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Revista de la Biblioteca Nacional

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Material Information

Title:
Revista de la Biblioteca Nacional
Added title page title:
Revista de la Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Physical Description:
50 v. : ill. ; 26 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Biblioteca Nacional (Havana, Cuba)
Biblioteca Nacional José Martí
Publisher:
La Biblioteca
Place of Publication:
Habana, Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Bibliography -- Periodicals.
Cuban literature -- Bibliography -- Periodicals.
Cuba -- Bio-bibliography -- Periodicals.
Genre:
serial   ( sobekcm )

Notes

Citation/Reference:
Also, Biblioteca Nacional "José Martí". Revista de la Biblioteca Nacional "José Martí" (OCoLC)2454556
Bibliography:
Indexes: T. 1-4, 1949-53 with t.4.
General Note:
Title from cover.

Record Information

Source Institution:
Biblioteca Nacional José Martí
Holding Location:
Biblioteca Nacional José Martí
Rights Management:
All rights reserved by the holding and source institution.
Resource Identifier:
oclc - 2459262
System ID:
AA00019219:00017


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Full Text

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2 Director : Eduardo Torres CuevasConsejo de honor In Memoriam:Ramn de Armas, Salvador Bueno Menndez, Eliseo Diego, Mara Teresa Freyre de Andrade, Josefina Garca Carranza Bassetti, Ren Mndez Capote, Manuel Moreno Fraginals, Juan Prez de la Riva, Francisco Prez GuzmnConsejo de redaccin:Eliades Acosta Matos, Rafael Acosta de Arriba, Ana Cairo Ballester, Toms Fernndez Robaina, Fina Garca Marruz, Zoila Lapique Becali, Enrique Lpez Mesa, Jorge Ibarra Cuesta, Siomara Snchez Roberts, Emilio Setin Quesada, Carmen Surez Len, Cintio Vitier Jefa de redaccin: Araceli Garca CarranzaEdicin: Marta Beatriz Armenteros ToledoComposicin electrnica : Marta Beatriz Armenteros Toledo Kirenia Acosta Idea original de diseo de cubierta: Luis J. GarznVersin de diseo de cubierta: Yoe M. Pieyro Rojas Imgenes pertenecientes a los fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart.Canje: Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Plaza de la Revolucin Ciudad de La Habana Fax: 881 2428 Email: editorial@bnjm.cu En Internet puede localizarnos: www.bnjm.cuPrimera poca 1909-1913. Director fundador: Domingo Figarola CanedaSegunda poca 1949-1958. Directora: Lilia Castro de MoralesTercera poca 1959-1993. Directores: Mara Teresa Freyre de Andrade, Cintio Vitier, Rene Mndez Capote, Juan Prez de la Riva y Julio Le Riverend BrusoneCuarta pocaDirectores: 19992007: Eliades Acosta Matos 2007-: Eduardo To rres Cuevas La Revista no se considera obligada a devolver originales no solicitados. Cada autor se responsabiliza con sus opiniones. Ao 100 / Cuarta poca Enero-Diciembre, 2009 Nmero 1-4 Ciudad de La Habana ISSN 0006-1727 RNPS 0383

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3 NDICE GENERALUMBRAL Una presencia centenaria en la cultura cubana 7Eduardo Torres CuevasANIVERSARIOSREVISTA DE LA BIBLIOTECA NACIONAL JOS MART (1909-2009) Cuba 2411Gerardo Castellanos Garca pocas y contenidos de la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba27Araceli Garca Carranza Editar la Revista de la Biblioteca: un estado de gracia conspirativo por la cultura cubana65Carmen Surez Len TESTIMONIOS SOBRE EL CENTENARIO Salvar la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart 68Rafael Acosta de Arriba La Revista... y yo70Jess Dueas Becerra La Revista, cien aos despus72Leonel Mazas Mi Revista76Marta B. Armenteros El reinicio de la Revista en 199978Jos Antonio Garca Valiente Marinello, el martiano mayor en una Revista centenaria80Mario Antonio Padilla Torres

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4 ENRIQUE JOS VARONA (1849-1933) Mart en Varona 83Josefina Meza Paz Enrique Jos Varona: una aproximacin a su obra literaria 92Gerardo C. Garca Barcel El pensamiento tico de Varona. Del naturalismo tico a la eticidad revolucionaria102Armando Chvez Antnez Acercamiento al ideario educativo de Enrique Jos Varona y Pera107Justo A. Chvez RodrguezVarona: comprensin tico-filosfica del mundo, el hombre y la sociedad110Mara Elena Garca Snchez Funcin educativa de la vida y la obra de Enrique Jos Varona y de Fernando Ortiz122Rolando Buenavilla RecioHOMENAJESCINTIO VITIER (1921-2009) A Cintio en su 88 cumpleaos127Araceli Garca Carranza El da de hoy tiene un especial significado129Eduardo Torres CuevasMEDITACIONES A propsito de la temtica de “lo humilde-cotidiano” en Habana del centro de Fina Garca Marruz131Lennys Ders del Rosario

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5 Hoy es un da de emociones y recuerdos140Juan Nuiry Snchez La subjetividad en la narrativa histrica: la Protesta de Baragu frente al espejo149Antonio lvarez Pitaluga El fondo Fernando Ortiz de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart165Mara del Rosario Daz Homenaje a los 90 aos fundacionales de la Sociedad Pro-Arte Musical176Irina Pacheco Valera Acercamiento cultural al tratamiento de la arquitectura en cuatro crnicas carpenterianas194Cristina Pea Prez Emilio Roig de Leuchsenring y su poca204Mara del Carmen Barcia Zequeira A casi 100 aos del maestro Ernesto Sbato210Mercedes Santos Moray Jos de la Luz y Caballero en la contemporaneidad historiogrfica cubana217Mildred de la Torre Molina Factores que hicieron posible el golpe de Estado de Batista229Newton Briones Montoto Sobre la responsabilidad social del diseador236Claudio Sotolongo

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6 DOCUMENTOS RAROS Otro texto indito de Flix Varela241Amaury B. Carbn SierraLIBROS El juicio del Moncada, de Marta Rojas245Araceli Garca Carranza Memorias de la Revolucin 250Luis M. de las Traviesas Moreno Narciso, la poesa y los poetas. Nuevo libro de ensayos de Virgilio Lpez Lemus252Yuri Rodrguez GonzlezNormas de presentacin de los artculos255

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7 UMBRALE l nacimiento de una revista, si es genuina, si responde a la necesidad de un espacio de creacin y dilogo, siempre es deseable. Si esa revista logra insertarse en el inters de una comunidad de lectores, y de lectores exigentes, entonces ya ser ms que una intencin de sus creadores, parte viva de sus lectores. Si esa revista logra sostenerse, como todo cuerpo vivo con sus mejores y buenos momentos durante un siglo, se vuelve, ms que la creacin de una generacin, parte de la composicin de la cultura de un pas. La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart cumple su primera centuria en este ao 2009. Ha pasado por diversos momentos, ha vencido dificultades que nunca se enumeran, pero que dejan su huella en el decurso de los aos y ha marcado con su impronta a varias generaciones de estudiosos cubanos y de otros pases. Es por ello que es difcil poder hablar o leer escritos en cualquiera de las ramas de investigaciones de la cultura cubana en que no est presente nuestra revista. Naci esta publicacin en aquellos aos oscuros y difciles en que se debatan en contraposicin silenciosa los intereses reales de una cultura en gestacin y la imposicin o la sutil atraccin de una expresin fornea que poda arrasar con el dbil rbol sembrado con el amor y la sangre de los componentes de lo que llamara Mart un “pueblo nuevo”. No eran claras las proyecciones ante la complejidad que presentaba el naciente siglo XX cubano. Gran parte de lo que ese siglo acumul era desconocido por los callados adalides de un pensamiento propio para un pueblo que tena que definirse a s mismo. Apenas alguno de los problemas sociales graves de la nacin se expresaban en las nuevas escrituras que intentaban definir a una Cuba que, rotas las ataduras coloniales, apenas era capaz de romper las tradiciones coloniales. La idea martiana de que en nuestras repblicas sobreviva la colonia, constitua uno de los peligros reales para lograr la repblica “con todos y para el bien de todos”. Pero ms fuerte an era el arrollador avance de una modernidad norteamericana, atractiva y punzante que pareca que se presentaba como lo ms avanzado en los comienzos del siglo. En ese contexto, hacer y pensar a Cuba era hacer y pensar en medio Una presencia centenaria en la cultura cubana Eduardo Torres CuevasHistoriador y director de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart

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8de una composicin intelectual que apenas poda asirse a un ncleo creativo de escasos y controvertidos nombres. Entre las obras ms importantes del batallar de los defensores de la integridad del naciente pueblo, de la independencia de la nacin herida, y de la espiritualidad de una cultura cubana, estuvieron las sutiles batallas por ganarle a la influencia intervencionista espacios vitales para la preservacin de las tradiciones, del pensamiento y de la historia heroica del pueblo cubano como elemento esencial de la cultura cubana. Un capitn del Ejercito Libertador, Joaqun Llavera, sera gestor de un Archivo Nacional cuya misin sagrada sera recuperar y preservar los documentos con los cuales, algn da, se construira la memoria histrica de nuestro pueblo; un hombre extraordinario, seguidor estrecho e infatigable de Mart, Domingo Figuerola Caneda, lograra que en un pequeo espacio de la vieja Fortaleza de la Fuerza se le nombrara director de una hipottica Biblioteca Nacional. Tendran, ambos, que contribuir con fondos documentales y bibliogrficos a que historiadores y estudiosos del siglo XX deconstruyeran la historia colonial, construyeran e imaginaran una nueva historia que legitimara el derecho del pueblo de Cuba a una nacin independiente y, sistemticamente, reajustaran y redescubrieran esa historia de nuestro pueblo. La creacin de instituciones que establecieran una cultura nueva nicamente poda lograrse si en su interior hombres y mujeres imbuidos de un fervor patritico y con la cultura necesaria para hacer cultura, trabajaran en acumular informacin proveniente de las ms diversas fuentes, y no slo trabajaran la historia heroica, sino tambin la de los hbitos, costumbres, tradiciones, creaciones, que le daban a nuestro pueblo perfiles muy bien definidos. Haba que hacer mucho ms. Haba que pensar a Cuba desde la obra creadora de quienes en cada poca haban estudiado la sociedad colonial. Ello explica el inmenso amor con que legaron a la Biblioteca Nacional de Cuba sus colecciones personales desde el propio Domingo Figuerola Caneda hasta eruditos como Vidal Morales. No obstante, era necesario mucho ms. En 1909, como parte de un movimiento de creacin de espacios de divulgacin del conocimiento oculto en los fondos de la Biblioteca Nacional, Domingo Figuerola Caneda logra la publicacin del primer nmero de la Revista de la Biblioteca Nacional. Un ao despus, se constitua la Academia de la Historia de Cuba que le dara al pas el centro de la actividad cientfica y literaria para proyectar y debatir los mayores alcances a nuestra historia nacional. Entre los nombres de los ilustres fundadores de dicha academia estara asimismo el de Domingo Figuerola Caneda. El creador y primer director de la Revista de la Biblioteca Nacional, Domingo Figuerola Caneda, naci en La Habana el 17 de enero de 1852. Particip en importantes proyectos intelectuales como la Antologa de poetas hispano-americanos compuesta por Marcelino Menndez y Pelayo, y fue delegado de Cuba en los Congresos Internacionales de Bibliografa y de Bibliotecarios, este ltimo celebrado en Pars en 1900 y del cual fue uno de los vicepresidentes; fue

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9miembro de la Asociacin de Bibliotecarios de Inglaterra y Miembro Honorario de la de Bibliotecarios Franceses. El gobierno de Francia le confiri la condecoracin de las Palmas Acadmicas. Pero lo ms destacado de su trayectoria fue su activa participacin en el apoyo a la guerra de independencia dirigiendo en Pars el peridico independentista La Repblica Cubana. Figuerola Caneda se opuso a la opcin autonomista y slo regres a Cuba para continuar su trabajo a favor de una cultura cubana independiente. De esa profunda raigambre patritica, de ese profundo amor por la an no coherente cultura cubana, nace nuestra Revista de la Biblioteca Nacional. La publicacin ha transitado por el decursar de los aos recibiendo, a veces, el empuje entusiasta de hombres y mujeres que marcaron sus diversas pocas; y a veces, la incomprensin, la desidia e, incluso, ms angustiosa, los intereses espurios que obstaculizaron, ms que las dificultades reales, su desarrollo coherente. A un lado, todo aquello que mancha el sol; lo que queda, lo que est, lo que sirve, se encuentra plasmado en sus pginas y ser hoy y siempre fuente nutriente de conocimiento verdadero. Nuestra Revista no poda menos que dedicar en este nmero, una parte notable de l a conmemorar, tambin, la presencia de Enrique Jos Varona en nuestra cultura del Pensar y Hacer. Dgase pensamiento cubano y se dice Flix Varela, Jos de la Luz y Caballero, Jos Mart y Enrique Jos Varona. Maestros incansables, hombres que escudriaron la compleja e indita realidad cubana. En la necesidad del estudio de sus obras est la nica forma real de descubrir las races profundas de una cultura que trabaj conscientemente en la construccin de una Cuba cubana. Sirva este nmero de nuestra Revista como un acercamiento a todo ese amplio universo que encierra nuestra publicacin y, a la vez, como muestra de incentivo real para pensar a los que nos pensaron, por la necesidad de pensar nuestro presente.

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10Domingo Figarola Caneda

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11 ANIVERSARIOS Revista de la Biblioteca Nacional (1909-2009) Cuba 24* Gerardo Castellanos GarcaEscritorDomingo Figarola Caneda. La tertulia. El ogro. Ancdotas. Sus obras. Das coloniales. La Repblica Cubana. La Biblioteca Nacional Esta casa ocupa el sitio ms ideal de La Habana. Entre La Punta y la antigua Maestranza de Artillera. Frente por frente al mar, casi tocando las orillas de la baha, por donde se extiende y termina el Malecn. Desde sus balcones se domina el soberbio espectculo de las caducas fortalezas espaolas que defendieron a la capital: el Morro y la Cabaa colocados como hoscos vigilantes en aquellas estratgicas alturas. Precisamente la Cabaa queda en lnea recta, a tiro de fusil de esta casa. De modo que esa orilla opuesta fue el punto peligroso para la toma de La Habana, en 1762, que primero sostuvieron los espaoles y despus tomaron los ingleses para convertirlo en foco decisivo para el bombardeo de la ciudad. Por su posicin privilegiada y pasado, esta casa encierra agradable e interesante leyenda. Primero, residencia de opulenta y linajuda familia, que a su alrededor atraa a lo ms culto y aristocrtico de la sociedad cubana. Despus, cuna del padre y mentor de la bibliografa, el perilustre literato don Domingo Figarola Caneda. *** Luego, palacio de Justicia, albergando a la Real Audiencia Territorial. Ms tarde, en los tiempos ominosos de Weyler, convertida en vivac donde se realizaron toda clase de infamias y vejmenes por los sicarios de aquellos crueles das coloniales. Y, por ltimo, para limpiarla, sanearla del pestilente polvo de la ltima etapa, vivienda del mismo don Domingo que ya estaba orlado de fama por sus conquistas en el mundo de las letras. Y, casi conjuntamente con Figarola, ocup un departamento la Academia Nacional de la Historia. Pero indiscutiblemente esta postrera poca es la que da ms prestigio a la solariega mansin, que an conserva en su exterior los sencillos y elegantes trazos de la arquitectura de entonces. Ahora el casern de la Condesa de Merln, adaptado a inquilinato, es un pueblo pequeo, con oficinas de distintos gneros, hasta de Obras Pblicas. Viven familias en los bajos y en el entresuelo suenan pianos, violines, cornetines; afi-* Publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1952.

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12cionados al canto que vocalizan a todo pecho; cotorras y canarios que se unen al concierto. Niitos, ancianos, mozas lindsimas, sealadamente una bella y rubia de largas trenzas que graciosamente le besan los tobillos y que es consumada artista del piano. Y all mismo, en un ala del piso principal, encajonada en reducido espacio, est la Academia de la Historia con su rica biblioteca. Este rincn es el refugio de la docta corporacin encargada de la herclea y sabia misin de hacer la historia patria. Lo que demuestra que hasta para dilapidar... hubo en los pasados perodos presidenciales, menos para dar preeminente y adecuado lugar y medios a la Academia de la Historia; y eso que hubo una poca en que presidi la Repblica, y no fue parco en otras ddivas, el acadmico licenciado Alfredo Zayas. *** El pisito de don Domingo es visitado todos los das de la semana. Por l entran y salen asiduamente, desde muy temprano, hasta la noche, como abejas de una colmena, conocidos hombres de letras, de todos los matices y orientaciones y escuelas. Jvenes que hacen pininos en poesa y prosa; sesudos varones en el apogeo de la fama o popularidad, sin que falten los que van declinando o estn en manifiesto eclipse total. No escasean los polluelos que abandonan el montono interior de la isla con propsitos de editar sus producciones o buscar pedestal propicio a sus aspiraciones. No asisten comerciantes ni gomosos de saln, ni polticos profesionales, porque en este ambiente moriran de tedio o asfixia, faltos de oro y especulaciones, chismes y perfumes y elegancia y triquiuelas de comit. Confieso que yo esperaba enfrentarme con un neurtico docto en letras; personaje irnico con quien era difcil armonizar y, por lo tanto, escabroso estrechar afecto, porque su crtica apasionada y disolvente, nada respetaba; crtica apoyada en su cultura y minucioso conocimiento de los hombres y larga convivencia entre lo ms selecto en letras en lapso de medio siglo. Sin embargo estim curioso y conveniente por lo menos estrechar la mano del clebre bibligrafo que, a pesar de sus excentricidades, brusquedades, verdades que hieren cual estoques y juicios despiadados, es muy citado, e ilustres literatos le visitan con frecuencia. Figarola Caneda ha vivido tanto, hace tantsimos aos que su prestigio vuela por el ambiente cultural cubano, que raro es el escritor o lector que no lo conozca. Por eso son pocas las presentaciones en aquel cenculo. La mayora de los visitantes, al ver al consagrado literato, se dirige a l franca y sencillamente, con familiar saludo a “don Domingo”. Y don Domingo, en juego con sus aficiones y carios, para determinar la cantidad de consideracin que el iniciado merece, regularmente pregunta, con la autoridad que dan los aos: “Usted escribe? Qu obras ha publicado?”. Y con la punta de este hilo comienza a desenrollarse la charla ms o menos interesante. Con los consagrados, el procedimiento tiene variantes; pero slo en cuanto a indagar los libros que tienen en preparacin. De modo que, imprescindiblemente, all el tema fijo es la literatura nacional o francesa. Desde luego, que con so-

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13brada razn y causas, porque un hombre que durante su existencia slo ha respirado atmsfera suprema intelectual, difcil parece que pueda avenirse a respirar otra distinta. Esto no es prctico en nuestro siglo, y menos en el vrtigo que sufrimos los cubanos de riquezas, desatendiendo en dolorosa indiferencia, y hasta desprecio, lo que no sea utilidad inmediata para gozar la vida material, mas Caneda vive jinete en quimera, con la cabeza entre las nubes sin tocar la tierra de la realidad. Entramos. Juan Beltrn fue mi introductor. Precisamente con este haba ocurrido algo muy de considerar para mi visita. Beltrn vino de Espaa. Trajo cartas de presentacin para don Domingo, que entonces diriga la Biblioteca Nacional. Lo visit y, despus de haber sido delicadamente atendido, al despedirse, Beltrn le confes que a su llegada esper habrselas, como se lo haban pintado, con un ogro, y en su lugar goz las finezas de un caballero muy sociable. Subimos por estrecha escalera. En un balcn interior del entresuelo nos detuvimos y tocamos en el departamento nmero 27. Nos abri un seor alto, un tanto grueso, de tez sonrosada, cabellos blancos, pelado al rape, bigote recortado en forma de cepillo y con espejuelos de oro. Vesta llamativo pijama blanco a rayas azules. Con voz gruesa y correcta diccin nos acogi. Pasamos por un pequeo saln oscuro, y a seguida ocupamos sitio en otro ms amplio, claro y fresco. Tiene dos ventanas con balcones a la calle Cuba, que dominan casi toda la baha, dando frente a la fortaleza de La Cabaa. Es un delicioso mirador. En el centro de la habitacin hay escritorios y mesas atiborradas de libros y papeles. Por todas partes mesitas con ms libros y documentos. En los testeros estantes con tomos esmeradamente encuadernados y defendidos del polvo y la luz por visillos de cretona. Una mesita con reloj. Penden de las paredes nicamente los retratos de Mart, Heredia, Luz Caballero y Bachiller y Morales. Es pobre la silla de labor de don Domingo. Frente a l trabaja su infatigable esposa. A un lado hay amplios mecedores. El lugar, saturado de olor a libro, slo invita a pensar en literatura. Y como Caneda no tiene otra vida que no sean los libros, no se explica la existencia de un hombre que no lea, que no ame los libros, que no tenga biblioteca o que no sepa escribir. La persona que por lo menos no tenga una de estas aficiones, no podra convivir en este santuario. La primera tarde le o hablar mucho. Abord amenos temas. Habl de personajes muertos que fueron faros en nuestro mundo intelectual, como si los tuviese delante. Y lo haca con recta seguridad y vocabulario preciso y determinante. Al hablar cuidaba meticulosamente de poner en su lugar puntos y comas y todo el ejrcito ortogrfico, dndole tono un poco afectado. Antes de salir formul mentalmente un juicio decisivo de Figarola: enrgico, pesimista, voluntarioso, exigente, extremadamente nervioso. Hace crtica como un padre da consejos, no por herir sino con intenciones de practicar el bien. Bruscamente sincero; dice una verdad sin preocuparle que hinque o arae. Profundo conocedor de nuestra historia y evolucin literaria. Para l, literatura es

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14cuerpo con vida, y la ama con pasin dedicndole sus energas. Casi no le importa otra cosa. Esta aficin, este amor intenso, es ms bien una enfermedad, idntica a la confesada por Nstor Ponce de Len en su interesante y hermoso trabajo “En mi biblioteca”. Una cuartilla escrita y firmada por Caneda acab de ratificar mi juicio. Es indudable que la letra es el espejo que mejor retrata a una persona. Placidez, inquietud, tortuosidad, sinceridad, clera, energa o debilidad, estn encerradas en la escritura de los hombres y, ms acentuadamente, en la firma. Y la firma de Caneda es segura, gruesa, grande, caracteres cuadrados que parecen hechos a golpe de hacha, y cierra con una rotunda rbrica que semeja un cable de acero. Sanguily le llamaba letra ciclpea. Pero confieso que no pude verle un pelo de ogro. Part sano y salvo, sin un rasguo y con el propsito de estrechar el afecto que me brindaba. Al salir, un piano desde el fondo de la casa desgranaba con fuego msica de Wagner. *** En el perodo que vengo frecuentando sta que debe llamarse Tertulia literaria de don Domingo, slo he odo hablar de problemas de letras y artes. No deba ser necesario agregar que hay tijeras y termocauterios propios de la clase que se dedica a esas disciplinas, sin que de vez en vez escaseen los elogios. Porque as como es cierto que las charlas de Cuba 24 no tienen pauta marcada de ctedra crtica, sino que el uso y la costumbre han impuesto la norma literaria, es notorio que se suele limpiar, fijar y hasta hacer verbales autos de fe con libros y autores. Muchos contertulios manejan el bistur y otros llevan la tea; y porque no se me tache de olvidadizo y parcial, confieso que Caneda nunca se queda desocupado. Es celoso por los fueros de las buenas letras y enristra con decisin contra el que falte, sealando lunares y errores con campechana claridad. Y si en la mayora de los casos acierta, es porque tiene la suprema experiencia de vapulear y cortar slo donde es maestro. El da preferido de la semana es el sbado. Domingo de los cristianos y sbado de los domingueanos. Es cuando la parroquia se llena de una plyade de consagrados escritores y grafmanos y literatos en ciernes. El sbado tiene la facilidad y conveniencia de que ya tarde, al terminarse la sesin de la Academia, los seores acadmicos suelen detenerse en el cenculo a cambiar impresiones con Figarola y sus feligreses.1Es el momento encantador de don Domingo. En sus saludos joviales, en su voz, en sus ojos y ademanes se destacan el contento de ver a sus compaeros, porque en estos ltimos tiempos l ha puesto su alma en la balanza de la Academia de la Historia. De ah que es tema favorito suyo lo que se relacione con hombres y asuntos de esa corporacin. (Es curioso y significativo que un hombre de letras como Caneda, no est en su mejor centro, que sera la Academia de Artes y Letras). ¡Qu cario, qu admiracin, por el secretario, acadmico, catedrtico y eminente fillogo cubano doctor Juan M. Dihigo! Llega este sencillo, noble y meritsimo intelectual, de pequea es-

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15tatura, vestido de negro, brillante sus espejuelos y hablando en voz queda. Don Domingo lo agobia a preguntas. Dihigo se las contesta cariosa y detalladamente. Y enseguida abordan interesantes asuntos, siempre, siempre de letras e historia. Con Antonio L. Valverde, hay frecuentes discrepancias. Valverde es un admirable y laborioso profesor y literato, tesorero de la Academia. Discuten con ahnco alrededor de casos de forma, principalmente la publicacin de los Anales. Parece que Caneda tiene moldes y manas de las que no ha de apartarse. A Emeterio S. Santovenia le quiere de veras, desde que este se inici en las bregas literarias. Hoy se queja de l, porque cree que el notariado le ha desviado de las letras. Pero es difcil la discusin, porque el suave y flemtico carcter de Emeterio es aceite sobre la ardiente palabra de Caneda. Un asiduo a quien don Domingo ama es al prudente y parsimonioso Francisco Gonzlez del Valle, puro valor intelectual que en numerosas obras ha dejado huellas de sus mritos. El inquieto y activo director del Archivo Nacional, Joaqun Llaveras, fue asiduo concurrente; y en otros das el erudito Francisco de P. Coronado, que actualmente desempea el cargo de director de la Biblioteca que fundara don Domingo, estuvo ntimamente ligado a Caneda. Haca algn tiempo que Manuel Sanguily no asista a esta tertulia sabatina, de la cual fue figura central y conspicua. Desde mejores y viejos das Sanguily y Caneda, a pesar de ser polos opuestos en especulaciones literarias y hasta en opiniones, mantuvieron estrechos vnculos, hasta el punto que Caneda haba sido preferido por Ctala para dirigir la publicacin de las obras completas de Sanguily. A ese efecto tena reunidos abundantes trabajos. Cierta vez Caneda mand a Manuel esos recortes para que los seleccionase e hiciese las indicaciones o correcciones convenientes. Muerto Sanguily, Figarola quiso recuperarlos; mas por mltiples motivos prefiri no insistir ms en su derecho y dejar los documentos a la familia. Don Domingo siempre sinti veneracin por el talento de Manuel; y mantuvo con l tiernos lazos hasta los postreros momentos, dolindose constantemente de la imposibilidad de no haber asistido a su entierro. La mencin de todos los contertulios sera interminable censo literario; pero no quiero omitir a: Roque Garrig, autor de numerosas obras premiadas en concursos. El inteligente y cultsimo joven Calixto Mas, con quien suele el maestro tener tiernas trifulcas. Federico Castaeda, abogado aficionado a las letras y rico en ancdotas. Mis queridos amigos, padrinos en la Academia, Ren Lufriu y Toms S. Jstiz. El costumbrista Emilio Roig de Leuchsenring, que por su causticidad origina discusiones con Caneda. Ramn Ctala, el culto director de El Fgaro, es querido de todos. El eminente literato y profesor, gloria de las letras cubanas, Jos A. Rodrguez Garca. Jess Saz de la Mora. Matas Duque, doctor en medicina, soldado libertador, literato y poltico. El culto y malogrado Carlos de Velazco. El entusiasta biblifilo Oscar Salls, Susini de Armas. Los pintores cubanos Armando

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16Menocal y Aurelio Melero. El simptico Jess de la Cruz. Jos A. Fernndez de Castro, autor de Medio Siglo de Historia Colonial. Aurelio de Armas. *** Y ya que estoy atisbando alrededor de la vida de don Domingo, parceme que no estar de ms apuntar que fueron sus padres Domingo Figarola y Castilla y Carmen Caneda y Garay, cubanos, y habaneros por aadidura. Slo tuvieras dos hijos: Joaqun, que se gradu de dentista, y en Cojmar fue vctima de la Reconcentracin de Weyler; y Domingo que naci en La Habana, el 17 de enero de 1852. Asisti al colegio San Francisco de Ass, que dirigi el isleo Jos Alonso y Delgado. Terminado el bachillerato, curs el ao de ampliacin universitaria y al momento comenz a estudiar medicina. Estaba precisamente en el segundo curso cuando ocurri la infame y criminal hazaa de los voluntarios de La Habana contra los estudiantes de medicina, por supuesto sacrilegio de araar la tumba de aquel recalcitrante espaol que por ir a insultar quijotescamente a los emigrados cubanos de Cayo Hueso, fue justamente matado por un sencillo patriota. Entre el grupo de estudiantes detenido y llevado entre bayonetas, estaba el joven Domingo. El suceso produjo gran alarma e inquietud en la ciudad, principalmente en los hogares de cubanos, por temor a los voluntarios que, al no atreverse a ir en busca de los insurrectos, framente esperaban asesinar a indefensos criollos. El peligro lo teman ms an las familias que tenan estudiantes en la Facultad de Medicina, que los ocultaron para ponerlos a salvo. Y cuando las pasiones se aplacaron, Domingo no quiso continuar los estudios. Ya tena viva vocacin por las letras, comenzando por ser tan fervoroso lector que viva constantemente metido en la biblioteca de su padre y ni siquiera quiso perder tiempo en aprender a bailar. Su vocacin tom vuelos al calor de sus amistades y las de su familia que la componan los ms brillantes valores en el saber y el periodismo. En 1875 cas con Mara Teresa Ferrer, hija de un acaudalado comerciante cubano. Naci al ao siguiente su primero y nico hijo, Herminio. La inteligencia del chico le hizo fundar tantas esperanzas que cuando estuvo en edad y condiciones de empezar los estudios, don Domingo, de acuerdo con sus simpatas por Francia, y convencido de que slo en Pars poda educarse en forma la juventud, all lo traslad y puso en un pensionado. A los pocos aos estall la guerra del 95 contra Espaa. Por esta poca, Herminio haca frecuentes visitas al Consulado espaol en busca de documentos en relacin con la cuantiosa herencia de su madre. Pero el amor a la patria, las prdicas del padre en favor de la independencia y las halageas noticias que corran entre los cubanos y en la prensa mundial, le llevaron a desdear la conveniencia material y decidirse por el ideal patrio. Vagamente habl de su propsito al padre que, a pesar de su amor, le dijo que haca bien en cumplir con el mandato de su conciencia. Mas de todos modos el intrpido mozo prefiri, quiz pen sando que el padre a ltima hora poda cortarle el paso, subrepticiamente, auxiliado por amigos y conocidos, embarcarse para los Estados Unidos,

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17dejando al desventurado don Domingo sumido en el hondo dolor de que marchara a una guerra desigual de la cual no regresara. En Nueva York se puso a las rdenes del delegado Estrada Palma. Y en la expedicin de Carlos Manuel de Cspedes y Quesada sali rumbo a Cuba, en el vapor Laurada, desembarcando cerca del puerto de Santiago de Cuba, el 27 de octubre de 1895. Le nombraron alfrez junto con sus compaeros Miguel Varona y Mario Carrillo y Aldama. Y segn documentos de los coroneles Carlos Manuel de Cspedes y Luis Mart, alcanz el grado de capitn, aunque su muerte, ocurrida en las lomas de Mayar, en septiembre de 1897, no figura en el libro de defunciones del Ejrcito Libertador, y a este injusto olvido se debe que slo fuese liquidado como soldado raso. El pesar ms cruel que le agobia es que su adorado hijo est enterrado en ignorado sitio, pues tuvo la desdicha de que cuando se preparaba a exhumar los restos, del lugar que slo conoca el coronel Luis Mart, este muri sin dejar noticias de aquel sitio. Me he detenido en estos detalles de Herminio, porque es justicia que hago a un “pino nuevo”, mrtir de la independencia cubana, que no midi el peligro ni la utilidad sino que por deber espontneamente fue a luchar y rendir la vida; y tambin porque es nota elegiaca, corona fnebre, que acaricia y no aparta de su memoria el pobre anciano. *** Tres ancdotas, espigadas en el jardn de la larga experiencia y vicisitudes del maestro, referentes a sus opiniones religiosas, condecoraciones y a banquetes, darn ocasin de formular mejor juicio. Yo conoca someramente el modo radical de pensar de don Domingo, en materia religiosa. Pero un da quise or de su boca un captulo detallado y cabal. Fue una tarde en que el maestro estaba bastante inquieto, hablando en tono mayor y ebrio de letal pesimismo. Este ltimo estado de nimo no es raro, puesto que por desencanto don Domingo ve el mundo envuelto en negro cendal, marchando en irremediable decadencia. El presente (de Cuba) slo vale por los destellos de luz, aurora boreal que refleja el hermoso pasado. Aprovech un momento en que deca: –Pobre Manuel (se refera a Sanguily). l que fue siempre un convencido libre pensador, casi ateo, y ahora me entero de que estn diciendo misas en sufragio de su alma. Presiento que Manuel se habr sacudido en la tumba al or esas misas. A quema ropa le dije, exponindome a su clera: –Es cierto que usted estuvo a punto de ingresar en un seminario a estudiar la carrera eclesistica? Tan brusca fue la sacudida, que cruji el enorme mecedor de roble. Tal pareca que yo le haba echado un vaho de vitriolo y prendido fuego a su traje. Sus ojillos pardos centellearon, brillando los cristales de sus espejuelos. Y con un fuerte golpe en el brazo del mecedor, y simulando contenerse, mas subrayando con energa la frase, dijo con bronca voz: –Quin, quin tuvo la infeliz ocurrencia de decir disparate tan grande?

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18Dgamelo, dgamelo don Gerardo. Sepa usted que jams me he confesado, ni aun de nio, pues mi padre sostena que slo l tena derecho a or las confesiones de sus hijos. Tampoco s rezar, ni siquiera he sabido el Padre Nuestro. Verdad es que nunca me ha hecho falta para resolver problema alguno de mi vida. No, Gerardo; no tengo un tomo de religioso: en nada creo. Aqu en la tierra, los hombres son de todo: ngeles, demonios, buenos y malos; el infierno y la gloria estn aqu. No creo, no, que ningn hombre, de esos que visten sayones y miran litrgicos al cielo y dicen misas teatrales, tenga el poder de comunicarse con Dios y ser nuestros mediadores. Esos son pillos embaucadores. Y remachando su opinin record que estando enfermo en la Policlnica del Cerro, se le present un simptico joven aficionado a las letras, y devoto fervoroso que, al tener noticias de que estaba grave, crey caritativo que antes de partir de este mundo deba ponerse a bien con Dios y los santos, confesando sus pecados ante un cura, a fin de que en el hipido final pudiese merecer los ltimos sacramentos y entrar sin reparo en la morada que ningn viajero ha podido describir. Fue una muda y febril escena. Enseguida vino un cura que, como un artista, haba esperado entre bastidores. Y cuando pregunt a don Domingo si era catlico este, con la fuerza y ruido de un caonazo, le dijo tres veces no. Un ao despus, todava monta en clera pensando cmo pudo soportar aquella visita, que pareca el silbido de un pjaro agorero de muerte, sin haber lanzado por la ventana al ensotanado. ***CondecoradoNotorio es que don Domingo ha sido, y sigue siendo, ardiente y parcial simpatizador de Francia y sus grandezas; en primera lnea por sus bellas letras. Sus temas siempre nacen y parten de Francia. Todo problema literario, para demolerlo o darle exequtur de curso, tiene que ser comparado con alguno anlogo francs. Lo bueno, para l, ha nacido y surge en Pars. Cuando habla de Pars su pecho se hincha y hasta cuando conoce algo doloroso o prfido ocurrido en Cuba, dice, marcando bien la frase: “Entonces yo estaba en Pars”. Estas simpatas y propaganda por la literatura francesa, y la seleccin que hizo en la Biblioteca Nacional de clebres obras de aquel pas, llegaron a conocimiento del gobierno, que crey justo premiar tal dedicacin. Esto caa de lleno en los loables procedimientos que practica aquella nacin de difundir el nombre francs y sus glorias por los mbitos del mundo, honrando a los hom bres que en los distintos pases se significan en cualquier aspecto del saber o de las conquistas nobles humanas. Figarola iba a ser condecorado en unin de su segunda esposa, la culta dama Emilia Boxhorn, que tambin ha hecho grandes propagandas por el libro y la encuadernacin francesa. Pero ni don Domingo ni su compaera tenan noticias de la distincin de que iban a ser objeto. Un da se presenta en la Biblioteca Nacional el catedrtico Luis Montan. Traa dos paqueticos y un par de rollos.

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19Habl con Caneda para hacerle saber su misin de imponerle, a nombre del Gobierno de Francia, las Palmas de Oficial de la Legin de Honor, con distintivo violeta, como reconocimiento a sus mritos en el campo de las letras. Igual honor se confera a su esposa. No esperaba tal honor. Tampoco lo quera. Era demasiado. No haban contado con l para otorgrselo. S, haba laborado mucho por las letras francesas; pero sin jams soar que su esfuerzo mereca tanto premio. No gustaba de honores. Con todo respeto declinaba la extraordinaria mencin. Estaba conforme con slo saber que haca justicia difundiendo el prestigio de Francia. Y se resisti a recibir las Palmas. Nada lo haca ceder. Entonces Montan acude a otro amigo y vuelve a la carga. Fue largo el debate que lo oblig a aceptar. Y desde entonces vemos en el ojal del frac de Caneda el precioso lacito morado, distintivo de la Legin de Honor. Conocedor yo de la resistencia que puso en rendirse, he pensado que slo el tiempo, ejecutor de milagros, ha conseguido que al fin don Domingo guste y saboree el honor de ser Oficial de la popular Legin. Tiene tambin Figarola, como emigrado revolucionario, un diploma y una medalla triangular; pero esta ltima seguramente no la usa por su enorme tamao. ***BanqueteEn la Repblica haca aos que haba entrado furor por los homenajes en forma de banquetes. Est perfectamente organizado un ejrcito de homenajeadores, que por el ms ftil motivo y al ms insignificante tipo le hace figura de un homenaje, aunque ms bien que figura central debiera llamrsele vctima del negocio. Porque es lo cierto que la mayora de esos banquetes obedece a pura especulacin. A Juan se le ofrece un banquete por haber sido nombrado portero. Un vivo aprovecha el asunto para vender billetes. Ajusta la comidita en un par de pesos por cabeza, otro par en anuncios y el resto lo distribuye en el comit gestor. Esto ha tomado alarmantes proporciones, pues quieras que no a cualquiera se le obliga a aceptar un homenaje. El abuso ha dislocado el valor social que en otros tiempos gozaron estos actos que respondan a indiscutibles mritos de los varones a quienes se tributaba; eran palpitaciones, mareas incontenibles para premiar el saber, la virtud. En Cuba, adems de haber perdido los banquetes su verdadero objetivo, ha dado lugar a que los pigmeos homenajeados se envanezcan, y, a la inversa, los ciudadanos representativos se crean empequeecidos al ser blanco de anlogas demostraciones a las de los osados incapaces. Y Voltaire ha dicho “que a nadie puede halagar una adulacin que se generaliza”. Es culpa de la poltica. Y es de creer que el abuso aniquilar al sistema; no estando lejano el da que un banquete sea prueba de demrito. En la epidemia han cado los mejores ciudadanos. Y lgicamente a Caneda le lleg su turno. Es de aclarar que los homenajeadores en este caso no eran de la conocida marca popular mercan til, sino jvenes meritsimos

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20e intelectuales de pura cepa, que tienen leal afecto al maestro. Convinieron en darle un banquete con motivo de haber cumplido 70 aos; 14 lustros de lucha en los campos arduos e improductivos de la literatura. Sobradamente mereca esto, y ms todava, quien en Amrica y Europa tiene sembrado jalones de nombradla. Ello no solamente era prueba de que no le faltaban devotos compaeros, sino que cuando los hombres de su tiempo se han rendido, don Domingo an est con la pluma en alto produciendo obras. Y dicho y hecho. Dos de los ms ntimos van a tomarle Pulso. Oye y al instante protesta. No tiene lastre para esa demostracin; es valuar con exceso su obra. A una cadena de argumentos une el poderoso de que no procede un homenaje por el natural e inevitable hecho de cumplir 70 aos; cualquier tonto, cualquier cretino, llega a esa y ms edad todava. No vale la pena dar un banquete por ser viejo. Le parece que va a caer en ridculo. Y no cede un pice. Los compaeros insisten y salen decididos a efectuarlo, viniendo a buscarlo el da sealado. Don Domingo lo averigua, y ese da sali con su esposa, dejando cerrada la casa. Y no asisti. *** Figarola Caneda ha viajado mucho por Espaa, Francia, Blgica y los Estados Unidos. En Londres estuvo dos veces: en 1895 a entrevistarse con el ilustre cubano Francisco Javier Cisneros, con motivo del rumor de que este patriota se hara cargo de la Delegacin Cubana en Pars. Figarola, en su nombre y el de numerosos emigrados, se propona hacer ver a Cisneros que la mayora lo acatara con mejor gusto que al doctor Betances. Pero Cisneros, por no desatender los grandes intereses que entonces manejaba en el ferrocarril de Barranquilla, que estaba construyendo, y tambin obedeciendo a su leal cubanismo, aconsej acatamiento al eminente puertorriqueo. E hizo ms todava: emprendi un viaje a Pars para suavizar asperezas de Enrique Pieiro y la Junta. Su segundo viaje a Londres lo hizo para ampliar estudios en el Museo Britnico; y entonces, 1901, casse con Emilia Boxhorn, nacida en Cracovia; dama de excepcional cultura que maneja con destreza los idiomas ingls, francs, alemn y espaol. Ella ha sido buena esposa e insustituible secretaria. A pesar de que no olvida un momento la Europa de sus amores, donde naci y se cri, la compenetracin de ambos es firme; son, en materia literaria, cuerpos afines que persiguen los mismos ideales y slo viven pensando en libros. En esta ltima estada se dedicaron a recoger los materia1es para la Cartografa Cubana del British Museum. *** De todos los escritores y periodistas de su tiempo, no queda uno que actualmente, a los 73 aos, mantenga como Caneda la pluma en ristre, el cerebro fresco y la constancia y el fervor vitales. Todos, sin excepcin, estn fuera de accin, o por la muerte o por la necesidad de reposo o falta de mdula. Slo don Domingo est ingente como un coloso (aun teniendo en cuenta que los viejos colosos suelen

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21tener grietas), dando consejos, orientando, escribiendo, tomando apuntes y trabajando como director de los Anales de la Academia de la Historia. Y eso que ha trabajado mucho para ganarse el sustento. Su pluma ha recorrido elptica asombrosa en medio siglo de cultivo de las letras. Fund y dirigi : El Mercurio (Habana 1876-1877); El Argumento (Habana 1883); La Ilustracin Cubana (Barcelona 1885-1887) que distribuy entre sus suscriptores valiosas obras de autores cubanos; La Repblica Cubana (Pars 1896-1897); Revista de la Biblioteca Nacional (Habana 1909-1912); ha colaborado en El Triunfo, El Trunco, el Pas, El Paisaje, La Lucha, El Almendares, Recreo de Damas, El Fgaro, El Liberal, El lbum (Guanabacoa), La Habana Elegante, Gaceta Musical, Europa y Amrica (Pars), El Porvenir (Nueva York), Patria (Nueva York), La Caridad (de esta slo se tir el nmero del da 27 de octubre de 1882), y Boletn Comercial. Tambin fue un tanto tenorio y poeta de escuela y sabor becqueriano, aunque de estos dulces y pasados das no le gusta hablar. De ah que no guarda ndice alfabtico de sus versos ni del nombre de sus novias y calaveradas amorosas; resignndose con mirar al cielo como testigo fiel y mudo. Ha publicado: Biografa de don Saturnino Valverde (1880), Gua Oficial de la Exposicin de Matanzas (1881), Bibliografa de Rafael M. Merchn (1905), El Dr. Ramn Meza y Surez Incln (1909), Cartografa cubana del British Museum (1910), Escudos primitivos de Cuba (1913), Milans y Plcido (1914), Jos Antonio Saco: Documentos para su vida (1921), Plcido y Diccionario de Seudnimos (1922). Pero si estas obras constituyen un enorme y fundamental tesoro, hay un largo apndice de trabajos de colaboracin en revistas y diarios, cuidadosamente ordenados en su archivo. Es interesante ver las cajas de papeles que slo esperan una palabra de apoyo efectivo para transformarse en libros. En algunas de las obras inditas ha trabajado aos enteros en Amrica y en Europa. Y al estar listo el material, ha advertido que la fructfera labor intelectual y de paciencia, resulta negativa por falta de medios. Los centenares de millares de cuartillas se van amarillando y hacindose polvo sin cumplir su misin. Triste sino el de los escritores cubanos: trabajar y nunca tener la suerte de que por lo menos se le editen sus obras. En das no lejanos se dilapid abiertamente en mucho intil y hasta perjudicial; se dio apoyo a incontables bellaqueras; conocidas son las comisiones a incompetentes para estudiar en el extranjero, que realmente cubrieron excursiones de placer. Para publicar en Cuba (salvo casos fenomenales) ms que aficin y preparacin se requiere dinero de sobrapara pagar la edicin y darse entonces el vano gusto de distribuirla gratis. Esto ha ocurrido a Figarola. Ningn libro le ha dejado ganancia. Le escriben cartas pletricas de elogios; le publican amables artculos; pdenle con frecuencia sus libros; pero contados unen dinero al adjetivo y la solicitud.

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22Faltan Mecenas. De modo que sus obras son de obsequio; ocurriendo que la estrechez econmica est en razn directa de su generosidad en distribuir libros. A pesar de esa improductividad nunca ha descansado; su pluma corre y burila con la imperiosa necesidad de la ley que obliga a los astros a girar; y por eso no sera extrao que su corazn dejase de latir tenindola entre los dedos. Vanse algunos de esos esfuerzos inditos: Durante varios lustros trabaj infatigablemente en su “Diccionario de la Revolucin Cubana”. Era una obra necesaria y patritica. Sacaba a la luz los hroes que brillaron hasta el final en la Epopeya Grande. En esta tarea puso tesn y recursos. Ya en 1894 estaba en tratos con una casa editora de Barcelona para publicarlo. El alzamiento de febrero 24 de 1895 interrumpi la empresa. Y pasado el momento, don Domingo opin que los nuevos hombres y sucesos alteraban tanto su obra que ya no responda a su nombre y necesidad. Desde entonces los originales duermen en cajas solitarias. Siempre dispuesto a trabajar, en el ao 1916 present a la Academia de la Historia un proyecto de “Diccionario Biogrfico Nacional Cubano”, que en su gnero era completo, llenando el vaco revolucionario que se advierte en el diccionario de Calcagno y rectificando los abundantes errores de este. El proyecto fue aprobado. Adems de agregarle lo que tena preparado para el “Diccionario de la Revolucin Cubana”, lo enriqueci con las ltimas noticias de hombres y sucesos. Mas, al igual que en los anteriores esfuerzos, todo ha quedado durmiendo por el desvo oficial. La misma suerte est corriendo la “Bibliografa de la Universidad de la Habana”. Entre otros, el profesor Juan M. Dihigo ha manifestado empeo en que se publique y as lo comunic al rector doctor Enrique Hernndez Cartaya. La “Bibliografa de Bachiller y Morales” hace compaa a las ya mencionadas. No ha tenido recursos. Slo en una ocasin la hija de Bachiller tuvo intenciones de hacer algo; pero no pas de ah. Tambin estn inditas “La Condesa de Merln”, “Gertrudis Gmez de Avellaneda”, “El gran poeta Jos M. Heredia”, “La Bibliografa Cubana del British Museum”, y “Diccionario Bibliogrfico Cubano”. *** Tan esclarecido era el prestigio literario de Caneda, que al formar el capitn general de Cuba, Camilo Polavieja, la Comisin Literaria que por encargo de la Academia Espaola entendiera en la formacin de una antologa de poetas cubanos, lo nombr a ese fin conjuntamente con Jos de Armas, Saturnino Martnez, Jos E. Triay, Rafael Montoro, Luciano Prez Acevedo, Ricardo del Monte, Jos M. Cspedes, Manuel S. Pichardo. Y la importancia de la labor rendida la confiesa Menndez y Pelayo en nota al prlogo de su Historia de la Poesa Hispano Americana. *** Y como periodista revolucionario, de Pars hizo un palenque, tremolando sin miedo y tacha el pendn de La Repblica Cubana.

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23La independencia haba que arrebatrsela a Espaa con las armas, luchando frente a frente. Pero como era preciso que el mundo conociese el despotismo y abusos del rgimen colonial, para restarle apoyo y fuerzas, y de ese modo asegurar simpatas de algunas naciones para que tolerasen la propaganda revolucionaria y el funcionamiento de clubs; el medio ms eficaz lo era la prensa. Mucho, muchsimo haba que hacer en este sentido para conocimiento a la vez de los emigrados. Pero propaganda habilsima, culta y discreta, que llegase al corazn de los indiferentes, convirtiendo en triunfos las derrotas, mostrndose siempre animosos y esperanzados en la victoria y difundiendo todo ello entre los extranjeros en beneficio de nuestras aspiraciones. Nuestra prensa revolucionaria tena que introducirse en oficinas y hogares extranjeros. Falta haca, dado que es de confesar que salvo escasos pases suramericanos y los Estados Unidos de Norteamrica, en la mayora de los europeos haba marcada inclinacin a Espaa y casi hostilidad a nuestra causa. Italia estuvo con nosotros, pero Francia, la decantada cuna de la Revolucin, no nos dio mucho calor. La prensa emigrada cubana fue por esa razn el ms eficaz colaborador de la independencia. Los periodistas fueron romnticos peones, que sin remuneracin trabajaron en silencio, da y noche, ao tras ao. Los dems cubanos, podan caer en minutos de cansancio y pesimismo, cuando algn rudo golpe, como la muerte de Mart o de Maceo, hera a la campaa; pero no el periodista, que, precisamente entonces, deba mostrarse ms entero y animoso. l era el nico voluntario sin paga y obligado a no dejar caer la pluma y siempre estar inyectando el tnico de la esperanza. Con Gmez, Maceo, Calixto Garca, El Yara, El Porvenir, El Cuba, Revista de Cayo Hueso, Cuba y Amrica, La Repblica Cubana, y otros muchos, demandan pginas especiales en los anales de la independencia. Convencido de esta necesidad, y guiado por sus arraigados principios, Figarola, entonces emigrado en Pars, se dispuso a fundar un peridico dedicado exclusivamente a la defensa de Cuba. Conocida la penuria del tesoro revolucionario y la dificultad de mantenerse en un pas adicto a Espaa, la labor era de peligros y escaseces. Don Domingo slo deba pensar en su deber, el servicio relevante que rendira hacindose or desde el mismo Pars.Y nace la Repblica CubanaLas oficinas estaban en el nmero 20 de la Ru Baudin. Caneda lo mismo haca una crnica como un fondo o preparaba tipos. Entre l y el francs G. Etard (que haca de administrador) se repartan todos los trabajos del peridico. La Repblica Cubana sala los jueves con ocho pginas: cuatro en espaol y cuatro en francs. En su nmero primero, del da 23 de enero de 1896, hizo constar la direccin que se propona interesar a Europa y prin cipalmente a Francia en una contienda que no es revuelta de colonos indisciplinados y dscolos, sino lucha de libertad contra la tirana. En cada nmero, durante los 81 que se tiraron, se publicaba, por lo menos,

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24un grabado de guerrero o revolucionario cubano o simpatizador de la causa; grabados en madera de tal limpieza, arte y parecido que reunirlos formara valiosa e interesante coleccin. Tambin publicaba caricaturas. Muy populares se hicieron los seudnimos Pausanias (Emilio Bobadilla), Win Chester (Ezequiel Garca), Ermitao (doctor Domnguez Delan), Hache Ese (Pedro Herrera Sotolongo), y las firmas de Jos de Armas, L. Mirman, Remigio Mateos, doctor J. H. Henna, Henri Dregon, James Creelman. Todo suceso importante tuvo cabida en sus columnas. Desfilaron las expediciones arribadas con xito a playas de Cuba, los combates y encuentros culminantes; el movimiento revolucionario de las emigraciones; los fracasos espaoles y sus hechos de sangre. La Repblica Cubana se mantuvo hasta el 30 de septiembre de 1897 con el arma al brazo. A raz de terminada la guerra de independencia, Caneda empez a saborear la coronacin de su magnfica carrera literaria. Porque, incuestionablemente, la aspiracin suprema de un bibligrafo es la creacin de una biblioteca donde poner en prctica sus ensueos y estudios; ordenar en forma tangible lo que hasta entonces slo fue manoseado en teoras; convertir una casa de libros en clulas de su propio organismo. A este respecto en Cuba slo tres bibligrafos han triunfado; aunque el xito de don Domingo es ms completo. Escoto dirige la Biblioteca Pblica de Matanzas y Carlos Trelles la de la Cmara de Representantes. Pero los dos primeros hallaron el panal casi construido. Slo Caneda tuvo la gloria de ser creador y director de la Biblioteca Nacional. Hizo argamaza, la model y diole soplo de vida. Estando en Pars, en 1900, Gonzalo de Quesada tuvo relaciones con Figarola, que entonces viva de sus traducciones en las casas editoriales de Garnier y Viuda de Bourget. Conocedor de la historia revolucionaria de Caneda y sus facultades, Gonzalo de Quesada ofreci gestionar que el general Leonardo Wood, gobernador militar de Cuba, fundara una biblioteca y le diese la jefatura. Dada la influencia de Gonzalo, el asunto poda darse por hecho. Don Domingo apreci y acept la brillante oferta, pero pidi tiempo para ampliar y ahondar sus conocimientos de biblioteconoma en el famoso Museo Britnico. Hechos los estudios vino a Cuba con su esposa. Y por la orden militar nmero 234, de octubre 30 de 1901, Figarola fue nombrado director, estableciendo la oficina provisional en el Cuartel de la Fuerza. El sitio definitivo, sealado en abril 18 de 1902, lo fue el mismo que actualmente ocupa en la antigua Maestranza de Artillera, en el piso alto que da a la calle de Chacn. All puso don Domingo todos sus conocimientos y potencias. Inclusive don su biblioteca con ms de tres mil volmenes y parte de su archivo. No tuvo descanso ni horas de oficina. Llovieron donaciones importantes; se compraron libros por todo el mundo. Los anaqueles se nutrieron hasta tener millares de ejemplares, y entre ellos algunos valiossimos; enorme coleccin de mapas, planos y grabados. Hizo una galera de

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25cuadros de patricios cubanos. En poco tiempo la Biblioteca se vio muy visitada y consultada, difundindose su nombre por todos los mbitos del mundo. Para mejor lograr su propsito, Caneda fund, en 1909, la Revista de la Biblioteca Nacional. Esta publicacin, mensual, fue la palpitacin resplandeciente de su fundador, rgano de la institucin y vivo exponente de cultura cubana. Se publicaron seis tomos.2He dicho, y todo el que visit la Biblioteca en aquellos tiempos lo sabe, que Caneda la consideraba su alma, su hijo, cosa propia; y ese cario y su carcter batallador y fama literaria le llevaron a constituir una especie de patriarcado, donde slo imperaban la voz y la opinin del director. No faltaron quejosos y envidiosos. Dos secretarios del despacho unieron sus desafectos a esos venenos, olvidando injustamente los mritos indiscutibles de Caneda y su dedicacin a la Biblioteca, y dictaron disposiciones mortificantes al maestro, y hasta uno le pidi la confeccin de un catlogo para el pblico, y quiso que Caneda renunciara a su cargo. Le puso, por fin como cua un empleado que le sustituyese. Y lleg al extremo que Figarola tuvo que acogerse a la Ley de Jubilacin. Dejaba 60 mil volmenes y la imprenta que a instancias suyas don la seora Pilar Arazoza de Muller. *** La erudicin de don Domingo corre pareja con su amor a los libros y documentos. Tanto me he fijado en este ltimo aspecto, que he llegado a la conclusin (¡quiera el cielo que esto no le moleste!) de que ama a los papeles por los papeles, aunque algunos realmente no le sean aplicables, tiles a sus aficiones e investigaciones. Es un avaro de libros; le interesan por la encuadernacin, el trabajo tipogrfico y hasta por el ms leve detalle de forma y fondo del contenido. Manosea un tomo o un grabado o un clich o un documento con el deleite de un naturalista a un ejemplar palpitante. De ah ha nacido el meticuloso cuidado que pone al prestar de su biblioteca o archivo. Porque as como don Domingo es generoso, amplio, noble en orientar verbalmente con enjundiosas noticias, ancdotas, a todo el que se le aproxima en demanda de luz; es casi hermtico, esttico en prestar un libro, y, cuando titubeando lo hace lo que es raro y constituye demostracin de fina y seria estimacin, nunca omite una cadena de admoniciones relativas al valor y aprecio en que tiene el ejemplar prestado. ¡Y guay del que en un plazo prudencial no haga la devolucin! Ese pierde, no slo el crdito, sino que se convierte en blanco de los tiros enrojecidos de Caneda. Por eso, si bien es raro el biblifilo que no haya sido vctima de piratera y cleptomanas; se puede asegurar que la biblioteca de este maestro ha sido siempre, y es, una fortaleza inexpugnable, defendida por su posicin estratgica y por los torpedos de la franqueza y energa del erudito bibligrafo y biblifilo dueo. *** Claramente se ve y comprende que la labor bsica literaria de Figarola Caneda es pura y esencialmente erudita, bibliogrfica. En este terreno se puede afirmar que ha exprimid o el desarrollo

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26intelectual cubano desde sus fuentes hasta recientes das para, vertindolo en magnficas obras, ocupar puesto tan ventajoso que difcilmente hay quien le supere en nuestro pas. No quiere ello decir que Caneda no haya cultivado otros gneros: ah estn sus crnicas sobre las exposiciones de Barcelona, Matanzas y Pars. He querido decir, con el poeta Pablo Hernndez, que Caneda nunca fue estilista tico ni escritor conceptuoso. Se ha propuesto solamente ser preciso, claro, castizo; y lo ha logrado con seguridad. Jams ha entrado en juego su imaginacin con giros exuberantes, floridos, metafricos. Tal parece que utiliza un tamiz secreto que impide el paso de esos bellos e interesantes ropajes que lindamente viste la literatura. Busca escribir lo menos para decir lo ms. A esta casi aridez ha llegado a fuerza de cultivar la bibliografa. Va retocando y cortando y limando hasta que deja cada tarjeta reducida a brevsima observacin, fechas y nombres. Otros escritores de gnero deleitoso, dedicados expresamente a cautivar, van sembrando el camino de perfumes y flores que el tiempo o la moda pueden esfumar; pero Caneda jalona su senda de fijas huellas de granito que no desaparecern sino que, por el contrario, servirn en todos los siglos, en nuestra historia, de enseanzas, orientacin, pues sealan da por da la evolucin de la mentalidad cubana. En este sentido Caneda ha sido maestro, soberbio mentor, y patriota excelso. Porque cuando los gobernantes coloniales se proponan, como rgimen de dominio, demostrar al mundo y a la misma Espaa que los cubanos estaban sumidos en la molicie, vicios e ignorancia, Figarola, por medio de sus estudios bibliogrficos, daba a conocer el oro de nuestra veta mental y los eminentes patricios que aqu han rutilado y rutilan todava. Los trabajos de Caneda fueron antao dardos de justicia, rayos de luz, arco iris, lanzados contra la maldad colonial, y flmulas de positiva gloria en nuestros das de paz y libertad. Notas1 Esto ha variado ligeramente desde julio de 1925, porque la Academia ha pasado a ocupar un excelente local en Cuba esquina a Chacn.2 Estimando el representante a la Cmara, doctor Roque E. Garrig, que la Biblioteca Nacional estaba mal atendida y peor pagados sus empleados, present a la Cmara en 1910, un proyecto de ley, haciendo en el prembulo un hermoso elogio de don Domingo Figarola Caneda, como bibligrafo y perito en biblioteconoma, y proponiendo mejoras que de haberse realizado la hubieran colocado a mayor altura. Dicho proyecto qued archivado.

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27I L a historia de las publicaciones peridicas cubanas constituye uno de los captulos ms brillantes de nuestra cultura nacional. Publicaciones que como parte del patrimonio bibliogrfico de la nacin son atesoradas con orgullo por la Biblioteca Nacional Jos Mart, fuentes de conocimiento enraizadas en la tradicin decimonnica fundadora de revistas que han enriquecido y enriquecen el mundo cientfico y artstico del hombre cubano. En general, la Biblioteca las atesora, conserva, organiza, y, en especial, custodia, produce y publica desde hace 100 aos su Revista. Don Domingo Figarola Caneda, sabio cubano de acendrado patriotismo, quien haba perdido a su nico hijo en la manigua redentora, y despus sufri estoicamente los aos de las dos intervenciones norteamericanas, fund la Revista de la Biblioteca Nacional en 1909 inspirado en los ms nobles sentimientos de amor a Cuba. Confiado en la restauracin republicana, saluda desde las pginas del primer nmero de la nueva Revista lo que consider con ingenuidad el afianzamiento definitivo, en nuestro suelo patrio, de los principios revolucionarios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Era entonces director de la Biblioteca y de su Revista con lo que se propuso una publicacin consagrada a la institucin y a la socializacin de las diversas ramas relacionadas con la ciencia del libro y de las bibliotecas. El 18 de octubre de 1901 haba sido Portada del primer nmero de la publicacin pocas y contenidos de la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba Araceli Garca CarranzaInvestigadora y bibligrafaA mi hermana Josefina, quien tambin hizo suya la Revista.

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28nombrado director de la institucin, y siete aos despus cre este rgano con el propsito de responder a las necesidades de este “[…] centro docente […] propagador de aquellos conocimientos que, desempeando cada uno su funcin propia, concurren todos al adelantamiento de la Bibliografa y la Biblioteconoma”.1Propsitos que slo se cumplieron a plenitud cinco dcadas despus cuando la Biblioteca logra un verdadero desarrollo docente y cientfico relacionado con el libro y las bibliotecas. Por aquellos aos, don Domingo Figarola Caneda reconoca a la bibliografa como una disciplina con personalidad propia y con carcter de ciencia verdadera, teniendo en cuenta su presencia en las publicaciones de muchos pases, en centros consagrados al estudio y progreso de todas las ramas del conocimiento, y en congresos, certmenes y exposiciones que, por esta poca, se celebraban en el mundo. Este reconocimiento y la indiscutible vida intelectual de Cuba llevaron entonces al primer director a fundar su Revista, a sabiendas de los inconvenientes de tal empresa. No obstante, a ella consagr sus fuerzas con el fin de contribuir al desarrollo cultural de su patria. La primera tarea resultara la adquisicin de una imprenta, solicitada ya como donativo desde unos aos antes, exactamente en 1904. Ante este reclamo, la seora Pilar Arazoza de Muller, bisnieta de un impresor de principios del siglo XIX entreg, casi de inmediato, un taller de composicin tipogrfica con capacidad suficiente para responder a los servicios de la Biblioteca. Sin embargo, diversos inconvenientes retardaron la aparicin de la publica cin, hasta que por la tenacidad de su director sale a la luz cinco aos despus. Cada nmero constara de seis a 12 pliegos, o sea de 48 a 96 pginas de texto con la misma cubierta. En 1909 apareceran los nmeros uno y dos, en cuya portada se lee “publicacin mensual dirigida por Domingo Figarola Caneda, director de la Biblioteca, Ao I, Tomo I, 31 de enero y 28 de febrero, Imprenta de la Biblioteca Nacional”. Aunque siempre se anunci como mensual, su periodicidad vari. En 1910 apareci tres veces y en los aos 1911 y 1912 result ser anual. De las mil y tantas pginas que la conforman en esa primera poca (1909-1912), Figarola casi las escribi todas, slo cont en 1910 con la colaboracin de Carlos de Velasco, el cual da a conocer la creacin de la Academia de la Historia de Cuba y breves biobibliografas de los acadmicos de nmero, los cuales resea en orden alfabtico; en 1911 con la nota necrolgica que escribiera Juan Miguel Dihigo sobre el filsofo colombiano Rufino Jos Cuervo; y en 1913 con las “Memorias inditas de La Avellaneda (1836-1838)” y un texto inconcluso sobre el desarrollo del griego en Cuba. En el primer nmero, su sabio director discurre sobre el triste destino de los manuscritos en general, y en particular de los cubanos, y se pregunta por los de Tranquilino Sandalio de Noda, los de Salvador Betancourt Cisneros, el Lugareo ; los del licenciado Jos de Jess Quintiliano Garca; los del educador Juan Francisco Chaple; los del musicgrafo Serafn

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29Ramrez, y por el tomo dos de las Obras de Ramn de Palma, nunca llegado a la Imprenta de El Tiempo, sin olvidar los trabajos biobibliogrficos del doctor Eusebio V alds Domnguez. Sabe lo penoso y difcil que resulta reunir una coleccin de manuscritos cubanos y pretende ir dando a conocer los que ha podido adquirir. Entre ellos escoge la coleccin “Del ms sabio y mejor de las cubanos”,2 cartas de don Jos de la Luz y Caballero dirigidas a Jos Luis Alfonso, luego marqus de Montelo3 en el perodo comprendido entre 1831 y1840, durante su primera estancia en Europa y despus de su regreso a La Habana (1909, pp. [11]-24). Ms adelante apoya el proyecto de erigir un monumento de mrito a Luz y Caballero (1909, pp. 48-51). Del valioso epistolario del marqus, la Revista, o ms bien la revista de don Domingo Figarola Caneda, publicara en los nmeros de 1910 y 1911 las cartas de Domingo del Monte (1829-1853), y en 1912 las de Jos Antonio Saco (1836-1871). Pero sus preocupaciones desbordan los intereses de una Biblioteca Nacional y lamenta la ausencia en el pas de un Museo Nacional, por lo cual reflexiona sobre la necesidad y urgencia de crear uno, porque para l una capital sin museo “[…] es capital que carece de uno de los centros indispensables de civismo y cultura […], es capital que […] favorece en mucho la prdida irreparable de lo que en toda poca evidenciara nuestra civilizacin”,4 y relaciona los objetos histricos que atesoraba la Biblioteca inspirado en la salvacin del patrimonio cultural. Como bibligrafo compila una noticia biobibliogrfica sobre el doctor Ramn Meza y Surez Incln5 (1909, pp. [31]47). Confiesa su satisfaccin por la exactitud de las descripciones bibliogrficas, no as por la exhaustividad, inalcanzable an ms en nuestros tiempos. La necrologa fue tambin una constante en la Revista. En este nmero publica el “Catlogo de Cartas Necrolgicas” que posea la institucin gracias a su gestin personal: una coleccin de invitaciones para entierros y honras fnebres, organizadas en orden alfabtico (1909, p. [52]-60). Otros breves estudios biogrficos bajo el ttulo de “Necrologa” dedicara en 1911 a Enrique Pineyro, Jos Joaqun Palma, Jos Dolores Poyo, Flix Varela Morales y Ramn Meza y Surez Incln (1911, pp. 107-116), y en 1912 a Ildelfonso Estrada y Zenea (1912, pp. 169-173). En 1910 inicia la “Seccin Oficial”, donde aparece el “Informe de los trabajos efectuados en la Biblioteca Nacional en el ao 1909”, el cual sera presentado al entonces secretario de Instruccin Pblica y Bellas Artes, Mario Garca Kohly. Este informe destaca el canje internacional que sostuviera la institucin con los Estados Unidos, Amrica Central y del Sur, Europa, Asia y Australia (333 volmenes procedentes de 140 centros e instituciones); las adquisiciones de libros por compra (503 volmenes); el estudio realizado sobre el Anobium Bibliothecarum, cuyas larvas amenazaban las colecciones; y la Galera de Retratos con la que la Biblioteca le rendira homenaje a grandes figuras de la intelectualidad cubana.6Y en los nmeros siguientes de ese ao 1910, el director incluira en esta

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30histrica “Seccin Oficial” el movimiento del centro durante el primer semestre del ao (nmero de lectores e impresos consultados, publicaciones peridicas recibidas, canje internacional, adquisiciones de libros) y el informe de los trabajos efectuados durante el ao, presentado al secretario de Instruccin Pblica y Bellas Artes (movimiento de lectores e impresos consultados; publicaciones peridicas recibidas; canje internacional; adquisiciones por compra; y trabajos para el catlogo, inventariados unos y catalogados otros). Esta seccin cesara, sin pretenderlo, en 1911 cuando aparece en ella el Decreto 2247 por el cual la Secretara de Instruccin Pblica y Bellas Artes divide las bibliotecas en tres clases: Nacional, Pblicas, y de las escuelas, institutos y otros. La Biblioteca Nacional y las pblicas estaran regidas por un Consejo Superior nombrado cada tres aos segn el Decreto 225 firmado por el presidente Jos Miguel Gmez y por el secretario de Instruccin Pblica y Bellas Artes, Mario Garca Kohly.8En secciones ms breves como “Bibliografa” (1909-1911) y “Polibiblion” (1909-1912), Figarola Caneda dara a conocer libros de autores cubanos publicados en Cuba y de autores extranjeros representativos de la cultura universal, as como noticias del pas y del mundo sobre libros y bibliotecas. La Revista, a partir de 1910, tambin reproduce documentos valiosos velando por la salvaguarda de los fondos que atesora la Biblioteca. Entre otros, la carta indita de Felipe Poey al director de El Mercurio, a quien agradece la publicacin de su correspondencia con el sabio Tranquilino Sandalio de Noda sobre el pez ciego de Cuba; rescata del olvido el texto “Historiadores de Cuba”, de Jos Antonio Echevarra, publicado por la revista El Plantel (1838), y que 42 aos despus reprodujera la Revista de Cuba (1880); y por ltimo, las “Instrucciones para la formacin de un diccionario geogrfico-histrico de Cuba” (1813), acuerdo de la Sociedad Patritica. En 1911 reproduce el prlogo y el captulo uno de la Historia de Cuba de Nstor Ponce de Len. En estos 12 memorables nmeros de 1910 publicados en tres tomos, se incluyen adems la “Cartografa Cubana del British Museum”, catlogo cronolgico de cartas, planos y mapas de los siglosXVI al XIX, 128 piezas que este museo ya posea desde 1901; el Decreto 772, por el cual se crea la Academia de la Historia de Cuba, firmado por el presidente Jos Miguel Gmez y su secretario de Instruccin Pblica y Bellas Artes, y la biografa de Jos Ramn Guiteras Gener escrita con los datos facilitados por su padre, el escritor y educador cubano Antonio Guiteras, que tambin facilitara una foto de su hijo fechada en febrero de 1868. En 1911, Figarola Caneda no olvida en su Revista la conservacin de documentos al agrupar en su “Bibliolitia Moderna” los factores destructores de papeles e impresos y ofrecer detalles del mal uso del cartn amarillo y engrudo, la costura de alambre y remaches, los peridicos enrollados, los paquetes mal hechos y la direccin y franqueo sobre los impresos (1911, pp. 9-19). A continuacin, salva la errnea interpretacin de un texto de don Felipe Poey, quien no aconsej nunca impedir el de terioro dejando empolvados libros e impresos.

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31Muy escasos haban sido hasta la fecha los donativos recibidos por la Biblioteca Nacional, y en los tomos de 1911 y 1912, Figarola Caneda no slo agradece la generosidad del doctor Antonio Snchez de Bustamante, sino que compila las obras que este donara sobre Derecho Internacional y las describe en estricto orden alfabtico, segn las remisiones recibidas el 13 de noviembre y el 18 de diciembre de 1911.9 Este catlogo quedara inconcluso al no continuar la Revista en esta primera poca. En el tomo de 1912, Figarola publica “Escudos primitivos de Cuba”, erudita contribucin histrica que incluye las ilustraciones correspondientes, y las reales rdenes, reales cdulas y actas relacionadas con los blasones concedidos por Espaa a Cuba en los siglos XVI-XIX (1912, pp. [5]-123). Y en 1913 logr un pequeo nmero de 64 pginas que no se imprimi completo. La parte impresa contiene las “Memorias inditas de Gertrudis Gmez de Avellaneda (1836-1838)”, apuntes de viajes desde su salida de La Habana hasta su llegada a Sevilla, dedicados a su prima y amiga Helosa de Arteaga y Loins (sic), y un texto inconcluso titulado “El movimiento lingstico en Cuba”, sobre el desenvolvimiento del griego en nuestro pas, estudio que diera a conocer su autor Juan Miguel Dihigo y Mestre en la Universidad Nacional de Grecia con motivo del Congreso Internacional de Orientalistas, celebrado en Atenas, y que en los aos 1914 y 1916 fuera publicado completo por la Imprenta Siglo XX. El sabio director de la Revista logr en esa, su primera etapa, una publicacin digna de una Biblioteca Nacional, consagrada a salvar manuscritos, reproducir documentos, compilar bibliografas y necrologas biobi-bliogrficas, as como a dar fe de su impecable y premonitoria labor en la institucin a travs de la “Seccin Oficial”, puerta abierta al futuro desarrollo de la gestin bibliotecaria del pas e imprescindible documento para la historia de la Biblioteca y de su Revista. Una verdadera proeza en medio de las penurias de esos aos marcados por la Ley Arteaga, la cual sancion el presidente Jos Miguel Gmez prohibiendo pagos con signos representativos de la moneda (1909), la Ley de Canje de Villanueva por el Arsenal, nociva a los intereses nacionales (1910), y la ley que favoreca a la Compaa de Puertos de Cuba, verdadero escndalo nacional (1911). Mientras tanto, se suspendan por 18 meses las leyes que garantizaban la inamovilidad de los empleados pblicos (1911), estallaba la Guerra de los Independientes de Color, y el Presidente de la Repblica autorizaba la entrada de braceros antillanos para trabajar en la United Fruit (1912). En esos aos de miseria atroz causada fundamentalmente por el desempleo, el segundo emprstito de la Repblica y el auge de las propiedades norteamericanas en nuestro suelo, la ofensiva contra la Revista no se hizo esperar. Orestes Ferrara, como presidente de la Cmara de Representantes, en la discusin del captulo del presupuesto de Instruccin Pblica, declara no reconocer revistas salidas de oficinas pblicas. La decadencia cultural que propici no haca posible la existencia de ninguna publicacin peridica. Hasta su propia

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32revista, La Reforma Social, pronto cesara y mucho menos podra subsistir Cuba Contempornea. Es cancelado entonces el pequeo crdito que permita a la Biblioteca Nacional tener su propia Revista, y dos aos despus Figarola Caneda se ve despojado de sus prensas. La indiferencia oficial ante los problemas de la cultura y de la nacin le impedira resucitar su Revista durante el resto de su mandato, y slo resurgira 36 aos ms tarde. II Don Domingo Figarola Caneda fue sustituido en la direccin de la Biblioteca Nacional por Francisco de Paula Coronado. En ese perodo, el intelectual y dramaturgo Jos Antonio Ramos funge como asesor tcnico, y en 1946 Carlos Villanueva, un extraordinario referencista, sustituye a Coronado. Ninguno de ellos pudo hacer renacer la Revista. Fue durante la direccin de Lilia Castro de Morales cuando la publicacin consigue vivir su segunda poca (19491958). Por esos aos, el presidente Carlos Pro Socarrs declar que se propona la institucionalizacin del pas, mientras el senador Pelayo Cuervo Navarro denunciaba al gobierno de Ramn Grau San Martn por la malversacin de 74 millones de pesos (1949). Un nuevo emprstito ensombrece la economa cubana (1950). Fulgencio Batista, tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, hace que Cuba padezca la ms sangrienta tirana de su historia mientras la guerra se desencadena en la sierra y en el llano. La nueva directora, desde su torre de marfil, compromete al mdico y erudito doctor Rodolfo Tro y al entonces joven historiador Manuel Moreno Fraginals a asesorar el trabajo intelectual y editorial necesarios para que los propsitos publicados en el primer nmero de la Revista (abril, 1949) se cumplieran: la crtica de libros recientes, artculos que dieran a conocer aspectos ignorados de nuestra cultura, la reproduccin de documentos inditos, y la redaccin de noticias y textos relacionados con la institucin. La direccin retoma de su primera poca los intereses de don Domingo Figarola Caneda. En los 35 nmeros de esta poca su directora logr dichos propsitos. Las portadas de la Revista fueron idnticas hasta enero de 1954: ilustradas con vietas tipogrficas del sigloXVI, y en la contraportada el mapa de Cuba de Benedetto Bardonne (1528). En sus primeras pginas, rinde homenaje al Maestro de Juventudes, Enrique Jos Varona, en su centenario. Francisco de Paula Coronado

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33Moreno Fraginals publica algunos documentos de Jos lvarez de Toledo,10y en el segundo nmero los manuscritos de Anselmo Surez y Romero, los cuales an conserva la Biblioteca Nacional (166 descripciones bibliogrficas numeradas con indizacin onomstica y un ndice de artculos de Surez y Romero, que aparecen en esta coleccin). Al final inicia dos secciones imprescindibles para el estudio de la bibliografa cubana de la poca: “Relacin de libros recibidos de la Propiedad Artstica y Literaria remitidas a la Biblioteca Nacional en conformidad con lo dispuesto en la Orden N 54 del Gobierno Interventor” y “Bibliogrficas”, con comentarios y crticas de libros recientes firmados por prestigiosas personalidades de la cultura cubana, tales como Marcelo Pogolotti, Julio Le Riverend, Elas Entralgo, Emilio Roig de Leuchsenring, entre otras.11En el nmero de febrero de 1950, Lilia Castro de Morales perfila los propsitos y funciones de nuestra Biblioteca de manera que esta constituya el gran depsito de la produccin intelectual de la nacin y la suministradora del trabajo bibliogrfico necesario para el conocimiento y divulgacin de la cultura cubana. Punto de partida que justifica la publicacin de “La prensa cubana en Estados Unidos durante el siglo XIX” (febrero, 1950), relacin de peridicos cubanos editados en los Estados Unidos en esa centuria y atesorados por la institucin; “Cuba. Viajes y descripciones (1493-1949)”, repertorio compilado por el doctor Rodolfo Tro (mayo, 1950) con una bibliografa anotada en orden alfabtico, la cual seala en cada caso la ubicacin de los documentos de quienes, al visitarnos, nos revelan datos, hechos y costumbres de nuestro pas, informacin hasta esa fecha desconocida por los estudiosos (617 asientos bibliogrficos); y “Balance del indigenismo en Cuba”, de Julio Febres Cordero (agosto, 1950), erudita obra bibliogrfica que podra considerarse piedra angular sobre el tema (136 notas y 739 asientos). Y si bien en el ao 1950 la Revista es casi invadida por estos slidos repertorios bibliogrficos, tambin celebra el centenario de nuestra bandera con el ensayo “Historia y simbolismo de la Bandera Cubana” de Francisco J. Ponte Domnguez. En 1951, Lilia Castro de Morales, a modo de editorial incluye su discurso pronunciado en la Feria del Libro, el 30 de noviembre de 1950, en donde aboga por una Biblioteca Nacional vinculada al trabajo educativo, poseedora de un personal inamovible, una ley de depsito obligatorio sobre toda obra impresa y un poderoso instrumento de conservacin en beneficioLilia Castro de Morales

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34del libro. El doctor Rodolfo Tro traduce “La poesa negroide reciente de Puerto Rico”, de Lawrence S. Thompson; Manuel Isidro Mndez relaciona los documentos necesarios para interpretar con acierto lo sucedido en la Mejorana y Dos Ros; Jos Rivero Muiz publica su ensayo de una bibliografa tabacalera; Signe A. Rooth se hace eco del centenario de la visita a Cuba de Fredrika Bremer, novelista sueca e iniciadora del movimiento feminista, quien nos leg una objetiva visin de la vida y las costumbres de La Habana (se incluyen algunos de sus dibujos y acuarelas); y el doctor Luis Felipe Le Roy y Glvez da a conocer el documento fundacional de la Universidad de La Habana, “Breve Apostlico de Su Santidad Inocencio XIII”. Antes, en el nmero de abril-junio de ese ao, Le Roy haba publicado una breve resea de la primera Ctedra de Qumica en Cuba y del primer qumico cubano. Y ya a fines de 1951, en el nmero correspondiente a octubre-diciembre, Emilio Ballagas sita a nuestra poesa afrocubana dentro del movimiento de la poesa afroamericana surgida en los Estados Unidos y en pases de Amrica Latina y del Caribe. Adems, la Revista reproduce el contrato entre el pintor Perovani y el mandatario del obispo Espada, en relacin con los frescos que adornan la Catedral de La Habana, y el primer documento cubano en relacin con la constitucin de la “Hermandad de los Plateros”, uno de nuestros ms antiguos sindicatos, a pesar de su ropaje religioso. Entre otros temas de inters histrico, “Los ltimos aos” del doctor Toms Romay, Rodolfo Tro y Rodolfo Prez de los Reyes, el “Repertorio teatral cubano”, de Jorge Antonio Gonzlez, y la monografa histrica “Lecturas de tabaqueras”, de Jos Rivero Muiz cierran las pginas del tomo dos, abarcador de los cuatro nmeros del ao,12 el cual devela aspectos olvidados y otros ignorados de nuestra cultura. En 1952, la Revista celebra dos centenarios: el nacimiento de don Domingo Figarola Caneda, quien al decir de nuestro Jos Mart “[…] tena su fuerza en el corazn”,13 y el del bibligrafo chileno Jos Toribio Medina con un imprescindible ensayo sobre este enciclopedista al cual se aade la relacin de sus obras en los fondos de la Biblioteca Nacional. En el nmero uno aparece la primera colaboracin del profesor Salvador Bueno: “Pars en la literatura cubana”; en el numero dos, la tesis de grado de Antonio Nez Jimnez sobre la cueva de Bellamar; en el tres, el proyecto del edificio que hoy ocupa nuestra institucin de los arquitectos Govantes y Cabarrocas,14 la biografa del cafetal Angerona de Manuel Isidro Mndez, y la cartografa del trmino municipal de San Antonio de los Baos, de Rosario de Crdenas; y en el nmero cuatro, la monumental “Bibliografa cafetalera (1790-1952)” de Francisco Prez de la Riva. Se incluyen a partir de este tomo tres, los documentos sacramentales de Rafael Nieto Cortadillas, que se publicaran hasta octubre-diciembre de 1956, y los documentos para la historia colonial de Cuba, de Arturo G. Lavin. En el ao del centenario de nuestro Jos Mart, la Revista dedica ntegramente su primer nmero al Apstol de nuestra independencia.15 Entre otros es-

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35tudios se encuentran “Entraa y forma de Versos Sencillos”, y “Sugerencias martianas”, de Manuel Isidro Mndez; “Las dos Espaas de Mart”, de Emilio Roig de Leuchsenring y “Mart y los tabaqueros”, de Jos Rivero Muiz, los cuales ocupan un lugar selecto en la bibliografa martiana de la poca. Del nmero dos podran ser antologables “Breves consideraciones alrededor de la accin de San Pedro”, de Luis Felipe Le Roy y Glvez, y “Las cosas de Noda” de Julio Febres Cordero. Este ltimo, un extenso ensayo biobibliogrfico con 155 asientos complementados por una clave de siglas, una addenda y una cronologa. Repertorio que demuestra que “La vida de Noda no puede escribirse sino por las cosas de Noda”, segn sentenciara Francisco Calcagno acerca del “sabio ms laborioso de Cuba”, palabras ciertas de Jos Mart. Pero algunos cambios sufrir la Revista en beneficio de su estructura interna, a partir del nmero tres, al organizar sus contenidos en secciones: “Vigencia del Ayer” con estudios del pasado como lecciones de presente; “Temas e Indagaciones” con investigaciones ms recientes, y “Vida de los Libros” con un activo panorama de lo publicado en Cuba bajo el subttulo de “Bibliogrficas”, ttulo usado anteriormente con el mismo propsito. A esta ltima seccin se aaden “Notas e Informaciones”, “Estadsticas de la Biblioteca Nacional”, y la acostumbrada “Relacin de obras inscriptas en la Propiedad Intelectual”. Ese nmero recuerda en “Vigencia del Ayer” el centenario de la muerte de Flix Varela Morales y los 50 aos del fallecimiento de Eugenio Mara de Hostos, en medio de otros aportes al estudio de la vida y la obra de Jos Mart. De Flix Varela aparece el prlogo a su obra Instituciones de Filosofa eclctica para el uso de la juventud y su disertacin segunda “De los principios de los cuerpos” (edicin de 1814); de Jos Mart, “Catecismo democrtico”, crnica sobre la obra homnima de Hostos publicada en El Federalista de Mxico, el 5 de diciem bre de 1876, as como “Ante la tumba de Varela”, otra crnica publicada en Patria el 6 de agosto de 1892; y de Eugenio Mara de Hostos, “Por la memoria de Aguilera”, carta que dirigiera a Diego Vicente Tejera aparecida en la revista habanera El Fgaro el 10 de agosto de 1902, bajo el ttulo de “En honor de Aguilera”. Y en el nmero cuatro, esta seccin se hace eco del centenario de la muerte de Domingo del Monte con su resea crtica a Poesas de Jos Mara Heredia, dada a conocer originalmente en El Revisor Poltico y Literario en 1823. En “Temas e Indagaciones” de esos ltimos nmeros de 1953, otros textos completan la bibliografa martiana del ao del centenario: “Mart y su amor a los libros” de Gonzalo Quesada y Miranda, la bibliografa martiana de don Federico Henrquez y Carvajal publicada durante 50 aos, y “Mart, el Paraguay y la independencia de Cuba”, estudio de Juan J. Remos que da a conocer dos cartas inditas del Apstol dirigidas al ilustre paraguayo Jos S. Decoud. En 1954, la cubierta de la Revista incluye un dibujo del edificio de la Biblioteca Nacional en construccin y los contenidos se organizan en las sec ciones

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36antes descritas.16 “Vigencia del Ayer” celebra el centenario del nacimiento de Juan Gualberto Gmez con “La cuestin de Cuba en 1884”, artculos que publicara en El Progreso de Madrid, sobre la situacin de su pas; y “La Convencin y la Enmienda Platt”, documento histrico de altos valores jurdicos. En “Temas e Indagaciones” se incluyen algunas resonancias del centenario del Apstol: “El culto a Mart en la Argentina”, de Manuel Pedro Gonzlez, y “Coloquio de los hroes”, dilogo entre Jos Mart y los libertadores ms all de los datos y los documentos. Vuelve a su portada anterior17 en 1955 y aade la seccin “Testimonios”, que incluye opiniones a su favor de instituciones y personalidades cubanas y extranjeras. En “Vigencia del Ayer” reproduce documentos relacionados con Cuba procedentes de otros pases: “La Habana vista por un mexicano en 181729”, pgina del diario de A. Lpez Matoso, documento indito aparecido en los fondos de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, con introduccin y notas del ilustre hispanista norteamericano Daniel Wogan; y “Las letras espaolas en los Estados Unidos”, de Antonio Flores, estudio extrado de las Memorias de la Academia de la Lengua Ecuatoriana (Quito, 1884), el cual contiene un juicio crtico sobre Ismaelillo Esta seccin aade “La clava del indio”, texto prohibido por la censura en 1844, donde su autor, Pedro Santacilia, ensayara la leyenda como nuevo gnero literario cuando slo contaba 14 aos de edad, y “Los humanistas del Renacimiento”, de Jos de Armas y Crdenas (Justo de Lara), parte de un ambicioso proyecto del autor sobre este tema. En “Temas e Indagaciones”, Salvador Bueno publica su segundo trabajo: “Ascenso y afirmacin de las letras hispanoamericanas”, anlisis aclaratorio del desarrollo de las letras en la gran familia americana de lengua espaola; Rafael Nieto Cortadellas incorpora a sus genealogas “Una rama cubana de los Roca de Togores”;18 Enrique Gay-Calb, “Las crnicas de la guerra de Cuba”, dos cuadernos publicados por la revista El Fgaro verdadera rareza bibliogrfica, con objetivos relatos de los incidentes y vicisitudes de la contienda; y Antonio Martnez Bello comenta las cartas inditas de Jos Mart frente a la tesis del suicidio dadas a conocer por Ral de Crdenas en el rotograbado del Diario de la Marina. El autor desmiente con textos del propio Jos Mart la hiptesis del suicidio en Dos Ros. Entre otros “Temas…”, se publican las palabras de Alfonso Reyes al recibir en la Capilla Alfonsina de su residencia, el 26 de noviembre de 1955, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Habana, y “La autenticidad de un grupo histrico”, de Mario Guiral Moreno, trabajo presentado en el 11 Congreso de Historia celebrado en Trinidad (2730 mayo, 1955) sobre la fotografa en donde aparecen Mart y Gmez tal como eran en 1894. Otros temas histricos integran esta seccin: el proceso de nuestra historiografa desde el siglo XVIII; los primeros viajes de los espaoles a La Florida, y la influencia de El Revisor Poltico y Literario en el surgimiento de la nacin cubana.

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37Del desenvolvimiento de la Biblioteca Nacional, la Revista informa sobre la celebracin del Da del Libro Cubano, el 7 de junio, fecha del nacimiento del primer bibligrafo cubano, Antonio Bachiller y Morales, por iniciativa del doctor Csar Rodrguez Expsito. En esa ocasin la institucin expuso la labor realizada por Jos Antonio Fernndez de Castro y public un folleto contentivo de su bibliografa. En 1956,19 “Vigencia del Ayer” contina sus lecciones del pasado. Esta vez con la tesis de grado de Manuel Valds Rodrguez titulada Lo bueno, lo bello y lo verdadero para realizar los fines de la esttica (editada por la Universidad de La Habana, en 1888) y “Menudencias”, de Manuel Mrquez Sterling. Este ltimo texto con referencias a Frutos coloniales de Francisco de Paula Coronado, por lo que la Revista aade, en esta misma seccin, parte de dicho libro con vistas a que el lector juzgara con mayor exactitud la crtica de Mrquez Sterling. La seccin “Temas e Indagaciones” incluye del ciclo sobre revistas cubanas del siglo XIX, organizado por el Ateneo de La Habana, las conferencias “ El Almendares ”, de Jos Mara Chacn y Calvo, revista que fuera expresin del romanticismo predominante en nuestras letras a mediados del XIX; “ El lbum biografa de una revista”, de Jos Manuel Prez Cabrera, y “ La Revista de Cuba ”, de Mario Guiral Moreno. Otros trabajos completan lo ms selecto de “Temas…”: un extenso estudio sobre nuestros primeros habitantes y sus principales poblaciones, de Carlos A. Martnez Fortn y Foyo; “Mercedes Matamoros: la poetisa del amor y del dolor”, documentado estudio por los 50 aos de la desaparicin fsica de esta poetisa, de Hortensia Pichardo, quien en 1952 haba publicado “Mercedes Matamoros: su vida y su obra”, y “El proceso de demolicin de la Parroquial Mayor” de Luis Felipe Le Roy y Glvez y Santiago Arvalo, tema que originara una polmica con Manuel I. Mesa Rodrguez, en nmeros posteriores. En 1953 la Revista de esta segunda poca logra por ltima vez sus cuatro nmeros.20Transcribe en “Vigencia del Ayer” la historia de Matanzas realizada por Francisco Jimeno Fuentes, manuscrito indito que ya por esos aos figuraba en los fondos de la Biblioteca Nacional. A pie de pgina aparece una nota biobibliogrfica del autor, escrita por el bibligrafo mayor de Cuba, Carlos Manuel Trelles y Govn. “Temas e Indagaciones” contina publicando el ciclo de revistas del siglo XIXque organiz el Ateneo de La Habana. Esta vez, las conferencias sobre el lbum Cubano de lo bueno y lo bello de Gertrudis Gmez de Avellaneda, La Habana Elegante y la Revista Habanera y como complemento ofrece un estudio, no perteneciente a ese ciclo, sobre El Nuevo Regan de La Habana Las secciones fijas en general no varan, pero en los nmeros uno y cuatro “Notas e Informaciones”, no aparece como “Vida de los Libros”, en forma independiente. Y dentro de “Notas … ” se presenta, nada menos, que “La lengua de Mart”, de Gabriela Mistral, conferencia pronunciada por la poetisa chilena en la Institucin Hispano-Cubana de Cultura, en 1930. Antes

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38haba sido publicada por la Direccin de Cultura del Ministerio de Educacin, el 19 de mayo de 1934 por iniciativa de Jorge Maach, secretario de Educacin en esa fecha. El ltimo nmero de 1957 aparece en abril de 1958, dedicado en su totalidad al nuevo edificio de la Biblioteca Nacional, el cual tuvo un costo de dos millones 800 000 pesos y fuera inaugurado el 24 de febrero de 1958. Dicho nmero incluye el programa de celebraciones correspondiente a los das entre el 21 y el 24 de febrero, as como los textos de los discursos inaugurales. Este edificio, situado en la Calzada de Rancho Boyeros (hoy Avenida de la Independencia), frente al monumento al Apstol Jos Mart, se debi a la noble gestin de la Junta de Patronos, organizacin que hizo posible que la Biblioteca lograra, despus de su fundacin en 1901, un lugar digno de su gestin como depositaria, conservadora y promotora del tesoro bibliogrfico de la nacin cubana. En 1958, la lucha en la sierra y el llano arrasa con la tirana batistiana, que da sus ltimos y sangrientos zarpazos. En ese ao, la Revista slo logra un nmero, correspondiente a octubre-diciembre, el cual se distribuye despus del triunfo de la Revolucin cubana. Finaliza as “Vigencia del Ayer” con las cartas de amor de Luis Alejandro Baralt y Celis a Nieves Peoli y Mancebo, editadas y anotadas por el profesor Luis A. Baralt y Zacharie. “Temas e Indagaciones” ofrece sus ltimos y siempre nuevos aportes, entre otros, “Mximo Zertucha y Ojeda, el ltimo mdico de Antonio Maceo”, de Luis Felipe Le Roy y la actualizacin de la bibliografa del caf, de Francisco Prez de la Riva. “Vida de los Libros” cierra este nmero con la “Relacin de obras cientficas y literarias inscriptas en el Registro de la Propiedad Intelectual”, informacin iniciada en el nmero cuatro de 1950, publicada anteriormente como “Relacin de libros recibidos de la Propiedad Artstica y Literaria” en los ltimos trimestres de los aos 1948 y 1949. En esa, su segunda poca, la direccin de la Revista pretendi una publicacin trimestral, periodicidad que casi siempre logr. Desde su primer nmero anunci su inters por la crtica de libros recientes, la publicacin de textos que dieran a conocer aspectos ignorados de nuestra cultura, y la reproduccin de documentos y obras inditas o la reedicin de las que por su rareza lo merecieran, as como noticias referentes al desenvolvimiento de la Biblioteca Nacional. Con una rigurosa seleccin de contenidos la direccin de la publicacin cumpli estos propsitos, diversos en apariencia, pero unidos en la raz. Estudios histricos y literarios, genealogas, documentos inditos y raros, y repertorios bibliogrficos sirven an en nuestros das a un mejor conocimiento de la cultura cubana. En opinin del sabio cubano Juan Prez de la Riva, la Revista de esta segunda poca fue “[…] lo menos malo de esta gran Biblioteca subdesarrollada”.21 Un juicio ms objetivo sera decir que fue lo mejor de nuestra Biblioteca Nacional en la dcada del 50. Y como digna sucesora de la poca que la precediera abri puertas a los aos que vivira a partir de 1959.

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39III Profundas transformaciones polticas, sociales y econmicas trae consigo el triunfo de la Revolucin cubana. En febrero de 1959 ocupa la direccin provisional de la Biblioteca Nacional la doctora Mara Iglesias Tauler, quien con acierto y generosidad propone para este cargo a la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade, experta bibliotecloga, que se empea en la refundacin y recreacin de una nueva institucin hasta lograr que respondiera a las exigencias de la poltica cultural revolucionaria. A mediados de 1960, la nueva directora logra, entre otras y mltiples tareas, la publicacin del primer volumen de la Revista, correspondiente a su tercera poca, y abarcador de los cuatro nmeros de 1959. A partir de ese ao, se denominara Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, pues la Biblioteca, a propuesta del doctor Fernando Ortiz, ya haba adoptado este nombre desde la inauguracin del edificio el 24 de febrero de 1958. Con un nuevo formato cuadrado y muy moderno para su tiempo, la Revista tuvo como secretaria de redaccin a la doctora Graziella Pogolotti, y su edicin estuvo al cuidado de la doctora Marta Vesa. Nuevamente la publicacin se propuso ofrecer a los investigadores un buen acopio de documentos relacionados con los antecedentes histricos, artsticos y literarios de nuestra cultura, as como estimular el estudio y la interpretacin de nuestro pasado De izquierda a derecha Jos Antonio Portuondo, Maruja Iglesias, Mara Teresa Freyre de Andrade y Miguel ngel Asturias

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40con vistas a desarrollar una slida conciencia nacional. En su primer volumen publica la “Resolucin” dictada por la doctora Freyre el 13 de diciembre de 1959, segn la cual la Biblioteca fungira como nacional y como pblica, adems de servir como gua a las bibliotecas pblicas del pas. En este documento aparece ya trazada la estrategia seguida en estos ltimos 50 aos. Al final, un “Informe” complementario detalla las funciones del centro en cada uno de sus departamentos, as como sus servicios, la necesaria superacin de los bibliotecarios, y la campaa en pro de la cultura y de la lectura. Lneas estratgicas que siguen favoreciendo el desarrollo de la primera institucin bibliotecaria del pas, la cual desde entonces ha sufrido las modificaciones y transformaciones necesarias en consonancia con los nuevos tiempos. La Revista de esa tercera poca impuso la tradicin de don Domingo Figarola Caneda y ello lo demuestra la seleccin de sus contenidos. La doctora Aleida Plasencia da a conocer los manuscritos de Jos Mara Heredia adquiridos por el propio Figarola para la Biblioteca Nacional y ms adelante aparecen fragmentos de la correspondencia de Miguel Tacn y Rosique.22Resea Argeliers Len obras musicales del siglo XVIII y Severo Sarduy comenta Isla de Cuba pintoresca de Federico Mialhe, donde La Habana de Cecilia Valds vuelve desde las maderas con las calesas y los anchos paseos. Una amplia bibliografa de la Revolucin cubana (1952-1959) y otros textos histricos y literarios aseguran los sumarios propuestos desde 1909.1960-1969A partir de 1960 y hasta 1963 la Revista se publica en volmenes anuales, abarcadores de cuatro nmeros cada uno, y aunque no aparece el nombre de Cintio Vitier como su director, los nmeros de 1959 y 1960 se honraron con su ejecutoria. En el volumen de 1960 aparece el primer Consejo de Redaccin presidido por la doctora Freyre.23 Su cubierta azul plido recuerda el color favorito de los insurgentes de antao, y una ventana ideada por Argeliers Len permite ver un detalle del grabado que aparece en la portadilla, distinguindose as un nmero de otro. En ese ao, la Revista se adelanta al bicentenario de la Toma de La Habana por los Ingleses (1762-1962) y reproduce la “Dolorosa mtrica, expresin del sitio y entrega de La Habana escrito en 1762”, versos precedidos por un erudito estudio de la doctora Aleida Plasencia.24 Segn Carlos Manuel Trelles y Govn,25 este poema haba sido escrito por N. Cruz, posible seudnimo de la primera poetisa nacida en Cuba.26 Sin dudas, es uno de los primeros poemas de nuestra literatura, con estrofas en dcimas de escaso valor literario, pero con un extraordinario valor histrico. Completan este nmero una bibliografa compilada por Juana Zurbarn y con grabados de Elas Durnford y de Dominique Serres relativos a este acontecimiento histrico, as como textos de Eliseo Diego sobre Charles Dickens y Henry David Thoreau; con motivo de los centenarios de la muerte de ambos poetas. El Departamento Coleccin Cubana fue el crisol donde se fragu la Revista a partir de ese ao hasta que en 1979,

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41el desarrollo alcanzado por la Biblioteca Nacional, y por este departamento, dinamiz sus funciones con una nueva estructura. A partir de entonces, la publicacin continu a cargo del Departamento de Publicaciones, posteriormente convertido en Departamento de Ediciones. Entre los aos 1961 y 1964, la Revista es dirigida por Rene Mndez Capote, quien al unsono escribe y lee a sus compaeros de trabajo cada captulo de sus memorias Una cubanita que naci con el siglo Nuevas personalidades se aaden al Consejo de Redaccin: Manuel Moreno Fraginals y Eliseo Diego. Entre otros significativos aportes, Rene logra publicar el “Diario de Mart como documento caracterolgico”, estudio indito de Ezequiel Martnez Estrada (incisos del captulo “El regreso”, de su obra mayor Mart revolucionario ); aparece la primera colaboracin de Cintio Vitier, en la Revista, titulada “Un cuento de Tristn de Jess Medina”; “Notas sobre las monedas utilizadas en la costa de frica durante el siglo XVIII” de Juan Prez de la Riva, quien tambin inicia su clebre Contribucin a la historia de las gentes sin historia ; dos crnicas de nuestro Jos Mart donadas a la Biblioteca Nacional por Nstor Carbonell;27 el “Diario de Juan Castro”,28 dado a conocer completo por Amalia Rodrguez; “Oda a Julin del Casal”, de Jos Lezama Lima; “Iglesia e ingenio”, de Manuel Moreno Fraginals; “El baratillero ambulante”, de Miguel Barnet; y los ndices de revistas del siglo XIX tales como El Plantel (1838), La Cartera Cubana (1838) y El Colibr (1847), compilados por Feliciana Menocal. Y tras las ventanas de las cubiertas, las vistas de los conventos de Santo Domingo y de San Francisco de La Habana; y en el volumen de 1963 un trapiche de un ingenio durante la molienda ilustra el estudio antes citado de Manuel Moreno Fraginals, antecedente de su monumental obra El ingenio.29A partir del nmero dos de 1964, es dirigida por el sabio demgrafo Juan Prez de la Riva, ya que Rene Mndez Capote se dedicara a la produccin literaria en el Instituto del Libro. No obstante, ella deja consolidada la publicacin. Prez de la Riva y su secretaria de redaccin, Luisa Campuzano, publicaran tres nmeros anuales, aunque por excepcin la direccin de la Revista lograra cuatro nmeros en 1966. Por esos aos, su director inicia la publicacin de una valiosa seleccin de textos de viajeros extranjeros que nos visitaron en el sigloXIX y continuara sus “Documentos para la historia de las gentes sin historia” referidos al trfico de cules chinos;30 Jos Felipe Le Roy y Glvez da a conocer a partir de 1965 “La historia de la Real y Pontificia Universidad de San Jernimo” (I-II), “La Real y Literaria Universidad de La Habana en su etapa republicana” (I-II), y “La Universidad de La Habana en su etapa republicana” (I-II); y Pedro Deschamps Chapeaux su “Historia de la gente sin historia”, captulos de una obra mayor,31 los cuales apareceran en distintos nmeros. Ya slo con estos enjundiosos y novedosos estudios la Revista hubiese ocupado un lugar trascendente dentro de la bibliografa cubana de la dcada

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42del 60, pero a ello aadi los documentos de Carlos Balio; “ La Piragua y el siboneyismo” (ensayo que present el ndice de esta revista); “Placidiana”, con motivo del 120 aniversario del fusilamiento de Gabriel de la Concepcin Valds (Plcido); el ensayo sobre Manuel de Zequeira y Arango (I-II), de Fina Garca Marruz;32 la conferencia ofrecida por Ezequiel Martnez Estrada en la Biblioteca Nacional en ocasin del sesquicentenario del nacimiento de don Domingo Faustino Sarmiento, versin taquigrfica de la grabacin que el gran ar gentino no lleg a revisar y, en donde, a pesar de ello, se aprecia la fluidez de su pensamiento, y los trabajos de Filiberto Ramrez Corra y de Juana Zurbarn, con motivo del cuarto centenario lascasiano. Otros estudios de Elas Entralgo, Graziella Pogolotti, Julio Le Riverend Brusone, Mario Snchez Roig, Hortensia Pichardo y Jorge Ibarra hacen de la Revista de esos aos una publicacin notable. Muy tiles resultaron tambin las secciones “Crtica Bibliogrfica” con reseas de libros de reciente publicacin; los “Libros del trimestre extrados de la bibliografa nacional” cuya compilacin continuara la Biblioteca Nacional desde 1959, y “Crnica”, esta ltima con comentarios y noticias culturales, la cual se hace cada vez ms estable a partir de fines de ese decenio. En enero de 1967, Luisa Campuzano cesa como secretaria de redaccin al ganar una ctedra de Lengua y Literatura Clsicas en la Universidad de La Habana, y la sustituye Siomara Snchez Roberts, quien se convertira en una de las de ms larga ejecutoria en dicho cargo. Ya a fines de ese ao, aparece un ltimo nmero doble con ventana, que deja entrever la firma del Che, recin asesinado en Bolivia. La Revista incluye una bibliografa activa y pasiva del Guerrillero Heroico, seguida por una cronologa de su vida, compilada por Juan Prez de la Riva, la cual mereci ser reeditada en Mxico por Cuadernos Rocinante. En 1968, cambia de portada, aunque no sus contenidos eruditos, crticos y medulares. En los tres nmeros publicara de Jos Antonio Portuondo, “Retratos infieles de Mart”; de Roberto Segre, “La evolucin tipolgica de las fortificaciones coloniales”, y de Zoila Lapique, “La msica en las revistas del siglo XIX”.33 En 1969 vuelve Jos Antonio Portuondo con un estudio sobre el contenido poltico y social de las obras de Jos Antonio Ramos; Juan Prez de la Riva, con “Los das de Guimaro”; Csar Garca del Pino da a conocer el diario de un deportado a Fernando Poo en 1869; Tadeusz Lepkowski y Jorge Ibarra polemizan en torno a una historia integral de Cuba; Ivan Schulman estudia la influencia de Mart en la prosa madura de Daro, y la direccin de la Revista decide publicar el trascendental discurso del Comandante Fidel Castro, pronunciado el 10 de octubre de 1868, donde el lder cubano declara como nica la Revolucin que inici Cspedes y la que el pueblo cubano lleva adelante 100 aos despus del Grito de Yara. En el nmero tres de ese ao, otros estudios aseguran que la publicacin se empea en dar a conocer novedades de nuestra historiografa y de nuestra literatura. En el sumario encontramos “Psicoanlisis de una generacin

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43(19401959)”, de Francisco Lpez Segrera; “Para una vida de Santiago Pita”, de Octavio Smith;34 “Estudios delmontinos”, de Fina Garca Marruz, y “La Reforma Universitaria de los aos 20 y la rebelin estudiantil de nuestros das”, de Ladislao Gonzlez Carvajal.35Durante esa dcada, nutrida de estudios que ms tarde integraron obras fundamentales de nuestra cultura,36 la Revista cumple sus primeros 60 aos. Recibe como homenaje perdurable su indizacin analtica37 y la publicacin en separatas de sus mejores textos.1970-1979En la dcada del 70, se lograran tres nmeros cada ao, y como secciones fijas, “Crnica” y “Miscelnea”. La primera con textos breves, atendiendo a las exigencias de esta forma literaria, y la segunda muy til para conocer la intensa vida cultural de la Biblioteca Nacional. Investigaciones histricas, literarias y bibliogrficas, verdaderos aportes y nuevas perspectivas constituyen los contenidos de estos aos. Del Ciclo Vida y Obra de Poetas Cubanos organizado en aquellos das por la institucin, se publican las conferencias magistrales de Flix Pita Rodrguez, ngel Augier, Jos Cid, Nicols Guilln, Regino Pedroso y Roberto Fernndez Retamar, as como ensayos literarios que, sin lugar a dudas, podran formar parte de una antologa del gnero en Cuba: “Sobre nuestra crtica literaria” y “La correspondencia cubana de Len Tolstoi”, de Juan Marinello; “Bcquer o la leve bruma”, de Fina Garca Marruz; “El hombre de Sal Bellow”, de Roberto Friol; “Landaluce y el costumbrismo en Cuba”, y “Galds y Valle Incln, espejos de la vida espaola”, de Jos Antonio Portuondo; “Aproximaciones a Luis Cernuda”, de Octavio Smith; “El poderoso caballero Francisco de Quevedo”, de Luis Suardaz, y “En torno a la autenticidad de Espejo de Paciencia ”, de Enrique Sanz. Nuevamente, como en el decenio anterior, la Revista publica estudios previos que despus integraran obras imprescindibles de nuestra historia, nuestra literatura y nuestra cultura: “La primera imprenta litogrfica en Cuba”, de Zoila Lapique, Juana Zurbarn y Guillermo Snchez Martnez;38 “Los cobreros y los palenques de negros cimarrones (esquema de dos libros pendientes de publicacin)” de Jos Luciano Franco;39 “Los romances cubanos de Juan Francisco Manzano”, encontrados por Roberto Friol en el peridico matancero El Pasatiempo 1834;40 “Flor oculta de poesa cubana (aviso preliminar, y pasajes del prlogo)” de Cintio Vitier y Fina Garca Marruz,41 y los estudios de Luis Felipe Le Roy y Glvez sobre el 27 de noviembre de 1871.42Y como en pocas anteriores se da a conocer el patrimonio documental de la nacin depositado en la Biblioteca Nacional mediante repertorios bibliogrficos: “Bibliografa del teatro cubano”, con una breve introduccin del entonces director de la institucin, Sidroc Ramos;43 un “Esquema bibliogrfico de Gertrudis Gmez de Avellaneda”; la “Bibliografa de Juan Marinello”, homenaje de la Biblioteca y de la Revista por su 75 cumpleaos;44 “Bibliografa de una exposicin”, documentos exhibidos en el centro con motivo del 70 aniversario

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44de Alejo Carpentier; “Esta Revolucin comenz en Yara”, seleccin de documentos expuestos con motivo del XXII aniversario del Asalto al Cuartel Moncada; “Bibliografa Exposicin Homenaje al XV aniversario de la Federacin de Mujeres Cubanas”, y un suplemento a la Bibliografa de Nicols Guilln.45 El ndice de nuestra publicacin correspondiente a los aos 1970-197545 y una cronologa de la Revolucin cubana (1959-1979) completan el universo bibliogrfico de esa dcada. Este ltimo repertorio publicado en el nmero dos de 1979, rinde homenaje a los 20 aos de la Revolucin cubana, con recuentos de lo sucedido en esas dos dcadas en el campo de la bibliografa, el diseo grfico, la urbanizacin, la danza, la artesana y la escultura, precedidos por el discurso pronunciado por Fidel Castro el 1 de enero de 1979 bajo el ttulo “Nos enfrentamos al porvenir con la experiencia de 20 aos y el entusiasmo del primer da”. Significativos aportes historiogrficos como el estudio de Alberto Muguercia sobre Teodora Gins; “El campamento de San Pedro”, de Francisco Prez Guzmn; los temas desarrollados por Csar Garca del Pino sobre aspectos ignorados de nuestra historia anteriores al siglo XIX, y los estudios demogrficos de Juan Prez de la Riva, hacen de la Revista de esos aos fuente de consulta imprescindible para repensar nuestra historia. En 1973, Guillermo Snchez Martnez inicia sus aportes a la histo ria y la cultura del arte cubano, entre ellos los antecedentes de su “Diccionario de las Artes Plsticas en Cuba”, obra monumental, an indita. La Revista de la dcada del 70, como rgano de la Biblioteca Nacional, incluye tambin documentos relacionados con los Encuentros Nacionales de Biblio tecas Pblicas; ofrece un recuento de las caractersticas tipolgicas de la institucin de Cuba en el perodo 1959-1976; contribuye a la historia del libro en nuestro pas con estudios sobre nuestros incunables, el primer libro cientfico cubano y los impresores y talleres del sigloXIX, y reproduce el “Diario del Rancheador”, de Cirilo Villaverde, imprescindible documento para el estudio de la esclavitud en Cuba. Ya avanzado el decenio, exactamente el 4 de diciembre de 1976, fallece Juan Prez de la Riva, sabio director que desde 1964 logr una Revista … erudita y siempre en ascenso. A partir de 1978 lo sustituye Julio Le Riverend Brusone, se estrena Salvador Bueno como jefe de redaccin, y contina Siomara Snchez como secretaria de redaccin.1980-1989En la dcada del 80, la direccin de la Revista lleva a sus pginas aspectos diversos de nuestra historiografa, estudios enriquecedores y develadores de nuevos conocimientos relacionados con grandes figuras de nuestra cultura y hechos histricos significativos de la historia patria. En los nmeros uno y tres de 1980 celebra el centenario del nacimiento de Ramiro Guerra, con valoraciones de Ernesto Garca Alzola y Julio Le Riverend; y el centenario de la ley que inici el proceso de abolicin de la esclavitud africana en Cuba terminado en 1886, con textos que abordan ideas y suge rencias

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45para trabajos futu ros, pre sidido por “Los cimarrones en el Caribe”, de Jos Luciano Franco.47El discurso del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz pronunciado en el acto de clausura del Segundo Congreso del Partido Comunista de Cuba, publicado bajo el ttulo de “Los principios no son negociables”, da inicio al ao 1981, en el cual temas diversos (filosofa, paleografa, historia, crtica literaria y pintura cubana, entre otros) conforman el macizo sumario; el segundo nmero es un documentado homenaje con motivo del 80 aniversario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, que recuerda el pasado de la institucin, da fe de su presente, y garantiza su respuesta a los nuevos requerimientos que el desarrollo cultural del pas le impone como centro de difusin y promocin cultural y cientfica,48mientras el ltimo conmemora el centenario de don Fernando Ortiz con reveladoras interpretaciones en torno a la obra del sabio cubano. Aparece en 1982 un nmero doble, abarcador en gran medida del ao, que contiene el discurso pronunciado por el entonces ministro de Cultura Armando Hart Dvalos, en la inauguracin del Encuentro de Intelectuales por la Soberana de los Pueblos de Nuestra Amrica, as como investigaciones sobre filosofa, urbanismo, cultura africana, esclavitud, arqueologa, crtica literaria, pintura, y otros temas de inters literario e histrico. El ltimo nmero del ao evoca con exquisita y vibrante prosa la presencia de Ral Roa, “aquel hombre de gesto rpido que rubricaba al vuelo su palabra centellante”, y conmemora adems el 130 aniversario del natalicio de Jos Mart, el centenario de la primera edicin completa de Cecilia Valds, y el 80 cumpleaos de Nicols Guilln. La crtica literaria se impone en el primer nmero de 1983, sumario que ofrece adems, entre otras cuestiones, un anlisis marxista de las clases sociales en Cuba frente a la necesaria revolucin martiana, de Eduardo Torres Cuevas. La segunda entrega honra los 70 aos de Carlos Rafael Rodrguez, “digna y plenamente vividos”, al publicar un artculo de sus aos jvenes y dos de sus discursos ms sabios; realza tambin los 60 aos de Cintio Vitier con la compilacin de y sobre su obra potica y crtica. Otras investigaciones sobre la arquitectura tradicional cubana, el Partido Socialista Obrero Espaol y su relacin con la Guerra del 95, los transportes habaneros de los siglos XVIal XIX, y la nueva seccin “Notculas” tambin se encuentran en dicha edicin. Un captulo del libro Bolvar y la independencia de Cuba de Francisco Prez Guzmn; unas pginas que recuerdan a esa “cronista de la cultura” que fue Lol de la Torriente; un documentado estudio sobre las primeras villas cubanas, de Hortensia Pichardo; otra vez don Fernando Ortiz con su correspondencia mexicana; el problema arancelario dentro de la poltica cubana del siglo XIX, y por ltimo, “Crnicas” y “Reseas de Libros” resumen a grandes rasgos el ltimo ndice. A partir de 1984 se publica por captulos la obra “Problemas de la formacin agraria de Cuba”, del doctor Julio Le Riverend, estudio que, sin dudas, llena un vaco en la historia econmica de Cuba.49

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46El segundo nmero del ao dedica ms de 30 pginas a ese cubano universal que fue Alejo Carpentier, con motivo del 80 aniversario de su nacimiento. Una ilustracin tomada de la Historia General de las Indias Occidentales de Antonio de Herrera (Amberes, 1728), que representa la aceptacin de la empresa de Cristbal Coln por parte de los reyes Fernando e Isabel de Castilla aparece en la cubierta del ltimo nmero del ao. Este grabado en metal anuncia su conteni do, dedicado casi en su totalidad al estudio de hechos histricos que corresponden por igual a la historia de Cuba y a la de Espaa: solidario y justo precedente con el cual la Biblioteca Nacional se sum a los trabajos preparativos para la celebracin del quinto milenio del encuentro de ambas culturas. Bajo el ttulo “XXV aos de Historiografa Cubana” (I-II) aparece esta seccin en los primeros nmeros de 1985, positivo recuento a favor de la investigacin histrica en el perodo 1959-1984. Constituye una acertada valoracin e inventario de fuentes de la historia de Cuba, probatorios de que la historia no es un conocimiento fijado de una vez y por todas. Las experiencias vividas en esos aos per mitieron que un mayor caudal de mentalidades lograra un desarrollo extraordinario en la historiografa cubana. El ltimo nmero de ese ao incluye temas de inters para la historia de la msica y la literatura cubanas, la mitologa indoantillana, la arquitectura colonial en Cuba y el Caribe, y el libro en Cuba. Aspectos diversos que no desdibujan el perfil de la publicacin, sino que acentan su unidad de contenido y el rigor investigativo que la ha caracterizado. Durante ese primer lustro de la dcada del 80, cesa Siomara Snchez Roberts como secretaria de redaccin, y la sustituye Josefina Garca Carranza en los dos primeros nmeros de 1983; a partir del siguiente, se inicia como redactora Carmen Surez Len. Es notable la reincorporacin de “Reseas de Libros”, desde 1979, seccin bibliogrfica continuadora de otras de tanto inters para el conocimiento del movimiento editorial en Cuba, como “Bibliografas” (1964-1966). En cuanto a otras secciones, las “Crnicas”, en su mayora conmemorativas de efemrides cubanas y extranjeras, resultan en ocasiones serios aportes a la investigacin de los temas tratados; tambin abarca, en menor medida, los propsitos de la “Miscelnea” (1970-1981), histrica seccin que recogi por ms de un decenio la intensa labor de promocin cultural y cientfica realizada por la Biblioteca Nacional de Cuba. Asimismo, comienza otra seccin en esos aos: “Lista de Documentos Adquiridos en el Extranjero” (nmero tres, 1983) contentiva de listas bibliogrficas selectivas de los documentos recin adquiridos por la institucin. En el nmero que abre el ao 1986, la direccin de la Revista anuncia el Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba, y recuerda el XX aniversario del memorable arribo a la playa Las Coloradas de la expedicin del Granma (2 de diciembre de 1956). Pero como pasado y presente se conjugan y se proyectan al futuro, la publicacin no olvida el centenario de la abolicin de la esclavitud y aparece para esta ocasin

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47“Esclavitud y relaciones interraciales en Cecilia Valds ”, de Salvador Bueno, y en el segundo nmero, un texto de Rodolfo Sarracino sobre Inglaterra y las rebeliones esclavas cubanas. En este mismo ejemplar tambin se inicia la celebracin del 150 aniversario del nacimiento de Mximo Gmez, y por ello Ramn de Armas presenta el casi desconocido texto del Generalsimo “El porvenir de Las Antillas”, donde Gmez concibe para esta regin americana una gran revolucin, y prev nuevas formas de unidad antillana. “Mximo Gmez y la esclavitud” y “Pertenencia tnica de los esclavos de Tiguabos (Guantnamo)” de los investigadores Roberto Friol y Rafael L. Lpez Valds, respectivamente, resultan rigurosos estudios que ponen fin, en el nmero tres de 1986, a las conmemoraciones del centenario de la abolicin oficial de la esclavitud, y del 150 del nacimiento de Gmez. Adems se tiene presente el 85 aniversario de la Biblioteca Nacional Jos Mart, y termina la publicacin del libro Problemas de la formacin agraria en Cuba (siglos XVI-XVII) del doctor Julio Le Riverend Brusone, obra en 17 captulos que enriquece sobremanera la historiografa cubana, y muy en especial la agraria. Otros estudios crticos y bibliogrficos completan el contenido de estos tres nmeros. Sus cubiertas exhiben una litografa del precioso libro de Samuel Hazard, Cuba a pluma y lpiz el logotipo conmemorativo del 150 aniversario del nacimiento de Mximo Gmez, y un exlibris de la coleccin de la Biblioteca Nacional de Cuba. Investigaciones acerca de grandes figuras de la literatura y la cultura cubanas tales como don Fernando Ortiz, Jos Mara Heredia, Carlos Manuel Trelles y Govn, Luis Felipe Rodrguez, y Juan Marinello Vidaurreta; una indagacin sobre Ramn Emeterio Betances, de Emilio Godnez, historiador cubano que fuera tambin historiador puertorriqueo (fallecido en octubre de 1986), y “De la Enmienda Platt a los emprstitos”, una ojeada a la dominacin imperialista sobre Cuba durante los aos republicanos, del investigador Pedro Pablo Rodrguez, conforman, entre otros estudios, el primer nmero de 1987. El segundo nmero, casi monogrfico, fue dedicado al XX aniversario de la cada en combate de Ernesto Che Guevara, donde Carlos Tablada y Rolando Garca Blanco interpretan el pensamiento del Guerrillero Heroico; Mario Menca hace historia de sus primeros aos revolucionarios; Israel Echevarra y Miriam Martnez detallan su presencia en la legislacin revolucionaria publicada por la Gaceta Oficial de Cuba, y Carmen Surez Len se acerca a su potica e interpreta “Che Comandante”, de Nicols Guilln. El cuerpo bibliogrfico hace historia de la insurrec cin armada en Las Villas; compilado por especialistas de la Biblioteca Mart, de Santa Clara, cierra en el nmero tres el homenaje de esta Revista al comandante Ernesto Che Guevara. Adems aade a su contenido estudios de inters al conocimiento de la dominacin inglesa en La Habana, la presencia africana en los carnavales de Santiago de Cuba, y el primer ferrocarril de Cuba; reflexiones sobre Ral Roa y Lol Torriente; la temprana obra histrica de Luis Toledo Sande, exigida con razn por la Tribuna Enrique Jos Varona, y las hazaas descritas

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48por Cristbal Coln en su Diario de navegacin. Estos testimonios colombinos dan inicio a la seccin “Hacia el Medio Milenio del Encuentro entre las Culturas Americanas y Europea”. Por ltimo, grabados de libros valiosos del siglo XVIII atesorados por la Biblioteca Nacional Jos Mart, y una composicin tipogrfica que es homenaje al Che, ilustran las cubiertas de los tres nmeros de 1987. Un fragmento del mapa de Piri Reis, que ilustra la cubierta del nmero uno de 1988, anuncia la inclusin de la introduccin a dicho documento, escrita en 1935, por Yusuf Ackura, presidente de la Sociedad para las Investigaciones Histricas sobre Turqua. Segn este cientfico, el mapa que Coln confeccion despus del descubrimiento, encuentra en este su reflejo de s, por lo que resulta una indiscutible fuente de informacin con respecto al primero, y una prueba de la contribucin de los turcos del siglo XVI a las ciencias de su poca. Este texto aparece incluido en la seccin “Hacia el Medio Milenio del Encuentro de las Culturas Americanas y Europea”. Otras contribuciones al estudio de grandes figuras de la historia, la literatura, y la cultura de Cuba y Amrica enriquecen las bibliografas secundarias de Flix Varela Morales, Manuel Gonzlez Prada, Pedro Henrquez Urea, Alicia Alonso, Rafaela Chacn Nardi, Elas Entralgo, Salvador Bueno y Alejo Carpentier. Y a mediados de 1988 la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart logra un nmero antolgico al publicar una parte de los papeles inditos o parcialmente inditos de la coleccin del poeta Jos Lezama Lima. Una de las ms valiosas colecciones atesoradas por la Biblioteca Nacional de Cuba: prosa, poesa, cartas y parte de un diario aseguran al especialista nuevas perspectivas y mltiples revelaciones dentro del universo lezamiano. El ltimo nmero de 1988 da fin dentro del ltimo lustro (1986-1990) a la seccin “Hacia el Medio Milenio…” al incluir la “Expedicin en canoa del Amazonas al Caribe” del doctor Antonio Nez Jimnez, experiencia cientfica inspirada en el “Quinto Centenario del Descubrimiento, encuentro de dos mun dos”, y acertada cruzada para redescubrir, con ojos propios, lo que hasta ahora haban realizado investigadores europeos, intencin que aclara el autor y jefe de dicha memorable expedicin. A continuacin, se cierra el homenaje al vigsimo aniversario de la cada del Che, con “Acotaciones acerca de El socialismo y el hombre en Cuba: la autoeducacin”, del doctor Julio Le Riverend; se celebra el 150 aniversario de Eugenio Mara de Hostos con “Hostos, el angustiado”, de la investigadora de Puerto Rico Loida Figueroa, y hace posible que la tambin investigadora de ese pas, Carmen Vsquez, d a conocer en Cuba el “Retrato de un dictador”, de Alejo Carpentier. Incluye adems trabajos crticos sobre poesa cubana, la prosa reflexiva de Flix Pita Rodrguez, la poesa surgida de la lucha revolucionaria, y las afinidades poticas entre Jos Mart y Vctor Hugo, este ltimo de la profesora Ana Cairo, y otro sobre el concepto de cultura en Jos Mart, de Carmen Surez Len, aaden nuevos

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49ttulos a la bibliografa martiana divulgada por la Revista. Al cumplir 80 aos, puede afirmarse que la publicacin ha conquistado su tiempo, en medio de obstculos, y se empina con todos sus contenidos, como enciclopedia de la cultura cubana. Quien posea su coleccin desde 1909 conserva una parte de lo mejor de la creacin espiritual de pas. Y en su primer nmero de 1989 celebra sus ocho dcadas de vida con testimonios de queridos colaboradores, quienes en pocas lneas recuerdan parte de su historia: Israel Echevarra da a conocer sus documentos fundacionales; Alberto Vargas Bosh nos acerca a la vida y obra de Mara Villar Buceta, poetisa y maestra de bibliotecarios, y Araceli Garca Carranza expone sus experiencias bibliogrficas referentes a la teora, el mtodo y la estructura en esta disciplina. Otros trabajos histricos y literarios, entre ellos el diario de campaa de Julio Morlans, dado a conocer por Gerardo Snchez Robert, y “Andrs Eloy sobre la Rosa de los Vientos” de Luis Suardaz, hacen de este primer nmero un homenaje digno a 80 aos de vida til. Cultura, historia, filosofa, estudios sobre figuras universales como Jos Mart, Alfonso Reyes, Jos Lezama Lima y Alejo Carpentier, y homenajes a la querida profesora Hortensia Pichardo y al poeta Flix Pita Rodrguez, por sus 85 y 80 aos de vida, respectivamente, conforman, entre crnicas y otras reseas, el segundo nmero del ao. En el ltimo nmero de 1989 se hace notar la investigacin bibliogrfica al dar a conocer la bibliografa cubana de la Revolucin Francesa, y un anlisis crtico de la biobibliografa de Flix Varela, realizada por Josefina Garca Carranza y publicada en Nueva York por Senda Nueva de Ediciones en 1991. El “Diario de Jos Lezama Lima”, publicado en el segundo nmero de 1988, da lugar, en este ltimo de 1989, a una interpretacin filosfica basada en la cultura del poeta. Mientras, la investigadora norteamericana Evelin Picn Garfield interpreta Guatimozn, de Gertrudis Gmez de Avellaneda, y Carlos del Toro hace historia de los memorables congresos nacionales que organizara el historiador Emilio Roig de Leuchsenring. Las cubiertas de estos tres nmeros exhiben en distintos colores la misma composicin tipogrfica, en homenaje al 80 aniversario de la Revista. En 1989 Carmen Surez Len obtiene la categora cientfica de investigadora y cesa como redactora en el nmero uno de ese ao. Vuelve a este cargo, por sustitucin, en los nmeros dos y tres, la bibligrafa Josefina Garca Carranza. Nuevamente en esa dcada la Revista cumple sus propsitos al publicar rigurosas investigaciones inditas, en su mayora histricas, literarias y bibliogrficas, las cuales hacen an ms amplio su espectro como fuente de conocimientos de la cultura cubana.1990-1993La dcada del 90 se presenta sombra para la Revista, son los aos de la peor crisis econmica enfrentada por nuestro pas, se inicia el llamado Perodo Especial, que exige heroicidad y sacrificio cotidianos. Vuelve a cambiar la redaccin en 1990, esta vez a manos de Edilio Torres

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50Miranda, y entre 1991 y 1993 asumira el cargo Rafael Acosta de Arriba, quien realiz denodados esfuerzos porque la publicacin no desapareciera. En esos cuatro aos se lograran dos nmeros en 1990 y otros tres corresponderan a los aos entre 1991 y 1993. El primer nmero de 1990 incluye apreciables indagaciones sobre nuestra historia ms reciente: las huelgas de la Secretara de Comunicaciones posteriores a la cada de Gerardo Machado, la personalidad jurdica de la Confederacin de Trabajadores de Cuba, y realidades y perspectivas de la historiografa regional en Cuba. De nuestra historia pasada se muestran la concurrencia naviera de Cuba y Filipinas en la Espaa del siglo XIX, el sector comercial en las matrculas de 1833, y el testimonio de una camageyana que viviera la guerra de 1868, y los aos de la tregua fecunda, bajo el ttulo “La vida pblica y secreta de Encarnacin de Varona”.50Y de nuestra historia presente la Revista saluda el 30 aniversario de la fraterna y muy prestigiosa Casa de las Amricas con palabras de su presidente, el doctor Roberto Fernndez Retamar. En el nmero dos y ltimo de 1990 se hace valer una vez ms la utilidad de la ciencia bibliogrfica en general, y en especial del desarrollo bibliogrfico alcanzado en nuestro pas con los trabajos de Siomara Snchez y de Toms Fernndez Robaina sobre Trinidad y el Valle de los Ingenios, y un panorama crtico de la bibliografa de la literatura cubana, respectivamente. La erudicin, la experiencia profesional y el dominio de la tcnica han sido demostrados en la publicacin hasta esa fecha, en el campo de esta disciplina. Otro bibligrafo cubano, en este caso Emilio C. Cueto, nos lleva de la mano en busca de nuestras races, y de las lminas del Paseo pintoresco de Cuba una de las ms bellas ediciones del siglo XIX cubano. Y una vez ms Luis Suardaz da fe de su afinada crtica con “ Gallegos: la novela y la historia en el vasto paisaje”. En ese ltimo lustro (1986-1990), “Crnicas”, “Reseas”, “Libros adquiridos en el extranjero”, y “Relacin de colaboradores” no son nuevas secciones, sin embargo, an despiertan el inters de nuestros lectores al aadir apreciable informacin sobre efemrides nacionales y extranjeras, el movimiento editorial en Cuba y en otros pases, y datos biogrficos y bibliogrficos de sus colaboradores. Y con la nueva seccin “Para una Nueva Lectura del Pasado”, la Revista traslada la literatura, la historia y la cultura de otros tiempos con lecturas portadoras de una herencia espiritual siempre enriquecedora de nuestro presente. Tambin transporta a nuestros das el recuerdo de una de sus secciones ms antiguas: “Vigencia del Ayer”, que desde 1953 hasta 1957 cumpli idnticos propsitos, y reedit lo mejor del pensamiento cubano del siglo XIX. Los esfuerzos por publicar la Revista se duplican, y en 1991 se logra un nmero abarcador del ao. En el “Editorial” se recuerda el 90 aniversario de la Biblioteca Nacional y resalta sus logros profesionales, docentes y editoriales, adems anuncia el congreso de la International Federation of Library (IFLA) que se logr llevar a cabo en La Habana, exitosamente, en 1994. Literatura, religin, urbanismo, historia y bibliografa integran los contenidos

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51de este nmero que compite en buena lid con los mejores nmeros logrados en la dcada del 80. En “Para una Lectura del Pasado” incluye “La Biblioteca y la Revolucin”, leccin siempre vigente de la doctora Freyre de Andrade. En 1992, el nico nmero logrado conmemora el quinto centenario del descubrimiento de Amrica inspirado en variadas y debatidas aproximaciones y juicios sobre este hecho. Es una edicin de rasgos mltiples que aparece precedida por el poema “El navegante”, de Luis Suardaz, le siguen una prosa potica de Rafael Acosta, y estudios muy variados sobre el tema, de Jos Antonio Garca Molina, Csar Garca del Pino, Francisco Prez Guzmn, Rafael Cepeda, Luis ngel Argelles y Carlos del Toro, entre otros historiadores. Se cierra esa tercera poca con el nmero uno de 1993, dedicado a la provincia de Matanzas, lo presenta Rafael Acosta, quien en su “Prlogo a la ciudad” testifica que Matanzas-ciudad y Matanzas-provincia, piedra y tierra, es la gran protagonista de este monogrfico. Al final se le rinde homenaje a Alejo Carpentier por su 90 aniversario, con una bibliografa sobre la vanguardia en la obra del autor de El siglo de las luces y un itinerario editorial de sus libros desde ¡EcuYamba-"! hasta El arpa y la sombra IV Despus de unos aos vacos, plenos de las dificultades econmicas enfrentadas durante el actual Perodo Especial, iniciado tras la cada del cam po socialista, la Revista reaparece en su cuarta poca. Hasta nuestros das ha demostrado fidelidad a su pasado y compromiso con su presente y ha satisfecho el conocimiento que sobre la cultura cubana demandan sus asiduos lectores en la Biblioteca Nacional, y en otras tantas bibliotecas e instituciones cubanas y extranjeras. El director de la entidad entre 1997 y 2007, y de esta cuarta poca, Eliades Acosta Matos, rompe lanzas con disciplina y rigor y hace reaparecer la publicacin.51 En el editorial correspondiente al nmero uno de 1999 reafirma la vocacin de servir de la Revista 90 aos despus de su nacimiento. Con un primer nmero impreso en nuestra Biblioteca, como lo hiciera en su poca don Domingo Figarola Caneda, la direccin muestra y demuestra que quien bien nace nunca muere. En su sumario Carlos del Toro se refiere a la primera etapa de la Institucin Hispano-Cubana de Cultura (1926-1932); Csar Garca del Pino contina develando nuestro siglo XVIII; Roberto Fernndez Retamar interpreta el Mart de Ezequiel Martnez Estrada, y Carmen Vsquez El Reino de este mundo de Alejo Carpentier, con motivo de su 50 aniversario. Se aade la conferencia “Yo poeta”, de Jos Zacaras Tallet, pronunciada en el ciclo Vida y obra de poetas cubanos organizado por la Biblioteca Nacional en 1969, del cual la Revista public en su tercera poca otras de las conferencias magistrales que lo integraron. En “Pginas Antolgicas” aparece una conferencia que pronunciara Julio Le Riverend en el centro el 10 de abril de 1962, sobre la penetracin econmica en Cuba, parte del ciclo El pueblo de Cuba y su historia; y en “Crnicas”, Virgilio Lpez Lemus refiere la plenitud

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52alcanzada por Roberto Friol, desde Alcin al fuego a Tramontana. Eruditos artculos y ensayos constituyen la columna vertebral del volumen siguiente correspondiente al nmero dostres: “Una extravagancia cartogrfica” del abogado cubano, re sidente en los Estados Unidos, Emilio Cueto, poseedor de la ms completa coleccin de documentos sobre Cuba, especialmente publicados en el extranjero; “El sabio Felipe Poey, latinista”, del profesor Amaury B. Carbn Sierra; el ensayo “Cuba ante los retos del nuevo mileno” del doctor Armando Hart Dvalos; mientras, la historiadora Elena Alavz abre puertas al decisivo ao 1927, el doctor Jos Lpez Snchez nos enorgullece con su “Pasin heroica de Gandhi”, y el director Acosta Matos nos permite la lectura de su “Bill Gates y los abuelos de Saramago”, anlisis de las palabras de este Premio Nobel referidas a esos dos gremios que se nutren mutuamente: los escritores y los bibliotecarios. Se cierra el ao con un nmero dedicado por completo a Alejo Carpentier con motivo de su 95 cumpleaos. Un amplio y antolgico sumario convierte este volumen en obra imprescindible dentro de la bibliografa de este cubano universal, uno de los mximos artfices de la prosa castellana, quien a partir de 1972 donara, en vida, su papelera a la Biblioteca Nacional. Presiden los contenidos un texto de la doctora Graziella Pogolotti sobre ese retablo de maravillas que trajera an indito Carpentier a Cuba en 1959, despus de sus aos venezolanos: El siglo de las luces y el Festival del Libro Cubano. Le siguen relevantes estudios sobre su Historia de lunas El reino de este mundo, El siglo de las luces Los advertidos y El acoso A ello se suma la interpretacin de temas especficos desprendidos de su obra: los cdigos clsicos, el teatro griego y la recepcin de los textos clsicos, la fraseologa en su obra, su visin postmodernista, un proyecto de diccionario, una aproximacin a la fundacin que lleva su nombre, reseas de libros y el segundo suplemento a su inmensa bibliografa.52 Adems, se renen los cuatro trabajos que dedicara Carpentier a Lydia Cabrera para rendirle homenaje a una de las grandes investigadoras cubanas del siglo XX, en su centenario. Con este nmero, la Revista logra un mejor diseo de cubierta, realizado por Luis Juan Garzn, quien la contracubierta inicia la seccin “Del Patio…”, en la cual se reproducen hasta hoy obras plsticas de jvenes creadores y de otros consagrados. A partir del ao 2000 se publican dos nmeros dobles al ao, pues por excepcin, en 1999 se lograron tres. Un merecido homenaje se le rinde a Roberto Fernndez Retamar con motivo de su cumpleaos 70. El volumen correspondiente al nmero uno-dos del 2000 le felicita y le agradece el donativo que de su coleccin hiciera al patrimonio bibliogrfico de la nacin diez aos antes. Profesores y estudiosos de la cultura cubana que con orgullo siempre sern sus alumnos, crticos cercanos a su contemporaneidad, amigos y admiradores, entraables todos, dejan constancia en sus trabajos del respeto y admiracin que merece y merecer siempre esta figura imprescindible de nuestra literatura. El segundo y ltimo volumen del 2000 (tres-cuatro) festej

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53 los 90 aos de Jos Lezama Lima y el centenario del pintor Carlos Enrquez. La seccin “En los 90 aos de Lezama Lima” incluy estudios sobre su espiritualidad martiana, su “Oda a Julin del Casal”, su casa de la calle Trocadero 162, su presencia soterrada en la novela El vuelo del gato de Abel Prieto Jimnez, reseas de libros sobre su obra, y el control bibliogrfico que complementa la bibliografa primera.53En el centenario de Carlos Enrquez la doctora Graziella Pogolotti se refiere a las afinidades electivas entre el pintor y su padre Marcelo Pogolotti, “[…] quienes vivieron la aventura de la vanguardia y soaron con un mundo ms justo”. Luz Merino nos presenta al Carlos Enrquez, crtico de arte, con una seleccin de seis textos del archivo personal del pintor. El primer nmero del ao 2001 (enero-junio) homenajea a uno de los ms ilustres colaboradores de la Revista, a Cintio Vitier, quien tambin hizo posible su existencia, junto a la doctora Freyre, a partir de 1959. De principio a fin este nmero es totalmente monogrfico, desde el “Umbral” hasta la “Bibliografa” reveladora de sus ms de 60 aos con la poesa, cuerpo bibliogrfico que sostiene y contiene la obra extraordinaria de un hombre extraordinario. Estudios y testimonios de crticos, amigos y compaeros de trabajo reconocen al poeta, al investigador, y al autor de Ese sol del mundo moral mientras en el editorial, el director lo califica como “[…] testigo virtuoso de su tiempo […]. Va por el mundo recordndonos los altos deberes que se contraen por el solo hecho de nacer en este suelo, donde todos venimos de abuelo mamb y de padre maestro”. El segundo volumen, tambin monogrfico, celebra el centenario de la Biblioteca Nacional de Cuba con dos secciones: “En Busca del Tiempo Perdido” y “Los Trabajos y los Das”. La primera incluye documentos fundacionales, testimonios y recuerdos de quienes debieron y deben a la institucin sus razones de ser. La Revista vuelve a publicar, entre otros materiales, la historia de la institucin escrita por su segundo director Francisco de Paula Coronado,54 el acta de colocacin de la primera piedra del edificio,55 firmada por Antonio Mara Eligio de la Puente, y la “Resolucin”56 dictada por la primera directora, en la etapa revolucionaria, la doctora Mara Teresa Freyre de Andrade. Su subdirectora, Maruja Iglesias Tauler, nos lega con su testimonio la prueba ms contundente del renacimiento de la centenaria Biblioteca,Portada de la Revista en homenaje al centenario de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart. 2001

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54en 1959. En “Los Trabajos y los Das” se incluyen estudios sobre el control bibliogrfico de las colecciones del sigloXIX; el patrimonio documental, su difusin, proteccin y defensa; la adqui sicin y la bibliografa de fondos personales de grandes figuras de la cultura cubana, y un recuento histrico de los primeros 100 aos de la Biblioteca Nacional, ensayo de Eliades Acosta Matos, quien demuestra que la venerable institucin ha perdurado porque desde sus orgenes ha tenido el inmenso poder de servir a su pueblo. Este nmero sobre tiempos pasados con ganancias inestimables, en medio de tantos trabajos y tantos das febriles, ser siempre documento de consulta imprescindible para la historia de nuestra Biblioteca y de su Revista, sin olvidar el nmero de su 80 aniversario,57 ambos complementarios como fuentes histricas inapelables. Desde el ao 2002 hasta nuestros das la estructura interna de la Revista, nacida de sus contenidos, se perfila en secciones fijas: “Aniversarios” y/o “Centenarios”, “Meditaciones Histricas y Literarias”, “Crnicas”, “Documentos Raros”, “Libros” (reseas), y “En la Biblioteca”. La primera seccin no olvida a grandes figuras y hechos histricos significativos; la segunda, plena de enjundiosos y reveladores textos cambiara su nombre por “Meditaciones” a partir del primer volumen del 2004; “Crnicas”, vieja seccin aparecida tambin como “Crnica” en la dcada del 60; “Documentos Raros” a cargo del profesor Amaury B. Carbn Sierra, responsable de la seleccin de textos y de las traducciones del latn al espaol, quien hizo posible los viejos propsitos de esta Revista desde este volumen, hasta ms all de su muerte acaecida en el ao 2007; “Libros”, denominada tambin “Reseas de Libros” o “Crtica Bibliogrfica” o “Bibliogrficas”, la ms antigua de las secciones; y “En la Biblioteca”, tan cercana a la “Miscelnea” de la tercera poca, incluye testimonios, proyectos y realizaciones, relativos a la vida cultural de la Biblioteca Nacional. Tres aniversarios celebra el primer volumen del ao 2002: los centenarios del Poeta Nacional Nicols Guilln y del pintor Marcelo Pogolotti, y de la Repblica de Cuba. Los estudios sobre Guilln de Nancy Morejn, Luis Suardaz, Salvador Bueno, Virgilio Lpez Lemus, Ana Cairo y Elina Miranda Cancela interpretan diversas facetas del poeta que supo elevar lo popular a lo ms alto de la cultura cubana, y expresar nuestras esencias hacindolas trascender a planos universales. Y de ese grande de la pintura cubana, Marcelo Pogolotti, escribe su hija, la doctora Graziella Pogolotti, refirindose a la mirada del pintor hacia la historia y su contemporaneidad, y hacia dentro de s cuando su memoria “se convirti en fuente de vivencias renovadas”. El centenario de la Repblica de Cuba mereci objetivos anlisis de sus luces y sombras, necesario conocimiento de este pedazo de nuestra historia que es preciso estudiar para entender mejor los aos que le antecedieron y los que le sucedieron. Temas diversos como cultura, historiografa, arte, bibliografa, filosofa y cine y el prlogo de Eliades Acosta Matos a la obra Noticias de la Repblica58 conforman este dossier En las pginas finales, la “Bibliografa de Csar

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55Garca del Pino” compilada por Josefina Garca Carranza en homenaje a sus 70 aos y publicada con motivo de su 80 cumpleaos. Garca del Pino ha colaborado en nuestra Revista desde 1968 con ms de 15 enjundiosos textos. El segundo volumen del ao celebra los centenarios de tres grandes de nuestra cultura: Dulce Mara Loynaz, Wifredo Lam y Enrique Labrador Ruiz. Luis Suardaz nos narra cmo recorri la poesa de Dulce Mara Loynaz, en especial sus Juegos de agua hasta llegar a su poema “El agua rebelada” donde “el amor se hace violento como los golpes del agua que destruye los sembrados”. En el spero jardn de la Loynaz, la tambin poetisa y ensayista Mercedes Santos Moray nos presenta a la mujer de fe profunda y sinceramente cristiana, capaz de doblarse ante un huracn, pero asimismo de mantenerse firme sobre su alma. En “El amor desteje el tiempo dorado por el Nilo”, de Ivette Fuentes de la Paz, leemos que la “Carta de amor al Tut-Ank-Amen” de la Loynaz nunca tuvo reclamo de respuesta, porque fue como hablarle al silencio. Los 100 aos de Wifredo Lam son celebrados con crnicas de Alejo Carpentier, Jorge Maach y Lisandro Otero, y por el 40 aniversario de la muerte de J. A. Baragao y el 50 de su primer poemario Cambiar la vida aparecen algunas pginas de su libro Lam publicado en 1958. Y con un ensayo de Adis Barrios titulado “El laberinto en la esttica personal de Enrique Labrador Ruiz”59 y una seleccin de sus crnicas, ms otros textos ensaysticos, compilados por Ana Cairo, la Revista recuerda el centenario de este novelista. La seccin “Meditaciones Histricas y Literarias” guarda espacios para Carlos Manuel de Cspedes, Jos Mart, Luis Rogelio Nogueras, Ambrosio Fornet, y Alba de Cspedes, entre otros. Adems, en una eventual seccin titulada “Vigencias” aparece el discurso de Ricardo Alarcn de Quesada al recibir Cintio Vitier la Orden Jos Mart, y las palabras del homenajeado en esa ocasin. El primer volumen del 2003 fue dedicado al 80 cumpleaos de la poetisa y ensayista Fina Garca Marruz, al sesquicentenario del Apstol Jos Mart y al centenario del periodista y diplomtico cubano Luis Amado Blanco. Le precede el siempre imprescindible “Umbral” de Eliades Acosta Matos. Un ensayo indito da a conocer Fina Garca Marruz: “En torno a un cuento y una novela de Garca Mrquez: Un seor muy viejo con unas alas enormes” y El amor en los tiempos del clera” En el cuento la poetisa ve al soterrado poeta que dej atrs el singular novelista, y en la novela el amor como nica poltica verdadera. Cintio Vitier, en “Sobre la poesa de Fina…” recuerda lo que escribiera en su antologa Diez poetas cubanos en 1948. Otros colaboradores como monseor Carlos Manuel de Cspedes, Jorge Luis Arcos, Rafael Almanza, Carmen Surez Len, Mercedes Santos Moray, Mayern Bello, Ivette Fuentes, Elina Miranda y Susana Cella interpretan la obra potica y ensaystica de quien es ejemplo de sencillez y grandeza. Testimonios de Rafael Cepeda, Caridad Atencio, Araceli Garca Carranza y Adolfo

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56Ham, las reseas de algunos de sus libros, y la “Bibliografa” compilada por Josefina Garca Carranza y Araceli Garca Carranza favorecen an ms el conocimiento de la ms grande poetisa del siglo XX cubano. Adems, esta Revista celebra el 150 aniversario del nacimiento del Apstol Jos Mart con estudios de Nydia Sarabia, Amaury B. Carbn Sierra y Jess Dueas. Y con un ensayo de Luis Suardaz y crnicas seleccionadas por Germn Amado Blanco la publicacin celebra el centenario de Luis Amado Blanco. En “Meditaciones”, un estudio sobre el Papel Peridico de la Havana y otro acerca de Paradiso de Jos Lezama Lima, ambos relacionados con la obra ensaystica y potica de Fina Garca Marruz. Las secciones “Documentos Raros”, “En la Biblioteca” y “Libros” contienen dos elegas dedicadas al obispo Espada, traducidas del latn; la valoracin de Francisco Prez Guzmn sobre el Premio Nacional de Ciencias Sociales concedido a Zoila Lapique, y tres reseas de libros a cargo de Ana Cairo, Enrique Lpez Mesa y Jess Dueas. El 2003 es ao de volmenes excepcionales. En una segunda oportunidad se logra un nmero imprescindible para el estudio del Asalto al Cuartel Moncada. Un texto del lder cubano Fidel Castro titulado “El Movimiento 26 de Julio”60abre puertas a las investigaciones que le suceden: Marta Rojas, testigo excepcional del hecho, ofrece un extenso testimonio sobre el Asalto y La historia me absolver; Natalia Revuelta titula su texto, tambin testimonial, “Tres madrugadas”; Csar Gmez Chacn se acerca a la biografa de Ral Gmez Garca; Julio Garca Oliveras establece las relaciones entre Jos Antonio Echevarra y el Movimiento 26 de Julio; Jorge Renato Guitart da a conocer reveladoras cartas entre Ren Guitart y Hayde Santamara; Maril Uralde presenta los hechos del Moncada ante la tinta oficialista; Jos M. Leiva Mestres, el 26 de Julio en las efemrides de Cuba, y Servando Valds Snchez y Federico Chang Pon, sendos textos sobre las relaciones militares Cuba-Estados Unidos (1952-1956) y el militarismo batistiano, respectivamente. Elena Alavz y Ana Cairo reflexionan, en textos independientes, sobre la juventud ortodoxa; y la “Bibliografa del Asalto al Cuartel Moncada. Suplemento 19872002” de Josefina Garca Carranza y Araceli Garca Carranza, ofrece una informacin casi exhaustiva al complementar repertorios anteriores.61Este volumen no olvida el bicentenario de Jos Mara Heredia con textos exegticos de Salvador Bueno, Carmen Surez Len, Amaury B. Carbn Sierra, Salvador Arias y Mercedes Pereira Torres. Por ltimo, una crnica de Mercedes Santos Moray sobre el film Suite Habana, y una resea de Marta Beatriz Armenteros sobre La novela de mi vida de Leonardo Padura. En enero del ao 2004 la Revista cumpli su 95 aniversario y lo celebra al publicar en su primer volumen del ao un estudio de Jos Antonio Garca Molina sobre el poema “La Florida” del fraile franciscano Alonso Gregorio de Escobedo, escrito sobre Cuba, una dcada antes que Espejo de Paciencia (1608). Singular aporte de los intelectuales espaoles lvaro Salvador y ngel Esteban del Campo hallado en la

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57Biblioteca Nacional de Espaa, y publicado en el primer volumen de la antologa de poesa cubana preparada por ambos investigadores. En “Aniversarios” aparece una evocacin del 13 de marzo de 1957 en la voz de Juan Nuiry Snchez, uno de sus protagonistas, mientras ngel Augier recuerda a Enrique Loynaz en su centenario. La seccin “Meditaciones” ofrece los argumentos de Paul Estrade contra los “errores” cometidos por Mart, en opinin de Daniel Romn, y estudios sobre Harold Gramatges, Jos de la Luz y Caballero, Joaqun Mara Machado de Asss, Salvador Bueno, don Fernando Ortiz y Alberto Mndez. “Crnicas” exalta el mundo interior del Guerrillero Heroico, visto por Jess Dueas; y otros colaboradores como Nydia Sarabia, Martica B. Armenteros, Roberto Casanueva y Newton Briones evocan figuras y hechos de nuestra inmensa cultura cubana. “Libros” resea los repertorios bibliogrficos: La Habana: puerto y ciudad, y la Biobibliografa de Lisandro Otero; y otros ttulos como La maleta perdida, de Marta Rojas; y Grandes momentos del ballet romntico en Cuba de Francisco Rey Alfonso, entre otros. La pluralidad de temas literarios e histricos y culturales, y de grandes figuras estudiadas por un grupo selecto de colaboradores siguen garantizando el universo cultural de la Revista. El segundo nmero del 2004 no poda olvidar el centenario de Alejo Carpentier y se nutre con algunos estudios presentados en el Seminario Internacional Alejo Carpentier y Espaa celebrado en la Universidad de Santiago de Compostela, en abril de ese ao, y con otros presentados en la Jornada Cultural que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional de Madrid, en esa misma fecha. Celebra as nuestra publicacin este centenario con textos sobre Carpentier y Espaa: de Eliades Acosta Matos, Luis Racionero, Jos Buscaglia, Araceli Garca Carranza, Jos Antonio Baujn, Luz Merino y Ana Cairo, precedidos por el “Umbral” del director de la Revista sobre “Alejo Carpentier y el canon occidental de Harold Bloom”. Otros textos, como el prlogo de Ambrosio Fornet a la coleccin Relato Licenciado Vidriera, de la Universidad Nacional Autnoma de Mxico (UNAM); la lengua en la obra carpenteriana, de Marlen A. Domnguez; un erudito texto sobre La aprendiz de bruja, de Elina Miranda Cancela; ruptura, crisis y continuidad en El acoso de Leonardo Padura; la relacin de Carpentier con Eliseo Subiela y su film La conquista del paraso (1980), de Luciano Castillo; la admiracin de Mercedes Santos Moray al volver a Alejo en su centenario; y el homenaje de la Biblioteca Nacional, de Martica Beatriz Armenteros, forman parte de este nmero que desde su aparicin es uno de los documentos crticos imprescindibles dentro de la bibliografa carpenteriana. En “Meditaciones” se encuentran las palabras pronunciadas por Eliades Acosta Matos en la apertura del ciclo terico de la exposicin Mirar a los 60, organizado por el Museo Nacional de Bellas Artes, y el estudio de Marcia Medina sobre lectura y libertad en Cuba. Cierran este volumen los “Documentos Raros” de Amaury B. Carbn Sierra, reseas de libros y las crnicas de Mercedes Santos Moray y Nydia Sarabia.

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58Bajo el ttulo “Y en memoria de quienes siempre estarn presentes” el “Umbral” correspondiente al primer volumen del 2005 recuerda al ex director de la Biblioteca Nacional, Luis Suardaz, recientemente fallecido, quien haba escrito para ese nmero un estudio titulado “La Florida un poema cubano del sigloXVI?”, ensayo que complementa al de Jos Antonio Garca Molina publicado en el primer volumen del 2004. En la seccin “Aniversarios”, la Revista celebra el 400 aniversario de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-2005) con una acotacin bibliogrfica acerca de Cervantes en Carpentier; un comentario a una edicin olvidada de esta obra publicada en Cuba, en 1905, y la presencia del caballero de la triste figura en el alma cubana. El centenario de la muerte de Mximo Gmez se recuerda con los ensayos magistrales de Eliades Acosta Matos y del intelectual dominicano Emilio Cordero Michel, as como el cincuentenario de El Mgano, “[…] punto de giro en la historia del cine cubano”, tal como expresa la autora de este texto, Mercedes Santos Moray. Y como ecos del centenario de Alejo Carpentier, esta seccin publica dos ensayos, uno, sobre Concierto barroco y otro acerca de “Espaa en El siglo de las luces”, de Roberto Mndez, y Graziella Pogolotti, respectivamente. Un amplio espectro ofrece la seccin “Meditaciones” con textos sobre msica cubana, la Guerra del 95, la gran figura del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Cspedes, y un hallazgo revelador sobre la visin poltica de don Fernando Ortiz. Tambin se aborda la ensaystica de Juan Marinello, los aos americanos de Mercedes Pint, la experiencia del Teatro Escambray, y las palabras de Pablo Pacheco en la entrega del Premio Nacional de Investigaciones Culturales 2003. En el segundo volumen de ese ao, el director de la Revista recuerda el centenario del natalicio de Jean Paul Sartre y en “Aniversarios” resuenan los ecos de los 400 aos de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, con los ensayos de Leonor Amaro Cano y Miguel Romero Saz. La Revista no olvida los 75 aos de Roberto Fernndez Retamar y lo celebra con el texto “La Itaca de Roberto Fernndez Retamar”, de Elina Miranda Cancela. “Meditaciones” desentraa, una vez ms, novedosos aspectos de nuestra historia y nuestra literatura mediante estudios sobre relevantes figuras como Jos Lezama Lima, Juan Marinello, don Fernando Ortiz y Jos Mara Chacn y Calvo. Aade tambin textos con temas referidos a la identidad cultural, los escudos cubanos, y el deporte universitario. Un interesante trabajo de Csar Garca del Pino sobre el agente secreto Juan de la Cosa; un certero comentario del doctor Armando Hart Dvalos sobre El Apocalipsis segn San George, de Eliades Acosta, y un ensayo sobre la revista Pensamiento Crtico de Vilma Ponce Surez completan esta seccin diversa, pero siempre plena de novedosas propuestas. El volumen primero del 2006 est dedicado al 70 aniversario de la muerte del poeta Bonifacio Byrne, el 30 de la muerte del tambin poeta Jos Lezama Lima, y al 80 cumpleaos del lder cubano Fidel Castro. Por ello, ins-

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59pirado en estos aniversarios, su “Umbral”el director lo titula “Lo esencial invisible de la patria”: “[…] abrazo profundo […], donde se entrelazan el logos de la poesa y el logos de la historia, que son uno y lo mismo”. Dos profesoras de la Universidad de La Habana, Denia Garca Ronda e Iraida Rodrguez, se refieren a la posicin de Bonifacio Byrne ante la intervencin y a Byrne como poeta, respectivamente. En “Meditaciones” aparecen estudios sobre la emigracin cubana en Cayo Hueso, de Consuelo Stebbins; sobre el tema indgena en publicaciones peridicas cubanas del siglo XIX, de Jos Antonio Garca Molina; los esclavos cubanos en la fbrica de El Pedroso, de Antonio Villalba; Julin del Casal, de Carmen Surez Len, y otros textos acerca de la arqueologa, la msica en Jos Mart, el rotarismo en Cuba, Pablo de la Torriente en Nueva York, una pea de pera en La Habana, la controversia del siglo entre Jess Orta Ruiz ( El Indio Nabor ) y Angelito Valiente, y las palabras de Pablo Pacheco al recibir el Premio Nacional de Edicin 2005, as como una aproximacin bibliogrfica a la recepcin de Cuba en los pases de habla alemana. En su segundo volumen, la Revista recuerda el dcimo aniversario de la muerte del doctor Jos Antonio Portuondo con un ensayo de Armando Cristbal Prez, en torno a su obra sobre el herosmo intelectual y con testimonios de alumnos y amigos entraables. En el “Umbral”, el director de la reconoce al escritor de raigambre cubana, y al hombre sabio y sensible, siempre al servicio de las mejores causas. Investigadores del Instituto de Historia de Cuba reconstruyen el desembarco del Granma (1956) con motivo de los 50 aos de este hecho histrico. Los cincuentenarios de La recurva de Jos Antonio Ramos, y del poema “Las voces”, de Luis Suardaz son tambin recordados por la profesora Iraida Rodrguez, y el poeta Luis Marr, quien presenta el poema antes citado. “Meditaciones” incluye el prlogo de Virgilio Lpez Lemus a Biografa del tiempo, de Suardaz; el ensayo “Almendra, las identidades culturales y el choque de civilizaciones”, de Eliades Acosta; un texto indito de Julio Le Riverend sobre Cristbal Coln; un ensayo sobre el fenmeno bibliogrfico, de Emilio Setin; la verdadera historia de Cayo Confites, de Elena Alavz; los intelectuales y la poltica en Cuba (1959-1961), de Julio Csar Guanche; la refutacin de Jess Dueas al errneo libro de Daniel Romn sobre nuestro Jos Mart; la historia de la Ctedra Mara Villar Buceta, de Vilma Ponce, investigadora que hace realidad este homenaje de la Biblioteca Nacional, y la tarea de integracin y unidad de Nuestra Amrica, vista por Roberto Valds. En “Crnicas”, la Revista celebra el 85 cumpleaos de Cintio Vitier con un texto de Mercedes Santos Moray, y se nos presenta otro de Zoila Lapique, el cual recuerda al historiador Francisco Prez Guzmn. A fines del ao 2006, la direccin y su redaccin proyectaron los dos nmeros del ao 2007, dedicados a los centenarios de Ral Roa Garca y a Eduardo Chibs Ribas. Para el primero, dedicado al Canciller de la Dignidad, la Revista cont con la estimable colaboracin de su hijo, el doctor Ral Roa

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60Kour, quien publica en el volumen correspondiente “Los cien aos de Roa”, breve ensayo biogrfico en donde recuerda con sano orgullo el ejemplo combativo, culto y revolucionario de su padre. En el extenso sumario figuran ensayos de Fina Garca Marruz, Juan Nuiry Snchez, Julio A. Garca Oliveras, Lisandro Otero, Ana Cairo, Carmen Gmez Garca, Juana Rosales y Francisca Lpez Civeira, entre otros, as como testimonios de familiares, amigos y colaboradores cercanos. El breve e inmenso poema de Cintio Vitier titulado “Ardiendo pura”, inspirado en la intervencin de Roa en las Naciones Unidas, en abril de 1977, completa esta bibliografa-homenaje al imprescindible combatiente en la historia de la diplomacia cubana. Se aaden a esta seccin “Aniversarios”, textos de Caridad Massn Sena sobre Juan Marinello y la repblica espaola, a 70 aos de la Guerra Civil, y “El Manifiesto Avancista de 1927”, de Ana Surez Daz, con motivo de los 80 aos de la Revista de Avance En “Meditaciones”, aparece un ensayo sobre el neolenguaje como estrategia de dominacin imperial, de Eliades Acosta Matos; un estudio sobre el general Alberto Nodarse, del profesor Pedro Mndez Daz, y una interpretacin literaria de la doctora Mara Dolores Ortiz, sobre la poetisa Dulce Mara Loynaz. Entre las “Crnicas”, Mercedes Santos Moray celebra el Premio Neruda que recibiera Fina Garca Marruz, as como la maestra de Zoila Lapique; Jess Dueas Becerra responde al artculo “Enterrar a Mart”, publicado en el diario The Miami Herald y Amaury B. Carbn Sierra nos lega el recuerdo de su vida y su obra ejemplares. En el “Umbral”, de ese nmero uno-dos del 2007, el director de la Biblioteca Nacional y de la publicacin, Eliades Acosta Matos, se despide despus de diez aos de impecable ejecutoria, orgulloso de haber trado de vuelta la Revista despus de seis largos aos. El segundo volumen del ao fue dedicado a la memoria de Eduardo Chibs Ribas. Encabezan este homenaje las “Reflexiones” del lder cubano Fidel Castro, aparecidas en distintas publicaciones cubanas el 25 de agosto de 2007, da del centenario del nacimiento del fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), y el poema “De donde crece la palma”, de Pablo Armando Fernndez. En la seccin “Aniversarios”, textos escogidos de quienes vivieron el chibasismo, de quienes lo han estudiado desde una perspectiva histrica moderna, y de los que por sus aos jvenes lo valoran desde nuestro presente. Entre otros colaboradores: Armando Hart Dvalos, Elena Alavz, Juan Nuiry Snchez, Faustino Prez, Natalia Revuelta, Francisca Lpez Civeira, Jess Dueas, Mario Antonio Padilla, Leonel Mazas y Lourdes Castelln, logran una antologa necesaria para el estudio de esa breve etapa de nuestra historia que lidereara un hombre de vergenza. Esta seccin de “Aniversarios” tambin recuerda los 40 aos de la desaparicin fsica de Ernesto Che Guevara con la evocacin al Guerrillero Heroico desde las revistas cubanas de la dcada del 60, de Vilma Ponce Surez. En “Meditaciones”, pueden leerse las palabras de Fina Garca Marruz al recibir el Premio

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61Neruda; el discurso de Eusebio Leal Spengler sobre Francisco de Miranda pronunciado en el Colegio Universitario de San Gernimo de La Habana, ante la presencia de Hugo Chvez Fras, presidente de la Repblica Bolivariana de Venezuela. Adis Barrios interpreta dos crnicas de nuestro Jos Mart; Nydia Sarabia se refiere a la Guerra Hispano-Cubano-Americana; Carmen Surez Len recuerda la trayectoria cubana de Vicente Rocafuerte; Flix Julio Alfonso, la condicin humana de Eduardo Torres Cuevas, y Newton Briones reflexiona sobre la infame tirana de Fulgencio Batista. Vuelven, para quedarse, los “Documentos Raros” a cargo de Amaury B. Carbn Sierra, quien legara algunos textos ms antes de su prematura muerte; y en “Crnicas”, el doctor Dueas nos recuerda a ese crtico mayor que fuera Salvador Bueno, inolvidable jefe de redaccin de esta Revista, y Mercedes Santos Moray evoca a esa “proeza viva” que fuera Samuel Feijo, a 15 aos de su muerte. En el “Umbral” del nmero trescuatro del 2007, el nuevo director de la Biblioteca Nacional y de su Revista, Eduardo Torres Cuevas, confiesa cmo traspasaba el umbral de la institucin y cmo hoy lo cruza con pudor, sobrecogido por su historia y por su Revista. Torres Cuevas recuerda la impronta de Eliades Acosta Matos, quien queda ya como parte de esta historia y al referirse a la publicacin nos dice que constituye, desde su fundacin, un referente que no podr ser obviado por aquellos que, ms que buscar la moda intelectual, aspiran a nutrir su proyecto de vida y su pensamiento, y cmo con cada una de sus ediciones, la Revista ha creado conocimiento actual, ha expandido cultura y ha contribuido a la formacin de la memoria histrica sobre la base de los fondos documentales, bibliogrficos y sonoros de la Biblioteca, y sobre la base de las inves tigaciones de todos los que alguna vez trabajaron en sus salas o en cualquier otro centro o fondo documental del pas o de otras partes del mundo. El nuevo director la valora a las puertas de su centenario. Y en el ao 2008, la Revista recuerda la ofensiva revolucionaria de 1958, otra vez con la colaboracin de los investigadores del Instituto de Historia de Cuba, y en su segundo volumen del ao homenajea a la Universidad de La Habana en su 280 aniversario. Cuatro etapas o pocas ha vivido la Revista de la Biblioteca Nacional en sus primeros 100 aos. Por sus contenidos, verdaderos aportes al conocimiento y promocin de la literatura, la historia, la bibliografa y la cultura cubanas, ha sido calificada con justeza como una publicacin peridica enciclopdica. Y as ha sido y es la Revista de la Biblioteca y de sus trabajadores, la Revista de sus directores don Domingo Figarola Caneda, Lilia Castro Morales, Mara Teresa Freyre de Andrade, Cintio Vitier, Rene Mndez Capote, Juan Prez de la Riva, Julio Le Riverend Brusone, Eliades Acosta Matos y Eduardo Torres Cuevas, la Revista de sus jefes de redaccin, y de sus secretarias y secretario de redaccin o de sus redactores, la Revista de todos los colectivos que la hicieron posible en los aos 1909-1913, 1949-1958, 19591993 y 1999-2009. En fin, la Revista

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62de la Biblioteca Nacional Jos Mart, ya convertida en una venerable institucin de la cultura cubana, con razones ms que suficientes para seguir viviendo otros cientos de aos ms. Notas1 Figarola Caneda, Domingo. Proemio. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 1(1):s.p.; 31 en.-28 febr. 1909.2 De la elega a la muerte de don Jos de la Luz y Caballero de Joaqun Lorenzo Luaces.3 Correspondencia familiar escrita por un joven de treinta y tantos aos (Jos de la Luz y Caballero haba nacido en 1800) a un amigo muy querido nacido diez aos despus.4 Figarola Caneda, Domingo. Para el Museo Nacional. Revista de la Biblioteca Nacional 1(1):[25]-30; 31 en.-28 febr. 1909.5 Escritor y novelista cubano. En 1884 publica sus primeros artculos de costumbres en la Revista de Cuba y en La Habana Elegante bajo el anagrama R. E. Maz. Apenas tres aos despus su novela Mi to el empleado (Barcelona, 1887) recibira favorables crticas nada menos que de Cirilo Villaverde, Jos Mart, Manuel de la Cruz y Enrique Jos Varona.6 En esta Galera ya existan desde 1908 los leos de Antonio Bachiller y Morales, Jos Antonio Cortina, Domingo del Monte, Francisco Jimeno, Jos Silverio Jorrn (donativo de su nieto, el seor Leonardo Zorzano Jorrn), Vidal Morales y Morales (donativo de su hijo el doctor Vidal Morales y Flores de Apodaca) y Nstor Ponce de Len (donativo de sus hijos). Y desde 1909 se haba enriquecido con los retratos de Ricardo del Monte, Eduardo Machado y Jos Manuel Mestre.7 Gaceta Oficial, 4 de abril de 1911, pp. 37133714.8 dem.9 El doctor Bustamante, obedeciendo a tradiciones bibliogrficas, adopt un ex libris propio y pidi que su donacin fuera conservada como un conjunto propio provista de un catlogo particular.10 Transcribe dos folletos que consultara en el Archivo General de Indias, Seccin Audiencia de Cuba, legajo 1826, as como varios manuscritos referentes a J. A.T. Vase Trelles, Carlos M. Un precursor de la independencia de Cuba: Don Jos lvarez de Toledo. Discurso ledo en la recepcin pblica de 11 de junio de 1926. La Habana: Imprenta El Siglo XX, 1926.11 En 1949 la Revista publica un nmero correspondiente al tomo uno con 72 pginas, y en 1950, los nmeros dos-cuatro tambin correspondientes a este tomo con paginacin independiente.12 Este tomo apareci con paginacin consecutiva (272 pginas).13 Palabras en la dedicatoria que le escribiera Jos Mart al obsequiarle su traduccin de la novela Ramona, de Helen Hunt Jackson.14 La ceremonia de la colocacin de la primera piedra de la Biblioteca Nacional tuvo lugar el 28 de enero de 1952. Vase nmero dos de la Revista de ese ao.15 Los cuatro nmeros de 1953 corresponden al tomo cuatro de esta segunda poca.16 Los cuatro nmeros de 1954 corresponden al ao cinco o tomo cinco de la Revista de esta segunda poca.17 Los cuatro nmeros de 1955 corresponden al ao seis o tomo seis de la Revista de esta segunda poca.18 Nieto Cortadillas recibi por este trabajo el Premio Jos Pellicer que otorgaba el Instituto Internacional de Genealoga y Herldica de Espaa (17 de marzo de 1956).19 Otra vez la Revista logra cuatro nmeros correspondientes al ao siete o tomo siete.20 Correspondientes al ao ocho o tomo ocho.21 Prez de la Riva, Juan. “Introduccin”. En Garca Carranza, Araceli. ndice de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart. La Habana, 1975.22 Tacn y Rosique, Miguel. Correspondencia reservada del Capitn General Don Miguel Tacn, con el gobierno de Madrid: 1834-1836. El General Tacn y su poca / Introd., notas y bibliografa por Juan Prez de la Riva. La Habana: Biblioteca Nacional Jos Mart, Departamento de Coleccin Cubana, 1963. 434 p.: il.

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6323 Consejo de Redaccin: Mara Teresa Freyre de Andrade, Argeliers Len, Mario Parajn, Eliseo Diego, Juan Prez de la Riva, Aleida Plasencia, Amalia Rodrguez, Cintio Vitier. Secretaria de Redaccin: Graziella Pogolotti. Publicacin al cuidado de Emilio Setin.24 Este poema prcticamente indito parece haberse publicado en Mxico en 1763 bajo el ttulo de “La Amrica dolorosa” y permaneci desconocido para los cubanos hasta que Francisco Prez de la Riva lo compr en Madrid, unido a un grupo de documentos del siglo XVIII que ms tarde se dieran a conocer en Cuba con motivo del bicentenario de la toma de La Habana por los ingleses.25 Trelles, Carlos Manuel. Ensayo de bibliografa cubana. Matanzas: Imprenta El Escritorio, 1907.26 Segn Aleida Plasencia, esta autora no fue otra que la marquesa de Jstiz de Santa Ana.27 Mart, Jos. Zig-Zags neoyorquinos. La Nacin (Buenos Aires) 18 dic. 1884; El carbn. Su importancia y su obra. La Nacin (Buenos Aires) 8 en. 1885.28 Carlos Manuel Trelles incluy fragmentos de este diario en su El sitio de La Habana y la dominacin britnica, 1925.29 Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio. La Habana: Comisin Nacional Cubana de la UNESCO, 1964. t. 1.30 Estudios que posteriormente dieran lugar a su obra Los cules chinos en Cuba: 1847-1880: contribucin al estudio de la inmigracin contratada en El Caribe. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2000. 468: il. (Sociologa)31 Deschamps Chapeaux, Pedro. El negro en la economa habanera del siglo XIX. 1 ed. La Habana: UNEAC, 1971. 202 p. Premio UNEAC de Ensayo Enrique Jos Varona.32 Garca Marruz, Fina. “Manuel de Zequeira”. En Estudios crticos. La Habana: Departamento de Coleccin Cubana de la Biblioteca Nacional, 1964. pp. [41]-100.33 Lapique Becali, Zoila. Msica colonial cubana en las publicaciones peridicas (1812-1902). La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979. t. 1.34 Smith, Octavio. Para una vida de Santiago Pita. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1978. 145 p. (Coleccin Crtica)35 Gonzlez Carvajal, Ladislao. El Ala Izquierda Estudiantil y su poca. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro, 1974. 528 p.36 Vanse las descripciones en las notas 22 y 29-35.37 Garca Carranza, Araceli. ndice de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (19091969). La Habana: 1975. 379 p.38 Lapique Becali, Zoila. La memoria en las piedras. La Habana: Ediciones Boloa, 2002. 217 p.39 Franco, Jos Luciano. Los palenques de los negros cimarrones La Habana: Departamento de Orientacin Revolucionaria del Comit Central del Partido Comunista de Cuba, 1973. 117 p. _______. Las minas de Santiago del Prado y la rebelin de los cobreros 1530-1800. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975. 153 p.40 Friol, Roberto. Suite para Juan Francisco Manzano. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1977. 236 p.41 Flor oculta de poesa cubana: siglos XVIII y XIX/ escogida y presentada por Cintio Vitier y Fina Garca Marruz; vietas de Samuel Feijo. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1978. 350 p.: il. (Biblioteca Bsica de Literatura Cubana)42 Le Roy y Glvez, Luis Felipe. A cien aos del 71: el fusilamiento de los estudiantes. La Habana: Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ciencias Sociales, 1971. 449 p.: il.43 Sidroc Ramos mientras fue director de la Biblioteca Nacional no ocup nunca la direccin de la Revista, sino que integr su Consejo de Redaccin.44 El nmero tres de 1974 fue dedicado ntegramente a Juan Marinello. Dos trabajos precedieron a la bibliografa: un homenaje de la Revista, de Juan Prez de la Riva, y las palabras de la doctora Vicentina Antua ledas en el Aula Magna de la Universidad de La Habana cuando se le confiriera el grado de profesor emritus.45 Antua, Mara Luisa y Josefina Garca Carranza. Bibliografa de Nicols Guilln. La Habana: Instituto Cubano del Libro, Editorial Orbe, 1975. 379 p. El Suplemento citado abarca los aos 19721977.

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6446 Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 67(2):96-160; mayo-ag. 1976.47 En este nmero tres de septiembre-diciembre de 1980 se incluyen adems dos textos de la Reunin Cientfica sobre la esclavitud en Cuba celebrada en septiembre de 1979 en el Departamento de Historia del Instituto de Ciencias Sociales de la Academia de Ciencias de Cuba.48 En este nmero se publica el ndice de la Revista de la Biblioteca Nacional de los aos 1976-1980, el perodo 1981-1985 aparece en su nmero tres de 1986, y el correspondiente a la etapa 1986-1990 en el nmero uno de 1990. Vase tambin notas 37 y 46.49 Le Riverend Brusone, Julio. Problemas de la formacin agraria en Cuba: siglo XVI-XVII. La Habana: Biblioteca Nacional Jos Mart, Ministerio de Cultura, 1987. 196 p. Otra ed.: Editorial de Ciencias Sociales, 1992.50 Las dos primeras partes de este texto dado a conocer por Modesto Gonzlez Sedeo fueron publicadas en los nmeros uno, tres-cuatro y cuatro de 1990, y las dos ltimas partes en los nmeros correspondientes a abril-septiembre de 1999 y enero-junio de 2001.51 En esta cuarta poca, Araceli Garca Carranza funge como jefa de redaccin y Marta Beatriz Armenteros como secretaria de redaccin y redactora.52 Garca Carranza, Araceli. Biobibliografa de Alejo Carpentier. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1984. 644 p. _______. _______. Suplemento I. La Habana: Biblioteca Nacional Jos Mart, 1989. 235 p.53 _______. Bibliografa de Jos Lezama Lima. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1998. 281 p.54 Texto publicado en esta Revista, en febrero de 1950, por quien fuera el director de la Biblioteca Nacional desde 1920 hasta su muerte acaecida el 30 de noviembre de 1946.55 Publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional… en abril-junio de 1952.56 Resolucin que aparece en el nmero correspondiente a enero-diciembre de 1959.57 Nmero de mayo-agosto de 1981.58 Domnguez, Julio. Noticias de la Repblica. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2003. t. 1.59 Primer captulo de su libro Labrador Ruiz en su laberinto. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2007. 141 p.60 El original de este documento fue donado a la Biblioteca Nacional por el escritor Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura.61 Hernndez, Miriam. Bibliografa del asalto al cuartel Moncada. La Habana: Editorial Orbes, 1975. 361 p. Garca Carranza, Araceli. Bibliografa del asalto al cuartel Moncada: suplemento 1973-1987. La Habana: Editora Poltica, 1989. 125 p.

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65 S ucedi en una maanita de enero de 1983, y me era ya familiar la Sala Cubana, que frecuentaba como estudiante de letras, y de mucho antes, como cuando visit en otra maana luminosa de no s qu mes de 1969, la Sala Mart, para encontrarme con Cintio, Fina y Mart, y con la guardiana del templo que era entonces Teresa Proenza. Aquel da comenc a trabajar como editora de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart bajo la direccin de Julio Le Riverend; saba que me incorporaba a una lista de editores prestigiosos de una noble y sustanciosa publicacin cubana, decana de las revistas de corte acadmico de nuestro pas. Senta con claridad que cruzaba uno de los umbrales importan tes de mi vida profesional, y lo hice con alegra y atemorizada de no poder cumplir con expectativas tan altas como las ya trazadas por los otros editores y directores. Por entonces, la Revista estaba ya en su cuarta poca, y me sum de manera natural a una pandilla de sabios bibliotecarios que, aunque no llevaban capas negras ni se ponan el ala del sombrero sobre los ojos, haban sido toda su vida experimentados conspiradores por la causa de la cultura cubana. Y eran de temer, y lo son. Nunca han sido derrotados. Alguna vez perdieron una batalla, pero jams la guerra. Y el documento que registra la vida de la institucin, as como los movimientos de lo que llamaron nuestros padres la “sofa” cubana, es esta publicacin peridica que ahora celebra su centenario. Editar la Revista de la Biblioteca: un estado de gracia conspirativo por la cultura cubana Carmen Surez LenInvestigadora y ensayista Portada de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart. 1983

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66De pronto era protagonista de la produccin de la Revista de la Biblioteca, y participaba de manera central en la fiesta de armarla y editarla, seguir el proceso de impresin, por aquellos aos an llevado a cabo en nuestras imprentas, lidiando con el plomo, revisando galeras salidas de los linotipos, frecuentando el taller y la mesa de diseo, donde ms de una vez cort, pegu y realic la Revista ante la urgencia que impone la necesidad. Mi primer recuerdo emocionado es para el Taller 04, y mi homenaje ms sentido para su administrador, el noble y severo Orlando Ferrer, y para los dos tcnicos poligrficos, Silvia Snchez y Pedro Echevarra, que revisaban con esmero nuestro trabajo y reparaban escrupulosamente en todas las carencias y errores, y colaboraban con nosotros porque la Revista tambin era de ellos. Y estaba Josefina Garca Carranza, en su paraso de revistas y libros valiosos, con su nobleza y su suavidad, y su vocacin de hormiguita imparable, que tena a su cargo la publicacin cuando yo me incorpor, y me entreg todo su saber con cario, y hasta la libreta de telfonos y contactos revisteros. Vena aquel vademcum de la editora anterior, nada menos que de Siomara Snchez y an lo conservo como quien guarda un incunable, me apoy todos los aos que serv a la Biblioteca y a su Revista, a la sombra de todos mis mayores bibliotecarios, editores, poetas y estudiosos, acogida con humildad de nefita a la benevolencia de un saber que me trascenda inmensamente. La Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart tena su oficina en la Sala Cubana, y all rein unos cuantos aos de intenso aprendizaje, entre las manos expertas de Araceli Garca Carranza, que me revelaba todos los das uno de los corredores del laberinto, y me abra verdaderas pistas donde echar a andar mis afanes de estudiosa y de editora. El director Le Riverend monitoreaba mi trabajo con un respeto hacia mi persona que me asombraba, viniendo de su autoridad y sus aos, y no me ense tcnicas de edicin, sino valiosas estrategias para negociar la edicin, para trabajar con los autores. No podra pormenorizar mis amistades y experiencias de la poca, sera injusta con mucha gente de este espacio de la Biblioteca donde encuadernadores, conservadores, fotgrafos, bibliotecarios de todas las especialidades, conformaron mi mundo laboral durante aos, y me incorporaron con sencillez y hondura, haciendo crecer en m un sentimiento de pertenencia especial que se construye en ciertos gremios como el de la Biblioteca. Y es un sentimiento de pertenencia tan hondo, que engloba incluso a lectores habituales, que me acompaa hasta hoy. En la Biblioteca estoy en mi casa. Y qu decir de la cofrada de los revisteros, Enrique Lpez por la revista Santiago y Bernardo Callejas, de Universidad de La Habana Incurables adictos a la Biblioteca Nacional, siempre colaborando y conspirando para que cualquiera de los nmeros, aunque fuera el del otro, se enriqueciera. Las peas de la Biblioteca incluan a los colaboradores de la Revista, en una dinmica participativa donde cualquiera haca aportes notables en cualquier direccin. Y la deliciosa y experta fauna de los investigadores de la Biblioteca, verdaderos

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67talentos, cada cual concentrado en su quehacer, pero en continua colaboracin con los otros, como vasos comunicantes por donde corra la savia del conocimiento para convertirse en artculos que tributaban a la Revista : Zoila Lapique, que asomaba por la puerta y ansiosa de saber alguna noticia nos deca con un giro decimonnico y jurdico: “¡Ponme en autos!”. Y Ramn de Armas, siempre angustiado porque no terminaba un artculo. En fin, a todos los recuerdo, aunque no haya espacio ni tiempo para nombrarlos a todos. Edit la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart durante unos cinco aos, y fue una verdadera edad dorada de mi vida. En este nmero del centenario Araceli hace el recuento de sus nmeros y pocas, poco tendra que aadir a su conocimiento de la historia de esta publicacin, slo lo que venga de mi propia vivencia cotidiana, como los das de trabajo con Le Riverend para conformar aquellos dos nmeros que recogan las exposiciones de un congreso de historiografa cubana, momento en que me familiaric mucho con la historia de Cuba y su bibliografa, o las tardes bellsimas con Cintio, trabajando con la papelera de Lezama para publicar el nmero de inditos suyos. Y mis idas y venidas incesantes al Departamento de Edicin y Conservacin, donde Juanita o Amelia realizaban la Revista, o Francisco, el fotgrafo sonriente, me apoyaba con la reproduccin de vietas y otros documentos que luego se convertiran en tacos de grabado all en la fiesta del plomo tipogrfico, en el Taller 04. En fin, que uno de mis orgullos es haber editado la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart y estar aqu echndole flores en su primer centenario, formando parte de su equipo de trabajo para siempre. Portada de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart. 1988

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68 Salvar la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart Rafael Acosta de ArribaInvestigador y ensayista E n los aos 2000 y 2001, La Gaceta de Cuba public bajo el ttulo “Siglo pasado”, un grupo de testimonios o vietas sobre hechos que los escritores y artistas consideraban de inters evocarse. El director de la publicacin, el fraterno Norberto Codina, me pidi en algunas ocasiones que colaborara, lo que nunca hice. Pes en mi negativa que no consider interesante para los lectores de aquella revista lo que referir a continuacin (que era lo nico que estaba tentado a contar). Despus, cuando le lo que algunos narraron, me di cuenta de que mi ancdota caba muy bien en el perfil de la seccin de La Gaceta pero ya no haba tiempo. Ahora que se aproxima el centenario de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, Marta Beatriz Armenteros, tambin amiga y antigua compaera de trabajo en la Biblioteca Nacional, me pidi una colaboracin, y creo que es el momento de narrar aquella ancdota, muy personal, pero estrechamente ligada a la existencia de esta publicacin. Corra el ao 1991, de triste recordacin por ser el que dio inicio real a lo que se conoci (y an sigue vigente) como Perodo Especial, o lo que es lo mismo, la dursima crisis so cioeconmica en la que se sumi el pas como consecuencia de la prdida de su principal socio comercial. Ya conocemos esa parte de la historia: desaparicin del campo socialista, de su aparato comercial, el Consejo de Ayuda Mutua Econmica (CAME), e implosin de la Unin Sovitica. Ese era el contexto. El Estado cubano comenz entonces a tomar medidas administrativas para conjurar la crisis y evitar el colapso total. De tal modo, el Ministerio de Cultura orient la supresin al mximo de las publicaciones culturales, por la drstica reduccin de los presupuestos. La materializacin de ese kase se producira en una reunin a la que fui citado como jefe del Departamento de Publicaciones y Conservacin de la Biblioteca Nacional Jos Mart. Adems me ocupaba de conformar los nmeros de la Revista de la institucin como jefe de redaccin, los que luego le presentaba para su aprobacin al doctor Julio Le Riverend, director de la publicacin. Era la actividad preferida de mi contenido de trabajo como editor y jefe de los conservadores de libros, en la cual pona todo mi inters. La discusin fue larga y dura, y al final logr que se evitara la interrupcin de la revista. Yo mismo qued sorprendido por la cantidad TESTIMONIOS DEL CENTENARIO

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69de argumentos que amonton y lanc sobre aquella mesa de la que casi todos los editores salan contritos y prcticamente desempleados por tiempo indefinido. La letal instruccin no liquid la querida Revista, podamos seguir hacindola. Recuerdo que atraves en rpida infantera (no haba virtualmente mnibus y tomarlos era casi una incitacin a la violencia fsica) las calles del Vedado rumbo a la Biblioteca dando saltos de alegra, apenas poda creerlo, se haba salvado la Revista de una muerte segura y quizs muy prolongada. Ya sabemos que en Cuba no hay nada ms definitivo que lo que se presenta como provisional. Mientras avanzaba por las calles me permit una reflexin muy gratificante para aquellos aos grises y amenazadores: entre la Revista y mi estado de nimo de entonces se haba creado una ntima relacin afectiva (haba algo de animismo en esa sensacin) que me prodigaba una intensa felicidad. Aquello poda ser efmero, pero era bueno, agradable. Realmente no eran das para albergar esas pulsiones en el msculo mtico, aunque me sent muy bien con la salvacin de la Revista, ello implicaba seguir solicitando colaboraciones, pensar y armar nmeros monotemticos, escoger el diseo de la cubierta, en fin, mantener aquella actividad intelectual que nos protegera un poco de lo agreste de los tiempos. En la Biblioteca Nacional todos esperaban por la decisin, por lo que comunicar la buena nueva proporcion mucha alegra a Araceli Garca Carranza y dems colaboradores. Y la seguimos publicando. Aparecieron entonces el nmero dedicado a la cultura matancera, el del quinto centenario del encontronazo de las culturas americanas y las europeas, y otros ms que continuaron la larga vida de la Revista. Cuando repaso, casi dos dcadas despus, aquellos hechos, me doy cuenta de que el mvil de tanta preocupacin y desvelo fue el enorme prestigio de la Revista, en la que crea mos quienes le dbamos vida a esa publicacin de significativa importancia para las investigaciones y el acervo intelectual del pas. En un artculo que publiqu cuando ya no trabajaba en la Biblioteca, titulado “Una enciclopedia de la cultura cubana” (nmero 92, julio-diciembre de 2002), expres lo que representa la coleccin de la revista para la cultura nacional, sus textos ms significativos, las reconocidas firmas que han colaborado en sus pginas y la riqueza de temas abordados con rigor y profundidad. Hoy slo evoco las labores de salvamento que la mantuvieron existiendo en aquellos aos duros. An ahora, al dejar que la memoria fluya sobre el papel, siento la lejana e inmensa alegra que me prodig el trabajar para que siguiera saliendo la Revista.

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70 La Revista... y yo Jess Dueas BecerraCrtico de arte y periodista C on esta edicin de lujo, la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart enciclopedia de la cultura caribea e iberoamericana, sustentada en el amor y en la libertad, llega sana y salva –como la nacin cubana– a sus primeros 100 aos de fecunda vida editorial…, a pesar de los graves problemas econmicos que interrumpieron su salida entre los aos 1993 y 1999 del pasado siglo. Ahora bien, qu significa para m, que llevo el periodismo en el cuerpo, en la mente y en el alma, ser colaborador activo de ese emblemtico rgano de prensa desde hace algo ms de un quinquenio? Hace exactamente cuatro dcadas comenc a ejercer el periodismo cientfico primero y la crtica artstico-literaria despus, y desde esa lejana fecha anhelaba ver publicados mis artculos en la Revista de la Biblioteca Nacional… donde “no poda escribir cualquiera”, en opinin del doctor Juan Prez de la Riva, uno de sus ilustres directores. No obstante, en el 2003 lleg la ansiada oportunidad: la doctora Araceli Garca Carranza, jefa de redaccin, y uno de mis “ngeles guardianes” en el seno de ese templo de la sabidura y de la espiritualidad, me invit a colaborar con el nmero especial dedicado al Apstol en el sesquicentenario de su natalicio, as como a la multipremiada poetisa y ensayista Fina Garca Marruz en el aniversario 80 de su nacimiento. Con el artculo “Jos Mart y la ciencia psicolgica”1 y una resea del libro Jos Mart y la ciencia del espritu,2del doctor Diego Gonzlez Serra, se produjo mi entrada al equipo de colaboradores de la Revista ya que escribir para ese medio de prensa satisfaca una necesidad intelectual largamente acariciada en el centro mismo de mi yo periodstico, y ahora materializada en la prctica (criterio de la verdad), mientras que –desde otra ptica– representaba mi realizacin como periodista cultural…, aunque debo aclarar aqu –para ser honesto con los lectores y conmigo mismo– que la realizacin de un ser humano no se circunscribe al hecho de alcanzar determinado estatus profesional o socioeconmico en el entorno donde vive, suea y crea…, sino hacer las cosas con amor y pasin, que son las “llaves” de la verdadera realizacin. Haber sido admitido como colaborador sistemtico de la Revista no slo aliment mi intelecto y mi espritu, sino tambin me proporcion, en el plano de las relaciones humanas y sociales, una de las mayores alegras de mi vida: ganarme el cario y el respeto de personas nicas e irrepetibles que con el discurrir del tiempo devinieron verdaderos “amigos del alma”. En ese grupo, no podra dejar de mencionar a las hermanas Araceli y Josefina Garca Carranza, quien lamentablemente ya no est entre nosotros, el escritor y periodista Julio Domnguez

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71Garca, la licenciada Marta Beatriz Armenteros Toledo, editora, la licenciada Rosa C. Bez Valds, ex jefa de redaccin y edicin del boletn electrnico Librnsula (con el que tambin colaboro), la economista Teresita Prez, la licenciada Olga Rosa Gmez, subdirectora, la licenciada Alicia Snchez del Collado, el historiador y ensayista Eliades Acosta Matos, ex director de la Biblioteca Nacional, y el doctor Eduardo Torres Cuevas, actual director de la institucin, entre otros, cuya relacin hara interminable esta crnica…, ms sentida que pensada. Con apoyo en una apreciacin objetivo-subjetiva, la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart es –por derecho propio– referente obligado para intelectuales, investigadores, profesores y estudiantes que deseen conocer todos y cada uno de los momentos “clave” de la evolucin histrico-cultural de la mayor nsula caribea, y adems, fuente nutricia de tica, humanismo, patriotismo y espiritualidad. Quisiera finalizar este testimonio, “escapado” de lo ms hondo de mi yo ntimo, con un ferviente deseo, que ruego a Dios se haga realidad…, aunque yo no pueda verlo: que la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart tenga vida eterna, ya que, al decir del licenciado Eliades Acosta Matos, uno de sus ms jvenes directores, “[…] quien bien nace [y hace] nunca muere”.3Notas1 Dueas Becerra, Jess. Jos Mart y la ciencia psicolgica. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana) 94(1-2):145-148; en.-jun. 2003.2 ________. Jos Mart y la ciencia del espritu. Ibdem, p. 190.3 Acosta Matos, Eliades. Umbral. Ibdem, 90(12):5; en-jun. 1999.

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72 La Revista, cien aos despus Leonel MazasInvestigador D urante un siglo al servicio de la sabidura, la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, por s sola es historia. Desde sus pginas ha presentado los ms rigurosos y serios trabajos en diferentes materias del conocimiento humano, cuyos autores poseen una obra que es de obligada consulta en la historiografa cubana, y a muchos he tenido el privilegio de conocer e intercambiar impresiones de los ms diversos temas. Difcil, s, es escribir esta resea elogiando lo que significa esta publicacin, ms an cuando existe la responsabilidad con la verdad histrica y los lectores. En los ltimos aos, sus pginas me han permitido presentar algunos textos gracias a la generosidad de muchas personas, entre ellas Eliades Acosta Matos, Araceli Garca Carranza, su actual director, Eduardo Torres Cuevas y la inteligencia y paciencia de Martica B. Armenteros, y ello me compromete a que cada trabajo responda a la exigencia y belleza de cada nmero de la Revista. Nuestro Apstol Jos Mart expres: “Leer una buena revista es como leer decenas de libros”, y estos 100 aos del quehacer de la Revista multiplican estas palabras con creces y lo avalan algunas de las personalidades que en ella dejaron sus ms rigurosos artculos. En enero de 1909, con una tirada mensual, surge el primer nmero con el nombre de Revista de la Biblioteca Nacional, dirigida por su fundador y entonces director de la institucin, Domingo Figarola Caneda (1852-1926). Este comienzo es fundamental para tener como referencia los primeros pasos de la publicacin. En su libro Apuntes para la historia de la Biblioteca Nacional Jos Mart de Cuba, su autor, Toms Fernndez Robaina, da a conocer detalles sobre el desarrollo y surgimiento de la Revista, y seala: “Debido a la donacin de la seora Pilar Arazoza de Muller, en 1909, la Biblioteca cont con una imprenta que aunque pequea, report grandes beneficios, pues hasta 1912 se edit en ella la Revista de la Biblioteca Nacional en su primera etapa. La Revista dio a conocer las colecciones que engrosaban los fondos por compra o donacin, adems de publicar trabajos de ndole bibliogrfica”. En la primera poca, 1909-1912, su circulacin fue muy difcil: cuatro

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73nmeros en 1909, tres en 1910, uno en 1911 y en 1912, para en total de nueve ediciones. Sobre este perodo algunos investigadores sealaron que no cumpla los objetivos que se haba planteado su director, no obstante se le consideraba original, porque en ella aparecan textos inditos de gran valor historiogrfico como las epstolas originales de personalidades y las bibliografas de autores cubanos. Entre los colaboradores de esa poca se encuentran Figarola Caneda, quien prcticamente es el autor de casi todos los trabajos, Carlos de Velasco y Juan Miguel Dihigo Mestre (1866-1920). Por problemas econmicos recesa la Revista durante 36 aos hasta que en el mes de abril de 1949 regresa a la vida con una frecuencia trimestral, en lo que se considera como su segunda poca (1949-1958) con su nueva directora, Lilia Castro de Morales, primera mujer que dirigi la Biblioteca Nacional al ser nombrada en 1948, aunque su presencia en la institucin databa desde 1934. En el editorial de la Revista de abriljunio de 1953 se afirmaba que la institucin: “[…] ser la expresin dinmica de las actividades de la cultura cubana como si fuera el espejo de la cartografa intelectual de la isla […]”, y s, la riqueza de estos aos de vida lo ha demostrado en cada nmero: no fue ajena a homenajear la figura del Apstol en su centenario y en el de Domingo Figarola Caneda en el de febrero-marzo de 1952. Tambin el de octubre-diciembre de 1957 reflej la inauguracin del edificio. La directiva de la Revista se esfuerza por dar lo mejor de s y un ejemplo de ello lo tenemos al ser nombrado Manuel Moreno Fraginals como su jefe de redaccin, quien, junto a Rodolfo Tro, se preocup por mantener el prestigio de la publicacin y dejar plasmados en ella objetivos fundamentales: publicar trabajos inditos, documentos, reseas de libros recin editados, y dar a conocer las novedades del quehacer de la Biblioteca Nacional. La Revista en esta segunda poca fue diseada con diferentes secciones: “Vigencias del Ayer, “Temas e Indagaciones” y “Vida de los Libros”, donde podemos encontrar diversos artculos sobre literatura cubana, investigaciones referentes a nuestra historia, y referencias bibliogrficas de autores cubanos del mundo de la cultura y la ciencia. Autores de reconocido prestigio escribieron para la Revista durante esta segunda poca: Emilio Roig de Leuchsenring, Marcelo Pogolotti, Emilio Ballagas, Julio Le Riverend, Francisco J. Ponte, Manuel Isidro Mndez, Jos Rivero Muiz, Luis Felipe Le Roy, Salvador Bueno, Francisco Prez de la Riva, Antonio Martnez Bello, Jos Mara Chacn y Calvo, entre otros. Con el amanecer del primero de enero y el triunfo de la Revolucin cubana, se producen cambios en todas las esferas de la sociedad a favor del mejoramiento humano y de las instituciones, y la Biblioteca Nacional y su Revista no fueron ajenas a ellos. El edificio es ocupado por las fuerzas revolucionarias el 5 de enero de 1959, lo cual constituy un trascendental acontecimiento, que cumple 50 aos en el 2009. A partir de ese momento se inici un nuevo camino de 50 aos ms que

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74transcurren dentro del proceso de la Revolucin sin que dejen de aparecer los caractersticos trabajos que con regularidad se publicaban, pero con la ptica de la nueva generacin de intelectuales, la cual con sus inquietudes y reflexiones irradi el mbito nacional del momento histrico que viva Cuba. La doctora Mara Teresa Freyre de Andrade es designada directora de la Biblioteca Nacional Jos Mart y los cambios en la institucin fueron notables. Ella, con sus conocimientos bibliotecolgicos y sobre los problemas de las bibliotecas en el pas, era la persona indicada para asumir esa responsabilidad y proporcionar el mejor funcionamiento de la nueva tarea, aunque heredaba 50 aos de deuda con los ms nobles principios de la cultura a los que fueron tambin sometidas las instituciones culturales en Cuba, las que se fueron degradando paulatinamente, pero que con la nueva mirada revolucionaria era necesario recuperar para la memoria de la nacin. Ese ao comenz la tercera poca de la publicacin (1959-1993), cuyo primer nmero tena impresa la fecha correspondiente a diciembre de 1958, y fue distribuido de esa forma. Concluan as los primeros 50 aos de vida de la Revista, la cual a mediados de 1959 comienza a llamarse Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart El nuevo consejo editorial lo conforman como jefa de redaccin Graziella Pogolotti (1960), luego para el ao 1962 en su consejo de redaccin estn Mara Teresa Freyre de Andrade, Amelia Rodrguez, Aleida Plasencia, Juan Prez de la Riva, Argeliers Len, Mario Parajn, Eliseo Diego y Cintio Vitier. Este personal, por s solo, nos muestra la responsabilidad y seriedad con que se elegan los trabajos; todos, ilustres intelectuales cubanos. Entre otros intelectuales que han colaborado podemos citar a Rene Mndez Capote (su directora entre 1961 y 1964), Aurelio Alonso, Luisa Campuzano, Manuel Moreno Fraginals, Eliseo Diego, Salvador Bueno, Fina Garca Marruz, Zoila Lapique, Hortensia Pichardo, Juan Marinello, Jos A. Portuondo, Sidroc Ramos, Alberto Muguercia… Llega as la dcada del 90 y con ella el Perodo Especial, el cual conllev al cierre de muchas de las publicaciones del pas, pero gracias al empeo de Rafael Acosta de Arriba, su jefe de redaccin, pudo continuar, aunque slo dos nmeros en 1990, y entre 1991 y 1993, uno cada ao. No es hasta 1999 que se reinicia la Revista por la constancia de Eliades Acosta Matos, director de la Biblioteca y de la publicacin, y comienza as su cuarta poca con el nmero de enero-marzo, trabajado por completo en la imprenta del centro, en cuyo editorial Acosta Matos afirma: “En nuestros das, que son antesala del tercer milenio, la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart tendr que adaptarse a los nuevos temas, a los nuevos lectores y a los nuevos tiempos, pero mantendr todo lo que de profundo y saludablemente aejo buscan en ella quienes la coleccionan y conocen”. En este perodo Araceli Garca Carranza es la jefa de redaccin y algunos nmeros se dedican a personalidades de la cultura cubana y a hechos relevantes del pas como Roberto Fernndez

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75Retamar, Jos Lezama Lima, Nicols Guilln, Fina Garca Marruz, Cintio Vitier, Dulce Mara Loynaz, Eduardo Chibs, Ral Roa, el asalto al Cuartel Moncada y el aniversario 280 de la Universidad de La Habana. Sin embargo, no por ello dejaron de publicarse trabajos dedicados a la historia y a las humanidades en general. Muchos han sido los colaboradores de este perodo pero no puede dejar de nombrarse a los desaparecidos fsicamente Luis Suardaz, Josefina Garca Carranza, Amaury B. Carbn Sierra y Francisco Prez Guzmn, y a los que nos acompaan: Ana Cairo, Araceli Garca Carranza, Mercedes Santos Moray, Jess Dueas, Enrique Lpez Mesa, Natalia Revueltas, Julio Garca Oliveras, Elena Alavz, Paul Estrade, Nydia Sarabia, Marta Rojas, Armando Hart, Jos Antonio Garca Molina, Carmen Surez Len y Eduardo Torres Cuevas. Slo estos nombres pueden darnos la magnitud e importancia que la Revista posee dentro de la cultura cubana. Quizs deba mencionar a otros colaboradores contemporneos y ahondar ms en esta poca, pero esa tarea se la dejamos a otro investigador cuando nuestra Revista cumpla 50 aos ms. Bibliografa consultada CUBA. INSTITUTO DE LITERATURA Y LIN-GSTICA. Diccionario de la Literatura Cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1984. CUERVOS TORAYA, JUAN DE LOS. 500 aos de construccin en Cuba. La Habana: Editorial Chavin. Servicios Grficos y Editoriales, SL, 2001. FERNNDEZ ROBAINA, TOMS. Apuntes para la historia de la Biblioteca Nacional Jos Mart de Cuba. La Habana: Biblioteca Nacional Jos Mart, 2001. (Edicin homenaje)

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76 Mi Revista Marta B. ArmenterosEditora H an pasado ms de 18 aos desde que tuve en mis manos el primer nmero de la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart en el cual trabaj como redactora, y an me parece un sueo que eso me hubiera sucedido. Siempre le agradecer a Rafael Acosta de Arriba, entonces jefe el Departamento de Edicin y Conservacin de la institucin, que me propusiera para ocupar dicha plaza. Desde ese momento, mis conocimientos han ido in crescendo, no slo en el plano editorial sino mucho ms en el intelectual, pues las dismiles temticas que aborda la publicacin me han compulsado a investigar sobre ellas. La Revista me ha permitido incursionar tambin en el mundo de la computacin y he podido aprender, gracias a mis compaeros, y en especial al pintor y diseador Luis Juan Garzn, a trabajar con programas como el Pagemaker, el Corel Draw y el Photoshop. A partir del momento en que me integr al grupo editorial sent que, por suerte, al igual que en el Departamento de Informacin para la Cultura y el Arte de la Biblioteca Nacional, donde trabajaba, estaba dentro de un colectivo familiar constituido en mi primera etapa por Juana Mara Garca, Amelia Casanova, Rafael Acosta, Mara Antonia Wong, Rosario Gutirrez, Mara Luisa, Sonia Rodrguez y Francisco (Fico). Todos me ayudaron mucho de una forma u otra en mi desempeo. No puedo olvidar que en 1991, inicio del Perodo Especial, fue un momento de inquietudes para nosotros, pues pensbamos que la Revista dejara de publicarse, pero gracias a la defensa a ultranza que hizo Rafael Acosta de Arriba ante las autoridades de Cultura, no dej de aparecer durante un tiempo (el ltimo fue el nmero uno de 1993). Posteriormente, el departamento, debido a un cambio de estructura de la Biblioteca, se separa de Conservacin y nos trasladamos hacia el tercer piso, al espacio que hoy ocupa Bibliografa Cubana, y despus nos mudamos para donde hoy se encuentra la vicedireccin de Automatizacin. Aqu, fue mi jefa Magali Silva, una experimentada editora que nos ense mucho. Despus de varios aos sin publicarse debido al Perodo Especial, reaparece la Revista en 1999 gracias a la gestin de Eliades Acosta Matos, director de la Biblioteca en ese momento, Marcia Medina, ex subdirectora de Promocin y Desarrollo, y de Jos Antonio Garca Valiente, un gran conocedor del mundo editorial y quien ocupaba la jefatura del departamento, ahora en una vieja imprenta de la Biblioteca, las ms de las veces rota, pero que con el esfuerzo de Francisco Pou (Pancho), el que donde quiera que est sabe que lo quise mucho, Febles y Manuela Surez se lograba realizar. As se inici la cuarta poca con el nmero uno de enero-marzo de 1999, cuyo diseador fue Oscar Aza. Para m, tener en las manos ese nmero fue como el nacimiento de mi hijo: un parto difcil, pero feliz. Algo parecido

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77debi sentir Eliades Acosta al expresar en el “Editorial”: “Al cumplirse 90 aos de su nacimiento, vuelve a ver la luz la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, homenajendose a s misma con este nmero, como si salir del silencio y la oscuridad en que se hallaba por cinco largos aos fuese ya un festejo digno a su majestad, y fiesta grande para sus fieles lectores de todo el mundo”. A partir de 1991, muchos han sido los compaeros que he tenido y con quienes he vivido momentos de angustias e incertidumbres: Sonia Santana, Elda Gonzlez, Lisbet Len, Nivia Pea, Pedro Armando Carvajal, Abel Arias, Tania Olivera, Coralia Cruz, Dania Montes de Oca, Reynier Casaus, Alejandro de la Osa, y Del Toro. De igual forma deseo agradecer la colaboracin con sus vietas al pintor Rolando Vzquez Hernndez. Muy importante ha sido trabajar desde 1999 con Araceli Garca Carranza como jefa de redaccin, cuyos conocimientos, desvelos y consejos han sido de mucho valor para m, as como los de su hermana Josefina, quien me asesor en mis inicios. Y tambin el hecho de que una hermandad nacida en la cola de la ruta cinco, se continuara afianzando desde mi accidente. Ese hermano y uno de mis pilares en relacin con la Revista es Brbaro Ravelo Fernndez, a quien agradezco su apoyo inconmensurable y sus ratos agradables tomando caf en mi casa. El trabajo en esta Revista me ha permitido conocer a muchos de sus colaboradores como a Nydia Sarabia, Naty Revueltas, Elena Alavz, Jess Dueas, Leonel Maza, Lourdes Castelln, Maruja Iglesias, Ana Cairo, Matilde Salas, y los ya fallecidos Luis Suardaz, Francisco Prez Guzmn y Amaury B. Carbn Sierra. Me viene asimismo a la mente la realizacin de las primeras revistas en el Taller 04 de la imprenta Urselia Daz Bez, ubicado en Zulueta y Corrales, en el cual se utilizaba el sistema de linotipos con una calidad inestimable. Pero poco despus lleg la etapa de la computacin y la mquina de escribir dej paso a la utilizacin de programas como el WordPerfect y el Word, y la composicin y el diseo dejaron de ser manuales para ser realizados en Corel Draw o PageMaker, lo cual agiliza y facilita el trabajo, aunque se haya perdido un poco la labor artesanal de mis inicios, cuando todos ayudbamos a emplanar la publicacin. Estoy segura de que me quedan muchos recuerdos de esta etapa, pero seran interminables, por ello slo me queda expresar mis deseos de que esta, mi Revista, una de las primeras, si no la primera, dedicada a las humanidades en Amrica Latina, permanezca llevando a estudiantes e investigadores sus textos llenos de sabidura. ¡Feliz centenario y que cumplas muchos ms!

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78 El reinicio de la Revista en 1999 Jos Antonio Garca ValienteEx jefe del Departamento de Ediciones de la Biblioteca Nacional Jos Mart D ebido a la situacin econmica del pas que condujo al Perodo Especial, la Biblioteca Nacional Jos Mart dej de publicar en 1993 la Revista que lleva su nombre, fundada en 1909 por Domingo Figarola Caneda. En 1998, con la incorporacin a la Biblioteca, como director, de Eliades Acosta Matos, entre otras, tom la decisin de retomar la edicin de las publicaciones tradicionales de la institucin, en particular de la Revista por su historia, contenido e importancia literaria. La reproduccin grfica de la publicacin hasta el nmero aparecido en 1993 se realizaba en la imprenta Urbelia Daz Bez, del Instituto Cubano del Libro, por medios tipogrficos, pues no exista experiencia en el procesamiento en offset, pero en esos momentos no exista la posibilidad de hacerlo porque no haba financiamiento para tal propsito y todas las imprentas exigan el pago en moneda convertible. En tales circunstancias, propusimos [Este plural es de modestia, porque en realidad lo propuso l. N. de la E.] a la direccin de la Biblioteca, previa evaluacin y anlisis tcnico correspondientes, reiniciar la edicin y produccin grfica con los medios y recursos que poseamos en la Biblioteca, as como adquirir el papel y la cartulina e integrar un grupo de trabajo con el personal disponible para ese objetivo. La edicin, que inclua la introduccin de textos, redaccin, preparacin de originales y diseo se ejecutaron por los compaeros Lisbet Len, Oscar Aza y Marta Beatriz Armenteros. La reproduccin grfica contaba con una base tecnolgica no acorde a las necesidades: una Hamada 500 con formato de 91/4 x 14 pulgadas como mximo, una guillotina obsoleta sin hojas de corte, y una presilladora de alambre. Los originales se procesaran en mster de papel en un elefax PC5 por Clida. Dos operarios, Pancho y Febles, adems de una encuadernadora

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79manual, Manuela, as como parte del personal del Departamento de Conservacin conform el equipo de trabajo. La direccin tcnica fue asumida por m. La impresin se realiz en pliegos de cuatro hojas, posteriormente alzados y presillados para colocar la portada, y despus realizar el corte final en la guillotina. La portada en cartulina se imprimi utilizando viejas planchas presensibilizadas. Sobre la marcha se fueron resolviendo innumerables limitaciones de carcter material con el apoyo de otras imprentas a las que tambin debemos agradecer su colaboracin. Considero que fueron muchos los retos vencidos, pero los mayores fueron: Preparar la edicin para su reproduccin en offset sin una experiencia anterior y sin los recursos tecnolgicos necesarios. Procesar tecnolgicamente un original con medios no diseados para tal propsito, con formatos operados en sus lmites, reproduccin electrosttica (mster de papel), incluso vencidos por el tiempo, as como el tratamiento manual en la encuadernacin. Esto fue posible por la voluntad y el compromiso de todos los que participamos en el reinicio de una publicacin que encierra en s misma parte de la cultura nacional, as como por el apoyo y la confianza que la direccin de la Biblioteca Nacional deposit en nosotros.

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80 Marinello, el martiano mayor en una Revista centenaria Mario Antonio Padilla TorresInvestigador Qu pensara Domingo Figarola Caneda, director fundador de la Revista de la Biblioteca Nacional en 1909, si pudiera ver cmo 100 aos despus, nuestra revista es un baluarte que ofrece un legado cultural en cada una de sus pginas? Muchas de las cuartillas son testigos de la produccin espiritual de grandes pensadores y reconocidos escritores que han dejado una huella indeleble en diferentes nmeros. Esa bibliografa imprescindible es una fortaleza viva y a travs de ella se han cultivado varias generaciones de cubanos y extranjeros. Hoy la Revista cumple su funcin y se esmera en divulgar temticas mltiples que de una forma u otra penetran en el amplio espectro de la cultura cubana. Los ms veteranos intelectuales junto a la nueva plyade transmiten sus investigaciones, criterios e impresiones del mundo de hoy a travs de acontecimientos o figuras imprescindibles de la intelectualidad cubana. Juan Marinello Vidaurreta, llamado “nuestro martiano mayor“, tuvo la huella de sus escritos en esta publicacin centenaria, donde tambin aparecieron homenajes a su inmensa y humanista creacin. Pienso entonces que si lo recordamos en estos das, cuando hacen 32 aos que fsicamente desapareci, rendimos tambin tributo a una de las revistas que lo recibi. Hasta el triunfo revolucionario del ao 1959 no se le dio oportunidad a Marinello de escribir en esta publicacin, pues su formacin comunista slida le impeda divulgar obras que desafiaran las administraciones de turno. Su elam martiano, combinado con las ideas ms revolucionarias del marxismo leninismo, fueron impedimentos, a nuestro criterio, para que este gran intelectual pudiera expresar sus criterios polticos y culturales. Aquellos que lo conocieron cuentan que casi sin visin llegaba con la modestia que lo caracterizaba a la Sala Jos Mart de la Biblioteca Nacional y durante horas estudiaba el pensamiento del Apstol de nuestra independencia o animaba charlas con Cintio Vitier. La joven generacin que surga observaba con un respeto apostlico a aquel hombre que vivi junto a varias generaciones, incluyendo la poca de Julio Antonio Mella y Rubn Martnez Villena. En 1970, en su ao 61, en el perodo enero-abril, sale a la luz en la Revista uno de sus escritos “Sobre nuestra crtica literaria“, y ms adelante aparecen otros trabajos de carcter literario, aunque es de significar el homenaje que le rinde a Carpentier en 1975 y la aparicin de su ensayo dedicado a Pablo de la Torriente Brau en 1984.

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81Segn mi criterio, estos primeros trabajos escritos con anterioridad reflejan una combinacin del Marinello hombre de cultura y el pensador poltico, que le da al arte su valor sustancial defendiendo con claridad las cualidades integradoras de la crtica literaria desde un ngulo esttico-poltico. En ellos cultiva el ensayo sobre los hombres que han transcendido por sus aportes terico-prcticos en sus propias creaciones intelectuales. En 1974 aparecen otros textos en la Revista relacionados con su obra y vida, entre los cuales se destaca las palabras de Vicentina Antua al ser declarado Juan Marinello Profesor Emrito. Las conclusiones de la intervencin reflejan la peculiar imbricacin del intelectual transdisciplinario y el dirigente poltico que represent: Maestro Juan Marinello: Al otorgarle el ttulo de Profesor Emrito, la Universidad de La Habana siente que hoy como nunca representa la voluntad de todo nuestro pueblo. De nuestro pueblo que ama su permanente leccin de dignidad y decoro; que admira y respeta en usted su ejemplaridad como intelectual revolucionario y como lder poltico, y que no olvida que, aun en los momentos ms difciles y aciagos de nuestro ominoso pasado, mantuvo usted en alto la fe en su capacidad para labrarse el futuro de libertad, justicia y paz que hoy esta construyendo. No podra pasar por alto destacar el gran valor que representa el trabajo paciente de Josefina Garca Carranza y otros compaeros al publicar en la Revista durante varios aos la bibliografa de Juan Marinello y los suplementos, que representa, a mi entender, una labor humana y de rescate histrico de su obra. Pueden existir criterios de cada tiempo del desarrollo de la Revista, pero a mi parecer estos 50 aos que representan su mitad de existencia, han sido fructferos en la difusin de la obra de nuestros grandes intelectuales y han reflejado a hombres y obras humanas que merecen nuestro respeto. La difusin de parte de la bibliografa activa o pasiva de Juan Marinello es ejemplo de lo expuesto, se hizo justicia para el comunista que con su pluma y accin combativa revolucionaria representa tan dignamente el paradigma de un intelectual revolucionario. Gracias a la Revista por este gesto tan patritico y generoso hacia un hombre que usaba la modestia como prctica cotidiana de su accionar. Si Marinello estuviera observndonos, se sentira feliz de ver cmo despus de muertos somos tiles cuando se representa la causa de los humildes con humildad. Si viera el desarrollo de la ensaystica en Cuba bajo los preceptos de su magisterio y observara cmo en el aquel recinto para l de gran espiritualidad adonde acuda a diario, y la Revista de ese emblemtico lugar difunden su creacin y la de otros intelectuales que hablan con la pluma de su obra que trasciende en el tiempo, expresara: “La revista centenaria merece honor”.

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82 Imagen aparecida en el peridico El Porvenir, de Nueva York, en 1891

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83Enrique Jos Varona (1849-1933) Mart en Varona Josefina Meza PazProfesora de la Universidad de Ciencias Pedaggicas Enrique Jos Varona C aracterizar la relacin que existi entre esas dos grandes figuras que fueron Jos Mart (1853-1895) y Enrique Jos Varona (1849-1933), y valorar cmo contribuye el primero a la radicalizacin poltica del segundo en la lucha c ontra el colonialismo espaol, es el propsito de este trabajo. Varona evoluciona al independentismo a partir del anlisis que hace de la realidad econmica y sociopoltica cubana, y a ello contribuye Mart a travs de la relacin personal y epistolar que desarrollaron.Relaciones entre Mart y Varona en vida de ambosCuando se conocen en 1879Mart parte de Guatemala en julio de 1878, despus de renunciar a sus clases en la Escuela Normal como protesta por la injusta destitucin de su director, el cubano Jos Mara Izaguirre. Ya en Cuba, es nombrado socio de honor del Liceo de Guanabacoa y poco despus es elegido secretario de su Seccin de Literatura. Es el perodo en que inicia sus actividades conspirativas para organizar la Guerra Chiquita. En marzo de 1879, en ocasin de celebrarse una velada oratoria en aquel Liceo sobre el idealismo y el naturalismo en el arte, en la que Varona y Mart contendieron, se conocen. El primero dej su testimonio de este encuentro en un artculo aos despus. En “Mis recuerdos de Mart”,1 publicado en la revista El Fgaro el 5 de marzo de 1905, expresa Varona que Mart no le era desconocido, pues haba ledo su folleto poltico El presidio poltico en Cuba, escrito siendo un adolescente, del cual le haba sorpren dido “el sello de vigorosa personalidad” que emanaba de sus pginas; tambin aseguraba que posea el don de la elo cuencia.

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84Sobre cuando se conocen y el efecto que le caus la intervencin del Apstol enuncia: A poco de su llegada, me ofreci la ocasin apetecida una fiesta del Liceo de Guanabacoa. Nunca olvidar el embeleso en que estuve todo el tiempo que habl Mart. La cadencia de sus perodos, a que slo pareca faltar la rima para ser verso, meca mi espritu como verdadera msica y con el efecto propio de la msica. Al mismo tiempo, pasaban ante m, como enjambres de abejas doradas, como surtidores y canastillos de agua luminosa, como rosetones de fuego que se abren por el ter en manojos de oro, zafiros y esmeraldas, sus palabras sonoras, en tropel de imgenes deslumbrantes, que parecan elevarse en espiras interminables y poblar el espacio de fantasmas de luz. Era un arrullo continuado que me produca, en vez de somnolencia, deslumbramiento. Y aade: Cuando supe que haba de contestarle, despert bruscamente, y con no poco sobresalto, porque advert que, cautivado por la meloda, poca atencin haba podido prestar a la trama lgica de las ideas. Mi impresin haba sido artstica, y no intelectual. Supongo que de ello habra de resentirse la disertacin con que le contest. Todava los primeros prrafos de ella revelan la suspensin en que me haba dejado su palabra y esa imaginacin desbordada y cautivadora. Para finalmente reflexionar: O despus a Mart otras veces, siempre con mucho gusto, pero con efecto ms atenuador. Sucedi as, no porque el orador se mostrase inferior a s mismo, sino porque ms habituado yo a su manera, mi gusto vaciado en otros moldes estaba ya prevenido y, sin poderlo remediar, a la defensiva. Pero me doy cuenta del efecto maravilloso que deba producir, sobre todo en los emigrados soadores, anhelosos de esperanzas, su palabra de vidente, desatada en torbellino por la vehemencia de su fe patritica. Varona en carta al seor Arturo R. de Carricarte,2 sin fecha, atesorada en el Fondo Varona del Archivo Nacional, explica sobre el mismo asunto que la prodigiosa arenga de Mart acerca del idealismo en las bellas artes produjo una vibracin intensa en el espritu de sus oyentes, pero que no se conserva por no haber tenido taqugrafos, y afirma que llev su contestacin por escrito, unas noches despus, el 13 de marzo.Correspondencia intercambiadaCinco cartas de Mart a Varona, que caracterizan la relacin epistolar entre ambos en la dcada de 1880, han llegado a nosotros; las de Varona a Mart desgraciadamente han desaparecido. En la del 1 de diciembre de 1881, Mart, desde Nueva York, se interesa por conocer lo que escribe Varona y especialmente por sus conferencias filosficas, preguntndole si las ha impreso.3 Las concernientes a Lgica, Psicologa y Moral que Varona imparte en cursos y publica en esa dcada, representan un salto adelante del saber filosfico cubano. Al ao siguiente, el 28 de julio de 1882, le dice que no ha podido leer el

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85tomo en que se publican juntas sus conferencias y reconoce su labor dicindole: “lo que usted hace regocija y nutre”. Y le enva el Ismaelillo por ser de los que estima.4Debe destacarse que las anteriores cartas corresponden a los aos en que Varona forma parte de la Junta Central del Partido Autonomista, y por lo tanto se deduce que Mart, a pesar de esa filiacin poltica, se le aproxima porque le valora positivamente. En carta del 13 de septiembre de 1887, Mart le escribe sobre “El poeta annimo de Polonia” reconociendo su definicin independentista, al percatarse de que ese trabajo era slo un emotivo himno a la lucha por la independencia de Cuba, y valora la honestidad de su autor: “Yo no veo en mi tierra, fuera de los afectos naturales de familia, persona a quien deba yo querer ms que a Ud., por la limpieza de su carcter y la hermosura de su talento”, y aade: “Ud. no me manda lo suyo, porque lo de El Poeta ha sido una casualidad, por m bien entendida; pero yo, ms que en lo que publica, lo leo en lo que calla”.5“El poeta annimo de Polonia”6 fue la conferencia pronunciada por Varona en la Caridad del Cerro el 14 de mayo del mismo ao, donde se define por el independentismo. Su asunto trataba de un joven polaco, hijo de un traidor, que en forma annima se dedica a cantar a la lucha de su pueblo contra el invasor ruso, lo que le permiti expresar entrelneas su condena a la tirana del colonialismo espaol y su aspiracin a la independencia cubana. En agosto de 1887, Mart publica prrafos encomisticos sobre “El poeta…” en El Economista Americano de Nueva York: “Pocas pginas son, todas de oro. Se cuenta en ellas con palabras cargadas de sentido la vida de aquel Krasinski, hijo de un polaco dbil, que am demasiado a su patria para aconsejarle una guerra intil […]. Se cuenta la eterna doblez de la tirana […]”. Y despus afirma: Habla el cubano Varona una admirable lengua, no como otras acicalada y lechuguina, sino de aquella robustez que nace de la lozana y salud del pensamiento. Vuela su prosa, cuando la levanta la indignacin, con la tajante y serena ala del guila: globos bruidos parecen sus prrafos: la continua nobleza de la idea la da su lenguaje: y es su realce mayor la santa angustia con que, compuesta en la mente la imagen cabal del mundo libre y armonioso, ve a su pueblo, cual Krasinski al suyo, padecer bajo un rgimen que los injuria, como un ente maldito y deforme. ¡Las llamas son la lengua natural en desdicha semejante! Su belleza y su fuego tienen los prrafos de Varona en este estudio artstico y ferviente.7En su carta del 17 de marzo de 1889 Mart se refiere a las gestiones que har para procurar la edicin de las obras de Varona en el extranjero, las de Lgica, Psicologa y Moral, pues opina que estos “[…] libros lo valen y son necesarios en Hispanoamrica”, ndice de lo mucho que los valora. Seala que escribir “[…] un estudio enrgico como introduccin de las Conferencias que contribuya a gestionar

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86su reproduccin en pases como Argentina y Mxico”. Y sobre las propias Conferencias filosficas plantea: “La Moral no la he recibido hasta ahora. La Lgica y la Psicologa no sabe Ud. que dicen cuanto se puede decir en justicia y que son inmejorables?”.8En su ltima carta a Varona del 22 de mayo de 1889, Mart al comentar sobre situaciones adversas le dice: “¡Qu alegra verlo a Ud. entre estas penas, como una flor de mrmol!”. Le compara tcitamente con esta planta que se parte, pero no se doblega en probable alusin al carcter ntegro de Varona, y por ltimo le expresa: “[…] s que en mi tierra hay an hombres como Ud. que le mantengan el corazn y le saneen el aire podrido”.9De esa relacin epistolar escribi Varona en su artculo “Mis recuerdos de Mart”, ya mencionado: “Nos escribamos de cuando en cuando. Sus cartas, fuera el que fuese el asunto, tenan el mismo magnetismo de su conversacin. Se le oa y se le vea al travs de los amplios trazos de su letra nerviosa. Escriba a sus amigos como les hablaba, las imgenes flotaban bajo su pluma como en sus labios, el corazn se le derramaba tras las palabras”.10Estos elementos nos permiten aproximarnos a la mutua admiracin que se profesaban, a pesar de las diferencias ideopolticas, filosficas y de temperamento de sus personalidades, y al hecho de que Mart ejerciera una positiva influencia ideolgica sobre Varona para su radicalizacin independentista. Mart valora la importancia y calidad de la labor intelectual varoniana, como autor de las Conferencias Filosficas, y le reconoce cualidades morales a la par que su definicin independentista entre lneas, en su conferencia sobre “El poeta annimo…”.Encuentro personal en 1884Despus de haberse conocido, slo en una breve ocasin ms se encontraron de nuevo, cuando Varona pas por Nueva York en 1884 como diputado a Cortes por el Partido Autonomista en viaje hacia Espaa. Del reencuentro y del influjo que el Apstol nuevamente ejerci sobre Varona, este tambin dej testimonio en “Mis recuerdos de Mart”: Fue otra forma de hechizo la que ejerci sobre m el orador del Liceo, pero ms duradera. De Mart, en la pltica mano a mano, en la efusin espontnea de su pensamiento ardoroso que brotaba por los labios, los ojos y los ademanes […]. S, su palabra era algo viviente que trasfunda vida. Me parece verlo, el da que nos separamos […]. En medio del bullicio atronador […] de la enorme ciudad, yo no oa sino su voz conmovida, que me conmova, deslumbrado una vez ms por su lenguaje fulgurante, enternecido por sus expresiones de afecto; confundido un instante con l en una misma tristeza por incertidumbre que envolva, cual pesada niebla, el porvenir de la patria admirado yo de verlo sacudir de sbito esos pensamientos sombros, como si ya su visin interna se alumbrara con los lejanos resplandores de una nueva aurora.11Evidentemente, Varona se refera a la visin martiana de la lucha por la liberacin de la patria.

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87Crtica de Mart a Seis conferenciasVarona reuni y public los siguientes seis trabajos bajo el ttulo anterior: “Ideas de Mlle de Scudery sobre la educacin de las mujeres”; “Dos teoras sobre el amor (Platn y Michelet)”; “Emerson”; “Importancia social del arte”; “Vctor Hugo como poeta satrico” y “Cervantes”. Son conferencias pronunciadas entre 1882 y 1884 consideradas por algunos como el ms importante cuaderno de temas literarios en la produccin decimonnica varoniana. Mart en la crtica que public en enero de 1888 sobre los anteriores textos, incluy a su autor entre “los hombres superiores” y seal como hilo lgico invisible que da unidad y coherencia a las conferencias, el amor a la patria y atribuy a Varona “[…] aquel paternal y doloroso cario, don peculiar de las almas ilustres, por la humanidad dbil e infeliz”.12 Es evidente pues que a Mart tena que interesarle ganar para el campo de la liberacin nacional a un intelectual de la calidad de Varona, a quien reconoce y con quien se identifica por el amor a Cuba.Viaje de Varona a Nueva York para ver a Mart en 1894En el mismo ao de la fundacin del Partido Revolucionario Cubano (PRC), 1892, Mart deleg en el comandante mamb Gerardo Castellanos la tarea de incorporar a la revolucin a una serie de figuras, entre ellas a Varona, quien as recibi la propuesta martiana de servir con su pluma a la independencia desde la emigracin. El hijo del comandante Castellanos, de igual nombre que el padre aporta esta versin en su obra Misin a Cuba, Cayo Hueso y Mart, la que public en La Habana en 1944. En el verano de 1894, una dcada despus de su ltimo encuentro, Varona viaj a Nueva York para ver a Mart, ya que ante el llamado de este y la inminencia del estallido insurreccional juzgaba deber imperioso detener al pueblo “[…] cuanto fuera posible al borde del oscuro va crucis para que midiese bien sus fuerzas y los obstculos de todo orden que haban de contrastarlo” sin que esto fuera bice para su incorporacin posterior. Pocos das antes Mart haba salido para Mxico y Varona se entrevist entonces con Benjamn Guerra, el tesorero del Partido Revolucionario Cubano, dejndolo enterado de su propsito y de transmitirlo a Mart.13 Ni entonces ni despus se volveran a ver.Valoraciones de Varona sobre Mart o algn aspecto de su obra, ya desaparecido el ApstolVarona sustituye a Mart en el peridico Patria. Ya iniciada la guerra de 1895 y muerto Mart, Varona respondi a su anterior llamado y se dirigi a Nueva York en octubre de ese ao. All colabor estrechamente desde las filas del Partido Revolucionario Cubano y le sustituy en la direccin del peridico Patria, vocero en la prctica del partido, desarrollando una destacada labor por la causa revolucionaria en el periodismo cubano. Durante tres aos –entre octubre de 1895 y noviembre de 1898–, Varona escribi en Patria y continu la labor por la liberacin nacional iniciada por Mart. Fue director de la publicacin

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88desde la primera fecha y agosto de 1897, casi dos aos, cuando la delegacin del partido asumi su direccin; a partir de entonces continu redactando editoriales hasta su regreso a Cuba. En uno de sus primeros editoriales Varona escribi: “El programa del peridico est contenido en las bases del PRC. Su espritu es, y no puede ser otro, el de su inmortal fundador. Los que hemos recogido alguna parte de la inmensa carga que sostuvo en sus robustos hombros, hemos de hacer cuanto alcancen nuestras fuerzas para que su obra no desmerezca en nuestras manos”.14Imprescindible es mencionar que la labor de Varona no est exenta de contradicciones en este perodo. Fue presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Jurdicos y Econmicos (SCEJE), creada en noviembre de 1896, la cual se propuso redactar las leyes de la futura repblica, y estaba integrada por ms de 60 miembros, hacendados, manufactureros y profesionales burgueses. La SCEJE fue criticada por Rafael Serra, intelectual de origen obrero, periodista y educador cubano independentista y por otros revolucionarios, quienes desde el peridico La Doctrina de Mart desarrollaron una polmica con Varona. Objetaban que no estaba incorporada al Partido Revolucionario Cubano y realizaba actividades propias de este, que no contribua con sus fondos al servicio de la guerra e intentaba infiltrar un espritu conservador burgus en leyes e instituciones, por la procedencia clasista de sus miembros. La Sociedad se disolvi dos meses despus de creada y a fines de 1897, el delegado Toms Estrada Palma asumi la direccin de Patria, sustituyendo a Varona por haber dado a conocer sus posiciones sobre la SCEJE desde sus pginas, aunque este continu escribiendo artculos sin cargo alguno en adelante. Sin dudas, fue un error poltico de Varona, aunque este no invalida su contribucin a la causa revolucionaria durante la guerra.15 Es oportuno aadir que en 1899, despus de su regreso a La Habana, dirigi, entre febrero y octubre de ese ao, un nuevo peridico nombrado tambin Patria, lo cual indica la importancia concedida por l al fundado por Mart.“Mart y su obra poltica”: discurso de VaronaVarona fue el primer intelectual burgus cubano que supo apreciar el valor de la accin y obra de Jos Mart, cuando an no se comprenda el alcance de su labor. Fue pionero, por decirlo contemporneamente, en la valoracin del autor intelectual del Moncada. Esto se pone de relieve en su discurso “Mart y su obra poltica” de marzo de 1896 en la velada conmemorativa de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de la que Mart fue uno de sus presidentes ms queridos, donde exalt la labor realizada por este en pro de la lucha por la liberacin nacional desde que fue condenado al presidio hasta su muerte y lo valora altamente: […] el soador esconda un verdadero hombre de accin […], fue un gran agitador poltico […], tena fe, fe profunda en la justicia de su cau-

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89sa […]. Todo en l fue notable, todo extraordinario, pero aquello que lo seala y pone a un lado, aquello que lo eleva sobre muchos es la cualidad maestra, la que constituye a los directores de hombres y a los jefes de pueblos: su facultad de armonizar, de organizar […]. Vio ms hondo que todos los suyos, porque senta ms hondo […], fue un hombre tipo. Uno por la fijeza de su idea, uno por la firmeza de su carcter […]. No hay vida ms digna de admiracin que la del patriota cubano Jos Mart. Sus amigos ntimos lo reconocan, cuando le daban el noble y carioso ttulo de maestro. Los cubanos todos lo reconocemos […]. Y lo enjuicia magistral y acertadamente al expresar: “Mart, poeta, escritor, orador, catedrtico, agente consular, periodista, agitador, conspirador, estadista y soldado no fue en el fondo y siempre sino Mart patriota. Para ver y abarcar desde un punto central la existencia tan accidentada de este grande hombre, nada es tan adecuado como considerar su obra poltica […]. Esta es la esencia […]”.16De ese discurso dira Ral Roa que al leerlo en su juventud le pareci ver a Mart de cuerpo presente, y que an en todo lo escrito sobre nuestro hroe nacional nadie ha podido superar ese discurso,17 mientras que Medardo Vitier, bigrafo de Varona, lo enjuicia como su pieza oratoria ms importante.18Es cierto que Varona, tan mesurado y reflexivo en su estilo, al valorar a Mart, excepcionalmente desborda sentimiento, tal es el impacto que le causara.Artculos de Varona en los tres aniversarios posteriores a la muerte de MartVarona escribi editoriales en Patria para conmemorar la fecha. Ellos fueron: “Primer aniversario” (20 de mayo de 1896); “Dos Ros” (19 de mayo de 1897) y “19 de mayo” (18 de mayo de 1898). En el primero expresa: “Hagamos hoy y siempre el elogio de Mart, pero hagamos tambin, hoy y siempre, el propsito de comprenderlo y el esfuerzo por imitarlo”, para despus referirse a una idea martiana que analiza: “Queremos fundar la Repblica cordial”, de la cual afirma que es un programa porque representa “La repblica para todos los que quieran servir a la repblica” sin distincin, ni exclusin. Y llama a tener presente el espritu martiano y a hacer buena su herencia,19 lo que permite deducir la importancia de la huella martiana en Varona.Sobre “Mart en los Estados Unidos”No obstante la “breve y circunstancial” –como la califica el historiador Fernando Portuondo– relacin personal entre Mart y Varona,20 el inters y admiracin que senta este por el Apstol le permiti captar su peculiar ubicacin en relacin a los Estados Unidos, aun cuando la interpretacin varoniana no pueda salirse de los marcos de su enfoque liberal admirativo del desarrollo capitalista de ese pas. Al publicarse la obra titulada En los Estados Unidos con trabajos de Mart por Gonzalo de Quesada y Arstegui en 1902,21 Varona enjuicia positivamente en el artculo “Mart en los Estados Unidos”,

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90escrito el 24 de agosto de ese ao y publicado el siguiente 7 de septiembre en la revista El Fgaro, las crnicas martianas sobre ese pas all reproducidas, interpretando que su autor no poda dejar de sentirse subyugado por la sociedad norteamericana, que a su entender encarnaba el ideal al que se deba aspirar, pero que […] la repulsin tnica, a pesar de su gran superioridad mental, lo domina y lo esclaviza. Por eso no hay pormenor chocante que se le escape, por mucho esplendor que tenga el cuadro, ni hombre a quien no encuentre el esguince, por donde el rostro toma aspecto de caricatura. Mart admiraba a la democracia, que aplicaba tan felizmente ante sus ojos las teoras que le eran ms caras, pero no la amaba. Todo su amor iba desbordado hacia los pueblos del Sur, hacia lo que l llamaba, con mimo espontneo, nuestra Amrica. No penetra en las agudas crticas de Mart a la democracia norteamericana, aunque s se percata de que su amor era para lo que llamaba “nuestra Amrica” y acierta cuando plantea que: “Captulo muy importante de la historia de Cuba escribira el que pudiera poner en claro. Con exactitud histrica, el modo con que apreciaba Mart el papel de los Estados Unidos en la revolucin que predicaba y preparaba […]”.22Es decir, Varona capt la crtica martiana a la sociedad norteamericana donde vivi, slo que no pudo explicrsela correctamente, porque su propia concepcin liberal lo limitaba y se lo impeda.“Mis recuerdos de Mart”Dicho artculo de Varona de 1905, ya citado antes por su carcter testimonial sobre el Apstol, concluye con muestras de la aoranza varoniana por Mart: “No he vuelto a ver a Mart, sino ahora, sobre su blanco pedestal de mrmol, glorioso desaparecido que ha entrado en la inmortalidad. No s si ser un sentimiento egosta; pero ms quisiera que su mano extendida an pudiera calentar la ma; y que su ancha frente de iluminado pudiera todava inclinarse sobre Cuba, para dar calor a su alma con las chispas de su noble pensamiento”.23En diciembre de 1930, tres aos antes de morir, en una encuesta que le hacen sobre Mart, dira “[…] que fue grande por su talento y grande por el corazn”.24ConclusionesDos elementos permiten afirmar que Mart contribuy a la evolucin hacia el independentismo de Varona: el extraordinario impacto que la personalidad del primero caus en el segundo, es uno, y el otro, el reconocimiento que el Apstol hace de la labor cientfico-intelectual y literaria de Varona, desde que este militaba en el autonomismo. Sin desconocer que Mart y Varona se identificaron por su amor a Cuba y a su liberacin nacional, hay que reconocer que entre ellos existieron entre otros, algunas diferencias de ndole poltica a causa de sus diversas experiencias vitales y formacin. Mart es un dirigente revolucionario radical a fines del siglo XIX, con una concepcin antimperialista, que rompe con la ideologa liberal y con simpatas por las luchas obreras, mientras que Varo-

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91na es un intelectual reformista liberal que no alcanzar las posiciones anteriores, sino al final de su vida, dcadas despus. Notas1 Varona, Enrique Jos. Mis recuerdos de Mart. El Fgaro (La Habana) 112; 5 mar. 1905.2 _______. “Carta al sr. Arturo R. de Carricarte. Sin fecha”. En Crtica Literaria. Enrique Jos Varona. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979. p. 534.3 Mart, Jos. “Epistolario”. En Obras completas. La Habana: Editora Nacional de Cuba, 1965. t. 20, p. 290.4 _______. Ibdem, p. 298.5 _______. Ibdem, p. 330.6 Varona, Enrique Jos. “El poeta annimo de Polonia”. En: Artculos y discursos. Habana: Imprenta de A. lvarez, 1891. p. 72.7 Mart, Jos. “El poeta annimo de Polonia. Por E. J. Varona”. En Op. cit. (3). t. 5, p. 116.8 _______. Ibdem, t. 20, p. 342.9 _______. dem, p. 346.10 Varona, E. J. Op. cit. (1). p. 114.11 _______. dem, p. 113.12 Mart, J. “Seis conferencias”. Op. cit. (3). t. 5, p. 119.13 Varona, E. J. Op. cit. (1). p. 114.14 Cabrera, Olga. “Una interpretacin de la vida y el pensamiento de Enrique Jos Varona. Apndice”. En Op. cit. (2). p. 545.15 Meza, Josefina. La obra poltico-social de Enrique Jos Varona. Poltica y Sociedad. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1999. p. 3.16 Varona, Enrique Jos. Mart y su obra poltica., 14 de marzo de 1896. Discurso en De la colonia a la Repblica. En De la colonia a la repblica. La Habana: Editora Cuba Contempornea, 1919. La Habana, 1919. p. 83.17 Roa, Ral. “Enrique Jos Varona en su centenario”. En Retorno a la alborada. Santa Clara: Universidad Central de Las Villas, 1964. t. 2, p. 66.18 Vitier, Medardo. Homenaje a Enrique Jos Varona en el cincuentenario de su primera leccin de Filosofa (1880-1930). La Habana, 1935. p. 558.19 Varona, Enrique Jos. “Primer aniversario. Patria, mayo 20 de 1896”. En Artculos. La Habana: Publicaciones del Ministerio de Educacin, 1951.20 Portuondo, Fernando. “Mart y sus amigos Cecilio Acosta y Enrique Jose Varona”. En Estudios de Historia de Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973. p. 233.21 Mart, Jos. En los Estados Unidos / Publicado por Gonzalo de Quesada y Arstegui. Imprenta de la Gaceta de la Habana, 1922. t. 3.22 Varona, Enrique Jos. Mart en los Estados Unidos El Fgaro (La Habana) 412; 7 sept. 1902.23 Varona, E. J. Op. cit. (1). p. 114.24 _______. “Respuestas a un cuestionario sobre Mart”. En Op. cit. (2). p. 535.

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92 E nrique Jos Varona (1949-1933), cuyo 160 aniversario de su natalicio conmemoramos en el 2009, es una de las figuras ms entraables en cuanto a lo que a formacin de la nacin cubana y a consolidacin de su conciencia se refiere. Intelectual de anchsimo espectro, reconocido y venerado como filsofo, pedagogo, gua de juventudes e imagen de lo ms selecto de nuestra conciencia nacional en momentos claves de nuestra historia, cultiv tambin con acierto el texto literario. Lo ms excepcional del pensamiento cubano de todas las pocas se ha pronunciado con respeto y veneracin respecto a la obra de Varona, para los cuales esta ha conservado y probablemente elevado en muchos casos vigencia y alcance. Jos Mara Chacn y Calvo lo conceptu como: “[…] un cubano egregio que perteneci al linaje de los fundadores”. Y ngel Augier subrayara en 1949: “[…] su vigorosa influencia en la liberacin del pensamiento hispanoamericano de las ataduras teolgicas e idealistas –siguiendo la corriente racionalista y cientfica de nuestros fundadores, Caballero y Varela–, y su apostolado de las esencias sociales predominantes en la creacin literaria y artstica”. Y Luis A. Baralt destaca en l al “Hombre avisadsimo en cuestiones literarias y artsticas, daba a las artes una primordial importancia en el conjunto de la vida del hombre en sociedad”.1Sobre la influencia ejercida dentro de la repblica neocolonial, ha sealado Ral Roa en El fuego de la semilla en el surco: “Sepultados el pensamiento revolucionario y la letra innovadora de Mart bajo la profusa hojarasca de sus panegiristas de aniversario, Varona y Sanguily, aunque absorbidos por sus deberes pblicos, conservan la rectora intelectual ganada con su obra pretrita, acrecida ahora moralmente por sus patriticos consejos, advertencias y reconvenciones”.2Y ms adelante dir, refirindose a la significacin que alcanza su ejemplo entre la joven intelectualidad cubana de las primeras dcadas del siglo XX: “[…] a Sanguily y a Varona los exhiben como modelos de escritura ancilar, patriotismo integrrimos y tica pblica. Eran sus mentores cvicos”.3En los albores de la dcada del 80 del pasado siglo, afirmar la estudiosa cubana Olga Cabrera, compiladora de sus artculos literarios: “Concibi el periodismo y el magisterio como los mejores Enrique Jos Varona: una aproximacin a su obra literaria Gerardo C. Garca BarcelProfesor de la Universidad de Ciencias Pedaggicas Enrique Jos Varona

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93vehculos para lograr la ascensin de su pueblo, para hacerlo grande, superior. Debe recordarse el papel que destinaba a la educacin y a la cultura. Hacer ciudadanos que acten como una fuerza sobre los gobiernos”.4Todos estos criterios avalan la importancia dentro del proyecto de nuestra nacin de Enrique Jos Varona y su obra, como uno de nuestros padres fundadores, heredero de la mejor tradicin cultural, educativa, social y poltica cubana. Por ello, con este trabajo se ha pretendido una relectura desde la actualidad del texto varoniano con la cual se privilegie su relevancia y valores, a partir del anlisis de ejemplos seleccionados, representativos de un discurso literario que constituye complemento cultural ineludible de su figura.Varona, su obra potica y el romanticismo literarioEl aporte cubano al romanticismo literario, momento cultural que naci unido a la idea de la libertad, al surgimiento de nuestras repblicas y a la bsqueda de las claves para desentraar las esencias de nuestro paisaje, no son nada despreciables. Nuestra patria vio nacer al primero de los romnticos latinoamericanos en la persona excepcional del poeta Jos Mara Heredia, aquel que elev a categora de smbolo de nuestra nacionalidad a la palma y cant como nadie la naturaleza desatada en sus fuerzas elementales en su poema dedicado al “Nigara”. Heredia inscribi en el imaginario de ese movimiento el inicial acercamiento, en el mbito de la lengua, a nuestro mundo desde esa esttica. Posteriormente, vern nuestras tierras florecer un singular y pujante momento literario representado por voces de elevadsima calidad, no slo desde el mbito insular, sino incluso desde el continente, y que coincidir con las cristalizaciones de los ideales independentistas formulados por Varela, Luz y Caballero, Vicente Antonio de Castro, los prceres del 68 y que conseguirn su ms elevada concrecin en la labor y prdica de Nuestro Hroe Nacional Jos Mart. Al acercarnos al asunto referido a los intentos de clasificacin generacional dentro del romanticismo en Cuba, existe consenso entre nuestros estudiosos en lo relativo al reconocimiento de dos promociones dentro del movimiento. En la segunda, caracterizada por el intento de rectificar imperfecciones y descuidos dentro de este momento literario y proponerse alcanzar una expresin ms sosegada y libre de excesos, denominada “reaccin del buen gusto”, capitaneada por Rafael Mara de Mendive, excelente poeta cuya labor creativa ha quedado opacada por el hecho trascendental de haber sido el entraable maestro de Jos Mart, encontrara su espacio la obra del Enrique Jos Varona. No parecen subsistir dudas en cuanto al planteo anterior por parte de nuestra crtica. No obstante, en este intento de redimensionamiento que se propone nuestro trabajo consideramos que los argumentos esgrimidos por Emilio Carilla en su ensayo titulado “El Romanticismo en la Amrica hispana” aportan otras perspectivas nada des preciables sobre este momento literario, que permiten llegar a conceptuaciones ms slidas sobre el asunto que nos ocupa.

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94Reconoce este autor la existencia de tres generaciones, tomando como referente el ao de nacimiento: la primera, que contempla los nacidos entre 1800 y 1825, es decir, la de los iniciadores; la segunda, con los nacidos entre 1825 y 1850, y una tercera, donde ubica a los nacidos en torno a 1850.5En el tercer grupo, Carilla coloca a Varona y seala que dicha promocin se funde, a fines de siglo con un modernismo entraable, polmico, para los cubanos que –curiosamente– no desech todo lo del movimiento antecesor, sino que conserv de este lo que tena de elegante, despojado de excesos.6Por lo tanto, la generacin en la que se ubica a este autor muestra lmites menos visibles, caracteres romnticos diluidos e, incluso, hay momentos donde se superponen el movimiento que termina con el que comienza: un modernismo que ser el encargado de alcanzar la independencia intelectual, postulada por Andrs Bello como emergencia ineludible, que complementara la poltica. No debemos minimizar la importancia de las tres primeras dcadas de la vida del intelectual camageyano, dedicadas a estudios filolgicos y de literatura comparada, as como al cultivo de la poesa, y esto, unido a la slida cultura humanista que le acompaa, sern aspectos que no escapan a la mirada avizora de Salvador Bueno en Figuras cubanas.7Adentrmonos en el anlisis a partir del artculo periodstico, que en Varona se convierte en todo un paradigma de correccin, buen gusto y modernidad. Resulta muy curiosa la predileccin del autor por esta tipologa textual caracterizada, en su caso, por una brevedad capaz de no dejar cabos sueltos y de transmitir ideas de tal magnitud y profundidad, muchas de las cuales conservan su actualidad. Aparecieron en las revistas de la poca y fueron recogidos, sobre todo, en Desde mi belvedere (1907) y en Violetas y ortigas (1917). La comisin que reedit en La Habana en 1938 Violetas y ortigas afirm que lo hacan “[…] conservando el mismo nmero de artculos y el orden de la edicin de 1917”, para ms adelante sealar: “El artculo, como tipo de composicin en prosa, se eleva en Varona a verdadera categora literaria […], prefera el reducido marco del artculo para sus juicios”.8Veamos algunos ejemplos capaces de corroborar la opinin anterior. En el trabajo titulado “El peridico moderno”, aparecido entre las pginas 29 y 33 se expresan algunas ideas que parecen no haber perdido vigencia hasta hoy. Dice: “Hoy la opinin pblica se hace or en todas partes […]. Las transformaciones del peridico corresponden a los cambios del valor y la importancia de la opinin”.9Sobre dicha publicacin peridica apunta: “[…] se adapta a las necesidades que llena y para adaptarse se transforma”. Y contina: “Lo que caracteriza al verdadero peridico moderno es la amplitud de sus informes, que se extienden desde lo ms trivial hasta lo ms singular y extraordinario […]. Su propsito es fotografiar la sociedad, y su deber la exactitud del parecido”.10Destaca adems la importancia del cultivo de un periodismo dirigido a satisfacer intereses del lector con veracidad

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95y amplitud, dentro de una modernidad en su concepcin que dialoga con las tendencias ms representativas de la prensa en su momento y que hasta hoy conservan su vigencia. El 9 de mayo de 1905, con motivo de la celebracin de los 300 aos de la publicacin de la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publica “Cmo debe leerse El Quijote”, que muy bien podra tomarse como modelo para una lectura moderna y esclarecedora de este texto de Miguel de Cervantes, donde comienza refirindose a los encuentros diferentes que realiz con la novela a lo largo de su vida, y formula una enunciacin de claridad meridiana: “[…] la mejor manera de honrar al autor del ‘Quijote’ sea, no aumentar la secta de los cervantistas, sino acrecer el nmero de los lectores de Cervantes”,11 idea que consideramos que mantiene toda su validez, cuando hoy los profesores, junto a la sociedad toda, intentamos, por las ms diversas vas, la recuperacin de los hbitos lectores de los estudiantes, a la vez que privilegia una idea esencial: nada supera la experiencia de la lectura de la obra que, como todos sabemos, cambia su recepcin y se enriquece con el paso de los aos. Ms adelante destaca una de las cualidades que lo impactan del relato, al referirse a la llaneza de la novela. En fin, privilegia la lectura sincera, el disfrute del mundo de prodigios de cada captulo, lo cual permite recordar la obra con emocin, sin olvidar la fina tristeza que la atraviesa por todas partes. En 1905 se publica Desde mi belvedere (reeditado en 1917 y 1938), que tambin recoge trabajos periodsticos. La primera edicin posee un prefacio, “Para disculparme”, donde plantea consideraciones muy interesantes sobre la quiebra de lo objetivo y expone una formulacin que realmente habla de sus personales concepciones estticas al decir: “Todo libro es una confesin”. Los 57 pequeos textos se dirigen a fijar algn aspecto importante de la vida o del espritu de un hombre que, por momentos, no puede sustraerse del influjo ejercido sobre l por la naturaleza desatada en sus fuerzas elementales o en su inmensidad. Recorren un espectro variadsimo, que contempla desde lo universal hasta lo cubano, desde Dreifus, un caso que son tanto y sobre el cual se escribi mucho en la poca, hasta el poeta Heredia y el 10 de Octubre, entre otros temas. Una curiosidad. Entre los firmantes de la nota editorial de la edicin de 1938 se encuentran algunos de los representantes ms significativos de la intelectualidad republicana como Fernando Ortiz, Medardo Vitier, Emeterio S. Santovenia, Roberto Agramonte y Fermn Peraza. Entre los numerosos trabajos que conservan su vigencia nos referiremos, adems, a dos en particular, aparecidos durante la intervencin norteamericana en nuestras tierras y que muestran el alcance del pensamiento de Varona, incluso dentro de la comprometida situacin de nuestra patria en esos momentos. En “Educacin popular” (junio de 1899), reflexiona sobre un proyecto de educacin para Cuba total y progresivo, que debern emprender los gobiernos desde arriba y donde coloca en un primer lugar al maestro concebido

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96como un gua, como aquel que ha explorado ms y descubierto ms amplios horizontes. La modernidad y validez de sus planteos son hoy evidentes. En el otro, “A barrer” (mayo de 1899), en una cuerda muy cercana al costumbrismo romntico que tanta importancia tuvo entre nosotros por sus preocupaciones sobre la manera de ser del cubano, Varona parte de un proverbio chino, que expresa: “Si cada cual barriera delante de su puerta, las calles estaran limpias”, y reflexiona sobre la necesidad de la construccin progresiva y futura de un alma nueva para el cubano del maana, elaborada necesariamente por nosotros mismos. En este examen de conciencia que postula y realiza el autor invita a “[…] cada cual escobar los rezagos del rgimen anterior […]”.12De mltiples y diferentes maneras, que denotan la riqueza de su mirada, abord Varona la diversidad temtica en sus textos, siempre construidos desde una mirada indagadora y con la profundidad y responsabilidad del intelectual comprometido con el “mejoramiento humano”, al decir de Mart, y con la conformacin de un hombre y una sociedad superiores con los cuales se siente comprometido. De qu otra manera entender el acercamiento a Heredia que incluye en este libro? Tras un balance inicial del siglo transcurrido desde el nacimiento del poeta hasta el momento en que escribe el texto (diciembre de 1903), en brevsimos trazos consigue conformar un panorama perfecto de los males y tragedias soportados por la nacin y que el coloniaje espaol nos legara. Ante la pobreza, la desconfianza y el temor al futuro que acompaan al cubano, Varona nos coloca ante un reto: reanimar y salvar a Cuba. Destaca, entonces, la concepcin de la libertad de la patria en el texto herediano como obra de saneamiento moral, a tono con sus ideas y actuacin. Dir sobre nuestro poeta del Nigara: “Cant en lenguaje no odo hasta entonces en Cuba cuanto hay de tierno y bello en los sentimientos humanos, cuanto hay de grandioso en la naturaleza, cuanto hay de sublime en las obras y el espritu del hombre. Y sus versos armoniosos volaron por todo el pas, como enjambre de ideas fulgurantes, que iban a punzar las almas dormidas y a llenar con imperecedero susurro las conciencias”.13La originalidad, agudeza, cubana, el dominio del oficio periodstico, la conformacin de un artculo de evidente alcance esttico caracterizan, de manera general, un paradigma construido por el camageyano sobre los cimientos de una cultura general slida y abierta a las ms amplias consideraciones. En un texto excepcional publicado en 1951, cuando Ral Roa era secretario de Cultura, titulado Homenaje a Varona, que recoga trabajos escritos con motivo del centenario de su natalicio, as como criterios sobre su obra formulados en diversos momentos, aparece el trabajo “Varona en la historia literaria de Cuba”, del profesor Raimundo Lazo, quien afirma: “[...] fue un hombre de su tiempo, y pudo serlo muy cabalmente porque el siglo XIX fue el mejor marco histrico para un espritu como el suyo, tolerante y crtico a la vez”.14

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97Rumbo al poema de Varona: una propuesta actual de relectura y redimensionamientoDe los numerosos ejemplos seleccionados para conformar la antologa que Alberto Rocasolano publicara en 1983, integrada por cerca de 150 poemas, nos referiremos a algunos por su singularidad, dentro de un canon romntico liberado de excesos, como ya definimos anteriormente, cargados de un alto grado de intuicin y conquistas expresivas, que imponen una necesaria y justa revalorizacin. En Poesas escogidas, con textos escritos entre 1872 y 1875, encontramos el poema titulado “Amor”, realizado cuando el autor contaba 24 aos. Lo primero que llama la atencin es la utilizacin de la lira irregular como estrofa, con versos endecaslabos y heptaslabos, con rima aconsonantada y frmula ABAb. A lo largo de nueve de ellas, indaga en lo que pudiera denominarse la fisiologa del amor, cuando para destacar las manifestaciones visibles de este sentimiento utiliza interrogaciones retricas, como en el caso de la segunda estrofa: La faz inclinas y sonriendo [gimes? Qu susurros aguardas, qu [cancin? Detienes el andar? El pecho [oprimes? Palpita el corazn? Pero, adems, encontramos otros tpicos romnticos presentes, el cannico de la mujer-ngel, cuando concepta a Julia como virgen, el amor como va de conocimiento de la realidad y la naturaleza desatada tpicamente romntica concebida muy al gusto de la poca, en consonancia con el alma del poeta, como puede apreciarse en la estrofa que expresa: Oye, Natura, esplndida bacante, Acompaa al unsono mi voz, No sientes ese soplo [deslumbrante Meteoro veloz?15Esa identificacin entre el alma y la naturaleza desatada, tan cara a los romnticos la consigue Varona en la penltima estrofa, cuando expresa una conceptuacin del amor como fuerza arrasadora, muy personal: El filtro que se infunde en sus [entraas, Que da al volcn su aliento [abrasador, Que arranca de su asiento las [montaas, Virgen, es el amor.16Dir finalmente a la amada: “T vives de lo que amas./ Y yo… de lo que am”. El amor ha terminado con la ruptura de la pareja, muy a tono con el paradigma del amor romntico imposible. Un poema como este puede servir para ilustrar la conceptuacin del texto lrico que impuso el romanticismo en su poca y que, todava hoy, el paso del tiempo no ha podido privar de las preferencias del lector. Qu apuntar a favor de su autor?: la sobriedad de una expresin, conseguida salvando estridencias gastadas a favor de una manera de decir serena, mesurada, muy personal, en fin, la construccin de un texto muy bien escrito.

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98Otro ejemplo de inters lo constituye “La dama blanca” (1877), y que pertenece a lo denominado como segunda parte de sus Poesas, donde se recogen textos escritos entre 1875 y 1878. Refiere el poema una tradicin bayamesa, la de la dama referida con anterioridad. Como todos sabemos, ese asunto de las leyendas fue de la predileccin de los romnticos en la poca y hemos visto que ellas han tributado a los ms diversos momentos histricos. Como si esto fuera poco, no resulta ocioso recordar que dentro del movimiento se crea la forma genrica denominada “tradicin” por el peruano Ricardo Palma y la cual contemplaba la presentacin, en prosa, de una historia con ciertas dosis de ficcin, provenientes, a veces, del imaginario popular. En Cuba, seran muy reconocidas las escritas por lvaro de la Iglesia. En el caso de Varona, este asume otro molde, el lrico, para expresar la historia dividida en tres partes perfectamente delimitadas. La primera nos presenta a una guajira virginal, nombrada Rosario, nia devenida mujer por el amor, nos aclara el poeta, que la sita en un espacio cubano: Rosario, guajira bella De las floridas sabanas Por donde el Cauto sereno Y anchuroso se dilata;17Al construir ese primer espacio para la naturaleza, el autor elige el paisaje rural cubano, tpico para situar su historia, pero libre de estridencias y, aunque sin dudas resulta idealizado, se destaca por su estilizacin en muy pocos rasgos. En la segunda parte se refiere la leyenda, motivo como ya expresamos de la predileccin romntica. Retoma el campo cubano en sus elementos esenciales definidores: la palma, smbolo de nacionalidad, a la que Heredia dio carta de identidad, y el ro. Aqu introduce otro tpico muy del gusto de ellos: lo extico, al referirse a la cultura rabe en el canto de la dama blanca, el cual relata las recompensas maravillosas que dispensar a quien obtenga sus favores. La tercera nos presenta la historia del amado, muerto ahogado persiguiendo una ilusin. De nuevo el amor romntico interrumpido por la muerte que, a la vez, nos recuerda al protagonista de la leyenda de Gustavo Adolfo Bcquer que busca la ilusin del rayo de luna; textos entre los que se podra establecer un dilogo intertextual enriquecedor. Sin lugar a dudas, la historia hermosa de la dama blanca est muy bien expresada y realza su valor la presentacin de un paisaje cubano que contempla lo guajiro, la noche de luna, nuestro ro ms extenso visto como corriente rpida, espumosa franja; nuestra flora: palmas, yagrumas, jcaros; nuestra fauna: garzas, entre otros elementos de la naturaleza insular. Formalmente, el metro elegido es el sonoro octoslabo, utilizado en nuestra msica popular campesina, agrupado en estrofas de cuatro versos, donde los impares quedan libres y los pares riman en asonancia. Con semejante combinacin, el poeta consigue una musicalidad sugerente y grata al odo. Tambin en otra cuerda se mueve Varona, a quien nos lo presentan como poeta de mucho oficio y recursos inesperados. En el poema “XXVII”,

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99perteneciente a “Gotas de roco”, dice: “Con la estacin vernal vuelven las flores/ Mas no vuelven al alma sus amores”.18Si bien sigue indagando en el tpico del amor perdido romntico que no vuelve, por la concentracin, la expresin conceptual, la brevedad, desde su estructura de pareados monorrimos endecaslabos, nos recuerda el antipoema parriano posterior que, como sabemos, tiene su antecedente en la poesa del espaol Campoamor. El crtico cubano Alberto Rocasolano, autor del prlogo a Poesas escogidas de Enrique Jos Varona, publicadas por la editorial Le tras Cubanas, haba establecido ya aqu importantes recurrencias entre la obra del cubano y la del asturiano, sobre todo en la construccin de un poema breve, de marcado conceptualismo en el lenguaje. Y, por supuesto, no olvida recordarnos que este ha sido considerado por la crtica el primer antipoeta de la lengua.19Por ltimo, queremos referirnos a un texto que pertenece a Paisajes cubanos, titulado “Bajo la capa del cielo”, escrito en 1875. Los motivos que nos llevan a valorarlo son de naturaleza diferente a los anteriores. El texto nos habla de un joven llamado Arturo de Guzmn, que ha sido “educado fuera” (expresin que evidentemente dialoga con nuestros escritores costumbristas del siglo XIX, los cuales albergaron sus preocupaciones y reservas sobre esta instruccin, como lo muestran numerosos artculos periodsticos de la poca), que lleva una vida disipada, ha viajado por Europa y vive rodeado de aduladores de su fama. Regresa a Cuba a disfrutar de la herencia que recibe a la muerte del padre. Escptico, al final del poema intentar poseer a una joven esclava, que temerosa del amo acudir a su benevolencia para evitar la posesin: Sin medios de evadirse, Cual acosado cervatillo La faz candente al suelo, Sintindose a la par como [azotada Por rfaga de hielo […].20La concepcin de Arturo de Guzmn como ese aristcrata contradictorio y banal recuerda una formulacin posterior, realizada por el poeta espaol Antonio Machado, en “El pasado efmero”, donde construye la imagen del terrateniente venido a menos econmicamente, tpico del fin de siglo espaol post desastre del 98. Es evidente la posibilidad de dilogo entre ambos textos, muestras de las preocupaciones de los autores por el futuro y sus indagaciones en la sociedad. Varona presenta a Guzmn, desde el inicio, como personaje contradictorio, tpico de lo romntico. Ya desde la primera estrofa, en el ltimo verso, advierte: “Ama la libertad y tiene esclavos”. Se destacan, asimismo, las referencias al paisaje cubano. En la imagen del atardecer en nuestros campos resulta innegable que el poeta alcanza expresiones poticas logradas, por ejemplo al conceptuar al trueno lejano como “Adis de la violenta turbonada”, dentro de un tratamiento de la tormenta como naturaleza desatada, evidentemente muy mesurado. Tambin sirve la naturaleza para comparar el recelo y el temor que provoca en la joven y bella esclava, cuando la contrasta con una torcaza,

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100al refugiarse en el jardn, tratando de evitar al amo. Utiliza en su estructura la silva, estrofa aconsonantada de diferente nmero de versos, endecaslabos y heptaslabos, muy del gusto de los poetas cultos, que haba sido introducida por el bardo renacentista espaol Garcilaso de la Vega en el siglo XVI. En un trabajo titulado “La poesa de D. Enrique Jos Varona”, aparecido en el Diario de la Marina en 1949, Jos Mara Chacn y Calvo reconoce la injusticia del olvido notorio al que se ha sometido su obra potica. Un poco antes se ha interrogado: “Fue la poesa de Varona un mero ejercicio literario, un divertimento de humanista? Responda, por el contrario, a una profunda actitud de espritu? Creo, sin vacilar, en esta segunda interpretacin”,21 postura que entendemos, conserva su vigencia hasta hoy.ConclusionesEl periodismo de Varona, dentro de su proyeccin cultural, participa de un magisterio que el autor despleg a lo largo de su vida y muestra concepciones modernas y renovadoras sobre el contenido de los diarios, la concepcin de la lectura como disfrute y sus preocupaciones sobre la construccin de la nacionalidad, elementos que mantienen su actualidad hasta hoy. Consideramos que la expresin serena y mesurada, as como el dominio de los mltiples recursos utilizados por Varona merecen una relectura actual, por la formulacin de un proyecto de modernidad cultural concretado en los valores acadmicos, tico-humansticos, de cubana, que acompaan la calidad de sus artculos y permiten arribar a una justa revalorizacin de textos de una expresin potica que hoy da parece un tanto olvidada, pero no exenta de mritos. Se muestra al autor como poeta, dueo de un slido oficio y mltiples recursos, que alcanza logros expresivos muy encomiables y da un espacio personal a la naturaleza cubana concebida desde sus aspectos ms tpicos y estilizados. Notas1 Homenaje a Enrique Jos Varona en el centenario de su natalicio. La Habana: Direccin de Cultura, 1951. 2 t.2 Roa, Ral. El fuego de la semilla en el surco La Habana: Letras Cubanas, 1982. p. 51.3 Ibdem, p. 65.4 Varona, Enrique Jos. Crtica literaria La Habana: Letras Cubanas, 1979. p. 10.5 Llaudy, E. e Ins Mara Izquierdo. Literatura hispanoamericana. Seleccin de lecturas. La Habana: Editorial Libros para la Educacin, 1979.6 Ibdem, pp. 167-168.7 Bueno, Salvador. Figuras cubanas La Habana: Comisin Nacional Cubana de la UNESCO, 1964. p. 87.8 Varona, Enrique Jos. Violetas y ortigas. La Habana: Cultural S.A., 1938. p. 5.9 Ibdem, p. 3.10 Ibdem, pp. 30-31.11 Ibdem, p. 248.12 _______. Desde mi belvedere. La Habana: Editorial Trpico, 1938. p. 74.13 Ibdem, p. 165.14 Homenaje a Enrique Jos Varona… Op. cit. (1). p. 231.15 Varona, Enrique Jos. Poesas escogidas. La Habana: Letras Cubanas, 1983. p. 73.16 Ibdem, p. 74.17 Ibdem, p. 102.

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10118 Ibdem, p. 143.19 Ibdem, p. 27.20 Ibdem, p. 113.21 Homenaje a Enrique Jos Varona… Op. cit. (1). p. 15.Otra bibliografa ARCOS, JORGE L., Y OTROS. Historia de la literatura cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2005. MARTNEZ, M. Y OTROS. Temas de teora de la literatura. La Habana: Editorial Pueblo y Educacin, 1989.

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102 E n la historia de Cuba, la moral ha jugado un papel decisivo en el desarrollo de acontecimientos que han representado verdaderos hitos de la vida nacional. Desde los albores de la nacionalidad cubana hasta la lucha por la edificacin del socialismo, las fuerzas progresistas han sido movidas por intereses que tienen una relacin estrecha con ansias de perfeccionamiento social y humano. La bsqueda del bienestar de la patria, el establecimiento de un mundo humano donde la persona pueda desenvolver todas sus potencialidades, en fin, la motivacin moral ha guiado la actuacin de nuestras vanguardias revolucionarias. Para comprender la esencia de esa moralidad revolucionaria, uno de los tesoros ms preciados de nuestro pasado y nuestro presente, resulta muy importante conocer el pensamiento tico de las figuras cimeras de la patria. Ese ideario moral de las grandes personalidades nacionales se ha convertido en una poderosa fuerza que ha impulsado nuestra creacin histrica. Y esto ha podido ser as, porque una constante en las concepciones ticas de nuestras individualidades descollantes ha sido el humanismo, el patriotismo y la solidaridad con otros pueblos, es decir, la primaca de los intereses sociales en relacin con los intereses personales. En su lucha por un destino mejor,* Ponencia presentada en el evento Varona y Ortiz en el torrente de ideas, efectuado en abril del 2009 en el Centro Hispanoamericano de Cultura, La Habana. El pensamiento tico de Varona. Del naturalismo tico a la eticidad revolucionaria* Armando Chvez AntnezProfesor de la Universidad de La Habana Dr. Enrique Jos Varona. "leo del natural por Valderrama

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103las fuerzas morales han sido la principal reserva del pueblo cubano y el pensamiento tico de los grandes hombres ha devenido el cimiento, el motor y la expresin ms elevada de la moralidad revolucionaria. El conocimiento del pensamiento tico cubano, a travs de sus exponentes ms relevantes, resulta necesario para entender el fundamento de nuestros avances revolucionarios. Guiar nuestra conducta a partir de los principios morales que ellos propulsaron y concretaron en la prctica, constituye un punto de referencia insuperable que nos permitir sostener una actitud de vanguardia en el quehacer cotidiano. En el desarrollo histrico de la moralidad nacional sobresale por mritos propios y por su calidad de iniciador Enrique Jos Varona (1849-1933), quien fue portador de un pensamiento tico de gran aliento terico y, a la vez, hombre de su tiempo, cuya conducta moral fue ejemplar. Por eso, el estudio de la eticidad varoniana deviene deber y necesidad. Deber porque significa desentraar un pensamiento tico de verdadera vala que corresponde a la de los fundadores de la patria; necesidad, ya que la tica preconizada por Varona, por pertenecer al fondo de oro de la moralidad cubana, vertebra con nuestras aspiraciones actuales de formar una personalidad caracterizada por una conciencia moral superior. Si quisiramos expresar con breves palabras la esencia de su periplo vital diramos que fue un escultor de hombres, un forjador de conciencias. Para llevar a cabo su misin concientizadora se vali de la educacin como medio y de la moral como va. Por esta razn, el conocimiento del pensamiento tico varoniano resulta un punto de referencia obligado para comprender sus indiscutibles aportes a la formacin de una conciencia patritica cubana. El pensamiento tico de Varona sobre todo sus interpretaciones acerca del fenmeno moral se conforma inicialmente bajo la influencia del naturalismo, en particular por los descubrimientos de Charles Darwin y los trabajos de H. Spencer. En esa etapa, las concepciones ticas varonianas aparecen sistematizadas en la tercera parte de sus Conferencias filosficas de 1882. Bajo el nombre de Moral, nuestro pensador explicita sus criterios ticos. Su punto de partida consiste en considerarla como un objeto de estudio que debe ser abordado con rigor cientfico. En este sentido escribe: “[…] el estudio de la moral no ser para nosotros materia de apasionadas discusiones, ni pretexto para tiradas sentimentales, sino un nuevo e interesante objeto de anlisis, en que procederemos, en cuanto sea posible, a la manera de los naturalistas; estudindolo todo sin prejuicios ni teoras preconcebidas”.1Enrique Jos Varona, en sus primeros trabajos de proyeccin tica, considera que el mundo moral es una prolongacin de fenmenos similares a los que se dan en el mbito de los comportamientos zoolgicos. El evolucionismo spenceriano y el darwinismo social constituyen las bases terico-metodolgicas a partir de las cuales nuestro filsofo interpreta y explica el quehacer humano en general, y el fenmeno moral en particular.

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104Funda mentando su punto de vista, Varona expone que […] la gran ley que rige la vida de las sociedades como la de todos los organismos es una evolucin incesante, o sea, una adaptacin continuada a las circunstancias externas, merced a la transmisin hereditaria de los caracteres tiles, adquiridos por variaciones y modificaciones lentas en el curso de la existencia individual y colectiva, siendo esta ley una ley social, y la primera de todas, la formacin de los sentimientos morales tiene que entrar de lleno bajo su dependencia.2Por las limitaciones que el evolucionismo impone a sus concepciones ticas, Varona argumenta la existencia de conductas morales en los animales y llega a establecer similitudes entre manifestaciones instintivas en el mundo animal y comportamientos morales en el mbito humano. En este sentido expresa que “[…] tan pronto como la asociacin por familias se ha presentado en la forma de un hecho constante, en determinadas especies encontramos que ha surgido el respeto a la vida animal semejante que ayuda a la funcin reproductiva, comienza la simpata y los actos adquieren un carcter manifiestamente moral”.3En el despegue del pensamiento tico varoniano, los conceptos de adaptacin al medio, y la lucha por la existencia, herencia y variabilidad constituyen claves fundamentales para comprender y explicar la moral como fenmeno humano. La vida social, en su criterio, no es ms que una expresin de lucha por la existencia, y la moralidad el vehculo ms idneo para lograr la adaptacin al medio y, por ende, una existencia digna de la condicin humana. Nuestro pensador explica este punto de vista cuando expresa: Ahora bien, si segn el supuesto se han fortalecido los sentimientos e ideas en consonancia con el estado social, es claro que el individuo en cuestin se encuentra en las mejores condiciones para vencer las dificultades de la lucha por la existencia, prolongar su vida y reproducirse en una sucesin numerosa a la que puede transmitir, en todo o en parte, los caracteres heredados y adquiridos, y a la que puede colocar as en mejores condiciones de existencia. Es decir, el individuo adquiere, por el ejercicio y por la transmisin, prctica, y robustece sentimientos de un orden que lo hacen singularmente apto para la vida social: estos son los sentimientos morales.4En consonancia con su filiacin evolucionista, Enrique Jos Varona, en los comienzos de la dcada del 80 del siglo XIX, se pronunciaba en contra de la lucha de clases y moralmente la calificaba como una manifestacin de egosmo. Se muestra contrario a toda transformacin violenta en el seno de la sociedad y propugna la colaboracin entre las clases. “Lo que se ha llamado el espritu de clase –expresaba Varona– no ha sido ms que un egosmo colectivo de determinadas partes de un cuerpo social, enfrente del resto y en antagonismo permanente. El resultado ha sido siempre una serie de conmociones ms o menos profundas que han alterado, desviado o anulado el proceso de los organismos en que ha tenido lugar”.5

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105En esta etapa, Varona concibe la solucin de los males que aquejan a la patria mediante la utilizacin de formas no violentas. Posteriormente, reniega de esas posiciones reformistas y proclama la moralidad de la lucha revolucionaria. En los ltimos aos de la fecunda existencia de Enrique Jos Varona, su pensamiento tico rebasa el estrecho marco del darwinismo social. A contrapelo de su naturalismo tico de las dcadas anteriores, lleg a plantear: “La moral es una cosa puramente humana. En el resto de la naturaleza no se encuentra. Ni debajo, ni encima del hombre. Vara con l, vara en el tiempo, vara en el espacio”.6Los cambios que Varona experimenta en su pensamiento, constituyen un resultado de la influencia que sobre su espritu alerta ejercieron acontecimientos tales como la conversin de Cuba en neocolonia yanqui, la Primera Guerra Mundial, la Revolucin de Octubre y la crisis general del capitalismo. Todas estas realidades minaron su confianza en las posibilidades del rgimen burgus y le hicieron comprender las potencialidades que presupone la lucha de los trabajadores como propulsora de un nuevo mundo, un mundo verdaderamente humano. Con excepcional previsin augur que “[…] la lucha que ahora empieza de veras, la lucha entre el propietario y el proletario dejar pequeitas a cuantas ha presenciado la humanidad con espanto”.7Haciendo patente ese optimismo histrico que caracteriz a la etapa conclusiva de su periplo vital, Varona alegaba: “El imperialismo americano ha llegado a su cspide. Y a la cspide se puede llegar, en ella no es dable permanecer. La era del imperialismo ha completado su trayectoria”.8 Y agregaba: En ocasiones me figuro asistir a la apocalptica destruccin del mundo, la cual predice el alumbramiento de otro orden social muy diverso. Los poderes pblicos, elevados sobre las mismas ideas en que se haba nutrido mi espritu, parecen tocados de vrtigo, y lanzados unos contra otros en una colisin tremenda de la que han de salir destrozados. Slo el socialismo como doctrina se mantiene o pretende mantenerse fuera del conflicto, cual si hubiera de ser el llamado a edificar sobre estas ruinas.9Y barruntando el porvenir, aquel anciano venerable, pletrico de sabidura precis: “El mundo se transforma; hagmonos dignos de vivir en los nuevos tiempos que se alborean”.10Conducirse moralmente en la vida fue el sentido de la existencia de Varona, concretando acciones en beneficio de sus semejantes y procurando mediante el concurso personal la satisfaccin de los intereses nacionales. La consecucin del bien mayor para sus compatriotas constituy su divisa tica. Este fundamento colectivista que estuvo presente en sus concepciones, lo llev a propugnar el humanismo como principio rector de la conciencia moral y a ver en el patriotismo el fundamento por antonomasia, para una prctica moral consecuentemente humana. Enrique Jos Varona fue conciencia de su medio y de su poca. Y como conciencia real reflej las contradicciones que pugnaban en el seno de su pueblo y a nivel mundial en la etapa histrica

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106que le toc vivir. Como ser humano siempre lo persigui el ansia de avanzar en su modo de pensar y de servir mejor a los intereses de su patria. Por esas razones, como bien expres Carlos Rafael Rodrguez: “Varona es uno de los puentes entre el pasado cubano y nuestras ideas actuales”.11Notas1 Varona, Enrique Jos. Conferencias filosficas. Moral. La Habana. Establecimiento Tipogrfico, O Reilly No. 9, 1888. p. 7.2 Ibdem, p. 173.3 Ibdem, p. 9.4 Ibdem, p. 174.5 Ibdem, p. 32.6 _______. Cuba Contempornea (La Habana) 26:11; 1921.7 _______. Con el eslabn. Manzanillo: Editorial El Arte, 1927. p. 94.8 _______. “Carta a Jorge Maach”. En Pensamiento revolucionario cubano. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1971. t. 1, p. 269.9 _______. De la colonia a la repblica. La Habana: Editora Cuba Contempornea, 1919. p. 6.10 _______. Op. cit. (8).11 Rodrguez, Carlos Rafael. Lo que honramos en Varona. Fundamentos (La Habana) 406; 1949.

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107 E njuiciar el pensamiento educativo de Varona siempre ha trado al estudioso, preocupaciones metodolgicas. En primer lugar, sus ideas acerca de la educacin se encuentran dispersas en artculos, discursos y ensayos, contenidos en revistas especializadas, peridicos, etctera, y abarcan prcticamente toda su vida intelectual. Por otro lado, el ilustre camageyano vivi en tres perodos diferentes de la historia del pensamiento educativo cubano y siempre se mantuvo muy activo: en la segunda mitad del siglo XIX, perodo colonial; durante la primera intervencin norteamericana en Cuba (1899-1902), y hasta los inicios de la tercera dcada de la repblica (1902-1933). Cmo estudiarlo? Por separado y retomar su obra educativa en cada perodo histrico?, o enfrentar el estudio de su ideario educativo de manera integral? Este es el enfoque que se ha decidido seguir. Una particularizacin se puede hacer. Varona elabor la mayor parte de sus ideas educativas en la segunda mitad del siglo XIX, y trabaj en etapas sucesivas en el ajuste necesario de dicho ideario; en la prctica cotidiana, como poltica educacional, dise modelos educativos parciales como lo requera la posicin poltica que ocup en cada perodo histrico. Para Varona, toda teora educativa deba tener como brjula orientadora una filosofa de la educacin, y es evidente que para l result la vertiente cientificista del positivismo, la cual profes ampliamente. “De la concepcin general del mundo y la sociedad que posee cada pueblo depende su sistema de enseanza”.1De las consecuencias sociolgicas de su filosofa, se desprende el hecho de considerar que el desarrollo del hombre est condicionado inevitablemente por la ley de la seleccin natural, adscribindose de esa forma a posiciones del darwinismo social, predominante en su poca. El individuo tiene que adaptar, ajustar, su posible desarrollo a premisas biolgicas y, sobre todo, al entorno natural y social donde vive. Siempre su concepcin de la educacin es de base naturalista. Entonces, para Varona el hombre se encuentra a merced de las circunstancias? Sin discusin, no. Le confiri a la educacin un papel activo y necesario en el proceso de la formacin del hombre.Cul es el alcance de la educacin para Varona?Lograr que, de una manera consciente y dirigida, el inevitable proceso de adaptacin transcurra en forma Acercamiento al ideario educativo de Enrique Jos Varona y Pera* Justo A. Chvez RodrguezInvestigador del Instituto Central de Ciencias Pedaggicas

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108progre siva y evitar as los efectos nocivos que la accin educativa espontnea pueda traer en la formacin del individuo: “[…] educar, desde el punto de vista comprensivo, no es nada menos que intervenir en la adaptacin del individuo al mundo circundante y a la sociedad, facilitarla y dirigirla, para procurar que la ineludible ley de seleccin se convierta en instrumento del progreso personal y colectivo”.2Cul ser, entonces, el problema fundamental de la educacin?: “[…] la manera, los procedimientos, el contenido y el fin de la educacin, han de cambiar forzosamente con el transcurso y las vicisitudes del tiempo, y tomar forma diversa en cada pas, dentro de las grandes lneas de la civilizacin del grupo a que pertenezca”.3El fin de la educacin para Varona es el de preparar al hombre para la vida, pero en el sentido spenceriano, en el concepto positivista, ya que el hombre no puede librarse de las leyes naturales que lo atan al nacer. Mart, en la misma etapa, desarroll este concepto en otro sentido. La formacin del hombre debe ser integral y armnica y tiene que ser responsabilidad de toda la sociedad, especialmente de la escuela. El nio que pasa por la escuela debe salir de ella con la iniciacin suficiente para realizar su vida de hombre dentro de los lmites de su capacidad natural.4En la “Leccin VII” de sus Conferencias filosficas. Lgica, Varona expres que la educacin tiene dos formas primordiales: “Una inconsciente e involuntaria […] y otra consciente y voluntaria […]. A esta ltima es a la que se da ms especialmente el nombre de educacin”.5 Esta formacin consciente a la que aludi debe ser permanente, graduada y mediante la implantacin de una escuela nica linealmente concebida. Asimismo, reclam la armonizacin de la influencia ejercida sobre el individuo en formacin, entre el medio social y la escuela, porque cuando hay un desequilibrio a favor de la educacin inconsciente, entonces, “[…] aquella destruye e invalida cuanto ha querido hacer la otra”.6Varona proclam la necesidad de la enseanza prctica y terica, cientfica y humanstica, pero indiscutiblemente y por imperativo de las circunstancias histricas del momento, centr su inters en especial en la formacin cientificista y en el practicismo. Conveniente es analizar que en un momento de su desarrollo histrico se preocup por la formacin integral y plena del alumno, al considerar que la enseanza deber contribuir “[…] a la formacin de los hbitos morales, al desarrollo mejor del cuerpo humano, al desenvolvimiento de la inteligencia y a la expresin adecuada y racional de los sentimientos y emociones de cada nio, dndose a la parte moral, la preferencia”.7Este particular resulta interesante en el vuelco del pensamiento de Varona si se considera que estaba en un momento muy ortodoxo dentro de la lnea del positivismo spenceriano. Al considerar, como otros pensadores anteriores, que la axiologa y la tica deban definir la naturaleza del cubano, abandon la axiologa positivista y volvi los ojos a la que haban impulsado en su momento Varela y Luz. Se fortaleci

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109con la ms rica tradicin del pensamiento cubano. Por ello, el pensamiento de Varona es legtimo y forma parte de la ms rica tradicin cubana, pues, al volverse electivo, logr darle originalidad a su pensamiento y enfocarlo, verdaderamente, a partir de los intereses y las necesidades de la nacin cubana en ciernes. Otros pensadores, en su poca, como Valds Rodrguez, y ms tarde Aguayo, harn lo mismo, pero ms bien en forma eclctica que electiva. Valds se afili en parte al neotomismo y Aguayo al schlerianismo, primero, y despus, al espiritualismo. No abandonaron la posicin bsica del positivismo y del pragmatismo en lo referente a la cognicin, pero s le dieron un giro al pensamiento, en cuanto a los problemas de los valores. En el ideario educativo de Varona se encuentran preocupaciones por la puericultura, la educacin de los adultos, la enseanza de la mujer, la escuela rural, los requerimientos higinicos para la construccin de los edificios escolares, la conversin del presidio en un verdadero taller-escuela, el perfeccionamiento de la enseanza de la lengua verncula, el estudio del idioma ingls desde el cuarto grado de la primaria, as como por la educacin superior y la vinculacin de la escuela con el clima cultural cubano. En sntesis, resulta un pensamiento educacional moderno que constituy un impulso renovador, favoreci el trnsito de la colonia a la repblica y orient los primeros pasos en materia educacional, a partir de 1902. Notas1 Varona, Enrique Jos. Trabajos de educacin y enseanza. La Habana: Comisin Nacional de Educacin de la UNESCO, s.a. p. 111.2 Ibdem, p. 173.3 Ibdem, p. 174.4 dem .5 _______. Conferencias filosficas. Lgica. La Habana: 1980. p. 196.6 Ibdem, p. 117.7 _______. Reformas de la enseanza. Patria (La Habana) 1(192):2.Otra bibliografa CHVEZ, JUSTO. Bosquejo histrico de las ideas educativas en Cuba. La Habana: Editorial Pueblo y Educacin, 1996. VARONA, ENRIQUE JOS. Con el eslabn. Manzanillo: Biblioteca Mart, 1927.

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110IntroduccinA lo largo de sus 84 aos de vida y de su trabajo intelectual, Enrique Jos Varona (Puerto Prncipe, 13 de abril de 1849-La Habana, 19 de noviembre de 1933) fue un ejemplo de moral pblica y de entrega a favor del bienestar del pueblo, primero sometido al despotismo del coloniaje espaol y despus empujado hacia una independencia mediatizada por los Estados Unidos. “Viviente flor de mrmol”, le llam Mart. El viejo maestro encarn a toda una generacin de la inteligencia cubana, cuyo positivismo en filosofa signific el repudi de las viejas ideas metafsicas y un compromiso activo con el nacimiento de un nuevo sentido cientfico de la vida, a partir de mtodos experimentales para la determinacin de las leyes ltimas de cualquier enfoque o conceptualizacin y en la comprensin de los problemas fundamentales de la razn humana. No fue un marxista, pero en sus anlisis tico-sociales se vali de la comprensin materialista de la historia, y cuando estalla la primera guerra imperialista mundial de 1914 interpreta dialctica y lcidamente el fenmeno como prembulo del alumbramiento de otro orden social muy diverso que ha de llegar. Su ltima leccin cvica qued viva y actuante en su consejo a los estudiantes enfrentados a la tirana de Gerardo Machado. Slo a los pocos meses del derrumbe poltico de agosto, en 1933 consinti en bajar a la tumba. Este es el hombre, el patriota que recordamos, porque su leccin sigue viva y til para nuestro tiempo como una fuerza en nuestra cultura y en nuestra conducta. Fue infatigable en su accin cvica como poeta, ensayista, crtico literario, Varona: Comprensin ticofilosfica del mundo, del hombre y la sociedad Mara Elena Garca SnchezProfesora de la Universidad de Ciencias Pedaggicas Enrique Jos Varona

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111periodista, socilogo, poltico, orador, pedagogo y sin dudas filsofo. Es esta arista de su enciclopdica mente la que pretendemos analizar, siendo nuestro propsito valorar el pensamiento ticofilosfico de Enrique Jos Varona a partir de los presupuestos histricos y tericos que lo sustentaron, en correspondencia con la acertada tesis leninista de que: “[…] los mritos histricos de las personalidades histricas no se juzgan por lo que no haya dado en relacin con las exigencias de la actualidad, sino por lo que dieron de nuevo en relacin con sus antecesores”.1I. Presupuestos de partidaLos fundamentos del positivismo hay que buscarlos en el empirismo ingls, que juzga tarea suprema del conocer la conquista de la naturaleza y el perfeccionamiento2 de la vida humana, proporcionando a la ciencia el papel principal. Para la transformacin de esta es trmite previo someter a crtica toda la escolstica y poner en duda cuanto se juzgaba verdad. Surge como la llamada filosofa de las ciencias, que se ha convertido en base de la organizacin tcnico-industrial de la sociedad. Sus principales exponentes, Augusto Comte (1798-1857), John Stuart Mill (1806-1873) y Herbert Spencer (18201903) se refugian y exaltan a la ciencia como nico mtodo vlido, limitndose a la descripcin de hechos. La historiografa positivista renuncia al anlisis de importantes problemas filosficos y sociales. Cumple su funcin social al defender el orden establecido (“orden y progreso”) y propiciar el desarrollo del capitalismo industrial. De su defensa al liberalismo contra el papel del Estado y la regulacin estatal de la economa es la demoledora crtica martiana a Spencer en su artculo “La futura esclavitud”.3Nuestra filosofa, la hispanoamericana, no obstante tener cierta originalidad, ha sido en mucho, importada de Europa, con los problemas y mtodos de trabajo de ella, si bien ajustada por nuestra propia experiencia y aplicada a orientar y dar solucin a nuestros problemas. El pensamiento tico-filosfico varoniano deba entroncar, necesariamente, con la tradicin tica de sus antecesores. Con Caballero, Varela y Luz se transita de la escolstica a la filosofa moderna, irrumpen como reformadores del intelecto, pensadores por cuenta propia. Su afn por elevar, mediante la educacin, el nivel moral e intelectual de Cuba penetr su tiempo, empeados por formar hombres capaces de amar el derecho y el valor de la justicia. Durante su primera conferencia de Lgica, despus de exponer las ideas y tendencias de los principales pensadores de su tiempo, Varona pone de relieve su adhesin al positivismo, nacido de una profunda meditacin atinente a la naturaleza y lmites del conocimiento humano. Habiendo llegado a una cabal madurez intelectual, Varona acepta de forma crtica la filosofa positivista, pero elabora una forma personal de ella. En esto consiste su singularidad. Podemos mencionar entre las ideas positivistas de mayor acogida en Varona la confianza sin lmites al valor de la ciencia en la vida social, la crtica de los grandes sistemas especulativos, la necesidad del desarrollo industrial,

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112de la cultura, del progreso social y del liberalismo democrtico burgus, aunque no comparti la evolucin posterior y el destino del positivismo en Europa. El positivismo evolucion por caminos divergentes en Europa y Amrica Latina. En esta ltima aparece entre los aos 1859 y 1860 con la llamada “Generacin de los constructores” (construir la civilizacin, la modernidad), puesto que aqu, donde las transformaciones burguesas estaban lejos de haber obtenido su coronacin y ms bien constituan un imperativo histrico, el positivismo deba desempear una funcin social progresista, radicalizando su antiescolasticismo. Si a fines del siglo XIX Varona declaraba su optimismo, consistente en una ilimitada confianza en el poder de la ciencia en la vida social y en el desarrollo social progresivo, ya antes de arribar a la dcada del 20 del siglo XX, se ve afectado por la desconfianza y el pesimismo, a la vista del panorama de la repblica neocolonial, as como de los hechos acaecidos a escala universal (el estallido de la primera guerra mundial, coincidente con el triunfo de la revolucin socialista de octubre). Al publicar un grupo de trabajos en 1918, expresaba la conmocin que experimentaba su ideologa en los siguientes trminos: “En ocasiones me figuro asistir a la apocalptica destruccin de un mundo […]. Slo el socialismo como doctrina, se mantiene o pretende mantenerse cual si hubiera de ser el llamado a edificar sobre todas estas ruinas”.4Es este el modo de expresin desde la ptica de su clase, de su propia quiebra ideolgica, destino histrico de la clase por l representada, a la que sin embargo, trascendi sin rupturas definitorias. Prueba de ello es haber emergido del trance hasta convertirse en el mentor de la juventud revolucionaria de la tercera dcada. Se opuso no slo a la dictadura de Machado, sino que observador siempre de la realidad social, tanto nacional como internacional, aun expresada su no filiacin socialista, escriba: “Nada ms contrario a mis ideas, que este rgimen […], pero s preveo que el socialismo, en sus diversas fases, y estructurado a las circunstancias orgnicas de cada pueblo es el rgimen que, implantado hoy en varios pases, sustituir al sistema capitalista en un futuro inmediato. Vamos, sin quererlo o querindolo hacia el socialismo […]”.5No es posible estudiar la obra filosfica de Varona sin tomar en cuenta esos cambios ocurridos en la sociedad cubana y mundial, pues es en fin de cuentas esta realidad la que activa las ideas sustentadas por l. Coincidimos con Ral Roa al sealar que “[…] en un pas como Cuba, de estructura colonial, uncido al yugo extranjero y a la filosofa escolstica, el positivismo era la doctrina congruente con el proceso de desarrollo de la revolucin democrtica burguesa […]”.6Tanto en Cuba como en Amrica Latina, cuando tiene su florecimiento la filosofa positivista (aproximadamente entre el ltimo tercio del siglo XIX y las dos primeras dcadas del siglo XX), las condiciones para la difusin de la filosofa marxista eran muy adversas, la clase obrera eran an dbil y la burguesa era todava portadora de nuevas relaciones de produccin. Para el arbi trario poder

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113colonial espaol, el positivismo se presentaba como una filosofa revolucionaria.II. Comprensin del mundoEl positivismo sirvi de base a la comprensin del mundo de Enrique Jos Varona, aunque este no compens por entero todos sus cuestionamientos. Varona se ubic en posiciones ms avanzadas que las de esta filosofa, fue un positivista que super su propio positivismo. Una vez aceptado como un factor ajustado a las necesidades econmicas de su poca y factor condicionante de estmulo al desarrollo cientfico, sirvi de base a sus estudios de las ciencias naturales, psicologa, lgica, sociologa, as como al impulso dado a la educacin media y superior. Ya en 1877 Varona determina su posicin filosfica al declarar: “Entre las dos tendencias radicalmente opuestas que se combaten a tantos siglos en el campo de la especulacin filosfica, ha surgido en el nuestro una nueva corriente que, sin desviarse a ninguno de ambos peligrosos extremos, pretende, con el empleo de mejores mtodos y el auxilio de los nuevos descubrimientos de las ciencias naturales, dar, o por lo menos preparar, la solucin de las difciles cuestiones que las viejas doctrinas son impotentes para resolver”.7Sus concepciones ticas, como bsqueda terica, constituyen la tercera parte de sus conferencias filosficas, enmarcadas en las ltimas dcadas del siglo XIX. En su intenso quehacer durante la poca republicana aplic la tica a la realidad econmica, poltica y social que le toc vivir. Consideraba a la tica como ciencia y arte, postulando como principio de partida su subordinacin a la sociedad y su posibilidad ilimitada de perfeccionamiento. Influido por la sociologa de Spencer, Varona se opona a toda sacudida violenta de la sociedad mantenindose as en el nivel del reformismo poltico, sin embargo se revel como activo partidario de nuestras luchas por la independencia e incluso lleg a justificar la violencia revolucionaria frente a la dominacin colonial. Las teoras evolucionistas le sirvieron de base para enfrentar la concepcin religiosa del mundo. El atesmo varoniano fue una constante mantenida en pocas diferentes del desarrollo de la sociedad cubana. Al fundamentar la influencia de la religin en la moral, seala que la hipottica idea de la retribucin futura determina la conducta y subordina los fines inmediatos a otros ms remotos, actuando como coaccin interna a la que no se opone resistencia. Toda la obra de Varona, filosfica, cientfica, de crtica literaria, as como de educador y de poltico fue muestra constante de su profunda y sistemtica crtica a las instituciones y creencias religiosas. Entre sus aportes ms significativos est la elaboracin y defensa de una tica atea y con valiosos elementos materialistas, cimentada en que la vida moral se sustenta en principios naturales, humanos en s, por lo cual no es un fruto sobrenatural. Varona reprocha el sistema de poltica positiva de Comte, su subjetivismo y dogmatismo al fundamentar la transformacin de la filosofa en una religin positiva, sealando que se haba convertido “[…] en el mitagogo posedo de la Religin del Porvenir”.8 Varona distingue dos

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114perodos en la obra de Comte: “[…] en su primera poca extiende y preconiza el mtodo inductivo [...]. En todo este perodo predomina razonablemente lo objetivo y las generalizaciones filosficas son legtimamente aceptadas por las ciencias”.9 Despus, segn su criterio, Comte trastorna su obra. Influido por Spencer, pensaba que tanto el materialismo como el idealismo caan en el terreno de la metafsica (de la especulacin). Viable es reconocer que tom como la expresin ms consecuente del materialismo, su segunda forma histrica, es decir, el materialismo mecanicista y metafsico y, en especial, su variante vulgar. As le es aplicable lo que escribi Engels sobre Feuerbach, el cual “[…] confunde el materialismo, que es una interpretacin determinada de las relaciones entre el espritu y la materia con la forma concreta que esta concepcin revisti en una determinada poca histrica”.10En su crtica tico-filosfica a la concepcin spenceriana de una causa primera, Varona ataca de forma demoledora los principios del idealismo y la religin: “Suponer una causa primera, una causa sin causa, es trastornar y derrocar el edificio intelectual, es introducir en nosotros mismos la desconfianza en nuestras fuerzas mentales y abrir la puerta a los ms quimricos errores”.11Aunque expresa su no adhesin a ninguna de las dos soluciones posibles ante el problema esencial de la filosofa, el sabio camageyano explica el surgimiento de la conciencia como el resultado de un proceso natural. Reconoce como punto de partida slo a los fenmenos materiales concretos. Se aleja de las posiciones clsicas del positivismo al reconocer que “[…] el papel de la filosofa es preparar esa sntesis, llegar, si puede, a la organizacin completa de los conocimientos. Y esto no puede confundirse con el papel de las ciencias particulares”.12Varona considera los descubrimientos cientfico-naturales sealados por Engels como factores cientficos que contribuyeron a la formulacin de la dialctica materialista y que fundamentan la unidad material del mundo (la teora de Kant-Laplace sobre el origen del sistema solar y la teora evolucionista de Darwin) concedindoles gran valor para la aseveracin del carcter objetivo del mundo y de la fuente objetiva del conocimiento. No concedi a Dios lugar alguno en su ontologa, gnoseologa, ni en su tica, pues lejos de motivar, reprimira la conducta impidiendo as la felicidad humana.III. Comprensin del hombreVarona, como Sartre, consideraba subtancial para un filsofo desembocar directamente sobre los problemas humanos, planteando el punto en sus verdaderos trminos de partida: la compleja relacin entre el sujeto y el objeto. Parte del proceso en su unidad, el mundo objetivo se da como el contenido de la representacin, con la ayuda de la cual el hombre acta y modifica la realidad: “[…] el supremo criterio de la verdad es la accin”.13 Concibe la verdad como la correspondencia del pensamiento con la realidad objetiva, pues “[…] una verdad meramente subjetiva es una quimera”.14Como filsofo confa en la ciencia del hombre y los mtodos que emplea,

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115ya que un problema no resuelto no es un problema irresoluble “[...] para conocerte a ti mismo, para determinar el lugar que ocupas en la naturaleza, para descorrer el velo de los orgenes, te basta a ti propio, te bastan tus mtodos, te basta tu ciencia”.15 Reprocha el panlogismo hegeliano al sealar: “El yo se sale de la esfera de la relatividad cuando se piensa a s mismo. Entonces es sujeto y objeto a la vez. Con un pequeo esfuerzo de atencin queda patente el sofisma”.16Para Varona, “[...] no es posible concebir al hombre fuera del estado de la sociedad porque carecera de sentido”. Esto implica que “[...] sus estados subjetivos se modelan sobre sus impresiones objetivas del orden social”, aunque “[...] no nos demos cuenta de esa dependencia, como no nos la damos generalmente de que respiramos”,17 lo cual no hace del individuo un mero receptor pasivo de los estmulos exteriores, de ah su crtica al sensualismo, “[...] porque desconoce la actividad verdadera del sujeto convirtindolo en una tabla rasa, llamado a repetir solamente los estmulos exteriores”.18El hombre no puede prescindir de la vida social, y la vida del hombre en sociedad determina que sea un ser moral, un ser solidario. Sus actos se adecuan a las circunstancias sociales, el sujeto se acomoda al objeto, sus actos son morales si son solidarios. El fin de la moral es la buena conducta, lo que viole la solidaridad social es inmoral. En su crtica al imperativo categrico kantiano refuta su sentido abstracto y ahistrico, fuera del tiempo y el espacio, tan universal e hipotticamente bien intencionado que resulta impreciso y descontextualizado, privado de toda objetividad. El escepticismo y la desesperanza que se imputan a Varona fueron caractersticas que surgieron de forma transitoria y no un rasgo definitorio de su pensamiento. Constancia de su confianza en el hombre y de su crecimiento moral son estas palabras suyas de 1887: “[...] no hemos de cambiar la naturaleza humana; pero podemos modificarla”.19 Y el mtodo que propuso en esencia para lograr esa transformacin fue la educacin. Concede un lugar relevante a la educacin en el perfeccionamiento moral, considerndola el ms decisivo factor social. Vincula cultura, educacin y tica, destacando la influencia del desarrollo intelectual en el comportamiento moral. En elevar espiritualmente De izquierda a derecha, sentados, Dr. Gastn A. Cuadrado, Dr. Enrique Jos Varona, Dr. Carlos Theyes, de pie, Ramn J. Alfonso y Manuel D. Daz

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116al hombre puso todo su empeo a lo largo de su generoso magisterio, aun a sabiendas de su difcil propsito nunca cej en su porfiado batallar. A pesar de sus revelaciones aprensivas en la segunda dcada del siglo XX, condicionadas por el dramatismo de la guerra mundial, la corrupcin de los politiqueros y otros vicios del ambiente nacional, la confianza perdida en determinado momento se recupera de manera gradual cuando pone su vigilia y su leccin en la juventud de la dcada del 20, la cual se enfrenta junto a la clase obrera a la tirana machadista, soando transformar la sociedad cubana. Su optimismo tico le permite admitir como elemento primordial en la actuacin moral, la simpata y solidaridad humana sin detrimento al libre desarrollo de la individualidad, de la que era verdadero defensor. Califica de muy importante y complejo el fenmeno de la moralidad, destacando la relacin entre conductas de inters individual y conductas de inters colectivo como inmorales o morales en dependencia de su provecho al todo social. Varona siempre entendi al hombre en sus relaciones humanas: “[...] el hombre es un ser incompleto, para sentirse completo necesita del hombre”.20La extrapolacin de la esfera biolgica a la vida de la sociedad le hizo admitir algunos criterios propios del darwinismo social. Parti del supuesto de que “[...] en el crecimiento de un grupo humano, no vemos leyes distintas a las que presiden el crecimiento de un organismo individual, lo que cambia es la esfera de accin ms amplia y los resultados infinitamente superiores”.21Su sobrevaloracin de las diferencias raciales encierra la condicin propia de su ideologa burguesa. El punto de partida darwinista sobre el cual se fijaban sus criterios, le haca creer a una raza ms moral que otra debido a las diferencias en su evolucin. Se sustenta en lo que llam “[...] el principio de la seleccin moral, dando el triunfo en la lucha por la existencia a las razas ms activas, inteligentes y virtuosas”.22 Pero el hecho de que Varona aceptase la existencia de diferencias entre las razas no le situ en una posicin racista ni prejuiciosa, al contrario fue siempre un defensor de la liberacin de los negros esclavos, postura que lo distanci del autonomismo. Defendi con ardor la eliminacin de la discriminacin de razas y de sexo, estimulando la incorporacin de la raza negra y las mujeres al estudio. Refirindose a estas ltimas escribi en 1882 sobre la necesidad de “[...] dejarla tomar las mejores armas, las de la ciencia”.23 En 1928, al abordar de nuevo la cuestin racial afirmaba: “Durante mis aos de profesorado en la Universidad tuve muchos alumnos de color y no advert diferencia de capacidad entre ellos y sus compaeros blancos”.24Para Varona, el hombre en la medida que aumenta sus conocimientos de la realidad, acta con mayor libertad. Su determinismo no conduce al fatalismo, la necesidad es objetiva, existe independientemente del hombre, pero el hombre no se somete a ella “[...] el hombre no es libre, pero se hace libre”,25 “[...] el hombre no puede por tanto sustraerse al determinismo, pero s puede en cierto modo educarlo y guiarlo, que es aqu vencerlo. No es un

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117autmata; mas para no serlo se necesita cultivar tanto la inteligencia como el sentimiento: la educacin es su verdadera redentora”.26Anteponer el deber al deseo constituye un acto de conciencia moral derivado de la vida social del hombre, directamente proporcional al nivel cultural de este, al cultivo de su sensibilidad. Los preceptos morales orientan la conducta, reprimiendo o catalizando la actuacin humana. El fin de la moral es la realizacin social del hombre y cumple tres preceptos fundamentales: 1No daar, respetar a los otros, lo que constituye condicin de estabilidad social. 2Cooperar para la utilidad y el placer comn. 3Hacer bien, nacido de la sensibilidad individual y fortalecido por el premio o la censura. El ser perfectamente moral es, nos dice el filsofo camageyano, aquel capaz de limitar sus propios beneficios por favorecer a la colectividad. Considerada ciencia social, rama de la sociologa, la moral constituye un instrumento de perfeccionamiento social. El hombre busca la felicidad, esta es la finalidad de su accionar y la conducta moral se la proporciona. La esencia de la comprensin moral del hombre en Varona no fue del todo errada pero s limitada, se sostiene en que “[...] el hombre es moral porque es sociable”.27 No llega a precisar el carcter especfico de la moral como resultado necesario y condicionado a lo largo de la historia de las formas en que se nos revela la esencia humana. “Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad –afirm Marx–, el conjunto de las relaciones sociales”.28 No comprende el carcter clasista de la moral, el cometido de la clase dominante en la configuracin de la moral de un perodo determinado, ni sus consecuencias ideolgicas en la sociedad dividida en clases, su propia ideologa se lo impidi, quedndose a mitad de camino.IV. Comprensin de la sociedadVarona se plante el examen de las leyes que rigen la vida social y aunque la enunciacin que de ellas formul no tena un carcter cientfico en s, el hecho de haberse planteado la investigacin de dichas leyes, le llev a la bsqueda de la regularidad del desarrollo social, su carcter progresivo y la posibilidad de un conocimiento sociolgico objetivo. El filsofo cubano admita como un hecho seguro que en la base de todos los sucesos sociales se halla el factor econmico: [...] a mis ojos, la causa ms eficaz de la inestabilidad que presenta nuestro pueblo desde hace casi un siglo, ha de buscarse en su estructura econmica […]. La teora marxista que hace depender toda la evolucin social del factor econmico no es sino la exageracin de un hecho cierto. Las necesidades econmicas y las actividades que estas ponen en juego no constituyen el nico motor de los complejos fenmenos que presenta una sociedad humana; pero s estn en las bases de los ms aparentes y decisivos.29Varona, en su tentativa de explicacin cientfica del desarrollo social, admiti

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118la validez de leyes en la sociedad como las de la seleccin natural y de la lucha por la existencia, con el consiguiente triunfo de los ms fuertes: “En el perenne y misterioso combate que libran la creacin y la destruccin, la victoria es siempre del ms fuerte. Todo organismo para vivir necesita destruir a otro organismo”.30 Hace determinar la moral de lo heredado biolgicamente a partir de la variabilidad y adaptacin al medio externo. Unido con estos mecanismos biologizantes, aparecen elementos del determinismo geogrfico de Montesquieu: “Los rasgos particulares de un pueblo, su raza, su constitucin fsica, la naturaleza del clima en que vive, la extensin de su territorio, etc., son otros tantos elementos que entran en la formacin de su carcter primitivo. Este carcter, una vez formado, tiende a organizar las instituciones polticas o militares que estn en armona consigo mismo”.31 La determinacin del factor social sobre la conducta moral se confinaba a las condiciones biolgicas y al medio geogrfico. El vicio principal del anlisis sociolgico varoniano es disolver la lucha de clases dentro de la teora de la lucha por la existencia, de la cual se desgaja una seleccin natural como cimiento terico del evolucionismo tico-social, o sea, la no aceptacin de la revolucin social como factor que empuja el desarrollo social. Piensa que las clases sociales –a las que denomina rganos del organismo social– tienen que ayudarse y tolerarse para evitar los grandes conflictos sociales. Las revoluciones eran para l elemento destructivo de todos los valores creados por la humanidad, el triunfo de la irracionalidad en la historia. No obstante, Varona entendi muy bien el problema del papel de las masas y de las personalidades en la historia: “Hoy los grandes actores en el drama de la historia no son los principales de los pueblos, sino los pueblos mismos”.32 Refirindose a la llegada a Cuba de Mart, Gmez y Maceo en 1895, escribi: “[...] su audacia habra sido demencia pura y simple, si no hubieran sabido que los aguardaba un pueblo entero […]”.33Para Varona, las clases inferiores, en la acepcin de que las menos ilustradas eran la clase obrera y el campesinado, las cuales deban seguir el patrn de la burguesa, “[...] las ca pas inferiores ajenas a la cultura y al refinamiento de las superiores, teniendo confiado a su actividad a un campo mucho ms limitado, modifican lentsimamente sus condiciones de vida y as conservan con tenacidad extrema, las costumbres, las prcticas, las supersticiones y hasta el lenguaje de las pocas pasadas […]”.34Evolucionista en el plano tico-filosfico y reformista en el poltico, sostena que “[...] las jerarquas sociales son cosa postiza y deleznable, lo slido es la solidaridad que agrupa y mantiene en unin simptica a todos los individuos en un agregado social”.35 No estimaba la grave contradiccin que separa al obrero, al trabajador, del capitalista (aunque debe tenerse en cuenta el bajo grado de desarrollo de dicha contradiccin en nuestro pas en los inicios de siglo). Varona no vio desde un princicio, como ya lo haban hecho Mart y Maceo, el carcter negativo del impe-

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119rialismo para los pueblos latinoamericanos y, en especial, para el nuestro, pero su posicin va radicalizndose de forma gradual. En la conferencia “El imperialismo a la luz de la sociologa”, de 1905, recomienda aprovechar las posibles ventajas que nos traa la cercana y las relaciones con los Estados Unidos, aun cuando ya reconoce la magnitud de su expansin y dominacin econmica y poltica de dicho fenmeno, y llama a “no ser esa lnea de menor resistencia” de su esfera de influencia. La intervencin norteamericana de 1906 es impugnada por el sabio cubano, que resuelve asumir la direccin del partido conservador con el fin de batallar por ordenar el pas, hacerlo prspero e independiente impidiendo el constante peligro de las intervenciones yanquis. Sus deseos de independencia nacional lo iban conduciendo a posiciones antiimperialistas radicales. En 1918 solicit al Congreso de la repblica una ley que impidiera la creciente venta de tierras a los norteamericanos. “Todas las soluciones –sostena en 1921– aun las ms graves, aun las ms dolorosas, deben ser preferidas a la de una intervencin americana, que mata jurdicamente a Cuba y que le cercena, quin sabe para cunto tiempo su libertad y soberana”.36 “Tengo mis das de irreverencia –expres en 1923– en que me da por comparar la Enmienda Platt con la famosa carabina de Ambrosio. Qu enmienda han esgrimido los de arriba para tratar soldadescamente a Santo Domingo, Hait y nuestras hermanas mrtires? No es la Enmienda; es el dollar y es el puo”.37Varona distingui todos los indicios de la crisis de la sociedad capitalista y comprendi que su marcha declinaba. En 1923 escribe: “No creo en los remedios de los socialistas, pero veo y todo espantado, los males profundos de que se quejan con razn y justicia”.38Los ltimos aos de su vida estn signados por el optimismo y una evaluacin mucho ms positiva acerca del socialismo y el movimiento obrero, lo que ha hecho decir con justicia a Juan Marinello: Fue nota singular del gran meditador camageyano que rectificase con el tiempo enfoques y enjuiciamientos. Ello le vena de su central honestidad y de la mantenida preocupacin por servir a su pueblo y a su tiempo en una postura ms orientadora que combativa. A ello se debe que invirtiendo el curso habitual de las cosas, los aos no sirvieron a Varona para encasillarse en viejos pronunciamientos, sino para impulsar una incansable renovacin que lo hace ser en el momento de la despedida, hombre mucho ms a la izquierda que en sus aos mozos. De esa permeabilidad inusual, de esa actualizacin vitalicia arranca el hecho de que su magisterio fuese ms ancho y eficaz en su clara vejez que en su juventud laboriosa.39ConclusionesAl legado de Varona los marxistas no podemos renunciar, su obra es muestra de la continuidad lgica e histrica del desarrollo del pensamiento tico-filosfico y poltico en Cuba e integra una de las mltiples raigambres que atan

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120nuestra rica tradicin cultural con las ideas que nutren la ideologa de los tiempos presentes. Varona va radicalizando su pensamiento tico-filosfico y sus posiciones polticas, sin romper con su ideologa, pero superponindose a ella. Fue un hombre de pensamiento, un humanista, un crtico sagaz, penetrante y persistente de los males del capitalismo, pero no un promotor de la alternativa socialista. Reconoce la inevitabilidad de la desaparicin del capitalismo y de su reemplazo por el socialismo, lo que significa, al menos, llegar al umbral de posiciones revolucionarias consecuentes con la nueva poca, que le hicieron escribir tres aos antes de su muerte: En torno nuestro, desde lo ms prximo hasta lo ms remoto, parece el mundo en perodo de gestacin. El aoso rbol de la civilizacin occidental, fue sacudido y casi derribado por la guerra [...]. Pero sobre el viejo tronco pululan verdes renuevos [...]. El imperialismo americano ha llegado a su cspide y a las cspides se puede llegar. En ellas no es dable permanecer. La era del imperialismo ha completado su trayectoria [...], el mundo se transforma: hagmonos dignos de vivir en los tiempos que alborean.40Sus ideas tico-filosficas constituyen una de las ms altas expresiones del desarrollo del pensamiento sociolgico burgus latinoamericano de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, y no obstante la influencia positivista, se caracterizaron por su originalidad y por su sentido progresista, a pesar de su carcter contemplativo, limitacin inevitable derivada de condiciones histricas reales. Notas1 Lenin, V. I. “Para una caracterizacin del romanticismo econmico”. En Obras completas. Buenos Aires: Editorial Cartago, 1958. t. 2, p. 175.2 Perfeccionamiento visto a lo positivista europeo, pues al separarse o intentar separarse con la supuesta objetividad del hecho histrico, no se comprometen, y se alejan ingenuamente o de manera ex profesa del compromiso inevitable si vemos la ciencia-hombre como un todo.3 Mart, Jos. “La futura esclavitud”. En Obras completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1970. t. 15, pp. 388-392. En ese texto expresa: [...] y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulacin de funciones en el Estado, que vendran a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud, pero no seala con igual energa [...] los modos naturales de equilibrar la riqueza pblica dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperacin a seres humanos que se roen los puos de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un ao de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas [...].4 Varona, Enrique Jos. De la colonia a la repblica. La Habana: Cuba Contempornea, 1919. p. 6.5 _______. “Entrevista con el director del diario El Pas, 20 de agosto de 1930”. En Pichardo, Hortensia. Documentos para la Historia de Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1974. t. 3, p. 446.6 Roa, Ral. Retorno a la alborada. La Habana: Editorial Universitaria, 1964. t. 2, p. 71.7 Varona, Enrique Jos. La psicologa de Ban. Revista de Cuba (La Habana) 2:411; 1877.8 _______. Estudios literarios y filosficos. La Habana: Imprenta la Nueva Principal, 1883. p. 281.

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1219 dem.10 Engels, Federico. “Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofa Clsica Alemana”. En Obras escogidas. Mosc: Editorial Progreso, 1974. p. 627.11 Varona, E. J. Op. cit. (8). p. 313.12 Varona, Enrique Jos. Conferencias filosficas. Lgica. La Habana. Establecimiento Tipogrfico O Reilly, 1888. p. 24.13 _______. Op. cit. (8). p. 188.14 _______. Nociones de Lgica. La Habana: Imprenta la Moderna Poesa, 1902. p. 56.15 _______. Op. cit. (8). p. 188.16 Ibdem, p. 311.17 Varona, Enrique Jos. Fundamento de la moral. La Habana: Editorial Appleton y Cia, 1903. p. 105.18 _______. Op. cit. (12). p. 156.19 _______. “El baseball en la Habana”. En Artculos. La Habana: Publicaciones del MINED, 1951. p. 39.20 _______. “Reflexiones de un elevado”. En Desde mi belvedere. La Habana: Imprenta Rambla y Bouza, 1967. p. 85.21 _______. “El imperialismo a la luz de la sociologa”. En Antimperialismo y repblica. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1970. p. 113.22 _______. “La metafsica en la Universidad de La Habana”. En Op. cit. (8). p. 339.23 _______. “Ideas de la Mlle de Scudere sobre educacin de las mujeres”. En Trabajo sobre la educacin y la enseanza. La Habana: Comisin Nacional Cubana de la UNESCO, 1961. p. 52.24 _______. Carta al seor Risquet (18 de julio 1928) manuscrito del Archivo Nacional de Cuba.25 _______. Conferencias filosficas. Psicologa. La Habana: Imprenta El Retiro, 1888. p. 411.26 _______. Ibdem, p. 410.27 _______. Conferencias filosficas. Moral. La Habana: Establecimiento Tipogrfico O Reilly, 1888. p. 9.28 Marx, Carlos. “Tesis sobre Feuerbach”. En Obras escogidas. Mosc: Editorial Progreso, 1974. p. 25.29 Varona, Enrique Jos. Abriremos los ojos? La Habana: Publicaciones del MINED, 1951. p. 257.30 _______. “Das despus”. En Op. cit. (20). p. 77.31 _______. Op. cit. (12). p. 161.32 _______. Los grandes hombres. Revista Cubana (La Habana) 4:87; 1886.33 _______. Luz que ofuzca. Patria (New York) 5:217, 1; 29 en. 1896.34 _______. Op. cit. (27). p. 163.35 _______. El derecho del puo. Revista Cubana (La Habana) 6:376;36 _______. “Declaraciones para El Heraldo de Cuba, La Habana, mayo 1921.37 _______. “Con el eslabn”. Manuscrito de la Biblioteca Nacional, p. 194.38 Ibdem, p. 220.39 Marinello Juan. “Cuestionario presentado al Dr. Juan Marinello por Pablo Guadarrama”. En Guadarrama, Pablo y Edel Tussel. El pensamiento filosfico de E. J. Varona. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1987. p. 253.40 Universidad de La Habana. Pensamiento revolucionario cubano. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1971. t. 1, p. 178.

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122 E n nuestro pas, cada vez es ms apremiante indagar en la influencia educativa que ejercen las personalidades pblicas en la poblacin cubana. Se reconoce que los escritores e intelectuales ejercen una funcin pblica cuyo alcance est en dependencia de la naturaleza de sus mensajes y el lugar que ocupen en la trama social e ideolgica de cada pas. Enrique Jos Varona (1849-1933) y Fernando Ortiz (18811969), intelectuales identificados con las corrientes patriticas y progresistas, pueden ser estudiados no slo por su inmensa obra filosfica y cientfica, sino tambin por la influencia que con su actuacin ejercieron en la conciencia del pueblo cubano. Segn un viejo apotegma, se educa ms por lo que se hace que por lo que se dice. Para los pueblos, determinados actos realizados en momentos oportunos de la vida nacional por figuras representativas de la nacin, transmiten ms educacin que las estudiadas palabras dichas en paraninfos cerrados o cientos de pginas impresas que a veces no llegan a sus manos. Pero tambin se reconoce que la educacin alcanza mayor penetracin en la conducta humana en la medida que se evidencia una slida unidad entre lo que dice el educador y lo que hace. Es entonces cuando hechos y palabras adquieren una nueva dimensin: la funcin educativa. La historia de nuestro pas lo confirma: “[…] lo mejor del pensamiento cubano nunca quiso quedarse en el pensar puro. Siempre se esforz por promover la accin poltica y social y cultural, y enlazarse con las luchas revolucionarias de cada poca histrica”.1Cincuenta y un aos tena Enrique Jos Varona cuando arriba el siglo XXy ya ha producido tres hechos de extraordinaria significacin educativa, los cuales tuvieron trascendencia en la vida nacional: 1 Reafirma su ruptura con el Partido Autonomista, cuando este asumi posiciones cada vez ms reaccionarias. Y lo hizo en carta pblica dirigida a Jos Agustn Recio, entonces presidente de la Junta Provincial del partido en Puerto Prncipe. No slo fue una definicin de posiciones, sino una negacin a la corriente contraria a los intereses de la poblacin. 2 En la poca precedente al estallido de la nueva gesta libertadora de 1895, Varona, cuyas palabras y gestos tienen significacin en la vida del pas, Funcin educativa de la vida y la obra de Enrique Jos Varona y de Fernando Ortiz Rolando Buenavilla RecioProfesor de la Universidad de Ciencias Pedaggicas Enrique Jos Varona

PAGE 123

123realiza una sistemtica labor de crtica al colonialismo espaol y su poltica de arbitrariedades que lo orientan hacia el independentismo, y en un gesto definitorio abandona sus inquietudes literarias y filosficas, marcha hacia los Estados Unidos y ocupa el lugar de Jos Mart en la direccin del peridico Patria, en 1895. Con su prestigio apoy la figura del Apstol, que no pocos detractores tena. Ya sabemos que no se incorpor con las armas en las manos a la guerra del 95, su experiencia del conflicto blico de 1868 lo marc para toda la vida, supo reconocer sus limitaciones en este sentido, pero combati all donde fue ms til: desde las trincheras de ideas. 3 Al producirse la derrota militar de Espaa por las tropas de los Estados Unidos, primera intervencin norteamericana en Cuba, Enrique Jos Varona ocupa la Secretara de Instruccin Pblica. Fue una decisin valiente que implicaba muchos riesgos, tal vez la ms alta leccin de carcter poltico que un cubano poda brindar. Hoy estamos conscientes de que no se identific con los objetivos mezquinos del gobierno interventor. Su autoridad como ministro le permiti hacer lo que al gobierno espaol le hubiera sido imposible: promulgar la reforma de las enseanzas media y universitaria. Ese hecho y los objetivos que perseguan marcaron todas las reformas de educacin superior que han sido acometidas en Cuba. En la repblica, donde es ya un sexagenario, qu lo convierte en la figura paradigmtica para los jvenes de las generaciones de Julio Antonio Mella, Rafael Trejo, Pablo de la Torriente Brau e inclusive para los jvenes latinoamericanos? Su apoyo al movimiento de reforma universitaria, que por su profundidad trasciende al del resto del continente, as como a la consolidacin del movimiento estudiantil, el cual se enfrent al tirano Gerardo Machado, cuyas huestes llegaron hasta su vivienda y la ultrajaron. Lol de la Torriente subraya que Varona estaba organizado mentalmente para pensar y ensear, su accin corra pareja en dos direcciones: adoctrinando en estudios superiores e interviniendo en los asuntos pblicos. En cada uno de estos gestos, en cada uno de estos actos hay una funcin educativa. Durante sus 84 aos de hombre laborioso, realiz con perseverancia, abnegacin y austeridad su noble misin de educador de un pueblo joven. Fernando Ortiz entra con 19 aos a la vida republicana. Desde sus primeros pasos se presagia como un hombre de pensamiento, pero la situacin social y poltica del pas lo lleva rpidamente a las filas de la participacin ciudadana. En 1917 es elegido representante a la Cmara y designado su vicepresidente. Ortiz represent a la juventud cubana izquierdista dentro de las filas del Partido Liberal, as surga la llamada “izquierda liberal”. Y con ese mismo mpetu es autor del Manifiesto del 2 de abril de 1923 de la Junta Cubana de Renovacin Cvica. En este ao, publica Un catauro de cubanismos, apuntes lexicogrficos. El prlogo fue escrito nada menos que por Rubn Martnez Villena, quien dice entre otras cosas que Ortiz era un hombre honrado, patriota ntegro y un “maestro siempre”.

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124A fines de 1923 figura entre los iniciadores de la Universidad Popular Jos Mart, fundada por Julio Antonio Mella. All se da a conocer a las jvenes generaciones de estudiantes universitarios y tambin de los obreros, y a partir de ahora cruza la lnea que a veces separa a intelectuales y proletarios. Pero vale la pena mencionar un hecho que los maestros conocen poco. Fernando Ortiz inici en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (SEAP) un ciclo de conferencia “analizando los factores de la decadencia cubana”, el 23 de febrero de 1924. Titul su magistral trabajo “La decadencia cubana”, documento que presenta el estado de la educacin y la escuela cubana, aproximadamente en el primer cuarto de siglo: el 53% de sus habitantes no sabe leer ni escribir; el pas est en la escala de la instruccin por debajo de todas las Antillas; la instruccin pblica est en un retroceso tan grave que si contina as, la prxima generacin entrara en la categora de los pueblos no civilizados. Es ms que una conferencia un grito de alerta, un clamor en su voz, de las necesidades ancestrales de un pueblo colonizado y explotado hasta la miseria. Pero la degradacin cultural se acompaaba de una degradacin moral. Como jurista que era, pudo aportar un dato significativo que otros ocultaban por desidia o negaban por complicidad. Dice Ortiz: “En las pasadas elecciones ms del 20% de la totalidad de los candidatos postulados por los partidos polticos tenan antecedentes penales, definidos por fallos judiciales ejecutorios”.2 ¡Qu polticos eran aquellos! ¡Y qu poltica! Pero hay un hecho que es toda una leccin de dignidad y patriotismo, el cual desenmascara la poltica de los Estados Unidos hacia Cuba y a los gobernantes cubanos entreguistas. Fue el 29 de diciembre de 1930, en Boston, donde se reuna la American Historical Association y las dems academias de estudios hispnicos de dicho pas. Ortiz trat sobre los factores de carcter econmico y poltico que provocaban la situacin de Cuba y expuso la responsabilidad de los Estados Unidos en la poltica cubana como consecuencia de un estado incesante de intervenciones a veces militares, pero casi siempre diplomticas y financieras, las cuales en vez de asegurar la libertad de los cubanos haban promovido y sostenido una serie de gobiernos usurpadores del poder apoyados enfticamente por Washington. En 1941, organiza en el seno de la Institucin Hispano-Cubana de Cultura, la Alianza Cubana por un Mundo Libre, cuyo propsito era integrar un frente comn en la lucha ideolgica contra el fascismo, que tena en Cuba un fuerte bastin en la oligarqua espaola representante del falangismo ibrico. Durante ese propio ao de 1941, la participacin de Fernando Ortiz en el Movimiento por la Escuela Cubana en Cuba Libre, tiene relevancia popular. Juan Marinello haba sido designado presidente de la Comisin de Enseanza Privada del Consejo Nacional de Edu cacin y Cultura, en donde present un proyecto de ley “sobre inspeccin y reglamentacin de la enseanza privada”, para ser discutido en el Congreso de la repblica. En su artculo primero dice: “Toda la docencia privada que se

PAGE 125

125imparte dentro de los lmites nacionales queda bajo la inspeccin y reglamentacin del Estado Cubano”.3Juan Marinello argument con numerosos datos por qu era necesaria la aprobacin de la ley: “En ciertos colegios extranjeros religiosos o no, estn presentes en los textos y en las explicaciones una postura rencorosa contra nuestra independencia, un tono despectivo hacia lo cubano, un resentimiento de vencidos, una justificacin de la obra de la monarqua espaola en Amrica”.4De inmediato, contra este proyecto de ley, los sectores ms reaccionarios del pas organizaron una campaa dirigida a impedir que fuera aprobado, la cual se llev a cabo a travs de la prensa nacional, en la que diariamente se publicaban artculos y declaraciones para tratar de confundir a la opinin pblica con falacias y calumnias. Los representantes del alto clero, las asociaciones de caballeros catlicos, los colegios religiosos ms encumbrados y el peridico Diario de la Marina cerraron filas contra el proyecto de Marinello, pero no conformes con la sistemtica campaa organizaron un acto poltico, en el antiguo Teatro Nacional, el 25 de mayo de 1941, bajo la consigna “Por la Patria y por la Escuela”. A l asistieron, y cont con su respaldo, de Pepn Rivero, Dorta Duque, Emilio Nez, Nena Coll, Francisco Ichazo, Jos M. Casanova, Mario Garca Menocal, Alfredo M. Aguayo y otros de la misma estirpe. Como respuesta se organiz otro movimiento integrado por las fuerzas y personalidades ms democrticas y progresistas del pas, y otras personas que sin estar identificadas con esta lnea eran partidarias, no obstante, de mantener en nuestras escuelas las tradiciones patriticas y laicas. Este movimiento respondi a la consigna “Por la Escuela Cubana en Cuba Libre”, nombre que Enrique Roig de Leuchsenring le otorg al movimiento que encabez. Dicho movimiento fue apoyado por ms de 100 instituciones educacionales, asociaciones de estudiantes, de maestros, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) con sus federaciones que agrupaban a miles de obreros, los veteranos de las guerras de independencia, ms de 100 logias, clubs y otras organizaciones de masas de diversos tipos. El 22 de junio del propio ao y en el mismo teatro se llev a cabo un acto verdaderamente masivo, porque estaban representadas las masas trabajadoras, as como las fuerzas populares y democrticas de la nacin, en donde intervinieron varias personalidades de reconocido prestigio nacional: el sabio Fernando Ortiz con su aval de figura nacional e iberoamericana de la ciencia y la cultura, Emilio Roig de Leuchsenring, historiador de La Habana, Sarah Ysalgu de Massip, Mara Corominas, Carlos Fernndez, por la CTC y otras personas en representacin de sus organizaciones. Todos los oradores coincidieron en vincular la lucha por la escuela cubana con nuestras guerras de independencia, con los educadores cubanos del siglo XIX: Varela, Luz, Saco, Mendive, Moralitos, Jos Mart, y adems defendieron el carcter laico y democrtico de la escuela cubana. Fue un verdadero respaldo popular donde hubo conjuncin de diferentes

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126sectores y organizaciones en apoyo al proyecto de Juan Marinello. En actos como este, el pueblo aprende a conocer quines son los que estn identificados con sus intereses y aspiraciones y quines estn en la lnea de enfrente. El pueblo, con su eterna sabidura, distingue a esos hombres, los marca y deposita en ellos su confianza; abre sus corazones y su mente, quedando as abierto el camino para recibir su influencia educativa. Enrique Jos Varona y Fernando Ortiz pudieron ejercer una notable influencia educativa en amplios sectores de la poblacin cubana, porque sus actos fueron consecuentes con su obra y su pensamiento. Notas1 Hart, Armando. Nuestra Amrica: gua de nuestro tiempo. De la cultura. La Habana: Ediciones Ministerio de Cultura, 1991. p. 10.2 Ortiz, Fernando. La decadencia cubana. Conferencia de propaganda renovadora pronunciada en la SEAP, 23 febrero 1924. La Habana: Imprenta y Papelera La Universal, 1924.3 El VI Congreso Nacional de la Confederacin de Colegios Cubanos Catlicos. Boletn Extraordinario, Camagey, jul., 1948. p. 224 Marinello, Juan. Por una enseanza democrtica. La Habana: Ed. Pginas, 1945. pp. 17-18.

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127 HOMENAJESA Cintio en su 88 cumpleaos* Araceli Garca CarranzaInvestigadora y bibligrafa E stimados amigos y colegas: Con motivo del cumpleaos de Cintio Vitier, la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart lo felicita con esta muestra bibliogrfica que inauguramos hoy, y al inaugurarla, es preciso recordar sus aos aqu en la Biblioteca Nacional, en el otrora Departamento Coleccin Cubana, junto a su esposa Fina Garca Marruz. Corran los fines de la dcada del 60 cuando yo fui la jefa de Cintio y Fina en ese recordado y entraable departamento. A pesar de mis aos jvenes los supe ver desde abajo, afortunadamente nunca se me ocurri verlos desde mi jefatura, y Cintio, desde su grandeza intelectual, no slo se cea a sus impecables y eruditas investigaciones literarias, compartidas y logradas junto a Fina, sino que me asesorara hasta en las ms sencillas selecciones bibliogrficas, las cuales, casi por arte de magia, logrbamos hacer brillar sin luces ni colores, en las vitrinas de esta Biblioteca Nacional, solamente lucidas con la vala de nuestra inmensa cultura cubana. Como en una cinta cinematogrfica recuerdo esos aos junto a Cintio y Fina, sin embargo, de ellos viene a mi mente la forja de la Sala Mart, inaugurada por un anciano venerable, el profesor Manuel Pedro Gonzlez, el 28 de enero de 1968, un domingo, a las diez de la maana. Diriga entonces la institucin el capitn Sidroc Ramos, tambin fundador de la Sala y refundador, tambin, de la Biblioteca Nacional. Aquello fue una ocasin muy especial y conmovedora por la devocin e inspiracin que se perciba en el Saln de Actos, por cierto, casi vaco. Luego transcurrieron algunos aos en la Sala Mart y ah recuerdo a Cintio, ensimismado en sus investigaciones, recuerdo a Fina, quien diriga las visitas a la Sala Mart suministrando la prdica martiana a nios, jvenes y adultos. La Sala fue amueblada con tiles usados de la propia Biblioteca: una vitrina, un sof, mesas, sillas y un bur; en sus paredes fotocopias del Manifiesto de Montecristi entre otros cuadros, y en una de sus vitrinas los libros que haba ledo nuestro Mart, donados a la sala por el doctorCintio Vitier (1921-2009)* Palabras pronunciadas por la autora el 28 de septiembre de 2009 en la inauguracin de la exposicin en homenaje a los 88 aos de Cintio Vitier. Desgraciadamente, dos das despus, la cultura cubana conoci la gran prdida fsica de Cintio Vitier, el 1 de octubre en La Habana.

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128Julio Le Riverend, y que antes estuvieron en manos de Emilio Roig de Leuchsenring. Su primer fondo procedi de Coleccin Cubana, fueron los terceros ejemplares de la bibliografa activa y pasiva de Mart y que entre Josefina, yo y otros compaeros sacamos para inaugurar la Sala Mart. Con orgullo y veneracin se organizaron y atesoraron, en sobres de Manila, los manuscritos de Jos Mart procesados por Marta Garca Hernndez y Miguelina Ponte, y se mostraban los artesanales e impecables lbumes de fotos, salidos de las manos de mi hermana Josefina y, ms tarde, los primeros y apretados catlogos que daran origen a la edicin crtica del Apstol. En la Sala Mart se senta la devocin martiana de Fina y de Cintio, quienes atendan, con el mismo respeto, al ministro Ral Roa, en aquellos aos asiduo visitante de ellos en la Sala, que al ms humilde de sus admiradores, seguidores o estudiosos de la obra martiana o de la literatura cubana. Estos trabajadores, ejemplos ambos de rigor y disciplina, ejercieron desde entonces el ms estricto cumplimiento del cdigo de tica que conoceramos aos despus, porque la Sala Mart fue un verdadero santuario fundado por Cintio y Fina. A ambos debemos la creacin de aquel monumento que emergi por los fondos de Coleccin Cubana y que an existe, convertido en el Centro de Estudios Martianos que, por su produccin intelectual y editorial, es, en la actualidad, una de las instituciones ms prestigiosas de Cuba, su actual Presidente de Honor es Cintio Vitier y hoy contamos ac con la presencia de su directora Ana Snchez y de la subdirectora. Y volviendo a la exposicin que inauguramos hoy, en ella no faltan ttulos como Temas Martianos Mozart ensayando su Rquiem Flor oculta de poesa cubana o la obra sobre Juana Borrero o acerca del Papel Peridico de la Havana y, por qu no?, tambin Ese sol del mundo moral en aquel momento un libro polmico, pero surgido tambin en la Sala Cubana, en Coleccin Cubana, entre otros textos, todos logrados en los aos de trabajo de Cintio y Fina en ese departamento, sin olvidar, por supuesto, los siete Anuarios Martianos que cada ao publicaron desde la Sala Mart, esa seccin inseparable de ese departamento que recordamos. Veamos entonces esta exposicin convencidos de que, innegablemente, Cintio y Fina nos legan su ejemplo de tica revolucionaria, nos legan una huella imborrable de rigor, disciplina y entrega al trabajo, en especial demostrada en esta Biblioteca Nacional. Fina y Cintio, por tanto, estn presentes aqu en la Biblioteca y seguirn presentes, as como en las ms selectas colecciones cubanas, en lo ms valioso de nuestro patrimonio intelectual y bibliogrfico, porque la obra de ambos ser ya imprescindible dentro de la cultura cubana. Muchas gracias.

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129 El da de hoy tiene un especial significado…* Eduardo Torres CuevasHistoriador y director de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart E l da de hoy tiene un especial significado para todos nosotros, Cintio y Fina son parte de esta institucin, son parte de la Biblioteca Nacional, para los ms jvenes esta biblioteca no slo es el lugar donde se conserva un patrimonio bibliogrfico, sino que conserva tambin una memoria histrica, de creacin cultural, en el cual los nombres de Cintia y Fina tienen un especial significado. Deca Araceli que cuando ella diriga ese departamento era muy joven y yo dira que ah tienen a alguien que empez muy joven y ha llegado a ser todo un smbolo en nuestra cultura. Pero particularmente quisiera slo recordar que cuando yo era estudiante de bachillerato, haba ya un nombre, que era el de Medardo Vitier, y era el nombre que se convirti, para todos los que queramos entender un poco a Cuba, en todo un smbolo. Aquellos dos libros de Medardo Vitier: Las ideas en Cuba y La filosofa en Cuba despus publicados en una sola edicin, nos ensearon a pensar a Cuba, a quienes ya ambamos a Cuba, y esas lneas, ese desarrollar el sentimiento y el pensamiento por nuestro pas, que no es ms que desarrollar el sentimiento y el pensamiento por nosotros mismos, por lo que somos, tiene dos grandes constructores: Cintio y Fina. Pienso que nunca estaremos a la altura de lo que ellos nos dieron y pienso que sera muy triste que los jvenes no hayan ledo la obra de Cintio y Fina. Creo que cuando hablamos de ese arquetipo de cubano, yo dira que si de cubanos hablamos, de cubanos que sienten y quieren a Cuba, hay que tener el ejemplo de Cintio y Fina, porque Cuba siempre ser profunda, compleja y hay que estudiarla, porque es una cultura que se ha hecho a s misma. Pensando y haciendo las obras como las de Cintio y Fina, lo nico que puedo decir es que yo soy un devoto de esa obra, porque esta obra se escribi en muy variadas circunstancias, a lo largo de muchas dcadas y con situaciones muy diferentes, pero si algo nunca cambi fue su profunda raigambre cubana, y si algo hay que decir de este fondo profundo de la obra de Cintio y Fina, es que hay que buscarlo all, en los primeros que nos pensaron: en Varela, ¡en Jos de la Luz y Caballero!, ese estandarte que Cintio levant con una mano y coloc en lo ms alto de nuestro sentimiento nacional. Hoy, cuando hablamos de estos maestros, muchas ve ces recuerdo esta frase de Luz donde deca que “para que Cuba un da sea, soy yo* Palabras pronunciadas el 28 de septiembre de 2009, en ocasin de inaugurarse la exposicin en homenaje a Cintio y Fina. Desgraciadamente, dos das despus, la cultura cubana conoci la gran prdida fsica de Cintio Vitier, el 1 de octubre en La Habana.

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130maestro de escuela”, no es la Universidad la que forma el pensamiento y el sentimiento, ah se llega despus, es la escuela cubana de primaria a pre la que cultiv y la que hizo hombres que amaron a Cuba; y yo empec a amar a Cuba por las obras de Medardo, y… bueno, dije mal, siempre am a Cuba, pero empec a entender a Cuba por la obra de Medardo, continuada por Cintio y por la increble sensibilidad de Fina cuando escribe y toca en el corazn. Deca Jos Antonio Saco que el que no tiene el sentimiento de esa cubanidad, no podr nunca entender a los que realmente piensan, sienten y son capaces de dar su vida, no slo en un acto heroico, sino en ese herosmo cotidiano, diario, permanente, del cual son modelo y ejemplo Cintio y Fina. La Biblioteca Nacional no puede menos que sentirse orgullosa de que ellos hayan sembrado tantas cosas aqu, y si de nuestra memoria se trata, querida Araceli, creo que esta memoria, donde est profundamente enraizada es en figuras como Cintio y Fina, que creo que nos pertenecen, creo que debemos honrarlos con nuestro trabajo cotidiano, con nuestra tica, porque ese fue el gran mensaje de ese sol del mundo moral: la tica como punto raigal de la accin y del pensar y de la ciencia en nuestro pas. Gracias a Cintio y Fina, transmteles [se dirige a la nieta, Laura Vitier, presente en representacin de ambos] nuestra devocin y de seguro sern imperecederos en la memoria de todo buen cubano. Muchas gracias.

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131 MEDITACIONESD esde el azar que la nombrara Fina Garca Marruz* reverencia ya su vnculo con lo potico, pues es su “ fineza”, recordando la que sor Juana Ins de la Cruz llamara la mayor fineza de Cristo, ese suave retiramiento de su vida y de su obra con que ha sabido permanecer, durante ms de medio siglo, en el contexto cultural cubano. Resulta innecesario, porque este se encuentra ampliamente avalado por la calidad de su creacin literaria, que emprendamos aqu el reclamo de un lugar que, en el marco de la poesa y la literatura cubanas, ocupa ya, sin dudas, quien ha sido considerada la nica poeta1 del Grupo Orgenes. Fina Garca Marruz constituye hoy, luego de algo ms de medio siglo de produccin potica continua, aunque no siempre* La Feria del Libro de La Habana en el 2009 estuvo dedicada a Fina Garca Marruz y al historiador Jorge Ibarra. [N. de la E.] A propsito de la temtica de “lo humilde-cotidiano” en Habana del centro de Fina Garca Marruz Lennys Ders del RosarioProfesora“Hay una luz normal de la vida que escapa a toda sublimacin y que sin embargo es la ms sustentadora”. FINA GARCA MARRUZPortada de la Revista dedicada a Fina Garca Marruz en el 2003

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132presente en nuestros escenarios editoriales, una figura ineludible de la poesa en lengua espaola. Un recorrido por la que el crtico Jorge Luis Arcos, quiz el ms esclarecido de los estudiosos de la obra de la poeta, ha llamado la “Poesa de lo pequeo, lo cotidiano, lo sencillo, lo inmanente […]”2en su reciente libro Habana del centro es el propsito de estas indagaciones. Habana del centro recoge la labor potica de la autora en el perodo de 1971 a 1989 e integra, junto a sus imprescindibles Las miradas perdidas y Visitaciones el ncleo de su obra potica. Cada uno de estos libros constituye una verdadera “totalidad”, un universo creativo que da fe, de manera excepcional, de la pluralidad de los intereses poticos de Garca Marruz en un perodo determinado. Libros heterogneos, nunca inconexos, pues los vertebra la superior coherencia del pensamiento potico de la autora, formulado con frecuencia en numerosas composiciones donde priman las declaraciones de su potica. Poesa de “lo humilde-cotidiano” hemos acordado en llamar a la que aqu nos ocupa. Tal terminologa surge de nuestra necesidad de abarcar una zona muy amplia y dismil de la praxis potica de Fina Garca Marruz y que, como denominador comn posee, a nuestro entender, los elementos que el trmino arroja. No sera correcto entonces, identificar el contenido de esta temtica con lo que la crtica generalmente atribuye a “lo familiar” (ambiente y objetos hogareos, ocupaciones cotidianas, amigos y parientes, etctera), aunque de hecho lo incluya, como veremos; sino que el conjunto bajo la denominacin de “lo humilde-cotidiano” comprende la alusin a seres, fenmenos y rdenes de la realidad que podramos calificar de no-privilegiados, nfimos e incluso marginales, as como a mbitos de “lo cotidiano” que no se cien slo a la espacialidad de la casa, sino a un crculo ms amplio: una ciudad e incluso un pas. En Habana del centro, en particular “lo humilde-cotidiano”, se manifiesta en tres rdenes de realidad que son, a la vez, los asuntos fundamentales de la temtica: los objetos, los seres y los ambientes o situaciones. Desde el punto de vista de la potica implcita de Fina Garca Marruz referente al tema de “lo humilde-cotidiano”, el poema “En la confusa adolescencia”, primero que frecuentaremos de este libro, aporta elementos de su comprensin de la realidad y del lugar que esta ocupa en relacin con la literatura y, en general, con toda forma del saber, puesto que el poema se refiere a la lectura del filsofo Plotino. A travs de la descripcin de una circunstancia cotidiana, perteneciente a los recuerdos de juventud del sujeto l rico (sus lecturas de Plotino y la pintura de las sillas que la madre encargaba al to por Navidad), la autora pretende establecer la transformacin de su visin de “lo real”: de un pasado desapego del mundo inmediato circundante (que es aqu especficamente el de “lo familiar”) a favor de abstracciones filosficas,3 a la comprensin actual, segn la que: “[…] nada son para m las pginas que lea tan seria,/ entre la fiel emanacin del aceite/ y la vida desatendida, verdadera!”.4Pero la transformacin no es tal, al menos en la especificidad del cuader-

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133no “Habana del centro”, pues se precisa que estos sucesos nimios, estas materias (“sillitas para la Navidad”5) atraviesen la prueba del tiempo, se conviertan en pasado, que se reconozca desde un nuevo “ahora” (quiz por ello otra vez “desatendido”) que se vive “sin aquel sol!”,6 para que aquellas se vuelvan “Materias que me ampararon” y la realidad, entonces desestimada, en “la vida verdadera”. En este sentido, el poema anuncia la potica del cuaderno “Habana del centro” (el primero que integra el libro de igual nombre) en lo que se refiere al tratamiento de la temtica de “lo humilde-cotidiano”, el cual consiste en abordar no una realidad presente, sino enmarcada en el contexto mayor de la memoria potica (o poetizacin de los recuerdos). Asimismo, la composicin “Es verano”, del propio cuaderno, plasma la comprensin de “lo real” que tiene la autora, cuando establece una correspondencia, dada a travs de la cadena ascendente de relaciones y reflexiones que registra el poema, entre el vuelo mnimo de unas moscas y las constelaciones del cielo (entre lo nfimo y lo infinito); y concluye, ms que elocuentemente, su lectura de las inscripciones estelares: […] se vio el Arado rudo –toda la oculta majestad del laboreo diario– inscrito en las estrellas.7“Aqu”, del cuaderno “De los humildes y de los hroes”, a la vez que alude, de hecho, a la coyuntura geogrfica e histrica de la nacin cubana: “Bordes dentados/ de la isla en el mapa,/ caimn, lengua de pjaro.”,8 hace tambin una importante declaracin de la potica que sostiene el cuaderno: […] y es el buen seguir (quin lo dira?) heroico, el cada-da que nos mata y nos ayuda tanto (hay que decirlo), y nos ayuda.9Un significativo nmero de textos del cuaderno “Habana del centro” como son el poema de igual nombre, “La gota de agua de La Habana Vieja”, “Ao 30”, “En la luz, solamente”, “La puesta”, “Con bandonen”, “Los buenos das”, “Las vidrieras”, “Calle guila”, entre otros, alan en su asunto, en triple relacin, la ciudad, la memoria y lo cotidiano.10 En ellos se construye un espacio de la remembranza que no es el de la casa (espacio privilegiado de “lo familiar”), sino el mbito ms amplio de la ciudad, que muestra su rostro diario, vuelto entraable por incorporarse a la intimidad de los recuerdos, y como si la ciudad misma asumiera la proximidad de un interior domstico. En consonancia con la potica de la autora, la temtica de “lo humilde-cotidiano” se manifiesta pues, mayormente, por los rasgos, realidades, hechos o seres con que se construye (y totaliza) la imagen de la ciudad, que sabemos, adems, es una imagen extrada del recuerdo. As, “Habana del centro” nos da el ambiente de la ciudad de las nieces a travs de datos que expresan la vivencia cotidiana: las campanillas del tranva, el ruido de la puerta de la carnicera, los trajes de la lavandera china, el medio con que se compraban las galletitas de pltano,

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134el pescado en una pesa, el cine de los pastelillos, los carteles de la calle de guila, un camin que pasa... El poema “La gota de agua de la Habana Vieja” se refiere, como el ttulo indica, a la impertinente gota que cae del balcn de la Habana Vieja –de triple esencia humildsima: lgrima, orn y agua de limpieza–, y cmo puede esta caer sobre el caminante desprevenido. A ese hecho menor, el poema le atribuye un significado mximo, al considerarlo como un bautismo de nuestra alma “Ao 30” resume en un ser annimo y en el acto ms natural: una mujer asomada en un balcn, la imagen, convertida en sustancia, de la ciudad y, ms an, de la patria. Por su parte, “En la luz solamente”, poema integrador de los esfuerzos del libro, comienza con el esbozo de un espacio y ambiente citadinos habituales, esos que todos sus habitantes vemos a diario, sin prestarles apenas atencin, la ciudad en que amanece: […] suean las puertas cerradas, la bocacalle, el carro estacionado frente a la bodega, y arriba, en su trasmundo casi humano, el bombillo que olvid de apagarse…11“Con bandonen”, composicin dominada por la poetizacin de los recuerdos, revela nuevos espacios citadinos vinculados a actividades habituales: comprar flores en el Parque de la Fraternidad; baarse en las “cndidas pocetas” de los Baos de Carneado, preferidas sobre las playas de la Florida o la Riviera francesa, y luego merendar y descansar en la fresca terraza mientras suena una meloda conocida. En “Los buenos das” se aoran los domingos de otro tiempo, cuando se vea a las jamaiquinas asistir a la iglesia con sus “tnicos brillantes” y a los hijos del comerciante espaol en la tienda de efectos elctricos. Si comparamos este poema con otro del mismo nombre, perteneciente al libro Visitaciones se evidencia la transicin de un libro a otro del espacio domstico al citadino como mbito preferido de la evocacin, elemento que, podemos apuntar, distingue a ambos libros. Se mantiene inalterable la intimidad, la identificacin de la mirada del poeta que se apropia, al igual que del ambiente familiar –volviendo una y otra vez sobre l, como quien repasa certidumbres–, del paisaje de la ciudad amada. Y en uno y otro caso tambin, como motivo que marca la “realeza” de estos sucesos de la vida cotidiana (la madre que prepara el desayuno, las mujeres que asisten a la iglesia o los jvenes trabajando en la tienda), la luz: “[…] cae una franja de luz/ sobre las losas de colores/ de la sala…”,12 “[…] la luz del Domingo dando los buenos das”.13El poema “El secante” se desarrolla desde un enfoque en los objetos, a partir de los cuales se va caracterizando un sitio. La enumeracin de los objetos, que con frecuencia resulta una reiteracin de la misma cosa, pero variando su denominacin y caracterizacin, se realiza por medio de una serie de oraciones unimembres nominales: “[…] el secante verde/ El secante-meseta. El pequeo/ balancn, de escudo de cobre.”, “El olor escolar/ de las tintas, las tintas/ de color”,14 etctera. La ltima

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135oracin, subrayada estilsticamente por el empleo de la exclamacin, nos da la clave de esta enumeracin y reiteracin de objetos. El sujeto lrico interrumpe el fluir descriptivo del poema y se dirige a alguien, como indica la presencia del vocativo (“padre”), y por ello entendemos que el poema evoca, a travs de los utensilios y el lugar de trabajo del padre (escritorio), la figura del ser querido, muerto, cuya desaparicin subraya la presencia diramos “vaca” (carente de propsito) de los objetos: “¡Cuntas cosas/ que ya no acompaarn/ nunca ms, padre, tus manos/ escribiendo, fugitivas!”.15La prosa potica en “Las muequitas pobres”, segn ya anuncia el ttulo, expresa el recuerdo de estas pequeas compaeras de la infancia. El poema parte del contraste entre las queridsimas “[…] muequitas de trapo…”,16 “[…] la muequita modesta…”,17 a las que defina el consuelo que daban de cualquier pena, “su familiaridad con la terneza”,18“[…] las que de veras tenan alma.”;19y ese “[…] otro tipo de mueca”,20“mercadeada”, que imitaba a la estrella hollywoodense, esa que “Deslumbraba, pero no hablaba ya, ni comparta el lecho, y despertaba confusos sueos”,21o la que se llama aqu “[…] mueca frvola, de ojos inexistentes, pintados y fros, pintiparada como una quinceaera”,22 de la que no se puede ser ya la “mam-nia”, que “Se sabe intocable, feo adorno adulto…”,23cuyos ojos no acarician, que no ofrece compaa ni tiene bondad. En este ejemplo “lo humilde-cotidiano” se expresa tanto en el asunto escogido, un juguete infantil, como en el criterio de valoracin de la realidad que el tratamiento dado al asunto expresa, o sea, identificar lo pobre con lo entraable, lo que tiene alma, y lo lujoso (y mercantilizado) con lo fro, superficial e inhumano. En el poema en prosa “El persianal” de nuevo se emplea el procedimiento de, a travs del objeto insospechado, que es aqu “[…] el persianal, aquel de la casa de Lealtad en que vivimos”,24suscitar la memoria de otro tiempo, de la casa de la niez, que ya se haba olvidado casi por completo. Toda la mirada se concentra en el objeto en s, que est como desencajado de su contexto (la casa): “[…] el persianal ciego que encuadraban los dos pasillos laterales…”,25 como si el fragmento solo –abismarse en su certidumbre–, bastara al propsito restaurador. En otras palabras, se revela26 la capacidad del objeto de condensar todo lo perdido y, con ello, de volverse l mismo smbolo del tiempo transcurrido, de lo insalvable del tiempo o, como se le define all: “[…] eje de astro de un ayer que se esconde”.27 La transicin hacia el final del poema a la segunda persona del singular, con lo que el sujeto lrico entabla comunicacin con el objeto, lo interroga, y el estilo marca un fragmento en que se nos da el verdadero sentido y comprensin de la cosa evocada. Cuando hasta el momento en el poema haban dominado la primera y tercera personas del singular, como seala la conjugacin de los verbos, el uso del vocativo indica el cambio de persona, e identifica al receptor de la comunicacin (tropolgicamente, el apstrofe aplicado a un objeto inanimado es una prosopopeya o personificacin): “Persianal de otra edad, qu haces

PAGE 136

136ah, amigo mo?”.28 La fragilidad, lo momentneo de la visin del pasado que el persianal resume, dada la distancia insalvable que impone el tiempo, se expresa tambin: “Si te miro con atencin, escapas.”, “[…] nada debo decir, para que no se sobresalte tu pecho nervioso de paloma, oh roce avaricioso, y te vayas a ir, como ya te me vas yendo, para siempre”.29En “Viejos boleros”, en particular la letra de un bolero que el sujeto lrico le oa de joven cantar a la cocinera, y que funciona como intertexto del poema, activa o promueve el recuerdo, bastante detallado, de la casa de Neptuno y de objetos y sucesos afines a la vida de entonces: las tendederas, la ropa colgada, el comedor, el patio, el hule, el vestido preferido, el estuche de la trompeta del to, las macetas, la mujer cocinando y cantando boleros. La cita inicial de la letra de la cancin, con variaciones segn sea la intencin, se repite a lo largo del poema como un estribillo, para cerrar con los dos ltimos versos de la composicin, donde la frase-estribillo va disminuyendo como un eco que se apaga: “Cuando la brisa de invierno se cuela./ Cuando la brisa de invierno. Cuando la brisa.”.30A otro de los cuadernos de Habana del centro nombrado “De los humildes y de los hroes”, nos referiremos centrndonos en su primera parte, nombrada significativamente “De los humildes”. Esta incluye un conjunto de poemas que toman por asunto a seres disminuidos, como el animalillo abandonado, un nio pequeo que llora, el anciano que ha quedado viudo, la amiga muerta, el pobre paraltico y su madre, los viejos... Los antecedentes ms cercanos de esta lnea de inters lo encontramos en el propio libro, con poemas como “El afilador de tijeras” y “La doble”, ambos de “Habana del centro”. En el primero, se resalta cmo el pobre trabajador, con su tenacidad de pasar todos los das, ofreciendo su servicio a poco precio –cuando su verdadero servicio es impagable–, parece vencer el paso del tiempo e iluminar la vida cotidiana en torno: “El afilador/ no se ha enterado an del cambio/ de los aos”, “Y por embellecer/ las diez de la maana/ por desaparecer/ sin morir, cobra slo unos cntimos”.31 “La doble” se refiere a una nia mendiga que, segn recuerda el sujeto lrico –es este el rasgo al que el ttulo alude–, su madre sola identificar con ella. El asunto de la niez no ha estado en absoluto ausente de la obra potica de Fina Garca Marruz, en especial en un libro anterior, Visitaciones. Este se encuentra representado en un nutrido grupo de composiciones en las cuales prima, salvo en los textos que la autora dedica a su hijo, la indagacin sobre la infancia en abstracto, como un estado de privilegio asociado a la vida antes del pecado, al paraso perdido. En el cuaderno “De los humildes”, sin embargo, no se trata de la niez como concepto, sino de los nios y, con un tratamiento afn al que se le da en la literatura infantil, de los animales domsticos (el perro, el gato): en “Laurita” aparece una nia a quien su padre reprende; en “Laurita regaa a las flores”, como el ttulo indica, se trata del dilogo de la pequea con las plantas; en “Gatico” es el animalillo abandonado “humildoso y leve”,32 nombrado en me-

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137tfora cariosa “Pompn de la esquina roti-sucia”;33 en “El hijo” se narra, incluso de forma dramtica, la escena de un nio que sigue, llorando desconsolado, a su madre; “Originalidad” se refiere a un perrito igual a todos, con su mancha entre los ojos y las patas cortas, pero a la vez inconfundible de extraa originalidad Otros poemas del cuaderno pueden aportar elementos a este anlisis temtico. En “El corredor” y “Esbozo, croquis de unas piernas”, la anatoma de las piernas y el fenmeno del movimiento, la gracia del movimiento vuelto misterio, constituyen el objeto de los poemas. Sin dudas se trata de un homenaje a annimos deportistas. En “La gra” se descubre la belleza de esta maquinaria prosaica, cuando se la vincula con la imagen de la torre Eiffel, con la cual comparte su naturaleza area, frgil y, a la vez, slida. El poema “La bienaventurada” destaca por el patetismo, inusual en la obra de Garca Marruz, del asunto escogido, que es el de una madre inmolada al cuidado de su hijo discapacitado. Los calificativos que, cerrando el poema en prosa, se aplican al hijo alelado y a la madre amorosa: “[…] desposedos, pequeitos, tristsimos, felices”,34 apuntan a la comunin posible de la humildad y la desdicha, con la felicidad. El ttulo escogido contiene un significado religioso, pues tal es el trmino con que se designa en los evangelios a aquellos destinados al cielo; y en este punto se nos aclara la vinculacin antes referida de desdicha y felicidad, dada por los adjetivos con que se caracteriza a los dos personajes: el padecimiento y sacrificio que soportan, el hermoso sufrimiento de amor, les ser recompensado en una eternidad de bienaventuranza. Los motivos de la muerte y la vejez tambin tienen su lugar en el cuaderno, a travs de un conjunto de obras donde se trata de una dama decrpita, de la amiga muerta, del velorio de una anciana, del seor que qued viudo, de los viejos, etctera. El amor de Garca Marruz por el ser humilde genera su preferencia por el personaje cinematogrfico de Charlot, al que le dedica otro cuaderno incluido en Habana del centro (aunque tambin ha sido publicado de manera independiente): “Crditos de Charlot”. La filmografa de Charles Chaplin funciona como intertexto del cuaderno, en que la imagen del cine, de las pelculas amadas, se traduce al lenguaje potico. La pobreza, ingenuidad e inteligencia prstinas del personaje de Charlot, de quien dice que su risa es de las que solo aman los nios –elogio de la inocencia misma–, seducen a la poeta de un modo comparable, por el tono de amorosa (y fervorosa) admiracin en que se vierte, al que expresa en aquella vasta porcin de su obra inspirada en la figura y la obra de Jos Mart. Es as que en Habana del centro la poesa de “lo pequeo” de Garca Marruz se expresa, de manera privilegiada, tanto en los asuntos afines a “lo familiar” –aunque en general insertos en el contexto mayor de esa “Habana del centro” que se evoca–, como en el asunto que hemos bautizado “de los seres humildes”, alrededor del cual se estructura toda una seccin del libro, titulada significativamente “De los humildes”.

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138Asimismo, ocurre que el espacio o mbito privilegiado de la temtica en Habana del centro es el de la ciudad, pero abordado como un espacio de la intimidad. La memoria, aliada a “lo humilde-cotidiano” en la construccin de una ciudad en el recuerdo, presenta un peso considerable en el libro. La obra de Fina Garca Marruz posee, a nuestros ojos, la rotundidad y desnudez sumas que adquieren las formas a la intemperie, bajo el crudo sol de nuestros mediodas tropicales. Su poesa aspira a consumar el oficio de la luz que desciende a apiadarse de la realidad, pues es lo real, como afirmara la autora, “la tierra del coraje”.35Notas1 Utilizamos aqu el calificativo de “poeta” para referirnos a Fina Garca Marruz, y no el de “poetisa”, como quiz podra parecer ms correcto. Tal hecho no involucra ninguna objecin de tipo feminista al trmino “poetisa”, sino que entraa un juicio y un homenaje a la creacin literaria de la autora. En reciente entrevista conferida a Rosa Miriam Elizalde en ocasin de la entrega a Garca Marruz del Premio Iberoamericano de Poesa Pablo Neruda, la autora explica, al ser interrogada acerca de si se considera “poeta” o “poetisa”, es decir la diferencia que descubre entre ambos vocablos. Para ella “La poetisa a la que se le pudiera llamar ‘poeta’ es alguien que crea un idioma […]”, o sea, la que, con su obra provoca una ruptura, un cambio tal que rebasa el contexto meramente literario e incide en la lengua misma. La autora, con su humildad habitual, respondi que, segn tal definicin, ella sera “ms bien una poetisa”. Elizalde, Rosa Miriam. Fina Garca Marruz: Me comunico mejor con el silencio. En: www.juventudrebelde.cu/cuba/2007-03-182 Arcos, Jorge Luis. “Fina Garca Marruz”. La palabra perdida. Ciudad de La Habana: Ediciones Unin, 2003. pp. 220-221.3 La seleccin del filsofo Plotino y sus emanaciones en este caso, no es ni mucho menos gratuita: en la concepcin de este filsofo, fundador del neoplatonismo, la materia constitua la causa de todo mal y el objeto de la vida deba ser, por tanto, escapar del mundo material de los sentidos. Comprese lo anterior con la consideracin expuesta en el poema de privilegiar la realidad a que se asiste y la definicin de unas simples sillas como “Materias que me ampararon…”, etctera. Garca Marruz, Fina “En la confusa adolescencia”. En Habana del centro. La Habana: Ediciones Unin, 1997. p. 17.4 dem.5 dem.6 dem. Las cursivas son del original.7 Ibdem: “Es verano”, p. 53. Esta idea llevada a su extremo, o sea, la afirmacin de que existe una correspondencia entre todos los rdenes de lo creado, que la poeta extrae de la cosmovisin martiana, es la promotora de otro de los cuadernos del libro, de caractersticas singulares dentro del corpus potico de Fina Garca Marruz: “Nociones elementales”. La potica de este, que la autora cree necesario plasmar en un prlogo, parte de “[…] la conexin que pueden tener entre s todas las cosas, aun las que parecen ms distantes, sin excepcin alguna, la conexin de las frases comunes de una conversacin habitual con algunas dolorosas o regocijadas verdades solitarias del hombre”. Ibdem: “Razn de este librillo”. En “Nociones elementales”, p. 279.8 Ibdem: “Aqu”. En “De los humildes y de los hroes”, p. 147.9 dem.10 Segn el caso, puede variar el aspecto dominante del asunto del poema, aunque el ms general sea la ciudad.11 Ibdem: “En la luz solamente”, p. 59.12 _______. “Los buenos das”. En Visitaciones. La Habana: UNEAC, 1970. p. 111.13 _______. “Los buenos das”. En Op. cit. (3). p. 26.14 Ibdem: “El secante”, p. 30.15 dem.

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13916 Ibdem: “Las muequitas pobres”, p. 67.17 dem.18 dem.19 dem.20 dem.21 dem.22 bdem, p. 68.23 dem.24 Ibdem: “El persianal”, p. 74.25 dem.26 La mirada de la poeta es la que descubre y revela la potencialidad del objeto, su verdadera significacin, de ah que el sujeto lrico apunte: “No resistes mis ojos de hoy, ya alertados”.27 dem.28 dem.29 dem.30 Ibdem: “Viejos boleros”, p. 82.31 Ibdem: “El afilador de tijeras”, p. 54.32 Ibdem: “Gatico”. En “De los humildes y de los hroes”, p. 132.33 dem.34 Ibdem, “La bienaventurada”, p. 158.35 _______. “Estacin de gloria”. En Hablar de la poesa La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1986. p. 384.

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140 Hoy es un da de emociones y recuerdos* Juan Nuiry SnchezProfesor de la Universidad de La Habana E n mi libro Tradicin y combate. Una dcada en la memoria, narro cmo en la madrugada del lunes 10 de marzo de 1952, tras una insistente llamada telefnica, al descolgar escuch una conocida voz que deca: “Hay noticias de un golpe de Estado. Se habla de Batista. Te espero en la Universidad”. Poco despus viajaba en un mnibus que transitaba por desoladas calles hacia la Colina. Durante el trayecto pensaba en cmo haba transcurrido mi existencia, pues an no tena 20 aos. ¡Qu lejos estaba de suponer que ese viaje marcara el rumbo de mi vida, ya que desde ese momento estara incorporado para siempre a una causa sin retroceso! Mientras llegaba a la Universidad, a la que haba ingresado meses antes, qu suceda en el pas? Fulgencio Batista, pieza a la hechura de la reaccin nacional y de intereses forneos, haba entrado en el Campamento Militar de Columbia, junto a un grupo de oficiales en activo y ex militares, para aduearse de las principales dependencias del Ejrcito, la Marina y la Polica, derribar al gobierno constitucional y suplantar el ordenamiento jurdico existente, a slo 82 das de unas elecciones generales que deban celebrarse el 1 de junio de 1952. Frente a esa maniobra traicionera, exista una ausencia de direccin en el pas, un vaco tico; un Poder Ejecutivo ablico y vacilante, sin sentido de su investidura, partidos polticos divididos en pugna estriles, con un desconocimiento total de visin histrica. En la capital, slo hubo un reducto de rebelda: la Universidad de La Habana que, como en la dcada del 30 del siglo pasado, se convirti de nuevo, en un bastin de dignidad y combate. Muy temprano en la maana, la histrica casa de estudios fue un hervidero de pueblo, adonde acudan estudiantes universitarios y de la segunda enseanza, obreros, profesionales, veteranos, hombres y mujeres.* Palabras pronunciadas por el profesor titular Juan Nuiry Snchez en el acto de investidura como Profesor de Mrito, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 3 de octubre de 2007.

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141Todo era movimiento y desde lo alto de la escalinata, a la diestra de la estatua del Alma Mter, la bandera a media asta con un crespn negro en seal de luto y por los amplificadores se escuchaban himnos de combate y proclamas de condena al golpe militar. Las manifestaciones estudiantiles de protesta no se hicieron esperar. Precisamente, ese da tomaba posesin por tercera vez como rector (trienio 1952-1955) el mdico y profesor, doctor Clemente Incln y Costa, quien deba sortear uno de los perodos ms difciles de la vida republicana. El Consejo Universitario suspendi las actividades docentes y pronto la Colina fue cercada por las fuerzas policiales, a lo que el estudiantado respondi a una sola voz: ¡la FEU ni se rinde ni se vende! Caa la noche y las armas prometidas por el presidente Carlos Pro a la Federacin Estudiantil Universitaria (FEU), nunca llegaron. Era el principio de un largo camino por recorrer. La FEU el 14 de marzo de 1952, fij su firme posicin de principios en un documento, de necesario estudio. Se abri un nuevo ciclo generacional. No sera nuestro nico objetivo combatir la recin creada dictadura, sino tambin luchar contra el lastre de la politiquera y romper con las cadenas del colonialismo y el injerencismo, para realizar una transformacin regeneradora del sistema imperante. El proceso que comenz en la Universidad de La Habana aquel da constituye para m un punto de partida de una gran espiral. Fue y es, una fuerza impulsora, que junto a inolvidables compaeros, jvenes estudiantes, de conducta firme y creativa, contagiosa alegra junto a la estatua del Alma Mter nos cobijamos con la pureza de nuestros ideales, esgrimiendo la rebelda como imperativo irreductible de lucha. En las aulas de la alta casa de estudios, conoc de sus enseanzas, pero me forj en la Plaza Cadenas, el Saln de los Mrtires y la escalinata. Por todo lo expresado, mis recuerdos siempre me conducen hacia esa bicentenaria institucin. Al entrar a la Universidad, comprend que ser estudiante era una actitud ante la vida; que cada generacin tiene sus propios desafos y que estos retos los tena que enfrentar con entereza, y que por definicin el estudiante slo deba inclinarse ante el libro. Comenc a leer importantes autores, que escribieron sobre el papel del estudiantado en su lucha y proyeccin. El primero, como siempre, fue Jos Mart, cuando manifest: “[…] el estudiantado es el baluarte de la libertad y su ejrcito mas firme”; admir la prosa del escritor argentino Jos Ingenieros, en sus libros, El hombre mediocre y Las fuerzas morales, entre otros, todos de obligada lectura en mi generacin. Tambin del peruano Jos Carlos Maritegui. Del escritor ecuatoriano Juan Montalvo al decir: “ Ay de los pueblos en que los jvenes son humildes con el tirano, en que los estudiantes no son capaces de mover al mundo”. De Julio Antonio Mella, al sealar en su artculo “Los estudiantes y la lucha social” que “[…] desde 1918 en Crdoba, Argentina, hasta 1923 en La Habana, antillana y yanquilizada, pasando por Chile y Per, la juventud universitaria

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142ha venido luchando por un movimiento que ha denominado Reforma o Reforma Universitaria. Es como ha dicho uno de sus mentores ideolgicos –Jos Ingenieros– un signo de los Tiempos Nuevos”. Mella recoge todo el acervo histrico y cultural y une en un haz la teora y la prctica: crea la FEU el 20 de diciembre de 1922 y el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, en 1923, que marc para siempre su vertical posicin al estudiantado cubano como legado: martiano y antimperialista. Un lugar importante de la vida universitaria en la dcada del 50 fue la Plaza Cadenas, equivalente a lo que constituy para las generaciones del 27 y el 30 el Patio de los Laureles. A la sombra y el frescor de sus frondosos rboles, haba un rea propicia para reuniones y encuentros; comentar sobre las elecciones estudiantiles; hacer alguna cita, o sin levantarse de un banco, adquirir el Alma Mter, rgano oficial de la FEU o La historia me absolver. No era difcil encontrar en el lugar a Jos Antonio Echeverra caminando o sentado en uno de sus bancos, presencia que fue siempre recibida con muestras de cario y respeto. Tambin lo recordamos en la Plaza Cadenas a un costado de la antigua Facultad de Ciencias, en improvisada tribuna, resumir una nutrida asamblea estudiantil y con palabras vibrantes, tratar temas que trazaban su vertical y radical posicin: condenar el proyecto del Canal Va Cuba, al denunciar que era una agresin directa a nuestra soberana; reafirmar una vez ms que sin incluir a Fidel y a los moncadistas, no se poda hablar de amnista poltica, y manifestar que nicamente una transformacin profunda de nuestra realidad poltica, econmica y social, tendra que ser la cura de los males de nuestra patria. Recuerdo en la Plaza Cadenas al profesor Ral Roa, resuelto y gil, con un montn de libros bajo el brazo, hablando con su elocuente verbo, gesticulando “araando el aire con sus manos”, contando ancdotas, rodeado siempre de estudiantes que lo escuchaban con entusiasmo, sin ms protocolo que su prestigio, referirse a Enrique Jos Varona, Manuel Sanguily, Rafael Trejo, Gabriel Barcel, Antonio Guiteras, Pablo de la Torriente Brau, el Ala Izquierda Estudiantil, destripando la Enmienda Platt y crucificando a trnsfugas, farsantes y politiqueros, as como reafirmando su inclaudicable posicin contra “el bonche” universitario. Recuerdo cuando sentado en un banco frente a la Facultad de Derecho escuch al poeta venezolano Andrs Eloy Blanco expresar, que la Universidad de La Habana era: “el centro geomtrico de la verdad cubana”. Si bien la direccin fundamental de nuestra generacin estaba en combatir la dictadura de Batista y los males que representaba, esta nunca se vio desligada del acontecer internacional. Siempre existi un respaldo con el Puerto Rico de Betances y Albizu Campos, al reafirmar la solidaridad cubano-boricua, tal como fue expresado en el famoso octoslabo de doa Lola Rodrguez de Ti: “Cuba y Puerto Rico son, de un pjaro la dos alas”; el repudio a los dictadores latinoamericanos, “moscas”, segn el calificativo que le dio el poeta chileno Pablo Neruda: moscas Trujillo en Republica Dominicana;

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143moscas Somoza, en Nicaragua; moscas Stroessner, en Paraguay; moscas Odra, en Per; igualmente la repulsa a Castillo de Armas, en su triste papel de ttere interventor en Guatemala y nuestro decidido respaldo a Jabobo Arbenz. En las histricas intervenciones de Jos Antonio Echeverra en el ao de 1956, cuando dio a conocer la creacin del Directorio Revolucionario el 24 de febrero, y al pronunciarse contra las dictaduras de Amrica, el 9 de marzo, ambas en esta Aula Magna, est la proyeccin martiana, internacionalista y antimperialista de nuestra generacin. Estimo necesario hacer algunas consideraciones del Saln de los Mrtires, donde la historia en su marcha incontenible une y relaciona etapas en un constante fluir. Pocas universidades pueden mostrar a propios y visitantes, el sostenido y creciente protagonismo del estudiantado en la lucha, como esta institucin. Sus hroes y mrtires constituyen una de las tradiciones ms hermosas. Lo que atesora el Saln de los Mrtires es un libro abierto que debemos perpetuar. Se trata de un dilogo vibrante, con un legado permanente de la continuidad en la lucha. Lugar en el que siempre al entrar oigo un coro de voces manifestar “¡Presente!” al pase de lista de los mrtires, tal como escrib en mi libro as ¡Presente! Adems de su carga histrica, este local se nutri en la dcada del 50 de importantes acontecimientos. Fue un centro de operaciones donde se analizaron todas las acciones en la lucha contra la dictadura. Se aprob la Jura de la Constitucin del ao de 1940. Frente al local, se sembr El rbol de la Libertad, ceiba abonada con la tierra trada de lugares histricos de nuestro proceso, desde 1968: Yara, Baire, Dos Ros, San Pedro, Guimaro, Jimaguay, Baragu... Tambin all se constituy el Frente Cvico de Mujeres Martianas, agrupacin de combate la primera en predicar la unidad en la lucha. Asimismo, sirvi para el adiestramiento de los futuros y heroicos combatientes de las acciones del 26 de julio: en 1953 se aprob la manifestacin del 15 de enero ante el ultraje al busto de Mella, donde fue herido de muerte Rubn Batista Rubio, el primer mrtir estudiantil de aquella etapa y la marcha de las antorchas hasta la Fragua Martiana el 27 de enero, una noche antes del centenario del nacimiento de nuestro Jos Mart. En este lugar sesion el Congreso Nacional de los Estudiantes Secundarios, el 8 de mayo de 1954, fecha en homenaje al inclaudicable Antonio Guiteras, y se devel el retrato del estudiante Ral Gmez Garca, mrtir del Moncada. Tambin se produjeron las inolvidables acciones combativas del estudiantado, en los meses finales de 1955, enfrentamiento sin precedentes, que conmovi al pas. Fue tambin saln de reuniones de Jos Antonio con los dirigentes obreros en su lucha por el diferencial azucarero, convertida en un movimiento nacional contra la dictadura. En fin, interminable sera esta relacin. Cmo no recordar tambin que nuestra escuela en la lucha de aquellos aos cruciales fue el propio combate? Las lecciones aprendidas eran las recorridas tras un arduo camino iniciado en las protestas, manifestaciones, mtines relmpagos, presidio, exilio, proceso

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144en espiral de acciones, que se radicaliz y que sufri en carne propia la ms cruenta represin dejando en el camino cicatrices y mrtires. La lucha iba depurando indecisos y surgan de la propia masa y con su respaldo, sus verdaderos dirigentes. Las manifestaciones y protestas tuvieron un papel decisivo en la conciencia nacional. La ltima, efectuada el 27 de noviembre de 1956 –dos das despus de la salida del yate Granma desde Tuxpan– en su enfrentamiento brutal sirvi como punto de referencia para cerrar definitivamente la Universidad y radicalizar la lucha en la capital, que tuvo su referencia ms alta en las heroicas acciones del 13 de marzo de 1957. Las universidades cubanas fueron canteras donde se nutri de combatientes tanto en el llano como en las montaas. En ese proceso la Carta de Mxico, constituy un papel fundamental en la unidad de las fuerzas revolucionarias. Este documento raigal, cuyo compromiso histrico mantiene su vigencia, fue firmada por Fidel Castro y Jos Antonio Echeverra el 29 de agosto de 1956 y ratificada el 30 de octubre de 1958 en el campamento de La Plata, en la Sierra Maestra, donde tuve el honor de firmarla junto al Comandante Fidel Castro, y su texto finaliza: “La juventud y el pueblo de Cuba representados genuinamente por el movimiento revolucionario 26 de Julio y la Federacin Estudiantil Universitaria, ratifican hoy el compromiso que hicieron en Mxico y se abrazan en el campo de batalla. ¡Ya el Ejrcito Rebelde tiene una montaa ms. La Colina universitaria!”. Creo oportuno destacar, dentro de esta etapa, que en los momentos de ms cruenta confrontacin siempre estuvieron presentes la cultura y el arte en toda su manifestacin creadora, y fue un objetivo priorizado de la FEU. Para no entrar en detalles acotar que en 1955, la Asociacin de Redactores Teatrales y Cinematogrficos otorg a la direccin de cultura de la FEU el trofeo y el diploma establecidos para premiar, anualmente, a la institucin que ms hubiera contribuido al auge del arte y la cultura en el pas. Importante es sealar la participacin de destacadas figuras de la cultura que desafiaron la furia de las fuerzas represivas como Alicia Alonso, Esther Borja, Wifredo Lam, as como el promotor del cine universitario Jos Manuel Valds Rodrguez. La FEU tambin contribuy al auge del deporte y cont con atletas que defendieron el color marrn universitario con la misma firmeza que sus ideales, al grito de: “Quin Vive? ¡Caribe! Quin va? ¡Universidad!”. Los primeros fueron Mella, Barrientos, Valds Dauss, Pepeln Leyva, Fonts, y en la dcada del 50 Fortn, Mazorra, Fidel, Miret, Juan Cancio, Jos Ramn Balaguer, Jos Antonio, Machadito, Juan Abrantes, entre otros, con lo cual se demuestra que la lucha frontal no estaba reida con la cultura y el deporte en una formacin integral. Esa es nuestra Universidad, la que adems de un conjunto de majestuosos edificios y bellas columnas est latente en la tradicin que se respira en su atmsfera y se hace firme en su legado, para convertirse en smbolo y centro promotor de historia.

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145Es la misma Universidad de La Habana donde el joven Fidel Castro se destac por su firme posicin de principios como alumno de Derecho y dirigente estudiantil, que aos despus, el 4 de septiembre de 1995 manifestara: “en esta Universidad me hice revolucionario”; donde Jos Antonio Echeverra, alumno de Arquitectura, surgi como lder y su expediente acadmico ira aparejado a su destacada trayectoria que desbord el marco universitario. La Resolucin Rectoral de la Ctedra Jos Antonio Echeverra, inaugurada el 24 de febrero de 2005, plantea entre sus objetivos que para conocer “[…] la significacin histrica del movimiento estudiantil cubano y sus luchas, es una necesidad llenar el vaco historiogrfico existente mediante las investigaciones y estudios imprescindibles que permitan su divulgacin y coadyuven en la formacin de las jvenes generaciones […]”. En una palabra, ir al rescate de su memoria histrica. La produccin historiogrfica cubana referida al movimiento estudiantil, indisolublemente identificado con el proceso revolucionario en Cuba, an es insuficiente, por lo que urge llenar el vaco, si se tienen en cuenta la necesidad de preservar estos conocimientos para la nueva generacin y profundizar en el significativo quehacer de sus protagonistas, pues conocer el pasado, fortalece el presente y proyecta el futuro. La Universidad de La Habana es la ms antigua de Cuba y la tercera de Amrica. Precisamente, el prximo ao se cumplirn 280 aos de su fundacin. En su proceso gradual, desde la poca colonial, no poda escapar a las conmociones polticas y sociales de la isla, ni al ambiente de hostilidad de las autoridades espaolas, que recelaban de su fidelidad. Era evidente la tensin existente, que se agudiz tras el alzamiento del 10 de octubre de 1868. Muchos estudiantes abandonaron las aulas o su reciente profesin para unirse al Ejrcito Libertador. Dentro de esa atmsfera, ocurri el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, el 27 de noviembre de 1871, que conmovi la sensibilidad nacional y marc para siempre la fecha cimera del martirologio estudiantil en nuestro pas. Al cesar la dominacin colonialista en Cuba correspondi al insigne Enrique Jos Varona la importante tarea de transformar la anacrnica institucin en una Universidad de su poca de acuerdo a sus necesidades Con el lema de: “Ciencia, Experiencia y Conciencia”, Varona manifest, en un memorable discurso, que la Universidad “[…] debe ser el laboratorio cientfico de la Nacin”, y agreg: “Ensear desde luego, pero ante todo despertar la curiosidad del saber, el deseo de ver cada cual por s mismo, de experimentar, de investigar, de criticar”. El proceso de descomposicin poltica y moral de la Repblica, desde la instauracin, agravado por su precaria independencia, determin el fracaso de todos los movimientos de renovacin universitaria de aquella poca. Era necesario tener presente las palabras de Mella cuando dijo que para hacer una reforma universitaria, primero tendra que hacerse una reforma social. Hay momentos en que se hace difcil hallar vocablos adecuados que expresen lo que uno siente y este es el caso.

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146En el acto de investidura como Profesor de Mrito de Ral Roa, efectuado el 23 de abril de 1977, en esta Aula Magna, manifest su hondo agradecimiento por tan alto reconocimiento recibido de la que llam: “mi Universidad de estudiante y mi Universidad de Profesor”. Parafraseando al doctor Roa, hago mas aquellas palabras, por el honor que recibo hoy de “mi Universidad de estudiante y mi Universidad de Profesor”. Para un hijo de esta histrica institucin, fragua de cultura y de ideas, obtener esta alta distincin, representa el compendio de toda una vida, que comenc como alumno hace 55 aos, y en la enseanza superior, como instructor graduado en 1960, trayectoria en la que est implcita un proceso gradual y escalonado, hasta profesor titular. Siempre he tenido presente que ser profesor es educar, no recitar lecciones de un texto o manuales empolvados. Es hacer pensar, sembrar ideas, formar, siempre con la participacin activa del alumno. Hacer alegre la tarea. Investigar ms que memorizar. Buscar el debate y el dilogo. Ensear es tambin aprender en cada clase, en cada intervencin, es retroalimentarse permanentemente. “La enseanza –quin no lo sabe– es ante todo, una obra de infinito amor”, precis Mart. Confieso que en el perodo que estuve ms alejado de esta Universidad, fue cuando me desempe en el campo diplomtico, aunque siempre me sent universitario. En tal empeo puse a prueba los conocimientos aprendidos en mi antigua facultad, que tena entre sus disciplinas la enseanza del Derecho Diplomtico. Complejo es agrupar emociones y que estas estn dispuestas a salir en orden para expresar cabalmente lo que siento hoy, al recibir el ttulo de Profesor de Mrito, de manos de nuestro rector, el doctor Rubn Zardoya, como difcil ha sido escuchar... con serenidad… lo expresado por el doctor Eduardo Torres Cuevas, sin que sienta que el corazn me golpea ininterrumpidamente el pecho, con una fuerza inusual. Sin falsa modestia, que rechazo tanto como la mentira y la deslealtad, quiero destacar que durante mi vida, he pasado por momentos significativos, que acuden a mi memoria como albacea de innumerables recuerdos. Acontecimientos vividos, como protagonista, que formaron parte de un proceso que conmovi al mundo y estn enmarcados en las pginas de nuestra historia. Cmo no recordar haber estado junto a Fidel el 1 de Enero de 1959, en el Central Amrica, cuando conoci los hechos que sucedan en la capital, y presenciar una inolvidable leccin histrica, en el momento que el lder de la Revolucin, en toda su proyeccin como estadista y estratega militar, sin perder un minuto, desbarat la peligrosa conjura reaccionaria y proimperialista, que se gestaba para escamotear el triunfo revolucionario. “¡Revolucin s, golpe de Estado no!”, documento histrico tratado con clara visin poltica y militar en un momento difcil y crucial del proceso. Y luego, brindarle el apoyo de la FEU a sus instrucciones a travs de las ondas de Radio Rebelde. En las ltimas horas de ese da, mientras bajaba la loma del Escandel,

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147con la mochila en la espalda y el fusil al hombro, observ a lo lejos las luces de la siempre heroica Santiago de Cuba, mi ciudad natal. Caminando junto a mis compaeros, los bravos combatientes de la Columna Uno Jos Mart, ejrcito sin oropeles, de rados uniformes, mostrando sus simblicas barbas, mientras apretaban sus armas con manos vigorosas, cuntas cosas pens? Bajo la direccin de Fidel ganamos la guerra a un Ejrcito fuertemente avituallado, con poderosos recursos de tierra, mar y aire. Rompiendo esquemas se derribaban dogmas y modelos establecidos. Entonces record a inolvidables compaeros, a mis padres, y a mi Universidad. De Santiago parti el 2 de enero de 1959, la Caravana de la Libertad, por la Carretera Central hacia la capital. Nos reciba una masa de pueblo. A veces se haca difcil avanzar. Todo era indescriptible. ¡Viva Fidel! ¡Viva la Revolucin! Las mujeres vestidas de rojo y negro lanzaban flores. ¡Cuntas imgenes imborrables! El 8 de enero llegamos a La Habana. En la calle 23, entre la multitud vi a mi madre. Arribamos al Campamento Militar de Columbia y ah, desde una pequea tribuna, rodeado de una compacta multitud, fui el primero en hacer uso de la palabra. Recuerdo que, entre otras cosas, narr cmo en el trayecto de la caravana, Fidel desvi la ruta y con un grupo de compaeros nos trasladamos a Crdenas, al cementerio. All, frente a la tumba de Jos Antonio Echeverra le rindi un sentido homenaje a su amigo y compaero. Sobran las palabras. Hablaba en nombre del estudiantado cubano. Rend homenaje a todos los cados. Reiter la firme unidad del estudiantado con la Revolucin, junto al pueblo, su gran protagonista. Termin mi alocucin con las palabras de Ignacio Agramonte, cuando le preguntaron con qu contaba para ganar la guerra: “¡Con la vergenza de los cubanos!”. Luego el pueblo de Cuba y el mundo pudo ver, a travs de la televisin al lder de la Revolucin cuando sentenci: “El destino de la patria no puede ser nuevamente escamoteado. Nos hemos ganado el derecho de comenzar”, y destac: “¡Quizs en lo adelante todo ser ms difcil!”. En este lugar del camino nos encontramos. Sin lugar a dudas, Cuba es su historia. Es resumen, presente y futuro. Es ejemplo, fortaleza de dignidad. Nuestra principal riqueza la constituye su potencial humano, siendo su vanguardia, la juventud. Recuerdo lo que escribi la fecunda pluma de Vctor Hugo cuando dijo: “No existe en el mundo nada ms poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Imposible no recordar como resumen de lo expresado, que este ao 2007, tienen lugar sensibles conmemoraciones vinculadas a la Universidad en general y en particular para m: 1. El cincuentenario de la cada frente a fuerzas enemigas, de dos inolvidables compaeros –con los que recorrimos y compartimos peligros e ideales–: Jos Antonio Echeverra y Fructuoso Rodrguez, exponentes de los estudiantes de ayer, de hoy y de siempre. 2. El centenario del profesor y decano Ral Roa Garca, figura cimera de nuestra Revolucin. 3. El aniversario 85 de la FEU creada por Julio Antonio Mella.

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148Para todos, el mejor homenaje es y ser mantener sus ideales, porque han sido fuerza impulsora a nuestra modesta trayectoria. Tambin deseo sealar el reconocimiento a mi familia, esposa, hijos, hermana y nietos, a todos les hago llegar mi ms profundo agradecimiento por su confianza y apoyo; a mis compaeros de luchas, con quienes he sobrevivido a tantos combates; a mis colegas, profesores de esta casa de estudios; a los estudiantes, herederos de nuestras tradiciones, y a la FEU, por ser “un ejrcito de luz”. ¡Gracias infinitas a todos, por ser parte activa de lo que hoy acontece! Estimados rector doctor Rubn Zardoya, doctor Jos Carlos Vzquez, decano de la Facultad de Filosofa e Historia, profesores, estudiantes, compaeros de luchas, amigos que hoy me acompaan en esta Aula Magna, lugar cimero de grandes acontecimientos, al recibir este ttulo de Profesor de Mrito de la Universidad de La Habana, permtanme hacer esta reflexin: Esta distincin constituye un honor, pero sobre todo un compromiso, de aquel camino que comenc a recorrer sin vacilaciones hace ms de medio siglo, incorporndome a una causa sin retroceso y enarbolando para siempre el estandarte de la Revolucin. Finalmente, cuando uno piensa en buscar alguna definicin sencilla y profunda, la encuentra siempre en la brillante pluma de Jos Mart: “La disyuntiva en la vida es permanente… ‘el yugo o la estrella’”. A todos, agradezco muy sinceramente su presencia.

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149 ¡ Una novela, un poema, una composicin musical o una pintura, no son fuentes fiables ni recomendables para escribir la historia! As blasona sin miramientos y a camisa quitada todo buen historiador positivista o mejor, neopositivista disfrazado de postmoderno en estos primeros aos del siglo XXI. ¡Que por cierto, cmo hay! Pululan por nuestras academias docentes e investigativas como frailes benedictinos, inquisidores del clamor por la construccin de una historia ms abierta y flexible con todas las producciones escritas y artsticas del hombre. Contra esos “ngeles del ocaso” van mis reflexiones. Y para empezar, nada mejor que un pensamiento del poeta de Das y flores, que me los dibuja cada vez que escucho a algunos de ellos: “¡Pobre mortal, qu desarmado y bruto! Perdi el amor y se perdi el respeto”. Llamo historiadores neopositivistas a aquellos solapados en nuevas corrientes y “modas” historiogrficas. Modas que casi siempre arriban con bastantes aos de atraso, a veces hasta con dos dcadas, a nuestras playas del conocimiento social, arrastradas en su mayora desde mareas europeas y norteamericanas. Ellos se presentan como historiadores de finales o principios de siglo, de nueva hornada, o reciclados –entindase por este trmino de relacin industrial, a los que en harakiri intelectual se retractan o deshacen de sus pasadas creaciones– y as se autoproclaman historiadores modernos de ltima generacin, idneos para construir un nuevo pasado. General Antonio Maceo Grajales La subjetividad en la narrativa histrica: la Protesta de Baragu frente al espejo Antonio lvarez PitalugaProfesor de la Universidad de La HabanaCriticar es amar. JOS MART

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150Sin embargo, “el zorro nunca pierde las maas”. Su fetichismo por el dato y el documento es inclume, que no significa no saberlo enmascarar. Difcilmente admiten que una creacin literaria, pictrica, teatral o musical, contenga suficientes elementos de bases para ser vista como fuente histrica en la construccin de la narrativa histrica. En sus mentes slo es posible dicha construccin a partir del uso de documentos de poca –cartas, manifiestos, censos y otros– que expresen “una verdadera fiabilidad”. Para estos colegas, una supuesta ficcionalidad y la creacin-recreacin de las producciones artsticas obstaculizan la verdadera bsqueda de informacin histrica y su posterior interpretacin, por su alta presencia de subjetividad artstica. Pero resulta que un “documento” tiene la misma subjetividad que una obra artstica de cualquier gnero, porque es un producto de creacin-recreacin a partir de un mismo autor en comn para ambos: el hombre. Es tan “ficticio y poco fiable” un documento como lo es una novela o un cuadro pictrico. En los dos casos se selecciona previamente el mensaje o la informacin que se quiere plasmar o legar para el futuro (la que entra o no a su obra), mediante los cdigos de lo que es para el autor lo moral y lo amoral, lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, lo modlico y lo antimodlico. Es decir, que entre la informacin y el autor existe un factor determinante a la hora de utilizar e interpretar la informacin: la subjetividad humana. La subjetividad es la capacidad mental e intelectual del ser humano para crear y recrear su memoria individual o colectiva. Sustenta un proceso permanente de elaboracin y reelaboracin intelectual donde las experiencias personales –pasadas y presentes–, el contexto pocal e ideolgico, la educacin familiar y acadmica, son determinantes. Funciona mediante una construccin mental, de forma voluntaria e involuntaria, consciente o inconsciente, para imaginar y producir el universo cognoscitivo individual y social. La subjetividad expresa y condiciona las relaciones sociales y por ende de poder. Es una expresin intelectual del poder mediante la cual de edifican verdades para legitimar una hegemona, una realidad. Y el historiador y su obra no estn ajenos a lo anterior. Codifica las coordenadas de ambos. Los historiadores tienen el deber social y profesional de transmitir, previa creacin desde el amplio arsenal terico y metodolgico de las Ciencias Sociales, un universo de ideas que ilustren e interpreten un pasado. Luego sirve de patrn referencial de estudio al resto de los miembros de su sociedad. Es una alta responsabilidad que no debe desaprovechar las infinitas posibilidades de las creaciones artsticas. Es desacertado para el historiador pensar que la subjetividad est mayormente presente en los creadores y obras artsticas. Tambin pervive y se desarrolla en sus mentes. Algunos olvidan que la diferencia entre las ciencias sociales y las exactas radica en la fuerte relatividad de las primeras, frente a las leyes y categoras muy precisas de las segundas. Estas ltimas, al estudiar procesos y fenmenos muy estables y fijos de la naturaleza logran una precisin casi invariable;

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151mientras que las sociales estudian lo ms cambiante y en constante transforma cin de la vida: el pensamiento y la actividad social del hombre en el tiempo. A contrapelo de los historiadores fetichistas del documento, el gran cientfico social del siglo XIX, Carlos Marx, record y explic en el curso de su obra cientfica que la literatura europea de su poca en mucho contribuy a su formacin y anlisis de la sociedad. Para l, la literatura francesa, en voces como Vctor Hugo, Honorato de Balzac y otros, le ofreci un panorama y mosaico sociales nicos de la Europa de su tiempo. Lucin de Rubenpr y su decadencia existencialista del Pars de la dcada del 30 del XIX, el funcionamiento de la prensa moderna en la Ciudad Luz y otros procesos sociales de carcter individual o colectivo, le ayudaron a elaborar una visin de conjunto que desbroz el mtodo marxista para el anlisis social. El 18 Brumario de Luis Bonaparte fue y es un ejemplo de tales aportes. Los neopositivistas prefieren pensar que la literatura y otras expresiones artsticas sirven para estudiar y comprender la cultura artstica de una nacin, pero no su historia, sobre todo la poltica y econmica. Parece un chiste de muy mal gusto –por cierto, una fatal concepcin fragmentada de la sociedad–, pero es esa la miopa social del positivismo: particularizar y dividir el conocimiento cientfico en una relacin binaria que invalida la “universalidad” marxista para el estudio y comprensin de lo social. Les cuesta trabajo asimilar que la historia de una nacin se edifica desde los pilares de los imaginarios culturales de s misma. A travs de ellos se han formado y forma el cuerpo mitolgico de una historia nacional, por muy documentada que pueda ser. Al igual que desde la historia, desde la cultura artstica se legitima en el pasado el presente cotidiano de una colectividad humana. Los discursos narrativos de la literatura e historia nacionales se entrecruzan permanentemente en el decurso histrico de tal proceso, apoyados por una tradicin oral y de otras expresiones. Sin lugar a dudas, el poder de la escritura histrico-literaria o viceversa es determinante. No fue casual que en el siglo XIV un famoso general rabe pronunciara una peligrosa idea poltica, que ha viajado a travs del tiempo como apotegma social: la historia se escribe desde el poder, la historia la escriben los vencedores. Por otra parte, la construccin de la narrativa literaria o histrica siempre ha estado muy relacionada con el poder. La hegemona cultural, moral e intelectual del grupo, clase o sector que detente el poder poltico, se forja en buena medida a partir del control del discurso narrativo en todas sus manifestaciones. La escritura fue y es un fuerte componente del funcionamiento de las relaciones de poder en cualquier tipo de sociedad humana. Cuando las prcticas de las relaciones de poder comenzaron a ser estudiada y teorizadas con el advenimiento de la modernidad, desde los inicios del siglo XVI aproximadamente, la escritura reverdeci su papel determinante para el control de los do minados. Desde Nicols Maquiavelo, pasando por los iluministas franceses, Carlos Marx, Antonio Gramsci, Vladimir I. Lenin, Max Weber,

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152hasta Herbert Marcuse, Michel Foucault, Pierre Bordeau y otros, se ha enfatizado la necesidad constante del control de la produccin escrita y artstica en general para el mantenimiento y la reproduccin permanente de la hegemona. Toda vez que desde el discurso histrico se perpeta y reproduce del poder o se destruye, desde la cultura artstica sucede un tanto igual: se produce y reproduce el poder y la sociedad existente. Esta es la base terico-conceptual de la sociologa de la cultura. Es preciso que esos fillogos e historiadores aprehendan este principio bsico. Slo la fusin dinmica e interactiva en la mente de los dos tipos de especialistas les ofrecer una mejor identificacin mutua de sus objetos de estudios y los prstamos tericos y factuales que deben realizar ambas ciencias. Para comprender mejor la subjetividad en la escritura de la historia a partir de un acercamiento hecholgico desde la historiografa nacional es preciso no olvidar una importante idea: en el archipilago cubano los estudios historiogrficos no tienen larga tradicin ni adeptos; es ms, los especialistas del estudio de cmo se ha escrito la historia nacional constituyen un club de muy pocos afiliados en nuestro pas. Es por ello que resulta muy difcil consultar investigaciones o textos nacionales donde estudiar las caractersticas y cmo se ha escrito la historia de Cuba desde Cuba. Apuntando este elemento, al emprender un recorrido desde tales tipos de estudios a travs de algn hecho o proceso histricos en especfico encontraremos que los historiadores nacionales le han impreso –como era de esperar– su propia subjetividad para construir un hecho o proceso a partir de lo que consideran “verdad absoluta y establecida”. Para ellos las obras literarias y artsticas pagan los platos rotos de la ficcionalidad humana. Sin embargo, hasta en hechos histricos duros y establecidos es posible encontrar variados elementos de carcter muy subjetivos. En el siguiente estudio de caso podr comprenderse tan peculiar asunto. Se sustent en la consulta de significativas obras histricas que han tratado el suceso y han sido publicadas dentro de Cuba. O sea, se trata de una investigacin de bsqueda bibliogrfica. Los textos aparecidos fuera del pas, documentos inditos y otras fuentes no se tuvieron en cuenta porque se trata de observar y enjuiciar la construccin, evolucin y repercusin del hecho a travs de la historiografa nacional. No obstante, las fuentes no consultadas podrn corroborar o contrariar las ideas que expondr a continuacin.La Protesta de Baragu frente al espejoPensar un hecho histrico a primera vista puede parecer relativamente fcil. Desde nuestro presente miramos al pasado por varias razones: curiosidad, utilidad, necesidad de legitimacin o comprensin del presente, sed de conocimientos. Pero cuando esas miradas en retrospectiva se sientan en dos esenciales pilares de reflexin especficos, mirar el tiempo en regresin de entretenimiento se convierte en enseanza. Dos preguntas sintetizan esos pilares del anlisis histrico para enten-

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153der el pasado: cmo fue percibido un hecho histrico por los contemporneos que lo protagonizaron, presenciaron o los que vivieron el momento y poca en que ocurri? Segundo, cmo fue construido ese hecho histrico a partir de la narrativa histrica por las siguientes generaciones que no vivieron el suceso? La Protesta de Baragu es un relevante acontecimiento para los cubanos y un lcido ejemplo historiogrfico para buscar respuestas a tales preguntas.Cmo fue vista por sus contemporneos participantes o noAcaeci el 15 de marzo de 1878 en una antigua hacienda de crianza ganadera de la economa colonial oriental y dentro de los actuales lmites de la provincia de Santiago de Cuba. La Protesta que dirigi el Mayor General Antonio Maceo sell dignamente el trgico eplogo de la revolucin de 1868, que en los primeros cinco meses de 1878 sentenci su desenlace final. Baragu fue la contrapartida al dudoso Pacto del Zanjn del 10 de febrero de ese ao. Sin embargo, al consultar la literatura de campaa de las guerras de independencia de Cuba (1868-1898) a travs de diarios, relatos, testimonios, manifiestos y ancdotas, creadora de un nuevo saber-poder de aquellas revoluciones, llama la atencin el tipo de recepcin que tuvo la Protesta en la pluma de los contemporneos participantes o no del hecho que crearon tal narrativa. Algo salta enseguida a la vista: la Protesta no gener una explosin de textos o documentos de manera instantnea en la literatura de campaa del 68. Ms bien se trat de una lenta repercusin oral que fue progresiva, entre los cubanos partidarios o no de una independencia con soberana y sin esclavitud. Slo dos versiones escritas brotaron de las manos de testigos directos del suceso. La primera le correspondi al doctor y teniente coronel Fernando Figueredo Socarrs, ayudante personal de Antonio Maceo, quien entre 1882 y 1885, dict un ciclo de nueve conferencias ante la emigracin revolucionaria de Cayo Hueso que dieron el argumento testimonial central de su visin sobre la guerra del 68. Teniendo como precedente ms cercano tales testimonios fue publicada por primera vez en el peridico Patria, dentro de una serie de artculos que bajo el rtulo general de “Episodios de la Revolucin cubana” vieron la luz entre el 3 de junio y el 10 de octubre de 1893, la versin de Figueredo que tuvo como ttulo “La Protesta de Baragu”. Este fue el inicio de la creacin narrativa del hecho. Su relato ha sido y es el ms recurrido como fuente primaria y bsica para referirse a lo acontecido all por parte de los historiadores. Aos ms tarde, en 1899, apareci en la Revista Cubana –editada en La Habana– la misma versin. Pero no fue hasta 1902 que las nueve conferencias y un eplogo –donde se anex la versin– fueron editadas ntegras en forma de libro con el ttulo La revolucin de Yara (1902).1 El libro devela las dotes literarias y de fluidez del autor. Los puntos de vistas de Figueredo sobre la Protesta se convirtieron a travs del tiempo y hasta nuestros das en la fuente capital que muchos historiadores han reproducido con exactitud y otros le han introducido modificaciones. Algunas de ellas sin referencias

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154documentales e histricas de sus orgenes o procedencias. La segunda versin de un participante directo estuvo a cargo del doctor Flix Figueredo. La public en la Revista Cubana en 1889 y la reedit en 1915. Ha sido muy poco difundida hasta hoy y poco modifica lo escrito por Fernando Figueredo. Apenas se ha utilizado por los historiadores desde esos aos hasta el presente. La versin de Fernando Figueredo, a pesar del privilegio de haber sido la primera y principal narracin que trat exclusivamente la tensa entrevista entre Antonio Maceo y Arsenio Martnez, no pudo alcanzar antes de terminar el ciclo independentista en 1898 la popularidad que tuvieron otras piezas narrativas de contemporneos no presentes en Baragu, pero que publicaron importantes testimonios de gran acogida entre los antiguos combatientes del 68 y hasta generaron encendidas polmicas donde Jos Mart se vio envuelto ms de una vez. Llama la atencin que Ramn Roa en A pie y descalzo (1890)2 comentara de forma fugaz la justa rebelda de Maceo sin dedicarle un captulo, epgrafe o espacio considerable. Tambin Enrique Collazo en Desde Yara hasta el Zanjn (1893),3 al igual que Roa, menciona la entrevista sin dotarla de ningn peso ideolgico. Collazo llega hasta el punto de confundir fechas relacionadas con el hecho. La parquedad de estos antiguos miembros del Comit de Centro, rgano civil que negoci el Pacto con Arsenio Martnez Campos, refleja la escasa repercusin escrita de los sectores partidarios de aquel fin; o sea, para aquellos sectores la revolucin haba concluido en el Zanjn y la Protesta era un anexo de rebelda de un muy reducido sector dentro del mambisado que no abarcaba grandes espacios en la atmsfera mayoritaria del ocaso revolucionario. Otro elemento a considerar en este desnivel de repercusin colectiva radica en que mientras las obras de Roa y Collazo fueron publicadas a inicios de la dcada del 90 del siglo XIX, antes de comenzar la guerra del 95 (cuando la emigracin cubana viva una nueva efervescencia patritica que la fundacin del Partido Revolucionario Cubano y el propio estallido del 24 de febrero catalizaron con mucha fortaleza), el libro de Fernando Figueredo sali de imprenta casi una dcada despus, terminada la pica del 95. Para ese momento una mezcla de incertidumbre y frustracin se enseore de la vida poltica nacional con el estreno de una repblica diseada en planos estadounidenses. Por otra parte, el propio Antonio Maceo fue poco explcito en sus documentos personales y oficiales sobre el acto que protagoniz. En sus cartas y documentos reeditados a fines del siglo XX ( Antonio Maceo. Ideologa poltica y otros documentos, 1998)4 son muy escasas las referencias personales al hecho. Apenas mencion el acontecimiento en la carta a Julio Sanguily el 26 de marzo de 1878, donde coment la reunin sin ofrecer descripcin o interpretaciones. En esa misma compilacin u otras similares es interesante observar cmo Maceo slo se refiere de manera breve a Baragu para contraponerla al Pacto del Zanjn, sin evaluar o analizar el contenido y peso ideolgico del

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155suceso. A pesar de haber hecho coincidir simblicamente el inicio de la invasin –octubre de 1895– con el mismo lugar donde l manifest su decidida inconformidad al final de la Guerra Grande, dos preguntas se imponen: por qu Antonio Maceo no redact en documento alguno su versin o anlisis personal de aquella entrevista? Por qu la mayora de los historiadores que se han acercado al tema no se han hecho tal pregunta? A muchos aos de la muerte del Lugarteniente del Ejrcito Libertador y de haber concluido la guerra, fue publicado el largo testimonio de Enrique Loynaz del Castillo acerca de aquella contienda ( Memorias de la Guerra, 1989).5 All Loynaz refiri que en los aos de estancia de Maceo en Costa Rica, en particular en 1894, este le dict una versin personal de la Protesta bajo la sombra de un rbol en su colonia La Mansin. El general le hizo copiar a Loynaz del Castillo la citada versin que nunca ha sido hallada y que el autor del Himno invasor confes haber dejado en aquel lugar al partir a Cuba. Varias preguntas e hip tesis producen tal ancdota. Pero en historia especular es a veces insuficiente para pensar lo que pudo haber sido y no fue, ni ser. Si un da apareciera estoy seguro de que la historiografa de la Protesta se enriquecera en su esencia. Enrique Loynaz se acerc a dicho acontecimiento histrico como mismo lo hizo Jos Mir Argenter en Crnicas de la guerra (1909).6 Loynaz y Mir mencionaron varias veces la Protesta de Baragu como un suceso que se opuso al pacto del 10 de febrero, un freno personal y poltico que enalteci la conducta del ya Titn de Bronce. Pero ninguno de los dos reflexionaron o aquilataron el espacio a ocupar dentro de la ideologa del independentismo cubano del siglo XIX. Ello induce a pensar que los hombres del 68 y el 95 conocan la Protesta de Baragu en diferentes grados de intensidad y apreciaciones en dependencia de sus horizontes culturales, afinidad, cercana a la figura del insigne oriental y ubicacin geogrfica dentro del mapa blico de ambas revoluciones, pero no lleg a ser un hecho determinante en el imaginario popular de ambas insurrecciones. Al menos hasta 1898. Slo un hombre reconoci temprana y estratgicamente el peso poltico e ideolgico de Baragu en los marcos de la nueva revolucin necesaria: Jos Mart, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Para el creador de una nueva radicalidad transformadora de la sociedad cubana de fines de siglo XIX se trataba “de lo ms glorioso de nuestra historia”. Mart fue el primero en avizorar una nueva relectura del hecho en los marcos de una inminente revolucin. Para l la Protesta sera un importante soporte legitimador que desde el pasado articulaba el presente (la revolucin necesaria). Por eso le solicit a Figueredo Socarrs la publicacin de sus puntos de vista en 1893. General Antonio Maceo Grajales en la Protesta de Baragu

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156 La visin republicanaCon el advenimiento de la Repblica neocolonial, la historiografa cubana prioriz un particular enfoque histrico donde el Zanjn fue el protagonista final de la guerra del 68 y la Protesta un coprotagonista sin connotaciones ideolgicas para el nuevo Estado nacional. Era el fruto de una hegemona cultural basada en relaciones de poder excluyentes de muchos de los sectores populares que haban protagonizado el 68 y el 95. Dicho enfoque puede caracterizarse por una escasa interpretacin ideolgica, brevedad de mencin, delimitacin geogrfica e histrica de carcter regional, reproduccin textual de las palabras de Figueredo, introduccin o modificacin de elementos a la versin central de Figueredo y, finalmente, el elemento de mayor peso, la ausencia de investigaciones histricas sobre el tema. Encabeza el listado Eusebio Hernndez ( Maceo dos conferencias histricas 1913 y 1930),7 quien afirm que la Protesta slo revirti el carcter del Zanjn de paz deshonrosa a tregua: “la Protesta de Baragu que hizo del Convenio del Zanjn una tregua”. Tambin Hernndez apunt que fue el marco propicio para que Maceo creciese como figura: “Se creci en Baragu haciendo frente l solo a todo el ejrcito espaol”. Es fcil comprender, al contextualizar todo el libro y la propia vida poltica del autor, que su objetivo principal fue elevar con marcada idolatra la figura de Maceo dentro del panten de hroes independentistas. Maceo fue su dolo revolucionario y personal. La actuacin poltica de Eusebio Hernndez en la dcada del 80 y en la Guerra del 95 explican el porqu y cmo asumi tan marcado apasionamiento personal, que lo llev desde rechazar a otros independentistas notables hasta a la gestacin de planes contra los cargos y responsabilidades polticas y militares de ellos para construir un discurso narrativo donde Antonio Maceo era figura central de todo. Este punto de vista, ms que darle a Maceo su verdadera dimensin revolucionaria lo circunscribi a una actuacin personalista obviando el real peso ideolgico del Titn y su obra. En los inicios del decurso republicano, Abdon Tremols public un importante catlogo de pintura, Los patriotas de la galera del ayuntamiento de La Habana (1917).8 Al pie de cada fotografa de los originales que an se exhiben en la Sala de las Banderas del actual Museo de los Capitanes Generales, redact una breve informacin sobre cada uno de los 100 patriotas reflejados en iguales leos. En el cuadro dedicado a Antonio Maceo llama poderosamente la atencin que no se hace mencin alguna de la Protesta, ni a la participacin en ella del destacado luchador. Sin embargo, en el resumen dedicado a Fernando Figueredo s hay referencia a la entrevista al calificarla como la “protesta ms viril que registra la historia de nuestras luchas” que “salv el honor de Cuba rebelde”. En realidad, estas ideas fueron una ruptura con un enfoque que reduca en muchas expresiones a dicho acontecimiento. Pero fueron expuestas en un pequeo catlogo de pinturas para un pblico muy especfico y no en los libros oficiales de historia del pas en esos momentos, ni tampoco en los diversos textos que iban conformando las gestas independentistas del pasado

PAGE 157

157siglo. A pesar de no haber sido analizado el hecho por cualquier autor consultado para la investigacin, esta visin de llamativo vuelo nacional e ideolgico no prim en el proceso de construccin del mito sobre Baragu. Pero lo ms importante es la omisin del papel y participacin de Maceo en la Protesta. Ella aparece relacionada con Figueredo y no con Maceo. Esa es la imagen que de manera consciente o inconsciente se deseaba proyectar sobre aquel suceso. La espiral creca en la pluma de historiadores como Emeterio Santovenia en Los presidentes de Cuba libre (1930),9 donde distanci la actuacin de Maceo del resto de los combatientes de aquella gesta, hasta el punto que a la inconformidad del bravo guerrero no le vio honduras ideolgicas. Afirm que: “El afn de Baragu no logr ahondar cauces en la extenuada conciencia cubana”. Tambin expres: “[...] ni los esfuerzos de hombre de la calidad de Antonio Maceo bastaron para reconstruir el espritu de la lucha y sacrificio”. Santovenia, al igual que otros autores republicanos no explicaron o ahondaron en sus aseveraciones. Independientemente de los posibles por qu de tales afirmaciones, una realidad se iba imponiendo: Baragu no se investigaba como tema histrico y se conformaba un hecho escaso de interpretaciones ideolgicas favorables a los seguidores de la revolucin popular. La hegemona cultural burguesa impona sus presupuestos intelectuales en la produccin historiogrfica: liberacin nacional de la antigua metrpoli ibrica s, revolucin de las estructuras racionalizantes de sistema, no. Es decir, que su subjetividad como “junta de negocios” detentando el poder poltico y econmico se hizo valer. Ramn Infiesta en Mximo Gmez (1937)10 fue ms rudo an al repasar la pica final del 68: “[...] Antonio Maceo decide, en Baragu, continuar por su cuenta la resistencia”. Para el abogado Infiesta la decisin de Maceo de protestar ante lo pactado en el Zanjn era el producto de una independiente y personal actuacin alejada del espritu reinante en la mayora de oficiales, jefes y soldados del Ejrcito Libertador. Sin embargo, en esta biografa, premiada en las conmemoraciones del centenario del nacimiento del Generalsimo, se deja entrever un similar aliento al del que Eusebio Hernndez le imprimiera a su obra, pero en sentido opuesto: destacar con desmesura una sola figura obviando en diferentes anlisis el papel de otras, en este caso a favor de Mximo Gmez. Por su parte, Leopoldo Horrego Estruch en Maceo hroe y carcter (1943)11 origina un curioso e inesperado fenmeno historiogrfico. A pesar de seguir copiando tcitamente a Figueredo, el devenido historiador matancero le introduce modificaciones a la versin original, sin ofrecer las fuentes proveedoras de tales cambios Ejemplo de ello es cuando plantea que Martnez Campos trat de abrazar al Titn al inicio del encuentro y que este ltimo lo impidi con su brazo. Otra modificacin es que Maceo termin la entrevista mareado por el humo de cigarro. Es cierto que el bravo oriental detestaba el cigarro y su humo, pero Horrego

PAGE 158

158no explic el porqu, ni las fuentes utilizadas para alterar la versin de Figueredo. Pudiera decirse que Horrego fue el iniciador de una ficcionalizacin narrativa de la Protesta al introducir tales ingredientes imaginativos sin avales de fuentes. Adems, le concede un mayor espacio de redaccin al Zanjn convertido en tregua gracias a la entrevista. He aqu un vivo ejemplo de cmo la subjetividad del historiador hace de las ideas presentadas en su obra como verdaderas y absolutas en algo relativo. Ramiro Guerra en su libro Guerra de los Diez Aos (1950-1952)12 mantuvo la lnea descriptiva de otrora. Continu la lnea repetitiva al privilegiar con 10 pginas al Zanjn y a Baragu slo con dos prrafos. El propio Guerra en Historia de la nacin cubana (10 tomos, 1952),13 dedica siete pginas al suceso. En la casi totalidad de ellas se reprodujeron, una vez ms en la historiografa del tema, los dilogos entre Maceo y Campos ya narrados por Figueredo desde 1893. Sin embargo, le aport un nuevo calificativo al llamarla “famossima Protesta”. Es una pena que esta novedosa apreciacin para la historiografa de entonces no fuera interpretada ni argumentada por el autor. El ms relevante bigrafo de Antonio Maceo, Jos Luciano Franco, autor de Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida (tres tomos, 1951),14 propuso un atpico enfoque sobre el tema. l le concedi por primera vez en la historiografa nacional una “resonancia universal” a la entrevista. Para argumentar lo que puedo considerar como el primer intento de internacionalizacin de la Protesta de Baragu se auxili como fuentes de dos peridicos en la emigracin cubana de Nueva York, La Verdad y El Herald Unos das despus del 15 de marzo de 1878 ambos peridicos informaron de la entrevista y sus resultados. El Herald reprodujo la preocupacin mostrada por las sociedades antiesclavistas americana y de Londres y la Cmara de los Comunes de Inglaterra ante el tratamiento omiso de la esclavitud en Baragu. Pero al observar detalladamente en la propia obra de Franco es fcil detectar que, de los dos peridicos, el primero tiene un carcter local muy reducido al ser para un grupo de emigrados muy especfico: los propios cubanos; el segundo, tan solo reproduce una sospechosa preocupacin inglesa. El inters de ambas sociedades y de la Cmara apuntan ms a un antiesclavismo de sedimento econmico proveniente de potencias econmicas, una de ellas de larga experiencia colonial en ese momento, que a una verdadera solidaridad liberadora y patritica de la lucha cubana. La propia Inglaterra desde 1817, debido al desarrollo interno de su economa y su apogeo como primera potencia mundial, combata la prctica de la esclavitud que ya le estorbaba dentro y fuera de sus fronteras nacionales. En los Estados Unidos, el presidente Abraham Linconl aboli la esclavitud en 1863, en medio de una decisiva Guerra de Secesin, donde el industrialismo norteo clamaba a gritos la liberacin de las futuras nuevas fuerzas productivas. Ms adelante, Franco apunt que el patriota cubano Juan Arnao afirm en su obra Pginas sobre la Historia de

PAGE 159

159Cuba que un titular bajo el rotulo de “El general Antonio Maceo ha salvado la honra de los cubanos” fue publicado en miles de peridicos de la Unin. Verdaderamente existieron miles de peridicos en los Estados Unidos en ese entonces?, cmo pudo contabilizarse esa cantidad en caso de haber existido tantos peridicos? Los pilares de esa “resonancia universal” no fueron suficientes para sostenerla. De hecho, la internacionalizacin de la protesta no tuvo seguidores ni estudios continuadores. El intento de expandirla como fenmeno internacional qued sin posibilidades. Tambin el autor modifica un detalle de la entrevista: expone que Maceo fue el primero que trajo a colacin el tema de la esclavitud cuando Figueredo expres que fueron Manuel de Jess Calvar y el propio Figueredo los primeros en tocar el tema. Finalmente, es paradjico que en la monumentalidad de los tres tomos de Franco –que puso a disposicin de los especialistas y lectores en general el volumen de informacin y visin ms abarcadora hasta ese instante sobre Antonio Maceo– se ponder ms la descriptiva entrevista que la constitucin de un Gobierno Provisional y la redaccin de una nueva Constitucin ocurridas en la tarde-noche de ese da. No obstante, el titnico esfuerzo de Jos Luciano Franco continu sin resolverse el relego nominativo e interpretativo que sufrieron el Gobierno Provisional y la Constitucin de Baragu de manera permanente en la historiografa republicana. Tales omisiones se mantuvieron durante varios aos despus del triunfo revolucionario de 1959, como se ver ms adelante. Aos despus, Emilio Roig en La guerra libertadora de los treinta aos (1958)15 continu viendo el hecho histrico como valladar que transforma el Zanjn de paz a tregua; en un prrafo dedicado al tema expresa: “[...] aunque Maceo no encontr entonces el respaldo suficiente, ni en los revolucionarios de la Isla ni en los del extranjero [...]”; sin embargo, para Roig: “[...] Maceo, en Baragu, represent el alma, la fuerza y los ideales revolucionarios [...]”. El consagrado historiador de la ciudad y abanderado de los estudios histricos antiimperialistas trat en este juego de ideas ambiguas de enfocar el encuentro Maceo-Campos hacia una perspectiva de aceptacin ms popular acorde a la candente situacin revolucionaria nacional de ese ao, eclosionada desde la Sierra Maestra que anunciaba un radical giro de toda la sociedad en breve tiempo. Fue demasiado profunda la rebelin nacional contra Fulgencio Batista como para que Roig no escapara a sus influencias que, sin romper con el anlisis tradicional, se hace sentir en estas ideas cruzadas.La Protesta en RevolucinLa Revolucin de 1959 abri un caudaloso sendero al anlisis histrico del pas. Las guerras de independencia adquirieron una importante reevaluacin de sus estudios. A partir de entonces, la Protesta de Baragu recibira un enfoque que legitimaba desde el pasado a los sectores populares y partidarios del triunfo revolucionario: campesinos, obreros, intelectuales y pueblo en general. Se trat del nacimiento de una nueva hegemona revolucionaria, subvertora del orden social precedente.

PAGE 160

160A pesar de ello, Ral Aparicio en Hombrada de Antonio Maceo (1966)16 no se separa todava de la lnea descriptiva y poco interpretativa. Adems, mantiene el criterio de Jos Luciano Franco al decir que “la opinin mundial” haba puesto su atencin en la Protesta durante aquellos das sin aportar elementos de sustentacin para ello. Fue Jorge Ibarra con su Historia de Cuba (1967),17 quien inaugur un nuevo giro de interpretacin histrica e ideolgica a la Protesta que inici una verdadera mutacin ideolgica. Por primera vez, un historiador cubano no se detuvo en el Zanjn, slo lo mencion. Propuso el acpite “Razones histricas, poltica y militar de la Protesta de Baragu”, donde afirm: “[...] signific el ascenso a la direccin revolucionaria del pas de elementos representativos de las clases y capas ms humildes y explotadas y por ende, ms consecuentes en la lucha a muerte contra el colonialismo espaol [...]”, y tambin “[...] consigna de permanente agita cin y de inconformidad revolucionaria”.18Ibarra sustenta su punto de vista en postulados marxistas y logra saltar la barrera de lo meramente descriptivo, aunque valora poco el gobierno provisional y la Constitucin. En la siguiente dcada mantendr un planteamiento idntico en Ideologa mambisa (1972).19Julio Le Riverend en su Historia de Cuba (1974)20 eleva el giro interpretativo llevndolo de planos regionales a nacionales: “[…] es uno de los acontecimientos trascendentales de la Historia de Cuba ya que fue el de sentido ms revolucionario en su momento histrico”. Ese ao apareci Ecos de caminos (1974)21 de Sergio Aguirre, en el cual este profundiz ms en la esencia ideolgica al plantear que “[...] Maceo no se concibe sin la revolucin” y da una serie de razones de peso ideolgico en torno a la vida del futuro hroe de San Pedro para explicar su actuacin patritica. Dot a Baragu de una apreciacin donde el rechazo macesta era un antdoto psquico y moral al desaliento reinante en la agona de la guerra y a la vez funcionaba como puente de continuidad para llegar a un presente en el que los polos ideolgicos de la revolucin se repelan cada vez ms en una dcada de evidentes visos de dogmatismo. El militante profesor de Historia de Cuba creaba un radical muro de contencin y asidero ideolgico que por momentos salpicaba desmesura. Vale recordar que desde 1945 present dichos criterios en el peridico Hoy ; para l el significado bsico se sintetiza en que Maceo “[...] simboliz en la Protesta la madurez de los estratos cubanos inferiores para orientar los rumbos de la nacin entera”.22Nuevamente Aguirre retoma el anlisis de la imposible conciliacin Independencia soberana vs Independencia lastrada en Races y significacin de la Protesta de Baragu (1978).23 Es en esta obra donde la historiografa nacional ha llevado a planos ideolgicos ms elevados el suceso, cuando el autor lo resume bajo los calificativos de intransigencia, continuidad e inconformidad al no tener en cuenta Espaa la independencia y el fin de la esclavitud. Significaba tambin –al igual que Ibarra– el ascenso ideolgico del pueblo y de una nueva direccin revolucionaria. Para sustentar lo

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161anterior consider al referirse a Maceo que: “[...] un solo hroe haba salido vivo e inclume, con dimensin nacional, de la larga pelea”, y que, adems, “[...] en 1879 Maceo era el alma de la Revolucin”. Al afirmar esto contrapona a Maceo frente a una figura que los propios contemporneos del 68 consideraban un smbolo de toda la revolucin: Mximo Gmez, jefe militar que en 1878 gozaba del exclusivo pri vilegio de ser el nico Mayor General participante en la contienda que haba transitado por todas las jefaturas y cargos militares del Ejrcito Libertador y por todas las regiones del pas que alcanz aquella gesta. La direccin de dos movimientos invasores (1873-1874, 1875-1876) le dieron, junto a lo anterior, una dimensin personal de la guerra nacional como necesidad de esa revolucin que sus contemporneos tambin supieron reconocerle. La realidad histrica est ms all del deseo y la voluntad del historiador. Cmo explicar entonces que esa misma generacin del 68 le solicitase a Gmez en 1883 la articulacin y direccin de un nuevo movimiento revolucionario sin haber estado presente en Baragu? En 1892 los combatientes del 68 a travs de la coordinacin del Partido Revolucionario Cubano, en votacin mayoritaria, eligieron para futuro General en Jefe del Ejrcito Libertador a quien ya comenzaba a ser llamado como el Generalsimo. Tanto Antonio Maceo como Gmez poseen sus indiscutibles mritos y aportes a nuestras luchas y historia patria, por tanto, no es preciso contraponerlos, todo lo contrario. Cada estrella brilla siempre con su luz propia. El profesor universitario Oscar Loyola Vega, coautor de Historia de Cuba. Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales (1996),24 sin despegarse definitivamente del enfoque de Fernando Figueredo, le aporta al anlisis del tema los fundamentos socioeconmicos de la regin santiaguera donde se ubica Baragu, dndole un nuevo grado de comprensin al porqu de la actitud de los combatientes de la regin y la de Maceo ante los hechos del Zanjn. Para Loyola Vega, Maceo se convierte en “[…] figura poltica de primer plano en el movimiento de liberacin nacional” y Baragu es: “[...] respuesta poltica que volva a colocar en primer plano los objetivos bsicos de la revolucin cubana contenidos en el Manifiesto del 10 de octubre”. Un lustro despus, en Historia de Cuba. Formacin y liberacin de la nacin (2001),25 este autor hizo emerger una valiosa idea, no trabajada en la evolucin historiogrfica del tema, aunque s en su obra personal: el anlisis del control de la direccin revolucionaria mediante un gobierno provisional y la Constitucin redactada por el sector militar azotado por las inoperancias y limitaciones de la Cmara de Representantes en el torbellino de la revolucin. Antes de concluir el siglo, en 1999, Rolando Rodrguez entreg a la historiografa del tema un pequeo texto, La revolucin inconclusa: La Protesta de los mangos de Baragu contra el Pacto del Zanjn.26 Su anlisis se centr en remarcar el carcter de legalidad y constitucionalidad como demostracin legitimadora de aquel acto, ms all de su tradicional valor

PAGE 162

162moral para los sectores populares de la revolucin. No creo que las crticas hechas a la Constitucin de Guimaro fueran las ms efectivas, ya que su demostrada inoperancia y excesos civilistas pueden verse de manera opuesta, es decir, el desborde militarista, en la legalidad que supuso la Constitucin de Baragu, y la falta de equilibrios que prolong tuvo que ser corregida por Jos Mart aos despus.Un punto de vista desde el presenteEntre el 2001 y el 2008 no se han producido trabajos que hayan aportado nuevos elementos a la evolucin de la Protesta como tema histrico.27 Al resumir este generalizador recorrido de casi 130 aos es sugerente definir un grupo de ideas que exploran su interioridad y que pudieran ser consideradas por los historiadores para futuras investigaciones: 1) La versin de Fernando Figueredo se convirti desde su publicacin hasta hoy en la base central y patrn documental ms importantes para el conocimiento e interpretacin de la Protesta, copiada de forma textual una y otra vez por varias generaciones de historiadores cubanos. Existe otra versin de un participante, Flix Figueredo, pero no tiene la dimensin histrica ni el tratamiento de la primera. Todo lo anterior apunta que Baragu no cuenta y presumiblemente no contar (si no aparecen nuevas versiones) con una variedad de enfoques heterogneos que le permitan alcanzar un mayor nivel investigativo a los historiadores de otrora, del presente y el futuro. 2) Nos encontramos frente a un hecho histrico que no ha presentado ni presenta polmicas en sus estudios. 3) Baragu es un tema histrico que no genera investigaciones. Su espiral cronolgica ha tenido un comportamiento lineal en su evolucin historiogrfica. 4) En su devenir historiogrfico se le ha intentado introducir pequeas alteraciones que no han logrado imponerse al tradicional apego de una repeticin positivista. Tampoco han triunfado los esfuerzos por internacionalizar su resonancia en el momento de su ocurrencia, aunque es loable sealar que ambas perspectivas no tuvieron ni tienen seguidores. 5) Se trata de un emblemtico estudio de caso que muestra cmo un hecho histrico contiene en su estructura una mutacin en su dimensin ideolgica y espacial en el curso del tiempo. 6) La Protesta de Baragu ha evolucionado como fenmeno histrico en tres momentos historiogrficos: colonia, repblica y Revolucin. Este trnsito se ha producido desde dos diferentes pticas: a) Una de estudio que observa el hecho como contestacin individual a los sucesos del Zanjn transformndolo de paz a tregua, con dimensin local y sin peso determinante para la lucha independentista, y que ve el Pacto como eslabn final de la revolucin en el significado: Pacto, protagonista-Baragu, coprotagonista. Su rango cronolgico se mueve entre 1893 y 1959. b) Una segunda que trat en todo momento de romper el cerco de la primera hasta conseguirlo y convertirlo en acontecimiento nacional con un peso decisivo para la ideologa nacional revolucionaria desde 1959 hasta el presente. 7) Esta segunda vertiente le ha dado una ascensin reinterpretativa e ideolgica donde los sectores o capas ms

PAGE 163

163humildes y populares de la sociedad cubana en 1878 asumieron la direccin poltica del proceso del 68. Asuncin algo tarda que demuestra la necesidad histrica para los sectores dirigentes de una revolucin social de una temprana radicalidad revolucionaria. Los promotores de tal enfoque han sido los sectores ms revolucionarios y radicales de los procesos cubanos de igual tipo y que ha invertido su significado: Baragu, protagonista-Pacto, coprotagonista 8) Baragu no tuvo una repercusin escrita inmediata ni mediata dentro del mambisado (literatura de campaa). Pudiera decirse que la tuvo de forma oral y, paulatinamente, con el paso de los aos, fue expandindose como una de las grandes leyendas de la ideologa del independentismo cubano del siglo XIX. 9) Lo acontecido el 15 de marzo de 1878 representa dentro del estudio de la revolucin del 68, una regresin a la problemtica de las estructuras de poder engendradas desde la Asamblea de Guimaro en 1869. Si en esta predomin el aparato civil por encima del aparato militar, en Baragu ocurri lo contrario. De tal suerte se comprender la difcil tarea de organizacin y unidad que tuvo Jos Mart para la futura revolucin: Guimaro: Aparato civil Aparato militar Baragu: Aparato militar Aparato civil Mart: Aparato militar-Aparato civil Baragu es un ilustrativo tema de cmo la subjetividad est presente en todo momento en la creacin y mente de un historiador. Ella nos une al novelista, al pintor, al poeta y cualquier creador. No podemos negar su papel y funcin por ms que la rechacemos. No se trata de odiarla o negarla, todo lo contrario. Debemos verla como una poderosa aliada que nos ofrece, de manera constante, posibilidades creativas e imaginativas para emplear en nuestra labor de manera racional y tica. Es una capacidad intelectual del hombre que existe para crear. La historia debe tomar de los gneros artsticos como estos deben acudir a la historia. Nosotros, los historiadores, solemos apegarnos al canon positivista de lo factual y hecholgico que le ha restado, por momentos, a nuestra esplndida historiografa, capacidades atractivas y llamativas para la lectura del pblico. Las perspectivas de estudios futuros de la Protesta de Baragu sealan las posibilidades de investigaciones en cuanto a cmo y cules fueron las representaciones del hecho en los diferentes sectores de la poblacin cubana desde finales del siglo XIX y hasta hoy, tomando como referencia terica los estudios de mentalidades e imaginarios colectivos. Tambin los anlisis de las relaciones de poder a travs del gobierno provisional y de la Constitucin profundizaran ms nuestros conocimientos actuales sobre el acontecimiento analizado. As, los cubanos de esta y las prximas generaciones pudiramos mirar con ms profundidad y riqueza, la actuacin de Antonio Maceo y de todos aquellos mambises que fueron consecuentes, hasta el final de sus vidas, con la bsqueda de la independencia y soberana nacionales.

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164Notas1 Figueredo Socarrs, Fernando. La revolucin de Yara La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1972.2 “A pie y descalzo”. En Roa, Ramn. Pluma y machete La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1969. pp. 1-105.3 Collazo, Enrique. Desde Yara hasta el Zanjn La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1967.4 Grajales Maceo, Antonio. Ideologa poltica y otros documentos La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1998. 2 t.5 Loynaz del Castillo, Enrique. Memorias de la guerra La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2001.6 Mir Argenter, Jos. Crnicas de la guerra La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1970. 3 t.7 Hernndez, Eusebio. Maceo dos conferencias histricas La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1968. p. 46.8 Tremols, Abdn. Los patriotas de la galera del ayuntamiento de La Habana La Habana: Imprenta La Prueba, 1917. pp. 68, 97-98.9 Santovenia, Emeterio. Los presidentes de Cuba libre La Habana: Editorial Trpico,1930. p. 77.10 Infiesta, Ramn. Mximo Gmez La Habana: Academia de la Historia de Cuba, Editorial SigloXX, 1937. p. 110.11 Horrego, Leopoldo. Maceo hroe y carcter. La Habana: Editorial Luz Hilo, 1943. pp. 73-78.12 Guerra, Ramiro. Guerra de los Diez Aos. La Habana: Editorial Pueblo y Educacin, 1986. t. 1, pp. 312-322, 325-326.13 _______. Historia de la nacin cubana La Habana: Editorial Historia de la Nacin Cubana, 1952. t. 5, pp. 253-260.14 Franco, Jos Luciano. Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975. t. 1, pp. 139-151.15 Roig de Leuchsenring, Emilio. La guerra libertadora de los treinta aos La Habana: Oficina del Historiador de la Ciudad, 1958. p. 77.16 Aparicio, Ral. Hombrada de Antonio Maceo La Habana: UNEAC, 1974. pp. 208-222.17 Ibarra, Jorge. Historia de Cuba La Habana: Direccin Poltica de las FAR, 1967.18 Ibdem, pp. 297, 298.19 _______. Ideologa mambisa La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1972.20 Le Riverend, Julio. Historia de Cuba La Habana: Editorial Pueblo y Educacin, 1974. t. 22, p. 171.21 Aguirre, Sergio. Ecos de caminos La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1974. p. 204.22 Ibdem, p. 209.23 _______. Races y significacin de la Protesta de Baragu La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1978. pp. 91-92.24 Instituto de Historia de Cuba. Historia de Cuba. Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales La Habana: Editora Poltica, 1996. t. 2, p. 147.25 Torres Cuevas, Eduardo y Oscar Loyola Vega: Historia de Cuba. Formacin y liberacin de la nacin La Habana: Editorial Pueblo y Educacin, 2001.26 Rodrguez, Rolando. La revolucin inconclusa: La Protesta de los mangos de Baragu contra el Pacto del Zanjn. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1999.27 Hasta el momento de la redaccin final del trabajo, el texto ms reciente sobre la figura de Antonio Maceo e investigaciones relacionadas con l directamente es: Colectivo de autores. Aproximaciones a los Maceo. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2005. Este ttulo no contiene aportes o nuevos puntos de vista en torno a la Protesta de Baragu, ms bien mantiene el enfoque tradicional. Para ampliar en torno al tpico de la narrativa histrica en Cuba, vase los trabajos al respecto de Jorge Ibarra y Oscar Loyola.

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165 El fondo Fernando Ortiz de la Biblioteca Nacional de CubaJos Mart* Mara del Rosario DazInvestigadora F ernando Ortiz (1881-1969) dej a su muerte un extraordinario fondo documental con los resultados de sus investigaciones sobre la cultura acumulados en ms de 50 aos de vida intelectual. En la actualidad se encuentra dividido entre la Biblioteca Nacional Jos Mart, el Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingstica Dr. Jos Antonio Portuondo y el fondo familiar que posee en Madrid su hija Mara Fernanda Ortiz Herrera. El presente trabajo pretende realizar una breve descripcin y caracterizacin del fondo orticiano atesorado en la Biblioteca Nacional cubana. Aunque naci en La Habana en 1881, Fernando Ortiz vivi y se educ durante los primeros 15 aos de su vida en Ciutadella de Menorca, Islas Baleares, con su familia materna, enriquecida con las actividades mercantiles y el establecimiento de la industria del calzado en la isla, asimismo culta y con pensamiento abierto a las nuevas ideas cientficas que se abran paso en Espaa. Con slo 14 aos public en 1895 su primer libro fruto de observaciones en torno a la literatura costumbrista y al folklore menorqun, Principi i Prostes. Por esa poca redact tambin un pequeo cuaderno escolar, que contiene un glosario de apodos, escrito en menorqun titulado Culecci d’els mal noms de Ciutadella .1 El pequeo cuaderno fue el primer documento conservado de lo que se convirti con el tiempo en un voluminoso y sorprendente archivo personal de la vida y la obra del sabio polgrafo cubano. A la muerte de Ortiz en 1969 y al establecimiento de la residencia de su viuda, hija y dems familiares en el extranjero, se realizaron los oportunos Este trabajo forma parte de los resultados parciales del proyecto de investigacin homnimo que realiza la autora en la Biblioteca Nacional Jos Mart.

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166trmites para la preservacin de la biblioteca y el archivo orticianos en instituciones dedicadas a la cultura y a la ciencia. La Biblioteca Nacional Jos Mart haba adquirido su biblioteca personal ms otra seccin del fondo original donde se encuentran la correspondencia, los documentos de las numerosas instituciones fundadas o integradas por el polgrafo y otros bloques de papelera.2 Al igual que la parte del fondo que finalmente se traslad para el Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingstica, donde aparece la mayor parte de la obra cientfica del sabio,3 la seccin que atesor la Biblioteca Nacional es impresionante por su volumen y riqueza. Resulta muy importante consignar que estas dos secciones del archivo orticiano original no se encuentran desvinculadas entre s, pues en muchas ocasiones el contenido de ambas se complementan y aportan datos de insuperable valor para “entender” a cada una. Uno de los primeros trabajos acometidos con el fondo Ortiz fue la confeccin de una bio-bibliografa, encomienda que se le dio a Araceli Garca Carranza, quien utiliz todo el material que posee la Biblioteca Nacional.4 Dicho libro estuvo antecedido por dos trabajos aparecidos en la Miscelnea de estudios dedicados a Fernando Ortiz, realizado “[…] por sus discpulos, colegas y amigos en ocasin de cumplirse sesenta aos de la primera publicacin de su primer impreso en Menorca”5 y en la Revista Interamericana de Bibliografa .6Con posterioridad, todos los documentos se atesoran como parte de la Seccin de Manuscritos de la Sala Cubana de la institucin. El fondo posee diferentes secciones muy valiosas, algunas de las cuales examinaremos a continuacin:1. CorrespondenciaUna gran parte de los documentos contenidos en el Fondo Ortiz se relaciona con la comunicacin que sostuvo don Fernando con entidades y personas vinculadas con sus labores profesionales. Los destinatarios fueron en general figuras destacadas de la ciencia, las artes y la poltica en diversas partes del mundo y de Cuba. La correspondencia resulta de gran valor para determinar aspectos y datos que otros documentos del fondo no ofrecen y por consiguiente, iluminan zonas de la vida y obra de Ortiz, y puede afirmarse que aparece en prcticamente todos los grupos de documentos de la seccin correspondiente a la Biblioteca Nacional. Los principales remitentes de las cartas son discpulos y amigos, como Jos Antonio Portuondo, Julio Le Riverend, Pablo de la Torriente Brau; amigos de los aos menorquines y “paisanos” catalanes, como Juan Comas, P. J. Pons Menndez, Joan Amades y Gelats, y Pedro Grasses; profesores de las pocas madrilea e italiana como Constancio Bernaldo de Quirs, Pedro Dorado Montero, Manuel Sales y Ferr, Cesare Lombroso y Enrico Ferri; colegas, como Melville Herkovitz, Alejandro Lipchutz, Jean Price-Mars, Eric Williams; admiradores, peticionarios y polticos. Tambin se encuentran cartas de, entre otros: Edgardo Martn, Manuel Pedro Gonzlez, Paul Rivet, Miguel Acosta Saignes, Renato Almeida, Ana Marga-

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167rita Aguilera, Germn Arciniegas, Gonzalo Aguirre Beltrn, Roger Bastide, Elas Entralgo, Manuel Jimnez Fernndez, Andrs Iduarte, Manuel Ballesteros Gaibrois, Andr Schaeffner, Jess Silva Herzog y Alfonso Teja Zabre. Una de las cartas ms interesantes para comprender el proceso de investigacin cientfica de Ortiz es una escrita por Pablo de la Torriente Brau, quien se encontraba en Nueva York con la hija de su primer matrimonio, Isis. En otras ocasiones en que Ortiz se haba ausentado de La Habana debido a sus viajes, Pablo se encargaba de despachar sus asuntos en el bufete y de auxiliarlo en el trabajo investigativo.7 Los aos finales de la dcada del 20 y principios del 30 fueron decisivos para importantes pesquisas orticianas en las que sus secretarios actuaban –entrenados por el propio don Fernando– en calidad de eficaces auxiliares de investigacin y de organizadores de sus papeles. El texto de la misiva deca: La Habana, 27 de febrero de 1930 Estimado Dr. Ortiz: Recib su carta del 23 y me alegro que su hija vaya mejorando. Desde luego, he cumplido enseguida su encargo, y ya escrib a Gamber y a Edwards acompandoles sus notas y copindolas para el archivo. En esto trabajo todos los das. He venido archivando todas las maanas hasta tres letras. Espero tenrselo listo, lo mismo que los recortes. Ya habr tenido noticias seguras sobre lo de Garca Lorca8 de quien ya me anticip Guardiola9 “que era pjaro”. Esto ya va dejando de ser una excentricidad, y ya no es motivo de espectacularidad. Gonzlez Porto me pregunta por Ud. y por el trabajo de la Geografa Antillana. Sabe que Estelrich y Ud. conferenciaron largamente en New York.10Me quedan por copiar estos libros: 1. El Folklore Literario de Mxico. Tiene sus notas de pginas, tachadas. Parece que ha sido copiado. Es de Rubn M. Campos y tiene dentro unas cuantas cuartillas a mquina. hay que copiarlo? 2. Historiadores de Indias, de Serrano y Sanz. Al abrir ahora este libro me encuentro con unas cuartillas que tienen 6 7 mil notas para copiar. Antes, al buscar en la pgina final, como de costumbre, slo haba logrado descubrir un laberinto de nmeros. Hay para un buen rato en este tomo, que est a columnas dobles y con letras de bacterilogo investigador. 3. Dos folletos del Dr. Emilio Cataln. “Necesidad de organizar el patronato de menores en la Repblica Argentina”. Este no tiene ninguna nota. “Curioso Impedimento de matrimonio en la poca Colonial Argentina”. Tiene fuera el nmero 12, y aunque en esa pgina no est determinado con los signos que Ud. acostumbra usar lo que hay que copiar, copiar toda la parte que se refiere al impedimento y sus notas y comentarios. Es poco. 4. Revista do Brasil [sic]. Hay en rojo, en la portada, subrayado, un artculo que se titula “A raa negra

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168na Amrica portuguesa” de Nina Rodrguez [sic]. Pero son 19 pginas en portugus, a lo largo de las cuales hay signos suyos, pero no de lmite de trabajo. Se copia todo? 5. Poltica Indiana de Sr. Don Juan de Solrzano, ilustrada y aadida. Un seor libraco tremendo que da la impresin de estar en latn. Tiene peste y est todo amarillo. He encontrado ahora una cuartilla con notas para copiar. No va a ser muy fcil desentraarlo todo. 6. La Casa de Contratacin (Trabajos geogrficos) Manuel de la Puente y Olea. Otro libro grande, sin nota alguna al final ni cuartilla. Slo hay lneas suyas en un captulo sobre el azcar. Esto es todo. Si quiere indicar alguna preferencia y aclarar las dudas, me lo dice. Por ahora tengo con el Padre Varela, el archivo y los recortes [...]. Ya los sillones estn llenos de paquetes. Hasta maana, Dr. (firmado) Pablo de la Torriente (PD) [escrito con tinta] Hay manera de hacer que le paguen a Don Juan la impresin del tomo III de Lola M? El hombre est apurado112. Instituciones y organizacionesEn su vida estudiantil y profesional, Ortiz integr numerosas instituciones y asociaciones, y adems fund importantes organizaciones en Cuba, y de carcter internacional. Al inicio de este proyecto investigativo, plante que los documentos relacionados con las organizaciones a las que perteneci antes de 1917 formaron parte del expediente que prepar para solicitar la ctedra de Derecho Penal en la Universidad de La Habana y a los que se refiere en la “Relacin justificada de mritos y servicios”,12 y por consiguiente no se encontraban dentro del fondo. Pero con posterioridad, la correspondencia enviada por figuras destacadas del campo de los estudios sociolgicos y criminolgicos al entonces joven inves tigador que form parte del antes citado expediente, fue localizada dentro de otra carpeta con cartas,13 por lo que afortunadamente contamos con estos importantes testimonios de la actividad cientfica orticiana desde 1899. Un listado de algunas academias, institutos y otras organizaciones es el siguiente: Academia Cubana de la Lengua, Academia de la Historia, African Music Society, Alianza Cubana por un Mundo Libre, The American Anthropological Association, Consejo Mundial de la Paz, Comit Nacional por la Paz, Instituto de Folklore de Sao Paulo, Instituto de Cultura Hispnica, Instituto Indigenista, International Institute of African Languages and Cultures, Instituto Cubano de Arqueologa, Instituto Cubano de Etnologa y Folklore, Institucin Hispano-Cubana de Cultura, Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional, Sociedad Folklrica de Mxico, Sociedad Econmica de Amigos del Pas, UNESCO-Asociacin Cubana de las Naciones Unidas. Carpeta 105. Academia Cubana de la Lengua: Contiene un total de 23 documentos que con otros, permiten validar adems informacin conocida a travs de algunas fuentes, sobre todo aquella que trata de los comienzos de la corporacin en la dcada del 20 del pasado siglo. La mayor importancia, en

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169nuestro caso, del primer Proyecto de Estatutos de la Academia Cubana Correspondiente de la Real Academia Espaola y de su Reglamento radica en que establece la fecha de la creacin de la corporacin cubana a partir de la aprobacin por la Real Academia Espaola, ocurrida en Madrid el 19 de mayo de 1926 y de su primera Junta de Acadmicos, celebrada en La Habana en octubre del propio ao. Aunque este proyecto no la tiene, se puede conocer la fecha aproximada de su escritura (1926) de acuerdo a la dinmica de trabajo establecida en todas las Academias del continente, con perodos trienales que deban cesar sin excepcin en 1928. El otro grupo de documentos data de la dcada del 50. A comienzos de 1951 la Academia se encontraba en franca decadencia. Los respectivos gobiernos constituidos por elecciones o instaurados por golpes y asonadas militares nunca le prestaron apoyo oficial, por lo cual sobrevivi en condiciones precarias durante decenios. Dos cartas que le enviara a Fernando Ortiz el ensayista y promotor cultural Jos Mara Chacn, con fechas enero 31 y febrero 2 de 1951 son importantes, sobre todo la primera, donde Chacn recaba la ayuda de Ortiz para reanimar la agnica institucin que recibi por esas fechas invitacin oficial del gobierno de Mxico para participar en el importante I Congreso de Academias de la Lengua que se celebrara all: Con este motivo, y debido a la circunstancia de que el Dr. A. S. de Bustamante,14 Director de la corporacin, no puede por motivos de salud atender a todo lo pertinente a este asunto, nos reuniremos pasado maana [...]. La reunin se verificar en el Ateneo de la Habana [...]. Al final de la reunin nos honrar con su visita el Sr. Embajador de Mxico, que nos leer el mensaje de la Academia Mexicana. Todos, mi querido Don Fernando, tenemos vivo inters en que pueda Ud. acompaarnos en la tarde del prximo viernes [...]. T odos r ecor damos que Ud. tuvo la iniciativa de la fundacin de esta Academia,15 de modo muy particular lo recuerda su viejo amigo, que mucho lo quiere y lo admira [...]. Al ser electo Chacn director de la Academia Cubana en ese ao, el trabajo se reanud. El 6 de marzo Flix Lizaso, por entonces secretario interino de la institucin, le escribe a Ortiz planteando que el embajador de Mxico “[…] ha interesado a esta corporacin los datos bio-bibliogrficos de cada uno de los Sres Acadmicos que la componen, a fin de enviarlos a su pas, donde desean conocerlos a los fines del Congreso de Academias de la Lengua espaola que se est preparando. En esa virtud nos enve a la mayor brevedad posible los d atos que constituyen su currculum vitae [...]”. Ortiz respondi el 8 de marzo, enviando sus datos bio-bibliogrficos adjuntos.16Ortiz fue citado el 31 de agosto de ese mismo ao, ya electo Chacn como director, a participar en la reunin del 5 de septiembre, donde “[...] figura en primer trmino el que se refiere a la confeccin del primer nmero del Boletn, as como un cambio de impresiones sobre la biblioteca clsica

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170que la academia se propone publicar”. El Boletn de la Academia Cubana de la Lengua fue un aporte destacado de esta etapa de la entidad; en l propona “[...] mantener la tradicin de amplitud, de universalidad que permiti a los maestros del siglo XIX servir con ms eficacia en la magna tarea de la fundacin de la nacionalidad”.17 El sabio publicara all su artculo “El birimbao o la trompa de Pars”, trabajo redactado para el libro-homenaje a Jean Price Mars, convertido tambin en ponencia para el II Congreso de Academias de la Lengua. Transculturacin, cubana, ambiper-cusivo,avulgarar, sacripotencia y sacralidad fueron algunos neologismos que introdujo el sabio en la lengua espaola.18Existen adems 11 citaciones, comunicaciones y otros documentos fechados entre 1951 y 1956 enviados a Ortiz, as como ocho documentos que constituyen anexos. Carpeta 80. Universidad de La Habana. Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Pblico ( Correspondencia-Horarios-citaciones y listas de alumnos): Tiene un total de 12 documentos, entre ellos: La carta que le dirige Ral Roa, entonces decano de la Facultad de Ciencias Sociales, con fecha septiembre 10 de 1955, invitando a Ortiz a integrar el claustro de profesores del Instituto de Periodismo: Estimado amigo: En virtud del acuerdo adoptado por esta Facultad [...] me place comunicarle que ha sido UD. nombrado para explicar la asignatura de Antropologa Social en el Instituto de Periodismo [...]. Mucho le agradecera tuviera la bondad de remitirme un esquema del programa de la materia a su cargo con una bibliografa mnima adjunta, a fin de incluirlo en el catlogo que proyectamos editar. Y le agradecera, asimismo, que pasara por las oficinas de la Escuela a fin de suscribir el correspondiente contrato [...]. Roa propuso a su viejo amigo y maestro para integrar el claustro docente del Instituto durante los cursos acadmicos entre 1955 y 1958. Los documentos que se conservan testimonian la actividad del sabio en parte de ellos, porque la Universidad fue clausurada en diciembre de 1956 por orden del Consejo Universitario ante el incremento de las acciones revolucionarias del Movimiento 26 de Julio, del Directorio Estudiantil Universitario y el desembarco de los expedicionarios del yate Granma .19El contrato del Instituto de Periodismo, perteneciente a la Escuela de Ciencias Sociales y Derecho Pblico de la Universidad, en el que El profesor Fernando Ortiz se compromete a explicar la asignatura de Antropologa Social durante los tres cursos acadmicos 1955-56, 195657 y 1957-58, que comienzan el da

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1713 de octubre de 1955 y terminan el da 30 de septiembre de 1958. La Habana, a los veinte y ocho das del mes de septiembre de 1955. Firmas de Ral Roa. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Pblico y del propio Ortiz. Felicitacin, con fecha abril 1 de 1956, por el homenaje que se le rindiera en el alto centro docente al serle otorgado el ttulo de Doctor Honoris Causa en Ciencias Sociales por la Universidad de Oriente. Carpeta 108. Asociacin Cubana de Bibliotecarios: Fundada en La Habana el 10 de julio de 1948, antecedente directo de la actual Asociacin Cubana de Bibliotecarios (ASCUBI) y con la que Ortiz tendra estrecha relacin a travs de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas. Con un total de 11 documentos de diversos tipos, se puede seguir la historia y trayectoria de la institucin hasta 1958, y aparece el Reglamento impreso “[…] con las modificaciones aprobadas en la Asamblea General Extraordinaria, celebrada con este fin en marzo de 1954”. Entre los miembros fundadores de la Asociacin estaban Jorge Aguayo, Berta Becerra, Mara Teresa Freyre de Andrade y Fermn Peraza Sarausa. Adems, aparecen citaciones, comunicaciones y documentos de la Escuela Cubana de Bibliotecarios, cuya sede se estableci en el edificio donde radicaba la Sociedad Econmica de Amigos del Pas,20 y otros documentos. Carpeta 95. John Simon Guggenheim Memorial Foundation: Los documentos que contiene son, en su mayora, peticiones de referencias solicitadas a Ortiz por el secretario de la fundacin para los aspirantes a las becas de intercambio entre esa institucin y Amrica Latina. En la lista de los solicitantes estn: Jos Rubio Barcia (1943); Argeliers Len (1946, 1952); Ral Roa Garca y Gisela Hernndez Gonzalo (1944); Julio Le Riverend (1946); Edgardo Martn (1947); Jos Antonio Portuondo y Juan E. David Posada (1949); Ricardo E. Alegra (1951, 1953); Levi Marrero (1951), y Lol de la Torriente (1953). Carpeta 67: Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales: Presidente: Emilio Roig de Leuchsenring; Vicepresidente: Francisco Gonzlez del Valle; Secretaria: Raquel Catal; Vicesecretario: Jos A. Portuondo; Tesorero: Mario Guiral Moreno; Vicetesorero: Fermn Peraza; Vocales: Fernando Ortiz, Gerardo Castellanos, Julio Le Riverend, Julio Villoldo, Manuel Bisb, Salvador Massip, Enrique Gay-Calb, Manuel Piedra, Herminio Portell Vil, Jos Luciano Franco, M. Isidro Mndez, J. M. Bens Arrate, Jenaro Artiles, y Antonio lvarez Pedroso.3. CongresosDentro del fondo se encuentra documentacin sobre 21 congresos celebrados en Cuba y en otros pases, relacionados con diferentes disciplinas de las Ciencias Sociales y en los que Ortiz tuvo participacin. El 32 Congreso de Americanistas celebrado en Copenhague, Dinamarca, del 8 al 14 de agosto de 1956 tiene gran importancia por ser uno de los ltimos eventos cientficos en los que participara Fernando Ortiz, cercano por esa fecha a los 80 aos y ya con mltiples dolencias que impediran

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172poco despus su desplazamiento a destinos fuera de Cuba. La carpeta contiene el programa del congreso, anotado por Ortiz, con las ponencias y comunicaciones de inters para el polgrafo, adems de la lista de participantes por pases. La delegacin cubana estuvo integrada tambin por Lydia Cabrera, Mara Teresa de Rojas y Josefina Tarafa, compaeras estas ltimas, de la etnloga. Leemos en la lista a Pedro Bosch Gimpera y a Alfonso Caso, entre los delegados de Mxico; por Espaa estuvo Vicenta Corts, entonces joven archivera e investigadora del Archivo de Indias, y Jos Tudela de la Orden, entre otros; Manuel Pedro Gonzlez asisti entre los profesores invitados de universidades norteamericanas; Paul Rivet y otros cientficos franceses tambin estuvieron presentes en el evento. Ortiz presidi una de las secciones del congreso, la de Historia colonial, donde se discutieron trabajos sobre la segregacin racial en las colonias hispanoamericanas, las importaciones de esclavos africanos en el virreinato de La Plata, sobre los caribes en el siglo XVI y la problemtica de los afroamericanos. Tambin se conserva una fotografa donde aparece el saln plenario del congreso y sus participantes, con Ortiz dentro de los ms ilustres.4. Trabajos de / sobre Fernando OrtizCarpeta 337. Homenaje nacional a Fernando Ortiz: En ella se encuentra aproximadamente un total de 110 documentos, divididos en: a) El programa del Homenaje por los 60 aos de su primera publicacin, celebrado en el Palacio de Bellas Artes en la noche del 28 de noviembre de 1955. b) Cartas y telegramas dirigidos a la Comisin Organizadora del homenaje, presidida por Antonio Mara Eligio de la Puente, con la adhesin al homenaje de personalidades de la cultura, la ciencia y de instituciones. Entre ellos Ramiro Guerra, Regino Pedroso, Fran cisco Prat Puig, Asociacin Cubana de Bibliotecarios, Sociedad Religiosa Africana Hijos de la Luna, Crculo de Amigos de la Cultura Francesa, Escuela Profesional de Periodismo Manuel Mrquez Sterling, Centre Catal, Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (director, Harold Gramatges), Isaac Barreal, Felipe Pichardo Moya, Gustavo Pittaluga, Conchita Fernndez, Israel Castellanos, Diego Martnez Bez (presidente de la repblica espaola en el destierro) y Flix Gordon Ordaz (presidente del gobierno), Luis Gmez Wangemert, Sociedad Cultural de Beneficencia y Recreo Unin Fraternal (fundada en 1886 y cuyo secretario fuera Jos Antonio Aponte), Sociedad Artstica y Literaria del Progreso (Sancti Spritus). Entre el grupo de documentos hay dos cartas de especial inters, porque reflejan el sentir de los practicantes de las religiones afrocubanas, en su mayor parte pertenecientes al sector ms humilde de la poblacin cubana, que encontraron en el sabio un respetuoso investigador. Son estas la carta del oba babalao Pedro Ruiz (Luyan, noviembre 29, 1955), y la dirigida por los decanos y miembros del grupo de tamboreros yoruba en Cuba (noviembre 19,1955), firmadas por personas muy entraables para Ortiz como Miguel Somodevilla, Pablo Roche, Ral

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173Daz, Trinidad Torregrosa, Quintn Angulo y Gabino Felloves. Adems, en la carpeta aparece una importante coleccin de recortes de prensa con entrevistas realizadas a Ortiz con motivo del homenaje, algunas de ellas con informacin sobre la vida y la obra del polgrafo. Otros recortes resean el acto de homenaje nacional, celebrado en el Palacio de Bellas Artes la noche del 28 de noviembre de 1955 y el discurso pronunciado por Ortiz, titulado “Ms y ms fe en la ciencia”. Esta coleccin resulta de especial importancia, en primer lugar por la presencia de artculos, entrevistas y crnicas escritas en rganos de prensa de diferente tendencia ideolgica, como Pueblo Alerta Bohemia Excelsior, El Pas y Prensa Libre entre otros. Tambin porque en la actualidad el mal estado de conservacin en que se encuentra la prensa en gran parte de las bibliotecas del pas, realza el valor de estos recortes como testimonio y fuente de consulta.5. Trabajos de otros autoresCarpeta 208. Trabajos de diferentes autores (I): Introduccin a la Ciencia Poltica, de James Wilford Garner, traducido en libretas manuscritas por Luis de Soto y Ernesto Dihigo. Son documentos importantes que testimonian la colaboracin entre Ortiz y las personas antes mencionadas en la traduccin de la obra de Garner, publicada en La Habana en 1917.21Carpeta 209. Trabajos de diferentes autores (II): “Glosario curioso cubano” (sin autor): Manuscrito sobre aspectos de la variante cubana del espaol con notas y marcas a lpiz, y tambin dibujos. “Tabaco habano”, de Manuel G. Linacero: Poemario dedicado al tabaco, con un total de 50 obras que van desde su participacin en la historia de Cuba, hasta estampas de costumbres y elementos socio-filosficos tejidos en torno a l. Algunos de los ttulos son: “La leyenda del tabaco”, “El tabaco conquistador”, “La sublevacin de los vegueros”, “Es de la vega el veguero”, “La corta de la hoja”, “El romance del tabaco”, “La boda”, “Canto del boho”, y “El fumador feliz”.6. Libretas de informantes y notas sobre religin y culturaCarpeta 26. Santera – aiguismo – Ritos – Vocabulario – Msica: Tiene 10 documentos, entre los que se encuentran libretas de firmas y de registro de ceremonias pertenecientes a la Regla de Ocha o santera como se practicaba en Santiago de Cuba en la dcada del 40 del pasado siglo, y de abaku, que constituyen testimonios de enorme valor correspondientes al patrimonio cultural intangible o inmaterial. Carpeta 229. Libretas de Apuntes. Diario – Huracn – Negro – Mariologa: Posee cuatro documentos que corresponden a sus estancias en los Estados Unidos, en particular a su exilio de noviembre de 1930 a enero de 1934, durante el ltimo perodo del gobierno de Gerardo Machado y los acontecimientos posteriores. Su importancia radica en que testimonian las investigaciones en las que se enfrasc durante ese perodo, para escribir sus libros sobre la Virgen de la Caridad, la mulatez, Cristbal Coln, la entrada del capitalismo en Amrica y,

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174probablemente, en su libro sobre Bartolom de las Casas, todos indi tos,22adems de adelantar el trabajo sobre los indios, en especial El Huracn, su mitologa y sus smbolos (Mxico: Fondo de Cultura Econmica, 1947).7. VariosDentro de esta seccin aparecen dos interesantes documentos cuya mayor importancia radica en la utilizacin de datos biogrficos de Fernando Ortiz para su escritura. Uno es la “Relacin justificada de mritos y servicios de Fernando Ortiz” (La Habana, 1917), elaborado por el propio Ortiz para optar por la ctedra de Derecho Penal en la Universidad de La Habana, acompaada por los documentos que acreditaron su trayectoria estudiantil y profesional hasta la fecha, cuestin que le otorga gran objetividad y validez a los elementos de la biografa orticiana aportados aqu.23El otro documento es la tesis de grado de la antroploga norteamericana Ellen Irene Diggs titulada “La vida y la obra de Fernando Ortiz” y defendida en la Facultad de Filosofa y Letras de la Universidad de La Habana, en 1944, cuya importancia se halla en que fue el propio Ortiz quien le suministr a la autora sus propios datos biogrficos y recuerdos familiares. A diferencia de los documentos gestados por una institucin en los cuales por lo general prima la exactitud –por eso sirven para autenticar acciones y sucesos de la administracin o similares–, aqu estamos en presencia de algunos documentos donde la verdad est distorsionada a favor de la literatura porque el testimoniante es, de hecho, escritor, y “[...] todos los escritores empiezan por mitificar su vida”, pues en el plano de la literatura, entendida no como creacin artstica sino en este caso como acto de recreacin de la realidad, “[...] el primer elemento de creacin es la propia vida del escritor, sobre todo si es famoso”.24 Evidentemente, a lo largo del relato orticiano contado a Diggs existe una reelaboracin de la vida del autor: all aparece lo que Ortiz quiere que se sepa de l. Esos relatos sobre la vida de Ortiz son en realidad metarrelatos ; sin embargo, hay en ellos noticias y datos interesantes, tiles para conocer y reescribir la vida del sabio cubano. Con esta breve descripcin de la estructura y de algunas caractersticas del fondo Fernando Ortiz de la Biblioteca Nacional Jos Mart, se podr comprender mejor a este, no como un almacn pasivo de documentos atesorados, sino como un “sistema” activo facilitador de grandes volmenes de informacin permanentemente actualizada, hasta que el paulatino decrecimiento de la actividad intelectual de don Fernando le impidiera realizar esas tareas. Este fondo es una valiosa fuente de informacin para que los investigadores de la cultura cubana puedan hallar en l los datos precisos, el documento importante, la huella del paso de Fernando Ortiz por la historia de la ciencia y la cultura nacional. Notas1 Ortiz, Fernando. Culecci d’els mal noms de Ciutadella. La Habana: Fundacin Fernando Ortiz, 2000.2 Para ms informacin, consultar la conferencia de Araceli Garca Carranza, “Colecciones de grandes figuras de la cultura cubana. Adquisicin y bibliografa” ofrecida en la biblioteca Jos Antonio

PAGE 175

175Echeverra de la Casa de las Amricas por el 45 aniversario de su fundacin en octubre de 2004.3 Daz, Mara del Rosario. Ponencia: “El archivo de don Fernando Ortiz. 500 aos de transculturacin en Cuba a travs de sus documentos” / “The Fernando Ortiz Archive: 500 Years of Transculturation in Cuba”. SALALM (Seminary of Adquisition of Latin American Library Materials), San Juan de Puerto Rico, mayo 2529, 1998. En Caribbean Studies: Bibliographic Access and Resources for the Past, Present and Future. Seminar of Adquisition of Latin American Library Materials, SALALM, XLIII Conference Secretariat; Benson Latin American Collection, the University of Texas at Austin, 2002.4 Garca Carranza, Araceli. Biobibliografa de don Fernando Ortiz La Habana: Biblioteca Nacional Jos Mart, 1970.5 Publicada en tres volmenes. La Habana: [Sociedad Econmica de Amigos del Pas], 19551957. Becerra Bonet, Bertha. Bibliografa de Fernando Ortiz. Revista Interamericana de Bibliografa 3:1589-1621; 1957.6 Comas, Juan y Bertha Becerra. La obra escrita de Don Fernando Ortiz. Ibdem, 7(4); oct.-dic. 1957.7 En los aos de su exilio poltico en los Estados Unidos (1931-1933) otra de sus destacadas secretarias, Conchita Fernndez, ayudara a Pablo en esas tareas.8 Pablo ignora que ya en ese momento se haban conocido Lorca y Ortiz en Nueva York, aunque saba de los preparativos que haca la Institucin Hispano-Cubana de Cultura para el viaje del poeta espaol a Cuba.9 El administrador en esa poca de la Institucin Hispano-Cubana de Cultura.10 Probablemente se refiera al captulo sobre las Antillas, escrito conjuntamente por Fernando Ortiz, “de la Sociedad Geogrfica de Cuba” y Max Sorre (Universidad de Lille) aparecido en Geografa universal, de Vidal de La Blanche, Barcelona, 1936.11 Carpeta 332 -Correspondencia letra T (Varios). Fondo Fernando Ortiz, Biblioteca Nacional Jos Mart (FFOBNJM).12 Ortiz, Fernando. “Relacin justificada de mritos y servicios”. Serie FDocumentos justificativos “de su carcter de miembro de diversas academias e institutos nacionales y extranjeros”. pp. 2, 22-24. (FFOBNJM).13 Carpeta 348.Correspondencia variada. (FFOBNJM).14 Antonio Snchez de Bustamante y Sirvn.15 El subrayado es mo. MRD.16 En el documento aparece una nota de la secretaria de Ortiz escrita con tinta, que dice “–no mandar– (archvese)”. Supongo que a pesar de esto se envi el currculum, pues de otra manera sera muy difcil que se hubiera quedado la copia de la carta enviada a la Academia sin nota alguna al respecto. Los datos bio-bibliogrficos sern analizados en otra parte del captulo.17 Cuba. Instituto de Literatura y Lingstica. Diccionario de la Literatura Cubana. La Habana: 1980. t. 1, p. 144.18 Carta a Andrs Iduarte de diciembre 29, 1950. Carpeta 170, Correspondencia I-J-K. (FFOBNJM).19 Ramn de Armas, Eduardo Torres Cuevas y Ana Cairo Ballester. Insurreccin y Revolucin en la Universidad de La Habana (1952-1977). En Historia de la Universidad de La Habana. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1984, cuarta parte, p. 729.20 En la actualidad ese edificio sigue siendo la sede de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas y del Instituto de Literatura y Lingstica.21 Garca Carranza, Araceli. Op. cit. (4). p. [50], asiento 126.22 Carpeta 229 Libretas de apuntesDiarios, etc. (FFOBNJM).23 Como siempre hizo, Ortiz escriba sus documentos en original y una o varias copias, por eso hubo de entregar a la Universidad el original y los documentos acreditativos, guardando la copia que se conserva en la Biblioteca Nacional dentro de sus papeles personales.24 Ver intervencin de la doctora Ana Cairo en Lydia Cabrera, otra descubridora de Cuba Revolucin y Cultura (La Habana) (3):24; mayo-jun. 2000.

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176 E l 2 de diciembre de 2008 pasar a las pginas de la memoria histrico-cultural de Cuba como un smbolo de fiesta nacional en lo artstico, debido a que ese da, hizo justamente 90 aos de que se fundara una de las instituciones de ms largo y rico decursar cultural en la vida de la repblica: la Sociedad Pro-Arte Musical, hecho coronado a su vez por los 80 aos de la inauguracin de su teatro Auditorium. Relatar aqu la energa y el espritu de creacin necesarios para llevar a cabo estas grandiosas empresas, invadira una gran parte de este trabajo, por lo que la autora de este apartado quiere invitarlos a rendirle un espacio de gratitud y recordacin, ya que estas efemrides, por fuerza, tienen una concisin obligada, pues, de otra manera, no un artculo, sino un libro de muchas pginas se necesitaran para exponer en detalle el esfuerzo y las realizaciones llevadas a cabo por las directivas de la Sociedad, cuya obra tiene hoy una vala indiscutible para su tiempo.Las mujeres de Pro-Arte MusicalSi ojeamos aquel 1918 recordemos que es vocero de un debate identitario cultural complejo y desde la perspectiva de gnero est marcado por un discurso patriarcal-hegemnico, puesto* Este artculo es parte de mi libro “La Sociedad Pro-Arte Musical. Testimonio de su tiempo”, el cual ver la luz para el prximo ao 2010 por la editorial Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y que fue premio Memoria 2007 de la citada institucin. Adems es un resultado de mi tema de investigacin de doctorado en ciencias sobre arte en proceso de culminacin. [N. de la A.] Homenaje a los 90 aos fundacionales de la Sociedad Pro-Arte Musical* Irina Pacheco ValeraProfesora e investigadora del Instituto Superior de Arte Portada del Proyecto AuditoriumTeatro y Casa social

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177que el matrimonio se validaba como una institucin que supeditaba a la mujer como propiedad de su pareja. A ella se le imponan los cdigos excluyentes: de hacer del casamiento una carrera, ser objeto de lujo y ostentacin, lo cual fue muy criticado por importantes intelectuales cubanos.1 Este movimiento de inconformidad contra el contrato matrimonial permiti que, en 1918, Cuba se convirtiera en el primer pas hispanoamericano en lograr la ley de divorcio.2Antes de esta ley, los hombres podan tristemente sentirse con el privilegio de asesinar a sus mujeres por el supuesto delito de infidelidad y slo recibir condena de destierro. Por el contrario, ellas no tenan, ante la supuesta traicin marital, similar respaldo legal.3Como corriente de ideas polticas y filosficas, el movimiento feminista fue muy cuestionado en Cuba porque sus objetivos atacaban el poder de los hombres. La prensa cubana, dirigida por ellos, mostraba, salvo excepciones, muchas reticencias ante este modelo de mujer transgresora, y ello supona atacar la virilidad criolla, acostumbrada a que el papel de la mujer fuera el de objeto de belleza y sumisin. Este debate se llev al seno de los Congresos de Mujeres, de 1923 y 1925, donde la actitud solidaria mostrada por algunos intelectuales, incit a sus organizadoras a crear el curioso trmino de “congresistas adictos”. Con este calificativo denominaron a prestigiosas figuras de la intelectualidad como Fernando Ortiz, Juan Marinello, Ramiro Guerra, Arturo Montori y Raimundo Lazo.4En ese entramado epocal y como muestra de la gallarda feminista, Mara Teresa Garca Montes llev a cabo la excelsa obra de la fundacin de la Sociedad Pro-Arte Musical el da 2 de diciembre de 1918, la cual celebr la primera junta en su residencia, en la esquina de las calles 15 y D, barrio del Vedado. De ah que al decir del arquitecto Enrique Luis Varela: Cuando un pueblo joven cuenta con mujeres de carcter y alteza de miras de Mara Teresa Garca Montes de Giberga y sus inteligentes colaboradoras, puede decir con orgullo que su horizonte intelectual es tan amplio que difcilmente tendr limitaciones. La Sociedad Pro-Arte Musical, fundada por mujeres, dirigida siempre y exclusivamente por mujeres, es una prueba definitiva de lo que acabamos de exponer.5Para un somero anlisis de la orientacin ideo-esttica de la sociedad, hay que contar con la proyeccin socio-cultural de su fundadora Mara Teresa Garca Montes de Giberga y en gran medida la de sus continuadoras Oria Varela de Albarrn,6 Natalia Arstegui7y Laura Rayneri de Alonso.8 Todas estas mujeres proartinas desarrollaban una cualidad artstica y posean una vasta cultura y eran representantes de lo ms distinguido de la aristocracia habanera, por ejemplo: Mara Teresa Garca Montes de Giberga, tena una apreciable cultura musical en el piano y era un excelente soprano, Laura Rayneri, era una de las ms destacadas pianistas-concertistas habaneras, y Natalia Arstegui, una excelsa soprano y declamadora. Ahora bien, analizar a estas mujeres de la “oficialidad” desde una perspectiva de gnero, entendido este como una construccin social de una diferencia

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178sexual y concepto histrico, requiere de una mirada compleja.9 Dicho concepto est conformado por “[…] creencias, valores, actitudes, formas de comportamiento, rasgos de personalidad, e incluso, actividades que sustentan y ejercen hombres y mujeres y que son, precisamente las que hacen la diferencia y la jerarqua social entre unos y otras”.10 Con este enfoque me apoyo en el texto de Maritza Garca Alonso y Cristina Baeza: Modelo terico para la identidad cultural, donde se define la actividad identitaria como al “[…] conjunto de acciones materiales y espirituales que permiten el proceso de definicin del sujeto de identidad”.11 Las citadas autoras reconocen la importancia de las identidades subalternas, fenomnicas, grupales, o microidentidades, para referirse a lo mismo y para la definicin y, por consecuencia, del estudio de la identidad nacional, dato este que da pie, por supuesto, a la inclusin del tpico de la identidad femenina en el debate del tema. Las mujeres del momento sobre todo se destacaban como cantantes, pianistas, arpistas, flautistas y violinistas, sin embargo, surge la pregunta: qu hay de los otros instrumentos de la msica, qu hay del ejercicio interpretativo, de la creacin musical, de la direccin de agrupaciones u orquestas y de la investigacin? Es conveniente recordar que la tendencia fundamental de las mujeres de Pro-Arte Musical estuvo marcada por el gnero blanco que miraba a Europa y no reconoca los instrumentos afrocubanos. La confluencia de las mujeres proartinas la podemos abordar a travs del lente de los vasos comunicantes entre gnero y poder, pues ellas se inscribieron en la “cultura oficial”,12 la cual hace uso de todo medio posible para ejercer su poder. Este poder cultural denota tres caractersticas bsicas: impone las normas culturales-ideolgicas que adaptan a los miembros de la sociedad a sus gustos y preferencias, legitima la estructura dominante, y hace sentir la imposicin de esa estructura como la socializacin o adecuacin necesaria de los patrones culturales para que los individuos se adapten. Desde su posicin social hegemnica, estas damas desplegaron una intensa actividad de promocin, didctica y de divulgacin de la msica de concierto de esencia europea, histricamente legitimada, que debe ser digna de reconocimiento, pero a la vez limitante en su proyeccin, si se tiene en cuenta el carcter de avanzada y el valor de la produccin nacional en la esfera de la cultura de aquellos aos.13Ellas ade ms decidan acerca de las temporadas y los artistas, y se convirtieron en un eslabn fundamental en los modelos culturales de su tiempo, ya que a travs de la Sociedad Pro-Arte Musical y de la construccin del teatro Auditorium, rectoraron en buena medida la vida cultural republicana y estuvieron enfrascadas en las polmicas con las miradas de vanguardia que versaban su discurso hacia las reformulaciones de la cultura popular, la cual como parte de la cultura de la sociedad haba quedado relegada y menospreciada en aras de otra parte de una cultura que valida las acciones del grupo en el poder. Las frmulas de cubanidad del nacionalismo burgus se hacen visibles

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179en las estrechas relaciones de Mara Teresa Garca Montes y sus damas con las ideas del compositor y terico Eduardo Snchez de Fuentes. En este intercambio epistolar se aprecia el debate sobre el contenido de la msica cubana de la poca y la proclamacin de la cubanidad de lo indgena y lo campesino, frente al escndalo que representaba la introduccin de elementos africanos en la msica culta. De ah, que el historiador Jorge Ibarra meditara: En su alianza con la pompier viuda de Giberga, como la llamaba irnicamente Caturla, contra las posiciones del minorismo, hay subyacente toda una concepcin de la cultura cubana. Esta seora, de rancia estirpe autonomista, encarnaba una tradicin cultural del siglo XIXque discriminaba a todo lo negro y popular, al tiempo que estimulaba la penetracin cultural europea y rechazaba la norteamericana. Esta era, desde la segunda mitad del siglo XIX, la cultura de la nacin frustrada, la cultura de la nacin burguesa, enfrentada a la cultura nacional popular del pueblo-nacin.14Es por eso que la oposicin airada de Snchez de Fuentes a la penetracin cultural norteamericana, desde fecha tan temprana como 1922, antes que estallase su polmica con los representantes ms destacados de la cultura nacional popular, no debe ser vista como una maniobra demaggica para ganarse simpatas frente a sus adversarios, sino como una actitud conservadora consecuente consigo misma. La directiva de la primera poca (1918-1948) de la Sociedad Pro-Arte Musical se va a desenvolver en un momento donde las mujeres de las dcadas del 20 y del 30 tienen una participacin activa en la historia social y artstica de Amrica Latina. La Habana fue, quizs, la capital de nuestra regin donde se abordaron con ms intensidad los vnculos entre el feminismo y la vanguardia literaria de los 20. Lderes feministas y figuras literarias de relieve en su poca como Mariblanca Sabs Alom, Ofelia Rodrguez Acosta,15Rene Mndez Capote, Lol de la Torriente, “[…] ejemplifican esos vnculos entre el feminismo y la cultura literaria habanera de la modernidad. Estas escritoras expresaron en sus obras los grandes retos que deban vencer las mujeres para desarrollar su trabajo en el campo intelectual y perfilaron, por diferentes vas, una imagen de la mujer intelectual”.16Son memorables los vnculos estrechos de Pro-Arte Musical con la prestigiosa Mara Jones de Castro y su Conservatorio Internacional de Msica.17 Eduardo Snchez de Fuentes

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180Es meritorio que muchos de los artistas invitados por Mara Jones intercambiaran experiencias con profesores y alumnos de la Sociedad Pro-Arte Musical. La vida cultural del Conservatorio se anunciaba en los programas de conciertos de la citada institucin y en la revista Musicalia Adems, Pal Csonka, compositor, director de coros y orquestas, quien trabaj como profesor en el Conservatorio y dict cursos de Direccin Coral y Apreciacin Musical, tuvo tambin bajo su responsabilidad, de manera permanente, los coros de la Sociedad Pro-Arte Musical y era siempre invitado a dirigir en las temporadas de pera con artistas invitados de Miami y Chicago en la institucin pro-artina. La revista Pro-Arte Musical es un ndice excelente para hurgar ms en la proyeccin de su fundadora y primera directora, Mara Teresa Garca Montes de Giberga, la cual preserv en todo momento una actitud recta con el cumplimiento del reglamento de la institucin y adems sostuvo sus convicciones frente a individuos o agrupaciones de fuerza en la vida pblica. El 15 de diciembre de 1927 public el editorial “La degeneracin de la crtica musical en Cuba”.18 En la misma pgina apareci otro artculo el ttulo de “Relapsos e impenitentes”,19 en donde se defenda la verdad histrica y la cultura musical del pueblo de Cuba. Revelador de las polmicas de estas mujeres, es el contrapunteo de Mara Teresa Garca Montes de Giberga con el polemista Jorge Maach, y ante el llamado de unidad de este, ella severamente le expuso: Por eso, porque amamos “con todas nuestras potencias” nicamente a Cuba, porque la hemos bebido en mejores fuentes, por nuestros antecedentes y nuestra actuacin, no podemos de ningn modo, aceptar la leccin de patriotismo que no es la primera vez que se permite darnos el seor Maach. Si el ameno glosista es de inmediato linaje gallego, se cri en La Mancha, se ilustr en Madrid y vive en Cuba, nosotros tenemos un criollsimo abolengo de siglos, que no perturban vacilantes alternativas.20La direccin de Natalia Arstegui de la revista (1932-1934), as como su papel de delegada de la Sociedad Pro-Arte Musical en Nueva York, es vital para el desempeo de la institucin. Ella, segn cuentan sus testimoniantes, 21 era el equilibrio dentro de la Sociedad. A cargo de sus sugerencias se instituyeron las tres escuelas de Pro-Arte: ballet, guitarra y declamacin. Especial era su relacin con Eusebia Cosme y las incursiones que se dieron en ese perodo con las osadas del afrocubanismo. Paradigmtico es ilustrar que Fernando Ortiz present la “poesa mulata” y destac: “Eusebia Cosme es la expresin de una poesa nueva que ya est reconocida como un valor cierto, pero su recitacin quizs habr de ser un da sealada como un prlogo”.22 A tono con el momento y por invitacin de Natalia Arstegui, Eusebia Cosme recit en la Sociedad “poesa mulata”. El nmero de la revista Pro-Arte Musical,23 de julio-septiembre de 1934, la presenta en el Recital de Poesas como declamadora de la mencionada temtica.

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181El perodo de Laura Rayneri de Alonso (1934-1948)24 fue renovador: la Sociedad ampli los horizontes hacia la contemporaneidad y la cultura nacional, a travs del ballet, lo que signific la consagracin nacional e internacional de la institucin y garantiz su trascendencia. Que sus hijos varones (Fernando y Alberto) estudiaran ballet y se convirtieran en joyas y matres a escala mundial fue un desafo a la tica burguesa y a la orientacin cultural de su tiempo. Durante una gran parte de esta etapa, la revista ces su publicacin (1940-1948) para volcar los esfuerzos en torno a la enseanza del ballet y a la promocin cultural con mirada de vanguardia, por lo cual el dinero destinado para la publicacin se emple en esas actividades. La Sociedad Pro-Arte Musical, en el perodo de Laura Rayneri, fue honrada por el gobierno de la Repblica con la Orden Nacional de Mrito Carlos Manuel de Cspedes, la cual por primera vez se le conceda a una institucin. Se ofrecieron adems conciertos juveniles con el objetivo de despertar el instinto musical entre nios y jvenes, algunos a cargo del Coro del Instituto Tecnolgico de Ceiba del Agua, bajo la direccin de Mara Muoz de Quevedo, y otros por la pedagoga Carmen Rovira, y los musiclogos Csar Prez Sentenat y Alejo Carpentier. El final del mandato de Laura Rayneri de Alonso transcurri en un clima de contradicciones internas y de crticas promovidas por los elementos ms conservadores. La expresin ms radical de ello se observ en la renuncia de Laura a la presidencia de la Sociedad Pro-Arte Musical y tiempo despus en la independencia del ballet de Alicia Alonso.25En las voces culturales de la directiva del segundo perodo (1949-1961) de la Sociedad Pro-Arte Musical se encuentran: Mara Teresa Velasco (1948-1952),26Dulce Mara Blanco de Crdenas (19521956),27 y Conchita Giberga de Oa (1958-1960) (1960-1967).28 De ellas, un grupo tuvo posturas conservadoras con relacin a las vanguardias musicales y, por ejemplo, Mara Teresa Velasco represent posiciones polmicas con las actitudes renovadoras en el ballet bajo la presidencia de Laura Rayneri de Alonso, quien se vio obligada a renunciar a la presidencia; tambin lo hicieron Alicia y Fernando para poder convertirse en bailarines profesionales y salir de los marcos conservadores de una parte de Pro-Arte. No obstante, es valedero analizar que estas polmicas estn atravesadas por los vasos comunicantes de gustos, preferencias y diferencias generacionales, pues las mujeres pro-artinas, a pesar de sus posiciones limitadas por su poca, superaron el canon que les impona la sociedad, al mantener esta prestigiosa institucin y su revista con el nico objetivo del amor a la cultura. Por ejemplo, en el caso de Mara Velasco, esta se desempe como promotora cultural, pues una de las realizaciones ms importantes durante su mandato fue la restauracin general del Auditorium, al que se provey de lunetario nuevo y moderno, importado de los Estados Unidos, y se finaliz la instalacin del aire acondicionado en el teatro, que se haba comenzado desde la direccin de Laura Rayneri.

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182La revista Pro-Arte Musical, que haba recesado durante ocho aos, reinicia sus ediciones con la organizacin de un concurso anual para estimular los estudios de tipo musicolgico. Desde su creacin en 1952, honrado con el nombre de la fundadora de la Sociedad, la revista concedi premios sucesivos por trabajos seleccionados: Orlando Martnez (1952 y 1955), Regina de Marcos (1953), Edgardo Martn (1954), Mara Maci de Casteleiro (1956), Daisy Losa (1957), Mara Teresa Linares (1958), Argeliers Len (1959) y Pedro Machado de Castro (1960).29 En el perodo de Mara Teresa se cre el Kindergarten de la Escuela de Ballet a cargo de Finita Surez Mor. Una Escuela de Coros fue otra de las iniciativas de la citada directiva, as como la continuacin de los festivales de peras. En esta etapa ProArte cumpli sus Bodas de Perlas. Durante la presidencia de Dulce Mara Blanco, se realizaron obras de embellecimiento del teatro y en la casa social, y se llevaron a cabo temporadas de peras, dentro de las cuales particip la misma Dulce Mara Blanco, pues era una distinguida soprano. En esta poca continu el concurso que tuvo Pro-Arte de eminentes msicos, bailarines y conjuntos musicales de escala internacional. Por su parte, Conchita Giberga represent la tradicin memorable por una parte y la renovacin por otra. Su primera temporada artstica tiene los lauros de contar con figuras del relieve de Renata Tebaldi, Iris Burguet, Zara Dolujonova, Gina Bachauer y con nuestro Jorge Bolet, entre otros. Se concibi adems la idea de exhibir, con carcter permanente, en diversos lugares del Auditorium, una exposicin-venta de pintura contempornea que al mismo tiempo sirviera de elemento decorativo y contribuyera como complemento esttico al placer de la msica. La directiva realiz esta actividad en ntima cooperacin con el Patronato de Artes Plsticas. Se otorg tambin para este perodo la beca “Mara Teresa Garca Montes de Giberga” en forma de concurso y las pruebas se realizaban en varias sesiones en el Auditorium, a las que tuvieron acceso los socios. El tribunal estuvo presidido por la presidenta de la Sociedad, Conchita Giberga, y adems por Lizzie Morales de Batet, Margarita Rayneri, Esperanza Hill, Yvette Hernndez y Jos Echniz, y como secretaria, la doctora Elena de Arcos, la cual era secretaria de actas.La Revista Pro-Arte Musical: (1923-1940) y (1949-1961)En sus casi 40 aos de existencia (1923-1961) se distinguen dos pocas, definidas por la recesin en la tirada de la revista durante ocho aos, entre 1940 y 1948, lo que permite expresar que la primera comprende desde 1923 hasta 1940, y la segunda desde 1949 a 1961.30Entre 1924 y 1931 apareci de forma mensual. No obstante todo ello y las vas de incremento econmico que procur la Sociedad (cursos de ballet, guitarra y declamacin, los abonos para temporadas de pera y conciertos), la periodicidad de la tirada se vio sensiblemente afectada. A partir de marzo de 1932 comenz a salir cada dos meses, en 1934 cuatro veces al ao, y de 1935 a 1940 se edit un solo nmero anual, con una recesin durante 1937,

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183hasta florecer de nuevo en 1938. Reanud su publicacin en 1949, aunque con regularidades e irregularidades se mantuvo hasta 1961.Descripcin de la revistaEn este aspecto suele adquirir importancia la identificacin de modelos, reales o virtuales, en los que se inspira su configuracin programtica y material, no tanto en relacin con influencias o preeminencias, sino con las recomposiciones que realizan en espacios diferentes los mismos elementos culturales. La revista Pro-Arte Musical, por su carcter de divulgadora y promotora cultural del mundo musical y cultural de Europa y los Estados Unidos, tom como referencia a publicaciones extranjeras como Musical Courrier, Revue Musical, Boletn de Crdova, entre otras, con las que mantuvo intercambio de programaciones de conciertos y actividades.31Con algunas variaciones, la estructuracin general de la revista en su primera poca (1923-1940), fue la siguiente:32Cartula con foto a plana completa del artista contratado para la temporada, ttulo y logotipo de la Sociedad. SECCI"N EDITORIAL: Llevaba a cabo la Informacin de la Directiva. Constantemente la Junta Directiva se comunicaba con los socios, por lo que se les daba a conocer todos los proyectos de la institucin, los avisos y acuerdos del momento. SECCI"N INFORME MENSUAL DE TESORERA: Informe de Tesorera. El primer nmero es paradigmtico, as vemos en l los Estatutos y el Reglamento de la Sociedad, el informe anual de la Tesorera, la cuanta de asociados “[…] el da ltimo tenamos 1 320 socios regulares y 492 inscriptos a tertulia, dando un total de 1 812 socios”.33SECCI"N MEMORIA ANUAL DE LA SOCIEDAD SECCI"N NUESTROS CONCIERTOS Y AMPLIACI"N MUSICAL: Reseaba las actividades, algunas de las cuales no slo fueron disfrutadas por los socios, sino que llegaron a quienes estuvieran en circunstancias desfavorables. Este propsito llevara artistas a instituciones penales, de ancianos y de caridad. Fue por ello que en abril de 1923, el guitarrista Andrs Segovia dio un concierto en el Presidio de La Habana. As tambin se ofrecieron otros muchos recitales en el Asilo Santovenia, el Asilo de la Misericordia, el Asilo Carvajal, la Crcel de Mujeres, la Crcel de La Habana, la Casa de Beneficencia… SECCI"N DE COMENTARIOS: En ella aparecan programas, reseas y fotos de artistas de la temporada. Revista Pro-Arte Musical

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184Se mostraron imgenes de Andrs Gedalge, profesor de Contrapunto en el Conservatorio de Pars; Elizabeth Rethberg, soprano de la "pera de Dresden; Mischa Levitsky, pianista ruso; Titto Schipa, tenor italiano; Jos Echniz, joven pianista cubano; Harold Bauer, eminente pianista y presidente de la Asociacin Beethoven de Nueva York; Armando Crabb, bartono belga; Walter Giesenking, notable pianista hngaro; Jos Cubiles, joven pianista de Cdiz; Maurice Marechal, solista de las Sociedades de Pars; Claudia Muzio, soprano del Metropolitan Opera House, de Nueva York; Erika Morini (violinista de origen italiano), etctera, al igual que de cuartetos y orquestas, como por ejemplo: Cuarteto Flonzaley, Cuarteto de La Habana (dirigido por Juan Torroella), Cuarteto de Londres, Quinteto Hispania, Sinfnica de Cleveland, Sinfnica de La Habana, Sinfnica de Minneapolis, Sinfnica de Nueva York, entre otras agrupaciones. SECCI"N DE ARTCULOS SOBRE LA MSICA: Inclua msica europea y norteamericana fundamentalmente, aunque tambin algunas reseas de la cubana y latinoamericana, as como de la vida y obra de creadores y/o intrpretes, con carcter historiogrfico, y adems de formas y tcnicas de la msica. Tambin se publicaban notas a programas. En una revisin de autores de la etapa, encontramos entre otros cubanos, a Luis de Soto, Rafael Vega, Joaqun Molina, Antonio Quevedo (este, aunque espaol, desarroll su labor musical en Cuba) y extranjeros como Jos Subir o creadores propiamente como Nicols Rimsky-Korsakoff, Hctor Berlioz o Richard Wagner. Ejemplo de esta presencia de autores de prestigio se observa en artculos como “La meloda”, del compositor francs contemporneo Darius Milhaud (primer nmero de diciembre de 1923); “Federico Chopin”, de Pedro San Juan Nortes (20 de febrero de 1924); ”Los violines celestiales de Rodman Wanamaker”, de Octavio E. Moscoso (agosto de 1926); “La msica de los araucanos”, de Charles Lavin (abril de 1929); “Centenario romntico”, compilacin de conferencias ofrecidas en la Sociedad, por el doctor Luis de Soto (febrero y marzo de 1930); “El ritmo espaol”, de Medardo Vitier (nmero tres de marzo de 1933), y “Del ao de Goethe al ao de Wagner”, de Carlos Schwarz (nmero cuatro de abril de 1933). En el nmero memorial dedicado al aniversario 25 de la institucin (1918-1943) aparecieron un homenaje a la fundadora, un artculo de la periodista Mariblanca Sabs Alom titulado “Atalaya”, y un trabajo sobre el maestro Manuel de Falla, de Jos Mara Chacn y Calvo. Se publicaron adems las labores y triunfos de otro tipo de artistas como las menciones sobre el caricaturista Conrado Massaguer (febrero 1929) y acerca de las incursiones en la caricatura de Armando Maribona. SECCI"N DE AVISOS Y ACUERDOS: Presentaba noticias de las actividades de la institucin, como por ejemplo las temporadas de pera, la llegada de las figuras internacionales, los acuerdos de las juntas de la directiva de la etapa. SECCI"N LOS QUE VENDRN: Contena reseas de los artistas invitados a las prximas temporadas.

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185SECCI"N DE BUEN HUMOR Y CORRESPONDENCIA: Publicaba cartas y peticiones de inters general para la Sociedad, adems de las sugerencias de los socios respecto a los artistas o espectculos que desearan disfrutar en prximas temporadas. SECCI"N DE NOTICIAS: En ella se referan al movimiento musical del mundo (aparecan datos artsticos de Londres, Pars, Miln, Nueva York, Bruselas, msterdam, Roma, Barcelona…). LO QUE SE DICE DE NOSOTROS: Se incluan los criterios de otras sociedades, publicaciones y artistas sobre Pro-Arte. SECCI"N HIST"RICA (a partir de 1932): Daba a conocer aspectos de la trayectoria de la institucin. SECCI"N ANUNCIOS: Mostraba fotografas y programas de actividades de la Sociedad. Formalmente, la revista fue variando su imagen y respondiendo a la influencia de los nuevos aires de la poca. A partir de 1932, el diseo exterior y la grfica de los anuncios se simplific, como una asimilacin de la evolucin de los recursos que por entonces tenan las artes grficas; desaparecen la fotografa e identificaciones en la cartula para lograr una portada sencilla con slo el nombre de la publicacin y el logotipo de la Sociedad en blanco y negro. A la vez se aument el nmero de pginas y gan en belleza interna por una mejor disposicin del espacio de anuncios. Para esta fecha el ttulo de la revista pas a ser Sociedad Pro-Arte Musical en lugar del inicial donde slo apareca Pro-Arte Musical En la segunda poca (1949-1961), en el formato en su primer nmero (enero 1949) se aprecia una reduccin de dimensiones, un cambio en la disposicin y color de la tipografa de la cartula, ahora en diagonal en rojo y blanco o gris. Las variaciones sern sucesivas, as vemos ms adelante mayor reduccin del tamao, que la hacen ms manuable y fcil de conservar, cualificacin del papel y por resultado, de las fotografas, cambios en el color y a partir de octubre de 1956, reaparece la foto de cartula bordeada por una banda de color. Esto ltimo, a mi modo de ver, le otorga una imagen ms comercial a la publicacin. Tambin para esta etapa, la revista recupera su denominacin original de Pro-Arte Musical Aparecen nuevas secciones como por ejemplo: “Galera Musical Cubana”, “Fragmentos de la Crtica”, “Recuerdos del Ayer”. Sobre todo lo planteado en el editorial de septiembre de 1952 se apunta: “Con el presente nmero se inicia una reforma de nuestra revista, que no solamente atae a su forma de distribucin sino que incorpora trabajos y colaboracin (sic) inditos, de firmas que hasta ahora nunca han aparecido en nuestra revista salvo la del eminente crtico de fama internacional Adolfo Salazar”.34En este perodo puede apreciarse una notable irregularidad en la salida de la revista: trimestral (1949-1950), cuatrimestral (1951-1956), bimensual (1956), mensual (1957-1958), bimensual (1959-1961), ocasionada por mltiples factores: unas veces de carcter econmico, otras de carcter organizativo y de direccin editorial. Durante estos vacos, no decay el objetivo priorizado de mantener comunicacin con los asociados, para lo cual la directiva se auxili

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186de tarjetas circulares y de notas de prensa en los peridicos, que se encargaron de divulgar las temporadas de conciertos, ballet y peras. Como rgano de una Sociedad, sirvi de vehculo de comunicacin entre esta y los asociados, privilegiando este aspecto, y subordinando a este los dems. Si bien el espacio de los textos fue importante, y puede considerarse el legado de mayor valor de la publicacin, constituy la zona de necesario equilibrio cultural en la concepcin editorial, ya que estos significaron la posibilidad de trascender el carcter puramente informativo para alcanzar el rango de revista especializada. Ante los cambios que suscita toda revolucin de transformacin del orden establecido, la Sociedad Pro-Arte Musical tambin se vio sumergida en esa dinmica, pues por decreto revolucionario fue intervenida como entidad privada en 1961, y ello produjo el lgico xodo de miembros de la directiva y de posibilidades financieras particulares. Por tal motivo, la revista se vio muy afectada, aunque pervivi hasta el nmero enero-febrero de 1961 donde apareci el siguiente mensaje de la directiva: Estimado socio: Le suponemos enterado de que por decreto del Sr. Presidente de la Repblica, no. 2905 de fecha 31 de diciembre, se ha dispuesto la adquisicin por el Estado, por el procedimiento de expropiacin forzosa, de nuestro Teatro Auditorium y del edificio contiguo, Calzada 510, con todas sus instalaciones, [...] y aunque esta medida representa un serio quebranto para los intereses materiales de esta sociedad, esta no altera su personalidad jurdica, hemos acordado dirigirnos a los seores asociados para comunicarles que es nuestra intencin continuar las actividades y conciertos de la sociedad. Le exhortamos muy cordialmente a mantenerse en nuestras listas en la seguridad de que de ser atendido nuestro ruego podremos continuar con todo xito la labor que tanto prestigio ha dado a nuestro pas en todos los centros artsticos del mundo.35En forma de boletn informativo para los asociados, la publicacin se mantuvo durante los primeros meses del ao 1962, con slo tres nmeros de cuatro pginas, sostenida por un reducido grupo de miembros, hasta su definitiva desaparicin. Aqu se recogieron algunos artculos y las ltimas actividades de la Sociedad realizadas en diferentes salas y teatros de la capital.El AuditoriumLa institucin pro-artina en sus primeros aos haca sus conciertos en el teatro Payret y en el Teatro Nacional de La Habana por lo cual Mara Teresa Garca Montes siente la necesidad de tener su propia casa, e idea un nuevo proyecto que se har realidad: construir un teatro propio, con todas las comodidades y condiciones acsticas necesarias para sus actividades, y as lo hizo patente en la revista Pro-Arte Musical : Siempre hacia arriba, remontando perpetuamente las cuestas en persecucin de la alta cima, debe ser la norma de todo organismo, individual o social, que quiera perfeccionarse y progresar. Detenerse en el camino, rendido por la fatiga o envanecido del triunfo alcanzado es

PAGE 187

187condenarse al fracaso. El que se detiene, retrocede, tarde o temprano, y el que retrocede perece irremisiblemente. Pro-Arte Musical ha dado pruebas, y lo decimos con sano orgullo, de que est alentada de un espritu emprendedor, cuyas energas se renuevan y vigorizan a medida que los xitos se suceden. Sin prisa, pero sin tregua, un detalle seala un derrotero, indica una variacin, pero sin fijarse, definiti vamente, el programa a implantarse. Todos los socios estn, por eso, en el deber de pensar un poco en este proyecto, madurando cuantas sugestiones estimen adecuadas, discurriendo sobre las mejores facilidades a que pudiera echarse mano, confrontando las ventajas y los inconvenientes del proyecto, para que, en la prxima Junta General, en la que seguramente se plantear la idea, aporte el caudal de su experiencia o el fruto de su estudio facilitando as el propsito y contribuyendo a edificar con un esfuerzo, que ser siempre valioso, sea quien fuera el socio, grande o pequeo, a levantar el techo que cobije un da, no lejano ciertamente, a todos los que abriga mos el mismo ideal de luz y la propia ansia de mejoramiento y de perfeccin. […] y que podamos un da, que ser de fausto acontecimiento para la Sociedad y de definitiva consolidacin, regocijarnos en nuestra casa oyendo emocionados las quejas dolientes del violn, las notas sonoras del piano y la msica vibrante de la voz humana.36Con esto, se comenzaron a presentar los bocetos para la construccin del teatro soado por Mara Teresa Garca Montes, pero la idea no tom un curso definitivo hasta que aumentaron para junio de 1925 las cuotas de los asociados, lo que permiti adquirir un terreno en la esquina de Calzada y D, en el barrio del Vedado. La superficie era de 2 211,82 m2 y el costo de 80 mil pesos, de los cuales se pagaron 40 mil al contado, con una hipoteca por el resto, pagadera al 6% de inters anual. A los dos aos, en junio de 1927, el terreno fue adquirido en plena propiedad y el proyecto par edificar se le confi a la firma de arquitectos ngel Moenck y Nicols Quintana, actuando como delineante Julio Csar Japn. El costo de la obra era de 250 mil pesos que aument a 430 mil incluyendo mobiliario, cortinas, telones, decoraciones, etctera. A fin de poder adquirir el dinero, se nombr una Comisin Gestora integrada por Jos Hill, Dionisio Velasco, Flix Hernndez de Castro e Isidro Fernndez, quienes tuvieron a su cargo la confeccin de un plan de emisin de Bonos y obligaciones hipotecarias sobre los bienes de la Sociedad. Se distribuyeron 1 500 bonos de a 100 pesos cada uno y 100 bonos de a mil, con un inters anual de 7% pagaderos por semestres vencidos. Si bien era una considerable suma para la poca y para una institucin cultural privada, esto no signific un exceso, dadas las exigencias que planteaba la directiva para la construccin de este tipo de instalacin. Por otra parte, se trata de una evidencia del prestigio y la solidez econmica que en 10 escasos aos haba alcanzado la Sociedad Pro-Arte Musical.37La primera piedra del Auditorium, que as se llamara el teatro, fue colocada

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188el 6 de agosto de 1927 y se concluy en noviembre de 1928. Su realizacin estuvo a cargo de los prestigiosos ingenieros-arquitectos contratistas Albarrn y Bibal, siendo Mara Teresa testigo cotidiano del progreso de las obras. Para el 2 de diciembre del propio ao 1928, al cumplirse el primer lustro de la Sociedad tuvo lugar la inauguracin. El Auditorium fue un bellsimo teatro moderno, cuyas lneas exteriores estaban inspiradas en el estilo Renacimiento italiano. El da 22 de aquel mes –da de Santa Cecilia (patrona de la msica)– se bendijo el edificio, en una solemne ceremonia oficiada por monseor Manuel Arteaga Betancourt. El Auditorium posea una de las mejores acsticas del mundo. Adems del teatro, con tres niveles, en su interior radic la casa social de Pro-Arte, con un elegante y cmodo saln de conferencias, donde tambin se efectuaban conciertos varios, recibos y otros actos, as como una magnfica biblioteca, un saln para las juntas de la directiva y el local de las oficinas. Dicho local poda ser alquilado a otras instituciones. Ms tarde sera bautizado con el nombre de Saln de Mara Teresa, tras la muerte de la fundadora. Los socios, para sus reuniones y esparcimiento tenan tambin varios salones en todas las dependencia, y entrada independiente en el ngulo formado por las dos fachadas. Sobre esta extraordinaria obra en la revista Musicalia (noviembre-diciembre de 1928) aparece el comentario titulado”Una mujer” firmado por Mara Muoz de Quevedo, el cual plantea: El magnfico Auditorium que ProArte Musical acaba de inaugurar con tres festivales netamente cubanos, ha puesto una vez ms de relieve el alto prestigio social y artstico de Pro-Arte [...]. El caso concreto de Pro-Arte Musical es uno de los ms elocuentes ejemplos que conozco de feminismo positivo. A un feminismo de ctedra, valioso como germinador de ideas o como creador de normas, un grupo de damas –o para honrarlas, mujeres– opone un feminismo prctico, que, mejor que erigir sistemas, prefiere levantar edificios y fomentar el arte. En esta obra colectiva, exclusivo fruto del talento de la mujer, se destaca una personalidad sobresaliente, una voluntad y energa poderosas, pero, sobre todo, una fina, gil y cultivada inteligencia: Mara Teresa Garca Montes de Giberga. Que una mujer haya podido mantener flexiblemente en sus manos las quebradizas riendas de un gobierno femenino, y la compleja organizacin y desarrollo de una sociedad como Pro-Arte es algo que por s mismo postula el legtimo derecho de la mujer para el ejercicio de todas las funciones sociales. El Auditorium, que exteriormente es una obra de arte, responde en su interior a los ms exigentes requerimientos de la acstica y de la visualidad teatral. Estas condiciones son perfectas. Todas las partes que integran el Auditorium han sido construidas en Cuba: las lunetas son de caoba con estructura de aluminio, producto de la industria nacional. Lo mismo puede decirse de las lmparas de bronce, decoracin, mobiliario del Club, etc.

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189Pero el mayor encanto del Auditorium est en que ningn ruido exterior, por pequeo que sea, molesta la atencin del oyente [...]. Por primera vez en un teatro de La Habana, se hace el maravilloso silencio [...].38Para dicho ao 1928 se organiz un concurso para escoger el ms adecuado de los proyectos recibidos, para lo cual se seleccion el presentado por los arquitectos Moenk y Quintana, que al inaugurarse el Auditorium gan el Primer Premio Anual de Fachadas del Club Rotario de La Habana.39 La fachada principal, que da frente a la calzada del Vedado, estaba hermosamente tratada, as como en los detalles decorativos. Haba ponderacin en el estudio de los planos y organizadas proporciones en las arcadas de la planta baja, as como delicadeza en el tratamiento del tico. Un amplio portal exterior facilitaba diversas entradas al teatro, y un vestbulo espacioso en su fachada principal, le serva de gran facilidad al pblico que se aglomeraba en la entrada de la platea. La capacidad del teatro era para 8 060 personas distribuidas en 1 204 localidades en la platea, 6 006 en el primer balcn y 850 en la tertulia. La platea a su vez, de 23,50 m de fondo por 27,50 m de ancho, tena una estudiada inclinacin que haca posible una cmoda percepcin del escenario por todos los ngulos. El edificio contaba con tres plantas erigidas sobre un pequeo podium que lo elevaba ligeramente sobre el nivel del terreno circundante. Desde el exterior podan ser visualizados de manera delimitada los tres niveles por la diferenciacin de los elementos arquitectnicos, con un evidente predo minio de la horizontalidad, subrayada por balcones, cornisas y otros detalles decorativos. Este diseo exterior ofreca una combinacin de arquitectura y decoracin que serva para dar singularidad a cada planta. En su interior, la planta baja comprenda vestbulos principales y escaleras, platea, pasillos de comunicacin, almacn, servicios sanitarios, orquesta, escenario; bajo este se ubicaban un stano con entradas directas de la calle, vestbulo de entrada para artistas, el cuarto de ropera y tiles, el cuarto de msica, un espacio para equipaje y el cuarto de mquinas. La segunda planta ostentaba el mximo nfasis decorativo. En correspondencia vertical con los arcos de la planta baja, aqu aparecan ventanas separadas por pilastras acanaladas que terminaban en un capitel compuesto. En la parte inferior, balcones, y en la superior, el remate de frontones (los curvos, para diferenciar las zonas preferenciales, los dems, triangulares), que reposan sobre pequeas mnsulas. En el friso bajo la poderosa cornisa que daba paso a la tercera planta podan leerse grabados, en rtmica consecuencia, los nombres de grandes figuras de la msica. La decoracin de la tercera planta, a modo de tico, tenda a una mayor simplicidad y geometrizacin por la agrupacin de las ventanas en triples arcos encristalados que culminan en una mnsula. Como trmino del edificio, una cornisa ms sencilla y un pretil que llevaba inscrito el nombre de la sociedad y el ao de la construccin. Cinco escalinatas daban acceso a las entradas: dos por la calle Calzada (la principal, que conduca al vestbulo de entrada

PAGE 190

190del tea tro, cubierta con clsica marquesina, y otra ms reducida para el vestbulo de tertulia, ambas con rejas plegables que cerraban el paso una vez terminadas las funciones); una en la esquina, que llevaba al vestbulo de las instalaciones de la Sociedad en la segunda planta, y dos por la calle D, una salida al pblico de platea por esta calle y escalinata por la misma calle que conduca al caf, segn se consignaba en el proyecto.40 En el documento Memoria descriptiva del proyecto del edificio para domicilio social y teatro para la Sociedad Pro-Arte Musical se planteaba: “[…] dejar un local en planta baja que pueda alquilarse para servicios de helados, refrescos, etc. Aprovechndose en lo posible el portal por la calle D, para colocar mesas, sillones, etc, y que tenga entrada independiente de la calle; y locales anexos al escenario y comodidades para artistas, empleados, equipajes, etctera […]”.41El arquitecto Enrique Luis Varela en sus semblanzas tambin acot: El vestbulo privado es de planta circular y en l se desenvuelve una elegante escalera de mrmol blanco de forma helicoidal. Esta escalera desembarca en un hall de la planta principal, que es donde radica la Sociedad, del cual se pasa a distintos salones bellamente decorados. En la fachada que mira al parque se hallan las oficinas y la biblioteca, decorada en estilo gtico Tudor. Abriendo sus ventanas a la fachada principal est el despacho de la Presidenta, un petit saln ntimo con un rico cuarto de toillette decorado en verde jade y suaves grises y la pieza culminante de la sociedad, el gran saln Luis XVI, regiamente decorado que sirve a la vez de “foyer” al primer balcn en el que se hallan los palcos donde triunfa la belleza y elegancia de la mujer cubana.42Sera innumerable e imposible cubrir en estas pginas, la lista de los prestigiosos artistas, bailarines, msicos, cantantes, declamadores, y orquestas de renombre internacional y artistas cubanos que ofrecieron conciertos en el Auditorium. Por decreto revolucionario, el teatro pas al Estado en febrero de 1961, lo que, como centro de mltiples actividades musicales y danzarias promovidas por la Revolucin, adems de sede de la Orquesta Sinfnica Nacional para sus conciertos, signific el derecho a su disfrute por parte del pueblo, hasta el premeditado incendio que lo hiciera desaparecer el 30 de junio de 1977. Tras una pr ofunda reco nstruc cin, reabri sus puertas en 1999 como teatro Amadeo Roldn, nombre que ya tena antes del incendio.43Las escuelas en Pro-Arte MusicalSi Pro-Arte Musical festej en el 2008 el amanecer de un camino glorioso, ya que esta institucin tuvo una vida ininterrumpida en la Repblica para ofrecer a sus socios los mejores artistas, las verdaderas luminarias del mundo musical, eso sera ms que suficiente para brindarle nuestro caluroso aplauso, nuestra admiracin sin reservas en este homenaje a su fundacin. Pero no, an hay ms. Pro-Arte no se limit a traer artistas; Pro-Arte cuando se sinti en plena madurez, cuando su labor y su rango eran una fuerte columna en nuestro

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191desenvolvimiento cultural, se impuso una meta: hacer artistas, ayudar a desarrollarse a un grupo de jvenes cubanos que sentan vibrar el arte en su pecho y soaban con echarlo fuera. Y la labor comenz. All por 1931 se iniciaban los cursos de ballet, guitarra y declamacin con los cuales se logr algo realmente interesante, pues aunque casi todos los alumnos fueron al principio para entretenerse, para pasar un rato agradable en un ambiente de camaradera, muchos, sin darse cuenta, estaban dando sus primeros pasos en una carrera que los convertira, al correr de los aos, en un medio de vida y trabajo como profesionales del ballet, de la guitarra, del teatro. Al conmemorarse esta fecha no podemos silenciar una de las contribuciones culturales ms caractersticas y valiosas: su enseanza artstica. Sus tres escuelas, por la continuidad en el tiempo, su seriedad en lo pedaggico y su proyeccin en lo esttico, devinieron en instrumentos artsticos ntimamente ligados a la cultura de nuestro pas. Quizs sea ese su mejor galardn: una trascendencia que va ms all de la simple labor pedaggica para establecerse como orientadora y formadora de alumnos, creadora de figuras de relieve universal y en centro inicial de lo que pudiramos llamar una “conciencia artstica”. Voces culturales como las de Alberto Alonso, Alicia Alonso y Fernando Alonso, en el ballet; la dinasta de los Nicola: Clara Romero, Isaac Nicola, Cuqui Nicola, Abel Nicola y Justo Nicola, as como Margarita Lecuona, Ofelia Valverde, Margot Flores, Mara de Len, Lizzie Morales de Batet, Augusto Cndom, en la guitarra; la maestra Hortensia Gelabert, los hermanos Ricardo y Eugenio Florit, Mara Julia Casanovas, Mara Gastn, Elena de Arcos, Ramn Valenzuela, Rafael Surez Sols, Francisco Ichaso, Mercedes Dora Mestre, Olga de Blanck, entre otros, en la declamacin, son nombres ilustres que se convirtieron en joyas claves de nuestro proceso identitario cultural y dejaron su huella y legado en los frutos artsticos que se multiplicaron en la Revolucin, de lo cual fue semilla y germen, la benemrita institucin. Mientras tanto ahora, al cumplirse 90 aos de la fundacin de la Sociedad Pro-Arte Musical, hemos querido hacer este recuento de sus actividades, como un merecido homenaje en su aniversario, y para que no se olvide la importancia de su esfuerzo a la hora de escribir la historia de la cultura artstica en Cuba. Notas1 Miguel de Carrin fue uno de ellos, no slo desde la literatura con obras tan conocidas como Las honradas y Las impuras, sino adems desde la prensa. En el diario Azul y Rojo, del cual era director, apareci una serie de artculos de su autora. Vase en dicha publicacin “La Ley de Divorcio I” (no. 15, La Habana, 12 de abril de 1903, p. 4).2 Gonzlez Pags, Julio Csar. En busca de un espacio. Historia de las mujeres en Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2003.3 La abogada Ofelia Domnguez Navarro escribi en 1928 un importante documento de denuncia sobre la situacin jurdica de las mujeres cubanas. En su ensayo hace una serie de valoraciones referentes al andocentrismo del sistema legal cubano y su relacin con la vida familiar. Vase su 50 aos de una vida. La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1971. pp. 121-126.

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1924 Los artculos de Fernando Ortiz, Juan Marinello y Ramiro Guerra estuvieron presentes en varias ocasiones en las pginas de La Mujer Moderna, rgano de prensa del Club Femenino de Cuba, asociacin organizadora de los Congresos Nacionales de Mujeres. Las obras de Arturo Montori y Raimundo Lazo sobre el feminismo tuvieron gran acogida entre los simpatizantes de estos ideales. Vase Montori, Arturo. El feminismo contemporneo. La Habana: Imprenta La Moderna Poesa, 1922, y Lazo, Raimundo. El feminismo y la realidad cubana. La Habana: Imprenta La Propagandstica, 1931.5 Varela, Enrique Luis. El Auditorium de ProArte Musical. El Arquitecto (La Habana) 3:219; nov.-dic. 1928.6 Oria Varela ingres a la Directiva en 1922 y haba ocupado antes de su presidencia los cargos de vocal, vicesecretaria, secretaria de actas y vicepresidenta.7 Natalia Arstegui fue directora de la revista Pro-Arte Musical de 1932 a 1936 y delegada de Pro-Arte en Nueva York.8 Laura Rayneri ingres en la directiva en 1920, y ocup los cargos de vocal, vicetesorera y tesorera.9 Tun, Julia. Apuntes del curso Historia de las mujeres Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer-El Colegio de Mxico, 5to. Curso de Especializacin, Mxico, 199510 _______. “Porque Clo era mujer: buscando caminos para su historia”. En Problemas en torno a la historia de las mujeres. Mxico: Universidad Autnoma Metropolitana-Iztapa, 1991. pp. 8 y 9.11 Garca Alonso, Maritza y Cristina Baeza. Modelo terico para la identidad cultural. La Habana: Centro de Investigacin y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 1996. p. 64.12 Garca Canclini, Nstor. Culturas populares en el capitalismo. Mxico: Fondo de Cultura Econmica de Mxico, 1981. p. 51.13 Hasta 1930, ao de su deceso, la revista estuvo dirigida por Mara Teresa Garca Montes de Giberga, a la vez, presidenta de la Sociedad, con gran eficiencia en la dualidad de funciones, que evidencia su capacidad de direccin. Despus de ella esta dualidad directiva no fue constante.14 Ibarra, Jorge. “La msica cubana: de lo folklrico y lo criollo a lo nacional popular”. En Panorama de la msica popular cubana / Sel. y prl. de Radams Giro. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1995. p. 28.15 La ensayista Zaida Capote, en su investigacin sobre las mujeres narradoras, apunta que “[…] Ofelia Rodrguez Acosta (1902-1975), se involucr a las luchas polticas y en la accin cvica y para ello recurri al periodismo lo mismo que a la literatura. Fue bibliotecaria del Club Femenino de 1925 y fund y dirigi en 1927 una revista, Espartana, cuyo nombre, lo mismo que la poderosa ilustracin de portada –una figura femenina art dco– no deja lugar a dudas acerca de la orientacin de la revista”. Vase Capote Cruz, Zaida. Mentes libres, cuerpos suplicados. Las mujeres de Ofelia Rodrguez Acosta. Revolucin y Cultura (La Habana) (4):21; 2006.16 Mateo Palmer, Margarita. Estrategias de participacin de las escritoras latinoamericanas. Revolucin y Cultura (La Habana) (4):16; oct.dic. 2006.17 Hernndez, Claudina. Mara Jones de Castro, en la historia de un viejo castillo. Clave (La Habana) 7(1-2):79-83; 2005.18 Vase revista Pro-Arte Musical 5(12):2; 15 dic. 1927.19 dem.20 Garca Montes de Giberga, Mara Teresa. Suum Cuique. Ibdem, 5(9):2; 15 sept. 1927.21 Pacheco Valera, Irina. Entrevistas a su sobrina Natalia Bolvar y a Clarita Nicola (inditas). _______. Encuentro con la memoria ProArtina Musical del maestro Fernando Alonso. Educacin (La Habana) (122):8; sept.-dic. 2007.22 Fernando Ortiz: la poesa mulata. Presentacin de Eusebia Cosme. Revista Bimestre Cubana (La Habana): 207; sept.-dic. 1934.23 Eusebia Cosme en el Recital de Poesas, declam “Mujer Nueva”, “Balada del gije” y “Sensemay” (canto negro para matar una culebra) de Nicols Guilln; “Danza negra” de Luis Pals Matos; “Romance de la Reina Camndula” de Flix Pita Rodrguez; “Carid” de M. Arozarena, “Lavandera con negrito” y “Mara Chacn” de Emilio Ballagas; “Trpico” (dcimas), de Eugenio Florit; “Una cancin de vida bajo los astros” de Regino Pedroso, y “Rumba de la negra Pancha” de Jos Antonio Portuondo.

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193Ver revista Pro-Arte Musical 11(7-9):20; jul.-ag. 1934.24 En esta etapa se lleva a cabo la fundacin de filiales de esta Sociedad en las ciudades de Santiago de Cuba, Manzanillo, Camagey y Matanzas, extendiendo as la labor de Pro-Arte fuera de los lmites de la capital.25 Vase: Pacheco Valera, Irina. “El contrapunteo identitario cultural de 1923-1940: La revista ProArte Musical (Primera poca)”. Mencin en el Concurso Ensayo de la revista Temas 2007, en la modalidad artstico-literaria. (Indito).26 Mara Teresa Velasco ingres en la directiva de Pro-Arte en 1924 y ocup los cargos siguientes: vocal y vicepresidenta.27 Dulce Mara Blanco de Crdenas ingres en la directiva en 1923, y perteneci a ella de febrero a agosto. Reingres en 1931 y ocup los cargos siguientes: vocal, vicetesorera, tesorera y vicepresidenta.28 Conchita Giberga de Oa, hija de la fundadora de Pro-Arte Musical, ingres en la directiva en 1931, y ocup los cargos de vocal, vicetesorera, vicesecretaria, tesorera y vicepresidenta.29 Los trabajos premiados fueron: Orlando Martnez: “La cancin de arte cubana” (1952); Regina de Marcos: “El ballet en Cuba a travs de Pro-Arte Musical” (1953); Edgardo Martn: “La msica de cmara en Cuba desde mediados del siglo XIX hasta nuestros das” (1954); Orlando Martnez: “La pedagoga musical en Cuba: sus precursores y educadores eminentes” (1955); Mara Maci de Casteleiro: “La msica religiosa en Cuba” (1956); Daisy Losa: “Un siglo de pera en Cuba” (1957); Mara Teresa Linares: “Influencia de la msica espaola en la msica cubana” (1958); Argeliers Len: “Ensayo sobre la influencia africana en la msica cubana” (1959), y Pedro Machado de Castro: “La msica coral en Cuba” (1960).30 La propia revista se autodenomina Segunda poca.31 Len Primelles en Crnica Cubana refiere que entre 1919 y 1922 existieron tres publicaciones musicales, e irregular salida y corta existencia: en 1919 Msica, “tres veces al mes”, ocho pginas ms suplemento, director administrativo, Lino E. Cosculluela; en 1922 Msica Magazine, mensual, director, Lino E. Cosculluela y Revista Msica, con ocho pginas que incluan una pieza musical, director, Csar M. Carreras.32 Pacheco Valera, Irina. Pro-Arte Musical y las vanguardias (1923-1940). Clave (La Habana) 8(23); 2006.33 Informe de la Tesorera. Pro-Arte Musical (La Habana) 1(1):8; dic. 1923.34 Editorial. Ibdem, sept. 1952.35 Ibdem, 13(1):2; en.-febr. 1961.36 Ibdem, mar. 1924.37 Desglosado el presupuesto era: construccin del edificio $200 000; lunetario y muebles de la casa social y del teatro, $30 000; otros gastos imprevistos $20 000. Mischa Elman fue el primer artista extranjero que subi al escenario del Auditorium. La directiva lo llam “mascota de Pro-Arte” por la buena suerte que aseguran trajo con su concierto en los das iniciales de la sociedad.38 Vase revista Musicalia de noviembrediciembre de 1928. Consltese adems: Pacheco Valera, Irina. La obra de Mara Muoz de Quevedo: una pedagoga especializada. Educacin (La Habana) (122); sept.-dic. 2007.39 Vase Diario de la Marina diciembre de 1928.40 Vase Memoria descriptiva del proyecto el edificio para domicilio social y teatro para la Sociedad Pro-Arte Musical. La Habana, febrero, 1927, p. 15.41 Ibdem, p. 13.42 Varela, Enrique Luis. Op. cit. (5). p. 225.43 Padrn, Sigryd. El Teatro Auditorium. Universidad de La Habana Revista (251-252); segundo semestre, 1999-2000. Pacheco Valera, Irina. Homenaje a los 80 aos fundacionales del Auditorium de ProArte Musical. Boletn de Cubarte Digital sept. 2008.

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194 N o se trata de descifrar cul de las artes entr primero en la vida de este hombre: la msica, la arquitectura, la literatura; se trata de su confluencia en la vida y la labor de un artista que las hizo presencia viva en su obra escrita. Msica, formas y dimensiones noveladas o novelas hechas con bloques musicados; juegos de palabras, en numerosas y variadas combinaciones, se haran certezas; sin embargo, la dimensin que en su obra alcanzan estas confluencias es de ms singular y loada perspectiva, el sueo de vivenciar la realidad de un mundo marcado por las simbiosis y los hibridismos. Es indudable que la presencia de estas artes (a las que dedic estudios, pues tocaba el piano y matricul Arquitectura en la Universidad de La Habana) en el ambiente familiar, delinearon sus inclinaciones, fue un escritor para quien las otras dos no constituye ron auxilio, sino presencias objetivamente plausibles en el mundo de sus escritos, ya sea como necesidades expresivas –escribi acerca de la historia de la msica en Cuba y sobre la arquitectura propiamente, La ciudad de las columnas– o como pilares necesarios para la expresin en ensayos, crnicas, novelas, etctera. “Y es evidente que la arquitectura y la msica, artes paralelas, influyeron en mi formacin. (Adems esto es visible en todos mis libros)”.1Debe quedar claro, sin embargo, que Carpentier es escritor, ese es su oficio, con l pretende hacer sus revelaciones, nunca se consider un intrprete de la msica y, por razones ajenas a su voluntad, tuvo que interrumpir sus estudios* Este trabajo recibi el Premio Luis Suardaz en el 2007. [N. de la E.]. Acercamiento cultural al tratamiento de la arquitectura en cuatro crnicas carpenterianas* Cristina Pea PrezEnsayista Alejo Carpentier en la Biblioteca Nacional

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195de Arquitectura, pero se dio cuenta de que con el conocimiento de estas dos artes poda vehicular de forma ms eficiente el contenido de su universo, y hacer reales sus ambiciones de revelar el mundo americano.“Como narrador preciso tanto del elemento color, forma, ritmo, como de la palabra. Me gustan los escritores que dibujan, los compositores que pintan, y los pintores que hacen poemas […]”.2 Lo logr con eficacia tal que msicos y arquitectos recurren a su obra enamorados del tratamiento de estos temas. El privilegio casi fortuito de haber tenido una formacin cultural bastante universal fue, tambin, un ndice causal con implicaciones reales en la conformacin de su obra. Es reveladora, en este sentido, su estancia en Francia y su contacto con los surrealistas que le proporcionaron vivencias aprovechadas en su obra de hondo carcter americano. Agradece a este contacto, adems, una nueva visin de la urbe, que abri para l, como para otros escritores latinoamericanos, un nuevo tema preado de posibilidades en la realidad americana tan contrastante con Europa. La revelacin de la ciudad, el ambiente urbano, los secretos de la arquitectura, sus huellas temporales, sus significados, se presentan como un universo, por difcil, poco explorado; la seduccin no parte de cualquier ciudad trillada en claras lneas urbansticas, la ciudad, su ciudad, es la latinoamericana, con sus ecos de superposiciones, sus ruinas, o sus moles levantadas sobre sangre antigua o nueva, la ciudad violentada en su evolucin, la ciudad que reclama ser revelada por mano de su novelista. De forma ejemplar asumi esta tarea con seriedad, con el riguroso oficio del artesano que sabe que en mucho, la cognicin de todo un continente trascender de su obra, as le confiesa a Ramn Chao que, al iniciar una novela, traza “[…] una suerte de plan general que comprende planos de las casas, dibujos […] de los lugares en que va a transcurrir la accin […]”.3Los espacios construidos son signos expresivos reveladores de procesos conformadores de la identidad cultural, su presencia en cualquier texto reviste un delicado tratamiento, y Carpentier fue, sin dudas, un maestro al tomarlos como temas de sus crnicas o cuando los describe en sus novelas. Las caractersticas de la crnica como gnero propician para nuestro escritor una manera de socializar para mayoras algunas de sus consideraciones en estos mbitos, que adems buscan revelar la ciudad como guarda de tesoros que a veces sus propios habitantes desconocen. Con un estilo ameno que muestra en mucho su amor, las escribe, manifestando sus preocupaciones y recuerdos, sus sueos y valoraciones acerca de ese entramado de intercambios muros-hombre, sealizador de factores econmicos, polticos, culturales, espirituales, huella siempre presente en su obra. La Habana como ciudad aparece en varias de sus crnicas. Siempre ejerci en l especial fascinacin, no slo porque la am desde su juventud, sino porque reclamaba ser vista en su verdadero sentido, apreciada en sus genuinas races, con visiones alejadas del eurocentrismo de manuales y academias, con ojos conocedores y amantes,

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196que hurgaran y descubrieran en sus esenciales mezclas, la autctona originalidad de un arlequn arquitectnico que ostenta el encanto de sus rombos de colores y precisa ser valorado, tenido en cuenta, en esa suerte de encabalgamientos recurrentes que alejan y acercan el espacio y el tiempo a velocidades inslitas, y que se constituyen en la forma y medida de su existencia. Las cuatro crnicas a las que haremos referencia estn recogidas en Crnicas del regreso y aparecen bajo el epgrafe “La Habana y sus alrededores”. Lo primero que se vislumbra es que manifiestan lo que pudiramos denominar eje de la obra carpenteriana: la revelacin de la cultura americana. En ellas se toma como punto focal la arquitectura de la ciudad, sin dejar de considerar la naturaleza, en este caso como marco fundacional, que entrega mensajes de originalidad, novedad, transformacin, con todas las implicaciones identitarias derivadas de este intercambio cultura-naturaleza. Escritas entre 1940 y 1941, muestran el estado del contexto construido habanero y una mezcla del gusto y las nostalgias que le provoca su ciudad. Son los primeros aos despus de su estancia en Francia, y ya sabe que su obra ser profundamente americana. Las crnicas descubren, adems del mundo descriptivo de detalles arquitectnicos, la sujecin de estos a las circunstancias econmicas, polticas y sociales, reflejadas, claro est, con su visin de artista. As en “Descubrimiento de La Habana. Lo que fue el Teatro Chino” (1940), para referirse al barrio chino lo llama “ciudad amarilla”, y es que en l prima el sentido de que una ciudad no es slo muros, sino todo un complejo conjunto de relaciones donde se desarrolla la vida del hombre que la habita y le da razn de ser. La “ciudad amarilla” lo lleva al casern de media esquina (forma constructiva muy usada a fin de aprovechar el espacio), lugar al que dirige sus pasos con sistematicidad, lo que evidencia con el empleo del adverbio “cada vez”, porque forma parte de la memoria que la identifica; pero es ya otro el significado de este edificio. Con nostalgia abre el recuerdo de lo que fue 15 aos antes. Traza, entonces, en sntesis admirable, un paralelo entre la ciudad de antao (1925, quizs) y la de 1940 partiendo del edificio del Teatro Chino, y muestra la arquitectura como una marca de identidad. Nos deja ver, a travs de su estado constructivo y del cambio de su con-

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197tenido, ese complejo de relaciones sealadas lneas arriba. Muy revelador es el uso de relaciones contrastivas que muestran un sinnmero de asociaciones significativas, marcadas por el tiempo, a travs del espacio urbano, tan cambiante y dependiente de la temporalidad humana, de su evolucin-involucin en lo econmico, poltico, social y hasta espiritual. El mundo de 1925 –momento histrico evocado– se revela en la expresin que alude a una ciudad amarilla rica, donde la presencia del factor econmico remite a los aos de relativa bonanza que vivi el pas, posteriores a la Primera Guerra Mundial. El Teatro Chino es entonces un reflejo de esa realidad y se nos entrega como una admirable fbrica de ensueos marcados por la afluencia de representantes culturales de aqu (cubanos) y de all (chinos residentes y artistas invitados), decorado con motivos asiticos, pero en el que se seala el tiempo con un reloj de pared de numeracin romana. Este es un teatro americano para representaciones asiticas, al cual la existencia de la mezcla, la simbiosis de tradiciones y razas, de elementos caracterizadores de distintas culturas, as lo definen. El ruido del ferrocarril que ha irrumpido en el entramado urbano, se constituye en elemento turbador que enlaza violentamente un mundo legendario con la modernidad, una ciudad vida de leyendas y tradiciones, de tranquilidad provinciana, con los imperativos tcnicos de ciudades ms cosmopolitas, que se superponen a su ya primigenia asimetra. El contraste no surge de repente, es un devenir anunciado en el espacio con un responsable temporal. Roto el ayer se revela el hoy. La evocacin cultural que provoca este edificio se enfrenta a su nuevo significado. En 1940 la etapa de bonanza ha terminado. La Segunda Guerra Mundial tuvo, para Cuba, un significado bien diferente, otra vez son datos extrados del inmueble los que iluminan estas aseveraciones. El teatro es de mala muerte, quiere decir que ya nuestra ciudad amarilla no es rica, y ha sufrido. La referencia al estado de la edificacin alude de forma indirecta a la situacin econmica del pas, las representaciones de compaas migratorias son un ndice de la injerencia cultural, pero, adems, del poco teatro que va cediendo terreno al cine, sea tambin de la superposicin de lo legendario por la modernidad. Ha sufrido estragos en su fisonoma, no slo por los trastornos econmicos del pas, sino por los cambios de uso, que muchas veces son consecuencias de los cambios econmicos y de los imperativos sociales. Esta frase, “ha sufrido”, humaniza el tratamiento que a la arquitectura da Carpentier y es una marca recurrente esta metfora que revela no slo formas vacas, sino llenas de contenido cuyo responsable es el hombre. La visin del cambio en la edificacin y por ende en la ciudad, muestra la diferencia de pocas y las transformaciones econmicas y espirituales de los hombres que la habitan, y por ello la arquitectura es memoria y olvido cuando se alteran los fines para los que fue creada. En “El amor a la ciudad. La Habana, ciudad sin terminar”, Carpentier presenta una valoracin del ambiente

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198constructivo de la ciudad en 1940. Nuevamente mira su ciudad, recuerda escenas pasadas y registra desde su memoria la presencia en ella de coleccionistas de postalitas en los soportales de la esquina de Zanja y Galiano. Es la visin del lugar (arquitectnicamente hablando) la que propicia las relaciones de enfrentamiento de un contexto histrico pasado “All por los aos en que se inici la otra guerra europea […]”, y el que vive. La unin est en los coleccionistas, en manos de quienes, a su juicio, ha estado siempre la ciudad: “Al deambular por esta Habana que amo ms que cualquier otra ciudad en el mundo, me he preguntado muchas veces si sus destinos no han sido regidos siempre por unos fabulosos coleccionistas de casas, avenidas, muelles, parques y edificios pblicos. Es decir: por hombres que temen ver terminado su placer al lograr una obra perfecta […]”.4La alusin a los problemas socio-polticos es evidente y remite al lector a las etapas de la repblica neocolonial, de ah que su obra sea fuente inagotable para la investigacin de la arquitectura. Las comparaciones analgicas entre los coleccionistas y los que rigen el destino del pas se revelan como causas de las cualidades de un contexto presentado como un lbum de postales dismiles, una mezcla de estilos constructivos que responden a sueos de grandeza, civilizacin y modernidad, en convivencia con la miseria y el amorfismo de las edificaciones ms humildes. Qu diferencias existen en las construcciones de el ayer y hoy? Las mismas que en los dems mbitos de la vida social y cultural. La superposicin absurda, la amalgama sin tino, criticable, pero a la vez simbiticamente reveladora de interconexiones y caracteres inscriptos tanto en los muros y columnas como en los sueos y aspiraciones espirituales de la vida que contienen. La pregunta que formula el autor es el punto de partida para la interpretacin que del entorno construido realiza, dejando entrever, ya desde este primer momento, su inconformidad con esta ciudad nueva en manos de “coleccionistas”. Presenta as su primera evaluacin de imperfeccin: como postales son estas edificaciones, no existe una relacin entre ellas, y se pregunta por qu, si los componentes del “sitio”5son perfectos: “Porque todos los elementos de la perfeccin coexisten en La Habana: un malecn comparable nicamente con los de Niza y Ro de Janeiro; un clima que propicia flores en todos los tiempos; un cielo que no cubre los pavimentos con lodos grises; una situacin geogrfica que pone decoracin de mar, nubes o sol, al final de cada calle […]”.6 Hay una contradiccin entre esto y el “lugar”:7 “Y sin embargo… La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimtrico, de lo abandonado […]”.8En esta afirmacin valorativa se aprecia, adems de la tristeza, la inconformidad ante un ambiente construido falto de cohesin y unidad estilstica que responde a una cultura de postales y a la falta de originalidad y creatividad de los que rigen los destinos de la ciudad; seala, tomando como punto de partida las construcciones, el desinters, la ignorancia de estos personajes, a los cuales slo interesan “las grandes mangaderas”. Presenta el abandono a

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199travs de los “solares yermos, donde se amontonan latas cada vez ms seculares, desperdicios cada vez ms diversos”, “terrenos abandonados en pleno centro de la capital”, “casas a medio construir”, y en cuanto a los viales “aceras hundidas” y el “bache”, que, tratado de criollsima manera, se convierte prcticamente en un elemento que nos identifica. En cuanto al Capitolio, terminado en esa poca, lo trata como un edificio falto de valor histrico. Las casas construidas a lo largo del Malecn, carentes de belleza, hechas en serie, con sus “[...] columnas compradas al por mayor y balaustradas a tanto el metro [...]”, aqu puede verse una referencia a la entrada del eclecticismo, estilo que llen de falsos vaciados y de elementos construidos en serie, una gran parte de las edificaciones cubanas de la poca. Tambin apunta la demolicin de edificios de cierto valor histrico para emprender la construccin de parques de diversiones ms rentables desde el punto de vista de la obtencin de ganancias. Todo esto de forma asimtrica, sin observar ninguna regla o ley constructiva, dando riendas al crecimiento espontneo y falto de urbanizacin caracterstico de nuestro entorno construido. La Habana es ciudad atendida por coleccionistas que pegan en espacios vacos, “[…] a capricho, edificios, calles y avenidas […]”.9 En “Regla, la ciudad mgica”, dirige su mirada al repertorio religioso y de su ermita refiere: “Es una de las iglesias ms lindas que se alcen en el permetro capitalino […]”.10 En la descripcin que sigue se menciona una “cndida capilla”, y de significativa importancia es este adjetivo que humaniza por su sentido (sin malicia ni doblez) a la construccin, pero que adems nos muestra el perfil de irona que revela el escritor en su afn de parodiar las valoraciones eurocentristas de nuestra arquitectura como copia y que crece a medida que avanza en la enumeracin de cdigos trasladados, aunque su valor se diferencia esencialmente de los del lugar donde se originaron. La belleza de esta capilla no est en su interior, pues all se encuentran las mayores semejanzas con los modelos europeos, sino en una perspectiva que relaciona el mundo que preside con las viejas fortalezas tan lejanas, que sus atalayas (torres para vigilar) se confunden con los tubos del rgano. En esa perspectiva distante queda claro que poco podrn cumplir su funcin de dar aviso. Todo este ambiente refleja un traslado de cdigos europeos caractersticos de este repertorio en Amrica, hasta que aparece la conjuncin adversativa “pero” y con ella la actitud contrastiva provocadora de las diferencias de contextos, y al abrigo de un motivo arquitectnico,11 se encuentra la seal de superposicin cultural representada por un San Antn (“honesta figura de la iglesia espaola”) con un lechn (por cerdo para hacerlo ms criollo) “[…] cuyo largusimo hocico” –criollo hasta en la proporcin– anda husmeando imaginarias semillas de palmiche […]. ¡El cerdo se re…! […]”.12 Aqu la parodia llega a la irreverencia que caracteriza muchas veces lo criollo, y esta risa es como el prembulo para iniciar el trnsito por contextos en los cuales se funden y refunden culturas y tradiciones porque “[…] la magia

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200comienza a sentar sus fueros detrs de la misma iglesia […]”.13Es relevante cmo Carpentier da tratamiento al espacio ubicado detrs de la iglesia. Al amparo de aquella cndida capilla, tres altares aludirn a entrecruzamientos de tiempo-espacio a travs de elementos arquitectnicos, culturales, tnicos, en un entramado mestizo de relaciones en las que afloran las fuentes nutricias de nuestra identidad como suma enriquecida de herencias y tradiciones. La evidente presencia de cdigos –europeos y africanos en este caso– que revelan estos lugares es como la resonancia del eco tan aludido, extraordinaria metfora que incluye repeticin de matrices y distorsin de estas a medida que se produce un alejamiento espacio-temporal, amparo de un espritu en el que aflora de manera inequvoca la voluntad de creacin, de interpretacin propia. Dentro del contexto del repertorio religioso, tres altares diversos desarrollarn intensivamente marcas de sincretismo y originalidad en el mbito religioso y constructivo, para lo cual el uso por el escritor de relaciones analgico-contrastivas iluminarn, adems, relaciones de orden causal sobre todo de ndole histrico-cultural: 1) A pocos metros del “[…] jardn colonial […] que se extiende junto a la sacrista, se alza una casa donde se encierra otra imagen de la Virgen de Regla, tan suntuosa como la del templo […]”.14 La visin del escritor se desplaza hacia otro repertorio arquitectnico, en este caso el habitacional, y la semejanza dada por el altar, destaca, por un lado, la religiosidad del pueblo, en este punto de vista espacial mvil emplea el eje arquitectnico vivienda-iglesia para diferenciar los contextos especiales que toma la religin, los matices, fluencias y flexibilidades del culto, pues en la casa, a diferencia de la iglesia hay otra imagen con “una barca ocupada por tripulantes indios” que “acepta promesas que se rechazan al lado”, en un altar no “del todo ortodoxo”.152) Un poco ms lejano, hay otro altar que califica como extraordinario y seala como heterodoxo, sostenido por columnas salomnicas y adornado por ngeles barrocos, el cual muestra an rasgos esenciales de races europeas, pero presenta a tres Juanes “de las ms populares oraciones criollas” y manifiesta que: “Al pie de ese extraordinario altar […] he podido escuchar los ms admirables toques de tambores ‘bat’ que yo haya tenido el privilegio de conocer en largos aos de andanzas por el folklore afrocubano […]”.16 Este altar est encerrado en una habitacin y tiene adems de la de Regla, una Virgen de la Caridad. 3) “A pocos metros de este, se halla otro altar dedicado a Santa Brbara, diosa de la guerra [este epteto la aleja de la santa catlica], que los fieles adornan con […] cuantos atributos blicos o motivos en rojo –color ritual de Chang–, fue posible hallar […]”.17Es obvia la intencin de marcar a travs de un elemento del repertorio religioso las diferencias. La movilidad dada por los trminos ortodoxo, poco ortodoxo y heterodoxo, va delineando los matices, la convivencia diversa, la superposicin y supervivencia en nuevas formas de las esencias. En esta parte de

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201la crnica, se observa cun productivo ha sido el empleo en la descripcin del principio de la reduccin sinecdquica, pues ha logrado a partir de la parte revelar cualidades de todo el universo sincrtico de la religiosidad cubana. Esta es una cualidad de su estilo que, tanto en crnicas como en novelas y relatos, revela su eficacia cognoscitiva. Nuevamente, el punto de vista descriptivo de carcter mvil permite destacar la importancia de las distancias espaciales; el all y el aqu, el adentro y el afuera son marcas tambin de distancias culturales y sociales, mientras ms lejanas las “viejas fortalezas” con sus atalayas, construcciones de factura y proyeccin europeas, ms fuerte es el sincretismo; no por casualidad la belleza de la ermita de Regla est en el mundo que le fue naciendo hacia afuera y hacia adentro del enlace entre razas, el sincretismo, la transculturacin. El templo de la Virgen de Regla preside y ampara el mundo mgico que comienza en su hornacina y se dirige hacia el corazn del pueblo que cobija bajo su capa, y va transformando los lugares y altares donde venera su imagen en una mezcla de esencias autctonas, fruto del encuentro de las culturas madres que confluyeron en nuestro suelo. As, a partir del edificio de la iglesia, Carpentier enfrenta una nueva dimensin cultural entre los significados y los sentidos, entre los significados culturalmente establecidos y los nuevos sentidos, que nacen cuando se integran a nuevos contextos, a nuevas situaciones de socializacin que le dan significatividad vivencial para entregarnos una verdadera comunin de caracteres identitarios. Es esta iglesia original, autctona, de cdigos constructivos representativos de estilos europeos, no ya tan puros (recurdese la hornacina con su especial San Antn), el receptculo que enlaza lo interno con lo externo para refundirse en el nacimiento de una cultura de races que se unen y aportan esencias diferentes. La crnica “Misa del gallo en Santa Mara del Rosario”, nos mantiene en el repertorio religioso y nos presenta una iglesia, esta vez del tipo de las que han hecho afirmar que en la etapa colonial no existi una arquitectura latinoamericana. La hace ver tan parecida, en sus atributos constructivos, a ciertas iglesias vascongadas, que puede hacerlo olvidar que est en Cuba. La describe como una vetusta iglesia con su altar mayor (acota que es una maravilla de la talla criolla y aqu manifiesta la presencia del hombre americano en estas construcciones y en la decoracin de estos lugares sagrados), con columnas salomnicas, hojas de acanto, guirnaldas barrocas, plpito de madera labrada, santos de catadura espaola, su cpula del bside de vigas entrecruzadas, capiteles, coro; todo las asemeja: lo sobrio de la arquitectura exterior, el estallido de flores, aureolas, arabescos del altar, hasta la atmsfera de calma provinciana, crea una ilusin perfecta. Sin embargo, al contexto arquitectnico con tanto empaque europeo, se enfrenta el marcado por la presencia humana y la peculiar naturaleza nuestra, en este caso la parte descrita se revela mejor cuando se integra, ya por contraste, ya por analoga, ya por causalidad, a otras

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202partes. La descripcin de la iglesia asume nuevas cualidades cuando se escucha un montuno entonado por un borracho que trae consigo la presencia de otros smbolos identitarios en las costumbres, y por la naturaleza, con la “vegetacin tropical” que “invade sus techumbres estriadas de musgo” y “las palmas que cimbrean sobre el aoso tejado”, lo cual permite reinscribir la arquitectura en el contexto americano, no slo en su aspecto tcnico-constructivo, sino como entidad esencialmente cultural colmada de mltiples relaciones. Y es que, para Carpentier, no puede separarse en arquitectura el espacio construido del resto de los espacios, ya sean tangibles o intangibles, ya sea natural, social, cultural, etctera, pues la unin de los mltiples espacios da la verdadera dimensin cultural de la arquitectura, lo cual origina el lugar como un ente propio, por ser en s la resultante de las mezclas, de las reinscripciones fsicas y humanas, tal como seala Ja vier Surez, al considerarlo como “[…] condicin que adquiere el espacio cuando queda definido por la piel arquitectnica que limita […] un receptculo interior […] y un espacio exterior donde esta piel, en tanto cosa construida, establece una relacin con lo dado […]”.18Esta concepcin se descubre en “El amor a la ciudad. La Habana, ciudad sin terminar”, cuando al referirse al Malecn habanero lo compara con los de Niza o Ro de Janeiro, sin embargo, despus que nos muestra una diferencia negativa, “[…] poblado de casas en pocas en que los constructores catalanes hacan estragos […] con sus columnas compradas al por mayor y balaustradas a tanto el metro […]”,19 lo hace diferente, lo re-evala cuando seala que “[…] disfruta del adorno de puestas de sol nicas en el mundo […]”.20 La unidad de estas dos circunstancias hacen al Malecn habanero autctono en su originalidad y es que “El gesto de fundacin que implica la arquitectura adquiere la forma de un pacto de convivencia entre lo dado, el sitio y lo creado: la arquitectura, en virtud de lo cual se crear el lugar; por lo tanto ms que ante la naturaleza, la arquitectura se presenta con la naturaleza […]”.21No indica lo anterior una renuncia o un ir en contra de la evidente presencia cultural que marca y define la realidad del continente, porque si bien estas crnicas anuncian la defensa del mundo americano como autctono, presentan, adems, la raigalidad de su cultura, mezcla de indio, europeo, negro, a cuyo centro principal concurren como fuentes nutricias races asiticas, y de cuantas naciones constituyen el continente americano. La lectura de estas crnicas mostr signos: la importancia del detalle para contornear la definicin de una realidad mayor; la transicin de afuera hacia adentro como camino al encuentro de una realidad sincrtica; el hecho arquitectnico como propiciador de un encuentro cultural, y los quiebres que en el conjunto de cdigos europeos son, junto a estos, suma de nuestra autoctona y muestra del estilo de nuestras ciudades. Lo anterior unido al avistamiento de otras categoras: lo asimtrico, lo inconcluso, el tiempo y lo inslito, en ocasiones grotesco y humorsticamente tratado, pudieran to-

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203marse como herramientas primarias para entrar en el complejo conjunto de seales que conforman el tratamiento del espacio construido en la obra carpenteriana y cuya direccionalidad marcar siempre la defensa de la autoctona, la raigalidad y la originalidad de la cultura latinoamericana. Notas1 Valoracin mltiple de Alejo Carpentier. La Habana: Casa de las Amricas, 1977. p. 16.2 Ibdem, p. 19.3 Chao, Ramn. Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1985. p. 9.4 Carpentier, Alejo. Crnicas del regreso. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1996. p. 295 Surez, Javier. Acerca de la esencia de la Arquitectura. 2002. p. 99. 20026 Carpentier, A. Op. cit. (4). p. 29.7 Surez, Javier. Op. cit. (5). p. 99.8 Carpentier, A. Op. cit. (4). p. 29.9 Ibdem, p. 32.10 Ibdem, p. 34.11 dem.12 dem.13 dem.14 Ibdem, pp. 34-35.15 Ibdem, p. 35.16 Ibdem, p. 36.17 dem.18 Surez, Javier. Op. cit. (5). p. 99.19 Carpentier, A. Op. cit. (4). p. 30.20 Ibdem, p. 30.21 Surez, Javier. Op. cit. (5). p. 99.

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204 Emilio Roig de Leuchsenring y su poca Mara del Carmen Barcia ZequeiraHistoriadora L os aos entre la infancia y la juventud, durante los cuales la personalidad est en pleno crecimiento, son decisivos para conformar patrones de vida y de conducta; las circunstancias, los hechos y las prcticas que nos rodean en esa etapa de la vida cobran una dimensin subjetiva que nunca nos abandona. Emilito, como le llamaban sus allegados, tena diez aos en 1899, cuando con su abuelo visit campamentos mambises en Managua, conoci de primera mano las hazaas de los hroes legendarios de la guerra, vivi de cerca los efectos de la reconcentracin en la poblacin habanera, vio la escuadra norteamericana enclavada en la baha pregonando un primer bloqueo, percibi lo que Marial Iglesias ha calificado como “el desmontaje de los smbolos del poder colonial” y, desde luego, sinti en carne propia el desengao que la ocupacin norteamericana sembr en un pueblo que, tras largos aos de combate, vea frustrados sus afanes independentistas, en tanto en la sociedad cubana se incrementaban la dependencia econmica, el racismo y la discriminacin generalizada. Para Emilio Roig los hombres de la guerra no eran estatuas fraguadas en bronce, ni los debates de la Constituyente de 1901 en torno a la Enmienda Platt, pginas de una historia, sino hechos vividos y reflexionados. Y todo esto conform su personalidad y marc sus normas de conducta. Aunque curs estudios en una escuela catlica y estudi derecho mientras trabajaba, desde muy joven, en la Audiencia de la Habana,1 se autodefina como ex abogado, ex catlico y anticlerical, a la vez que consideraba como inaceptable cualquier discriminacin por motivos raciales o nacionales. Nunca acept las imposiciones, disposiciones, ni explotaciones y mucho menos cuando estos procedan de una oligarqua o de una dictadura unipersonal.2Su formacin como historiador fue autodidacta, deca que su verdadera universidad haba sido la Biblioteca Nacional y los dilogos sostenidos con Figarola Caneda, que se iniciaban all y continuaban en la tertulia que este acoga en su propio hogar.3Emilito utiliz los conocimientos adquiridos en el campo de la historia como un arma de lucha ideolgica y poltica a travs del periodismo, de sus labores en la Oficina del Historiador que presidi desde 1935 hasta su muerte, y de las asociaciones a las cuales perteneci, todas ellas caracterizadas por su marcado carcter progresista. La oratoria, la prensa, los libros, todos los medios de comunicacin de la sociedad civil del momento, utilizaban la proyeccin poltica de la historia para dirigirse, prescribiendo o proscribiendo, a una opinin pblica,4 pero el mensaje

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205martiano se haba desdibujado en un contexto en el que, a decir de Fernando Ortiz imperaba el caos y la corrupcin, y “todos los bribones” eran “patriotas”.5En esos momentos, la historia nacional se encontraba al servicio de un proyecto oficial, pues narraba el pasado de la cultura conveniente al Estado para reforzar la legitimidad de esa autoridad. Crear una conciencia de cubana, capaz de contraponerse a ese proyecto, era imprescindible para tiempos que se avizoraban como difciles, y hacia ellos apuntaba Ortiz al decir: “No s si habr revolucin o no, pero aun cuando la haya quines harn la revolucin mental y moral, nica necesaria y la ms difcil?”.6La definida intencin por ese uso pblico alternativo de la historia para formar valores patriticos, presidi todo el trabajo de Emilio Roig de Leuchsenring.7 Esto se manifest a travs de todas las lneas y temticas que abord. Su denominado costumbrismo, que en la actualidad definiramos como estudios de la vida cotidiana, era capaz de mostrar las races profundas, y las caractersticas –positivas o negativas– del pueblo cubano en general, a travs de sus clases, capas, sectores, grupos e individuos en particular, y de una manera sencilla contribua a la comprensin de la identidad de nuestras gentes. Estos artculos le permitan describir situaciones como las reseadas en “Se puede vivir en la Habana sin un centavo”, trabajo premiado en 1912 por la revista El Fgaro o conductas ejemplificadas en “El relajo”, aparecido en la revista Ultra. A travs de esta lnea de trabajo describi costumbres, resalt valores, remarc defectos, luch contra el racismo, la discriminacin hacia la mujer8y, sobre todo, de una manera natural llam la atencin sobre cuestiones que afectaban el desarrollo de la sociedad cubana. Muy temprano, en 1919, Emilio extendi sus preocupaciones polticas al mundo antillano. Su precursor trabajo “La ocupacin de la Repblica Dominicana por los Estados Unidos y los derechos de las pequeas nacionalidades de Amrica”,9 defini las conductas injerencistas de ese pas sobre Amrica Latina. Este artculo lo hizo merecedor de varias distinciones: la Legacin de la Repblica Dominicana en La Habana, lo nombr Dominicano Honorario.10 En 1920 recibi una carta del eminente dominicano Federico Henrquez y Carvajal, donde le agradeca la publicacin de ese trabajo y aos ms tarde, en 1937, en su carcter de presidente de la Academia Dominicana de Historia, le comunicaba que haba sido elegido miembro correspondiente de la Academia Dominicana de Historia en Cuba, por unanimidad de votos.11Pero muy pronto Emilio transit desde una posicin anti-injerencista hacia su radicalizacin antimperialista. En esta direccin se enmarcan sus trabajos sobre la Doctrina Monroe, la Enmienda Platt, y tambin todo lo que escribi acerca de la independencia de Cuba a partir de las luchas de sus patriotas. Gran parte de sus escritos martianos se enmarcan en este contexto,12 y muchos otros estuvieron destinados a revalorizar los principios y tesis del proyecto de la ms eminente y paradigmtica figura de nuestra historia. Trataba de recuperar el pasado

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206de los vencidos que los vencedores se aprestaban a sepultar, y de establecer mitos fundacionales. Paralelamente a estas lneas emblemticas, mantuvo siempre sus eruditos trabajos sobre La Habana, sus monumentos y su historia particular. Cabe destacar que Emilito fue tambin un creador de conceptos, cuestin que con frecuencia se margina. Su definicin de “guerra de los treinta aos” utilizada para enmarcar todo el perodo de las luchas independentistas, y su enunciacin de “guerra hispano cubana norteamericana”, para impedir que Cuba fuese despojada conceptualmente del principal papel que tuvo en la guerra del 98, constituyen una muestra de sus proyecciones como historiador.13Pero estos y otros trabajos se enmarcaron, esencialmente, en un perodo que se comienza al concluir el gran conflicto iniciado en 1914. El impacto de la Primera Guerra Mundial conmocion al mundo entero, tras ella comenzaron a producirse reflexiones en el campo intelectual sobre la forma de lograr un mundo menos agresivo y ms solidario; esto produjo indiscutibles cambios en la sociedad civil occidental, de los cuales Cuba no estuvo al margen. Desde 1918 comenzaron a surgir agrupaciones diversas y esa cresta de la ola asociativa se mantuvo hasta las vspera del nuevo conflicto mundial: En 1918 surga la Sociedad Cubana de Derecho Internacional de la que fue vocal y secretario; en 1921 apareca el Grupo Minorista; en 1926 era fundada, por Fernando Ortiz, la Institucin HispanoCubana de Cultura; en 1938, la Oficina del Historiador de la Ciudad, y en 1940 la Sociedad de Estudios Histricos e Internacionales, estas dos ltimas dirigidas por Emilito, quien las reconoca como las dos agrupaciones que haban contribuido con mayor intensidad al desarrollo alcanzado por la historiografa cubana, y a ello debe aadirse la divulgacin permanente de nuestra historia. Muy importante y novedosa fue la creacin, en ese contexto, de una biblioteca especializada bajo el nombre de Biblioteca Histrica Cubana y Americana Francisco Gonzlez del Valle, que gracias a generosidad de los miembros de de la Sociedad de Estudios Histricos e Internacionales, lleg a disponer de 200 000 ejemplares procedentes de sus colecciones particulares. En la prctica, el uso pblico de la historia, tan caro e importante para los intereses de Emilio Roig de Leuchsenring se vertebr a travs de todas las instituciones de las cuales form parte, una de estas fue la Institucin Hispano-Cubana de Cultura, para la cual fue convocado, desde su fundacin, por Fernando Ortiz. Como el objetivo de esa sociedad era establecer y mantener formas de intercambio estable de profesores y estudiantes para brindar cursos en la Universidad y conferencias en la institucin, los intereses de Emilito encontraban otra va para su desenvolvimiento, al poder desplazar su uso pblico de la historia en la utilizacin legtima de sus valores a los terrenos de la didctica, la divulgacin y la educacin en general. Ortiz concibi que el ncleo bsico de la Hispano-Cubana estuviese integrado por 50 o 60 personas, que deban participar en representacin de diferentes grupos u organizaciones. Se trataba de “[…] hacer labor estrictamente

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207de cultura sin inclinarse a derecha ni izquierda”, aunque aceptaba “la exposicin de cualquier ideologa”.14Tambin deseaba establecer el circuito de un intercambio hispanoamericano entre Montevideo, Buenos Aires, Santiago, Lima, Mxico y La Habana.15Roig fue convocado a participar en la institucin como director de la revista Social Su participacin personal como conferencista o profesor, comienza a evidenciarse a finales de la dcada del 30. En 1939 es convocado para el curso titulado “Tendedera de costumbres cubanas”, en donde, retomando el costumbrismo que nunca dej de lado, particip con el tema “El relajo”.16 Ese propio ao, continuando otro de sus lineamientos vitales, el racismo, colabor en un suplemento de la revista Ultra con el trabajo “Defensa cubana contra el racismo anti semita”.17Sus colaboraciones en la institucin se incrementan a partir de 1941, cuando forma parte de la junta ejecutiva como vocal, pero en ese momento aparece no como miembro de Social, sino en su carcter de director de la Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales. Ese ao participa en el curso “Lecciones y doctrinas polticas”, con el tema “El imperialismo”,18 en el cual se refiere al uso y abuso que desde tiempos remotos han hecho los profesionales de la poltica y otros elementos de este concepto. No aborda ese fenmeno territorialmente, sino en cuanto al inters cubano, sin embargo da una rpida explicacin de lo que se ha entendido por imperialismo y se vale para esto del trabajo de Enrique Jos Varona “El imperialismo a la luz de la sociologa”, editado en 1905, donde se establecan dos tipos de imperialismo, el de conquista y dominio territorial, y el de absorcin y explotacin econmica. Opina que desde la Doctrina Monroe, Cuba haba sido la preocupacin de los Estados Unidos, y expone que desde 1823 ese pas haba centrado sus preocupaciones con respecto a la isla en Inglaterra y no en Espaa. Tambin insiste en la permanencia de la poltica imperialista bajo la poltica del Buen Vecino, desarrollada por Roosevelt y manifiesta en la ocupacin de Puerto Rico. En 1943 aprovecha el marco de esa institucin para organizar un grupo de conferencias consagradas al estudio de la guerra y de la postguerra, en su carcter de presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales. En el primer ciclo, dedicado a los “Problemas y relaciones internacionales de Cuba en la guerra y la postguerra”, fue adems la persona encargada de dirigir el debate.19Dicho ao fue ofrecido un cursillo sobre “El ideal de la independencia en la historia de Cuba (1810-1901)”, que cont con cinco disertaciones; las dos primeras estuvieron a cargo del doctor Manuel Bisb, y las tres ltimas, desde la guerra del 1868 hasta la del 98, de Emilito. Sus conferencias se titularon: “De la guerra liberadora a la Tregua Fecunda”.20El 18 de febrero de 1844 dictaba la conferencia “Rectificaciones histricas del Dr. Manuel Prez Beato” y a finales de ese ao presentaba al intelectual cubano Juan Jos Arrom, profesor de la Universidad de Harvard y autor del libro Historia de la literatura dramtica

PAGE 208

208cubana, quien trat sobre “El teatro universitario de Yale”.21Ofrece en 1945 la conferencia “La Guerra de 1895 valorizada 50 aos despus”.22 Insiste en que este acontecimiento deba de ser conocido como Guerra de Independencia o Revolucin de Mart. Reitera la previsin del Apstol con respecto a la absorcin econmica y poltica de Cuba por parte de los Estados Unidos, y la vigencia en ese contexto de la necesaria independencia de Puerto Rico. Confirma la participacin de las capas populares en ese conflicto. Seala que la muerte prematura de Mart contribuy a que fuesen sepultadas en el olvido sus ideas y confirma que la guerra del 95 fue una victoria de Cuba frente a Espaa y no de los Estados Unidos, cuestin que reiter en su conferencia del 22 de marzo de 1946 sobre la proyeccin antimperialista de Jos Mart. Lamentablemente, en julio de 1947 Fernando Ortiz informaba a sus colaboradores que la Institucin HispanoCubana de Cultura “[…] ha suspendido temporalmente sus actividades y la publicacin de Ultra ”. Dicho centro fue un espacio importante para Ortiz y tambin para Roig, pero no era el nico. Emilito continu su batallar, desde la prensa y de la Sociedad de Estudios Histricos e Internacionales que presidi hasta 1960 y donde contino su labor de transmisin y conservacin. Emilio Roig fue un intelectual orgnico, un hombre profundamente comprometido con los intereses raigales y populares de su pas, en esta direccin trabaj sin descanso. Asombra conocer la cantidad de instituciones con las cuales colabor, dentro y fuera de Cuba, su incesante participacin en congresos demostrando sus verdades, el respeto que hacia l sentan los discriminados. Lo acompa en la vida y lo ayud en gran parte de esos avatares una mujer sencilla y silenciosa, que guard sus papeles y ayud a conservar su memoria, Mara Bentez, su viuda, que por muchos aos estuvo presente en estos homenajes, y que en el espritu y la memoria comparte tambin hoy estos recuerdos. Historiadores como Emilio Roig de Leuchsenring, capaces de divulgar una historia destinada a la formacin de la identidad cubana, capaz de aunar el rigor factual con los ms profundos valores conceptuales, son necesarios para continuar su labor creadora, como patriota y como acadmico. Notas1 Datos recopilados por su viuda Mara Bentez. Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad Fondo Emilio Roig de Leuchsenring, N 13.2 Desde 1909 trabajaba en la Audiencia de La Habana y se gradu como doctor en Derecho Civil el 4 de julio de 1917. Ibdem.3 Ibdem.4 Bourdieu, P. Leccin sobre la leccin. Barcelona, 2002. p. 19.5 “Carta de Fernando Ortiz a Chacn y Calvo, 25 de enero de 1924”. En Gutirrez Vega, Zenaida. Fernado Ortiz en sus cartas a Jos Mara Chacn (1914-1936, 1956) Madrid: Fundacin Universitaria Espaola, 1982. 6 “Carta de Fernando Ortiz a Chacn y Calvo, 27 de septiembre de 1922”. Ibdem.7 Por uso pblico de la historia se entiende la utilizacin de hechos acontecidos realmente, pero que pueden ser manipulados de acuerdo a

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209 determinados intereses. La memoria construida desde el poder tiende a excluir a los vencidos, por esa razn, en dichos aos se exclua a los sectores marginados y antagnicos y se atribuan a los poderosos conquistas realizadas por las capas populares.8 Emilito escribi un artculo sobre Carmen Calzada, maestra que fue cesanteada por ser madre soltera, sin conocerla. Ella lo lee tiempo despus y le agradece su actitud, tambin le dice que su nio muri cuando tena dos aos, de acidosis y que ella nunca pudo trabajar ms, que vive con sus hermanas, que pasan mucho trabajo, que le han prometido un aula y le agradecera cualquier gestin al respecto. Es de la Coloma en Pinar del Ro. 1 de febrero de 1937. En Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Fondo Emilio Roig de Leuchsenring 457, N 35.9 Esta conferencia fue impartida en la Sociedad Cubana de Derecho Internacional, en un evento dedicado a la Defensa de los Derechos de los Pueblos de Amrica. Con posterioridad fue editada como artculo y tambin en un folleto.10 “Carta de M. M. Morilla del 8 de febrero de 1919”. En Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Fondo Emilio Roig de Leuchsenring, N 137.11 Ibdem.12 En 1920 publicaba su primer trabajo sobre la Doctrina Monroe, titulado “La Doctrina Monroe y el Pacto de la Liga de la Naciones” y en 1921 escriba sobre la Enmienda Platt. Sus primeros trabajos sobre el nacionalismo e internacionalismo de Mart datan de 1927.13 Destacamos este aspecto porque aunque Emilio Roig fue miembro de la Academia de la Historia, algunos historiadores no estaban de acuerdo con su ingreso, al considerar que su trabajo era ms periodstico que histrico. Don Fernando Ortiz, que lo propuso como miembro de esa institucin, insista mucho para que l presentara su disertacin inicial, pues consideraba importante que se le reconociera como tal.14 “Carta de Fernando Ortiz al seor presidente de la Junta de Ampliacin de Estudios de Madrid, La Habana, 3 de marzo de 1927”. En Gutirrez Vega, Z. Op. cit. (5).15 “Carta de Fernando Ortiz a Chacn y Calvo. La Habana, 24 de noviembre de 1926”. Ibdem.16 Esta conferencia se imparti el 8 de agosto de 1939.17 Ultra (La Habana) (Suplemento al N 38); 1939.18 Ibdem, (39):263-264; 1942.19 20 de marzo de 1943.20 Se impartieron los das 12, 14 y 19 de julio de 1943.21 Ultra (La Habana) (102):122; 1945.22 Ibdem, (104):240-242; 1945.

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210 A casi 100 aos del maestro Ernesto Sbato Mercedes Santos MorayEnsayista y periodista D entro del panorama de la literatura latinoamericana, sobresalen por la pujanza y tradicin las letras argentinas, especialmente en el siglo XX, con nombres de proyeccin universal. Entre esos autores se encuentra el novelista y ensayista Ernesto Sbato, laureado con el Premio Cervantes y varias veces tambin nominado al Nobel. Cuba tambin ha sido escenario para este maestro de nuestra Amrica, pues entre nosotros, y gracias al trabajo editorial de Casa de las Amricas, su obra se multiplic en ediciones que han hecho suyas varias generaciones, en particular los jvenes, quienes han sentido por la escritura de este narrador la misma pasin que un da sintiese otro lector, en su juventud, Ernesto Guevara de la Serna, por eso nos sumamos al jubileo de su natalicio con este tributo.De la vida y sus avataresDon Ernesto Sbato ha superado ya la cuesta de los 98 aos, y enrumba hacia la centuria. Este hombre, que hoy no puede escribir ni leer por el agotamiento de sus ojos, no de su espritu y que en los ltimos tiempos se ha volcado a la pintura como refugio de su naturaleza creativa, fue siempre, como l mismo lo reconoce, un inconforme que siempre cuestion la vida y la realidad para adentrarse en su propio tnel. Como tantos argentinos, desciende de emigrantes, siendo el dcimo hijo, de los diez que concibieron Francisco Sbato, de origen italiano, y Juana Mara Ferrari, su madre de ascendencia italiana y albanesa, el ser humano ms intenso de su historia personal: “Creo que nunca la vi llorar –tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida– pero, quiz, seguramente, lo haya hecho a solas”. La crtica, como sus lectores, disfruta de las novelas y los ensayos, de las memorias y los artculos, de los textos de Sbato y hallan en su obra un signo de profunda reflexin intelectual, por manifiesta voluntad de una potica de esencia subversiva y siempre inconforme, desde el aliento transgresor del escritor. Don Ernesto es un hombre de orgenes humildes, pero de frrea voluntad y amoroso del estudio, como lo testimonia su amistad con el dominicano Pedro Henrquez Urea, al que conoci siendo todava estudiante, y de quien se declarara deudor, al citarlo como fuente de inspiracin para su carrera literaria. Mas los inicios del autor de novelasconos de las letras iberoamericanas como Sobre hroes y tumbas, inicialmente se volcaran hacia la ciencia, por eso ingres, en 1929, en la Facultad de Ciencias Fsico-Matemticas de la Universidad Nacional de La Plata. Uno de los rasgos que distinguiran tambin a don Ernesto, como le llamamos cuantos le amamos y respetamos, desde su juventud fue la proyeccin cvica de su intelecto y de su energa, su temprana

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211vinculacin con la historicidad compleja de su poca que lo llev a ser activo militante del movimiento de la Reforma Universitaria, y a participar en la fundacin del Grupo Insurrexit en 1933, de tendencia comunista, junto con Hctor P. Agosti, ngel Hurtado de Mendoza y Paulino Gonzlez Alberdi, entre otros. De ah que por su compromiso con la izquierda, en 1933 fuera elegido secretario general de la Juventud Comunista, al tiempo que conocer entonces a la que sera, durante seis dcadas, la compaera de su vida, una joven de slo 17 aos, estudiante del Liceo, Matilde Kusminsky Richter, mientras Sbato estudiaba Fsica, y ella comparta el amor por la escritura como lo testimonia su poemario, edito en 1933: Cenizas y plegarias y otro de relatos. Gracias a su Matilde, generosa compaera, muchos textos de Sbato se salvaron de la hoguera de su extrema autocrtica. La ciencia y las ideas de izquierda alimentaban entonces el espritu del autor de El tnel, quien viaj a Bruselas como delegado del Partido Comunista al Congreso contra el Fascismo y la Guerra, mas el enfrentamiento con los dogmas del stalinismo lo llevaron a vivir una de sus primeras crisis existenciales. Al concluir su carrera, obtendra una beca para realizar trabajos de investigacin sobre radiaciones atmicas en el Laboratorio Curie en Pars, cuando ha de vivir la alegra de la paternidad con el nacimiento de su primer hijo, Jorge Federico, y en 1939 fue transferido al Massachusetts Institute of Technology (MIT), donde continuara el sendero de las ciencias puras, para un ao despus retornar a su patria a trabajar como profesor de la Universidad de Buenos Aires.De la ciencia a las letrasPero este hombre cuyo discurso literario se nutre no slo de una increble fabulacin, se alimenta tambin de sus propios desgarramientos y laceraciones que lo condujeron, en 1943, a vivir la segunda de sus profundas crisis morales y a alejarse del rea cientfica, para entregarse a la literatura y la pintura, y realizar su destino como escritor hasta nuestros das. En 1945, public artculos en La Nacin enfrentndose a Pern, lo cual lo oblig al retiro del que no slo nace su segundo hijo, Mario, sino uno de sus primeros cuadernos de ensayo: Uno y el universo en donde inicia un profuso discurso sobre la moral y la ciencia, con la angustia legtima del ser ante la deshumanizacin. Tres aos despus aparecera su primera novela, El tnel (1948), en la que se manifiesta la angustia de la soledad, en medio de una historia de amor y muerte y que marcara el despegue de uno de los ms relevantes narradores argentinos del siglo XX, obra que se inscribe, al decir de la crtica, dentro de la corriente filosfica del existencialismo, y que recibiera entusiastas elogios del francs Albert Camus, quien la hizo traducir al francs. El ser humano, como centro de un discurso literario marcadamente antropolgico, se devela en la construccin psicolgica de los personajes, en el manejo de la ira en una narracin que se apropia del oficio y de las tcnicas para expresar tesis de hondura

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212filosfica, rasgo estilstico que define la potica de Ernesto Sbato: Los seres humanos no pueden representar nunca las angustias metafsicas al estado de puras ideas, sino que lo hacen encarnndolas [...]. Las ideas metafsicas se convierten as en problemas psicolgicos, la soledad metafsica se transforma en el aislamiento de un hombre concreto en una ciudad determinada, la desesperacin metafsica se transforma en celos, y la novela o relato que estaba destinado a ilustrar aquel problema termina siendo el relato de una pasin y de un crimen –dir el propio novelista. La soledad es una herida abierta e insoportable para el personaje de Castel y lo conduce al aislamiento, a la desesperanza, la incomunicacin, los celos y, naturalmente, hasta la muerte. Porque Sbato es de esos autores que exploran en el sujeto para comprender al hombre y a la mujer, protagonistas voraces, victimarios y/o vctimas de la existencia. La estructura de El tnel est construida con gran economa de medios, los que alcanzarn mayor despliegue, como la tcnica del monlogo interior, en la segunda de sus novelas, la para el propio Sbato, mejor de sus obras: Sobre hroes y tumbas que se publicara en 1961 y se convertira no slo en un xito editorial, a escala nacional e internacional para el narrador, sino en uno de los textos imprescindibles para la historia de la literatura latinoamericana contempornea, la misma que ha sido considerada como una de las mejores novelas argentinas del siglo XX. Obra ms ambiciosa y compleja, aborda la historia de la decadencia de una familia aristocrtica en la cual se intercala un conmovedor relato intimista sobre la muerte del general Juan Lavalle, hroe de la independencia, personaje al que don Ernesto dedicar, aos despus, una pieza potico-musical junto al msico Eduardo Fal, con el ttulo de Romance a la Muerte de Juan Lavalle, que la “Negra” (Mercedes Sosa) le cant en sus 95 junios. Sobre hroes y tumbas consagr a su autor a escala universal, novela en la que explor en el “subsuelo del hombre” con fuerte dosis de introspeccin personal, desde el sujeto lrico de su escritura, al tiempo que realizaba una exploracin del imaginario nacional, obra muy cercana por su espritu al Adn, Buenos Aires de Leopoldo Marechal, y desde otra mirada, no muy lejana de las metafsicas aproximaciones de Jorge Luis Borges sobre la Argentina.

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213En un tercer plano del argumento, est ese monumental Informe para ciegos que, en muchas ocasiones, es asumido como lectura autnoma, y que nos devela desde la pesadilla que sufre Fernando, el protagonista junto a Alejandra, las zonas ms perturbadoras e inquietantes de la naturaleza humana, en un relato que es deudor tambin de elementos del surrealismo, as como de las ideas filosficas y nihilistas de Nietzsche, y de las teoras sicolgicas de Jung y Freud. Despus de dedicar 13 aos de trabajo ininterrumpidos, Ernesto Sabato public Sobre hroes y tumbas Mas la crisis del creador se hizo presente, y slo Matilde pudo lograr que el manuscrito de esta obra excepcional no fuese destruido y se publicara. En el prlogo la dedicatoria lo explica: “Dedico esta novela a la mujer que tenazmente me alent en los momentos de descreimiento, que son los ms. Sin ella, nunca habra tenido fuerzas para llevarla a cabo. Y aunque habra merecido algo mejor, aun as, con todas sus imperfecciones, a ella le pertenece”. Sobre hroes y tumbas es algo ms que el resumen de una vida, es la sntesis de las utopas, tanto en el arte como en la sociedad, una lacerada exploracin realizada por uno de esos grandes novelistas, como lo es Sbato, muy lejano al panfleto y al oportunismo, de la historia de su pas, y la crtica implcita de su devenir, en la que se conjugan los polos opuestos, desde los unitarios y federales hasta los peronistas y antiperonistas, para encarnar sus tesis y sus angustias en el perfil de personajes como el de Fernando y Martn, en el juego de contrarios, entre luces y sombras. Muchos han visto en el Informe sobre ciegos un relato independiente –que como tal ha sido traducido al mundo del cine– a la manera de la novela breve, una de esas piezas que atrapan, alucinantes, los diversos y plurales ngulos de una nacin, de una cultura y de una sociedad, en su historia, referente que pudiese estar implcito en otra pieza descomunal de las letras contemporneas, pienso en la magna novela del portugus Jos Saramago: Ensayo sobre la ceguera revisitacin de un tpico que resulta metfora imprescindible en el discurso literario sobre el destino y la conciencia humanos. La tercera de sus novelas lo sera Abaddn el exterminador (1974), obra considerada de carcter autobiogrfico, articulada con una estructura narrativa aparentemente fragmentaria, y de argumento apocalptico, en el cual las potencias

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214malficas rigen el universo y es intil la resistencia en un mundo de absoluta irracionalidad en el que no se vislumbra la esperanza, y el discurso del autor resulta an ms desolador que en sus anteriores narraciones, en una potica signada por la reflexin ante la crisis de la sociedad contempornea que ha llevado asimismo a Sbato, en ms de una oportunidad, a reflexionar tambin sobre el propio sentido de la literatura como en su cuaderno El escritor y sus fantasmas (1963). Su tercera novela es una estremecedora lectura de la convulsa Argentina de los aos 70, relato en el cual el propio autor se incluye y retoma perfiles abordados por l, en Sobre hroes y tumbas, revaloracin que hace el escritor de la juventud rioplatense en los momentos de crisis que habitaron aquella dcada y fueron, adems, el semillero de los tiempos colricos que luego padecera la nacin austral Desde su impronta ms racional, alimentado su intelecto por una aguda sensibilidad, Sbato ha dejado una profusa obra ensaystica que comenz en 1945, con Uno y el universo cuaderno en el que la ciencia es sujeto de anlisis, en un libro que segn su propio autor “participa de la impureza y de la contradiccin”. Despus vendra Hombres y engranajes (1951), en el que somete a juicio a la cultura moderna, y donde realza el papel de la mujer, para continuar con El otro rostro del peronismo (1956), as como la carta abierta al general Aramburu, en 1956 sobre Torturas y libertad de prensa en la que se manifiesta, ayer como hoy, en defensa de los derechos humanos. Uno de sus ensayos ms importantes lo ser el volumen El escritor y sus fantasmas (1963), en el cual nos devela no slo sus preocupaciones y experiencias, sino sus reflexiones sobre la literatura, un texto que, como todos los suyos, se evidencia la tensa relacin entre la reflexin y la pasin. Tambin escribir el cuaderno Tango, discusin y clave (1963), sobre ese ncleo esencial del Ro de la Plata, y Pedro Henrquez Urea (1967), libro dedicado a su maestro, as como Tres aproximaciones a la literatura (1968), un estudio sobre tres ejes de las letras contemporneas: Jean Paul Sartre, Alain Robbe-Grillet y Jorge Luis Borges. Otros ttulos de su prosa ensaystica son Eduardo Fal (1974), Carta a un joven escritor (1975), Dilogos (con Jorge Luis Borges) y La cultura en la encrucijada nacional ambos de 1976, Apologas y rechazos (1979) contiene siete extensos e importantes ensayos en los que se refleja su humanismo y su preocupacin moral sobre nuestro tiempo y la responsabilidad del intelectual, y Los libros y su misin en la liberacin e integracin de la Amrica Latina (1979) y Nunca ms, informe de la Comisin Nacional sobre la Desaparicin de Personas (CONADEP), que l mismo presidi durante la presidencia de Ral Alfonsn (1985). Necesitado del dilogo, en ese proceso de retroalimentacin que se produce entre el autor y el lector, ni la ancianidad ni los problemas de salud pudieron impedir la obra ensaystica de Sbato que nos entreg tambin cuadernos como Entre la letra y la sangre (1988), Querido y remoto mu-

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215chacho (1990) y Antes del fin (1998), texto que tiene el sabor de la memoria, confeso su inters por dialogar con los jvenes; as como La resistencia (2000), conjunto de vivencias y reflexiones sobre el ser humano y la crisis de valores de la sociedad en nuestros das. Porque si algo ha sido una constante en la escritura de don Ernesto es la angustia existencial y el compromiso moral con el destino de la humanidad, a veces desde un discurso de corte metafsico, desde ngulos metafricos en los que revela la huella jams olvidada de sus orgenes cientficos.De los premios a la memoriaA los 64 aos de edad comenzaran a llegarle los reconocimientos a este maestro de nuestras letras. As, en 1975 recibi el Premio de Consagracin Nacional de la Argentina y dos aos ms tarde, en Italia el Premio Medici. En 1984, con 73 aos de vida, recibi tambin el Premio Cervantes. Y en 1987 fue distinguido en Francia como Comandante de la Legin de Honor. Dos aos ms tarde, en 1989, recibi en Israel el Premio Jerusaln. Y en ese mismo ao fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, Espaa; en 1991 por la Universidad de Rosario, Argentina, y en 1995 por parte de la Universidad de Turn, Italia. Quien como l ha dedicado ms de medio siglo a la escritura, afirma como mensaje para los jvenes y para todo sus lectores, aquella tesis de Kafka, el cual slo “[...] recomendaba leer libros que nos atraviesen el cuerpo como un hacha”. Y eso lo dijo Sbato cuando contaba 91 aos, al reconocer que la literatura ha sido el medio “[...] fundamental, absoluto y poderoso, que me permiti expresar el caos en que me debata”, as como una manera de liberar “[...] mis obsesiones ms recnditas”. Narrador y ensayista, sin embargo, subraya don Ernesto que la poesa “[...] es la actividad ms compleja del espritu de hoy”. Una voz subjetiva que va ms all de las preceptivas, para l. “Poesa no es una forma mtrica, un modo de escribir palabras en prosa o en verso, poeta es aquel que revela la vida en verdad y en belleza”. Y eso lo subraya, desde su lcida ancianidad, uno de los mayores poetas de las letras latinoamericanas de todos los tiempos, el autor de Sobre hroes y tumbas La memoria llega para instalarse en el discurso de don Ernesto y, desde entonces, ocupa el horizonte de la vejez, antes de que el silencio se aduease de sus pupilas, y los recuerdos del ayer se aglutinaran en esa voz, donde se mixturan los accidentes y los personajes de su historia personal, y del corpus siempre agnico de su existencia y de su literatura. No es el laureado escritor, sino el ser humano, el que entonces retorna para decirnos la verdad y la angustiosa herencia de su nombre: “Me llamo Ernesto, porque cuando nac, el 24 de junio de 1911, da del nacimiento de San Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre sigui llamando Ernestito, porque muri siendo una criatura”. Desde entonces, y desde la clula de la familia, signada por el dolor y el estoicismo que l calificara de espartano en su progenitor, comenzaba el terror a invadir su infancia, y a dar alimento

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216a su escritura, de solitario: “[…] he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: ser siempre el que esper a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”. Es esa cuerda ms personal la que nos hace llamarlo don Ernesto, como en los diarios de la vejez escritos en Espaa, durante dos aos, antes de establecerse como raz para siempre en la tierra argentina de Santos Lugares, su fascinacin por Goya y El Bosco, donde la cultura vence por un tiempo a la aoranza, pero en la fuente de la vida, para Sbato, siempre estar Argentina, la misma que lo hizo reflexionar cidamente en 1999, con sus 88 aos: “Mi lesin en las retinas me prohbe leer y escribir, pero no me impide dialogar. Pero este no es el nico motivo para negarme al ensayo; ms bien es de ndole filosfica: creo que la nica forma integral de expresar el alma de un pueblo y sus vicisitudes es la ficcin, por varios motivos y razones. Mal o bien, he intentado hacerlo”. La suya ser, siempre lo aclara, la mirada de un escritor, no de un economista ni de un poltico. Pero es, ante todo, el dolor autntico de un hombre, de un intelectual ante la historia de su pas, y de su gente, sobre los cinco aos de dictadura militar que lograron […] desmantelar el pas, en beneficio de algunas empresas multinacionales. La Argentina produca de todo, hasta llegamos a exportar tornos a Italia y computadoras a Suecia: hoy importamos tomates desde Israel. Fuera de estas vrites de fait como dira Leibniz, poco s. Sin embargo, creo que uno de los errores caractersticos de nuestro tiempo es buscar la clave de todo lo que sucede en la economa, as como la salvacin fsica y espiritual del hombre. No es que me sea indiferente la muerte por hambre de un solo nio. Por el contrario, toda mi vida he luchado contra la injusticia social que se sufre en todo el mundo pero en especial en este continente latinoamericano que ha sufrido y sufre todos los horrores de la explotacin y del hambre. Pero, con las trgicas experiencias de este siglo, he comprendido que es peligroso pedir nicamente justicia social: hay que exigirla junto con la libertad. En cuanto a mi pas lo que ms me preocupa es el problema precisamente de la libertad.

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217 S i se realizara una encuesta entre los educandos del pas, se comprobara que la mayora desconoce la figura y la obra de Jos de la Luz y Caballero. Posiblemente los universitarios, en particular los que cursan las carreras humansticas, lo conocen, sin grandes honduras, como una importante vctima de la represin de la escalera, gran educador y filsofo, continuador y discpulo de Flix Varela y compaero de Jos A. Saco y Domingo del Monte en la lucha reformista. Tal ignorancia obedece a que la inmensa mayora de los textos y programas educacionales, as como la historiografa en su conjunto, abordan a Luz y Caballero como parte y expresin de la historia de la primera mitad del siglo XIX y de los movimientos poltico sociales en particular, y poco, muy poco, pormenorizan los aspectos conformadores de su innegable estatura histrica. Ello es mucho ms evidente al apreciarse que su figura no goza de la preferencia de los historiadores de la filosofa, de la literatura y de la peda goga ni tampoco de los bigrafos, a juzgar por la escasa literatura especializada en el insigne maestro, al menos desde 1959 en adelante. De ah que su vida y su obra se conozcan de forma fragmentada y dispersa a travs de algunos aforismos y de alguna que otra conducta poltica asumida por la lite reformista e intelectual de entonces. En este artculo se examinar el dbil tratamiento historiogrfico a la figura de Luz con el marcado propsito de incitar a la venidera indagacin cientfica. Hurgar en su historia facilita la comprensin de los problemas medulares de la primera mitad del siglo XIX.Un pretexto para la reflexinLa historiografa cubana contempornea, desde 1990 en adelante, ha prestado inters al desarrollo de las historias socioculturales acorde y en correspondencia con las tendencias que en este campo existen a escala mundial, sobre todo en Francia, Inglaterra, Espaa y los Estados Unidos. La accin multidisciplinaria, al menos en el plano de la discusin terica, se ha ido fortaleciendo de forma progresiva. Ella ha redundado en la existencia de resultados carentes del tradicionalismo expositivo en las esferas de las historias econmicas, polticas y sociales.1 Jos de la Luz y Caballero en la contemporaneidad historiogrfica cubana Mildred de la Torre MolinaHistoriadora

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218Hasta los finales de la dcada del 80, sin ser muy categricos, la historia poltica, por lo general, asuma el estudio de las conductas individuales y colectivas, de los movimientos revolucionarios, de la historia y el quehacer de los partidos y su liderazgo, as como de las acciones y medidas adoptadas por la gobernabilidad poltica, ya sea estatal o privada. Hoy el historiador poltico, el involucrado en las tendencias renovadoras, penetra en las esencias socioculturales y en el dinamismo espiritual de las estructuras socioeconmicas con el propsito de definir las causalidades, influencias y contenidos del acontecer ideopoltico. As, el objeto de estudio adquiere formas de expresin histrica ricas y dinmicas. Se hace mucho ms sensible, al espectador actual, el mundo del pasado, y puede, con mayor rigor y objetividad, valorar y aprehender de sus mltiples y sabias enseanzas.2El historiador econmico, por su parte, al desembarazarse de la unilateralidad de los factores econmicos, o de lo que por tradicin suele llamarse situacin econmica, para adentrarse en el universo de las formas de vivir y de pensar, as como en la propia interiorizacin de los procesos econmicos en la cotidianidad, puede, con vehemencia y objetividad, descifrar las incgnitas del desenvolvimiento histrico de la vida material y de su representatividad tendencial en los fenmenos econmicos.3A fin de cuentas, el historiador reconstruye el pasado buscando y encontrando sus enigmas a travs de la diversidad de la vida del hombre en su incesante interrelacin con las problemticas de su tiempo, por lo que resulta insoslayable todo cuanto pueda, de forma general, incidir en su conducta. Por ello, el anlisis histrico debe incluir los resultados de las investigaciones culturales relacionadas con las diferentes disciplinas superestructurales, entre ellas, las historias de la creacin artstica y literaria, de la educacin, la filosofa, la ciencia, etctera. Del mismo modo, los estudios culturales requieren de los histricos en s. Sin embargo, en la actualidad se aprecia mayor acercamiento de lo histrico con lo cultural, y en menor medida a la inversa. Sobre este asunto debe meditarse. El ordenamiento expositivo de los textos relacionados de manera directa con la vida espiritual indica que los especialistas y estudiosos del tema utilizan la historia con el fin de contextualizar el objeto de estudio y no como una ciencia explicativa de los procesos sustentadores de una o varias formas de expresin de la inmaterialidad. Por lo general, se instrumenta a la historia como verbo recreativo de la espiritualidad y no como su realidad gestora y albergante. Tambin se desaprovechan las riquezas y propiedades del mtodo histrico y sus valores epistemolgicos. Se intenta, con frecuencia de forma satisfactoria, ubicar cronolgicamente los hechos y manifestaciones de la creacin superestructural, y a partir de ah se aspira a discernir la multiplicidad de sus lenguajes. No obstante, el despanzurramiento de los hilos provocadores de los dilogos establecidos entre las expresiones

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219del saber cultural y la realidad histrica concreta, en su sustrato raigal, casi siempre estn ausentes o dbilmente expresados. A la comunidad de historiadores le interesa, de forma ascendente y progresiva, las tcnicas y mtodos de las ciencias afines con el propsito de reconstruir los rostros, sentimientos y valores sociales, junto a los diferentes dilogos existentes en una poca o momento histrico determinado. Adems, se preocupa por descubrir las contradicciones internas, de cualquier naturaleza, modificadoras o rectificadoras de las conductas humanas. Tambin le interesa la conformacin de las infinitas imgenes de los mundos histricos sin decantaciones sensibles y capaces de distorsionar el carcter siempre objetivo de la ciencia histrica, cuyas leyes obran y se expresan con independencia del subjetivismo humano. Van quedando atrs las polarizaciones como empresa y mtodo investigativo, en la misma medida en que conciencia y conocimiento se mancomunan para la gestacin del modelo histrico entendido como imagen y no como paradigma. La economa, la poltica, la ideologa y la sociedad exigen estudios multilaterales orientados hacia la comprensin de lo grandioso de la creacin social: el hombre, visto en su infinita dimensin universal. El gnero biogrfico, fascinante y encantador, es ejercido, por lo general, por los literatos. La obra historiogrfica sirve de soporte al quehacer de aquellos aunque, por supuesto, hay y habr siempre bigrafos que han abordado una parte importante de la investigacin histrica. Sin embargo, en los ltimos aos se ha apreciado el inters de algunos historiadores por asumir el anlisis de la individualidad histrica, bien sea de manera biogrfica o mediante el examen de una parte sustancial de su conjunto caracterizador, como una suerte de concordancias y dicotomas propias de la sociedad que les toc vivir.4Los retos generacionales de la historiografaPara el esclarecimiento de los problemas historiogrficos derivados del estudio de la figura de Jos de la Luz y Caballero y de su contexto, es recomendable distinguir lo publicado antes de 1959, reimpreso con posterioridad, de lo producido despus del triunfo revolucionario. El entonces Consejo Nacional de Cultura y la Universidad de La Habana reeditaron numerosas obras de autores relevantes de la cultura nacional. Muchas de ellas conservaron sus prlogos originales, aun cuando sus autores fueran objeto de controversiales polmicas dentro del mbito poltico y teortico del pas.5Al mismo tiempo que se reeditaba la obra de Luz, y de algunas especializadas en su vida y en su creacin filosfica y pedaggica, hubo otras referidas a la historia de Cuba como respuesta a los requerimientos docentes e investigativos de entonces. Unas y otras son valiosas e imprescindibles referencias para la posterior labor historiogrfica.6Hasta los inicios de la dcada del 80, aproximadamente, la obra anterior a 1959 mantuvo su presencia en los planos hecholgicos. El tratamiento ofrecido

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220a las figuras relevantes del proceso histrico nacional as lo ponen de manifiesto.7 Ello revela que el trabajo historiogrfico, como el de todas las esferas de la creacin espiritual, es herencia y continuidad, como es en s misma la Revolucin cubana. Como parte del desarrollo lgico de la conciencia nacional en circunstancias difciles y complejas, inherentes a la natural ruptura con el pasado bien cercano en el tiempo, durante los primeros aos del triunfo revolucionario la intelectualidad alineada al nuevo proceso valor crticamente a la precedencia intelectual, en tanto algunas de sus reas cohabitaron con la indigencia moral republicana y algunos de sus creadores ejecutaron sus polticas. Sin embargo, tal ruptura no pudo impedir que se retomase el legado histrico informativo y se reelaborase bajo una hermenutica diferente. Se intent, con mayores o menores aciertos, aplicar a la historicidad de la sociedad cubana los mtodos y principios epistemolgicos del materialismo histrico y del marxismo leninismo en su conjunto.8Algunos creadores marxistas, cuyas vidas profesionales se gestaron y desarrollaron bajo circunstancias muy difciles durante la neocolonia republicana, ms bien al fragor de la lucha revolucionaria, excitaron y engrandecieron el legado historiogrfico en tanto se mantuvieron como creadores activos durante las tres primeras dcadas del proceso revolucionario.9En virtud de la poltica de expansin cultural del Estado cubano, devenido en socialista a partir de 1961, la obra de la mayora de ellos se torn en textos de obligatoria lectura y consulta para los docentes, estudiantes e investigadores de la historia nacional. En los finales de la dcada del 60, debido a la graduacin de los primeros profesionales de la historia, disciplina inexistente durante la neocolonia,10surgi la primera generacin de historiadores formados despus de 1959. Dicha generacin impulsa el debate alrededor de las nuevas tendencias metodolgicas, sobre todo las referidas a los anales franceses y al estructuralismo, a la vez que incursiona en la obra de Antonio Gramsci y comienza a leer a Michel Faucoult y J. P. Sartre.11A partir de entonces y hasta la fecha se han yuxtapuesto dismiles grupos generacionales cuyos quehaceres, como era de suponer, se tradujeron en una polismica produccin historiogrfica. Recalcando lo expresado en otra oportunidad, el gnero biogrfico no goza de la preferencia de los historiadores.12Tal vez eso explique la ausencia de una biografa moderna de Jos de la Luz y Caballero. Los aspectos sobresalientes de su vida han sido valorados como partes sustanciales de su obra. Sus analistas son preferentemente filosficos o pedaggicos. Sin embargo, para los historiadores, las contribuciones de la obra de Luz van ms all de los intereses cientficos de las historias de la pedagoga, de la educacin y de la filosofa, para insertarse en la historia de la sociedad cubana y en particular en la de su cultura. Lo expresado se corresponde con las exigencias multidisciplinarias y despolarizadas de las ciencias sociales en el momento de abordar las interioridades del pensamiento cientfico y

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221poltico de Jos de la Luz y Caballero o de cualquier otro relevante pensador. Recurdese a Flix Varela y a Jos Antonio Saco y obsrvense las peculiaridades del pensamiento cubano y universal del siglo XIX.13Jos de la Luz y Caballero dentro del reformismoLa presencia de Luz en la literatura historiogrfica se corresponde con la ofrecida por los filsofos y pedagogos. l es apreciado por sus aportes a la filosofa y a la pedagoga y se le excluye de la poltica alineada a los movimientos emancipatorios de su tiempo. Se le valora como continuador de la obra vareliana y por sus acciones intelectuales a favor del pensamiento y el quehacer de su contemporneo Jos A. Saco. Como discpulo del notable presbtero, en el orden filosfico, es ubicado dentro de la corriente empiroracionalista, y como tal, contrario a la escolstica y al eclecticismo. Sus bigrafos y analistas destacan su condicin de humanista por excelencia, a la vez que reconocen su capacidad analtica para discernir las circunstancias neurlgicas de su tiempo histrico. Lo califican, adems, de formador de patriotas y gestor de patriotismo; educador identificado con el iluminismo moderno y laicista; exponente excelso de los valores culturales del proceso de transformacin espiritual de su tiempo, y como crtico y cronista de su contemporaneidad. Su mencionada labor de apoyo y respaldo a la actividad desplegada por Jos Antonio Saco se ilustra a travs de sus acciones en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (SEAP), siempre contrarias al pensamiento quietista dominante en las esferas del sistema poltico insular. Tambin se manifest en su disconformidad al trfico negrero, en su defensa por la insercin de Cuba, como unidad cultural, dentro de los procesos modernistas acaecidos en el mundo despus de las revoluciones burguesas, como partidario de la reforma y opositor a la independencia y a la insurreccin, aspecto que lo separa de Flix Varela, y como defensor de la cultura espaola en tanto raz y esencia de la identidad espiritual de Cuba. Dicho inventario temtico debe matizarse an ms, de lo contrario se corre el riesgo de ser apreciado como mero continuador de Varela y de Saco y no como creador y gestor de ideas y pensamientos, posicin justa otorgada por los historiadores del pensamiento y de la pedagoga. En verdad, sus aportes al conocimiento de estas dos disciplinas constituyen su identidad dentro de la historia de Cuba. Sus aforismos, su mtodo expositivo y su excelencia como comunicador de la cultura universal en el Seminario de San Carlos, en las aulas del colegio El Salvador y en su habitual tertulia sabatina, hacen de este sabio cubano un paradigma de los finales de la primera mitad del siglo XIX. A lo anterior debe agregarse la labor de Luz a favor de la formacin de una conciencia crtica sobre el presente en las jvenes generaciones con vista a la creacin de una sociedad racional y equitativa, segn los cdigos de la entonces modernidad capitalista. Luz concibi la emancipacin social slo a travs de la cultura. Primero,

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222liberar al hombre de la tortuosidad del ostracismo medieval y de las fronteras establecidas por “la divinidad” y el sectarismo teologales. Segundo, transformar el mundo terrenal liberndolo de sus impdicas injusticias sociales. Dicha regularidad en el pensamiento de Luz, la de luchar sin descanso por el mejoramiento espiritual humano, lo ubica, de hecho, en lo ms avanzado de las ideas del siglo XIX. Para l, la transformacin del mundo dependa de las ideas del hombre y no de las fuerzas extraterrenales; estas no deciden o determinan en el destino humano.Luz como promotor de patriotismoLa cuestin problemtica o controversial, presente en la literatura historiogrfica, en torno a la ubicacin de Luz y Caballero como patriota o promotor de patriotismo, est muy relacionada con la contextualizacin clasista de su labor poltica e intelectual. El asunto lo promovi Ral Cepero Bonilla al calificar a Luz de negrfilo y de maestro del privilegio, basado en el testimonio de Antonio Maceo y en las opiniones de Jos Ignacio Rodrguez. Tambin lo acus de predicar la sumisin al colonialismo restndole valor moral y espiritual a su labor pedaggica.14Ms all de si hubo o no partidarios y detractores de Cepero Bonilla, est la confirmacin, desde las obras de Ramiro Guerra y de Carlos Rafael Rodrguez hasta lo publicado y producido despus del triunfo revolucionario de 1959, de que Luz fue hacedor de patriotismo y precursor de la nacionalidad.15Ello no excluye la exis tencia de matices, tambin controversiales, entre uno y otro razonamiento. Uno de ellos es la aceptacin de que Luz, a travs de su labor educativa, posibilit el camino de la independencia y el de la abolicin de la esclavitud, aunque fue esclavista, elitista y representante de la burguesa en ascen so. Tambin ha sido criticado por haber carecido de las amplitudes ideolgicas de Jos Agustn Caballero y Flix Varela.16 Dicho punto de vista tiene su precedencia en el mencionado trabajo de Ral Cepero Bonilla y en el artculo de Elas Entralgo. Este ltimo afirm categricamente que Luz, a diferencia de Arango y Parreo, fue un terico que no actu ni realiz obras creadoras en tanto su labor se limit a la educacin filosfica elitista.17Para Fernando Portuondo, Jos de la Luz y Caballero fue el educador cubano ms notable del siglo XIX, en abierta referencia a su labor en el colegio Carraguao, a sus planes para organizar la Escuela Normal y a sus labores divulgativas en la SEAP, pero sobre todo, porque transmiti la necesidad de buscar los caminos del progreso social pese a que condicion su mensaje abolicionista a la supresin del trfico negrero y no a la totalidad del rgimen social, aunque “[...] lo combatiera desde el punto de vista moral y espiritual”.18 Para Portuondo, “Luz fue Luz y reg Luz”.19Otro de los matices lo presenta Julio Le Riverend en su Biografa de La Habana. En ella admite que Luz promovi patriotismo a travs de su obra educacional20dentro de un contexto histrico caracterizado por la existencia, en el plano poltico, del liberalismo

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223esclavista al que pertenece Jos de la Luz y Caballero21 y cuyo marco cronolgico corresponde al de la crisis del esclavismo colonial (1722-1848).22Sobre el tema de la existencia o no de patriotismo en Jos de la Luz y Caballero, puede agregarse que los estudios histricos sobre los reformismos anteriores a 1868 y su relacin con los problemas esenciales del desarrollo de la sociedad de entonces, presentes en la actual historiografa, se inclinan a considerar a Luz y Caballero como precursor de la nacionalidad y del patriotismo cubanos pese a las limitaciones de su pensamiento, derivadas de las complejas circunstancias reinantes en la sociedad de entonces.23 Entre ellas, la esclavitud; el limitado ejercicio elitista en los asuntos del pas como fruto de la existencia de un poder centralizado y desptico, favorecedor de la oligarqua espaola; el escaso y restringido desenvolvimiento del pensamiento independentista y emancipador dentro de Cuba y fuera de ella, y el predominio del reformismo, como concepcin poltica, en las clases sociales protagnicas del movimiento intelectual del pas. Las tendencias generales de la vida sociocultural, tales como la cotidianidad, las manifestaciones artsticas y el desarrollo urbanstico, estn presentes en la historiografa sobre el perodo en que vivi Jos de la Luz y Caballero. Tanto en las obras generales como en las monogrficas, puede apreciarse a la sociedad cubana de entonces no slo como un conjunto de sucesos socioeconmicos y polticos, altamente revelador del antagonismo caracterstico de las relaciones sociales e ideopolticas, sino tambin como gestora de la creacin espiritual y como resultado y expresin del desarrollo cientfico y artstico alcanzado por las fuerzas sociales interesadas en el progreso. En un mundo srdido y complejo, inmanente a la esclavitud, hubo una cultura de resistencia de la que form parte Jos de la Luz y Caballero, quien revel que el ser humano es dueo y seor de los destinos del mundo.24Es dentro de ese contexto donde, con justicia, se ha ubicado como protagonista principal de la Polmica filosfica contra el pensamiento de Vctor Cousin, defendida por los hermanos Manuel y Jos Zacaras Gonzlez del Valle. Lo historiogrficamente expresado hasta el momento permite ubicar a Luz, al decir de Isabel Monal y Olivia Miranda, como representante de la filosofa ms avanzada de su tiempo y de una modernidad “[...] radicalizadora que transitaba, al igual que Varela, por el empirismo y el iluminismo con ciertos tintes materialistas; asimismo, aspir a convertir la moral y la filosofa en ciencias, ms bien en una ciencia del hombre”. De ah su rechazo a la metafsica y a la ontologa, su absoluta conviccin de que el mtodo deba ser extrado de las ciencias naturales, y su marcada receptividad a la filosofa clsica alemana.25Su labor como educador, al margen de la polmica historiogrfica sobre el origen socioclasista de sus educandos, qued definida dentro de los marcos y lmites de la formacin de un pensamiento ascendente y procurador de la nacionalidad cubana y del patriotismo. La historia ha demostrado que, durante los aos de mayor efervescencia

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224intelectual de la conocida triloga SacoDel Monte-Luz y Caballero,26 el despotismo, el centralismo poltico, el nepotismo y el militarismo alcanzaron niveles increblemente altos y que en la misma medida en que se evidenci el crecimiento y desarrollo de la lite intelectual criolla, se hizo ms fuerte la tirana de la gobernacin insular. A lo anterior debe agregarse el incremento desmedido de la violencia, la criminalidad, la prostitucin, el juego, la corrupcin poltico-administrativa y el desgobierno imperantes en las esferas del poder. El espacio poltico para el desenvolvimiento normal de las fuerzas contendientes estuvo vedado para los cubanos en virtud del establecimiento de las denominadas Facultades Omnmodas de los capitanes generales, cuya filosofa consisti en gobernar a Cuba bajo la total compartimentacin de los derechos y prerrogativas polticas existentes en la metrpoli. Dicha lnea de pensamiento alcanz su ms alto nivel de expresin durante el mandato de Miguel Tacn, cuyas vctimas –entre ellas Jos de la Luz y Caballero– son reveladoras de las limitaciones predominantes para el quehacer creador de los cubanos. Sobre este particular existe una abundante literatura.27El reformismo y el anexionismo, como tendencias ideolgicas opositoras al estaticismo colonial y a su diseo sociopoltico, han sido muy estudiados por la historiografa. Menor espacio ocupa en la literatura el denominado integrismo como conducta y defensa polticas de los representantes de la industria, el comercio y la burocracia espaolas, aunque no todos sus alineados fueron peninsulares. Aquel fue el reformismo de Jos Antonio Saco, Domingo del Monte, Jos de la Luz y Caballero, Jos Silverio Jorrn, Jos del Perojo, Calixto Bernal, entre otros, cuyas prdicas estuvieron orientadas hacia la obtencin de la representacin a cortes, la presencia de los cubanos en el sistema poltico insular y el establecimiento de libertades para el desenvolvimiento de la opinin pblica y del asociacionismo, todo ello como parte de la tendencia asimilista, entendida como exigencia tendente al establecimiento en Cuba del mismo estatus prevaleciente en Espaa.28El reformismo de Jos de la Luz y Caballero ha sido conceptuado por los historiadores como un pensamiento alineado a una determinada forma de concebir el destino de su pas: colonia culta, prspera, moderna, liberada de la ignominia de la trata africana y de los mercaderes del empobrecido y exhausto imperio colonial; colonia con capacidad para fraguar una lite intelectual que asombr a muchos sabios europeos, norteamericanos y latinoamericanos y cuyas posiciones conforman el legado de un tiempo que no pudo ni supo encontrar el camino emancipatorio, pero que sembr ideas y sueos justos en las venideras generaciones de cubanos. La historiografa ha visto a Jos de la Luz y Caballero como un pensador y no como un poltico, como un hombre de ideas sumergido dentro de las penurias y horrores de la esclavitud e intelectualmente dotado para trascender todo cuanto de emancipacin humana haba en l.

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225Luz vuelve a indicar caminos: las sugerencias historiogrficasLos caminos transitados por Luz y Caballero sugieren nuevos empeos investigativos para las actuales generaciones de historiadores cubanos. Para ser justos, los enigmas existentes sobre Luz coinciden con los de su poca. La multiplicidad de denominaciones a las clases sociales es indicativa de la carencia de estudios metodolgicos actualizados sobre la estructura socioclasista imperante en Cuba durante la primera mitad del siglo XIX, as como de la necesidad de profundizar en el real y objetivo desenvolvimiento de los grupos humanos segn las diferencias generacionales, de sexo, raza, cultura, pertenencia regional y geogrfica, niveles ocupacionales y otros tantos ndices propios de un mundo que no slo estuvo marcado por la esclavitud, sino tambin por las peculiaridades del sistema poltico colonialista insular, por el desarrollo y asimilacin de la cultura universal, y por todo tipo de desigualdades socioclasistas transicionales. El concepto de patriotismo en momentos en que no existan la nacin, la patria y la nacionalidad, resulta dudoso, dbil y poco comprensible. Recurdese que al reformista, al anexionista, al anti-independentista y al opositor de la insurreccin revolucionaria, cuyo pensamiento se expres con anterioridad al 10 de octubre de 1868, no se le puede valorar bajo los mismos parmetros de aquel que se opuso a la revolucin o renunci o reneg de ella. No es lo mismo ser patriota cuando hay patria que no serlo cuando no la hay o cuando la hay y no se es. Los parmetros utilizados por los historiadores para definir la existencia o no de patriotismo en los exponentes de una determinada ideologa, se corresponden con el conjunto de valores morales y espirituales de una poca, perodo o sociedad histricamente determinada y, por lo general, se derivan de la conducta asumida por los exponentes del pensamiento o de los pensamientos ideopolticos con respecto a la independencia nacional, a la lucha insurreccional, a la poltica imperante... Sin embargo, poco se conoce sobre el real contenido histrico de los conceptos de pueblo, nacin, pas, cultura, nacionalidad e identidad. Para profundizar en ello se requiere de estudios reconstructivos de los pronunciamientos conceptuales de las diferentes clases y sectores sociales, as como de los mltiples grupos generacionales. Slo los exmenes crticos polivalentes pueden ofertar la imagen real de los diferentes discursos sociales gestados dentro de una poca determinada. Tal carencia investigativa ha incubado criterios parciales y no muy bien sustentados en torno a lo que pudo ser el antipatriotismo, el patriotismo y el pre patriotismo. La conceptualizacin historiogrfica del pensamiento y la vida de Jos de la Luz y Caballero as lo demuestra. Cmo valorarlo sin la realizacin de estudios abarcadores de lo social? Cmo ubicarlo histricamente desconociendo las partes ms sensibles de la sociedad que le toc vivir, es decir, las protagonizadas por los mltiples hacedores de la historia? Cmo juzgarlo ignorando las complejidades de la sociedad de su tiempo,

PAGE 226

226sobre todo las inmanentes a la cultura de las colectividades? Sin dudas, el anlisis sobre Jos de la Luz y Caballero debe ir ms lejos y no limitarse al contenido de su obra. Es importante valorar su trascendencia en el quehacer revolucionario de las vanguardias y de las legiones de combatientes cubanos. Ello contribuira a sustentar el juicio historiogrfico de que Luz fue precursor de patriotismo y tambin ayudara al esclarecimiento del contenido del pensamiento antecesor a la ideologa revolucionaria emancipatoria. La formacin y consolidacin de las lites sociopolticas e intelectuales an requieren de estudios especializados y monogrficos. Se usa el trmino de lite para definir los grupos o clases ostentadoras del poder poltico, social, econmico y cultural, o para conceptualizar sus posiciones con respecto a los problemas neurlgicos de las mayoras o para enmarcar el quehacer exclusivista de determinados sectores, en particular los de la creacin intelectual. Pero poco, muy poco, se sabe sobre sus orgenes y desenvolvimiento histricos. Cundo, cmo y hasta dnde influyen las lites o algunos de sus integrantes en la renovacin de la conciencia social, ms que un problema filosfico, lo es histrico, en tanto exige la reconstruccin de la historia de los mbitos portadores de las ideas y los pensamientos. Los historiadores pueden retomar el magisterio de Luz y Caballero y convertirlo en verbo vivo de los nuevos empeos investigativos. Los historiadores pueden hacerle justicia al Luz maestro y pensador de todos los cubanos. Slo es cuestin de proponrselo. Notas1 Los trabajos de Mara del Carmen Barcia, Gloria Garca, Jorge Ibarra y Ricardo Quiza, entre otros, as lo ponen de manifiesto.2 La forma en que la doctora Mara del Carmen Barcia ha conducido sus investigaciones sobre la sociedad cubana finisecular y el asociacionismo durante la colonia, constituye un ejemplo de cmo pueden analizarse las luchas clasistas, racistas, ideopolticas y sectoriales en la Cuba colonial.3 Al respecto, son altamente ilustrativos los trabajos de la doctora Gloria Garca sobre la economa de Cuba durante la segunda mitad del siglo XIX, as como su obra titulada La esclavitud desde la esclavitud. Visin de los siervos (Mxico: Fundacin Tamayo, 1993).4 Conde, Alicia. Introduccin a la polmica filosfica. La Habana: Centro de Altos Estudios Fernando Ortiz, 2001, e Introduccin a las obras completas de Jos de la Luz y Caballero. La Habana: Centro de Altos Estudios Fernando Ortiz, 2007; Garca, Gloria. “Arango y Parreo: tradicin y universalidad”. En Obras completas. La Habana: Centro de Altos Estudios Fernando Ortiz, 2008. t. 1; Lpez, Rosa. Introduccin a las obras completas de Felipe Poey. La Habana: Centro de Altos Estudios Fernando Ortiz, 2001; Quiza, Ricardo. “Fernando Ortiz, hitos de una trayectoria en ascenso”. En: Diez nuevas miradas de la historia de Cuba. / J. A. Piqueras, ed. Castelln de la Plana, Valencia, Espaa: Universidad de Jaume I, 1998; Torres Cuevas, Eduardo. Flix Varela, los orgenes de la ciencia y con-ciencia cubanas La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1995, y Antonio Maceo, las ideas que sustentan el arma. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1997.5 Vase: Agramonte, Roberto y Elas Entralgo. Introduccin a los aforismos de Jos de la Luz y Caballero La Habana: Editorial Universidad de La Habana, 1962; Garca Brcenas, Rafael. “Los aforismos de Jos de la Luz y Caballero”. En Aforismos. La Habana: Editorial Universidad de La Habana, 1962; y Sanguily, Manuel. Jos de la Luz y Caballero (estudio crtico) La Habana: Consejo Nacional de Cultura, 1962.6 Cepero Bonilla, Ral. Obras histricas. La Habana: Instituto de Historia de la Academia de

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227Ciencias de Cuba, 1963; Entralgo, Elas. Las grandes corrientes polticas en Cuba hasta el autonomismo. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana): 5-30; oct.-dic. 1970; Guerra, Ramiro. Manual de historia de Cuba La Habana: Consejo Nacional de Universidades, 1964; Le Riverend, Julio. Historia econmica de Cuba La Habana: Editora Revolucionaria, 1971, y Biografa de La Habana. La Habana: Imprenta El Siglo XX, 1960; Mrquez Sterling, Manuel. La diplomacia en nuestra historia La Habana: Editora Centenario, Instituto Cubano del Libro, 1967; Morales y Morales, Vidal. Iniciadores y primeros mrtires de la revolucin cubana. La Habana: Consejo Nacional de Cultura, 1963; Cuba. Oficina del Historiador de la Ciudad. Revaloracin de la historia de Cuba por los congresos nacionales de historia La Habana, 1959; Portuondo, Fernando. Historia de Cuba. La Habana: Editora Universitaria, 1965; y Vitier, Medardo. Las ideas y la filosofa en Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1970.7 Un ejemplo de lo expresado puede encontrarse en el prlogo de Joaqun G. Santana a Varela, Flix. Escritos polticos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1977. Tambin est presente en la obra de Ral Aparicio titulada Hombrada de Antonio Maceo (La Habana: Ediciones Unin, 1967. Premio UNEAC 1966).8 Exponentes de esta tendencia o mejor, de toda una intencionalidad por reelaborar una visin marxista leninista de la historia de Cuba, son: Aguirre, Sergio. Lecciones de Historia de Cuba. La Habana: Escuelas de Instruccin Revolucionaria, 1961, y Eco de caminos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1974; Chan, Carlos. Formacin de la nacin cubana. La Habana: Coleccin Granma, 1968.9 Ellos son Julio Le Riverend, Fabio Grobart, Jos Luciano Franco, Lionel Soto, Blas Roca, Evelio Tellera, Pedro Serviat y Carlos Rafael Rodrguez, entre otros.10 Existi como especialidad, junto a la Geografa, en la carrera de Filosofa y Letras. Como disciplina acadmica es fruto exclusivo de la Revolucin.11 Vase la revista Pensamiento Crtico, publicada por la Universidad de La Habana. Ella muestra los debates y tendencias existentes en el movimiento intelectual cubano, sobre todo habanero, de las ciencias sociales en su conjunto.12 Hay notables excepciones con las obras de Eduardo Torres Cuevas, Rosa Lpez, Ral Aparicio, Abelardo Padrn, William Glvez, entre otros. Vase, de la mencionada Alicia Conde, las Obras completas de Jos de la Luz y Caballero, publicadas por el Centro de Altos Estudios Fernando Ortiz, La Habana, 2007, en cuyo prlogo o introduccin hace un estudio pormenorizado de su vida y su obra, aspectos muy bien abordados por ella en la presentacin del texto referido a la famosa polmica filosfica de 1839 entre Luz y Francisco Jos Zacaras Gonzlez del Valle, en torno a la filosofa de Vctor Cousin (1792-1867), fundador de la escuela espiritualista eclctica.13 En Varela est imbricada la filosofa y la pedagoga, mientras que en Jos Antonio Saco la relacin es entre filosofa, historia y sociologa.14 Vase: Cepero Bonilla, R. “Captulo uno”. Op. cit. (6).15 El artculo de Carlos Rafael Rodrguez se public en la revista Fundamentos en julio de 1947 y fue reeditado en Rodrguez, Carlos Rafael. Letra con filo. La Habana: Ediciones Unin, 1987. t. 3, pp. 89-108.16 Consltese Pino Santos, Oscar. Historia de Cuba ob. cit., cap. XV, pp. 167-193.17 Entralgo, E. Op. cit. (6). p. 29.18 Portuondo, F. Op. cit. (6). pp. 352-353.19 Ibdem, p. 33.20 Le Riverend, J. Op. cit. (6). p. 412.21 _______. El esclavismo en Cuba. Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart (La Habana): 33; sept.dic. 1986.22 Ibdem, p. 33.23 Vanse las obras citadas de Mara del Carmen Barcia, Alicia Conde, Jorge Ibarra y Eduardo Torres Cuevas.24 Vase particularmente: Remos, Juan J. y Diego Gonzlez. “La cultura”. En Historia de la nacin cubana. La Habana: Editorial Historia de la Nacin Cubana; Lapique, Zoila. Msica colonial cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979, t. 1; Torres Cuevas, Eduardo. El auge de la sociedad esclavista y sus contradicciones .

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22825 Monal, Isabel y Olivia Miranda. Pensamiento cubano, siglo XIX. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2002. pp. 17-19.26 A Luz siempre se le vincula con Saco y Del Monte debido a que los tres defendieron las mismas posiciones contra el trfico negrero; participaron activamente en el quehacer divulgativo de la SEAP y estuvieron involucrados en la conspiracin de La Escalera. En especial Jos A. Saco y Jos de la Luz y Caballero dialogaban sobre los problemas acuciantes y neurlgicos de entonces. Luz le redact a Saco su carta protesta por su confinamiento a Trinidad, y despus a Espaa, por orden de Miguel Tacn. Este admiti que la razn fundamental de tal decisin fue la ascendencia ejercida por Saco en la juventud, y porque representaba la tendencia opositora a Espaa dentro de la intelectualidad cubana.27 Guerra, R. Op. cit. (6). Vase, adems: Prez de la Riva, Juan. El General Tacn y su poca, 1834-1838. Introduccin a la Correspondencia reservada del Capitn General Miguel Tacn La Habana: Consejo Nacional de Cultura, Biblioteca Nacional Jos Mart, 1963; y En el ciento veinte aniversario del fusilamiento de Plcido. Revista de la Biblioteca Jos Mart (La Habana) 6(3-4):73-77; jul.-dic. 1964.28 Aguirre, Sergio. “Seis actitudes de la burguesa cubana en el siglo XIX”. En Eco de caminos Op. cit. (8) y Torres Cuevas, Eduardo. El debilitamiento de las relaciones sociales esclavistas, del reformismo liberal a la revolucin independentista ob. cit.

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229 E l 10 de octubre de 1948 el presidente Carlos Pro tomaba posesin de su cargo. Se destac por su participacin en la lucha antimachadista como dirigente del Directorio Estudiantil de 1930. Fue senador desde 1940 hasta1948, primer ministro de 1945 a 1947 y ministro de Trabajo en 1948. Durante los primeros aos de mandato se distingui por el enfrentamiento a los sectores de hacendados en el manejo de la poltica azucarera. Se comprometi a luchar contra las dictaduras del Caribe, en especial contra la de Rafael Lenidas Trujillo en Repblica Dominicana. Apoy a Juan Jos Arvalo en Guatemala. Hizo gestiones en los Estados Unidos a favor de la libertad de Pedro Albizu Campos, el patriota portorriqueo. Su ms trascendente obra de gobierno fue la creacin del Banco Nacional de Cuba, una piedra angular para la independencia econmica del pas, que muchos gobiernos republicanos haban evadido para no verse enemistados con la predominante banca norteamericana. Tambin el Tribunal de Cuentas. Tuvo una actitud democrtica y tolerante ante todas las opiniones y fuerzas polticas. No faltaron los errores, fue condescendiente con la corrupcin administrativa imperante entre sus allegados y en el seno familiar. Bajo qu parmetros podramos enjuiciar al gobierno de Carlos Pro? Para evaluarlo utilizaremos el metro dejado por Jorge Maach: “[...] por no haber adelantado la colonia en una repblica que se bastara a s misma”. Repasemos otros factores que incidieron sobre este gobierno. Su autoridad se vio comprometida por el auge del pistolerismo. Mucha gente, cansada de una libertad que haba degenerado en libertinaje, se senta vida de orden. Poda resolver el Presidente asunto tan escabroso como el pistolerismo? Vuelvo a repetir lo que dije en la Mesa Redonda cuando se trat el gansterismo. En mi impaciencia por entender la poca busqu en archivos, le libros, peridicos. Habl con participantes, entre ellos con Segundo Curti, ex ministro de Gobernacin y Defensa de aquel perodo. A veces no fui muy delicado con l, le hice preguntas embarazosas sin tomar en consideracin sus 80 aos. Le pregunt por qu el gobierno no pudo detener este triste espectculo de las pandillas. Hasta le insinu debilidad en el gobierno. Y me respondi: “Con la ptica de hoy no podran entender aquello. Para juzgar la poca es necesario incorporar algunos elementos que pueden haber quedado fuera de las explicaciones tradicionales. El poder judicial Factores que hicieron posible el golpe de Estado de Batista Newton Briones MontotoHistoriador

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230no estaba subordinado al ejecutivo o sea al Presidente. Los jueces tenan miedo de condenar a alguien que despus pudiera vengarse. Exigan a las autoridades policiales pruebas muy slidas sobre los acusados. Por lo general no aparecan estas pruebas y los acusados eran puestos en libertad. Y a modo de despedida me dijo: “A veces las cosas no son tan simples como uno cree…”. Insist en saber si no exista otra opcin. l me respondi que haba que pasar por encima de la Constitucin y de las leyes: “Alguien me propuso utilizar la fuerza, matar, nosotros no estbamos dispuestos a pasar por encima de nuestras convicciones. Esto explica haber vivido en Cuba despus de 1959 sin ser molestado”. Los opositores no desaprovecharon la brecha democrtica y tolerante del Presidente que, unido a su abulia e indecisin, hicieron posible ser atacado. Eduardo Chibs se convirti en el principal opositor. Criticaba al Presidente por su actuacin econmica y poltica. Indicar las faltas del gobierno era un clculo poltico ms que un sentimiento. Su estrategia era debilitar al gobierno mediante la denuncia constante y quedar como la mejor opcin para las elecciones de junio de 1952. Chibs haca suya la frase de Napolen: “En la elocuencia est la verdad”. Acostumbrado al reconocimiento, no poda prescindir del aplauso popular. Llegar a la primera magistratura de la nacin sera la culminacin de esa carrera. Era un magnfico comunicador y ello lo situaba entre los polticos destacados. Desde su espacio radial expuso la consigna “Vergenza contra dinero”. Esto identific con mayor rapidez a su partido que otros programas polticos que llamaban a la diversificacin econmica, la industrializacin y la defensa de la soberana nacional. Chibs era el ms importante de los opositores, pero no el nico, otros contribuyeron a debilitarlo. Y se encargaron de adjudicarle al gobierno de Pro hechos en los cuales no tuvo participacin. Uno de ellos es la muerte de Aracelio Iglesias, secretario general de la Federacin de Trabajadores Martimos, el 17 de octubre de 1948, una semana despus de haber tomado posesin. En el inventario negativo del gobierno se le consigna la muerte del lder portuario y la acusacin se arrastra hasta nuestros das. Sin embargo, el asesinato fue el resultado de una pugna interna sin participacin oficial. El da del hecho, tanto Aracelio Iglesias como los heridos, Valds Gil y Vctor Izaguirre, acusaron al secretario del Sindicato de Obreros Portuarios, Alberto Gmez Quesada, conocido por Galate de su muerte. Para hacer la historia ms triste, por su mala intencin poltica, es conveniente sealar que detrs de la muerte del dirigente portuario estaba la mano de la compaa americana Word Line, no obstante, los manipuladores prefirieron echarle la culpa al gobierno. Galate y dems implicados fueron sancionados por los tribunales y salieron amnistiados en el gobierno de Batista. Un dato interesante y aclaratorio: Aracelio Iglesias era primo hermano de Grau San Martn. Un to de Grau y padre de Aracelio con una negra es el vnculo familiar. Veamos hasta dnde llega la mala intencin sobre aquel hecho, baste una comparacin con otro suceso similar: el asesinato de Sandalio

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231Junco el 8 de mayo de 1942. Era negro, panadero y comunista. En un nuevo aniversario de la muerte de Guiteras, el alcalde de Sancti Spritus convoc a un acto. Sandalio Junco era uno de los oradores, pero no pudo concluir sus palabras al resultar muerto por un disparo. Conocido luchador obrero y compaero de Rubn Martnez Villena y seguidor de Julio Antonio Mella y de sus concepciones de cmo hacer la revolucin. Y si estas concepciones de Mella y Sandalio no coincidan con otros, deban ser derro tados por los argumentos y no la muerte. Sin embargo, cuando se habla de Mella el nombre de Sandalio no es mencionado y tampoco dicen que fue la persona que despidi su duelo. Sospechoso y diferenciado tratamiento en la muerte de dos lderes obreros. Resaltan la muerte de uno y esconden las causas de la muerte del otro. Por qu? Otro misterio a resolver en la historia cubana. Sigamos despus de esta breve disquisicin. Para esa poca de 1950 el gobierno de Carlos Pro se mantena con popularidad. Las elecciones parciales de junio de ese ao lo confirmaran. Para los cargos de senadores, representantes y alcaldes, cada partido obtuvo los siguientes resultados por alcaldas: Partido Revolucionario Cubano (Autnticos) [PRC(A)]: 67 Partido Demcrata (PDN): 18 Partido Liberal (PLN): 21 Partido Republicano (PR): 12 Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos) [PPC (O)]: 3 Partido de Accin Unitaria (PAU): 3 Partido Socialista Popular (PSP): 1 Actas de Representantes PRC(A): 28 PDN: 6 PLN: 8 PR: 7 PPC(O): 9 PAU: 4 PSP: 4 En junio de 1951 son la campana para elegir al futuro Presidente en las prximas elecciones. En ese momento, las figuras polticas ms destacadas eran Eduardo Chibs, Fulgencio Batista y Carlos Hevia. Cada uno tena su propia motivacin para dedicar tiempo a tan extenuante trabajo. En torno a esta incgnita por despejar giraba toda la vida del pas. Las afiliaciones en los diferentes partidos se comportaban de la forma siguiente: Partido Revolucionario Cubano (A): 879 186 Partido Liberal: 302 549 (Eduardo Surez Rivas) Partido Republicano: 253 704 (Alonso Pujol) Partido Demcrata: 220 230 (Jos R. Andreu) Partido del Pueblo Cubano (O): 159 171 (Millo Ochoa) Partido de Accin Unitaria: 143 005 (Fulgencio Batista) Partido Socialista Popular: 126 524 (Juan Marinello) No obstante las afiliaciones, cada candidato continuaba en su carrera por ganar adeptos. Fulgencio Batista se haba divorciado de su primera mujer y la separacin le produjo una merma de sus mal habidas riquezas. Era codicioso, con un deseo exagerado de tener dinero y bienes. La segunda esposa lo estimulaba en la direccin interesada, volver al poder. La conspiracin y el golpe de Estado

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232eran consustanciales a Batista. El periodista Ciro Bianchi ha descubierto en sus diferentes crnicas las acciones contra los gobierno autnticos. Los golpes de Estado no comenzaron el 10 de marzo de 1952, sino en 1944, y quizs algo atrs el 4 de septiembre de 1933. Antes de producirse el cambio de mando de Batista por Grau, estaba en marcha uno que sera ejecutado por Manuel Bentez. Llegar a Presidente era la manera de rellenar los bolsillos disminuidos. Era hbil y sagaz, saba utilizar la mano izquierda y la derecha. Poda pactar con los comunistas, entenderse muy bien con los norteamericanos y asesinar a sus opositores. Su pasado tenebroso –desde 1933 hasta 1944–, traa el recuerdo del palmacristi y los desaparecidos. Tena en su contra, adems de lo mencionado, la diccin, no era todo lo agradable que se espera de un poltico, aunque saba argumentar a favor de sus propsitos. Debido a todo lo anterior, no lograba rebasar en las encuestas al segundo candidato. El ingeniero Carlos Hevia tena un abundante historial de lucha, haba sido uno de los expedicionarios de Gibara, y fue Presidente por pocas horas despus de la renuncia de Grau en 1934. Quizs esto ltimo lo haca esforzarse en lograr lo que pudo ser y no fue. Era considerado un hombre honesto, sin embargo, era poco elocuente, condicin necesaria para un poltico. Un fuerte acn juvenil haba dejado marcas en su cara y ello lo haca menos atractivo. A su favor tena la movilizacin de los fondos de la Comisin de Fomento, porque a travs de ella poda dar la sensacin de hombre constructivo, aunque ello provena de la misma institucin encargada de hacerlo, el Ministerio de Obras Pblicas. Eduardo Chibs haca lo indecible por mantenerse en los primeros planos. Supo atacar mejor al gobierno de Carlos Pro que este defenderse. Los polticos valen por saber aprovechar las oportunidades y defenderse en la adversidad. La consigna de Chibs, “Vergenza contra dinero”, a pesar de ser efectiva en poltica, era excluyente en economa. Bien podra haber sido “Vergenza con dinero”. Prometa en caso de llegar a presidente, entre otros remedios, lo siguiente: Pagar el atraso de 62 millones a los veteranos. Pagar el atraso de cinco millones a los jubilados. Pagar el atraso de tres millones al poder judicial. Expropiar 250 mil caballeras de latifundios mediante el pago de 250 millones de pesos, lo que haca un total de 320 millones. En ese momento, el presupuesto de la Repblica, el ms alto de todos los tiempos, era de 300 millones y en caso de llegar Chibs a Presidente y cumplir lo prometido deba duplicar los impuestos, algo imposible tambin. Sus promesas eran contradictorias, haba sido senador y nunca propuso una ley en el parlamento, por qu?, la presidencia se ganaba con la denuncia, mantenindose en los primeros planos, y no en las batallas parlamentarias. Continu con su acusacin hasta tropezar con el ministro de Educacin del gobierno de Pro, Aureliano Snchez Arango, a quien culp de malversador, pero no lo pudo demostrar. Hasta ese momento, la situacin le era favorable.

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233A partir de ese 5 de agosto de 1951 todo cambi cuando se dispara un tiro. Una vez ms intent hacer la realidad que necesitaba. Sus irrefrenables ataques de incontinencia verbal fueron ms all de lo permitido por la cordura. La frmula encontrada para salir del atolladero lo llev directo a la muerte. Despus de esa fecha cambi el panorama poltico, nada fue igual. En diciembre de 1951, muerto el lder ortodoxo, la revista Bohemia publicaba el survey del momento: Roberto Agramonte, el sustituto de Chibs: 29,29% Carlos Hevia: 17,53% Fulgencio Batista: 14,21% Sin embargo, en el survey que aparece en Carteles (febrero 3, 1952, pginas 28-32), referente a las provincias orientales, los resultados son bien diferentes. En la preferencia de voto sigue el siguiente orden: Agramonte: 25,75% Batista: 23,14% Hevia: 18,95% Otra disquisicin necesaria. La encuesta deja mucho que pensar sobre el conocimiento de los cubanos sobre la realidad circundante. Esta podra ser una prxima conferencia de algunos de nuestros historiadores y llevar el siguiente ttulo: “La inocencia de los cubanos”. Cmo explicar entonces que el peor gobernante de toda la poca republicana, Fulgencio Batista, se mantuviera en los primeros planos de la contienda electoral. El bonchismo, hijo legtimo de Batista y su poca, al parecer haba sido olvidado. No obstante, aunque all vivieron y se desarrollaron los hombres que despus seran los opositores sistemticos, estos no criticaron a Batista con dureza, porque les costaba la vida. Otra disquisicin necesaria. Nuestra historia est distorsionada y no por razones del azar sino por intereses polticos. Estas llegan a nuestros das y nos confunden con toda intencin. Algunos investigadores repiten lo que otros con malas intenciones hicieron en su poca. Debemos desconfiar de lo obvio, ponlo todo en duda dijo Carlos Marx. Jos Manuel Alemn, a quien todos conocen, podra servir de ejemplo. Cuando se habla de robo en Cuba, aparece Alemn encabezando la lista. Algunos miserables, con intereses polticos y la ayuda de los medios de comunicacin, modificaron la prioridad de la lista. Esto no es casual, detrs hay una mano oscura manipulando quines son los buenos y los malos. Ustedes querrn que yo se los diga. Prefiero dejarlo inconcluso para motivar a otros investigadores a hacerlo. Les puedo adelantar algo, el mayor ladrn de todos los tiempos fue Fulgencio Batista y Zaldvar, l deba encabezar la lista y no Alemn. Y no slo era ladrn, tambin asesino y golpista. Y si alguien tiene dudas puede remitirse al libro de Guillermo Jimnez, Los propietarios en Cuba. Esto no significa que el ministro de Educacin del gobierno de Grau no haya robado. La pregunta sera, por qu cuando se habla de robo muchos recuerdan a Alemn y no a Batista? Sin saberlo estn actuando segn los deseos de los interesados en adelantar sus propsitos. Batista saba que al segundo lugar no le corresponda la presidencia. Y desde haca algn tiempo, vena hablando con oficiales retirados y en activo, los cuales le haban propuesto

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234entrar a formar parte de una conspiracin, que vena caminando desde principios del ao 1950, pero l rehus comprometerse en aquel momento. Pensaba entonces que el partido inaugurado por l, el PAU, poda vencer. A finales de 1951 modifica su parecer. La muerte de Chibs y los por cientos negativos de las encuestas, explican su actitud. No es casual lo que le dijo a Rivero Agero al enterarse por este de la muerte de Chibs: –Chibs se dio un tiro –le inform a su jefe. –¡Que no se muera! –contest Batista, quitndose una toalla de encima. Rivero Agero se sorprendi ante dicha expresin, pero no dijo nada. Media hora despus, uno de los ayudantes de Batista le comunic a Rivero Agero que el senador quera que regresara con l. A las 12 de la noche salieron en direccin a La Habana. En el carro, Batista comenz a comentarle: –Hoy cuando yo dije que no se muera Chibs t me miraste extraado. –S, es verdad. Por qu? Ahora usted es de Chibs…? En los labios de ambos se dibuj una sonrisa. Y Batista remat el tema con la siguiente expresin: “Si se muere Chibs se cambia la historia de Cuba…”.Hasta ese momento, la atmsfera reinante antes de llegar a las elecciones de 1952 haca difcil a los 2 100 000 votantes descubrir quin era la mejor candidatura. En este caso prevalecan en los electores los sentimientos por encima de los clculos. La oposicin utiliz contra el gobierno tanto la palabra verbal como escrita. Esto termin minando la conciencia y la fe. Si las faltas del gobierno parecieron mayores que las de otros regmenes anteriores, ello se debi a que el pueblo las vea a travs de la implacable lupa de aumento de una propaganda inescrupulosa de descrdito, que las haca parecer no solamente gigantescas, sino nicas en la historia poltica y administrativa del pas. Sin saberlo, los voceros de esa oposicin minaron su camino hacia el poder que creyeron tenan ya en la punta de los dedos. El ariete verbal de Chibs debilit al gobierno, Batista lo supo y se aprovech de ello una vez muerto el dirigente ortodoxo. Sintoniz la frecuencia dejada por Chibs y le dio continuidad. Crear un estado de intranquilidad era la manera anticipada de lograr su intencin. Las instrucciones dadas por el general a sus seguidores y recogidas en el informe del capitn Salvador Daz-Versn lo confirman: PrimeroCrear un clima de agitacin nacional tendiente a demostrar que el gobierno actual carece de fuerza para controlar el orden, mantener la paz pblica y garantizar los derechos de propiedad y libre empresa. SegundoLlevar a la opinin pblica, el criterio de que slo Batista puede restablecer ese equilibrio, que aseguran ellos interrumpido […], habindose acordado en esa reunin, acelerar los contactos con militares en servicio activo al objeto de utilizarlos, si estimasen necesario un golpe de Estado y, al mismo tiempo, aumentar la propaganda en el sentido expresado, y realizar mltiples agitaciones, estimulando a los jvenes del partido, para que realicen [sic] atentados

PAGE 235

235personales y promuevan toda clase de alteraciones en el orden pblico para colocar a la Repblica en un estado de inquietud y alarma, que pueda justificar la toma del poder por medios ilegales y anticonstitucionales. Una conversacin antes del golpe de Estado entre Batista y Alonso Pujol pueden ilustrar la intencin: “An no ha ocurrido un hecho de tanta resonancia como fue en Espaa la muerte de Calvo Sotelo, preludio de la sublevacin de los Generales Sanjurjo, Franco y Mola”, le dijo Pujol. En la crnica de Ciro Bianchi, “¡Se acabaron las pistolas!”, se demuestra que detrs de la muerte de Alejo Cosso del Pino estaban las manos de los batistianos. A partir de estas directivas, Batista comienza a ejecutar su plan. El 10 de marzo de 1952 a las 2 y 43 de la madrugada penetr en el campamento de Columbia. Minutos despus, los militares en activo se unieron al ex general sin hacer la menor resistencia. A las ocho de la maana el golpe estaba casi consolidado y a la una de la tarde era una realidad. Veintids hombres haban depuesto en menos de cinco horas al gobierno constitucional. El presidente Pro no tuvo la disposicin de resistir y el drama termin, como est previsto en el guin de la cultura cubana, con una melodiosa cancin, El madrugn, del tro Servando Daz, poniendo punto final al hecho.

PAGE 236

236 E l ya definitivo impacto de los medios de comunicacin en la vida cotidiana nos impide distanciarnos de la realidad, pero nos coloca en la duda de la aceptacin acrtica de ella. Si recapitulamos de manera sinttica la historia de la civilizacin occidental vemos cmo esta se ha construido sobre la base de varios paradigmas a lo largo de su existencia. Tiempos de equilibrio y balance se alternan con tiempos de desenfreno y caos en una sucesin rtmica que describe un comportamiento en espiral. En el milenio anterior, dos grandes temas rigieron la vida de los seres humanos y sobre estos se articularon los sistemas de valores y normas que tutelaron los diferentes estadios de su desarrollo. La religin, en un primer momento, centraliz este desarrollo, basado en criterios y normas de cierta rigidez y las diferentes sociedades medievales vieron el avance del conocimiento dentro de los muros de los monasterios y las bibliotecas eclesisticas. El advenimiento de la revolucin francesa consolid un cambio de paradigma, el perodo histrico que abre este acontecimiento, y que es conocido como modernidad ratific la existencia de un nuevo paradigma, la ciencia, la cual vendra a dotar de respuestas a los problemas de la humanidad. Durante ms de 200 aos, la civilizacin deposit toda su confianza en este nuevo sistema que proveera de nuevos valores; en un modelo que somete todas las preguntas a la comprobacin experimental, pero que sita todas las posibles respuestas entre las aspticas paredes de un laboratorio. El nuevo milenio trajo consigo un cuestionamiento a ambos paradigmas. Religin y ciencia colocan las soluciones fuera del individuo, liberndolo, en parte, de la responsabilidad de sus actos. Dios en uno y el caos en el otro parecen organizar nuestras vidas, controlar nuestros destinos y trazar el camino de nuestras vidas. Sin embargo, el arribo de una nueva posicin, que coloca al individuo y a su responsabilidad como ser social en el centro de las discusiones da un vuelco a historia occidental de casi dos siglos; asumir en todo momento la responsaSobre la responsabilidad social del diseador Claudio SotolongoDiseador y profesor del Instituto Superior de DiseoWhen I found myself in times of trouble Mother Mary comes to me. JOHN LENNON

PAGE 237

237bilidad por las acciones tomadas; basar las relaciones con otros seres humanos en el respeto a la diferencia; potenciar la diversidad y el cuidado del medio ambiente, y respaldar la existencia de una equidad social son cuestiones que, slo ahora, entran en los crculos de debate. El nuevo paradigma encuentra su razn de ser en el individuo y su versin perfeccionada que es, sin duda, el ciudadano. Un ciudadano del siglo XXI, educado y culto, consciente primero de su responsabilidad como ser social en un entorno que est devastado por los medios de comunicacin masiva, las guerras, la globalizacin y la insaciable sed de poder. Dentro de este nuevo contexto, el diseo se plantea como mediador de las relaciones con un cliente, como una de las herramientas bsicas para una humanidad en peligro de extincin. Un profesional responsable, que debate conscientemente en los espacios correspondientes y se preocupa por modificar aquella actitud consumista hacia productos y servicios, y apuesta por la interaccin eficiente del sujeto humano con los artefactos industriales y las propias consecuencias que tienen estos en la vida de las personas. Este nuevo diseador estar situndose a s mismo en el centro de este nuevo modelo cuyo arribo se hace inminente en el contexto contemporneo: la tica. Interesante en este mbito es el devenir histrico de la una vez denominada conciencia humanista del diseador, ahora conciencia tica. Un comienzo para esta preocupacin social se lee ya en los escritos de William Morris, quien se cuestiona desde el socialismo utpico del siglo XIX la existencia de un ambiente que denigra y condena al sujeto a un estado de alienacin permanente con respecto al ambiente y los bienes de consumo. En sus varios escritos dedicados al trabajo podemos encontrar, una y otra vez, la preocupacin constante por la relacin del hombre con su labor, tanto en el caso de los diseadores, como en todo aquel que ejerce una profesin u oficio. Para Morris “[…] el trabajo valioso lleva consigo la esperanza del placer en el descanso, en la utilizacin de lo producido y en nuestra habilidad diaria y creativa”.1El siglo XX ha quedado caracterizado por las revoluciones y por los cambios dramticos en la forma geopoltica del mundo. Estos procesos modificaron las estructuras sociales, polticas y econmicas de los pueblos. El diseo en su esencia qued definitivamente recolocado como agente de transformacin social y los diseadores como los responsables de comunicar los nuevos cambios. La revolucin de octubre en las figuras de El Lizzitsky, Kasimir Malevich o Rodchenko introdujo un cambio radical en la elaboracin de los mensajes; su compromiso con el momento histrico se refleja en las numerosas obras que abarcan todos los soportes de la comunicacin visual. En paralelo, los experimentos tipogrficos de Marinetti recolocaron el diseo, lo hicieron parte integrante del proceso creativo, las “palabras en libertad” parten de una nueva concepcin de la poesa, que requiere una nueva formalizacin del mensaje. “Ya no existe la belleza fuera de la lu cha.

PAGE 238

238Ninguna obra desprovista de carcter agresivo puede ser una obra de arte”,2la sociedad del momento est retada desde la visualizacin nueva de un mensaje, y es que los procesos revolucionarios, los ismos en el arte repercuten de una vez y por todas en el diseo. La concepcin humanista, la preocupacin por el hombre sern un tema recurrente, la interconexin se impuso y es que “[…] el futurismo, el dad, el surrealismo; la escuela De Stijl, el suprematismo y el contructivimo tuvieron un impacto directo sobre el lenguaje grfico de la forma y la comunicacin visual de este siglo”.3La relacin con la belleza como cualidad transformadora y consecuente manera de enriquecer la vida de los pueblos se ve atravesada una vez ms cuando en la Bauhaus el arquitecto Walter Groguis, que proceda del estudio de Peter Behrens, es capaz de incorporar la idea de “[…] proyectar una nueva filosofa que expresa y expande la emergente sensibilidad Modernista, en la cual la integracin del arte y la tecnologa y el desarrollo de una esttica para la produccin seriada es vital”.4La Bauhaus, que se plantea como el ltimo fin del diseo a la arquitectura y como mediadores en este proceso al diseo grfico, el mobiliario, los textiles, etctera, concreta un programa modlico, donde el objeto o la pieza de comunicacin visual no slo han de cumplir con un riguroso proceso productivo, sino que estn obligados a elevar la calidad de vida del usuario final, ya sea por sus aportes de tipo funcional como por su belleza implcita. Una vez ms las ideas ms renovadoras se asientan sobre un pensamiento socialista, que valida el cambio y que mira a la sociedad que le rodea como al sujeto social para el cual es preciso desarrollar la labor de diseo. Poco ms de un cuarto de siglo despus del cierre de la Bauhaus, se produce la entrada de los “barbudos” en La Habana y con estos la transformacin radical de un sistema capitalista, dominado por el ya consolidado imperialismo norteamericano, en un naciente sistema socialista. En este nuevo sistema, que enfoca todas sus fuerzas en la creacin de un hombre nuevo, el diseo ha de cambiar, su papel se modifica radicalmente y tras un perodo de bsqueda, comienza a encontrar su lenguaje en la segunda mitad de la dcada del 60. Una dcada agitada, en donde varios intelectuales se acercaron de manera crtica a la cultura de masas, la identificaron y caracterizaron. De ella dira Edgar Morin que es “[…] producida segn normas masivas de fabricacin industrial; extendida por tcnicas de difusin masiva […]; dirigida a una masa social”.5Mientras la funcin del diseador en el capitalismo consiste en estimular la estructura del sistema; funcin a la que debe oponerse su responsabilidad social6 sobre la propia sociedad de consumo, en la que su responsabilidad social queda circunscrita a un carcter individual, los diseadores cubanos asumen una posicin radical frente a esta cultura de masas. Desde las portadas del semanario Lunes de Revolucin (1959-1961), en las cuales la experimentacin tipogrfica recuerda las

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239composiciones de Marinetti, se aprecia ya el despegar de una nueva grfica. Una grfica que se consolidar aos ms tarde en la labor de otros diseadores como Antonio Fernndez Reboiro, Antonio Prez, Ral Oliva, Olivio Martnez y Flix Beltrn por slo citar algunos. Sin embargo, uno de los elementos de especial inters en este perodo es que, aparejado a la produccin en el campo de la grfica, se publicarn varios artculos, entrevistas y algunos pocos libros sobre el diseo cubano, lo que nos permite, a casi 50 aos de distancia, asomarnos al pensamiento y las ideas detrs de la inmensa obra de esos aos. Un alto grado de compromiso con el proceso revolucionario, recoloca la responsabilidad del diseador, lo sita al frente de las vanguardias estticas nacionales y le hace partcipe de la lucha revolucionaria. Sobre la responsabilidad social del diseo, Flix Beltrn, junto a Olivio Martnez y Nils Castro, nos avisa en un texto de 1971, aparecido en la revista Santiago en el que comenta adems el papel del cartel cubano revolucionario: “[…] cualquier cartel, no importa sobre qu tema, es un cartel social. […]. La poltica tambin es cultura y ningn cartel es apoltico o acultural”.7Es esta cultura de masas la que sita una vez ms al diseador no ya como artfice visual, sino como productor. Cuando W. Benjamn habla del advenimiento de la poca de reproductibilidad, las imgenes se apoderan de la sociedad, el diseador es ahora un productor de imgenes, el que dar forma a las nuevas expresiones culturales. “En Dios confiamos” se lee en el retiro de los billetes de un dlar norteamericano, pero son los diseadores los que le dan el aspecto a Dios; cuando el paradigma se ha desplazado hacia la ciencia, ella ser el nuevo Dios, pero la ciencia, que aparentemente carece de ideologa, adquiere a su vez la forma de los objetos de consumo, una forma que le ser dada por los diseadores, una forma styling racionalista o postmoderna. Pero, al fin y al cabo, una forma que llegar en el futuro cercano a ser reflejo de nuevas preocupaciones: la sustentabilidad, la reutilizacin y el control racional de la energa desde la concepcin hasta el final de la vida til del producto sern las nuevas guas para el nuevo diseo. Una vuelta, en la espiral del desarrollo a un producto adaptado y socialmente responsable. El diseo contemporneo tiene ante s los grandes retos de la humanidad, recogidos en los Objetivos del Milenio de la Organizacin de las Naciones Unidas. Las ocho metas trazadas por esta organizacin internacional bien podran servir de punto de partida para comenzar a pensar en la incorporacin de un conjunto de prcticas que funcionen en lo interno de la profesin sin afectar su carcter de servicio. De otra manera seguiremos maravillndonos con ciertos artefactos de catlogo que si bien parecen responder a posiciones ms comprometidas ambiental y socialmente, slo sirven para complacer la vanidad de hacer y vivir un diseo responsable. Notas1 Morris, William. “Trabajo til o esfuerzo intil”. En Arte y sociedad industrial. Ciudad de La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1985. p. 77.

PAGE 240

2402 Marinetti, Fillipo. “Fundacin y manifiesto del futurismo”. En Micheli, Mario. Las vanguardias artsticas del siglo XX. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1972. p. 456.3 Meggs, Phillip. Historia del diseo grfico Mxico: Trillas, 2002. p. 301.4 Blackwell, Lewis. 20th Century Type Remix Londres: Lawrence King, 1998. p. 34.5 Morin, Edgar. El espritu del tiempo. Diseo (La Habana) [s.p.]; mar. 1970.6 Beltrn, Flix. “El diseo, sus consecuencias”. En Desde el diseo La Habana: s.n., 1970. Tambin puede consultarse en La Gaceta (1970).7 Beltrn, Flix, Nils Castro y Olivio Martnez. Qu es el cartel cubano. En Acerca del diseo La Habana: Cuadernos de la Revista Unin, 1975. p. 56. Originalmente apareci en la revista Santiago (Santiago de Cuba) en 1971.

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241 DOCUMENTOS RAROSOtro texto indito de Flix Varela Amaury B. Carbn SierraProfesor de la Universidad de La Habana N uestra revista se honra, una vez ms, en dar a conocer la localizacin y traduccin al espaol de una obra filosfica en latn del eminente profesor y sacerdote Flix Varela y Morales (La Habana, 1788-San Agustn, Florida, 1853), la cual era slo mencionada desde hace ms de medio siglo. Se trata del tomo dos de sus Institutiones Philosophiae ecclecticae ... ( Instituciones de filosofa eclctica para uso de la juventud estudiosa ) dedicado a la Metafsica, y que, al igual que el tomo uno, viera la luz sin la indicacin del autor, en 1812, en la imprenta habanera de Antonio Gil. Se le conoca nicamente por la descripcin que haba hecho Antonio Bachiller y Morales en su Catlogo de libros y folletos publicados en Cuba desde la introduccin de la imprenta hasta 1840 publicado en sus Apuntes ...(1859-1861): “El segundo tomo [la Metafsica] tiene 47 pginas de doctrina y el resto con 39 proposiciones entre las que se trata de las relaciones del alma con el cuerpo, en que cree perdido el tiempo que se emplea en refutar los sistemas, principalmente el del mediador plstico de Cuddwort”. Con esta obra, a la que aadi al ao siguiente un tomo tres, inici Varela en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio la reforma filosfica en cuanto a contenidos y mtodos, incluido el uso en sus clases del espaol –y no del latn– con el carcter de lengua de cultura y ciencia del que careca. El tomo dos de la Metafsica, que consta de 129 pginas de 25 renglones, se halla en la Coleccin de libros raros y valiosos de la Biblioteca Central Rubn Martnez Villena de la Universidad de La Habana, encuadernado a continuacin del tomo uno. Aunque bien catalogado, quizs por ello, y por haber sido publicado sin el nombre del autor, u otras circunstancias, pas inadvertido, incluso para el profe sor Roberto

PAGE 242

242Agramonte, vicerrector de la Universidad, quien en l952 se refera a ese tomo dos de Metafsica como “por desgracia no localizado”.1 Agramonte era entonces, adems, director de la Coleccin de Autores Cubanos que ese mismo ao publicaba el tomo uno de las Instituciones ... y ocho aos antes haba dado a conocer la obra de otro fundador, Jos Agustn Caballero, a la que siguieron nuevos aportes divulgativos de donde parte la importancia de su juicio para otros investigadores. Dada la infructuosa indagacin que habamos realizado en los catlogos de las principales bibliotecas de Amrica y Europa, incluida la Vaticana, y en otras de Cuba hasta la localizacin del texto, concluimos que probablemente estamos en presencia de un ejemplar nico, lo que le confiere mayor valor. Por esa condicin, y por ser un documento de primera mano de la etapa inicial del pensamiento de un forjador de nuestra nacionalidad, no slo llamamos la atencin sobre esta obra, casi bicentenaria, sino que ofrecemos un fragmento de la traduccin, an indita y pendiente de revisin, que para contribuir a su preservacin y conocimiento hemos realizado. Para todo lo referido al marco referencial de este texto, remitimos al ttulo en tres tomos Flix Varela. Obras ,2 principalmente a la “Introduccin” del profesor Eduardo Torres Cuevas, especialista mayor de quien se considera “el que nos ense primero en pensar”, y a los “Apndices” con la bibliografa de Varela hasta 1988, compilada y anotada por Josefina Garca Carranza.Traduccin 3Proposicin XXVII El cuerpo es causa ocasional de las afecciones del almaEl cuerpo por una accin externa, o tambin alguna interna, puede variar su estructura natural; de esta variacin resultan las afecciones del alma, las cuales sin embargo no produce, como dijimos antes. Nada ms requiere la explicacin de la causa ocasional; luego el cuerpo..., etctera.Seccin III Acerca de las opiniones de los dems sobre este asuntoMuchas ms opiniones acerca de esta materia, la cual consideramos (de todas) la ms difcil, han sido cierta mente los sistemas inventados, el influjo fsico, las causas ocasionales, las armonas preestablecidas y la del mediador plstico. Muy poco diremos de cada uno.Sistema del influjo fsicoEste sistema supone que el alma opera en el cuerpo, y l en ella real y fsicamente. De este modo se expone por la mayora de sus defensores, como si alguna realidad que exista en el cuerpo transitara al alma; y por el contrario se comunicara algo positivo del alma al cuerpo. Sucede as que ellos mismos declaran sinceramente no saber nada en absoluto; y en verdad con razn: Me defrauda, pues, que slo sepan proferir palabras, pero no puedan nunca formarse una idea. Qu cosa ms absurda que se pudiera imaginar la influencia del cuerpo en el espritu y la

PAGE 243

243de este en aquel? Declaramos verdaderamente que el alma puede mover el cuerpo, pero negamos que esto pueda ocurrir por influjo o comunicacin de alguna realidad. Lo que hay en el alma es espritu, pero ningn espritu puede separarse y volver al cuerpo; as pues, no existe ningn influjo del alma. Sin embargo, si dicen algunos que esta voz significa no la comunicacin de la entidad, sino una accin real, dir que esa palabra es inadecuada, pero conceder el significado mientras se hable sobre el alma, pero se lo negar al cuerpo en absoluto por las razones expuestas.Sistema de las causas ocasionalesMuchos modernos piensan con Descartes que la accin del alma en el cuerpo es nula, y que Dios no limita el alma a la del cuerpo sino en ocasin de las afecciones del cuerpo, pero, por el contrario, segn sus voliciones el alma mueve al cuerpo. As pues, por este sistema tanto el alma como el cuerpo son causas ocasionales por cuyo examen Dios opera. De ah que se haya echado a suertes el nombre de causas ocasionales. Ciertamente, me atrever a refutar este modo mismo de juzgar, aunque no todas las cosas que han excitado la clera de algunos, pero en verdad no puedo aceptarlo. Algunos estiman este sistema conveniente a la libertad humana, porque la mocin divina admitida por los cartesianos no puede estar exenta de la accin de la voluntad, por lo cual se engaan e injurian no poco a los muy piadosos y doctsimos varones defensores de un sistema de esta naturaleza. Pues los cartesianos sostienen que no todas las operaciones del alma ocurren absolutamente por obra de Dios; sino que l slo produce las del alma con respecto al cuerpo o las del cuerpo con respecto del alma: en una palabra, como dicen que no se pueden exponer bien las sensaciones del alma y los movimientos del cuerpo, atendiendo a la naturaleza de la sustancia de cada uno, acuden a Dios. Hay otros, pero poqusimos, que de tal modo siguen el ocasionalismo, que consideran que todas las ideas y afecciones del alma suceden por obra de Dios, pero, no obstante, aunque admiten la cooperacin de la voluntad de Dios, porque es justo, desechan la accin real. Luego, son censurados por algunos, injustamente sin acritud, como aniquiladores de la libertad humana. Sin embargo, no admitimos este sistema, porque parece en exceso arbitrario, ya que no ha sido an bien comprobado que la mente humana no pueda producir movimientos corpreos, ni que el cuerpo conceda la ocasin de operar en el alma; incluso esto nos parece cierto, y no podemos avanzar en ello con tan difcil orden. Sucede que por su constitucin parece ajeno a su naturaleza, pues priva al alma de su actividad, pero consta que ella es activa en el ms alto grado en calidad de sustancia espiritual, y no parece conveniente que no rija su propio cuerpo sino que slo lo haga para que la sustancia inerte pueda tambin ofrecer la ocasin, es decir, concederla. El principal argumento de los cartesianos procede de este modo. El alma conoce o no los objetos antes de la formacin de las ideas: si se da lo primero, la formacin de la idea es

PAGE 244

244superflua; en el segundo caso, si el alma representa la idea no menos exacta con que un pintor da la imagen de un hombre del cual no tiene noticias, as pues el alma no puede formar ideas. Para refutar esto, conviene advertir que una es la razn del agente por su naturaleza, y otra la del agente por su doctrina. Es decir, el alma por su naturaleza est determinada a la formacin de las ideas sin ningn precepto, pero el pintor, no por su naturaleza sino por su doctrina y por los preceptos, forma una imagen. La razn de estas cosas se debe a que la accin natural es intrnseca, aunque la artificial, extrnseca. Por lo tanto, sealamos la diferencia de este modo: el alma puede formarse en s misma la idea del objeto, es ms, antes de conocerlo, porque ejerce una accin conservadora intrnseca y actual, cuya carencia, as pues, es la privacin de algo intrnseco, y en consecuencia, el alma, naturalmente cognoscitiva, se hace necesariamente consciente de su afeccin; como un cuerpo naturalmente pesado, si carece de sustentacin, entonces necesariamente cae; y el fuego que naturalmente quema, si no existe causa que lo impida, necesariamente arde. Pero el pintor no puede pintar la imagen de un hombre desconocido, porque no tiene nada intrnseco que lo determine a hacer esa representacin, pues lo intrnseco, es la propia idea, pero quitada esta, nada permanece que sea orientado por la observacin. Lo dir con una mxima: La idea tiene algo intrnseco determinativo en su propia alma; es decir, la inmutacin de la accin conservadora: pero la imagen de un hombre desconocido nada intrnseco tiene en el pintor. Notas1 Agramonte, Roberto. Jos Agustn Caballero y los orgenes de la conciencia cubana La Habana: Universidad de La Habana, 1952. p. 169.2 Torres Cuevas, Eduardo, Jorge Ibarra Cuesta y Mercedes Garca Rodrguez. Flix Varela. Obras. La Habana: Editorial Cultura Popular, 1997.3 Agradezco a Lourdes Morales, directora del departamento, y a Brbara Susana Snchez, directora de la DICT-UH, y a los dems trabajadores de la Biblioteca Rubn Martnez Villena de la Universidad de La Habana, el apoyo y las facilidades que me brindaron para la traduccin.

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245 LIBROSEl juicio del Moncada, de Marta Rojas* Araceli Garca CarranzaInvestigadora y bibligrafa C uando Marta Rojas, recin graduada de la prestigiosa Escuela de Periodismo Manuel Mrquez Sterling, en 1952, an sin haber logrado vnculo laboral, ni plaza fija alguna, viaja al ao siguiente de La Habana a Santiago de Cuba, en el mismo tren donde lo hacan algunos combatientes del Moncada, se iniciaba as en su vida, parafraseando a Alejo Carpentier un contacto cotidiano con algo que podramos llamar lo real maravilloso. Todo va a resultar maravilloso al acercarnos apenas a la forja de este libro titulado, en su sexta edicin, El juicio del Moncada. Y dejando que en la vida lo maravilloso fluya libremente, Marta llega a Santiago y se pone en contacto con Panchito Cano, su vecino y colega, con quien ya haba realizado algunos reportajes para la revista Bohemia. En esa ocasin, el objetivo periodstico era el carnaval santiaguero. Cano le promete 50 pesos por ayudarlo a retratar las carrozas, mientras ella le seala los pies a las fotos y toma notas para redactar la crnica. Este objetivo cambia de pronto en la madrugada del 26 de julio cuando al parecer oyen la explosin de unos cohetes, a los que l identifica como tiros que vienen del cuartel Moncada, y ambos deciden dirigirse al Diario de Cuba donde fueron informados de que los soldados del cuartel se fajaban entre ellos. Marta insiste en dirigirse al cuartel, incluso con la anuencia de su madre, quien a pesar del peligro entiende que ella haba estudiado para ir en busca de la noticia. Al llegar, Panchito Cano toma fotos a su antojo, y despus de otros incidentes, en un momento dado le pide a Marta*Palabras en la presentacin de la obra en la Feria Internacional del Libro de La Habana el 17 de febrero de 2009.

PAGE 246

246que lo siga, pone las fotos en la cama de un camin y las cambia por las del carnaval que ella llevaba en los bolsillos de su falda, y l las entrega a los custodios del lugar, mientras Marta guarda en sus bolsillos las comprometedoras, as viaja a La Habana con un primer reportaje de los sucesos del 26 de julio y las fotografas correspondientes. Visita a Miguel ngel Quevedo, director de Bohemia, quien supo aquilatar la vala de la informacin, pero la censura le impidi publicar este primer reportaje, slo divulgara algunas fotos con los pies de grabados redactados por la periodista, a la que le aconseja que vuelva a Santiago, pues aparentemente la persona ms comprometida era Cano. En Santiago, Marta visita lugares relacionados con el asalto con vistas a enriquecer el reportaje no publicado. Posteriormente, disfruta vacaciones en agosto y visita de nuevo La Habana, donde Enrique de la Osa, periodista de Bohemia y jefe de su seccin “En Cuba”, y Miguel ngel Quevedo le sugieren que regrese a Santiago y hable con Baudilio Castellanos, abogado de oficio entonces, al cual le dice que quiere asistir al juicio de los asaltantes al Moncada que comenzara el 21 de septiembre. Asimismo, ella logra ver a algunos magistrados santiagueros, cuyas entrevistas aparecen en Bohemia, y se las muestra. Ellos, halagados, la ponen en la lista de los periodistas de Oriente que asistiran al juicio del Moncada. Por su parte, los periodistas de La Habana se retiran convencidos de no poder publicar nada ante la frrea censura batistiana. Al fin, Marta asiste al juicio y all toma notas con especial fruicin y cuando cada da terminaba una sesin de la Causa 37, sala del Tribunal llevando las anotaciones escritas en cuartillas de papel gaceta, dobladas en forma de acorden, y as andaba unas 20 cuadras desde la Audiencia hasta su casa. En el trayecto narraba detalles y dilogos a personas deseosas de saber lo ocurrido, lo cual le serva para precisar an ms en su memoria nombres y frases, aunque para algunas preguntas no tena respuestas. Al llegar a la casa, su hermana Mirta y su amiga Marta Cabrales, emparentada con la esposa del General Maceo, la ayudaban a descifrar sus propios manuscritos para pasarlos en limpio como si se fueran a ser publicados al da siguiente y sin pensar siquiera en la censura que por aquella poca pareca eterna. Terminado el juicio, Marta lleva su original, que todava conserva, a la revista Bohemia donde Quevedo le pone OK y se lo entrega a Enrique de la Osa, pero ella todava no logra publicar su testimonio, salvo en una oportunidad en que se suspende la censura y hace una sntesis que corrige el poeta ngel Augier. Todo sigue resultando real y maravilloso mientras se forja el libro. Cuando triunfa la Revolucin, Miguel ngel Quevedo le pregunta a Marta Asaltantes al Cuartel Moncada

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247Rojas por el “mamotreto” del Moncada al reconocer su vigencia e importancia histrica y poltica, y en eso aparece Rafael Humberto Gaviria, un joven latinoamericano a quien la periodista le presta su testimonio. Gaviria lo tiene en su poder dos o tres meses y al cabo le entrega la primera edicin de este impresionante testimonio en tres tomos pequeos bajo el ttulo de Moncada. Es esta la primera edicin en bruto que saliera de las prensas de Impresora Mundial S. A. sita en Estrella 608, en La Habana. El primer tomito tiene como subttulo El creador fue Mart, el segundo, Libertad o muerte, y el tercero Un juicio inslito. Esta edicin es hoy por hoy una joya de la bibliografa cubana que con orgullo forma parte de lo ms legtimo de nuestro patrimonio nacional. Luego vendran otras ediciones. En la segunda, de Ediciones R, la autora agregara documentos que recuperara en los das del juicio: actas de defuncin, certificados forenses, documentos relacionados con Ral Gmez Garca y otros. En ella aparece por primera vez el prlogo de las heronas del Moncada, Hayde Santamara y Melba Hernndez. No puede olvidarse que testigos distintos de un mismo hecho pueden dar versiones diferentes, recordemos la pelcula Rashomon, de Akira Kurosawa, sin embargo, esta obra real y maravillosa est nada menos que avalada por testigos excepcionales del hecho. Del prlogo de Hayde Santamara y Melba Hernndez cito: Desde el primer instante, la autora hizo una proyeccin de futuro y no tom las notas como funcin a cumplir, sino que fue atenta y celosa observadora de lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que invadan el local donde se celebraban las vistas de aquel juicio. Pudo aquilatar que en ese lugar iba germinando una simiente renovadora que transformara por completo el basamento de aquella sociedad corrompida: all se estaba determinando el porvenir de todo un pueblo. Por reflejar verdades, deseos y anhelos de un pueblo que supo liberarse, estimamos que esta obra ha de ayudar grandemente al conocimiento pleno del objetivo que perseguan y las razones que movan a los compaeros del Moncada cuando se lanzaron al ataque de aquella fortaleza militar. Despus de haber sido ledo este libro por varios participantes del hecho, nos sentimos con absoluta tranquilidad histrica, ya que los aspectos ms importantes se encuentran reflejados. Masacre a los asaltantes al Cuartel Moncada

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248Luego aparece la tercera edicin publicada por el Instituto Cubano del Libro y la Editorial de Ciencias Sociales en 1973, en la Coleccin 20 Aniversario, que incluye como anexo La historia me absolver. Pero contina la obra en su entorno real y maravilloso. En la dcada del 70, durante las conversaciones de paz de Viet Nam, Marta se encuentra en Hanoi con Alejo Carpentier, a quien conoca desde 1959. Este ya haba ledo La Generacin del Centenario en el juicio del Moncada, ttulo de la segunda edicin y en esta ocasin se interesa por prologarle la prxima. Posteriormente, en el 25 aniversario del asalto al cuartel Moncada otra vez Ciencias Sociales en su Coleccin Nuestra Historia da a conocer la tercera edicin de La Generacin…, esta vez con prlogo de un gigante de las letras, nada menos que de Alejo Carpentier, el cual nos dice que ese juicio oral para suerte nuestra y de los historiadores, tuvo su cronista: “Marta Rojas, autora del admirable libro que hoy se nos ofrece en una nueva edicin”. El escritor se haba referido antes en el texto a esos hechos histricos sin testigos vlidos como la toma de la Bastilla, muy poco consignado por las crnicas de la poca. Y contina diciendo: gil y talentosa escritora, de profunda vocacin periodstica, estilo directo y preciso, don de mostrar muchas cosas con pocas palabras, Marta Rojas pertenece a la raza de reporteros a quien renda homenaje Hemingway cuando observaba que, en Normanda, durante el desembarco al que asisti en los ltimos das de la Segunda Guerra Mundial, algunos corresponsales de la prensa lo aventajaban en rapidez de observacin y poder de sntesis, declarando que, en fin de cuentas, ellos –y no l– seran, a la postre, los mejores novelistas de aquel acontecimiento […]. [En este caso Carpentier presinti a la novelista Marta Rojas. N. de la A.] En 1967, Carpentier apreci la elocuente precisin de Marta Rojas ante el Tribunal Russell, en Estocolmo, y en otras oportunidades valor su estilo periodstico en comentarios y reseas de palpitantes acontecimientos de la historia contempornea admirndose siempre ante su vivo talento y su singular oficio. En este prlogo, pone ejemplos del estilo periodstico que ella ofrece en cada pgina. En la edicin de 1979, ampliada y corregida por la autora, esta aade datos que aos antes podran haberse considerados secretos. Luego Ciencias Sociales vuelve a publicar la obra en 1988; en el 2003, lo hara la Coleccin La Era del Instituto del Libro; en el 2006, en Crdoba, Argentina, la Editorial Espartaco, una edicin que coincide con la visita de Fidel a ese pas (y otra vez lo real maravilloso: el director de Espartaco por azar de llama Fidel ngel Castro). Y llegamos a nuestros das, al da de hoy en que presentamos la edicin de El juicio del Moncada con motivo del 50 aniversario de la Revolucin cubana, en la cual se incluyen adems de los prlogos de Carpentier, Hayde y Melba, un texto de Marta Rojas titulado “Acerca de cmo hice este libro”, que se los recomiendo para darle an ms veracidad y precisin a mis pala-

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249bras anteriores. La autora no hizo investigaciones a priori para ninguna de las ediciones de este libro, aunque posteriormente s las hara para El que debe vivir, Premio Casa de las Amricas 1978, y para La Cueva del Muerto. En el primero se refiere al combate desde el Hospital Civil de Santiago de Cuba defendido por un grupo de revolucionarios encabezado por Abel Santamara, y en el segundo a otro episodio de esta heroica gesta relacionada con Marcos Mart y Ciro Redondo. No quiero terminar sin referirme a la esplndida crnica que publicara Mirta Aguirre en Granma. Resumen Semanal el 19 de agosto de 1979, donde se lee al referirse a la edicin de ese ao “[…] la obra tiene por aadidura, una prosa de atrayente lectura y una sabia construccin estructural”. Adems, compara el rido e inclemente panorama poltico de la poca con el arbusto dbil y delgado que describe Marta Rojas en su obra y que observ en el patio del entonces Palacio de Justicia: el arbusto pugnaba por crecer como el movimiento revolucionario. Esta imagen la reproduce Alejo Carpentier en su prlogo para afirmar que Marta era una novelista por instinto al utilizar este elemento accesorio que da relieve a la accin humana. Marta Rojas, testigo de excepcin de este hecho, inici con este texto su brillante carrera periodstica. Su talento y sensibilidad tambin pertenecen a lo real y maravilloso. Lean pues esta obra precisada en cada edicin por su autora, una mujer verdaderamente extraordinaria.

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250 Memorias de la Revolucin Luis M. de las Traviesas MorenoEditor L os contenidos que conforman estos dos volmenes (La Habana, Ediciones Imagen Contempornea, 2008), cuyos coordinadores fueron Enrique Oltuski Ozacki, Hctor Rodrguez Llompart y Eduardo Torres Cuevas, devienen resultados de los coloquios que, en su primer lustro, ha desarrollado la Ctedra Club Martiano Faustino Prez de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, de la Universidad de La Habana. Integrada esta ctedra al conjunto acadmico de este centro, tuvo como objetivo fundamental el desarrollo de proyectos histricos vinculados al proceso revolucionario cubano desde 1940 y hasta las dcadas iniciales de la Revolucin en el poder. As, testimoniantes de ese perodo e investigadores han venido realizando, durante una primera etapa, y mensualmente, seminarios cuyos temas especficos se nos entregan ahora en estos tomos, el primero con 456 pginas y el segundo con 384, ambos encuadernados en rstica cromada. En esta edicin –el primer libro en su segunda versin revisada de la del 2007–, la distribucin temtica se muestra en dos etapas trascendentales para el estudio y conocimiento integral de la Revolucin cubana. De ello, el perodo insurreccional lo ocupa el tomo uno, mientras que la reconstruccin del sistema capitalista prerrevolucionario y de construccin socialista, el segundo. En sus pginas, los lectores han de recibir valoraciones ms orgnicas y sistemticas del proceso que, en sus convicciones revolucionarias y sociopolticas, condujo al triunfo de la insurreccin y la consecuente transformacin histrica de la sociedad en nuestro pas. En el primer volumen se compendian temas como “La Constitucin del 40. Antesala de la revolucin socialista”, “El golpe de Estado del 10 de marzo de 1952”, “Rafael Garca Brcena y el Movimiento Nacionalista Revolucionario”, “El asalto al Cuartel Moncada”, “Fundacin del Movimiento 26 de Julio”, “Frank Pas y los orgenes del movimiento revolucionario en Santiago de Cuba”, y “Vida y obra revolucionaria de Faustino Prez”, cuyos autores, Armando Hart Dvalos, Mario Menca Cobas, Enrique Oltuski Ozacki, Marta Rojas Rodrguez, Jorge Ibarra Cuesta y Reinaldo Surez Surez, en sus artculos ofrecen importantes reflexiones. “El movimiento militar del 4 de abril de 1956” (conocido como el de “Los puros”), “El Directorio Revolucionario y la FEU de Jos Antonio Echeverra”, “La hombrada de Jos Antonio”, “El desembarco del Granma ”, “Cincuenta aos en la memoria”, “El Movimiento de Resistencia Cvica en La Habana”, “La Huelga del 9 de abril de 1958”, y “El movimiento revolucionario en la enseanza media”, constituyen significativas valoraciones de autores como Jos Ramn Fernndez lvarez, Faure Chomn Mediavilla, Pedro lvarez-Tabo Longa,

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251Juan Nuiry Snchez, Jorge Alberto Serra Almer y Ricardo Alarcn de Quesada. Para un ltimo aparte de la obra, anlisis sustanciales de Enzo Infante Uricazo, Amels Escalante Cols y Harry Villegas Tamayo, se entregan en “La reunin de Altos de Mompi”, “La victoria en la Sierra Maestra”, “El gobierno revolucionario en armas” y “La invasin a Occidente”. Un grupo de trabajos agrupados en el tomo segundo, en sus propuestas, destaque y continuacin de los contenidos del libro precedente, tales como “Rasgos socioeconmicos generales de Cuba: 1958”, “Vigencia del programa del Moncada”, “Las primeras leyes revolucionarias y la reaccin yanqui”, reflejan anlisis autorales de sumo valor como los de Osvaldo Martnez Martnez, Reinaldo Surez Surez, Enrique Oltuski Ozacki y Pedro lvarez-Tabo Longa. Contina el libro con temas referentes de simpar importancia como los de Armando Hart Dvalos, Orlando Borrego Das, Jorge Lezcano Prez y Hctor Rodrguez Llompart, bajo los ttulos de “Cultura y educacin cubanas: desde la forja de la nacin hasta nuestros das”, “El Che como estadista en la Revolucin cubana”, “La defensa de la Revolucin por las masas” y “Relaciones con los pases socialistas”. Por ltimo, un grupo de conferencias cierra el segundo tomo vivenciales y valorativas en sus planteos de Fabin Escalante Font, Anbal Velz Surez, Jos Ramn Fernndez lvarez, Carlos Lechuga Hevia, Ramn Snchez-Padodi Montoto, Roberto Regalado lvarez y Jorge Risquet Valds Saldaa, al abordar “La contrarrevolucin en los primeros aos de la Revolucin cubana”, “La lucha contra bandidos”, “Playa Girn”, “La crisis de octubre”, “Estados Unidos vs. Cuba: una espiral de 30 aos”, “Los gobiernos de izquierda en Amrica Latina”, y “La epopeya de Cuba en el frica Negra”. La obra, prologada por Eduardo Torres Cuevas y con nota de los editores Gladis Alonso Gonzlez y Luis M. de las Traviesas Moreno, queda apoyada con referencias de datos biogrficos de los autores. En sus pginas queda una entrega sustancial para sus lectores como resultado de un arduo perodo de trabajo, instrumento para aprehender nuestra combativa historia contempornea. De ellas surgen interpretaciones vivientes y objetivas, compartidas en el estudio y la reflexin, sin dejar el documento factual archivado, todo en el entramado necesario de la estructuracin de la historia objeto de anlisis. Constituyen bsquedas del quehacer por la valoracin ms integral del proceso combatiente que procur el 1 de enero de 1959 y su accionar posterior. Una dedicatoria preside Memorias de la Revolucin, ahora en la realidad de medio siglo: A Fidel, de sus combatientes de ayer, De hoy y de siempre, de su Universidad, Por su presencia, en un aniversario ms de su natalicio.

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252 N arciso, las aguas y el espejo puede provocar una expresin de extraeza a ms de un lector de paso por las libreras habaneras. Y sera un gesto fundamentado, pues no es habitual en la produccin literaria nacional, encontrar un volumen de ensayos centrados en un motivo de la mitologa griega como la figura de Narciso. Mas, si la persona es un lector avisado, rebasar su sorpresa al constatar que el autor del libro es el investigador, crtico, ensayista y poeta Virgilio Lpez Lemus. Y es que para Virgilio Lpez Lemus cada uno de sus libros ha constituido un reto. Un reto tanto los textos en que se ha propuesto profundizar en zonas de la literatura, insuficientemente atendidas por la crtica, como los libros en donde ha resaltado los nexos y relaciones de la poesa con las creencias esotricas o con mitos. En el primer caso, recuerdo la aparicin en 1988, de Palabras del trasfondo en el cual trata el antecedente, desarrollo y continuidad del coloquialismo en Cuba. En esa ocasin, Lpez Lemus dirigi su anlisis en particular a la generacin de la dcada del 50, sin amedrentarse por los obstculos inherentes a estudiar un fenmeno vivo, en pleno desarrollo. Asimismo ocurrira con La dcima constante en 1999, en que Lpez Lemus se propuso iluminar aspectos relacionados con esta forma estrfica, que no haban sido tratados con el detenimiento y la amplitud pertinentes. Por ello, en su texto ahond, slida y amenamente, sobre la conexin de la dcima escrita y oral con la tradicin potica de Cuba y de Iberoamrica, y su vnculo con la identidad cultural cubana. De igual forma sucedera con sus indagaciones sobre poetas claves que por lustros no merecieron la atencin necesaria, como Dulce Mara Loynaz y Samuel Feijo, Jos Lezama Lima y Severo Sarduy, Jos ngel Buesa y Emilio Ballagas. O al minucioso trabajo de antologar en Doscientos aos de poesa cubana -1790-1990el quehacer lrico de la mayor de las Antillas, un texto imprescindible para cualquier interesado en el devenir potico insular. Mas, por otra parte, tambin represent un desafo para Lpez Lemus, publicar, en el 2003, Aguas tributarias un manojo de exquisitos ensayos sobre la poesa y la vinculacin de este gNarciso, la poesa y los poetas. Nuevo libro de ensayos de Virgilio Lpez Lemus Yuri Rodrguez GonzlezInvestigador

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253nero literario y sus creadores con el ocultismo en el mundo occidental, un tema cuya singularidad se destaca dentro de la ensaystica cubana. Ahora, esa singularidad tambin est latente en Narciso, las aguas y el espejo, publicado por Ediciones Unin, en su coleccin Contemporneos. Lo comprobar quien hojee las pginas de este volumen que, dividido en cuatro partes, desarrolla una especulacin sobre la poesa partiendo del mito de Narciso, segn asegura Lpez Lemus en el propio subttulo del texto. En “La imagen y la semejanza”, la parte inicial del libro, el autor discurre sobre la idea de Dios, como creador del cosmos a su imagen y semejanza, cual un primer Narciso. Pensamiento del que se desprende la posicin del poeta, dentro de su dimensin de artista, proyectando su imagen como un Narciso, al hacer arte, poesa. Se ocupa seguidamente Lpez Lemus de la poesa como amor intelectivo, recorrindola como una manifestacin, entre otras, de la trascendencia del hombre, de intuicin, de acto de amor csmico y de especulacin. A continuacin, en “Narciso histrico”, la segunda seccin del libro, aclara que en su exposicin no le interesa adherirse a la visin que ha tenido el mito desde finales del sigloXIX, y en especial tras la interpretacin de Freud. Por el contrario, asevera que su elucubracin tendr como base al narcisismo como forma de presentarse ante el hecho potico o al Narciso como poeta, con un sentido de creacin potica. Por tanto, en los captulos consecutivos se remonta al Narciso tal y como lo desarroll Ovidio en su libro La metamorfosis reproduciendo el texto del vate romano y, adems, otras versiones de este, segn los poetas espaoles Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar. Contina con las interpretaciones del filsofo y ensayista francs Gastn Bachelard y el escritor espaol Gabriel Celaya, as como con un captulo dedicado al Narciso de la contemporaneidad, a quien califica de sujeto intelectivo perfecto, apto para frente a una pantalla de computadora poner a funcionar su capacidad humana total creando la nueva dimensin virtual. Ya en el tercer segmento del libro, “Narciso y los nmeros”, Lpez Lemus reflexiona sobre las relaciones entre lo ldicro y lo potico, aludiendo en un principio al Homo ludens de J. Huizinga y luego, asociando el mito al conteo pitagrico y la numerologa, inspirada esta ltima en el conteo de Lezama en Paradiso elabora un entramado deudor de la propensin del ser humano al juego. Para la seccin final del libro, “Narciso en las escrituras”, repasa cmo ha sido recogido este mito en los saberes enciclopdicos, bblicos y gnsticos, psicoanalticos y poticos, y la manera en que lo han incorporados a su obra escritores como sor Juana Ins de la Cruz, Caldern de la Barca, Jos Lezama Lima y, dentro del gigante brasileo, los poetas Cecilia Meireles, Carlos Nejar, Marcos Accioly. Incluye Lpez Lemus ejemplos pertenecientes a las artes plsticas, el ballet y el cine, inspirados en el mito griego, completando este panorama que har en verdad las delicias del lector.

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254Delicias a la que se sumar, sin dudas, el estilo elegante y difano; las citas variadas y oportunas; el tono, unas veces, casi coloquial, casi cmplice, en otras, de una irona sutil; el discurso contundente, solidamente fundamentado, surcado de aliento potico y que convertirn en su totalidad a su lectura en una experiencia enriquecedora. Acto de verdadero cultivo de la inteligencia, resumi el doctor Maximiliano Trapero este libro, a propsito de resultar premiado en el IV Concurso Internacional de Ensayo de Investigacin en Humanidades Agustn Millares Carlo, en el 2004, y que convierte a Lpez Lemus en el primer latinoamericano en recibir ese galardn. Por su parte, en el prlogo, el ensayista uruguayo Fernando Ansa cuenta, entre sus virtudes, que su autor “[...] eleva el mito clsico a la categora de ars potica de sugerentes variantes”. Lo anterior slo son breves juicios que validan el acierto de la incorporacin al catlogo editorial cubano de Narciso, las aguas y el espejo : un libro que demuestra el vigor, novedad, amplitud y seriedad de la prosa reflexiva que se viene gestando en Cuba en la actualidad.

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255 Normas de presentacin de los artculosL os interesados en publicar en la Revista de la Biblioteca Nacional Jos Mart, debern tener en cuenta los siguientes parmetros: 1. Los originales se harn llegar en formato electrnico, consignando en la primera pgina los siguientes datos: Ttulo del trabajo y fecha de presentacin. Resumen del artculo. 2. Los autores deben precisar los siguientes requisitos aspectos: Nombre completo. Nmero de carn de identidad. Institucin, rea y departamento de trabajo. Cargos, ttulos acadmicos, categoras docentes o cientficas. Nmero de telfono y direccin de correo electrnico. 3. Especificaciones del texto digital Los trabajos sern entregados en Word, Arial 12, interlineado doble. Alineacin izquierda, sin justificar (sin alinear a la derecha). Nmeros de las pginas en el margen inferior, alineados a la derecha. No se admitirn textos con prrafos cuyos fines de lneas estn delimitados por retornos manuales (producidos por la tecla Enter segn el hbito de la dactilografa mecnica), slo se pondr fin de prrafo cuando se trate del punto y aparte, los dems fines de lnea del prrafo, el procesador de texto Word los ir haciendo automticamente a medida que se escribe. La bibliografa y notas deben estar al final del documento. 4. Detalles del texto impreso. Se imprimirn en papel tamao A4 (21,0 x 29,7 cm). 5. Imgenes digitales. El soporte, identificado con el nombre del trabajo, contendr dos archivos: uno con el cuerpo del texto y otro con las imgenes. Las tablas pueden ir incorporadas al texto, en el lugar que ocupan dentro de este. De no ser as, tendrn el mismo tratamiento que las imgenes. Todas las tablas (estn dentro o fuera del texto) sern confeccionadas en formato Word. En el texto debe sealarse (con nmeros) dnde van las imgenes y tablas, e identificarlas con la misma numeracin en el archivo que las contenga. La resolucin de las imgenes debe ser de 300 dpi o mayor, y todas estarn en formato jpg. Las imgenes deben estar identificadas por un pie. Los trabajos se entregarn a la Dra. Araceli Garca Carranza o al departamento de Ediciones de la Biblioteca Nacional. Para cualquier consulta o sugerencia sobre esta convocatoria pueden dirigirse a araceli@bnjm.cu y/o elda@bnjm.cu Un Consejo Editorial, conformado por especialistas de la Biblioteca Nacional de Cuba Jos Mart, determinar los artculos que se publicarn, en correspondencia con los objetivos e intereses de la institucin.

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