El general Machado gan las elecciones y gobern ejemplarmente durante cuatro aos (1925-1929), pero, vencido su mandato, dejndose llevar por los consejos interesados y la lisonja de sus ms allegados colaboradores, extendi su mandato mediante una prrroga de poderes. Como es lgico, la oposicin inici de inmediato la lucha contra la reeleccin y por desalojarlo del poder. Uno de los instrumentos utilizados para esos fines fue la creacin del Partido Unin Nacionalista bajo la jefatura del coronel Carlos Mendieta; otro, el llamado Consejo de Veteranos, institucin que agrupaba a los viejos combatientes por la independencia y estaba liderada por hombres notables, que haban obtenido alta graduacin en el ejrcito mamb y gozaban de gran prestigio. El general Peraza honr las palabras que haba dirigido al entonces aspirante presidencial general Machado y fue de los primeros en participar en la organizacin de un movimiento de oposicin al gobierno establecido en el que se comprometieron muchos altos exoficiales del Ejrcito Libertador. Ni los Veteranos ni el Partido Nacionalista dirigido por el coronel Mendieta tuvieron xito; el peridico de dicho Partido fue clausurado una semana despus de su primera tirada. Fracasados los intentos por derrocar a Machado por vas pacficas, el camino quedaba abierto a la insurreccin. El General Peraza asumi la responsabilidad de tal propsito en la provincia pinarea. Sorprendido en Hoyo de Majagual, fue ametrallado junto al estudiante Chacho Hidalgo. Estaba sentado en su hamaca cuando llegaron las tropas del ejrcito regular al mando de un oficial recin graduado, hijo de otro oficial de mayor graduacin, que se haba comprometido en el alzamiento. Traicionando ese compromiso, las fuerzas militares fueron guiadas por el mismo prctico que haba conducido al general Peraza hasta el sitio en que cay mortalmente herido. Su vida termin a los 76 aos. Haba cometido el error de situar como centinela a un amigo noble y patriota, pero sin experiencia militar, quien se durmi en su posta, y tambin fue asesinado. El cainismo que tanto dao nos ha hecho, casi siempre indulgentemente soslayado por nuestros historiadores, hizo que los jefes militares comprometidos en el alzamiento, lejos de unirse a l marcharon en su contra y lo asesinaran. Las pertenencias del General Peraza, un anillo, su revlver, la camisa y una

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102faja con hebilla de plata le fueron arrebatadas al cadver y entregadas como trofeo de guerra al entonces gobernador de Pinar del Ro. Cuando lleg a La Habana la noticia de la muerte del general Peraza, el general Herrera, jefe del Estado Mayor del Ejrcito, pas aviso a Reglita, entonces una jovencita de 18 aos de edad, quien haciendo gala de la entereza y la dignidad que orlan su vida y enaltecieron la de su asesinado padre trat de trasladarse al lugar de los hechos en Los Palacios con la finalidad de reclamar el cadver paterno. Ese noble objetivo no pudo lograrse porque las fuerzas militares haban sitiado la ciudad de La Habana impidiendo la entrada y la salida de ella a quien no poseyera un permiso o salvoconducto firmado por el jefe de la guarnicin habanera, brigadier Lores. Rechazado su primer intento, con la celeridad y energa que caracteriza sus actos, Reglita acudi al Castillo de la Fuerza, que fue entonces la sede de dicha autoridad militar y solicit una entrevista, que se le concedi de inmediato. Despus de escucharla, el brigadier Lores le respondi que ella era una nia y no poda autorizarle semejante empeo. Regla Peraza Sarausa, con sus 18 aos de edad, le respondi al militar “Si usted no me autoriza a recoger y enterrar a mi padre, yo llegar hasta el cerco militar, me bajar del automvil y caminar hasta donde est pap. Si me tiran, que lo hagan, pero me llevo a pap o muero en el intento”. El brigadier Lores debi mirarla con respeto y admiracin, porque de seguidas le entreg la deseada autorizacin y Reglita lleg hasta el cadver del general Peraza, su padre. Dejo a nuestros historiadores la tarea de divulgar la figura honesta y valiente del General Peraza. A m, me enorgullece el privilegio de ser amigo y mdico de su hija doa Regla Peraza, quien honra la memoria de su padre con su propia vida escribiendo una hermosa pgina de cubana y trabajo honesto, ms all de lo que permiten su edad y su maltrecha salud. As son los hijos de la Cuba que aoro. Puede tratarse de un error de apreciacin de mi parte, pero sera un noble error porque la talla humana de Regla Peraza Sarausa y de su valeroso padre justifican con creces mi evaluacin de nuestro pasado.

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103 Mis aos felices en la Biblioteca* Regla PerazaBibliotecariaLlegu a la Biblioteca Nacional, porque la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, al ser nombrada directora, me pidi que la ayudara. Yo no saba de bibliotecas, antes haba trabajado como secretaria del mdico e historiador Benigno Souza. En mi familia s haba una persona que amaba mucho esa profesin. Me refiero a mi hermano, Fermn Peraza, quien dedic su vida a formar bibliotecarios y a desarrollar los estudios bibliogrficos. Cmo conoc a Mara Teresa? Muchos aos antes, cuando Eduardo Chibs estaba organizando el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) en 1947. Eddy Chibs visitaba mi casa (en la calle Industria 41) desde los tiempos de la lucha contra Machado. Mi padre, el general Francisco Peraza, que pele en las tres guerras de independencia, se opona a la reeleccin de Machado. Entonces, l fue uno del fundadores del Partido Unin Nacionalista (1927), donde se reunieron profesionales y veteranos contrarios a la dictadura. Despus del asesinato de mi padre en agosto de 1931, Chibs mantuvo relaciones con mi familia. Cuando cre el Partido Ortodoxo, me vino a buscar. Mi marido, mdico, el doctor Vctor Manuel Llanos Buides, me llevaba a los mtines. Tuve el honor de firmar la solicitud de inscripcin al Tribunal Supremo Electoral del Partido Ortodoxo, con Eduardo Chibs por ser la secretaria de actas de su Comit Organizador Chibs tambin era amigo de Mara Teresa y la enrol para el Partido. Un da me llev a conocerla. Nos dijo que necesitaba que una de las dos se convirtiera en aspirante para las elecciones. Yo le dije que Mara Teresa sera la candidata y yo la ayudante. Despus de la muerte de Chibs, las dos nos fuimos del Partido Ortodoxo; pero, conservamos la amistad. Al triunfo de la Revolucin, trabaj con Pastorita Nuez en el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV). Pastorita perteneca a los fundadores del Partido Ortodoxo. Mara Teresa me pidi que fuera la administradora de la Biblioteca. Al poco El viernes 10 de marzo me fui a casa de Regla para conversar. Ella hablaba y yo escuchaba. Esta es una versin de sus palabras. Ana Cairo.

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104tiempo, ella, que haba estudiado en Pars y tena muy buenas ideas, me dijo que en los pases desarrollados existan los departamentos para buscar informacin sobre ciencia y tcnica. Yo no saba; pero decid aprender. Con un pequeo grupo comenzamos a establecer relaciones con instituciones, como la Universidad de La Habana, o el Centro Nacional de Investigaciones Cientficas, o con ministerios, como el de Industrias. Nosotros le preguntbamos a los especialistas (recuerdo al doctor Jos Altshuler, entonces vicerrector de la Universidad de La Habana) qu libros comprar, qu tipo de bibliografa necesitaban, qu revistas adquirir. Mara Teresa haba conseguido que la Biblioteca tuviera un buen financiamiento para comprar libros. Nos esmerbamos en servir los encargos. Recuerdo que con el Ministerio de Industrias establecimos magnficas relaciones. Todava me acuerdo de la visita de Ernesto Che Guevara a la Biblioteca. Acompaado de Mara Teresa la recorri completa; yo le expliqu sobre los servicios del Departamento de Ciencia y Tcnica, del cual era la jefa. Se mostr muy complacido y s que se comunicaba frecuentemente con ella. Mara Teresa cre los departamentos en la Biblioteca. El de Ciencia y Tcnica era nuevo en todo el pas. Todos aprendimos muchsimo y estbamos obligados a mantener y desarrollar los vnculos con todo tipo de instituciones. A travs de la red de bibliotecas se nos encargaban bibliografas, pedidos de libros y revistas. Cuando llegaban los materiales, por la va del prstamo interbibliotecario, se situaban para que las personas que haban solicitado los servicios fueran las primeras en recibirlos. Me hice bibliotecaria en estos afanes. Aprend de todo. Me gustan los idiomas y tengo facilidades. En el colegio de Mara Luisa Dolz domin el ingls; en la Alianza Francesa termin el francs. En la escuela Abraham Lincoln, estudi ruso, alemn, italiano y chino. ¡S, chino! Mi marido y yo fuimos a una excursin a China y l se pudo convencer de que yo s saba chino. Tengo fotografas con Chou en Hai y Mao Tse Tung. Por supuesto, saber idiomas me facilit mis labores en Ciencia y Tcnica. Mara Teresa, tambin, haba impulsado la creacin de centros de documentacin en organismos y empresas. Yo la ayud hasta su muerte en esa labor. Cuando ella fue forzada a dejar la Biblioteca, se dedic por entero a seguir preparando trabajadores (que quisieran aprender) para esos centros. Ella se muri creo que de tristeza al dejar la Biblioteca. Cuando me jubil, me fui a colaborar en el centro de documentacin del plan porcino. Desde hace aos y hasta hoy, enseo el ingls a amigos y vecinos del barrio. Atiendo alumnos todos los das. Me siento til y acompaada. Desde que me jubil, no he regresado a la Biblioteca; pero siempre recuerdo los aos felices en que all trabaj. He sido invitada a los actos del centenario de la Biblioteca. Ya decid que all estar para recordar.

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105 El caballero de Boloa Mercedes Santos MorayInvestigadora titular, escritora y periodistaTena la respiracin entrecortada. Alguien me haba dicho que las manecillas de su reloj latan al comps de sus pulsaciones. Era asmtico, hablaba con dificultad, como si le costara mucho trabajo hilvanar las palabras. Fumaba en pipa, creo que la morda con cierto grado de sensualidad, aunque en verdad a m me pareca un duende, entre aquel bosque de libros donde se le perda la barba y sentamos cmo nos deca sus versos. Era un mago para muchos de nosotros, desde la hora del cuento, espacio donde nos sembr el amor por la lectura a cuantos acudamos a la biblioteca juvenil, slo armados con nuestra adolescencia, mientras Mara Teresa Freyre de Andrade conduca la barca, tocada por la gracia de su inteligencia. Pero ahora, no lo veo en el ltimo peldao de la estructura del edificio de la Jos Mart, sino que me lo vuelvo a encontrar, con la breve sonrisa en la comisura de sus labios, y el gesto amistoso de sus manos, en uno de aquellos cubculos cuajados de misterio de Coleccin Cubana y donde nos reciba doa Teresita Proenza con sus preciosas tarjetas, y adonde llegamos, imberbes e inditos, a fines de los sesenta, mis compaeros y yo, con nuestros ripios, temblorosos, angustiados, pero igualmente deseosos de que el poeta nos escuchara. Fue Ral Fernndez quien me llev hasta Eliseo, como lo hizo con su tocayo, el otro Ral de esta memoria, Hernndez Novs, siempre tmido y taciturno, pero pletrico de metforas e imgenes, hasta que arrib, minutos despus, a aquel despacho convertido en singular cenculo, Ramn Cabrera Salort, con sus poemas y sus ilusiones, como una tromba marina, y otros das se sumaron Emilio de Armas, Arams Quintero y Humberto Castro, el grupo que entonces formbamos, sin saberlo y sin proponrnoslo estudiantes de segundo y primer aos de la Escuela de Letras y Artes, que pretendamos ser escritores, y entonces tambin conoEliseo Diego

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106cimos a Cintio, y gozamos de su calidez, y vimos por primera vez a esa luminosa mujer que es Fina, hermosa desde su sencillez y su talento. Antes, los veamos a todos esos poetas, como astros de otra galaxia a la que nunca podramos acceder mientras escuchbamos, con la diligente complicidad de Ferrer, en el Departamento de Msica, los discos con los que Schumann nos llenaba de sus fantasas, y Chopin de polonesas, mazurkas y estudios, y el sordo nos abra el infinito con sus nueve sinfonas, para atraparnos y hacerse dueo de nuestra espiritualidad, como si viviramos en su poca y furamos sus coetneos, ya en Bonn o en Viena. Pero regresemos a las maravillas del caballero de Boloa, libro que entonces corra de mano en mano, y que nos sorprenda tanto como lo hizo la lectura de su Calzada, y despus los esplendores ms oscuros e irradiantes que haya tenido la poesa cubana. Eliseo era un hombre paciente y generoso, dador de su tiempo a nuestra juventud. Y oa, con una mansedumbre que hoy me asombra, (y que slo encontr, adems, en Camila Henrquez Urea y en Flix Pita Rodrguez) aquellas pretenciosas estrofas en verso libre o aquellos inciertos sonetos, donde se confundan los acentos, y el ritmo se perda aunque nuestra voluntad de ser poetas intentara atrapar el corpus de la lrica, envalentonados con nuestra autosuficiente insuficiencia, como hubiera gustado escucharnos decir a Mirta Aguirre, y a Vicentina Antua. Estbamos en los dorados sesenta de la Biblioteca Nacional Jos Mart y, por extensin, de toda la cultura cubana, cuando el teatro era un ser vivo y mltiple, el cine creca a pesar del subdesarrollo de la novela de Desnoes, con el aliento potico de las tres Luca y se rompa el fuego, gracias a la primera carga al machete y, en la literatura, a pesar de las pugnas y los ismos, haba espacio para todos, y se experimentaba y se escriba sin temores. No sabamos que, a la vuelta de la esquina, tanto el Anuario Martiano como la Sala Mart dejaran de ser el espacio creativo de aquellos hombres y mujeres de Orgenes, y hablo en plural de las fminas, porque no quiero que el silencio contine cubriendo la memoria de Cleva Sols, igualmente duea de esta Biblioteca a la que entreg su existencia. Pero no voy a recordar las sombras ni los grises lunares de los setenta. Quiero retornar a aquellas maanas clidas del 68 y del 69, fuera otoo, invierno o primavera, cuando Eliseo se nos abra como un pozo sin fondo, para que vertiramos en l todo cuanto naca de nuestros corazones, con la escritura incierta del aprendizaje, porque de nosotros nadie pareca ni, todava, calzbamos espuelas de plata ni nuestro verbo tena mrito alguno. Y las ancdotas brotaban de sus labios, y apareca Bella, su mujer y los almuerzos de Bauta, y el padre ngel Gaztelu y Gastn Baquero y Lorenzo Garca Vega y Octavio Smith y, como era lgico, Jos Lezama Lima y escuchbamos la risa traviesa del poeta entre las volutas de humo y el ahogo y con nosotros volva a vivir su propia juventud.

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107 Muchas veces volv, despus, a Eliseo Diego, y lo entrevist en varias oportunidades, incluso en los ltimos tiempos de su estancia terrestre, y cada vez que llegaba hasta su hogar me lo reencontraba con esa misma encarnadura humana que siempre le conocimos, incluso cuando gan el Juan Rulfo y cuando, en un aparte de sincera nostalgia, me habl de su madre quien fund las escuelas nocturnas para ensear ingls en Cuba, y pasbamos de los miles de dlares del premio a su jubilacin de ciento noventa y dos pesos, de laborioso editor de la UNEAC. Entonces, con ms aos y ms vida acumulada, segua siendo aquel duende de Boloa que nos reciba en los salones de la Biblioteca Nacional, como un caballero de gtico florido y haca sentir a los muchachos como si fuesen pares de Carlomagno, mulos de la espada de Roldn, y a nosotras, nos acoga como si furamos doncellas dignas del amor de Dante y de Petrarca. Algunos de mis amigos se han ido como l y han emprendido, con exceso de impaciencia al remontar los cuarenta, ese viaje de donde no se regresa, aunque yo creo que el alma es inmortal y que Eliseo me observa y me escucha, con benevolencia, hacer este recuento ntimo, en el que la memoria no me traiciona, porquese nutre del amor. Caricaturas de (Rapi) Diego

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108 Primeros aos del Departamento de Arte Mara Elena JubrasInvestigadora y profesora de arte de la Universidad de La HabanaHay lugares de imprescindible mencin cuando la memoria pasa revista al tiempo vivido. Podr ser el barrio de la niez, la playa que frecuentbamos hace ya muchos aos o esa “escalinata”, metfora de cultura, que no necesita apellido. La Biblioteca, que tampoco requiere mayor identificacin para m, es uno de esos lugares privilegiados en el recuerdo, no por los aos trabajados al frente del Departamento de Arte –slo seis– sino por la intensidad de una experiencia formadora en aquellos das de cambios trascendentes. Pensaba en eso, sentada en la Sala de Arte, cuando, casualmente, solicitaron mi contribucin al aniversario de la institucin con unas cuartillas que rememoraran aquellos primeros aos del Departamento. El da era propicio para la evocacin. Haca tiempo que no visitaba la Biblioteca y el impacto con el pasado fue considerable. Las imgenes son poderosas. En el recorrido del portal al tercer piso se iban precisando escenas, nombres, situaciones de todo tipo en ese desorden de los estmulos variados. Las madrugadas de guardia en el portal, a veces sola en la inmensidad de la noche en la Plaza de la Revolucin; el trasiego por el vestbulo cuando creamos la sala de exposiciones; las memorables Palabras a los intelectuales Al entrar en el elevador not cambios en el linleo del piso –ya no era gris claro, ya no estaba desgastado en una esquina; en la satisfaccin de compartir el secreto del segundo piso, que no aparece en el control, marqu el tercero, escenario ms evidente de mi paso por la Biblioteca Nacional. Atrs quedaban las oficinas de la doctora Freyre y Maruja Iglesias y el Departamento de Seleccin, para siempre identificado con Regina. Y no sigo dando nombres, son tantos los compaeros de esos preciosos aos sesenta que en la medida de mi avance por el pasillo, tomaban cuerpo y voz en Coleccin Cubana, Catalogacin, Arte y Msica y tantos otros departamentos y pisos, rehabitando los rincones de ese enorme edificio que en aquel entonces conoca tan bien. A derecha e izquierda los cubculos conminaban a pensar en los investigadores y asesores. Con sabia visin, Mara Teresa dio acogida a un grupo de intelectuales de gran significacin para el desarrollo del centro y nos permiti el contacto con ese aspecto de la cultura que no recogen los libros. Me refiero al ambiente, a ese dilogo cotidiano surgido en cualquier momento del da que deja huellas profundas, como cuando Eliseo me llam para ensearme el catlogo de Boloa y leerme algunos de los poemas inspirados por sus vietas. Cmo olvidar a Prez de la

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109Riva, el sabio amigo de Mara Teresa; a su otra amiga, Rene, la Mndez Capote, que nos haca rer o llorar con ancdotas de la otra historia, esa tejida por quienes la han vivido; a Cintio, Fina, Cleva y, rodeado de informantes y discpulos, hoy da destacados etnlogos, a Argeliers. Esas personas excelentes, con quienes tuvimos el privilegio de compartir el caf cotidiano, eran de imprescindible mencin para conocer el espacio donde los jvenes trabajadores annimos crecimos profesionalmente. Ya en Arte extra los paneles con las reproducciones, el cuadro de Gonzlez Puig, la figurilla Art Nouveau de la bella joven a quien bautizamos como “la dulce Ofelia” y extra a mis compaeros, excelente grupo, mayoritariamente de jvenes como yo sin ninguna o poca experiencia, mas con una dedicacin y un entusiasmo difciles de igualar. Su trabajo queda recogido en datos que avalan esfuerzos, logros, pero estos suelen ser fros; permtanme el relato evocador de vivencias. Decir Biblioteca es decir libros. En pocos aos reunimos una notable coleccin mediante compras al extranjero y por el gran aporte de las bibliotecas “recuperadas”, donde haba de todo. Fueron muchas horas entre el polvo revisando libros, anaquel tras anaquel de los doce pisos de la torre, y ponindolos a circular lo antes posible con una clasificacin provisional que se ira perfeccionando posteriormente. Lo importante era dar el servicio en la Nacional y en los departamentos de arte que fueron crendose a lo largo de toda la isla. Como muchos de los usuarios del Departamento eran profesores o instructores de artes plsticas, creamos paralelamente la coleccin de diapositivas, que tuvo gran demanda de inmediato. Tcnicamente ideamos un sistema de catalogacin y clasificacin que, por lo visto, constituy un aporte ya que an funciona. Importantes fueron, asimismo, las colecciones de reproducciones en forma de cuadros y lminas de pequeo formato, todos montados adecuadamente. Los primeros, destinados a llevar el arte a las viviendas y centros de trabajo; las lminas, para apoyar la labor del profesor que no contaba con proyector en el aula. Pronto se colm la sala de estudiantes, profesionales de la cultura y personas que venan a llevarse cuadros, aunque poco saban de arte. El esfuerzo se dirigi entonces a convertir el Departamento en centro cultural mediante las actividades, desplegando diversas estrategias. Comenzamos con la tradicional conferencia a cargo de personalidades. No dio grandes resultados, en parte por dificultades de tiempo de los especialistas y, fundamentalmente, por falta de hbito del pueblo no conocedor que queramos atraer. Probamos con cursos de divulgacin que ofrecan certificados de asistencia y la respuesta fue inmediata. La gran demanda oblig a duplicar las frecuencias en el mismo da, una por la tarde y otra por la noche. Inventamos tambin los “Jueves de arte” Todos los jueves el pblico saba que alguien le hablara en la Biblioteca sobre dismiles aspectos de la plstica, organizados por perodos,

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110grandes figuras, gneros, culturas, etctera. Esta labor sistmica fue conformando un pblico que pudo ya recibir ciclos de conferencias a cargo de especialistas como las de Sergio Benvenuto sobre el entonces novsimo libro de Hauser, Historia social de la literatura y el arte ; o las de Nuevas tendencias de la arquitectura latinoamericana por Roberto Segre; Introduccin a la crtica de arte por Graziella Pogolotti; Documentales cubanos comentados por sus directores; otras sobre escenografa; apreciacin de la grfica, evolucin de la moda, historia y tcnica del grabado, etctera.Ofrecimos cursillos de apreciacin a solicitud de centros y depencias de ministerios (Ballet de Cuba, Guiol Nacional, MINFAR, MINED). E intentamos tambin una labor ms dirigida a sectores especficos de la plstica; as convinimos con la Litogrfica de La Habana un cursillo de grfica impartido por el diseador Ayala. No faltaron charlas en centros de trabajo auspiciados por los sindicatos o la FMC. Hasta creamos grupos de aficionados a la pintura con Portocarrero como maestro, y a la fotografa con Mayito como colaborador. La juventud nos permita ser arriesgados. Los cursos, “Jueves de Arte” y dems actividades de divulgacin eran impartidos por los compaeros ms capacitados del Departamento, aunque jams hubieran dado una charla. Participar se convirti en compromiso. Algunos no se atrevieron y otros slo dieron una sola charla por no poder superar el miedo escnico, mas algunos como Luz Merino, Oscar Morria, Lucila Fernndez e Ileana Sanz, actualmente destacados profesores de nivel universitario, se estrenaron en la docencia en el saln de actos de la Biblioteca Nacional. Las exposiciones no podan faltar. Acondicionamos la sala del vestbulo y la inauguramos con una muestra de dibujos de Portocarrero, apoyada por una visita dirigida y la publicacin de El sueo Entre las exposiciones ms destacadas recuerdo las de: pinturas de Gonzlez Puig, acuarelas de Feijo, dibujos de los pintores populares de Las Villas, dibujos de Venturelli, tintas de Manuel Vidal, arte op de Rostgaard y Morales, dibujos de Pogolotti, grabados de Lam, carteles del ICAIC con sus originales, marquillas de tabaco, grabados y dibujos europeos de la coleccin de Julio Lobo, grabados coloniales cubanos. La mayora de figuras o temas exhibidos en La Habana por primera vez. En las vidrieras del stano montamos en una ocasin una muestra de piezas vinculadas a las religiones afrocubanas (facilitadas por Argeliers) que caus un gran impacto entre creyentes y no creyentes. El tercer piso lo dedicamos a pequeas exposiciones con las reproducciones organizadas de acuerdo con un tema, que luego llevbamos, a peticin, a los centros de trabajo. De ah surgi la necesidad de llenar con obras originales el vaco de las inexistentes reproducciones de arte cubano. Contactamos con los artistas ms representativos y coleccionistas para que nos vendieran cuadros a un precio asequible y logramos una pequea coleccin

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111de obras de Vctor Manuel, Amelia, Mariano, Cundo, Servando, Gonzlez Puig, Acosta Len, Mijares. En definitiva, por el riesgo del traslado y custodia, optamos por darle otra funcin igualmente importante: la ambientacin de las paredes de la Biblioteca, donde permanecieron colgadas hasta que, por el valor que adquirieron con el tiempo, se decidi su incorporacin a los fondos del Museo Nacional. Hoy, esa preciosa Mujer con pajarera de Mariano, que le compramos a la viuda de Guy Prez Cisneros en slo cincuenta pesos por estar muy deteriorada, puede admirarse en la seccin dedicada al pintor. La atencin a los departamentos de arte de las provincias, ayudando a montarlos, proveyndolos de libros y diapositivas, capacitando compaeros, dando conferencias cuando los recorramos; la coleccin de carteles; la facticia de artculos sobre arquitectura cubana; el “archivo vertical”, que pona a disposicin del pblico catlogos y fichas de artistas cubanos; pequeas publicaciones de divulgacin con la biografa y la bibliografa existente sobre las figuras motivo de charlas; la coleccin de diapositivas grandes sobre arquitectura domstica de La Habana colonial, alentada por la idea de conservar las imgenes y los datos (recogidos en fichas) de un patrimonio que se estaba perdiendo; un concurso de ilustraciones para cuentos infantiles; la publicacin a gran formato de un dibujo de Servando Cabrera; el trabajo en colaboracin con otros departamentos, como las exposiciones bibliogrficas y catlogos de Guilln y de libros editados en el ao; publicaciones y documentos en las vitrinas del vestbulo con motivo de conmemoraciones y la gran exposicin de la coleccin de reproducciones para prstamos, que llen los tres pisos, son otras vertientes menores del trabajo desplegado por Arte hasta 1966. Este tono entre apologtico y nostlgico que puede pecar de inmodesto merece una aclaracin. No son pocos los que suelen acercrseme para elogiar aquel momento comparndolo con perodos posteriores. Siempre respondo con consideraciones sobre la importancia del contexto en que tuvo lugar ese momento catalogable de esplendoroso. Afortunadamente vivamos la etapa de una revolucin casi virgen. El cambio mova a las gentes a superarse ante la posibilidad de un futuro mejor. Romnticamente, con la honestidad como bandera, se crea que el presupuesto poda ser generoso con la cultura y dispusimos de recursos que posteriormente decrecieron, entre ellos una plantilla promedio de diez personas. Suceda, adems, que eran pocos los centros culturales, las galeras, los museos, lo cual permiti que la Biblioteca se destacara en una funcin que hoy descansa en un centenar de centros especializados; o sea, haba muy poca competencia. Esta historia no habra sido igual de no haber ocurrido en los inolvidables aos del surgimiento de nuestra Revolucin. El nico mrito del Departamento fue saber responder a esa coyuntura histrica.

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112 Y cmo ha podido ser? Araceli Garca CarranzaBibligrafa y jefa del Dpto. de Bibliografa Cubana de la Biblioteca Nacional Jos MartEn los primeros aos de la dcada del cincuenta visitaba, llevada de la mano de mi padre, la Biblioteca Nacional, situada en aquel entonces en el Castillo de la Fuerza. Su atmsfera hmeda, con olor a polvo, aireada un tanto por la brisa del mar, me atrap para siempre, sin saberlo. Por esos aos, tambin en compaa de mi padre, vi alzarse, poco a poco, dentro de un tupido andamiaje los diecisis pisos del edificio que ocupa hoy nuestra centenaria institucin. Recuerdo a mi padre sealndome, premonitoriamente, aquel edificio que ya se empinaba para atesorar e impulsar nuestra inmensa cultura cubana. Y esa visin tambin qued en mi subconsciente, sin imaginar que iba a trabajar en la Biblioteca Nacional durante cuarenta aos o ms? Un da de enero de 1962, una compaera de estudios, en el elevador de la Escuela de Filosofa y Letras, le deca al doctor Fernando Portuondo del Prado que me recomendara para ser aceptada en la Biblioteca Nacional como bibliotecaria. El doctor Portuondo se neg alegando que los buenos se recomiendan solos. Yo haba sido una alumna estudiosa y disciplinada, y en esos das me examinaba por ltima vez. Rompiendo, no s ni como, con mi timidez de siempre, fui a la Biblioteca y ped ver a la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, ella me recibi, no recuerdo exactamente el dilogo, pero me acept. A los dos o tres das, el 1 de febrero de 1962, empec a trabajar en la Biblioteca. Unos aos despus, la doctora Freyre quedara satisfecha con mi ndice de la Revista Bimestre Cubana y en 1970 me felicitara por la Biobliografa de don Fernando Ortiz A partir de 1962 busqu autoridades en el Departamento de Catalogacin y Clasificacin, y pronto hara analticas en el Departamento Coleccin Cubana, el cual llegu a dirigir a instancias de Sidroc Ramos, quien siempre confi en m, y quien me llevara de la mano al universo de la investigacin bibliogrfica, cuando al morir don Fernando Ortiz me pidiera que en menos de tres meses compilara su obra. En Coleccin Cubana trabaj cerca de grandes e ilustres de la literatura y la historia cubanas y paradjicamente fui jefa de alguno de ellos: Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina Garca Marruz, Rene Mndez Capote, Roberto Friol, Octavio Smith, Zoila Lapique, Juan

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113Prez de la Riva, y conoc a decenas de historiadores, investigadores, creadores, especialistas y profesores universitarios cubanos y extranjeros. Ese ao tambin conoc a mi compaero de siempre, mi cmplice Julio Domnguez, quien tambin trabajaba en ese Departamento. Luego, entre otras tareas compil para los historiadores la Bibliografa de la Guerra de Independencia la cual se consulta frecuentemente en la Sala Cubana. En 1972 publiqu la Biobibliografa del doctor Ramiro Guerra, mi primera colaboracin en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, en la cual, segn Juan Prez de la Riva, “no publicaba cualquiera” y lo logr despus de diez aos. Por estos aos inici la compilacin de la obra de Jos Lezama Lima, retomada en los 90 y ahora recin publicada. Entre ndices analticos, investigaciones bibliogrficas, servicios y tareas de direccin transcurrieron los aos siguientes sin olvidar el montaje de exposiciones que a veces logrbamos Elena Giraldez, mi hermana Josefina, Zoila Lapique y yo como por arte de magia. La Sala Mart haba sido inaugurada en 1968 por el profesor Manuel Pedro Gonzlez exactamente “un domingo de mucha luz”, frase que export de la obra de Fina Garca Marruz, quien hizo de las visitas dirigidas a la Sala, un verdadero magisterio, un evangelio vivo. Aos despus, en 1977, la Sala devendra Centro de Estudios Martianos. Ya desde 1968 Cintio Vitier me haba pedido que fuese la bibligrafa de Jos Mart, y ao tras ao saldran los Anuarios y despus los Anuarios del Centro de Estudios Martianos con las correspondientes bibliografas, hasta la fecha 28 compilaciones, o lo que es lo mismo 28 aos de bibliografa martiana, tratando siempre de que la ltima supere a la anterior. En los aos ochenta la doctora Marta Terry me hara ocupar la jefatura del Departamento de Bibliografa Cubana, nuevo desarrollo del Departamento de Investigaciones Bibliogrficas, nomenclatura que vuelve a usarse en estos tiempos por as exigirlo el trabajo creador, y en los aos 90 continuara en la jefatura de ese Departamento y asumira la jefatura de redaccin de la Revista de la Biblioteca Nacional bajo el mandato del ms joven de sus directores, el historiador y ensayista Eliades Acosta Matos, y en medio de investigaciones y servicios la satisfaccin de una fuerte vocacin posiblemente indicada por la mano de mi padre cuando me sealaba los andamios que atrapaban el esqueleto de futuro edificio de la Biblioteca Nacional. Y siempre esa agradable realizacin que se siente cuando se logra un repertorio o se utiliza (porque es y ser til) o cuando se satisface una demanda. En especial cuando servimos a jvenes y presentimos sus talentos y los vemos crecer hasta convertirse en historiadores, crticos, escritores o periodistas. As han transcurrido los aos y como en una cinta cinematogrfica recuerdo algunas figuras relacionadas con la investigacin bibliogrfica: la de Cintio Vitier, creciendo siempre como creador

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114e intelectual y dando fe constante de “ese sol del mundo moral”; la de Alejo Carpentier, quien llegaba cada verano acompaado de Lilia y saba apreciar el significado de la bibliografa como instrumento de presente, pasado y futuro, as como su utilizacin dentro de la novela, dando fe de ello el uso de los ttulos de ciertos asientos bibliogrficos como recurso intertextual en La consagracin de la primavera ; la de Carlos Rafael Rodrguez, siempre sonriente y amable, cuando nos revisaba a mi hermana Josefina y a m los datos con los que nos pretendimos acercar a su intensa trayectoria vital; y unos aos antes recuerdo a la familia de Ramiro Guerra agradecindome su biobliografa; y unos aos despus alguien agradecera la de Elas Entralgo, la de Mara Villar Buceta, la de Lol de la Torriente, y tantas otras ... y ms tarde los donativos de las colecciones de Roberto Fernndez Retamar y de Lisandro Otero, las cuales promoveran las compilaciones de ambos, y hace poco tiempo la compilacin de la obra de Eusebio Leal precedida en el tiempo por la de Emilio Roig de Leuchsenring, historiadores de la Ciudad de la Habana; ms recientemente an vamos conformando el cuerpo bibliogrfico correspondiente a la obra del poeta y ensayista Luis Suardaz; y siempre el servicio y la satisfaccin de la demanda, as como la identificacin con cada figura y su obra. Y siempre ese examen diario que con abnegacin y modestia sufrimos los bibliotecarios acribillados a preguntas, casi ocho horas diarias, tratando de buscar espacio y tiempo para pensar, leer, escribir... Y cmo es posible que hayan pasado cuarenta aos transcurridos en una de las ms rigurosas universidades: la Biblioteca Nacional Jos Mart de Cuba?

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115 Juan Prez de la Riva: confesiones de una secretaria Luisa CampuzanoProfesora y vicepresidenta de la Ctedra Alejo Carpentier de la Universidad de La HabanaRecuerdo claramente, como algo inesperado, que tena tanto de sorpresa como de desagravio, la tarde en que Sarah Fidelzait, directora de la biblioteca de la Escuela de Letras, me mand a buscar para decirme que Juan, su marido, quera verme, porque necesitaba con urgencia una secretaria de redaccin para la Revista de la Biblioteca Nacional que le sirviera tambin de auxiliar de investigacin. Un ao antes, y enfundada en una versin libre de uniforme de milicias –es decir, pantalones verde olivo pero sabe Dios qu blusa, y posiblemente mocasines, que no botas–, me haba entrevistado, en medio de una movilizacin de las que entonces irrumpan constantemente en nuestras vidas –y que para los universitarios significaban das y noches de entrenamiento y guardias–, con Mara Teresa Freyre de Andrade, porque quera trabajar en la Biblioteca. Pero ella no me haba aceptado. Y si me refer antes a la ropa no es porque tenga ese tipo de memoria, sino porque pese a que me haban advertido que la directora de la Nacional era muy exigente en cuanto al atuendo de sus empleados, no haba tenido tiempo de ir hasta la Vbora para cambiarme, y estaba convencida de que por esa razn, por “mi torpe alio indumentario”, no me haban admitido en el que por entonces era el ms alto, vital y activo centro de cultura del pas. As que cuando Sarah me habl, se me abrieron los cielos. Sin embargo, Coleccin Cubana –el reino de Juan–, no era precisamente el lugar soado para alguien tan pedante como la muy joven Campuzano, que estudiaba tercer ao de Clsicas y slo lea literaturas europeas contemporneas. Su Biblioteca ideal, el espacio donde haba aspirado a trabajar, no tena nada que ver con papeles viejos, y menos con Cuba. Pero era la Biblioteca, era una revista y, sobre todo, no era aquel sitio espantoso donde estaba trabajando entonces y del cual ni ella ni yo queremos acordarnos.

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116Todo intento por describir mis primeros tiempos con Juan, por decir clara y ordenadamente quin era, qu haca, siempre resulta frustrado. Tratar en esta ocasin de ser menos emotiva. As pues, me alejo de m misma y digo que Juan Prez de la Riva, hijo de una de las familias ms encumbradas de la burguesa cubana, nacido y educado en Europa, haba estudiado ingeniera en Grenoble; pero tambin por estudios, curiosidad y vocacin llegara a ser gegrafo, demgrafo, historiador, biblifilo, o mejor dicho, para ahorrar palabras, erudito y polgrafo, en la lnea de Saco y Ortiz. Marxista y casado con una juda francesa y comunista, tras escapar con ella de un campo de concentracin, se haba alejado tan drsticamente de su clase que haba decidido instalarse y trabajar entre monteros y peones en una posesin familiar de la Sierra del Rosario. Despus del triunfo de la Revolucin y antes de la Reforma Agraria, entreg esas tierras, y vino con su hijo y su mujer para su apartamento de El Vedado, ocasin que aprovech Mara Teresa para llevarlo a trabajar con ella a la Biblioteca. El “mito Juan” se construy, me imagino, en poqusimo tiempo, porque cuando yo llegu, a principios del 64, ya estaba plenamente desarrollado. Por una parte, Juan era no slo la persona capaz de identificar los ms variados documentos, impresos o manuscritos, que poco a poco se iban extrayendo de las bibliotecas recuperadas, sino tambin mapas, grabados, publicaciones seriadas, libros raros, encuadernaciones valiosas. Igualmente poda ayudar en la catalogacin y clasificacin de libros de ciencias, atender en perfecto francs – como Mara Teresa y Graziella, que eran el club de Pars de la Biblioteca– a las visitas que se sucedan a diario, dirigir la revista o preparar la edicin, por ejemplo, de importantes libros sobre la toma de La Habana por los ingleses –cuyo bicentenario se conmemor por entonces–, y ser al mismo tiempo colaborador del Instituto de Geografa de la Academia de Ciencias y profesor de la Universidad de La Habana. Pero a primera vista y a primer odo era, sobre todo, exigente, extravagante, feo, descuidado, muy crtico y muy refunfun. Lo recuerdo en pleno desplazamiento por el elegante y marmreo gran hall del tercer piso, arrastrando los pies, envuelto en el guardapolvo verde billar que usaba para ir de pesca al piso catorce –el mayor depsito de bibliotecas recuperadas– en busca de libros valiosos –guardapolvo que, adems, resaltaba el color de sus ojos ms bien saltones–, con su calva reluciente y sus inmensos bigotes impregnados de nicotina, hablando con dos o tres estudiantes o amigos, mientras hurgaba con una ua largusima y sucsima en la cazoleta de su pipa. Durante semanas mis nuevas compaeras me miraban con una mezcla de curiosidad y lstima que yo no poda entender, porque, desde que lo conoc, Juan me haba parecido fascinante. No bien lo vea llegar, abandonaba mi trabajo o mis conversaciones con Juana Zurbarn, Corts, Friol o Blanch, y corra del amplio saln del ventanal norte donde estaban nuestras mesas, a su no menos mtica “perrera”, el diminuto y

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117glido cubculo de Coleccin Cubana donde apenas caba, en medio de todos los libros que iba acumulando para las distintas investigaciones en que estaba simultneamente enfrascado. Yo me sentaba frente a l en un asiento esquinado entre su atiborrado bur y un estridente aparato de aire acondicionado, y le contaba qu haba hecho o qu pasaba con la imprenta, qu colaborador no haba entregado, mientras Juan abra su viejsima y casi infantil maleta de cuero y sacaba los papeles que estaba escribiendo –y que mova diariamente de su casa a la Biblioteca– y, antes de darme algo para mecanografiar o las ms dismiles instrucciones, se dedicaba con una presilla o cualquier otro adminculo que considerara apropiado, a una limpieza en profundidad de su pipa, que de inmediato rellenaba con tabaco guardado en una bolsita siempre manipulada con muchsimo cuidado, pero que dejaba caer pequeas porciones de su contenido sobre libros y papeles. A m me gustaba demorarme, porque as daba tiempo a que entrara alguno de sus visitantes, para poder disfrutar de sus hazaas. Si se trataba de Ros, que le traa algn mapa nuevo, Juan desenvainaba su lupa y nos daba una clase de cartografa, o de entelado y conservacin. Si era Eliseo –tambin de guardapolvo, pero ms o menos blanco–, con un hermoso libro recuperado, pues era una disertacin sobre el origen de las marcas de agua o la economa del medio tafilete. Pero lo bueno era cuando llegaba Moreno, siempre estentreo, a contar lo que acababa de descubrir, o a husmear en lo que all se estaba cocinando, porque entonces Juan empezaba a recoger papeles, a tapar ms o menos los libros, y slo cuando el delirio cataln llegaba al summum haca dos o tres comentarios de la mayor erudicin o de la ms rastrera simplicidad, y se levantaba invitndolo tcitamente a salir. Pero tambin recuerdo los das en que Juan llegaba arrastrando los pies ms que de costumbre, con la mirada baja: eran los das de sus grandes depresiones, que a veces lo condujeron demasiado lejos. A fines de 1966, cuando llevaba poco menos de tres aos trabajando en la Nacional, una disposicin igualitarista –aunque supuestamente bien intencionada– del Ministro de Educacin, me oblig a optar entre esta plaza y mi flamante puesto de instructora graduada en la Escuela de Letras. Quiz porque Vicentina Antua haba llegado antes a mi vida y porque entonces crea –¡oh, inocencia dorada de la primera juventud!– que el saber y la vida estaban en la Universidad, me fui –literalmente llorando– de la Biblioteca. Pero antes le dej a Juan, sobre su mesa –a riesgo de que la traspapelara–, una carta en que le agradeca todo lo que me haba dado, que era nada ms y nada menos que unos nuevos ojos con que mirar el mundo. Veinte aos despus dediqu a su memoria mi primer libro sobre Cuba. Con los aos haba descubierto que Coleccin Cubana haba sido mi otra licenciatura y que Juan era tambin mi gran maestro. Con l no slo aprend la asignatura Cuba –que no estaba incluida en el currculo de Clsicas–, sino que me hice consciente y definitivamente cubana, algo para lo que hay que tener mucho valor. Empec a recorrer a punta de lpiz el verdadero y mltiple entramado

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118de nuestro fundante siglo XIX, ms que en sus grandezas, en sus iniquidades y angustias, all donde Juan escarbaba y escarbaba en su afn por desvelar el pasado que conform esa sociedad asentada en la arrogancia y la dominacin poltica, econmica y cultural de una raza y una clase a las que haba sabido renunciar muy temprano. Viv entonces los heredianos “horrores del mundo moral” no como anttesis literaria, sino como revelacin cotidiana, en el trabajo de revisin de las galeras de su monumental estudio sobre Tacn y su tiempo; en aquellas memorables investigaciones de demografa histrica, sobre la trata de esclavos y de cules; en los sucesivos captulos de su “historia de la gente sin historia” –en que colaboraba su tan querido Pedro Deschamps Chapeaux–; en los textos traducidos y anotados de los viajeros. Despus he tenido la oportunidad de trabajar con personas excepcionales en lugares excepcionales –como la Casa de las Amricas–, de dirigir revistas, de pasarme semanas, meses, en algunas de las mejores bibliotecas nacionales, pblicas o universitarias del mundo. Pero hoy, cuando soy ms vieja que lo que era Juan cuando lo conoc, y puedo hacer una valoracin sosegada y justa de mi pasado, estoy segura de que la experiencia de trabajar con l, de recibir de sus manos, a mis veinte aos, toda una revista, de estar cerca de aquella constelacin intelectual reunida por Mara Teresa en la Nacional, de crecer junto a mis queridas colegas y amigas de Coleccin Cubana, ha sido el fermento de lo mejor de mi vida intelectual y ciudadana.

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119 Imgenes de un tiempo no perdido Zoila LapiqueInvestigadora de la msica y de la cultura cubanasNo s si podr poner en blanco y negro las ideas, los recuerdos que se agolpan en mi mente. Cunto tiempo ha pasado, cuntos sucesos acaecidos, cuntos amigos y compaeros en el diario bregar han muerto y no estarn presentes como yo en este Primer Centenario de la Biblioteca Nacional de Cuba. Por supuesto, no se asuste amigo lector, porque a pesar de mi pasin por la historia, yo no les contar los avatares de esta venerada institucin en su siglo de vida. Slo me limitar a narrarles mi paso por ella durante mis casi cuarenta aos de trabajo. Era fresca la maana del primero de octubre de 1959 cuando fui citada al despacho de la directora de la Biblioteca Nacional. En la antesala esperaban otras personas que aspiraban entrar en ese organismo. Los recuerdos vuelven a mi memoria despus de tanto tiempo: pero an los veo jvenes, expectantes y animosos, con los que despus compartira largos aos de trabajo. As estn Juanita Mont, Emilio Setin –quien lleg a ser mi jefe–, Gloria Pascual, Audry Mancebo. Algunos pasaron una prueba de ingreso, otros como Audry y yo no, pues procedamos de otra biblioteca y tenamos estudios especializados. No era la primera vez que entraba en ese despacho, ni que hablaba con la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, una mujer que era casi una leyenda en el mundo de la bibliotecologa. Yo era su alumna en la Universidad de la asignatura Bibliografa de Referencia y en muchas oca siones ayudaba a Mara Teresa con el numeroso alumnado que invada los predios universitarios despus de varios aos de permanecer cerrados. Una larga mesa centraba el amplio saln detrs de la cual se sentaba esa pequea, delgada y frgil mujer que se caracterizaba por su tenacidad, cultura vastsima, y en ocasiones rspido carcter que desarmaba a cualquiera que no la conociera profundamente. En una mesa a su lado, estaba la subdirectora, doctora Maruja Iglesias Tauler, alta y esbelta con sus ojos profundamente azules y su cabello prematuramente canoso. Un binomio perfecto para dirigir esa institucin, pues entre ambas se compensaban. Maruja haba sido alumna de Mara Teresa y la respetaba plenamente. La entrevista con Mara Teresa –como yo usualmente la llamaba cuando me refera a ella–, entonces fue cordial. Porque an no he dicho que en los primeros meses del 59 yo haba concurrido a ese despacho llamada entonces por Maruja Iglesias. Yo la haba conocido antes de la Revolucin en una casa clandestina y all nos presentaron. Desde entonces hemos mantenido una amistad nacida en los tiempos difciles y peligrosos de la tirana.

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120Pero volvamos a la escabrosa primera entrevista. Mara Teresa estaba expectante con mi persona, pues yo proceda de la Escuela Cubana de Bibliotecarios antes de entrar a la Universidad donde finalmente sera su alumna. Tengo que confesar que me port un tanto malcriada e impaciente y terminamos la conversacin sin llegar a una determinacin sobre un posible trabajo en la Biblioteca Nacional. Para esta segunda ocasin iba avalada por mi trabajo en el aula con Mara Teresa. Pero s me llena de orgullo decir que empec desde abajo con un contrato por tres meses que podra prorrogarse por parte de la institucin si lo consideraban satisfactorio. Y como ambas directoras saban de mi pasin y gusto por la msica, entr de calle a trabajar al Departamento de Msica, entonces acfalo, a clasificar literatura musical y discos. Otras personas de experiencia –Blanca Rosa Snchez, Rosita Abella y Blanca Bahamonde– me ayudaron con gran gentileza tratando siempre de ensearme cmo realizaba ese trabajo totalmente nuevo para m. As me pusieron en las manos el manual de la A/L.A. para clasificar todo material musical; todava lo conservo. A las pocas semanas fuimos informadas que el da 14 de diciembre abriran sus puertas al pblico nuevos departamentos: Msica, Arte, Juvenil y Circulante. Recuerdo que llegu tarde a la inauguracin pues haba estado “echando hasta el final” por tratar de tener todo listo. Haba una muchedumbre y me cost trabajo abrirme paso entre los funcionarios de otros organismos y pblico en general que haba acudido en masa. Este fenmeno de la masividad en el centro nos fue comn a partir de entonces, llenndose cuanto curso, concierto, conferencia, clases etctera que se convocara por la institucin. El recin creado Departamento de Msica estara a partir del 15 de diciembre bajo la direccin del profesor, compositor e investigador Argeliers Len, despus de una seleccin rigurosa hecha por la direccin de su expediente entre otros aspirantes. Mara Teresa me llam a su despacho y tuvo la gentileza de comunicrmelo y que esperara para conocerlo. As, conoc al doctor Argeliers Len, personalidad de la cultura cubana con el que trabaj varios aos y con el cual aprend mucho, por sus orientaciones, sus conversaciones, sus planes y por los numerosos informantes folklricos que a diario venan a verlo a su oficina, as como otras personalidades del mundo musical. Y como tras de la soga viene el caldero, tambin lleg su esposa y compaera en sus investigaciones y trabajos, la musicolga Mara Teresa Linares, entonces primera directora del Conjunto Folklrico. Con ellos estable-

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121c una relacin de trabajo y afecto basados en un respeto mutuo que se consolid con el tiempo y mantuvimos cuando ya no trabajamos juntos. Argeliers, con el apoyo de la direccin, supo transformar el adusto Saln de actos en una activa sala de conciertos de todo tipo de msica. All se ofreci un concierto de msica abaka memorable donde los asistentes pudieron seguir la letra de los cantos impresos en un hermoso programa adornado con firmas abakas y enjundiosas notas escritas por Argeliers, autor de adems del diseo. Otra noche memorable fue el estreno de dos rtimicas de Amadeo Roldn, dirigida por Argeliers. El desbordante entusiasmo de este unido a la pasin de la direccin por crear una Biblioteca gil, viva que fuera ms all de las paredes fsicas del edificio, no tena limite. Se cre una revista especializada adems de la que publicaba la institucin desde 1909. En la revista Msica publiqu mi primer trabajo de investigacin relativo a la msica cubana: “ El Filarmnico Mensual peridico habanero de 1812”.1 Recuerdo que una tarde me citaron al despacho de Mara Teresa. All estaba Argeliers para felicitarme por el trabajo y me pidieron que no abandonara la investigacin musical, consejo que segu al pie de la letra. Argeliers muy posteriormente, en una entrevista expresa su opinin sobre la necesidad de hacer trabajos sobre la bibliografa musical cubana y dice sobre mi persona: “Yo mismo hice trabajos, bueno, estaba Zoila Lapique, pero no fue por estmulo mo porque por sus propios intereses ella empez a trabajar todos esos aspectos [...] y public ese libro [...] Este libro sobre la msica en la prensa cubana y otros trabajos que ha hecho muy valiosos. Para la bibliografa cubana, Zoila Lapique ha hecho aportes muy buenos [...]”.2 En honor a la verdad yo empec estos estudios sobre la msica cubana estimulada por Argeliers, con su aprobacin y con la direccin. Estudi y trabaj mucho. Despus me salieron alas propias. En el Departamento de Msica labor con ahnco ayudada por unas jvenes entusiastas: Sissy Sierra y Nancy Lpez. Despus entr como especialista Jos Mara Bidot, persona de la que guardo gratsimos recuerdos por su capacidad de trabajo, sus conocimientos, bondad y don de gentes. En estos primeros aos entr a trabajar Lucio Sols, persona muy trabajadora y de gran refinamiento, y como saba de msica y de discos por su coleccin y vocacin personal, entr a clasificar estos, y parte de la Coleccin de "pera de Garca Montes. Su hija Teresita trabajaba con Mara Lastayo. Recuerdo en su diaria labor a dos jvenes que indizaban las noticias de msica en el Papel Peridico de La Havana : Antonio Acero y Gonzalito Romu, miembro este de una familia de estirpe musical que desde Antonio Mara, “El mago de las teclas”, siempre han dado gloria a Cuba. Gonzalito no se qued atrs. A Argeliers lo sustituy Carlos Farias quien organiz conciertos de msica culta con resonante xito de pblico sin olvidar a Alberto Muguercia, investigador de msica popular y organizador de ciclos de autores y obras, quien tambin llenaba de pblico nuestro Saln de actos. A Muguercia lo ense a hacer sus primeras fichas, de ello se senta orgulloso. Todos me ayudaron en mis labores del Departamento cuando asum la

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122subdireccin tcnica. Con los colegas de los otros departamentos tuvimos estrechas y excelentes relaciones pero, muy especialmente trabajamos codo con codo con el de Arte bajo la direccin de mi “prima” la doctora Mara Elena Jubras. Nos llambamos as por nuestras familias gallegas. En el seminario del tercer piso celebrbamos los Jueves de Arte, donde se escuchaba msica y se hablaba de arte y de msica ante un publico asiduo cada semana. Tambin en este lugar se ofrecieron cursos, clases, conferencias... Recuerdo de Arte a la diligente Nellys Arrate, dulce y suave que haca lo indecible por dar buen servicio y cuando ella no poda no vacilaba en pedirnos ayuda a m o a Guillermo Snchez. Este entr en la Biblioteca porque yo habl con el director, Sidroc Ramos, sobre el Diccionario de artistas plsticos que Guillermo compilaba desde haca tiempo y Ramos pens, tal como result, que sera una valiosa adquisicin. Siempre colaboramos juntos y nos ayudamos con la referencia de Arte. Tambin Blanca Emilia Rodrguez ayudaba con la referencia por sus conocimientos. Culta, suave y dulce, gustaba de las peras wagnerianas y conocer sobre su pueblo fundado por su familia los Martnez Fortn. Marta Garcarena, Julita, la secretaria servicial, Elba siempre temerosa de no dar el servicio adecuado. Pero an no he dicho que a m me decan “la referencista estrella” y que me consultaban de la Sala de Lectura y del recin creado Departamento de Coleccin Cubana. Mi rival ms cercano en esta especialidad era Israel Echevarra, autotitulado “Sol de soles de la referencia”, quien trabajaba en la Sala de Lectura donde tambin seoreaba Primitiva Rodrguez, una exmaestra, pequea regordeta, de rostro afable, que siempre estaba corriendo, buscando y consultando alguna informacin para sus numeroso usuarios, ella junto con Marina Ata, y despus con Azucena Lpez y Yuya Castillo tenan la atencin directa a los lectores en el primer piso. Por razones diversas y complejas ajenas a mi voluntad, Mara Teresa con Argeliers decidieron que yo pasara a un nuevo departamento creado posteriormente a los inaugurados en diciembre de 1959, me refiero a Coleccin Cubana. Hoy debo confesar que fue una decisin sabia. Mara Teresa estim que en este lugar yo sera ms til dado mis conocimientos de la bibliografa cubana de los siglos XVII al XIX, adquiridos cuando yo estudi y trabaj en esos fondos durante dos aos en la Biblioteca de la SEAP. En Coleccin Cubana se haban concentrado los fondos cubanos y extranjeros relativos a Cuba ms valiosos, adems de los catorce incunables que heredamos de la coleccin de Nstor Ponce de Len, erudito cubano, yerno del padre de la bibliografa cubana, el polgrafo Antonio Bachilles y Morales. Ellos dos juntos con Vidal Morales y Morales y Carlos Manuel Trelles y Govn, eran mis personajes ms admirados por sus trabajos. Yo vena en ellos el summun de todo conocimiento bibliogrfico cubano. Todo esto contribuy a que no me sintiera defraudada en el nuevo trabajo donde poda dedicarme ms a la investigacin, bichito que desde haca tiempo me segua aguijoneando. En este nuevo lugar estaban Amalia Rodrguez

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123y Aleida Placencia, como jefas e investigadora, y Juana Zurbarn Pelayo– quien proceda de la Oficina de Emilia Roig. De all yo la conoca y me haba ayudado con una investigacin sobre la litografa en Cuba desde antes de la Revolucin. Lamentablemente enferm y tuvo que retirarse hasta su prematura muerte. Ernesto de los Ros trabajaba en la Mapoteca, dirigida por Juan Prez de la Riva; en la actualidad la joven especialista Nancy Machado recoge la experiencia anterior y desarrolla la tarea del presente y del futuro. Juan, culto y erudito, tena una cabeza calva con unos largos bigotes, nariz ganchuda y una eterna pipa en los labios. Era un conversador y conocedor de quien tambin mucho aprend a valorar libros y documentos segn su poca, conocer encuadernaciones, grabados y que ningn material se deba tirar, pues todo serva para buscar informacin. As, se me ampli mi horizonte como referencista, profesin y servicio que nunca abandon y altern con la investigacin. Juan era asesor de la direccin y despus de Rene Mndez Capote, y director de la Revista de la Biblioteca Todava hoy me llena de orgullo cuando me llaman a mi casa de la propia Biblioteca o un viejo usuario. Siempre trato de solucionar hoy da con Olguita Vega, quien entr mucho despus al Departamento procedente de Circulante, realmente donde ella poda desarrollarse a plenitud era en Coleccin Cubana. Adems, tena inters por aprender. La Revista de la Biblioteca, que sala cada mes desde 1909, se hizo desde 1959 en un cubculo del tercer piso, al lado de mi oficina. All laboraba la escritora Rene Mndez Capote, quien nos dej una importante obra testimonial, Memorias de una cubanita que naci con el siglo Con ella compart lazos de afecto y mutua simpata que perduraron hasta su muerte. Tambin trabajaba como traductora Sarah, su hermana, y como Rene, poseedora de una vasta cultura. Cuando Rene cumpli ochenta aos fui invitada a su cumpleaos que le festej Cultura de Plaza. Con ella compart esa simptica tarde. Con Juan en la revista trabaj un dentista que era adems un excelente traductor del ingls y del francs, el doctor Aurelio Corts, servicial y amigo, saba siempre tender la mano a todos los que lo necesitaban con su trabajo. Como secretaria trabajaron Siomara Snchez y Luisa Campuzano, esta antes de saltar a la Universidad como profesora de Latn con la Magister Vicentina Antua, un encanto de profesora y persona. Yo trabaj por momentos en el Consejo de Redaccin, donde aparece actualmente mi nombre. En el Departamento de Coleccin Cubana compartimos horas de trabajo junto con Eudoxia Lage, vieja empleada de la institucin conocedora de los fondos hasta por su formato. Con ella revisaba cuidadosamente los anaqueles para ver y saber el alcance de cada obra. As poda estudiarlos y dar un mejor servicio a mis lectores. Pero, sobre todo cuando no tena pblico revisaba pgina a pgina la prensa seriada y la fichaba, as, a pesar de no encontrarme en Msica saqu cuanta informacin haba sobre msica en la prensa de los siglos XVIII y XIX. De esa forma encontr el establecimiento de la primera im-

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124prenta litogrfica en Cuba dedicada a la msica en la temprana fecha de 1822 en La Habana y no en Santiago de Cuba como se crea. Noticia que di a conocer junto con Juana y Guillermo en la Revista de la Biblioteca Nacional a instancias del director Sidroc Ramos, escritor a pesar de no ser bibliotecario, y poeta quien supo valorar el legado dejado por Mara Teresa Freyre y busc mejorar el servicio al pblico, continu la edicin de la Bibliografa cubana la Revista de la Biblioteca Nacional y otras publicaciones donde se dio cabida a trabajos de los empleados, adems de otros colaboradores. Recuerdo a todos los compaeros sobre todo a aquellos que me ayudaban en mis investigaciones y me suministraban notas principalmente, Roberto Friol y despus, Patricio Bosh. Roberto Friol, poeta e investigador, fue llevado por Cintio y Fina Vitier. Al principio era hermtico y alejado, ¡tanta era su timidez! Pero poco a poco cobr confianza con nosotros y me suministr no pocas notas de la prensa referente a la msica. Roberto ha hecho aportes a la literatura cubana, por lo que recibi el Premio Nacional de Literatura por su obra. Mucho se habla del grupo de poetas que se nuclearon alrededor de Lezama Lima y su revista Orgenes. Mara Teresa Freyre llev a todos a trabajar a la Biblioteca. As entr como asesor en Juvenil, Eliseo Diego, y en Seleccin y Canje su esposa Bella Garca Marruz, la hermana de Fina. Eliseo se interesaba por los libros ilustrados con grabados y suba a los pisos para seleccionarlos por lo que un da os mostrar a este dulce y erudito hombre mi libro sobre la litografa en Cuba. Me lo devolvi con un simple comentario “me gustara hacerle el prlogo”. Y cumpli con rapidez su palabra. Es un texto pleno de poesa y mucho agradezco a Eliseo –como yo lo llamaba– que a pesar de ser yo una joven y desconocida investigadora, no vacil en dedicarle estas pginas tan bellas hechas expresamente para mi libro, hoy casi una realidad editorial gracias a la Editorial Boloa de la Oficina del Historiador Eusebio Leal, quien se preocupa por estos libros que tienen carcter patrimonial. En un cubculo donde trabaj antes Juan Prez de la Riva, trabajaba silenciosamente, el abogado y notario Octavio Smith, otro de los poetas de Orgenes “el nio Octavio”, como yo lo llamaba y a su vez l me deca “La nia Zoila”. Era un alma cndida y buena incapaz de hacer dao. Revisaba y rehaca los trabajos de investigacin una y otra vez y siempre insatisfecho, volva a redactarlos hasta que se los sacaban de las manos. Todas las tardes, camino al peridico donde trabajaba como revisor de estilo, visitaba a Octavio, Agustn P, tambin miembro y amigo del grupo de Lezama en Orgenes. En la oficina conversbamos de libros y de msica mientras se tomaba el caf del abuelo Pablo. Al faltar, Octavio siempre me visitaba de pasada, admiraba mucho a mi hermano Toms con quien laboraba. Cintio Vitier y Fina Garca Marruz, ambos poetas, ensayistas y fervorosos martianos formaban y son an un slido matrimonio. Inicialmente se ocuparon de la Sala Mart y adems, como trabajaban como hormiguitas escriban

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125sobre literatura cubana. En la Sala, la referencia la ofreca otra ferviente martiana, Teresa Proenza. La mecangrafa de la Sala era otra hormiguita la siempre complaciente Elenita Cabeiro, fulminada al llegar un da a la Biblioteca por un derrame cerebral. Miguelina Ponte trabajaba el catlogo de la prensa seriada, escritora de cuentos y poesas, tambin es amante de los gatos por lo que intercambibamos gustos afines. Martica Garca Hernndez y la otra Marta, la Dulzaidez, entusiastas con sus trabajos, y la Elena Graupera, quien actualmente ofrece un cmulo de experiencias a la (su) Bibliografa Cubana y recuerdo disfrutaba los esfuerzos mos y de Lzaro Jas al tratar de cantar peras en las guardias obreras. En Coleccin Cubana trabajaba internamente Mara Luisa Antua, con ella tuve lazos de trabajo y afinidad gatuna al igual que con su sobrina Rosarito, quien con Audry Mancebo, directora de la Biblioteca Juvenil, y otros especialistas hicieron una bonita labor con los nios y adolescentes. En Sala Cubana trabajaban dos hermanas con las que establec gran afinidad: las Garca Carranza, Josefina y Araceli. Con ambas trabaj la referencia, pero Josefina se decidi por los grados –una de mis especialidades– y la referencia sobre Mart. Araceli trabajaba la Bibliografa cubana, otra de mis debilidades desde que era estudiante. Y yo, por mis investigaciones, ca de lleno en un Departamento creado para investigar la historia y la cultura cubanas, aunque no abandon las referencias especializadas del Departamento, adems de continuar trabajando en el Departamento la revisin de prensa seriada, principal fuente de mis investigaciones junto con los documentos. Despus de Sala Cubana la direccin cre el Departamento de Ciencia y Tcnica con la direccin recta e incansable de una trabajadora, Regla Peraza, mujer de inters enorme por aprender idiomas y tener comunicacin con publicaciones de diversos pases en esas esferas. All laboraban Elena Giraldez, Mara Teresa Trueba, Mara del Carmen Droop y Conchita Jan, tan meticulosa en su trabajo, hoy realizada con la computacin. En otros departamentos como Hemeroteca trabajaban juntos el matrimonio amigo de Yago Bertot y Dania Condis, hoy ella es especialista en Normas y l en computacin. Tambin all estaba un trabajador e investigador incansable, Toms Fernndez Robaina, amigo con quien siempre discuta los problemas ms complejos. Y en Catalogacin estaba de jefa mi amiga y compaera de estudios, Celia Lpez Capestany, persona muy cumplidora y amante de los gatos junto con su Larry. Cmo olvidar a la animosa Aida Quevedo, Lesbia Orta, la Varona y Sara Snchez? Amigas y compaeras. Del Departamento de Seleccin y Canje no puedo dejar de mencionar a Mara Lastayo, trabajadora incansable que hizo de la Biblioteca su casa. Y Mara Elena Covas, con sus chistes y cuentos que sacaba de cualquier cosa. Y de los directores quiero expresar que me ligaba una vieja amistad con Marta

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126Terry, “la terrcola”, aunque no pocas veces discrep de su trabajo. Ella sustituy al doctor Julio Le Riverend, amigo de mi hermana Rosa y al que yo conoca desde nia. Cuntas veces me invitaba con un afable “ ‘vamos doa’, no se anima a subir conmigo a los pisos?”. Ese era mi mayor orgullo, pues yo mandaba a sacar libros de los altos anaqueles por el formato y el aspecto. Pocas veces fallaba, casi siempre se capturaba alguna obra buena. En la Sala de lectura de Coleccin Cubana todas las tardes se reuna un grupo grande de profesores e investigadores, quienes consultaban nuestros fondos y materiales, y a la hora del caf se intercambiaban opiniones, se indagaba sobre el trabajo de otros y los proyectos, y, en muchos casos, en momentos de apuro se ayudaban. As recuerdo al doctor Luis Felipe Le Roy, historiador de la Universidad de La Habana y a su ayudante Hiram Dupotey, Manuel Moreno Fraginals, historiador del azcar en Cuba con su obra El i ngenio libro investigado en nuestra Biblioteca y en el Archivo Nacional de Cuba y donde yo tuve el privilegio de colaborar junto al amigo Virgilio Perera, arquitecto e investigador. Recuerdo al autor de las biografas-documentadas sobre los generales de la independencia, Abelardo Padrn, a Panchito Prez Guzmn, a quien considero mi hijo intelectual y afectivo, pues se form en esas tertulias ayudado por nosotros, muy especialmente, por el Le Roy y por m y despus por Elena Giraldez y la anciana profesora Gracielita Snchez, quien le daba clases casi diariamente. Tambin participaban en esas amables discusiones histricas el historiador Jorge Ibarra y Olga Cabrera, exalumna de mi hermana Rosa especializada en el movimiento obrero. Enrique Lpez Mesa, “el gordo”, todas las tardes pasaba por la Sala. El arquitecto Enrique Fernndez Figueroa vena a trabajar su tema sobre el desarrollo del territorio cubano auxiliado por Elena Giradez, quien se quedaba horas extras para ello. A veces, concurra mi hermana Rosa, metodloga de historia a quien aprovechbamos para revisar documentos, pues saba de paleografa. Era asiduo Rogelio Martnez Fur con sus investigaciones africanistas, amigo que me revisaba diariamente lo que yo escriba sobre msica cubana. ¡Cuntos libros vimos nacer y terminarse en la Sala! Libros que son clsicos por sus aportes a la historiografa y cultura cubanas. All, enviados por sus profesores de la Escuela de Historia concurran alumnos y egresados para hacer sus tesis. Muchos de ellos son reputados historiadores: Panchito, quien estudi como trabajador en el curso nocturno, Doria Gonzlez, Mercedes Garca, Rolando Misas, Poey, Hernndez Balaguer (hijo de Pablo), el hijo de Jorge Ibarra. Tambin acudan los profesores encabezados por Hortensia Pichardo, as recuerdo a Mara del Carmen Barcia, Oscar Zanetti, Carmen Almodvar, Alejandro Garca, Berta lvarez. Venan investigadores de otros organismos como Fe Iglesias, Gloria Garca, Mildred de la Torre, Liliam Vizcano, Ana Cairo y Carlos del Toro, amigos e investigadores de la cultura cubana y del movimiento obrero respectivamente ... Acudan

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127desde un re putado especialista en teatro como Rine Leal, quien hizo su Selva oscura en esta Sala, o un joven que entonces se iniciaba en la historia del ballet en Cuba, Francisco Rey, autor de un hermoso libro. O Alicia Garca Santana, enviada por el historiador de Trinidad, el amigo Bcquer, hoy con una obra sobre arquitectura domstica y coautora junto con migo de un hermoso libro escrito tambin por Mara Luisa Lobo sobre La Habana. Y creo debo parar, pues sera interminable la lista de los autores y sus obras. Pero, antes, debo hacer menciones especiales de los historiadores locales: el doctor Cu, residente en Santiago de Cuba, quien me llamaba para avisar su visita y para que se le tuviera listo el material; mi inolvidable amigo, Gustavo Sed, de Camagey, muerto recientemente; Ral Ruiz y Juan Francisco Gonzlez, de Matanzas. Como referencista e investigadora asist a una personalidad de la historia y la enseanza, la doctora Hortensia Pichardo, quien fuera adems mi inolvidable profesora en la carrera de historia. Colaboradora de su esposo, el doctor Fernando Portuondo, autor de uno de los mejores libros de texto sobre la historia de Cuba. Cuando este falleci la doctora se dedic a trabajar incansablemente con sus alumnos en el Archivo y en la Biblioteca. A su casa, cerca de la Biblioteca, acud muchas tardes para tener el privilegio de intercambiar con ella, or sus nuevas pesquisas sobre las fundaciones de las primeras villas y que dio a conocer en nuestra Revista Siempre la recordar plena de entusiasmo a pesar de su avanzada edad Tambin sera imperdonable que no hablara del historiador de la ciudad, el doctor Eusebio Leal Spengler, a quien me unen lazos de afecto y respeto por su labor en el rescate de La Habana Vieja. A veces no poda acudir y llamaba por telfono para confirmar o pedir una referencia. No pocas veces se le pidieron conferencias y charlas en nuestro centro y siempre acudi. Al igual debo mencionar a otra lcida anciana, mi profesora, la doctora Rosario Novoa quien iba a nuestra Sala o al Departamento de Arte. Los que me conocen bien o durante los aos de trabajo quizs piensen que me he olvidado de las hermanas Giraldez, Hilda y Elena, y de las Garca Carranza, Araceli y Josefina, aunque a estas ya las he mencionado. Qu puedo decir y que no me falten las palabras? Ellas son mis hermanas, mis amigas y mis compaeras de trabajo con las que compart largas horas de entusiasmo por un proyecto, o el montaje de una exposicin o una conferencia o viaje. Sobre todo, compart ms con Elena, Araceli y con Hilda. A esta la conoc primero en los aos cincuenta junto con mi hermana Rosa. Despus a Elena. Araceli, Ara para m desde los inicios de los aos sesenta, era y es desde entonces mi confidente al igual que Elena Giraldez. Ellas dos me controlaban para que yo no me desbocara anta la falta de inters y la ignorancia, sobre todo, en la gente joven y graduada de alguna especialidad. Hoy, Ara es una experta bibligrafa especialista en los ms importantes autores cubanos y con ella compartimos el jurado de las categoras de investiga-

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128cin en Cultura. Elena nos abandon sorpresivamente en 1989, dejando desolados a todos, familiares y amigos con su muerte inesperada. A Coleccin Cubana entr a trabajar una persona muy especial por su personalidad, cultura y afn de ayudar a los dems. Con Martica Haya, pues ese es su nombre, me ligan lazos de afectos y de cario, aficin a los gatos y a las peras. Con ella y con Elena Giraldez organizamos unos memorables ciclos de videos tomados en las grandes casas de pera del mundo. Para estos contamos con el especialista Jos Vzquez Millares, quien gentilmente nos apoy, y los videos originales que nos enviaba mi amiga admiradora del gnero, Mara Luisa Lobo. La videocasetera nos la envi nuestro Gonzalo Escalante, en memoria de su hermano Luis, trompetista de la Sinfnica de La Habana hasta su muerte. Gonzalo tambin nos enviaba las mejores puestas del Metropolitan Opera de New York. Ante el xito de los ciclos que se llenaban de gente joven, incluso con peras wagnerianas, un activo y eficiente subdirector nos consigui un video-beam. Esto fue maravilloso, tenamos que poner en los pasillos silla,s pues cada vez vena ms pblico y eso que entonces no se hablaba de la masividad en la cultura pero era un hecho, ocurra. Debo confesar que escribir estas vivencias me han estremecido ya lo expres cuando comenc a narrarlas, pero creo que he tratado de recoger en ellas algo de la extraordinaria labor educativa que tuvo la Biblioteca Nacional en todos los aos, casi cuarenta en que fui su humilde trabajadora. Pero, temo como casi siempre sucede, que he incurrido en involuntarias e inevitables omisiones, por lo que me siento culpable de ellas. Si t, amable lector no ves escrito tu nombre cuando lo busques, espero me disculpes. Notas1 Natalio Galn compositor y musiclogo cubano (1917-1985) Cuando lo conoc en 1960 supo de mis investigaciones sobre ese peridico. Cul no sera mi sorpresa? Cuando me expres Natalio: “ese peridico yo lo tengo y te lo voy a regalar, lo, estudias y despus lo dejas en la Biblioteca” Y as se hizo.2 Me refiero al trabajo de Marina Rodrguez Lpez, investigadora titular del CIDMUD titulado: Argeliers Len: la musicologa en Cuba, donde Argeliers me cita en la p. 33.

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129 En ocasin de un centenario Luis SuardazPeriodista, poeta y escritorCasi sin darnos cuenta hemos llegado al centenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Apenas ayer me toc coordinar los actos por el 75 aniversario. Eso fue en 1976 por eso solamos decir: el 75 es en el 76. Las reflexiones que entonces propici esa efemride y las peripecias propias del trabajo cotidiano en el centro y en la Red, as como en el sistema bibliotecario del pas, pueden hallarse en algunos artculos publicados en la prensa de la dcada del setenta, sealadamente en: “Una graduacin histrica”, en el nmero de enero-abril de 1975 de la Revista de la Biblioteca Nacional ; en “Cada paso nuestro es un paso firme hacia el futuro”, y tambin en: “75 aos de la Biblioteca Nacional”, ttulo de una amplia entrevista del periodista y escritor Jaime Sarusky que originalmente apareci en el nmero 68 de la revista Bohemia del 24 de diciembre de 1976. Mi primera visita al majestuoso edificio de la Nacional se produjo a fines de 1959, cuando an no conoca a Mara Teresa Freyre. Ms, el destino de las bibliotecas nunca me fue ajeno. Como otros aspirantes a escritores de nuestras olvidadas provincias, en Camagey suframos la ausencia de bibliotecas organizadas, modernas, bien equipadas. Desde los siglos anteriores los principeos pugnaban por formar sus propios fondos y estimulaban el prstamo entre amigos. Nuestra generacin no fue una excepcin. Como nuestra hacienda no era nada excepcional, acudamos a las escasas ferias, a los remates, a las libreras de libros usados y ponamos en prctica un constante intercambio. Es justo decir que siempre hubo bibliotecarios que intentaban suplir las deficiencias del sistema. Ms de una generacin recuerda con agradecimiento a Fefa, entonces una joven de sienes ligeramente plateadas que nos orientaba entre el desorden de la biblioteca del Museo Ignacio Agramonte, y otras y otros trabajadores de la informacin que se comportaban como misioneros annimos. La pequea biblioteca del Lyceum, situada casi enfrente del museo, en la avenida de los Mrtires, ofreca tentadoras novedades. All encontramos a Sartre, Lagervkist, Huidobro y su Altazor, el Ulises de Joyce, Kafka, Camus. Debo mencionar la pequea oficina de informacin (y por supuesto difusin de su poltica) de los Estados Unidos. Como me recordaba hace poco Gilberto Mediavilla, nos atenda una amable especialista, ganada por la filosofa del imperio, con la cual discutamos de la invasin a Guatemala, el pragmatismo y otros temas, sin que la sangre llegara al Hatibonico, pero eso no nos impeda acceder a Mart Twain, Henry James, Steinbeck, Dos Passos, Pound, y aun a los nuevos cuentistas y ensayistas. All encontr un cuento de Truman Capote, Nios en da de cum-

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130pleaos cuyo escalofriante final nunca olvid. En la coleccin de libros guardados bajo llave en la Logia Ignacio Agramonte de los Caballeros de la Luz, descubr un tomo de ensayos de Engels, uno de los cuales examinaba y comentaba la segunda epstola de San Pablo a los Corintios y subrayara su defensa de la voluntad comunal. Tambin un tomo con los poemas de Rainer Mara Rilke. Yo tena entonces 18 aos y esos dos libros, de manera diversa, influyeron en mi trayectoria futura: el concepto de la poesa y el papel del hombre en la sociedad. En 1961, en mi carcter de coordinador provincial de cultura, particip en reuniones de trabajo con Mara Teresa Freyre Pensaba y sigo pensando que fue un acierto designarla al frente de la Nacional. Era una mujer toda pasin, enrgica, a veces irnica, nada complaciente, justa. Saba donde poner el nfasis y logr iniciar la organizacin de los fondos de aquel reluciente y casi vaco edificio slo visitado por unos 35 usuarios que se atrevan a cruzar el umbral. Poco despus se trazaron los planes para los centros rectores de cada provincia y llegamos a conocer las atractivas maquetas de los edificios que albergaran todos los servicios de las llamadas bibliotecas tipo A. Ese fue un ao llameante: el de Girn, el de la campaa de alfabetizacin, el de sabotajes, bandas armadas en el Escambray y otros puntos del pas, ruptura con los imperialistas, tensiones de todo tipo. En la tarde del 10 de octubre, celebrbamos la fecha patria con un intercambio con los msicos de la provincia en vsperas de un festival y con instructores de arte que deban partir para zonas apartadas del territorio, cuando me informaron que un grupo de dirigentes polticos de la ciudad queran verme en unin de un visitante.... El visitante era nada menos que el comandante Ernesto Che Guevara. Durante un rato hablamos de proyectos culturales y de otros asuntos. Elogi las condiciones del local donde nos hallamos –el antiguo Liceo, intervenido hacia pocos meses y que haba sido una sociedad de ganaderos y terratenientes bien ajenos a la cultura– y critic la tendencia del pas de convertir a las instalaciones de sociedades burguesas intervenidas en oficinas, pues de ese modo impedamos que le pueblo las disfrutara, tambin se extra de la oscuridad que reinaba en las noches sin que hubiese una crisis energtica y me pregunt qu destino le daramos al Liceo que en su criterio sera un local excelente para instalar la biblioteca provincial. Le respond que exista el proyecto de levantar un edificio para esos fines y me dijo que l, desde luego, tambin lo conoca, pero que no haba recursos y materiales y fue as que ese mismo da decidimos buscar otro local para la sede del organismo cultural y dos aos despus pudimos inaugurar la biblioteca provincial Julio Antonio Mella que ha sido remozada recientemente. Esa ancdota es una prueba ms de la sensibilidad del Che, de su concepto de la cultura como algo integral y al servicio de las mayoras. Los que ahora tienen 40 o 45 aos y han sido formados por la Revolucin, no

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131pudieron vivir ese momento. Todo era apasionante y no excento de contradicciones. Familias acaudaladas aunque no siempre cultas s poseedoras de libros valiosos, abandonaban el pas, ocultaban o trasegaban dinero y joyas, pero abandonaban los volmenes atesorados de generacin en generacin. Desde la direccin de bibliotecas se orientaba recuperar esos ttulos y documentos que pasaran a engrosar el patrimonio nacional, pero en no pocas ocasiones, bien intencionados e ignaros ciudadanos, vctimas del sistema que padecimos hasta 1958, quemaban o destruan ejemplares valiosos porque estaban escritos en ingls o por desconocer a sus autores. Contra eso tambin haba que luchar. A partir de 1963, cuando fui designado director general de literatura editoriales y publicaciones del Consejo Nacional de Cultura, mi colaboracin con la Biblioteca Nacional y la Red se hizo ms estrecha. Auspiciamos los Crculos de lectura, las tertulias, semilla de los talleres literarios para los cuales editamos decenas de folletos en coordinacin con los estudiantes de letras de la Universidad de La Habana, garantizamos que cientos de ejemplares de todos nuestros ttulos fueron enviados a la Nacional y de all a toda la Red. Uno de los ciclos ms fructferos que propici la Nacional – y que debemos retomar– fue El autor y su obra lo que hizo posible que literatos establecidos que ya no estn entre nosotros, contaran sus experiencias ante un pblico numeroso y participativo. Casa comparecencia se recoga en la Revista de la Biblioteca Nacional de modo que pueden ser ahora consultados por los lectores e investigadores. En esos aos no pensaba que pronto tendra que desempearme como director de la Nacional y la Red, pero no me eran ajenos sus propsitos y sus dificultades. En el nmero tres de la Nueva Revista Cubana de 1959, haba ledo un fragmento dramtico de las memorias de Jos Antonio Ramos, en esas pginas nuestro ilustre autor, en su carcter de asesor de la Nacional, se lamentaba del caos que reinaba en el centro y de la falta de recursos, de la indiferencia oficial, de la incomprensin. Luchaba por convertir el Centro en una gran enciclopedia viva y tambin, son sus palabras, por brindarle a la juventud pobre y rebelde de la patria la oportunidad de estudiar y leer por su cuenta en las bibliotecas pblicas. Sufra por no lograr ese empeo. Entre los logros de los sesenta, uno de los ms relevantes fue la graduacin de ms de doscientos trabajadores de la Nacional y de toda la Red de Bibliotecas Escuelas y la Escuela de Tcnicos Bibliotecarios y poco despus, conseguir que treinta jvenes graduados de la Escuela, y no dos como se propona, ingresaran en la Universidad de La Habana para completar su formacin. Ese fue un paso decisivo. Otra tarea, lograda parcialmente, fue salvar los fondos, propiciar la tecnificacin de la informacin, clamar por la climatizacin, extender los servicios, mantener las publicaciones, en especial la Revista fundada en 1909, y poner al da la edicin de la bibliografa cubana, despus de liquidar los lla-

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132mados aos huecos del perodo republicano, vincular cada vez ms los servicios a las artes y las ciencias, a la vida de la nacin. Entonces tambin se libraba una campaa para que cada ttulo impreso en el pas llegara a la Nacional, para eliminar las mutilaciones de obras de consulta y la sustraccin de ejemplares valiosos. Pero no podamos prever que la circunstancia de la crisis econmica del perodo especial y la llegada al pas de inescrupulosos coleccionistas y mercaderes, estimulara en todo el territorio, y especialmente las ms significativas bibliotecas y centros de documentacin, el robo de libros y documentos, una vieja prctica de los imperios y sus servidores a lo largo de la historia de la humanidad Seguir la historia de la Biblioteca Nacional desde su creacin en 1901 es en cierta medida seguir las peripecias de la repblica sometida. Aquellos 3 151 volmenes donados por su primer director, el persistente Domingo Figarola Caneda, no podan competir ni en cantidad ni en importancia con los ms de 41 mil volmenes atesorados por la notable biblioteca de la Sociedad Econmico Amigos del Pas, fundada en 1973 (y que ha continuado creciendo y brindando servicios a nuestros investigadores y especialista y al pblico en general). Ni siquiera con algunas bibliotecas privadas. Pero fue un punto de partida. Un dato harto elocuente de la orfandad de los lectores ms explotados, y de la marca de fuego de la discriminacin racial, es que segn las deficientes estadsticas de la dcada del veinte pasado siglo, cuando se clasificaban a los usuarios segn el color de la piel y el sexo, podemos conocer que apenas el 20 % eran negros o mestizos y slo el 0, 3 % eran mujeres de la raza negra. En todo caso, las mujeres que hoy dominan los principales puestos de trabajo en nuestras bibliotecas y hacen uso de sus servicios de modo mayoritario, nicamente constituan el 10 % de los beneficiarios de los escasos servicios. Entre los hechos ms lamentables figura la amenaza del jefe de la polica, Eleuterio Pedraza, de apoderarse de la antigua Maestranza de Artillera, sede en ese momento de la Biblioteca Nacional, y echar los libros al mar. Pedroza se enfrent al activo grupo de la Sociedad de Amigos de la Biblioteca –entre los que figuraba ya Nicols Guilln– encabezado por el infatigable Emilio Roig de Leuchsenring, y los amenaz con la crcel. De modo que la historia es larga y aleccionadora. Pero si nos quedamos en el pasado, corremos el riesgo de convertirnos en estatuas –de piedra o de sal, da lo mismo– lo importante es hacer de este aniversario, no slo un recuento sino un punto de partida para nuevos empeos. Pienso que todos los que de algn modo estamos comprometidos con el desarrollo cultural del pas, debemos unir nuestros esfuerzos por dotar a la Nacional de los instrumentos necesarios a la altura de este siglo altamente tecnificado. Todava hoy no todos los materiales impresos llegan a la Nacional y menos an a las capitales de provincia y municipios. Lejos de erradicarse los malos

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133hbitos de maltratar, mutilar y sustraer materiales de los centros bibliotecarios esta situacin se ha hecho ms crtica. Y la permanencia de trabajadores de la informacin experimentados no se logra en la proporcin requerida, porque con sus conocimientos pueden acceder a plazas mejor remuneradas aunque no brindan servicio al pblico. No puede negarse el desarrollo alcanzado, pero sera muy peligroso ignorar las dificultades viejas y nuevas cuya solucin no puede se responsabilidad nica de los dirigentes y trabajadores del sistema bibliotecario, sino de la nacin que es su razn de ser. Dpto. de Fondos bibliogrficos

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134 Revistera de la Biblioteca: una forma de la felicidad Carmen Surez LenInvestigadora del Centro de Estudios Martianos¡Cmo me gustaba ser editora de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Me gustaban las maanitas con caf, con muchos libros y revistas en el bur y con las seductoras visitas a la imprenta, con sus linotipos, sus chivaletes y sus prensas. Vener –dije venerar, s, me encanta decirlo sobre todo ahora que est tan de moda la irreverencia–, vener desde el primer da la coleccin de aquella decana de las revistas especializadas cubanas, aprend a admirar las virtudes de cada una de sus pocas, y fue ella mi ventana especial para descubrir el siglo XIXcubano, y tuve dos guas amorosas para conocer las espirales de aquella especie de humilde prontuario del paraso de la cultura cubana: Josefina Garca Carranza, de cuyas manos recib el trabajo de edicin de la revista, y Araceli Garca Carranza, cuyo apasionado magisterio bibliotecario irradi anchamente su experiencia sobre m, hasta hoy. Al doctor Julio Le Riverend, director entonces de la revista y de la Biblioteca agradecer para siempre ese modo sencillo y afable que tuvo de dirigirme dejndome las manos libres para decidir y armar los nmeros, nica manera de convertirme en una profesional de la edicin. Y agradezco, en la imprenta a Ferrer, el hombre temible que siempre encontraba errores en las artes finales, y se sonrea irnicamente de nuestra suficiencia de pichones intelectuales, pero siempre nos ayudaba a resolver el entuerto con generosa tenacidad. A pesar del ttulo universitario que me acreditaba como filloga y especialista en literatura, solo la Revista y la Biblioteca Nacional me ensearon a valorar la inmensidad de todo lo que ignoraba, otorgndome as algn indicio de la nica sabidura posible: el conocimiento de mis lmites. Colabor en nmeros antolgicos, como aquellos dos dedicados a realizar un balance de la historiografa cubana, o como el nmero dedicado a los manuscritos inditos de Jos Lezama Lima, donde trabaj con la tierna asesora de Cintio Vitier. Editaba, haca la correccin, y hasta diseaba cuando no haba quin lo hiciera siguiendo los patrones que conocamos de memoria. Escoga vietas y citas y temblaba con cada errata, mientras el fotgrafo Francisco, noble amigo, luchaba por hacer fotos precisas con imprecisos y desvados originales. Era en verdad un trabajo de equipo, porque en ella publicaban todos los miembros de aquella tropa de investigadores un tanto sabios y un tanto locos que diriga el pintoresco y querido Ramn de

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135Armas, que ya no est entre nosotros: Zoila Lapique Becali, el poeta Roberto Friol, Patricio Bosch, Alberto Muguercia, Luis ngel Argelles, Walterio Carbonell y el benjamn, Jos Antonio Garca Molina. De todos aprend y con todos sufr los rigores de mi desdichada profesin de editora, que ya se sabe que siempre se trata de “palos porque bogas y palos porque no bogas”. Aprend tambin junto a otros revisteros, ilustres ya por entonces, haciendo deleitosas y “sonantes” tertulias –como los pltanos del poeta Jos Mara Heredia–, en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional, donde se hallaba la redaccin de la Revista y donde los investigadores y revisterod intercambiaban, no siempre en decimonnicas “plticas sabrosas”, sino que de vez en cuando se dirigan fuertes apstrofes a cuenta de aquello de que si me publican o no me publican. En casos as siempre me poda acoger a la sagaz experiencia de Bernardo Callejas, hoy ausente y entonces editor de la revista Universidad de La Habana y a la no menos experimentada ciencia de Enrique Lpez, editor de la revista Santiago Ellos formaron parte de aquellas tardes deliciosas a veces y otras borrascosas de la Biblioteca, en las que tampoco falt la Ana Cairo querida, y sus alumnos de la Facultad de Artes y Letras. Y los bibligrfos? Investigadores tambin, no poco aprend junto a Tomasito Fernndez Robaina, Elena Giraldez, Juanita Mont y Elena Graupera, por citar a los ms cercanos colaboradores de la Revista Y se me va el cario de pronto hacia Teresa Proenza, aquella seora elegante y que todo lo saba de Mart como si no lo supiera, que es la forma ms hermosa de saber. Descansa ahora en su tierra mexicana. Si yo pudiera inventarme publicaciones y pagarlas –porque estas con las que sueo son bien caras–, proyectara una coleccin para dar a la luz los manuscritos inditos que atesora la Biblioteca y otra para hacer ediciones facsimilares de las revistas del siglo XIX. Me entristece pensar que El Recreo o La Moda Semanal del Bello Sexo de Domingo del Monte, o La Habana Elegante de Enrique Hernndez Miyares, sern abolidas por el tiempo sin que podamos reproducirlas. En fin, slo es un sueo deslumbrante. Quise y quiero a tanta gente en la Biblioteca, que no puedo hablar de todos, pero hablando de la revista ya lo hago en cierto modo. La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart a los cien aos de la institucin que representa es ya un monumento en s misma, uno de los ms preciosos patrimonios de la cultura nacional cubana. Edit unos veintids nmeros ms o menos entre 1983 y 1988 y eso me enorgullece, lo hice lo mejor que pude. All quedaron hermosos aos de mi vida –mi hija naci en 1985–, de all sal con una riqueza interior imposible de adquirir en otra parte con tanto placer. Ser editora de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart para m fue un modo de ser feliz. ¡Gracias a todos, los que estn todava y los que ya se fueron! ¡Gracias a los que me permiten decirlo ahora! ¡Gracias!

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136 Un guajiro en la Biblioteca Nacional Francisco Prez GuzmnInvestigador histricoLa reconocida bibliotecaria y bibligrafa Araceli Garca Carranza y la prestigiosa intelectual Ana Cairo, conscientes de mis vnculos con la Biblioteca Nacional Jos Mart que abarcan ms de 35 aos, me han solicitado unas cuantas cuartillas con motivo del centenario de esta institucin. La invitacin ha devenido en un verdadero via crucis de memoria y emociones impregnadas de nostalgia. Pero de este caudal voy a extraer algunas aristas que dimensionan la contribucin de la Biblioteca Nacional Jos Mart en la formacin y desarrollo de la intelectualidad cubana. Claro est que partir de mi experiencia, pero mi caso no es excepcional, pues otros, como el afamado escritor Reinaldo Arenas y Toms Fernndez Robaina, autor de Confesiones de dos mujeres pblicas experimentaron situaciones muy similares en su trayectoria de formacin profesional. Un da del ao 1965 o de 1966, llegu a la Biblioteca Nacional con mis grados de sargento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, sin recomendaciones de personas influyentes ni cartas institucionales que me avalaran. Me acompaaban la ignorancia cultural y la audacia del joven que afrontaba un autorreto: escribir la historia de Gira de Melena, mi pueblo natal. A la vista de un pueblerino, la Biblioteca, casi a un lustro de su instalacin en la nueva sede de la Plaza de la Revolucin, impactaba por sus vitrales, mrmoles, iluminacin, mobiliario y decoracin. El piso brillaba y las paredes pintadas con colores armnicos en correspondencia a la naturaleza de la institucin. Tambin era agradable la cortesa de sus empleados, el silencio reinante en las Salas de lectura y, sobre todo, la alta profesionalidad de sus bibliotecarios. No recuerdo un no precipitado antes de terminar la solicitud de un libro, revista y peridico. Y s recuerdo el inters por solucionar dificultades que rebasaban sus obligaciones de bibliotecarios. El ambiente era estimulante y alentador. Se respiraba cultura por todas partes. En mi primera visita tuve la fortuna de conocer a Zoila Lapique Becali. Con esa generosidad y sabidura que la caracterizan me tendi una mano que se alarga hasta hoy da. Por aquellos aos Coleccin Cubana (Sala Cubana hoy) era un centro de cita de intelectuales slidos, los que estaban en proceso de formacin y los que ni tan siquiera aspiraban a serlo. En ese grupo me ubicaba. De forma espontnea se formaban verdaderas tertulias que se extendan hasta la cafetera. Se abordaban temas

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137historiogrficos, las polmicas actuales, comentarios de libros, investigaciones histricas en curso, chismes, por qu no. En estas tertulias informales vespertinas, Manuel Moreno Fraginals ley muchsimas pginas de El Ingenio que construa da a da. Y tambin permanecamos atentos sobre las visicitudes editoriales para su publicacin. Hecho que la Editorial de Ciencias Sociales materializ en 1978. Por su parte, Luis Felipe Le Roy y Glvez –ilustrado y olvidado historiador– nos argumentaba acerca de su hiptesis sobre los ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871 por el colonialismo espaol, acuciosa investigacin que culmin en un libro que tiene en su haber posiblemente un rcord negativo tipogrfico, pues el propio autor le hall ms de cien erratas. No s si esta marca ha sido superada, de todos modos como se dice en bisbol es un buen average. Hiram Dupotey Fideaux no cesaba de insistir sobre la trascendencia del Diario del soldado, de Fermn Valds Domnguez y la necesidad de su publicacin. Hoy este Diario... se ha convertido en una rareza bibliogrfica, pues no lleg a publicarse el quinto y ltimo tomo y muchos ejemplares de los cuatro anteriores se convirtieron en pulpa de papel por decisin de un inquisidor burcrata. Guillermo Snchez comentaba cmo se enriqueca su investigacin acerca de los artistas plsticos, fotgrafos... Zoila Lapique, enfebrecida, adems de ayudar a historiadores, escritores, cineastas, msicos y a todos los que acudan a ella, trabajaba en investigaciones acerca de la msica en la etapa colonial, la litografa en Cuba, entre otros temas novedosos. Aqu tambin fuimos testigos del proceso de gestacin de obras biogrficas de Abelardo Padrn Valds como la de los generales Jos Maceo, Flor Crombet y Guillermo Moncada, slo por citar algunas. Sin hiperbolizacin podemos afirmar que el inventario de nombres que participan con cierta frecuencia en estos contactos –influan en nuestra formacin cultural– en Coleccin Cubana llenara unas cuantas cuartillas. A manera de ilustracin mencionemos a la siempre bien recordada bibliotecaria Elena Giraldez, Juan Prez de la Riva, Pedro Dechamps Chapeaux, Jorge Ibarra Cuesta, Csar Garca del Pino, Araceli Garca Carranza, Carlos del Toro, Olga Cabrera, Enrique Fernndez, Carlos Farias (el compositor), Alberto Muguercia (el hombre del son y la M Teodora), Rodolfo Sarracino, Enrique Lpez Mesa, Siomara Snchez (secretaria de la Revista de la Biblioteca Nacional ), Ramn de Armas y Virgilio Perera. La Biblioteca Nacional me facilit la oportunidad de conocer y sostener instructivas conversaciones con Cintio Vitier, Fina Garca Marruz y Octavio Smith del grupo Orgenes. Jos Zacaras Tallet me relat vivencias como escritor y ancdotas no slo de su vida intelectual y de su libro La semilla estril sino tambin sus relaciones con Rubn Martnez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Ral Roa y muchos ms de la generacin del 30.

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138En Coleccin Cubana se gest mi investigacin histrica sobre la guerra de la independencia en La Habana y la muerte de Antonio Maceo en el combate de San Pedro el 7 de diciembre de 1896. Libro que recibi la solidaridad de Elena Giraldez, Luis Felipe Le Roy y Zoila Lapique al financiar los gastos mecanogrficos. Sera un pecado imperdonable y una actitud desagradecida si no hago referencia a la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, que, dirigida por Juan Prez de la Riva, alcanzara prestigio nacional e internacional. Reputacin que continu con Julio Le Riverend y, actualmente en su nueva poca, comienza a ubicarse en lugar de vanguardia de la cultura cubana. Pues en esta revista recib mi primera desilusin con un no de Prez de la Riva cuando pretend publicar un deficiente artculo sobre el alzamiento de Mario Garca Menocal en 1931 y su repercusin en el suroeste habanero. Pero fue en esta revista donde publiqu mis primeros artculos especializados por decisin de Prez de la Riva. Sin dudas me quedan tantas cosas por decir, pero la cuota de cuartillas que me asignaron me limitan. No obstante, me quedo con la frustracin de no extenderme en algo as como personajes clebres de la Biblioteca Nacional. Sin pretender competir con Escriba y Lea incursionaramos desde el enigmtico Isac Ren con sus enormes patillas y obsesionado con escribir, escribir sin saber que el pintoresco Jos Pealver estaba enfrascado en su historia del circo en Cuba, hasta el ensayista Walterio Carbonell que an da peculiar vida a la Biblioteca Nacional. Al cumplir cien aos la Biblioteca Nacional Jos Mart con profundos cambios, preserva su funcin tradicional de contribuir a la vieja formacin y desarrollo de la intelectualidad cubana. Nuevas generaciones de bibliotecarios hacen vigente este legado en condiciones muy diferentes. Pues hoy llegan a sus Salas de lectura profesionales con oficio, pero que requieren del conocimiento imprescindible de los bibliotecrios. Si algo tuviera que pedir a los bibliotecarios cubanos actuales, a propsito de este centenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, consistira en que borren la palabra abominable e inexacta de usuario que ha sustituido a lectores, investigadores, estudiantes...

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139 Tertulias en la Biblioteca Ana CairoEnsayista y profesora de la Universidad de La HabanaEn octubre de 1967, matricul en la Escuela de Letras y Arte de la Universidad de La Habana. Entonces se viva sin calendarios docentes rutinarios. Por ejemplo el curso 1969-1970, comenz en noviembre; se dio un mes de clases y se parti para la gran zafra, o el trabajo social y se regres en mayo; se reanud en junio el curso y se transit casi sin vacaciones por los dos semestres. En el curso 1971-1972, el profesor Roberto Fernndez Retamar inaugur con mi grupo una asignatura monogrfica sobre Jos Mart. La bibliografa esencial la constituan las Obras completas (veintisiete tomos). Adems, cada alumno tendra que consultar otros tipos de libros para elaborar un trabajo investigativo. En los encuentros, l entregaba una lista de lecturas (siempre bastante extensa), por lo que result necesario prorrogar la duracin de la asignatura a dos semestres, para cumplir los objetivos cualitativos. Por la cercana a la escuela de Letras, las ventajas del horario (de lunes a sbados de ocho de la maana a once de la noche, y los domingos en la sesin matutina), la Biblioteca Nacional era muy visitada por nosotros. Los estudiantes de los aos 60-70 necesariamente desarrollaban mltiples habilidades, porque haba pocos libros. Grupos completos deban leer las mismas obras en un mnimo de tiempo. Se utiliz la modalidad de “cooperativas” donde se haca un inventario preciso de ejemplares en cada biblioteca pblica, y se organizaba una cola estricta de turnos para leer. En ocasiones, para textos de consulta adicionales, se dividan los materiales a fichar y se intercambiaban; tambin se macanografiaban, conferencias (prestadas por los profesores) y se recirculaban dentro del grupo. Todos los alumnos trabajaban cuatro horas diarias (de lunes a viernes) en prcticas profesionales y en la sesin contraria, o reciban clases o preparaban materiales para las asignaturas, sin contar el tiempo que se destinaba a reuniones y a otras “tiosas” (en argot estudiantil). Como yo realizaba una prctica profesional en la Casa de las Amricas por las maanas, sola utilizar su biblioteca por las tardes, para de esa manera ganar tiempo. Las obligaciones de lectura del monogrfico sobre Jos Mart, me llevaron a conformar una tercera sesin (la tade-noche) en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional, donde estaban en un estante pequeo –en acceso libre– las Obras completas y una amplia gama de publicaciones y libros afines. Adems, a pocos metros de la misma, se encontraba la Sala Mart, donde Cintio Vitier, Fina Garca Marruz y Teresa Proenza, laboraban con un entusiasmo permanente en ayuda de cualquier visitante.

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140En la Sala Cubana, descubr una dimensin de la vida cultural inimaginable en mis experiencias previas. Despus de las cuatro de la tarde, comenzaba el arribo de especialistas. El profesor Luis Felipe Le Roy (19101978) –historiador de la Universidad de La Habana– llegaba acompaado de Hiram Dupotey; Juan Jimnez Pastrana (1903-1987) saludaba con mucha cordialidad; Pedro Deschamps Chapeaux (1913-199?) sonrea y hablaba en voz baja; Emilio Godnez (1940198?) segua buscando textos de Ramn Emeterio Betances, sin dejar de conversar; Juan Prez de la Riva (1913-1976) abandonaba su “perrera” (o cubculo) y se sentaba en las mesas. Francisco Prez Guzmn vena de la redaccin de Verde Olivo; Carlos del Toro (1936-2000) se escapaba del peridico Granma; Enrique Lpez descansaba de los disgustos autorales en los textos para la revista Santiago ; Olga Cabrera traa a Isabelita Ibarra de pocos aos, la nia jugaba mientras ella lea; Zoila Lapique serva de ejemplar anfitriona; Manuel Moreno Fraginals (1920-2001) poda aparecer con noticias ya ficcionalizadas; Rafael Cepeda –siempre bondadoso– facilitaba un manuscrito insospechado. En los cursos de Literatura Cubana me haban explicado que las tertulias eran una modalidad de trabajo intelectual de gran importancia; siempre se ilustraba con la de Domingo del Monte (18031853), a finales de la dcada de 1830. Pero, yo no haba participado en ninguna. Los contertulios –nunca habituales– podan traer los temas ms dismiles; se comentaba la actualidad diaria; se organizaba una ronda de opiniones, a partir de alguna noticia; se oan datos eruditos a propsito de una pregunta; surga un consejo inesperado; o se vean, o lean, cuartillas de un libro en proceso de escritura. Mientras fui estudiante universitaria, me limit a observar aquellos intercambios mgicos (verdadero regalo de un “cielo” para los intelectuales). Se aceptaba a los jvenes, a los desconocidos; te atendan con generosidad. No obstante –con timidez– permaneca mirando de lejos. A partir de enero de 1973, cuando ya trabajaba como investigadora y profesora en la Universidad de La Habana, comenc a acercarme. Juan Prez de la Riva se encarg de presentarme, porque los dos laborbamos en el grupo de Estudios Cubanos y nuestro jefe era Ramn de Armas (1939-1977), quien tiempo despus se traslad a la Biblioteca y ya era otro contertulio. Tambin descubr que en el Archivo Nacional, el profesor Jos Luciano Franco (1891-1989) animaba otra tertulia desde su mesa habitual (la cual siempre tena un retrato de Lenin). Adems compart con investigadores que se nucleaban en la tertulia divertida, que presida Jos Antonio Portuondo (1911-1996), en el Instituto de Literatura y Lingstica. A veces, se estructuraba en los asientos de la galera que bordea la biblioteca de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, o en el despacho de Portuondo. En las tertulias, he aprendido tanto que las considero verdaderos postgrados.

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141Por otra parte, me convenc que en estos dilogos informales y polifnicos se practica una generosidad colectiva, una solidaridad intelectual admirable. En la Escuela de Letras, se saba que los profesores (personalidades de estilos muy dismiles) tenan el hbito de ser muy generosos y solidarios ayudando a los alumnos y a los graduados. Se viva con una nocin de familia. En las tertulias de la Biblioteca, del Archivo y del Instituto de Literatura, entend la pervivencia de una similar nocin de fraternidad. Comprob que se trataba de una tradicin cultural; por lo general, ya se ha renunciado a la idea de formar discpulos; ms bien se ha aspirado a inculcar el afecto de amigos, o colegas, la sinceridad y el respeto. En el dilogo cordial –a veces apasionado y hasta algo ruidoso– se armonizaban experiencias intergeneracionales y se enriquecan gestos de colaboracin altruista. Zoila Lapique, Francisco Prez Guzmn, Enrique Lpez, Rafael Cepeda, Enrique Fernndez, entre otros, pudieran testimoniar sobre los gratos recuerdos de las tertulias en la Biblioteca. Esta modalidad de dilogo intelectual no debera perecer. Quizs hay que insistir ms en que las tertulias, cuya eficiencia y fecundidad ha sido demostrada por ms de ciento setenta aos en la cultura cubana, deben ser estimuladas. En la Biblioteca, en el Archivo, en las facultades de la Universidad, podran ampliarse los pequeos espacios para que las tertulias se incrementen como un beneficio y placer colectivos.

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142 De mis buenos recuerdos Marta B. ArmenterosEditora de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos MartComenc a trabajar como insertada en 1977, mientras estudiaba Filologa en la Universidad de La Habana, en la Biblioteca Nacional Jos Mart. El primer da me pusieron en la Sala General, prestando servicios al pblico. No s si por mi carcter tmido o mi temperamento, pero no pude soportar esa labor, y habl con la doctora Marina Ata, jefa del Departamento para que me cambiara, y as lo hizo. Por suerte, pas a trabajar en la seccin dedicada a los documentos de Naciones Unidas, en el piso once, digo por suerte, porque la encargada de realizar esa labor era Isora Rodrguez, hoy una de mis mejores amigas y jefa del Departamento de Adquisicin. A pesar de sentirme bien trabajando all, le tena miedo al elevador y a los ruidos que se sentan, sobre todo de noche. Gracias a ese miedo comenz mi amistad con un trabajador intachable: ngel Mas, desgraciadamente ya fallecido. El trabajo como insertada fue mi primer acercamiento a la Biblioteca Nacional, pues nunca antes la haba visitado, ya que desde nia utilizaba los servicios de la biblioteca pblica ubicada en el parque Santos Surez, biblioteca que por abandono se destruy, y en la que durante mis estudios universitarios encontr los textos que necesitaba. Ya en marzo de 1981 comenc mi vida laboral en esta institucin, al principio como ayudante de Fernando Guerrero, encargado de la promocin, pero ese trabajo, encerrada en una pequea oficina y recogiendo recados, me haca sentir mal. Al comentrselo a Isora, esta me dijo que en el Departamento de Informacin para la Cultura y el Arte haba plazas vacantes. El jefe era Rubn Surez con quien tuve muy buenas relaciones de trabajo. Logr entrar en el Departamento, el cual fue para m una gran escuela, y donde tuve la suerte de que me enseara la labor que all se haca Martha Haya, Martica, una de las personas ms maravillosas que he conocido. All se confeccionaban fichas bibliogrficas, factogrficas y resmenes de artculos de publicaciones seriadas sobre arte y literatura de Cuba y el mundo, y ello me ayud a ampliar mi horizonte cultural. Informacin para la Cultura fue el iniciador en la Biblioteca de la automatizacin del trabajo que se produca. Esta labor comenz a realizarla Concepcin Jan, Conchita, con quien trabaj mucho, y a quien debo mis primeros conocimientos sobre las bases de datos y los procesadores de textos y que contina dicha actividad en el Departamento de Automatizacin. Tanto Conchita como Martha Haya se convirtieron en verdaderas amigas mas. El Departamento era sui gneris dentro de la Biblioteca: en l casi todos los que trabajbamos ramos graduados de lengua extranjera, arte o literatura, slo

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143dos, Conchita y Elisa Brutau, eran de Informacin Cientfico-Tcnica y Bibliotecologa, y posteriormente Margarita Len cuando asumi la jefatura. All existieron “personajes” recordados por los trabajadores ms antiguos, como Mara Caridad Garca, Masha; Mayda Abreu (ya fallecida); Hugo Recio; Mara Antonia Wong, la China; y otros que recuerdo con cario, pues hicieron que ese perodo sea inolvidable Por problemas internos y externos, el Departamento es desintegrado en 1991, entonces paso un perodo en el Departamento de Investigaciones, y posteriormente, ese mismo ao, a la redaccin de la Revista de la Biblioteca Nacional cuyo jefe de redaccin era Rafael Acosta de Arriba, un gran luchador porque la Revista se mantuviera y no desapareciera como sucedi durante varios aos. En 1997 comienza una nueva direccin en la Biblioteca con Eliades Acosta Matos, quien entre otros objetivos, logra revitalizar la Revista la cual con su altas y bajas, ha salido con un nuevo formato y nuevos bros. La publicacin es atendida y apoyada por la subdirectora de Promocin y Desarrollo, Marcia Medina, quien pone sus energas al servicio de que salga con la mejor calidad posible. Trabajar en la Revista en su nueva poca con Araceli Garca Carranza como jefa de redaccin, ha sido una experiencia maravillosa, pues ella, un personaje dentro de las investigaciones bibliogrficas, es un ser lleno de dulzura, comprensin y conocimientos que emana a todos. En esta etapa ha sido insustituible el apoyo recibido por Ana Cairo, la profesora de la Facultad de Letras a quien casi todos los alumnos tenan miedo, en la bsqueda de buenos textos para ser publicados. Desde que empec a laborar en el Departamento de Ediciones he tenido varios jefes, y trabajar con Rafael Acosta, Magaly Silva, Jos Antonio Garca y Junto al diseador Luis Garzn en el Dpto. de Ediciones

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144Eddy Rodrguez ha constituido un placer para m, y tambin hacerlo con las mecacopistas Clida (la ee), Mara Luisa, Sonia y Rosario Gutirrez, quienes realizaban un trabajo excelente y muy profesional. En el Departamento tuve el honor de trabajar con el editor Esteban Llorach en los dos primeros libros del Concurso Leer a Mart. Llorach, quisquilloso como buen editor, siempre me ha prestado gran ayuda y me ha enseado algunas de sus experiencias, lo que siempre le agradecer. Actualmente agradezco mucho las enseanzas y el apoyo recibido por Luis Juan Garzn, diseador y especialista del complejo de galeras “El reino de este mundo”, sin cuya ayuda muchos de los trabajos que se han asumido como el libro del concurso Leer a Mart, y la Revista misma, no hubieran podido publicarse. No quisiera terminar estas palabras sin recordar a algunos de los que me han permitido sentirme unas veces bien y otras mal en la institucin, pero a quienes quiero y recuerdo con cario y que hicieron y hacen que la Biblioteca contine siendo un valuarte de la cultura cubana: Elena Giraldez, Cleva Sols, Obdulia Castillo (Yuya), Alberto Muguercia, Roberto Friol, Walterio Carbonell, quien sigue siendo un personaje dentro de la instituci n, Israel Echevarra, Zoila Lapique, Toms Fernndez Robaina, Emilio Setin, Miriam Martnez, Elena Graupera, Toms Fernndez Robaina, Gloria Jovel (la salvadorea), Mximo Daz, Miguel Garrido (Miguelito) y tantos otros a quienes les doy las gracias.

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145 Hace diecisiete aos... Concepcin Jan BastAnalsista del Dpto. de AutomatizacinDiecisiete aos hace que la Biblioteca Nacional dio sus primeros pasos en la actividad de automatizacin. Diecisiete aos de duro esfuerzo para m, con alegras, con tristezas, con angustias, con xitos, conociendo a mucha gente que me ayudaron, y a otras tantas a las que ayud. Al mirar hacia atrs me parece que ha sido un soplo el tiempo transcurrido en estas diecisiete primaveras. Laboraba en el Departamento de Informacin para la Cultura y el Arte cuando un da en la primavera del ao 1984 se me pregunt si me agradara iniciar la actividad de automatizacin en la institucin. No vacil en responder afirmativamente. Aceptar ese compromiso conllev a prepararme con mayor rigor en los conocimientos preliminares sobre computacin que haba adquirido durante la licenciatura en Informacin Cientfico-Tcnica y Bibliotecologa concluida en 1979. Un postdrado sobre Sistemas Automatizados de ICT con una duracin de dos aos, impartido en el Instituto de Informacin Cientfico-Tcnica (IDICT), dio inicio en septiembre de ese ao 1984, a mi superacin en la nueva actividad que asuma el centro. Concluido este, muchos cursos ms se sucedieron. El comienzo de la automatizacin en la Biblioteca Nacional se remonta, pues, a la llegada en 1984 de una pequea computadora con su impresora, marca NEC PC-8001 mkII, de 8 bits, bajo sistema operativo CP/M 80. Por no disponer de disco duro se estudi en cul proceso bibliotecolgico utilizarse que no requiriera de mucha memoria. Se decidi entonces comenzar la nueva actividad automatizando la edicin de un producto informativo bibliogrfico: el boletn bibliogrfico del Departamento de Informacin para la Cultura, que brindaba informacin sobre la cultura y el arte requerida por dirigentes, investigadores y creadores. A la aplicacin, programada en el lenguaje de gestin DBASE II, se le denomin BOLCULT. Los programas elaborados para la obtencin del cuerpo bibliogrfico y sus diferentes ndices fue realizado por el licenciado Eberto Castillo del entonces Centro de Informtica Aplicada a la Gestin (CINAG-CEPES) de la Universidad de La Habana, el que recuerdo con mucho cario y de quien aprend en cada sesin conjunta de trabajo siempre algo nuevo. Desde el inicio fui designada a asumir el control de la calidad del trabajo que se ejecutaba en cuanto a la presentacin correcta desde el punto de vista tcnico de la informacin especializada que se pona al servicio de los usuarios, as como en la asesora y entrenamiento a mis compaeros en el Sistema Operativo y diferentes programas que podan correr en la NEC de ocho bits, la que ya comenzaba a ser desplazada por computadoras de diecisis bits.

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146No quiero dejar de resaltar el entusiasmo que tena por aquel entonces el colectivo que laboraba en el ya mencionado Departamento, comenzando por la compaera que lo diriga, Margarita Len, y el resto de mis compaeras. Nos sentamos orgullosos de ser el Departamento “pionero” en la automatizacin de la Biblioteca, actividad esta que ya estaba en casi todas las instituciones de informacin, pero que an no haba llegado a la Biblioteca Nacional. La primera de mis compaeras que entren en la computadora lo fue la “benjamina” del colectivo, Silvia Ibez. Despus, poco a poco fueron pasando el resto del colectivo por el cubculo del tercer piso donde se encontraba la computadora. Algunas aprendan rapidsimo, recuerdo a Marta Beatriz Armenteros, la que por su capacidad haban escogido para dejarla al frente de la edicin automatizada de los boletines (ao 1990), porque el diseo de nuevas bases de datos se incrementaba velozmente y no me era posible asumir tantas tareas. Pero, en contraste con Marta Beatriz haba otras compaeras que eran un “dolor” entrenarlas, tenan, entre otras cosas, miedo a romper el teclado, entre ellas, una compaera muy “sui generis”, Mara Caridad Garca, ms conocida por Masha. Fue una etapa muy especial para el Departamento de Informacin para la Cultura, una etapa de xitos, de alegra. Comenzaron a llenarse los primeros registros de BOLCULT con la temtica de Literatura, y as poco a poco se fueron imprimiendo boletines con 150 registros. Por carecer de disco duro se almacenaron un gran nmero de diskettes. En ellos solo podan entrar 600 registros, lo que daba por resultado la salida de cuatro boletines. Este fue el inicio de la primera base de datos bibliogrfica de la Biblioteca Nacional, compartimentada en diskettes de 5. Inicialmente en cinco temticas: Literatura, Artes Plsticas, Msica, Teatro y Danza, y Problemas Generales de la Cultura. Posteriormente se incorporaron Bibliotecologa e Informacin Cientfica, y Edicin y Comercio del Libro. El trabajo ininterrumpido de la base compartimentada deCultura y Arte engros su nmero de diskettes. Se contabilizaban ms de 13 000 registros almacenados. Era necesaria ya la adquisicin de un equipo con disco duro, que permitiese un almacenamiento diferente al que se tena.

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147A finales de 1988 llega por fin una computadora IBM PC/ AT (marca LTEL) con sistema operativo MSDOS. Una nueva tarea tuvo que acometerse: el traspaso de los registros almacenados en una NEC mkII (S.O. CP/M 80) para una IBM PC (S.O. MS-DOS). Para ello contact (mayo del 1989) con el Centro de Computacin del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), que posea el programa convertidor que se necesitaba. Posteriormente, con los nuevos datos solicit trabajar con una IBM PC modelo XT en la Universidad de La Habana, para lograr el pase intermedio de la base de datos que sera introducida a nuestro equipo. Otro cambio sustancial al que conllev el nuevo equipo lo fue la nueva estructura del Boletn Bibliogrfico que contemplaba adems de los artculos de publicaciones seriadas, la insercin del tipo de documento conocido como analticas de libros. Para ello Eberto Castillo confeccion otro programa, pero esta vez en DBASE III. Poco tiempo despus el nombrado Sistema Gestor de Bases de datos MicroISIS apareci ante nosotros. Un total de 17 766 registros ya tena la base de datos de Cultura y Arte. Nos dimos a la tarea de estudiar bien el ISIS para poder exportar los registros de DBASE III a ese sistema. Despus de logrado esto, se continu un tiempo ms actualizando esa primera base, pudiramos decir “antolgica”, la que lleg a un total de 18 306 registros, y ah se qued. Ella aparece en la Red de la Biblioteca bajo el nombre de CULTA1 y est diseada usando las etiquetas del formato MEKOF-1, primer formato de intercambio empleado en la Biblioteca dado el compromiso que la institucin tena en participar en la formacin de una base de datos colectiva del sistema SAIINTERINFORMKULTURA, formado por pases del CAME, cuya sede lo era la Biblioteca Lenin, de Mosc. En este formato fueron diseadas, adems de CULTA1, otras tres bases: BOLET que continuaba los trabajos de los boletines de cultura y arte con artculos de publicaciones seriadas cubanas; REFER, la cual almacena artculos de publicaciones seriadas extranjeras; y CUBA, que recoga los artculos publicados sobre Cuba en el extranjero. En la actualidad dos de estas bases se han unificado bajo el nombre de PSAN (analticas de publicaciones seriadas) y se ha mantenido aparte la de Cuba, renombrada ahora como CUBAEX, todas pertenecientes al Departamento de Publicaciones Seriadas. La totalidad de las bases de datos que se crearon en la Biblioteca entre 1989 y 1997 fueron diseadas siguiendo un formato local o propio, utilizando por supuesto el ISIS. Un total de ms de setenta, segn las especificaciones del Departamento que las solicitaba, y acumulan informacin valiossima almacenada en la institucin, entre ellas hay que destacar las bases que recopilan la Bibliografa Cubana tanto la del siglo XIX, como la de los aos 1992-1993; 19941996 ; y 1997 del siglo XX, tambin la de la Bibliografa Mnima Cubana, de Araceli Garca Carranza, que dio lugar

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148en 1997 al primer CD Rom de la Biblioteca: Cultura cubana: una aproximacin bibliogrfica y muchas otras de personalidades importantes como la de Ernesto Guevara, Flix Varela, Fernando Ortiz, Jos Ral Capablanca, Manuel Cofio... No puede dejarse de destacar el tipo de base terminolgica EPIGR, que sigue actualizndose y contiene los encabezamientos de materias (epgrafes) utilizados en la institucin. As tambin son importantes la base de la coleccin Ravents, la correspondencia de Jos Lezama Lima, la cartog rafa cubana del siglo XIX, etctera. A partir del ao 1999, un salto cualitativo se est dando en la Biblioteca Nacional: la aplicacin del formato de intercambio bibliogrfico UNIMARC en el diseo de nuevas bases de datos. Este se conoci durante la 60 Conferencia de la Federacin Internacional de Asociaciones Bibliotecarias (IFLA’94), que se celebr en La Habana, y fue inters de la institucin su estudio y adecuacin. Ya la nueva estructura ha sido diseada y se denomina BMAR. De ella se desprendern nuevas bases. Comienza una nueva etapa donde el camino ya se ha trillado y el relevo est asegurado. Otras diecisiete primaveras sucedern a las que acabo de vivir... Gracias a todos por la ayuda brindada. Dpto. de Automatizacin

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149El tema de la labor a realizar con las colecciones conformadas por ejemplares impresos en el siglo XIX no siempre ha sido abordado con frecuencia en la bibliografa disponible a escala internacional, a pesar de que se trata de un siglo en el cual se manifiestan de forma paralela los productos de la imprenta manual y los de la mecnica. Como etapa de transicin presenta contradicciones que se reflejan con mayor agudeza en la medida que transcurre el tiempo y motivan que haya que tomar urgentes medidas en lo que respecta al tratamiento diferenciado de las producciones de ese perodo, a pesar de no tener una gran antigedad, pero s en ocasiones un alto valor bibliogrfico y comercial. La Biblioteca Nacional Jos Mart durante la ltima dcada se dedic a la investigacin de las colecciones correspondientes a obras publicadas entre los LOS TRABAJOS Y LOS DASImpresos del siglo XIX en los umbrales del XXI : control bibliogrfico y custodia de un fondo de carcter patrimonial Olga Vega GarcaInvestigadora de la Biblioteca Nacional Jos Mart Tomado de : Histoire naturelle des espces novelles de singes, de Johann Baptist von Spix, de 1823

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150siglos XV-XVIII, dentro de la temtica de sus Fondos raros y valiosos, por tratarse de las ms antiguas, no obstante, se estudiaron tambin otras de perodos posteriores y se hizo nfasis en perfeccionar su control bibliogrfico y su caracterizacin partiendo del hecho de que el estudio de estas colecciones coadyuvan al descubrimiento de la singularidad de uno u otro tipo de libro hecho en una etapa determinada del desarrollo de la imprenta. Un ejemplo de esta labor es el trabajo de diploma defendido en 1997 por la estudiante del Departamento de Bibliotecologa y Ciencia de la Informacin, Ania Alfonso Alderete, titulado Coleccin especial de libros del siglo XIX atesorados en la Biblioteca Nacional Jos Mart,1 el cual se complementa con la labor llevada a cabo por el Departamento de Bibliografa Cubana tendiente a la actualizacin de la Bibliografa cubana del siglo XIXde Carlos Manuel Trelles y Govn, valindose igualmente de estudiantes de la carrera antes mencionada, mediante la cual se logr llevar a cabo el control bibliogrfico de lo publicado en gran parte de las dcadas de ese siglo, consultando para ello no solamente los fondos de la Biblioteca Nacional Jos Mart, sino de otras que se prestigian por contar con ricas colecciones de impresos cubanos: la de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (Instituto de Literatura y Lingstica) y la Rubn Martnez Villena, de la Universidad de La Habana. Este trabajo se complementa tambin con la primera parte del repertorio contenido en el CD-Rom Cultura Cubana: una aproximacin bibliogrfica, editado por la Biblioteca Nacional Jos Mart,2 el cual permiti acumular experiencias que sirvieron de punto de partida para trazar una serie de pautas a seguir en lo que respecta a la digitalizacin de ttulos cubanos de los siglosXVIII-XX, y, en lo que respecta al perodo l801-1900 (que es de hecho el objeto de este artculo) ofrece una sntesis de los ttulos ms importantes producidos en la isla, acompaados de imgenes de sus portadas, ilustraciones relevantes, o cualquier otro elemento de inters. Ahora, con la llegada de un nuevo siglo se hace imprescindible profundizar en las caractersticas de estos libros con vistas a poder identificar cules son las joyas bibliogrficas que se destacan dentro de una coleccin de por s voluminosa, y a priorizar las medidas a tomar para la salvaguarda de tan valioso patrimonio cubano.Caractersticas generales de los impresos del siglo XIX que se ponen de manifiesto en el estudio realizadoEl siglo XIX se caracteriz por conllevar profundas transformaciones tcnicas en el arte de la produccin de libros, sustituyndose los mtodos artesanales empleados hasta entonces por sistemas mecanizado s: se inventaron las mquinas de componer: linotipo y monotipo; s e perfeccionaron las prensas; se utiliz la litografa para ilustrar los libros, lo que unido a la fotografa permiti aumentar la calidad de las ilustraciones; se emple la pulpa de madera en el proceso de fabricacin del papel y se logr la casi completa me-

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151canizacin del mismo; incluido el proceso de encuadernacin. Por otra parte, los estilos imperantes en el arte de la poca se reflejaron en las pginas de los volmenes: neoclasicismo, romanticismo, realismo y art nouveau, puesto que no es posible desvincular el libro de su entorno. En lo que respecta a la ilustracin, texto e imagen no se integraron tanto como en pocas anteriores, sino que se deslindaron las profesiones de tipgrafo y grabador. Renaci la xilografa obtenindose resultados ms novedosos; adems, junto con el grabado en cobre se utiliz el grabado en acero La litografa, por su parte permiti al artista dibujar directamente sus imgenes, ayud en la evolucin de cubiertas artsticas de los volmenes a la rstica. Luego la fotografa contribuy a la reproduccin de las ilustraciones y los primeros procesos fotogrficos permitieron obtener una copia ms exacta de la realidad, a la vez que el uso de los medios tonos. En cuanto a la encuadernacin se produjeron cambios debido a los nuevos procedimientos mecnicos que se comenzaron a emplear, a la variedad de materiales utilizados y a las tendencias del arte, que dieron lugar a una variedad de estilos en las mismas. Un inters por la encuadernacin antigua provoc que se hicieran copias de producciones de pocas anteriores. En las ltimas dcadas apareci un nuevo tipo, la parlante que daba a conocer el contenido del libro a travs de imgenes en las tapas y ya a finales del siglo prolifer el uso de las sobrecubiertas. En lo que respecta al papel, la sustitucin del papel de trapo por el de madera permiti una mayor disponibilidad de materia prima coadyuvando a un abaratamiento de su costo. Sin embargo esta se hizo menos resistente y disminuy por tanto su calidad, tendiendo a degradarse con ms facilidad, lo que hizo disminuir el tiempo de permanencia de los documentos en buen estado de conservacin. Todas estas caractersticas se ponen de manifiesto tanto en los libros cubanos como en los extranjeros.Ingreso de impresos del siglo XIX al fondo de la institucinLa Biblioteca Nacional Jos Mart se funda con el siglo XIX, por decreto del gobierno interventor norteamericano y sobre la base de los fondos donados por su primer director, Domingo Figarola Caneda. Empobrecida durante los primeros cincuenta aos de su historia, ya a partir de 1959 comienza a enriquecer su llamado Fondo antiguo con colecciones compradas, donadas o recuperadas. No todos los documentos pudieron procesarse en aquel entonces, concentrndose en depsitos de donde fueron extrayndose en la medida que se contaba con personal capaz de catalogarlos y clasificarlos, ya que la llegada de la produccin nacional, que comenzaba a incrementarse, haba de priorizarse para llevar a cabo la compilacin de la Bibliografa Cubana. Por otra parte, el desarrollo del pas requera de un urgente procesamiento de los documentos cientficos que con muchas dificultades se obtenan en medio del bloqueo a que estaba sometida Cuba.

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152La recepcin de nuevas colecciones provenientes de personalidades de la cultura cubana, obtenidas por donacin o por compra a los familiares, continu engrosando ese fondo, de donde hoy pueden extraerse ejemplares muy valiosos en medio de muchos otros que no lo son tanto. En el caso de los documentos cubanos siempre resulta ms sencillo sentar las pautas de una poltica de formacin de colecciones que ayude a la seleccin de libros del siglo que se estudia. Para la Biblioteca Nacional todos los impresos cubanos del XIX resultan relevantes, as como tambin los de autores cubanos producidos en el extranjero. Igualmente se atesoran los que tratan sobre el pas y sus naturales. En lo que respecta a las bibliotecas pblicas provinciales del pas, tampoco existen dudas acerca de los impresos cubanos del siglo decimonono que deben ser atesorados en las Salas de Fondos raros y valiosos de dichas instituciones.3 No ocurre lo mismo cuando se trata de libros extranjeros, cuyo volumen en los depsitos es considerable y no siempre el personal est consciente de los parmetros a tener en cuenta para establecer la rareza bibliogrfica de un volumen en especfico. En el trabajo de diploma de Ania Alfonso se profundiz en los aspectos a considerar cuando se necesitaba conformar una coleccin de impresos extranjeros producidos en el perodo 1801-1900, ya que si bien existen algunos estudios tericos sobre el tema de Ezcurdia,4 Breillat,5 Pinheiro,6 Brun,7entre otros, los bibliotecarios cubanos no siempre conocen las obras de esos autores ni tienen a su disposicin metodologas en castellano que ayuden a conformar este tipo de colecciones. Los especialistas deben interiorizar que a la hora de incorporar libros del sigloXIX a un acervo han de tener en cuenta adems de la importancia del autor o el tema otros aspectos como la antigedad del ejemplar, el nmero de la edicin y de la tirada, si se trata de un ejemplar nico, numerado o fuera de comercio, si ostenta la firma de su ilustrador, editor, autor, o cualquier otra personalidad relevante, la fama del impresor, la calidad excepcional o rareza del material escriptreo, caractersticas particulares de su formato y de su tipografa, presencia de ilustraciones valiosas, de anotaciones escritas por personajes clebres, encuadernacin y procedencia. Un rasgo muy particular es la existencia de los llamados por Buonocore8 libros truffs que no son ms que aquellos volmenes a los que se les insertan en sus guardas o pginas manuscritos, fotografas originales, grabados, otros impresos como folletos o volantes, recortes de poca, muchos de ellos ms valiosos por lo general que el ejemplar que sirve de soporte. En la mayora de los casos, cuando los bibliotecarios se enfrentan a ellos por primera vez no saben qu hacer, por lo que se limitan a catalogarlos sin consignar los anexos que acrecientan su rareza. Ejemplos notables son los dos ejemplares del Diccionario biogrfico de Francisco Calcagno publicado en New York entre 1878-1886, uno perteneciente a Vidal Morales y Morales y otro a Carlos Manuel Trelles y Govn, en el cual se mezclan recortes, fotos y ma-

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153nuscritos que los convierten en piezas nicas de gran valor. Otro ejemplo es el volumen de Carta de un americano al espaol sobre su nmero XIX de Jos Servando Teresa de Mier (Londres, 1811), que incluye apuntes manuscritos y un retrato calcado en papel de China, que tambin fue propiedad de Vidal Morales y Morales. Igualmente se desconocen los factores que disminuyen el valor de un libro, tales como faltantes, mrgenes muy cortados, deterioro del ejemplar debido a la incidencia de agentes fsicos, qumicos o biolgicos, entre otros. En lneas generales no existe una preocupacin por cotejar varios ejemplares de una misma obra y mucho menos de reflejar las deficiencias detectadas en el registro bibliogrfico. Como productos de la imprenta manual, ejemplares de un mismo ttulo no siempre son exactamente iguales, aun cuando aparentemente estn completos. Es imprescindible, por tanto, controlar todos los que hayan llegado hasta nuestros das para poder seleccionar el ms completo, que ser el que deber ser digitalizado y servir de base para hacer una edicin facsimilar si su valor lo amerita. En ocasiones esa eleccin se dificulta dada la riqueza de la informacin que se le ha insertado al original.Control bibliografico de ejemplares del siglo XIXComo se ha comprobado en la Biblioteca Nacional Jos Mart a lo largo de un decenio de trabajo de investigacin en el campo de los libros raros y valiosos, resulta imprescindible localizar en una gran cantidad de obras de consulta la informacin sobre autoridades, epgrafes de materia, historia de una determinada edicin, fechas o cualquier otro dato que deba consignarse en los campos que componen los registros. No debe olvidarse que un libro antiguo o uno moderno que se considere dentro de la categora de los raros y valiosos no puede procesarse de manera simplificada, ni puede obviarse la acuciosa investigacin que ha de formar parte de la descripcin bibliogrfica. Adems del sinnmero de repertorios de consultas tradicionales, en la actualidad se cuenta con la rica informacin en formato electrnico que est disponible mediante la consulta en Internet, que ayudara grandemente a solucionar los tradicionales problemas de desactualizacin de obras de referencia que hasta el momento han venido confrontando los bibliotecarios cubanos, pero para ello es necesario un adiestramiento en el uso de las nuevas tecnologas y sobre todo un equipamiento idneo para poder navegar con una determinada rapidez. A nivel internacional, como parte de la labor desarrollada para la confeccin de las ISBD se han delimitado adems de las ISBD(M) dedicadas a la descripcin bibliogrfica de los libros y folletos, tomadas como base para la redaccin de la norma cubana empleada para la catalogacin de ese tipo de documento, unas ISBD(A) destinadas a los impresos antiguos, pero como la frontera entre el libro producido en la etapa de la imprenta manual y la de la imprenta mecnica es tan imprecisa, se ha decidido tener en cuenta estas ltimas cuando de ejemplares de una gran rareza se trata, con vistas a reflejar con el ma-

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154yor nivel de minuciosidad aspectos que deben ser destacados en los registros. El empleo del formato UNIMARC a la hora de conformar las hojas de trabajo garantiza ampliar los puntos de acceso y enriquecer las posibilidades de bsqueda de la informacin, pero hace an ms complejo el procesamiento de estas obras.Acceso a colecciones de libros valiosos del siglo XIXLa llegada del nuevo milenio ha hecho renacer una serie de problemas que se mantenan latentes durante el siglo XXvinculados con las colecciones de libros raros y valiosos, uno de los ms importantes es el acceso a ejemplares que por su contenido o por su valor material resultan muy cotizados, y que por su escasez en el mercado son prcticamente irrecuperables y cada da lo sern ms. Los curadores de colecciones de este tipo de documento deben resolver en los distintos pases la contradiccin que se presenta entre la necesidad de custodiar celosamente los ejemplares y la exigencia de los usuarios de acceder a ellos para su consulta. La adopcin de medidas tendientes a solucionarlas no siempre satisfacen a unos y otros, puesto que ambos, desde sus puntos de vista, tienen la razn. Los primeros son los responsables de garantizar su preservacin y por lo tanto de tomar todas las medidas tendientes a lograrlo, los segundos necesitan leer los textos contenidos en los impresos y para ello exigirn por todos los medios a su alcance que se les permita esto, aun a costa del deterioro progresivo de los originales. Como ejemplos de volmenes muy valiosos se cuentan: Un volumen traducido al ingls, The Island of Cuba del barn Alejandro de Humboldt el cual cobra excepcional valor por tener anotaciones manuscritas de su autor referidas a omisiones y modificaciones hechas por Thrasher durante su traduccin, y luego otra inscripcin de don Fernando Ortiz, propietario del libro, acreditando que los apuntes manuscritos son autnticos. Lecciones elementales de la historia general de los animales de 1834, de Georges Cuvier, anotadas por Tranquilino Sandalio de Noda (18081859), el cual es considerado por Calcagno como “una de las inteligencias ms fecundas que ha producido nuestro pas”, y por su labor cientfica resulta una figura de primera lnea dentro del siglo XIX cubano. Los dos librillos resultan muy curiosos porque hasta en los cantos tienen notas manuscritas, resultando de inters para cualquier especialista en la materia. Si bien durante dcadas en la Biblioteca Nacional Jos Mart estaba abierto el acceso a las colecciones de carcter patrimonial, limitndose en casos excepcionales a la presentacin de cartas donde se haca constar el carcter de la investigacin que se llevaba a cabo, en los ltimos aos ha tenido que restringirse cada vez ms la manipulacin de originales considerados valiosos por determinada caracterstica, material o de contenido. El abuso indiscriminado fue agravando el estado de conservacin de stas, a lo que se aadi la influencia de factores fsicos, qumicos

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155y biolgicos que motivaron que muchos ejemplares no puedan ya ser ni legibles ni salvados. Por ello, a partir de septiembre de 1999 se inici un proceso de inscripcin de usuarios que trajo como consecuencia la definicin de categoras: investigadores, profesionales y estudiantes (de nivel medio y superior). Se estableci adems como categora especial la del usuario honorario destinada a personalidades cubanas o extranjeras que se han ganado esa distincin por la vinculacin que durante aos han mantenido con la institucin. Otra medida adoptada fue la elaboracin de un reglamento para la consulta de los documentos especiales, esto es, de los libros raros y valiosos, los manuscritos, las fotografas originales, los grabados, los materiales cartogrficos valiosos, las partituras manuscritas o cualquier otro que por su valor o rareza bibliogrfica merezca ser consultado con un mayor cuidado para garantizar una mejor conservacin. Aunque no se va a explicar al detalle dicho reglamento se pasarn a comentar algunos de los aspectos ms importantes que contiene. En primer lugar, se especifica la forma de acceder a los documentos mediante la presentacin de una carta aval en la cual se precise el tipo de material que necesita consultar, el tiempo de duracin de la investigacin que ha de realizar, y el tema general que va a desarrollar. Adems se regula el traslado de los documentos a otras reas, prohibindose, salvo que lo autorice el bibliotecario por una razn particular. El prstamo siempre va a ser intransferible, lo que quiere decir que el usuario ha de saber que el documento se le entrega a l y no a una tercera persona. Otro aspecto que se trata es el concerniente a la manipulacin de los libros o publicaciones peridicas, enumerndose una serie de recomendaciones sobre la base de las que se hacen en otras instituciones similares. Se precisa que en el caso de documentos sueltos que se encuentren conservados en sobres o cajuelas, debe cuidarse de que mantengan la ordenacin establecida, evitando que se mezclen los pertenecientes a diferentes coleccio nes. Se enumeran igualmente las sustancias u objetos prohibidos en el rea de consulta de los documentos valiosos. Como detalle de sumo inters se determina no autorizar el acceso a los documentos especiales con otros fines diferentes a los de estudio, quedando prohibida la reproduccin de los mismos en cualquier soporte sin la autorizacin expresa del director de la institucin, en el marco de la Ley de Derecho de Autor. En el caso de que ste autorice algn tipo de reproduccin, la misma estar sujeta a una tarifa y un contrato especial. Cualquier infraccin del reglamento conlleva la suspensin del servicio. En los casos en que esta perjudique la integridad del documento, la direccin se reserva el derecho de tomar las medidas pertinentes, amparada en la legislacin vigente en la Repblica de Cuba. Como un ltimo aspecto a tratar sobre el tema se presentan una serie de consideraciones vlidas no solamente para el personal de una biblioteca nacional, sino para cualquier especialista que ten-

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156ga a su cargo una coleccin de documentos raros y valiosos en los que se incluyan impresos del perodo 1801-1900, tanto en Cuba como en otros pases. Los especialistas han de continuar profundizando en el concepto de libro raro, valioso o curioso partiendo del hecho de que la carga subjetiva que conlleva su alcance motiva que lo que puede tener valor para un pas resulte insignificante para otro. Esto se debe a que como patrimonio nacional el libro producido en un determinado pas adquiere una relevancia que hace aumentar su demanda y por tanto su precio en el mercado en el marco de las fronteras del mismo, o en el extranjero, segn el caso. Hay volmenes que indiscutiblemente resultan muy preciosos, tal es el caso de Los ingenios, de Justo Germn Cantero, el cual en cualquier lugar del mundo atrae la atencin de libreros, bibliotecarios o estudiosos por su calidad tipogrfica y la belleza de su material ilustrativo. A diferencia de l, un folleto aparentemente insignificante puede encerrar sorpresas, como por ejemplo el titulado Habitantes en la Luna de sir John Herschel, impreso en Cdiz, en 1836. Antonio Palau y Dulcet, en su Manual del librero hispanoamericano9 no consigna esa edicin, y adems resulta muy curioso su grabado plegable de extraterrestres, construcciones y animales habitantes del satlite de la Tierra., representados tal y como lo concibi un ilustrador de aquella poca. Siempre debe tenerse en cuenta que una coleccin especial se forma no solamente mediante la compra o canje de ejemplares raros y valiosos; en ocasiones entre los fondos sin procesar de una institucin o en su mismo fondo general, existen volmenes que por su importancia merecen recibir una atencin diferenciada. Debe continuar de forma permanente el perfeccionamiento de los reglamentos, tanto los dirigidos a los usuarios como los de uso interno para el personal en los que se indiquen procedimientos y limitaciones para la adecuada manipulacin de los volmenes, dndolos a conocer a otros especialistas como una manera de ir logrando un consenso a nivel nacional que contribuya cada vez ms a su uniformidad, lo que evita en mayor medida el rechazo por parte de los usuarios y a veces por los propios bibliotecarios. En pases de clima tropical las condiciones desfavorables que agudizan el deterioro de las piezas influyen de forma decisiva en el nmero de ejemplares existentes y sobre todo en su estado de conservacin. A eso se aade la carencia de recursos para hacer frente a otros factores que hacen peligrar la supervivencia de muchos libros, aunque algunos de los ejemplares que componen la muestra de impresos extranjeros del siglo XIX se encuentren en excelente estado de conservacin por estar hechos con papel de cuba, en los casos en los que se ha empleado papel de madera no es as, observndose un soporte muy degradado que requiere un tratamiento ulterior a corto plazo. Por lo general las encuadernaciones originales se han perdido por descono-

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157cimiento de los bibliotecarios o de los encuadernadores del valor que puede tener el conservar, al menos de forma fragmentaria, lomos, tapas o hasta cubiertas en rstica originales de libros y folletos del siglo XIX. Resulta imperdonable sustituir unas tapas ilustradas con imgenes vinculadas al contenido de las obras que reflejan toda una poca y un estilo propio, por otras, limpias, resistentes, pero sin ningn valor bibliolgico. Se ha comprobado que dentro de la coleccin de impresos del siglo XIX una serie de libros se han conservado de forma excelente en cajuelas de cartn, mientras que otros que no contaban con ellas, presentan las tapas deterioradas por el roce y afectadas por otros agentes. Esto demuestra la necesidad de disponer de suficientes estuches o cajuelas, de ser posible confeccionados con cartulina o cartn libre de cido, para ayudar a preservar mejor los volmenes. En la coleccin del siglo XIX de libros extranjeros se detectaron algunos libros muy pequeos, por ejemplo, una Llavecita del paraso que mide seis centmetros en contraposicin con otros excepcionalmente grandes ( Histoire naturelle des espces novelles de singes, de Johann Baptist von Spix, de 1823, ilustrado con bellsimos grabados de monos, murcilagos y crneos de diversos animales), dentro de una media general que tiene un formato normal, lo que implica que haya que tomar medidas especiales al intercalarlos en la estantera, pues el primero pudiera extraviarse por su extrema pequeez y el segundo desborda del tamao establecido para una estantera normal, lo que motiva que haya que dedicarle un lugar especial, colocando en el lugar que le corresponde una sealizacin especial. En el caso de los libros raros y valiosos se ha de tener un cuidado extremo a la hora de trasladar de un depsito a otro los ejemplares, al prestarlos para exposiciones o para reproducirlos, puesto que una incorrecta manipulacin puede deteriorarlos an ms. Uno de los ejemplares ms raros detectados es Beautiful seaweeds publicado en 1888 en Paisley, del cual ya se haba hecho una edicin anterior en l877, con 55 copias de pequeo tamao que incluan cada una 35 ilustraciones. De esta edicin no fue posible hacer ms que un nmero limitado de ejemplares, ya que contenan unas 40 especies de algas seleccionadas especialmente, a partir de su estado de conservacin y buen desarrollo. Cada especie se acompaa de su descripcin apareciendo al final instrucciones para montarlas y una lista completa de algas marinas britnicas.

PAGE 158

158En este caso, si el volmen se deteriorara, el restaurador tendra que darle un tratamiento particular al libro, ya que habra que tratar el papel y adems a las propias algas. Es por ello, el especial cuidado que ha de dedicarse a algunas de estas piezas. En todo momento se hace preciso valorarlos desde el punto de vista econmico para trazar pautas a la hora de llevar a cabo labores vinculadas con ellos: encuadernacin, restauracin, digitalizacin, ediciones facsimilares, entre otras. No siempre se ha llevado a cabo un trabajo de conservacin adecuado en el caso de una obra excepcionalmente valiosa, y por el contrario se ha dedicado una atencin especial a un volmen de poca importancia que puede ser fcilmente sustitudo. Debe priorizarse la digitalizacin u otras formas de reproduccin de impresos cubanos y extranjeros que por su valor patrimonial o rareza bibliogrfica as lo ameriten. Al hacerlo debe sentarse la pauta del objetivo de la reproduccin, con vistas a obtener un producto estticamente bello, pero a veces mixtificado, o una reproduccin exacta del original. Muchas veces los usuarios solicitan reproducciones de un determinado grabado, de una imagen de su inters. Indudablemente, el tocororo que aparece en la Historia fsica, poltica y natural de la Isla de Cuba de Ramn de La Sagra es tan impresionantemente bello que resulta insustituble, pero deben sentarse las bases para que el grabado original se conserve ante todo en condiciones ideales. Es inevitable realizar buenas reproducciones para que el usuario acceda a ellas y no a las obras patrimoniales. Los estudiantes de la especialidad, tanto los de tcnico medio como los universitarios han de conocer la forma de identificar y procesar un libro raro y valioso que por una razn u otra se encuentre entremezclado con otros que no lo son. Esto es aplicable al personal de las bibliotecas: selectores, catalogadores, referencistas, los cuales deben ser capaces de sintetizar los rasgos ms significativos en las notas de las descripciones bibliogrficas. Se precisa, por tanto, seguir profundizando sobre el tema y en particular desarrollar entrenamiento o cursos de posgrado que los adiestren en estos aspectos que resultan de vital importancia a la hora de tomar decisiones, tanto ms que esos conocimientos no aparecen contenidos en los programas de estudio de pregrado de la carrera. En conclusin, las expectativas de tcnicas fabulosas que permitan el rescate de lo ya perdido: ejemplares mutilados, calcinados, hacen que muchos bibliotecarios guarden los libros, folletos o publicaciones peridicas muy deteriorados, esperando tiempos mejores, sin tener conciencia que cada ao que transcurra el dao es irreversible. Otros, ms previsores an, se han volcado en el control bibliogrfico a nivel analtico para tratar al menos de conservar el contenido del original si en caso extremo se perdiera ste. La climatizacin de los depsitos de las bibliotecas, empresa a que est volcada la Biblioteca Nacional, si bien constituye un logro, no en todos los casos solu-

PAGE 159

159ciona las lagunas que inevitablemente se van a producir en algunos fondos en los decenios que se avecinan. Igualmente ocurre con la permanencia de la informacin contenida en microformas y formato electrnico. Junto a una poltica tendiente a la preservacin de los originales se ha de seguir paso a paso el comportamiento del estado de conservacin de las copias que se realicen para evitar el tener que enfrentarse al hecho de contar con reproducciones que cuando vayan a consultarse estn ya deterioradas. Adems no se puede olvidar que las microfotografas e imgenes digitales salvan el contenido pero no la forma. En ningn momento los curadores pueden confiarse, aun en el caso de que cuenten con las condiciones ptimas de almacenamiento y con recursos ilimitados de todo tipo. La responsabilidad de velar por el tesoro que est en sus manos es demasiado grande como para correr el riesgo de perder originales de un valor inconmensurable. Originales que pasaron por las manos de Domingo Figarola Caneda, de Francisco de Paula Coronado o de otros bibliotecarios cubanos a lo largo de estos cien aos merecen perpetuarse junto con los que enriquezcan progresivamente los depsitos constituyendo un tesoro que a la llegada del 2101 d a conocer a las futuras generaciones un patrimonio de alcance nacional e internacional, pero para ello es imprescindible contar con un relevo cada vez ms profesional, que sobre la base de las experiencias acumuladas, sea capaz de dedicar todo su amor y sus esfuerzos a dar a conocer la incalculable riqueza que se encierran dentro de las paredes de la institucin. Notas1 Alfonso Alderete, Ania. Coleccin especial de libros del siglo XIX atesorados en la Biblioteca Nacional Jos Mart / Ania Alfonso Alderete ; Tutora Olga Vega Garca — 1997. — l vol. (s.p).2 Biblioteca Nacional Jose Marti Cultura Cubana : una aproximacin bibliogrfica. — La Habana : Cronodata, 1998. — 1 disco compacto : col., son.3 Vega Garcia, Olga. Formacin de colecciones de impresos de carcter patrimonial en las bibliotecas pblicas cubanas. Bibliotecas (La Habana) (1-2):412; en.-dic. 1996. [i.e. abril de 1998].4 Ezcurdia y Vertiz, Manuel de. Las Colecciones especiales. / Manuel de Ezcurdia y Vertiz, Margarita Maass Moreno. — Mxico : SEP, Direccin General de Bibliotecas, 1987. — 113 p. ; 21 cm. — (Temas de Bibliotecologa ; 5)5 Breillat, Pierre. La Seccion de obras raras y valiosas en las bibliotecas. Bolet n de la Unesco para las Bibliotecas (Paris) Parte 1 : 19 (4):178200 ; jul.-ag. 1965. Parte 2 : 19 (5):259-272; sept.oct. 1965.6 Pinheiro, Ana Virginia Teixeira da Paz. Que libro raro? : unametodologia para o establecimiento de criterios de rariedade bibliografica. — Rio de Janeiro : Presenca Edicoes ; Brasilia : INL 1989. — 71 p.7 Brun, Robert. La Constitution des reserves et les criteres qui peuvent servir a selectionner les ouvrages preciex. LIBRI (Copenhagen) 4 (3):241247; 1954.8 Buonocore, Domingo. Diccionario de Bibliotecologa : trminos relativos a la bibliologa, bibliografiafa, bibliofilia, biblioteconoma, archivologa, documentologa, tipografa y materiales afines. — 2 ed. — Buenos Aires : Marymar 1976. — 465 p. — (Coleccion Bibliotecologa).9 Palau y Dulcet, Antonio. Manual del librero hispanoamericano. — 2 ed. corr. y aum. — Barcelona : Anticuaria de Palau, 1956. — 1022 p. : il.

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160 Una enciclopedia de la cultura cubana Rafael Acosta de ArribaInvestigador histrico y presidente del Consejo Nacional de las Artes PlsticasEn distintos momentos, contextos y desde diferentes ngulos de anlisis, algunos de los ms eminentes crticos literarios de nuestra lengua, Octavio Paz, Roberto Fernndez Retamar y Emir Rodrguez Monegal, entre otros, han coincidido en afirmar que la historia de la literatura moderna coincide con la de las publicaciones peridicas. Es decir, las revistas han jugado, y juegan, un papel determinante en el estudio del movimiento de las ideas, del pulso a la creacin literaria y de la crtica, por supuesto, concebida tambin la crtica como creacin y como pensamiento. En el caso de Cuba es sumamente curioso cmo en un final de dcada signado por una severa crisis econmica que determin una gran depresin de la industria del libro, en ese mismo perodo han surgido y resurgido numerosas revistas culturales, como nunca antes en la centuria. Muchas son las virtudes de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart la ms antigua de las publicaciones especializadas del pas (con el permiso de los colegas de la Revista de la Universidad de La Habana). Entre esas virtudes que hace trascendente una publicacin peridica una de las ms importantes es, sin duda alguna, su permanencia en el tiempo. Si esta permanencia alcanza virtualmente la centuria se puede decir con todo derecho que se trata de una particular longevidad. No har con estas palabras la historia y el recuento que ya en la “Introduccin al ndice de la revista de 19091969” hiciera de forma insuperable uno de sus directores y que, posteriormente, cada cinco aos, en cada actualizacin de dicho ndice... ha realizado de forma acuciosa y cumplida, la bibligrafa de la revista, Araceli Garca Carranza. Tampoco repetir elogios que de manera muy sentida escribieron en el nmero del ochenta aniversario de la publicacin hombres y mujeres muy vinculadas a su existencia como Graziella Pogolotti, Hortensia Pichardo, Salvador Bueno, Argeliers Len, Francisco Prez

PAGE 161

161Guzmn y Luis Suardaz. De igual forma, no caer en la tentacin de citar las firmas ms prestigiosas que han honrado la publicacin en sus nueve dcadas de vida, pues quin puede discutir que en la nmina de la Revista est lo que ms vale y brilla de nuestra intelectualidad a lo largo del presente siglo? Por otra parte, ningn tema del amplio espectro cultural cubano y universal ha quedado fuera de las pginas de la Revista. Acaso algunos han sido menos abordados que otros pero siempre, en el peor de los casos, entrevistos. Sus secciones, crnicas y reseas, han compendiado el acontecer cultural nacional e internacional, y por supuesto, el de la propia institucin. Ms bien intentare anotar algunas ideas, garabatear un puado de reflexiones, en un momento de recuento tan especial como el cumpleaos de secularidad de la Biblioteca Nacional Jos Mart. La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart se adentra en una zona profunda en la que, por lo general, cuando se incursiona, sean obras artsticas, corrientes de ideas, costumbres u otra manifestacin humana y social y social, lo hace para quedarse en la cultura de sus pueblos: la tradicin. Y las tradiciones, como la savia de las naciones, son destino; su funcin es nica e irremplazable en la personalidad de un pueblo, es ser Ms explcito, en el pensamiento cubano, en su historia literaria, la Revista ya es tradicin, es un saber pergeado por estilos, temperamentos, pocas, cambios polticos y sociales, tendencias artsticas y rupturas de toda ndole en nuestra cultura; es conocimiento clsico, es historia. Las tradiciones son bsquedas febriles que los pueblos hacen de sus propias huellas, de su ser mismo, una persecucin consciente e inexorable de su sino. A su vez, en arte, las obras persistentes se convierten en algo inasible pero imposible de desdear: en tiempo. En el panorama del pensamiento cubano actual, sea filosfico, antropolgico, culturolgico, historiogrfico, potico o poltico, son muy necesarias las publicaciones peridicas que exhiban la evolucin y movimiento de ese pensamiento, su espritu y hondura crtica, sus fuentes y afluentes culturales y su madurez. En el mundo globalizado de la recta finisecular los pulsos y enfrentamientos de las ideas son esenciales para conocer por dnde se mueven procesos que en otras reas, mercantiles, msmediticos?, tecnolgicos y de poder

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162poltico, se enrumban hacia un hegemonismo de unos pocos sobre la mayora de la humanidad. Las ideas son pues, solitarios rayos de luz en la densa penumbra que ha significado el gran mito de Occidente: la idea del Progreso. En otras palabras, se desplazan las batallas de las ideas y, en estas discusiones y polmicas, las revistas de pensamiento tienen que actualizarse para no perecer entre urdimbres de telas de araa y mugres tericos. Esta publicacin ha tenido un signo distintivo, el saber. En sus distintas pocas (o series) ha sabido –en unas ms que otras– ofrecer un panorama de la cultura nacional fragmentado en el tiempo. Siempre con una tendencia a hurgar en el pasado, una suerte de vocacin por ese tiempo que con frecuencia resulta el ms impredecible de todos. Y es que, como ya se ha dicho, el pasado es funcin del futuro y esa voluntad de ir hacia las races de la publicacin debe ir acompaada, para no perderse en las raicillas, en el examen crtico del presente. La publicacin ya no es la misma de la primera dcada del siglo pasado. Ha cambiado porque han cambiado su entorno, la cultura cubana –su blanco por excelencia– y tambin sus protagonistas, los escritores, pensadores y artistas. El mismo hecho del abrupto cambio social y poltico de enero de 1959, provoc en la publicacin una metamorfosis fcilmente apreciable en su itinerario. Hoy se impone producir un nuevo cambio. Pienso que este debe estar dado por la necesidad de que la publicacin se lance a la bsqueda y conquista de nuevos lectores, de nuevos colaboradores, de ganar, en fin, una nueva dimensin intelectual. Vista longitudinalmente, no admite discusin que es una publicacin de primer orden en la familia de revistas cubanas y esto, vale subrayarlo, no es poca cosa, pues nuestro pas se ha caracterizado desde el pasado siglo por gestar publicaciones peridicas de excelente factura. Vista en el momento actual, la publicacin est en una encrucijada que puede resultar decisiva para su presente ms inmediato: o se transforma o duerme de vejez y bostezos. Hace ms de treinta aos cuando Juan Prez de la Riva en rico recuento celebraba las seis dcadas de su existencia de la publicacin, afirmaba: “La Revista ha llegado a su sexagsimo aniversario, ms joven, vivaz, ms prolfica que nunca; pero necesita cambiar [...] la historia de la Revista refleja en su propio cristal la evolucin de la superestructura cubana del siglo XX”. Es aqu donde est la clave del reclamo que hago un tercio de siglo despus del realizado por Prez de la Riva: es necesario cambiar ahora, en el 2001. Es necesario, pues, que la Revista no muera, que siga existiendo no slo como publicacin insignia de la Biblioteca Nacional de Cuba, sino como publicacin de pensamiento que debe recoger en sus pginas lo mejor de las indagaciones, bsquedas y compilaciones de nuestros especialistas e intelectuales. No se puede permitir que muera porque ella posee su propia luz

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163y memoria, porque ella es tradicin y testimonio, presencia y razn. La Revista debe ganar en modernidad sin perder su carcter de publicacin especializada y docta. Puede y debe seguir ilustrndose con vietas y grabados de los libros raros y valiosos que atesora la institucin, puede y debe seguir publicando bibliografas y repertorios elaborados por sus especialistas como forma principal de valorar el quehacer de la Biblioteca Nacional y de dar a conocer sus valiosos fondos documentales, puede y debe mantener su estilo austero y sobrio tanto en la forma como en el contenido, pero lo que debe cambiar y ganar no est en esos atributos sino en su audacia, en su valor crtico y polmico como expresin del pensamiento cubano en un momento tan delicado como el que vivimos. El riesgo es parte esencial de nuestra historia por lo tanto debe caracterizar a su pensamiento en un minuto en que se transita por el filo de una navaja. Riesgoso fue en su momento el pensamiento de Varela, Cspedes, Mart y Mella; en su momento tambin el de Carpentier, Lezama y Guilln. Esencialmente cubana en su tronco, sus ramas se han nutrido de la mejor de la literatura universal, tal como quera Mart que fuesen nuestras repblicas americanas. En fin, la Revista puede y debe ganar un nuevo espacio intelectual y con ello nuevos colaboradores y nuevos lectores. Fue Araceli Garca Carranza la que acu la frase de “enciclopedia de la cultura cubana” y, en efecto, eso es la Revista en su extensin, una suma de saber erudito, un caleidoscopio del quehacer cultural del pas en el presente siglo. Estoy convencido de la voluntad del actual director de la Biblioteca, Eliades Acosta Matos, de darle un nuevo impulso a la publicacin. Gracias a ese tesn han salido los ltimos tres nmeros despus de un largo vaco impuesto por la crisis econmica iniciada en los noventa. Se hizo renacer a la Revista de forma modesta, en cuanto a su factura y presentacin, pero con el mrito esencial de que sobreviviera. Ahora corresponde insuflarle vitalidad en sus contenidos, gestar una nueva poca, modernizarla, que sea vehculo del talento indiscutible que en materia de pensamiento, vitalidad intelectual, existe en nuestro pas y en la propia Biblioteca Nacional Jos Mart. Que esta nueva Revista sea el mejor regalo que a s misma se otorgue la institucin en su centenario.

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164 El patrimonio documental: difusin, proteccin y defensa Alicia SnchezToda nacin desea conservar los testimonios escritos de su historia, de su literatura y de su desarrollo cultural, en el sentido ms amplio, ya que estos documentos transmiten de generacin en generacin el sentimiento de su unidad, de su creacin y de su identidad. La Oficina de Patrimonio Bibliogrfico fue creada en el ao 1998, entre las nuevas proyecciones de la Biblioteca Nacional Jos Mart, con el propsito de asegurar la proteccin y fomento de la cultura nacional, garantizar la perennidad de la herencia cultural y servir de custodio de los documentos de la cultura cubana. Garantiza con su labor que todas las editoriales, instituciones y otras entidades nacionales, provinciales y locales enven a la institucin todas las publicaciones e impresos cubanos para garantizar el atesoramiento del patrimonio bibliogrfico de la nacin. Con los autores, msicos, pintores, artistas, cientficos, etctera se lleva a cabo una intensa labor de promocin para que depositen sus obras y de esta forma garantizar que las colecciones ms relevantes se atesoren en la Biblioteca, ya que como centro depositario, organizador y divulgador del patrimonio bibliogrfico del pas, es la encargada de desarrollar la coleccin cubana, en forma exhaustiva, para que refleje fielmente el desarrollo cientfico-tcnico y cultural del pas. Por diferentes vas se adquieren libros, folletos, catlogos de exposiciones, programas de espectculos, publicaciones seriadas, planos, mapas, guas tursticas, obras musicales impresas, materiales grficos, fonogramas, CD Roms, publicaciones en Braille y otros portadores del conocimiento. Es necesario que los escritores y artistas cubanos se sensibilicen con esta labor y contribuyan permanentemente al enriquecimiento del patrimonio cultural con el envo de sus publicaciones a la Biblioteca Nacional. Primer impreso cubano conocido (1723)

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165Se ha instituido un homenaje a los autores que sean distinguidos con los Premios Nacionales de Literatura y de Ciencias Sociales, y se divulgan sus obras a travs de exposiciones en el complejo de galeras El reino de este mundo. Con una correcta valorizacin especializada la Oficina de Patrimonio Bibliogrfico, asegura que no salga del pas ningn impreso que pueda afectar el completamiento del Patrimonio Nacional y facilita que los decomisos por el incumplimiento de las disposiciones vigentes engrocen los fondos de la institucin. La Biblioteca tiene conciencia de que es depositaria de este patrimonio en nuestro pas y de la responsabilidad que tiene de enriquecerlo por lo que solicita la cooperacin de nuestros autores y de las instituciones culturales, en especial de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba, la Brigada Hermanos Saz, y otras, para que contribuyan a su enriquecimiento y al cumplimiento de su papel principal como memoria viva de la cultura cubana y de lo ms representativo de la cultura universal.

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166Uno de los ms tristemente clebres capitanes generales espaoles que gobernaron con mano de hierro a la isla de Cuba durante los 406 aos y dos meses que dur el dominio colonial, lo fue, sin dudas, don Miguel Tacn y Rosiques, lcido y eficiente servidor de la corona, especialmente en lo relacionado con cortar de raz las ansias libertarias de la naciente nacin cubana. El mandato de Tacn se extendi entre 1834 y 1838 y coincide con l la aplicacin por Espaa del rgimen de las facultades omnmodas en su levantisca colonia, o lo que es lo mismo, el tramo ms oscuro de la larga noche que fue la opresin colonial; la negacin de todas las libertades posibles; la aniquilacin de los ms tenues grmenes de cultura o pensamiento propio. No por casualidad haba experimentado en su persona este leal servidor de la corona, durante su anterior mandato como Gobernador de Popayn, en la Nueva Granada, lo que significaba un pueblo decidido a ser libre. Tacn fue uno de los militares derrotados por el empuje de las huestes de Bolvar. La imposibilidad de someter por las armas a los patriotas americanos lo llev a concluir que el nico camino posible para prolongar el dominio en la regin pasaba por la necesidad de ahogar en la cuna cualquier intento para vertebrar un pensamiento y una cultura propios. Con especial lucidez y olfato represivo entenda Tacn que del autorreconocimiento como nacin, al inicio de las luchas por la emancipacin, mediaba muy poco. “Ya lo dicen las Sagradas Escrituras: –debi de pensar su Excelencia, el Capitn General– primero fue el Verbo...”. La alineacin de Tacn al lado de los sectores culturales ms retrgrados y* Palabras pronunciadas el 27 de mayo en la inauguracin de la XXX Reunin Anual de la Asociacin de Bibliotecas Universitarias, de Investigaciones e Institucionales del Caribe (ACURIL), celebrada en La Habana. Centenario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, de Cuba: las lecciones de la historia* Eliades Acosta MatosHistoriador y director de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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167reaccionarios de La Habana de entonces lo llev a apoyar, de buen grado y con jbilo, la prohibicin de que se crease una Academia Cubana de Literatura. La lucha pblica generada alrededor de este tema, nada literario por cierto, ha de decirse en honor a Tacn, provoc una orden de destierro de por vida contra Jos Antonio Saco, no slo uno de los ms profundos pensadores cubanos del siglo XIX, sino uno de los pocos que pudo haber ayudado a crear un pensamiento nacionalista conservador contrapuesto al an incipiente pensamiento independentista cubano. En este caso, como suele ocurrir, la obcecacin e intransigencia desde el poder absoluto y el hegemonismo, slo condujeron al desastre. Precisamente con este trmino se asoci, en 1898, el fin del dominio colonial espaol sobre sus ltimas colonias en Amrica y Asia. Si bien no pudo impedir Tacn el ascenso de los ideales independentistas de los cubanos, dej para la posteridad una de las ms exactas definiciones posibles del alma de los pueblos americanos, y muy especialmente del nuestro: “Que los naturales de Amrica tienen, por lo general, una propensin irresistible, puede decirse innata e inusuada en la masa misma de la sangre, a sacudirse la dependencia de nuestro gobierno, es una verdad de la que nadie ha dudado sinceramente”.1El ascenso del ideal nacional, en el caso cubano, evidencia que el desarrollo del arte, la literatura, las ciencias, y toda forma del saber, son antecedentes inmediatos de la independencia; formas preparatorias para el ejercicio de la soberana y el autogobierno. A un pueblo capaz de producir, desde s mismo, un pensamiento original y distintivo no hay fuerza humana capaz de mantenerlo bajo el yugo, ni medida, por coercitiva que sea, que pueda vetar su acceso a la libertad y la autodeterminacin. No es casual en la historia de la humanidad que, ante la rotunda evidencia de estas verdades ancestrales, todo poder dominante asentado sobre la injusticia, haya intentado aplicar polticas discriminatorias sobre la educacin y la cultura para perpetuarse. Si en la creacin, el arte y la literatura tiene la nacin su reducto resistente contra toda dominacin fornea, cuesta trabajo entender la historia del surgimiento de la Biblioteca Nacional de Cuba, suceso del cual conmemoraremos su centenario el prximo 18 de octubre. Las circunstancias que rodearon este hecho merecen ser recordadas. En 1898, tras treinta aos de lucha casi ininterrumpida contra Espaa, los cubanos se encontraban a punto de quebrar la resistencia colonial. La metrpoli, desgastada por una guerra no slo ruinosa, sino tambin impopular y carente de justificacin moral, se hallaba a un paso del colapso final. Lo que no era ms que una cuestin de tiempo, sufri un cambio radical al entrar en escena un nuevo actor: con la extraa explosin del crucero acorazado Maine en la baha habanera, el 15 de febrero de ese ao, a las 9 y 40 de la noche, y con la prdida de 266 vidas de marinos norteamericanos, el gobierno de William McKinley decretaba la guerra a Espaa, no sin antes declarar a la opinin pblica internacional, y en primer lugar, de su propio pas, que “[...] el pueblo

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168de Cuba es, y por derecho ha de ser, libre e independiente [...]”. En estos trminos exactos recogi la Resolucin Conjunta del Congreso de los Estados Unidos, fechada el 19 de abril de ese ao, y refrendada con la firma del Presidente esa misma madrugada la conducta a seguir ante la isla rebelde, cuya epopeya tantas simpatas levantaba entre el pueblo norteamericano. El 25 de abril de 1898 comenzaba una guerra corta, de apenas tres meses de duracin, pero cuya larga sombra no ha dejado de proyectarse desde entonces sobre la relacin que une a los pases involucrados. En ella pelearon juntos, codo con codo, cubanos y norteamericanos, derramando su sangre por lo que era, segn se repeta incansablemente, por la prensa de la poca, una guerra justa. Y en rigor lo era, slo que para los que tomaban las decisiones finales en este asunto; para los defensores de la expansin imperial a cualquier precio, aquel conflicto no signific ms que un medio lcito para apropiarse de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. La Guerra Hispano-Cubano-Americana concluy con la ocupacin militar de Cuba por tiempo indefinido. El Ejrcito Libertador cubano, a cuyo esfuerzo se debi gran parte del xito de la campaa contra Espaa, no slo fue impedido de entrar a las ciudades que haba contribuido a tomar, sino que fue desmovilizado sin haber culminado la labor redentora a la que lo haba convocado el pensamiento martiano, y el genio militar de Gmez y Maceo. El 1 de enero de 1899 fue definitivamente arriada la bandera espaola en Cuba; al izarse la norteamericana no se cumplan los sueos del pueblo cubano, sino que comenzaba un perodo de incertidumbre y angustias ante el futuro, y muy especialmente, ante la propia supervivencia de la nacin y la identidad cultural de los cubanos. La labor de desmantelamiento de la cubana, en aras de facilitar la labor de americanizacin progresiva de la sociedad y las costumbres del pas encontraron obstculos mucho mayores que los esperados. El sueo de los anexionistas nacionales y forneos, a pesar de que todas las instituciones de la vida social se hallaban en manos de militares extranjeros, no se vea cercano. De nada vali llevar a grandes contingentes de maestros cubanos a pasar cursos de verano en Harvard, ni excluir de la vida pblica a todos los patriotas que se negaban a dar su concurso al entreguismo. La visita fugaz de Jos Ignacio Rodrguez a Cuba, en funciones de proselitismo para su ideal anexionista, y su estrepitoso fracaso, despreciado e ignorado por la opinin pblica nacional, constituyeron una prueba ms de que la inmensa mayora del pueblo segua aferrado al ideal independentista, como a una frgil tabla de salvacin en medio de la borrasca. Tras las tropas de ocupacin norteamericanas lleg un verdadero ejrcito de aventureros y negociantes, mucho ms temible y mortfero que el otro, decidido a lucrar a cualquier precio con las riquezas nacionales. La paulatina marginacin de los cubanos de todas las esferas de la vida social se reflej tambin en la vida cultural; baste decir que los programas de estudio de las escuelas fueron reformados de acuerdo al

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169patrn norteamericano. Se estableci el estudio obligatorio del ingls y de la historia de los Estados Unidos, antes que el de la historia universal o de Cuba. Repitiendo procedimientos que los cubanos creyeron desterrados para siempre al concluir el dominio colonial espaol, las autoridades del Gobierno de ocupacin no slo clausuraron y censuraron peridicos que se oponan a sus intereses, como ocurri con el peridico El Reconcentrado de Ricardo Arnaut, por la Orden Civil del 1 de agosto de 1899, firmada por el Ayudante general H. L. Scott, sino que decretaron el arresto de todos sus periodistas “[...] por ofender a las autoridades establecidas en la ciudad y a las mejores personas de La Habana”, forma delicada para definir a quienes se oponan al ideal patritico. En medio de tales circunstancias, en 1901, un grupo de intelectuales patriticos, muchos de ellos colaboradores cercanos de Jos Mart y que en su mayora haba regresado del exilio en los Estados Unidos, fundaron la Junta Organizadora de la Biblioteca y Museo Nacionales de la isla de Cuba. Entre estos precursores se encontraban Diego Tamayo, Vidal Morales, Julio Ponce de Len, Jos Dolores Poyo, Nstor Carbonell, Manuel Sanguily y Enrique Jos Varona. Los esfuerzos de dicha Junta no lograron la movilizacin de la opinin pblica nacional alrededor de un tema de candente importancia como era este, pero sentaron el precedente de que los ms esclarecidos patriotas y pensadores cubanos del momento se encontraban ocupados en el estudio de medidas concretas que impidiesen la absorcin cultural de la nacin cubana y la anexin que se cerna sobre la isla. La idea de crear instituciones nacionales, encargadas de la custodia y promocin de la herencia histrica y cultural del pueblo cubano, adquira, de esta manera, un significado tan valioso y patritico, como lo haba sido cargar al machete contra las huestes enemigas durante los largos aos de la lucha por la independencia. En medio de este panorama amenazador para nuestras esencias nacionales, y muy especialmente para la perdurabilidad de nuestra cultura, Gonzalo de Quesada y Arstegui, el discpulo querido de Mart y su albacea literario, quien se haba desempeado como representante de Cuba en Armas ante el Gobierno de Washington, y como buen conocedor de la forma de pensar y actuar de los polticos y militares norteamericanos, logr una promesa verbal del Gobernador Militar de ese pas en Cuba, encaminada a crear la tan anhelada Biblioteca Nacional. En esto debe verse un servicio a la patria de una magnitud similar a todos los que Gonzalo de Quesada rindi como secretario del Partido Revolucionario Cubano en los tiempos gloriosos en que Mart era su delegado. El general y doctor en Medicina, por la Universidad de Harvard, Leonard Wood era en aquel momento el gobernador militar de los Estados Unidos en Cuba. Ex mdico personal del presidente McKinley, y en consecuencia, muy vinculado a los crculos de poder que haban desatado la guerra, era Wood un hombre ilustrado, lo cual lo haca especialmente peligro-

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170so por su decidida defensa a la anexin de la Isla por los Estados Unidos. A pesar de haber estado entre los desembarcados por Daiquir, al oriente del pas, en la primera oleada del Quinto Cuerpo, bajo la proteccin de las tropas mambisas, Wood no simpatizaba para nada con los cubanos, a quienes consideraba un pueblo degradado e incapaz de autogobernarse. No fue casual que la tropa puesta a su mando en aquella conflagracin haya sido la de los Rough Riders, una especie de legin extranjera formada por vaqueros, indios, estudiantes de las principales universidades norteamericanas y aristcratas, y cuyo segundo al mando era, nada menos que Theodore Roosevelt. La poltica seguida por los gobernadores militares norteamericanos en Cuba, con algunas excepciones, haba sido la de esperar pacientemente a que estuviesen creadas las condiciones para realizar el traspaso del pas a la jurisdiccin de los Estados Unidos. La existencia de sentimientos mayoritarios entre la poblacin cubana contrarios a la anexin; la presencia de miles de patriotas que haban peleado contra Espaa, y que en consecuencia, se hallaban preparados para combatir; la existencia de grandes cantidades de armas ocultas, que no se entregaron cuando ocurri el licenciamiento del Ejrcito Libertador, y el inicio de la guerra entre los Estados Unidos y los patriotas filipinos, en febrero de 1899, fueron algunos de los factores que se conjugaron para aconsejar a las nuevas autoridades de ocupacin que deban obrar con prudencia y cautela. Junto a los inversionistas forneos arrib tambin una gama de representantes de las ms variadas iglesias norteamericanas, deseosos no slo de salvar almas, sino tambin de asegurarse un espacio en una isla ubicada a 180 kilmetros de la costa de los Estados Unidos, y que haba estado cerrada durante siglos a otras iglesias diferentes a la Catlica. Los misioneros que arribaban a Cuba por entonces, venan imbuidos, en su mayora, por el deseo de contribuir a lo que un humorista norteamericano de entonces llam, irnicamente, “la asimilacin benvola”, o lo que es lo mismo, la transmisin de valores y actitudes que marchasen en la misma direccin que los deseos de los crculos anexionistas estadounidenses. A pesar de tantas influencias dispersivas y lesivas a la identidad cultural del pueblo cubano, la resistencia a esta invasin de terciopelo, enmascarada frecuentemente en obras de saneamiento y creacin de infraestructuras que se pagaban con las rentas de las aduanas cubanas, fue enconada. Cuando en el propio ao de 1899 el periodista norteamericano Jos de Olivares escribi un texto para el libro Nuestras isla y sus pueblos vistos por la cmara y la pluma (N. D. Publishing Co,1899) tuvo que reconocer, con amargo acento, que “[...] los turistas norteamericanos que llegan a Cuba perciben que la isla no ha sido americanizada como ellos crean. La gran masa de los habitantes hablan espaol, y esto es un obstculo para los visitantes que llegan de los Estados Unidos”. En este contexto de reida lucha entre los planes para el logro de la anexin

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171voluntaria de Cuba a los Estados Unidos, y la resistencia patritica de los cubanos a tales planes, nace la Biblioteca Nacional de Cuba, signada desde entonces por la firme decisin del pueblo cubano a perpetuarse como lo que es, una nacin viva y tenaz, celosa de su libertad, independencia e identidad cultural; abierta al mundo y a la cultura universal con la misma vehemencia con que se halla y se mantendr cerrada a todo intento por conquistarla o anularla. El 18 de octubre de 1901, mediante Orden Militar del Gobernador Leonard Wood, publicada el 30 de octubre de ese mismo ao en la Gaceta de La Habana es nombrado como director de la Biblioteca Nacional de Cuba, con un sueldo anual de $1 800 pesos (a razn de $150 pesos mensuales, que era el salario de un traductor norteamericano de entonces) el gran patriota y bibligrafo cubano Domingo Figarola Caneda, de quien escribi Jos Mart, al dedicarle un ejemplar de su traduccin de la novela Ramona “[...] para Domingo Figarola, que tiene su fuerza en el corazn”. Realmente poco importaba, comparado con lo que estaba en juego, el salario escaso, ni la falta de local y libros, pues no se contemplaban tales gastos en la Orden de Wood. Tampoco que se destinara salario para contratar el personal requerido para esta tarea. Poco importaba que el seor gobernador militar, con tales “olvidos”, estuviese demostrando el escaso inters y ninguna simpata por una labor de carcter cultural como aquella, ni que esperase el fracaso de aquella empresa, a la que haba condenado a morir de inanicin al nacer, al negarle los auxilios ms elementales. Lo importante, lo que debi de llenar de emocin y entusiasmo a los cubanos de entonces, y muy especialmente a quienes estaban conscientes de que la lucha por la identidad y la soberana pasaba por el terreno de la cultura, las ideas, y la preservacin de la memoria histrica y el patrimonio bibliogrfico de la nacin, haban logrado una importante victoria con la creacin de aquella biblioteca. Y si la creacin de la Biblioteca Nacional fue una batalla importante ganada por los que esperaban y trabajaban por ver a Cuba definitivamente libre y soberana, la designacin de Figarola Caneda como su primer director garantiz la derrota definitiva de los planes que encarnaba Leonard Wood. Nacido en Cuba, en 1852, ao de gran agitacin poltica en la lucha contra la metrpoli, sinti desde muy joven simpatas por la causa de la independencia, siendo, como fue, alumno de aquellos magnficos colegios cubanos al estilo de “El Salvador”de Luz y Caballero o el de Mendive, teniendo, como tuvo, entre sus compaeros de aula a Varona. Fue uno de los estudiantes de medicina sobrevivientes a la masacre donde murieron fusilados por las autoridades espaolas ocho de sus condiscpulos, el 27 de noviembre de 1871, y a los que el joven Mart llam, en uno de sus ms dramticos versos “[...] cadveres amados los que un da, ensueo fuisteis de la Patria ma [...]”. Dedicado al periodismo, primero en La Habana y luego en Pars, mantuvo siempre su talento al servicio de los intereses cubanos, y se destac por ejer-

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172cer una labor constante de defensa y promocin del ideario independentista desde el exilio. Encarnaba el espritu de aquellos cubanos de claras luces y corazones encendidos por la libertad, que regresaron del exilio ms cultos y ms cubanos que cuando se vieron obligados a partir. La Biblioteca Nacional fue ubicada, inicialmente, en un reducido espacio de 225 metros cuadrados, en el Castillo de la Fuerza, antigua fortaleza espaola, de muros gruesos y ambiente hmedo, muy apropiado para acabar con los pocos libros con que inici sus fondos. Y aun estos primeros tres mil volmenes, debemos decirlo, fueron donados por el mismo Figarola Caneda de su biblioteca personal. Secundado por su esposa, la seora Emilia Boxhorn, y por su fiel compaero Carlos Villanueva, realiz Figarola Caneda una labor fundadora que an asombra, propiciando que el pueblo cubano donase libros y otros materiales para su Biblioteca Nacional, como mismo haba donado fondos destinados a comprar balas y rifles para el Ejrcito mamb, apenas unos aos antes. Fund y dirigi, desde 1909, la Revista de la Biblioteca Nacional utilizando para ello una imprenta donada por una cubana (Pilar Arazoza de Muller). No puedo dejar de imaginar el rostro feliz de Figarola Caneda al abrir cada maana su Biblioteca a los cubanos estudiosos, a los nios y jvenes que buscaban inspiracin y orientacin en las pginas gloriosas de nuestra historia, en los manuscritos de Saco, Del Monte, Heredia, Manzano, la Avellaneda, y tantos otros, en momentos de desaliento, frustracin y desorientacin. La labor patritica que desarroll desde su espacio reducido e inadecuado, desde sus carencias de fondos y atencin, desde su magisterio callado, merece ser mejor reconocida por el pueblo cubano. Como se demuestra con su ejemplo, tambin desde el silencio de las bibliotecas se levantan los pueblos, tanto o ms que desde el estruendo de los campos de batalla. Imagino el rostro feliz de este precursor cada maana, acariciando los tomos que guardaban la grandeza de la patria y demostraban todas las virtudes requeridas para ser libre y feliz del pueblo cubano. Lo imagino colocando sobre los estantes precarios de su Biblioteca, a manera de sealizacin del campo de batalla, una pequea bandera cubana. La historia posterior de la Biblioteca Nacional de Cuba es la historia reducida de la nacin cubana. Sufri olvidos e injusticias, como nuestro pueblo, en manos de gobiernos republicanos pendientes al mandato extranjero. Estuvo errante, de sitio en sitio, viendo perderse sus colecciones por falta de presupuestos y por el hacinamiento de sus colecciones. Mientras se construan lujosas mansiones y casinos, no haba fondos para que los cubanos dispusiesen de bibliotecas dignas de su larga tradicin cultural, de un pueblo que haba dado de s a creadores de la talla de Mart, Carpentier o, Nicols Guilln o Lezama Lima, o de cientficos como Finlay o Poey. Pero al igual que la nacin cubana, la historia de la Biblioteca Nacional es una historia de luchas incesantes por la justicia, la cultura y la razn; por resistir los momentos oscuros de su devenir, y por la instauracin de

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173un orden como aquel que peda Mart para la futura repblica, una repblica con todos y por el bien de todos. Cuando triunfa la Revolucin, en enero de 1959, la Biblioteca Nacional dispona de un nuevo edificio, construido con dinero del pueblo cubano, y que haba sido inaugurado en 1957, en medio de una feroz tirana, como fue la de Fulgencio Batista, causante de la muerte de ms de veinte mil jvenes. En sus inmensos depsitos no haba, prcticamente, libros; se saba que los bibliotecarios que brindaban servicios recordaban con alegra das en los que haban podido servir a cinco usuarios en aquel majestuoso edificio de 18 pisos. No era de extraar en una poblacin que tena entonces ndices de analfabetismo de alrededor de un 30 %; que viva agobiada por la subsistencia mientras los ms ricos dilapidaban en lujos innecesarios la riqueza nacional, y no exista la industria nacional del libro, pero s las de la prostitucin y el crimen organizado, y el Malecn habanero empezaba a llenarse de hoteles y casinos de la mafia, administrados personalmente por Meyer Lansky. Al igual que al pas, se necesitaba llenar de contenido a aquel cascarn dorado que era el bello edificio de la Biblioteca Nacional, y ponerlo realmente al servicio de todo el pueblo. Durante estos aos de Revolucin la Biblioteca Nacional, bautizada a propuesta del sabio cubano don Fernando Ortiz con el honroso nombre de Jos Mart, ha acompaado a nuestro pueblo en todos sus momentos de alegra, y tambin de tristezas. Miles de cubanos que hoy son orgullo de nuestra patria en todos los terrenos del arte, la ciencia, la literatura y el deporte, por slo citar algunos campos de la actividad humana, han sido lectores asiduos y han logrado renombre en sus especialidades respectivas, gracias tambin a los servicios de nuestra institucin. Muy importantes escritores y artistas del pas han trabajado, por perodos ms o menos prolongados en sus predios. No pocas obras cardinales de la cultura cubana se han gestado a partir del estudio de nuestras valiosas colecciones. Desde entonces, liberada la patria de las injusticias, eliminado el analfabetismo, y desatada entre nuestros ciudadanos una autntica avidez por adquirir cada da mayores conocimientos universales, ha asumido, con plena libertad y derecho, la Biblioteca Nacional, el espacio que siempre debi tener en el panorama nacional. En tiempos como los que corren, donde la banalidad, la frivolidad y el analfabetismo crecen, aun en los pases ms ricos de la Tierra; en que el racismo, la violencia y la xenofobia invaden a las naciones reputadas cultas del planeta; en que millones de nios mueren cada da por enfermedades evitables o curables; en que el mercado del libro y las nuevas tecnologas de la informacin se tornan ms inaccesibles cada da para las naciones del Tercer Mundo, que constituyen dos tercios de la humanidad; en que el mercado ejerce la ms frrea de las censuras jams vista, al desterrar como a gneros no rentables a la poesa, el ensayo y el teatro, generando un peligroso empobrecimiento de la capacidad crtica de los lectores; en que el patrimonio bibliogrfico y documental de una buena parte de los

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174pueblos ms pobres de la Tierra corre el riesgo de perderse para siempre, mientras los pases ricos gastan miles de millones de dlares anualmente en perfumes y golosinas para perros; en que la globalizacin invade los espacios culturales de las naciones e impone paradigmas y formas de pensamiento nico, de dudosa autenticidad y perdurabilidad, como recetas estandarizadas para todos los problemas, instituciones como la Biblioteca Nacional de Cuba pueden y deben prestar un servicio a la humanidad similar al que esta prest, en los momentos ms oscuros e inciertos de principios del siglo pasado, a la propia nacin cubana. En lo tocante a nuestra propia realidad, y a los desafos de la nacin cubana hacia el porvenir, slo nos resta decir que la Biblioteca Nacional Jos Mart seguir acompaando a nuestro pueblo en su larga marcha por el logro de toda la justicia; en su empeo por defender su derecho a construir el tipo y modelo de sociedad que considere ms adecuado a las necesidades nuestro desarrollo y las pautas de nuestra historia; en la defensa, sin compromisos ni concesiones, de nuestra identidad nacional, de nuestro patrimonio bibliogrfico, y de la herencia de lo mejor de la creacin humana acumulado durante siglos de fecunda labor y enormes sacrificios; en la solidaridad y la colaboracin con los pueblos de la regin que luchan por la integracin cultural y econmica, como eslabn inconcluso en la lucha por la independencia y la soberana; contra todas las exclusiones y abusos que vengan de cualesquiera de los poderes hegemnicos existentes, y muy destacadamente, de los que tengan lugar en el terreno de la cultura y la informacin. Para participar en estas nuevas jornadas redentoras, hasta el silencio de las bibliotecas se har escuchar como un grito renovado de libertad y unidad para los pueblos de la regin. Si algo demuestra el recuento histrico que hemos hecho hoy de los primeros cien aos de vida de la Biblioteca Nacional de Cuba, es que slo perdura el poder de quien sirve a su pueblo, y que nadie es dbil ni est aislado si trabaja para una causa justa y noble. Nadie hubiese dicho a aquellos fundadores, casi visionarios y soadores, que hace ya cien aos supieron oponer el valladar infranqueable de las ideas y el patriotismo, de la cultura y el saber, al torrente desbordado de la expansin imperial, que ms de 370 delegados de ms de veinte pases iban a tener para ellos un minuto de recordacin y homenaje en este da. Hoy nadie recuerda a sus oponentes. Memorable leccin para los tiempos que corren..

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175Por ser Cuba la isla mayor del Caribe, sus colecciones tambin caribeas pueden ayudar a acadmicos, investigadores y estudiosos en general, a conocer mejor nuestra cultura que es tambin parte de una cultura de esa mgica regin que se conoce como El Caribe. La Biblioteca Nacional Jos Mart atesora colecciones de figuras relevantes de la cultura cubana las cuales han promovido compilaciones bibliogrficas, o sea, la creacin de repertorios de consultas que facilitan su acceso. Estas compilaciones tienen una estrecha relacin con la adquisicin de colecciones. En ocasiones repertorios bibliogrficos basados en los fondos de la Biblioteca han promovido el donativo de colecciones, y en otros casos el donativo de estas ha promovido la creacin de repertorios bibliogrficos. Entre otras colecciones la adquisicin de la papelera de don Fernando Ortiz a fines de la dcada del sesenta, promueve la creacin de un primer repertorio bibliogrfico publicado en 1970, y que a fines de los ochenta se actualiza con un repertorio bibliogrfico suplemen tario. Colecciones de grandes figuras de la cultura cubana: Alejo Carpentier y Lisandro Otero (Adquisicin y bibliografa) Ar a celi Garca-CarranzaBibligrafa y jefa del Dpto. de Bibliografa Cubana de la Biblioteca Nacional Jos Mart

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176Por otra parte en los aos setenta y en los ochenta las compilaciones bibliogrficas de Alejo Carpentier y de Jos Lezama Lima, respectivamente, promueven en ambos casos, una labor bibliogrfica muy especializada partiendo de los repertorios primeros. A fines de los ochenta y principios de los noventa Lisandro Otero y Roberto Fernndez Retamar donan sus colecciones personales y estos donativos dan lugar a sus respectivas biobibliografas. Pero, por supuesto, no me es imposible referirme a todas las colecciones de grandes figuras de la cultura cubana que atesora la Biblioteca, cuyas adquisiciones tienen una estrecha relacin con la bibliografa, por ello slo me referir a dos grandes figuras sobre las cuales he realizado investigaciones bibliogrficas: Alejo Carpentier y Lisandro Otero. Ambos creadores, de distintas generaciones, ejercieron el periodismo, y posteriormente escribieron novelas cimeras de la narrativa cubana del siglo xx. Alejo Carpentier dona su papelera en 1973. Hasta esta fecha la Biblioteca slo posea el control bibliogrfico de sus libros y folletos, en espaol y otros idiomas, y apenas un centenar de sus colaboraciones en la prensa peridica cubana y extranjera. En un breve estudio titulado “De la coleccin Alejo Carpentier Valmont: un inmenso y creciente donativo”1 me refiero a esta papelera contentiva de documentos publicados y no publicados, as como a su voluminosa recortera, los originales de sus grandes novelas, sus ensayos, sus cuentos y algunos poemas. Con los documentos no publicados, (manuscritos y mecanuscritos), fotografas, ejemplares de revistas, impresos, programas y recortes confeccion un catlogo diccionario, y de esta papelera describ y analic los documentos publicados, los cuales incorpor al repertorio bibliogrfico. La descripcin, anlisis y localizacin, mediante la recortera, de artculos y crnicas en la prensa cubana y extranjera aparece incluida en el repertorio bibliogrfico primero el cual lleg a contener ms de 4 000 asientos bibliogrficos. Y en 1984 la Editorial Letras Cubanas publica la Biobiblio grafa de Alejo Carpentier de esta autora. El esquema biogrfico cronolgico que constituye la primera parte de esta obra no incorpora solamente datos biogrficos y bibliogrficos, sino reflexiones autobiogrficas dispersas en artculos, entrevistas y conferencias. La obra contiene 4 937 asientos bibliogrficos subdivididos en bibliografa activa o primaria, y en bibliografa pasiva, crtica o secundaria. La bibliografa activa incluye libros y folletos (en espaol y otros idiomas); colaboraciones y prlogos en libros, folletos y catlogos; colaboraciones en publicaciones seriadas cubanas y extranjeras; y ms de la mitad de sus crnicas publicadas en El Nacional, peridico de Caracas. Secciones que se enriquecieron esplndidamente con la adquisicin de la Coleccin Carpentier, muy especialmente sus colaboraciones en El Nacional exactamente 1 849 crnicas de las casi 2 000 que publicara en el diario caraqueo desde 1945 hasta 1961. Letra y Solfa es su seccin en este diario en la cual resea innumerables obras literarias de gran significacin, los inventos de la poca, y la historiografa de

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177la msica y el arte en el siglo XX. Esta reconstruccin bibliogrfica delimita una etapa significativa del periodismo de Carpentier, al agrupar innumerables crnicas portadoras de la simiente de la gran novela latinoamericana, y de elementos definitorios de su obra posterior. En este caso la labor del bibligrafo no se ha ceido solamente a la descripcin y el anlisis, sino a la valoracin y al rescate de una informacin dispersa y no localizada hasta entonces, ya que ninguna biblioteca cubana posea la coleccin de El Nacional correspondiente al perodo 1945-1961. Adems, la compilacin de las colaboraciones de nuestro primer narrador en la prensa de su poca trazan el itinerario de su labor como periodista, tarea que Carpentier calificara de insustituible escuela de conocimientos y gran experiencia humana enriquecedora de su obra novelstica. De manera que parte de esta compilacin da a conocer a nuestro primer narrador como periodista, funcin que desempe a la altura de su obra como novelista, independientemente que la identificacin con la Coleccin permiti la localizacin de sus primeras crnicas cubanas publicadas, en las ya lejanas dcadas del veinte y el treinta, en diarios habaneros como La Discusin El Pas y otros. Por tanto el periodismo de Carpentier, casi desconocido por especialistas e investigadores, a pesar de su trascendencia, y del paralelismo que guarda con su obra novelstica, se reconstruye y recupera en el repertorio bibliogrfico a partir del donativo de su inmensa Coleccin. Cinco aos despus, exactamente en 1989, publiqu el suplemento que actualiza cuerpo primero y un segundo suplemento ha sido publicado por la Revista de la Biblioteca Nacional en su ltimo nmero de 1999. Siempre partiendo de esta Coleccin que don y enriqueci en vida el propio Carpentier, y que despus de su muerte enriquece y completa su viuda, la seora Lilia Esteban de Carpentier. Y de toda esta inmensa bibliografa surgida, en gran medida, de una esplndida Coleccin surgieron otras experiencias bibliogrficas ms complejas. Se trata de bibliografas complementarias tales como la “Bibliografa de El siglo de las luces, ”2. trabajo que presenta un estudio previo con los antecedentes histricos y bibliogrficos de El siglo... as como la reconstruccin de la bibliografa que utilizara Carpentier para escribir esta extraordinaria novela. Otra experiencia bibliogrfica surgida de la compilacin primera lo es la “Bibliografa de Los pasos perdidos ”,3la cual posee tambin un estudio previo que destaca fundamentalmente las crnicas escritas antes de la novela, o paralelas a ella, y contiene elementos que Carpentier incorpora a esta prodigiosa obra. La bibliografa complementaria no relaciona obras consultadas por el autor, sino crnicas propias con elementos contentivos de la gran novela latinoamericana, muy relacionadas con la creacin de Los pasos. .., adems de las bibliografas activa y pasiva correspondientes. Otra experiencia bibliogrfica surgida del estudio y el anlisis de esta Coleccin lo fue “Apuntes bibliogrficos de una etapa precursora en los aos jvenes de Alejo Carpentier”.4 Con estos apuntes

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178reconstruyo la obra carpenteriana de las dcadas del veinte y del treinta cuando Carpentier se iniciaba en el periodismo, y demuestro con una amplia base documental cmo estos aos fueron precursores de su obra posterior y de la reivindicacin de la cultura afrocubana. Nuestro narrador mayor fue uno de los primeros cubanos que incorporan el ritmo de la msica cubana a la poesa y a la prosa, y adems propuso desde 1926 el conocimiento de la cultura negra por ser esta elemento constitutivo de nuestra identidad, lo cual prueba esa etapa joven de Carpentier, como precursor dentro de su inmensa creacin. En otro trabajo titulado “La Bibliografa de Alejo Carpentier como punto de partida de nuevos repertorios complementarios”,5 hago un recuento de los repertorios bibliogrficos surgidos de la compilacin principal hasta la fecha, para demostrar que la reconstruccin bibliogrfica complementaria confirma el valor de la bibliografa como investigacin, y como instrumento de consulta imprescindible a los especialistas, que pretenden desentraar la informacin que precisan, hasta llegar al deslinde estricto y riguroso de donde brot lo literario. Otras experiencias complementarias a la bibliografa mayor lo fue “La vanguardia en la obra de Alejo Carpentier”6 en la cual relaciono todo lo escrito por l sobre la vanguardia desde que este movimiento surge hasta 1989 en que aparece un cuento surrealista en La Gaceta de Cuba (diciembre) escrito por Carpentier a principios de la dcada del veinte. En esta bibliografa se sigue el paso a este movimiento dentro de la obra de Carpentier. Al final vuelve a su semilla al publicarse ese cuento influido por el surrealismo. Y tambin en el nmero cuatro de diciembre de 1999, en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart aparece “Itinerario editorial de la obra de Alejo Carpentier”,7 experiencia un tanto resumidora de todas las anteriores surgidas de la memoria bibliogrfica primera. Por ltimo la Coleccin Alejo Carpentier me ha hecho aproximarme a la bibliografa consultada y utilizada por nuestro primer narrador para lograr su novelstica y su obra periodstica, con vista a promover los estudios de intertextualidad que merece la obra de ese gigante de las letras que fue y es Alejo Carpentier. Porque Carpentier utiliza una inmensa bibliografa, asimila materiales ajenos y acude a distintos procedimientos de adaptacin-reduccin, ampliacin, desmembramiento, redistribucin, combinacin, contradiccin, cambio de intencin y de tono, procedimientos que podran reducirse a uno fundamental, tal como expresa la norteamericana Speratti-Piero en su obra Los pasos hallados en el reino de este mundo: “alteracin constante y librrima, aunque nunca gratuita e injustificada”. Este ltimo y extenso trabajo lo publiqu en la revista Bibliotecas (La Habana, 1991). La otra coleccin a que quiero referirme es la de Lisandro Otero. En este caso, el donativo de esta papelera promovi la compilacin de su Biobibliografa. Las posibilidades de informacin que ofreca esta papelera respecto a la vida y la obra de Otero, en especial su

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179extensa labor periodstica, innegable precedente de su obra novelstica, y en muchos casos paralela a su cuentstica, justifica plenamente la compilacin de un repertorio mayor que se acercara a la exhaustividad ya que tena como antecedente la Cronologa y bibliografa de...8 compilada por el colega Toms Fernndez Robaina (publicada por la Biblioteca de Ayacucho, de Caracas, en 1993). La brevedad de esta cronologa y el carcter selectivo de esta bibliografa, sin lugar a dudas, respondieron a los requerimientos de tan prestigiosa Coleccin dirigida por Jos Ramn Medina. Tambin la “Bibliografa de La situacin ”,9 del mismo bibligrafo, publicada por la Revista de Literatura Cubana obviamente ms especfica, y un tanto ms exhaustiva al referirse a una sola novela de Otero, resulta otro valioso antecedente. De manera que se haca necesario un repertorio que definiera las peculiaridades de la trayectoria vital de Otero, as como la descripcin analtica de su obra, en especial de periodstica. Su Coleccin, integrada al igual que la de Carpentier, por recortes, mecanuscritos, manuscritos, y otros documentos, requiri de una cuidadosa lectura para recuperar los datos necesarios, y descubrir, analizar y clasificar los distintos textos. Con los datos biogrficos y algunos bibliogrfico-crticos reconstru en detalles la trayectoria vital, y con los textos previamente localizados y procesados cre el sistema o cuerpo bibliogrfico. (En muchos casos por no poseer los recortes los datos necesarios fue preciso tener en cuenta los tipos de letras, ttulos de secciones fijas, anuncios en el reverso, y otros indicios que permitieran el completamiento de datos). Las distintas etapas que determinaron el desarrollo de esta tarea se interrelacionaron hasta lograr una rica trayectoria vital y un cuerpo bibliogrfico de unos 2 000 asientos. La necesaria recuperacin de datos y la descripcin de textos exigi la organizacin de esta Coleccin por tipos de documentos, en activa y pasiva, y en orden cronolgico. El orden cronolgico por dcadas en los aos ochenta requiri una mayor precisin teniendo en cuenta que la publicacin de las novelas ms exitosas de Otero generaron una considerable bibliografa crtica. La organizacin de esta Coleccin se hizo paralela a la compilacin bibliogrfica. En este caso no se confeccion un catlogo diccionario por carecer esta Coleccin de originales y otros documentos no incluibles en el cuerpo bibliogrfico. En la compilacin se describen y analizan todos los documentos que contiene la Coleccin y el cuerpo del repertorio presenta un sistema de su obra activa por tipos de documentos, y para la bibliografa pasiva otro sistema que tiene en cuenta la valoracin crtica de su obra (Novelas y Cuentos, Periodismo, Obras Teatrales, y otras valoraciones y datos diversos) en orden cronolgico. Una indizacin auxiliar permite la recuperacin de materias especficas y datos ms precisos. Por tanto existe una identificacin con la organizacin de la Coleccin y el cuerpo bibliogrfico, ya que en ambos casos la gran divisin de sus sistemas

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180es en activa y pasiva, y en ambos casos se utiliza el orden cronolgico, lo cual facilita la recuperacin de la informacin, no slo en la bibliografa como tal, sino tambin en el domicilio donde est ubicado cada documento. O sea, el repertorio bibliogrfico presenta un anlisis considerable de la informacin y su organizacin interna se reitera en la ubicacin de la Coleccin en su domicilio, y viceversa. Y aunque la Coleccin Carpentier enriqueci el trabajo bibliogrfico basado en los fondos de la Biblioteca Nacional Jos Mart, y el donativo de la Coleccin Otero promovi la investigacin bibliogrfica, en ambos casos de una inmensa tarea periodstica, surgen estos prosistas reales, con decoro esttico y fluida imaginacin, y se conjuga la creacin del periodista y del novelista. Ambos repertorios bibliogrficos resultan puntos de partida de otras investigaciones literarias e histricas en torno a la gran novela cubana y latinoamericana, y en especial a la historia del periodismo cubano y su incidencia en la creacin literaria. Otros estudios literarios podran comprobar cmo el ejercicio del periodismo influira o devendra en una obra novelstica. En Latinoamrica no podr ser ajena a esta investigacin la obra del Premio Nobel Gabriel Garca Mrquez. Notas1 Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 75(2):37-39; mayo-ag. 1984. Incluye carta de Carpentier al seor Howard B. Gotlieb, director de Special Collections, Boston University.2 Ibdem, 73(1-2): 235-255; en-ag. 1982.3 Ibdem. 74(1):133-156; en.-abr. 1983.4 Ibdem 76(2):73-91; mayo-ag. 1985.5 Ibdem 80(2):239-245; mayo-ag. 1989.6 Ibdem 84(1):147-166; en-jun. 1993.7 Ibdem 84(1):167-177; en.-jun. 1993.8 En: Otero, Lisandro. Pasin de Urbino... — [Caracas: Talleres de Arauco Ediciones, C. A., 1993]. — pp. 331-351. — (Biblioteca Ayacucho)9 Revista de Literatura Cubana (La Habana) 7 (12):[105]-116; en.-jun. 1989.

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181 En familia y como hermanos Rosa BezBibligrafa y jefa de redaccin y editora de La PolillaUn famoso slogan televisivo me sirve de ttulo para presentarles un pequeo boletn, hermano menor de esta importante revista, que quiere venir hoy a hablarles de su labor, tal vez sencilla y efmera, pero no por ello realizada con menos amor, dedicacin y apasionamiento. La Polilla que tuvo su semilla original en un pequesimo boletn del Departamento Juvenil, all por los aos setenta, no es ms que unas cuantas hojas realizadas con mucho amor por un grupo de trabajadores de esta Biblioteca Nacional, las cuales intentan llevar a nuestros compaeros informaciones del mbito bibliotecario, cultural y artstico. Desde sus pginas, toda la Red Nacional de Bibliotecas Pblicas ha establecido lazos de intercambios: a travs de la seccin “Desde las Provincias” conocemos la labor de nuestros colegas y a la vez, ellos conocen de nuestros esfuerzos “En la BNJM”. Los ltimos avances tecnolgicos, las ms importantes noticias de figuras literarias cubanas y extranjeras, los sitios web que pueden resultar tiles a nuestros compaeros, son algunos de los temas que reflejamos en La Polilla que tambin se convierte en herramienta de trabajo cuando publica las series sobre UNIMARC o sobre el uso del correo electrnico, o advierte sobre lo daino de los spam, versin moderna de aquellas cursis cadenas de correspondencia de los aos cincuenta... Tambin han pasado por sus pginas recuerdos y vivencias de la

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182 fundacin de las diferentes bibliotecas cubanas; de figuras seeras como Villita o la doctora Olinta Ariosa; sentidos homenajes a trabajadores que como ngel Mas forman parte indisoluble de la historia de la Biblioteca. Los jvenes tienen su espacio en “Abriendo puertas”, y para los hijos de los trabajadores “La Polillita” trae siempre un alegre mensaje educativo. Y por ltimo, como divertimentos, la cartelera cultural de la institucin, la pgina del humor, algunas reflexiones sobre el amor, la amistad, la voluntad y por ltimo un espacio para la creacin artstica: “Dando taller”, el cual nos ha trado y trae obras no slo de los trabajadores de la Biblioteca Nacional Jos Mart, sino de amigos del mundo entero que han resultado nuestros solidarios colaboradores, as como de nios, jubilados, usuarios y de todo aquel que ama la Biblioteca... y la poesa, que es, a fin de cuentas, una misma cosa. La Polilla aquella que como bien dijera nuestro director “lleg para quedarse”, se une a quienes, con su diaria labor, con su esfuerzo, con su tenacidad, hacen a nuestra institucin un poquito mejor cada da y se dan un gran abrazo por este centenario, que no es ms que el primero... Ya se vern, en los siguientes, de nuevo unidas la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart y La Polilla no lo creen ustedes as? 182

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183 La Biblioteca y el diseo de libros Roberto CasanuevaDiseador grfico e ilustradorSean mis primeras palabras para agradecer a la direccin de la Biblioteca Nacional, y a los compaeros que en ella trabajan, por permitirme expresar en esta publicacin algunas de mis experiencias como artista grfico, as como mis consideraciones sobre el vnculo entre el diseo del libro y esa institucin. Durante ms de veinticinco aos asist asiduamente a la Biblioteca Nacional Jos Mart, convirtindome no en un consultor habitual, sino en alguien que perteneca a ella. En la Biblioteca he buscado y encontrado los elementos necesarios para la realizacin de mis proyectos. He realizado exposiciones personales del conjunto de mi obra grfica e impartido conferencias sobre el diseo del libro. Los aos dedicados a mi trabajo me permitieron conocer a distintas personalidades de nuestra cultura, y trabaj incluso con algunos de ellos. Ms que el diseador de sus libros en ocasiones era considerado un amigo, as conoc a Julio Le Riverend, Juan Prez de la Riva, Zoila Lapique, Guillermo Snchez, Moreno Fraginals, Salvador Morales, Ibarra, Le Roy, Pastrana, Olga Cabrera, Panchito Prez, Juan Marinello, Hortensia Pichardo, entre otros muchos. Durante mi trayectoria como diseador enfrent libros de diversas temticas, pues trabajar en una editorial como Ciencias Sociales as lo exiga. A pesar de eso siempre me resultaron atrayentes dos temticas: la historia y las culturas precolombinas. Trabajar en libros de historia convierten al diseador en un investigador ms de la materia. Hay que buscar informacin que incluye todo un trabajo de recopilacin de documentos, imgenes de una poca especfica, en algunos casos, rehacer grabados o fotos de prceres legendarios, esto, desde luego, conlleva a una labor importante en el campo creativo, utilizando tcnicas de las artes plsticas como plumilla, tempera, acuarela, iluminacin de grabados, etctera. Es inimaginable el valor y la ayuda que representa para un diseador tener a su disposicin los datos necesarios para realizar un trabajo serio y profesional, es ah

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184donde la Biblioteca entra a jugar un importante papel. Adems de proporcionar el contacto con la grfica de otras culturas y pases, tanto de pocas pasadas como de la actualidad, y de ampliar la informacin puede sugerir nuevas ideas, al evocar o combinar las experiencias anteriores con las ms modernas, interpretando el espritu de una poca o de una obra en especfico, de este modo, se complementa el conocimiento sobre un autor o movimiento artstico y podemos decodificar mejor sus mensajes. Esta experiencia, es decir, la forma en que el conocimiento haca notar mi pequeez intelectual, me obligaba a entregarme cada vez ms a navegar a travs de la investigacin, contemplando cientos de imgenes y documentos que ejercan sobre m una fascinacin indescriptible. Al final, cuando el proyecto iba tomando forma, aparecan aspectos insospechados en el acercamiento primario al tema, impulsados, claro est, por el trabajo de bsqueda realizado. Hay ancdotas que ejemplifican esta relacin entre el diseador y la obra, existen actitudes que se asumen a la hora de enfrentar un trabajo, una es pasiva o neutral y otra ms activa y participativa, pertenezco al segundo grupo –guardando, por supuesto, la distancia y el respeto que debemos al autor–, donde una sugerencia es vlida si con ella se enriquece el proyecto que es todo libro. Trabajaba en el libro Los escribanos cubanos de Csar Garca del Pino cuando me percat de que, pese a la estrecha relacin que guarda la caligrafa con el origen del logotipo –vase las firmas de los pintores como Durero o la propia firma de los escribanos en los documentos, que llegan a ser logotipos caligrficos– este aspecto no se mencionaba en su obra. La sugerencia llev a incluir un acpite sobre el tema. Quiero destacar que en este trabajo las cinco actas de Cristbal Coln fueron realizadas a mano con tipos gticos de caja, una labor de tal envergadura que, por primera vez, se le dio crdito al cajista. Otro caso fue el de La moneda en Cuba de Pulido, bellsimo proyecto que aun terminado, nunca lleg a publicarse. En l se haca un recuento histrico del uso de la moneda en nuestro pas, sin embargo no mencionaba la ya existente Casa de la Moneda donde se confeccionaban medallas y condecoraciones, as como toda la moneda fraccionaria en circulacin en la Cuba actual. Al comunicrselo al autor nos dimos a la tarea de hacer una investigacin al respecto, finalmente se incluy un ltimo captulo al libro con textos e ilustraciones que le daban un final actualizado. Con Ezequiel Vieta, en el proceso de diseo de su obra Pailock, ocurri algo interesante, despus de entrevistarme con el editor del libro, el ya fallecido compaero Tajes, y tras analizar el manuscrito original, me reun con el autor y le manifest que –dedicado a Frank Kafka como “entraable amigo”– era una obra kafkiana y como tal iba a disearla, Vieta se sinti complacido con la idea y el resultado definitivo fue aceptado con mucho agrado por todos. No puedo dejar de contar una ancdota acerca del libro que ms premios nacionales e internacionales me ha

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185proporcionado a lo largo de mi carrera, me refiero a El ingenio de Manuel Moreno Fraginals. En un inicio el proyecto se concibi para un solo tomo y en l volqu toda mi creatividad, despus result que deba disear dos tomos ms, era un reto lograr una unidad coherente y lgica para los tres tomos. Tras varios meses de trabajo emplanado –que en aquel entonces era un acto totalmente manual— en mi casa e inmerso en el sopor del trabajo, que se haca cada vez ms extenso, le dije a Fraginals: –Este trabajo me tiene hasta el ltimo pelo –a lo que el autor respondi: – A m tambin. Nos echamos a rer y continuamos el quehacer con alegra. El crear libros es tambin una invitacin, con el mismo espritu de un investigador, a buscar, penetrar y descubrir el universo que lo rodea: el origen de la lengua, la transformacin de los signos en el lenguaje actual, el origen del papel, desde el pergamino y el papiro, el tipo mvil, la imprenta, la encuadernacin, y todo el legado de la civilizacin y su transformacin hasta la actualidad. Es muy interesante el conocimiento de los diversos cdigos que se utilizaron y se utilizan para definir el proceso de realizacin final de un libro: cubierta, color, texto, pginas. Es el diseo un espacio para crear mensajes paralelos al texto, con reglas y cdigos diferentes, pero que igualmente nos atraen, aunque sean imperceptibles, al deleite de la lectura. No son muchas las oportunidades de hacer bellos libros, a veces slo se queda en el proyecto o en las maquetas, algo que pudo ser y no fue por imponderables que no vale la pena explicar, pero aun en estos casos, siempre la idea que impulsa es el desafo a realizar la mejor obra de la vida, desafo que acompaa hasta el final. Para un diseador como yo, creado en las imprentas de tipo mvil, reconozco el avance que significan las nuevas tecnologas, la computacin aplicada al diseo de esta especialidad, entre otras muchas, pero estas slo significan un instrumento ms, como lo fueron en su poca el grabado en piedra, la fotografa, el color, el linotipo. Es el hombre quien guarda los tesoros del conocimiento y quien sabe utilizarlos. A pesar de todos los avances, el libro seguir existiendo, como no han dejado de existir el teatro, el cine, la radio, la televisin, el ballet y las bibliotecas. Estas ltimas no son slo un lugar para la lectura o la bsqueda de documentos, sino que su alcance es mayor, es donde confluyen las manifestaciones culturales de todas las comunidades, pueblos y naciones del mundo. Gracias una vez ms a la Biblioteca Nacional por la posibilidad de exponer mis criterios, justo en la conmemoracin de tan sealada fecha, honor que creo no merecer.

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186 Cuarenta aos despus Roberto Fernndez RetamarEnsayista, poeta y presidente de la Casa de las AmricasLa invitacin del compaero Abel para leer hoy estas lneas, al mismo tiempo me ha honrado y perturbado, y supongo que ambas cosas se entienden con facilidad. Lo menos que puedo decir es que, aunque me enorgullece la solicitud, no me resulta fcil hablar aqu cuarenta aos despus de haberlo hecho el compaero Fidel, cuando, luego de tres das de reuniones entre miembros del Gobierno Revolucionario y un grupo de escritores y artistas, l pronunci el fundamental discurso suyo que sera publicado con el ttulo Palabras a los intelectuales : si bien, como sabemos, dichas Palabras no se referan a los intelectuales en su conjunto (de cuya naturaleza y diversidad nos enseara tanto Antonio Gramsci), sino a esa zona de los intelectuales formada por escritores y artistas. Reiteradamente Fidel habla en su discurso “de los artistas y de los escritores”, o de “los artistas y los escritores cubanos”, aadiendo ms adelante un distingo entre “todos los escritores y artistas revolucionarios, o [...] todos los escritores y artistas que comprenden y justifican a la Revolucin”, y “los escritores y artistas que sin ser contrarrevolucionarios no se sienten tampoco revolucionarios”. Y si alguna vez menciona a “un artista o intelectual”, o a “un artista o intelectual mercenario, [...] un artista o intelectual deshonesto”, no parece que en estos casos se trate de sinnimos: la disyuntiva apunta ms bien al sealamiento de quienes desempean tareas afines, pero no idnticas. Y refirindose a s mismo, dir con modestia: “[...] nosotros, que hemos tenido una participacin importante en esos acontecimientos [los propios de la gestin revolucionaria], no nos creemos tericos de las revoluciones ni intelectuales de las revoluciones”. Sin embargo, para Gramsci los dirigentes polticos son tambin sin duda intelectuales, por supuesto de un tipo particular, criterio que comparto, como tantos otros del gran revolucionario italiano. Una de las primeras cosas que se me ocurrieron al comenzar a esbozar estas lneas fue que en aquellas tres reVIGENCIAS Ledo en la Biblioteca Nacional Jos Mart, La Habana, el 30 de junio de 2001.

PAGE 187

187uniones de junio de 1961, memorables para los que tuvimos el privilegio de participar en ellas, no hubiera podido estar presente nuestro ministro de Cultura, pues (quiz por desdicha) no haba all nios ni nias de diez u once aos, que es la edad que a la sazn tena Abel. Otro tanto puede decirse de quienes tambin nacieron, como l, en el nutrido 1950. Por ejemplo, el presidente de la UNEAC, Carlos Mart; el de la Asociacin de Escritores, Francisco Lpez Sacha; el de la de Artistas Plsticos, Jos Villa, sin el cual John Lennon no tendra su estatua meditabunda en un visitado parque de El Vedado; el del ICAIC, Omar Gonzlez; mi compaero de aventuras en la revista Casa de las Amricas Luis Toledo Sande; otros artistas y escritores de la jerarqua de Roberto Fabelo y Senel Paz. Adase que en las cuatro dcadas y pico que median entre las vsperas de los cuarenta y los comienzos de los ochenta del pasado siglo naci la gran mayora de quienes son hoy escritores y artistas cubanos (incluyendo desde luego a los actuales miembros de la Asociacin Hermanos Saz), y a ellos, a causa de su edad, no les fue dable ir a las reuniones de junio de 1961. Con raras excepciones, como la de quien acaso fue el ms joven de los asistentes, Miguel Barnet, quien no obstante tendra que esperar an dos aos para publicar su poemario inicial. Digamos, para no fatigar con nombres, desde gentes como Eduardo Heras Len, Nancy Morejn o Silvio Rodrguez, hasta gentes como Kcho, Elsa Mora o Rolando Sarabia. No pocos y pocas (como me consta directamente en un caso que ustedes adivinarn, pues su madre y yo la dejbamos en su cuna para venir a las reuniones) tenan apenas unos meses entonces, y muchas y muchos naceran despus. No en balde nos separan ocho lustros del acontecimiento que hemos venido a conmemorar. Y como no tiene demasiado sentido que me dirija a los sobrevivientes, ya ms bien escasos, de quienes estuvimos en la Biblioteca Nacional aquel junio de 1961 y hemos formado nuestro criterio, hablar sobre todo para los ms, aquellos que saben de los acontecimientos por versiones, a menudo harto diversas, que les han llegado. El discurso de clausura de Fidel ha sido ledo con frecuencia, y sin duda seguir sindolo. Tambin ha sido objeto de numerosos comentarios, de algunos de los cuales me valdr. E incluso se lo ha citado sin habrselo ledo, o alterando sus lneas, o desgajndolas del conjunto, con las intenciones por lo general aviesas que se supondr. Para apreciarlo debidamente, no slo es imprescindible remitirse a l con fidelidad, sino que es til recordar los contextos en que se produjo: contextos que no son siempre crculos concntricos, y a menudo se mezclan entre s. En primer lugar, el discurso fue precedido por un nmero grande de intervenciones de escritores y artistas. Tales intervenciones, improvisadas como lo sera el discurso de Fidel, no se han publicado an (ni siquiera s si existen grabaciones o transcripciones suyas), y los asistentes que quedamos conservamos recuerdos cada vez ms desvados de ellas, sin excluir las propias: al menos, esa es mi experiencia. Sin embargo, Fidel las comenta a cada rato en sus

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188Palabras que probablemente ganaran de conocerse con precisin a quines o a qu se refieren en cada caso. Al evocar treinta aos despus tales experiencias, Graziella Pogolotti dijo con vivacidad: Hoy, sentada aqu, de este lado, no puedo dejar de recordar aquellos das intensos, en que pasbamos juntos las horas, en este mismo local, en un agitado y controversial desorden, donde se dijeron cosas profundas, cosas brillantes, cosas que no lo eran tanto, como ocurre siempre cuando muchos hablan. Recuerdo que entrbamos y salamos, que conversbamos por los pasillos, que nos veamos all abajo, en el stano y en la cafetera, donde proseguan el dilogo y el debate. En segundo lugar, lo que en lo inmediato provoc aquellas reuniones fue el hecho, sobredimensionado, de haberse impedido la exhibicin de un documental. Yo no me encontraba entonces en el pas, sino en la hoy inexistente Repblica Democrtica Alemana, adonde haba ido para asistir a un congreso de escritores. Era la primera vez que visitaba un pas llamado socialista de Europa, y ello despertara en m inquietudes en las que no voy a detenerme ahora. Me limito a decir que durante mi ausencia se celebr en la Casa de las Amricas una reunin de escritores y artistas para abordar la cuestin del documental. Tal reunin, que slo conozco de odas, result un preludio de las que ocurriran algn tiempo despus en la Biblioteca Nacional, esta vez con la presencia tambin, ya aludida, de miembros del Gobierno Revolucionario. Pero estas ltimas reuniones iban a tener lugar de todas maneras, tarde o temprano. Era algo previsible, y Fidel lo aclar sin ambages al decir: “ [...] esta discusin [la de junio de l961] –que quizs el incidente a que se ha hecho referencia aqu reiteradamente contribuy a acelerar–, ya estaba en la mente del Gobierno”. Abultar aquel incidente, como a menudo se ha hecho casi siempre con mala sangre, no es apropiado. Pero tampoco lo es pretender esfumarlo. Lo justo es hacer mencin de l, y tratar de darle una explicacin. Contamos en este sentido con un testimonio excepcional: el de uno de los protagonistas de la vida cultural en la Cuba revolucionaria, Alfredo Guevara, presidente del ICAIC al ocurrir dicho incidente, quien ha asumido su responsabilidad, y aportado sus razones, en entrevista publicada en La Gaceta de Cuba en diciembre de 1992. En aquella ocasin, el entrevistador le plante: En un clima de intensos debates ideolgicos, la realizacin del documental PM en 1961 desat una polmica que desemboc en su prohibicin por parte de la Comisin de Estudio y Clasificacin de Pelculas, considerndola “nociva a los intereses del pueblo y su revolucin”. A la distancia de treinta aos, cul es su punto de vista sobre aquella decisin? Aunque la respuesta de Alfredo fue muy extensa, y por descontado polmi-

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189ca, es til recordarla en su totalidad. Hela aqu: De aquel instante quedan la noticia lejana y confusa, las interpretaciones diversas, lo que han dicho algunos protagonistas, y nuestro silencio. PM no es PM PM es Lunes de Revolucin es Carlos Franqui, es una poca convulsa y de extremas contradicciones en que participaban mltiples fuerzas. No creo que PM mereca tanto revuelo, y la reaccin del naciente ICAIC fue muy matizada. De acuerdo con el texto de su pregunta quedamos reducidos a una simple, calculada y tambin graduada prohibicin. Pero convendra recordar que en esos das se esperaba ya el ataque armado y que por todas partes se emplazaban ametralladoras y antiareas. Que el pueblo todo se movilizaba para repeler la agresin y que el espritu guerrillero y de combate estaba en su ms alto grado de exaltacin. No soy ajeno al mundo que recoge PM Titn, Guillermo Cabrera Infante y yo, con Olga Andreu y alguna que otra vez con Billo Olivares, estuvimos en El Chori, un cabaretucho de la playa que impregna con su experiencia el hilo conductor del documental; los bajos fondos, la embriaguez (y la mariguana), la msica quejumbrosa que acompaa al alcohol y el abandono de s mismo. Pero la revolucin abri un abismo en aquel grupo de amigos; unos quedaron indiferentes ante la conmocin transformadora que se desencadenaba, para ellos no pasaba de ser un trastorno bananero que perturbaba sus vidas; para otros era la culminacin potencial de la independencia nacional. Reduces el tema a PM Tengo las de perder ante el audaz periodista. Prohibir es prohibir; y prohibimos. No entrar en los detalles pero s dir que el film qued en manos de sus autores, y que cuando salieron pudieron llevrselo. Lo que no estbamos dispuestos, y era un derecho, era a ser cmplices de su exhibicin en medio de la movilizacin revolucionaria. A ellos parece que les sucede lo que a nosotros con El Mgano prefieren cultivar el mito y dejar la obra en la oscuridad. Fue el ICAIC quien la present recientemente en el Centro Georges Pompidou, en Pars, en un panorama “casi” exhaustivo del cine producido en Cuba. Si ahora, en las condiciones actuales, me tocara aprobar o prohibir PM simplemente dejara que siguiera su curso porque aunque las circunstancias no nos son favorables, no vivimos un instante de tensin y exaltacin; y tampoco yo lo vivo de aquella manera. Pero si combatiente revolucionario volviramos –y eso ya sabes que no es posible– treinta aos atrs, no vacilara seguramente en enfrentarme a los que comenzaron a usar todos los medios de comunicacin para servir a su objetivo, el de Franqui en la poca: impedir el socialismo. Acaso PM no sera la chispa, pero una chispa habra; y treinta aos despus alguien,

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190ahora, preguntara no qu estaba sucediendo contextualmente en el pas, sino [si] la chispa era o no apagable con este u otro mtodo. Aquel grupo, persecutor de Alejo Carpentier y Alicia Alonso, de Lezama Lima y de todo el Grupo Orgenes, no sali triunfador. Por eso es catalogado factualmente como “la vctima”, pero no estamos, amigo entrevistador, revisando una historia de ngeles. S que estas palabras pueden ser sospechosas de pasin. Pero en estos das me divierto leyendo el Herald [...] de Miami. En sus pginas el periodista ya de aquellos tiempos Agustn Tamargo, y tras l otros exiliados nada revolucionarios, recuerdan a Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante su historia de persecutores intolerantes; y no callan casi nada. Le har llegar copia de esta polmica. Tal vez le resulte ms creble que mis palabras. Y lo digo porque las suyas reflejan cuando menos poca informacin. Las inquisiciones son muchas. Pero slo quedan como tales las que producen vctimas. De aquellos victimados slveme Dios. El peridico Revolucin dirigido por Carlos Franqui, era rgano del Movimiento 26 Julio; y Lunes de Revolucin dirigido por Guillermo Cabrera Infante, su suplemento cultural. En consecuencia, no podan aparecer como ms oficiales. Con posterioridad a las reuniones de 1961, tanto Franqui como Cabrera Infante, consecuentes con la conducta denunciada, abandonaron el pas y se desenmascararon como contrarrevolucionarios viscerales. Pero, si bien no es este el momento de dilucidar la cuestin, hay que decir que, a pesar de oportunismos polticos y mezquindades de varia ndole, no todo lo publicado en el peridico ni en su suplemento era desdeable. Sin duda hubo valores positivos en uno y otro que el tiempo, ese autor por excelencia de antologas de que habl Borges, se est encargando de poner en su sitio. Parte de la propia obra literaria de Cabrera Infante tiene mritos, aunque l sea un resentido calumniador de oficio y beneficio. En todo caso, importa subrayar que las reuniones de junio de 1961 y el discurso de Fidel, cuyo cuadragsimo aniversario celebramos, estuvieron lejos de agotarse en la querella en torno a PM: querella ciertamente de raz poltica, como ha explicado Alfredo. Y poltico, en el ms amplio sentido de este trmino, fue el contexto mayor en que estuvieron situados aquellos acontecimientos. Pues ese contexto era la Revolucin Cubana que haba llegado al poder, tras combates heroicos, en enero de 1959. Quiz hoy para muchos sea difcil comprender en plenitud el clima de esperanza, fervor y lucha que entonces se viva, aunque es bien conocido el conjunto de hechos histricos desencadenados a raz de aquella fecha. Baste recordar que en abril de 1961 haba sido derrotada en sesenta y seis horas la invasin enviada por el imperialismo estadounidense; y que la vspera de iniciarse dicha invasin Fidel haba proclamado el carcter socialista asumido por nuestra Revolucin. Adems, ese ao 1961 se estaba llevando a cabo la extraordinaria campaa que erradicara el analfabetismo de

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191nuestro pas, e iba a constituir una realizacin cultural de primera magnitud. Sin embargo, para numerosos escritores y artistas de izquierda, no slo en Cuba sino en todo el mundo, un fantasma lo recorra: el de esa monstruosa deformacin encarnada en el realismo socialista, que causara incalculables daos en pases que se decan socialistas y aun ms all de ellos. No me gusta patear a un mulo muerto, ni dejo de reconocer virtudes en el pas nacido de la gran Revolucin de Octubre de 1917, ni de agradecer la ayuda material que prest a nuestra Revolucin sobre todo en sus difciles momentos iniciales. El haber contribuido decisivamente a la derrota del nazifascismo, menos de veinte aos antes de 1961, fue sin duda una de las virtudes mayores de la Unin Sovitica. Pero los graves errores polticos, las arbitrariedades y las deformaciones intelectuales que acabaran por dar al traste con aquel grandioso experimento ofrecan a los escritores y artistas un rostro particularmente cercano en el realismo socialista, del que se ha dicho que tena, entre otros, dos defectos ostensibles: no ser realista y no ser socialista. Su fantasma es el que explica la reaccin de tantos ante el fenmeno sin duda menor de PM Declarada socialista nuestra Revolucin, lo que no poda sino llenar de jbilo a cuantos desde la ms temprana edad nos considerbamos socialistas, as fuera por la libre, no parecan enteramente desencaminadas ciertas inquietudes ante el hecho de que la ms joven de las revoluciones de ese carcter en el planeta pudiera incurrir en errores similares a los que haban daado, en este campo, a los otros pases que se decan tales, siguiendo el mal ejemplo sovitico. Resulta ms que comprensible la reaccin de Fidel ante preocupaciones expresadas por varios de los asistentes a las reuniones. Como figura principal de una revolucin que haba mostrado una y otra vez su originalidad, su independencia, su autoctona, la sorpresa de Fidel ante dichas preocupaciones era bien explicable. Pero al menos algunas de ellas no dejaban de tener razn de existir, desde una perspectiva que tomara en cuenta numerosas experiencias de otros pases. Cuatro aos despus de 1961, en “El socialismo y el hombre en Cuba”, el Che iba a escribir: Se busca entonces la simplificacin, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la autntica investigacin artstica y se reduce el problema de la cultura general a una apropiacin del presente socialista y del pasado muerto (por tanto, no peligroso). As nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado. Pero el arte realista del siglo XIX tambin es de clase, ms puramente capitalista, quizs, que este arte decadente del siglo XX, donde se transparenta la angustia del hombre enajenado. El capitalismo en cultura ha dado todo de s y no queda de l sino el anuncio de un cadver maloliente; en arte, su decadencia de hoy. Pero por qu pretender buscar en las formas congeladas del realismo socialista la nica receta vlida? No se puede oponer al realismo socialista

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192“la libertad”, porque esta no existe todava, ni existir hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva; pero no se pretenda condenar a todas las formas de arte posteriores a la primera mitad del siglo XIX desde el trono pontificio del realismo a ultranza, pues se caera en un error proudhoniano de retorno al pasado, ponindole camisa de fuerza a la expresin artstica del hombre que nace y se construye hoy. En sus Palabras de 1961 Fidel afront la cuestin candente que ya le haban planteado (dijo) visitantes como Jean Paul Sartre y C. Wright Mills, al decir: “El problema que aqu se ha estado discutiendo y vamos a abordar, es el problema de la libertad de los escritores y artistas para expresarse”. Y ms adelante: Se habl aqu de la libertad formal. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que se respete la libertad formal. Creo que no hay duda acerca de este problema. La cuestin se hace ms sutil y se convierte verdaderamente en el punto esencial de la discusin cuando se trata de la libertad de contenido. Es el punto ms sutil porque es el que est expuesto a las ms diversas interpretaciones. El punto ms polmico de esta cuestin es si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresin artstica. [...] Permtanme decirles en primer lugar que la Revolucin defiende la libertad; que la Revolucin ha trado al pas una suma muy grande de libertades; que la Revolucin no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupacin de alguno es que la Revolucin vaya a asfixiar su espritu creador, [...] esa preocupacin es innecesaria, [...] esa preocupacin no tiene razn de ser. Como carece de sentido, no obstante la tentacin grande de hacerlo, que contine citando textualmente de aquellas Palabras me limitar a las lneas que en cierto modo resumen lo esencial del texto: [...] dentro de la Revolucin, todo; contra la Revolucin, nada. Contra la Revolucin nada, porque la Revolucin tiene tambin sus derechos y el primer derecho de la Revolucin es el derecho a existir, y frente al derecho de la Revolucin de ser y de existir, nadie, por cuanto la Revolucin comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolucin significa los intereses de la nacin entera, nadie puede alegar con razn un derecho contra ella. Creo que esto es bien claro. Cules son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolucin, todo; contra la Revolucin, ningn derecho. Naturalmente que estos juicios, como casi cualesquiera otros, son susceptibles de ms de una interpretacin, y as ha ocurrido en este caso. Me cuento entre aquellos para quienes “dentro de la Revolucin”, lejos de ser un llamado a

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193la obsecuencia, incluye la crtica, desde perspectivas revolucionarias, de los que se estimen conflictos o errores en que hemos incurrido. Es algo que ejemplifican filmes de nuestro admirable cineasta de ficcin Toms Gutirrez Alea como Memorias del subdesarrollo La muerte de un burcrata o Fresa y chocolate Por cierto, no est de ms recordar que este artista rebelde secund en su intervencin de junio de 1961 la medida tomada por el ICAIC en cuanto a PM Una de las primeras consecuencias de las reuniones de junio de 1961 y del discurso de Fidel fue el cese de la publicacin de Lunes de Revolucin y la convocatoria a un amplio y movido congreso que se celebr en agosto de ese ao, y de donde nacera la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). A su frente se encontr desde el primer momento Nicols Guilln, junto a un Secretariado de escritores y artistas cuyo promedio de edad era bajo. Entre sus integrantes, Lisandro Otero y Jos A. Baragao tenan veintinueve aos; yo, treinta y uno. Las Palabras a los intelectuales iban a ser la lnea rectora de la flamante institucin, es decir, el sentido de unidad, la amplitud de criterios estticos, el rechazo a todo dogmatismo o sectarismo, el carcter multigeneracional. Pronto empez a dar forma a sus publicaciones peridicas, que veran la luz al ao siguiente: La Gaceta de Cuba y la revista Unin En ambas desempeara papel capital Guilln, acompaado en La Gaceta sobre todo por Lisandro; y en Unin por Alejo Carpentier y por m, a quienes se unira Jos Rodrguez Feo. A fin de abreviar estas lneas (pues los cuarenta aos de la UNEAC merecen trabajo aparte), transcribir, como mero ejemplo, en su orden de aparicin, la lista de autores que colaboraron en el primer nmero de Unin : Carpentier, Navarro Luna, Labrador Ruiz, Lezama Lima, Piera, Fayad, Nivaria Tejera, Marinello, Martnez Estrada, Augier, Ardvol, Portocarrero, Feijoo, Baragao, Daz Martnez, Lisandro, Rodrguez Feo, Rine, Lol de la Torriente, Graziella. Tambin haba unos versos mos. Y como “Documento”, la “Segunda Declaracin de La Habana”. Fechada en Pars el 21 de septiembre de 1967 (es decir, cuando an no se vislumbraban la desaparicin del llamado campo socialista europeo y la implosin de la Unin Sovitica), recib una carta que era testimonio elocuente de la enorme trascendencia de aquel texto de Fidel. La carta era del firme comunista y amigo de los pases socialistas que fue Juan Marinello, quien me escribi all: “He credo siempre que el discurso del compaero Fidel en 1961, dirigido a los intelectuales, tiene un relieve capital: nos salv de caer en los feroces dirigentismos que ensombrecieron en otras lat itudes la ta rea creadora”. Si as opinaba una criatura como Marinello, se comprende fcilmente lo que el discurso implic para muchsimas otras personas, para el destino de la vida cultural de la Cuba revolucionaria. Pero aquel mismo 1967 nuestra realidad histrica comenz a variar, y no para bien. En octubre de ese ao fue asesinado el Che, y con tal asesinato, que hizo posponer de nuevo hermosos y au-

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194daces proyectos de hacer avanzar la Revolucin de nuestra Amrica, se clausuraron nuestros aos sesenta. Hechos posteriores, como el malhadado “caso Padilla”, el incumplimiento de la zafra de los diez millones, no obstante el esfuerzo realizado, o ciertas consecuencias del Congreso de Educacin y Cultura de 1971, pusieron al pas en situacin difcil: todo ello unido a un aislamiento recrudecido. El ingreso de Cuba en el CAME, en 1972, no contribuy a mejorar las cosas. Nos habamos sentido orgullosos de merecer la observacin de Maritegui segn la cual el socialismo no poda ser en Amrica calco y copia, sino creacin heroica. Pero aunque no faltaron, como no lo han hecho nunca, creaciones heroicas de nuestro pueblo, asomaron su oreja el calco y la copia. Aludiendo al ambiente cultural de la poca, Ambrosio Fornet acuara ms tarde la expresin “Quinquenio gris”. Es bizantino discutir sobre si fue slo un quinquenio o si fue ms o menos gris. Lo cierto es que algunos peligros que se daban por conjurados amenazaron entonces con empobrecer nuestra vida cultural, si bien no se llegara nunca al ejercicio de uno de esos “feroces dirigentismos” a que aludi Marinello. Pero se dio entrada a prejuicios absurdos, escritores y artistas valiosos fueron marginados, la mediocridad encontr terreno abonado y se debilit en parte el impulso creador. No temo evocar las dificultades o las equivocaciones de la Revolucin, porque el proceso del aprendizaje, y hasta el del crecimiento, implican lo que se ha llamado ensayo y error. Y adems, porque slo el ejercicio franco y valiente de la autocrtica (no el regodeo, que puede ser interesado, en las mataduras) nos permite volver a encontrar la ruta correcta. Aludiendo a esta poca ingrata, escribi en 1991 Armando Hart, a quien se le haba encomendado en 1976 crear y dirigir el Ministerio de Cultura: Es cierto que ha habido reveses, algunos dolorosos y bastante amargos, pero ninguno de ellos estratgico ni con el peso necesario como para nublar la obra de la Revolucin en la cultura. Hemos dicho, una y mil veces, que lo mejor, ms depurado y de ms alto nivel intelectual del pas permaneci fiel a Palabras a los intelectuales y se mantiene al servicio de la Revolucin Cubana. Cinco aos ms tarde, en 1996, aadira Hart: Cuando se cre el Ministerio de Cultura, en diciembre de 1976, entend que se me haba situado en esta responsabilidad para aplicar los principios enunciados por Fidel en Palabras a los intelectuales y para desterrar radicalmente las debilidades y los errores que haban surgido en la instrumentacin de esa poltica. Consider que slo era posible hacer ms efectiva mi gestin promoviendo la identidad nacional cubana, que se haba articulado en nuestro siglo con el pensamiento socialista. Apreci que para este empeo era necesario emplear, en el campo sutil y delicado del arte y de la cultura, los estilos polticos de Mart y Fidel. Armando, un histrico de la Revolucin Cubana, tras realizar una encomiable

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195tarea al frente del Ministerio, y hacer posible la extincin del “Quinquenio gris”, ha sido continuado por uno de aquellos nios que tenan diez u once aos cuando Fidel pronunciara su discurso orientador. Me refiero, naturalmente, a Abel Prieto. Si he destacado desde el primer momento la cuestin de su edad, que es tambin, ms o menos, la de muchsimos de nuestros escritores y artistas, de nuestros dirigentes en el rea cultural, es porque veo en ello una seal llena de esperanza. Al concluir sus Palabras Fidel se refiri “a las generaciones futuras que sern, al fin y al cabo, las encargadas de decir la ltima palabra”. Mientras exista la humanidad, se sucedern las generaciones como las hojas de los rboles, segn el viejo poema, y en consecuencia volver a decirse la ltima palabra. Pero para quienes un da inolvidable escuchamos de labios de Fidel aquel discurso, nuestras generaciones futuras inmediatas son las que llevan hoy la voz cantante: lo que en modo alguno supone desconocer la vala de los mayores, como lo muestra, por ejemplo, el caso de Compay Segundo y sus muchachones. A pesar de realidades muy duras, de descalabros, de tristezas, las promociones recientes tienen ante s un pas con ms posibilidades que las que nos fueron deparadas: un pas alfabetizado, donde se ha puesto el nfasis en la cultura al punto de decir Fidel que es lo primero que hay que salvar, y que est siendo difundida cuantiosamente en sus ms altas producciones; un pas que en circunstancias muy adversas, de recrudecimiento del bloqueo, ha conservado, fortalecido y multiplicado sus instituciones culturales; un pas que perdi el apoyo material de naciones europeas que se decan socialistas, pero a la vez est liberado de la sombra que las estrecheces espirituales de tales naciones echaban sobre l, a nombre de una deformacin teratolgica del marxismo; un pas libre, independiente y soberano que piensa con su cabeza y siente con su corazn, no obstante estar rodeado de vergonzosos ejemplos de “pensamiento nico”, cinismo, corrupcin y desaliento. Es natural, es til que los nuevos critiquen. “Los pueblos han de vivir criticndose”, deca Mart, “porque la crtica es la salud; pero, –aada el Maestro–, con un solo pecho y una sola mente”. Y es imprescindible que sean fieles a otro consejo, tambin del programa radical, hermoso y vigente que es “Nuestra Amrica”: “Crear, es la palabra de pase de esta generacin”. Se nos pregunta con frecuencia cmo ser nuestro futuro. Pero el futuro no empieza con un hachazo, como tampoco lo hace el alba, segn experimentamos quienes hemos contemplado el glorioso espectculo del amanecer en medio del mar; ni la primavera, que “ha venido”, escribi Antonio Machado, y “nadie sabe cmo ha sido”. Hay que ser muy poco perspicaz para no reparar en que nuestro futuro ya ha comenzado, cuarenta aos despus.

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