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Revista de la Biblioteca Nacional

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Material Information

Title:
Revista de la Biblioteca Nacional
Added title page title:
Revista de la Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Physical Description:
50 v. : ill. ; 26 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Biblioteca Nacional José Martí
Publisher:
La Biblioteca
Place of Publication:
Habana, Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Bibliography -- Periodicals.
Cuban literature -- Bibliography -- Periodicals.
Cuba -- Bio-bibliography -- Periodicals.
Genre:
serial   ( sobekcm )

Notes

Citation/Reference:
Also, Biblioteca Nacional "José Martí". Revista de la Biblioteca Nacional "José Martí" (OCoLC)2454556
Bibliography:
Indexes: T. 1-4, 1949-53 with t.4.
General Note:
Title from cover.

Record Information

Source Institution:
Biblioteca Nacional José Martí
Holding Location:
Biblioteca Nacional José Martí
Rights Management:
All rights reserved by the holding and source institution.
Resource Identifier:
oclc - 2459262
System ID:
AA00019219:00034


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2 Director anterior : Julio Le Riverend Brusone (1978-1993)Director: Eliades Acosta MatosConsejo de Redaccin:Rafael Acosta de Arriba, Salvador Bueno Menndez, Ana Cairo Ballester, Toms Fernndez Robaina, Josefina Garca Carranza, Zoila Lapique Becali, Enrique Lpez Mesa, Francisco Prez Guzmn, Siomara Snchez, Emilio Setin, Carmen Surez Len, Eduardo Torres CuevasJefa de Redaccin: Araceli Garca CarranzaEdicin : Marta Beatriz ArmenterosDiseo e ilustracin: Luis Garzn MasabComposicin electrnica: Departamento de Ediciones de la Subdireccin de Promocin y Desarrollo Biblioteca Nacional Jos MartCanje: Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Plaza de la Revolucin Ciudad de La Habana Fax: 81 6224 / 33 5938 Email: bnjm@jm.lib.cult.cu En Internet puede localizarnos: htp/binanet.lib.cult.cuPrimera poca 1909-1912Segunda poca 1949-1958Tercera poca 1959-1993Cuarta poca 1999La Revista no se considera obligada a devolver originales no solicitados. Cada autor se responsabiliza con sus opiniones. Ao 91/ Cuarta poca Enero-junio 2000 Nmero 1-2 Ciudad de La Habana ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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3ndice GeneralELIADES ACOSTA MATOSEditorial ..................................................................................................................... ....... 7 HOMENAJE A ROBERTO FERNNDEZ RETAMAR ANA CAIROLa continuidad de nuestras tradiciones ...................................................................... 9 ALFONSO REYES ROBERTO FERNNDEZ RETAMARCorrespondencia (1951-1959) ..................................................................................... 11 GRAZIELLA POGOLOTTIAquel estudiante de arquitectura ............................................................................... 49 ARACELI GARCA CARRANZALa Biobibliografa y la coleccin Retamar en la Biblioteca Nacional Jos Mart ................................................................................... 51 AMBROSIO FORNETEl autor que siempre se anticipa ................................................................................. 53 DENIA GARCA RONDA“El otro” de Retamar .................................................................................................... 55 CARMEN SUREZ LE"NTranstextualidad y/o sobrevida de un poema y de su poeta ................................ 58 VIRGILIO L"PEZ LEMUSHacia la nueva En saludo al setenta cumpleaos de Roberto Fernndez Retamar .................................................................................. 62 AMAURY B. CARB"N SIERRARoberto Fernndez Retamar, latinista ........................................................................ 64 Iraida Rodrguez Figueroa Memoria alerta .............................................................................................................. 6 7 LUIS TOLEDO SANDECarta a la Revista de la Biblioteca Nacional .......................................................... 69 PEDRO PABLO RODRGUEZFernndez Retamar ....................................................................................................... 72 VIGENCIAS IVN A. SCHULMANFernando Ortiz y el culto a Mart ............................................................................... 75 ANA CAIROLos intelectuales orgnicos en Cuba: algunas reflexiones .................................... 81

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4 BRGIDA PASTORIdentidad femenina en el Cuadernillo autobiogrfico de Gertrudis Gmez de Avellaneda ........................................................................... 90 DAISY CU FERNNDEZMuerte y resurreccin del poeta Plcido .................................................................. 98 TERESA DELGADOAlfonso Reyes: esencia y ancilaridad en su concepto de literatura .................. 105 MARIEN PRIETOLa Habana para un infante difunto Para una relectura del espacio citadino ................................................................................................... 120 JOS L"PEZ SNCHEZGnesis histrica de la cultura cientfica cubana ................................................... 135 ELIADES ACOSTA MATOSLa globalizacin y sus daos colaterales ............................................................... 158 JOS MANUEL DEL VALEl balcn vaco. Notas sobre la identidad nacional a fin de siglo ....................... 167 ELIADES ACOSTA MATOSCorreo en respuesta al artculo de Jos Manuel del Val ....................................... 189 RESEAS AMAURY B. CARB"N SIERRANuevo nmero de Letras. Cultura en Cuba ......................................................... 193 ESTEBAN LLORACH RAMOSLeer a Mart 1999 ...................................................................................................... 195 ENRIQUE L"PEZ MESASobre esclavos y precios .......................................................................................... 196 LIBROS ELIADES ACOSTA MATOSPresentacin al libro Cultura, Estado, Revolucin de Antonio Nez Jimnez ....................................................................................... 198 EN LA BIBLIOTECA ADRIN GUERRADonacin de Ismaelillo ............................................................................................. 202 MARTA BEATRIZ ARMENTEROSActividades ................................................................................................................. 2 02

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7 Editorial Cuando muchos de los que leen estas palabras y quien las escribe no vivamos ya sobre la Tierra; cuando los que vendrn despus se hagan casi las mismas preguntas que nos hacamos nosotros y se les acabe tambin su tiempo sin haber alcanzado a desentraar las respuestas adecuadas para las dudas eternas, se hablar todava de la zaga cultural de la Revolucin cubana, de los tipos obstinados e irrepetibles que la protagonizaron. Vale la pena haber vivido en estos tiempos. Nadie de los de entonces ha podido abjurar de ellos, aunque, ciertamente, algunos lo hayan vivido de una manera inexplicable. Una especie de respeto ecumnico, espontneo, rodea en Cuba a los sobrevivientes de aquella epopeya. Nadie, ni aun los ms exaltados iconoclastas del momento, ni los que apuestan a resaltar con la estridencia de turno, se atreven a transgredir ciertos lmites que la propia vida ha creado. Puede que, aunque raramente, alcancemos a presenciar el aleccionador espectculo de algn kamikaze intelectual que se desintegra al chocar contra la majestad de algunas de estas personas a quienes pretende, ingenuamente, atacar. Cuando la marea arroja sobre la playa los restos de su naufragio, se comprende mejor qu significado tienen los das intensamente vividos, la fuerza de servir sin descanso a un ideal, cunto blinda la libertad intelectual asumida a conciencia, cunto fortalece la lealtad a s mismo y a la Historia. Los hombres y mujeres de los que hablo forman algo as como un equipo “Todos estrellas” de la cultura revolucionaria y cubana. Ningn pas, por grande y poderoso que fuese, podra darse el lujo de mantener sentados en el banco, sin usar regularmente, a tales jugadores. Ellos tampoco lo soportaran. Roberto Fernndez Retamar une a su ms que demostrado talento y a su obra inmensa, la cualidad de mantener la distancia y la ecuanimidad; la de aparecer en pblico lo estrictamente necesario, lo imprescindible para mantener viva la leyenda. Pocas veces he visto una presencia ms fuerte en las letras y el pensamiento cubanos sustentada sobre la ms estricta invisibilidad. Pocas veces se ha reafirmado ms un autor, un pensador, un poeta de su talla, sin proponrselo, y aun contra su propio deseo. Con motivo de su cumpleaos nmero 70, la Revista de la Biblioteca Nacional se une al jbilo de numerosas instituciones cubanas y extranjeras deseosas de hacerle saber su admiracin y cario, de testimoniarle que vale la pena vivir como l lo ha hecho y de luchar por lo que ha luchado. Retamar es uno de los escritores cubanos que ms estrecha relacin ha mantenido siempre con la Biblioteca Nacional. Su trato respetuoso hacia nuestro colectivo y su demostrada confianza en que la institucin sabra remontar las dificultades que ensombrecieron, en tiempos felizmente ya superados, su capacidad de cuidar con honor el patrimonio bibliogrfico de la nacin, justifican la predileccin con que los bibliotecarios lo tratan.

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8Pocos, como Retamar, han mostrado con tantos hechos concretos su voluntad de hacer depositaria a la institucin de una buena parte de sus papelera, de la extensa documentacin que se agolpa en las mrgenes de toda obra grande. Cuando chocamos con incomprensiones a la hora de persuadir o concientizar a quienes deben entender el papel patrimonial que cumple una Biblioteca Nacional; cuando alguien nos dice que no ha pensado en la necesidad de guardar en nuestras bvedas su documentacin creativa, siempre pensamos en Retamar. Pocos como l han tenido menos necesidad de recurrir a nosotros para guardar lo que ya ha sido seleccionado por la vida para perdurar, y sin embargo, nadie ms puntual a la hora de entregarnos sus papeles. Este nmero especial de la Revista de la Biblioteca Nacional ha reunido a un grupo importante de autores contemporneos vinculados por el denominador comn de este homenaje. No s qu pensar Retamar en el momento de leer sus trabajos, pero yo no concibo muestras de mayor respeto hacia un creador que las que expresan estos artculos. Cuando en las tribunas en que los creadores cubanos discuten sus ideas se escucha la voz grave y pausada de Retamar, todos hacen silencio. Se espera siempre de sus intervenciones la agudeza y brillantez que orientan y el despliegue de una cultura vasta, que nunca agrede. Es que por l hablan Calibn, y Casa de las Amricas y tanta poesa y ensayos martianos.Y los poetas y escritores cados por un mundo mejor. Y su maestro Ezequiel Martnez Estrada.Y el espritu inquieto y rebelde, a fuerza de honrado y deseoso de saltar toda atadura, el espritu lcido, inmenso y militante que anima a hombres como el Che. Espero que el humilde homenaje de esta revista, que es suya por derecho propio, renueve el pacto con una institucin, como la nuestra, que se precia de su aliento y presencia; que ve en su alargada figura de caballero andante, de jacobino impenitente, de garibaldino entre mambises, la prefiguracin de lo que un da, no lejano, han de ser los nuevos intelectuales cubanos; los que recojan el guante de los animadores de esta tradicin que no se rinde, que no se doblega con el paso de los aos, que escribe y piensa mejor con el volar de los das. No siento nostalgia, sino orgullo por tanto que hemos vivido, sentido, escrito y ledo, en estos aos de Revolucin. Siento orgullo, un orgullo inmenso y bienhechor, por haber visto y escuchado a hombres como Retamar. De ello hablar a mis nietos y lo dejar escrito para que nadie ponga en duda que estos Profetas de la Buena Nueva de la Redencin Humana existieron. Con letras de fuego queda escrito. Como en lo ms profundo de la Patria queda grabada la obra de los fundadores, la de Retamar entre ellos. Los tiempos de gloria no han concluido. El Hombre Nuevo no es un delirio trasnochado entrevisto en la bruma de los 60. An es posible su advenimiento, su construccin. ¡Gracias Maestro, por recordrnoslo, por exigrnoslo! ELIADES ACOSTA MATOS

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9 La continuidad de nuestras tradiciones Ana CairoProfesora de la Universidad de La HabanaEn 1930, un comit de intelectuales y el Directorio Estudiantil Universitario planearon rendir tributo a Enrique Jos Varona (1849-1933), con motivo del primer cincuentenario de su primer curso de filosofa. La gran manifestacin estudiantil del 30 de septiembre, en que participaron tambin profesores y obreros, se convirti en el acto ms oportuno y trascendente de reconocimiento al pensador. Cinco aos despus, Jos Mara Chacn y Calvo (director de cultura de la Secretara de Educacin) public el libro Homenaje a Enrique Jos Varona en el centenario de su primer curso de filosofa, que constitua una miscelnea de estudios literarios, histricos y filosficos. As, se daba cumplimiento eficiente (pero tardo al ser ya post mortem ) a las aspiraciones del comit gestor en 1930. De nuevo, al comenzar 1965, un grupo de intelectuales prepar un tributo a Fernando Ortiz (1881-1969) para recordar el cincuentenario de su primer impreso. Con el apoyo solidario de colegas de las Amricas se logr reunir en tres tomos la Miscelnea de estudios dedicados a Fernando Ortiz (1955-1957). Despus de 1959, la tradicin de homenajes se renov al privilegiarse el arribo a los setenta aos, como la ocasin ideal para los festejos. Nicols Guilln, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Ral Roa, Vicentina Antua, Jos Z. Tallet, Carlos Rafael Rodrguez y Jos Antonio Portuondo, entre otros, disfrutaron de esos jubileos signados por el afecto admirativo. Roberto Fernndez Retamar entrar en el “club de los setenta” (segn el fino humor de Portuondo) el 9 de junio. Sus compaeros de estudio, amigos, alumnos y colaboradores, hemos querido ofrecerle este convite. Fernndez Retamar hizo su primera revista, Alba cuando era estudiante de bachillerato en el Instituto de la Vbora. Ha dirigido otras como la Nueva Revista Cubana o Unin. Sin embargo, la mejor hazaa ha sido regir el proyecto cultural y de educacin a distancia Casa de las Amricas desde 1965. Atendiendo a ese amor a las revistas, hemos querido estructurarle esta moHOMENAJE A ROBERTO FERNNDEZ RETAMAR

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10desta “miscelnea” en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart En el nmero se contrapuntean textos inspirados en l o en su obra, con otros relativos a algunos de sus amores temticos, o ilustrativos del desarrollo alcanzado por las materias que ayud a fundar, o a impartir, en la Universidad de La Habana, donde ostenta la condicin de Profesor Emrito. Con este jubileo para Fernndez Retamar se contina la tradicin fundada con el homenaje a Varona hace setenta aos.

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11 Alfonso Reyes/Roberto Fernndez Retamar. Correspondencia (1951-1959) Se me ha solicitado esta correspondencia para su publicacin en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart con motivo de que debo cumplir pronto setenta aos: los que tena Reyes al morir, mientras yo tena veintinueve. Si bien yo conservaba las cartas y las tarjetas que don Alfonso me haba enviado, no ocurra lo mismo, como es lgico, con las que hiciera llegar a l. Pero el investigador Vladimir Smith, cuando tuvo a su cargo la Biblioteca Alfonso Reyes de la Casa Benito Jurez, de La Habana, encontr en Mxico, en la Capilla Alfonsina (e hizo fotocopiar), casi todas las comunicaciones mas. No hall la primera, del 19 de junio de 1951; la del 9 de julio de 1955, que pude reconstruir al menos aproximadamente a partir de un borrador, y otra de agosto de ese ao en que anunci a Reyes que haba obtenido por concurso-oposicin una ctedra en la Universidad de La Habana. Smith me dijo en 1996 que esta correspondencia, unida a otras mantenidas por don Alfonso con varios cubanos, aparecera en libro que iba a publicar la Academia de Ciencias de Cuba. Es de suponer que nuestra escasez de papel lo impidi, de modo que la doy a conocer ahora, aadindole, cuando lo consider necesario o posible, notas explicativas mas. Adems uniform las referencias a obras: ttulos de libros, revistas, cuadernos, etctera, aparecen en cursivas; ttulos de poemas, artculos, ensayos, etctera, incluidos en otras publicaciones, aparecen entre comillas. Conserv el uso personal de maysculas o minsculas en los ttulos. Si el original de la carta o tarjeta no est mecanografiado, sealo entre corchetes que es un texto manuscrito; y hago otro tanto con respecto a las posdatas manuscritas. Finalmente, he separado por asteriscos las comunicaciones. La Habana, marzo del 2000 R.F.R.

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12Mxico, D.F., 31 de julio de 1951. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, San Francisco 19, Vbora, La Habana, Cuba. Muy estimado seor mo: Gracias por su bella y potica plaquette Elega como un himno ,1 y mi enhorabuena. Aqu va un poema autgrafo de hace 26 aos para la exposicin de que me habla su atenta del 19 de junio ltimo.2Lo saluda con la mayor estimacin Alfonso Reyes Av. Industria 122, Mxico 11, D.F. ******* Alfonso Reyes saluda atentamente al Sr. R. F. Retamar y le agradece el envo de Patrias .3Av. Industria, 122 A. R. Mxico, D.F.Febrero 29 de 1952. *******

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13 Transcripcin en la pgina siguiente

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14[Tarjeta manuscrita. Al dorso lleva una foto: Biblioteca de Alfonso Reyes. Av. Industria 122, Mxico 11, D.F. (foto Gisle Freund)] 12.4.1954 Gracias a Roberto Fernndez Retamar: generosidad y comprensin, elegancia y tino. No s qu admirar ms. Mi gratitud no encuentra palabras. Las dos manos de su amigo Alfonso Reyes4[Al borde izquierdo] Por favor, su direccin personal A.R. ******* [Carta manuscrita] La Habana, mayo de 1954 Sr. don Alfonso Reyes Mxico Admirado Sr. Reyes: ltimamente he tenido dos alegras: la que me proporcion la lectura de su Obra potica ; y la que me trajo su tarjeta, al decirme que le haba agradado mi pobre, pero entusiasmada nota en la revista Orgenes : gracias a Ud. por esa doble y hermosa manera de alegrar. Yo guardo entre mis recuerdos ms protegidos de olvido, el de un medioda del verano de 1952 en que –en compaa de mi esposa5 y del pintor cubano Felipe Orlando6– estuve con Ud. en esa capilla alfonsina, corazn del saber americano. De aquella visita (“Breve viaje a don Alfonso Reyes”) hice una narracin que apareci en una revista, y que no le envi porque sali cumplidamente acompaada de esa corte de erratas que nadie ha lamentado como Ud.

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15Ahora, frescas todava tinta y erratas, le envo esta labor escolar; y un nuevo y siempre vivsimo testimonio de afecto y admiracin. Retamar s/c-Calle H No. 510, Ap. 12, El Vedado, La Habana ******* Mxico, D.F., 1 de junio de 1954. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, Vedado La Habana C U B A Querido amigo: Gracias por su carta y por su precioso libro La poesa contempornea en Cuba que de veras es una alegra leer y releer, porque a cada paso se encuentra uno con lo que suea y con lo que desea. Lo felicito cordialmente. Le agradezco los buenos recuerdos y menciones. Quedo atento a su obra y prendado de su buena amistad. Muy suyo, Alfonso Reyes Av. Industria 122, Mxico 11, D.F, *******

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16Mxico, D.F., 3 de noviembre de 1954. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, Calle H n 510, apto. 12, La Habana, C U B A Amigo mo: Por mis bodas de oro con la pluma (28 de nov. 1955) algunos amigos quieren publicar, en el Fondo de Cultura, un breve volumen de muy escogidas pginas sobre mi obra, hechas ya anteriormente Me piden su artculo de Orgenes X, n 34, 1953, pgs. 73-76.8 No lo dar sin previa autorizacin de usted, y si hay retoques, los espero. Si no le agrada, no tenga empacho en decrmelo. Suyo cordialmente Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. ******* La Habana, noviembre 11 de 1954 Sr. don Alfonso Reyes Av. Gral. Benjamn Hill, No. 122, Mxico 11, D.F. Admirado don Alfonso: Su carta me ha trado alegra verdadera. Pensaba ya, desde hace semanas, despus de conocer (por artculo de Flix Lizaso9) la cercana de su primer medio siglo “entre libros”, cmo sumarme, de alguna manera, al natural jbilo por esos

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17sus cincuenta generosos aos de literatura. Ahora Ud. me ofrece la ms grata oportunidad. Con gusto he vuelto a copiar (para ser honrado: lo ha hecho mi esposa) el trabajo, y he tachado aqu y all, con la esperanza de que no se escapen erratas de las que deshacen o hacen sentido. No pierda Ud. costumbre, le ruego, de sorprender tan esplndidamente como con su carta ha hecho, a su devoto Roberto Fernndez Retamar Calle H No. 510, apto. 12, El Vedado, La Habana. ******* La Habana, 23 de diciembre de 1954 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill no. 122, Mxico 11, D. F. Admirable Reyes: Joyce pidi alguna vez, entre socarrn y grave, un lector dedicado de por vida a la tarea de leerlo. Yo no s si usted ha hecho, en algn sitio de su bosque, tan singular peticin. Pero a sus lectores se nos va –se nos acrece– la vida en ese siempre renovado y siempre insaciado placer de leerlo por los cuatro puntos cardinales. En estos meses, no ya por razones de mero deleite, sino por urgencias acadmicas (“con vistas, como todo espaol, a oposiciones”, deca en carta reciente a un amigo el poeta Valverde10 de parecidas labores), he vuelto sobre sus grandes textos, que me entregaron, junto al placer de ayer, la armoniosa erudicin que tanto le agradecemos. Aun despus de estudiados los tres gruesos y secos volmenes de J. E. Sandys ( A History of Classical Scholarship ),11 hallamos materia y espritu sobrados

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18en La Crtica en la Edad Ateniense ,12 en La Antigua Retrica .13 Pero, “a lo que te truxe”: la noche del da 20-21 volv a devorarme Junta de Sombras .14 A las dos o tres de la madrugada se acab el libro –y casi me acabo yo. Pero he aqu que cuando regreso maltrecho, a la hora de almuerzo, de las clases, me espera la alegra de ver que la silva ha echado nuevas hojas verdes. Para mayor gusto, haba buscado en vano el cuaderno que tuvo la bondad de enviarme,15 as que esta lectura fue la primera. Y en fin, qu decirle?: consuelo nuevo; y estos versos,16borroneados sin tiempo, pero con la devocin sin reservas de su Roberto Fernndez Retamar P.S:-Muchas felicidades pascuales –y de las otras. ******* [Tarjeta manuscrita. Al dorso lleva un dibujo de Saul Steinberg.] Sr. D. Roberto Fernndez Retamar Calle H No. 510, apto. 12, Vedado, La Habana Cuba ¡Gracias por ese magnfico poema “Visitaciones cubanas” Le envi un Mallarm Que le sea grato. Feliz ao de 1955 11.I.55 Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. *******

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19La Habana, abril de 1955 Sr. Dn. Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill, 122, Mxico, D. F. Admirado don Alfonso Reyes: Hay muchas labores ingratas, dicen que repeta Perogrullo. Una, por ejemplo, recibir mamotretos ms o menos literarios con la esperanza de que sean publicados. Crame que la de enviarlos no es ms agradable. Durante muchos meses he tenido esta papelera a mi lado, esperando la fortuna de poderla editar por mi cuenta. Como a estas alturas an no he terminado de pagar el anterior libro (sobre poesa cubana), creo llegado el momento de perder tan singular ilusin, antes de que los versos amenacen ser hojas pstumas. Y, tras muchas vacilaciones, le envo el cuaderno con la esperanza –que bien s que nada abona– de que pueda publicarse bajo la generosa mano del Fondo .17 Es ello posible? Mi gratitud hacia Ud., ya grande, ser mayor. No lo es? Comunquemelo, por favor, tan pronto pueda, para irme con mi ruido a otra parte, ejerciendo el ingrato papel que ya con Ud. he estrenado: el de joven con manuscrito bajo brazo. (Parece el ttulo de un cuadro feo.) Perdone que lo moleste con esta impertinencia, pero no tengo otra. Anderson Imbert, creo, ha contado una curiosa ancdota sobre su relacin con Shaw: despus de leer en los peridicos que el dramaturgo ingls se quejaba de que su vasta corres pondencia le impeda producir alguna comedia ms al ao, Anderson decidi no escribir ms a G.B.S. para contribuir as de algn modo al crecimiento de su teatro. Crea que a mi vez yo contribuira gustoso con mi silencio a otro tomo de su traslado de la Ilada a un nuevo y admirable trabajo sobre mitologa griega, a quin sabe qu ganancia deliciosa y necesaria de nuestras letras; pero, por un momento, puede ms el escozor de la publicacin. Excseme, y gracias por cualquier atencin. Con reiterada admiracin, Roberto Fernndez Retamar. s/c.Calle H No. 510, Ap. 12, El Vedado, La Habana o Facultad de Filosofa y Letras, Universidad de La Habana *******

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20Mxico, D.F., 10 de mayo de 1955. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, Vedado, La Habana, C U B A Mi querido amigo: Gracias por su carta de abril, gracias por sus bellos versos “Canciones de antes” en Orgenes .18 Recibo con los brazos abiertos el original de Alabanzas, conversaciones Estoy navegando en sus pginas con deleite. Espere usted un poquito, por favor. No formo parte del Fondo de Cultura, aunque ellos son los editores de lo poco que publicamos en el Colegio de Mxico. Pero s soy muy amigo de esa casa, que ha publicado la mayora de mis libros en Mxico. El Director, Arnaldo Orfila Reynal, est ausente. No tarda en volver: creo preferible ir a la cabeza. Ya le informar. Cordialmente suyo. Alfonso Reyes. ******* La Habana, mayo 29 de 1955 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill no. 122, Mxico, D. F.,

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21Admirable Reyes: Con mucha alegra natural recib su carta en que me hablaba de mi cuaderno de versos Alabanzas, conversaciones ; gustosamente espero, y le quedo aun ms agradecido. Si hay necesidad –yo no s si se requiere– de alguien que personalmente atienda las pruebas y realice otras gestiones, el pintor Felipe Orlando, amigo muy querido residente en Mxico, estoy seguro que podr hacerlas. Desde luego, no le he dicho an nada. En fin, aguardo cualquier palabra suya. Recib para deleite mayor su Mallarm entre nosotros .19 Lo conoca fragmentariamente, pero leerlo completo fue placer nuevo. Por cierto, conoce Ud. el traslado del “Golpe de dados” realizado por Cintio Vitier?20 Apareci en algn Orgenes .21 Si le interesa, tendr mucho gusto en hacrselo llegar. Le tambin su Trayectoria de Goethe :22 un libro necesario y cumplido, con final muy hermoso. Y nada ms, salvo afectuosos saludos. Espera de Ud. siempre razones para felicidad, su Roberto Fernndez Retamar. s/c.Calle H No. 510, Ap. 12, El Vedado, La Habana ******* Mxico, D.F., 6 de junio de 1955. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, Vedado, La Habana, C U B A.

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22Mi querido amigo Roberto: Recibo su carta del 29 de mayo, y me duele en extremo tener que transcribirle la que con fecha 3 de junio acaba de dirigirme el Fondo de Cultura Econmica y que a la letra dice: “Lamento tener que decirle lo que tantas oportunidades me he visto obligado a expresarle: La Junta de Gobierno no ha podido hasta ahora resolver la incorporacin de una seccin de Letras Hispanoamericanas como lo deseara y ya sabe usted que nicamente pudo incorporar la de Letras Mexicanas porque era una obligacin que tenamos con nuestro propio pas. Esta circunstancia hace que no pueda darle a usted una respuesta favorable para responder al amable ofrecimiento del Sr. Fernndez Retamar. Me hubiera agradado mucho, por ser usted el amigo intermediario, haber podido acceder a esa solicitud.” Por la adjunta copia de mi respuesta al Sr. Orfila Reynal ver usted que sigo empeado en procurar una solucin. Lo abraza afectuosamente Alfonso Reyes. AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. ******* Mxico, D.F., 6 de junio de 1955. Sr. D. Arnaldo Orfila Reynal, Fondo de Cultura Econmica, Av. Universidad 975, Mxico 12, D.F.

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23Mi querido amigo: Tomo nota de su carta del 3 relativa a la peticin del poeta Roberto Fernndez Retamar, a quien ya comunico su resolucin. Me atrevo todava a suplicarle que, dado su conocimiento del ambiente editorial, me oriente un poco sobre la posibilidad de obtener un editor en Mxico para el libro de mi admirado y querido amigo. Lo saluda muy afectuosamente Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. ******* Mxico, D.F., 14 de junio de 1955. Sr. D. Octavio Paz,23Organismos Internacionales, Secretara de Relaciones Exteriores, Mxico, D.F. Mi querido Octavio:

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24Tengo en mis manos el original de un libro de poesas del buen poeta cubano Fernndez Retamar. Habr posibilidad de que usted lo examine para su posible inclusin en las colecciones de Emilio Obregn? Muchas gracias en todo caso y un afectuoso abrazo de Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. ******* La Habana, 28 de junio de 1955 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill, 122, Mxico D.F. Mi admirado, mi querido don Alfonso: Le tena ya una carta cuando me lleg la copia de la suya a don Octavio Paz sobre las vicisitudes de Alabanzas, conversaciones Pero no puedo sino multiplicarle lo que all le deca: que siento como ventura grande el haber verificado por mis propias manos lo que el gran viejo Unamuno afirm: “la inteligencia de Alfonso Reyes es una parte de su bondad”; y que este encuentro, el de la bondad humana, es ms extrao, ms fabuloso y necesario que el de un editor; a ste podra suplirlo con algn dinero: con qu a su inagotable benevolencia, a esos trajines de pater fami lias cuya parentela es un pueblo de bocas? Yo eso le agradezco ms que toda otra cosa: el espectculo esplndido de su generosidad. Mucho tiempo he sido deudor de su inteligencia; ahora lo soy tambin de su corazn. Le he causado muchas molestias: no puedo hipcritamente excusarme (Ud. sabe cmo se quiere, cuando se necesita, una publicacin); pero me molesta de veras robarle

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25su tiempo. Me gustara que Ud., como por otra parte parece, fuera en efecto mltiple, vario, como un personaje de Wells o Borges: as me consolara pensando que, a la vez que perda su tiempo tratando de dar a la luz o sombra mis borradores, ganaba ese mismo tiempo en otras labores suyas. Pero en fin, ya est hecho, y slo me queda asegurarle que, sea cual fuere el resultado de esas gestiones, ha dado Ud. muchas y nobles alegras a su devoto Roberto Fernndez Retamar s/c Calle H No. 510, Ap. 12, El Vedado, La Habana. ******* Mxico, D.F., 2 de julio de 1955. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, La Habana, C u b a. Mi querido y buen amigo: Yo comprendo que la ilusin de usted era publicar su libro de versos en el Fondo de Cultura. Ya ve usted que esos seores no ceden en sus planes. Tampoco entraron dentro de los planes del librero Obregn. Otras editoriales hay, pero no son literarias o no tienen categora ni garanta. Porra tambin publica slo lo que quiere en sus colecciones limitadas. Qu hago con su libro? Yo puedo ofrecerle hacer por cuenta del Colegio de Mxico una edicin limitada y juda. No s si eso le conviene. Dme sus rdenes, por favor. An no somos los escritores [esta ltima palabra, intercalada manuscrita] dueos de la mquina editorial. Lo saluda con vivo afecto

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26Alfonso Reyes [Posdata manuscrita] Mi carta se cruza con su simptica misiva del 28 de junio. Espero sus rdenes. Lo abrazo A.R. ******* La Habana, 9 de julio de 1955 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill no. 122, Mxico D. F. “Mi ms querido Alfonso”: Por ventura, la mano mayor de Juan Ramn me sigue dando las palabras que yo querra: “Fnix/ de alas abiertas, siempre nuevas/ en los moldes del llamear.” Me ofrece Ud., para mi ajetreado cuaderno de versos, “una edicin limitada y juda” por cuenta del Colegio. Quiz la vanidad, que nunca se decepciona; quiz el “Amor intelectuallis” de que nos hablaba el judiazo (ya que entre hebrasmos andamos), me hace slo decirle que sean cuales fueren las condiciones, las acepta de antemano, y le expresa la mayor gratitud, su devoto Roberto Fernndez Retamar

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27P.S.-Le recuerdo que mi querido amigo el pintor Felipe Orlando, quien all reside, creo que podra –de pedrselo yo– atender la impresin del librito. ******* EL COLEGIO DE MXICO DURANGO, 93 Mexico 7, D.F. Mxico, D.F., 15 de julio de 1955. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, Vedado, La Habana, C U B A. Mi querido amigo: Celebro mucho la decisin que me comunica su grata del 9 del actual. Ya procedo a orientar la edicin de su libro de versos en los trminos anteriormente indicados y, en su momento, le comunicar detalles y me pondr en relacin con el pintor don Felipe Orlando, nuestro buen amigo. Perdneme mi laconismo: estoy algo enfermo. Las dos manos de su devoto amigo Alfonso Reyes AR/ja. *******

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28EL COLEGIO DE MXICO DURANGO, 93 Mxico 7, D.F. Mxico, D.F., 12 de agosto de 1955. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apto. 12, Vedado, La Habana, CUBA. Mi querido amigo: Me da usted una excelente noticia que me llena de alegra. Todo sea para bien, y que prospere su curso de filologa clsica y lingstica en aquella Facultad. Como no somos una verdadera editorial, la imprenta en que trabajamos nos deja siempre para los ltimos turnos y cumple primero con las casas que de veras la sostienen. Por eso su libro tarda un poquito. Pero conviene desde ahora que pida usted a nuestro comn amigo don Felipe Orlando que se ponga en comunicacin con nosotros. Acaso pudiera estar a tiempo todava para dar a la imprenta las correcciones, aumentos y supresiones de que usted me habla, lo que ahorrara tiempo y trabajo. Le enva un abrazo afectuoso su firme amigo Alfonso Reyes AR/ja. *******

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29[Tarjeta postal manuscrita. Al dorso, foto del Panten.] PAR AVION Sr. D. Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. [Pars, agosto de 1955] Trados por el azar, la alegra y la justiciera sorpresa a Pars, pensamos aqu en Ud. no menos que en Cuba. En 41, rue Tournefort, Pars 5e., dispone Ud. por algn tiempo de R. Fdez Retamar y Sra. *******

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30[Tarjeta manuscrita.] Sr. D. R. Fernndez Retamar 41 rue Tournefort Pars France Caro poeta: Gracias por su saludo y recuerdo. Que su seora y Ud. disfruten de ese Pars inolvidable donde dej pedazos de mi juventud. Suyo Alfonso Reyes AV. GRAL. BENJAMIN HILL, No. 122 MEXICO 11, D.F. 8 sept. 1955

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31******* [Carta manuscrita.] La Habana, 18 de enero de 1956 [dice por error 1955] Sr. don Alfonso Reyes, R. Fndz Retamar Av. Gral. Benjamn Hill, 122, H. No. 510 Vedado Mxico, D.F. La Habana Cuba [Anotacin manuscrita de A.R.] Admirado Reyes: Creo que la ltima vez que le escrib, estaba yo en Grecia; y aunque, honradamente sea dicho, no recorra yo las tierras cantando el pou moi ta rhda, pou moi ta a, pou moi ta kal slina [en el original, en letras griegas],24 no es menos cierto que deriv inolvidables alegras de ese viaje: Atenas blanca, Eleusis extraa, Epidauros en cuyo teatro se escucha propagarse el soplo de la voz, Micenas sola en medio del spero gris. ¡Y las islas! Itaca del astuto, el pas de los feacios, aquella otra disputada por la arqueologa y la imaginacin. Pero en fin: el viaje ha terminado: los meses en Pars, la visita a Venecia, a Roma, a Pompeya, el paso por Espaa, concluyen con uno sentado en esta silla, nostlgico, y escribiendo estas cosas. De nuevo en La Habana (donde, ay, “suspiro por las regiones/ donde vuelan los halcones/ sobre el mar”, como deca nuestro pobre Casal), ofrezco a Ud. aqu, de nuevo, este su hogar, y cuanto pueda querer de m. Adems, por ensima vez –nunca la ltima ni la suficiente– agradezco su excesiva gentileza al hacer imprimir los versos con que le molest. Su devoto y agradecido admirador R. Fdez Retamar

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32P.S.Acabo de leer el nm. 2 de la excelente Revista Mexicana de Literatura y su gran trabajo [la fotocopia se interrumpe aqu].25******* EL COLEGIO DE MXICO DURANGO, 93 MXICO 7, D.F. Mxico, D.F., 23 de enero de 1956. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, Vedado La Habana, C U B A. Mi querido amigo: Muy grata sorpresa su carta del 18 de enero, al regreso de la eterna Grecia y de las dems Grecias de Europa. Gracias por su apreciacin de mi trabajo sobre la danza griega, que es un captulo de un libro en marcha sobre la religin griega,26por lo cual especialmente insista en los aspectos religiosos. Antes de cerrar esta carta, incluir en ella una notita informativa sobre el estado en que se encuentra la impresin de su libro de versos, asunto de que siempre nos felicitaremos aqu todos. Un abrazo muy afectuoso. Alfonso Reyes.

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33[Posdata manuscrita:] Se me hace saber que su tomito, cuyas pruebas vio Orlando, se est encuadernando ya. A.R. AR./ja. ******* La Habana, 8 de febrero de 1956 [Dice por error 1955] Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill, 122, Mxico D.F. Don Alfonso: La esposa de Felipe Orlando me trajo –como el venturoso pan con que nacen los nios en Alemania?– dos ejemplares de mi librito27 ante los que di mal disimuladas zapatetas en el aire. Gracias, don Alfonso, muchas gracias: otra cosa no s decirle. Si pudiera arrancarme los ojos y comrmelos, segn el verso generosamente horrible,28 lo hara como homenaje a su bondad. No pudiendo, le tiendo mi agradecida mano de amigo, hijo, discpulo, enloquecido deudor. Su Roberto Fernndez Retamar *******

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34 Mxico, D.F., 17 de mayo de 1956. Sr. don Roberto Fernndez Retamar, Calle H, n 510, apt. 12, Vedado, La Habana, C U B A. Mi querido amigo don Roberto: El gratsimo presente de sus Alabanzas con su conmovedora dedicatoria, me llega como buen augurio el da que cumplo mis 67 primaveras (que mayo se es). Gracias de corazn y cuente siempre con la admiracin y el cario de su amigo Alfonso Reyes. ******* UNIVERSIDAD DE LA HABANA 1728 [Es el diseo de un escudo] FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS La Habana, 22 de diciembre, 1956 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill, 122, Mxico, D.F.

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35Admirable Reyes: Le acompao una nota de heterodoxo profesor de filologa en que, como siempre, lo cito con aprovechamiento y gusto.29 Estoy trabajando en la preparacin de un curso libre ( Idea de la estilstica ), a base del cual har un cuaderno: tan pronto vea la luz le mandar un ejemplar. Como peticionario suyo casi profesional, voy a rogarle un servicio: quiero poner en mi despacho dos retratos: el de Unamuno y el de Ud.: el espaol muerto y el viviente (¡y por mucho tiempo!) a quienes debo ms. Tendra Ud. una foto suya que pudiera enviarme? Me apresuro a agradecerlo. Y a hacerle llegar mis mejores deseos de venturas pascuales y para el ao venidero. Su devoto Roberto Fernndez Retamar [Posdata manuscrita] P.S.El retrato de Unamuno de que dispongo es del tamao de la “coleccin” que public Sur por ej[emplo]. ******* [Tarjeta manuscrita con algunas palabras impresas] Sr. Dr. Roberto Fernndez Retamar, Facultad de Filosofa y Letras Universidad de La Habana Cuba Alfonso Reyes saluda cordialsimamente a su querido Roberto Fernndez Retamar y le agradece el envo de su preciosa nota sobre “La Escuela Lingstica Espao-

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36la” y su grata carta; espera siempre sus trabajos y le enva foto barbada (nueva poca), a la vez que le desea mucha dicha en 1956-7. Ave. General Benjamn Hill 122 Mxico 11, D.F. ******* UNIVERSIDAD DE LA HABANA 1728 [Es el diseo de un escudo] FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS La Habana, febrero, 1957 Sr. don Alfonso Reyes, Av. Gral. Benjamn Hill, 122, Mxico, D.F. Admirado don Alfonso Reyes: Gracias por su tarjeta y su retrato “barbado (nueva poca)”, que est ya en su marco y, como mira de frente, atiende inexorable a cuanto voy haciendo. Es decir, eso quiero. A cada rato me llega de Mxico, o de cualquier otra parte del planeta, noticia, respiracin de su vida en dos o tres (cientos) mundos.

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37 Alegre algn da pidiendo, esta vez usted, algo a su fiel Roberto Fernndez Retamar ******* [Carta manuscrita.] New Haven, 9 de octubre, 1957 Sr. don Alfonso Reyes, Mxico, D.F. Admirable don Alfonso: Pensaba enviarle un saludo muy cordial desde esta ciudad breve o pueblo grande, cuando amigos de New York —el excelente Eugenio Florit30 entre ellos, que me dio a leer preciosa carta de Ud.— me comunican que ha estado Ud. enfermo y que ha sido sometido a operacin. Con sobrado motivo le escribo ahora, para enviarle mis mejores deseos de restablecimiento rpido y total. (Hay que volver a recordar a San Pedro los muchos libros que le quedan a Ud. en su descomunal tintero.) Estoy seguro de que ha de ser as. Durante este curso estar a sus rdenes en esta Universidad,31 a la que he sido invitado a ofrecer un curso sobre poesa hispanoamericana contempornea. Las mejores memorias de su R. Fdez Retamar *******

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38Mxico, D. F., 14 de octubre de 1957. Sr. Prof. R. Fernndez Retamar, Department of Spanish 137 College St. Yale University, New Haven, Conn. Mi querido amigo: Gracias por su afectuosa carta del 9. Me voy reponiendo poco a poco, en efecto, de una dursima operacin. Que tenga usted el mayor xito en esa Universidad. Las dos manos de su muy amigo Alfonso Reyes ******* [Tarjeta manuscrita con algunas palabras impresas] Sr. D. R. Fernndez Retamar Universidad Central de las Villas Santa Clara Cuba ¡Gracias, Roberto Fernndez Retamar, poeta siempre, escritor siempre adamantino, amigo querido!

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39Alfonso Reyes le agradece el envo de Idea de la Estilstica .32Un abrazo 24 IV 1959 Ave. General Benjamn Hill 122 Mxico 11, D.F. ******* REPBLICA DE CUBA MINISTERIO DE EDUCACI"N INSTITUTO NACIONAL DE CULTURA La Habana, 11 de julio de 1959 Sr. don Alfonso Reyes Av. Gral Benjamn Hill, 122 Mxico 11, D.F. Mi admirado y necesario don Alfonso: Gracias por su tarjeta generosa a propsito de mi librito sobre estilstica. Hoy vuelvo a Ud. con esa recurrencia de la naturaleza donde hay estaciones (que no en Cuba) o de nuestros pertinaces ciclones. Sucede que mi querido Cintio Vitier, que con tanta fortuna comenz a dirigir la Nueva Revista Cubana ha sido honrado con la jefatura del Instituto de Estudios Hispnicos de la Universidad Central de las Villas, vindose as privado, por falta material de tiempo, de seguir al frente de la Revista. La directora de cultura33 me ha instado entonces a asumir esa cabeza vacante, y a

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40sabiendas de que la sucesin es difcil tratndose de un hombre de tanta sabidura y poesa como Cintio, no he podido negarme. En otras y ms llanas palabras: que he quedado como el director de la Nueva Revista Cubana Mi primer pensamiento: pues a escribirle a don Alfonso, a sabiendas de que Cintio lo ha hecho ya, y abrirle de par en par pginas, puertas y ventanas de esta revista suya. ¡Cunta alegra contar con algo suyo, trabajo grave o araazo de pluma! Como adems estamos ahora en luna de miel con la historia, despus de tantos aos de espanto o ausencia, el nombre de Ud., cabeza natural de la Amrica nuestra, es sencillamente una necesidad que sienten todas y cada una de las pginas de la revista. No deje Ud., por favor, de hacerlo brillar all. Y si sabe de algn amigo a quien interesara publicar en la Revista, sepa que su consejo en ese sentido hace ya mover las prensas. Sus ojos me estn mirando desde el retrato barbado que tengo frente a m. Los mos lo miran a Ud. siempre. Espero su respuesta. Su R Fdez. Retamar [Posdata manuscrita] P.S.Le ha llegado ya el primer nmero, con textos de Fernando Ortiz, Jorge Maach, Eliseo Diego, Nicols Guilln, Lezama et al.?34******* Mxico, D.F., 22 de julio de 1959. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Ministerio de Educacin, Instituto Nacional de Cultura, C U B A.

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41Mi querido don Roberto: Gracias por su carta del 11 y la honrosa y muy bien venida invitacin que me trae. Celebro saber que hereda Ud. la direccin de la Nueva Revista Cubana de manos de nuestro admirado y querido Cintio Vitier. Ya le enviar algo en cuanto pueda. Llevo meses hospitalizado en casa (el corazn...) y de momento no puedo ofrecer ni cumplir. Pero no lo olvidar, no. Posibles colaboradores mexicanos? Jos Luis Martnez, Euclides 10, Mxico, D.F. Alfonso Caso, Av. Revolucin 1283, Tacubaya, D.F. Daniel Coso Villegas, 2a. Cerrada Frontera n 7, Villa Obregn, D.F. Jos Gaos (el filsofo espaol, ya mexicano), Nigara 38, Mxico 5, D.F. Juan Jos Arreola, Elba 32 402, Mxico 5, D.F. Ramn Xirau (espaol ya mexicano), Adolfo Prieto 730, Colonia del Valle, Mxico, D.F. A suivre No tengo fuerzas para nada. Lo recuerdo siempre. Soy cordialmente suyo. Alfonso Reyes, *******

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42REPBLICA DE CUBA MINISTERIO DE EDUCACI"N DIRECCI"N GENERAL DE CULTURA La Habana, septiembre 3 de 1959. Sr. don Alfonso Reyes, Avenida Benjamn Hill, 122, Mxico, D.F. Mi querido amigo don Alfonso: Primero que nada, le agradezco su carta de julio 20 y las direcciones de colaboradores posibles, a todos los cuales he escrito ya, desde luego. Ahora, aunque bien conozco (y lamento) de su enfermedad, quisiera pedirle algo que, acaso, no le sea ms difcil de dictar que una carta –y para nosotros es importantsimo. Es esto: con motivo de cumplirse el primero de enero prximo el primer aniversario de la cada de la dictadura, pienso naturalmente consagrar a ese acontecimiento memorable el nmero correspondiente de la Nueva Revista Cubana que se llamar: La Revolucin Cubana: un ao de vida Espero dividir la entrega en tres partes: Testimonio Extranjero, Testimonio Cubano y una serie de estudios sobre aspectos del pas (Vida Intelectual, por Jos Antonio Portuondo; Poltica Externa, por Ral Roa, etc.). El Testimonio Extranjero deseo profundamente encabezarlo con el suyo. Deben figurar tambin Miguel ngel Asturias, Ezequiel Martnez Estrada, Mara Zambrano (que han prometido colaborar con la Revista) y, probablemente, algunas grandes figuras de otros idiomas. Se trata de una o dos cuartillas en que se exprese simpata por nuestro pas, nuestra actual situacin, el esfuerzo de nuestra Revolucin, etc.: lo que Ud. pueda considerar importante para encabezar nmero tan importante. S que con esto le robo tiempo y esfuerzo: piense que unas cuantas palabras (como suyas, “unas cuantas palabras verdaderas”, segn deca Machado) alegrarn mucho a este pas que lo tiene a

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43Ud. como lo mejor suyo, y que vive ahora momento de tanta noble tensin esperanzada. Lo aprecia devotamente, Roberto Fernndez Retamar P.S.Desde luego consideramos sta como una colaboracin regular a los efectos que Rubn hubiera llamado argentinos. ******* REPBLICA DE CUBA MINISTERIO DE EDUCACI"N INSTITUTO NACIONAL DE CULTURA La Habana, 26 de noviembre de 1959 Sr. don Alfonso Reyes Avenida Gral. Benjamn Hill, 122 Mxico, D.F. Admirado amigo Reyes: Hace ya algn tiempo (el 3 de septiembre) escrib a usted en demanda de unas lneas que consideramos esenciales para nosotros. Espero vivamente que no haya sido la enfermedad lo que le haya impedido hacernos ese grande servicio, y s el cmulo de trabajo que luego se traduce en libros admirables [...]. Por ello, por la

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44esperanza de que no son males del cuerpo los responsables de esta nueva peticin, es que me animo a hacerla. Recuerda Ud. que le haba hablado de un nmero especial de la Nueva Revista Cubana en que se rendira homenaje a la revolucin cubana al cumplir su primer ao de vida? De ello se trata. Este nmero estar encabezado por un “testimonio extranjero” en que se recojan pginas de algunas grandes figuras, de algunos grandes hombres, sobre la hazaa extraordinaria que est siendo esta revolucin. Tal “testimonio” queremos encabezarlo con unas palabras de Ud. Tambin se ha pedido colaboracin a Ezequiel Martnez Estrada, que ha enviado una pgina valiente y noble; a Waldo Frank y Miguel ngel Asturias, que han prometido, en su paso por La Habana, enviarla; a Rmulo Gallegos, a Mara Zambrano, y posiblemente a Jean Paul Sartre. No tengo necesidad de encarecerle la importancia suma que concedemos a estas palabras. Se trata, en cada caso, de una o dos cuartillas (aunque nosotros, desde luego, las consideraremos a todos los efectos como una colaboracin regular). En ellas, se expresar una opinin personal sobre el actual momento cubano, en el que todos tenemos puestas nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. Nietzsche –recuerda usted?– deca que Espaa era un pueblo que haba aspirado a demasiado. Pero, mi querido amigo, qu otra cosa, sino lo demasiado, es meta digna para un pueblo? Lo demasiado nuestro no es Cuba, sino Hispanoamrica, ese sueo de fundar aqu, al cabo, por algn costado, por todos, la ltima Tule que encontr ya voz en usted. Ese costado es Mxico, es Cuba, es la gran tierra nuestra. Cuando batallamos en uno de nuestros rincones, nunca nos abandona la conciencia de guerrear por la tierra, por la patria mayor “de Bolvar y Bello”, –se leer en la entrega que est al salir– “de Hostos, de Rod, de Reyes”. Que no nos falte su palabra excepcional en este momento excepcional. Lo admira mucho su Roberto Fernndez Retamar *******

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45Mxico, D.F., 30 de noviembre de 1959. Sr. D. Roberto Fernndez Retamar, Instituto Nacional de Cultura, Ministerio de Educacin, La Habana, C U B A. Mi querido y admirado amigo don Roberto: En efecto, recib su carta anterior a que se refiere la actual del 20 de noviembre. En efecto, mi salud es muy mala y no puedo concentrarme para escribir ahora nada que valga la pena, y menos sobre asuntos tan delicados como los que se refieren a la felicidad de nuestros pueblos americanos. Quiz usted habr advertido que me he abstenido sistemticamente de tocar las cuestiones polticas contemporneas de mi pas, siguiendo una norma general de mi vida. No puedo romperla en este caso. Lo nico que quiero es que conste de un modo explcito y claro mi profundo anhelo por la felicidad del pueblo cubano y por el afincamiento cada vez mayor de sus libertades y la pulcritud de sus gobiernos. Esta declaracin general puede usted desde luego usarla. S que es muy poco expresiva desde un punto de vista exterior y retrico. Pero si dan ustedes a las palabras todo su peso, s que ello basta y manifiesta claramente mi estado de nimo para la querida repblica hermana. Lo abraza Alfonso Reyes.35

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46NOTAS1Se trata de mi primer cuaderno: Elega como un himno. (A Rubn Martnez Villena) La Habana, 1950.2 Yo le haba pedido a Reyes un poema autgrafo para una exposicin que proyectbamos hacer en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. La exposicin no se realiz al cabo, y termin donando los poemas que haba recibido a la Biblioteca Nacional Jos Mart.3 Fue mi segundo ttulo de versos: Patrias (1949-1951) con una vieta de Felipe Orlando, La Habana, 1952.4 Reyes me envi esta tarjeta a propsito de mi ensayo “En torno a la obra potica de Alfonso Reyes”. Orgenes (La Habana) (34); 1953, en que coment su libro Obra potica Mxico D. F., Fondo de Cultura Econmica, Letras Mexicanas, 1952.5Adelaida de Juan. Nos casamos el mismo da, a mediados de agosto de 1952, en que viajamos a Mxico.6 Radicado desde la dcada de 1940 en Mxico (y luego en Espaa), Felipe Orlando naci en Cuba en 1911. A su notable faena de pintor sum luego otra de escritor. Gracias a su generoso entusiasmo, en nuestro viaje de recin casados a Mxico pudimos desde conseguir albergue hasta conocer creadores como Reyes y Rufino Tamayo.7 Fernndez Retamar, Roberto. La poesa contempornea en Cuba (1927-1953) La Habana : Ed. Orgenes, 1954. Haba sido mi tesis de grado en la Universidad de La Habana.8 Lo que Reyes pens que sera “un breve volumen” que iba a publicar el Fondo de Cultura, fueron en realidad dos tomos de unas seiscientas pginas cada uno: Pginas sobre Alfonso Reyes [...] Edicin de homenaje Monterrey : Universidad de Nuevo Len. El primero (1955) comprende textos publicados entre 1911 y 1945; el segundo (1957), textos publicados entre 1946 y 1957.9 Escritor cubano (1891-1967) que tuvo bajo su cuidado Archivo Jos Mart (1940-1953). El artculo mencionado apareci en el peridico habanero El Mundo .10 El escritor espaol Jos Mara Valverde (1926-1996), poeta, ensayista, historiador y crtico de la literatura, traductor, preparaba en su pas oposiciones para una ctedra de esttica, poco antes de que yo lo hiciera en Cuba para otra de filologa clsica y lingstica.11El erudito ingls Sir John Edwin Sandys (1844-1922) public los tres tomos de A History of Classical Scholarship from the Sixth Century B.C. to the End of the Middle Ages Cambridge at the University Press, entre 1903 y 1908.12 Reyes, Alfonso. La crtica en la Edad Ateniense (600 a 300 A.C.) Mxico : El Colegio de Mxico, 1941.13 _______. La antigua retrica Mxico : Fondo de Cultura Econmica, 1942.14 _______. Junta de sombras. Estudios helnicos Mxico, D.F. : El Colegio Nacional, 1949.15 _______. Nueve romances sordos Alcance al nmero 13 de Huitlale Tomo II. Correo Amistoso de Miguel N. Lira y Crisanto Cullar Abaroa Tlaxcala, 1954.16 Se trata de mi poema “Visitaciones cubanas”, fechado el 21 de diciembre de 1954 y dedicado Magistro silvaeve Alfonso Regibus Slo vine a publicarlo en la seccin “Cortesa, como Reyes”, de mi libro Poesa reunida 1948-1965 La Habana : Bolsilibros Unin, 1966.

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4717 Por supuesto, el Fondo de Cultura Econmica.18 Fernndez Retamar, Roberto. Canciones de antes. Orgenes (La Habana) (37); 1955.19 Reyes, Alfonso. Mallarm entre nosotros 2a. ed. Mxico : Ediciones Tezontle, 1955.20 Poeta, crtico, ensayista, traductor (luego tambin narrador), Cintio Vitier (nacido en 1921) es figura de primera fila del grupo Orgenes, y adems su principal estudioso y antlogo.21 Mallarm, Stephane. Un golpe de dados jams abolir el azar. Orgenes (La Habana) (32); 1952. (traduccin de Cintio Vitier)22 Reyes, Alfonso. Trayectoria de Goethe Mxico : Breviarios del Fondo de Cultura Econmica, 1954. Muchos aos despus supe que por esta poca tambin ley el libro el joven Ernesto Guevara, quien entonces lo coment as: “Uno de los ms altos espritus americanos se acerca a la obra de uno de los grandes talentos de la humanidad. Pero el acercamiento, sin ser irreverente, no es de rodillas. Desde el siglo y medio que ha pasado desde Goethe, Reyes mira con cierta displicencia a su modelo germnico y se da el lujo de apuntar las fallas de su carcter [...]”. En: Guevara, Ernesto. Apuntes de lecturas. Casa de las Amricas (La Habana) (184):25; jul.-sept. 1991.23 Esta carta no aparece incluida en Correspondencia Alfonso Reyes / Octavio Paz (1939-1959) Ed. Anthony Stanton. Mxico : Fundacin Octavio Paz, Fondo de Cultura Econmica, 1998.24 “Dnde [estn] mis rosas, / dnde mis violetas, / dnde mis hermosos apios?”. Se trata de una cancin popular en la Grecia clsica que hoy, a ms de cuarenta y cuatro aos de mi carta a Reyes, he podido poner en espaol gracias a la amabilidad de la profesora Elina Miranda.25 En el No. 2 de la Revista Mexicana de Literatura noviembre-diciembre de 1955, aparece el trabajo de Alfonso Reyes, “La danza griega”, que evidentemente, a juzgar por su respuesta, le coment entusiasmado. Dicho nmero incluye tambin, del colombiano Rafael Gutirrez Girardot, el valioso estudio “Notas sobre la imagen de Amrica en Alfonso Reyes”.26 El anunciado libro La religin griega no lleg a ser revisado por Reyes. Apareci pstumamente, editado por Ernesto Meja Snchez, conjuntamente con Mitologa griega en el tomo XVI de sus Obras completas Mxico D.F., : Fondo de Cultura Econmica, 1964.27 Fernndez Retamar, Roberto. Alabanzas, conversaciones (1951-1955) / vieta Felipe Orlando. Mxico : El Colegio de Mxico, 1955. Segn el colofn, “se acab de imprimir el da 30 de noviembre de 1955”. Y tambin: “Cuidaron la edicin Al Chumacero y Felipe Orlando.”28 Se trata, desde luego, del verso de Pablo Neruda en su “Oda a Federico Garca Lorca”.29 Fernndez Retamar, Roberto. Sobre la escuela lingstica espaola. Universidad de La Habana (124-129); 1956.30 Aunque nacido en Espaa, y radicado desde la dcada de 1940 en los Estados Unidos (donde llego a ser destacado profesor universitario), Eugenio Florit (1903-1999) fue poeta cubano, uno de los mayores de este siglo.31 Entre octubre de 1957 y mayo de 1958, cerrada la Universidad de La Habana, e invitado por el profesor Jos Juan Arrom (nacido en Cuba en 1910), ofrec en la Universidad de Yale el curso que se menciona. Adelant un resumen de l en conferencia que le el 11 de noviembre de 1957 en la Universidad de Columbia, Nueva York, con el ttulo “Situacin actual de la poesa hispanoamericana” y fue publicada en Revista Hispnica Moderna Ao XXIV, No. 4, octubre de 1958.32 Fernndez Retamar, Roberto. Idea de la estilstica Santa Clara : Universidad Central de Las Villas, 1958.

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4833 La doctora Vicentina Antua (1909-1992), quien fuera profesora de latn en la Universidad de La Habana y figura relevante de nuestra vida pblica.34 Ese primer nmero de la Nueva Revista Cubana (abril-junio de 1959), publicada por la Direccin General de Cultura del Ministerio de Educacin, incluy en efecto colaboraciones de no pocos de los ms destacados representantes de la vida intelectual cubana del momento: entre ellos, el socilogo Fernando Ortiz (1881-1969), el pensador Jorge Maach (1898-1961), los poetas Nicols Guilln (1902-1989), Jos Lezama Lima (1910-1976) y Eliseo Diego (1920-1994).35 Esta carta, la ltima que recib de Reyes, fue escrita por este a un mes de su muerte. Apareci casi completa, pstumamente, en el nmero correspondiente al Ao II, No. 1, enero-marzo de 1960, de Nueva Revista Cubana Con el ttulo “Carta sobre Cuba” y unas palabras de presentacin, encabez la seccin inicial, “Homenaje a la Revolucin Cubana”, donde tambin aparecieron colaboraciones del estadunidense Waldo Frank, el italiano Cesare Zavatini, el argentino Ezequiel Martnez Estrada, el guatemalteco Miguel ngel Asturias, el ecuatoriano Benjamn Carrin, el haitiano Ren Depestre, el hispanomexicano J. M. Garca Ascot. En la seccin sin firma “Avisos” de esa entrega me refer a la desaparicin del maestro mexicano en un texto que aos despus, con el ttulo “Muerte de Reyes”, recog en mi cuaderno Cuando un poeta muere 1957-1993 Matanzas (Cuba), Coleccin Venablos, Ediciones Viga, 1994. Pero aquella carta no fue lo ltimo que me lleg de don Alfonso, pues un poco despus de su muerte, ocurrida a fines de 1959, recib su cuaderno Marginalia. Tercera serie 1940-1959 Mxico, El Cerro de la Silla, 1959, con esta dedicatoria: “A Roberto Fernndez Retamar, / slo para desearle dicha en 1960 / Alfonso Reyes.”

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49 Aquel estudiante de arquitectura Graziella PogolottiProfesora de la Universidad de La Habana y vicepresidenta de la Unin de Escritores y Artistas de CubaComo tantas otras veces, Vctor Manuel haba aparecido con un joven acompaante. Esta vez no era un pintor, sino un estudiante de arquitectura aficionado a las letras. Yo escuchaba la conversacin, algo distante, hasta el momento de hacer un pequeo aparte con aquel recin conocido. A punto de definir mi carrera universitaria, estaba tentada por la de arquitectura. Le pregunt por sus estudios. Supe que estaba a punto de dejarlos. Me describi las farragosas clases de dibujo y me hizo comprender que ese tampoco sera mi camino. Pocos meses despus, nos encontrbamos nuevamente, ahora en las aulas de la Facultad de Filosofa y Letras. Perdidos entre un centenar de rostros todava sin nombre, nos sentbamos con frecuencia uno junto a otro. Intercambibamos libros, comentbamos nuestras lecturas ms recientes. Entre los apuntes de clase, Roberto Fernndez Retamar que yo lea en los recesos entre clase y clase. ramos voraces. Queramos aprenderlo todo. Queramos tambin cambiar el mundo. Nada, ninguna de las cosas de la vida, nos resultaba indiferente. La Universidad se mantena en permanente agitacin. Despus de la batalla contra el aumento de los precios en el transporte pblico, llegaron las elecciones de la FEU. Las tendencias se definieron. Por un lado se alineaba la izquierda, encabezada por Alfredo Guevara y Lionel Soto: por otra, una derecha, en parte bien retribuida por prebendas gubernamentales. Formamos una candidatura. Con ingenuidad de advenedizos, decidimos reunir los mtodos polticos habituales. Basados en principios ms que en compromisos de simpata personal, nuestra conducta habra de ser aval suficiente para ganar la contienda electoral. Sufrimos una derrota aplastante. En medio de un aislamiento absoluto, no pudimos contar ms que con nuestros propios votos. Roberto supo convertir su trnsito por la Universidad en un verdadero proceso de formacin intelectual. Estudiante destacadismo, primer expediente de su curso desde las lenguas clsicas, ese griego y ese latn, disciplinas impuestas para tanto. Los aprovech como va de acceso para un saber gustoso. Hizo de la filosofa un entretenimiento para el ejercicio del pensamiento. Todo ello sin olvidar a Cuba como centro de convergencia de su reflexin, hasta el punto de dedicar a nuestra poesa su tesis de grado. Dos modos en apariencia distantes, pensamiento y creacin establecieron desde temprano un dilogo sutil. Sus primeros cuadernos, Elega como un himno y Patrias inauguran una dcada, la del 50, con la voz de una nueva generacin. Revistero por vocacin, todava estudiantes, nos convocaba en la pequea

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50sala de su casa en la Vbora para proyectar ideas de fundacin. A pesar de su timidez de entonces, flaco como era, saba entretejer mltiples hilos de relaciones para reunir, alrededor de un sueo nunca cristalizado, a sus coetneos interesados por la literatura, por la msica, por el cine quizs. Pasbamos as alguna que otra tarde calurosa proponiendo nombres, sugiriendo sumarios para lo que en aquellas circunstancias resultaba imposible. Nuestra capacidad de fraguar sueos estableci la diferencia respecto a muchos de nuestros compaeros de aula. Tambin nos sirvi de escudo para los tiempos difciles que habran de venir. Estbamos en el ltimo ao de la carrera cuando se produjo el golpe militar de Batista. Hulegas, manifestaciones estudiantiles dejaron inclume a la dictadura. Terminamos por regresar y por dar trmino, de cualquier modo, con la muerte en el alma, a nuestro breve paso por la Universidad. Anduvimos de un lado para otro. Inmerso cada cual en lo suyo, los encuentros se hicieron ms espordicos. 1959 fue el instante del reencuentro. Pasados ya ms de cuarenta aos, las imgenes se agolpan. El profesor universitario inici los estudios tericos de la literatura, abri los seminarios dedicados a la obra de Jos Mart. El revistero impenitente anim la primera Gaceta, dio paso a la cultura viva del momento y concedi espacio a las polmicas de la hora. Acompa a los estudiantes en la milicia y en los trabajos sociales emprendidos en zonas campesinas. Desafi con ellos los ciclones y los ros desbordados. Cuando fue necesario, visti el traje diplomtico. Se hizo cargo de la revista Casa de las Amricas. Desde all, anim los grandes debates intelectuales que sacudieron el pensamiento latinoamericano en la dcada del 60. Y en medio de esa intensa labor, no abandon el ejercicio de la poesa en la que fue entregando libros imprescindibles. El ensayista haba madurado. Coloc a Mart en la ptica del tercer mundo, reivindic a Calibn, concibi la posibilidad de una teora para nosotros, los de la periferia. Y sigui tejiendo las redes de la amistad. En otra sala, la de su casa del Vedado, por las noches, se reuna el grupo, diverso y afn, sin fronteras de oficio o de generacin. Estaban los visitantes habituales y aquellos, de paso por La Habana que devorados por el combate, no habran de volver. En la entrega permanente al estudio y en la lucha cotidiana, Roberto Fernndez Retamar, aquel estudiante de arquitectura, se haba convertido en un intelectual de cuerpo entero.

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51 La Biobibliografa y la Coleccin Retamar en la Biblioteca Nacional Araceli Garca CarranzaBibligrafa e investigadora de la Biblioteca NacionalLa Biblioteca Nacional Jos Mart atesora colecciones de figuras relevantes de la cultura cubana las cuales han promovido investigaciones bibliogrficas, o sea, la creacin de repertorios de consulta acordes con las caractersticas de cada una de ellas; estos repertorios facilitan el acceso a dicha informacin. Generalmente los autores cubanos, por voluntad propia, depositan en el tesoro de la nacin sus papeles, publicados o no publicados, y estas acciones promueven el necesario control bibliogrfico; en otros casos las colecciones fueron depositadas por eruditos coleccionistas, investigadores y otros estudiosos tales como Antonio Bachiller y Morales, Manuel Prez Beato, Vidal Morales y Morales, entre otros, fondos antiguos que llegaron a nuestro depsito de la otrora Biblioteca Nacional radicada en el Castillo de la Fuerza; y por excepcin en la dcada de los 60, adquirimos algunas por compra, como la del sabio polgrafo cubano don Fernando Ortiz (1881-1969). En el caso de la Coleccin Roberto Fernndez Retamar, el eminente poeta y ensayista cuando cumpli sus 60 aos don su papelera a la Biblioteca Nacional de Cuba. Este inmenso donativo promovi la compilacin de su Biobibliografa, y el inventario y procesamiento de todos los documentos que lo integran. Quin le iba a decir a su bibligrafa que aquel joven y excepcional profesor, que en los aos 1960-1961 le imparta con admirable erudicin y excelente voz, conferencias magistrales sobre la fragmentacin lingstica de la Romania, le diera a conocer a Ferdinand de Saussure, y la deleitara con sus clases de teora literaria, que 30 aos despus recibira su papelera, y tuviera la inmensa responsabilidad de legar al futuro el necesario control bibliogrfico que esta iba a requerir? Estudiosos e investigadores, cubanos y extranjeros acceden hoy a su obra a travs de la Biobibliografa compilada por la autora de esta sencillsima resea. La obra est estructurada acorde con los gneros abordados por el doctor Retamar en cada tipo de documento. As la Bibliografa Activa describe su poesa, su ensaystica, su periodismo y

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52sus entrevistas en libros, folletos, publicaciones peridicas, manuscritos, mecanuscritos, y otros documentos; su obra en ms de veinte idiomas; y sus ensayos de crtica e interpretacin del pensamiento martiano. La Bibliografa Pasiva incluye Generalidades; su actuacin y relacin fundacional con la Casa de las Amricas; la historia y crtica de su obra potica; la Valoracin Crtica de cada uno de sus libros de poesa, ensayos y entrevistas; y, en seccin aparte la valoracin crtica de sus ttulos martianos. Por ltimo Otros Documentos: carteles o afiches, catlogos de exposiciones, discos, manuscritos, partituras y programas completan el repertorio biobibliogrfico que como su ttulo indica incluye su trayectoria vital, la cual precede el cuerpo bibliogrfico descrito, y est conformada con datos y textos activos que siguen el paso a su vida y a su obra. Los datos extrados de su extensa Bibliografa Pasiva, procedentes tambin de su curriculum, aparecen apoyadas por datos primarios que confirman la informacin biogrfica y bibliogrfica. Esta cronologa se interrelaciona con cada una de las subdivisiones del cuerpo bibliogrfico donde se organizan las descripciones de cada documento, tambin en forma cronolgica. Actualmente la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional encarg a un grupo de expertos el procesamiento de la papelera segn la Norma cubana de descripcin bibliogrfica de manuscritos, de 1999, y a su vez estos conforman un inventario que garantiza la proteccin y seguridad fsica de esta documentacin, independientemente de otras medidas de seguridad que se aplican en estos casos. El doctor Fernndez Retamar como nuestro gran novelista cubano y universal Alejo Carpentier (1904-1980), hijo y padre entraable en el espritu de la ms pura amistad, han donado en vida su creacin intelectual, desde sus trabajos de juventud hasta sus obras ms relevantes. Sus papeles, a veces, en varias versiones, o rectificados y tachados, de puo y letra, dan fe del nacimiento y logro de obras perdurables. Gracias maestro Fernndez Retamar, mi profesor, por donar su obra a nuestra querida institucin.

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53 El autor que siempre se anticipa Ambrosio FornetEnsayista y crtico literarioSi una ancdota merece formar parte de un homenaje, contar lo que me sucedi con “Cuba defendida”, ensayo de Retamar que se haba publicado parcialmente en La Gaceta de Cuba en 1994. La revista universitaria The South Atlantic Quarterly (SAQ ), editada por la Universidad de Duke, en Estados Unidos, me haba encargado un nmero especial sobre Cuba –o, ms exactamente sobre la cultura cubana contempornea– que deba aparecer, y de hecho apareci, en el invierno de 1997. Aclaro que la Universidad de Duke est situada en Carolina del Norte, el Estado del senador Helms, por lo que la idea de encargarme un nmero de SAQ sobre Cuba –iniciativa de su editor, Fredric Jameson– tena algo de desafo. Yo necesitaba desesperadamente un texto sobre las conflictivas relaciones entre ambos pases, pero un texto que fuera capaz de comunicarse realmente con sus destinatarios manteniendo un diplomtico equilibrio entre la ms firme denuncia y la ms sincera cortesa. Pues bien, el hecho es que ese texto ideal ya estaba escrito –era “Cuba defendida”–, de modo que cuando se lo encargu a Retamar estaba haciendo, sin saberlo, un encargo retrospectivo As ca en la cuenta de que yo no haba imaginado ese texto sino que lo haba recordado simplemente. Quien lo haya ledo comprender por qu suelo decir que si Retamar no existiera tendramos que inventarlo..., porque no es posible desarrollar persuasivamente esos argumentos si no se tienen su lucidez, su rigor, su habilidad polmica y su cultura. Hace ya cuatro siglos –el propio Retamar nos lo recuerda– Quevedo escribi Espaa defendida ... para “responder por mi patria y por mis tiempos” a quienes fraguaban y divul gaban por el mundo la leyenda negra antiespaola. “Cuba defendida” cumple la misma funcin no slo contra la leyenda negra anticubana, sino tambin –en un acto de justicia histrica– contra aquellas que la precedieron en nuestra Amrica, como es el caso dramtico de Hait y Paraguay. De ah que Retamar inventara el acrnimo de un pas imaginario, Haipacu, para representar en una nuez esa larga historia de grandezas e ignominias. Y para denunciar, en el caso de Cuba, el papel que las transnacionales de la informacin han desempeado en empresa tan innoble, subrayando a la vez la idea de que defender a Cuba es tambin defender el costado ms noble y generoso de los Estados Unidos. Por cierto, el autor incluira ese ensayo en un volumen homnimo formado tambin por una entrevista que le hicieron dos intelectuales norteamericanos en 1993. Que l, que no es filsofo ni poltico, fuera capaz de moverse por esos predios con tanta soltura, explica la traviesa irona del ttulo: “Un poeta metido en camisa de once varas”. La entrevista tiene, con el ensayo, dos co-

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54sas en comn: su radical firmeza de principios y el hecho de estar dirigida, en primersimo lugar, al pblico universitario estadounidense. Pero el gnero mismo marca las diferencias. Ah se abordan los ms variados temas, desde la visin que hoy tiene el entrevistado sobre su famoso y polmico ensayo “Calibn” –un clsico dentro del proceso de descolonizacin cultural que se abri en nuestra Amrica en los aos 60– hasta la opinin que le merece la llamada crisis del marxismo, pasando por el somero inventario de sus dioses tutelares en el mbito de la sensibilidad y el pensamiento: Mart, desde luego, pero tambin Unamuno, que le trasmiti el “sentimiento trgico de la vida”, Bernard Shaw, que lo convirti para siempre en “un socialista romntico”, y Julin del Casal, que le revel, en plena adolescencia, el misterio de la poesa. Sabiendo ya, como editor, que en lo concerniente a Retamar no tendra que encargarle trabajos para proyectos editoriales que lo involucren –porque seguramente ya tiene esos trabajos escritos– se me ocurre que aadiendo a los dos mencionados el ensayo “La enormidad de Cuba”, an no recogido en libro, armaramos un trptico perdurable – calibanesco como corresponde a su genealoga. Como editor, este sera el primer homenaje que me gustara rendirle a Retamar en sus setenta y en este fin de siglo.

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55 “El otro” de Retamar Denia Garca RondaProfesora de la Universidad de La HabanaEl primero de enero de 1959, mientras las calles, caminos, trillos, guardarrayas se llenaban de eufricos gritos, mientras los hasta ayer desconocidos se abrazaban emocionados y dichosos, y las banderas flotaban en los balcones, automviles, bohos y carretas, un poeta –Roberto Fernndez Retamar– escriba unos versos que no se correspondan con el estado de excitacin general que lo rodeaban. Al contrario de varias composiciones que se escriben en los primeros meses posteriores al triunfo de la Revolucin, caracterizadas por su tono enftico, exaltado y triunfal, esta es una reflexin, contenida e ntima, sobre el costo en vidas de ese triunfo, y sobre la responsabilidad histrica de los que sobrevivieron. Por otra parte, de manera implcita, ese poema que Retamar titul “El otro”, establece el compromiso del hablante lrico con el nuevo proceso. En ello se anticipa el sentido de “Isla” de Rolando Escard cuando dice “Pero lo que importa es la Revolucin / lo dems son palabras / del trasfondo / [...] lo dems son mis argumentos”, o el de Fayad Jams en “Por esa libertad, bella como la vida / habr que darlo todo” o aun el de Heberto Padilla que en aquel, su primer poemario despus de 1959, aseguraba que “el justo tiempo humano va a nacer”. O sea, “El otro” anticipa y resuma la actitud –asumida por la mayora de los poetas del momento– de identificacin de sus aspiraciones personales con las de toda la sociedad, jerarquizada sobre sus propias angustias o desgarramientos individuales, y aun sobre su propia obra lrica. Mi intencin en estas breves notas es hacer un somero anlisis del poema desde el punto de vista gnoseolgico. Para ello, creo til recordarlo: 1-Nosotros los sobrevivientes 2-a quines debemos la sobrevida? 3-Quin se muri por m en la ergstula? 4-Quin recibi la bala ma, 5la para m en su corazn? 6-Sobre qu muerto estoy yo vivo 7-sus huesos quedando en los mos, 8-los ojos que le arrancaron, viendo 9-por la mirada de mi cara, 10-y la mano que no es su mano, 11-que no es ya tampoco la ma, 12-escribiendo palabras rotas 13-donde l no est, en la sobrevida? El poema, como se aprecia, comienza con un sujeto lrico plural, lo que, de entrada colectiviza la experiencia. En ese sujeto se incluye el receptor implcito;

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56por lo que el destinatario discursivo es igualmente colectivo. Se trata de todos los sobrevivientes. Ahora bien, a que se sobrevive? En el caso de una lectura textual, es decir, sin tener en cuenta el contexto, los datos para la produccin de sentidos estn dados indirectamente en los versos siguientes. Se trata de sobrevivientes a una situacin de muerte, presidio, torturas. Sin embargo, las claves paratextuales lo contextualizan en un espacio y un momento dados. La nacionalidad del autor y justamente la fecha –ese primero de enero de 1959– colocan al lector –sobre todo al cubano, que sin duda es el receptor ideal del poema– en las circunstancias nacionales del perodo inmediatamente anterior a esa fecha. A partir del tercer verso, el poema contina con un yo lrico identificado con el hablante, pero igualmente con el nosotros anterior. O sea, se individualiza el sujeto, pero se mantiene latente lo colectivo, gracias a los dos primeros versos. Colectivo es tambin lo que pudiramos considerar un tercer sujeto, esta vez referido: el muerto innominado y desconocido por el hablante, a quien se le debe la vida. Un l implcito quien muri por los dems –y segn el poema en lugar de los dems– y que es tambin una singularizacin de todos los que murieron. La estructura poemtica mediante interrogaciones contribuye con efectividad a esta idea. Ahora bien, a partir del sexto verso, sin renunciar al sentido agradecido y de conciencia de la deuda adquirida con los cados, que se aprecia en los primeros versos, hay una variacin en el poema, una suerte de transmutacin, que justifica el sacrificio de aquel y que sugiere el compromiso del hablante. El sujeto lrico asume simblicamente, la identidad del muerto: “Sus huesos quedando en los mos / los ojos que le arrancaron, viendo / por la mirada de mi cara”; pero he aqu que ambas identidades consustanciadas se transforman en una tercera (“Y la mano, que no es su mano, / que no es ya tampoco la ma”), lo que parece indicar –adems del sentido de colectividad que sugiere– el desistimiento del poeta incluso a su propia voz en aras de la funcin que hubiera debido cumplir el otro. El uso de esa sincdoque que contina en el siguiente verso (“escribiendo palabras rotas”), traslada, en efecto, la problemtica al plano literario. El final del poema, que cierra la ltima interrogacin, enfatiza, o ms bien concluye la idea de la deuda de los sobrevivientes con los que perdieron la vida en la lucha antibatistiana, y en el plano simblico ratifica el carcter de trasvase de uno de los sujetos (el muerto) al sobreviviente. Eso, en mi lectura, se sugiere en el ltimo verso: “donde l no est, en la sobrevida”. Una vez analizado el poema, podemos tratar de descifrar su titulo. “El otro”, indica, de entrada, una distincin entre el sujeto lrico y aquel de quien se habla. De acuerdo con la estructura poemtica, el recurso es muy efectivo. Empieza con una alteridad entre el muerto y el (los) sobreviviente(s), que esencialmente se niega en el desarrollo del poema, al asumir este ltimo las funciones del primero. El otro, por tanto, segn el poema sugiere, vive, o debe vivir, en el sobreviviente, por lo que se elimina la otredad.

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57De modo nada casual, –por supuesto dando por descontadas la autonoma literaria y los especficos procedimientos poticos– este poema recoge, implcitamente, la posicin del autor en las polmicas que sobre el papel del intelectual en las nuevas circunstancias nacionales, llenaron los primeros aos posteriores al triunfo de la Revolucin. No hay que olvidar que, en su ensayo “Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba” recogido en su Ensayo de otro mundo de 1967, Retamar explica –y no por primera vez– cmo, al contrario de la Revolucin del 30, la participacin activa de los intelectuales en el perodo insurreccional de los 50 fue escasa, y cmo mayoritariamente aquellos prefirieron el destierro voluntario. Estos hechos, histrica y sociolgicamente condicionados, dan por resultado que apenas hubo relaciones entre ellos y la vanguardia poltica, y que en ese sentido la intelectualidad cubana queda retrasada. Los intelectuales –o la mayora de ellos para ser exactos– debieron, por tanto, hacerse “intelectuales de la Revolucin en la Revolucin”. Retamar reclama –esta vez en “Poesa y revolucin en Cuba”– para esa transformacin de su generacin literaria “volverse sobre el pas”, sin que eso signifique “que podamos limitarnos a ver mecnicos reflejos en lo que implica experiencias, bsquedas y hallazgos personales”. Ese sentimiento –que el poeta y ensayista reconoce en s mismo y en otros miembros de su generacin–, ms de responsabilidad que de culpa (no estoy de acuerdo con que en la poesa de Retamar haya un afn de exorcizar culpas, como alguna vez dijo Julio E. Miranda), ms de conciencia de la necesidad de asumir las nuevas tareas que se precisan –tanto intelectuales como de otro tipo– que de autocrtica por no haber estado en la vanguardia de la lucha insurreccional, (aunque cierto tono de sano remordimiento pueda apreciarse), est en la esencia de la motivacin de “El otro”. En otros aspectos tambin este poema es paradigmtico. Adems de ser un adelantado de la redefinicin temtica de la poesa de la llamada “Generacin del 50”, indica una de las vas en el tratamiento del conversacionalismo, que no abandona necesariamente los procedimientos tropolgicos ni los recursos poticos, en general; sino que practica una voluntad de alejarse de cdigos demasiados crpticos. Aunque Retamar ya haba incursionado, antes del 59, en el conversacionalismo, el hecho de servirse de esa va para ese poema fundacional la incluye en la nueva direccin potica que su autor intuy y promovi con tanto xito. En resumen, “El otro”, por su contencin, por su carga lrica, por la emotividad del reconocimiento y el homenaje, por el compromiso social implcito, y por la va expresiva seleccionada se convirti, en su momento, en una especie de carta de presentacin del discurso potico de varios de los contemporneos al autor y de l mismo. No es casual que este pequeo poema haya sido uno de los ms conocidos y apreciados en su momento y que haya provocado una saga de poemas que, de una forma u otra, tocan el tema. “El otro” denota la “voluntad real de servicio” de su autor, y lo hace como debe hacerlo el hecho potico: sin exaltaciones retricas y dejando “en su lugar, la poesa”.

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58 Transtextualidad y/o sobrevida de un poema y de su poeta Carmen Surez LenInvestigadora del Centro de Estudios MartianosEl otro (Enero de 1959)Nosotros, los sobrevivientes, A quien debemos la sobrevida? Quin se muri por m en la ergstula, Quin recibi la bala ma, La para m, en su corazn? Sobre qu muerto estoy yo vivo, Sus huesos quedando en los mos, Los ojos que le arrancaron, viendo Por la mirada de mi cara, Y la mano que no es su mano, Que no es ya tampoco la ma, Escribiendo palabras rotas Donde l no est, en la sobrevida? Roberto Fernndez RetamarEl da que triunfa la Revolucin cubana, luego de arrasada la dictadura de Batista, luego de clausurada una temporada convulsa y angustiosa de torturas, desapariciones y cados en combate, el poeta titula su poema “El otro”, reconociendo el momento “transfigurativo”, la vuelta “a los perodos mitolgicos” de que hablara luego Lezama.1 Y desde su escritura, un nudo de alusiones de fuerte densidad potica intenta describir un estado interior que nos recuerda al Rimbaud del “yo es otro”. El sacrificio de tantos compatriotas lo han convertido en ese otro, alguien que desde su condicin de sobreviviente incorpora a su “sobrevida” la voz, el gesto, la mirada de los muertos, consciente de que la nica manera posible de sobrevivirlos es a travs de esa incorporacin. Unos veintisis aos despus, el 7 de julio de 1985, Roberto Fernndez Retamar escribe otro poema y lo titula “Nosotros los sobrevivientes”, texto con el que homenajea a un poeta acabado de morir ese mismo da, Luis Rogelio Nogueras.2 Otra estremecedora experiencia de sobrevida ser descrita en estos versos que, como una red, se empearn en apresar variados campos de relaciones conformados sobre un arco potico tendido entre el primer poema y el segundo, entretejiendo con una arrolladora “pasin intertextual”,3 la obra escrita y la experiencia de vida de estos dos poetas. “El otro” result un excelente poema de gran impacto generacional, como que haca blanco en la sensibilidad de todos los testigos –participantes o no– de la luchas revolucionarias de la dcada del 50. El primer verso los nombra colectivamente, aunque el poeta hable de s mismo: “Nosotros los sobrevivientes”. Este elemento del texto, de gran carga significativa y emocional migrar hacia el paratexto de otras dos obras. Nogueras, alumno de Retamar, enamorado de este poema, escribir el guin de la pelcula Leyenda donde se narran las actividades clandestinas y de

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59inteligencia de un grupo de revolucionarios cubanos. El guin ser el punto de partida de la novela Nosotros, los sobrevivientes que apareci en el ao 1981, publicada por la Editorial Letras Cubanas. El poema de Fernndez Retamar est incorporado al texto de la novela en la pgina 409, luego de narrar la gesta revolucionaria del grupo de jvenes. Su primer verso pasa a dar ttulo a la novela. El mismo verso servir para nombrar de nuevo al poema de 1985, a la muerte de Nogueras. Y esta vez Fernndez Retamar har de la cita el recurso estilstico central de su texto, lo que era tambin otra manera de homenajear a Nogueras, para quien toda forma de citacin fue caracterstica de su estilo y verdadera obsesin transtextual y comunicativa, de la que se auxiliaba continuamente para divertirse, para defender o para toda forma de creacin y reflexin. Llama la atencin que ese verso de Retamar que ya haba sido utilizado por Nogueras, vuelva a ser convertido en ttulo, pero un ttulo cuya significacin se completa dentro del texto mismo, como si el juego transtextual nos estuviera haciendo en la misma arrancada del poema un guio malicioso, como si aboliera traviesamente sus propias demarcaciones entre texto y paratexto: Nosotros los sobrevivientes Que antes fue el ttulo de una buena novela tuya, Y antes aun un verso mo que t generosamente propagaste, Ahora es de nuevo una lacerante perplejidad Ante tu ltima broma, tu desaparicin Que nos priva del elfo de pelo rojo de nuestras letras, Del Cabeza de Zanahoria real, no el de Jules Renard (¡Cmo te gustaban las citas verdaderas, y todava ms las apcrifas, Quizs anticipando sin saberlo este momento En que no estamos seguros de si tu muerte es verdadera o apcrifa!). Este ttulo resultar aqu un artefacto verbal ms complicado que el ttulo comn y corriente, que apela al pblico lector o a cualquier especialista, como gancho y anticipo de la lectura. Vuelve a incluirse el poeta en una pluralidad, la de los sobrevivientes, y anuncia as hacia dnde se dirigir probablemente –tratndose de poesa–, el texto que sigue. Sin embargo, he aqu que el autor comienza el poema introduciendo una oracin subordinada con un Que en mayscula cuyo antecedente est en el ttulo. Una legtima trabazn sintctica involucra a este elemento paratextual como parte del texto. Pero el autor no se refiere aqu al significado semntico de estos vocablos (Nosotros los sobrevivientes), sino a su funcin formal de ttulo que fue antes otro ttulo y aun antes verso (“Nosotros los sobrevivientes”). En el tercer versculo de su poema, Fernndez Retamar vuelve a restablecer la referencia al significado y anota que la frase “ahora es de nuevo una lacerante perplejidad” ante la muerte, igual que lo era cuando fue escrita la primera vez en “El otro”, en condicin de primer verso.

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60Se ha construido pues un primer campo de relaciones que subraya tanto los cruces formales como de significacin efectuados en la escritura de ambos poetas a partir de un enunciado. Sigue la evocacin del joven poeta muerto, cuya desaparicin parece una mala broma. Es invocado por un nombre que vuelve a entrar en el juego transtextual: “Del Cabeza de Zanahoria real, no el de Jules Renard”. Ahora somos lanzados tras el primer libro de Nogueras, Cabeza de Zanahoria (Premio David de poesa 1967), cuyo ttulo (¡otra vez un ttulo!) nombra, como es de rigor, al poemario, pero tambin significa a su autor, que a su vez se autoidentifica con el personaje de la novela Poil de Carotte (1894), de Jules Renard, un nio tierno, relegado y pelirrojo al que siempre le toca perder. El poemario est, adems, precedido por una cita de la novela francesa sobre el tpico del juguete inalcanzable, la trompeta de Cabeza de Zanahoria, arrojada como castigo a lo ms alto del armario. Toda una constelacin de imgenes que describen al poeta y conforman un smbolo de la paradjica estirpe del albatros de Baudelaire y de los cisnes simbolistas. Este primer segmento cierra con una larga recordacin entre parntesis que expresa el amor de Nogueras por las citas autnticas o apcrifas, en una especie de movimiento de legitimacin del propio discurso potico que regala un conmovedor ramos de citas al poeta ausente. En el segundo segmento Fernndez Retamar inserta en el cuerpo de su poema un texto de Nogueras. Uno de sus clebres y temidos epitafios, el que dedic al propio autor. El tema de la muerte vuelve a inscribirse en estos versos desde la cita textual de un tipo de composicin que practic Nogueras como ejercicio de irona y diversin, anticipando la muerte de sus contemporneos. Esta vez la reflexin gira sobre la desaparicin hipottica del propio autor contemplada desde la escritura del otro poeta, ya desaparecido. El dilogo con Nogueras, molde por el que fluye el poema desde el primer verso, se acelera, se intensifica y cobra un nostlgico temblor en el tercer fragmento, donde es testimoniada e ilustrada la convivencia en que ambos poetas han entrelazado sus vidas a partir de las mismas experiencias as como la sbita interrupcin del convivio, experimentada con dolor. Otra vez el deslizamiento de una cita, que ahora subraya la nota culta, vendr a posarse en la escritura para enfatizar la prdida precoz: “Y ahora resulta que en pleno florecimiento (los griegos / le llamaban acm: buena cita, eh?), te vas / Y nos sorprendes, y nos estropeas la partida, y nos llenas de lgrimas...”. Esta sostenida complicidad con Nogueras en el recurso a la cita obsesiva, dobla ahora una palabra clave (“florecimiento”, “acm”) asociado al hecho luctuoso que est en la base de la construccin poemtica: la muerte en el instante de la plenitud. El campo de relaciones que se desenvuelve en este tramo enlaza los actos de escritura con los actos de la vida desde la perspectiva del poeta y del escritor y su posibilidad de escindir obra y vida. Los versos finales producirn un flash back vertiginoso a un instante de la vida

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61en comn entre el alumno y el discpulo, un pblico, pero secreto, y entraable rito magisterial: Verdad que vas a regresar? No deben servir para eso las quince mil vidas del caminante? Slo te pedimos una ms, y que la uses hasta el final, Y pueda volver a decir: “Nogueras, Luis Rogelio”, y en el fondo del aula Se oiga otra vez una delicada sonrisa, y luego un silencio punz, y luego: “Presente”. La cita vuelve a fijarse en otro ttulo de Nogueras: Las quince mil vidas del caminante (1981), que es a su vez el ttulo de un poema con un exergo de Lactancio. Todas estas escrituras transtextualizadas desde el poema de Fernndez Retamar apuntan al fluir incesante de la vida en dilogo con la muerte, al trfico incesante entre ambas nociones. Y postula al fin la esperanza de que Nogueras pudiese agotar una sola vida “hasta el final”. La cita que ha recorrido diversos registros: el juego formal con ttulos, la referencia insistente y significativa a la obra de Nogueras, la zambullida irnica en el epitafio que refiere al poeta que escribe, la nota culta, ahora, finalmente, se detiene en el acto docente de pasar la lista, capturando la presa en la plena oralidad, en dos frases que funcionan de pronto misteriosamente, se salen de su tremenda cotidianidad para convertirse, por accin de la poesa, en frmula mgica de resucitacin, por la que el poeta es invocado y vuelto a la vida: “Nogueras, Luis Rogelio”, “Presente”. Desde la sobrevida afanosa y creadora de Roberto Fernndez Retamar, “El otro”, aquel poema del 59 que una generacin hizo suyo, dispara sus dardos transtextuales sobre la obra de Nogueras, para venir y sobrevivirse en este otro poema, “Nosotros, los sobrevivientes”, que construye un espacio de entraable anudamiento entre las vidas y las obras de estos poetas cubanos.Junio-julio de 2000, en el cumpleaos setenta de Roberto Fernndez Retamar y a los quince aos de la desaparicin fsica de Luis Rogelio Nogueras.Notas1Lezama Lima, Jos. Triunfo de la Revolucin Cubana. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 79 (2): 44-46; mayo-ag. 1988.2Fernndez Retamar, Roberto. “El otro”. Casa de las Amricas (La Habana) 26 (152): 115-116; sept.-oct., 1985.3Me auxiliar, alegremente, y sin pretensiones rigoristas, de algunas categoras que Gerard Genette maneja en: Genette, Gerard. Introduccin al architexto. Umbrales. Criterios (La Habana) (25-28):43-53; en. 1989-febr. 1990. _______. La literatura a la segunda potencia. En: Intertextualidad. Francia en el origen de un trmino y el desarrollo de un concepto / Seleccin y traduccin de Desiderio Navarro. / La Habana : UNEAC, Casa de las Amricas, Embajada de Francia en Cuba, 1997. pp. 53-62. _______. Ttulo Definiciones. En: Conjuntos. Teoras y enfoques literarios recientes Mxico : UNAM y Universidad Veracruzana, 1996. pp. 67-74.

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62 Hacia la nueva En saludo al setenta cumpleaos de Roberto Fernndez Retamar Virgilio Lpez LemusInvestigador del Instituto de Literatura y LingsticaCuando un poeta llega a la Edad Pitagrica, lo mejor es leerle los versos septuagenarios y su obra sigue “juveneciendo”, bello verbo inventado por Jos Mart. La suya es una trayectoria de real importancia dentro de la tradicin potica cubana. Elijo para la evocacin todo un libro: Hacia la nueva (1989), porque con l se preparaba para la entrada a los sesenta aos, dejando detrs suyo una trayectoria definida dentro de la corriente coloquialista de la poesa cubana. Hacia la nueva mantiene ese rumbo emprendido en los aos 50, que alcanz momentos cimeros con varios poemarios, entre ellos Con las mismas manos (1962). Se advierte la presencia del poema-narracin, del testimonio, de la evocacin del contexto poltico, o sea, de las circunstancias, que han presidido por aos no slo la labor en versos de Fernndez Retamar, sino la crtica y ensaystica, tan meritorias. Retamar contina alejando de sus poemas el entramado tropolgico, para refugiarse en un tono conversacional y cierto prosasmo que se puede advertir en “Con Vladimir Maiakovski en el aeropuerto Augusto Csar Sandino”: Y por ah andan todava metiendo bala en la montaa Frente a los mismos invasores y los mismos hijueputas Que son pagados por los yanquis o los yanquis mismos Igual que William Walker en el siglo pasado, Igual que los que lo combatieron en Las Segovias,

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63Este parlamento, en bsqueda de un trabajador del aeropuerto de Managua (o sea, un “personaje” dentro del poema que a su vez tiene un “narrador”), contrasta con instantes del excelente poema “Niero”, que se sita entre los mejores de toda la obra de su autor. En ese poema desfila en grupo una familia que, a veces, trae al recuerdo un clebre texto de Rolando Escard, como cuando Retamar escribe: “Ismaelito ya es mayor, ya va al crculo”, o, en contraste mejor, en pasajes plenos de ternura como el siguiente: Al entrar a un avin, si veo que hay una cunita Y en ella una criatura que va a ir de un pas a otro, O que incluso va a atravesar el ocano Bajo la noche llena de estrellas, y que el bamboleo que sentir No ha de ser el de la cuna en tierra ni el de los brazos de la madre, Sino el de un avin en cuyo seno materno va a viajar, Pienso que ese avin, ese en particular, no puede caerse: Hay all una vida recin comenzada Que debe abrirse en flor. Por supuesto que el poeta no elude los recursos tropolgicos, aun cuando su poema sea directo y conversacional pero no es ese recurso el que resalta en el poema, sino precisamente el aire testimonial, la mirada directa a la realidad, lejana de todo platonismo, concreta, circunstanciada. En “A un tirador” el texto casi se convierte en relato, epicidad por medio, pero la mirada emotiva transforma al texto en una particularidad que supera la ancdota. No trato de resear Hacia la nueva sino de advertir lo singular de su discurso a los cincuenta aos de hacer potico constante. Ese libro no fue una estacin potica ms, sino una reafirmacin de los intereses expresivos de su autor. pica e intimidad se enlazan en poemas con franco sentido “trascendente”, o sea, para advertir lo que trasciende por potico en la realidad-real, y por ello tiene un particular inters de sobrevivir, de resistir al paso del tiempo. Ello se debe a que Fernndez Retamar ha escrito una poesa de la circunstancia, pero buscando la trascendencia oculta de los actos de la vida, con un lenguaje conversacional que lo caracteriza por ser uno de los poetas cimeros de la poesa de la Revolucin, mediante el logro sutil de ligar realismo con vehemencia, y la violencia que le llega de los tiempos que ha vivido a contrapelo de aquella frase de Alejo Carpentier: “Es muy difcil ser poeta y vivir”. El “acto” se filtra a travs de un “yo” que es el poeta mismo, pero que ahora deja a su subjetividad trabajar sobre un realismo lrico difcil de plasmar. Logra que lo exterior se interiorice: esa es su ganancia principal antes de que el poema se convierta en obra lrica y testimonio de lo circundante. Setenta aos es decir recuento, o todava no: el poeta tiene mucho que decir, as como esperaba su arribo a los sesenta con un poemario cuyo ttulo evoca la novedad.

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64 Roberto Fernndez Retamar, latinista Amaury B. Carbn SierraUniversidad de La HabanaHace poco ms de un siglo, el humanista y patriota camageyano Enrique Jos Varona, en un artculo publicado en El Fgaro en 1894 con el ttulo de “Lenguas antiguas y lenguas modernas”, se refera –al pasar– a los que aman las letras clsicas y las cultivan, y a los que las aman sin cultivarlas. Quizs entre estos ltimos, con nostalgia o aoranza, se inclua el propio Varona, quien durante su etapa de formacin haba estado vinculado asiduamente con el latn y el griego, lenguas a las cuales deba no poco de su portentoso estilo. A ese mismo grupo –si se acepta esta distincin–, pertenece con todo derecho Roberto Fernndez Retamar, uno de los ms prestigiosos intelectuales cubanos contemporneos, tambin amante de griegos y latinos, y a la vez, heredero consciente de una rica tradicin culta, y buen martiano. Admirado y reconocido en Cuba y en el extranjero por su larga y fructfera trayectoria no slo como poeta y ensayista, sino tambin como presidente de la Casa de las Amricas y director de la revista de igual nombre, sera innecesario a los fines de estas notas enumerar los mritos acumulados por l en cada faceta y los honores recibidos, como no sea para subrayar el papel que han tenido las letras clsicas grecolatinas en la formacin de nuestros pensadores, polticos, hombres de ciencia y literatos, entre los que se cuenta el doctor Retamar. Exdiscpulo en la Universidad de La Habana de la inolvidable magistra Vicentina Antua Tavo en asignaturas de lengua y literatura latinas, Fernndez Retamar dio prueba temprana del dominio alcanzado por l en estas disciplinas cuando en 1951 obtuvo el Premio Especial de Literatura Latina “Adolfo de Aragn” con la traduccin del latn al espaol, y comentario histrico, gramatical y estilstico de la obra De coiniuratione Catilinae de Cayo Salustio Crispo (Introduccin y retrato de Catilina). A pesar de la extensin y complejidad del ejercicio, verificado el 29 de septiembre de ese ao, el tribunal no pudo hacer ningn sealamiento u objecin a sus respuestas. Para que se tenga una idea, siquiera parcial, de su meritoria labor, se transcribe seguidamente el fragmento introductorio de su correctsima versin a primera vista. Por supuesto, que el entonces aventajado estudiante de Filosofa y Letras, que se iniciaba como escritor y ese mismo ao obtena el Premio Nacional de Poesa con su libro Patrias, hubiese deseado otro tema, preferiblemente los versos de Catulo a la prosa del historiador, como l mismo expresara aos despus.

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65Traduccin: Conviene a todos los hombres que desean aventajar a los restantes animales, esforzarse con sumo empeo para que no pasen la vida en silencio, como los animales, a los cuales la naturaleza form inclinados y obedientes al vientre. Pero si toda nuestra fuerza ha sido puesta en el alma y en el cuerpo, usamos ms de la fuerza del alma que del servicio del cuerpo; la una la tenemos comn con los dioses, el otro con las bestias. Por lo que a m me parece ms rectamente buscar la gloria en las obras del ingenio que de las fuerzas y, puesto que la vida misma, de la cual disfrutamos, es breve, hacer la memoria de nosotros lo ms perdurable posible. Porque mientras la gloria de las riquezas y de la belleza es floja y frgil, la virtud famosa y eterna se mantiene. Pero por largo tiempo una gran disputa hubo entre los mortales sobre si por la fuerza del cuerpo o por la virtud del alma avanzara el hecho militar. Porque, y primero que empieces es menester haberlo pensado y, cuando lo hayas pensado, haber obrado rpidamente. As, ambas cosas, pobres en s, estn necesitadas una del auxilio de la otra. Aparte de su interpretacin de Salustio que lo hace merecedor de figurar en la lista de traductores cubanos de latn, se deben mencionar sus versiones castellanas o meros apuntes, an en borrador, de la poesa que escribi en la lengua del Lacio el gran lrico espaol Garcilaso de la Vega. Aunque inconclusas, son esas traducciones en cierne expresin o evidencia de una viva, profunda y raigal motivacin. No se olvide que fue obra del azar y no de la voluntad el que Retamar, profesor de la Facultad de Artes y Letras desde hace cuarenta y seis aos, no hubiera podido ingresar mediante oposicin al claustro de la desaparecida Facultad de Filosofa y Letras como titular de la disciplina Lengua y Literatura Latinas, para la que se haba preparado afanosamente; sino como catedrtico de la de Lingstica, la nica plaza desocupada; en la cual, no obstante, el conocimiento del griego y el latn le proporcionaban la base slida requerida. Uno de sus aportes a esta ctedra fue la elaboracin del texto Idea de la estilstica (1956-1957), publicado en 1958 y reeditado en cuatro o ms ocasiones. Si por definicin se considera latinista a la persona versada en lengua y literatura latinas, Roberto Fernndez Retamar lo es, entre otras tantas cosas, aunque ya no las cultive, porque su visin humanstica del pasado est presente en su sensibilidad, en su actuacin, y en su poesa. Una prueba de ello es el siguiente poema suyo que pone fin a estas notas: Deber y derecho de escribir sobre todo Absurda la idea de que solo puedes escribir sobre lo Que te ha ocurrido (Lo pequeo, lo nfimo que le ha ocurrido a ese cuerpo, a esa vida entre sus fechas), Como si todo no te hubiera ocurrido, como si Hubiera una tarde que no cayera para ti,

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66Como si todos los imperios destruidos, aventados por Los desiertos, devorados por las selvas, No hubieran conducido hacia ti; Como si el ms lejano astro, extraviado al borde del Universo, Y tambin los astros que ya hoy no existen, Y las nebulosas pensativas, No hubieran trabajado, sabindolo o sin saberlo, Para ti, para este instante, para este poema Que se escribe gracias al aliento exhalado por Miranda O por Jenofonte, Con un trozo sobrante de Casiopea.

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67 Memoria alerta Iraida Rodrguez FigueroaProfesora de la Universidad de La HabanaEn estos das en que con motivo del setenta aniversario de su nacimiento se realiza una serie de homenajes a Roberto Fernndez Retamar, se ha convocado al recuento de las mltiples facetas desarrolladas por este joven setentaero. Y se habla del poeta y del escritor de ensayos, del fundador, dirigente de Casa de las Amricas y director de su revista, del crtico y del hombre de cultura, del profesor universitario y del humanista. De todo esto se habla. Y se habla mucho y bien. Pero, creo que de todo esto que ha sido y es el compaero Retamar lo que ms atesora es su condicin de maestro, tarea que siempre ha considerado como la ms alta responsabilidad a l encomendada. Por ello, en este aniversario quiero hablar del maestro Retamar. Quienes hemos tenido el privilegio que sin duda representa haber podido estudiar en la Escuela de Letras y all haber sido alumnos de los ms destacados profesores de un claustro, orgullo de la cultura cubana, con nombres como Vicentina Antua, Camila Henrquez Urea, Mirta Aguirre y otros, para slo mencionar a los que ya no estn, la presencia de Roberto Fernndez Retamar entre sus docentes constituye un hecho de imborrable recordacin, puesto que fue para nosotros, grupo que solicit la extensin de la carrera a cinco aos y so asignaturas que luego encontraron maestro, precisamente en el profesor Retamar, el iniciador de disciplinas fundamentales en la carrera de Letras. As, con alumnos que pedan y profesor que montaba la asignatura, surgieron Poesa hispnica contempornea, Seminario martiano y Teora y crtica literarias. Es, por tanto, la actividad fundacional del maestro la que marca en la memoria de los que fuimos sus alumnos, su labor de tantos aos. Sin embargo, uno siente que all en los resquicios de la memoria permanecen, como asordinados, ngulos significativos, que no siempre se expresan y constituyen, quizs, lo ms clido y fertilizador de la tarea desempeada. A m me sucede as con el profesor Roberto Fernndez Retamar: Recuerdo sus clases amenas, dichas con voz sugestiva y bien modulada, sus citas ledas con precisin y elegancia, y ese tono cercano y comunicativo en el que humor delicado y reflexin sapiente se aunaban para hacer que lo dicho para el grupo numeroso y heterogneo, pareciese mensaje personal y casi intransferible. No he olvidado su capacidad interpretativa –todo profesor es un actor en ejercicio– cuando en la clase ejemplificaba, con un fragmento, las caractersticas del poeta estudiado; tampoco esa capacidad de estar siempre informado de las ltimas publicaciones o contingencias culturales y la generosidad con la que comparta su conocimiento. Pero recuerdo, mucho ms que todo eso y mucho ms frecuentemente de lo que el propio profesor puede sospechar, su sagaz, rigurosa y estimulante correccin de los trabajos entregados para la evaluacin de la asignatura. All, el profesor mar-

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68caba todos los defectos o descuidos en la escritura. Cuando me entregaba el texto evaluado, lo ltimo que yo buscaba era la calificacin. Antes, con temblorosa timidez –inexplicable para quienes me han considerado siempre muy desinhibida– me apresuraba a buscar el comentario y a recorrer rpidamente los crculos, corchetes o seales de cualquier orden estampados sobre l para hacer ver las repeticiones de palabras, las rimas internas, la cacofona producida por la excesiva utilizacin de sonidos semejantes, los anglicismos, barbarismos, la escasez o abuso de signos de puntuacin, en fin, todo lo que atentara contra la precisin y elegancia en el decir. Han pasado tantos aos, es mejor no contarlos, y todava saltan a mi vista dos notas escritas en el margen superior derecho de sendos trabajos: “Usted escribe bien y lo sabe. No puede ser descuidada”, “Usted tiene mano de escritor, cuide los detalles”. Ese cuidado, querido profesor Fernndez Retamar es un consejo que recurrentemente vuelve a m ante el susto anonadante de una cuartilla vaca o en el ansioso revisar un texto buscando no cometer alguno de los vicios contra los cuales me alertaba. Entonces llega, ineluctable, la angustia porque: “Qu solapadas son las consonancias!, / qu perceptibles despus, al odo de los dems, esa semejanza fnica entre palabras que parecen sonar tan distintas cuando se escriben! / cmo desaparecen del idioma los sinnimos de un trmino que tiene que usarse con frecuencia!, / cunto deslumbramiento nos produce el hallazgo de un vocablo insustituible para expresar ntidamente un concepto, al que nos aferramos gozosamente, hasta que se nos revela la atroz realidad de su presencia cuatro renglones antes!, / qu sufrimiento cada vez que, creyendo haber terminado, surge desde el fondo de mis recuerdos la sentencia aleccionadora: “Cuide los detalles”. El no haberme podido dedicar a la creacin literaria ha eximido al crtico Fernndez Retamar de comprobar la certeza o no de sus juicios sobre mis potencialidades como escritora, pero su exigencia resulta meta a alcanzar en cada cuartilla que escribo. Esta la termino con la expresin de mi gratitud por esa alerta sembrada en m ante la “facilidad” de escribir, y quedo, temerosa, deseando que al leer estas memorias no tenga el profesor que trazar muchos redondeles, corchetes o subrayados para advertirme una vez ms: “No puede ser descuidada”.

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69 Carta a la Revista de la Biblioteca Nacional Luis Toledo SandeSubdirector de la revista Casa de las AmricasLa Habana, 28 de abril del 2000 Para Araceli Garca-Carranza y Ana Cairo Ballester Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Queridas Ana y Araceli: En medio de mltiples y exigentes tareas, y, a veces, de un nimo remendable –aunque esto ltimo no parezca tenerse como rasgo que me distingue, ni haya por qu andar revelndolo–, me llega la insistencia de ustedes, con la que hacen bien –y yo, cmo negarme?–, para que escriba una nota destinada al nmero en que esa fraterna y magistral Revista rendir homenaje a Roberto Fernndez Retamar por sus setenta aos. En veinticinco de ellos he tenido con l vnculos de aprendizaje, trabajo y amistad, y es natural, y honroso para m, que se estime que algo mo deba aparecer en dicho nmero. Estas no sern las primeras lneas que escriba acerca de Roberto, y algunas se han publicado. Las presentes, que deben vencer los escollos apuntados al inicio, no estarn centradas –como a una de ustedes o a las dos les habra gustado– en el quehacer, ntimo digamos, de la revista Casa de las Amricas aunque ella fue la publicacin donde apareci, ¡hace un cuarto de siglo!, mi primer texto publicado, si descontamos la atrevida traduccin (de una carta dirigida a m) que apareci en Alma Mater en septiembre de 1970: lo he recordado por estos das al calor del acarreo bibliogrfico con que en esa gran Biblioteca me privilegian e inquietan (no vaya a ser agasajo pre mortem ) las experimentadas Elena Graupera, Josefina Garca Carranza y la propia Araceli, responsable –bien leda, la pala bra responsable califica a quien merece o es susceptible de recibir responso– de tal iniciativa. En Casa de las Amricas adems, trabajo desde 1993. Hay varias razones para que ahora no aborde el tema que se me pide tratar. Una es de carcter material: quizs me vera obligado a extenderme ms de lo esperado y aconsejable en casos como este. Otra de ellas es de diferente ndole: tantos aos lleva Roberto al frente de la revista –la dirige, con una breve y relativa pausa, desde 1965–, y tanto la ha conformado, que ya es casi como si hubiera participado directamente en ese proyecto/realidad editorial desde que se fund; y tan intensa y decisiva es su participacin –no se me ocurre ahora un trmino mejor, pero participacin subraya en exceso lo de parte –, que nadie tendr, si tiene, mayores argumentos, informacin y autoridad que l para hablar de la revista “por dentro”, en sus

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70detalles y como un todo. Aunque es mucho lo que tiene de colectivo, el trabajo de la revista est troncal y decisivamente identificado con l. Cualquier otro aporte –me refiero al plano editorial, no a la colaboracin brindada por distintos creadores, incluido l, desde diversas comarcas del planeta– resulta una contribucin humildsima, siempre a punto de revelar an ms su pequeez, su poquedad, ante la revisin a que l somete el trabajo en cada una de sus etapas, si es que l mismo no lo ha hecho. As que, contrariando las expectativas de ustedes, dedicar esta nota –cuyo carcter de carta no es solamente formal, sino constancia de que les pertenece y pueden no publicarla si consideran que no est a la altura de lo que la Revista de la Biblioteca el tema y ustedes merecen– a otro asunto, que no hablar directamente de Casa de las Amricas pero s de Roberto. Me refiero a un hecho que difcilmente quienes lo presenciamos podamos haber olvidado. No ubico exactamente la fecha, y no me asombrara que hayan trascurrido ya varios aos. Sucedi mientras el amigo Amaury Carbn Sierra venca el ltimo paso de su doctorado. El nerviosismo, unido tal vez a algn resfriado u otro contratiempo fisiolgico, le ocasion al doctorando –¡vaya palabrita!– un ataque de tos que sucesivamente fue ponindolo cada vez ms en apuro y dificultndole leer su excelente defensa acadmica. Roberto Fernndez Retamar, miembro del tribunal y seguramente la persona de mayor relieve profesional no slo en aquella aula de la que para m sigue siendo Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana, abandon su sitio, tom de las manos de Amaury su texto y termin l de leerlo, sin ni siquiera disimular los trminos cuya lectura le ofreca dificultad tras varios aos de no incursionar centralmente en las llamadas lenguas clsicas, en las que se doctor Amaury, quien sabe enriquecerlas cantando en latn memorables versiones suyas de danzones y otras maravillas tambin clsicas y eternas. Otros –y otras: que no hay que dejar de ser sexista solamente para lo bueno– pudieran desorientarse en tiempos y en circunstancias en que la humildad, entre cuyos legtimos portadores naturales ocupa Amaury un sitio prominente, no se ha asegurado todava la capacidad de triunfo que ella debe tener para que la humanidad sea plenamente humanidad. Otros –y otras...– podrn ignorar que en alguien como Amaury, en quien el figureo y otras jorobetas rentables no hallan cabida, pueden tener albergue la inteligencia y la sabidura productivas y nobles. Mart, quien entenda que sobre el mundo no debera reinar otra majestad que la inteligencia humana, tambin sostuvo que la inteligencia no es ms que una cualidad, y no la ms importante, del ser humano –para quien no habr plenitud sin generosidad y honradez–, y advirti que uno de los mayores peligros de la virtud suele ser su poca acometividad para imponerse y hacerse valer: en otras palabras, la vocacin de modestia que a menudo la acompaa, y que no es precisamente lo que ms jugosos dividendos proporciona. Pero con su leccin de solidaridad humana, y tambin con criterios explcitos, en aquella sesin acadmica Roberto Fernndez Retamar evidenci que est entre quienes saben apreciar el mrito ajeno.

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71No les parece, queridas Araceli y Ana, que la ancdota puede figurar entre otras seales que holgadamente legitiman la decisin de celebrarle su llegada a una cifra de aos que no es precisamente lo que ms deba destacarse en quien merece de veras encomio? Saluden a Eliades y a todo el equipo de esa insustituible Biblioteca, que gracias a los dioses no habr que inventar, porque felizmente existe, pero s necesita cuanto apoyo pueda drsele para que cada da est mejor dotada y atendida, y sea ms til; y reciban ustedes grandes abrazos de su amigo Luis Toledo Sande

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72 Fernndez Retamar Pedro Pablo RodrguezInvestigador del Centro de Estudios MartianosEn mi adolescencia, cuando lo conoc leyndolo, era simplemente el poeta, aunque no me perda sus otros textos en las revistas donde aparecan. De la variada vorgine de lecturas en la que no quera perderme cuanto se publicaba por aquellos escritores jvenes cubanos de entonces, me impresionaron sobre todo dos poetas: Jos lvarez Baragao y Roberto Fernndez Retamar. Los del primero los relea y me los aprenda, y procuraba compartirlos sin xito alguno con las tantas muchachas de las cuales me enamoraba, supongo porque la mayora no me haca caso. Los de Fernndez Retamar eran el modelo que nunca pude alcanzar y apenas intentar cuando llenaba hojas y hojas de versos que por suerte nadie sabe a dnde han ido a parar. Quera entonces imitar aquel coloquialismo, y, sin embargo, nunca logr que me saliera. Y eso me provoc respeto y admiracin por el poeta, a quien vea andar en las tardes por el edificio universitario de Zapata y G que compartamos los estudiantes de Historia y de Letras. Alguna amiga (la enamor tambin?), que s se atreva a leer a los poetas nuevos, me incitaba a hablarle y ensearle los mos a aquel profesor alto y delgado, de vestir elegante y de voz modulada que trataba a los estudiantes de usted y era un personaje para la prensa. Era demasiado para m, y el pudor salv al poeta de otra arremetida de versos de las muchas que seguramente ha sufrido en su vida. Cuando estudiaba Historia, ya Fernndez Retamar era parte de mi entorno, y tena que escuchar los comentarios de mis condiscpulas deseosas de que l fuera tambin su profesor para suspirarle, como hacan las alumnas de Letras en su clase, la cual, por cierto, ganaba tambin el elogio de los varones, no slo de los que ya comenzaban a despuntar como escritores. Yo saba muchas historias reales e inventadas por la imaginacin de aquella muchachada; saba que al poeta le gustaba la pelota, y tambin le deca el Bob, como fue conocido a partir de determinado momento entre los estudiantes. Nunca cruzamos una palabra hasta mucho despus, cuando ya yo era instructor graduado del Departamento de Filosofa y tambin enfrentaba el aula universitaria. Pero para entonces Fernndez Retamar cobr la dimensin del ensayista, y el poeta que siempre leo fue quedando en un segundo plano. Me gustaba –y me gusta– su prosa elegante, tersa, de galana erudicin, y me resultaban muy sugerentes sus ideas tan personales. Me atraa aquel escritor porque no tena nada que ver con la hemorragia de textos que derrochaban marxismo manualero para ocultar su escasez de ideas propias y su incapacidad para transmitir y agradar. Un texto me ha quedado para siempre: “Jos Mart en su (tercer) mundo”.

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73Me complaci encontrar al fin una mirada que fijaba al Maestro con su mundo de los dominados, del que fue parte y expresin brillante y al que quiso liberar en primer trmino, y, al mismo tiempo, me hizo debatir muchas de sus apreciaciones que no comparta. Por eso no olvido aquel texto, que he debido estudiar en ms de una ocasin: fue acicate para mi primer escrito acerca de Mart, publicado en la revista Pensamiento Crtico Aquella publicacin me abri el trato con Fernndez Retamar, ceremonioso por ambas partes hasta el da en que l me pidi que nos tuteramos, y casi sin darme cuenta le empec a decir Roberto, aunque en las conversaciones con los amigos siguiera siendo el Bob. Jos Mart nos ha conducido por estos aos en nuestras relaciones, y por eso quiero aprovechar esta oportunidad para expresar algunas consideraciones acerca de la obra martiana de Roberto Fernndez Retamar, sin pretender cubrir as el necesario estudio de dicha obra que ha de hacerse algn da. Por un lado han de recordarse sus varias compilaciones de texto martianos. Me viene a la mente de inmediato las Pginas escogidas que han gozado de varias ediciones, cuyo primer tomo rene escritos sobre Cuba, nuestra Amrica y Estados Unidos, y cuyo segundo tomo se dedica a una seleccin de poemas, de La Edad de Oro de textos sobre letras, educacin y pintura, correspondencia y fragmentos del Diario de campaa. Esta es, sin dudas, una atinada escogida de la produccin del Maestro, pues sabe aunar una muestra de la excelencia de la lengua con temas de importancia decisiva y textos insoslayables. Siempre he pensado que estas Pginas escogidas ofrecen una sntesis rigurosa –til al estudioso que no puede moverse con las Obras completas – junto a la amenidad y variedad que puede atraer a quien est poco avezado en la lectura de Mart. De alto inters en su momento fue la compilacin que Fernndez Retamar titul Nuestra Amrica publicada en Mxico y en La Habana (Casa de las Amricas, 1974), que entreg una amplia cantidad de textos martianos acerca de la temtica latinoamericana, probablemente la ms completa sobre ella hasta la fecha, y que contina siendo muy til para quien pretenda acercarse rpidamente al tema sin tener que emprender una bsqueda fatigosa por las Obras completas La otra compilacin es la que rene sus Ensayos sobre arte y literatura (La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972), imprescindible para quien se preocupe por trabajar esta temtica en la obra martiana. A mi juicio, el valor de este esfuerzo colector –tambin nunca

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74antes intentado– se hace mayor cuando se aprecia el amplio y cuidadoso criterio con que se trabaj. All estn los grandes textos del crtico publicados en los peridicos junto a una carta decisiva de 1878 a Jos Joaqun Palma, trabajos que ofrecen el ideario esttico dentro de su particular cosmovisin (como “El poema del Nigara” y “El carcter de la Revista Venezolana”) y hasta notas de sus Cuadernos de apuntes; all se renen textos sobre creadores y obras de Cuba y del resto del mundo, y desde consagrados como Goya hasta figuras que an no haban trascendido como Walt Whitman o Julin del Casal. Para leer a Mart, pues, Fernndez Retamar ha dado entregas de la mayor y perdurable estimacin. Est claro tambin que sus escritos han enriquecido particularmente la bibliografa martiana pasiva. No puedo recordarlos todos, pero tengo que mencionar algunos, quizs los que ms me han aportado. Sin orden ni concierto, pienso en “La revelacin de nuestra Amrica”, estudio pionero de la formacin de ese concepto bsico del pensamiento martiano; en “Sobre la crtica de Mart”, prlogo an iluminador a los Ensayos sobre arte y literatura ; en “Desatar a Amrica y desuncir al hombre”, brillante anlisis de los propsitos esenciales del revolucionario cubano; en “Mart en su (tercer) mundo”, que junto a “Mart, Lenin y la revolucin anticolonial”, ensanch las perspectivas para la ubicacin espacio temporal del pensamiento martiano. No se trata de que siempre haya compartido todos los puntos de vista y anlisis de Fernndez Retamar acerca de Mart. Quienes se dedican hace tiempo a estos estudios saben de nuestras diferencias debatidas ampliamente; pero ellas no vienen ahora al caso ahora, cuando lo que deseo es justipreciar los elementos aportados por el ensayista al desarrollo de tales estudios. Y escribo as, el ensayista, a conciencia, sin pretender demeritar as tales escritos de Fernndez Retamar. Justamente creo que ellos son muestra altsima e ineludible de la privilegiada posicin del autor en la ensaystica cubana del siglo XX, quien siempre los ha escrito con pasin, muy bien decir, rigor, y sin la pedantera chata y falsamente acadmica de buena parte de las llamadas monografas o estudios.

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75 Fernando Ortiz y el culto a Mart Ivn A. SchulmanInvestigador y profesor universitario norteamericanoLas circunstancias histricas –nacionales o internacionales–; las “irrupciones” a travs del tiempo percibidas por Lezama Lima; o las transformaciones y colectividades de la cultura anotadas por Fernando Ortiz, encierran la posibilidad de producir paralelismos y ascendientes cuyas manifestaciones en relacin a la figura de Jos Mart sern el primer enfoque de nuestra presentacin. En la obra de un escritor la persistencia en sus textos de metforas o paisajes, o la aparicin constante de ideas que asociamos con el disucurso de otro creador, constituye la base de un proceso de simbolizacin o de la fundacin de cultos o conos –como en el caso Mart-Ortiz. Entre estas dos figuras existe una red de afinidades y coincidencias que apoyan nuestro principal argumento de la consanguinidad ideolgica, poltica, y cultural de dos intelectuales y activistas dedicados a la elevacin de la sociedad nacional –consanguinidad a la cual el mismo Ortiz aludi cuando, en 1940, a mediados de su carerra, escribi: [...] sentimos que todava hay mucho que pensar sobre la vida de nuestro Apstol, sus epstolas, sus VIGENCIAS

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76predicaciones, sus dolores, sus suplicios y su muerte. Cada da crece el culto a este apstol de Cuba, que jams tuvo dinero de traicin en su mano, ni neg a su Verdad, [...] ni se durmi en la pasin, ni se humill a los escribas, [...] ni necesit tocar la llaga para creer, ni evadi para aligerar el gravamen de su agnico apostolado los deberes humanos del amor, de la paternidad y del sustentador trabajo cotidiano [...] Mart est entre las primeras figuras de altar y rito [...].1Le Riverend, en una apreciacin general de la obra de Ortiz, va ms lejos y considera que a medida que este produce sus trabajos sobre Mart, “descubre que su pensamiento se hallaba ms fundamentado en la obra del Maestro, que en la de cualquier otro de los cubanos que le precedieron”.2 Y no fue la de Ortiz una veneracin generada por la obligacin circunstancial o el oportunismo poltico, ni tampoco una presencia reconocida en momentos fugaces y aislados. Al contrario; en su trayecto intelectual y cvico podemos trazar rutas paralelas y cruzadas con las de Mart a partir de la primera dcada del novecientos hasta 1969 –ao de su fallecimiento. De modo semejante, en la lectura de sus obras se patentizan elocuentes resonancias martianas, entre ellas, un venero crtico generado no slo por las contradicciones de la modernizacin burguesa, poca de vuelcos y replanteamientos, poca que, segn Mart, peda un “remolde” universal, sino, en relacin con las circunstancias repudiables de la vida poltica de Cuba, por un profundo sentimiento de indignacin engendrada por la rectitud moral y el deseo de promover una mejora nacional en el terreno poltico, social, econmico y educativo. Como otros miembros de su generacin –nacidos entre 1880 y 1895–, la vigilancia constante frente a los vacos y los errores de la Repblica neocolonial defini su obra. Esta desgraciadamente, se ha juzgado a menudo en forma trunca, pues ha primado la tendencia a definirlas en trminos de sus contribuciones de capital importancia a la etnografa. Pero, el universo de Ortiz fue ms amplio. Habra que describir sus parmetros de trminos de la labor de un humanista que defendi la libertad individual y nacional, un ciudadano que luch en pro de la independencia de una patria libre de corrupciones e intervenciones extranjeras, y un hombre que, con las armas del cientfico, defendi la dignidad del ser humano, la de todos los seres humanos, la de todas las razas. Resumir su labor de este modo no convalida su nexo con el quehacer cvico y el ideario martianos? Del pensamiento de Ortiz quiz la faceta ms ntimamente ligada a la de Mart fue la nocin de una repblica moral, concepto que asedi a Mart, sobre todo en los ltimos aos de su atribulada existencia. Pero, la ensoada nacin de Mart, difiri en forma violenta de la realidad del ambiente corrupto de la repblica mediatizada cuyas lacras observaron a diario a Ortiz y sus contemporneos. Enfrentados con esta realidad, era preciso, segn las observaciones atinadas de Le Riverend, “recomenzar el camino perdido o cortado en este nuevo nivel de experiencia histrica. Mart que lo haba previsto,

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77hasta el punto de anunciar el futuro poder de las inversiones norteamericanas...”..3 Pero, el imaginario nacional de Mart, poco despus de su muerte, se convirti en mito, y su “obra de pensamiento y de fundador [...] [qued] sepultada en el gobierno de la Revolu cin de 1895 [...]”.4Frente a estas circunstancias, Ortiz y los de su generacin, vieron la necesidad de proseguir con la lucha iniciada por Mart, la de fundar una repblica tica. Urga continuar lo que el mismo Ortiz, en su conmovedora “Oracin a Mart”, reconoci como la dedicacin humanstica del Apstol, es decir, “ahondar en los nimos, romper resistencias, mover masas, abrir cauces, tender puentes, alzar represas y desatar las energas cvicas de Cuba que estaban ocultas, remansadas [...]”. Era imprescindible atender a la (re)construccin nacional, pues la Repblica, deca, “no ha logrado todava el alto y definitivo nivel cvico a que Mart aspir”. Y, con una alusin tanto certera como atrevida, en esta misma alocucin cuyos registros de deseo fueron un llamamiento a la accin cvica de “remolde” martiano, Ortiz subray una verdad poltica que sin duda incomod a los poderosos que lo escuchaban: “Es innegable que la tercera parte de ese medio siglo hemos estado los cubanos sin gobiernos nombrados por virtud de mandatos electorales verdaderos”. El proyecto de “alzar la nacin” no lo concibi Ortiz exclusivamente por la va de la escritura, sino, como Mart, a travs de una activa labor cultural, poltica, y educativa. Urga demitificar y cientifizar, levantar el nivel cultural y cien tfico del pueblo para lograr el saneamiento nacional que se propuso. El ejemplo de Mart result fundamental en la ideacin de este proyecto de larga duracin en la vida de Ortiz: en libros, en ensayos, en discursos, en la creacin de organismos educativos y cientficos, en la fundacin de revistas y empresas editoriales. La huella martiana se patentiza y se afirma en varias formas: en trabajos escritos sobre el Maestro, en actividades similares a las que emprendi Mart en vida, y en libros y ensayos sobre temas de ndole diversa cuyo discurso revela, por encima y por debajo de las palabras, registros de eticidad y una dedicacin nacional de cepa martiana. Son tres las obras clsicas de Ortiz sobre la vida y obra del Apstol: “Mart y las razas” (1941); “Oracin a Mart” (1953); y “La fama pstuma de Jos Mart” (1956). Hay otras, pero son de menor categora: la resea del libro de Gonzalo de Quesada, Mart hombre (1940); “Caales, dijo Mart”, (1939); y “Mart y las razas de librera”, (1945), especie de sntesis selectiva de “Mart y las razas”. 1. De todas estas obras, la que ms revela la mano del investigador, amn de la del devoto y apasionado martiano, es “Mart y las razas”. Es la primera exploracin del tema de las razas en la obra del Maestro, un anlisis construido con abundantes citas en apoyo de las afirmaciones del ensayista. Pero, adems de un sistemtico y consumado estudio cientfico es una defensa de la libertad y la dignidad humanas y una historia personal –la de Ortiz y la de la experiencia colonial en Cuba. Hemos dicho que en este estudio raigal Ortiz se revela como

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78un estudioso dedicado de la obra martiana, pero no slo de textos selectos y reiteradamente antologizados de la vasta “mina” martiana, para utilizar la imagen de Gabriela Mistral. No slo de los libros en versos o las crnicas y ensayos ms citados, sino de los escritos menos conocidos pero no por eso menos alucinantes, como los Cuadernos de apuntes. En estos cuadernos Mart dej constancia de los libros que pensaba escribir; entre ellos Ortiz glosa el intitulado “La raza negra. Su constitucin, corriente y tendencias. Modo de hacerla contribuir al bien comn, por el suyo propio”. Con su acostumbrada visin nacional, Ortiz liga el pensamiento martiano de ese proyectado libro con la situacin contempornea de Cuba: Habra sido de incalculable trascendencia, tanto mayor cuanto el estudio sistemtico del factor negro en la evolucin histrica de Cuba [...] jams ha sido hecho hasta ahora, ni considerados sus elementos en las enseanzas oficiales, ni favorecida su investigacin, y, antes al contrario, visto todo ello con desdn y hasta impedido, como tema insustancial y balad, a pesar de vaciarse en l la mitad de toda nuestra historia. Tambin contribuye a explicar el sentido de la palabra “raza” tiene para Mart notando que usa el vocablo no en un sentido cientfico, sino en “el sentido impropio y vago”, pero lo hace, agreg, “para rechazar de raz toda la peligrosa gravedad social de que suele cargarse este concepto...”. Raza para Mart significaba cultura, y si Mart utiliz el concepto en un sentido acumulativo para referirse a los habitantes de Amrica no significaba por eso que no entenda que en Amrica, como en Cuba, haba gente de diversos colores y etnias. Si Ortiz no subraya el sentido revolucionario del significado de la frase “no hay odio de razas porque no hay razas” en trminos de la labor organizadora martiana, la que requera la unidad del pueblo, s seala que a medida que se acerca el momento de iniciar la guerra de liberacin, intensifica Mart su defensa del negro para contrarrestar los recelos nacionales en su contra. 2. La “Oracin a Mart”, discurso preparado para conmemorar el primer centenario del nacimiento de Mart (1953), se pronunci en el Capitolio de Cuba con la presencia del Presidente de la Repblica. Es una invocacin lrica del espritu de Mart, una, como l mismo dijo, “ceremonia de liturgia cvica”. En ella abundan las palabras independencia libertad soberana democracia republicana evocadas en relacin con Mart pero con registros discursivos que constituyen un comentario crtico sobre el rgimen dictatorial de Batista. De funcin similar es la pregunta fundamental del discurso: Qu deseaba Mart para su pas?, pregunta que conlleva un significado contemporneo, y cuyas contestaciones enumeradas destacan las ausencias y deficiencias nacionales del momento: soberana, libertad, humanismo, bienestar y justicias sociales, y una sociedad antirracista. La oracin liga el pasado de Cuba, la labor de Mart y el deseado futuro del pas al exclamar el orador: “Mart no ha muerto... Vive Mart, y presente est su espritu”.

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79Una oracin? S. Las ltimas palabras de la alocucin son: ¡Elevemos a l los corazones en una plegaria! Mart, padre nuestro que ests en la gloria de tu doctrina, de tu ejemplo, de tu pasin y de tu sacrificio, siempre venerado sea tu nombre; venga a nos tu inspiracin pura para que se cumpla tu voluntad, nos perdonemos recprocamente las culpas, haya paz en nuestra tierra y que los pueblos, libres de malas tentaciones, tengan seguro el sustento de cada da y el pleno, pacfico y progresivo goce de la vida como fue tu promesa, “con todos y para [el bien de] todos”, por el amor, el trabajo y la ciencia. ¡Que as sea! 3. Y, finalmente, en “La fama pstuma de Jos Mart” ampla Ortiz la temtica martiana y ofrece una antologa sobre la religin, la muerte, el espiritualismo, la filosofa, y la libertad. El texto es de intencin doble como la “Oracin a Mart”, es decir, versa sobre Mart, y, a la vez, sobre la situacin actual de la nacin. De Mart, nos dice, que se le recuerda, como hoy recordamos al mismo Ortiz, por su pasin por la libertad, su lucha por la independencia de su patria propia y la de otras patrias, la virtud pura y heroica de su civismo, el realismo que supo dar a su ideal acompandolo siempre de la accin valerosa, sagaz y efectiva, su inquebrantable fe en la verdad y el bien, su inagotable amor humano, comprensivo y universal. Pero, en este, como en otros escritos sobre Mart, la palabra clave, la que se repite constantemente, la que constituye el eje de la visin del autor, es la libertad, la libertad que desea para Cuba, la libertad que Mart, segn nos dice Ortiz, nunca confundi con la tirana. Tambin hay escritos no dedicados a Mart que patentizan la presencia del Maestro. Las limitaciones de tiempo impiden el comentario con detalle, pero, su examen meticuloso revelara cun perseverante es la presencia martiana. Ejemplo significativo de la produccin primigenia de Ortiz es Entre cubanos; psicologa tropical (1913), el nico que aduciremos, donde en el prlogo, “Al dormido lector” se perfila la dedicacin social no slo nacional sino americana de un ensayista que transita por la ruta del Maestro: No al que contempla de cerca los destellos de la vida civilizada en los pases de menos luz de sol y de ms luz humana –escribe–, no al que despierto y avisado observa atento la crepuscular vida de HispanoAmrica, conoce sus tonos apagados y se entristece por la falta de color vivo; sino a ti, sooliento hijo de los trpicos, a ti van mis palabras [nfasis del autor]. Comprense estas palabras iniciales, expresadas adems en el estilo anafrico de Mart, con las que abren el ensayo martiano “Nuestra Amrica”: Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea y con tal que l quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quit la novia, o le crezcan en la alcanca los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden

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80poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en Amrica ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarce con el pauelo a la cabeza sino con las armas de almohada como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. [nfasis del autor]. Son dos llamadas a despertarse, a descolonializar, a renovarse, a forjar la vida nueva. Para Cuba, eso implicaba, como Ortiz explica claramente en “Alma cubana” (78-81) del mismo volumen, nacionalizar el espritu, crear instituciones liberadas del yugo (neo)colonial. Y, en la consecucin de estos ideales, como Mart, recomienda la busca interior: “Buscamos fuera de nosotros mismos la columna de fuego que nos gue por el desierto de nuestras incrdulas mentalidades, no sabemos que la luz del ideal han de encontrarla los pueblos en el resplandor de sus propias concepciones”. “Laboremos, hijos de los trpicos”,19sentencia Ortiz. Y como Mart, se dedic a levantar a su pueblo a despertarlo a la vida moderna. En 1930 fund la revista Surco cuyo lema pertenece al ideario martiano: “pensar es abrir surcos”, revista que aspiraba a divulgar al pueblo hispanoamericano y a los que no tenan el dinero para conseguirlas, las ms significativas expresiones culturales no hispnicas del mundo moderno. Y en 1936 con propositos semejantes a Surco, fund Ultra, en cuyo primer nmero seal que “slo la cultura activa y no palabrera puede realizar totalmente en nuestra tierra, el programa de Mart y del noble patriciado que a lo largo del siglo XIX dieron alma, vida, y dignidad a esta nacin”. La de Ortiz fue una voz del futuro, consciente de la cultura del presente, versada en las races relevantes del pasado, y dedicada a la construccin de una realidad sociopoltica y cultural alternativa, una voz, en fin, martiana y moderna, una voz, como la de Mart que supo percibir los vacos y las lacras de la vida contempornea. En su Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), Ortiz recomend que se leyera y se releyera a Mart, “con las luces del da, sin renegarle a cada canto de un gallo. ¡Que Mart no se quede, como Jess, solo en ruido de palabras y en sombra silente de bronce o de mrmol”. Ni tampoco la obra de Fernando Ortiz. Notas1 En la resea del libro Gonzalo de Quesada y Miranda, Mart hombre 313.2 Ortiz Fernndez, Fernando [Orbita]. [La Habana : Unin de Escritores y Artistas de Cuba, 1973]. p. 47. (Coleccin "rbita)3 -------. Prlogo. En su: Entre cubanos; psicologa tropical La Habana : Editorial de Ciencias Sociales, 1993. pp. vi-vii.4 Ibdem, p. vii.

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81 Los intelectuales orgnicos en Cuba: algunas reflexiones* Ana CairoProfesora de la Universidad de La HabanaLa lectura de los Cuadernos de la crcel1 de Antonio Gramsci (1891-1937) genera una experiencia conmovedora, porque nos permite conocer a un escritor muy original, que se caracteriza por una correspondencia admirable entre sus pensamientos y actos. Gramsci pas la ltima dcada de vida en prisiones, donde se enferm y encontr la muerte. Para evitar el embrutecimiento intelectual, se dedic al estudio y la escritura sistemtica. As comenz los Cuadernos ... el 8 de febrero de 1929 en el presidio de Turi. El primer grupo se extendi hasta marzo de 1931; y el segundo, hasta 1933. Tras el fallecimiento, su cuada logr rescatarlos y enviarlos a Mosc. Se publicaron entre 1948 y 1951. Para Gramsci tambin podra ser esta sagaz apreciacin de Jos Antonio Portuondo (1911-1996): En las horas de crisis en que el hombre se debate en la encrucijada de concepciones antognicas de la realidad, la expresin literaria comporta un indudable herosmo: herosmo de revelar, con absoluta franqueza, la personal visin del mundo, la propia confusin o la angustia; herosmo de sostener sin quiebras la inevitable parcialidad que engendra –inevitablemente tambin– el silencio y la hostilidad de la “otra parte”; herosmo de mirar de frente la realidad en crisis, cuando resulta a veces ms cmodo y siempre menos riesgoso escamotearla tras la alusin oscura o la evasin formalista; herosmo de decir lo que se ve y lo que se siente, de descubrir las propias vivencias, lo que a golpes de experiencia va entregando da a da la realidad; herosmo de ser simple y llanamente, sinceros.2En los Cuadernos..., los juicios sobre el canto dcimo del “Infierno”, primera parte de la Divina Comedia de Dante Alighieri (1265-1321), o los sagaces comentarios sobre Nicols Maquiavelo (1469-1527) o Alejandro Manzoni (1785-1873), demuestran que Gramsci tena un profundo conocimiento de la historia de la cultura italiana. Se le siente orgulloso de esa tradicin a la cual su propia obra se integra. l asuma su propia condicin de intelectual –como tambin lo haca el peruano Jos Carlos Maritegui (1894-1930)– y no participaba de los criterios prejuiciados que funcionaban dentro del movimiento marxista, que impulsaba a los revolucionarios a no considerarse intelectuales.

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82Este prejuicio podra ilustrarse con dos ejemplos cubanos: cuando en 1927 Rubn Martnez Villena (1899-1934) le escribi a Jorge Maach (1898-1961) que ya no era un poeta; o cuando Ral Roa (1907-1982) cont sobre la reunin de 1929 para intentar la reorganizacin de la Liga Antimperialista de Cuba.3Gramsci y Maritegui se reconocan partcipes de una tradicin nacional en tanto que intelectuales y justamente, por lo mismo, pudieron reflexionar mejor sobre las caractersticas y funciones de estos profesionales en la estructura social. I Entre 1930 y 1932 Gramsci escribi sobre los intelectuales. La primera versin estaba en el “Cuaderno nmero 4” y la segunda en el “Cuaderno nmero 12”, bajo el ttulo de “Apuntes y notas dispersas para un grupo de ensayos sobre la historia de los intelectuales y de la cultura en Italia”. Antes de comentar estos “Apuntes...”, hay que recordar los criterios de su autor ante la posibilidad de que se publicara la obra de un escritor sin que este pudiera hacerse responsable de la edicin: Es evidente que el contenido de estas obras pstumas debe ser asumido con mucha discrecin y cautela, porque no puede ser considerado definitivo, sino slo material todava en elaboracin, todava provisional. Precisamente, insistir en que los “Apuntes...” deben pensarse como materiales de elaboracin, me facilita hacerme algunas preguntas sin que ya necesariamente tenga las variantes de respuestas. En los “Apuntes...” se abordan los siguientes tpicos: Primero. Cada grupo o clase social genera sus capas de intelectuales, “que le dan homogeneidad y conciencia de su propia funcin no slo en el campo econmico, sino tambin en el social y poltico”. Segundo. Los intelectuales orgnicos que cada nueva clase crea consigo y elabora en su desarrollo progresivo, son en su mayor parte “especializaciones” de aspectos parciales de la actividad primitiva del tipo social que la nueva clase ha sacado la luz. Tercero. Estos hombres que cumplen funciones especializadas actan con espritu de cuerpo, son conscientes de que tienen una tradicin, porque son parte de una “continuidad histrica ininterrumpida”. Ellos se pueden ver a s mismos como autnomos e independientes del grupo social dominante. Cuarto. Los intelectuales orgnicos pueden nutrirse atrayendo a sus filas a los intelectuales “tradicionales”, que son los que cumplen funciones en la organizacin productiva o social. Quinto. El sistema educacional es el que forma a los intelectuales que se necesitan. A mayor diversidad, se pueden alcanzar ms altas calificaciones dentro de las especializaciones y mayores matices en cuanto a la eficiencia. Sexto. Debera buscarse la ms amplia base social (a partir de la escuela obligatoria), como garanta democrtica, para la seleccin de los que deben prepararse para las ms altas calificacio-

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83nes intelectuales, dentro de una cosmovisin socialista. Sptimo. Los intelectuales son los encargados por el grupo dominante del ejercicio de las funciones subalternas de la hegemona social y del gobierno poltico. Las funciones subalternas podran ser: A) Ayudar en la bsqueda de un “consenso espontneo” de la sociedad hacia los actos del grupo hegemnico. B) Contribuir a la creacin del prestigio, de la legitimacin, de la confianza, en los actos del grupo hegemnico. Octavo. En la construccin de su propio partido, los intelectuales orgnicos evidencian su fuerza y la capacidad para incorporar a otros intelectuales tradicionales. En los “Apuntes...” se encuentran tambin importantes consideraciones sobre teora del partido poltico; pero, son estos ocho tpicos los que me han interesado. Adems, aparecen juicios sobre los intelectuales en distintos pases y criterios metodolgicos sobre cmo asumir la especificidad de algunos temas. De este modo, se identifican problemticas generales en cuanto a los intelectuales y sus funciones en la historia poltica, social e ideolgica y se realza la opinin de que en cada nacin se debe desentraar el proceso de formacin de la intelectualidad. II En 1931, el preso poltico Ral Roa –recluido en el hospital militar de Columbia– escribi el ensayo “Reaccin versus Revolucin”4 en forma de carta pblica a Jorge Maach. En nombre de los revolucionarios, l defendi al marxismo, como la concepcin del mundo, la metodologa cientfica y la filosofa de la praxis, que deba ensearles a comprender y a explicar la Historia de Cuba, y a actuar para el triunfo de una verdadera revolucin agraria y antimperialista contra Gerardo Machado y su protector, el gobierno de los Estados Unidos. Roa enalteci a Maritegui, como el pensador ms eficiente para ilustrar las tareas que deban acometer los marxistas cubanos. Los Siete ensayos de interpretacin de la realidad peruana y los artculos de la Escena contempornea deban funcionar como obras terico-metodolgicas para que los estudios marxistas crecieran en nmero y calidades. En 1936, Pablo de la Torriente Brau (1901-1936) escribi en Nueva York dos textos originalsimos: “Hombres de la revolucin” (dedicado a honrar las vidas heroicas de Antonio Guiteras y Carlos Aponte), y “lgebra y poltica”,5 el ms ingenioso ensayo poltico escrito por un marxista cubano en la primera mitad del siglo XX. “lgebra y poltica” resulta ser el discurso lcido con el que se explica por qu la Revolucin del 30 ya ha fracasado. Haba que esperar otra oportunidad histrica. Mientras tanto la lucha en favor de los republicanos en la Guerra Civil Espaola (1936-1939), podra ser para l lo que Nicaragua o Cuba haban sido para el internacionalista venezolano Carlos Aponte.

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84Ya en 1937 era indiscutido el fracaso de la Revolucin del 30. El coronel Fulgencio Batista (como jefe del ejrcito y poder poltico real) instrumentaba el plan trienal. En la Universidad de La Habana se normalizaban las clases y se reorganizaba la institucin. Se aceleraban los preparativos para una Asamblea Constituyente. Y en la alcalda de La Habana se creaba una Oficina del Historiador de la Ciudad, cuya direccin fue confiada a Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), el ms importante historiador antimperialista de este siglo. Roig impuls a los jvenes intelectuales hacia una nueva interpretacin de la Historia de Cuba. En ese mbito de discusiones, Jos Antonio Portuondo y Julio Riverend (1912-1998) comenzaron sus estudios sobre el movimiento intelectual cubano. Le Riverend se interes por los proyectos del “nico reformismo creador”, el de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Tambin incursion en la teora martiana del partido poltico, antes de irse a estudiar al Colegio de Mxico. Portuondo aspiraba a especializarse en esttica con un enfoque marxista; pero tambin adelantaba en el proyecto de ir escribiendo los captulos de una historia social de la Literatura Cubana. Dicho intento surgi de un ciclo de conferencias (dictadas por radio) sobre nuestra revolucin cultural en un curso de Historia de Cuba que coordinaba Roig. Despus de los estudios en el Colegio de Mxico, Portuondo se interes en los problemas de la teora generacional aplicada a la cultura. Fue uno de los primeros marxistas latinoamericanos en incorporarla con adecuaciones importantes. Le Riverend, desde la historia de las ideologas (sucednea de la matriz centrada en las problemticas econmicas), y Portuondo, desde una ptica generacional, abrieron la fase contempornea de las reflexiones en torno a la historia del movimiento intelectual cubano. Hasta donde conozco, fue Portuondo quien primero aplic el concepto de los intelectuales orgnicos de Gramsci a nuestra historia cultural, como podra ilustrarse con los textos “Mella y los intelectuales” y “Los intelectuales y la Revolucin”.6Portuondo glos a Gramsci en “Los intelectuales y la Revolucin” y aport su propia definicin: se trataba de “un forjador consciente de la conciencia social en cualesquiera de sus manifestaciones: tica, esttica, filosfica, poltica, etc.” Por otra parte, estimaba que los grupos intelectuales existentes en Cuba con posterioridad al triunfo revolucionario de 1959 eran: polticos, clrigos, profesionales (abogados, mdicos, etctera), tcnicos, cientficos, escritores, artistas, filsofos, entre otros. A continuacin, se ocupaba de caracterizar la reaccin de estos grupos de intelectuales ante los cambios radicales que introduca, en la prctica social, el Gobierno Revolucionario. Un complemento superador del texto mencionado fue “Itinerario esttico de la Revolucin Cubana”,7 en el que enjuici las tendencias del debate pblico entre los intelectuales durante la dcada de 1960.

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85Con la segunda edicin revisada del libro La historia y las generaciones,8present un esquema generacional del movimiento intelectual cubano desde el siglo XVI hasta 1959. Esto constituy –sin lugar a dudas– una gran audacia para nuestra historiografa cultural. En el contexto posterior a 1959, no podra olvidarse el trascendental ensayo de Ernesto Che Guevara (1928-1967) “El socialismo y el hombre en Cuba”, donde aviv innumerables discusiones con sus juicios sobre los intelectuales, el arte revolucionario y el realismo socialista. La controversia alcanz su punto ms lgido tras la muerte del Che, cuando se difundi masivamente ese polmico texto.9Carlos Rafael Rodrguez (1913-1997) contribuy con dos trabajos relevantes: las consideraciones sobre la pequea burguesa urbana en la reflexin sobre las clases sociales, incluido en “Cuba en el trnsito al socialismo” y “Problemas del arte en la Revolucin”,10 en el que reexamin algunos de los temas abordados por el Che en “El socialismo...”. Al publicarse los tres tomos de Letra con filo (1983) se ha podido comprender mejor cmo Carlos Rafael Rodrguez tambin se adentr en las especifidades del movimiento intelectual cubano. Por lo mismo, podra estructurarse un contrapunteo con la produccin de Roa, Portuondo y Le Riverend. Tampoco podra subestimarse en la historia de la accin poltico-social que Carlos Rafael Rodrguez fue quien dirigi el grupo para el trabajo con los intelectuales dentro del Partido Socialista Popular11 durante la dcada de 1950. La lectura de los documentos programticos de esa organizacin ratificaba que se operaba con una conciencia de especializacin afn a las tesis de Gramsci. Por supuesto, slo se apunt como un elemento de posible coincidencia, ya que las reflexiones de Gramsci mayoritariamente circularon en Cuba despus de 1959. Despus de la Reforma Universitaria de 1962, profesores como Portuondo, Mirta Aguire (1912-1980), Isabel Monal, o Roberto Fernndez Retamar, (todos muy especializados en sus disciplinas), propiciaron un acercamiento mltiple a autores como Maritegui y Gramsci. Los estudiantes de entonces podamos disponer de variados incentivos para repensar el legado del pensamiento revolucionario en la primera mitad del siglo xx. Por razones investigativas, durante los setenta, ochenta, y noventa, he mantenido relaciones sistemticas de trabajo y amistad con una amplia gama de intelectuales. Con ellos he discutido sobre numerosas problemticas inherentes a la historia del movimiento intelectual cubano. Si me atrevo a opinar sobre nuestros intelectuales orgnicos, a partir de una lectura cuidadosa del “Cuaderno nmero 12” de Gramsci, es porque entiendo que existen zonas de ignorancia sobre los aportes de la intelectualidad al proceso de conformacin y desarrollo de nuestra nacin; y porque creo que sobreviven ciertos prejuicios en torno al trabajo de los intelectuales e incluso a su propia condicin como grupo social. Lo anterior podra ilustrarse con algunas apreciaciones que, en forma de ru-

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86mores, circulan en torno a que pertenecemos “a las partes blandas de la sociedad”. El sustrato ofensivo y reaccionario subyacente en este tipo de opinin nos indica que hay que continuar la labor de esclarecimiento y proseguir la reflexin pblica. III Para el examen de la problemtica de los intelectuales orgnicos en la historia cultural cubana, pienso que debe atenderse a los siguientes factores: Primero. Efectivamente, como crea Gramsci, nuestros intelectuales surgieron en el proceso de estructuracin y desarrollo de la plantacin esclavista, como modalidad econmica principal en los ms de tres siglos de coloniaje espaol. En dicho rgimen se sufri adems otra forma de hegemona ms totalizadora y fue la que se deriv del poder poltico y econmico del estado monrquico metropolitano. La dominacin se ejerci en distintos niveles, intensidades y calidades. Por un lado se funcionaba con regularidades administrativas similares para el conjunto de los territorios sometidos; por el otro lado, se privilegiaban particularidades estratgicas de acuerdo con intereses econmicos, polticos, militares, sociales, o geogrficos, que el poder monrquico metropolitano jerarquizaba al valorizar cada colonia. Por lo mismo, nuestros primeros grupos de intelectuales podran tambin estudiarse dentro de los estratos comunes de funcionarios, tcnicos y letrados del mundo colonial hispanoamericano. Las reflexiones del escritor uruguayo ngel Rama12 (1926-1983) podran sugerir opciones metodolgicas para un replanteo de modelos comparativos entre Cuba e Hispanoamrica. El pensador brasileo Darcy Ribeiro (1922-1997) introdujo como antroplogo y poltico el concepto de que tambin existan los intelectuales orgnicos en las comunidades de los “indgenas”. l parta de la definicin de intelectual “como aquel que domina su cultura, un dominio que otros no tienen. Quienes s lo tienen son reconocidos como intelectuales, son respetados como sabios”.13Quizs los siglos del XVI al XIX podran ser enriquecidos usando como hiptesis esta nocin de que intelectual fue “aquel que domina su cultura”. Tuvimos intelectuales en las comunidades “indias” que encontraron los espaoles a finales del siglo XV y principios del XVI? Cules podran ser los tipos de intelectuales existentes entre los miles de esclavos que llegaron de diferentes etnias africanas? A partir del siglo XVIII, la historia cultural de las instituciones, personalidades y obras confirma un crecimiento acelerado de las capas de intelectuales orgnicos y tradicionales que producen ideologa. Tenan un programa de aspiraciones para ampliar la participacin de los criollos en el grupo hegemnico de la dominacin colonial en la Isla. Podra decirse que Francisco de Arango y Parreo (1765-1837), Jos Agustn Caballero (1762-1835) o Toms Romay (1764-1849), entre los intelectuales de la generacin del Papel Peridico de

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87la Havana (1790), fueron paradigmticamente orgnicos. Entre las dcadas de 1820 y 1880, el movimiento ideoesttico y cultural de los romnticos implic un nivel cualitativamente superior de complejidad en las modalidades de intelectuales. Los programas de los intelectuales orgnicos se reestructuraron para enfrentar la ola represiva creciente que implement la metrpoli despus de la gran derrota militar en la batalla de Ayacucho (1824) y la consiguiente prdida definitiva de la mayora de las colonias. La expulsin de los intelectuales orgnicos cubanos del grupo hegemnico del aparato colonial en la Isla, y la exclusin de los derechos polticos a partir de la Constitucin espaola en 1837, fueron acontecimientos, cuyo impacto especfico ratific las consideraciones de Gramsci en torno a la autonoma de aspectos polticos, sociales, culturales, que se imbricaban en las construcciones ideolgicas que producan los intelectuales sobre la sociedad y sobre s mismos. Aunque no est de moda leer a Flix Varela (1788-1853), Jos Antonio Saco (1797-1862), Gertrudis Gmez de Avellaneda (1814-1873), Jos Mara Heredia (1803-1839), Cirilo Villaverde (1812-1894), entre otros, en todos se aprecian modalidades de un nuevo programa, ya como cubanos, que denuncian el estatuto de vctimas y promueven alternativas emancipatorias del sujeto. Ellos estn reclamando los derechos de seres humanos a un espacio propio con libertad. No obstante, hay tres intelectuales que suscitan interrogantes adicionales. Juan Francisco Manzano (1797-1854), nico intelectual esclavo que aparece en las historias culturales. Es una excepcin, una rareza del perodo colonial? Quizs el redimensionamiento de la nocin de intelectual ( a partir de Ribeiro) ilumine otros enfoques menos elitistas y ms democrticos. Gabriel de la Concepcin Valds (1809-1844), Plcido, poeta fusilado por los espaoles, nos aproxima a la interrogante de si fue o no un intelectual orgnico de estratos sociales que deben asociarse al factor raza (entendida como color de la piel, tipo de pelo, rasgos faciales y como causa de coercin fsica y espiritual). Ya se sabe que los ricos siempre eran “blancos” por definicin. La “blancura” se compraba como los ttulos nobiliarios en la sociedad colonial. Desde las indagaciones de Francisco Calcagno (1827-1903) sobre los “poetas de color” hasta los trabajos de Pedro Deschamps Chapeaux (1913-1996) sobre los negros y mulatos libres, no se ha avanzado lo que se deba. Existen todava demasiadas interrogantes tanto para el perodo colonial como para el republicano. Del mismo modo, se necesita una historia de las ideologas racistas y antirracistas. En 1942, con la conferencia “Por la integracin cubana de blancos y negros”don Fernando Ortiz (1881-1969) plante cinco fases antes de que el elemento “raza” perdiera todas las determinaciones polticas, socia les y culturales. Todava son insufi-

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88cientes los anlisis sobre los cambios que introdujo la poltica revolucionaria a partir de 1959 en ese universo. Gertrudis Gmez de Avellaneda suscita la pregunta de si el factor gnero tendra tambin que justipreciarse. En la novela Sab (1841), Tula afirm que las mujeres y los esclavos sufran una dominacin humillante similar. Podra ser Tula un ejemplo de intelectual orgnico, en el que las preocupaciones sobre gnero ensanchan el impacto sociocultural de su propuesta ideolgica? Ella sera realmente una excepcin? El ciclo de las guerras de independencia tambin necesita reevaluaciones. En la Guerra de los Diez Aos surgieron nuevos intelectuales orgnicos del independentismo que representaban intereses de clases populares. Antonio Maceo (1845-1896) o Mximo Gmez (1836-1905) podran simbolizarlos. Jos Mart (1853-1895), el mayor intelectual cubano del perodo colonial, estructur un proyecto poltico que entre sus mltiples novedades diseaba una estrategia y principios tcticos para que los intelectuales participaran en cuanto tales dentro de la Revolucin. Mart siempre estuvo muy orgulloso de pertenecer a una tradicin intelectual cubana,14 la cual era uno de los elementos que avalaba nuestra madurez como pueblo consciente de su nacionalidad y la existencia de grupos especializados con capacidad de direccin para fundar una nacin. La tesis martiana de enaltecer nuestra tradicin intelectual, como uno de los valores supremos de un programa poltico-cultural, no ha perdido actualidad en lo referente a cmo examinar el fenmeno de la dispora, o a cmo defender la pluralidad de opciones para que cada intelectual encuentre su espacio dentro del proyecto de construir la nacin de todos. En la dcada del 70, tuve el honor de dialogar con varios intelectuales que se destacaron en los combates de la Revolucin del 30. Entonces descubr que ellos eran tambin martianos por la defensa activa e inteligente de nuestra tradicin. Ellos mismos la continuaban con su ejemplo y nos formaban en la importancia de mantener esa estrategia. Y en cumplimiento de ese deber moral es que he compartido con ustedes estas reflexiones en homenaje al herosmo de Antonio Gramsci y al grato recuerdo de intelectuales orgnicos como Juan Marinello (1898-1977), Ral Roa, Jos Z. Tallet (1893-1989), Mirta Aguirre, Julio Le Riverend, y Jos Antonio Portuondo, que fueron algunos de mis mejores maestros. Notas* Texto presentado en el Coloquio Internacional de Homenaje a Antonio Gramsci organizado por el Centro Cultural Juan Marinello, en febrero de 1997.1 Gramsci, Antonio. Cuadernos de la crcel Edicin crtica del Instituto Gramsci. Mxico: Ediciones Era, S.A., 1986. 4 t. Todas las referencias remiten a esta edicin. “Cuaderno nmero 4”. t. 2, pp. 186-197. (prrafo 49) “Cuaderno nmero 12”. t. 4, pp. 353-373.

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892 Portuondo, Jos Antonio. Explicacin. En su: El herosmo intelectual Mxico: Texontle, 1955. p. 9.3 Cairo, Ana. Polmica Villena-Maach. En su: El grupo minorista y su tiempo La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1978. pp. 357-374. Roa, Ral. La jornada revolucionaria del 30 de Septiembre. En su: Bufa subversiva. La Habana : Cultural, S.A., 1935. p. 65. En el conjunto de la evolucin de Roa resulta sumamente interesante la reflexin autocrtica sobre este prejuicio. En particular puede leerse su ltimo libro El fuego de la semilla en el surco La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1982. (publicado pstumamente).4 _______. Reaccin versus revolucin. Op. cit (3).5 Torriente Brau, Pablo. Hombres de la revolucin. En su: Pginas escogidas La Habana: Impr. Andr Voisin, 1973. pp. 331-335. ———. lgebra y poltica. En su: El soldado desconocido cubano y otras pginas La Habana: Ediciones Huracn, 1968. pp. 293-364.6 Portuondo, Jos Antonio. Mella y los intelectuales. Los intelectuales y la revolucin. En su: Crtica de la poca y otros ensayos La Habana : Universidad Central de Las Villas, 1965. pp. 84-135.7 _______. Itinerario esttico de la Revolucin cubana. En: Cairo, Ana. Letras. Cultura en Cuba La Habana : Editorial Pueblo y Educacin, 1993. pp. 49 -70.8 ———. La historia y las generaciones La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981. 115 p. (Coleccin Crtica)9 Guevara, Ernesto Che. El socialismo y el hombre en Cuba. En su: Obras 1957-1967 La Habana : Editorial Casa de las Amricas, 1970. t. 2, pp. 367-384.10 Rodrguez, Carlos Rafael. Los comunistas ante el proceso y las perspectivas de la cultura cubana. En su: Letra con filo. La Habana : Editorial Ciencias Sociales, 1983. t. 1.11 El 16 de agosto de 1925 se fund el primer Partido Comunista de Cuba. Con vistas a la Asamblea Constituyente de 1940 adopt el nombre de Unin Revolucionaria Comunista. Aproximadamente desde 1942 cambi el nombre por el de Partido Socialista Popular. En 1962 se autodisolvi para fundar las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) primer paso para constituir el actual Partido Comunista de Cuba (proclamado en octubre de 1965).12 Rama, ngel. La ciudad letrada Montevideo: Fundacin ngel Rama, 1984. 176 p. (La serie Rama; 502) ———. La ciudad escrituraria. En su: La crtica de la cultura en Amrica Latina Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1985. pp. 318. (Biblioteca Ayacucho; 119)13 Ribeiro, Darcy. Autocrtica demaggica. Cuadernos Americanos (Mxico) 10 (57):11-23; mayo-jun. 1996.14 Mart, Jos. Obras completas. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963. t. 5. En este tomo pueden leerse sus textos sobre Antonio Bachiller y Morales, Jos de la Luz, Eusebio Guiteras, Jos Mara Heredia, Rafael Mara de Mendive, Juan Peoli y Julin del Casal, entre otros, para conocer sus ideas sobre la tradicin cultural cubana y su importancia poltica.

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90 Identidad femenina en el Cuadernillo autobiogrfico de Gertrudis Gmez de Avellaneda Brgida PastorInvestigadora y profesora de la Universidad de GlasgowLa escritura autobiogrfica es un discurso de la identidad. Escribir es una estrategia de las mujeres para validar lo que son. La apropiacin del lenguaje y de la escritura es, tambin, la apropiacin del ser.1El epistolario amoroso de la escritora cubana Gertrudis Gmez de Avellaneda constituye una correspondencia voluminosa dirigida a su amado Ignacio de Cepeda Alcalde –un amor que nunca fue correspondido– durante el largo perodo de 15 aos, entre 1839 y 1854. Estas cartas tambin se publicaron bajo el ttulo de Diario ntimo y no slo representan un documento biogrfico revelador, sino tambin una fuente extraordinariamente rica de informacin sobre la identidad femenina de Avellaneda. Esta correspondencia lleg a su fin cuando Cepeda contrajo matrimonio con otra mujer, y Avellaneda se dio cuenta de que lo haba perdido definitivamente.2 Las cartas no se escribieron con la intencin de ser publicadas, y se esperaba que su receptor las quemara; sin embargo, fueron guardadas y tras la muerte de Cepeda en 1907, su viuda las public.3Se podra especular que tal vez Cepeda dio su aprobacin para su publicacin pstuma, aprovechando la popularidad literaria de la autora. Tambin cabe la posibilidad de que la misma Avellaneda lo hubiera acordado con su amado, tal y como se sugiere en su ltima carta. En ese texto, Avellaneda parece responder a una sugerencia por parte de Cepeda de que las “cartas confidenciales” podran ser ledas por un “pblico” ms general: Respecto a lo que me consultas sobre mis cartas, slo puedo responderte que no recuerdo exactamente lo que contienen. Ignoro si hay en esas cartas confidenciales cosas que puedan interesar al pblico, o si las hay de tal naturaleza, que deban ser reservadas. Cuando nos veamos, ha-

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91blaremos de eso y examinaremos dichos papeles.4 [nfasis de la autora] Este trabajo se centrar particularmente en la primera carta extensa o cuadernillo autobiogrfico que Avellaneda escribi a Cepeda, siendo este ejemplo representativo de la expresin genuina de su identidad femenina y a la vez eco de su constante lucha como mujer dentro de una cultura hegemnica masculina. Al escribir a Cepeda, Avellaneda no slo se dirige al amado, sino al lector masculino. Cepeda no es diferente del resto de los lectores masculinos de la poca, pues como la misma autora afirma: Cepeda es “ un hombre como todos los dems” (p. 54) [nfasis de Avellaneda]. El cuadernillo revela una de las primeras tentativas de la autora en tomar la pluma y escribir la historia de su vida, la historia de una “mujer nueva”. Como en el resto de las cartas, Avellaneda se nos presenta como un ser dividido, en constante conflicto con los convencionalismos sociales que la acechan. Los conflictos internos que se reflejan en la ambivalencia de su texto se transforman en un arma vital para elaborar su epistolario amoroso. Esta ambivalencia construye un discurso estratgico y dinmico que explora la voz silenciada de la mujer en el orden simblico masculino y su determinacin a articular su propia identidad como sujeto femenino, por muy deficiente e indirectamente en que se lleve a cabo. Es decir, Avellaneda se propone inscribir su identidad puramente femenina en un lenguaje que la excluye por su sexo, superando as los rgidos parmetros que le impone la tradicin patriarcal. De este modo, sus propios conflictos se convierten en estrategia para subvertir los cdigos inamovibles y dominantes del patriarcado. Como las tericas feministas Susan Gilbert and Sandra Gubar destacan, la duplicidad que conllevan estos conflictos internos permite que la mujer se invente a s misma a travs de la pluma.5 Para construir un discurso femenino, es necesario que la mujer escritora examine, asimile, y trascienda las imgenes de “ngel” y “monstruo” que la tradicin literaria de mero dominio masculino ha asignado a la mujer. Es este ejercicio de deconstruccin y reconstruccin lo que definen los escritos de Avellaneda: no slo desafa la autoridad de su receptor, sino tambin los lmites discursivos del lenguaje. De este modo, para articular sus deseos y sentimientos, Avellaneda se disloca de la oposicin binaria del patriarcado que genera un lenguaje inmutable y fosilizado, intentando as definir la realidad a travs de su propio lenguaje (o imaginario femenino) –un lenguaje que est desligado del orden simblico masculino. La primera carta que Avellaneda escribe a Cepeda es un texto extenso a modo de autobiografa y a la que se refiere como cuadernillo dejando muy claro que l es el motivo central de su escrito: “Es preciso ocuparme de usted; se lo he ofrecido; y, pues, no puedo dormir esta noche, quiero escribir; de usted me ocupo al escribir de m, pues slo por usted consentira en hacerlo” (p. 39). Estas palabras representan un puente para entablar dilogo no slo con su receptor sino consigo misma. Es un ejemplo elocuente de cmo Avellaneda expresa simultneamente sus sentimientos por su amado (“de usted me ocupo”), y su propio Yo femenino (“al escribir de m”), creando as un vnculo

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92ntimo y recproco con el Otro (masculino). Adems, al referirse a Cepeda como “el objeto de mis tiros”, Avellaneda lo convierte en el blanco (patriarcal) del arma discursiva de su pluma la cual ella utiliza para articular su identidad femenina. (p. 190) En esta frase, la autora capta la esencia de la metfora “margen-centro”, poniendo de relieve su posicin marginal al erigir a Cepeda en centro y motivo de sus escritos. Esta posicin marginal le concede a Avellaneda el privilegio de proponer otras alternativas, distintas a las definidas por la cultura del patriarcado. Nancy Harstock seala el protagonismo de la metfora “margen-centro” en su ensayo “Foucault on Power. A Theory for Women?” y su relevancia para la autobiografa femenina: The autobiographical subject may offer a “standpoint epistemology”: an account of the world as seen from the margins, an account which can expose the falseness of the view from the top and can transform the margins as well as the center. The point is to develop an account of the world which treats our perspectives not as subjugated or disruptive knowledges but as primary and constitutive of a different world.6Avellaneda coloca a Cepeda como el motivo “central” de sus escritos, simplemente como forma de desafiar el discurso hegemnico masculino en un estilo sutil y mimtico. Por ello, las primeras lneas del cuadernillo afloran como justificacin de su misin de escritora, dndose perfectamente cuenta de que el proceso creativo es monopolio exclusivo del hombre. De ah que Avellaneda admita que el acto de escribir sea un pecado a los ojos de Cepeda, que le exige implcitamente su arrepentimiento y confesin: “La confesin, que la supersticiosa y tmida conciencia arranca a un alma arrepentida a los pies de un ministro del cielo, no fue nunca ms sincera, ms franca, que la que yo estoy dispuesta a hacer a usted”. (p. 39) Esta cita expone cmo Avellaneda, al escribir a Cepeda, parece quitarle importancia a su escrito, presentndolo como una “confesin” que debe ser sometida a la aprobacin masculina del “ministro de Dios”, representado por Cepeda. Asimismo, el hecho de que la autora haya escogido la forma verbal “arranca” parece sugerir que su confesin y su implcito arrepentimiento (“arrepentida”) estn lejos de representar sus verdaderos sentimientos, sino los que se le exigen culturalmente. Avellaneda impone dos condiciones a Cepeda con respecto al cuadernillo : primero, que “el fuego devore este papel inmediatamente que sea ledo”; segundo, que “nadie ms que usted en el mundo tenga noticia de que ha existido”. (p. 39) A partir de estas palabras preliminares, que parecen establecer un pacto de amor, Avellaneda, la escritora, la creadora y la voz discursiva, comienza a narrar su pasado y a construir su Yo femenino. Avellaneda selecciona cuidadosamente los eventos de su pasado, que le permiten “escribirse” a s misma, es decir, inventarse en sus escritos. Al expresar su diferencia como mujer, la escritora confronta todas las dificultades y contradicciones inherentes en el cdigo masculino. Sin embargo, su realidad femenina determina que su discurso est lleno de contradiccio-

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93nes y tensiones. Avellaneda subvierte la relacin de subordinacin que mantiene con su receptor, Cepeda, yuxtaponiendo la confesin de su culpabilidad a la de su pasin incontrolada e instintiva: “Hay das […] en que el corazn se rompera, si no se desahogase. Yo tena necesidad de decirte todo lo que te he dicho, ahora ya estoy ms tranquila. No me censures, por Dios”. (p. 120) Este pasaje revela la necesidad de Avellaneda de tomar la pluma y trascender las limitaciones y censura que le impone su interlocutor. La forma verbal “desahogarse” implica la necesidad que la autora tiene de expresar su autntica identidad subjetiva, que parece estar bajo el control y represin de su receptor, pues, de lo contrario, como dice la misma Avellaneda: “el corazn se rompera”. Por esta razn, la escritora se niega a que sus deseos y sus instintos sean aniquilados por los cdigos represivos de Cepeda, siendo esta la nica forma de escapar aunque sea efmeramente del orden falocrtico. En el epistolario personal de Avellaneda, el pasado est al servicio del presente. El cuadernillo plasma una evocacin de su infancia y adolescencia. En la narracin de su pasado, la escritora, como sujeto enunciador, ofrece al lector masculino imgenes de ella misma que estn deformadas por las normas del patriarcado que el mismo Cepeda encapsula. Su ambivalencia refleja las diferentes opciones humillantes que como mujer confronta cuando tiene que definir su presencia pblica en el mundo. Tal y como ella afirma: “No ignoraba que la opinin pblica me condenaba” o, unas pginas mas tarde, “siempre me condenaban las apariencias” y “juzgada por la sociedad, que no me comprende”. (pp. 59, 81, 90) Estos episodios de su pasado que Avellaneda nos narra en el cuadernillo la retratan como una vctima de las leyes represivas de la sociedad, de su familia y de los intereses materiales de la sociedad burguesa a la que pertenece. Avellaneda protesta contra la situacin discriminada de la mujer y defiende su derecho a tener una voz con autoridad y autonoma propias. Phyllis Zatlin Boring observa: Al leer la autobiografa de Avellaneda, el lector se encuentra con una joven en lucha –en lucha con la sociedad, con los parientes, consigo misma– Una persona reida con su ambiente. Avellaneda no puede esperar que la entiendan los que piensan que todas las mujeres deben llevar vidas iguales. Tula es incapaz de ser buena gallega casera como las parientas de su padrastro.7Una de las caractersticas ms sobresalientes en la trayectoria vital de Avellaneda es su deseo insaciable de hacer lo que le place, de vivir la vida para ella misma y poner a prueba la validez de los valores culturales. Sabemos que era una nia precoz e inteligente, que tena gran aficin a la lectura y que enjuiciaba la opinin de sus parientes. Avellaneda destaca que los parientes espaoles de su padrastro decan que no era buena en nada de lo que una mujer deba ser buena y como ella misma confiesa: “[M]e ridiculizaban [...] mi aficin al estudio y me llamaban la Doctora ”. (p. 72) El hecho de que Avellaneda haya subrayado e iniciado con mayscula la palabra Doctora parece indicar su deseo de resaltar el g-

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94nero de la palabra, y su significado peyorativo en este contexto (“la que blasona de sabia y entendida”8). La irona de Avellaneda tambin aflora cuando dice: “Dbaseme la ms brillante educacin que el pas [Cuba] proporcionaba”. (p. 43) La palabra “brillante” aqu es utilizada irnicamente para poner nfasis sobre la educacin limitada y restringida que ella reciba como mujer. Avellaneda fue una mujer muy atpica para su poca. Fue incluso condenada por su propia madre, que la llamaba “salvaje” por su tendencia a aislarse de la sociedad, siendo su gran placer “estar encerrad[a] en el cuarto de los libros, leyendo [sus] novelas favoritas y llorando las desgracias de aquellos hroes imaginarios, a quienes tanto quer[a]”. (p. 44) Influenciada por los ideales romnticos, Avellaneda parece querer aislarse (“encerrada”) de una sociedad que no la comprende y la censura injustamente; una sociedad, en opinin de Joan Torres-Pou, “donde tales ideales no tenan cabida”.9Es obvio que Avellaneda encontr en el recuerdo de su infancia y adolescencia el mpetu para una potica que aos ms tarde pondra en prctica en su ficcin literaria. Sus reminiscencias describen las actitudes que la caracterizan –su pasin por todo lo intelectual– y que le sirven como estrategia para esbozar el proceso de cmo ha llegado a ser la escritora del presente: “Mostr desde mis primeros aos aficin al estudio”. (p. 42) El hecho de que la joven Avellaneda demostrara un serio inters por la lectura la convirti en una mujer poco comn a los ojos de los que la rodeaban.10 Este sello de distincin y diferencia a menudo representara obstculos para Avellaneda; as lo admite al referirse a la predileccin que tena por Rousseau: “Decan que yo era atea, y la prueba que daban era que lea las obras de Rousseau”. (p. 72) Similarmente, Avellaneda infravalora la calidad de su educacin intelectual y sus pretensiones de creatividad literaria. A pesar de que en estos momentos su obra ya haba empezado a publicarse, la estrategia con Cepeda es presentar sus cualidades intelectuales como un juego, o como un producto de sus pasiones infantiles: “[Mis] juegos eran representar comedias, hacer cuentos, rivalizando a quien los haca ms bonitos [...]. La lectura de novelas, poesas y comedias lleg a ser [mi] pasin dominante”. (p. 44) Paradjicamente, esta cita describe la lectura como la “pasin dominante” de Avellaneda, especificando los tres gneros que cultivara durante toda su trayectoria literaria. Avellaneda contina manipulando el lenguaje ante los ojos censores del amado y estratgicamente admite que aunque ella y su prima solan entretenerse en “objetos ms serios y superiores a [su] inteligencia” y ambas posean “la elevacin y profundidad de sentimientos, que slo son propios de los caracteres fuertes y varoniles”, tambin se autodefine –es tableciendo un paralelismo con su prima– segn la imagen femenina estereotipada de la tradicin patriarcal: “Como yo, reuna la debilidad de la mujer”. (p. 47) A pesar de su aparente ambivalencia y Yo fragmentado, Avellaneda expresa su profunda admiracin por las cualidades intelectuales logocntricas que tradicionalmente han sido consideradas de exclusivo dominio masculino. De este modo, Avellaneda inscribe a su prima y a s misma en el lenguaje, logrando ex-

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95presar su subjetividad femenina e indirectamente exigiendo no slo “profundidad de sentimientos”, sino tambin “inteligencia” (socialmente denegada a la mujer). La alusin a la prima podra interpretarse como un artificio al que la autora recurre para expresar su alter ego a travs del cual Avellaneda puede definirse a s misma. Al convertirse en agente de su propio discurso, se declara solidaria con su propia identidad (femenina). As lo sugieren una vez ms sus palabras: “mi prima y yo estbamos solas”. (p. 47) El trmino “solas” sugiere solidaridad femenina (sin la presencia masculina), como modo de combatir la opresin que ejerce el orden simblico masculino sobre el sexo femenino. Avellaneda define repetidas veces su identidad indefinida y fragmentada: “era [...] yo una mezcla de profundidad y ligereza, de tristeza y entusiasmo [...]. Mi gran defecto es no poder colocarme en el medio y tocar siempre los extremos” o “yo me contradigo”. (pp. 47, 54) Estas son slo algunas de las afirmaciones que ilustran el dilema que experimenta en su papel como mujer escritora, y su necesidad de “inscribirse” en su discurso. Al considerar “un gran defecto” el no poder colocarse en el centro (como su interlocutor masculino), la escritora expone sus temores a dar voz a su propia identidad de forma explcita y directa. Surez Galbn resalta que la personalidad dividida de Avellaneda explica el tormento autodestructivo que debi experimentar: “Afirma y se niega, se resigna a su papel sexual-social, y se mutila como ser humano”. (p. 298) Sintindose aislada en una sociedad que no la comprende, sus conflictos internos se repiten constantemente. Por una parte, Avellaneda declara envidiar a esas “mujeres que no sienten ni piensan [...] y a las cuales el mundo llama mujeres sensatas”. (p. 61) Por otra, deja muy claro que no piensa como “el comn de las mujeres”. (p. 148) Esta aparente contradiccin pone de manifiesto su identidad objetiva (social) y subjetiva (individual), en su intento ambivalente de intervenir en el discurso hegemnico masculino. Este conflicto es el resultado de su “ansiedad de autora”, comn a las escritoras del siglo XIX, las que son temerosas de singularizarse en el mbito masculino”.11Pero muchas veces estas contradicciones son meras apariencias, constituyendo una estrategia retrica que permite a Avellaneda expresar su subjetividad de forma indirecta. As se entiende que Avellaneda deliberadamente se apropie de imgenes misginas femeninas para parodiarlas y de esta manera revelar su perspectiva femenina. Este aparente uso paradjico de su lenguaje pone de relieve una vez ms la actitud censurante masculina con respecto a la mujer escritora: “Yo no conoca ni el mundo ni a los hombres: era tan inocente como el da en que nac”. (p. 56) Mientras que varias pginas despus, se apropia para s misma una imagen frvola y poco convencional: Hubiera yo querido mudar mi naturaleza [...] Yo me avergonzaba de una sensibilidad, que me constitua siempre en vctima [...]. En este tiempo dos veces he contrado pasajeras relaciones Mi corazn no las form, fue [...] la necesidad de una

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96distraccin el ejemplo de la sociedad. (p. 74) [nfasis de la autora] Este prrafo presenta la apropiacin de Avellaneda de un comportamiento que es generalmente slo lcito al hombre, tal y como sugiere el haber “contrado pasajeras relaciones” como mera “distraccin”. Esta estrategia de carcter subversivo es incuestionablemente feminista, pues implcitamente subraya como las mujeres son puramente objetos en el imaginario sexual masculino. El Yo en el discurso de Avellaneda parece incoherente, como “neurtico”, distinto al que caracteriza al modelo autobiogrfico tradicional, en el que la imagen representada y la identidad del autor/a es la misma. Aqu una vez ms, las palabras de Avellaneda reflejan las tensiones estticas y las contradicciones morales que la amenazan como escritora. Ella se da cuenta de que Cepeda no es capaz de reconocer su verdadera identidad (femenina) e intenta enmascararla, expresando el deseo de cambiar su “naturaleza”. Obviamente, la autora asume esta estrategia como la nica manera de no convertirse en objeto de censura ante Cepeda. As, la imagen negativa que revela de s misma es expuesta como una proyeccin del imaginario cultural masculino, y, por consiguiente, del estado de represin socio-cultural que experimenta como mujer. A la vista de todo lo expuesto, se podra concluir que el cuadernillo autobiogrfico de Avellaneda se gesta como un palimpsesto que enmascara el significado ms profundo de sus ideas (socialmente censuradas) y otorga autoridad literaria a su autora al adoptar y transgredir simultneamente los cnones masculinos literarios a distintos niveles. Estas estrategias discursivas plantean los dilemas que Avellaneda experimenta como mujer-objeto en la sociedad en su intento de inscribirse como sujeto autnomo y con derecho propio en su discurso. En suma, Avellaneda sobresale como una mujer en busca de s misma, en busca de su propia identidad. Es evidente que la escritora desarrolla en su cuadernillo una fuerte ego-identidad, logrando expresar su autntica voz femenina que habla de su condicin social y trascender meros parmetros socio-culturales. As el “dilogo” implcito que se recoge en esta primera y extensa carta permite que el lector reevale el papel de la mujer en la sociedad y condene las injusticias sociales de las que es vctima. Pero, sobre todo, deja testimonio de la autoconciencia que Gertrudis Gmez de Avellaneda tena de su condicin diferente. El acertado juicio de Nara Arajo resume la presencia significativa de la identidad femenina de Avellaneda y su “diferencia” en el cuadernillo “diferencia […] que proyect desde la perspectiva de gnero para alcanzar un cuestionamiento de la iniquidad humana.”12Notas1 Aileen Schmidt. La construccin del sujeto en dos cronistas de viajes cubanas del siglo XIX. En: Mujeres latinoamericanas: historia y cultura. Siglos XVI al XIX. / ed. Luisa Campuzano. La Habana : Casa de las Amricas-Universidd Metropolitana, 1997. vol. 1, p. 141.2 Segn la opinin de Carmen Bravo-Villasante,

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97aunque a Cepeda siempre le fascin el talento y la belleza de Avellaneda, “l la quiere como amiga, como amante (as se deca antes al amado), pero como esposa teme que le resulte insoportable el exceso de inteligencia, su futura gloria ”. Una vida romntica: la Avellaneda. Barcelona : Editora Hispano-Americana, 1967. p. 46.3 La Avellaneda. Autobiografa y cartas de la ilustre poetisa, hasta ahora inditas. / prlogo y necrologa de don Lorenzo Cruz de Fuentes / 1 edicin. Huelva, 1907.4Gmez de Avellaneda, Gertrudis. La Avellaneda: Autobiografa y cartas / ed. Lorenzo Cruz de Fuentes / 2 ed. Madrid : Imprenta Helnica, 1914. p. 242. Todas las citas en el texto pertenecen a esta edicin.5 Gilbert, Sandra M. and Susan Gubar The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination. New Haven, London : Yale University Press, 1979. p. 16.6 Feminism/Postmodernism / ed. Linda J. Nicholson. Nueva York : Routledge, 1990. p. 171.7 Boring, Phyllis Zatlin. Una perspectiva sobre la confesin de Avellaneda. En: Homenaje a Gertrudis Gmez de Avellaneda. Memorias del simposio en el centenario de su muerte / ed. Rosa M. Cabrera y Gladys B. Zaldvar. Miami : Ediciones Universal, 1981. p. 97.8 Ver definicin 6 de doctor, ra En: Real Academia Espaola. Diccionario de la Lengua Espaola / 21 ed. Madrid : Espasa-Calpe, 1992.9 Torres-Pou, Joan. La ambigedad del mensaje feminista de Sab de Gertrudis Gmez de Avellaneda. Letras Femeninas 19 (1993), 55-64 (p. 58).10 Otras escritoras contemporneas como la espaola Faustina Sez de Melgar tuvo tambin que enfrentarse a la fuerte censura de sus familiares con respecto a sus inclinaciones intelectuales: “Acusbanle, como de un crimen, de su aficin a las lecturas: la mortificaban sin cesar con burlas mordaces”. En: Sinus de Marco, Mara del Pilar. Biografa de la seora doa Faustina Sez de Melgar, en Faustina Sez de Megar, La Higuera de Villaverde (Madrid: Imprenta de D. Bernab Fernndez, 1860), p. 83]. XXVER11 Picn Garfield, Evelyn. Poder y sexualidad: El discurso de Gertrudis Gmez de Avellaneda. Amsterdam, Atlanta : Rodopi, 1993. p. 128.12 Arajo, Nara. El alfiler y la mariposa. La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1997. p. 48.

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98 Muerte y resurreccin del poeta Plcido Daisy Cu FernndezProfesora de la Universidad de OrienteEl poeta no muere, pues del tiempo y los hombres la historia est en su lira y la inmortalidad est en sus cuentos PlcidoEn los estudios acerca de la literatura cubana publicada durante el siglo XIX, siempre se menciona un detalle de indudable inters. El poeta ms editado en la pasada centuria no fue, como era de esperarse, Jos Mara Heredia, considerado con justeza el poeta nacional, sino un criollo mestizo, expsito, autodidacta y artesano que al morir en 1844 frente a un pelotn de fusilamiento, slo haba publicado tres libros de versos, algunos bastantes zarandeados por la crtica y centro, l mismo, de numerosas polmicas que abarcaban desde la calidad de su produccin literaria hasta su participacin real en la conspiracin de negros que le costara la vida. Lo cierto es que Gabriel de la Concepcin Valds, quien en vida nunca puso los pies fuera de su tierra natal y cuyo marco de relaciones sociales estuvo muy constreido, obtuvo once ediciones, casi todas fuera de Cuba, y la plegaria que, segn tradiciones repetidas hasta nuestros das, fue recitando camino al patbulo, ha sido uno de los poemas ms traducidos a diversas lenguas, entre la amplia produccin literaria de la poca. La popularidad de Plcido fuera de la isla hay que buscarla ms en razones sociolgicas que literarias, aunque ambos aspectos no pueden desligarse sin absolutizaciones peligrosas. Por una parte su condicin de hombre sometido por razones tnicas y sociales, daba ms valor an a una poesa que, pese a su desigualdad esttica, leg pginas antolgicas a las letras americanas; por otra parte su participacin activa en la llamada Conspiracin de la Escalera contribuy a crear una aureola alrededor de su figura ms all de los lmites nacionales y la “Plegaria a Dios” se convirti en el canto de cisne de un poeta que pagaba con la vida sus anhelos de emancipacin social.1La carencia de una investigacin coherente sobre el tema en el rea caribea ha impedido comprobar la magnitud y repercusin de los sucesos del 44 en los pases limtrofes,2 pero si tomamos en cuenta los trabajos publicados por Robert Paquette y Rodolfo Sarracino, donde se demuestra la incidencia total de los ingleses en la formacin del movimiento conspirativo, y el periplo recorrido por alguno de sus agentes como el ingls Francis Ross Cocking o el dominicano Luis Gigaut y que abarcaba Venezuela, Mxico, Santo Domingo, Hait y Nueva Orleans,3 es fcil suponer el

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99inters que pudo haber despertado en los sectores comprometidos o al menos conocedores de la isla, el rumbo posterior tomado por los acontecimientos. Lo que s ha podido comprobarse es la relacin estrecha entre Gigaut, figura directriz del grupo de mulatos conspiradores y el poeta, quien le aloj en su casa durante casi dos aos y le acompa en su labor proselitista por diferentes regiones de la zona occidental de Cuba. El hecho de que el dominicano lograra escapar antes de su detencin y Plcido, en la exposicin del 23 de junio de 1844, declarara haber sido advertido del peligro que corra y se le ofreciera la salida para Mxico, demuestra que los conspiradores no se encontraban totalmente solos en aquellos momentos decisivos y contaban con una ayuda exterior que en el caso del poeta no lleg a materializarse por una decisin personal: Determin pues partir fuera de la Isla por no ser espectador y acaso vctima de la catstrofe que juzgaba inevitable, con tal objeto pens sacar un pasaporte para Veracruz, y habindome pedido una fianza para el informe el Comisario del Espritu Santo D. Jos de Mesa; le llev una carta del Sr. D. Francisco Chacn y Calvo que debe existir en su poder, mas en el acto mismo de extendrmelo no pude resistir el deseo de ver acaso por ltima vez a la que hoy es mi esposa, y se lo ped para Matanzas con nimo de sacar despus el pasaporte [...] Hay momentos que deciden para siempre la suerte de los hombres, y aquel fij mi destino. Vine a Matanzas, me cas, fui a Villa Clara, ca preso, y hombres que jams me han visto acusan a Plcido.4El fusilamiento del poeta fue, tal vez, el hecho de mayor repercusin dentro de un proceso, de por s bastante notorio. Nunca se logr obtener las pruebas judiciales necesarias para su procesamiento, ni su confesin de culpabilidad. Por ello su ejecucin adquiri todos los matices de un asesinato legal, magnificado por la protesta de inocencia expresadas en la “Plegaria...”. Como tal tuvo gran trascendencia en su poca y fue centro de atencin en los peridicos tanto europeos como americanos. Junto con la noticia de la muerte de Plcido, la “Plegaria...” traspas las fronteras del pas, y se convirti en documento acusador para el gobierno espaol el cual al suprimir fsicamente a su autor le conceda, paradjicamente, una gloria que hubiese tardado mucho ms tiempo en adquirir, dadas las relaciones estamentales y clasistas predominantes en la isla y el carcter polarizado de las valoraciones estticas de su tiempo. Las primeras publicaciones de la “Plegaria...”, por razones obvias se produjeron en el continente europeo, salvo las copias que de manera clandestina circularon en Matanzas a raz de su muerte. El 16 de agosto de 1844, fecha bastante temprana si se tiene en cuenta las dificultades de comunicaciones en la poca, apareci en el Laberinto de Madrid una resea de los sucesos acaecidos, junto con el texto del poema, reproducido a su vez en peridicos ingleses y franceses unos das ms tarde. Sin embargo, lo que en Europa no pas de ser en aquellos momentos una informacin sensacionalista, en el mbito

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100americano y caribeo tuvo connotaciones muy diferentes. El 15 de mayo de 1845 The Jamaica Guardian & Patriot en Kingston public una carta firmada por Joseph Soul procedente de Londres, donde se narraban los ltimos momentos del poeta y se propona erigirle un monumento con fondos obtenidos por la donacin de medio da o de un da completo de salario de cada trabajador que as lo deseara. La carta pone de manifiesto las deformaciones sufridas por la informacin del remitente, ya que en la descripcin de Plcido se mezclan rasgos reales de este con los de Juan Francisco Manzano, al punto de considerar al segundo como un seudnimo utilizado por Gabriel de la Concepcin Valds. El propsito del trabajo periodstico tena carcter abolicionista y para ello se procedi a exaltar la memoria de Plcido como smbolo de los descendientes de africanos sumidos en la esclavitud y un ejemplo digno de imitar. Su “Plegaria a Dios”, traducida al ingls acompaaba la informacin, precedida a su vez por una nota de remisin del consulado de Espaa en la isla de Jamaica al Capitn General y Gobernador poltico y militar de la isla de Cuba. El texto de la nota plantea: Muy seor mo por el adjunto peridico publicado en esta Ciudad se enterar V.E. de un artculo en el cual se trata de elevar un monumento en esta Isla a la memoria de un tal Plcido fusilado en esa a causa de la ltima conspiracin de la gente de color. Dios guarde a V.E. muchos aos Kingston a 2 de junio de 1845. Juan del Cantillo5Las causas por las que el monumento no lleg a erigirse son desconocidas, al menos para m, pero sin dudas el hecho de haberlo publicado indica lo que poda representar el poeta cubano en ese doble plano socioliterario y la repercusin de su muerte en la conformacin posterior de la leyenda placidiana. Durante los aos subsiguientes sus poesas, especialmente las escritas durante los das de la prisin, cuando la certeza de un final desgraciado se cerna sobre l, comenzaron a difundirse con rapidez en los crculos ms variados. El “Adis a mi madre”, “Adis a mi lira”, “A la fatalidad” y la “Plegaria...” se convirtieron en elementos acusadores contra la sevicia colonial, sobre todo fuera de Cuba, ya que desde 1844 sus versos fueron terminantemente prohibidos en la isla y adquirieron carcter subversivo. Ese mismo ao se publicara en Veracruz, Mxico, el folleto La muerte de Plcido editado por Jos Mara Salinero, quien tambin dio a la publicidad sus ltimas composiciones; en 1845 una edicin de las Poesas de Plcido vio la luz en dicha ciudad; en 1846 la editorial Amrica Potica en Valparaso antologa algunos de sus poemas ms importantes; en 1847 apareci una coleccin de sus versos en Nueva Orleans y a partir de 1850, ediciones diferentes aparecen en Nueva York y Mxico. Estos ejemplos pueden servir como muestra de la popularidad alcanzada por el poeta despus de su fusilamiento, pero esta no se limit a la publicacin de versos. Al mismo tiempo comenz a novelarse su vida y sobre todo, su muerte. As Eligio de la Puente refiere la

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101existencia de una novela publicada en Espaa en 1846 con el ttulo El mulato Plcido y otra en Chile en 1871 denominada Plcido el mulato,6 en tanto Robert Paquette afirma que en 1861 se public en Estados Unidos Blake, de la cual era personaje importante. Esta ltima tena carcter abolicionista y su autor Martn Delary fue un ardiente defensor de los derechos de los negros.7De estas novelas ninguna se public en Cuba y las referencias existentes son escasas lo cual limita su valoracin. En la isla, en cambio, existen ejemplos ms concretos, editados tambin en el pasado siglo como El sol de Jess del Monte, de Andrs Avelino de Orihuela donde se narra su trgico fin y en Once patbulos fragmento de una novela inconclusa: “La Conspiracin de la Escalera”, escrita por Casimiro del Monte con idnticas caractersticas.8 Ambas narraciones alcanzan un clmax dramtico muy del gusto romntico a partir de las secuencias finales de la vida del poeta: la marcha hacia el patbulo declamando sus versos y sobre todo el fallo en la ejecucin que obliga a repetirla y hace ms efectista su muerte. Estos elementos fueron tomados en cuenta tambin en dos intentos de dramas histricos que no llegaron a ver la luz: “Plcido, el poeta” de Sebastin Alfredo Morales, cuyo prlogo se encuentra entre los manuscritos del autor, conservados en la Biblioteca Nacional,9y Plcido episodio histrico dramtico en dos actos de Crecencio Rodrguez Rivero quien, al decir de Enildo Garca lo estren en Santa Clara y en Canarias al principio del siglo, aunque no fue publicado.10Mejor suerte corri La muerte de Plcido de Diego Vicente Tejeda, publicado en 1875 y referido, como su nombre indica, a los ltimos momentos de Gabriel de la Concepcin Valds. En este caso el poeta adquiere un valor simblico como representante de las ansias libertarias que llevaran a los cubanos hacia la manigua. Gran repercusin tuvo a su vez, por esa misma poca, el ensayo publicado por el insigne portorriqueo Eugenio Mara de Hostos en 1870 bajo el ttulo de Plcido con motivos muy similares al dedicado por Mart a Heredia. Hostos, en sntesis evoca la figura placidiana desde sus oscuros orgenes y ofrece una visin interesante de su poesa al hacer nfasis en las fbulas, gnero bastante desdeado por la crtica y del cual leg una produccin de ms de setenta textos no exentos de valores literarios. El portorriqueo con un enfoque sociolgico, valora cunto haba en ella de los sentimientos del autor hacia la sociedad y sus contemporneos bajo la cobertura ofrecida por los aplogos. El mrito mayor del ensayo es el acercamiento de Hostos a la personalidad del poeta y a las profundas contradicciones que subyacan en l. En ese sentido intenta ubicar en su justo sitio una figura ya polmica en el campo histrico en quien reconoce los caracteres psicolgicos del mestizo humillado y los valores del poeta capaz de superar con su obra las flaquezas del individuo. Como puede apreciarse la muerte de Plcido repercuti en el continente a lo largo del siglo XIX hasta el punto de conformar una verdadera leyenda donde se

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102diluan los elementos histricos en una atmsfera casi pica, proclive a la exaltacin desmesurada de su personalidad, lo cual provoc numerosas polmicas prolongadas mucho ms all de los lmites decimonnicos y reeditada de vez en vez a lo largo del siglo XX. Sin embargo, no sera justo que la trascendencia de la obra potica de Gabriel de la Concepcin Valds se limite exclusivamente a los poemas de prisin y a las circunstancias en que estos fueron escritos. El ensayo de Hostos demuestra que hubo zonas de su poesa poco atendidas por la crtica finisecular y merecedoras de un estudio ms detallado.11 Al igual que las fbulas, los romances, las letrillas y los epigramas son portadores de un innegable ingenio y sentido del humor en tanto en los sonetos alcanza momentos de hondo lirismo. Si bien slo logr algunos momentos de alto vuelo en las odas o elegas tan de gusto de la poca, en el soneto y el romance s encontr moldes adecuados a su estro potico. Los versos de “El veguero”, “La flor de la caa” o “A una ingrata” entre otros, son dignos de figurar en cualquier antologa y de hecho han estado presentes en compilaciones de poesas cubanas y aun hispanoamericanas de diferentes pocas. Su obra ms importante fue sin lugar a dudas el romance “Xicotencatl” donde evoca la figura del cacique tlaxcalteca como smbolo de lo efmero de las glorias humanas. Poema de brillante colorido y plasticidad, donde la cadencia de los esdrjulos prefigura las hogueras de sacrificio, ms que obra digna de Gngora, como planteara Marcelino Menndez y Pelayo, es una anticipacin de lo que ms tarde sera el modernismo americano. El poema responde en gran medida a las caractersticas de lo que Jos Juan Arrom llamara la poesa precortesiana y a travs de recursos estilsticos y atmsfera potica entronca con una lnea discontinua iniciada por la antigua poesa nahuatl y llevada a la mxima expresin por Rubn Daro. “Xicotencatl” –ms all de su connotacin histrica un tanto discutible– es smbolo para el poeta de una raza extinta, hermana en desdichas de los pueblos de este continente; no en balde en las alusiones al mundo indgena Plcido reitera una y otra vez este elemento. As es un fragmento de “Al pan” inspirado segn Jos Juan Arrom en una Relacin de Pan, evoca con nostalgia el pasado antillano a travs de los fantasmas vagamundos que pueblan la montaa matancera. Los vivientes que algn da trincaban en tu espesura hoy salen como las hadas al esplendor de la luna, entre las esbeltas palmas, y las flexibles yagrumas, a recordar lo que fueron sus simples sombras se agrupan. De igual forma busca el esqueleto de Hatuey, el cacique rebelde en un singular anacronismo en los versos de “Al Yumur”. Hatuey se une un poco a Xicotencatl en el carcter simblico con que lo utiliza, no slo en los versos mencionados sino en las alusiones y eptasis presentes en su poesa. En “Eco de la

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103gruta”, dedicado a Jos Mara Heredia a su regreso a Cuba, lo llama “hijo de Hatuey”, en tanto en la oda dedicada “Al General Mejicano, hijo de Cuba, Don Andrs de la Flor”, desterrado como Heredia a Mxico por su participacin en movimientos subversivos contra Espaa, se refiere a l con el epteto de “heredero del aliento de Hatuey”. Estas alusiones se explican en una connotacin ms amplia, si tenemos en cuenta que los conspiradores del 44, al menos el grupo formado por los negros, pensaba formar una repblica negra bajo protectorado britnico con el nombre del cacique antillano. As Hatuey resuma en su figura rebelde a dos etnias, reprimidas salvajemente por la colonizacin espaola: la indgena y la descendiente de los africanos. La poesa de Plcido fue por tanto una portadora de los intereses de un estamento discriminado y en peligro de sufrir un exterminio parecido al de las comunidades indgenas a las cuales haba sustituido como fuerza de trabajo. En este caso, ms que sustitucin hay una equiparacin de valores entre ambas, a travs de versos donde el lenguaje extico tiene un papel condicionado por la censura del tiempo, pero en los que destaca un gran tema, reiterado en sonetos como “Muerte de Gessler”, “A Polonia” o “A Csar”, en las odas a la reina espaola tan mal interpretadas por la crtica, en fbulas como “El hombre y el canario” o “El cerncalo y la abeja”; en las dcimas “Habanero”, “Libertad” o en cualquiera de los poemas mencionados con anterioridad: el anhelo de una libertad imposible de alcanzar e incluso de cantar de forma abierta en su poesa. No en balde el soneto “El juramento” fue incorporado a la documentacin del proceso judicial seguido contra l, como prueba en su contra. Los versos, ms que una figura retrica fueron la expresin de un sentimiento contenido que quiz so con ver hecho realidad. A la sombra de un rbol empinado Que est en un ancho valle a la salida Hay una fuente que a beber convida De su lquido puro y argentado. All fui por mi deber llamado Y haciendo altar la tierra endurecida, Ante el sagrado cdigo de vida, Extendida mis manos he jurado: Ser enemigo eterno del tirano, Manchar, si me es posible, mis vestidos Con su execrable sangre, por mi mano Derramarla con golpes repetidos; Y morir a las manos de un verdugo, Si es necesario, por romper el yugo. El drama de su vida agnica, el del colonizado, sometido a fuerzas superiores a las suyas y por tanto imposibilitado de ocupar el sitio social que su talento le seala. Drama que le equipara ms all de las fronteras geogrficas, con otros individuos sujetos a condiciones similares. El mar que lo separaba de los tlaxcaltecas, de los caribes o de otros descendientes de africanos estaba formado por una cuota idntica de lgrimas y sudor y se constituir siempre en puente comn de poesa, anhelos y esperanzas.

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104 Notas1Acerca de la posible actividad conspirativa de Plcido se trata ampliamente en: Cu Fernndez, Daisy. Plcido: leyenda y realidad Tesis en opcin por el grado de doctora en Ciencias Filolgicas, discutida y aprobada en la Universidad de la Habana en 1991. La autora basa sus opiniones en el conocimiento real acerca de los sucesos evidenciado por el poeta en sus diferentes declaraciones durante el proceso judicial al cual fue sometido; en la correspondencia total entre sus planteamientos y la documentacin inglesa reproducida por Robert Paquette en Sugar is Made With Blood y en sus frecuentes viajes por “tierra adentro” donde sostuvo relaciones con individuos con actividades subversivas contra la corona espaola como Luis Eduardo del Cristo y el pardo dominicano Luis Gigaut.2 El mejor texto que conozco sobre la rebelda esclava en el rea caribea como fenmeno totalizador es el texto de Rafael Dubarte Jimnez Rebelda esclava en el Caribe publicado por la Comisin Estatal Conmemorativa del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos, Soberano del Estado de Veracruz, 1992. Aun cuando el libro se centra fundamentalmente en el cimarronaje urbano y slo alude de modo tangencial a la Conspiracin de la Escalera como un hecho histrico por dilucidar, su nivel de informacin acerca del comportamiento esclavo en el Caribe le convierte en obligada referencia para cualquier investigador al respecto.3 Paquette, Robert. Sugar is Made with Blood. Connecticut : Wesleyan, University Press, 1988. Saracino, Rodolfo. Inglaterra y las rebeliones esclavas cubanas 1841-1851. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 28(77); mayo-ag. 1986.4 Exposicin del poeta Plcido al Presidente de la Comisin Militar el 23 de junio d 1844. Hoja 810 (vuelta). Archivo personal de la autora.5 El mecanuscrito de Manuel Sanguily sobre el artculo pertenece al archivo personal de la autora.6 Prlogo. En: Valds, Gabriel de la Concepcin. Poesas selectas de Plcido La Habana : Cultural, S.A., 1930. p. [XII]. (Coleccin de libros cubanos, IX)7 The Conspirancy of La Escalera and the conflict between empires over slavery in Cuba. En: Paquette, Robert. Op. cit. (3). p. 125.8 Dicho fragmento aparece publicado en Cuba y Amrica (La Habana) 27(15):4; 13 ag. 1908.9 T. 22 Sala “Mart”, Biblioteca Nacional Jos Mart.10 Cuba: Plcido, poeta mulato de la emancipacin (1809-1844) (“Senda de estudios y ensayos”) New York, Senda Nueva de Ediciones 1986. Bibliografa general anexa.11 La incidenca poltico-social de sus poesas en gneros vapuleados por la crtica tradicional es estudiada con acierto por Castellanos, Jorge. Plcido poeta social y poltico Miami : Florida, Ediciones Universal.

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105 Alfonso Reyes: esencia y ancilaridad en su concepto de literatura Teresa Delgado MolinaProfesora de la Universidad de La HabanaEsencia y teora literariasDesde que los formalistas rusos se empearon en descubrir lo especficamente literario o la “literaturidad” –como deca Jakobson–, centrados en el estudio rigurosamente cientfico de lo literario, la bsqueda de la esencia literaria no ha hecho ms que diversificar sus caminos, sus perspectivas, lo cual ha conducido a diferentes respuestas. Jonathan Culler, quien admite que se podra “llegar a la conclusin de que la literatura no es ninguna otra cosa ms que aquello que una sociedad determinada trata como literatura: es decir, un conjunto de textos que los rbitros de la cultura –profesores, escritores, crticos, acadmicos– reconocen que pertenece a la literatura”,1 cree, por su parte, que la definicin de la literaturidad se plante: [...] no porque se quisiera distinguir lo que es literario de lo que no lo es, sino porque se quera promover, mediante la separacin de lo propio de la literatura, mtodos de anlisis que permitieran avanzar la comprensin de este objeto y dejar de lado mtodos impropios que no tomaban en consideracin la naturaleza de este objeto”.2Culler parte de los propsitos declarados por los formalistas, en especial, de Eichenbaum, sin valorar que la distincin de lo propio de la literatura no puede sustraerse de una concepcin basada en la especificidad de la literatura y que se sostiene en la oposicin literatura/noliteratura. Como el mismo Culler reconoce, la cuestin de la especificidad literaria se plantea slo con “la institucin de la crtica literaria y el estudio profesional de la literatura”; es una manifestacin propia de la especializacin moderna, y se aviene con el afn positivista de delimitar un campo, as como expresa el deseo de legitimar la autonoma no slo de la literatura, sino tambin del saber que se ocupa de ese objeto. No es casual que los formalistas se encargaran de distinguir su acercamiento cientfico a la literatura de la aproximacin de la crtica periodstica al fenmeno literario. La historicidad de la literatura ha sido un indiscutible motivo de reflexin, y ha sido considerada en algunas de las construciones tericas, como se pone de manifiesto en la concepcin sistmica de la literatura en Tinianov, o en la pers-

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106pectiva funcionalista de Mukarovsky, entre otros.3 Sin embargo, prevalece el propsito de determinar los rasgos permanentes y definidores de la literatura, ms all de las variaciones temporales. Algunos autores han analizado crticamente las estrategias ideolgicas implcitas en las construcciones terico-literarias y se han esforzado en mostrar cmo factores extracientficos sobredeterminan las bsquedas desinteresadas de la esencia literaria y cmo estas guardan nexos profundos con las estructuras de poder. De modo que no se trata slo de la historicidad de la literatura, sino tambin de la propia teora encargada de su desentraamiento. En este sentido se orienta la “crtica po ltica” de Terry Eagleton a las diferentes concepciones terico literarias del siglo XX, y a la validez misma de la teora literaria en general.4 El principal argumento de la propuesta del intelectual ingls es la inestabilidad del objeto de estudio dada su naturaleza histrica e ideolgica, lo cual aspira a demostrar con un interesante anlisis de los profundos nexos entre el ascenso de las letras inglesas a fines delXIX y principios del XX y las transformaciones que se operan en las estructuras de poder en el mismo perodo. Eagleton se muestra categrico en su cuestionamiento antiesencialista: No es fcil –dice– separar, de todo lo que en una u otra forma se ha denominado “literatura”, un conjunto fijo de caractersticas intrnsecas. A decir verdad, es algo tan imposible como tratar de identificar el rasgo distintivo y nico que todos los juegos tienen en comn. No hay absolutamente nada que constituya la esencia misma de la literatura.5A pesar de que Eagleton simplifica en ocasiones el sentido de las diversas propuestas tericas, su cuestionamiento de la pertinencia de una teora de la literatura parece bien fundamentada. Pero no es slo el marxista Eagleton el nico que sostiene dentro del campo intelectual anglosajn esa postura antiesencialista, otros pensadores como los neopragmticos de la crtica cultural norteamericana se alejan de las pretensiones universalistas de una teora de la literatura y proponen una crtica sustentada en la historicidad de los objetos culturales y para la cual la literatura no es ms que una forma cultural entre otras.6 Es interesante cmo estos autores encuentran inspiracin en un crtico y pensador del siglo XIX como Emerson, y en la tradicin pragmtica de los Estados Unidos, antiesencialistas por excelencia.7Por otra parte, resulta interesante la propuesta de la sociocrtica, inspirada en la potica bajtiniana, de considerar a la literatura como un discurso entre otros, y en su carcter interdiscursivo .8El examen de la construccin tericoliteraria de Alfonso Reyes contenida en El deslinde permite apreciar cmo el pensador mexicano enfrenta el dilema entre su afn de constituir una teora de la literatura y el reconocimiento de la inestabilidad del objeto literario. La bsqueda de una “esencia comn al fenmeno literario” –objetivo declarado por el autor de El deslinde – encuentra el obstculo de la naturaleza mutable concedida por Reyes a la literatura, a la cual

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107designa como “ente fluido”. De ah la cautela en su propsito definidor –al menos en principio–, sus aclaraciones y hasta la moderada formulacin de sus objetivos cientficos. No en vano declara en el captulo I: En esta mudanza incesante, en este mar de fugaces superficies, no es dado trazar rayas implacables. [...] En este vaivn hay culminaciones y depresiones de la onda, pero no siempre se pueden fijar pesos especficos permanentes.9Buen conocedor del espiritualismo bergsoniano y del pragmatismo de James, y profundamente crtico de las rigideces cientificistas del positivismo, Reyes no niega la “continuidad”, la dinmica de la creacin literaria, de la relacin entre conciencia y realidad. La flexibilidad constatable del pensamiento reyesiano, que se expresa discursivamente en su predileccin por la modalidad ensaystica, se resiste a una conceptualizacin categrica, a una construccin terico-literaria definitiva que no aprehenda la fluidez atribuida a la naturaleza literaria. Sin embargo, la opcin de Reyes no deja de ser profundamente esencialista, como se advierte en su propsito de realizar un estudio fenomenolgico o fenomenogrfico del “ente fluido”, interesado no solo en la determinacin de los rasgos identificativos de la literatura a partir de su manifestacin textual concreta, sino tambin en la percepcin especficamente literaria de los datos de la realidad, en el “movimiento notico” distintivamente literario.10Este debate apreciable en Reyes, y que se pone claramente de manifiesto en sus dudas hacia el discurso terico-literario, se da en las condiciones de la desigual modernizacin latinoamericana. Slo ser en la segunda mitad de este siglo que se pueda hablar de cierta profesionalizacin de los escritores y de los estudiosos de la literatura, de una institucionalizacin y especializacin de la literatura y sus estudios en Amrica Latina. Si bien Reyes aspira a fundar una ciencia moderna de la literatura, develadora de “lo propiamente literario”, y de tal modo a “deslindar” el territorio de la literatura, asimismo intenta legitimar tericamente la funcin integradora y crtica de la especializacin moderna que en la prctica se le haba concedido a la literatura. Habra que recordar la alternativa humanista propuesta por la generacin de Reyes al positivismo reduccionista: el espiritualismo de filiacin arielista frente al utilitarismo de la sociedad moderna. A diferencia de los formalistas, que buscan la esencia en el dominio de la tcnica literaria especfica, del procedimiento, Reyes intenta validar la naturaleza unificadora, esencialmente humanista de la literatura. La distincin del acercamiento reyesiano se aprecia tanto en la defensa que hace del uso del sentido metafrico en la argumentacin cientfica, como por la constante socavacin del discurso “sistemtico” del tratado por expresiones tropolgicas que intentan paradjicamente precisar las definiciones y formulaciones derivadas del razonamiento cientfico. La “fenomenografa” reyesiana describira el fenmeno literario sin llegar a “derivar normas ni proponer cortapisas

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108sobre las evoluciones posibles o aun las sbitas mutaciones futuras”.11 As no habra que confundirla con la Retrica, ni con las aspiraciones tericas de formular las leyes fundamentales de la estructuracin literaria. La modulacin espiritualista en la propuesta terica reyesiana podra ser contemplada como una forma de “especializacin de la crtica a la especializacin”,12 pues aunque se refiere a la literatura en trminos de “agencia especial del espritu” que se distingue de otras manifestaciones espirituales, y al carcter autnomo de la teora literaria que se propone inaugurar, la manera flexible asumida para enfrentar el conocimiento de la literatura apunta las limitaciones de un enfoque estrictamente tcnico ante un objeto movedizo, fruto de la conciencia humana y cuyas fronteras –all donde se desvirta– seran las de la especializacin, incluso la verbal: “La especializacin exacerbada en el puro placer verbal –extremo agudo del deleite tcnico– no por ser extrema es menos humana. Y en cuanto significa ya la expresin de una experiencia especfica, es la orilla por donde la funcin literaria se desvirta en funcin de mera ingeniosidad lingstica”.13 Ah est expresada en sntesis su raigal diferencia con los formalistas rusos. Otra diferencia que se podra considerar residira en la importancia conferida por Reyes al lector en la constitucin del hecho literario. Aunque no desarrolla este aspecto en El deslinde Reyes esboza aqu como en otros textos su idea en torno al carcter abierto del texto literario a las mltiples interpretaciones de diferentes lectores.14 Tambin en “Apolo o de la literatura” apunta esa idea, propia de la “fenomenologa de la interpretacin”, y que sin ser desarrollada ampliamente por el pensador mexicano, introduce un elemento de indeterminacin ms, y relativiza su propio acercamiento. Asimismo sus interesantes consideraciones en torno al valor esttico, referidas a opiniones de Ortega y Gasset, ponen de manifiesto un punto de vista historicista, contradictorio con su criterio universalista. Cmo es posible, entonces, determinar la esencia literaria a partir de un conjunto de textos si el proceso no se clausura en la obra, sino que contina indefinidamente en las infinitas lecturas y si el criterio de valoracin esttica vara histricamente? Sin embargo, como el mismo Reyes dice, ese es el procedimiento que sigue para responder qu es la literatura: Si ahora prescindo, hasta donde es posible, de pocas, pases, gneros concretos, y procuro abstraer, de todas las obras una esencia comn al fenmeno literario, este ser el concepto de la literatura a que aqu quiero referirme. [...] Tal es la literatura segn la contempla la teora literaria. 15Pero Reyes no precisa hasta dnde es posible tal abstraccin. Su teora tiene como punto de partida la deshistorizacin de la literatura, como condicin que hace posible el acceso a la esencia de la literatura. Cmo concilia el pensador mexicano la “movilidad” que le concede a la literatura y la determinacin de una esencia distintiva de lo literario por encima de las manifestaciones circunstanciales? Vale recordar que para Reyes las contingencias histricas

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109esconden una unidad esencial, “el ser de las sociedades”, el espritu, el puro ser humano, unidad que se expresa en la cultura. La literatura, en su esencia, vendra a ser la expresin de la unidad de la existencia del ser humano, en su constitucin histrica adoptara formas diversas, contingentes: Pero como en esta materia es imposible manejar la abstraccin pura sin acercarse un poco ms a las especies concretas, necesitaremos [...] referirnos a modo de anticipacin, a los tres principales procedimientos de ataque que lanza la mente literaria sobre sus objetos [...] no negamos historicidad a la literatura, pero creemos que ella admite una abstraccin fenomenogrfica que ni es de orden especficamente psicolgico ni tampoco de orden preceptivo. Esta abstraccin es la teora literaria.16Los “procedimientos de ataque” son los que ms adelante identifica como las funciones, es decir, el drama, la ‘epica y la lrica, a las cuales les concede un carcter histrico, pues sus estructuras estn sujetas a modificaciones contingentes. No obstante, la teora develara cules rasgos las identifican –ms all de sus diferencias histricas y estructurales– como literatura. Ese grado de abstraccin fenomenogrfica que Reyes cree admite la literatura y que definira a la teora litera ria, vuelve a esta, ante sus ojos, la ms desinteresada entre todas las disciplinas encargadas del estudio de la literatura, lo que vendra a significar –desde la visin reyesiana– que, como el poeta, el terico, en su funcin contemplativa, ajeno a fines utilitarios, encarnara al sujeto unificador del hombre y de la sociedad moderna. El deslinde en su condicin de prolegmeno a la teora, constituye una primera fase en la bsqueda de la esencia literaria centrada en la confrontacin de la literatura y la no-literatura para delimitar las coordenadas distintivas de lo propiamente literario. En un primer planteamiento del problema Reyes se propone la decantacin de la literatura en pureza, diferenciada de la literatura ancilar, lo cual ha de entenderse como un procedimiento para abstraer de toda la literatura lo especficamente literario. No es una separacin de obras literarias puras y otras ancilares, sino que se trata de destilar la esencia puramente literaria, constante en todo texto considerado literario. En este primer momento, Reyes ofrece una definicin elemental de la literatura: “una manera de expresar [...] asuntos de cierta ndole”. Y ms adelante, despus de apuntar que el asunto determina la “manera de expresin”, puntualiza: El asunto, para la literatura propiamente tal, se refiere a la experiencia pura, a la general experiencia humana; y para la no-literatura, segn el caso, a conocimientos especiales (ms o menos: tpica comn, o tpica especfica en Aristteles). La literatura expresa al hombre en cuanto es humano. La no-literatura, en cuanto es telogo, filsofo, cientista, historiador, estadista, poltico, tcnico, etc.17Antes de pasar al anlisis de la distincin propiamente literaria, es preciso detenernos en la concepcin de “lo hu-

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110mano” que le sirve de base. A qu se refiere “la experiencia pura”, “la general experiencia humana”? Podra identificarse con aquella “profesin general de hombre”, tantas veces citada por Reyes, quien se la atribua a Rod, y que se opone –incluso en sus ensayos– a la experiencia especializada. Ms adelante dice que “lo humano puro se reduce a la experiencia comn a todos los hombres, por oposicin a la experiencia limitada de ciertos conocimientos especficos”.18 De modo, que el esencialismo literario de Reyes tiene su fundamento en una concepcin ontolgica centrada en la idea de la unidad del ser humano, desnudo de todo tipo de condicionamiento especfico. Su abstraccin de la literatura en pureza presupone la abstraccin previa de la “esencial naturaleza humana”, sin embargo, esta no queda suficientemente precisada por el autor mexicano. La oposicin parece definir la “experiencia humana” en trminos del “saber” (general/especfico), aunque tambin pudiera incluir las experiencias afectiva, esttica y tica en un sentido general, desligadas de todo contexto especfico. La delimitacin de la literatura a partir de un saber general por oposicin al conocimiento especfico, no puede desvincularse de las frecuentes crticas de Reyes a la especializacin moderna como causa de la crisis de la cultura occidental en el siglo XX, ni de la funcin central concedida a la literatura en su proyecto utpico. Para Reyes, la literatura, en esencia, es la representacin del hombre en su totalidad esencial, mientras la no-literatura es la expresin de la fragmentacin del hombre. En verdad, si se aceptara que el “asunto” de la literatura es la “experiencia pura del hombre”, la analoga funcionara con la antropologa, centrada en el conocimiento del hombre o, en todo caso, con la historia, cuyo “asunto” tambin gira alrededor del ser humano, pero la temtica de las ciencias exactas o de otras ciencias no se refiere directamente al estudio del hombre. Centrar la definicin de la literatura por oposicin al conocimiento especializado conduce lgicamente a admitir que la funcin gnoseolgica constituye esencialmente a la literatura, sin embargo, Reyes no privilegia esa funcin. En rigor, se construye una teora sobre una analoga que no es pertinente, y que se sustenta en un criterio apriorstico y arbitrario. Aun cuando la oposicin entre literatura y no-literatura en este primer momento del libro no explicita de manera directa una jerarquizacin de una en relacin con la otra, la fundamentacin ontolgica de la esencia literaria, le confiere indirectamente a la primera un valor superior, la funcin de mantener la unidad del hombre fragmentado por las superespecializaciones. La literatura se define implcitamente como agente y espacio utpicos, representacin del hombre sin distinciones de ninguna especie.Funcin ancilar o de nuevo esencialEl concepto de literatura en pureza viene inevitablemente asociado al de literatura ancilar, definido por oposicin, al tiempo que por una curiosa relacin de dependencia. Referido el primero a la instancia sustantiva de la literatura, al segundo corresponde la adjetiva designa los “acarreos extraos” que –segn Reyes– la literatura trae consigo.

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111El trmino identifica tambin la incidencia literaria en los textos no-literarios, por lo que cubre ms bien un amplio territorio de intercambio interdisciplinario focalizado con gran nfasis por el humanista Reyes. Por supuesto, que el centro de su observacin va a ser la literatura, su naturaleza integradora de conocimientos especficos, y consecuentemente, el lugar que ocupa en relacin con las otras actividades tericas. Aunque Reyes vuelve una y otra vez sobre las nociones de literatura en pureza y ancilar, hay que convenir en que no precisa qu designa uno y otro trmino. Su ambigedad ha dado lugar a una interpretacin que me parece no se corresponde con el propsito ltimo de El deslinde el de determinar la esencia de la literatura. Para esa lectura la distincin entre literatura en pureza y ancilar se refiere a obras literarias “puras” y “ancilares”, lo cual parece entrar en contradiccin con afirmaciones de Reyes como cuando dice que “no existe literatura que viva sin alimentarse de la no-literatura”,19 lo cual sugiere que no consideraba la existencia de obras literarias “puras”, sino que su propsito era reducir los textos heterogneos a su esencia comn y permanente. La instancia adjetiva o ancilar la conceba entretejida a la sustantiva o esencial en los diferentes textos literarios en grado variable.20Entiendo que ms bien se trata de dos niveles, uno abstracto y otro concreto, ya que el concepto de literatura al que quiere arribar supone una abstraccin para la cual prescinde de pocas, pases, gneros concretos y as determinar cul es esa “esencia comn al fenmeno literario”. Se podra pensar hasta aqu que la nocin de literatura identificara su abstraccin, mientras que litera tura en pureza y ancilar corresponderan al nivel concreto, es decir, a determinados tipos de obras literarias. Sin embargo, all donde se supone que va a deslindar cada uno de esos trminos Reyes crea ms bien incertidumbre: Todos admiten que la literatura es un ejercicio mental que se reduce a: a) una manera de expresar b) asuntos de cierta ndole. Sin cierta expresin no hay literatura. Sin cierta ndole de asuntos no hay literatura en pureza, sino literatura aplicada a asuntos ajenos, literatura como servicio o ancilar. En el primer caso –drama, novela, o poema– la expresin agota en s misma su objeto. En el segundo –historia con aderezo retrico, ciencia con forma amena, filosofa en bombonera, sermn u homila religiosa– la expresin literaria sirve de vehculo a un contenido y a un fin no-literario.21Ms que definir va de una oposicin a otra y no mantiene la misma terminologa. Cabe preguntarse si usa indistintamente y con el mismo valor las nociones de “literatura” y “literatura en pureza”; si “literatura aplicada” es igual a “literatura ancilar”; adems, si la oposicin se reduce a la literatura y la no-literatura. Una interpretacin posible es que la literatura o lo que sera lo mismo, literatura en pureza, no slo se define por un modo de expresin sino tambin por la naturaleza de su asunto. (Esa no sera la “esencia”?) Si avanzamos unas lneas ms se lee: “En el siguiente captulo veremos los acarreos ancilares que la li-

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112teratura en pureza puede llevar consigo...”. 22 Esto ya se parece a una contradiccin. Cabe la posibilidad de que hable de la literatura por oposicin a la no-literatura. Pero si es as, se desprende que en la medida en que en la literatura existe la mezcla de una instancia pura y otra ancilar, es la primera la que define esencialmente a la literatura, luego entonces, se tratara de una abstraccin. En el prrafo siguiente afirma: El asunto, para la literatura propiamente tal, se refiere a la experiencia pura, a la general experiencia humana; y para la no-literatura, segn el caso, a conocimientos especiales. 23La “literatura propiamente tal” en relacin con la experiencia pura, podra identificarse con la literatura en pureza, es decir, aquello que la define esencialmente. Si se considera la oposicin en ese pasaje, la literatura se define en estrecha relacin con la no-literatura. Podra entenderse que en un nivel de abstraccin el asunto en ambos casos se definira gnoseolgicamente. Otra posibilidad de sentido en el mismo fragmento sera que la literatura ancilar correspondiera al nivel concreto de la no-literatura. Cuando Reyes reclamaba que no se confundiera la “literatura en pureza” con la “poesa pura”, acaso no estara partiendo justamente de la distincin entre esos dos niveles? La primera, en tanto abstraccin; la segunda, como un tipo concreto de concepcin literaria que no agota el sentido de la esencia que se quiere expresar con la primera nocin. En otro momento agrega: Lo literario es un ejercicio de la mente anterior, en principio, a la literatura. Puede o no cristalizar en literatura. [...] Cuando ella precipita en literatura, tenemos la literatura en pureza, cualesquiera sean los acarreos extraos que esta precipitacin recoja a su paso.24“Lo literario” corresponde a lo que identifica con el nivel notico, movimiento del espritu hacia el objeto, pero lo que aqu nos interesa es de nuevo la asociacin paradjica de la literatura en pureza y los acarreos ancilares, los cuales no determinan que esa literatura sea ancilar. Y aun completara: Si quiero distinguir en el agua lo que no es agua, lo primero es reducir el agua y deshacer las mezclas en que aparecen. El agua es la literatura, y comienzo por destilarla, mediante el discrimen de los elementos ajenos que lleva en suspensin o en disolucin, o la extraigo de los sistemas dispersos en que aparece. Estos “sistemas dispersos” constituyen la literatura ancilar. [...] La literatura ancilar es un caso de la funcin ancilar. Y lo que se llama literatura aplicada es un caso de la literatura ancilar.25La literatura aplicada –se aclara– es la historia escrita en un estilo literario. Por tanto, no sera literatura. La metfora qumica de la decantacin no resulta muy feliz, propicia la confusin, contribuye a la impresicin. La interpretacin que sostengo intenta recobrar una cierta lgica que Reyes no explicita. Esa decantacin sera una separacin de obras no-literarias de las obras literarias? o sera en trminos abstractos la

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113separacin de lo que constituira en puridad a la literatura? Me inclino hacia esto ltimo, pero comprendo que Reyes slo me deja la posibilidad de argumentarlo como interpretacin. Ya Edmundo O’Gorman le criticaba la confusin de los niveles abstracto y concreto, aunque l entenda que la literatura en pureza y la ancilar correspondan a lo concreto. Si tomamos en cuenta las obras literarias en las que el tratadista aprecia la funcin ancilar, se notar que cita autores griegos de tanto prestigio para Reyes como son Esquilo y Homero; y entre muchos autores de otras literaturas de la tradicin occidental aparece Virgilio, su modelo paradigmtico por excelencia. Cmo pensar, entonces, que las considere simplemente como “ancilares”? El componente ancilar no las define, sino que al decantar esa ancilaridad, quedara en ellas la literatura en pureza. Por ltimo es incuestionable que definir la literatura por ese grado de pureza, hace pensar que en tanto se manifieste la pureza en mayor medida, ms literaria ser la obra, lo cual parece ratificarse con el privilegio concedido en su sistema a la poesa, porque, en general, presenta un mayor grado de abstraccin del referente emprico y del conocimiento especfico. Pero esto ya me conducira a otro tipo de reflexin. La atencin de Reyes se dirige fundamentalmente a la “funcin ancilar” (“cualquier servicio temtico o noemtico, sea potico, sea semntico, entre las distintas disciplinas del espritu”.26 Advirtase que la funcin ancilar no queda referida al plano notico (curso del pensar), sino tan solo a la concrecin del asunto mentado, al aspecto textual en los dos niveles designados por Reyes. Esta es una diferencia cardinal del terico mexicano con formalistas y estructuralistas, y con la escuela estilstica, quienes se centraron absolutamente en la materializacin textual de la percepcin, y es, a su vez, uno de los aspectos que lo acerca al enfoque fenomenolgico. Los caminos del examen de la “funcin ancilar” aunque presuponen la especializacin y autonoma de los diferentes rdenes “tericos”, conducen de manera especial a sealar las conexiones entre las diferentes disciplinas humanas, as como a destacar que la literatura asimila naturalmente los conocimientos especficos de los otros rdenes, y los complementa. El concepto de funcin ancilar apunta a la articulacin de la autonoma y la universalidad de la literatura, en un intento de legitimacin de la funcionalidad esencial de la agencia literaria en un mundo que se atomiza y deshumaniza: “La integracin de todos los motivos e intenciones slo puede expresarse en la literatura, y la literatura es la nica disciplina que no se desvirta con tal integracin, antes vive de ella”.27 Si bien Reyes busca abstraer qu es la literatura en su estado ms puro, no ha de perderse de vista cmo se sirve de la “ancilaridad” para argumentar la naturaleza totalizadora de la literatura y, consecuentemente, su importancia como “funcin vicaria de la vida”. Como la funcin ancilar se refiere al intercambio entre todos los rdenes, Reyes distingue el que se produce de lo literario a lo no literario con la denominacin de “prstamo”, y le llama “em-

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114prstito” cuando lleva sentido contrario, es decir, de lo no literario a lo literario. Este ltimo no es nunca una “invasin”, sino un “ensanche” o “fertilizacin”; la literatura no conoce “lmites”, puede apropiarse de los temas de la ciencia o de la historia con suma naturalidad, mientras que tanto a la ciencia como a la historia se le sealan lmites en la incorporacin de temas ajenos. Reyes lo sintetiza del siguiente modo: “Lo que visto desde la literatura, es emprstito con valor de ensanche temtico, visto desde la no-literatura, es un aprovechamiento econmico de la literatura entendida como funcin vicaria de la realidad”.28El propio autor confiesa que “este galimatas” tiene el propsito de insistir en el caracter ilimitado de la apropiacin literaria. En general, la catalogacin de intercambios ancilares pone de manifiesto esa intencionalidad que privilegia en su focalizacin a la literatura para concluir en su “centralidad”, tanto por su universalidad noemtica como por su servicio a las disciplinas especializadas. La tipologa de funciones ancilares contradice en cierta medida, el criterio seguido para definir la esencia literaria como expresin de la experiencia pura del hombre, que le concede un valor determinante al nivel semntico. Reyes distingue dos “emprstitos” de lo no-literario a lo literario, uno potico y otro semntico, sin embargo, aclara que un emprstito potico total no podra considerarse literatura, mientras que s es admisible uno semntico total, de lo cual se desprende la centralidad del nivel potico. El propio autor confirma nuestra interpretacin: “Advirtase que el sustento de la obra literaria est en la potica; de modo que la semntica extraliteraria corre como una msica de fondo, como una presencia tcita en la mente del autor”.29 Pero antes ha dicho: “La manera de expresin aparece determinada por la intencin y por el asunto de la obra. [...] El asunto, para la literatura propiamente tal, se refiere a la experiencia pura, a la general experiencia humana...”.30 Cul es, entonces, el trmino regente? Hay varias imprecisiones: Primero, entre el nivel abstracto y el concreto, as como entre la literatura en pureza y la obra. En el fragmento anterior, parecen ser equivalentes, cuando en otros tantos son claramente diferenciados. Segundo, en relacin con la “semntica extraliteraria”, se considera dominante a la tica”, mientras que en relacin con la semntica “propiamente” literaria –pura–, el asunto aparece como deter minante de la potica. En algunos de sus ensayos Reyes seala la funcin decisiva del nivel potico, y en otros momentos de El deslinde tambin se desliza el mismo criterio. Cmo se explica su nfasis primero en el asunto (la experiencia humana pura)? La contradiccin nace en la doble orientacin de su propuesta terica: la sustentacin de la autonoma literaria y la afirmacin del carcter esencialmente humanista de la literatura. La legitimacin de la autono ma literaria privilegia el plano formal en la determinacin de la especializacin literaria, como se aprecia rigurosamente en la potica formalista; mientras que la concepcin humanista se centra en la validacin de la universalidad de la lite ratura como fundamento ontolgico, y aun subraya los nexos entre literatura y las esferas no-literarias. En Reyes se encuentra el propsito de armonizar ambas proyecciones, de modo que la

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115orientacin humanista regule los “excesos” de la especializacin moderna, sin embargo, el intento descubre notables desajustes y tensiones –como los citados. Incurriramos en una deformacin del pensamiento de Reyes si no nos refiriramos a su nocin de “intencin” que aunque no la define rigurosamente, es central en su conceptualizacin de la literatura. Es necesario aclarar ahora que para l la “intencin”, rumbo mental que rige la orientacin de la creacin, (ficcional y esttica en la literatura) no corresponde al orden noemtico, aunque determina su sentido, es decir, que no va a ser contemplada en la funcin ancilar, referida slo al plano noemtico. Adems, se encarga de precisar que para el anlisis de la funcin ancilar va a prescindir “provisionalmente de la necesaria intrincacin” existente entre potica y semntica, la cual relaciona al rumbo mental o noesis. No se ha de olvidar, pues, que su estudio del plano noemtico no refleja toda la complejidad de su concepto de literatura. No obstante, el propio razonamiento de Reyes nos muestra las contradicciones esenciales de su lgica interna. Es relevante en tal sentido, la explicacin suplementaria que ofrece del cuadro ancilar con el objetivo de demostrar nuevamente la “universalidad o ilimitacin de la literatura” y que consigue, paradjicamente, desconstruir la oposicin esencial/ancilar”. Tambin hubiramos podido trazar el esquema ancilar como un eje cargado con todos los procesos intermedios, y cuyos dos polos seran: a un lado, la literatura difana, tericamente desprovista de tentaciones ancilares, que llamaramos “alfa”, y al otro lado, la no-literatura, el tipo “E”, que llamaramos “Omega”. Pues bien: entonces resulta que “Omega” s existe, en todas las obras puramente no literarias; y, en cambio, por mucho que nos esforcemos, “alfa” no existe, porque no existe literatura que viva sin alimentarse de la no-literatura, en grado mayor o menor. [...] “Alfa” es un apetito abstracto que se arroja sobre “Omega” como un ave de presa y vive de su sustancia. Por donde caemos en una nueva demostracin descriptiva de la universalidad o ilimitacin de la literatura.31Cabe ahora preguntarse si se trata de una funcin ancilar o esencial. No se dice que depende la literatura en pureza de la no-literatura? Se puede precisar si hay un trmino dominante en la oposicin? La no-literatura puede existir sin la literatura, pero, si seguimos a Reyes, la literatura no puede existir sin la no-literatura. La distincin esencial/ ancilar no resiste un examen lgico elemental sin que aflore la naturaleza indeterminada de esa oposicin, y, por consiguiente, la vulnerabilidad del concepto de literatura fundado en esa rela cin. Sin embargo, Reyes no repara en la contradiccin, por el contrario cree haber ofrecido una “nueva demostracin descriptiva” de la universalidad de la literatura al explicar metafricamente la interrelacin entre “Alfa” y “Omega”. La definicin de “Alfa” en cuanto “apetito abstracto” nos hace recordar sus palabras en Discurso por Virgilio : “la ms alta poesa es aquella que ms contempla al hombre abstracto, y mucho ms que al accidente que somos, al arquetipo que quisiramos ser”.32 Aunque “la

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116ms alta poesa” no es “Alfa” –ya que “Alfa” no existe–, ha de estar muy cercana a ella, y su excelencia se hace residir en el aspecto “semntico”, en su grado de contemplacin del “hombre abstracto”. El “apetito abstracto” caracterizador de “Alfa” podra ser referido especialmente a la plasmacin literaria de la experiencia pura del hombre, y en tal caso, la potica virgiliana sera el modelo paradigmtico de su propuesta, no solo desde el punto de vista esttico, sino tambin desde una perspectiva tico-social: “Los educadores no deben ignorar que la lectura de Virgilio cultiva –para todos los pueblos– el espritu nacional”.33 Con el ejemplo de Virgilio explica cmo se da la interrelacin entre lo “accidental” y lo “esencial” en la obra literaria: “[...] el sentimiento nacional de Virgilio se va robusteciendo hasta que, por su concentracin, se emancipa: abandona el modesto signo local que le dio pbulo, vuela y se torna abstracto [...]”.34 Muchas veces afirma Reyes que la literatura es “liberacin”, es decir, trascendencia de las condiciones accidentales, la “emancipacin” conseguida por Virgilio y que le confiere –segn Reyes– un valor universal. Las distinciones y jerarquizaciones que va proponiendo Reyes se rigen profundamente y de manera esencial por un criterio humanista, el cual lo lleva a dudar de la legitimidad de ciertas experimentaciones estticas como la de su querido Mallarm: Ante aquella su furia por plantear la poesa en problemas, por encontrar guarismos mentales de valor absoluto, palabras mgicas a las que la realidad se someta no es esto –me he dicho– una extralimitacin, condenada como todas al duro castigo de la naturaleza en un escorbuto literario? La esterilidad afila sus hachas para decapitar al que pisa los linderos sagrados. Y asistimos, si vale decirlo, a un “fracaso superior”, a una catstrofe de altura por elevacin y asfixia. Tambin Babel pretenda escalar el cielo y par en enredo lingstico.35Como se conoce, Mallarm fue un poeta muy estudiado por Reyes y apreciado desde el punto de vista formal, no obstante, no representa la potica del simbolista francs el ideal esttico legitimado por el humanista mexicano, como tampoco el barroco Gngora encarna ese ideal. No es casual que, en general, Reyes asocie al poeta espaol con el francs tanto por el nivel formal como por la “deshumanizacin” que aprecia en ambas poticas. En “Sabor de Gngora”, Reyes ofrece una valoracin de su poesa que nos ayuda a entender hasta qu punto es determinante en su concepto de literatura en pureza –mucho ms que la realizacin formal– la expresin de la experiencia humana. Dice bien el irreprochable Dmaso Alonso: Gngora es el gran poeta espaol de la tradicin grecolatina; pero no es el poeta, no es ya nuestro poeta. Su filosofa de la vida nos sirve de muy poca cosa. Gngora, aparte de que nos separa de l todo un latido de la conciencia histrica, no es un poeta del espritu: es un poeta para los sentidos. En l encontraremos secretos y deleites tcnicos, placeres de forma, nunca

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117estremecimientos sentimentales ni altas orientaciones.36De algn modo con este texto de 1928 Reyes dialoga con la llamada Generacin del 27, que –como se recordar– haba redescubierto y legitimado la poesa de Gngora. Si Virgilio es considerado por Reyes como un poeta vigente, con mucho que decir a los mexicanos y latinoamericanos en general, si Virgilio –ms distante en el tiempo– consigui traspasar las circunstancias histricas locales y an en el siglo XX ensea el sentido de lo nacional; Gngora no, Gngora “no es el poeta”, ese es Virgilio. Mallarm tampoco. De modo que, si bien el virtuosismo formal es un aspecto altamente valorado por Reyes, no lo considera, sin embargo, suficiente para la definicin de la esencia literaria. La funcin “potica” –decisiva para Jakobson– no lo es para el pensador mexicano, que suea –con Platn– un ideal de “bien y belleza”. La poesa centrada en sus propios artificios, que tematiza autorreflexivamente sus mecanismos de construccin, que intenta constituirse como realidad autnoma, es tenida por Reyes como “extralimitacin” o como un caso de “especializacin” literaria que afecta –como otras formas especializadas– a la comunicacin universal distintiva –en su opinin– de la literatura. Su condicin de humanista y su disfrute con las invenciones de la lengua, con los divertimentos, conduce a Reyes a tolerar esas “deformaciones” literarias, a aceptar las aportaciones a nivel lingstico de poticas como las de la vanguardia, pero sin concederles el rango de la literatura. La universalidad literaria es el punto de partida y de llegada de la teora reyesiana; rige tanto su teora literaria como su valoracin de la literatura. Si una obra literaria, ya sea por no trascender la representacin de lo local como por absolutizar el valor formal, no comunica “la esencia de lo humano puro”, no podr alcanzar la categora de “la ms alta poesa”, de valor “universal”, segn el criterio axiolgico de Reyes. El “universo” literario a partir del cual Reyes define la literatura ha sido construido a partir de un concepto de literatura, tautologa fcilmente advertible a travs de su exposicin. La distincin de lo sustantivo y lo adjetivo en la literatura muestra su carcter relativo y deconstruye la teora esencialista del humanista mexicano, quien llega a confesar que: Lo sustantivo y lo adjetivo se intrincan en ella (la literatura) de modo indiscernible. Y por ventura lo no individual o adjetivo es lo ms fcilmente captable al mtodo cientfico; casi diramos, lo que hay de histrico en la obra.37La “historicidad” reside en la “adiposidad parsita”, en “lo adjetivo”, en la “adherencia” que le da existencia a la literatura en pureza, o dicho con su propia paradoja: “La invencin literaria es la cosa ms individual que existe; su esencia es lo individual, aun cuando el revestimiento de motivos no individuales es lo que le da su ltima forma, lo que la hace ser como es”.38

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118Notas1 Culler, J. La literaturidad. En: Teora literaria. Mxico : Siglo XXI, 1993. p. 37.2 Ibdem, 38.3 Tinianov, Y. Sobre la evolucin literaria. En: Teora de la literatura de los formalistas rusos Mxico D.F., : Siglo XXI, 1967. Mukarovski, J. Forma, norma y valor como hechos sociales. En: Esttica La Habana : Pueblo y Educacin, 1987.4 Eagleton, T., Una introduccin a la teora literaria Mxico D.F., : Fondo de Cultura Econmica, 1988.5 Ibdem, p. 20.6 A propsito de la Crtica Cultural anglosajona es interesante el trabajo indito de Luis Enrique Wong titulado “Cultura, fragmentacin y discurso crtico: Valoraciones preliminares sobre la Crtica Cultural”.7 “[...] el Pragmatismo se ha brindado a estos intelectuales contemporneos como un modelo de pensamiento no esencialista [(...)]”. Op.cit. (6).8 Cros, E. De l’engendrement des formes. Montpellier : C.E.R.S. / tudes Sociocritiques, 1990. _______. Literatura, ideologa y sociedad Madrid : Gredos, S.A., 1986. _______. Sociologa de la literatura. En: Teora literaria Mxico : Siglo XXI, 1993. Ver tamben Robin, R. Extensin e incertidumbre de la nocin de literatura. En: Teora literaria quien afirma: “Si texto y discurso se han de tomar en un mismo paradigma de lenguaje, es forzoso constatar que a la problemtica de la ‘literaturidad’ y a la de la ‘intertextualidad, tan caractersticas del texto literario visto en su clausura, hay que agregar a partir de ahora, cuando no sustituir, una problemtica de la interdiscursividad que se desplegara en todos los terrenos de lo social, y que en el plano de un discurso transverso se reempleara de discurso a discurso, y se inscribira igualmente bien en las producciones del campo literario como en discurso poltico, periodstico o filosfico, etc. Esto es precisamente lo que tratan de hacer los estudios que se centran en la nocin de discurso social. (Robin/Angenot, “L’inscription du discours social dans le texte littraire”, Sociocriticism, I,53-82.) En este nivel es en el que la sociocrtica adquiere todo su valor y toda su dimensin, puesto que integra a una problemtica del discurso social un anlisis de la especificidad de los procedimientos para textualizar, definiendo aquello por lo que la textualizacin se aparta de la simple puesta en discurso. Sin embargo, la sociocrtica no hace esto ni con un pensamiento de lo inefable o del genio, ni siquiera con una concepcin de una literaturidad imposible de definir. Lo hace precisamente ampliando la perspectiva y reintroduciendo en ella a la literatura en su amplia red interdiscursiva.9 Reyes, Alfonso. Obras Completas Mxico D.F. : Fondo de Cultura Econmica, 1963. t. 15, p. 31.10 Ms adelante nos detendremos en los nexos entre El deslinde y la fenomenologa. Por ahora, vale aclarar que fue el propio Reyes quien identific su proceder de fenomenolgico, y quien lo sustituy posteriormente para la segunda edicin de La experiencia literaria por el trmino fenomenogrfico, para diferenciar su perspectiva de la de Husserl. Esta modificacin la introduce como respuesta a cierta parte de la crtica que le censur el hecho de que su propuesta no se ajustaba rigurosamente a la metodologa fenomenolgica husserliana. El trmino “fenomenografa” dice adoptarlo del mexicano Porfirio Parra. Para mayores detalles puede consultarse: Rangel. Las ideas literarias de Alfonso Reyes Mxico, D.F. : El Colegio de Mxico, 1989.11 Op. cit. (9). p. 30.12 Ramos, J. Desencuentros de la modernidad. Mxico, D.F. : Fondo de Cultura Econmica, 1989 p. 211.13 Op. cit (9). p. 42.14 Son de sumo inters las consideraciones de Reyes al comienzo mismo de El deslinde acerca de la importancia del receptor en el proceso literario: “De un lado hay una postura activa; del otro, una postura que superficialmente llamamos pasiva. Superficialmente, pues es evidente que la reaccin es tambin una accin, y mucho habra que decir sobre la colaboracin entre el artista y

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119el pblico para la representacin humana definitiva de cada objeto artstico. [...] Si ya toda percepcin es traduccin (la luz no es luz, la mesa no es mesa, etc.), mucho ms cuando el filtro es la sensibilidad artstica. En sustancia, hay tantos tipos divergentes como lectores. [...] Las distintas representaciones pueden quedarse en lo ntimo del lector, pero tambin podr ser que se las exprese y exponga. De aqu las discusiones entre apreciaciones diferentes u opuestas; de aqu las revaloraciones crticas que de tiempo en tiempo sobrevienen, pues tambin el curso de los aos trae consigo una refraccin. Recurdese, como ejemplo ilustre la historia de la ‘cuestin homrica’. Estos vaivenes, estas vicisitudes, constituyen propiamente la vida social de la literatura”. [ Op. cit (9). p 25] Los problemas terico-literarios esbozados como “salvedades aclaratorias” constituyen el centro de la teora de la recepcin, y de haber sido tratados en toda su profundidad por Reyes, hubiera debido abandonar su postura esencialista, pues ponen de manifiesto la profunda historicidad del hecho literario y su carcter interdiscursivo. A pesar de que Reyes participa de la idea romntica del “genio” y de la sobrevaloracin de la individualidad, las “salvedades aclaratorias” dejan ver cierta comprensin de la literatura como “hecho social”. Esas observaciones guardan relacin con otras a propsito del “valor esttico”, que Reyes expone en algunos ensayos. Reyes deja sin explicacin cmo se articula esa historicidad de la literatura con la “universalidad” por l defendida.15 Op. cit. (9). p. 39.16 dem.17 Ibdem p. 40.18 Ibdem, p. 41.19 Ibdem, p. 109.20 En “Apuntes para la Ciencia de la Literatura” ( Op. cit (9) aparecen una observaciones reveladoras de los matices de sus criterios axiolgicos. Al comparar la Estilologa y el mtodo histrico dice que la primera “conviene singularmente a las obras maestras”, es decir, aquellas cuya realizacin verbal es excelente, mientras que el histrico “agota ms fcilmente sus problemas cuando se aplica a los niveles medios, a las obras –paradjicamente– menos dignos de la conservacin histrica”. Sin entrar a analizar la relacin determinista entre la calidad artstica y el mtodo crtico, se puede apreciar que el criterio de valoracin seguido por Reyes se rige bsicamente por el nivel potico, y por el menor apego posible del texto a las cuestiones ancilares. Vale aclarar tambin que no se identifica plenamente con los mtodos formales, sino que propone un mtodo de anlisis integrador de los diferentes enfoques, dada su concepcin humanista de la literatura.21 Op. cit (9). p. 40.22 dem.23 dem.24 Ibdem p. 43.25 Ibdem p. 45.26 Ibdem, p. 46.27 Ibdem pp. 107-108.28 Ibdem p. 113.29 Ibdem p 51.30 Ibdem p. 40.31 Ibdem p. 109.32 Ibdem, t. 11, p. 170.33 Ibdem, p. 164.34 dem.35 Ibdem, t. 14, p. 381.36 Ibdem, t. 7, p. 194.37 Op. cit (35). p. 386.38 dem.

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120 La Habana para un infante difunto. Para una relectura del espacio citadino Marien PrietoInvestigadora del Instituto de Literatura y LingusticaLa reconstruccin de los recuerdos erticos en el libro de Cabrera Infante es no slo un pretexto para aproximarse, sino para recuperar un pasado vinculado con un determinado lugar. El tema ertico no impide que por debajo, clandestinamente casi, yazga esa preocupacin esencial [...] el personaje secreto, pero quizs o ms palpable de la novela, es la ciudad cuya funcin est lejos de ser un escenario porque representa todo un modo de vivir de una poca dada. Las descripciones meticulosas del Malecn, de la vida nocturna, de la lluvia y del mar, todas ellas le permiten acercarse a lo definitivamente perdido, permiten acercarse a esta ‘isla dentro de la isla’ que se ha transformado en el recinto de la memoria.1Se trata de una obra conocida en los predios de nuestra academia. A veces buscada con fruicin; otras, ignorada. De hecho se constituye en un texto para la alegora. Alegora de una ciudad perdida en la memoria de un tiempo pasado. Cabrera Infante construye una estrategia discursiva a partir del posible y/o probable encubrimiento en una primera persona del singular que contiene demasiadas referencias biogrficas. La mascarada se monta con el nico propsito de conducirnos a un juego nostlgico que ha distinguido durante dcadas su escritura. La Habana ... se ordena composicionalmente por una historia marco y una historia referida desde el aqu y el ahora del narrador. l expresa su subjetividad con el empleo de esta primera persona y adems, con la declaracin explcita del gnero que se lee.2 Lo narrado est situado, explcitamente, en una poca y lugar diferente con respecto al presente narrativo. De esta manera, se ponen de manifiesto dos tiempos y dos espacios distintos. As, es notable como el “doble eje temporal de la narracin, el eje original del tiempo del narrar y el eje creado por el narrar en un segmento delimitado del pasado, estructura la temporalidad narrativa”.3El entramado novelesco tiene su origen a partir de la articulacin de dos ejes que se constituyen, al mismo tiempo, en centros temticos: el descubrimiento del sexo y de la ciudad por parte de un protagonista adolescente y virgen que viene del campo a la capital. El significado de ese primer movimiento espacial en su vida es lo que dar origen a estas “memorias”.4 La narracin se mueve, fundamentalmente, sobre el recuento de su aprendizaje en y de La Habana. Teniendo en cuenta los men-

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121cionados ejes temticos y de funcionamiento, es necesario sealar las lneas que apuntan en direccin a la ciudad y el eros.Precisiones de orden terico o de cmo se inventa la ciudad de la novela En un texto literario la presentacin del espacio se realiza a partir de tres procesos simultneos de montaje: el plano de la descripcin, el del escenario y el de los sentidos aadidos.5Con respecto a la descripcin, es bueno insistir en su capacidad para producir “entes semnticos”. Se est, efectivamente, en presencia de ella no slo cuando aparece como un segmento textual convenientemente extenso, estilsticamente homogneo e independizado, sino tambin cuando se encuentra diseminada en el contexto “en pequeas dosis textuales –apenas visibles en un ambiente heterogneo...”.6Sobre el plano del escenario –uno de los elementos ms importantes en la concepcin y desarrollo de esta nove la– se debe tener en cuenta que, independientemente de cun grande o pequeo sea el “trozo” de espacio que conocemos por mediacin del texto, se percibe en cada caso que esa extensin es utilizada para fenmenos de otra clase. Y ahora me estoy refieriendo a que los decorados escnicos son definitorios en atencin a lo que en ellos tiene lugar. A pesar de que el escenario constituya dentro de la obra una de las grandes figuras semnticas, no puede ser aislado en la misma medida en que pueden serlo otras unidades del mismo orden, como por ejemplo, el personaje, la trama, el narrador, etctera. Sobre el tema, afirma Slawinski: “de aqu tambin que el anlisis del escenario tenga siempre un carcter aspectual: es realizado en atencin al papel de las categoras espaciales en la constitucin de totalidades de otro gnero”.7 Ello se puede constatar en las diferentes “aplicaciones” –por llamarlas de alguna manera– que cumple el escenario en cualquier obra literaria. Son ellas las siguientes, y al respecto seguir estrictamente su criterio: a) determina (o sea, diferencia, separa, clasifica) el territorio en que se extiende la red de los personajes; b) constituye el conjunto de localizaciones –de los acontecimientos fabulares, escenas y situaciones en que participan los personajes; c) interviene como ndice objetual de cierta estrategia comunicacional en el marco de la obra.8En lo que concierne a la separacin o clasificacin de territorios, el escenario “codetermina la matriz de oposiciones e interacciones posibles en el marco del mundo presentado”.9 Oposiciones que se hallan en el rango de: personajes y grupos de personajes, medios, etctera. (la patria/el extranjero, el pueblo/la ciudad, aqu/all). En ese aspecto, la funcin de las categoras espaciales tiene que ver con el hecho de que a un personaje dado se le atribuyan ciertos territorios en los cuales puede aparecer, en oposicin o equiparacin a otros territorios propios de otro nmero de personajes. Unos y otros territorios estn

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122ligados, de cierto modo, a determinados atributos o funciones de los personajes. Ciertamente, la segunda “aplicacin” es una de las ms conocidas y estudiadas de todas las anteriores. El escenario es uno de los componentes bsicos dentro del aspecto temporal de un relato. En este sentido, hay que recordar el motivo del camino en la novela de aventuras. Sobre la funcin de estrategia comunicacional, dice Slawinski: “el escenario [...] constituye un sistema irreductible en su organizacin a los supuestos de la situacin comunicacional intratextual”.10 En otras palabras, esto significa que algunas de las propiedades del espacio presentado en la obra –como por ejemplo, la continuidad, el caos, la transparencia, etctera– se pueden explicar en el contexto de la estrategia de entendimiento con el receptor, adoptada por el sujeto literario. Es decir, el lector ha de descifrar cul es el sentido y la coherencia de uno o lo otro en el conjunto textual. La relacin del plano de los sentidos aadidos con el escenario es, de alguna forma, anloga a la del escenario con la descripcin. El enunciado descriptivo genera el espacio de aquello que se representa, este, a su vez, en la medida en que cobra forma, produce significados adicionales que se alzan por encima de dichas presentaciones espaciales: “Los objetos, las distancias, las direcciones, las escenas y los paisajes pueden actualizar en la realidad presentada de la obra un estado de connotaciones nuevo, es decir, no inferible de la semntica de la propia enunciacin, con una marca simblica ms o menos clara”.11La cita nos lleva, directamente, al problema de lo extra y lo intratextual. Los sentidos aadidos tienen, por lo regular, una axiologa ligada a ellos. Esto implica, de cierta forma, que se ha de salir del texto para buscar la tradicin literaria y cultural que los legitima. Por el contrario, si el proceso se invierte y la pregunta se encamina a lo que en la propia construccin del escenario provoca dichas connotaciones adicionales, nos encontraremos, ahora s, en el marco de la obra.Algunas consideraciones sobre la funcin y tratamiento del espacio dentro de la obraSe hace evidente a lo largo del texto la separacin entre el macroespacio de La Habana –con un sinnmero de significados– y el espacio (escenario), en su primera y segunda “aplicacin”. Es decir, como el lugar donde se extiende la red de personajes y como un conjunto de localizaciones de los acontecimientos fabulares. No se trata de dividir artificialmente contenido y continente, sino de que, a los efectos de este acercamiento, es necesario delimitar el macroespacio del escenario. El conocimiento del macroespacio citadino se da, en principio, a partir de enunciados descriptivos que lo califican. Tales enunciados, al mismo tiempo, hacen posible la aparicin de la pluralidad de locaciones en que ocurre la digesis. Por ese motivo se puede hablar de La Habana desde dos perspectivas: como el conjunto de escenarios donde tiene lugar el aprendizaje del personaje protagnico y, paralelamente,

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123como el macroespacio pluridimensional que se hace “protagonista” de la novela. La singular manera en que se trata el espacio en La Habana... ha provocado de Stephanie Merrim el apelativo de “novela topogrfica”. Tomo prestado dicho trmino. Esta nueva ptica –sobre todo, el punto de vista topogrfico de la narracin– se relaciona con la manera en que se enfrentan el macroespacio y el aspecto ertico en los episodios del protagonista. Segn Merrim, La Habana y la habanera son imprescindibles para la concepcin total de la obra: Aparte del narrador la novela tiene dos “protagonistas”: la ciudad y la mujer, o tal vez slo uno, porque la tcnica topogrfica las aproxima. “Captada la mujer en los altibajos de su carne [...] y representada La Habana como un mapa detallado de calles que suben y bajan, La Habana y la mujer son su misma topografa, una sola superficie inconstil de zonas secretas que se exploran con precisiones de cartgrafo”.12La llamada “tcnica topogrfica” se basa, fundamentalmente, en la representacin fragmentaria de La Habana. En la medida en que el personaje protagnico avanza en su aprendizaje amoroso, se van conociendo ms zonas de ella. En algunos instantes, la novela adquiere la forma de un “mapa ertico” de la ciudad, mapa donde aparecen subrayados los escenarios de las aventuras del protagonista. Esta especie de cartografa habanera se va delinean do, continuamente, a travs de los desplazamientos espaciales que l realiza. Lo paradjico de todo esto es que, en estas correras, no abundan las descripciones detalladas –en cuanto al ambiente, decorado escnico, etctera– de los escenarios donde tienen lugar tales episodios. Sin embargo, si nos remitimos a los mltiples encuentros sexuales –sean fallidos o no– en los que interviene el protagonista, se encuentran descritos de un modo particularmente minucioso. En otras palabras, el aspecto ertico recibe un tratamiento fro, casi clnico. A lo largo de la trama se ofrecen numerosas imgenes del cuerpo femenino o del acto sexual con un tono cientfico, apenas con algo de pasin o, las ms de las veces, humorstico. De lo anterior se deduce que el macroespacio se desdibuja en la misma medida en la que el propio texto pone de manifiesto su intencin topogrfica. Un ejemplo ilustra, inmejorablemente, dicha concepcin topogrfica. La travesa que hacen el protagonista y un personaje llamado Titn13 por lo que el narrador llama “mi Habana viva”. Titn regresa de Italia convertido en un cineasta diplomado y, a la par, en un completo desconocedor de la verdadera ciudad. Este es el pretexto para hacer el relato de una peregrinacin al interior de diferentes barrios habaneros. La historia de esta jornada tiene una estructura similar en todos los casos: primero se nombra el barrio y se lo “caracteriza” brevemente; luego, se ubica dentro de la geografa citadina y, por ltimo, en algunos de ellos, se habla de un personaje tpico del escenario: Recorrimos el barrio de Cayo Hueso, tan mulato, en medio de las ca-

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124lles blancas de San Rafael y San Lzaro, y en San Miguel (en la Habana abundan las iglesias y las calles santas), no lejos del parque Trillo [...] le ense a Titn un cartel de una adivina que se anunciaba con un ojo verde enorme [...] Era una pitonisa poderosa, Delfos en el centro de La Habana [...] De all transport a Titn en la alfombra mecnica de una guagua al barrio de San Isidro, a la misma calle de San Isidro [...] a mostrarle una casa de dos pisos donde haba un letrero grande que anunciaba: “Academia de Rumba” [...] Seguimos a Jess Mara, verdadero barrio negro, corazn africano de La Habana Vieja, donde anotamos el intrigante aviso: “Se tiemplan cueros”, que pareca oscuramente obsceno y simplemente anunciaba que se afinaban tambores [...] esta tour de trouvalles la extend a ir a conocer al reparto Diezmero al legendario compositor de sones Ignacio Pieiro ...14La nueva topografa de La Habana tiene otras caractersticas. Ahora no se pretende esbozar un “mapa ertico” de la ciudad, sino que se intenta, ms bien, una especie de aproximacin al folklor habanero. Aqu se mezclan la “caracterizacin” de cada escenario con explicaciones sobre la mitologa afrocubana, costumbres nacionales, fiestas religiosas ... –Al mismo tiempo, el viaje al centro de La Habana se convierte en una de las tantas estrategias con el propsito de ampliar la recepcin de la novela. Los espacios en que se mueve el personaje protagnico tienen dentro del entorno de sus descubrimientos sexuales, un valor determinado. As, en el texto se marcan los desplazamientos que determinan sus diversos cambios en cuanto al aprendizaje ertico. En este sentido, hay un elemento que no se puede obviar en la novela, una lnea que subyace detrs de la narracin: los recuerdos del narrador-protagonista, quien, al paso de los aos, intenta recuperar su pasado mediante la escritura. Cada escenario habanero tiene determinada importancia y es, en dependencia de ella, que se jerarquiza o no un espacio.De cmo los desplazamientos espaciales del personaje protagnico favorecen su evolucinCuatro escenarios indican la transformacin del protagonista de La Habana... El primero es el solar. De este, se pasa al cine como “coto de caza”. Los dos iniciales son presentados en el primer y tercer captulos. En cuanto al tercero de los escenarios, hay que enunciarlo en plural: burdeles, posadas, apartamentos (espacios cerrados). El cuarto y ltimo seran la calle y el balcn, como escenarios de “caceras sexuales” (espacios abiertos). Algunos de estos espacios son presentados en un solo captulo de la novela. Por ejemplo, el solar, el cine y el balcn. Los otros, se encuentran distribuidos en el transcurso del texto. Por otra parte, la agrupacin del tercero y el cuarto se realiza teniendo en cuenta su nivel de influencia para el desarrollo del personaje protagnico. El solar de Zulueta 408 resulta ser el escenario de la iniciacin sexual del narrador-protagonista. En esto reside su mayor relevancia. Aqu entra un nio y

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125sale el adolescente que nos acompaar el resto de la obra. Definitivamente, es el escenario donde se efecta su despertar ertico. La relacin del personaje protagnico con este primer espacio es ambivalente. Lo ms curioso es que se le recuerda continuamente. Sin embargo, no ocurre de la misma manera con otros escenarios. Una y otra vez el narrador llama a Zulueta 408 de formas diferentes. Un grupo de denominaciones destaca su relacin con el sexo: “arquitectura de colmena depravada”, “colmena sexual”, “colonia sexual”, “promiscuidad primorosa”, “falansterio fecal” (pp. 40, 47, 82, 142 y 323). Quiz la afirmacin ms contundente sea la siguiente: “haba algo en el edificio, en el aire del falansterio que esparca la luz ceniza, quizs a causa de la promiscuidad forzosa, tal vez al carcter del cubano [...] que predispona a la pasin pblica, al uso del sexo, a sus posibles variaciones (incluyendo el crimen) y lo hacan un plexo solar”(p. 90). Por otro lado, tambin aparecen modos de calificarlo que lo reivindican como escenario favorable al conocimiento: “esa universidad”, “falansterio que sera trascendental en mi vida, con el que sueo todava sueos que tienen la composicin de pesadillas...” “en realidad era un cordn umbilical que, cortado de una vez, es siempre recordado en el ombligo” (pp. 47, 41, y 117). De este modo, se hallan dos apreciaciones del solar. Una, la que subraya sus caractersticas negativas y la otra, la que mira con nostalgia esa “licencia de las costumbres”, pues gracias a ella el protagonista realiz sus primeros descubrimientos en el terreno ertico. Tal vez la insistencia se deba a que este espacio repercuti tanto en la “educacin” del protagonista, que evocar esa ambivalencia contribuya a clarificar, de algn modo, el recuerdo del “memorista”. La imagen de la escalera de Zulueta 408 con la que se abre la novela expresa, de cierto modo, cul es la importancia de este escenario para la caracterizacin del personaje protagnico. Esta escalera indica, justamente, el comienzo de su adolescencia. El comienzo de la formacin de un carcter: “This image of ascent marks his introduction into a new world and society, where he will be iniciated into a number of discoveries, including adult sexuality and urban poverty”.15Como era de esperar, este es el espacio donde ms insistencia se hace en las iniciaciones. No slo las sexuales, sino en las de todo tipo: es la primera vez que el protagonista llega a una ciudad, la primera vez que monta en una guagua, que vive en un solar... y as sucesivamente. Aunque la estrategia de establecer cundo y cmo ocurren las iniciaciones no se abandona en todo el libro, s se debe agregar que, es justamente en el primer captulo, con la llegada a La Habana, que comienza a manifestarse lo que se transforma en un propsito del texto. En suma, la “caracterizacin” del solar se puede definir teniendo en cuenta dos puntos de vista y dos circunstancias. Primero, como dije en pginas anteriores, se destacan sus atributos negativos. Ms adelante, el saldo resulta positivo teniendo en cuenta la perspectiva del protagonista. Este cambio de significacin ocurre,

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126precisamente, en las ltimas pginas del primer captulo, cuando el narrador admite: “Por ese tiempo yo ya haba salvado los complejos que me atacaron antes por vivir en un solar. As todos mis amigos, viejos y nuevos venan a visitarme a mi casa, a nuestro cuarto...” ( p. 116). En la cita aparece una connotacin desconocida de este escenario. El que antes haba sido acusado de promiscuo y depravado es ahora –a partir de la superacin de los complejos del personaje protagnico– un territorio donde convergen personajes de diferentes procedencias sociales. En la nueva significacin de Zulueta 408 se inscribe el hallazgo de otra faceta, la cultural. Justamente, en un momento determinado, el cuarto del solar se convierte en camerino para los actores del grupo de teatro Prometeo del cual el protagonista form parte. Sin duda alguna, a travs de este escenario ocurre la entrada del erotismo en la obra. Con su llegada al solar, el innombrado protagonista parece descubrir un mundo donde lo ertico satura todos los niveles. Por otro lado, en la novela es perceptible una correspondencia entre la manifestacin de la sexualidad y los ambientes y personajes representados en los escenarios: cada escenario implica, de una forma u otra, una muestra diferente de lo ertico. El siguiente cambio espacial es el cine. Del escenario soleado y colectivo de Zulueta 408, nos trasladamos al espacio oscuro e ntimo de la sala cinematogrfica. Muchos de los incidentes en el primero, se suceden –contradictoriamente, con su carcter promiscuo y su sexualidad abierta y expansiva– en medio de cortinas o puertas medio cerradas: “(las cortinas eran telones que no dejaban ver la escena ni los actores; todo suceda entretelones en el solar)” (p.49). El cine, en cambio, ofrece otra manifestacin del erotismo citadino. En este caso se trata, ms bien, de pequeas escaramuzas verbales y, en algunos otros, tctiles. Este movimiento espacial trae como consecuencia, un perodo nuevo. Antes, el personaje protagnico era virtualmente perseguido por la sexualidad desatada del solar. La mayora de las veces l era presa de las mujeres: Nena la chi quita lo agrede sexualmente cuando lo descubre cado en la escalera; Severa, la ta de Rosita, lo abraza inesperadamente; Delia, la china, lo incita a tocarla. Ahora, el protagonista hace de la sala de cine un “coto de caza”. No siempre su anhelo es del todo exitoso pues, en repetidas oportunidades se invierte la relacin, pasando a ser “cazador cazado”. Recordar los episodios de la muchacha que le clava un alfiler, o la que le da una direccin falsa. Del mismo tipo son los incidentes con homosexuales.16El cine tiene, adems del propsito de revelar la transformacin del personaje protagnico –antes pasivo, ahora sealadamente activo, antes “presa”, ahora intentando ser “cazador”–, la de ser el escenario donde se produce otra iniciacin: la del rascabucheo. Por cierto, este nuevo conocimiento le fue dado por una mujer. La gorda del cine Lira es su introductora y primera experiencia. La aventura de la iniciacin al rascabucheo merece un comentario in dependiente. Este resulta uno de los incidentes representativos de la importancia que tie-

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127ne lo femenino en la novela. El papel actancial de la mujer resulta notorio en la trama. No es slo uno de los principales objetos de conocimiento para el protagonista, sino que a pesar –y esto es indiscutible– del discurso acentuadamente machista del narrador, donde la considera tonta, superficial, etctera.; ella es tambin figura que inicia, propiciadora de experiencias nuevas. En este mismo sentido se halla el hecho de que, por momentos, La Habana se antropomorfiza en madre y mujer. Ella es, primero, una matriz que favorece experiencias vitales e intelectuales nicas para el desarrollo del personaje protagnico. En otros, se torna cuerpo femenino por descubrir y poseer. Ambas se imbrican justo en la conclusin de la novela, en un juego conceptual extremadamente interesante cuando el protagonista toca a una mujer en el cine y, luego, al perder una serie de objetos personales, se “introduce”17 en el tero de ella. En el cine se debe prestar especial atencin a un elemento: su cualidad como espacio de esta nueva serie de conocimientos se complementa con el sinnmero de significados que tiene como manifestacin artstica. No se trata de una referencia intertertextual ms dentro de la infinita cantidad que aparecen en el texto. Es, adems, y sobre todas las cosas, una pauta ineludible para el personaje protagnico. Muchas de las situaciones en las que se encuentra estn mediadas por una visin cinematogrfica. El narrador dice en una oportunidad: “casi siempre lo que transcurra en la pantalla era para m la vida y el teatro, el pblico, las lunetas eran una zona espectral que no tena ninguna consistencia...” (p. 158). Uno de los elementos ms atractivos de esta “escena”, son los comentarios que hace el narrador, relacionados, aparentemente, con el tema de su otro relato: “todos los estudiantes cubanos recuerdan a los estudiantes de Medicina fusilados y su inocencia ha vencido no slo su condena, sino a la muerte –ser que la memoria es imperecedera, que no lo es la vida, que el recuerdo puede salvar de la muerte?...” ( p. 414). Deca aparentemente, pues resulta obvio el rejuego que se est proponiendo con el ttulo de la obra, salvarn estas “memorias” al infante difunto? El hecho de contar ese pasado en y de La Habana puede revivir a ese infante? La escena concluye cuando el narrador dice: “Deb demo rarme demasiado entre mrtires y tumbas para que el tiempo pasara tan abrupto” ( p. 414). De esta manera somos testigos de un mecanismo flmico: la accin narrativa se detiene con una finalidad –la espera de Margarita– para dar lugar a un flash back que, en este caso, se extiende hasta el siglo pasado. Luego de los primeros captulos en donde tuvo lugar el impulso definitivo a su sexualidad, el antes nio comienza una bsqueda del ideal amoroso que termina, como afirm anteriormente, en un cine dentro del tero de una mujer. Su deambular a travs de diversos cines habaneros no es ms que una parte de esa peregrinacin metafrica –de la inocencia al conocimiento– que, en ltima instancia, intenta descubrir la novela en sus quinientas pginas.

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128Otro de los aspectos relevantes de este movimiento espacial es el cambio que ha experimentado el protagonista al salir del escenario-solar para entrar en el escenario-cine. Sus aventuras amorosas de Zulueta estaban circunscritas al entorno que le proporcionaba la familia. La mayora de las mujeres con las cuales tena contacto eran conocidas, vecinas, e incluso algunas eran amigas de su madre.18 Por tanto, este cambio de “espacio propio” a “espacio ajeno” ser doblemente problemtico para l. En el solar casi todos se conocan. Compartan la misma pobreza y la misma falta de intimidad. En este sentido era, como bien dice el narrador, un espacio favorable al erotismo. En cambio, el cine es totalmente ajeno a sus vivencias anteriores. Ya no est al amparo de su familia. Asimismo, en este espacio se manifiesta su incipiente independencia sexual y sentimental; independencia que ya haba comenzado en el solar y que gana un escaln ms aqu. De tal modo, este escenario, despus del solar, sirve como ejercicio para que el protagonista pueda poner en prctica los conocimientos de la “universidad” de Zulueta. Indudablemente, ha dado otro paso en cuanto a los dos ejes de funcionamiento textual explicados al principio del trabajo. Los dos primeros escenarios, el solar y el cine, constituyen, efectivamente, espacios iniciticos. Adems, Zulueta brinda al protagonista las primeras nociones de La Habana, ciudad luminosa y pobre, sensual y pacata a un tiempo. El recorrido por los cines lo transforma en otro sentido. A partir de estos dos espacios, va aumentando su radio de accin. Ya no se mover en los marcos estrechos del barrio, sino que lo har por nuevas zonas de la urbe. De igual modo, uno y otro escenario se distinguen, entre otros elementos, por los personajes representados en cada uno. Mientras que el solar ofrece una amplia galera de la pobreza urbana, el cine se dedica a una considerable muestra femenina. En Zulueta se encuentran algunos de los personajes ms variopintos de la fauna habanera: prostitutas, chulos, “la aviatriz”, el portero del Shangai. A pesar de esto, no se profundiza en la caracterizacin de ninguno de sus moradores, aunque s se enuncia la correspondencia entre ellos y el lugar en que viven. Para esto, el narrador explica minuciosamente lo que l llama “topografa del solar”: en el piso bajo, viven los homosexuales y lesbianas; en el otro, las familias, las mujeres solas o las prostitutas; y en el superior, los ms pobres dentro de los pobres. Entre tanto, en el cine no se indica el nexo entre los personajes y el medio o la procedencia social. De manera similar, tampoco se intenta ahondar en la sicologa de quienes asisten all. Aunque ambos escenarios tengan este elemento en comn, es indudable que en el solar se procura una mayor aproximacin a muchos de sus personajes. La llamada “topografa del solar” incluye: presentacin, cuarto por cuarto de los integrantes de cada familia; ancdotas sobre ellos, descripciones fsicas o se dice cul es su profesin y nombre. Precisamente otra de las semejanzas entre estos dos escenarios es, la tentativa de configurar una topografa sexual

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129en ambos casos. El narrador hace explcito su empeo en los dos captulos. Dice en el primero: “Quiero hacer un parntesis en la descripcin topogrfica del sexo en el solar...” ( p. 64). Ms adelante, afirma: “yo quiero hablar de incursiones ntimas y hacer un mapa de los cines en que viva, describir la topografa de mi paraso encontrado y a veces de mi patio de lunetas” ( p. 145). Las llamadas experiencias iniciticas –que comprenden los escenarios del solar y el cine– ocurren en un sitio especfico del macroespacio: la Habana Vieja, donde se ubican el solar y los primeros cines que frecuenta el protagonista. Indirectamente –ms adelante se entender el porqu– este hecho conduce al tercero de los espacios estructuradores. Estoy hablando de las posadas, burdeles y apartamentos. Justamente su insercin como escenarios de otro tipo de aventuras erticas, seala un punto de giro en el texto. El punto de giro se hace evidente a partir del captulo “La muchacha ms linda del mundo”, destinado por entero a la relacin con Julieta Estvez, verdadera maestra e iniciadora sexual del personaje protagnico. Este es uno de los momentos ms importantes respecto a su aprendizaje amoroso. Los porme nores de cmo finaliza esta relacin apoyarn lo que quiero decir. Primero, se ubica al lector en el escenario en que tendr lugar la ruptura. Se hace describiendo, muy brevemente, el apartamento. Un poco antes, se haba indicado el sitio geogrfico en el que este se encuentra (incluso la direccin exacta). En este relato se oponen, claramente, dos espacios citadinos que significan los dos momentos cruciales de la relacin: “No fue como al principio una de las maanas de fro en la Habana Vieja, con sus calles estrechas, sombrosas, sinuosas, sino en la tarde calurosa de El Vedado, con sus rectas avenidas anchas, soleadas, demasiado expuestas al sol” (p. 289). Tal como se ve, se trata del enfrentamiento ciudad nueva vs. ciudad vieja. A esto se le debe prestar atencin por varias razones. Justo a partir de este captulo se inicia un movimiento –tanto desde el punto de vista espacial como socioeconmico y afectivo– del protagonista hacia la nueva zona urbanizada. Que su relacin con Julieta termine precisamente all, marca una pauta por dos razones muy claras: una, esta experiencia ertica revela el principio de su adultez y dos, es el cierre definitivo de sus anteriores fracasos sexuales. Mientras que la Habana Vieja es, indiscutiblemente, donde acontecen las iniciaciones ms importantes del personaje protagnico –la sexual, la cultural,19 la del lxico citadino, que se contina a travs de todas las zonas geogrficas– con el conocimiento de El Vedado se deja atrs toda la vida de pobreza y fracasos anteriores. All ocurren otras iniciaciones, quiz menos trascendentes que las anteriores: las primeras meriendas del pobre, en Radio Centro y El Carmelo. Por otro lado, en esta parte de la ciudad se encuentran las posadas que ms frecuenta el protagonista, aunque ocasionalmente en la Habana Vieja se hallen algunas otras. Sin dudas, el punto de giro implica una transformacin del personaje protagnico y del modo en que este se

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130va apropiando de la ciudad. En la medida en que se va haciendo adulto, es ms difcil encontrar un solo escenario narrativo para su aprendizaje ertico. Por esa razn, el resto de los escenarios estructuradores se encuentra en ms de un sitio de la geografa habanera. Los escenarios del burdel, cuartos y las posadas –terceros espacios estructuradores– constituyen un avance del personaje protagnico en el terreno de su aprendizaje sexual. Este conjunto se distingue por los diferentes niveles de importancia, o sea, por la ocurrencia en ellos de experiencias erticas ms o menos definitorias para el protagonista. Por ejemplo, el nico burdel que visita, dos veces seguidas, es un escenario de frustracin para l. Estos ltimos episodios constituyen una especie de “crnica social”. En cambio, el resto de los escenarios –las posadas y los apartamentos– tienen una relevancia mayor desde el punto de vista de la educacin del protagonista. La Habana ... alcanza en estos espacios cerrados sus momentos ms subidos de tono. En ocasiones, esto le ha valido el calificativo de pornogrfica. Tambin, ha sido uno de los principales motivos de crtica de muchos de sus detractores. En dichos espacios se revelan con mayor intensidad los detalles de las escenas amorosas y las descripciones del cuerpo masculino y femenino. Desde el punto de vista espacial, tales escenarios se encuentran dispersos por la ciudad: la Habana Vieja, una zona del Vedado y otra de Centro Habana. Posadas y apartamentos sirven de marco para la total realizacin sexual del protagonista. A pesar de esto, no son tan sugerentes como s lo fueron el solar y el cine. Lo que sucede es que, el texto pierde mucha de su riqueza anterior y se vuelve reiterativo en el relato de algunas aventuras. Si por un lado estos escenarios resultan de los que ms repercusin tienen en el aprendizaje ertico del personaje protagnico –por la razn argida– por el otro, ninguno de ellos es singularmente caracterizado, ni se dis tingue por una peculiaridad como s lo eran el cine, el solar o el balcn. La diferencia bsica entre ambos consiste en que el cine, el solar o el balcn tienen algo que los hace inconfundibles. Sin embargo, cada espacio cerrado se convierte en una copia exacta del otro. Por citar un caso, las posadas son presentadas, casi siempre, de igual manera: el cortinaje, que evita la “luz indiscreta”; la cama recin tendida, la mesa para los tragos, y por ltimo, el bao. De manera similar, acontece con los apartamentos, exceptuando el de la hermana de Margarita, cuya descripcin sirve para precisar y definir con ms claridad el origen social de ambas: clase media habanera. Ya sea en un cuarto de posada con Dulce, o en el apartamento de Julieta, o con Margarita, la historia que se cuenta es la misma: de cmo el protagonista hace el amor con una mujer. No hay transformaciones sustanciales en relacin con el escenario –fuera de algunas leves en el decorado– slo se cambia de pareja, de ritos iniciales o finales. No obstante, ellos abren otra fase dentro de la vida del personaje protagnico.

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131La aparicin de los nuevos espacios estructuradores indica, al mismo tiempo, el conocimiento y la apropiacin de otras geografas. Con estos espacios cerrados l deja atrs los lugares anteriormente recorridos y se familiariza con otros como La Rampa, El Carmelo, las calles G y Paseo, Radio Centro. As, de este modo, llegamos al cuarto espacio estructurador. Dentro de este proceso continuo, un acontecimiento cambiar al protagonista: se muda de la Habana Vieja al Vedado. Ahora estudia periodismo y trabaja en Carteles l y su familia han entrado al mbito privado de un apartamento. Finalmente, este cambio de residencia lo sita en idnticas coordenadas que la ciudad, ya se sabe que en los aos cincuenta La Habana completa el desplazamiento de su centro cultural hacia el Vedado. El narrador explica dnde est situado el apartamento: “nos habamos mudado justamente en la cima de la loma [...] en que culmina la Avenida de los Presidentes, junto al monumento que domina los jardines centrales...” (p. 293). Un poco ms tarde, al describir el rea donde est enclavado el edificio, se mencionan personajes que vivan por all cerca, algunos de los cuales ya haban aparecido en la historia (es el caso de Catia Bencomo, Olga Andreu y Titn). La conexin entre geografa y personajes indica, de modo implcito, el vnculo entre este captulo y los anteriores. Nexo que se define, esencialmente, en la omnipresencia de la ciudad. Ella puede ser la causante –directa o indirecta– de la unin o separacin de algunos de los personajes de este relato. Recordar que la ruptura con Julieta –segn afirmaciones del narrador– se debi, ms que nada, a que ella se mudara de la Habana Vieja para el Vedado. Aunque esta zona no era totalmente desconocida para el protagonista, el hecho de residir all permanentemente la hace ms accesible para sus excursiones erticas. En este momento se puede introducir el escenario del balcn, uno de los que forma parte del cuarto espacio estructurador. Con l, la relacin afectiva que el protagonista tena con la ciudad se ha modificado. Ya han transcurrido algunos de los eventos ms importantes de su vida. Poco a poco, a medida en que avanza el argumento, el personaje protagnico ha sufrido un proceso gradual de “habanerizacin”. En otras palabras ha ido adoptando una serie de costumbres citadinas que van desde lo social y lexical,20 hasta lo sexual. El balcn y la calle son menos descollantes que los anteriores escenarios. Sin embargo, al igual que el cine, se convierten en lugares de “caza” del protagonista. El balcn se encuentra, como ya se afirm, en 25 y G. En cambio, la calle, es un escenario comn a todas las reas geogrficas: la Habana Vieja, Centro Habana, el Vedado. Lo que hace imprescindibles referirse a estos dos ltimos escenarios es el hecho de que la relacin “presa-cazador” –que ha sustentado en muchas ocasiones su modo de actuar– se aprecia, muy claramente, en dichos espacios estructuradores; y que constituyen ejemplos de las “tcnicas” que conforman el largo aprendizaje ertico del protagonista: en la calle, la del “perseguidor”, y en el balcn, la del “mirn”. Ambas son un complemen-

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132to ms en su prolongada “educacin sentimental”. El escenario del balcn trae, a la par de una “tcnica nueva”, otro descubrimiento: el placer del voyeur. Ahora sus desplazamientos son areos, ayudado de unos prismticos. Estructuralmente, el captulo correspondiente al voyeurismo est situado despus del que trata el episodio de Julieta. Esta “pasividad activa”, como llama el narrador a esta nueva etapa, no es ms que un pretexto para desarrollar otro de los elementos que configuran la mitologa citadina: “En La Habana, donde el voyeurismo era una suerte de pasin nativa, como el canibalismo en los caribes, no haba una palabra local para describir esta ocupacin que a veces se haca arte popular” ( p. 297). Seguido de esto, el narrador se dedica a pormenorizar su etapa de mirn. Modelo de costumbres citadinas, este escenario es utilizado, adems, para describir la topografa de una zona especfica. Entre tanto, con la excusa de que en la ciudad el voyeur es un personaje comn, se ofrece una visin de La Habana y sus habitantes: En la Habana Vieja, con su profusin de balcones abiertos, protegidos solamente por una baranda de hierro forjado, sola haber fijada a la altura de las piernas una tabla –conocida como la tablita– que guardaba los muslos codiciados de los mirones, halcones a ras de suelo. Esta proteccin llegaba al colmo de extenderse hasta la altura de tres o cuatro pisos donde la visin era si no imposible ciertamente difcil para las vistas ms certeras ( p. 297). Los cuadros voyeuristas tienen la funcionalidad de subrayar una expresin distinta del erotismo en La Habana. El rascabucheador21 es otra de ellas, el mirn, una ms. De esta manera, se va conformando, a lo largo del texto, la estrecha relacin entre sexo y ciudad. Ella, segn el narrador, transforma su arquitectura, inventa artificios para impedir un fenmeno que le es propio. No importa el sitio de la urbe que sea, sino cmo se resuelve all el problema del mirn: Luego, procedi a bajar las persianas venecianas (esa ciega invencin americana –Venetians blinds– que haban adoptado tantos habaneros para dejar entrar el aire en sus habitaciones, guardndose del sol, pero tambin, tal vez de miradas indiscretas –otra tablita, esta en la Habana Nueva) (p. 306). Esta otra Habana, la que se esconde, a travs de diversas formas, de las miradas del voyeur nativo es, tambin y precisamente por ese motivo, su mayor provocadora. As, sensualidad y moralismo van de la mano en esta urbe, configurando una totalidad magnfica y contradictoria. La “tcnica topogrfica”, empleada a lo largo de la novela consigue su manifestacin ms lograda en el escenario de la calle. De ellas se sirve el narrador para representar el “mapa ertico” de la novela. En la calle, el personaje protagnico se acerca a diferentes muchachas, habla con ellas, las acompaa a la parada de la guagua. Cualquier sitio del macroespacio se convierte en su aliado. l no ha de transformarlo como

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133s tuvo que hacer en el cine, creando “tcnicas” para aproximarse a las mujeres, o en el balcn con las estrategias de observador nocturno. En este caso la geografa citadina se torna ambiente propicio, no requiere de una ayuda extra para convertirse en espacio amoroso. De igual forma, esas caminatas por la ciudad sirven para presentar sus monumentos y edificaciones, que simbolizan, de algn modo, el ser de la ciudad. Evidentemente, el protagonista va haciendo cada vez ms suya la ciudad a partir de sus desplazamientos espaciales. En esa misma medida, evoluciona, al tiempo que avanza en los citados ejes de descubrimiento. Sin duda alguna, La Habana. .. logra ofrecer un vvido y singular retrato de una ciudad. Sin embargo, de qu ciudad hablan las pginas de esta novela? Ciertamente este es un espacio fabricado para y por la literatura. La ciudad del texto es la evocacin de un pasado que ya no existe. Se trata, ms que todo, de un producto literario construido por las estilizaciones de la memoria que no aspira a representar, con exactitud, lo que es o fue La Habana. De ah, que Cabrera Infante asegure: La Habana hace rato que ha dejado de existir como ciudad real. Para m es una ciudad completamente literaria. Es una ciudad que reconstruyo cada vez que escribo, pero la reconstruyo con palabras, no con ladrillos y cemento. Para m lo que se llama La Habana real no tiene ninguna consistencia. No tiene, por tanto, ninguna existencia.22Sin embargo, esto no impide que, “el alma esencial –ms que el entorno fsico jams ha encontrado mejor expresin artstica que la de este escritor que naci lejos de ella y ha vivido la mitad de su vida en geografas an ms distantes y nada tropicales.”23Notas1 Bak, Jolanta, La distancia artstica en La Habana para un infante difunto: Revista Iberoamericana (Pittsburg) 57 (154): 253; en.-mar, 1991.2 El narrador afirma reiteradas veces que est relatando una crnica de su vida ertica.3 Martnez Bonati, citado en: Lertora, Juan Carlos. La temporalidad del relato. En: Narratologa hoy / Sel. y presentacin Renato Prada Oropeza. La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1969. p. 300.4 El tema de los intertextos de la novela requiere de otro acercamiento. Al respecto, tambin deben tenerse en cuenta ciertos comentarios del autor sobre la utilizacin de algunos otros pre-textos. Es el caso de la Bildunsgroman y las “novelitas de relajo”.5 Slawinski, Janusz. El espacio en la literatura: distinciones elementales y evidencias introductorias. En: Textos y contextos / sel. y trad. Desiderio Navarro. La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1989. pp. 278-290.6 Ibdem, p. 280.7 Ibdem, p. 283.8 dem.9 Ibdem, pp. 283-284.10 Ibdem, p. 28511 Ibdem, pp. 286-287.12 Merrim, Stephanie. Teora topogrfica de las formas. Revista Iberoamericana (Mxico, D. F) (118-119): 409; en. -jun. 198213 Es evidente que se est aludiendo a Toms

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134Gutirrez Alea, el conocido director cinematogrfico cubano, al que nicamente se le suprime el primer apellido. Algunas de las referencias del personaje novelesco coinciden exactamente con las del fallecido director14 Cabrera Infante, Guillermo La Habana para un infante difunto. A partir de aqu se pondrn las pginas de los textos citados de esta edicin.15 Souza, Raymod de yes, we have no Habana (s):Requiemfor a lost city. World Literature Today (Oklahoma) 61(14): 587 198716 Sobre el tema se cuentan, con una mezcla de ingenuidad e irona, dos historias. En la primera de ellas, slo lo tocan. l se mueve de asiento y llama a esto “cazador cazado” ( pp. 145-146). Luego la del japons tocador ( pp. 146-147). El narrador al reflexionar sobre el asunto y contar otro episodio que no est directamente relacionado con l (el del nio que es masturbado por un hombre) lo llama “el tercer acontecimiento extrao en ese cine” ( p. 148).17 Acerca del sorprendente eplogo se pueden encontrar mltiples interpretaciones en la crtica. Con este se rompe la lgica narrativa que hasta el momento tena el texto, insertndose un elemento de “irrealidad” o “fantasa”. Precisamente, la paulatina introduccin del campo de lo “irreal” o lo “fantstico” o por lo menos de lo hiperblico, ha tenido lugar silenciosamente a lo largo de las pginas de La Habana... : el relato de la ciclonera (pp. 225-226) y el cinturn de castidad de Goya (p. 308) son dos de esas irrupciones. Uso entrecomillado para dichos trminos porque no sern objeto de discusin las categoras de lo irreal o lo fantstico, sino que en este caso se emplean como opuestos a la lgica de la narracin que es la de representar una historia real sin la presencia de elementos que indujeran la duda o la fantasa en ella.18 Recordar a las que el narrador llama “calientapollas”. Por cierto, se trata, evidentemente, de una concesin al editor espaol. Aunque el narrador reconoce que es un “ extico y exacto” nombre lo est adjudicando, indirectamente, al lxico de la ciudad.19 Como ya dije, cuando el protagonista vive en Zulueta 408 forma parte del grupo de teatro Prometeo, y ms adelante, de la Sociedad Nuestro Tiempo y la revista Nueva Generacin .20 Uno de los modos en que se convierte a la ciudad en “protagonista” de las pginas de esta novela es la expresin de lo que llamo, siguiendo a Leonardo Padura, el “habanero literario”. Se trata de que en el mbito del discurso el narradorprotagonista va estableciendo, a travs de frecuentes acotaciones el momento en que se produce el descubrimiento de una voz nueva.21 Realmente no la habra? “Esa pasin nativa” es lo que en el vocabulario popular cubano se conoce con el nombre de rascabucheador, al que, por cierto, el narrador adjudica otro uso.22 Prieto Taboada,Antonio?“ Gajes y placeres” del oficio, Escandalar ,( Nueva York) 4 (3 ):7784; jul.sept., 1981.23 Padura, Leonardo. Guillermo Cabrera Infante: de tres en tres ( con tristes tigres). Tomado de una fotocopia.

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135 Gnesis histrica de la cultura cientfica cubana Jos Lpez SnchezMdico, historiador y Premio Nacional de Ciencias Sociales 1999IntroduccinEn este ensayo slo abordaremos los hechos cientficos histricos acaecidos en Cuba, en un perodo limitado de tiempo, pero suficiente para esclarecer la forma y modo de cmo se fue originando la cultura cientfica en la sociedad cubana. Me aventuro a presentar un conjunto de reflexiones abarcadoras de problemas conceptuales, del valor y significacin de la historia de la ciencia y la medicina segn mis propios puntos de vista. La historia de la ciencia es hoy da un factor de gran valor para la comprensin del nivel de desarrollo de la sociedad y un elemento de cardinal importancia para mensurar la difusin de su progreso. De todos los elementos que conforman la superestructura de la sociedad y concretamente del complejo conjunto de la cultura, en el ms amplio y profundo contenido del quehacer humano, y de sus valores ticos, el que refleja ms cabalmente el proceso de produccin, su desarrollo y perspectivas est contenido como fuente primaria en la ciencia, tanto en las naturales como en las tecnolgicas. Estos conceptos definitorios cambian en la medida misma en que avanza la interaccin entre la sociedad y la naturaleza, las que son muy complejas y complicadas y slo comprensibles como una unidad dialctica. En este punto es necesario advertir que la aparicin de nuevas categoras de fenmeno, no son slo dependientes del modo de produccin, sino de las formas de pensar del hombre. Esto ltimo tiene que ver con la aparicin de un estrato cualitativo y cuantitativo nuevo, surgido a impulso de los requerimientos de la ciencia que son los investigadores y experimentadores siempre en constante evolucin al igual que el inventario de equipos tcnicos en que se apoyan. Esto presenta una modalidad nueva porque desencadena mviles imprevistos e inesperados, derivados algunos de la inteligencia artificial. Para la valoracin de este conjunto es imprescindible el conocimiento de su evolucin histrica, es decir, de cmo se han sucedido en el decurso del trabajo experimental y de las innovaciones y los cambios que se le han introducido. Esto alumbra un nuevo espacio en la historia de la ciencia que desborda su vieja frontera al introducir un nuevo parmetro, el de la creatividad humana y la contribucin propia de la tecnologa de punta. Ahora ms que nunca tiene validez la acertada definicin que hiciera Keldish en el XXIII Congreso Internacional de Historia de la Ciencia:

PAGE 137

136La historia de la ciencia hace renacer en nuestras mentes el apasionante espectculo de cmo el hombre penetra en los secretos ms recnditos del Universo –a lo que debe aadirse hoy– y de los misterios de la vida humana. De cmo tienen lugar las grandes manifestaciones del intelecto humano y brinda los ejemplos ms significativos de la lucha de los cientficos en aras de la verdad y sumo, idnea para el cultivo de la inteligencia en el mundo nuevo que se forja constantemente por la interaccin del hombre y la naturaleza. Las alabanzas por los logros modernos no pueden ni deben ocultar que la ciencia actual hunde su raigalidad en aquellos conocimientos, hoy al parecer simples y primitivos de culturas anteriores, tan llenas de atisbos perdurables, bastara recordar las revoluciones de la Tierra o el movimiento circular de la sangre como lo ms paradigmtico en los albores del renacimiento. La historia de la civilizacin es una y continua, en cada etapa de su evolucin, y en cada pas es posible hallar una parte alicuota de progreso cientfico. Nuestra cultura no es tan excepcional ni necesariamente ms acabada que la que se promovi milenios atrs. Nuestros conocimientos de hoy son muy tiles para comprender y valorar justamente la vastedad de la sabidura antigua. Nuestra generacin no es ms inteligente que la de nuestros ancestros, aunque ciertamente “Los conocimientos actuales son ms extensos y exactos”. Como afirma Sarton “La adquisicin y sistematizacin de conocimientos positivos es la nica actividad humana verdaderamente acumulativa y progresiva”. El avance de los conocimientos cientficos ha sido de tal envergadura en estos ltimos tiempos que nos ha creado la ilusin –falsa por dems– de que todo lo que tuvo lugar en tiempos pretritos, no merece estudiarse ni recordarse, y hasta se llega a prescribir su inutilidad. Algunos en su vanidad erradamente imaginan que ahora, y slo ahora, comienza la creacin cientfica, y definen que estamos en el camino de resolver todas las incgnitas y, por lo tanto toda la verdad cientfica se alcanzar en un tiempo relativamente breve. Este es un criterio prejuicioso que lejos de ayudar entorpece y retrasa nuevos conocimientos. La historia muestra numerosos ejemplos, aunque slo se citar uno. Con los admirables descubrimientos de Pasteur se pudo pensar que la infectologa lleg a su final, pero aparecieron los virus, las rickettsias y otros agentes. Tampoco el descubrimiento de los vectores biolgicos por Carlos J. Finlay puso fin al contagio y esto sin hablar de los mecanismos patognicos, o la patogenocidad. En la medida en que nos adentremos en la intimidad de los problemas biolgicos, fsicos, matemticos, y los que deben ofrecer las investigaciones csmicas, nos percatamos de cunto ignoramos an acerca de la naturaleza, y de su independencia con los distintos factores que la componen. Para comprenderlos no hay otro medio que acudir al pensamiento terico, partiendo de la base de que la ciencia del pensamiento es una ciencia histrica, la cual tiene tambin su importancia en lo que afecta a la aplicacin prctica, es decir,

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137aunque nos parezca paradjica e ingenua “la contradiccin de lo que sabemos y lo que ignoramos sigue siendo el mvil de la investigacin, en la bsqueda y explicacin de los hechos y los problemas”. No podemos olvidar ni puede escapar a nuestro discernimiento que la aparicin o logro de un descubrimiento lleva consigo la ignorancia de otros muchos. La ciencia como un producto general y espiritual del desarrollo social es un elemento integrador de la cultura de una nacin y est sujeta en sus limitaciones, o en su expansin, a las posibilidades que ofrece el modo de ser de la sociedad. Esto complica en grado sumo, su interpretacin a la luz de la historia. Las ciencias se influyen en plenitud dimensional por las concepciones y los progresos de la universalidad de su discurso y el especfico y peculiar desarrollo interno de cada una de ellas, a lo que se le adiciona el papel altamente motivador del genio humano, es decir del cultor de la ciencia. Dada la asimetra en el desarrollo socio-econmico del mundo que ha prevalecido y an se mantiene como norma de la civilizacin, un conjunto de pases acapara los ms relevantes xitos de la ciencia y de la tcnica, en otros, los ms, la investigacin cientfica y su aplicacin se limitan a ciertas ramas y siempre en forma restringida, lo que fragua el predominio de la ciencia en las grandes potencias y dimensiona su historia. Son ellas las que aportan ms descubrimientos y poseen el mayor nmero de investigadores. El resto de los pases, debido a su dependencia econmica y su ndice menor de competividad, constrie la esfera de la investigacin, lo cual no implica que no hagan o contribuyan con aspectos valiosos. La actual jerarquizacin de la ciencia no fue histricamente del mismo rango, porque este en definitiva est sujeto a las leyes del desarrollo de la sociedad humana. Esto prueba que el progreso cientfico est vinculado al sistema social imperante. La historia verifica el aserto de que todo pas, en alguna medida ha contribuido al acervo cientfico universal. En otro aspecto digamos que tanto la historia de la ciencia, como la propia de la medicina, con la salvedad de otras disciplinas, son relativamente nuevas, estn en pleno desarrollo metodolgico y estructural lo que equivale a admitir que an no han generalizado su nivel terico y sus interacciones con las fuerzas motrices que la promueven e impulsan en el contexto sociocultural. La historia de la ciencia no slo nos es til por lo que nos ensea sobre ideas y personalidades cientficas, lo cual es inexcusable. Sus expectativas son ms anchas y profundas, es promotora de heurstica, de formas educativas superiores, de mostrar nuevos senderos en la investigacin y su metodologa, y pauta el inextricable camino de la creatividad cientfica, ensanchando nuestro horizonte y nuestra visin de lo nuevo, y lo diferente. En sntesis tal como expresa Sarton, “es el ms precioso patrimonio de la humanidad”. En los tiempos modernos adems es un surtidor eficaz de proposiciones e hiptesis, con lo que se enriquece nuestro intelecto y lo conduce por el camino del humanismo.

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138Es una pena grande que esta materia no haya atrado a la legin de jvenes y modernos investigadores, que no la estudien consecuente y sistemticamente, que no se percaten de cun provechoso puede serle incluso en su trabajo prctico. Como disculpa para ello vale el hecho de que los historiadores no han tenido la suficiente habilidad para atraerlos con textos claros y sencillos, libres de la pesantez de la erudicin, y redactados con un lenguaje literariamente rico en expresiones que los inciten y los seduzcan, semejantes a ciertas obras de ficcin, de historia del arte y literaria. La mayora de los jvenes investigadores admiran la ciencia, por el maravilloso espectculo de sus aplicaciones, pero olvidan que en el trasfondo subyacen numerosas intuiciones y conocimientos tericos que podran ser muy valiosos, si se expusieran. A veces una idea cientfica no culmina aunque fuese bien concebida y ello se debe a que no existan las condiciones apropiadas, ni el colectivo cientfico las comparta, bien porque interrumpa bruscamente el raciocinio de su poca, o a consecuencias de la tozudez o inercia mental que los mantiene apegados a criterios anticuados y obsoletos. En otra vertiente, el espectculo maravilloso de la verificacin de un descubrimiento, encubre en mltiples ocasiones la ciencia terica y desinteresada que le sirvi de impulso. Un ejemplo de esto es posible identificarlo en la actitud asumida por el Colectivo Mdico Acadmico de Cuba y en el extranjero en el siglo pasado frente a la enunciacin de la teora finlayana de la transmisin de la fiebre amarilla por el mosquito Aedes Aegypti la cual fue acogida con indiferencia y temor. En ese tiempo no pareca concebible una tal teora a pesar de no ser extempornea por lo que no hubo comprensin para su real significado terico y sus derivaciones prcticas. En 1542 en De Contagione Fracastoto enunci la posibilidad de que existiera un conjunto de distancia, pero no conoca de tales enfermedades y para lo cual jams hubo comprensin. Por supuesto que Finlay no parti de esta intuicin, sino de algo ms concreto y moderno e ide la factibilidad de que el contagio se verificara por intermedio de vectores biolgicos. Podra argumentarse mucho ms en torno al valor de la historia de la ciencia, sin dejar de advertir que en la medida misma que se haga ms popular y menos profesional se pueden crear problemas y complicaciones graves que afectan la verdad cientfica. En mi opinin, ms que erudicin lo que ella reclama es valor moral, es decir una tica de la verdad, sin prejuicios ni chovinismos, ni exageraciones apologticas, ni denigraciones. La historia de la ciencia es un paradigma de la sabidura del intelecto en funcin del progreso humano. Hay quienes provocan incertidumbres y confusiones al utilizar una metodologa inadecuada, pero los ms daoso son los que persiguen deformar la historia con la aplicacin de la epistemologa, sobre todo si el autor persigue un fin premeditado para saciarse con una conclusin que fingidamente la ha preconcebido. Un ejemplo de esto lo ofrece el pequeo libro de la Delaporte, La historia de la fiebre amarilla cuyo

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139ttulo no se aviene con su contenido y en el que su propio rencor dice que est escrita como una historia detectivesca. l sienta como premisa una falsedad de la que no puede ofrecer un testimonio histrico verdico. Sobre esto ya me he referido en dos ocasiones distintas, una en Mxico en la seccin plenaria del III Congreso de Salud y Enfermedad y, otra en La Habana, en el paraninfo de la Academia de Ciencias donde le una conferencia titulada “En defensa de la credibilidad cientfica” donde rebato las argucias que sustenta por inciertas y se califica este libro como inconveniente y no til para la juventud estudiosa de la historia de la ciencia por atentatorio a verdades irrebatibles sostenidas por ilustres sabios, en diferentes congresos internacionales de medicina. Permtanme aadir otra reflexin. Si en los tiempos pasados se poda tomar la historia de la ciencia como deleite, reivindicacin o erudicin, a la luz del desarrollo actual es una imperiosa necesidad estudiarla e investigarla, con la misma acuciosidad y rigor metodolgico con que se exploran los ms complicados problemas de la biologa, la medicina, la fsica y la ciberntica y cuantas otras ciencias componen el firmamento infinito del conocimiento. Con la historia de la ciencia, se deshiela la ciencia y se hace entrar en ella savia nueva. El pensamiento nuevo sirve para ver ms hondo en la sabidura antigua. Peca de estulto quien no columbre que los tiempos son como sementeras revueltas que exigen que una y otra vez se acudan a los surcos que abrieron los prceres que nos precedieron para la difusin de la niebla de lo ignorado y abrir nuevos derroteros para el porvenir. No se puede minorar la ciencia porque en algn momento de la historia no pudo ni supo alcanzar la verdad. No se puede llegar ms all de lo que el tiempo permite y la sociedad necesita. Pretender algo distinto es como sembrar el caos. Los grandes corifeos de la ciencia cumplieron su misin, ahora tcanos a nosotros comprenderlos y hacer accesible su genio, popularizando y divulgando sus contribuciones cientficas en certmenes internacionales. Esta actividad podra atraer a gran nmero de intelectuales, tales como literatos, educadores, periodistas, escritores y hasta a los propios cientficos ¡Cunto ganara la cultura! La divulgacin cientfica es tambin un tema que exige historiarse. Quisiera recordar a algunas personalidades ms sobresalientes y que merecieron el premio Kalinga de la UNESCO, creado por iniciativa de Biju Patnaik a quien pude conocer personalmente durante mi estancia en la India. Los descubrimientos cientficos, las innovaciones tecnolgicas, surgen y se aceleran con violencia inusitada, de ah que se hace necesario darlas a conocer lo ms temprano posible a la opinin pblica. La ciencia hoy est tan diversificada que incluso muchos de los que trabajan en una especialidad ignoran lo logrado en otras, de las cuales pueden necesitar. Lo importante es que los divulgadores o popularizadores tengan un profundo sentido de responsabilidad hacia los lectores, una aguda conciencia de exponerla con seriedad y claridad. Para slo citar a algunos de los cientficos que abordan esta tarea magistralmente se pueden

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140mencionar entre otros a Louis de Boglie, en Certidumbre e incertidumbre en la Ciencia; Un planeta llamado tierra; Oparin, El origen de la vida; Jean Rostand La gnesis de la vida; Bertrand Russell, Impacto de la ciencia en la sociedad; Carl Sagan, Los dragones del Edn; Hawkins La historia del tiempo; Konrad Lorenz, Los 8 pecados mortales de la humanidad civilizada que lo convirti en un prominente miembro de la proteccin del medio ambiente; el reciente libro de Jos B. Altschuler La luz que lleg para quedarse, y qu decir de ese magnfico libro de Federico Engels Dialctica de la naturaleza, y el bello y esclarecedor Prlogo de J. B. S. Haldane, y para los ms relevantes cientficos de India, el libro de Jaggit Singh bajo el ttulo de Some Eminent Indian Scientist.Ojeada histrica de la ciencia en CubaLa investigacin histrica en nuestro pas, particularmente en las ciencias naturales y la medicina, es una tarea muy laboriosa porque su fuente documentaria es escasa y se encuentra dispersa. En lo que respecta al perodo que denomino “hispnico”, slo dependemos de las actas del cabildo, protocolos notariales y los fondos que se conservan en el Archivo de Indias y otros. La imprenta en Cuba lleg slo en la primera dcada del siglo XVIII. No obstante ello, ha sido posible agrupar algunos elementos culturales que pueden asumirse como los prstinos que dan origen al movimiento cientfico en la isla. A esto me he referido recientemente en conmemoracin de la eclosion cientfica. Es conocido, por haber sido divulgado ms de una vez, que en 1648 un nativo, un habanero como se llamaba entonces a los nacidos en la ciudad, lo cual les permita diferenciarse de los espaoles, Diego Vzquez de Hinostrosa viaj a Mxico para estudiar medicina, y regres a ejercer su profesin en La Habana. La importancia de esto estriba en la continuidad, pues este servicio era potestad neta de la metrpoli. Constituye un elemento cualitativo nuevo, al representar la actitud de nativos de adquirir por s mismos conocimientos, en este caso mdicos. Si bien no se puede interpretar como un desafo a las ordenanzas espaolas, s representa la expresin de una voluntad peculiar y quizs tambin de cierta habilidad de percatarse de una necesidad material, representada por la inopia de mdicos y la presencia de ciertas enfermedades, casi seguro epidmicas. Un ao despus de su salida, en 1649, aparece la primera y ms grande epidemia de fiebre amarilla que se registra en La Habana, aunque quizs pudo estar precedida de casos aislados. Lo cierto es que en esa fecha slo haba algunos cirujanos que fallecieron vctimas de la enfermedad. No es hasta 1651 que llega un doctor en medicina graduado en Sevilla, el doctor. Lzaro de Flores y Navarro, quien habr de figurar en los Anales histricos cubanos por haber escrito en La Habana, entre 1662-1773 un libro cientfico, el Primero, arte de navegar que por falta de imprenta se public en Madrid en 1673. Desde el punto de vista cientfico da a conocer las primeras explicaciones de fenmenos naturales que ocurren en la isla, tales como eclipses lunares, y mediciones

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141geoastronmicas. Formul nuevas tablas sobre la declinacin del sol, computadas al meridiano de La Habana. Hizo estudios, sobre el movimiento de las estrellas, tomando como gua a Tycho Brahe. Segn Fernndez Navarrete “aplic un mtodo nuevo, conforme a principios matemticos para resolver la ecuacin de las declinaciones del sol”. En su libro hace una mencin a Copernico, aunque era partidario de las doctrinas ptolemaicas. En verdad, en Amrica el introductor de la teora heliocntrica, fue el notable astrnomo y matemtico mexicano Sigenza y Gngora quien la dio a conocer en su Libra astronmica en 1681, lo que represent un verdadero desafo cientfico porque ella estaba considerada como subversiva y sujeta a la victimizacin por el Tribunal de la Inquisicin. En La Habana representaba al tribunal el notario Juan Bautista Guilisasti. Las aportaciones ms importantes y novedosas que ofrece Flores son sus observaciones de eclipses lunares los que utiliza para fijar la situacin geogrfica de La Habana y la diferencia de tiempo existente entre esta y Sevilla. La primera la efectu el 12 de febrero de 1663, que puede tomarse como la fecha primicial de una observacin cientfica en la isla. El segundo ocurri el 6 de agosto de 1664. El libro de Flores no circul en La Habana porque falleci casi simultneamente con su publicacin en 1673 y no existe constancia de que su viuda lo haya importado, y slo se pudo conocer por la cita que hace Delmonte y reproduce Trelles. No fue hasta su tricentenario en 1973 que se hace un anlisis crtico del mismo. Este incipiente y espordico cientfico de la isla guarda un cierto paralelismo con el de Mxico en el siglo XVI, es decir un siglo antes. No se puede olvidar que aquel es un producto de la atencin que se prest a la cultura indgena que cont con el apoyo de la metrpoli al despertar su inters de conocer la flora de ese pas, para lo cual envi con el ttulo de protomdico a Francisco Hernndez. Adems hay otros factores primordiales para crear una cultura cientfica que s se dieron en Mxico, como la imprenta (1539), carta geogrfica completa (1556-1562), universidad (1518) biblioteca (1534), primer mdico (1514). Todos comportan un sostn fun damental para los orgenes de la ciencia. Tras el regreso de Hinostrosa a Mxico y la defuncin de Flores la atencin mdica en La Habana queda en manos de cirujanos y ocasionalmente de mdicos de la Armada A fines de siglo arriba el doctor Francisco de Teneza y con l se inaugura las funciones del Tribunal del Protomedicato, anteriores a este slo vinieron un mdico espaol y otro de Mxico. El siglo XVIII se inaugura con un fortalecimiento de la posicin de los mdicos. Esto coincide con la aplicacin de la emigracin de cultura a Mxico, y un cambio significativo en su composicin, de estudiosos de derecho y cnones de medicina, y entre estos se revelan dos importantes figuras que cultivarn otros perfiles cientficos, que representan una modalidad cualitativa que arrojar luz, en el perodo que Le Riverend denominaba de “penumbra”. Estos son Francisco Gonzlez del lamo con quien comienzan los estudios de medicina de la isla y ser tambin el

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142primer publicista de un dictamen mdico que se dio a la imprenta en Mxico ante la imposibilidad de hacerse en La Habana, y que an permanece perdido. La noticia llega a travs de la obra histrica de Arrate y consta en las actas del cabildo del 3 del junio de 1711. El 12 de enero de 1726 en el convento de San Juan de Letrn se inaugur el primer curso de medicina, que se desarroll en aos sucesivos con tanto xito que cuando se cre la Facultad de medicina, de no haber fallecido Gonzlez del lamo habra sido su decano y profesor de fisiologa. Sus alumnos fueron profesores de la Pontificia. El segundo lleg a ser la personalidad cientfica ms relevante de la primera mitad del siglo XVIII, su nombre Marcos Antonio Riao de Gamboa. Graduado de mdico en Mxico, desde estudiante se mostr interesado en matemticas, a extremo tal que se present como concursante a la ctedra vacante por la muerte de Carlos Sigenza Gngora en 1769; al parecer no tuvo xito, se desconocen sus ejercicios por lo que no se pueden valorar sus conocimientos al respecto, pero evidentemente que esto lo mantuvo como una vocacin, pues si bien regres a La Habana a ejercer su profesin, en 1706 marcha a Cartagena de Indias donde lleva a cabo estudios de astronoma, quizs estimulado por las observaciones primeras que inicia la metrpoli con el propsito de determinar las posiciones geogrficas de los puertos y ciudades de las colonias ultramarinas, obligada Espaa ante la necesidad de establecer un sistema militar defensivo, particularmente en los poblados o ciudades costeras. Uno de estos ingenieros militares fue Juan Herrera quien haba permanecido en Cuba durante siete aos. En 1769 el gobierno espaol le orden trasladarse a la ciudad de Cartagena de Indias. All se encontr con Riao de Gamboa, quien ejerca la medicina y al parecer lo influenci hacia el estudio de la astronoma. Ambos hicieron observaciones conjuntas. J. Cassini director del observatorio de Pars, recibi una coleccin de observaciones astronmicas realizadas en Amrica, entre las que se hallaban las de Herrera y Riao de Gamboa las cuales public en 1729 en las Memoires de Academie Royal des Sciences. En ese estudio afirma que Riao fue el primero que hizo la determinacin de la altitud de La Habana efectuando la observacin de cuatro eclipses de luna y la ocultacin del primer satlite de Jpiter con un telescopio de diez pies y un pndulo. Los eclipses tuvieron lugar en los aos 1715, 1721, 1724 y 1726, el fenmeno de Jpiter en 1724. Tambin hizo la medicin de la altura de Sirio y Procin en 1717. Cassini en la poca en que calcula estas observaciones de Gamboa, las compar con otras observaciones correspondientes hechas en Europa. Las de Riao slo tuvieron un error, menor de 45. Humboldt sostuvo que en cuanto al interior, la isla de Cuba era una tierra desconocida, lo que no se ajusta enteramente a la verdad, porque Riao haba estudiado la altura meridiana de Trinidad, Sancti Spritus y Puerto Rico. El artculo publicado por Cassini fue uno de los que le sirvieron de base a Humboldt, quien dice: “Cre indispensable dar esta resea histrica” la que constituye el captulo primero de su Ensayo poltico con el fin de que “el lector pueda comprender los motivos que

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143han determinados el camino que sigo. Me remontar hasta la poca de las observaciones de Gamboa, es decir, 90 aos atrs...”. Riao tambin mereci citas de la Sagra y Oltmanns. El artculo de Cassini fue traducido, comentado, y publicado en Quipu en 1989 por Lpez Snchez. Riao falleci en 1729 y parece que fue en Mxico porque la noticia la ofreci La Gaceta de Mxico donde se dice que fue famoso mdico y revisor de libros del Santo Oficio de la Inquisicin. Sus trabajos le confieren el ttulo de primer Astrnomo de Cuba, y primer expositor de observaciones cientficas, los de Flores aunque le antecedieron no fueron conocidas hasta el siglo XIX en Cuba. Otro cientfico e ilustrado habanero y condiscpulo de Riao en la Universidad de Mxico lo fue el doctor Jos Escobar y Morales, descendiente de una familia de mayor linaje que los precedentes, hijo de un alcalde y regidor del ayuntamiento de La Habana. Esto puede servir como un indicio de la expansin del inters y la necesidad hacia la cultura cientfica que se desarrollaba en ese perodo. Se gradu de mdico en 1702 e hizo sus prcticas con uno de los ms notable catedrticos, de su tiempo, el profesor Marcos Jos Salgado, autor del primer tratado de Fisiologa escrito en el continente americano. Se gradu de doctor en derecho civil y fue nombrado abogado de la Real Audiencia. Por ms de 20 aos desempe la ctedra de matemtica y astrologa. Mdico del Hospital Real de Indios, se dice que jams dej de asistir a la atencin de sus enfermos, no obstante sus importantes obligaciones. En 1736 Mxico fue invadido por una epidemia o fiebre pestilencial, como se denominaba en ese tiempo, conocida por Matlazahualt o Cocolixtle, sobre cuya enfermedad public un folleto. Dcese que falleci a causa de ella. En La Gaceta de Mxico se le califica “como uno de los nobles ingenios de que es tan fecunda nuestra Amrica”. Al arribarse a las primeras dcadas de este siglo la emigracin cultural no slo se reduce, sino que cambia de orientacin: ya no van a estudiar medicina, slo individuos aislados, no obstante ser muy reducido el nmero de mdicos y cirujanos que vienen de la metrpoli, y las condiciones de salud de la poblacin empeoran a causa del abarrote de extranjeros venidos por el incremento del comercio martimo. La otra vertiente, siempre muy pequea, la observacin de fenmenos astronmicos y su aplicacin para las determinaciones geogrficas, no sustancia propiciamente el inters de los criollos o habaneros, el caso de Flores se justifica, el de Riao es una seduccin por el ambiente que encontr en Cartagena, ni siquiera Espaa estuvo interesado en estas actividades hasta que las necesidades militares las requirieron. Humboldt prest atencin preferente a estos estudios de precisiones geogrficas en los pases de Amrica que visit, entre ellos la isla de Cuba, motivado por su espritu de explorador inquisitivo sobre un aspecto poco conocido de la realidad territorial de Amrica. Por insignificante que parezca el rudimentario comienzo de la cultura cientfica cubana este es el germen de partida

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144de una necesidad histrica, la de ir formando su cultura propia, unvoca, antes de culminar su emancipacin definitiva. Este es el destino inexcusable de los pases perifricos hacia su centro, en este caso, Espaa. El estudio de este proceso no es slo fascinante, sino consustancial, para identificar y valorar adecuadamente los esfuerzos que hicieron estos pases para conquistar su independencia. En Amrica quien tuvo una situacin de privilegios fue Mxico, gracias a la conservacin de sus culturas originarias autctonas, el que alcanz el ms alto nivel de desarrollo del que pudo aprovecharse en cierta medida Cuba por su emigracin de cultura, cuyo espectro cambi en el siglo XVIIIcuando se concentr en estudios distintos, con preferencia derecho cannico y leyes, lo que puede explicarse por un aumento de las actividades religiosas con la fundacin de las iglesias y conventos y las necesarias actividades jurdicas que generaban los negocios y el comercio. En 1711 Espaa decide por fin establecer el protomedicato en la isla y nombra como regente a Francisco de Teneza y aos despus en 1728 como segundo a Luis Fontaine, a la sazn decano de la Facultad de medicina, quizs con la intencin de correlacionar a ambos. El protomdico Teneza cumpli bien sus funciones como tal, implantando y haciendo cumplir las ordenanzas legales reguladoras del ejercicio de la profesin de mdico, cirujano y farmacutico. Desempe un papel positivo en los propsitos de laicizar a la Universidad, litigando contra el hegemonismo absoluto de la Orden de los Dominicos en esta institucin. Fue el principal redactor de la Tarifa de precios un documento valioso no slo porque constituye el primer impreso cubano, sino porque sentaba las bases para el despacho y venta de medicinas con lo que resolva un grave problema en su tiempo, pues no exista un control sobre cules medicamentos podan recetarse a los pacientes, as como la normalizacin de sus precios poniendo fin al mercado especulativo. Despus de Teneza y Fontaine el protomedicato hasta su extincin estuvo bajo la gida de los mdicos habaneros graduados en la Universidad. El otro instrumento discursivo de excepcional importancia aun cuando estuviera limitado por su carcter pontificial fue la Universidad erigida en 1728, la que contribuy a dar forma y carcter a los estudios superiores que se podan realizar: medicina, cnones y leyes. No obstante el estatismo de estas instituciones hubo un adelanto en la formacin de la cultura cientfica. El ingreso en la Universidad estaba precedido por la obtencin del grado de bachiller en artes o filosofa y no obstante la fuerte influencia del aristotelismo se pudo avanzar. Lo paradigmtico de este perodo es la controversia de opiniones, la lucha por la introduccin de nuevas ideas, en especial en filosofas, esto correspondi al Colegio Seminario de San Carlos, con las lecciones del padre Jos Agustn Caballero; los estudiantes con independencia de su condicin social estaban inmersos en estos debates, lo que tambin ocurra con el profesorado. El hecho de que un gran nmero de estudiantes fueron de familias ricas, no entorpece su asimilacin hacia nuevos conceptos.

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145Con reiteracin se ha insistido en la necesidad de profundizar la investigacin histrica del siglo XVIII, muy cuajado de rivalidades y antagonismos en el dominio de las ideas, raciocinios, opiniones y creencias que a la postre motivaron el florecimiento de lo cientfico natural por una parte y el resquebrajamiento de la arquitectura estructural del pensamiento escolstico por otra. Con la llegada del nuevo siglo comienzan cambios importantes en lo econmico y en lo demogrfico. La poblacin aumenta a expensas de una crecida inmigracin de extranjeros que no poseen conciencia de la dinmica social que prima en la isla e insta a una diferenciacin ms sostenida acerca de los atributos del poder de “dentro”, es decir de los que de algn modo poseen raigalidad en la isla y los de “fuera”, los advenedizos, en trnsito o no, que vienen desde la metrpoli tras una ubicacin econmica. No exista an propiamente una capa media, excepto la de los artesanos. A los seminarios y a la Universidad acudan criollos de diferentes capas sociales siempre que fuesen cristianos blancos. El perodo de 1740 a 1790 presenta rasgos muy complicados en las relaciones y antagonismos entre los religiosos y los laicos. La Universidad recin creada sufri los embates de unos y otros y las pretendidas reformas que se insinuaron se reducen al propsito de modificar el rgimen de su autoritario gobierno. Los graduados de medicina, los ms numerosos, poco nuevo aportan en sus tesis doctorales, no rebasan los niveles del siglo XVII. En los aos de 1762 a 1763 ocurre la toma de La Habana por los ingleses. Su repercusin fue grande en Cuba y Espaa, pero nada influy en el movimiento cientfico, por lo menos de inmediato y durante la ocupacin. Slo puede sealarse que hubo una gran epidemia de fiebre amarilla, ante la cual los mdicos ingleses se mostraban ignorantes, su experiencia estaba limitada a unos pocos que haban ejercido en las colonias anglfonas del Caribe. Se dice, sin constancia protocolar alguna que el mdico Jos Arango Barrios llev a cabo por primera vez necropsias de fallecidos. Desde el punto de vista de esta prctica no es nada novedoso, pero s que fuera en cadveres de defunciones por fiebre amarilla. Una vez evacuada la plaza, Espaa se preocup no slo por las construcciones militares, sino tambin civiles para mejorar su aspecto urbanstico e inici medidas de higiene pblica. Veinte aos despus de inaugurarse el Seminario de San Carlos se constituye la Real Sociedad Patritica, tambin denominada Sociedad Econmica de Amigos del Pas. Ya esto va a corresponder a un perodo de excepcional importancia y notable especificidad en lo tocante al progreso de la cultura, la ciencia y la economa que tiene lugar en la dcada de 1790 a 1800. La comprensin cabal de la cultura discurre a veces sin que se perciba en toda su extensin e intimidad. Existe una forma externalista que se da a conocer por los diferentes medios de expresin y sus variantes, la escrita y la oral, pero otra muy decisiva para el curso de los acontecimientos que es la internalista o

PAGE 147

146acumulativa que adquieren de motu propios, grupos de individuos a travs de lecturas, estudios y formas mltiples de adquirir conocimientos y que no afloran, porque las circunstancias materiales no se conjugan y la necesidad no la urge. Este fenmeno ocurri en la isla en el curso de varias dcadas del siglo XVIII debido al tardo desarrollo de la imprenta, a la falta de instituciones educativas acadmicas, o de otra naturaleza y, a las contradicciones entre los principales centros de difusin y las dificultades provocadas por la opresin mental del ambiente frenador de la libertad de expresin, impuesto por los despticos gobiernos de mandones y lucrosos, propios del perodo factorial, as como la no concrecin de nuevas formas econmicas. Estas se presentan en el estadio colonial en el que primar el ms alto grado de cultura integradora que incita a la divulgacin literaria y la aproximacin a la ciencia. A la nueva clase que surge le interesa el desarrollo por vinculacin indisoluble al destino del pas. De habanero se pasa a ser criollo y se tiende a la modernidad, para sostenerse y poder avanzar. En esta vorgine de cambios socio-econmicos se privilegia la formacin y la manifestacin cultural dando lugar a la creacin de centros de estudio, de sociedades que permitan el intercambio de ideas, propsitos y aspiraciones, y a la necesidad de medios de divulgacin de tales aspiraciones. Este fenmeno ope ra en La Habana entre los aos de 1773, en que se funda el Seminario de San Carlos, a 1793 en que inauguran los trabajos de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas y en el interregno la publicacin del Papel Peridico de La Havana en 1790. En este punto crucial se observa la llegada de un proceso que va a generar una aceleracin que se corresponda con las innovaciones que se han estado produciendo en el interior de la isla, y concomitantemente con los que se suceden en las condiciones internacionales que abren cauces a la libertad de comercio, que aparej una influencia decisiva sobre las bases econmicas y sociales creadas a lo largo de este perodo. Lo ms sobresaliente de est dcada de fines del siglo XVIII y que ms ha impresionado a los historiadores es el violento salto que se produce en el desarrollo de la economa, cuyo rasgo esencial es la contienda por crear una slida produccin de azcar para la exportacin y cuyas posibilidades aparecen ms firmes cada da. Desde tiempo anterior, la isla vena experimentando un creciente progreso agrario en el cultivo de la caa de azcar, aunque a ritmo lento, porque este exiga una fuerza de trabajo de la que se careca, si bien los factores como tierra frtil, bosques, ganado y utensilios de trabajo s se posean. Para suplir la falta de brazos se comenz la importacin de esclavos negros acrecentndose con un carcter social distinto al de la esclavitud domstica. En este auge azucarero intervinieron accidentes histricos independientes del quehacer propio, de carcter internacional, tales como la declinacin de las colonias inglesas caribeas, la ruina de Hait y la aparicin del mercado independiente de los Estados Unidos, sin descartar los propsitos y afanes de la poblacin criolla de incrementar sus recursos agrcolas orientndolos hacia los

PAGE 148

147cultivos ms deseables y utilitarios, para eso se requera protagonizar conocimientos tcnicos ms avanzados devenidos o procedentes de las ciencias naturales, lo que implicaba una tendencia a la cultura escolstica predominante. Fue en el seno del Colegio Seminario de San Carlos donde adquiri cuerpo de enseanza una nueva filosofa que deba guiarse “por lo que parezca ms conforme a la verdad, segn los nuevos experimentos que cada da se hacen y las mayores luces que se adquiera con el estudio de la naturaleza”. Es evidente, como dijera Mart, “que cuando las condiciones materiales cambian, tambin cambian las ideas de los hombres”, pero este es un camino muy complicado que requiere mucha decisin y hay que decir que mucho honra al padre Caballero que no se dejase extraviar por el limitado estado de los conocimientos cientficos de su poca en la isla e insistiese en su filosofa en elegir aquellos postulados que mejor sirviesen a concepciones nuevas y desechar las anticuadas. Esto naturalmente es un proceso histrico y como tal requera el constante fluir de ideas que en el caso cubano, fue un perodo relativamente corto, si se referencia con el ritmo de cambios que ocurran en la economa. La escolstica no poda ser derrotada de una sola vez, tampoco las transformaciones se sucedan todas al mismo tiempo. La publicacin del Papel Peridico... fue otro instrumento indispensable para validar en la opinin pblica conceptos y nociones nuevas del reformismo electivo liberal. El padre Jos Agustn Caballero ser su principal mentor ideolgico. Los ingresos provenientes del peridico se invertiran en la formacin de una biblioteca de la que fue director Antonio Robredo, astrnomo que colabor con Humboldt en sus investigaciones geoastrnomicas. El Papel Peridico... fue un vehculo idneo y comprometido para estos propsitos. No es fcil identificar a todos los autores, pues mucho suscriban con seudnimos sus artculos y son un enigma, pero obviamente una gran mayora se debi a Caballero, otros los relativos a medicina son de Romay, quien tambin us como seudnimo “Matas Moro”. El primer artculo sobre la fsica en 1791 que parece ser de Caballero “es una franca impugnacin a la escolstica, confeccionado en el nuevo espritu cartesiano y newtoniano, con audaces citas de Arnauld”. En 1797 como resultado del estmulo que va produciendo la actividad intelectual que tiene lugar en la sociedad, la propagacin del peridico as como la necesidad de abarcar otros aspectos, ven la luz numerosos folletos que aparecen simultneamente a lo largo de ese ao, as como tambin algunos pronunciamientos que revelan cambios en la mentalidad de los educandos. He dado en llamarlo el Ao de la eclosin cientfica. Rene en su conjunto el inicio u origen de la bibliografa cientfica moderna, y no slo de los criollos, sino tambin de espaoles entre los cuales se revelan evidentes contradicciones, inclinndose la modernidad a favor de los criollos. El que inaugura la eclosin es una disertacin de Romay en el seno de la Sociedad sobre la fiebre amarilla, que

PAGE 149

148responde a una necesidad material, pues esta enfermedad epidmica se mantena activa desde 1762 coincidente con la ocupacin de La Habana por los ingleses, y los mdicos se muestran confusos e ignorantes en su aspecto clnico-teraputico. Fue una sesin histrica a la que asisti la mayora de los mdicos que ejercan en La Habana, que se mostraron conformes con sus opiniones y pidieron su publicacin. Escrita en un estilo acorde con el lxico de la poca, present un plan distinto a todo lo que se haba publicada hasta entonces por otros autores, incluidos espaoles y norteamericanos. Su importancia estriba en que se pronuncia contra la corriente en boga de considerar a esta enfermedad “contagiosa”. Esta opinin fue objeto de una polmica con el mdico espaol Francisco Xavier de Crdoba y el cirujano ingls John F. Holliday. La conducta asumida por Romay revela una intuicin sorprendente, es una primera manifestacin del anticontagionismo en esta enfermedad cuya primera indicacin se atribuye a Jean Devze hecha en ocasin de la epidemia de 1793 en Estados Unidos. Esta tendencia se concreta en 1799 cuando se funda la Academia de Medicina de Filadelfia. La fiebre amarilla fue un muy importante problema epidemiolgico a nivel mundial, a extremo tal, que cuando estall la epidemia de Gibraltar, Francia envi una comisin para su estudio la que se pronunci a favor del contagio directo, lo que gener un debate entre Pariset y Chervin. Este emprendi un periplo por Amrica y estuvo en La Habana, donde se entrevist con Romay quien le facilit numerosas pruebas a favor del anticontagionismo de la enfermedad. El contagio personal estaba muy arraigado entre los mdicos de todo el mundo a extremo tal que un notablisimo experimentador italiano, Eusebio Valli, estuvo en La Habana para llevar a cabo su experiencia lo que no impidi su muerte. En aquellos tiempos se dijo que la causa fue el terror que le inspir el espectculo de los das finales de los amarlicos. En su refutacin a Holliday, Romay expresa este pensamiento antiescolstico y de entera modernidad: “El hombre que piensa no se convence con autoridades sino con hechos y razones”. Del seno de la Sociedad Econmica va a emanar la cultura cientfica, all se van a difundir nuevas ideas y opiniones que generarn conocimientos, poco se poda esperar de la Pontificia que se mostraba incapaz de ponerse al corriente de la ciencia moderna. La falta de estudios de matemtica y fsica era un impedimento, incluso para la medicina que bien la necesitaba para su desarrollo, as como tambin de la qumica y de la botnica. En la Universidad se defiende a ultranza la enseanza tomista. Las pretendidas reformas se estancaban. Los intentos de Nicols Calvo de la Puerta y O’Farrill de promover estudios de botnica y qumica se frustraron. Importa saber que este criollo hacendado rico era una figura intelectual de primersimo orden. Su elogio estuvo a cargo de Jos Agustn Caballero quien expres que era una figura de excepcional cultura cientfica, filolgica y lingstica. Y un poderoso hacendado sacarcrata.

PAGE 150

149Caballero fue el primero en lanzarse al reclamo de una reforma integral de la enseanza desde la primaria gratuita hasta la universitaria comenzando por esta. A este programa se asoci tambin Romay. El espectro de problemas que constituy el quehacer de la Sociedad Econmica rebasa todo esquema. En su seno se debate, hay controversias y antagonismo, pero siempre prevalece el espritu renovador; se funde lo material con lo espiritual y prima el propsito de desarrollar la economa; se interesan por la agricultura y la industria azucarera. La caracterstica de este siglo XVIII, en la isla tendr cierta semejanza con el de la metrpoli, el enfrentamiento de dos bloques, uno animado de una decisin irrevocable, con firme confianza y ardor generoso en su misin de que los cubanos entren en posesin de una cultura propia, en tanto los otros continan en su rutina petrificados. Todo descansar en tres reformadores: Arango y Parreo, portavoz e ideolgico de la economa azucarera; Caballero, insuperable y audaz, enseando un nuevo modo de pensar, de batir la inercia educativa y promover cambios en las costumbres sociales; y Romay, metdico, erudito y decidido partidario del progreso de la ciencia e incluso de cambios, no por tmidos importantes, en poltica, como constitucionalista y a favor de mantener un equilibrio poblacional. No fue rico ni posey haciendas. Lo ms notable no es, sin embargo, el conjunto de temas que se aborda este ao de 1797, sino que expresa una dilatada inquietud intelectual, que no rehusa la lucha de opiniones. Ya lo he manifestado antes, la Eclosin cientfica se produjo ese ao de 1797, adems de la Philosophia electiva y la Disertacin sobre fiebre amarilla aparecieron otras publicaciones como la de Morejon y Gato sobre variedades de suelos y anlisis de los mismos de Martnez Campos sobre el mejor modo de fabricar azcar. Se introduce adems una importante innovacin tecnolgica: la aplicacin de la mquina de vapor a la produccin azucarera. No tuvo xito, pero no se desanimaron y afirmaron que nada persuade que se ha de despreciar esta mquina, porque corrigindola o disponindola con ms acierto podra ser de gran beneficio, lo que es una gran prueba del espritu que inspiraba a los criollos. Estas publicaciones aparecidas despus de 1790 constituyen una hontana de conocimientos nuevos que da cuerpo a la gnesis de la cultura cientfica cubana que exponen y defienden los habaneros transpuestos ahora en criollos. A la vanguardia, al frente de la cual marchan los nuevos capitalistas o sacarcratas formados a virtud de la explosin azucarera que comenz en 1792, ao en el que culmina un continuo ascenso en la exportacin del dulce producto que se convierte en el rengln ms importante del comercio con Europa y despus con los Estados Unidos. Esto no fue una consecuencia del aumento de la productividad del trabajo, ni de los avances tcnicos, a pesar de su relativo alto nivel, sino al incremento de la masa de esclavos negros y a los acontecimientos polticos que ocasion el colapso de Hait, el ms importante productor en ese tiempo de azcar y a la decadencia de las colonias inglesas.

PAGE 151

150El padre Caballero refirindose a la situacin que surge en estas dcadas y que preludia un espritu vivificante y un auge sostenido, dice: De repente –despus de tres somnolientas centurias se produce un sbito progreso en lo material y cultural. En la isla se apodera de la mente de sus ms esclarecidos hijos un afiebrado proceso, un vertiginoso quehacer econmico y comercial que hace del puerto de La Habana, una olmpica arribada y salida de barcos cargados de mercancas, producto del desarrollo agroindustrial en el que figura en primera lnea el azcar, seguida del caf y residualmente el tabaco, recibiendo a cambio dinero y no slo por transacciones mercantiles, sino por lo que fue el capital ms preciado de los hacendados, el malfico negocio de la esclavitud. No fue un trnsito acomodaticio y sin colricas injusticias, no lleg, como dijera Marx del capitalismo europeo, “con lodo y sangre”, pero s con fuego de vegas y montes y vidas de negros esclavos. Las frtiles y bien regadas tierras del valle prdigo de Gines, fue el primer objetivo de los dueos de ingenios, criollos acaudalados devenidos aristcratas, y los que queran instalar nuevas fbricas o agigantar las suyas. El conde O’Reilly, testaferro de don Luis de las Casas, capitn general de la isla, Arango Parrao y Nicols Calvo son los primeros en abalanzarse sobre las feraces tierras bermejas del valle y desalojar a los cultivadores pobres de tabaco. Hay que decir que tras esta invasin se dio inicio y rpido desarrollo a la ms importante aventura intelectual y del espritu. Aquellas lluvias trajeron estos torrentes. Y hemos visto la labor prolfica realizada por la Sociedad Econmica, los escritos divulgadores del Papel Peridico... y los esclarecedores conceptos que introdujeron los adalides de este movimiento intelectual. En poco tiempo los azucareros dominaron tcnicamente el mercado azucarero, dieron cabida a las ms depuradas innovaciones y se apoderaron de cuanto conocimiento les fuera til y provechoso a sus fines. No exista un texto en espaol que enseara sobre azcar, la mejor y ms conocida obra era la de Dutrone de la Couture y Corbeau, la Biblia de los azucareros y decidieron traducirla. Trabajaron en ella Pablo Boloix, Calvo y el padre Caballero para perfeccionar el espaol, como hiciera antes con la memoria de Eugenio de la Plaza sobre las abejas. Ya Caballero haba emprendido una cruzada a favor de perfeccionar el conocimiento de la gramtica del espaol, pues estaba consciente de que el latn no era apropiado para la nueva terminologa cientfica y tcnica, ni para expresar nuevas ideas filosficas, por lo que era una necesidad insoslayable, crear palabras y trminos nuevos, y expresar con claridad el modo de decir y de escribir el espaol. No haba ctedra en el Seminario de San Carlos, ni se cre de inmediato. Slo en el convento de San Agustn, una sola clase a la semana y la Pontificia continuaba slo con el latn. La afirmacin de que “el mundo del criollo del siglo XVIII estaba marcado por los elementos de una sociedad que an no se haba definido intelectualmente en la bsqueda de una expresin propia” es

PAGE 152

151algo insostenible a la luz de la aparicin y desarrollo de conceptos nuevos y la presencia de instituciones modernas, marcadas por su aspiracin a contravertir la decadente cultura que Espaa haba exportado hacia la isla, la que suscit polmica a tenor de las imperiosas necesidades, ms econmicas que polticas. El debate no lo presida un propsito de ir en contra de la cultura cientfica de la metrpoli sino el designio de superar el atraso propio, de sacudir la rmora que impona el poco inters por las ciencias naturales. Esto fue obra sutil, silenciosa, acumulativa hasta que condiciones ad hoc la hicieron realidad en la ltima dcada del siglo, particularmente en 1797. Aunque insuficientes a nivel europeo nadie podr negar que se ofrecen claros exponentes que abrirn cauces a ms altos alcances, de inicio en los campos de la agricultura, la medicina y de las innovaciones tecnolgicas y preferentemente en la reforma de la filosofa. El objetivo primero es reducir la influencia teolgica y abrir las mentes a la consecucin de lo terrenal representado por la agricultura y el comercio, para lo cual se requera, una mayor perfeccin de sus conocimientos primordialmente de la fsica natural, la qumica y la botnica, cuya enseanza debe crearse y divulgarse sin dilacin. Para ellos es imprescindible crear en la nueva generacin de criollos inters por la ciencia, dotarlos de un pensamiento distinto, a los precedentes, no importa su empirismo, lo importante es que no se espaolicen como Espaa rehus en su inicio europeizarse. El exponente principal en la isla lo dictar un proceso cuyo elemento cardinal es el de ser propio. La burguesa –como clase social– se siente capaz por s misma de acometer esta empresa, una de sus ventajas es que en ella bulle un espritu de apoyar y abrazar toda novedad. El siglo XVIII en toda su extensin, no es continuo, tuvo que enfrentar dos interrupciones en su curso histrico, uno extemporneo, la conquista de La Habana por los ingleses, un fenmeno de apreciacin controvertible. Otra de sus crisis peridicas, la ms importante segn Arango, la de 1779 a 1785 en la que se perdi toda la proteccin secreta. A esto se puede adicionar que Espaa era un pas dbil, con una Inquisicin que paralizaba la audacia intelectual y someta la inteligencia para lo cual tena un basamento teolgico muy slido, que exclua toda filosofa aferrada a un escolasticismo intransigente. En la isla la creacin cientfica fue espordica, y muy reducida, pero el hecho de tener escasa precedencia le facilit introducir, sin grandes pugnas internas, nuevas ideas en la cpula intelectual. Toda ciencia en su desarrollo pasa varias fases, comienza con una necesidad prctica derivada de la materializacin de la necesidad que en esencia originan los imperativos econmicos y sociales, pero no exclusivamente, pues a ellos se auna la habilidad individual para captar conocimientos, al principio precarios y no correctos, pero por su propio y lgico desarrollo interno conduce estadios ms elaborados y complejos que obligan a pasar de lo concreto a lo abstracto, y de ah a la fundamentacin terica, lo que abre cauces a

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152formulaciones ms generales y pensamientos ms elaborados hasta alcanzar una estructura con perfiles independientes, separndose de otros conocimientos afines, as lo que comenz siendo una sola ciencia gener otras que tambin se hicieron independientes con objetivos especficos. En la isla deba vencerse una situacin sui generis y poco favorable para alcanzar o constituir un nivel cientfico justo para la solucin que reclamaba su progreso. Este lo determinaba el hecho de que la enseanza que abra la perspectiva para una etapa cientfica superior era posesin de los seminarios religiosos que imponan limitaciones. Para cambiar este esquema mental haba que transformar este estado de cosas, principalmente a los profesores en sus ideas y mtodos de enseanza, y esto no era fcil de reemplazar, de ah la urgencia de crear al margen de las instituciones oficiales, ctedras libres o sociedades. La modificacin parcial que sufri el Seminario de San Carlos, se debi a Caballero quien comprendi, y fue el primero, que el pas requera para su crecimiento y avance que el pensamiento tomara otro curso. El siglo XVIII en Espaa, sobre todo su segunda mitad, es algo que incita a la meditacin ms profunda, y aviva las inteligencias apasionadas. Tiene una dimensin que rebasa fronteras e implicaciones no slo en el mundo material, sino en el espiritual y moral. La isla de Cuba en la periferia lejana de la metrpoli tambin se har eco de tales cambios, no con la intensidad y profundidad que recorri Europa y en menor medida Espaa. La poblacin joven que naci en la isla, descendientes de espaoles, comienza a ver el pas con ojos distintos y percepciones nuevas. En un siglo de renovacin, bastara compararlo con los precedentes, para advertir que en el basamento socio-poltico se suceden desafios encubiertos y rivalidades ocultas, sin que esto entrae cambios bruscos ni repentinos. Ninguna institucin se derrumba y la religin no se transforma, pero s se propender a cambios en los cultivos y en la propiedad, incluso la esclavitud pasar de domstica y moderada a convertirse en la fuerza de la produccin. Las vegas de tabaco dejarn paso a la caa, y es en este perodo que tiene lugar lo que Fernando Ortiz denomin magistralmente, “contrapunteo del azcar y el tabaco”. Con el ascenso al poder de Carlos III, surge una tendencia hacia la novedad. No podemos detallar todas las alternativas ocurridas en la metrpoli, tambin es muy difcil precisar el influjo directo que esto pudo ejercer sobre la isla, aunque s podemos admitir que aparecieron ejemplos impresionantes de surgimiento de instituciones, la ms sobresaliente, sin duda, fue la fundacin de la llamada Sociedad de Amigos del Pas, y lo cito, porque esta fue sin duda la mdula de los progresos en la isla. Se constituy con las ms prominentes e ilustradas personalidades nativas empeadas en el avance de la educacin y la ciencia. A lo largo de este siglo tienen lugar en Cuba dos hechos que aun cuando no implican modificaciones en la estructura intrnseca de la sociedad, es decir ni

PAGE 154

153en lo econmico ni en lo poltico, se reflejarn en las mentes de los criollos me refiero, a la conquista de La Habana por los ingleses y la ruptura del monopolio comercial. En el orden de la educacin, la religin y la cultura, tendr repercusiones la expulsin de los jesuitas en 1767 que har a dominicos y agustinos coaligados monopolizar el poder absoluto en estas esferas y frustren las aspiraciones de una parte de la sociedad que peda que los ignaciones abrieran colegios y se impartiera una enseanza en ms amplia escala. Tambin se le atribuye como causas cierto retraso en la promocin de la ciencia, porque se les atribua cierto gusto por esta, olvidando que a ellos les fascinaba ms el latn. El hegemonismo de los dominicos paraliz los intentos de reforma en la Universidad, consolidndose bajo su gida como un baluarte del pasado, ayudando a la tecnologa frente a la filosofa. Esta disquisicin tiene como objetivo probar que el siglo XVIII, en particular, sus ltimas dcadas, define claramente una bsqueda de una expresin propia sustentada en la reforma filosfica, por lo que a pesar de todo e indirectamente influy en la Pontificia, a travs de los estudiantes que procedan del Seminario de San Carlos. Ya hemos visto el papel de Caballero. En otro sentido es evidente que el aristotelismo tambin result ligeramente modificado, como expuso Le Roy. Lo ms sorprendente, aunque se trate de disminuirlo, es la exposicin de la doctrina del sistema heliocntrico de Coprnico. Este sistema fue quizs el ms debatido en el curso de los siglos, y ms acremente despus de Galileo. Su historia sera demasiado extensa para poder exponerla en esta oportunidad. Lo que nos importa aqu, en este momento, es reafirmar que en 1797, entre los elementos constitutivos de la Eclosin cientfica, se incluye que el estudiante de medicina, Manuel Clvez y Gonzlez, procedente del convento de Santo Domingo defendi en uno de sus quodlibetos esta proposicin. “En lo que respecta al sistema del mundo de los fenmenos se ven, explican y acomodan mejor por el sistema de Coprnico”. Admitir y sostener en la Pontificia esta sentencia es un acto de rebelda intelectual. Recurdese que no fue hasta 1820 que se suprimi del ndice de los libros prohibidos el De Revolutionibis y slo aceptado en 1747. Los que se arriesgaban a exponer el sistema se referan ms bien como hiptesis. Es curioso, pero en diciembre de 1796, ve la luz en el Papel Peridico de la Havana, un artculo firmado con un seudnimo indescifrable hasta ahora, refutando el sistema de Coprnico y de inmediato nos asalt la pregunta qu lo motiv? Porque en ninguna publicacin haba aparecido exposicin o alusin alguna a Coprnico. La nica explicacin podra ser que este asunto se estuviese enseando en algn aula, lo que sera un antecedente de lo que seis meses ms tarde habra de ocurrir. Clvez y Gonzlez se manifiesta como una personalidad con un carcter independiente que se rebela contra el mtodo dogmtico que se ensea en su tiempo. En su tesis para optar por el

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154grado de Bachiller en Medicina, recusa al decano Ayala como miembro del tribunal porque este le exige modificaciones en sus quolibetos, y lo amenaza con la reprobacin si no accede a cambiar el carcter de sus proposiciones experimentalistas que se dispone defender. No slo rechaza este reclamo, sino que lo denuncia ante el rector de haber cometido un acto contra el libre derecho de defender sus princi pios y lo acusa por la universal ojeriza que tiene l contra la doctrina experimental. El rector acept y fue separado el decano como snodo, y nombr en el nuevo tribunal a Toms Romay y Jos Mara Prez, este fue el mdico con quien Clvez cumpli sus intersticios y que despus se march del pas para residir en Veracruz, figurando en 1825 como integrante de la junta promotora de la libertad cubana. Si bien es verdad que de inmediato no tuvo repercusin su proposicin sobre Coprnico, no es menos cierto que a partir de ella no vuelven a aparecer ideas ptolemaicas, hasta 1806, cuando Flix Varela se adhiere a este sistema, aunque lo califica de hiptesis, que fue la forma ms generalizada en tiempos anteriores que se us para eludir el enfrentamiento contra el Santo Oficio. Ese mismo ao Agustn Encinoso de Abreu en su examen de filosofa sostiene “que tanto la fsica como la astronoma, de un modo congruente y ptimo, se explican por el famossimo sistema copernicano”. Este fue discpulo del padre Jos Agustn Caballero y el primero que osadamente present su tesis de medicina en idioma vernculo, rehusando el latn. La introduccin y aceptacin del sistema de Coprnico, no era slo un problema astronmico, sino que tuvo su repercusin paradigmtica en el pensamiento filosfico. No debe olvidarse que en Cuba, los tres ms grandes cientficos, en las ms importantes ramas del saber de la moderna investigacin de la naturaleza, Varela, Saco, y Luz y Caballero se preocuparon en dejar constancia de sus opiniones sobre el sistema copernicano. Si ello ocurri 254 aos despus de la muerte de Coprnico, no es razn alguna para el demrito y revela ignorancia, o quizs descuido en los saberes de la historia de la ciencia. Espaa, por casi tres siglos, prest poca atencin a la isla de Cuba, si exceptuamos, los aspectos navales y militares. No enviaba personal calificado en las ciencias, ni promova la creacin de instituciones con este fin. No se interesaba por tener conocimientos de su naturaleza e incluso desconoca la ubicacin geoastronmica de sus principales puertos y ciudades. Ya hemos visto que esto lo inici en forma muy limitada y por su propia voluntad Flores, y despus Riao de Gamboa y Humboldt. Los primeros conocimientos de la flora y fauna en parte es obra de la inquietud y perspicacia de un portugus residente en la isla, Antonio Parra, quien dedic la coleccin que foment al rey Carlos III. El principal mvil que lo anim, no fue la investigacin, sino la recoleccin con preferencia de peces marinos y crustceos. Esta vocacin responda a un movimiento que se expanda por Europa, de reunir y exhibir los ms variados objetos. En la

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155medida que avanz en esta labor comenz a interesarse por las caractersticas de las diferentes especies llegando a publicar una obra en 1787 con el ttulo de Descripcin de diferentes piezas de historia natural, las ms del ramo martimo representada en setenta y cinco lminas La obra incluye crustceos y peces. Se le aprecia no slo como una joya bibliogrfica, pues se le acredita verdadero valor cientfico. Al cumplirse 200 aos de su aparicin la Editorial de la Academia de Ciencias imprimi una edicin fascsimilar y un extenso estudio bien documentado sobre el autor y su obra, lo ms completo desde el punto de vista referencial, al que no cabe aadir ningn otro juicio que el de ser el mejor y ms completo en su informacin y anlisis moderno de lo que represent esta obra en la cultura cientfica cubana. La aseveracin de que responde a una influencia derivada de la ilustracin generada en Europa, pienso que sin negarla del todo, es ms bien una obra derivada del espritu cientfico que con caractersticas propias se gesta en la isla. El hecho de que no se tenga una comprensin vlida del movimiento renovador que se est creando en la isla en la segunda mitad del siglo, ha dado lugar a que se amenge la significacin de los impresos y expresiones de los cubanos de esos aos. Espaa saba poco de la naturaleza y desarrollo de los conocimientos internos de su imperio colonial, despus del tesoro acumulado por los denominados cronistas de Indias y de las historias publicadas por autores radicados en las colonias, tanto espaoles como nativos. Hubo mucha despreocupacin y falta de comunicacin con la metrpoli y poco o ningn inters en enviar cientficos a Amrica y menos aun programar una poltica econmica y cultural, y ello quizs fuera una consecuencia de las sucesivas guerras en que se vio envuelta en Europa y a una falta de visin de hacer depender el dominio a la sujecin militar y a las persecuciones de la inquisicin. Al finalizar la dinasta de los Austrias dice Vernet “que en Espaa exista una sensacin de frustracin, en los primeros aos del siglo XVIII” y para ejemplarizarla cita que el bibliotecario mayor del rey, en 1723, se negaba a que se hicieran reseas de las obras publicadas para remitir a los periodistas franceses, aduciendo que en ellas no se encontraba ninguna cosa singular, ni invencin ni descubrimiento nuevo. No es hasta mediado de este siglo que surge un movimiento tendiente al envo de comisiones y expediciones cientficas hacia los pases del Nuevo Mundo, con la finalidad de estudiar la naturaleza y un medio de adquirir conocimientos botnicos y enriquecer el jardn botnico; tambin de qumica, geologa y minerologa. Estos ltimos de muy alto nivel ya en Mxico, pero la atencin preferente sera la botnica por lo que poda significar para la agricultura y la medicina. En la preparacin y costos de las expediciones, Espaa mostr una esplendidez inigualada. As comenzaba a suplir su ignorancia acerca de las riquezas coloniales. De las tres ms grandes expediciones, la ms importante para Cuba fue la de Nueva Espaa, la

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156que inclua tambin a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y fue creada a solicitud e instancias del mdico Martn Sess, quien estuvo en La Habana desde 1780 cuando lleg con la escuadra del marqus del Socorro y se mantuvo como mdico de flota, ejerciendo en el hospital de operaciones, pero no en la ciudad. Refiere que tuvo que actuar durante una epidemia que se desarroll en el rea del Caribe que parece haber sido de fiebre amarilla. Tambin estuvo en el hospital de Nuestra seora del Pilar. En 1785 viaja a Mxico y se le expide el ttulo de Comisionado del Real Jardn Botnico de Madrid. En 1795 regresa a La Habana como jefe de la expedicin, y se pone en contacto con la Sociedad Econmica y el Real Consulado. La Sociedad Econmica comisiona a Nicols Calvo de la Puerta, quien ya desde 1793 abogaba por la creacin de la ctedra de qumica y botnica, para que solicite de Sess asesoramiento botnico con destino a un diccionario de voces provinciales e instrucciones para la creacin de un jardn botnico, un viejo proyecto de la Sociedad. Sess acoge favorablemente esta idea que coincide con sus aspiraciones y sugiere, a su vez, la incorporacin de un joven criollo para instruirlo en botnica. La Sociedad nombra una comisin para la eleccin del candidato que recae en el doctor en medicina, Jos Estvez Cantal, discpulo predilecto de Toms Romay. A principios de 1797 el grupo parte hacia Puerto Rico y efecta el recorrido de la isla, cancelan el viaje a Santo Domingo por los acontecimientos que all tienen lugar y regresan de nuevo a La Habana. Coinciden con la expedicin del conde de Mopox y Jaruco que haba arribado poco antes, en 1796, y cuyo principal objetivo era fundamentalmente militar. Entre sus planes figuraba el canal del valle de Gines que servira al propsito de acarrear madera hasta el arsenal para la construccin de barcos. En esta expedicin figuraba un botnico, Baltasar Mara Bolda, para aprovechar en su recorrido el estudio de los rboles, y Sess le recomienda que incorpore a Estvez, quien se desempea muy bien y a la muerte de aquel en 1799 ocupa su lugar. Figuraba adems un mineralogo, Francisco Ramrez, que dej un folleto impreso sobre las aguas de Madruga. El saldo de esta comisin no es muy importante, si se excepta la parte botnica y algo de zoologa, y los correspondientes a la descripcin geogrfica de Isla de Pinos, Guantnamo y Mariel. Lo ms valioso, fue que permiti la incorporacin de un criollo quien terminada su misin y a instancias de Romay fue propuesto como becario para cursar estudios en Espaa de qumica, botnica y minerologa. Los problemas burocrticos afectaron a Estvez aunque l cumpli sus compromisos, pues curs todas estas materias y adems matemtica. Conocida su instruccin cientfica, particularmente en qumica puede afirmarse que su utilizacin qued muy por debajo de las posibilidades que deparaban sus conocimientos. En su ensayo acerca de la utilidad de la qumica enfatiza lo provechoso que sera que se conociera y aplicara por los que estn enrolados en la produccin de azcar, pues esta asentada, ella misma, sobre una reaccin qumica.

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157La presencia de Martn Sess en La Habana fue de gran provecho en los orgenes del conocimiento cientfico. Su amistad y colaboracin con Francisco Barrera y Domnguez, dio lugar a las primeras observaciones microscpicas en el campo de la medicina. Digamos de paso que en 1998 se cumpli el bicentenario del colosal manuscrito de este “humilde aldeano”, como l mismo se autodenominara y que yo nombro el Manuscrito Barrera, que es un tratado sobre enfermedades de los esclavos negros, hasta ahora el primero en la literatura mdica universal. Un texto humanista llen de observaciones inteligentes en el que asombra la cantidad de autores mdicos que cita, difcilmente igualado por mdico alguno en la isla y probablemente en otras naciones de Amrica. Como conclusin de esta conferencia creo haber probado que el siglo XVIIImerece una investigacin ms profunda, pues fue cuando se gener la cultura cientfica. En la medida que nos adentremos en l se podr comprobar el tremendo significado que tuvo el ao de 1797, al que denomin en 1980, el Ao de la eclosin cientfica.* Conferencia magistral impartida en el V Congreso Nacional de Historia de la Ciencia y la Tecnologa, celebrado en noviembre de 1998.

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158 La globalizacion y sus daos colaterales Eliades Acosta MatosDirector de la Biblioteca Nacional Jos MartPor qu causa misteriosa nadie habl de globalizacin cuando en la pelcula Casablanca de 1942 aparece un american bar en medio de aquella abigarrada ciudad marroqu repleta de hombres y mujeres de todas las nacionalidades? Basada en la obra Todos vamos al Rick’s (Murray Burnet y Joan Alison), aquella memorable trama que consagrara a Bogart, a la Bergman y a As the times goes by puede verse hoy, 57 aos despus, como la prefiguracin de los tiempos que corren; como la metfora de una poca donde refugiados y perseguidores, blancos y negros, borrachos y sobrios, militares y contrabandistas, amantes y tahres, las derechas y las izquierdas, los buenos y los malos, conviven alegre y despreocupadamente en este inmenso “Rick’s” que es el mundo del tercer milenio. Poco importaba en el film de Michael Curtiz que Europa se estuviese desangrando en la mayor conflagracin de su agitada historia, mientras las ruletas del “Rick’s” giraran, Sam entonase una cancin para los enamorados, el pblico sediento pudiese apurar tragos y estrenar elegantes modelos de alta costura. Y si las cosas se complicaban; si la sangre de Peter Lorre manchaba las impolutas alfombras del American bar ; si las fuerzas de un totalitarismo oscuro clausuraban momentneamente el local de diversin, siempre quedaba el recurso de conservar en la memoria aquella amable imagen, la de los nuevos aliados que se alejan entre la bruma de un aerdromo fantasmal, presagiando el inicio de una bella amistad. Casi como si nos estuviesen haciendo el cuento, 57 aos antes, de lo que no hace mucho ocurriese en Kosovo. Hasta qu punto el llamado “mundo globalizado” de hoy constituye un fenmeno absolutamente indito en la historia de la humanidad? Basta para hacer semejante afirmacin la simple enumeracin de rasgos distintivos extrados, como ya se hace habitual, de las esferas financiera, comercial y tecnolgica? Y aun suponindole estas peculiaridades que se le atribuyen, concedera esto el derecho a proclamar, como hacen a tambor batiente sus atildados heraldos, que estamos asistiendo a una nueva aurora de los tiempos, al arribo del Milenio prometido, a la encarnacin, siquiera, de un orden mundial natural y deseable? Los datos de la historia, hoy tan poco cotizados como todo lo asociado con la modernidad supuestamente moribunda, pueden deparar verdaderas sorpresas a quienes los estudien desafiando el canon postmoderno. El transgresor podr hallar, por ejemplo, que no hay nada

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159nuevo bajo el sol cuando se toma por una brillante originalidad globalizadora a la imparable expansin del idioma ingls y a su rotunda presencia en la esfera de las comunicaciones, el comercio e Internet. Baste preguntar, cul era la lengua del imperio romano: la de Roma o la de los pueblos que conquist bajo el pretexto de sacarlos de su barbarie? Tras el paso de las legiones romanas quedaban oficialmente eliminadas las particularidades lingsticas de los pueblos que se sumaban al mundo globalizado de entonces: para vender o comprar nforas de vino; para estar al da en las leyes que el senado supranacional aprobaba y redactaba para obligatorio cumplimiento de todos, incluso de aquellos que no podan entenderlas; para entablar y ganar litigios y ser considerado ciudadano de primera, era obligatorio hablar, al menos, el latn de mala ley de los legionarios, aproximadamente lo que ocurre en nuestros das. El hegemonismo de la lengua del imperio se extendi tambin, por reflejo y clculo pragmtico, a aquellas expresiones alternativas y de resistencia que se le opusieron en alguna de las esferas de la vida social o espiritual. Fue una especie de latn globalizado el que rein durante siglos en el seno de la Iglesia Catlica, lengua de las lites, de la literatura sacra y profana, de los hombres cultos, de los comerciantes y leguleyos, de cartgrafos y cortesanos. Hasta que lleg la reforma. Tendremos que esperar durante un perodo de tiempo relativamente largo a que “la Reforma” nos saque las castaas del fuego. Hoy por hoy, lo que s sabemos con certeza es que ninguna expansin podr eliminar la evidente vitalidad de las lenguas nacionales y su profundo rechazo a los hegemonismos de corte lingstico. Mal que le pese a Microsoft. A fin de cuentas, se supone que vivamos en el mejor de los mundos posibles y se considera “polticamente correcto” que lo proclamemos. Pero los hechos, tal y como lo vaticin Vctor Hugo, son extremadamente contumaces: a pesar de la CNN; del buen gusto postmoderno, y de “Forbes”, lo cierto es que muy poca gente est satisfecha con el mundo en que vive. Aunque Antonio Banderas sea su vecino. Cmo aceptar el entorno, si para Emil Cioran, nos pierde “La fascinacin por las cenizas”? Acaso nos adentramos en el milenio prometido cuando nos agobia la “intemperie espiritual” a la que se refera Octavio Paz? Y qu decir de “los dioses disueltos” de Eugenio Montejo?... Y estas son, apenas, las expresiones refinadas y deliciosamente poticas que intentan sacarnos de la complacencia y la molicie tras la que, consciente o vergonzantemente, nos parapetamos para resistir el asedio de las crudas realidades del mundo globalizado. Se hace sumamente difcil intentar analizar en un espacio de tiempo necesariamente breve el impacto que los procesos de internacionalizacin del capital han tenido sobre nuestra socie-

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160dad finisecular, sobre sus relaciones culturales, sobre sus expresiones artsticas y literarias, sobre el hombre letrado y sobre el hombre de la calle. Pero vale la pena hacerlo. Si aceptamos que la globalizacin es un fenmeno econmico y cultural, donde ninguna de estas facetas puede desligarse de la otra y se presuponen en una simbiosis mutuamente condicionante, podremos entender mejor el protagonismo y los altos dividendos que aportan en nuestra poca aquellas expresiones culturales o pseudoculturales que son privilegiadas y promocionadas por el canon postmoderno. Nunca antes, en la ya larga marcha de la cultura humana, se haba presenciado tanto inters instrumental del poder hacia lo que fue, tradicionalmente, el ghetto de los artistas, de los creadores y de la cultura. A juzgar por tan benevolente atencin, si Amadeo Modiglianni, Vincent Van Gogh, Oscar Wilde o Tolstoy fuesen nuestros contemporneos, no tendran preocupaciones diferentes a las de los impuestos y los paparazzi A fin de cuentas, qu es lo que se ha globalizado, aparte de este reciente y conmovedor cario hacia las expresiones del arte y la cultura que dejan ganancias millonarias? Eludir los delicados eufemismos tericos y los conceptos light descafeinados y sin filo que llenan, con demasiada frecuencia, las obras contemporneas dedicadas al tema para intentar responder a la anterior interrogante. Lo que viene expandindose o internacionalizndose son las relaciones de produccin capitalistas, conyunturalmente triunfadoras y dominantes tras la estrepitosa cada del muro de Berln. Aprovecho para acotar, de paso, que si bien este suceso signific para Cuba la prdida de un espacio econmico vital e implic el recrudecimiento del bloqueo norteamericano con un nefasto aumento de sus consecuencias para la Isla, est por estudiar lo que propici a favor del desarrollo de un pensamiento social propio, libre de condicionantes externos, ms coherente con su Historia y el devenir de la nacin cubana. A diferencia de lo que ocurre con la globalizacin, estaramos aqu en presencia, no de un dao, sino de un beneficio cultural colateral. Y ya que hablamos de internacionalizacin del capital, y muy especialmente de sus relaciones de produccin, no puedo escapar a la tentacin de darle la palabra a uno de los ms profundos y lcidos expertos en estos temas, un hombre cuyas opiniones siempre fueron escuchadas por los capitalistas de todas las pocas, formando parte sus obras de los programas acadmicos de varias generaciones de empresarios del mundo, Carlos Marx, quien escribi hace 151 aos: Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesa recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vnculos en todas partes [...] Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y son destruidas constantemente [...] Se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones.

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161La aceleracin de estos procesos no puede verse desligada del origen y el futuro del sistema en cuyo seno tiene lugar. Hablemos entonces de los daos colaterales que el capitalismo globalizado ha infligido a la cultura humana, porque sobran las publicaciones, los foros y los soros que no cesan de alabar sus bondades. Lo primero que ha provocado esta mundializacin econmica es el surgimiento de un nuevo tipo de industria, quizs la ms rentable y exitosa del mundo postmoderno: la industria del pensamiento nico. Para que nadie dude del carcter muy bien definido de sus presupuestos tericos, vale la pena decir que quedan abolidos por decreto o se ponen al margen de la nueva ley molestos conceptos y hasta ciencias como la historia, el progreso, las ideologas, las luchas de clase, el pensamiento crtico, la militancia poltica, la justicia social y la solidaridad entre los seres humanos. Ha faltado slo, para despedir a estos incmodos fantasmas del pasado, la celebracin de fastuosos funerales kitsch con limousinas y marines. Pero lo genial de esta produccin ideolgica en serie es que sus fronteras y lmites son invisibles, no se sita en oposicin a nada o a nadie, es capaz de reciclar, a su favor, todo lo que se le opone, y al otorgar funciones de censor eficiente e insobornable al mercado, logra cumplir el sueo de cuantos censores han sido: anular la capacidad de protesta y respuesta de los censurados. Cualquier semejanza con la actual dictadura neoliberal en la produccin y el comercio mundiales no es pura coincidencia: La produccin intelectual de una nacin –escriba al respecto Marx– se convierte en patrimonio comn de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de da en da ms imposibles [...] Merced al rpido perfeccionamiento de los instrumentos de produccin y al constante progreso de los medios de comunicacin, la burguesa arrastra a la corriente de la civilizacin a todas las naciones, hasta las ms brbaras [...] Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgus de produccin, las constrie a introducir la llamada civilizacin, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza [...] Los aspectos “civilizatorios” del capital globalizador son, en rigor, una estafa monumental para los pases subdesarrollados del planeta: no se les facilita el acceso al desarrollo, pero se les bombardea constantemente con modelos de vida y consumo que slo alcanzar una lite local privilegiada. Ms de dos terceras partes de los seres humanos que viven hoy sobre la Tierra quedan ante sus televisores como el perro de Pvlov: excitados hasta lmites inconcebibles y privados de poder satisfacer sus deseos. Tendr esto algo que ver con el auge de la violencia en las sociedades humanas? La extraordinaria complejidad de los problemas del mundo actual donde conviven naciones y capas de la poblacin de un mismo pas en estadios y hasta siglos diferentes y distantes entre s, desmiente la conveniencia de aplicar frmulas de pensamiento nico a la bs-

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162queda de soluciones a dichos problemas. No se ha caracterizado la globalizacin por el respeto a la pluralidad de las culturas ni de las ideas; tampoco por la promocin de los aportes ms autnticos del quehacer humano. La conformacin de una cultura de masas con rasgos homogneos, carentes de toda referencia concreta y crtica hacia los problemas de la realidad; con componentes supranacionales estticos que se recombinan constantemente; con apelaciones incesantes al individualismo y al consumo, a la competencia implacable entre los hombres, anula en la prctica una buena parte de las potenciales virtudes culturales de la era en que vivimos. En medio de un panorama como el que se describe, qu espacio queda para lo transcendente, para las abstracciones filosficas o teolgicas, para los sueos y las utopas? Ser capaz la sociedad contempornea de tolerar el discurso de Zaratustra en medio del jolgorio de la feria o le volver a pedir que deje libre la tarima para que puedan actuar los saltimbanquis y titiriteros? Se hace difcil responder con certeza a tales interrogantes. Por lo pronto, una parte de esta ecuacin qued despejada hace ya muchos aos y fijada para quienes quieran or las siguientes palabras de Marx: Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesa ha destruido las relaciones feudales patriarcales, idlicas [...] Ha ahogado el sagrado xtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo burgus en las aguas heladas del calculo egosta [...] Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio [...] Ha sustituido las innumerables libertades escrituradas y bien aseguradas por la nica y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotacin velada por ilusiones religiosas y polticas, ha establecido una explotacin abierta, descarada, directa y brutal. El desparpajo rayano en cinismo con que se proclama “que todo vale” en las sociedades modernas, ha eliminado virtualmente las fronteras ticas entre el bien y el mal que siempre fueron, de por s, precarias. En medio de esta regresin que nos ubica virtualmente en pocas anteriores a la ley de Moiss, no debe sorprender a nadie que la pornografa infantil, la venta de rganos humanos para trasplantes, el comercio de la droga, las armas y el trafico ilcito de emigrantes, entre otras iniciativas empresariales, puedan desarrollarse casi impunemente y sin una sancin moral efectiva. No en vano, como seala el economista cubano Osvaldo Martnez: [...] mediante un monlogo del pensamiento nico se ha logrado que las vctimas piensen igual, en los mismos trminos, que los victimarios [...] Se han llegado a separar los conceptos de buen estado de la economa y bienestar de la poblacin [...] Se aceptan como normales tasas de desempleo que hubiesen escandalizado a Adam Smith, David Ricardo y Keynes (8, 9, 10% y ms) [...] Es la primera vez en la historia del pensamiento econmico y social que se proclama abiertamente a millones de seres humanos, como por ejemplo, casi toda el frica Subsahariana

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163como sobrantes y carentes de sentido o futuro en la economa globalizada actual. Al menos es la primera vez que se hacen tan despiadadas declaraciones, agrego yo, en aos posteriores al Holocausto y la Solucin final. Cuando en una poca se necesita ensear lo obvio, volver a demostrar lo aprendido y repetir lo dicho, surge la posibilidad de que el pensamiento comience a girar en crculos sin hallar la salida del laberinto. Esto, precisamente, es lo que esta ocurriendo. Junto a la memoria histrica nada ha sido ms saudamente combatido en estos tiempos que los paradigmas, los valores y la legitimidad social de elaborarlos. Porque si una sociedad es capaz de plantearse la necesidad de trascender sus circunstancias concretas y cotidianas; si elabora modelos de futuro; si sus paradigmas son de general o acaso mayoritaria aceptacin por parte de importantes sectores de la poblacin, esto tendra un significado doblemente hertico e inadmisible para el pensamiento nico globalizado y globalizador: en primer lugar, denotara la necesidad de negar una sociedad como la actual que se piensa a s misma perfecta y eterna; en segundo lugar, abrira una pequea brecha por donde podra penetrar el nefasto virus de la cohesin social, de la solidaridad y colaboracin entre los hombres. Pero no nos engaemos: la descalificacin de valores y paradigmas es slo uno de los tantos espejismos de la hora. Las sociedades contemporneas no han podido librarse de esta condicin histrica: artculos de fe ideolgica de rancia estirpe y otros de nuevo cuo inundan hoy los medios de comunicacin del mundo postmoderno; qu son, sino, los argumentos doctos y pontificios sobre el carcter absolutamente benfico de las leyes del mercado; la incapacidad del Estado para participar en la direccin eficiente de la economa; la irresistible propensin de los pueblos del Tercer Mundo a la corrupcin, el desorden y la violencia; la insuperable belleza de Claudia Schiffer, la valenta de Stallone y la capacidad nutritiva de las McDonalds? El arte de pensar en un mundo de pensamiento nico entraa peligros para los pensantes; no precisamente peligros fisicos (que tambin los hay), sino aquellos que se derivan de aceptar o rechazar las suculentas oportunidades que se le presentarn. El imperio del pensamiento globalizado no admite ni tolera martirologio, leccin aprendida por todos los poderes de la tierra hace ms de dos mil aos. Ahora, ms que adversarios se necesitan cmplices: ya las pginas de los ms reputados rganos de prensa, las ctedras, no estarn vedadas a quienes puedan disentir, mientras no intenten cometer un crimen de lesa majestad, el ms nefando de los pecados que puedan cometerse en nuestros das: intentar pasar de las ideas a los hechos polticos. La extrapolacin de lo acadmico a todas las esferas de la vida humana, la globalizacin de lo literario en detrimento de otros mbitos de las ciencias humansticas conforman un panorama sumamente glamoroso y cmodo que

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164descalifica e invade, que domestica al otrora mundo fronterizo de la contracultura, de los antiguos reductos resistentes al sistema. La extraordinaria capacidad recicladora de las contradicciones sociales y culturales que ostentan hoy empresas como Benetton, es tambin apreciable cuando exponentes ideolgicos son contratados para abjurar en pblico de sus antiguas convicciones; cuando se les exhibe y promociona jubilosamente, en el mejor estilo didctico con que los emperadores romanos se rodeaban de los reyes y prncipes brbaros vencidos por sus legiones. No hay nada que pueda reportar mayores dividendos a estas formas invertebradas y reptilneas (que es exactamente el antnimo de rectilneas) de pensar globalizado, que la aleccionadora imagen de esos intelectuales, ayer incendiarios y hoy bomberos, ocupados en la piadosa tarea de entretener a los yuppies o de cebar la nostalgia de los veteranos de Woodstock o del Mayo francs con arrullos de Foucault o Derrid; con citas brillantes de Kundera. Es una respetada y sabia ley econmica aquella que apunta contra las aspiraciones monoplicas de cualquier signo. Esta antigua verdad, no suficientemente practicada por los sistemas polticos conocidos, fundamentara la necesidad de democratizar los procesos globalizatorios, y de forma apremiante, de aquellos que transcurren en la esfera del pensamiento y la cultura. Porque lo que prima hoy en las relaciones entre culturas es la soberbia, el avasallamiento y el irrespeto de los ms ricos hacia los ms pobres: lo dems es filantropa. El aleccionador espectculo que presenciamos cuando se produjo la reparticin del botn cultural y de los signos comunicantes que identificaban a las sociedades socialistas de la Unin Sovitica y de otros pases de Europa del Este, por parte de sus enconados detractores de las vsperas, demuestra lo pernicioso de las actitudes oportunistas y pragmticas en el terreno cultural y cmo pueden manipularse, en un solo sentido, las relaciones interculturales. All donde se deca hasta la saciedad que el Realismo Socialista no haba aportado nada a la cultura universal, se produjo una verdadera carrera por comprar todo lo que pudiese ser cargado, transportado, empaquetado y exhibido: un verdadero diluvio de banderas ondeantes, rostros de obreros, brazos y torsos curtidos en el trabajo, reclamos de solidaridad para los humillados y ofendidos del sistema, pronto cubrieron los video-clic, los anuncios publicitarios, las portadas de las revistas y todo tipo de souvenirs. Vaciados de su original significado, sacados de su entorno, tales signos devinieron en una especie de piel de oso disecada para decorar las mansiones y asustar a los nios. Nada ms. En honor a la verdad, la cultura globalizada actual no es ni podra ser diferente pues tiene los lmites del sistema que la engendr. Cuando selecciona frreamente sus elementos culturales lo hace excluyendo todo lo que pueda significar memoria histrica, verdadera participacin, democracia e identidad. Se excluyen tambin los fermentos populares o revolucionarios que tan molestos resultaron ser en el pasado. De

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165hecho, la nueva cultura globalizada ha logrado, con la castracin del pensamiento crtico y la banalizacin de la realidad, la construccin de una especie de mundo virtual, tan irreal como la economa noeliberal donde segn Osvaldo Martnez: [...] por cada dlar surgido de la economa real hay entre 30 y 50 surgidos del mercado financiero [...] donde aumenta de da en da la especulacin, esa tendencia a una economa ms parasitaria, pues el crecimiento econmico real cede su lugar a la llamada “burbuja financiera” o crecimiento desmesurado del capital especulativo que convierte a la economa mundial en una gran economa de casino. La frmula cultural en boga es sencilla: se mezcla lo ahistrico, lo supuestamente mundial, que no pasa de ser, en realidad, la cultura de una parte del mundo occidental desarrollado, con lo descontextualizado, lo conservador y lo inofensivo, o sea, lo carente de toda arista problematizadora. Se confunde el talento con la fama, y desde esta ptica, ms famoso puede ser el vestido de la Lewinsky y el desnudo de Lecquio que La capilla del hombre de Guayasamn. Y por si fuese poco, para estandarizar el pensamiento se empieza por aplanar el lenguaje: ahora las guerras son “acciones humanitarias” y los muertos con bombas y misiles inteligentes son “daos colaterales”. La actual y evidente decadencia del pensamiento social; el rechazo a todo concepto que designe la realidad concreta; la renuncia a explicar el mundo para no tener la molesta y ardua misin de transformarlo; la prdida de vnculos con los problemas del hombre real, o sea del hombre no literario, del hombre de carne y hueso que no entiende de cinismos ni de genialidades irnicas, que sufre, vive y muere, a veces sin conocer a su vecino, pero que sigue siendo tan social, por naturaleza, como lo fue en el Siglo de las luces, y la orga de autodestruccin en que se halla sumida la Filosofa, que hoy sirve a los signos antes que a los seres humanos, confirman el acabado, la envoltura, de este mundo tan atractivo por fuera y tan Blade Runner por dentro. En realidad, lo fascinante de vivir en el “Rick’s” es que es el lugar del universo donde menos se cumplen las profecas y las maldiciones; donde los giros inesperados de la propia vida desmienten a aquellos que creen en la digitalizacin de las contradicciones sociales, en su reduccin a formatos manuables. Aunque no encaje en los diseos del mundo globalizado, ni en su cultura, lo cierto es que se acaba de pulverizar a media Yugoslavia, a nios, ancianos, mujeres, monasterios, museos y bibliotecas, mientras Roberto Benigni enseaba a los hombres a ganar un Oscar y a exorcizar con la carcajada todos los sufrimientos, incluso aquellos que se generaron en los campos nazis de exterminio. Ilusiones semejantes han durado muy poco en el convulso mundo que alguien nos reserv como espacio vital. Y tan fugaz como la genial carcajada de Benigni ha resultado “el fin de la historia” del algo menos genial Francis Fukujama; porque el triunfo de Hugo Chvez en Venezuela, las hambrunas en

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166frica, la prisin de Pinochet, el ascenso arrollador del Congreso Nacional Africano de Mandela, la devolucin del Canal de Panam, la tenaz lucha del pueblo cubano por preservar su soberana, sus conquistas, y la solidaridad mundial que suscita esta resistencia, son elocuentes indicadores de que la visin del mundo quietista, piadosa, crdula, globalizadamente puritana y puritanamente conservadora se muestra virtual cuando la testaruda historia, con sus pasiones, guerras, muertos y sufrimiento de verdad toca a su puerta. Los daos colaterales de la globalizacin en el terreno cultural no son irreversibles ni eternos. Ninguna relacin cultural es carretera de una sola va, ni el subdesarrollo econmico genera automticamente subordinacin cultural. Esto hace aun ms interesante la vida en el “Rick’s”: todos los finales son posibles en este remake del cual somos ahora actores los hombre y mujeres de la Tierra. Ni siquiera el mundo globalizado puede prescindir de un pensamiento social autntico y profundo, de una cultura de esencias y no de apariencias: condenado a multiplicar sus ganancias con tanta rapidez como las dilapida, y de manera especial a elevar constantemente el nivel cualitativo de la fuerza tcnica, se hace imposible deslindar y mantener en estancos paralelos, inconexos, el pensamiento tecnocrtico y el pensamiento poltico-social. Llegado a este punto comienzan a empequeecerse los eficaces auxilios que la pasin por el deporte, las formas infinitas del ocio y el consumo brindan a estos fines. Potencialmente hablando, nunca antes tuvo ante s la Humanidad tantas oportunidades de ser feliz como en vsperas de este nuevo milenio. La tecnologa, el comercio, las comunicaciones, los avances mdicos, el arte y la cultura, todo lo logrado hasta el presente bastara para hacernos plenos y buenos, hermosos y justos. Por qu sentimos una sensacin de fro y desamparo, de intemperie y cansancio cuando nos preguntamos si somos as realmente? En 1922 el poeta mexicano Jos Gorostiza escribi para nuestro presente, para la sensacin que nos envuelve en este mundo globalizado, una especie de plegaria, una de sus “Canciones para cantar en las barcas”: La barca morena de un pescador, cansada de bogar, sobre la playa se puso a rezar: de esta conjuncin ha de surgir un orden eterno e inamovible, cuyo preludio es la poca en que vivimos, bien sabemos ya que basta un fraile dominico empecinado para agrietar los muros y enviar a Yuste, con su vajilla de plata y su corte de sirvientes, a tanto aspirante a emperador postmoderno. Quin quita que all puedan montar las ruletas, las luces de artificio y las escenografas, hollywoodenses del “Rick’s”, para dejar, al fin, vivir tranquilos a los hombres en un mundo ms justo y mejor? Falta que hace.

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167 El balcn vaco (Notas sobre la identidad nacional a fin de siglo) Jos Manuel del ValAntroplogo mexicano0.– Abre el balcn... Dentro del documento base elaborado para este coloquio, con gentileza, se me cita como representante de las tesis “yuxtaposicionistas”. Nunca me ha hecho feliz ser clasificado. Dicho esto, debo reconocer que el esfuerzo tipolgico, si bien parcialmente, va en el sentido correcto. En anterior trabajo intent mostrar que cuando reflexionamos en torno a la identidad tendemos a construir un edificio analtico en el cual desaparece la complejidad identitaria y sus niveles (el individual, el familiar, el de banda, el de colonia, de ciudad, de regin, de pas, de clase, de ocupacin, de adscripcin religiosa, poltica, el nacional, etctera) a expensas de escoger slo uno de esos niveles o aspectos posibles, asunto por supuesto legtimo pero no lo es tanto, si no rescatamos la articulacin y subordinacin estructural del nivel escogido, al conjunto global de interacciones identitarias. El objetivo central de ese trabajo era el de sealar la ausencia de metodologas explcitas que permitieran una discusin razonada de alternativas analticas para abordar de manera prctica la investigacin sobre las identidades que se realizan con intencin diversa, a las descripciones etnogrficas y a los modelos cuantitativos. Sealaba en dicho trabajo que si bien es pertinente escoger cualquier nivel o combinacin identitaria como motivo de anlisis, deberamos tener en cuenta que el nivel o combinacin elegido es parte de un sistema de relaciones entre campos y niveles identitarios y en consecuencia, no podemos prescindir de reconocer la red de las identidades como marco general de referencia. Como bien sabemos, cualquier nivel, aspecto o campo de la identidad debe comprenderse y concebirse como una relacin social y no como un hecho dado. Debemos reconocer asimismo que dicha relacin social se encuentra en transformacin permanente y por lo tanto las identidades no son atributos inconfundibles y siempre visibles, salvo en momentos y circunstancias especficas o en los casos que implican marcas deliberadas. Afirmaba en dicho texto que la identidad emerge y se manifiesta como respuesta a una interpelacin concreta en momentos especficos; por esta razn es que la caracteric como virtual, y en consecuencia indicaba que a la com-

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168plejidad identitaria que deseamos analizar hay que incorporarle necesariamente el anlisis del contexto en el cual dicha identidad es exigida a manifestarse, as como las caractersticas del agente que provocan la manifestacin. Hasta el momento no he tenido acceso a trabajos que pudieran refutar o profundizar esos planteamientos, la mayora de los trabajos que he podido consultar son o trabajos cuantitativos, o ensayos en los cuales la identidad no es el objeto del anlisis, sino un trmino referente para otros temas: indgenas, mujeres, poltica, sexualidad, etctera, o la ms comn: ensayos histricos de largo aliento de construccin y crtica de la identidad nacional. En fin, veo la identidad, como un proceso que denominara de sincretismo dinmico referencial, ms que como resultado de yuxtaposiciones de niveles y campos.1.– Los balcones de la identidadDesde Heisenberg sabemos que la posicin del observador con respecto a un fenmeno dado modifica necesariamente la observacin del fenmeno elegido. En mayor medida esto es as, si nuestro “lugar” de observacin se ubica en el precario balcn de las llamadas humanidades. Y esta distorsin ser todava ms aguda y evidente si el investigador es parte del grupo social cuyo fenmeno o proceso ha escogido investigar. Esta circunstancia, ms que ser una limitacin insalvable, debe ser un requisito epistemolgico y tico al que debemos dar respuesta de manera suficiente. Estas consideraciones han sido para m una fuente constante de inquietud y reflexin, no slo por mi peculiar condicin identitaria y su previsible influjo en mi anlisis, sino y en mayor medida, por la ausencia absoluta de esta preocupacin o reconocimiento, en las reflexiones y textos sobre la identidad elaborados por mexicanos. Como la mayora de ellos son acadmicos, literatos o ensayistas de reconocido prestigio e inteligencia, me he preguntado siempre el porqu de esta obvia elusin: ser por pudor, ser por soberbia? No lo s. Reflexionar sobre la identidad propia es sin duda la mas filosfica de las preguntas que nos podemos hacer. Ese quin soy y para qu soy? que inaugura toda inquisicin sobre el hombre en general o sobre cualquier tipo histrico particular de hombres, no es asunto menor y debe encararse con el ms alto grado de honestidad intelectual posible, en mayor medida si el objetivo de nuestras disquisiciones tiene pretensiones moralizantes o como se dice actualmente crticas. El punto es que cuando un mexicano intenta realizar una reflexin y anlisis en el campo de la identidad nacional mexicana debera informarnos desde dnde se habla, qu tipo de mexicano se considera l, as podramos conocer el grado de distorsin previsible en sus planteamientos y las alternativas mediante las cuales realiza sus correcciones epistemolgicas heisenbergianas. A estas alturas la reflexin crtica sobre el quehacer cientfico resultara pueril, as

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169como apelar o defender una supuesta objetividad o neutralidad del sujeto investigador. En el caso nuestro, en el cual prcticamente estamos desarrollando una reflexin introspectiva el asunto es ms grave ya que, la ausencia de cualquier consideracin al respecto, indicara tal vez, el ejercicio de una especie de simulacin o cinismo epistmico.2.– Ventilar la nacinMe temo que esta ausencia o sesgo en la reflexin sobre Mxico y el mexicano no es exclusiva de la ensaystica psicolgica, filosfica, etnolgica o literaria, sino que con formas diversas afecta a la totalidad de las construcciones ideolgicas que sustentan el edificio histrico de nuestra nacionalidad. Notorio y reconocido es el papel central que la historia y la etnologa han desempeado en la construccin de la nacin mexicana. Estas han sido una de las herramientas (debera decir armas), ms eficaces con las que ha contado el estado nacional en su difcil, atropellada y contradictoria constitucin. En muchos momentos de nuestra historia, aquellos en los cuales peligraba la existencia de la nacin misma, el conjunto de discursos que fundamentaban y justificaban la existencia de Mxico, constituan las armas ms poderosas de las que se poda echar mano; tal vez las nicas. Quien podra entonces haber exigido objetividad y crtica a esos fundamentos? Hoy la mayor amenaza para la nacin somos nosotros mismos, en particular aquellos para los cuales tal concepcin y prctica de la identidad se ha convertido en bastin inexpugnable para perpetuar su poder econmico, poltico o cultural hoy amenazado. Tal vez ha llegado el momento de que el conjunto de nuestras disciplinas humanas inicien el recorrido crtico y autocrtico de nuestra peculiar construccin como nacin. La sociedad mexicana avanza y se democratiza; el discurso histrico-poltico sobre la nacin y el etnolgico-filosfico sobre el mexicano no deben ser ya un apndice de las necesidades coyunturales del gobierno en turno. Su histrica dependencia justificada por la “necesaria unidad nacional frente a los acechos del exterior”, metfora que disfraza la imposicin, de un solo proyecto y perspectiva, es hoy, a todas luces inaceptable. Este fin de siglo la sociedad mexicana, los mexicanos, exigimos un nivel de seriedad, honestidad y compromiso mayor en la investigacin y en la reflexin, que sea capaz de dar respuestas a este pueblo diverso y dramticamente desigual, que nos permita vislumbrar y aspirar a un nuevo horizonte de vida, a un nuevo proyecto nacional que tendr necesa riamente que ser el producto de una verdadera refundacin nacional, en la cual una nueva historia y etnologa de Mxico, e indudablemente una nueva reflexin filosfica, son la condicin sin equanon. Trato en las lneas que siguen de sealar algunos aspectos; sealo slo algunos sin propsitos jerrquicos que considero relevantes y estn poco discutidos en esta

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170tarea obligatoriamente colectiva de repensar los caminos para la reformulacin de la identidad nacional. Son fragmentos en estado de elaboracin de un trabajo de largo plazo que quisiera compartir con ustedes en este coloquio. Tratando de ser congruente con lo afirmado anteriormente y esperanzado en la reciprocidad de mis interlocutores, eleg de manera exploratoria para esta reunin una forma de discurso en la cual mi ubicacin identitaria como proceso, ms que ocupar un apartado especial al principio, ser el hilo conductor de la reflexin general, una especie de voz en off, que me permita desenvolver algunos de los elementos que a mi juicio deben caracterizar una reflexin completa o “densa” si as se le quiere denominar. Apelo a su tolerancia e indico que las partes que tienen que ver con mi biografa van en letras cursivas.3.– La identidad en el closetLa bsqueda obsesiva de una explicacin (los intentos de construccin habra que decir) del “ser del mexicano”, que pueda expresar sintticamente y de manera comprensiva, el alma de nuestra identidad como pueblo nacional y sus caracteres bsicos y conflictos constituyentes, ha concluido siempre, en estereotipos de mexicanos, ms cercanos a la caricatura de un sector o grupo que a un nunca suficientemente demostrado, arquetipo transhistrico. En este siglo el formidable impulso regenerador de la revolucin puso en la mesa de discusin el tipo de pas que queramos ser y el tipo de habitante que debera ser el mexicano. Desde las llamativas y racistas propuestas de Jos Vasconcelos en su Raza csmica en 1925, pasamos a una reflexin ms ponderada y acadmica en la obra pionera de Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en Mxico en 1934, y de ah, al luminoso ensayo de Octavio Paz, El laberinto de la soledad en 1949. La refrescante obra pedaggica y filosfica de Jos Gaos en la Facultad de Filosofa de la Universidad Nacional anim a un brillante grupo de estudiantes a la constitucin del grupo “Hiperin” que adopt el tema del mexicano como ncleo central de su reflexin, produciendo en unos cuantos aos una abultada coleccin de textos, sobre “Mxico y el mexicano” desde diversos ngulos y perspectivas. Como cohete de fiesta, la discusin sobre el mexicano, subi velozmente a las alturas, estall en una cincuentena de libros diversos y multicolores, y con la misma rapidez se desvaneci en silencio. En slo seis aos de 1949 a 1954 pareca haber quedado saldado el asunto de la identidad del mexicano. Sin embargo, con cierta regularidad no exenta de significacin, aparecen revisiones crticas como la inteligente, informada y exhaustiva de Roger Bartra en su Jaula de la melancola de 1987 y su posterior Oficio mexicano, de 1989 o, nuevas interpretaciones desde novedosas perspectivas como el premonitorio y no bien comprendido todava Mxico profundo de Guillermo Bonfil

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171de 1989. No obstante, la discusin no ha vuelto a alcanzar la generalidad e intensidad que logr a final de los aos 40. La biografa de esta discusin es en s misma ilustrativa del significado del tema, los momentos, los participantes y las perspectivas adoptadas dan cuenta de la relacin puntual que esta reflexin tiene en la evolucin poltica de nuestro pas y el reiterado ciclo de esperanzadesesperanza que envuelve a la cultura mexicana. Cualquier revisin de la ensaystica sobre el tema pone en evidencia una tensin permanente. Una tensin que nos ilustra de la existencia de un evidente desgarramiento: el de un mexicano, si es el caso, que analiza y reflexiona sobre “los mexicanos”, con los cuales parece no identificarse, en los que no se reconoce y con los cuales no parece compartir ninguna de las trgicas o cmicas situaciones y caractersticas que describe y analiza y a travs de las cuales, ese supuesto mexicano genrico, queda dibujado. Dicha “fisura psicolgica” irremediablemente presente en los textos de los tericos de la mexicanidad de manera ligera y poco clara le es imputada por dichos tericos, a la cultura mexicana, se le seala como su condicin estructural. Se le encuentran o inventan sugestivas races, y algunos se dan el lujo de recomendar supuestos remedios. El ms mexicano y cosmopolita de nuestros intelectuales de este siglo cincel en prosa magistral el perfil de un estereotipo de mexicano: el mexicano emigrante en los Estados Unidos, el “pachuco”. Lo convirti en el tipo ideal “extremo” del mexicano, lo encerr en un laberinto de bellas y contradictorias metforas y mediante sutiles descripciones lo conden a la infinita soledad. Ningn mexicano que lee el texto se reconoce verdaderamente en el personaje creado, no obstante, todos, o nos reconocemos parcialmente en algunos de sus comportamientos, o los hemos visto en alguien muy cercano. Pero, y l, el autor del libro? tambin mexicano, tan tpicamente mexicano o ms que el fronterizo pachuco no existe en su supuesta comprensin y descripcin del ser mexicano? Esta permanente tensin entre el mexicano que somos y que nos negamos poner en evidencia, y que suponemos, nos separa abismalmente del mexicano que describimos, subyace pesadamente en nuestras reflexiones limitando la comprensin y sesgando los anlisis que derivan en imaginativas hiptesis causales, definitivamente inconsistentes, tan pueriles como aceptadas, y tan frgiles como reiteradas. Un ejemplo paradigmtico de ellas radica en la tpica explicacin que ubica el malestar de nuestra cultura en nuestra incapacidad de articular armoniosa y definitivamente las dos tradiciones a las que se apela comnmente como races de nuestra nacionalidad: la indgena y la espaola. Este tpico y su reiteracin, es fuente cclicamente de rspidos debates que desgarran y enemistan a nuestros intelectuales. Por un lado los que no com-

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172prenden cmo un suceso de hace ms de 500 aos puede ser significativo actualmente, y por el otro los que aceptan pero no explican, cmo es que puede tener vigencia. Dicha pseudopolmica ha cumplido una funcin ejemplar al servicio de intereses no del todo claros. De entrada ha contribuido a eludir una discusin seria y rigurosa sobre la estructura profunda de nuestra diversidad y desigualdad cultural, su historia y sus implicaciones y en consecuencia ha colaborado en retrasar casi un siglo nuestro arribo a una forma de cultura nacional plenamente democrtica. Abundar en este asunto ms adelante.4.– Por los balcones del AnhuacMe asomo al balcn: soy hijo de exilados espaoles; refugiados les gusta denominarse. Un padre castellano de Valladolid y una madre catalana de Barcelona. l, mi padre, arrib a Mxico en el “Sinya” primer navo cargado de emigrados espaoles que lleg a Veracruz a finales de 1939. Marea roja que todava recuerdan los ancianos en los portales. Mi madre tuvo que esperar a que se disciparan los humos de las explosiones atmicas y lleg a finales de 1945. Yo nac en el Distrito Federal (prefiero decir Anhuac por cuestin esttica) lo cual fue indudablemente una ventaja, ya que el D.F. es una regin de arribazones. Es decir, un lugar en el cual histrica y persistentemente la mayora de los oriundos tienen padres o a los abuelos, que llegaron, y siguen llegando de otros lugares, unos de ms lejos que otros, de dentro y de fuera del territorio nacional. Es decir soy lo que de diversas maneras y con diversa intencin se denomina un “chilango”. El que esta cuenca de lo que fue un sistema de lagos sea un lugar de arribazn, y asentamiento definitivo, desde mucho antes de la llegada de los mexicas, la constituye en un espacio privilegiado para el ejercicio de la identidades y por supuesto para el anlisis y la reflexin. Comprendo en este caso como “ejercicio de la identidad” al conjunto mltiple, pero no infinito, de estrategias simblicas y prcticas que se han puesto, se ponen y se pondrn en prctica durante milenios, los pueblos, los grupos, las familias o los individuos, para arraigarse emocional, econmica, y polticamente en un espacio geogrfico nuevo y desconocido, en un proceso permanente de construccin y reconstruccin. El ejercicio constante de la identidad en el Anhuac producto de la continua arribazn de gentes, ha sido minimizado en los anlisis, por supuesto se han sealado las migraciones, pero nunca se les ha otorgado el peso especfico adecuado en el anlisis. Es “sintomtico” que todava se piense en el fenmeno de la migracin como un hecho aislado, fuera de lo comn, como un accidente, cuando en la prctica, ha sido y es un proceso social, eco-

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173nmico, cultural y poltico constitutivo de la historia y la condicin humana. Son contados los mitos fundadores que no apelen a una partida, una llegada o el desplazamiento mismo, como origen de una cultura. Por ejemplo, en nuestro caso, qu caracterizacin puede ser ms precisa y adecuada para el lbil concepto de Mesoamrica que concebirlo, entenderlo y explicarlo como un campo migratorio ? es decir, un espacio delimitado geogrficamente, por razones de orden diverso y con variaciones significativas en el tiempo, pero que al interior del cual se construyeron y reconstruyeron los pueblos indios de Mxico en movimiento perpetuo. En nuestro entraable Anhuac ha sido tan constante, sistemtico y diverso este proceso que probablemente sea un caso, con mritos suficientes, como para intentar el esfuerzo de construccin conceptual de un “tipo ideal” weberiano. Probablemente esta conjuncin compleja y no bien caracterizada de circunstancias, es la que ha inducido a muchos colegas que han reflexionado sobre Mxico y el mexicano a confundir esta “condicin estructural identitaria de arribazn”, especfica de los habitantes de la cuenca del Valle de Mxico, como la condicin general de todos los habitantes en nuestro actual territorio, generalizndola implcita y alegremente al conjunto mltiple y extremadamente diverso de formas posibles de ser mexicano. Esta sistemtica elusin analtica de la diversidad constitutiva de nuestro pas, si bien simplifica enormemente las descripciones, tambin falsifica sus conclusiones. Por lo general el mexicano “tipo” resultante en los estudios es un recipiente de caractersticas contradictorias de diversos tipos de mexicanos, a la manera de Mary Shelley construimos un verdadero Frankenstein nativo. Este estereotipo es entonces enjuiciado y victimado por su autor y es cuando “el mexicano” nos aparece como un ser inconcluso, un ser inacabado, un ser en transicin. Y hacia dnde es esa transicin, se pregunta uno? La respuesta es una sola: hacia un tipo de mexicano deseado, explcita o implcitamente que en la mayora de los casos tiene un sospechoso parecido con el autor del ensayo. Es entonces que nos aparece ese destino inefable que algunos convirtieron en destino trgico y en magna tarea del Estado nacional: la construccin del solitario mestizo. Uno de los ms grandes antroplogos de este siglo, Gonzalo Aguirre Beltrn se ufanaba afirmando que los antroplogos mexicanos habamos cumplido la tarea de “convertir al mestizo en el smbolo tnico de la identidad nacional”. Contino conmigo; mi apariencia fsica se constituy en una marca permanente que estableca una diferencia excluyente. No obstante el ser excluido por “blanco” en Mxico resulta una “exclusin que denomino positiva”. A la desventaja de fenotpia, se le resta la ventaja ra-

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174cista implcita en la cultura estatal de promocin del mestizaje. Podra haber salido “a mano” en esta contabilidad identitaria, pero existe otro elemento, otra carta en juego, en las sumas y restas. Este nuevo elemento lo constituye el hecho brutalmente evidente de que en Mxico no existen blancos pobres; la perversa ecuacin que define el tono de la piel como condicin econmica (real o imaginaria) me otorgaba algunos puntos ms en la contabilidad y finalmente pareca salir ganando. Creo que es esta contabilidad identitaria la que explica el porqu los mexicanos por nacimiento marcados por una exclusin positiva, no protesten y sea esta circunstancia que nuestra sociedad elude discutir y enfrentar como se dice hoy de manera transparente. Cuando esto pasa y el tema salta porque alguien lo seala; un ejrcito de bien pensantes protesta airadamente, sepultando bajo el discurso de que “aqu no hay racismo ni chovinismo”, estas situaciones y circunstancias. De esta manera endosamos a nuestro ejercicio cotidiano de la identidad un nivel muy nuestro: el de “la simulacin igualitaria”. Adjetivo la simulacin, con el inters prctico de diferenciarla de la simulacin en abstracto, que s ha sido sealada reiteradamente como caracterstica nuestra. Cualquier ejercicio que singularice la identidad de los cuadros medios y superiores de mando del Estado mexicano, la iniciativa privada, o del mundo acadmico y cultural mostrara de manera brutal que la “exclusin positiva” es uno de los mecanismos de estratificacin social y es expresin y prctica del racismo en Mxico. Hoy nuestra cultura de promocin del mestizaje se expresa en discursos cada vez ms tenues. A partir de la irrupcin indgena de Chiapas nadie se ha atrevido a mencionarlo. Pero la pragmtica centenaria que implica est implcita en el conjunto de reglas matrimoniales y relaciones sociales derivadas. Y lo seguir estando si no somos capaces ni siquiera de verbalizar su existencia y discutir a fondo sus races y su significado. Al sector social moreno, de cualquier tono, se le “prescribe” el mestizaje con blancos o menos morenos: denominar esta prctica: exogamia cromtica preferencial Al sector blanco se le “proscribe” el mestizaje con morenos. En consecuencia la definiremos como: endogamia cromtica preferencial. Eso explica con relativa obviedad cmo miembros de familias mexicanas con cientos de aos de antigedad en el pas parezcan espaoles, rabes o gringos, y por ejemplo, que en cualquier destino turstico se les hable naturalmente en ingls, resultado de la exclusin positiva. Cosa que por lo dems les ofende mucho y lo interpretan como una muestra de la colonizacin norteamericana de sus connacionales, y no como lo que es, la consecuencia de nuestro cotidiano ejercicio de la identidad y las normas que la sustentan, conformado y reproducido

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175desde antes de la existencia misma de los gringos Esta forma peculiar y muy mexicana de racismo, hace que la tensin racial en Mxico se encuentre oscurecida y obliterada en la reiterada cantinela de que entre nosotros no hay racismo y cuyo argumento ms slido es bastante curioso y paradjico: en Mxico no se discrimina a los blancos. No obstante, nuestros “mexicanos universales” no podan ocultar su incomodidad al respecto; es ejemplar ese prrafo de Alfonso Reyes en el que en sntesis magistral explicaba en primera persona y a la manera de la Divina Comedia la tragedia de ser mexicano, deca: “...en primer lugar, la primera gran fatalidad que consista desde luego en el ser humano [...] dentro de este vena el segundo crculo que consista en haber llegado tarde a un mundo viejo [...] Encima de esas desgracias del ser humano y ser moderno, las muy especfica de ser americano, es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era foco actual de civilizacin, sino una sucursal del mundo. Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino, o en suma, de formacin cultural latina [...] ya que se perteneca al orbe latino, nueva fatalidad dentro de l, pertenecer al orbe hispnico [...] dentro de lo hispanoamericano, los que me quedaban cerca todava se lamentaban de haber nacido en zona cargada de indio. Regreso a su servidor, la exclusin positiva hacia mi cotidianeidad relativamente amable, pero absolutamente inaceptable, por lo menos para m. La posicin econmica de mi familia no era del todo mala, no era lo que se conoce como una posicin desahogada; tenamos que estar nadando todo el tiempo. Este no era un problema identitario sino un problema econmico con los asegunes derivados de la exclusin positiva. No obstante y en ltima instancia exista exclusin. La condicin econmica relativamente precaria de la familia nos impeda y en consecuencia nos liberaba, de la prctica perversa de la urbanizacin en nuestro valle de habitar en alguno de los ghettos de lite lo que hubiera derivado en la prctica de algo que bien puede denominarse “identidad amurallada” y por tanto mi vida cotidiana se desarrollaba en las calles de la ciudad de Mxico, en colonias que se consideraban de medio pelo para abajo; a la intemperie; entre los nacos Sublime concepto a partir del cual se pudieron desenvolverse mis arraigos identitarios ms profundos y entraables. Por fin haba encontrado la puerta de entrada a una identidad dura. Una identidad que desoa subordinando, los “llamados de la sangre, de la tierra, de la herencia, de la clase”, una nueva e indita solidaridad fuerte y flexible me envolva; me haba convertido en un naco; era (y soy) un naco; por fin el Anhuac me reconoca como uno de los suyos.

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176 5.– El naco al balcn Una de las constantes “sintomticas” de los estudios sobre identidad del mexicano es la reiterada elusin y rechazo a estudiar el trmino naco que han mostrado nuestros sabuesos-investigadores de la identidad; tampoco los ensayistas se han decidido a abordarlo. Tan comn y cotidiana es la palabra y su uso; son tantas sus acepciones y significados; sintetiza, tanto lo que somos, que podemos razonablemente sospechar, a partir de su utilizacin universal y sistemtica y a partir de la ausencia de reflexin sobre ella, que debe parte medular de una patologa plagada de elusiones y simulaciones que probablemente d cuenta con mayor amplitud y profundidad de lo que somos y cmo somos, que muchas de las proposiciones conocidas hasta la fecha. El trmino naco es indudablemente el concepto hoyo negro de nuestra identidad: su significado efmero, subordinado fatalmente al contexto de su uso, lo volatiza, lo convierte en humo, lo que aparece como inaprensible. Las descripciones fciles lo asimilan a indio: lo naco es lo indio. Es el indio en el asfalto; el indio revestido; encorbatado. Por analoga es el mal gusto, lo charro, lo kitch, etctera y se le buscan y asignan dudosas etimologas. En el arco cromtico del mestizaje que va de lo caf oscuro a lo blanco plido, debera existir un lmite a partir del cual los nacos empezamos a serlo o dejamos de serlo. No obstante, como deca ms arriba este lmite es un punto absolutamente variable derivado de la posicin del que observa y de la ubicacin del observado. A las distorsiones heisenbergianas habr que sumarle una ms, la obvia incomodidad que el uso del trmino naco produce en nosotros; ya sea por la duda existencial de serlo por parte del que lo aborde, o tal vez ms comnmente, por la vergenza de aparecer como racista o clasista al utilizar el trmino. Simplemente se le elude y se le ubica en el terreno de las malas palabras, de los insultos, como si fuera la peor de las chingaderas.6.– Los balcones colonialesDurante la colonia, como todos sabemos el asunto de la identidad no era algo que se dejaba en manos del sentido comn; era una cuestin jurdica, del derecho, con implicaciones precisas y detalladas. El sistema de castas de la colonia en la Nueva Espaa era una compleja institucin, un articulado sistema de normas y reglas a partir de la cual se respondan a la violacin sistemtica de las prescripciones matrimoniales coloniales y se daba orden al desmadre sociorracial. Eran tan comunes los ayuntamientos carnales fuera de la norma, que la sociedad colonial era un babel tnica. Mezclas sin ton ni son entre blancos y medios blancos, indios y medios indios, entre negros y medios negros y de todos con todos, con graves implicaciones en la herencia y la propiedad. De tal suerte que se constituyeron sistemas descriptivos de los productos de tan sorprendente fogosidad interracial.

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177Un sistema de castas en algunos casos con ms de cien casilleros permita ubicar a cada chilpayate recin arribado en un casillero preciso con sus consecuentes obligaciones y derechos. Asimismo, tal sistema de relaciones matrimoniales permita orientar valorativamente la irrefrenable sexualidad interracial hacia el polo blanco del arco cromtico de la sociedad novohispana con el objetivo estratgico de establecer lmites sociales difcilmente superables y una dudosa esperanza de movilidad social. “Saltapatrs”, “cambujo”, “tente en el aire”, “lobo”, “mulato” y decenas de trminos igualmente sorprendentes constituan la precisa taxonoma derivada del cachondeo novohispano. La independencia termin, entre otras ignominias y por decreto, con el sistema jurdico que soportaba el sistema de castas. No obstante, como tantos decretos en la historia de Mxico, expres una voluntad justiciera e igualitaria que no iba respaldada con los elementos necesarios para convertirse en realidad, a lo ms sealaba una tendencia. El sistema jurdico de castas y su complicada prctica institucional qued suprimida mediante decreto de la noche a la maana, sin embargo la cultura de separacin racial centenaria cristalizada en torno a este sistema sencillamente se sumergi en la conciencia colectiva; se convirti en cultura implcita Tal vez si en ese preciso momento alguien reflexion sobre ello, concluy que el paso del tiempo la deslavara hasta hacerla desaparecer. Sin embargo, no podemos olvidar que el sistema de castas no era solamente un mecanismo para el control de las mezclas raciales sino y esencialmente, un mecanismo para controlar los movimientos de la propiedad en ese entonces bsicamente propiedad agraria, inmobiliaria y metlica. La transformacin paulatina de un sistema de castas en un sistema propiamente clasistas pocos cambios implic en la estructura propietaria; los que se produjeron derivados de las leyes de la reforma, las llamadas Leyes Lerdo en la prctica significaron mayor desposesin de la inmensa mayora de la poblacin, hasta ese momento parcialmente protegida por las Leyes de Indias. Resulta razonable postular que las consecuencias culturales de los sistemas de clasificacin coloniales que respondan a la estructura social de la propiedad al no verse alterados sustancialmente continuaron vigentes, aunque implcitos, en la conformacin de lo que a partir de la revolucin de independencia se puede propiamente denominar: Cultura Nacional Mexicana. Mi hiptesis provisional es que el uso polismico y referencial del trmino “naco” es consecuencia necesaria de la continuidad transfigurada del modelo cultural implicado en los sistemas de castas. Dicho trmino permite resumir en un solo concepto la variacin infinita de ubicaciones econmico-raciales de los mexicanos.

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178La sorprendente permanencia de modelos culturales implcitos es causa y simultneamente efecto de su reproduccin, aunque y esto es lo esencial, siempre dependientes de la todava ms sorprendente continuidad de los patrones de desigualdad econmica social en la sociedad mexicana.7.– Balcones a la cartaAl hacer un recuento exhaustivo de las lindezas mediante las cuales se han caracterizado a los mexicanos y su cultura encontraremos un comn denomi. nador, una perspectiva que las hace comunes: el mexicano es un ser inacabado, inconcluso, postmoderno, por fragmentario antes de la postmodernidad, surrealista sin conciencia de serlo. Somos un pueblo viejo que sigue siendo nio, pueril; somos un pueblo crdulo, esperanzado y agachn, somos tambin pueblo bronco y brutal, somos pueblo taimado y traicionero, en fin, hasta como hbridos nos han caracterizado. Si reflexionamos ms, nos percataremos de que muchos de los comportamientos que se nos asignan si bien son visibles y podemos constatarlos son tambin profundamente contradictorios. Hay un “Mxico bronco” que todo el mundo tiene miedo despierte, porque hacemos revoluciones, pero somos tambin un “Mxico dormido” que todo el mundo quiere despertar, para hacer revoluciones. Hay un Mxico pueril y esperanzado an despus de tanto engao, al cual todo mundo quiere poner en realidad, tambin somos tambin un pueblo desencantado a quien todo mundo quiere volver a inyectar esperanza. Somos un pueblo ejemplarmente mestizo, y somos tambin un pueblo diverso que no ha podido integrarse en una cultura nacional. Podramos seguir as, con parejas contradictorias hasta ver que los mexicanos podemos ser cualquier cosa, y que podemos proporcionar hechos y datos estadsticos para casi cualquier comportamiento, a la manera de Stevenson podemos ser el Dr. Jekey o mister Hyde. Sin el menor nimo de menospreciar la abundante bibliografa que acompaa nuestro devenir como pueblos bien podemos decir que poco hemos avanzado en el camino de mejor comprendernos. Volviendo a m, debido a la bamboleante situacin econmica que caracteriz a la familia en mis quince primeros aos de vida (1949-1964) nos cambiamos muchas veces de domicilio lo que pona en tensin con relativa frecuencia mis acomodos identitarios de barrio, que como todo mundo sabe son bsicos en la conformacin de las personalidades grupales urbanas. Esta tensin signific un reto ms en la construccin de mi identidad. No slo como problema terico sino que cada acomodo implicaba de menos una “partida de madre”, es decir un ajuste tcnico y espacial al liderazgo esquinero y de cuadra, de banda se dira hoy. La Cuahutemoc, la Anhuac, la Campestre Churubusco, la lamos, la San Rafael fueron algunas de las colonias que si no me vieron crecer, por lo menos me vieron pasar. La exclusin positiva producto de mi fenotpia

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179fue motivo de reacciones diversas, segn el nivel econmico de la colonia me garantizaba relativa amabilidad de recepcin o relativa enemistad de r ecepcin con sus consecuentes derivaciones. El hecho esencial de este proceso de reconstruccin permanente es que siempre concluida con una aceptacin tctica que me daba igualdad de derechos y obligaciones. Lo que deriva, como he afirmado de la “cultura de arribazn” que caracteriza al Anhuac. Aceptado un nuevo miembro en la colonia, esquina o banda gozaba como afirm de igualdad de derechos y obligaciones y de reconocimiento por parte del grupo: de identidad pues. Ya que las bandas de urbe se definen a partir de liderazgos esencialmente fsicos, donde el valor y la lealtad son prendas mximas, el lder poda pertenecer a cualquier punto del espacio cromtico. No obstante, aunque matizadas y cariosas las exclusiones positivas y negativas persistan, no como lmite de derechos, sino como una de las fuentes ms sistemticas en la elaboracin de bromas que como todos sabemos son el ncleo del accionar conceptual de las bandas. En mi vivencia particular pude ver y participar del conjunto complejo y contradictorio de actitudes a partir de las cuales luego le se caracterizaban a los mexicanos. Era evidente que cada quien manifestaba una personalidad individual particular. No obstante, el accionar de la banda buscaba una igualacin actitudinal de todos guiada principalmente por las “virtudes del lder”. Lo sorprendente de mi experiencia es que lo que caracterizaba el conjunto de valores aceptados y buscados por todos era extremadamente matizado. Ms all de estereotipos muy en boga en los cuales los malos son malos y los buenos son buenos. El comportamiento prescrito implicaba el contexto de las acciones como el elemento crucial de juicio. Esta prctica de juicio referencial indica con suficiente claridad la importancia definitiva que el contexto tiene en el juicio que merece una actitud adoptada. La sistemtica importancia del contexto como el elemento nodal de clasificacin de un hecho o proceso deriva, a mi entender, del modelo cultural subyacente en la denominada cultura nacional mexicana. Este accionar cultural en base a los contextos implica tener o un esquema valorativo sutil y complejo a partir del cual se juzga cualquier comportamiento, o una metodologa cultural de referencias, hasta ahora desconocida. Lo que como es evidente, hace mucho ms dudosas las caracterizaciones abstractas del “mexicano” e indica caminos de anlisis que deben explorarse. La inexistencia de un conjunto slido y cristalizado de valores de larga tradicin en la ciudad obliga a sus habitantes a una permanente construccin y reconstruccin de las escalas valorativas, por lo menos a la misma velocidad que cambia la sociedad.8.– Indios en el balcn?Si bien el Anhuac es lugar privilegiado de las arribazones no debemos dejar de sealar la presencia milenaria de pue

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180blos indgenas asentados en la cuenca con historias y tradiciones propias; islas culturales ubicadas en las antiguas riveras del lago; Milpa Alta, Xochimilco, Tlahuac, Culuhacan, son algunos de esos barrios en los cuales las tradiciones indgenas permanecen con culturas relativamente diversas de la denominada cultura de arribazn. Aparte de que permanecer es el ejercicio de resistir y mantener una cultura, con las influencias y transformaciones necesarias, las culturas histricas de los pueblos indgenas en el Anhuac se constituyen como slidos ejes identitarios de barrio con los cuales la generalidad de los chilangos mantenemos nexos orgnicos. Estos ejes de identidad son constitutivos del modelo de identidad de los chilangos y deberamos estudiar con mucha mayor intensidad sus relaciones recprocas. La otra presencia indgena, culturalmente significativa en el Anhuac, es la derivada de la permanente arribazn de familias indgenas extensas, compactadas y articuladas de prcticamente todos los pueblos que habitan en el territorio nacional. Autocentradas culturalmente y con una habilidad sorprendente para reproducir adaptando sus modelos culturales en la urbe, imponen a la ciudad perfiles y definen procesos derivados de sus modelos culturales y que junto con los indgenas histricos en el Anhuac, matizan con gran fuerza las formas de identidad generalizadas en la cuenca. La presencia indgena constante, aunque poco visible, tiene un impacto en la sociabilidad y los mecanismos de solidaridad en la urbe mucho ms poderosos y significativos que lo que habitualmente suponemos. La vigencia de la “familia extensa” como modelo de solidaridad y sociabilidad urbana de las clases populares en la urbe, es un ejemplo significativo y es tambin uno de los capitales netamente indgenas que funciona como organizador bsico y como garante de la relativa paz que en esta ciudad se viva hace slo unos aos. Relativa paz que a todos nos ha hecho preguntarnos alguna vez cmo es posible que funcione y cmo es posible que la violencia no sea mucho ms generalizada y explosiva?9.–Arquitectura de balconesNuestro valle repleto y rebosante por sus bordes aglomera a casi veinte millones de seres que resisten y eluden con xito relativo las formas de civilidad individualistas aconsejadas para vivir en una urbe. Sus razones tienen. Si siguieran los consejos urbanos de promover las formas individualistas de sociedad recrendose en su “miserable mismidad”, y atenidos exclusivamente a la frgil solidaridad que puede proporcionar una familia nuclear moderna el colapso total de nuestra ciudad, tantas veces anunciado, habra ocurrido ya. Con gran sabidura se mantienen las formas de solidaridad “premodernas” en las que predominan la familia extensa, y las mltiples formas corporales de solidaridad basadas en el parentesco y en el empleo.

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181Las “tribus modernas” como dira Michel Mafessoli constituyen una articulada y funcional telaraa de relaciones sociales que otorgan sentido e identidad a los habitantes del Anhuac, a los chilangos. Estas formas duras de solidaridad resisten e intentan refuncionalizar cualquier intento consciente o inconsciente por disolverlas. Por ejemplo, en urbanismo, por ejemplo, el socorrido e infame gnero del multifamiliar hoy denominado unidad habitacional, fue el modelo escogido por el estado mexicano para ordenar arquitectnicamente y funcionalmente el crecimiento de la ciudad. Este, como todos sabemos, se fundamenta en la “panalizacin” de la vida familiar, contempla los espacios comunes como espacios vacos, (vanse si no las maquetas) jardines, andadores, estacionamientos. Ni por equivocacin contemplan la solucin comunitaria de las necesidades cotidianas. Tampoco se percibe en su diseo una reflexin sobre el impacto social de tan radical comportamiento de la vida familiar, descuidando irresponsablemente las formas de socializacin, de autocontrol colectivo y de la construccin psicolgica individual y familiar. La mayora de dichos centros habitacionales promueven implcitamente la disolucin de formas de solidaridad suprafamiliares fomentando un individualismo que, si no es resistido exitosamente, genera un complejo actitudinal radicalmente insolidario, lo que se expresa hoy en la crisis y deterioro de la vida condominial. Su deficiente funcionamiento es consecuencia de la irracional e irresponsable propuesta de vida que implica que slo responde a los valores de uso del suelo. Dichas unidades habitacionales estimulan indirectamente, la formacin de ncleos juveniles duros que tienden a aduearse de los “espacios vacos” en los cuales imponen modelos de sociabilidad competitivos y brutales. Las casi siempre temibles “bandas” atentan sistemticamente a la dignidad e integridad de las personas, a partir de generar complejos valorativos propios, desconectados de la familia y del conjunto de valores que la sustenta. Formas de socialidad que Margaret Mead, prevea desde hace dcadas denominndolas cofigurativas. Aquellas en las cuales las tradiciones no son ya el elemento estructurador de la reproduccin social, a partir de la subordinacin y el desprecio total por los “mayores”, desplazando el liderazgo a los jvenes y sus “pares”, que sin arraigo en las tradiciones y sin historia pro pia, inventan mecanismos de solidaridad, los cuales, como hemos dicho, se articulan en torno a liderazgos crueles y oportunistas. Como se comprender este fenmeno se potencia en nuestro Valle como resultado de la cultura de arribazn. La resistencia activa a la individualizacin y nucleacin excesiva de la vida familiar es visible en muchos hechos y procesos, por ejemplo, todos pudimos

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182constatar cmo las reconstrucciones parciales que se hicieron de edificios y viviendas destruidas por el terremoto de 1985 en el centro de la ciudad, al tener que responder a las demandas de los habitantes y no a los planes centrales del gobierno, impusieron formas arquitectnicas basadas en la “vecindad” como modelo y que como su propio nombre indica se fundamentan en una proxemia “premoderna”. La lucha en este caso era y es una lucha por defender formas de sociabilidad tiles en el ejercicio y construccin identitarios, as como evitar la expulsin a los mrgenes de la ciudad en conjuntos habitacionales poco aptos para el desarrollo de formas de vida comunitaria.10.– Balcones exclusivosLa decisin de a qu escuela iramos la tomaron mis padres de manera prctica aunque matizada. Eligieron la escuela ms cercana a la casa, pero particular, es decir paga. Los criterios para elegir una escuela particular, si bien se basaban en el argumento de la calidad educativa, en el fondo era evidente que buscaban una ubicacin de clase, de estrato social. En ese momento aunque menos que en la actualidad, las escuelas particulares prometan un campo frtil a las relaciones sociales ventajosas. Me toc el Franco Ingls que estaba enfrente de la casa, aunque siempre con el rechazo de mi padre, que comunista y ateo se indignaba de la parafernalia religiosa que envolva la educacin de los maristas. Pocos aos estuvimos en el Franco Ingls. Nos cambiaron al Colegio Madrid, que como ustedes saben era una de las tres escuelas creadas por los refugiados espaoles. Laico y relativamente liberal el Colegio Madrid, se acomodaba ms a la ideologa familiar, aunque no necesariamente a mi ejercicio identitario. Siete aos pas en esa escuela hasta que me expulsaron. Aos desgastantes en los cuales las contradicciones y conflictos eran asuntos cotidianos. An a pesar de su liberalismo poltico se respiraba un ambiente de exclusivismo soterrado. La fenotipia ambiente era ms evidente, la inmensa mayora de mis condiscpulos eran geros. Lo que ms me sorprenda del sordo trasiego identitario era el ver: cmo nios nacidos en Mxico, mexicanos de nacimiento, hablaban con acento espaol con la c y la z. La educacin en Mxico ha sido uno de los terrenos en los cuales la disputa por la nacin y en consecuencia la disputa por la identidad, ha mantenido y mantiene una batalla sin cuartel. Sus momentos estelares son los que devienen del envin revolucionario que se centra en la frtil y contradictoria gestin de Jos Vasconcelos que en el lapso de tres aos, de 1921 a 1924, sent las bases del sistema educativo nacional y las bases de el proyecto cultural del Mxico de este siglo.

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183Visionario y racista, Vasconcelos so con un Mxico moderno, racialmente unificado y culturalmente sajn. Su reivindicacin del Mxico prehispnico se plasm en murales justicieros y en el culto por los indios de piedra, en desmrito de los indios vivos que en su proteico proyecto estaban condenados a desaparecer. El segundo momento es el malogrado proyecto de educacin laica y socialista del cardenismo, este tambin dur slo algunos aos. No obstante sus cortas duraciones son los dos momentos a partir de los cuales se define la lucha identitaria en el terreno educativo. Ochenta aos despus podemos ver que no ha habido nuevas protestas y los cambios han sido pequeas variaciones sobre un mismo tema. Si bien el Estado se reserv la educacin como asunto pblico y prioritario y logr relativamente sus propsitos, desde el primer momento vivi bajo el sabotaje incisivo y penetrante de las instituciones eclesisticas, que en Mxico nunca han aceptado perder el espacio de construccin de conciencias como propio. Esta lucha sin cuartel acompaa al Mxico de este siglo y es causa y consecuencia de muchas contradicciones. Un anlisis somero de la estructura de clases en nuestro pas mostrara la correspondencia puntual entre los miembros de las altas capas de la sociedad y la educacin religiosa y o privada; en contraste, el resto de los mexicanos, la inmensa mayora, que participa solamente de la educacin oficial. Dicha realidad no es privativa de nuestra nacin; lo que le impone un carcter singular es que tal diferenciacin de origen clasista se corresponde puntualmente con el color de la piel. Esta ecuacin perversa que ata indestructiblemente el estrato social y la coloracin de la piel de las personas, el racismo a la mexicana, se construye y consolida en el proceso educativo. A un color de piel corresponde un tipo de educacin, un tipo de religiosidad, un entorno social, unos espacios de deporte, en fin un Mxico diferente y en consecuencia una identidad nacional diferenciada. La actual lucha que se da en el nivel de educacin superior por garantizar el acceso generalizado a ella o por restringir el acceso a partir de cuotas, pone en evidencia la continuidad de esta lucha por el modelo de nacin e identidad que la arrope. Sin lugar a dudas, una de las consecuencias previsibles si gana la batalla el sector elitizante, es que la educacin superior en Mxico ser cada vez ms para los blancos, en este pas que insiste en negar ser racista.11.– La historia en el balcnSi algo posee el mexicano, aun el ms desposedo, es una historia singular, una bandera bien bonita y, un himno que a todos nos hace llorar. Tenemos as mismo un inmenso ejrcito de historiadores activos desde antes que la nacin misma se reconociera como tal. Aunque los historiadores profesionales han producido una obra basta y crtica, la historia nacional mexicana es un gnero intensamente popular con el cual

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184se pueden hacer, se han hecho y se hacen muy buenos negocios, canciones, comics pelculas, telenovelas, videos, libros de divulgacin, gadgets y un sin fin de productos comercializables; para bien o para mal nuestra historia est en el mercado. El nico lmite a su uso comercial es seguir el guin que los libros de textos oficiales reproducen ao tras ao con mnimas variaciones. Todos sabemos lo que puede pasar si alguien con afanes revisionistas quiere modificar o replantear alguno de sus pasajes y personajes, ya sea el Ppila, o los “Nios hroes”. Es una “historia vigilada”. Se permiten las discrepancias en las interpretaciones de algn perodo; por ejemplo, est hoy de moda reivindicar la etapa colonial conocida como de la Nueva Espaa, durante aos condenada a la oscuridad, o por ejemplo, se aceptan diversas interpretaciones del papel jugado por algn grupo o sector sea este la iglesia o los indios etctera, no obstante que el guin es flexible no puede violentarse. La inmutabilidad de la historia de Mxico debe esconder algunas de las claves para entender la confirmacin identitaria de Mxico y los mexicanos. Me sorprende la falta de estudios crticos al respecto. La famosa “nueva historia” que desde hace una dcada, se practica en nuestro pas, si bien ha modificado perspectivas de anlisis, ha cambiado el peso especfico de los actores en los procesos o ha puesto su atencin en temas poco tratados, no ha hecho una revisin crtica del ncleo del discurso nacional, todo lo contrario ese “nuevo pasado mexicano” ha tendido y tiende a consolidar la versin vertebral del mismo. A pesar de esto no se le puede echar toda la culpa al Estado mexicano, ya que conocemos la libertad de investigacin e interpretacin que han gozado nuestros historiadores. David Brading y otros nos han mostrado que la eleccin de los aztecas como fundadores de la nacionalidad es un asunto que est vinculado a la lgica de los hacedores de la independencia y no a los hechos histricos inconfundibles. Por ejemplo, el llamado hoy “mundo maya” que abarca todo el sur del pas, podra estar en discrepancia al verse incluidos como satlites en la saga de los mexicas. Qu decir de los Purpechas que los combatieron incesantemente y as podramos detallar la aparente arbitrariedad de la eleccin de los aztecas como los precursores de nuestra nacionalidad. Apunto arbitrariedad ya que desde entonces y antes con ms fuerza, la caracterstica de los habitantes del actual Mxico era la diversidad. por qu no fundamos una nacin diversa desde el principio? Todava hoy mismo nos resistimos y titubeamos para hacerlo. Dije aparente porque hay razones que si bien han sido analizadas, no se han extrado las consecuencias pertinentes. Se escogieron a los aztecas, pues lo que se busc para fundar una patria nueva era un modelo de organizacin social y

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185no el continuar una tradicin cultural. Cul fue el modelo que se escogi? simple y sencillamente el de un imperio. Los criollos mayoritarios en la construccin conceptual de la independencia se queran independizar de un imperio para formar uno propio. Lo ms parecido a un imperio en nuestras tierras eran los mexicas, aun a pesar de su brutalidad y su reconocido mundialmente afecto por la sangre. Aunque tendemos a olvidarlo y darle significacin mnima y restarle toda importancia analtica, nuestra constitucin como nacin mexicana independiente se concreta por la Junta Soberana que firm “El acta de Independencia del Imperio Mexicano”, el 28 de septiembre de 1821. Las discusiones de la poca hubieran hecho las delicias de las revistas dedi cadas a la nobleza y sus enredos y qu decir si hubieran existido los paparazzis. Por ejemplo, un tema que tuvo importancia fue la duda que tuvo el emperador Iturbide para escoger el ajuar con el cual asistir a su coronacin, no se decida si asistir ataviado con la capa napolenica o en su defecto violentar la moda y asistir con una capa guadalupana, esta ltima, llena de estrellitas. Nuestra bandera que llamamos gustosamente lbaro –nombre que designa el estandarte de los emperadores romanos–, lleva en su centro un guila que se come, muerde, domina o juega con una serpiente. Motivo que sabemos es de tradicin prehispnica, pero que simultneamente nos ubica en el selecto grupo de naciones que tiene un guila en su escudo junto con Alemania, Estados Unidos, y algunos pocos pases ms con decidida vocacin imperial. Pocos aos despus de la independencia nos arrepentimos de ser imperio y nos convertimos sin mucho convencimiento en Repblica. Asunto que todava no hemos concretado, lejos estamos de tener una vida republicana plena. No obstante deberamos indagar con mayor rigor y profundidad si estos hechos, de los que podramos dar muchos ms ejemplos, no son significativos en la construccin del discurso de la identidad nacional. A mi juicio s, y con un valor explicativo importante para comprender las formas y el ejercicio contradictorio de nuestra identidad. Un ltimo paseo biogrfico. En 1968 tena yo 18 aos, estudiaba Economa en la UNAM, y militaba en el Partido Comunista. Como muchos de mi generacin la matanza de Tlaltelolco nos hizo no volver a la escuela. Viaj durante muchos aos por Mxico trabajando en cualquier sitio y haciendo de todo. En esa poca empec a estudiar historia de Mxico en serio. Mi inters social se acendr y precis en las continuas plticas y discusiones con indgenas por todo el pas. Empec a tomar conciencia de un hecho para m crucial. La exclusin positiva, componente esencial de mi carga identitaria me acercaba de ma-

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186nera sorprendente a los indios. Si bien la exclusin para los pueblos indios era negativa, ambos padecamos la exclusin. Ah debe haberse definido mi futuro como etnlogo. Deseaba entender ms esa solidaridad dura que yo senta con los pueblos indios. Con el tiempo fui acumulando citas y atando cabos y entend la natural ubicacin poltica compartida de indios y criollos frente a los mestizos. Comprend su natural alianza para hacer la independencia y entend que ambos, los criollos nacidos en Mxico y los indios ramos concebidos como grupos condenados a desaparecer. Nuestro destino fatal e imposible era convertirnos en mestizos y entre tanto, ser mexicanos a medias. Que a m se me considerara medio mexicano me resultaba relativamente normal, pero que fuera tambin la condicin de los indios fue una iluminacin y defini mis intereses en adelante. Curiosamente en ambos casos, en los criollos y en los indios, se da la prctica del autoencubrimiento, ambos grupos buscan no ser reconocidos como diferentes. Es natural a nadie puede gustarle ser un ser a medios chiles. Nuestra “simulacin republicana” estuvo el siglo pasado a punto de desplomarse. El affaire francs como podemos juzgar el fugaz imperio de Maximiliano, no result ser una simple imposicin extralgica. Fue un proyecto que cal profundamente en sectores importantes de nuestro pas y que si bien no prosper, ya que las “armas nacionales se cubrieron de gloria”, estuvo a punto de lograrse pues no era totalmente contradictorio con los modelos de la constitucin nacional. Con agudeza sin par Maximiliano interpret los signos de la historia mexicana y por poco logra consolidarse con un proyecto semejante y explcito: hacer de Mxico un imperio, el imperio mexicano. Debemos de reconocer que nuestros historiadores tienen con ese perodo (1864-1867) una deuda que tendrn que saldar algn da. Ms all de la “guerra de los pasteles” y de los conflictos entre los intereses europeos y norteamericanos, y de las pugnas entre conservadores y liberales (guin en los libros de texto) es un perodo de nuestra historia cultural prcticamente virgen. Ms all de sealar como “traidor a la Patria” a cualquiera que trate de dar una visin crtica y matizada del perodo de Maximiliano, deberamos ser capaces de explicar por qu casi logra su intento. Los datos son interesantes: Maximiliano ha sido el nico gobernante del Mxico Independiente, hasta hoy, que aprendi el nahuatl y lo hablaba fluidamente. Fund el primer Museo Nacional de Mxico. Hizo la primera solicitud de devolucin de tesoros mexicanos robados por las potencias europeas. Detuvo la expro piacin de las tierras de las comunidades indgenas. Impuls la construccin de ferrocarriles, se enfrent a los conservadores que lo invitaron a

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187venir y se confront con la jerarqua eclesistica, y muchos, pero muchos hechos y procesos, que indican que las cosas no son tan claras y maniqueas como las pintan. De inmediato afirmo que no estoy a favor de Maximiliano de Hasburgo y su proyecto de imperio. No es lugar para extenderme en esto, pero quiero dejar bien sentada mi posicin para los que escuchan sin escuchar. El punto que quiero indicar es que en la construccin de nuestra nacionalidad estn explcitas o implcitas y sumergidas fuertes tendencias imperiales no reconocidas y que probablemente son claves importantes para entender mu chos de los comportamientos nacionales los cuales han sido motivo de librrimas y parciales interpretaciones. Qu decir de nuestro presidencialismo? Siempre insuficientemente comprendido y que generalmente se considera explicado mediante la dudosa teora de las supervivencias como el resultado de la mezcla del patrimonialismo espaol con las tradiciones de dominio aztecas. Lo que no se dice es que nuestra bandera y la concepcin de nuestra historia y destino se corresponden sospechosamente con proyectos oscuramente imperiales y con la necesidad de contar con personajes nicos y garantes de la nacionalidad; no como supervivencias transhistricas dudosas sino como la condicin estructural y reproducidos implcita pero puntualmente en los discursos de historia nacional. Si no de dnde nuestra atraccin fatal a figuras carismticas y mesinicas como Cuahutemoc, Hidalgo, Jurez, Daz, Zapata, Villa, Crdenas, Echeverra, y Salinas en poltica; otros en el campo de la cultura, otros en el deporte, etctera. De ah los miedos y la incredulidad generalizada que producen en nosotros las promesas de un Mxico gobernado por un parlamentarismo democrtico y discutidor y sin figura principal. De ah tambin que no se ponga en duda el rgimen presidencial y slo se hable de acotarlo. Somos un pueblo al cual sus mitos fundacionales y su historia parecen condenarlo a ser un imperio y somos al mismo tiempo un pueblo reiteradamente doblegado. De ah, a mi juicio, dnde deben buscarse las claves profundas de la fragilidad existencial que los analistas han sealado nos caracterizan, y no como han querido suponer esos mismos analistas en la insoluble y transhistrica capacidad que hemos mostrado para articular los dos troncos culturales de nuestra nacionalidad. Siempre que escucho el afn con que los polticos nacionales hablan del desarrollo por venir; de nuestro pronto arribo al selecto grupo de naciones del primer mundo, es decir dominantes me digo: bien, pero para lograrlo a quin vamos a subdesarrollar? No podemos dejar de reconocer que “nuestros triunfos” en este aspecto sern las derrotas de otros. Hoy Centroamrica empieza a vivir en carne propia el desarrollo de Mxico, esto significa que las transnacionales mexicanas se apropien de sus mercados y de la plusvala de sus gentes; el

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188imperio de la tortilla y la cerveza, de las cementeras y de las vidrieras, de las acereras y de las televisoras. En la identidad profunda de los mexicanos est depositado y cuidadosamente conservado, como si fuera el bulto de huchilopoztil, un “destino escondido”, un futuro maravilloso como promesa milenaria, que se reitera incesantemente, tan incesante como las derrotas y los desaciertos que nos acompaan. Ante estas realidades buscamos culpables, les transferimos la culpa y seguimos adelante, como si nada hubiera pasado. Nuestro “destino escondido” trasciende cualquier derrota, y nos incita a seguir caminando hasta que ese trgico destino nos alcance.12.– Balcones deportivosLa contradiccin entre ese sordo y oscurecido futuro imperial implcito en el contexto de nuestra nacionalidad, que se hace acompaar por un discurso, republicano, gritn y altanero, nos permitir explicar con mayor certeza, la ambivalencia del ser mexicano, con mayor profundidad por lo menos que esas historietas que tratan de encontrar sus causas en la imposibilidad de lograr la sntesis armoniosa de las dos razas madres. La investigacin a fondo y sin medios de esas contradicciones nos permitir adentrarnos en muchos de los comportamientos cotidianos inexplicables con los modelos de uso. El deporte y de manera particular el ftbol es un campo de expresin identitaria, cruda Por qu piensan ustedes que cada vez que hay una competicin mundial pensamos, sin confesarlo, que podemos ganar la copa del mundo? y por qu despus de cada triunfo parcial, nos autocelebramos paroxsticamente? No porque seamos ingenuos o tontos o simples mediocres esperanzados, sino porque en lo profundo de nuestra prctica de la identidad existe ese destino, como posible. Por esta misma razn el reiterado fracaso nos deprime, pero no nos cura la esperanza. Estas mismas razones pueden explicar tambin por qu un triunfo deportivo en este valle se celebra en el monumento a la independencia y no en el zcalo o en la plaza de la revolucin. El chilango acude enardecido a tocar, a frotar el axis mundi de nuestra cultura, a celebrar que en ese momento nos acercamos a nuestro futuro, nos conectamos con nuestro destino imperial. Durante algunas horas se instaura un tiempo sagrado en el cual las energas colectivas fluyen en torno al monumento de nuestra nacionalidad en librrimas celebraciones no exentas de brutalidad. Con desnimo, vemos a nuestros socilogos de cabecera hacer la crnica desesperanzada de un pueblo incomprensible, al cual le aplican tristes adjetivos y como siempre establecen una distancia prudente entre esa forma de ser mexicano y el mexicano que ellos son y que tambin como siempre, nunca nos aclaran quin es. Tal vez hoy que polticamente el pas se asume diverso podremos dar un paso ms y empezar a penetrar en las claves

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189mticas de nuestra nacionalidad, esto ser posible si impedimos que un grupo, sea el que sea, se aduee del presente y quiera reconocerse como el verdadero depositario de la historia, se ubique en la saga de los hroes y nos impida una vez ms abrir las ventanas de la nacionalidad y airear el hermoso racimo de nuestras identidadesCorreo en respuesta a este artculoDe: Eliades Acosta A: Jos Manuel del Val Da: 3/ septiembre/ 1999 Estimado Pepe: Acabo de leer “El balcn vaco (notas sobre la identidad nacional a fin de siglo)” y me parece que es un texto slido y profundo, que no slo te retrata de cuerpo entero (los que te conocemos te identificamos plenamente en lo escrito), sino que te define ante candentes problemas de la vida social contempornea, que no son slo problemas de Mxico. Me dio mucha alegra ver con qu fundamento defiendes posiciones avanzadas (que no estn de moda) en el tema de la identidad. Simpatizo mucho con quienes, como t, rompen lanzas por la verdad, a cualquier precio. Es muy cmodo plegarse a las concepciones dominantes de una poca: suelen dar buenos dividendos, aunque no paz interna. Y s tambin cun difcil es que una verdad a medias o una simple mentira puedan ser destinadas, si han sido consagradas por el uso o el abuso. Pero nada nos excusa de tomar esta tarea en las manos, mxime si tenemos la conviccin de que la verdad se impone, tarde o temprano, y que eso depende mucho de los hombres. Partes de un enfoque creativo, personal, con voz propia, que aunque se basa en una concepcin del mundo (en mi opinin) vinculada a lo que, de forma simplista podramos calificar de “materialismo dialctico” (ms o menos la cuerda en que se movi el doctor Marx); pero un materialismo dialctico no dogmtico, no anquilosado, no decadente ni envejecido, o sea, el verdadero materialismo dialctico de Marx, que no ha sido refutado ni superado por la vida (an no, tendr que serlo algn da, como indica la lgica del pensamiento humano), como s lo han sido sus endebles y caricaturescos “propugnadores”. Defender con argumentos slidos, tal y como haces, las pretensiones risibles “a la supuesta objetividad o neutralidad del sujeto investigador”, artculo de fe del cnon postmoderno; el carcter distorsionado, por fuerza, con que el prisma de las ideologas hace pagar a las ciencias la pertenencia de los cientficos a una determinada clase social (“falsa conciencia de la realidad” llam Engels a este fenmeno, y muy pocos supieron captar el sentido de esta alerta); la existencia de nexos slidos aunque difciles de ubicar, a veces, entre el poder econmico y discursos legitimadores de ese poder (la-

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190se aqu tambin, el discurso de la identidad, o los nacionalismos manipulados como argumentos legitimadores) son muestras fehacientes de que te sabes mover en un aparato categorial formidable si se le utiliza correctamente. Desde tales presupuestos se hace muy difcil poder impugnar tus puntos de vista, desde las ciencias. Otra cosa es si, como es habitual en nuestros das, se intente hacerlo desde el pensamiento nico al uso, o desde la Disneylandia de la postmodernidad. No me considero capaz de opinar sobre el devenir de la nacin mexicana (o de las naciones mexicanas, a juzgar por tus argumentos). Soy apenas un voraz lector de todo lo que su rica Historia nos ha reservado (en estos momentos estoy leyendo un libro sobre la muerte del general Murgua, de los carrancistas), pero siento que tus puntos de vista son orgnicos con esa propia historia, y lo que es an ms importante: sirven para poner banderillas al toro del establishsment en que se ha anquilosado esa historia, disfrazndose de “inters nacional”. Ubico a tus ideas dentro del movimiento, perceptible, que reclama cambios a un modelo agotado; que trata de poner al desnudo la endeblez terica que fundamentaba un mundo, a primera vista imponente. Y todo eso, sin hacer concesiones suicidas ni ingenuas al mundo de la “real poltica”, al vecino poderoso, ni al ambiente globalizado de nuestra poca: esto es una rara virtud, difcil de hallar en los pensadores de hoy. Acentuar el carcter procesal, de cambios continuos, dialctico y plural de las identidades, es ganarle la pelea a la volatilidad conceptual, al reciclamiento perpetuo con que el cnon postmoderno ha querido descalificar a toda la ciencia precedente, en este y otros campos, en aras de un movimiento sin sentido, sin principio ni fin. Quin o quines no son producto de una “condicin identitaria de arribazn”? Como bien sabes, Cuba es un clsico exponente de este enfoque, precisamente por ello, uno de los aspectos que ms me impresiona de tu texto es lo aplicable que es, a muchos de los problemas nuestros; lo vlido que son tus puntos de vista para ayudar a desentraar el hoy y el maana de mi propio pas. En esto radica tambin, uno de tus ms acabados aportes: slo lo universal es verdaderamente local. Cuba sufre tambin de “identidades amuralladas”, o sea, de concepciones estticas y superficiales sobre sus elementos constitutivos. No slo existe lo naco en Mxico: forma parte indeleble de lo popular cubano, tanto que, en estos momentos copa la msica salsa nacional, la ms divulgada y exitosa. Pero siempre estuvo ah, al acecho de que ciertas carencias o debilidades en las polticas culturales, ciertas descordinaciones y mediocridades, le permitiesen aflorar. Tal y como ocurre con Mxico, los cubanos solemos definirnos a nosotros mismos por oposicin “al otro”, generalmente, al forneo, al cual se identifica, con justicia, como “el enemigo” o “el invasor” (el colonizador, el ocupante, el inversionista extranjero, el turista, etctera). A ellos nos une una especie de “odio-cario”, una mezcla freudiana que crea insular, hasta leer tu trabajo y comprender que tiene races ms profundas. A propsito, para los cubanos “lo naco” sera el equivalente de “lo cheo”. Tanto lo uno como

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191lo otro nos remiten a castas y clases sociales, a carencias culturales o la asimilacin ridcula a otras culturas buscando el xito o la supervivencia. Qu no estar ocurriendo con ello en un mundo globalizado, de frreos cnones en lo tocante a qu es lo que se debe comer o vestir, sentir o pensar, aunque se viva en Los ngeles, en Quintana Roo o en Singapur? No estaremos presenciando la globalizacin de lo naco, la benettizacin (de Benetton) de lo cheo? Enigmas del mundo de Bill Gates y de George Soros. A fin de cuentas qu son lo naco o lo cheo sino estrategias de supervivencia, de asimilacin, de des-identidad? Y no es esto lo que se promulga como “polticamente correcto” en nuestros das? No se nos estimula a diluirnos en el mundo global, estandarizado, homogneo? Tu mirada a las dinmicas de estos procesos es un paso de avance hacia la explicacin de los fenmenos en todas sus conexiones posibles: de explicar a transformar va un largo trecho, pero el primer paso hacia la transformacin es la explicacin. Hoy estas verdades son apenas un osis en medio del desierto postmoderno, casi asunto crptico de elegidos, de sectas e individualidades. No siempre ser as, y ya muchos vienen de vuelta. Hay que tener paciencia. Leyndote entend mejor sobre el origen y las causas psicosociales de la violencia juvenil en las grandes urbes; entend mejor por qu se han dirigido tantos ataques contra la memoria histrica, las tradiciones, la familia y los valores en aras de la fragmentacin y perpetuacin del dominio clasista enmascarado en la aparicin inducida de nuevas formas de socialidad. Qu papel han jugado en esto la literatura de moda, los medios masivos, los entretenimientos nada gratuitos, la pedagoga y los comerciales? Qu papel ha jugado, y juega el cine dominante, aplastantemente norteamericano? Llegado a este punto la vocacin “imperial” del mexicano es un hallazgo terico para m, pero un hallazgo intuido. No s si conoces que hubo planes de anexar Cuba a Mxico, como solucin intermedia entre las reclamaciones de Espaa y los Estados Unidos. Pero ms sorprendente sera la constatacin de una vocacin “imperial” cubana, o mejor dicho, un afn de situarnos en el centro de lo universal y lo moderno, una aspiracin vanguardista perenne que recorre el espinazo de la nacin, desde sus orgenes: es un hecho demostrable. Bien encausado, no est mal, siempre que se mantenga en los lmites cuerdos de la vocacin. Lo de Maximiliano de Hasburgo me parece muy atinado: coincido contigo en que debe volverse sobre esta historia y sobre sus protagonistas, sin prejuicios ni anatemas prefabricados. Hoy por hoy, si de algo me convenzo es que la verdadera historia de Amrica (y de gran parte del mundo) est por escribir, pero ello slo ser posible poco a poco, con madurez y libres de las condiciones que impone “la falsa conciencia de la realidad”; o al menos, cuando los conflictos polticos e ideolgicos permitan serenidad y nos concedan liberarnos de crispaciones.

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192Los mitos fundacionales de Mxico son muy parecidos a los nuestros. Quizs se hallen ustedes en el momento exacto de revisarlos y reformularlos. Para nosotros, an no ha llegado ese caso, y no llegar mientras estemos en esta especie de vela de armas perpetua en que vivimos. Ms peligroso que los mitos sera quedarnos sin historia que, hoy por hoy, es el cemento que une a una nacin amenazada por factores internos y externos. Ese momento llegar, y siento envidia por los historiadores del futuro que podrn plantearse, sin limitaciones, todas las interrogantes posibles. Todava a la identidad en Cuba le espera un largo tiempo de servicios. Perdona si me he salido de la tangente y torcido un poco el rumbo de tu excelente texto, en aras de “aplatanarlo” como decimos en Cuba cuando algo o alguien se “cubaniza”. Considera que esta pasin y las asociaciones que despierta testimonian su valor. Los textos que lo dicen todo, que no son capaces de sugerir, que no estn abiertos, son intrascendentes, aparte de aburridos. Te repito mis felicitaciones, y te recuerdo que espero tu autorizacin para que lo podamos publicar en la Revista de la Biblioteca Nacional Para ello necesitara una pequea sntesis de tu curriculum, para acercarte a nuestros lectores. Un abrazo: ELIADES ACOSTA

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233 Una identidad nacional que no renuncie a la riqueza adquirida en las dcadas pasadas y que sea capaz de revisarse las entraas sin mentiras ni ocultamientos, sera una fuerza extraordinaria si se plantea un propsito tan ambicioso, por el profundo arraigo que tiene esa identidad en la gente, por la capacidad que ha tenido de levantarse sobre raseros mezquinos para prefigurar utopas, y por su capacidad de convocar a todos a darle sentido transcendente a la vida y a la bsqueda de bienestar y felicidad.1Luego de unos tres aos de ausencia en la patria, Rubn Martnez Villena regres a Cuba (mayo de 1993). Punto de atraque: Santiago de Cuba. Cinco das despus, el 18, Blas Castillo lo conducira a La Habana. Recin llegado, Martnez Villena encontr un panorama sombro para la direccin del Partido Comunista de Cuba (PCC). Dirigentes partidistas, proletarios, juveniles, estudiantiles se hallaban sepultados en las mazmorras del Prncipe: Jorge A. Viv, secretario general del PCC; Cesar Vilar, mximo lder de la Confederacin Nacional de Obreros de Cuba (CNOC); Joaqun Ordoqui, Severo Aguirre, Ladislao Gonzlez-Carbajal y otros combatientes. Partiendo del diezmado Comit Central era preciso reorganizar el trabajo. Isidro Figueroa “Sampedro” y Jos A. Guerra “Matienzo” llevaban el peso de la responsabilidad principal como miembros del secretariado. Ellos trataron de evitarles ms preocupaciones a Rubn, pero l exigi un lugar protagnico en la batalla. Para eso fue preciso coordinar locaciones, momentos, medidas de seguridad. Poco a poco lo fueron incorporando a las juntas del Bur Poltico, que finalmente decidi citar al Comit Central (CC). Rubn Martnez Villena en 1933. (Centenario 1899-1999) Caridad Massn SenaHistoriadora

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234Segn las referencias que nos brindan dos fragmentos de notas manuscritas de Rubn Martnez Villena, a mediados de junio se reuni el CC. Los documentos no precisan fecha exacta, ni si las anotaciones pertenecen a dos asambleas diferentes o a una sola convocacin con dos sesiones. Lo que s establecen claramente son los aspectos medulares que se discutieron, los cuales pudiramos resumir en los siguientes aspectos: reorganizacin del secretariado, Bur Poltico, Comit Central y cada uno de los departamentos de trabajo; rendicin de cuentas de los distritos 3, 4 y 5; informacin sobre las principales tareas de la Defensa Obrera Internacional y la Liga Antimperialista. Existen ciertas limitantes para comprender la informacin que nos brindan estos apuntes. En la generalidad de los casos se utilizan seudnimos para nombrar a los participantes; en ocasiones, las palabras no estn escritas con todas sus letras y debemos deducir las que le faltan. No obstante, intentamos dar a conocer las revelaciones que nos parecieron ms evidentes, como es el caso del nombramiento de Rubn Martnez Villena, “Julio”, en la responsabilidad de Secretario General del PCC –de modo provisional– para desempear labores con los ya mencionados miembros del secretariado, Figueroa y Guerra.2Las cuestiones obreras mantuvieron en tensin a la mayora de los delegados: la necesidad de mejorar el trabajo organizativo entre los desocupados, fundamentalmente en el interior del pas; la intensificacin de la labor sindical en sectores tales como los portuario, minero, ferroviario, cigarrero, educacional, con el objetivo de encauzar sus demandas y descalificar sus divergencias reformistas; el estrechamiento de las relaciones entre los comits distritales y las direcciones de la CNOC y sus sindicatos; las luchas contra la caresta de la vida; la publicacin de folletos para instruir a los lderes trabajadores; y la creacin de un peridico que reflejara sus inquietudes. La asamblea se proyect tambin en otro sentido: la relacin con los alzados, bandas pertrechadas de fusiles y machetes que desarrollaban acciones contra el rgimen en los campos, unas veces, saboteando las propiedades a los poderosos, otras quemando plantaciones de caa, etctera. Entre estas partidas se destacaban las fuerzas de Blas Hernndez. El PCC deba participar en acciones conjuntas y tratar de orientar las operaciones de esos grupos por el sendero de la revolucin agraria y antimperialista Asimismo, las observaciones de Rubn planteaban la necesidad de redactar un documento bajo el ttulo “El Partido Comunista y los problemas de la Revolucin en Cuba”, que hiciera referencia al carcter contrarrevolucionario de la labor de los trotskistas excluidos de la organizacin.3 Segn las teoras de estos, las huelgas que se desplegaban “estaban condenadas al fracaso”, no podran haber “paros en la industria azucarera sin una huelga generalizada”, todas estas demostraciones seran “gastos intiles de ridculo”.4Efectivamente dicho panfleto se public y contena, adems, el siguiente planteamiento bsico:

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235 La Revolucin en Cuba est en su primera etapa democrtico-burguesa, y por ello reviste una forma antifeudal y anti-imperialista. La victoria de la Revolucin Agraria y antimperialista, ser lograda mediante la alianza de la clase obrera y del campesinado, arrastrando a las capas pobres de la pequea burguesa urbana, bajo la hegemona del proletariado y la direccin del Partido Comunista, por el derrocamiento del poder del imperialismo, por el derrocamiento de los elementos feudales (latifundistas) y de la burguesa nativa ligada a estos, y el establecimiento de la dictadura democrtica revolucionaria de los obreros y campesinos, sobre la base de los soviets. La hegemona de la clase obrera y la direccin del Partido Comunista en la revolucin agraria y antimperialista, es la garanta de su victoria y de su desarrollo hacia la revolucin proletaria, socialista, en el ms corto tiempo posible, con el apoyo del movimiento revolucionario mundial y especialmente del movimiento proletario revolucionario de Estados Unidos y del movimiento revolucionario de los pueblos oprimidos de Amrica del Sur y el Caribe.5Una pequea chispa sirvi como detonante para el estallido social. El 5 de julio los trabajadores de mnibus se rebelaban contra las pretensiones hegemnicas dentro del sector desarrolladas por Pepito Izquierdo (alcalde del Distrito Central). “¡A la huelga!” fue la consigna. Primero se les sumaron los tranviarios: la solidaridad fue creciendo y la cantidad se transform en calidad. En agosto el paro era general. La direccin del Partido Comunista de Cuba declaraba que la huelga era slo un paso hacia la revolucin, no la revolucin misma; que a Machado solamente se le poda derribar con la insurreccin armada popular para lo cual haba que prepararse. Rubn tema que el movimiento terminara en el holocausto y se produjera la intervencin norteamericana. En un manifiesto conjunto del PCC y la CNOC, fechado el 6 de agosto, se cuestionaban estos dos organismos porque a esas alturas, hasta los enemigos del proletariado queran colaborar con la huelga. Cules eran sus propsitos secretos? Y se respondan: Ellos no pueden tener, ni tienen, ningn inters en que los obreros de ningn sector consigan las demandas econmicas inmediatas para las cuales estn luchando. La nica explicacin verdadera de su “participacin” en la huelga es que, pensando que el simple cambio de Machado por cualquier otro gobierno traiga unas condiciones favorables para sus negocios respectivos, creen a la vez que el aumento del movimiento de huelga puede traer la renuncia de Machado o activar las gestiones del interventor para cambiarlo. Ms conscientes que los simples patrones que han “ayudado” la extensin de la huelga, estos lderes “grupos de oposicin” no piensan que Machado renuncie. Comprenden que slo la insurreccin del pueblo o la intervencin yanqui pueden destornillarlo de la Presidencia de la Repblica; y conocedores, a su vez, de que el proletariado y los campesinos no estn an en condiciones de tomar el poder e instaurar un

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236gobierno obrero y campesino, piensan que lo mejor para sus ambiciones, para sus aspiraciones de verdugo, sera que las masas, con el sacrificio de sus vidas, derriben al odiado asno con garras para poder ellos ocupar inmediatamente su lugar.6Desde su escondite, Rubn se mantena informado de la situacin por Jos Antonio Guerra, hijo del secretario de la presidencia, Ramiro Guerra, quien le haba advertido que Machado estaba inconforme con la mediacin y se comentaba el posible asesinato de Welles para hacer recaer sobre los comunistas la responsabilidad del crimen. Joaqun Ordoqui refiere en sus Memorias...: Las circunstancias eran muy complejas en aquellos das y se haca necesario obrar teniendo en cuenta todos los aspectos para mantener la unidad de la clase obrera en torno a una poltica correcta. El reformismo tena mucha influencia en las masas de trabajadores, y los reformistas no queran or hablar ms que de las reivindicaciones econmicas. Les importaba fundamentalmente que fueran satisfechos los pliegos de demandas formuladas a la patronal, pero ofrecan resistencia a una accin de mayor envergadura. Convencido Machado de que le faltaba apoyo de Washington, impresionado de la impopularidad de su rgimen, trat de llegar a cierto entendimiento con los sectores oposicionistas, designando a Gustavo Gutirrez, para que se entrevistara con la direccin del movimiento obrero y propiciara el envo de una comisin a Palacio que tratara con l las bases de un acuerdo. Los reformistas presionaban para un acuerdo y por fin se decidi a enviar a compaeros firmes, pero poco conocidos con el objetivo de percatarse de las intenciones del Presidente y ganar tiempo.7La comisin de la CNOC estuvo integrada por tres compaeros entre los cuales recuerda Blas Castillo estaban Vicente lvarez y Martn Castellanos. La entrevista se desarroll en un tono de aspereza. Machado con sus desplantes dijo en una oportunidad: “Bien seores. Yo podra hacer ahora lo que quisiera con ustedes”. Uno de los entrevistados, Vicente el cigarrero, le contest: “Cundo no, si usted tiene la fuerza”. Arsenio Ortiz que estaba presente, furioso intervino: “As no se le contesta al General”; y Machado exclam: “Djalos, es mejor que sean cnicos”. Por fin, la comisin declar que antes de entrar a discutir los acuerdos tena que darle la libertad a algunos dirigentes de la CNOC en ese momento encarcelados. Por eso en el llamamiento del PCC y la CNOC del 6 de agosto se explicaba que la oposicin haca circular la consigna de “no volver al trabajo hasta que caiga Machado”, queran llevar la huelga a un callejn sin salida, a una masacre, para exigir la intervencin norteamericana, acusando a estos organismos de apoyar a Machado. Hagamos de esta huelga general –exhortaba el manifiesto– y de las luchas subsiguientes, el medio por el

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237cual venzamos los obstculos y produzcamos las condiciones, todava hoy no presentes, que nos impiden realizar, por el momento, la insurreccin definitivamente victoriosa de las masas, contra el poder brgues-feudal-imperialista y por la instauracin de un firme Gobierno Sovitico Obrero y Campesino.8Despus de la masacre del 7 de agosto y con la presencia de algunos luchadores recin liberados de la crcel, se congreg al CC para tomar una resolucin definitiva. Machado prometa satisfacer la mayora de las demandas econmicas y sociales y Villena se interes por valorar de nuevo el panorama existente dentro del gobierno y las fuerzas armadas. Las Memorias inditas de Joaqun Ordoqui describen con detalles las discusiones acaecidas: Segn la opinin de Jos A. Guerra: “El ejrcito estaba unido a Machado. Mucho ms despus de la represalia sangrienta de das antes con la cual se senta comprometido”. Este criterio no satisfizo a la mayora. Estaban los acontecimientos de la Cabaa, las informaciones de Emilio Laurent sobre descontento de la oficialidad y mltiples manifestaciones de descomposicin entre las tropas. Se puso a discusin si se firmaba o no el acuerdo con el Presidente. Entre los elementos que se tuvieron en cuenta para tomar una determinacin estuvieron: 1. El estado interno del gobierno y los poderes castrenses. 2. La posicin de los reformistas y su influencia en las masas. 3. El ascendiente real del Partido Comunista para garantizar la continuacin de la huelga hasta el derrocamiento de Machado.9Los otros sectores oposicionistas podan estar o no con la huelga, pero lo importante en este caso eran los obreros. Rubn analizaba que ellos llevaban semanas sin trabajar ni recibir sus emolumentos. A veces sus familias no tenan un bocado que llevarse a la boca. Hasta donde resistiran? Sus conciencias les permitira comprender la posicin del Partido al rechazar un pacto que les conceda prcticamente todas sus demandas? Machado o cualquier otro no iban a cambiar el destino de los trabajadores. Guerra y Felipe Gonzlez (miembro tambin del Comit Central) razonaban que se poda perder todo, de querer ir demasiado lejos, Felipe, recin llegado de la URSS, estuvo largo tiempo argumentando sus criterios, incluso cit textos marxistas que hacan referencia a situaciones similares en otros pases. Para Villena lo ms importante era un anlisis objetivo de las circunstancias concretas en Cuba. Pesaba, adems, en la decisin, un cable recibido del Bur del Caribe cuyo texto deca aproximadamente: “Demoren venta final”. Rubn tom la palabra. “La huelga debe tener un trmino. Los reformistas quieren el regreso al trabajo, sin embargo el sector ms radical repudia el entendimiento. No debemos dejarnos presionar

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238 por los primeros. La vieja frmula para describir el estado de nimo de las masas es realizar un tanteo en el sector ms afectado por los rigores del paro, los obreros del transporte”. Se eligi a Cesar Vilar para razonar con la asamblea. el mensaje del Bur Poltico explicaba cmo la presin de los trabajadores de mnibus y los tranviarios haban llevado sus respectivas empresas a concederles sus demandas fundamentales. Defina que la tarea del momento era consolidar las posiciones alcanzadas: ¡Mantened la lucha hasta la victoria, y una vez lograda sta. organizad la vuelta al trabajo organizadamente, creando los sindicatos, fortaleciendo los existentes y preparndolos para nuevas y victoriosas luchas. [...] Mantengamos la lucha hasta lograr nuestras reivindicaciones inmediatas en cada industria, en cada fbrica! ¡Arranquemos con las luchas de masa nuestras reivindicaciones a los explotadores y preparemos las nuevas y ms grandiosas luchas que habremos de librar hasta la victoria definitiva del proletariado sobre los explotadores y la instauracin de un Gobierno Obrero y Campesino!10La respuesta de los huelguistas fue rotunda: “Ni un paso atrs, que se vaya el animal”. La direccin del Partido haba estado dividida en torno a la decisin de pedirle a los obreros el regreso escalonado al trabajo. Rubn Martnez Villena, Felipe Gonzlez, Jos A. Guerra, Jorge A. Viv y Csar Vilar se manifestaron por la negociacin. El razonamiento de Rubn planteaba en esencia: “[...] mejor un Machado dbil que un nuevo gobierno de la oposicin burgueslatifundista colocado por la marinera yanqui”. Machado entrara en una crisis profunda–pensaba– y el proletariado estara ms preparado para la revolucin agraria y antimperialista como aspiraba el PCC.11Uno de los anlisis histricos ms completos sobre lo que se conoci como “errores de agosto” del Partido Comunista de Cuba proviene de la pluma de Lionel Soto en su libro La Revolucin del 33 donde plantea que ellos se caracterizaron por un desacierto tctico esencial: la orientacin de regresar escalonadamente al trabajo y varias erratas conceptuales: “A Machado solo se le puede tumbar con la insurreccin armada”, “es mejor un Machado dbil que un gobierno de la oposicin”, etctera. Soto centr su examen en aspectos de ndole subjetiva unos y objetiva otros. Rubn sera protagonista del equvoco, y al mismo tiempo, vctima de sus propias concepciones forjadas a la luz de las orientaciones de la Internacional Comunista, de una proyeccin dogmtico-sectaria, que propona una estrategia revolucionaria agraria y antimperialista lograda por la lucha armada y la instauracin de los soviets, sin etapas intermedias de carcter democrticoburgus y, por tanto esquivando alianzas con sectores de la burguesa media que no aceptaban los postulados del Partido Comunista.

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239El aislamiento forzoso que le impona su enfermedad, tambin contribuy a que Villena no pudiera calar correctamente los estados de nimo que predominaban en el pueblo y sopesar todos los factores. La realidad demostr que el pueblo sera elemento decisivo en el aplastamiento de la tirana el 12 de agosto de 1933. Sin embargo, las vanguardias revolucionarias de entonces no estaban suficientemente preparadas para hacer cristalizar un movimiento poltico superior. Durante la efmera presidencia de Carlos Manuel de Cspedes, jornadas de dura praxis poltica y profundos debates ideolgicos se produjeron en el seno del Comit Central del Partido Comunista, reunido entre el 26 y 28 de agosto, para celebrar su V Pleno. Presidido por Rubn Martnez Villena se logr congregar representantes de la mayora de las provincias. Varios invitados extranjeros acompaaban la presidencia: Alberto Moreau, Ricardo Martnez, Juan el Polaco (Lavski) y Pedro el Canadiense, todos a nombre del Bur del Caribe. En el examen de la actuacin del Partido sali a relucir por primera vez, la crtica de los errores de agosto, a los cuales se les atribuy como causa fundamental la existencia de mtodos de trabajo economicistas y anarcosindicalistas. No estaban en condiciones de abordar con verdadera objetividad los sucesos. Durante ese mismo pleno se discuti la instruccin del Bur del Caribe relacionada con el establecimiento de los soviets en Cuba. Esta cuestin provoc un fuerte altercado entre los participantes, en vista que Villena manifest desacuerdo con la orden trada por los invitados forneos. Las reflexiones de Rubn argumentaban que los forasteros llevaban mucho tiempo fuera de las luchas de sus pases, estaban burocratizados y, adems, no haban podido impedir el apoyo de Estados Unidos a Machado, ni la mediacin, por lo tanto no deban imponer esa directiva absurda. Segn recuerda Ordoqui, testigo de estos hechos, los representantes del Bur traan la fuerte determinacin de que, o el Partido aceptaba la implantacin de los soviets o se le considerara traidor y oportunista. Rubn se neg a aceptar aquella orden. Ya exaltados los nimos trat de convencerlos: “esa proyeccin los alejara de las masas, afectara el trabajo dentro de las fuerzas armadas, hasta la propia palabra poda asustar a la gente”.12La controversia tom un cariz ms agudo ante la opinin del secretario general Jorge A. Viv de que los miembros del ejecutivo internacional tuvieran voz y voto en la asamblea. Villena se opuso radicalmente a ello y, ante la insistencia de este, promovi su destitucin del cargo porque ms que un secretario general se comportaba como un “general secretario”. La mayora lo apoy. En su lugar fue electo el obrero Isidro Figueroa. Sin embargo, la masa mayoritaria se solidariz con el proyecto de los soviets.

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240 A continuacin el delegado manzanillero Francisco Wilfredo Calderius Lpez (Martnez o Blas Roca) plante que en su regin haba posibilidades de construir un soviet, en el central Mabay y acto seguido prometi impulsar la formacin del mismo al regreso a su ciudad natal. Al producirse el V Pleno del Comit Central, ya algunos centrales azucareros haban sido tomados por huelguistas de ese sector semanas antes. Cuando el 10 de septiembre pasaba a ocupar el silln presidencial de la Repblica Ramn Grau San Martn, ya el Partido Comunista de Cuba haba echado a andar sus propuestas del V Pleno. Apenas cuatro jornadas despus se organizaba el soviet de Mabay. Lionel Soto afirma que el de Grau [...] era un gobierno revolucionario, pequeo-burgus de facto cuya ideologa –dentro de las indefiniciones imaginables– era de carcter nacional-reformista y, por tanto, no posea una ideologa revolucionaria completa [...]. El nuevo gobierno pequeo-burgus, adems, dict medidas de sabor nacionalista, de resistencia y hasta de antagonismo enrgico al potencial y pretensiones del imperialismo. Ese gobierno reivindic la total y absoluta independencia poltica nacional y la defendi internacionalmente.13El 29 de septiembre, los trabajadores de La Habana se dispusieron a rendir postrer tributo a las cenizas de Mella tradas desde Mxico. En la sede de la Liga Antimperialista (en Reina y Escobar), un grupo de luchadores esperaban la salida del cortejo que partira al parque de la Fraternidad. Junto a ellos, Rubn en fantasmagrica entrega. Con voz apenas perceptible, Villena se dirige a la multitud: Camaradas: Aqu est, s pero no en ese montn de cenizas sino en ese formidable despliegue de fuerzas. Estamos aqu para tributar el homenaje merecido a Julio Antonio Mella, inolvidable para nosotros, que entreg su juventud, su inteligencia, todo su esfuerzo y todo el esplendor de su vida a la causa de los pobres del mundo, de los explotados, de los humillados... Pero no estamos slo aqu para rendir ese tributo a susmerecimientos excepcionales. Estamos aqu sobre todo, porque tenemos el deber de imitarlo, de seguir sus impulsos, de vibrar al calor de su generoso corazn revolucionario. Para eso estamos aqu, camaradas, para rendirles de esa manera a Mella el nico homenaje que le hubiera sido grato: el de hacer buena su cada por la redencin de los oprimidos con nuestro propsito de caer tambin si fuera necesario...14A un ruego del orador, un sargento que participaba en la manifestacin levant su fusil y dijo que estaba dispuesto a entregarlo al pueblo en gesto de confraternizacin. Poco despus, ya retirado Rubn, se iniciaba el tiroteo y con el la masacre.

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241Ante la inesperada situacin, el PCC acus al gobierno en su conjunto por la violencia desatada. No poda discernir claramente que mientras Guiteras trabajaba en la promulgacin de leyes de contenido nacionalista y progresista como la implantacin de la jornada de ocho horas y el jornal mnimo y la disolucin de los partidos machadistas, las huestes militares actuaban con absoluta independencia y Batista aprovechaba el descontrol y las vacilaciones del ejecutivo para mostrar su faceta homicida. Civiles y militares intercambiaban golpes. El 3 de noviembre Guiteras propuso a Grau juzgar a Batista por traicin. Grau se neg a hacerlo. Cuando el 7 de noviembre se produjo un levantamiento contrarrevolucionario de elementos adversarios confabulados con exoficiales y sectores de las fuerzas armadas, el manzanillero Francisco Calderius, ya de regreso a La Habana, ponindose al corriente de la intentona escribi un documento y lo present al Bur Poltico. Sus apreciaciones fueron altamente valoradas por los compaeros y lo designaron secretario general interino del CC sustituyendo a Figueroa. Esta decisin dio una gota de alegra a la dolorosa existencia de Rubn, quien opinaba que haba sido una eleccin acertada. Aunque en los ltimos meses de 1933 y los primeros das de 1934 se pusieron en vigor las proposiciones ms avanzadas de Guiteras, vale decir: Leyes de accidente del trabajo y contra la usura, rebajas de las tarifas elctricas, concesin de matrculas gratis, intervencin de la Compaa de Electricidad, los comunistas no perciban el proceso de radicalizacin que acompaaba esas resoluciones. Mrbido, lacerado, desde el sanatorio La Esperanza, bajo las prescripciones de su doctor y amigo Gustavo Alderegua, Rubn aguardaba expectante la visita de Fabio Grobart, Francisco Calderius e Isidro Figueroa que lo mantenan informado de dos eventos trascendentales a celebrarse: la primera conferencia nacional de emergencia del PCC y el IV Congreso de la Unidad Sindical. Del 12 al 13 de enero se efectu el IV Congreso de la Confederacin Nacional de Obreros de Cuba. A la redaccin de sus dictmenes dedic sus fenecientes energas Rubn Martnez Villena. El 16 de enero de 1934, a la edad de 34 aos, en el Saln de Torcedores, las masas laboriosas de la capital le daran postrer y digno adis.

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242 La semilla germina Newton Briones MontotoHistoriadorCuba, al igual que una tierra mal atendida comenz a dar frutos indeseables durante su poca republicana. Su deterioro haba comenzado mucho antes, casi desde el mismo momento de su descubrimiento, en 1492. En 1902, ao de la constitucin de la repblica, su tierra no estaba abonada con las mejores semillas. Los casi cuatrocientos aos de dominacin espaola no dejaron una tierra bien preparada; un campesino adiestrado ni un campo terico adonde recurrir para resolver problemas en caso de necesidad. Sin embargo dejaron en el cubano rasgos negativos. Reaparecieron caracteres de sus ascendientes, las tradiciones monrquicas, el poder omnmodo de los capitanes generales y la corrupcin. En 1945 vivi en Cuba un socilogo norteamericano por espacio de un ao. Una de sus observaciones lo confirman: Los funcionarios coloniales espaoles, estaban, en general ms interesados en los beneficios personales que pudieran obtener al amparo de sus cargos que en el mejoramiento de los servicios para el pueblo que tenan bajo su autoridad. Sin embargo, este perverso modelo fragu en el ideal que muchos cubanos abrazaron y que palpita en el fondo de su pensamiento poltico.1Los cinco primeros presidentes dejaron en los gobernados el deseo por alcanzar algo mejor.2 Cada siembra reprodujo la calidad de los mismos frutos. Veamos cmo se desarrollaron los cultivos y el resultado de sus simientes. Desde que se inici la repblica, la seleccin de los presidentes se haba guiado por los procedimientos institucionales vigentes. Varios candidatos competan en las elecciones, despus el voto de los electores, y como resultado final un presidente. Una vez en el poder, los procedimientos establecidos no garantizaron a los electores resultados favorables. Las mezquinas flaquezas humanas sobresalieron ms que las necesidades populares. Desde el 20 de mayo de1902, fecha en la que nos comenzamos a gobernar, hasta el 9 de septiembre de 1933, Cuba haba tenido ocho presidentes. Uno logr gobernar ocho aos, Mario Garca Menocal, otro, Alberto Herrera, menos de un da. El primero aprovech la coyuntura de la primera guerra mundial para extender su mandato hasta 1921, aunque la Constitucin estableca cuatro aos como tiempo tope. Despus vino Alfredo Zayas, una frase de un contemporneo, el coronel Manuel Despaigne, podra resumir su obra de gobierno. Zayas “escribe con dos dedos y toma lo que puede con diez”. Lo sigui el general Machado, gobernando desde 1925 hasta el 12 de agosto de 1933. En 1927 Machado modific la Constitucin y durante cuatro aos ms gobern el pas con mano de hierro. Los estudiantes y el pueblo lograron quebrar su gobierno, el 12 de agosto de 1933.

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243Pareca que ese da todo cambiara, para mejor, pero as no sucedi. Carlos Manuel de Cspedes asumi la presidencia, con la ayuda interesada del embajador de Estados Unidos. Su mandato dur menos de treinta das. Los sargentos del campamento de Columbia y los estudiantes del Directorio Estudiantil se unieron, protagonizando una accin que puso fin al gobierno del presidente recin elegido. Todo empez por un rumor, econmico, convertido en temor en las siguientes horas. Los sueldos seran reducidos de $22 a $13 pesos al mes. A ello se uni el deseo de los sargentos y soldados de sustituir a los oficiales, como respuesta a las humillaciones recibidas durante el gobierno anterior. Adems se comentaba, sobre los militares, que estaban complotados para hacer regresar a Machado de nuevo. Estos ingredientes se unieron ese da, no con el propsito de sustituir a Cspedes, sino para solicitar mejoras y seguridad. As empez el 5 de septiembre, pero termin de otra manera. El embajador Welles fue el primer sorprendido, su obra poltica se vena al piso. l haba sido el artfice de la mediacin, forma eufemstica de tratar la cada de Machado. Cspedes, era obra suya, y con l esperaba reconstruir a Cuba poltica y econmicamente. Al caer su protegido, el trabajo quedaba en nada y sus sueos de forjador se derrumbaban. Esto engendr odio, por parte de Welles, hacia los estudiantes y los militares complotados en el derrocamiento de Cspedes. A pesar del revs inicial se saba poseedor de dos poderosas armas, el no reconocimiento al nuevo gobierno, y la intervencin de acuerdo a la Enmienda Platt, desde su posicin poda hacerla valer. La historia de la cada de Cspedes sucedi de manera rpida y sin prdida de vidas humanas. He aqu los detalles prcticos de la accin. En la madrugada del 5 de septiembre de 1933, los estudiantes y los militares se constituyeron en la Junta Revolucionaria de Columbia, organismo que oficialmente dirigi el movimiento, en las horas que siguieron al motn militar. Estaba integrada por civiles, los miembros del Directorio Estudiantil, por hombres distinguidos en la lucha contra Machado, y por militares, los sargentos del campamento de Columbia. La Junta Revolucionaria de Columbia, emiti la Orden General No. 1 del movimiento triunfante, dando a conocer su cuerpo directivo. Encabezando la lista apareca el sargento Fulgencio Batista como jefe del movimiento en la parte militar. Hasta ese momento su nombre no era conocido fuera del campamento. A pesar de no representar ningn distrito militar, se haba convertido en el lder del movimiento. Los personajes ms importantes de la accin eran los sargentos, contaban con fuerzas fsicas en nmero de soldados. La locuacidad de Batista, su osada y atrevimiento le haban permitido ocupar esa posicin. Ni corto ni perezoso Batista supo desde el primer momento hacia dnde deba dirigir sus pasos para obtener una mayor cuota de poder, y demostr desde esa misma noche tener ms inteligencia y carcter que todos los que, con igual o superior grado, lo acompaaban en la aventura. Para desgracia del pas, que esperaba se plantara otra semilla, sin embargo la postura

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244resultara peor que las anteriores. La simiente se conectaba y reproduca las caractersticas de los atavismos espaoles. Los que haban soado con la justicia prometida por Cspedes, Mart, y Maceo, iban a recibir multiplicada la herencia de Weyler y Machado. En la parte civil cinco hombres sustituiran a Carlos Manuel de Cspedes. Este modelo presidencial estaba de moda en otros pases. Los cinco recibieron el nombre de Comisin Ejecutiva, y fueron seleccionados por la Junta Revolucionaria de Columbia. El Directorio Estudiantil, cabeza poltica del movimiento cometi la ingenuidad de confiar la direccin de los asuntos pblicos a los pentarcas. Desde las ocho de la maana los integrantes de la Junta aguardaban a Carlos Manuel de Cspedes, para solicitarle su renuncia. Cspedes se haba trasladado a las provincias centrales para conocer de cerca los destrozos de un cicln, mientras Batista, sin embargo, no descansaba en asegurar su posicin. Lo primero que hizo fue garantizar su seguridad personal. El carro blindado del general Alberto Herrera le sirvi para trasladarse a los distintos lugares donde l consideraba necesaria su presencia. El profesor Herminio Portel Vila cuenta el primer encuentro. La primera vez que pude ver con detenimiento al expresidente Batista fue el 4 de septiembre3 de 1933, muy temprano en la maana, en el palacio presidencial [...]. De pronto hubo una conmocin en la antesala y penetr en el saln el entonces sargento Batista. Le segua un soldado gigantesco, de color, quien portaba una ametralladora de mano, montada, y nos estudi detenidamente a todos hasta que se tranquiliz. El lder septembrista pareca cansado con el ajetreo de la madrugada y llevaba abierto el cuello de la guerrera. La expresin de su mirada era de preocupacin y sus razones tena para ello, ya que acababa de jugarse la vida y la conservara o la perdera segn como saliesen las cosas.4Alrededor de las 11 de la maana Batista visit al embajador de Estados Unidos, Sumner Welles. Ninguno de los dos se conocan, aunque el primero apareca regularmente en los peridicos, como representante de la poderosa nacin. Escasas horas hacia que el sargento disfrutaba su privilegiada posicin. Sin embargo esto no lo amilan para visitar al seor embajador de los Estados Unidos. Un periodista del Diario de la Marina insert un comentario: Uno de nuestro reporter se acerc ayer al nuevo jefe del Estado Mayor del ejrcito, sargento Fulgencio Batista [...] Acababa de salir de la embajada pero a nuestras preguntas se neg a hacer declaracin alguna respecto a su conversacin con el embajador de los Estados Unidos. “Ahora no puedo –asegur– quizs ms tarde. Slo quiero que ustedes digan que estamos muy contentos de la civilidad del pueblo de Cuba y de la disciplina de nuestros soldados”. Un minuto despus era apresado por la cmara fotogrfica del diario. Enseguida el sargento Batista parti hacia Columbia. Eran las 11.05 de la maana.5

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245La conversacin entre el sargento y el embajador obedeca a un inters del primero en esclarecer la situacin reinante. Acogera favorablemente el gobierno de Estados Unidos al gobierno recin constituido? preguntaba Batista a Welles y este ltimo se saboreaba en su interior, sabiendo que este era su bien mayor, el no reconocimiento, as hara pagar a los que haban destruido su obra. No se lo dijo pero debe haberlo pensado, segn un cable enviado al Departamento de Estado, “Ningn gobierno aqu puede sobrevivir por un perodo prolongado sin el reconocimiento de Estados Unidos y nuestra falta de reconocimiento por un perodo indefinido”.6Con la visita a Welles, Batista demostraba anticiparse al grupo de la Junta Revolucionaria de Columbia. Los que an aguardaban a Carlos Manuel de Cspedes pudieron verlo a las 12:30 del da. No hubo nada interesante en el traspaso de poderes, como haba llegado, se iba. Los pentarcas se asomaron a la terraza de palacio, queran hacer patente su triunfo. El pblico que se hallaba en los alrededores salud con respetuosos aplausos al presidente depuesto. Habl Sergio Carb, uno de los pentarcas, dijo que la hora no era de palabras, sino de hechos; que la revolucin haba triunfado al fin, y era necesario consolidarla. La palabra “revolucin” mencionada por Carb, era una expresin mtica, pues en ella se sintetizaban los anhelos de los cubanos por hacer un pas mejor. Despus, una y otra vez, otros la utilizaran para lograr entusiasmo. Habl Batista y explic que los soldados estaban dispuestos a servir a Cuba desinteresadamente, sin buscar prebendas, ni ascensos, ni bienestar material, ya que slo se inspiraban en la necesidad de mantener el orden, el imperio de la justicia y el respeto a la ley.7Responda lo expresado a un sentimiento o era simplemente un mensaje para las masas? El tiempo demostrara que eran palabreras. Uno de los propsitos de la recin creada Junta Revolucionaria de Columbia era depurar a los oficiales maculados durante el gobierno de Machado, mediante la constitucin de tribunales formados por oficiales, clases y alistados. El procedimiento a utilizar despus de la depuracin sera que uno de ellos se hiciera cargo de la jefatura del ejrcito. Constituidos en equipo, una verdadera Junta de Oficiales, Batista seguira siendo sargento y actuara de intermediario entre ellos y los alistados. Los pentarcas queran restituir a los militares no maculados, ello garantizaba que todo volviera a su cauce normal. A la cada de Machado se desat una furia popular contra los machadistas, hubo asesinatos en las calles. Un gobierno compuesto por estudiantes y soldados, no daba la seguridad de proteger la vida y la propiedad. Esta era la meta del momento, dar la impresin de control, y restituir a los oficiales no maculados resolva el asunto. Sin embargo los militares, representados por los coroneles Perdomo y Quesada, a los que les ofrecieron la jefatura del Estado Mayor y el campamento de Columbia, no aceptaron. Por qu razn? Alegaron que de esa manera no era posible restablecer la disciplina. Detrs de esta disculpa haba otras razones. El attach militar de la embajada americana, teniente coronel Gimperling, era muy conocido por los oficiales cubanos y les

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246recomend que bajo ninguna circunstancia retornaran a sus mandos. El gobierno norteamericano jams tolerara una revuelta de los soldados, como la que haba ocurrido, ni un cambio de gobierno. La intervencin americana era indudablemente el prximo paso.8 La opinin de Welles puesta en boca del teniente coronel Gimperling no obedeca a la casualidad. Este fantasma, el del no reconocimiento, aparecera otras veces. Los breves das transcurridos, que por la intensidad del momento parecieron meses o aos, no lograron hacer que ninguno se reintegrara. Los oficiales pasaron dos das tratando de conectarse entre s, buscaban dnde reunirse para deliberar. Finalmente decidieron utilizar el Hotel Nacional. Era el mejor sitio, porque suponan que por estar alojados Welles y Sanguily no seran molestados. Despus de unos das los oficiales negados a reintegrarse al ejrcito se comenzaron a trasladar con sus armas para el Hotel Nacional. Una razn ms poderosa estaba detrs de todos estos argumentos, la intervencin americana, que era cuestin de das. Por esto se poda saltar por encima de la lgica militar de congregarse en un solo lugar. Pasaron los das, entonces citaron a Palacio, para un cambio de impresiones, a los oficiales del Ejrcito Nacional. Sergio Carb, uno de los pentarcas, presida la reunin como secretario de Guerra y Marina. A las cinco de la maana del da 8 de septiembre no se haba logrado nada. El ejrcito amanecera acfalo y esto preocupaba. Una de las exigencias norteamericanas para reconocer al nuevo gobierno era la tranquilidad y el ejrcito participaba en ello. Sergio Carb, le dijo a Batista: “No podemos amanecer sin una cabeza visible en el ejrcito”. Y lo ascendieron a coronel jefe de estado mayor. Esta decisin de ascenso responda a una necesidad del momento ms que a una habilidad de Batista. Los norteamericanos explican hechos como este, de manera concisa: estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Welles y su deseo de perjudicar al nuevo gobierno influyeron indirectamente en este ascenso, factores subjetivos coadyuvaron en esta decisin. Despus de cuatro das de gobierno, la pentarqua, nombre con el que popularmente fue bautizado, se neg a continuar, entre otros factores por miedo a la intervencin y en desacuerdo por el ascenso, el da 8 de septiembre, de Batista a coronel. Las escasas horas que mediaron entre el ascenso de Batista y la decisin de la pentarqua de negarse a seguir al frente del gobierno, sirvieron de aviso al recin nombrado coronel. Siempre alerta, como un radar recogiendo las seales extraas, reaccion como corresponda. Un breve analisis lo demostraba: la pentarqua no quera seguir, Welles deseaba restituir a Carlos Manuel y los militares no aceptaban las posiciones ofrecidas. Todo estaba claro, haba que unirse a los ms fuertes, a Estados Unidos. El hecho reportado por Welles, el 9 de septiembre, demuestra una vez ms el deseo del nuevo coronel y su falta de escrpulos: “Una comisin de Sargentos visit al Presidente Cspedes, en su casa, esta maana, para informarle que el Coronel, antiguo Sargento, Batista estaba deseoso de apoyar su restauracin a la presidencia, siempre que el Presidente Cspedes lo

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247confirmara en la posicin de Coronel y jefe del Estado Mayor y garantizara la seguridad de l y la de sus asociados en este motn. Cspedes rechaz cualquier condicin previa; exigi su restauracin.9Los cuatro das que dur la pentarqua, hasta el 9 de septiembre, trajo como resultado un caso atpico en las elecciones presidenciales. Muy entrada la noche del 9 de septiembre se reuni la Junta Revolucionaria de Columbia para nombrar un nuevo presidente. La palabra aguda y precisa de Clara Luz Durn, estudiante de medicina y miembro del Directorio Estudiantil, inclin la decisin hacia el doctor Ramn Grau San Martn. Los miembros de la Comisin Ejecutiva o pentarqua, haban renunciado, a excepcin de Grau San Martn. Clara Luz Durn haba dicho en voz alta: “Aqu lo que hace falta es un hombre”. En realidad la repblica necesitaba adems de valor otros requerimientos. Eduardo Chibs propuso a Grau y dijo que haba sido “nuestro nico defensor cuando fuimos expulsados de la Universidad”. Todos estuvieron de acuerdo con que el nuevo presidente lo fuera Grau San Martn, doctor en medicina y profesor de la Universidad de La Habana. Los reunidos pudieron haber propuesto a otros miembros de la Junta Revolucionaria, por ejemplo a Carlos Pro, lder de los estudiantes o al coronel Fulgencio Batista. En esta decisin prim la falta de un lder natural del nuevo movimiento y alguien que tuviera otras cualidades, adems de ser hombre. El hecho de ser Grau San Martn ms conocido por su profesin y oposicin a Machado, lo convirti en el dirigente del momento. El 10 de septiembre tom posesin como noveno presidente de Cuba. Igualmente se present en la terraza de palacio. Anunci que no jurara la Constitucin por contener la Enmienda Platt, un gesto patriotico y osado para la poca. Haca un mes que el pas no tena descanso, la designacin apareca como la calma esperada, una nueva esperanza. Intereses surgidos y afincados, desde mucho tiempo atrs, buscaron en la nueva escena a los actores de la obra a representar. Dos claras tendencias continuaran pugnando entre s, una representada por los cubanos y otra por Estados Unidos. De ellas surgiran los artistas, una encabezada por el coronel Fulgencio Batista, sargento hasta el 4 de septiembre y coronel cuatro das despus. La otra por el doctor Ramn Grau San Martn, miembro de la pentarqua hasta el da 9 y ahora presidente de la repblica. Los objetivos de ambos se diferenciaban en una sola cuestin, impartir justicia. Para Batista, lo primero era sobrevivir y obtener la mayor cuota de poder posible. La tan ansiada justicia pasaba primero por su nuevo poder, el del ejrcito, despus si algo quedaba sera para el pueblo. Para Grau la justicia pasaba por evitar lo que haba sucedido durante el gobierno de Gerardo Machado: la reeleccin, una situacin econmica precaria y la sujecin a Estados Unidos. Otros hombres no incorporados todava, tenan otro sentido de la justicia, mucho ms amplia que la de Batista y el propio Grau San Martn. De momento lo ms importante era consolidar el gobierno, sin embargo no se le prest la atencin necesaria. El programa revolucionario vendra a la vez o despus. Los objetivos tcticos de Ba-

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248tista, el poder, a diferencia de los estratgicos de sus compaeros, hacer algo por el pas, le daban ventajas. Mientras trabajaba para l, los otros lo hacan para los dems. Sin ser anunciado en un cartel de boxeo, el encuentro entre los dos contendientes comenz desde el primer da. Mediran sus armas por obtener cada cual su objetivo: el control de la repblica. La lucha adquirira ritmo cinematogrfico. El nuevo reto pondra a prueba a Batista una vez ms. Contaba para la nueva batalla con la jefatura del ejrcito, adems, su habilidad para el muequeo, las promesas y las trampas. Aparentar que trabajaba para los dems cuando slo lo haca para l mismo. Tena una sola desventaja: ser poco conocido en la vida pblica del pas. Su contrario, el presidente Ramn Grau San Martn tampoco contaba con experiencia en gobernar. Con voz aflautada daba la sensacin de debilidad o poca entereza, aunque posea el don de convencer. Un periodista cubano lo describi de la siguiente manera: “La ambicin poltica reviste en el profesor de fisiologa formas suaves, sinuosas, de un aparente idealismo tico y de un simulado sentido mstico y apostolar”.10 Otro periodista vio otro ngulo diferente: “En Grau se entrelazan los rasgos predominantes de todos los presidentes que le antecedieron. Puede esto parecer especulacin, pero escudrese en su sicologa, en sus reacciones y su modo de operar, se advertir que en l se resumen el don caudillstico de Jos Miguel y Menocal, el sentido paternalista de Estrada Palma, el centralismo autoritario de Machado y la displicencia peyorativa de Zayas”.11 Entre las dos semillas a escoger, una menos mala que la otra, se repetira como una maldicin los atavismos de la repblica. Un solo comentario bastara para resumir, pobre repblica. El doctor Antonio Guiteras, norteamericano de nacimiento y con slo 26 aos de edad, result una de las primeras proposiciones hechas al presidente Grau. Su participacin en la lucha contra Machado le haba ganado reconocimiento. A pesar de su corta edad y tener los ojos estrvicos, como resultado de una cada de pequeo, posea una gran atraccin. A diferencia de Grau y Batista, ambos con facilidad de palabras, Guiteras se caracterizaba por hablar poco. l tambin se convertira en actor de primera lnea al frente de la secretara de Gobernacin. Pocos das despus fue nombrado tambin secretario de Guerra y Marina. De esta manera Fulgencio Batista quedaba subordinado a Guiteras. Entre el presidente y el secretario de gobernacin tena que moverse el jefe de Estado Mayor, adems de participar en la solucin de otro sinnmero de problemas acuciantes del nuevo gobierno. Uno de ellos, los buques norteamericanos surtos en puertos, dispuestos a desembarcar sus tropas para “garantizar la tranquilidad”. La oposicin al gobierno de las ms importantes organizaciones polticas, como el ABC, el partido Conservador del expresidente Mario Garca Menocal y de Carlos Mendieta Montefur, caudillo de la agrupacin Unin Nacionalista. El Partido Comunista no apoyaba al nuevo gobierno, no por razones tcticas sino por equivocacin. En poltica exterior reciba el exiguo reconocimiento de

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249Mxico, Uruguay, Panam, Per, Espaa y la negativa del resto, incluyendo a Estados Unidos. Una difcil situacin econmica daba los toques de angustia al panorama. Mientras, Welles machacaba indirectamente con su arma, la del reconocimiento y la intervencin. Para rematar el oscuro cuadro del momento se sumaban los militares del antiguo ejrcito introducidos en el Hotel Nacional. A mediados de mes la obra se desarrollaba con intensidad. Al igual que una cinta cinematogrfica con diferentes tramas, aparentemente desconectadas entre s, para terminar unindose al final, as suceda con el Hotel Nacional. Este hotel, construido por una compaa americana, se inaugur el 15 diciembre de 1930. Las manos de la casualidad hicieron posible que las moscas participaran en su construccin.12 Ahora las mismas extremidades haran que el mejor hotel del pas se convirtiera en protagonista de una batalla militar. El general Julio Sanguily, otro de los intrpretes de esta historia, nombrado jefe del ejrcito a la cada de Machado, se encontraba en el hotel restablecindose de una operacin. Para rematar el elenco, el embajador Sumner Welles, en la obra a representar tambin tendra su bocadillo. Y aunque por razones de conveniencia no apareca como estrella principal, era el productor principal del film. Se haba trasladado al Hotel Nacional porque el arrendamiento de su casa haba expirado el 4 de septiembre, el mismo da del golpe de los sargentos, y tena previsto partir de Cuba diez das ms tarde. Su trabajo haba concluido con la mediacin de Machado y la designacin de Cspedes. El movimiento del 5 de septiembre le hizo variar el itinerario. Se haba instalado en el hotel dos das antes que los oficiales del ejrcito llegaran.13La obra se haba puesto en escena el 4 de septiembre, en el campamento de Columbia, cuando los sargentos se insubordinaron por motivos econmicos. Como se sabe los estudiantes acudieron esa noche al campamento militar y a travs de un documento ampliaron las demandas, convirtindose en un movimiento poltico. En ese momento, Welles, los estudiantes y los sargentos se convirtieron en protagonistas de la nueva obra. Aparecieron los actores, la puesta en escena sera en el Hotel Nacional. Ante la negativa de los oficiales de abandonar el hotel, el gobierno reaccion mandando a cortar el agua y la luz de la instalacin. Los empleados y Welles abandonaron el inmueble el da 12 quedando los oficiales solos en el lugar, ascendan a unos 400 hombres. El hotel se haba convertido en un campamento militar, tenan que cocinar y hacer faenas de mantenimiento. El gobierno apost una guardia permanente en los alrededores del hotel. Los sitiados haban tomado la precaucin de llenar las baaderas y cuanto recipiente hallaron a mano. Estaban dispuestos a resistir hasta que los norteamericanos intervinieran. A mediados de septiembre, el antiguo sargento continu movindose en el complejo panorama que se le presentaba para conseguir su objetivo: sobrevivir y obtener una mayor cuota de poder. El decursar de los das hizo variar la percepcin de Grau y Guiteras sobre Batista y comenzaron a buscar cmo equilibrar el poder del antiguo sargento.

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250La lucha entablada desde el primer momento, discretamente al principio, despus abiertamente, se manifestaba con pasin. En las soluciones no entraba la destitucin porque el ejrcito se volvera incontrolable y dara pie a una intervencin norteamericana. De un lado Batista, trabajando por controlar las fuerzas armadas. Del otro lado, Guiteras interesado en hacer de la Marina un cuerpo capaz de equilibrar la fuerza del ejrcito. Adems, promoviendo la mayor cantidad de leyes favorables al pueblo, y de paso conseguir apoyo popular. As podran enfrentar los embates de la oposicin, unida ahora al gobierno de Estados Unidos. Mientras, el presidente Grau oscilaba de acuerdo a las circunstancias, mejor dicho, ms bien de acuerdo a su personalidad. Segn un siquiatra que lo entrevist mucho tiempo despus, consider que su debilidad sicolgica, era su rasgo principal. Necesitado de probar continuamente que era fuerte, trataba de compensar sus complejos de inferioridad mediante una actitud superior. En resumen estaba temeroso a la superioridad de los dems, y necesitaba reconocimiento como un enfermo una medicina. Sin embargo, Batista prosegua su ascenso y actuaba sin ataduras. El 12 de septiembre, dos das despus de tomar posesin Grau, el Diario de la Marina reportaba: “Ayer fue un da casi normal en el Palacio de la Presidencia. Cuando el doctor Ramn Grau San Martn actual presidente de la Repblica acudi a la presidencia del poder ejecutivo, era poco mas de las 10 de la maana. Despus lleg el coronel jefe del Estado Mayor Fulgencio Batista, rodeado, como lo aconsejan las circunstancias, de una escolta de 16 hombres y de dos oficiales que colaboran resueltamente con el nuevo orden de cosas”. El 16 de septiembre los partidos no incluidos dentro del gobierno solicitaron al presidente una entrevista. Los lderes polticos, nombre con que se autodenominaron los representantes de los partidos existentes, no queran quedarse fuera del poder. Habl a nombre del grupo, Carlos Mendieta, quien le pidi a Grau que renunciara y constituyera un gobierno de concentracin nacional. Grau pidi tiempo para contestar. Al otro da, 17 de septiembre, el presidente Grau y el embajador Sumner Welles se reunan en secreto. El informe enviado por Welles, deca: “Me dijo que Batista quera ser presidente [...]. Declar que no haba alternativa para sacar a Batista de su actual puesto de jefe de Estado Mayor y que en cualquier intento que se hiciera para cambiarlo, el Ejrcito se convertira, de inmediato, en algo incontrolable”. Las inocentes confesiones de Grau, al no saber quin era su verdadero enemigo, reforzaban la incipiente alianza de Sumner Welles y Batista. Por su parte Guiteras desde la secretara de Gobernacin comenz a proponer leyes, las cuales polarizaban la situacin. Declar ilegales los partidos polticos responsabilizados con el machadato, suspendi el Congreso y dej cesantes a todos los gobernadores y alcaldes, los cuales fueron remplazados por revolucionarios. El 17 de septiembre dict el decreto concediendo el voto a la mujer, otorgado por primera vez en Cuba, reconociendo sus plenos

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251derechos civiles y polticos. Pablo Rodrguez, iniciador del movimiento del 4 de septiembre, era ascendido a comandante, otra accin del secretario de Gobernacin para contrarrestar a Batista. Los bateyes de los ingenios eran gobiernos dentro del gobierno. La autoridad era ejercida por los dueos de los ingenios auxiliados por la guardia rural. La moneda oficial no circulaba sino que era sustituida por vales o fichas expedidos por las propias administraciones, con ellas se pagaba el jornal del trabajador. Contra esto arremeti Guiteras y decret la municipalizacin de los bateyes. Restableci la Ley Arteaga, suspendida por Machado, que prohiba el pago de salarios mediante vales o fichas. Suspendi los desahucios y dispuso una moratoria para los adeudos en concepto de alquileres. Estableci la Ley contra la usura. Cre la Secretara del Trabajo y el jornal mnimo de $1.00 en la ciudad y $0.80 en el campo, los jornales eran de $0.20 por diez horas o ms de trabajo. El 19 firm la jornada mxima de ocho horas de trabajo, hasta ese momento era de 14 horas o ms. Desde luego estas leyes no slo preocupaban a la oposicin sino al propio gobierno, aunque Grau las haba refrendado. El propio Guiteras lo expres tiempo despus: Nuestro programa no poda detenerse simple y llanamente en el principio de la no intervencin. Tena que ir forzosamente hasta la raz de nuestros males, el antimperialismo econmico, el que hizo retroceder a muchos antingerencistas, dividindose nuestras filas. Ante los decretos que, como enormes martillazos, iban rompiendo lentamente esa mquina gigantesca que ahoga al pueblo de Cuba, como a tantos otros de la Amrica Latina, aparecan en escena para combatirnos todos sus servidores nativos y extranjeros, y su formidable clamor espurio nos restaba uno a uno nuestros colaboradores, que eligiendo las exclamaciones derrotistas “de este modo no nos reconocern nunca los americanos”, “estas medidas alejan el reconocimiento”; o las ms terribles an: “los americanos desembarcarn, cerrarn sus puertas a nuestro azcar”, etctera, nos abandonaban. Yo tengo la satisfaccin de haber llevado a la firma del Presidente Grau los decretos que atacaban ms duro al imperialismo yanqui; los vi retroceder, porque acudan a m –Carb, Lucilo de la Pea, Batista y otros– para convencerme de la necesidad de disminuir el ataque, de variar nuestra conducta. El cerco de la tropa que rodeaba el hotel se iba estrechando y se tema que en cualquier momento dieran la orden de prohibir la entrada y salida de personas. El da 22 de septiembre Welles inform a su cancillera: “Esta tarde los estudiantes no permitieron que entrara un camin cargado con alimentos para los oficiales que estaban en el Hotel Nacional, aunque los soldados del camin tenan una autorizacin escrita por Batista, y no obstante dirigir un oficial por orden de Batista la entrada del camin”.14 Este cable de Welles, sin haber encontrado ms elementos alrededor de este hecho, encaja perfectamente en todo lo realizado por Batista en estos das, jugar con dos cartas. El 29 de septiembre otro hecho volvi a poner de manifiesto la posicin de Batista y

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252Guiteras. En el Parque de la Fraternidad se haba levantado un monumento, con la autorizacin del gobierno, para depositar las cenizas de Julio Antonio Mella, lder comunista. Guiteras, como secretario de Gobernacin, concedi permiso para rendir el tributo. Sin embargo el ejrcito se present en el lugar prohibindolo. Das despus la situacin en el interior del hotel continu complicndose. Desde haca seis das los oficiales no probaban bocado; sostenidos con chocolate aguado, preparado con unas tabletas de cocoa, lo nico que quedaba en la despensa del hotel, haca insoportable la situacin. Utilizando la transmisora de radio del hotel se comunicaron con el exterior, enviaron un mensaje a dirigentes del ABC. Este era breve pero explcito: “nos morimos de hambre”. El da primero de octubre, a pleno da, mediante un golpe de audacia, lograron la entrada por sorpresa de un pequeo camin cargado de vveres, por la puerta de la calle 23. El hecho pudo haber acelerado la posicin del gobierno. El domingo 1ro. de octubre, presidida por Guiteras, se celebr una reunin en Columbia donde estaban presentes Batista y otros secretarios del gobierno. La decisin tomada sobre el Hotel Nacional, era radical: desalojarlos. Al otro da, a las seis de la maana, comenz el combate. Guiteras y Batista, presentes en el lugar, estaban a cargo de la operacin. Ambos con posiciones diferentes ante el mismo problema. Batista promovi al medioda un alto al fuego para evitar males mayores a los militares. Vctor Gonzlez de Mendoza, secretario general de la Cruz Roja, era el encargado de conversar con los militares, quienes no aceptaron las condiciones de rendirse, las cuales no eran nada humillantes, y prevalecieron criterios contrarios. Una hora tenan para decidirse, sin embargo, Batista les concedi hasta las tres de la tarde. A las seis de la tarde todo concluy, los oficiales fueron saliendo de cinco en cinco a intervalos de 10 minutos. Mario Hernndez uno de los sargentos comprometidos con el 5 de septiembre, haba ajusticiado a varios oficiales despus de la rendicin. El gobierno se anotaba un triunfo, haba resuelto uno de los agudos problemas, los das por venir traeran otros. Batista continuaba su labor como hbil jugador de cartas. La batalla del Hotel Nacional, a pesar de haber concluido, dejaba asuntos pendientes. Welles se senta comprometido con los oficiales presos, su indirecta promesa, una intervencin de Estados Unidos era la causa de todo. La victoria militar, para algunos no terminaba con enviar a presidio a los derrotados. La accin de Mario Hernndez, al matar a algunos oficiales despus de rendirse, se sustentaba en un argumento: si ellos hubieran triunfado, habran sido peor. Era necesario cortar la raz de los que haban sostenido a Machado en el poder y queran volver de nuevo. Este argumento, matar a los principales jefes militares, se continuaba esgrimiendo entre los miembros del Directorio. Welles lo explic en un cable: “Desde ayer en la noche y esta maana existe el rumor de que el Consejo Estudiantil y una porcin de los soldados desean ejecutar sumariamente a los oficiales que estn ahora en prisin. Lo que he podido averiguar es que Batista, sus ayudantes personales, y algunos miembros

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253del Gobierno se oponen vigorosamente a este movimiento. Espero ver a Batista esta tarde y tratar de conocer qu garantas positivas para la seguridad de los oficiales ha podido proporcionar”.15Otro cable de Welles es conclusivo: Batista vino esta maana a la embajada para verme y tuvimos una conversacin privada de aproximadamente una hora y media. [...] Me dio su palabra de honor sobre su responsabilidad oficial que ninguno de los oficiales ahora en prisin sera molestado de ninguna forma. Adems me dijo que con el objetivo de garantizar extremas medidas de seguridad para ellos, y teniendo en cuenta los esfuerzos de los estudiantes para excitar a los soldados sobre la inmediata ejecucin de los oficiales principales, l haba arreglado su traslado a la Prisin Nacional de Isla de Pinos, adonde seran llevados en grupos de 20 30 personas durante la noche para que la gente que poda daarlos no se agrupara en la estacin de ferrocarril. Concluy diciendo que mientras era completamente imposible para l evitar el juicio de los oficiales por cortes marciales, pospondra tales juicios por todo el tiempo que le fuera posible para que las pasiones pudieran enfriarse; ms adelante podra ver que las cortes fueran compuestas por abogados y no por soldados o sargentos.16A esta altura de la situacin, Batista, estaba francamente en la oposicin y como tal se comportaba. Hombres dedicados a los negocios y a las finanzas le solicitaron proteccin y modificar la situacin existente. La peticin inflam ms an el ego del coronel y prometi su esfuerzo. Comenz a moverse en la direccin deseada. Conversaba reiteradamente con Welles, escuchaba las indicaciones y propona ideas. Habl directamente con el futuro sustituto del presidente Grau San Martn, el coronel Carlos Mendieta Montefur, nacido el 4 de noviembre de 1873 en San Antonio de las Vueltas, provincia de Las Villas. Tena sesenta aos; era mdico y coronel del ejrcito libertador. Todo estaba cocinado, slo faltaba poner la mesa y servir los platos para sustituir al presidente. Enterados los miembros del Directorio de la maniobra, un golpe de estado inminente, se dispusieron a desbaratar la conjura. Los jvenes, citados por Carlos Pro, se reunieron en palacio con el presidente. Le informaron del complot y adoptaron medidas para abortarlo. Se convocara a la Junta Revolucionaria de Columbia en casa de Sergio Carb y se expondran los hechos. Grau solicitara su renuncia en base a la traicin de Batista. Los jefes de los distritos militares, con los cuales se haba conversado previamente, apoyaran a Grau. Acto seguido se solicitara la detencin de Batista por alta traicin y en su lugar sera nombrado Pablo Rodrguez como sustituto. Lleg la hora prevista y todos los involucrados estaban presentes en casa de Sergio Carb. Grau comenz su exposicin, destacando la gravedad de la situacin, no tena justificacin que el jefe del ejrcito se pusiera a conspirar con el embajador de Estados Unidos. Hizo el resto de los descargos y cedi la palabra a Batista. Este refiri no haber actuado de mala fe. Por desconocimiento haba asistido a una reunin donde se

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254encontraban los presidentes de los partidos de oposicin y el embajador de los Estados Unidos. Agreg no haberse comprometido en nada. Tena pensado hablar con el presidente y contarle lo que le haban dicho. Exalt a Grau como dirigente y explic su humilde procedencia. Algn resorte sicologico del presidente debe haber conmovido la fibra del perdn. Este tipo de persona, aunque muy inteligentes, sucumben ante los elogios. Las observaciones del siquiatra, sealadas con anterioridad pueden explicarlo: “Temeroso a la superioridad de los dems, y necesitado de reconocimiento. [...] Es un hombre genial en su caos sicolgico”.17 Batista sali ileso del lugar y cuando se le pregunt a Grau por lo acordado respondi: “el susto que le hemos hecho pasar, terminar por resultar el mejor”. Con el perdn a Batista y las habilidades desarrolladas hasta ese momento, no es necesario decir ms. Result el gran error. Continu haciendo de las suyas, hasta conseguir echar del poder a Grau San Martn el 14 de enero de 1934. Guiteras lo sintetiz en una entrevista: “Grau cay impulsado por los msticos del reconocimiento, con Batista a la cabeza, que haban retrocedido aterrados ante la verdadera revolucin que por primera vez vean en todas sus luces. Fracasamos porque una revolucin slo puede llevarse adelante cuando est mantenida por un grupo de hombres identificados ideolgicamente, poderoso por su unin inquebrantable, aunados por los mismos principios y no por la doctrina de todos para destruir”.18Despus de esta fecha, Batista tuvo todo el poder. Pasaron cuatro presidentes ms, todos sujetos al coronel, jefe de Estado Mayor. El periodista Danon Ruyon, escritor deportivo de Hearst lo entrevist en 1934 y obtuvo la siguiente impresin: “Si alguien tiene duda de que Fulgencio Batista es el amo de Cuba deba pasarse un par de horas en esta antesala. Uno saca la impresin de que todo el que quiere algo en Cuba tiene que verlo a l”.19Coyunturas internacionales aconsejaron modificar su status y en 1940 aspir a presidente mantenindose en el cargo durante cuatro aos. Por falta de garantas hacia su persona, al ser electo presidente Grau San Martn, sali del pas. Regres en noviembre de 1948, al ser elegido Carlos Pro Socarrs para presidente. Ante la imposiblidad de triunfar en las elecciones de 1952, dio un golpe de Estado. Se mantuvo en el cargo hasta el primero de enero de 1959. A modo de recuento de su paso por la historia de Cuba, podramos utilizar los smiles con Aureliano Buenda, personaje de la novela, Cien aos de soledad de Garca Mrquez. Batista promovi unas cuantas conspiraciones y hasta el momento haba triunfado. Durante el transcurso de su vida tuvo cinco hijos de dos mujeres distintas y ninguno muri. Escap a varios atentados, incluyendo el asalto a la mansin presidencial en 1957. A los traspies polticos, ms abundantes y peligrosos que las agresiones personales, con astucia de lobo los evadi. De aquel encuentro de noviembre de 1933 con Grau, la Junta Revolucionaria de Columbia y los estudiantes sali ms fortalecido en su decisin de apoderarse del poder. Sus iniciales compaeros, sin saberlo, seran sus futuras vctimas. Tornndose con el

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255tiempo en un hombre poderoso y peligroso. Al contrario de Aureliano Buenda que nunca se haba fotografiado, l deseaba ver su foto en los peridicos todos los das, y recibir todos los honores y medallas inventadas o por inventar. Y para desgracia de la repblica nadie le administr, como a Aureliano Buenda, una carga de estricnina en el caf. Los valores sobre los que se dese fundar la repblica, mritos, conocimientos, deseos de servir, quedaron opacados con los valores implantados. Nuestros antecedentes negativos, de la poca de Espaa, tomaron cuerpo en Batista, con la ayuda de Estados Unidos. La semilla plantada en 1933, para la nueva cosecha, al igual que sus simientes anteriores, creci deformada y deformando a los dems. Notas1 Lowry, Nelson. Serie de trabajos titulados Esquema de Cuba por un socilogo americano, sobre diversos aspectos del pueblo cubano. Archivo Nacional. Fondo Jorge Quintana. Caja 117 #24.2 Estrada Palma, Jos Miguel Gmez, Mario Garca Menocal, Alfredo Zayas y Gerardo Machado.3 El profesor Herminio Portel Vila dice el 4 de septiembre, aunque en realidad es el 5. El artculo fue escrito en 1950 y para todos el 4 de septiembre qued como fecha del hecho.4 Bohemia (La Habana) 42(32):64; 6 ag. 1950.5 Diario de La Marina (La Habana) 6 sept. 1933: 3.6 Foreign Relations of the United States. Diplomatic Papers, 1933. The American Republics. Washington : Department of State. United States Government Printing Office, 1952. vol. 5, p. 416.7 dem8 Phillips, R. Hart and Mc Dowell, Obolensky. Island of Paradox New York : [s.l., s.a.]. p. 90.9 Soto, Lionel. La Revolucin del 33. La Habana : Editorial Pueblo y Educacin, 1985. t. 3, p. 67.10 Ichazo, Francisco. El doce de agosto o el infortunio de una fecha histrica. Bohemia (La Habana) 41(33):54; 14 ag. 1949.11 Lorenzo, Ral. La historia reclama de Pro una poltica distinta a la de Grau. Bohemia (La Habana) 40(28):51; 11 jul. 1948.12 Briones Montoto, Newton. Accin directa. La Habana : Editorial de Ciencias Sociales, 1999.13 Op. cit. (6). pg. 419.14 Ibdem, p. 456.15 Ibdem, p. 468.16 Ibdem, p. 469.17 Mart Ibez, Flix. Crnica (La Habana) (8):812; 15 mayo 1949.18 Pensamiento Crtico (La Habana) 4(39):287; abr. 1970.19 Runyon, Danon. Cmo nos ven los norteamericanos. Batista, el amo de Cuba. Carteles (La Habana) 22(7):24; 18 febr. 1934.

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256 La historiografa regional y local en Cuba (19591999): balance y perspectivas Hernn Venegas DelgadoInvestigador del Instituto de Historia de CubaEsta es la tercera vez que se me convoca a analizar el proceso de la historiografa regional y local en Cuba revolucionaria. La primera fue en 1984, a propuesta de la Unin Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC), de donde result el trabajo “Veinticinco aos de historiografa regional en Cuba revolucionaria (1959-1983)”, publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart de La Habana y en otros pases. Aos ms tarde, en 1993, el Fondo Editorial Trpykos, de Caracas, Venezuela, me solicit que actualizase dicho trabajo, conocedores sus directores del esfuerzo que se vena desarrollando en Cuba con el Proyecto Nacional de Historias Provinciales y Municipa les. De ah surgi el pequeo artculo “La historia regional cubana (1987-1992)”, publicado en mi libro Provincias, regiones y localidades Historia regional cubana impreso en 1993 por dicha editorial. Ahora la Ctedra Emilio Roig de Leuchsenring, el Instituto de Historia de Cuba y la Casa de Altos Estudios don Fernando Ortiz, de la Universidad de La Habana, coauspiciadores del ciclo “Medio siglo de historiografa cubana” se han propuesto analizar el quehacer historiogrfico cubano en estas ltimas dcadas y hacer un balance de sus problemas y resultados. Y, dentro de este anlisis han tenido a bien solicitarme que opine sobre el tema regional y local, que tanta relevancia ha adquirido en los ltimos aos. Como no quiero pecar de repetitivo, me limitar a redondear algunas ideas antes expuestas sobre este tema y, posteriormente expondr otras sobre el estado actual del problema y sus perspectivas. Ciertamente, para hablar de historiografa regional y local en Cuba, es imprescindible remitirse a los grandes maestros de las ciencias histricas. En esta dimensin los nombres de Julio Le Riverend Brusone, Juan Prez de la Riva Pons y Ramiro Guerra Snchez, ocupan un sitial de honor, junto al de aquel infatigable estudioso y propagandista de la historia latinoamericana, caribea, nacional, regional y urbana que fue Emilio Roig de Leuchsenring. Estos –y tambin algunos otros– abrieron perspectivas, trazaron caminos, nos apuntaron hacia dnde debamos dirigir los estudios de estas cuestiones regionales y locales.

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257Ramiro Guerra, quizs sin una opinin totalmente formada sobre el futuro de estos estudiosos, nos dej en su Guerra de los Diez Aos (1950-1952) toda una fundamentacin regional acerca de ese trascendental perodo blico que abri las puertas al proceso independentista cubano y, desde luego, a una comprensin ms acabada de las diferencias regionales en el proceso histrico de formacin de la nacin, que hoy algunos se dan el lujo de hacer caso omiso o bien aceptan entredientes. Pero tambin Guerra, de esas obras “menores” que leg, dej como herencia Mudos testigos. Crnica del ex-cafetal Jess Nazareno, de 1948, es decir, un posible modelo de lo que hoy se llamara historia “micro” en otras riberas. No en balde, al valorar dicha obra en el prlogo a la nueva edicin cubana publicada por Ciencias Sociales en 1974 Manuel Moreno Fraginals, nada sospechoso de ser un amante de la historia regional, afirm que esta es “una de las poqusimas obras maestras de la historiografa cubana”. Al geohistoriador Juan Prez de la Riva Pons, desgraciadamente fallecido muy temprano, en el amplio goce de sus capacidades intelectuales, debemos, ya en pleno proceso de la Revolucin, un artculo que nos conmocion a todos en 1968, “Una isla con dos historias”, publicado en la revista Cuba Internacional. Este fue un trabajo surgido en ocasin de la conmemoracin del centenario del inicio de las guerras independentistas cubanas, en 1868, y del sinnmero de actividades que a su calor se desplegaron, en particular las referidas al planteamiento de los problemas de la nacin y de la nacionalidad. Hoy es relativamente fcil criticar algunas de las tesis y conclusiones del artculo de Prez de la Riva, pero quien se remonte a aquellos aos no puede menos que admitir que su propuesta de una Cuba A y de una Cuba B, que signaba todo el proceso histrico nacional, sirvi como una especie de parteaguas para los que ya avizorbamos entonces que algo deba cambiar en la visin historiogrfica supuestamente “nacional” con la que contbamos y que an hoy es predominante. Tal fue el impacto causado por este trabajo que, en 1986, casi veinte aos despus de escrito, otro maestro de la historiografa cubana, Jorge Ibarra Cuesta, homenajeaba al extinto profesor, volviendo sobre la tesis central del trabajo de Prez de la Riva. Encima de ello, quizs un poco a la manera de Ramiro Guerra, Prez de la Riva y su compaera, Sarah Fidelzait, nos legaron otro texto “menor”, en el nivel “micro”, San Jos del Sumidero. Demografa social en el campo cubano, de 1987, gestado muchsimos aos antes, que tuvo y tiene la virtud de ensear cmo combinar diversas ciencias y disciplinas, tcnicas y mtodos, fuentes y procedimientos, orientaciones historiogrficas y cientficas en este nivel. Para m es todava un gran enigma por qu el libro citado de Ramiro Guerra y este de Juan Prez de la Riva y Sarah Fidelzait, no son tomados mayormente como posibles modelos para el trabajo local, conjuntamente con aquellas propuestas de las nuevas –y muchas veces no tan nuevas– tendencias que en esta escala nos presenta la historiografa euroccidental y anglosajona.

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258Y conste que ahora no estoy haciendo siquiera referencia a aquella parte no publicada de la obra de Prez de la Riva, en particular su trabajo indito e inconcluso sobre la divisin territorial y la conquista del espacio cubano, de 1974, cuya publicacin dejara mltiples dividendos entre los regionalistas y, con toda certeza, una visin ms equilibrada sobre el proceso histrico cubano. Una idea de la importancia de esos manuscritos lo da el conversatorio que Prez de la Riva sostuvo posteriormente con un grupo de historiadores y gegrafos cubanos en la Biblioteca Nacional Jos Mart y que publicara en 1978, post mortem, la revista Universidad de La Habana bajo el ttulo “Sobre la conquista del espacio cubano (Conversatorio)”, trabajo que traera tanto el regocijo de quienes nos ocupbamos de estos asuntos como el dolor de constatar una vez ms la prdida del maestro y, con este, de la vertiente geohistrica sustentada por l. Escasamente divulgado y escrito en francs, el trabajo de Prez de la Riva “Peuplement et cycles conomiques Cuba (1511-1812)”, publicado en 1973 en la revista Cahiers des Ameriques Latines tuvo la virtud, entre sus mltiples ecos, pero mucho ms adelante en el tiempo, de despertar el inters de un rea poco trabajada entre nosotros, la de las regiones ganaderas, al relacionar el problema del aprovechamiento de los suelos con tal rengln de nuestra economa y sociedad. Y conste que estamos hablando de siglos de predominio ganadero para la mayor parte de Cuba y de otros, ms cercanos, cuando el ganado vacuno fue obligado “partenaire” del azcar y, despus, al menos, sostn de regiones y subregiones cubanas hasta bien entrado el siglo XX, realidad histrica sistemticamente subvalorada u omitida por esa historiografa supuestamente “nacional” a la que antes me he referido. Julio Le Riverend Brusone es an un caso ms especial en estas lides regionales. En 1948, cuando se le avizoraba como historiador de calibre, durante el VII Congreso Nacional de Historia celebrado en Santiago de Cuba, ya arribaba a la conclusin de que la historia regional y local “deba ser considerada como uno de los elementos bsicos de la versin historiogrfica del pasado nacional” [el subrayado es mo], enriqueciendo una idea presentada previamente en el I Congreso Nacional de Historia de 1942. Cincuenta aos despus, en 1998, justo antes de morir el gran maestro, al encargarme su obra inconclusa sobre el criollo, me enfatiz en dos dimensiones que deba robustecer en los cubansimos manuscritos legados: la latinoamericana, y la regional y local. El hecho de que se tratara de un historiador cuyas obras fundamentales estn dirigidas a analizar el proceso histrico nacional, no fue bice para que, durante esa media centuria, continuara plasmando sus preocupaciones sobre la cuestin regional, a travs de una serie de artculos y conferencias de corte metodolgico, periodolgico y terico e incluso en varios estudios de caso. Entre estos ltimos se inscribe, con derecho propio La Habana. Biografa de una provincia, de 1959, profundo anlisis de la regin habanera y, como para sellar su compromiso con las ideas que siempre defendi, dara a la luz

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259en 1992 La Habana, espacio y vida, medular anlisis de la ciudad capital de Cuba. Este ha sido un acontecimiento editorial que nos dej un nuevo aviso a los regionalistas: la necesidad de comenzar a prestar atencin especfica al trabajo historiogrfico contemporneo en relacin con las ciudades, sobre lo que volver ms adelante. Algo ms, Le Riverend dedic parte de su precioso tiempo, inmerso tambin en diversas tareas estatales, a preparar a algunos de los regionalistas actuales, tarea poco grata para otros quizs. Probablemente ello significaba para el tambin saldar su deuda con sus profesores mexicanos y espaoles republicanos –exiliados en la nacin azteca– del Colegio de Mxico, centro incentivador de algunos de los mejores empeos historiogrficos de los pases del Gran Caribe. Pero la historiografa regional y local que forjara la Revolucin recibi tambin otra herencia, que ha continuado manifestndose –aunque ms atenuadamente hasta hoy–, la de los llamados historiadores locales –y por qu no, regionales tambin–, o sea, la de la llamada Historia de Bronce, criticada acremente, a mansalva, cuando no despreciada, tanto en Cuba como en buena parte del resto de los pases latinoamericanos. Justamente podemos enjuiciar con vigor su ingenuidad de basamento positivista, su criterio de progreso inscrito en la ms rancia tradicin liberal y positivista, la exageracin que hace de la labor de las personalidades y caudillos ms importantes y, desde luego, la minusvala con que presenta al pueblo en relacin con el quehacer de lo que hoy llamaramos las lites ; podemos criticar la superficialidad con la cual se enfrenta la crtica de las fuentes, las deficiencias metodolgicas y de procedimientos que adolece, los problemas tericos que comporta. Pero lo que no podemos obviar es la riqueza de la informacin brindada, muchas veces desaparecida a posteriori; algunas ideas particularmente sugerentes para nuestro propio trabajo; la transmisin del mito, la leyenda y hasta del testimonio de poca; el lugar brindado a la cultura dentro de la valoracin historiogrfica; entre otros de aquellos aspectos aprovechables por la renovacin de la historiografa regional y local. Obras como la del habanero Emilio Roig de Leuchsenring, la del remediano Jos Andrs Martnez-Fortn Foyo y la del santiaguero Emilio Bacard Moreau, se inscriben, por derecho propio, en los anales de la historiografa cubana de todas las pocas. Adems, algunos de los exponentes de esta Historia de Bronce se armaron con nuevas metodologas e ideas en el transcurso de los ltimos decenios, lo que les permiti continuar engrosando con sus obras el caudal reclamado continuamente por el Movimiento de Activistas de Historia de aos ms recientes, hoy expuesto tambin a terribles crticas por algunos. El triunfo de la Revolucin cubana en 1959 trajo tambin un proceso de renovacin radical para la historiografa regional y local, que se benefici con los planes de transformacin regional en la bsqueda de un equilibrio en el desarrollo econmico-social para toda la isla. De forma paralela iguales empeos se robustecan por la incomparable va cepalina en el resto del continente latinoamericano, con la colaboracin de

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260Felipe Pazos Roque, cuyas propuestas de desarrollo –el regional incluido–, de antes y despus de l959, para Cuba y el resto de Amrica Latina, an estn pendientes de estudios entre nosotros. Aprovecho la ocasin para significar que los estudios econmicos y sociales regionales, locales y a nivel incluso de empresas, hechos en o con la colaboracin de las instituciones financieras, de inspiracin desarrollista, de la dcada del 1950, tambin esperan por nuestras investigaciones a fondo. De igual manera sera til poder comparar los resultados de similares pesquisas ms recientes en el continente con las nuestras, en aras de aprovechar sus mtodos y procedimientos de trabajo para el laboreo historiogrfico regional y local, cuando no sus propias conclusiones para analizar la historia ms reciente. Al antes mencionado Movimiento de Activistas de Historia, que se mantuvo en vigor durante dcadas, debemos una impresionante cantidad de investigaciones, testimonios, monografas, ensayos, etctera, que se encuentra generalmente indita. Estos resultados, de calidad variable y de factura emprica por lo general, encierran un riqusimo acervo para el trabajo historiogrfico, previa crtica, del cual los testimonios se inscriben por derecho propio entre las fuentes ms importantes con las que contamos para el trabajo futuro en todas las reas de la historia, incluida desde luego la regional y local, una de sus fuertes. En mi opinin, subvalorar las posibilidades que como fuentes atesoran a su vez la mayora de estos materiales es un error garrafal. Adems, algunos de sus mejores trabajos se encuentran publicados, por lo general por la va del Concurso Primero de Enero, otros a travs de la Editora Poltica y algunos hasta en ediciones provinciales y municipales. La inmensa mayora de esas publicaciones son de primersima utilidad para nuestra rea y empeos futuros y, algunas, piezas antolgicas de la historiografa regional y urbana cubana. Con mayor xito transitaron desde luego aquellos estudios que desde fines de la dcada de 1960 y por lo menos hasta mediados de la de 1990 publicaron las revistas universitarias Islas y Santiago y la revista Del Caribe, as como las publicaciones ligeras efectuadas por el extinto Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Cuba, amn de otros artculos impresos por otras revistas y publicaciones diversas, tanto del mbito universitario como de otros, verbigracia la antes mencionada Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Todas estas recogieron muestras del importante movimiento que se desarroll en el pas en historia regional y local, destacndose entonces un pequeo, pero importante grupo de historiadores regionalistas en torno a la mencionada revista Islas de la Universidad Central de Las Villas, la que se convirti en el centro de este tipo de estudios en Cuba y donde aparecieron las ms importantes propuestas metodolgicas y cientficas de entonces en cuanto a la cuestin regional y local. Desafortunadamente en Islas dicho impulso se ha estancado en los ltimos aos y lo que es ms de lamentar, no se observan sntomas de re novacin. Mientras, mejor suerte ha corrido el grupo de regionalistas nucleado en torno a Santiago y Del Caribe con evidentes muestras de renovacin y replanteo de sus objetivos en

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261la actualidad, que es deseable incluya a los Encuentros Nacionales de Historia Local, quince hasta el presente. En todos estos aos fueron apareciendo tanto en Cuba como en el extranjero obras de interpretacin de la historia nacional, total o parcialmente, que constituyeron y constituyen puntos de obligada referencia para el trabajo regional. Como no pretendo hacer un inventario al respecto, mencionar algunas de las ms significativas escritas en Cuba, sin que ello me exima en el futuro de realizar un balance de lo escrito al respecto en el extranjero. Entre las escritas en Cuba y por derecho propio, habra que citar en primer lugar a ese clsico de la cultura y de la historia de Cuba que es El ingenio. El complejo econmicosocial cubano del azcar, del maestro Manuel Moreno Fraginals. Publicado en 1964 y reeditado y ampliado en tres tomos en 1978, la obra es esencial para el trabajo regional al menos en cuatro rdenes: por lo que dice en cuanto a las regiones plantacionistas del occidente de la isla, es decir, de La Habana y Matanzas, por lo que sugiere en cuanto a lo que su autor llama como “enclaves” azucareros del resto de la isla, por lo que no dice de esos “enclaves”, verdaderas regiones plantacionistas a una escala menor a la habanero-matancera, y por lo que tampoco dice de otras regiones, como por ejemplo las ganaderas, umbilicalmente atadas a la vida y muerte de la plantacin. Solamente por estas razones –que no son todas– el trabajo regional debe mucho a la obra de Moreno Fraginals. Consecuentemente con estos criterios, dicho maestro seguir concibiendo conscientemente a la historia nacional como la de la gran regin habanera, como queda implcito en su enjudiosa conferencia publicada bajo el ttulo Peculiaridades de la esclavitud en Cuba, pronunciada a propsito de la XV Reunin Anual de la Asociacin de Historiadores del Caribe (La Habana, 1985). Todava en 1995 reitera tal posicin en su libro Cuba/Espaa. Espaa/Cuba. Historia comn, con una cierta argumentacin acerca de su escogencia de La Habana como exponente de toda la historia insular. A Oscar Zanetti Lecuona y Alejandro Garca lvarez debemos otras dos obras, en dos rdenes distintos, que fueron y son instrumentos preciosos para el trabajo regional desde una ptica ms general. Me refiero, ante todo, a ese libro ya clsico que es Caminos para el azcar, de 1987, y a la Metodologa de la investigacin histrica, de 1989, escrito en colaboracin con la metodloga Aleida Plasencia Moro. El primero, slida obra de la historiografa cubana, se adentra en un problema, el de las comunicaciones ferroviarias, que est enraizado con el del proceso de consolidacin primero de las regiones histricas cubanas y posteriormente con el del debilitamiento o surgimiento de otras, segn sea el caso. Por otro lado, obra de obligada consulta al no existir un texto mayor sobre la metodologa investigativa en historia regional y local, fue el segundo, cuya consulta, acompaada por la de los trabajos al respecto de Julio Le Riverend Brusone, Olga Portuondo Ziga y Hernn Venegas Delgado, brindaron en su conjunto la visin necesaria para comenzar y guiar el trabajo del Proyecto Nacional de Historias Provinciales y Municipales

PAGE 223

262durante varios aos. Se impone ya, desde luego, escribir un texto especializado al respecto que, a su vez, pudiera servir de acicate para incrementar la tendencia al trabajo terico y metodolgico que se observa discretamente en el pas Esta lnea terico-metodolgica requiere, s, de nuestra atencin priorizada, pero advierto desde ahora contra las posibles consecuencias del efectismo, del probable acriticismo que pueda resultar de recepcionar sin una criba apropiada el frrago de materiales escritos en el extranjero durante una treintena de aos sobre historia regional y urbana y, en particular, subrayo la necesidad de que este trabajo terico-metodolgico lo cubran fundamentalmente profesionales con resultados slidos y palpables en estudios de casos regionales y locales, es decir, quienes estn en mejores condiciones de aprovecharlo y transmitirlo a los dems. En cualquier caso de lo que se trata es de aprovechar de forma creadora esa riqusima experiencia occidental, junto a la latinoamericana que ya empezamos a conocer. El Proyecto Nacional de Historias Provinciales y Municipales, concebido entre 1987 y 1989 y que arranc a partir de este ltimo ao en casi todo el pas, de una u otra forma, es otro de los parteaguas, en este caso trascendental, de los estudios regionales y locales en Cuba. Como tampoco deseo repetir ahora afirmaciones que antes he realizado, slo me limito a brindar algunas ideas generales. Comenzando entre 1987 y 1988 a instancias del Instituto de Historia de Cuba, este fue concebido esencialmente por el equipo integrado por Olga Portuondo Ziga, Arturo Soreghi D’Mares, Fe Iglesias Martnez y Hernn Venegas Delgado. El mismo contara desde entonces con el impulso que le daran primeramente Rolando Garca Blanco y Modesto Gonzlez Sedeo y despus Lilian Vizcano Gonzlez. Pero tambin el Proyecto debe mucho de la experiencia regionalista latinoamericana, en particular a la de Mxico y Venezuela en sus aos iniciticos, y a la de Brasil, Colombia y Argentina, al menos, en aos ms recientes. Aqu estoy hablando tanto de los resultados de caso, como de los trabajos de orden tericoconceptual, metodolgico, periodolgico y sobre fuentes que han ido permeando, en mayor o menor medida a los regionalistas de todo el pas. En mi criterio el acercamiento de los regionalistas cubanos a la archifamosa Escuela de los Annales en esta vertiente nos viene por la va latinoamericano-continental y en menor medida por la europea, salvo excepciones, desde luego. Adems, de todos es conocida la muy discreta difusin y promocin universitarias que tuvo esta imprescindible escuela historiogrfica entre los historiadores cubanos durante varias dcadas de la Revolucin, fenmeno an ms grave en esa rea neurlgica constituida por los institutos pedaggicos, despus institutos superiores pedaggicos. Obsrvese, para evitar fciles objeciones, que estoy hablando de todo el pas, y no slo de su capital. No es mi intencin cantar loas a este Proyecto en el que nos hemos visto involucrados directamente. Como toda gran obra, esta ha tenido sus errores y desaciertos, pero tambin sus virtudes y logros, aspectos estos ltimos que, en

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263mi criterio, pesan ms que sus resultados negativos y limitaciones, muchas previstas desde un inicio, por cierto. En primer lugar, ha sido el nico proyecto de historia regional y local –este fue su enfoque– inscrito en un plan nacional, fenmeno nico en Amrica Latina y el Caribe. En segundo lugar, el Proyecto aspir y obtuvo resultados concretos en cuanto a su adscripcin dentro de las ms modernas corrientes de la historiografa regional y local del mundo occidental y de Amrica Latina en particular. En tercer lugar, los resultados an sin publicar del Proyecto, en particular los referidos a las propuestas de periodizacin sobre las historias provinciales, hacen tambalearse en sus cimientos a la “periodizacin” de la historia nacional, a la vez que esos resultados cuestionan fuertemente supuestas “regularidades” consagradas por la historiografa “nacional” al uso an en nuestros das. En cuarto lugar, al implicar a miles de maestros y profesores de todo el sistema nacional de educacin general cubano, as como a otros profesionales de los ministerios de Cultura y de Educacin Superior, entre otros, el Proyecto prepar a miles de profesionales en todo el pas y cre de paso las bases para empeos ulteriores, por cierto, no slo en la Ciencia Histrica, sino tambin en el resto de las Ciencias Sociales y hasta en las tareas polticoestatales y de las organizaciones polticas. En quinto lugar, bien a su calor o bien como resultado lgico de su obra y de su influjo, surgieron o se revitalizaron en el pas decenas de centros y de grupos de investigacin regional y local. En sexto lugar, los resultados del Proyecto han trascendido en los ltimos aos a reas vitales de la vida econmico-social de toda la nacin, como son las del turismo y la educacin, por slo mencionar dos de estas. Desde luego, conozco de errores en la conduccin historiogrfica en general y metodolgica en particular de algunas de las obras concluidas o en fase de conclusin en la actualidad tanto en las historias provinciales como en las municipales, sobre todo en estas ltimas. Es indudable que por lo general brilla por su ausencia la presencia de las corrientes historiogrficas contemporneas ms representativas. S que la herencia positivista suprstite asoma muchas veces tanto por los caminos ms trillados y conocidos como por los ms insospechados vericuetos aunque, desde luego, ello no es privativo de la historiografa regional y local. Reconozco que el nivel emprico del conocimiento ha gravitado de forma parcial y peligrosamente sobre algunas de estas obras. Resulta evidente que no siempre la relacin regin-nacin se logra e incluso que a veces se obvia la relacin macrorregin-regin, desconocindose de paso el papel de los centros nodales esenciales de aquellas partes del pas que tienen un pluricentrismo urbano acentuado. Es indudable que el manejo y equilibrio de las fuentes consultadas adolece de deficiencias y que se han violado o parcialmente cumplido algunas de las orientaciones que al respecto y tambin acerca de la conduccin del trabajo se establecieron y se reiteraron hasta la actualidad. Muchos otros problemas se podran sealar. Pero en mi opinin lo trascendental de este Proyecto y de sus resultados

PAGE 225

264hasta la hora actual est en el balance que se puede hacer de la historiografa regional y local en Cuba antes y despus de 1987-1989, claramente favorable en los das que corren, como dije ms arriba, a tal rea de la ciencia histrica. Me pregunto qu hubiese sido de este trabajo si se le hubiese encomendado slo a aquellos pocos especialistas y a otros pocos profesionales de prestigio con los que se hubiese podido contar para realizar las 14 historias provinciales propuestas, ms las 168 historias provinciales y la del municipio especial. Me pregunto cmo se hubiese podido comenzar a responder a los retos que en la actualidad plantean la enseanza de la historia nacional y de la historia regional y local. Me pregunto cmo es que se hubiera satisfecho la siempre creciente demanda del pueblo de verse representado en sus entornos de vida. En la respuesta a estas tres nicas preguntas –que no son ni pueden ser todas las que nos hagamos– est la clave de este balance que propongo. Ustedes pueden hacer sus propios razonamientos que, estoy seguro, no estarn muy alejados de los que yo mismo me he planteado. Por ltimo, no deseo dejar pasar esta oportunidad que se me ha brindado para insistir en un aspecto capital del trabajo regional y local. En mi criterio si bien se ha avanzado sustancialmente en la cuestin regional y este trabajo es perfectamente factible y necesario de continuar hacindose, adaptndonos a las realidades de un pluricentrismo institucional cada vez ms vigoroso, existen serias deficiencias en el trabajo que hemos denominado como “local”, como un cmodo apndice al primero; pero que requiere ya de su autonoma. Es decir, como he dicho recientemente en la conferencia inaugural del evento cientfico latinoamericano y regionalista celebrado en la Universidad Carlos Rafael Rodrguez de Cienfuegos, hablamos usualmente de regiones y localidades, englobando por lo general a estas ltimas dentro de las primeras. Cierto es que se establece una relacin entre unas y otras pero relacin interactiva, en la que la ciudad y la regin guardan sus propias especificaciones, por lo que sus respectivos campos de estudio demandan atenciones particulares. De aqu que la ciudad requiera de una atencin especial entre nuestros historiadores, ms all del que le han prestado los socilogos, economistas y planificadores urbanos e historiadores del urbanismo y del arte, entre otros. La ciudad requiere de un tratamiento diferenciado en relacin con su regin circundante, requiere de consideraciones concretas acerca de su realidad pecu liar. Esta atencin, por otra parte, no se puede circunscribir slo a las grandes ciudades. Requieren, s, de nuestra atencin las grandes ciudades, como lo ha demostrado fehacientemente el libro citado de 1992 del profesor Le Riverend sobre La Habana; pero tambin la requieren aquellas ciudades medianas y pequeas, tan caractersticas de Cuba y de otros pases latinoameri canos. Incluso el pequeo asentamiento poblacional, en el linde entre lo urbano y lo rural, como son los bateyes de los centrales azucareros,

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265necesitan de nuestro trabajo, como bien ha reiterado Abel F. Losada en su reciente libro Cuba: Poblacin y economa entre la independencia y la Revolucin, de 1999. Yo aadira que, junto a los bateyes, debera considerarse el sistema completo de sus pequeos asentamientos con tales caractersticas, cuyo ncleo es el batey, sistema que muchas veces engloba pequesimas ciudades venidas a menos e incorporadas a la vida azucarera. Tan importante es este asunto para la historia urbana en s como lo es para la historia regional y local, la historia nacional cubana y la historia de la plantacin caribea, niveles todos en que el azcar ha tenido y an tiene un peso importante en la vida social. Hasta aqu mis criterios muy generales sobre el tema que se me ha solicitado. Les ruego que disculpen las omisiones que seguramente he hecho, pues no ha sido el objetivo –ni se me ha solicitado– el de realizar un balance historiogrfico exhaustivo ni mucho menos de personalidades e instituciones relacionadas con la historiografa regional y local quienes, con todo derecho podran figurar aqu. En mi nimo est el de presentar estas ideas para contribuir al intercambio de opiniones que nos permita a todos seguir adelante con nuestro trabajo, cada vez ms til e incluso comprometido con las realidades actuales del mundo globalizante, que ha querido hacer de las regiones especies de caballos de Troya para lograr la desintegracin nacional en los pueblos del llamado Sur de esta parte oprimida del Mundo.

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266 La vida pblica y secreta de Encarnacin de Varona (5ta parte)* Modesto Gonzlez SedeoInvestigador de historia de CubaNos hubiramos muerto de hambre si no hubiera sido por la tropa que nos abasteca de rancho, pues trayendo los bolsillos provistos de mucho dinero sin hallar en qu emplearlo, les satisfacan ms a su antojo los platos que preparbamos, que aquella comida siempre igual del campamento. Con lo nico que nos proveamos de algn medio era echando remiendos de talabartera y zapatera, de lo que entenda Pancho un poco, y yo, cuando sus ocupaciones no le permitan tal trabajo, me haca cargo de l, lo que nos pagaban muy bien los militares. Viendo el juez que las familias nos moramos de hambre sujetas solamente a las raciones, dio licencia para que salieran al campo las mujeres y los nios que se atrevieran. Yo, confiando siempre en los cubanos, no dud un momento en ser de las primeras. Vime pues precisada, con consentimiento de mi marido, a alquilar una bestia para salir con uno de mis dos muchachitos mayores a Jess Mara, a buscar los frutos que hubieran dejado. Llegamos pues a la roza y por su buen estado conocimos que no haba pasado persona alguna por ella. Cargamos pues nuestras dos bestias de viandas y frutas de la estacin, y nuestra llegada fue aplaudida. En menos de dos horas ya todo lo habamos vendido, y as pudimos pagar el alquiler de la bestia, alimentarnos y guardar alguna cosa. Seguimos este mtodo de vida por algn tiempo, yendo un da s y otro no; de modo que cuando comenzaron a traer convoy, que era bastante dificultoso, ya tenamos resuelto el modo de cubrir algunas necesidades urgentes. En esto lleg el general Valmaseda el que nos reparti ropa a todos los presentados. Yo aprovechndome de este conocimiento, le ped audiencia, la que me concedi. En ella le hice ver cun dificultosa era nuestra estancia all, y que, aunque habamos deseado pasar a Puerto Prncipe, el comandante nos haba negado la licencia. El general nos la concedi. Hicimos cuantos esfuerzos pudimos por irnos pero siempre haba dificultades para ello. En esto nos suspendieron las raciones a todos. Muchas ENCARNACI"N RELATA LOS TRABAJOS QUE TIENEN QUE LLEVAR A CABO EN EL CAMPAMENTO ESP AOL PARA LOGRAR QUE SOBREVIVA LA FAMILIA

PAGE 228

267familias nos vimos afligidas, y tomamos la resolucin de unirnos algunas madres de familias para pedir auxilio para el sostenimiento de nuestros hijos. Tuvimos la suerte de que el da que fuimos a presentar la demanda, haban mudado de capitn, y, por cierto, la acogida de este seor no fue de lo peor, pues despus de escuchar las splicas que le dirig en nombre de todas –designadas por mis compaeras, y aprobando ellas de antemano todo cuanto yo dijera– dispuso que entre todas las que poseyramos alguna cosa en este territorio, podamos matar una res cada una y compartirla entre todas, hasta tanto que l diera parte al gobierno, para ver si nos concedan de nuevo raciones. La primera res que se cogi fue nuestra; ya mi marido haba hecho otra cosa ms cmoda, y yo, desesperanzada de irme haba pedido licencia al capitn para poner una escuela de primeras letras; pues ya en uno de los viajes que dimos a Jess Mara hallamos que unos malos vecinos que se haban presentado antes haban destruido la estancia de que nos mantenamos, de modo que por eso habamos deseado ms que nunca irnos del campamento. Quiso la Divina Providencia proporcionarnos una carreta que nos costaba diez pesos. Nos pusimos en el camino resguardados por un piquete de infantera, pues no se poda transitar sin este auxilio. Llegamos a Las Yeguas, donde nos detuvimos por disposicin del gobierno, pero un jefe, compadecido de nosotros hizo que nos llevaran del modo que hubiera lugar. Llegamos pues a Puerto Prncipe en el mes de octubre, unos a pie y otros en la carreta en que iban nuestros trastos con un milln de alambres de telgrafo, pues estaban componiendo la lnea, y una porcin de militares enfermos. Entramos a la ciudad a eso de las nueve de la noche bajo un fuerte aguacero. Nos alojamos en casa de mi suegra. No nos faltaban nuestras tres o cuatro onzas, pero bamos casi desprovistos de ropas, zapatos, y dems. Por disgustos de familia nos mudamos al poco tiempo a una casa en la calle de San Ramn, que nos costaba seis pesos, y entonces Pancho se acomod en una quinta a ganar un triste salario. Manuel, mi hijo, se hallaba muy enfermo, aun mucho antes de la presentacin. Conchita se haba enfermado con el cambio de lugar y Tadeo y Panchito se haban unido a Miguel, mi sobrino, y salan a buscar frutas y viandas. La criada Dorotea que se hallaba con una cra de cuatro o cinco meses, no hallaba quien la alquilara casi nunca, trabajando a veces por la comida, y yo estaba de meses mayores. Ya puede juzgar el lector con qu medios contaramos para la subsistencia de esta numerosa familia. COMIENZA UNA NUEVA ETAPA EN PUERTO PRNCIPE, DURANTE LA CUAL LA FAMILIA DESPROVISTA DE SUS MEDIOS DE VIDA TIENE QUE ADAPTARSE A LA CIUDAD EN LA SITUACI"N DE GUERRA

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268Un da en que mi corazn intranquilo buscaba el medio de variar aquella dura situacin, fui avisada por Manuelito de que mis hijos y mis sobrinos haban sido presos por no llevar una licencia del gobierno. Slo una de su padre. En el acto cre perder el juicio y con el auxilio de mi Conchita y de Cristina, ms versada que yo en las costumbres del pueblo, estuve gestionando sin descanso hasta el otro da, como a las dos de la tarde, que los pusieron en libertad. Poco ms tarde se hizo Pancho cargo de un terreno o finquita cerca del pueblo donde l, con sus hijos, trabajaba sin descanso para proporcionarnos la subsistencia. Yo entre tanto apel a la caridad pblica, pues tanto Pancho como los muchachos y aun yo misma, nos enfermamos de unas calenturas que nos duraron muchos meses sin tener ni el consuelo de la medicina ¡Cuntas calamidades! ¡Cuntos sufrimientos! Te acuerdas, mi querido esposo? ¡Cuntas veces te vieron mis ojos sudar la calentura devorando un trozo de maz cocido, que era lo nico que haba conseguido mi conyugal cario! Vivamos en una casa que nos costaba siete pesos, y una de mis vecinas era Isabel Rodrguez y Agero, hija de mi madrina de matrimonio doa Josefa. Esta joven aunque separada de su esposo, era al presente de conducta intachable. Con sus ahorros se haba conseguido unos medios y cosa en su mquina, consiguiendo as un bonito diario, pues estaba muy acreditada en el comercio. Su familia se compona de ella y de una pequea nia. Esta buena amiga se compadeci de mi estado, y nos protega en cuanto sus facultades le permitan. Cualquier persona que transite por delante de la casa de la acreditada costurera Isabel Rodrguez y la observe trabajar afanosamente en su mquina de coser o atender a su pequea hija, difcilmente acierte a imaginar el osado carcter de la apuesta joven. Es cierto que la separacin de su primer esposo y la posterior unin con Manuel Antonio Garca Contreras han dado mucho que hablar a los vecinos de Puerto Prncipe, muy reacios a estor lances conyugales, pero ella ha demostrado que no es mujer que se amilane por los chismorreos, su pequea nia es la hija de Garca Contreras. Isabel procede de una familia de carcter indomable, pues si ella es mujer de vida agitada, su hermano Rafael y su sobrino Baldomero son valerosos insurrectos que toman parte en los ms fieros combates contra el ejercito espaol. Los que conocen de su reciente viudez y de la entereza que ella demostr durante los sangrientos hechos de que fueron vctima, aseguran que es una mujer de temple poco usual. El caso es que Isabel en unin de Garca Contreras se fue al campo insurrecto, ALGUNOS HECHOS EN LA VIDA DE LA IMPETUOSA JOVEN ISABEL RODRGUEZ Y UN INCIDENTE QUE PONE EN DUDAS EL HONOR REVOLUCIONARIO DE CLODOMIRO BETANCOURT, SOBRINO DE ENCARNACI"N YA CONOCIDO EN ESTE RELATO

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269donde l desempe las funciones de prefecto, en Juan Gmez e Imas. En este ao 1871, la prefectura fue sorprendida por una de las bandas de forajidos organizada por el ejrcito espaol, los que asesinaron a Garca Contreras y a otros, e hicieron prisioneros a Isabel y a ”los pequeos Aurelio Ferrera Garca y Mercedes Garca Rodrguez, la hija del matrimonio. Los prisioneros fueron conducidos a Puerto Prncipe, donde los espaoles exhibieron a la viuda como un trofeo de guerra; luego, la dejaron en libertad, sin que cesaran de vigilarla. Esta es la razn por la cual Isabel se encuentra en Puerto Prncipe, trabajando en su mquina de coser y laborando clandestinamente con los patriotas, mientras espera. En septiembre, Isabel aprovecha una ocasin que se presenta para viajar al campo insurrecto con el propsito de volver a ver a sus amigos de las filas mambisas. Esta excursin es el resultado de unas gestiones muy complicadas con el Jefe de la Polica, llevadas a cabo por la familia del ya coronel y preboste del Ejrcito Libertador, Francisco Arredondo Miranda. Adujo la familia, para que se le autorizara la salida al campo insurrecto, que tenan noticias de que el estado de salud de Arredondo era muy malo, ya que estaba enfermo de cuidado. Y vaya a saberse por cules otras razones adems, el malvado Jefe de la Polica, Ildefonso Lomelino ha concedido el permiso de salida por 15 das a Elvira, la esposa de Arredondo, a las hermanas de este y a la acompaante Isabel Rodrguez. A todas estas se encuentra en Puerto Prncipe el sobrino de Encarnacin, que despus de la destruccin de los ranchos donde estaba instalada la imprenta La Libertad, y de haber deambulado por los montes de la Soledad, ha sido detenido y ahora permanece bajo control de la polica en la ciudad. Segn todo parece indicar las bandas que asaltaron la imprenta no lograron encontrar la mquina de imprimir y otros enseres que quedaron bien ocultos, con el concurso de Pancho Escobar. En estos meses Clodomiro se halla aislado del movimiento insurreccional y no ha podido establecer contactos, pues de seguro l resulta un hombre demasiado comprometido para la red de Torres Lasquetti, si se considera que El Cubano Libre apareca con un machn que deca “Imprenta de la libertad a cargo del c. Clodomiro Betancourt”. Probablemente, l se ha enterado por Encarnacin de los propsitos de Isabel y de la caravana que se prepara para visitar el campo insurrecto, y toma la determinacin de hablar con Elvira, la esposa de preboste Arredondo, para que ella le lle ve una carta solicitndole a este le indique con quin contactar en la ciudad. Elvira entiende que es imprudente la propuesta de Clodomiro y la rechaza, pero su cuada Juana Arredondo acepta llevar un papelito en el cual Clodomiro solicita al Preboste que le indique con qu persona puede ponerse al habla en la ciudad, para continuar su vinculacin con el movimiento independentista, quizs impulsado por la tenencia oculta de la mquina de impresin en una cueva en el campo. Todo parece indicar que se originaron ms conversaciones de la cuenta al respecto, y que odos avisados las recogieron y llevaron a la polica, que estaba sobre la pista.

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270Ya en el campo mamb los excursionistas no logran establecer contacto con Arredondo, ya que este se encuentra en la vuelta de la regin oriental por necesidades del servicio. Aunque se frustr el objetivo principal de la comitiva, sin embargo, para Isabel resulta un viaje de maravilla, pues vuelve a sentirse en Cuba libre, sin la vigilancia del hispano, rodeada de sus compaeros mambises. Ve llegar con tristeza la hora del retorno. No puede ocultar un sentimiento de angustia, pues desconfa del salvoconducto que emitieron las autoridades y teme alguna trampa. Como dicen que guerra avisada no mata soldados, no se sorprende demasiado cuando al llegar la comitiva a la ciudad los espera una fuerza situada en las afueras por el malvado Lomelino. Seis carruajes, ocupado cada uno por un salvaguardia, y un gran movimiento policaco en la barriada de la Caridad, los espera. En medio de las protestas, la caravana es llevada a la jefatura principal, donde son acusados por Lomelino de llevar y traer correspondencia a los insurrectos. Registran a las mujeres, a Elvira y a Isabel desde luego, pican los quesos que traen y desbaratan los lomillos de los caballos. como es de suponer, no apareci nada. Entonces Lomelino pone en juego su condicin maquiavlica, manda a arrestar a Clodomiro Betancourt y lo enfrenta a las detenidas a las que acusa de haber llevado una carta de Clodomiro al campo insurrecto, dejando en el ambiente que este ltimo ha echo alguna delacin. En definitiva el registro result infructuoso y no apareci nada comprometedor, por lo que no teniendo ninguna prueba para dejar detenidas a las mujeres, no le queda otro remedio que mandarlas para su casa, en tanto, insulta a Clodomiro y lo deja preso en la jefatura. Este penoso incidente hace pensar a Isabel Rodrguez, una de dos, que Clodomiro se haba comprometido con Lomelino a mandar la carta con la solicitud de informacin acerca de los contactos del movimiento clandestino en Puerto Prncipe, para descubrir los valiosos corresponsales de la ciudad; u otra, que por indiscrecin de Clodomiro o de la hermana de Arredondo se enter Lomelino del comprometido papelito y aprovech la ocasin con el fin avieso de obtener la posible respuesta de Arredondo, o por lo menos, para crear una brecha entre los revolucionarios y estropear los resultados de la excursin. Isabel esta consciente de que durante aos Arredondo y su mujer dudarn de la honestidad de Clodomiro, a pesar de que antes del incidente tenan un buen criterio de l. Ella, sin embargo, piensa que Clodomiro no es hombre de mala fe y que se ha visto envuelto por la polica en este asunto para desacreditarlo. De nuevo en su casa, Isabel Rodrguez se sienta a conversar con su amiga Encarnacin sobre las peripecias del viaje y a continuar sus trabajos de costura. Nota* Las partes anteriores de este trabajo han sido publicadas en los nmeros:

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193 RESEAS Nuevo nmero de Letras. Cultura en CubaAcaba de ver la luz el octavo volumen de Letras. Cultura en Cuba publicado por la Editorial Pueblo y Educacin. Para quienes conocen alguno de los volmenes anteriores, esta noticia por s sola despertar el inters por el libro, dada la buena acogida del proyecto desde la primera entrega en 1987. Y no es extrao que esto ocurra porque cada tomo –dotado de estructura propia y ajustada a un contenido especfico– cumple el objetivo de reunir no slo artculos, cartas, ensayos, monografas o fragmentos de estos, predominantemente sobre literatura cubana, sino tambin de artes plsticas, arquitectura y msica, los cuales contribuyen a un mejor conocimiento de nuestra cultura en sus tres perodos: colonia, repblica neocolonial y el presente, iniciado con la victoria revolucionaria del 1 de Enero de 1959. De este modo, se hace posible o se facilita a profesores, estudiantes, especialistas y lectores con otros intereses, la consulta de textos inditos o de difcil localizacin escritos por intelectuales de reconocido prestigio, lo cual favorece un estudio en el que de forma sistemtica se valoran aspectos mltiples, todos indicadores de la complejidad de nuestra historia. Por todo ello, la coleccin ha logrado rebasar los fines de la docencia universitaria que le dieron origen para convertirse en una obra colectiva de utilidad pblica; pues facilita una amplia informacin para diferentes usos e intereses, con ahorro de tiempo y esfuerzo. El volumen que nos ocupa, el nmero ocho de este embrin de enciclopedia de la crtica y el ensayo, cuenta como sus antecesores con el prefacio y la compilacin de la profesora titular de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana y doctora en Ciencias Filolgicas, Ana Cairo Ballester, a cuyo fatigable empeo y proverbial rigor cientfico-investigativo deben mucho los resultados alcanzados y el reconocimiento de que ha sido acreedora la coleccin. Consta el volumen de tres partes. La primera, “Homenaje a Jos Mart poeta”, se conforma con diez trabajos de conocidos escritores sobre la poesa del Apstol, en general, y sobre Ismaelillo, Versos libres y Versos sencillos en particular; as como el paralelismo entre l y Vctor Hugo, y la presencia de Jos Mara Heredia en el Maestro. La segunda parte, “Valoraciones sobre Jos Mara Heredia (1803-1839) y Julin del Casal (1863-1893)”, se eslabona con la anterior al abrir con las palabras que dedicara nuestro Hroe Nacional al cantor del Nigara. Agrupa criterios de tres intelectuales cubanos sobre el poeta santiaguero, y cinco estudios sobre Casal. Como advierte la doctora Ana Cairo, para los juicios sobre Heredia no slo debe tenerse en cuenta lo dicho por

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194Varona, Chacn y Portuondo, sino lo afirmado por Mart y el paralelo de Emilio de Armas entre ambos poetas. Del mismo modo, no debe obviarse la opinin del autor de Ismaelillo sobre Casal. Observa tambin la compiladora cmo las dos primeras partes se interrelacionan estrechamente, puesto que tienen el propsito de resaltar la contribu cin de estos tres grandes poetas de la literatura colonial y a la literatura latinoamericana decimonnica. En la tercera parte, “Aproximaciones a otros poetas de la literatura colonial”, se compilan meditaciones sobre la evolucin de la poesa colonial, y enjundiosos juicios sobre Manuel de Zequeira, Manuel de Rubalcava, Gertrudis Gmez de Avellaneda, Juan Cristbal Npoles (El Cucalamb), Francisco Selln, Jos Joaqun Palma, Juan Clemente Zenea y Enrique Jos Varona. Cierra esta ltima parte con la investigacin de Zoila Lapique sobre la habanera como gnero musical, en la que recoge una muestra de las letras con las que algunas de ellas eran cantadas. A esta indagacin siguen los habituales “ndices por autores”, “ndice temtico”, y la seccin “Los autores”. Aparte de la riqueza de contenido de los treinta y cinco trabajos que encierran las 565 pginas, a los cuales sera difcil referirse en detalle en tan breve espacio, contribuyen a la calidad del volumen la excelente edicin de lujo a cargo del licenciado Arnaldo Prez Portela, el esmerado diseo de Vivian Lechuga y la bellsima ilustracin de cubierta, que en esta entrega reproduce la obra Marina del pintor cubano Leopoldo Romaach. Es oportuno recordar que, por la calidad de su contenido, edicin, ilustracin y diseo, Letras. Cultura en Cuba obtuvo el primer premio en el concurso “El arte del libro”, celebrado en 1989 con motivo de los 30 aos de la creacin de la Imprenta Nacional de Cuba. En resumen, como se hace evidente en la mera resea temtica, el tomo 8 de Letras... –al igual que los volmenes precedentes– cumple los objetivos del proyecto editorial y los requisitos de lo que debe ser un buen libro definidos por Alcott, porque llegado a nuestras manos, se abre con expectacin y se cierra con provecho. Yo lo he experimentado.Amaury B. Carbn SierraProfesor de la Universidad de La Habana

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195Leer a Mart 1999Con frecuencia escuchamos a los especialistas comentar acerca de las escasas encuestas sobre qu leen y cmo nuestros nios, adolescentes y jvenes. Resulta a autores, editores, bibliotecarios y maestros muy difcil constatar hasta qu punto nuestro pblico infanto-juvenil se apropia de la enorme cantidad de ttulos publicados por las casas editoriales cubanas o importadas para nuestra red de bibliotecas pblicas y escolares que escalan hasta montaas. En el actual contexto, en que la nacin se vuelca hacia la manifestacin de la cultura, resulta verdaderamente importante las sucesivas ediciones del Concurso Leer a Mart, convocado por la Biblioteca Nacional Jos Mart. Si en 1998 participaron 5 544 nios y adolescentes de todo el pas, en el 1999 encontramos 51 063 trabajos de los niveles de primaria, secundaria y preuniversitario: constatamos con gran regocijo que la calidad de los 62 trabajos premiados en la edicin de 1999, su diversidad temtica –aunque con principal insistencia en La Edad de Oro– y la riqueza de imgenes y vocabulario demuestra que la obra martiana no slo es leda sino admirada y disfrutada por nuestros pinos nuevos, quienes interpretan el sentir martiano con gran amor propio, desde un punto de vista actual. La presente edicin con prlogo de la escritora y pedagoga Rafaela Chacn Nardi –presidenta del jurado–, se ve enriquecida por los dibujos de los nios participantes y una gama de capitulares –una distinta para cada trabajo– de los ilustradores Luis Garzn Masab y Alejandro de la Osa, ndices por autor y provincia, notas que remiten a los lectores a cmo hacer una bibliografa o a las fuentes contra las que se cotejaron las ms de 1 000 citas hechas por los concursantes. Gracias a la amorosa labor de un jurado de preseleccin integrado por los trabajadores de la Biblioteca, al jurado nacional integrado por la BNJM, el Centro Nacional de Cultura Comunitaria, la Casa Natal Jos Mart, CREART, UNEAC, MINED y OPJM, el apoyo irrestricto del Centro de Estudios Martianos, a la labor cohesionada de quienes trabajaron en el Departamento de Ediciones de la Subdireccin de Promocin y Desarrollo de la Biblioteca Nacional o en los talleres “Osvaldo Snchez”, sorteando las peripecias en los diversos procesos editoriales y fabriles, para dar a la luz los 1 000 ejemplares de la actual edicin –insuficiente porque no puede cubrir la demanda mnima de las bibliotecas pblicas y escolares ni del pblico en general–, con una llamativa cubierta que atrae por igual a los nios, adolescentes, jvenes y adultos. La labor conjunta –de equipo– hizo posible entre el 28 de enero y abril la edicin e impresin de este libro, que seala en su colofn: Pensar es servir, nos dice el Apstol en Nuestra Amrica Y muestra de que nuestro pueblo piensa y siente es esta edicin de Leer a Mart 99

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196dedicada a los nios y jvenes cubanos, y en especial a Elin Gonzlez Brotn: posee capitulares dibujadas diferentes para cada captulo, se ha utilizado la familia Comic Sans MS, con tipos en 12-15 puntos para el texto y 10-12 puntos para las pginas finales. Con la satisfaccin del deber cumplido, la Biblioteca Nacional ha lanzado ya el reto a padres y maestros, y muy en especial, a los nios, adolescentes y jvenes: la convocatoria del Concurso Leer a Mart 2000.Esteban Llorach RamosEditor de la casa editorial Gente Nueva Sobre esclavos y preciosLa editorial ms antigua del mundo ha incorporado a su coleccin de estudios latinoamericanos el primer libro sobre historia de precios con que cuenta la historiografa cubana.*Este proyecto comenz a hacerse realidad en 1988, gracias a la coordinacin establecida entre la City University of New York (CUNY) y el Instituto de Historia de Cuba, la cual permiti a los autores disponer de un equipo de investigacin integrado por trece alumnos del Lehman College de la CUNY y doce de la Facultad de Filosofa e Historia de la Universidad de La Habana. Ellos ejecutaron la fatigosa tarea de localizar y extraer informacin de una muestra de 23 000 escrituras de ventas de esclavos asentadas entre 1790 y 1880 en los protocolos de dos de las escribanas habaneras –Galletti y Fornari–, as como de las transacciones similares de Santiago de Cuba y Cienfuegos reportadas desde ambas ciudades a la Administracin General de Rentas Terrestres. T odos estos documentos se han conservado en el Archivo Nacional de Cuba, pero hasta ahora no haban sido utilizados exhaustivamente, dado su volumen y la falta de una metodologa apropiada. La importancia del estudio de los precios como parte de la historia econmica qued patentizada desde la dcada de 1930 por las obras ya clsicas de Labrousse y Hamilton, pero en

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197Cuba haba estado poco desarrollado, salvo los trabajos sobre la esclavitud de Juan Prez de la Riva, MorenoKlein-Engerman, Mara del Carmen Barcia y Laird W. Bergad, los dos ltimos coautores de este libro. Lgicamente, sin anlisis del precio de los esclavos es imposible calcular los costos de produccin en una economa de ese tipo. Los autores del libro se propusieron dos objetivos bsicos: primero, demostrar cmo la evolucin en el tiempo de los pericios de venta de los esclavos y de la composicin demogrfica de estos puede ser utilizada como instrumento de anlisis para comprender aspectos econmicos y superestructurales de la historia de Cuba. Segundo, elaborar series estadsticas que aportarn nuevas posibilidades para el estudio de la historia econmica de Cuba: “Como la historiografa sobre la esclavitud en el Sur de los Estados Unidos ha demostrado tan grficamente, es imposible analizar las caractersticas econmicas de las sociedades esclavistas sin una extensa y multifactica base estadstica, y esto comienza con una confiable serie de precios de esclavos”. La obra contiene informacin estadsticas sobre precios, edades, sexos, ocupacin, nacionalidad de los esclavos y otras variables, para una etapa de 91 aos –subdividida por los autores en seis perodos– que es la ms importante de la historia de la esclavitud en Cuba. Esta informacin aparece procesada en 37 tablas y 63 grficos. Uno de los muchos aportes concretos del libro es la rectificacin de algo que hasta ahora haba sido aceptado por los especialistas: que los precios de los esclavos se haban triplicado entre 1800 y 1840. Los autores demuestran que entre 1800 y 1850 dichos precios no slo se mantuvieron estables a largo plazo, sino que en 1840 el de los esclavos con edades comprendidas entre los 15 y 40 aos era un 17% ms bajo que en 1800. Por otra parte, queda claro en el libro que no hubo un crecimiento vegetativo de la poblacin esclava, dado el desbalance de los sexos. Asimismo, se hace nfasis en la “extrema sensibilidad” del mercado esclavista cubano ante cualquier factor poltico externo que pudiera hacer peligrar el suministro regular de africanos, lo que invariablemente se reflejaba en el aumento coyuntural de los precios de las esclavas en la edad reproductiva, fundamentalmente de las criollas, tendencia que sugiere tasas de fertilidad ms altas entre stas. As ocurri como consecuencia de los tratados angloespaoles y de la abolicin de la esclavitud en las colonias britnicas. Tambin se aborda la reaccin ante los estmulos econmicos, como el alza de precios en el mercado azucarero mundial en la dcada de 1790 y su repercusin en el aumento episdico de los precios de los esclavos, neutralizado por la saturacin de la demanda de brazos, que los estabiliz nuevamente a partir de 1800. Esa estabilidad a largo plazo fue sucedida, despus de 1850, por una inestabilidad debida en buena medida a la Guerra de los Diez Aos. Esta ltima “sera el catalizador decisivo que forz a Espaa a comenzar a desmantelar el sistema en que se haba basado la economa colonial”.

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198 LIBROS Presentacin del libro Cultura, Estado, Revolucin de Antonio Nez Jimnez *Salvando las inmensas distancias filosficas e ideolgicas que pueden separar a un conquistador espaol del siglo XVI de un revolucionario cubano del si glo XX, siempre he pensado que la noble figura de Nez Jimnez est emparentada con la de Bernal Daz del Castillo, el cronista de Hernn Cortz. No son inmensas las empresas narradas por las plumas de ambos? No nos parece, en ocasiones, que lo recogido en estas crnicas turbulentas excede los lmites de lo verosmil y nos lleva a la poca soada en que los hombres peleaban contra los dioses, sin ceder terreno, sin desmayo ni temor ante la fuerza de las divinidades? Cuando, en medio de la lectura de un libro, nos avergonzamos de no haber estado all donde se desarrollaba la historia; cuando echamos a un lado el libro y miramos a nuestro alrededor, como buscando al enemigo, como escuchando el galope de la caballera, el chocar de los aceros, el estampido de las armas; cuando nos parece indigno estar sentados mientras otros hombres mueren por sus ideales y hacen nacer un mundo nuevo, entonces puede decirse que este libro est bien escrito, y que el autor dice la verdad. Siempre me he sentido as El captulo dedicado a la “coartacin” y las cartas de libertad es lo mejor y ms completo escrito sobre el tema hasta ahora. Como bien afirman los autores, las series de precios de esclavos aqu presentadas y analizadas constituyen el primer esfuerzo hecho por brindar una base de datos cientficamente procesados para un lapso prolongado del comercio negrero. Igualmente, es la primera vez que se lleva a cabo un anlisis estadstico del mercado esclavista en el oriente de la Isla, prcticamente ignorado hasta ahora, dada la importancia marginal que tuvo la regin para la economa azucarera durante el siglo pasado. Por lo aqu reseado, y por otras muchas razones, este libro es un excelente ejemplo de lo que puede ser la colaboracin acadmica entre Cuba y los Estados Unidos, con independencia de la conocida polarizacin poltica que los enfrenta desde hace cuatro dcadas.* Bergad, Laird W. Fe Iglesias Garca y Mara del Carmen Barcia. The Cuban Slave Market, 1790-1880 [New York?] : Cambridge University Press [1995]. xxi, 245 p. (Cambridge Latin American Studies, 79)

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199al leer los libros del cronista de la Revolucin cubana, los libros hermosos y esperanzadores de Nez Jimnez, los libros de donde se eleva un canto al hombre, a sus fuerzas, a sus ideas, no al imperio ni a la expansin, nunca a lo oscuro ni lo pequeo. Libros en marcha, libros que combaten, libros infatigables al servicio de una causa y de un pueblo, libros fieles: as son los libros que recogen la crnica de nuestra poca salidos de las manos de este hombre que no ha muerto, porque nos sigue asombrando y convocando con sus letras, como est ocurriendo en la tarde de hoy. Libros soldados que no se hacen explicar dos veces las rdenes de combatir, y van a pelear y a morir, si fuese necesario, con la humildad de los verdaderamente grandes. Libros que no presumen, que no buscan el aplauso relumbrn de los cortesanos, que dicen su palabra a tiempo, sin esperar ms premio ni recompensa que los de servir. Libros grandes, libros revolucionarios que eternizan, junto a los humildes por los que luch y vivi el autor, la propia imagen de este hombre, de este Capitn rebelde con rostro, barbas y maneras de un grande de Espaa, de un personaje del Greco, de un caballero andante. Servir calladamente no est de moda en pocas como estas. Un pernicioso afn de notoriedad a cualquier precio; de fama sin talento que la acompae ha ido permeando a muchos creadores del mundo postmoderno, vctimas del mercado implacable y de la frrea dictadura del pensamiento nico y la cultura hegemnica globalizada. La historia personal, el mrito de una vida al servicio del hombre, el valor de arriesgarlo todo por las ideas que se sustentan, no cuentan ms que el glamour de la moda que se viste o unas declaraciones insulsas a la televisin. Pero en pocas de oscuridad, ms luz rodea a quienes no se rinden y no se pliegan a las modas de turno; no cuando en ello va el honor y el futuro del propio hombre. Por eso, autores como Nez Jimnez y obras como la que hoy presentamos adquieren una dimensin nueva y son molestas: no encajan en el diseo de dominacin; crean inestabilidad en el sacrosanto orden impuesto; hacen renacer el pensamiento crtico, tan temido por los arquitectos de esta poca de renegados y apstatas. Precisamente por esto estamos en la obligacin y el deber, como hace ejemplarmente la Fundacin que lleva su nombre, y muy especialmente Lupe Vliz, de ponerla a combatir, de abrirle paso, de darle la oportunidad de vencer... Cultura, Estado, Revolucin es el ttulo de este libro, que forma parte de la coleccin “Cuba: la naturaleza y el hombre”, la cual recoge en 50 tomos los escritos de Antonio Nez Jimnez. Hermosa y sobria edicin de 1999, fruto de la cooperacin con Periplus Publishing London, tiene como divisa, en su portada, la mejor de las ilustraciones posibles, la que ms exactamente define el aliento que recorre sus 319 pginas: la imagen de la bandera cubana, de la misma que onde siempre con honor sobre los cubanos, captada en muy feliz instantnea por el lente del propio Nez Jimnez. Quienes tengan este libro en sus manos se percatarn de que su contenido depara verdaderas sorpresas a sus lec-

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200Jimnez, que nunca tuvo la menor confusin a la hora de saber para quin y para qu escriba. Esta es una virtud no pequea en medio de los tiempos que corren. Puede afirmar, con absoluta seguridad, que la experiencia del trabajo en las bibliotecas cubanas, y muy particularmente en la Biblioteca Nacional, evidencia que obras de este tipo, y escritas de esta forma, son las ms solicitadas por nuestros usuarios y reciben el alto honor de que sus ejemplares tengan que ser renovados por el deterioro derivado de su uso frecuente. Esta es la prueba final, la verdadera, del valor de un libro: lo dems es vanidad y autoconsuelo. Debo destacar que la Fundacin Antonio Nez Jimnez de la Naturaleza y el Hombre desde siempre, en vida de su fundador y hasta nuestros das, ha sido ejemplar en la preocupacin por preservar y depositar en las bibliotecas cubanas sus publicaciones. Era motivo de regocijo conversar con Nez Jimnez, y lo es hoy hacerlo con Lupe Vliz, y sentir la plenitud de su compromiso con la cultura del pueblo cubano, con la preservacin de nuestra memoria histrica. Cranme si les digo que si cinco justos hubiesen sido suficientes para salvar de su destruccin a Sodoma y Gomorra, con cinco editores y promotores culturales como ellos salvaramos lo ms importante de la produccin bibliogrfica cubana, dispersa y fragmentada por las razones conocidas que signan su existencia en estos das. Y aprovecho para decirlo aqu en voz alta, en medio de esta reunin de amigos de lo mejor de la cultura cubana y universal: ninguna ley de Depsito Letores. El ndice desconcierta por la amplitud de temas, por la diversidad de asuntos que se tratan; pero es el alegre desconcierto que se experimenta ante el hallazgo de lo que se busca, a veces sin resultados positivos, sobre todo cuando queremos compartir con nuestros hijos y nietos, con nios y jvenes, los hitos centrales de nuestro devenir histrico y las claves profundas de nuestra nacionalidad. Quin no ha echado de menos a una obra como esta cuando los nios preguntan por el aporte de indios y negros a la cultura cubana; cuando se discute sobre los criollos o el significado de la palabra Patria; cuando debemos hablar sobre Varela, Saco, Mart, Cspedes y Fidel; cuando estamos en el deber de explicarle a los ms pequeos sobre los smbolos patrios, sobre nuestra Constitucin, sobre Girn, la Crisis de Octubre o la Campaa de Alfabetizacin? El lenguaje directo del autor, su humildad sin pretensiones, su modesto deseo de servir como cronista annimo que debe perpetuar para la posteridad los sucesos que presenci o conoci de primera mano, son mritos complementarios de la obra. Cansados de eruditas reflexiones que no calan en el lector, pues se escriben sin pasin y sin riesgo, descansamos con placer cuando nos adentramos en una lectura como esta. Quin dice que la claridad es seal de obra menor? Quin puede afirmar, sin rubor que no escribe para ser ledo y comprendido? Quin puede rechazar, sin ser un mal nacido, que su obra sea til, y buscada, y leda por maestros y alumnos? No tengo la menor duda, leyendo este y otros libros de Nez

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201gal, ninguna normativa o decreto que se emita para lograr que las bibliotecas de la nacin reciban lo que publicamos y lo preserven para las futuras generaciones, va a hacer el milagro de lograrlo, si no existe antes un compromiso profundo y raigal, personal y tico, sin alardes, con esa misma cultura y con el pueblo que las hace posible, como tenemos el gusto de reconocer en estas entraables personas. Y por si todo lo dicho fuese poco; como si no cesasen de asombrarnos con su cotidiano aporte al alma de la nacin, a la Revolucin, que es el fruto de la Patria y de su cultura, junto a la presentacin de esta obra, se deja inaugurada tambin la biblioteca de la Fundacin, otra obra grande, de indudable amor, que llevar el nombre emblemtico, como el que agita un estandarte en medio de la batalla, de la doctora Sara Isalgu. Lo que se asienta sobre el espritu del hombre; lo que estimula sus mejores disposiciones, su afn de trascender mediante la creacin y la memoria; lo que apela a la unin de jvenes y viejos en medio de una zaga que contina de una generacin a otra; lo que sirve de puente hacia el futuro; lo que no se doblega ni rinde tributo a lo coyuntural; lo que nos impulsa a vivir y luchar y ser mejores; todo lo que nos hace ms revolucionarios, ms libres y ms cubanos es eterno y grande; merece gratitud y respeto como hemos querido expresarle a nuestro Nez Jimnez, en su obra y sus 77 aos, en su presencia viva a nuestro lado, como Capitn y conductor en esta larga marcha que no se detendr mientras tengamos tiempo y voluntad para presentar los libros con estas crnicas de todos; las que este cronista recogi para nosotros; las que nos guard este hom bre de verde olivo con barbas, ademanes y dignidad de un Grande de Espaa, de un personaje del Greco, de un caballero andante...Eliades Acosta MatosDirector de la Biblioteca Nacional Jos Mart El ministro de cultura, Abel Prieto Jimnez, en la presentacin de esta obra a cargo del Director de la Biblioteca Nacional Jos Mart, el 18 de abril del 2000, propuso una tirada masiva, para los estudiantes y maestros de todo el pas. Aconsej adems que para ello se utilizaran los nuevos equipos de impresin que prximamente sern ubicados en todas las provincias.

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202 Donacin de IsmaelilloDe las manos generosas de la primera Dama de la hermana Repblica Bolivariana de Venezuela seora Mara Isabel Rodrguez Oropesa de Chvez, y con dedicatoria expresa del pueblo y el gobierno venezolanos al pueblo y al gobierno de Cuba, ha llegado a nosotros la fina coedicin Conac/Celarg de Ismaelillo que con motivo de la visita de Estado que realiz a nuestra patria el Presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chvez Fras, acaba de ver la luz en este noviembre de 1999 en Caracas. La compilacin y el prtico interesante y hermoso de Domingo Miliani, martiano apasionado, aaden valor a la entrega que rene cartas de Mart a sus amigos de all y una serie de escritos y discursos de Santiago Key Ayala quien dan fe de las huellas y los frutos que en la sociedad caraquea dejara la breve estancia de Mart en 1881. Seala adems la devocin del maestro por Bolvar y da memoria de actos de amistad histricos que han enlazado a bolivarianos y a martianos, y a los que ahora se suma esta coedicin de 1 000 ejemplares de Ismaelillo que subraya la hermandad de ideales entre nuestros gobiernos y pueblos.Adrin GuerraJ’ Dpto. Juvenil de la Biblioteca Nacional Jos MartActividadesEl 18 de noviembre la seora Mara Isabel Rodrguez Oropesa de Chvez inaugur la exposicin Impresos de Venezuela en la cual se expusieron diversos materiales provenientes de la Biblioteca Nacional del pas bolivariano. En esa actividad la Primera Dama realiz la donacin de 1 000 libros de Ismaelillo, libro de poemas escrito por Jos Mart, editado en esta ocasin en Venezuela como un acto ms de hermandad entre ambos pueblos. Tambin en noviembre fue expuesta parte de la coleccin de exlibris de personalidades cubanas y extranjeras como Fernando Ortiz, pertenecientes a la Biblioteca Nacional Jos Mart. La Ctedra Mara Villar Buceta tuvo en ese mes a la licenciada Marcia Medina, subdirectora de Promocin y Desarrollo de la Biblioteca Nacional con la conferencia Comercializacin de productos y servicios bibliotecarios. Finalizando el mes de diciembre la Biblioteca Nacional se uni a la revista Bohemia para rendir homenaje a la figura del Caballero de Pars, personaje que caracteriz la vida capitalina por su vestimenta y modales de raigal noble y humana. En la inauguracin de la exposicin compuesta por fotografas y materiales bibliogrficos, se proyect un video sobre la vida del Caballero de Pars de los realizadores cubanos Natacha Vzquez y Rigoberto Senarega. EN LA BIBLIOTECA

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203Habana fin de siglo exposicin de fotos, carteles, mapas, libros, peridicos y revistas, mostr el desarrollo que ha sufrido la capital cubana a travs del sigloXX, y permiti a los jvenes y no tan jvenes conocer aspectos de la ciudad desconocidos para casi todos. La Ctedra Mara Villar Buceta tuvo en esa ocasin a la licenciada Margarita Len con su exposicin sobre los proyectos de investigacin de la Biblioteca Nacional Jos Mart. En enero del 2000 se expuso Amrica: cartografa de los sueos, imprenta de la utopa en la que se mostraron materiales del fondo de Mapoteca de la Biblioteca Nacional. El fotgrafo italiano Mario Torreggiani Bianchi inaugur su exposicin Huellas con fotos de gran valor artstico a travs de las cuales pueden disfrutarse diversos paisajes europeos. Dos manifestaciones plsticas se unieron en la muestra Fotografa y dibujos de Alejandro A. de la Osa y Luis Garzn Masab quienes expusieron parte de su obra, el primero mostrando el cementerio de Coln a travs de fotos manipuladas artsticamente, y el segundo con sus dibujos en tinta sobre cartulina asume nuestros tiempos por medio de una figuracin manipulada. Como subsede de la IX Feria Internacional del Libro de La Habana se efectu el encuentro El lector y la biblioteca ante el nuevo milenio en el que se discutieron diversos temas: Las bibliotecas en sus relaciones con la industria editorial; Las bibliotecas nacionales ante el nuevo milenio, evolucin y desarrollo. La biblioteca y las nuevas tecnologas; La red de bibliotecas pblicas: perfeccionamiento y perspectivas, y Las bibliotecas y la comunidad: interaccin sociocultural. El pintor canario Eduardo Camacho Cabrera ilustr distintos aspectos de la vida y obra de la poetisa cubana Dulce Mara Loynay, y muestra de ello se expuso en la Biblioteca Nacional en abril del 2000.Marta Beatriz ArmenterosEditora Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart


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