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Revista de la Biblioteca Nacional

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Material Information

Title:
Revista de la Biblioteca Nacional
Added title page title:
Revista de la Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Physical Description:
50 v. : ill. ; 26 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Biblioteca Nacional José Martí
Publisher:
La Biblioteca
Place of Publication:
Habana, Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Bibliography -- Periodicals.
Cuban literature -- Bibliography -- Periodicals.
Cuba -- Bio-bibliography -- Periodicals.
Genre:
serial   ( sobekcm )

Notes

Citation/Reference:
Also, Biblioteca Nacional "José Martí". Revista de la Biblioteca Nacional "José Martí" (OCoLC)2454556
Bibliography:
Indexes: T. 1-4, 1949-53 with t.4.
General Note:
Title from cover.

Record Information

Source Institution:
Biblioteca Nacional José Martí
Holding Location:
Biblioteca Nacional José Martí
Rights Management:
All rights reserved by the holding and source institution.
Resource Identifier:
oclc - 2459262
System ID:
AA00019219:00022


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Full Text

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2 Director : Eduardo Torres CuevasConsejo de honor In Memoriam:Ramn de Armas, Salvador Bueno Menndez, Eliseo Diego, Mara Teresa Freyre de Andrade, Josefina Garca Carranza Bassetti, Ren Mndez Capote, Manuel Moreno Fraginals, Juan Prez de la Riva, Francisco Prez GuzmnConsejo de redaccin:Eliades Acosta Matos, Rafael Acosta de Arriba, Ana Cairo Ballester, Toms Fernndez Robaina, Fina Garca Marruz, Zoila Lapique Becali, Enrique Lpez Mesa, Jorge Ibarra Cuesta, Siomara Snchez Roberts, Emilio Setin Quesada, Carmen Surez Len, Cintio VitierJefa de redaccin: Araceli Garca CarranzaEdicin y Composicin electrnica : Marta Beatriz Armenteros Toledo Idea original de diseo de cubierta: Luis J. GarznVersin de diseo de cubierta: Jos Luis Soto CrucetCanje: Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Plaza de la Revolucin Ciudad de La Habana Fax: 881 2428 Email: revbnjm@bnjm.cu En Internet puede localizarnos: www.bnjm.cuPrimera poca 1909-1913. Director fundador: Domingo Figarola CanedaSegunda poca 1949-1958. Directora: Lilia Castro de MoralesTercera poca 1959-1993. Directores: Mara Teresa Freyre de Andrade, Cintio Vitier, Rene Mndez Capote, Juan Prez de la Riva y Julio Le Riverend BrusoneCuarta pocaDirectores: 19992007: Eliades Acosta Matos 2007-: Eduardo To rres Cuevas La Revista no se considera obligada a devolver originales no solicitados. Cada autor se responsabiliza con sus opiniones. Ao 99 / Cuarta poca Julio-Diciembre 2008 Nmero 3-4 Ciudad de La Habana ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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3 ndice General UMBRAL La Universidad de La Habana7 EDUARDO TORRES-CUEVASANIVERSARIOSUniversidad de La Habana (1728-2008)La Universidad de La Habana (1728-2008)12 ANA CAIRO BALLESTERPerfiles de una crisis. La Universidad de La Habana a comienzos del siglo XIX20 EDELBERTO LEIVA LAJARALa Universidad de La Habana en la lingstica cubana: 280 aos30 MARLEN A. DOMNGUEZ HERNNDEZ“Mujer que sabe latn, no puede tener buen fin”. Mujeres en la Universidad de La Habana50 YAMILET HERNNDEZ GALANOMujeres en la Universidad de La Habana?59 MATILDE SALAS SERVANDOFrancisco Carone Dade: En defensa de la Universidad de La Habana y de la Constitucin61 EDEL J. FRESNEDA CAMACHOUniversidad de La Habana. Escuela de verano 1955 en el recuerdo73 LEONEL MAZA Y LOURDES CASTELL"NVolver a los sesenta77 OSCAR LOYOLAMi Universidad, ayer y hoy81 FRANCISCA L"PEZ CIVEIRAMi Universidad89 ELINA MIRANDA CANCELALa urdimbre del orden; un haz que integra91 LZARA MENNDEZ

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4 Mis aos universitarios 95 MARTA B. ARMENTEROSLa Universidad de La Habana en la sociedad cubana 97 RITA GONZLEZMEDITACIONES Los intelectuales, la cultura y el sptimo Congreso de la UNEAC102 GRAZIELLA POGOLOTTIHistoria y discurso nacionalista en Cuba107 ROSA GARCA CHEDIAKGrupo Orgenes: El problema de su definicin117 AMAURI FRANCISCO GUTIRREZ COTOCspedes, hombre de letras123 RAFAEL ACOSTA DE ARRIBADe los sucesos del teatro Villanueva: Una fuente oral indita133 CARLOS MANUEL MARCHANTE CASTELLANOSEscritura y nuevos medios143 CLAUDIO SOTOLONGO MENNDEZLa palabra: fuente viva de acercamiento humano148 LILIA ROSA L"PEZHerldica de la villa de Guanabacoa158 MAIKEL ARISTO-SALADO Y HERNNDEZLos poetas bayameses del siglo xix y la “invencin” de Cuba166 OLGA SNCHEZ GUEVARAEra Fulgencio Batista valiente?174 NEWTON BRIONES MONTOTOCR"NICAS Un girasol para Celia Mara Hart Santamara181 JESS DUEAS BECERRARal Hernndez Novs, del verso a la leyenda183 MERCEDES SANTOS MORAYMercedes Abrego, la herona colombiana186 NYDIA SARABIA

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5Premios para la Biblioteca Nacional Jos Mart188 MARTA B. ARMENTEROSDOCUMENTOS RAROS En torno a un documento neolatino cubano decimonnico de carcter secreto190 AMAURY B. CARB"N SIERRA Y AVELINA CARRERA DE LA REDLIBROS La alegra de traducir, o acercar mundos diversos198 MARLENE VZQUEZ PREZPensamientos de Flix Varela y Morales201 JESS DUEAS BECERRAEn Amrica Latina, contar es un placer203 MERCEDES SANTOS MORAY

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7 UMBRALLa Universidad de La Habana Eduardo Torres-CuevasHistoriador y director de la Biblioteca Nacional Jos Mart E n la maana del 5 de enero de 1728, con la presencia de las principales autoridades de la isla, en el Aula Magna del convento de San Juan de Letrn o de Santo Domingo de La Habana, los padres predicadores o dominicos efectuaron el acto de fundacin de la Real y Pontificia Universidad de San Gernimo de La Habana. Fue notable, en dicho acto, la ausencia del obispo de la isla, fray Gernimo de Nosti y de Valds. Despus de seis aos de una fuerte litis entre las autoridades eclesisticas y los dominicos, en torno a las potestades de estos ltimos para regentar la Universidad, los padres predicadores lograron crear en Cuba la primera Casa de Altos Estudios. Carac teriz a aquella primitiva Universidad que todos sus rectores y profesores fueran criollos y que, durante sus 114 aos de existencia, la institucin fuese formadora de un pequeo y selecto grupo de doctores y maestros, canonistas, telogos y filsofos, mdicos y pensadores. A ellos se debi la creacin en la isla del espacio intelectual y cientfico que recorrer el siglo de las luces cubano. Nacida de las paradojas de una escolstica tarda y deslucida y de los avances y atrevimientos de la naciente era de la razn, la Universidad habanera trascendera a sus fundadores y se convertira no slo en la ms antigua de las instituciones culturales, cientficas y creadora de un pensamiento propio, sino en la expresin autntica de las inquietudes y creaciones de cada poca histrica. Sus nombres y sus caractersticas testifican cada etapa por la que transcurri su devenir: Real y Pontificia Universidad de San Gernimo de La Habana (1728-1842), Real y Literaria Universidad de La Habana (1842-1899), Universidad de La Habana –tambin llamada Universidad Nacional por ser la nica del pas– (1900-1940); continu con ese nombre, pero se pueden considerar dos pocas diferentes: desde ese ltimo ao hasta 1962, cuando se convirti en una Universidad socialista, y a partir de 1962 hasta la actualidad. La Universidad primigenia, la dominica, se rigi por constituciones que fueron un fiel reflejo de las universidades espaolas del siglo XVIII. Aristteles y Santo Toms, Breca o Goudn, Hipcrates y Galeno, Justiniano y Alfonso X, Melchor Cano y Vives constituan autoridades indiscutibles para el conocimiento, sostenidas por la solidez que le daban la antigedad de sus obras.

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8La ilustracin entra en Cuba, precisamente, en debate con esas autoridades. Los nombres de los osados Jos Agustn Caballero, Juan Bernardo OGaban, Tomas Romay y Flix Varela, entre otros, constituyen expresiones del intenso movimiento intelectual que cambi el paradigma de la Universidad. Estos, nuestros primeros cientficos y filsofos, promovieron las transformaciones en el pensamiento que, a finales del siglo XVIIIy comienzos del XIX, abrieron paso al conocimiento cientfico moderno y a la era de la razn analtica. De esos debates, de la creatividad contenida en las Lecciones de Filosofa de Flix Varela, del pensamiento pragmtico de Francisco de Arango y Parreo, y de las acciones siempre enigmticas de Claudio Martnez de Pinillos, conde de Villanueva, se produce, en 1842, la secularizacin del centro, necesaria para el nuevo mundo cientfico y tecnolgico del siglo XIX. La institucin pierde su carcter pontificio y deja de ser regentada por los dominicos para constituirse en laica con el nombre de Real y Literaria Universidad de La Habana. Dentro de la lista de lo ms granado del pensamiento social y poltico, filosfico y cientfico de la creacin de la “Cuba cubana”, durante el siglo XIX, estaran los profesores y estudiantes de la Real y Literaria Universidad de La Habana. Cumbres de ese movimiento creador, que tiene uno de sus hbitats ms importantes en esta Casa de Altos Estudios, las constituyen, Felipe Poey y Aloy, nuestro naturalista mayor; los alumnos de Jos Antonio Saco, el ms importante historiador, socilogo y poltico de la primera mitad de dicha centuria; y los de Jos de la Luz y Caballero, el filsofo que pens y cre la escuela cubana de pensamiento. Asimismo, de sus aulas salieron hombres como Cspedes y Agramonte, como Aguilera y Figueredo. No se podra pasar por alto, en la historia constitucional de Cuba, los nombres de dos abogados que, recin graduados de la Universidad, redactaron, en 1869, la Constitucin de Guimaro, nuestra pri mera Constitucin: Ignacio Agramonte y Antonio Zambrana. Fue tal el efecto de la presencia universitaria en el movimiento revolucionario del 68 que, contra la institucin, el gobierno colonial efectu los dos actos de barbarie cultural ms desproporcionados que se recuerdan en nuestra historia durante ese siglo: la decisin de despojar a la Universidad de sus facultades para otorgar el grado acadmico de doctor y el fusilamiento de ocho estudiantes de medicina sin que existiesen razones legales para ello; ambos hechos ocurrieron en 1871. Se ha cuantificado el nmero de graduados universitarios que milit en las filas del Ejrcito Libertador durante la Guerra de Independencia de 1895. Destacan en ella numerosos mdicos, dentistas y abogados. De igual forma, resulta interesante el intenso movimiento que en el campo de las ciencias y el pensamiento se estaba produciendo en el entorno de la Universidad habanera. Es la poca de las intensas polmicas alrededor del positivismo, el pragmatismo, el evolucionismo, el mecanicismo, el librepensamiento, el espiritismo, el republicanismo, y la sociedad laica. Es tal el empeo para entrar en un siglo XX, caracterizado por la impronta de las ciencias y de las libertades, que Cuba, pese a que inaugurar su rep-

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9blica atada a los Estados Unidos por el Apndice Platt (Enmienda Platt), nace republicana, laica e ingenuamente liberal. El primero de enero de 1899 era arriada la bandera espaola del Castillo del Morro. A pocas cuadras de la baha habanera, en el edificio que ocupaba la Universidad, eran retirados los cuadros del rey de Espaa, las banderolas y banderas ibricas y se le suprima al escudo universitario la corona espaola. Desde entonces, se elimin del nombre de la institucin el trmino Real y, como consecuencia del proceso de introduccin de las ingenieras y ampliacin del campo de las ciencias, el de Literaria; pas a llamarse, simplemente, Universidad de La Habana. Entre 1899 y 1901, en las readecuaciones que se hacen de la estructura colonial a la neocolonial, ocup un lugar de primersima importancia el problema de la educacin y, en particular el de la nica Universidad del pas. Dos planes sucesivos de estudios se elaboran, el Plan Lanuza y el Plan Varona. Este ltimo regir en la institucin republicana. Tuvo la importancia de introducir los nuevos estudios de ingenieras, arquitectura y veterinaria, bajo la idea martiana, y de Varona, de que Cuba necesitaba ms cientficos que literatos. No obstante lo estipulado en los planes de estudios, en sus dos primeras dcadas del siglo XX, en la Universidad se manifestaron serios problemas de corrupciones, incapacidades profesorales e indolencias que daaron el prestigio de miembros de su claustro y de la propia institucin. La Universidad de La Habana era, en realidad, la Universidad Nacional. nica en el pas, en ella estudiaban jvenes provenientes de toda la nacin. Ello la convirti en el lugar de convergencia de la juventud estudiosa y permiti la creacin de un espacio de debate poltico, social, artstico y terico que, por sus caractersticas, incidira en todo el pas. No eran slo las aulas; eran las aulas, los pasillos, el Patio de los Laureles, las calles aledaas, las casas de huspedes y todo lo que conform un entorno en donde fragu la idea del cambio social necesario para realizar la Cuba martiana que pretendan sepultar politiqueros y buscavidas, hombres de gatillo o de cuchillo, de “cuello duro” o de guayabera rada. Fue en la Universidad de La Habana donde nacieron, al calor de las nuevas ideas, la Reforma Universitaria, la Federacin Estudiantil Universitaria (FEU), la Universidad Popular Jos Mart y los movimientos revolucionarios que se opondran tanto a la dictadura de Gerardo Machado, como, y ms a fondo, a la atadura neocolonial impuesta por los Estados Unidos. Del seno de esta Universidad y durante dicha etapa, nacern mrtires y hroes, seguidores de la conviccin de Mella de que es necesario llevar a cabo una revolucin social para poder efectuar una revolucin universitaria. Complejo es el proceso que se inicia a partir de 1933. La institucin se ha ganado un espacio en el mundo poltico y social cubano y hay que contar con su claustro y estudiantado para las ms importantes decisiones que ataen al pas, pero la institucin se desangra, se divide, se contradice frente a un nuevo poder que encabeza el jefe del Ejercito, Fulgencio Batista. Es intervenida,

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10por la fuerza, en ms de una ocasin. Una nueva etapa se inicia para el centro en 1940, cuando algunas de sus demandas, en especial la autonoma universitaria y un presupuesto propio, son plasmadas constitucionalmente. A su vez, se crean las bases jurdicas para el surgimiento, por primera vez, de otras universidades. En 1948 es fundada la Universidad Catlica de Santo Toms de Villanueva y, poco despus, las oficiales de Las Villas y Oriente. Los aos de la dcada del cincuenta se caracterizarn por el empeo por crear nuevas universidades como la Masnica y la Protestante, bajo un doble criterio de intenciones diferentes: el de los crculos de poder, que desean desmembrar la Universidad de La Habana como polo de reunin de la juventud cubana y centro formador de revolucionarios, y el del movimiento intelectual cubano que anhela ampliar los espacios universitarios. No obstante, al instaurarse la dictadura de Fulgencio Batista, en 1952, ser la FEU la que dar el primer paso para enfrentarse a esta y la que sostendr bajo el liderazgo de Jos Antonio Echeverra las banderas contra la tirana. Las dcadas del cuarenta y el cincuenta del siglo XX constituyen unos de los momentos de ms alta expresin intelectual de la Universidad de La Habana. Publica Roberto Agramonte la Biblioteca de Autores Cubanos. La institucin alberga en su seno los debates, en algunos casos con fuerte presencia marxista, nacionalista o de izquierda, que llevan los nombres de Ral Roa, Jorge Maach, Garca Brcena, Aureliano Snchez Arango, entre otros; se debate sobre las ltimas corrientes filosficas, el derecho, el arte y la cultura y acerca del arte de la poltica. Pero es, tambin, la poca en que el gangsterismo irrumpe, violentamente, en la institucin. Los nombres de Fidel Castro, Alfredo Guevara y, poco despus, de Jos Antonio Echeverra, sern expresin, en primer lugar, de la lucha por el adecentamiento universitario. Lo ms puro de la juventud cubana se entregar a esta primera batalla. En 1959, con el triunfo de la Revolucin cubana, se inicia el proceso que llevar, en 1962, a la Reforma Universitaria, verdadera revolucin universitaria. Por primera vez, el centro docente abre sus puertas a “los de abajo”, se viste de negro, de mulato, de chino, su estudiantado es, ahora, un reflejo del tejido social cubano. Son creados los sistemas de becas, se ofrecen los libros gratuitamente y se ampla el campo de los estudios. Quizs uno de los rasgos ms notables de la Universidad revolucionaria fue la conversin, con la creacin de nuevas facultades, escuelas y centros de investigaciones y estudios, de lo que era la actividad cientfica individual y aislada –que tanto prestigio le dio a Cuba– en espacios de creacin cientfica dentro de los cuales colectivos de especialistas jvenes y entusiastas, junto a los consagrados profesores, desarrollan lo mejor de la inteligencia individual y colectiva del pas. Ello ha permitido adentrarse en reas novedosas para las ciencias cubanas. La Universidad de La Habana, en las ltimas dcadas, ha sido, tambin, el Alma Mater de numerosas universidades surgidas a partir de sus antiguas facultades: los institutos superiores de Ciencias Mdicas, el Pedaggico Enri-

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11que Jos Varona, el Jos Antonio Echeverra y el de Ciencias Agropecuarias, por slo citar algunos. De su seno, tambin, han surgido importantes centros de investigaciones que hoy prestigian al pas.La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, prxima a cumplir su primer centenario, no poda, en su labor permanente de crear y recrear la memoria cientfica, cultural e histrica de Cuba, dejar de contribuir al conocimiento de nuestra Universidad de La Habana en el ao del 280 aniversario de su fundacin. Para los que a ella pertenecemos, o para los que alguna vez disfrutaron de su savia, de sus espacios arbolados, de sus aulas respetables, toda evocacin tiene, irremediablemente, algo de nostalgia, y es que all, y en la memoria, estn nuestros aos de inquieta e ingenua juventud, cuando ramos sueos, amores y esperanzas. Por todo lo que ella representa para cada uno de nosotros, y para la nacin cubana toda, esperamos verla siempre erguida, rejuvenecida y ofreciendo a la juventud, de todo tiempo presente, sus bellos y nutrientes senos maternos.

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12 ANIVERSARIOSLa Universidad de La Habana (1728-2008) Ana Cairo BallesterEnsayista y profesora de la Universidad de La Habana E l historiador Julio Le Riverend (1912-1998) explic en La Habana. Espacio y ciudad (1992), por qu ya desde el siglo XVII la ciudad tena un lugar privilegiado en la estrategia geopoltica, las relaciones comerciales y las redes de comunicacin martima del imperio espaol en las Amricas. No era, como Mxico y Lima, una capital opulenta de virreinatos riqusimos, pero se desarrollaba como la tercera urbe indiscutida dentro del sistema de las colonias hispanas. Por lo mismo, la Orden de Predicadores (dominicos) insista desde finales de dicha centuria en los trmites para constituir una universidad. A la burocracia de la monarqua y del papado se debe que la bula fundacional fuera dictada en 1728 y que las primeras clases comenzaran al menos cuatro aos despus. En 1734 se redactaron los Estatutos. Con el inicio del siglo XVIII haba comenzado el reinado de la Casa de los Borbones en la monarqua espaola. Su estructura gubernamental favoreca una mentalidad de modernizacin social que se irradiaba a las colonias. Por lo mismo, la nueva universidad de la Orden de los Dominicos se benefici con el retraso burocrtico, porque se instal con mayores ventajas en una sociedad que comenzaba a entrenarse en las concepciones de una teleologa de un rpido y permanente progreso econmico y del modo de vida.La Universidad Real y Pontificia (1728-1842)Tuvo la sede en el convento dominico de San Juan de Letrn (calles Mercaderes y Obispo). La institucin fue esencial para el desarrollo acelerado de los intelectuales criollos habaneros y de otras regiones de la colonia. Estaba integrada al sistema de corporaciones de las mximas autoridades polticas. Su importancia como centro de formacin intelectual no debera subestimarse en relacin con la justa fama del Seminario de San Carlos y San Ambrosio.La Universidad Real y Literaria (1842-1899)Se constituy a partir de la secularizacin, uno de los proyectos de los ilustrados liberales espaoles para modernizar la sociedad y el Estado metropolitanos. Su historia posibilita el examen de las mltiples contradicciones entre las clases y grupos sociales de los criollos, cubanos y espaoles dentro de la isla, y de los intereses de los gobiernos liberales y conservadores en el gobierno monrquico.

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13El asociacionismo cientfico y cultural, las tertulias literarias y artsticas, el sistema de peridicos y revistas adquirieron primaca para fundamentar las calidades renovadoras de los proyectos ilustrados. La formacin de los graduados era aceptable. Resaltaba la brillantez intelectual de algunos de ellos, la cual se podra admirar en la excelencia argumentativa de Ignacio Agramonte y Loynaz en el ejercicio de graduacin como abogado. Numerosos egresados y estudiantes, cubanos afiliados al independentismo, participaron en las revoluciones de 1868 y 1895. En noviembre de 1871, la sociedad habanera se conmocion con un hecho que redimension los imaginarios en cuanto a los estudiantes universitarios como grupo social autnomo. El primer ao completo de la carrera de Medicina fue encarcelado ante la acusacin de profanar una tumba en el cementerio de Espada. El trasfondo poltico del enfrentamiento blico entre cubanos y espaoles que se dirima en las regiones centrales y orientales, se evidenci en el acto brbaro de asesinar por sorteo a ocho jvenes. La Punta, el lugar del fusilamiento el 27 de noviembre, qued incorporado a los escenarios de la memoria universitaria. Jos Mart estudiaba el bachillerato en el Instituto de La Habana, que comparta sus espacios con la Universidad Real y Literaria en el convento de San Juan de Letrn. En noviembre de 1871 ya era un independentista desterrado en Madrid. Al ao siguiente, ayud a preparar el folleto Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina, por uno de ellos condenado a seis aos de presidio (1872), en el que testimoni su amigo Fermn Valds Domnguez, uno de los presos, y se divulg la carta-denuncia del padre espaol de Alonso lvarez de la Campa, uno de los asesinados. Mart aport “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, poema con el que ayud a fijar la especificidad simblica de los estudiantes como mrtires de un grupo social autnomo. En las pginas de la novela Luca Jrez (1885), completara su aporte: “Los estudiantes fueron en masa a honrar a los muertos. Los estudiantes que son el baluarte de la libertad, y su ejrcito ms firme. Las universidades parecen intiles, pero de all salen los mrtires y los apstoles”.La Universidad de La HabanaLa ocupacin estadounidense (enero de 1899-mayo de 1902)El centro educacional se reestructur y surgi la Universidad de La Habana. El poltico y filsofo Enrique Jos Varona (1849-1933) defenda una instruccin laica, cientfica y desarrollista, que asociaba a las nece sidades de apoyar un capitalismo nacionalista y moderno, preferiblemente no dependiente de las empresas y bancos estadounidenses. Con esos principios dise el primer sistema pblico de educacin, que involucraba tres niveles desde la primaria hasta la Universidad. Con el Plan Varona se organizaron carreras como Pedagoga, las ingenieras y la Odontologa; se construyeron algunos laboratorios; se reafirmaron las premisas de la libertad de ctedra

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14y se abrieron muy pocas (como las de Psicologa, Sociologa o las de literaturas europeas especficas). La falta de dinero para implementar lo proyectado determinara la paralizacin de dicho plan, el cual con simpatizantes y enemigos sera el gran referente para las otras reformas en el siglo XX.Contra Zayas, Machado, Batista, Grau, Pro y de nuevo Batista: 1903-1958En 1903, la Universidad se traslad a la loma de Arstegui en el Vedado. Esto ayud al crecimiento del barrio y contribuy a su perfil identitario. Con la construccin de los edificios en la Colina y los alrededores durante seis dcadas podra ilustrarse la modernidad arquitectnica. La Escalinata, centrada con la escultura del Alma Mater se inaugur como entrada principal en febrero de 1928, con motivo de la Sexta Conferencia Panamericana. A partir de la gran manifestacin estudiantil (30 de septiembre de 1930), se convierte en un smbolo de la rebelda ciudadana, en uno de los conos internacionales de la ciudad, quizs con una historicidad emocional para la mayora de los habaneros y de los cubanos, slo comparable al Malecn. En 1918, los movimientos de reforma universitaria y de protestas sociales en Amrica Latina comenzaron por la Universidad de Crdoba, Argentina. Sus ecos en Cuba podran rastrearse desde 1920. En 1921, los estudiantes en rebelda impidieron que se le otorgara un doctorado Honoris Causa a Enoch Crowder, diplomtico yanqui con mtodos polticos siempre ingerencistas. La Federacin Estudiantil Universitaria (FEU) fue fundada el 20 de diciembre de 1922 y ya en enero se desencaden el movimiento de reforma universitaria, en el que convergieron los intereses estudiantiles y los de algunos profesores partidarios de una modernizacin docente y de la autonoma. Varona presida las reuniones. Asimismo, se foment la prctica deportiva en los equipos universitarios y se recogan fondos para construir un estadio. Julio Antonio Mella, primer smbolo de la rebelda estudiantil y de los jvenes como sector poltico y social diferenciado: Impuls las alianzas con otros grupos polticos y sociales para cambiar la Universidad, como parte de una transformacin social programada. Prepar el Primer Congreso Nacional de Estudiantes (octubre de 1923), en el cual se aprob la importantsima declaracin de “Los deberes y derechos del estudiante”. Promovi la articulacin de los diferentes tipos de estudiantado para darle la fuerza unitaria de un sector poltico y social autnomo, con demandas especficas y una praxis singularizada tanto en los partidos y las organizaciones polticas y sociales, como en el asociacionismo dentro de los centros docentes. Estimul la proyeccin internacional de los estudiantes cubanos en solidaridad con los latinoamericanos y europeos. Privilegi la educacin popular solidaria, basada en la alianza respetuosa de las tradiciones y los estatutos de las organizaciones obreras, sociales, y de otros grupos de intelectuales. La Universidad Popular Jos Mart (1923-1927, 1933)

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15se organiz a partir de un acuerdo estratgico en dos niveles: en el primero, los conocimientos bsicos (las prioridades de una alfabetizacin); en el segundo, el diseo de asignaturas variadas para atender a las necesidades sectoriales, o a demandas particulares y colectivas de los alumnos obreros. Hizo suyo el lema del profesor argentino Jos Ingenieros: “Todo tiempo futuro tiene que ser mejor”, que se convirti en un ideologema del movimiento revolucionario juvenil hasta despus de 1959. Reactualiz el pensamiento y la praxis de Jos Mart en tres direcciones: el latinoamericanismo antimperialista, las alianzas intersectoriales sin exclusiones y la educacin popular para la libertad y la autoemancipacin. Fue asesinado el 10 de enero de 1929, y el 27 de noviembre circul un manifiesto, en donde se hermanaban los ocho estudiantes de Medicina con l. Se ideaba as la galera de los mrtires. La insurgencia estudiantil fue radicalizada ante la comprensin de que la Universidad y los otros centros docentes solan tener los mismos problemas que el conjunto de la vida social. La rebelda se caracterizaba por ser enemiga de la corrupcin administrativa generalizada del gobierno de Alfredo Zayas (1921-1925) y de la satrapa fascistoide de Gerardo Machado (1925-1933), quien lleg a militarizar la Universidad, los Institutos de Segunda Enseanza y las Escuelas Normales.Agosto de 1933-diciembre de 1958Despus del fin de la tirana de Machado, se concedi la autonoma y se logr la matrcula gratis en algunas carreras universitarias (lo que ayud a cambiar la composicin clasista en algunas facultades). Asimismo, fue estructurada la Direccin de Extensin Universitaria para promover las publicaciones, la docencia extracurricular de saberes nuevos (cursos de posgrado, escuelas de verano), el canje, las relaciones internacionales, las exposiciones de artes plsticas, los conciertos, etctera. Adems se introdujo la apreciacin cinematogrfica y fue creada una filmoteca. De igual forma, tuvo en su haber la organizacin del Teatro Universitario y de los seminarios sobre actuacin. El claustro se renovaba paulatinamente. Graduados con historial poltico antimachadista y antibatistiano, y en los movimientos de reforma accedieron a las ctedras. Tambin dominaban en los colegios de profesionales. Todos los partidos y organizaciones polticas y sociales tenan una representacin

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16pblica entre los estudiantes y profesores. La Universidad era considerada como un smbolo de la rebelda nacional, bastin del enfrentamiento al golpe de Estado del coronel Fulgencio Batista. Despus del fracaso de la huelga de marzo de 1935, el alto centro docente permaneci cerrado hasta 1936. Al ao siguiente, era reanudado el programa de modernizaciones con nuevos Estatutos, en donde se validaba la autonoma y se reconoca la FEU, sin aceptarse el cogobierno. Con los escasos recursos se abrieron algunas ctedras y comenzaron a impulsarse modestamente las investigaciones, como las asociadas al profesor Pedro Kour sobre enfermedades tropicales. Tambin fue planeada una remodelacin del hospital Calixto Garca, el cual brindaba asistencia pblica a los pobres. La Universidad fue incluida dentro de la agenda de la negociacin poltica de los partidos y organizaciones que acordaron la Convencin Constituyente de 1940. Probablemente, haya sido una de las pocas instituciones en el mundo, cuyo derecho al libre funcionamiento y a los recursos econmicos quedaban resguardados por un artculo en la ley de leyes. El 10 de octubre de 1944, el catedrtico de la Escuela de Medicina, Ramn Grau San Martn asumi la Presidencia de la Repblica. En los das siguientes, el Consejo Universitario le solicit recursos para acelerar la modernizacin. A los pocos meses se comprob que el gobernante en vez de ayudar a su institucin, le quitaba financiamiento. Las denuncias sobre la corrupcin generalizada del grausato tuvo en la Universidad uno de sus bastiones. Lo mismo sucedi con el gobierno de Carlos Pro, un ex dirigente estudiantil antimachadista. Con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Batista regresaba al poder. Como era un enemigo conocido, ese mismo da, la Universidad se transform en uno de los espacios simblicos de la resistencia. Quedaban aplazados as los proyectos de modernizacin. Por el contrario, la institucin tuvo que prepararse para una compleja batalla por la sobrevivencia. Los sicarios violaban la autonoma y destruan o robaban bienes. Le quitaban recursos financieros. En diciembre de 1958 estaban aceptadas ms de veinte propuestas para crear centros universitarios privados y pblicos, algunos de los cuales recibiran los fondos que constitucionalmente eran de la Universidad, la que se pensaba entregar a un patronato para acelerar su desintegracin. A finales de 1953, el Consejo Universitario autoriz el envo de un lote de publicaciones para construir una biblioteca en el Presidio Modelo de Isla de Pinos. De este modo, se ejecutaba un gesto de solidaridad con los asaltantes al cuartel Moncada que estaban encarcelados y deseaban estudiar. La comunidad universitaria particip en las acciones pro amnista de esos revolucionarios. El 3 de diciembre de 1956, el Consejo Universitario declar la suspensin indefinida de las clases, que se mantuvo hasta enero de 1959. La Universidad formaba parte del plan de acciones de los sucesos del 13 de marzo de 1957: ocupacin de Radio Reloj y asalto al Palacio Presidencial por los combatientes del Directorio Re-

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17volucionario. Jos Antonio Echeverra, presidente de la FEU y secretario general del Directorio, fue asesinado en las inmediaciones de la Universidad ese da. l es uno de los smbolos nacionales de la rebelda estudiantil.Enero de 1959-septiembre de 1976El 6 de enero de 1959, la nica institucin pblica habanera con prestigio histrico y poltico reconocido era la Universidad de La Habana. Por lo mismo, en la rectora se hizo la toma de posesin del Presidente de la Repblica y de los miembros del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario y en la Escalinata fueron presentados a la poblacin. El Gobierno Revolucionario, de inmediato, ratific las obligaciones financieras y de respeto a la autonoma que dimanaban de la Constitucin del 40 y agradeci la contribucin heroica de la comunidad universitaria a la liquidacin de la dictadura batistiana. La institucin se readaptaba a las nuevas problemticas revolucionarias reconfigurndose como un gora de intensas discusiones polticas y como un laboratorio de experiencias sociales para todas las tendencias. El 11 de mayo de 1959 fue inaugurado el curso acadmico. Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, su graduado ms famoso en el siglo XX, pronunciaba un discurso. Enseguida comenz a realizarse la depuracin de los cmplices del batistato. Se constituyeron las comisiones por facultades (cifra paritaria de profesores y estudiantes) para la reforma de la institucin; asimismo fueron implementadas, de inmediato, algunas de las tesis mayoritariamente aceptadas en cuanto a la reforma general. Numerosos profesores, interesados por estos temas desde sus aos estudiantiles, fueron convocados. Se hicieron talleres y ciclos de conferencias. Se republicaron textos. Se elabor un documento con las bases metodolgicas y el Gobierno Revolucionario fue invitado a designar sus representantes para la discusin. Tambin se coordinaba con las comisiones de reforma en las Universidades de Oriente y Central de Las Villas. La nacionalizacin de la enseanza (mayo de 1961) replante la estrategia de la reforma; a partir, de entonces, se comenzaron a disear las variantes para el trnsito hacia una Universidad de naturaleza socialista. El 10 de enero de 1962, en homenaje a Mella, se promulg la Ley de Reforma Universitaria, documento jurdico que validaba todos los cambios para el formato de la institucin socialista. Entre 1962 y 1976 fueron creadas nuevas facultades que agruparon las escuelas. El centro se rega por los acuerdos del Consejo Nacional de Universidades y despus por las resoluciones de un viceministerio del Ministerio de Educacin (MINED). La docencia y la investigacin especializada recibieron un apoyo econmico sin precedentes en la historia de Cuba. Asimismo, la Facultad Obrero-Campesina Julio Antonio Mella fue conformada como el primer paso de un sistema de preparacin docente alternativa para el ingreso de los trabajadores.

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18Tambin se promulg la Resolucin N 258 para amparar los derechos de dichos trabajadores estudiantes. La Universidad era, y es, un laboratorio de experiencias polticas, cientficas, culturales y sociales de la nacin, siempre en interaccin con la mxima direccin del Gobierno Revolucionario. Por ello se estableci un servicio social para los graduados y fueron estructurados grupos investigativos sobre la economa cubana y los problemas demogrficos, as como los trabajos de investigacin poltica y social en Oriente, Las Villas, Pinar del Ro y en barrios habaneros. En esa poca comenzaron a aparecer revistas especializadas como Pensamiento Crtico y Economa y Desarrollo y fue iniciado el plan de las Ediciones R para actualizar con los mejores libros por disciplinas, la docencia. Tambin se ayud a la creacin del Instituto Cubano del Libro y a sus editoriales, y se colabor con el MINED en los libros de textos. Se articul la docencia-asistencia-investigacin en las ciencias mdicas y fue constituido el Instituto de Ciencias Bsicas y Preclnicas Victoria de Girn. Igualmente, fueron fundados el Centro Nacional de Investigaciones Cientficas (CENIC), el Instituto de Ciencia Animal (ICA), la estacin experimental Indio Hatuey, y el Jardn Botnico de La Habana. En el censo de poblacin de 1970, la Universidad labor arduamente. Comenzaron a organizarse las sedes universitarias en Matanzas, Pinar del Ro e Isla de Pinos; un grupo de profesores viaj semanalmente a Camagey para ayudar en la imparticin de asignaturas, durante la primera fase de la Universidad Julio Antonio Mella, que all se instaur. Se implement el adiestramiento laboral sistemtico para los estudiantes, lo cual multiplic su eficiencia como profesionales. A partir de 1972 se crearon los cursos para trabajadores, primera fase de la estrategia de universalizacin de la educacin superior. Hasta el perodo especial, se daban clases de ocho de la maana a once de la noche, de lunes a viernes y los sbados funcionaban otras variantes. Con la creacin del Ministerio de la Educacin Superior (MES) se inici la poca actual de la Universidad de La Habana. A partir de sus facultades y sedes se constituyeron nuevos centros: Facultad de Ciencias Mdicas — Instituto Superior de Ciencias Mdicas de La Habana Instituto Pedaggico Enrique Jos Varona — Instituto Superior Pedaggico Enrique Jos Varona Facultad de Tecnologa — Instituto Superior Politcnico Jos Antonio Echeverra Universidad de Matanzas Camilo Cienfuegos y de Pinar del Ro Hermanos Saz. Facultad de Ciencias Agropecuarias — Instituto Superior de Ciencia Agrcola de La Habana (hoy Universidad Agraria de La Habana) La Universidad tambin ayud al desarrollo del Instituto Superior de Arte (1977). Durante esta etapa tambin se independizaron el CENIC, el Centro de Sanidad Animal, el Instituto de Cien-

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19cia Agrcola y el Instituto de Ciencia Animal.Despus de 1976La Universidad qued integrada a una nueva red muy desigual, en cuanto a tradiciones y experiencias histricas, de centros docentes subordinados al MES. Era una institucin con menos alumnos y ms pequea, porque haban desaparecido las escuelas; se haban eliminado disciplinas; y se haban fusionado reas en menos facultades. Alrededor de un quinquenio despus, dicha tendencia fue modificada: De nuevo, comenz a crecerse en reas y nmero de estudiantes, profesores, tcn icos y obreros. Con lentitud y persistencia, se fue regresando al estilo de desarrollo asimtrico, cualitativamente diferenciado, previo al cambio de estructura de 1976. El claustro ha sido decisivo en la instauracin del sistema nacional de los doctorados, y varios tribunales nacionales radican en sus facultades. Septiembre de 1989 suele considerarse como la fecha en que la sociedad cubana entr abruptamente en el llamado “perodo especial”, la ms grave crisis econmica del siglo XX. Todo faltaba en las facultades y centros de investigaciones, pero la comunidad universitaria moviliz las alternativas de creatividad atesoradas por ms de 250 aos y pudo seguir cumpliendo con dignidad sus funciones cotidianas. La pica del “perodo especial” universitario puede afirmarse que ha sido casi tan heroica como la dcada del cincuenta, aunque todava no se ha recogido en libros, o productos audiovisuales. La comunidad profesoral, tcnica, obrera y estudiantil de la Universidad celebra sus 280 aos con la dignidad de que en su praxis cotidiana sigue validando, por sus aportes sociales, los mritos histricos que avalaron el otorgamiento de la Orden Flix Varela, la ms alta distincin establecida por la Repblica de Cuba para las personalidades e instituciones que hayan realizado aportes trascendentes a la cultura cubana.

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20Razones de una crisisA inicios de la quinta dcada del siglo XIX, la Universidad de San Gernimo de La Habana fue secularizada. Como resultado, los dominicos perdieron el control sobre el gobierno del plantel, que pas a manos del Estado colonial, y ello se concret –adems de en un nuevo plan de estudios– en el nombramiento por las autoridades de la mxima direccin universitaria. Rector, secretario e incluso catedrticos, nombrados de ese modo, devinieron simplemente en funcionarios estatales. Este momento, clave en la historia de nuestra primera casa de estudios superiores por sus efectos, ha sido objeto de atencin en ms de una ocasin.1 Tampoco ha pasado inadvertida la severa crtica de los ilustrados criollos de la poca, sustentada en el atraso de los planes de estudio y en el predominio de la escolstica en las aulas universitarias, unidas al rechazo al dominio ejercido en ellas por los padres predicadores. En este trabajo se pretende abordar la cuestin desde un ngulo algo diferente, analizando algunas de las manifestaciones internas de la profunda crisis en la que se encontraba sumida la Universidad desde finales del siglo XVIII. En definitiva, la crtica ilustrada slo reflejaba esta crisis a nivel de las lites interesadas en el cambio del modelo educativo, integrada a las bruscas transformaciones generadas a nivel socioeconmico por la irrupcin plantadora de esa poca. Lo haca, adems, en los espacios privilegiados desde los cuales se proyect por entonces el ideal ilustrado-esclavista cubano: la Sociedad Patritica de La Habana, el Papel Peridico de la Havana y el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. A lo que se ha prestado menos inters es a las expresiones concretas –cotidianas podra ser el trmino– de la crisis que afectaron las relaciones de la institucin con su entorno social. En primer lugar, debe sealarse que no es posible entender la situacin de la Universidad fuera de su vnculo con el convento de San Juan de Letrn, de los dominicos de La Habana, y del papel de la institucin como parte del sistema de relaciones de la orden con la sociedad colonial. El anlisis de este complejo sistema ha sido realizado con anterioridad,2 por lo tanto me limitar a sealar que sus componentes eran cuatro: el capital relacional generado Perfiles de una crisis. La Universidad de La Habana a comienzos del siglo XIXEdelberto Leiva LajaraProfesor de la Universidad de La Habana

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21en lo fundamental por los vnculos familiares –si bien tambin de amistad, dependencia, etctera–; el usufructo del capital religioso; el complicado entramado de la economa conventual y, por ltimo, pero no por ello menos importante, el control sobre el nico centro de educacin superior en la isla, creado y dirigido por los frailes. Aunque formalmente la Universidad de San Gernimo era independiente de las autoridades conventuales y provinciales, estas mantuvieron una constante supervisin de su actividad e incidan en la toma de todas las decisiones de importancia. Al mismo tiempo, el centro generaba un subsistema de relaciones deudor de su propia funcin social y, por lo mismo, inaccesible a la comunidad de religiosos a no ser por intermedio del control efectivo sobre el gobierno universitario. La clave para la comprensin de este fenmeno se halla en la definicin de la Universidad como corporacin y por tanto como portadora de un conjunto de privilegios usufructuado por sus graduados y que conformaban el llamado fuero universitario.3 A travs de la red de relaciones y dependencias que tenda la corporacin hacia la sociedad colonial, el potencial de la orden para influir sobre sus distintos componentes se multiplic a lo largo del siglo XVIII. De este modo, la naturaleza de la crisis universitaria que nos ocupa se torna aprehensible no slo a partir de los nuevos requerimientos de su entorno socioeconmico y cultural, sino como parte de la crisis de todo el sistema de relaciones de los dominicos, que es por dems el de todas las rdenes establecidas en Cuba. Prueba, en este caso en lo relativo a su prestigio en la esfera educativa, el deterioro general del estatus de la comunidad. La Universidad, como parte del sistema, no pudo reformarse a s misma en la medida que cambiaba la sociedad que la cre. En cierto modo, lo esencial en la aguda crisis de la primera mitad del sigloXIX es que el espritu corporativo de la Universidad la encierra en s misma. Sus estructuras anquilosadas y su sistema de privilegios y simbolismos de matriz escolstica la privan de la posibilidad de adaptarse a los requerimientos de una sociedad que se concibe –en los proyectos de sus lites econmicas, sociales e intelectuales– en un acelerado proceso de modernizacin, de “puesta al da” con los modelos socioeconmicos, polticos y culturales paradigmticos de la poca. Esto es paradjico en una sociedad que lo enrumba a partir de la explotacin intensiva y calculada del trabajo esclavo, y de la subordinacin poltica a una metrpoli por definicin antimoderna, pero ello no cambia la esencia del dilema que enfrenta la Universidad como parte del sistema de relaciones de la orden dominica. Se trata, sobre todo, de un proceso de enajenacin en el cual se diluye la funcin representativa del alto centro docente en relacin con los intereses grupales, sectoriales y, en definitiva, clasistas, que definan su base social. La tragedia de San Gernimo es que lo experimenta doblemente: como reflejo del proceso que afecta de manera integral a la orden, y como entidad ms o menos independiente de ella. En ambas direcciones la crisis se entroniza porque todos los intentos de reforma

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22de la universidad fracasan Salvador Larra ha hecho nfasis en la responsabilidad del Estado colonial, que de forma obstinada se opuso a las reformas,4 pero olvida la oposicin que siempre hizo la comunidad a la cesin, as fuera de una nfima parte, de los privilegios que ostentaba en la casa de estudios. Y lo cierto es que para los sectores vinculados a los proyectos de reforma, la liquidacin del control que estos ejercan sobre la Universidad lleg a entenderse como condicin preliminar para la modernizacin de la institucin. Por ello, en marzo de 1842, luego de la supresin de la mayor parte de los conventos de la isla y cuando todava los religiosos se mantenan en San Juan de Letrn, un crtico de la medida aseguraba: “[...] si algn convento debi cerrarse es Santo Domingo, y precisamente porque tiene dentro la Universidad que explotan los frailes a su placer, y en la cual no slo es preciso ser fraile para obtener los empleos de rector, vicerrector, secretario y vicesecretario, sino que se estudia la filosofa aristotlica y las leyes por los peores textos, lo cual no podr remediarse, mientras lo gobiernen los frailes”.5En la segunda mitad del siglo XVIII, la comunidad, relacionada con la oligarqua habanera por lazos de familia y por identidad de intereses, fue capaz de generar intentos de cambios que, bien encontraron oposicin dentro de la orden, bien fueron frenados por las negativas emanadas de Madrid. Pero hay un punto de inflexin, a finales de dicha centuria, cuando se agotaba ese potencial interno y comenzaron los intentos por reformar la Universidad desde afuera, lo cual es un resultado, por una parte, del consenso acerca de la incapacidad de la orden para lograr algo en esa direccin por ella misma y, por otra, de la superacin por muchos de sus propios graduados de la idea de la Universidad como un organismo cerrado –corporativo–, cuya esencia est en conservar su tradicin de fueros y privilegios. Por tanto, puede ser transformado desde el exterior. Que la Universidad pierde el apoyo de los sectores oligrquicos y de la intelectualidad a ellos vinculada lo demuestra la prdida de posiciones con respecto al Seminario de San Carlos y San Ambrosio, convertido por el obispo Espada en un centro capaz de asumir las necesidades de renovacin intelectual del momento e, incluso, de creacin de espacios de discusin poltica en los perodos constitucionales.6Entre 1800 y 1842, fueron otorgados por la Universidad 642 grados mayores de licenciado y doctor. Sin diferenciar unos de unos, pues en realidad con frecuencia un mismo ejercicio serva para el otorgamiento de ambos grados, 98 fueron en Filosofa, igual nmero en Medicina, 304 en Derecho Civil, 59 en Derecho Cannico y 83 en Teologa.7Sin embargo, este es un indicador engaoso, porque entre la universidad de San Gernimo y el Seminario de San Carlos exista una relacin sui generis en cuanto a la concesin de grados se refiere. Al ser el plantel dominico la nica institucin facultada para la concesin de los grados de bachiller, licenciado y doctor, resultaba obligado para los educandos del Seminario realizar los trmites, aunque los estudios los realizaran en l, como lleg a ser

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23en la mayor parte de los casos. Incluso, se haba logrado que los aspirantes provenientes de San Carlos no tuvieran que cursar en la Universidad las asignaturas Texto del Filsofo ni Maestro de Sentencias, para graduarse de las Facultades de Filosofa y Teologa, materias de larga tradicin en la orden de Santo Domingo.8Como resultado, en 1826 el Seminario tena ms de 500 alumnos, entre los cuales los de Jurisprudencia y Filosofa sumaban 430. Esto explica que la Universidad estuviera “casi desierta, excepto en la clase de Medicina”, porque el Seminario preparaba a los estudiantes en las materias necesarias para la obtencin de los grados en Derecho Civil, Cannico y Filosofa.9 Las relaciones entre ambos planteles fueron siempre tensas y estuvieron plagadas de acusaciones. La Universidad se quej en repetidas ocasiones de la carencia de recursos y del incumplimiento de compromisos contrados por las autoridades para la dotacin de las ctedras, mientras el Seminario contaba con ingresos que se consideraban superiores a sus necesidades.10Aunque la matrcula en San Carlos estaba condicionada por una certificacin de la Universidad que garantizaba que el estudiante haba aprobado exmenes de latn, con frecuencia el nivel de conocimientos reales era bajo, por lo que se multiplicaban las quejas al respecto. El Seminario lleg a acusar a los profesores de San Gernimo no slo de incapacidad, sino de corrupcin. Uno de estos casos es el de una carta de 30 de julio de 1831, en la que se afirma que la Universidad [...] no examina a nadie y con certificaciones falsas y compradas con dinero de algunos de los maestros de latinidad de otros establecimientos, se dan por contentos de la aptitud del individuo y nos estn enviando una porcin de jvenes ignorantes en la lengua latina [...]. [..........] Si el Colegio los rechazara, se creera que haba una enemiga con la Universidad, o que se desairaba su juicio. Y como en el Colegio no hay matrcula, ni se confieren grados, no se puede tomar la medida obvia de reexaminar al que pretende entrar en sus estudios. [..........] […] La raz del mal est en la Universidad; ella nos remite a todos los estudiantes, ella matricula exclusivamente, ella no examina, ella permite que suban los jvenes per-saltum, de unas clases a otras [...].11La disputa entre las instituciones era aguda, y no es por tanto recomendable dar por sentado que las afirmaciones del documento correspondieran exactamente con la realidad, pero se enmarcan dentro de la frmula ms comn en la poca para plantear la necesidad de reformar la Universidad. Desde este ngulo, lo que se plantea con carcter perentorio en la poca es la reforma del gobierno de dicho centro, entendida como la liquidacin de los privilegios de la orden de Santo Domingo.El gobierno universitario: del cuestionamiento a la secularizacinA finales del siglo XVIII este viejo problema no se retoma todava de manera

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24explcita, limitndose a sealar la necesidad de modificar los estudios a partir de la crtica de la escolstica. En esta direccin, la actitud de Jos Agustn Caballero y Toms Romay evidencia la opinin de la lite ilustrada criolla acerca de las concepciones vigentes en la Universidad dominica. En ambos casos se ataca la falta de libertad en la ctedra y el predominio indiscutido de la escolstica, que limita la iniciativa de los maestros.12 Esta posicin ha sido valorada casi siempre en funcin de los anlisis sobre la denominada ilustracin criolla, es decir, de modo positivo, para conocer cmo pensaban los ilustrados de la poca. Tiene, sin embargo, un marcado sentido negativo: no se explicita cmo llevar a cabo el cambio, porque ambos estn convencidos de que no es posible hacerlo. Por ello se haca nfasis en que la culpa no era de los profesores. Si as fuera, la solucin, al menos tericamente, no hubiera representado grandes problemas, pero la crtica se realizaba contra la institucin y contra quienes la controlaban y dirigan. En ninguno de los dos haba en realidad una propuesta alternativa de plan de estudios para la Universidad, a no ser en los principios generales, porque lo primero hubiera sido transformar la condicin institucional del centro, y eso no era posible bajo el antiguo rgimen –que tiene su fundamento, en buena medida, en la preservacin de los derechos corporativos tradicionales–, a no ser que la intencin partiera de la propia corte. Esto ltimo fue lo que ocurri en 1825 cuando Francisco de Arango y Parreo fue nombrado Comisario del Rey para la reforma de la Universidad. Aunque la intencin de la corona era en particular la eliminacin de los efectos sobre los centros de enseanza del perodo de gobierno liberal de 18201823, Arango realmente intent sentar las bases de un nuevo gobierno universitario, eliminando algunos de sus principales vicios en cuanto a provisin y servicio de las ctedras y preocupndose, sobre todo, por la cuestin financiera, con la solicitud de presupuestos de gastos de bibliotecas, sueldos e imprentas y la creacin de una Junta de Hacienda, bajo la direccin del rector, que actuaba en coordinacin con el claustro general. Era, en resumen, una especie de rgano consultivo, propuesta que en cierto modo resultaba renovadora, pues implicaba al claustro en la responsabilidad del gobierno. Propuso aumentos de los haberes de los catedrticos y realizar un riguroso concurso de oposicin para cubrir sus ctedras.13 La reforma no se llev a cabo, lo que reforz la decadencia universitaria. La otra vertiente relacionada con la insatisfaccin por el monopolio dominico sobre la Universidad fue la de los intentos directos por separarlos del gobierno del plantel, que reaparecen sobre una base diferente a la de los primeros aos de existencia de San Gernimo. Si en aquel momento expresaban fisuras coyunturales con la oligarqua habanera, debidas a las flagrantes irregularidades con las cuales los frailes asumieron el gobierno de la institucin, en las primeras dcadas del siglo XIX ya son el resultado de una intencin de cambio radical en el modelo universitario vigente, que necesariamente, como se ha dicho, pasaba por la liquidacin de los privilegios dominicos.

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25En las veleidosas circunstancias en que se desenvuelve la relacin coloniametrpoli en esa poca, los perodos constitucionales fueron los momentos de reactivacin de las tentativas de transformacin, estimuladas por la poltica en detrimento del poder y la influencia de la Iglesia, y en particular del clero regular. Las confrontaciones en este terreno reflejan no slo esta situacin, sino las complejidades de las posiciones polticas que se conformaban en el pas y que se diriman en todos los espacios posibles. Uno de ellos era la Universidad, y las elecciones para el cargo de rector fueron como norma los momentos ms propicios para maniobrar al respecto. El 7 de septiembre de 1813 se celebraron las elecciones correspondientes para el puesto de rector, a las que fueron promovidos tres candidatos: los dominicos fray Manuel de Quesada y fray Ambrosio Prez y el doctor Jos Mara Reyna, cannigo de la catedral habanera. Esta ltima candidatura era irregular de acuerdo a los Estatutos, que reservaba el rectorado para los dominicos, pero los promotores alegaron que la Constitucin de 1812 privaba a los religiosos de derechos ciudadanos.14Aunque no existen pruebas documentales, resulta difcil no ver tras este episodio un intento del obispo Espada por introducir en el gobierno universitario una figura cercana, segn todos los indicios, a sus concepciones liberales y educacionales.15 La eleccin de Quesada, por mayora de doce votos de veinticuatro posibles,16 fue impugnada y se decidi llevarla a la Diputacin Provincial como violatoria de la Constitucin. Lo ms interesante en este caso es que una mayora de trece, similar a la que haba elegido al dominico, se manifest a favor de la consulta. En definitiva, el Capitn General consider vlida la eleccin, sobre la base de que la jurisdiccin ejercida era puramente acadmica. En la toma de posesin, que se hizo efectiva el 13 de septiembre, se originaron nuevas protestas, con el abandono de la sesin por parte de cuatro doctores. Este fue, sin embargo, el ltimo acto dirigido contra la Universidad dominica en el perodo que termina con la restauracin absolutista, por la que el claustro universitario manifest su satisfaccin en julio de 1814.17Mucho ms compleja result la situacin durante el Trienio Liberal, cuando los intereses clasistas, sectoriales y de nacionalidad pugnaron con violencia entre s en la sociedad colonial alcanzando en la Universidad cotas muy agudas. En el plantel se jur la Constitucin el 18 de abril de 1820, y desde ese momento comenz el reagrupamiento en busca del control del rectorado, como fray Remigio Cernadas advirti de antemano a las autoridades en previsin de posibles situaciones de conflicto.18 Los matices polticos que caracterizan esta nueva etapa de enfrentamientos marcan una diferencia cualitativa con todo lo ocurrido, incluyendo los hechos de 1813, en los que el referente constitucional se maneja instrumentalmente, en tanto respalda la oposicin a los frailes. Lo anterior qued demostrado en el claustro del 7 de septiembre de 1820, en la protesta contra la eleccin como rector del dominico Antonio Prez de Guzmn, quien tuvo de nuevo como contrincante al cannigo Jos Mara

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26Reyna. Segn la narracin de Pedro Antonio de Ayala, el protagonismo en estos hechos corri a cargo de Prudencio Hechavarra y OGaban e Indalecio Santos Surez, los cuales acusaron a los partidarios de Prez de Guzmn de “rutineros, serviles y anticonstitucionales”.19 Los intereses tras OGaban y Santos Surez no pueden asociarse slo al grupo intelectual de tendencias liberales y modernizadoras, en tanto ambos se relacionan tambin con los intereses esclavistas.20La toma de posesin del dominico fue suspendida mientras se analizaron los hechos en la Diputacin Provincial. En esta oportunidad, el oidor Juan Ignacio Rendn, que deba rendir el informe ante este rgano, se manifest en contra de cualquier privilegio como contrario a la letra y el espritu de la Constitucin y recomendaba repetir las elecciones, “con la libertad que corresponde a nuestros principios”. Rendn no propona la exclusin de los dominicos del nuevo ejercicio, pero la Diputacin se atuvo al criterio de Santos Surez de que “la remocin de todas las trabas” inclua la invalidacin de los religiosos como candidatos, y as lo decidi tras anular las elecciones. La relacin entre Rendn y Santos Surez inclina a pensar en una maniobra en la que, de acuerdo mutuo, dirigieron la escena en esta sesin.21Las reclamaciones de los dominicos dieron como resultado una dilacin en la nueva convocatoria a elecciones. Fray Remigio Cernadas, tal vez el religioso de la orden de ms slido prestigio en la primera mitad del siglo XIX, ocup interinamente el rectorado mientras se daba curso a la reclamacin. Una de las cartas que en esa etapa dirigi al gobernador Nicols Mahy y Romo muestra con nitidez los nicos argumentos an al alcance del convento para defender sus posiciones en la Universidad: “Lo nico que reclamamos hoy –escriba– es el modo violento e indecoroso con que se nos quiere echar de un establecimiento cuya fundacin se debe exclusivamente al Convento de Santo Domingo. Siento molestar [...] a V.E., pero me es imposible abandonar unos derechos [...] que tan impunemente quieren hollar en La Habana”.22En realidad, todava en este episodio, en el que la intervencin del aparato estatal es en calidad de juez, y no de parte directamente implicada en el conflicto, lo ms importante resulta de las contradicciones de la propia sociedad cubana, y el signo ms evidente es que an los dominicos encuentran respaldo en el mbito eclesistico y el civil, como el brindado por Pedro Gordillo, maestrescuela de la Catedral, y el juez de letras Francisco Filomeno, quien desempeaba adems responsabilidades en el ayuntamiento habanero.23 La mayor parte de los implicados en estos sucesos eran graduados de la propia Universidad de La Habana, pero desde finales del siglo XVIII la estructuracin del orden socioeconmico esclavista y la ruptura de los esquemas culturales y mentales del criollismo dieciochesco haban minado el mbito de accin de los principios corporativos, sustituyndolos por agrupamientos grupales, sectoriales y clasistas en los que los mviles polticos y econmicos son mucho ms evidentes. En definitiva, el 7 de febrero de 1822 se efectuaron las elecciones, sin participacin de los religiosos. El

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27cuerpo de direccin de la Universidad qued conformado por laicos y eclesisticos seculares, y el rectorado recay –finalmente– en Jos Mara Reyna.24La vigencia de esta primera Universidad secularizada fue efmera, y los dominicos vieron de nuevo restituidos sus privilegios con la restauracin absolutista de 1823. Las elecciones de diciembre de ese ao marcaron el regreso de los frailes a los cargos de rector, vicerrector y secretario de la casa de estudios. Los sucesos de este perodo, de casi dos aos, no tienen imbricacin directa con el tema que nos ocupa, en tanto ni siquiera mostraron una capacidad, por parte de la nueva direccin, de introducir mejoras de carcter modernizador en el plan de estudios universitarios. Estuvieron, eso s, marcados por fuertes enfrentamientos internos25 que reflejaban la polarizacin poltica de la sociedad colonial de la poca, acentua ron la divisin del claustro y estuvieron presentes, con menor agudeza, con posterioridad a 1823. A partir de este momento puede afirmarse, primero, que la ruptura entre el centro de estudios y las lites econmicas, sociales y culturales de la isla fue irreversible y, segundo, que desaparecieron los intentos de transformar la estructura institucional universitaria que tuvieron como protagonistas a estos propios sectores. Esto puede parecer contraproducente, pero se explica por el equilibrio que se estableci, en lo referente a la Universidad, entre el conservadurismo poltico predominante y las tendencias renovadoras durante los diez aos que transcurrieron hasta la muerte de Fernando VII. Todos los intentos, en cualquier variante, tienen desde entonces como denominador comn la iniciativa del Estado, tendencia que se fortalece tras el nuevo ascenso liberal durante la regencia de Mara Cristina. La solucin definitiva del problema planteado por los privilegios que los dominicos retuvieron por ms de un siglo sobre la Universidad se dio precisamente como resultado de esta intervencin, pero no respondi a los intereses insulares, sino a la lgica de los intentos de cambio del modelo colonial a los que ya se ha hecho referencia. Como tal, se inserta en la vertiente de la secularizacin de la enseanza y la educacin que tiene su primera etapa entre 1836 y 1842, cuyo rasgo ms sobresaliente es la liquidacin de todo el sistema educacional religioso anterior, dirigido tambin contra los intentos de los sectores liberales cubanos interesados en subvertirlo en funcin de una renovacin cognoscitiva y cultural. El proceso que llev a la secularizacin definitiva de la Universidad de La Habana en 1842, como se mencion al comienzo, ha sido objeto de anlisis en otras ocasiones, por lo que no nos detendremos en l. Su fase final se corresponde con la ofensiva liberal que puso fin a la red conventual de la isla y al control de los regulares sobre un grupo de entidades educacionales, hospitalarias y de beneficencia. En el caso particular de la Universidad, liquid un elemento esencial de los nexos que a travs de la historia la orden dominica haba establecido con la sociedad criolla. Se ha afirmado que esta solucin fue, en parte, un resultado del esfuerzo de los hacendados criollos por liberarla

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28de su tradicin medieval,26 pero una opinin de este tipo slo se sostiene sobre la confusin creada por la aparente coincidencia del objetivo final. En realidad, la secularizacin liquid el control de la orden sobre el gobierno universitario, pero no moderniz sensiblemente la institucin y, lo que es ms importante, la subordin al Estado, colocando en manos del Capitn General la potestad de designar las personas para ocupar los puestos de rector, secretario y catedrticos universitarios. La permanencia de un grupo ms o menos numeroso de criollos en el claustro se debi sobre todo a la carencia de personal peninsular con la preparacin necesaria, y constituy ms bien un giro indeseado en relacin con los objetivos finales de la metrpoli. En 1846, el capitn general Leopoldo ODonnell consideraba innecesario ampliar los estudios en la Universidad, “creyendo oportuno, al contrario, que se suprima”. Tres aos ms tarde su sucesor, Federico Roncalli, consideraba que los estudios universitarios fomentaban “[...] ideas reformadoras y turbulentas [...] entre todos los jvenes, aun de familias muy humildes”, por lo que deban “disminuirse”.27 En definitiva, y a contrapelo de los objetivos perseguidos por la secularizacin, la Universidad devino uno de los innumerables espacios en los que se manifestaron las contradicciones que desde finales de la dcada del treinta del siglo XIX caracterizan el mbito de las relaciones con la metrpoli, incluyendo tempranamente la posibilidad de ruptura de estos nexos, como ya deja claro el ¡Viva Narciso Lpez! inscrito en una de sus paredes en 1852. Notas1 El anlisis ms completo al respecto sigue estando en: Armas, Ramn de, Eduardo Torres Cuevas y Ana Cairo Ballester. Historia de la Universidad de La Habana. 1728-1929. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1984. t. 1, pp. 82-88.2 Al respecto ver en particular los captulos II, III y IV en: Leiva Lajara, Edelberto. La orden dominica en La Habana. Convento y sociedad (1578-1842) La Habana: Ediciones Boloa, 2007.3 Sobre las funciones corporativas de la Universidad y las particularidades de sus manifestaciones en Cuba, ver el texto al que refiere la nota anterior, pp. 116-144.4 Larra Guedes, Salvador. Historia de la orden de predicadores en la isla de Cuba. La Habana, 1998. p. 290.5 El Corresponsal Madrid, marzo de 1942. Este artculo aparece pegado al reverso de la pgina 31 del folleto Isla de Cuba. Opsculo 2. Documentos relativos a la supresin de conventos y venta de alhajas de las iglesias en dicha Isla. Su examen y refutacin, consideraciones polticoeconmicas. Madrid: Imprenta de I. Sancha, 1837, que se encuentra en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional Jos Mart.6 Torres Cuevas, Eduardo. “Hacia una interpretacin del obispo Espada y su influencia en la sociedad y el pensamiento cubanos”. En Obispo de Espada. Papeles. La Habana: Ediciones Imagen Contempornea, 1999. pp. 62-92.7 Memoria acerca del estado de la enseanza en la Universidad de La Habana en el curso de 18731874. La Habana: Imprenta del Gobierno y Capitana General, 1874. Apndice 1, pp. 3-49.8 Leiva Lajara, Edelberto. “Jos Agustn Caballero: el espritu de los orgenes”. En Jos Agustn Caballero. Obras / Estudio introductorio, compilacin y notas por Edelberto Leiva Lajara. La Habana: Ediciones Imagen Contempornea, 1999. p. 27.9 Cuadrado Melo, Manuel. Historia documentada del Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana (copia mecanografiada que existe en la biblioteca del Arzobispado de La Habana). p. 162.10 Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expedientes Administrativos, N 373.

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29Expediente sobre estado de las rentas de esta Real y Pontificia Universidad de San Gernimo de La Habana. 1775-1820, ff. 12, 36, 97, 114 y 116.11 Cuadrado Melo, M. Op. cit. (9). p. 167.12 Caballero, Jos Agustn. “Sobre la reforma de estudios universitarios” y “Discurso sobre el mismo asunto”. Op. cit. (8). pp. 185-189. Romay y Chacn, Toms. Obras completas. La Habana: Academia de Ciencias de la Repblica de Cuba, Museo Histrico de las Ciencias Mdicas “Carlos J. Finlay”, 1966. t. 2, pp. 30-32.13 Armas, R. de, E. Torres Cuevas y A. Cairo Ballester. Op. cit. (1). pp.79-81.14 Archivo Nacional de Cuba. GSC, leg. 756, N 26 036. Correspondencia del Rector de esta Universidad.15 Armas, R. de, E. Torres Cuevas y A. Cairo Ballester. Op. cit. (1). p. 74.16 Reyna obtuvo ocho votos, uno fray Ambrosio Prez y tres boletas quedaron en blanco.17 Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Tercero de Acuerdos. Que comienza en el ao 1805, siendo Rmo. Sr. Rector y Cancelario el R. P. Lector Fray Juan Govn. f. A-31.18 Archivo Nacional de Cuba. GSC leg. 864, N 29 228, f. 1. Diputacin Provincial de La Habana. Expediente sobre elecciones de rector en la Universidad de La Habana. Aos 1813 y 18201822.19 Ibdem, f. 49v.20 En particular, Hechavarra y OGaban perteneca por ambas lneas a familias santiagueras que se vincularon a los grupos esclavistas y azucareros del occidente de la isla. Su pariente Juan Bernardo OGaban lleg a ser uno de los principales idelogos de la burguesa esclavista, cuyos intereses defendi desde su puesto en la jerarqua eclesistica y al frente de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas.21 Archivo Nacional de Cuba. GSC leg. 864, N 29 228, ff. 67-75. A Rendn, vocal de la Diputacin Provincial, debi Indalecio Santos Surez su nombramiento como juez de letras y fiscal de causas en 1820.22 Ibdem, f. 214v.23 Francisco Filomeno fue sndico del Ayuntamiento en 1818, y alcalde ordinario en 1827.24 El acta de esta sesin nunca ha sido hallada, por lo que los resultados se conocen por referencias posteriores. Ver Armas, R. de, E. Torres Cuevas y A. Cairo Ballester. Op. cit. (1). pp. 76-77.25 Uno de los ms sonados fue el conflicto en torno a las elecciones rectorales de septiembre de 1822, que puede seguirse en el Archivo Nacional de Cuba. IP, leg. 1046, N 69 029. De inters resulta, tambin, el voluminoso expediente originado por la oposicin a la ctedra de Texto del Filsofo en 1820, a la que se present el argentino Juan de Miralla, provocando una violenta reaccin de los grupos ms conservadores dentro del claustro universitario. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expedientes administrativos N 889.26 Segreo Ricardo, Rigoberto. Conventos y secularizacin... pp. 42-43.27 Citado por Lebroc, Reinerio. Cuba: iglesia y sociedad (1830-1860). Madrid: Pontificia Universitas Gregoriana, Facultas Historial Escclesiasticae, 1976 p. 26.

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30 H an transcurrido 280 aos desde la fundacin, en 1728, de la Universidad de San Gernimo de La Habana. A esta institucin ha estado ligada, de un modo u otro, toda la vida de la ciudad y del pas, y, desde luego, el desarrollo de las diferentes ciencias. Su primera y segunda largas etapas (1728-1842, 1842-1898) se caracterizaron, como nos recuerda Eduardo Torres Cuevas,1 por el atraso y el escolasticismo, pero en ellas comenz a gestarse la transformacin que se producira en la repblica burguesa, y luego durante el perodo revolucionario. Pretender un recuento exhaustivo del tema que nos ocupa, en consecuencia, sera una tarea que rebasa mis fuerzas y mis posibilidades. Por eso voy a enfocar el papel de la Universidad de La Habana en la lingstica de nuestro pas en cuatro aristas fundamentales, y ofrecer algunos ejemplos para que sirvan de estmulo a quienes quieran dedicarse a fondo a estudiar el asunto. Pero antes, quisiera hacer algunas reflexiones que sirvan de marco a ese recorrido a saltos. Si tomramos en cuenta slo el nmero de graduados de Filosofa y Letras, de Filologa o de Letras, de Lenguas modernas o de Lenguas extranjeras, del pedaggico de espaol, que hasta hace relativamente poco form parte de la gran Universidad de La Habana, as como los de otras especialidades que se han dedicado eventual o sistemticamente al cultivo de la lingstica, tendramos que admitir, de entrada, la relacin que proponemos en el ttulo: el papel que debe concederse a la Universidad de La Habana en el desarrollo de los estudios lingsticos cubanos. De otro lado, figuras reconocidas por todos como anticipadoras en nuestra disciplina, o que establecieron hitos en ella, desarrollaron sus estudios o su vida laboral, o ambos, en la Universidad. Ese es el caso de Esteban Pichardo y Tapia, graduado de Derecho, y conocido como gegrafo, quien nos leg el que, segn Julio Cejador, “[…] fue el ms antiguo diccionario de americanismos y el ms rico en observaciones originales”2 hasta Dihigo. Otro ejemplo es Antonio Bachiller y Morales, profesor universitario desde la secularizacin, el cual public artculos y libros tales como el Prontuario de agricultura (1856) en que se presenta el lxico tcLa Universidad de La Habana en la lingstica cubana: 280 aos Marlen A. Domnguez HernndezProfesora de la Universidad de La HabanaA Ofelia Garca Cortias, lingista.

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31nico y comn de la flora cubana, o Cuba primitiva (1881), donde se recoge un significativo repertorio de americanismos. Su obra es de gran importancia porque pone a discusin los componentes del espaol americano y de amplia difusin hacia la sociedad, pues aparece en las publicaciones peridicas. Pero sobre todo resulta vital el artculo “Desfiguracin a que est expuesto el idioma castellano al contacto y mezcla de las razas” (1883), resultado de sus relaciones con el acadmico Hugo Schuchard, en el que se discute la idea de la supuesta incapacidad biolgica de los negros para aprender la norma estndar, y se explican las diferencias de sus hablas a partir de su poco nivel cultural. Este artculo impugna el determinismo biolgico, y resulta en un pronunciamiento antirracista desde el mbito del estudio lingstico. Pero el caso ms sealado, en orden cronolgico, sera el doctor Juan Miguel Dihigo, quien vivi entre fines del fructfero siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, y fue profesor de la Universidad durante sesenta y dos aos. Dihigo hizo recuentos esenciales, como el del “Movimiento lingstico en Cuba”, y el de los rasgos del habla popular tal como estos se mostraban en la literatura cubana. Fue promotor de los estudios lingsticos, separados de los filolgicos, por su especificidad; contribuy decisivamente a la extensin universitaria y elabor un Lxico cubano que constituye un repertorio de obligada referencia, no slo porque incluye un prlogo en que explica sus objetivos, criterios para la seleccin de las entradas, teoras y fuentes, y pone ejemplos en contexto, aspectos todos de la mayor modernidad, sino tambin porque cada artculo se convierte en un resumen lexicogrfico de la voz, rastreada en los repertorios fundamentales de Espaa, Hispanoamrica y Cuba; explica los cambios ocurridos y sus causas si es posible, as como la distribucin sociolectal, con todo lo cual va escribindose, sin sentir, la historia de Cuba. Permtanme un par de ejemplos: “aguaje –dice– el segundo barro, muy blando o aguado, que se pone sobre el azcar para purgarlo”,3 agachar el lomo: “Expresin muy usada en Cuba y que no advertimos en los lxicos espaoles ni en los hispanoamericanos. Examinados los diccionarios de Pichardo, Macas, Arboleya y Surez no aparece registrada. Vale por trabajar”.4Fue precisamente Dihigo, cuando funcionaba como rector sustituto, quien firm la autorizacin a matricularse,

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32en 1925, a aquel joven matancero que aspiraba a ser doctor en Filosofa y Letras, y que marcara, alrededor de cuatro dcadas despus, uno de los grandes hitos de la lingstica cubana: la aceptacin por el congreso de academias de la legitimidad del seseo hispanoamericano. Se trata de Jos Adolfo Tortol y Domnguez, graduado el 8 de octubre de 1928 con notas sobresalientes, despus de pagar los veinticinco pesos que se exigan para obtener el ttulo. Tortol, junto con la intencin de perfeccionamiento de la lengua en Hispanoamrica y los afanes acadmicos, se atreve no slo a tomar como objeto de estudio el fenmeno hasta entonces estigmatizado del seseo, sino a procurar ante la Academia espaola y lograr de ella, “la autoridad oficial en que apoyar su defensa de la pronunciacin hispanoamericana”5como norma ortolgica de igual mrito que la de Madrid. Un ltimo ejemplo, para no pecar de prolija, sera el de quien, no casualmente, es el nico de los profesores universitarios que conserv para siempre el tratamiento de don: Fernando Ortiz, el transgresor que llev a la joven Merceditas Valds a bailar sus ritos en el Aula Magna de la Universidad habanera, el que entendi y explic la cubanidad como transculturacin y ajiaco, desde su formacin otra, realiz un aporte lingstico invaluable, al poner su atencin en las hablas marginales, en el repertorio lxico de la inmigracin forzosa subsaharana y en nuestra singularidad con el connotado “catauro” de cubanismos, lo que signific cambiar de punto de mira en el proceso de la descripcin lingstica. De su obra, permtasenos citar un ejemplo sabroso: de la expresin “aguantar la mecha”, explica Ortiz la etimologa: “A los esclavos se les mechaba con grasas, resinas, tocino o pringue hirviendo. Aguantar la mecha era aguantar el castigo, como tambin se dice ‘aguantar el palo’”.6Esto para no referirnos a profesores e investigadores que, desde sus ciencias, y sin hacer trabajos lingsticos propiamente, han ofrecido datos muy relevantes para la lingstica, como puede ser el caso de Juan Prez de la Riva, por slo mencionar un nombre. Graduados o profesores universitarios fueron la mayora de la primera nmina de acadmicos de la lengua en 1926 –algunos de ellos seran muy conocidos en la vida cultural de la nacin, como Ortiz, Maach o Varona, o que desempearan importantes papeles en nuestra casa de altos estudios, como Dihigo o Snchez de Bustamante–, y profesores o graduados nuestros, quienes desde las pginas de diarios, revistas y otras publicaciones, o desde la radio y la televisin ms adelante, han puesto al da a nuestros conciudadanos en relacin con las intrincadas materias de la lengua, las nuevas teoras, mtodos y tcnicas para abordarlas. Finalmente, en las aulas de la Universidad se han formado algunas de las personalidades que hoy orientan los estudios lingsticos e instituciones culturales con ellos relacionadas, y, sobre todo, de all continan saliendo jvenes que ponen sus conocimientos y entusiasmo en promover una ciencia todava no bien valorada en lo que aporta al desarrollo humano y a la representacin de nuestra identidad

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33cultural. Por eso es de justicia tambin recordar la obra docente de los que publicaron pocos libros o revistas, pero formaron en la responsabilidad, la inquietud investigativa y el rigor cientfico a sus educandos. Entonces, como la obra de la Universidad es de tan larga data y ha estado conformada por tantos y tan dismiles seres humanos, este texto se compone tambin de elementos, de resultados de observacin, de investigaciones que no son solo mas, sino de mis profesores, de mis colegas, y de los alumnos que me han acompaado en estas bsquedas en los ltimos aos: miradas colectivas, que esperamos fomentar, cada vez ms, para obtener frutos ms numerosos.7Vamos a buscar, pues, la relacin entre la Universidad de La Habana y los estudios lingsticos cubanos en cuatro direcciones: a) Hechos y dichos, aparte donde daremos algunas fechas y datos curiosos que ilustran los primeros pasos del contacto de los universitarios habaneros con la lengua y los estudios lingsticos. b) Personalidades sobresalientes, que vamos a ejemplificar con la obra de Raimundo Lazo; cientfica, divulgativa y docente, al mismo tiempo, de tal manera que las dems personalidades que podran sin duda referirse puedan verse compendiadas, de alguna manera, en este profesor. c) Publicaciones, en la cual nos referiremos en esencia a la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias y su continuadora la revista Universidad de La Habana, por la huella que han tenido, en general, en la cultura cubana. d) Patrimonio documental: acpite en que comentaremos rpidamente cmo el tesoro documental acopiado por el Archivo central de la Universidad de La Habana ofrece numerosas posibilidades a la investigacin lingstica, actual y futura. a) Hechos y dichos: Desde el Breve apostlico de Inocencio III, y la real Cdula de Felipe V, que autorizaban su creacin en 1728, la Universidad de San Gernimo de La Habana incluy en su plan estudios la gramtica y la lengua latina, pero no ser hasta la secularizacin en 1842 que empiece a prepararse el camino hacia un mejoramiento de las disciplinas que nos interesan. El plan de 1880, en virtud del cual se crea la Facultad de Filosofa y Letras, norma que el tipo de estudios relacionados con la lengua, dejen de ser ctedras menores. Antes de esta fecha, slo servan como un bachillerato, de trnsito a las facultades mayores. Cuando los estudiantes de la Universidad se reciban de su grado de doctor, se realizaban unas ceremonias festivas llamadas vejmenes en que se componan unas dcimas (“versos o dcimas, como los llamaban los viejos habaneros” dice Bachiller)8 destinadas a ridiculizar los defectos de los doctorandos, de modo que no se envanecieran de la posicin alcanzada. Estos vejmenes tienen importancia como testimonio de los usos lingsticos acadmicos del siglo XVIII, porque en ellos se mezcla indiscriminadamente para lograr el efecto humorstico, el latn y el espaol. Sobre uno de estos vejmenes nos da un ejemplo Bachiller en sus Apuntes para la historia

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34de las letras y la instruccin pblica en la Isla de Cuba ”: T, cuyo ingenio profundo se remonta tan gigante que, superpennas ventorum, como ninguno, volavit.9En el reglamento, todos los profesores y directivos de la Universidad llevaban tratamiento de don, pero, como evidencia del prestigio que asignaban al latn, solan agregar referencia a su empleo en esa lengua (medicus, decanus, rei prothomedicatus, etctera).10En la dcada del noventa del sigloXVIII, Jos Agustn Caballero, quien se haba doctorado en Teologa por la Universidad en 1788, abogaba por una reforma de la enseanza que permitiera, entre otros muchos aspectos, ir introduciendo a los discpulos “algunos rudimentos de la lengua espaola” al ensear la gramtica latina,11 y en general por el estudio de la lengua materna y su empleo en el dominio de la escuela. El rector de la Universidad por aquella poca, fray Jos de Caldern, realiz reflexiones sobre los mismos asuntos, que no encontraron consenso prctico. La costumbre de utilizar el latn en las clases, no obstante, se haba ido abandonando, para regresar con fuerza en 1831, cuando se lleg al ridculo extremo de obligar a hablarlo en clase. Antes de esta fecha, por ejemplo –segn nos cuenta Bachiller–, el examen de ingreso de latn estaba excusado si se presentaba una certificacin de latinidad, firmada por cualquier lector de gramtica, pero a partir de entonces se exigi puntualmente. Esta decisin significaba un recrudecimiento del escolasticismo. Pero, como dice nuestro sabio pueblo: el que invent la ley, invent la trampa: la consecuencia fue el incremento del nmero de estudiantes de Filosofa, porque esta materia se sigui enseando en castellano.12En cuanto a la atencin directa a los estudios especficos, la Orden 266 de 1900, ya a las puertas del siglo XX, con la intervencin de los Estados Unidos y el Plan en que Varona tuvo un papel protagnico, se establece la asignatura de Lingstica general y Filologa. Uno de los aportes de Dihigo a la organizacin docente fue13 el fundamentar la necesidad de separar ambas materias, tanto por el carcter y amplitud de sus objetos de estudio, como por las necesidades de explicacin y evaluacin de cada una. Al hilvanar su argumentacin, Dihigo expresa un punto de esencial importancia, no comprendido todava hoy. Dice Dihigo: “Todos los idiomas son del dominio de la lingstica, aun los ms incultos, hasta el habla de los pescadores de las islas Aleutinas, por su filosofa y riqueza”. Este modo de enfocar la ndole esencial de las lenguas como instrumentos del pensamiento y como lenguas histricas en el sentido de Cosseriu se nos presenta hoy con ropaje de novedad, cuando esta fue la forma que dio a su argumento Dihigo, hace ya 102 aos. Probablemente los hechos de ms repercusin, para lo lingstico que despunta en la Universidad de La Habana, en pocas ms recientes sean, de un lado, la creacin, en 1908, de un laboratorio de Fontica experimental –el primero de su clase en Amrica Latina– siguiendo los dictados del abate Pierre Rousselot; y la fundacin de la

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35Revista de la Facultad de Letras y Ciencias (1905-1930), por el papel que esta desempe en la divulgacin de las ideas lingsticas de Cuba y el extranjero. El laboratorio dispuso de lo ltimo en adelantos cientficos, y fue concebido para dar un vuelco a la docencia universitaria hacia lo prctico y experimental. Mercedes Labourdette, en una obra callada que merecera ser desempolvada del olvido, continu el trabajo de Dihigo en este y otros afanes. Sera de inters, tambin, indagar acerca de los cambios en los planes de estudio de una poca a otra, como evidencia de las teoras que se toman en cuenta y las transformaciones en los modos de pensar esta disciplina. Por ahora, se puede afirmar que, aunque no en una trayectoria lineal, se fue reforzando el peso de las materias lingsticas, antes desplazadas por las filosficas primero, y por las literarias, despus y se fueron incorporando las orientaciones ms novedosas, como ocurri con la sucesiva presencia de la lingstica histrico-comparada, el estructuralismo, el generativismo, la gramtica funcional, la lxicogramtica o la sociolingstica, en nuestras aulas. Este impulso, en las ltimas dcadas, no me cabe duda en decir que se debi, en buena medida, al saber, la conviccin, la energa y la empeada presencia de Ofelia Garca Cortias. Tampoco puede olvidarse la referencia y la gua que nos dej el entraable Leandro Caballero. Estos nombres nos dejan ver que, aunque ciertos “dichos y hechos” pueden explicar momentos del movimiento lingstico de la Universidad de La Habana, ser en la obra personal de algunos universitarios donde encontraremos mayores aportes. Por eso, vamos a hablar de una de las figuras de esa contribucin: Raimundo Lazo. b) Personalidades: Mucho se habla de Raimundo Lazo Baryolo (19041976) como historiador de la literatura hispanoamericana, de la cual escribi textos que guiaron a los estudiantes universitarios durante dcadas. Sin embargo, es menos conocido que Lazo fue destacado profesor de Historia de la lengua espaola (a partir de sus oposiciones a esta ctedra en 1937), y que public algunos trabajos, claves para su poca y circunstancia, que ayudaran a comprender los cauces de la lingstica –particularmente de la lingstica histrica– desde nuestra ptica particular como americanos y cubanos. El ejercicio docente de Raimundo Lazo lo conocemos a travs de las notas de clases que tom uno de sus alumnos y que con el ttulo de la asignatura: Gramtica histrica de la lengua espaola reprodujo en mimegrafo para uso de sus condiscpulos. El curso incluye su importante “Teora de los americanismos”, trabajo clave, que aparece ms desarrollado en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias en ocasin del jubileo por los cincuenta aos de Dihigo como profesor universitario. Tanto el curso, como el artculo nos permiten ver, como aspecto sobresaliente, el discurso metalingstico de Lazo, en cuanto a la variacin que representan los americanismos respecto de las formas estndares. Ese discurso, de otro lado, nos ofrece datos en torno a la historia de la conciencia metalingstica en la institucin universitaria

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36habanera, al tiempo que nos da testimonio de fenmenos concretos de variacin,14 en un momento de la repblica neocolonial en que, despus de las contradicciones agudizadas con la dictadura de Machado en la dcada del treinta, se produce un mayor consenso, a partir de la Constitucin del 40, lo que favorece el mayor desarrollo del pensamiento nacional,15 y la discusin sobre la cubanidad,16 que afecta directamente a la lengua. Consideremos, por otra parte que, en lo lingstico, ya para esta poca estn fuertemente establecidos los estereotipos devaluativos de lo americano en general y de lo antillano en particular, como lo indica el cuestionamiento del andalucismo del espaol de Amrica17que hace Lazo en su clase, siguiendo el modelo de Amado Alonso. En este contexto, Lazo no duda, sin embargo, en incluir en su curso de lingstica histrica un acpite titulado “Influencia de las lenguas americanas. Sus causas. Su materia”. All, da cuenta de la variacin regional, a partir de la comprensin de los factores que la motivan: un factor fsico-geogrfico (por la vastedad del territorio y la falta de comunicaciones); uno socioeconmico (por la ndole de sus productos bsicos, por ejemplo), y uno sicolgico (preferencias, tendencia a la brevedad y simplificacin) en lo cual se evidencia el enfoque sociocultural de su anlisis. Estos factores dan lugar a una variacin en los diferentes planos y niveles de la lengua, y por tanto podr hablarse de americanismos lxicos, a partir de la base del espaol americano segn sus fuentes: lenguas indgenas (antillana –arauca–, azteca, quechua, maya-quich, guaran, mapuche) y lenguas europeas (francs, portugus, ingls, italiano, holands), de donde se advierte que Lazo considera lo hispnico (lxico heredado segn terminologa actual) a lo cual se aaden los dems elementos del lxico adquirido (prstamos) y multiplicado (creaciones internas por derivacin y composicin).18 Pero tambin americanismos fonticos: tratados en trminos de “matices” y “tendencias”, en que Lazo hace inventario de fenmenos hoy generalmente aceptados, como yesmo, aspiracin de -s, seseo; americanismos morfolgicos, relativos a fenmenos de seleccin singular de morfemas nucleares o flexivos y de combinacin de morfemas derivativos, pero segn los mismos procedimientos establecidos por la lengua;19 americanism os semnticos: resemantizacin de vocablos, en todas sus variantes: metaforizacin, ampliacin, restriccin y cambio de valor; y finalmente americanismos sintcticos, a partir de dos tendencias: simplificacin y adaptabilidad a las influencias nuevas. Al enumerar los usos que se dan como singulares del espaol americano, Lazo da testimonio de los rasgos que han sido estigmatizados por la tradicin. Esta manera de ver supone que Lazo ha revisado el concepto de americanismo en uso (“elementos de expresin de los americanos que hablan la lengua espaola”), ha impugnado la definicin del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Espaola (1936-1939) y ha criticado el dictado de localismos o provincialismos que se sola aplicar a todos aquellos americanismos lxicos que no hubieran pasado al fondo gene-

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37ral del espaol, o de incorrecciones gramaticales a otros fenmenos no considerados por la norma acadmica. El desarrollo de los estudios lingsticos ms modernos haca ver la relacin entre la lengua y la sociedad como proceso que transcurre de modo continuado y en diferentes grados a travs de la historia. Por eso, en pro de la “exactitud cientfica” Lazo presenta como un hecho lgico que la impronta de la sociedad colonial hubiera repercutido en todos los niveles y planos de la lengua. As, propone, de modo consciente, una definicin ms abarcadora de americanismo desde el punto de vista lingstico, no como “elementos de expresin de los americanos que hablan la lengua espaola”, sino como “elementos americanos del espaol”. Qu significa este cambio que en un anlisis superficial parece una sutileza lingstica? Pues nada menos que considerar los elementos regionales como patrimoniales del espaol, dentro de sus superdialectos –para decirlo con terminologa de Montes Giraldo. Para llegar a este concepto, sin embargo, Lazo no ha pasado por alto la dificultad que significa hablar con trminos tan generales como americanismos y espaol americano precisamente por la variedad geogrfica, histrica, econmica y social del interior de Amrica, y por las diferentes lenguas de contacto. Adems de la variacin territorial tambin se advierte la conciencia de la variacin sociolectal, atendida desde las tres tendencias que ve en el comportamiento general del espaol americano, de las cuales la primera sera su tendencia democrtica, sustentada en el predominio de elementos vulgares en la etapa de las islas, la nivelacin normativa y la cultura y clase social de los primeros pobladores. Las otras dos tendencias del espaol americano seran la sntesis (nivelacin de las hablas de los conquistadores provenientes de diferentes regiones hispnicas, bajo peso relativo de la norma modlica centro-norte-hispnica, mezcla y trasiego de elementos de otros orgenes y caractersticas); y la libertad y el neologismo (que se advierte en la “multiplicacin de derivados, en la modificacin e invencin de modismos, en la adopcin de construcciones nuevas y de expresiones inusitadas”) y se relaciona con las peculiares necesidades, influencias y condiciones de vida de este lado del Atlntico. Esta conceptuacin, sin duda alguna, tiene que ver con los nuevos modos de enfocar la entidad lingstica y sus modelos, presentes en Lazo. Es cierto que en cuanto a las dos primeras tendencias no es original la proposicin de Lazo, pero el lograr hacer la generalizacin, y el aceptar como legtima la tercera tendencia que enuncia s representa, a nuestro juicio, una postura diferente. En este sentido, Lazo aborda la “pauta de referencia del buen uso” como magnitud a la vez regional y social,20 desde una perspectiva americana y por tanto subversiva tanto de la ndole de la conciencia idiomtica, como del ideal de lengua.21 Qu significa esto? Que ms all de la estructura de la lengua, que no es uniforme, lo que constituye la unidad de una lengua histrica –entendida con Cosseriu como conjunto de tradiciones

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38del hablar–, es la “conciencia de hablar una determinada lengua” (es decir, la conciencia idiomtica) y la “bsqueda de modelos de habla prestigiosa” (es decir, el ideal de lengua).22 Para Lazo, la conciencia de hablar el espaol del americano incluye su propia variedad regional, en pie de igualdad con otros geolectos, y, sobre todo, que los modelos de habla prestigiosa aparecen como ms variados y heterogneos que los representados por la tradicin hispnica. Ello significa, adems, que Lazo toma partido en la polmica unidad/diferenciacin de la lengua espaola a favor de la unidad sustancial, de modo que los llamados localismos ataen solo a una distribucin geogrfica de fenmenos que no desdicen la existencia de una entidad reconocida por sus hablantes, y de la cual forman parte. De ah su reticencia a considerar “dialectos” las variedades de la lengua espaola en Amrica y la ponderacin de los matices diferenciales. Al respecto comenta: “Algunos autores, como Caro, han credo posible la existencia de un dialecto argentino pero no es as”. Esta ltima idea justifica el proceder metodolgico que propone para legitimar una forma: determinar a qu zonas geogrficas alcanza un elemento (mexicanismo, cubanismo…) y medir qu difusin social tiene (americanismo propiamente, vulgarismo), as como en qu momento del cambio se est (avanzado o no). Queda, en consecuencia, en tela de juicio, el valor regulador de una variedad regional en detrimento de otras y se desautoriza al sujeto portador de esa variedad modeladora como “rbitro idiomtico”.23 No obstante, no pierde ocasin de tratar las diferencias como mnimas y relativas a las variedades subestndares: “Todas sus peculiaridades (del espaol americano) pueden reducirse a arcasmos a veces petrificados desde el siglo XVI, a vulgarismos, a la matizacin indgena y a veces hasta a barbarismos24 como: delante mo, delante suyo, etctera”. En estas palabras se refleja la variacin diastrtica con una evaluacin estigmatizante, y en esta otra frase se identifica el papel de la evaluacin en el cambio: “La influencia de la cultura impedir, no obstante, que los barbarismos lleguen a afianzarse”. En un curso como el que comentamos, de lingstica histrica, desde luego, desempea un importante papel la variacin diacrnica. Dentro de la conciencia de la variacin regional, Lazo da cuenta de la variacin debida a la dialctica vitalidad/obsolescencia de los elementos. Comenta el proceso de arcaizacin y consecuente eliminacin de elementos cuando estos chocan “con las circunstancias novsimas” de la vida del americano, “tan distintas de las del medio peninsular”, de modo que se enfoca la variacin con un criterio de funcionalidad. Respecto de la variacin relacionada con el canal (oral/escrito), hay menciones a la necesidad de establecer la diferencia entre estas variedades, as como al interior de cada una de ellas, con la siguiente terminologa: literaria, no literaria, popular, erudita, vulgar, con lo que de hecho se refiere a formas mayoritarias y minoritarias, de las cuales las primeras son mejor sancionadas que las otras. En la dinmica de la variacin regional, la evaluacin de las

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39variedades se produce, igualmente, a partir de su peso demogrfico, que permite un incremento de la productividad: “el centro de vitalidad del idioma tiende a desplazarse hacia el occidente”. Hemos visto, en resumen, que Lazo presenta muchas formas de la variacin, pero no con sentido correctivo. Entonces, si su sentido no es correctivo, en la bsqueda del bien hablar, la reflexin sobre la variacin, a qu responde en el curso de Lazo. La conclusin de Lazo es identitaria: los americanismos no son “[...] valores invariablemente secundarios condenados per se al estril aislamiento provincial, sino valores reales o potenciales del patrimonio general de la lengua. Y dentro de la unidad de sta (sic), comunican al espaol en Amrica una fisonoma” singular, legtima para quien “[...] escribe o habla naturalmente, de acuerdo con nuevos y muy diferentes modos de pensar y de vivir”. A diferencia del sentido correctivo que ha matizado este tipo de acercamientos, y que los sigue caracterizando, el anlisis de la variacin en Lazo va hacia el reconocimiento de modalidades hispnicas en Amrica,25y hacia conclusiones de gran modernidad en torno a que los rasgos ms alejados de la norma prescriptiva se producen en las variedades subestndares: as las germanas, las jergas carcelarias, son fuentes de americanismos. Sin embargo, cuando se trata de americanismos sintcticos los refiere a la lengua literaria, aunque tambin pueden hallarse en la vulgar, y entonces aparece la declaracin de legitimidad: “Si no se siguen ciertos criterios puramente gramaticales de puristas, hay que reconocer que algo ms que solecismos ha dado Hispanoamrica a la sintaxis de nuestro idioma”, y otro tanto ocurre con las paremias “de creciente vitalidad”, clasificadas como americanismos de expresin. El criterio articulador es el de la cultura, capaz de “uniformar la lengua”, lo cual tiene una consecuencia a la vez coactiva (“que impide que la lengua se desarrolle libremente”) y modlica, pero al mismo tiempo fuente de las novedades, de las notas singulares del espaol americano, pues slo en funcin de ella, de la cultura americana, se puede comprender cabalmente, por ejemplo, la etimologa de la primera voz indoamericana que segn Lazo pasa al fondo general del espaol: hu-ra-cn, “dios de un solo pie”. Esta perspectiva regional, que insuflaba nuevos bros a la imagen del espaol americano, deteriorada por el etnocentrismo europeo, tiene que haber rendido frutos entre los educandos que pertenecan a una realidad distinta, aunque relacionada, con la de la “madre patria”, porque era el resultado de una revisin terica, de una observacin detenida de materiales lingsticos propios y porque se profesaba en el contexto de una clase que aspiraba de alguna forma a escapar del magister dixit y a polemizar sobre cuestiones no resueltas. A todo este clima de cambio contribuyeron, desde momentos anteriores al curso de Lazo, las publicaciones universitarias. c) Publicaciones: A partir de la poltica de Carlos III, llevada en Cuba sobre todo por el gobierno de Luis de las Casas (1790-1796), se foment la creacin de las llamadas sociedades

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40patriticas, como la de Santiago de Cuba (1787) y la de La Habana (1793), que se proponan una labor de desarrollo educativo, cientfico y cultural en general. A la de La Habana se le atribuye la fundacin de instituciones como un jardn botnico (1817), la academia de pintura, dibujo y escultura (1818) y la de msica, una biblioteca pblica (1793), y reiterados esfuerzos por la reforma de la instruccin pblica (1795, 1816…). Pero lo que ms interesante resulta para nosotros es la fundacin, por empeo de esta sociedad patritica, del Papel peridico de la Havana (1790), el primer rgano de su tipo en el pas, y con el cual se considera fundado el periodismo en Cuba. La importancia del Papel … y de otros rganos de prensa que lo sucedieron, como la Revista Bimembre Cubana (1831-1834) (tambin a cargo de la sociedad patritica), la Revista de Cuba (1877-1884) o su sucesora la Revista Cubana (1885-1894), entre muchos otros que pueden citarse, es que constituyeron, en su momento, el canal idneo para difundir la informacin ms novedosa, frente al complicado y lento proceso editorial de los libros. Como de otras materias, las revistas se convirtieron en medios para dar a conocer los adelantos en la lingstica, y las polmicas y opiniones de los cubanos que, con mayor o menor especializacin, se dedicaban a ello. En la etapa que antecede a la revista universitaria que tomaremos como ejemplo, podemos encontrar en publicaciones de este tipo algunos datos: Por ejemplo, en la Revista Habanera en 1862 aparece un artculo titulado “El estudio del griego en la Universidad”, donde se asegura la utilidad de esta lengua para la formacin bsica de letrados, abogados y mdicos, as como para el propio conocimiento cabal de la lengua. Otro aspecto importante es que las personalidades con ms contribuciones lingsticas en estas publicaciones augurales, fueron universitarios de los ms sobresalientes en la cultura cubana, como es el caso de Antonio Bachiller, Felipe Poey y Enrique Jos V arona. Todo ello prepara el camino para el surgimiento de una importante revista, propiamente universitaria, la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias (1905-1930),26 de la cual se publicaron cuarenta volmenes. Creada una ctedra de lingstica y filologa en 1900, lgico era esperar que se reflejaran sus materias en la revista que abra sus pginas. De otro lado, la presencia de Juan M. Dihigo, como jefe de redaccin de la publicacin primero y como director despus (1917), garantizaba la actualidad, sistematicidad y profundidad de los temas lingsticos y filolgicos en ella. A travs de la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, la Universidad puso en el orden del da el aporte americano a la lengua comn, de un lado, y de otro dio a conocer los estudios particulares de las variedades regionales del espaol, tal como se presentaban en las obras de Rodolfo Lenz (Chile), Ricardo del Castillo y Alberto Mara Carreo (Mxico), as como Fernando Ortiz y Arturo Montori (ambos de Cuba). Se discuti en sus pginas la magnitud y la vitalidad del componente indoamericano de la lengua de Cuba, y ms novedoso an, el tratamiento del tema de la influencia lingstica subsaharana, como

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41por ejemplo cuando Dihigo comenta favorablemente el Glosario de afronegrismos. Pero dentro de todo este espritu cientfico y renovador hay trabajos que son clave, como “El habla popular al travs de la literatura cubana”, en el cual Dihigo, tomando textos literarios directos, logra documentar un grupo de rasgos caractersticos del habla popular cubana; “El movimiento lingstico en Cuba”, donde el propio Dihigo da cuenta de todos los trabajos que estuvieron a su alcance en los que se hacan anlisis sobre aspectos lingsticos, bien se tratara del espaol en general, de su variedad americana o cubana, o de cualquier lengua de la que se hubiera hecho un estudio conocido en Cuba; o tambin “El vocabulario de los nios cubanos”, artculo en que Alfredo M. Aguayo trabajaba con enfoques semejantes a los de la sociolingstica. El sentido crtico se desarrolla, y la revista se hace eco tanto de las impugnaciones a los excesos acadmicos –cuando la Real Academia de la Lengua Espaola (RAE) rechaza como ilegtimas o locales las formas americanas– como de la mencin a las obras producidas, a la luz de las nuevas teoras, mtodos y tcnicas, como es el caso de las revisiones de la obra lexicogrfica de Constantino Surez o de Pichardo. En relacin con el proceso de enseanza-aprendizaje de la lengua, la publicacin mantuvo esta preocupacin durante todos sus aos de existencia: ahora para explicar en las propias insuficiencias de la ortografa las faltas en que incurran los educandos; ms tarde para impugnar el aprendizaje memorstico de la gramtica; despus para discutir los pros y los contras de las lenguas clsicas como medio de aprendizaje del espaol, tal como estableca el mtodo histrico-comparativo. Sorprende encontrar en aquellas pginas tempranas, abordajes que tendrn su desarrollo ms adelante, como las consecuencias del contacto, la cuestin de la demografa de las lenguas, o el enfoque sociocultural de la variacin, aunque ello se haga con un metalenguaje incipiente, que responde a la inmadurez de la ciencia de este lado del Atlntico en el momento de produccin de la revista. Por ser acadmica, la publicacin se mantuvo, segn Elisa Garca,27 ms apegada a los moldes conservadores que otras, pero de todos modos se advirti en ella la tensin entre los temas, las teoras y las tcnicas del siglo XIX y del XX; se presentaron las novedades bibliogrficas europeas; se sentaron las bases para el desarrollo de la fontica experimental y comenzaron a verse los esfuerzos de abordar las variedades americanas como constructos identarios de un nuevo mundo. Para encontrar nuevos derroteros para la lingstica habr que esperar a su sucesora Universidad de La Habana (1934), nacida al calor de la creacin de la imprenta universitaria y del logro de la autonoma28 y que cont con un programa ms ambicioso y renovador que aquella de la cual se propona ser continuadora, pues buscaba dar cauce al pensamiento cubano y preservar el legado de los ms sobresalientes intelectuales y patriotas cubanos.29Entre sus promotores vale citar a Elas Entralgo, quien se mantuvo treinta y dos aos en el consejo de direccin

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42de la revista, y a quien se debe un trabajo de sociologa del lenguaje de tanto inters como “Apuntes caracterolgicos sobre el lxico cubano” (1941), y a Raimundo Lazo, a quien ya nos hemos referido. En cuanto a la organizacin y presencia de nuestras materias, si entre 1934 y 1966 aparecan secciones como “Filologa”, Filosofa-letras” y “Educacin”, que incluan anlisis de este tipo, es en 1967 que va a aparecer la lingstica con un apartado propio junto con la historia, y en 1975 como subseccin. En el perodo entre 1958 y 1999 la lingstica se ubica en el cuarto lugar entre las materias tratadas en la revista. Por eso, aunque numricamente pueda la temtica no estar tan representada como sera nuestro deseo, se encuentran artculos y ensayos medulares por varios conceptos. Tal es el caso de “El simbolismo en el lenguaje” de Alicia Mc Carthy (N 4, 1934), que explica el carcter de convencin social del signo lingstico; o “Sobre el lenguaje popular de Puerto Rico”, de Rubn del Rosario (N 14, 1937) en el cual valida el poder creativo lingstico de los jbaros y cmo esto irradia al resto de la sociedad, para dar ejemplos de un extremo a otro del espectro. “La pronunciacin americana de la z y de la c en el siglo XVI” (1939), es un trabajo de ese americano por adopcin que fue Amado Alonso, donde se niega el origen espaol del seseo americano, o al menos se arguye la falta de datos empricos a su mano para considerarlo como tal. Este artculo constituye bibliografa obligada para los estudios de documentos coloniales, por el modo de entender el proceso de nivelacin y simplificacin. Dice Amado Alonso: “Decir modo americano no es decir homogeneidad, sino precisamente complicacin propiamente americana, que no se explica sin ms por la mera procedencia regional de los espaoles aqu instalados” (N 23, p. 80). En los sucesivos nmeros se incluyen repertorios lexicogrficos, homenajes a figuras, bibliografas y reseas crticas de libros nuevos, tal como se haca en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias Merece una mencin especial el nmero extraordinario de 1941, publicado para celebrar los cincuenta aos de Dihigo como profesor universitario, en el que se recogen, adems del citado “Apuntes caracterolgicos sobre el lxico cubano” en el cual se documenta cubanear la presencia de chivo en las paremias cubanas, o la productividad de los campos lxicos relacionados con el sexo y la sensualidad, entre otros; artculos de fundamentacin metodolgica y terica como: “Las ventajas del mtodo histrico-comparativo en la enseanza de la lengua latina” de Adolfo de Aragn y la “Teora de los americanismos” de Lazo ya citada. Como en muchos aspectos, el ao 1959 significa un punto de cambio, un incremento de la aparicin del tpico lingstico en Universidad … La mencin a figuras de primer orden mundial en este campo: “Tendencias estructuralistas en la Lexicologa actual” (N 154) de Werner Bahner; “Apuntes sobre los principios de la escuela lingstica de Praga” de Josef Dubsky (N 170); o de polmicas tericas “El snscrito no es la primera lengua de la humanidad” (N 173), dan fe de ello, as como la presencia de in-

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43vestigaciones ms concretas como las relativas a lo que hoy llamaramos colocaciones y otros tipos de estructuras no fijas. Esta efervescencia significa retomar de alguna manera el espritu renovador de la aproximacin lingstica que haba existido en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias Es muy significativa en esta poca la presencia de artculos en que se estudia la relacin entre la lengua y la sociedad, como “Las palabras claves del lenguaje contemporneo” (N 160, 1963) o de corte filosfico como “Lingstica y materialismo dialctico” de Marcel Cohen (N 161-162, 1963) y los hay de corte sico y sociolingsticos, a tono con el momento que se vive en la lingstica mundial. Ciertos trabajos aparecidos en la revista abrieron el cauce de la relacin entre lingstica y literatura, las reas de interseccin entre ellas (“Teora de los tiempos verbales” de Justo Nicola, N 198-199, 1973), de lo que derivaron interesantes aplicaciones. El “Habla popular cubana” (N 159, 1963) es objeto de atencin en su singularidad, por ejemplo en cuanto a la resemantizacin del lxico vinculado a la industria azucarera, a los eufemismos y otras formas indirectas para referirse a la raza, as como se ofrecen datos curiosos como que el “primer patronmico local” (p. 97) fue camageyano. Pero el espaol cubano empieza a verse cada vez ms vinculado a sus entornos ms inmediatos, con un enfoque sociocultural, como en “El desarrollo del castellano en Espaa y del espaol en Amrica” (N 170). Tambin es objeto de inters la enseanza de idiomas, sus principios y metodologas (N 172), en el entendimiento de lo que la lingstica le aporta. Tomados en un sentido estrecho, de 1934 a 1956 se encuentra apenas de uno a cinco asientos, mientras que en la etapa de 1957 a 1995 se documentan unos 100, de corte terico, histrico, de criollstica, presentacin de figuras y libros, y de anlisis lingstico de textos literarios. La revista ha servido, adems, como plataforma para la presentacin de proyectos, y ha sido el sitio donde aparece por primera vez la obra de profesores que han hecho aportes a los estudios lingsticos cubanos. Las revistas universitarias, como se ha visto, han acompaado el proceso de maduracin y puesta al da de estos estudios en la institucin docente, y han permitido que se socialicen tanto las nuevas teoras como las particulares visiones de cubanos y universitarios al respecto. Es de destacar la presencia de artculos escritos por jvenes, en el proceso de desarrollo de sus investigaciones, a lo largo de toda la historia que reseamos, entre los que puede citarse el inaugurador trabajo de Mercedes Dubed (N 217, 1982), “La lingstica cubana en la primera mitad del siglo XIX”. Aparte de los artculos que deseamos continen presentndose en la revista Universidad de La Habana es posible considerarla tambin como fuente en la que se hallan documentos de inters lingstico, como pueden ser las cartas escritas por dos testigos del segundo viaje de Coln, la solicitud del dominico Diego Romero para la fundacin de una universidad en 1670, o los fragmentos de Diario de soldado de Fermn Valds Domnguez, por slo citar tres de los ms interesantes.

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44Como la lingstica histrica se relaciona cada vez ms con todos los enfoques del estudio lingstico: sociolingstica, lingstica supraoracional, pragmalingstica…, la existencia de documentos aprovechables se convierte en una fuente importante de conocimientos tanto acerca de los cambios como de los rasgos perceptibles en la sincrona, por lo cual dedicamos un aparte a los documentos en la Universidad de La Habana. Estos se encuentran, como hemos visto, en las revistas, pero sobre todo en nuestro Archivo Central. d) Documentos: En el Archivo Central se localizan expedientes de fecha cercana al momento de apertura de la Universidad. De ellos, pueden elegirse corpus y muestras amplios para el estudio lingstico del siglo XVIII. Asimismo, se encuentra abundante documentacin del siglo XIX. Son de inters los documentos de carcter petitorio (pedir), los probatorios (documentar) y los dispositivos (mandar)30que constituyen la mayora de los folios en los expedientes. Los documentos petitorios del XVIII, por ejemplo, dirigidos al rector de la Universidad o a una autoridad gubernamental, insertan dentro de ellos o se relacionan con otros, de carcter probatorio y dispositivos no formalizados, con rdenes concretas. Los documentos petitorios en nuestro caso son cartas, bien de los interesados individuales, matriculados en la Universidad o que desean hacerlo, de familiares suyos, o de autoridades gubernamentales o acadmicas en que se recomienda a quienes corresponde acceder a la peticin formulada por aquellos. Los documentos de carcter probatorio, vinculados generalmente con los primeros, son semejantes a las informaciones en que se acumula una serie de pareceres de testigos (declaraciones)31 obtenidos como respuesta a un interrogatorio, que se fijaba por escrito ante una autoridad32 y certificaciones de bautismo del peticionario, de matrimonio de sus padres, de estudios cursados, etctera con todo lo cual se conformaba el expediente del educando, para dar el documento o la autorizacin correspondientes, a peticin de parte. Con ello se obtienen hoy muestras de tipos documentales diferentes, aunque relacionados, caracterizables en su singularidad epocal tanto diplomtica como lingsticamente. Los documentos pueden aparecer antecedidos de una invocacin simblica: una cruz que muchas veces ya no puede ni identificarse como tal, de tan sabida y rpidamente que se escribe, y que significa que para comenzar el procedimiento se invoca a Dios. Se destacan, adems, las presentaciones (Da Maria Luisa Almirante vecina desta ciudad muger lexitima que fue deprimero matrimonio de DnPheliphe Serrano difunto), las frmulas de cortesa (como mejor proceda), las frmulas de direccin (ante vssa; ante V S Rma.; ante V.R.ma; ante VSRma.), y las frmulas de juramento (es Justicia que pido y Jrolo Necesario). Para ingresar a la Universidad era necesario certificar limpieza de sangre y buenas costumbres. As lo muestran nuestros documentos que contienen series de pareceres, que son documentos de inters por s mismos, bien sean cer-

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45tificaciones o declaraciones en los traslados de actas. Como vemos, an sin haber entrado prcticamente en el campo de la lingstica, ya hemos obtenido gran cantidad de informacin de carcter histrico y cultural que tiene su expresin lingstica. Por ejemplo, en la presentacin de los testigos, nos inquieta la correspondencia de alguna variable con el tratamiento de seor don, ms sus cargos, profesiones u otras distinciones para algunos testigos, mientras otros slo reciben tratamiento de don, algunos incluso son presentados con sus nombres y apellidos. Asimismo, recibimos informacin sobre los antropnimos, tan distintos a los de nuestra poca, casi siempre conformados por dos o ms nombres, que podan ser de diferente gnero e incluir relatores o no. Los requerimientos de limpieza nos llevan a los campos lxicos de familia, razas y religiones como clasificadores humanos, y en este sentido es de inters que las series, y su ordenamiento, no son estables: la mayora no incluyen en la relacin ni a los negros, ni a los gitanos ni a los berberiscos, pero s a los moros y los judos, y mayormente a los indios y los mulatos. Igualmente se pueden elaborar los campos de las dignidades gubernamentales y eclesisticas existentes en la colonia. En la ortografa nos llama la atencin el encontrar el topnimo de La Habana escrito con uve en el siglo XVIII, y si seguimos en documentos de la misma fuente habr que esperar al siglo XIXpara encontrarlo de nuevo con b,33 pero podemos asistir tambin a todo el proceso de alternancias de una forma y otra. Se documentan abundantes casos de seseo ortogrfico y un probable caso de yesmo: “ como mas alla lugar en dro paresco ante Vmo” entre los expedientes que revisamos. En los cuatro expedientes en que nos hemos detenido ms, se observa que quienes pretenden ingresar o documentan alguna relacin con las instituciones que ampara la Universidad de La Habana son ya nacidos en Cuba, y dos de los individuos tienen antecedentes cubanos –habaneros– por la va materna hasta la segunda generacin en un caso y hasta la cuarta en otro. Casualmente, o quiz no tanto, este ltimo es el ms pobre de todos, quien pide que le confieran el grado de doctor sin costo. Lingsticamente esto es importante porque habra que revisar si la condicin de habaneros se refleja en los documentos que escriben o dictan, con algunos rasgos que no aparezcan, o lo hagan con diferente frecuencia, en las personas de otro origen. Los documentos son en general muy formales y llenos de estructuras prehechas, traspasados por las tradiciones textuales de lo jurdico-administrativo, pero es en el expediente de una mujer donde menos se siguen los requerimientos estructurales y formularios del documento, mientras que en el de la persona quizs ms rica y poderosa, que blasona de un linaje de capitn de batalln de voluntarios, es donde los textos estn ms apegados a aquellas tradiciones textuales. Si se comparan nuestros documentos con otros de carcter jurdico de los siglos XVI y XVII, se observa que tanto su estructura como sus formas son arcaicas, lo que nos conduce a pensar en la pervivencia (y renacimiento) en el recinto universitario de modelos diplo mticos

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46y lingsticos prestigiados por su tradicin, pero probablemente poco funcionales para nuestras necesidades, cuando no obsoletos en la propia metrpoli. Vemos que en ambos tipos textuales (petitorio y probatorio) se destaca la repeticin del dicho cohesivo, la presencia de estructuras V+y+V: sabe y le consta, es y ha sido ha havido y ay ; A+A: casada y velada pblico y notorio y otros semejantes: visto y conosido cuya funcionalidad habra que desentraar. Las inseguridades se revelan en casos de alternancia o hipercorreccin, discordancias y otros fenmenos de falta de cohesin. Si nos vamos al siglo XIX, al expediente del joven alumno de diecisiete aos que fue Ernesto Juan Miguel Dihigo Mestre, vemos que entre la pomposidad de las formas de tratamiento usuales en sus cartas al rector, o las inmadureces de su formacin visibles en los casos de quesmo, discordancias y seseo grfico; entre los rasgos “que le puso su poca”, como el tratamiento de vuestro os respetuosos; hallamos finalmente al testimoniante, todava ingenuo, de su variedad, como cuando emplea el uno genrico: “ por muchas que sean las disposiciones de uno ”, y al hablista que ser, en su preferencia por la sencilla primera persona antes que el plural que afecta modestia, o en sus reflexiones sobre la validez de los tecnolectos, y en general sobre su ideal de lengua.ConclusionesEn la historia primera de la Universidad de La Habana, no cabe duda de que predomin el carcter dogmtico y escolstico de los estudios y de las aproximaciones a las diferentes disciplinas. No obstante, en una institucin que lleg a ser “cubana por la nacionalidad de profesores y alumnos, espaola por la estructura educacional y de gobierno, y elitista” por el nivel social de los que accedan a ella,34 algo tuvo que ir cambiando para que de all saliera un grupo de los transformadores sociales de 1868, 1895, 1920, 1930 y 1959. Lo nuevo no surge de la nada. Se forja del trabajo continuo y cotidiano de numerosos factores y fuerzas. Otro tanto tiene que haber ocurrido con la profundizacin del papel de la Universidad en la lingstica cubana: tuvo que estarse gestando, lentamente, durante dcadas. Una cosa s es cierta: nuestro ttulo no era exacto. No se trata de 280 aos, sino, en el mejor de los casos, de 165 aos a partir de la secularizacin que va despejando un camino, o en el peor de ellos de alrededor de 110 aos, en que empiezan a producirse verdaderos trabajos, cuyo peso permita llamarlos de lingstica. De otro lado, la obra lingstica de la Universidad de La Habana durante mucho tiempo es la intencin y la voluntad de figuras individuales y anticipadoras, pero merece el dictado de corporativa en la medida en que son representativas de la institucin sus publicaciones, por el diseo de sus objetivos y programas de intencin didctica, cientfica y cultural en general y por el cumplimiento exitoso de ellos. En este sentido vale destacar la revista que ha cumplido ya 103 aos. En lo lingstico, la produccin universitaria, como quera Mart respecto de los estudios de alto nivel,35 no ha

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47perdido de vista lo popular, ni lo prctico; ha buscado teoras y posturas propias, en el dilogo con otras teoras y posturas; se ha modificado en consonancia con el tiempo; ha buscado la cientificidad y el vnculo con la realidad ms inmediata, y, sobre todo, ha mantenido la defensa del ser americano. Cabe desear que las nuevas obligaciones y la multiplicacin de los intereses no hagan que se pierda una tradicin cultivada por quienes con afn y dedicacin se han ocupado del desarrollo de la Universidad en las ramas humansticas. La cifra de los que concluyen esta especializacin, y la de quienes se mantienen laborando en ella nos hace abrigar algunas preocupaciones. Una tendencia de signo contrario sera la valoracin realizada por sus graduados de las maestras en Lingstica y Lingstica aplicada que se realizan en las facultades de Artes y Letras y Lenguas Extranjeras, pero las cifras de matriculados, de titulados y de quienes continan posteriormente hacia doctorados es todava muy pequea en relacin con las posibilidades. Pero esto se refiere al futuro, y de lo que hemos tratado aqu es de contar el pasado. Nacida en el siglo XVIII, la Universidad habanera tributar a la tradicin y al cambio, a lo espaol y a lo criollo, en la encrucijada de un proceso de cambios estructurales que darn lugar a la formacin nacional. Como la sociedad en donde se cra, su trayectoria lingstica no es lineal: est llena de silencios y alaridos; avances y estancamientos, pero alguno de los hitos que hemos tratado de mostrar nos convencen de que tiene su lugar ganado en esa historia, porque comprendi tempranamente lo cubano y lo americano en lengua, y lo defendi como legtimo. Para afirmarlo bastara un Dihigo, que para Cejador fue el “ms famoso de los lingistas americanos”36 de su poca, aunque como hemos visto, no slo hay un Dihigo, sino que hubo un Pichardo, un Bachiller, un Tortol, un Ortiz, un Lazo, un Entralgo y otros muchos, y est la obra colectiva, que espera ser estudiada. Para el recuento de lo hecho hasta hoy, valdra parafrasear a Dihigo cuando, en el prlogo de su Lxico cubano invita: si lo hecho resulta apro vechable, si se entiende adecuada al propsito la orientacin seguida, motivos tendremos para sentirnos satisfechos como cubanos, en la seguridad de que muchos, cada da, con inteligencia, seguro plan y mejores elementos a su alcance, habrn de continuar lo que hayamos comenzado.37Notas1 Las consideraciones de Torres Cuevas acerca de la Universidad de La Habana han sido extradas, esencialmente, de: Armas, Ramn de, Eduardo Torres Cuevas y Ana Cairo. Historia de la Universidad de La Habana La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1984. vol. 1 (1728-1929), vol. 2 (1930-1978). Torres Cuevas, Eduardo. “La razn teolgica”. En En busca de la cubanidad. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2006. t. 1, pp. 63-77.2 Cejador, Julio. “Prlogo”. En Dihigo, Juan Miguel. Lxico cubano Contribucin al estudio de las voces que lo forman Habana: Academia de la Historia de Cuba, Imprenta El Siglo XX, 1928. p. V.3 Ibdem, p. 83.4 Ibdem, p. 63.5 Tortol, Adolfo. La legitimidad gramatical de la pronunciacin hispanoamericana. Boletn de la Academia Cubana de la Lengua (La Habana) V:50; 1956.

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486 Dihigo, J. M. Op. cit. (2). p. 87.7 Es obligado considerar, como mnimo: las tesis de diploma de Diana Hernndez y Lorena Prez, “La lengua en la hemerografa cubana del sigloXIX” (1997), y de Elisa Garca; los trabajos de Historia de la lengua de los alumnos de tercer ao de Letras de los cursos 2004-2005 y 2005-2006; la investigacin de Dayami Quintana y Loisi Sanz, as como la investigacin de Arnaldo Rivero sobre la revista Universidad de La Habana.8 Bachiller y Morales, Antonio. Apuntes para la historia de las letras y la instruccin pblica en la Isla de Cuba Habana: Cultural S.A., 1936. t. 1, p. 259.9 Ibdem.10 Ibdem, p. 265.11 Ibdem, p. 305.12 Ibdem, p. 317.13 Estos datos han sido extrados del expediente administrativo de Dihigo, que obra en el Archivo Central de la Universidad de La Habana.14 Realizamos el anlisis segn el modelo seguido por Jos Luis Rivarola en su artculo “El discurso de la variacin en el Dilogo de la lengua de Juan de Valds”. En Oesterreicher, W. et al (eds). Competencia escrita, tradiciones discursivas y variedades lingsticas. Aspectos del espaol europeo y americano en los siglos XVI y XVII. Gunter Narr Verlag Tbingen, 1998. pp. 83-107.15 Ver Martnez Heredia, Fernando. 200016 Torres Cuevas, E. En busca de… Op. cit. (1). p. 281.17 Los datos son tomados del curso mimeografiado por el alumno O. Prez Daple, y del artculo recogido en la revista Universidad de La Habana correspondiente a 1941.18 La clasificacin es de Rafael Seco. Nosotros la hemos tomado de: lvarez de Miranda, P. “Problemas y estado actual de los estudios sobre historia del lxico espaol”. En Actas del VI Congreso Internacional de Historia de la Lengua Espaola. Madrid: ArcoLibros, 2006. t. 2, p. 1238.19 Estos son de mucha importancia, porque, al sealarlos, Lazo pretende demostrar que su grado de diferencia no es tal que podamos hablar de la existencia de otra lengua. De aqu se infieren dos cosas: que en la morfosintaxis est la ndole esencial de una lengua y no en su lxico, y que se trata de una cuestin de grados. Lazo dice explcitamente que si hubiera una morfologa particular “ya constituira un idioma distinto”.20 Rivarola, J. L. Op. cit. (14). p. 87.21 En “Biparticin dialectal del espaol” Jos Joaqun Montes Giraldo afirma: Hablo de “unidad idiomtica” porque es ya tesis generalmente aceptada que una lengua histrica no tiene unidad lingstica en el sentido de total uniformidad de su sistema estructural, interno, sino que lo que hace su unidad son bsicamente factores sociohistricos: conciencia idiomtica (conciencia de hablar una determinada lengua, cualquiera sea la modalidad en que esto se concrete) e ideal de lengua que lleva a buscar los modelos de habla prestigiosa en la forma literaria, culta de la lengua a la que se cree pertenecer y consecuente aceptacin de las normas prestigiosas de esta lengua. Referencia en lnea en el Congreso de la Lengua Espaola 2001. Tiene un antecedente en “La biparticin dialectal del espaol”. Boletn de Filologa de la Universidad de Chile 35:317-331; 1995-1996.22 Ibdem.23 Para el uso del concepto ver Rivarola, J. L. Op. cit. (14). p. 87.24 El subrayado es mo.25 Respecto de la fontica, por ejemplo, comenta: “Sin romper la unidad fontica esencial del idioma, los hispanoamericanos han creado en el espaol matices y tendencias, cuya persistencia, a despecho de la fuerza uniformadora de la cultura, permite considerarlos como innegables modalidades de la fontica hispnica”. (p. 41)26 Hasta en su formato, la publicacin estaba inspirada en el Boletn de la Real Academia Espaola y en la Revista de la Sociedad Lingstica de Pars (Vase, para todo lo relacionado con la revista Universidad de La Habana y sus antecedentes: Rivero Verdecia, A. La revista Universidad de La Habana en la cultura cubana. La Habana: Editorial Flix Varela, 2004. p. 30).27 Garca, Elisa. La lingstica como tema en la hemerografa habanera de inicios del siglo XX.

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49Trabajo de diploma, Universidad de La Habana, 2004.28 Rivero Verdecia, A. Op. cit. (26). p. 33.29 Ibdem, p. 36.30 Segn la tipologizacin lingstica de Andreas Wesch (en Oesterreicher, W. et al eds, Op. cit. (14). pp. 187-217), quien a partir de la clasificacin diplomtica de Jos Joaqun Real Daz ( Estudio diplomtico del documento indiano. Madrid: Direccin de Archivos Estatales, 1991), y los resultados de los estudios de linguopragmtica y lingstica supraoracional, entre otras disciplinas, divide los documentos administrativos y jurdicos de los siglos XV alXVII, que son los que trabaja, en las tres clases mencionadas.31 Wesch, A. Ibdem pp. 190-191. Real Daz, J. J. Ibdem, p. 8ss.32 Que, en nuestro caso, era el secretario acadmico o una autoridad delegada de la administracin de la ciudad.33 Como dice Bachiller que lo escriban todos en tiempos de Las Casas.34 Torres Cuevas, E. En Armas, Ramn de et al. Op. cit. (1). p. 210.35 Ibdem, pp. 206-207.36 Cejador, L. Op. cit. (2). p. VII.37 “A guisa de introduccin”. Ibdem, p. XII.Otros documentos consultados Universidad de La Habana. Libro jubilar de homenaje al Dr. Juan M. Dihigo y Mestre en sus cincuenta aos de profesor de la Universidad de La Habana. 1890-1940 ., Revista de la Universidad de La Habana, 1941.

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50 E n 1883 se produce un hecho trascendental en Cuba, por vez primera una mujer matricula en la entonces Real y Literaria Universidad de La Habana. Pese a las concepciones sexistas arraigadas en la mentalidad de la poca, este no fue un hecho fortuito, sino que marc el arribo de mujeres a la ms prestigiosa institucin de altos estudios. Sin embargo, desde 1728 los hombres asistan a la entonces Pontificia Universidad de San Gernimo de La Habana.1 Por qu se retarda la entrada de mujeres hasta un siglo y medio despus? Exista, acaso, algn tipo de prohibicin? Los primeros estatutos, encargados de normar la vida en el plantel, tuvieron un carcter excluyente al restringir el acceso slo a los hijos de las ms rancias familias criollas blancas, previa presentacin del certificado de “limpieza de sangre”. De este privilegio fueron exceptuados aquellos que tuvieran “tacha”, los judos conversos y los negros.2La consulta de reales cdulas, reglamentos y estatutos universitarios era muy explcita en los casos antes citados. Sin embargo, en relacin con las mujeres se produce un silencio que no ha sido explicado, cabal mente, por los estudiosos del tema. En todo caso, debemos remontarnos a la sociedad colonial de entonces y al estatus asignado a la mujer desde una perspectiva de gnero. El abandono que padeca el terreno educacional afect, de manera sensible, a hombres y mujeres de la Cuba decimonnica, quienes en su gran mayora, engrosaban las filas del analfabetismo, en esencia, debido a la despreocupacin de la metrpoli hispana. Aunque las fminas estuvieron afectadas por este mal, no obstante, existieron matices entre la realidad de una joven del sector dominante, cuya familia pagaba lecciones impartidas por institutrices francesas, profesores de piano o de equitacin y la de una mestiza que, a duras penas, costeaba la “escuela de amigas” o a “doctrineras ambulantes”. En los casos anteriores, aunque los estratos de procedencia diferan, en el corpus de materias impartidas rigi el espritu de que “[…] no poda haber en una mujer ciencia ms necesaria y agradable que las ocupaciones domsticas […]”.3 No obstante, los “Mujer que sabe latn, no puede tener buen fin”. Mujeres en la Universidad de La Habana en el ocaso colonial Yamilet Hernndez-GalanoProfesora de la Universidad de La Habana

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51estudiosos, del tema, al hacer referencia al tema femenino, hacen generalizaciones, como si ser mujer fuese un todo monoltico y compacto; cuando en realidad, el color de la piel, la capa social, la regin y el grado de escolaridad son variables que demarcan sensiblemente las experiencias de cada mujer, lo cual hace ms complejo el anlisis. A fines de siglo, el 65% de las mujeres blancas y el 93% de las negras carecan de instruccin. Los hombres haban sido beneficiados con una educacin ms integral; sin embargo, el 59% de los blancos eran iletrados, mientras negros y mestizos llegaban a la impresionante cifra del 95%.4Amn del amplio diapasn de realidades femeninas, de manera general, el otorgamiento de un estatus inferior y pasivo a ellas tiene sus races en un complicado proceso de construccin de gnero en un contexto colonial. A mi juicio, la educacin, en tanto medio de control social, fue la pieza clave mediante la cual nias y jvenes interiorizaban normas y valores, tales como la asuncin de un estado de supeditacin y el vnculo a tareas de escasa relevancia social. Los libros que circulaban en el mundo colonial y que lean las mujeres, a sugerencia de sus preceptores particulares, perpetuaban su subordinacin, ejerciendo gran autoridad sobre sus acciones y decisiones.5 De esta manera, tanto en las escuelas como en el seno familiar, aprendan reglas de comportamiento cuyo paradigma –la feminidad– era vista diametralmente opuesta a lo masculino. La censura ejercida por los padres, maestros y sacerdotes se sum al control de las mujeres. As, aprendan que la sensibilidad, el espritu de sacrificio y la contencin, eran conductas inherentes a su “frgil” naturaleza. Asimismo, se acua el mito de los “ngeles del hogar” y el de la “mujer demonio”, para sancionar o elogiar la vida privada de las damas. En cuanto al estatus jurdico, la legislacin colonial ejerci un papel rector que cercen su libertad de accin. Las fminas quedaban sujetas al arbitrio del poder masculino en el matrimonio, en la administracin de bienes y en la comparecencia ante un jurado.6Aunque los espacios de sociabilidad estaban normados segn la capa social y el color de la piel, las diferencias de gnero acrecentaban las barreras. La mujer blanca aristocrtica asista a bailes, reuniones benficas y a misa, pero el centro de su vida se limit al espacio privado, donde se enmarcaban las actividades denominadas como “propias de su sexo”. Mientras, en el mbito pblico, los hombres dirigan las actividades de “mayor prestigio social”, tales como los negocios, la poltica y la ciencia, negados a la mujer. Los planteamientos surgidos del romanticismo contribuyeron a exaltar la figura femenina y a enaltecer la belleza y la maternidad como sus nicos dones. De igual forma, aument su responsabilidad en el seno familiar, pues asumi el papel de educadora de los hijos y por consiguiente, creci el inters de mejorar el sistema educativo de nias y jvenes. Dentro de los representantes del pensamiento ilustrado, figuras tan relevantes como el presbtero Flix Varela y Jos Antonio Saco se sensibilizaron

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52con la educacin femenina al reconocer la relevancia que adquiran en la nueva sociedad, lo cual estaba en el espritu de sus ideas: “Uno de los atrasos de la sociedad proviene de la preocupacin de excluir a la mujer de la ciencia o al menos no poner mucho empeo en ello, contentndose, con lo que privadamente por curiosidad puede aprender, siendo as que el primer maestro del hombre es su madre y esto influye considerablemente en el resto de la educacin”.7A partir de la primera mitad del siglo XIX sobresale una serie de mujeres no representativas de su grupo social, pero s de una lite que adquiri una educacin privilegiada. Ellas trascienden por sus incursiones en el campo de la literatura, que les dio la libertad de crear un mundo propio y de canalizar cuestionamientos a su subordinacin. La historiografa recoge nombres ilustres como el de Gertrudis Gmez de Avellaneda, poetisa cubana que rompi con los arquetipos creados por el romanticismo. En momentos en que la irrupcin de la mujer en el campo de la literatura era censurada, se convierte en la precursora de un discurso femenino reivindicativo reflejado en sus obras.8Otras figuras que ostentaron una educacin notable fueron: rsula Prez de Escanaverino, Martina Pierra de Poo, Mercedes Santa Cruz, Luisa Prez de Zambrana, entre otras, las que en tertulias y asociaciones, bajo la gida de prominentes intelectuales como Nicols Azcrate y Domingo del Monte ganaron espacios de participacin. Ello conduce a una interrogante: Si existan mujeres excepcionales en los crculos de la intelectualidad, por qu no deciden estudiar en la Universidad? Es en este punto, an en discusin que, a mi juicio, los papeles de gnero, impuestos por el discurso hegemnico masculino entran en escena. La existencia de planteamientos similares a los de la Avellaneda, desde un feminismo de corte abolicionista, denunciaba la situacin preterida de los esclavos y las mujeres, lo cual no debe verse como un criterio generalizado. Las mujeres, en su mayora, asumieron su conducta tradicional. Por otra parte, si tenemos en cuenta que, paralelo a la impronta de una mentalidad sexista y el mal estado de la enseanza, la automarginacin ejerci efectos nefastos. Por tanto, las posibilidades reales de la existencia de mujeres con la disposicin de ingresar a la Universidad, sin una educacin a la altura de la poca, eran casi nulas. Ello quizs explique la ausencia de prohibiciones en los estatutos, al no reglamentar un fenmeno que en la prctica no ocurra. Cmo se explica que a inicios de la dcada del ochenta hubiese jvenes que vistieran la toga universitaria? La sociedad cubana, a la altura de su octava dcada haba cambiado sustancialmente. A partir de la implementacin de medidas, a raz de las cuales se organiza la sociedad civil, y se produce el impacto de la modernizacin tiene lugar la creciente participacin femenina en espacios antes vedados. Dentro de ese contexto, florecen las posibilidades de cursar estudios superiores, propiciados por importantes reformas en la educacin. En 1879, la creacin de la segunda enseanza para las adolescentes se convierte en uno de

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53los grandes hitos de la educacin de ese grupo social, cuya superacin culminaba en el nivel primario. Con la apertura del colegio “Isabel la Catlica”, bajo la tutela de Mara Luisa Dolz, este sueo cobra vida. A su vez, proliferan las preocupaciones en torno al tema, siendo notable la eclosin de centros educativos. En esa misma fecha, se inaugura el primer curso para mujeres en la Escuela de Artes “San Alejandro”, en el cual llegan a representar ms del 50% de la matrcula. Estos acontecimientos, aunque slo favorecieron a muchachas adineradas, tambin otorgaba becas a personas sin recursos y signific un cambio en los presupuestos sobre los que se eriga la educacin femenina. En esa direccin, Mara Luisa Dolz dio rienda suelta a una enseanza que, sin abandonar la tradicin, instruy a las nuevas generaciones con el fin de usar el conocimiento para la subsistencia familiar. El discurso de la Dolz trasciende en un contexto en que el trabajo asalariado era considerado nicamente para las capas medias y bajas.9Las alumnas graduadas del colegio de Mara Luisa Dolz mostraron inquietudes por continuar los estudios superiores y con el tiempo conformaron el conglomerado de maestras, profesionales y feministas de los primeros aos de la repblica.Las primeras mujeres de la Real y Literaria Universidad de La HabanaLa primera alumna en pisar el recinto universitario, luego de 117 aos de fundada la Universidad, no era de origen cubano, sino que se trataba de la barcelonesa Mercedes Riba y Pins, quien se inscribe en la carrera de Filosofa y Letras el 22 de mayo de 1883. Un ao antes, haba realizado estudios de bachiller en el Instituto de La Habana, cuando en Espaa estaba vigente una ley que restringa la asistencia femenina a las universidades y que en Cuba, al parecer, no fue puesta en vigor. Todo apunta a que la familia Riba prefiri quedarse en La Habana para que la hija continuara sus estudios.10Tres aos despus, la primera cubana en obtener el grado de Doctora en Farmacia, fue la cienfueguera Dolores Figueroa, quien concluye estudios en la isla, luego de haber matriculado en la Universidad de Filadelfia. All defendi una tesis sobre “El anlisis y descripcin de los baos minerales de Ciego Montero”. Tiempo despus, inscribe su ttulo en la Real y Literaria Universidad de La Habana donde contina realizando estudios hacia 1888.11En 1886, matricula Laura Martnez Carvajal y del Camino, convirtindose en la primera cubana en estudiar medicina. Dos aos despus, se licencia en Ciencias Fsico-matemticas. La joven haba cursado los estudios de la segunda enseanza en Espaa, pero debi trasladarse a La Habana debido a la ley de 1882, antes mencionada. Contar con el respaldo familiar fue un privilegio con el cual contaron unas pocas mujeres para desarrollar un futuro profesional. En tales casos se encontraban Laura Martnez y Dolores Figueroa, ambas impulsadas por sus padres, el primero mdico y el segundo, un prestigioso farmacutico emigrado.12Otra ilustre graduada fue Mara Luisa Dolz, de quien an se conserva en los archivos su tesis de licenciatura

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54en Ciencias Naturales.13 Su caso es excepcional, pues ya era una pedagoga de renombre, quien publicaba en los ms prestigiosos peridicos y se codeaba con lo ms notable de la intelectualidad. Su holgada posicin econmica le permiti el placer de los viajes, estudiar en universidades europeas y norteamericanas y tener acceso a las publicaciones ms recientes del mundo cientfico, permitindole conocer realidades vividas por mujeres de otros hemisferios. El grueso de las filas de universitarias se vio enriquecido con otros nombres, en los aos que mediaron entre 1888 y 1898, fundamentalmente en la carrera de Farmacia. En menor medida se ubican las estudiantes de Derecho, Ciencias y Filosofa y Letras.14Llama la atencin que las carreras estudiadas por esas jvenes no estaban relacionadas –aparentemente– con las actividades domsticas, la maternidad o las “labores de la aguja”. La pionera Riba Pins constituye una excepcin al inscribirse en una carrera de corte literario, que por entonces se consideraba acorde a lo femenino. La mayora incursion en estudios que en la poca estaban relacionados con saberes masculinos por tradicin: las ciencias naturales, la medicina, las ciencias fsico-matemticas, la farmacutica, catalogadas errneamente como “ciencias duras”. Realmente era una transgresin el estudio de la medicina y la farmacia? La respuesta es compleja. En el currculum de asignaturas de los colegios femeninos no estaban contempladas materias como la Qumica o la Anatoma, lo que signific un reto. Por otra parte, se exponan a conocimientos vedados al “sexo dbil”, como la diseccin de cadveres y las enferme dades venreas, relacionados con la vida “impura”, que “deban” ser realidades ajenas a una joven de clase alta. Sin embargo, dentro de sus roles ancestrales, estaba el cuidado de familiares enfermos, el uso de la medicina tradicional y de las prcticas abortivas, muchas veces transmitidos por las esclavas, por lo que ese saber no les era extrao del todo. Una vez que los conocimientos eran adquiridos en la Universidad, ese empirismo trascenda el marco privado y adquira reconocimiento pblico al convertirse en ciencia. El trnsito de la esfera privada a la pblica no pas inadvertida. Su presencia en aulas, bibliotecas y laboratorios levant inquietudes, temores y vaticinios.La opinin pblica en torno a las universitariasEn el discurso inaugural de 1897, recogido en las Memorias que elaboraba la institucin anualmente, los contemporneos dejaron constancia de la incorporacin femenina a sus aulas y de la valoracin que tal acontecimiento suscitaba en ellos. Las alumnas del curso 1897-1898 tuvieron que escuchar en el discurso inaugural, que supuestamente les daba la bienvenida al recinto universitario: “No es el sexo la nica particularidad de la mujer […], tampoco creo pertinente echarles en rostro los reducidos dimetros de su cabeza, que dejan sospechar un cerebro de poco peso […], la mujer llega rpido al agotamiento, su memoria es con frecuencia notable […], no analiza y su instinto la lleva a adivinar aquello que los hombres haban averiguado despus de lento y prolijo anlisis”.15

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55Criterios como estos evidencian que una parte de la intelectualidad subvalor las potencialidades de las mujeres para adquirir nuevos conocimientos, aun cuando aos antes, el pedagogo Enrique J. Varona demostr que la diferencia en la medida cerebral de ambos sexos no incida en la inferioridad intelectual de las mujeres.16Semejante criterio, impregnado de concepciones procedentes de la ciencia antropolgica, apuntalaron actitudes sexistas y racistas de la poca, con fines de legitimar una supuesta superioridad.17La prensa fue un espacio desde el cual las opiniones no se hicieron esperar. En algunos artculos estaba clara la intencin de regresar a las mujeres a sus hogares, al considerarse que la Universidad era una carga demasiado pesada y masculina como para admitir a las damas. El abogado Mariano Aramburo dirigi uno de los ms iracundos, al advertir el peligro de la masculinizacin de la mujer: “¡Poned sobre los hombros de una mujer una toga, signo de virilidad y sobre la cabeza la borla doctoral, smbolo de sapiencia, habris quitado a la hembra sus encantos, sin haber creado un nuevo hombre!”.18Los hombres no fueron los nicos portadores de una mentalidad resistente al cambio. En ese proceso de transformaciones, en cuanto a estructuras mentales, encontramos opiniones que pueden ser vistas como una suerte de puente entre concepciones prejuiciadas y otras que concedan mejores valoraciones a las mujeres. Segn Concepcin Arenal, intelectual espaola que vivi en Cuba –y periodista de profesin–, patentiz en sus escritos, que los oficios y carreras estaban relacionados con la diferencia sexual y en ese sentido expres: “En la prctica de la medicina las mujeres podran hacer mucho bien, sobre todo a las personas de su sexo, cuyo pudor no ofendera. [...] como operadoras [cirujanas] no se distinguiran, la mujer le tiene horror a la sangre [...]. Dejemos a los hombres las operaciones cruentas [...]”.19En esta nueva poca, las mujeres vivieron experiencias inditas en los espacios pblicos, sobre todo las que se incorporaban a centros de estudio o de trabajo, lo cual arranc agrias crticas que pretendan regresarlas al marco privado. Dada la creciente afluencia de mujeres blancas de capas altas y medias a los centros de estudios, la reaccin masculina no se hizo esperar ante este hecho, puesto que segn la apreciacin de algunos, el exceso de trabajo intelectual podra convertirlas en mujeres-fenmenos20 o en new woman,21 y que sufrieron ataques a su feminidad, desde la opinin pblica: “Que cmo se traduce libremente en idioma castellano el trmino new woman, mote que han adoptado las mujeres que […] ejercen de letrados […]. La traduccin exacta en mi sentir es esta: ‘marimacho’”.22A esta avalancha de reproches no escaparon las estudiantes del Instituto de Segunda Enseanza, sobre lo que el intelectual Esteban Borrero opinaba que, la instruccin de las “bachilleras” no deba estar divorciado del entorno domstico.23De manera general, las opiniones estuvieron encaminadas a moralizar y corregir a las transgresoras, sentencindolas de “marisabidillas”, “marimachos” y “new women”.

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56A tenor de las transformaciones que vivi el pas, el sistema educacional fue objeto de preocupacin del gobierno militar estadounidense que, desde el 1 de enero de 1899 haba intervenido en el conflicto hispano-cubano, erigindose “pacificador” de la isla. Muchas de las reformas emprendidas estaban en correspondencia con necesidades emergentes. Esos cambios tuvieron en el Plan Varona a su mejor exponente, a partir del cual fueron creadas nuevas carreras como Pedagoga, Enfermera y los estudios de comadronas facultativas, donde buena parte del alumnado estuvo conformado por muchachas.24No obstante haberse preparado para el ejercicio de una profesin, a algunas les result difcil obtener un empleo remunerado. Muy pocas ejercan su oficio, siendo por regla general las pedagogas, las comadronas y enfermeras las que mayores ofertas de ocupacin reciban, debido a la acuciante necesidad en los sectores de la salud y el magisterio.25Por el contrario, la abogaca y la medicina fueron profesiones en las que difcilmente pudieron abrirse espacios, debido a la preponderancia masculina en esos sectores. La lucha por la competencia en el mercado laboral demostr que an existan recelos respecto a la capacidad de las profesionales, a quienes se aconsejaban que regresaran a sus hogares. En muchos casos, a las mujeres no les qued otra salida que conformarse con haber obtenido conocimientos de “adorno”. La historiografa referente a la historia de mujeres en aras de destacar el estatus de vctimas que ellas han ocupado en las sociedades, ha dejado invisibilizada la experiencia profesional de las mujeres. Tal es el caso de Laura Martnez y Carvajal, de la que slo ha trascendido por sus estudios, cuando en realidad fue una destacada oftalmloga, cuyos dibujos sobre el ojo humano todava son utilizados, dada la perfeccin de sus trazos. Al final de su vida, junto a la norteamericana Janet Ryder, contribuy con actividades benficas pues, desde el Bando de Piedad, se dedic al cuidado de nios hurfanos y animales abandonados. Paralelamente, el discurso hegemnico continu construyendo una imagen apegada a la tradicin a partir de los concursos de belleza, anuncios y encuestas. En algunos certmenes, junto con las cualidades frvolas se haca dis tincin de atributos vinculados a los avances de la modernidad, como la destreza en la mecanografa. La obstetra Mara Teresa Lambarri, mereci una mencin especial al ser catalogada como la mejor en su especialidad.26La transformacin en los arquetipos femeninos en el entre siglos qued plasmada en los siguientes trminos: “En la Cuba colonial, las seoritas terminaban los estudios a los 14 15 aos. A los 16 17 se casaban. Para qu seguir estudiando? –as pensaban [...]. Ahora estamos descubriendo una nueva vida. Desde hace unos aos, las mujeres han estudiado en la Universidad de La Habana y muchas han sacado ventaja de este privilegio; pasando cursos y gradundose con honores de doctoras en Medicina, Farmacia o Ciencias”.27Desde la dcada del ochenta hasta 1900, cerca de ms de una veintena de jvenes se graduaron del nivel universi-

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57tario, cifra que tuvo una tendencia al ascenso, y a la vez, fue irregular e inconstante. En el siglo XX, la cantidad de mujeres en colegios, academias y universidades iran creciendo hasta niveles nunca antes vistos en la historia de la nacin cubana. Sin embargo, los viejos esquemas siguieron rigiendo las mentalidades resistentes al cambio, tanto que desde las representaciones simblicas continuaron imponiendo normas de conducta. Para ello, el discurso patriarcal encontr frmulas conciliadoras, al legitimar la presencia femenina en los centros estudiantiles, apelando a la misin social de la mujer, cuya funcin en el hogar ahora era puesta a disposicin de la sociedad. Notas1 En 1842, tras la secularizacin que termin con el control dominico de la Universidad, esta comenz a ser conocida como Real y Literaria Universidad de La Habana.2 Le Roy y Glvez, Luis Felipe. Requisitos para graduarse en la Universidad de La Habana para su etapa Real y Pontificia.1728-1842. La Habana: Centro de Informacin CientficoTcnica. Universidad de La Habana, 1952. (Coleccin Documentos, N 6)3 Memorias de la Socieda Econmica de Amigos del Pas. “La educacin de la mujer”. En Vinat, Raquel. Luces en el silencio. Educacin femenina en Cuba (1648-1898) La Habana: Editora Poltica, 2005. p. 25.4 Cuba. Censo, 1862. La Habana: Imprenta del Gobierno, 1863.5 Algunos de esos libros dirigidos a moldear los comportamientos femeninos fueron La perfecta casada de Fray Luis de Len, Elementos de urbanidad para la educacin moral de las nias de colegios de primera enseanza de Joaqun Nin Tud, y las Cartas sobre la educacin del bello sexo manual escrito por Juan Francisco Chaple, que fue lectura obligada en las escuelas de nias.6 La terminologa legal estableci diferencias para nombrar los delitos, en relacin al sexo que lo cometa. En el caso de evasin del hogar, si era el hombre quien lo ejerca era acusado de abandono, si era mujer, de “fuga”, trmino que las equiparaba al estatus de esclavas. Ver: Hernndez Fox, Leonor. El divorcio en la sociedad cubana. 17631878. La Habana, Tesis de Licenciatura en Historia, 2005.7 Discurso pronunciado en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas por Flix Varela el 18 de noviembre de 1811. Revista Bimestre (La Habana) t. I, p. 64.8 Algunas de las obras literarias que dejaron traslucir un mundo de privaciones y carente de libertades fueron: Sab Dos mujeres Espatolino La dama de Amboto aunque tambin realiz una importante labor periodstica en el lbum Cubano de lo Bueno y lo Bello .9 Dolz y Arango, Mara Luisa.10 Carlos Venegas Fornias refiere acerca de las circunstancias en que fue fundado el colegio Isabel la Catlica, que el recinto donde se ubicaba tan prestigiado centro, fue vendido por Mercedes Ribas, en 1879, a Mara Luisa Dolz. Ambas, un tiempo despus, se convertiran en las primeras graduadas universitarias. Ver: Los lugares de la memoria. Presencia femenina en el patrimonio artstico-cubano. La Habana: Fundacin Pasquale Valerio para la Historia de la Mujer. Oficina del Historiador de la Ciudad, 2007. p. 107.11 Universidad de La Habana. Memoria Anuario Curso 1884-1885. La Habana: Imprenta del Gobierno y Capitana General por S.M., 1897.12 Prez, Louis, Jr. Ser cubanos. Identidad, nacionalismo y cultura La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 2006. p. 58.13 Archivo Central de la Universidad de La Habana. Fondo Expedientes Docentes antiguos. Expediente de la seorita Mara Luisa Dolz y Arango. N 3764, s/f.141888: Dolores Figueroa y Mara de la Asuncin Menndez (Farmacia); Sacramento Gmez, Dominga M. Snchez y Mercedes Alcalde (Magisterio); Francisca Rojas y Sabater, matriculada en Filosofa y Letras y en Derecho; Adela Tarafa en la Facultad de Ciencias; Digna

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58Andrea del Sol, de Matanzas, matricula Farmacia y dos aos despus en Ciencias Fsico Qumicas. 1895: Mara del Jess Pimentel y Peraza (Doctora en Farmacia). Le siguen, Mara Teresa Fernndez de Velazco, y Ramrez, Adelaida Mrquez Arriaga y Mercedes Sirvn, de Colombia. Esta ltima, al reanudarse la lucha independentista, puso sus conocimientos al ser jefa de las postas mdicas en la regin oriental. Fue la cubana que ms altos grados obtuvo al finalizar la contienda, al ser ascendida al grado de comandante. 1896: Mara Zamora Felipe, Eugenia Capriles Cifuentes e Isabel Mauri Iglesias se graduaron de Farmacia. 1898: Defiende el doctorado Mara Luisa Dolz en Ciencias Naturales, y Mara Teresa Prez Chaumont, en Farmacia.15 Discurso pronunciado por el catedrtico Antonio Jover y Puig. En: Universidad de La Habana. Memoria Anuario 1897-1898. La Habana: Imprenta del Gobierno y Capitana General por S.M., 1897. pp. 29-30.16 Varona, Enrique J. El cerebro segn el sexo y la edad. Revista Cubana 1886. En Vinat, R. Op. cit. (3). p. 69.17 Los hroes de la guerra no escaparon de tales criterios. Cuando los restos de Antonio Maceo fueron exhumados, un equipo de relevantes antroplogos, dirigidos por Carlos de la Torre, lleg a la conclusin de que las medidas cerebrales del Titn de Bronce eran equivalentes a las de un hombre parisino, con lo cual era utilizada la supuesta superioridad europea para medir la inteligencia de un hombre negro. Ver: Iglesias, Marial. “Topos y Tropos del 98: la emancipacin simblica de los cambios en los espacios de lo cotidiano en Cuba 1898-1902”. En: Historia y Memoria: Sociedad, cultura y vida cotidiana en Cuba (1878-1917) La Habana: Centro de Investigacin y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2003. p. 238.18 Aramburo, Mariano. Impresiones y juicios La Habana: La Propaganda Literaria, 1901. p. 297.19 Arenal, Concepcin. La mujer del porvenir Madrid: Estudio Tipogrfico de Ricardo Fe, 1884. p. 10.20 La Carta del Sbado. La Habana. 29 de diciembre, 1894.21 El trmino new woman hace alusin a las mujeres que haban obtenido independencia econmica, llamndoseles “mujer de nuevo tipo” o “de los tiempos modernos”. A inicios del sigloXX, el discurso de la domesticidad le dio un uso peyorativo al trmino en los casos de mujeres que resquebrajaran las normas establecidas. Fue adjudicado a las estadounidenses que simbolizaban la mujer rebelde y feminista, ejemplo “negativo” para los cnones sexistas de la poca. Ver: Hernndez-Galano, Yamilet. El diseo de nuevos arquetipos de las mujeres cubanas creados por la educacin y los empleos entre 1899-1902. La Habana, Tesis de Diploma, 2003. (Captulo II)22 Carb, Luis. Intermezzo cmico. El Fgaro (La Habana) 25 jun. 1899:214.23 Borrero, Esteban. “Sobre la educacin de la mujer”. En Vinat, R. Op. cit. (3). p. 74.24 Los estudios de comadronas facultativas –ya existentes desde la etapa colonial–, fueron reglamentados a partir de 1900 por la Orden Militar N 266 y era la Facultad de Medicina y Farmacia la responsable de la expedicin de los ttulos de graduados. En el caso de los estudios de enfermera, en un inicio estuvieron bajo la direccin de enfermeras norteamericanas hasta que las cubanas crearon su propia escuela. Ver: HernndezGalano, Y. Op. cit. (21).25 Hernndez-Galano, Y. Ibdem, cap. II.26 Entre mediados de los aos noventa del XIX y en la repblica, El Fgaro y Azul y Rojo fueron algunas de las publicaciones que promovieron certmenes de belleza desde sus pginas. En la bsqueda de atributos relacionados al desempeo profesional de escritoras, pintoras, mdicos y mecangrafas.27 Martnez, Julia. “Maestros cubanos en Cambridge”. En: The Independent. August, 2, 1900, HUA, CSS: 83.100.6, Cubans in Cambridge: Accounts (unpublic) p. 1849.

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59 C uando en nuestros das se celebra el aniversario 280 de la primera Universidad fundada en Cuba, constituye un motivo de orgullo saber que cada ao se incrementa ms y ms la cifra de alumnas que egresan de sus aulas, muchas de ellas con un alto rendimiento acadmico. Conocida en sus orgenes como Real y Pontificia Universidad de San Gernimo de La Habana, su apertura tuvo una alta significacin, pues fue la semilla de importantes instituciones cientficas, a pesar de que la isla an permaneca bajo el dominio de la metrpoli. Segn los designios que regan por entonces, los conocimientos cientficos, tcnicos, literarios y artsticos ms avanzados eran privativos de los hombres y por eso de esa poca nicamente se recuerdan ilustres nombres como Toms Romay, Jos Antonio Saco, Carlos Manuel de Cspedes o Ignacio Agramonte, por slo mencionar algunos. En ningn caso, las mujeres tenan el derecho, ni siquiera la pretensin, de poder ingresar en las aulas de la Universidad de La Habana, y slo hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX, pudieron acceder a ella, luego de vencer grandes obstculos, casi hechos a propsito, como para que desistieran de esos deseos que “iban contra natura”. Una de las primeras cubanas en desafiar lo establecido por el sistema educacional imperante, y que hacan valer los acadmicos de turno, fue la joven habanera Laura Martnez de Carvajal y del Camino, quien desde nia fue muy precoz, una verdadera adelantada al momento que le toc vivir. A los cuatro aos aprendi a leer y escribir bien, y a los diez comenz sus estudios regulares de bachillerato y con ellos, una larga cadena de notas de sobresaliente. Al terminar el nivel medio hizo simultneamente las carreras de Fsica y Matemtica, que concluy en 1888, y la de Medicina y Ciruga, la cual finaliz un ao despus, todas con notas brillantes, para convertirse as en la primera graduada de esa especialidad en la Universidad de La Habana. Como muestra de los prejuicios sociales existentes en nuestro pas durante el siglo XIX, cabe sealar que las autoridades docentes de la Universidad NO le permitan a la joven estudiante Laura Martnez de Carvajal y del Camino practicar la diseccin de los cadveres, junto con sus condiscpulos –todos del sexo masculino– en el Anfiteatro del Hospital de San Felipe y Santiago, que estaba destinado a esos fines, en los altos de la crcel citadina. Mujeres en la Universidad de La Habana? Matilde Salas ServandoPeriodista e historiadora

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60Esa disposicin, que hoy aparenta ser algo muy arbitrario, la obligaba a concurrir los domingos y das festivos para hacer en solitario esa labor prctica, realizada habitualmente entre cuatro personas. Su persistencia se puso de manifiesto entonces, porque necesitaba estudiar con los cadveres, pues de no hacerlo, resultara imposible conocer los ms importantes detalles de la anatoma humana imprescindibles para cualquier galeno. Las autoridades universitarias mantenan su posicin de fuerza, por los prejuicios de la poca, para que la joven estudiante de Medicina desistiera de sus propsitos y as atajar los avances en su desempeo estudiantil que pudieran opacar a cualquier otro alumno menos aventajado Despus de grandes luchas y avatares, Laura concluy en el ao 1889 sus estudios de Medicina en el Hospital Nuestra Seora de las Mercedes, un centro asistencial considerado como muy avanzado en esos tiempos, el cual se termin de construir en 1886 y estuvo situado hasta fines de la dcada del cincuenta del siglo XX, en la manzana que hoy ocupa la popular heladera Coppelia, en las calles K, 23, L, y 21, en la populosa zona de El Vedado. En noviembre de 1890, el cronista Manuel Calvo, del peridico capitalino La Discusin, se refiri a Laura Martnez de Carvajal en estos trminos: Esa joven de bella y espiritual fisonoma, es una mujer superior en el sentido ms estricto de la palabra. Fue una admirable dama, la primera que se decidi a matricularse como estudiante de Medicina en nuestra Universidad. All concluy su carrera hasta el Doctorado inclusive [...]. Estudi porque no pudo dominar su anhelo de saber. Impulsada por la pasin del estudio rompi con las varias preocupaciones que en las sociedades atrasadas atan a la mujer a la holganza, como se ata la mujer a la noria. Laura Carvajal fue primero a la Ctedra acompaada de su criada; luego pens, y pens bien, que poda ir sola y ser respetada de todo el mundo y sola fue y todo el mundo la respet. Lo que prueba que cuando la mujer quiere hacerse respetar, bstale marchar derechamente y de todo el mundo es respetada. Por esas calles habaneras iba a la Universidad a veces leyendo tal o cual libro la estudiante de Medicina Laura de Carvajal, y como abstrada llegaba a la gran casa docente donde era saludada con respeto por sus condiscpulos. En los exmenes de todas las asignaturas gan las ms altas y brillantes notas [...]. Mientras cursaba sus estudios de Medicina, conoci al joven doctor Lino Enrique Lpez Veita, con quien se cas en la iglesia de Monserrate de la capital, el 20 de julio de 1889, cinco das despus de concluir brillantemente su carrera. De esa feliz unin matrimonial nacieron siete hijos, lo que no impidi que juntos ejercieran sus profesiones, en un consultorio de Oftalmologa que ambos abrieron en la Habana Vieja. Desde entonces, Laura se convirti en su ms eficaz colaboradora y por su destacada labor en esa importante especialidad, se le considera como la pionera de la Oftalmologa en Cuba.

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61 L a Universidad de la Habana es legtima, no slo por sus 280 aos de existencia, sino por su protagonismo en el progreso de una nacin, que a travs de la historia se ha debatido por dignificar el componente imprescindible de los oriundos de esta, nuestra por definicin, isla de Cuba. Honrar a esta Casa de Altos Estudios es enaltecer a cada uno de los seres que, adecuados a momentos histricos precisos, hurgaron en la ciencia y conciencia cubanas para demostrar, participar, criticar, oponer, revolucionar, y crear, en suma, un pensamiento cientfico adecuado a las caractersticas propias, las vividas, las ontolgicamente determinantes. Muchos han sido los actores en las dcadas pasadas. En verdad, en tanto intrpretes de cada una de ellas, los profesores universitarios, los profesores de la Universidad de La Habana, se destacan dentro del conjunto, para dejar una impronta asequible, transmitida y adherida al prestigio de la institucin. No obstante, el rastro cientfico de esos pedagogos, muchas veces se entremezcla con acontecimientos relevantes para la historia contempornea de la isla, quedando aquellos como simples partes de un todo. Y es que no fueron slo maestros, sino en muchos casos hombres polticos, deudores de un tipo especfico de conciencia nacional, con un espritu de compromiso, que obraron por mejorar, en la medida de lo posible, el paisaje natural de la sociedad en la cual estaban insertos, permitindole a la Universidad la aportacin justa dentro de las cuestiones cubanas. En las dcadas del cuarenta y el cincuenta, por ejemplo, se vive un momento de necesidad perentoria de un ideal tico, de un progreso cientfico y material –con los debates asociados–, que estaran avalados por la Constitucin de 1940 y que redundaran en varios esfuerzos malogrados; no por su mal delineacin, sino por las caractersticas propias y contradictorias del mundo socio-poltico e intelectual cubano. Precisamente en esos veinte aos se destacan algunos nombres universitarios con un papel importante en la posterior historia de la Universidad y de Cuba. Algunos de ellos, conocidos como Ral Roa, Vicentina Antua, Roberto Agramonte, Jorge Maach, Elas Entralgo, Lancs y Snchez, Portela y Portela, y otros no tanto como Ramiro Francisco Carone Dede: En defensa de la Universidad y de la Constitucin Edel J. Fresneda CamachoProfesor de la Universidad de La Habana

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62Capablanca y Graupera, Carlos Mrquez Sterling, Pablo F. Lavn y Padrn, Rafael Santos Jimnez y Francisco Carone. En particular, nos interesa destacar a este ltimo, profesor de la Facultad de Derecho, con una innegable participacin en la vida pblica y universitaria. Entregado al pensamiento cubano y a su ciencia.La esencia del DerechoFrancisco Carone llega a la Universidad en el ao 1927,1 resuelto a impregnarse de los aires de la colina, y aprender de las doctrinas del Derecho. Justo despus de la visita del destacado penalista espaol Jimnez de Asa que, posteriormente, como l mismo lo reconociera, influira en su formacin como jurisconsulto. El Derecho para Carone era “[…] la tutela, por medio de normas jurdicas coercibles, de los bienes e intereses esenciales de las personas y de la colectividad segn los estratos culturales de cada momento histrico, imprescindibles para la existencia o convivencia social […]”.2 Y esa definicin, a la que lleg por medio de ingentes estudios, lo hizo protagonista de un momento histrico en Cuba donde las esencias metodolgicas de la ciencia se convertan en herramientas de confrontacin, por el bien comn. Reconoca esa necesidad. En el ao 1953, siendo profesor titular de Derecho Penal y de Poltica Criminal de la Facultad de Derecho, presenta el tradicional discurso de apertura acadmica en la Universidad, consciente de las urgencias con que se viva a raz del carcter de facto e inconstitucional del momento. Y retorna al Derecho para dirimir entre conceptos vitales y posibles como los de Nacin, Patria y Revolucin. Su concepcin tiene un fundamento terico, pero es adecuada a las circunstancias cubanas. No puede ser de otra forma, porque hace suya la idea de Henri Poincar que subraya que el “[…] pensamiento no debe jams someterse, ni aun dogma, ni a un partido, ni a una pasin, ni a un inters, ni a una idea preconcebida” si no es a los hechos mismos.3

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63En el ao del centenario, desde lo que llama Casa de Cultura, de Saber y Decoro Ciudadano, la Universidad, se refiere al golpe de Estado como una circunstancia que gravita con absorbente pesadumbre sobre el espritu de la conciencia nacional. Y ms all incluso, porque son momentos –segn sus juicios– de luchas ideolgicas y resurgimiento de corrientes regresivas que amenazan la libertad y la dignidad del hombre, como si se cerniera sobre la humanidad una nueva edad media. Entiende pues que el profesor tiene un papel preponderante, no como un archivo de conocimientos, sino como hombre capaz de interpretar los hechos y de ilustrar con su conducta. Y al Derecho como objeto que violenta los intentos contrarios al juicio comn. Las cuestiones son medulares. No se trata de un Derecho Divino, sino de uno Secular, donde las cuestiones civiles expresan los derechos elementales del hombre. Y dentro de estos, no el derecho del ms fuerte –idea elaborada por Spinoza y que nutri al nazismo–, sino aquel que justamente proveyera al hombre de las ms absolutas concepciones para la vida en comunidad. Las finalidades del Derecho en Cuba, y en su poca, partan de la Constitucin de 1940 y tenan claras definiciones: la independencia y soberana nacional; la solidificacin de una repblica unitaria y democrtica; la libertad poltica, y el bienestar individual y social, y la solidaridad humana.4Contrario al golpe de Estado, enfatizaba a la libertad como el bien ms caro e imprescindible validando en su discurso de forma explcita el precepto independentista enfrentado a la muerte. Y como precepto, la democracia constitucional, puntualizando que la Constitucin era el amparo de las actividades de gobernantes y gobernados regidos por la soberana nacional, la separacin de poderes, la justicia, la seguridad jurdica y la solidaridad humana. Abogaba por el retorno a un Estado de Derecho. Aquel donde los sostenedores del poder no estaban al margen del Estado, incluyendo las nociones provenientes de las escuelas liberales donde se enfatizaba el predominio del laissez faire en la produccin. Era derecho de todos los ciudadanos el de participar en la formacin de ese Estado en igualdad de condiciones. Cuestin conocida y no puesta en duda desde la Declaracin de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, del 26 de agosto de 1789. No negaba, incluso, la posibilidad de construccin de ese Estado de Derecho a travs de una revolucin siempre que implicara un avance y no un retroceso, siendo una exclusiva obra del pueblo. Sobre todo porque el derecho de resistencia a la opresin –entenda– es ms que un derecho, una obligacin de toda sociedad compuesta de hombres dignos. En ese sentido, el ejemplo ms recurrente en su pensamiento era la Constitucin de 1940, que fue un producto de la conciencia jurdica del pueblo, no derogada por el golpe de Estado, siendo el nico posible actor en esa accin el propio bien comn. Fue un destacado penalista, imbuido en las ideas de Jimnez de Asa5 y de su predecesor en la ctedra de Derecho Penal, don Jos Antonio Gonzlez Lanuza. Pero su prctica pedaggica

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64exaltaba las condicionantes sociales, y los elementos a tener en cuenta como lenitivos en la lgica aplicada de la cuestin penal. En un artculo de la revista Carteles de noviembre de 1954, se abordaba el problema de la delincuencia juvenil –ms de quinientos jvenes ingresaban anualmente al reformatorio de Torrens–, y Carone, junto a otros especialistas, emita sus puntos de vistas sobre las caractersticas del fenmeno en Cuba. Conociendo las limitaciones de estadsticas en la isla, que podran ayudar a entender el fenmeno de manera global, supona el abogado que las causas de ese aumento de la delincuencia se encontraban en la “realidad de todos los das”. Adems de las gensicas, personales, y ambientales que concurran en la juventud, estaba el mal ejemplo de los adultos en Cuba, que se disputaban el poder por la fuerza, siendo la violencia un medio para imponerse. Haciendo as clara referencia al poder instaurado en 1952. Las causas visibles eran: en primer lugar, el hecho de que la juventud no encontraba medios legtimos y honestos en la mayora de los casos para buscarse la vida. “Un bolitero y, sobre todo el banquero, vive mejor en el orden material que un obrero honesto”.6Resaltaba, como segunda de las causas, los efectos de los medios de comunicacin dentro de ese sector poblacional: “La pelcula, la televisin, la radio y la prensa contribuyen en no poca escala a facilitar que los jvenes se conviertan en delincuentes, pues a pretexto de informar convierten a los delincuentes en hroes, a los ojos de la imaginacin juvenil”.7 En tercer lugar, la educacin errnea que se le daba a los jvenes, lo cual haca recordar el criterio desacertado de Lombroso que confunda instruccin con educacin. En el concepto de Carone haba que educar, resaltando los valores morales y cvicos, no sealando como meta el xito econmico. Y la ltima de las causas la reconoca, retornando a “su” Constitucin, la que trat de salvar, al examinar como otra causa de la delincuencia juvenil: los llamados hijos ilegtimos o extramatrimoniales, base de la llamada mendicidad8 en Cuba. Entenda Carone que la mendicidad no era compatible con la civilidad recordando el criterio de un ilustre profesor peruano que afirmaba que los incas se consideraban superiores a los blancos porque no tenan mendigos ni nios abandonados.En defensa de la ConstitucinUna de las facetas que destaca a Carone son sus acciones pblicas en defensa de la Constitucin de 1940. Miembro del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), mantiene en todo momento ese “honor”9 que lo vincula a la historia del partido en que milita, y lo hace ser salvaguarda de un ideal nacionalista, por el progreso y en contra de las astucias que mantienen a Cuba dentro de una condicin particular en la dcada del cincuenta. Sus acciones se desarrollan envueltas en un tenso perodo de la historia nacional, matizado por la campaa cvica iniciada por Chibs, su posterior suicidio –relacionado como es conocido con la polarizacin del compromiso tico dentro de la sociedad–, el golpe de Estado de 1952, y sus consecuen cias

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65inmediatas: la limitacin de las instituciones polticas, el intento de dilogo cvico –en el que estaban envueltas las mismas instituciones– y el latente proyecto revolucionario iniciado en 1953. Verdaderamente, Carone es protector de la “ideologa ortodoxa”. Liada a los esfuerzos por lograr un Estado dentro de los esquemas tradicionales de la democracia burguesa, pero que respondiese esencialmente a las necesidades de desarrollo tanto econmico como social, de la nacin cubana. Y si bien es cierto que, al igual que algunos de la intelectualidad de su poca, criticaba a lo que se entenda como comunismo, su razn de ser era humanista, democrtica, y pendiente de la civilidad que encerraba la Constitucin de 1940 en s misma. Dentro de los acontecimientos ms conocidos –que por dems fueron conducidos magistralmente por Carone–, est la defensa que hizo de Chibs cuando este fue acusado por el doctor Ricardo Snchez que entenda que sus denuncias realizadas en la hora radial de CMQ los das 20 y 27 de febrero de 1949, perjudicaban a la Judicatura integrada por los doctores Gabriel Pichardo, Pedro Cantero y Jos F. Torres. El lder ortodoxo fue acusado de desacato y condenado a seis meses de prisin. Su defensa fue organizada y elaborada por Carone –a peticin del propio Chibs y del Consejo de Director del partido– ante el Tribunal de Urgencias de la Habana el 27 de abril de 1949.10Tena la habilidad, el abogado defensor de este caso, de transfigurar la cuestin particular en un asunto abierto, que se converta en acicate para la discusin de “los problemas cubanos” que estaban de fondo. Y aprovechaba el debate pblico11 existente alrededor de la encarcelacin de Chibs para desarrollar una defensa de altos vuelos jurdicos. Siendo un conocedor del Derecho, dejaba sin fueros desde un inicio al Tribunal Juzgador y declara su incompetencia por ser un tribunal de excepcin y por sustraerse al acusado de su Juez Natural (Lugar de los Hechos). Califica al juicio de trascendental e histrico, por reflejar la lucha que llevaba a cabo toda la ciudadana en contra de la Compaa Cubana de Electricidad. Y llama a su defendido “Tribuno del pueblo”, por ser este un problema que vena arrastrando la historia de Cuba ya enfrentado por Guiteras. Logra definir dos partes en interaccin frente a los intereses de la nacin cubana dentro del propio juicio, utilizando las orientaciones modernas del Derecho y Procesamiento Penales. La personalidad de Chibs es una de ellas: “Hombre pblico ms ntegro de esta generacin, excepcin de un medio de corrupcin poltica, que ha hecho de su vida un instrumento al servicio de su patria”.12 Y la otra, la Compaa Cubana de Electricidad, que ms all de los “supuestos agraviados” est como elemento a contrarrestar dentro de las cuestiones pblicas cubanas. El adalid de la ordotoxia defenda con sus intervenciones radiales una cuestin que era cierta: el aumento arbitrario de las tarifas. Y en esa accin la llamada Junta de Economa de Guerra tena un papel significativo. El acto de desacato estaba fuera de lugar: era

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66una cuestin de Derecho Natural contra un Derecho Legal enrarecido, sobre todo por las atribuciones que la mencionada junta asuma. Recurri a la teora en todo momento el profesor Carone. En primer lugar, el procedimiento se inici por alguien que no tena derecho a ello. Y especificaba que Chibs haba actuado llevado por el animus corrigeni el nimo de corregir. No “[…] basta que se haya proferido una palabra, un concepto hiriente, para que quede integrado el delito de calumnia o injuria. No basta la materialidad de una palabra vejaminosa, para que existan esos delitos, hace falta […] el nimo directo de ofender […]”.13 La sala se quedaba sin recurso, se trataba de que el acto de injuria no era ms que el sentir de la colectividad, expuesta por Chibs. No era l quien acusaba. Se juntaban jurisprudencia e historia por cuanto haba dos fallos a considerar: el de la tribuna legal y el de la opinin pblica. Afirmaba en este sentido: “En el banquillo no se sienta Eduardo Chibs, sino el pueblo de Cuba”.14 Y cerraba su certero discurso con las palabras de otro brillante pedagogo, Jos de la Luz y Ca ballero: “Antes quiera yo ver desplomados, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”.15En defensa de CubaEl 24 de agosto de 1954 se publica en la Gaceta Oficial una Ley-Decreto, autorizando la construccin de un canal, que atravesara a Cuba, partiendo de la Baha de Crdenas y desembocando en la Baha de Cochinos. Con una inversin calculada en alrededor de los 400 millones de pesos, la idea fue vendida como un proyecto para el desarrollo econmico del pas. Sus defensores auguraban que sera este canal, el segundo en extensin del mundo16 y el primero en profundidad. Sera construido por una empresa privada, concesin realizada mediante subasta, llamada Compaa del Canal del Atlntico al Mar Caribe S. A., la cual tendra plenos derechos de expropiacin de las zonas que estimase convenientes para la construccin del Canal y desalojar a cualquier arrendatario, subarrendatario, aparcero, precarista que los ocupase, as como la exencin de pagos todo impuesto del Estado, la provincia o el municipio, slo aportando la empresa el 1% de sus entradas brutas. Se le endilgaban ciertas ventajas. Con un plazo de construccin de cuatro a cinco aos, se prevea el desarrollo de un grupo de empresas de envergadura (industrial, agrcola, comercial, turstica), adems de la creacin de fuentes de empleo, con un xito econmico relacionado con la cantidad de barcos que transitaran el canal. Supuestamente ahorraba a la navegacin entre Amrica del Sur y del Norte alrededor de 400 o 500 millas nuticas. Y la concesin se haba establecido para un plazo de noventa y nueve aos. De acuerdo con el artculo 31 del Decreto N 1618, esta compaa tendra el derecho durante todo el trmino de la concesin sobre las industrias, comercios y actividades agrcolas constituidas y desarrolladas en esa rea.17

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67El gobierno expona como objetivos, dos fundamentales: los llamados Estra tgicos, de ndole militar, que proporcionaran seguridad al hemisferio americano en caso de conflicto blico mediante la unin contra un enemigo comn, adems tendra un complejo sistema de organizacin militar en el rea del Caribe, hecho que no exclua la implantacin de bases militares. Y los Econmicos, que contribuiran al desarrollo industrial, agrcola, y comercial estimulando al capital privado, con facilidades para establecerse en esa zona, desde privilegios fiscales y administrativos hasta el establecimiento de un rgimen laboral de excepcin, aspectos contrarios a los derechos de los trabajadores establecidos en la Constitucin de 1940. Desde la misma promulgacin de este proyecto, la opinin pblica cubana se opuso. Entre los ms destacados se encontraban Oscar Pino Santos, Mario Llerena, Jorge Maach, Vicentina Antua, Cosme de la Torriente, y el propio Francisco Carone, sobre todo por los hechos aso ciados a esa construccin: entrega a un poder extranjero de una porcin del suelo nacional; ruptura de la unidad territorial del pas; subordinacin del pueblo de Cuba a una autoridad extranjera; conversin de la isla en una zona estratgica, y establecimiento de un rgimen social y econmico diferente al de las leyes cubanas.18Por tales motivos, el profesor universitario Francisco Carone Dede present un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal de Garantas Constitucionales y Sociales, a nombre de cuarenta y seis ciudadanos que se proclamaban “Voceros de Cuba”, que venan a “clamar ms que a pedir”. Comparecan para ejercer su derecho frente a lo que calificaban de “legislacin monstruosa”: la mencionada Ley 1618 del 12 de agosto de 1954 y su modificativa la Ley-Decreto N 1715 del 23 de septiembre de 1954, y el Decreto presidencial N 3652 del 6 de diciembre del propio ao.19El recurso fue pronunciado los das 18 y 25 de abril de 1955. Era el criterio de aquel grupo de individuos apegados a la Constitucin de 1940, representantes del ideal independentista (Cosme de la Torriente), de la constitucionalidad, con el presidente de la Convencin Constituyente de 1940 doctor Carlos Mrquez Sterling junto a periodistas, hombres de poltica, profesores universitarios, relacionados en algn sentido con las posturas cvicas, alrededor del ideal ortodoxo y del dilogo, conformados despus del golpe de Estado de 1952. Aquel intento, que popularmente fue denominado “Canal Rompe Cuba”, motiv un estado de conciencia adverso20y un debate donde participaron muchas de las instituciones ms importantes del perodo. Coincidiendo los juicios en que este era un tema enfrentado a la soberana nacional y al desarrollo econmico por ser una burla a las conquistas de los trabajadores, una merma al derecho de locomocin; por sobreponer sus intereses al inters domstico cubano; por no prestarse a actividades de fomento agrcola, y de consumo, y por tender a una discriminacin dentro de los regmenes jurdicos que por su naturaleza deben ser generales para todo el territorio nacional. Esta era una vieja tesis elaborada por el padre del entonces

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68Ministro de Defensa firmante de la legislacin impugnada. Profesor universitario aquel, autor de un folleto titulado Un Canal Trans-Cubano complementario del de Panam, publicado en abril de 1934.21La inconstitucionalidad se justificaba por la elaboracin del proyecto dentro de un orden meramente inconstitucional, definido por el golpe de Estado. Pero Carone, con sumo cuidado, recurri a desmenuzar el problema por sus partes, para mediante la postura jurdica, desbaratar los esfuerzos de sus oponentes. Pensaba en comn, ayudaba a razonar: Se estima que el Canal por s solo, a lo sumo, podr obtener los derechos de paso de unas 10 millones de toneladas netas de buques que trafiquen entre los puestos de la Florida y las Carolinas y Panam va Canal Cuba. Esos derechos a tarifa de $0.30 (relativamente ms elevada que las del Canal de Panam, con mucho menor ahorro de navegacin), alcanzaran a lo sumo $3 000 000 de entrada bruta. Ni aun tomando en cuenta el aumento probable de poblacin y de la consiguiente actividad comercial, podra el Canal recuperar, la inversin y sus intereses.22Y dejaba clara su posicin. Se defina como hombre consciente, de sentimientos humanos, contrario a la militarizacin que podra implicar el otorgamiento del carcter estratgico a Cuba, opuesto a la bomba atmica, hombre de Derecho que ante las acusaciones de comunista conjeturadas por el contralmirante Rodrguez Caldern, respondi: “[…] son ellos los que de llevar a un estado de miseria a nuestro pueblo, van a dar la oportunidad del comunismo en Cuba […]”,23 aspecto que los firmantes rechazaban por ser partidarios de la democracia liberal. En un esfuerzo por escapar de la accin legal, el gobierno vari las expresiones verbales de algunos de los preceptos de la legislacin “canalera” para burlar el recurso de inconstitucionalidad. Prevaleca, no obstante, una voluntad omnmoda, al permitir que una parte del territorio nacional pasara al dominio de una compaa privada. Carone, hurgado en la esencia del Derecho, legitim su recurso, que era segn sus palabras el recurso del pueblo de Cuba. La democracia era el ejercicio del poder democrtico, basado en un Derecho Poltico existente a partir de los elementos que integran el Estado: Pueblo, Territorio y Potestad Pblica. Precisamente esa potestad pblica, mediante el poder deba refrendar a la soberana (y a sus atributos: unidad, in divisibilidad, inaliebilidad, imprescriptibilidad, exclusividad, permanencia). En esa sencilla frmula bas su soflama. El poder militar no tena soberana, y dispuso con ese proyecto de la soberana de una porcin del territorio nacional violando as el artculo tercero de la ley Constitucional e iniciando nuevos problemas para la isla cubana como el de las fronteras, no contemplados por la estructura geogrfica cubana. Los preceptos que impugnaba Carone violaban los textos constitucionales, ya que transferan actividades y dominios legales propios de los poderes ejecutivo y legislativo24 a una persona concesionaria. Se violaba el derecho de

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69salarios, de indicacin, a huelga, al voto, de impuestos siendo desde su punto de vista una nueva forma de colonialismo. Incluso llega a cuestionar al Ministerio Fiscal, cuyo funcionamiento origina un conflicto de intereses, ya que el fiscal del Tribunal Supremo en la prctica era nombrado y elegido por el presidente de la repblica,25 parte interesada en el conflicto que se debata. Reutilizando impugnaciones del Ministerio Fiscal como antecedentes de acciones jurdicas (sentencias 35 del 14 de mayo de 1937, la 66 del 27 de septiembre de 1940 y la 35 del 28 de junio de 1942), sostena el carcter inconstitucional por lo intil de la accin propuesta; y la vigencia de la Constitucin de 1940, vigente en el momento de la lesin, la cual proscriba el otorgamiento a terceros del patrimonio nacional. No era admisible que fuesen entendidas las leyes-decretos como inconstitucionales y permaneciesen en pie los decretos presidenciales resultados de aquellos. Su postura era crtica con respecto al gobierno: No siempre seores magistrados, las cosas que acaecen en marzo son fatdicas […] y quiero advertir a la sala, como Profesor de Derecho Penal que soy, que al referirme ahora al mes de marzo, recordaba un trabajo publicado en la revista del Colegio de Abogados de la Habana, por el eminente criminlogo espaol Constantino Bernardo de Quirs, en que este afirmaba que los grandes crmenes sdicos sucedidos en todas las pocas histricas, tuvieron lugar en el mes de marzo.26Criticaba la Ley Constitucional. Saba por su profesin que un cdigo no se redactaba en cuestin de unos das. “Solamente los ignaros creen que todo est en la Ley y que es fcil su interpretacin”.27 Advirtiendo que slo son admisibles las variaciones jurisprudenciales de los Tribunales Supremos por lo que se llama “interpretacin progresiva”, que no es otra cosa que la adaptacin del texto a las nuevas necesidades, a las nuevas luces sobre puntos oscuros que hacen que los tribunales varen su criterio: la Constitucin deba prevalecer sobre las leyes vigentes –precepto incluido en la propia Ley Constitucional; era intangible, inalienable, eterna, mientras otra Constitucin no la modificara, y no poda prevalecer nada que se le opusiese. Luego, era inconstitucional todo lo que se le enfrentara. Demostraba que careca de autoridad moral un Estado que no procuraba trabajos a sus ciudadanos para crear empleos a costa de la soberana y la dignidad. La empresa en s misma no brindaba ninguna garanta. Se opona, y lo enfatizaba a partir de las dudas que el Ministerio Fiscal introduca: “[…] los canales, a los tneles, a todo lo que conlleve enajenacin de soberana, entrega de nuestras riquezas, violacin de nuestra dignidad, entreguismo a intereses espurios, en una sola palabra, somos enemigos de cuantas medidas traigan consigo la indignidad y la desvergenza a Cuba […]”.28 Se consideraba as en aquella hora histrica, un poltico de la escuela de Mart y no aquel que buscaba la sonrisa del poder ejecutivo. Y cerraba su discurso con el planteamiento de una verdad histrica, haciendo

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70conscientes a aquellos que les corresponda decidir de su destino justo: […] estamos ante una de esas cosas graves que provocan una revolucin aun en los pueblos ms pacficos; porque este Canal VaCuba es un dardo que va a herir a Cuba en su soberana, en su dignidad, en su integridad, en su derecho, en las conquistas sociales, en la moral, en la historia, en su posicin internacional, en su seguridad fsica, en su alma. La sentencia que ustedes van a dictar, puede viabilizar o impedir este dao y este tribunal no puede ser un nuevo Poncio Pilatos, no se puede lavar las manos en esta cuestin, porque aqu no estamos forcejeando para obtener el poder los unos y otros, estamos pidiendo que se evite tamaa desgracia para Cuba, porque ha de ser una desgracia irremediable e incalculable. Seores magistrados, si as lo hacis, el pueblo de Cuba os bendecir.29En defensa de CaroneFrancisco Carone Dede es fiel a un pensamiento “cubano”. A una tradicin de juristas comprometidos, a una Facultad y por extensin a la Universidad de La Habana –aun ms all de sus muros. Fue un profesor que crea en la docencia como la ms fuerte herramienta para contrarrestar aquello que limitaba a Cuba, y legal seguidor de las ideas de Chibs. Su impronta es ineluctable. Form a juristas –hombres y mujeres–, extendiendo su impronta por los caminos de la “necesidad cubana”. Esa misma necesidad que fue recalo de pensadores y polticos en el torbellino que signific la dcada del cincuenta en la isla. La Constitucin de 1940 es arma, es refugio y pedestal, es frontera entre las inciertas realidades y la posibilidad de ser dignos y como tal, construir una sociedad justa, dentro de los preceptos de la democracia liberal. Y no fue mero defensor de procesos de gran relevancia histrica, sino de la nacin cubana. Su nombre ha sido aadido al raudal de hombres que en la historia fueron fieles a su tiempo, teniendo vivas la dignidad, la libertad y el decoro. Notas1 Ingresa en el curso 1927-1928 como estudiante. En 1938 se convierte en profesor agregado de Derecho Penal; en 1939 en profesor auxiliar de dicha ctedra, y posteriormente en 1943 de Poltica Criminal. Lleg a ser profesor titular en 1947. Fuente: Expediente Laboral N 17 511. Archivo de la Universidad de La Habana. Carone, Francisco. Investidura del Profesor “Honoris Causa” de la Facultad de Derecho del Doctor Luis Jimnez de Asa (Aula Magna, 24 de julio, 1952). La Habana: Imprenta Universidad de la Habana, 1952.2 Carone Dede, Francisco: Discurso de Apertura Acadmica. Curso 1953-1954. La Habana: Universidad de la Habana, 1953. p. 28.3 Revisa a autores relacionados con la evolucin del Derecho: Aristteles ( tica de Nicomano ), Manuel Kant ( Principios metafsicos del Derecho ), Marx ( Contribucin a la crtica de la economa poltica ), Giorgio del Vecchio ( Sentimiento jurdico ), Rudolf von Ihering ( El fin del Derecho ), Carl Schmitt ( Teora de la Constitucin ). Ibdem, p. 6.4 Ibdem, p. 8.5 Recordaba algunos de los ttulos de Jimnez de Asa, quien adems fuera primer Representante de la Repblica Espaola en Praga de 1936 a

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711939, por los que estudi: Polticas, Figuras, Paisaje, La Constitucin de la Democracia Espaola y el Problema Regional, Ancdotas de las Constituyentes, Defensas Penales y Tratado de Derecho Penal.6 Martn, Regino. La delincuencia juvenil en Cuba. Carteles (La Habana) 35(46):46; 14 nov. 1954.7 Ibdem, p. 47.8 En la misma revista, abordando las vacaciones, se presentaron fotos de nios sin objetar la realidad que envolva a cada uno de ellos. Una nia con su bicicleta, el pelotero con su gorra, guante y pelota, que quera aprender a jugar bisbol, y otro que deba “legislar” para poder comprar los libros del curso limpiando los cristales de los autos.9 Lo demuestra en algn sentido el hecho de que el ex ministro de Educacin, Aureliano Snchez, Arango es retado a duelo por Roberto Agramonte, por declaraciones del primero a la revista panamea Siete. Agramonte defenda el smbolo de lo que haba sido Chibs en vida. Y se abra un debate sobre la disputa, el trance de honor, con “especialistas” conocedores del Cdigo de Cabriana, como: el presidente de la Junta de Economa, Santiago Rey, Santiago Verdeja, Ramiro Maalich y otros. Debate que dejaba las puertas abiertas sobre las posturas ticas de la ortodoxia. En Carteles (La Habana) (30); 25 jun. 1954.10 Integrado por: Presidente doctor Ramn Cabezas y los magistrados doctores Braulio Gonzlez Miranda y Carlos Reyes Delgado. En: Carone, Francisco. Mi defensa de Chibs. La Habana: Editorial Lex, 1949.11 Debate pblico por el fallo contra Chibs: participaban, entre otros algunas personalidades, Guido Garca Incln, Guillermo Zendegui, Jos Pardo Llada, Manuel Bisb y Max Lesnick.12 Carone, F. Op. cit. (10). p. 10.13 Ibdem, p. 32.14 Ibdem, p. 38.15 bdem, p. 39.16 Suez (Egipto), 168 km.; Va Cuba, 102 km; Kiel (Alemania), 98 km; Houston (Estados Unidos), 91,7 km; Gota (Suecia), 87 km; Troihatte (Suecia), 83,6 km; Panam, 81,6 km. En Pino Santos, Oscar. El Canal Va-Cuba: Base estratgica, emporio econmico o motivo de alarma para la opinin pblica nacional? Carteles (La Habana) 35(51):102; dic. 1954. (Fotos Ral Corrales).17 Se prevea la existencia de un gobierno del canal con cinco organismos: Autoridad Portuaria del Canal, Ejecutivo del Canal, Junta Consultiva, Junta Administrativa, Delegacin Naval. Pero las relaciones entre cada una de estas instituciones le ceda los derechos de soberana a la empresa concesionaria. Ibdem, p. 103.18 Llerena, Mario. Canal Va-Cuba peor que la Enmienda Platt. Carteles (La Habana) 35(52); 26 dic. 1954.19 Entre ellos estaban: Cosme de la Torriente y Peraza, Carlos Mrquez Sterling, Jorge Maach Robato, Pelayo Cuervo Navarro, Salvador Menndez, Manuel Antonio Varona, Jos Mir Cardona, Jos Pardo Llada, Luis Conte Agero, Vicentina Antua, Mario Llerena Rodrguez, Flix Lancs y Snchez, y Francisco Carone Dede. Ver: Carone Dede, Francisco: Informe del Dr. Francisco Carone Dede en el recurso de inconstitucionalidad contra el Canal Va-Cuba. Universidad de la Habana. Revista en.-dic. 1955. p. 363. [Compendio]20 Por existir un estado de conciencia adverso reflejado en las manifestaciones de instituciones como Asociacin Latinoamrica Libre, Asociacin de Veteranos, y la Universidad de La Habana que, en acuerdo del Consejo Universitario de fecha 17 de enero de 1955 acord designar una comisin de expertos en Ingeniera Civil, Economa, Derecho y Geografa para analizar las consecuencias inmediatas de la construccin del canal. La Federacin Estudiantil Universitaria (FEU), expuso sus puntos de vista al respecto: Representaba una carga sobre el ingreso fiscal, no viable; El Estado no reciba compensacin; Era una violacin a la moral pblica, as como a las normas elementales del Estado contenidas en la Constitucin de 1940. Adems participaron el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) [PPC(O)], el Partido Revolucionario Cubano (Autntico) [PRC(A)], Partido Socialista Popular (PSP), el Colegio de Abogados de La Habana, la Asociacin de Juventudes Catlicas, el Movimiento de Liberacin Radical, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la Federacin

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72Obrera Martima, la Asamblea Mdica Nacional, el peridico El Mundo, y otras personas no necesariamente opuestas al gobierno como Salvador Massip, Levi Marrero, Segundo Ceballos, Oscar Pino Santos, Ral Cepero Bonilla, Gastn Baquero, este ltimo consejero de Fulgencio Batista. Ver: Carone Dede, F. Op. cit. (19). p. 363.21 Carrera Jstiz, Francisco. Un Canal TransCubano complementario del de Panam. Habana: Imprenta Cuba Intelectual, 1934.22 Imbrica en sus anlisis no solamente las cuestiones cubanas sino que entrelaza los hechos de la historia reciente latinoamericana para sacar conclusiones sobre las posibles ventajas y las ciertas desventajas del canal. Por ejemplo, tiene en cuenta las consecuencias inmediatas por la elaboracin del Canal de Panam para Colombia a travs del Tratado Hay-Bunau-Barilla del 18 de noviembre de 1903, y la posible vinculacin con el asesinato del presidente Jos Antonio Remn. Su anlisis tcnico no se constrie al tecnicismo del Derecho, sino que articula un discurso con la opinin de otros especialistas y conocedores como los destacados Levi Marrero, Menndez Viloch y Salvador Massip. Ver: Carone Dede, F. Op. cit. (19). p. 375.23 Ibdem, p. 382.24 “[…] los preceptos impugnados violan los textos constitucionales sealados, ya que permiten regular el comercio, la industria, y las actividades agrcolas, propias del poder legislativo; regulan el trnsito, facultad tambin del poder legislativo; transfieren la facultad de polica del Canal, privativa del poder ejecutivo a la persona concesionaria; y as muchas facultades del poder ejecutivo y el poder legislativo son trasladados a la concesionaria, por esta legislacin nefasta que estamos impugnando”. Ibdem, p. 384.25 El Ministerio Fiscal representa al pueblo ante la administracin de la justicia y tiene como finalidad primordial vigilar el cumplimiento de la Constitucin y de la ley. Al mismo tiempo, las funciones del Ministerio Fiscal son inamovibles, con excepcin del fiscal del Tribunal Supremo que ser renombrado y removido libremente por el presidente de la repblica, teniendo los otros total obediencia. Proceso contemplado en la Constitucin que en los tiempos en que se debata este recurso era especialmente peligroso, por permitir la supeditacin del Tribunal a los intereses del Ejecutivo. Ibdem, p. 405.26 Ibdem, p. 415.27 Cdigo Penal Stoos, Suiza, de 1893 que se aplic cincuenta aos despus, en enero de 1942. El Cdigo Zanardelli, el Penal de la Repblica Espaola, 1932, y el Rocco, concluido a los cinco aos, dando excusas y aclarando que casi la mayora de los juristas italianos haban participado en l. Ibdem, p. 416.28 Ibdem, p. 427.29 Ibdem, p. 437.

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73 L a Escuela de Verano de la Universidad de La Habana se realizaba durante los meses de julio y agosto, no slo como una necesidad educacional, sino como un beneficio para la cultura cubana. En este trabajo fue escogida la efectuada en 1955, en la cual se impartieron casi cuarenta asignaturas, agrupadas en cuatro cursos: Estudios Pedaggicos (catorce disciplinas), Cursos Generales (siete), Msica (once) y Artes Manuales (seis). Fue un reto para la Universidad de La Habana, pues era una va de superacin y actualizacin en las diferentes especialidades para profesores y alumnos. El claustro, integrado por profesionales y doctores egresados de las escuelas del Estado, que de hecho eran pocos por aquellos aos, as como por algunos que ejercan en planteles privados, le daba gran importancia a los cursos por la maestra con que desarrollaban las clases, y por el cmulo de conocimientos que impartan, avalados por una alta calidad, difcil de encontrar en otro centro educacional cubano. Los asistentes recibieron diferentes temas: Folklore Cubano, Apreciacin Musical, Entonacin Coral, Ortografa, Taxidermia…, cuyos aspectos didcticos nunca antes haban sido planificados ni organizados con esas caractersticas. Como un logro indiscutible es digno destacar que la gran mayora de los cursos eran impartidos por destacados especialistas cubanos de prestigio internacional. Este particular permite hacer una valoracin histrica de su significado en las dcadas del cuarenta y el cincuenta, pues incidieron en la formacin acadmica de los intelectuales de aquella etapa. Entre los profesores se encontraban Jos Ardvol, Edgardo Martn, Harold Gramatges, Serafn Pr, Argeliers Len, Mara Teresa Linares, Rafaela Chacn y Gustavo Torroella, lo cual demuestra la exigencia al seleccionar a los especialistas que cubriran no slo la docencia, sino que tendran el encargo de enriquecer y ampliar la preparacin de los matriculados. El tiempo de duracin era de seis semanas y los encargados de impartirlos contaban con el material bibliogrfico y la capacidad suficiente para lograr un xito en su disertacin acadmica y cientfico-cultural, utilizando mtodos y procedimientos que permitiran el intercambio entre todos para obtener conocimientos ms slidos y la posibilidad de aplicarlos en su trabajo diario. Universidad de La Habana. Escuela de Verano 1955 en el recuerdo Leonel Maza y Lourdes CastellnInvestigadores

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74Los profesores slo tenan que ajustar sus criterios al reglamento de la Escuela de Verano y a los Estatutos universitarios. Para alcanzar un buen desenvolvimiento y eficiencia, las clases deban comenzar diez minutos despus de la hora sealada y concluir a la hora exacta; cada una duraba cincuenta minutos. La Escuela de Verano otorgaba calificaciones que tenan prestigio y reconocimiento tanto en Cuba como en el extranjero, ya que a los participantes se les conceda la categora de Artium Magster, equivalente a Maestro en Arte en el mbito internacional, de ah que se exigiera un estricto cumplimiento en la metodologa y las calificaciones. Las asignaturas que tenan tres horas a la semana otorgaban el valor de un crdito, las de cinco acumulaban dos y las de diez horas, tres. Tambin se impartan ciclos o cursillos con menos tiempo de duracin que acumulaban medio crdito. La calificacin final del alumno se meda de la siguiente manera: Menos de 60 puntos: Desaprobado De 60 a 69, 9 puntos: Aprobado De 70 a 79,9 puntos: Aprovechado De 80 a 89,9 puntos: Notable, muy bueno De 90 a 100 puntos: Sobresaliente Finalmente, el ciclo de calificaciones acadmicas conclua por asignaturas y el alumno que no asista al 80% de las clases reciba la calificacin de Incompleto, y si renunciaba en el plazo establecido la de Renuncia. Los profesores podan escoger a un profesor agregado para que trabajara como su asistente, el cual deba ser graduado universitario, aunque no recibira remuneracin alguna, pero s sus servicios seran anotados en su expediente personal. Este sera autorizado por el rector a travs del director de la Escuela de Verano. En la Escuela de Verano de 1955 se efectuaron los cursos siguientes: IEstudios pedaggicos Los lunes, martes y viernes en el aula dos del Edificio Poey se impartieron de nueve y media a diez y media “Proyeccin social de los sucesos. Reserva histrico-pedaggica” por la doctora L. Grave de Peralta; a continuacin, “La educacin activa y funcional” por la doctora C. Couceiro; en el horario de once y media a doce y media, la doctora R. Chacn, “Educacin de la comunidad”, y por la tarde, de dos a tres, el doctor Francisco Ba-

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75rroso daba “La enseanza de la Mineraloga en la Escuela Primaria y Media” en el aula nmero cinco. Esos mismos das, pero en el aula dos del Edificio de Ciencias Comerciales, de ocho a nueve de la maana, “La ortografa en la escuela elemental. Nueva tcnica del aprendizaje ortogrfico” era ofrecida por el doctor A. T. Daz, quien continuaba con “La educacin de adultos, sus principios y tcnicas”. En el horario siguiente, de diez a once, la “Enseanza del Espaol: Aplicada a la Escuela Primaria Elemental y Superior” era impartida por los doctores Dolores Mart y M. del Valle. Finalizaba la sesin de la maana con “Introduccin a las tcnicas fundamentales del diagnstico de la personalidad: Rorschach y T. A. T”, explicada por el profesor Gustavo Torroella. Diariamente en el aula tres de este edificio, “El arte musical en la formacin de la personalidad del nio”, era expuesta por los doctores H. Martnez Amores y Ada Iglesias de ocho a nueve de la maana. Los martes y jueves en el aula dos del Edificio Poey comenzaba a las ocho de la maana “Cmo seleccionar, graduar y orientar la enseanza de las Ciencias en la Escuela Primaria”, por las doctoras R. Fernndez y B. Prez, quienes continuaban con “Los cursos de estudio de Ciencias en la Escuela Primaria”. De once a doce y media prosegua la doctora J. Castro Runy el curso “Las dramatizaciones en el aprendizaje escolar”. Tambin esos das y en dicho edificio “El problema de la niez y el maestro” fue impartida por la doctora H. Martnez Amores de nueve a diez, en el aula cuatro, pero de ocho a nueve y media el doctor R. Busto desarrollaba “Educacin Esttica a travs del dibujo” en el aula de dibujo. II. Cursos generales Los lunes, martes y viernes se ofreci “Recursos econmicos de Cuba” en el Edificio de Ciencias Comerciales por el profesor M. A Fleites de tres a cuatro de la tarde. Otras materias fueron impartidas los mismos das en el Edificio Felipe Poey, por doctores como A. Moreno y R. Fernndez, quienes explicaron “Bosquejo de la fauna de Cuba” de ocho a nueve y treinta de la maana; C. iguez, “Geografa Econmica” de diez a once en el aula siete; Francisco Barroso, “La enseanza de la Mineraloga en la escuela primaria y media”, de dos a tres pasado meridiano, en el aula cinco; J. Fernndez de la Arena, “Gentica humana: la herencia normal y patolgica en el hombre”, de tres a cuatro de la tarde en el aula cuatro. Slo “La vida de los vegetales”, fue presentada por los doctores A. Ponce de Len y P. Ponce, de cuatro y treinta a seis, en el Jardn Botnico. Mientras, los martes y jueves el doctor V. Rodrguez explicaba “Prctica de Taxidermia”, de dos a cuatro y treinta en el aula seis de dicho edificio. III. Cursos de Msica Se desarrollaron las siguientes materias los lunes, martes y viernes siempre en las maanas en el Edificio de Ciencias Comerciales: en el aula nmero uno, “Pedagoga Musical” por la doctora E. Ibez de ocho a diez; “Historia de la msica cubana aplicada a la enseanza primaria elemental y superior. Medios auxiliares para el desarrollo de la misma”, por el profesor Harold

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76Gramatges Leyte-Vidal en el mismo horario; “Grandes representativos de la msica”, por el doctor Edgardo Martn de diez a doce; “Direccin Coral y didctica del canto coral”, por la doctora Ada Iglesias de dos a tres y treinta de la tarde; a continuacin, “Apreciacin rtmica de los bailes folklricos europeos y americanos”, por la profesora C. Lpez Escalera; y “Algunos problemas de la teora de la msica revisados a la luz de la Musicologa moderna”, por el profesor Serafn Pr, de cinco a seis y treinta. Los martes y jueves en ese edificio se ofrecan las asignaturas siguientes: “Armonizacin de cantos escolares”, por el profesor Harold Gramatges de ocho a diez y treinta de la maana, y continuaba “Didctica de la apreciacin musical”, por el doctor Edgardo Martn en el aula uno; “Musicografa de Cuba” de dos a cuatro y media de la tarde por el doctor Argeliers Len, quien continuaba hasta las siete con “La Educacin Musical en las escuelas primarias superiores”, mientras la doctora Mara Teresa Linares ofreca “Apreciacin de la msica folklrica cubana” de cuatro y media a seis. IV. Artes Manuales Se realizaron en el Edificio Felipe Poey las clases “El dibujo y la pintura. Tcnicas de reproduccin”, por el profesor O. Jamb de dos a cuatro en el aula dos, los lunes y martes, y de dos a tres, los viernes; “Modelado aplicado a la Escuela Primaria Elemental y Primaria Superior” fue impartida por el profesor. I. Chappotn, los lunes y martes de cuatro a seis y treinta en el aula dos. Los martes y jueves fueron expuestas “Trabajos didcticos y recreativos confeccionados en diversos materiales”, por la doctora, M. Barrillas, de dos a cuatro y media, y en este horario “Prctica de taxidermia”, por el doctor V. Rodrguez, en el aula seis. La doctora Barillas esos das tambin imparta “Didctica de las artes manuales en la escuela primaria”, de cuatro y media a seis y media, y los viernes de tres a cuatro. Tambin este da, la profesora E. Pola explicaba “Cermica fra plstico manual”, de cuatro a seis y media de la tarde, y los sbados de ocho a diez y media en el aula dos. Cuando analizamos con detenimiento lo que fueron las Escuelas de Verano y los diferentes elementos que las hicieron grande, tanto por el recinto que las acogieron como por los profesores, hombres y mujeres que le aportaron a Cuba toda su inteligencia, no podemos obviar a sus alumnos, tambin importantes en la historia de la Universidad de La Habana y que se convirtieron en personalidades de la cultura del pas y engrandecieron a la madre nutricia que, cincuenta aos despus, an est en el recuerdo. Fuentes Consultadas Programa general. Cursos de Educacin 15 edicin, 1955. Escuela de Verano. Universidad de La Habana. Registro de asistencia Escuela de Verano, Universidad de La Habana, 1955.

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77 Volver a los sesenta Oscar LoyolaProfesor de la Universidad de La Habana C omo ejercicio intelectual, rememorar los aos en que uno estudi en la Universidad de La Habana presenta, al menos, dos riesgos fundamentales: el de cualquier-tiempo-pasado-fue-mejor, con lo que se magnificaran las virtudes reales del final de los sesenta, y el riesgo de proyectar, con la madurez de cuarenta aos despus, las experiencias actuales a aquella fascinante dcada inicial. Las complejidades suben de punto si el que ahora analiza, enfrentado ya a una madurez que comienza a convertirse en asunto propio de la gerontologa, disfrutaba en aquellos tiempos de la edad definida por Los Cinco Latinos, en memorable cancin, como los dulces diecisis Voy entonces a asumir el viaje de regreso a mis aos de estudiante universitario de manera puramente subjetiva, sin plantearme los antecedentes, causas y consecuencias de lo que sucedi o lo que pudo suceder, despojndome as de una caracterstica –o un vicio– imprescindible para los historiadores. Acompaado por el Oscarito de los sesenta, el doctor Loyola del 2008 aora, siente y piensa que: Me encantara merendar yogur y pan con mantequilla, a precios inverosmiles para un estudiante contemporneo, en la cafetera del edificio Dihigo, al lado de Mariela, Mara Teresa y Rafaelito. Me gustara sentarme en el banquito de la entrada, y ver, otra vez, bajar la escalera a una rubia como Berta lvarez, o a una triguea como Carmita Barcia. Sera maravilloso asistir de nuevo a una reunin “de aquellas”, en el Saln de los Mrtires, de ocho de la noche a seis de la maana, discutir hasta la saciedad sin que nadie me “bajase” las tareas a realizar, y terminar desayunando en la cafetera del Habana Libre por slo unas moneditas. No era, a fin de cuentas, tan terrible llenar infinitas bolsitas de tierra, una o dos veces a la semana en horario nocturno, y soar con cestas infinitas de frutas y flores producidas en el Cordn de La Habana. Fue delicioso considerar que tomarse una botella de ron en el Malecn, hablando a gritos de la liberacin sexual, con nias que an no se haban desvestido frente a sus parejas, era el primero y ms firme paso hacia la plena realizacin intelectual. La Cinemateca, con su maravillosa y no pocas veces aburrida carga de Resnais, Kurosawa, Losey, Bergman y Fellini, constitua un eslabn imprescindible en el plan de estudios de un joven de la Facultad de Humanidades. No es en lo ms mnimo necesario haber ledo a los diecisiete aos a ciertos escritores considerados “de punta”, que con celeridad desaparecern del campo intelectual, para ser en un futuro un profesional con decoro, siempre y cuando se tengan arrestos suficientes para vencer las burlas de los seudo intelectuales plenamente convencidos de la inutilidad del agua y el jabn.

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78 Una Universidad que se respete es mucho ms el ambiente cultural e intelectual que genera, y en el que sus profesores y alumnos se insertan, que un rgido programa de estudios acadmicos, concebido no pocas veces para disimular la mediocridad ambiental. Conocer a Francisca Lpez, a Pedro Pablo Rodrguez, a Ana Cairo, a Sergio Guerra, a Jorge Hernndez, a Luis lvarez, entre tantsimos y tantsimos otros, me dio una oportunidad nica: acompaarlos intelectual y afectivamente en el dursimo y espinoso camino del vivir y del pensar; enriquecerme con su inteligencia; forjar mi espiritualidad con sus escritos; luchar a brazo partido por no quedarme atrs; y, algo maravilloso, imprescindible para hombres, lobos y leones: saber a qu manada pertenezco. Me agradara volver a escuchar a los doctores Carlos Funtanellas, Manuel Galich y Carlos Daz, y aprovechar mejor lo que cada uno de ellos poda darme y, sobre todo, dejarme arrastrar por el torbellino emocional, por la angustia patritica que constituan las clases de una gran maestra, injustamente olvidada, la profesora Olga Lpez. Ver buen cine –sin apenas saber qu era el buen cine–, discutir constantemente sobre temas inverosmiles –ya fuese en la biblioteca, con Sarah Fidelzait, a la entrada del edificio o en la Plaza Cadenas– y leer, leer, leer sin descanso, de todo y sobre todo, era la principal razn de ser de un humanista egresado de la Colina. Del Libro de los muertos al mayo francs: he ah los lmites posibles. Jams dejar de asistir a clases, jams suspender una sesin docente, ms que una conviccin, era casi un dogma, sin que esto significase una proyeccin “docentista” del estudiante universitario, cuyos resultados acadmicos no eran comparables con los actuales, si de cantidades se trata. Un expediente de cien puntos nunca se vio. De ms de esa puntuacin, era imposible: la racionalidad de la dcada no lo permita. Daba sentido de grupo, y se asuma con legtimo orgullo, contarse en las filas de admiradores de Martha Strada (ah, aquel Abrzame fuerte ) y del cuarteto de Meme (los problemas de la memoria oral hacen que ya no me acuerde de si era ms famosa El torrente o Empezar ), y presumir de que se detestaba grandemente el Mozambique, aunque uno no pudiera controlar los pies al escucharlo. Pensndolo bien, no fue tan intil dedicar meses de la carrera a llenar exhaustivas planillas sobre el divorcio o la bolsa negra en Santiago de Cuba; o hacer entrevistas sobre cosas innecesarias o inverosmiles en Isla de Pinos; o adquirir el mote de “Colmillo Blanco” en las lomas pinareas, por la obligacin de explicar escritos de Jack London a iletradas campesinas, mientras estas lavaban gigantescos bultos de ropa. Lo que pudo perderse en horas de estudio, se gan con creces en experiencia vital, en anudar lazos imborrables de confraternidad estudiantil. Y en conocer las diferentes Cubas, lejos de la imagen no siempre representativa de la capital. Sera fascinante volver a aquella escuela militar en la que, como una letana imparable, se escuchaba cada da al amanecer la frase “hoy vamo a etudial er tapn de la caja de lo mecanimo”,

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79pronunciada por un esforzado instructor oriental; o que me endilguen un reporte en formacin, por “ver un satlite” en los cielos, a punto de medioda; o que Pablo Arco, en la prctica final de tiro, para ayudar a su miope socio Oscar, concentre todos sus disparos en la diana de este infeliz, lo que me represent una puntuacin excepcional, y recibir el premio de permanecer dos das ms en aquella horrenda escuela, en calidad de forjarme como tirador destacado. Fue muy hermoso que la camisa de mezclilla y las botas caeras –y, poco despus, las sandalias de plstico para las muchachas– marcaran homogneamente a toda una generacin de estudiantes. La casi nula diferenciacin individual en el vestir constitua en s la diferenciacin, en tanto grupo, de los jvenes cubanos, en relacin con los universitarios de otras partes del mundo. Y era bello soar con los ojos de la novia, maquillados con sombra raspada de una tiza. Los “divid”, los “celulares”, las “flach” o las “chopin” no podan separarnos. Era impactante la complicidad de ocultar que se haba asistido a un recital en Casa (de las Amricas, por supuesto) al que slo y muy minoritariamente concurran los iniciados –los “intelectuales del maana”– para escuchar con admiracin y sorpresa las canciones de unos muchachitos desconocidos, que rasgaban con infinita ternura y spero criticismo sus viejsimas guitarras, y que respondan a los sencillos nombres de Silvio, Noel y Pablito. Prestar atencin a lo que hablaban los alumnos de cursos superiores; sentir honda vergenza por la incultura propia (Oscarito, t no sabes quin es Margueritte Duras?); salir disparado para la biblioteca a informarse de lo que se desconoca; no despreciar jams la posibilidad de aprender con aquel mejor preparado; aprovechar las oportunidades que una Universidad recin reformada daba, eran consustanciales con la condicin de miembros del Alma Mater. A nadie se le hubiera ocurrido, fuese cual fuese su origen regional o su “extraccin de clase”, encaramarse en un muro, decirle cuatro malas palabras a una compaera, utilizar gorra, boina o sombrero en el aula, o sentarse en una reunin antes que sus profesores, por jvenes que estos fuesen. La poca edad de ellos facilitaba el tuteo, lo cual es muy distinto a promover las faltas de respeto. Los atisbos de la posmodernidad se me hicieron presentes en l973, cuando escuch por vez primera la expresin “asere”. Un colega me la explic varias veces, y mi poca capacidad para entenderla no sorprendi a ninguno de los que nos rodeaban. Confieso que he hecho progresos en mis estudios de lingstica solariega: Cmo si no entender a mis estudiantes? Jos Lezama, Mario Vargas Llosa, Gabriel Garca Mrquez y Carlos Fuentes convivan maravillosamente con Regis Debray y Louis Althusser; y todos ellos, tomados en conjunto, se maridaban a diario con Franz Fanon y Jean Paul Sartre para formar un corpus gigantesco en el que se incluan, por derecho propio, las Tesis sobre Feuerbach, Pasajes de la Guerra Revolucionaria y Materialismo y Empiriocriticismo sin que yo recuerde,

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80fascinante dcada en aquella humanstica facultad, que entrasen en la menor contradiccin “ideolgica”. Retomando la primera persona del singular, sera interesante preguntarme, cuarenta aos despus, qu obtuve de aquella, mi poca de estudiante, en la Colina de los sesenta. Aun a riesgo de que las respuestas pudieran ser muchas, si soy honesto conmigo mismo (y mentirme no es de mi agrado), tendra que decir: obtuve –y aprovech al mximo– la posibilidad de construirme, de sentar las bases de los grandes defectos que hoy por hoy me constituyen, y que me han permitido sobrevivir: una tenacidad rayana en la tozudez; una capacidad de resistencia notable frente a los embates de los dems; un espritu de estudio que me ha quitado demasiadas horas de mi vida personal; y, por encima de todo, una lengua gil y siempre dispuesta. Quizs no deba olvidar la inquebrantable decisin, que viene desde algn punto muy ntimo de mi ser, de no divorciar a Marx y a Sartre, a lo blanco de lo negro, a Edith Piaff de Elena Burke, al Mar Negro del Caribe. A entender, en resumen, que ningn trmino extremo y excluyente constituye en s toda la verdad. Los azares de la vida me llevaron a integrar el claustro universitario, sin creerme especialmente preparado para ello. As, el amor entre la Universidad y yo debi continuar, sin demasiado agrado por ambas partes. No pocas veces he credo percibir, en nuestra relacin, un intento de excluirme de su seno, de lanzarme a rumbos diferentes, de asfixiarme. Yo he resistido araazos, embates, golpes. Guardo, como un viejo cachalote, cicatrices profundas que no pueden ser borradas. Al subir la escalinata la he sentido rer, convencida de que ese ser mi ltimo da dentro de sus muros. Y he aprendido a sonrerle burlonamente, obligndola a soportarme, a esperar a maana. Nos miramos de frente, poderosa ella, resistente yo, y cada uno enfrenta el da que la vida nos tiene reservado. En esta guerra privada, sin embargo, ya no me hago ilusiones de victoria. Nunca se lo confesar, no voy a darle ese gusto; pero mi propia resistencia es el smbolo de mi derrota. Y bajo ante ella la cabeza, al conocer de antemano la respuesta a una dolorosa y al mismo tiempo, hermossima pregunta: despus de ms de cuarenta aos de amor y desamor, cmo seguir siendo Oscar Loyola, y serlo fuera de los marcos de la Universidad de La Habana?

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81 Mi Universidad, ayer y hoy Francisca Lpez CiveiraProfesora de la Universidad de La Habana S ubir la escalinata de la Universidad de La Habana es como ascender hacia una meta suprema, como transitar por los caminos de la historia nacional cubana, como acceder a la mayor casa de cultura posible. Ese fue el sentimiento de la joven que entonces yo era, cuando en 1963 fui por primera vez al encuentro del Alma Mter, en busca de la Facultad de Humanidades para matricular –an no muy bien definida en mi seleccin– en la carrera de Historia o posiblemente la de Letras. Esa emocin no me ha abandonado a lo largo de casi medio siglo. Entonces, era llegar al sitio que muy poco antes pareca inaccesible o, al menos, muy lejano para muchos de mi generacin. All me decid definitivamente por la Licenciatura en Historia, sin tener conciencia de que estaba definiendo no solo mi profesin sino mi vida, que ya quedara ligada a la Universidad de manera total e irreversible. El sentido de pertenencia a esa casa grande es variado, complejo, pero irrenunciable a pesar de dificultades, a veces conflictos personales y por qu no? el sentimiento de decepcin en algunas coyunturas dentro del perodo de la vida de un ser humano. A pesar de momentos amargos en el orden personal cmo renunciar a la maravilla de ser parte de esa luminosa Universidad? Aquella joven que entonces era, sinti el deslumbramiento de conquistar el cielo cuando matricul y se convirti en universitaria, no saba que para siempre. En una dcada de transformaciones aceleradas, como fue la del sesenta, me senta protagonista desde la legendaria escalinata que, por cierto, no suba a diario pues la escuela de Historia comparta entonces el edificio Dihigo con la escuela de Letras, circunstancia que hermanaba a los estudiantes de ambas carreras. All conoc, por tanto, a los directores fundadores de las dos escuelas: Sergio Aguirre y Vicentina Antua respectivamente. Cuando inici mis estudios, perteneca al segundo grupo de matriculados en la carrera, ya que slo haba un grupo que pasaba entonces al segundo ao. Para sorpresa mayor, el da que se iniciaron las clases de Historia de la Literatura dentro de la asignatura Historia de la Cultura, vi entrar en el aula a un mito de la narrativa cubana como Alejo Carpentier. Aunque menos conocida por m entonces, descubr la Historia del Arte de la mano de Rosario Novoa y as me fui adentrando en las distintas materias del plan de estudios. Dentro del claustro haba entonces profesores de experiencia y jvenes recin graduados que hacan sus primeras armas en las nuevas carreras recin nacidas con la Reforma Universitaria de 1962. A muchos debo gratitud por lo que me ensearon en mi formacin acadmica, pero ms an estoy en deuda con aquellos que apreci como seres humanos dentro de un proceso revolucionario de profundos cambios.

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82Entre mis profesores estaba la doctora Olga Lpez, quien imparta toda la Historia de Cuba que entonces estaba dentro del plan de estudios. Su pasin por nuestra historia la haca vibrar en la explicacin de los procesos o momentos heroicos o dolorosos dentro del devenir histrico cubano, transmitiendo esa emocin a sus alumnos, por lo menos a m llegaba as. Creo que a ella debo en gran medida mi dedicacin a la historia de Cuba en mi vida profesional. En mis aos estudiantiles hice mis primeros ejercicios docentes como profesora sustituta de preuniversitario, primero, y despus en secundaria bsica de manera estable. Era parte de quienes bamos a brindar nuestros an muy escasos conocimientos ante el llamado que se haca a los estudiantes para cubrir las necesidades planteadas por la abrupta apertura de oportunidades de estudio para todos los cubanos. As, fui estudiante, profesora, dirigente estudiantil por la Federacin Estudiantil Universitaria (FEU) y la Unin de Jvenes Comunistas (UJC), y tambin tena tiempo para ir todos los das a la biblioteca –la Nacional o la de la Escuela o de la Universidad–, asistir al teatro y a los estrenos de pelculas, comentar las ltimas publicaciones y formar parte del movimiento de aficionados al arte. Tambin estaban las movilizaciones a trabajos agrcolas en zonas de La Habana, Matanzas o Pinar del Ro o donde fuera necesario trabajar en los cultivos de la caa de azcar, la papa, el tomate, la cebolla, el pltano o lo que fuera. Al mismo tiempo, tenamos los entrenamientos en la milicia y las guardias que entonces hacamos con fusil. Hoy recuerdo la alegra con que vivamos todo aquello que nos abra a la nueva vida que se forjaba, aunque tambin haba contratiempos y los problemas que siempre se generan en las relaciones entre seres humanos. Eso tambin forma parte de mi experiencia como estudiante de la Universidad de La Habana. Tambin miro con criterio analtico el plan de estudios de entonces, con el que estudi, y estoy convencida de que era el mejor que se poda concebir en aquel momento. Con una concepcin realmente universal, adems de las asignaturas que respondan a la divisin tradicional de la historia de la humanidad vista desde Europa, se incorporaba el estudio de Amrica Latina, frica y Asia, adems de la Historia de Cuba. Entre otras materias, Historia de la Cultura fue en particular enriquecedora para m al acompaar cronolgicamente a la Historia Universal en tres componentes esenciales: Historia de la Filosofa, Historia del Arte e Historia de la Literatura, a la que Carpentier aadi elementos de historia de la msica durante los cuatro semestres que fue mi profesor. Fue una estructura muy controvertida, pero yo siempre agradecer haber cursado aquellos ocho semestres de Historia de la Cultura. Hoy no pudiera reproducirse aquel plan de estudios por el desarrollo actual de la ciencia y las necesidades formativas contemporneas para un historiador, pero en los aos sesenta era un formidable plan de estudios. En la Escuela de Historia estudi Marxismo-leninismo, pero tambin o hablar por primera vez de la Escuela de Annales. An conservo la edicin cuba-

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83na de Apologa de la Historia de Marc Bloch, publicada en 1971, que recib ya como parte del claustro de la escuela, y conservo tambin la coleccin de Historia de las civilizaciones dirigida por Maurice Crouzet. Elas Entralgo era el decano de la Facultad de Humanidades, pero muy pronto enferm y asumi sus funciones Carlos Amat, a quien profeso afecto y respeto, tanto de mi etapa estudiantil como despus en mi condicin de trabajadora. En aquella poca se incorpor la investigacin a la actividad universitaria, lo que introdujo la nueva experiencia para alumnos y profesores de disear y realizar investigaciones multidisciplinarias de la sociedad, su devenir, sus transformaciones y sus conflictos contemporneos. Mi primera experiencia estudiantil dentro de esos proyectos fue en Guantnamo. Me gradu en 1967, lo que volvi a producir cambios en mi vida: fui con un pequeo grupo de compaeras a hacer servicio social rural en los Pinares de Mayar, perteneciente a la actual provincia de Holgun. A aquella meseta en la cima de una montaa fueron el decano Carlos Amat, el director Aguirre y la profesora de la Escuela de Letras Rosa Antich a visitar a sus “muchachitas” ya graduadas, que eran pioneras de esa nueva experiencia que, por dems, fue nica, pues el carcter rural del servicio social no se repiti para los egresados de Historia y Letras. En 1970 regres a la Universidad: mi profesora de Historia de la Filosofa Cubana, Isabel Monal, me llam para un grupo de investigacin sobre Amrica Latina que an no tena plantilla propia, de ah que me incorporara por la Escuela de Historia que entonces diriga Daysi Rivero; esto permiti que un ao ms tarde quedara integrada dentro del claustro de la escuela. Mi ubicacin definitiva en el Departamento de Historia de Cuba la debo a mi querida profesora Olga Lpez, ya entonces muy enferma, quien me hizo un plan para trabajar con ella y as decidir esa pertenencia despus de consultarme. La vida est llena de alternativas en las que tambin interviene el azar, pues yo deba haberme incorporado a Historia de Amrica, lo que hubiera significado posiblemente otro derrotero dentro de la propia Universidad, pero mi profesora me ayud a encaminarme de acuerdo con mi preferencia. A partir de 1971, por tanto, pertenezco al Departamento de Historia de Cuba, desde el cual he visto diversos cambios de estructura dentro de la Universidad, en la Facultad –que actualmente lleva el nombre de Filosofa e Historia– y en los departamentos do centes del rea de Historia. Tambin he trabajado con distintos planes de estudio que en algn momento empezaron a denominarse con letras por orden alfabtico, por lo que siguiendo ese ordenamiento estamos elaborando ahora el Plan D. La joven profesora que iniciaba su nueva etapa universitaria en los setenta ya no era la muchacha de la poca estudiantil: casada y con dos nios pequeos, con una casa que reclamaba una intensa jornada domstica cada da, tena que enfrentar el reto de convertirme en profesora de la Universidad de La Habana. Los primeros estudiantes a quienes impart Historia de Cuba fueron de Sociologa, una carrera que empezaba a dar

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84sus primeros pasos, y de la Licenciatura de Espaol para extranjeros. Despus continuara con los masivos cursos para trabajadores en las carreras de Sociologa, Historia e Historia del Arte. ¡Con cunta angustia sala corriendo de mis clases en Sociologa a las seis de la tarde para esperar una “guagua” que me llevara a Marianao para recoger a mis nios en el crculo infantil! ¡Cuntas noches con clases entre ocho y once pasaron mis hijos sentados en la ltima fila de asientos del aula durante mis clases! En medio de aquellas batallas agradec siempre la solidaridad de algunos alumnos, y hasta de esposos de mis alumnas, que me llevaban en su carro, cuando podan, para que llegara a tiempo al crculo donde ya slo quedaban mis dos hijos, o que a las once de la noche nos llevaban de regreso a la casa. Tambin recuerdo a la maravillosa Nemesia, la bedel de la Facultad que era capaz de mantener la limpieza y el orden y llevar un vaso de agua al profesor cuando iba a empezar su clase y que muchas veces me deca: “Profesora, deje a los nios conmigo que son tranquilos y yo los cuido”. Muchos aos despus supe que no eran tan tranquilos y ella tena que vigilarlos, porque se suban a los rboles de la entrada de la Facultad. La experiencia con los cursos de trabajadores pas por el Curso Introductorio que se imparta por las noches en la Secundaria Bsica Jos Larruada, en Nuevo Vedado, luego por el trabajo con las guas de estudio que debamos confeccionar y la concepcin de las fases A, B y C en el proceso de enseanzaaprendizaje de cada tema del programa, por el llamado “consolidado” que inclua a todas las historias que se impartan en el semestre dentro de la Historia Universal que corresponda en orden cronolgico; ello significaba para m entrar con mi pedacito de Historia de Cuba cuando me tocaba el turno dentro de aquel “consolidado”. Yo aprenda a impartir las clases dentro de aquellas concepciones en la propia aula, en el trabajo directo con los estudiantes. Aquello tambin signific la elaboracin de materiales docentes como las guas y las selecciones de lecturas. Para las carreras de Sociologa y de Historia del Arte trabaj dentro de una asignatura que se llamaba Historia de Amrica y Cuba, por lo que comparta el curso con diferentes compaeros del Departamento de Historia de Amrica. En los cursos de trabajadores me form como profesora universitaria, estudiando mucho en medio de mis obligaciones domsticas para pararme ante grupos que no pocas veces rebasaban los 100 estudiantes, quienes en su mayora tenan bastante ms edad que yo. All estaban modestamente sentados asaltantes del Moncada, expedicionarios del Granma, combatientes clandestinos y del Ejrcito Rebelde, adems de artistas conocidos y otras personas que ya se movan dentro del mundo intelectual, aunque no haban alcanzado an el ttulo acadmico. Recuerdo en especial el respeto y la sencillez de muchos de mis alumnos que tenan una historia heroica en sus vidas, lo que contrastaba con la pretendida altivez de algunos pocos que, sin tales mritos, intentaban imponerse ante el resto, incluyendo a los profesores.

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85De aquella poca tan angustiosa en algunos sentidos para m, tengo el recuerdo agradecido para los estudiantes que tan benvolamente atendieron, respetaron, creo que quisieron y, sobre todo, comprendieron el esfuerzo de la joven profesora. Tambin siento el sano orgullo de haber sido parte de la Universidad que abra sus puertas a todos, que se vesta de campesino, de obrero, de negro, como planteaba el Che. Avanzada la dcada del setenta, tambin tuve como alumnos a combatientes internacionalistas en Angola. ¡Cuntas veces en aquellos aos examin en mi casa, en perodo de vacaciones, a quienes no haban podido estar en el aula durante el calendario oficial de exmenes! Aquella fue una prueba dura para los jvenes de mi generacin que pasamos a integrar el claustro universitario y que, al da siguiente de estar en la plantilla, o sin estar oficialmente an, ya entrbamos al aula a impartir clases. Mara Cristina Llerena, con su nobleza proverbial, atesoraba mltiples materiales mimeografiados que pona a disposicin de quienes, como yo, empezaban a subir la difcil cuesta de la docencia en la Universidad. La labor formativa de los jvenes dentro del Departamento de Historia de Cuba estaba dirigida por Sergio Aguirre. Esta consista en seminarios sobre el perodo republicano a partir de un programa de temas de Historia de Cuba de esa etapa. De acuerdo con el programa, se asignaban los distintos temas que debamos preparar y exponer ante el Departamento para su discusin. Recuerdo que en la primera vuelta me toc en suerte el incidente por la muerte y el sepelio de Calixto Garca, que fue la ms sencilla, pues en la segunda vuelta me asignaron el Movimiento de Veteranos y Patriotas y el Primer Congreso Nacional de Mujeres, lo que me oblig a un fuerte trabajo de indagacin en la entonces muy escasa bibliografa sobre esos temas y hasta sobre la poca en general, en la prensa y en las memorias del primer y el segundo congresos nacionales femeninos. De aquel seminario se deriv mi primer artculo publicado: “A 50 aos del Primer Congreso Nacional de Mujeres” en Bohemia (La Habana, 17 de agosto de 1973). La tercera vuelta fue ms complicada an ya que tuve que exponer sobre el gobierno de Carlos Pro. ¡Jams haba estudiado aquello, pues el programa que me haban impartido apenas llegaba a la toma del poder de Gerardo Machado! Fue, por tanto, un esfuerzo mayor en el que tuve, otra vez, la ayuda de mi profesora Olga Lpez, quien me prest revistas y otros materiales y me orient algunas fuentes. Cuando iniciaba mi labor docente tuve mi primer dolor como trabajadora de la Universidad de La Habana, cuando en mi primera asamblea sindical no fui seleccionada Trabajadora de Avanzada, siguiendo el criterio de la direccin de mi dbil plan de trabajo. Para alguien, como yo, acostumbrada a formar parte de la vanguardia en todas las tareas, aquella decisin dentro de la emulacin sindical fue dolorosa. En los primeros aos de mi vida laboral en la Universidad, atend la subdireccin de becas de la Escuela de Historia, lo que inclua no slo las reuniones y las tramitaciones de rigor, sino las visitas al edificio donde vivan

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86nuestros becados situado en 3 y F en el Vedado. Por extensin de mi labor docente en la carrera de Sociologa, que an era estructuralmente un Departamento, ayud a la atencin de sus becados, pues no tenan esa subdireccin. En 1976 cambi la estructura de la Universidad junto al surgimiento del Ministerio de Educacin Superior. La Facultad de Humanidades desapareci y con ella sus escuelas, entonces Historia qued dispersa en tres departamentos docentes dentro de una Facultad que inicialmente se llam de Filosofa Marxista Leninista y que despus se llam de Filosofa e Historia. La nueva estructura se acompa de un proceso de otorgamiento de categoras docentes en el cual a los de mi generacin en el Departamento de Historia de Cuba nos correspondi la de asistentes. En el Departamento que corresponda al cambio estructural, inici un largo perodo de dirigente sindical que lleg hasta 1987. Tambin se producan cambios en los planes de estudio. Pronto empezara el Plan de estudios A y las especializaciones. En la especializacin en Historia de Cuba se me design para impartir Historia de las Relaciones de Estados Unidos con Cuba, lo que implicaba reorientarme en esa nueva direccin a partir de un programa de asignatura que me entregaron ya elaborado. Por cierto, el nuevo Plan de estudios incluy un rediseo del ejercicio terminal de la carrera por medio de trabajos de diploma individuales y la incorporacin de asignaturas preparatorias como Curso Monogrfico y Seminarios de Investigacin para escalonar el trabajo directo del tutor con sus estudiantes. As, tuve que lidiar con un programa de asignatura que encontr muy deficiente en la medida en que lo trabajaba hasta que lo pude reformular para el Plan B. La nueva concepcin de la carrera tambin trajo nuevas experiencias: la elaboracin de una Seleccin de lecturas a modo de texto y, sobre todo, la tutora de un grupo de estudiantes en trabajo de diploma. La direccin de investigaciones constituye, a mi juicio, una de las labores ms complejas y tambin la ms completa de un profesor. Aqu hay que desplegar las habilidades adquiridas en la propia investigacin, en el ejercicio de la docencia, en la relacin humana con los estudiantes y en la capacidad de orientar y exigir. Estos cambios trajeron tambin nuevos espacios de debate en el Departamento, donde se discutan los programas de asignatura en sesiones metodolgicas –en especial para el Plan B– y los temas que se proponan para los Trabajos de Diploma, lo que nos enriqueci mucho en el plano profesional. Tanto estas discusiones como las desarrolladas en sesiones cientficas fueron acicate para el estudio y la reflexin colectiva e individual, con lo que se cre un ambiente de intercambio cientfico que ayud al desarrollo de todos. En la dcada del ochenta se aadi otra tarea que impuls el desarrollo colectivo: la elaboracin de los libros de texto de Historia de Cuba. En una primera fase fueron los colectivos de Historia colonial los encargados de elaborar sus textos. A pesar de no haberse completado el texto de Historia de Cuba II –falta un tercera parte– y de apenas haberse completado una pequea parte

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87del correspondiente a Historia de Cuba I, las discusiones colectivas de cada proyecto, captulo o esbozo de captulo profundiz la cultura del debate cientfico en el Departamento y, por consiguiente, su desarrollo colectivo. El Departamento de Historia de Cuba, como espacio para la discusin cientfica y metodolgica fue fundamental para el crecimiento de muchos de nosotros en la vida intelectual, en el trabajo cientfico y en la calidad como docentes, al menos para m lo fue. Los colectivos llamados de Repblica entramos ms tarde en la elaboracin de nuestros textos. El colectivo de Historia de Cuba III, del que fung como profesora principal, culmin todo su trabajo en la dcada del noventa, aunque sus distintas partes fueron publicadas escalonadamente llegando al primer lustro del nuevo siglo y milenio. La discusin del proyecto y los captulos elaborados se hizo internamente en el colectivo, lo que permiti mantener ese imprescindible intercambio, pero estrech el marco del debate. En especial recuerdo las opiniones de Mara Antonia Marqus Dolz, en quien tenamos todos tanta confianza para impulsar los avances futuros del Departamento, pero que muri tan tempranamente. El cambio de estructura de 1976 incluy el desplazamiento geogrfico. Ya la escuela haba salido del edificio Dihigo para instalarse en el de 19 de Mayo, hoy ocupado por la Facultad de Lenguas Extranjeras, y en 1976 se produjo una nueva mudada, esta vez para la que haba sido la casa de don Fernando Ortiz, en la interseccin de las calles L y 27, en el Vedado, donde an estn los departamentos de Historia esforzndose por sostener una sede que tiene valor patrimonial y que requiere de cuidados y procesos de restauracin sistemticos. Cada cambio de ubicacin implic el trabajo de profesores y estudiantes en la labor de empacar y trasladar las pertenencias, lo que ha provocado prdidas, entre las cuales fue particularmente sensible la rica biblioteca que compartamos con la Escuela de Letras, que nunca ha podido recuperar todos sus fondos ni ponerlos en condiciones de ser consultados a plenitud. La mudanza de ese ao introdujo otros procedimientos en nuestra vida universitaria, como las inspecciones generales, las clases metodolgicas y las clases abiertas, modalidad que desordenaba el sistema nervioso del profesor designado para recibir la visita del pleno del colectivo departamental en su clase para ser evaluado, sabiendo que el xito de la actividad radicaba en el alto nivel crtico de sus compaeros. Lo s muy bien porque pas por esa experiencia en medio de una inspeccin general. Llegaron entonces tambin los planes para hacer doctorados –por cierto, no estuve nunca en ninguno–, que se iniciaron con las becas en la antigua Unin Sovitica y ms tarde se empezaron a defender en Cuba, para lo cual fue necesario hacer un primer otorgamiento a quienes tenan una obra reconocida, lo que permita contar con tribunales en Cuba, adems del reconocimiento indudable que represent aquel acto. Era un nuevo reto que durante aos no pareci que me inclua, hasta que decid presentarme, aunque haban pasado mis tiempos de juventud.

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88Ya ahora se establece el sistema Licenciatura-Maestra-Doctorado para nuestros jvenes, lo que considero una poltica coherente. Este breve recorrido me ha llevado a recordar muchos momentos, agradables y tristes en tantos aos, no todos consignados en estas notas. A pesar de sinsabores, de ayer y de hoy y, probablemente, de maana, la Universidad de La Habana ha sido y es para m, casa y madre fecunda. Como profesora, nunca he podido desembarazarme de la tensin que implica el momento de entrar en el aula para impartir una clase, como el artista en el instante de salir a escena; pero tampoco he dejado de sentir el placer de ensear, de conversar con mis alumnos, de ayudarlos cuando es necesario. Tambin he sentido la satisfaccin de ver a muchos de esos alumnos crecer en su profesin, que es tambin la ma, desde las imprescindibles nuevas pticas que deben aportar. Inici en la Universidad mis investigaciones histricas y en su seno he tenido la emocin muy especial de ver mi obra impresa y de ver cmo otros la consultan, lo que me hace sentir que mi trabajo ha sido y es til. En su Aula Magna he hablado en actos solemnes bajo el intenso sentimiento de saber que all habl Julio Antonio Mella, que ah estn las cenizas venerables de Flix Varela. En mi Universidad de ayer y de hoy estn algunos de mis amigos de siempre, los hermanos con quienes he transitado casi toda la vida, y estn los nuevos que han ido llegando para dar continuidad a lo que juntos hemos construido. El claustro de la Universidad de La Habana tiene, sin duda, un alto nivel en todos los sentidos, por lo que pertenecer a l es un motivo de ntima y profunda satisfaccin, pero tambin un reto cotidiano. Con cicatrices que quedan, pero con muchas ms satisfacciones y con un intenso sentido de pertenencia, fue y es mi Universidad.

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89 Mi Universidad Elina Miranda CancelaProfesora de la Universidad de La Habana S i pensamos que en enero del 2008 la Universidad de La Habana cumple 280 de fundada, los ya casi cuarenta y seis que han transcurrido desde la primera vez que llegu al Edificio Dihigo para matricularme en la recin creada Escuela de Letras, parecen insignificantes. Sin embargo, al hacer el balance necesario, impuesto por las preguntas que en estos das me han hecho estudiantes de periodismo para distintos trabajos de clases y por la misma peticin que motiva este escrito, me doy cuenta cabal de lo imbricada que est mi vida con dicha institucin, y si bien, a lo largo de estos aos, han sido muchos los momentos –y de muy distintos signos–, no me cabe duda de que si he de ceirme a uno, el primero que acude a la memoria, evocado ante la restriccin implcita en la propuesta de “mi” Universidad, es precisamente el de los aos sesenta, cuando form parte de la primera generacin de graduados de los planes establecidos por la Reforma Universitaria, promulgada en 1961, al calor de la Revolucin triunfante. Si bien contar con una Universidad en la primera mitad del siglo XVIII era de por s un paso significativo para la educacin y la cultura, si bien a lo largo de las centurias anteriores a la dcada de los sesenta del siglo pasado, la Universidad fue protagonista o tuvo un papel sealado en el acontecer social y poltico, pienso que un momento trascendental en su historia fue esa nueva etapa marcada por las transformaciones profundas que por entonces viva la sociedad cubana. Con la Revolucin se establecen las condiciones indispensables para posibilitar el acceso, sin cortapisas, a la educacin superior y con la Reforma se instituyen nuevas facultades y escuelas, nuevos planes de estudio que procuran una formacin estrechamente vinculada con las necesidades sociales, al tiempo que propende el rigor cientfico y acadmico, de modo que la nacin pueda disponer de profesionales conscientes, con la preparacin adecuada para enfrentar los retos de un desarrollo integral. Recuerdo las amplias aulas, llenas de estudiantes para hacer las pruebas de ingreso; el nerviosismo al consultar las listas de admitidos, pero, sobre todo, aquellas palabras de Mirta Aguirre, al inicio de su curso de Redaccin, cuando hizo constar que no slo para nosotros era el primer da de clases en la Universidad, sino tambin para ella y otros intelectuales que conformaban el claustro de la inaugurada Escuela de Letras. En aquel sencillo discurso inicial se pone en evidencia la dimensin real del cambio. Los que con flamantes ttulos de bachilleres, acabados de obtener, nos convertamos en adultos, confundidos en las aulas con hombres y mujeres, trabajadores en los ms dismiles empleos, quienes convertan sueos en realidad tras mucho tiempo de espera; todos estudiantes universitarios que renovaban el ambiente, en una poca en que muchos profesionales abandonaban

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90el pas, tenamos el privilegio de tener por profesores a personalidades reconocidas en el campo de la cultura, de la talla de Camila Henrquez Urea, Mirta Aguirre, Jos Antonio Portuondo, para los cuales tambin por primera vez se abran las puertas del claustro de la emblemtica colina habanera, junto a otras que desde mucho tiempo atrs en la enseanza universitaria haban dado pruebas constantes de su probidad cvica y acadmica, y se haban esforzado porque la educacin superior fuera como la que entonces se asentaba en los predios de la Universidad de La Habana: Vicentina Antua, Rosario Novoa, por ejemplo, a los que tambin se sumaban otras figuras ms jvenes, pero cuyos nombres ya gozaban de bien ganado prestigio, como Roberto Fernndez Retamar o Graziella Pogolotti. Fueron aos en que no slo cursamos una carrera universitaria, sino que nos transformbamos y crecamos como seres humanos. Juntos enfrentamos la formacin en nuevas especialidades; la escasez de libros; la riqueza de la vida cultural de entonces –llena de conferencias, cursos, puestas teatrales, estrenos en la Cinemateca, exposiciones de artes plsticas–; los trabajos voluntarios, en sus mltiples variantes; las actividades organizadas por la Asociacin de Estudiantes que podan ir desde invitar a Jos Lezama Lima para que nos hablara de su obra hasta fiestas bailables, sin olvidar las Brigadas Literarias, para contribuir a que otros tambin pudieran disfrutar de la lectura de las obras que a tan bajo precio pona a disposicin de todos la Imprenta Nacional; la bsqueda de materiales para nuestra biblioteca o la mecanografa y reproduccin rudimentaria de textos que nos proporcionaban los profesores; la propuesta de, una vez graduados, realizar trabajo social en cualquier parte que fuera necesario, entre otras muchas ms; los llamados trabajos de investigacin social, en donde profesores y alumnos nos diseminamos por toda la isla; las milicias, el tenso ambiente de los das otoales cuando la crisis de los misiles; las reuniones de la Federacin Estudiantil Universitaria (FEU) hasta las tantas de la madrugada; Fidel conversando con los estudiantes en la Colina; nuestra graduacin, en que invitados por Ral Castro repetimos el recorrido que hiciera l con su tropa desde la Sierra Maestra a la Sierra Cristal para fundar el II Frente Oriental. En fin, sera muy difcil apresar en pocas pginas aquellos aos intensos, de definiciones y transformaciones, aunque vale la pena que quedara constancia de tantas vivencias, puesto que no slo fueron decisivos para quienes llegamos entonces a la Universidad, sino que constituyen las bases de nuestra actual enseanza superior y una etapa de especial relevancia para la educacin y la cultura cubanas, as como en la historia casi tricentenaria de nuestra Universidad de La Habana.

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91 E l 280 aniversario de la fundacin de la Universidad de La Habana coincide con otras dos singulares conmemoraciones: se cumplen cuarenta aos de la incorporacin al Plan de Estudios de la carrera de Historia del Arte de las asignaturas Arte Africano y Culturas Negras en Cuba (1968), y Argeliers Len (1918-1991), quien fuera el profesor que sent ctedra en estas materias en la Escuela de Letras y Arte, celebra su noventa cumpleaos. Felices coincidencias que agolpan mltiples recuerdos y resulta difcil sustraerse a la tentacin de aludir a algunas de las semillas pertenecientes al granero construido por el Maestro para la “familia extendida” que hizo germinar durante los aos de su quehacer cientfico-profesional y, en especial, su desempeo como profesor en la Universidad de La Habana. Cuando se conoce el trnsito por la vida del maestro Argeliers Len no es difcil descubrir la reciedumbre de su conducta para l como para el proverbio tsonga “el hombre es el prjimo”.1En 1968 era estudiante de tercer ao de la especialidad de Historia del Arte, en la Escuela de Letras y Arte de la Universidad de La Habana. Muchos de los maestros de aquel entonces nos dieron conocimientos y al igual que los dioses dogon hicieron con el mijo y el telar, estremecieron la frente de sus alumnos con la savia de la germinacin y la capacidad de hilar la luz humedecida en una pocin de trbol. Un buen da, el trueno pas y desde la direccin del Departamento nos informaron que cursaramos una nueva asignatura: Arte Africano; se imparta por primera vez en la carrera, y estara a cargo de un profesor invitado, el musiclogo Argeliers Len, a la sazn director del Instituto de Etnologa y Folklore de la Academia de Ciencias de Cuba; como grupo, nos precibamos de estar bien informados y conocamos, por supuesto, del prestigio intelectual que haba cosechado el nuevo profesor por el trabajo realizado en el Teatro Nacional y en el Departamento de Msica de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Su nombre estaba asociado a eventos, publicaciones afines y viajes a frica. En ese momento, Fernando Ortiz y l eran las figuras prominentes en esta esfera del saber. El encuentro acadmico no se hizo esperar y ante nosotros se present un seor muy serio, austero, todo vestido de negro, fumando un largo tabaco y acompaado de mltiples mapas etnogrficos del rea africana que sera objeto de estudio. Durante cuatro horas nos hizo andar por selvas y desiertos sin preocuparse, en lo ms mnimo, por los timbres que anunciaban La urdimbre del orden; un haz que integra Lzara MenndezProfesora de la Universidad de La Habana

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92recesos, quizs no los oy; me pareci que ese venerable profesor se sumaba a la lista de aquellos que no tenan nocin del tiempo. La apreciacin fue acertada, comprob, despus, a lo largo de los aos en que me privilegi con su amistad que no escatimaba tiempo ni esfuerzos para dedicarlos al trabajo cientfico y a la formacin de todos aquellos que se interesaban por las esferas del conocimiento en las cuales intervena de modo directo. Indudablemente, Argeliers dej una huella muy especial en el “sui generis” grupo de estudiantes, pues no era el insoportable acadmico ilustrador de un saber traducido en pedantera ni el que por oficio o prestigio social se mantiene en las aulas universitarias como un componedor de clases, sino el sabio maestro que ejerce el poder de la autoridad intelectual acreditada por su sistemtica labor y no la autoridad de un poder derivado de signos burocrticos legitimados en ctedras carentes de prestigio. La sabidura de Argeliers era como la arcilla mojada, en el concepto de los bambara, “cuando se salta sobre ella, corre el riesgo de resbalar y romperse los huesos”.2 Logr atraparnos en la bsqueda de los ncleos africanos de nuestra identidad a travs de la imparticin de la asignatura Culturas Negras en Cuba; con ella nos coloc en el umbral de un espacio no muy conocido y menos reconocido, el de la presencia africana en Cuba con sus mutaciones, sus luces y sus sombras. Con las lecciones de Argeliers Len nos alejamos, tambin, de una bibliografa que privilegiaba una historia del arte de papel y engrudo, anclada en acontecimientos espectaculares, puntuales, engarzados cronolgicamente como sucesos grandiosos o realzados destinados a favorecer discursos sustancialistas del arte, y nos acercamos a una nocin ampliada de este, a los procesos colectivos humanos, a las estructuras econmicas, sociales, polticas y culturales que definan tendencias y procesos evolutivos en el contexto de la creacin artstica africana y afrocubana. En sus clases, al igual que en la obra escrita, la mirada crtica haca hablar los silencios; al restituir “los pasados vencidos”, focaliz encrucijadas y convirti en significativo el carcter contradictorio del devenir. El arte africano abri nuevos espacios de reflexin. La introduccin del anlisis socio-funcional y la relacin de conflictividad entre la produccin evaluada como arte y la simblica, promovi la reflexin en torno a la contemporaneidad de las sociedades tradicionales y el replanteamiento de la relacin norma-innovacin; las formas de conservacin y transmisin de la informacin y el papel de los objetos como vehculos cognoscitivos y como medios para fijar y conservar la informacin; la permanente necesidad de ubicar los objetos en dimensiones temporo-espaciales de acuerdo con sus contextos especficos como hiciera en su libro Introduccin al estudio del arte africano (1980). Las piezas africanas y la de los universos afrocubanos eran situadas en sus contextos de relaciones como objetos creados para cumplir mltiples funciones, entre ellas, las artsticas, pero no estas exclusivamente. Las copas bakuba, las mscaras sirigue las tallas en madera, emblemas de diver-

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93sos orichas, no entraron como objetos valiosos por su forma, por su originalidad, por su finalidad artstica, sino como representantes de diferentes cosmovisiones y exponentes de complejos sistemas de pensamiento. Comenz un desplazamiento del valor artstico al cultural. Aprendimos con Argeliers Len que “[…] la existencia de la cultura popular […] requiere se le examine como complejo de pensamientos que impliquen ciertas concepciones del mundo y de la vida, determinadas histricamente y con caracteres particulares que encauzan su desarrollo”.3Recuerdo que recin graduada y en los albores de mi preparacin profesional bajo su tutela trabajamos en la organizacin e inventario de los fondos museables del Instituto de Etnologa y Folklore. Llegar al almacn fue entrar en contacto con lo mgico y misterioso. Nos rodeaban objetos, verdaderos tesoros, indicativos de diferentes temporalidades histrico-sociales, demostrativos, segn el criterio de Michel Cote, de la memoria nostlgica aquella que nos invita a decir “eran buenos tiempos”, la obligada de la que es partcipe el museo, y la rechazada referida a las cuestiones que no osamos ni podemos abordar. Fueron muchas las lecciones que recib en ese tiempo, pero esta me parece adecuada a la ocasin. Despus de preparar condiciones mnimas para iniciar el trabajo de inventarizacin y antes de tocar las piezas me dijo: “Hija, para ser un buen abogado criminalista no hay que ser criminal y para dedicarse a la religiosidad popular no hay que ser religioso, pero s respetuoso. El trabajo con el informante es clave, pero no da mtodo, ese se busca en la ciencia y para ello hay que estudiar mucho”. Con la misma me entreg un cajn lleno de pulsas y un tubo de pasta de dientes. “Lmpielas. El conocimiento empieza por los cimientos”. Tres claves metodolgicas estaban implcitas en esas palabras: necesidad de conocer muy bien el objeto de estudio, contenidas, en el caso que nos ocupa, en la conservacin y restauracin de las piezas; reconocimiento del valor del trabajo de campo; y el uso de instrumentos cientficos para la adecuada valoracin del fenmeno. Saba combinar el estilo directo o indirecto para conducir tcnica y profesionalmente a sus alumnos, discpulos y colegas. Fue un luchador incansable para llevar adelante proyectos que enriquecieran el pensamiento cientfico y contribuyeran a ampliar no slo las concepciones acerca del arte africano y la cultura popular tradicional, sino su implementacin en el trabajo de campo, as como la interconexin entre estos dos niveles de la investigacin cientfica. Asesor mltiples proyectos de investigacin, particip en los tribunales de trabajos de diploma y siempre lo encontramos dispuesto a contribuir a la formacin de los ms jvenes. Exigente y riguroso ante el trabajo no comparti plaza con la banalidad, la mojigatera, el oportunismo, por consiguiente, siempre quebr lanzas por lo que estim necesario y conveniente para el desarrollo de la cultura cubana. La figura de Argeliers Len se mantiene lmpida para quienes directamente tuvimos trato con l y como un paradigma cientfico para los jvenes estudiantes interesados por los estudios de la cultura popular tradicional

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94y que acceden a su pensamiento a travs de sus escritos. Cada uno de los estudiantes del aquel tercer ao de 1968 seguira un camino distinto en el mbito profesional, pero entre los nexos que nos han mantenido unidos, ms all de la frontera de una graduacin, est el permanente recuerdo de las clases de Argeliers Len. Fue hombre de una sola pieza, fue el hombre adulto que el ro no arrastr porque conoci su peso en profundidad. Nada de dobleces, trastiendas e insinceridades; acompaaba a su estricto sentido de la responsabilidad un refinado y custico ejercicio del humor; fue capaz de armonizar su profundo amor por lo cubano con un vigoroso discurso cientfico. En la figura del multifactico “amo”, como muchos de sus colegas, colaboradores y alumnos lo llamamos, en demostracin de respeto y en prueba de excelentes relaciones humanas, se conjugaron el “ojo rojo” y penetrante de Leb, el gran antepasado dogon, ojo de flecha, de fuego, de sol, con la riqueza de quien sabe portar la sabidura como la belleza ms preciada del hombre. Ese algo buscado con afn por el hombre del canto funerario fon, para devolver la vida a su amigo y extraerlo de la “[…] esquina de la obra del Creador que permanece inacabada”4 –la muerte, segn la designacin bant–, se encuentra en la vigencia del pensamiento, la obra, la leccin de humanidad que Ar geliers Len leg a la cultura cubana con su persistente “valor para enfrentar las abejas” en defensa de la miel de la vida como aseguran los wolof. Maestros como l son los que una Universidad bicentenaria necesita mantener en sus aulas; esos que son capaces de tejer hilos diversos en el telar de la vida y ensear que un espritu cultivado no desaparece con las ltimas lluvias. Notas1 Poesa Annima Africana / Comp. Rogelio Martnez Fur. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1977. t. 1, p. 229.2 Ibdem, t. 2, p. 1133 Len, Argeliers. Consideraciones en torno a la presencia de rasgos africanos en la cultura popular americana. Santiago (Santiago de Cuba) (13-14):49-77; dic., 1973, mar., 1974.4 Op. cit. (2) p. 98.

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95 Mis aos universitarios Marta B. ArmenterosEditora H omenajeando el aniversario 280 de la Universidad de La Habana, la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart se suma a los festejos publicando un grupo de trabajos dedicados a ese acontecimiento, y al leerlos me vino a la memoria esa importante etapa que fue mi vida de estudiante universitaria. Ingres a la Facultad de Artes y Letras en 1975 en la carrera de Lengua y Literatura Hispnicas. En realidad, nunca pens estudiar literatura, aunque siempre he sido una ferviente lectora, pues me gustaban las Ciencias Biolgicas y la Medicina, pero no todo es como una piensa. El da que se iniciaban las clases, asustada ante lo desconocido, y cuando me acercaba al frondoso rbol que est frente a la entrada, cul no fue mi sorpresa al ver a cuatro compaeros del Instituto Preuniversitario Ren O. Rein, el famoso Pre de la Vbora: Leonardo Padura, Alex Fleites, Ada Vlez e Iliana Granados, y junto a ellos otro que provena del pre Cepero Bonilla, Arsenio Cicero. Ese encuentro fue muy reconfortante para m, pues soy muy tmida y temblaba de pensar en llegar sola al aula. A partir de ese momento comenz a fomentarse una amistad que perdura, algo que debo agradecer a mi etapa universitaria. Desde nia, cuando pasaba por la Colina, me impresionaba su escalinata, pero me deca que no me gustara subirla todos los das; esto se cumpli: estudi en un edificio cercano, el Dihigo, del cual recuerdo sus aulas espaciosas, su pequea cafetera, donde nos quejbamos del yogurt y de los masarreales que vendan casi a diario, as como mi iniciacin en el vicio de fumar. Como ha sido caracterstico a travs de los aos de la Escuela de Letras, tuve magnficos profesores como Gustavo Dubouchet, Elena Calduch, Daniel Chavarra, Mirta Yez, Mariana Serra, Elena Serrano, Guillermo Rodrguez Rivera, Luis lvarez, Iraida Rodrguez, Denia Garca Ronda, Nara Arajo, Mara Poumier, Tet Blanco, Ruth Goodgall de Pruna, y otros cuyos nombres no recuerdo, pero s sus enseanzas. Nunca olvidar a mis compaeros de la Brigada (clula de la Federacin Estudiantil Universitaria, FEU, en la que se dividan las aulas para realizar las labores de la organizacin), quienes conformbamos un grupo muy unido, y aunque no ramos los mejores en la emulacin, nos gustaba a veces cuando nos pagaban el estipendio, ir a merendar juntos o a tomarnos unos traguitos en Las Caitas del hotel Habana Libre. Tambin, por primera vez, cuando comenzamos a hacer las guardias estudiantiles, tuve en mis manos un fusil, que casi era ms grande que yo, qu experiencia inolvidable para m. Conservo en mi memoria la primera vez que vi actuar en el teatro de la Facultad al Conjunto Sierra Maestra

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96y al grupo Moncada en la Casa de la FEU, lugar en cuyo patio tambin bamos a estudiar mientras nos tombamos una malta o un refresco. En enero de 1976 fue inaugurado el Memorial Mella casi frente a la Escalinata, y los estudiantes comenzamos a hacer guardias de honor al lder estudiantil. De mi memoria no se borra que por primera vez trat de realizar la marcha ceremonial que se efecta en esos casos, digo trat, pues en ningn momento logr hacerlo con la calidad requerida. Tampoco puedo dejar de recordar que en octubre de ese ao, mientras estbamos en el receso recibimos la noticia del atentado al avin de Barbados, donde iba uno de mis amigos: el esgrimista Julio Herrera. Durante esos aos estuve insertada cumplimentando el plan estudio-trabajo en distintos lugares. Primero en la fbrica de perfumera y jabonera antigua Crusellas; all por primera vez me relacion directamente con la produccin. Despus, en la revista Universidad de La Habana, de la cual era jefe de redaccin Ambrosio Fornet; nunca pens que esa labor me servira para mi actual desempeo. Tambin trabajamos en Prensa Latina e hicimos una investigacin para la Organizacin de Solidaridad para Asia, frica y Amrica Latina (OSPAAL). En todos esos lugares aprend algo provechoso, pero sin lugar a dudas el que al parecer sin yo saberlo marc mi futuro fue la Biblioteca Nacional Jos Mart, institucin en la que trabaj en el procesamiento de los documentos de las Naciones Unidas bajo la direccin de mi amiga, desde entonces, Isora Rodrguez, y en la cual despus de graduada comenc a laborar, y an contino. Con nuestro curso comenzaron a realizarse las tesis de grado. La ma la hice sobre la poesa quechua y mi tutora fue Mirta Yez, pero antes de entregar el trabajo final ella tuvo un problema y entonces recib la ayuda de una persona que admiraba de lejos, pues nunca tuve el orgullo de que me diera clases: la doctora Rosario Novoa, quien a pesar de su enorme carga de trabajo me ayud enormemente y a la que siempre le estar agradecida donde quiera que est. En nuestra etapa no se hacan las graduaciones como ahora, slo nos entregaron un hago constar primero y el ttulo casi dos aos despus, por eso casi no tuvimos tiempo de despedirnos, si bien por trabajar en la Biblioteca Nacional Jos Mart me encontraba all con muchos de ellos. No obstante, al cumplir los diez aos de graduados nos reunimos en casa de Padura y pasamos un rato de lujo. No s si es que ya voy entrando en aos, pero recuerdo con nostalgia esa etapa de estudiante universitaria cuando ramos tan jvenes...

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97 La Universidad de La Habana en la sociedad cubana Rita GonzlezProfesora y vicerrectora de la Universidad de La Habana L as intervenciones de los colegas que nos han precedido en el panel, nos dan la posibilidad de sintetizar la nuestra, por cuanto, en sus informaciones, de una forma u otra, ha estado presente el papel relevante de la Uni versidad de La Habana en su vnculo con la sociedad cubana, desde su creacin, cuyo 280 aniversario conmemoramos, hasta nuestros das. Permtasenos, por tanto, limitar nuestra intervencin a algunos aspectos que nos parecen de importancia al valorar la proyeccin histrica de nuestro centro hacia la sociedad, y hacer nfasis en el momento actual. No sera posible pretender hacer un balance, aunque breve y sinttico, del trabajo que nuestro centro ha realizado y realiza, sin referirnos a la relevante actividad de extensin universitaria que durante dcadas se ha desarrollado. La extensin universitaria constituye una de las vertientes principales de la educacin superior en nuestro pas por su importancia en la formacin de los futuros profesionales, y en el fortalecimiento de la Universidad cubana como agente activo en la tra nsformacin de la sociedad y en la elevacin del nivel cultural del pueblo. Indisolublemente ligadas a la vida universitaria, las actividades de extensin, en mltiples esferas entre las que se destacan la cultura y el deporte, as como la participacin sistemtica de docentes y estudiantes en numerosos proyectos comunitarios, han contribuido a la educacin integral de generaciones de estudiantes y han abierto horizontes al espritu universitario. Baste sealar a manera de ejemplificacin de la trascendencia de esta actividad y de su impacto social, el importante movimiento cultural universi tario que ha propiciado la creacin de diversas agrupaciones de artistas aficionados al arte, insertadas en el mbito cultural de la ciudad y del pas, y que han alcanzado substanciales reconocimientos en Cuba y en el extranjero como son: Teatro Universitario de La Habana, con relevante perfil en el arte teatral cubano, el Conjunto Folklrico Universitario, la Coral Universitaria, el Conjunto Danzario Alma Mater… De igual forma, huellas indelebles en la promocin cultural en nuestra sociedad han dejado importantes instituciones pertenecientes a la Universidad de La Habana, por la sistemtica labor desarrollada en servicio del pueblo; entre estas se encuentran el Jardn Botnico Nacional, el Museo Fragua Martiana, la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, la Biblioteca Central Rubn Martnez Villena, los Museos Felipe Poey y Luis Montan, y la Galera “L”, que han brindado una programacin sistemtica de actividades culturales, cientficas y de promocin.

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98Las instalaciones deportivas de la Universidad de La Habana y las mltiples actividades de las que han sido escenario, han permitido mantener y fortalecer regularmente el trabajo de extensin hacia la comunidad. La imparticin de cursos de superacin y de extensin universitaria, dirigidos a los profesionales y a la poblacin en general acerca de los avances cientficos y tecnolgicos, sobre el arte, la literatura, el deporte y las estrategias de desarrollo econmico, poltico, social y cultural del territorio y el pas, han sido vas mediante las cuales la Universidad ha trascendido sus muros y se ha vinculado de forma positiva a la sociedad. Esta accin tradicional de la Universidad hacia la comunidad ha alcanzado dimensiones mucho ms abarcadoras y trascendentes en cuanto a su impacto social en la ltima dcada. En el ao 2000, y en el contexto de la Batalla de Ideas que nuestro pueblo ha librado, una nueva etapa del trabajo universitario se inici ante el llamado del Comandante en Jefe de crear una Escuela de Trabajadores Sociales. Este programa de formacin, unido a otros de la Revolucin, como parte de la estrategia de Cuba para brindar alternativas de educacin superior y empleo a jvenes desvinculados del estudio y el trabajo, brind a la Universidad de La Habana, el privilegio de crear la primera escuela en la Ciudad de La Habana en septiembre del 2000, experiencia extendida a las zonas central y oriental del pas en el 2001 y que dara origen a la red de escuelas en los 169 municipios del pas desde el curso 2004-2005. La creacin de esa primera escuela exigi a nuestra Universidad, en un breve espacio de tiempo, disear su plan de estudios y programas, elaborar sus textos y organizar el proceso docente educativo que garantizara la formacin de los jvenes que se incorporaban al programa. Con un trabajo conjunto de las facultades universitarias directamente vinculadas, y el apoyo del resto de las reas, se logr hacer realidad el proyecto. Los cursos impartidos en la Escuela de Cojmar han dado frutos de incuestionable impacto social: Ms de 7 000 trabajadores sociales formados por la propia escuela, multiplicada hoy en quince centros municipales, y en total los 42 000 trabajadores sociales graduados en el pas dan prueba del trabajo de nuestra institucin en el cumplimiento de esa misin, cuyo impacto alcanza relevancia nacional. Este trabajo ha estado acompaado de un perfeccionamiento constante. No ha sido slo en la formacin inicial de los trabajadores sociales que nuestra Universidad ha tenido relevante participacin, sino tambin en la capacitacin de ms de 24 000 trabajadores sociales graduados para elevar su nivel de preparacin poltica y acometer diferentes tareas del Programa Nacional de Trabajadores Sociales, entre las que se destacan por su importancia las vinculadas a la revolucin energtica. Otra tarea de ms reciente implemen-tacin, pero que por su impacto merece ser destacada, es la referente a la capacitacin en los cursos de habilitacin para los trabajadores sociales de combatientes del Ministerio del Interior (MININT) de la regin occidental que se desempean en los sistemas

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99de la Polica, Atencin a Menores y Prisiones, con el objetivo de dotarlos de las herramientas necesarias para perfeccionar las funciones vinculadas al trabajo social y a la atencin a los problemas de la comunidad. Y como una muestra ms de la elevacin de la calidad del trabajo de formacin y de su continuidad en el nivel de postgrado, debe tenerse en cuenta la incorporacin de 189 graduados universitarios a la Especialidad en Trabajo Social. Procedentes de diferentes fuentes, trabajadores sociales, profesores de las escuelas de formacin de trabajadores sociales y otros profesionales vinculados al trabajo social, as como 292 profesionales universitarios que pertenecen al MININT, cursan hoy este nivel superior, lo cual tiene, indiscutiblemente, una repercusin en la sociedad cubana actual. Sera injusto obviar en esta intervencin la importantsima labor de formacin de profesionales para el trabajo social que nuestra Universidad ha llevado a cabo en el contexto del programa Esperanza social, en donde decenas de miles de estudiantes venezolanos y bolivianos se formaron, as como la labor de nuestros docentes y trabajadores en el nuevo programa de formacin de mdicos latinoamericanos. Esta ltima dcada ha conocido de la presencia universitaria en mltiples tareas surgidas e implementadas ante el llamado de la Revolucin y para beneficio de toda la sociedad. Nuestro centro ha proyectado un trabajo comunitario comprometido con los problemas de la poblacin y que tributa al mejoramiento de la calidad de vida de esta. Es de destacar el protagonismo alcanzado por nuestros estudiantes universitarios en mltiples acciones que han tenido repercusiones de importancia para la solucin de problemas sociales y la elevacin de la cultura general de los cubanos. Solamente baste sealar para ilustrar ese protagonismo estudiantil, que la Brigadas Universitarias de Trabajo Social han sido columna vertebral de numerosas acciones libradas en los ltimos aos, y cuyo impacto social ha sido trascendente. De igual forma, nuestros profesores y estudiantes han realizado una labor docente educativa de calidad en los distintos programas de formacin que al calor de la Batalla de Ideas se han desarrollado. Nuestro profesorado, adems, ha tenido una destacada participacin en las Mesas Redondas Informativas, donde han abordado temas de trascendental importancia nacional e internacional. Asimismo, la muy frecuente intervencin de profesores e investigadores en los medios de comunicacin, tanto en programas radiales y televisivos como en diversos rganos de prensa escrita, de alcance provincial y nacional, ha sido sistemtica. Desde la aparicin en el curso 20002001 de ese programa de incuestionable impacto social que es Universidad para Todos, mediante el cual hasta cada hogar cubano ha sido posible llevar la cultura y el saber, los profesores de nuestro centro han impartido numerosas asignaturas. La Universidad de La Habana ha tenido tambin una labor de elevado impacto social en la atencin a las Ctedras Universitarias del Adulto Mayor, programa de hondo sentido humano. Con sede central en la Facultad de Psi-

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100cologa, y noventa y siete filiales ubicadas en todos los municipios de la ciudad, las ctedras atienden un alumnado eternamente joven, cuyo rango de edades se sita entre cincuenta y cinco y noventa y dos aos, con un promedio de sesenta y ocho aos. Las ctedras del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, imparten un Curso bsico de un ao acadmico que incluye seis mdulos temticos: Propedutico, Desarrollo humano, Salud, Cultura contempornea, Seguridad y Asistencia social y Organizacin eficiente del tiempo libre. Tambin se imparten materias de continuidad de amplio espectro de acuerdo a los intereses de los egresados del curso bsico. La matrcula inicial fue de cuarenta y tres estudiantes en el curso 2000-2001, y se ha ido incrementando tanto que desde el curso 2004-2005 sobrepasa la cifra anual de 2 200 adultos mayores. En la actualidad existen 6 116 egresados de los cursos bsicos, y una matrcula estable de ms de 2 000 alumnos en cursos bsicos y de 1 000 en los de continuidad, y adems cuarenta y cuatro adultos mayores graduados universitarios participaron en dos cursos de postgrado en el pasado perodo de clases. Dichas cifras, por su noble significado, ponen de manifiesto el amplio alcance de esta accin en el mbito social. Aunque ya ha sido abordada la concepcin de la nueva Universidad cubana, y como en la casi tricentenaria Universidad de La Habana esta concepcin se ha hecho realidad, nos parece ineludible, al abordar el tema de la Universidad en la sociedad cubana, hacer referencia a lo que representa el programa de Universalizacin en ese sentido. Este programa, que ampla las posibilidades y oportunidades de acceso a la educacin superior, influye de forma abarcadora y positiva en la adquisicin de una cultura general integral ofreciendo igualdad de opciones y posibilidades a todos, independientemente del lugar de nacimiento o de residencia, y ha hecho posible llevar a cada territorio un ncleo de educacin superior, conductor y promotor de la cultura universitaria. Universidad y sociedad han establecido un vnculo an ms slido, ms amplio, ms sistemtico. Las Sedes Universitarias Municipales han sido ese motor impulsor que trabaja por dar cumplimiento a la misin que la sociedad nos encomienda en la hora actual: hacer realidad el objetivo de que exista “universidad para todos durante toda la vida”. Las sedes universitarias son hoy mucho ms que la Universidad que se extiende hacia la sociedad, hacia el territorio, sino que existen y se consolidan en el territorio, se nutren de sus posibilidades, se enriquecen con sus recursos, jerarquizan sus potencialidades y dirigen sus esfuerzos hacia las necesidades de formacin, superacin e investigacin del propio municipio. El joven Programa de la Universalizacin, en avance incesante, ha tenido ya resultados relevantes en todo el pas en su primer quinquenio de vida. Entre estos logros, con orgullo podemos sealar que en el ao 2007, la Universidad de La Habana entreg a la sociedad los primeros egresados del programa: 386 estudiantes que, provenientes de los programas de la Revolucin, defendieron con xito sus ejercicios de culminacin de estudios en las sedes

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101municipales, y alcanzaron su ttulo de licenciados en las carreras de Derecho, Psicologa, Comunicacin social, Historia, Sociologa, Estudios socioculturales, y Bibliotecologa y Ciencias de la Informacin. En el presente ao lectivo sern ms numerosos estos graduados y se incluirn en los perfiles profesionales el de Ciencia de la Computacin y el de Ingeniera Informtica. Cada curso, un nuevo grupo de estudiantes alcanzar su ttulo universitario y sern profesionales al servicio de la sociedad. Esta noble misin de nuestras sedes universitarias, que hoy acogen a ms de 36 000 estudiantes, no cesar, pues cada ao los recin graduados continuarn perfeccionando su formacin por la va de la educacin de postgrado. Sin embargo, es justo sealar que de acuerdo con los fundamentos del Programa de Universalizacin, los escenarios de enseanza universitaria no slo se han multiplicado geogrficamente para llegar a cada municipio, sino tambin en funcin de las necesidades de la sociedad, y el proceso docente-educativo se desarrolla tambin en las instalaciones de la sede central, unidades docentes, sedes universitarias munici pales, y adems en las unidades militares, hospitales y prisiones. La Universidad cubana extendi sus procesos sustantivos a toda la sociedad con su presencia en cada territorio. La Universidad de La Habana lo ha hecho en los quince municipios de la capital, donde ya se recogen frutos en la esfera de la investigacin, del postgrado, de la superacin profesional, y de la labor de extensin universitaria. Ello ha permitido alcanzar mayores niveles de equidad y de justicia social en la obtencin de una elevada cultura integral del pueblo. El trabajo de nuestra Universidad no ha cesado en vincularse a la sociedad y en trabajar por y para ella. Mucho queda an por hacer, grandes son los retos que cada da se asumen y por los que se trabaja, pero con orgullo puede decirse que hemos puesto nuestro granito de arena en hacer realidad la idea del Comandante en Jefe: “[...] nos vamos encaminando hacia la idea, de una forma u otra, de convertir todo el pas en una gran Universidad”.

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102 MEDITACIONESC elebrado en los primeros das de abril de 2008, el sptimo Congreso de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) ha tenido una extensa resonancia nacional. El debate de los intelectuales ha desbordado el crculo estrecho del gremio para alcanzar a los hombres y mujeres comunes. Tan sorprendente resultado responde no slo a las circunstancias peculiares que vive la isla, sino tambin y, sobre todo, a un profundo proceso histrico que involucra a la sociedad cubana tanto como a sus escritores y artistas. En 1959, los escritores y artistas cubanos demandaban un espacio para la visibilidad de su obra, vale decir, su difusin mediante editoriales, galeras, teatros y desarrollo de la base indispensable de la industria para la produccin cinematogrfica. En rpida secuencia, se crearon las instituciones destinadas a satisfacer esta necesidad. La definicin del carcter socialista de la Revolucin cubana en vsperas de Playa Girn contribuy al replanteo de la funcin del arte y la literatura. Situados en la periferia de la Cuba republicana, los escritores y artistas no tenan vnculos con el poder poltico y econmico. Carecan, por tanto, de compromiso con las estructuras que se estaban derrumbando. En el nuevo contexto, los problemas se definan en torno a la libertad de creacin, al realismo socialista instaurado como doctrina social en la URSS a partir del congreso de escritores de 1934 y a los lmites en la difusin de las ideas en el campo de la filosofa, cuestin importante para los catlicos. Esas inquietudes animaron los debates de la Biblioteca Nacional resumidos por las Palabras a los intelectuales de Fidel Castro. A resultas de esa reunin, se convoc al primer congreso de escritores y artistas, mbito fundacional de la UNEAC. En los salones del hotel Habana Libre, se mova una masa heterognea, representativa de las generaciones actuantes en la poca, aunque con predominio de los ms jvenes. Las voces de Nicols Guilln, Jos Antonio Portuondo y Alejo Carpentier se entrecruzaban con las de Lisandro Otero Los intelectuales, la cultura y el sptimo Congreso de la UNEAC Graziella PogolottiEnsayista e intelectual

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103y Roberto Fernndez Retamar. Recogidos en las Memorias los distintos puntos de vista ofrecen un muestrario del clima dominante en el momento. De manera implcita, el tr mino cultura se refera al arte y la literatura. Las preocupaciones de fondo se remitan a la dialctica arte/sociedad. Instalada en la casona residencial de 17 y H, la UNEAC integr en su directiva a los arriba nombrados junto a Jos Lezama Lima, entonces director de literatura del Consejo Nacional de Cultura. El conjunto reflejaba pluralidad ideolgica, generacional y de tendencias literarias. Como corresponda a un equipo formado por escritores, las acciones inmediatas se orientaron a la fundacin de una editorial, de sus dos revistas paradigmticas, a convocar premios literarios y abrir una pequea biblioteca. Lilia Carpentier deca haber visto bailar un danzn a Eduardo Abela y Amelia Pelez, ambos petitgros como le hubiera gustado acotar a mi ta Vera. En la cafetera, el gordo Lezama poda disfrutar, con la intensidad palpitante de todos los sentidos, una esplndida langosta. Muchos pasbamos por ah a tomar una taza de caf. Aprovechbamos para conversar un rato con un amigo y comprar libros y revistas de reciente aparicin. Pero, en su mayora, los escritores y artistas andaban muy atareados. Vestan con frecuencia uniforme miliciano y tenan las primeras experiencias de trabajo productivo. El compromiso social afloraba en momentos de gran peligro. Ocuparon su sitio en los das de la crisis de octubre a la vez que impriman textos, en marcha afiebrada, para los combatientes situados en las trincheras. Vinieron luego tiempos difciles, desgarramientos provocados por los premios concedidos a Padilla y Arrufat en el sesenta y ocho por la penosa autocrtica del poeta, la subsiguiente suspicacia respecto al sector y las repercusiones del “quinquenio gris”. Las seales de cambio llegaron con el segundo congreso en 1977, otra vez en el Habana Libre. Recuerdo todava el estallido de euforia provocado por el discurso de Armando Hart, ministro de Cultura. Hasta entonces y, an ms tarde, a lo largo de un decenio, la organizacin canalizaba inquietudes que conservaban cierto carcter gremial, temas concernientes al arte y la literatura y contrapunteos de orden esttico. Las seales de cambio se manifestaron desde los preparativos del cuarto Congreso efectuado en enero de 1988. La institucin extendi sus bases a todas las provincias del pas. El proceso electoral alcanz una significativa convocatoria. El Consejo Nacional elegido reconoca a las personalidades de mayor ejecutoria en el mbito de la creacin y el nuevo equipo de direccin, con Abel Prieto a la cabeza, integraba escritores y artistas formados durante el proceso revolucionario. Sin actos de canibalismo, se estaba llevando a cabo un relevo generacional. El documento central ofreca un panorama descriptivo del proceso institucional de la cultura desde el triunfo de la Revolucin. Se iniciaba un dilogo directo con Fidel Castro sin instancias mediadoras con importantes repercusiones en los aos por venir. Maduraba una conciencia plena del peso de la cultura en la construccin de la nacin. El punto de giro se produca cuando el horizonte internacional

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104apuntaba hacia cambios que estremeceran la arquitectura mundial. Como un castillo de naipes, la cada del muro de Berln precipitaba el derrumbe del campo socialista europeo. A nivel planetario, una poderosa y concentrada artillera ideolgica proclamaba eufrica el fin de la historia. Cuba, sometida a un aislamiento sin precedentes, tendra que sobrevivir a un endurecimiento del bloqueo, mientras los observadores del ms variopinto espectro poltico apostaban a su inevitable cada. En nombre de la razn instrumental, amigos y adversarios aconsejaban la negociacin. Resistir se consideraba locura numantina, combate quijotesco contra los molinos de viento. Tambin el asalto al Moncada y la lucha de un puado de hombres contra un Ejrcito bien armado parecieron, en su momento, cosas de locos. La crisis econmica de los noventa quebrant la infraestructura material de la cultura. La base de las industrias del cine y del libro se desplom. La UNEAC particip de manera activa en la bsqueda de soluciones para el salvamento de la creacin artstica. En la prctica, a partir del quinto congreso, su funcin social se modific. Se defina como el canal institucional para el necesario dilogo de los escritores, ya artistas, con el conjunto de la sociedad, tanto con su interlocutor inmediato, el Ministerio de Cultura, como en los mltiples espacios diseados para proyectar la obra de los creadores y para formar a sus destinatarios. Esa accin implicaba, entre otros, a los medios masivos de difusin, a los distintos niveles de enseanza, a la industria turstica en rpido crecimiento, a las relaciones exteriores y a los rganos del poder popular. Resistir al embate de tantas fuerzas conjugadas implicaba el pago de un alto costo. La prdida de mercados y de proveedores desarticul el sistema productivo. La extrema escasez se abati sobre la existencia cotidiana. Muchos creyeron clausurado el presente y el porvenir. La emigracin adquiri caracteres dramticos con la estampida de los balseros. Rotos los valladares, la globalizacin y el triunfalismo neoliberal imponan las reglas del juego a escala planetaria. En el plano individual, para muchos, las demandas de la supervivencia desdibujaron los lmites entre lo legal y lo ilegal. Iba creciendo una generacin para la cual resultaba difcil configurar un proyecto de vida. Los valores consagrados se resintieron. Los debates abiertos en las sesiones plenarias del sexto Congreso respondieron, sin que se hubiera tomado clara conciencia de ello, a las nuevas coordenadas de la organizacin. Los tpicos atinentes a cuestiones gremiales pasaban a las comisiones de trabajo. Globalizacin e identidad se enfrentaban en el contexto cubano. No es posible ni deseable mantener al pas al margen de los fenmenos de la contemporaneidad. Pero esas tendencias no deben asimilarse acrticamente. Llegan a travs de la inversin extranjera, de los medios masivos y de las tecnologas de avanzada. La acelerada dinmica del turismo y algunos bloques de edificios de apartamentos irrumpan en la ciudad con una arquitectura banal, depredadora del entorno urbano, vctima tambin de la iniciativa funesta de “pobres nuevos ricos”. La ejemplar obra de restauracin emprendida en la Habana Vieja mostraba la efectividad

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105de una operacin de salvamento conducida con el debido respeto a la tradicin cultural. Al trmino del siglo XX (estbamos en 1998), los conjuntos urbanos del Vedado y de Miramar, entre otros, merecan respeto por sus valores patrimoniales, constitutivos de una capital que haba escapado a la vertiginosa especulacin financiera en torno al universo construido. El examen de la sociedad cubana en el contexto especfico de los noventa conduca a apuntar la aparicin de “bolsones de capitalismo” conducentes a favorecer el rebrote de prejuicios reproductores de actitudes que contradecan, en su esencia, el proyecto revolucionario. Entre ellas, regresaban expresiones de racismo favorecidas por la vuelta de desigualdades sociales, consecuencia inevitable de la crisis econmica. El amplio debate generado por el tema con participacin activa de Fidel Castro y de algunos artistas destacados se tradujo en la toma de medidas gubernamentales dirigidas a contrarrestar el fenmeno. Millares de jvenes marginados de la escuela y del trabajo pudieron reformular proyectos de vida mediante la reincorporacin al estudio y a un ejercicio profesional activo. Se impona la respuesta concreta a las demandas de la inmediatez, sin olvidar por ello que se trata de un problema arraigado en una historia y en una cultura, requerido de anlisis ms profundo y de un abordaje sistemtico por diversas vas. La influencia de la educacin y de los medios masivos tiene primordial importancia en este sentido. Transcurrieron diez aos. Una amplsima comisin organizadora, presidida por Sergio Corrieri, con la participacin de figuras destacadas de la cultura nacional y por jvenes con obra reconocida, asumi las tareas preparatorias del sptimo Congreso. Durante once meses, se llev a cabo la revitalizacin de la esencia democrtica de la UNEAC, expresa en elecciones de todas las instancias en las provincias y en la capital de la nacin y, sobre todo, a travs de un extenso debate participativo que articulaba, en doce comisiones de trabajo, un conjunto de temas vinculados a las necesidades especficas de los artistas sintetizados en Economa y cultura, pero que desbordaban estos lmites estrechos al analizar crticamente problemas del turismo, de los medios masivos de comunicacin, de la arquitectura y el urbanismo, de la enseanza artstica, cultura comunitaria, as como aquellos orientados hacia el fortalecimiento de los vnculos con los jvenes escritores y artistas. Cultura y Sociedad volvi a centrar los debates en las sesiones plenarias. El texto de la ponencia articula de manera coherente, desde la perspectiva de los creadores y de las instituciones problemas diversos que lastran el desarrollo de la sociedad socialista. Las repercusiones de la globalizacin y de la crisis econmica en la sociedad cubana constituyen el trasfondo de una reflexin animada por la necesidad de rescatar valores morales lacerados. Se trata, en suma, de atender al indispensable crecimiento de la dimensin espiritual implcita en la formulacin de proyectos de vida liberados de formas de opresin enajenante. Los valores se sustentan en proyectos de vida inscritos en modelos sociales especficos. As lo demuestra la historia de las civilizaciones y el es-

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106tudio antropolgico de las distintas comunidades coexistentes en la contemporaneidad. En todas ellas, las leyes, escritas o consuetudinarias, privilegian las demandas de supervivencia de la sociedad por encima del librrimo ejercicio de las aspiraciones individuales, aunque apariencias engaosas oculten la verdadera naturaleza de las presiones modeladoras de la conducta humana. En el capitalismo desarrollado de los das que corren la homogeneizacin impuesta por la dictadura del consumo de marcas con el apoyo de los medios masivos configuran la imagen del triunfador uniformado. Sobre ese escenario diseado por la filosofa del marketing se configuran expectativas de vida fundadas en un ilusorio universalismo abstracto. Ante semejante desafo, el socialismo no puede hacerse con soluciones simplistas que ya han sido derrotadas. As lo percibi la intuicin luminosa del Che. Para construir el socialismo, hay que utilizar lentes bifocales, mantener la mirada fija en los amplios horizontes donde se perfila el objetivo final y observar de cerca las demandas concretas de la realidad, las inquietudes y necesidades de los hombres y las mujeres, hacedores conscientes del proceso transformador. Por no tener en cuenta ambas coordenadas, Madre Coraje condujo su carreta por el camino de la derrota. Las exigencias de la inmediatez imponen el pragmatismo de la respuesta rpida. Hay que transitar por ella con la conciencia lcida de sus lmites inevitables. Porque no basta con inyectar nuevos contenidos en un escenario prefijado. Un dilogo sin cortapisas se estructur a partir de la redefinicin, surgida de manera orgnica a travs de la prctica de la funcin del intelectual en el complejo y difcil parto de la sociedad socialista. Quedaron atrs las viejas disquisiciones inscritas en un momento histrico preciso sobre si son galgos o podencos, si son vanguardistas o abstractos. Tambin pas al olvido la nocin de conciencia crtica autnoma interpelando a la sociedad desde su belvedere. La participacin responsable anim el dilogo polcromo, diverso, preado de contrastes y exabruptos momentneos. En su sede capitalina de la calle 17 en el Vedado, la imagen fsica de la UNEAC ha cambiado. Los salones de ayer estn ocupados por oficinas. El lugar donde alguna vez Amelia y Abela bailaron un danzn, rediseado, es ahora la Galera Villa Manuela. No hay sitio para jugar ajedrez como antao. La cafetera es comedor obrero poco propicio a las tertulias ocasionales. Quizs se ha burocratizado un poco. La institucin tendr que flexibilizar sus estructuras para adherirse a las necesidades de una realidad siempre cambiante. Habr de abrir espacios para la presencia permanente de un dilogo mltiple, consagrado a los temas del arte y a la literatura, al pensamiento contemporneo y a los problemas de la sociedad que le tocan de cerca. Lo ms significativo, al trmino del sptimo Congreso, se deriva del fortalecimiento de la voz pblica de los escritores y artistas, sustentada en la difusin de la obra de una vanguardia numricamente acrecentada con el trabajo de las generaciones emergentes y mediante la participacin activa y comprometida de una comunidad intelectual vinculada al destino de la nacin.

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107 Historia y discurso nacionalista en Cuba Rosa Garca ChediakInvestigadora A ntes de plantear algunas ideas acerca del discurso nacionalista en Cuba, conviene hacer una precisin conceptual. Se entiende aqu el discurso en el sentido que le imprimi Michel Foucault,1 esto es, como una produccin histrica no de simples ideas sino de subjetividad, de identidades y de relaciones sociales. Por lo que un discurso supone un contexto social generado por la conflictiva interaccin de sujetos y actores sociales. Y al mismo tiempo, significa la realidad para quienes lo (re)producen. A modo de ejemplo tendramos que el discurso cientificista es una de las producciones tpicas de la modernidad, siendo indispensable para la reproduccin de un sistema social, lo cual incluye a actores e instituciones especficas (cientficos, tcnicos, academias, hospitales, prisiones, etctera), que mediante l se ubican y organizan –en forma cotidiana– su praxis. Discurso es por tanto produccin y reproduccin social. Se impone, por lo tanto, esbozar un cuadro histrico que permita situar a grandes rasgos el fenmeno discursivo nacional de la Revolucin cubana. De modo indiscutible, las primeras manifestaciones de la nacin se dan en el sigloXVIII, bajo el rgimen colonial espaol. Fue precisamente a partir del influjo de las ideas ilustradas –llegadas de la propia metrpoli– y sus aires libertarios que ciertos sectores de la sociedad cubana comienzan a plantearse un proyecto de nacin.2 Cabe destacar que el dinamismo de la industria azucarera, y por otra parte, las excesivas trabas comerciales impuestas a la isla, entre diversos mecanismos de subordinacin, atizaron los nimos de una parte de la burguesa criolla, terratenientes, comerciantes e intelectuales orgnicos,3 cuyos exponentes ms preclaros tuvieron la sensibilidad necesaria para percatarse de que Cuba deba ser ante todo una realidad tica-cultural y no una mera estructura poltica. As empez a construirse una identidad mediante la evidenciacin de ciertos elementos que pretendan instituirse en referentes de lo nacional, por ejemplo, la insularidad sublimada en una estrella o palma solitaria y –como podra faltar?– dismiles objetos que encarnaron la trada del rojo, azul y blanco. El poder evocador de dichos signos se fue asociando a numerosas estrategias conspirativas (clubes, asociaciones, peridicos, obras literarias…) y a opciones polticas, que si bien interactuaron de modo problemtico, todas perseguan un evidente distanciamiento de Espaa: autonomismo, anexionismo e independentismo. La aparicin de movimientos republicanos en el territorio metropolitano, el desmoronamiento de su imperio colonial en Amrica y otras coyunturas internacionales, produjeron reacomodos

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108en la estructura colonial y el ejercicio de una poltica no acertada hacia Cuba. Como resultado, el movimiento nacional se radicaliz, al punto de llegar a pasar por encima del poderoso “miedo al negro” que haba difundido la revolucin haitiana. Estallara la primera guerra de independencia en 1868, sin llegar al objetivo de constituir una repblica independiente luego de diez aos de lucha armada. Su gran problema: el progresivo desgaste originado por la falta de unidad entre las fuerzas polticas. No obstante, la dcada blica tuvo implicaciones importantes para la demarcacin de lo nacional, le imprimi el valor de la sangre que se haba derramado, acumul experiencias estratgicas y adems marc como necesaria la democratizacin entre quienes participaban de la lucha, pues a fin de cuentas color de la piel, el bolsillo o la alcurnia, no eran importantes a la hora de morir. Ante la falta de un apoyo decidido por una parte de la oligarqua azucarera,4 el fabuloso mestizaje social se transform en condicin de posibilidad de una violencia antiopresiva. Esto lo supo socializar muy bien Jos Mart,5 figura poltica embebida en las fuentes de los primeros idelogos6 de la independencia que redimension el alcance de la palabra patria.7 Con ello no slo consigui articular diferentes fuerzas sociales en torno al concepto de pueblo, lanzarlas a una segunda contienda o integrarlas en un esquema liberal de repblica, sino que su sombra de poeta se mantuvo atormentando a las conciencias republicanas con bellas y punzantes metforas sobre lo nacional.8 Es preciso acotar que el genio martiano supo interpretar como nadie el contexto donde desarroll su proyecto poltico. En este sentido, le fue posible insistir sobre la amenaza geopoltica que rondaba a la isla y a Latinoamrica en general. Vislumbr el nacimiento de una potencia mundial: los Estados Unidos. Desde entonces, el discurso sobre la nacin y las identidades que de l dependen no han podido evadir el tpico. La historia misma lo ha motivado. Sin embargo, la segunda gesta independentista iba a culminar con incidentes tan castrantes como la intervencin norteamericana en 1899 y la imposicin de un apndice constitucional en 1901, que entre otras clusulas inclua el derecho a incursiones militares en Cuba. Eso adems de un tratado de “reciprocidad comercial”, corolario de un proceso de penetracin econmica que haba empezado mucho antes y se agravara en lo sucesivo. La repblica, nacida en los albores del siglo XX, se iniciaba con el gran caos que haba dejado tras de s la guerra y con grandes dosis de malestar por la soberana escatimada. Los capitales llegados desde el norte se apresuraron a paliar algunas situaciones –sanitarias, de infraestructura y educacionales– a fin de proveer de puntos de apoyo a una gobernabilidad muy precaria. La alternancia de fraudes polticos, estallidos armados e intervenciones constituyen el signo patente de la crisis republicana.9La dependencia econmica, desbocada por las crecientes demandas de azcar del mercado americano y la importacin de un torrente de mercancas, deman daba algn equilibrio poltico que cada vez pareca ms difcil de lograr. Tanto fue as que la primera dictadura del perodo, la del general Gerardo

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109Machado (1925-1933), en lugar de asentar los nimos produjo, ayudada por los efectos del crack de 1929, una creciente y radicalizada oposicin conocida como la Revolucin del 30.10 En dicha circunstancia, adems de emerger nuevos actores polticos –como la Universidad y el movimiento obrero– se hizo patente la recomposicin del bloque hegemnico conformado por sectores de la burguesa asentada en la isla, y los intereses estadounidenses. Les ayud, una vez ms, la incapacidad de las fuerzas polticas revolucionarias de articular un consenso y la aparicin de ciertas figuras militares, que con mano dura se esforzaron por imponer un nuevo ordenamiento. Por ello, ms all de eventualidades polticas, se mantuvieron irresueltos los grandes problemas de la construccin nacional: la soberana vs. la desmesurada dependencia econmica, la propiedad de la tierra, la situacin del negro y la pobreza. Una iniciativa que gener muchas ilusiones fue la Asamblea Constituyente de 1940, donde se sentaron a negociar las bases de la repblica una amplia representacin de las fuerzas polticas presentes desde la dcada del treinta. Esa misma heterogeneidad iba a limitar la eficacia de la Constitucin del 40, engendrada para prever soluciones contundentes a la crisis nacional.11 Lejos de marcar una normalizacin, los gobiernos sucesivos sufrieron un progresivo descrdito debido a su corrupcin galopante y a la represin poltica que lleg a hacerse cotidiana. En este marco floreci la actividad gangsteril en La Habana. En marzo de 1952 un nuevo golpe militar opera la quiebra del Estado de Derecho. Las irregularidades en el manejo de los fondos pblicos y la violencia aumentaron de modo exponencial bajo la mirada del caudillo Fulgencio Batista, que habra de liquidar totalmente todas las aspiraciones democrticas y nacionalistas que todava quedaban en pie. En el transcurso de su rgimen, Batista qued sin ms apoyo que el del Ejrcito y la anuencia del par formado por la burguesa azucarera y los intereses norteamericanos. As tuvo que enfrontar el rechazo de un sector cada vez ms amplio de una nueva coalicin de fuerzas –especialmente juveniles– que haran insostenible la situacin del rgimen dictatorial para fines de 1958. Antes de intentar ahora un anlisis del discurso nacionalista de la Revolucin cubana, conviene sistematizar algunos antecedentes. La nacin cubana en formacin en el siglo XVIII y democratizada mediante las guerras de independencia, tuvo dos salidas en el contexto de la repblica. Una de ellas, la de los rasgos polticos republicanos que acreditaban una nacin en funcin del conjunto de individuos naturales o naturalizados en territorio cubano, la cual tendra significacin slo en trminos electorales. Esto fue atendido por todos los gobiernos de turno e incluso por los dictadores consumados. Era importante mantener una simbologa mnima y una oratoria ridcula, ante la realidad del “qutate t pa’ ponerme yo”. Otro desarrollo ms profundo concentraba el universo de expectativas que la nacin en s iba adquiriendo. Aqu se podran inscribir los debates sobre la nacin, que pretendan encontrar vehculos de regeneracin social y algn horizonte promisorio, dada la virtualidad

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110que haban demostrado las frmulas democrticas tradicionales. A este empeo se consagraron numerosos intelectuales, que adems de discutir las perspectivas de modo conjunto y divulgar sus ideas, participaron, en mayor o menor grado, en la escena poltica del momento. Una experiencia representativa fue el denominado Grupo Minorista, en torno al cual se reunieron personalidades de muy diversas tendencias.12En su seno se dio una interesante simbiosis de vanguardias artsticas –sobre todo literarias– y adscripciones polticas dismiles. Una estructura frgil que no tard en fragmentarse. Sin embargo, como afirma el investigador Ricardo Luis Hernndez Otero: “El Minorismo en trminos culturales es la muestra paradigmtica de las relaciones entre nacionalismo y vanguardia, de la idea de cmo construir una cultura cubana moderna”.13La experiencia minorista no consisti slo en una renovacin formal. Dos aspectos que pueden resultar representativos, entre otros, fueron primero un impulso decisivo a la cuestin del negro en el universo cultural cubano. Autores como Fernando Ortiz, Alejo Carpentier y Nicols Guilln, rescataron el tema racial del estatus de segregado para colocarlo en el centro de enjundiosos estudios etnolgicos, novelas experimentales o sonoros poemas, producciones todas encaminadas a revalorizar las imbricaciones de este grupo tnico en una totalidad cultural a la cual pertenecan ya sin remedio. Otra contribucin sustancial fue la promocin de la obra y el pensamiento martiano, a cargo de intelectuales como Jorge Maach y Juan Marinello, tema que sin duda fecund la aparicin en los aos cincuenta de la llamada Generacin del Centenario.14 La trascendencia del Grupo Minorista debe valorarse en el marco de una poderosa influencia cultural de los Estados Unidos en la isla y la calurosa acogida con que se haba recibido el American Way of Life.15 En este sentido, los minoristas buscaron alternativas de resistencia –incluso contrahegemnicas– mediante la actualizacin de los, segn ellos, autnticos componentes de la cubana. A la altura de los aos cuarenta, otro grupo de intelectuales nucleados en torno a la revista Orgenes, constituy otra experiencia en cierta medida similar. Los origenistas, muy defraudados del panorama poltico, tendan a una reflexin sobre la esencia de lo cubano, sin alternar con el espectculo poltico, como si quisieran situar la cultura en un plano paralelo y lo cubano en lo inefable, para a partir de ello arrojar luz sobre una realidad errtica. Si bien algunos miembros de Orgenes se insertaron con entusiasmo en la etapa que se inici en 1959, otros16 tendran una relacin muy conflictiva que –por desgracia– no ha permitido asimilar totalmente su legado. Como cualquier otro proceso social, una revolucin es paradjica. Sus contradicciones histricas se hacen ms relevantes por el afn de gestar algo indito a pesar de las herencias. En el caso cubano, la coyuntura en que acontece el triunfo revolucionario de 1959 le propici un gran respaldo popular que hizo evidente, por una parte, la escasa legitimidad del rgimen anterior. Y por la otra, una amplia diversidad de expectativas sociales que con gran-

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111des esperanzas valoraba el cambio. Asimismo, quienes haban lidereado la oposicin a Batista, juzgaron urgente dejar claro que exista voluntad poltica para afrontar los grandes temas preteridos. As lo demuestra su primera medida: la reforma agraria.17 Con ella, a su vez, brotara el primer punto de enfrentamiento con los intereses oligrquicos afectados por la medida anti-latifundio, los mismos que haban hecho de Cuba una estructura dependiente, sobre todo del mercado del azcar. Ganar el amplio apoyo de los campesinos y asalariados agrcolas fue uno de los resultados de la citada reforma. Luego se sumaron otras medidas revolucionarias,18 cada una de las cuales pona de manifiesto la finalidad de profundizar el arraigo popular. En este sentido, es posible afirmar que el proceso revolucionario cubano ha tenido una orientacin popular, no slo por su fuerte compromiso social hacia los sectores oprimidos, sino sobre todo porque a travs de una serie de medidas fue acotando a un sujeto colectivo, el pueblo, beneficiario y protagonista del proceso. Un repaso de algunas circunstancias histricas de los primeros aos revolucionarios resulta imprescindible para comprender el ncleo de un discurso que se ha institucionalizado y (re)producido a lo largo de casi cinco dcadas. El despliegue de polticas ejecutado por el nuevo gobierno aliment el temor de eventuales reacciones de los Estados Unidos entre algunos sectores –comerciantes, burguesa industrial y profesionales–, inicialmente animados con el triunfo revolucionario. La posibilidad de una “contaminacin” comunista del proceso sum diversos reparos de una sociedad afectada tambin por el inevitable clima de guerra gra epocal y la trayectoria del Partido Comunista cubano ante el proceso insurreccional.19 La falta de certezas sobre una acogida estadounidense20 condicion asimismo que quienes conducan el pas no demoraran el establecimiento de relaciones con la Unin de Repblicas Socialistas Soviticas (URSS) a fin de impulsar el proceso. Es muy llamativo de esta etapa inicial observar cmo la burguesa ms acaudalada se mantuvo expectante, segura de una intervencin salvadora. Dicha postura, lejos de favorecerla la coloc en una encrucijada cuya salida fue el famoso xodo hacia Miami. En este contexto, al producirse los primeros sabotajes,21 el discurso revolucionario se radicaliz. Una consigna se convirti en cono: Patria o Muerte. Si previamente las medidas adoptadas por el Estado revolucionario haban facilitado la apropiacin de la identidad colectiva encerrada en la categora pueblo, ahora se lograba delinear al enemigo, puesto que los atentados fueron sin discusin promovidos por los Estados Unidos. La narrativa nacional se complet con una sentida dialctica hroe vs. antihroe, o lo que es lo mismo, protagonista vs. antagonista. Desde la instancia estatal, los polos de ella se han expandido y contrado con el tiempo para incluir a grupos, instituciones o personajes. Por otra parte, se dio otra vuelta de tuerca a la asociacin pueblopatria, que ahora adquira un matiz heroico alimentado por su propio panten de mrtires y ritos especficos. Con ello se logr mantener la fe inicial, aun en medio de serias adversidades,

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112as como una alta efectividad movilizadora y a la vez insertar los nuevos acontecimientos en una perspectiva histrico-nacional. En este clima efervescente, se produjo la primera Declaracin de La Habana, donde se transubstancia el anterior Patria o Muerte, por Socialismo o Muerte. El sentimiento de amenaza sin dudas contribuy a que el prejuicio anticomunista, arraigado en la Cuba de los cincuenta, fuera trocado por la identificacin de aquellos cambios, tan positivamente valorados, con el socialismo. Sera otra agresin la que forz un desenlace previsible. En abril de 1961, la invasin preparada por los Estados Unidos y ejecutada por efectivos de origen cubano, marc un hito importante en la orientacin de la joven revolucin. En primer lugar, despej definitivamente la incgnita sobre la postura estadounidense ante el proceso cubano. Adems, la sorpresa de un ataque perpetrado por cubanos deriv en la designacin de dos calificativos en lo adelante cruciales como trminos discursivos: contrarrevolucionarios y mercenarios. Asimismo, se confirm una vez ms el respaldo popular, cuya rpida adhesin a las acciones defensivas demostr y reforz las altas cuotas de legitimidad del nuevo proceso cubano. Por ltimo, la victoria sobre las fuerzas de la invasin tuvo una amplia repercusin, sobre todo en el mbito latinoamericano y aliment las esperanzas de otros procesos revolucionarios en el continente. Slo un ao despus, la crisis de los misiles, coloc a la isla en el centro de la atencin mundial en el incidente ms caliente de la guerra fra. La crisis hizo patente para los cubanos que, en los tiempos que se vivan la pretensin de edificar una sociedad socialista precisaba un apoyo decisivo de la URSS. As se dio inicio a una etapa de sovietizacin de la vida social de Cuba,22 donde el fuerte nfasis nacional-populista del discurso revolucionario se mezcl con los tonos de un peculiar marxismo-leninismo Con el apoyo proveniente del bloque socialista, el gobierno cubano pudo concretar mltiples proyectos econmicos y sociales, lo cual hizo surgir una imagen de estabilidad que durara justamente hasta el derrumbe del campo socialista europeo en 1989. Para evaluar la significacin del acercamiento a la URSS, un repaso a su repercusin intelectual-cultural ofrece algunas claves. El triunfo de enero de 1959 haba tenido una acogida multitudinaria, pero a medida que se precipitaban los cambios, se produjeron lgidos debates entre los portavoces de

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113los distintos intereses afectados y los defensores del nuevo ordenamiento.23Dicha situacin exiga a los dirigentes revolucionarios largas comparecencias pblicas y gran atencin a las instancias de dilogo. Dentro de un peculiar catlogo de contradicciones, llama la atencin la prioridad que desde los inicios se concedi a los aspectos educativos, siendo una de las primeras iniciativas revolucionarias la Campaa Nacional de Alfabetizacin. Como consecuencia lgica, 1961 se proclam Ao de la Educacin. Ello permitira intuir que para la dirigencia cubana la esencia de la Revolucin se identificaba con su capacidad de transformacin cultural. As pues, Revolucin y cultura han guardado una compleja relacin, aunque consideramos que todava no ha sido resuelta de forma integral. Si bien las esperanzas concomitantes al cambio provocaron la eclosin de mltiples manifestaciones artsticas como las artes plsticas, la narrativa o la arquitectura,24 sus desarrollos de carcter iconoclasta comenzaron a ser descalificados por una burocracia que, a partir de la segunda mitad de la dcada del sesenta, lleg a ser poderosa. Se exigi el apego a un “realismo” chato, que muchos creadores se resistieron a aceptar bajo las alternativas de quedar marginados, o tener que abandonar el pas. Mientras esto ocurra, tambin se incrementaba paralelamente –como nunca antes– el presupuesto destinado a los proyectos culturales, de los cuales se beneficiaron una naciente industria cinematogrfica y el Ballet Nacional de Cuba, entre otros. Una paradoja fascinante es que un pas pobre dedique considerables fondos estatales a la promocin artstica. De esta manera, ha coexistido el deseo de promover una vanguardia artstico-cultural con la preocupacin por la carga crtica inherente a dicho sector. La influencia sovitica forz durante ms de tres dcadas una “mesura” que result cara a la construccin nacional, y cuya factura lleg puntual con el derrumbe de 1989. El cese de la ayuda que sigui a la cada del bloque socialista coloc a Cuba en una difcil coyuntura que afect de modo drstico la vida cotidiana. La economa dependiente en alto grado del comercio y las relaciones con el Consejo de Ayuda Mutua Econmica (CAME), se desplom dando lugar a una situacin crtica calificada con un eufemismo: “Perodo Especial”. En medio de un consenso nacional erosionado por la crisis, Fidel Castro proclam con audacia una nueva consigna: salvar la patria, la revolucin y las conquistas del socialismo. Con ello se confirmaba el compromiso estatal de mantener las prestaciones sociales amn de las reformas que pudieran implementarse. Asimismo, se tendan puentes a la originaria asociacin de patria-nacin-revolucin, a fin de afianzar el discurso revolucionario. No obstante, la apuesta por la continuidad habra de verse asaltada por contradicciones que ahora no pueden ser sofocadas fcilmente, por el peso que tienen en la reproduccin del sistema. Al respecto, el pensador Jorge Luis Acanda resume as la experiencia de los noventa: Ha sido poca de desatanizacin y de desacralizacin. Desatanizamos al dlar, al exilio, a la religin y al

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114pasado. Desacralizamos a todos aquellos productos culturales abarcados por ese complejo ideolgico que podemos denominar como lo sovitico desde el realismo socialista y los muequitos rusos hasta la calidad de la tecnologa made in USSR y la pretendida omnisapiencia de los lderes del PCUS. Pudimos quitarnos de enc ima el pesado fardo del fatalismo del dogma de la irreversibilidad del socialismo, y comprender que no tenamos ningn contrato con la Historia, y que todo dependa de nosotros. Una vez ms, todo dependa slo de nosotros. Fue el hundimiento de las certezas.25De este clima de no pocas incertidumbres, la de mayor trascendencia meditica result el grupo de reformas econmicas encaminadas a paliar la crisis, entre ellas la apertura a inversionistas extranjeros, el desarrollo turstico y la liberalizacin del dlar. To das ellas fueron interpretadas como los primeros signos de la progresiva transformacin de Cuba en una economa de mercado. Muchos esperaban este giro. El instinto de supervivencia, exacerbado por las difciles circunstancias y por la falta de respuestas ms rpidas, ha convertido la solucin en aquella accin que garantice la seguridad material. Ello ha sido la antesala de una mercantilizacin agresiva que ha coqueteado con objetos bien diversos, entre ellos: el cuerpo y los vestigios de la Cuba anterior a 1959. Pero todava ms sorprendente resulta la banalizacin –a diferentes instancias– de signos, que hace dcadas fueran la sntesis, caractersticos de una sociedad. Ante los avances del mercado, no resulta extrao que no pocos habitantes de la isla en la actualidad identifiquen lo cubano con un grupo musical, mulatas exuberantes o una excepcional capacidad para la danza. Nunca es tarde… La edificacin de una sociedad, y su reproduccin, determina que las relaciones que la conforman sean necesariamente de poder. Contrario a lo que la modernidad sugiere, las relaciones de poder no se circunscriben a un mbito especfico, sino que se esparcen en la totalidad de nuestras prcticas y representaciones. El molde de la nacin ha permitido experiencias que en la actualidad son cuestionadas, con el riesgo de mezclar la cizaa con el trigo. El discurso nacional no agota su cometido en la estructuracin de un aparato estatal. Porque lo ms valioso del concepto de nacin es que encierra la posibilidad de una racionalidad solidaria que invierta el signo dominador de las relaciones sociales y, por ende, la capacidad de dar existencia a sujetos antes anulados. En el caso cubano, el fuerte discurso nacionalista de la Revolucin cubana responde a una particular apropiacin de la historia insular. En sus primeros aos, gracias a las medidas marcadamente populistas consigui un respaldo que luego se vio consolidado por el enfrentamiento de los Estados Unidos, y por otra parte la colaboracin con la URSS. Sin embargo, la primera etapa de estabilidad e incluso institucionalizacin no supuso avances decisivos en el plano de la cultura nacional dada la exigencia de la homogeneidad. Fue justo en la dcada del noventa, a partir del de-

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115rrumbe socialista europeo, que en Cuba se rescat el tema de la nacin como va para reactivar la legitimidad revolucionaria y su discurso histrico. En estos aos, la crisis y algunas medidas asumidas han afectado el simbolismo patritico, limitando su capacidad para articular una identidad para el pueblo como sujeto crtico. Pero –a nuestro juicio– el inmenso caudal de resistencia, contenido en ms de cinco siglos de historia, busca cauces liberadores y a ratos los encuentra en interesantes espacios de debate, donde se forjan los imaginarios que permitirn, una vez ms, trascender la adversidad histrica. Notas1 Hall, Stuart. El trabajo de la representacin www.cholonautas.edu.pe/modulos/ biblioteca2.php?IdDocumento=03892 Ver: Cspedes, Carlos Manuel de, Mons. Modernidad, atesmo y religin en Cuba: ¡Ese iluminismo nuestro! En Acanda, Jorge Luis y Jess Espeja. Modernidad, atesmo y religin. Apuntes de un curso. La Habana: Convento San Juan de Letrn, 2004. 218 p.3 Se asume el trmino en el sentido gramsciano, como explica el profesor Jorge Luis Acanda: “La organicidad de un intelectual viene dada por la funcionalidad intrnseca a su actividad, en tanto ella tienda a la reproduccin de la hegemona existente o, por el contrario, a la subversin de la misma. El carcter orgnico o no de la actividad del intelectual se determina a partir del anlisis de la funcin que ejerce en el seno de la cultura”. Acanda, Jorge Luis. El malestar de los intelectuales. Temas (La Habana) (20); abr.-jun. 2002. Casi todos los artculos de la revista estn disponibles en www.temas.cult.cu4 Como seala Mara del Pilar Daz Castan, la capa ms acaudalada de la burguesa cubana no precisaba la independencia para enriquecerse, sino que se suavizaran las restricciones espaolas al comercio y la importacin. Daz Castan, Mara del Pilar. Ideologa y Revolucin. Cuba 1959-1962. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2004. p. 99.5 Dos discursos emblemticos: en el pronunciado en 1891 en el Liceo Cubano de Tampa y conocido como Con todos y para el bien de todos afirma “[...] yo quiero que la ley primera de nuestra repblica sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.6 Para una visin de la transmisin de la ideologa patritica hasta Jos Mart, ver: de Cspedes, C. M., Mons. Op. cit (2). pp. 207-208.7 Ver: Nez Chiang, Armando. Slo la grandeza engendra pueblos (La democracia en el proyecto martiano de liberacin). Palabra Nueva (La Habana) (5); 1992.8 Un acercamiento interesante al tema lo constituye la controversia “Mart en la Repblica”, publicada en la revista Temas, N 26, de julio-septiembre de 2001 aparecido entre las pginas 81 y 106.9 Garca Oliveras, Julio. Contra Batista. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2006. p. 34.10 En dicho proceso, por primera vez en la historia cubana fuerzas vinculadas a la ideologa comunista se plantearon la necesidad de abandonar las frmulas polticas tradicionales e introdujeron –en ese momento– un antimperialismo frontal, y forzaron “[...] un nacionalismo ms exigente en cuanto a soberana, autodeterminacin, democracia, polticas sociales e intervencin estatal”. Ver: Martnez Heredia, Fernando. Los dilemas de Julio Antonio Mella. En http://www.rebelion.org/docs/ 15805.pdf11 En muchos sentidos, la Constitucin del 40 se transform en un pacto inoperante entre tendencias progresistas y conservadoras. A modo de ejemplo, por primera vez en un texto constitucional se proscribe el latifundio, pero a la vez se prohbe la confiscacin de inversiones extranjeras, salvo en casos excepcionales. Por otra parte, quedaba sujeta a una voluntad poltica ulterior fijar un conjunto de leyes complementarias que en realidad decidiran la eficacia de los principios constitucionales. Dichos cauces jurdicos nunca se implementaron. Ver: Guanche, Julio Csar. La imaginacin contra la norma. En: lahaine.org/b2-img/imaginac.pdf, p. 57.

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11612 Curiosamente, la diversidad que integr al Grupo Minorista pudiera considerarse una antesala de la que luego se manifestara en el proceso de formulacin de la Constitucin del 40, lo cual sugiere que en la agrupacin era un selecto mosaico de las principales tendencias polticas de la poca.13 Entrevista a Ricardo Luis Hernndez Otero por Julio Csar Guanche. En: Guanche, J. C. Op. cit. (11). p. 23.14 Grupo de jvenes que en el centenario del natalicio de Mart (1953), sintindose inspirados por el legado martiano, inician las acciones armadas contra la dictadura batistiana. Fidel Castro era uno de ellos.15 El lenguaje y las costumbres denotan hasta qu punto la hegemona cultural de los Estados Unidos resulta poderosa. Ejemplos ilustrativos en Loyola, Oscar. “Construyendo la nacin”. En: Daz Castan, Mara del Pilar. Perifles de la nacin. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2000. pp. 197-198.16 Virgilio Piera y Jos Lezama Lima, entre los ms clebres.17 La Ley de Reforma Agraria fue promulgada en mayo de 1959.18 La Ley de Reforma Urbana y rebaja de alquileres, rebaja de precios a bienes y servicios, proyectos de industrializacin y reformas fiscales, todas tomadas en 1959.19 Particularmente criticado por su sovietismo y por haberse aliado con Batista en las elecciones de 1940.20 Acogida cada vez ms difcil dada las sucesivas nacionalizaciones emprendidas por el gobierno cubano.21 El de mayor trascendencia result el atentado al buque La Coubre en el puerto de La Habana en marzo de 1960.22 La sovietizacin resultaba con frecuencia artificiosa, lo cual dio lugar a las lecturas muy ingeniosas y divertidas desde el humor popular. Un caso muy refrescante es el libro Limonada del periodista Hctor Zumbado.23 Especialmente notables en las polmicas mediticas, los artculos ms crticos se publicaban en los peridicos El Mundo y Diario de la Marina, hasta 1960.24 Para un anlisis del desarrollo plstico y el narrativo durante la Revolucin ver en: Hernndez, Rafael (comp.). Sin urna de cristal. La Habana: Centro Juan Marinello, 2003, los artculos de Rufo Caballero, “Los rescoldos de la tempestad” y de Denia Garca Ronda, “Los estudios literarios en Cuba”, respectivamente. En cuanto a la arquitectura el reciente artculo de Mario Coyula, “El Trinquenio Amargo y la Ciudad Distpica: autopsia de una utopa”. En www.criterios.es25 Acanda, Jorge Luis. Recapitular la Cuba de los 90. La Gaceta de Cuba (La Habana) (3):60; mayo-jun. 2000.

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117 Grupo Orgenes: El problema de su definicin* Amauri Francisco Gutirrez CotoInvestigador H ace poco un alumno que cursaba la clase de Literatura Cubana, se me acerc para preguntarme sobre el fin de la revista literaria Orgenes y, a partir de sus preguntas, surgi como respuesta el presente artculo. Lo relativo a esta publicacin se conoce hoy da bajo el amplio rtulo de origenismo. Ese movimiento cultural es conocido como un hecho literario en esencia, aunque no tiene slo este carcter. La definicin historiogrfica de lo que se entiende genricamente por Grupo Orgenes plantea diversas problemticas. En estas breves pginas, se persigue esbozar las cuestiones esenciales y dar respuesta, al menos de una manera parcial, a algunas de ellas. Ya los historiadores se han propuesto la cuestin de si se habla de una “generacin literaria” o de un “grupo”. Frente a esta disyuntiva terica, hoy da hay un consenso en el uso del ltimo de estos trminos el cual se debe a la comprensin de una verdad que se ha impuesto por su propio peso. Adems de esa reflexin terminolgica, se deben tener en cuenta los vocablos que los discursos autoidentitarios de los miembros del grupo han acuado, tales como “coro”, “comunidad”, “concurrencia” o “familia”. Los historiadores ven el movimiento origenista como “grupo” y ellos se perciben a s mismos como “otra entidad” en la cual subrayan lo afectivo y lo comunitario. Respecto a la identificacin de la revista literaria Orgenes con el Grupo del mismo nombre, ya se ha llegado a una conciencia casi unnime de que esa equivalencia es impensable. Poco a poco se impone otra de las definiciones del grupo de mayor aceptacin a partir de los antologados por Cintio Vitier en Diez poetas cubanos.1 Tanto Jos Lezama Lima como Rodrguez Feo, los dos principales artfices de Orgenes consideraron vlido este criterio. El primero plantea que “[...] aquella generacin, que por mi parte lo mismo puede llamarse de Espuela de Plata o de Orgenes Espuela de Plata si atendemos a las primeras escaramuzas y agrupamientos, a los deseos que se proyectan o a los rechazos que nos consumen. Y de Orgenes a la plenitud que recepta durante diez aos a los diez poetas cubanos”,2 mientras Rodrguez Feo manifiesta: “[…] entindase que el llamado ‘grupo Orgenes’ est integrado por los poetas cubanos que aparecieron en la famosa antologa redactada por Cintio Vitier”.3* Este trabajo fue Premio Ateneo de Teora y Crtica Literaria en el 2005.

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118Tambin es cierto que este segundo editor modific su idea al respecto con los aos y defini el grupo teniendo en cuenta la lista de los colaboradores ms asiduos de la revista: Yo discrepo del criterio de Lezama porque creo que todos siempre consideramos al grupo como un grupo literario. Araceli Zambrano, Agustn Pi, Mercedes Orbn nunca escribieron nada que yo sepa; Baquero y Labrador Ruiz slo lo hicieron en Orgenes una vez y Parajn tres. Adems cuando los crticos aluden al grupo Orgenes –que Lezama con mucha ms razn llam la generacin de Orgenes– siempre lo hacen teniendo en mente determinados poetas que le imprimieron a la revista su perfil caracterstico con sus colaboraciones, que recogidas ms tarde en libros representan un corpus valioso de la poesa cubana de este siglo. En mi opinin, ellos seran –y destaco las veces que colaboraron en la revista– Jos Lezama Lima (39), Lorenzo Garca Vega (31), Cintio Vitier (19), Fina Garca Marruz (19), Octavio Smith (18), ngel Gaztelu (16) y Eliseo Diego (11). Tambin colaboraron poetas como Roberto Fernndez Retamar (15), Fayad Jams (10) y Pedro de Ora, pero lo hicieron a partir de 1952 y quizs por ello nunca se les asocia con el grupo. Virgilio Piera (8) nunca se consider del grupo ni tampoco se le invitaba cuando Lezama y yo nos reunamos con los amigos de la revista. En aquella poca Lezama y yo no ramos amigos de Piera.4Si se sigue esta lnea de anlisis, Roberto Fernndez Retamar sera considerado ms origenista que Gastn Baquero. Este modo de definir al grupo es evidente que entra en contradiccin con el criterio que ha sido aceptado por Lezama y por el matrimonio Vitier.5De acuerdo con la definicin del “Grupo Orgenes” a partir de la antologa, sus integrantes seran todos poetas y eso supone verlo slo como un fenmeno literario. Sin embargo, conocemos que eso no fue precisamente as. Un grupo de artistas plsticos, msicos y filsofos se incorporaron a las publicaciones y las dinmicas grupales. Incluso, llegaron a tener un papel decisivo en la direccin de algunas publicaciones o colaboraron con artculos, cuyo trasfondo esttico est muy prximo a la lnea editorial establecida por el grupo. Es decir, todos los artistas cercanos al origenismo no participan de l de igual manera. Por otro lado, la homogeneidad de los diez poetas antologados es un tema muy discutible. Una vez definidos con claridad los miembros del grupo, es preciso determinar adems cules son sus vehculos propios de expresin para determinar un corpus de estudio. He aqu otra cuestin espinosa. Su forma de expresin no se concreta slo en revistas culturales, pues es posible hallar adems varios sellos editoriales asociados (Cuadernos Espuela de Plata, Ediciones Clavileo, Ediciones Orgenes), en los cuales aparecieron un total de treinta ttulos. Durante la dcada del sesenta, Lezama se hizo cargo de las publicaciones del Consejo Nacional de Cultura y muchas de ellas llevan su impronta. All habra que rastrear la Biblioteca Bsica de Autores Cubanos (Casal, Zenea o Milans) o la Biblioteca Bsica de Literatura Espaola (Gngora, Boscn y Garcilaso). Este estudio

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119debe ser complementado con las investigaciones realizadas por Cintio Vitier, Fina Garca Marruz y Octavio Smith en la Biblioteca Nacional Jos Mart. Por otro lado, las revistas origenistas se pueden clasificar en varios tipos: 1.Preorigenistas: Se trata de las revistas anteriores a la aparicin de Orgenes y en las cuales coincide su esttica con la del ncleo esencial de los miembros del grupo ( Verbum Espuela de Plata Nadie Pareca y Clavileo ). 2.Postorigenistas: Son publicaciones que una vez terminada Orgenes continan su legado ( Nueva Revista Cubana y La Isla Infinita ). 3.Antiorigenistas: En ellas se aprecia una reaccin contra Lezama y en las cuales tuvo cierta importancia alguno de los diez poetas cubanos ( Poeta Orgenes de Jos Rodrguez Feo y Lunes de Revolucin ). 4.Origenistas: Dentro de la revista Orgenes es posible apreciar diversas etapas. (1944, 1945-1949, 1950-1954, nmeros 35 y 36 de Jos Lezama Lima, y del 37 al 40). 5.Perifricas: Fueron significativas en la gnesis del grupo, pero no son origenistas propiamente dichas ( Grafos y Luz ). Las publicaciones agrupadas bajo los acpites uno, dos y cuatro pertenecen a la ms pura tradicin del origenismo. En ninguna de ellas, publican al mismo tiempo los diez poetas cubanos simultneamente, por tanto, este criterio nos parece insuficiente para definir las revistas de la rbita del grupo. Todo lo anterior, nos permite establecer el siguiente esquema de las revistas del Grupo Orgenes y de aquellas que se relacionan con l de diverso modo:6

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120El corpus de las revistas cercanas al Grupo Orgenes requiere solucionar algunos problemas: es Clavileo una revista lezamiana a pesar de que este autor no publica all?, qu papel tuvieron Grafos y Luz ?, existe una continuidad entre Orgenes y la Nueva Revista Cubana ?, cmo se da la unin de Poeta Orgenes de Rodrguez Feo y Lunes de Revolucin ?, en qu revista es posible hallar el proyecto lezamiano ms puro y con la menor cantidad de contaminaciones externas?, y en qu publicacin se da el proyecto del ncleo de poetas creyentes de Orgenes ms visiblemente? Todas estas preguntas tienen una respuesta al menos parcial. Clavileo es una revista lezamiana, porque todo el tiempo se empe en integrar al autor de Paradiso a su proyecto, y su utopa letrada forma parte esencial de la dimensin programtica de ella. En tiempos de disentimiento, ella vino a ser una zona franca en la cual publicaron casi todos los diez poetas cubanos a excepcin de Jos Lezama Lima y de Lorenzo Garca Vega que no hace su aparicin pblica hasta Orgenes En cambio, Nadie Pareca slo public a Gaztelu y al mismo Lezama; es all donde se da con mayor pureza el proyecto potico de este ltimo, libre de contaminaciones externas. Luz y Grafos por su parte, funcionan como antecedentes de lo que se vena gestando. La primera como signo de que los ms jvenes ya traan incorporado el germen revistero y ellos, junto al rey de Trocadero, hallaron su realizacin ms plena. La otra sirvi como espacio de iniciacin para Lezama Lima, Rodrguez Santos, Prez de Cisneros y Baquero. Acerca del contubernio entre Orgenes y la Nueva Revista Cubana hay una cita de Lezama que no deja lugar a dudas: “Creo que esos dos nmeros primeros que se han publicado, son en realidad excelentes. Claro tambin, que son los mismos de Orgenes o que han tenido que ver con la revista de todos nosotros”.7No obstante, la continuidad entre Poeta Orgenes de Rodrguez Feo y Lunes de Revolucin no es muy visible, al menos para algunos. Estas mostraron una reaccin negativa frente al proyecto lezamiano y frente a los presupuestos estticos del grupo mayoritario de creyentes catlicos que integr el ncleo del origenismo. Adems, en todas ellas aparece Virgilio Piera, una figura que se destac por su actitud antiorigenista. Por ltimo, merece la pena sealar el hecho de que cuando se separaron Lezama y Rodrguez Feo a raz de la “Crtica paralela” de Juan Ramn Jimnez, los siguientes nmeros se hicieron junto con un consejo asesor integrado por el ncleo de los poetas creyentes de Orgenes Es decir, entre los nmeros del treinta y cinco al cuarenta se percibe con mayor claridad el programa del grupo de poetas creyentes. Lo anterior nos permite ver cmo hay una secuencia temporal en la dinmica del Grupo. Esta relacin entre ellos y su historia permite establecer determinados hitos a partir de los cuales se iniciaron perodos de caractersticas unitarias y fcilmente identificables. Una periodizacin en este caso es mucho ms que un capricho metodolgico y una aberracin historiogrfica, es tambin una herramienta que

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121permite establecer los lmites necesarios a un estudio futuro y objetivo de la cuestin. Es preciso plantearse el problema de la relacin entre el Grupo Orgenes y la dispora cubana o el asunto de si existe o existi en algn momento de nuestras letras recientes un neorigenismo potico. Habra que situar tambin las tres polmicas esenciales del origenismo con el avancismo en los momentos cruciales en los que se dieron: la protopolmica de 1937 entre Guy Prez de Cisneros y Jorge Maach en la gnesis de la identidad del Grupo, la de 1944 entre Gastn Baquero y Juan Marinello en el instante en el cual comienza su momento de mayor esplendor, o la de 1949 entre Jorge Maach y Jos Lezama Lima, justamente antes de que Orgenes iniciara un cambio en su formato anual. La ltima cuestin pendiente es, sin dudas, el problema de la definicin precisa de los integrantes del Grupo Orgenes. No todos los diez poetas cubanos fueron todo el tiempo origenistas convencidos. El disentimiento y hasta el resentimiento de Virgilio Piera ha sido estudiadsimo. En el caso de Lorenzo Garca Vega, la aparicin de su libro Los aos de Orgenes (1979) no deja lugar a dudas. Con Justo Rodrguez Santos ocurre algo diferente, el antologador de Diez poetas cubanos dijo despus en Lo cubano en la poesa : “Aunque ligado a las revistas de este grupo –se refiere a Orgenes –, Justo Rodrguez Santos se sita ms bien entre las ltimas consecuencias estticas de la generacin anterior”.8Todo lo anterior nos lleva a formular la siguiente propuesta de definicin de los integrantes del Grupo Orgenes que debe ser obviamente revisada con posterioridad:

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122El grupo uno de la tabla anterior sera el ncleo del Grupo Orgenes y el grupo dos estara formado por aquellos que, a pesar de su estrecha cercana no tienen el peso esencial que tiene el ncleo en la conformacin de los discursos identitarios y las estticas compartidas. Se podra incluso llegar a considerar un grupo tres conformado a partir de otros colaboradores asiduos que pertenecen a esta generacin por edad, y de otros que no pertenecen a la generacin, pero que se mantuvieron cercanos, as como de los exiliados espaoles que residieron en Cuba y tuvieron un papel activo en el Grupo Orgenes. Hasta aqu se han esbozado casi todas las cuestiones fundamentales que se deben enfrentar para lograr una definicin historiogrfica de lo que fue el Grupo Orgenes. Se han propuesto tambin algunas soluciones a partir de los breves y concisos argumentos que esperan por el desarrollo futuro y cierto de nuestra historiografa literaria nacional. Notas1 Los diez poetas cubanos son: Jos Lezama Lima, ngel Gaztelu, Octavio Smith, Gastn Baquero, Fina Garca Marruz, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Virgilio Piera, Justo Rodrguez Santos y Lorenzo Garca Vega. Los siete primeros integran el ncleo de poetas creyentes articulados desde la catolicidad.2 Lezama Lima, Jos. Recuerdos: Guy Prez de Cisneros. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 29:27; mayo-ag. 1988.3 Rodrguez Feo, Jos. La verdad sobre Orgenes. Revolucin (La Habana) 28 mar. 1959:2.4 _______. “Testimonio”. En: Tiempo de Cicln / Comp. Roberto Prez Len. La Habana: Ediciones UNI"N, 1995. p. 72.5 Vid. La familia de Orgenes y Para llegar a Orgenes .6 La letra D en el esquema significa “Director” y la S significa “Secretario o Subdirector”. Esta sntesis ha sido enriquecida y completada con los criterios del doctor Ricardo Hernndez Otero y la doctora Ana Cairo Ballester.7 Lezama Lima, Jos. “Carta XVII”. En: Correspondencia entre Jos Lezama Lima y Mara Zambrano … / Comp. Javier Fornieles. Sevilla: Editorial Espuela de Plata y Junta de Andaluca, 2006. p. 132.8 Vitier, Cintio. Lo cubano en la poesa La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1970. p. 471.

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123 Cspedes, hombre de letras Rafael Acosta de ArribaEnsayista e investigador H ace poco ms de cincuenta aos, el poeta y crtico Alberto Baeza Flrez titulaba de forma homnima un breve artculo en la revista Carteles.1Fue el primer y casi solitario intento de analizar al bayams desde la faceta de escritor. Siempre me ha llamado la atencin el hecho de que no hubiesen existido otras tentativas de profundizar en la obra potica y en la prosa de Carlos Manuel de Cspedes, particularmente en Bayamo, ciudad que cuida sus tradiciones con particular esmero. Lo cierto es, revisada una y otra vez la bibliografa pasiva de Cspedes, que salvo contados prrafos que le dedican Cintio Vitier y Fina Garca Marruz en el libro Flor oculta de la poesa cubana,2 no han existido ms que uno u otro comentario espordico sobre el tema. Mi propsito ser mitigar ese vaco en la exgesis de la obra escrita cespediana. Otros, con toda seguridad, la enriquecern en su momento. Primero, precisemos algunas cuestiones que considero esenciales: de qu y de quin es deudor Cspedes como hombre pensante, cul es el contexto, cules las ideas que se debaten en su minuto histrico, lo considero esencial. Cspedes como intelectual es fruto, entre otros afluentes, del romanticismo potico cubano. Ya sabemos que el romanticismo fue el gran movimiento moderno de rebelda espiritual de su tiempo. Segn Octavio Paz fue una explosin de personalidades y de minoras aisladas en contra de la corriente general de ideas de la poca y a la que Occidente le deba casi todas las ideas y experiencias que cambiaron las letras, las artes, la moral y aun la poltica de la edad moderna, “[…] de la libertad del amor a la visin de la poesa como un saber espiritual”.3Cintio Vitier nos ha facilitado la asimilacin de la corriente romntica ms general al quehacer de nuestros intelectuales en el siglo XIX. Con toda justicia escribi a propsito de Zenea:4“Aunque en el campo de la crtica result con frecuencia frenado o ironizado, y a pesar de sus inevitables fuentes e influencias europeas, el romanticismo potico cubano, desde Heredia y la Avellaneda, hasta Zenea

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124y Luisa Prez Zambrana, fue sin duda un vigoroso movimiento de independencia espiritual, con manifestaciones polticas mayores o menores, segn los casos, aunque en el fondo siempre la implicacin poltica profunda, y caracterizado por dos rasgos especficos: la autoctona y el valor”. Estos dos rasgos son evidentes en las creaciones literarias de Cspedes. Autoctona del campo cubano, del terruo, de lo local como la patria. No perdamos de vista que para aquellos varones de finales de los sesenta de dicho siglo, su ciudad era equivalente a su patria; y valor, pues todo lo que se escriba y publicaba en aquellos aos de frrea censura colonia implicaba, de oficio, la ojeriza policial espaola y sus consiguientes represalias. Pero hablar del romanticismo como corriente general de la literatura y como movimiento del espritu y apreciarla en su anclaje en la cultura local no es suficiente para introducir el tema. Habra que acudir al anlisis de las influyentes tendencias polticas de los liberalismos en boga (recordar siempre que hubo liberalismos conservadores, monrquicos, republicanos, y otros) para acercarnos mejor al entorno de las ideas en que se mueve el romanticismo que influye a Cspedes y a otros tantos hombres ilustrados de su poca. La herencia cultural europea, la Ilustracin, lleg a nuestros pases coloniales tamizada por diversos filtros: el despotismo ilustrado, los liberalismos variopintos –entre ellos el liberalismo ms radical– y luego, finalmente, en la idea de la independencia. Aqu se escondi una paradoja sin solucin: es la misma colonia la que sirve de vector de las ideas independentistas. El movimiento ilustrado del continente se plante la reforma del Estado colonial y son los mismos criollos enriquecidos en el aparato econmico-poltico los que se plantean las dudas y los problemas a los que se empearon en dar solucin. Es en este punto donde comienza a surgir el pensamiento autctono de estas tierras. El siglo XVIII, que es el siglo del despegue del pensamiento crtico en el mundo occcidental no tuvo en el mundo hispnico el brillo que s tuvieron elXVI y el XVII. El espritu crtico fue una conquista de la edad moderna, pero en el mundo hispano las ideas liberales que tuvieron mayor arraigo no son las que vinieron de la metrpoli sino las provenientes de corrientes del liberalismo francs e ingls. En este oleaje de las ideas es muy importante lo ya sealado sobre la influencia del romanticismo. En el poema “El filibustero”, de Zenea, est enunciado el trptico filosfico de la Revolucin francesa de 1789: libertad, igualdad, fraternidad, ideas que ayudaron a prender la llama de 1868. Pero antes hubo necesidad de eso que nosotros llamamos “aplatanamiento” o en trminos ms acadmicos: transculturacin, mestizaje, confluencia de esas ideas. Visto a escala macro toda esta etapa previa a la guerra de indepen dencia es de preparacin intelectual y de consolidacin de la identidad cubana. Es el momento, en nuestro pas quiero decir, en que la crtica encarna en la historia, es el instante en que las utopas del XVIII se convierten en gran fermento de los movimientos revolu cionarios independentistas. El romanticismo, hijo de la edad de la cr tica, expres el sentimiento del cambio, o mejor, fue el

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125gran cambio, no slo en el dominio de las letras y las artes sino en el de la imaginacin poltica, y su sensibilidad. Fue una moral, una manera de vivir y tambin, ah estn sus inflamados y hasta patticos ejemplos, de morir. El romanticismo hizo la crtica de la razn crtica. Prosigo con Cintio Vitier y su aplicacin al entorno local de este examen: “Nuestro romanticismo, culminante en Zenea, coincidente a travs de dos generaciones con la toma de conciencia de la patria esclavizada y del pecado original que sustentaba y deformaba a la sociedad cubana encarn y expres esa situacin histrica, poltica y social en todos los planos”.4O sea, estamos hablando de un romanticismo de esencias que se transmut en el plano intelectual en un poderoso movimiento libertario y que, como dijo Fina Garca Marruz “comenz por la palabra y acab en la Historia”. As, en un plano de hibridaciones y yuxtaposiciones, desde una perspectiva de las ideas y del espritu, los postulados romnticos coincidieron con los del liberalismo radical de los independentistas cubanos. En el trasfondo est el criollismo, la sociedad criolla de fuerte presencia en todos los hbitos sociales y en la vida cultural de la isla. Escuchemos ahora la poesa cespediana en una estrofa ntimamente vinculada a la identidad con la tierra y lo local. Estamos asistiendo a ese interesantsimo concepto del “precioso interior de nuestra cultura” elaborado por Cintio. El espritu de Cspedes parece reconciliarse consigo mismo cuando escribe: Hallla [la armona] en los ganados que bramando se acercan al aprisco perezosos; hallla en los guajiros cabalgando Sobre potros indmitos fogosos Y en mi lecho de paz adormecido Me halag de sus trovas el sonido.5Para Olga Portuondo “aqu hay algo ms que un buclico romntico”: Sin dudas, estamos ante un hombre consciente de su pertenencia a una nacin, lo cual queda tambin evidenciado en los versos que siguen: Nuestros son esas artes y cultura Nuestros son las nacientes [alamedas Y nuestros son los bailes [cadenciosos. “Nuestros”, sentido de posesin propio de toda identidad. Las artes, la cultura, las nacientes alamedas y el baile, algo definidor de lo cubano por excelencia: Nuestros todos dice el poeta. Con otras palabras, la poesa sirve para expresar una realidad de aquellos romnticos independentistas: el pensamiento se llenaba de cubana y esta para llegar a ser una manifestacin de plenitud necesitaba de la independencia, de la soberana, necesitaba rebasar lo criollo. La evolucin de la ideas en Cuba hasta desembocar en el instante en que Cspedes escribe estos versos nacionalistas ha sido sealada por el doctor Eduardo Torres Cuevas de la forma siguiente: “[...] las bases histricas fueron colocadas por los primeros historiadores a mediados del siglo XVII, entre otros, por Agustn Morell de Santa Cruz, Flix

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126de Arrate, Jos Ignacio Urrutia y Montoya y Nicols Joseph de Ribera. Las bases tericas, fueron situadas a inicios del XIX por los primeros filsofos: Jos Agustn Caballero, Flix Varela y Jos de la Luz y Caballero. Y las bases sociales por nuestros primeros crticos de la sociedad colonial de los cuales descoll por sobre todos otro bayams ilustre, Jos Antonio Saco”. “En ese proceso –nos dice Torres Cuevas– se elabora el concepto de patria que implic la comprensin de la existencia de una comunidad con territorio, tradiciones, experiencias y destino comunes (la patria chica que seal antes) y que se traduce en la conversin de lo criollo en una sustancia ms compleja y estructurada: la conciencia de lo cubano”. Este trnsito, no es ocioso decirlo, se realiz desde la literatura, ya sea en la poesa, la crtica social o las vertientes historiogrficas, es decir, desde el pensamiento intelectual. Y yo me inclinara por afirmar que, por encima de cualquier otra manifestacin de las letras, desde la poesa. Cualquier acercamiento objetivo al pensamiento cespediano debe hacerse desde sus primeras expresiones literarias. Es imposible llegar directamente al independentista maduro de 1868 sin pasar primero por la evolucin de sus ideas, las cuales tienen en sus escritos de juventud la manifestacin primigenia. Pudiramos decir que son la fuente sustancial para cualquier pesquisaje. Si se pretende un conocimiento hondo de sus razones y argumentos hay que ir a sus poemas primero, luego a los diarios de campaa y a su papelera presidencial. Pero sigamos nuestra inmersin en la obra escrita cespediana que ha llegado a nuestros das. Este poema que citar a continuacin nos entrega la delicadeza y la sensibilidad de aquel hombre que fue reconocido siempre como un verdadero carcter, nada remiso a la violencia si era preciso, pleitista en cuestiones legales y duelista consumado en lances de honor. Veamos estos versos a una mariposa: Mas con arte se burla Del nio que la acosa, Ya de l parece que huye, Ya vuelve y le provoca, Y de sus blancas alas El rostro ya le roza; Ya de vista la pierde, Que al cielo se remonta, Ya la cree en su mano Y el aire slo toca... Cintio Vitier se regodea con la lectura de este poema. Escribe, repitiendo ese verso, “[...] y el aire slo toca como si tocramos esa nada, esa fuga, esa cosilla desasida de todo, inapresable, que va a reaparecer sutilizada hasta el infinito y recortada hasta la miniatura, en la poesa del principeo Mariano Brull [...]”. Esta sensibilidad se cultiv desde su infancia y adolescencia. El bigrafo in dito de Cspedes y probablemente el ms acusioso historiador que ha tenido Bayamo, Jos Maceo Verdecia, escribi el siguiente prrafo que cito in extenso por cuanto contribuye a conformar la imagen que pretendo trasladar del hombre de letras que fue Cspedes. Se refiere al adolescente Carlos Manuel con ms o menos catorce aos de edad y seala:

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127La gramtica no tena secretos que ofrecerle y lea y escriba el latn como ningn otro discpulo. En las traducciones que como ejercicio se llevaban a cabo en las clases, de Horacio y Virgilio, nadie le aventajaba, porque nadie como l ajustaba al castellano la versificacin latina, ni mejor que l interpretaba la expresin de los conceptos. La Eneida ms que la Ilada era su predileccin para las traducciones. El Padre Ramrez (su maestro de latn) que era un amante apasionado de Virgilio, a quien llamaba “el Cicern de la poesa latina”, porque nadie super a ste en la perfeccin de la prosa, no perda ocasin para explicarle a los discpulos que no era traducir los distintos aspectos del pensamiento del poeta, ni copiar sus sentimientos con ms o menos fidelidad, lo que precisamente requera la exacta interpretacin, sino que era imprescindible conservar el mecanismo de los hexmetros. Esas clidas adverten cias no pasaban inadvertidas para quien hasta en los recesos de los juegos, en horas de recreo, se le vea escribir en los suelos alguna exclamacin de Eneas. El sitio y la cada de Troya le llevaban hasta la exaltacin y, desde luego, a ser corregido por el Padre Ramrez, que le amonestaba el fuego patrio y el orgullo nacional con que revesta cada verso, an ms ardorosos que el que imprima en toda su obra el inmortal clsico latino. Pero sonrea y le felicitaba.6Es muy probable que la imaginacin de Maceo Verdecia llene algunos vacos que el dato historiogrfico no consiga como detalles precisos, pero no es dable –al menos segn mi visin particular despus de aos de investigacin de la vida de Cspedes– discrepar de la esencia del pasaje citado. Lo cierto es que la educacin de Cspedes fue cuidada, inmejorable para aquel contexto y aquellos tiempos, y que su talento tuvo cauces seguros para su manifestacin y estimulacin. Despus vinieron los aos de formacin universitaria, los viajes a Europa y Asia, el contacto directo con las culturas ms avanzadas del mundo occidental, pero eso ya es ms conocido. Cules son los temas ms tratados en la poesa cespediana? Citar algunos: el filosofar sobre la vida sencilla y el retiro espiritual, los temas locales, el amor, la amistad, la naturaleza y los temas sociales. Es decir, un espectro temtico que se mueve desde lo picolrico hasta lo buclico tradicional de aquellos tiempos, pasando por los asuntos propios del hombre en todas las pocas. Ahora bien, estos temas se tradujeron en una poesa de alto vuelo? Hay que decir con propiedad que no siempre logr el bayams un resultado literario que lo colocase en el sitial ms elevado del parnaso nacional y, digmoslo tambin, siquiera del local. No fue superior a Fornaris ni a Zenea, ni tampoco a Palma. Sin embargo, se movi con naturalidad entre otros bardos de relieve local y tambin compaeros de conspiraciones independentistas: Perucho Figueredo y Maceo Osorio, por ejemplo. Su personalidad intelectual, sin embargo, fue superior a su produccin literaria. Fundador de las Sociedades Filarmnicas de Bayamo y Manzanillo,

PAGE 129

128traductor, cronista de viajes, director de puestas en escena de teatro, actor l mismo, organizador de bailes colectivos, y de veladas y debates literarios, declamador y organizador de concursos de declamacin, unido todo ello a su ejercicio sobresaliente de la abogaca con los ms importantes clientes en el Valle del Cauto, hicieron de Cspedes una personalidad conspicua, atractiva y sumamente imantadora de fieles y admiradores que ms tarde, en el momento preciso, lo siguieron en la hombrada del alzamiento independentista. Cules son las influencias ms perceptibles en la lrica cespediana? A mi modo de ver, la impronta de fray Luis de Len es la ms apreciable, otras huellas sealadas antes por Baeza Flrez son Garcilaso, Quevedo y Caldern, es decir, los clsicos espaoles. Preferencias que se pueden rastrear en sus exergos y citas son lord Byron y John Milton. De este ltimo me atrevera a decir que recibi una notable ascendencia en su evolucin como pensador liberal. Las afinidades con la potica de fray Luis pueden detectarse en diversos puntos: en el poemario Del conocimiento de s mismo (cancin)7 hay un referente muy apreciable del extenso poema “Contestacin”, en el que el aliento autobiogrfico, el tono, las inflexiones, la mtrica, el curso ondulante y el despliegue todo, nos recuerdan la lrica del bardo de Cuenca. En la obra de Luis de Len as como en la de Carlos Manuel de Cspedes, estos dos poemas citados, de amplias estancias, representan una obra intimista y de madurez en ambos poetas. En otros textos se advierten afinidades en el uso constante de versos interrogantes para encabezar las estrofas, la utilizacin de tpicos como el que “huye del mundanal ruido” del poema Cancin de la vida, de fray Luis, los ambientes buclicos, los temas del amor y la muerte, el tiempo y el dolor, la virgen y la piedad cruel, los frecuentes participios pasivos, las palabras en diminutivo, las exclamaciones admirativas, y otros recursos que, y esto es bueno subrayarlo, aunque caracterizaron a la poesa cubana de mediados del XIX en sentido general, en Cspedes tienen una consolidacin que sorprende al estudioso. La estructura de los poemas, su factura y elaboracin general recuerdan constantemente el estilo de la poesa del llamado “prncipe de la lrica castellana” gestada con tres siglos de antelacin. De cualquier manera, en la vasta cultura del bayams no deja de resultar curioso este referente, cuando otros bardos ms modernos (incluyendo a su muy ledo Byron) pudieron haber sido el motivo de tales aproximaciones e influencias. No quisiera pasar al anlisis de su prosa sin antes citar algunas de sus ms logradas imgenes poticas: extrados de sus poemas pierden contextualidad, pero ganan en su individual brillantez. Veamos: “A la torre de Zargoita” […] mas, cuando por tus salas ya [vacas, como un blando gemido, el viento [corre, el velo del pasado se descorre formas revisten tus cenizas fras.

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129“Contestacin” [...] los suaves cefirillos [susurrantes, que me alborotan, jugueteando, [el pelo. “En la muerte de E. Lebredo” […] no es eterna su larga [despedida: se renen, al fin, en su sendero los distintos senderos de la vida. Una imagen realmente sorprendente es su “yo comprendo el placer de la tristeza”. Enigma que nos muestra a un ser complejo y rico, mucho ms interesante que lo que presupone el metal del hroe. Otros componentes de esta potica son: El amor como rasgo romntico por excelencia, como gustosa totalidad del ser inflamado por la poe sa, una suerte de dimensin trascendente por la mujer amada o la simple experiencia ertica. No olvidar que en Cspedes el amor se nos ofrece tambin como amistad y que desde esta perspectiva otra del amor brotan algunos de sus mejores poemas. Si en los diarios de campaa entramos al cen tro del hombre en su desgarradura ms ntima y veraz, en su poesa asistimos a otra faceta de ese centro, la ms inspirada o clida, la ms creativa. Si en aquellos predomina la sensacin de tristeza, desasosiego o desamparo del hombre enfrentado a su tiempo, en la poesa se advierte la sorpresa del hombre en su encuentro consigo mismo, deslumbrado por ese escenario ms cerrado e impredecible que es su otredad: Ya ese tiempo pas: nuestra [alegra nos dej como dejo yo este valle: Ya vive solo en la memoria ma: Pero sin ti, ¡que su recuerdo calle! Lo distante, una imagen de la realidad que se nos va y que slo la poesa es capaz de retener. El verso y la metfora para fijar la fugacidad del tiempo. Pertenencia a la tierra, el terruo, convivencia con el entorno, descripcin, pero a la vez ligazn sentimental, empata por el paisaje (el riachuelo, la arboleda, la pradera). Hay una historicidad innegable que parte del timbre de esa voz ubicada en un tiempo preciso de cambios y evoluciones sustanciales, que parte tambin de los procesos que conducen al quin somos de mitad del XIX. Asombra saber que aquel carcter enrgico y duro pudiese coexistir con la delicadeza y la sensibilidad de un lirismo a veces leve, siempre exquisito. Esa mirada vida se torna experiencia deleitable del hombre de provincia con cultura cosmopolita, una combinacin que produjo y configur mucho de la poesa de tono menor de su poca. Riqueza de vocabulario, de giros, de imgenes y smiles; riqueza metafrica, capacidad rtmica, habilidad para pasar de la calma interior a una gravedad del ser, de la angustia infinita a la certidumbre de la vida como destino del perseverante. Ms all de escuelas y modas literarias su poesa es catarsis y examen profundo de su ser, utilizando la naturaleza como espejo y desplegando un linaje, una altura y dignidad en la expresin escrita. Hay, desde luego, momentos en que se acude a lugares comunes, a imgenes mustias, al florilegio retrico que poco dice, hay versos y hasta estrofas de pobreza lrica

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130donde sacan las orejas la rimbombancia y pomposidad, y lo lineal y plano. Son momentos de escasa inspiracin en los cuales se absorbe un relleno de palabras que se aleja de su centro existencial ms rico. La prosa de Cspedes es superior en factura, recursos e inspiracin literarios a su lrica. A veces, como ya han sealado Cintio y Fina, es en ella donde se puede encontrar su mayor vuelo potico. Lezama Lima, al fijarse en una sola frase de Cspedes, hizo una observacin medular: habra que esperar a Jos Mart para ver saltar en las letras cubanas frases similares. Tambin Cintio califica al diario de campaa de Cspedes el antecedente justo al de Cabo Haitiano a Dos Ros de Mart. No comparo lo imposible de equiparar, slo sostengo, junto a Lezama, Cintio y Fina, tres crticos de mucho reconocimiento, que la escritura de Cspedes elaborada en la manigua de Cuba Libre es importante no slo por sus preceptos patriticos sino por la limpieza de su prosa, su rapidez y su modernidad. Sabemos que ley en profundidad a Lamartine y otros autores franceses, y pienso que esas lecturas debieron librarlo en gran medida de la retrica lrica proveniente de la oratoria clsica y neoclsica espaola. Estas cualidades ya se advierten en su crnica de viaje La Abada de Battle redactada a los treinta aos (como casi toda la obra potica conocida) la que, sin mucha dificultad, puede reconocerse como una pieza escrita en pleno siglo XX por su tempo, adjetivacin y diafanidad. Otro tanto ocurre con este pasaje de su diario de campaa: Tengo al frente el monte de la Pea Blanca que me distrae con sus juegos de luz. Tan pronto representa una superficie igual y unida en plano inclinado como descubre sus innumerables espinazos, estribos y hondonadas. Vara de colores con la rapidez del caguayo Las yagrumas a veces son copas colosales de esmeraldas; pero a pocos instantes, al herirlos los rayos del sol meridional, se transforman en gigantescos floreros llenos de azucenas de plata. Una palma, que se destacaba cerca de la cspide, cuando el viento azotaba su cabellera de flexibles pencas me recordaba a Virginia en la popa del San Gerando.8Como ocurre con muchas personas que escriben bien, sin ser escritores de una tcnica depurada o una inspiracin superior, en Cspedes la poesa tiende a expresarse como prosa, muy descriptiva, a veces de imgenes muy directas y, la prosa, a su vez, se torna pura metfora potica con imgenes muy logradas. Si nos hiciramos ahora la misma pregunta que se hizo Baeza Flrez hace medio siglo estaramos en mejores condiciones, que al inicio de este texto, para afirmar que Carlos Manuel de Cspedes fue, en todas las connotaciones posibles, un hombre de letras. Pero fue mucho ms, fue un intelectual, un hombre de la cultura, un pensador que dise en su mente y en su papelera la patria y la repblica, las mismas que l ayud a gestar con su vida excepcional y sus innumerables sacrificios. Esa relevancia histrica ha sido la que ha relegado al hombre de letras. Ad-

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131miramos, lgicamente, ms al Padre de la Patria que al poeta, al hombre del 10 de octubre que al prosista inspirado, y no advertimos cmo el independentista o el libertador pudo alcanzar dimensio nes superiores en la historia, precisamente porque so a su patria libre desde el sentimiento potico, desde la imagen y la fantasa insuperable del artista. En un esplndido texto ya citado al inicio de mis palabras, Cintio Vitier notaba un hecho esencial en el conocimiento y el estudio del surgimiento de nuestra cultura. Con su agudeza de poeta, Cintio precisaba cmo en un pasaje de Espejo de paciencia texto que se considera por muchos estudiosos el inicio de la literatura de carcter cubano, se halla un hecho clave de la historia de nuestra cultura. Se trata del momento en que el obispo Altamirano es recibido en Yara –despus de rescatado de las manos del pirata Gilberto Girn– y la primera muestra de recepcin le es brindada por seres mitolgicos del bosque cubano, pero esos seres no son de nuestra tradicin, sino de la grecolatina (es decir faunos, centauros, ninfas y semicapros). En la prosa de los diarios de campaa de Cspedes hay una suerte de expresin que se mueve a la inversa. El da 11 de octubre de 1872 anota en Vegas de la Guira: “Y como esos pajarillos [se refiere a los ruiseores] son cubanos por sangre, a usanza de los antiguos romanos se interpret cual un feliz augurio”. Es decir, aqu la mezcla cultural viaja en sentido contrario, la costumbre romana de las aves transmisoras de augurios venturosos se personaliza en aves del monte cubano. La tradicin grecolatina insertada en la naturaleza cubana. Regreso del sentido de lo reflejado en Espejo de paciencia Transculturacin, dira don Fernando Ortiz. Son espirales de ese fenmeno conctrico-centrfugo que es la identidad cultural de un pas. Bsqueda hacia fuera y hacia adentro. Ascendencia primero, mestizaje despus, de la cultura occidental ms rancia en el Caribe. Y como del Cspedes escritor versa este texto finalizo con unas estrofas que escribi sobre sus treinta aos de edad. Es sorprendente cmo su deseo de entonces se cumpli en los das finales de su existencia en las montaas de San Lorenzo, a punto ya de entrar definitivamente en la Historia. El poema “Mi deseo” dice as en dos de sus estrofas: Un techo pobre, escondido, Dadme al pie de la colina Donde el viento en vano amague Y que all el suave zumbido De una colmena vecina Por la maana me halague. Un cristalino arroyuelo De blancos lirios sembrado, De una fuente pura brote Y salte en quebrado suelo Y bajando apresurado Las duras rocas azote. En San Lorenzo, donde permanece el misterio de la vida de Cspedes y donde se conoce por Jos Mart que escribi unos versos desconocidos la maana fatal de febrero (dato que supongo le trasladara Jos Lacret), all, se cumplieron los mayores deseos de este hombre excepcional. Fundido a la tie rra, prendola con sangre, entremezclado

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132con la naturaleza, hecho naturaleza misma, su sacrificio hizo que su gesto fuese genitor y que su palabra, la escrita y la lanzada al viento en los duros aos de insurreccin, siga escuchndose ms de cien aos despus. Notas1 Baeza Flrez, Alberto. Cspedes, hombre de letras. Carteles (La Habana) (41):38-39; 12 oct. 1952.2 Garca Marruz, Fina y Cintio Vitier. Flor oculta de poesa cubana (siglos XVIII y XIX). La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1978.3 Paz, Octavio. En “Corriente Alterna”. Mxico: Siglo XXI Editores, 1967, y en “Los hijos del limo”. Barcelona: Seix Barral, 1974. Ms en profundidad en el segundo, donde el poeta y ensayista mexicano diserta sobre la influencia del romanticismo.4 Vitier, Cintio. Zenea y el romanticismo cubano. Revista Iberoamericana (Pittsburgh, Estados Unidos) (152-153):703-713; jul.-dic. 1990.5 Todas las estrofas fueron tomadas de Pichardo, Hortensia y Fernando Portuondo. Carlos Manuel de Cspedes. Escritos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1982. t. 1.6 Maceo Verdecia, Jos. Biografa indita de Cspedes. (Manuscrito en mi poder).7 Todas las referencias a las poesas de fray Luis de Len fueron tomadas de Barasoain, Alberto. Fray Luis de Len. Madrid: Ediciones Jcar, 1973.8 Op. cit. (5). t. 3, p. 31.

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133 L as fuentes orales constituyen para el historiador un valioso instrumento para reconstruir los ms significativos procesos histricos que estudia, as como para determinar su importancia, tomando en cuenta las particularidades y los intereses del autor y la poca. En el caso de los acontecimientos ocurridos en La Habana los das 21 y 22 de enero de 1869, conocidos como los sucesos de Villanueva, y de la represin desatada das despus por el Cuerpo de Voluntarios de La Habana, poco se ha escrito, y las fuentes disponibles hasta el momento, especialmente las aparecidas en la prensa y otros trabajos de la poca, adolecen de una valoracin detallada y real de lo ocurrido, dada la compleja situacin poltica y social que se cre y la censura colonial impuesta sobre lo acaecido por aquellos das. Por esta misma razn ha resultado imposible reconstruir con toda fidelidad los hechos, destacndose entre los ms estudiosos del tema, los historiadores del teatro cubano Gustavo Robreo y Rine Leal. Un desinteresado y patritico gesto de la compaera Esther Sigarroa lvarez, quien nos localizara para donar a la Fragua Martiana la custodia de algunos documentos de su propiedad personal, de valor uno para el Museo, referidos a las hermosas pginas escritas por su ta y madrina Rosario Sigarroa Fabre, destacada colaboradora de las fuerzas cubanas en la guerra de 1895, posibilit una animada conversacin en su hogar, en la cual pudimos comprobar que a pesar de rebasar los noventa y siete aos de edad, mantiene una lucidez envidiable y retiene en su memoria claros recuerdos de hechos contados por sus antepasados, entre ellos un relato hasta hoy indito de lo sucedido en Villanueva en aquel enero de 1869. Por el valor que revela esta nueva fuente oral indirecta, y el aporte que nos brinda para el esclarecimiento de tan significativo acontecimiento, le solicitamos nos permitiera poner a disposicin de nuestro pueblo este valioso testimonio, a lo que accedi gustosamente, en el cual se puede apreciar la relacin y diferencias existentes entre lo conocido hasta hoy, y lo que nos relata nuestra entrevistada.El teatro VillanuevaEn correspondencia con el proceso de transformacin econmica, social De los sucesos del teatro Villanueva: Una fuente oral indita Carlos Manuel Marchante CastellanosInvestigador

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134y demogrfica que se inicia en la capital a fines del siglo XVIII, se produce un impulso cultural en La Habana, que dar lugar al florecimiento del teatro cubano, entre cuyas primeras instituciones surgidas dcadas ms tarde, se encuentran el teatro de la calle de Cienfuegos y el Circo del Campo de Marte, ambos de corte popular. El Circo, identificado as por la construccin de su escenario en forma circular, aprovechando las desactivadas arenas de equitacin, ubicadas en el lugar (hoy Parque de la Fraternidad), fue edificado por el empresario Eustaquio de la Fuente, con materiales de uso y de muy mala calidad, que lo condenaban a desaparecer desde su propia construccin. Aos ms tarde, el 12 de febrero de 1847, abre sus puertas el Circo Habanero, emplazado entre las calles Refugio y Coln, con fondo a la calle Morro, y su construccin de madera y de forma circular resultaba propia para funciones circenses, no obstante, sus programas artsticos en nada reflejaban espectculos de este tipo, sino que se enmarcaban en el gnero vernculo. Esta instalacin, al remozarse seis aos ms tarde, se convierte en el teatro Villanueva, nombre que adquiere en honor al intendente de Hacienda, Claudio Martnez de Pinillos, conde de Villanueva, uno de los ms altos exponentes de los intereses de la burguesa esclavista, quien al momento de su desaparicin fsica, se encontraba al frente del Archivo General de la Real Hacienda, hoy Archivo Nacional, constituido por Real Orden el 28 de enero de 1840. El 31 de mayo de 1868, con el debut de la compaa Bufos de La Habana, naca el gnero vernculo, aunque desde 1840 la compaa Cmicos del Pas ya haban sentado sus bases con las obras y actuaciones del grupo de artistas encabezado por Francisco Covarrubias. Dado el xito alcanzado desde su aparicin por los habaneros, rpidamente quienes cultivaban este gnero comenzaron a multiplicarse. Entre las primeras ocho compaas que surgieron se encontraba Caricatos convertida apenas dos meses despus en la de mayor competitividad con la primognita agrupacin. En el Circo Habanero, devenido en teatro Villanueva, o Circo de Villanueva, como tambin se le identificaba, fueron alternndose los espectculos de las mejores compaas, aunque si bien la calidad de las actuaciones de todas no sobrepasaba el calificativo de mediocre por la crtica periodstica, posibilitaron que en sus presentaciones se reflejaran hechos, costumbres y caractersticas propias de una nacionalidad que pujaba ya por abrirse al mundo, y que figuras de reconocido prestigio artstico como Adela Robreo y Francisco Covarrubias, manifestaran su arte. El teatro Villanueva actuaba adems como contrapartida del majestuoso teatro Tacn, ubicado en el Paseo Isabel II (hoy Gran Teatro de La Habana), en cuyas tablas desde el 28 de febrero de 1838, su inauguracin con un abrumador baile de mscaras, se haba convertido en un espacio social reservado para las clases ms adineradas y las autoridades coloniales. Su construccin, una imponente edificacin de cinco pisos y capacidad para dos mil personas sentadas en sus

PAGE 136

135lujosos palcos, lunetas y butacas, y un escenario adecuado para el montaje de complejas obras dramticas, permiti que figuras de relieve internacional actuaran para el deleite de quienes se enriquecan con el trabajo esclavo y la explotacin de nuestro territorio. Las capas ms humildes deban contentarse con el Villanueva, en el cual desde el segundo semestre de 1868, alternaban las presentaciones de los Bufos de La Habana y de los Caricatos, que gozaban del agrado de la poblacin de la ciudad. Con los albores del ao 1869, arribaba al puerto de La Habana, el general Domingo Dulce y Garay, marqus de Castell, con la encomienda de asumir, por segunda vez, el cargo de Capitn General de la isla, ahora en sustitucin de Francisco Lersundi. La misin ordenada al general Dulce tena como objetivo esencial sofocar la insurreccin iniciada el 10 de octubre de 1868 y aplicar una poltica de concordia para ganarse el respaldo de las capas adineradas descontentas. Desde su misma llegada, el nuevo Gobernador Militar anunciaba su intencin de crear una administracin que tuviese en cuenta los intereses de la isla; ordenaba la supresin de las Comisiones Militares restablecidas por su antecesor y otorgaba libertades de reunin y de prensa, con la salvedad de que no podran ser objeto de discusin los temas relacionados con la esclavitud o con la religin catlica en su dogma. En el campo militar, mientras preparaba e iniciaba una poderosa ofensiva contra el Ejrcito Libertador, el general Dulce decretaba ocho das despus de su entrada en la capital una amnista para estimular la desercin en las tropas mambisas, ofreciendo el perdn a los insurrectos que depusieran las armas y se presentaran en un plazo no mayor de cuarenta das. Por entonces, las tropas de Carlos Manuel de Cspedes, con el respaldo de los pobladores de Bayamo, incendiaban la ciudad antes de entregarla al enemigo. Los cubanos con aquella accin le confirmaban al nuevo gobernador su decisin de pagar el precio que fuera necesario por alcanzar la libertad, y las autoridades coloniales comprendan que la nica manera de garantizar la llamada integridad nacional pasaba inevitablemente, por el exterminio de toda la poblacin hostil al dominio de Espaa. El Batalln de Voluntarios del Orden, o Cuerpo de Voluntarios, como tambin se le denominaba a aquella agrupacin de espaoles recin llegados de poca cultura y ansiosos de dinero, a los que se alistaban algunos cubanos sin principios ni dignidad, fue una organizacin ideada en 1868 por el rico hacendado cubano Francisco Acosta y Albear y tena por objetivo reforzar al ejrcito regular espaol y actuar como cuerpo poltico-militar para el cuidado del orden pblico y salvaguardar los intereses de los grandes comerciantes, de otros negociantes y de acaudalados hombres de la capital. Ante el empuje y la extensin de la guerra iniciada en La Demajagua, se le haba otorgado por Francisco Lersundi, capitn general de la isla, el mando del orden y la custodia de La Habana, al tener que desplazarse las tropas regulares espaolas a los campos de batalla.

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136Poco quedara a la aparente calma que reinaba en la ciudad, por las continuas manifestaciones de agresividad y venganza que profanaban pblicamente los jefes voluntarios. Sin embargo, la histeria creciente les impeda percatarse de la creciente fuerza que cobraba en la poblacin el apoyo a quienes luchaban por la independencia. La censura oficial impuesta a la informacin proveniente del interior y la alteracin de los partes de guerra, no lograban impedir que los habaneros pudiesen conocer las primeras hazaas mambisas, ni impedir que se organizaran las primeras acciones de apoyo para propiciar el avituallamiento de ropas, alimentos y medicinas para los campamentos rebeldes.De los sucesos de los das 21 y 22 de enero de 1869El teatro Villanueva haba preparado para el 21 de enero un homenaje a la actriz Florinda Camps, en el que actuara entre otros bufos, Jacinto Valds, conocido popularmente como el Benjamn de las Flores un mulato procedente del gremio de los tabaqueros, criollo por naturaleza y autotitulado poeta, quien interpretara aquella noche la guaracha El negro bueno. Dicha composicin de Francisco Valds Ramrez, se haba convertido desde su estreno el 17 de junio de 1869, en “[...] una especie de canto o proclama revolucionaria […]” que aportaba un nuevo personaje criollo de carisma popular, el negrito Candela. En plena funcin, mientras conclua su canto, el mulato Jacinto fue acercndose al borde del escenario como para que todo el pblico asistente pudiese escucharlo con toda claridad, y al finalizar la msica que le acompaaba alz su sombrero y exclam: “¡Viva Carlos Manuel de Cspedes!”, y con aquel estremecedor grito inici –como apuntara Rine Leal–, la batalla de los bufos cubanos por la libertad de la patria. Joaqun Robreo, que afirma haberse encontrado en el lugar, sostiene que la causa fue la irresponsable salida a escena de Valds con unos tragos de ms a lo que era ms que aficionado, lo cual constituy una de las ms difundidas versiones de los hechos. El propio actor Jacinto Valds, como podr comprobarse ms adelante, se encargara de aclarar posteriormente, los verdaderos mviles que dieron lugar al hecho. Lo cierto es que lo ocurrido sorprendi no slo a los asistentes a la funcin, sino a las propias autoridades espaolas. El inesperado incidente y la rpida salida de los espectadores del teatro, impidieron la inmediata represin de los Voluntarios, que se personaron al da siguiente en la instalacin para imponerles una multa de doscientos pesos a los propietarios, a quienes adems hicieron una fuerte advertencia de las consecuencias que pudiera ocasionarles la repeticin de una eventualidad de esta naturaleza. Aquellas eran, en apariencia, las medidas que las autoridades haban decidido imponer, sin embargo durante todo el da 22 se prepararon con sigilo para castigar con toda su fuerza, a los que haban osado dar vivas al Padre de la Patria, en el centro de la capital. Para el da 22, el teatro anunciaba la presentacin de la compaa Caricatos con una funcin en beneficio de “unos insolventes”, invitando a la poblacin a presenciar el espectculo Perro

PAGE 138

137huevero, aunque le quemen el hocico…, de Juan F. Valerio. Valerio era ya reconocido como uno de los mejores autores del teatro bufo, y la obra que sera puesta en escena era muy reclamada y aplaudida por el pblico, desde su estreno el 26 de agosto de 1868. El tema central versaba entre una joven llamada Mnica que, enamorada de Indiano, se enfrenta a su madre Nicolaza Cuesta Arriba y de la Cruz Pesada y a su padre Matas, los que no estn dispuestos a aceptar este noviazgo, y por ello no le queda otra alternativa a Mnica que hacer frente a sus padres y escapar. Sin embargo, para algunos crticos de teatro como Jos Juan Arrom, el fondo de la trama representada por los bufos era un reflejo de la situacin nacional. Cuba (Mnica), enamorada de la libertad (Indiano), intenta obtener este derecho implorndolo a la corona espaola (Nicolaza) y al poder colonial en la isla (Matas), pero al resultar imposible, no le queda ms remedio que enfrentarlo con las armas para alcanzar su independencia. En la noche del 22, el teatro apareca engalanado con banderas. El pblico colmaba el Villanueva. Las mujeres asistan con trajes y cintas con los colores de la ensea nacional y estrellas incrustadas en sus vestidos y colocadas en el pelo suelto, en seal de desafo. Los detalles de lo ocurrido no han podido esclarecerse del todo dada la censura ordenada a la prensa, a la cual slo se le posibilitara publicar la versin oficial de las autoridades y comentarla en sus medios. Una fuente apunta que la revuelta del 22 de enero, en horas de la noche, se produjo en medio de la funcin al escucharse un grito de “¡Viva Espaa!”. Otras coinciden en afirmar que uno de los personajes (Matas), interpretado por el actor Jos (Pepe) Ebra, que reproduca a un viejo bebedor que tena abandonada a su esposa Nicolaza y a su hija Mnica, al invitar a sus amigos a continuar la borrachera en su casa, mientras caminaba, exclam: “Digan conmigo seores / Que vivan los ruiseores / Que se alimentan de caa”. Y de ponto se escuch una voz en el teatro que grit: “¡Viva Cuba Libre!”. Rine Leal, al abordar en su libro La selva oscura lo ocurrido en la funcin del 22 de enero, afirma que el personaje Matas era interpretado por Jos Sigarroa, aunque otros sealan que era el actor Pepe Ebra, y que el verso que dio pie al incidente deca: ¡No tiene vergenza Ni buena, ni regular, ni mala El que no diga conmigo ¡Viva la tierra que produce la caa! El laureado investigador concluye afirmando que al grito coreado por los espectadores, se unieron vivas a Cspedes y a Cuba Libre, y una mujer, Antonia Somodevilla, tremol una bandera cubana desde un balcn. Todas las fuentes consultadas concuerdan en que los Voluntarios se encontraban apostados en las afueras del Villanueva, y algunos afirman que hasta esperaban lo ocurrido, para poder actuar impunemente. El grito de “¡Viva Espaa!”, refieren, era la seal convenida para irrumpir en el teatro y masacrar a todos quienes actuaban o disfrutaban del espectculo que, vctimas del pnico, se dispersaban para salvar

PAGE 139

138sus vidas entre la fuerza del sable y el impacto de las balas espaolasUna fuente oral inditaEsther Sigarroa lvarez, nieta de Jos Sigarroa Prez, nos relata que en su hogar, desde muy pequea, su ta abuela, Conchita Sigarroa Prez, le contaba cmo haban sido los sucesos del Villanueva: Le confieso que en muchas ocasiones me molesta mucho ver y escuchar por la televisin y la radio lo que se dice acerca de los sucesos de Villanueva, porque siento que por desconocimiento o por otras razones, lo que se dice no fue as; por eso quiero aprovechar su inters por el asunto para contarle realmente lo que all sucedi el da 22 de enero de 1869, tal y como me lo cont mi ta abuela Conchita, que estaba all cuando todo ocurri. Mi abuelo se llamaba Jos Sigarroa Prez. Era el mayor de una numerosa familia cubana al que le seguan Jacinto, Joaqun, Miguel, Rosario, Conchita y otros que ya no recuerdo. Entre cada uno haba una diferencia de dos aos. La noche del 22 de enero acudieron al teatro mi abuelo Jos y dos de sus hermanas, una de ellas, era Conchita, acompaadas como era costumbre por aquella poca por una ta de ellas, que no recuerdo su nombre. Mi abuelo no era actor aficionado ni perteneca a ninguna compaa de bufos; era simplemente amigo de muchos de ellos. Hasta donde yo puedo memorizar, aquellos hombres no eran artistas pr ofesionales, sino ms bien una agrupacin de aficionados a ese gnero, a cuyas funciones iba mi abuelo asiduamente, como uno ms de los estudiantes de escasos recursos econmicos de la capital, que asistan al Villanueva para divertirse. Aquella noche, me contaba Conchita, ellos fueron en un coche y mi abuelo le indic al cochero que se situara por la puerta del fondo del teatro y esperara all. Una parte de las mujeres que asistan iban vestidas con los colores de la bandera cubana y con estrellas en el pelo y sus vestidos. En medio de la funcin, mi abuelo mir a travs de un agujero hacia el exterior y se percat de que en sus alrededores haba muchos rayadillos, que era como se les de ca a los Voluntarios. Al difundirse la noticia, que ya se conoca por otros, de que en las afueras del Villanueva estaban apostados los rayadillos, el personaje que tena que cantar: “¡No tiene vergenza/ Ni buena, ni regular, ni mala/ El que no diga conmigo/ ¡Viva la tierra que produce la caa!”, se acobard y no quiso declamar el verso, a lo que mi abuelo, que estaba con ellos, le dijo que si no lo haca, lo hara l. Acto seguido se acerc a sus hermanas, les explic lo que iba a suceder y el peligro que se corra, y las conmin a abandonar el teatro de inmediato por la puerta trasera, a lo que sus hermanas le contestaron que si l iba a gritar aquello, ellas se quedaran y solamente se iran con l. Fue entonces que mi abuelo pronunci aquel verso…, y cmo termin aquello, ya es bastante conocido.

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139Esta nueva fuente oral, hasta el presente indita, sobre lo ocurrido la noche del 22 de enero de1869, de un origen de segunda generacin de consanguinidad, nos aporta por su fidelidad a lo investigado hasta el presente, una po sibilidad de acercarnos ms a la verdad histrica sobre los sucesos del teatro Villanueva, y a la matanza desatada durante varios das contra los cubanos, por el simple hecho de simpatizar con las ideas independentistas. Imposible resulta confirmar cuntas personas fueron ultimadas, heridas o las hicieron desaparecer. La proclama oficial publicada el 23 de enero por el capitn general Domingo Dulce y Garay resulta la mejor de las pruebas que acusan a la Espaa colonial: Habaneros: Anoche se ha cometido un grande escndalo que ser castigado con todo el rigor de las leyes. Algunos trastornadores del orden pblico, estn en poder de los tribunales. Ciudadanos pacficos, confiad en vuestras autoridades: defensoras todas de la Integridad del territorio y de la honra nacional, se har justicia y pronta justicia. La intencin de justificar ante la opinin pblica el asalto al Villanueva, los crmenes en El Louvre, la represin en las calles de La Habana, y el saqueo y los desmanes en el palacio de Aldama, se pueden apreciar en la nota publicada el 30 de enero en la revista quincenal, Noticiero de La Habana referida a aquellos sucesos, que seala: “[…] a mitad de funcin y a una seal dada en las tablas por un cmico, se levantaron la mayor parte de los concurrentes y entre ellos algunas seoras que vestidas de blanco y azul y adornadas con estrellas, se hallaban en los palcos, lanzando vivas a Cuba y a la independencia, seguidas de algunas muera Espaa, e inmediatamente despus, varios disparos”. Por entonces, Jos Julin Mart Prez era estudiante de la Escuela Superior de Varones instalada en Prado N 88, dirigido por el patriota Rafael Mara de Mendive, lugar que tambin serva de residencia al maestro y que contaba entre sus huspedes con el joven Mart, cuya familia viva por entonces en Marianao. El teatro Villanueva se encontraba a una distancia que no rebasaba los trescientos metros del hogar de Rafael Mara de Mendive, casa que das ms tarde sera baleada por los Voluntarios, quienes conocan de la simpata del dueo del Colegio San Pablo, con las ideas separatistas. Das ms tarde, el 28 de enero, Mendive era arrestado y conducido a la crcel y luego al Castillo del Prncipe, acusado de colaborar con los insurrectos y de estar vinculado con lo ocurrido en el teatro. El 23 de enero, apenas transcurridas unas horas de lo acontecido en el Villanueva, apareca La Patria Libre el pequeo peridico dirigido por el joven Mart, quien nos dejara en este nico nmero, su drama pico Abdala Naca –apunta Rine Leal–, el teatro mamb, con un poema escrito especialmente para la patria. Aquellos acontecimientos quedaban impregnados para siempre en el corazn de un adolescente que al publicar sus Versos sencillos en 1891, dejaba constancia de sus recuerdos del 22 de enero de 1869:

PAGE 141

140El enemigo brutal Nos pone fuego a la casa: El sable la calle arrasa, A la luna tropical. Pocos salieron ilesos Del sable del espaol: La calle, al salir el sol, Era un reguero de sesos. Pasa, entre balas, un coche: Entran, llorando a una muerta: Llama una mano a la puerta En lo negro de la noche. No hay bala que no taladre El portn: y la mujer Que llama, me ha dado el ser: Me viene a buscar mi madre. A la boca de la muerte, Los valientes habaneros Se quitaron los sombreros Ante la matrona fuerte. Y despus que nos besamos Como dos locos, me dijo: “¡Vamos pronto, vamos, hijo: La nia est sola: vamos!”. Qu fue de la vida de aquellos hombres implicados directamente en lo ocurrido en el Villanueva?, es una pregunta que generalmente formula todo deseoso en conocer aquellos sucesos que conmovieron La Habana: Jacinto Valds, el actor guarachero que haba desatado aquella tormenta el 21 de enero, al dar vivas al Padre de la Patria, march al exilio, en el que vivi en la miseria, pero con mucha dignidad, ofrecindose a pesar de ello a colaborar de forma desinteresada en alguna funcin teatral para recaudar fondos para la independencia. En enero de 1870, al acercarse el primer aniversario de aquellos sucesos, el revolucionario venezolano J. E. Toro, le solicit exponer ante la opinin pblica, la verdad sobre lo ocurrido en el teatro Villanueva. En Nueva York, las pginas de El Demcrata, en su edicin del 14 de enero, publicaba una carta del mencionado actor donde desmenta la versin de que las vivas a Cspedes se haban producido por haberse encontrado en estado de embriaguez alcohlica, y precisaba que la accin fue concebida para demostrar pblicamente el engao que se esconda tras la poltica apaciguadora del capitn general Domingo Dulce, lo cual haba sido solicitado a los artistas por cubanos que simpatizaban con la revolucin iniciada el 10 de octubre de 1868. Jacinto Valds regres a La Habana en 1878, luego de la firma del Pacto del Zanjn y nunca retorn a la escena. Espaa nunca le perdon su desafo a las autoridades coloniales. De su vida personal poco se sabe, slo que se sinti siempre perseguido y que fue detenido en varias ocasiones acusado de vago, jugador y borracho. Un ataque al corazn le sorprendi el 2 de abril de 1893, cuando era trasladado de la prisin de La Habana a la Isla de Pinos. Por su parte, Esther Sigarroa lvarez afirma: En cuanto a mi abuelo Jos Sigarroa Prez, no recuerdo cmo logr escapar del castigo de los ralladillos, pero lo que no he olvidado son algunos cuentos que me haca mi ta abuela Conchita, en los que recordaba a mi bisabuela, a la que ellos le decan cariosamente

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141mam Charo, como una mujer muy dominante y activa. Mam Charo era quien tomaba las decisiones ms importantes en la casa y es probable que al percatarse del peligro que corra su hijo, viabilizara que mi abuelo Jos, saliera para el exterior para que salvara su vida y no se interrumpiera su formacin acadmica. Realmente parece que mi abuelo nunca tom los estudios en serio, y se dedic a viajar, hasta llegar a Colombia, donde conoci a la seorita Ana Mara Linero y del Campo, con quien se cas poco despus y tuvo cuatro hijos: Rosario, Carmita, Jos Ramn y Miguelito, todos nacidos en aquella tierra. A travs de otros datos suministrados gentilmente por Esther Sigarroa lvarez y lo investigado en otras fuentes, se infiere que Jos Sigarroa Prez, con el seudnimo de Dionisio Palanqueta, embarc junto a su hermano Miguel e n la expedicin del George B. Upton, con destino a Cuba el 5 de mayo de 1870 (aparecen ambos Sigarroa en el listado de expedicionarios), y que alrededor de 1873, realiz una segunda visita a Cuba, acompaado por Ana Mara Linero, a quien su familia no conoca. Por otra parte, en 1880, afirma Esther Sigarroa lvarez, naci su padre, Jos Ramn Sigarroa Linero, quien era el tercero de los cuatro hijos de Jos y Ana Mara, todos nacidos en Colombia. Falleci en La Habana en 1953, a la edad de setenta y tres aos. Y continu sealando: Miguelitos, en la familia hubo varios, que yo recuerde, un to y un hermano de mi abuelo y luego un hermano de pap, llevaron ese nombre. De ellos dos murieron en las guerras de independencia, uno a la edad de diecisiete aos, vctima de una enfermedad. De la unin de mi to abuelo Jacinto Sigarroa Prez con la cubana Mercedes Fabre (Chech), naci Rosario Sigarroa Fabre, mi ta y madrina, una destacada revolucionaria de la ltima gesta independentista, personalidad sobre la que me gustara se pueda sacar del anonimato en que ha sido su mida, no simplemente por un deseo familiar, sino por el inters educativo, que estoy segura despertar en las nuevas generaciones de cubanas, quienes al conocer del ejemplo, la sensibilidad humana y principios revolucionarios que mantuvo Charito durante toda su vida, sern mejores y ms comprometidas patriotas. El teatro Villanueva fue clausurado tras los sucesos de 1869, y con l, el teatro vernculo y sus bufos fueron silenciados durante cuatro aos, hasta ser demolida su edificacin en 1887. A principios del sigloXX se construy en el lugar un edificio para la Havana, Tabacco Company, conocido como el Palacio de Hierro, por sus estructuras de acero, instalacin que luego se convirti en la fbrica de tabacos La Corona, y despus del triunfo de la Revolucin, en la Manuel Fernndez Roig. Finaliza su valioso relato Esther Sigarroa diciendo: Para que comprendan lo enraizado que estuvo siempre en nuestra familia lo ocurrido aquel 22

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142de enero de 1869, en el teatro Villanueva, cada vez que ocurra en la repblica algn incidente en que se pusiera en tela de juicio nuestro derecho a la libertad y a la independencia, siempre alguien de la casa, deca: “Vamos a gritar lo que dijo Joseto: ‘¡No tiene vergenza/ Ni buena, ni regular, ni mala/ El que no diga conmigo/ ¡Viva la tierra que produce la caa!’”. Bibliografa consultada Atlas Jos Mart. La Habana: Oficina de Hidrografa y Geodesia y Centro de Estudios Martianos. Ediciones GEO, 2003. CASTELLANOS GARCA, GERARDO. Panorama Histrico. 1861-1899. Biblioteca Fragua Martiana. t. 2. CRUZ, SOLEDAD. Para acercarnos a la historia de aquel suceso en Villanueva. Juventud Rebelde (La Habana) 22 en. 1984. GARCA PASCUAL, LUIS. Entorno martiano. La Habana: Casa Editorial Abril, 2003. HIDALGO DE LA PAZ, IBRAHIM. Jos Mart. Cronologa 1853-1895. La Habana: Centro de Estudios Martianos, 2003. LEAL, RINE. Breve historia del teatro cubano. La Habana: Editorial de Letras Cubanas, 1960. (Coleccin Panorama) _______. La selva oscura. De los bufos a la neocolonia. Historia del teatro cubano 1868-1902. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1986. OLLER, JORGE. El sangriento ocaso del teatro Villanueva. Juventud Rebelde (La Habana) 2 mar. 1985. QUESADA MIRANDA, GONZALO DE. Mart hombre. La Habana: Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Ediciones Boloa, 2004. (Coleccin Races) RIVEREND BRUSONE, JULIO J. La Habana, biografa de una provincia. La Habana: Academia de la Historia de Cuba, 1960. RODRGUEZ, ROLANDO. Cuba, la forja de una nacin. Despunte y epopeya. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1998. SIGARROA LVAREZ, ESTHER. Entrevista concedida al profesor Carlos M. Marchante Castellanos, 27 de abril de 2007. ZNDEGUI, GUILLERMO. mbito martiano. La Habana: Comisin Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento a Mart. P. Fernndez y Ca, 1954.

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143 Escritura y nuevos medios Claudio Sotolongo MenndezProfesor del Instituto Superior de DiseoLa palabra hablada, efmera en su naturaleza, se desvanece en el tiempo. “ El desarrollo de la escritura y del lenguaje visual tienen sus ms remotos orgenes en imgenes sencillas, pues hay una relacin estrecha entre el acto de dibujar imgenes y el de trazar los signos de la escritura”.1La escritura se convirti en la manera de perpetuar el conocimiento, la historia, la cultura, las experiencias de las distintas civilizaciones que han nacido, alcanzado su esplendor y se han disuelto en el continuum temporal. Pero la escritura no siempre se manifest a travs de las formas actuales. Los sumerios, los egipcios, los chinos, los aztecas o los rabes desarrollaron sistemas de escritura muy diferentes al alfanumrico que conocemos hoy aquellos que fuimos colonizados por Occidente. Basndose en representaciones icnicas, los egipcios llegaron a crear ms de 700 jeroglficos, aunque nunca signos para representar las vocales, y al combinar varios glifos lograban una forma esquematizada de cada palabra. Hacia el 1570 a.C., este sistema de escritura haba dividido los glifos en pictografas visuales o palabras-dibujo y fonogramas. De ah que se colocaran determinativos detrs de muchas palabras, debido a la cantidad de homnimos del lenguaje egipcio para acotar su significado. Los papiros, las piedras o la arcilla se convirtieron en verdaderos mares de pequeas imgenes que, asociadas ordenadas y justamente interpretadas, abran las puertas al mundo de la medicina, al arte de embalsamar, a tratados de matemtica, astronoma o fsica. Pero no slo fueron los egipcios los que alcanzaron eso. A muchos siglos y leguas de diferencia, los colonizadores espaoles encontraron en las regiones mesoamericanas cdices de increble belleza donde se conservaba todo el conocimiento de los pueblos de estos lugares: su historia, sus leyendas y mitos, su cultura, estaban detallados y registrados a lo largo de estas coloridas representaciones. Dichas imgenes contaban las batallas, o los sacrificios a los dioses y eran, en suma, el testi monio de su paso por la vida. Cuentan que cuando los colonizadores –vidos de plata, oro y piedras preciosas (tesoros en su Europa natal, recin salida del Medioevo)– indagaron por lo ms valioso de estos pueblos e inquirieron por los tesoros, los aztecas les mostraron los cdices. Y los salvajes civilizados destruyeron en nombre de Dios aquellos cdices maravillosos, los quemaron en grandes hogueras dejando a los pueblos mesoamericanos “sin pasado”. Algunos de los conos que lograron salvarse de esta fiebre evangelizadora, y an persisten, se han extendido a todo Mxico para formar parte de una suerte de tradicin, un imaginario colectivo

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144que intenta perpetuar lo autctono a travs del uso de estas representaciones icnicas, de increble belleza, de animales, plantas, hombres y dioses. Mientras los salvajes destruan los cdices de los aztecas, en la China (temporalmente alineada con el renacimiento europeo) la imprenta y el papel eran ya comunes entre los que dedicaban su vida al arte de la escritura. De una ininterrumpida tradicin caligrfica, los chinos desarrollaron un [...] arte puramente visual y no un lenguaje alfabtico. Cada smbolo se compone de cierto nmero de lneas con formas diferentes, dentro de un cuadrado imaginario. La leyenda dice que Ts-ang Chieh invent la caligrafa hacia el ao 1800 a.C., inspirado en las marcas de las garras de las aves y las huellas de los animales. Ts-ang Chieh elabor pictografas elementales de las cosas de la naturaleza. Cada imagen era muy estilizada pero fcilmente descifrable, y se compona de un nmero mnimo de lneas.2Los chinos desarrollaron a lo largo de su milenaria historia varios estilos caligrficos, algunos relacionados con el material sobre el que se escriba, otros con respecto a la funcin de dicha escritura. En el estilo regular en uso continuo desde hace ms de dos mil aos, cada lnea, punto o pincelada es controlado por la sensibilidad y destreza del calgrafo. En cada palabra existe una infinita variedad de posibilidades de diseo. La caligrafa ha alcanzado con el paso del tiempo un lugar cimero en el pas oriental. Considerada una de las ms altas expresiones de cultura, no slo est asociada con el contenido, sino con la forma en que este se expresa, de ah que resulta imposible describirla; la caligrafa china, al igual que la rabe, precisan de ser sentidas visualmente. El nombre de Dios escrito sobre mrmol blanco en las paredes del Alhambra no deja de asombrar al espectador contemporneo, quien, aunque incapaz de leer, en el sentido estricto del trmino, entra en dilogo con la suavidad de los trazos, con las curvas y con esa forma sinuosa que contrasta con la rgida angulosidad del mosaico. Sin duda, nuestro sino nos traiciona, nuestros escasos veintiocho caracteres no nos permiten la riqueza combinatoria de los ideogramas chinos, o la articulacin sinuosa de la caligrafa rabe, y mucho menos facturar en la diversidad cromtica de los cdices mesoamericanos. Nuestros alfabetos se desarrollaron sobre la simplificacin, tampoco exenta de valor, pues podemos comunicar infinitos significados con un nmero nfimo de signos. De ah que lo ganado en profundidad se perdi en extensin y, por tanto, en diversidad y riqueza visual. En nuestra contemporaneidad, en la cual apenas hay diferencia entre la palabra escrita y la hablada, podemos virtualmente prescindir de la lectura del impreso; basta que alguien nos cuente lo que dice; los caracteres en s mismos no estn cargados de atributos especficos; las minas del Rey Salomn sern magnficas, imponentes o amenazantes slo en nuestra imaginacin. Nada hay ms homogeneizante que la impresin de los caracteres de nuestro alfabeto. De no ser por los impresores, que concibieron diferencias

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145entre las letras creando las tipografas, nuestro mundo sera extraordinariamente abstracto, montono, con una tendencia increble al aburrimiento, incapaz de insinuar la brisa que despeina a la nia que viene y va sobre la arena; pendiente ante todo acto de lectura textual, de la experiencia y la imaginacin; un mundo inaccesible para aquellos que no han entrenado su imaginacin. Estamos en un entorno creativo casi claustrofbico del que en ocasiones se precisa salir. Mallarm primero, a finales del siglo XIX, con sus poemas que silueteaban objetos, incorpora el sentido de la vista; no basta con escuchar o leer el poema, hay que visualizarlo. Verlo en todo su conjunto y dimensin adquiere, por as decirlo, una plasticidad inusitada, no ya la del manuscrito medieval iluminado, donde texto e imagen se desarrollan de forma separada, sino en un conjunto armonioso y bello. Durante el perodo conocido como futurismo, es Filippo Marinetti quien tensa la cuerda con sus “Palabras en Libertad”. Ya la lectura y comprensin lineal y ordenada (a lo Descartes, por supuesto) del texto no es importante; no hay que leer primero la lnea inicial, hay que ver el conjunto y poner a prueba la sensibilidad mientras se buscan las pistas textuales capaces de permitir descifrar un mensaje visual. Marinetti se deja llevar, entonces, por la composicin plstica experimentando con diferentes tipografas. La perfeccin de la litografa, inventada a principios del XIX y la posterior aparicin de la fotomecnica, permiten un trabajo mucho ms flexible con el texto, independizado de los tamaos y ordenamientos de los tipos de metal o madera. La litografa permite soltura en los trazos y displicencia con el acabado de los caracteres, as como con su posicin, y la fotomecnica, suerte de paso superior, no precisa siquiera del dominio cabal de la caligrafa o el dibujo. Basta con manejar el lente de una cmara y se obtendrn poderosas imgenes donde los textos adquieren volumen, profundidad y se entrecruzan en luces y sombras creadas desde la manipulacin de los espacios fotografiados. As, arribamos a una obra que no slo es capaz de moverse en el campo de la reproduccin, sino que se extiende, diramos que hasta el lmite de sus posibilidades creativas, al marco de las tecnologas a su alcance. Al decir de Manuel Ruiz Zamora en su comentario al texto de Walter Benjamin La obra de arte en la era de la reproductibilidad tcnica : […] la reproduccin tcnica de las obras de arte ha acompaado al arte desde sus inicios; el proceso de evolucin y transformacin que desemboca en el cine y la fotografa ha introducido dos variables sustanciales: en primer lugar, se traslada de la mano al ojo el elemento de produccin del arte y, por otra parte, la reproduccin tcnica conquista por primera vez un puesto especfico entre los procedimientos artsticos.3Lazlo Moholy Nagy, desde la fotografa, experimenta con las letras, con sus formas y sus asociaciones, a la vez que potencia con una nueva visin la presencia del texto, adems deja entrever nuevas relaciones, innova desde

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146la tecnologa, pero con un profundo sentido de la praxis fotogrfica. En el cine, baste citar cualquier fragmento del Hombre de la cmara de Dziga Vertok, quien prescinde del dilogo, pero no se sustrae a la tentacin de juguetear con los letreros de la ciudad que describe, usndolos como referentes de lugares o acciones y cargndolos de significados visuales, al tomarlos del propio entorno e intercalarlos en la dramaturgia de su obra. A Benjamin se le escapan, por supuesto, lo que hemos denominado nuevos medios, aunque es de agradecer que no slo apunta: […] nicamente que la fotografa y el cine se alzan como formas de arte al lado, por ejemplo, de la poesa y la pintura, sino que la propia naturaleza y funcin del arte salen esencialmente modificadas a causa de estas transformaciones en las condiciones de produccin. As deja claro que la imbricacin del factor tcnico y el artstico condicionarn la posterior disolucin del arte en lo social-cotidiano.4El texto se mantendr presente desde los ttulos surrealistas hasta las obras que Joseph Kosuth desarrolla entre las dcadas del sesenta y el setenta, donde se cuestiona, por citar un ejemplo, las representaciones de una silla, desde la reproduccin fotogrfica, textual y fsica del concepto silla. Una vez ms, el texto ya no es un experimento formal con caracteres diversos, sino que ha sido transformado en una parte integrante de un conjunto mucho mayor, la obra. Con el arribo del .net art –trmino empleado para describir una expresin artstica que se produce y consume nicamente a travs de Internet– e n la dcada del noventa vemos disolverse definitivamente la materialidad del arte en un intangible, pero permanente, entorno digital. La palabra cobra entonces, en ese “[…] silencio, rodeado de tantos silencios, un valor de creacin”,5 la obra se convierte en un momento frente al pblico, el autor pierde su estatuto fsico para convertirse en informacin circulando por las redes que conectan el mundo. En este nuevo entorno, la palabra se interconecta, y funciona en movimiento, en permanente interactividad. El pblico deja la pasividad contemplativa impuesta por los centros de exposicin del arte para convertirse en un actor interactivo relacionado directamente con la obra que, por su parte, deja de ser un privilegio geogrfico al cual se accede en horarios y donde se comparte la obra con otros espectadores siguiendo las reglas impuestas por las instituciones. Esta obra se disfruta en privado, no precisa de horarios, ni de locaciones, es libre de circular y ser accedida a cualquier hora y en cualquier lugar. Vale decir que sobre estas obras, en sumo innovadoras, pesa la transicin a representaciones matemticas. Cuando vemos una palabra, un color, un cuadrado no estamos en presencia de una forma fsica estamos ante un conjunto de operaciones matemticas. Al decir de Lev Manovich: “La representacin numrica transforma el soporte en datos computarizados, hacindolos programables. Y esto cambia radicalmente la naturaleza del soporte”.6Creamos datos, a los que somos incapaces de acceder sin una infraestructura y un conocimiento pre vio,

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147sin los que estas obras permaneceran ocultas para nosotros. Este nuevo contenedor de lo artstico, a la par que lo combina con lo tecnolgico, lo invisibiliza para el pblico no entrenado o carente de recursos. Sin embargo, las expresiones artsticas a lo largo de la historia del arte nunca han sido del todo accesibles. Es, pues, que las realizadas a partir del .net art lo son mucho ms que otras. De una reproduccin permanente, incluso ms all, de una replicacin implcita, son obras donde el original artstico queda disuelto entre un archivo de msica y una foto escaneada. No son ms que datos, nmeros dispuestos en un orden y que mediante operaciones matemticas precisas, se transforman en informacin visual adecuada para los espectadores que asisten a travs de una pantalla a un universo infinito de informacin. Si bien es cierto que el .net art permanece an alejado de los circuitos de circulacin propios de la industria cultural, y del reconocimiento por parte de las instituciones que circulan el arte, incluso con la duda sobre su artisticidad, estamos a tiempo de explorar desde estas “debilidades” nuevos horizontes, ya vedados para lo otro, anclado definitivamente en la industria de la cultura. Las posibilidades de estas obras residen “[…] precisamente en su capacidad de cuestionar el mismo existir separado de lo artstico en las sociedades actuales […], en su potencial, en definitiva, para habitar y habilitar zonas temporalmente autnomas, inase quibles –cuando menos por ahora– a su absorcin por el orden institucional”.7Notas1 Meggs, Phillip. Historia del diseo grfico Trillas, Mxico, 2002. p. 10.2 Ibdem, p. 37.3 Ruiz Zamora, Manuel. Walter Benjamin: La obra de arte en la poca de su reproductibilidad tcnica. En http://www.institucional.us.es/fedro/ numero1/pasajes.html (Consultado el 15 de agosto de 2008).4 Ibdem.5 Carpentier, Alejo. Los pasos perdidos. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1976. p. 150.6 Manovich, Lev. The Language of New Media Londres: MIT Press, 2001. p. 52.7 Brea, Jos Luis. net.art: (no)arte, en una zona temporalmente autnoma. En http://alepharts.org/pens/net.html (Consultado el 15 de agosto de 2008).

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148 La palabra: fuente viva de acercamiento humano Lilia Rosa LpezLocutora y periodista“La palabra hablada […] funde a los hombres mejor que la palabra escrita”. JOS MART P ara el locutor o hablante, la comunicacin es uno de los escalones ms altos del desarrollo humano…, pero antes de la era de la multimedia y la comunicacin digital, los seres humanos utilizaban un medio de comunicacin que prescinda de la palabra escrita: la oralidad, que es tan vieja como la humanidad parlante. Conceptos tales como literatura oral, tradicin oral, narracin, lenguaje y discurso hablados, han sido utilizados por los estudiosos de la cultura, del lenguaje y de la comunicacin. Al fin y al cabo, todo lenguaje articulado es, en principio, un lenguaje oral… hasta tanto sea llevado a la escritura u otras formas de representacin. La expresin oral es un proceso que tiene lugar mediante el intercambio entre el pensamiento y la voz hecha palabra. La expresin oral se establece a partir del discurso, que puede ser formal e informal, y de la conversacin, cuyo desarrollo tiene lugar a travs de dos modalidades: explcitiva y elptica En el ser humano, el pensamiento se encuentra indisolublemente unido a la palabra a travs de la voz. La comunicacin de viva voz es, ms que necesaria, indispensable para alcanzar un equilibrio social y emocional. Durante siglos, la palabra ha sido el nico regulador y conservador de las civilizaciones pasadas y, en la actualidad, sigue cumpliendo su objetivo fundamental, aun en nuestras sociedades complejas y alfabetizadas, y ha sustentado el estilo de comportamiento pblico y privado de gran parte de un grupo so cial con su historia, leyes y conocimientos cientfico-tcnicos…, sin olvidar sus sueos, creencias y deseos. Segn algunos autores, en las sociedades modernas, signadas por la tecnologa especializada, se resiente el equilibrio emocional del individuo como consecuencia de la disminucin de la comunicacin oral. La estructura social comunitaria, que descansaba en la memoria y en la comunicacin oral (organizada en torno al imperio de la palabra), fue decayendo con el nacimiento de la escritura que, como sistema de representacin grfica de un lenguaje estructurado, aparece a mediados del cuarto milenio en el pas de Sumer, en Mesopotamia. Ese sistema, primero pictogrfico, evoluciona gradual y paulatinamente hacia una abstraccin capaz de reproducir la totalidad del pensamiento. Con posterioridad, en el otro extremo del mundo, a comienzos del segundo milenio, surge la escritura china. La egipcia y la maya, de cuya gnesis no tenemos conocimiento, tenan lugar a partir de imgenes significantes.

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149El aspecto figurativo de los ms antiguos smbolos grficos hace pensar en los primeros dibujos hechos por los seres humanos: las pinturas rupestres de la poca paleoltica. Si bien no debe percibirse en ello el eco de un lenguaje constituido, no cabe duda alguna de que es la manifestacin de una voluntad de representacin grfica que revela una comunidad de lenguaje, o al menos de referentes, dentro de un grupo y, por consiguiente, la existencia de un pensamiento comn. Al parecer, el primer sistema de transcripcin fontica, probablemente silbica, fue el fenicio, cuyas huellas se remontan a los siglos XIII-XI aC. Aunque el origen exacto de los caracteres fenicios contine siendo un misterio, muchos investigadores coinciden en afirmar que, en algunos casos, constituy la matriz de los distintos alfabetos utilizados en el mundo, y que todas las sociedades que lo utilizaron se vieron obligadas a adaptarlo a las caractersticas de su propia lengua. Como se sabe, el lenguaje se compone de sonidos (tcnicamente, fonemas), los cuales, a su vez, se combinan en palabras constitutivas del signo lingstico, mientras que las palabras se usan como materia prima de la frase, de la oracin y del discurso. Para los pueblos que an no utilizaban la palabra escrita, la literatura oral sustitua a las producciones literarias. Por ejemplo, la persona ms popular en alguna que otra comunidad nativa siempre fue un buen narrador de cuentos. En plazas de cualquier lugar del orbe ha sido comn ver a gran parte de una poblacin comunitaria sentada frente al narrador. No debe olvidarse el hecho de que en la palabra escrita se pierden la expresin y la mmica, elementos que le dan “vida” a la narracin. Reiteramos que la oralidad es tan vieja como la humanidad parlante, y que todo lenguaje articulado es, en principio, un lenguaje oral. La funcin desempeada por el lenguaje como instrumento representativo (alejado de la realidad), es diferente a la de la tradicin oral, la cual es la encargada de acumular las experiencias materiales (oficios) y espirituales (mitos, costumbres) de los pueblos analfabetos. Por otra parte, la lingstica cultural nos ha enriquecido con la nocin de que el lenguaje o el idioma no es –en modo alguno– un simple reservorio de palabras depositarias del pensamiento, sino la herramienta humana ms importante del hombre para transformar la realidad y la sociedad. En general se supone que en los procesos de opresin cultural, las comunidades oprimidas desarrollaron ciertas tcticas lingsticas defensivas con el fin de preservar los valores de su cultura. Como ejemplo de ello, podemos citar lo que acontece con el lunfardo. Y ese fenmeno no slo tiene lugar en los grupos, sino tambin de forma individual, pues la naturaleza subjetiva del pensamiento permite que la persona exprese o no, con la palabra, lo ntimo de sus opiniones. Para los africanos arrancados de su mbito cultural original e impedidos de comunicarse en sus propias lenguas por falta de interlocutores, la valoracin subjetiva influy, forzosamente, para otorgarles connotaciones nuevas

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150a las palabras contenidas en el idioma del opresor. Esa actividad intelectual y recreadora, insoslayable en todo hablante, le permiti al hombre negro preservar sus connotaciones ancestrales, cualquiera que hubiese sido el grado o la forma de opresin cultural; estuviera aislado o en grupo; entre miembros de una misma etnia y en los procesos de mestizaje. La represin lingstica ha enriquecido la tradicin oral en las comunidades de origen africano, ya que, en el hacinamiento y marginacin a los cuales fueron condenados los nativos, su expresividad pudo operar libremente sin la intervencin del opresor. De las bodegas de los barcos negreros; de las barracas de esclavos; de las barriadas negras en las ciudades; de las comunidades rurales, plantaciones, haciendas y asentamientos de cimarrones, surgieron dialectos e idiomas con que los pueblos negros han enriquecido, en Amrica, las lenguas modernas. Por ejemplo, se han podido identificar las races africanas en los fenmenos de mestizaje que han tenido lugar en la sociedad colombiana. En Colombia se han estudiado los fenmenos de intercambio lingstico entre indios, africanos y europeos en las comunidades analfabetas y semiletradas con profuso mestizaje tnico y cultural, pero la profundidad de esos fenmenos no permite precisar el origen de los prstamos lingsticos utilizados como propios por todos los habitantes. Otro aspecto de la comunicacin oral es que se nutre de otros signos paralingsticos como son, entre otros, los tonos de las voces y las pausas. El lenguaje verbal est muy vinculado al lenguaje corporal. Los signos vocales (de la voz en movimiento), no pueden verse aislados de las miradas y gesticulaciones que interactan y participan en la comunicacin oral, sin olvidar la presencia fsica de los interlocutores como caracterstica indispensable de la comunicacin verbal. Ahora bien, el texto escrito exige ser ledo lineal o secuencialmente y requiere un tiempo de escritura y un tiempo de lectura, mientras que el texto vocal implica niveles simultneos de percepcin y lleva consigo la simultaneidad de la presencia de quienes intervienen en la comunicacin. El texto escrito se caracteriza por la ausencia fsica del lector en el momento de la escritura y la ausencia fsica del escritor en el momento de la lectura, mientras que la comunicacin oral es “comunicacin en presencia fsica”. El trmino “comunicacin cara a cara” alude a esa modalidad de la comunicacin y permite compararla con otras formas comunicativas que no exigen la presencia fsica, como por ejemplo aquellas donde intervienen las tecnologas modernas de comunicacin (radio, cine y televisin), adems de la forma escrita. El trmino “oral” slo remite a la boca, deriva del latn oris –que significa boca– y se usa para calificar un tipo de transmisin. El trmino “cara a cara” se refiere a una accin corporal que incluye miradas, gestos, movimientos. En fin, una interaccin en la cual involucra todos los sentidos. El anlisis de la dimensin corporal en la comunicacin oral ha llevado a los estudiosos a tomar en cuenta su dimen sin teatral, o sea, “su puesta en

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151escena”. Don Fernando Ortiz denomin como teatro, y no como literatura, a ese tipo de fenmenos. El Tercer Descubridor de Cuba afirma que “[…] una traduccin literal no se corresponde con el valor del sentido del original […]”, porque “[…] le falta lo palpitante, el alma […]”.1De esa afirmacin de Ortiz se desprende el hecho de que lo literal desempea una funcin significante, pero ms importante an son el gesto y la acentuacin. Para muchos expertos, el arte de la narracin oral constituye una forma expresivo-creadora. Es decir, no es una variante o germen de la literatura ni el teatro, pues esas denominaciones no designan for mas expresivas caractersticas de todas las culturas, sino que se refieren a aspectos particulares de dichas culturas, que se corresponden con el desarrollo de la civilizacin occidental, cuyos valores y representaciones simblicas han alcan zado hegemona a escala mundial. Al referirnos a las culturas tradicionales, contentivas de una oralidad primaria –desconocedora de la escritura– no debe obviarse el enfrentamiento a las creencias, mitos y prejuicios errneos, pero, quizs, revestidos de ropaje cientfico. En ocasiones, la opinin pblica mundial ha estimado que esas sociedades iletradas continan siendo primitivas, atrasadas e incivilizadas, pobres en manifestaciones culturales, carentes de lenguaje articulado y, en suma, condenadas a desaparecer. Por fortuna, conceptos como el de “civilizaciones primitivas” han ido perdiendo terreno gracias a la cantidad y calidad en los hallazgos de investigaciones antropolgicas acerca de las culturas no occidentales, y, adems, por la oposicin de los pueblos discriminados que ya no toleran seguir siendo objeto de una manipulacin verbal basada en el racismo, la ignorancia y la intolerancia. En un mundo donde ya todos los pueblos establecen comunicacin, esos patrones de pensamiento colonialista estn llamados a desaparecer…, ms temprano que tarde. Otro de los prejuicios esgrimidos frente a los pueblos de oralidad tradicional es el carcter supuestamente conservador de sus culturas. Se ha llegado a afirmar que lo oral es en s conservador frente al carcter progresivo y progresista de lo escrito. Los argumentos que pueden aducirse para sustentar tal criterio son endebles en grado sumo, ya que puede hablarse de la necesidad de “memorizar” la tradicin oral a fin de transmitirla a las generaciones venideras, pero nada obliga a una poblacin determinada a mantener intacta o esttica su tradicin oral, pues siempre tienen lugar cambios. “Lo escrito, escrito queda”, es decir, una vez que se haya fijado un texto por escrito no ser fcil alterarlo. En cambio, lo oral suele admitir modificaciones, porque hasta los mitos ms estandarizados poseen numerosas versiones, a tal punto que una sola persona puede llegar a narrar o contar ms de una variante sobre el mismo hecho de acuerdo con sus gustos y necesidades. Hay ejemplos relacionados con textos, cuidadosamente recopilados por un investigador, que han sido rechazados por los miembros nativos de la misma comunidad o sociedad con una frase que encierra cierto desdn: “Esa

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152es tu manera de narrar la historia, nosotros tenemos la nuestra”. Para nadie constituye un secreto el hecho de que circulan falsedades acerca de la diferencia entre lo oral y lo escrito, tambin se puede afirmar que la oralidad presenta caractersticas especficas, que le confieren una dimensin sui generis en el contexto de cualquier cultura. La oralidad que llamamos primaria se fundamenta en el intercambio verbal directo entre las personas y en la existencia de grupos humanos pequeos que se comunican mediante un dilogo directo y sutil, en donde se entremezclan respuestas, comentarios, rectificaciones y hasta la irona con su escala emotiva. En la tradicin oral arrancada a los indgenas se superponen lo mitolgico, lo ritual, lo histrico. El trmino literatura oral fue creado por Paul Sebillot, quien introdujo esa nocin en los trminos siguientes: “La literatura oral comprende aquello que, para el pueblo que no lee, reemplaza a las producciones literarias”.2 La literatura oral precede a la literatura escrita y est presente en todas partes en dependencia del grado de evolucin de los pueblos. Desde luego, no admite ser comparada con el contenido de las obras escritas…, pero existe. Sin dudas, nadie osara negar que la escritura es posterior a la oralidad, pero no cabe aceptar que se le considere superior… por ser posterior. Como es obvio, la escritura ha invadido las culturas grafas, pero se impone el hecho de tratar de orientar ese fenmeno en beneficio de las culturas que, hoy da, sucumben ante su poder omnmodo e indescifrable para el hombre aborigen. La escritura debe estar al servicio del dilogo horizontal e igualitario entre culturas y no de parte de la exclusin o el aniquilamiento. Debe aspirarse a que la escritura sea complemento de la oralidad, no su enemiga. Los miembros de las culturas netamente orales han exigido su ingreso al mundo de la escritura, pues la poca requiere que las sociedades no permanezcan aisladas entre s, autocrticas ni autosuficientes. Ojal que ese encuentro signifique un enriquecimiento recproco capaz de mantener y reforzar los valores culturales que atesora la humanidad. Por otra parte, sera interesante volver la mirada hacia otro aspecto relacionado con la oralidad tradicional y es la significacin del mito dentro de la literatura oral, ya que nada justifica la creencia de que el acervo literario oral de un pueblo est constituido por una coleccin de mitos. Junto al mito, se cultivan otros gneros literarios como los cuentos, las leyendas, las epopeyas, los poemas, los refranes. Adems, el mito est considerado un objeto de estudio interdisciplinario para la Etnologa, el Psicoanlisis y la propia ciencia de la mitologa. Existe tambin el falso concepto de que los textos de literatura oral procedentes de los pueblos grafos suelen ser poco desarrollados en su forma y contenido. Ello se fundamenta en el hecho de que, en el pasado, la recopilacin se haca con tcnicas muy rudimentarias y por personas desconocedoras de la lengua nativa.

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153Hoy da, el uso de la grabacin, el meticuloso trabajo de campo de los investigadores y el entrenamiento recibido por los nativos en la escritura de su lengua, posibilitan la obtencin de textos mucho ms completos y complejos. En la literatura oral predomina la prosa sobre el verso en lo concerniente a la elocucin de los textos, pero, cuando se produce la versificacin, esta suele ir acompaada de frases musicales o de algn canto, puramente vocal, o acompaado por instrumentos. La mtrica, con sus medidas silbicas, acentos fijos y rimas, se aprecia en la poesa oral euroasitica, pero no parece ocurrir lo mismo en otros continentes, donde el predominio del verso libre es absoluto. Existe tambin una literatura oral abundante y variada en los pueblos que han entrado en contacto recproco con sectores de la sociedad dominante. Debe saberse distinguir la literatura oral u oralidad literaria de la oralidad no marcada por rasgos distintivos de carcter esttico. La lingstica ha prestado atencin al estudio del discurso, el anlisis textual y contextual, la pragmtica y la fraseologa de todas las lenguas vivas. De cualquier modo, es difcil, cuando no imposible, establecer una frontera entre literatura oral y oralidad pura y simple. Se ha citado como ejemplo la grabacin de un monlogo coloquial enunciado por un chamn yekuana del Amazonas venezolano. Se le solicit que simulara entablar una conversacin (en su lengua original) con los familiares, como si regresara a su hogar luego de un accidentado da de cacera. Todos pensaron que el chamn articulara unas cuantas frases inconexas…, pero, para sorpresa de to dos, escucharon una largusima y fluida exposicin improvisada con el ritmo y la cadencia de una pieza oratoria. Tales hechos demuestran que la literatura oral es capaz de surgir del seno de lo cotidiano y en el momento menos esperado. Ningn nativo codifica los aspectos literarios de su cultura como lo hara un occidental, pero s es capaz de analizar su comportamiento cultural de oralidad esttica, aunque lo realice de una forma muy peculiar. Las formas de oralidad primaria estn histricamente presentes en todos los pueblos tradicionales. Sin embargo, en esos mismos pueblos tambin surgieron las formas de oralidad secundaria: ya no constituye mayor dificultad grabar y radiodifundir conversaciones, narraciones, cantos u otro material oral, aun en las lenguas ms distantes y menos habladas de la tierra. Es necesario incrementar la divulgacin de programas de educacin intercultural bilinge o de revitalizacin lingstica en donde se ofrezcan buenos ejemplos de diccin, composicin y estilo orales a nios y jvenes que han ido perdiendo la lengua autctona por el influjo de la opresin cultural. La multiplicidad y la diversidad de las lenguas del mundo repercuten en la valoracin de la oralidad como posesin universal del ser humano. Cada idioma es un mundo en s mismo, un cdigo complejo, contentivo de otros cdigos parciales que se refieren a las distintas manifestaciones del lenguaje humano, as como a las numerosas variedades de la oralidad primaria.

PAGE 155

154Es importante comprender la riqueza insustituible de cada sistema lingstico a travs de sus categoras fonolgicas, morfosintcticas, lexicosemnticas, pragmticas y discursivas. La relacin lengua-cultura en una sociedad determinada ha sido objeto de valiosos estudios. Es conocido que existen condicionamientos mutuos entre lo lingstico y lo extralingstico que han devenido en temas de investigacin cientfica. Citemos como ejemplo la existencia de indicadores –especficamente narrativos– en lenguas como el way o guajiro (Venezuela y Colombia), el swahili (frica Centro-Oriental), el hebreo bblico y muchas otras que pueden concederle al estilo narrativo una plasticidad especial, difcil de encontrar en otras lenguas. Los idiomas que no han desarrollado la categora gramatical del tiempo confieren a sus mitos y narraciones una profundidad temporal, rayana en la eternidad y tributaria del comienzo de los tiempos. La primera gran obra literaria de toda cultura autnoma es el idioma, depositario del conjunto de textos que constituyen su acervo cultural y lo convierten en patrimonio comn de toda la humanidad. Adems de registrar y archivar las tradiciones orales que los investigadores han acumulado, es preciso reflexionar acerca de la metodologa adecuada al estudio de ese registro y de los materiales recopilados, para conocer los procedimientos especficos de la creacin verbal. Ello redundar en beneficio del indispensable trabajo interdisciplinario, en donde la antropologa, la historia, la lingstica y los estudios literarios se complementen para alcanzar el objetivo propuesto. Walter Ong precisa que “[…] la condicin de las palabras en un texto es […] distinta de su condicin en el discurso hablado. Aunque se refieran a sonidos y no tengan sentido, a menos que puedan relacionarse externamente o en la imaginacin con los sonidos […] o los fonemas que codifican, las palabras escritas quedan aisladas del contexto ms pleno, dentro del cual las palabras habladas cobran vida”.3Es del conocimiento de los investigadores que el hablante, en ocasiones, confunde, con intencin, al auditorio para luego ofrecer datos ms concretos referidos a la correcta interpretacin del discurso. Eso requiere mucha atencin por parte del oyente, pues la ambigedad que se aprecia no es un defecto, sino la sucesin de transformaciones en las cuales se distingue la elaboracin personal del orador o hablante, quien se esfuerza por extraer imgenes de su acervo tradicional y de sus recuerdos, lo que requiere la aceptacin por parte del oyente y su ms amplia comprensin. Jams se ha pretendido hacer una apologa de la oralidad en detrimento de la escritura, sino proponer ciertas normas que puedan ser utilizadas como temas de reflexin. La idea de que la oralidad como fuente de creacin artstica (y en un sentido ms amplio, ideolgica), haba desaparecido o permanecido anquilosada, encontr sus races cientos de aos atrs, cuando la nica palabra verdadera era la escrita en la Biblia. Se impona la conquista bajo la gida de la espada. Si no se mataba, se intentaba

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155dominar, y la dominacin se llevaba a cabo con el olvido de las tradiciones y la imposicin de leyes y creencias avaladas por la escritura, mximo lenguaje de autoridad. Sin embargo, la tradicin oral continu transmitindose y ha perdurado. Es notable el conocimiento acerca de los mitos conservados desde la poca prehispnica. El mito es la palabra elaborada por un grupo social para representarse a s mismo, y poseer un modelo de conducta basado en un discurso o en el ejemplo dictado por un dios o hroe. Es la regla suprema, palabra total sobre el mundo y las cosas. La narracin oral ms avanzada no busca respuestas etnolgicas o cosmolgicas, como sucede en los mitos. En la realidad, los indgenas son explotados por los mestizos, pero, a escala imaginaria, se ven abandonados por una divinidad a la que siempre ofrecieron sacrificios (un animal, velas, oraciones) a fin de obtener sus dones. Y esa misma divinidad los sacrifica en beneficio de quien los domina. No son los dioses quienes les niegan sus bienes, sino otros hombres que los guardan para s. La lucha no es, por lo tanto, contra fuerzas telricas, sino contra otros seres humanos ms fuertes, a quienes slo la astucia puede arrancar la riqueza que les pertenece a todos. As las cosas, es imprescindible tener en cuenta la existencia de la palabra oral como medio de creacin abstracta comprometida y no simplemente como fenmeno folklrico. Esa creacin compleja, donde se combinan transmisin y memorizacin, refleja la mentalidad de un sector importante de la poblacin mundial, que no debe pertenecer al grupo de los “olvidados”, y menos an, al de los “vencidos”. Las sociedades indgenas de tradicin oral demuestran que la literatura oral no es esttica ni pertenece al pasado. Por el contrario, se trata de un medio de expresin y transmisin de conocimientos con plena vigencia. La oralidad permite a esos grupos desarrollar sus capacidades artsticas, y adems, expresar las situaciones de crisis que viven como consecuencia del contacto conflictivo con los mestizos. En las comunidades andinas, donde se habla la lengua quechua, los testimonios orales han sido la nica fuente conservada acerca de la historia, las luchas, el recuento de los lmites territoriales y toda la tradicin oral en torno a la actividad pastoril desplegada por los miembros de esas comunidades. Los investigadores no desconocen la situacin precaria en la cual han vivido las comunidades marginadas (negras, indias y mestizas), en Colombia, Venezuela, Panam, Nicaragua, Brasil, etctera. Frente a esa dramtica realidad no se ha detenido la labor de deteccin de los graves problemas de hambre, mortalidad infantil, pobreza, hacinamiento y analfabetismo, as como en relacin con la prdida de los valores ancestrales que, con gran celo, haban sido preservados. La narrativa directa, enriquecida con las historias transmitidas de generacin en generacin, contribuye al rescate, salvaguarda y valoracin de la realidad caribea y latinoamericana –oralidad entendida como patrimonio de nuestras diferentes culturas–, pues los pueblos con amnesia histrica son pueblos sin futuro.

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156El aparente empobrecimiento de la actividad creativa de las grandes mayoras no es el resultado de una falta de capacidad de renovacin de nuestras formas culturales, sino de la imposicin de modelos ajenos difundidos a los ms apartados rincones del planeta a travs de los medios de comunicacin social. La defensa de la identidad demanda el conocimiento y valoracin de las diversas manifestaciones artsticas, as como la elaboracin de polticas culturales capaces de permitir la transmisin de emociones y valores propios y que propicien una verdadera actividad creativa. Obtener testimonios mediante las rigurosas investigaciones desarrolladas por los especialistas constituye una reserva histrica utilizable en la elaboracin de planes y programas educativos consecuentes con la realidad de cada comunidad o pas. Los estudios acerca de la tradicin oral han proliferado, quizs, por la necesidad cada vez ms acuciante del hombre de volver a sus races y re-encontrarse a s mismo. La oralidad mantiene vivo un sustrato que permite esa exuberancia narrativa observada en nuestra novelstica y cuentstica, gneros en los cuales se aprecia esa variedad temtica que tipifica las letras americanas. El estilo de “narrar”, que distingue a figuras de la talla de Garca Mrquez y al mundo de “lo real maravilloso” de la obra carpenteriana, naci de la oralidad, porque emana de esa “manera de decir” en un lenguaje directo y claro que respeta el lxico y las clusulas ancestrales y ha sido legado por una prctica milenaria desde la poca en que la palabra era el vehculo idneo para la transmisin de la idea. As, el presente escudria en el pasado para establecer un slido nexo con el futuro. Las culturas orales transmiten, a travs de la palabra, la concepcin de un mundo que se renueva y a la vez conserva sus tradiciones, para que el hombre de estas tierras se encuentre diseminado y reproducido en cada leyenda, cada cuento, cada proverbio, lo cual constituye parte del patrimonio del hombre americano, patrimonio compartido con otros pueblos del mundo, pero que tiene algo en comn: la palabra como medio de expresin y conservacin de sus tradiciones. La tradicin oral de los pueblos es, sin duda alguna, un componente fundamental de nuestro acervo cultural y debe ser propsito permanente el contribuir a la preservacin y estudio sistemtico de esa importante fuente de informacin y medio de comunicacin. ¡Ojal la palabra hablada nos permita alcanzar la paz entre los hombres! Notas1 Ortiz, Fernando. Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba La Habana: Publicaciones del Ministerio de Educacin, 1951. p. 409.2 Sebillot, Paul. El folklore. Literatura oral y etnografa tradicional. Pars: Editorial Pars, 1913. pp. 20-43.3 Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologas de la palabra Mxico, DF: Publicaciones del Fondo de Cultura Econmica, 1987. pp. 23-60.Otra bibliografa consultada ABDULAZIZ, MOHAMED H. De viva voz y de boca en boca: la palabra

PAGE 158

157hablada, principal medio de comunicacin entre los hombres. Pars: Correo de la UNESCO, 1982. pp. 89 y 63-65. ARROM, JOS JUAN. Mitologa y artes prehispnicas de Las Antillas Mxico, DF: Editorial Siglo XXI, 1975. FEIJ"O, SAMUEL. Influencia africana en Latinoamrica: literatura oral y escrita. Mxico, DF: Editorial SigloXXI, 1977. pp. 129-151. LARA FIGUEREDO, CELSO A. Contribucin del folklore al estudio de la historia. Mxico, DF: Editorial Universitaria, 1977. pp. 214-254. LOMBARDI SATIANI, L. M. Apropiacin y destruccin de la cultura de las clases subalternas. Mxico, DF: Editorial Nueva Imagen, 1978. pp. 39-51. VALDS BERNAL, SERGIO. La oralidad ciencia o sabidura popular? Bogot: Editorial Bolvar, 2004. p. 59. VALDERRAMA FERNNDEZ, RICARDO y CAR-MEN ESCALANTE GUTIRREZ. Libro testimonial: Gregorio Condori Mamani (autobiografa). La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1988. VEGA-CENTENO, IMELDA. Aprismo popular : mito, cultura e historia / 2da. ed. Lima: Tarea Editores, 1986. p. 125.

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158 Herldica de la villa de Guanabacoa Maikel Arista-Salado y HernndezInvestigador L a herldica se nos descubre hoy como la ciencia encargada del estudio de los escudos de armas, y entindase escudo de armas no como el artefacto meramente defensivo sino como la expresin de valores culturales a travs de figuras y smbolos que tienen un particular significado, que se insertan en un campo bajo determinados cnones estticos, cuya inamovilidad les ha merecido el califi cativo de “leyes”, no porque lo sean como actos normativos emanados de voluntad estatal, sino porque su inobservancia puede rendir el escudo por desfiguracin si no se justifica plenamente. Por ejemplo, las armas cvicas del municipio de Santo Domingo, en Villa Clara, muestran un jironado1 de azur (azul) y gules (rojo), vestido de oro; se prefiere por lo general la alternancia de color y metal, aunque no est del todo incorrecto el diseo cromtico del jironado de Santo Domingo de Villa Clara. En este caso, la presencia de los dos esmaltes est justificada al simbolizar los colores nacionales, segn la semiologa que le asign su creador. El caso del escudo de Santo Domingo es un dignsimo ejemplo –acaso nico en la herldica contempornea cubana– de un bello discurso herldico. La herldica cvica en Amrica Latina nace en la primera dcada del sigloXVI; por esas fechas ya la corona espaola tena inters en certificar sus nuevos dominios en las llamadas Indias Occidentales, y es as que en 1508 concede escudos de armas a catorce villas de La Espaola. Estos escudos se caracterizan por su extraordinaria sencillez (afortunadamente), y por lo general utilizan el recurso parlante (armas que emplean figuras equivalentes al objeto del smbolo), geogrfico o hagiogrfico (la hagiografa es la historia de la vida de los santos) como hilo conductor del discurso herldico. Entre estos escudos concedi Castilla el de la villa de Santo Domingo, en la Espaola, que an hoy se usa. Ms tarde, en 1511, se le otorgara a Puerto Rico;2 y ya en 1516 se confiere, a peticin de Pnfilo de Narvez y Antonio Velzquez, el escudo para la entonces llamada Ysla de Fernandina –hoy Repblica de Cuba–, que estuvo vigente hasta la retirada poltica de Espaa a favor del gobierno militar estadounidense iniciado en 1898 como consecuencia de la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana.3La herldica cvica cubana tuvo un desarrollo fascinante durante los siglos de coloniaje espaol. Los ayuntamientos clamaban a la corona por la concesin de armas que, generalmente, vena acompaada de otras solicitudes como la de uso de uniformes para los funcionarios del ayuntamiento y ttulos honorficos para este.4 Veamos el caso de la villa de Nuestra Seora de la Asuncin de Guanabacoa.

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159Por Real Cdula de 13 de agosto de 1743 –an vigente–, don Felipe V concedi escudo de armas a la villa de Nuestra Seora de la Asuncin de Guanabacoa, al otorgarle asimismo otras gracias que por su naturaleza ajena al tema que nos ocupa, no trataremos en esta nota. La Real Cdula debe tener su antecedente en una peticin del Ayuntamiento de la villa, pero no hemos podido encontrar tales referencias en las obras consultadas. La predicha Real Cdula de don Felipe V describe las armas en los siguientes trminos: “[...] se debe componer de un pedazo de mar en la parte superior, en el medio los dos fuertes de Cojmar y Bacuranao, en la parte inferior, una montaa y en la esterior, dando vuelta al escudo y por orla de l la inscripcin siguiente: ‘Escudo de armas de la Villa de la Asumpcion de Guanabacoa por el Rey Ntro. Sr. Don Felipe Quinto [ sic ]? [...]”.5En primer lugar, debemos aclarar que, si bien don Felipe V concedi un escudo a la villa de Guanabacoa sin hacer mencin de los esmaltes de las particiones y muebles, ello no significa que no los hubiese tenido ni que carezca de ellos en la actualidad. Un escudo tiene esmaltes por definicin. No pueden existir armas acromticas.6 Sin embargo, este proceder del monarca, que a la luz del blasn contemporneo puede parecer impreciso y vago, era tambin una costumbre de la heraldografa del momento. Ello lo podemos comprobar con la concesin del escudo de la propia Universidad de La Habana donde se deja la seleccin de los esmaltes a los Reyes de Armas de Su Majestad; sin embargo, en el caso concreto del escudo de Guanabacoa notamos ciertas incoherencias cromticas en el diseo que en la actualidad se considera “oficial”. El escudo de Guanabacoa est incorrectamente esmaltado, pues el artista encargado de su diseo fuese acaso un excelente pintor, pero no un heraldista, que no tena por qu serlo y, en consecuencia, su obra no se ajusta a los cnones herldicos, y veremos la causa: El mar, por lo general, se representa por medio de ondas de agua, de azur y plata (blanco o gris), si el campo7 es plata, entonces la faja y la bordura deben ser de color, por el canon de esmaltaje.8 Las torres deben, por tanto, ser de metal, preferiblemente el oro (amarillo).9 Por esa razn creemos que la faja debe ser de azur y la bordura de gules. Siguiendo el patrn de esmaltaje, la inscripcin que carga la bordura debe estar esmaltada en oro, y as, la corona real que lo timbra debe ser la borbnica, correspondiente a la dinasta de los Borbones.10 El diseo muestra la corona real de Castilla. Escudo raso de Guanabacoa

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160Atendiendo a estas consideraciones sobre los adecuados esmaltaje y emblasonamiento del escudo guanabacoense, este puede describirse de la siguiente manera: en plata, faja de azur cargada de dos torres de oro, puestas en faja, y acompaada en jefe de ondas de agua, de azur; y en punta, de una montaa de sinople. Bordura de gules con la inscripcin: “Escudo de Armas de la Villa de la Asumpcion de Guanabacoa por el Rey Ntro. Sr. D. Felipe Qto.”, en letras de oro. Al timbre, Corona Real cerrada. De manera que fueron recomendados respetuosamente a la Asamblea Municipal del Poder Popular de Guanabacoa la aprobacin del Reglamento del Escudo de Guanabacoa, con reglas de uso y fabricacin, como tambin de la bandera municipal, a la que podemos dedicar un espacio autnomo en el futuro.Vigencia semiolgica del escudoLa herldica cvica puede definirse, en resumen, como la representacin de los valores culturales e histricos de una determinada regin en una corporacin cvica, a travs de smbolos que se insertan en un escudo de armas con arreglo a las leyes del blasn. As de sencillo podemos deducir entonces que todo escudo de armas es representativo de la corporacin que simboliza, quiz no lo suficiente o de la mejor manera, pero indiscutiblemente hace el intento. La vigencia semiolgica de las armas es un tema muy debatido que an hoy nos preocupa, y para el cual, en ocasiones, es posible encontrar soluciones prcticas. Los escudos de armas muchas veces admiten actualizaciones o modificaciones que no laceran su expresin de identidad; tales son los casos, en Cuba, del propio escudo de la Repblica,11 de las armas de La Habana (ciudad y provincia), en 1938 y 1997, respectivamente;12 del escudo de Sancti Spritus, modificado en 1911,13o el de la misma villa de Guanabacoa, en 1837.14 Sin embargo, en ocasiones no admiten tales modificaciones en tanto se perdera su elemento principal y dejara de ser identificativo: ocurre con las armas de la Repblica de Colombia, donde se muestra el istmo de Panam aunque dicho territorio no pertenece a la actual Repblica de Colombia.15Algo similar ocurre con el escudo de Guanabacoa: si bien el blasn fue concedido en 1743 y en aquella poca el territorio guanabacoense tena salida al mar, por la divisin poltica de 1976 la franja costera qued segregada y convertida en municipio bajo el nombre de Habana del Este. Entonces ya el mar y las torres quedan fuera de la competencia de lo que qued como Guanabacoa, y el escudo podra decirse que no se ajusta semiolgicamente a la realidad. Qu se hace en estos casos? Guanabacoa debe suprimir la faja y el jefe de su escudo de armas y reajustar su escudo de armas a su actual realidad poltico-administrativa? Para responder esta pregunta nos remitimos a dos fuentes: la legislacin y a las costumbres espaolas de los siglos XVIII y XIX, y la naturaleza jurdica de tales concesiones, as como su vigencia en nuestro actual ordenamiento. Un escudo de armas se le concede a la villa a perpetuidad. La concesin real de honores como ttulos nobiliarios y escudos de armas es “para siempre

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161jams”, exista o no una corporacin cvica en el futuro que lo asuma, y dado que el Ayuntamiento de Guanabacoa, durante la actual repblica, no ha confirmado su escudo ni emitido ningn criterio legislativo ni acuerdo de su gobierno con relacin a su uso ntegramente, ello significa que contina reconociendo como vlida y nica la Real Cdula de don Felipe V de 1743. Por tanto, nos atrevemos a exponer algunas conclusiones: 1) El escudo de armas que concede don Felipe V en Real Cdula de 13 de agosto de 1743 es para la villa de Guanabacoa, sean cuales fueren sus lmites geogrficos en el futuro. 2) Teniendo en cuenta la antigedad del escudo y su enraizado reconocimiento como propio de la villa de Guanabacoa, no se recomienda la supresin de los cuarteles que en la actual idad simbolizan elementos que estn fuera del territorio guanabacoense. 3) La corona real al timbre simboliza sometimiento a su majestad el rey de Espaa, y aunque no se ajusta a la actual situacin poltica del pas, es innegable su profunda importancia histrica. 4) El escudo de Guanabacoa debe blasonarse como: en plata, faja de azur cargada de dos torres de oro, mazonadas de sable, y puestas en faja; acompaada (la faja) en jefe de ondas de agua, de azur, y en punta, de una montaa de sinople. Bordura de gules con la inscripcin: “Escudo de Armas de la Villa de la Asumpcion de Guanabacoa por el Rey Ntro. Sor. D. Felipe Qto.”, en letras gticas de oro; al timbre, Corona Real espaola, y como adorno, collar de Carlos III, que debe salir del jefe del escudo, y no de los flancos, como lo hace el diseo reconocido como oficial. 5) La Asamblea Municipal del Poder Popular de Guanabacoa debe establecer el esmaltaje de sus armas por acuerdo, de manera que tenga alcance obligatorio y el territorio se comprometa a respetar el esmaltaje que se establezca por disposicin normativa. 6) La Asamblea Municipal del Poder Popular de Guanabacoa debe promulgar un reglamento para el uso del escudo de armas y promover su empleo en centros docentes dentro del municipio. 7) No existe un escudo oficial en el sentido material de la palabra. Algunos consideran que si el escudo se pinta con otro estilo deja de ser tal. El escudo de armas es un producto subjetivo, que se objetiviza en cada obra plstica o digital que lo contenga. Por tanto, ello demuestra la importancia de definir su descripcin, de forma tal que podamos desterrar el mito del escudo oficial de los vocabularios acadmico y popular. 8) El escudo de Guanabacoa, en tanto fue otorgado por real cdula, an vigente, slo puede modificarse mediante una Ley de la Asamblea Nacional del Poder Popular o un Decreto-Ley del Consejo de Estado. La Asamblea Municipal del Poder Popular no tiene competencia para modificar una disposicin normativa con rango de ley, y por tanto, slo puede limitarse a reglamentarlo. El hecho de que algunos escudos cubanos hayan sido concedidos por reales cdulas y otros por acuerdos de sus respectivos ayuntamientos o asambleas del Poder

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162Popular, demuestra la necesidad de promulgar una Ley de los Smbolos Locales, como existe la de los smbolos nacionales, que armonice todo el sistema simbolgico de nuestras comunidades. La mejor solucin para evitar diferendos entre los dos territorios por causa de sus smbolos, sera que el municipio Habana del Este concediese para s nuevas armas, pues ya no se estila, por desgracia, que los gobiernos municipales incorporen sus condecoraciones en sus armas, como tampoco que el Gobierno central conceda armas a las localidades.16 Para Habana del Este proponemos las siguientes armas: En plata, seis estrellas pentagonales, de azur, puestas en dos palos; en punta, ondas de agua, de azur; bordura de gules con cinco torres de oro, donjonadas y mazonadas de sable. Exornes propios de la Ciudad de La Habana. Las estrellas simbolizan los seis asentamientos poblacionales del territorio, a saber: Camilo Cienfuegos, Baha, Alamar, Campo Florido, Cojmar y Guanabo. El mar es smbolo de la situacin costera del territorio. La bordura en gules simboliza la importancia del deporte y las cinco torres representan las cinco fortificaciones del sistema defensivo de La Habana que se encuentran en Habana del Este, y la corona es portavoz de la pertenencia de dicha regin a un ente ms dinmico y articulado, que es la Ciudad de la Habana. Ambos escudos de armas tienen como esmalte del campo la plata, y una bordura de gules; elementos que los unen en la historia, en tanto Habana del Este originalmente perteneca a Guanabacoa.Collar de la Real y Distinguida Orden Espaola de Carlos IIILa Real y Distinguida Orden espaola de Carlos III fue creada por Real Cdula el 19 de septiembre de 1771 y es tambin conocida como Orden de la Pursima Concepcin.17 Su institucin se debi al nacimiento del infante don Carlos, hijo de los prncipes de Asturias, quien luego reinara en Espaa bajo la nomenclatura de Carlos IV. La orden se instaur para “[…] premiar a sujetos benemritos y adeptos a la Persona de Carlos III”.18El collar de la Orden de Carlos III fue concedido a la villa de Guanabacoa por la reina doa Isabel II, por Real Orden de 21 de abril de 1837. En el momento de dicha concesin la Orden contaba con los grados de: Gran Cruz, Pensionista y Supernumerario. La concesin del collar no significa, sin embargo, que doa Isabel II haya nombrado al municipio miembro de la orden bajo algn grado de los expuestos, sino Armas que se proponen para Habana del Este

PAGE 164

163que como desde el si glo XVI se pona en las armas reales la Orden del Toisn de Oro, al llegar el primer Borbn al trono espaol,19 este puso la Orden del Espritu Santo, de origen francs, en las armas reales, y luego se comenz a poner la de Carlos III en sustitucin de la orden francesa.20Actualmente, la orden tiene cinco grados, segn el Reglamento de la Real y Distinguida Orden Espaola de Carlos III, por el Real Decreto 105/2002, de 11 de octubre, a saber: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Nmero, Encomienda y Cruz. “Las insignias de los Caballeros del Collar consisten en un collar compuesto de catorce torres, catorce leones, siete medallones con la cifra del Monarca fundador, y seis trofeos militares, todos alternados; de una de las cifras pende la cruz insignia de la Orden que consiste en una cruz maltesa de cuatro brazos iguales, de oro, rematados en bolitas de lo mismo, y esmaltadas de azul celeste con los bordes blancos; en entre los brazos, cuatro flores de lis de oro. En el centro de la cruz, un valo de oro orlado de esmalte azul celeste, con una imagen de la Pursima Concepcin en sus colores, segn la conocida imagen de Murillo, conservada en el Museo del Prado. Por remate, una corona de laurel de oro, anudada por un lazo azul celeste. En el reverso, el valo es de esmalte azul celeste con la cifra del Monarca fundador en oro, orlado con la leyenda Virtuti et Merito sobre esmalte blanco”.21Notas1 Don Vicente de Cadenas y Vicent, en su diccionario, dice que jironado es: “Escudo compuesto por ocho jirones de metal y color cuando sus puntas se unen en el centro del escudo. Cuando no llega o pasa de ocho, es preciso indicarlo”.2 El escudo de borinquen es el ms antiguo concedido a un pas de Amrica, todava en uso. La corona concedi escudos independientemente a catorce villas de la Hispaniola, pero ningn blasn a la isla en su totalidad. Es, adems, el nico escudo en el mundo, que tiene como pieza principal al Agnus Dei.3 Espaa renuncia a la soberana cubana por el Tratado de Pars de 11 de diciembre de 1898, celebrado entre el reino ibrico y los Estados Unidos de Amrica. Mediante l fue desmantelado el remanente del imperio colonial espaol a favor del pas vencedor: Puerto Rico, Filipinas e Islas Guam, adems de Cuba, pasaron a la administracin norteamericana.4 La referencia a los ttulos para el Ayuntamiento puede constatarse an en algunos escudos como los de San Juan de los Remedios, que trae la divisa abreviada de “Muy Ilustre”, y el de Sagua de Tnamo con la inscripcin “Ylustre”. El escudo de La Habana traa la divisa de “Muy Ilustre” y “Muy Fiel”, y tambin las armas de Santiago de Cuba, “Muy Noble y Muy Leal”, blasn que estuvo vigente 480 aos, hasta 1978, cuando se sustituye por un nuevo smbolo al que lamentablemente se le impone rango herldico, aunque no lo tiene.5 De la Guardia, Elpidio. Historia de la Villa de Guanabacoa hasta 1946. Insignia de la Orden de Carlos III

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164Remitido al autor por la seora Mara Cristina Pea y Reigosa, directora del Museo Histrico Municipal de Guanabacoa.6 Aunque no pueden existir armas acromticas, en Cuba tenemos el caso del escudo de Quemado de Gines, concebido sin colores. Sera interesante proponer su adecuado esmaltaje al tiempo que se estilice su tipo, ya que se abusa del paisajismo y de la perspectiva.7 El campo del escudo es la superficie delimitada por un contorno, llamado boca, donde se pintan las particiones, piezas y muebles.8 El canon de esmaltaje recomienda que no se debe poner color sobre color, metal sobre metal, ni forro sobre forro.9 Aunque tambin pueden ser de piedra. La herldica, adems de los esmaltes, admite tambin los tonos naturales, como la carnacin, la piedra, el mrmol, etctera. No obstante, no pienso que puedan esmaltarse en piedra sobre oro por cuanto es menos visible, aunque posible.10 La guerra de sucesin al trono espaol comienza en 1700, despus de la muerte de don Carlos II, ltimo rey de la Casa de Austria (Habsburgo). A l le sucede don Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, el Rey Sol. Aunque evidentemente la corona real propia de los Borbones comienza a usarse en Espaa a partir de la entronizacin de esa dinasta en aquel pas. La corona cerrada o diademada se viene usando desde mediados del reinado de don Felipe II.11 Modificado por la Ley N 42 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, promulgada en la Gaceta Oficial de la repblica del 27 de diciembre de 1983. Ver “Los escudos cvicos de Cuba”, ensayo del autor. Indito.12 El 11 de noviembre de 1938, por acuerdo del Ayuntamiento de La Habana, se aprueba oficialmente el escudo de armas de la ciudad de La Habana; como diseo definitivo se oficializa el propuesto a dicha corporacin por el doctor Ezequiel Garca-Enseat, luego de una exhaustiva y rica investigacin a peticin del doctor Emilio Roig de Leuchsenring, historiador de la ciudad. A esta “versin oficial” se le introdujeron algunas modificaciones en relacin con las armas que se venan usando, como por ejemplo, la sustitucin del toisn de oro por las ramas de encina liadas de azur, y la sustitucin de la corona imperial (1909-1938) o la real por la corona mural de la ciudad, adems de fijar la posicin de los castillos y su esmalte; por su parte, en 1997 se restaura el escudo de la provincia de La Habana, pero modificado al sustituir la corona mural de la provincia por los atributos de la repblica. Sin embargo, a mi juicio, el acuerdo del Ayuntamiento no aprueba oficialmente el escudo, slo lo reglamenta, ya que contina estando vigente la real cdula de doa Mariana de Austria, de 30 de noviembre de 1665.13 En esta ocasin se sustituyen los atributos monrquicos por los republicanos y cuatro banderas acoladas.14 Por real cdula de doa Isabel II, de 21 de abril de 1837, se le concede a la villa de Guanabacoa el collar de Carlos III y, por tanto, se agrega el distintivo de la orden a las armas municipales.15 El escudo colombiano es tambin un terciado en faja. El istmo de Panam se segrega de Colombia y se proclama repblica independiente en 1903, aunque no es hasta 1928 que Colombia reconoce su independencia. El escudo de armas, sin embargo, es anterior a la secesin panamea y conserva tal porcin, aunque ya no pertenezca a la repblica colombiana. An as, el escudo de Colombia sigue siendo vlido e identificativo. El escudo panameo mantiene el contorno helvtico de su progenitor y marcadas influencias de la “Segunda Madre Patria”.16 La ciudad de Santiago de Cuba recibi el ttulo de Hroe de la Repblica, es, por tanto, la Ciudad Herona, nica en Cuba con tal ttulo, y sin embargo no trae la insignia en sus armas falsas.17 Porque es la figura que se muestra en el distintivo de la orden.18 Fuente: www.blasoneshispanos.com19 Por la guerra de sucesin espaola se produce el pacto de familia, a partir del cual la casa real francesa pasa a reinar en Espaa con Felipe de Anjou como soberano bajo la nomenclatura de Felipe V.20 En Cuba pueden verse escudos reales espaoles con la Orden del Espritu Santo, que pueden orientar en tiempo sobre la construccin de la edificacin y corroboran nuestra tesis. Por ejemplo, en la fachada del Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad, aparecen las insignias de las rdenes

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165del Toisn de Oro y del Espritu Santo. La sustitucin de una orden propia de Espaa por la de origen francs da una medida de la entronizacin de la dinasta borbnica en Espaa. Actualmente, el escudo del reino espaol trae sobre el todo un escusn de azur con tres lises de oro en tringulo y bordura lisa de gules; la bordura se coloca por ley de brisuras y simboliza el nacimiento de una nueva casa.21 Ver: www.blasoneshispanos.comBibliografa ARISTA-SALADO Y HERNNDEZ, MAIKEL. Los escudos cvicos de Cuba. Mencin en el Premio Nacional de Investigacin Cultural 2006, del Centro de Investigacin y Desarrollo de la Cultura Cubana. 2005. Indito. CADENAS Y VICENT, VICENTE DE. Diccionario Herldico: trminos, piezas y figuras usadas en la ciencia del blasn. Instituto Salazar y Castro, 1988. Versin digital. Gaceta Oficial (La Habana) (19022006) HARTEMINK, RALF. www.ngw.nl ORTA Y PARDO, RAL JESS. Manual bsico de vexilologa. Venezuela, 2002. _______. Curso introductorio a la Herldica “Don Enrique Mendoza Soler”. Foro Heralatin. Colegio Latinoamericano de Simbologa. Venezuela. 2004. Entrevistas y consultas: Doctor Avelino Vctor Couceiro y Rodrguez, especialista en Estudios Culturales de la Direccin Municipal de Cultura de Plaza de la Revolucin. Licenciada Mara Cristina Pea y Reigosa, directora del Museo Histrico Municipal de Guanabacoa. Licenciado Ignacio Koblischek y Zaragoza, diplomado en Herldica, Genealoga y Nobiliaria. Sevilla, Espaa. Licenciado Antonio Nieto Carnicer, heraldista y falerista. Sevilla, Espaa.

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166 C eibas, palmas, yagrumas, caobas y majaguas; caa, batey, sinsonte, guardarraya; mangos, guayabos y totes, zunzunes y sinsontes, los vocablos que hoy nos resultan familiares para nombrar nuestra naturaleza, los rboles, las aves que pueblan nuestros campos y el fruto del quehacer humano en nuestra tierra, esos mismos vocablos en los que suena el eco de primigenias voces aborgenes, fueron nuevos, recin hallados en algn momento por los poetas criollos que comenzaban a pensar en cubano y a sentir la necesidad de “inventar” una Cuba que ya llevaban dentro. Aquellos poetas, como Adn al inicio del inicio, como Eliseo en la calzada de Jess del Monte, fundaban al nombrar, creaban un nuevo espacio de palabras para una realidad distinta de la que apareca en la literatura de la metrpoli, esa realidad mgica, exuberante y tropical, virgen como el Edn del Gnesis, y como l a la espera de ataviarse con galas de poesa. Aquellos montes tan altos, tan verdes, tan redondos, tan ondulantes, cuyos espessimos follajes, agitados siempre por el aliento de los mares, bajan ms bien que suben rendidos por el peso de los frutos, semejando cataratas de nctar entre globos de esmeraldas; aquellos rboles gigantescos, con ms flores que hojas, y ms frutos que flores, y ms pjaros que frutos, que la admiracin contempla como personajes fantsticos de una le yenda mgica, que empiezan en rbol y terminan en ave de cien alas y cien cantos distintos; aquellas columnatas de palmeras, altsimas, todas iguales, Los poetas bayameses del XIX y la “invencin” de Cuba Olga Snchez GuevaraInvestigadoraEl hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo... GNESIS 2, 20 Y nombrar las cosas, tan despacio que cuando pierda el Paraso de mi calle y mis olvidos me la vuelvan sueo, pueda llamarlas de pronto con el alba. ELISEO DIEGO, “Voy a nombrar las cosas”

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167tan simtricas, tan repetidas, dibujndose sobre todos los horizontes [...] y aquel rumor, aquella sinfona interminable que empez el da de la creacin, msica grave y severa en el mar, en el ro, en el interior de la tierra, que palpita ms risuea en la frondosidad de los bosques, ms suave entre los tallos de los caaverales, ms jubilosa en las cumbres acariciadas por el viento, ms variada y vital en las bandadas de aves que forman nubes, o ms bien diversos iris de colores infinitos en las ltimas regiones del ter; aquella vida que empieza en tan escasa porcin de tierra y llena todos los cielos; todo all est cantando: ¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! El pasaje anterior aparece en esa joya para biblifilos que es la Flor oculta de poesa cubana (siglos XVIII yXIX), antologa prologada y comentada por Cintio Vitier y Fina Garca Marruz, y es un fragmento de “Las Antillas”, texto de Tristn de Jess Medina originalmente publicado en La Habana Literaria el 15 de enero de 1893. Sobre los sonetos de Medina escriba Jos Lezama Lima en el prlogo a su Antologa de la poesa cubana (1965): “Nada anterior en nuestra literatura existe que se le pueda comparar [...]. No se busca una musicalidad, un halago de los sentidos, las palabras se descargan por su energa, por su agrupamiento, brusco y sorpresivo”. Al citado pasaje de “Las Antillas”, descripcin de un paisaje tan cercano a lo que mucho despus se llamara realismo mgico, pudieran aplicrsele tambin esos criterios de Lezama. Injustamente olvidado, ms conocido por sus narraciones que por su poesa, Medina es, sin embargo, un nombre insoslayable en el panorama potico del XIXcubano. Como se sabe, esa centuria es un perodo clave para la formacin de una conciencia nacional, que empezara por exigir a la metrpoli moderadas reformas, y culminara en el separatismo que condujo a las guerras por la independencia, a finales del propio siglo. Desde dentro y desde fuera de la isla, en el proceso de afirmacin y consolidacin de esa conciencia nacional, se va afianzando a lo largo del XIX la expresin del sentimiento de cubana en la prosa y la lrica, tambin mediante la identificacin de elementos de la naturaleza (que ms adelante se convertiran en smbolos, como las palmas o las flores de las mariposas) con las aspiraciones independentistas que animaron la escritura de tantos poetas de la poca. Otros han estudiado ya el devenir de esas simbologas, y las poticas que les dieron origen. Aqu nos limitamos a una breve mirada a la vida y la obra de algunos poetas bayameses, relacionados entre s por su lugar de nacimiento y por su ligazn ms o menos estrecha con nuestras luchas independentistas, as como por la curiosa coincidencia de ser en la actualidad, salvo en el caso de Zenea, autores poco frecuentados. Jos Fornaris, nacido en Bayamo en 1827, estudi en su ciudad natal y despus en Santiago de Cuba y La Habana, y sufri prisin por sus actividades conspirativas contra la dominacin espaola. En 1853 se gradu de abogado en Puerto Prncipe. Con Carlos Manuel de Cspedes y Adolfo del Castillo, fue coautor de la cancin La bayamesa,

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168la cual se convertira con el tiempo en emblema de cubana, y que fue interpretada por primera vez junto a la ventana de la joven Luz Vzquez y Moreno a manera de serenata. Su libro Cantos del siboney (1855) afirm una corriente literaria muy popular en su momento, denominada sibonesmo o siboneyismo, cuyo tema fundamental era la vida de los primitivos habitantes del pas, y su simbolismo revolucionario es aceptado hoy mayoritariamente por la crtica literaria. Con Joaqun Lorenzo Luaces, Fornaris recopil y edit en 1859 Cuba potica. Coleccin escogida de las composiciones en verso de los poetas cubanos desde Zequeira hasta nuestros das una de las primeras antologas de la poesa cubana, si no la primera. Fornaris viaj por Espaa, Francia e Italia en 1870; muri en La Habana en 1890. En sus poemas “La madrugada en Cuba” y “Las palmas”, la enumeracin de vocablos con evidente resonancia criolla sirve a la creacin de un ambiente o peculiar atmsfera que refleja el paisaje cubano y lo caracteriza. “La madrugada en Cuba” (Fragmentos) ¡Cmo reluce en las hojas la luna de madrugada! Sobre los verdes guayabos tiende el perico las alas, que parecen con la luna abanicos de esmeralda; de revoltosos totes las negras plumas resaltan, como ramas de azabache sobre los mangos y jaguas. En el cafetal vecino, por todas las guardarrayas, del africano guardiero suena la rstica flauta; tenor campestre, el sinsonte sus trinos de amor ensaya; seduce con blando arrullo la trtola enamorada; [..........] y en el batey canta el gallo precursor que anuncia el alba. “Las palmas” (Fragmentos) Yo vi la frondosa ceiba en las extensas sabanas, vi los jobos y los cedros en medio de las montaas, vi las soberbias caobas como reinas soberanas, vi a la margen del arroyo los mangles y las majaguas a cuya sombra apacible vistosas aves cantaban [..........] Pero son an ms hermosas las aborgenes palmas que se mecen en los campos de mi Cuba idolatrada. [..........] Quin no las ama? Yo, triste, lejos de mi dulce patria, del Sena por las orillas clamo por su sombra grata. No veis? Sucumbir me miro lejos de aquellas caadas; blancos tengo mis cabellos y ya sin ardor el alma. ¡Ah, cuando muera, llevadme bajo el cielo de mi patria, y arrulle mis restos fros la msica de mis palmas! La “msica de las palmas” (no en vano llamadas “aborgenes” por el poeta), con la que cierra el poema de

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169Fornaris, encuentra eco en los “msicos palmares,/ nuestros lades silvestres” del poema “Tristeza”, de Juan Clemente Zenea. Nacido en Bayamo en 1832, se dio a conocer como autor en el peridico habanero La Prensa ; en 1868 se traslad a los Estados Unidos y en 1870 regres a Cuba en circunstancias ambiguas, pues se dice que traa dos misiones: una de la Junta Cubana en Nueva York y otra del gobierno espaol, que propona a los insurrectos la autonoma a cambio de la capitulacin. Fue detenido y fusilado por los espaoles en La Habana, tras ocho meses de prisin, el 25 de agosto de 1871. “Tristeza” (Fragmentos) Aqu las hojas de invierno de las ramas se desprenden, ¡cuando en mis campos natales todas las plantas florecen! Con velo oscuro de niebla aqu el aire se ennegrece, ¡y en tanto un cielo sin nubes sobre mi Cuba se extiende! [..........] busco en tierra hospitalaria lo que nadie darme puede. Busco mi casa paterna. y en las madreselvas verdes los nidos de golondrinas en grietas de las paredes; y los msicos palmares, nuestros lades silvestres, y aquellas caas de azcar que gimen si se estremecen. Busco el sol de las Antillas, busco aquel astro esplendente que inunda en bao de oro toda la esfera celeste. [..........] Busco el susurro del Cauto, del San Juan las ondas tenues, y ms que todas querida, voz del Almendar solemne: te busco a ti, mi adorada, y busco sobre tu frente rayos de luna en la noche, luz del sol cuando amanece. Tambin Jos Joaqun Palma (Bayamo, 1844-Guatemala, 1911), tenido en alto aprecio por Jos Mart, recuerda desde el exilio las “palmas que lloran”, en sus versos “A Amalia”. Palma fue uno de los primeros redactores de El Cubano Libre y fundador, con Francisco Maceo Osorio, del peridico La Regeneracin donde se dio a conocer como poeta. Se levant en armas en 1868, y fue hombre de confianza de Carlos Manuel de Cspedes. Durante la toma de Bayamo ocup el cargo de regidor del Ayuntamiento libre, y present con Ramn Cspedes Borrero una mocin a favor de la abolicin de la esclavitud. En 1878 sali

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170de Cuba con el propsito de recaudar fondos para la causa cubana, misin que lo llev a recorrer numerosos pases del continente. “A Amalia” (Fragmentos) Qu somos?... Aves viajeras, tristes, enfermas, perdidas, por los vientos impelidas a estas playas extranjeras. De nuestras patrias riberas los recuerdos nos encantan y en el alma se levantan quejas que nos enamoran de aquellas palmas que lloran, de aquellas fuentes que cantan. Aunque el hado lisonjero aqu nos prest su asilo, quin podr dormir tranquilo bajo un rbol extranjero? ¡Amalia! Nuestro sendero lo alumbra un astro fatal; no habr alivio a nuestro mal, pues nos faltan, ¡oh, Dios mo!, murmurios del patrio ro, auras del pueblo natal. En el prlogo de la ya citada antologa Flor oculta de poesa cubana dice Fina Garca Marruz: “Visto desde la perspectiva del destierro, [el paisaje] se fue llenando de lejanas: es lnea que va de ‘las palmas, ay’ de Heredia a ‘los tristes’, ‘los mgicos palmares’ de Mart. La palma se fundi con la imagen de la mujer y la imagen de la patria. No por su profusin en la isla, nicamente, sino por su forma misma: esbelta, erguida, sola”. Como en el paisaje cubano, la imagen sigue repitindose en el tiempo, ora en la “Palma sola” de Nicols Guilln, ora en el 124 de los Poemas sin nombre de Dulce Mara Loynaz, que llama a Cuba “Diana libre y diosa, que no quieres ms diadema que la luna; ni ms escudo que el sol naciente con tu palma real”. En rsula Cspedes de Escanaverino se anan el gesto romntico y la sensibilidad femenina atenta a la marginacin de la mujer en su tiempo, reflejada en “La bayamesa pensativa”, y la contemplacin deleitosa de la naturaleza, no exenta de fino humorismo, expresada en poemas como “El Bibirib”. Ursula Cspedes naci en la finca Guajacabito, en Bayamo, Oriente, el 21 de octubre de 1832. Recibi la instruccin primaria en su casa, y aprendi msica y francs. En el prlogo a Ecos de la selva Carlos Manuel de Cspedes dice que rsula Cspedes se cas el 4 de diciembre de 1857 con “[…] el joven poeta Don Gins Escanaverino de Linares, que se hallaba entonces de redactor de La Regeneracin y a quien conoci en la villa del Escambray, y en junio del siguiente ao obtuvo del Gobierno Superior el ttulo de Maestra de instruccin primaria. Pensionada por el Ilustre Municipio, abri una Academia de nias que puso bajo la advocacin de Santa rsula”, en Bayamo. La pareja residi tambin en La Habana (1863-1865) y en Pinar del Ro, donde l fue director de una escuela y ella trabaj como maestra. Muertos sus hermanos y preso su padre en la guerra del 68, y para huir de la persecucin contra los insurrectos y sus familias, rsula se traslada con su esposo a Santa Isabel de las Lajas, donde fallece la poetisa el 2 de noviembre de 1874. Poemas suyos aparecieron en publicaciones como La Regeneracin de

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171Bayamo, La Antorcha de Manzanillo, y en revis tas y peridicos de otras provincias cubanas, as como en La Moda Elegante de Cdiz, Espaa. Firm tambin como La Serrana y con un seudnimo masculino, Carlos Enrique Alba como lo hicieron, en busca de un reconocimiento negado por entonces a la mujer, otras escritoras de su siglo (las Bront en Inglaterra o George Sand en Francia). Su libro de versos Cantos postreros fue publicado pstumamente por su esposo en edicin privada. Una antologa de sus poemas vio la luz en La Habana en 1948, bajo el ttulo Poesas “Las mariposas del alba” De prpura, azul y nieve, como las flores, galanas, recin nacidas despiertan las mariposas del alba. Todos los cfiros suenan, todos los pjaros cantan, todas las aguas murmuran, se mecen todas las ramas. [..........] As amaneci en mi vida, fresca y pura, una maana, realizacin venturosa de los sueos de la infancia. Llegaba a todas las fuentes para desdear sus aguas: porque la sed que senta ninguna fuente apagaba. Pero llega el medioda, el sol mis campos abrasa y mueren todas mis flores, todos mis cfiros callan... Vuelvo los ojos al cielo, y pliego triste las alas, para morir como mueren las mariposas del alba. “La bayamesa pensativa” (Fragmentos) Y cuando mira de algn ave [el vuelo, Cuando el viento susurra entre [las hojas, Cuando lucen algunas nubes rojas En el inmenso y azulado cielo, Cuando un canto montono [y sombro Traen las brisas nocturnas [a su odo, Cuando gime la trtola en su nido, Cuando murmura mansamente [el ro, Le tiembla el corazn; alza [la frente, Y al fijarse sus ojos en el cielo, Ve cruzar su visin en raudo vuelo Por el brillante y sonrosado [ambiente; Pero ¡ay! Que es ilusin [del pensamiento Que la razn o la verdad [desmiente, Y slo quedan en su joven frente Negras sombras de amargo [desaliento. “El Bibirib” (Fragmentos)Al CucalambCuando yo tuve razn Y me trajeron aqu Del campo a la poblacin, Mi primera sensacin La hall en el Bibirib.

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172Las lluvias haban logrado Hinchar las aguas del ro. Que se encrespaba irritado, Y del charco an ms hinchado Era el azul ms sombro. [..........] Yo ansiaba que mi boho Se alzara cerca de aqu, Y sin temerle al roco Bajar de maana al ro Buscando el Bibirib. [..........] Sucedime que logr Tener mis lares aqu, Y ahora diera no s qu Por ver al Cucalamb Al pie del Bibirib. Ese que form de yaguas Su choza frente al Cayojo, Cuyas cristalinas aguas Preservan del sol las jaguas Y las matas del corojo. Dime, poeta que aclamo Como el indio a su Sem, Si yo desde aqu te llamo T no vendrs a Bayamo A ver el Bibirib? Ven a cantar, que t cantas Tan dulce como el sinsonte, Y cuando la voz levantas Disminuyes y agigantas Las nubes del horizonte. [..........] Deja tus lares y ven A or cantar al sij En mi choza de bamb, Que yo he vivido tambin All donde vives t. “Aunque nuestro apellido es uno mismo, el parentesco es tan remoto que se aparta en los primeros tiempos de la conquista de esta isla, ligndonos nicamente una sincera amistad de que no puedo dejar de vanagloriarme”, refiere tambin Cspedes en el prlogo a Ecos de la selva Carlos Manuel de Cspedes y del Castillo (Bayamo, 1819-San Lorenzo, 1874), licenciado en leyes, fue la figura mxima del Grito de Yara. Designado presidente de la Repblica en Armas por la Asamblea de Guimaro en 1869, y depuesto en 1873, se retir a San Lorenzo, en la Sierra Maestra, donde cay combatiendo el 27 de febrero de 1874. Su intensa actividad poltica y militar no le impidi desempearse ocasionalmente como periodista, traductor literario y poeta. “La mariposa” (Fragmentos) Volando va ligera la linda mariposa, brillando sus alitas al sol que las colora. De prpura y de oro sin cuidado se adorna, y envidiaran los reyes de su sien la corona. [.......] Ya va sobre un rosal a acariciar las rosas; mas le abandona luego por la triste amapola. Ya bebe en la laguna de cristal que no toca, temiendo que sus aguas sus alas descompongan. Ya por el aire vano se lanza bulliciosa, y enamorado el sol la besa y tornasola;

PAGE 174

173y la convierte en zfiro, y en palo la torna, o un diamante la finge que el espacio azul corta, baja a la tierra rpida, sin tino gira, loca, mas con arte se burla del nio que la acosa, ya de l parece que huye, ya vuelve y le provoca, y de sus blandas alas el rostro ya le roza; ya de vista la pierde, que al cielo se remonta, ya la cree en su mano y el aire slo toca... Resulta interesante la afinidad entre los poemas “Las mariposas del alba” y “La mariposa”, que si bien difieren en el tono (nostlgico el de rsula, ligero y risueo el de Carlos Manuel), acortan la distancia que parecera separar al ilustre hombre pblico y a la sencilla maestra de escuela. Con los versos de ambos concluye este mnimo acercamiento a la poesa bayamesa del XIX. El vnculo ms fuerte que identifica a todos estos poetas es el afn de cubana, esa bsqueda o “invencin” de Cuba y lo cubano que, sin embargo, no se inicia en ellos ni a ellos se limita, sino que se remonta hasta la “Oda a la pia” de Manuel Zequeira y la “Silva cubana” de Rubalcava, y tiene a uno de sus exponentes mximos en Jos Mara Heredia (“las palmas, ¡ay!”), sin excluir a otros autores de distintas regiones de la isla. Valgan estos apuntes, y los versos elegidos como ejemplos, para recordar una poesa cuya raz se afianza en el suelo cubano al que canta y describe. Bibliografa FEIJ"O, SAMUEL. Romances cubanos del siglo XIX. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1977. Instituto de Literatura y Lingstica. Diccionario de la literatura cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1984. _______. Historia de la literatura cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2005. t. 1. ROCASOLANO, ALBERTO. Invitados de la luz (antologa de poesa cubana). La Habana: Editorial Gente Nueva, 1990. VITIER, CINTIO Y FINA GARCA MARRUZ. Flor oculta de poesa cubana (siglos XVIII y XIX). La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1978.

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174 Era Fulgencio Batista valiente? Newton Briones MontotoHistoriador F ulgencio Batista ocup la presidencia de la repblica en dos ocasiones. Sumadas ambas, hacen un total de diecisiete aos; sin embargo, son an desconocidos aspectos de la vida de un hombre que gravit en la historia de los cubanos por un perodo de tiempo tan largo. Para muchos, todava no tiene explicacin una carrera tan meterica: ascendi de sargento a coronel, despus a general y por ltimo a presidente. Y surgen una interrogante: Qu elementos propiciaron la vertiginosa escalada de un sargento desconocido a tan alta cima? El escritor francs La Bruyere dijo: “En el mundo hay dos medios para elevarse, o por la propia industria, o por la imbecilidad ajena”. En el caso de Batista, uno podra preguntarse si intervinieron factores como la suerte, la inteligencia, el valor o todos a la vez. Su inteligencia no admite discusin. Nadie que no tenga dos o ms dedos de frente puede haber alcanzado lugares tan prominentes y sostenerse durante tanto tiempo en la cspide del poder. Batista sobrepasaba en inteligencia a muchos de sus compaeros de lucha, y los aventajaba, adems, por tener menos escrpulos que ellos. Su falta de miramiento se confirm cuando hizo alianza con el representante de los Estados Unidos y perdon a los militares comprometidos con el dictador Gerardo Machado. Entre las causas de su ascenso, slo quedan por analizar la suerte y el valor. Mucho han escrito filsofos e historiadores sobre la suerte o la fortuna. Los que han encomendado su vida a ella, sin hacer nada ms, quedan despojados de casi todo cuando desaparece la coyuntura favorable. Sin embargo, quienes se trazan un objetivo, persisten y se ajustan a la direccin de los tiempos, consiguen sus propsitos. Batista, desde joven, tena una meta: prosperar y ascender sin importarle los medios. Quizs su infancia, amenazada por el hambre, y un padre de carcter difcil y poco preocupado por la familia, lo hayan inducido a buscar un objetivo para aliviar los sentimientos de inseguridad y desgracia. Predominaba en l su necesidad de tener y de ser. Aunque su educacin –familiar y social–, escasa en valores, no le inculc sentimientos altruistas, s aprendi que prometindoles a los dems poda alcanzar sus deseos de tener y de ser. Muchas veces debe haberse preguntado cmo ascender en la vida militar o poltica. Para abrirse camino nicamente contaba con su inteligencia, astucia y falta de escrpulos. No posea una veleta para determinar la direccin del viento, ni mucho menos un aparato de la era moderna o Sistema de Posicionamiento Global, conocido como GPS, para saber adnde ir. Predominaban en l su inteligencia y astucia, pero no el valor. Lo anterior puede confirmarse repasando tres importantes captulos de su

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175vida. El primero de ellos, su participacin en los sucesos del 4 de septiembre de 1933; el segundo, el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, y el tercero, su huida el 31 de diciembre de 1958. Veamos los antecedentes del 4 de septiembre. Batista se caracteriz desde joven por una bsqueda incesante de mejorar. Su entrada en el Ejrcito, el 14 de abril de 1921, no result diferente de sus actividades anteriores. Incursion en otros campos ajenos a la actividad militar; meti la cabeza en diversos proyectos econmicos, desde un puesto de vianda hasta la venta de joyas. De aqu surgi la famosa leyenda del anillo con piedra de amatista que ostentaban sus amigos en la poca en que ocup la presidencia. Durante los aos iniciales en el Ejrcito, mantuvo su instinto de superacin y busc la manera de llevarlo adelante. Se hizo taqugrafo el 17 de agosto de 1928, y despus consigui trabajar en el Estado Mayor, posicin que le dio oportunidad de codearse con oficiales de alta graduacin y conocer las interioridades jurdicas y del sistema. Imparti clases de taquigrafa como una manera de ganar dinero. Era de los pocos que tenan automvil, aunque como resultado de haberse ganado la lotera. Hasta ese momento no haba sido necesario mostrar valor para conseguir prosperidad. Las reglas del juego en ese tiempo estaban bien delimitadas. Todo estaba ya repartido, y para ascender dentro de la carrera militar era necesario contar con el apoyo de alguien en la escala superior. Al no tener un padrino, slo le quedaba la superacin con el esfuerzo propio. Pero la situacin cambi a partir del 12 de agosto, cuando el rgimen del presidente Machado fue derrocado. Entonces apareci la oportunidad de ascender con mayor rapidez y dejar atrs los exiguos grados de sargento que brindaban tan pocos beneficios. Batista debe de haber olfateado el aire como un lobo a su presa. La casta militar comprometida con Machado perdi su autoridad moral. Los pocos oficiales del gobierno no se atrevan a tomar una decisin drstica ante la indisciplina por temor a ser acusados de machadistas. Las probabilidades de represin por parte del nuevo gobierno eran escasas, por haber sido nombrados de dedo sus representantes. Los cuerpos represivos, que tan importante papel haban jugado, ahora estaban ausentes, y el nuevo jefe del Ejrcito, Julio Sanguily, estaba operado de lceras. El vaco descubierto le mostr la inmensa posibilidad de ascender que se presentaba, lo cual confirm as su inteligencia. Un movimiento de sargentos y clases decidi aprovechar la coyuntura para reclamar mejoras econmicas y organizarse en un pequeo grupo. No haba nada que temer. Quizs por eso Batista se present en el cementerio para hablar sobre uno de los militares muertos durante la lucha contra Machado. Esta accin le vali para ser incorporado al incipiente grupo que se organizaba. Ninguna de las dos acciones, hablar en el cementerio y aceptar integrar el grupo, conllevaba ningn riesgo personal. Ambas se ajustaban a la direccin de los tiempos. La accin lo pona en la trayectoria correcta. Slo era cuestin de tiempo y de persistir en los reclamos de ndole econmica y an no poltica. Para llevar a cabo sus propsitos, de cidieron

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176convocar a una reunin en el campamento militar de Columbia donde expondran en voz alta sus peticiones, con la autorizacin de sus escasos y desmoralizados superiores. El da previsto para la reunin, el 4 de septiembre, los visit el capitn Torres Menier, el cual les pidi conocer por escrito sus peticiones. Ellos prometieron entregarlas ms tarde. La persona que le hizo frente a la peticin del capitn Menier fue Batista, y al pensar que aquello era una trampa, se alej del campamento en direccin a su casa en la esquina de Toyo. Cuando comprob que su temor era infundado, regres a Columbia. Ese mismo da, despus de las ocho de la noche, comenz la histrica reunin en el campamento. Se hicieron peticiones econmicas y reclamos sobre la vestimenta que utilizaban. Y fueron ms all de las pedestres peticiones, al cursar rdenes a los distintos puestos militares para que los sargentos ocuparan la jefatura de las guarniciones. Los oficiales entregaron los mandos sin disparar un tiro, puesto que carecan de autoridad moral. Esto confirm su visin anticipada del momento, al lograr algo en apariencia imposible: la rebelin de los sargentos contra los oficiales. Durante la reunin comenzaron a llegar militantes revolucionarios de otras organizaciones opuestas con anterioridad a la dictadura del ex presidente Machado. Uno de los estudiantes sugiri darle un carcter poltico al naciente movimiento y evitar que fuera considerado como una insubordinacin castrense. Con tales fines fue aceptado el programa de l Directorio Estudiantil. La idea inicial de los sargentos result complementada con la de los estudiantes, as, ambos se beneficiaron de la unin para llegar al poder por va directa. A partir de entonces, el incipiente grupo de sargentos y estudiantes se consider con suficiente autoridad como para pedirle su renuncia al recin estrenado presidente. En sustitucin, nombraron a cinco personas. Sin embargo, los oficiales que an quedaban en el Ejrcito se negaron a aceptar la jefatura de los recin estrenados sargentos. Durante algunos das, dicho cuerpo militar se encontr acfalo. Para llenar este vaco se decidi nombrar a Batista como jefe, con los grados de coronel, colocndolo en la posicin que nunca se haba imaginado. Era este el resultado de haberse trazado una meta, persistir en el empeo y ajustar la direccin de acuerdo con el estado del tiempo. En la historia de Batista, ese 4 de septiembre es el da de mayor riesgo en su vida y, como se ve, no exista peligro alguno. Pero un hecho solo no puede caracterizar el valor de una persona. Veamos otros ejemplos que pudieran ilustrar si era o no un hombre valiente. ******* En 1944 sali electo presidente Ramn Grau San Martn. El presidente saliente, Fulgencio Batista, tena previsto realizar una gira por Amrica. Una vez concluido su viaje por el nuevo mundo, expres intenciones de volver a la isla. Grau no se lo impidi, aunque le advirti que su guardia personal sera elegida por l. Ante tal decisin, Batista desisti en su intento de retornar mostrando as que cuando el peligro asomaba, no corra el menor riesgo. No obstante, demostr su ingenio al

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177convertir el revs en algo beneficioso para su imagen poltica, presentndose como un exiliado poltico. Su exilio dur cuatro aos, y desde el instante en que abandon el pas, comenz a ser negado y atacado por muchos ex colaboradores y beneficiarios directos de su gobierno. Su original idea de regalar anillos con piedras de amatista tambin atraves por el reino de las ingratitudes. Algunos de esos antiguos amigos se despojaron de ella y otros las vendieron o empearon en las casas dedicadas al giro de prstamos sobre joyas. Sin embargo, con el tiempo y sin proponrselo, el gobierno de Grau le regal a Batista una imagen beneficiosa para su biografa poltica: lo visti con el traje del desterrado. Le faltaba a Batista, en su agitada biografa, la nota melanclica, nostlgica del condenado. Entonces decidi utilizar la prenda regalada por Grau para las elecciones de junio de 1948. Ello le dio al ex presidente un matiz de emocin, de afecto popular. Se postul como senador por la provincia de Las Villas, y amag con regresar para intervenir en la campaa electoral, pero desisti del propsito, pues estaba en pie la advertencia de Grau San Martn de no impedir que la justicia actuara contra l. Exista una causa incoada por las irregularidades cometidas con los crditos para el dragado de las puertos de Crdenas e Isabela de Sagua. Batista apareca incriminado como autor, con suficientes indicios de responsabilidad criminal. Antes de realizarse las elecciones de junio de 1948, uno de los postulados, Carlos Pro, le envi un mensaje en donde deca que le guardara consideraciones inherentes a su elevado rango de ex jefe del Estado si sala presidente. Quera que durante su mandato no hubiera exiliados polticos o ciudadanos impedidos de vivir en su patria. En realidad, lo que se esconda detrs de esta generosa decisin era evitar que Eduardo Chibs, lder de un partido, se disputara el protagonismo poltico con Batista. Divide y vencers, era la sntesis de la decisin. Se realizaron las elecciones y sali electo Carlos Pro como presidente y Fulgencio Batista como senador. A pesar de toda la garanta brindada por Pro, Batista quera garantizar hasta lo infinito su proteccin. Adems de tener la inmunidad parlamentaria como senador, recab del presidente otras consideraciones. Pidi ms garantas y este le cedi a dos sargentos, Fonticoba y Clausel; pero insisti en que se le permitiera contar con soldados de su confianza y tambin le aceptaron la peticin. Una vez ms no corra peligro, y de nuevo supo utilizar la nueva oportunidad que le brindaban, cubriendo el hecho con el manto del desinters. Con su voz engolada explic a la prensa: “Vuelvo para afrontar la situacin y darme a m mismo las garantas necesarias, pues mi deber con mi patria lo demanda”. Regres a su residencia, Kuquine, construida durante su mandato presidencial de 1940-1944. La entrada pareca ms un cuartel que una morada campestre. Desde all poda atisbar el panorama nacional con la misma facilidad con que contemplaba la vegetacin exuberante y los pastos siempre verdes de sus alrededores. Ahora su etapa en Cuba estaba dedicada a encontrar la oportunidad de volver a ser para poder tener. Por eso

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178se ocupaba de darle forma a un partido con el cual pretenda retornar a la mxima posicin. En las elecciones que se celebraran en junio de 1952, tendra como candidato opositor al lder del Partido Ortodoxo, Eduardo Chibs, a quien todas las encuestas daban como la figura de mayores posibilidades electorales. Entre Chibs y el candidato del Partido Autntico, an por escoger, se decidira en las elecciones el futuro presidente. Batista quedaba relegado al tercer lugar en las encuestas. Cuando quedaban menos de ocho meses para efectuar los escrutinios, un hecho aparentemente sin importancia modificara todo el escenario. Una disputa entre el Ministro de Educacin del gobierno de Carlos Pro y Eduardo Chibs actuaba como detonante. El lder del Partido Ortodoxo acusaba a Aureliano Snchez Arango de haberse robado el dinero del desayuno escolar. Durante dos meses seguidos, la disputa entre los dos hombres se mantuvo en los cintillos de los peridicos. Cuando Chibs no pudo probar que Aureliano haba robado, no tuvo otra alternativa que darse un tiro. Quince das despus mora y el escenario poltico se modificaba de manera sustancial. Batista, que se mantena atento a los vaivenes del espectro electoral, comprendi que este era su momento. Ahora o nunca, debe de haberse planteado si quera volver al puesto que tanto ambicionaba. Su principal contendiente poltico acababa de morir y el gobierno se encontraba en un estado de incertidumbre total. Las acusaciones hechas por Chibs durante dos aos y medio haban debilitado la aceptacin del gobierno de Pro. A su vez, estaba en marcha una conspiracin de militares y civiles. A Batista se lo haban insinuado algn tiempo atrs, pero l se haba abstenido de actuar. Consider en aquel momento que tendra oportunidades en las elecciones. Pero antes de que Chibs se diera el tiro, ya Batista saba que no tendra esa oportunidad. Si quera llegar a la presidencia, no tena otra opcin que dar un golpe de Estado. Se comenzaron los preparativos y en la madrugada del 10 de marzo emprendi su ejecucin. Antes, se garantiz a s mismo todas las seguridades posibles. Durante su traslado de Kuquine al cuartel de Columbia, estuvo apoyado por carros de la Polica. En el reducto militar lo esperaban, entre otros, el jefe de las postas de acceso al campamento y estaba avisado el jefe de la compaa de tanques. No obstante, cuando se acercaron a Columbia hizo detener la marcha, se cambi de carro y decidi entrar por otra posta, donde ya era esperado. El momento de ms peligro se produjo cuando solicit el jacket de cuero. Desde haca mucho tiempo tena una confianza extrema en esa prenda. Por eso, cuando se sinti seguro, algn tiempo despus, lo envi para el museo Bacard de Santiago de Cuba y puso a tres soldados a hacerle guardia. Con l crea haber evitado situaciones difciles, aunque nunca haba sido utilizado en ninguna accin donde hubiera en el medio intercambio de disparos. Uno de los ayudantes se confundi y en lugar del jacket le dio un pantaln. El general trat de ponrselo, hasta que se convenci de que no era la prenda solicitada. En el empeo pudo haberse desnucado, al tratar de

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179acomodar a su cuerpo a la supuesta prenda de vestir. No hubo en la toma del campamento ni un solo disparo. Una vez ms el general, como siempre, se haba asegurado de no correr peligro y as evitaba demostrar su valor. ******* Durante siete aos, Fulgencio Batista gobern el pas, desde el 10 de marzo de 1952 hasta el 31 de diciembre de 1958. En todo ese tiempo tuvo oportunidad de demostrar su valor para defender sus intereses ms preciados, su dinero y la permanencia en el poder, a diferencia de sus adversarios, que mostraron desde los primeros momentos de su ascenso al poder derroche de coraje y valor. La oposicin inicial de los estudiantes de la Universidad, y despus del Movimiento 26 de Julio, hizo que su rgimen dictatorial se tambaleara. Fue sometido a duras pruebas por sus oponentes, desde manifestaciones callejeras donde se enarbolaban consignas en contra de su gobierno hasta el asalto al Palacio Presidencial para matarlo. Tambin se incluan entre las manifestaciones de arrojo las acciones de asalto a cuarteles militares y hombres alzados en armas en las montaas de Oriente y Las Villas. Todos estos hechos le brindaron a Fulgencio Batista la oportunidad de mostrar su valor, de llenarse de coraje, aunque slo fuera para defender su dinero. Sin embargo, nunca apareci el menor de los sntomas de eso que hace falta en los momentos difciles. Cuando el joven Fidel Castro atac el cuartel Moncada en la provincia de Oriente, no se dign a visitar a sus subordinados para felicitarlos. Se circunscribi a dar la orden de matar a los prisioneros en una proporcin mayor a los militares muertos en combate. Cuando los estudiantes del Directorio asaltaron el Palacio Presidencial, no hubo una crnica donde se dijera que agarr un arma para defender a su familia. Todo queda explicado en su desesperada subida del segundo al tercer piso para ponerse a salvo de sus persecutores. Pero quizs la ms triste historia de su trayectoria poltica y militar sea la lucha llevada a cabo en las montaas de la Sierra Maestra y en El Escambray. En sus inicios, hombres mal armados del Ejrcito Rebelde consiguieron vencer la superioridad de los militares de Batista y tuvieron la osada de llevar dos columnas de Oriente a Occidente. En esa travesa, los miembros del Ejrcito Rebelde estuvieron en desventaja con relacin al batistiano, si bien atravesaron los llanos de Oriente hasta Las Villas y durante esas contiendas militares Batista no se separ de las oficinas del Estado Mayor. Sus grados de general no se hicieron presentes en ciudades a muchos kilmetros de distancia de donde se efectuaban los combates, aunque fuera para insuflarles nimo. No se puso su jacket, como haba hecho en otras ocasiones en las cuales era necesaria su presencia. No oy el reclamo de unos de sus coroneles en fecha tan temprana como el 9 de octubre de 1958. Florentino Rosell, jefe de ingeniera del Ejrcito, le habl en ocasin de inaugurarse los nuevos edificios del Cuerpo de Ingenieros en la ciudad militar y le explic la necesidad de un cambio radical en las tcticas seguidas hasta ese momento por el alto mando. Adems, le record la gran cantidad de hombres

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180que da a da se reportaban como prisioneros en poder del enemigo, y que ello haba tenido su comienzo con la cada del Batalln N 18, compuesto de 418 hombres, al mando del comandante Quevedo el da 21 de julio de 1958. Pero el presidente estaba aterrorizado y no quera tomar ninguna decisin que implicara riesgo personal, y previendo ya su futura derrota, mand a retirar del campamento de Columbia una estatua de bronce erigida en su honor. Posiblemente, la decisin tomada podra responder a un hecho ocurrido mucho tiempo atrs, en mayo de 1935, cuando Antonio Guiteras Holmes decida embarcarse por El Morrillo. Hubo un encuentro con el Ejrcito de Batista, y Guiteras perdi la vida. Sobre este hecho el periodista norteamericano Carleton Beals, escribi en un artculo: Mi querido amigo Antonio Guiteras ha muerto. Fue sorprendido en una encerrona fatal y asesinado. ¡Pero muri como un hroe!... Ahora, no podrn hacerlo, pero en un futuro no muy lejano, el pueblo de Cuba quemar la efigie del embajador Jefferson Caffery y del coronel Fulgencio Batista, y, ese mismo pueblo, entonar cantos a Antonio Guiteras y le construir monumentos. Algn da su estatua ser erigida en el Malecn, al lado del monumento al Maine y de la estatua del gran Antonio Maceo. No habr estatuas para Batista. All solamente quedarn amargas memorias de Caffery. Pero el alma de Guiteras seguir marcando la ruta. A esa altura de la situacin, Batista no se atrevi a salir de La Habana, aunque slo fuera para darles apoyo moral a sus soldados. Y cuando se atrevi a hacerlo, el 31 de diciembre de 1958, fue para fugarse como un vulgar delincuente, seguido de cerca por sus perseguidores.

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181 CR"NICASUn girasol para Celia Mara Hart Santamara Jess Dueas BecerraCrtico y periodista“El amor […] es el principio [y el fin] de nuestra existencia”. BENJAMN DISRAELI E nrique Abel y Celia Mara Hart Santamara, hijos del doctor Armando Hart Dvalos, director de la Oficina Nacional del Programa Martiano, y de Haydee Santamara Cuadrado, Herona del Moncada y de la Sierra, fallecieron en La Habana, en la maana del 7 de septiembre de 2008, como consecuencia de un lamentable accidente automovilstico, que seg sus preciosas vidas en flor. A Enrique Abel no lo conoc…, pero la lectura “a vuelo rasante” de su tesis de licenciatura en Derecho, publicada por una editorial capitalina, me puso en contacto con la prosa del tambin jurista y ensayista, quien –consciente o no– sigui los pasos de su ilustre progenitor. Ahora bien, a Celia Mara s la conoc (la vi en muchos lugares donde coincidimos por azar?), y le con verdadero deleite sus crnicas, semejantes a los girasoles, las estrellas, las burbujas de agua o las olas azules del mar1con que ella sola comparar a la inolvidable Hayde, la madre tierna y cariosa que no slo le dio el ser biolgico, sino tambin la ense a amar, a crear, a soar. La crnica que ms hondo toc las fibras sensibles de mi ser fue la que la joven escritora y periodista le dedic a la directora fundadora de la Casa de las Amricas, y que titul: “Las lecciones del girasol”,2 como sencillo homenaje al aniversario ochenta y cuatro del natalicio de la “nana” intelectual y espiritual de Pablo Milans y Silvio Rodrguez, entre otros artistas caribeos, cuya relacin sera interminable. En esa crnica, genuina expresin de periodismo literario,3 cultivado en nuestro medio por el maestro Ciro Bianchi Ross,4 Celia Mara hablaba del gusto de su madre por los girasoles, y en una ocasin en que madre e hija conversaban, le pregunt el porqu esa era su flor favorita. Con dulzura materna, Hayde satisfizo su curiosidad infanto-juvenil: “Porque para ser tan hermosa como es no renuncia a ser inteligente, fcil de plantar y til: de ella se saca buen aceite, el girasol se siembra en campos abiertos al sol y al agua. Esa flor menea la corola en busca del sol [y forma] los lindos rejuegos con el tallo […] y adems le gusta convivir con sus compaeras […]. Es en definitiva, hija ma, una flor revolucionaria”.5

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182Evocar la lectura de ese texto me obliga a referirme a las citas reiteradas de la autora a la clida memoria de su to Abel, quien participara en el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, y fuera alevosamente asesinado por la jaura batistiana que, como por arte de la peor magia, aspira a derrocar a sangre y fuego “[…] la [indestructible] revolucin de los girasoles”.6Celia Mara hablaba de su to materno como si lo hubiera conocido en persona. Al igual que los ojos azules de Yey, los de Abel eran “[…] tan enormes y claros que al mirarlos se asomaba uno a la ventana de [un] mundo […] demasiado hermoso para que sigamos traicionndolo [y destruyndolo] como lo estamos haciendo”.7Segn le contaba Hayde, cuando los padres, por uno u otro motivo, iban a regaar o a castigar a Abel, este los miraba con tal candor, que por aquellos ojos azul celeste al nio se le vea el alma noble y pura…, y los progenitores NO podan ni siquiera dirigirle el ms mnimo reproche por la “falta” infantil cometida. Celia Mara Hart Santamara era una enamorada de la vida, del amor, de la paz, de la solidaridad, de los valores ticos, morales, humanos y espirituales en los que se sustenta el desarrollo cultural de la humanidad, y de dos hroes que la empinaron hasta la cima de la montaa “[…] desde su cristalina mirada de maana: Jos Julin [Mart y Prez] y Abel [Santamara Cuadrado]”.8Me despido de ti, Celia Mara, con (la versin libre de) una cita que slo pudo generar tu intelecto y tu espritu: “Con un girasol […] y una sonrisa sincera ya [hiciste] el mundo que [t] contemplaste en [los] ojos inmensos [de Haydee y de Abel]”.9Notas1 Hart Santamara, Celia. Las lecciones del girasol. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 97(1-2):182; en.-jun. 2006.2 Ibdem, pp. 180-183.3 Dueas Becerra, Jess. Tertulia sobre periodismo cultural. www.cbianchiross.blogia.com (Homenaje al destacado escritor y periodista Ciro Bianchi Ross por sus cuatro dcadas de ejercicio periodstico-literario).4 Ibdem.5 Hart Santamara, C. Op. cit. (1). p. 180.6 Ibdem, p. 182.7 Ibdem, p. 181.8 El Diablo Ilustrado / 4ta. reimpresin. La Habana: Casa Editora Abril, 2008. [p. 5].9 Hart Santamara, C. Op. cit. (1). p. [183].

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183 Ral Hernndez Novs, del verso a la leyenda Mercedes Santos MorayPoetisa, ensayista e investigadora literaria N adie poda pensar, ni siquiera imaginar que aquel esqueleto, que aquel cuerpo tan joven y silencioso pudiera provocar tantos enigmas y misterios, desde el cultivo de la palabra escrita, y as espigaba, veamos cmo dejaba la adolescencia y se adentraba en la juventud, para luego alcanzar la madurez, aquel muchacho que fue amigo en las aulas y fuera de ellas, mientras transitbamos por las calles de la ciudad, luego de apurar miles de imgenes en la Cinemateca de Cuba. Hoy vuelvo a evocar a Ral Hernndez Novs, para m siempre Ral, sin la necesidad de los apellidos, y vuelvo a sentir el telefonazo que me traa la noticia de su muerte, a la que lleg por su mano, y que supe por Pedro Simn y tambin por Nancy Morejn. Desde entonces, comenzamos a vivir la ausencia, la desaparicin fsica del hombre que ahora se ha trascendido a s mismo para devenir en una leyenda de la poesa cubana contempornea, dentro y fuera de la isla, en cualquier espacio del globo terrqueo donde haya un cubano o una cubana que conozcan su obra y, sobre todo, que le hayan conocido y querido, desde la calidez de la amistad compartida. Su to fue tambin escritor, el narrador Lino Novs Calvo y otro, ms prximo al sobrino, ejerci el periodismo, su siempre evocado Benito Novs. La madre no participaba de ese mundo, era sencillamente una humilde empleada de servicios de la Universidad de La Habana. Y el hijo, desde la niez hasta la madurez, un ser que devoraba libros, discos y pelculas con avidez, creando as un universo propio. Se afirma que su primer poema fue publicado por Nicols Guilln en 1959, y en el peridico Hoy, en 1960, cuando el poeta slo contaba con doce aos. Y tambin, como aparece en la ficha de autor, en Cubaliteraria, que sera otra escritora, Dora Alonso quien “[…] le public otro poema en una seccin para nios de la revista Bohemia ”. Despus, vendran sus estudios en la Escuela de Letras y de Artes, de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispnicas (1967-1972), en la Universidad de La Habana, y aquella oleada generacional que nos reuni con diversos proyectos y sueos. As como la amistad que teji con Cintio Vitier y Fina Garca Marruz, y los aos de trabajo, al graduarse y despus de la insercin en su perodo estudiantil, en el Centro de Investigaciones Literarias (CIL) de la Casa de las Amricas, institucin donde trabaj por espacio de veinte aos, desde 1973 y que fue su nico centro laboral hasta su suicidio el 12 de junio de 1993. En la revista Casa…, como sola hacerlo Roberto Fernndez Retamar con sus jvenes discpulos, apareci tambin su primer texto crtico, y tambin distintos poemas, esos que presentaban en el magro concierto de la lrica cubana

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184de los setenta y ochenta, una voz diferente, autntica desde su sustancia, deudora del espritu, en la que se afirma que est Orgenes, como lo est el Mart de los Versos libres, siempre agnico. Recibi menciones, con sus poemarios Dacapo y Al ms cercano amigo, respectivamente, en el concurso de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba, libros que seran publicados por l en vida, como tambin el premio del concurso 13 de Marzo (1982), de la Universidad de La Habana, con el cuaderno Enigma de las aguas, que fue prologado por Cintio Vitier. Y en 1985 recibi el premio por Animal civil, finalista en Costa Rica y que, en Cuba, obtuvo el Premio de la Crtica a los mejores libros publicados en el ao 1987. Como fue antologado en aquel volumen de los Nuevos crticos cubanos con un estudio de la poesa de Eliseo Diego y, en numerosas publicaciones culturales, dej poemas y prosa reflexiva, de intenso aliento ensaystico, como en las revistas Casa de las Amricas, La Gaceta de Cuba, Unin, Universidad de La Habana, Letras Cubanas, El Caimn Barbudo, La Palabra y el Hombre (Mxico), Imagen (Venezuela) y Revista Iberoamericana (Estados Unidos). Desde su condicin de investigador literario, prepar varias selecciones como la Poesa del puertorriqueo Luis Palos Matos y otra sobre Tres poetas centroamericanos, adems de habernos dejado la edicin crtica y el estudio preliminar de la poesa completa de Csar Vallejo, publicados por Casa de las Amricas en 1988, verdadera obra de consulta por la que recibi del Ministerio de Cultura el Diploma como cientfico ms destacado del quinquenio 1986-1990. Esa es la ficha de un hombre que, al morir, slo tena cuarenta y cuatro aos, y que como se afirma en la contracubierta de un volumen dedicado a su produccin, edito por la Casa, y que mereci postmortem el premio Jos Lezama Lima: […] ha enriquecido, de manera sustancial, la lrica cubana de los ltimos cuarenta aos. Se caracteriza, en lneas generales, por la intensidad de los conflictos e inquietudes que la nutren, la lucidez de su pensamiento y el tono confesional, que llega, en muchos de sus grandes momentos, a lo autopardico. Confluyen en su evolucin y en la integracin de sus libros numerosas corrientes literarias y filosficas, importantes filmes y obras musicales de diferentes pocas y estilos, vigorosas y determinantes presencias en su cosmovisin. Las intertextualidades que se hallan en su poesa, asimiladas con extraordinaria fuerza creadora, contribuyen a que su palabra alcance una jerarqua infrecuente en otros poetas de su generacin. Angustiada, nostlgica, desgarrada, en la que se conjugan idealizaciones y una ejemplar lucidez, la obra potica de este autor se integra a la poesa de nuestra lengua con su voz personalsima […]. Numerosos crticos, como Virgilio Lpez Lemus, han calificado a Hernndez Novs como: “Poeta de intensidades y oscuros mrgenes, su obra va desde el documento testimonial

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185claro y conceptista hasta el juego barroco de poemas como ‘Sobre el nido del cuco’, y la vertiente neoclsica, pero de inspiracin quevedeana en sus sonetos”. Para m, que tuve el privilegio de ver nacer muchos de aquellos poemas, sobre el modestsimo papel, que conoc de la pasin y el amor latientes en sus pupilas, cmo comparta desde la sombra la anchura de la luz, Ral siempre ser algo ms, ms que el poeta que todos reclaman y que camina en su soledad hacia el mito, es el amigo, el hombre limpio, con mucho de ternura callada, de vibracin dolorosa que nunca ver envejecer, aunque en este ao, a la altura de tres lustros de su muerte, repare en la paradoja vallejiana de esos sesenta aos de vida que no lleg a vivir, porque definitivamente, prefiri “sentarse a caminar”.

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186 Mercedes Abrego, la herona colombiana Nydia SarabiaHistoriadora y ensayista J os Mart en su discurso en la velada de la Sociedad Hispanoamericana en honor de Simn Bolvar, efectuada el 28 de octubre de 1893, en Nueva York, expres en pocas palabras su evocacin de la patriota colombiana: “[...] Mercedes Abrego, de trenzas hermosas, a quien cortaron la cabeza porque bord, en su oro ms fino, el uniforme del libertador […]”.1Mercedes Abrego pas su infancia y parte de su juventud en el hogar paterno de Ccuta. Siendo una adolescente se cas con Jos Marcelo Reyes, con el que tuvo tres hijos: Jos Miguel, Pedro Mara y Jos Mara. Poco despus del nacimiento de su ltimo hijo, falleci el esposo. Ella fue muy reconocida por su cultura y laboriosidad, en lo social por su habilidad en los trabajos manuales. Por esta razn fue muy solicitada para la enseanza de estas artes y, muy especialmente para la confeccin de ornamentos religiosos con destino a las iglesias de Ccuta, villa del Rosario, San Antonio y pueblos vecinos. Por esa poca del inicio de las luchas independentistas americanas, las mujeres participaban en tertulias literarias e intervinieron en la sedicin contra el gobierno colonial espaol colaborando con las guerrillas y adems divulgando las ideas libertarias. Con el Ejrcito Libertador de Bolvar servan como correos, espas y laborantes, y entregaron sus hijos, sus esposos para la guerra en el ejrcito patriota. Acompaaron a los hombres –como sucedi con Bolvar– en numerosos casos en sus campaas libertadoras. Al comenzar la guerra bolivariana, Mercedes Abrego manifest su apoyo incondicional y simpata por la causa revolucionaria. Tuvo un gran aprecio a la figura del Libertador, a quien admir por sus campaas en Ccuta, que antecedieron a la Campaa Admirable de 1813 y 1814. Esa simpata la llevaron a colaborar con los ejrcitos republicanos que se batan contra los espaoles en el valle de Ccuta y lugares vecinos, dirigidos por Simn Correa y Bartolom Lizn. Cuando Bolvar estaba organizando los ejrcitos de la Campaa Admirable de 1813, Mercedes Abrego le obsequi –como refiri Mart en su discurso– una casaca bordada en oro y lentejuelas, hecha por ella misma, en seal de la simpata y admiracin que senta por El Libertador. El historiador colombiano Javier Ocampo Lpez ha sealado: Ella manifest con decisin su apoyo a la causa patritica, y con sus contactos secretos mantena informadas a las tropas del general Francisco de Paula Santander sobre los movimientos del ejrcito realista. Precisamente gracias a sus informes secretos, Santander

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187obtuvo los triunfos militares de San Faustino y Capacho, contra las tropas de Matute y Caas. Cuando el ejrcito patriota buscaba alcanzar el triunfo en el llano de Carrillo, contra los realistas comandados por el capitn Bartolom Lizn, ste detuvo a una mujer espa que llevaba avisos e indicaciones para los patriotas combatientes y supo que esa mujer era enviada directamente por doa Mercedes Abrego de Reyes. Las tropas de Santander fueron derrotadas en forma definitiva por los realistas en el llano de Carrillo, y cuando el capitn Lizn ocup a Ccuta, despus de su triunfo, mand a buscar a Mercedes Abrego, acusada de conspiradora y ayudante de las guerrillas patriticas. Ella fue aprehendida en una casa de campo y llevada a la crcel para ser ejecutada. Otros historiadores colombianos han escrito acerca de la vida de esta paradigmtica mujer, tales como Eladio Agudelo con su obra Doa Mercedes Abrego. Apuntes para su biografa y Pedro Mara Ibes con su trabajo Las mujeres de la revolucin de Colombia, editada en 1895, y Horacio Gmez Aristizbal en su Diccionario de la historia de Colombia, publicado en 1985. Mercedes Abrego de Reyes recibi los correspondientes oficios religiosos en la capilla de la crcel, y dos de sus hijos presenciaron su ejecucin el 13 de octubre de 1813.2En su histrico discurso –como sealamos al principio– Jos Mart subray: “[…] porque ante las mujeres americanas, se puede hablar sin miedo de la libertad […]”. Y en ese mismo discurso afirm: “Bolvar llevaba a la grupa, compaeras indmitas de sus soldados, cuando a pechos juntos vadeaban los hombres el agua enfurecida por donde iba la redencin a Boyac, y de los montes andinos, siglos de la naturaleza, bajaban torvos y despedazados los torrentes”. Notas1 Mart, Jos. Obras completas. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1966. t. 8. p. 242.2 Agudelo, Eladio. Doa Mercedes Abrego. Apuntes para su biografa. Boletn de Historia y Antigedades 3(60405):99-133; 1965.Bibliografa G"MEZ ARISTIZBAL, HORACIO. Diccionario de la Historia de Colombia. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia. Bogot: Plaza & Jans, Editores Colombia Ltda., 1985. p. 207. IBES, PEDRO MARN. Las mujeres de la revolucin de Colombia. Bogot. Imprenta de los Hechos, 1895.

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188 Premios para la Biblioteca Nacional Marta B. ArmenterosEditora P or mis problemas de salud no pude participar en el acto de entrega de los premios anuales a instituciones y personalidades de la cultura que realiza la Unin de Historiadores de Cuba (UNHIC), efectuado el 20 de julio de 2008 y en el cual el Departamento de Investigaciones y Bibliografa Cubana de la Biblioteca Nacional Jos Mart, dirigido por la doctora Garca-Carranza Bassetti, recibi el Premio Mara Teresa Freyre de Andrade, por el aporte a las investigaciones culturales y por el servicio bibliotecolgico que ofrece, as como por su labor en la preservacin y la divulgacin del patrimonio cubano, sobre todo a travs de los ndices de publicaciones seriadas y de la bibliografa cubana. Asimismo, al investigador Julio Domnguez, del mismo departamento, le fue otorgado el Premio Tabars del Real en reconocimiento a su trabajo destacado en las investigaciones histrico-culturales de carcter nacional. Tambin se dio a conocer en la actividad que el trabajo de la investigadora Vilma Ponce sobre las revistas cubanas de la dcada del sesenta haba sido seleccionado para participar en el XIX Congreso Nacional de la UNHIC, que se realizar en Ciego de vila este ao. Igualmente, el historiador Flix Julio Alfonso se refiri al valor documental y cultural de la segunda edicin de la Bibliografa de Emilio Roig de Leuchsenring confeccionada por la doctora Araceli Garca-Carranza, que ser publicada por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Segn los participantes, fue una maana muy agradable, que comenz con la reunin junto a la estatua del Caballero de Pars, a un costado del Convento de San Francisco de Ass. De all partieron hacia la Casa Mara Montilla, en cuya tierra d el patio se encuentran los nichos de distintas personalidades del pas, entre ellos el de Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), a quien en 1935 se le design como Historiador de la ciudad de La Habana y que creara en 1936 la Oficina del Historiador, sobre el cual los investigadores Julio Domnguez y Vilma Ponce colocaron una ofrenda floral antes de partir hacia el Palacio de los Capitanes Generales, donde se realiz la premiacin. Como muestra fehaciente del trabajo del Departamento, y en particular del rea de Investigaciones, tengo que poner en blanco y negro la publicacin del libro Pensamientos de Flix Varela y Morales, de Margarita Len Ortiz, por Ediciones Bachiller de la Biblioteca Nacional Jos Mart este ao, texto donde la autora compila los aforismos varelianos estructurados en temticas que facilitan su bsqueda y utilizacin. Es un libro ameno que nos lleva a pensar tanto en la vida cotidiana como en la intelectual de todos.

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189Tambin siento la obligacin de referirme a la conferencia “El Payret: Historia y leyenda”, de Brbaro Ravelo Fernndez, trabajador de Bibliografa Cubana, impartida el 23 de septiembre en el Departamento de Msica de la Biblioteca, y como cuyo ttulo demuestra es un recorrido por toda la vida cultural de ese importante centro cultural de la Ciudad de La Habana. No puedo dejar de sealar el trabajo, que conozco con creces, de Jos Antonio Garca Molina, Toms Fernndez Robaina y Nuria Prez, cada uno de los cuales ha contribuido al logro del premio. Por eso me siento feliz de dar mis parabienes de todo corazn al Departamento galardonado, y espero que ese estmulo contine siendo un acicate para sus trabajadores y para el resto de la Biblioteca Nacional. Todava tengo una noticia importante que dar: a Zoila Lapique Becali, que aunque est jubilada desde 1977 sigue presente en la institucin, la seccin de Msica de la Unin de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) le otorg la condicin de miembro de mrito a finales de noviembre en una actividad efectuada en dicho centro. Zoila comenz a trabajar en la Biblioteca en 1959, donde desde el Departamento de Coleccin Cubana y el de Investigaciones Histrico-Culturales apoy la creacin de muchas personalidades de la cultura cubana y conform la suya propia. Muchas felicidades por este nuevo reconocimiento que los trabajadores de la Biblioteca Nacional consideramos como nuestro, como nuestra es ella.

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190 DOCUMENTOS RAROSL a presencia del latn y de las letras clsicas se hace sentir en Cuba desde la colonizacin por los espaoles en 1510, no slo en las ceremonias de carcter religioso y en las inscripciones funerarias, sino en las clases de Latinidad que se impartan en la Scolatria fundada en la Catedral de Santiago en 1523, y en el primer gran poema de nuestra literatura, Espejo de paciencia (1608), del canario Silvestre de Balboa y Troya de Quesada. No obstante estos y otros esfuerzos notables, durante los primeros siglos coloniales, el inters de la corona por la isla se centr en su privilegiada posicin geogrfica y en su utilizacin como punto de partida para la conquista y explotacin de otras tierras ms ricas del continente. Por esta razn no se le prest una atencin preferente en el orden cultural, y administrativo. Prueba de ello es que mientras Santo Domingo y Mxico tuvieron universidades en el siglo XVI, Cuba tuvo la suya a principios del siglo XVIII; de ah que los jvenes que deseaban continuar estudios, debieran viajar al extranjero, como es el caso de Juan de Archaga y Casas, quien se gradu de doctor en Derecho Civil y Cannico en la Universidad de Salamanca en 1662, ocup ctedras all, y dio a la luz en aquella ciudad, en latn, el primer libro publicado por un cubano. La creacin de la Universidad de La Habana en 1728, sin embargo, ha sido reconocida como uno de los episodios ms significativos en el trnsito a una nueva fase del desarrollo econmico de la isla, y la antesala necesaria del surgimiento de la nacionalidad cubana. Precisamente, el texto al que nos referimos, una carta en latn, pertenece a ese perodo de formacin de la conciencia nacional cubana, que comienza a gestarse sobre todo a principios delXIX, y se consolida durante las guerras En torno a un documento neolatino cubano decimonnico de carcter secreto Amaury B. Carbn SierraProfesor de la Universidad de La HabanaAvelina Carrera de la RedProfesora de la Universidad de Valladolid

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191independentistas de 1868 a 1898, cuando los intereses econmicos, polticos y sociales de la naciente burguesa criolla azucarera, se hicieron irreconciliables con las limitaciones del poder colonial espaol, representado y defendido por sus personeros administrativos, militares y clericales.1 En este complejo perodo de fragua de la cubana, imposible de caracterizar en unas lneas, participa el latn, al igual que las letras clsicas en general, como un medio que utilizara la embrionaria clase social, la ms adinerada y por ello la ms revolucionaria en aquellas circunstancias, para el logro de sus objetivos burgueses. Una de las instituciones donde primero se manifest el sentimiento patrio fue en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas o Sociedad Patritica de La Habana, como tambin se le llam, fundada en 1793 al influjo de la poltica de despotismo ilustrado, instaurada por Carlos III, la cual daba participacin en el gobierno a las burguesas nacionales. Son conocidas las propuestas de los ilustrados cubanos, pertenecientes a sus diferentes secciones, en favor del desarrollo tcnico de la produccin, principalmente agrcola y azucarera, y de los avances cientficos de la educacin. En el caso del latn se halla la memoria encaminada al perfeccionamiento de su enseanza con una nueva orientacin que pona nfasis no tanto en la lengua del Lacio como vehculo de comunicacin acadmica, sino sobre todo en el estudio y la comprensin de las obras didcticas de la ciencia y el disfrute de la literatura clsica. Entre las medidas para lograrlo no solo se propona que se realizaran exmenes para proveer las ctedras de Latinidad, sino que se concedieran a los preceptores los mismos honores y prerrogativas de las cuales disfrutaban quienes cubran las ctedras de Filosofa.2 Fruto de la influencia en las letras clsicas de ese enfoque neohumanista fueron la publicacin de nuestras primeras gramticas latinas y castellanas, la aparicin en revistas y peridicos de traducciones cubanas del latn y del griego, y de ancdotas sobre Mucio Scvola, la muerte de Sneca, la muerte de Plinio y fragmentos de Horacio, por citar algunos ejemplos; y la lectura y el anlisis en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio de los Oficios o Deberes de Cicern, la Vida de Agripa de Tcito, as como de otros autores considerados sublimes modelos de virtudes sociales.3 Ser pues en este paradigma clsico de ciudadano ideal donde se formaran –al igual que los revolucionarios de Amrica– los hijos de la burguesa cubana. De ah la afirmacin casi aforstica del pedagogo y filsofo Jos de la Luz y Caballero (1800-1862): “[...] educar no es slo ensear gramtica o geografa [...]; educar es templar el alma para la vida [...]; es como lo comprendi el bello idioma del Lacio, sacar del tierno nio, el hombre fuerte, el varn heroico, el genio sublime”.4 No es casual, por lo tanto, que el iniciador de la guerra de independencia en 1868 Carlos Manuel de Cspedes, el Padre de la Patria (1819-1874), fuera traductor de la Eneida de Virgilio; tambin lo fuera de la oda “A Delio” de Horacio, el Hroe Nacional Jos Mart (18531895), y que en los preparativos de la llamada Guerra Chiquita (1879) los conspiradores utilizaran los seudnimos

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192de Rgulo, Scvola, Cornelio, Mario, Jpiter y otros.5Tampoco es casual que se utilizara el latn para ocultar a las autoridades espaolas el contenido de la carta en cuestin, que, como todo parece indicar, guarda relacin directa con la polmica en torno al establecimiento de la efmera Academia Cubana de Literatura (1834). De esta manera se corrobora una vez ms la afirmacin del poeta y crtico ngel Augier de que “[...] la literatura en Cuba no dej de actuar como causa y como efecto en el proceso de formacin de la conciencia nacional cubana”.6Si bien con la creacin en 1830 de la Comisin Permanente de Literatura de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas luego del restablecimiento del absolutismo en Espaa, la literatura volvi a ser el lcito refugio de quienes se atrevan a pensar, como lo haba sido poco antes la prensa, el resurgir de algunas libertades pblicas tras la muerte de Fernando VII, lo cual motiv a sus miembros, deseosos de afianzar la cubana, a ir ms lejos y solicitar a la reina gobernadora la autorizacin necesaria para crear la Academia Cubana de Literatura. Concedida esta el 23 de diciembre de 1833, de acuerdo con las previsiones qued constituida el 6 de marzo de 1834.7 Sin embargo, el hecho de que los promotores, miembros hasta entonces de la Comisin Permanente de Literatura de la Sociedad Econmica, escribieran directamente a la reina sin contar con la Sociedad Econmica y que se negaran a presentarle a esta su reglamento, como se estableca, y lo enviaran tambin por su cuenta a Espaa, fue el motivo de enconados debates en la prensa entre directivos y asociados de ambas corporaciones. No obstante, como seala el ensayista y crtico Max Henrquez Urea, la polmica no lleg al extremo de que se hiciera pblica la imputacin de que la Academia representaba una amenaza, probable o remota en el orden poltico; aunque, como l mismo aade, no era otro en el fondo el problema que se planteaba, envuelto en el ropaje de susceptibilidades de ndole personal o de rivalidades de ndole colectiva, pues si no poda declararse siquiera sospechoso de adhesin a las ideas separatistas a ninguno de los miembros de la Academia, todos, o casi todos, eran personas de pensamiento independiente y de espritu avanzado.8 Lo cierto es que aquel enfrentamiento decret el fin de la Academia, porque en un rgimen que no permita sino contadas libertades, no convena que un grupo de hombres, convictos del grave delito de pensar libremente, constituyese un organismo autnomo, llamado a ejercer sin duda, vasta influencia moral en el pas.9 En consecuencia, el capitn general Mariano Ricafort apoy a la Sociedad Econmica y orden a los peridicos que no se publicara una lnea ms sobre la fundacin de la Academia. Fue entonces cuando Jos Antonio Saco y Lpez (1797-1879), uno de los ms vigorosos polemistas cubanos y miembro de nmero, escribiera su conocidsima Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura contra los violentos ataques que se le han dado en el “Diario de La Habana”, desde el 12 hasta el 23 de abril del presente ao ..., folleto publicado en Cuba en la Imprenta de Tiburcio

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193Campe, Matanzas, aunque al pie dice: “Nueva Orlens, Imprenta de Mister St. Romes, oficina de el Courrier Ao 1834”. Campe, liberal primero y agente del gobierno despus, para eludir las posibles represalias, ide el recurso anterior de acogerse a la impunidad de un imaginario taller de Norteamrica y de un supuesto dueo, procedimiento que, segn Ambrosio Fornet, a quien citamos in extenso sera utilizado por numerosos impresores clandestinos en la segunda mitad del siglo para burlar la accin de la censura colonial; de ah que en la bibliografa cubana abunden imprentas fantasmas de inexistentes talleres no slo de Nueva Orlens sino tambin de Cdiz o Mayagez.10La carta en latn tiene que ver, al parecer, con la publicacin de la Justa defensa... de Jos Antonio Saco, aunque desconcierta en ella la expresin “Confa el desterrado...”, pues por la fecha no se le haba impuesto an la medida a su autor. Tngase en cuenta que la carta es del mes de junio, la orden de destierro de julio y la partida al exilio del escritor, en septiembre. Adems, una somera revisin de la bibliografa del perodo descarta por el momento la posibilidad de que se tratara de un texto de Flix Varela, Jos Mara Heredia o Toms Gener, proscritos ya desde haca unos aos. La misiva fue enviada en junio de ese ao (1834) desde La Habana por Manuel Gonzlez del Valle y Caizo (1802-1884), uno de los acadmicos de nmero, a Domingo del Monte y Aponte (1804-1853), secretario de la Academia, que lo haba sido tambin de la Comisin de Literatura, quien era abogado de los Reales Consejos en Matanzas. Das antes, el 12 de mayo, otro acadmico de nmero, el presbtero Francisco Ruiz (1797-1858) deca en carta desde La Habana a Del Monte: “Cuando me escribiste esperabas la Filpica de Saco, y ahora esperamos con ansia recibirla impresa. La publicacin de ese docum.to ser un triunfo para la Academia, y as es necesario no omitir recurso alguno para q.e salga, antes q.e se aperciban los contrarios, intriguen all tambin como lo hicieron aqu para q.eel gobierno de esa no le de paso al artculo”.11 Es decir que ya Saco haba intentado publicar el artculo antes de la prohibicin oficial. He aqu la carta: Del D.r Man.l G.z del Valle-1834-Junio [Habana] M. salutem dicit Dominico Auctor, nobis carissimus, causae, nostrae almae Acad. Cuban., te verba facere illo cum typographario12 ut percaleres an scripsisset13 annon14 suo valde conjuncto ejusdem artis quam gereret in N. Orleanensi Portu, mihi maxime commendavit. Exul tua in solertia innixus credit, nec vana fides, te diligenter hoc facere; timendum enim est ne inquiratur ab Hisp. Consule in illo portu stabilito editionis labor. Si illic deest consilium et typographarius editionem non esse arguit, tunc ex magis praesunctionibus15 in Typographiam cubanensem vertunt. Etiamsi fretus hoc scribendi auxilio, quod equidem Latii bonarum litterarum studio ab ineunte aetate a me amplexo debere confiteor,

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194longius non scribam fortasse tyranni non emunt linguarum, secreta?16 –Vale. P. S. Cum has litteras recipias, non dubito te facere responsionem his verbis tantum. Optime aut tua vota perfeci vel non.17 Utamur enfasi.18La traduccin del texto precedente es: M. saluda a Domingo. Me ha recomendado, en gran modo, el autor, para nosotros estimadsimo, alma de la Academia Cubana, que hables con aquel tipgrafo19 para que averiges si ha escrito o no al que ejerce el mismo oficio en el puerto de N. Orlens. Confa el desterrado en tu discrecin y no es vana su fe, que hars esto diligentemente, pues es de temerse que se inquiera por el Cnsul espaol, residente en dicho puerto, acerca de la edicin. Cree el autor, que caso de no obtenerse informe ni haber impresor, como mucho se presume, entonces debe hacerse en la tipografa cubana. Aunque confiado en el auxilio de este modo de escribir debo confesar que aunque el estudio de las bellas letras del Lacio lo he abrazado desde la ms tierna edad, no escribir ms de este modo no sea que los secretos de las lenguas no pasen inadvertidos para el tirano.20 Consrvate bueno. P. S. Cuando recibas estas letras no dudo que me contestars sobre esto. He cumplido tus deseos bien o no. Usamos del nfasis.21Luego de la lectura de la carta, y aceptada la conjetura, surge tambin la duda de si lo que se solicita en ella son las gestiones previas para la impresin del alegato de Saco fuera de Cuba, o si se pretende con su redaccin y envo tratar de confundir a las autoridades espaolas, caso de que cayera en sus manos, para posibilitar su impresin en Matanzas. No parece fcil con la informacin disponible poder precisar esta cuestin. Cabe suponer que quizs ante la censura impuesta, se consider muy difcil encontrar en Cuba un impresor dispuesto a asumir los riesgos, como se expresa en el texto, lo cual ya le haba ocurrido a la respuesta de Saco en La Habana, por lo que se pens en una imprenta de Nueva Orlens, seguramente por las relaciones existentes entre esa ciudad y la isla. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos, existe la posibilidad de que con ella se enmascarara la publicacin del documento en territorio cubano con el pie de imprenta de Nueva Orlens, o se tratara de alejar toda sospecha de nuestros impresores. Tal vez el post scriptum haga suponer esto ltimo, cuando el remitente asevera, o ms bien pregunta al destinatario, si ha cumplido sus deseos bien o no. Qu deseos? Y ms an, al afirmar: “Usamos del nfasis”. Por supuesto, que el mero uso del latn es enftico, mxime cuando no se ha localizado ninguna otra carta en esa lengua, ni de la misma poca ni de un perodo anterior o posterior, excepto un folleto en forma epistolar de 1798 con la descripcin y rectificacin de una planta indgena; pero lo es tambin el contenido del mensaje. Se mantiene, pues, la interrogante. En cuanto a la Justa defensa…, por slo acudir a un ejemplo de los tantos

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195posibles sobre la repercusin del alegato, vale referir que el propio F. Ruiz le informa a Del Monte el 14 de julio lo siguiente: “La contestacin del amigo Saco ha sido muy bien recibida, y la Academia creo q.e ha quedado vindicada”. Una semana despus le cuenta, tambin por carta, acerca de la conversacin de Saco con el nuevo capitn general don Miguel Tacn y las razones que este adujo para su destierro a Cuba (Santiago): “[...] q.e sus papeles eran alarmantes, y q.e la juventud segua con mucho calor sus ideas”. Al negarle el pasaporte para otra ciudad del pas o permanecer en La Habana, donde estara mejor controlado, Saco prefiri marchar a Europa (Inglaterra, Blgica, Portugal, Francia y Espaa). En este ltimo pas, en particular en Barcelona, muri cuatro dcadas despus. Slo visit una vez ms la isla, en 1861 y por breve tiempo.22 Se sabe por la propia carta de F. Ruiz, por otras muchas enviadas a Del Monte y recogidas en el Centn epistolario, y por la bibliografa especializada acerca del tema, que fueron sobre todo las influencias del presidente de la Sociedad Econmica, el den Bernardo O’Gaban y Guerra (1782-1838), sus quejas e intrigas las causantes del fracaso de la Academia y el destierro de Saco. Bastara un documento para confirmarlo, el acta de la sesin de la directiva de la Sociedad Econmica del 15 de julio de 1834, donde O’Gaban hizo presente que [...] habiendo circulado en estos ltimos das con escandalosa profusin un folleto infamatorio y alarmante [...] no haba podido menos que ocurrir a la autoridad del Presidente, Gobernador y Capitn General para que se sirviese tomar en consideracin el abuso alevoso que se haca por aquel individuo, para que su ejemplar correccin sirviese de justa vindicacin al cuerpo [...] teniendo la satisfaccin de poder anunciar al cuerpo que el Excmo. Seor Capitn General, cuyo celo en el castigo de los criminales era tan notorio como laudable, le haba ofrecido ocuparse del asunto con toda la eficacia que demandaba el decoro ultrajado de la corporacin.23Digamos finalmente, por ms que hasta cierto punto resulte obvio, que tanto Manuel Gonzlez del Valle como Domingo del Monte y Jos Antonio Saco fueron por razn de sus estudios notables latinistas. Recurdese que en esa poca se exiga el conocimiento del latn para el ingreso a la Universidad, pues todas las actividades acadmicas, orales y escritas, se realizaban en esa lengua, y en ella estaba escrita la bibliografa. As pues, Gonzlez del Valle, doctor en Sagrados Cnones, en Filosofa y en Derecho Civil y Cannico, tuvo que hacer amplio uso del latn como estudiante y luego como profesor universitario. De l, como autor neolatino, se conservan, adems de esta carta, algunos cuodlibetes y un discurso inaugural de la ctedra de Moral. Domingo del Monte, licenciado en Derecho Civil, debi de emplear esa lengua en forma oral y escrita, aparte de que recomendaba a los miembros de su famosa tertulia la lectura de obras de Tcito y otros autores que l mismo pona en sus manos. Jos Antonio Saco, bachiller en Derecho Civil y en Filosofa, fue profesor de esa asignatura

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196en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y autor de la ms antigua traduccin cubana del latn que se conserva, la de Elementos de Derecho Romano (1826) de Juan Heinecio.24Hasta aqu, en apretada sntesis, la posible o probable interpretacin de la carta en latn de Manuel Gonzlez del Valle a Domingo del Monte, teniendo en cuenta el asunto, el contexto en que fue escrita, y la ubicacin que este le dio en su Centn.. Como no se ha logrado tener una mayor certeza de las alusiones al autor y el contenido de la publicacin que se gestionaba, debido al carcter secreto del documento, la indagacin –por si hubiera an dudas– queda abierta al hallazgo de nuevas pistas y conjeturas. Pero sea cual fuere el referente, el texto neolatino est ah como un testimonio ms de la presencia de las letras clsicas en la isla, y de su contribucin a hacer realidad las aspiraciones irrenunciables de un pueblo por alcanzar lo que sera luego, y es hoy la nacin cubana. Notas1 Rodrguez, Carlos Rafael. Una leccin de optimismo y firmeza. Universidad de La Habana (208):164-179; 1978.2 Romay, Toms: Obras completas La Habana: Academia de Ciencias de Cuba, 1965. t. 2, pp. 255-256.3 Caballero, Jos Agustn: Escritos varios La Habana: Editorial Universidad de La Habana, 1956. t. 1, p. 195.4 Luz y Caballero, Jos de la. Elencos y discursos acadmicos La Habana: Editorial de la Universidad de La Habana, 1952. p. 443.5 Archivo Nacional de Cuba. Documentos para servir al estudio de la Guerra Chiquita. La Habana: Publicaciones del Archivo Nacional, 1950.6 Augier, ngel. “Prlogo”. En Henrquez Urea, Max. Panorama histrico de la literatura cubana. La Habana: Imprenta Alejo Carpentier, t. 1, p. 8.7 Ibdem, p. 152.8 Ibdem, p. 159.9 Ibdem.10 Fornet, Ambrosio. El libro en Cuba La Habana: Letras Cubanas, 1994. p 31. Sobre el alegato de Saco, cf. tambin Instituto de Literatura y Lingstica: Historia de la literatura cubana La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2002. t. 1, p. 215.11 Monte, Domingo del. Centn epistolario. La Habana: Imagen Contempornea, 2002. vol. 1, p. 336.12 Palabras ilegibles. Tanto typographario como typographarius y typographia aparecen en el original con la grafa f Resulta inusitada y parece incorrecta la derivacin de las dos primeras con el sufijo –arius de oficio o profesin, cuando existe typographus, registrada en los diccionarios de la poca.13 Como interrogativa indirecta, el verbo debe ir en subjuntivo, y de acuerdo con la consecutio temporum o correlacin temporal, en pluscuamperfecto (scripsisses; scripsit, en el original ).14 El segundo elemento de la interrogativa total doble es necne o annon; vel non, en el original La forma gereret de la subordinada adjetiva, aparece como gerit en el original.15 Forma correcta praesunctionibus; presunctiones, en el original.16 Palabras ilegibles.17 La oracin parece tener ms un sentido interrogativo que aseverativo. Sin embargo, ni en el original ni en la traduccin aparece el signo correspondiente. Si lo fuera, el segundo elemento sera annon y no vel non como se lee en el original.18 Op. cit. (11). t. 1, pp. 351352.19 Palabras ilegibles.20 Op. cit. (11). p. 352.21 Ibdem. No se especifica en la edicin el traductor del texto, como s se hace en las cartas

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197vertidas del ingls, del francs y el italiano en otros tomos. Cabe la posibilidad de que se deba al propio Del Monte, quien organiz las cartas; aunque en esos casos se aclara que es anotacin suya; quizs deba por ello atribursele a Domingo Figarola Caneda, quien hizo el prefacio, las anotaciones y la tabla alfabtica de los tomos uno y dos de la primera edicin de la obra donde aparece la carta; si bien es probable que el bibligrafo haya solicitado el traspaso a algn amigo o colaborador.22 Op. cit. (11). p. 363.23 Ibdem, nota 6, p. 165. As lo reconoca el propio Saco en carta a Jos de la Luz y Caballero desde Pars del 8 de septiembre de 1836: “¡Qu afligido est nuestro Padre O’Gaban con la libertad de imprenta! ¡Cmo le remuerde la conciencia! Yo me alegrara mucho conseguir una copia del oficio de denuncia que pas a Tacn contra m... Yo la publicara de muy buena gana, pues conviene que todo el mundo conozca a los malvados y que se hagan patentes los medios criminales de que se valen para oprimir y dominar”. “Cartas a Luz”, Ibdem, p. 211.24 Filadelfia, Imprenta de Guillermo Stavely, 1826. (Tuvo otras cinco ediciones en Madrid, Granada y Pars).

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198 LIBROSL a traduccin, en su calidad de ejercicio intelectual, ha jugado un papel muy importante en los orgenes de la cultura cubana. Desde los finales del siglo XVIII y los inicios del XIX se convirti en prctica habitual para las figuras ms cultas de la isla, que se empeaban as en conocer y divulgar lo mejor en materia de historia, filosofa, arte, literatura y ciencias acontecido fuera de sus fronteras. Sobre ese apasionante tema abunda la traductora, poetisa y ensayista Carmen Surez Len, en su ltimo libro, La alegra de traducir (La Habana, Ciencias Sociales, 2007). La destacada intelectual se desempea actualmente como investigadora del Centro de Estudios Martianos de La Habana, Cuba, y tiene en su haber una considerable experiencia en estas lides, avalada por sus aos de trabajo como traductora de lengua francesa para el Instituto Cubano del Libro, as como por su actividad investigativa en el rea de la literatura comparada, cuyo fruto ms notable es el libro Jos Mart y Vctor Hugo en el fiel de las modernidades (Centro de Investigacin y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, Editorial “Jos Mart”, La Habana, 1997), que le ha valido numerosos reconocimientos. El volumen que nos ocupa esconde, tras su modesta apariencia de texto breve, un inestimable caudal de informacin, que se asienta en aos de bsqueda paciente en las publicaciones peridicas del siglo XIX, de incontables horas de lectura y contrastacin de las traducciones hechas por los literatos cubanos con sus originales de otras lenguas, todo ello procesado a travs del particular tamiz traduccional de la autora, y respaldado por el anlisis minucioso, que incorporan lo ms autorizado y reciente desde el punto de vista terico. Este itinerario bibliogrfico, lingstico y cultural se inicia con una introduccin al libro, hecha por la propia Carmen Surez, donde explica sus motivaciones al reunir en l textos conformados de manera independiente, a veces en torno a circunstancias efmeras, pero que han sobrevivido al instante que les dio origen por su hondura analtica, calidad literaria y claridad expositiva. An hoy, ya reunidos en este La alegra de traducir o acercar mundos diversos Marlene Vzquez PrezEnsayista e investigadora

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199volumen, si bien conservan cierta autonoma, salta a la vista la unidad sobre la diversidad, pues se han vertebrado en torno al denominador comn de la traduccin, actividad fundamental en esta poca, en la cual el intercambio cultural est en el centro de las inquietudes del ser humano. Como bien declara la autora en la pgina dos: “Acto liberador y alegre era el de apropiarse marcos lingsticos y gestos culturales socializadores capaces de expresar nuestra agona local, cuya particularidad comenzaba por entonces a concretarse en texto artstico. Aun cuando la pluma que escribiera se humedeciera con la sangre misma del corazn del poeta”. Son los aos arduos de antagonismos entre el rgimen desptico del colonialismo espaol y los primeros atisbos patriticos, encarnados en el primer movimiento independentista. De l sera pionero el poeta Jos Mara Heredia (1803-1839), fundador de nuestro primer romanticismo literario y autor de una clebre oda “Al Nigara”, no superada todava por ningn bardo anglosajn. A l se dedica el primer estudio del volumen, en donde se destaca cmo interviene de manera creadora en su labor de traductor su sensibilidad de poeta talentoso, su poderoso y original modo de decir, que hacen de sus pginas no slo la puesta en espaol de los versos de poetas franceses, sino un verdadero acto de creacin literaria, con los cuales llena los vacos inevitables, por la distancia existente entre la lengua y la cultura de partida y la lengua y la cultura de llegada. As, se asiste adems al contexto de esos aos en que Heredia se form a s mismo como poeta, produjo sus propios textos y al mismo tiempo se informaba del acontecer potico internacional por medio de sus traducciones y lecturas. Tambin el sacerdote habanero Flix Varela, desde su destierro neoyorquino, vierte del ingls al espaol el Manual de prctica parlamentaria para uso de los Estados Unidos, de Thomas Jefferson, entre otros materiales, o Jos Antonio Saco, destacado intelectual cubano, traduce del latn los Elementos de Derecho Romano, de Johann Gottlieb Heinecke. A este importante captulo inicial le sigue un amplio recorrido por toda la actividad traduccional durante el siglo XIXcubano, en el cual sobresalen autores como Domingo del Monte, destacado promotor literario y auspiciador de las tertulias de escrito res y amantes de la literatura ms notables de la isla. Tambin da cuenta de la labor de Gertrudis Gmez de Avellaneda, destacada voz femenina de la poesa cubana, empeada en traducir a Vctor Hugo. Se valora asimismo el quehacer al respecto del sobresaliente pedagogo y filsofo habanero Jos de la Luz y Caballero, o del poeta modernista Julin del Casal, entre otras figuras de inters. El recorrido se extiende hasta bien avanzado el siglo XX, pues el libro cierra con las tareas que en este sentido emprendieran figuras de renombre como es el caso del periodista y narrador Alejo Carpentier (1904-1980) o del poeta, narrador y ensayista Cintio Vitier (1921). Quiero detenerme, no obstante, en el acpite titulado “Jos Mart, traductor de textos, traductor de mundos”, que por su inters y aportes informativos merece un examen mucho ms dete nido.

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200No se trata slo de la labor de traduccin de Mart en sentido estricto, que tambin es atendida en otras zonas del libro, como es el caso de sus versiones de Mes fils ( Mis hijos ), de Vctor Hugo, Ramona, de Helen Hunt Jackson, Called Back (Misterio) de Hugh Conway, o Lalla Rookh, de Thomas Moore, entre otros. Mucho ms interesante es su labor de traduccin permanente, aquella que casi desaparece, por decirlo de algn modo, bajo el peso de su propia originalidad literaria, y sobre la que se asienta su labor cotidiana de cronista durante sus casi quince aos de residencia en Nueva York. Surez Len valora certeramente esta labor, que no slo atae a lo puramente idiomtico, sino que alcanza a cuestiones culturales e ideolgicas fundamentales para los lectores de los diarios latinoamericanos donde el cubano publicaba esos textos. As, desde las pginas de La Opinin Nacional, de Caracas, La Nacin, de Buenos Aires, La Opinin Pblica, de Montevideo, El Partido Liberal, de Mxico, entre otros, se accede a informacin de primera mano acerca de lo ms notable acontecido en los Estados Unidos, se dispone de una palabra previsora que alerta sobre los peligros que significa para la que llam “Nuestra Amrica” la vecindad con la pujante nacin del Norte, y se crea un nuevo modo de decir renovador en la lengua espaola. La traduccin, entonces, en manos de Mart, es mucho ms que el hecho de hacer inteligible para el lector hispano lo dicho en una lengua ajena. Es, sobre todo, un fructfero dilogo intercultural y la base de un proceso de reescritura complejo, heterogneo, el cual implica la transformacin y sntesis literaria del material informativo extrado de la prensa norteamericana, formulado en lengua inglesa, y la introduccin de perspectivas narrativas novedosas, lenguaje potico original, adecuacin a los referentes culturales de sus lectores latinoamericanos, sin traicionar la veracidad de los hechos o censurar los que no aprueba. La autora documenta con ejemplos probatorios cada uno de sus argumentos, y efecta un valioso anlisis de las “Escenas norteamericanas” de Jos Mart, que insiste en su calidad renovadora como texto literario y periodstico cimentado en la labor de traduccin. Por ltimo, acercarse a este libro significa, para todo estudioso de la cultura cubana, o para aquellos interesados en ella desde la perspectiva del lector comn, el acceso a una fuente de informacin actualizada y rigurosa, que tiene tambin el mrito de la amenidad y la excelencia expresiva. Lectura agradable y til, a la que el interesado volver una y otra vez.

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201 Pensamientos de Flix Varela y Morales Jess Dueas BecerraCrtico y periodista“El primer deber de un hombre es pensar por s mismo”. JOS MART L a M.Sc. Ana Margarita Len Ortiz, investigadora auxiliar de la Biblioteca Nacional Jos Mart, es la compiladora y presentadora de la obra Pensamientos de Flix Varela y Morales (1788-1853), publicada por Ediciones Bachiller (La Habana, 2008), en homenaje al aniversario 280 de la fundacin de la Universidad de La Habana, donde duermen el sueo eterno las sagradas cenizas de uno de los padres de la ciencia psicolgica cubana.1En ese texto, escrito con amor y respeto ternsimos a la vida y la obra del presbtero Flix Varela y Morales, la tambin profesora adjunta de la capitalina Alma Mater se dio a la paciente tarea de seleccionar y compilar los principales aforismos varelianos, para alimentar la mente y el alma de quienes percibimos en ese “cubano entero” –como lo calific Jos Mart– a uno de los ms insignes pensadores de todas las pocas y de todos los tiempos. La lectura serena y profunda de esos aforismos, procesados en el intelecto y en el espritu del virtuoso profesor de Filosofa en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, claustro materno de ciencia, conciencia, tica, cultura y patriotismo, y abarcadores de las ms dismiles disciplinas cientficas, sociales, artsticas y humansticas, nos muestra –desde una ptica objetivo-subjetiva– el pensamiento integral e integrado del padre Varela como “[…] filsofo, psiclogo, [educador], sacerdote y ser humano [excepcional]”.2La destacada bibligrafa y escritora caribea estructur esa obra en cuatro captulos: “Abreviaturas utilizadas” (I), cuyo contenido se explica por s solo; “Motivos para pensar” (II), por la doctora Ana Cairo Ballester, profesora e investigadora de la Universidad de La Habana, quien ofrece una sntesis biogrfica del padre Varela, as como una breve explicacin de las motivaciones profesionales y personales que impulsaron a la autora a escribir ese libro, cuya “[…] lectura podra fun cionar

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202como una introduccin estimulante [o mejor, vivificante] para aprender a admirar a uno de los intelectuales emblemticos de la cultura cubana”;3“Cronologa mnima” (III), e “Ideario de Varela” (IV), seleccionado conforme con la riqueza intelectual, tica y espiritual de que era poseedor el padre Varela, y que –como buen cristiano– puso a disposicin del prjimo… sin exigir nada a cambio. Recomiendo la lectura serena y profunda de Pensamientos de Flix Varela y Morales de la M.Sc. Ana Margarita Len Ortiz, a los estudiosos de la vida y la obra de ese siervo de Dios, cuyo “[…] mayor milagro [es] la nacin cubana, que [hoy] se levanta sana y salva de la agresin y […] la pobreza”.4Notas1 Vase: Dueas Becerra, Jess. Varela: psiclogo precursor. Revista Cubana de Psicologa (La Habana) 15(3):186-190; 1998 y “Flix Varela: primer psiclogo cubano”. www.radioprogreso.cu (Especiales)2 Bueno, Salvador. Citado por Jess Dueas Becerra, en Salvador Bueno: crtico mayor. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 98(3-4):192; 2007.3 Cairo Ballester, Ana. “Motivos para pensar”. En Len Ortiz, Mara Margarita, comp. Pensamientos de Flix Varela y Morales. La Habana: Ediciones Bachiller, 2008. pp. 13-18.4 Leal Spengler, Eusebio. “La nacin cubana sana y salva”. En Flix Varela. tica y anticipacin del pensamiento de la emancipacin cubana. La Habana: Editorial Imagen Contempornea, 1997. pp. 317-322.

PAGE 204

203 En Amrica Latina, contar es un placer Mercedes Santos MorayPoetisa, ensayista e investigadora literaria E l cuento, que en otras zonas del mundo parece haber perdido espacio frente a la novela, sin embargo es uno de los gneros ms cultivados por diversas generaciones de autores hispanoamericanos, y tambin una gran pasin para muchos autores, especialmente y como lo demuestra la vida, por cubanos y cubanas. Ahora, y en esta XVII edicin de la Feria Internacional del Libro se pone a la consideracin de los lectores, e implcitamente de los propios escritores, en particular de los ms jvenes, un volumen publicado por la Casa Editora Abril: Contar es un placer una seleccin del doctor en Ciencias Filolgicas e investigador del Instituto de Literatura y Lingstica, Emmanuel Torns Reyes, quien adems la prologa y es el autor de las notas de esta edicin, as como de las fichas que presentan a cada uno de los cuentistas reunidos, y que han nacido entre las dcadas del cuarenta y del setenta del pasado siglo. Emmanuel Torns es una de las ms autorizadas pupilas que pueden hablar, y escribir, desde su condicin de exgeta y de crtico de la literatura hispanoamericana contempornea, sobre todo, de las corrientes del postboom y del universo variopinto de la postmodernidad, sujeto y objeto de su propia especializacin y de su tesis doctoral.Autores y autoras en la Feria del LibroPuedo afirmar que mi lectura de esta antologa es una lectura cmplice y, a la vez, muy incisiva, pues se me pidi que realizara la presentacin de este ttulo, el 14 de febrero de 2008 en la sala Alejo Carpentier, de la fortaleza de San Carlos de la Cabaa, da en el que se abri al pblico la sede principal del evento. En ese estudio, que de hecho lo es y devendr igualmente en un texto referencial tanto para Cuba como para toda Hispanoamrica, hay narraciones de autoras y autores de diecisiete pases del continente, con una visin muy diversa y tambin plural no slo de las vertientes temticas sino en la propia concepcin de la discursividad. Debo apuntar que en esta antologa se han incluido (no excluido, afortunadamente, como suele suceder en otras ediciones al abordarse Amrica Latina), cuentistas de Cuba, quienes establecen un dilogo implcito y un virtual contrapunto, desde experiencias diferentes y similares, por paradjico que pueda resultar mi apunte, con los narradores de nuestra Amrica que escriben en castellano.La esttica postmodernaEn un mundo globalizado, y en un continente que comparte idioma y tradiciones, historia y cultura, como el nuestro, estos cuentistas tambin abordan los conflictos sociales desde la proyeccin colectiva, pero con mayor

PAGE 205

204nfasis en el sujeto individual, y nos ofrecen una realidad hispanoamericana esencialmente urbana, en la cual surgen, como un continuum la intertextualidad y los vasos comunicantes de la literatura con otras expresiones artsticas, desde la msica al audiovisual, sin eludir la llamada cultura de masa, ni tampoco los referentes de alteridadLas mujeres tambin escribenAlgo muy relevante en esta antologa es la fuerte presencia de la mujer, desde su calidad de narradora, hecho cultural que se corresponde con el proceso vivo de las transformaciones sociales y polticas, incluso estructurales, vividas por nuestros pueblos en las ltimas dcadas, comunidades en donde sobreviven todava los elementos conductuales y obsoletos del imaginario patriarcal, pero que no pueden ya cerrar ni tampoco invisibilizar la creatividad de la mujer, quien ha ido abandonando el nido, el nicho privado de la existencia, y de la educacin sexista, para homologarse con sus colegas, en los espacios pblicos, en una redefinicin de la sociedad y de la cultura, manifiestada en la mayor parte de las naciones del continente (y a manera de ejemplo y referencia poltica, veamos que en el cono sur dos de los ms importantes pases hispanoamericanos, Argentina y Chile, son presididos desde el liderazgo de Cristina Fernndez y Michelle Bachelet). Narradoras como la chilena Isabel Allende o las venezolanas Laura Antillano, Ana Teresa Torres y Judith Gerendas, la panamea Aida Judith Gonzlez Castrelln, las argentinas Liliana Heker y Cristina Civale, las mexicanas Rosa Beltrn, Ethel Krauze y Adriana Daz Enciso, la dominicana Emilia Pereyra, las peruanas Roco Silva Santisteban y Mariella Sala, la nicaragense Patricia Belli, la puertorriquea Mayra Santos-Febres, las cubanas Anna Lidia Vega Serova, Karla Surez y Marilyn Bobes, han contribuido con la calidad de sus relatos a dar otro elemento caracterolgico del cuento hispanoamericano en nuestros das.ValoracionesDe “muy creativos, muy imaginativos y audaces” ha calificado el antologista a esos narradores, quienes se aproximan al pasado y al presente desde ngulos muy diferentes, rompiendo las convenciones, en pos de una escritura que no es ni evasiva ni complaciente, sino que resulta una verdadera “reformulacin”, al decir de Torns Reyes, del discurso del gnero, creadores de hoy con perspectiva cosmopolita que recuperan la elegancia del idioma, y alcanzan una alta capacidad de sntesis desde una manifiesta propuesta de sencillez discursiva, resultado de un arduo trabajo con el idioma, como se evidencia en las narraciones de los nuevos cuentistas argentinos, bolivianos, guatemaltecos, uruguayos, colombianos y cubanos, as como en los polmicos e inquietantes escritores chilenos de Mc Ondo o del crack mexicano.El pblico de este placerA los ms jvenes est dirigido, en primera instancia, este volumen, desde el placer de la lectura, y que permite a todos, conocedores o no del corpus narratolgico, actualizarse sobre lo que

PAGE 206

205sucede en las letras hispanoamericanas, esas que demuestran su salud con nombres de autores muy reconocidos y tambin con el talento y la osada de cuantos comienzan a mostrar sus garras, en estos tiempos, pero siempre partiendo de una premisa: la validez esttica de cada uno de los cuentos, su calidad como hecho literario en s, para entregar a cuantos busquen este libro, horas de goce y de disfrute, en el cual hay pginas de amor y desamor, de erotismo y sensualidad, de violencia y reflexin, porque son historias cuajadas de vida.

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