Obras de Félix Varela y Morales

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Material Information

Title:
Obras de Félix Varela y Morales
Series Title:
Biblioteca de autores cubanos
Physical Description:
... dl. : ; 21 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Varela y Morales, Félix, 1788-1853
Publisher:
Editorial de la Universidad de La Habana
Place of Publication:
La Habana
Publication Date:

Subjects

Genre:
non-fiction   ( marcgt )

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
oclc - 65922602
ocm65922602
System ID:
AA00008690:00003


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BIBLIOTECA DE CLSICOS CUBANOSCASA DE ALTOS ESTUDIOS DON FERNANDO ORTIZUNIVERSIDAD DE LA HABANAEsta obra se publica con el coauspicio del Ministerio de Enseanza Superior de la Repblica de Cuba RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANAJuan Vela Valds DIRECTOREduardo Torres-Cuevas SUBDIRECTORLuis M. de las Traviesas Moreno EDITORA PRINCIPALGladys Alonso Gonzlez DIRECTOR ARTSTICODeguis Fernndez Tejeda ADMINISTRADORA EDITORIALEsther Lobaina Oliva Untitled-19 28/08/01, 13:33 2

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Responsable de la edicin: Alina Feijo Valds Diseo interior: Roberto SnchezTodos los derechos reservados Editorial Cultura Popular, 1997 Sobre la presente edicin: Ediciones IMAGEN CONTEMPORNEA, 2001; Coleccin Biblioteca de Clsicos Cubanos, No. 3 ISBN 959-7078-37-6 obra completa Ediciones IC ISBN 959-7047-16-0 obra completa Editorial CP ISBN 959-7078-40-6 Ediciones IC, vol. III ISBN 959-7047-19-5 Editorial CP, vol. III Ediciones IMAGEN CONTEMPORNEA Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, L y 27, CP 10400, Vedado, Ciudad de La Habana, CubaDiseo cubierta: Earles de la O Torres Realizacin y emplane: Beatriz Prez RodrguezEsta primera reimpresin est tomada de la primera edicin con el ttulo Flix Varela. Obras. El que nos ense primero en pensar 3 tomos, Editorial Cultura Popular y Ediciones Imagen Contempornea, La Habana, 1997. Untitled-19 28/08/01, 13:33 4

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VNOTA DE PRESENTACI"NLos aos que transcurren en la dcada del ochocientos treinta fueron de un enfrentamiento sutil, pero violento, entre Varela y sus discpulos ms cercanos y autnticos —Jos Antonio Saco, Jos de la Luz y Caballero, Francisco Ruiz, Jos del Castillo, Santos Surez, entre otros— y el amplio y poderoso bloque conformado por la oligarqua criolla —aglutinada alrededor del Superintendente de Hacienda, el cubano Claudio Martnez de Pinillos, Conde de Villanueva— y cuyos idelogos ms notables y enemigos jurados de Varela, eran antiguos compaeros de religin y del seminario y exdiscpulos suyos. Basten aqu los nombres de Juan Bernardo O’Gavan, Justo Vlez y Manuel Gonzlez del Valle. La lucha tuvo caractersticas peculiares. Por una parte, el grupo vareliano intentaba subvertir el orden social a travs de un trabajo ideolgico que por un lado, creara la necesaria conciencia patritica —lo que significaba crear la autoconciencia de lo cubano— y, por otro, atacara las bases mismas del sistema ecosocial del pas, es decir, la trata y la esclavitud promoviendo un recambio en las formas productivas; por otra, intentaba crear, asumiendo lo universal, una “sophia cubana que fuera tan sophia como lo fue la griega para los griegos”. Lo que define la tctica de Varela y de sus compaeros de ideas en estos aos es el conjunto de circunstancias que predominan en esa etapa histrica. Objetivamente los aos ochocientos treinta eran notablemente diferentes de los de la dcada anterior en la cual la situacin internacional, la espaola y la cubana plantearon una expectativa independentista. Diez aos despus de la publicacin de El Habanero, haba muerto el absolutista y represivo Fernando VII y su viuda Mara Cristina, ante el incremento del ataque conservador de los carlistas, se aliaba a los liberales moderados

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VIdejando abierta la perspectiva, de nuevo, de un proceso constitucional. En Amrica Latina, el sueo bolivariano de unidad se deshaca en el nacimiento de repblicas separadas, y a veces enfrentadas, por sus oligarquas locales, y la entrada en sus respectivos panoramas polticos de los “caudillos“ que intentaban la personificacin del Estado. En especial, el cuadro poltico y social norteamericano ser decepcionante tanto para el receptivo sacerdote catlico, Varela, como para el laico amigo y seguidor, Saco, quienes comprueban que —como posteriormente dira Mart— desde la cuna so el Norte con apoderarse de las tierras hispanoamericanas. La Lousiana y la Florida eran ya evidencias claras de los mtodos norteamericanos y ellos tocaban directamente el sentimiento patritico de ambos pensadores. En la visin del cuadro crtico norteamericano, Varela percibi que aquella democracia y la cultura emanada de ella presentaban fisuras notables. En particular sufri la intransigencia, el fanatismo, la impiedad, y la supersticin de la cultura protestante norteamericana contra la minora catlica. Ello se expresaba no ya como fenmeno religioso sino tambin como fenmeno poltico y social. Es a travs de la polmica con los protestantes, representantes de la elite e ideologa dominantes norteamericanas, donde Varela reafirm que en la tradicin catlica criolla-hispana existan valores y fuerzas morales de ms slidas y humanas races que las que presentaba en su tiempo el mundo protestante anglosajn que giraba alrededor del dinero, por el dinero y para el dinero. En este conjunto epocal, como puede verse en la entrevista que le concedi a Alejandro Angulo en 1850, incluida en la presente edicin, particularmente en su experiencia norteamericana, estn parte de las inquietudes que motivaron sus Cartas a Elpidio. En ellas est implcita, junto a consideraciones sobre la valoracin de las profundas races ticas y culturales del criollismo cubano, de los mtodos polticos y de las aspiraciones norteamericanas, el fuerte antianexionismo de Varela y Saco, que sutilmente transpiran las Cartas a Elpidio. Exista adems otra condicionante para escribir una obra como esta que comentamos: la situacin cubana. Desmembrado el grupo separatista de los aos ochocientos veinte, desorientados muchos de sus partidarios, algunos con una evidente tendencia anexionista, en pleno auge la economa plantacionista esclavista, con sus corolarios, la esclavitud y la trata, y reabierto un perodo liberal con la expectativa de unas posibles Cortes Constituyentes semejantes a las que, en 1822-1823, particip Varela, exista la posibilidad de un reagrupamiento de fuerzas sobre la base de un intenso y bien dirigido movimiento ideolgico cultural. De ello se percataron Varela y sus ms cercanos colaboradores. Luz y Caballero logra que Saco asuma la direccin de laRevista Bimestre Cubana y planean la creacin de una institucin, la Acade-

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VIImia Cubana de Literatura, que no era, precisamente, solo un centro literario sino que era el medio para crear, paralela a la Sociedad Econmica de Amigos del Pas —dominada, salvo su seccin de educacin, por los enemigos de Varela pertenecientes al grupo de poder de la burguesa cubana— una institucin que realizara el trabajo poltico, ideolgico y cultural que Varela les sugera. La batalla se libr desde el principio. Saco lanz el ataque a la trata desde la revista con una implcita crtica a la esclavitud, y Varela, no solo empez a ser publicado en La Habana, sino que se convirti en un consejero de la revista como puede comprobarse en la documentacin y escritos que se incluyen en este tomo. En particular Espritu Pblico marc la evidente radicalizacin pblica del pensamiento vareliano. En l desempean las masas, trmino usado por el propio Varela, un papel activo en la historia y en el conocimiento verdadero; este ltimo no est, como vena sosteniendo desde 1816, en la elite cultural sino en el pueblo. Cultura, pueblo y poltica son inseparables. Este artculo, bien estudiado, demuestra —y lo escribe un ao antes de Cartas a Elpidio el otro sentido, quizs el fundamental, de la obra: promover no slo una conciencia patritica sino una conciencia patritica popular. Nadie, en la primera mitad del siglo XIX, incluso muchos de los conspiradores, para quienes el “pueblo” no era ms que el grupo ilustrado-adinerado-aristocratizado, haba llegado a puntos tan radicales y, en su sentido espacio-temporal, tan revolucionarios en la concepcin primaria de la cubanidad. En este contexto histrico de los aos ochocientos treinta, y sin poder separarlas de l, con objetivos polticos muy precisos —vase la carta de Varela a Jos del Castillo de abril de 1834—, se inscribe Cartas a Elpidio. Es una obra sin pactos polticos con la elite dominante y basada en intereses que no son ajenos a los patriticos. Por ello escribe en el Prlogo: “Mi objeto, slo ha sido, como anuncia el ttulo, considerar la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con el bienestar de los hombres, reservndome para otro tiempo presentar un tratado polmico sobre esta importante materia. No creo haber ofendido a ninguna persona determinada, pero no ha sido posible prescindir de dar algunos palos a ciertas clases. Quisiera que hubieran sido ms flojos; pero estoy hecho a dar de recio, y se me va la mano.” El ttulo de la obra ha sido objeto de amplias discusiones y, sin embargo, en ella y en otros escritos varelianos, est definido su origen y el sentido del nombre. Varela tuvo dos grandes preocupaciones y, segn anot, por y para ellas escribi. Una era el destino de su patria, Cuba, a la que segn l, estaban dedicados todos sus trabajos. El otro era la formacin de la juventud, en la cual estaba la esperanza de Cuba. Elpidio, etimolgicamente, significa esperanza. Y Varela declara que la obra est destinada a la juventud cubana que es la esperanza de Cuba. Y no estaba errado. Quin mejor que l conoca que

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VIIIen la formacin de los jvenes, no en la educacin formal que en el caso de los nacidos en buena cuna era delicada y fina, sino en la educacin dentro de los principios ticos que sostiene no solo la forma en que actan los hombres sino las causas que motivan tales actuaciones, estaba la creacin de la futura patria cubana? Conoca Varela del acomodamiento de muchos de sus exalumnos, de como muchos de los exaltados jvenes del veinte eran, ahora, hombres maduros que sonrean ante el recuerdo de sus pasadas “travesuras revolucionarias“, ante una aromtica taza de buen caf criollo, cmodamente sentados en las salas de sus suntuosas casas, mientras dilucidan serios, “verdaderos problemas“, comerciales que enriquecan sus arcas. Y no ignoraba que en muchos de ellos estaba sembrada una semilla anexionista. En el solitario combate, slo a la juventud poda escribirle sus Cartas a Elpidio.El destino de la obra fue trgico. En La Habana solo Luz y Caballero la defendi. La burguesa esclavista hispano-cubana vio en el autor de la obra a “un sacerdote pendenciero” segn le escribe Tanco Besmeniel a Domingo Delmonte. La obra fue rechazada. El gobierno espaol tuvo menos preocupaciones con ella que las que haba tenido con El Habanero porque los que se encargaban de atacarla eran los propios “intelectuales cubanos“. El desprecio por la obra fue un golpe del cual Varela no se repuso. Decidi, incluso, no escribir ms. El patetismo que se desprende de sus cartas a Luz indagando el destino de sus Cartas a Elpidio, expresan su estado de nimo: “Suplico a V. que me diga con franqueza por qu han sido mal recibidas mis Cartas a Elpidio. Es por la doctrina que contienen? Es por el modo de presentarlas? Es por mero odio, tan inesperado, en vez del aprecio con que me honraban mis paisanos? El Juez eclesistico ha aprobado la obra, el Gobierno la ha permitido, pues de otra suerte no se atrevera Surez a venderla, y sin embargo la venta no se anuncia en los papeles, y aunque bien pblica por otros medios, no se consigue sino en un corto nmero de ejemplares. Y no s cmo entender este negocio...” Era claro, no se quera que la obra se divulgara, no solo no lo quera el gobierno espaol sino tampoco la elite habanera. Luz trata de eludir la respuesta. Pero Varela se va percatando de la verdad: “Al fin, el desprecio con que han sido miradas mis Cartas a Elpidio, que contienen mis ideas, mi carcter, y puedo decir que toda mi alma, es un exponente del desprecio con que yo soy mirado.” La angustia lo lleva a exclamar: “Yo soy mi mundo, mi corazn es mi amigo, y Dios mi esperanza.” La trascendencia de las Cartas a Elpidio est en la forma en que Varela expresa y practica su concepcin ideolgica como ideologa aplicada. Es un trabajo para crear conciencia patritica utilizando un lenguaje religioso pero de connotaciones polticas. Algunas reflexiones hechas desde el siglo XIX, por los pocos, ¡poqusimos!, que juzgaron la obra con imparcialidad seala-

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IXban que el desprecio a esta tena su origen en que atacaba “intereses y prejuicios muy poderosos y generalizados y debieron suscitar la antipata y aun la franca hostilidad de gentes ciegamente apegadas a las ms rancias tradiciones espaolas, sobre las cuales se sostiene el rgimen poltico y social de la colonia”. Hoy se puede afirmar que, ante todo, era una obra que minaba la falsa escala de valores de la sociedad esclavista y colonial, no solo los tradicionales sino, con mayor nfasis, los que nacan tratando de tergiversar la va de desarrollo de la cubanidad. El didactismo de la obra no es acadmico ni busca un pblico selecto; est destinado al hombre sencillo que inicia su vida poltica y social, al joven, para marcar en l un derrotero tico sobre pilares patriticos y cientficos. De nuevo, es la bsqueda deldeber ser de la sociedad cubana. Sobre las Cartas a Elpidio cay un silencio culpable. Apenas circul en Cuba su edicin original y nica de 1835, tomo I, y 1838, tomo II. El tercero, ante el evidente fracaso, Varela nunca lo public. Nunca ms fue reproducida hasta que, ms de un siglo despus, en 1944, la Biblioteca de Autores Cubanos de la Universidad de La Habana, utilizando los dos tomos que posea Federico Crdova y Quesada, la reedit. Es interesante la historia de ciertas obras cubanas y su destino. LasCartas a Elpidio no las conocieron generaciones de cubanos. S la conoci la generacin que se iniciaba en la vida poltica y social en la dcada del cuarenta de nuestro siglo y que hara triunfar la revolucin en la dcada del cincuenta. Es curioso. Todo aquello por lo que la obra fracas cuando se edit en 1835 le da una presencia en el presente. Solo, quizs, algunos aspectos de su lenguaje han envejecido. La edicin que actualmente hacemos de Cartas a Elpidiocumple, como si el tiempo no hubiera pasado, con esas palabras de Varela a Elpidio, es decir, a la juventud cubana: “Sabes tambin que la juventud a quien consagr en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, dcenme que la naciente no oye con indiferencia mi nombre.” Eduardo Torres-Cuevas

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PRIMERA PARTECartas a Elpido sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad por el presbtero D. Flix Varela Tomo primero ImpiedadNueva York En la imprenta de D. Guillermo Newell Calle de Nassau, No. 162 1835

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3 Las Cartas a Elpidio no contienen una defensa de la religin, aunque, por incidencia, se prueban en ellas algunos de sus dogmas. Mi objeto slo ha sido, como anuncia el ttulo, considerar la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con el bienestar de los hombres, reservndome para otro tiempo presentar un tratado polmico sobre esta importante materia. No creo haber ofendido a ninguna persona determinada, pero no ha sido posible prescindir de dar algunos palos a ciertas clases. Quisiera que hubieran sido ms flojos; pero estoy hecho a dar de recio, y se me va la mano. Aunque puede decirse que cada tomito forma una obra separada, he credo conveniente presentarlos como partes de una sola, por la relacin que entre s tienen. Como mi objeto no es exasperar, sino advertir, quedarn inditos el segundo y tercer tomos, si por desgracia no tiene buena acogida el primero; y ste deber, entonces, considerarse como una obra separada. Preveo que este avechucho puede acarrearme algunos enemigos, pero ya es familia a cuyo trato me he habituado, pues hace tiempo que estoy como el yunque, siempre bajo el martillo. Vivo, sin embargo, muy tranquilo; pues, como escriba yo a un amigo, el tiempo y el infortunio han luchado en mi pecho, hasta que convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos, me han dejado en pacfica posesin de mis antiguos y nunca alterados sentimientos. [F. V.]PR"LOGO

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4 Pasan los tiempos, y con ellos los hombres, mas la verdad inmvil observa los giros de su msera carrera hasta verlos precipitarse con pasos vacilantes en el abismo de la eternidad, dejando signos indelebles de que slo convinieron en la impotencia... S... No hay duda... La voz unsona de los sepulcros eleva al cielo la triste confesin de la flaqueza humana, y las bvedas celestes arrojan sobre los mortales el eco aterrador, que los detiene y enerva en sus locas empresas e infaustas ilusiones. Este aviso de la Divinidad fija nuestra atencin en un mundo subterrneo, donde yacen los dolos del amor, los objetos del odio, los despojos del guerrero y las cenizas del sabio, las vctimas del poder inicuo y los mismos poderosos; que todos, s, todos, en perpetua calma, advierten a los ilusos que sobre ellos caminan, que la verdad est en lo alto, es una e inmutable, santa y poderosa, origen de la paz y fuente del consuelo; que habita en el seno del Ser sin principio y causa de los seres. As pensaba yo, mi caro Elpidio, en unos terribles momentos en que mi espritu, angustiado por la memoria de los que fueron y no son, meditaba sobre la historia lamentable de los errores humanos, de los funestos efectos de pasiones desenfrenadas, de los sufrimientos de la virtud siempre perseguida, y de los triunfos del vicio, siempre entronizado. Recorriendo al travs de los siglos los anales de los pueblos, el orbe nos presenta un inmenso campo de horror y de exterminio, donde el tiempo ha dejado algunos monumentos para testimonio eterno de su poder asolador y humillacin de los soberbios mortales. Mas, entre tantas ruinas espantosas, se descubren varios puntos brillantsimos, que jams oscurecieron las sombras de la muerte: vense, querido Elpidio, los sepulcros de los justos, que encierran las reliquias de aquellos templos de sus almas puras, que volaron al centro de la verdad; cuyo amor fuIMPIEDADCarta primera La impiedad es causa del descontento individual y social

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5 su norma y por cuyo influjo vivieron siempre unidos y tranquilos. Sobre las losas que cubren estos sagrarios de la virtud, resuelven sus imitadores el gran problema de la felicidad y arrojan miradas de compasin sobre los que, fascinados por mseras pasiones, corren tras sombras falaces, y, burlados, se dividen; divididos, se odian, y odiados, se destruyen. Por qu, me deca yo a m mismo, por qu unas ideas tan claras y unos ejemplos tan nobles no atraen todos los hombres hacia el verdadero objeto del amor justo? Por qu no siguen la majestuosa y palpable senda de la felicidad? Por qu esparcen la muerte los depositarios de la vida? Por qu aborrecen los que nacieron para amar? Por qu cubre la tristeza unos rostros en que debe brillar la alegra? Qu causas funestsimas convierten la sociedad de los hijos de un Dios de paz, en inmensas hordas de ministros del furor? ¡Ah!, mi amado Elpidio, estas interesantes preguntas hallaron muy pronto su respuesta. Vense estampadas sobre las ruinas de tantos objetos apreciables, las huellas de tres horribles monstruos que los derrotaron, y que aun corren por todas partes inmolando nuevas vctimas. Vense la insensible impiedad, la sombra supersticin, el cruel fanatismo, que por diversos caminos van a un mismo fin, que es la destruccin del gnero humano. Estos monstruos han sido el constante objeto de mis observaciones; he procurado seguir sus pasos, observar sus asechanzas, notar sus efectos y descubrir los medios que emplean para tantas atrocidades. Bien se echa de ver que estas tristsimas meditaciones deben haber llenado mi alma de amargura; y como la amistad es el blsamo del desconsuelo, y la comunicacin de ideas el alivio de las almas sensibles, permteme que deposite en la tuya los sentimientos de la ma, y que en una serie de cartas te manifieste los resultados de mi investigacin. Ocupmonos, por ahora, de la impiedad. Si la experiencia no probara que hay impos, no podra la razn probar que puede haberlos. Cuando la naturaleza inspira el amor —y ste va necesariamente hacia las perfecciones con ms fuerza que el acero al vigoroso imn, o que los cuerpos celestes hacia el centro de su circulacin— cmo puede dejar un Ser perfectsimo de atraer la voluntad humana, y por qu anomala inexplicable puede sta convertir en objeto de odio el bien por esencia? Pero, no, el supuesto es imposible, el hombre nunca odia al Ser Supremo; si bien, en su delirio, procura disimular los sentimientos de su espritu. He aqu una de las pruebas ms evidentes de que la impiedad es un monstruo, puesto que sus operaciones contraran la naturaleza, que puede ser desatendida pero jams conquistada. Observa, mi amigo, que entre la multitud de los impos hay varias clases, porque el error es el principio de la

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6 divisin; pero jams se encuentra uno que confesando la existencia del Ser Infinito, y principio de toda bondad, pretenda odiarlo. Procuran unos cohonestar sus desvaros negando que existe el mismo Ser que siempre les ocupa, y cuyas perfecciones los acometen por todas partes y en todos momentos; mas ellos pretenden desconocer su origen, para llevar a cabo unas ideas que jams pudieron satisfacerlos; semejantes a un demente que, por extraa mana, no quisiese levantar los ojos de la tierra, y vindola toda iluminada, dijese: “no existe el sol”. Confiesan otros que hay un Ser Supremo; pero quieren que reciba sus rdenes, que todo sea conforme a sus ideas, que todo halague sus pasiones; y concluyen por confesar un Dios que no es Dios, un infinito ilimitado, un Ser Supremo sujeto al capricho de sus criaturas. Hay otros que, obstinados en sus vicios, confiesan que hay un Dios, y que ha dado una ley, mas movidos por una horrible desesperacin, no quieren obedecerle y renuncian a su felicidad eterna. Entremos en la consideracin del terrible estado del espritu humano, en los tres casos que acabamos de exponer, y veremos que la impiedad es ms una corrupcin que una ignorancia. Por ms que diga el impo que no sabe si hay Dios, es muy fcil descubrir que l no sabe que no lo hay; quedando, de este modo, convencido de que su asercin positiva de la no existencia del Ser Supremo no es el resultado de un convencimiento. Tenemos, pues, que el atesmo no puede pasar de una duda, y que darle el carcter de una doctrina fundamental y norma de operaciones en el ms importante de todos los negocios, no puede ser sino efecto de pasiones desarregladas. Considermosle ahora en el estado de mera duda, y veremos que es puramente negativa, puesto que se funda en la imposibilidad de percibir el objeto y no en su repugnancia. Es cierto que el impo afirma que repugna un Ser sin principio, pero advirtamos que l tiene que admitir una materia eterna, o un mundo que empez a existir antes de existir; de modo que operaba sin existir, puesto que se supone que se di la existencia, lo cual es una operacin infinita. Puede haber algo ms repugnante que una materia eterna? Puede darse una ficcin ms ridcula que la de un ser operando antes de existir? Slo un desvaro del entendimiento humano puede servir de excusa a tan repugnantes aserciones, pero jams un sano juicio podr abrigarlas. Queda, pues, desvanecida toda duda. El Ser sin principio no repugna, puesto que el mismo impo que pretende probar su repugnancia admite una materia eterna; y publica, con este aserto, que no le convence su argumento y que slo le mueve su pasin. Dejemos, pues, a la miseria humana seguir su delirio; cbrase de todos modos el horrendo cncer que devora el corazn del impo; no pretendamos convencerle; l lo est, para su tormento. Un mal corrido velo deja percibir

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7 los signos de la inquietud, y entre las ponderaciones de un profundo saber, se escapan algunas dudas, cual chispas de un volcn reprimido. Figrate un orgulloso piloto que habiendo hecho gran ostentacin de su pericia, empieza a dudar de sus clculos y a temer la proximidad de un peligro cierto, que en vano pretende suponer imposible; mas, por una obstinacin lamentable, no quiere confesar su error; antes da pbulo a una infundada esperanza, fruto de su vanidad, y se entrega a la suerte, que ya por signos bien sensibles indica que ha decidido su ruina. Obsrvalo confuso y pensativo, ora silencioso y triste, ora iracundo y arrojado, ya procurando disimular su agitacin, ya dando pruebas evidentes de ella: los libros no dicen lo que l quiere, y la naturaleza dice abiertamente lo contrario; el tiempo, juez inflexible, va muy pronto a dar su irrevocable sentencia; los que por desgracia estn bajo su direccin y le han confiado el precioso tesoro de sus vidas, empiezan, a dudar unos, a temer otros y muchos a decir abiertamente que los lleva a la muerte. Agitado por el temor y el remordimiento, procura separarse de todos, esperando que una idea feliz, un acaso inesperado, pueda sacarlo con honor de tanta empresa; y otras veces, no hallando en la soledad el consuelo, va a buscarlo entre sus desgraciados compaeros, a quienes procura alucinar de mil maneras. Sus preguntas le embarazan, sus miradas, cual penetrantes saetas penetran hasta su corazn; sintese inclinado a abrirlo, para desahogar su pena, mas al momento se acusa de debilidad y precipitacin; hace un esfuerzo de despecho, que l llama de herosmo, y determina aparecer siempre sereno, sea cual fuere el lastimoso estado de su espritu. No es la imagen que acabo de presentarte la del hombre ms desgraciado sobre la tierra? Pues tal es la imagen del impo. Comprala con el original y te convencers de su exactitud. No ves con cunto empeo procura obtener sufragios? Pues no es otro su objeto sino encontrar probabilidad en sus ideas, por su difusin. Reconoce su debilidad, y para acallar las inquietudes que ella le causa, quiere convencerse a s mismo probando que es un recelo infundado, pues no es probable que muchos entendimientos perciban del mismo modo, sin que haya slidas razones para esta unidad. No es por cierto el amor de sus semejantes, el que le mueve con tanta constancia, no; su fin es otro. Los hombres, segn los principios de la impiedad, no son ms que instrumentos de que debemos servirnos sin cuidarnos mucho de ellos, y los impos saben, por su propia conciencia, que los que se les asemejan no pueden ser de alguna utilidad. Por otra parte, si todo termina con la vida y la felicidad consiste en pasar contentos los pocos das que estamos sobre la tierra, por qu tanto empeo en convencer a los hombres del error de sus ideas? La felicidad, en tal caso, es un trmino relativo, y si el piadoso la encuentra en

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8 su piedad, por qu privarle de ella para que sea feliz? No es sta uno contradiccin palpable? Los hbitos llegan a formar parte de la naturaleza, y el impo conoce que es imposible, o por lo menos muy difcil, que los sentimientos religiosos nutridos desde la infancia, no produzcan una terrible agitacin en el alma de sus proslitos y que los golpes del remordimiento no pueden permitir que contine la serenidad momentnea que pueda conseguirse a fuerza de capciosos argumentos y vanas reflexiones. No es, pues, la felicidad de los hombres el objeto de tantos esfuerzos, Qu inters, me dirs, puede tener el impo en fingir que no cree? Por qu hemos de suponerle agitado por esos terribles remordimientos? Ms justo sera confesar que, dotado de un espritu fuerte, ha vencido las preocupaciones que introdujo la ignorancia y confirm la malicia. ¡Ah!, querido amigo, con stas y otras reflexiones semejantes han procurado alucinar a muchos, empezando por alucinarse a s mismos. Bastara responder que del mismo modo se disculpan el fantico, el supersticioso y el hipcrita. Todos aseguran, y aun prueban, que su conducta slo les proporciona sufrimientos, pero no es cierto que a veces se encuentra un inters en sufrir? Esa misma victoria sobre las preocupaciones, ese mismo ttulo de espritu fuerte, esa superioridad sobre los dems hombres no son un inters, y muy marcado? Sucede con los espritus fuertes como con los duelistas, que van a batirse haciendo esfuerzos para contener el temblor, y afectan una serenidad de que carecen. Nadie habla ms de religin que los que no la tienen, y al paso que aseguran que es una quimera, tratan de ella da y noche. No hay lugar ni circunstancias en que no procuren introducir cuestiones religiosas los mismos que ridiculizan a los creyentes por cuidarse de ellas. No es sta una prueba de que el asunto les interesa? Y cmo puede un espritu ocupado siempre de un negocio de tanta importancia, y segn ellos sujeto a tantas dudas; cmo, repito, puede conservar esa tranquilidad que afectan con tan poco tino los impos? Es muy de notar que la ignorancia de los hombres en materias de ciencias naturales y en otros varios puntos interesantsimos a la sociedad, no llama la atencin de los incrdulos, y muy pocos de ellos vemos que se aplican a la ilustracin del pueblo en tales materias, y en caso de hacerlo no demuestran tanto inters como en las cuestiones religiosas. Si la religin fuese, como dicen ellos, un vano fantasma, no sera muy ridculo darle preferencia a objetos reales y de utilidad evidente? Ni se diga, mi amigo, que quieren disipar las sombras de un error funesto, que causa males infinitos; pues claro est que la idea de un castigo eterno, lejos de inducir al crimen, ser siempre un freno que detiene al criminal; y por ms esfuerzos que ha hecho la impiedad para probar que la religin es ominosa, slo ha conseguido demostrar que

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9 es benfica al linaje humano. Un pueblo religioso y criminal es como un crculo cuadrado, que slo tiene existencia en los labios que pronuncian las palabras. Esto sabe, y aun palpa el impo, y en vano procura cerrar los ojos a la luz de la verdad, pues su influjo penetra hasta el agitado corazn, y para arrancar el cncer que lo consume, causa necesariamente intenssimos tormentos. Mientras las doctrinas de una religin que se dice venida del cielo puedan ser ciertas, la felicidad no existe para el impo; y siendo por lo menos probable su futura y terrible desgracia, no podemos creerlo cuando nos dice que est satisfecho y tranquilo. Prescindiendo de la evidencia de los argumentos que se le proponen, y que nunca ha podido satisfacer, su razn le indica que ni posee ni puede ostentar infalibilidad. Esto sera admitir el mismo principio religioso y declararse ridculamente una divinidad, al paso que niega la existencia de un ser semejante. Si sus ideas no son infalibles, las contrarias son probables, o por lo menos posibles; y he aqu al miserable convencido por s mismo; he aqu una confesin de su delirio. Encuntrase, sin saber cmo, haciendo un papel bien ridculo; encuntrase dogmatizando sin infalibilidad, y pretendiendo probar que nada teme, cuando sus mismos principios prueban que debe temer, o ha perdido el juicio. Las pomposas declamaciones de los incrdulos me han parecido siempre como los quejidos de un doliente, que mientras ms agudos, mayor dao indican en las entraas del miserable a quien deseamos ver curado, mas no quisiramos acompaar en la suerte. Lejos, pues, de convencernos de la utilidad de su doctrina, nos predicen el deber de no admitirla, y se convierten en objetos de compasin los que vanamente pretendieron serlo del aplauso. Nada se sabe en materias religiosas, nos dicen estos apstoles de la ignorancia, que seguramente debemos creer que estn guiados por el principio que predican, y que por lo menos en esta parte, han querido ser justos haciendo un homenaje a la verdad. Las nubes del error, conducidas y condensadas hacia un punto por el soplo de la soberbia, roban la vista del sol de la justicia y dejan en tinieblas a estos miserables, que llegan a tal grado de obstinacin y de demencia, que hacen a la ignorancia rbitro de su suerte. Mas no, mi amigo, no es posible tanta degradacin en la obra del Omnipotente; el hombre nunca pierde el sentimiento de justicia y el feliz impulso que lo dirige hacia la verdad; mas de aqu resulta un choque terrible y continuo entre la razn y las pasiones, y una inquietud lamentable en el alma del impo, quien ms que nadie quisiera verse libre de su impiedad. ¡A cuntos he odo decir que quisieran creer, porque, sin duda, seran felices! Y no es sta una franca confesin de que la felicidad est en la creencia y de que el infiel vive en tormentos? Esta prueba irrefragable, que he tenido varias veces, me ha convencido de que los impos son los primeros que en secreto

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10 detestan la impiedad. Y por qu la sostienen? Por qu la propagan, si tanto la detestan? Porque estos espritus fuertes son muy dbiles cuando entran en lucha con sus preocupaciones, aunque tanto se glorian de haber destrudo las ajenas. Si volvemos la vista a la segunda clase de impos, que admitiendo la existencia de un Ser Supremo quieren sujetarle a sus ideas, no podremos menos de creer que, o estn locos, o viven en una constante ansiedad. La misma idea de supremaca que confiesan, les prueba que deben recibir la doctrina y no inventarla; que constituirse orculos de la Divinidad, cuando pretenden negar que los tienen, no es ms que descubrir un trastorno mental el ms ridculo, o un estado el ms triste. De aqu la variedad de sentencias, de aqu las contiendas religiosas, y la infinidad de sectas. La duda es el acbar de la vida, y si admitida la existencia del Ser Supremo no tuviramos otra prueba que la necesidad de unas verdades conocidas, determinadas e infalibles, nos bastara, para creer que las hay, el horroroso estado de un hombre vacilante en tales materias; pues jams podremos persuadirnos que un Ser infinitamente sabio y justo, pudiese destinar al gnero humano a vivir en tanta pena, y por muy poco que se reflexione sobre esta situacin dolorosa, conoceremos que no es compatible con la bondad divina. Volvamos el rostro para no ver la espantosa imagen del impo que admitiendo que hay un Dios, y que ha dado una ley, no quiere obedecerla, antes la considera irracional e injusta. ¡Qu delirio! Hay un Dios, ste ha dado una ley, y al darla dej de ser Dios, puesto que la ley es injusta. No continuemos, no, en ms investigaciones sobre el estado de un espritu semejante. Es presa de la desesperacin y vctima de la ignorancia; a sus solas se desprecia a s mismo y no duda del desprecio de los hombres. La contradiccin de la mayor parte del gnero humano es otra de las causas del descontento del impo, que pierde la esperanza de reducirlo a seguir sus delirios, y no puede sufrir sus constantes y poderosos ataques. Conoce que es un ser raro, y la rareza casi siempre es compaera del ridculo. Queriendo sacar ventajas de los hombres, no puede serle favorable el horror con que stos le miran, y el amor propio mortificado no le deja tranquilo. Verdad es que parece encontrar ventajas y placeres en esta misma contradiccin, mas nunca pueden compensarse los terribles sentimientos causados por el desprecio. Un estado tan violento da pbulo a pasiones funestsimas. Odia el impo, detesta y maldice y se llena de agravios, slo por conocerse su origen. Conoce que los hombres no se afectan al or sus insultantes frases, porque no le tienen en rango de los humanos; antes le asemejan a los irracionales, cuyos golpes deben evitarse, mas nunca causan ofensa. Crese, pues, rodeado de enemigos, teniendo por tales a cuan-

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11 tos no aprueban su locura, y la sociedad se convierte para l en un lugar de tormentos. Si mis ideas parecieran inexactas, o acaso se creyese que doy realidad a meras sospechas, yo apelo a la historia de los filsofos impos, y a las pginas de los inmensos volmenes en que han dejado estampados inmensos errores acerca de la sociedad; que todos, bien examinados, demuestran, no slo que jams vivieron contentos en ella, sino que la detestaron, no por virtud, sino por desesperacin. Un delirante que por desgracia ha tenido muchos imitadores se empe en probarnos que el hombre no es un ente social. El clebre Grocio, a quien no clasificar entre los impos, y aun no s si me atreva a contarle entre los catlicos, pero que ciertamente participaba del delirio de aquellos miserables; este hombre, por otra parte ilustre, sostiene que hemos nacido para la guerra, y por consiguiente que el estado de paz es contra la naturaleza. Puede darse mayor absurdo? Y qu pudo inducir a este filsofo, sino el descontento, a dejar en sus obras, donde brilla su talento, esta prueba evidente de su miseria y de la confusin de su espritu? No ignoras que un iluso se constituy abogado de la ignorancia a impulsos de la soberbia; y que haciendo la guerra a las ciencias, la haca a la sociedad; que sin ellas, queda reducida a una masa inorgnica, y viene a ser como un gran conjunto de piedras y diversos materiales; que aglomerados sin orden jams podrn formar un edificio y mucho menos una hermosa ciudad. Observa a los impos en su conducta individual y en el carcter de sus juntas, y vers que los miserables jams estn contentos; y que no es su desavenencia con los oyentes la causa de este mal, puesto que lo sufren, y aun mayor, cuando estn por s solos y proceden enteramente segn sus principios. Sus sociedades siempre han terminado con escndalo, despus de haber sido objeto de la risa del pueblo, pues aun los ms ignorantes perciben su vehemencia. No leers la vida de ninguno de estos infelices sin encontrar mil ancdotas que le ponen en ridculo, mil lances en que descubres su flaqueza; y, en fin, toda la serie de sus acciones te indicar que su espritu est en tormento y que la paz huye tanto ms de sus sociedades cuanto ms se desvan sus ideas del cielo. Enemigos de todos y tiranos de s mismos, viven temiendo y odiando... Quieres ms, Elpidio? El cuadro es lastimoso, y nada ms se necesita para convencernos. No puedo, sin embargo, pasar en silencio una de las mayores pruebas de la verdad que hasta ahora he expuesto. Quiero, mi amigo, quiero que observes al impo en la desgracia, y palpars que jams fu feliz, puesto que nunca posey los medios de impedir el dejar de serlo. El contento es fruto de la seguridad, y mientras dudamos de la permanencia del bien, nos causa tanta mayor inquietud cuanto ms perfecto. Cuando enervado el cuer-

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12 po se niega a los placeres, o adversa la fortuna no da los medios de proporcionarlos, se encuentra el impo sin consuelo ni recurso alguno, a la manera de un incauto navegante que previendo un naufragio no prepar los medios de salvarse, y entregado a las enfurecidas olas no encuentra objeto alguno de qu asirse, al paso que para ms tormento ve a otros boyantes por haberse preparado. Da entonces pbulo al furor, maldice, blasfema y diase a s mismo, como autor de su desgracia. La vida humana nos presenta, Elpidio, ms lances de dolor que de placer, y el nmero de los desgraciados excede en mucho al de los que viven en prspera fortuna. ¡Qu frecuente y funesto es, por tanto, este horroroso efecto de la impiedad, y qu miserable es la vida del impo! Descrbenos Virgilio las furias de los vientos que reprimidos y encadenados logran al fin libre salida, y arrojndose sobre el mar Tirreno levantan olas formidables, que conmueven, precipitan y destruyen los bajeles del prncipe troyano. Todo presenta confusin y ruina; pero una divinidad pone trmino a tantos males, restablece la calma, y vuelve el contento. El alma del impo en la desgracia nos presenta una imagen de aquel agitado mar y las violentas e indmitas pasiones son ms formidables que aquellos desatados vientos; mas como el impo nada admite divino, el cuadro es aun ms espantoso, pues el consuelo es imposible y el desastre inevitable. Medita, Elpidio, sobre las doctrinas destructoras de la libertad humana, examina su origen, y vers que slo tuvieron por autores, y slo tienen por partidarios, a los impos, que no pudiendo superar sus pasiones se declararon esclavos de ellas. Entregndose a las olas como nave sin gobierno, despus de muchos y repetidos esfuerzos para contrarrestarlas, y queriendo sucumbir con decoro inventaron un Hado ciego y tirano; los mismos que no quisieron admitir un Dios sabio y clemente. ¡Oh vana ilusin! No hay un principio universal, un Ser todopoderoso, y sin embargo hay un poder a que todo cede, y que subyuga aun la misma voluntad del hombre? ¡El destino opera sin someterse a nadie, ni ser formado por nadie! ¡Esto admite el impo que se atreve a decirnos que repugna que haya un Dios! Esparcidas en la sociedad por los impos estas doctrinas desoladoras, se produce un fatal descontento, que inutiliza a los hombres privndoles de toda esperanza. Tales absurdos encuentran muchos y decididos impugnadores; y en la tremenda lucha, interrmpese la paz, encindese el odio, exctase la venganza, halla disculpa el vicio, pierde su precio la virtud, el trabajo parece intil y la inaccin medida prudente, todo se trastorna y, para mayor pena, se cree imposible el remedio. Por qu, pues, invocan el nombre consolador de la filosofa, los que con sus doctrinas se privan a s mismos y a sus semejantes de todo consuelo? Aman la sabidura, son

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13 filsofos, lo que niegan existe? Los que se degradan hasta cohonestar su flaqueza declarndose esclavos de un ciego destino cmo pueden persuadirnos de que poseen aquella santa libertad filosfica, que eleva al hombre sobre los seres materiales, le hace superior a la adversidad y le conserva firme en medio de los peligros? ¡De todo dudan y sobre todo deciden, nada saben y todo lo ensean; la desgracia, dicen, es necesaria y exhortan que se evite; constityense guas del gnero humano y confiesan que ignoran el camino de la felicidad y que en vano le han buscado toda su vida! Entrganse a la suerte estos malhadados, y seguidos de millares de incautos empiezan a recorrer el escabroso campo de la sociedad, envueltos en la densa nube del error y vendados los ojos por la mano de la soberbia. Aqu resbalan, all tropiezan, ora caen, ora se levantan; desrscanse unos, sumrgense otros; sepranse varios; pero no siendo ms prudentes que sus antiguos guas, entran sin reflexin y quedan enredados en espesos bosques, de donde en vano pretenden salir; y vense, por ltimo, muchos miserables luchando con la muerte que recibieron de la desesperacin. Pero ¡ah! mientras estas turbas de obcecados, siguiendo a sus infaustos caudillos, discurren por todas partes, sin fijarse en ninguna, y hollan las fragantes flores que la virtud haba sembrado en el campo social; dos hijas hermossimas del Eterno, mi querido Elpidio; s, la santa religin y la amable filosofa, dadas las manos y rodeadas de un iris de paz, observan desde el alto cielo este campo de dolor, siguen con la vista los pasos del horrendo monstruo de la impiedad, y compadecen la miserable suerte de los que, por no conocerlas, han credo dividirlas. Por qu funesta desgracia se ha procurado dar diverso origen a estas dos emanaciones de la sabidura divina? De aqu el trastorno de los principios sociales; de aqu la desconfianza mutua; de aqu la debilidad de las leyes; de aqu, en una palabra, la ruina de la sociedad. Una religin irracional y una filosofa irreligiosa son dos monstruos del abismo, que en vano procurarn ataviarse con ajenos vestidos y tomar el lugar de aquellas dos hijas de la luz; y ngeles de paz que, siempre unnimes, envan al espritu humano rayos de diversa naturaleza, pero de un mismo origen, y le llenan de consuelo. Compara el cuadro lamentable que acabo de describir con el que presenta una sociedad piadosa: imagnate aquel mismo campo recorrido, no por unos furiosos y obcecados que todo lo destruyen, sino por una multitud de justos que, sin renunciar a las prerrogativas de hombres, no tienen la locura de desconocer su origen y respetan la divinidad. Mira aquella misma filosofa, cuyo nombre profanaron los impos; mrala cun alegre los conduce, advirtindoles hasta el ms ligero precipicio y corrigindoles el menor

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14 desvo de la senda del saber. Observa la religin aplaudiendo la actividad humana, glorindose en los progresos de las luces; pero, al mismo tiempo, sealando al cielo, donde les promete una ciencia perfecta y un bienestar eterno. Vivid, les dice, vivid como hermanos; investigad como filsofos; adorad como creyentes; y cuando estos seres, que por su naturaleza deben terminar, os abandonen, un Ser inalterable debe recibiros. A la vista de estos dos cuadros, ser difcil distinguir el de la felicidad? La voz de los pueblos aun da ms fuerza a los argumentos de la sana filosofa y declara que la impiedad ha sido siempre detestada por sus perniciosos efectos; y que el orden social y la paz de los hombres han sido siempre vctimas de los impos, como lo han sido tambin de los supersticiosos y de los fanticos. Considerando, pues, la impiedad slo en sus relaciones con la poltica, y sin respeto alguno a los bienes eternos, debe evitarse como funesta; a no ser que un argumento, de experiencia en tantas generaciones, sea desatendido por seguir las teoras de algunos alucinados. Los mismos argumentos con que el impo quiere introducir la impiedad prueban que debe detestarse. Un poeta visionario, como casi todos ellos, asegur que el temor fu el autor de los dioses; y esta sentencia, que pudo ser cierta en cuanto a las falsas deidades, se ha aplicado con impiedad a la creencia del Ser Supremo. Mas no prueba la misma invencin de nuevas deidades el convencimiento y experiencia de los pueblos acerca de los efectos de la impiedad? El mismo remedio que buscaron indicaba la causa del mal que padecan. ¡Ah! Si se dijese que el temor ha inducido a muchos a quererse persuadir a s mismos de que no hay Dios, sin duda se acertara. Pero concedamos lo que ni el entendimiento ni el corazn pueden conceder; s, concedamos que todo es una invencin humana. No dicen los que la suponen, que fu fruto de la necesidad de gobernar los pueblos? Luego en el estado de impiedad no pudieron gobernarse, y es claro que sin gobierno no hay orden, y sin orden no hay contento. Pongamos trmino a tan tristes reflexiones, aunque no al sentimiento que ellas causan. Puedan los pueblos desechar la impiedad, pueda la filosofa descubrir este monstruo, cuyo aspecto horrible basta para detestarlo. T, piadoso Elpidio, s feliz.

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15Carta Segunda La impiedad destruye la confianza de los pueblos y sirve de apoyo al despotismoAl descontento que causa la impiedad le sigue, querido Elpidio, la desconfianza de los pueblos; mal terrible que destruye todos los planes de la ms sabia poltica y anula los esfuerzos del ms justo gobierno. Persuadidos los hombres de la necesidad de una garanta contra la malicia, y no pudiendo encontrarla en las leyes, que como dijo un sabio de la antigedad, nada valen sin las buenas costumbres, claman por un principio que las produzca y asegure. La vida de los impos es un testimonio irrefragable de que no siguen este deseado principio y que la relajacin est, casi siempre, unida a la impiedad ¡Cmo pueden inspirar confianza! El sagrado juramento es en sus labios una ficcin ridcula y una mofa la ms insultante. Jurar por un Dios en que no se cree, o de quien nada se espera y nada se teme, es tratar a los dems hombres como a nios, o a dementes; cuyas ideas suelen aprobarse slo por complacerlos y acallarlos. Puede darse mayor insulto? Los que empiezan por mentir en la misma promesa, podr creerse que tienen nimo de cumplirla? Presntanse como creyentes y juran como ellos, dando a entender que tienen las mismas ideas y los mismos sentimientos, al paso que en su mente contraran cada una de sus mismas palabras; resultando que ni ellos se creen mutuamente, ni nadie los cree, por muy bien que desempeen su papel cmico-poltico. Difundida, pues, la impiedad en el cuerpo social destruye todos los vnculos de aprecio, y a la manera de un veneno corrompe toda la masa y da la muerte. El honor viene a ser un nombre vano, el patriotismo una mscara poltica, la virtud una quimera y la confianza una necesidad. Crees que exagero, Elpidio? Reflexiona, y vers que slo copio. S, en la historia de los pueblos encontrars el original de la imagen, vers los partidos polticos, que cual densas nubes impelidas por contrarios vientos, chocan con furia, mas no teniendo cohesin entre sus partes se deshacen y desaparecen; o bien se mezclan formando otras nuevas, que a impulso de distinto viento van a chocar con las ms lejanas, repitiendo all la misma escena; y de este modo observan un denso velo que roba a nuestra vista los rayos luminosos del sol de justicia. Pero ¡qu!, me dirs, es siempre la impiedad la que forma los partidos? No; pero siempre se mezcla en todos ellos sin pertenecer a ninguno, y a todos los corrompe. El impo es hombre del momento, mas el justo es hombre de la eternidad. Tienen, pues, consistencia las sociedades de los justos y son deleznables las de los perversos. Mas cuando por desgracia se renen elementos tan contrarios, como la justicia y la impiedad, basta un ligero impulso para separarlos; e interrumpida la accin, por slidas que sean algunas de las partes, el todo queda disuelto. ¡He aqu el pernicioso efecto de la impiedad!

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16 Si los partidos tuvieran el derecho de expulsin, y si pudieran ser conocidos todos los que la merecen, sin duda que llegaran a formarse cuerpos polticos homogneos. Mas un partido es una casa abierta y sin propietario, donde entra y sale el que le parece, y donde muchos suponen haber estado, sin que pueda probrseles su impostura. De aqu el descrdito de la generalidad por unos pocos; que fingen haberse separado en consecuencia de crmenes que observaron en sus antiguos compaeros, que acaso nunca lo fueron; de aqu la facilidad de producir gran confusin y entorpecer las operaciones ordenadas; de aqu, en fin, la oportunidad para asechanzas polticas. Parceme, querido Elpidio, que estas ligeras observaciones bastan para explicar un fenmeno que algunos creen tan raro, quiero decir, cmo pueden hombres de virtud y mrito hallarse en partidos detestables; y cmo se encuentran tantos perversos en partidos los ms santos. Hllanse, a veces, estos seres extraos a la cabeza de los mismos partidos; y he aqu una gran prueba de que no siempre las ideas de las clases convienen con las de sus principales. Para qu, me dirs, hablar tanto de partidos? Para hacer ver, mi Elpidio, que por ms justa que sea su causa y ms sagrado su objeto, su ruina es inevitable si prevalece en ellos la impiedad; y como el gnero humano est necesariamente compuesto de partidos, resulta que la impiedad, enemiga de la virtud, siembra la desconfianza en los pueblos e impide su felicidad. Slo un vnculo interno puede unir a los hombres cuando no pueden ser sometidos a los externos. Y quin no ve que las leyes y la opinin jams podrn contener los desvaros y perfidias, cuando una multitud de hombres diseminados en la sociedad saben evitar sus golpes, y aun se fingen sus ms fieles observadores? No se funda, pues, la confianza de un partido sobre otra base que el sentimiento de justicia, de sensatez y de honor, que supone en los dems el que de buena fe profesa unos principios. Convencidos de estas verdades, y conociendo la necesidad de inspirar confianza a los hombres, si queremos vivir en paz con ellos, han pretendido algunos demostrar que la moralidad no depende de la religin; y aunque horrorizados de su misma doctrina, no se han atrevido a deducir las consecuencias, es claro que de ella se infiere que los impos pueden ser virtuosos. Puestos ya en contacto los dos trminos, virtud e impiedad, creo, mi caro amigo, que es palpable la contradiccin, y tamao absurdo queda completamente refutado. La materia, sin embargo, es de tal importancia que conviene ilustrarla con algunas reflexiones. Respecto de la vida eterna no hay ms que una religin y una moral derivada de ella y meritoria por este sagrado principio; mas, respecto a la sociedad, pueden unas religiones nominales, quiero decir, unas falsas doctrinas religiosas, inspirar una moral correcta; que, como su principio, slo tiene

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17 mrito ante los hombres. Vemos, pues, en las sectas religiosas, hombres caritativos, sobrios y justicieros; que por estos actos merecen aprecio, excitan admiracin, sin que tampoco se diga que por ello desmerecen ante Dios; pues caeramos en el absurdo de afirmar que todas las operaciones de los pecadores son pecado.1 Estas dos lneas deben marcarse perfectamente, para no incurrir en errores funestos acerca del influjo de la religin en la sociedad, confundindolo con el productivo del mrito para la vida eterna. Distinguiendo, pues, la moral social y la religiosa diremos que sta no es legtima y perfecta sino cuando proviene de la nica y verdadera religin; mas aqulla puede ser perfecta aunque tenga por origen una falsa religin. En cuanto a la impiedad, es destructora de ambas clases de moral, por ms que digan sus apologistas. Un incrdulo vive slo para gozar en este mundo cuanto pueda; y segn sus principios, es un tonto si pudiendo gozar no goza por voces insignificantes de virtud y honor; mas, segn sus mismos principios y los de la sana moral, son mucho ms tontos que l los que tienen la simpleza de fiarse de sus palabras. Es una fiera encadenada por las leyes; mas si est a su alcance una vctima, o si fallan las cadenas, la destruccin es segura. Temen, pues, los buenos de todos los partidos, y aun los mismos impos temen, cuando estas fieras con aspecto humano discurren por todas partes y se mezclan con los hijos de la paz slo para devorarlos. Entran los recelos, empiezan las pesquisas, aumntanse las inquietudes, falta el sufrimiento, la prudencia falta, sucede el furor, sguense los ataques, y empezada la matanza, concluye con la desolacin. De las fieras que la causaron, unas se retiran saciadas; otras rugen, porque les ha cabido poco; y otras, cubrindose con ajena piel, van con apariencia de ovejas a introducirse en los rebaos, para preparar nuevo exterminio. Tal es, mi amado Elpidio, la importante leccin que la experiencia ha dado en todas las vicisitudes de los pueblos, y sabes que yo he sido uno de los oyentes de esta seversima y sabia maestra... ¡Ah, qu profundas son las heridas que causan en el cuerpo social las emponzoadas garras del monstruo de la impiedad! Extinguidos o aminorados los sentimientos religiosos y no hallando consuelo alguno sobre la tierra, se entregan los nimos a una lamentable indolencia, o a una desesperacin espantosa; dase de mano a todos los proyectos y parece que los pueblos renuncian a toda tentativa de prosperidad. El siglo pasado nos present, en una de las ms florecientes naciones de Europa un ejemplo de estas terribles verdades; s, un ejemplo, Elpidio, que jams se borrar de la memoria de los hombres; pero que, desgraciadamente, no ha bastado a escarmentarlos. Era la Francia un delicioso albergue de la industria y un magnfico alczar de la ciencia; cubran sus campos mieses abundantes y blanqueaban sus coli-

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18 nas rebaos numerosos; veanse sus puertos poblados de mstiles y sus caminos sellados de carros. Pero ¡ah! En medio de tantas delicias iba haciendo progresos la impiedad, y ya sabes cul fu el funesto resultado. No renovemos la memoria de tantas miserias y slo copiemos de aquel horroroso cuadro algunos ligeros rasgos que puedan servir a nuestro intento. Sabes que jams se ha visto ms difundida y poderosa la impiedad, pero, te acuerdas haber visto jams tan difundida la injusticia? Pero, qu digo la injusticia, no se vi aquel sabio e ilustre pueblo reducido a la barbarie? En qu pecho habitaba entonces la confianza? Los mismos asesinos teman ser asesinados; ni el amor conyugal, ni el filial, ni la antigua y pura amistad producan efecto alguno, desde que una turba impa los calific de necedades. Cerrar los ojos para no percibir una verdad tan clara es aumentar la desgracia con el tormento de haberla causado, pero ¡cuntos de estos ciegos voluntarios no hallamos por todas partes! Hay, s, una clase, o, mejor dicho, una multitud dispersa de hombres ms perversos que ignorantes, cuyo placer es la discordia, cuya ciencia es el engao y cuyo objeto es la destruccin; mas con suma perfidia invocan, para cohonestar sus depravados intentos; invocan, s, los nombres respetables de los ms clebres patriotas, a quienes suponen autores de los ms desatinados proyectos; declaman contra el destino que los ha frustrado y quieren cubrir con el velo del herosmo aquella escena memorable de la degradacin de la especie humana. De este modo impiden los efectos saludables de tan terrible experimento e inducen a los pueblos a emprender otros semejantes. Afortunadamente, el sentido comn popular, aquel instinto que tiene la muchedumbre para dirigirse a ciertos objetos que la favorecen y separarse de otros, que la perjudican, no est enteramente extinguido; y a pesar de todos los esfuerzos de los impos, la multitud sencilla conoce la tendencia y palpa los frutos de la impiedad, a la cual hace responsable de los raudales de sangre que inundaron la Francia; y de aqu el odio con que son mirados por los pueblos los apstoles del exterminio. Ocurren stos a los insultos y denuestos; declaman contra la ignorancia popular y ponderan la corrupcin del pueblo que le hace incapaz de empresas nobles (empresas a que ellos mismos sirven de obstculos); y pasan de este modo una vida de tormento, causndoselo a otros. El pueblo, por su parte, irritado por tanto insulto, odia ms y ms a sus calumniadores, y crece rpidamente la desconfianza, al ver que la impiedad se extiende y que sus ataques son alevosos y tremendos. Prodcese un temor pnico en ciertas clases y un furor blico en otras, y advirtiendo ellas mismas sus contrarias disposiciones, entran nuevos recelos y tmanse nuevas precauciones. Cada hombre ve en su semejante un enemigo, que al momento supone un impo; y como

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19 estos monstruos nada respetan, procura vivir en continua observacin, fruto de una justa desconfianza. ¡Qu triste idea atormenta mi espritu! ¡Qu infausto resultado, si bien deba esperarse de tales elementos! Temo, querido Elpidio, que no acertar a presentar con sus propios colores al monstruo de la impiedad ejerciendo la mayor de sus crueldades y la ms baja de sus perfidias: quiero decir, abriendo el camino para que le siga otro monstruo no menos horrendo y destructor: el brbaro despotismo. Te sorprende mi asercin? Crees que la impiedad slo se amista con los libres? Piensas que no hay dspotas impos? No; tu alma grande no puede abrigar unas ideas tan degradantes de la especie humana; y tu sano juicio afirmar, como el de todos los buenos, que jams hubo un hombre libre que fuese impo, ni un dspota que dejase de serlo. La impiedad desata todos los vnculos del amor arreglado y deja expeditos todos los movimientos de las pasiones; que muy pronto degeneran en furias que ejercen en el corazn humano el ms insufrible de todos los despotismos, convirtiendo al oprimido en el opresor de s mismo. Esta cruel opresin experimenta el dspota; sus desenfrenadas pasiones le arrastran por todas partes y como fiera maltratada se ceba en cuantas vctimas encuentra en su malhadada carrera. Mientras mayor es el nmero de sus injusticias, mayor es la inquietud de su corazn, y mayor es su compromiso con los agentes de sus crueldades. Es un esclavo cubierto de oro para hacer ms visibles los signos de su esclavitud. Y crees que la santa piedad, por esencia bienhechora, pacfica y amorosa; crees, Elpidio que esta suave y deliciosa emanacin del cielo, habita en un monstruo esclavo de las furias y ministro del infierno? Si es que conserva alguna fe, no es semejante a la de los demonios? No es un impo prctico, de cuyas nociones especulativas tenemos mucho derecho para dudar? Los dos santos principios de la felicidad humana, la justa libertad y la religin sublime, estn en perfecta armona y son inseparables. Una hipocresa poltica pretende desunirlos, pero un estado tan violento no puede ser duradero, y el tiempo corre al fin el velo y descubre al hipcrita. De aqu tantas alteraciones polticas en ambos sentidos; de aqu tanta sangre vertida, tantas riquezas malgastadas, tantos pueblos arruinados y tantos crmenes, cuya memoria sirve de castigo a sus autores. Despus de tantos escarmientos y de experiencia tan dilatada, qu diremos de nuestros libres que quieren ser impos y de nuestros religiosos que quieren ser esclavos? Mi respuesta franca sera que ni los unos son libres, ni los otros son religiosos, sino unas hordas de ilusos y de pcaros que con distinto vestido sirven a un mismo amo, quiero decir, al demonio. ¡Ah! mi caro amigo, estas masas, al parecer tan heterogneas, convienen perfectamente en atraer el crimen y repeler la virtud; y de aqu

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20 resulta que inundado el orbe por un diluvio de males, pierden los buenos la esperanza de purificarlo y todos se desalientan. Su inaccin dej expedita la ominosa influencia de la tirana, a la cual muy pronto ofrecen sus inciensos los prfidos que se fingieron sus enemigos mientras no pudieran ser sus compaeros; y fatigados los pueblos, deben al degradante despotismo. No creas que hablo slo de los reyes entre los cuales ha habido padres de los pueblos y fieras que los han devorado; mis observaciones se dirigen al despotismo en todos sus estados, y vers que en todos ellos es favorecido por el monstruo de la impiedad. Existe, s, existe un despotismo popular no menos detestable que el monrquico; y los pueblos han sido sus vctimas, obligndolos, para mayor pena, a votar su injusta sentencia. En nombre de los pueblos se han destrudo sus riquezas, muertos sus hijos, destrudo sus ciudades y, lo que es ms, hollado sus leyes. A este lamentable estado no pudo conducirle sino la impiedad; que alejando las virtudes a quienes el pueblo haba confiado su suerte y que fieles conservadoras de tan estimable depsito impedan la entrada a sus enemigos; alejando, s los ngeles tutelares del gnero humano, los genios que la Divinidad enva para consuelo de los mortales oprimidos; queda franca la entrada al monstruo, que muy pronto elige sus satlites y principia sus devastaciones. Con oprobio de la naturaleza humana se empieza a predicar por todas partes la necesidad de oprimir los pueblos, en vez de predicar la de no exasperarlos. No se omite sofisma de ninguna clase para alucinar a la multitud, cuya razn poco ejercitada cede a los impulsos de la imaginacin, que se procura acalorar con las terrficas imgenes de tantos desastres. Recurdanse los gemidos de las vctimas, pero no se recuerdan los golpes de sus inmoladores; no se recuerdan las causas de tantos sacrificios, antes se inventan otras que sean menos odiosas y que cubran con el velo de la prudencia los efectos de la perversidad. De este modo, se encadenan y aprisionan los pueblos, mi caro amigo, e importa nada que las llaves de esta horrenda crcel estn en una o muchas manos. Por muy poco que reflexionemos sobre las operaciones del despotismo en todas sus especies, conoceremos, mi amado Elpidio, que este aborto infernal no puede avenirse con la piedad, que es hija del cielo; antes procura destruirla para poder reducir a los hombres al estado de barbarie y crueldad absolutamente necesarias para sus criminales procedimientos. Slo hallndose el hombre privado de todo temor de Dios puede despreciar su ley divina, desatender los dictmenes de la conciencia y arrojarse como un tigre sobre sus semejantes para devorarlos. Y qu otra cosa hacen los dspotas? Ni las lgrimas de la vida, ni los gemidos del hurfano, ni las quejas

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21 lastimosas del honrado padre de familia, ni los avisos del sabio bastan a separar al dspota de sus crueldades. Sufrimiento, virtud y ciencia, estos tres resortes de la simpata, son insignificantes para un hombre cuyo brbaro placer consiste en ser temido. Nada ms anlogo a la impiedad, que priva de aquel vnculo agradable de sumisin a un Ser Supremo y vengador, pero, al mismo tiempo, padre amoroso de los mortales, a quienes promete una dichosa inmortalidad. Permteme, querido amigo, que aun detenga tu atencin por algunos momentos, y sigamos los rastros de esta vbora que ha causado y est causando tantos daos a los pueblos. Investigaremos, aunque con suma pena, los distintos medios que emplea para disfrazarse y para hacer agradable su activo veneno. Declaman los dspotas contra la impiedad que les abri el camino y llevando al colmo su hipocresa hacen creer a los pueblos que slo aspiran a verla destruda. Invocan el sagrado nombre de la religin, pero con un semblante que deja entrever sus contrarios sentimientos, si bien no autoriza para pronunciarlos impos. Cuentan, pues, con los ignorantes e irreflexivos, que por desgracia son muchos; y sostienen su influjo conservando en ambos partidos una ligera esperanza de un total pronunciamiento. Piensa el hombre religioso, pero incauto, que los resquicios de impiedad que aun se observan en el dspota podrn ser destrudos por la abundancia de sus buenas cualidades, y llama buenas todas aquellas cuya malicia l no alcanza a percibir. Anmase el impo al traslucirse una identidad de sentimientos y no duda que pronto se conseguir una identidad de sabias y francas operaciones y llama tales, los ataques descarados e infructuosos contra la religin. El dspota, entre tanto, saca partido de ambas clases de hombres alucinados y se vale de la impiedad como instrumento que sabe manejar de distinto modo. Extrao fenmeno, mi caro amigo: el odio y temor de la impiedad subyuga al devoto y el deseo de propagarla contiene al impo, quedando ambos encadenados por la mano infausta del despotismo ilustrado, que para asegurar ms vctimas, se vale de la ignorancia que en los unos toma el nombre de prudencia y en los otros el de ilustracin. Tambin suelen valerse los dspotas de otro medio aun ms infame para su inaudita perfidia. Suponen la impiedad mucho ms difundida de lo que, por desgracia, se encuentra y pintan un porvenir el ms funesto y casi inevitable, y afectando la imaginacin en sumo grado, preparan los nimos para sufrir cualquiera medida, que toman con una afectada pena y como por fuerza, cuando no es sino el resultado de una maquinacin infernal. Los impos, por su parte, caen tambin en el lazo, pues creyndose ms fuertes de lo que son, se descubren y atacan sin reserva; pero destrudos en sus primeras tentativas aumentan las glorias del despotismo y lo radican por los

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22 mismos medios que emplearon para destruirlo, creyndolo identificado con la piedad; sin advertir que ellos mismos eran los agentes de que se vali para la ruina comn y la elevacin de su sangriento y detestable trono. Sirve tambin el despotismo de la impiedad para hacer nulo el poder de las leyes, que son sus enemigas. Quiere destruirlas, mas su origen es tan noble y tan grande su influencia en las almas piadosas, que la tentativa es arriesgada y es menester prepararlas despojando al corazn humano de unos sentimientos celestiales que jams pueden avenirse con las perversidades de los dspotas. Temen stos perder en la lucha si no encuentran compaeros en sus crmenes, y no pudiendo ser los justos, les es preciso acogerse a los impos, a quienes pueden comprar a poco precio porque nada valen y nada respetan. Infringidas las leyes por un gran nmero, llega el pueblo a habituarse a estas infracciones y poco a poco va preparndose el terreno para levantar otro monumento al crimen. Acsanse de injustas o inadecuadas las leyes, presntase como efecto de un sentimiento popular e instinto benfico la osada de una descarada desobediencia y empiezan los aduladores de los dspotas a formar las coronas con que se proponen premiar su perfidia, dndola el nombre de alta prudencia e ilustrado celo, que superior a inertes documentos remueve los obstculos de la prosperidad. No has odo varias veces este lenguaje? Y crees que puede salir de los labios de la piedad? Anuladas las leyes y sueltas las pasiones entran los hombres en una guerra funestsima e inevitable, por no tener campo determinado, ni bandera marcada para reconocerse los enemigos. Es guerra de perfidias, de asechanzas y de vileza, y en esta clase de combates el despotismo conoce la superioridad de sus armas y cunto pueden servirle los impos. El triunfo es cierto, y segn la mxima de los dspotas, los medios son justos. Convencidos, sin embargo, de la naturaleza verstil e infame de los agentes que han empleado, se ven en la dura necesidad de halagarlos por una parte y reprimirlos por otra; quiero decir, que los dspotas, para cimentarse, permiten a veces los excesos de la impiedad, y otras contienen sus demasas, sometindola al mismo cetro de hierro con que gobiernan al pueblo inocente. La historia antigua y moderna presenta pruebas convincentes de esta verdad y entre otros ejemplos bstanos recordar la vida del impo Federico, pues jams ha habido un prncipe tan dspota y que con ms destreza haya manejado a sus hermanos los impos, para hacerles servir a sus intentos. El mismo filsofo de Vernay, el soberbio Dios del gusto, no se escap de ser azotado como un canalla por orden de aquel astuto prncipe, que tanto saba fomentar su orgullo con favores extraordinarios. Vise la impiedad exaltada y reprimida alternativamente, pero siempre sirviendo a las miras del despo-

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23 tismo ms desenfrenado, si bien con oprobio de la filosofa tom aquel sabio tirano el ttulo de filsofo. Abortando monstruos semejantes consigue la impiedad levantar monumentos al error, cimentndolos sobre una ciega fama que trasmite a la posteridad, como objeto de honor y gloria, estos seres inicuos, cuyos nombres deberan borrarse de los anales de los pueblos y de la historia de los tronos. Una brillante esclavitud, una miseria disfrazada y una ignorancia ilustre son los medios ms a propsito para alucinar a los incautos y producir esclavos mseros e ignorantes, propios sbditos del infernal despotismo. Los elogios que tributa la impiedad a estos clebres impos y los especiosos argumentos de que se vale para hacer menos odiosa su infausta memoria, son unos escollos en que naufragan los pueblos y sobre los cuales levantan sus tronos los tiranos. S, querido amigo, sobre la roca de la impiedad est elevado, en medio de un mar de pasiones y miserias humanas, el suntuoso fuerte de la tirana, cuyos cimientos ocultan las agitadas olas, dejando slo visibles sus robustas murallas. Dirgense a este interesante objeto las naves mal gobernadas y creen no slo aproximarse sin riesgo, sino encontrar abrigo, pero ¡ah! mseras corren a un naufragio lamentable. La desgracia es mucho ms sensible cuando a ella se une el engao, y aunque no pueda vencerse un enemigo, sirve de consuelo el conocerlo. Cae el engao en cierta degradacin, que lleva consigo el ridculo, y la naturaleza humana jams deja resentirse de esta herida por ms que el tiempo llegue a cicatrizarla. Recuerda el hombre desgraciado la serie de sus sufrimientos sin que le causen nueva pena, y aun a veces causndole placer por serle honrosos; mas nunca recuerda sin rubor la historia de sus ilusiones y de los engaos de que ha sido vctima. Vlese, pues, la soberbia humana de todos los medios posibles para ocultar estas pruebas de su debilidad, que tanto deshonor le causan, y no siendo posible ocultar los hechos se hace preciso desfigurarlos. Este es el origen de la que podemos llamar obstinacin poltica, por la cual procuran los hombres llevar adelante sus ideas aun cuando perciben que son equivocadas, y sin cuidarse del bien de los pueblos, slo atienden a la gloria de su nombre. Yo podra presentarte, Elpidio, infinitos ejemplos, mas es difcil darlos sin hacer alusiones ofensivas, y los creo, por otra parte, innecesarios, si meditas sobre la marcha de la poltica. Ya percibirs la tendencia de mis observaciones, conociendo que el ms cruel de los despotismos es el que se ejerce bajo la mscara de la libertad; y como rara vez los impos son dspotas de otro modo que fingindose amigos de los libros, su tirana es la ms insoportable, pero desgraciadamente es la ms bien cimentada. Es muy difcil que la conozcan los pueblos, antes se dejan arrastrar de contrarias apariencias y toda tentativa para contenerla tiene el aspecto de una defeccin de las banderas de la libertad.

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24 Entra, pues, el temor en los buenos, y notando este funesto efecto los impos, cobran nimo y representan con ms descaro su papel y para favorecer a los dspotas se fingen sus enemigos. De este modo se encadenan los pueblos, mi querido Elpidio; mas no creas he terminado la triste enumeracin de las tramas de la impiedad en favor del despotismo; yo no pretendo indicarlas todas, porque nunca acabara; mas permteme que no pase en silencio una de las ms terribles, formada por un corto nmero de pcaros ilustrados y practicada por una infinidad de infames ignorantes. Sabes cunto ridiculizan los impos las obras de los Padres de la Iglesia y no ignoras que la mayor parte de ellos ni siquiera han visto los estantes que las contienen. Habrs advertido muchas veces cun fastidioso se hace para ellos todo el que se atreve a citar algn autor piadoso y bien adviertes que de este modo van separando los hombres de toda veneracin hacia aquellos antiguos maestros de la virtud y limitando la instruccin de sus secuaces a la lectura de algunos folletos que forman el intento. Nada ms favorable a las miras de los dspotas. Saben que los pueblos, por ms extendida que est la corrupcin, reciben siempre con sospecha las doctrinas que vienen por el rgano de la impiedad, y se alegran al ver odiada la lectura de las obras de los Padres, cuya santidad tiene un gran influjo en los corazones justos; y as es que sus sentencias seran unas barreras a las atrocidades. Todas las mximas de los pueblos libres, todas las doctrinas de civilizacin han sido enseadas por los Padres y se hallan en esos mamotretos que condenan sin haber ledo. Temblaran los dspotas, mi amado Elpidio, si pudieran ponerse en la mano de los pueblos las pginas en que sin consideracin ni rebozo se les acusa y condena por hombres a quienes la Iglesia ha declarado santos, y a quienes la ms astuta malicia no ha podido negar el mrito de la virtud ms acendrada; por hombres que fueron la admiracin de su siglo y son ahora el desprecio de los necios que se han abrogado el ttulo de filsofos. Entre otros varios ejemplos que omito, me limitar a traducir un artculo interesantsimo de Santo Toms cuya lectura te sorprender, pues seguramente no esperas que hable en trminos tan claros y tan fuertes. Dice, pues (1.2ae.q:q105 art.1): Dos cosas deben atenderse en el establecimiento de los prncipes en una ciudad o nacin. Primero, que todos tengan alguna parte en el principado; pues de este modo se conserva la paz del pueblo, amando todos semejante institucin y sostenindola; segundo, en cuanto a la especie de gobierno o establecimiento del principado, que es de diversas especies; siendo las ms notables el reino, en que manda uno segn la virtud; la aristocracia, esto es, el poder de los ptimos en que gobiernan unos pocos segn la virtud. Por lo

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25 tanto, la mejor institucin de los prncipes en una ciudad o reino, es cuando uno manda segn la virtud y bajo l mandan otros, tambin segn la virtud; y, sin embargo, este principado pertenece a todos, porque todos pueden elegir y ser electos. Tal es todo cuerpo poltico mixto de reino en cuanto a que uno manda, de aristocracia en cuanto a que muchos mandan segn la virtud, y de democracia, esto es, de la potestad del pueblo, en cuanto a que de los individuos del pueblo se pueden elegir los prncipes, y porque al pueblo pertenece elegirlos. Esto fu establecido por la ley divina. Moiss y sus sucesores gobernaron al pueblo como con un imperio singular sobre todos, y esto es una especie de reino. Eleganse setenta y dos ancianos segn la virtud, pues se dice (Deut. 1,14): Saqu de vuestras tribus varones sabios y nobles y los constitu prncipes; y esto era aristocrtico. Pero era democrtico el elegirse stos de entre todo el pueblo, pues se dice (Exod. 18,21): Prob de toda la plebe varones sabios y tambin porque el pueblo los elega.2En el mismo artculo propone Santo Toms un argumento diciendo que “el reinado representa el gobierno divino en que un Dios gobierna al mundo desde el principio. Luego la ley no debi dejar al pueblo la institucin de los reyes sino establecerlos ella misma.” Es muy notable la manera en que el santo Doctor responde a este argumento. “El reino —dice— es el mejor de los gobiernos si no se corrompe. Mas por la gran potestad que se concede al rey es fcil que degenere en tirana, a menos que no tenga una perfecta virtud el individuo a quien se concede este gran poder. Pero la virtud perfecta se encuentra en pocos, y los judos eran crueles y avaros. Por este motivo no instituy Dios al principio un rey con plena potestad sino un juez y gobernador que los custodiase; mas despus, como indignado por la peticin del pueblo, les concedi un rey segn consta. 1. Reg. 8:7. ”No te desecharon, sino a m, para que no reine sobre ellos. Sin embargo, al principio determin Dios en cuanto al establecimiento de los reyes, primero el modo de elegirlos, disponiendo dos cosas: que esperasen el juicio divino en la eleccin y que no eligiesen por reyes a extranjeros, porque semejantes reyes suelen no tener afecto a los pueblos que vienen a mandar y por consiguiente no se cuidan de ellos. En segundo lugar, orden Dios, en cuanto a los reyes constitudos, el modo con que deben comportarse; a saber, que no multipliquen sus carros y caballos, que no tengan muchas mujeres, ni acumulen inmensas riquezas; porque la codicia de estos objetos hace inclinar a los prncipes a la tirana y abandonan la justicia. Tambin determin el Seor el modo de comportarse los reyes respecto de Dios, esto es, que leyesen y meditasen siempre su ley y permaneciesen siempre en su temor y obediencia. En cuanto a los sbditos les mand que no los despreciasen y oprimiesen soberbiamente y que no se separasen de la justicia”.3

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26 Propone el Santo Doctor otro argumento en estos trminos: “As como el reino es el gobierno ms perfecto, as la tirana es la mayor corrupcin de un gobierno. Mas el Seor, al establecer los reyes, les di un derecho tirnico, pues leemos (1. Reg. 8:2): Este ser el derecho del rey que mandar: coger vuestros hijos, etc. Luego la ley no estableci los prncipes de un modo conveniente.” Oye la respuesta, Elpidio, y te admirars de la solidez, claridad, y firmeza con que el ngel de las Escuelas sostiene la anglica doctrina de la libertad de los pueblos: “Debe responderse —dice— que semejante derecho no corresponde al rey por institucin divina, sino que ms bien se pronosticaba la usurpacin de los reyes, que se abrogan un derecho inicuo, degenerando en tiranos y robando a sus sbditos; lo cual es claro, porque al fin del texto se agrega: seris esclavos, lo cual pertenece propiamente a la tirana, porque los tiranos gobiernan a sus sbditos como esclavos; de donde se infiere que Samuel slo quera aterrar al pueblo para que no pidiese rey, pues el texto contina: mas el pueblo no quiso or la voz de Samuel, etc., etc.”4Tratando de la rapia presenta y resuelve el mismo santo Doctor este argumento (Segunda, 2ae. q. 66, art. 18) : “Los prncipes quitan a sus sbditos muchas cosas por violencia, lo cual parece una especie de rapia; y sera cosa muy grave decir que los prncipes pecan en esto, porque entonces seran condenados casi todos los prncipes. Luego parece que no es ilcito tomar alguna cosa por rapia.”La respuesta es tremenda: “Si los prncipes —dice el santo Doctor— exigen de sus sbditos lo que les corresponde para conservar el bien comn, aunque usen de violencia no es rapia; pero si los prncipes quitan algo indebidamente por violencia, es rapia y latrocinio. Por esto dijo San Agustn (lib. IV Civ. Dei. cap. IV, in princ.): Separada la justicia, qu otra cosa son los reinos sino unos grandes latrocinios? Porque los latrocinios, qu otra cosa son sino unos reinos pequeos? Y en Ezequiel (22:27) se dice: sus prncipes en medio de ella como lobos que roban la presa. Por tanto estn obligados a la restitucin y son ladrones, y pecan tanto ms gravemente cuanto ms peligrosa y comn es su accin contra la justicia pblica, para cuya custodia estn puestos.”5El texto de San Agustn citado por Santo Toms merece particular atencin y no creo disgustarte insertndolo todo entero. Despus de las palabras citadas, contina San Agustn: “El mismo ejrcito es de hombres, rgese por el imperio de los prncipes, sujtase al pacto de la sociedad y divdese la presa al capricho. Si llega a crecer este mal por la adicin de hombres depravados, en trminos que se apodere de lugares, fije su asiento, ocupe ciudades y subyugue pueblos; toma evidentemente el nombre de reino, que le da en pblico, no la codicia removida sino la impunidad agrega-

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27 da. Con elegancia y verdad respondi a aquel gran Alejandro un pirata que haba prendido; pues preguntndole el rey qu le pareca su crimen de infestar los mares, l respondi, con libertad y descaro: “lo que a ti respecto del orbe de la tierra; pero como yo lo hago con un buque pequeo me llaman ladrn; y porque t lo haces con grandes ejrcitos te llaman emperador.” (Aug., De Civ. Dei, lib. IV, cap. IV.)6Puede hablarse con ms firmeza y pueden darse golpes ms terribles al despotismo? Cmo puede decirse que la Iglesia lo fomenta, cuando coloca en sus altares y venera las imgenes de estos portentos de ciencia, de virtud y de libertad cristiana, cuyas obras inmortales son la norma de todos sus telogos? Y por qu —dirs— no prohben estas obras los dspotas? ¡Ah! mi Elpidio, ellos estn seguros del efecto sin correr el riesgo de ser su causa; ellos han confiado este encargo a los impos, que por todos medios hacen odiosa la lectura de dichas obras, y este odio es ms poderoso que la ms severa prohibicin. Consiguen, pues, los dspotas que muchos incautos e ignorantes crean que efectivamente su despotismo est fundado en las obras de los Padres, y por la veneracin en que les tienen, no se atrevan a sospecharlo injusto y mucho menos a resistirlo. Por otra parte, desprecian los tiros de la misma impiedad que les ha servido de instrumento; pues siendo tan ominosa, bstales declarar impo a todo hombre ilustrado que se atreva a oponerse, y lo consiguen fcilmente propagando que es enemigo de los Santos Padres. Es un triunfo para el despotismo el presentarse como blanco de los tiros de la impiedad, y as es que a veces la provoca; pero tiembla cuando se ve acometido por la virtud. Quin sino un varn de la ciencia y eminente virtud de San Ambrosio se hubiera atrevido a marchitar las glorias de un emperador triunfante, tratndole como a un criminal, reprendindole por su cruel despotismo y sujetndole a pblica penitencia? Despus de la cruel matanza cometida en Tesalnica, vena el gran Teodosio a entrar en el templo como un tigre ensangrentado que busca un asilo en que reposar por un momento, evitando el horror que le causa la vista de los restos palpitantes de sus vctimas. El santo prelado le sale al encuentro y le detiene con la terrible espada de la palabra divina, semejante al ngel guarda del Paraso, cuyos frutos se conservan en el sagrado templo; y aquel prncipe, a cuya voz obedeciendo, las guilas romanas conducan la muerte por toda la tierra, subyugndola a su imperio, se humillan ante el sacerdote del Seor, en cuyo rostro resplandece la virtud como destello de la luz eterna. Oye, Elpidio, las enrgicas frases del elocuentsimo Ambrosio: “Con qu ojos te atreves a mirar, ¡oh! emperador, el templo del que es Seor de todos nosotros? Cmo presumes de elevar a Dios unas manos que aun estn humeantes con la sangre injustamente derramada? Cmo te atrevers a

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28 tocar el sagrado cuerpo del Salvador del mundo con esas mismas manos manchadas en la carnicera cometida en Tesalnica? Y cmo te atrevers a recibir aquella sangre preciosa en una boca que, en la furia de una pasin, pronunci las injustas y crueles palabras que han hecho que se derrame la sangre de tantos inocentes? Retrate, pues, y mira bien como agregas un crimen a otro crimen.”(Vide Teodoreto, Eccl. Hist., cap. 17.) Estas terribles palabras aterraron de tal modo al emperador Teodosio, que se retir vertiendo lgrimas; y sujetndose a una penitencia de ocho meses, di una satisfaccin a la humanidad ofendida y sirvi de ejemplo a todos los gobernantes. Hubiera causado tan saludable efecto la ms enrgica imprecacin en los labios de la impiedad? No, mi amigo; las reconvenciones de los impos son como las de los cmicos, que pierden toda su fuerza luego que recordamos el papel que representan. El despotismo jams se ha contenido por las stiras e inventivas de los pretendidos filsofos, antes por el contrario, ha adquirido siempre ms vigor para continuar sus opresiones; semejante a un caballo desbocado, que aumenta la velocidad de su carrera y no respeta objeto alguno, mientras mayor es la algazara de los que tuvieron la imprudencia de desenfrenarlo. S, querido Elpidio, el freno santo de la religin es el nico que puede subyugar las pasiones humanas, cuando el poder garantiza la impunidad; y los que pretenden destruir este vnculo sagrado dejan al gnero humano sin defensa alguna contra la tirana, que se burla de las leyes y desprecia las declamaciones de los ilusos, que intentan que sirvan de barrera cuando ellos mismos las han desvirtuado y reducido a frases pomposas pero de poca consistencia, a la manera de las bombas de aire con que suelen divertirse los nios. No as las palabras del justo. Ellas indican su divino origen, y por grande que sea el poder y elevacin de los mortales, un sentimiento que en vano procuran acallar no cesa de repetirles que ms poderoso y elevado es el cielo; y faltan las fuerzas para resistir cuando es intil la resistencia. A la manera que el rayo del Olimpo estremece y detiene al guerrero, cuyo valor siempre encontr pbulo en los ataques de sus semejantes, as la voz del justo conmueve al inicuo exaltado, cuyas perversas intenciones siempre fueron fomentadas por los esfuerzos que sus desgraciadas vctimas hicieron para distraerlas. La impiedad, conociendo su peligro, ha procurado siempre que el confuso estruendo de las pasiones humanas impida que se oiga esta voz celestial; mas siendo ella eterna, se deja percibir en los intervalos que hacen sus fatigados antagonistas. Oye, entonces, el impo la reprobacin de su impiedad, oye el dspota la sentencia contra su crimen y oye el tirano el celestial decreto de su exterminio. Sin embargo, con una fatal obstinacin, disfrazada con el nombre de fortaleza, continan estos miserables

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29 en su criminal intento; excitan nuevamente las pasiones, para no or aquella voz divina que los condena, y llega a tanto su delirio que se creen enemigos, cuando todos tienen un mismo origen y aspiran a un mismo fin. No hay duda, el impo, el dspota y el tirano son tres clases de rebeldes contra la divinidad, cuyo motivo es la soberbia, y todos se dirigen a romper los vnculos que unen a los hombres con el Ser Supremo. Rmpelos el impo negando su existencia; rmpelos el dspota, despreciando los divinos mandatos; y rmpelos el tirano, que es un dspota destructor en alto grado, sustituyendo a la Divinidad y hacindose dueo de la vida de los hombres y rbitro de su fortuna y de su suerte. Es, por tanto, evidente que la impiedad facilita los medios necesarios al despotismo y a la tirana y podemos decir que prepara el camino de tal modo, que no deja obstculo de ninguna clase. Cmo puede haberlo, si no existen tales vnculos y si aun no existe el ser que poda constituirlos? El dspota y el tirano quedan libres de todo cuidado y ni siquiera deben pensar en unas quimeras semejantes. ¡Qu consecuencias tan horrorosas se derivan de este principio! Y qu diremos de los que se empean en inculcarlo? Una y mil veces lo repito, Elpidio: los impos que con una ignorancia slo igualada por su perversidad, han procurado y procuran ridiculizar la religin y retraer a los hombres de la lectura de las obras de los maestros de la virtud y de la ciencia de la felicidad, no han hecho ni hacen ms que favorecer la tirana. En un pueblo virtuoso es imposible que se erija un tirano. Estos monstruos son abortos del infierno y slo pueden nutrirlos y halagarlos las hidras infernales: mas entre los hijos del justo cielo, entre los verdaderos cristianos, se encuentran abandonados y mueren de hambre. Preciso es que haya pcaros y necios para que haya tiranos, y no son las obras de los Padres de la Iglesia las que pueden formar tales elementos. Frmanse, s, por una multitud de apologas de un ridculo pirronismo, que con el equivocado ttulo de obras filosficas corren por todas partes, arrancando aplausos de una chusma de tontos brillantes, que con todos los refinamientos de la culta sociedad exceden en barbarie al salvaje de las selvas. Frmanse por una porcin de tunantes vestidos de clrigos, que con desdoro de su sagrado ministerio y con lgrimas de los verdaderos eclesisticos, dan pbulo a la impiedad con su total abandono, y acaso son ellos los primeros impos. Frmanse por una multitud de monos fajados y sin faja, a quienes por mal nombre llaman militares, slo porque se visten como lo que son, aunque no se cuidan del honor del vestido; y as es que permiten que sea deshonrado, y le mudan con facilidad, porque su intencin no es otra que sacar partido sin atender a los medios. De estos ilustres traidores a la causa de los pueblos que los mantienen, apenas hay

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30 uno que no sea impo; y cmo puede dejar de serlo el hombre que profanando una profesin protectora de la justicia y de los derechos nacionales; una profesin introducida sabiamente en la sociedad para contener el crimen y dar vigor a las leyes; cmo, repito, puede dejar de ser un detestable impo el que abusando de tan inestimable depsito, faltando a la confianza pblica se erige en ministro del despotismo e infringe todas las leyes divinas y humanas? Habr quien crea que en su corazn tan depravado hay una sola chispa del sagrado fuego de la piedad? ¡Con cunta pena se ven mezclados y alternando con esta condecorada canalla, cuya osada e impunidad se fundan en el abuso de las armas que se pusieron en sus manos para defender la patria; con cunta pena se ven, querido Elpidio, formando un cuerpo estos deformes miembros de la sociedad; los verdaderamente ilustres militares, o, mejor dicho, los nicos militares que en medio de los aplausos de sus conciudadanos, marchan por la senda del honor hacia el templo de la gloria! Conocidos ms por sus virtudes e importantes servicios que por las distinciones e insignias de su clase, reciben las miradas del aprecio de todos los buenos; pero ¡ah! muy pronto son atacados por el monstruo de la impiedad, que teme que su ejemplo pueda proporcionar a los pueblos una santa milicia. Vlese, pues, de todos los medios, y estos dignsimos militares son representados por sus compaeros en vestido como unos tontos ilusos, esclavos del despotismo; como unos hombres gobernados por clrigos y frailes, con quienes no puede contarse para nada noble; deberan decir, para nada impo. Resulta, pues, que privados los pueblos del apoyo de una justa milicia se ven entregados en manos de los dspotas, que mandan sus clebres asesinos a que maten y destruyan a su arbitrio, siempre que consigan remachar las cadenas que oprimen a la humanidad contra la voluntad del Ser Supremo. Eleva la impiedad varios de estos hijos suyos predilectos, y los coloca en altos destinos confindoles su causa, a la cual siempre son fieles, as como infieles a la noble causa de la justicia y santa libertad, inconciliables con los sentimientos impos y las miras ambiciosas de estos cobardes. S, lo repito, de estos cobardes; pues desconocen el valor ordenado, que es el nico virtuoso, y los vemos entregarse al furor, o a la condescendencia y debilidad, siendo en ambos casos completamente vencidos por una pasin degradante. No tienen, no, aquel santo valor que constituye a un digno militar como un ngel de justicia enviado del cielo para conservar sus derechos sobre la tierra, cuando pierden las leyes su poder y no son obedecidas por la perversidad, o el delirio de los hombres. Aquel valor que no teme la muerte por la justicia, pero s teme darla sin ella; aquel valor imperturbable por las

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31 amenazas del crimen, pero siempre sumiso y sensible a la voz de la virtud. ¡Qu pocos militares encontramos hoy da que posean este santo valor! Y cul es la causa de tanta prdida, sino la impiedad? Quin sino este monstruo del Averno ha puesto a disposicin de los dspotas esas furias desvastadoras, con que oprimen la inocencia, se burlan de la justicia, extinguen el saber, destruyen la libertad, profanan la religin, y para decirlo de una vez, todo lo aniquilan? La obediencia es la primera ley de una buena milicia, pero los dspotas no se atreveran a dar rdenes inicuas a militares honrados; y si stos tuviesen la desgracia de ser compelidos a operar injustamente, nunca iran ms all de lo que exige la obediencia y jams tendran el brbaro placer de agregar nuevas crueldades y mayores injusticias a las intentadas por sus perversos mandarines. Los pueblos veran en ellos unos hermanos que con dolor y slo por necesidad los atacaban, mas no unos tigres que se aprovechan de la ocasin de devorar y quisieran no poner trmino a la mortandad. Un ejrcito justo ser siempre un consuelo para el pueblo, as como uno inicuo ser siempre su infortunio. Frmanse tambin los necios y los pcaros por el mal ejemplo de otros de la misma clase, pero que para ms oprobio de la religin toman la ms sagrada insignia como distintivo de su solapada impiedad. Toman, s, toman la adorada cruz del Salvador del mundo y trenla colgada sobre el pecho precisamente para indicar que la detestan. Estos notorios impos, cuyas intrigas y maquinaciones contra la religin y cuya infamia en los medios empleados para adquirir tales decoraciones son bien conocidas: estos impos se llaman caballeros de tal o cual cruz, y deshonran a los verdaderos caballeros; que no pueden serlo sino los hombres de bien, y de los cuales muchos por sus virtudes y heroicas acciones han merecido tan ilustre distintivo como es la cruz del Seor, que la patria agradecida ha puesto sobre su pecho para indicar la habitacin del honor y de un santo patriotismo. Estas son las cruces que el pueblo considera en su altar legtimo, pero la generalidad de ellas slo se presentan profanadas en una farsa burlesca. Usamos los cristianos el signo de la cruz para ahuyentar al demonio e impedirle la entrada, mas parece que muchos de estos caballeros traen la cruz sobre el pecho para impedir la salida, por temor de que hasta el mismo demonio se horrorice de habitar en semejante corazn y trate de escaparse. ¡Cuntas de estas cruces de salida, conocers t, mi amado Elpidio! La impiedad es muy varia en sus disfraces y nunca es tan peligrosa como cuando se cubre con el velo de la virtud y de la religin misma que pretende destruir. Bajo los amables nombres de herosmo, nobleza, y otros semejantes, alucina a una multitud de incautos y excita las pasiones ms terribles. Los mismos que han sido vctimas de la ambicin, se

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32 convierten en ambiciosos cuando falta la virtud, y as es que la impiedad proporciona satlites al despotismo aumentando el nmero de estos caballeros de la cruz de la salida. Te res? Y por qu no he de dar yo su propio ttulo a una orden tan extensa y notoria? Sin duda, esperars que notando la impiedad en las diversas clases que componen el cuerpo social, no pase en silencio la judicatura con todos sus agregados; mas permteme que nada diga acerca de estos traficantes de justicia, ladrones legales, corruptores de la moral, opresores de los pobres, estafadores de las viudas, asesinos de toda honra y enemigos de la paz y felicidad de los hombres. Confundidos con estos perversos se encuentran varones benemritos por su ciencia y virtud, que como verdaderos rganos de la justicia, difunden el consuelo difundiendo la inocencia y oponindose al crimen; pero estos seres benficos son tan raros, que vienen a ser como los monstruos de una clase, que parece que es depravada por naturaleza. ¡Qu felices seran los pueblos si la impiedad no hubiera corrompido un estado no slo tan til sino tan necesario! Pero ¡qu desgracia cuando los intrpretes y depositarios de las leyes son sus impunes infractores! Y crees que puede serlo un letrado verdaderamente piadoso o que puede dejar de serlo uno verdaderamente impo? No creas, mi caro amigo, que las observaciones que acabo de hacer tienen por objeto desacreditar las clases a que se refieren, pues muy al contrario, slo es mi nimo indicar lo que dichas clases sufren por la influencia de la impiedad, que siempre es un cuerpo extrao, que jams se amalgama con las otras partes. S, querido Elpidio, el mayor tormento que puede darse a un hombre de bien es confundirle con los pcaros; y mucho ms cuando algunos signos adoptados por la sociedad como indispensables en una clase, imposibilitan la distincin entre buenos y malos y hacen necesaria esta desgracia. Un militar honrado debe vestirse como todos los pcaros de su clase y entrar en sus filas; un eclesistico digno de este nombre se viste los mismos hbitos que los inicuos que por desgracia ejercen el mismo ministerio; y de aqu resulta que el descrdito es general, y sufre toda la clase, cuando slo deberan sufrir ciertos individuos. He aqu uno de los males ms graves que produce la impiedad. Corrompidas por ella todas las clases del Estado, pierden todas su verdadero prestigio, que consiste en el aprecio, y confianza de los pueblos, y slo conservan el prestigio de apariencia, o mejor dicho, el privilegio de usar los signos de condecoracin, que ya han pasado a ser signos de ignominia. Los buenos se ruborizan de usarlos, pero se ven compelidos a hacerlo, y los malos tratan de sacar todo el partido que pueden de este vano esplendor, convencidos por el testimonio de su conciencia de que no tienen nada que esperar de parte del pueblo que los detesta. Queda, pues, desvirtuada la

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33 sociedad y reducida a un gran teatro en que diversas clases de farsantes ejecutan diversos papeles por el dinero que les pagan. En un teatro semejante, y no en una sociedad bien organizada, es donde puede presentarse con todo descaro y osada el funesto despotismo; estando seguro de ser sufrido por la desconfianza que inspiran todas las clases, que son las bases del Estado, y as es que el pueblo no cree encontrar en ellas ningunos defensores de sus derechos; y por otra parte, se persuade que es imposible contrarrestar la accin de tantas y tan perversas corporaciones. Los verdaderos amantes del pueblo gimen al ver tanto engao, mas no pueden remediarlo, pues para vivir en sociedad es menester pertenecer a cierta clase, o ser intil, a menos que no se trate de un hombre extraordinario que por s solo equivalga a una clase, o por lo menos que no necesite de ellas. Esta es la razn por qu ningn sistema poltico, sea el que fuere, puede ser duradero en un pueblo semejante. Un sistema de gobierno es como un plano en arquitectura, que bien ejecutado forma un hermoso edificio; mas supone la solidez de las piedras, pues si stas se deshacen la magnificencia de la obra slo sirve para hacer ms espantosa su ruina. No hay duda que las instituciones polticas, y las leyes civiles sirven de proteccin y de estmulo, pero no bastan para consolidar los pueblos; antes son como los vestidos, que protegen el cuerpo y le libran de la intemperie, mas si est corrompido no pueden sanarlo. Una prudencia social, fruto de la moralidad y de la ilustracin, es el verdadero apoyo de los sistemas y de las leyes, que en consecuencia adquieren todo su vigor contra los perversos. Y quin ser tan demente que espere hallar esta prudencia en una sociedad de impos? No; jams podrn tenerla, pues han socavado su fundamento, que es la virtud, y de aqu resulta que ningn sistema puede consolidarse por ello. Slo el despotismo puede establecerse con tales elementos, porque no es sistema sino barbarie; y as es que necesita de pcaros y de brbaros y los halla en abundancia entre los impos, que bajo diversas denominaciones inundan la sociedad. ¡Ah! mi Elpidio, qu lgubres ideas excita en mi alma el tristsimo cuadro que he empezado a describir, y que no puedo continuar: la pluma se desliza de mi trmula mano y una nube de lgrimas empaa mis ojos... Mi imaginacin me arrebata a regiones bien distantes y mi espritu recorre campos inmensos cubiertos de tinieblas, que interrumpidas a veces por suaves destellos de una luz celestial descubren horrendos precipicios donde ya miles y miles perecieron, y otras tribus numerosas corren incautas a la misma suerte. ¡Oh! Pueda esta luz divina esparcirse uniforme y constantemente sobre la superficie de la tierra; descbranse estas simas espantosas, estas bocas por donde el infierno vomita sus furias sobre la tierra; reciban stas la impresin de los rayos del sol de justicia y retrocedan ciegas y confusas al

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34 tenebroso averno de donde salieron; vanse con toda claridad estos monstruos disfrazados, no se confundan por ms tiempo con los seres perfectos a quienes vanamente imitan. ¡Oh, mi Elpidio! ¡Qu feliz sera la sociedad, si poniendo freno a las pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen los hombres por los sentimientos de justicia y de amor mutuo! Las diversas clases no seran entonces unos ejrcitos que prueban sus fuerzas y emplean todos sus recursos para destruirse; sino por el contrario, seran unas familias numerosas y bien gobernadas, que siendo partes de un cuerpo social perfecto y noble, conservaran un mutuo inters y aprecio, como animadas por un mismo espritu. Tratarase siempre de curar los males y no de aumentarlos con una hipcrita crueldad que toma el nombre de celo. No se destruiran los hombres por meros caprichos, antes como hermanos procuraran su conservacin y el bien general de la gran familia. Desapareceran las injustas pretensiones, los insultos, el desprecio, la stira mordaz, la injuria y el denuesto. Huira la envidia de la tierra y la discordia no se atrevera a asomar su horrible cabeza; la paz hija de la inocencia extendera su feliz reinado, y los hombres libres de inquietudes trabajaran de acuerdo en la promocin del bien social. Veranse las ciencias y las artes cultivadas por almas que habiendo despejado las nubes de las preocupaciones, podran percibir sus bellezas y apreciar sus tesoros. Encontraran las flaquezas humanas, en vez de fieras que se prevalen de ellas para destruir al dbil, encontraran, s, amado Elpidio, seres benficos, en cuyos pechos excitaran una justa piedad y de quienes recibiran una dulce correccin y eficaz remedio. Apareceran las virtudes, cesando el huracn de la soberbia, y bajo un cielo que publica la gloria de un Dios de clemencia, vivira una gran familia tranquila y contenta, uniendo su voz a la de esos astros obra de la omnipotencia y a la de los espritus que viven ya seguros en la fuente del amor. Este sera un pueblo verdaderamente libre, ilustrado y dichoso; ste sera, para decirlo de una vez, un pueblo cristiano. No es vana imaginacin, no es un mero efecto de mis sentimientos religiosos; yo pongo la causa en las manos de los enemigos de mi creencia; yo constituyo juez a esa misma impiedad que tanto la odia y combate; mas, tal es la evidencia de los hechos, que de sus inicuos labios espero la ms justa de las sentencias. “branse las pginas del Evangelio, de ese Sagrado Testamento del autor del Cristianismo, y cada palabra brotar mil virtudes y destruir mil crmenes. Aun el incrdulo, que niega su origen divino, advierte que la caridad movi la pluma desde la primera hasta la ltima slaba de este santo libro. Las pasiones no reciben en l la ms ligera lisonja, antes son siempre refrenadas. Los hombres se presentan todos iguales, y sin derecho alguno; ni el ms ligero pretexto para ser injusto; los vicios son corregidos sin

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35 consideracin a las personas, y la naturaleza jams aparece vejada, pero siempre dirigida. Fomntanse las buenas obras con premios y atrranse los vicios con castigos eternos. La franqueza y generosidad, el desprecio de los bienes temporales, la sincera amistad, el amor puro, la paz y la alegra, la obediencia sin bajeza y la superioridad sin orgullo, la ciencia con humildad, la riqueza sin avaricia, la pobreza sin envidia, el sufrimiento con herosmo, la grandeza de alma, la elevacin de ideas, en fin, todos los dones celestiales, brotan de este cdigo divino. Y no ser el que conviene al pueblo feliz que yo haba descrito? Podr haber un pueblo verdaderamente feliz sin este cdigo de salud? No; es el nico en su naturaleza y origen; no es la obra de los hombres, que no son dueos de la felicidad: viene de las manos del nico ser que puede darla. El tirano se estremece al abrirlo, mas el hombre libre encuentra su placer en leerlo; el criminal se aterra y el justo se consuela con su vida; ste es el cdigo, dice, de los hijos del cielo; stas son las leyes de la ciudad de paz y de alegra; ste es fruto del rbol de la vida; stas son las arras del ms santo desposorio, en que una grey dichosa se une al ms benfico de los pastores, a cuyo lado descansa sin temor de los asaltos de lobos carniceros. Varias veces he meditado, mi caro Elpidio, sobre la analoga entre la Iglesia Catlica y las sociedades libres, y siempre he concludo que el Cristianismo y la libertad son inseparables; y que sta, cuando se halla perseguida, slo encuentra refugio en los templos del Dios de los cristianos. En los umbrales de estos sagrados asilos quedan detenidas las obras del orgullo humano, y slo entra la obra de Dios-el hombre. Recibe, pues, la santa religin a todos sus hijos con igual afecto, concdeles las mismas prerrogativas, convdalos al mismo banquete y en nada se cuida de las distinciones, justas o injustas, que el mundo ha establecido entre ellos. Hblales con un lenguaje amoroso y al mismo tiempo severo, para reprenderles sus vicios y predicarles amor y justicia. Frmase, pues, en el santo templo una junta celestial, en que reina una santa libertad unida a una justa sumisin, y aprenden los hombres a ser iguales sin dejar de ser diferentes, puesto que los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, los poderosos y los dbiles, y aun los mismos prncipes, unidos con sus vasallos, todos forman una familia, todos se consideran sujetos a las leyes y libres de opresin y de injusticia. La augusta madre de esta unnime familia despide a sus hijos con las bendiciones del cielo, recomendndoles la paz y la benevolencia, la mutua caridad, que ms enrgica que las leyes, suple los defectos de stas y conserva los pueblos en perfecta armona. Inclcales todos los deberes sociales y recomindales que jams falten al amor mutuo; que lejos de perseguirse deben prestarse todo auxilio, como hijos del Padre Celestial, que a todos ama, a todos sustenta y a todos protege. Dceles, en fin, que conserven fuera del santo recinto los cristianos

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36 sentimientos que en l han nutrido, y que volviendo al mundo no olviden que han vivido en el cielo. S, en el cielo, por la unin espiritual con el Dios del cielo, por las sublimes ideas y virtudes celestiales, que han recibido como don gratuito en la augusta Casa y ante el trono del Eterno. Con tales sentimientos salen del santo templo los verdaderos cristianos, y si los conservasen, crees, mi amigo, que podran ser dspotas? Crees que hollaran las leyes, infringiran los derechos, destruiran la paz y encenderan la guerra? Es, pues, evidente que el Cristianismo es irreconciliable con la tirana y que toda sociedad verdaderamente cristiana es verdaderamente libre. Una nacin cristiana forma un inmenso templo, cuya extensin no disminuye su regularidad, antes se aumenta el sagrado fuego del justo amor, aumentando el nmero de los seres virtuosos. La libertad nada teme cuando la virtud est segura; y el poder se ejerce con aprobacin, y sin obstculos, cuando la justicia y no la perversidad gua a los que mandan. En vano procura la impiedad presentar planes espaciosos de sociedades quimricas; en vano inunda el orbe de libros visionarios para suplir los benficos efectos de la santa religin; la base es deleznable y el coloso social no puede cimentarse sobre ella. No hay sociedad perfecta sin amor perfecto, y el de los impos jams puede serlo. Depende la perfeccin del amor de la del objeto amado y de la constancia y manera del que ama; y slo hay un ser perfecto, que es Dios; slo un modo constante, que es la luz inalterable de la religin; y slo hay una manera justa de amar, y es refiriendo todo al Ser Supremo. Podr hacer esto la impiedad? Ella nos brinda con unos placeres muy pronto acibarados, con una ciencia muy pronto desmentida y con un ostentoso poder, que al soplo de virtud queda desvanecido, cual desaparece una densa nube a la accin del contrario viento, sin dejar otra cosa que la memoria de su ridcula soberbia. No puede ser, no, el principio del amor justo y del bienestar de los hombres; no puede ser el fundamento de una sociedad libre, y slo puede nutrir las hidras sobre que descansa el detestable trono de la tirana. Interrumpamos estas serias reflexiones para divertirnos un poco recordando las monadas, los gestos y torneos de los sabios de tertulia, que tantas veces habrs observado. Figrate uno de estos farsantes filosficos entrando en una gran concurrencia, tan hinchado de orgullo, que ste lo eleva del suelo, que apenas toca ligeramente con la punta de un zapatito lustroso y ajustado; de manera que bien podra correr sobre frgiles cristales sin quebrarlos. La elegancia, compostura y aderezo de sus vestidos, sus rizados cabellos y los perfumes que exhala, indican el tiempo que ha empleado en el tocador; y sus miradas con estudio y misteriosas, sus pasos simtricos, y sus gestos y movimientos sistematizados acaban de comple-

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37 tar los signos de la ligereza de su espritu y de la ociosidad de su vida. No bien toma asiento cuando da a conocer que es todo un filsofo y un liberal de marca, y sin ms garantas ni prueba que su dicho, asegura que no puede haber libertad mientras haya necios que crean en la religin y que sta fu inventada para sostener el despotismo. Repite con afectado entusiasmo los nombres de algunos clebres impos, mas no cita sus obras, pues ni aun stas ha ledo. Habla de las contradicciones de la Biblia, que jams ha abierto, y declama contra clrigos y frailes ociosos, siendo l mismo un tipo de ociosidad. Ridiculiza a todo el mundo, sin advertir que l es un dechado del ridculo. Fijan los concurrentes la vista sobre este necio refinado, y l, tomando las burlas delicadas por justos elogios, contina vomitando sublimes sandeces; y despus de haber malgastado el tiempo, sale ufano del concurso, creyendo haber descubierto los arcanos de la ms profunda filosofa y hecho un gran servicio a la causa de la libertad. Si estos locos serio-gracioso-filosficos fueran tratados como tales, poco importara a la sociedad que continuasen en su delirio; mas, desgraciadamente, encuentran muchos tan tontos como ellos, aunque no tan vanos, que no perciben su demencia y siguen sus consejos, tomndolos por modelos. Yo los considero como los ms eficaces agentes del despotismo, pues que no son sospechosos a sus incautos enemigos, si bien no se ocultan a los ms expertos, que siendo en corto nmero, no pueden ser temibles. Son estos sabios figurines como los mosquitos, pues siendo dbiles e insignificantes, consiguen con sus primeras picadas y suma petulancia inquietar una sociedad la ms numerosa, e interrumpir los ms tiles trabajos. Debemos, pues, espantarlos al soplo de una indiferencia y menosprecio, ms nunca golpearlos por evitar sus picadas. A la segunda morisqueta polticoreligiosa que hagan, sin ser atendidos, desisten de la tercera, conociendo que es mala especulacin. Bien sabes que estos camaleones polticos se mantienen del aire de la vanidad, y cuando sta no encuentra pbulo, se retiran desconcertados. ¡Cunto perderan los dspotas si tomasen otro oficio estos saltimbanquis eruditos! Slo es verdaderamente libre el que no puede ser esclavo, y esta prerrogativa slo conviene al virtuoso. Gzala, Elpidio, pues el Cielo te la ha dado para consuelo de los buenos y gloria de la Patria.1 Este fu uno de los errores de Lutero.2 Respondeo dicendum, quod circa bonam ordinationem principum in aliqua civitate, vel gente duo sunt attendenda. Quirum unum est ut omnes aliquiam partem habeant inprincipatu: per hoe enim conservatur pax populi, et omnes talem ordinationem amant, et custodium, ut dicitur II Polit (cap. 1). Aliud est quod attenditur secundum speciem regiminis, vel ordinationis principatuum: cujus cum sint diversae species, ut Philosophus tradit in III Polit. (cap. V), praecipuae tamem sunt Regmun in quo unus principatur secundum virtutem; et Aristocratia, id est potestas optimorum in qua aliqui pauci principantur secundum virtutem. Unde optima ordinatio principum

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38est in aliqua civitate, vel regno, in que unus praeficitur secundum virtutem, qui omnibus praesit, et sub ipso sunt aliqui principantes secundum virtutem: et tamen talis principatus ad omnes pertinet, tum quia ex omnibus eligi possunt; tum quia etiam ad omnibus eliguntur. Talis vero est omnis politia bene conmixta ex Regno, in quantum unus praeest; et Aristocratia, inquantum multi principantur secundum virtutem; et ex Democratia, id est potestate populi, in quantum ex popularibus possunt eligi principes, et ad populum pertinet electio principum. Et hoc fuit institutum secundum legem divinam. Nam Moyses, et ejus successores gubernabant populum, quasi singulariter omnibus principantes, quod est quaedam species regni. Eligebantur autem septuaginta duo seniores secundum virtutem: dicitur enim Deut. l.15. Tuli de vestris tribus viros sapientes et nobiles, et constitui eis principes: et hoc erat aristocraticum. Sed democraticum erat quod isti de omni populo eligebantur. diciturenim Exod. 18.21. Provide de omni plebe viros sapiente, etc., et etian quod populus eos eligebat: unde decitur Deut. 1.13. Date ex vobis viros sapientes, etc. Unde patet quod optima fuit ordinatio principum quam lex instituit.3 Praeterea Otimis est optima adducere, ut Plato dicit (in Timaeo) (aliquant. a princ.) Sed optima ordinatio civitatis, vel populi cuiuscumque est ut gubernetur per Regem: quia huiusmodi regnum maxime repraesentat divinum regimen, quo unus Deus mundum gubernat a principio. Igitur lex debuit Regem populo instituere, et non permittere hoc eorum arbitrio, sicut permittitur Deuteron. 17.14. Cum dixeris, Constituam super me Regem... eum constitues, etc. Ad secundum dicendum, quod regnum est optimun regimen populi, si non corrumpatur. Sed propter magnam potestatem, quae Regi conceditur, de facili regnum degenerat in tyrannidem, nisi sit perfecta virtus ejus cui tales potestas conceditur, quia non est nisi virtuosi bene ferre bonas fortunas, ut Philosophus dicit in X Ethic. (cap. 8). Perfecta autem virtus in paucis invenitur: et praecipue judaei crudeles erant, et ad avaritiam proni: per quae vitia maximae homines in tyrannidem decidunt. Et ideo Dominus a principio eis Regem non instituit cum plena potestate, sed judicem, et gubernatorem in corum custodiam; sed postea Regem ad petitionem populi quasi idignatus concessit, ut patet per hoc quod dixit ad Samuelem I. Reg. 8:7. Non te abjecerunt, sed me, ne regnem super eos. Instituit tamen a principio circa Regem instituendum, primo quidem modum eligendi, in quo duo determinavit, ut scilicet in ejus electione expectarent judicium Domini, et ut non facerent Regem alterius gentis: quia tales Reges solent parum affici ad gentem cui praeficintur, et per consequens non curare de ea. Secundo ordinavit circa Reges institutos, qualiter deberent se habere quantum ad seipsos, ut scilicet non multiplicarent currus, et equos: neque uxores neque etiam inmensas divitias: quia ex cupditate horum principes ad tyrannidem declinat, et justitiam derelinquunt. Instituir etiam qualiter se deberent habere ad Deum, ut scilicet semper legerem, et cogitarent de lege Dei, et semper essent in Dei timore, et obedientia Instituit etiam qualiter se haberent ad subditos suos, ut scilicet non superbe eos contemnerent, aut opprimerent, neque etiam a justicia declinarent.4 Praeterea. Sicut regnum est optimum regimen, ita tyrannis est pessima coruptio regiminis. Sed Dominus Regem instituendo, instituit justyrannicum: dicitur enim 1. Reg. 8:2. Hoc erit jus Regis qui moderaturus est vobis: filios vestros tollet, etc. Ergo inconvenienter fuit provisum per legem circa principum ordinationem.At quintum dicendum, quod illud ius non debebatur Regis ex institutione divina, sed magis praenuntiabatur usurpatio Regum, qui sibi iusiniquum constitunt, in tyranndem degenerantes, et subditos depraedantes, et hoc patet per hoc quod in fine subdit: Vosque eritis ei servi: quod proprie pertinet ad tyranniden: quia tyranni suis subditis principantur ut servis: unde hoc dicebat Samuel ad terremdum eos, ne Regent peterent: sequitur enim: Noluit autem audire populus vocem Samuelis. Potest tamem contingere quod bonus Rex absque tyrannide filios tollat, et constituat tribunos, et centuriones, et multa accipiat a subditis suis propter comunne bonum procurandum.5 Ad tertium dicendum, quod su Principes a subditis exigant quod eis secundum justitiam debetur propter bonum commune conservandum, etiamsi violentia adhibeatur, non est rapia. Si vero aliquid Principes indebite extorqueant per violentiam, rapia est, sicut et latrocinium. Unde dicit Augustinus in IV de Civ. Dei (cap. IV in princ.): Remota justitia, quid sunt regna nisi magna latrocinia? quia et latrocinia quid sunt nisi parva regna? Et Ezechiel (22:27) dicitur. Principes ejus in medio ejus, quasi lupi rapientes praedam. Unde ad restitutionem tenentur, sicut et latrones: et tanto gravius peceant quam latrones, quanto periculosius, et communius contra publicam justitiam agunt, cujus custodes sunt positi.6 Remota itaque justia quid sunt regna, nisi magna latrocinia? quia et ipsa latrocinia quid sunt, nisi parva regna? Manus et ipsa hominum est. imperio principis regitur, pacto societatis adstringitur, placiti lege praeda dividitur. Hoc malum si intantum perditorum hominum accesibus crescit, ut et loca tenear, sedes constituar, civitates occupet, populos subjuget, evidentius regni nomen assumit, quod el jam in manifesto confert non adempa cupiditas, sed addita impunitas. Eleganter enim et veraciter Alexandro illo Magno quidam comprehensus pirata respondit. Nam cum idem rex hominem interrogasset quid ei videretur, ut mare haberet infestum: illi libera contumancia. Quos tibi, inquit, ut orbem terrarum: sed quia id ego exiguo navigio facio, latro vocor; quia tu magna classe, imperator.

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39Carta Tercera Causas de la impiedadInvestigando, querido amigo, las causas de la impiedad, creo poder reducirlas a dos clases bien distintas. Unas estn en el corazn humano y otras son fruto del entendimiento. Es el vicio como un cncer que hace insensibles las partes de que se apodera, y de aqu la indiferencia con que oye el criminal los consejos de la sabidura y lo poco que se cuida de los ejemplos de la virtud. Llegan sin embargo, a serle importunos y quiere verse libre de ellos, mas advirtiendo que es imposible conseguirlo sin destruir la religin, se declara su enemigo sin examinarla. No cree necesario este trabajo, pues se halla resuelto a no perder unos placeres que no pueden ser compensados por los sentimientos virtuosos, para los cuales falta, o es muy dbil, su sensibilidad. El hbito de resistir los remordimientos llega a hacerlos mucho menos eficaces; y juzgando de su naturaleza por sus efectos, empieza el hombre a sospechar que su origen es quimrico. He aqu el primer paso a la impiedad. Atrvese el vicioso a hacer frente a la virtud, que slo antes haba desatendido, y su osada lo conduce muy pronto al templo de una pomposa ignorancia que usurpa el nombre de filosofa. Hllanse en ste los dolos que su corrompido corazn adora y que han tomado nombres sacrosantos, como para hacer un homenaje a la verdad en el mismo atentado del engao. Llmase, Elpidio, “el templo de la razn”, slo porque en l se halla aprisionada; y a su vista se ofrecen inciensos al monstruo de la impiedad, usurpador inicuo de su augusto trono. Muy pronto se ve el vicioso en el nmero de estos necios idlatras, y cree estarlo en el de los filsofos. Desde este momento cesa de pensar y se entrega a un dogmatismo impo, slo por sacudir el religioso. La analoga entre sus nuevas ideas y los sentimientos de su corazn es un gran argumento en favor de aqullas, y llegando el hombre a querer ser impo, consigue serlo. Empieza a desechar como malos pensamientos las ideas de religin, y teme entrar en su examen, por no exponerse a perder el delicioso estado en que se encuentra. Lo repito, mi caro Elpidio, es un dogmtico impo, al par que ridiculiza los dogmas de la santa religin, y se halla encadenado por la impiedad como el creyente por la fe divina. Pero ¡qu diferencia entre estas cadenas! Un Ser infinitamente sabio y justo manifiesta sublimes verdades por signos indudables, por obras cuyo origen no puede ser el poder creado, y dada esta razn suficiente, exige una creencia la ms racional por ser la ms fundada. Desde este momento, no pueden presentarse sino evidentemente falsas las ideas contrarias a estas doctrinas evidentemente ciertas, y un hombre de sano

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40 juicio, un verdadero filsofo puede y debe creer sin repugnancia; considerndose ms libre que nunca, pues lo est de caer en error, y adora la providencia de un Dios de bondad, que le advierte los precipicios en que hubiera perecido. ¡Qu distinta es la situacin del impo! Niega, porque no comprende; y convencido por mil experiencias de que no puede comprenderlo todo y que es muy poco lo que entiende, su razn, a pesar suyo, clama y le avisa que es vano el fundamento de su incredulidad, y para mortificar su soberbia le recuerda que es ignorante. Qujase de las trabas que pone a su entendimiento la religin benfica, como un nio que se queja de la severidad de su cariosa madre, que no le permite correr hacia un derriscadero; y para completar su demencia, consiente que la impiedad le prive de todo gua, y que entregado a s mismo, le oscurezca con una nube de pasiones desarregladas y le invite a correr sin precaucin. ¡Qu pesadsimas cadenas, mi amado Elpidio, las que agobian y fijan contra la tierra un espritu emanacin del cielo! En este miserable estado no puede el hombre percibir otros objetos que los terrenos, y llega a creer que son los nicos —porque la existencia se conoce por la accin— y no hay otros que la produzcan en su alma aprisionada. Concluye, pues, que es un absurdo el fingir seres que no dan signo alguno de su existencia y que es una lastimosa debilidad el llenarse de vanos temores, privndose de los placeres de la vida. Por infundado que sea este discurso, se presenta a su entendimiento como una demostracin; y adquiere nuevo bro para continuar con toda confianza en la impiedad, que ha honrado con el nombre de ciencia. Quedan, por tanto, remachadas las cadenas, y el msero ya no hace esfuerzo alguno para romperlas; antes las ama, para mayor desgracia. Sin embargo, los destellos de la luz divina iluminan a veces esta oscura crcel y sus horrores se presentan con toda claridad; pero no pudiendo sufrirla, los ojos del impo se cierran por debilidad que l llama naturaleza, y elevando la soberbia una nube de las ms desarregladas pasiones restablece la amada oscuridad y vuelve con ella el funesto reposo. Forma entonces nuevos planes y toma nuevos recursos para impedir la entrada a esta luz importuna, que interrumpe el agradable sueo de sus placeres, y se declara enemigo de todo el que atente a introducirla. S, querido Elpidio, de aqu viene el odio que tienen los impos a las personas religiosas, cuya existencia los alarma, al paso que las miran con el ms alto desprecio. Creen que seran felices, si esta luz fatua de la religin dejase de perturbarlos, y si una multitud de ilusos no se empease en difundirla. Para engaarse a s mismos de un modo ms plausible, consideran como efecto de una mala educacin y de los hbitos adquiridos desde la infancia, el descontento, y los

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41 remordimientos que a veces los agitan; y entrando en lucha con su corazn, hacen que fatigado ceda y se tranquilice. Bien conocen que no puede durar esta tranquilidad si no se evita la reflexin, y de ah el empeo en distraerse y la vida ligera que pasan la mayor parte de estos pretendidos filsofos. Es preciso divertirse en la prisin y el medio es figurarse que no existe, sino que por el contrario es el alczar de la libertad. Sigamos los pasos de este infeliz esclavo de las pasiones, y nos compadeceremos ms y ms de su miserable situacin. Adquiere una especie de irritabilidad, que es excitada por la ms ligera causa, y de aqu proviene que su entendimiento jams se halla en estado de discurrir con calma y acierto. Experimenta un furor continuo, que produce todo su efecto luego que no es mitigado por una ligereza y aun chocarrera la ms ridcula; y como no le es posible conseguir sus fines, vive en un estado lastimoso. La obstinacin toma el lugar de la prudencia, y de este modo, queda radicada la impiedad. No hay duda, Elpidio, este horrible crimen no se presenta con toda su deformidad a la vista del impo; porque ste se encuentra siempre en un estado brutal, que l llama filosfico, quiero decir, en una apata fruto de la insensibilidad de que ya he hablado, o en una agitacin frentica que le convierte en un loco respetado. Es, pues, un mrmol, o una fiera, y por consiguiente, slo sirve, o para monumento de ignorancia, o para ejemplo de furia. Bien conoces que llegando a ser habituales aunque alternativamente interrumpidos estos lamentables estados del espritu, deben alejar la piedad como tambin la ciencia. Sin duda, me responders que hay sabios impos, y que por tanto mi observacin es infundada. Examinemos este punto, mi caro amigo, y no me acuses de animosidad, pues mi alma est libre de ella, y poseda slo por un sentimiento de aprecio y compasin hacia una gran multitud de mis semejantes, que sufren la ms peligrosa enfermedad, que es la que se presenta como un estado de salud perfecta. Sabes que una ciencia no es un conjunto de conocimientos varios, y aun opuestos, sin orden ni enlace; antes bien, debe formar un hermossimo cuadro, donde la verdad est representada con colores vivos y durables, que causan gran placer sin atormentar la vista. Por este motivo no pertenecen a las ciencias las disputas, antes se suscitan por falta de ellas, y slo sirven como materiales brutos, puestos a prueba para ver si pueden usarse en el gran edificio. Recordando estas nociones, examina las obras de los impos y vers que nada hay fijo sino la constante asercin de impiedad, como podra un loco repetir su tema. Observaras que no sern tan acordes entre s, ni consigo mismos sobre ningn punto; que sus escritos son un tejido de disputas, o de negociaciones, signos evidentes de la ignorancia. La verdad, sin embargo, les viene a los labios, y con frecuen-

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42 cia dicen que nada se sabe, hacindose tan ridculos como los antiguos pirrnicos. De aqu resulta, mi amigo, la gran diferencia que se observa entre las obras de los impos sobre ciencias naturales y las que tratan de religin. En aqullas observars ms orden y solidez que en stas, porque no tocan la tecla de la locura, y as dan tiempo a una tranquila meditacin. Mas el hbito de delirar sobre materias religiosas, les hace perder mucho tiempo a los impos, aun en las que no lo son, y as vers que entre los clebres filsofos y matemticos se encuentran muy pocos impos. Aunque ya es ridculo hablar de Voltaire, permteme que lo cite para recordarte que pobre cosa es su Filosofa de Newton, sembrada de cuando en cuando de muy buenos disparates y sin contener nada que indique sino unos conocimientos muy superficiales en la materia. Los que han perdido el tiempo, y algo ms, en la lectura de sus obras, no habrn encontrado cosa alguna que pruebe gran instruccin en las ciencias naturales, ni en otros ramos, sino literatura (no muy rica), y en el funestsimo de la difusin del pirronismo y de la impiedad. No creas que es mi nimo disminuir el aprecio en que tienen muchos las obras literarias de los impos. Poco importa el engao sobre esta materia y en cuanto a Voltaire, yo podra referirme al buen Pirrn, que era tan malo o peor que l; pero a quien, sin embargo, hizo un acto de justicia al despojarlo del fatuo esplendor que le adquiri su estudiada y violenta agudeza, y la redujo a la lnea de los genios medianos, aunque en el rango de los ms soberbios. Pero dejando aparte el mrito cientfico, real o fingido, de los que, por desgracia, son vctimas de la impiedad, me limitar a observar que ella se radica por este mismo medio; cuya idea es siempre exagerada, en el entendimiento del impo, por los impulsos y deleites de una vana gloria. He aqu nuevas cadenas, he aqu, mi amigo, un obstculo para la verdadera ilustracin, que siempre es fruto de la imparcialidad. Nada gusta sino lo que aumenta este pretendido mrito, y como el hombre rara vez contempla con detenimiento los objetos que no le agradan, resulta necesariamente una aversin al estudio de las mximas religiosas y un deleite en los sofismas con que son impugnadas. Da, pues, el impo un paso, el ms imprudente, en la carrera de sus atentados, y se atreve a asegurarnos que slo hay placer en la impiedad y que son quimricos los encantos de la virtud; que el bienestar de los hombres es irreconciliable con las privaciones que ha inventado la religin; y poco a poco va enajenndose, siguiendo estas ideas, hasta que, semejante a un sonmbulo, corre por todas partes sin advertir l mismo, ni tampoco los que le rodean, el sueo que le ocupa y las monstruosas imgenes que forma su extraviado entendimiento. Necestase, pues, un gran estmulo para sa-

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43 carle de este ridculo y lastimoso estado; y como no es posible encontrar este eficaz agente sino en la misma religin que l desprecia, llega su mal a ser incurable, por no consentir la aplicacin del remedio. En tan lamentables circunstancias suele producirse un efecto no menos perjudicial que la indiferencia o el furor: hablo, Elpidio, de la opresora tristeza. No ignoras el fatal influjo de esta pasin en la moral, y as no dudo que convendrs conmigo en que no puede avenirse con la verdadera piedad, que es la fuente ms pura de alegra. Prodcese la tristeza del impo no slo por la incertidumbre de su suerte, sino por la falta del que podemos llamar sustento del espritu, esto es, la adquisicin de la verdad. Llega a fastidiarse el incrdulo de sus mismas impiedades, y no se cree feliz porque no encuentra la verdad; sin que baste a satisfacerle el demostrar (all, a su modo) que los otros no la han encontrado. Mas observa, Elpidio, la diferencia entre la tristeza que a veces asalta al justo y la que se apodera del impo, y conocers claramente el origen de ambas. Cede el justo a uno de los afectos de la naturaleza humana y se entrega a la tristeza, pero slo para que le sirva de amparo y de barrera que le obligue a retroceder con ms prontitud, y sin repugnancia, de los lmites de la regin del infortunio, que es el siglo corrompido, la deliciosa de la paz que es su corazn. S, mi amigo, parece que el alma del justo, disgustada por la horrorosa vista del crimen y del conjunto de las miserias humanas, retrocede, y conservando una santa firmeza vuelve inalterable a entregarse en los brazos de un Dios de consuelo, que jams podrn robarle sus ms encarnizados enemigos. Hllase el justo ratificado ms que nunca en una santa alegra al ver que la conserva en medio de las tribulaciones; y que stas son para su alma como los vestidos respecto del cuerpo, que pueden desfigurarle, mas no alterar su naturaleza, ni privarle de su robustez. Sirve para aumentar su impiedad, y como oprobio de la naturaleza, ratificarle en ella. Nada hay en su corazn que pueda consolarle, pues de l mismo provino la tristeza; el mundo nada le ofrece, y hallando por todas partes un gran vaco, fndase en este hecho como en una prueba de experiencia, ratifcase en su idea, sin advertir su delirio, y cree que su impiedad es el resultado de una demostracin ms correcta. No se contenta ya con decir que ignora, no presenta ya dudas, sino que con un tono decisivo afirma que todos son unos fanticos que viven de ficciones. He aqu radicada la impiedad por la tristeza. Otra fuente de impiedad es el placer que causan a un espritu malvolo el sarcasmo y la invectiva. Como los objetos religiosos nada tienen de comn con los mundanos, y se hallan adems rodeados de una noche misteriosa, dan materia a un truhn para mil ancdotas, burlas y cuchufletas, que l mismo cree injustas, pero que le divierten sobremanera, y mucho ms si

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44 percibe que han producido el efecto intentado. Llegan algunos a adquirir este hbito maligno, y a la manera de nios traviesos e incorregibles, no pierden ocasin de mortificar a los devotos con alguna mofa o calumnia ridcula. Suelen stos corresponder tambin con burlas, que lejos de convencer al impo, slo sirven para exasperarlo; y he aqu un gran incentivo para la impiedad y un obstculo casi insuperable para una justa libertad filosfica. Bien se echa de ver que esta clase de impos lo son ms por venganza que por sistema; pero, sin embargo, llegan a serles tan familiares estas ideas, que al fin las adoptan sin examinarlas. Encuntranse siendo verdaderamente impos habiendo empezado slo por ser chocarreros. La juventud propende mucho a esta clase de impiedad, por ser ms anloga a su carcter, y as es que suelen algunos jvenes corregirse de este vicio cuando llegan a edad de ms reflexin. Sin embargo, estos casos no son muy comunes, y regularmente se observa que el hbito de la impiedad, que no puede tener otro nombre, contina produciendo sus funestos efectos toda la vida, a menos que por un extraordinario efecto de la divina gracia no se produzca una conversin, la ms difcil, por ser la ms radicada enfermedad. Entremos en la consideracin de otro gnero de causas de impiedad, que podremos llamar ideolgicas, porque estn en el entendimiento, y slo producen en el corazn una dureza para recibir los sentimientos religiosos, mas no un afecto a los criminales de otra clase. Por lo regular, todos los impos son inmorales; mas a veces se observa el extraordinario fenmeno de hombres de una vida arreglada, o no escandalosa por lo menos, que, sin embargo, son irreligiosos. Estos ejemplos son funestsimos y acaso producen ms daos que las relaciones de otros impos pues sirven de escudo al crimen que pretende siempre defenderse y probar que no es causa de la impiedad. ¡Qu horrendo es este monstruo, cuando hasta el mismo crimen se sonroja de haberle dado el ser, y finge desconocerlo! Advierte, querido Elpidio, que en el sistema moral hay dos especies de influjos, que a la manera de los vientos dan diversa direccin a los afectos. Cuando tienen por causa la sensibilidad y empiezan en el corazn del que se apoderan, aunque son hechuras, levantan una nube que oscurece el entendimiento, quedando ellos perfectamente libres para impeler al hombre a que se entregue a los placeres criminales, y he aqu formado un impo disoluto. Mas otras veces empieza la impiedad por combinaciones de ideas antes de haberse producido, o por lo menos radicado afecto alguno, y entonces causan un alucinamiento que impide percibir las cosas abstractas y los seres espirituales; mas no los materiales, ni aquellos principios que podemos llamar de moral pblica, sostenidos no slo por las leyes, sino por la opinin. Hallndose an libre de fuertes pasiones, puede el espritu gobernarse en cuanto a lo

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45 que percibe, mas no puede respecto de lo que no alcanza, ni a lo que errneamente ha establecido como verdad indudable. Resulta, pues, una impiedad acompaada de cierta justicia social y de un honor que se resiente del ms leve ataque y aun del ms ligero desdn de la opinin pblica. Estos impos son creyentes prcticos sin advertirlo y nunca se han despojado de unos sentimientos que, sin las ideas religiosas, seran unas honradas simplezas; pues, como ya he anotado en mi carta anterior, el hombre que sin creer se sujeta a los mandatos de la opinin y de la virtud, pudiendo infringirlos impunemente, es un necio el ms ridculo; puesto que entrega l mismo a sus enemigos las armas con que deben destruirlo, quiero decir, los medios de convencerle de su necesidad, si sus sentimientos son ingenuos, o de su perfidia si son fingidos. Mas, cules son, me dirs, esas combinaciones de ideas que conducen a la impiedad? Todas las que forman un sistema religioso. La religin, amado Elpidio, no es un sistema, porque no es obra del hombre, y aunque es cierto que puede sistematizarse, no lo es que se pueda sujetar necesariamente a estos planes puramente humanos. Los dogmas no se derivan unos de otros como las verdades geomtricas y no se pueden establecer principios cuya aplicacin nos descubra los misterios. Advirtese solamente una conveniencia entre los dogmas, que basta para probar que no hay repugnancia entre ellos, pero nunca se puede llegar a su demostracin por medios puramente naturales. Sabida, por ejemplo, la existencia de Dios, no puede inferirse la idea de la Trinidad, y conocida sta, tampoco se puede inferir la idea de la Encarnacin, ni dada esa idea se puede deducir la de los Sacramentos. Parece, mi caro Elpidio, que siendo la religin una parte de la ciencia divina no es discursiva, pues sabes muy bien que teniendo Dios todas las cosas presentes, no discurre, lo cual es slo propio de las criaturas que ignoran y as necesitan aprender deduciendo unas verdades de otras. En el hombre no puede formar la religin una ciencia de evidencia como en Dios; slo tiene la certeza y carcter cientfico el ms sublime, por la evidencia de la infalibilidad del principio de que procede. Resulta, pues, que respecto de nosotros la religin es un conjunto de hechos y nada ms. Por consiguiente, la formacin de sistemas religiosos es obra puramente humana, y cuando se pretende darle el carcter divino induce a la infidelidad, por hallarse frecuentemente en contradiccin abierta con los hechos. Corre esta religin humana el riesgo de todos los sistemas, y ya sabes que no hay uno libre de graves dificultades. La verdadera religin no admite duda o disputa alguna; pues si no se cree en Dios, no hay que hablar de religin, y si se cree en Dios no hay que hablar de dudas. Siempre he dicho que los infieles que no son ateos son unos tontos y que

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46 los ateos son unos brutos. Esta tontera y esta brutalidad no son muy perceptibles para los mseros que padecen tantos males, porque su objeto no es sujeta a los sentidos, y no tiene trmino de comparacin. De aqu resulta la gran dificultad de convencer a uno de estos impos que podremos llamar morales, por no hallarse encenagados en los vicios groseros y perceptibles que degradan a otros incrdulos. Empiezan por alucinarse creyendo que su buena moral es indicio de la rectitud de sus principios y tienen por efecto de preocupacin o de una ridcula animosidad cuantos esfuerzos se hacen para convencerlos. El impo corrompido tiene un estmulo continuo para salir de su impiedad por el testimonio de su conciencia y la fuerza de los argumentos sensibles que se oponen a su conducta; pero el que slo comete un error intelectual, es un enfermo mucho ms grave, porque nada puede excitarlo. No advierten los incrdulos, querido amigo, que si la religin pudiese ser el fruto de sus discursos, no podra tener ms autoridad que la suya; la cual a ellos mismos no les satisface; y que la prueba ms evidente del divino origen de nuestro dogma es esa misma incomprensibilidad de que tanto se lamentan. Observa, Elpidio, que entre estos impos dotados de virtudes cvicas, hay unos que slo dicen que no pueden creer, mas no atinan ellos mismos a dar la razn de su incredulidad; pero hay otros que presentan infinitas dificultades y tienen a la mano mil respuestas a todos los argumentos en favor de la religin. La diferencia de esta conducta prueba la diversidad de su causa. Niegan unos porque no perciben y otros porque han formado ideas errneas; pero en ambos casos proviene el mal de una equivocacin funestsima que consiste en suponer que no se debe afirmar lo que no se puede percibir con toda claridad, y que por consiguiente la misma naturaleza del misterio induce a negar su existencia, o por lo menos a un prudente escepticismo. ¡Cuntos males ha causado este raciocinio al parecer tan fundado, y qu absurdo es si lo analizamos con imparcialidad! Reflexiona, querido amigo, y vers que es un sofisma el ms ridculo. No hay duda que slo se debe afirmar lo que se percibe, ni podra el hombre hacer otra cosa aunque quisiera, a menos que no hablase como un delirante, sin saber lo que dice; pero esta verdad innegable se aplica malamente cuando se refiere a la naturaleza de los misterios y no a su existencia. Percibe el entendimiento la posibilidad de unos hechos superiores a su capacidad, y despus tambin percibe la existencia de tales hechos convencidos por pruebas que percibe claramente; y as es que nunca afirma sino lo que sabe; mas, en cuanto a la naturaleza del objeto incomprensible, nada afirma como fruto de su estudio; por el contrario, confiesa su inca-

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47 pacidad. He aqu cmo todo proviene de una equivocacin en aplicar un principio el ms slido, pero que, por la misma razn, alucina mucho ms y es causa de errores ms perniciosos. Nos convenceremos mucho ms de estas verdades si observamos que, de hecho, hasta los mismos incrdulos admiten misterios, aunque de distinta naturaleza. El argumento que voy a proponer es bien comn pero muy poco meditado, y en consecuencia han dicho los impos que no es ms que un refugio de la religin para escaparse de ser puesta en claro por la brillante luz de la filosofa. De este modo, se han esparcido las ms densas tinieblas, bajo el pretexto de difundir la ilustracin y rectificar la moral. Sean, pues, el buen sentido y la imparcialidad los jueces, y yo no dudo que convencern a un verdadero filsofo las siguientes reflexiones. El hombre es un misterio para s mismo, y si quiere ser ingenuo debe confesar que no se conoce, ni sabe cmo existe ni cmo opera. Si, a causa de esta ignorancia, se atreve a negar los hechos, esto es, a negarse a s mismo, forma entonces un nuevo misterio, pues tal es un pirrnico, cuya posibilidad no comprende el entendimiento y cuya existencia no se creera si no la testificase la historia. Negar que existe la verdad es confesar que existe, y como no te disgustan las autoridades de los Santos Padres, citar al incomparable San Agustn, que expresa este sublime pensamiento con su acostumbrada decisin y solidez. “Supongamos, dice, que la verdad no existe, no ser cierto que no existe? Pero esto no puede ser verdadero si no existe la verdad. Luego la verdad siempre existe.”(Lib. II, Soliloq., c. 2.) Efectivamente, querido Elpidio, el pirronismo es mayor misterio que todos los que nos rodean en el orden de los seres materiales y en el mundo moral; slo una falta de reflexin puede autorizarlo. Resulta, pues, que ora crea el hombre, ora niega, siempre admite un misterio en cada una de sus operaciones intelectuales, que bien analizadas le conducen con claridad, hasta cierto punto; mas parece que pasados los lmites de la comprensin humana, luego que entra en la regin de lo infinito, se encuentra a oscuras, porque la dbil luz de la naturaleza no alcanza a iluminar aquellas dilatadsimas regiones. Por qu, pues, tanta resistencia de parte de los impos contra la misin de los misterios religiosos? El mismo San Agustn da la razn de este fenmeno, que consiste en ser los portentos de la naturaleza ms comunes que los de la religin, aunque no menos incomprensibles. Llega el espritu a creer fcil lo que percibe con frecuencia, y la novedad de un misterio es el mayor obstculo para su creencia.

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48 Es, por tanto, la impiedad, en muchos casos, un efecto lamentable de la mala aplicacin de un principio y de errneas combinaciones ideolgicas. Un entendimiento verdaderamente ilustrado no tarda mucho en salir de tan funesto estado luego que se entrega a la meditacin; pero los necios suelen confundirse mucho ms y radicarse en sus errores mientras ms reflexionan. Esto me indujo a escribir en otra ocasin que el sabio es como el sol que ayuda a disipar las nubes que por un momento se oscurecen. Nada hay ms temible que un ignorante con pretensiones de filsofo en materia de religin, bien que en todos casos los semisabios son bichos muy perjudiciales. Una ignorancia completa, si est unida a una laudable y juiciosa humildad, es una predisposicin para admitir verdades sublimes, que el Ser Supremo se digna comunicar a los hombres hacindolos depositarios, y no dueos, y menos autores, de tan inestimable tesoro; pero una ciencia humilde no slo predispone a recibir este divino influjo, sino que ayuda a conservarlo. Como propio de las ciencias naturales, repiten, muchos que las ignoran, que ellas conducen a la incredulidad; siendo as que no habra incrdulos si todos fueran filsofos. Medita sobre este punto, mi amado Elpidio, y vers que no me engao, y para que sepas cmo pienso sobre esta materia, har algunas ligeras indicaciones. Hay unas ciencias naturales que propiamente no merecen este nombre sino en cuanto a la aplicacin que en ellas se hace de otras ciencias; y tales son la mineraloga, la zoologa y la botnica, que slo sirve para presentarnos una coleccin de portentos de la naturaleza. Y cul puede ser el resultado? Conocer mucho ms la sabidura y omnipotencia de su autor y prepararnos para admitir otros muchos hechos incomprensibles, siempre que se pruebe que tienen la misma causa. He aqu evidente que estas ciencias lejos de perjudicar favorecen la religin. Hay otras ciencias, cuyo objeto es la cantidad y estn comprendidas bajo el nombre genrico de matemticas; y stas, por la solidez y claridad de sus demostraciones, alejan todo sofisma de nuestro entendimiento, y nos hacen percibir la gran potencia de los seres y la infinita de su causa, dndose de este modo continuas lecciones de religin; pues no son otra cosa que pruebas evidentes de nuestra impotencia, comparadas con la accin de la naturaleza y la demostracin de la infinita sabidura en los movimientos que tan armoniosamente dirigen el gran sistema del Universo. Qu puede haber en tan sublimes clculos y en un estudio tan profundo que se oponga a la creencia religiosa? Podr haber mucho contra la ridcula supersticin, pero esto prueba que el estudio de estas ciencias, lejos de formar incrdulos, rectifica los creyentes.

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49 En cuanto a la fsica y la qumica, es preciso ser muy ignorante en ellas para atreverse a sospechar que puedan servir de apoyo a la incredulidad. Estas ciencias ponen al hombre en un verdadero contacto con la naturaleza y le dan a conocer de un modo evidente que su ciencia no slo es limitada, sino contrada a una mera historia de los hechos, si bien algunos de ellos se presentan como principios de otros. Las verdaderas causas, quiero decir, las primarias, nos son desconocidas, y as es que hablando con ingenuidad nadie est ms dispuesto a admitir misterios que el fsico y el qumico; que por estudio y convencimiento saben que estos arcanos incomprensibles, pero innegables, son mucho ms comunes de lo que el vulgo se persuade. La expresin de los impos “no lo admito porque no lo comprendo”, no puede salir de los labios de un fsico o de un qumico ilustrado, sin que inmediatamente su corazn le arguya de falacia y su entendimiento le convenza de error; y as es que jams han intentado los impos presentar prueba alguna deducida de dicha ciencia. Lo ms notable, y no s si diga lo ms ridculo, es que para atacar los misterios se ocurre a otros misterios, convirtindose el ataque en una verdadera defensa; y para censurar a los que creen sin entender, se presentan los impos con la misma creencia, aunque tiene diverso objeto. Repara, mi amigo, que no cesan de ponderar los infinitos medios de la naturaleza y sus incomprensibles arcanos, en los cuales pretenden se hallan encerrados todos los defectos que la religin atribuye a un orden sobrenatural. Jams prometen abrir estos arcanos ni se atreven a decirnos que los han abierto y visto en ellos los efectos que examinan. Creen, pues, ciegamente, por la conviccin en que estn del gran poder de la naturaleza; creen, pues, fundados en la manifestacin que suponen haber hecho sta de su gran potencia; creen, mi Elpidio, fundados en una que podremos llamar autoridad natural los que no quieren admitir la divina. S, lo repito, son unos verdaderos creyentes, aunque no religiosos. Pero, cmo, me dirs, cmo pueden conciliarse estas doctrinas con la experiencia de tantos impos dotados de unos profundos conocimientos de las ciencias naturales? Podra responderse con otra pregunta, esto es, cmo puede sostenerse que las ciencias naturales forman los impos, habiendo tantos piadosos eminentes en ellas? Sin embargo, quiero dar una respuesta directa, hacindote observar que esos sabios impos no dicen, y si lo dicen no prueban, que su ciencia los ha inducido a la incredulidad. No hay duda que un entendimiento ejercitado y brillante tiene una inclinacin continua a operar, y a veces corre gran peligro; mas no proviene esta desgracia de las facultades intelectuales, sino de su abuso. Por lo regular, todos los asesinos se hallan en perfecta salud y robustez, y apenas podr contar-

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50 se un hombre dbil que tome el pual para detener a un caminante. Se dir, por esto, que la robustez forma los asesinos? No ser ms justo decir que el asesino abusa de este precioso don que deba emplear para bien suyo y de sus semejantes? Lo mismo debemos discurrir acerca de las facultades del espritu y las fuerzas de que ste abusa emplendolas contra la verdad; nunca podr decirse que son la causa de un crimen tan enorme. Est, pues, demostrado que la impiedad que proviene del entendimiento sin presuponer la malicia del corazn es un efecto de combinaciones de ideas inexactas, ya provenga este error de falta de atencin, o de un lamentable alucinamiento; y que los impos que presumen de serlo, en consecuencia de dilatadas y profundas reflexiones, son unos locos filosficos, que habiendo repetido su tema por muchos aos, llegan a persuadirse que tienen en su favor la experiencia y tratan de bisoos e inexpertos a todos los que no ven como ellos, ni quieren aprobar su mana. Siempre se ha dicho que Cervantes escribi una obra adaptada a todos tiempos y condiciones, si bien tom por objeto la caballera andante; y creme, amigo mo, que cada vez estoy ms persuadido de que este elogio es muy justo y que aquel genio extraordinario consider al hombre en todas sus condiciones. Tenemos reyes Quijotes, taberneros Quijotes y filsofos Quijotes, que por ms que salgan estropeados, apaleados y chasqueados, jams desisten de su rara locura, ni dejan el tono magistral y ridculo a que estn habituados. La impiedad, como todos los monstruos del abismo, no puede vivir en una atmsfera pura y tiene por pasto la ignorancia. Purifquense las costumbres, difndase la ilustracin, destryanse los errores y desaparecern los impos, o quedarn reducidos a un corto nmero, que en nada podr perjudicar a la sociedad, ni afearla con sus deformidades. Vendran a ser como algunas yerbas secas esparcidas ac y all en un florido jardn, que ni siquiera se notan, y si por casualidad se descubren no alteran la agradable impresin que ha producido en nuestra alma el gran conjunto. ¡Qu estado tan feliz el de un pueblo moral e instruido! ¡Qu paz tan inalterable! ¡Qu amistad tan justa! ¡Qu unin tan firme! ¡Ah! mi caro Elpidio. Si yo viese a la horrible impiedad, que acosada por la ciencia y la virtud, corra a esconderse en las cavernas infernales de donde ha salido, tendra, por efecto de la misericordia divina, el privarme de la vida, para no exponerme a perder tanta felicidad si por desgracia volviese este espantoso aborto del Averno. Privado de tanta dicha, consulame sin embargo el escribir a un amigo, que libre del comn contagio, percibe las bellezas de la santa religin y el alucinamiento de sus impugnadores; a un amigo a quien consagro, con esta carta, mi ms tierno afecto.

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51Carta Cuarta Extensin de la impiedad. Modo de tratar los imposCubre la tierra, mi amado Elpidio, cual sombra funesta la ominosa y prfida impiedad, que diseminada por todas partes corrompe, destruye y aniquila a los mseros que la abrigan; y el gran nmero de las vctimas, es un signo del gran poder que las sacrifica. No hay clase ni condicin que se vea libre de ella, no hay lugar ni tiempo en que no ejerza sus crueldades, no hay objeto que la distraiga, ni barrera que la detenga; todo lo desprecia, todo lo ultraja, todo lo derroca, todo lo holla; y brbara, indmita, atrevida e insolente blasona de sus triunfos sobre la virtud, la ciencia y la religin, que atadas a su detestable carro gimen sobre un suelo, que en vano han procurado colmar de beneficios. Ya en mis cartas anteriores he hecho ver las causas y efectos de este cncer de la sociedad, y ahora me propongo manifestarte su extensin. Gradanla muchos por el nmero de los charlatanes que no siendo capaces de hacerse notables de otro modo, han adoptado el de presentarse como impos; mas este clculo es muy equivocado, pues ni estos miserables forman todos el nmero y muchos de ellos acaso no pertenecen a l sino en apariencia. Son ms dbiles que depravados, y en los momentos en que se olvidan del papel que quieren representar, dan indicios bien patentes de su farsa. Otros computan la extensin de la impiedad por el nmero de las obras que la promueven; y este cmputo sera correcto si la mitad de esas obras no fuese un fruto de la codicia, y a veces del hambre, y no de la conviccin del entendimiento. Creo que sabrs, mi amigo, que en Francia (nacin famosa por cuanto hay de grande y cuanto hay de ridculo), hace mucho tiempo que el oficio de escritor es como el de carpintero, que est a las rdenes del que quiera emplearlo para hacer la pieza que le pidan, sin averiguar otra cosa que el precio que debe pagarse. Muchos de estos escritores componen una novena piadossima para una sociedad religiosa y en seguida el libro ms impo por orden de un librero, que acaso imprime por su cuenta ambas obras como objeto de mera especulacin. Yo no ignoraba estos hechos, mas tuve un comprobante de ellos por informe de nuestro comn amigo..., quien tuvo en sus manos una de estas novenas y supo su autor por el mismo librero que la venda. Bien s que esta misma facilidad en hablar contra la religin, esta indiferencia a escribir en favor o en contra de ella, y el mismo inters que encuentran los especuladores en publicar las obras impas, prueban que sus

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52 sentimientos de piedad se hallan extinguidos; y si no tomsemos en consideracin otras razones, yo tambin dira que el juicio es exactsimo; pero yo distinguir siempre los frutos de la necesidad, de los que provienen de un estado habitual del espritu. Si se habla de una impiedad bien podremos llamar chocarrera, yo convengo con los que as piensan; y tambin confieso, aun hablando de la impiedad formal, o una verdadera e ingenua admisin de los principios irreligiosos; mas debo, en honor del gnero humano, asegurar que no es tan comn como se pretende. Repito que la impiedad se halla en todas las clases, y esto hace que se presente con un poder exagerado; repito que por todas partes se notan sus estragos, y esto hace creer a muchos que su accin es general; pero advierte, mi caro Elpidio, que siempre ha sido una desgracia y una fortuna de las clases el que se las apropie una denominacin buena o mala por la conducta de un gran nmero; que, sin embargo, es insignificante respecto a la totalidad. Ya en primera carta procurar llamar tu atencin sobre este punto, considerando como un ardid de los dspotas el exagerar los progresos de la impiedad, que siendo reales, en mucha parte dan fundamento a la ficcin que sirve a un gran inters de la poltica. Diras que hay muchos virtuosos donde hay muchos que fingen serlo? Pues lo mismo debes decir que hay muchos impos donde hay muchos que se presentan como tales. No ignoro que la piedad se pierde por el mero hecho de hacer ostentacin de ser impo, mas esto debe entenderse de moralidad, que no puede ser justa siendo perversa, pero no del estado de entendimiento. He aqu por qu, contra mi costumbre, te he recordado los dos trminos escolsticos de impiedad formal y material, pues seguramente explican con toda exactitud este asunto. Los impos por conviccin, aunque errnea, y que ms bien puede llamarse alucinamiento, no dejan de serlo con facilidad, antes es preciso vencerlos; mas los tteres de moda bailan de cualquier manera y son reprensibles ms en su conducta que en sus ideas. Sabido es que la menor duda admitida con obstinacin por nuestro entendimiento acerca de un dogma constituye un hereje, y en cuanto a la vida eterna, produce los mismos efectos que la negacin ms completa de una verdad revelada; pero es innegable que la impiedad no est radicada cuando el entendimiento aun no confa en sus dictmenes y admite, siquiera como posible, la existencia de los misterios. Resulta, pues, de estas observaciones, que los impos obstinados no son tan numerosos como tmida o astutamente se quiera suponer; puesto que la mayor parte de ellos son especuladores, que no trataran de reprimir los sentimientos religiosos de su corazn, antes procuraran fomentarlos si encontrasen en stos inters. La corrupcin de todas las clases de la socie-

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53 dad suele afectar de tal manera la mente de los devotos, que la consideran como un enfermo desahuciado, y acaso como un moribundo, que ya no da esperanza y slo puede ser objeto del llanto. ¡Cuntos males se derivan de estas ideas! Trtase ya, no de atraer, sino de evitar los impos; no de curarlos sino de abandonarlos en su grave enfermedad, que justamente consideran muy contagiosa. En consecuencia, se aumenta el nmero de ellos, porque se consideran invencibles, o porque considerndose como otro bando o partido, que se supone ya muy extenso, incita mucho ms a los especuladores a desear ser miembros de tan potente familia. Yo hablo por observaciones que he hecho y no por meras teoras. Me consta, Elpidio, que uno de los medios de que se vale la impiedad para extenderse es suponer que ya est muy extendida. Sin duda, percibirs que este ardid es practicado por todos los partidos, ya polticos, ya religiosos; que produce gran efecto por la natural propensin que tienen los hombres a reunirse, la cual los induce a querer formar parte de las grandes sociedades; a menos que no se presente un inters contrario, que en materias religiosas no puede haberlo, segn las ideas mundanas. No es posible enumerar, ni aun aproximadamente, los impos, porque no tienen templo ni distintivo alguno: es un ejrcito sin bandera, ni uniforme, ni divisa alguna, y slo se hace notable por los males que ac y all produce en la sociedad. Vienen a ser como las guerrillas, cuyo nmero y operaciones nunca puede determinarse; y as, a veces, se supone un territorio inundado de ellas, cuando slo unas pocas lo recorren. De aqu proviene la gran ansiedad que causan en los buenos estos enemigos de la virtud, pues la suponen asaltada por todas partes, y efectivamente lo est; porque es universal el contagio, en cuanto a que se observa en todas las clases y en todos los pases. Si los hombres se persuadiesen de que este mal tan formidable puede curarse y que su incremento se debe a la apata de los buenos, veras, mi amigo, disminuida considerablemente, si no extinguida, la impiedad. Cmo deben, pues, tratarse los impos? Segn las mximas del Evangelio. Con caridad y dulzura y al mismo tiempo con firmeza. Esta debe manifestarse, no por medio de persecuciones —que la razn y la experiencia prueban que slo sirven para encender ms el fuego devorador de la impiedad— sino por un carcter noble y decidido de parte de los creyentes; por un santo menosprecio de los asaltos de este monstruo, por un valor cristiano, que lejos de irritar al enemigo le atrae y le encadena con los vnculos del respeto, del aprecio y de la consideracin. Los que no pueden atraerse de este modo, es preciso dejarlos a su suerte; aunque siempre debe continuarse en el mismo plan de curacin, y si se pierden, ser culpa suya. Pidamos a

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54 Dios que con su misericordia mueva sus empedernidos corazones, y en cuanto a nosotros estemos satisfechos por haber llenado nuestro deber, aunque sin fruto; y si al fin se los lleva el diablo, cree, mi Elpidio, que no se llevar nada ajeno. Nada ms opuesto a la conversin que el insulto, y desgraciadamente lo vemos practicado por hombres muy piadosos, cuando se trata de atacar a los impos. Suelen ponerse en ridculo imitando a sus enemigos en la truhanera y creen que haciendo rer un poco a los que no dudan de la verdad de la religin, convencen a los que la niegan. Este es un medio antievanglico que slo sirve para satisfacer pasiones humanas, y tomar venganza de insultos recibidos. No ignoro que algunos tienen muy diverso motivo y que slo intentan hacer bien, pero, sin duda, se equivocan en los medios. La ligereza en creer cuanto se dice, siempre que sea contra las personas a quienes se quiere impugnar, es un defecto en que incurren los piadosos no menos que los impos; y cuando se llega a probar una equivocacin, pierden toda su fuerza los argumentos ms slidos y dan franca salida al enemigo. Esta palabra me recuerda una doctrina de San Agustn, que si la tuviesen presente todos los que se ven precisados a lidiar con impos, evitaran muchos malos ratos y podran hacer mucho en favor de la religin. “Distngase “dice este Santo Padre”en el criminal la obra de Dios y la obra del Diablo; el hombre es obra de Aqul, y el pecado de ste. Amemos, pues, al hombre y aborrezcamos el crimen.”En ningn caso se debe, mi Elpidio, se debe odiar a ninguna de las obras del Ser Supremo; y as los impos deben tratarse como a hermanos que tienen la desgracia de sufrir una enfermedad espiritual, o mejor dicho una muerte, y slo la gracia puede traerles a la vida, que debe ser todo nuestro inters y anhelo. Toda la personalidad es un obstculo a la conviccin, y as es que las disputas privadas, en que casi nunca deja de ofenderse a individuos determinados, rara vez producen buen efecto y por lo regular dan origen a innumerables males. Cuando se ataca el vicio sin determinar los viciosos, ninguno quiere ser contado en este nmero, y nadie se da por ofendido. Del mismo modo, si se ataca una clase haciendo distincin de los que en ella no merecen sino elogios, no hay uno que no pretende pertenecer a este nmero, y todos dan signos de contento (unos en realidad y otros fingidamente) por el justo castigo que la opinin impone a los criminales; pero si el ataque es universal y sin distincin, o individual y marcado, seguramente exaspera y no produce otro afecto que la obstinacin. Esta doctrina debe aplicarse a toda clase de disputas y en todos los casos en que chocan entre s los intereses sociales, pero mucho ms en materia de religin. Es muy difcil que el hombre que sufre en una visita un desaire, un desdn, y aun a veces

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55 un desprecio, slo porque es impo, no salga ms resuelto a continuar en su impiedad; que acaso hubiera abominado si en vez de esta rudeza hubiera recibido un tratamiento corts y caritativo. Yo s muy bien que debe evitarse el trato con los impos, y ojal esta doctrina se llevase a efecto; mas debe contenerse en su impiedad, mas no en las relaciones sociales, que jams deben interrumpirse con groseras. Enhorabuena que se evite aun el trato social con semejante clase de gentes, porque rara vez puede tenerse sin peligro de ser mortificados por sus majaderas, si no corrompidos por su inmoralidad; pero cuando es preciso tratarlos, o cuando por casualidad se renen con los creyentes, deben stos tratarlos como hombres, y si lo merecen, como caballeros; y nada hay ms ridculo ni ms contrario al espritu del Evangelio, que el mortificar a un individuo en sociedad cuando no da motivo alguno. Verdad es que San Pablo nos dice que ni siquiera debemos comer con ellos, pero esto se entiende, si hay peligro de ser pervertidos; como lo haba respecto de los fieles a quienes escriba el apstol, y cuando se aspira a su familiaridad, que siempre es causa de un hbito vicioso. Si un impo pretende propagar su impiedad pierde todo derecho al sufrimiento de parte de los creyentes, quienes autorizados para oponerse a sus depravadas intenciones, esto pueden hacerlo, o dejando su compaa, o advirtindole su error, o castigndole con un justo desprecio. El primer modo es el ms acertado, pero no siempre es posible, y en tal caso, respecto de las personas poco instruidas, el tercer medio es el ms conveniente. Ningn castigo puede drseles ni ms severo, ni ms adecuado. No hay cosa que tanto mortifique a un impo como el silencio, si va acompaado de ciertos signos que no le permitan equivocarse, creyendo que es efecto de conviccin o de falta de razones con que rebatir sus argumentos, o mejor dicho, sus vagas aserciones, pues ya sabe que a esto se reducen todas sus disputas. Hablo por experiencia, y acaso habr pocos que la tengan tan dilatada en esta materia. Mi profesin y los diversos incidentes de mi vida, que no te son desconocidos, me han puesto en contacto con toda clase de personas, por muchos aos, y puedo decirte que he tratado los mayores impos y los mayores fanticos. Despus de muy serias reflexiones, he adoptado el plan de no contes-tarles sino con cierta expresin del semblante y con una u otra sonrisa acompaada de vagos monoslabos, que les indiquen claramente lo mucho que podra decirles si no los considerase incapaces de una discusin franca e imparcial, y si no conociese sus miras. He procurado siempre indicarles mi respeto y consideracin a sus personas, mi buena amistad y mi condescendencia hasta donde he podido llevarla, sin comprometer mis principios. De este modo, creme, Elpidio, les he dado mucho que pensar, y acaso he producido ms efecto

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56 que si abiertamente hubiese entrado en disputas interminables, porque se establecen con este intento, y las pasiones siempre encuentran medios de conseguirlo. Puedo decirte, que a veces han hecho varios impos un esfuerzo para despreciarme, y no han podido. Su semblante me daba a entender que su corazn era mo, y yo contento con esta propiedad no me cuidaba mucho de sus delirios. En estos casos, siempre he recordado un consejo y una comparacin admirable de San Agustn. Si nos aproximamos al lecho de un hombre agitado por una fiebre intensa y que acaso delira, nos recibir tal vez con aspereza, despreciar nuestros consejos y puede que hasta nos tire a la cara la medicina que le ofrecemos: mas sera muy necio el que se ofendiese por estas acciones y abandonase al paciente. Y por qu? Porque est enfermo. Pues bien, nos dice el Santo Padre, todos los pecadores estn gravemente enfermos. Me dirs que el silencio no puede ilustrar, y que ms bien sirve para que se radiquen los errores no siendo rebatidos. Te equivocas, mi amigo, si as piensas. Verdad es que el silencio nada explica, pero no es tan inerte como parece. La impiedad proviene, como he manifestado en mis cartas anteriores, o de corrupcin o de alucinamiento; y en ambos casos un prudente silencio sirve de antdoto, porque demuestra al perverso que le conocemos y que por prudencia y caridad no le despreciamos; y al iluso que sus raciocinios son tan infundados, que ni merecen respuesta; lo cual es un estmulo para que los examine con ms detencin y se convenza a s mismo, que es el ms slido convencimiento. No debemos perder de vista que la mayor parte de los impos hacen grandes esfuerzos para serlo, y as es una cosa arbitraria que deja de existir luego que se quiere; y por tanto, ganando la voluntad, muy pronto se atrae el entendimiento; mas si aqulla llega a exasperarse no hay que pensar en que ste se convenza, o por lo menos se d por convencido. Advierte igualmente, mi amigo, que la mayor parte de las disputas religiosas, suscitadas en las tertulias, son una estratagema de que se valen algunos ociosos para divertir criminalmente a los que tienen la debilidad de celebrarlos y rerse de sus chistes y de sus atrevimientos. Muchas de las seoras son muy culpables en este punto, pues no hay duda que una multitud de estos graciosos dejaran de serlo si encontrasen, en vez de apoyo, una justa correccin de parte de ellas; que pueden darla francamente, o sin peligro, porque la sociedad, que las ha encadenado de tantas maneras, las ha concedido al mismo tiempo el permiso de decir y de hacer lo que les parece en estos y otros muchos casos semejantes. Desgraciadamente, siguen un plan equivocado, pues, o celebran

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57 a estos blasfemos, temiendo pasar por gazmoas, y exponerse a mofas; o empiezan a dar signos de gran inquietud y escndalo, que es precisamente lo que haban intentado estos truhanes. Pero si las seoras, guardando compostura y serenidad, no se dignasen atender a estos simples, y con un prudente comportamiento les hiciesen advertir que no puede darse escndalo cuando no hay, o ignorancia para admitir errores, o perversidad para imitar los crmenes; pero que un alma ilustrada y virtuosa no recibe escndalo y slo compadece al que lo intenta; si no les diesen el gusto de excitar admiracin, ni hacerse objetos dignos de ser combatidos, no tardaran mucho en desterrarse unas conversaciones tan inicuas como desagradables. Habrs odo mucho acerca de la libertad religiosa de este pas, acompaada de una armona social y una paz admirable; y a pesar de tu gran talento, como s el afecto que producen las distancias de los pueblos y las diversas costumbres en los juicios de los hombres, temo que no hayan adquirido ideas correctas sobre este punto, y que te hayas dejado llevar de las exageraciones de unos y de la injusticia de otros. No ser, pues, fuera de propsito presentar las cosas como son en realidad. Siendo considerado este pueblo como norma de la tolerancia religiosa, es preciso no formarnos ideas equivocadas acerca de l porque al fin desaniman a sus imitadores, cuando la experiencia les demuestra que no han llegado y que acaso es imposible llegar a una perfeccin imaginaria, que toman por existente. Figranse muchos que en este pueblo no tiene influjo alguno la religin, o que por lo menos en nada altera la paz de los nimos; que todo es indiferente y que no existen rivalidades ni rencillas religiosas. Esto anima a los impos, creyendo que es la sociedad que ms les conviene; y a los piadosos, creyendo que es la ms tranquila. Ni unos ni otros se equivocan en el hecho; pero s en sus circunstancias. Los impos tienen campo libre y los devotos tienen seguridad, pero todo es puramente externo y no es tanto un efecto de las leyes como de la opinin. Saben los impos que son detestados por los creyentes, como lo podran ser en cualquier otro pas; y saben stos que aqullos son sus ms encarnizados enemigos. Las diversas sectas son tan hostiles a la Iglesia de Dios como lo fueron los arrianos y todos los antiguos herejes y como lo fueron y son y sern los ingleses. Si cualquiera de las sectas pudiese oprimir a las dems, renovara los tiempos de Enrique VIII e Isabel; y si los impos tuviesen fuerzas suficientes nos presentaran en Amrica las sangrientas escenas de la Revolucin Francesa. Qu hay, pues, me dirs, qu hay en ese pas que tanto se celebra? Un tino social, fruto de la educacin y de la experiencia, por el cual los hombres

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58 aunque se detesten se respetan, y jams interrumpen la buena armona de una concurrencia con insultos personales. Si por desgracia ocurre algn lance desagradable, o falta alguno a esta prudencia que podemos llamar general, el ofendido encuentra muy pronto satisfaccin en la conducta y expresiones de la generalidad, y se calma, por decirlo as, quedando la sociedad tranquila y unnime en operacin o conducta civil, aunque ms que nunca dividida en sentimientos religiosos. Yo s perfectamente que muchos de los que me tratan con respeto, y a quienes yo trato del mismo modo, si oyeran decir que me haba muerto, diran que haba un diablo menos sobre la tierra; pero tambin estoy seguro de que esos mismos nunca se permitirn el insultarme por no ponerse en ridculo a los ojos de la generalidad. He aqu la fuerza de la opinin. Mientras no consiga en los pueblos este hbito de respeto, de esta condescendencia social, jams podrn imitar a los Estados Unidos del Norte de Amrica, sea cual fuere el sistema de gobierno. Los hombres somos como los nios, que lloran porque les hacen burla, y nada omiten para vengarse de los agresores. Las ms sabias instituciones, los escritos ms juiciosos y los ejemplos ms heroicos no bastarn a conservar la paz mientras no se pueda ir a pasar un rato en una tertulia sin exponerse a un insulto. Aplicando estas observaciones al asunto de que tratamos, dir que los impos deben ser manejados como en este pas, en cuanto a la sociedad privada. Los sensatos siempre procuran alejarlos de sus casas, pero si entran en ellas son recibidos con el mayor respeto. Si faltando a estas leyes de urbanidad y buena acogida se atreven a mortificar la sociedad con sus delirios, pierden todo derecho a la consideracin; y muy pronto leen en el semblante de los concurrentes la sentencia indeleble de un alto desprecio si ya no es que el amo de la casa les indica el abuso que han hecho de ella. Este es, amigo mo, el gran misterio de la tranquilidad religiosa de este pas normal. Preciso es acostumbrarnos a los objetos morales lo mismo que a los fsicos: vemos hombres sanos y enfermos, unos rboles perfectos y otros viciados, piedras preciosas y otras ordinarias, y la vista de esta diversidad de objetos slo nos induce a formar distintos juicios de su mrito, mas no causa inquietud, ni excita fuertes pasiones; as debe operarse respecto de los hombres buenos y perversos, sabios e ignorantes. La opinin acerca de ellos es diversa, pero no debe afectarnos. Permteme un ejemplo personal, porque al fin escribo a un amigo. Suelo encontrar, y me ha detenido en la calle con frecuencia, un impo de marca, escritor irreligioso desaforado, que francamente me ha solido decir que es ateo. Yo a veces he estado por darle

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59 la picante respuesta del abate Lammenais a otro aturdido semejante: hace tiempo que deseaba ver un animal de esa especie, y me alegro de haberlo conseguido; mas esto no hubiera sido conforme al sistema de la sociedad americana, y as siempre le he respondido con una risa, y despus de una conversacin amistosa nos separamos; sabiendo yo que l contina rindose por haberse entretenido con un iluso, y yo tambin, por mi parte, he seguido rindome, por haber encontrado un oso manso con pretensiones de hombre. La experiencia te probar, Elpidio, que ste es el mejor plan de conducta respecto de los impos, y que toda oposicin imprudente slo sirve para agravar los males. No ignoro que es un deber la defensa de la verdad y un acto de justicia el ilustrar al ignorante, mas esto debe hacerse conforme a los dictmenes de la prudencia, pues no debemos echar margaritas a los puercos. Siempre que se conoce que un individuo est dispuesto a admitir la verdad y que la busca sinceramente, debemos manifestrsela y sacarle de su error, si somos capaces de hacerlo; pero si no lo somos, dicta la misma prudencia que nos contentemos con dirigirlo a personas competentes o le suministremos libros que puedan ilustrarlo. Un mal defensor hace mala y pierde la mejor causa. Lo mismo sucede en materia religiosa; y, creme, Elpidio, que es una desgracia para la religin el que algunos charlatanes se atrevan a defenderla. Por lo regular, la desfiguran y presentan horrorosa y llena de contradicciones que existen en las respuestas necias y no en las doctrinas fundamentales. No creo que pueden darse reglas para determinar estos casos. Juzgo que en esta materia sucede lo que en la medicina, que todas las observaciones presentadas en los libros valen muy poco si el mdico no tiene cierto tino, que no puede ser obra del arte sino del talento, delicadeza de sentidos y otras cualidades personales. Es preciso no dejarse llevar de expresiones capciosas y protestas ridculas con que pretenden probar muchos su buena fe, al mismo tiempo que traman el ataque ms alevoso contra la religin. Las circunstancias personales y locales deben guiarnos en esta interesante y delicadsima empresa, que si se frustra, produce males a veces incurables, pues se radica mucho ms la impiedad glorindose de su victoria. Sera un absurdo y ridcula vanidad el esperar que siempre que se entre en una disputa sobre religin se consiga convencer y mucho convertir a los impos con quienes se contiende; y por tanto, no puede ser digno de imprudencia el mal suceso. Proviene la conviccin de innumerables circunstancias del entendimiento que se quiere convencer, y, ms que todo, depende de una luz celestial, que no se deriva de los hombres; y por lo que hace a la conversin es fruto de la gracia, que siempre es misteriosa. El mismo San Pablo predic a

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60 concursos numerosos y slo creyeron los que estaban dispuestos para la vida eterna. Sin embargo, son responsables de los malos efectos de una disputa imprudente los que la emprenden notando por signos bien claros su inutilidad y su peligro. Advierte, amigo mo, que los hombres, cuando quieren instruirse y no vencer y ridiculizar a los que llaman sus contrarios, disputan muy poco y slo hacen algunas preguntas, oyendo con tranquilidad sus respuestas. Notars, a veces, cierta reserva que se manifiesta por ms que trate de ocultarse, pero este silencio y moderacin afectada no puede confundirse con la sincera conducta de un espritu verdaderamente despreocupado, que trata de ilustrarse. He aqu los nicos sntomas que pueden indicarse para guiarnos en la investigacin del estado de enfermedad o mejora de estos enfermos espirituales. Sobre todo, mi amado Elpidio, conviene no dar pbulo a la grosera y perversidad de muchos truhanes, que segn he observado en otra de mis anteriores, suelen entrar en disputas religiosas slo por rerse de los devotos, y creme que esta clase de impugnadores es la ms frecuente. Luego que salen de la tertulia o que se retira la persona con quien disputaban, suelen rerse ellos mismos de sus argumentos, o por lo menos les interesan tan poco, que slo se ocupan de la sensacin desagradable que causaron y de los gestos y ademanes que hicieron sus antagonistas. Acurdome de haber odo a un eclesistico, amigo mo, que un fraile chusco y al mismo tiempo muy prudente se desembarazaba con facilidad de estos majaderos suplicndoles que le explicasen la doctrina cristiana y sus fundamentos antes de entrar en disputa sobre ella, pues les deca con mucha sensatez, que nada es ms ridculo que disputar sin saber sobre qu objeto. Pueden inferir que ninguno de los galanes, o como los llamaba Feijoo, telogos de corbata, se atreva a emprender tal explicacin; y el buen fraile, luego que conoca su embarazo, sacaba de la manga una moneda de oro y la ofreca por premio al que explicase la materia. Volva con mucha risa a guardar la moneda, dicindoles que tenan permiso para hablar como lo tienen todos los locos, puesto que, por experiencia, se probaba que lo hacan sin juicio y slo por manas. ¡Cuntas veces me he acordado del buen fraile! Yo me atrevera a aconsejar a mis hermanos eclesisticos que en este punto fuesen mucho ms precavidos que los seglares, si bien tienen ms medios para defender la causa de la religin. Es preciso no olvidar que empezamos con una gran desventaja y es la de creer muchos que slo promovemos nuestro inters y que nos duele mucho, no la prdida de las almas, sino la de nuestras comodidades. Por enormes que sean estas calumnias, vemos que son muy comunes y hallan acogida en personas de

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61 quienes acaso no se espera tanta injusticia. Por consiguiente, todo acaloramiento en estas disputas suele presentarse por los impos como prueba de una disposicin hostil en nuestro espritu, y con suma hipocresa invocan el Evangelio los mismos que lo detestan, slo para calumniar a los eclesisticos, haciendo ver que no poseen los sentimientos inspirados por aquel santo libro. Hay otro peligro, aun mayor, y es que los impos se cuidan muy poco de la verdad; y as es que no les cuesta mucho inventar ancdotas que suponen pasadas en estas disputas, y consiguen ridiculizar a los eclesisticos. No perdamos de vista que aun los ms reflexivos se dejan guiar por impresiones que podamos llamar personales porque son producidas precisamente por la consideracin de las personas. De aqu resulta que cuando los ministros de la religin se hacen ridculos por algunas simplezas, o cuando son maliciosamente ridiculizados, siempre sufre la Iglesia; porque el ridculo, como un veneno, va pasando, y extendindose cada vez ms, llega a producir funestsimos efectos. Muy pocos tienen la ilustracin y prudencia necesarias para respetar el culto cuando no se respetan sus ministros. Es, por tanto, incalculable el mal que causan a la religin y a la moral pblica los que por una condescendencia criminal, y a veces por miras perversas, animan con sus risas a ciertos bufones, que tienen gran placer en demostrar su despreocupacin burlndose de los eclesisticos. Aun prescindiendo de las consideraciones puramente religiosas, siempre causar un gran perjuicio a la sociedad semejante conducta respecto de los ministros de su culto. Esto, por su parte, deben evitarlo de todas maneras, pues nada gana la Iglesia con sus buscados e innecesarios sufrimientos, antes pierde mucho la causa de la religin. Suelen los piadosos llegar a disgustarse tanto por las majaderas de los impos, que pasan una vida llena de amargura. Si sta proviene del sentimiento de ver tantos miserables en tan horrible estado, sin duda es muy fundada, y prueba un alma verdaderamente cristiana; pero si proviene del sufrimiento personal, en consecuencia de los ataques de estos furiosos, lejos de ser un sentimiento propiamente religioso, es una debilidad manifiesta y una disimulada soberbia. La mitad de los que se quejan de los impos acaso no se acordaran de ellos si pudiesen verse libres de sus insultos. No as la caridad cristiana, mi amado Elpidio: antes procura sufrir y sufre con cierto placer inexplicable, si de este modo puede contribuir al bien de otros y a la gloria de Dios. Permteme, querido Elpidio, que transcriba un prrafo del incomparable Bossuet en su elocuentsimo sermn sobre la unidad de la Iglesia, en que hacindose cargo de las aflicciones que pasan los justos por la difusin de la impiedad, representa uno de estos espritus atormentados y le dirige las

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62 siguientes palabras: “Me dirs: se encuentran tantos impos; su nmero es infinito, que no puede vivir en su compaa. Hermano mo, adnde irs? Encontrars impos por toda la tierra, hllanse por todas partes mezclados con los buenos: algn da se corregirn, mas aun no ha llegado su hora. Qu debemos hacer entretanto? Separarnos en el corazn, reprenderlos con libertad a fin de que se corrijan; y si no corrigiesen debemos sufrirlos con caridad para confundirlos. Hermanos mos, no sabemos los consejos de Dios, hay inicuos que se corregirn y es preciso esperar con paciencia; hay otros que perseverarn en su malicia y puesto que Dios los sufre, no deberemos nosotros sufrirlos? Algunos estn destinados a ejercitar la virtud en unos y castigar el crimen en otros; sern quitados del medio cuando terminen su obra... no anticipemos este juicio. Amad a vuestros hermanos, dice San Juan (I. Joan, 2, 10) y no sufriris ningn escndalo. Por qu?, dice San Agustn; porque el que ama a su hermano sufre todo por conservar la unidad.”(Bossuet, tom. 2, p. 63 y 64.) Si el espritu que gui la pluma del enrgico y piadoso Bossuet moviese el corazn en los que tanto se quejan de la multitud de impos, el mal sera mucho menos sensible; pero desgraciadamente se observa que la mayor parte de estos lamentadores desean encontrar objeto de sus lamentos y lo fingen cuando no lo encuentran. Apenas hay un hombre ilustrado, a quien cierta multitud de fanticos piadosos, que siempre abundan, no representen como el mayor impo; y otros fanticos pcaros, o fanticos fingidos, no calumnien del modo ms inicuo. Sirven estas calumnias para radicar la preocupacin, en cierta manera inocente, por el mismo temor que tienen los piadosos de que se difunda la impiedad; sin advertir que, a veces, llegan al extremo de faltar a la justicia sospechando, y aun creyendo sin fundamento, que todos son impos; y a la caridad, que les dicta no creerlos incurables hasta no haber agotado los recursos. Tambin producen dichas calumnias otro efecto mucho ms funesto, y es inducir a la impiedad a muchos que estaran muy lejos de ella. Este mal es gravsimo, pues no hay cosa ms sensible que el formar impos precisamente por defender la piedad; y, creme, querido Elpidio, que es muy comn, y que ha privado a las ciencias, a las artes y a la sociedad entera de muchos miembros que podran haber sido muy tiles y han venido a ser perjudiciales. En cuanto a la juventud, creo que se juzga con suma precipitacin acerca de su impiedad, que sin duda es real en muchos casos, mas en otros es slo una majadera, o mejor dicho una niada; y as es que no debemos desesperar de su correccin, ni perder la tranquilidad de nuestro espritu por las travesuras de los jvenes. Cuando yo lo era, tena por una vana esperanza la que alimentaban muchos de ms provecta edad acerca de la futura

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63 enmienda de algunos de los aturdidos que mortificaban a la sociedad con sus blasfemias; pero el tiempo me ha demostrado, en muchos casos, que no eran tan infundadas sus esperanzas, y que, por lo menos, se nota mucha ms prudencia, si es que aun se conservan las mismas ideas. No pretendo por esto que se abandone la juventud y se permita en ella todo exceso, bajo el pretexto de futura enmienda, ni menos pretendo disculparla. Slo deseo que los jvenes sean tratados, en materias de religin, como los nios cuando empiezan a ser molestos por sus travesuras. Efectivamente, los primeros esfuerzos del entendimiento son tan vacilantes como los primeros pasos de la niez. Sin embargo, esta debilidad en cuanto a la percepcin de los objetos, se halla siempre acompaada de un gran vigor y determinacin para operar, y as es que nada sirve de obstculo a un joven que empieza a figurar en la sociedad. El mejor medio para obtener, si no una reforma, por lo menos alguna moderacin en la conducta religiosa de los jvenes, es llevarlos con dulzura por la senda del cario que conduce a la paz y contento. Observa, Elpidio, que la juventud propende a la justicia, por ms que se empeen en probar lo contrario algunos alucinados o irreflexivos; y as es que por ms entregado que est un joven a los placeres y a la impiedad, siempre da signos de gratitud por los esfuerzos que se hacen para mejorar su estado, si percibe que no hay intencin de oprimirle. El gran secreto de manejar la juventud, sacando partido de sus talentos y buenas disposiciones, consiste en estudiar el carcter individual de cada joven y arreglar por l nuestra conducta. La oposicin que se hace a un joven, si queremos que produzca buen efecto, debe ser casi insensible, y es preciso procurar que l mismo sea su corrector. Tiene la naturaleza toda su fuerza en la primera edad y las pasiones son muy vivas; la razn est muy poco ejercitada, y la experiencia, siendo casi nula, no ha podido producir el hbito de moderacin que suele conseguirse en la mayor edad. Resulta, pues, que un joven se deleita en toda lucha, sea de la clase que fuere, y que la resistencia slo sirve para aumentar sus esfuerzos, pero nunca para conquistar sus inclinaciones. Suelen muchos encargados de la educacin equivocarse en este punto, creyendo haber conseguido gran victoria sobre las inclinaciones de los jvenes, cuando por temor no las manifiestan, que es decir, cuando han adquirido suficiente malicia para defenderse con tino y tctica premeditada. Este error ha producido muchos y muy lamentables efectos, que se demuestran con toda evidencia cuando cesan las opresiones y la naturaleza corrompida brota libremente la inmundicia de los crmenes que por tanto tiempo haba estado retenida. Esta es la causa, mi amado Elpidio, s, sta es la causa por que muchos jvenes educados en colegios mal diri-

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64 gidos se entregan a todos los vicios, y especialmente al de la impiedad, luego que salen de la que consideran como una dilatada prisin, frustrando las esperanzas de sus amorosos padres y haciendo silencio intil todas las lecciones de sus sabios maestros. Esta digresin, que acaso te parecer inoportuna, tiene por objeto manifestar que el poco tino en atacar la impiedad en los primeros pasos de la juventud, cuando las pasiones empiezan a soltarse; el poco tino en manejar a los jvenes en la edad ms peligrosa de la vida, es la causa de la desmoralizacin de muchos; que se hace inexplicable a los irreflexivos, que dicen, con gran sorpresa, “¡y se educ en un colegio!”sin expresar qu colegio y manejado por qu cabezas. A la verdad, mi Elpidio, que son tan pocos los colegios que valen algo sobre este punto, que un hombre de juicio, lejos de sorprenderse del que parece un fenmeno, encontrara su causa muy natural en el mismo hecho que se presenta para hacerlo extraordinario, y dira que tal joven es impo precisamente porque se educ en un colegio. Hace muchos aos que la lectura del juiciossimo Tratado de Estudios de Rollin me abri los ojos, por decirlo as, sobre esta materia; y creme, que desde entonces no he cesado de hacer observaciones, que todas ellas me han confirmado en las luminosas ideas de aquel sabio maestro y prudente director de la juventud. En muchos colegios, y aun dir en la mayor parte, se descuida enteramente el interesante objeto de la religin, inspirndose de este modo cierto desprecio, o por lo menos, cierta indiferencia acerca de ella; y en otros tratan los profesores de inspirarla a la moruna, a fuerza de castigos, que slo producen un odio mortal hacia los que los imponen y una aversin completa e indeleble al objeto que los causa. No debe haber indulgencia alguna con los jvenes en materia de impiedad, pero conviene que slo perciban nuestro disgusto, y oigan en vez de oprobios, cariosas insinuaciones, y que aun para los actos religiosos que no deben omitir se les conduzca con suavidad. Puedo decirte, por experiencia, que los jvenes siempre aman cuando conocen que son amados y el que tiene la felicidad de conseguir su amor est seguro de manejarlos como le parezca, pues llegan a formar un juicio favorable de los objetos por la buena idea que tienen del que los propone y as es que entran en el examen sin repugnancia y sin preocupacin, o ms bien con la saludable en favor de la virtud. Estos pequeos impos necesitan ser manejados de un modo particular y se pierden miserablemente si son tratados por las reglas comunes de premios y castigos. Por mi parte, te aseguro que jams he premiado ni castigado ningn joven por ejercicios religiosos. Los premios sirven para formar hipcritas especuladores y establecer en el corazn de los jvenes una religin puramente humana, porque se acostumbran a agradar a los hombres y a esperar

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65 de ellos lo que slo deben esperar de Dios, pudiendo al fin aplicrseles las palabras del Evangelio: “ya recibieron su paga”(acceperunt merceden suam). Los castigos, por otra parte, destruyen los sentimientos verdaderamente religiosos y producen tambin la hipocresa, aunque de un carcter muy distinto, porque es reservada y en cierto modo feroz. Es, pues, evidente que todo estmulo o compulsin religiosa, que no es conforme a la misma religin, slo sirve para destruirla, y por tanto, solo debe estimularse con la elevacin de las ideas celestiales y los atractivos de la virtud y slo debe compelerse con los horrores del crimen y las iras de un Dios vengador. Aun en esto debe haber mucha prudencia, pues un sermn continuo llega a ser una cantinela, principalmente para los jvenes, que no pueden sufrir por mucho tiempo unos pensamientos tan serios. El que quiera que un joven no tenga religin hblele siempre de ellas. Yo deseara, mi amado Elpidio, que los que dirigen a los jvenes no olvidasen una debilidad, en que casi todos incurren y de que debemos prevalernos para beneficios de ellos mismos. No hay nio que no quiera ser grande en cuerpo y no hay joven que no quiera serlo en ideas y sentimientos. De aqu proviene que as como los nios procuran todas las ocasiones de levantar pesos que ellos consideran enormes y de ostentar de todos modos que se van aproximando al estado perfecto de la naturaleza, cuando ya todas las facultades fsicas han adquirido su entero vigor; as los jvenes que ya consideran haber llegado o no distar mucho de ese estado de perfeccin, aspiran a manifestar que tambin han llegado al de las perfecciones intelectuales; y as es que siempre emprenden cosas arduas y se creen capaces de cualquier trabajo cientfico. En cuanto a la religin, viendo que ha sido combatida por hombres muy notables y que sus ataques prueban, como ellos dicen, fuerza de espritu, nada puede halagar tanto su deseo de demostrar perfeccin intelectual como el presentarse en la palestra cual campeones denodados. Desde la infancia se les ha enseado la religin (aunque la mayor parte slo aprendieron a saber que existe), y sus madres, conservando el dominio absoluto que les da la niez, solan llevarlos al templo y hacerles practicar algunos ejercicios religiosos. Persudense, pues, que el primer paso que deben dar para demostrar que ya son hombrecitos y que ya han salido, como suele decirse, de las faldas de la madre, es empezar a hablar, no con franqueza, sino con osada, sobre materias de religin. Si logran opositores, tanto mejor para su intento; juzgan de su valor por el caso que se hace de ellos y se consideran por este mero hecho unos hombres de gran consecuencia. En tan delicadas circunstancias, bien conoces, mi Elpidio, que se necesita una gran prudencia para no hacer reventar la cuerda y templarla al

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66 mismo tiempo, pues sera el mayor de los absurdos el descuidarse en tan interesante asunto. Muchos toman el partido de humillarlos recordndoles su poca edad, su falta de experiencia, y esto con un modo que ms ofende que mueve; y te aseguro que los que as proceden no han estudiado el corazn humano ni saben todos los recursos de la vanidad. Por mi parte, he seguido un plan contrario, y creo que la experiencia me autoriza a recomendarlo como til y asequible. Siempre he procurado tratarlos como si fueran lo que ellos quieren ser, esto es, hombres ya formados; y ya que se han atrevido a asomarse, por decirlo as, a la puerta del santuario del deber, yo he procurado empellarlos para que acaben de entrar. Entonces, tratndoles ya como hombres de experiencia, he procurado comunicarles la ma y dejarles que crean que me han engaado persuadindome de que antes la tenan; y de este modo he solido convertirlos en mis colaboradores, figurndose que ya han avanzado mucho, puesto que hasta pasaron el primer vrtigo que induce la juventud a mil locuras. Estos viejitos lampios suelen ser utilsimos, y feliz la sociedad que abunde en ellos, porque efectivamente acaban por conocer la astucia con que se les ha manejado, cuando ya ellos mismos se han formado y son capaces de valuar el mrito de tan til estratagema. Yo nunca he querido tener por enemigo a muchachos y menos entrar en disputa con ninguno de ellos, antes he procurado siempre hacerles entender que los amo y los respeto; y siempre me he prevalido de tal cual concepto que saba formaban de m, para usarlo como instrumento, el ms eficaz, para hacerles admitir mis ideas y seguir mis consejos. Pero ¡qu difcil es salir avante en tan ardua empresa! La ms ligera imprudencia destruye todo el plan dndole el aspecto de una falacia despreciable, cuando slo es un medio prudente de conservar la verdad y evitar innumerables males. En tal caso, lejos de conseguirse un buen resultado, slo se consigue desenfrenar las pasiones del educando, que se cree con un derecho a vengar lo que l llama un engao malicioso. Figrase entonces que le tenemos miedo, que sus argumentos son insolubles y que nuestra derrota sera inevitable si no tomsemos tan ridculas precauciones. He aqu formado a veces un quijotico religioso por la imprudencia de un maestro; y despus de causado tan enorme dao, es muy difcil o casi imposible el repararlo. La juventud es ingenua y as se resiente ms que otra edad alguna de cualquiera tentativa que se haga para engaarla, y por consiguiente, recela de cuantos quieran despus satisfacerla. Puedo asegurar, Elpidio, por experiencia propia, que algunos de los jvenes que ambos apreciamos por su honradez y principios religiosos, me alarmaron mucho en la edad que propiamente podemos llamar peligrosa,

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67 quiero decir de quince a dieciocho. Estos tres aos de la vida exigen gran atencin y prudencia de parte de los encargados de la juventud. Es muy raro el joven que en este perodo no d signos ms o menos sensibles de una lamentable impiedad, y ya he insinuado de qu modo deben manejarse. Conviene tomar algunas precauciones que hagan innecesarias la correccin y entre ellas, creo que una de las principales consiste en distraer ltimamente el nimo de los jvenes y aplicarlos al mismo tiempo a estudios slidos, pero sin contacto con la religin ni la moral. Deben evitarse todas las cuestiones puramente especulativas y nutrirlos con una cantidad escogida de conocimientos prcticos. Por esta razn, opino que es la edad en que ms conviene aplicarlos a la msica y al dibujo, las matemticas, la fsica y la qumica. Aunque entiendo bien poco de medicina me parece muy fundada la prctica de algunos clebres profesores, que en ciertos casos de delirio toman el partido de adormecer a los pacientes por medio del opio, suministrado a veces con profusin, pero siempre con suma prudencia. Su objeto, me han dicho, es detener enteramente el uso de las potencias intelectuales y dar tiempo a que se fortifiquen las fsicas, cesando la excesiva accin de los nervios. Luego que el enfermo vuelve de este sueo, procuran que no haya objeto que le recuerde su antigua mana; antes por el contrario, ordenan que sean tratados como si nunca hubiesen sufrido enfermedad alguna, y de este modo me han asegurado que han conseguido curar muchos. Lo mismo creo, mi amado Elpidio, que debe procederse respecto de la que propiamente podemos llamar locura impa de los jvenes en la edad mencionada. El mejor partido es procurar que no piensen sobre unos objetos tan sublimes hasta que no sean capaces de hacerlo con solidez, cuando se hayan dejado de su mana. Bien conoces que el mejor narctico para la juventud es la msica, y he aqu en qu me fundo para considerar su estudio, as como el de otras bellas artes (aunque con preferencia a todas), como el ms adecuado para prevenir o curar un mal tan funesto. Acurdome haberle odo decir muchas veces a uno de mis maestros, que para bien de la juventud se halla a la cabeza de uno de los ms acreditados establecimientos literarios de mi patria, que nada le tranquilizaba tanto como el sonido de un instrumento tocado por alguno de los alumnos. “Este sonido, deca, me indica lo que piensa y lo que hace el que lo produce y acaso muchos de los que le rodean, y mientras un muchacho est tocando su instrumento, yo no necesito cuidarlo. Yo respondo de su cuerpo y de su alma.”¡Cuntas veces me he acordado, Elpidio, de esta juiciosa observacin, que entre otras muchas conservo como tesoro inestimable, con que me enriqueci un hombre a quien olvidar con la muerte!

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68 Por la misma razn, opino que el estudio de las matemticas y el de la fsica y la qumica deben fomentarse como antdoto contra la corrupcin de la juventud y de impiedad en los aos peligrosos. Es claro que mientras un joven se ocupa de resolver un problema de geometra, su alma est separada de este mundo y se halla como un sueo utilsimo, porque al paso que evita todos los objetos que podan perjudicarle, fija la atencin sobre verdades slidas, y aplicables sin temor de errar, y va poco a poco acostumbrando su entendimiento a no alimentarse de ilusiones ni gustar de disputas en que nada puede resolverse. He aqu la gran ventaja, he aqu el remedio para los casos en que, por relaciones sociales, se ven los jvenes entre personas imprudentes que suscitan cuestiones religiosas. Un joven matemtico descubre muy pronto que estos charlatanes no tienen orden en sus ideas y que su lenguaje es ridculo. De aqu suele resultar un efecto muy contrario al que se proponen estos pedantes, y es que lejos de mofar, son ellos los mofados, y Dios le libre a uno de caer en manos de muchachos, que ora tiren piedras, o chufletas sarcsticas: siempre son los mismos. En cuanto a la fsica y la qumica es evidente que distraen ms que ningn otro estudio y no se necesita mucho para probar que un joven que est haciendo o preparando un experimento en nada se ocupa que pueda perjudicar la moral ni la religin, y que si le asalta uno u otro pensamiento de impiedad, como no es tan agradable como las sensaciones que causan los objetos fsicos, muy pronto lo desvanece y sin hacer mucho esfuerzo. Tengo, pues, por el medio ms prudente, cuando se advierte que un joven empieza a desbarrar en materias de religin, el proporcionarle todos los medios para el estudio de las ciencias mencionadas y proponerle toda clase de premios, sin que llegue a conocer nuestro intento; pues, en tal caso, slo por un espritu de contradiccin, de que tanto gustan los jvenes, llegarn a ser desagradables las mismas ciencias que forman las delicias de los hombres pensadores y el ms til entretenimiento en las aflicciones, que la sociedad humana siempre proporciona a las almas sensibles. Yo he deplorado siempre el alucinamiento de muchos padres, que consideran como perdido el tiempo que emplean sus hijos en el estudio de las ciencias naturales. No perciben las ventajas porque no se valan por tanto o cunto, y para hablar ms claro, porque no producen dinero. ¡Qu error tan funesto! Como si nada valiese la perfeccin intelectual y moral de sus hijos; s, lo repito, Elpidio, la perfeccin moral, pues no cabe duda que muchos jvenes se hubieran atrevido enteramente y hubieran sido unos impos, a no haberse ejercitado y distrado con el estudio amensimo de las ciencias naturales en el perodo de la edad peligrosa. Rara vez encontrars un joven brillante por sus talentos y apreciable por su instruccin en dichas ciencias, que se

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69 degrade entrando en conversaciones indecentes o escandalice con impiedades; y s hallars muchos que sirven de freno a los dems, no porque se metan a predicadores, sino porque su ejemplo es una verdadera predicacin, y la ms eficaz. Satisfechos de poder entretener una sociedad si quisiesen, y no necesitando entretenerla para llamar en ella la atencin por sus conocimientos, no tienen la majadera de importunar con sandeces impas, que, por otra parte, su corazn acostumbrado a lo recto jams aprueba. Ya otras veces me he lamentado contigo de la que propiamente puede llamarse venalidad en las ciencias, porque se venden sus servicios slo por dinero y se aprecian slo como un medio de adquirirlo. Llmanlas, por consiguiente, ciencias de carrera, porque constituyen al hombre en sociedad y le proporcionan medios de sostenerse. Ningn hombre de juicio puede oponerse a ellas, pues nada es ms justo que recibir la compensacin de dilatados estudios e incomodidades y nada ms prudente que asegurar la subsistencia para no sufrir y ser gravosos a los dems; pero al mismo tiempo, considerando los objetos desde este punto de vista, el mismo inters personal est conciliado con el cientfico. No cabe duda que un joven cuyo espritu est ejercitado y cuyo corazn est libre de afecciones fuertes, y ms bien inclinado a las emociones pacficas que causa la contemplacin de la naturaleza, siempre ser ms capaz de hacer progresos y ganarse el afecto, que tanto influye en el bien social. Repara, mi amigo, que se encuentran muchos perversos enriquecidos por medios incuos, pero jams hallars uno que adquiera una gran fortuna por medios lcitos, y en consecuencia, del aprecio popular. El pueblo, por ms corrompido que est, cuando media el inters, sabe tratar a los impos mejor que los sabios y piadosos. ¡Con cunta pena advertimos diariamente los progresos de la impiedad, donde no parece que deben esperarse, quiero decir, en el bello sexo! Esta es la clase ms peligrosa, por los privilegios que la sociedad le ha concedido y por el grandsimo influjo que tiene en ellas. Debe ponerse todo empeo en manejar esta familia, que si se desatiende causa la ruina del pueblo. Acaso te causar risa el que yo pretenda dar reglas para manejar las mujeres, que no tienen ms ley que su capricho y slo son constantes en la inconstancia. Tal es el lenguaje comn y de l se prevalen para hacer lo que les da la gana; y a veces se les antoja causar males enormes, y despus se quedan tan frescas como si hubieran esparcido un puado de flores. Los hombres irreflexivos son los encaprichados y de ellos se burlan completamente cuatro muchachuelas cuyo capricho e inconstancia es pura afectacin, pues, en realidad, tienen ms constancia en sus proyectos que los hombres ms firmes y decididos. El privilegio de causar mal difundiendo la impiedad no debe concederse a ningn sexo, clase o condicin; antes debe

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70 impedirse tan horrible atentado por medios prudentes. Yo siempre he credo que por una ignorancia que llaman atencin y poltica, se han inutilizado las mujeres y al paso que se la ha hecho desgraciadas, en cierto modo, se las ha dado la facultad de causar muchas desgracias. Sin embargo, sera muy ridculo el empeo de reformar la sociedad en este punto y slo conviene tomar las precauciones necesarias para impedir los males. Ya he observado que muchas seoras fomentan la impiedad de los hombres aprobando y oyendo con gusto sus blasfemias; y ahora quiero que notes, mi caro Elpidio, que tambin suelen ser ellas las impas y blasfemas. A veces proviene este horrible crimen del carcter vano de muchas mujeres, que en este como en otros muchos casos suelen ser vctimas de un deseo de ser elogiadas; otras veces, es afecto de enamoramiento, por agradar a la persona que aman, si sta por desgracia no tiene religin; y otras veces, aunque muy raras, proviene de perversidad de corazn y de las diversas causas que ya he indicado en otra de mis cartas. Estas observaciones pueden guiarnos en el manejo de tan perjudiciales impas, pues deben tratarse de distinta manera, segn el origen de su mal, y toda equivocacin en este punto puede tener muy funestas consecuencias. En cuanto a las mujeres impas por mera vanidad, es preciso que consideremos que la mayor parte de ellas proviene de un deseo de presentarse superiores a su sexo, que siempre es dbil y piadoso, y de aproximarse al carcter varonil que envidian sobremanera. No s, mi querido Elpidio, si habrs notado que esta clase de mujeres es ms numerosa de lo que tal vez creen algunos irreflexivos. Figranse muchos que las mujeres se hallan muy contentas con sus privilegios y que slo envidian las fuerzas fsicas y la representacin social de los hombres; pero se equivocan mucho, pues existe por lo menos en muchas de ellas un deseo de igualarlos en todo y sienten no pertenecer a corporaciones literarias y a toda junta en que las luces deben guiar la sociedad. Entre otros ejemplos clsicos podra citar el de la clebre Madame Stal, que tanto ha admirado a la Francia y puedo decir a toda la Europa con sus obras. Todos los que la trataron aseguran no poda disimular sus sentimientos de no ser hombre o poder manejarse como tal, y aunque conservaba las manas de su sexo, siempre se present como si no le perteneciese. Yo no podr enumerarla entre las impas, porque teniendo recursos intelectuales con que imitar y exceder aun a los sabios nunca necesit de la impiedad para llamar la atencin y arrancar aplausos; pero hay una gran multitud de mujeres ignorantsimas, que agitadas por la misma pasin y careciendo de los medios que posea aquella mujer ilustre, se entregan a todos los delirios de la incredulidad, a lo menos aparente. Las tontas y feas estn ms expuestas a esta miseria, porque a las menguadas, no

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71 pudiendo alterar su cara y no dando ms su cabeza, slo les queda el recurso de la gracia, o de la rareza. En cuanto a la gracia, es muy difcil conseguirla sin talento, y la rareza trae consigo el ridculo, a menos que por circunstancias particulares no se haya conciliado la admiracin. Creen, pues, que la impiedad puede llenar este objeto, por haber tantos clebres impos y tantos impos de tertulia, que al instante se unen a esta miserable, slo porque les sirven de apoyo y para divertirse. He aqu el secreto de muchas impas feo-tontas. Cul ser, pues el remedio? No celebrarlas. Este es el mayor castigo y la mejor cura; pero, al mismo tiempo, es preciso que no comprendan que se ha conocido el origen de su enfermedad. Esto equivaldra a declararlas feas, y ya escriba yo en otra ocasin que las mujeres jams perdonan al que las da tal nombre. Sin duda, es preciso mucho tino para dejar que perciban nuestra desaprobacin y no su causa; pero esta reserva es tan necesaria, que cuando no puede conseguirse, o se teme no salir avante, el mejor partido es evitar el trato, y si fuere necesario, slo resta el silencio. Mi Elpidio, no insultes a mujer alguna, pues todas ellas, en este caso, se convierten en vboras, que jams logrars amansar. El modo ms seguro de ratificarlas en su impiedad sera ponerlas en el caso de defenderse contra la sospecha de que es slo un recurso para suplir la falta de talento y de belleza. Una mujer, en tales circunstancias, jams cede, pues bien se echa de ver que esto sera confesar que se conocen a s mismas y no dudan que son tontas y feas. El mero sonido de estas voces hace saltar a una mujer, y jams las pronuncies en su presencia si no quieres exponerte a un mal rato. Vale ms sacar partido de ellas y embaucarlas con artificio en la defensa de la sana doctrina, lo cual, sin duda, hacen con gusto, porque su impiedad es slo de especulacin y sta la encuentran en el mismo aprecio que se hace de ellas graduando sus talentos, de mucha importancia para la defensa de nuestra causa. Me dirs que esto equivale a inducirlas a una detestable hipocresa, pero yo respondo que no es sino separarlas de una verdadera hipocresa, y que la otra es aparente, y que de este modo se impide que continen haciendo mal y destruyndose a s mismas. No dudo que la vanidad es el resorte que ponemos en accin, pero sta es buena y aqulla no es necesaria, pues bien pueden y deben hacerse obras laudables, sin que se mezcle el veneno de la vanagloria. Ser, pues, un defecto de ellas y no de los que las inducen a dedicarse a obras virtuosas, si pierden el mrito de ellas por sentimientos ajenos de la verdadera piedad. A veces nos vemos precisados, mi caro amigo, a echar mano, por decirlo as, de las armas del enemigo para defendernos y destruirlo; y sta nunca ser una alevosa, antes debe graduarse por una accin prudente y heroica.

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72 Por lo que hace a las enamoradas, slo puedo decirte que estn locas y que deben tratarse como tales. No hay duda que es muy sensible orlas desatinar, pero debe esperarse que duren los despropsitos mientras dure la locura del amor. Hay un gran inconveniente para la reforma de estas infelices y consiste en que tienen por un ataque contra el objeto de su amor cuanto se dice en apoyo de los principios religiosos que l detesta o por lo menos no admite. Bien puedes inferir cun difcil es el convencimiento cuando el nimo se halla con semejantes disposiciones, y as es que conviene ms evitar que emprender disputas con muchachuelas enamoradas. Esta situacin es muy peligrosa; si no hay mucha prudencia en manejar estas impas de amor, se llega a producir en ellas un carcter atrevido e indomable, porque falta el freno de la religin y tienen el estmulo de una de las ms poderosas pasiones. Conviene hacerlas entender de todas maneras que estamos muy lejos de querer entrar en discusiones, y mucho ms de ofenderlas. Nunca debemos insinuar que sabemos el origen de su impiedad, sino sea cual fuere su causa nuestro nimo es curarlas por medios suaves. Si vemos que nuestra indicacin produce disgusto, conviene desistir inmediatamente, porque es tiempo perdido; mas no por esto debemos abandonarlas, sino esperar otra oportunidad. La experiencia prueba que este delirio pasa por la mera alteracin de circunstancias, pues o llegan esas jvenes a unirse en matrimonio a los impos y al muy poco tiempo estn bien aburridas de la impiedad, porque notan sus efectos; o son abandonadas y el odio es implacable. Detestan, pues, la impiedad por un motivo contrario del que antes las induca a admitirlas, pues as como antes se proponan agradar, despus se empean en ofender a los que tanto apreciaban y slo desean vengarse. Las mujeres impas por perversidad de corazn quiero decir, las que no son guiadas por amor ni vanagloria, sino por no tener freno alguno que detenga sus desarregladas pasiones, creme Elpidio, que son peores que todos los hombres impos y que su correccin es dificilsima. Los medios suaves rara vez producen efecto y los severos casi siempre exasperan. Slo hay un partido que tomar con ellas, que consiste en convencerlas de sus defectos morales sin dejarlas entrar en cuestiones especulativas, ni hacer caso alguno de sus blasfemias; y luego que les consta que estamos en posesin de hechos, que prueban su relajacin, ellas mismas ceden sonrojadas, porque conocen que nuestra indiferencia en rebatir sus errores proviene del conocimiento en que estamos de que son voluntarios y por miras deshonrosas. Si no podemos convencerlas de que son perversas, conviene por lo menos insinuarles que tal es nuestro juicio por ms que rabien, pues no tienen otra cura; y mientras permanezcan siendo perversas ocultas sern impas manifiestas. Existe afortunadamente una gran diferencia entre las mujeres y los hombres inmorales,

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73 pues aqullas jams sufren pasar por tales a menos que ya no sean unas rameras, y stos con mucha frecuencia se jactan de sus relajaciones. Resulta de aqu la mayor facilidad de contener a las mujeres por la fuerza de la opinin; y si llegan a percibir que tomamos su impiedad como signo de su desarreglo, nada omiten para desvanecer esta impresin y empiezan por no dar escndalo con sus disparates y concluyen por olvidarlos enteramente, recobrando la razn su imperio; y vuelve la virtud a un pecho donde antes slo habitaban crmenes horrendos. A la verdad que estos casos son muy raros, pero basta que sean posibles y que se hayan efectuado algunas veces, para que no perdamos la esperanza, antes procuramos su repeticin. Sin duda te causa risa que yo haya ocupado tu atencin por tan largo tiempo acerca de la impiedad de las mujeres, no mereciendo este objeto la ms ligera consideracin: ni entre los filsofos, que siempre juzgan de ellas como de los nios, ni entre la generalidad de los hombres que las ha concedido el privilegio de hablar como mejor las parezca, puesto que sus palabras no son consideradas sino cuando se refieren al amor. ¡Cunto se engaan los que as piensan! Omos este lenguaje muchas veces, pero siempre es desmentido por la experiencia, que nos demuestra que la sociedad casi puede decirse que es gobernada por las mujeres; y as es que su relajacin, en cualquier sentido que sea, produce siempre los ms funestos efectos. Por una miseria de la naturaleza humana, jams quieren los hombres ser superados por el sexo que impropiamente llaman dbil, slo porque carece de fuerzas fsicas (no tanto por constitucin como por inercia); y habiendo, por otra parte, cado en el lamentable error de considerar como espritus fuertes a los impos, resulta, mi amado Elpidio, que la impiedad de las mujeres viene a ser como un escollo en que naufragan muchos. Entre la gente que suelen llamarse de mundo, no por la experiencia que en l hayan adquirido, sino al contrario, porque no lo conocen y llegan a ser sus esclavos, apenas encontrars uno, aun de los ms moderados, que no se presente como impo, o por lo menos como indiferente a la impiedad cuando se halla en compaa de seoras nominales que ostentan ser incrdulas. Sin ocurrir a ancdotas privadas puedo recordarte un hecho pblico y reciente que prueba a la evidencia el fundamento de mis observaciones. Acaso habrs odo hablar de un diablo vestido de mujer a quien llaman Fanny Wright, o sea Francisquita Wright. Esta infernal criatura se presenta como la madre de la impiedad, pues la practica y ensea de todas las maneras. Asegranme los que la han visto que carece de hermosura y aun podramos sin injusticia llamarla fea. Dotada del conocimiento de algunas lenguas, segn dicen, aunque no me consta que haya hablado pblicamente en otra que la inglesa; y teniendo mucha facilidad o mejor dicho, mucho descaro, se

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74 ha constitudo maestra pblica de la inmoralidad predicndola en teatros y otros parajes espaciosos donde se renen millares de individuos para orla. Ha visitado por segunda vez este pas sembrando semillas de impiedad que ser muy difcil destruir y se ha vuelto a continuar sus escndalos en Inglaterra. Predicaba contra toda creencia y cuando ya consider que sus partidarios se hallaban bien despreocupados, esto es, bien embrutecidos, empez a predicar abiertamente contra los ms esenciales puntos de la moral. No se atrevi, sin embargo, a hacerlo con tanta libertad en pblico como en privado, pues tema exponerse a lo que al fin sucedi, a pesar de todas sus preocupaciones; esto es, que impresas algunas de sus cartas contra el matrimonio de una manera la ms baja y seductora, cay enteramente en un desprecio y abominacin universal. Ha pervertido a una gran multitud y ha dado oportunidad a otros muchos, que ya lo estaban, de presentarse con descaro, como miembros de una nueva secta, que hace alarde y blasona de no pertenecer a ninguna creencia, bien que no se atreven a decir, de no tener moral alguna. ¡Dcenme que esta impugnadora del matrimonio al fin se ha casado! Esto es para que veamos que hay hombres para todo y que no hay absurdo que no llegue a realizarse. Mi objeto en darte esta idea de la herona moderna de la impiedad, no ha sido otro sino preparar el campo donde quiero que observes realizadas mis indicaciones, para lo cual necesito darte la historia, en cierto modo secreta, de este gran ascendiente que adquiri una mujer despreciable por tantos ttulos. Todos los que no se han dejado conducir por apariencias conocen muy bien que esta mujer perniciosa es, y ha sido siempre, un mero instrumento de que se han valido varios impos y en especial cierto individuo que se supone ser el autor de todas las arengas o lecciones depravadas con que ha causado tanto dao. Este hecho prueba que los impos conocen muy bien de cunto valor es una mujer en su partido, y los creyentes deben aprender a evitar tales antagonistas. La estratagema se conoci bien en dos ocasiones muy notables. Concedieron a esta impa en la ciudad de Filadelfia el uso de una de estas que llaman Iglesias y que sirven para todo; hubo un concurso extraordinario para or las blasfemias de esta miserable, mas entre los concurrentes haba un joven abogado que llevaba muy distintas intenciones, pues slo se propuso ridiculizar a esta mujer perversa y hacer ver que como he dicho no es ms que un vil instrumento. Despus que ella habl con la mayor elocuencia, desafiando a todo el mundo y ofreciendo explicar los puntos ms difciles y responder a los que vulgarmente se creen argumentados poderosos y que ella trataba de necedades, el chusco abogadito pidi permiso para hablar y empez su discurso por un elogio de las talentos de la portentosa defensora de la

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75 impiedad; y cuando consider que haba llamado la atencin, y que ella misma lo oa con gusto, empez con mucha cortesa, pero con una firmeza incalculable a rebatirla en unos trminos que todos esperaban que hubiese respondido, mas todo lo que hizo fu irse cuando antes. En una mujer moderada sta hubiera sido acaso prueba de delicadeza, mas en una descaradsima no pudo ser prueba sino de incapacidad y de que slo poda repetir de memoria la leccin que otros la haban dado por escrito, que es la sospecha que justamente tena su astuto impugnador. En la ciudad de Boston la sucedi otro chasco aun ms pesado, pues un hombre de conocimientos se disfraz, presentndose como un carretero, y cuando la arengadora impa se hallaba en lo ms fuerte de su discurso, entr mi buen hombre y para hacer mejor su papel de rstico la interrumpi dicindola que quera hacerla una pregunta. Esta fu tan ardua que la cuitada pens desvanecerlo tratando con desprecio al que la hizo y continuando su discurso; mas el preguntador volvi a interrumpirla con otra pregunta mucho ms fuerte y la risa de los concurrentes indic a la arengadora que estaban penetrados del asunto, y no di ms respuesta sino salir inmediatamente del concurso y en pocas horas de la ciudad de Boston, donde seguramente supieron tratarla mejor que en parte alguna. He aqu probado por experiencia que los impos, cuando, por desgracia de la sociedad, encuentran una mujer que adopte sus principios y tenga valor para difundirlos, jams dejan de valerse de ella y consiguen por este medio tan infame lo que nunca hubieran podido conseguir por s mismos. Si el director de esta desgraciada se hubiera presentado al pblico, no hubiera acaso obtenido aplauso alguno, antes lo hubieran detestado; mas presntase una mujer y la rareza del hecho unida al privilegio del sexo, hizo que fuese oda con gusto y muchas veces vitoreada. Creers que slo asistan a sus lecciones los hombres depravados y las mujeres sin honor? Pues debo decirte que me consta que fueron a orla muchos hombres honrados y de gran talento y muchas mujeres virtuosas. Si la intencin de estas personas hubiera sido prepararse para rebatir los errores que difunda aquella malhadada, no seran tan reprensibles; pero me consta que slo iban por divertirse. ¡Funesta diversin que fomentaba la impiedad haciendo creer a los incautos que era muy grande el nmero de sus secuaces! Me acuerdo haber tenido con un amigo, que era uno de los de la jarana, varias conversaciones muy serias sobre este punto. Decame muchas veces que estando firme en los principios de su creencia, slo iba a or a la impa predicadora por divertirse; viendo hasta dnde llega el descaro de un mujer y que al fin le agradaba orla porque efectivamente pronunciaba muy bien el idioma ingls y sus discursos eran elocuentes. Mas podr calcularse, preguntaba yo, el inmenso mal que causa la presencia de los hombres de mrito en semejante concurrencia? No es un desacierto el

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76 fomentar la soberbia de esa mujer, haciendo que juzgue que sus talentos no tienen igual y que sus objeciones merecen la atencin que los ministros no han querido concederle? Efectivamente, yo creo que por una especial providencia divina no slo los sacerdotes de la verdadera Iglesia, sino tambin los ministros de las diversas sectas convinieron, sin hablarse, en el plan que deba observarse respecto de esta herona de las tinieblas. Ninguno se dign atacar ni sus escritos ni sus discursos o arengas; y todos procuraron dar al pueblo incauto, con el desprecio, la respuesta a sus capciosas objeciones. Este desprecio produjo un efecto admirable, porque el pueblo conoci que el silencio era una medida prudente para no dar margen a mayores escndalos. Tambin tuvimos en consideracin que una cuestin hubiera producido mucho dinero a los especuladores que movan la mquina y este inters pecuniario hubiera hecho interminable toda disputa. Siempre lamentaremos la corrupcin de costumbres, que caus esta mujer infeliz, mas habremos al mismo tiempo el consuelo de no haber aumentado el mal con medidas imprudentes y de haber defendido la religin de un modo el ms noble y eficaz, sin que nadie, aun los ms impos, sospechase la ms ligera debilidad. ¡Cuntas imitadoras de Fanny Wright encontramos por todas partes, aunque menos descaradas, pero no menos perversas! No ha faltado quien sospeche que, a pesar del desinters que aparentaba, la famosa predicadora no dejaba de echar sus miradas a las pesetas que gan en abundancia por la imprudencia de muchos que gustan de comprar todo lo malo; y as es que siempre se vendieron sus escritos impos, aunque destitudos de todo mrito literario. Este es uno de los escollos ms formidables para las jvenes de algn talento, si por otra parte son algo interesadas; y no hay duda que la vanidad hace que muchas adolezcan de este mal, que siempre es peligroso y destructor. Desea una mujer los medios de satisfacer sus caprichos, y al mismo tiempo quisiera pasar por instruda, lo cual no es muy fcil a menos que posea un carcter extraordinario; pero s puede conseguirse con muy poco trabajo, en logrando ahogar, por decirlo as, la conciencia, entregndose a la impiedad. Esta suele ser ms ventajosa que la prostitucin y no lleva consigo tanta deshonra entre los hombres, y as es que suelen muchas mujeres constituirse meros instrumentos de algunos perversos, siendo unas verdaderas esclavas. Fanny Wright pertenece a esta clase y ha sido una de las notables por ser una de las ms atrevidas. He querido hacer estas observaciones, para probar que la impiedad de las mujeres por lo comn proviene de la de los hombres y que el nico medio de manejar estas impas es, como ya he hecho, hacer que conozcan que no se nos oculta su miseria y que no damos otro valor a sus palabras que el que tiene su pasin, que es ninguno. De este modo se consigue disgustarlas de

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77 s mismas, y faltando o aminorndose la vanidad, no es difcil que sigan los dictmenes de la recta razn y sana moral. Es preciso tratarlas en su lnea como a las rameras en la suya, pues en ambas clases de mujeres perdidas tiene el crimen un mismo origen, aunque no siempre se hallan juntos ambos defectos. No s si habrs notado que la incredulidad no es muy comn en las prostitutas y ms bien son personas obstinadas en sus crmenes, con la vana esperanza de enmendarse; y no bien se hallan en peligro de muerte cuando ellas mismas piden ser reconciliadas con Dios y con su Iglesia. No me acuerdo de haber encontrado una sola incrdula. De qu proviene esta fe aunque muerta? De la gracia que sin ser santificante prepara a la santificacin y excita al alma continuamente para sacarla de un estado tan miserable; pero tambin hay otra causa y es que la incredulidad no traera ventaja alguna en cuanto a las miras temporales de estas miserables; y as es que no se cuidan mucho de pensar sobre puntos de religin, puesto que aun cuando sta no existiese seran tratadas del mismo modo en la sociedad. Por lo que hace a los remordimientos de la conciencia no puede acallarlos la impiedad, que mucho menos cuando ellas mismas conocen su depravado origen, pues viene a ser un recurso subsecuente a la comisin de crmenes que tratan de continuar. Es, por tanto, mucho ms lamentable la situacin de las impas decentes que la de estas mujeres inmorales, aunque el mundo d a veces ttulos muy honrosos a aquellas perversas, que causan mucho mayores daos; pues una prostituta no tiene influjo para inducir a muchas a que lo sean y una impa condecorada y aplaudida ejerce con gran poder sobre las jvenes de su sexo y arrastra muchas de ellas a la perdicin. Hasta ahora, he comparado estas dos clases de mujeres como si efectivamente fueran diferentes, mas yo creo, Elpidio, que a tu penetracin y sano juicio no podr escaparse que forman dos especies de una clase general, que se divide en pblicas, y ocultas, o sea degradadas y aplaudidas. Puede establecerse como regla que tiene pocas excepciones, que todas las mujeres impas son disolutas, o se preparan para serlo, y slo se detienen porque aun no han podido perder el hbito de respetar la virtud, que ellas consideran como una invencin humana y como una lamentable debilidad. Las observaciones que anteriormente he hecho sobre las causas de la impiedad deben tenerse presentes, con mucha ms razn cuando nos vemos precisados a tratar mujeres impas, que escudadas con las prerrogativas de su sexo, suelen ocultar una inmoralidad la ms desenfrenada bajo el velo de ilustracin. Siempre he compadecido a los simples que se dejan alucinar con los discursos y chistes de estas perversas, llegando la tontera de muchos hasta el extremo de contraer matrimonio con ellas, que es la ltima desgracia que puede suceder a un hombre de honor. Yo quisiera, Elpidio, que

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78 los jvenes tuviesen presentes los daos que pueden causarles estas mujeres peligrosas de quienes slo puede esperarse engaos de todas clases, porque tienen talento para practicarlos, decoro y prestigio con que disimular sus maldades y ninguna clase de vnculo que las una a la virtud, y as es que llegan a connaturalizarse con los crmenes. La historia de la mayor parte de las mujeres que se han hecho clebres por su impiedad, bien que dotadas de talentos brillantsimos, prueba claramente, mi querido Elpidio, que no son vanas conjeturas sino lecciones de experiencia las que acabo de exponer. Acurdate de las favoritas de los ms clebres filsofos impos o seudofilsofos del siglo diecisis; cuyos nombres, por ms excecrables que sean, no quiero indicar; y te convenceras, por innumerables pasajes de su vida, que desconocan el honor y slo abundaban en medios de aparentarlo. En los siglos posteriores y aun en la poca presente encontramos mil ejemplos que confirman lo mismo y a la verdad que casi es imposible indicar uno que pruebe lo contrario. ¡Cunto hubiera ganado la moral si los hombres de juicio hubiesen conseguido que se les oyese cuando declamaron contra estas impostoras! Mas, desgraciadamente, en casi todos los hombres y mucho ms en los literatos se advierte una fatal propensin a disimular los defectos de las mujeres de algn talento; y por otra parte llegan stas a hacerse tambin por los infinitos recursos que tienen para hacer mal y quedar impune. Este es uno de los principales motivos por que se han autorizado las iniquidades de las mujeres impas, en las cortes de los reyes donde una porcin de pretendientes siempre est pronta para la adulacin, aunque tenga el objeto ms infame. No hay quien se atreva a hacer frente a estas malvolas cortesanas, que sin presentarse a los monarcas suelen manejarlos por segunda mano y disponer de la tranquilidad y a veces aun de la vida de los ms honrados miembros de la sociedad. El temor es la verdadera causa de este gran valimiento, y es muy difcil, por no decir imposible, encontrar hombres denonados, que se hagan superiores a todas las persecuciones y nada teman. La generalidad sigue un partido bien contrario y de aqu resulta que la sociedad en las grandes cortes presenta ms refinamiento, pero al mismo tiempo mucha ms acendrada malicia. He aqu otro inconveniente de mucha consideracin para la reforma de las costumbres y restablecimiento del orden social, que jams puede ser guardado cuando est en manos de los impos. Es sabido que las ciudades menores y mucho ms las de provincia toman siempre por modelo la corte y que el espritu de imitacin llega a ser extremo. De aqu resulta que muy pronto se encuentran filsofas de provincia e impas descaradas, que se consideran discpulas de las que desmoralizan la capital; y los especuladores, que creen

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79 ganar cerca del trono agradando a estas indecentes que mueven a los que rodean a los monarcas, no cesan de celebrar a las ilustradas provinciales para que los recomienden y sacar partido. Este es el mundo, Elpidio, y ojal pudieran todos conocerlo. Lo ms sensible es que los mundanos son los que menos conocen el mundo y teniendo grandes pretensiones al saber, presenta una gran dificultad su correccin. Llevan un golpe tras otro y los desengaos se suceden, pero tal es la vana idea que han formado de su mrito y experiencia, que siempre atribuyen a casualidad los resultados de su ignorancia. La suerte de estos miserables es digna de compasin, y mucho ms cuando, abandonados por los que acaso podran remediar su desdicha, no solamente llegan a considerarse ilustrados sino con un ttulo adquirido, como suelen decir, a fuerza de experiencia, para constituirse guas de la sociedad. Es muy peligroso hacer frente a estos maestros y tanto ms cuanto que habindose dado ellos mismos el ttulo no es fcil que lo revoquen. Lo ms conveniente es no presentarles argumentos, sino hechos, y algunas insinuaciones sobre sus causas, dejando a su entendimiento que haga las inferencias que deben convencerlos. De ningn modo apruebo el plan de algunos que piensan sacar ventaja por medio de una baja adulacin, y as es que tributan mil elogios a los medianos talentos de algunos impos, creyendo que de este modo oirn con ms inters las verdades que niegan sin debido examen. Estas supercheras, adems de ser ilcitas, producen siempre un efecto contrario, pues apenas hay un hombre tan fatuo que no conozca cuando le elogian ms de lo que merece; aunque hay muchos que gusten de estos elogios exagerados slo porque suponen un engao en el panegirista, que sirve a los intereses del elogiado aunque no convenza su entendimiento. La consecuencia que suele sacarse en estos casos es que la admiracin proviene de ignorancia, y bien puedes percibir, mi amigo, que el que as piense no estar muy dispuesto a seguir los consejos de un fatuo, a quien ha sabido engaar. La franqueza siempre es necesaria y mucho ms cuando trtase con personas de algn talento; y de aqu resulta que si llegan a observar que efectivamente no nos hemos equivocado acerca de su mrito y que no les hacemos injusticia ni tampoco les tributamos honores que no merecen, llegan al fin a formar un buen concepto de nosotros, y sta es la mejor disposicin para que nos oigan sin animosidad. Vivamos con los impos de un modo que pueda inducirlos a dejar de serlo. Este remedio, que t siempre has aplicado con tanto acierto, es el que yo quisiera ver difundido por todo el orbe y especialmente por el pas que ambos queremos y donde t, cual Ttiro bajo la sombra de los rboles de una eterna primavera, seguramente no olvidas a tu Melibeo que, lejos de la patria, espera los rigores de un severo invierno.

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80Carta quinta Quejas justas e injustas de los imposMzclase, amado Elpidio, con el santo inters de la religin el puramente humano de las personas religiosas, y con la obcecacin de la impiedad el furor de los impos; resultando de este conjunto el monstruo ms horrendo, cuyas crueldades afligen la naturaleza, perturban la propiedad y deshonran la Filosofa. Comtense atentados por ambas partes y es preciso que los examinemos con la calma de una caridad cristiana y una buena lgica, si queremos proceder con justicia y no contarnos en el nmero de los ilusos. Qujanse con razn los impos de la crueldad con que muchas veces han sido tratados; de la precipitacin y, por decirlo as, del ansia con que han corrido por todas partes muchas personas piadosas, con el decidido empeo de encontrar incrdulos que combatir; de las calumnias atroces a que ha dado lugar la prevencin e ignorancia de muchos que oyen con placer y se dejan arrastrar por los que ostentan un falso celo, que no es sino una infame vileza. Qujanse justamente de la hipocresa de muchos especuladores, que pretenden ser muy religiosos, slo para ocultar mejor la impiedad y conseguir cuanto quieren declamando contra los impos. Qujanse de los robos que repetidas veces se han hecho bajo el pretexto de religin. Qujanse de las tinieblas que han esparcido personas ignorantes, y algunas muy perversas, bajo el pretexto de difundir la luz de la fe, cuyos fundamentos desconocen. Qujanse de la iniquidad con que se ha hecho uso de la religin como instrumento de la poltica. Qujanse, en fin, de que no se emplean con ellos los medios justos y caritativos de que he tratado en mi carta anterior. Estas quejas son tan fundadas que todos los esfuerzos que hasta ahora se han hecho para acallarlas, slo han servido de pbulo a la venganza, que tantos males ha causado. Siempre espera una satisfaccin el ofendido y no puede menos de exasperarse cuando lo que encuentra es una descarada apologa de los ms escandalosos atentados, o una artificiosa disculpa, que no slo no aminora la enormidad del crimen, sino que prepara los nimos para que no extraen su repeticin. Es menester confesar que sta ha sido la injusta y equivocada conducta que han observado, respecto de los impos, muchos hombres por otra parte sensatos y de buenos sentimientos. Creen que si los enemigos de la religin consiguen probar injusticias en sus cultivadores, se llenarn de orgullo y sern ms obstinados; pero no advierten que este orgullo y obstinacin sern mucho mayores cuando adviertan la nueva injusticia con que se quiere defender o disculpar la primera.

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81 Llegan, pues, los impos a persuadirse de que todo cuanto se dice contra su impiedad tiene por origen el odio a sus personas, y aunque en esto se equivocan, es preciso confesar que a veces tienen mucha disculpa en su equivocacin. No pueden conciliar con el Evangelio la falta de caridad que notan en la conducta de muchos, respecto de ellos; y, o los tienen por hipcritas que fingen ser creyentes, o por mal intencionados, que sin embargo de creer en el Evangelio, no siguen sus preceptos, slo por la satisfaccin que les causa el vengarse. En ambos casos la queja es justsima. Mas otras muchas son infundadas y slo prueban que el desarreglo de las pasiones no permite a la razn un examen imparcial, o que pretenden los impos ocultar sus depravadas intenciones bajo el velo de la justicia y humanidad que invocan. Har algunas reflexiones sobre varias de ellas, porque sera muy dilatado el considerarlas todas; pues los impos han procurado justificarlas, con el fin de que algunas sean credas, y que el gran conjunto alucine a los incautos. Suelen quejarse los impos de la reserva que usan respecto de ellos los creyentes, que a veces pasan al desprecio ms completo, slo por una falta intelectual. Esta es una estratagema la ms ridcula, pues los mismos que la usan descubren con su conducta en otras ocasiones, que conocen su debilidad y falta de fundamento. Basta para convencernos el observar a los mismos impos en los diversos estados de la poltica. Supongamos que, alegando la libertad de pensar, hubiese un majadero que empezase a predicar por las calles de New York la necesidad de restablecer en esa repblica el antiguo gobierno de Inglaterra; no crees que, prescindiendo de lo que hiciese la autoridad, el predicador encontrara un justo castigo de parte del pueblo, y que acaso los impos seran los primeros en aplicrselo? No correra igual suerte el que en Viena predicase la necesidad de constituir una repblica? Pensemos del mismo modo en materias religiosas y el asunto no presentar dificultad alguna. Todos pueden ser impos, y mientras la impiedad est en la mente, no puede ser objeto de nuestras observaciones; y as es que, hablando con exactitud, ninguno sufre sino por lo que hace y puede evitar. Cmo puede haber un derecho para exigir de una sociedad religiosa la aprobacin de los ataques que se hacen contra ella? Supongamos que hubiese un pueblo enteramente compuesto de impos, aprobaran stos a los piadosos que fueran a predicar y a hacer proslitos? Es, pues, totalmente infundada toda queja, en cuanto al desprecio, con que son mirados los impos. Yo no hablo de persecuciones por la ley, sobre las cuales es bien sabido mi opinin; hablo slo de la que puede llamarse repulsa social, que existe

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82 y existir siempre entre los impos y los creyentes, y es ms enrgica que todas las leyes. El pueblo en que habito confirma mi asensin, y no puede darse mejor prueba de ello. Si se conserva el mutuo respeto, la sociedad permanece tranquila y ordenada, como sucede en este pas; mas no por eso son menos fuertes los ataques, ni menos sensibles sus efectos. Cuando se procede sin cortesa ni prudencia, se destruye la paz y armona sociales. Si los impos son ms numerosos, sufren los creyentes; y si stos preponderan, aqullos son mortificados. Depende de la misma naturaleza de las cosas y se observa en todas las materias de opinin, pues naturalmente se renen los que piensan del mismo modo, y slo se respetan por consideraciones sociales los de contrario sentir; mas sera muy necio el que reclamase un derecho a la confianza que l mismo no querra conceder. Siempre me he persuadido que las quejas de los impos, en esta materia, no son ms que unos medios de especulacin, pues intentan fascinar a los creyentes recordando, con hipocresa, doctrinas evanglicas y derechos de la humanidad; se suponen perseguidos e inventan mil cuentos. slo para conseguir cuanto quieren por medio del temor y de la vanidad. S, mi amigo, un nimo piadoso siente tanto la ruina espiritual de otro, que todo lo sufre antes que causarla; y los impos, que perciben esta buena disposicin, se dan siempre por compelidos al crimen y escandalizados a la menor contradiccin que experimentan. Prevlense tambin de la vanidad porque muchos, equivocando la debilidad con la prudencia, y movidos slo por el deseo de ganar la estimacin, apoyan las injustas quejas de los impos slo por ser tenidos por generosos y despreocupados. Este es un mal gravsimo y un ataque el ms injusto al derecho de pensar que tanto se quiere defender. Por medio de una compulsin moral, que a veces equivale a la fsica, se quiere obligar a los creyentes a que renuncien a sus ideas y admitan las de los impos; slo por no aparecer enemigos de ellos. ¡A cuntos ha hecho perseguidores el deseo de no serlo! Pnese en accin la vanidad, que es la ms insidiosa de todas las pasiones, y los hombres ms sensatos suelen sacrificar sus sentimientos, slo por no incurrir en la odiosa nota intolerante. Convirtense de hecho (aunque no en su corazn) en los ms crueles enemigos de los que tienen las mismas ideas y al mismo tiempo ms firmeza para proceder conforme a ellas y resultan los creyentes perseguidos slo por el vano pretexto de impedir que persigan a los impos, los cuales se burlan de los simples que caen en este lazo y se animan para tender otros ms funestos. De qu persecucin se habla? Por qu se da este nombre odioso al uso de un derecho el ms sagrado, para cohonestar el ataque ms injusto? El creyente tiene un derecho incontestable para proceder conforme a sus ideas siempre que no infrinja las leyes sociales y mucho menos las evang-

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83 licas. El admitir o no a la confianza privada e intimidad, el poner en manos de otros los intereses personales y de familia, debe ser un acto enteramente libre y no sujeto a investigaciones ni reclamos. Siendo, pues, la opinin de un creyente que la impiedad es el principal de los crmenes y el origen de otros muchos, tiene un derecho a proceder conforme a estos principios en cuanto a la eleccin de las personas de su confianza y de los miembros de su familia. Nadie tiene derecho a serlo y as nadie debe quejarse por no serlo. Este asunto, Elpidio, es de la mayor importancia y yo podra presentarte muchos ejemplos de familias desgraciadas slo por evitar las injustas quejas de algunos impos, a los cuales se han entregado y por quienes han sido destrudas. Bien conoces que una explicacin ms extensa me expondra a incurrir en personalidades que detesto; mas espero de tu prudencia que infieras lo mucho que podra decir, no con pruebas areas, sino con datos tan evidentes como lamentables. Yo slo quisiera que los infelices que llevan la condescendencia social hasta el punto de sacrificar sus sentimientos religiosos, meditasen un momento sobre el degradante y ridculo papel que representan a la vista de esos mismos impos, a quienes quieren agradar. S, esos mismos que astutamente se quejan, luego que consiguen su intento, consideran a los que se han dejado llevar de sus consejos, o como unos hipcritas que se han fingido creyentes, o como unos dbiles, por no decir bajos, que sacrifican sus creencias por consideraciones humanas. En ambos casos el papel es muy deshonroso. Este mal es de tanta trascendencia que afecta aun a las personas ms precavidas y se difunde en los pases ms ilustrados. No necesito probarte que la indiferencia en religin equivale a la impiedad, porque verdaderamente no cree nada el que sostiene que no importa la eleccin de lo que se cree. Estos indiferentes pueden muy bien llamarse impos religiosos, por ms contradictorios que sean estos trminos; puesto que pretenden conservar alguna religin, cuando slo conservan una verdadera impiedad. Existe en este pas una gran multitud de esta clase de impos, y como se cubren con un velo de religin, hacen que sus quejas sean odas por el pueblo con ms inters; y aun muchos ilustrados, que perciben claramente la trama, caen en ella, defendiendo con su ejemplo, si no con palabras, el indiferentismo religioso. ¡Observa, Elpidio, cun astuta es la impiedad! El pueblo, ms prctico en materias de libertad religiosa, viene a ser el enemigo de todas las religiones, al paso que todas son protegidas por la ley; proviniendo este ataque de haber tomado parte la vanidad en la defensa. No hay una conversacin en que no se oiga repetir con frecuencia “yo no soy preocupado, yo soy muy liberal y condescendiente en materias de religin”. Si esto quisiese decir “yo no insulto a nadie en la sociedad por materias de religin”, equival-

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84 dra a decir, “yo opero como todos en el pas, excepto un corto nmero de imprudentes”; mas el significado es distinto; y el verdadero principio que quiere inculcarse es la indiferencia dogmtica, o mejor dicho la nulidad de dogma, teniendo por buenos todos los dogmas siempre que una persona los crea como tales. Puedes inferir que los que as piensan, al mismo tiempo que pretenden pertenecer a una religin determinada, no son ms que unos impos hipcritas que se cubren con un vestido de piedad y franqueza. He aqu la gran tctica y la astucia con que por medio de quejas consigue la impiedad un triunfo lamentable. Efectivamente, hay muchas personas en este pas, que juzgando de un modo bien distinto usan del absurdo lenguaje que acabo de mencionar, slo porque es moda, y el que lo omite pasa por un preocupado y se expone a las quejas de innumerables personas, muy piadosas dicen, aunque de distinta creencia. ¡Triste fanatismo en medio de tanta ilustracin! Si se pregunta a una de estas personas, si desea destruir la religin y promover la impiedad, se da por altamente ofendida, cuando no hace otra cosa propagando un principio destructor de todo dogma y de toda religin. Si la impiedad se quitase esta mscara religiosa, sera detestada por los mismos que ahora la celebran como una alta prudencia y caridad acendrada. Vase cunto pueden las quejas infundadas de los impos cuando los creyentes son, o tan incautos e ignorantes que las creen justas, o tan dbiles y condescendientes que conociendo su injusticia no se atreven a desatenderlas. Siempre se presenta a este pueblo como un modelo de perfeccin, y aunque yo soy uno de sus admiradores, quisiera igualmente que no se alucinasen muchos y perdiesen la importante leccin que la experiencia puede darles en este mismo pas que tanto elogian. Los defectos de los grandes hombres siempre han sidos el mejor correctivo para enmendar a los medianos; y del mismo modo, las imperfecciones de los pueblos adelantados deben servir de antdoto para el veneno que pueda introducirse en otros menos prcticos. Todo el que no sea un necio, o un iluso, percibir que el principio de tolerancia religiosa civil ha ido degenerando en el de tolerancia dogmtica o puramente religiosa, de la cual resulta una nueva religin, que no tiene nombre y a la verdad que no es fcil encontrrselo. Yo, entre los mos, suelo llamarla la religin de los nadas; y ya que la pluma ha resbalado a comunicarte mis chanzas, ten paciencia y permteme que exponga mis pensamientos. Las personas a que aludo no sufren ser contadas entre los impos y muchas de ellas no lo son. Tampoco se consideran ligadas a religin alguna de las diversas sectas conocidas. No han formado el monstruo religioso propuesto por Jerieu, esto es, una Iglesia compuesta de todas las sectas, antes defienden la independencia de cada una de ellas y combaten la unidad

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85 de la Iglesia. Si me preguntas, qu son estos individuos? Respondo que son unos ilusos o unos impos; mas si me pregunta, qu aparentan ser?, creo que puedo decir que son unas personas que al paso que se tiene por religiosas, son nada; y he aqu por qu la llamo la religin de los nadas. Desgraciadamente se va extendiendo cada vez ms y sirve de capa a los impos, que no les desagrada cubrirse con ella, porque conocen que es el mejor disfraz y el medio ms a propsito para conseguir el aprecio de personas verdaderamente religiosas, sin sujetarse a los dogmas ni a la disciplina de ninguna religin. De aqu es que no cesan de elogiar este sistema, o mejor dicho esta conducta poltico-religiosa, y se quejan amargamente cuando se encuentran con un hombre de firmeza bastante para no hacer un papel tan ridculo como es el de engaado o el de farsante religioso, que representa segn las circunstancias, con el solo objeto de agradar; sin advertir o sin cuidarse mucho de la degradacin en que incurren para los sensatos aun cuando no sean impos. Adems de las quejas religiosas tienen los impos la fatal costumbre de darse por ofendidos a la menor circunstancia que no satisface sus deseos; y causan mucha inquietud a varias personas piadosas. Estas quejas son de una nueva especie, aunque se prevalgan de los sentimientos religiosos si los encuentran en la persona a quien se dirigen. Podremos llamarlas quejas sociales, y si se quiere, quejas filosficas, ya que tienen el arrojo de llamarse filsofos los enemigos de la verdadera Filosofa, que se han constitudo apstoles de la impiedad. Si la desgracia, Elpidio, te obliga a tratar con esta familia, observars que siempre estn dando quejas y reclamando agravios. Pierde toda esperanza de complacerlos y proponte slo cumplir tu deber. Son los ms ingratos y siempre se estn quejando de ingratitud. Deben pues considerarse como unos maniticos y no inquietarnos por sus quejas, ni envanecernos por sus elogios, pues aqullas sucedern a stos en el momento en que no crean haber sacado todo el partido que deseaban o que hayan explotado bien la mina. En sus principios est el ser ingratos y en los nuestros debe estar el no hacer caso de su ingratitud y no ser tan simples que esperemos otra cosa de unos hombres que nada esperan sino lo que puedan sacar. De aqu resulta que siempre estn en una continua queja entre s mismos, lo cual prueba que no es precisamente por consideraciones religiosas, sino por especulacin frustrada. Proceden, mi amado Elpidio, como lo que ellos dicen que son, esto es, como unos puros animales de una especie mucho ms perfecta que los dems que conocemos. En consecuencia, tienen por norma la sensibilidad y todo lo que no la gratifica es malo; y as es que la gratitud, a no venir acompaada de la vanidad que produce un efecto sensible en el homenaje y aplauso de nues-

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86 tros semejantes, no tiene poder alguno en su corazn y menos puede ser aprobada por su entendimiento. Qujanse lo mismo que ruge un len por la comida, o dan otros signos otros animales de distinta especie. Como s que has ledo las Memorias de Marmontel, quiero recordarte algunos pasajes que sirven de apoyo a mis observaciones. El miserable Rousseau, que siempre tuvo la fortuna de ser ridiculizado, porque jams pudo ocultar su soberbia y artera, consult al tunante de Diderot sobre qu parte tomara en el clebre programa propuesto por la Academia de Dijn, esto es, si debera defender que las ciencias son tiles a la sociedad, o si se constituira abogado de la ignorancia. Quiso rerse Diderot del pretendido filsofo y le aconsej que atacase las ciencias dicindole que de este modo tena seguro el mrito de singularidad, pues no haba duda en que todos sus antagonistas tomaran el camino ordinario y racional de defender las ciencias. Este consejo, dado acaso sin otro objeto que el de burlarse del vanidoso y verstil filsofo, era tan anlogo a su carcter que no vacil en admitirlo: y he aqu al apologista de la ignorancia por obtener el premio de la sabidura. Sabes que se lo concedi la Academia y yo soy sobre este punto del sentir de La Harpe, esto es, que aquella ilustre corporacin se present mucho ms imprudente y ridcula que el mismo delirante a quien premi tan vanamente. Sin embargo, no siendo las glorias ni deshonores del ginebrino el objeto que me propongo, slo llamar tu atencin sobre el carcter falso de los impos, y por consiguiente, sobre lo infundado de sus quejas cuando nos precavemos de ellos. Bien s que de un caso particular nunca puede deducirse una proposicin universal y que las extravagancias de un individuo nunca probaran las de todos los de su clase. Por tanto, slo me propongo ejemplificar una observacin que ya creo haber fundado en infinitos casos, a los cuales t, mi Elpidio, sin duda podras agregar otros muchos. Son muy dignas de copiarse las palabras de Diderot que refiere Marmontel, cual se las haba referido a Voltaire. ”Hallbame preso en Vicennes, dice Diderot, cuando vino a verme Rousseau. Me haba hecho su Aristarco segn l mismo haba dicho. Pasendonos un da me notici que la Academia de Dijn haba propuesto un programa interesante, a saber: si el restablecimiento de las ciencias y las artes ha contribudo a rectificar las costumbres. ‘Qu partido piensa usted tomar?’ le dije. ‘La afirmativa’, me respondi. ‘Este es el puente de los asnos’, le respond; ‘todos los talentos comunes tomarn el mismo camino y no encontrar usted sino ideas comunes, al paso que el partido contrario presenta a la filosofa un campo nuevo, rico y fecundo’. ‘Tiene usted razn’, me dijo despus de haber reflexionado por algunos momentos; ‘seguir vuestro consejo.’ Desde este instante, agrega Marmontel, qued decidido el personaje que deba representar y su mscara.”(Lib. 7, p. 223).

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87 He aqu, Elpidio, un ejemplo de la sinceridad de los impos y del deseo que tienen por encontrar la verdad y promover la filosofa. Son unas mscaras y nada ms. No en balde, dijo Voltaire, luego que oy esta ancdota: “Ese hombre es una ficcin de los pies a la cabeza, en cuerpo y en alma: agrdale representar a veces el estoico y a veces el cnico; “l se desmentir sin cesar hasta que su misma mscara lo ahogue.”Mas, pregunto, no usaba Voltaire mil mscaras y no puede servir para dar ms peso a la observacin? Sigamos observando al filsofo ginebrino en la representacin de su ridculo papel y puedan sus miserias corregir a sus incautos admiradores. Determinado ya a engaar a todo el mundo, conoci que deba dar algn aire de misterio a su farsa, introduciendo algo de sobrenatural y divino en la ms baja de las imposturas. Oigamos cmo refiere a su inspiracin maravillosa en una carta a Malesherbes. “Yo iba a ver a Diderot, que se hallaba preso en Vicennes, y tena en la faldriguera el Mercurio y sacndolo me puse a hojearlo por el camino. Encontr la cuestin de la Academia que di motivo a mi primer escrito. Si ha habido alguna cosa semejante a una inspiracin sbita, sin duda lo fu el movimiento que yo sent a esta lectura. Sent de golpe mi espritu baado de mil luces y un conjunto de ideas muy vivas se present a la vez con una fuerza y confusin que me pusieron en un desorden inexplicable. Experiment un atolondramiento semejante al de la embriaguez. Me oprimi una palpitacin que me hinch el pecho, y no pudiendo caminar ni respirar, me tend bajo un rbol, donde pas media hora con tanta agitacin que al levantarme advert que mis vestidos estaban mojados con mis lgrimas, que no sent cuando las derramaba.”De esta profunda y misteriosa meditacin nos quiere hacer creer Rousseau que provino el cmulo de elocuentes disparates con que halag tantos odos daando tantos corazones. Puede darse mayor superchera? Es ste el hombre que tanto ha declamado contra los impostores y que constitudo en un Herclito moderno jams ces de quejarse y de condolerse del alucinamiento de los hombres? Infiere, mi amigo, qu caso debe hacerse de semejantes quejas. Bien se lo dieron a conocer sus mismos amigos, y bsteme recordar que habindole jugado una de las suyas a Duclos, ste le dijo: “quiero saber si sois pcaro o tonto”. “Ni uno ni otro”, respondi Rousseau, “sino un hombre desgraciado”. “Guardad vuestra elocuencia, le dijo Duclos, para usarla con otros; pues, en cuanto a m, s su valor y no puedo alucinarme.”Psole entonces su intriga en claro y qued enteramente confundido el quejumbroso filsofo. ¡Cunto ganara la sociedad si fueran tratados de este modo los imitadores de aquel llorn resabido!

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88 Dispensa, amado Elpidio, que te moleste con la narracin de un hecho que en cierto modo puedo llamar personal y que prueba que no era nico en su mana, o sea en su perversidad, del autor del Emilio. Hallbame de profesor en el colegio de San Carlos de La Habana, mi querida patria, y entre otros majaderos (que es familia que siempre me ha perseguido) entr en mi cuarto un hombre como de treinta aos, flaco, plido, dbil y mal vestido, cuya vista no me dej duda de que era un pobre enfermo. A los pocos momentos de conversacin conoc que su alma estaba mucho ms enferma, pues era un gran impo, y continuando en darme idea de su persona supe que era uno de los afrancesados. E ignorando acaso mis principios polticos aunque no poda ignorar los religiosos, me cont que haba hecho a todos los partidos segn lo haba exigido su utilidad y que en las excursiones del ejrcito francs siempre tuvo buena cama, aunque careciese de ella el mismo obispo. Ya conocers que el buen pancista tena para m todo lo que necesitaba. Sin embargo, por ms esfuerzos que l hizo para presentarse como un bruto, yo no pude olvidar que aun era hombre y le trat como tal, procurando consolarle y socorrerle sin ofender su delicadeza, que en los impos es extrema, porque lo es la soberbia. Propsome que le comprase una obra dejando el precio a mi arbitrio. Pguele ms del duplo del valor, y no pudiendo ocultrsele esta ddiva, me insinu que haba querido favorecerle. Sin duda estuve a riesgo de que me sucediese lo que al Conde de Aranda, embajador espaol en Francia, a quien Rousseau llen de oprobios por un caso semejante; pero afortunadamente escap de este peligro. Volvi a los pocos das vendiendo otra obra de mucho valor, que despus supe no era suya, sino que un hombre caritativo no teniendo ms que darle (despus de haberle dado bastante), se la entreg para que la vendiese y usase el dinero. No pudo venderla en el colegio, y sin otro motivo entr en mi cuarto declamando o mejor dicho blasfemando con furor y no sin elocuencia contra la ingratitud de los hombres; y acurdome que entre otras cosas me dijo que se hallaba como el clebre Juan Santiago, abandonado de los hombres y perseguido de la fortuna. Yo dije para entre m, “y tan inicuo y posedo del diablo como el original de que eres copia”, pero no quise responderle ni una palabra. Sali de mi cuarto sin despedirse y con un aire de desesperacin. En tal estado no cre que deba abandonarlo y le segu por ver si poda calmar aquella fiera. Detvose en el claustro donde le dirig algunas palabras, que si l hubiera meditado, sin duda hubiera conocido su locura; mas su pasin era tan fuerte que no pudo contenerse en desahogarla con nuevas y ridculas declamaciones, acompaadas de visajes que en otras circunstancias me hubieran causado risa y entonces slo me causaron tristeza al ver a qu punto de degradacin lleva a los hombres la impiedad. Puedes inferir que sali del colegio maldi-

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89 ciendo por la injusticia con que se le haba tratado, la cual consisti en no darle noventa pesos por una obra que quera vender, sin embargo de haberle ya comprado otra por un precio exhorbitante. Volv para mi cuarto muy triste por la escena que acababa de presenciar y haciendo reflexiones sobre la ingratitud a que conduce la impiedad y sobre la injusticia de las quejas de los impos. ¡A cuntos, deca yo, no alucinar este infeliz con la tal cual elocuencia que por desgracia posee! ¡Cmo describir este colegio, donde slo ha recibido atenciones, y cuntos lo creern por la propensin de moda que es creer cuanto se dice contra los eclesisticos! As, me deca yo a m mismo, as se habrn calumniado otros muchos institutos, y las quejas de los impos slo deben ser miradas como unos signos indudables de sus calumnias. S, Elpidio, mientras ms se quejan, ms cierto es que han calumniado. Deseaba yo en aquellos momentos poder tener presente toda la juventud de La Habana, para que recibiese una leccin prctica de lo que valen los impos, y qu crdito debe dar a sus palabras cuando con suma hipocresa se dan por perseguidos. Si la narracin de este hecho te ha fastidiado, espero que me dispenses considerando que me afect en tales trminos, que a pesar de haberse pasado muchos aos no puede borrarse de mi memoria; y as no es mucho que, sin saber cmo, me haya deslizado a referirlo en una carta en que la amistad parece darme un derecho a la confianza. Basta de ancdotas, me dirs. S, basta, respondo; y ojal nunca haya una de esta especie que referir, pero mientras se repitan por todas partes, como diariamente observamos, es conveniente no olvidarlas; pues son lecciones prcticas, que a veces sirven ms que todos los volmenes. Es incalculable el mal que causa la impiedad cuando se presenta como objeto de la compasin, y as es necesario quitarla esa mscara alevosa y hacer que aparezca en circunstancias particulares con su verdadero aspecto, para privarla del medio de engaar cuando se disfraza con tanta hipocresa. La juventud, impetuosa por naturaleza, se deja arrastrar por las sensaciones vehementes que causa el aspecto de la ciencia y la virtud perseguidas; y como apenas hay un impo que no se presente como sabio y virtuoso, perseguido injustamente por la supersticin y el fanatismo, consiguen gran ventaja con sus quejas y declamaciones, induciendo a los jvenes a cometer horribles atentados. La verdadera ilustracin es el escudo contra los dardos de la falsa ciencia, que tantas tinieblas ha difundido sobre la tierra; y as debemos promover los conocimientos exactos para destruir en el corazn humano las emociones engaosas que le convierten en un ciego y ridculo instrumemto de la malicia. ¡Oh, Elpidio, qu rara virtud es la fortaleza, aunque muchos se glorian de tenerla! Yo creo que en

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90 nada se manifiesta tanto como en resistir los sentimientos del amor propio, cuando para engaarnos a nosotros mismos le damos los nombres encantadores de humanidad, justicia y ciencia. Muchos resisten los ataques del temor, pero muy pocos dejan de ceder a los halagos. De esta debilidad humana se prevalen los impos, y he aqu el secreto del poder de sus quejas infundadas. Concdanos el cielo, mi amado amigo, ver propagados los verdaderos espritus fuertes, entre los cuales ocupas un lugar distinguido, siendo la delicia de tu invariable, etctera.

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91Carta sexta Furor de la impiedadNo quisiera, mi amado Elpidio, presentar a tu imaginacin imgenes terribles que no pueden menos de conmover un alma sensible como la tuya; pero tal es la impresin que causa en la ma el cuadro horroroso de los furores de la impiedad, que para buscar un consuelo, me he determinado a manifestarte en esta carta las tristsimas reflexiones, que he hecho sobre esta miseria poderosa, que llenando de espanto a los mortales, es al mismo tiempo humillada bajo la mano de un Dios vengador, que la permite como castigo de tan audaces criminales. Crese el hombre superior a todo cuando de nada se cuida; y esto, que en el virtuoso es origen de paz y alegra, lo es de inquietud y tristeza en el impo, cuya situacin ya he considerado en mis cartas anteriores; mas quiero ahora entrar en ciertos detalles, cuyo examen arroja mil pruebas de que la impiedad es el ms horrendo de los monstruos y la ms lamentable de todas las calamidades. Enfurcese el impo a la vista de una religin en que encuentran su consuelo millones de seres dichosos, que en vano ha procurado presentar como ilusos; pues su misma alma le dice que la ilusin es incompatible con la felicidad verdadera y que el tiempo, que ha acabado con todas las ilusiones, lejos de destruir, conforma y propaga la santa religin. Entra la soberbia a atormentar al impo y ms de una vez repite la exclamacin sacrlega del jefe de los famosos incrdulos del siglo dieciocho: ¡ser posible que tantos filsofos no podamos destruir la obra de doce pobres ignorantes! Pone en accin todo su talento y hace nuevos esfuerzos, que resultando vanos, slo sirven para aumentar su furor. La vista de un templo, que para los creyentes es una fuente de consuelo, excita en su alma un odio mortal a cuantos le sostienen; y siendo stos tan innumerables se ve el impo convertido en enemigo de casi todos los hombres, y horrorizado de su aislamiento maldice su existencia. Desea pasar una vida feliz, mas conociendo que la duracin de la suya no basta a ver acabados unos males (que tal los llama), tan antiguos y arraigados, que se han burlado de todos los esfuerzos de los grandes filsofos de todas edades, cae el impo en la mayor desesperacin, pues nada consigue en este mundo y el otro es para l una quimera. Infiere su furor, mi amado Elpidio, infiere su odio contra la religin y no te admirars de sus tentativas para destruirla. ¡Desgraciado! Y si la destruyese, vendra la paz a habitar en su pecho? No, mi amigo. Slo se aumentara su furor. Este es de tal naturaleza que no se calma, como los dems, con la destruccin del objeto odiado; y esta particularidad le deja entrever al impo un origen, cuyo conocimiento

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92 quiere eludir de todas las maneras. Prueba, s, un origen divino en la religin, puesto que el sentimiento de haberla destrudo no puede evitarse por ningn esfuerzo humano; y al paso que una vana Filosofa, fascinando el espritu le persuade que ha difundido las luces, una voz desconocida, pero la ms imperiosa, clama continuamente contra tan impo atentado. Empieza el impo a notar que todo no est reducido a este mundo y que del otro descienden destellos de una luz de muy distinta naturaleza. He aqu un nuevo origen de furor. Su engao es cierto y tambin lo es su humillacin, mas su soberbia es tan grande que se resiente de ser humillado hasta por el mismo Dios. No quiere que haya de ser alguno superior a l y advirtiendo en su corazn estos remordimientos, que prueban estar de algn modo inclinado a admitirlo y sujetarse a sus leyes, se convierte como tigre contra s mismo y quisiera devorar sus mismas entraas para que no le atormentasen de un modo tan horrendo. Queda, pues, convertido en enemigo de Dios, de los hombres y de s mismo. No existen ya para el miserable sino objetos de odio y de furor. La vida es un tormento, pero aun lo es mucho mayor la muerte. Empieza a conocer la religin que jams se destruye, si bien pueden seducirse algunos de sus cultivadores, y que cuando ms arraigado se cree que est el rbol de la impiedad y ms frondoso en vicios que llaman delicias, un soplo cuyo origen no puede conocer le despoja de sus hojas, esparce por los aires sus funestas ramas y abate su erguido tronco. La mano de un ser omnipotente se deja sentir por todas partes y sus correcciones no producen lo que las de un padre carioso en el alma de un hijo obediente, sino las de un juez inexorable y justo sobre un delincuente soberbio y obstinado. Confndele su crimen, pero aun ms le confunde su confesin. Ocultarlo es imposible, sostenerlo es locura, detestarlo humillacin; y entre estos sentimientos contrarios y poderosos se encuentra el impo en la mayor desesperacin. Siendo un mal incalculable, produce un odio a todos los que lo causan, y as es que convierte el impo su dulce furor contra sus semejantes no menos que contra los creyentes. Esta idea me recuerda una observacin que varias veces he hecho, acerca de los sepulcros de los dos corifeos de la impiedad en el siglo pasado. Sabrs, mi Elpidio, que con profanacin del templo de Santa Genoveva le han convertido en panten, y entre los muchos impos que en l han colocado se notan uno frente al otro los sepulcros de Voltaire y Rousseau. Acaso no ignoras que los ilusos filsofos que cuidan del profanado templo y ensean a los extranjeros los sepulcros de los diversos personajes, luego que llegan al de Voltaire, dicen, con gran nfasis: “Le tombeau de Voltaire”, y al momento se quitan todos el sombrero. Pasan despus al sepulcro de Rousseau y le hacen los mismos honores. ¡Qu fantica impiedad! ¡Qu

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93 contradiccin tan palpable segn los principios de los incrdulos! ¡Los catlicos son unos ilusos porque veneran las reliquias de los santos, y ellos se creen muy ilustrados haciendo tales homenajes a los restos de Voltaire! De ste, segn su doctrina, slo queda una inerte materia; l no tuvo alma o si la tuvo pereci con el cuerpo; y para decirlo de una vez, ya Voltaire no es ms que un nombre sin objeto y a este hombre vano se le hacen los honores de un ser real. Puede darse mayor simpleza que pretender honrar un objeto que no existe? Con ms razn deberan quitarse el sombrero delante de sus obras. Mas prescindiendo de esta contradiccin, yo no he podido menos de recordar una ancdota de la vida de Rousseau que prueba cun lejos estuvo de convenir con el que ahora es su vecino en sepultura. Hallbase en una casa de campo, que cabalmente est frente a la de Voltaire. Djole uno de sus amigos (sealando hacia la dicha casa) que all estaba Voltaire, y l respondi, “si es as, me parece que hasta el aire que viene de ese lado, me inficiona”. Voltaire, por su parte, sabemos que no se quedaba atrs en punto a sarcasmos y dicterios contra Rousseau. Ahora bien, cul de los dos era tan tonto que no conoca el mrito, o tan perverso que lo atacaba? Cul de los dos merece aquel sumiso homenaje? No es claro que ninguno? Sin embargo estos dos angelitos, que se odiaron a muerte sobre la tierra y que nunca tuvieron doctrina fija, yacen uno enfrente de otro y son honrados a la par como antorcha del saber y normas de la virtud. Como si pudiera haber virtud con odio personal y ciencia con incertidumbre. Sin duda me acusars de haber hecho una digresin y yo, con toda franqueza, confesar que lo conozco; mas creo que no se te ocultan mis motivos y que ellos pueden servirme de disculpa. Yo, sin embargo, podra presentar los hroes de que he tratado como unas normas de furor no menos que de impiedad y de soberbia. Acurdate cuando el viejo Voltaire salt de la cama donde yaca enfermo y casi desnudo se puso a bailar de clera delante de sus amigos; slo porque uno de ellos le dijo que el tunante de Federico, emperador de Prusia, celebrando a un joven poeta dijo que era un sol en el cenit y que Voltaire era un sol en su ocaso. Bien que parte de esta furia le vena como poeta, porque todos ellos son furiosos cuando se trata de sus versos, y son ms celosos de su crdito potico que las mujeres de su hermosura, que es cuanto puede decirse. No hay furor ms implacable que el que proviene de la vanidad burlada. Reflexiona sobre los diversos lances de la vida humana y te convencers sobre la exactitud de este pensamiento. Las injurias que no vienen unidas con ultraje son unas prdidas a las cuales se resigna el hombre fcilmente, sirviendo a veces la misma vanidad de medio para la resignacin; mas cuando aqulla es abatida, a no serlo por la mano de la virtud, excita un furor tan

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94 constante que el tiempo slo sirve para aumentarlo. De aqu resulta que hallndose el alma del impo despojada de toda virtud, su furor es incomparable con el ms terrible que pueda apoderarse del alma de un creyente. Ya he observado en mis cartas anteriores que las virtudes de los impos no son ni verdaderas ni meritorias sino meramente calculadas para la moral civil. No ejercen, pues, en su alma el imperio de la verdadera virtud y as es que no pueden tranquilizarlo. Las leyes nada dicen sobre el odio ni la vanidad, porque slo se dirigen al arreglo de las operaciones sociales, seguridad personal y derechos mutuos, importndole muy poco al legislador que un necio reviente de vanagloria y que odie a todo el mundo, si a nadie perjudica. Resulta, pues, que la virtud de los impos, limitada siempre a la observancia de las leyes (cuando no pueden infringirla sin riesgo) viene a ser de ningn valor cuando se trata de objetos no comprendidos en esta esfera; y por consiguiente, lejos de reprimir su furor slo sirven para aumentarlo. S, mi amigo, para aumentarlo; pues viendo que ni esta especie de virtud, que sin embargo de ser aparente cuesta algunos sacrificios, puede conciliar al impo consigo mismo despus de haber sufrido una herida su vanidad, se entrega ms que nunca a la rabia y la desesperacin. Advierte, Elpidio, que no apreciando el impo del mismo modo que el creyente, ni bajo las mismas relaciones, su furor tambin es de distinta especie o mejor dicho es ms furor que otros algunos, pues nada le sirve de obstculo sino la fuerza fsica. Los objetos slo tienen un valor relativo a su persona y en tanto valen en cuanto sirven. Por consiguiente, su destruccin, cuando ya no son tiles, en nada afecta a los impos. El mismo mal que causan se presenta a veces a su vista como un deber, no percibiendo y menos admitiendo cosa alguna relativa a un estado futuro. De aqu resulta que destruyen y matan a sangre fra, cuidndose mucho menos de otros actos de menor consideracin. La mano de un asesino que por fortuna conserva alguna fe tiembla y a veces se detiene al dar el golpe, aunque pueda escaparse de la accin de las leyes; mas el impo, que tiene por ignorancia y debilidad un sentimiento semejante, hiere sin temor y slo recibe placer en dar pbulo a su furia. Poco importa el nmero de las vctimas. El crimen es slo una voz y la venganza una delicia. Si el odio llega a destruir los vnculos que la naturaleza y la educacin han estrechado entre los hombres, nada queda sino una furia desenfrenada, que no sintiendo pena alguna en los estragos que causa, los repite gustosa, desconociendo el valor de la palabra crueldad. Acurdome que entre las agudezas impas del sarcstico Pirrn se encuentra su epitafio, que l mismo escribi para que a nadie quedase duda de cmo haba pasado su triste vida, que por ms que pretenda

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95 disimularlo fu un continuo tormento. Deca pues el malhadado, “aqu yace Pirrn, que vivi sin saber lo que era y muri sin saber adnde iba”. Horroriza, Elpidio, que un ser racional pueda escribir semejante confesin de su ignorancia y de su imprudencia en no querer reconocerla, sino al contrario, guiarse por ella. Qu furia puede compararse a un alma en tan terrible estado? Yo me figuro el pecho de un hombre en tal estado como un infierno ambulante e inseparable donde arde en vida el msero impo, que a no estar del todo alucinado bien podra saber lo que era y adnde iba si no tomaba otro camino. Seguramente no es Pirrn el nico en estos sentimientos aunque ha tenido muy pocos imitadores en la ingenuidad de confesarlos; y por el estado de su alma atormentada puedes inferir el de sus semejantes y a muy corta reflexin que hagas conocers que estos miserables son vctimas de un furor inexplicable. No quisiera hablar de la sangre inocente derramada por la inicua mano de la impiedad, porque la naturaleza misma, aun prescindiendo de afectos religiosos, se conmueve con la sola memoria de tantos horrores. Yo soy el primero en lamentar la ilusin de los que para honrar a Dios han credo necesario matar a los hombres; mas tambin deploro la perversidad de los que piensan probar que no hay Dios matando a los que le confiesan y alaban. Nada ms frecuente que las declamaciones contra la persecucin religiosa, que siempre se exagera y acrimina; pero se oye con indiferencia la que podemos llamar persecucin impa. Empez sta desde el principio del mundo y es muy simple el creer que durar hasta su fin. Variar de escena, de medios y de grados; pero jams de naturaleza. Para qu, pues, el ocuparnos de ella? Para aprender a sufrirla y ofrecerla en sacrificio a un Dios de bondad que fu el ms perseguido. Para evitar el ser nosotros el instrumento o causa de este crimen horrible. Para aterrar a los impos sacrificadores con la misma serenidad y mansedumbre de sus vctimas. Para indicar con el dedo baado con la sangre de los que, por gloria del autor de ella, recibieron la muerte. Para elevar a la santa religin templos indestructibles, cimentados en slidas virtudes, que no siendo obras de los hombres no cedan a sus esfuerzos ni perezcan con ellos. ¡Oh, mi Elpidio! Yo imploro tu amistad para que perdones, si, en la profunda tristeza que oprime mi corazn en estos momentos, trasmito al papel expresiones fuertes que contra mi voluntad pueden parecer alusivas. Yo espero toda indulgencia si por desgracia dejo hablar al hombre cuando slo quiero que hable el sacerdote. La Iglesia de Dios ha extinguido siempre el fuego de las persecuciones; con la sangre de sus hijos y en mar de lgrimas de ternura, ha sumergido en todos tiempos las enfurecidas huestes de la funesta impiedad. Permitidme, ilustres mrtires del cristianismo, que yo tambin me atreva a

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96 elogiaros, no para agregar cosa alguna a vuestra gloria, sino para excitar en mi alma las dulces emociones que causa su recuerdo. Permitidme que celebre vuestra inaudita victoria ganada con la muerte de los vencedores y la vida de los vencidos. ¡Cuntos nacieron para el cielo, siempre que murieron unos pocos para el mundo! T, anfiteatro romano, respetado por el tiempo cual monumento del triunfo de la santa religin; t recuerdas, con tu inmenso mbito y elevados muros, los innumerables testigos de la constancia, mansedumbre y denuedo de los mrtires. A tu vista vacila el incrdulo advirtiendo que una ilusin no pudo ser origen de tanto y tan raro herosmo, ni arrancar con su ejemplo tantas vctimas de las manos de la impiedad y sacrificarlas para destruirlas. Vese levantado en tu centro el rbol de la cruz,1 como en el paraso de la vida, y a su alrededor entonan los cristianos cnticos de victoria al Dios paciente, cuyos imitadores esmaltaron con su sangre aquel suelo consagrado a las glorias de la Iglesia por sus ms encarnizados enemigos. Parceme que veo las furias infernales huir espantadas al ver el teatro de sus crueldades convertido en un nuevo Edn del cristianismo y que all, a lo lejos, se devoran arrojando miradas de desesperacin sobre la nueva escena de gloria que ha sido efecto de sus asaltos contra la esposa del cordero inmaculado. Pero ¡ah! No fu la pena de los mrtires, los dolores ni la muerte, sino la persecucin de la Santa Iglesia. Este fu el verdadero tormento de aquellas almas justas y lo es ahora de infinitos creyentes al contemplar que sin ser tan comunes los mrtires, es mucho ms comn la causa del martirio. Toma la impiedad distinto camino, para ver si consigue destruir la religin que tanto odia, y se presenta mucho ms furiosa, aunque ms disimulada. Excusado es decir que no es slo en las crceles y en los cadalsos donde se sufren los rigores de la persecucin y que el modo filosfico puesto en prctica por los enemigos del cristianismo es cruelsimo. Mas, por qu persiguen los impos la Santa Iglesia? Slo porque su origen es divino y la misma persecucin es un signo evidente de esta verdad, que en vano pretenden obscurecer. Examinemos las causas que se alegan y ellas mismas servirn de prueba del ciego furor y lamentable ignorancia de los perseguidores. Algase la perversidad de muchos de los catlicos, y lo que es ms sensible, de muchos de los ministros del altar. Sobre este punto se extienden1 El anfiteatro, aunque en parte arruinado, conserva sus muros que son de una gran elevacin, y efectivamente hay una gran cruz en su centro y otras varias alrededor para las estaciones que los fieles practican con la mayor devocin. En este sagrado lugar, en que los mrtires predicaron con su ejemplo, suelen ahora exhortar al pueblo los ministros del Evangelio.

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97 los incrdulos y creen que sus ponderaciones tienen fuerza de argumentos. Las faltas reales se exageran y otras muchas se fingen maliciosamente. Pero acaso prueba esto cosa alguna contra la Iglesia? Muy al contrario se deduce que la Iglesia es una y santa. Son perversos los miembros de ella que no observan su doctrina e infringen sus leyes; mas nunca podrn serlo los que la obedecen. ¡Qu ceguedad! Se quiere probar que una ley es mala porque lo son los que la infringen, siendo justos los que la observan. No debera bastar esta reflexin para contener a los furiosos perseguidores de la Iglesia? Debera bastar, no hay duda, si los guiase la razn cuyos derechos tanto vociferan; pero vemos diariamente ponerse en ridculo estos pretendidos filsofos, que tienen por guas sus desenfrenadas pasiones. No es la mayor de las injusticias y la ms inaudita de las crueldades atacar la inocencia, slo porque es atacada? La Iglesia, cual tierna madre, lamenta los extravos de sus hijos; y no es injusticia aumentar su dolor imputndola estos mismos crmenes que detesta? El argumento es ridculo y la intencin es depravada. S, mi amigo, los que publican los defectos de los cristianos nominales, hacen una pblica confesin de la santidad del cristianismo, que no se aviene con ellos; y por tanto, lejos de perseguirlo, deban promoverlo si efectivamente fuese su intencin corregir estos defectos. ¡Qu hipcritas son los impos cuando ostentan un celo extraordinario por la virtud que desconocen y desprecian! ¡Qu ridculo es su furor contra los vicios de los catlicos, cuando por ms que disimulen, no intentan corregirlos sino destruir a los viciosos; no porque lo son, sino por ser creyentes! Estos enemigos de la hipocresa son los mayores hipcritas y todo lo reducen a una verdadera especulacin. Observa, tambin, mi amigo amado Elpidio, que con los hechos contraran sus palabras y confiesan la debilidad de su argumento y la injusticia del furor con que atacan a los catlicos. Por ms alucinados que estn los impos, no pueden negar que entre ellos hay muy pocos que no sean totalmente desmoralizados, y por consiguiente, si tuviese algn valor el argumento deducido de la mala conducta de los creyentes, debera tener el mismo valor respecto de la impiedad, y sta debera excitar contra ella el furor de los impos. Si valiera, pues, este modo de discurrir, quedaran justificadas por ellos mismos todas las persecuciones que sufren y el furor con que a veces han procedido sus enemigos. Para que se note mucho ms claramente la debilidad de este argumento, o mejor dicho, de este pretexto para enfurecerse contra la religin y los que la profesan, observa, Elpidio, el gran nmero de perversos que hay entre los impos; y si su perversidad pudiese ser un justo motivo del furor, deberan empezar por enmendarse, para tener derecho de hablar; y de lo contrario, slo deberan enfurecerse contra s mismos. Si reflexionas sobre las

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98 declamaciones de los impos en materia de inmoralidad, vers que todas ellas admiten una retorsin y que siempre puede decirse mutato nomine de te fabula narratur. Por lo que hace a hipocresa, ninguna es peor que la que consiste en fingir que no se tiene, y que antes bien, se detesta y ataca. Ya supongo que conocers que casi todos los impos pertenecen a esta clase de hipcritas y pueden inferir el derecho que tienen a nuestra consideracin y qu fundamento tiene el furor que ostentan con efecto de un celo ilustrado. Otra de las causas que alegan los impos para enfurecerse contra la Iglesia es la posesin de bienes temporales, y con suma hipocresa nos recuerdan los benes apostlicos. ¡Ojal los visemos renovados, que la Iglesia de nada necesitara y los fieles, al ofrecer sus dones, no se creeran gravados, sino complacidos! Es muy juiciosa la respuesta de Eneas Silvio, despus Po II, a Maierio de Maguncia: “(Vos, que a imitacin de la Iglesia primitiva, deseis, le dice, un sacerdocio pobre, debis desear tambin con l un pueblo pobre, imitando en ambas cosas a los primitivos cristianos. Por tanto, es preciso que mandis que el pueblo mendigue con el clero, segn hacan nuestros mayores, o que permitis que ambos sean ricos conforme al siglo presente.”(Vido Schwarz apud Sardagna, Teol. Dog. tom. II pag. 524.) Espero que no creers, mi amigo, que yo abogo por la excesiva riqueza y mucho menos por la personal de los individuos del clero; mas es preciso confesar que sin medios pecuniarios no siempre puede hacerse el bien y que el ministerio cae en desprecio y est expuesto cuando carece de cierto decoro que la sociedad considera necesario. No hay duda que la principal dignidad y esplendor del clero debe consistir en sus virtudes, pues sin ellas nunca podr hacerse respetar y mucho menos podr ser amado por los pueblos; mas poseyndolas podr hacer un uso santo de las riquezas; y stas, por s, nunca deben atraer sobre el clero la indignacin de los sensatos. El exceso, en sta como en todas las cosas, siempre ser reprensible y la Iglesia es la primera en condenarlo; mas no por eso deben persuadirse los fieles que es incompatible con el ministerio de los apstoles la posesin de algo ms de lo que ellos tuvieron. Debemos, sin embargo, considerar las riquezas como los vestidos, que conviene despojarnos de ellos cuando sirven de estorbo a la lucha, pudiendo asirse de ellos el contrario. As, pues, en la constante lucha de la Iglesia contra el siglo corrompido deben abandonarse las riquezas si llegan a ser perjudiciales al verdadero inters, que es la salvacin de las almas; y en este caso, un ministerio pobre, sin ms defensa que la cruz, saldr siempre victorioso de todos sus enemigos. Mas por qu se enfurecen y declaman los impos contra las riquezas eclesisticas? Para poseerlas ellos? Esta es la verdad, mas no creo que quieran decirla. Si las riquezas de que se priva a las iglesias se emplean en beneficio de los pueblos y principal-

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99 mente de los pobres, no se hace ms que darlas su verdadera y natural aplicacin; pues la Iglesia nunca las posee con otro objeto, sino para el auxilio espiritual en el decoro del culto y administracin de los sacramentos y para el socorro material de sus hijos predilectos que son los pobres. Mas cuando dichas riquezas pasan a servir de pbulo al lujo y de recompensa al crimen, puedes ya inferir, mi amigo, la naturaleza del celo que anima a los expoliadores. Desgraciadamente, en la historia de los despojos que en todos tiempos ha sufrido la Iglesia, no s si se cuenta uno solo que no pertenezca a esta ltima clase, y este argumento de experiencia no puede responderse con arengas y demuestra que la furia de los impos en estos casos tiene por origen la sed del oro, por ms que quiera tomar otro colorido. El bien de los pueblos ha sido siempre el objeto de la Iglesia, no slo en lo espiritual sino tambin en lo temporal en cuanto dice relacin a la paz y mutua caridad, en una palabra, a la vida eterna que es la nica felicidad. Por consiguiente, en las grandes urgencias del Estado y las calamidades pblicas la Iglesia es la primera en dar auxilio, y los ministros del santuario, lejos de oponerse a la alienacin de los bienes eclesisticos, deben presentarlos sin repugnancia alguna, pues de este modo se promueve la gloria de Dios y el verdadero esplendor de su Iglesia. Siempre lamantar la terquedad con que algunos eclesisticos defienden los bienes, como si dependiese de ellos nuestra santa religin; sin advertir que las siniestras interpretaciones de que es susceptible su celo causa una prdida mucho ms considerable en el verdadero tesoro de la Iglesia que es el amor y respeto de los fieles. Si hay bienes de que hacer uso, emplense conforme al espritu del Evangelio, y si no los hay, no debe causar inquietud su falta, segn el mismo espritu divino. Conviene, sin embargo, que los impos adviertan que los conocemos y que su mal fundado furor encuentre siempre una barrera que los detenga; y sta no puede formarse de otros materiales que la verdadera ilustracin, la caridad y la franqueza. No hay que equivocarse: mientras el pueblo crea que los eclesisticos tienen empeo en ser ricos, sentir que lo sean; y por ms que se procure presentar motivos verdaderamente religiosos, ser sto desatendido y slo se fijar la vista sobre las pruebas ostensibles de inters mundano. Un noble desprendimiento hace conocer a los mal intencionados que la religin no se compra y que sus ministros no la predican como mercenarios, sino como pastores de las almas. Los impos se ven entonces en la necesidad de confesar que son movidos por el odio a la religin y no por la justicia. Digo esto en cuanto a los meramente impos, mas no en cuanto a los ladrones, pues stos agarrarn siempre que puedan, sin ceremonia de disculpa alguna; y contra ellos no hay precaucin que valga, ni ms remedio que soltar la

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100 bolsa como sucede con los salteadores de camino. Ya es sabido que cuando el dinero cae en manos de semejante familia, desaparece del todo y ni el pblico en general ni las sociedades particulares reciben beneficio alguno; pero ste es un mal que debe sufrirse en completo silencio, pues todo reclamo lo empeora. Es preciso confesar que muchos eclesisticos perversos suponen robadas las iglesias cuando se impiden que ellos las roben, haciendo un uso ilegtimo de sus caudales, y tratan de acumularlos para tenerlos a su disposicin. Siempre me acuerdo, Elpidio, que cuando me hallaba envuelto en el torbellino poltico tena entre mis compaeros a un eclesistico de gran ciencia y virtud, que sola decirme que muchos de nuestros hermanos eclesisticos son como las lloronas de entierro, que lloran sin que les duela y slo por oficio, al paso que los que verdaderamente sufren rara vez se quejan. Tratando este asunto con toda imparcialidad, debo decir claramente que es una de las muchas comedias que suelen representar los pcaros, de las cuales sacan utilidad real, esto es, pecuniaria, en cambio de sus ficciones. Los unos se disfrazan con los atavos de la religin y los otros con los del patriotismo, y representan sus papeles con tanto empeo, que a veces alucinan an a los ms sensatos. Un actor grita “resptense los bienes eclesisticos”, y en su corazn agrega “para que yo los disfrute”, y otro exclama “qutense a los eclesisticos unos bienes que no necesitan”, mas en voz baja dice “y que me toque parte”. Hay sin embargo una diferencia entre estas dos clases de especuladores y consiste en que los pobres reciben mucho de los fingidos religiosos y rara vez reciben un centavo de los fingidos patriotas. Para conseguir su intento exageran los unos las necesidades de la Iglesia y los otros las del Estado; necesidades que ellos mismos forman y por consiguiente estn seguros de su existencia y duracin. Cuando oigan hablar, Elpidio, de las deudas nacionales y principalmente en Espaa, sbete que tocan a robar y que sta es una de las mayores necesidades. Los verdaderos patriotas nunca roban las iglesias y los verdaderos eclesisticos nunca son insensibles a las necesidades de la patria, y si conforme a la doctrina de San Agustn pueden y a veces deben romper los clices y vender su oro para socorrer a los pobres, tambin pueden y deben romperlos para socorrer a la patria que es la madre comn, cuya ruina producira millones de pobres. Sin embargo, as como sera un crimen vender los clices para socorrer pobres fingidos, o a los reales si pueden sustentarse por otros medios, as lo es respecto de las necesidades fingidas o reales del Estado. Dame buena intencin y yo respondo de la buena armona. Manejen los asuntos patrios religiosos, que es decir verdaderos patriotas; sean todos hijos de la Iglesia; vivan como hermanos, que es decir sean cristianos, y habr dinero para todo

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101 y para todos. El furor de los impos contra los eclesisticos por los bienes que stos poseen no es ms que una envidia y codicia disfrazada y no merece la menor atencin, siendo slo necesario emplear medios para evitar sus estragos. En tan peligrosas circunstancias ¡qu triste es la situacin de la Iglesia! Vese atacada del modo ms injusto, que es hacindola responsable por los atentados de sus mismos enemigos y convirtiendo en acusaciones las pruebas muy evidentes de su santidad. Por cuanto que muchos con suma hipocresa se fingen creyentes slo para cometer errores contra la misma fe, que no tienen; y a nombre de la religin cometen infinitos crmenes contra ella, quieren sus enemigos inferir que tales atentados tienen por origen la Iglesia, que los lamenta. No sera ms justo deducir lo contrario, esto es, que la Iglesia es santa, puesto que entre sus hijos slo son criminales los que no observan sus mandatos y son virtuosos los que la obedecen? No debera ser ste un motivo para proteger la Iglesia y no para perseguirla? ¡Ah, mi Elpidio! Esta verdad es muy palpable, pero tambin lo es el deseo de no percibirla, y con tales disposiciones, no debemos admirarnos de tan funestos efectos. Observamos que hombres de talento y algunos de ellos de bastante instruccin y buena lgica, incurren en este defecto que sera reprensible en un muchacho principiante, y han escrito innumerables obras fundadas en este ridculo sofisma, que sus autores no sufriran en ninguna otra materia. Suele decirse que la persecucin es contra los eclesisticos y no contra la Iglesia, y con sta y otras distinciones, aun ms ridcula que todas las de los ms rancios escolsticos, se ha procurado acallar los clamores e imprecaciones de los creyentes. Si se manifestase tan slo un justo empeo en corregir los abusos no podra llamarse persecucin, sino proteccin de la Iglesia contra sus ms crueles adversarios que son los que fingen ser sus hijos slo para tener fcil acogida en su seno y herirla con ms facilidad; pero el furor de los impos no se calma sino con la destruccin de las personas, bajo el pretexto de que no es posible reformarlas, y faltando stas es claro que sufre mucho el culto y por consiguiente la religin. En vano se procura cohonestar esta persecucin diciendo que slo se dirige a los malos eclesisticos, pues la impiedad dice que todos lo son, y verdaderamente lo seran si no fuesen atacados por ella. Tenemos, pues, que todos son perseguidos, con la sola diferencia que los viciosos dan un motivo ostensible para ser atacados y aquellos cuya conducta no es escandalosa vienen a ser mucho ms odiados porque afirman una religin que los impos desean destruir. De modo que puede decirse que en un pueblo en que se halle generalizada la impiedad un hbito eclesistico es un baldn.

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102 No quisiera entrar en el examen de los funestos resultados de esta mofa que se hace de los eclesisticos, porque no s si es ms lamentable la osada de los mofadores que la debilidad de los mofados. Muchos se exasperan en trminos de incurrir en el mismo defecto que sus enemigos, enfurecindose contra ellos y dando pbulo a la venganza personal cohonestada con el ttulo de celo religioso; y otros capitulan con ellos y entran en sus filas slo para ser ridiculizados. S, mi Elpidio, muchos eclesisticos se jactan de ser liberales sin ser ms que unos viles aduladores de una partida de perversos, que tiene la audacia de llamarse hombres libres, como si pudieran serlo los esclavos del demonio. ¡Ojal fueran todos los eclesisticos liberales! Pero de los que pretenden serlo, muchos son libertinos y otros fundan su liberalismo en una debilidad inicua por la cual hacen las ms infames concesiones, sacrificando a veces la doctrina evanglica, slo por granjearse el aprecio del mundo. Estos sin embargo se llaman eclesisticos y la Iglesia sufre por ellos. Acurdome que un compaero mo, eclesistico de mucho mrito, que pasaba por servir slo porque no era loco, me deca que, en su opinin, el partido que haba que tomar con estos seudoeclesisticos sera abrirles puerta franca para que saliesen del santuario, ya que no quieren estar en l, y degradarlos y echarlos al estado secular, donde Dios acaso los traera a la penitencia; y si continuaban sus servicios al diablo, no seran tan nocivos a la Iglesia. Te aseguro, Elpidio, que no disto mucho de la opinin de mi virtuoso compaero. Tal vez, se ha realizado, mi sospecha; tal vez he dado pbulo a sentimientos humanos tratando la causa del cielo. Baste, pues, de impiedad, y pueda yo verla destruda. Para concluir, tengo una splica que hacerte: No ignoras que si circunstancias inevitables me separan para siempre de mi patria, sabes tambin que la juventud a quien consagr en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, y dcenme que la naciente no oye con indiferencia mi nombre. Te encargo, pues, que seas el rgano de mis sentimientos y que procures, de todos modos, separarlas del escollo de la irreligiosidad. Si mi experiencia puede dar algn peso a mis razones, diles que un hombre, de cuya ingenuidad no creo que dudan, y que por desgracia o por fortuna conoce a fondo a los impos, puede asegurarles que son unos desgraciados y les advierte y suplica que eviten tan funesto precipicio. Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria, y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad. Ya, mi Elpidio, no nos veremos, a no ser que vengas a hacerme una visita. Entre tanto, pienso mandarte otra serie de cartas sobre la supersticin y el fanatismo, si el cielo me conserva la salud que disfruto; pues aun me hallo a los cuarenta y ocho aos de mi edad, y ms fuerte que a la de veinte. Sin embargo, frmase ya en el horizonte de mi vida la infausta nube

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103 de la ancianidad y all a lo lejos se divisan los lgubres confines del imperio de la muerte. La naturaleza, en sus imprescriptibles leyes, me anuncia decadencia, y el Dios de bondad me advierte que va llegando el trmino del prstamo que me hizo de la vida. Yo me arrojo en los brazos de su clemencia, sin otros mritos que los de su Hijo, y guiado por la antorcha de la fe camino al sepulcro en cuyo borde espero, con la gracia divina, hacer, con el ltimo suspiro, una protestacin de mi firme creencia y un voto fervoroso por la prosperidad de mi patria. ¡Adis!, Elpidio, ¡adis!

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SEGUNDA PARTECartas a Elpido sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad por el presbtero D. Flix Varela Tomo segundo SupersticinNueva York En la imprenta de G. P. Scott y Ca. Esquina de la Callde John y Gold 1838

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107 Dorman todos, Elpidio, y un profundo y majestuoso silencio rob a mi espritu la edad presente y di nueva existencia a las pasadas. Sin los delirios del sueo, parecame ver, no ya los trofeos de la muerte, sino su derrota, como un simulacro de la futura resurreccin; y entre la espesa muchedumbre, que agitada por un soplo de vida ondulaba en un espacio inmenso, vea elevarse los grandes maestros de la ciencia y la virtud, despus de tan largo reposo, cual se elevan entre las olas suavemente movidas por el aura los brillantes astros de la maana, rasgando las densas tinieblas de una noche dilatada. Superior a la muda naturaleza, considerbala como nada, y mi ser pareca desprenderse de ella, absorto en la contemplacin de un orden de cosas ms excelsas. Vea el trmino de la ignorancia y de la miseria en la fuente de la salud y de la sabidura; vea rotas las cadenas de las pasiones y el espritu libre y unido al nico ser que puede acusar su felicidad. ¡Qu armona! ¡Qu paz! ¡Oh! ¡Pudiera yo expresar las sublimes emociones de mi alma en aquella noche memorable, que derram sobre m un raudal de fortaleza y de consuelo! ¡Noche que bendecirn todos mis das!; noche en que el insomnio, como para burlarse de la muerte, destrua su imagen, presentndome siempre la hermossima de una eterna vida; noche, Elpidio, que ojal jams hubiera pasado. Yo me transportaba al augusto momento en que abierto el seno de la eternidad, di origen al tiempo y la ms perfecta criatura, reflej la imagen de su Creador. Resultaron entonces relaciones que no pueden ser alteradas sin que lo sean los objetos referidos; y como stos no pueden serlo, porque el uno es infinito y ambos son espirituales, aqullas deben ser eternas. Hllase, pues, el hombre eternamente obligado a obediencia, gratitud y amor, al paso que el Ser Supremo es siempre clemente y justo, sin estar obligado, porque no es capaz de obligacin, que siempre arguye inferiori-SUPERSTICI"NCarta primera Naturaleza de la religin y de la supersticin. Efectos de sta. Paralelo entre ambas

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108 dad. La obediencia, la gratitud y el amor, suponen un conocimiento, que si no es exacto, hace ridculos aquellos homenajes, por ser tributados realmente a un objeto imaginario. Tenemos, pues, que el conocimiento que forma el hombre de su Creador, debe ser exacto, para que lo sea su religin y no quede reducida a una farsa. Pero la exactitud de un conocimiento es la conformidad con su objeto, y siendo ste uno e inalterable, debe aqul tambin ser uno inalterable; si no, es que pasa a ser error. De aqu resulta, que la religin natural es una e inalterable. Mas el hombre percibe la inmensa distancia entre su facultad cognoscitiva y el infinito a que la aplica y ansa por excederse a s mismo y profundizar aun ms la sublime idea de un ser tan perfecto; y he aqu cmo advierte la insuficiencia de la religin natural para hacerle feliz. Percibe al mismo tiempo, que el Ser Infinito puede comunicarle, como don gratuito, conocimientos que l no puede adquirir con esfuerzo natural; y aqu la posibilidad de la revelacin, la cual desde que es necesaria y posible, debe suponerse existente, a menos que no se blasfeme contra la bondad divina. Pero Dios no puede comunicar sino una sola e inalterable idea de s mismo y as es que la religin revelada no puede ser sino una e inalterable. Resulta pues, que la religin, ora natural, ora revelada, no puede ser sino una e inalterable y que la pluralidad de religiones es el mayor absurdo filosfico. ¡Ah! ¡Mi Elpidio! ¡Qu tristes reflexiones form mi espritu, comparando estas doctrinas con la historia de las vicisitudes religiosas de los pueblos! ¡Qu horrible me pareci en aquellos momentos el monstruo de la supersticin! Ella ha separado a los hombres de su Dios y de s mismo, ella ha acibarado el corazn humano; ella ha inquietado las familias, incendiado las ciudades, asolado las naciones y cubierto el orbe de vctimas de su crueldad. Apenas puede abrirse una pgina de la historia sin notar sus estragos. Ella ha hecho gemir al saber, gloriarse la impiedad, desmayar la energa, elevarse la impudencia, decaer la religin y erigirse la infame hipocresa. Ya sea que se adore una divinidad fingida o que se tribute un culto absurdo a la verdadera, es claro que el edificio no puede ser consistente y que su ruina debe oprimir a sus autores. La verdad que se oculta, o mejor dicho, no es percibida en algunos momentos, recobra siempre su imperio y el error exasperado destruye cuanto encuentra. De aqu las venganzas, de aqu las calumnias, de aqu las injusticias de todas clases, que muy pronto incendian la sociedad, y los hombres llegan a creer tanto menos en Dios, cuanto ms lo invocan. Para el supersticioso, la idea de Dios es un tormento, pues habindose fingido uno a su capricho, no encuentra en l los sublimes atributos que distinguen al verdadero; y si la ficcin consiste en el culto, no conviniendo ste con su objeto, sirve siempre de inquietud y de martirio.

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109 Destruda la unidad de sentimientos religiosos por la supersticin, que no slo difiere de la verdadera creencia, sino que es muy varia en s misma, como siempre lo ha sido el error; queda totalmente destruda aquella armona y santa paz que causan las delicias de la sociedad verdaderamente religiosa. Tienen los hombres que apelar a la tolerancia, que si bien es una medida de prudencia, tambin es un signo de divisin y desconsuelo. Sufre, dice el hombre prudente, que otros no piensen como yo, mas este mismo sufrimiento indicar que lejos de unirme a ellos en ideas, prefiero disgustarlos marcando abiertamente mi desaprobacin. Ahora bien, mi Elpidio, nadie ignora que es una propensin casi innata de la naturaleza humana, el deseo de simpatizar, o mejor dicho de que todos sientan, gusten y piensen como nosotros. De aqu las disputas, y ya sabes que de cada mil individuos, uno no es disputador y aun ese deja de serlo por estudio y con violencia. Infirese, pues, que la supersticin, dividiendo los nimos en lo ms esencial, cual es la creencia religiosa, produce necesariamente un descontento general, un trastorno de la sociedad y una guerra interna, tanto ms molesta y peligrosa cuanto ms disimulada. ¡Oh! Si cubriese la tierra una sola familia unida en una sola y pura creencia, no presentara la imagen del cielo? All, sin duda, no hay ms que una familia, all no hay divisiones, all reina la verdad, que siempre es una y pura. ¡Qu poderosa sera poltica y moralmente esta feliz familia! ¡Cunto ganara la sociedad en todos sentidos si se restableciese esta santa unidad y pureza de principios religiosos! Cesara el disimulo, restablecida la confianza, y los hombres se ocuparan del bien comn y recproco, como miembros de una misma familia. Las pequeas diferencias en el modo de pensar sobre puntos de poca importancia slo produciran disgustos momentneos, muy conciliables con la buena armona y el verdadero aprecio, y as las miserias humanas nunca llegaran a ser un germen de verdadera divisin. Tan persuadido estoy de estas verdades, que opino que un poltico que no quiera sacrificar el bien comn a sus sentimientos particulares, deber propender siempre a la unidad de creencia, como vnculo de la paz social, aun prescindiendo de todas las consideraciones religiosas. No s si me atreva a decirte, Elpidio, que la supersticin hace ms dao a las naciones, que la misma impiedad y que la hereja. Estos son enemigos bien conocidos y por lo regular parten de frente como suele decirse, aunque a veces se disfracen; mas la supersticin siempre es baja, infame y alevosa. Pnese una mscara sagrada para hollar todo lo justo y destruir todo lo recto, seduciendo de un modo casi irresistible por ser casi incgnito. El infiel no cree en la religin, el hereje es un cristiano nominal,1que cree muchos de los dogmas, pero obstinadamente niega uno o algunos

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110 otros; el supersticioso pretende creerlo todo, aunque en realidad no cree en cosa alguna, pues adorar un falso dios, o tributar al verdadero un culto falso, todo equivale a una verdadera infidelidad. El simple recuerdo de estas doctrinas te convencer, mi Elpidio, de que la supersticin sin ceder a la impiedad y a la hereja en punto a errores, las supera en bajeza. Quiero exponerte algunas de las reflexiones que hice sobre esta materia en la noche a que ya me he referido. Comparaba la religin con la supersticin, considerndolas bajo dos puntos de vista, como creencia y como sentimiento. No es preciso advertirte que esta distincin es necesaria; pues una misma creencia puede estar acompaada de distintos y aun contrarios sentimientos y unos mismos sentimientos pueden asociarse con distintas creencias. Pueden las falsas y la verdadera religin hallarse en pechos filantrpicos y, por consiguiente es claro que la identidad de sentimientos no arguye identidad de creencia. Sin embargo, me deca yo a m mismo, es preciso examinar la relacin de las creencias con los sentimientos y observar la tendencia de cada una de ellas. Es claro que la religin en s misma, no puede ser sino una; mas la religin en el entendimiento humano puede ser varia, segn cada uno ve las cosas o se figura verlas. Por consiguiente, la supersticin es la religin humana, o la religin en el entendimiento, cuando no es conforme con la religin verdadera o en s misma y pura. Traducidos de este modo los trminos, reduje toda la cuestin a analizar la verdadera religin o en s misma y la religin en el entendimiento humano. El carcter divino de la primera, indica unidad, consecuencia, sublimidad, justicia y constancia; porque Dios es uno, porque en sus obras no hay contradiccin, porque es infinitamente sublime y justo y porque es eterno y por consiguiente inalterable. Una religin de esta naturaleza, como creencia, debe necesariamente producir como sentimiento el amor mutuo, pues toda ella tiende a la unidad, refiriendo las criaturas del Creador y amando a ste en aquellas; por cuyo motivo dicho amor no puede menos de ser ordenado. Debe tambin inducir a la humildad, sentimiento noble que encanta aun al ms soberbio, pues la misma eminencia en su objeto destruye el deseo de igualarlo y hace parecer nada toda elevacin mundana y en presencia de un Ser Infinito se confunde la miseria humana y cierra la entrada a la soberbia. De aqu debe resultar un desprendimiento de s mismo y un santo valor, que es el origen de la respetuosa franqueza, de aquella que jams ofende y siempre edifica; de aquella que hace amar al mismo que corrige; de aquella que aleja el recelo, disipa la duda, inspira confianza y eleva el corazn. S, mi Elpidio, un hombre verdaderamente religioso es un hombre a quien nadie teme, sino los perversos, y todos respetan, aun los mismos impos. ¡Qu noble y elevada se me presentaba esta santa religin, que dando signos evidentes de su

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111 divino origen, los daba tambin de la felicidad social, que debe producir sobre la tierra! Yo la contemplaba como los rayos de la luz pura del sol de justicia, reanimando los seres amortecidos durante una larga noche de ignorancia, de dudas, de espanto y de lamento. Por necesaria consecuencia de su naturaleza perfectsima, debe esta religin tener la permanenca que pone el colmo a las perfecciones y sin la cual nada puede llamarse verdaderamente perfecto. Yo veo en ella elementos que deben producir esta perfeccin tan deseada. Las divisiones tienen siempre origen en el odio, en la duda, en la soberbia o en la desconfianza, mas estos monstruos no tienen cabida en el santo templo de la religin pura, que los detesta, radicando las virtudes contrarias. Es preciso, que, o deje de existir la religin en el mismo templo consagrada a ella, o que esos monstruos salgan de l, si es que furtivamente entraron. Yo veo, Elpidio, tan clara la incompatibilidad de la religin con todo lo que hace infeliz al hombre, que no puedo menos de admirarme, recordando los vanos esfuerzos, que en varias pocas se han hecho para destruirla, bajo el pretexto de hacer a los hombres felices. La historia lamentable de las miserias humanas, da lecciones muy importantes a los que la estudien con imparcialidad. Se ha querido sustituir un principio variable a otro constante, uno dudoso a otro cierto; y en vez de destruir el imperio de las pasiones desordenadas, se ha procurado entronizarlas; halagndolas de todos modos, como si no hubieran dado pruebas bastante de su tirnica insuficiencia. Creers que hablo slo de la impiedad? No, mi amigo; me contraigo principalmente a la supersticin, que es an ms funesta por ser ms alevosa. He aqu las observaciones que hice acerca de este monstruo, comparndolo con la pura religin cuyo bosquejo he presentado. En el momento saltaron a mi vista las deformidades de la supersticin. Como creencia es esencialmente varia, por ser obra, o de la soberbia, que cual furioso huracn agita al entendimiento humano con impetuosidad y desorden, o del capricho, que es tan vario como ridculo. Recorriendo la historia de este infortunio, observamos, que slo es uniforme en la inconstancia y que esta parece serle absolutamente inseparable, pues las diversas supersticiones que en distintas pocas han degradado a los pueblos, no presentan otro punto de contacto que la idea de un ridculo inconstante. Caen o se levantan, transfrmanse o modifcanse a veces en perodos muy cortos; no tienen principios o dogmas fijos y sus mismos partidarios no atinan a definirlas; de modo que el observador no puede formar otro juicio de ellas que el de unos sueos ms o menos duraderos. Por muy poco que se reflexione se conocer fcilmente que unas nociones religiosas tan varias e inconstantes, lejos de tranquilizar y com-

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112 placer el corazn humano, deben inquietarlo y atormentarlo; pues no puede haber quietud ni consuelo donde no hay uniformidad y constancia. S, mi Elpidio, en vano se invoca el nombre de una religin inconstante y por consiguiente dudosa e incapaz de calmar nuestras inquietudes. El recurrir a ellas slo sirve para aumentar la desgracia, experimentando la insuficiencia del nico remedio que se crea haberse encontrado. La misma variedad inspira temores y la multitud produce confusin, resultando una perenne lucha de los hombres entre s y de cada uno consigo mismo. De aqu resultan grandes trastornos e innumerables males en la sociedad, siendo una de las consecuencias la degradacin del espritu, que por lo regular se entrega a todas las bajezas imaginables, slo por sostener como de origen divino y por consiguiente constante, cuantas nociones religiosas ha sugerido el capricho o la perfidia. Convirtese, pues, en principio de exterminio, el que se crea de vida y la falsa creencia difunde por todas partes la ms funesta discordia. Desavenidos los nimos en asunto de tanta importancia. pierden todo miramiento y se entregan a la venganza, tanto ms cruel, cuanto ms santificadas aparecen sus crueldades. Cometidos los primeros errores, entra en ejercicio la soberbia para no dar entrada a la correccin y poco a poco llega el supersticioso a perder, por decirlo as, toda sensibilidad. Reducido el linaje humano a un estado tan lamentable, no debe extraarse que se haya sumergido en la ignorancia y en la barbarie, perdiendo la brillantez y los sentimientos nobles que inspira la verdadera religin. Bajo el pretexto de que los misterios siempre son oscuros, ha fabricado la supersticin, a su antojo, cuantos ha querido, como si las nubes iluminadas por el sol de justicia pudiesen parecerse a las envueltas y penetradas por las tinieblas del abismo. Hay, mi Elpidio, en la pura religin una claridad divina que se trasluce en los mismos misterios, y el hombre verdaderamente religioso nunca cree porque cree, sino porque debe creer. Mas el supersticioso ninguna razn alega, si ya no es que se tiene por tal su capricho o una serie de disparates, que l mismo no examina, por no verse en la necesidad de rechazarlos. Es la supersticin una suave enfermedad, que llega a ser amada por el mismo paciente, y as es que su cura presenta muchas dificultades que vencer. Cuando el hombre se cree religioso, cuesta mucho persuadirle que es un enemigo de la religin y a veces la tentativa slo sirve para exasperarlo y provocarlo a medidas violentas, que l considera justas por serlo en su concepto la causa que defiende. El impo nunca niega su impiedad, antes blasona de ella; mas el supersticioso niega serlo, detesta la impiedad y se enfurece contra los que le acusan de ella. Fcil es percibir las horribles consecuencias de estas disposiciones del espritu, mas sin embar-

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113 go, permteme, Elpidio, que continuando el paralelo entre la religin y la supersticin te indique las meditaciones que he hecho sobre el modo diverso con que ambas influyen en la sociedad. La supersticin se opone a toda reforma y no reconoce abusos. Aprisionado el entendimiento y atemorizado el corazn, queda el hombre reducido a un estado de locura sin ms ni ms. En vano claman los verdaderamente religiosos y sensatos por las reformas necesarias para el bien de la patria y de la religin, en vano protestan y dan pruebas evidentes de la sinceridad y religiosidad de sus sentimientos; una muchedumbre de ilusos, guiados por una banda de telogos ms redondos que las tres o es del nombre, sale al frente, grita, insulta, atormenta y persigue defendiendo con denuedo la causa del Diablo, mientras se presenta como promotora de la de Dios y como su hueste contra la impiedad. No queda reputacin ni honor que no ataquen, no queda plan cientfico que no destruyan, no queda obra de ilustracin que no condenen o por lo menos no hagan sospechosa, no queda medida que no tomen para apagar las luces de la razn, sin advertir los miserables que esta antorcha divina brilla tanto ms cuanto ms la sacuden. Los verdaderos religiosos, indignados a la vista de tal conducta, quieren desenmascarar a estos impos religiosos y de aqu resultan nuevos inconvenientes. Exasperados los buenos, atacan a estos supersticiosos, mas no siempre con prudencia, y as causan muchos escndalos, que sirven de fundamento a nuevas persecuciones y perpetan el odio en todas las clases de la sociedad. Por lo regular viene a reducirse todo a una guerra de injurias y de calumnias, prodigndose nombres odiosos, que fijos en la memoria, conservan siempre encendida la llama de la discordia. Inmediatamente ocurren los supersticiosos a la escritura santa, como hacen los herejes, y sueltan textos por cada dedo, violentndolos para que digan lo que ellos quieren, y llaman impo a todo el que no los admita en el mismo sentido. Invocan la autoridad de la Iglesia, cuando slo presentan la suya propia, y el pueblo, espectador de esta lid teolgica aplaude alternativamente a los competidores y va perdiendo poco a poco toda confianza, hallndose en una perpetua agitacin. Aun quiero que notes, mi caro amigo, otro resultado no menos funesto, y es que los juiciosos se apresuran tanto en demostrar que lo son, que a veces dejan de serlo y caen en errores que despus se empean en sostener por la miseria humana, que siempre se resiente de ser abatida. Principalmente en los eclesisticos es muy peligrosa esta tentacin y ojal no pudiera yo citarle ejemplos de muchos que han cado en ella. LLnanse de rubor al or los despropsitos y observar las errneas ideas de un gran nmero de sus compaeros y quieren separarse de ellos y demostrar al pueblo que estn separados. Con este objeto hacen homenajes al mundo y llegan a

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114 sacrificar en las aras de su vanidad los intereses ms sagrados de la religin. Van perdiendo insensiblemente el espritu evanglico y vienen a quedar reducidos a unos eclesisticos nominales, que ni sirven a la Iglesia, que no los reconoce, ni al siglo, que los desprecia, por ms que hayan querido halagarlo. Tal es el origen de casi todas las herejas, cuyos autores por lo regular fueron eclesisticos, y tal ha sido la causa de precipitarse muchos de ellos en el abismo de la impiedad. Creme, Elpidio, que hablo por experiencia y para m este es el mayor de los daos producidos por la supersticin. El pueblo marca estas dos clases de eclesisticos, quiero decir, los supersticiosos y los degenerados; y no cree que hay una tercera, o por lo menos se figura que es poco numerosa; y de aqu resulta que todos los eclesisticos se hacen sospechosos. Qu debe esperarse en tan lamentables circunstancias sino la degradacin del clero y la prdida del verdadero influjo religioso, por haber querido ejercer el del siglo? Desacreditado el clero de esta manera, estorba los progresos de la religin, lejos de propagarla, y como tal desvirtuada slo sirve para ser arrojada y que la pisen los hombres. No creas que exagero cuando atribuyo estos males a la supersticin; lo que escribo es fruto de meditaciones muy dilatadas y de un convencimiento muy fundado. Yo estoy persuadido de que el pueblo, sabiendo que los eclesisticos somos hombres, si bien lamenta y se escandaliza al ver las faltas que cometemos como tales, tiene sin embargo el consuelo de que como eclesistico le guiamos con acierto y el ministerio conserva su dignidad; pero si el pueblo observa la supersticin o la impiedad en los ministros del altar y desgraciada y errneamente se persuade que todos estamos infectados por esos dos monstruos, poca esperanza nos queda de ser tiles. Ahora bien, la impiedad es rara entre los eclesisticos y el pueblo no siempre la descubre, mas la supersticin no es tan rara y siempre se manifiesta. De aqu concluye que ella es la causa principal de tantos males y el borrn que afea el sagrado ministerio. Dirs que escribo una diatriba contra el clero, y siendo uno de sus miembros. No, mi amigo, yo escribo su defensa y si acaso tengo que reprimir algn sentimiento para hacerlo con imparcialidad, es el afecto a mis compaeros y el amor a mi estado, amor nutrido por treinta y tres aos, en los cuales no ha habido un solo momento en que me haya pesado ser eclesistico y muchos en que me he gloriado de serlo. Repito que escribo la defensa del clero y por eso mismo quiero demostrar los funestos efectos de la supersticin en muchos de sus miembros, para que se vea que son nuestros compaeros de hbito, mas no de trabajo; y que aunque estn entre nosotros, no nos pertenecen ni debe sufrir el ministerio ningn ataque por unos hombres a quienes se les antoja decir que son ministros, slo porque pueden serlo en virtud de una desgraciada ordenacin. Es

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115 preciso dejar la cizaa con el trigo, porque no es prudente arrancarla, pero conviene indicarla para que el pueblo la conozca o por lo menos sepa que no se cuenta con ella sino para echarla al fuego. Por ms que digan hombres maliciosos o poco reflexivos, esta cizaa no es muy abundante, comparativamente al nmero de los eclesisticos, y el dao consiste en que el pueblo no percibe este hecho y nuestros enemigos trabajan para que no lo perciban. Sin embargo de que conoces mi franqueza, temo que sospeches que ahora escribo como clrigo y as me veo en la necesidad de dar las pruebas, haciendo para ello una pequea digresin, que acaso no ser intil, pues siempre anima a emprender la cura el convencimiento de que el mal no est tan difundido como nos figurbamos, y mucho ms si demuestro que hay todos los medios para curarlo. Compnese el clero, como todos los cuerpos morales, de miembros cuyo oficio y capacidad es muy distinta y hay siempre una parte directiva de las funciones del ministerio y de las doctrinas que deben presentarse al pueblo y otra puramente ejecutiva. No pienses que hablo precisamente de la Iglesia en sus concilios generales o en las decisiones dogmticas y morales de su cabeza o primer Pastor: yo quiero considerar este asunto de un modo ms gentico, contrayndome a lo que ensea la parte ilustrada de los eclesisticos, que sin ser infalibles, dan garantas por sus circunstancias para que creamos que explican las doctrinas conforme a aquellas decisiones. Este cuerpo eclesistico, mi Elpidio, jams ha enseado ni autorizado supersticin alguna, antes ha escrito y predicado contra ellas, y los mismos enemigos de la Iglesia no han podido citar ni un solo ejemplo, contentndose con hechos particulares y aun estos sumamente exagerados. La historia eclesistica no nos presenta que la Iglesia haya tenido que condenar supersticin alguna como admitida y enseada por la parte ilustrada del clero, y aun dir ms, y es que siempre los supersticiosos han sido tontos. Observa, amigo mo, que ha habido eclesisticos que han cado en herejas y en la impiedad, mas no en la supersticin. Resulta, pues, que la doctrina del clero no es supersticiosa, a menos que no se toma como suya la de una porcin de ignorantes que visten hbitos clericales. Esta sera una injusticia, o mejor dicho, una ignorancia semejante a la que se cometera teniendo por opinin militar la que expresasen muchos soldados ignorantes o por doctrinas jurdicas las necedades de muchos abogados. Si todos los que examinan las doctrinas y conducta del clero fueran juiciosos e imparciales, muy poco habra que hacer para defenderle, mas por desgracia el nmero de los necios es infinito y aun por mayor desgracia estos necios son los primeros en erigirse por jueces. Jntanse a ellos los eclesisticos degenerados de que he hecho mencin y puede inferirse

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116 la justicia de las decisiones de semejante tribunal. Adquiere sin embargo un prestigio formidable, presntanse dichos eclesisticos y son presentados por sus satlites como la parte ms escogida del clero y la ms justa, puesto que sacrifica en aras de la verdad las pretensiones ridculas del cuerpo a que pertenecen; hacen gran mrito de revelar secretos, que ellos fingen, y si por desgracia sale un orador elogindolos, o si un poeta ocioso escribe cuatro coplas aplaudindolos, se hinchan de soberbia y acaban de perderse los menguados. Empieza el pueblo a clamar por la reforma del clero, que bastante la necesita, mas no percibe los puntos de dicha reforma, siendo el principal echar a patadas de la Iglesia a esos Quijotes eclesisticos, que no saben lo que es supersticin, aunque siempre hablan de ella; y lejos de ser capaces de corregir los verdaderos abusos, slo sirven para radicarlos e introducir otros muchos ms funestos y para llevarse de encuentro los dogmas, muchas veces, por mera ignorancia. S, mi Elpidio, estos miserables dan de mano todo estudio eclesistico, olvidan lo poco que aprendieron y slo conservan el nombre de eclesistico, siendo tan incapaces de conocer las necesidades de la Iglesia e indicar la reforma de los verdaderos abusos, como lo seran de formar o corregir un plan de campaa. Sin ocuparnos ms de estos reformadores, convengamos en que la supersticin, aunque difundida entre muchos eclesisticos y digna de corregirse por los resultados a que puede dar lugar, no lo est sin embargo en el clero que el pueblo debe considerar como sus pastores en distintos grados de la jerarqua eclesistica. Me dirs; pero qu, no hay curas y an obispos supersticiosos? Los hay, mi Elpidio, y tambin hay pcaros que fingen creer muchas simplezas y fomentan muchas supersticiones por lo que les interesa hacerlo; mas ni el corto nmero de pastores verdaderamente supersticiosos ni el de los sacrlegos especuladores de que he hablado, significan cosa alguna en comparacin del gran nmero de los verdaderos pastores que con ms o menos instruccin, ms o menos talento, se presentan con honradez a distribuir al pueblo la sagrada doctrina, pura, sin disfraz y sin intrigas criminales. Tienen los fieles todos los medios de evitar la supersticin, y si caen en ella, es por la miseria humana, que siempre encuentra halago en los vicios. Sucede con este crimen como con todos los otros, que se conocen, pero se cometen, y en caso de ignorarse, es culpable la ignorancia. La Iglesia de Dios tiene un medio muy sencillo para que an el ms estpido pueda conocer si es hereje o supersticioso, y es, que no hay dogma ni culto nuevo, ni prctica religiosa legtima, si no es universal o conforme a los principios de la universal, aplicados por la misma Iglesia a casos, lugares y circunstancias particulares.

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117 Tambin he dicho, mi amigo, que la supersticin no es de esperar que progrese en el clero si se emplean los medios fciles que hay para contenerla; y aunque esta es materia que exige un difuso tratado, quiero sin embargo justificar mi aserto con algunas reflexiones. Los verdaderos eclesisticos, que por desgracia no hayan hecho los estudios necesarios o que no hayan meditado sobre lo que aprendieron (y este es el caso ms frecuente), no teniendo otro inters que la gloria de Dios, no pueden figurarse encontrarla en la supersticin; y as es que son accesibles a las luces, no del siglo corrompido, sino del siglo ilustrado; y nada es ms fcil que traerlos al nmero de los verdaderos pastores, puesto que tienen el espritu pastoral. Los mismos ataques que se hacen a la Iglesia, acaso servirn para defenderla, pues muchos de estos santos varones soltarn, por decirlo as, su ropaje, que puede estorbarles en la lucha, y presentando la pura doctrina con un espritu puro, la victoria es cierta. Por lo que hace a los perversos, que se fingen supersticiosos, el desprecio pblico, que ir siendo mayor mientras ms progrese la iluminacin, si no basta para corregirlos, bastar por lo menos a impedir que hagan otro mal que el robo piadoso, ya de dinero ya de honores, que no merecen. Es imposible que dure por ms tiempo confundida la piedad con la supersticin; aun los ms ignorantes perciben ya la gran diferencia que hay entre ellas; y la parte del clero que pretende hermanarlas quedar neutralizada en sus perniciosos efectos y acaso destruda por la inmensa mayora de los pensadores. Todas las dificultades en esta materia cesarn, mi amigo, luego que se restablezca el sentimiento esencialmente catlico que guiaba a los cristianos primitivos, y es depender siempre de Dios y nunca de los hombres. Vemos que San Pablo lo inspir a los fieles, reprendiendo a los que decan “yo soy de Pablo”o “yo soy de Apolo”, en lugar de decir todos “yo soy de Cristo”. Este sentimiento pondr trmino a las herejas y a las supersticiones, que siempre son fruto de la ignorancia o de la soberbia de individuos particulares, y tambin evitar los escndalos, pues nadie se considerar autorizado a hacer mal o a despreciar la religin porque sus ministros sean buenos o malos, sabios o ignorantes, sensatos o supersticiosos. Qu dices de mi larga digresin? Me culpas? Reconozco la justicia de tu crtica, me confieso reo de lesa paciencia y vamos adelante. Sigamos, s, querido Elpidio, la marcha del horrendo monstruo de la supersticin y notemos, aunque de paso, los estragos que produce en la sociedad. Uno de los ms lamentables es entorpecer el curso de las leyes. Acaso te admirar que yo haga esta observacin, mas espero presentarla en trminos que convengamos en ella, demostrando que el orden civil se perturba y aun destruye por estas que podemos llamar falsas afecciones religiosas. Primeramente,

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118 creo que convendremos en que toda ley, para ser tal, debe ser justa y toda supersticin es falsa e injusta. Tenemos, pues, que por su misma naturaleza deben estar en abierta oposicin, y que as las nuevas leyes, como el cumplimiento de las que ya rigen, deben encontrar un gran obstculo en las prcticas e ideas supersticiosas. Si la supersticin se presentase como tal, no sera temible, mas presentndose como la pura y sublime religin, suele cautivar los nimos de tal manera, que el pueblo incauto grada de inicuas y sacrlegas cuantas leyes se la opongan y pasan los legisladores por impos slo porque no son supersticiosos. En tales circunstancias, empieza la chusma ignorante a desconfiar del gobierno y a detestar las leyes, cree atacada la religin, cuando en nada es ofendida, y cuando acaso se trata de protegerla, impidiendo que la degraden; valindose de ella, para trficos infames, muchos inicuos que se dan el nombre de piadosos. Bien conoces, Elpidio, que toda ley odiada por el pueblo es infringida con frecuencia, y que en la sociedad de seres pensadores no vale tanto la fuerza como la voluntad, a diferencia de los rebaos y otros conjuntos de animales, que son fcilmente manejados por la vara, el silbo y otros medios semejantes. Infiere, pues, a qu vienen a reducirse las leyes ms sabias si el monstruo de la supersticin logra que el pueblo las odie; quedan sin duda reducidas a unos renglones en un libro, que pocos o nadie lee, y que no producen otro efecto que el disgusto popular; pierde la magistratura toda su fuerza moral y slo puede valerse de la fsica. Mas sta es fcil contrarrestarla con otra mayor cuando la masa popular se pone en movimiento, y de aqu todos los tumultos piadosos, excitados y llevados a cabo por personas al parecer virtuossimas, a semejanza de muchos tumultos patriticos, excitados por los verdaderos enemigos de la patria. Luego que el pueblo ha perdido el amor a las leyes y se ha habituado a infringirlas, es muy fcil a los supersticiosos guiarle a su antojo, por un principio casi inherente al corazn humano, que es el esforzarse en destruir lo que odia y sostener lo que ama; y mucho ms cuando ya se han hecho sacrificios que se quiere que no sean intiles. Llegan, pues, los hombres a un grado de obstinacin que los hace inaccesibles a todo gnero de reflexiones que no tiendan a su objeto, cual es destruir unas leyes que abominan y plantar en su lugar las mximas supersticiosas, por las cuales se han expuesto tanto, contrariando y desobedeciendo la autoridad. Hacen entonces un honor de esta desobediencia y se glorian de las persecuciones que sufren, creyndose mrtires de la religin cuando lo son del diablo; y ojal hubiesen ledo la doctrina de los padres de la Iglesia y recordaran que, entre otros, dijo San Cipriano: no es la pena sino su causa lo que hace el mrtir (non poena sed causa martirem facit); y bien pueden dar su vida por el error,

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119 sin que por esto pasen la lnea de unos perversos obstinados. ¡Oh!, mi Elpidio. ¡Cunto dao han hecho a la religin estos fingidos mrtires! ¡Cuntas lgrimas han costado a los verdaderos amantes de ella estos impos esfuerzos de sus enemigos, que para ultrajarla ms, fingen protegerlas! Pocos son los que verdaderamente sufren, porque son pocos los que estn alucinados; la mayor parte son pcaros, que fingen que sufren para que los suyos abran la bolsa y los premien; mas cuando los aprietan, huyen que es un gusto. Sin embargo, la religin es a veces odiada, como causa de estos males, y las leyes quedan sin apoyo, y el pueblo por consiguiente, sin ms freno que su capricho, cae en la desmoralizacin. Otro inconveniente de mucha consecuencia resulta, Elpidio, de esta guerra infame que declara la supersticin a todas las leyes que cree opuestas a sus intereses depravados, y es que, por una especie de reaccin a que es propenso el espritu humano, suelen los buenos olvidarse que lo son y salen efectivamente leyes contrarias a los justos intereses de la religin cohonestados con la necesidad de reprimir a sus fingidos defensores. Este es el verdadero origen de casi todos los escndalos y de las persecuciones que ha sufrido a veces la Iglesia y con ms frecuencia el cuerpo eclesistico, que son cosas bien distintas, pues aqulla nunca deja de ser celestial y ste a veces da a conocer que es terreno, por las pasiones que dominan a sus miembros. No bien salen al pblico algunas leyes imprudentes y contrarias a la Iglesia, cuando se levanta un justo clamor contra ellas y los supersticiosos encuentran una buena oportunidad para conseguir sus designios. Dan por hecho que los legisladores no tienen otro objeto que la destruccin de la Iglesia y hagan lo que hicieren, todo lo refieren maliciosamente a este fin, de modo que el pueblo llega a figurarse que todos sus gobernantes son impos. Qu debe esperarse de un estado tan lamentable, sino una guerra abierta entre los legisladores y la Iglesia y entre el pueblo dividido en distintos bandos, que se injurian y maldicen mutuamente? He aqu las bellezas de la supersticin. Empezada esta ominosa campaa es muy difcil terminarla. Los despreocupados creen que si dan una prueba de debilidad, transigiendo con la supersticin, sta quedar radicada para siempre, insolentndose con la victoria; y los supersticiosos perciben que su derrota puede ser irreparable. Empiezan entonces ambos partidos por alucinarse a s mismos y buscan razones especiosas para justificar su conducta. Es preciso, dicen los unos, usar de severidad, aunque si se quiere toque en injusticia, para evitar tantos males; es preciso quedar con alguna locura para despertar al pueblo de tan lamentable apata, hacer reconocer sus intereses y de este modo contener a los que le oprimen, fingiendo que difunden la piedad. Despus de hacer tales raciocinios

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120 se entregan sin temor a todas sus pasiones e incendian la patria, invocando el patriotismo. Los otros por su parte no son, ni ms exactos en sus discursos, ni ms justos en sus operaciones. La religin, dicen, es atacada, preciso es defenderla; si cometemos algunos excesos deben dispensarse considerada la naturaleza de la causa que defendemos, la perversidad y osada de sus impugnadores, la dificultad de reprimir la indignacin del pueblo al verse atacado en lo que ms venera y ama; y ltimamente, las innumerables e inocentes vctimas que sern inmoladas por los impos, merecen que evitemos su sacrificio aun a riesgo de cometer algunas injusticias. Con estos y otros raciocinios semejantes, procuran ambos partidos acallar los gritos de la razn, de la naturaleza, y de la religin, llegando a ser tanta su desgracia, que con el hbito de conformar sus operaciones a estos discursos, consiguen ambotar la sensibilidad moral que siempre es fruto de la reflexin, sindolo de la conciencia, y quedan al fin los hombres reducidos a unos seres mecnicos en cuanto al buen sentido, pero muy reflexivos e industriosos en cuanto al empleo de los medios de su cruel perversidad. No deberan estos alucinantes discurrir de un modo muy distinto segn los principios de la verdadera religin y advertir que ni sta ni la patria pueden recibir beneficio alguno y s graves daos de su injusticia? ¡Favorecer la patria formando enemigos contra ella y quitando a la autoridad todo su prestigio, pues todo lo pierde luego que es injusta! ¡Favorecer la religin quebrantando el ms sagrado de sus preceptos, que es la justicia, y rompiendo su vnculo divino, que es la caridad! Por qu no se quitan la mscara estos miserables y se presentan abiertamente como promotores de sus intereses particulares, dejando a un lado los augustos nombres de la patria y religin, que tanto profanan? ¡Pudiera el pueblo conocerlos y cesaran de ser temibles, cayendo en el desprecio que merecen por su infamia! Esto no conviene a su ambicin, y he aqu el motivo de su reserva. Lo repito Elpidio, uno y otro partido opera por miras ambiciosas y permteme que exponga los fundamentos de mi asercin. Bien s que el dinero es el seor del mundo y que los que slo tienen ideas mundanas siempre piensan en dinero. Sin embargo, advierte que se emplea como medio para obtener placeres y consideracin social y que sta es la que ms cuenta y la que ms halaga. Exige, pues, mayores sacrificios, que todos los hombres estn dispuestos a hacer, unos por medios justos y otros por siniestras e inicuas maquinaciones. Muy pocos aprecian los placeres si van unidos con la degradacin, pero muchos se complacen en las privaciones, si son causa de honores. Infirese, pues, que los perversos que componen ambos partidos, no teniendo otras miras que las mundanas, son vctimas de la avaricia, pero aun lo son mucho ms de la ambicin, y aqulla sirve de medio para sta, aunque parezcan divididas. Sin hacer alusiones

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121 odiosas, observars, mi amigo, que en ambos partidos siempre hay la pretensin de una cruz, un ttulo, ya aristocrtico, ya democrtico, en fin, algn signo de honor, que sirva de pbulo a la ambicin. De aqu la fingida modestia para ser ms elogiados, de aqu la humildad en unos y la franqueza y desprendimiento en otros, segn la pluma del partido, sin ms objeto que el de dominar de un modo menos odioso, ms seguro y con ms aplauso; de aqu la hipocresa poltica y religiosa con todas sus consecuencias, que siempre son funestsimas. Pero me dirs que soy injusto, atribuyendo a la supersticin no slo los males que ella causa, sino los producidos por sus enemigos. Yo no excuso a stos; antes, en mis cartas sobre la impiedad, los he atacado abiertamente; pero el mal es tan grande, que bien puede repartirse dando bastante a cada partido para hacerlos abominables. No sirven de pretexto a las impiedades las inicuas pretensiones de los supersticiosos? Crees, Elpidio, que encontraran mucho apoyo en el pueblo los impos si no hallasen materia para enrgicas y justas declamaciones, pintando y exagerando los males que causa la supersticin y pasando por grados a confundir con ella la obra del cielo, la santa e inmaculada religin? Tengo, pues, sobrado fundamento para hacer a estos tontos o inicuos responsables de los males que he detallado; y por ms que mi entendimiento quiera encontrar razones para disculparlos, slo las encuentro para ratificarme en mi aserto y deplorar la desgracia de la patria y de la Iglesia, acarreada y continuada por la supersticin. Tratemos ya, mi Elpidio, de un mal gravsimo, que es consecuencia de los que he referido, tratemos, s de la degradacin en que cae un pueblo supersticioso y de la ancha puerta que abre a todas las bajezas y a todos los crmenes. Consulame solamente la idea de que la supersticin aunque por desgracia muy extendida, no lo est ni puede estarlo tanto como se figuran algunos espritus melanclicos o irreflexivos. Yo pasar a la carrera por este campo del dolor, donde la naturaleza corrompida presenta todas sus miserias, horroriza con su corrupcin e infecta el ambiente con sus hlitos venenosos. Quin podr ver sin lgrimas el carcter frvolo e irreflexivo, superficial, pueril y ridculo, en una palabra, monstruoso, que adquiere un pueblo dominado por la supersticin? Al paso que desatiende los ms sagrados deberes de religin y de patriotismo, le vemos correr tras sombras vanas, que siempre lo engaan, mas nunca lo corrigen, antes parece que cada burla slo sirve de preparativo a otras nuevas. Resintese las artes, gimen las ciencias, vciase la literatura, corrmpese el buen gusto, destryese la moral, y al fin, viene a establecerse un nuevo orden de cosas, sancionadas con aplauso por una chusma de ignorantes con pretensiones de sabios, y acobardados los que lo son, queda el pueblo en

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122 manos del monstruo de la supersticin, bendicindole como si efectivamente fuese un don del cielo. Un estado tan lamentable provoca el desprecio por ser voluntario y sucede con los pueblos lo mismo que con los hombres, quiero decir, que exasperados se entregan a la indolencia, cuando llegan a figurarse que es intil la actividad; apelan al gracejo para encubrir su ignorancia, y as es que imitan a los impos aunque por otro estilo. Cuando stos atacan la religin, siempre tienen algn chiste, que sirve de paliativo, preparando los nimos para recibir el error y evitar la justa repulsa que debera encontrar en un alma recta; y del mismo modo los supersticiosos tienen su diccionario de chistes, de que hacen uso cuando no creen convenientes las injurias claras y groseras. Hablan, pues, con nfasis malignos de la Filosofa y de los filsofos, de los sabios del da, y usan otras frases semejantes, que por desgracia pueden aplicarse a muchos, pero que no son los supersticiosos los que pueden hacerlo, antes a ellos les convienen con ms derecho que a los mismos a quienes tienen la imprudencia de aplicarlas. Los errores tienen cierta correspondencia o hermandad, y por ms diversos que parezcan, proceden de un mismo modo y emplean unos mismos medios. La supersticin, que parece tan distinta a la impiedad, es tan frvola y chocarrera como ella, porque ambas estn destitudas del vnculo de la caridad que es el principio de lo recto, decoroso y sabio, pues no hay rectitud ni sabidura, sino las del cielo, y esta es la mansin de la santa caridad. La religin siempre hiere con un torrente de luz, de paz y de consuelo, que no causa otra pena que la de no poder recibirlo; mas la supersticin hiere con el desprecio y con la osada, que la hacen detestable. Muchos impos, mi Elpidio, quisieran ser creyentes, mas no hay uno solo que quiera ser supersticioso. De aqu la degradacin, de aqu el fanatismo y todo cuanto puede hacer a un pueblo despreciable. Los buenos, mi amigo, no lo son tanto, que dejan de ser mortales y de resentirse de las flaquezas precursoras de la muerte, y parece que la naturaleza fatigada quiere un descanso antes de disolverse. Empieza, pues, la virtud por ser condescendiente y acaba por ser dbil, dejando el campo la supersticin, que hallndose siempre pbulo en todas las edades, en todos los climas y en todos los estados, tiene infinitos secuaces, que asalten con denuedo a un enemigo, que ya empieza a ceder, se atreve al fin a envolver en sus tinieblas unos seres de que antes hua despavorida. Quedan, pues, la ciencia y la virtud aprisionada y ms de una vez transigen con su tirano y se convierten en instrumentos, que emplea para sus inicuos designios. Punto es ste muy delicado, Elpidio, que acaso conviene ms contentarse con insinuarlo. Pocos hombres, mi Elpidio, tienen un carcter firme hasta la muerte,

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123 y aunque no lleguen a degenerar en perversos, no se escapan de una reprensible debilidad, que da armas a la supersticin, que debieran reprimir. Si la supersticin no causase otro mal que ste, bastara l solo para hacerla detestable, pues degradando a las personas de quienes el pueblo poda esperar su reforma, queda ste sin apoyo y hecho el juguete de cuantos quieren especular con su ruina. Salta as el consejo, y como abunda la ignorancia y estn desencadenadas las pasiones, puedes inferir que la corrupcin es general y tambin lo es el desaliento. Sabemos la fuerza de la opinin, y cuando sta se declara por un plan o partido, an en el ms absurdo, si no hay sabios virtuosos que la rectifiquen, adquiere la sancin del tiempo y en vano se intenta despus variarla. Llega la masa popular a corromperse en trminos que apenas se encuentra quien quiera emprender su cura. El ejemplo de los que, confundiendo la prudencia con la debilidad, creen poseer aquella en alto grado, mientras ms ceden a sta; el ejemplo, repito, de los que ms confianza debieran inspirar por sus aos y virtudes, llega a sancionar las prcticas ms supersticiosas, o a hacer que se crea imposible destruirlas; y de este modo queda la sociedad semejante a un enfermo, que creyndose incurable, no quiere que la fatiguen con remedios importunos. La prdida de los hombres de gran mrito, siempre ocasiona la de muchos de un orden inferior, y la cadena de males, va adquiriendo nuevos eslabones con que aprisionar al pueblo incauto. Es muy fcil percibir, cuando los grandes ingenios caen desgraciadamente en la impiedad, mas no es tan fcil conocer, cuando son vctimas de la supersticin. Ellos mismos a veces no lo perciben y otras procuran ocultarlo, y lo consiguen con inmenso dao de los pueblos. Degradada de este modo la sociedad y particularmente los que pueden tener voz directa en ella, sufre un ataque tremendo la religin, porque llega a ser el juguete de los supersticiosos, no menos que de los impos y unos y otros blasonan de un triunfo, que nunca hubieran obtenido entrando en lid con su verdadero antagonista. Les ha sido preciso fingir un enemigo para poder fingir una victoria; y los impos atacando a los supuestos religiosos y los supersticiosos rebatiendo a los supuestos impos, dan indirectamente un asalto a la santa religin aunque por distintos caminos. Llnanse de regocijo los impos cuando les viene a la mano algn catlogo de disparates con el ttulo de novena, alguna tontada religiosa con el ttulo de ejercicio piadoso; en fin alguna cosa que pruebe ignorancia y credulidad en los hijos de la Iglesia, para descargar sobre sta un diluvio de stiras, de burlas, y de baldones, hacindola responsable de cuantos errores y de cuantas picardas se cometen contra su voluntad y mandatos. Crense entonces autorizados para condenar la religin en el tribunal de su entendimiento, sin or defensa

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124 alguna o sin nimo por lo menos de hacer caso de ella, y destierran de su alma un don del cielo que debiera hacerles felices. ¡Oh, mi Elpidio!, aun sin la luz evanglica, puede verse muy bien la deformidad de estos discursos y conducta irreflexiva, y as es que hace mucho tiempo que un autor gentil respondi de un modo satisfactorio y con un smil muy propio a la dbil objecin de estos alucinados. “Curamos las lagaas si podemos”, dijo Plutarco, “mas si no podemos no por esto sacamos los ojos: del mismo modo, si no podemos destruir la supersticin, no por eso debemos creer que no hay dioses”.2 ¡Qu leccin tan interesante para los que desprecian la verdadera religin, confundindola o pretendiendo hacer creer que la confunden con las prcticas que a su nombre ha introducido la ignorancia o la perversidad! Tienen s, Elpidio, tienen justo derecho los impos para deplorar los males producidos por la supersticin y considerarla como una de las principales causas del trastorno y desorden del cuerpo social. Pero acaso son ellos los nicos o han sido los primeros declamadores contra los procedimientos de este monstruo infernal? No, mi amigo, la Iglesia de Dios los ha condenado mucho antes y los Santos Padres, cuyas obras expresan el verdadero espritu de la Iglesia, estn llenas de amorosas y enrgicas sentencias contra un vicio tan horrendo. Vicio que en otro tiempo introdujo dioses discordantes y en los nuestros nos presenta uno, pero inconsecuente y dividido, sugiriendo mximas y doctrinas opuestas y ridculas; y no s si me atreva a decir que es la misma idolatra despojada de los nombres de los antiguos dioses, si bajo stos, como piensan muchos, no consideraban aquellos idlatras otra cosa que distintas virtudes de una misma divinidad.3 Vicio que por su naturaleza introduce la discordia aun mucho ms que la impiedad, aunque se empeen tales viciosos en predicar una paz que ellos mismos excluyen; y puede muy bien aplicarse a ellos la juiciosa observacin de San Agustn sobre los antiguos idlatras, que en realidad no fueron sino supersticiosos, siendo la idolatra una de las clases de la supersticin. “Estos miserables “deca aquel Santo Padre”se vean obligados a buscar un modo de dar culto a sus dioses discordantes, sin ofenderse ellos mismos mutuamente; pues si quisieran imitar sus dioses en la discordia, roto el vnculo de unin, se arruinara la ciudad”. (Aug. Ad Marcel. epiis. 138., tom. 2o, pg. 541.) Lo mismo sucede con los supersticiosos en el seno de la verdadera religin. Hllanse en la necesidad de disimular sus doctrinas y aun de ocultarlas; tienen que hacer inmensos sacrificios sumamente penosos para ellos, slo por evitar que las discordancias de sus doctrinas se noten en su conducta y quede disuelto el partido al primer golpe que reciba de la razn; quieren, s, afectar unidad porque saben que este es el carcter distintivo de la verdadera religin, pero jams pueden convencerse a s mismos de que la poseen. El culto es para ellos un estudio rido, de

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125 vanas pretensiones cohonestadas con nombres piadosos, cuya invencin no es el menor trabajo; y as, poco a poco, llegan estos perversos a reducirlo todo a meras frmulas sin otro espritu que el del mundo, por ms que pretendan ser guiados por el espritu divino. Creo que habrs anticipado mis ideas y previsto que debo decir algo sobre el inmenso dao que se hace a la sociedad, quitando el verdadero valor a las ceremonias religiosas. Sabes, Elpidio, que este punto ha sido objeto de muchas de mis meditaciones, porque, a la verdad, lo creo esencialsimo. Acaso recordaras que en mis Lecciones de Filosofa observ que es totalmente intil la cuestin de si puede o no haber moral pblica sin religin, pues las naciones cual estn constitudas siempre han de tener religin y esta ha de ser su norma de conducta. Resulvase, pues, la cuestin por la afirmativa o por la negativa, en la prctica siempre vendremos a parar en que la religin dirige la moral del pueblo y la investigacin es muy semejante a la de si los habitantes de la tierra podramos vivir en la luna. De modo que la religin tendr siempre tanto influjo en la sociedad, que si se desvirta, queda el pueblo sin norma, como ya ha acreditado la experiencia en los diversos ensayos que se han hecho sobre la materia en distintas pocas y distintos pases. El pueblo jams abandona la religin, sino para entregarse a los vicios, y yo me creo excusado de probarlo, porque sin recurrir a la historia, en nuestros das cualquier individuo de cualquier clase, con slo mirar alrededor encuentra infinitas pruebas de mi aserto. Resulta, pues, que el pueblo, en el momento que sospecha de la intencin y sensatez de los que les prescriben prcticas religiosas, empiezan a disgustarse de stas y las confunde todas, buenas y malas, hasta llegar al extremo de declararse impo puritano. Dispnsame el nombrecito y para que te persuadas de la propiedad de su aplicacin, recuerda que los puritanos de Inglaterra no empezaron de otro modo y que todas las impiedades imaginables fueron sancionadas con el laudable objeto de purificar el culto y abolir ceremonias ridculas y supersticiosas, cuyo nombre odioso daban entonces y dan ahora a todo lo que no conviene con sus ideas. He aqu uno de los estragos de la supersticin. Hcense sospechosas todas las ceremonias y en vez de ser unos medios sensibles para inspirar ideas sublimes que rectifiquen la moral del pueblo, quedan reducidas a unos objetos de escarnio y de desprecio. Despreciadas las ceremonias, lo est tambin el culto y su objeto; de modo que por grados insensibles queda el pueblo sumergido en la impiedad. Quieren entonces los impos e instrudos tomarle por su cuenta para ilustrarle, mas l no quiere recibir lecciones sino darlas; el principio que le indujo a desechar la religin, le hace no admitir clase alguna de autoridad o magisterio, y queriendo todos

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126 ser directores, deja de haber dirigidos y es todo una confusin, resultando una inmoralidad por creerse ilustrados sin serlo. En tan tristes circunstancias, los supersticiosos acusan a los impos, y stos a aqullos, hacindose mutuamente responsables de la relajacin del pueblo ignorante; como si ellos mismos no fueran los ms corrompidos y los menos excusables. Bien s que la verdadera creencia especulativa suele encontrarse, aunque rara vez, unida con la inmoralidad, pero yo me atrevera a dar como resultado de observaciones muy prolijas y como regla casi general, que todo hombre corrompido es impo o supersticioso. Qu valen, pues, todas sus declamaciones? Slo sirven de signos de su hipocresa, cuando tienen el descaro de lamentar los males que ellos mismos han producido. Ya en otra serie de cartas te indiqu, mi Elpidio, los males que causa la impiedad y as nada dir ahora de ella, detenindome slo en hacer algunas observaciones sobre esta hipocresa supersticiosa. Como se presenta con el aire de santidad, luego que se corre un poco la mscara y se percibe toda su deformidad, excita una indignacin extrema en el pueblo, que se considera insidiosamente engaado. De aqu proviene que cuando estos supersticiosos quieren contenerle, ni an siquiera son odos, por temor de un nuevo engao, y es claro que si el enfermo rehsa tomar la medicina, de nada puede servirle el mdico. Qu diremos, pues, de los eclesisticos supersticiosos, que gritan descomedidamente en los plpitos contra la impiedad, que ellos mismos han formado o a lo menos nutrido con sus perversas necedades? Qu diremos de los obispos que les permiten predicar? Dejmoslos al juicio de Dios, que acaso los encontrar inocentes por falta de luces y por su buena aunque errnea intencin, mas ante los hombres no pueden pasar sino por criminales. Cuando la supersticin erige ctedra, debe esperarse que encuentre opositores, y siendo tan perversa, no escrupulizarn mucho aqullos en la eleccin de medios para derrocarlas. Sufre, pues, la verdadera religin, sufre la sociedad y triunfan los inicuos de todas clases como efecto necesario de un orden de cosas tan contrario y tan vicioso. La ansiedad que produce es insufrible y la lucha a que da lugar es funestsima. Cada ataque produce una convulsin social y lejos de abatir al enemigo parece darle nuevo valor o ms bien obstinacin para continuar la resistencia. La autoridad, que bien usada es un principio de paz y de armona, llega por su abuso a convertirse en un principio de injusta y degradante opresin, que sin ms apoyo que la fuerza, nunca logra ser obedecida por los corazones y por los entendimientos, aunque consigue dirigir a su arbitrio unos actos puramente externos. Desaparece entonces la verdadera religin y toma su nombre una farsa la ms detestable. He aqu las bellezas de la supersticin.

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127 Apartemos la vista de un cuadro tan lastimoso y consolmonos con la hermosa imagen de un pueblo, que libre de la impiedad no menos que de la supersticin, se entrega con placer y sin reservas a sentimientos religiosos conformes al divino dechado, sin mezcla de las pasiones humanas. La verdadera caridad difundida en un pueblo, dulcifica su carcter y la hace franco, amable, firme, constante, humilde y elevado, alegre y juicioso, en una palabra, dispuesto para todo lo justo y enemigo de todo lo perverso; la sublimidad de los objetos religiosos la hacen desagradables los mezquinos de las intrigas y bajezas que degradan a los supersticiosos, y por una consecuencia necesaria, llega a adquirir cierta nobleza cristiana, cuyos encantos son muy distintos de los que proporciona la nobleza que slo es hija del capricho humano y a veces de la iniquidad ms escandalosa. Un pueblo semejante tiende necesariamente a la libertad, que siempre existe cuando se observan las leyes y stas son justas, sea cual fuere su organizacin poltica, y los tiranos quedan burlados en sus miras infames. Ya, mi Elpidio, te hice reflexiones semejantes tratando de la impiedad, mas sin duda tienen mucha ms fuerza respecto a la supersticin. Estoy ntimamente persuadido, que todo pueblo supersticioso es esclavo, as como todo pueblo verdaderamente cristiano es libre. Un pueblo religioso e ilustrado es superior a todas las leyes y a todos los sistemas polticos, que son para l como los vestidos para el cuerpo, que pueden afearlo y an molestarlo, pero no alterar su naturaleza ni la hermosura de sus formas. El cristianismo es un bello ideal perfecto, formado de bellezas reales, que cuando se acumulan en gran nmero se aproxima el conjunto de ellas al modelo presentado por su divino fundador. No es imposible, pero s es muy raro encontrar todo un pueblo verdaderamente cristiano, as como sucede con los modelos, que el gusto rectificado forma como normas de lo bello. ¡Oh! ¡Si las pasiones desarregladas no infectaran con sus pestferos hlitos la masa popular! ¡Qu majestuoso, noble y halageo marchara el cristianismo recibiendo por todas partes los homenajes de la razn pura e ilustrada, los votos de los corazones consolados, los tiernos abrazos de la inocencia protegida, las aclamaciones de la tranquila industria, los laureles del saber victorioso y la risuea oliva de la paz juiciosa y permanente! ¡Oh, mi Elpidio! Yo me transporto de nuevo a aquella noche memorable a la cual alud al principio de esta carta y mi alma vuelve a experimentar los elevados sentimientos que entonces me ocupaban. Vuelvo a ver la armona de las grandes familias que componen el gnero humano y al restablecimiento del imperio de la razn, usurpado por tanto tiempo por los que falsamente se titulan sus cultivadores; vuelvo a ver la sbita y asombrosa cura de las dolencias del corazn humano y toda la historia de las antiguas calamidades

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128 de los pueblos pasa ante mi vista transformndose en un cuadro de delicias, que se dejan ver a medida que la luz evanglica va disipando las nubes de la infidelidad y las tinieblas de la supersticin. Vuelvo a ver la correspondencia entre el cielo y la tierra como obras de una mano y reconozco la sabidura de un ser infinito, que no pudo establecer entre ellas discordancia, por ms que se empeen los mseros mortales en calumniarle. Vuelvo a ver la religin pura en toda su belleza, derramando abundantes dones y fijos en ella los ojos de millares y millares de cristianos, felices por su influjo. Vuelvo a ver... pero, basta, Elpidio, no quiero abusar ms de tu paciencia, si bien no te ofrezco enmendarme, pues me preparo a dirigirte otra carta para desahogo de mi espritu, que siempre encuentra gran consuelo en tu correspondencia. Horror a la supersticin. No me olvides.1 Llamo al hereje cristiano nominal, porque la negacin de un dogma supone falsedad en el cristianismo y destruye su carcter divino dejando solo un cristianismo nominal y por consiguiente unos cristianos nominales. Si me propusiese formar en estas cartas un tratado dogmtico, me sera fcil probar, que admitir la posibilidad de introducir un error considerado como dogma por la Iglesia, es destruir de un golpe todas las pruebas de la divinidad del cristianismo y reducirle a un cristianismo humano, que es el nico que conservan los herejes.2 Si fieri potest lippitudinem auferimus ab aculis: sin id non licet, non tamen eruimus oculum: ita si superstittio tolli prorsus non pootest, non tamen protinus credendum nolloos esse deos-Pllut-vide Anthologia sive Florilogium Langii, pg. 513.3 Muchos son de opinin y yo me inclino a ella, que la idolatra, que podemos llamar formal, esto es, de ideas y de operaciones, nunca ha existido sino en una parte de la plebe la ms ignorante, pero que los reflexivos, aun sin ser filsofos, siempre conocieron que no puede muchos dioses; y no porque Sneca fuese condenado a muerte por defender la Unidad de Dios, se infiere que fuese el primero que la creyese. Los dioses crean unos que eran meras virtudes a las cuales se haba dado un nombre personal, y otros crean que eran personas reales, pero no partes de la divinidad, ni divinidades distintas, sino unos seres protegidos por la nica Divinidad y encargados de tales o cuales funciones. La creencia de estos ltimos era muy parecida a la que tenemos de los santos, aunque existen diferencias esenciales entre nuestro dogma y aquellos errores. Es preciso sin embargo advertir que los supersticiosos, que atribuyen a los santos operaciones y poder que la Iglesia no reconoce, verdaderamente no hacen ms que imitar a los antiguos idlatras y dar armas a los herejes del da para que impugnen nuestra Santa religin. Esta sin embargo encuentra su defensa en el mismo ataque, pues si bien los supersticiosos y los idlatras han errado en el modo del culto, parece que unos y otros, como por un instinto de la naturaleza, han reconocido que Dios es admirable en sus santos, y que le agradan las splicas de estos venturosos.

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129Carta segunda Cmo usa la poltica de la supersticinLa poltica, que jams se para en los medios si convienen a sus fines, se vale gustosa de la supersticin como el mejor apoyo de la tirana, que es el dolo de casi todos los gobernantes. Esta entrada, Elpidio, acaso te ha hecho olvidar quin soy, y en un momento de sorpresa me habrs confundido con los espritus inquietos y mal contentos que creen no poder ser libres mientras sean gobernados. Vuelve en ti, acurdate de mis principios, y yeme. Por ms protestas que hagan los gobernantes, el placer de mandar es una miseria de la naturaleza humana de que no pueden librarse. De aqu la tentacin de infringir las leyes y las especiosas razones que encuentran para hacerse superiores a ellas. Frmase, pues, un dolo del Poder, que como falsa deidad no recibe sino falsos honores y el que lo ejerce es el primer miserable a quien cautiva. Ofrece sus inciensos a este Numen tutelar y muy pronto el temor congrega otros muchos sacrificadores, que teniendo parte en la accin gubernativa procuran extender el imperio de la arbitrariedad, cuya consecuencia necesaria es la tirana. Esto ha sucedido, sucede y suceder en todos los pueblos y en todos los gobiernos, sea cual fuere su forma. Son, pues, los buenos gobernantes unos hombres justos, que resisten y vencen una tentacin muy poderosa, y ya se echa de ver que son muy raros, por desgracia del linaje humano. La generalidad de los mandarines, si no son tiranos desean serlo, y slo esperan encontrar un pretexto para dar pbulo a su pasin de dominar sin leyes o de frustrarlas si el decoro exige reconocerlas. He aqu por qu he dicho que la tirana es el dolo de casi todos los gobernantes, y a la verdad que las excepciones son tan pocas, que bien podra yo con muy poca hiprbole omitir el casi dejando la proposicin general. Estn por tanto en lucha las leyes con los mandarines y no debiendo emplearse la fuerza contra ellos, slo quedan dos principios protectores: la opinin que anima la sociedad y la religin que rectifica la conciencia. Los tiranos elogian y entronizan la supersticin para destruir uno de estos principios, cuya ruina causa la del otro, y se quedan sin barrera alguna que los contenga en sus atentados. Es evidente que las ideas religiosas forman la opinin popular, y si se sustituye a la pura doctrina de un frrago de supersticiones, queda el pueblo sin religin y sin opinin rectificada; de modo que la tirana no encuentra obstculo en su marcha. He aqu por qu la poltica protege la supersticin, he aqu el origen de tanta perfidia y de tanta hipocresa.

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130 Dirs acaso que si todos pensasen como yo, quedara desvirtuado todo gobierno, hacindose sospechosos todos los gobernantes. ¡Ah, mi Elpidio! Te escribe un hombre que jams ha desobedecido una autoridad, pero te escribe un hombre franco y firme, que no sacrifica la verdad en aras del Poder, y que sea cual fuere el resultado de sus esfuerzos los dirige todos a presentar las cosas como son en s y no como hipcritamente se quiere que aparezcan. Yo deseo dar a los gobiernos su verdadero apoyo, que es el amor del pueblo, la justicia de sus leyes y la virtud de los gobernantes. El confesar una propensin de la naturaleza humana, no es hacer sospechosos a los que la tienen, antes la sospecha resultara de un astuto e infame ocultamiento. ¡Sera hacer sospechosos a todos los hombres el decir que todos sienten los ataques de la vanidad! ¡Sera sospecharlos todos de disolutos el decir que todos sienten los estmulos de una carne corrompida! Los gobernantes son los padres del pueblo y sera muy extrao que un ministro del Evangelio, que siempre se ha presentado como tal, viniese ahora a predicar desobediencia y a inspirar sospechas injustas, que no seran lcitas a un respecto de individuos particulares. Yo siempre he tenido por mxima de conducta pensar que los hombres son buenos mientras no me conste que son malos y precaverme como si fuesen inicuos, aunque me consta que son santos. Sabiendo ya la norma que sigo, juzga de mis intenciones, y si fallas contra m, no tengo defensa. He abierto mi pecho —nada ms tengo en l— juzga de lo que observas y juzga como quieras, pero tambin permteme que juzgue segn el testimonio de una conciencia que siempre me ha sido fiel y que me dicta perseverancia en mis sentimientos. Un gobernante que respeta las leyes, aun cuando aumenta errores est seguro del aprecio popular; mas si se erige en rbitro de la suerte de los hombres debe esperar las maldiciones de stos. Los mseros que se hacen acreedores a ella, procuran acallarlas llamando en su auxilio la supersticin, que siempre encuentra medios de cohonestar y santificar las injusticias. Declranse protectores de la religin los mismos que la profanan y al momento hallan ilusos que de buena fe los defiendan y pcaros que los elogien por especulacin. Este es el orgen de varias mximas perniciosas que sancionan la tirana y califican de favor o gracia el cumplimiento de las leyes y la conservacin de los derechos ms sagrados. Entre otras doctrinas escandalosas, no has odo, mi Elpidio, s, no has odo la blasfemia moral y poltica de que los reyes son seores de vidas y haciendas? Lo son, sin duda, respecto a los delincuentes, y entonces es la ley la seora de esas vidas y de esas haciendas, cuyos indignos poseedores castiga justamente; mas creer que los reyes pueden matar cuando les d gana y coger la propiedad que mejor les parezca, es un error funesto, que

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131 tiene su origen en la ms horrenda supersticin. Para sostener este absurdo han procurado los supersticiosos llamar a los reyes Dioses sobre la tierra y por una sacrlega analoga han dicho que en virtud de tales participan del poder del Dios del cielo, y como la vida y los bienes son dones gratuitos del Ser Infinito, quieren que tambin lo sean de sus vicegerentes terrenos. Parece, pues que estos ilusos llevan su locura hasta el punto de pensar que es un favor de los reyes dejar que vivan sus sbditos y permitirles asimismo que posean. ¡Qu distinta es la doctrina de los Padres de la Iglesia! Yo me detendra en exponerla si ya no lo hubiera hecho en las cartas que te escrib sobre la impiedad. Acurdate, s, acurdate que San Agustn llama ladrones a los reyes que toman sin justicia la propiedad de sus vasallos. Toda potestad, mi Elpidio, viene de Dios, como toda paternidad, segn nos dice el Apstol; mas de aqu no se infiere que los padres puedan matar sus hijos o robarles lo que legtimamente poseen y menos se infiere que los potentados pueden proceder como locos o furiosos, destruyendo a su placer, sin ms razn que su voluntad. Creer que Dios puede autorizar a semejantes infames es no creer en realidad que hay Dios y declararse unos ateos disimulados. Es verdad que, como nos dice el sagrado texto: por la sabidura de Dios reinan los reyes y los legisladores decretan lo justo (Prov., VII., 15.), pero reinar no es matar sin ton ni son, orden o concierto, sino gobernar un pueblo de un modo justo para conducirlo a la felicidad, segn las mximas de la sabidura divina; y el decretar lo justo no es infringir los derechos de sus sbditos por medio de decretos arbitrarios. Los supersticiosos siempre han confundido la cuestin de la obediencia con la de la justicia. Una cosa es decir que debe obedecerse por evitar males mayores y otra cosa es legitimar la injusticia. Permite a un clrigo que use de ejemplos eclesisticos y que te recuerde que la misma Iglesia sanciona esta doctrina, siendo la de todos los telogos que una censura injusta debe obedecerse, mas el individuo sobre que cae no debe considerarse censurado, sino perseguido. Pero qu han hecho los supersticiosos? Declamar constante y furiosamente contra todo el que se atreve a indicar las injusticias cometidas por los reyes, o mejor dicho, por los pcaros que los engaan y tratar de revoltosos a impos a los verdaderos amigos del orden y de la religin. Luego que los mandarines encuentran estos atletas del dominio, que peleen contra la justicia y santifiquen la infamia, les prodigan a manos llenas honores, consideraciones y a veces oro aunque de un modo indirecto. Elevada de este modo la supersticin, se llena de soberbia y empieza a extender sus conquistas de un modo prodigioso, pues muy pronto se atrae un gran nmero de pcaros que van, como suele decirse, al sol que ms calienta, y tam-

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132 bin corren a sus banderas muchos ilusos, que slo perciben la apariencia de santidad con que se disimula el cmulo de crmenes ms inauditos. Cul crees que es el resultado? Aprisionar a los reyes. S, mi amigo, los reyes son los primeros cautivos y las primeras vctimas de la supersticin manejadas por los mandarines, o sea reyezuelos. Para demostrarlo pongmonos en una disyuntiva necesaria y saquemos las consecuencias. O el rey es cristiano o es impo. Si es cristiano le hacen entender que la religin peligra, que l debe dar el primer ejemplo de obediencia a sus divinos mandatos y que stos le prohben tal y tal y tal cosa... y aqu entra el catlogo de necedades o de picardas, apoyadas con informes y autoridades sin nmero, como el fruto del ms profundo estudio teolgico. Crese, entonces, un buen rey obligado por una humildad cristiana a no preferir su juicio al de tantos varones sabios y virtuosos y al clamor de los pueblos, que as procuran persuadrselo. He aqu un rey esclavo. Mas supongamos la segunda parte de la disyuntiva, supongamos que el rey es impo. Al verse rodeado por la supersticin, teme que se descubra su impiedad, y creyendo que ya el enemigo es muy fuerte y no importndole mucho el conquistarlo, porque no se cuida de la religin y lo que quiere es mandar, transige fcilmente y da pbulo a los sentimientos que pueden sostenerlo en el trono. He aqu otro rey esclavo. Qu tal, mi Elpidio? Quines son los amigos de los reyes? Sernlo acaso los supersticiosos que procuran reducirlos a una esclavitud ominosa o los hombres francos y verdaderamente religiosos, que quieren darles todo el esplendor de una suprema autoridad justa y racional? Por quines son respetados: por los que los consideran como padres benficos del pueblo, y para que puedan serlo les indican los precipicios a que quiere conducirlos una multitud de prfidos e hipcritas? Quines los aman: los que procuran degradarlos y atraer sobre ellos las maldiciones del gnero humano, que las ms veces no merecen, porque estn muy lejos de saber las injusticias que se cometen a su nombre; o los que guiados por la verdadera religin, jams les ocultan la verdad, y siempre les aconsejan que, respetando los derechos de todos y cada uno de sus sbditos, aseguren para s mismos el mayor de todos sus derechos, que es el que tienen al amor de los pueblos? Mas ya advierto, mi Elpidio, que me voy desviando de mi objeto principal, y as, dejando a los reyes, cuyas bondades o injusticias no pienso experimentar, pasar a hacer algunas observaciones sobre otro de los modos con que la poltica hace uso de la supersticin. Cuando creen los falsos polticos (pues la verdadera poltica debe ser justa) cuando creen, repito, que el siglo ilustrado no sufrir los elogios que se tributan por los gobiernos a la supersticin, toman un camino contrario y declaman contra ella; presentndose estos polticos como los primeros des-

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133 preocupados; mas al mismo tiempo tienen buen cuidado de exagerar el poder que ha adquirido y lo arriesgado que sera excitar su furor. Propnese una reforma. En el momento la aprueban y aun recomiendan a sus autores que den todos los pasos necesarios para plantearla, pero con un fingido sentimiento pronostican que ser imposible conseguirlo, teniendo que habrselas con los supersticiosos, cuyo nmero dicen es casi infinito; y de este modo preparan los nimos para que no se extrae mucho un resultado contrario a la esperanza de los buenos y a las fingidas intenciones del gobierno. Pasan despus estos prfidos polticos a engaar a los supersticiosos y para ello dejan, aunque con precaucin, traslucir el secreto, indicando que el gobierno nunca ha estado por la reforma propuesta, por considerarla peligrosa y que slo condesciende que se den algunos pasos por va de tentativa. La consecuencia que forman los supersticiosos es que, o el gobierno los teme, o los protege, aunque disimuladamente, o quiere averiguar si debe protegerlos y si tiene por qu temerlos. En cualquiera de estos casos es claro que, segn sus principios, deben esforzarse cuanto puedan para conseguir la victoria, o por lo menos evitar la ruina. He aqu la supersticin puesta en ejercicio por una poltica astuta. Constityense, entonces, los polticos unos simples observadores de la batalla en que entran los partidos engaados y con gran tacto pulsan ciertas teclas... para animar y desanimar... para el tira y afloja... Ya me entiendes... El resultado siempre es favorable para ellos, por ms funesto que sea para la patria. Si vencen los supersticiosos, se atribuyen los gobernantes la victoria, indicando que se debe a su prudencia en no manifestar los medios de que en secreto se han valido para contener a los enemigos de la religin, a quienes siempre procuraron desalentar y quienes sin duda hubieran conseguido sus perversos fines bajo un gobierno menos religioso que los hubiera protegido. Si la victoria se declara por el partido contrario tambin la atribuyen los gobernantes a sus esfuerzos, sin los cuales la supersticin hubiera sido invencible; y tambin se dan el aire de prudentes en no haber arrostrado con precipitacin, y s de un modo oculto, pero mucho ms suave y eficaz. Quedan, pues, los polticos siempre en pie, y en disposicin de manejar los partidos a su arbitrio, pues tienen mucho cuidado de unir a las congratulaciones por la victoria la astuta insinuacin al partido vencido de que el gobierno opera por necesidad, a que todas sus expresiones son meras frmulas y que como suele decirse besa manos que quisiera ver quemadas. Esto es lo que llaman poltica, mi amigo, y no viene a ser ms que un sistema de infamia astuta. Los polticos, mi amigo, no tienen ms regla que salir con el intento o por lo menos quedar bien con todos si no se consigue.

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134 Dijo con acierto Madame Stal, hablando del lagarto Tayllerand: “El buen Mauricio es como los monifatos que se hacen para que jueguen los nios, que tienen los pies de plomo y la cabeza de corcho y as caen siempre de pie.”Si, mi amigo, los polticos siempre quedan boyantes en el naufragio de la patria y viven con todos los partidos, sin que se ruboricen de ello, antes fundan su gloria en este clculo si lo sanciona el buen xito. No extraes, pues, que aun los ms despreocupados fomentan la supersticin y se valgan de ella para sus intentos. An van ms adelante los polticos, pues con oprobio de la naturaleza y de la religin, procuran hacer creer que el mal es inevitable, pero al mismo tiempo muy til y aun necesario, pues sin la supersticin es imposible gobernar los pueblos. Para esto exageran la ignorancia de la plebe y el peligro en instruirla. Confiesan la necesidad de la religin, pero al mismo tiempo dicen que es una quimera pretender que la muchedumbre brbara pueda conservarla en su pureza. Pretenden igualmente que la supersticin es mucho ms anloga al carcter del vulgo y que por tanto conviene fomentarla y protegerla como medio de manejar una gente indmita. Para ponerse a cubierto lamentan la necesidad en que se ven de operar de un modo abominable y ridculo; protestan que sus deseos son destruir la supersticin y con stas y otras ficciones consiguen su intento, que es gobernar sin leyes y con buena reputacin. Hacen el papel de llorones y nada fuera si con su hipocresa no produjesen males enormes, que son causa de muchas lgrimas justamente derramadas. Por ms infundados y ridculos que sean estos discursos encuentran muchos que los crean exactsimos y quedan los polticos justificados en su conducta y aplaudidos por su moderacin y prudencia. Radcase, pues, la supersticin, que ni aun teme ser molestada despus de dedicarse que es no slo til sino necesaria a los gobernantes para poder manejar los pueblos sin que stos opongan resistencia alguna. Crees que paran aqu los males? No, mi Elpidio; otra calamidad mayor se sigue como consecuencia necesaria y bien quisiera yo evitar el dolor de referirla, pero ya que me he propuesto indicar los estragos de la supersticin en la sociedad, preciso es no omitir el ms funesto de todos ellos, por ms que el alma se horrorice al recordarlo y huya adolorida. Empezar, s, Elpidio, empezar la triste historia de los sufrimientos de la Iglesia bajo el pretexto de respetarla y protegerla. Como la supersticin es un vicio introducido en la Iglesia, pues no hay supersticioso que no sea o no finja ser creyente, conocieron los polticos que presentndose como defensores de la religin estaban seguros del aprecio de los supersticiosos; y para halagarlos mucho, identificaron el trono y el altar como dos cosas tan dependientes una de otra, que vienen abajo ambas si cae una de ellas. Verdad es que el culto pblico empez con la conversin

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135 de Constantino, pero tambin lo es que la religin estaba ya difundida y que por todas partes se haban elevado altares a pesar de todos los tronos. Ya desde el siglo segundo arga Tertuliano, con la propagacin del cristianismo, diciendo a los romanos: “Somos extranjeros y ya hemos llenado todo cuanto os pertenece; las ciudades, las islas, las villas, los municipios, las juntas, los mismos ejrcitos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro, y solamente os hemos dejado los templos”.1 No fu, pues, la proteccin de los imperios la causa de propagarse el cristianismo, que se hallaba entonces mucho ms puro y sus partidarios mucho ms fervorosos, unidos y potentes. Los hipcritas que fingiendo respeto por la religin quieren hacerla depender de los tronos, verdaderamente la atacan y calumnian, dando a entender que es obra del poder humano, cuando por el contrario Dios eligi los ms dbiles para confundir a todos los fuertes. Por otra parte, los tronos de ningn modo dependen de los altares, puesto que (omitiendo otros pasajes de la historia) derribados todos en la poderosa Inglaterra, lejos de disminuirse, creci el poder del monarca. Yo espero que los alucinados, que hablan de la unin del trono y del altar, no se declararn defensores de una falsa religin y no se atrevern a decirme que mi argumento no tiene fuerza porque Inglaterra conserva un simulacro de religin, que es a lo que equivale el protestantismo. Si tal dijesen, conseguiramos quitarles la mscara, pues claramente se conocera que es la supersticin y no la religin la que pretenden defender, puesto que un falso culto no es ms que una verdadera supersticin. Por el mismo principio defenderan el mahometismo y todos cuantos sistemas religiosos quieran inventarse, pues todos pueden ser sostenidos por los reyes y amistarse con ellos. Resultara, pues, el gran absurdo de creer que la religin es inseparable y depende enteramente del principio que la destruye, o mejor dicho, que existe cuando est destruda. Una religin falsa es nula y slo sirve de signo lamentable de la prdida de un don divino y de la sustitucin de una obra del orgullo humano; es un cadver, para valerme del bello smil de San Agustn, es un cadver, mi Elpidio, cuyas facciones nos den todava a conocer el hombre cuyo espritu ya ha desaparecido. No es trono sino cadalso el que no eleva al que lo ocupa sino para hacerlo detestable. No es tampoco verdadero altar, mi Elpidio, el que slo se erige para ser profanado y en vez de recibir las puras ofrendas de la virtud y de la paz, slo recibe los funestos dones con que el crimen astuto fomenta la discordia. Un trono envilecido y un altar profanado slo pueden hacer liga para esparcir tinieblas propagando el crimen. Aun prescindiendo de intenciones perversas ¡a cuntos errores no ha dado lugar esta decantada alianza del trono y del altar! No ha habido Papas

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136 que se han atribuido el imperio del mundo, o por lo menos pretendido extender su autoridad de un modo indirecto sobre todos los reinos de la tierra? Quin ignora las pretensiones de Inocencio III y Bonifacio VIII? Quin ignora los delirios de los telogos italianos, por otra parte eminentes, para sostener este poder indirecto, llegando el clebre Cardenal Belarmino a tanto extremo, que la misma sede apostlica conden su obra en este punto mandndola poner en el ndice? En sentido opuesto sabemos hasta dnde han avanzado los telogos franceses, principalmente desde que el clebre Pedro de Marca escribi su concordia del sacerdocio y del imperio y el incomparable Bossuet se present en la arena como defensor de las libertades de la Iglesia galicana. Vemos, sin embargo, los telogos de la Francia moderna amistarse con los italianos, reprobando abiertamente las doctrinas de Bossuet, hasta llegar un clebre escritor (bien que no telogo de profesin) a decir que espera que Dios en su misericordia haya perdonado a Bossuet sus errores en consideracin a otros escritos suyos famosos en defensa de la religin.2No ha habido en Espaa infinitas disputas sobre regalas y derechos pontificios, disputas que tanto perjudicaron a Melchor Cano y tan clebre hicieron a Campomanes? Qu diremos de nuestros modernos Llorente y Villanueva? A todas estas desavenencias ha dado motivo la supersticin y con ellas ha causado infinitos males a la Iglesia y a la sociedad. S, mi querido Elpidio, por una y otra parte ha habido mucha supersticin y fanatismo, aunque al parecer slo se ha tratado de corregir estos vicios. Si los contendientes hubieran sido ms francos acaso hubieran confesado el influjo que en su espritu ejerca el inters de partido. Pero ¡ah! otros realmente perversos se han valido de estas interminables controversias para poner en choque el trono con el altar y conseguir debilitarlos antes y esclavizar los reyes, al paso que vejaban la Iglesia por defenderlos. No faltar quien diga al leer esta carta que yo trato de privar a la Iglesia del gran beneficio de la proteccin del trono y a ste del gran apoyo que puede encontrar en la Iglesia. Creo que mi respuesta puede deducirse de lo que en esta misma carta llevo ya expuesto; mas la acusacin me sera tan injuriosa y desagradable que bien merece me detenga algn tanto para evitarla o por lo menos desvanecerla. Tratemos esta cuestin por partes, considerando primeramente lo que la Iglesia debe esperar del trono y despus lo que ste puede recibir de aqulla. La Iglesia es el conjunto de los creyentes bautizados, que guiados por la luz de la fe, unidos con el vnculo de la caridad, animados por la consoladora y bien fundada esperanza y nutridos con los santos sacramentos, corren por la senda de la virtud y de la paz hacia el centro de la felicidad, bajo el eterno pasto que es Cristo y su vicario que es el Papa. Esta es la verda-

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137 dera idea de la Iglesia, mas suele tambin darse este nombre al cuerpo eclesistico o al conjunto de los ministros del santuario con cierta jerarqua, sujetos a ciertos cnones y con ciertas prerrogativas civiles por concesin de los prncipes. Tomada la Iglesia en el primer sentido, slo espera del trono que remueve todo obstculo civil que pueda oponerse a tan elevados fines: mas no depende del trono el que los consiga, antes al contrario, a veces para conseguirlos se ve la Iglesia en la dura necesidad de oponerse al trono, para corregir sus demasas, como lo hizo San Ambrosio con el Emperador Teodosio y lo han hecho otros muchos santos prelados. Ves, pues, mi Elpidio, que no quiero privar a la Iglesia de la proteccin que debe recibir; pero s quiero sacarla de una esclavitud en que no debe estar, hacindola juguete del trono, slo por suponer que le debe su existencia. Quiero quitar esta arma de las manos de la cruel, hipcrita y astuta poltica, que tantos estragos ha causado. Tomada la Iglesia en el segundo sentido, esto es, por el cuerpo eclesistico, no hay duda que depende del trono en cuanto a prerrogativas civiles; mas no en el uso del sagrado ministerio. Deben apreciarse aqullas en cuanto influyen en el desempeo y decoro de ste; mas cuando slo sirve para halagar la vanidad, deben considerarse como una de las muchas miserias humanas y entonces dependen de los tronos, y all se las partan los reyes con sus clrigos cortesanos. Si llaman estas farndulas derechos del altar, confieso que ste depende del trono enteramente. S, mi amigo, concedo totum, y vaya esta respuestica escolstica para que ras o me burles acordndote de lo mucho que he combatido las frmulas de las escuelas. El trono rara vez concede prerrogativas al cuerpo eclesistico para honrar la Iglesia, por lo regular se intenta esclavizarla comprando los eclesisticos perversos y engaando a los tontos. Estoy muy lejos de oponerme a las demostraciones de aprecio que los prncipes religiosos han hecho en todo tiempo a la Iglesia y menos repruebo los honores civiles que han tenido a bien conceder a los ministros del santuario; mas, repito, que es materia peligrosa, pues generalmente no es la piedad sino el crimen la fuente de estas hipcritas distinciones. Queda al fin la Iglesia oprimida, cuando se considera ms privilegiada. S, mi amigo, es preciso hablar francamente y demostrar que la poltica de los cortesanos produce los males para despus lamentarlos y justificar todas las medidas que tienden a su remedio. Despus de inducir a los prncipes a que concedan a manos llenas prerrogativas y privilegios que elevan a los eclesisticos, empiezan astutamente a inspirar desconfianza en el nimo de los mismos prncipes, habln-

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138 doles siempre del peligro de formar un estado en el estado y de la necesidad de precaverse contra la ambicin y los talentos de los eclesisticos. Estos, por ignorancia o por miseria, luego que les tiran de este ropaje mundano se enfurecen y aun a veces cometen atentados inauditos, en vez de despojarse del tal ropaje y tirrselo a la cara a los prfidos que piensan comprar ministros de Dios con las ddivas de un hombre. Entran las contestaciones desagradables y aun escandalosas, desencadnanse las pasiones y sus escenas afean al ministerio, hcenlo sumamente odioso y acaban los prncipes por considerar al cuerpo eclesistico como una hidra, que ellos mismos han nutrido, pero que es preciso destruir. Dispuestos los nimos de esta manera, slo falta ponerlos en operaciones y entonces calcula framente la poltica que conviene hacer para sacar partido. Unas veces exagera las sacrlegas demasas de los prncipes (que acaso consisten slo en evitar sacrilegios) y casi compele al cuerpo eclesistico a una atrevida oposicin a los mandatos del soberano y otras veces induce al prncipe a tomar medidas violentas contra la Iglesia. En ambos casos entre el robo ms completo. Bajo el tema de que el rey es amo de todos los bienes, se enriquecen los que no son reyes con todos los bienes eclesisticos, a ttulo de fidelidad o de patriotismo segn el viento que sopla, pero, al fin... con algn ttulo..., cuyos poseedores no se cuidan ni del rey ni de la patria. Qu dices de la alianza del trono y del altar? La tienen s, pero muy distante de la que han formado los satlites de aqul y los profanadores de ste para conseguir sus miras ambiciosas. En cuanto al trono, creme, Elpidio, que son enemigos de los reyes los que les aconsejan que sigan la falsa poltica de presentarse a los pueblos como orculos de la Divinidad, sostenidos por la Iglesia. Esta ensea que los reyes son hombres como todos los dems y muchas veces peores que todos los dems, por cuyo motivo son objeto de compasin y no de envidia. Sin embargo, esta doctrina de la Iglesia, o es ignorada o no quieren recordarla los inicuos para hacer dao al mismo trono, que prfidamente suponen que intentan proteger, y as consiguen que aun los reyes ms justos se hagan odiosos a los pueblos, que llegan a creer que no tienen otro apoyo para reinar. Luego que el trono pierde su verdadera base, que es el aprecio y confianza del pueblo, de poco puede servirle el influjo que algunos eclesisticos ignorantes o degenerados puedan tener en la opinin de la muchedumbre; pues viene a parar en un objeto de temor y de tentacin y ya no es aquel puesto elevado en que la justicia poderosa se sienta para distribuir las riquezas de las virtudes y contener los vicios que degradan la especie humana. He aqu el terrible sacudimiento que experimenta el trono por las maquinaciones de la poltica, valindose de la supersticin. Sacudimiento? No; es

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139 preciso llamar las cosas por sus verdaderos nombres, no es sacudimiento, es destruccin, pues como ya he observado, no existe el trono en su verdadera naturaleza, aunque exista en todos su esplendor y poder. Desplmase el trono y sus ruinas caen sobre el altar, lo empuercan y profanan. Otras veces finge la poltica varios ataques contra la supersticin, pero mal dirigidos de propsito, pues el verdadero objeto es que salgan infructuosos y slo sirvan para exasperar los nimos. Esta es una de las maquinaciones ms infames de la poltica, pues consiste en producir los males fingiendo aplicar el remedio para curarlos. Disimula pues, y aun permite que la supersticin sea atacada de una manera imprudente, dando pbulo al ridculo sarcasmo y a la injusticia; y despus toma el gobierno medidas al parecer muy severas, pero en realidad nulas, porque no cuenta con fuerza ni moral ni fsica para sostenerlas. Pero, qu objeto, me dirs, puede tener un gobierno en ponerse en ridculo, apareciendo dbil e imprudente? El objeto del gobierno en estos casos, mi “Elpidio, es probar de todos modos que sus circunstancias son las ms difciles y peligrosas y que los buenos deben conformarse con lo que puede hacerse (que es nada) y no exigir imposibles. Frmase entonces de la supersticin un fantasma, que atemorizando ya a unos, ya a otros, franquea el paso al gobierno para continuar en la carrera del despotismo, dando a veces palos de ciego. Y haciendo otras veces retiradas de cobarde, segn conviene a sus miras polticas. Entre tanto la Iglesia sufre infinitos ataques por atribursele maliciosamente todos estos males; y nada prueba mas su origen divino que el sostenerse entre tantas tempestades y conservar una autoridad que hubiera perdido mil veces si fuera de un origen humano. S, mi Elpidio, las pretensiones de la poltica ya civil, ya eclesistica, han puesto a prueba la esposa de Jesucristo y no puedo menos de transcribirse una parte muy notable del elocuentsimo y sabio discurso preliminar del Abate Ducreux a su preciosa y metdica Historia eclesistica, en que se presenta como signo evidente el inequvoco de la proteccin del cielo, “la conservacin de la centralidad a pesar de los celos y desconfianzas perpetuas del sacerdocio y el imperio; a pesar de los golpes dados a la jurisdiccin legtima de los Pontfices por prncipes ambiciosos y a pesar del abuso que Pontfices todava ms ambiciosos han hecho muchas veces del poder espiritual, que no puede ser til y respetado sino contenindose en sus justos lmites; en fin, la conservacin de la verdadera piedad a pesar de los escndalos de todas especies, que han alterado la doctrina, desnaturalizado las reglas antiguas, consagrado, por decirlo as, los vicios nacionales, deshonrado la santidad del sacerdocio mismo y algunas veces llevado la audacia hasta hacer sentarse el crimen en la Ctedra Pontifical”.

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140 S, mi Elpidio, la miseria humana fortalecida y adornada con la corona o con la tiara, muchas veces se ha servido de una y otra para debilitar la autoridad misma que indican tales insignias; y acaso los reyes y los papas han sido los principales enemigos de la autoridad regia y pontificia. La supersticin ha encontrado en esto un gran apoyo y la poltica no se ha descuidado en sacar todo el partido posible. En tales casos, lo repito, mi amigo, la religin es la que ms pierde por ser la ms perseguida y calumniada, pues se la atribuyen todas las demasas cometidas por estos condecorados y fingidos protectores suyos. ¡Terrible persecucin la que tiene por corifeos a los mismos que debieran serlo en las filas de las huestes del Dios vivo! Sin entrar en la cuestin (intil a mi ver, aunque no es de este momento el dar mis razones), sin entrar, repito, en la cuestin de la infalibilidad del Pontfice romano, podemos asegurar que ninguno de ellos ha enseado jams doctrina errnea alguna, por ms esfuerzos que se hayan hecho por presentar a Marcelino idlatra, a Honorio monotelista y a otros tildados de diversos errores. Ha habido sin embargo muchos papas cuyos crmenes han dado pbulo a la supersticin que siempre afecta santidad y viene siempre acompaada de la soberbia; y as es que bajo el pretexto de lamentar y detestar las miserias de la cabeza de la Iglesia se han permitido muchos hipcritas desconocer los verdaderos principios de la religin, confundiendo la dignidad pontificia con el hombre que la ejerce. He aqu otra ocasin que se presenta a la poltica para conseguir su intento, que es debilitar la autoridad fingiendo fortalecerla. No te admires de mi proposicin; si reflexionas sobre lo que ya has escrito, encontrars mis pruebas. Jams quiere la poltica que la autoridad sea tan fuerte que no pueda ser manejada y jams permite que se presente tan dbil que no sirva de instrumento para manejar los pueblos. De esta lucha entre la religin y la supersticin ha resultado la disputa sobre la obediencia pasiva, que bien considerada es un juego de voces inventado modernamente para suponer que se dice mucho cuando nada se dice y aterrar los pueblos con un fantasma ridculo. Para que percibas los fundamentos de mi aserto es preciso que recuerdes que no considero ahora la supersticin bajo su aspecto religioso, sino nicamente en sus relaciones con la sociedad. Hablo slo de la poltica, y en este concepto, pregunto: qu quiere decir obediencia pasiva? Obedecer sin pensar? Y qu derecho tiene la poltica para manejar los pensamientos? Si pretende gobernarlos sern nulos sus esfuerzos, pues los hombres pensarn del modo que mejor les parezca. Es la obediencia pasiva una obediencia por fuerza? Entonces no hay ms sino conseguir la fuerza y est conseguida la obediencia sin necesidad de discutir sobre ella. No hay ms sino quitarse la msca-

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141 ra y decir, mando porque puedo, y es claro que ya no es un acto de una virtud sino una necesidad efecto de una fuerza. Qudanos, pues, el mero nombre de obediencia, y he aqu el juego de voces viniendo a ser un trmino equvoco, que ya no significa como antes una virtud sino una desgracia. Mas la poltica, conociendo en este caso su impotencia, quiere salir de su lnea y entrar en la provincia de la moralidad y en el sagrario de la conciencia. Bien podramos repelarla como intrusa, y para evitarlo se acoge a la supersticin, que siempre est pronta para proteger picardas. Dejmosla, pues, entrar para darle un nuevo golpe de muerte. Qu se nos quiere decir? Que estamos obligados a obedecer, aunque el mandato sea injusto, por evitar mayores males? Esto ya lo haremos, pero slo por evitar mayores males, que tendremos escrpulo de conciencia de producir, slo por no hacer un sacrificio de mucha menor trascendencia.3Qu han hecho los polticos auxiliados por telogos de acomodamiento...y puramente rutineros? Suponer que estas ideas son revolucionarias, calculadas slo para desobedecer a los superiores, cuando slo se dirigen a tributarle la verdadera obediencia que es la nica que les honra. Los prncipes justos nunca temen revoluciones que son efectos de la desesperacin y esta siempre lo es de la injusticia. Observa, Elpidio, que esta distincin de obediencia activa y pasiva es moderna y fu un efecto de la degradacin de los gobiernos, como el juramento de no defender el regicidio y el tiranicidio. Yo siempre he considerado estas precauciones como unos verdaderos insultos hechos a la autoridad regia, suponindola, por el mero hecho, capaz de la tirana. Cuando los tiranos han muerto por la furia del pueblo, no ha sido excitado ste por doctrina sino por sufrimientos, y la desesperacin nunca reflexiona. Sin embargo, la supersticin saca gran partido de estas sutilezas polticorreligiosas y la poltica a su vez no se descuida en aplicarlas. Los amantes de la verdad son perseguidos bajo el vago y mero pretexto de ser sospechoso. Este terminito funestsimo es el signo de exterminio para que se ceben sobre vctimas inocentes los satlites de la tirana y de la supersticin, mientras la religin y la justicia lamentan la prdida de sus defensores. Siento haberme detenido en un asunto tan desagradable y temo haberte fastidiado con ms observaciones, que acaso te parecern delirios. Me alegrara que lo fueran; pero la poderosa voz de la experiencia me impide el consuelo de un engao halageo. Yo sera feliz si no viese unos males que no puedo remediar y a veces envidio la suerte de los que nunca meditaron sobre ellos. No pueden serme indiferentes: mis ideas, mis sentimientos, mi estado, mi carcter, todo, s, todo me llama a la lid de la pura religin contra

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142 el ms funesto de los abortos del abismo; y bien conoces que nada es tan sensible como reconocer y confesar las ventajas del enemigo. Reconozco s, las ventajas que consigue la infame supersticin y confieso su inmenso poder; mas no me acobarda, y por dbiles e infructuosos que sean mis esfuerzos, la mera resistencia al crimen es un placer de que no me privar sino cuando me falte la vida. Espera, pues, otra carta, y entre tanto recibe mi afecto.1 “Hesterni sumus et vuestra omnia implevimus, urbes, insulas, castella, municipia, conciliabula, castra ipsa, tribus, decurias, palatium, senatum, forum, sola vobis reliquimus templa”. (Tertull. Apolog. cap. 37).2 Le Compte de Matre. Du Pape.3 Esta doctrina es de Santo Toms, quien la presenta con su acostumbrada claridad y precisin en los trminos siguientes: “Al tercer argumento debe responderse que todo hombre est obligado a obedecer a los prncipes seculares en cuanto lo requiere el orden de la justicia. Por tanto si no tienen principado justo, sino usurpado o si mandan cosas injustas no estn los sbditos obligados a obedecerlos, sino acaso accidentalmente para evitar escndalos o peligros. Ad tertium discendum quod principibus saccularibus in tantum homo obedire tenetur, in quantum ordo institiae requirit... Et ideo si non habeant instum principatum sed usurpatum. VER SI INIUSTA PRAECIPIANT non tenentur eis subditi obedire; ni si forte per accidens propter vitandum scandalum vel periculum.”(Div. Thom. 22dae.q. 104, art.6 ad.3.) “S. Juan Crisostomo haba enseado lo mismo hablando de la institucin de los prncipes.” “Toda potestad viene de Dios.”Qu dices? Luego todo prncipe est constitudo por Dios. No digo esto, responde (el Apstol). No hablo de cualquier prncipe sino de la cosa en s misma. Creo que es obra de la divina sabidura el que haya principados en que unos manden y otros obedezcan, y no se hagan las cosas simple y temerariamente y no sean llevados los pueblos ac y all como las olas. Por tanto no dice: todo prncipe viene de Dios, si no tratando de la cosa misma, dice: toda potestad viene de Dios.”Non enim est potestas nisi a Deo. Quid dicis? Omnis ergo princeps a Deo constitutus est. Istud inquit (Apostolus) non dico. Neque enim de quovis principum sermo mihi nunc est, sed de ipsa re. Quod enim principatus sunt, quod hi quidem imperant, isti vero subiecti sunt, quodque non simpliciter aut temerecuncta feruntur, nec fluctuum instar populi huc atque illuc circumaguntur divinae sapientiae opus esse iudico. Propterea non dicit. Non enim princeps est nisi a Deo, sed de re ipsa disserint, dicens Non enim est potentas nisi a Deo (Chrissot, in ep. ad Rom c. XIII tom.4 pg. 223) venimos, pues, al mismo resultado en el orden moral que en el poltico, esto es, que cedemos a la fuerza, y repito, no hay ms que conseguirla y triunfa la supersticin. Ser, pues, una obediencia supersticiosa, si tenemos la tontada de creer que es justo todo lo que manda un superior, slo porque lo manda; y ya se echa de ver que una obediencia supersticiosa no es una virtud.

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143Carta Tercera Cmo debe impedirse la supersticinSiempre me ha parecido un papel muy poco airoso el de llorn, y pues que he tenido la desgracia de verme precisado a hacerlo, indicando los medios de que se vale la poltica para sacar partido de la supersticin, quiero, mi caro Elpidio, distraer la pena que esto me causa, manifestando las medidas que creo convenientes para evitar unos males tan funestos. La primera de estas medidas es la paciencia. Dirs que esto va en tono de sermn. Mas veamos si, conforme a los intereses de la poltica, puedo dar el mismo consejo y si ste es tan intil como acaso te parece. El deseo de una cura instantnea inasequible es un obstculo para otra cierta, aunque morosa. La precipitacin es la prueba ms evidente de la debilidad humana, as como la mesurada espera lo es de la heroica fortaleza. ¡Cuntos proyectos utilsimos se han malogrado por la precipitacin! Mucho, s, mucho debe lamentar la poltica el temerario empeo de los que quieren concluir en un da obras que por su naturaleza exigen muchos aos. No queremos dejar nada que hacer a nuestros venideros: he aqu el modo de no dejarles nada hecho. La vanidad humana quiere siempre ostentar sabidura y poder, no sufriendo en modo alguno los ataques de la opinin equivocada o imprudente; y as es que no bien empiezan algunos irreflexivos a clamar por cualquier reforma, se creen inmediatamente los polticos en la necesidad de llevarla a efecto, y esto a la carrera, porque no se persuada nadie que ellos no han percibido los males o que carecen de energa para remediarlos. Aun la fama pstuma tiene su influjo en esta lamentable precipitacin, que todo lo destruye por querer mejorarlo todo y que la historia conserve el nombre de los reformadores con el honor y veneracin a que son acreedoras la ciencia y la energa. No creas por esto que pretendo justificar la criminal apata con que muchos, que debieran oponerse a la supersticin, dejan por lo contrario que se difunda y corra libremente. No, mi Elpidio, no abogo por este plan de tranquila destruccin que tienen a bien llamar laudable prudencia. Yo la detesto, y ojal mi dbil voz pudiese despertar de su profundo letargo a muchos que, pudiendo ser defensores denodados de la verdad, fomentan los errores por esta equivocada prudencia que slo sirve para insolentar a un enemigo que por su naturaleza es fiero y arrojado. Deseo que los esfuerzos para contener la supersticin sean continuos y que jams se haga tregua con ella, mas tambin deseo que un fanatismo poltico no destruya la obra del sensato patriotismo y de la pura moral. Cul debera ser, me dirs, el mtodo para conciliar estos extremos? Es bien conocido: slo se necesita

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144 tener la ingenuidad de confesar que no se sigue, porque no halaga la vanidad ni gratifica otras pasiones. En esta materia, como en todas las morales y polticas, el primer paso debe ser ponernos enteramente en el lugar de las personas que deseamos corregir o ilustrar y hacer todo esfuerzo para sentir y pensar como la razn nos dicta que ellos sentiran y pensaran en tales o cuales circunstancias. Entonces tenemos ya la imagen del mal, teniendo como trasladados a nosotros mismos los individuos que deben ser objeto de nuestras operaciones; y bien percibes que conocido el mal es ms fcil encontrarle el remedio que si a ciegas tirsemos palos para destruirlo. He dicho sentir y pensar porque hay muchos que creen haber llenado los deberes de la prudencia con slo decir que saben muy bien que los perversos se han de oponer a la reforma, y que aun los buenos pero ilusos, han de hacer gestos al tomar una medicina amarga. Estas, mi Elpidio, son frases de estilo que aunque parece que todo lo dicen no vienen a decir nada o servir de cosa alguna. Yo deseo en los reformadores del sentimiento producido por la meditacin, dirigida por la caridad, la honradez y el verdadero patriotismo. Dado este primer paso debe empezarse la cura con energa, pero con suma prudencia, y sin tratar de hacer experimentos, que en la poltica son aun ms arriesgados que en la medicina. Como la muerte ha puesto ya al piadoso, ilustrado y sensato Espiga fuera del alcance de sus enemigos, me atrever a referirte una conversacin que tuvimos solos en su gabinete. Lamentbamos la precipitacin de un gran nmero de diputados, que crean ostentarse patriotas proponiendo locuras, y no podan guardar en silencio tal o cual conocimiento que tenan de los males de la patria. “Yo —me dijo Espiga— veo mucho ms adelante que esos seores, que acaso no han profundizado en la materia de que tratan; pero estoy muy lejos de aprobar que se proponga ejecutar de golpe y sin preparacin todo lo que se cree recto. Hasta mi amigo, como existe a gran distancia, me escribe cartas culpndome de tmido, mas ya le he contestado que si tocas las cosas, espero de su juicio que pensara de otro modo. Para valerme de un smil trivial y sencillo, si hubiese de pasar de un lado a otro de este cuarto y temiese caerme, tropezando con algn obstculo intermedio, mi plan sera ir alrededor, palpando las paredes, por ms que la operacin pareciese ridcula y dilatada; porque al fin estara seguro de llegar con bien, aunque sacrificando un poco de tiempo, cuya prdida no sentira, por comprar con ella la seguridad de mi persona y el objeto de mis intenciones. As he procedido siempre en poltica y tengo el placer de decir que pocas veces me he dado chasco.” ¡Cuntas veces me he acordado, Elpidio, de estas expresiones del seor Espiga! Una experiencia casi diaria no me ha permitido olvidarlas.

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145 Si en todas las materias polticas conviene proceder con tanta prudencia, creme, Elpidio, que es mucho ms necesaria cuando se trata de contener la supersticin. Este es un sentimiento religioso y santo en sentir del que es vctima de ella y por consiguiente, la oposicin produce un disgusto inexplicable e induce a los hombres ms prudentes a olvidarse de s mismos y cometer los mayores absurdos. Qu hara yo si fuese uno de estos supersticiosos? debe preguntarse a s mismo el poltico; y por la respuesta que su corazn le diere, debe arreglar sus operaciones. Claro est que muy pronto conocer que no debe precipitarse, si no es que quiere perderlo todo; y que por el contrario, quedar satisfecho y tranquilo, con slo dar aquellos pasos que l mismo no hubiera reprobado mucho si fuera supersticioso. Entonces la idea de agradar, y lo que es ms, la esperanza de conseguir el intento sirve de gran satisfaccin al gobernante y al poltico que le aconseja; mas si llega a disgustarse de estos pasos mesurados y tiene la debilidad de precipitarse, estar siempre comenzando su obra, pues la ver derribada a cada momento. Los males intelectuales exigen, ms que otros, que la cura se deba a la misma naturaleza por reflexin y convencimiento. Crese acaso que basta, para destruir la supersticin, suponerla destruda y permanecer en un reposo ideal como unos quijotes polticos, teniendo despus que lamentar las cuitas. Soy el primero en desear el cumplimiento de los proyectos y acaso el ms impaciente en esperarlo, porque mis ideas sobre el egosmo difieren acaso de las recibidas. Digo acaso, porque estoy persuadido de que si los hombres no hablasen para engaar, sino para instruir, convendran todos en unas mismas ideas sobre esta materia, como sobre otras muchas. Francamente confieso que estoy por el proverbio de el que viene atrs que arree; y siempre he tenido por una solemne mentecatada el no apresurar los goces de las ventajas populares, contentndonos con la consideracin de lo que otros gozarn cuando las semillas que sembramos produzcan los frutos deseados. Estas ideas mas sobre el egosmo acaso parecern extraas y quizs escandalosas, pero si bien se reflexionan, se ver que son justas. El hombre est obligado a procurar su perfeccin y la de la sociedad en que habita; y cuando haya llenado este deber, en hora buena que piense en sembrar para las generaciones que existirn sobre la tierra cuando l y las presentes hayan desaparecido. Yo no me instruyo con lo que otro sepa ni me mantengo con que otro coma. Me dirs que estos principios destruyen las ciencias y la caridad, desanimando a los que ponen los cimientos para levantar alczares del saber y contienen la mano del que generosamente sustenta a sus semejantes. No, mi Elpidio, no; mis ideas estn muy distantes de conducir a tan inmortales resultados, que si yo previese que podan se-

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146 guirse de ellas sin duda sera el primero en detestarlas. Pero, yeme, y te convencers de lo contrario. No pretendo justificar el egosmo inicuo de los que nada quieren hacer, sino para s mismos; y confieso que es un deber sembrar, y si el fruto no puede producirse en tiempo que lo recojamos, no por eso debemos ser menos activos en nuestra caritativa operacin; mas si por riesgos abundantes o por otros medios y esfuerzos, puede conseguirse que se acelere la produccin del fruto sin perjudicar su naturaleza, debemos no omitir trabajo alguno para conseguirlo. Entonces llenamos el sagrado deber de perfeccionarnos y perfeccionar la sociedad en que estamos; y en cuanto a la futura, si bien debe ser objeto de nuestros buenos deseos por pertenecer a nuestra especie, por otra parte no tiene derecho a que sacrifiquemos lo presente por lo futuro. Esto slo se hace racional y religiosamente respecto de la vida eterna, porque todos aspiramos a formar en ella una familia y porque cumplimos la voluntad divina, que es la verdadera norma de la moralidad; mas cuando hablamos, como se dice vulgarmente, de tejas abajo y en materias que nada tienen que ver con la moral, porque no se infringe derecho alguno, el principio debe ser no dejar para luego lo que puede conseguirse ahora. La pereza ha encontrado siempre un apoyo en la fingida prudencia y de aqu se han originado males incalculables. Dicen muchos que esperan del tiempo las mejoras, pero no agregan: porque no queremos trabajar, y alguna disculpa hemos de dar para que no se nos acuse de indolentes. Lo repito, mi caro amigo, si la naturaleza de las cosas es tal que no puede apresurarse su correccin sin gran peligro, es una temeridad, o mejor dicho, un crimen el apresurarnos; mas si el objeto puede conseguirse sin peligro, es una apata lamentable no poner los medios. Aplicando estos principios a la supersticin, se deduce claramente que debemos trabajar para suprimirla y que no pueden excusarse los que lo dejan todo al tiempo, el cual no es ms que una sucesin de existencia, y si sta es inactiva e irreflexiva su prolongacin slo servir para radicar los males y perder hasta el hbito de desear remediarlos. Dejar la sociedad sumergida en la supersticin sin hacer esfuerzo para mejorarla, es un crimen horrendo y detestable; al mismo tiempo que el aventurar remedios peligrosos es una imprudencia funestsima. Corrijamos hasta donde se pueda sin peligro, pero corrijamos. Qu hombre sensato podra satisfacerse con decir: cuando yo no exista habr acaso en el pas en que habito una sociedad rica, bien organizada, libre de la irreligiosidad y de la supersticin? Preciso es haber perdido el juicio para creerme excusado de hacer el bien, slo porque despus vendrn otros que lo hagan. Por otra parte, en qu puede fundarse esa esperanza si no se ponen los fundamentos de tan importante edificio? Mas, se me dir que sin duda se ponen esos fundamentos cuando se establecen obras que deben aparecer en lo futuro con toda extensin y

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147 esplendor. Yo convengo con estas ideas, si se trata, como ya he dicho, de obras que absolutamente pueden concluirse; pero, tambin, repito, que es un mero pretexto y disculpa a la indolencia cuando las obras pueden completarse; y que los preconizadores de la imposibilidad suelen engaar a los pueblos, diciendo que se han fundado las bases de la prosperidad futura, cuando en realidad nada se ha hecho, y que con un lenguaje pomposo se quiere alucinar y se alucina a los incautos, fomentando la ambicin y todos los crmenes, que son efectos necesarios de ella y que no pueden disimularse de otro modo. Lo pasado y lo futuro sirve a veces, mi Elpidio, para ejercitar a un vano declamador o dar pbulo a las ficciones de un iluso, viviendo en un mundo ideal sin ocuparse del presente. Dando, pues, por sentado que debemos trabajar incesantemente por destruir la supersticin y que tambin debemos proceder con suma prudencia, contentndonos con lo que puede conseguirse, pero sin privarnos de nada que pueda conseguirse, continuemos el examen de los medios que deben emplearse para llegar a un trmino tan deseado. Todo medio violento es intil e inicuo, segn hemos ya reflexionado; y as, no tratemos de la fuerza, que sirve para manejar bestias, mas no entendimientos. Hay, sin embargo, una clase de ataque muy comn, que equivale a una verdadera fuerza, y que consiste en la autoridad e influjo poltico. Luego que los supersticiosos (que se creen puros creyentes) perciben que la autoridad los mira con desprecio, se creen con vocacin al martirio y he aqu el diablo en campaa. Ellos mismos provocan las persecuciones slo por conseguir hacer un sacrificio aceptable a Dios, leyendo que los mrtires de la verdadera creencia y pura religin se gloriaban en las ocasiones que se les presentaban de sufrir por Jesucristo. Por tanto, la verdadera poltica religiosa debe emplear el aprecio personal, como un medio de contener los ilusos, cuyos errores se lamentan; y de todos modos debe hacerse entender que el que quiera ser mrtir debe empezar por buscar tiranos, que no puede encontrar en un gobierno y pueblo ilustrados. He aqu puesto trmino a las pretensiones y a los vanos temores. He aqu restablecida la confianza sea cual fuere el modo de pensar de los individuos. Lo mismo digo en cuanto a los destinos y honores. Si una clase de la sociedad se ve privada de ellos por sus opiniones, debe esperarse una reaccin formidable, que ser siempre sucedida por otras muchas aun ms fuertes. Para que veas claramente los fundamentos de estas observaciones, permteme, Elpidio, que recuerde alguno de los pasajes de la historia moderna de la desgraciada Espaa; y por la analoga que tiene la supersticin poltica con la religiosa, dir algo de las facciones que han afligido y afligen a una nacin digna de mejor suerte. Excusado es decirte que jams he

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148 pertenecido ni pertenezco a partido ni sociedad distinta de la general de los hombres libres y religiosos; y si estas dos circunstancias me adscriben a un partido, ponme enhorabuena en l, pero ya sabes (aunque no creo que jams lo han ignorado) quin soy y a quines pertenezco. Yo por m nunca llamar partido la verdadera sociedad de los hombres, por ms numerosas que sean las fracciones de los que degradan la especie humana por uno u otro extremo en su infausto delirio. Al caso Elpidio. La guerra oculta, ms que la pblica de los fanticos supersticiosos, en punto a creencia, y de los fanticos polticos y supersticiosos, quiero decir de los seores masones y los comuneros, ha sido y ser la ruina de Espaa. Cuando tuve el honor y la desgracia de hallarme en el cuerpo representativo de aquella ilustre nacin, me convenc a la evidencia de esta verdad. El desprecio mutuo, la desconfianza, la exclusiva de los empleos, eran los medios de excitar todas las pasiones, que una vez desencadenadas no ponan trmino a los estragos. Yo no pretendo escribir ahora la historia de aquellos acaecimientos morales, pues sera separarme mucho de mi objeto principal y slo he hecho estas insinuaciones para deducir de ellas una prueba de mi aserto. ¡Oh! Si hubiera reinado una verdadera tolerancia y no se hubiera atacado la supersticin de un modo imprudente, hasta llegar a confundir con ella los dogmas del cristianismo; si los polticos de las facciones hubieran tenido entre s mismos alguna ms prudencia, ¡qu distinta sera la suerte de la Espaa! ¡Qu lecciones tan memorables, mi querido Elpidio! Slo te aseguro que el que haya estado en el interior de los negocios de Espaa y no deteste la supersticin, y tanto como a ella las sociedades secretas, es o un pcaro o un bestia. Tengo que contener la pluma porque se desliza... Observemos solamente que siempre que en las reformas se dejan traslucir la avaricia y la ambicin, se consigue transformar las cosas pero nunca ordenarlas despus de derribadas. La inmoralidad nunca produce sino males y el que empieza por robar nunca consigue convencer. Para atacar la supersticin de un modo eficaz, es absolutamente necesario que los reformadores no necesiten reforma y que puedan presentar la cara, sin miedo de que se descubran en ella manchas que la desfiguren. Cmo quieres que una partida de pcaros reformen a otros semejantes slo porque es distinta la clase de picarda y diversos los motivos que la causan? Por cuanto que usted es un supersticioso, suelte usted su dinero; y por cuanto que yo veo claro, debo embolsrmelo. Por cuanto que usted es supersticioso, le privo a usted del empleo que le toca; y por cuanto que yo veo claro, me coloco en el que no me corresponde. El lenguaje de palabras no es tan claro como el que acabo de expresar, pero el de acciones es mucho ms claro e imprudente. Y ser este el medio de acabar con la supersticin? Sin

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149 duda ser el medio de radicarla y yo aseguro que los inicuos, que proceden de este modo, no se cuidan de la sociedad ni tienen ms norma que el inters privado, al cual sacrifican todo, porque en realidad nada aprecian tanto como la tirana, que hipcritamente suponen que detestan. Si lo que se pretende es destruir, ningn medio es tan fcil como la injusticia; pero si se quiere edificar, es preciso poner por fundamento el aprecio. Otra condicin absolutamente necesaria es que los que intentan corregir los abusos que se cometen bajo el pretexto de fomentar la religin, no se presentan como religiosos, aun cuando tengan la desgracia de serlo. Yo abomino la hipocresa, cualquiera que sea su forma, pero creo que no debe confundirse con ella la prudencia. Ningn hombre debe fingirse religioso, pero tampoco est obligado a presentarse como irreligioso, porque esto sera estar obligado a dar escndalo. Bien s que la irregularidad siempre se trasluce, pero cuando se le ve acompaada del respeto y de la moderacin no presenta tanto obstculo a la reforma. Si los supersticiosos se persuaden de que slo se trata de destruir la religin, todo esfuerzo para corregirlos e ilustrarlos es totalmente intil; pero si llegan a convencerse de que sean cuales fueren las ideas de los que predican las reformas, su nimo es respetar lo que ellos respetan y oponerse a lo que ellos mismos desaprueban en el secreto de su corazn, creme, Elpidio, que si no es fcil, por lo menos no es imposible sacar partido aun de los ms ignorantes. Siempre he credo de que a excepcin de algunos casos, que deben considerarse como fenmenos y no pueden formar regla, los supersticiosos conocen su extravagancia, o por lo menos, que sus caprichos no son esenciales a la religin; y as es que, aunque con pena, se prestaran a las reformas si fuesen manejados con prudencia. Cmo podr, mi Elpidio, corregir las prcticas supersticiosas el que empiece por decir que no cree cosa alguna y que toda la religin es una farsa? En vano sern despus todas las promesas de proteccin y tolerancia; los pueblos nunca llegarn a tanto grado de estupidez, que pongan sus destinos religiosos en manos de los que abiertamente les insultan, vejando la religin que tanto aprecian y con la cual han identificado siempre su felicidad. No quisiera hacer aplicaciones a los negocios de Espaa, pero no puedo evitarlo, y aun creo que es de mi deber el no evitarlo. La Constitucin del ao doce protega abiertamente la religin catlica y en todo aquel pequeo pero memorable cdigo no hay una sola palabra que siquiera asome la ms ligera irreligiosidad. Las discusiones de las Cortes nunca pusieron en duda el dogma, si bien sobre puntos de disciplina hubo veces que el acaloramiento de la disputa introdujo expresiones malsonantes. En una palabra, el Cdigo poltico y el Congreso que se rega

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150 por l, presentaron siempre al pueblo las leyes y los diputados de una nacin catlica. Sin embargo, haba entre nosotros una porcin de tteres insignificantes, pero bulliciosos e imprudentes, que en conversaciones privadas y aun en los cafs, en los paseos y teatros hablaban irreligiosa y desatinadamente; y el pueblo, que estaba pendiente de nuestras operaciones, perdi toda la confianza, juzgando de la totalidad por cierto nmero de individuos; y esta fu la principal causa de nuestra cada y de haber sido siempre intiles todos los esfuerzos de las Cortes por mejorar la moral pblica, conteniendo la supersticin que tanto la perjudica. Estas no son teoras, estos son hechos, que por desgracia se han repetido y se estn repitiendo en esta nueva poca de aquella desgraciada nacin. ¡Ah, mi Elpidio! como conozco a fondo la mayor parte de los danzarines, juzgu de la danza antes que comenzar y desgraciadamente no me he equivocado. Es innegable que en Espaa hay mucho que reformar en cuanto a prcticas religiosas, pero tambin es innegable que nunca se conseguir por otros medios que una franqueza ilustrada y verdaderamente religiosa. El carcter espaol no sufre vejaciones y nunca es dominado. Yo no s cmo espaoles pudieron y pueden equivocarse tanto en cuanto al carcter nacional, que crean vencer insultando o que se puede conseguir algo, por lo menos permanente, contra la voluntad de los espaoles. Es preciso dejarles hacer lo que quieren o matarlos. No hay alternativa. Este es un rasgo indeleble del carcter de sus nobles y heroicos antepasados; y cualquiera que sea la degradacin del pueblo, el carcter es el mismo. Ahora bien, crees que hombres semejantes dejarn de ser supersticiosos porque los insulten o porque los persigan? Es preciso estar loco para creerlo. Por consiguiente, la imprudente oposicin sirvi slo para aumentar los males y radicar las supersticiones y mientras sigan el mismo camino, llegarn a los mismos precipicios y perecern con igual desgracia. Yo deseara, mi Elpidio, que antes de proceder en materias polticas, lo mismo que en las morales, se formasen, no clculos sobre el papel ni se copiasen arengas ridculas de obras ideales, sino que se hiciesen observaciones prcticas. No debemos calcular sobre lo que queremos que hagan los pueblos sino por lo que ellos querrn hacer, y todas las reclamaciones posteriores al error de nuestro clculo abstracto no sirven sino para ponernos ms en ridculo. Si una nacin religiosa por conviccin, por hbito y por orgullo (pues todo contribuye) se quiere tratar como un conjunto de nios, a quienes se dan rdenes por los maestros de escuela y se les sealan las lecciones que deben aprender sin rplica, el resultado es que los pueblos disgustados procuran muy pronto hacer notar que los nios son ya grandecitos, y para de-

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151 mostrarlo empiezan por romperles las cabezas a sus imprudentes directores. Salen despus los declamadores y los poetas con sus diatribas contra la supersticin del pueblo, pero las cabezas se quedan rotas, y los delincuentes preparados para volverlas a romper siempre que se presente otra ocasin. No crees, mi Elpidio, que estaran bien colocados en la categora de los mentecatos los tales reformadores de las supersticiones de Espaa? Digo en la de los mentecatos, porque no todos deben ponerse en la de los pcaros, aunque muchos pertenecen a ella y en vano se quieren confundir con los verdaderamente liberales, que no pueda serlo el que no es hombre de bien y no est dotado de un alma generosa. Dispnsame, Elpidio, siento en mi pecho emociones que hace tiempo que procuro reprimir para la tranquilidad de mi espritu, pero no puedo menos de deplorar la desgracia de la ms noble causa por haber fingido que la abrazaban los hombres ms prfidos. No debemos perder de vista, cuando se trata de pueblos, que son muy celosos de su libertad en todos respectos; y sean cuales fueren sus errores, jams sufren con paciencia que se les violente y mucho menos el ser ultrajados. Crense con un derecho a la que podemos llamar felicidad social, y esa no es conciliable con la violencia, aunque muchas veces sea hija del capricho. Si un pueblo se cree feliz de un modo, quiere permanecer de este modo y considera como un ataque a su felicidad y una infraccin de sus derechos toda tentativa para perturbarle en la posesin de lo que aprecia y venera. De aqu inferirs que el presentarse como impos los gobernantes en un pueblo que suponen supersticioso es empezar por perder todo prestigio y toda autoridad. Las ideas (como ha escrito un periodista de nuestros das, aunque hablando de otro asunto), las ideas no se matan a balazos, y yo agregara: y tampoco se disipan con insultos. Sigamos las reglas de prudencia y pongmonos, como ya he observado, en el lugar de la persona o personas que queremos corregir o ilustrar, y prontamente conoceremos lo absurdo de semejante conducta. El pueblo siempre considera sus gobernantes y legisladores como sus agentes, si se trata de un gobierno representativo, o como unas autoridades legales en otra clase de gobierno; pero nunca como sus amos, a menos que no se declaren infames y tiranos. Ahora bien, sufrir el pueblo que un agente suyo opere contra su voluntad expresada en su opinin y en sus leyes, o que stas sean infringidas aun cuando la voluntad general nada signifique? Infiere, pues, la imprudencia e ignorancia de los representantes de un pueblo catlico, aunque se suponga supersticioso, si aquellos salen al frente no slo a destruir supersticiones, sino la misma religin. El pueblo prontamente los considera como unos prfidos que han vendido su causa, que le han faltado a sus promesas y han usurpado un poder que nunca quiso concederles.

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152 No hay duda que los impos se complacen observando que los suyos tienen entrada en un cuerpo legislativo y aplauden cuantas medidas consideran calculadas a propagar la impiedad; pero no teniendo derecho a esperar semejantes medidas, su carencia no puede irritarlos si bien no los halaga. Cuando vieron sus votos en favor de sus representantes, slo se consideraron ejerciendo un derecho poltico, segn una constitucin poltica, y por tanto, slo intentaron dar a sus representantes un poder meramente poltico. De aqu resulta que slo esperaban y solo tenan derecho a esperar medidas puramente polticas. No debe pues causarles sorpresa alguna el observar que sus representantes no se mezclan en materias puramente religiosas y que tenga o no tenga razn la mayora del pueblo para creer lo que cree, sus representantes slo se cuidan de asegurar los derechos civiles y polticos, abrir las fuentes de la prosperidad econmica y exigir del gobierno y del poder judicial el cumplimiento de las leyes. Del mismo modo discurren las personas religiosas en cuanto a los poderes concedidos a sus representantes, y cuando observan no slo una carencia de medidas protectoras de la religin que acaso no esperaban, sino actos y medidas positivas para perseguirlos por su creencia religiosa, no tiene lmites su enfurecimiento. El gobierno, pues, no compensa con los fros aplausos de un pequeo nmero de irreflexivos los estragos que produce tan vasto nmero de nimos exasperados. Mas ¡qu, me ocupo de cosas pasadas! Sigamos, mi Elpidio, el proverbio: con agua pasada no muele el molino, y mucho ms cuando para m ha pasado tanto que por inmensas que sean sus olas se escapan a mi vista, que slo descubre escenas bien distintas. Pero ¡ah!, mi espritu sigue veloz aquellos caros objetos fugitivos y aun arranca de las manos de la muerte muchos que le haban robado; viven todos en mi memoria, viven en mi pecho, viven, s, viven causndome un agradable tormento. Conozco que es una miseria, pero confiesa, Elpidio, que es una noble miseria; y pues que t la causas en gran parte, clpate a ti mismo y excsame.

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153Carta Cuarta Influjo de la supersticin segn los pueblosLa miseria humana introduce la supersticin en todos los pueblos y hace que participe en cierto modo del carcter de sus instituciones. S, mi Elpidio, el monstruo toma varias formas, pero es siempre el mismo; y creme que su imperio es ms extenso que lo que vulgarmente se cree, pues apenas puede encontrarse una sociedad en que no tenga el ms funesto influjo. Quiero, pues, comunicarte en esta carta las observaciones que he hecho y sus tristes resultados. En los pueblos en que se halla establecida la nica y verdadera religin, que es la catlica, como su divino origen exige precisamente un modo divino de operar, y ste no puede hallarse en las vicisitudes, limitacin y caprichos del entendimiento humano, es esencial el principio de la autoridad. Contra ella se alarma la soberbia humana y pone en accin todos los medios que estn a su alcance para combatirla, pero sus vanos esfuerzos slo sirven para mostrar ms y ms que es absolutamente necesaria. No hay duda, mi amigo, las contradicciones, los errores, los ridculos caprichos, la incertidumbre, la inconstancia, el furor, la perturbacin, y a veces la astucia, y aun la perversidad que se observa en los escritos y conversaciones de los enemigos de la autoridad divina, prueban ms que ningn otro argumento que no puede haber slido bienestar sin religin, ni verdadera religin sin autoridad. Mas ese principio de vida ha causado la muerte; no por su naturaleza, sino por servir de pretexto a muchos alucinados y mayor nmero de pcaros (que tal es su nombre) para erigirse en orculo o para abusar de la verdadera autoridad hasta el punto de hacerla ridcula y atribuirle, como los falsos profetas, sentencias y hechos que la sabidura divina detesta y condena. De aqu proviene la desconfianza que inspira todo hombre que quiere hacer uso de su razn examinando los hechos y las doctrinas que se le proponen como obras de la Divinidad, pretendiendo los falsos defensores de la religin que es un crimen el examen en materia de creencia. Confunden estos ilusos la temeridad de los que erigen un tribunal donde su razn como juez decida sobre la justicia y perfeccin de las obras del Omnipotente, con la realidad de los hechos y de la voluntad del Ser Supremo antes de hacer el homenaje de creer sin comprender. En una palabra, confunden los catlicos con los supersticiosos. Llegan, pues, los pueblos a adquirir una propensin a creer todo lo maravilloso y a encontrar la autoridad divina sobre todas las materias, y a escudarse con ella, aun para cometer los mayores crmenes. De aqu tienen

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154 origen los innumerables milagros que el vulgo cree y que la Iglesia nunca ha aprobado ni puede aprobar, y las apariciones con que muchos ilusos despus de engaarse a s mismos han engaado a la muchedumbre irreflexiva. No hay santo a quien no se le atribuya una multitud de portentos inauditos, y aun entra en esto cierta vanidad religiosa y competencia, procurando a veces presentar los santos como rivales y ver cul de ellos hace milagros (que este nombre dan a cuantas patraas y tonteras pueden imaginarse), resultando una batalla mstica no solo ridcula sino sacrlega, porque es un verdadero sacrilegio tratar de tal modo a los siervos de Dios que le gozan eternamente y que no pueden ser corifeos de semejantes tontos y criminales. De aqu resulta un grave dao a la religin y a la sociedad, pues se ponen en duda los verdaderos milagros, confundindolos con la multitud de los fingidos. Si todos los hombres fuesen capaces de entrar en un examen crticoteolgico en materia de milagros no habra temor alguno, as como no lo hay de que vendan oro falso por verdadero a los artistas, que por la piedra de toque saben descubrir la naturaleza de los metales. Pero, mi Elpidio, qu entiende la muchedumbre de reglas de crtica y principios teolgicos? Lo que hace es graduar de hereje a todo el que no crea, como suele decirse, a puo cerrado cuanto le digan; si le aseguran que es un milagro que ha hecho tal o cual santo y todas las apariciones y sueos aun los ms ridculos, siempre que sean anlogos a sus ideas o promuevan sus intereses. Intimidados los hombres de talento y de prudencia, no se atreven a veces a atacar semejantes abusos y slo entran en la lid algunos chocarreros, aunque instrudos y buenos creyentes, que con los insultos empeoran el mal, y los impos que creen encontrar un triunfo de su impiedad, presentando como argumento contra la religin la vana creencia de la multitud ignorante y la perversidad de muchos que tratan de engaarla. Llega a tanto el alucinamiento de los impos, que aun los ms instrudos cometen mil errores en sus discursos cuando se trata de atacar la religin por los defectos de los que la siguen, o mejor dicho, pretenden seguirla; de modo que los hechos que deban servir de prueba de la religin, son presentados como argumentos contra ella, reducindose todos los raciocinios al siguiente: “los que no tienen religin son perversos, luego la religin es falsa”. No slo un lgico sino hasta el hombre ms ignorante y estpido conoce la imperfeccin de este discurso, o ms bien de este no discurso, pues se necesita no discurrir, antes es preciso hacer violencia a nuestra facultad discursiva, para fingir que se ha hecho una combinacin de ideas donde no se encuentra ms que un desconcierto y contradiccin de ideas. En las cartas que te escrib sobre la impiedad te indiqu este mismo defecto de los discursos de los impos, y

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155 creme que sobre la supersticin discurren del mismo modo. Sin embargo, mi objeto por ahora no es examinar la exactitud de sus discursos, sino hacer algunas ligeras observaciones sobre el modo que la supersticin influye segn el carcter e instituciones de los pueblos; y as, volviendo a mi asunto, deseo que observes, mi Elpidio, que en las naciones que admiten el principio de la verdadera religin que es la autoridad divina, hay dos grandes abismos que es preciso evitar cuidadosamente y a los cuales se dirigen por desgracia innumerables vctimas de la supersticin. Prodcese, Elpidio, una estupidez unida al temor, que hace admitir lo ms absurdo, y un desenfreno que es causa de que se niegue aun lo ms evidente, si para manifestarlo se alega la autoridad. Observa, mi amigo, observa, y te convencers de que aun los hombres ms sensatos se declaran enemigos del entendimiento humano y procuran apagar las luces luego que se figuran que es atacado el principio de la autoridad, y que para figurrselo les basta lo ms leve e insignificante. Luego que la supersticin adquiere protectores de esta clase, procura valerse de ellos para esparcir las tinieblas haciendo que el pueblo adquiera el temor de discurrir. Conseguido esto, puedes conocer que la consecuencia no es otra que la ignorancia unida a un carcter feroz, pues lo que dulcifica las costumbres y maneras es la facultad de discurrir cuando se sabe poner en ejercicio. De aqu proviene la crueldad que a veces se observa en pueblos semejantes y las pasiones fuertes, que no son contenidas a palos, porque no siempre es posible aplicarlos; y no teniendo freno alguno de parte de la razn, slo les queda por gua un principio religioso errneo, que es decir un principio antirreligioso, pues no es otra cosa la supersticin. No debemos, pues, admirarnos de que se cometan tantas atrocidades y se infrinjan las leyes tan descaradamente; antes debemos admirarnos, cuando observamos mansedumbre y justicia de parte de unos seres conducidos como bestias aunque pertenecen a la especie humana. Cuando los hombres piensan que proceden santamente al paso que profanan el santuario y cuando creen ser los defensores de la justicia slo no hay remedio que aplicarles, si no se empieza por evitar la causa de tantos males que es la supersticin. A sangre fra sacrifica este monstruo innumerables vctimas para honrar a Dios, cuya clemencia en nada se demuestra tanto como en no arrojar rayos que destruyan a estos crueles profanadores de su santo nombre, cuando en l y por l cometen tantas atrocidades. ¡Qu horrenda, Elpidio, qu horrenda es la supersticin! En los pueblos donde hay pluralidad de cultos y por consiguiente no es admitido o se finge que no es admitido el principio de la autoridad, influye la supersticin de un modo muy distinto, pero no menos ridculo y mucho ms

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156 peligroso. No me ser posible darte una idea completa de los innumerables absurdos y desvaros que produce, porque sera preciso escribir una historia muy dilatada y as me contentar con hacer algunas observaciones generales y anotar uno u otro caso particular, cuando baste para que percibas que el monstruo siempre influye y siempre es fiero. Desquiciado el edificio de la verdadera religin, suprimiendo el principio de la verdadera autoridad, entra en los hombres un deseo insaciable de innovar y un placer cuando se cree haber hecho un descubrimiento en materias de religin; mucho ms que cuando se encuentra o se cree haber encontrado la verdad en un punto de ciencias naturales, en que la razn es la nica gua en las investigaciones y esto no puede dejar de suceder cuando no se admite autoridad que decida. Bien se echa de ver que la religin es un objeto interesante, as para sus defensores como para sus enemigos, pues aquellos la consideran como el principio de su felicidad y estos como un obstculo a ella, y la victoria es lisonjera para unos y otros. Nunca he podido creer la indiferencia en materia de religin y prescindiendo de otras razones poderossimas, me bastara la experiencia para ratificarme en mi justicia, pues cabalmente me encuentro en un pas en que tengo toda oportunidad para observaciones y mi ministerio me obliga a hacerlas. De nada se habla tanto y sobre nada se disputa tanto como acerca de la religin, y creme, Elpidio, que apenas se puede asistir a una concurrencia en que de un modo u otro no se introduzca una disputa, o por lo menos una conversacin sobre puntos de creencias. Siendo, pues, tan interesante la materia y ocupndose todos de ella, no pueden menos de interesar los descubrimientos que se hagan en ella, y he aqu el medio de que se vale la supersticin para ejercer su influjo. La novedad, s, mi Elpidio, la novedad es el mvil principal de esta gran mquina, porque es lo que ms halaga a las pasiones humanas y entretiene ms el entendimiento, que parece estar ansioso por conseguir algunos momentos de descanso despus de la gran fatiga de coordinar ideas religiosas, que siempre inquietan, y de no encontrar modo de tranquilizarse. Luego que aparece un nuevo sistema, entra como en moda, y a la manera que los seores mdicos mandan algunos millares al sepulcro por va de ensayo sobre un nuevo mtodo curativo, as estos nuevos apstoles pervierten y arruinan una porcin de ilusos antes que puedan percibir sus ilusiones, si es que llegan a percibirlas. Djanlas, entonces, mas es para entregarse a otras nuevas, aun peores, o para caer en una completa infidelidad. El resultado es que la religin se propone en venta como el pao y cada cual la compra de la calidad que ms le adapta segn su gusto y sus necesidades sociales. Por lo regular una amistad interesante, un enlace matrimonial y a veces un acomodo decide de la clase de religin que se

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157 admite; y no creo necesario decirte que acostumbrados los hombres a esta inconstancia, a esta irreflexin y aun a veces a esta perfidia hipcrita, queda degradada la sociedad, por ms que se empeen en disimularlo. Efectivamente, no creo que pueda esperarse mucha constancia de un hombre que al paso que dice que cree en la religin, muda de ella como muda de camisas. No se encuentra en este pas, ni en otros semejantes la multitud de creencias vanas sobre milagros falsos, pues acaso niegan hasta los verdaderos; ni tampoco se habla entre los protestantes de la proteccin que el pueblo cristiano recibe de los santos, pero s se cree en todos los hechizos y se practican todas las operaciones criminales, que se suponen a propsito para conseguir la proteccin del demonio al paso que se detesta la de los santos. No creas, mi amigo, que exagero o que procuro ennegrecer el cuadro. Todo el que haya estado en este pas podr asegurarte que los fortune-tellers, esto es, decidores de la buena ventura, adivinos o agoreros, son tan comunes como los de cualquier otro oficio y viven de su arte, ganando acaso mucho ms dinero que el mejor artista. Ocurre a ellos no slo la clase ignorante (que en este pas no es numerosa) sino aun personas de una educacin escogida, y que a no verlo no podra creerse que fuesen capaces de tan criminal tontada. Entre otros casos me acuerdo que habr cuatro aos que se mud enfrente de mi casa una seora inglesa, o mejor dicho, vino a alojarse en la de una familia vecina. Los miembros de la ma tenan la costumbre de visitar la casa como vecinos, y de buenas a primeras se desapareci la mujer, y entre pocos das sali un anuncio en las gacetas ofreciendo la tal seora sus servicios como agorera, aunque con expresiones ms disimuladas, porque al fin le daba vergenza su ridiculez. Fij las horas de once a una para socorrer a los menesterosos de secretos y de conocimientos de lo futuro; y algunos jvenes de los que yo tena a mi cargo fueron a verla sin darme noticia de ello, pues bien teman que yo no se los permitiese. Dironse efectivamente con la matrona, que tena preparada una sala muy decente para recibir a sus favorecedores con las pesetas (que es todo lo que quera) y tena una gran silla elevada a manera de trono, para darse ms importancia. Iban llegando los necesitados y exponiendo sus cuitas sobre cosas perdidas, personas ausentes, etc., etc., y sus deseos sobre su suerte futura; y con un aire magistral daba su respuesta, con las cuales se retiraban contentos o rabiando los concurrentes, segn que las decisiones los halagaban o mortificaban. Uno de mis muchachos (que ahora est en la Habana), que era un poco bellaco, no quiso salir de la sala sin saludar a la seora y sin hacerle conocer que l no entraba en el nmero de los mentecatos que la crean. Acercse, pues, y con una sonrisa expresiva la cumpliment por unos talentos que antes no haba descubierto cuando viva

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158 en frente de nuestra casa. La pobre mujer conoci su peligro, porque al fin no podra hacerle favor que una partida de jvenes habaneros la cogiesen entre manos para burlarla, y tuvo a bien arriar bandera insinundole, aunque con bastante delicadeza y cautela, que era preciso un recurso para vivir. Aunque sent mucho la ida de mis muchachos a casa de semejante impostora, confieso que por otra me alegr por la importante leccin que percibieron, pues nada pudo grabar tan profundamente en su nimo el odio a la supersticin y el convencimiento de que no hay pueblo en que no tenga cabida sean cuales fueren sus instituciones. Parecera imposible sin este y otros comprobantes tan pblicos, que en la ciudad ms populosa y mercantil de los Estados Unidos del Norte de Amrica hubiese tanta supersticin. Yo mismo, Elpidio, yo mismo he sido testigo de uno de estos horrendos y degradantes actos cometido pblicamente en las calles de esta ciudad, pues pasando por una de ellas advert que rodeaban a un negro varias personas, y la curiosidad me indujo a averiguar el motivo; mas cul fu mi indignacin y pesar cuando observ que aqul perverso estaba prediciendo lo futuro y averiguando lo oculto, mirndose a las palmas de las manos para formar su prediccin segn los signos que adverta en ellas. Continu mi camino, Elpidio, haciendo las ms tristes reflexiones. Si un catlico, me deca yo a m mismo, presentase en esta calle la imagen de un santo o invitase a los que pasan a que implorasen la divina clemencia por la intercesin de uno de sus siervos, cuando menos sera burlado y despreciado, si ya no es que le rompan la imagen en la cabeza y tena dificultad en escapar con vida; y he aqu que rodean a este negro, ministro del demonio, y que muchos creen en sus patraas y otros las miran con indiferencia y sin indignacin, como si solo fuese un juego inocente. Si este inicuo estuviese cometiendo otro crimen cualquiera, en el momento habra un ministro de la polica que por lo menos lo impidiese; y cuando comete el ms trascendental de todos los crmenes, cuando pervierte no slo el corazn sino lo que es ms, el entendimiento de los incautos, no teme ser contenido. Lo que ms me conmova y llenaba de pena era ver los muchachos que por su natural curiosidad empezaban a reunirse, y como en la primera edad las impresiones son ms fuertes, prevea los efectos de las que aquellos inocentes iban a recibir. Sin embargo, me deca yo a m mismo, camino ahora por el pueblo ms ilustrado de la tierra, porque su ilustracin no est como en otros concentrada en las universidades y en ciertas clases del pueblo sino difundida por todas las clases. No aparecen aqu los sabios como puntos brillantes en una superficie oscura, sino como flores de extraordinaria hermosura en un jardn todo hermoso e iluminado. La supersticin, continuaba yo en mis reflexiones, la supersticin toma distintas formas segn que quiera engaar a distintos pueblos, y si entre los

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159 catlicos usurpa los derechos y el nombre de la autoridad, en los de culto mixto usurpa los de la razn y toma su apreciable nombre precisamente para degradarla. La libertad, que es el principio ms santo, queda convertida en un principio de execracin, cuando se abusa de ella de este modo, y los fanticos que creen perderla cuando contienen crmenes de esta clase, nunca conocieron su verdadera naturaleza. Pensarase encontrar en este pueblo tanto fanatismo? Pues aun no te he presentado sino una corta parte de los hechos que lo comprueban. En casi todas las libreras se encuentran de venta libros de adivinacin, por nmeros y otros signos supersticiosos. Sabemos muy bien que por reglas de aritmtica, teniendo ciertos datos, se llega por el clculo a ciertas conclusiones que sorprenden a los ignorantes y divierten a los sabios. Mas no es esto, mi querido Elpidio, no se trata de calcular sino de adivinar por la casualidad de combinarse un nmero con otro, si vivir mucho o poco un individuo, si se casar o no, si ser rico o pobre, etc., etc.; cosa muy parecida a la ciencia cabalstica que tenan y an tienen los judos que se desviaban de la doctrina de Moiss y de los profetas. Tambin se hallan en todas las libreras libros de sueos para aceptar por ellos la suerte futura y para otras adivinaciones semejantes. Ahora bien, estos libros en idioma ingls no se han impreso sino para este pas, pues en Inglaterra tienen bastante de ellos y jams se llevan libros de este pas a aquel por especulacin. Luego se expenden en los Estados Unidos y con utilidad de los empresarios, que no podran sacarla vendindolos tan baratos, a menos, que no despachen un gran nmero. Saca la consecuencia, Elpidio. Para que veas ms claramente que el protestantismo es la causa de esta supersticin, o a lo menos de su desenfreno, por haber quitado la base de la religin que es la autoridad, debo observarte que entre los compradores de estos libros se encuentran muy pocos catlicos pues aunque no hay fuero externo eclesistico que compela, tenemos el fuero interno, en el cual si alguno tiene la miseria de comprar semejantes libros y de usarlos le separamos de los sacramentos hasta que deje de ser criminal; mas los protestantes van a su clase de comunin acaso con un libro de esta clase en la faltriquera. Lo que ms me ha admirado es ver renovada en este pas una supersticin la ms sacrlega, que se introdujo, o por lo menos era comn en la Edad Media o siglos de tinieblas. Consiste, Elpidio, en meter una llave entre las pginas de la Biblia sin mirar a ella, y mantener la llave firme para que no se corra del punto a que ha llegado, y abriendo entonces la Biblia se observa la letra que indica el extremo de la llave. Con esta letra empieza el nombre del novio o el de la ciudad adonde es preciso ir, o del negocio que es preciso tratar, etc., etc.

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160 En honor de la parte ms sensata de este pueblo, debo decirte que los libros a que acabo de referirme slo se hallan en las libreras de venta, mas no en las destinadas nicamente a la instruccin pblica, ni en las particulares pertenecientes a individuos de ilustracin y sensatez; pero esto mismo sucede en todos los pases y no puede menos de parecer muy extrao que ste no les exceda en un punto de tanta consideracin, siendo as que les saca ventaja en otros de menor monto. Pero qu ms?, mi Elpidio; de cuando en cuando nos divierten las gacetas publicando que hay en tal cual parte una casa encantada, o de cosa mala, y la mayor parte del pueblo cree estos hechos como las verdades ms comprobadas y no es posible desimpresionarle de estas patraas. Tienen tambin sus das aciagos, principalmente para embarcarse, y as es que en viernes no hay que contar con marineros para la salida de un buque, a menos que previamente no se tomen algunas precauciones para que no se escapen, y los mismos capitanes no estn muy libres de esta supersticin. A este paso se encuentran en este pueblo otras muchas supersticiones; tambin hay lechuzas que anuncian la muerte de los enfermos graves; si se derrama un salero sobre el mantel no falta quien se asuste entre los comensales. Qu tal, mi Elpidio? Parece que cuando llueve todos nos mojamos, y mucho ms los que no tienen paraguas que los protejan, como sucede a estas gentes, que no haciendo punto de conciencia semejantes supersticiones, porque en realidad no reconocen crimen alguno de entendimiento, que suponen libre para creer o desechar cuanto se le antoje, venimos a parar en que no tienen base alguna moral, quedndole solamente la que puede presentarles la opinin de los sensatos. Bien percibes cun dbil es sta para los que no se creen obligados a seguirla y acaso hasta desconocen su mrito. Hablando con la franqueza que me es caracterstica, debo decirte que, en mi opinin, hay pocos pueblos tan supersticiosos como el de los Estados Unidos de Amrica. Apenas he acabado de escribir estos renglones cuando ya me parece que oigo todo lo que dirs al leerlos. Es un clrigo catlico y extranjero el que escribe, y as, no hay que hacerle caso; una pasin que l mismo no percibe le induce a formar juicios errneos y ridculos, que l reprobara en otros. Por mucha que sea la amistad con que me honras, no creo equivocarme en sospechar que ste ser tu lenguaje y que el de otros ser mucho ms severo. Antes de entrar en materia quiero, mi querido Elpidio, confesarte una fragilidad en que he incurrido toda mi vida. Sea cual fuere la causa, he tenido siempre tanta confianza en todas mis campaas polticas, religiosas y literarias, que lejos de querer desarmar a mis enemigos he procurado siempre proporcionarles nuevas armas o afilar las que poseen si me

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161 han parecido embotadas. El placer de la victoria es mucho mayor cuando el enemigo tiene una completa defensa. De aqu viene mi prctica de poner mi nombre en todos mis escritos indicando mi estado y modo de pensar. Pero, al caso, Elpidio: oye la relacin de los hechos presentados por un clrigo catlico y extranjero en el pas en que escribe, donde la religin protestante es la ms difundida, aunque no hay religin de Estado. Bstame para remover toda la sospecha de animosidad, el recordarte que acaso no hay un hombre ms afecto que yo a este pas, en el que he permanecido por tantos aos, a pesar de haber corrido peligro mi vida en los primeros a causa del clima y de haber sufrido infinitas privaciones por no saber el idioma. He tenido en este tiempo varias y honorficas invitaciones para situarme en otros pases, y a ninguna he accedido. Luego que me fu familiar la lengua de este pueblo me he relacionado en l y adquirido tan buenos amigos, que sin ingratitud jams podr ser insensible a sus atenciones y favores. Yo soy en el afecto un natural de este pas, aunque no soy ciudadano ni lo ser jams por haber formado una firme resolucin de no serlo de pas alguno de la tierra, desde que circunstancias que no ignoras me separaron de mi patria. No pienso volver a ella, pero creo deberla un tributo de cario y de respeto no unindome a otra alguna. Pero, vamos, mi Elpidio, vamos al asunto y perdona la digresin. No hay pueblo en que los impostores religiosos encuentren tan buena acogida como en ste. El que quiere formar una secta aun la ms ridcula, puede estar seguro de encontrar numerosos partidarios, sin ms diligencia que echarse a predicar y darle un aire de piedad que alucine a los oyentes. Si puedes gastar unos cuantos centenares de pesos en limosnas el tiro es cierto y la especulacin no falla, pues este pequeo gasto le procura un buen modo de vivir al predicador. Yo podra citar varios casos pero me bastar decirte que hace cuatro o seis aos tuvimos aqu un perverso (que algunos tenan por mentecato, mas yo no puedo convenir en ello) el cual tuvo la audacia de decir que era Cristo. Mi amigo, Don Jos de la Luz, natural de la Habana, y que entonces se hallaba en este pas, vino en un barco de vapor de Filadelfia a esta ciudad en compaa de este Cristo, a quien me dijo rodeaban todos a bordo para orlo. Verdad es que por aquel tiempo, ya se haba dado a conocer el impostor lo bastante para que todos lo despreciasen; mas pocos meses antes nos informaron las gacetas que haba salido de una ciudad de los estados del Sur una multitud de hombres y mujeres tras este nuevo Cristo, y lo que es ms, algunos ministros del Evangelio (como los llaman) siguieron a este impostor, que lleg a presentarse con toda dignidad y aparato. Qu dices de estos ministros del Evangelio? Lleg el impostor a hacer tanto ruido que algunos hombres sensatos se quejaron al Gober-

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162 nador de una de las ciudades, diciendo que sin embargo de la libertad de cultos y de conciencia permitidas en este pas, les pareca que el caso era muy extraordinario y que no debera sufrirse tanta osada. El gobernador, que parece era algo timorato, tuvo a bien tomar una resolucin adecuada, y fu decir chuscamente al impostor, que puesto que era Cristo, l no poda castigarle, porque debindolo hacer conforme a las leyes no haba encontrado alguna contra Cristo, pero que esperaba del Seor Cristo que saliese de la ciudad, porque si armaba otro alboroto se vera precisado a meterlo en la crcel por alborotador. El buen Cristo crey conveniente tomar el consejo. Hubo tambin otro famoso impostor en este pas llamado Lorenzo Don, el cual predicaba por todas partes, y no le faltaban partidarios de buena fe y otros secuaces para divertirse, como si pudiera servir de diversin un crimen sino cuando el corazn del que se divierte es criminal. Este curioso personaje se meti a profeta y su profeca fu oda con aprecio, o por lo menos sin disgusto, porque era contra la iglesia catlica, a la cual siempre atacan suponiendo miras de dominar en los papas. Predijo, pues, el buen Lorenzo que en este ao en que estamos vendra el hijo de Napolen con un gran ejrcito para conquistar este pas y someterlo al Papa, de quien sera un mero satlite. Antes de que se cumpliese el trmino muri el hijo de Napolen y fall la profeca, pero habiendo muerto tambin el profeta, se escap de la burla que le hubieran hecho los engaados. No hay duda que este y otros tunantes de igual calibre nunca alucinaron a la parte sensata del pueblo, pero tampoco hay duda que siempre han encontrado un gran nmero que los crean, y aun los siguen como a sus maestros, nmero que estoy seguro no hubieran encontrado en otros pases de menos ilustracin. No quiero pasar en silencio al famoso Matas. Llmase as un impostor que, si no me engao, aun vive y que ha hecho ms ruido que otro alguno, aunque ya nadie habla de l, porque sus patraas son bien conocidas, y tanto, que sali una noticia de ellas y su refutacin en un cuaderno impreso algo voluminoso, que se vendi con mucha rapidez y en gran nmero de ejemplares. Por este hecho puedes conocer que verdaderamente llamaba la atencin, pues los de este pas no gastan su dinero por libros sino cuando tienen gran inters en su lectura. El nuevo impostor no dijo que era Cristo, pero se present como un personaje muy parecido, y prometi hacer milagros; y llegaron los gaceteros a decirnos que predicando cerca de la ciudad de Troya (pues sabes que en este pas hay pueblos con casi todos los nombres de Grecia y Roma) orden a un collado que cayese, y que efectivamente cay. Por mucho tiempo alucin este impostor a una multitud mucho ms numerosa de lo que puedes figurarte; y entre otros casos se refiere uno tristsimo de una pobre mujer que era una de sus secuaces, y a la cual se le muri un nio, y no derramaba una

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163 lgrima, antes empez a preparar el t para cuando llegase Matas, que deba tomarle con ella, y estaba segura de que luego que viese el nio muerto lo resucitara. Vino el profeta, pero el nio se qued muerto y entonces la madre se entreg a una perfecta desesperacin. Ya se cuenta algo semejante del buen Calvino, aunque el caso fu algo ms serio, por no reducirse a la muerte de un nio por una enfermedad, sino a la de un hombre avaro por castigo del cielo. Dcese que convino con un miserable y su esposa que el marido se fingira muerto y ella hara el papel de una viuda desolada hasta que viniendo Calvino resucitase el fingido muerto, mas cuando lleg el caso encontr que era muerto verdadero y la mujer derram entonces verdaderas lgrimas, llenando de improperios a Calvino. Sin salir garante de este hecho ni tampoco impugnarlo, slo te dir que lo he ledo en un autor casi contemporneo. Yo no he querido investigarlo porque me importa muy poco saber los crmenes de Calvino, sabiendo los absurdos de su doctrina. Los cuqueros son famosos en materia de inspiraciones, pero tambin son famosos en imposturas y vaya una para que te convenzas. Sabrs que entre ellos predican las mujeres lo mismo que los hombres y que en sus juntas se quedan en silencio recostados como dormidos, y a veces verdaderamente dormidos, hasta que el Espritu mueve a alguno y ste salta sobre un banco y empieza a predicar. Fu, pues, el caso que varios espaoles tuvieron la curiosidad de ir a observar una de estas juntas, y se pusieron a la puerta para que conociesen que no tenan otro objeto que el observar como forasteros. Luego que los vi una de aquellas mujeres impostoras se sinti inspirada y saltando con mucha velocidad se puso de pie sobre un banco y empez a predicar contra la Inquisicin de Espaa, sin duda porque vi los espaoles y crey que era buena oportunidad para convertirlos. Ellos se retiraron indignados y al mismo tiempo rindose de la superchera de aquella vieja verdaderamente inspirada, se entiende, por el diablo. Mi amigo y compaero Gener me cont el hecho y me deca con su natural jocosidad: “por esta vez, Varela, se equivoc el Espritu Santo, pues ni hay Inquisicin en Espaa, ni es probable que vuelva a haberla; y los espaoles que estaban a la puerta, lejos de ser partidarios de la Inquisicin la detestaban mucho ms que la vieja predicadora, de modo que la inspiracin es por lo menos totalmente intil”. Otras muchas observaciones haca mi ilustrado y juicioso compaero, y ambos convenamos en que el fanatismo y la supersticin no salieron del pas a la entrada de las nuevas instituciones, sino que tomaron otra forma para acomodarse a ellas. Volviendo a los cuqueros, ya sabrs que no quieren jurar de modo alguno, y as es que desobedecen los tribunales y no hay que pensar en tomarles una declaracin jurada, porque no la dan a pretexto de que el Evan-

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164 gelio, segn ellos, prohbe absolutamente y sin excepcin todo juramento. Nada dir de su grosera prctica de no quitarse el sombrero para nadie ni en paraje alguno, pues la considero ms como un fanatismo y una falta de juicio que como una supersticin, aunque mucho tiene de ella, pues todo proviene de una falsa creencia. Acurdome de que una vez entr en la Iglesia que est a mi cargo un cuquero decentemente vestido (bien que de uniforme, esto es, con casaca de pao pardo y de corte a la redonda sin solapas y de cuello parado y con un un sombrero blando de ala muy ancha). Hizo su entrada en un da festivo y poco antes de empezarse la misa, de modo que la Iglesia estaba llena y todos los ojos de los innumerables concurrentes se fijaron en aquel hombre que con su sombrero encasquetado recorra la Iglesia. Empezaron prontamente a brindarle asiento, para que se hiciera menos notable (bien que siempre lo hubiera sido no quitndose el sombrero), mas l no acept, pues sin duda vino slo a recorrer la Iglesia y hacerse observar. Yo le alcanc a ver desde la sacrista e inmediatamente iba a mandar una persona que le dijese que la regla admitida en el concurso en que estaba era que los hombres tuviesen la cabeza descubierta y las mujeres cubierta. Hecha esta intimacin previa, tena yo derecho por las leyes del pas para mandar llamar un ministro de la polica, que lo sacase de mi Iglesia, mas l no me di tiempo, pues sali luego que hubo conseguido su intento. Puedes inferir las reflexiones a que me entregu luego que me vi libre de mi cuquero. He aqu, me deca yo a m mismo, un hombre que por su porte y la facilidad de sus maneras indica tener por lo menos trato de gentes; y con todo eso, entra en un concurso a que no es llamado y en que nada tiene que hacer, pues ni aun quiere detenerse, y entra slo para insultar a los concurrentes, o bien su raro fanatismo lo ha cegado tanto que no percibe que los insulta. Vase cmo corresponde a las atenciones y buena acogida, con un desdn y grosera chocantes. ¡Cunto puede la supersticin! Ese miserable va por esas calles de una de las ciudades ms ilustradas glorindose de haber dado una prueba pblica de que su doctrina es la evanglica, cuando slo la ha dado de que no entiende el Evangelio, que sacrlegamente pone en ridculo; y cuando deba ruborizarse de su imprudencia y grosera, que siempre son signos de falta de verdadera ilustracin. Lo cierto es que los tales cuqueros han estudiado bien el sistema de su propia utilidad, y a pesar de algunas buenas cualidades que no pueden negrseles, siempre he credo que es la secta ms ridcula e interesada. No quieren ser militares o tomar las armas para defender su patria, ni tampoco quieren contribuir al pago de los que la defienden; de modo que, segn ellos, parece que debemos esperar un milagro del cielo cada vez que seamos acometidos, y que Dios mandar sus ngeles para que nos defiendan sin

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165 hacer diligencia alguna de nuestra parte; o que debemos en conciencia dejar que se apodere de nuestra patria el primer tirano a quien se le antoje. Qu dices de esta moral y de estos cuqueros virtuosos? Se oponen a toda clase de diversiones. ¡Y he aqu otra virtud y bien seria y ridcula! Sus vestidos son muy sencillos, pero ¡cuidado que a veces son de tan buena tela, que no cuestan menos que los de otros ciudadanos menos moderados! Las seoras suelen usar unas mantas de merino de inmensa magnitud que no cuestan menos que los vestidos de las seoras de otras sectas. Pero lo ms gracioso es, mi Elpidio, que tienen hecho un convenio de auxilio, por el cual el dinero de la secta se queda en la secta. Si hay un solo zapatero cuquero en una ciudad, est seguro de hacer todos los zapatos de los cuqueros que haya en ella y slo ocurrirn a otro zapatero cuando l diga no puedo o no quiero. Lo mismo sucede con todas las profesiones: el mdico cuquero nunca le faltan enfermos, etc., etc. Prescindiendo de consideraciones econmicas, bien perciben, Elpidio, que este sistema da lugar a la hipocresa y especulacin religiosa, que es el mayor de todos los males y el ms horrendo de todos los crmenes. ¡Cuntos dejaran de ser cuqueros si dejasen de ganar y cuntos lo son porque as ganan! Yo tuve oportunidad de observar el espritu de la secta en un caso muy notable. Hay en esta ciudad un mdico de la secta de los bautistas, muy celoso por su propagacin, y una persona que llevaba con l una ntima amistad me cont que haba sido convertido por una seora cuquera. Por qu, le dije, no lo convirti a la secta a que ella pertenece? Porque entre los bautistas hay menor nmero de facultativos de su profesin, y es una secta muy generosa. ¡Qu tal! La buena mujer crea sin duda en su secta y el piadoso mdico cree mucho en la que ha adoptado. No puedo dejar el asunto de los cuqueros sin hablarte de los tembladores, y para ello permteme que te refiera una entrevista que tuve hace seis u ocho aos con el ministro principal de dicha secta que existe en Lebanon. Un da de Pentecosts, acabado de predicar en mi Iglesia, vino a verme a la sacrista un hombre anciano cuyo vestido me indic que era cuquero, y me dijo que quera tener conmigo una conversacin sobre la doctrina catlica, no para impugnarla, sino para saberla como materia de hecho. Quedamos citados para las cuatro de aquella tarde y efectivamente vino a mi casa a dicha hora. Oyme por largo tiempo la exposicin de los dogmas de la Iglesia sin dar signo alguno de aprobacin o de disgusto, y al fin rompi su silencio, preguntndome: cmo entiende usted el texto de San Pablo en que prohbe el matrimonio? Qu texto?, le contest. El versculo 3 del cap. IV de la 11a epstola de San Pablo a Timoteo, me respondi. Traje la Biblia y la abr por el lugar citado, en que el Apstol,

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166 lejos de asegurar lo que l quera atribuirle, le numera entre los errores y obras del diablo. Empec a leerle el captulo en alta voz hasta llegar al verso que l haba citado, y entonces, volvindome a l, slo le dije: “ya ve usted que el apstol lejos de condenar el matrimonio numera entre las obras del diablo, a que se entregan los que se separen de la fe, al condenar las nupcias”. El asunto era tan claro, que sin embargo, de verse mi buen hombre identificado con los que el Apstol reprueba como herejes y autores de doctrinas diablicas, no trat de defenderse y se content con una ridcula disculpa, dicindome: “pero usted no me negar que la virginidad es preferible al matrimonio”. “As lo ensea el mismo Apstol —le respond—; mas preferir una cosa no es condenar la opuesta, y as es que la Iglesia catlica, alabando la virginidad, respeta y enumera entre sus sacramentos el matrimonio.” Nada ms replic mi cuquero y separndose de la cuestin en que inadvertidamente haba entrado, me pregunt que si tena alguna noticia de su sociedad. Djele que s; mas l conoci que su traje no poda anunciarme su sociedad especial o ramificacin del cuaquerismo y mucho menos el puesto distinguido que ocupaba en ella. “Es que yo no soy cuquero, me dijo, sino cuquero temblador o shaking quaker, y soy ministro y superior de la sociedad.” Confieso, Elpidio, que el viejo no se haba equivocado, pues nunca pens que fuese de los tembladores, y menos que fuese ministro un hombre tan ignorante, que tuvo la sandez de conservar en la memoria el captulo y verso de la epstola de San Pablo en que el Apstol dice abiertamente lo contrario de lo que l aseguraba; slo porque en un verso ley algo de prohibir el matrimonio; como el que quisiese probar que Poncio Pilatos est sentado a la diestra de Dios Padre y vendr a juzgar a los vivos y a los muertos; y para fundar semejante blasfemia empezase a leer el credo por la palabra Poncio Pilatos. Tambin te confieso, Elpidio, que me cost gran trabajo contener la risa figurndome aquel viejo de calzn corto y peluca, si no me engao, dando saltitos, sin casaca y con los brazos elevados de codo arriba y las manos flojas como si no tuviesen coyunturas, de modo que doblada la mueca quedan pendientes y tal parecen las alas de un ave que vuela. Considera, Elpidio, si estara yo provocado a risas, pero reflexion que estaba a en mi casa y sus canas por otra parte merecan respeto. Pidime papel en el cual escribi su nombre y empleo, brindndome polticamente su casa si alguna vez quera ir a visitar el establecimiento de Lebanon. Despidise mi visita, y yo entr en mis serias reflexiones. Una sociedad numerosa compuesta de personas, que unas de buena fe y otras por especulacin, para encontrar un modo de vivir han dejado el mundo retirndose a un pueblo interior donde viven separados los hombres

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167 de las mujeres sin voto de castidad, porque no suene a doctrina catlica; pero con una cosa que equivale, pues el que se determine a pasar la vida en la sociedad es preciso que renuncie al matrimonio, y as es que no le queda alternativa entre una continencia perpetua o una vida criminal. Tienen arregladas las horas del trabajo de manos para mantenerse y de los ejercicios espirituales all a su modo. Sin embargo, hablarles de nuestros monjes es hablarles de unos demonios. Tienen su confesin y bien estricta, pero si se les habla del sacramento de la penitencia se llenan de indignacin. Se encomiendan a su madre Ana Lee, y no quieren admitir la intercesin de los Santos. Y quin dirige toda esta gente? Un hombre cuya ignorancia acabo de palpar. No se verifica, me deca yo a m mismo, la sabia observacin del profundo Agustino, anotndose en este cadver religioso las facciones que dan a conocer la piedad pero no el espritu que la da mrito y la rectifica? Los monjes, en la Iglesia de Dios, estn guiados por ella y no se les permite establecer doctrinas ni prcticas a su arbitrio, de modo que aun los ms ignorantes son sabios en la ciencia de la salvacin; pero aqu dirige el capricho humano, y sobre todo, de un hombre ignorantsimo. Sin embargo, muchos hablan con aplausos de la sociedad de Lebanon y los dems la miran como una reunin inocente aunque fantica. Pero trtese de la Iglesia catlica y estas inocencias se convierten en crmenes. ¡Qu cierto es que slo la verdad es atacada y que los errores siempre se patrocinan mutuamente! Dispnsame, Elpidio, esta largusima digresin; mas permteme que aun no deje mis cuqueros de la mano pues a la verdad prestan materia abundante para observaciones sobre el modo con que influye la supersticin cuando falta el nico principio que puede contenerla, que es la autoridad. Acaban de dividirse en dos formidables partidos que se han excomulgado mutuamente. Qu dices de esto, mi Elpidio? ¡Sin reconocer autoridad eclesistica, promulgar excomuniones! Si por ellas slo quieren dar a entender la separacin de los dos partidos, ya estn separados sin necesidad de declaracin alguna; y si quieren dar a entender que los separados por ellos sobre la tierra estn excludos de la vida eterna, los tenemos ya admitiendo la autoridad divina, ejercida por los hombres sobre la tierra; esto es, la autoridad eclesistica, que tanto condenan y ridiculizan en los catlicos. Lo mismo sucede con frecuencia en este pas con las dems sectas. Y qu prueba esto sino la ms palpable y ridcula supersticin? Yo podra presentar argumentos evidentes de ella, recorriendo la historia moderna de cada una de las denominaciones, que as las llaman en mucha propiedad pues no son ms que unos meros nombres de cristianismo; pero mi objeto slo es indicar

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168 la influencia que tiene la supersticin en los pases libres y si he referido hechos ha sido slo por evitar que me tuviesen por visionario que ataco a un enemigo no existente. Con este solo intento y para divertirte un poco, har algunas observaciones sobre la supersticin en tres de las sectas ms preponderantes, quiero decir los bautistas, (que deben llamarse anabaptistas) los metodistas y los presbiterianos. En cuanto a los episcopales o sectarios de la Iglesia de Inglaterra, casi son catlicos y poco a poco van viniendo a la Iglesia de donde (por ms que lo disimulen) ya les pesa haber salido. Los bautistas, con una supersticin muy rara, pues consiste aparentemente en defender los derechos de la razn y la libertad individual, no administran el bautismo sino a los adultos o slo cuando ya han recibido el espritu, quiero decir cuando estn verdaderamente convertidos. Esta ltima parte es muy santa y racional, pues sera un sacrilegio bautizar a un hombre que no estuviese arrepentido de sus pecados; pero la supersticin entra en el modo de conocer estas disposiciones, que quieren como los dems sectarios sentir que Dios los ha perdonado, valindose de varios textos de la Escritura para comprobar esta horrible doctrina, interpretndolos a su modo. No me detendr en la cuestin teolgica, y consideremos slo la influencia poltica. Habiendo un gran nmero entre ellos que no han recibido el bautismo y que pertenecen a la secta slo porque quieren ser denominados bautistas, resulta un exponente del nmero de los no convertidos, que quiere decir de los inmorales, pues nadie me persuadir que hay moralidad sin conversin a Dios y arrepentimiento de los crmenes. El ladrn que no est arrepentido de haber robado, robar siempre que se le proporcione. Resulta, pues, un gran escndalo, que es el peor mal en la sociedad; y muchos para evitarlo se acogen a la hipocresa, que siempre ha sido el velo de los pcaros, y se hacen bautizar diciendo que sienten el espritu, etc., etc. ¡Infiere el pernicioso influjo que esto tiene en la sociedad! No hay una fuerza que obligue, no hay una autoridad que mande; todo parece libre, pero no lo es, porque la supersticin, destruyendo el principio de libertad, compele a los hombres a cometer crmenes de esta naturaleza. Otros individuos nunca reciben el bautismo por escrpulo infundido por tales doctrinas; pues no sintiendo el espritu creen que no estn preparados para el bautismo y la funesta consecuencia es que a veces se entregan a la desesperacin o por lo menos, a la indiferencia: ¡Cuntos males, mi Elpidio, para la sociedad! A propsito de los bautistas, quiero Elpidio, referirte una ancdota por va de entretenimiento, aunque sea una verdadera digresin. Sabes que bautizan en los ros (aunque ya en algunas de sus Iglesias tienen sus baptisterios bastante capaces para la inmersin) y que el ministro entra en el agua

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169 con el bautizando hasta la cintura, despus le pone una mano en el pecho y otra en la espalda y le inmerge tres veces, dejndose ir de espaldas el bautizado sobre el brazo del ministro. Sucedi, pues, que en el rigor del invierno quiso uno de los ministros bautizar algunos de los nuevos miembros de su iglesia, y fu preciso romper el hielo, porque todas las orillas del ro estaban heladas; y qued abierto un hueco bien capaz de contener al ministro y al bautizando. En una de las inmersiones el ministro no pudo sostener al bautizando, que parece que se dej caer con todo su peso y escapndose del brazo cay bajo la capa de hielo, y por consiguiente, era imposible sacarlo; mas el ministro sin perturbarse, volvi la cara hacia los que estaban en la orilla, diciendo: este se lo ha llevado Dios, su nombre sea bendito; venga otro. Has visto ms fanatismo y supersticin? ¡En lugar de estremecerse al ver los funestos resultados de su imprudencia y supersticin, que le hizo creer esencial para el bautismo el meterse en el ro a enfermar a otros y aun ahogarles como le acababa de suceder; mi buen hombre crea que slo tena motivos para alabar a Dios! Verdad es que esta secta ha sido siempre muy supersticiosa, a ejemplo de su fundador Mnzer, que en la ciudad del mismo nombre jug una farsa muy criminal y ridcula, siendo uno de los pasajes ms notables de la historia de las nuevas sectas. Estuvo Mnzer por tres das mudo, fingiendo que una causa sobrenatural le haba privado de la palabra; despus se encerr por largo tiempo y al cabo se bot a la calle en cueros gritando por todas partes que Dios le haba hecho rey espiritual (aunque l no estaba muy lejos de apetecer el reino temporal) y que todos deban obedecerle. Tuvo muy pronto infinitos partidarios, que al fin salieron por las calles de la misma ciudad obligando so pena de muerte a que se bautizasen todos nuevamente, alegando que no era bautismo el que haban recibido en la infancia. Cometieron estragos infinitos y es de suponer que muchos cedieron a sus amenazas y cometieron el horrendo sacrilegio de permitir que los rebautizaran. Qu podra esperar aquel fantico y sus secuaces de un bautismo para evitar la muerte? ¡He aqu los efectos de la supersticin! Lo ms extrao de los bautistas es que al paso que reprueban la confesin sacramental de los catlicos, la practican y muy estricta, antes del bautismo. He tenido oportunidad de cerciorarme de esto por un joven de veintin aos que acabo de recibir en la Iglesia y que perteneca a esa secta. Refiere que encontr en su casa una de estas confesiones por escrito y como muchacho empez a burlarse de la persona confesada y a propagar lo que haba ledo, mas su madre le corrigi al punto con la mayor severidad. l, ahora, con ms juicio y verdadera religin, guarda el secreto aunque no sacramental.

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170 Los metodistas tambin nos presentan un cuadro lamentable y ridculo de las miserias humanas cuando toman por pretexto la religin. Parece que los predicadores de esta secta quieren sacar partido del aturdimiento de sus oyentes, porque los gritos son desmedidos, y si fuera uno u otro ministro el que los diese, podramos atribuirlo a un placer de ejercitar los pulmones o de demostrar el poder de ellos; mas son todos los ministros, Elpidio; tanto, que parece como condicin para serlo el saber gritar y los pobres que no tienen mucha voz hacen cuantos esfuerzos pueden para dar gritos. Es bien sabido que todo el que pasa por una Iglesia y oye desde la calle a un hombre que grita desaforadamente, sabe que es una iglesia metodista. A fuerza de estos gritos logran aterrar y creen que han logrado convertir, siendo muy frecuente el levantarse de los escaos y dirigirse a la baranda que rodea el lugar en que est el plpito (pues las sectas no tienen altar) muchas personas que nunca haban entrado en la iglesia metodista y que quieren ser recibidos antes de saber cosa alguna de la doctrina. Los ms de ellos dicen que ven la gloria representada por una verdadera luz material que se descubre sobre algn objeto en que fijan la vista. Yo tuve ocasin de examinar un caso de esta naturaleza, pues una seora de mi amistad, que perteneca a la Iglesia anglicana o episcopal, pas a los metodistas y dndome cuenta de su nueva determinacin me tom la confianza de preguntarle qu motivo haba tenido para ello. Respondime que se haba sentido conmovida y que haba visto gloria o esa luz material de que he hablado. Contuve la risa, y procur proceder con toda prudencia preguntndola que si saba la doctrina de la nueva iglesia que haba abrazado. Contestme que no. Djela que si se consideraba obligada en conciencia a vivir y morir en la iglesia metodista. Djome que no. Con estos datos presentados por ella misma, la hice ver que ella no era metodista aunque dijera serlo y que slo tena una religin de sentimientos, mas no de Ideas o de dogmas. Pues cmo se explica usted —me dijo— estos sentimientos que seguramente usted no podra condenar? Fcilmente —le respond— pues no hay dificultad en percibir que un alma que no est empedernida y entregada a los vicios se conmueve al or verdades eternas, como sin duda lo son la misericordia y el amor de Jesucristo en padecer por nosotros y la necesidad de convertirnos. Si a esto se agrega la delicadeza y la sensibilidad del sexo, no es ya un misterio lo que usted experiment. El corazn se uni a Cristo y la imaginacin pint su gloria. He aqu el fenmeno explicado. Pero, seora ma, le dije, la pureza de sus intenciones y el arrepentimiento por las culpas cometidas pudieron producir en aquellos momentos aquel saludable efecto por la feliz ignorancia en que estaba usted de los errores de la secta que usted ha abrazado, mas ahora que tiene usted tiempo para la reflexin, ya no hay disculpa.

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171 Este caso me hizo conocer todo lo que puede la supersticin y que aun en la sociedad ms culta deben temerse sus efectos. Todas son visiones, mximas ridculas, que forman un carcter popular muy desfavorable a los progresos de la verdadera ilustracin. Pues cmo la hay en tanto grado, me dirs, cuando las otras sectas no son menos supersticiosas? La hay, mi Elpidio, porque existen otras muchas causas que la producen a pesar de estos inconvenientes mas es claro que si se removiesen podran conseguirse resultados mucho ms ventajosos. Ni por un momento te figures, Elpidio, que quiero presentar este pas bajo un aspecto poco favorable; todo lo contrario, mis observaciones son otras tantas pruebas de la rectitud de sus leyes y de las costumbres de sus moradores, cuando bastan a contrarrestar y a hacer casi nulas unas causas tan poderosas que en otro pas acaso produciran un completo desorden. Tratando de los metodistas no puedo menos de hacerte algunas indicaciones sobre sus juntas rurales o camp meetings; digo indicaciones porque no pienso entrar en el examen prolijo de estas reuniones ni de los principios en que se fundan. Sera preciso escribir volmenes si quisiramos entrar en cuestiones teolgicas sobre esta materia, que por otra parte no es de mi objeto. Salen los metodistas al campo todos los aos o en ciertos perodos, segn lo tienen a bien sus ministros y viven bajo tiendas provisionales cierto nmero de das, mayor o menor, segn las necesidades espirituales de los concurrentes. Entre estos se hallan muchos curiosos que slo van por divertirse y muchos perversos, que van con otras miras. Los sinceros metodista permiten la concurrencia de estos mirones con el objeto de convertirlos. Gritan incesantemente, as los ministros para que sus oyentes reciban el espritu, como stos cuando creen haberlo recibido. Saltan los miserables y hacen mil contorsiones hasta que caen desmayados de la fatiga y de la afliccin. Condcenlos entonces a tiendas preparadas al intento donde reposan hasta que recobran los sentidos. Puedes inferir los inconvenientes de estos desmayos... la mitad son fingidos... y luego hay cargadores de las desmayadas, y otras personas muy caritativas que las asistan... Algunos de los desmayos son efecto del terror y de la sorpresa, mayormente el de las mujeres. Entre otros casos puedo citar el de una seorita que pertenece a la iglesia anglicana, y por consiguiente detesta la doctrina metodista y se burla de sus prcticas. Fu con su hermana y acompaadas de un caballero a divertirse en uno de esos campmeetings, que acaso podra llamarlos feria de los metodistas; y habindose separado un poco de su hermana, cuando sta la ech de menos, volvi a buscarla y con gran sorpresa la encontr desmayada entre un grupo de metodistas que con sus ministros daban tremendos gritos alabando a Dios por la conversin de aquella joven. Procur informar-

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172 les que su hermana no era metodista ni poda querer serlo, sin haber tenido tiempo de or nada que la convirtiese como ellos decan. Sin embargo, los ministros insistan en que era obra del Seor y determinaban llevarla desmayada, a una de las tiendas de reposos, mas el caballero les dijo seriamente que aquella seorita haba venido bajo su proteccin y que, as, le permitiesen volverla a sus padres, y que estaba determinado a hacerlo a la fuerza si no se atenda a sus razones. Dejaban a la pobre muchacha, que inmediatamente fu conducida al carruaje y no volvi en s hasta despus de ms de media hora de camino. Preguntaba por su hermana y el caballero sobre la causa de su desmayo, les di las gracias por haberla quitado de las manos de los ministros metodistas, protestando que todo haba sido efecto del susto, al encontrarse casualmente (o porque la empujaron) en medio de uno de los crculos de aquellos gritadores que la aturdieron, aumentando su afliccin precisamente el papel de metodista que queran hiciese; y que no alcanzando a ver a su hermana ni al caballero que las conduca, se crey sin defensa, y sobrecogida, se desmay. ¡Qu buenas conversiones, Elpidio! Mas quiero referirte otra, aun ms graciosa, o mejor dicho, una burla que un chusco tuvo la humorada de hacer a los metodistas, para demostrarles cun fcil es engaarlos. Un estudiante de Teologa en el Colegio de ..., que es uno de los establecimientos catlicos de ms crditos en este pas, fu con uno de sus condiscpulos a divertirse en una de esas reuniones campestres o camp-meetings. Despus de haber observado bien las contorsiones y gestos de los convertidos o espirituados, volvindose a su compaero, le dijo: “Voy a ser metodista por un cuarto de hora”. “¡Qu dices! —replic su amigo— no sabes que ni en chanza es lcito fingir que se abjura la verdadera religin, admitiendo la falsa?” “Yo slo voy a burlarme de estos tontos, contest el malvolo estudiante; avsame cuando se pase un cuarto de hora”; y dando un salto cay en medio de uno de los crculos de gritadores, excediendo a todos ellos y haciendo los visajes y contorsiones ms extraordinarios. Vinieron prontamente los ministros a animar a aquel joven que ya haba recibido el espritu (a la verdad, que era un espirituado travieso y bellaco), dando gracias por tan sbita conversin. Entre tanto el convertido echaba ojeadas a su compaero, y cuando ste sacando el reloj le hizo seas que ya se haba pasado el cuarto de hora, volvi de golpe a su estado natural y empez a salir del crculo con mucha compostura. Los ministros no pudieron menos de extraarlo, y habiendo preguntado la causa de tan sbita cesacin del espritu, el estudiante chusco les respondi: “Yo he ofrecido ser metodista por un cuarto de hora, y como ste se ha pasado, me retiro ya, libre de mi compromiso”. Reprensible fu la accin del estudiante burln, mas es preciso confesar que fu un aviso terrible para aquellos ilusos ministros. Vieron claramente que los sentimientos son a veces efecto de circunstancias y otras son

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173 meras ficciones; vieron, s, mi Elpidio, que sin normas para distinguir las obras de Dios de las del demonio, es fcil equivocarse; aunque por desgracia se cree muy fcil el acierto, y as es que todas las sectas hablan del espritu, cuya presencia o separacin se determinan y deciden a su antojo. Nota la diferencia, Elpidio. Un hipcrita puede fingir en la verdadera Iglesia lo mismo que en la falsa, pero en sta no hay normas que seguir; pues si nos guiamos slo por sentimientos, como unos mismos pueden ser producidos por causas muy diversas y aun contrarias, es claro que el juicio no puede ser seguro, antes muy arriesgado. Es preciso no admitir la necesidad de la fe, si queremos tomar por nica norma los sentimientos; y esto sera una completa contradiccin, pues equivaldra a recibir a un individuo como miembro de un cuerpo de creyentes sin tener creencia. Djolo muy bien que haba prometido ser metodista por un cuarto de hora, aunque hizo muy mal en fingir la promesa y en su cumplimiento. Salen los metodistas a sus camp meetings y corren de una parte a otra como distrados, sealando para diversos lugares y diciendo: “miradlo, miradlo all”. “Si, all est Cristo”. Sin acordarse los miserables del Evangelio que se precian de leer con tanta frecuencia y en el cual encuentran que Cristo, para evitar errores semejantes, expresamente prohibi que salisemos a buscarle al desierto o le buscsemos en mansiones escondidas. Pero no entremos en una impugnacin teolgica y contraigmonos a reflexiones sobre el influjo que estos camp meetings tienen en la sociedad. Cuando los hombres, o no perciben la supersticin o se glorian de ella, claro est que la masa popular debe infectarse rpidamente y la vanidad en unos y la estupidez en otros hacen casi imposible el remedio. Presntase una multitud de individuos de ambos sexos en un camp meetings, y abiertamente y sin rubor dan a conocer sus ridculas ideas religiosas y la extravagancia de sus sentimientos; otra multitud de observadores aumenta el mal dndoles motivos para ejercitar sus celos y creerse discpulos de Jess; y unos y otros causan a la sociedad un dao que desgraciadamente no perciben. La supersticin queda radicada de un modo mucho ms difcil de desarraigar, pues no habiendo ms norma que el espritu, que viene a quedar reducido a un mero nombre que impamente se aplica a todas las emociones del corazn humano corrompido por los vicios y halagado por la vanidad, resulta como efecto necesario la perversin de todos los prncipes religiosos y un carcter popular ligero y ridculo, que se hara notable si no estuviese corregido, como ya he observado, por instituciones y leyes admirables. Ha llegado a tanto el fanatismo y la supersticin de los metodistas que se cuidan muy poco de la ciencia de sus ministros y as es que la mayor parte de ellos son ignorantsimos, aunque no falten entre ellos algunos hom-

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174 bres de conocida ilustracin. Da risa or las sandeces que predican, y el pueblo se halla tan convencido de esto, que las ancdotas, ciertas o inventadas, acerca de predicadores ridculos casi siempre se suponen entre los metodistas. Creen estos sectarios que el espritu es el que dirige, y que un hombre bueno y celoso de la gloria de Dios es un buen ministro, tenga o no la instruccin necesaria. Cosa extraa, Elpidio, que los que niegan a la Iglesia la asistencia del espritu, tanto se la concedan a cualquier hombre; y aunque no creen en la infalibilidad de sus ministros, proceden como si la creyesen, cuando no se cuidan de su ciencia e ignorancia, suponiendo siempre la asistencia divina. Hechas estas observaciones, dejo a tu ejercitado entendimiento el trabajo de sacar las consecuencias; y estoy seguro que no podrs menos de inferir que si la parte religiosa, que es la ms influyente en la educacin popular, est encargada a ministros ignorantes, poco hay que esperar del influjo benfico que la religin debe tener en el pueblo; antes deben temerse los progresos de la supersticin y de todos los males que ella trae consigo. Inferirs igualmente, mi querido Elpidio, que estos sectarios no han formado una idea correcta del ministerio, aunque hablan tanto acerca de la predicacin, que es su tema. Predicadores ignorantes equivalen a falsos maestros, o por lo menos poco seguros, y as es que no cuidndose de la ignorancia de sus ministros, es claro que tampoco se cuidan de la rectitud y certeza de la doctrina. Decirle a un ministro: “predica, y te burlar o aplaudir a mi antojo”, es lo mismo que decirle: “llmate ministro, aunque en realidad eres un ridculo farsante”. Sin embargo, a este sistema se le ha dado un aparato el ms imponente, como si fuera el centro de las luces y de la piedad. Puede darse mayor supersticin? Tiempo es ya, Elpidio, de hacer algunas observaciones acerca de los presbiterianos, cuya secta es menos ridcula, pero no menos supersticiosa. No son bulliciosos, como los metodistas, pero seguramente los exceden en punto a rarezas silenciosas. La supersticin ha encontrado dos anchas puertas para introducirse en esta secta, que son la idea de libertad y la de sencillez. Ambas son anlogas y tienen gran influjo en el corazn humano, pero de ambas han abusado los presbiterianos convirtiendo los dones de la religin en apoyos del error y de la ms ridcula hipocresa. Quieren una Iglesia. No slo sin cabeza o jefe principal sino aun sin directores o jefes subalternos, como si formasen un ejrcito sin general y sin otros jefes, sino que todos los soldados fuesen iguales y tuviesen libertad para hacer lo que mejor les pareciese. Puede haber mayor ignorancia y supersticin y mayor abuso de la expresin libertad religiosa? Con el objeto de demostrar piedad (que bien conocan ellos que no era conciliable con el principio de soberbia en que est fundada su secta), han

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175 procurado llevar las cosas, como suele decirse, al extremo, en cuanto a rigorismo en puntos en que no tienen que hacer un sacrificio de su orgullo por medio de la obediencia, que entre ellos es palabra desconocida. Bien advierten que si no demuestran gran piedad, no pueden alucinar a nadie con un sistema tan opuesto al cristianismo y a la historia de la Iglesia primitiva, y lo que es ms, a la misma Escritura que ellos se glorian de tener por norma. No hay entre ellos preceptos eclesisticos que obliguen en conciencia, no hay mortificaciones de ayunos ni abstinencias; se casan y se descasan cuando les parece, sin impedimento de ninguna clase; y agregan a estas libertades el aliciente que no tienen otras sectas, y es que son ms considerados y tienen ms influjo que los metodistas y bautistas, que en realidad son presbiterianos en cuanto a no reconocer obispos. Hay, es verdad, metodistas episcopales, mas stos son en corto nmero e insignificante. Sabes, mi amigo, los excesos ridculos a que llegaron los puritanos de Inglaterra, desterrando toda ceremonia, toda msica, todo ornato y sustituyendo un orgullo piadoso en aparecer sencillos. Esto mismo se nota en el da en aquel reino y en estos estados republicanos. Vense, Elpidio, los asientos de las iglesias lujosamente preparados y todo lo que pertenece a los hombres, mas lo que deba pertenecer a Dios o al santuario, muy simple, y si se quiere, indecente. En parte, hacen bien en esta confesin pblica de que sus iglesias slo son parajes de reunin humana. Pero esta cuestin no es del momento. Vamos a observar la supersticin entre ellos, y para empezar, permteme que transcriba algunos prrafos del Compendio de Historia Universal de Anquetil hablando de los puritanos en la Nueva Inglaterra, que es hoy da el baluarte de los presbiterianos, aunque tambin lo es de los destas. “No me pasma que los fanticos sean al mismo tiempo crdulos, lo que me admira es que los mismos fanticos han credo en hechiceros. Pero entre los perseguidores vemos un Gobernador, unos Ministros puritanos y unos Magistrados, a cuya vista se daban los tormentos ms crueles para que las infelices mujeres confesasen que haban hechizado a otras. Sobre la deposicin de los espritus mandaron a ahorcar a muchos, y hubo juez que cansado de presidir estas sangrientas ejecuciones no queriendo continuar en su ministerio fue acusado como cmplice y se vi en la precisin de salvarse huyendo. Acusaron a un hermano suyo de que haba atravesado por el aire montado en su perro para ir a la brujera; ya le tenan condenado, y le cost mucho evitar la muerte; pero quitaron la vida a su perro. Pasaramos en silencio las noticias de tan brbara demencia, si no importara que hallen los hombres en la historia ejemplares que les inspiren horror a la persecucin. Sepan, pues, que fueron acusadas casi 200 personas; que de

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176 stas encarcelaron a 150; que en 20 se verific la ejecucin”.1 La supersticin de los puritanos de la Nueva Inglaterra se manifiesta evidentemente en las Leyes azules (blue laws), as llamadas porque se imprimieron en papel de este color. Acaso tendr ocasin de tratar de ellas extensamente en el curso de nuestra correspondencia; mas por ahora me limitar a citar algunas, que demuestran cun ridcula es la miseria humana, cuando quiere cubrirse con el velo de la piedad. Dichas leyes deben con rigor llamarse artculo de una misma ley, mas siguiendo el uso las considerar como leyes distintas y las anotar con los nmeros que tienen en los ejemplares de ellas que corren impresos. 18. “A nadie se permite correr en domingo, pasearse en su jardn o en otro paraje y slo se permite caminar con reverencia yendo o viniendo de la iglesia.” 19. “No se permite viajar, cocinar, hacer las camas, barrer la casa, cortarse el pelo o afeitarse en domingo.” 20. “Ninguna madre besar a su hijo en domingo o en da de ayuno.” 31. “Todos los que guarnezcan sus vestidos con oro o plata o con encaje de hilo que valga ms de dos reales la vara ser presentado por el Gran Jurado, y los individuos electos les harn pagar una pensin de trescientas libras.” (750 pesos). 35. “Nadie leer libros de rezos comunes (common prayer books) ni guardar como festivo el da de Navidad, ni alguno otro determinado; nadie har pasteles de carne, bailar, jugar a las cartas o tocar instrumento alguno de msica, a excepcin de la trompeta, el tambor y el arpa juda.” (Esta es el pequeo instrumento que comnmente tocan los muchachos y que llaman trompa, que consiste en un aro de hierro que termina en dos baritas paralelas por entre las cuales pasa una lengeta de acero, soldada por un extremo al aro y libre para vibrar a impulso del dedo, produciendo un sonido puesta en la boca y comunicndola el aliento de diversos modos.) 36. “Ningn ministro del Evangelio puede casar. Slo tienen facultad para ello los magistrados, que pueden hacerlo con menos escndalo de la Iglesia de Cristo.” 46. “Todos los hombres se cortarn el pelo alrededor segn el gorro”. (Esto es, en forma de cerquillo.) Quiero copiarte otra de dichas leyes, aunque propiamente no puede decirse que indica supersticin ni fanatismo, pero s demuestra que en punto a exigir como deber de los fieles que sostengan la Iglesia manteniendo sus ministros, no son los presbiterianos menos rigurosos que las otras sectas y mucho ms que la Iglesia verdadera. Dice, pues, la ley: “Todo el que se1 Comp. de la Anquetil, tom XVII p. 295.

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177 niegue a pagar su cuota para mantener el ministro de la ciudad o parroquia ser multado en 62 lib. (156 pesos) pagando 4 libras por trimestre hasta que pague lo que debe contribuir para el ministro.” Qu dices, mi Elpidio, de los Puritanos? Has visto mayor supersticin? Bien pocas observaciones son necesarias para convencerse de que en toda clase de gobierno y en todos los pueblos se introduce este infernal monstruo y que siempre es tan injusto como cruel y ridculo. Nadie puede casar sino los magistrados que pueden hacerlo sin escndalo de la Iglesia de Cristo. Habr mayor insulto a Cristo que sancion las nupcias elevndolas a la dignidad de sacramento? Pero, supongamos que segn la doctrina de los protestantes no se tengan como sacramentos, podrn negar los puritanos que Cristo las aprob asistiendo a ellas? Si teman el escndalo de parte de los contrayentes, era an peor, pues supona la misma ley que los santos puritanos no podan casarse sin profanar las nupcias. En el da casan todos sus ministros porque han conocido su locura, mas el espritu es el mismo, y en cuanto a mi objeto me basta presentar este dato innegable e interesante de su historia, para demostrar lo que influye la supersticin aun en los pueblos ms libres. Qu ataque ms directo a la libertad que prohibir hasta que un hombre pueda hacer pasteles y comrselos en su casa? Que una madre bese a su hijo en domingo, como si una expresin de cario inspirado por la misma naturaleza, pudiese ofender al autor de ella, cuando ms bien podra considerarse como una accin de gracias por el beneficio de haber recibido un hijo de manos de la Providencia y homenaje de respeto apreciando una criatura que Dios mismo la manda apreciar? Despus de tantas observaciones y de otras muchas que no expondr, porque acaso se me atribuiran miras muy distintas de las que tiene mi espritu, cmo quieres, Elpidio, que no lamente la ceguedad de los que hacen responsable a la verdadera religin de las supersticiones que afligen la sociedad y tienen la simpleza de creer que los herejes se hallan libres de estos males? ¡Cunto dao ha hecho a la religin esta inconsiderada creencia! Si la impiedad debe evitarse, dicen algunos, y es preciso tener alguna religin, por lo menos elijamos la que est libre de supersticiones que degradan la especie humana; elijamos la ms conforme a las luces del siglo, elijamos la de los hombres libres. Mas permteme que me detenga y que como de paso haga una manifestacin que me lisonjea mucho y es que este lenguaje no se oye entre los espaoles ni entre sus descendientes. En quince aos que hace estoy en este pas ejerciendo el ministerio, slo supe de un joven que se quiso casar y para ello se volvi presbiteriano. Los espaoles, Elpidio, son catlicos o nada. Crelo as, pues te lo escribe un hombre que tiene motivos para saberlo.

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178 Volviendo al errado lenguaje de los enemigos de la religin, que piensan sustituir en su lugar alguna de las falsas creencias bajo el pretexto de evitar la supersticin, baste decir que es mucho alucinarse el pretender evitar un mal sancionndolo, esto es, evitar la supersticin establecindola, pues una falsa creencia no es ms que una verdadera supersticin. Como tal, produce y fomenta cuantos delirios religiosos puede inventar el entendimiento humano puesto en accin por un falso celo, fruto de una verdadera soberbia, que siempre ha sido el origen de todas las herejas. Las luces del siglo con que se quiere iluminar cuadros que siempre sern sombros y que si se percibiesen propiamente presentaran monstruos horrorosos; las verdaderas luces del siglo, mi querido Elpidio, lejos de guiar a los hombres a tantos desvaros, les indican los precipicios para evitarlos. Todos hablan de las luces del siglo, pero la mitad son ciegos que no las ven y quieren que sean como se las figuran. La antigedad carga siempre con las calumnias y el siglo presente las sanciona, sin que ni aqulla pueda defenderse de la injusticia ni ste evitar que a su nombre se cometan. Tiempo es ya de terminar esta carta, que acaso tendr el disgusto de que te desagrade. Esta ser una gran pena para m, y espero no dudars de la sinceridad de esta expresin de mis sentimientos; pero tambin te aseguro con franqueza, que an cuando desapruebes cuanto llevo escrito, me considero recompensado con el placer que me causa decir la verdad sin consideraciones humanas. Mas ya advierto que hago gran injusticia a tu ilustracin y sano juicio sospechando un desagrado que no debo temer. Los hombres vulgares, aunque con ribetes de filsofos, pueden ser alucinados por apariencias de piedad y novedades religiosas; pueden seguir la moda de apreciar o fingir que aprecian todo lo que la Iglesia reprueba; mas los que como t han meditado sobre los extravos del entendimiento y los funestos efectos que producen en la sociedad estas locuras religiosas, no pueden resentirse de que un amigo haya hecho unas cuantas observaciones acerca de ellas y se haya atrevido a exponerlas con toda confianza. Creo haber manifestado con raciocinios y comprobado con hechos que la supersticin influye de distinto modo segn la naturaleza de las instituciones populares y las ideas religiosas admitidas; que donde florece la verdadera religin toma a supersticin el principio de la autoridad para abusar de ella, y en los pases donde reina el desorden religioso, o lo que es lo mismo, una multitud de religiones se vale de la razn para abusar igualmente de ella. Dispensa esta carta pesadsima, pero advierte que es tal, por hallarse cargada de verdades, que oprimen y abaten el orgullo y la flaqueza humanos. Dirs que basta ya de or a un clrigo. Baste, pues, mas permite que se despida afectuosamente un amigo.

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179Carta quinta Tolerancia religiosaAl fin, querido Elpidio, exige el orden de nuestra correspondencia que te escriba acerca de la tolerancia religiosa, que ha sido objeto de tantas disputas y causa de tantos disgustos. Pero qu dirs, si afirmo que la materia es muy sencilla y la confusin es fruto de la ignorancia o de la malicia? Tal es mi opinin, cuyos fundamentos procurar presentar con la claridad que me sea posible. Creo que deben distinguirse tres clases de tolerancia, una teolgica, otra social, y otra legal o civil. La tolerancia teolgica se refiere a los dogmas, y as equivale a la admisin de todos ellos o por lo menos a la indiferencia; la tolerancia religiosa social consiste en la prudencia de no mortificar a nadie con motivo de su religin; y la tolerancia legal sujeta a sus infractores a un castigo. De estas tres clases de tolerancia slo la legal puede existir con toda erfeccin, la social es muy difcil, y la teolgica es imposible. Vamos a emostrarlo, mas antes de comprenderlo fijemos la cuestin, para no malgastar el tiempo, como lo han hecho casi todos los que han tratado sobre esta materia. No se trata de si debe existir la religin, sino se supone existente; no se trata de fingir que se cree, sino de creer sinceramente lo que se profesa; esto es, en cuanto a la tolerancia teolgica considerada en el entendimiento o como la percibimos. Si la consideramos en s misma, viene a reducirse la cuestin a si unos principios teolgicos pueden sancionar la existencia de sus contrarios; si puede decirse a un hombre: “esta es la verdadera idea de Dios, y estos son sus preceptos, pero sin embargo, usted hace bien en creer y practicar lo contrario.” Por lo que hace a la tolerancia social no se trata de cuestionar si es posible que sea observada por una gran parte de la sociedad, sino si puede llegar a tal perfeccin, que sean tan pocos sus infractores, que no llamen la atencin, ni produzcan desagrado en el trato social. Entremos, pues, en el asunto, empezando por la tolerancia dogmtica o teolgica considerndola primero como existe en el entendimiento. Si un hombre me dice que no creyendo en religin alguna, le es indiferente que otros crean en ellas, y que rindose de todos los creyentes, no encuentra dificultad en tolerarlos, y aun en adscribirse a una clase de ellos, o sea a una religin, para vivir en paz y sacar partido, ya lo entiendo y no hay que disputar; pero que me diga que es verdadero creyente de una de las religiones, y que sin embargo, aprueba, o tiene por ciertas las otras, que son contrarias a la que profesa, no puedo entenderlo. Hablar ms claro:

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180 no creo al que use de semejante lenguaje, a menos que por otras circunstancias no me conste que es un tonto de recibo, o un iluso tan rematado en su locura religiosa, que no advierte la significacin de las palabras, cuando coge sus tema de tolerantismo, sea como fuere, pues lo que le importa es no pasar por intolerante. Parceme tan clara esta verdad que no juzgo necesario detenerme en demostrarla, y por otra parte no hay que esperar que se convenzan los que, o no pueden percibir por ser estpidos, o no quieren percibir por ser ilusos. Considerando la tolerancia teolgica en s misma, creo que aun es ms clara su imposibilidad, y que la he demostrado en mi primera carta, haciendo algunas observaciones sobre la naturaleza de la religin. Quin puede conceder que un dogma envuelva en s mismo la aprobacin de su contrario, que es decir, la confesin de su falsedad? Es preciso que el dogma no sea dogma y que slo repitamos palabras sin entenderlas. Los enemigos de la religin conocen muy bien esta verdad, aunque pretenden lo contrario. Si no, de qu proviene el espritu de proselitismo en todas las sectas? Si existiera una verdadera tolerancia teolgica, no habra tanto empeo en mortificar a otros con argumentos y muchas veces con stiras e invectivas, slo por separarlos de su modo de pensar en materias religiosas. S muy bien que el proselitismo tiene por causa la vanidad y a veces los intereses de la poltica; pero tambin me consta que no son estas las nicas causas y que muchas veces no influyen de modo alguno, debindose todo a un sentimiento caritativo, aunque errado, por la salud de las almas. De cualquier modo que se considere el proselitismo es una infraccin de la tolerancia teolgica, o mejor dicho, una prueba de que no existe. Supone claramente que se quiere remover y destruir un dogma y sustituir otro, trayendo a todos por una fuerza intelectual y moral a la secta que se quiere extender. Pero es claro que todas las sectas tienen este espritu de proselitismo y que no omiten esfuerzo alguno para convertir todo el gnero humano a su creencia. Dnde est pues la tolerancia teolgica o dogmtica? La misma impiedad es intolerante, pues no puede sufrir que haya creyentes. El pas en que habito y el ministerio que ejerzo me presentan muchas ocasiones en que convencerme de la exactitud de este juicio. Hace tiempo que conoca yo a los impos, pero aqu he venido a conocer a los protestantes. Unos y otros acusan a la Iglesia de intolerante, y unos y otros la exceden en intolerantismo. La Iglesia catlica, como obra de ios, dice abiertamente: “no deseo complacer a los hombres, sino salvarlos; y convencida de que el camino que les demuestro es el nico que puede conducirlos a la vida eterna, no puedo sancionar que se siga ningn otro, y el que lo siguiere, por el mero hecho se ha separado de m, y no pertenece”. He aqu un

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181 intolerantismo teolgico fundado en justicia y caridad, y expresado con una noble franqueza propia y caracterstica de la esposa de Jesucristo. Advierto, Elpidio que hablo del intolerantismo teolgico y no del legal, que no pertenece a la naturaleza de la religin, sino al poder puramente civil que tiene a bien o no, el establecerlo. Es preciso no confundir estas dos lneas u rdenes de cosas, si queremos juzgar con acierto, evitando escndalos infundados. La religin, con una voz celestial, manda imperiosamente a los hombres que la sigan para conseguir la vida eterna, pero no manda que los maten porque no quieren salvarse. La supersticin, queriendo complacer a los hombres, a quienes debe su existencia, les habla de tolerancia, dejndolos de este modo derriscarse si les parece, con tal que la aplaudan por su caritativa condescendencia; semejante a la de un hombre que sabiendo que el camino seguido por un amigo suyo le conduce a un precipicio, en que va a caer inadvertidamente, le dijese, sin embargo: “Va usted bien, siga usted su camino” al paso que en voz baja dijese: “ese diablo va a derriscarse”. Pero acaso me responders, mi Elpidio, que todo puede ser una sospecha ma, pues tal vez creen que todos los que van por un camino que ellos tienen por recto llegan al trmino deseado, supliendo la misericordia divina los defectos de la flaqueza humana. Si este lenguaje fuese ingenuo y explicndose un poco ms, dijeran la verdad sin rodeos, si no claramente, como la perciben en su entendimiento, estara terminada la disputa y todos convendramos segn demostrar muy pronto; pero les interesa hacer odiosa a la Iglesia catlica y congraciarse con el mundo corrompido y por esto pretenden que es doctrina exclusivamente de la Iglesia catlica que fuera de ella no hay salvacin. Los protestantes, mi Elpidio, admiten como nosotros la necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse y excusan a los que por una ignorancia invencible no son suyos, como nosotros excusamos a los que en igual caso no son nuestros. La diferencia slo consiste en que ellos creen, o afectan creer, que su Iglesia es la verdadera y nosotros decimos que la nuestra; pero ellos creen como nosotros que fuera de la verdadera Iglesia no hay salvacin. Es una hipocresa mundana el pretender que su doctrina difiere de la nuestra en este punto y darse por escandalizados al or lo que ellos mismos ensean. Conozco que la materia es muy delicada y as juzgo necesarias algunas explicaciones sobre la doctrina catlica en cuanto a la necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse. Supuesta la creencia en Cristo como Dios hecho hombre y Redentor del mundo, es claro que debe tambin admitirse que como Seor nuestro puede poner las condiciones que quisiere para la aplicacin de sus mritos o para recibir el beneficio gratuito de la reden-

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182 cin. Efectivamente, leemos en el Evangelio que puso dichas condiciones, siendo entre otras las de recibir el bautismo y creer la doctrina de los apstoles —“id, les dijo, y predicad el Evangelio a toda criatura: el que creyere y fuere bautizado se salvar, mas el que no creyere se condenar”. Vemos que estableci un solo bautismo; la doctrina predicada por los Apstoles es una, y sta y no otra se nos manda creer bajo pena de condenacin; luego es claro que la voluntad de Jesucristo fu reunir a todos los hombres en una sola creencia, introducirlos por una sola puerta en un solo templo, y formar de este modo una sola familia religiosa, en la cual se obtiene la salud eterna, y fuera de la cual no hay que esperarla. He aqu probada evidentemente la unidad de la Iglesia y que fuera de ella no hay salvacin. Mas por otra parte es cierto que siendo Dios esencialmente justo jams castiga a inocente, y por tanto, los que tienen una ignorancia invencible de la doctrina catlica no son castigados por dicha ignorancia y habiendo recibido el bautismo (que es vlido y es nico, sea cual fuere la creencia del que lo administra) son miembros de la nica Iglesia, que es la catlica, aunque el uso comn de hablar los adscribe a algunas de las sectas. Viven, mi Elpidio, y mueren en el seno de la Iglesia romana muchos que nunca tuvieron noticias de ella. Es uno el Seor, una la fe y uno el bautismo, como ensea San Pablo, y por consiguiente es una la Iglesia. Luego que un nio est vlidamente bautizado recibe la aplicacin de los mritos de Jesucristo, queda limpio del pecado original; y si muere, se salva como hijo del Seor, y es claro que esto sucede con todos los nios bautizados por los herejes. Pero ninguno puede salvarse fuera de la verdadera Iglesia, que no es otra que la catlica apostlica, romana; luego es claro que entran en la Iglesia catlica, apostlica, romana por el bautismo que recibieron de manos de los herejes. Por esto dijo, con su acostumbrada sabidura, el incomparable Agustn, que la Iglesia engendra unos hijos en su tero y otros en los teros de sus ancillas o criadas. Permanecen, pues, en la Iglesia romana todos los nios bautizados hasta que siendo adultos quieren salir de ella voluntariamente y entonces, y no antes, son herejes. No basta para serlo el que el hombre sea educado en distinta religin y voluntariamente se denomine de ella; es preciso, adems que sea obstinado en su error y que sepa que sale de la Iglesia y voluntariamente salga. Para que no creas que esta es slo una opinin ma te incluyo copia de muchas autoridades1 sobre este punto, que acaso escandaliza a los que no han meditado mucho sobre l, o repiten aserciones vagas, cuya extensin ellos mismos no perciben.1 Estas autoridades con otras muchas acerca de diversos puntos, que se tocan en estas cartas se hallarn en el Apndice a este modo.

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183 Yo suelo decir, mi Elpidio, cuando me hablan de la congregacin catlica de este pas, que ella se compone de los que vienen a nuestros templos y de muchos que van a los herticos sin saber a dnde van ni por qu van. Pero, quines son stos? quines son los verdaderamente inocentes, que sin embargo de creer las herejas no son herejes? He aqu un punto que dejamos a la justicia divina, siguiendo el consejo del Apstol: “Quin eres t que juzgas un siervo ajeno, est en pie o cae para su seor.” He aqu el verdadero tolerantismo. No condenamos a nadie, antes por el contrario, los suponemos a todos inocentes hasta que den pruebas de no serlo. Decimos que los herejes no tienen parte con Cristo y en esto no hacemos ms que sostener la doctrina evanglica, pero no investigamos quines son herejes; como si dijsemos que condenamos el latrocinio sin averiguar quines son ladrones. Esta no es una doctrina peculiar de la Iglesia catlica, por ms que sus enemigos se empeen en probar lo contrario. Los protestantes, mi Elpidio, creen lo mismo, como consta de las autoridades citadas y como demuestra la experiencia diaria; pues por ms que procuran disimularlo, se percibe claramente que creen lo que creemos los catlicos, con la diferencia de que cada uno quiere que su Iglesia sea la de Jesucristo. Teniendo que lidiar con ellos con mucha frecuencia y experimentando casi a cada momento sus ataques, he tenido necesidad de observarlos y creo conocerlos a fondo. Hace tiempo que he tomado el partido de responderles con otra pregunta cuando fingen que quieren saber por qu cree la Iglesia Catlica que fuera de su seno es imposible alvarse. Yo les pregunto, y qu creen los protestantes que no pueden salvarse en la Iglesia catlica y salieron de ella para no condenarse? Permteme que te refiera uno de mis encuentros con esta familia, pues aunque es caso personal, espero que sea disimulable su narracin en una carta a un amigo. Habr siete aos que entr en mi casa un ministro protestante dicindome que una sociedad de ellos, que se haba establecido para atacar a la Iglesia romana en discusiones pblicas, deba efectuar una de ellas dentro de pocos das, pero que l difera de sus compaeros sobre el punto que se haban propuesto sostener, que era probar que la Iglesia romana era la prostituta de quien habla San Juan en el Apocalipsis y que la persecucin y crueldad son inseparables del catolicismo romano. Insinume que quera alguno que le ayudase por no presentarse solo, oponindose a sus compaeros, y deseaba que yo fuera a tomar parte en la discusin. Repitime varias veces que sus intenciones eran puras, que l no quera engaarme y que poda creer que aunque no convena conmigo en punto a dogmas, tampoco poda convenir con sus compaeros en la absurda inter-

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184 pretacin que daban al texto del Apocalipsis. Vme tan hostigado por sus instancias y me pareci tan mal que l creyese que no quera o no poda defender la causa de la Iglesia catlica, que al fin consent en acompaarle. Llegado el da, fu a la hora sealada a una de sus Iglesias, en que deba tenerse la discusin, y el ministro presidente de ella anunci, o, como se dice aqu, me introdujo al concurso, diciendo: “Seoras y caballeros, el seor Varela, de la Iglesia catlica.” Sin embargo, que yo sabra el poco respeto que tienen a sus templos (porque parece que saben que no son templos) no pude menos de extraar aquella introduccin como si estuvisemos en una tertulia y ya infer cmo seguira el negocio. No es del caso referirte los pormenores de la discusin y slo anotar lo relativo al punto en que nos ocupamos. Despus de haber hablado uno de los ministros protestantes en contra de la Iglesia catlica, me concedi la palabra el presidente para contestarle. Yo procur conservar en la memoria los argumentos o mejor dicho las equivocaciones del orador, entre las cuales, puedes suponer que no deba faltar la de atribuir a la Iglesia catlica, como exclusivamente suya, la doctrina de que fuera de su gremio no hay salvacin. Empec a contestar las dudas en el orden en que se haban propuesto y apenas haba hablado dos minutos cuando el Presidente, faltando a todas las reglas de la discusin (que una de ellas era que cada orador hablase un cuarto de hora sin ser interrumpido) y a todas las del decoro y de la poltica, me interrumpi, dicindome: “vamos al punto de la salvacin fuera de la Iglesia romana”. Este fu un ardid de que se vali para prevenir los nimos y acaso para hacer sea a su gente para que procediesen del modo poco decoroso en que procedieron. Quiso darles a entender con esta interrupcin que yo trataba de evitar la dificultad pasndola por alto. El resultado fu un palmoteo general de ms de seiscientas personas que formaban el auditorio celebrando la oportuna ocurrencia y agudeza del Presidente, quien, segn crean, me haba desconcertado manifestando mi trama. Por consiguiente, dichos signos de aplauso, respecto de l, lo eran de mofa y vituperio respecto de m, pero yo tom el asunto con frescura, cruc mis brazos y guard silencio hasta que se cansaron de burlarme, y entonces, dirigindome al Presidente de la discusin, le dije: “He ido respondiendo a los argumentos en el orden en que fueron presentados, y el que usted acaba de mencionar fu uno de los ltimos. No he hablado ms de dos o tres minutos y apenas he tenido tiempo de resolver la primera duda. No creo, pues, haber dado motivo a que se sospeche que quiero evadir la dificultad a que usted alude. Si usted hubiera tenido la bondad de esperar unos cuantos minutos se hubiera evitado esta interrupcin; mas ya que parece est usted ansioso de que tratemos sobre el punto de la salvacin fuera de la Iglesia, entrar a discutirlo anticipndolo e invir-

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185 tiendo el orden que naturalmente deba seguir mi discurso.” Volvindome entonces al concurso y los dems ministros protestantes, continu diciendo: “Espero que mi respuesta os agradar, pues que ser la vuestra, y vuestra conducta ser la norma de la ma. Este es un punto en que no discordamos. Advierto vuestra sorpresa, mas lo repito, no discordamos. Para demostrarlo os quiero conceder cuanto pueden desear unos acusadores que es constituiros mis jueces. Sabis que soy un sacerdote catlico y aqu me tenis en vuestra presencia como en un tribunal: juzgadme segn vuestros principios religiosos. Os pregunto: puedo yo salvarme? Si respondis que s; ya habis negado vuestra doctrina; si respondis que no; ya habis confesado la ma. Yo os dejo la eleccin. Segn vuestros principios, yo soy un impostor idlatra, que predico idolatra con malicia y ostentacin, pues que a pesar de vuestros caritativos esfuerzos y luminosas disertaciones, contino siendo ministro de la prostituta de quien habla San Juan y vengo a este lugar a defender su inicua causa contra vuestras cristianas y piadosas intenciones; yo estoy obstinado en seguir pervirtiendo al pueblo y separndolo de Jesucristo; en una palabra, yo soy un hombre perverssimo y sin disculpa ninguna para hacerlo. Supongamos que yo muero (como espero morir) firme en estos principios, sin variar de conducta y abominando de la que llamis Iglesia hasta el ltimo suspiro de mi vida. Os pregunto ahora de nuevo: puedo yo salvarme? Si respondis que s, os digo nuevamente que no creis ni una palabra de nuestra doctrina, pues si la creyseis no podrais decir que un hombre perverso y obstinado en su perversidad, un enemigo de Cristo que muere sin arrepentirse de serlo, entrar en su reino; y si me respondis que no, resulta que mi creencia me separa del reino de los cielos, slo porque no estoy en vuestra Iglesia. He aqu confesada por vosotros mismos mi doctrina, esto es, que fuera de la Iglesia no hay salvacin; y la diferencia slo est en que vosotros creis que la Iglesia protestante es la Iglesia de Cristo, y yo creo firmemente que este divino Seor no tiene otra que la catlica, apostlica, romana. Repito que en cuanto a la necesidad de estar en el gremio de la Iglesia para salvarse, todos convenimos, y la cuestin slo puede ser sobre cul es la verdadera Iglesia y quines estn fuera o dentro de ella.” “Permitidme —continu— permitidme que os siga preguntando: se condenarn todos los catlicos? Perecern todos los que permanecen en esa Babilonia de la que habis salido para no ser envueltos en su ruina? Ya me parece que sigo vuestra respuesta. Sin duda, me diris que el Dios de inocencia nunca castigar sino a los culpados y que las personas de un corazn recto, que sin malicia y mucho menos con obstinacin, se hallan equivocadamente en el seno de la Iglesia catlica, seducidos por m y por otros imposto-

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186 res semejantes, deben considerarse como personas simples pero ignorantes, mas no como herejes; que as sern salvos, no por virtud de la Iglesia romana sino por la aplicacin de los mritos de Cristo, que puede efectuarse, sin embargo, del error, sirviendo de disposicin la inocencia. Lo mismo me diris de los nios que pertenecen a familias catlicas. Esta es, sin duda, vuestra respuesta, a menos que no querris condenar a eternas llamas a todos los catlicos sin distincin alguna y entonces incurriris en el mismo error que queris combatir. Ahora bien, variad el nombre de Iglesia catlica y poned en su lugar Iglesia protestante y daos vosotros mismos la respuesta. Os juzgo como vosotros me juzgis; disculpo a las almas sencillas y rectas que equivocadamente estn entre vosotros, como vosotros disculpis a los catlicos que equivocadamente se hallan en la Iglesia romana. De qu os quejis?, qu derecho tenis para quejaros? Por qu reprendis en la Iglesia romana lo que aplauds en la vuestra? Por qu disimulis vuestra creencia y no hablis como nosotros, firme y francamente?” Era presidente de la discusin el Dr. Brownlee, ministro de la Iglesia reformada holandesa, que es una de las varias clases de presbiterianas, hombre astuto y que conoce muy bien las teclas que debe tocar cuando quiere excitar a los suyos y escaparse de los ataques de los ajenos y que sobre todo posee el talento de hacer rer, afectando, sin embargo, que conserva su dignidad. Nunca ha demostrado ms su carcter que en aquella ocasin. En el momento en que percibi por el silencio del auditorio que mis razones daban algo que pensar y que haban cesado las risas, los gestos y los insultos, tom por camino muy distinto, que fu el de aplaudirme presentndome como una excepcin entre los presbteros catlicos. Psose en pie y empez su discurso, o sea ensarta de chistes, congratulndose de haber odo un lenguaje tan liberal de los labios de un sacerdote de la Iglesia romana, pero en seguida dijo: “mas el seor Varela expresa sus sentimientos, mas no la doctrina de la Iglesia romana, y si lo cogieran en Roma lo quemaran vivo; l habla as porque est en Amrica.” Dijo todo eso con tantos gestos y con tanta socarronera que consigui hacer rer al auditorio y confieso que hasta yo mismo no pude contener la risa. Otro de los ministros que habl inmediatamente, dijo con mucho acaloramiento. “Estoy seguro que este caballero (aludiendo a m) no durar veinticuatro horas en su ministerio sin ser suspenso por su obispo.” Luego que les vi tirar tales patadas conoc el mal de que adolecan y que todo su objeto era evitar la cuestin en que haban entrado y conseguir, por otra parte, su intento presentndome como un hombre astuto que no pudiendo sostener mi doctrina, o la de mi Iglesia, haba tomado el partido de disfrazarla; es decir, que me acusaban del crimen que ellos cometan. Ped

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187 la palabra y dije: “Algrome mucho de que la cuestin de principios haya pasado a a ser cuestin de hecho. Ya no se niega que mi doctrina es exacta, sino se pretende que no es la doctrina de la Iglesia catlica. Un pasaje de la historia eclesistica moderna me hace augurar un feliz resultado de esta discusin. Cuando el clebre Bossuet escribi su incomparable Exposicin de la Doctrina Catlica, el ministro calvinista Claude, que ley el manuscrito, dijo que Bossuet no escriba la doctrina de Roma y que era como la paloma que no encontrando dnde pararse en el tiempo del diluvio volva al arca; en una palabra, que Bossuet vena ya para la Iglesia de Cristo, esto es, para la protestante. Publicse el libro y no hubo un solo catlico que no leyese en l la doctrina de su Iglesia. As suceder con esta discusin: vosotros los imprimiris, los catlicos la leern y si mi doctrina no es la suya expresarn su indignacin; mi Obispo me suspender y acaso no faltar quien e acuse hasta el mismo Papa y su Santidad no ver con indiferencia mis errores. Los hechos van a hablar y nuestra discusin sobre este punto est terminada. Mas yo estoy cierto —dije volvindome al auditorio— que vuestros ministros slo han tratado de buscar un refugio y que yo permanecer en mi Iglesia sin que nadie me perturbe”. Tales o semejantes fueron mis expresiones en aquella discusin, que no pude conservar a la letra porque los taqugrafos (sin duda de acuerdo con los ministros protestantes) apenas hicieron uno u otro apunte, y habiendo yo hablado dos o tres veces hicieron una mezcla de todos los pequeos discursos, tomando una idea de ste y otra de aqul, de modo que las notas casi no presentaron sentido alguno. En este estado me las mand tres o cuatro das despus de la discusin uno de los ministros que tomaron la palabra y que era editor del papel en que deba publicarse. Agreg a este insulto el de acompaar las notas con una esquela al parecer muy poltica, en que me suplicaba hiciese las correcciones que tuviese por convenientes en el trmino de tres horas. Era Viernes Santo por la tarde y en mi concepto calcularon sobre esta circunstancia para ver si las ocupaciones de mi ministerio en la Iglesia no me permitan corregir o me hacan precipitar en la correccin, para, o no publicar mi discurso dando por causal mi demora, o publicarlo incorrecto y a su modo. Como yo conozco a fondo a esta gente, no pudieron engaarme. Dej la Iglesia a cargo de mi compaero, el teniente de cura, llam a un amanuense y me puse a escribir lo que haba dicho en la discusin segn poda acordarme. En el trmino de las tres horas que me haban concedido, conclu mi trabajo y lo remit acompaado de una carta abierta, para que el portador, que deba en todo caso servir de testigo, pudiese certificar su contenido. En ella contest que mi discurso deba imprimirse todo y sin alteracin, cual yo lo mandaba, o debera suprimirse enteramente. El editor respondi que lo imprimira todo,

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188 mas no cumpli su palabra, pues solo imprimi la introduccin hasta llegar al punto en que fu interrumpido, pero sin decir que lo fu y mucho menos lo que continu diciendo. Desde entonces no trajeron ms taqugrafos a las discusiones. Has visto mayor superchera? Algn tiempo despus de concludas las discusiones, volvieron los ministros protestantes con su tema, y en un peridico que redactaban varios de ellos, empezaron nuevamente a censurar la Iglesia catlica por la doctrina de que fuera de ella no hay salvacin. Yo crea que las explicaciones que tuvimos sobre esta materia hubieran bastado y que ya nos entenderamos, pero la experiencia me ha convencido de que el sistema de esta gente es seguir adelante repitiendo lo que una vez han dicho sin cuidarse de explicaciones. No s cmo me vi en la necesidad de responder y de hacerlo en su mismo papel, de modo que se abri entonces una pequea controversia por escrito, que sirvi para que se manifestase mucho ms que yo no me haba equivocado en decirles que, en punto a salvacin fuera de la Iglesia, piensan como los catlicos, y as es que quieren convertirnos para que abandonemos nuestros errores y nos salvemos. Oye, Elpidio, las palabras con que terminaron su artculo en contestacin al mo: “Hablando de los catlicos como sociedad cristiana tenemos la pena de decir que por los errores y herejas que defienden desesperamos enteramente de su salvacin, a menos que no se conviertan y abandonen sus errores. Deseamos sinceramente y rogamos fervorosamente por la conversin de los catlicos romanos; y llenara nuestros corazones de gozo el saber que el Dios de gracia y verdad haba trado al Sr. Varela a tal conocimiento y creencia de la verdad, que pudiese terminar en la salvacin de su alma inmortal.” Ya ves, Elpidio, que quieren que me convierta, que conozca la verdad, que deje de ser catlico, y para qu? ¡Para que pueda salvarme! Despus de estos hechos, qu hay que decir? No se trata aqu de un individuo particular que se hubiese expresado como un fantico en estos trminos, sino de una reunin de ministros protestantes que con toda reflexin trataron de contestar a su adversario en un artculo, que sin duda discutieron y premeditaron. Despus de su publicacin no hubo un solo ministro que saliese impugnndolo, como era su deber, si el artculo atribuye a la Iglesia protestante una doctrina que no es suya. Los periodistas todos guardaron silencio, sin embargo, de ser innumerables por peridicos religiosos en este pas y de estar unos en observacin y los otros para atacarse, y nunca se perdonan. Qu prueba esto sino que la doctrina protestante es que fuera de su Iglesia no hay salvacin y que por consiguiente no la hay para m que no tengo disculpa alguna para permanecer en la Iglesia catlica y mucho menos para ser sacerdote de ella? ¡Qu fcil es quitar la mscara a esta familia y qu simples son los que los creen slo porque estn enmascarados!

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189 Dirsme, mi Elpidio, que he abusado de tu paciencia ocupando por largo tiempo tu atencin con las historias de mis jaranas con los protestantes, pero la amistad es indulgente y en nada debe serlo tanto como en sufrir las majaderas de los amigos. Volviendo, pues, a la cuestin principal debemos concluir que la tolerancia teolgica slo puede ser aparente, pero en realidad ni existe ni puede existir. Consta igualmente que sta es una doctrina general, admitida no slo por la verdadera Iglesia sino por todas las sectas, aunque sus secuaces aparenten lo contrario. Consta, mi Elpidio, que esta es tambin la doctrina de todos los impos, aunque pretenden horrorizarse al orla; pero en realidad, no admitiendo la existencia teolgica, por decirlo as, de ninguna religin, mal pueden admitir la verdadera tolerancia, que necesariamente supone la existencia de las cosas toleradas. No se hubiera disputado tanto sobre esta materia si hubiera habido una verdadera tolerancia de sentimientos, quiero decir, si hubiera habido ms caridad y menos soberbia. Creme, Elpidio, que el argumento ms fuerte contra la tolerancia es el mero hecho de disputarse tanto acerca de ella. Proviene tambin este mal de falta de lgica, al paso que casi todos los disputadores se creen eminentes en dicha ciencia. Pasemos a considerar la tolerancia religiosa, civil o social. Esta no es ms que una consideracin poltica y como tal es toda aparente y slo se guarda por no alterar la paz y hacer desagradable la sociedad. Brlanse mutuamente los hombres al paso que se hacen mil cumplidos y a veces protestan que llevan a bien que cada cual proceda como guste en punto a religin y que todo cuando se practique es bueno siempre que lo sea la intencin. No hay tal cosa Elpidio, hablemos claro: esta es por lo regular una mentira detestable ms que ninguna otra, porque es fruto de la ms refinada hipocresa. Muy pocos son los que efectivamente piensan de este modo por haber meditado o porque tienen una verdadera indiferencia en materias de religin, lo cual equivale a no tener religin alguna. La tolerancia religiosa social nunca pasa de una medida de prudencia, sugerida por la necesidad y acompaada de compasin y a veces de desprecio hacia los que profesan otra creencia. Dicha medida es guardada con exactitud por muy pocos y la generalidad slo la observa cuando no puede infringirla. Vamos a los hechos que es lo que importa. La historia nos prueba que los pueblos, lejos de mirar con indulgencia a los enemigos de su culto, los han perseguido con ms o menos furor y crueldad, pero siempre, con el mismo empeo. El gentilismo hizo correr la sangre de los cristianos; los herejes, por su parte, no han sido menos crueles y la impiedad los ha excedido a todos. Omitiendo otros muchos pasajes bstanos recordar los tiempos de Nern y Diocleciano; los horrores y crueldades que cometieron los arrianos en el siglo IV, los iconoclastas (o enemigos de las

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190 sagradas imgenes) en el siglo VIII bajo la proteccin de los emperadores Len el Isaurio y su hijo Constantino Coprnimo, y en el siglo IX bajo los emperadores Len Armenio, Miguel el Beodo y Tefilo; los excesos de los luteranos por el mismo odio a las imgenes al principio del Siglo XVI, excesos que el mismo Lutero conden, llevando a mal el fanatismo de los nuevos iconoclastas; las crueldades de los anabaptistas, no slo contra los catlicos sino contra las sectas; los estragos causados por los calvinistas, que tambin quemaron hombres vivos, y sirva de ejemplo Servet; las crueles persecuciones a que se entreg el pueblo ingls bajo los reinados de Enrique VII y de la sanguinaria Isabel; las atrocidades de los puritanos y del execrable Cromwell y las que hicieron los mismos puritanos en la nueva Inglaterra, que es decir, en la parte ms ilustrada de este pas, de donde salieron las famosas leyes azules, de que te incluyo copia; y por lo que hace a la impiedad, basta para probar su intolerancia el recordar que en la Revolucin Francesa bastaba para perder la vida el presentarse como creyente. La historia ofrece hechos posteriores que confirman esta asercin, pero bien conoces, Elpidio, que no es prudencia tocarlos. Baste observar que cuando los herejes y los impos declaman contra la Inquisicin, que nunca sali de Espaa, Portugal e Italia, y cuando nos recuerdan en la historia de Francia el memorable San Bartolom o la cruel y alevosa matanza de los hugonotes en el reinado de Carlos IX, proceden con ignorancia de su historia o con una imperdonable hipocresa. Bastrales observar que la sabia Inglaterra ha sido el pas ms degradado en punto a persecuciones, pues todos los dems han cedido a las luchas del siglo, al paso que aquella nacin slo ha cedido algn tanto por mero temor que la ha inspirado el hombre del siglo, el verdadero hombre grande que ha hecho temblar el poder britnico sin auxilio de sociedades secretas, sin ninguna intriga y sin ms arma que su lengua y su pluma. Sin duda percibes que hablo del Demstenes moderno, del incomparable O’Connell. En cuanto a este pas, me es doloroso decir que slo existe una tolerancia legal, pero no social, por lo menos respecto de los catlicos, pues las sectas entre s se guardan ms consideracin. Hablen los hechos y pues que son innumerables refiramos unos cuantos de los ms pblicos. Hace cuatro aos que quemaron un convento de monjas Ursulinas en Charlestown, pueblo inmediato y aun dir contiguo a la ciudad de Boston. Las circunstancias de este hecho son muy notables. El convento, segn la naturaleza del instituto, era una casa de educacin, situada sobre un collado hermossimo, y lo habitaban no slo las monjas sino un gran nmero de nias, las ms de ellas de padres protestantes, universalistas y unitarios. Tenan las monjas gran cuidado en no catequizar sus discpulos ni tocar puntos de religin que podan comprometer la buena armona con los padres, que todos se demos-

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191 traban satisfechos de la conducta de las religiosas, y en prueba de ello conservaban sus hijas en el establecimiento. Sin embargo, tal es el odio a los catlicos en la Nueva Inglaterra, que a media noche vino una gran multitud del pueblo y di fuego al convento, causando enfermedades y aun muertes en las monjas y en las inocentes nias que dorman tranquilas. Dos das antes anunciaron en las gacetas que iban a hacerlo, mas se tuvo por imposible y no se tomaron precauciones algunas para impedirlo. Al da siguiente empezaron a salir artculos en casi todos los papeles protestantes, llenando de improperios a los crueles incendiarios, y este rejuego de papeles dur muchos meses, saliendo de todas partes de los Estados Unidos. Muchos de los catlicos se alucinaron creyendo que efectivamente los protestantes sentan y detestaban el hecho, mas yo tengo el placer de no haberme nunca contado en este nmero, pues no hay papel que ms sienta hacer que el de engaado. Yo no vea operaciones y slo lea gacetas. Djele, pues, a un amigo mo: “esta gente nos paga con cumplimientos de peridicos para que nos descuidemos y para evitar el oprobio que su accin debe causarles, pero estn prontos a repetirla”. No me enga, Elpidio, el tiempo ha probado que no fu una mera sospecha. Dicen, ahora, que vuelven las monjas a Boston y que esperan que el tesoro pblico indemnice las prdidas que sufrieron, pues hay nueva ley que lo previene para casos semejantes, pero yo aun sospecho que el suyo ser una excepcin por ser establecimiento catlico. La experiencia prob, mi Elpidio, que los sentimientos de la ciudad de Boston eran contrarios a la religin catlica y muy ajenos a esa tolerancia de que tanto se habla y tan poco se practica. Un incendio siempre excita compasin y mucho ms cuando viene acompaado de circunstancias como las que acabo de referir; mas los bostonianos se contentaron con sus lamentaciones de gaceta y no creyeron que deban hacer algo por una casa de educacin reducida a cenizas por un odio religioso, que de este modo se prob que era casi universal. Aun los pocos que verdaderamente deseaban el restablecimiento de una academia en que sus hijas haban recibido una educacin escogida, no se atrevan a presentar la cara y hacer una suscripcin, porque conocan muy bien el sentimiento pblico o modo de pensar respecto a los catlicos. Reflexiona, Elpidio, que se trata de un pas en que cada cual es libre para creer y operar como quiere en materias religiosas; y as es ms notable que la opinin y slo la opinin cerrase las puertas a la caridad, a la justicia y a la utilidad pblica. Dir ms, ni siquiera se anim a los catlicos para que sin temor reedificasen su academia y todo se redujo a imprecaciones contra los incendiarios, como se hacan en otro tiempo contra los ladrones de Sierra Morena; pero sin asegurar que el pobre que la

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192 pasase no estara en riesgo de dar materia para nuevos lamentos. Si los bostonianos tuviesen un verdadero espritu de tolerancia universal, luego que vieron atacado este principio filantrpico por un hecho pblico tan degradante, se hubieran aprovechado de la ocasin para consolidar su doctrina, extendiendo una mano caritativa a los catlicos tan injustamente perseguidos; pero sin duda pudo ms en ellos el principio religioso que dirige su conciencia y no pudieron determinarse a proteger a unas monjas para un establecimiento catlico. Creers que los culpo? No, mi amigo. Siempre lamentar su obstinada ceguedad, pero supuesto que estn ciegos, no extrao que operen como tales y aunque hacen mal en quemar y destruir, hacen bien en no cooperar contra su conciencia fomentando la propagacin de una creencia que ellos detestan. Yo slo culpo en ellos, mi caro Elpidio, la abominable hipocresa de fingir que tienen una tolerancia que no tienen. Lo ms gracioso de todo fu el procedimiento judicial contra los incendiarios. En un pas como ste, en que todo se averigua y jams se escapa un delincuente, no se pudo averiguar cosa alguna acerca del incendio; slo se encontr culpable un muchacho de trece o catorce aos, porque saban que su corta edad lo sacara en bien, y as es que los mismos catlicos dieron pasos para que se le pusiese en libertad. Los dems que se aprehendieron todos se encontraron inocentes. Hallbame en Boston cuando lleg la noticia de la libertad de los presos por haber tomado parte en el incendio del convento, y fu tal el regocijo en el pueblo de Charlestown (que, como ya he dicho, es casi una continuacin de la ciudad de Boston), que hasta se dispararon fusiles y caones por las calles como en las grandes fiestas. Si esto lo hubiesen hecho meramente por el placer que causa a toda alma caritativa el ver que los hombres que eran considerados como criminales se encontraban inocentes, podra llevarse a bien, aunque siempre parecera excesiva la demostracin de jbilo; pero el objeto slo era indicar que haban conseguido una victoria contra los catlicos, y as es que de la alegra pasaron al furor y gritaron: “La cabeza de los sacerdotes catlicos.” Yo estaba cenando con el seor Obispo de Boston y varios de sus benemritos eclesisticos, cuando omos los tiros cuyo objeto no podamos conjeturar, hasta que entr uno de los eclesisticos y nos di la buena noticia. Nadie se alter y yo tuve el placer de observar tanta firmeza. Slo dijimos: “¡He aqu la tolerancia religiosa!” Contronme entonces varios hechos, que todos confirmaban la idea que tenamos de la animosidad con que somos mirados por los protestantes. Entre otros casos, me refirieron que viniendo en procesin para la Iglesia las nias catlicas de la escuela dominical, conducidas por las hermanas de la caridad y varias seoras, tuvieron algunos brbaros la crueldad de pisarles los pies y echarles humo de tabaco en la cara, para ver si aquellas inocentes

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193 se dispersaban atemorizadas. En otra ocasin, les echaron vino tinto desde una ventana, bajo la cual pasaban, mas acertaron a manchar a una de las seoritas conductoras, cuyo padre tom el partido que deba, que fu averiguar quin fu el agresor y presentarse contra l, no como catlico, por el ultraje que haba sufrido en el ejercicio de su religin, sino como padre de la muchacha que haba sido insultada y como propietario del vestido que ella llevaba. El tribunal mand que el marchante pagase doscientos pesos. Durante mi estada en Boston hubo otro caso, que pudo tener consecuencias muy funestas si el seor Obispo no hubiera procedido con su acostumbrada prudencia. El da de Pentecosts, poco antes de la misa mayor, hallndose un gran concurso a la puerta y cercanas de la iglesia esperando que fuese tiempo de empezar la fiesta, echaron por una ventana de la casa de enfrente una cruz atada al cordel por medio del cual la hacan subir y bajar, jugando con ella a su antojo. En el momento que los catlicos conocieron la burla entraron a preguntar al seor Obispo qu haran: “Venerad —les dijo— esa cruz que echan por esa ventana, por ms que se empeen en profanarla, y suplicad a esos seores que ejerzan todo su influjo para que se ponga una cruz en cada puerta de las casas de Boston.” Con esta prudente respuesta se calmaron los catlicos, que estaban dispuestos a entrar en la casa y hacer pasar un buen susto a los de la sacrlega jarana. Dos o tres aos despus del incendio del convento de Ursulinas de Charlestown, viendo los enemigos de la religin catlica lo bien que haban salido en su escandalosa fechora, quisieron hacer otra en esta ciudad de Nueva York, quemando nuestra iglesia catedral. Para preparar los nimos a tanto atentado empezaron los ministros protestantes a predicar casi diariamente que los catlicos queremos someter este pas al Papa y que tenamos establecida la Inquisicin, cuyos calabozos estaban en la bveda de nuestra Iglesia catedral. Por absurdas que fueren estas aserciones fueron credas, por el deseo que tienen los protestantes de encontrar motivo para atacarnos, y efectivamente, se decret el incendio de nuestra Iglesia; y como empresas de esta clase requieren manos puramente ejecutoras, que siempre se encuentran entre la gente de poca educacin, parece que se valieron de los carniceros entre los cuales no s si existe algn catlico. No fueron tan precavidos que no tuviesen una conversacin entre s en la plaza del mercado y una de las vendedoras que es catlica la oy y vino inmediatamente a darme cuenta, porque perteneca a mi congregacin. Yo, en otras circunstancias, no hubiera hecho caso, pero recordando lo acaecido en Boston y sabiendo la agitacin de los nimos contra los catlicos en consecuencia de los caritativos sermones de sus ministros, cre de mi deber el dar aviso a los trustees o administradores de la iglesia catedral, que siendo seglares y

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194 estando en contacto con nuestra gente, muy pronto corrieron la noticia para tenerlos alerta. La noche en que temamos el ataque se reunieron alrededor de la Iglesia catedral ms de quinientos catlicos y prontamente vino el Gobernador de la ciudad, o porque tuviese aviso de lo que se intentaba o porque llam su atencin esta inesperada concurrencia de los catlicos, que sin abrir su iglesia permanecan alrededor de ella. Vinieron los incendiarios en nmero de ms de doscientos o trescientos a la hora sealada. Pero ¡cul fu su sorpresa cuando al volver la esquina de la calle en que est nuestra iglesia la vieron rodeada de tanta gente! Enviaron inmediatamente los catlicos un individuo que dijese a los asaltantes que se retirasen, porque estaban por su parte determinados a defender su propiedad. Esta intimacin y acaso la noticia de que el Gobernador de la ciudad tomara providencias contra ellos les hicieron retroceder y retirarse. Sin embargo, los catlicos temieron que volviesen, y as estaban determinados a pasar toda la noche alrededor de la catedral. Entonces el Gobernador de la ciudad le dijo al Sr. Don Toms Levins, presbtero catlico (que haba sido cura de la misma catedral), que procurase subirse a un lugar elevado y arengase a los catlicos dicindoles que el gobierno era responsable y pagara cuanto destruyese el pueblo, pero que no haba temor alguno porque los ministros de la polica quedaban al tanto para impedir todo desorden. As lo hizo el Sr. Levins, y los catlicos se retiraron inmediatamente. Qu te parece, Elpidio? Qu dices de la tolerancia? El ao prximo pasado hicieron en la ciudad de Baltimore otra tentativa atacando un convento de monjas Carmelitas (que si no me engao es el nico de dicha orden en este pas), pero el asunto no fu tan serio aunque tuvieron el brbaro placer de consternar sobremanera a aquellas pobres religiosas. Sin embargo, es preciso confesar que en los estados del Sur no hay tanta animosidad contra nosotros como en los del Norte; y principalmente en Maryland son muy indulgentes con nosotros, por la memoria de Lord Baltimore, que era catlico y de quien toma su nombre la ciudad principal, y por el ilustre Carroll, que fu uno de los que firmaron el acta de la independencia de este pas y el ltimo que muri entre los firmantes. Su familia, sumamente querida y respetada, tiene gran influjo en aquel estado y a ella perteneca tambin el Sr. Carroll, primer Arzobispo de Baltimore. Otro de los casos bien notables es el acaecido con el Colegio que el seor Obispo de esta Dicesis estaba fabricando, y aun dir que haba fabricado en Nayack, que es un paraje distante treinta millas de esta ciudad de New York. Desde que compr el terreno empezaron los protestantes, principalmente los presbiterianos, a dar guerra. Uno de los ministros, el Dr. Brownlee, fu tan celoso contra los otros que di un viaje para predicar a los vecinos de

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195 aquel lugar que de ningn modio permitiesen que los catlicos se situasen all, pues iban a corromper toda la comarca. No contento con esto, l y sus amigos se presentaron al Congreso del Estado para que no se le concediese al Obispo catlico el charter (que es el ttulo concedido por el gobierno, que constituye un cuerpo moral con todos los derechos civiles), para demorar la fbrica; pues nadie quera dar dinero para el Colegio sabiendo que haba oposicin y dificultades para su establecimiento. La representacin de los presbiterianos era descabellada, mas no poda dejar de orse, y esto cuando le llegase su turno; y como haba muchos negocios que tratar en el Congreso, no pudo verse este asunto hasta las prximas sesiones, que es decir al ao siguiente. El seor Obispo continu la edificacin del Colegio, pues para ello no necesitaba licencia de nadie, y todo el mal que poda esperar era no conseguir el charter; mas luego que vieron los presbiterianos su determinacin empezaron a atacar al nuevo Colegio casi abiertamente. Recibironse informes fidedignos de que se intentaba quemarlo, pues ya estaba casi concludo; y el seor Obispo se vi en la necesidad de apelar al Gobernador del Estado, quien contest de un modo muy satisfactorio, diciendo que dara rdenes a los ministros de la polica para que vigilasen e impidiesen todo atentado. Nada sucedi por lo pronto, ni tampoco me atrev yo a decir positivamente que la desgracia posterior fu obra de los presbiterianos, pero el Colegio empez a arder a las doce o la una del da y nadie vino a ayudar a apagarlo, de modo que se redujo a cenizas. Dicen que el fuego result de un descuido de un carpintero que encendi lumbre y puso a cocer unos huevos en un paraje en que haba muchas astillas y virutas, mas el tal carpintero unas veces deca que puso agua para cocer unos huevos y otras que puso a calentar la cola, con que pensaba pegar ciertas piezas. Estos dos objetos son tan distintos que hacen sospechar. En lo que no hay duda es que los protestantes queran destruir el Colegio para dar una prueba de su tolerancia. El seor Obispo tuvo a bien vender el terreno por no exponerse a nuevas persecuciones, y han conseguido los presbiterianos que no haya colegio catlico en Nayack. Aunque digas que siempre refiero cosas personales mas, permteme que te dedique un prrafo de esta carta con dos ancdotas en el hospital de esta ciudad. Habr ocho aos que dando la comunin a un enfermo se propuso burlarme uno de los protestantes, y para ello empez a tocar con las tenazas contra la estufa (pues era en invierno) como se toca la campanilla en nuestra iglesia al tiempo de dar la comunin. Una seora catlica que haba ido conmigo a visitar al enfermo, not el insulto como yo, y ambos compadecimos a aquel grosero miserable. Otra ocasin fu al Hospital de Marina a visitar a un enfermo que me haba mandado llamar y apenas entr en el cuarto cuando vino tras de m un caballero, que al principio no pude conocer que

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196 tuviese cargo alguno eclesistico. Suplicndole yo que saliese del cuarto para poder hablar al enfermo, me dijo una porcin de pesadeces, a las que contest, que no era tiempo de discutir los puntos de mi religin y que el enfermo, que perteneca a mi Iglesia, me haba mandado llamar. Entonces, para insultarme de todos modos, me di a conocer que no crea en mi palabra y dirigindose al enfermo le pregunt si era cierto que me haba mandado llamar. El pobre moribundo le contest que s, con cuya respuesta ya no tena derecho alguno por los reglamentos del hospital para permanecer all, pues era claro que el enfermo quera hablarme en privado y l no tena que saber lo que le hablaba. Yo conoc su embarazo, y aunque pude haberle dicho mucho, me content con suplicarle nuevamente que saliese del cuarto. Entonces, con un aire de arrogancia, me dijo que no saba por qu haba de salir y que no saldra. Yo ver, le dije, si en este establecimiento mi religin es protegida, o si debe sujetarse al capricho de usted. “Su religin de usted —me contest— ser respetada, pero no su supersticin, no su romanismo.” Lo veremos, le dije, saliendo del cuarto donde nada poda hacer con aquel majadero, y dirigindome a la habitacin del Director del hospital; pero advirtiendo que l tambin haba salido del cuarto, pues verdaderamente slo entr en l para mortificarme, volv para atrs, confes y oli al enfermo (pues ya sabrs que aqu siempre llevamos en el bolsillo una cajita de plata con los leos) y fu prontamente para mi iglesia a traer el sacramento; mas, aunque me tard muy poco, cuando volv, ya estaba muerto el enfermo. Reflexion entonces sobre el dao que me hubiera hecho aquel majadero si no hubiera salido del cuarto o si yo me hubiera empeado en ir a disputar el punto ante el superior del hospital. Sin embargo, consultndome con el seor doctor Power, eclesistico esclarecido, convenimos en que no debamos dejar el asunto de la mano y fuimos al hospital a tiempo que tenan su junta los trustees. Anuncironles que queramos hablarles, dironnos entrada, y debo confesar que nos trataron con mucha poltica y consideracin. Oda nuestra queja, expresaron lo sensible que les era y prontamente averiguaron quin era la persona que haba tenido el altercado conmigo y result ser uno de los funcionarios de la iglesia bautista. Dieron orden para que se le hiciese entender que ningn ministro de ninguna religin deba ser molestado en el hospital y que si volva a infringir la regla se le prohibira la entrada. Observa, Elpidio, que cuando se trata de leyes y de reglas todo va bien, pero en los sentimientos no hay tolerancia. Un caso semejante le haba sucedido en el mismo hospital a un eclesistico benemrito, el seor Malou, quien dej un crucifijo en manos de un enfermo, y luego que ste muri, empez una criada a burlarse de la imagen, haciendo mil juegos con ella. Dieron aviso al seor Malou de lo que pasaba en el hospital y fu para all prontamente; increp a la impa profanadora y a

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197 los que con ella se haban burlado de la imagen de su Redentor; di las quejas a los superiores y obtuvo una completa satisfaccin. Ya otro eclesistico haba sido tratado de impostor en el mismo hospital por una seora que creo es esposa de uno de los principales de aquel establecimiento. En fin, los casos no son tan raros como algunos creen. Hace poco ms de un mes que una pobre me pidi un certificado de su conducta para que en vista de l (segn crea) no dudasen en entregarle sus hijos, que sin anuencia suya haban sido puestos en la casa de pobres. Present el documento, y el seor Regidor, Palmer, que parece era el principal de la comisin encargada de aquel establecimiento, luego que vi mi firma, dijo en alta voz, con gran risa y desprecio: “cree usted que voy a hacer caso de la firma de un clrigo catlico? Con ms consideracin mirara la de un cargador de basura. El hombre que ha puesto esta firma le perdonar a usted todos sus pecados por medio real, y quiere usted que le crea cosa alguna que diga?” Reflexiona, Elpidio, que se trata de un funcionario pblico, en un pas legalmente tolerante, y que el motivo que alegaba para despreciarme era precisamente mi religin y ministerio, lo cual equivala a un desprecio a todos los catlicos; y para que no quedase duda, continu exponiendo sus sentimientos al decirle a la mujer que aunque viniese all a recomendarla todos los romanistas, a ninguno hara caso. Qu tal, mi Elpidio? Puesto que va de ancdotas, vaya una ms notable aunque no personal ma. Dos oficiales del ejrcito de Bonaparte, luego que ste cay, se retiraron del servicio y al fin vinieron a esta ciudad donde han establecido uno de los mejores colegios que tenemos. Sali en venta una posesin de campo y quisieron comprarla para su establecimiento, mas habiendo ocurrido uno de ellos al amo de la finca, le respondi redondamente que no se la venda a ningn catlico, sin duda porque no pusiese el colegio en ella; sin embargo de que dichos seores reciben alumnos de todas las sectas y a ninguno molestan en punto a creencias, aunque ellos y sus familias (pues estn casados) no profesan otra religin que la catlica. Puedes inferir la furia de un militar francs, tem ms, de Napolen, al recibir semejante insulto, pero afortunadamente es hombre de talento y busc un medio racional de castigar tanta osada. Valise de un amigo suyo, quien se present a la compra y luego que firmaron la escritura le dijo al vendedor: “ya est su finca de usted en manos de un catlico”. Pero basta de casos particulares, cuya serie podra extender fcilmente y llenar volmenes; quiero, s, presentarte un hecho que puedo llamar universal por comprender infinitos particulares innegables, porque son tan notorios que no puede ignorarlos ninguno que haya tenido que intervenir en negocios de familias en este pas o que haya querido informarse. Sabes que, por costumbre, casamos a los protestantes con los catlicos, quedan-

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198 do el impedimento de disparidad de cultos reducido, como ensean universalmente los telogos, al bautizado con el no bautizado; y no poniendo en prctica (por ser imposible) otras disposiciones cannicas, que hacen de la hereja un verdadero impedimento impediente. As es que jams se pide dispensa para estos matrimonios y todo lo que se averigua es si la parte protestante est bautizada en su secta. De aqu inferirs que dichos matrimonios son muy frecuentes y puedo asegurarte que lo son mucho ms de lo que podra esperarse al ver la prevencin que hay contra los catlicos. Ahora bien, mi Elpidio, a pesar de todas las promesas que hacen los protestantes de no oponerse a que la parte catlica contine en el libre ejercicio de su religin, de ciento hay uno que cumpla la palabra y muchas veces no se pasan quince das sin que haya un rompimiento. Por lo menos, puede decirse que el primer hijo es la piedra de escndalo, pues inmediatamente empieza la disputa sobre si se bautizar en la Iglesia a que pertenece el padre o en la de la madre y hay nios que estn por mucho tiempo sin bautismo porque los contendientes no pueden avenirse. Estoy cansado de or casi diariamente las quejas de las mujeres perseguidas por los maridos protestantes, lamentndose de que no cesan de ridiculizar la Iglesia catlica, y muchos de ellos les prohben absolutamente que siquiera entren en nuestros templos. Ha habido infeliz que ha muerto afligida por no poder recibir los sacramentos, porque el marido lo ha estorbado, y desgraciadamente no ha habido entre los que entraban a verla persona alguna que conociese bien los derechos que le daban las leyes del pas, por las cuales, a pesar de la resistencia del marido, hubiera entrado cualquier ministro de cualquier religin que la enferma hubiera llamado. Yo tengo en mi congregacin algunos casos muy semejantes y entre otros el de una seora convertida a la Iglesia, que era de las ms fervorosas, y desgraciadamente tuvo la sencillez de creer a un protestante y se cas con l bajo la promesa de no ser molestada en punto a religin. Hace cuatro o cinco aos que contrajo tan desgraciado matrimonio y desde entonces le fu prohibido el venir a la Iglesia, aunque me asegura que su fe no se ha alterado. No hay criado o criada, no hay aprendiz, no hay costurera que pueda vivir en paz teniendo que sufrir a todas horas las burlas, los insultos y denuestos de las personas de quienes dependen. A cada paso se les dice que son unos fanticos, supersticiosos, que los clrigos catlicos somos unos pcaros y nuestra doctrina una idolatra y apostasa detestables, en una palabra, cuanto puede decirse para atormentar a unas personas, simples y sin educacin. ¡Qu dices de la tolerancia! Por ltimo, mi Elpidio, se han valido los protestantes del teatro para perseguirnos, ponindonos en ridculo. ¡Quin lo creyera, que en un pas que se presenta como la norma de la tolerancia sirviese el teatro

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199 para ridiculizar la religin de millares de sus habitantes y que el pblico aplaudiese tales insultos! Nuestras misas cantadas se representan con todos los ornamentos en aire burlesco; y para sancionar y propagar sus calumnias, hacen los cmicos varias exclamaciones que expresan las doctrinas que nos atribuyen, y dicen por ejemplo: “Nosotros te adoramos, Mara Santsima” y otras blasfemias por este estilo. Vuelvo, mi Elpidio, vuelvo a preguntarte, qu dices de esta tolerancia? Ya sigo tu respuesta: que no la hay para los catlicos, y que por consiguiente, no es tan universal ni tan perfecta como se pretende; y que si no fuese por las leyes que nos protegen, el pueblo nos perseguira con tanto o ms furor que sus padres los ingleses. En cuanto a la tolerancia legal no puede negarse que es perfectsima en este pas, pues a excepcin de algn caso muy extraordinario, que puede mirarse como un fenmeno, jams se encuentra un juez ni un jurado que no proceda con imparcialidad y firmeza cuando se trata de asegurar la libertad de conciencia sancionada por la constitucin; y en esta parte no podemos quejarnos los catlicos. No creo que haya otro pas en que esto se observe con tanto rigor, y de aqu depende su tranquilidad. Es claro, pues, que la tolerancia legal perfecta no es una quimera. Debo sin embargo advertir, que tambin son intolerantes entre s mismos, aunque no con tanta furia como la que tienen contra los catlicos. Los presbiterianos son los menos tolerantes, y los que estn ms dispuestos a hacer lo que censuran en los catlicos. Tienen un gran deseo de que su religin sea la dominante en el pas, aunque procuran disimularlo. Habr ocho aos que uno de los ministros presbiterianos se atrevi a manifestar desde el plpito las intrigas de su secta, prenunciando que dentro de poco tiempo su religin sera la dominante y la del Estado. Alarm las otras sectas, y no dejaron de atacar al ingenuo aunque imprudente ministro. Hubo con este motivo varios encuentros privados, y entre otros, me acuerdo haber odo a un caballero que pertenece a la iglesia anglicana o episcopal, que un presbiteriano muy rico, vindose estrechado con las reconvenciones que le haca, contest al fin con mucho enfado: “as ser, a pesar de todos nuestros enemigos, y tenemos muchos millones de pesos para conseguirlo”. Poco tiempo despus uno de los periodistas de la misma secta imprimi una contestacin a sus acusadores, y en ella dijo claramente y sin rodeos que establecera la iglesia presbiteriana, aunque fuese preciso inundar el pas con olas de sangre. Puedes inferir que en el momento salieron los dems periodistas como unas furias, y esto sirvi para que el hecho fuese ms notorio. Yo se lo ech en cara a los presbiterianos en algunas de nuestras disputas y en sus artculos de contestacin pasaban por alto este punto, como si nada hubiera yo escrito acerca de l, que es la tctica favorita de esta gente.

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200 Ya advierto, Elpidio, que va siendo tan larga esta carta sobre la tolerancia, que me expongo a que falte la tuya y as debo poner trmino a mis observaciones con una interesantsima, y es que la piedra de toque de la verdad es la oposicin de los errores, y que stos no la toleran porque no puede amalgamarse con ellos. He presentado hechos constantes, notorios, innegables y mis inferencias de ellos han sido tan pocas, tan naturales y evidentes, que mi entendimiento me dice que he demostrado. Sin embargo, la experiencia que tengo del corazn humano me anticipa que mis pruebas pasarn por delirios de un inters religioso, porque mi lenguaje es distinto del que se encuentra en los libros de mero clculo poltico; y del que usan muchos que creen conocer este pas, slo por haber paseado las calles de algunas de sus ciudades y haber asistido a una u otra tertulia. Espero de tu buen juicio, que si esta carta te inclina a creer que soy intolerante, me des una leccin de tolerancia, disimulando mi franqueza. Tolrame, Elpidio, pues que slo he intentado desenmascarar a los tolerantes nominales, llamar la atencin de los irreflexivos y establecer la verdadera tolerancia evanglica, que sin transigir con los errores, jams falta a la caridad, que es el alma del cristianismo. Si por decir la verdad me atraigo el odio, he aqu un nuevo estmulo para continuar dicindolo; y as espera otra serie de cartas, en las cuales no s lo que escribir, mas infiero que no han de ser cosas muy suaves, porque pienso tratar del fanatismo. Terminar, pues, mis reflexiones sobre el funesto influjo de la supersticin en la sociedad, asegurando que ha perdido el culto divino y encadenado los hombres, que slo pueden ser verdaderamente libres cuando estn animados del verdadero espritu evanglico; pues, como dice el Apstol a los Corintios, Donde est el Espritu del Seor, all hay libertad.2 Qu bien entendi esta divina mxima del Apstol el enrgico, franco y apostlico San Ambrosio cuando escriba que: “ni es propio de un emperador el negar la libertad de hablar ni de un sacerdote el no decir lo que siente. La diferencia que haya entre los buenos y los malos prncipes es que los buenos aman la libertad y los perversos la servidumbre”.3 ¡Qu tal, mi Elpidio! Necesitaba San Ambrosio tomar lecciones de liberalismo o poda darlas a los alucinados que creen que son incompatibles la libertad y la religin? Pero ya voy entrando nuevamente en materia, pues el alma se agita y la pluma se desliza. Concluyo, pues, con un “adis, mi Elpidio”.2 Ubi autem spiritus Domini, ibis libertas (2 ad Corini, III, V. 17).3 Neque imperiale est libertatem dicendi denegare, neque sacerdotale quod sentiat non dicere. Hoc interest inter bonos et malos principes, quod boni LIBERTATEM amant, SERVITUTEM improbi (Ambros. ep. 40, alias 29).

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201Adicin a la carta IVDespus de impresa la Carta IV, ha venido a mis manos una papeleta, que prueba la evidencia la fcil entrada que tiene la supersticin en este pas tan ilustrado; y he credo necesario publicar tan importante documento, que se reparte por las calles por muchachos pagados al efecto para buscarle clientes a un Astrnomo Judiciario!!! Dice, pues, la escandalosa papeleta: J. Nelson, que vive en la calle de Weester No. 202, ofrece sus servicios para hacer clculos sobre los nacimientos, para responder a las preguntas sobre el xito de los pleitos, sobre los amores, los casamientos, las especulaciones, profesiones, viajes, etc, etc. Estoy seguro que Mr. J. Nelson vivir de su profesin de astrnomo judiciario, con ms abundancia que un verdadero astrnomo, y esto en la gran ciudad de New York.ApndicesAutoridades que prueban que los protestantes admiten la necesidad de estar en el seno de la Iglesia para conseguir la salvacin. I LUTERO “S que en estos ltimos quince aos muchos han opinado que cualquiera puede salvarse en su creencia; extrao es el descaro y la imprudencia de los Zuinglianos, que se atreven a avanzar semejante doctrina y a cubrirla con mi autoridad y ejemplo.” (Lut. Com. 47). MELANCTON “No hablamos de la Iglesia, como de una idea platnica, sino la demostramos en el sentido de las palabras: Dilo a la Iglesia. Debemos entender la Iglesia visible.” Despus pregunta si es necesario unirse a esta Iglesia parta salvarse, y responde. “Es del todo necesario.” (Melanet in examine ordinand. Tit. de Ecclesia). Sabido es que Melancton fu el ms clebre de los discpulos de Lutero. CALVINO “Fuera de la comunin de la Iglesia no debe esperarse perdn de los pecados ni salvacin; de modo que la separacin de la Iglesia siempre produce muerte.” (Cal., lib. 3, Inst., Cao. I, Lec. 4).

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202 BEZA “Siempre ha habido y siempre habr una Iglesia fuera de la cual no hay salvacin”. (Tit. al cap. 5 de la confesin de Fe). CASAUBON “No tienen esperanzas de salvacin los que estn separados de la Iglesia Catlica o de su comunin.” (Respuesta al Cardenal du Perron). Debe advertirse que Casaubon, siendo protestante, no entenda por Iglesia catlica la romana. CATECISMO DE LOS HUGONOTES “Nadie obtiene perdn de los pecados sin estar primeramente incorporado en el pueblo de Dios y sin perseverar en la unidad y comunin del cuerpo de Cristo, siendo miembro de su Iglesia”. (Art. 10). PEARSON, OBISPO PROTESTANTE “La necesidad de creer en la santa Iglesia catlica, se demuestra primeramente porque Cristo la ha establecido como el nico camino para la vida eterna”. (Expos. del Credo, Art. 9.) HOBART, OBISPO PROTESTANTE “La unin con la Iglesia es el medio sealado (por Cristo) para salvarnos.” (Candidato para la confirm., pg. 36.) Es de advertir que Hobart fu Obispo de Nueva York y muri habr dos aos, de modo que escriba segn la doctrina actual de la Iglesia Episcopal Americana. BISCKERSTETH “Es nuestro deber anunciar la ira de Dios contra los que se unen a la Iglesia Romana.” (Sermn predicado en 4 de octubre, 1836). El orador contina declamando contra el espritu moderno de infidelidad impropiamente llamado liberalismo, que considera como una falta de caridad el condenar a tantos millones de almas. Infirese, pues, que segn el orador se condenan todos los catlicos. (Vase Dublin Review, Dec. 1836). CONFESI"N DE FE DE LA IGLESIA ESCOCESA “Detestamos altamente las blasfemias de los que dicen que todos los hombres que operan con equidad y justicia se salvarn, sean de la religin que fueren.” LA IGLESIA DE INGLATERRA Podemos decir que toda la Iglesia de Inglaterra o Episcopal expresa su

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203 opinin, as en Europa como en Amrica (pues la Iglesia Episcopal Americana es una ramificacin de la Europea), cuando en su ritual o libro de rezo pblico, expresamente dice: “Oh ¡Dios misericordioso! ten piedad de los judos, de los turcos, de los infieles y de los herejes; separa de ellos toda ignorancia, dureza de corazn y desprecio de tu palabra y trelos a tu rebao para que puedan salvarse.” (Common Prayer Book, collect. for Good Friday). Nos dirn todava los protestantes que solamente los catlicos ensean que fuera de la Iglesia no hay salvacin? II Autoridades que prueban que es doctrina catlica que muchos se salvan sin estar unidos al cuerpo visible de la Iglesia, cuando esta separacin no es culpable, y por otra parte se hallan unidos en espritu o al alma de la Iglesia. SAN AGUSTN “Si me pareciese, Honorato, que es lo mismo un hereje que un hombre que cree a los herejes, dejara de hablar y de escribir sobre esta materia. Pero habiendo una gran diferencia entre estas dos cosas, pues en mi opinin es hereje el que da a luz o sigue opiniones falsas y nuevas por alguna utilidad temporal, principalmente por la gloria y superioridad; mas el que cree a estos hombres, slo es un iluso por cierta imaginacin de verdad y piedad”, etc., etc., (Si mihi Honorate, unun atque idem videretur esse haereticus, et credens haereticis homo, tam lingua, quam stilo in hac caussa conquiescendum esse arbitrarer. Nunca vero cum inter haec duo plurimum intersit: quando quidem haeretics est, ut mea fert opinio, qui alienius temporalis commodi, et maxime gloriae et principatus sui gratia, falsas ac novas opiniones vel gignit vel sequitur; ille autem qui hujusmodi hominibus credit, homo est imaginatione quadam veritatis ac pietatis illuus, etc.l, etc. Aug., De Utilitate credendi, cap. I.) Qui sententiam suam falsam atque perversam nulla pertinaci animositate defendunt, praesertim quam non audatia praesumptionis suae pepereunt, sed a seductis et in errorem ductis parentihus acceperunt, quaerunt autem cuneta socitudine veritatem, corrigi parati cum invenerint; nequaquam sunt inter haereticos reputandi. (Aug., epist. 43, alias 162). “Los que no defienden su opinin falsa y perversa por una animosidad pertinaz, mayormente cuando no la han dado a luz por una audacia de su presuncin, sino que la recibieron de sus padres seducidos e inducidos al error, mas buscan la verdad con todo empeo, y estn dispuestos a corregirse luego que la encuentren: de

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204 ningn modo se han de numerar entre los herejes.” “Ipsa” (Ecclesia) “general, et per uterum, suum, et per uteros ancillarum ex eisdem sacramentis... Sed qui susperbiunt, ei legitimae matri non adiunguntur, similes sunt Ismali, de que dictum est ejice ancillam et filium ejus”, etc., etc. (Aug., lib. I cont. Dont, cap. 10. Vide tom, 12, p. 114). “La misma” (esto es la Iglesia) engendra en su tero, y en los teros de sus sirvientas (o criadas) por medio de los mismos sacramentos... Mas si algunos (de los nacidos) se ensoberbecen, y no se unen a la madre legtima, son semejantes a Ismael, de quien se dijo expele la criada y a su hijo”. Despus de hablar S. Agustn, nada ms debe desearse, y parece intil citar autor alguno. Sin embargo, para que se vea que los telogos de tiempos modernos han seguido la doctrina de aquel luminar de la Iglesia, agregaremos algunas autoridades. PATUZZI “Pudindose ignorar sin culpa todos los misterios de la fe catlica, si alguno realmente los ignorase inculpablemente, no se condenara porque no crea, sino por el pecado original o por otros pecados, si Dios no lo convierte por su misericordia.” Cumomnia fidei misteria inculpabiliter ignorari possint si ita reapse ab aliquo inculpabiliter ignorentur, damnabitur quidem nom propterea quod non crediderit, sed nisi misericordia Dei illum praevenit, atque converterit damnabitur propter originale peccatum te propter alia. (Patussi, tom, VI, pg. 51). DELAHOGUE “Una cosa es decir que fuera de la verdadera Iglesia no debe esperarse salvacin, y otra es decir que se condenan todos los que no vivieron en el seno visible de la verdadera Iglesia, o no pertenecieron a su cuerpo. Todos los telogos numeran en las sociedades herticas y cismticas, muchos que pertenecen al alma de la verdadera Iglesia; lo cual se ha de entender no slo de los prvulos, sino de los adultos que por ignorancia invencible estn unidos a una sociedad hertica o cismtica, los cuales se salvarn en la hereja o en el cisma, si no lo impiden otros delitos.. Aun en cuanto a los que parecen inexcusables en su adhesin a una sociedad hertica o cismtica, y que mueren en ella; como nadie sabe cual fu su afecto, ni la disposicin de su corazn en el ltimo momento, no podemos decir con certeza que estn en el nmero de los rprobos.” Aliud est dicere extra veram ecclesiam nullam sperandum essa salutem, aliud dicere eos omnes qui dum in vivis essent non fuerunt in sinu visibili verae ecclesiae, vel de ejus corpore esse damnandos. Namque omnes teologos numerant in societatibus haereticis, et schismaticis, qui ad animan ecclesiae pertinent, quod quidem non tantum

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205 accipiendum est de pueris, sed etiam de adultis, qui haereticae aut schismaticae societati ex invincibili ignorantia adhaerent, qui proinde in haeresi si vel schismate salvabuntur, nisi alia obstent corum deluta... Quo ad illos etiam quorum ahaesio haereticae aut schimaticae societati vedetur excusari non posse, qui in illa moriuntur, cum nemo in terris cognoscere possit quis fuerit illorum internus mentis affectus, quaenam interna cordis dispositio in ultimo instanti, quo extremum spiritum reddiderunt, certo dicere non possumus eos esse e sreproborum numero. (Delahogue, Trat. de Eccl., pg. 41 et. 42). NICOLE “Es cierto, segn todos los telogos catlicos, que hay gran nmero de miembros vivientes y verdaderos hijos de la Iglesia en las comuniones separadas de ella: supuesto que hay tantos nios, y acaso algunos adultos, aunque no llaman su atencin, porque no los conocen.” (Nicole, Sobre la Unidad, tom. I., cap. 3) LA UNIVERSIDAD DE PARS “Los nios y los ignorantes no participan ni de la hereja ni del cisma, estn excusados por una ignorancia invencible, Dios no les imputa los errores a que estn adheridos por una ignorancia invencible, y as pueden pertenecer al alma de la Iglesia por la fe, la esperanza y la caridad.” (Censure de l’Emile). DU CLOT “Para hacer odiosa esta mxima (que fuera de la Iglesia no hay salvacin) suponen los incrdulos y los dems enemigos de la Iglesia catlica que, segn nuestra doctrina, los que se hallan en la hereja o en el cisma por una desgracia de nacimiento, o por una ignorancia invencible, sin culpa suya, estn excludos de la salvacin. Esto es falso. Todos los que no han participado de la hereja o del cisma —dice Nicole— por su propia voluntad y con conocimiento de causa, forman parte de la verdadera Iglesia. As lo ensean San Agustn, San Fulgencio (de fide ad Petrum, cap. 39) y San Salviano (de Gub. Dei, lib. 5, cap. 2); si algunos telogos se han expresado de otra manera, su opinin particular nada prueba.” (Du Clot, La Sainte Bible venge, tom. III., page 487. Paris 1837). SANTO TOMS Si aliquis in sylvis vel inter bruta nutritus ductum naturalis rationis saqueretur in appetitu boni et fuga mali, certissime est tenendum quod ei Deus vel per internam inspirationem revelaret ea quae sunt ad salutem necessaria, vel aliquem fidei praedicatorem ad eum dirigeret sicut missit

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206 Petrum ad Cornelium. (De Veritate 9, 14, art. II, Vide Cellet Insti. Theology, tom. II, pg. 10). “Si uno que ha vivido siempre en las selvas siguiese los dictmenes de la razn natural, en seguir el bien y evitar el mal, ciertsimamente creo que Dios o le revelara por una inspiracin las cosas necesarias para la salvacin, o le enviara algn predicador como envi a Pedro a Cornelio.” III Algunas de las Leyes Azules del Estado de Connecticut. (Llmanse as porque la primera impresin de ellas se hizo en papel azul). Ley 10. Ninguno ser hombre libre o tendr voto a menos que no se convierta y sea miembro en perfecta comunin de alguna de las Iglesias permitidas en estos dominios. Ley 12. Ningn cuquero o disenciente de la Iglesia establecida en estos dominios tendr voto en la eleccin de magistrados o de otro oficio alguno. Ley 13. No se ofrecer comida ni alojamiento a ningn cuquero, adamita, o hereje. Ley 14. Si alguno se vuelve cuquero ser desterrado, y si vuelve al pas, sufrir la pena de muerte. Ley 15. Ningn sacerdote catlico habitar en estos dominios, sern desterrados, y si vuelven, sufrir pena de muerte. Ley 16. Todo sacerdote catlico puede ser aprehendido sin mandamiento de juez alguno. Ley 18. Nadie podr correr en domingo, o pasearse en su jardn o en otro paraje cualquiera, y slo se permitir ir y venir con reverencia al templo. Ley 19. Ninguno podr viajar, cocinar, hacer las camas, barrer la casa, cortarse el pelo, o afeitarse en domingo. Ley 20. Ninguna madre podr besar a su hijo en domingo. Ley 28. Ningn ministro (del culto) ser maestro de escuela. Ley 29. Todo el que se niegue a pagar su cuota para mantener al ministro de la ciudad o parroquia, ser multado en 62 libras, pagando adems 4 libras por trimestre hasta que pague lo que debe contribuir para el ministro. Ley 30. Todo el que guarnezca sus vestidos con oro, plata o encaje que valga ms de dos reales la vara, ser presentado por el Gran Jurado y los individuos electos le harn pagar trescientas libras. Ley 31. Nadie leer libros comunes de rezos (common prayer boocks) ni guardar como festivo el da de la Navidad ni otro alguno determinado; nadie har pasteles de carne, bailar, jugar a las cartas, o tocar instru-

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207 mento alguno de msica, a excepcin del tambor, la trompeta y el arpa juda. Ley 36. Ningn ministro del Evangelio puede casar. Slo tienen facultad para ello los magistrados, que pueden hacerlo con menor escndalo de la Iglesia. Ley 46. Todos los hombres se cortarn el pelo alrededor segn el gorro (esto es, a manera de cerquillo). IV EXTRACTOS DE LAS ACTAS, DE LA ASAMBLEA DE ESCOCIA, A.D. 1643 “Los reyes de Escocia al tiempo de su coronacin deben jurar, entre otras cosas, abolir todas las religiones falsas (como opuestas a la presbiteriana) gobernar los pueblos segn la verdadera religin (presbiteriana) y extirpar todas las herejas”. Del mismo modo deben jurar que procurarn extirpar el papismo (esto es, el catolicismo romano, derivando la voz papismo de Papa) y toda prelaca, supersticin, cisma, hereja y profanacin. “Con la autoridad que Dios nos ha concedido defenderemos y conservaremos las reformas que se hicieron y conservaremos la paz contra todas las herejas, las sectas (perteneciendo a una de ellas —¡buena tolerancia!— ) y cismas que se levantaren”. “La asamblea, considerando la propagacin de los errores por la independencia y separacin del reino de Inglaterra, nuestro vecino, y que esto puede ser para nosotros como una gangrena, porque se introducirn los mismos errores, herejas, cismas y blasfemias esparciendo sus libros errneos, sus cuadernos y cartas; ha determinado que se tomen todas las precauciones para impedir su propagacin y en virtud de la presente acta se manda a todos los presbiterianos y a todos los snodos: que juzguen y procedan contra los transgresores de estas disposiciones o de cualquiera de ellas. La asamblea recomienda seriamente a los magistrados civiles que asistan a los ministros y a los presbiterios para la ejecucin de esta acta.” “Los magistrados civiles debern contener por medio de castigos corporales a los que difundan herejas o fomenten el cisma.” V EXTRACTOS DEL C"DIGO PENAL DE INGLATERRA Se prohbe bajo pena de inhabilitacin y privacin de todos los derechos civiles, el mandar una persona a educarse fuera del reino, en la religin papstica, ya sea en seminarios pblicos o en familia privada, y el enviarle

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208 cosa alguna para su mantenimiento. Se prohbe mandar a ninguna persona menor de 21 aos fuera del reino, a no ser en calidad de marinero, de aprendiz o de artista; y los jueces obligarn a los padres y tutores a presentar la persona que se eche de menos, y si no lo hicieren en trmino de seis meses, sern castigados segn las leyes. Los protestantes convertidos del papismo educarn sus hijos menores de catorce aos en la religin establecida, y de lo contrario, perdern todos sus derechos. Cuando uno de los padres es protestante, el Canciller har que los hijos se eduquen en la religin protestante, determinando el modo con que debe ser educado y la persona que debe educarlos, pagando el padre los gastos. El Canciller puede separar los hijos del padre o madre catlica. Ningn papista puede ser maestro pblico, ni tampoco en causas privadas, sino en las de su familia, bajo la pena de multa o prisin. Todo papista que se atreva a ensear pblica o privadamente, aun como auxiliar de un maestro protestante, ser considerado como un clrigo papista convicto, y sufrir las penas como tal; esto es: 1o, ser preso; 2o, transportado; 3o, si volviese ser tratado como traidor, esto es, arrastrado y ahorcado, y se le cortar la cabeza y ser descuartizado, quedando los miembros a disposicin de la Reina. Si una mujer protestante se casa sin previo certificado de que el marido es protestante, perder toda herencia; y asimismo se considerarn como muertos todos los herederos papistas. El marido ser preso y pagar diez libras. Si un protestante se casa con una mujer que no pruebe serlo, pagar todos los derechos y quedar inhabilitado para todos los oficios civiles y militares. Si un presbtero papista administra matrimonio, sabiendo que una de las partes es protestante, quedar sujeto a las penas que un ministro papista regular o establecido; esto es, ser preso, desterrado, y si vuelve, ahorcado, etc.1 Por leyes de Jorge I y Jorge II, se extienden estas penas a todos los casos en que case un presbtero catlico, aunque ambos contrayentes sean1 Esta ley como las anteriores no est totalmente abrogada, aunque de vergenza no se pone en ejecucin. Sin embargo, habr poco ms de un ao que un excelente cura catlico de Irlanda, prevalido de la costumbre cas a un caballero protestante con una seora catlica, y los parientes del marido trataron de que se le castigase segn esta ley, y no tuvo ms remedio que escaparse y venir a esta ciudad de Nueva York; pero siendo un hombre de gran mrito, y teniendo buenos amigos en Irlanda, consiguieron que la parte ofendida cesase de la querella y volvi para Irlanda.

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209 protestantes. Si un convertido fuese juez y actuase como tal, mientras que su mujer es romanista o sus hijos se educan en aquella religin, pagar 100 libras de multa y quedar inhabilitado. Todos los curiales que se casen con una catlica y no la conviertan en el trmino de un ao, y presenten un certificado de este hecho en la Cancillera, quedarn inhabilitados. Toda mujer que se convierta en vida de su marido tendr una tercera parte de sus bienes races aunque sea contra la voluntad del marido. Todo hijo que quiera convertirse a la religin protestante puede presentarse contra su padre, y se obligar a ste a que lo mantenga y le asigne cierta herencia. Puede tambin obligar al padre a que declare sus bienes bajo juramento toties quoties. (De aqu se infiere que puede robar a su padre y hermanos siempre que le parezca). Si el hijo mayor se convierte puede despojar a su padre de todos sus feudos, dejndole solo el usufructo de ellos, y despus de la muerte del padre la obligacin de mantener los hijos menores con una cantidad que no exceda al tercio de los productos. Los hijos de los papistas educados en la religin protestante hasta la edad de doce aos, si se les viene asistir a vsperas o a maitines sern tratados como convertidos que vuelven a apostatar. ABOLICI"N DEL CATOLICISMO EN EL CONTINENTE DE EUROPA Zuinglio prohibi en Zurich el ejercicio de la religin catlica en 1523. La religin fu abolida en Berne en 1528. Tambin fu abolida en Ginebra en 1535. VI INTOLERANCIA ENSEADA POR VOLTAIRE “Ser permitido a cada uno creer lo que su razn le dice ya sea recta o errneamente? Sin duda, con tal que no perturbe el orden, porque no depende del hombre el creer, pero s depende el respetar los usos de su patria.” (Volt. Mel., tom. XXIX., p. 102). Prescindiendo de los errores dogmticos que contienen estas lneas, es claro que Voltaire no defenda la tolerancia civil cuando se oponga a los usos de la patria. Y cuando no se opone? Digamos, pues, que Voltaire defiende abiertamente la intolerancia civil, dejando slo una libertad intelectual. El siguiente pasaje es mucho ms claro. “Para que un gobierno no tenga derecho de castigar los errores de los hombres es necesario que estos errores no sean crmenes, y lo son cuando

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210 turban la sociedad, y la turban cuando inspiran el fanatismo. Es preciso, pues, que los hombres empiecen por no ser fanticos si quieren merecer la tolerancia”. (Volt. Mel., tom. 29). Tenemos, pues, que el gobierno debe castigar a los fanticos por un crimen intelectual, y si stos piden con igual derecho que se castigue a los impos como Voltaire, por otro crimen intelectual, aunque de distinta naturaleza, tendremos castigos abundantes y se acab la tolerancia; los impos acusarn a los fanticos de perturbar el orden, y stos a aqullos. Hablemos claramente, Voltaire y los suyos quieren, como dicen algunos chuscos espaoles, establecer la ley del embudo lo ancho para m, y lo estrecho para ti, y cmplase sin rplica. VII TOLERANCIA ENSEADA POR SANTO TOMS Pregunta Santo Toms (Q. Q. qe., 10, art. 11) si se deben tolerar los ritos de los infieles y responde afirmativamente, empezando su prueba por una autoridad de San Gregorio que se encuentra en los Decret., dist. 45., cap. Qui sincera, acerca de los judos. Dice: tengan libre facultad de observar y celebrar todas sus festividades como la han tenido hasta aqu, as ellos como sus antepasados por largo tiempo. Despus contina Santo Toms su artculo diciendo: “respondo que el gobierno humano se deriva del divino y debe imitarlo. Mas Dios, sin embargo de ser Omnipotente y sanamente bueno, permite que se hagan algunos males en el Universo que podra prohibir, y esto para evitar que, quitndolos, se destruya mayores bienes, o se sigan mayores males. Del mismo modo, pues, en el gobierno humano los que mandan, toleran algunos males con justicia para no impedir otros bienes, o para no causar mayores males. As, pues, aunque los infieles pecan en sus ritos, pueden tolerarse por algn bien que de ellos resulte, o para evitar algn mal. “Los ritos de los infieles que no contienen nada de verdad ni de utilidad, no deben tolerarse sino para evitar el mal, esto es, el escndalo, o la disensin, o para remover un impedimento a la salvacin de los mismos infieles, que, tolerndolos, de este modo se convierten poco a poco a la fe. Por esta razn ha tolerado la Iglesia algunas veces los ritos de los paganos y de los herejes, cuando haba gran multitud de ellos.” “Sed contra est quod in decret, dist XIV cap. qui sincera, dicit Gregorius de judoeis. Omnes festivitates suas, sicut hactenus ipsi et patres eorum per longa colentes tempora tenuerunt, liberant habeant observandi celebrandique licentiam. Respondeo dicendum, quod humanum regimen derivatur a divino regimine, & ipsum debet imitare. Deus autem quamois sit omnipotens & summe bonus permittit tamen aliqua

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211 mala fieri in universo, quae prohibere posset; ne eis sublatis majora bona tollerentur, vel etiam majora mala sequeruntur. Sie ergo & in regimine humano illi qui praesunt, recte aliqua mala tolerant, ne aliqua bona impediantur, vel etiam ne aliqua mala pejora incurrantur... Sic ergo quamvis infideles in suis ritibus peccent, tolerari possunt vel propter aliquod bonun quod ex eis provenit, vel propter aliquod malum quod vitatur.” “Alliorum vero infidelium ritus qui nihil veritatis aut utilitatis alferunt non sunt aliqualiter tolerandi, nisi forte ad aliquod malum vitandum, scilicet ad vitandum scandalum, vel disidium, quod ex hoc posset provenire, vel impedimentum salutis corum, qui paulatim sic tolerati convertuntur ad fidem. Propter hoc enim haerctieorum et paganorum ritus aliquando ecclesia toleravit, quando erat magna infidelium multitudo”. VIII PERSECUCI"N DE LOS CAT"LICOS POR LOS CALVINISTAS EN FRANCIA Para que se forme un juicio imparcial en punto a persecuciones y no se hable solamente de las que han sufrido los protestantes de parte de los catlicos, presentaremos algunas de las innumerables que stos han sufrido de los calvinistas. En 1559 destruyeron la Abada de San Ligario en la Dicesis de Saintes y en 1560 destruyeron la de San Cipriano en Poitiers y la de Bellevaux en la Dicesis de Nerves, matando en esta ltima a todos los religiosos, y destruyendo el edificio hasta no dejar piedra sobre piedra. Expelieron de Montauban todos los clrigos y las personas principales entre los catlicos; robaron las iglesias y monasterios prohibiendo enteramente el culto catlico. En Pamiers, no slo destruyeron la catedral sino la casa episcopal y las de los cannigos, y adems, dos hospitales y otros muchos edificios. En 18 de diciembre del mismo ao entraron a la fuerza en la Catedral de Amiens, e hicieron correr en ella la sangre de los catlicos. En Maux destruyeron las imgenes, profanaron el Santsimo Sacramento y robaron las iglesias. En 1552, habiendo tomado el Almirante Coligny la villa de Montagne, di muerte a casi todos los sacerdotes catlicos. Arnold Ronald, gobernador de la ciudad de Angely, rob la Abada de San juan y desterr a todos los religiosos. En Maxne, destruyeron los calvinistas todas las iglesias catlicas y robaron cuanto pudieron, pisoteando adems las reliquias de los santos y las imgenes. En Poitiers, quemaron la Abada de l’toile. En 16 de marzo del mismo ao los calvinistas se apoderaron de Beziers, robaron la Catedral, profanaron los sepulcros y convirtieron el templo en un establo. En San Giles, destruyeron las Iglesias y conventos con todas las libreras que

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212 contenan preciosos manuscritos. Convirtieron la ciudad de Usus en un teatro de sangre, pues entraron a degello, mientras que el Barn de Adretz destrua el convento de St. Espirit. Profanaron la Catedral de Montpellier y mataron varios cannigos. En esta ciudad y sus inmediaciones fueron destrudas cuarenta y seis iglesias por los calvinistas. El Almirante Coligny entr en Orleans y prometi la libertad de conciencia, pero luego que recibi un refuerzo de tropas, se quit la mscara y aboli la religin catlica, destruy las iglesias y cometi las mismas crueldades que en Montagne. Coligny recorri toda la Dicesis de Orleans robando y destruyendo cuanto perteneca al culto catlico. Las abadas de Isaro y de Haritirelliers fueron de las robadas y destrudas. En Coutances los calvinistas, no contentos con robar y profanar las iglesias, para demostrar su odio al episcopado, sacaron al Obispo por las calles montado en un asno con la cara vuelta hacia la cola del animal. En la misma provincia destruyeron las abadas de la Valasse de San Esteban, de la Trinidad, de Autunay Savigni, Ivry, de San Martn, de San Pedro, y otras muchas iglesias. En Castres demolieron no slo las iglesias sino tres hospitales. En 1569 hicieron una horrible mortandad en Condom. Tambin cometieron atentados en Angouleme, y en Saintes. Pocos aos despus saquearon la Catedral de Piregueux, tambin entraron en la ciudad de Salart y mataron muchos eclesisticos. Muchas fueron las crueldades del Barn des Abretz en Laguedoc, en el Delfinado y en Provenza; pero fueron rivalizadas por las cometidas por Monthrum, Mirabel, y Montgomery. Este ltimo entre otras atrocidades cometi la de haber matado a sangre fra tres mil catlicos en Orthies. En 1562 celebraron los calvinistas un tratado con Isabel de Inglaterra, y en consecuencia le entregaron la ciudad de Havre, que es como la llave de la Francia. ¡Qu buenos muchachos!22 Estos datos se han sacado de la obra titulada Essai historique sur l’Influence de la Rligion en France pendant le Dixseptime sicle par M. Ficet, 1824. Vase tambin Dr. Heylin’s:History of Presbyterianism, y asimismo Laing’s Account of the Episcopaliam persecutions in Scotland. Vase igualmente Catholic Diary of New York, 8th of October, 1835.

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TERCERA PARTEEscritos, documentos y cartas de Flix Varela(1835-1852)

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215 Nueva York 2 de Junio de 1835 Ya tena yo en mi Scrap book la noticia necrolgica sobre el que usted llama muy bien sin igual Caballero, y ya por algunas expresiones haba conocido al autor. Sin lisonja, digo a usted que ha escrito muy bien, pero se le escap muchsimo que ha debido entrar en el ligero bosquejo que usted ha formado. La direccin del Colegio estuvo tres veces en sus manos, si lo hubiera querido, pues Mendoza no hubiera hecho oposicin, si Caballero hubiera consentido en ser Director. Tampoco dijo usted que el seor Espada, que a nadie chiqueaba, siempre que vac alguna canonga, le hizo hablar o habl directamente para que aceptase, hasta que se convenci que era intil proponerle dignidad alguna. Debi usted haber dicho que Caballero fue uno de los hombres de gran mrito, con gran influencia y en constante ejercicio de ella, que han vivido 72 aos y han muerto sus enemigos. Aqu est, querido Luz, aqu est el gran prodigio y el mayor elogio que pueda hacrsele al incomparable Caballero. Debe agregarse que con un carcter semejante al de San Ambrosio, atacaba sin reserva cuanto crea injusto, y tal era su dignidad, tal la idea que todos formaban de su alma grande, que todos sus golpes, lejos de desviar, atraan a los heridos. Jams busc la popularidad, antes procur ahuyentarla, mas ella le persigui siempre y reclamndole como su natural objeto. ¡Cunto podra yo decir! Vamos a lo que ahora debemos hacer para que Caballero viva, no slo en la indeleble memoria de sus virtudes, sino en el saludable influjo de su doctrina. Me vengar con usted y no le escribir ni una sola carta, si se contenta con publicar una lista de los escritos de Caballero. Debe hacerse una edicin completa, sin dejar absolutamente nada, en la inteligencia deEPISTOLARIO DE FLIX VARELA (1835-1839)Carta a Jos de la Luz y Caballero

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216 que todo es oro. Costar trabajo entender algunos manuscritos, mas no por eso deben desecharse, sino hacer una junta de sus discpulos para descifrarlos. A la verdad es difcil encontrar mejor escrito y peor escribiente. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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217Carta a Toms Gener (1835)Mi estimado compaero: Mi primo Agustn entregar a usted esta carta en que me tomo la libertad de suplicar a usted se interese por encontrarle una colocacin. Sabiendo usted todos los antecedentes no creo que debo escribir ms, y slo puedo asegurar a usted que sera un gran consuelo para (m) ver a mi primo colocado. El est pronto a trabajar y va prevenido a no entrar en las ideas vanas del pas, sino aceptar con gratitud cualquiera clase de acomodo que se le proporcione. Mis expresiones a la seora y nios, un beso a la chiquita, memorias a Merced, y usted no olvide ni dude del afecto de Flix Varela(Al pie dice, con letra al parecer de Toms Gener: “Recibida el 11 de junio de 1835”. Nota de la edicin anterior.) (La carta est dirigida al S. D. Toms Gener, Matanzas. Nota de la edicin anterior.)[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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218Carta a Jos del CastilloNew York 18 de Junio de 1835 Sr D. Jos del Castillo Mi estimado amigo: he recibido el dinero para la impresin de la obra que espero estar en la Habana a principio de Noviembre.1Panchito escribe a su madre con esta fha. mas no s si tendr tiempo para escribir a V aunque se lo he encargado. El Seor Llaget ha salido para Francia de donde creo que pasa a Roma. Est muy viejo y temo que no vuelva en lo cual haremos una gran prdida. El que lleva esta carta suplir cuanto en ella omito, por falta de tiempo. Es de V su afmoFlix Varela[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, caja: 421, signatura o nmero: 15.]1 Se refiere a la impresin del 1er tomo de las Cartas a Elpidio.>

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219Carta a Da Guadalupe del Junco de GenerNew York septiembre 3 de 1835 Sra. Da. Guadalupe Junco de Gener. Muy seora ma: Infiera usted el dolor con que he recibido la infausta noticia de la muerte de mi irreparable amigo,1 y permtame usted que no me extienda en expresar sen timientos que renueven los de usted y su familia. Creo sin embargo de mi deber manifestar a usted que mi apreciable amigo vive en mi pecho, y que cuantos le pertenezcan tienen un derecho a mandar en cuanto gusten al que es de usted at. y sego. ser. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942, pp. 61-72.]1 Toms Gener, a quien se refiere Flix Varela, cuando dice “irreparable amigo”, falleci en Matanzas el 15 de agosto de 1835.

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220Carta a Jos del CastilloNew York January 16 1836 S.D. Jos del Castillo Mi estimado amigo: la aprobacin del seor Obispo conservando un ejemplar de mis Cartas a Elpidio confieso que me ha causado una agradable sorpresa. Con todo temo que algun buen intencionado aconseje al Cap General que detenga la obra, que esta no sea recibida segn la pura intencin conque ha sido escrita. Yo no me he atrevido a mandar ni una lnea del 2o tomo a la imprenta hasta no saber si cuento con recursos, los que en caso de obtenerse espero me remita U cuanto antes. Los pobres tenemos que andar con todas estas precauciones. He hablado a Surez sobre colocacin para nuestro Panchito y no perderemos momento. Es de U su aftmo Flix Varela[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, caja 364, signatura o nmero 19.]

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221Carta a sus hermanasNew York 12 de abril de 1836 Mis queridas hermanas: Despus de las fatigas de mi ministerio en la Semana Santa me hallo perfectamente bueno y con nimo para emprender nuevos trabajos. No pueden ustedes figurarse lo fuerte que estoy. En cuanto a novedades mi vida es montona y nada tengo que noticiar y acaso ser porque no me apuro por saber lo que pasa en el mundo, seguro de que no es ms que lo que yo s que debe pasar segn la perversidad y miseria de los hombres. El seor Obispo me ha entregado otra Iglesia en lugar de la que se quem. El ttulo es La Transfiguracin, y as cuando me escriban pongan el sobre en los trminos siguientes: Rev. Flix Varela Pastor of Transfiguration Church Chamber Street New York. Hago esta advertencia porque voy a mudarme el mes entrante y no me acuerdo ahora del nmero de la casa, pero en dirigiendo las cartas a la Iglesia llegarn a mis manos. Memorias a toda la familia y con especialidad a tu amanuense. No hay que olvidarse de Flix[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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222Carta a sus hermanasNueva York, enero 20 de 1839 Mis queridas hermanas: Sin duda me habrn ustedes cortado muchos vestidos por mi silencio, pero yo los he usado todos y ya estn rotos, sirviendo de indicante esta carta. He visto en papeles de esa ciudad que se corri en ella la noticia de mi muerte. Es la segunda vez, y dicen que a la tercera va la vencida. Sin embargo yo me hallo mejor que nunca, y no s en qu pudieron fundar semejante noticia. Nada s de Carlota ni de sus hijos, y as me alegrara que me diesen alguna noticia de ellos. Esperando carta de ustedes las recuerda con invariable cario su hermano Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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223Carta a Jos de la Luz y Caballero (5 de abril de 1839)Mi estimado Luz: Esperan esta carta por momentos. Solo tengo tiempo para dar a U las gracias por los clrigos y suplicarle (como buen pedigeo) que me mande un ejemplar de su Memoria sobre la enseanza de la lgica antes de la Fsica. Cuanto deseo que publique U sus comentarios sobre [ilegible] Vengan, vengan, vengan... No he recibido carta alguna ni papeles remitidos por Ariosa (aunque U me los anuncia) y creo que se habrn perdido. Sin embargo un pasajero ha dicho aqu que estn de venta las cartas a Elpidio, eso es cuanto s de ellas. Queda de U su afmo Flix Varela[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, legajo 604, signatura o nmero 41.]

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224Carta a Jos de la Luz y CaballeroNueva York 5 de junio de 1839 S.D. Jos de la Luz. Mi estimado amigo: Cuando vino Justiz me escribi usted que l me informara acerca de mis Cartas a Elpidio y mis aparatos para los hospitales, y el informante dijo que no haba recibido informes y que nada saba: ltimamente me escribe usted recomendndome al seor Santurio y advirtindome que dicho seor me informara, pero l dice como Justiz que nada sabe. Me insina usted que procurar mover a los doctores para otro ensayo; mas si el primero no ha correspondido, no es probable que corresponda el segundo (como acaso se habr usted desengaado) y as agradecindole a usted el empeo que ha tomado, y pidindole me dispense tanta incomodidad le suplico que haga pedazos los tarecos o sean aparatos y punto concludo. Me ha faltado el acierto mas no el deseo de ser til a la humanidad doliente. En cuanto a las desgraciadas Cartas a Elpidio le suplico a usted encarecidamente que vea cuanto antes al doctor Surez por si acaso no ha recibido una carta que le escrib hace muy pocos das, y que le diga que sin prdida de momento me mande todos los ejemplares para ver si puedo venderlos en otra parte o quemarlos, para sacar cualquier cosa con que pagar los gastos de impresin. Estoy apuradsimo (como usted no puede figurarse) y es justo castigo de mi tontera en meterme a escritor, y lo que es ms a editor sin fondos. De veras que si hubiera de escribir el tercer tomito que deba tratar del fanatismo me bastara observarme a m mismo, pues soy el primer fantico, puesto que casi siempre me he lanzado a hacer el bien sin tener medios para ello. A los cuatro meses o ms de haber mandado mi obra a la Habana nada se de ella! Esto me hace creer que ha tenido mala suerte. No he acabado de leer la Memoria1 aunque hace dos o tres das que la he recibido, y ella no es muy larga. Tantas han sido mis ocupaciones! En otra carta manifestar lo que pienso acerca de ella, pues que usted as lo quiere. Slo puedo anticipar que lo poco que he ledo me ha gustado mu-1 Se refiere al trabajo titulado: Filosofa. Cuestin de Mtodo. Si el estudio de la Fsica debe o no preceder al de la Filosofa. Contestacin-Habana 18 de junio de 1838. Este artculo, el primero que sobre ese asunto escribi Luz, apareci en las Memorias de la Sociedad Patritica de la Habana, tomo VI, Habana 1838, pp. 328-333 y 333-352

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225 cho, como todas las obras de usted, y que acaso convenimos en opinin, mas por razones muy distintas, sin embargo de reconocer la fuerza de las que usted alega. No me deje usted a oscuras sobre Cousin. Mndeme siquiera un extracto de sus observaciones sobre la doctrina de ese idelogo moderno. Es de usted como siempre su afmo. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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226Carta a Jos de la luz y CaballeroNew York 18 de julio de 1839 S.D. Jos de la Luz Mi estimado amigo por fin s ya la desgraciada suerte de mis cartas a Elpidio, y espero que V. tenga la bondad de noticiarme los pormenores de este negocio. Hllome como V. puede inferir en el mayor compromiso para pagar los gastos de la impresin. Si me quedasen amigos en la Habana me atrevera a suplicar a V. que promoviese una suscripcin como por va de limosna para hacer ms llevadera la suerte de un autor derrotado, pero acaso sera un esfuerzo intil. Es claro que si yo tuviese un nmero de amigos capaz de favorecerme, no hubiera sido tan desgraciado mi pobre librito; pues sabiendo mi situacin lo hubieran comprado aunque fuese para arrojarlo al fuego. Yo continuar escribiendo a V. y a un corto nmero de personas que no ha variado, pero suplico a V. que jams diga que recibe cartas mas, ni miente mi nombre para cosa alguna. Yo escrib cediendo a mil instancias de mis amigos, que me hicieron creer que casi haba un clamor popular pidiendo el 2do tomo de mis cartas. En vez de ese clamor me encuentro con un testimonio pblico de desaprobacin popular; y despus de un golpe tan tremendo no debo presentarme ms en el pblico habanero. Me retiro como escrib a V. en esa mi anterior, s, me retiro del campo literario por lo menos del habanero y por tanto si acaso me determino a escribir algo (que espero no llegara el caso) lo har en trminos que todo el mundo conozca que no intento escribir para la Habana. Cuidado mi amigo, pues segn el adajio cuando veas afeitar las barbas de tu vecino hecha las tuyas en remojo. A m me han hechado a empellones conque cuidado, cuidado... Siempre es de V. su afmo. Flix Varela P:D: Cuando lleg el 2do tomito de mis aburridsimas cartas a Elpidio me escribi que Ariza pensaba escribirme, agregando que tendra la bondad de mandarme una gua de forasteros —si lleg a efectuarlo dgale que no ha llegado a mis manos, y que hace ms de 6 meses que no tengo carta suya. He dirigido al Joven Garca al Colegio de los Jesutas de Georgetown dndole al S. de Solan una carta para un ntimo amigo que tengo en otro establecimiento.[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, legajo 604, nmero 41.]

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227Carta a Jos de la Luz y CaballeroNueva York 23 de agosto de 1839 Mi estimado Luz: He recibido los 300 pesos que usted colect y llegaron a tiempo que una demora de pocos das me hubiera puesto en un terrible compromiso. Gracias mi amigo, s, una y mil veces gracias. El censor no despacha el artculo porque es mo, la materia de que trata es de tal naturaleza que en nada puede comprometer las regalas ni la tranquilidad pblica. Tenga usted la bondad de recogerlo, si como supongo, no lo ha despachado. Si hubiera de imprimirse yo le suplicara a usted que le hiciera una corta adicin para presentar un hecho que ignoraba, y es que el ao pasado sufrieron martirio en China un misionero francs de la Dicesis de Portier y un catequista chino. Presentronles una Cruz exigiendo de ellos que la pateasen en presencia de los jueces, y habindose negado a tanta impiedad, les hicieron sufrir muchos tormentos, y al fin les dieron muerte y dividieron sus cadveres en cuatro partes que arrojaron a grandes distancias en la direccin de las cuatro partes del mundo para impedir que resucitasen como ellos decan que resucit Jesu-Christo. Suplico a usted que me diga con franqueza por qu han sido mal recibidas mis Cartas a Elpidio. Es por las doctrinas que contienen? Es por el modo de presentarlas? Es por mero odio al autor? En este ltimo caso quisiera saber la causa de un odio tan inesperado en vez del aprecio con que me honraban mis paisanos. El Juez eclesistico ha aproblado la obra, el Gobierno la ha permitido pues de otra suerte no se atrevera Surez a venderla, y sin embargo la venta no se anuncia en los papeles, y aunque bien pblica por otros medios, no se consigue sino en un corto nmero de ejemplares. Yo no s cmo entender este negocio, y le estimara que usted se sirviese explicrmelo. Al fin, el desprecio con que han sido miradas mis Cartas a Elpidio, que contienen mis ideas, mi carcter, y puedo decir que toda mi alma, es un exponente del desprecio con que soy mirado. Y por qu cree usted que le escribo esto? Por va de duelo o de queja tonta? No mi amigo, yo reconozco en los pueblos una inmensa superioridad sobre los individuos, y un derecho a preciarlos, o a negarles su aprecio sin reclamo alguno. Dirgese, pues, mi observacin a un objeto muy distinto y es manifestar la gran ventaja que he sacado de este acaecimiento. En primer lugar he adquirido el inestimable tesoro del desengao, y en segundo un complemento de libertad de que

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228 careca. Yo siempre he credo que las circunstancias en que el hombre se halla le imponen un deber de hacerlas valer en cuanto pueda para su propio bien y el de sus semejantes; y as es que mientras crea tener algn influjo para hacer el bien en ese pas, siempre me pareca que haca poco, y no teniendo otros momentos que consagrarle que los de mi reposo, me privaba de ste para cumplir una obligacin. Dicho influjo se ha visto que era quimrico, y si en algn tiempo fu real, ya no existe, y heme aqu totalmente libre, y sin lazos particulares con ningn pas de la tierra, s, heme aqu entregado a un egosmo justo y racional pues consiste en dar gusto a mis semejantes que as lo quieren. Yo soy mi mundo, mi corazn es mi amigo, y Dios mi esperanza. Mndeme usted aunque sean unos ligeros apuntes que contengan sus ideas sobre la doctrina de Cousin. Mientras usted no me d gusto en esto, no se ver libre de que le mortifique repitiendo mi peticin. Nunca he llegado a saber si lleg la caja de letras de imprenta que por encargo de usted remit al seor Palma. Santos Surez me dice que sin duda se ha recibido, pero no ha tenido informe expreso sobre la materia. Es de usted su afmo. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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229Carta a Jos de la Luz y Caballero15 de octubre de 1839. Nv York J.D. Jos de la Luz Mi estimado amigo: D. Carlos Hernndez me trajo la carta que U me remiti para su hermano D. Rafael al cual no he visto. En dicha carta ofreci V. informes, y advierto que es la cuarta promesa. He recibido los ejemplares de mis cartas a Elpidio que me devolvio Surez.Tenga V. la bondad de decrselo por si no recibe carta ma. Yo ignoraba que V. es Director de la Sociedad y vine a saberlo por un artculo de las Memorias. Como tal podr V. informarme sobre el proyecto de la catedra de Mecnica aplicada a la Agricultura, pues advierto que ha sido objeto de uno de los programas.Los programas qu bueno! Le aseguro a U que he tenido el mayor placer al leerlos. -Deseo y espero que los aspirantes a los premios llenen las intenciones de los proponentes. Materialmte espera un individuo que yo concluya esta carta para llevarla al que debe conducirla y as debo terminarla ofreciendo a V. nuevamente el buen afto de su invariable Flix Varela[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, legajo 604, signatura o nmero 41.]

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230Carta a Jos de la Luz y CaballeroNueva York 12 de noviembre de 1839 S. D. Jos de la Luz. Mi estimado amigo: Cuidadito a quien da usted cartas de recomendacin... Yo me atrevera a aconsejarle que no diese algunas a no ser para algn muchacho que venga a educarse. No puedo decir ms, pero crea usted que tengo razn para hacer esta advertencia. Yo sentira sin embargo que usted pensase mal de algunos de sus recomendados en particular. Al fin el punto es delicado. Suplico a usted encarecidamente que si conserva los manuscritos del Dr. Caballero busque en ellos una disertacin sobre varias misas y entre ellas la de Santa Vernica. Yo la tengo copiada pero desgraciadamente se me han perdido las ltimas hojas. Si usted me remitiese una copia completa me hara un gran servicio, y yo lo espero de la amistad de usted que siempre ha sufrido mis majaderas. Quedo de usted su afmo. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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231 New York, mayo 1. 1840 S.D. Jos de la Luz Mi estimado amigo aun no he tenido tiempo para leer los impresos en que se contiene la discusin de V con Valle. Este nunca me ha escrito sobre la materia, y mal pudiera V. creer que desease mi intervencin, cuando su empeo es desterrar mis lecciones de FilosofaAl fin los (roto) sirven para purificar la atmsfera. Coba me dice que su hermano que es librero en esa ciudad propuso comprar todos los ejemplares de las Cartas a Elpidio, y que no se las vendieron porque se esperaba sacar ms ventaja. Como ya est visto que no tienen salida me atrevo a incomodar a V suplicndole que se vea con Surez para que si no tiene otro inconveniente se las venda a cualquier precio, pues estoy seguro de que Coba las har correr que es mi objeto. Visto que quieren que yo escriba un tratado de religin para el uso de las escuelas lo escribir cuanto antes, pero temo los resultados, por ms que Hernndez se ha empeado en desviar mis sospechas. Queda de V su afmo. Flix Varela.[Archivo Nacional de Cuba. Fondo Donativos y Remisiones, legajo 604, signatura o nmero 41.]POLMICA FILOS"FICACarta a Jos de la Luz y Caballero

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232Carta a Jos de la Luz y CaballeroN. York, 21 de octubre de 1840 Mi estimado Luz: Al pobre de Cousin no le queda hueso sano, pero es la verdad que hubiera querido que fuese menor el nmero de las fracturas, principalmente las que tienen por objeto demostrar su pasin contra Locke. Sin embargo, V. me dir que cuando se trata de dar una paliza, ms vale darla por completo, para que no quede duda. No quisiera que tomase V. con tanto empeo las cuestiones, pues aunque V. dice en una de sus notas que est determinado a combatir hasta la muerte; sus amigos, que somos todos los amantes de su patria, no estamos resignados a que V. acelere el trmino de su interesante vida, y esto lo queremos ms por nosotros que por V. mismos. Deseo sin embargo ver concluida la obra que V. ha empezado y cuyo primer cuaderno ha tenido la bondad de remitirme, pero se entiende sin menoscabo de su salud. Advierto que se ha vuelto V. muy mdico y que funda V. casi todo en la fisiologa. Creo que es terreno arenoso, segn el reconocimiento que de l han hecho sus peritos propietarios; as creo que tendr V. que cavar mucho para echar buenos cimientos. Lo que no comprendo es cmo quiere V. (y lo mismo vuestro amigo Hernndez) hacer la religin fisiolgica ¡Un dios fisiolgico! Una trinidad fisiolgica! Una eucarstica fisiolgica! Una gracia fisiolgica! No lo comprendo! Aunque hablsemos slo de los medios de conocer estos misterios, no alcanzo qu conocimiento fisiolgico pueda conducirnos al conocimiento de la Trinidad, de la Eucarstica, ni de la Gracia. Aun en cuanto la moral, estoy seguro que todos los fisilogos del mundo no ensearon una moral ms sana que la de los Padres de la Iglesia y ninguno de ellos fue fisilogo, ni quiera Dios que la moral tenga por maestros a los fisilogos que no se entienden s mismos y varan la ciencia casi cada ao. Y ya ve V. como se ha corrido la pluma. Estoy por romper la carta, pero vaya, pues la amistad de V. lo dispensar todo, no dudando del buen afecto de constante amigo de Flix Varela[Revista Cuba y Amrica, junio de 1899.]

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233Carta a AnastasioNueva York octubre 22 de 1840 Mi querido Anastasio: Viejecito: te incluyo la carta1 que te ofrec, para que hagas de ella el uso que quieras, retenindola o dejndola como segn creas conveniente. Debo advertirte que tengo sospechas de que teniendo que valerme de amanuense, o mejor de copiante, han sacado otra copia y mandndola a la Habana sin consentimiento mo. Eso no es ms que una sospecha. Poco importa pues si al fin la imprimen, slo sabrn cmo piensa un hombre arrinconado y nada ms. Tuyo F. Varela.[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]1 Debe referirse, sin duda, a la de igual fecha, dirigida a un discpulo suyo, relativa a la polmica sobre el colectivismo de Cousin, que public por primera vez Jos Manuel Mestre en su discurso De la Filosofa en la Habana el ao 1862, y que reprodujo Jos Ignacio Rodrguez en su Vida del Presbtero Don Flix Varela, Nueva York, 1878.

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234Carta a un discpulo sobre su posicin ante la polmica filosficaNueva York, 22 de octubre de 1840 Querido A: Mi silencio respecto a las cuestiones filosficas que hace tiempo llaman la atencin del pblico en esa isla, no es ms que una medida prudente. Toda intervencin de mi parte podra mirarse como un reclamo de mi antiguo magisterio, que si nunca hice valer cuando casi todos esos contendientes reciban mis lecciones, mal podra pretender ejercerle cuando se hallan a la cabeza de la enseanza de que yo me he separado. Mas tus instancias son tales y tan repetidas, que al fin voy a manifestarte lo que pienso. Tres son los puntos controvertidos: 1o Si la enseanza de la Filosofa debe empezarse por la Fsica o por la Lgica; 2o Si debe admitirse la utilidad como principio y norma de las acciones; 3o Si debe admitirse el sistema de Cousin. En cuanto al primer punto, reflexiona que las ciencias pueden considerarse en s mismas, o en el mtodo de ensearlas; y aunque este debe fundarse en las relaciones de aquellas, es vario en el modo de aplicarlas. Siendo la Lgica la ciencia que dirige el entendimiento para adquirir las otras, es claro que debe precederlas, o por lo menos acompaarlas, pues lo contrario sera lo mismo que aplicar la medicina, cuando ya el enfermo est sano, o traer una antorcha para alumbrar el camino cuando ya el viajero ha llegado a su trmino. Por consiguiente, los que defienden que debe empezarse por la Lgica han considerado las ciencias en s mismas, y su argumento es incontestable. Mas las relaciones de la Lgica con las dems ciencias pueden irse aplicando a un objeto determinado, o ensear de un modo prctico, lo cual equivale a ensear la Lgica simultneamente con otra ciencia, aunque el discpulo no perciba el arte con que es conducido. Entonces se aplica la medicina por grados, segn lo requiera la enfermedad, y la antorcha acompaa al caminante y alumbra el campo aunque no es percibida. Por consiguiente, los que quieren que se empiece por la Fsica no pretenden que sta se ensee antes que la Lgica sino con el auxilio de ella, como un mero ejercicio lgico en que el entendimiento es guiado sin sentirlo, y adquiere un hbito que luego le facilita la inteligencia de los preceptos lgicos, o la ciencia lgica formada en sistema por los hombres. No hay duda de que adems de la Lgica natural de que siempre se ha hablado, y que consiste en la facilidad de percibir los errores por luz de

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235 razn, hay otra que podemos llamar de educacin, social y cientfica, y que es el resultado de una continua rectificacin del espritu por experiencia propia, y por las indicaciones de los otros, que al fin viene a producir un hbito de acertar. Sucede lo mismo que con la Gramtica, que puede uno aprender a hablar perfectamente, sin estudiar sus reglas, si tiene quien le corrija todos los defectos; pero nunca hablar bien sin conformarse a ellas, aunque el mismo no perciba esta conformidad. Propiamente hablando, no diramos que aprendi sin reglas, sino que aprendi las reglas, sin saber que las aprenda, por no haberlas recibido en un orden sistemtico. Por tanto, la cuestin no debe presentarse preguntando, si se ha de ensear la Fsica antes que la Lgica, sino si la Lgica debe ensearse junto con la Fsica, de un modo prctico, y meramente preparatorio, sirviendo los objetos fsicos para los ensayos lgicos. Bien advertirs que ya estamos en un campo muy diferente y que de un golpe nos hemos desembarazado de todos los argumentos deducidos de la naturaleza de la Lgica, ora para que preceda en el orden de estudios por ser la antorcha de las ciencias, ora para que se posponga por ser abstracta y menos agradable. En realidad no se anticipa ni se pospone, aunque los sistemas cientficos, o cuerpos de doctrina formados por los hombres, se anticipen, o se pospongan. Es tambin claro que la Lgica, aun como sistema filosfico, o conjunto de reglas y observaciones, puede ensearse con toda perfeccin, antes de ensear Fsica u otra ciencia alguna, pues el profesor, si sabe ensearla, encontrar mil objetos sensibles y de fcil comprensin que le sirven de ejemplo en sus explicaciones y de ejercicio a sus discpulos. Nunca podra establecerse como regla, que el que no estudia primeramente la Fsica, no puede estudiar Lgica, o no puede por lo menos estudiarla con facilidad. Por esta razn, en las Universidades y otros institutos en que se ensea la Lgica despus de la Fsica, no se exige certificacin de haber estudiado sta para empezar el estudio de aquella. En muchas partes se ensean simultneamente; y si no estoy equivocado, aun nuestro Don Jos de la Luz lo practic as, y acaso lo practica. Acurdome que cuando me escribi que enseaba la Fsica antes que la Lgica, le contest que encontraba en ello una ventaja, y es que los estudiantes prefieren el estudio de la Fsica por ser ms agradable, y as se les forma el gusto, ensendoles al mismo tiempo la Lgica sin que lo perciban. Luego venimos al ltimo resultado, y es que no yerran los que ensean la Lgica antes que la Fsica, ni los que ensean aquella sirviendo sta de ensayo; y he aqu terminada la cuestin. En cuanto a las obras elementales, creo que debemos pensar de un modo diferente, pues sas, aunque se destinen al uso de las escuelas, de-

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236 ben escribirse como si el estudiante no tuviese otra gua, y por consiguiente deben seguir el orden que en s tienen las ciencias, empezando por la Lgica. Y he aqu por qu yo no he alterado el orden de mis Lecciones de Filosofa, dejando a los profesores que hagan el uso que quieran de ellas, posponiendo si les parece el primer tomo, y empezando por el segundo. La segunda cuestin queda resuelta luego que se analizan sus trminos. Trtase de encontrar la primera norma de la moralidad que mide y arregla y no es medida ni arreglada, pues en tal caso no sera primera: luego la utilidad que es medida y arreglada no puede ser la norma que buscamos, y slo es el resultado de la comparacin de las acciones con dicha norma, siendo la utilidad verdadera o aparente, segn que se conforma o se opone a ella. Advierte que los defensores del principio utilitario responden a las objeciones, diciendo que todas provienen de confundir la utilidad ilegtima con la verdadera; luego ha de haber una norma para evitar esta confusin, y dicha norma es la primaria. La idea de la utilidad de un objeto, es el resultado de un anlisis y una sntesis, y viene a ser como el producto en una multiplicacin. Dira un matemtico que los productos verdaderos, o bien sacados, son la norma de la multiplicacin? Seguramente que no. Antes dira que aplicando la norma o regla sacamos los productos y averiguamos si son exactos; pues lo mismo debe decirse de la utilidad. Sin embargo, como siempre operamos por una razn de bien, o por una utilidad, es cierto que nuestras acciones se dirigen por ella, y que es la norma inmediata o secundaria, que no sirve de prueba de la moralidad sino en cuanto conviene con la norma primaria. Para valerme nuevamente de un ejemplo sacado de los matemticos, comparar la que llamo norma secundaria con las tablas de logaritmos, que efectivamente sirven de norma en los clculos para abreviar las operaciones; pero estn formadas por otra norma, y son el resultado de otras operaciones que forman el verdadero fundamento de los clculos. Creo que ha dado ocasin a la disputa el haber confundido la norma primaria con la secundaria, y que examinando la materia con tranquilidad, podran avenirse los contendientes. Siempre se ha dicho que el hombre opera segn alguna razn de bien; que ste es real, si se conforma con la naturaleza de las cosas, y por consiguiente con la voluntad divina, que es el origen de ella, y aparente si se la opone, siendo tambin por la misma razn contrario a aquella: y que las acciones que tienen por objeto un bien real son justas, y las que se dirigen a un bien aparente, viciosas. Tambin se ha dicho siempre, que para graduar la bondad de los actos debemos considerarlos en todas sus relaciones, y que cualquiera equivocacin en este punto nos har tener por buenas las acciones malas, y al contrario.

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237 Jams ha habido un filsofo que se atreviese a negar que un bien real es una utilidad verdadera, y que un bien aparente es una utilidad falsa. Si omos a los defensores del sistema utilitario, nos dirn que la verdadera utilidad no depende del capricho de los hombres, ni del vil inters, sino que se deduce del examen de la naturaleza de los objetos, y siempre es conforme con la voluntad divina; y que la verdadera utilidad es un bien real, y por esta razn, y no por otra, la presentan como la norma de las acciones, pues como filsofos estn bien lejos de oponerse al bien real, o querer mal para los hombres. Por consiguiente, en sustituyendo la palabra utilidad a la palabra bien, o al contrario, todos los contendientes expresarn unos mismos pensamientos, auque el lenguaje sea diverso. Mas por desgracia la cuestin ha tenido un objeto imaginario y se ha hecho interminable. Los que atacan el sistema utilitario dan por sentado que la utilidad se grada al capricho, o segn un inters puramente individual; pero los defensores de dicho sistema responden que eso es una equivocacin. Mas estos mismos acusan a sus contrarios de proceder neciamente fingiendo deberes imaginarios, sin consultar la verdadera utilidad, esto es, sin contemplar la naturaleza de los objetos; y a su turno reciben por respuesta que eso es tambin una equivocacin. Y he aqu como unos y otros estn dando palos al aire. Sin embargo, de que estoy persuadido de que es una misma la doctrina de ambos partidos, debo confesar que no me ha gustado la introduccin del trmino utilidad, que dejando las cosas como estaban les ha dado un aspecto sospechoso. Creo que la experiencia justifica mi asercin. Expresando las palabras bien real y utilidad verdadera una misma idea, convendra no usar las ltimas que producen confusin, y an si se quiere, expresan doctrinas contrarias. Francamente digo, que es absurda la que d el nombre de verdadera a una utilidad que sea contraria al bien real. Pero estoy seguro de que ninguno de los defensores del sistema utilitario en la Habana est en este ltimo caso; y as creo que la disputa es de palabra. En cuanto al sistema de Cousin, creo que tambin puede haber un acomodamiento, si prescindimos de los errores particulares que puede tener el autor, como nos sucede cuando prescindimos de los gravsimos que cometi Aristteles, a quien puede considerarse como el padre del sensualismo. El pantesmo de Cousin se deduce de algunas proposiciones de este autor esparcidas en sus obras; pero no es hijo de su sistema, que slo viene a ser un espiritualismo, lo cual seguramente no es cosa nueva. No puedo menos de admirarme de que Cousin haya hecho tanto ruido, cuando no ha hecho ms que repetir lo que otros han dicho; pero al fin debo ceder a la experiencia y confesar que hay nadas sonoras. Redcese, pues, toda la cuestin a dejar

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238 que Cousin y sus partidarios defiendan las ideas innatas, o las puramente intelectuales que no son innatas, pues su objeto no se representa por imgenes sensibles. A cualquiera de estos dos sistemas que se reduzca el cousinismo, debe desecharse, segn mi opinin; pero no debemos alarmarnos porque otros lo sigan. Puede decir que cuando estudi Filosofa en el Colegio de San Carlos de la Habana era cousiniano, y que antes lo fueron todos los discpulos de mi insigne maestro el Doctor Don Jos Agustn Caballero, que siempre defendi las ideas puramente intelectuales, siguiendo a Jacquier y a Gamarra. El Seor O’Gaban que le sucedi, y con quien acab mi curso de Filosofa, vari esta doctrina, admitiendo la que ahora con un terminito de moda llaman sensualismo. Y yo que le suced en la Ctedra, siempre lo ense, aunque sin tanto aparato. Hubo, pues, una poca en la Habana en que se enseaba en la Universidad el sensualismo absoluto, en el Seminario el sensualismo que podemos llamar moderado, porque admita algunas ideas puramente intelectuales, y en el Convento de San Agustn las ideas innatas, porque seguan a Purchot. Ya ves que la cuestin no es nueva. Distingamos a Cousin de los cousinianos, y no atribuyamos a stos los errores de aqul, as como no atribuimos a los aristotlicos los errores de Aristteles. Sea o no pantesta Cousin, estoy seguro de que lo sern muy pocos, y acaso ninguno de los cousinianos. Si por desgracia llegan a admitir un error tan funesto, atqueseles con firmeza, como pantestas, mas no como cousinianos. En cuanto al sistema en s mismo, repito que debe reducirse a un innatismo, o a un espiritualismo; pues, o quiere Cousin que todas las ideas estn en el alma, y sta las despliegue, por decirlo as, segn las Circunstancias, y he aqu el innatismo; o pretende que, sin estar las ideas previamente en el alma, sta las forma sin imgenes sensibles, y he aqu el espiritualismo. No concibo un trmino medio, a no ser que se admita el sensualismo y se destruya todo el sistema cousiniano. Ahora bien, te suplico que recuerdes lo que escrib en mi primer curso filosfico1 sobre la cuestin acerca del origen de las ideas, e inferirs cun intil la considero. Estoy tan convencido de su inutilidad, que en mi segunda obra, (pues como tal considero mis Lecciones de Filosofa) ni siquiera me detuve en ventilarla, porque me pareci que el1 No s si tendrs algn ejemplar de este curso. Escrib la Lgica y la Metafsica en Latn, segn la costumbre de aquel tiempo, y deba servir para el Seminario de la dicesis de Santo Domingo, cuyo Arzobispo el Seor Varela me encarg el trabajo. Imprimise en la Habana, en la imprenta de Gil, en 1812, con el ttulo de “Institutiones Philosophiae eclecticae” sin nombre de autor. Despus ense por ella cuando obtuve la Ctedra del Seminario de la Habana, y entonces escrib el tercer tomo en castellano, por habrmelo permitido el Illmo. Espada.

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239 mayor servicio que poda hacerle a mis discpulos, para quienes nicamente escriba, era conservarlos en la ignorancia de semejante cuestin, o mejor dicho delirio, que ni dirige el entendimiento, ni rectifica el corazn. Acurdate de la regla de mi Lgica, que siempre he observado, y es, que toda cuestin que, resulta afirmativa o negativamente, de un mismo resultado en la prctica, debe desecharse. Lo mismo dirige el entendimiento para la adquisicin de las ciencias un innatista que un sensualista, y as no importa mucho decidir cul de los dos sistemas es verdadero, y la cuestin debe considerarse como objeto de una curiosidad filosfica. Sin embargo, en el primer curso la resolv estableciendo la siguiente proposicin: Todos los filsofos deben convenir acerca del origen de las ideas, o todos defienden un absurdo. Para probarla, supongamos que se presenta un cartesiano y dice: “Hay ideas que se adquieren naturalmente y sin estudio.” Un lockiano conceder esta proposicin, y tambin lo har cualquiera defensor de las ideas puramente intelectuales. Venga ahora un lockiano y diga: La idea de Dios se adquiere por los sentidos, porque ellos nos excitan a su formacin”, y el cartesiano lo conceder, porque l ensea que las ideas, aunque innatas, se excitan o despiertan por los sentidos; y tampoco lo negar el que admite ideas puramente intelectuales, pues por ellas nunca ha entendido que no puedan excitarse por los sentidos, sino que no pueden representarse por ellos. Supongamos ahora que viene un defensor de este ltimo sistema y afirma que la idea de Dios no puede representarse por imagen corprea, y que en este sentido es puramente intelectual; y el cartesiano, y el lockiano convendrn en ello. Resulta, pues, que todos estn de acuerdo en que “hay ideas evidentes que se adquieren sin trabajo; que hay ideas cuyos objetos no pueden representarse por imgenes corpreas, pero que podemos excitarnos a formarlas por la accin de los sentidos”. He aqu una conclusin formada de lo que cada partido afirma y los otros conceden: he aqu todos los filsofos de acuerdo. Pero supongamos que un cartesiano dice que la idea de Dios siempre ha estado presente en nuestra alma desde el momento en que fu creada, o que dicha idea estaba como escondida en el alma, y slo se manifest cuando fu excitada, esto es, que estaba y no estaba. He aqu un absurdo. Supongamos que un lockiano dice que la idea de Dios se puede pintar por imagen corprea: he aqu otro absurdo. Luego, resulta que todos sostienen un absurdo, as que se desvan de la proposicin en que todos convienen. Luego, queda probada la primera proposicin, esto es, que todos los filsofos convienen acerca del origen de las ideas, o todos defienden un absurdo. Debemos, pues, dejarlos en paz, o como defensores de verdades evidentes, o como apasionados que no perciben absurdos tan palpables. Creo que estas reflexiones bastan para que no nos ocupemos del cousinismo como

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240 sistema; y por lo que hace a los errores de Cousin dejrselos en su entendimiento, y si alguno los defiende bastar para confutarlos repetir las slidas impugnaciones que en todas pocas han recibido, pues seguramente no venimos ahora a impugnar por primera vez el pantesmo, o el sistema de emanacin en lugar de la creacin. No son los ateos bichos nuevos en el campo aparente filosfico, aunque en el real no se cree que hayan jams existido. De aqu no infieras que atribuyo estos enormes errores a Cousin, sino que est, justa o injustamente, acusado de ellos, y all se las parta: yo no quiero constituirme su acusador, ni su defensor, ni su juez. Tambin ha llamado la atencin Cousin reviviendo el principio de autoridad filosfica y reunindolo con el eclecticismo, siendo enteramente contrarios, pues el que cede a una autoridad no tiene eleccin. Sin embargo, sospecho que ha empleado estos trminos en muy distinto sentido, y que al fin es un juego de voces. Indceme a formar este juicio una proposicin de mi amigo y discpulo Don Manuel Gonzlez del Valle, que dice: Como no hay progreso sin tradicin doctrinal de los que nos han antecedido en la historia de la ciencia, la autoridad es el lazo que nos une con el pasado. S que Valle se ha entregado por mucho tiempo al estudio de las obras de Cousin, y que es su partidario acrrimo, por cuyo motivo debo creer que la proposicin es enteramente cousiniana. De ella, sin embargo, se infiere claramente que la autoridad filosfica slo tiene por objeto certificar lo que han escrito los filsofos, mas no obligarnos a admitir sus doctrinas, pues entonces no podra haber progreso como supone la proposicin, sino que por el contrario tendramos una Filosofa estacionaria. Aunque convengo en que la tradicin doctrinal puede servir para el progreso de las ciencias, no me parece que es absolutamente necesaria, pues la mayor parte de las invenciones y los mejores sistemas no se han fundado en doctrinas precedentes. Sirvan de ejemplo de atraccin de los cuerpos y el movimiento de la tierra. Me persuado, pues, que mi amigo Valle no quiso presentar su proposicin como universal, aunque los trminos en que est concebida pueden inducirnos a creer que lo es, sino que habla de lo que generalmente sucede. Mas supongamos que Cousin quiere que no haya progreso alguno, sino que slo aprendamos a repetir: supongamos que quiere establecer el Magister dixit pitagrico, y al mismo tiempo un eclecticismo monstruoso que consista en amalgamar todas las doctrinas que nos transmite la historia filosfica, crees, querido amigo, que semejantes absurdos merecen refutarse? Y si Cousin no los ha enseado, y sus discpulos no los ensean tampoco, para qu fin atriburselos? No ms de Cousin. Ocupmonos ahora de los contendientes habaneros, y he aqu una de las pocas veces que me he ocupado de personas; pero conozco su gran mrito, los amo tiernamente, y ms que a ellos amo a mi patria, y por tanto

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241 quisiera que el raudal de sus conocimientos corriese ms lentamente para que regase y no destruyese las hermossimas flores que en el campo de la juventud cubana han producido y producen sus desvelos. Deseara que mutuas y sencillas explicaciones produjesen una reconciliacin filosfica, o que si desgraciadamente continuase la disputa, no continuase por lo menos el espritu que hasta ahora la ha conducido. Pero al fin stos no son ms que los votos de un pobre clrigo que a lejana distancia se complace en pensar en lo que convendra a su patria. Escribiendo a un discpulo mo, creo poder concluir esta carta refiriendo algunas ancdotas de mi carrera filosfica que dieron origen a la aversin que tengo a las disputas e investigaciones especulativas. Mi discpulo Don Nicols Manuel de Escobedo, que tena entonces 15 16 aos, me lea diariamente, y notando algunas cuestiones especulativas (que generalmente son el fundamento de los partidos) me pregunt con su natural candor y viveza: Padre Varela para qu sirve sto? Confieso que me ense ms con aquella pregunta que lo que yo le haba enseado en muchas lecciones. Fue para m como un sacudimiento que despierta a un hombre de un profundo letargo. ¡Qu imperio tienen las circunstancias! Nada ms me dijo, y me hizo pensar por muchos aos. Poco despus form un elenco en que an tena varias proposiciones semejantes a las que llamaron la atencin de Escobedo, bien que yo no perciba su semejanza, y cuando se le present al Seor Espada, le dijo ste a su Secretario: Este joven catedrtico va adelantado, pero aun tiene mucho que barrer; y le hizo notar como intiles precisamente las proposiciones que yo crea ms brillantes. Tom, pues, la escoba, para valerme de su frase, y empez a barrer, determinado a no dejar ni el ms mnimo polvo del escolasticismo, ni del inutilismo, como yo pudiera percibirlo. Acaso esta mana de limpiar que he fomentado por tantos aos, influye en el juicio que formo del estado de la Filosofa en la Habana; pero segn mi costumbre, lo expresar con franqueza, y es que en el campo que yo chape (vaya este terminito cubano) han dejado crecer mucha manigua (vaya otro); y como no tengo machete (he aqu otro) y adems el hbito de manejarlo, deseara que los que tienen ambos emprendieran de nuevo el trabajo. Basta de carta, que ya es largusima; pero ten paciencia y no olvides a tu afectsimo, Flix Varela P. D.Eres frenlogo? Pregntolo porque parece que por all est en moda. Tambin lo estuvo aqu; mas va pasando como todas las modas. Advierto que mis amigos Don Jos de la Luz y Caballero y Don Jos de la

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242 Luz Hernndez han entrado en ella. Yo me quedo fuera, y acaso servir de ejemplo frenolgico, pues tal vez tendr algn malhadado chichn antifrenolgico, o de incredulidad frenolgica, sumamente desenvuelto. Lo peor es que nunca lo sabr por experiencia, a menos que no pierda el juicio, pues jams permitira yo que un adivino frenolgico me pusiese las manos sobre la cabeza para contar las prominencias de mi crneo, y decir por ellas las pasiones de mi alma, si ya no es que lo haga para divertirme con los dictmenes frenolgicos, como lo ha hecho el Doctor Belford; pero ni aun a esa diversin estoy inclinado. Los papeles franceses nos anuncian que un profesor de medicina acaba de demostrar que las cavidades internas del crneo no corresponden a sus prominencias exteriores, y que no hay locacin de rganos, sino que el cerebro tiene un continuo movimiento. En una palabra ha destrudo los fundamentos de Gall. La Academia de Ciencias y la de Medicina de Pars, han examinado los trabajos de dicho profesor, cuyo nombre me parece que es Neivil, y ambas corporaciones los han declarado concluyentes. Siendo esto as, mal estn los examinadores de crneos, y es menester que se despidan de Gall. Varela[Jos Manuel Mestre: “De la Filosofa en La Habana”. Obras. Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1965.]

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243 DISTRIBUCI"N DEL TIEMPO La distribucin del tiempo depende de circunstancias personales y de familia, por cuyo motivo debe ser obra de la persona interesada. Sin embargo, pueden darse algunos consejos generales: 1o No formar plan en que se ocupen todos los momentos del da, sino aquellos que probablemente puede esperarse que sern ocupados. Muchos por aspirar a una ocupacin continua, pasan la vida en una ociosidad constante y laboriosa. Es cierto que toda persona que vale algo, tiene pocos momentos desocupados; pero sto debe ser efecto de circunstancias, mas no de plan premeditado. 2o La constancia en la observacin del plan de vida que nos proponemos es una garanta para el buen resultado; por cuyo motivo, si tal hora se destin por ejemplo para la lectura, debe leerse en aquella hora an cuando se halla ledo muchas horas antes. 3o No desanimarse por la interrupcin que sufra la observancia del plan propuesto. 4o Aspirar a la perfeccin, pero contentarse con la mediana. El desagrado con que sta se mira es efecto de vanidad, por ms que se cubra con ttulos ms honrosos. MXIMAS PARA EL TRATO HUMANO “Pensar bien de todos los hombres, mientras no nos conste que son malos; pero precaverse de ellos, como si efectivamente lo fueran. La gran prudencia social consiste en no manifestar estas precauciones que ofenderan, y evitar el escollo de la hipocresa, o falso carcter. No debemos, pues, negar nuestras ideas, pero tampoco debemos manifestarlas sin necesidad.ENSAYOS FILOS"FICOSDistribucin del tiempo. Mximas para el trato humano. Prcticas religiosas

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244 El medio de evitar el ofendernos por las malas acciones de los hombres es considerarlos como enfermos. Esta mxima es conforme a la doctrina de San Agustn. El mundo es un gran hospital, donde se hallan unos que buscaron y aumentan sus enfermedades, y otros que enfermaron por accidente; mas todos necesitan igual cura, y de ninguno debe hacerse caso cuando habla posedo del mal”. PRCTICAS RELIGIOSAS 1o Rezar poco y bien. No por sto crea Vd. que me opongo a la prctica de muchos rezos, si es que hay tiempo y disposicin de espritu para hacerlos con propiedad. Mas no siempre se consigue esta perfeccin; y as es que muchos de los grandes rezadores son grandes pcaros, y detrs de un chorro de rezos mecnicos, echan un chorro de maldiciones, o quitan el crdito a todo el mundo. En el rezo deben ir las palabras acompaadas con el sentimiento del corazn, y entonces el efecto es infalible. 2o No debemos afligirnos por las distracciones en el rezo, a menos que sean voluntarias; y as conviene no repetir los rezos, pues en la segunda vez ser mayor la distraccin que en la primera. Tengamos presente que las oraciones son para consuelo, y no para tormento. 3o No usar otros rezos que los aprobados por la Iglesia; para sto no basta que se hallen impresos con la aprobacin de algn Obispo, pues muchas de estas aprobaciones son fingidas, y de sto tenemos pruebas innumerables: otras son sacadas sin propio examen; y otras son dadas por Obispos que acaso ms le convendra a la Iglesia que no lo fueran. Muchos de los libros de piedad estn llenos de blasfemias por exageraciones ridculas. Si por desgracia da Vd. con alguno de estos libros, lo mejor que puede hacer es no leerlo; pero si, por otra parte, contiene cosas muy buenas y Vd. encuentra consuelo, acurdese Vd. que las palabras tienen el significado que queremos darles; y as, atienda Vd. a la sana intencin del autor, y a la de Vd., cuando pronuncie las palabras, y no hay peligro. Sin embargo, confieso que querra ver quemados semejantes libros. 4o En cuanto a las oraciones, recuerdo a Vd. que Jesucristo estableci una a la cual debemos dar la preferencia. Aconsejo a Vd. que diga fervorosamente el Padre nuestro antes de salir de su casa, y siempre que Vd. prevea que puede presentarse alguna tentacin, y sobre todo siempre que Vd. se proponga hablar a alguna persona para aconsejarla, o producir algn buen efecto en gloria del Seor. 5o Aconsejo a Vd. que al entrar en la Iglesia, repita las que ella usa tomadas de la Escritura: Aqu no hay otra casa sino la casa de Dios y la

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245 puerta del cielo. Gen. c. 28 v. 27.En seguida, repita Vd. las palabras del salmo 137. v. 1 y 2: En presencia de los ngeles te alabar.[Jos Ignacio Rodrguez: Vida del Presbtero Don Flix Varela. Imprenta Arellano y Ca, La Habana, 1944.]Ensayo sobre la doctrina de Kant1La inventomana, deseo desordenado de inventar, es uno de los mayores males, tanto en las ciencias como en la religin, y es mucho ms peligrosa que las dems ilusiones humanas, puesto que se pone en el lugar de la pasin ms noble y del rasgo ms distinguido de la naturaleza humana, con el que pretende identificarse, a saber: el justo deseo de adelanto. La ideologa moderna, o, mejor, actual, nos presenta un triste ejemplo de esta verdad en el sistema del progreso o cole du progrs que a tantos, principalmente en Francia, ha fascinado; y poco antes, en el sueo filosfico de Kant, que ha embotado y sumido en profundo sopor a una multitud de brillantes talentos y ha corrompido a muchsimos corazones generosos y buenos. La ideologa, en nuestra opinin, es la ciencia menos susceptible de invenciones, y, por desgracia, es precisamente aqulla en que los hombres ms se complacen en inventar, por lo mismo que sus monstruosos aportes no estn sujetos a inspeccin fsica y a comprobacin imparcial, sino que siempre vienen envueltos en abstracciones y rodeados de la nube de misterio de una especial fraseologa en que estriba siempre la parte principal de la invencin. As introdujo Kant en el mundo cientfico su filosofa trascendental y su razn pura con varios otros trminos (y slo trminos) del mismo cariz, tan ridculos como la jerga escolstica del siglo XIII. A no ser por los errores a que induce su doctrina, ms valiera no darse por enterado de las fantasas del filsofo romntico; pero la experiencia nos advierte la necesidad de poner en guardia contra stas a los amantes de la verdad. Abordaremos el kantismo en su aspecto ideolgico y en su aspecto religioso. El kantismo considerado ideolgicamente. Ante todo debemos confesar nuestra perplejidad y rogar al lector nos excuse si no acertamos a dar una idea clara y correcta del sistema kantiano, pues se nos antoja que ni el propio Kant lo entendi. Mas, a juzgar por las explicaciones de sus doctri-1 Publicado en The Catholic Expositor (1841), t. II, p. 294 y sigs, por el Muy Rvdo. Dr. Flix Varela, D. D. Traduccin directa del ingls por el Dr. Luis A. Baralt Zacharie, profesor de Teora del Conocimiento, Lgica y Esttica de la Universidad de La Habana.

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246 nas dadas por varios autores, podemos inferir que, segn este sistema, la experiencia no es el origen de la verdad ni su criterio, ni puede hallarse meramente en la actividad mental ni en nuestra razn, sea la que fuere su forma de operar. Por consiguiente, tanto la razn como la experiencia tienen que estar sostenidas por otro principio: y a este sublime principio tenemos que trascender o elevarnos, a fin de considerar la razn pura, libre de las imgenes de los sentidos y de las ficciones del razonamiento. Este principio eminente est compuesto de ciertas formas espirituales que radican en nuestra alma y que se manifiestan como resultado de la accin de nuestros sentidos o de la fuerza de nuestra razn. Pero estas fuerzas qu son? Dudamos que Kant lo haya sabido jams o que ninguno de sus discpulos lo haya comprendido nunca —por nuestra parte al menos nos confesamos ignorantes. Si preguntsemos a los kantistas si por estas formas o por este principio hay que entender las ideas innatas de Descartes, contestaran: no, de ninguna manera: porque tal cosa despojara al sistema de su novedad y al inventor de su fama. Radica en Dios este principio? Lo negarn por temor a evidenciar demasiado la tendencia de su sistema al pantesmo; ya que, por fuerza, ese principio, sea lo que fuere, ha de residir en el alma; y si estuviese en Dios, el alma tambin estara en Dios y Dios en el alma, o tendran que ser la misma sustancia, ya que la naturaleza divina no admite en s ninguna otra sustancia. Ser este principio algo distinto del alma, pero unido a ella? Entonces de qu modo? Es una sustancia? El conocimiento de ella ha de adquirirse por el alma, ya sea mediante la sensacin, o por el razonamiento, o al menos por el sentido ntimo o conciencia. Pero Kant pretende que los sentidos, la experiencia, el razonamiento, la conciencia, y cuanto se le asemeje, son insuficientes para llegar a la verdad, y no pueden por tanto probar la existencia de ese principio misterioso que es la razn pura. Acaso piensen algunos de nuestros lectores que falseamos la docrina de Kant, al afirmar que no establece la experiencia como el criterio de la verdad; pero les rogamos adviertan que aunque Kant dice explcitamente que su sistema se basa en la experiencia, y que sta ha de ser tanto la gua como el origen de la certidumbre, no queda duda, a poco que examinemos su doctrina, que la experiencia a que se refiere Kant es de naturaleza muy distinta y tiene un significado muy otro. La divide en objetiva y subjetiva, o ms bien afirma que la experiencia se compone de estos dos elementos: el objetivo, que concuerda con el objeto en la naturaleza, y el subjetivo en el intelecto, que es el sujeto que recibe y capta este elemento. Pero estos elementos subjetivos carecen de todo valor a no ser comparativamente con los objetivos; y los objetivos mismos no pueden captarse

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247 por los sentidos ni por el mero razonamiento. De aqu que la experiencia resulta en realidad nula, aunque se hable de ella a menudo en los escritos de Kant, quedando todo a la razn pura, que podramos llamar el ideal o ms bien la ficcin. Nuestro filsofo soador no toma en cuenta las sensaciones sino la sensibilidad, que l distingue de aqullas, como si la sensibilidad no fuese meramente una abstraccin de las sensaciones, sino cosas de naturaleza muy distinta, aunque l nunca pudo sealar la diferencia; y ensea que no tenemos idea del objeto en la naturaleza, sino que nosotros todo lo vemos en nuestra alma. Si esto quiere decir que en los cuerpos no hay nada semejante a nuestras ideas (puesto que stas son espirituales) o que las ms aproximadas representaciones (si se nos permite la palabra) que el alma tiene de los objetos son las ideas, no habr ninguna dificultad, ya que todos los filsofos diran y han dicho lo mismo; pero, segn parece, Kant ensea otra cosa. Pero qu es lo que ensea? Quiz lo sepa l, pero estamos seguros de que no tuvo tan clara idea de la cuestin como la que tenemos nosotros de su ilusin. A este respecto afirma que podemos estar seguros de nuestra sensacin, pero no de su objeto en la naturaleza, y que todo se reduce al egosmo o conocimiento que tenemos de nosotros mismos. He aqu de nuevo la doctrina de Malebranche, y si Kant no dice nada ms, no es su sistema acreedor a que se le llame invencin o doctrina nueva en Ideologa. Sin embargo, por decir algo nuevo, incurre en un gran error al admitir el escepticismo en lo tocante a la razn pura, pero no en cuanto a la razn prctica, en virtud de la cual todos sabemos lo que es menester para alcanzar el fin que perseguimos, que es nuestra felicidad. Es por esto, segn afirma, que admitimos la existencia de Dios y de una vida futura. El profesor de filosofa del Colegio de La Propaganda —cuyo libro de texto cay accidentalmente en mis manos y cuyo nombre ignoro— dice atinadamente que puede definirse el kantismo como un idealismo trascendental y un empirismo real. El kantismo examinado desde el punto de vista de la religin. Si la razn pura, que segn Kant es la verdadera gua y norma de la verdad, nos lleva al escepticismo cmo puede la razn prctica, regulada como est por la razn pura, tener certeza de nada? Cmo podremos propiamente creer, reflexionar? Los defensores de tal sistema, muchos de los cuales estn lejos de percatarse de su tendencia, haran bien en reflexionar que sin alguna forma de certidumbre en la correspondencia de los objetos con las ideas o con esas formas que Kant admite o inventa, la fe se reduce a una mera palabra; y adems, la existencia misma de nuestra alma, como substancia dotada de la facultad de percibir distintos objetos, sera indemostrable, al no haber eviden-

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248 cia de que los objetos existen, pues tal conocimiento de nuestra alma acaso probara lo contrario, a saber, que es un engao. Los sentidos, segn Kant, nada ensean al alma; tampoco es capaz de hacerlo la razn. Quin entonces podr ensear a nuestro intelecto y convencernos de que nuestra existencia no es una mera ficcin? Ni podramos nunca adquirir siquiera la idea de ficcin, que supone la de realidad. Dnde est entonces la certidumbre de la religin? De qu sirve predicar si cuando la razn prctica nos asegurase que el predicador dice verdad, la razn pura argira: “No hay evidencia siquiera de que tal hombre est predicando, ni de que los objetos de que habla existan o no?” Qu se ha hecho, pues, de la religin? —repetimos. En 1764 Kant llam la atencin con un libro pequeo, pero pernicioso, titulado: “El nico fundamento posible para demostrar la existencia de Dios”. Este fundamento era, segn Kant, el sentido ntimo. Descartaba, por consiguiente, toda otra demostracin, y dejaba la creencia en Dios al mero capricho de exclamar: “Mi conciencia me dice que hay un Dios.” l mismo se percat muy pronto del escndalo que haba producido su obra y de que por ella se perjudicaba su nombre, y, como observa el autor de Mmoires pour l’Histoire Ecclsiastique du 18me Sicle, en escritos posteriores Kant mismo contradice y destruye ese pensamiento principal, al pretender solamente explicarlo; de manera que puede considerrsele refutado por su propio autor. Entonces escribi la crtica de la razn pura y la religin dentro de los lmites de la mera razn, que llam la atencin de Alemania, ms por la propensin de aquel pas a los sistemas abstractos y torturadores que por el mrito real de las obras, a no ser que se entienda por mrito el trabajo, la dificultad, la incomprensibilidad y la afectada novedad. Desdichadamente varias universidades adoptaron la nueva doctrina que, por consiguiente, comenz a ponerse de moda en el mundo cientfico. En cuanto a las doctrinas mismas, o ms bien a las aplicaciones que de ellas hizo Kant en sus principios peregrinos y visionarios, bastar para refutarlos con transcribir sus propias palabras, ya que confiamos en que ninguna inteligencia imparcial dejar de percibir el absurdo que envuelven. “La moral —dice— o sea, un ideal de virtud reconocido por la razn pura, es el fundamento de la verdadera religin, y ella sola constituye la idea de una religin universal, fuera de la cual no hay ms que error, o por lo menos superfluidades (¡abajo la religin revelada!) Hay en el hombre un principio del mal, que lo hace malo por naturaleza, aunque sea esencialmente bueno. Estos dos principios lucharn entre s hasta que se establezca el imperio de Dios sobre la Tierra (luego no est establecido y no hay Iglesia); y entonces se decidir la victoria entre el bien y el mal. La imagen de este imperio es la Iglesia, que slo debe admitir devocin moral, sin oraciones, ofrendas, sacrificios ni ceremonias” (¡qu bonito!).

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249 “La naturaleza humana tiene tres races: la animalidad, que es la fuente de las virtudes y vicios naturales, de la rudeza y la brutalidad; la humanidad, de donde nacen las virtudes sociales y los vicios que acercan al hombre a los seres infernales; y la personalidad (totalmente incomprensibles) que manifiesta a la razn y al corazn la voz de la conciencia y de la divinidad”. Prosigue diciendo que “El principio del bien de la humanidad es una cosa ideal; que esta cosa ideal, es, en relacin con su origen, el nico hijo de Dios (esto, hasta donde se llega a comprender, es una impiedad), que es el Verbo, ligado al mundo, que es su criatura; que sea la que fuere la naturaleza del fundador del cristianismo, ha venido a producir, por su vida y su muerte, la realidad de aquel ideal que nos es dado imitar; que todos los hombres estn llamados a constituir una sociedad civil con Dios como legislador; que el ideal de esta sociedad ser la iglesia visible; que el creer en esta iglesia invisible o ideal ser la fe pura de la religin pura de la razn pura. Esta fe ser de dos clases: la fe de la iglesia visible o fe eclesistica, depositada en un libro sagrado, y la fe religiosa, intrprete del anterior y de su libro —que aqulla no es sino la introduccin de sta entre las gentes, y que cuando se identifiquen, todos los hombres gozarn de una felicidad infinita en la tierra—; que a la razn pura no le conciernen la historia, los hechos, los milagros ni las pruebas de la revelacin”. Las anteriores conclusiones sacadas por el propio Kant de sus principios, bastan para demostrar cun absurdo e impo es su sistema. Acaba con la religin, salvo aquella incierta e insuficiente religin que tiene la esperanza de establecer, que a l se le antoja llamar religin moral. Pero aun sta, en nuestra opinin, es totalmente inconsistente con su doctrina, que hace recaer toda incertidumbre en los elementos subjetivos, como l los llama, es decir, en esos principios intelectuales o formas que l supone existen en nuestra alma. Cmo conocerlos? La experiencia, segn la doctrina de Kant, no nos lleva al conocimiento de la verdad misma, salvo gracias a la direccin, o como dijramos, la accin de esos elementos. Son independientes de la experiencia, y sta nada puede ensearnos acerca de ellos, sino que, por el contrario, la experiencia misma se nos da a conocer por dichos elementos. Por tanto, no podemos aprender esa religin moral de la experiencia y la observacin de la naturaleza de los objetos, a fin de dar a cada uno de ellos lo suyo, sino que toda nuestra sabidura a este respecto ha de ser subjetiva, es decir, ha de existir en el sujeto de las formas o nociones que estn en el alma. Hemos de ver, pues, en nuestra alma la divinidad de los principios de la religin pura y verdadera, que ha de ser enteramente subjetiva. Esto nos conducir al pantesmo y por consiguiente a la destruccin de toda religin, o a un estado de incertidumbre igualmente incompatible con todo sistema religioso.

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250 Confiamos en que nuestros lectores no esperarn que nos detengamos en el tema del pantesmo, ya que su deformidad es tan evidente que ningn hombre sensato, a no estar descarriado por la vanidad filosfica, se dejar convencer por l; y en cuanto a la tendencia de la doctrina kantiana a este error resulta obvia al decir que todo lo observamos en nuestra alma como en la divinidad, si tenemos en cuenta que ello slo podra ser por una emanacin, lo cual equivaldra al pantesmo. Limitemos nuestras observaciones a la incertidumbre de tal moral religiosa, de acuerdo con los principios mismos de su sistema. Temiendo comprender mal a Kant, ya que, como hemos dicho, tenemos motivos para creer que l mismo no se comprenda, transcribiremos de la excelente obra del sabio Galluppi la explicacin de algunas de sus doctrinas. “La filosofa trascendental —afirma— despoja a la nocin de lo absoluto de toda realidad. Si los elementos objetivos de nuestro conocimiento slo adquieren valor objetivo por la sntesis, por la que se forman los objetos de la experiencia, cmo puede, segn esta filosofa, haber valor objetivo en lo absoluto, que no entra en la sntesis de ningn objeto sensible? Los elementos que entran por sntesis a formar un objeto, pueden separarse por el anlisis; pero si se intenta analizar un objeto sensible, nunca se obtendr como resultado lo absoluto, que se reduce, por tanto, segn esa filosofa, a una simple idea de nuestra razn, sin realidad alguna”. (Galluppi. Elementi di Filosofia, vol. 2, p. 168.) Por consiguiente, la religin moral basada en esta filosofa trascendental, no sera ms que una simple idea de nuestra razn, sin realidad alguna, es decir, no sera tal religin. El fundamento mismo de la religin, que es la existencia de lo absoluto, a saber, Dios, no puede demostrarse ms que como mera idea; cmo podr entonces demostrarse de otra manera la religin misma? De aqu que, segn observa Galluppi, admita Kant la existencia de Dios, pero por otros motivos y razones. Puede darse una prueba ms clara de que l mismo reconoca que su razn pura —su filosofa trascendental—, en una palabra, su abstracto y extraordinario sistema, no nos ofrece una demostracin del fundamento mismo de su imaginaria religin? Poco beneficio han derivado las ciencias de los sistemas, y mucho ha sufrido a manos de ellos la religin. Todo sistema aporta un determinado plan y una invencin, frutos de la razn humana, rara vez basados sobre la verdadera observacin. Aun cuando lo estn, se corre grave riesgo en la aplicacin de los principios, y cuando la mente humana se propone hallar una uniformidad fantstica, cae por fuerza en el abismo de las abstracciones, suplantando una naturaleza imaginada en lugar de la obra magnfica del Creador Omnipotente. A veces ocurre que se construye un sistema sobre algunas observaciones aisladas, aunque correctas, y luego se invoca a la

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251 naturaleza en apoyo suyo; de esta manera el hombre usurpa el puesto al Creador, aunque slo pretenda explicar sus obras y seguir los dictados de esa luz de la razn, dada en prenda de su alto destino. En religin no puede haber ningn sistema, pues la obra divina ha sido planeada por el Todopoderoso mismo; verdad que no hay que investigar sino recibir, ora de las evidencias de la naturaleza, ora de la revelacin, y al hombre slo le queda creer segn los hechos y dogmas evidentes, y meditar sobre la correspondencia y alcance de las verdades ya sabidas, en lo que consiste el estudio profundo de la religin. Los sistemas son sus enemigos, y la historia de las herejas lo confirma. Mientras Kant se limit a soar, no era ms que un soador, tenido como tal por todos los que no se dejaron engaar por prejuicios filosficos y religiosos contra la doctrina generalmente aceptada de la introduccin a partir de las sensaciones; pero en cuanto comenz a aplicar sus sueos a la religin, su doctrina se hizo peligrosa. Quiso encontrar su razn pura en la palabra revelada, y al no lograr su propsito, desde lo que se le opona, a saber: la revelacin. De aqu naci la fantstica religin civil y moral que l esperaba surgiese en un futuro que l no pudo determinar. No hay otro sistema tan apto para producir y aumentar el fanatismo; y para que ningn lector crea que estamos influenciados por motivos particulares, dar la razn en que me fundo. El fanatismo es un estado de excitacin del intelecto humano, que le hace incapaz de percibir un objeto ms que por un lado, y lo lleva a sobrestimar ora las cosas mismas, ora los medios para obtenerlas, y a defenderlas con ese imprudente celo tan frecuente en cuestiones religiosas; de aqu que el hombre se haya tomado de esa falsa inspiracin que los adoradores de Fan pretendan recibir en sus templo o Fanum, por virtud de la cual solan salir de l perturbados y hasta enfurecidos. Por lo tanto, aquellas doctrinas que versan sobre materias de importancia y son de ndole abstracta, son las ms aptas para provocar esta excitacin, porque la actividad de la mente se endereza precisamente a concentrar nuestras ideas en un solo orden de cosas, y abarca, si se me permite la palabra, las operaciones todas de nuestro intelecto. Referimos as todos nuestros deseos y placeres a tales objetos, sintiendo aversin hacia cuantos los contradicen. A esto se deben los numerosos estudios del kantismo, emprendidos y continuados por hombres cuyo talento les hubiese hecho percatarse de las deformidades del monstruo que estaban alimentando, a no ser por la fuerza del fanatismo que se haba entrado a hurtadillas en sus mentes para acabar dominndolas. As la filosofa se allegaba a la religin no como servidora sino como duea; y en pocos tiempo los dogmas de la divina revelacin se convirtieron en meras emanaciones, que no otra cosa podemos llamar a los principios y formas del kantismo. El afn de descubrimiento tena sobrada

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252 justificacin en entregarse a un desacostumbrado fanatismo, y los que en realidad estaban desfigurando y hasta destruyendo las cosas ms sagradas, se crean estar prestando un gran servicio a la filosofa y a la religin. La oposicin de este sistema al materialismo gan para aqul el sufragio de muchas personas piadosas, entristecidas ante el atroz espectculo de la inmoralidad que aquella horrible doctrina acarrea naturalmente, y todo nos induce a creer que tal es el caso de muchos kantistas, que, ms que percibir la verdad de la doctrina, quisieran creer en ellas. Por desdicha, no observaron sino un solo lado del objeto y as lo abrazaron sinceramente y a conciencia como un don del cielo y como una inspiracin que destrua el materialismo. Mas ¡ay! perseguan una apariencia de verdad que tomaban por un dios, y su desengao no ser menor que el de aquel infeliz que creyendo tener entre sus brazos a Juno, abrazaba slo su sombra.Ensayo sobre el origen de nuestras ideas1I En el captulo de las Veladas de San Petersburgo inserto en nuestro ltimo nmero, el lector puede advertir que el Conde de Maistre admite las ideas innatas, y trata con gran severidad a los defensores de la doctrina que la nueva escuela de espiritualistas llama sarcsticamente sensualismo. Ni yo ni el ilustrado traductor de ese trabajo debemos ser considerados como solidarios en la defensa de todo lo que contiene, ya que ningn traductor est obligado a ello, y mucho menos el editor del peridico en que se publica un trabajo; por lo tanto no creimos necesario haber hecho observaciones de ninguna clase. No obstante, y despus de meditarlo, creo necesario hacer algunas observaciones personales expresivas de mi sentir sobre la cuestin, no sea que alguien sospeche que ya no mantengo el criterio que hice patente en mis Lecciones de Filosofa, y que me he convertido en innatista. Tal cosa es ajena al mi modo de pensar. Cmo puedo creer que hay en la mente humana una innumerable multitud de ideas, que no son conocimiento o que son conocimiento desconocido? Esto sera como concebir un crculo cuadrado. Pero supongamos que existen tales ideas no ideas, y que stas son excitadas o se manifiestan (se hacen conocidas) cuando la ocasin lo requiere, a voluntad de los defensores de tal sistema. En tal caso1 Publicado en The Catholic Expositor por Flix Varela, D. D. en enero y febrero de 1842. Traduccin directa del ingls por Roberto Agramonte.

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253 por qu agente son excitadas? Por Dios? Tal excitacin no puede ser sino una verdadera produccin de ideas, y por consiguiente no han sido producidas con anterioridad, esto es, no han sido innatas. En verdad qu cosa puede ser esta excitacin? Si fuera slo mover o excitar al alma a formar las ideas sin dar la nocin del objeto cmo puede el alma formarla o darse a s misma el conocimiento no slo de esta misteriosa afeccin previamente desconocida, sino tambin el de su correspondencia con el objeto exterior? Si la excitacin fuera una produccin de las ideas con qu objeto se hallan stas almacenadas previamente en el alma? No bastara con producirlas en la ocasin pertinente? Necesita Dios ese almacenamiento de ideas o ms bien esas semillas de ideas, como si fuesen meras plantas? Supongamos en cambio que el alma es excitada por los sentidos para formar o, ms bien, para conocer las ideas (ya existentes, al ser innatas) darn los sentidos la nocin al alma? Tal asuncin llevara a estos filsofos a donde ellos no quieren ser llevados, y ello probara, por otra parte, la inutilidad o al menos la falta de necesidad de las ideas innatas. Pero si los sentidos no dan ninguna nocin cmo pueden stos encauzar tal excitacin o sealar una determinada idea existente en el alma, con la cual no tienen conexin ni similaridad? El sistema de las ideas innatas me luce a modo de una mera serie de aserciones sin otra prueba que el temor a que el sistema opuesto pueda conducir al materialismo. Semejante temor carece de motivos y se funda en razonamientos harto improcedentes, a saber: que los sentidos originan las ideas; de aqu que los sentidos forman las ideas, y que existen, en fin, realidades materiales. Todos los materialistas ensean que las ideas proceden de los sentidos, y gran nmero de los que sostienen esta doctrina se convierten en materialistas; de aqu que esta doctrina conduzca al materialismo. Por ridculos que puedan ser estos razonamientos, son el fundamento de toda la alarma de los innatistas. Supongamos que les decimos que los sentidos dan existencia a las ideas innatas que estaban como muertas; y de ello concluimos que los sentidos las forman, las encauzan y las conocen, y que todo esto conduce al materialismo, o, ms aun, es puro materialismo. Los innatistas pensaran que estamos demasiado atados al prejuicio, o ms bien se reiran de nuestro razonamiento y de nuestro temor. Nosotros les respondemos con el mismo argumento, y nos sorprendemos de que los innatistas no pretenden probar que los objetos materiales que nos rodean no tengan influencia alguna en nuestras ideas, razonando de anloga manera, de acuerdo con su lgica, y diciendo que si los objetos materiales influyesen en nuestras ideas, ellos seran en alguna medida su origen, y siendo su origen formaran ideas, y habra cualidades materiales. ¡Quiz Malebranche razon de esta manera, cuando lleg a la conclusin de

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254 que no podemos conocer la existencia de los cuerpos circunstantes sino a virtud de una operacin de Dios equivalente a la revelacin! Vayamos un poco ms lejos en la investigacin del sistema de las ideas innatas almacenadas, como observ, en nuestra alma que es una sustancia espiritual— ¡Sin lugares ni escondrijos! Si as fuera, parece que Dios surte de un modo muy diferente a estos almacenes espirituales, o que un gran nmero de los artculos carecern totalmente de uso. En verdad, los objetos presentados a un hombre durante su vida son muy diferentes a aquellos presentados a otro hombre, y en consecuencia las excitaciones son muy diferentes, y las ideas innatas de los objetos, que no han de ser vistos por un hombre, le seran totalmente intiles. Este sistema presenta otra dificultad relativa a las operaciones de la imaginacin. Si aqullas no proceden originariamente de los sentidos sino que son innatas, o al menos sus partes materiales o constitutivas son tales, de dnde proceden? No puede decirse que son excitadas o sugeridas por Dios, de acuerdo con las actividades de los sentidos, porque stos no estn en actividad ni lo han estado en la operacin imaginada. Ellas no son excitadas tampoco de acuerdo con la voluntad de nuestra alma, porque el alma no puede tener voluntad con anterioridad al conocimiento del objeto. De aqu que aquellas deben o bien ser excitadas por Dios sin ocasin ni participacin alguna de nuestra alma, o bien deben ser excitadas por el alma de acuerdo con las impresiones recibidas anteriormente de los sentidos, y como consecuencia de nuestra voluntad de crear sin que conozcamos todava qu habra de ser el producto de nuestra creacin. La primera posicin no es ms que una asercin sin fundamento, que por otra parte convierte a Dios en autor de muchos crmenes que el hombre no habra cometido, si las ideas no le hubieran sido comunicadas sin su participacin; y la segunda posicin destruye de inmediato el sistema de las ideas innatas, puesto que tal sistema supone que el alma ni produce tales ideas sino que stas son obras de Dios y el alma es meramente pasiva con relacin a ellas. Los defensores de este sistema no tienen en mente otra cosa que sustraerse al materialismo y sentirse satisfechos con esto, sindoles imposible explicar cmo las ideas son excitadas por los sentidos, o cmo pueden ser derivadas estas acciones espirituales de fuentes materiales. En lo que respecta a ese temor deben asimismo eliminarlo, con considerar que la fuente de una cosa no es siempre de la misma naturaleza que dicha cosa; as los movimientos son causados por el alma y el alma no es movible; y tocante de la dificultad de explicar los efectos debieran considerar que ningn sistema est debidamente fundamentado si no cuenta con otra prueba que la dificultad de explicar los efectos sin l, porque stos nunca llegaran ms que a

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255 una mera probabilidad, la cual a menudo es destruda totalmente (como en el presente caso) por algunas otras dificultades insuperables. Hablando de los defensores del sistema, sarcsticamente llamado sensualismo, el Conde de Maistre expresa, con ms acritud que prudencia, esto: ”Te ha ocurrido alguna vez, bien por accidente, bien por debilidad, hallarte en mala compaa? En este caso, como sabes, no cabe ms que decir una cosa: “¡Djala!”, pues mientras te mantengas all tenemos el derecho de rernos de t, por no usar un trmino ms duro”. El Conde puede rerse cual le plazca, pero le garantizar el mismo derecho a los dems; y por consiguiente, por va de consejo, transcribir lo que sigue, tomado de la Revista de Dubln, del artculo titulado Simonismo, publicado en enero de 1838, pgina 147: Pero durante la restauracin la incredulidad asumi una nueva forma, porque la nueva generacin, cansada y disgustada por la obscena inmoralidad del siglo XVII, fu adoptando gradualmente, bajo la direccin de M. M. Royer Collard, Benjamn Constant, Guizot y Cousin, un sistema de espiritualismo ms elevado si no menos hostil. Era criterio unnime que era imposible gobernar a ninguna nacin sin valerse de algo semejante a una doctrina religiosa, y ciertamente llegaron al extremo de asegurar que su gran objecin, aunque no la nica, a la religin catlica, consista en que sus dogmas ya no se ajustaban a los deseos, hbitos y cultura de la generacin actual. Ellos expresaron prontamente un deseo de ver el advenimiento de una religin ms en armona con la civilizacin moderna; y fueron ms lejos aun al predecir que el intelecto humano descubrira una doctrina independiente de toda revelacin y demostrable como una verdad matemtica, en la cual el hombre encontrara una norma para su creencia y su moral que estara ms conforme que el Evangelio con el progreso del intelecto moderno. Dos cosas han de notarse particularmente en los escritos de ese perodo. En primer lugar, de acuerdo con los hombres eminentes que hemos mencionado, la utilidad prctica de una doctrina moral y religiosa debe considerarse como criterio adecuado de su propia verdad; de modo que el mismo culto puede ser verdadero durante ciertas pocas y dejar de serlo en otra posterior, cuando ya no exista la conformidad con los intereses bien entendidos del gnero humano. En segundo lugar, la incredulidad, aunque excelente cuando sirve para destruir una religin que ha finiquitado, es, no obstante, lo que Robespierre, La Revilleire, Lassaux y Napolen haban credo que era: una inevitable causa de destruccin para el pas donde esa incredulidad cunda. Considerando que es ridculo (por no decir otra cosa) calificar de mala compaa la de los sensualistas, cuando Santo Toms es tenido por

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256 sensualista, el sapiente Conde de Maistre se esfuerza en hacernos creer que el Doctor Anglico ense que nuestras ideas no proceden de nuestros sentidos. ¡Extraa pretensin! Para que nos percatemos de tal falacia, bastar con que dediquemos unos breves instantes a razonar de manera imparcial. El estilo de Santo Toms es notable, como nos dice el propio Conde de Maistre, debido a su perspicuidad, precisin, fuerza y laconismo. Por tanto, es imposible creer que sus discpulos, por espacio de unos siete siglos, no lo hayan entendido ni lo entiendan. Ahora bien, no ha habido ni hay un solo tomista que no hubiese credo ni crea, de acuerdo con la doctrina de su maestro, que todas nuestras ideas proceden de nuestros sentidos; y por ende esto es lo que podemos llamar una demostracin moral de que Santo Toms profes tales doctrinas. Si no las profes por qu Descartes atrajo tanto la atencin, cuando revivi la doctrina de Platn sobre las ideas innatas? Las pruebas que el Conde de Maistre aporta para persuadirnos de que Santo Toms no ense que nuestras ideas proceden de nuestros sentidos, son en realidad muy extraas; de tal manera que debo confesar que apenas poda creer que estaba leyendo una obra escrita por una de las lumbreras de nuestro tiempo, cuando pasaba la vista por el siguiente prrafo: “l (Santo Toms) vacila en no aceptar que el intelecto, en nuestra condicin presente, comprenda nada sin una imagen”. Es esto congruente con las ideas innatas? Pero oigmoslo disertando acerca de la mente y las ideas: “l distingue cuidadosamente el intelecto pasivo, o sea, la facultad que recibe las impresiones del intelecto activo, del intelecto propiamente dicho, que razona sobre las impresiones. Los sentidos no conocen ms que lo individual: slo el intelecto se eleva a lo universal...” Los sentidos no entran para nada en esta operacin (de generalizar); ellos reciben las impresiones y las trasmiten al intelecto (esto es exactamente lo que los sensualistas dicen), pero slo el intelecto puede hacerlas inteligibles. Los sentidos son extraos a toda idea espiritual, y aun son ignorantes de sus propias operaciones; no siendo la luz capaz de verse a s misma, ni de ver que ve. A causa de que Santo Toms distingui el intelecto pasivo del activo, no crey que nuestras ideas procediesen de nuestros sentidos. ¡Qu conclusin! No es la que saca el Conde de Maistre? Por lo contrario, Santo Toms denomina al uno intelecto pasivo, porque recibe la impresin de los sentidos, y el intelecto activo generaliza y razona. Esta es precisamente la doctrina de los sensualistas. Quin ha dicho acaso que los sentidos conocan algo o que razonan o que generalizan? Slo se ha dicho lo que el Conde de Maistre al fin afirma, a saber: que los sentidos transmiten las impresiones al intelecto. Ciertamente stos no forman las ideas, pero son como la luz, que no ve,

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257 pero que es necesaria para que podamos ver. Y no otra cosa ha sido enseada por los sensualistas, que consideran justamente a Santo Toms como su patrono. De lo que antecede el lector pensar sin duda que soy sensualista. Y en efecto, lo soy, en tanto en cuanto no puedo admitir las ideas innatas, al menos como stas suelen ser explicadas. Mas no soy defensor de ningn sistema en la cuestin del origen de nuestras ideas, puesto que estoy convencido de que todos los filsofos o tienen que estar de acuerdo sobre el punto o ensear todos ellos un error evidente; al menos para cualquier hombre cuyo punto de vista sea el sentido comn y no est infludo por un prejuicio filosfico. Probar esto en el siguiente nmero, al considerar la cuestin de acuerdo con los tres sistemas principales admitidos entre los filsofos. II Preguntemos a un innatista qu significa ser innatista. Si contesta que significa creer que todas nuestras ideas estaban previamente en nuestra alma, pero eran desconocidas para nosotros, tal cosa es un absurdo, como ya hemos probado. Si dice que nuestra alma recibe estas ideas, sin ningn conocimiento de ellas, esto es otro absurdo, como tambin hemos probado. Mas si dice que hay algunas ideas tan evidentes, y adquiridas de modo tan fcil, que se encuentran en todo intelecto humano, como por una inspiracin universal de la naturaleza, todo hombre razonable estar de acuerdo con l. Otros filsofos rechazan ciertamente las ideas innatas, pero admiten algunas ideas que no proceden de nuestros sentidos, y por esto les place el denominarlas “puramente intelectuales” —pure intellectuales—. Qu significa esto? “Que existen algunas ideas de objetos espirituales, cuya imagen los sentidos no pueden nunca producir”. Esta es una verdad evidente admitida por todo filsofo; y ninguno ha pretendido nunca decir que nuestros sentidos pueden darnos la imagen de Dios o la de nuestra alma. Quirese dar a entender que no podemos venir, por medio de algunos razonamientos, de las cosas sensibles al conocimiento de las espirituales? Esto es con toda evidencia absurdo, y lo prueba la voz de la naturaleza, proclamando la existencia de Dios; y si no fuera porque slo me propongo considerar esta materia en su aspecto filosfico aadira que las Escrituras prueban lo absurdo de tal asercin. Supongamos ahora que un sensualista nos dice que los sentidos forman las ideas. Esto es absurdo. Supongamos que nos dice que el objeto espiritual puede ser representado por medio de imgenes sensibles. Esto es asimismo absurdo. Pero si dijese que los sentidos causan que el alma forme

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258 las ideas, y que las de los objetos materiales, aunque no representadas por medio de imgenes sensibles, pueden ser formadas por medio de alguna conclusin derivada de los objetos sensibles, tal asercin debe ser admitida por toda mentalidad exenta de prejuicios; porque aun los mismos innatistas afirman que las ideas son desconocidas para el alma hasta el momento en que los sentidos las excitan, o al menos dan ocasin a su excitacin, de acuerdo con el sistema de las causas ocasionales generalmente mantenido por los cartesianos. De lo que antecede concluimos que todos los filsofos deben estar de acuerdo, y en efecto lo estn, en la siguiente proposicin: La idea de Dios y algunas otras ideas son tan evidentes por s mismas que las adquirimos muy fcilmente; no estn representadas por ninguna imagen, pero nosotros podemos ser excitados a formar, a partir de ellas, la observacin de los objetos sensibles. El apartarnos de algn modo de esta proposicin nos conducir a algunos de los errores contenidos en las siguientes aserciones: La idea de Dios ha estado siempre presente en nuestra mente, desde el momento en que nuestra alma fu creada, y nosotros no supimos nada acerca de ello, porque las ideas estn “escondidas” en nuestra alma como el fuego bajo las cenizas, y se ponen de manifiesto cuando son excitadas por los sentidos, como el fuego se hace visible cuando las cenizas se remueven. Podemos representar adecuadamente las sustancias espirituales por medio de imgenes. Las sustancias espirituales afectan a los sentidos. Estos pueden “producir” ideas. El mundo no puede conducirnos al conocimiento de su Creador. Debemos por ende concluir que o bien todos los filsofos estn de acuerdo sobre el origen de nuestras ideas o todos incurren en errores evidentes. Despus de todo, la cuestin acerca del origen de nuestras ideas me parece de una importancia imaginaria, y por ello no ha arrojado luz en el campo de la filosofa, a pesar de que ha desazonado bastante a los filsofos. Desde haca largo tiempo yo la haba abandonado, y no la hubiera vuelto a tomar en consideracin en este artculo, si no hubiera sido obligado por las circunstancias, y con la esperanza de derivar la utilidad de poner de manifiesto su inutilidad. Hablando con justeza, no hay ms problema acerca de esta cuestin que el causado bien por prejuicio, bien por carencia de reflexin. El lector pensar quizs que es sumamente raro que yo niegue la utilidad de una investigacin que ha sido considerada de gran importancia por los filsofos ms eminentes, pero no puedo pensar de otra manera; y espero que la franca y cndida expresin de mis sentimientos sea considerada tan slo como ejercicio del derecho que tiene cada hombre de manifestar sus ideas, dejando a los dems el derecho de juzgarlas.

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259 Supongamos que sabemos que todas nuestras ideas son innatas. Esto nos llevar a adquirirlas? Supongamos que sabemos ciertamente que no son innatas. Nos guiar este conocimiento hacia su adquisicin? En manera ninguna. La cuestin, por consiguiente, es totalmente intil. En realidad, las mismas reglas de la lgica son seguidas por los innatistas y por los sensualistas, y nunca fu aclarada ninguna dificultad sobre atpico alguno, aplicando los principios de un sistema u otro. En ambos lados hay hombres eminentes, y ellos no pueden atribuir el acierto de sus respectivos intelectos a su propia doctrina sobre el origen de nuestras ideas. Tambin han reconocido errores los defensores de ambos sistemas, sin que hayan sido originados por estos ltimos. En una palabra, ninguna perfeccin, como ningn defecto intelectual, han derivado nunca de uno u otro sistema. Dnde est, pues, su utilidad? Si reflexionamos imparcialmente acerca de este asunto, nos convenceremos de que todas las ciencias y todas las artes pueden adquirirse con la misma perfeccin, seamos innatistas o sensualistas, y que ambos partidos pueden gloriarse de contar con hombres eminentes de todas las profesiones. Es ms, estos hombres ilustrados confesaran cndidamente, si llegara el caso, que el sistema que ellos estudiaron en su juventud, relativo al origen de nuestras ideas, nunca les sirvi en lo ms mnimo durante su carrera cientfica. A veces hasta olvidan lo que aprendieron en los colegios, o por lo menos conservan una nocin muy vaga de ello, y nunca sintieron la necesidad de estudiar de nuevo lo que antes les fu enseado. No se diga que es necesario conocer el origen de nuestras ideas para juzgar su naturaleza, puesto que esto nos llevara a creer o que ellas son cualidades materiales, o que no son representaciones de objetos materiales. Tanto los innatistas cuanto los sensualistas creen que las ideas son cualidades espirituales y que en consecuencia no son producidas por los sentidos, pero stas (o al menos la mayor parte de stas) son representaciones de objetos sensibles. Todos los filsofos en verdad, excepto las materialistas, piensan lo mismo sobre la naturaleza de nuestras ideas, y sta es otra prueba de la inutilidad de la cuestin acerca de su origen. Existen muchas reglas formuladas por los idelogos para la correccin de nuestros sentidos, que no dejan nos extraviemos, y tales reglas son admitidas y aplicadas tanto por los innatistas cuanto por los sensualistas, de tal modo que en la prctica —que es lo que interesa— todos estn de acuerdo, y la disputa es slo de cariz especulativo, ms bien enderazada a atormentar que a instruir al filsofo. Existen muchas cosas en las ciencias que comenzamos a creer que conocemos slo porque a menudo las hemos repudiado; y creemos que otras son de gran importancia porque nunca fueron dejadas de tratar. Desde

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260 tiempo inmemorial la cuestin del origen de nuestras ideas ha ocupado la mente de los filsofos y ha sido el tema de muchos de sus escritos. Los lgicos han considerado esencial entrar en ella, de tal modo que es rara la obra de lgica en que el punto no se examine. De aqu la opinin universal tocante a la importancia y aun a la necesidad de tales investigaciones. Por mi parte debo confesar que yo me embarqu en ella durante muchos aos, pero tambin han pasado muchos aos desde que la abandon, considerando tal material como una de aquellas cuya ignorancia constituye gran parte de la verdadera ciencia, segn la famosa sentencia de Scrates: Aliqua ignorare est magna pars sapientiae.

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261Carta de un italiano a un francs sobre las doctrinas de M. Lamennais1La desafortunada defeccin de Lamennais ha sido el tema de muchos escritos, pero en nuestra opinin ninguno ha sido tan justo, a pesar de su severidad, como el que vamos a resear. Parece que en Pars algunos italianos dieron su expresa aprobacin a las doctrinas de Lamennais, pretendiendo hacerlas pasar como doctrinas que expresaban el modo general de sentir en Italia; y tal afirmacin, carente de fundamento, motiv la carta de Gioberti, que por ello publica como carta de un italiano a un francs. No hemos de seguir al autor en sus frecuentes disgresiones en que ataca, de una manera indirecta y sarcstica, los principios del gobierno republicano, y alaba la monarqua, pues ello sera inmiscuir a nuestro peridico en el campo de la poltica; pero nos apena cuando l en la pgina 56 nos dice que preferira vivir en Constantinopla a vivir en Richmond, Virginia. El pobre hombre nunca ha estado en ninguno de estos dos lugares, y se deja llevar por su imaginacin. Sin embargo, en materia de gustos est en el derecho de preferir el suyo. Nuestras observaciones girarn en torno a Lamennais y su sistema. Tocante a la nueva doctrina ideolgica de Gioberti, la cual ste ms bien insina que explica en una de sus digresiones, la consideraremos despus de pasar revista a la propia obra suya a la que se refiere, a saber, a la Introduzione allo studio della Filosofa. Debemos confesar cndidamente, sin embargo, que como queda explicado en la carta que reseamos, nos parece aquel sistema un absurdo extraordinario y peligroso. En habiendo sido los amigos del autor del Essai sur l’indifference dans matier de religin ms prudentes en exagerar sus verdaderos talentos, y menos falaces con respecto a la ficcin de los que en realidad no posee, nunca habra escrito el Esquisse, pero nuestra naturaleza es tan corrupta que el halago se abre paso siempre en nuestros corazones y los encadena completamente. El empeo en demoler es generalmente resultado del amor a la fama, porque con nada se atrae el hombre ms la notoriedad que con la destruccin de objetos venerados por largo tiempo. Por eso vemos que las herejas han sido casi invariablemente hijas del orgullo contrariado. Cuando un hombre orgulloso se ve imposibilitado de hacerse notar en los cauces ordinarios de la vida, intenta lograrlo por uno extraordinario, y el ms fcil es1 Artculo publicado en The Catholic Expositor, bajo el ttulo “Carta de un italiano”, etc., o Lettre d’un italien un franais, sur les doctrines de M. de Lamennais, Paris, Lagny Frres, 1841, por el Muy Rvdo. Padre Flix Varela, D. D., Julio, 1842, nm. 4. Versin directa del ingls por Roberto Agramonte.

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262 poner en duda las ms conspicuas y arraigadas doctrinas. La historia de la impiedad presenta un notable ejemplo de esta verdad en el caso de Rousseau, cuando ste se decidi a escribir contra las artes y las ciencias considerndolas perjudiciales a la humanidad, tan slo porque el malicioso Duclos crey era atinado aconsejarle defendiese la tesis negativa en el programa propuesto por la Academia de Dijon, acerca de “Si las ciencias son beneficiosas a la sociedad”. Para decidir a Rousseau a abandonar la tesis afirmativa, que ya estaba determinado a sostener, y a convertirse en un enemigo de la cultura, fu suficiente la simple observacin hecha por Duclos de que todos los dems escritores sostendran de fijo la tesis afirmativa; y que el que defendiese la tesis negativa llamara la atencin a causa de su singularidad. El caso de Lamennais es muy semejante. Este no pudo llamar la atencin por ms tiempo, de una manera exclusiva, sino por medio de su elocuencia, y por ello recurri a otros medios sin reparar mucho en la naturaleza de stos. El sabio autor de la carta que reseamos describe muy bien el carcter de Lamennais con decir que “l pertenece desafortunadamente a una clase de escritores —harto numerosa en nuestros das— que creen que el arte de escribir puede suplir la carencia de ciencia, y que el escritor tiene que pensar ms que en combatir justamente en combatir duramente. Esta es la causa de extravos de toda clase: sta es la causa de su incapacidad para juzgar con tino a hombres y cosas, para distinguir las realidades de las quimeras y los planes reales de los imaginarios: ste es la causa de los continuos y estupendos cambios que han afligido a menudo a sus admiradores y discpulos”. El autor est de acuerdo con nosotros con respecto a la semejanza entre Lamennais y Rousseau, que expresa en los siguientes trminos: “De acuerdo con el criterio de sanas mentalidades, no le sera favorable una prueba que se hiciese de sus ideas paradjicas,a que le hacen, de manera singular, semejante a Rousseau. Los hombres de paradojas pueden fcilmente llamar la atencin de su tiempo, atraerse a la multitud y adquirir una fama ms rpida que durable y que tan slo tiene de la gloria verdadera la apariencia. Estos hombres pueden producir un inmenso mal y destruir in grand, pero carecen de fuerza creadora. La causa de esa debilidad, disfrazada por diversas apariencias, es que no tienen la verdadera fuerza —la fuerza creadora— que slo es posible encontrarla en la verdad”. No podemos encarecer lo bastante la profundidad de juicio que el amor patentiza en este pasaje. Una paradoja no es ms que una prueba de ignorancia, porque una verdad conocida no puede menos que ser simple e indisputable. Las nociones paradjicas no pueden nunca satisfacer a la mente, a pesar de que puedan mantenerla en constante actividad, con miras a la satisfaccin

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263 de la curiosidad. Leibnitz y Malebranche nos han dejado tristes ejemplos de los males entraados en las paradojas cuando se convierten en sistemas — que nada hay tan ridculo ni tan peligroso. Los brillantes talentos y el profundo conocimiento de las ciencias de stos, producen, tocante al positivo adelanto de las ciencias (sus escritos son en su mayor parte cientficos) muy poco, al menos comparativamente, con respecto a lo que debe esperarse de ellos. El escritor que nos ocupa contina de la manera ms notable el paralelo entre Rousseau y Lamennais. Los presenta como la atraccin de las mujeres y de la juventud, haciendo amable el vicio al mismo tiempo que pretenden predicar la virtud, y destruyendo la fe, al par que pretenden fundamentar la libertad. Desafortunadamente, la experiencia demuestra que no hay severidad en esta observacin, pues hemos visto que la elocuencia de Lamennais, como antes la de Rousseau, ha seducido y descarriado a toda clase de personas. Sin embargo, consuela a los amantes de la verdad advertir que ambos han corrido la misma suerte: esto es, han logrado el aplauso por sus talentos y el desprecio por sus errores. Empero —observa nuestro autor— Lamennais carece de esa facultad de captar los asuntos en su totalidad y de presentarlos con precisin y con todos sus matices. l no posee una verdadera riqueza de pensamientos, y por ello trata de ser rico en imgenes y figuras retricas, a fin de ocultar su verdadera carencia de poder intelectual. Por esta razn nunca llegar a crear una verdadera escuela, porque en la esfera del error se necesita verdadera fuerza, y el sofisma jams reemplazar a la verdad. Un mlange de verdad y falsedad, de descubrimiento y negacin, echados en un mismo molde por una imaginacin poderosa, pero descarriada, constituye, como lo observa el autor, el genio de un innovador y a la vez destructor —que es el ms terrible de todos los genios. No conozco ningn filsofo moderno a quien esto pueda aplicarse mejor que a Spinoza, a Kant y a Hegel; esto es, al triunvirato de la heterodoxia racionalista producida por el cartesianismo. No enumero a Hume entre estos hombres que hicieron estragos en el reino de la inteligencia, porque es, por as decirlo, demasiado negativo. Un escptico nunca har nada, porque no podr dejar tras de s sus errores. Las ruinas no se reedifican. Lo ms que un escptico puede hacer es preparar el camino de un error dogmtico; esto es, de un error mezclado con verdad, posesionndose de todas las bellezas predominantes, y esto constituye la esencia de la heterodoxia positiva. Tal fu el rle del escritor ingls, hijo de Locke y nieto de Descartes. Di nacimiento a Kant, un escptico moderado, un semidogmtico, autor de un maravilloso sistema formado de la confusin de diferentes elementos, y del cual ha emanado el pantesmo germnico. Estamos perfectamente de acuerdo con el autor de esta observacin, y si no

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264 fuera por el carcter de esta resea que no permite que ampliemos el tema acerca de la doctrina fantica de Kant, consagraramos algunas pginas a probar la justicia de la observacin.2 Cualquiera que haya sido la severidad de los reparos hechos a Lamennais, debe confesarse que sus doctrinas, si no su intencin, son un tanto favorables al pantesmo, a pesar de que l hace patente que lo detesta. “Este fenmeno —dice Gioberti— no es para que asombre en una poca en que encontramos tantos pantestas contra su propia voluntad, y, lo que es ms curioso, algunos pantestas que refutan el pantesmo. Todo el mundo teme, sin embargo, a este horrible sistema, y la mayora de los filsofos lo profesan, ora con pleno conocimiento de causa, ora en contra de su voluntad. Obsrvese los esfuerzos de Cousin por permanecer alejado de l; pero sus esfuerzos son en vano, porque tiene que pasar por l. Me refiero a sus primeros escritos, pues es de esperarse que un hombre de tan gran talento y noble carcter habr modificado ya las opiniones de su juventud. Este fenmeno, que presenta la ms antigua teora, y la ms extendida —a excepcin de la verdadera ortodoxia— en el ms absurdo sistema, se origina de la necesidad de caer en el pantesmo tan pronto como rechazamos escuchar la palabra divina del exterior. Podemos decir con justeza que el pantesmo ha sido el nico error filosfico en el mundo y el padre de todas las herejas. Despus de la admirable obra de Maret Essai sur le panthisme dans les socits modernes, muy poco puede decirse acerca del tema, ya que l ha demostrado palmariamente que todos estos misticismos filosficos que Alemania lanza, no son en verdad ms que pantesmo, que, con apariencia de espiritualidad, identifican a Dios mismo con el mundo material. Apenas nos apartamos de aquellas fuentes naturales que guan a la humanidad en el conocimiento de la naturaleza, y de aquellas verdades divinas, obtenidas slo por medio de la Revelacin, caemos necesariamente en el materialismo, que, a ms de ser detestable, horroriza; y el hombre trata de desfigurar sus propios sentimientos para hacerlos gratos a s mismo, admitiendo palabras que pueden sonar a espiritualismo, pero que estn muy lejos de corresponder a la verdadera nocin del espritu. En lo tocante al sistema de Lamennais, bien podemos con justeza aplicarle la bien conocida expresin: pessima est corruptio optimi, o sea, que la corrupcin de lo mejor es lo peor. El consenso comn o la voz de la humanidad en el consenso general de toda la humanidad, ha sido y ser considerado siempre por todos los filsofos y telogos como uno de los motivos o principios fundamentales de la certidumbre; pero Lamennais, corrompiendo y envenenando de esta guisa las ms sanas doctrinas, pre-2 Consagraremos nuestro prximo artculo a Kant y su sistema desde nuestro punto de vista.

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265 tende que sea el nico. l cree que nuestros sentidos no pueden ser una fuente de certidumbre, porque cada uno de stos participa en abusar de nosotros por medio de vanas ilusiones y unos sentidos convencen a los otros de impostura. Quin pensara que un hombre como Lamennais habra de presentar con tanta impavidez un argumento que podra ser contestado por un estudiante de lgica, pues se halla contestado en todas las obras elementales? l debe ser el ltimo en usar tal argumento, que, en verdad, dara al traste con todo su sistema, pues que nosotros podramos decir tambin que cada hombre participa en abusar de nosotros por medio de vanas ilusiones, y los unos convencen a los otros de impostura; y que por consiguiente el consenso u opinin comunes de la humanidad no pueden ser una fuente de certeza. A pesar de que nuestros sentidos estn sujetos a error, cada vez que en todos ellos, al menos en aqullos que pueden percibir el objeto, se produce un acuerdo atingente al mismo, su testimonio combinado produce la evidencia, y la falibilidad de cada uno de dichos sentidos, individualmente considerados, lejos de disminuir, aumenta el valor del testimonio, pues que la misma dificultad en que tal acuerdo se produzca potencia ms el acuerdo cuando se produce. Razonamos de la misma manera con respecto al consenso comn o testimonio universal de la humanidad. Es verdaderamente risible leer las enfticas sentencias de Lamennais, quien al hacer ostentacin de poseer un gran conocimiento de ideologa, habla en la misma forma en que Pirrn hablara, con decir: “Qu es sentir? Quin lo sabe? Estoy seguro yo de que siento? Qu prueba tengo yo de mi sensacin? ...El S y el No tienen su semejanza, y aquel que demostrare que la vida entera no es ms que un sueo y una quimera indefinible, hara ciertamente ms de lo que los filsofos han hecho hasta ahora”. Debemos pensar que Lamennais estaba realmente durmiendo o en estado sonamblico cuando escribi lo que precede. Le deseamos salud perfecta, mas si acaso sufriera de algn dolor, su mdico podra bromear con l, y conversarle, como a Pirrn su mdico, cuando se le fractur la pierna. El mdico, a fin de probarle cun ridculo era su sistema, le dijo: “Quizs tu pierna no est fracturada; quiz no sientas dolor; quiz no tengas pierna; quiz yo no estoy aqu y no me ests hablando”. Al fin el paciente le dijo: “Crame, doctor, y despus discutiremos”. Lamennais no admite el sentimiento de evidencia como regla de certidumbre, por el hecho de que podemos encontrar falso maana lo que creemos cierto hoy; “y nosotros no estamos ms seguros de nuestros sentimientos de lo que estamos de nuestras sensaciones, y nuestro ser se escapa, y no podemos retenerlo. Estimamos que es justo decir: ‘Yo juzgo’, y ‘Yo soy’,

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266 pero nos quedamos en nuestra eterna impotencia para demostrar que nosotros juzgamos y que somos —tan presionados estamos nosotros por todos lados por la nada”. Despus de leer estas palabras, nada puede decirse sino que si existieran manicomios para filsofos, Lamennais se ganara un lugar en cualquiera de ellos. El general de los jesutas dict una orden en 1827, prohibiendo a los miembros de esa sociedad ensear ninguno de los errores de Lamennais. Fu concretada en pocas palabras como sigue: “1o No hay otro criterio de verdad que el consenso comn. 2o Slo la fe produce la certidumbre. 3o La existencia de Dios es la primera verdad que nosotros conocemos ciertamente. 4o La existencia de un ser contingente no puede ser inferida de la existencia del Ser necesario, que es Dios; porque es un razonamiento incorrecto decir: ‘Yo existo — luego Dios existe’. 5o Un intelecto limitado, por la misma razn de estar limitado, est siempre, y en todas las cuestiones, expuesto a error. 6o En las escuelas cristianas han prevalecido sistemas falsos que tienden al atesmo y a la destruccin de la religin. 7o Un hombre, sin el consenso comn, no puede tener la certeza de su existencia y de sus pensamientos”. En 1832 trece obispos de Francia extrajeron cincuenta y seis proposiciones de las obras de Lamennais, igualmente objetables, y pidieron a la Santa Sede que fuesen condenadas; y en 1834 Su Santidad Gregorio XVI, en su encclica sobre la obra de Lamennais titulada Palabras de un creyente, reprueba y condena expresamente su sistema. A virtud de ello se estableci en Italia un juramento para ser tomado a todo individuo antes de ordenarse, de acuerdo con el cual acepta y obedece la encclica de Gregorio XVI, reprobando este nuevo sistema de filosofa. Vase Institutiones Phillosophicae, auctore J. B. Bouvier, pgina 198. Cerramos esta resea con una obvia y sencilla observacin, que segn nuestro modo de ver muestra la justicia de la crtica de Gioberti y la improcedencia del sistema de Lamennais. El consenso comn no puede ser nuestra

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267 regla a menos que nosotros lo conozcamos. Pero cmo podemos conocerlo? Con seguridad, oyendo o leyendo. Luego el conocimiento viene de los sentidos. Si ningn conocimiento adquirido por medio de los sentidos puede ser evidentemente cierto, como afirma Lamennais, dnde est entonces el valor del consenso comn de los hombres? Si nosotros no podemos estar evidentemente seguros de que omos, de que leemos, para qu sirve or o leer? Una verdad nunca destruye a la otra, y por consiguiente la verdadera filosofa ensea que del testimonio de los sentidos podemos llegar al conocimiento de la verdad, como tambin a virtud del consenso comn y de algunas otras fuentes.

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268 Nueva York 30 de diciembre de 1842 Mi querida hermana: Slo puedo contestar a tu carta melanclica recordndote nuestro deber de conformarnos con la voluntad de Dios. Mi separacin de mi patria es inevitable, y en esto convienen mis fieles amigos. Acaso yo he tenido la culpa por haberla querido demasiado, pero he aqu una sola culpa de que no me arrepiento. En cuanto a nuestro sobrino debo informarte que son tales las ocupaciones de mi ministerio que estoy muy pocos momentos en casa y cuando escribo tengo que hacerlo a media noche. Puedes inferir que en tales circunstancias se le hara un dao al muchacho, y yo en conciencia no podra hacerme cargo de una educacin, que por absoluta necesidad tendra que descuidar. Otros jvenes que han estado en mi caso han tenido que pagar maestros, y eso que mis ocupaciones no eran numerosas como al presente. Conque quieres mi retrato? Te lo mandar cuando pueda costearlo, y en miniatura porque nunca tendr medios para ms. Habr tres o cuatro aos que mand uno a las monjas carmelitas porque un amigo de ellas lo coste, pues de lo contrario nunca hubiera ido. Querida hermana, lo mismo [cortado el papel] un mono grande que pequeo, y no tengas cuidado que hallars cuando menos lo pienses mi retrato en tus manos, pero bajo la condicin de que no salga de ellas. Memorias a Pancha, y a tu amanuense que me alegro est tan adelantado en sus estudios. Siempre tuyo tu hermano Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]EPISTOLARIO PERSONAL (1842-1848)Carta a su hermana

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269Carta a su hermanaNueva York 26 de julio de 1844 Mi querida hermana: Acaso sabr que hemos sufrido los catlicos no tanto en esta ciudad como en Filadelfia, pero consulate que ya ha pasado, y slo ha servido para aumentar el nmero de los convertidos a la Iglesia. Yo estoy perfectamente, mas sin embargo voy a pasar unos cuantos das en Saratoga donde hay aguas minerales que siempre me han aprovechado mucho. He tenido un fuego muy cerca de la Iglesia, pero la actividad de los apagadores impidi que se comunicase y escapamos. Sin embargo pas un buen susto. La seca que se sufre en ese pas es sin duda alarmante, y en la Habana no es lo peor, pues por cartas de Nuevitas s que aun ni llueve y que se paga la pipa de agua a veinte reales. Lo ms particular es que en Venezuela que no dista mucho ha sido todo lo contrario, pues se han perdido los frutos por las inundaciones, en consecuencia de las abundantsimas lluvias. Espero que Pancha y toda la familia continen sin novedad y que no olvides a tu hermano que siempre est a tus rdenes Flix Varela(Est dirigida a la Sa. Da. Mara de Jess Varela, Habana.)[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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270Carta a su hermanaNueva York 12 de marzo de 1845 Mi querida hermana: Son las diez de la noche y por la maana sale el barco. Debo pues limitarme a una carta de aviso de que lejos de estar muerto me hallo ms fuerte que nunca. Creo que voy a ser como dicen por all un viejo revencudo. La nieve y el fro tienen a tus hermanos encerrados segn supongo en Norwich, pero no dudo que estn buenos y pronto tendr el gusto de verlos. Ya que mis sobrinas no quieren escribirme no dejes de decirme siempre algo acerca de ellas y de su madre, a quien nunca olvido. Queda siempre a tus rdenes tu hermano Flix Varela.[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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271Carta a su hermanaSan Agustn de la Florida 20 de julio de 1848 Mi querida hermana: Estoy casi seguro de que no ha llegado a tus manos ninguna de mis cartas, y as me valgo de la Madre Natividad para que por su conducto recibas esta si es que llega a recibir la que le escribo, pues de todas maneras suelo verme chasqueado. Yo estoy casi bueno y pienso permanecer aqu hasta que me fortalezca en trminos de no tener recaidas. El paraje es muy agradable para mi por ser muy retirado, pues parece una ciudad separada del resto del mundo. Hay un continuo silencio por la poca poblacin y porque las calles no estn empedradas sino cubiertas de arena. En fin el que padezca de la cabeza puede venir a curarse a este buen clima y en esta silenciosa ciudad. Bien puedes inferir por la descripcin que he hecho, que nada tengo que decir, pues aqu nada ocurre, sino que ds memorias a toda la familia, principalmente a Pancha, y que no olvides a tu hermano que te ama. Flix Varela[Revista Bimestre Cubana, La Habana, julio-diciembre de 1942.]

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272Nota introductoria escrita por Joaqun Santos SurezUn antiguo catedrtico, cuyo voto puede formar autoridad en materias de estudios y de enseanza, nos ha dirigido las siguientes observaciones acerca del programa oficial que la facultad de filosofa en esta Real Universidad ha hecho recientemente publicar. Como documento cientfico destinado marcar la poca de la reforma universitaria y precisamente sobre el punto ms importante del saber humano, por cierto que no mereca pasar como inapercibido, por ms desfavorable que sea la opinin de los que no contemplan el tiempo presente oportuno para la filosofa y sobre todo para la verdadera y trascendental filosofa. Haciendo ms justicia al siglo en que vivimos y al estado de nuestra civilizacin, nos aventuraremos entrar en ese campo, que de seguro nos estara vedado no cubrirnos bajo la gida protectora de nuestro amigo. Antes de hacerle hablar y de cederle de una vez la palabra nos permitiremos algunas observaciones ms sobre la primera indicacin; porque tratndose del ttulo con que la facultad ha publicado su folleto nos ha parecido que hacindolo as, lo poco que digsemos podra servir de introduccin aquel trabajo y ser bastante para explicar nuestros motivos. El opsculo ha salido luz bajo el ttulo de “Programa oficial de las materias concernientes las distintas asignaturas de filosofa en esta Real Universidad”. Que haya una instruccin oficial, sea en ste o en cualquier otro ramo, es una cosa de que no dudaramos, siempre que por la poca fuera lo que se hubiese establecido mandado establecer en la Universidad; pero que se nos d un programa oficial nicamente de materias en la totalidad de las asignaturas de que se componga una facultad y que en l no se omita ni una sola opinin ni que contenga la menor enunciacin de doctrinas;REFLEXIONES SOBRE LA ENSEANZA DE LA FILOSOFA EN CUBA (1845)Crtica al Programa Oficial de Estudios de la Facultad de Filosofa de la Universidad de La Habana

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273 he aqu lo que positivamente en la pobreza de nuestros alcances, no acertamos concebir. Comprendemos muy bien cuando el ministerio publica un programa que va con l envuelta la implcita profesin de su fe y sus creencias en las cuestiones de poltica interior y exterior que se propone resolver. Todo esto se deja naturalmente entender, mas no as cmo pueda aplicarse aquel ttulo, si no se violenta su sentido, al simple ndice de los captulos en que haya de dividirse una doctrina que tanto podr tratarse de esta como de la otra manera, y que por su parte dos escuelas opuestas podran su vez desempear de muy diferente modo. Que esa sencilla designacin de materias se nos ofrezca como un programa, todava queremos ser bastante indulgentes para consentirlo; pero que merezca adems el carcter de oficial es hasta donde no puede llegar nuestra condescendencia, porque desdice de la autoridad cuyas funciones algo ms importan que las de formar un nuevo catlogo de materias. Pasando del ttulo ocuparnos de la cosa misma, notamos desde luego, que se d un sentido ilimitado la palabra filosofa, ampliando su dominio hasta extenderlo asignaturas que propiamente no le corresponden, tales como la literatura, las matemticas y lengua griega; qu la inversa peca por demasiadamente restricto, pues que no abraza la totalidad del saber humano, si la filosofa ha de ocuparse como se supone, de Dios, del mundo y de los hombres. En calidad de ciencia la respetaramos como la ms ftil insignificante de todas si ambiciosa de ensanchar demasiado sus lmites quedase incircunscrita y sin la prefijacin de su fin y objeto especial. El carcter ms notable de toda filosofa es la especificacin de su objeto y su dominio, y casi puede decirse que de esta primera solucin dependen todas las dems. A este trmino conspiran todas las escuelas, bien que ninguna lo haya alcanzado todava de la manera completa y absoluta que se propusiera: entre los varios dogmatismos que aun se disputan el imperio de la opinin, ninguno puede gloriarse todava de haber llegado esa altura y aunque todos pretenden la superioridad no hay sin embargo quien la haya merecido. La escuela sensualista, buscando el origen de nuestros conocimientos, cree haberle encontrado en la sensacin y en la reflexin: su vez la Escocesa, que ms bien que enemiga es su aliada natural, y que en medio de ser religiosa es al mismo tiempo antiptica todo misticismo, ha definido la filosofa como la historia natural del espritu humano, sea el estudio experimental de los fenmenos de la vida intelectual y moral, manifestados en la conciencia y generalizados despus en leyes del pensamiento. Aun el mismo Coussin no vi que proclamndose el conciliador universal de todas las opiniones por su mtodo eclctico, perjudicaba sin advertirlo su propia

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274 doctrina; porque no eximida est de la influencia de aquel principio disolvente, y sujeta como los otros la ley de error y de exclusividad, impuesta por l como condicin indispensable de todo sistema filosfico, semejante doctrina lejos de ser el tratado de paz definitivo hecho para conciliarlos mtuamente, ha contribudo ms bien aumentar el nmero de los partidos beligerantes y echar en vez de olivo un enemigo ms en el campo de batalla. Sea cualquiera la escuela que se adoptase, y sin entrar en el estudio crtico de sus respectivas doctrinas, lo que s nos parece de todo punto incontestable y que no se podr contradecirnos, es que la literatura, la lengua griega, y mucho ms aun las matemticas, salen evidentemente del resorte y comprensin de la filosofa. No ignoramos que el rbol de los conocimientos humanos, como lo ha dicho el ilustre Jovellanos, es uno y nico en s mismo, aunque inmensamente ramificado; y que si bien todos fructifican por el efecto de una comn vegetacin, son sin embargo y pesar de ese vnculo de confraternidad muy diferentes entre s. Un idioma particular, por ms sabio que se le suponga, y hasta la misma literatura, cualquiera que sea su elevada categora, jams podr confundrsela con aquella: ramas distintas tienen cada una y reconocen su linde y jurisdiccin particular. Pero aun son si cabe mucho ms especficas las diferencias que median entre la filosofa y las matemticas, para no admirarnos de que se las coloque como partes de un mismo todo y se haga de las ltimas una simple asignatura de la primera. Difieren ambas esencialmente por la materia de que tratan, por el objeto y fin que se dirigen, y por el modo tambin de considerarles. En cuanto lo primero, bien sabido es que la materia de las matemticas se funda en el razonamiento necesario, as como el razonamiento contingente es la base de la filosofa: descansan las primeras en hiptesis de que ni siquiera pueden darse razn: toman principios prestados que tampoco aciertan discutir; construyen en una palabra en terreno ageno, mientras que la filosofa edifica en su propio suelo y nada pide nadie. Por su objeto las ciencias matemticas se circunscriben relaciones de cantidad, para ser ms exactos, a la cantidad mirada bajo la sola relacin de igualdad desigualdad; medida que la filosofa se distiende y dilata, sin conocer otros lmites que los que estn asignados la existencia real en sus diversos modos y accidentes, ni conoce ms trminos que los de la misma inteligencia humana. En sus fines, si bien ambas se proponen la verdad, la buscan, sin embargo, por caminos muy distintos; la una bajo la proteccin de principios dados, que la otra tiene que expurgar y establecer: estos principios son la vez formales y materiales para la una, mientras que para la otra se limitan los primeros. En matemticas toda la ciencia est de antemano contenida

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275 en los hechos, puede decirse que es puramente explicativa: en filosofa, al contrario, sus principios nos guan y sostienen, son el medio de la investigacin y no la investigacin misma; y en la marcha que nos conducen de una absoluta ignorancia un conocimiento progresivo, su proceso es realmente ampliativo. Para el matemtico no hay causas y la causalidad es el primer motor del filsofo. En el modo de considerar su objeto el matemtico busca lo general en lo particular, y las nociones de la filosofa son todas, excepcin de unas pocas, generalizaciones de la experiencia: esto la inversa de su rival carece del socorro y la garanta de una lengua formada, y en sus comunicaciones tiene que apelar la vulgar: la primera es en fin demostrativa, cuando la ltima slo puede aspirar una certidumbre probable. Pudiera an llevarse ms lejos este contraste, pero como no nos hemos propuesto tratar de propsito la materia, que antes que nosotros ha agotado con admirable habilidad el crtico y fillogo ingls Mr. Hamilton, nos parece que bastarn estas pocas indicaciones para deslindar las distintas genealogas de ambas ciencias y para acreditar con cunta equivocacin se las ha colocado en una misma facultad. Quizs si se hubiese tratado de una lucha de amor propio de una vana cuestin de literatura, nos hubiramos abstenido de tomar parte en la discusin; pero versando sta sobre filosofa, que la vemos ya con placer en el rango que la corresponde, no hemos dudado en acometer una empresa para lo cual no estbamos preparados. Mas ahora oigamos nuestro amigo.1Joaqun Santos Surez1 El Pbro. D. Flix Varela.

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276Texto de Flix VarelaConfieso, que el ttulo me ha llamado la atencin. Acaso lo habr dado aprobado la Facultad y por eso ser oficial; pero de todos modos no me agrada el tal ttulo y mucho menos cuando examinando el cuaderno encuentro un tratado de lengua griega!! otro de bellas letras y otros varios de casi igual naturaleza, que sin duda no pertenecen la facultad de filosofa no ser que sta quiera extender su dominio todos los conocimientos, porque todos pueden ser el resultado del amor la sabidura. Puedo equivocarme, pero me parece que la facultad de filosofa de esa Universidad no ha sido muy feliz en la eleccin del ttulo que ha dado su cuaderno. En cuanto a las doctrinas, bien poco puedo decir, porque bien poco dice el programa, aunque llena un cuaderno de 50 pginas en 8o mayor. Repare V. que es un ndice de materias y no de doctrinas, pues nada se afirma se niega, y as son muy pocas las doctrinas, aunque son muchas materias que se tocan. Supongo que en el examen se presentaron las doctrinas, mas para los que no han estado presentes no pueden formar idea de ellas y slo lean el programa como leeran el ndice de una obra sobre cada ramo cientfico de los contenidos en el dichoso Programa oficial. Advierto que han conseguido entrada y su antigua posesin las reglas silogsticas y las seoras categoras que yo haba desterrado. Entren enhorabuena, pues que yo estoy fuera de casa. Vuelve la cuestin sobre el criterio de la verdad, y se insina que hay riesgo en advertir alguno con exclusin de los dems. Yo hubiera escrito hasta la palabra alguno y hubiera omitido con exclusin de los dems. Acaso estoy equivocado, porque ya casi nunca trato materias filosficas; pero me parece que en la proposicin 7 del Tratado de Fsica, estara mejor la palabra potencia fuerza del movimiento, que son dos cosas bien distintas. Vd. que seguramente tiene las ideas ms frescas, ver si me equivoco. Lo que se trata en el programa sobre la religin es muy bueno, pero lo que omite es muy necesario. Ya que se considera la Biblia en tantas relaciones, debi no haberse omitido la principal, que es el medio para obtener su inteligencia. Es cierto que en tal caso se hubiera entrado en una cuestin teolgica de suma importancia, pues forma la base del catolicismo del protestantismo, segn se resuelva; pero las materias de esta naturaleza, deben no tocarse, tratarse completamente. El programa como est puede ser defendido por un catlico por un protestante. De ninguna manera quiero que se crea que sospecho mala intencin en el profesor que ha formado esta parte del programa, pero s aseguro que inocentemente ha presentado la

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277 materia como la desean los protestantes, quiero decir, probada la inspiracin de la Biblia y sin indicarles los jvenes que para su inteligencia necesitan ms que su estudio y propio talento como en los dems ramos que contiene el Programa oficial. Este es el que llama espritu privado, independiente de la autoridad de la iglesia. Repito que yo no supongo que esta sea la intencin, pero es el resultado; y estoy casi seguro que si se le pregunta cualquiera de los estudiantes examinados qu necesita para entender la Biblia? responde, leerla con atencin y buen espritu. No le ocurrir que debe oir la Iglesia, quien nicamente corresponde juzgar del sentido de la Escritura; y tiene V. acaso que de facto piensan como protestantes sin percibirlo ni quererlo. No entiendo y deseo que V. me explique la proposicin 26 de dicho tratado. Como V. ha odo esos seores, sabr lo que quieren decir. Las proposiciones 4a y 5a empiezan con un imperativo y terminan con un interrogante. Confieso que es la primera vez que lo veo y no puedo formar sentido en su lectura. Tampoco me agrada que Manin, sea el doctor Valle, Decano de la Facultad, nos diga que Descartes en su aparente entinema traha la afirmacin de que no hay atributo sin substancia. Es un galicismo por lo menos un espaol bien raro esa de TRAHER una afirmacin en un entinema. Nuestro amigo Poey se ha lucido por la abundancia y variedad de materias, aunque en cuanto esta le aconsejara que fuese ms parco. Parceme que muchas de las doctrinas son agenas su ctedra, si bien puede hacerse venir ella. Estoy seguro que nuestro amigo Hernndez podra servirse de la parte que Poey ha escrito de la Historia natural en general y que sera un excelente programa para el examen de sus discpulos de Anatoma, si es que aun tiene clase de esta ciencia. Yo creo que la historia de la naturaleza est sujeta las mismas leyes que la de los pueblos y que no debe ser un tratado de ciencia alguna, si bien casi todas pueden, y veces deben tocarse accidentalmente por va de ilustracin. Si los catedrticos se limitasen con rigor las materias exclusivas de sus asignaturas, seran ms breves y ms abundantes al mismo tiempo sus lecciones; y la instruccin general conjunto de ramos de enseanza, sera ms clara, no entretegindose por decirlo as, los unos con los otros. Cuando hablo de abundancia no me refiero las lecciones de Poey, que como ya he observado, son abundantsimas, y tanto que por efecto de mi imaginacin me han hecho temblar, y permtame V. que para exponerle la causa de esta afeccin le refiera un pasaje ancdota de mis primeros aos. Sabe V. mi poca confianza en la memoria y en los conocimientos que dependen de ella. Este sentimiento que foment como profesor lo tuve siem-

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278 pre como estudiante, y aun en mis primeros aos nada me afliga tanto como aprender lecciones de memoria; pues parece que tena un instinto de su inutilidad. Pusironme estudiar la gramtica latina en ese Seminario (del cual nunca fu alumno, pero nunca sal de mi patria), y cuando llegu los que llaman nombres compuestos entraron, mejor dicho se aumentaron mis aflicciones; y entre otros das en que sola subir la azotea de mi casa para llorar mis cuitas, me sorprendi una vez mi buen to don Bartolom Morales cuando me hallaba pronunciando entre sollozos una de aquellas listas de nombres de que abunda dicho tratado, cuyo horror conservo y cuyas ideas pasaron cuando ces el deber escolstico, sin que me hagan mucha falta. Era mi to un militar bien instrudo en su carrera, pero no haba hecho otros estudios; propsome sin embargo tomar parte de mi aprendizage, y como hombre de gran paciencia y buen juicio me dirigi con tanto acierto y dulzura que al fin me saba, cre que me saba de memoria la lista descomunal, y sal de casa para el Colegio muy consolado. Cuando ya haba terminado mis estudios sola mi to recordarme aquel da de mis lgrimas y de su cario, dicindome: —Flix, cmo era aquello de calx, Lanz, etc.? Pues ahora bien, mi querido Ruiz, al leer las numerosas y largusimas listas del Programa de Poey me vinieron la memoria mis nombres compuestos y produjeron casi el mismo efecto que en mi primera edad. Decame mi mismo: si fuese muchacho y me agarrase Poey con estas listas creo que no subira la azotea para llorar, sino que emprendera la carrera hasta las mcaras de San Lzaro para hacerlo ms mi salvo. Cree V. que ha terminado esta pesadsima carta? Pues no seor mo, aun tiene V. que leer algo ms, y si le disgusta, rompa V. la carta, que acaso sera lo mejor. Agrdame mucho la parte que trata de la Literatura, mas no lo apruebo. Buena contradiccin! me dir V. Entremos en explicaciones y ver V. que no hay alguna. Repito que me agrada, porque contiene materias interesantes, bien escogidas y presentadas con brevedad; pero de manera que el lector entrev que los estudiantes tienen en sus manos las llaves de un magnfico palacio soberbiamente adornado, y esta idea le incita suplicarles que le permitan la entrada. No apruebo sin embargo el programa, porque no es de literatura aunque dice serlo. La 1 parte es un breve tratado de Ideologa, Retrica y Poesa, mejor dicho de algunas materias pertenecientes estos ramos del saber. La 2, no trata de Literatura, sino de su historia, que son cosas bien distintas, y nos encontramos por ltimo sin ms que la promesa que se hace en el nmero 6 de decirnos qu es literatura, y cul es la etimologa de este nombre. Aun esta promesa no viene tiempo, pues no se halla al principio

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279 del tratado, sino en la parte que est bajo el ttulo Poesa, como si la definicin que se promete debiera contraerse la Poesa, en cuyo caso todo lo que anteriormente contiene el tratado bajo el ttulo general Literatura no la pertenece, y dicho ttulo est fuera de su lugar, y del todo imperfecto. Parceme como Marmontel1 que es literato el que est provisto y sabe hacer uso de un gran nmero de modelos del buen gusto, sacados de las composiciones escritas antiguas y modernas: que el erudito le da noticia de las obras donde puede encontrarlos, y por ltimo el hombre de genio literario, que Marmontel llama hombre de letras, le presenta otros originales con que pueda aumentar su tesoro. Infirese pues que la literatura es como la prctica de la Retrica y Poesa, no en composiciones propias, sino en el conocimiento y uso de las agenas, y que no la componen ni las reglas de que se vale para calificar los modelos, ni la historia de los hombres que las han empleado en diversos tiempos con el mismo fin, obteniendo diversos resultados.He aqu por qu he dicho que el programa nada contiene de Literatura sino el ttulo, mi ver mal aplicado. Tiempo es ya de terminar esta pesadsima carta, y lo hago suplicndole me dispense el mal rato que le he dado en su lectura. Flix Varela Noviembre 11 de 1845[Revista Cuba y Amrica, 5 de octubre de 1900.]1 Marmontel. “Litrature” Elementos de Literatura. Oeuvres compltes, t.14, p. 679.

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280 Entre mis recuerdos de viaje figuran, como de los ms interesantes, las entrevistas que tuve con el buen patriota y virtuoso sacerdote cubano D. Flix Varela, autor del texto de filosofa por el cual curs esa asignatura en el colegio-seminario de San Carlos, siendo catedrtico de ella el Pbro Don Francisco Ruiz, y suplente el Lcdo., D. Manuel Costales. Senta yo entonces que aquel sabio estuviera en los Estados Unidos, porque deseaba conocerlo personalmente, debido ese deseo la atmosfera de admiracin que me rodeaba respecto a aquel maestro, y la fama que gan con haber hecho en espaol lo mismo que al abate Condillac hizo en francs; sacudir y desechar el escolasticismo de la Edad Media. Yo era por aquellos das un imberbe que en esas honduras calzaba tan pocos puntos que no vea muy mas all de mis narices, y por consiguiente careca de la capacidad necesaria para comprender que ya era tiempo de optar por otro texto, acorde con el progreso de los estudios filosficos. Podra haber dicho con propiedad, que mi respeto y admiracin por el Pbro. Varela culminaban en cariosa adhesin un desconocido fisicamente, pero a quien vea con los ojos del alma: amaba al sabio y patriota consecuente condenado al ostracismo. *** En 1850 fui Charleston, Carolina del Sur, y all tuve el placer de estar en diario contacto con Cirilo Villaverde, Miguel T. Toln, Juan Manuel Macas (que acompa Narciso Lpez en su expedicin Crdenas) y Leopoldo Turla; este ltimo y Villaverde eran amigos mos desde aos atrs, y Toln no le haba visto y hablndole ms que una vez, aqu, en el caf de Escauriza,VARELA VISTO EN SUS LTIMOS AOSEntrevista con Varela (Alejandro Angulo) (1850)

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281 hoy parte del Hotel Inglaterra. Era pues, Macas el nico de ese inolvidable grupo de patriotas quienes entonces v por primera vez, pero pronto nos quisimos fraternalmente, es decir con el mismo afecto que yo senta por Villaverde, Toln y Turla. A principios de 1851 estbamos en Sahavanna, de regreso de Macon, Turla, Macas y yo, quienes dije un da que era posible que fuese San Agustn por conocer al Padre Varela, (segn la corriente manera de llamarle); tanto as era mi anhelo de verle y orle. Pues sucedi que una maana d con Macas en un parque que yo acostumbraba ir de paseo, y de buena primera me dijo al acercrseme: —Sabe usted quin est aqu? —Quin? —El padre Varela. —Dnde? Me dio las seas de la casa de una familia catlica en la que el respetable sacerdote se haba alojado, despedme de Macas, y acto contnuo me dirij satisfacer mi viejo deseo. La seora de la casa, de como cincuenta aos de edad, y de expresin bondadosa, tom mi tarjeta para llevarla mi deseado, y me brind asiento en la sala. Su ilustre husped no se hizo desear; abri la puerta de cristales y cortinas de damasco rojo que me quedaba enfrente, y al ponerme de pi se present aquel, un hombre de mediana estatura, trigueo muy delgado, vestido de levita, pantaln y chaleco de pao negro y con el correspondiente cuello azul y blanco modo de corbata. La modestia tiene un reflejo especial que no puede ocultarse, y la de aquel excelente varn me impresion al pasear la mirada rpidamente por su semblante. Y ese reflejo me record mi pequeez; qued vencido ante una superioridad que haba buscado anhelosamente, pero ignorado que habra de dominarme por lo mismo de no ser altiva; pocos minutos despus v que ella, bajando, se elevaba hasta ser rayana de la humildad. La grandeza intelectual no necesita ms que exhibirse para conquistar voluntades; es lo mismo que la virtud. He aqu nuestro dilogo: —Sintese usted— me dijo con suave acento. Hcelo cuando l ocupaba ya un silln frente m y le dije: —Perdone usted que venga yo distraerle de sus ocupaciones, porque al saber hace pocos momentos que usted est aqu, no he podido diferir el vivo deseo que tena desde aos atrs de conocerle personalmente, y ponerme sus rdenes. —Gracias, seor; ese deseo me honra mucho. —¡Oh, no padre! El honrado soy yo.

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282 —Es usted de los Angulos de Matanzas? —S seor, soy sobrino de ellos. —Y es usted tambin abogado? —S, seor. —Dgame usted, qu es de mi amigo y compaero el presbtero Francisco Ruiz? Estudi usted filosofa con l? —S, seor, pero hace ya ms de ocho aos que dej de ser catedrtico de esa asignatura, es decir, desde que se puso en ejecucin el nuevo plan de estudios superiores. —Vamos, por eso he dejado de recibir sus elencos, pues l fue siempre consecuente en envirmelos, y en su amistad. Hizo una breve pausa, mirando hacia el piso alfombrado, y despus me pregunt: —Y qu cambios trajo ese nuevo plan de estudios? —Varios, y algunos muy sensibles. Mientras que en Madrid los cursos no pasan de ocho meses, desde 1843 son de diez en la Habana, la matrcula, que sabe usted solo costaba un peso, la elevaron seis onzas de oro; para recibir el grado de licenciado en leyes, se requieren siete cursos, y si en medicina, ocho, y como se ha aumentado mucho el nmero de los catedrticos, y los exmenes de grados asiste, adems, un delegado de la comisin regia de instruccin pblica, esos grados cuestan mucho; el de leyes, por ejemplo, inclusive los derechos de la audiencia para obtener el ttulo de abogado, llega a quinientos pesos, por lo que no pudieron continuar sus estudios algunos jvenes, condiscpulos mos, por falta de recursos al efecto. —¡Qu lstima! —exclam con expresin de profundo pesar. —Uno de esos era un joven mayor que yo, muy aplicado, y de buena conducta. Pues ya siendo yo abogado, nos encontramos en la calle de la Muralla, en rumbos opuestos y en una misma acera; l conduca un rollo de cuero del que usan los zapateros para suelas, y andaba sin corbata. Al verme, baj la vista, y se introdujo en un almacn de vveres. Sin duda era zapatero quien pudo ser un buen abogado. Al or esa corta relacin, el piadoso y sensible sacerdote baj la vista, guard silencio de como medio minuto, y despus mirndome con semblante triste y voz reveladora de profunda pena, me dijo: —Es, seor que en Cuba hay dinero para todo, menos para lo que debiera haberlo. Va all una bailarina, da algunas funciones de piruetas, y al retirarse registra en la caja de ahorros veinte mil pesos;1 y para socorrer una desgracia como la de ese joven, ¡nadie abre la bolsa!1 Aluda Fanni Elsler.

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283 Antes de ponerme de pie para retirarme, le dije: —En una nota del texto de filosofa, dice usted, que preguntando uno de sus alumnos, en un examen preparatorio: qu es sensacin? contest:sensacin es sensacin. Recuerda usted quin fue ese alumno? Fij la vista en el suelo, evidentemente apelando su memoria, y pronto me contest: —Ah! s, ese fue Santiaguito Bombalier. Caminando hacia el hotel Pulaski donde tena yo mi habitacin, fui recitando mentalmente aquel dilogo, y cuando entr en aqulla lo primero que hice fue escribirlo, gracias mi admirable memoria. Dos das despus volv a visitar al ilustre maestro, le entregu el lbum indicado, y entramos en conversacin. Yo quera saber dos cosas: primera, si l ideaba dar luz pblica una segunda edicin de sus Lecciones de filosofa, y la otra, por qu no acab de publicar sus Cartas Elpidio. —No ha preparado usted— le pregunt— otra edicin de filosofa? —S, seor, en eso estoy hace ya algn tiempo, pero lo hago con mucha lentitud, porque ya el pulso no me acompaa. —Si usted hubiera de quedarse aqu, yo, con mucho gusto sera su escribiente, para que concluyera usted esa obra. —Agradezco a usted su bondadoso deseo, pero dentro de tres das me volver a San Agustn. —Querra usted decirme por qu no termina sus Cartas a Elpidio? Mirme con algo as como de quien oye lo que hubiese deseado no or, y en estilo exclamatorio dijo: —¡Ah, seor, usted pone el dedo en una herida abierta an! A esas palabras sigui un corto silencio y despus, fijndome la mirada en los ojos, continu de este modo: —Yo supongo que usted es de los que viajan con cartera a la mano, no es as? —S, seor, y ser franco con usted: le oigo con tanta atencin, y tengo tan buena memoria, que antes de ayer escrib, palabra por palabra, todas las de usted usadas en nuestro dilogo. Y ahora mismo podra recitrselas usted al pie de la letra. —Pues bien, voy a complacerle, pero suplicndole que no haga uso pblico de lo que le dir ahora, sino despus de mi muerte. Y ser usted el nico depositario de un secreto penoso y de bastantes aos. Tras una breve pausa, en que al parecer escoga el comienzo de su explicacin, continu 3as

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284 —En esas cartas, yo me propuse combatir una errnea creencia relativa a ste pas. Mis compatriotas creen que aqu existe una completa tolerancia religiosa, lo que no es verdad, y en prueba de ello, le citar usted dos casos. Una seorita protestante de Nueva York quiso convertirse, y efectivamente se convirti, al catolicismo. Cuando su padre lo supo, se llen de ira, fu verse con el cura que efectu aquella conversin, y le dijo que como volviera bautizar otro miembro de su familia, lo matara, y el sacerdote le contest: —Yo no busqu a la seorita hija de usted para hacerla catlica, ella vino voluntariamente. Si alguien ms de la familia de usted viniera m con la misma idea de convertirse mi religin, yo le aceptar cumpliendo mi deber; y si por eso usted me matare, usted ser ahorcado, y yo ir al cielo. Y qu cree usted? El asunto concluy por haberse convertido otra hija de aquel seor, su esposa, y al fin l mismo, habiendo actuado con todos ellos, el mismo cura que bautiz a la primera seorita. Vea usted, pues, si es no cierto que aqu no existe la tolerancia que se pondera y se elogia. Pues porque yo empec a combatir ese error, mis paisanos se desagradaron, y lo supe por varios conductos. Me censuraron por eso! ...A qu, pues, continuar con mis Cartas Elpidio? Me hirieron, seor, mis compatriotas, cuando con muy sana intencin hacia ellos comenc aquella obrita. Yo me limit a decirle que era sensible no terminara la obra en referencia, evitando as hasta la sombra de un rozamiento de ideas sobre aquel delicado punto. En seguida hablamos de cosas sin inters digno de ser conservado en mi cartera, y me desped de mi benvolo interlocutor. Caminando en rumbo del hotel Pulaski, iba yo repitiendo para conmigo las ltimas palabras del virtuoso Varela, y pens esto: ¡Cmo le ofusca su celo religioso! He aqu lo que escribi en mi lbum: Pensamientos: As como una sola estrella gua el navegante quien las otras extraviaran una sola religin gua al creyente a quien extraviaran las diversas incorrectas sectas. No hay ms que una desgracia, y es separarse de Dios, por lo cual son felices todos los justos, y desgraciados todos los perversos. La libertad sin virtudes es el mayor castigo de la soberbia, que pronto se avergenza y se arrepiente de sus errores. La supersticin, el fanatismo y la impiedad, son los tres grandes martirios del alma. Aqu he visto, me parece que fue en Cuba y Amrica un retrato de Varela, y debo decir que no se le parece; en l tiene ojos redondos, algo

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285 saltones, al contrario de los suyos; y una mirada que contrasta con su impresin penetrante pero suave, mejor dicho, era su alma. Alejandro Angulo Guridi[El Fgaro, Ao 20, No. 22, La Habana, 10 de julio de 1904.]

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286Carta de Lorenzo de Allo al seor Francisco RuizSaint Augustine, Fla. Diciembre 25 de 1852 Seor Presbtero Don Francisco Ruiz, Habana Mi respetable amigo y Seor: Hoy he llegado a esta ciudad, y uno de mis primeros deseos fu visitar a nuestro amigo y virtuoso maestro el Seor Varela. Como a las diez de la maana me dirig a la iglesia de San Agustn. Se comenzaba en ella una misa cantada, y calcul que l oficiara en ella; pero no fu as. Concluda la misa, me dirig hacia el patio de la iglesia, donde hall una negra, quien me gui a la morada de nuestro maestro. A los pocos pasos hall un cuarto pequeo, de madera, del tamao igual, o algo mayor, que las celdas de los colegiales. En esa celda no haba ms que una mesa con mantel, una chimenea, dos sillas de madera y un sof ordinario, con asiento de colchn. No v cama, ni libros, ni mapas, ni avos de escribir, ni nada ms que lo dicho. Slo haba en las paredes dos cuadros de santos, y una mala campanilla sobre la tabla de la chimenea. Sobre el sof estaba acostado un hombre, viejo, flaco, venerable, de mirada mstica y anunciadora de ciencia. Ese hombre era el Padre Varela. Le dije quien era, y le ped a besar la mano. Por el pronto no me conoci; pero luego me record perfectamente. Me pregunt por Vd., por Casal, por Bermdez, por Luz, y por casi todos los colegiales y catedrticos de su tiempo, y por algunos estudiantes seculares. Me caus admiracin que, al cabo de treinta y un aos, pudiera conservar ideas tan frescas, aun de las cosas ms insignificantes. Cuando entr en su cuarto, se hallaba el Padre extendido sobre el sof, mantenindose con cierta inclinacin por medio de tres almohadones. A instancias mas conserv la misma posicin. Dijo que as tena que estar constantemente; que tena tres o cuatro enfermedades; que no poda leer, ni escribir, no slo por razn de sus males, sino porque tampoco vea las letras; y que viva en aquel cuarto, porque se lo haba destinado el Padre Aubril, sacerdote francs, y cura de la parroquia, quien lo tena recogido, y sin cuya bondad habra ya perecido. Cuando me hablaba del Colegio, y de sus amigos y discpulos, mostraba tal animacin que no pareca estar enfermo. Al pintarme su estado, haba tanta conformidad en su fisonoma, palabras y ademanes, que cualquiera lo hubiera credo un hombre muy dichoso. Vd. no puede figurarse las impresiones que yo experimentaba, viendo y oyendo a nuestro maestro, ni las alusiones que haca en mi interior al

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287 mundo de los libros y al mundo de los hombres. No me pareca posible que un individuo de tanto saber y de tantas virtudes estuviera reducido a vivir en pas extranjero, y a ser alimentado por la piedad de un hombre que tambin es de otra tierra. No es verdad que es cosa extraa que entre tantos discpulos como ha tenido Varela, entre los cuales hay muchos que son ricos, no haya uno siquiera que le tienda una mano caritativa? Varela no puede vivir mucho tiempo. No podran sus discpulos, al menos los que tienen fortuna, asignarle una corta mesada, por los pocos meses que le quedan de vida? No podran siquiera hacerle una corta suscripcin? —Ay! el alma se parte al ver un santo perecer sin amparo. Nunca he sentido tanto como hoy mi pobreza. El Conde de Santovenia, Don Jos Fresneda, Don Anastasio Carrillo, Don Marcelino de Allo, Don Francisco Hevia, y otros discpulos y amigos de nuestro Padre, bien podran hacer corto sacrificio en su obsequio. ¡Cul obra ms meritoria del aplauso de Dios y de los hombres! Varela conserva sus cabellos, su dentadura, y no ha perdido sus modales y movimientos cubanos. Su fisonoma no toma la expresin inglesa, sino cuando habla ingls, idioma que posee lo mismo que el suyo. Todo el mundo lo celebra y lo ama; pero nadie, sino el Padre Aubril, le tiende una mano amiga. ¡Cun incomprensible es este montn de tierra que se llama mundo! Varela moribundo sobre un jergn habla a mi alma, que Scrates tomando la cicuta, o Mario descansando sobre los escombros de Cartago. Cuando existieron Scrates y Mario reinaba el paganismo; y esos hombres debieron su desgracia a la calumnia, o a los excesos, mas Varela no se encuentra en ese caso. Hoy, alumbra al mundo la Religin santa de Jesucristo; la calumnia ha respetado a Varela; y en vez de excesos su vida presenta una serie no interrumpida de virtudes. ¡Y Varela, sin embargo, se encuentra en una situacin ms infeliz que la de aquellos desgraciados! ¡Cunto he lamentado su situacin! Me cost trabajo no prorrumpir en llanto al verlo y al orlo. Nosotros, como un deber, por el buen nombre, y hasta para librarnos del epteto de ingratos, estamos obligados a dirigir una mirada piadosa al hombre benfico que fu nuestro maestro, y que tanto nos ama. Ese hombre me dijo entre otras cosas, que haba tenido el mayor gusto hablando conmigo, porque durante nuestra conversacin se haba credo en la Habana, de donde haca muchos aos que nadie le escriba, y de donde no haba recibido ninguna noticia. Me dijo tambin, “antes, sola recibir algunos elencos de los exmenes que haba en las clases, y tena un placer singular en leerlos; pero hace muchos aos que no tengo ni aun ese gusto”. ¡Pobre sacerdote! Su vida es padecer y vegetar. Sus palabras son de paz, de amor, de religin: si se imprimieran, ensancharan el campo de la

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288 ciencia y de la moral. Su cabeza nada ha perdido; pero su talento gigante solo servira para hacerle ms horrible su situacin, si no fueran ms gigantes su religin y sus virtudes. Atrvome, Seor Ruz, a hacerle a Ud. dos indicaciones a favor de nuestro amigo y maestro: 1 formar una suscripcin entre unos pocos de sus discpulos para asignarle un mesada, o hacerle un presente pecuniario; 2 y que Ud. ni yo sonemos para nada, sino que el obsequio aparezca como obra espontnea de los hombres piadosos que socorran al abandonado Padre Varela. Creo muy recomendable esta segunda indicacin, para evitar que padezca su delicadeza al saber que damos este paso, y para que la espontaneidad del servicio sea a sus ojos ms satisfactorio. Puede Vd. ensear esta carta a los discpulos suyos que antes he mencionado. l los record con amor, y con gusto, lo mismo que a otros de sus discpulos y amigos, lo que estoy persuadido de que no les ser desagradable pues s que lo estiman y quieren. Perdone Vd. Padre Ruz, si me he extendido demasiado en esta carta; y srvame de excusa el inters que me inspira nuestro muy amado maestro. Pselo Vd. bien, y ordene en cuanto crea til a su apasionado amigo y seguro servidor Q.B.S.M. Lorenzo de Allo P.S. —El 1o del entrante me voy a Charleston, donde me ofrezco a las rdenes de usted. —Vale.[Jos Ignacio Rodrguez: Vida del Presbtero Don Flix Varela. Imprenta Arellano y Ca, La Habana, 1944.]

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APNDICESBibliografa de Flix VarelaCompilada y anotada por Josefina Garca-Carranza

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291Para la realizacin de este trabajo hemos consultado los fondos de la Biblioteca Nacional, del Instituto de Literatura y Lingstica, del Archivo Nacional y del Seminario de San Carlos, instituciones a las cuales agradecemos su valiosa cooperacin. Este se propone ayudar en la localizacin de documentos activos y pasivos, relacionados con el presbtero Flix Varela, a todos aquellos que se empeen en el estudio de la vida y obra de este preclaro cubano, cuyas enseanzas resultan ejemplo y cobran hoy asombrosa actualidad. En modo alguno pretendemos la exhaustividad en esta compilacin, entre otras razones porque el padre Varela vivi 30 aos en el exilio debido a sus ideales independentistas, y por ello la informacin correspondiente a esta etapa es incompleta. Se han usado las abreviaturas ANC y Ms solo en los casos del Archivo Nacional y de los documentos manuscritos respectivamente. Los asientos precedidos por un asterisco se han tomado de la Bibliografa cubana del siglo XIX, de Carlos M. Trelles. Concluida la bibliografa en 1988, de ella estn ausentes los trabajos que sobre Varela se han publicado con posterioridad.J. G. C.NOTA

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292BIBLIOGRAFA ACTIVAA. Libros, folletos, publicaciones peridicas y otros documentos B. TraduccionesBIBLIOGRAFA PASIVAA. Referencias de inters B. Datos para su vida a) Cartas y otros documentos C. Muerte de Varela a) Proceso de sus restos D. Estudios y conferencias a) Crtica e interpretacin b) Ideas filosficas y religiosas c) Ejercicio profesoral e ideas pedaggicas d) Pensamiento poltico y revolucionario e) Varela y otras figuras E. Valoracin de su obra y datos sobre ella a) Obras valoradas b) Reseas de libros sobre Varela c) Libros de texto para la enseanza F. Homenajes a) Centenario de su muerte b) Orden Flix Varela c) Bicentenario de su natalicio G. Otros documentos a) Grabados b) ProgramasCONTENIDO

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29318101.Solicitud de autorizacin a oposicin para optar por la Ctedra de Mayores de Latinidad y Retrica del Seminario de San Carlos y San Ambrosio. La Habana, 2 de noviembre de 1810. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 629, no. 63. Ms.18122Discurso dirigido a los feligreses de la parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje en la misa de Espritu Santo, que se celebr antes de las elecciones. La Habana, 25 de octubre de 1812, 2 h. (Copia.) Diario de la Habana (La Habana) 29 de octubre de 1812. Incluye solicitud de Juan de Arango para su publicacin. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, Nueva York,1878, pp. 44-46. “Este discurso mereci muchos aplausos del vecindario y de la prensa”. (J. I. Rodrguez) “Este Sermn acab de popularizarlo y se mostr a los electores como hombre de energa y de accin”. (J. M. Guardia) 3.“Carta dirigida al Sr. Ldo. Juan de Arango, dndole las gracias por haber publicado su discurso sobre las elecciones parroquiales”. Diario de la Habana (La Habana), 1 de noviembre de 1812: 3. “Esta carta contribuy a aumentar su popularidad.” (J. I. Rodrguez) 4. *Propositiones variae ad tironum exercitationem. [La Habana]: s.n., 1812, 1 pliego. Elenco de las doctrinas que enseaba en filosofa para las conclusiones en el colegio Seminario de San Carlos. Primer trabajo filosfico. Ttulo en espaol: Varias proposiciones para ejercicio de los bisoos.BIBLIOGRAFA ACTIVA A. Libros, folletos, publicaciones peridicas y otros documentos

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294 5. *Sub auspicis Illmo. Dr. D. Joannis Josephi Diaz de Espada et Landa, hujus Dioecesis Meritissimi proesulios Regii conciliari & &. Has propositiones ex universa philosophia de promptas tuebitur B. D. Nicolaus Emmanuel de Escovedo in hoc S. Caroli Seminarius Philosophiae audita. Discusio in generale Gymnasio praedicti Seminari praeside D. Felice Varela, Philosophiae Magistro dia 16 Julii anni MDCCCXII. Typis Ant. Gil, [Havanae], 1812, 25 p. “Este elenco trata en primer lugar de la Lgica (...) y de la Filosofa en general (...) Siguen despus proposiciones de Metafsica, Ontologa, Psicologa, Teologa y Fsica (...) Despus viene lo relativo a la Moral. Comprende 226 proposiciones que abraza un curso completo (...) Es el primer ensayo de la filosofa moderna en Cuba.” (Bachiller) 6. Institutiones philosophiae eclecticae ad usum studiosae iuventutis editae Typis Ant. Gil, Havanae, 1812-1814, 4 t. Los tomos 3o (1813) y 4o (1814) se publicaron en espaol y se imprimieron en la oficina de don Esteban Jos Boloa. “El primero comprende la lgica dividido en cuatro partes con su apndice: Propositiones variae ad tironum exercitationem; y el segundo la metafsica. ”El segundo tomo solo tiene 47 pginas de doctrina y el resto con XXXIX proposiciones entre las que trata de las relaciones del alma con el cuerpo, en que cree perdido el tiempo que se emplea en refutar los sistemas, principalmente el del mediador plstico de Cudwort. Estas son las obras filosficas con que principi el P. Varela su enseanza.” (Bachiller) Instituciones de filosofa eclctica para el uso de la juventud. Oficina de D. Esteban J. Boloa, Habana, 1813, t. 3. “Este tercer tomo de 148 p. comprende la tica o moral. Es un pequeo volumen nutrido de excelentes doctrinas en que se defienden las facultades del alma en los actos humanos de un modo notable; la nocin que da del sentido ntimo en que se ejercen esas facultades sobre el alma misma; su explicacin sobre la libertad humana o libre albedro, que no se pueden confundir ni con el materialismo en boga a la sazn ni con el fatalismo que ahora se ha extendido ms en las escuelas que lo defienden y lo aceptan. El libro dice en sus prenociones: ‘Aunque las dos primeras partes de estas Instituciones filosficas se imprimieron en latn, escribo la tercera en espaol, por esperarse que en el nuevo plan de estudios se mande ensear en el idioma patrio’.” (Bachiller) Oficina de Don Esteban Jos Boloa, Habana, 1814, t. 4; 252 p., lams. pleg.

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295 Contiene nociones de Matemticas necesarias para la inteligencia de la fsica general. “Primera obra trascendental del P. Varela.” (Bachiller) “Este libro del Padre Varela es pues el primer libro de fsica escrito por un cubano en fecha tan remota como 1814.” (L. F. Le Roy) La Biblioteca Nacional “Jos Mart” posee los tomos 1 y 4. Traduccin castellana por Antonio Regalado Gonzlez. Habana Cultural, [Editorial de la Universidad de La Habana, 1952], 218 p. (Biblioteca de Autores Cubanos; 19. Obras de Flix Varela y Morales ; vol. 1) Esta edicin correspondiente al tomo 1 (Lgica) aparece publicada en su texto latino y su traduccin al castellano.18137. *Examen Philosophicum. De correctione Mentis. A. D. Francisco Garca ... et D. Emilio Doval. Sustinumdum. In Hoc. S. Caroli Habanensi seminario. Praeside D. Felice Varela. Typis D. Stephani Boloa, Havanae, 1813, 6 p.18148. *Doctrinas fsicas que expondrn por conclusin del trienio veinte alumnos de la clase de filosofa del Real Seminario de San Carlos de la Habana, en diversos exmenes distribuidos en el orden siguiente ... presidindoles el Presbtero Don Flix Varela, catedrtico de Filosofa &. Con licencia. Impr. del Comercio, Habana,1814, 47 p. “Elenco que trata de Geografa, Astronoma, Fsica, Qumica y Botnica, cuyos estudios no se enseaban en la Universidad”. (J. M. Guardia) 9. *Resumen de las doctrinas Metafsicas y Morales enseadas en el Colegio de San Carlos de la Habana, sobre las cuales sern examinados D. Francisco Garca y D. Juan de Ortega, colegiales de nmero, D. Joaqun Surez y D. Antonio M. Escovedo, presidindoles el Presbtero D.Flix Varela, maestro de filosofa. Oficina de D. Esteban Jos Boloa, Habana,1814, 18 p. “Primera publicacin de ese gnero en lengua espaola, e inaugur los programas de fin de ao, inspirados en las Instituciones de Filosofa”. (J. Miguel Guardia) “Primer trabajo de su clase que se haya nunca impreso en nuestra lengua, as en la isla de Cuba, como en Espaa, y en los pases espaoles del mundo entero.” (J. I. Rodrguez)

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296181510. Praelectio de philosophiae impedimentis, qua: Presbiter D. Flix Varela, Seminarii Habanensis, professor ad hanc disciplinam excipiedam juvenes comparabat inchoato, triennio XVIII. Calendas Octobris, Anni MDCCCXV. Havanae:Typis Commertii, 1815, 8 p. Ttulo en espaol: Anticipada explicacin sobre los obstculos de la Filosofa, compuesta por el Pbro. D. Flix Varela, profesor del Seminario habanero, para los alumnos de dicha asignatura, en el 18o trienio empezado en Octubre.181611.Carta dirigida a la Sociedad Patritica de la Habana, en la que solicita su ingreso en dicha institucin. La Habana, 12 de diciembre de 1816. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 547, no. 24. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115): 286; julio de 1922. 12. Doctrinas de lgica, metafsica y moral, enseadas en el Real Seminario de San Carlos de la Habana, en el primer ao del curso filosfico, las que expondrn en diversos exmenes, veinte alumnos. Oficina de La Cena, La Habana, 1816, [34] p. En Bachiller y Morales, Antonio: Apuntes para la historia de las letras y de la instruccin pblica de la isla de Cuba. Impr. de P. Massana, La Habana, 1860, t. 2, pp. 157-176. Importante opsculo que se conoce generalmente con el nombre de Elenco de 1816. “Es un compendio del curso completo de filosofa, concebido dentro del espritu del siglo XVIII, conforme a los mtodos ms ajustados a la realidad de las cosas. Rechzase terminantemente el principio de autoridad, la argumentacin escolstica, la ontologa, &.” (J. M. Guardia)181713.Carta dirigida a Juan Agustn de Ferrety, Vic. Srio. de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, en la que expresa su gratitud por haber sido admitido socio de nmero. La Habana, R1. Semo. de Sn. Carlos, 27 de enero de 1817, 2 h. Ms. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115): 287; julio de 1922.

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297 14.Carta dirigida a Dn. Juan Agustn de Ferrety, en respuesta al oficio en que la Sociedad Econmica de Amigos del Pas le seala el tema para su discurso de ingreso. La Habana, 8 de febrero de 1817, 2h. Ms. Cuba Contempornea (La Habana) 10 (115): 287; julio de 1922. 15.“Discurso ledo por... en la primera junta de la Sociedad Patritica de la Habana, a que asisti despus de su admisin en dicho Cuerpo” [21 de febrero de 1817]. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) 4(7): 224-234; 31 de julio de 1817. Despus de una introduccin aparece el ttulo del discurso: “Influencia de la ideologa en la sociedad, y medios de perfeccionar este ramo”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) 15(85): 7-14; noviembre de 1842. Revista de la Habana (La Habana) 2:101-104; 15 de septiembre de 1853-1 de marzo de 1854. El Kaleidoscopio (La Habana) 1(7):[145]-152; 17 de abril de 1859. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 57-64. En su Educacin y patriotismo. Introduccin por Jos Mara Chacn y Calvo. Publicaciones de la Secretara de Educacin, Direccin de Cultura, La Habana,1935, pp. [11]-30. (Cuadernos de cultura; 2) “He juzgado siempre que el libro maestro de la filosofa es el trato de los sabios, y que nuestros conocimientos adquieren la ltima perfeccin, cuando se comunican mtuamente en un cuerpo destinado a fomentarlos.”181816.Certificado a favor de Don Pedro de Jess Daz, sobre su asistencia y aplicacin en las clases de Lgica. La Habana, 22 de julio de 1818. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 582, no. 6. Ms. 17.“Apuntes filosficos sobre la direccin del gnero humano, para recordar a sus discpulos las doctrinas enseadas acerca de esta materia”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (21): 281-294; 30 de septiembre de 1818. Impr. Palmer e hijo, Habana,1822, 20 p. Impr. Fraternal de los Daz de Castro, Habana,1824, 23 p. Publicado bajo el ttulo: Apuntes filosficos sobre la direccin del espritu humano. Hechos en el ao 1818 por el presbtero D. Flix Varela, adicionados y corregidos nuevamente por l mismo... Impr. de D. Jos Boloa, [Habana], 1829, 22 p. *Impr. de D. Pedro N. Palmer, Habana,1818, 27 p.

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298 *Impr. de Don Pedro N. Palmer, Habana, [1819], 31 p. *Palmer e hijo, Habana, 1820, 27 p. *Santiago de Cuba: s. n., 1835, 23 p. “Se reimprimi todos los aos para los exmenes del Colegio de San Carlos en diferentes imprentas. La paginacin vari con el carcter de la impresin. Estos Apuntes (...) se reprodujeron tambin como parte integrante de su Miscelnea Filosfica .” (J. I. Rodrguez) 18. Elogio del Excmo. e Illmo. Seor Doctor D. Jos Pablo Valiente y Bravo ... pronunciado en la iglesia Catedral de la Habana, por el presbtero D. Flix Varela, maestro de filosofa en el Real Seminario de San Carlos, el da 10 de marzo de 1818. Oficina de Arazoza y Soler, Habana,1818, 17 p. (Coleccin Facticia Vidal Morales) “Es un folleto rarsimo.” (Trelles) En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York,1878, pp. 83-95. En su Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,1977, pp. 234-246. 19. *Instrucciones morales y sociales. Cuaderno escrito por el P. Varela y D. Justo Vlez e impreso a expensas de la Sociedad Econmica, segn se ve del informe del Secretario de la Seccin de Educacin D. Juan N. de Arocha, de 11 de diciembre de 1818. [Habana: s. n., 1818.] Oficina del Gobierno y Capitana General por S. M., Habana,1841, 90 p. “Se escribieron para ser usadas en las escuelas, y se reimprimieron varias veces.” (Vidal Morales) Contiene: Instrucciones Morales: 1-4. Instrucciones Sociales: 1-2. Fbulas de diversos autores para el uso de los nios. 20. *Leccin preliminar dada a sus discpulos por ... al empezar el estudio de la Filosofa en el Real Colegio de San Carlos de la Habana, el da 30 de marzo de 1818. Impr. de D. Pedro N. Palmer, Habana,1818, s. p. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 103-105. “Es una crtica bastante viva de la barbarie escolstica.” 21. Lecciones de filosofa. Impr. de Palmer, Habana, 1818-1820, 4 t. en 3 v.: lams., pleg. Los tomos 2 y 3 se publicaron en 1819 y el 4, en 1820. Impr. Fraternal de los Daz de Castro, Habana,1822. La Biblioteca Nacional “Jos Mart” posee el tomo 1. 2a. ed. corr. y aum. Impr. Stavely y Bringhurst, Filadelfia,1824, 3 t.: planos, pleg., tablas. A partir de esta edicin incluye el artculo titulado “Patrimonio”. 3a. ed. corr. y aum. Nueva York: s. n., 1828, 3 t.: lams., pleg.

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299 La Biblioteca posee los tomos 1 y 2. 4a. ed. corr. y aum. Impr. G. F. Bunce, Nueva York, 1832, 3 t.: lams., pleg., tablas. 5a. ed. corr. y aum. Impr. de Don Juan de la Granja, Nueva York,1841, 3 t.: lams., pleg. Prlogo por Roberto Agramonte. Impr. La Vronica, La Habana, [1940], 320 p.: retr. Reimpresin de la edicin de Filadelfia, 1824. Editorial de la Universidad de La Habana, Habana,1961-1962, 3 t. (Biblioteca de Autores Cubanos; 24. Obras de Flix Varela) Bibliografa y notas al pie de las pginas. Reimpresin de la edicin publicada en Nueva York, 1841. “Los dos primeros tomos contienen el Tratado del hombre, lgica, metafsica y moral, con ms ideas sobre el cuerpo humano y sus funciones; los dos ltimos tratan del Universo o sea los cuerpos. Por esta obra se ense filosofa moderna en castellano y sirvi de texto en la Isla y otros puntos de la Amrica espaola por muchos aos.” (Bachiller) “Las lminas fueron dibujadas por el seor Don Juan Manuel Valerino, discpulo del Padre Varela; y el grabado lo ejecut en la Habana el Seor Don Pedro Mara Picard.” (J. I. Rodrguez)181922.“Elogio de S. M. el Seor Don Fernando VII contrado solamente a los beneficios que se ha dignado conceder a la isla de Cuba; formado por acuerdo de la Sociedad Patritica de la Habana, y ledo en junta general del 12 de diciembre de 1818.” Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (25):1-16; 31 de enero de 1819. En Apuntaciones sobre El Habanero, hechas por un discpulo del mismo Varela. Impr. del Gobierno y Capitana General, Habana,1825, pp. 23-30. Diario de la Habana (La Habana) 9 de diciembre de 1833:1-2. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York,1878, pp. 77-78. En su Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, pp. 247-258. “Es una de las ms celebradas oraciones de Varela.” (Trelles) 23.“Informe dado por los presbteros D. Joaqun Pluma y D. Flix Varela en orden a la Gramtica Castellana, escrita por D. Gabriel Laguardia, presbtero de las Escuelas Pas, y remitida a la Junta de Educacin Pblica para su examen”.

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300 Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (33):252-257; 30 de septiembre de 1819. Contiene: Observaciones sobre las definiciones. Observaciones sobre el mtodo. Observaciones sobre la doctrina. Observaciones sobre el uso de dicha Gramtica. 24.“Informe de los presbteros D. Joaqun de Pluma y D. Flix Varela, sobre la contestacin que el presbtero D. Gabriel Laguardia ha dado a las observaciones sobre su gramtica castellana, que presentaron en su anterior informe en cumplimiento del encargo hecho por la Seccin de Educacin, a quien ahora nuevamente se dirigen”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (33):271-284; 30 de septiembre de 1819. 25. Esposicin [sic.] de las exequias funerales que por el alma del Rey Padre Don Carlos IV de Borbn, celebr la siempre fiel ciudad de la Habana el 12 de mayo de 1819 en la Santa Iglesia Catedral, con la oracin que se dijo en ella. Oficina de Arazoza y Soler, La Habana,1819, 6 p. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 97-100. “Este sermn es uno de los mejores de su especie.” (Bachiller) 26. Miscelnea filosfica. Impr. de Palmer, La Habana,1819, 132 p. Impr. que fue de Fuentenebro, Madrid, 1821, 1 v. Consta de dos partes con 127 y 112 pginas, respectivamente. 3a. ed. Henrique Newton, Nueva York,1827, VI, 205 p. Suprimi algunos trabajos sobre el escolasticismo y aadi su trabajo “Patriotismo” que luego incluy en las otras ediciones de sus Lecciones de filosofa. Prlogo por Medardo Vitier. Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana,1944, XXIII, 290 p. (Biblioteca de Autores Cubanos; 3. Obras de Flix Varela y Morales; vol. 7) Reimpresin de la 3a edicin publicada en Nueva York, 1827. Incluye adems otros estudios filosficos: I. Ensayo sobre el origen de nuestras ideas. II. Carta de un italiano a un francs sobre las docrinas de M. de Lamennais. III. Ensayo sobre las doctrinas de Kant. Estos tres ensayos filosficos se publicaron en ingls en The Catholic Expositor and Literary Magazine en 1841 y 1842. Los dos primeros trabajos se tradujeron al espaol por Roberto Agramonte y el tercero, por Luis A. Baralt Zacharie. “Los primeros nueve captulos no son composicin original de Varela. Son extractos hechos por l de la Lgica de M. Destutt, conde de Tracy. En los pasajes en que el P. Varela no est de acuerdo con el

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301 autor o en el que le pareca necesario agregar alguna explicacin, una u otra cosa se expresaron por medio de una nota. Despus se insertan: Las observaciones sobre el escolasticismo. Fundamentos de las siete proposiciones que se hallan en los Apuntes filosficos sobre la direccin del espritu humano. El idioma latn considerado ideolgicamente. De las obras elementales escritas en verso.” (Trelles) 27.“Oracin fnebre pronunciada en el Real Colegio de San Carlos de la Habana, 12 de mayo de 1819”. En su Esposicin [sic] de las exequias funerales que por el alma del Rey Padre Don Carlos IV de Borbn, celebr la siempre fiel ciudad de la Habana el 12 de mayo de 1819 en la Santa Iglesia Catedral, con la oracin que se dijo en ella. Oficina de Arazoza y Soler, La Habana, 1819, p. [7]-15. A NC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 602, no. 35. Copia mecanografiada.182028.“Discurso pronunciado en la apertura de la clase de Constitucin, de que es catedrtico”. El Observador Habanero (La Habana) 1(11):[3]-6; 1820. (Poltica) En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. [408]-411. En su Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,1977, pp. 25-28. “...yo llamara a sta la ctedra de la libertad, de los derechos del hombre, de las garantas nacionales, de la regeneracin de la ilustre Espaa, la fuente de las virtudes cvicas, la base del gran edificio de nuestra felicidad, la que por primera vez ha conciliado entre nosotros las leyes con la filosofa...” 29.“Relacin de los exmenes de la escuela de Jess: Informe”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (39):87-90; 31 de marzo de 1820.182130.Certificacin de asistencia a clases expedida a nombre de Juan Escoto. Habana, 8 de abril de 1821, 1 h. (en 1v) (Autgrafos) Ms. 31.Comunicacin al Sr. Don Agustn Govantes, secretario de la Sociedad Patritica, relacionada con el reglamento para la nueva escuela de ense-

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302 anza mutua, cuya redaccin se le encomend. La Habana, 10 de abril de 1821, 2 h. Ms. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):288; julio de 1922. 32.“El ciudadano D. Flix Varela, a los habitantes de la Habana, despidindose para ir a ejercer el cargo de Diputado en las Cortes de 1822 y 1823”. Diario de la Habana (La Habana) 18 de abril de 1821:3. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 51(1):83-84; enero-febrero de 1943. Incluido en: Gay-Calb, Enrique: Varela revolucionario. En su Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 259. Copia mecanografiada existente en ANC: Fondo Donativos y Remisiones, caja o legajo 603, no. 7. 33. Observaciones sobre la Constitucin poltica de la Monarqua espaola. Impr. de Pedro Nolasco Palmer e Hijo, Habana, 1821, 117 p. ltima obra del P. Varela publicada en la Habana. Otra edicin en 1944. (Vase asiento no. 105 B. A.) Contiene: Soberana. Libertad. Igualdad. Qu es una Constitucin poltica, y cul es el objeto de la espaola? De la divisin de los poderes. Por qu no se han establecido en Espaa dos cmaras como en Inglaterra, ni se han formado las Cortes por estamentos? Diputados. Atribuciones de los poderes. Sobre ayuntamientos y juntas provinciales. Sobre algunos artculos en particular. Sobre algunas dudas en la parte reglamentaria.182234.Carta a D. Nicols Mahy en la que le comunica estar enterado de su eleccin para Diputado a Cortes, y le informa que entre los documentos acreditativos falta el testimonio del acta de elecciones. La Habana, 3 de abril de 1822. ANC: Fondo Asuntos Polticos, legajo 303, no. 197. Ms.182335.“Carta a los editores de El Universal, en la que se queja de que en el extracto de una sesin de Cortes le atribuyen pensamientos que ni so en manifestar”. El Revisor Poltico y Literario (La Habana) (20):12; 16 abril de 1823.

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303 En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 183-184. 36.[“Resumen de su intervencin en las Cortes, sobre dotacin del clero, 10 de marzo de 1823”]. Diario de la Habana (La Habana) 26 de abril de 1823:1-2. 37.“Discurso sobre la Independencia de las Amricas”. En Morales y Morales, Vidal: Don Toms Gener y Bohigas. Fragmento de un estudio biogrfico [s. l., s. a.] h. 46-53. La Biblioteca Nacional “Jos Mart” posee copia de este discurso por Vidal Morales (C. M. Morales, t. 32). Este discurso no lleg a pronunciarlo en las Sesiones a Cortes, debido a que el Dictamen de la Comisin sobre el reconocimiento de la Independencia de las Amricas (Vase asiento no. 83 B. A.) no fue aprobado. Publicado originalmente en El Espectador, de Cdiz, en agosto de 1823, y reproducido en la Gaceta de la Habana, el domingo 21 de septiembre de este mismo ao. 38.“Carta a Jos Antonio Saco, sucesor suyo en la Ctedra de Filosofa, en la que le aclara conceptos sobre la naturaleza del sol. Cdiz o Madrid, 1823”. En Saco, Jos Antonio: Esplicacin [sic] de algunos tratados de fsica. Impr. Fraternal de los Daz de Castro, [La Habana], 1823, pp. 235-241. En Fernndez de Castro, Jos Antonio: Medio siglo de historia colonial de Cuba: cartas a Jos Antonio Saco ordenadas y comentadas (de 1823 a 1879). Ricardo Veloso, ed., La Habana, 1923, pp. 25-27. Combate tesis del clebre Herschel sobre la naturaleza del sol.182439.Carta a “Estimado Daz”, agradecindole sus atenciones. Nueva York, 25 de febrero de 1824. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 543, no. 32. Ms. 40.Carta al Seor Don Cristbal Madan, dando cuenta de haber recibido la libranza. Filadelfia, 28 de julio de 1824. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 419, no. 36. Facsmil. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878. Facsmil encuadernado al final del volumen de enero de 41.Carta acreditada a F. V. en la que trata sobre cuestiones filosficas. New York, 1 de diciembre de 1824. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 605, no. 19. Ms. Incompleto.

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304 42. El Habanero. Papel poltico, cientfico y literario. Filadelfia-New York, 1824-1826. 7 nmeros. Redactor: Flix Varela. Los tres primeros nmeros se publicaron en Filadelfia. El nmero 6 y el ndice del primer tomo estn manuscritos por Vidal Morales. El tomo 2, nmero 7, es fotocopia del original que se encuentra en la Biblioteca de la Universidad de Yale. Adjunto a este ltimo nmero aparece carta de F. V. al S. D. P. I. de A., en que responde impugnacin y define su pensamiento americanista. La circulacin de este peridico se prohibi en Cuba por Orden de 27 de junio de 1825. Encuadernado con: Apuntaciones sobre El Habanero, hechas por un discpulo del mismo Varela, en las que hace impugnaciones a este peridico. Estudios preliminares por Enrique Gay-Calb y Emilio Roig de Leuchsenring. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1945, XXXVII, 245 p.: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 4. Obras de Flix Varela y Morales; vol. 9.) Reproducido de la primera edicin. 2a. ed. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1962, 259 p.: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 4. Obras de Flix Varela y Morales; vol. 9.) La preparacin y la revisin de esta obra han estado a cargo del doctor Enrique Gay-Calb, comenzando con su estudio “Varela y El Habanero ”. Le sigue un trabajo del doctor Emilio Roig de Leuchsenring titulado “Varela en El Habanero, precursor de la revolucin cubana”. Miami: Revista Ideal, 1974, 220 p. En la cubierta se lee: Destierro. Contiene adems: Padre Flix Varela y Morales. A. A. Romn. “Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios (1822)”, pp. I-XXIV. El Habanero “Hojeando las pginas de El Habanero nos encontramos con que Varela es, en el tiempo, el primer cubano que mantiene decididamente con su pluma, sin vacilaciones de ninguna clase, la necesidad imprescindible de que, para ser feliz y prspera, para lograr la libertad y la justicia, tena Cuba que romper los lazos que la esclavizaban a Espaa y de independizarse de ella. Y es tambin Varela el primer cubano intelectual que pone su talento y su pluma al servicio de la

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305 causa libertadora de su pas. Y es tambin Varela el primer intelectual que predica, porque de ello est convencido, que no es por la evolucin, bajo la soberana de la Metrpoli, sino por la revolucin, como Cuba puede y debe conquistar sus derechos polticos y econmicos.” (E. Roig de Leuchsenring). “ El Habanero es la primera expresin del periodismo puesto en funcin del logro de la independencia de Cuba.” (O. Miranda). Contiene: t. I, no. 1: Mscaras polticas. Cambia-Colores. Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba. Conspiraciones en la isla de Cuba. Sociedades secretas en la isla de Cuba. Ciencias naturales: Temperatura del agua de mar a considerables profundidades. Accin del magnetismo sobre el titanio. Propagacin del sonido. Fenmeno observado por el profesor Silliman en el Chryo-phoro de Wollaston. Tranquilidad de la isla de Cuba. No. 2: Estado eclesistico en la isla de Cuba. Bombas habaneras. Amor de los americanos a la independencia. Carta a un amigo, Jos de la Luz y Caballero, respondiendo a algunas dudas ideolgicas. No. 3: Paralelo entre la revolucin que puede formarse en la isla de Cuba por sus mismos habitantes, y la que se formar por la invasin de tropas extrangeras [sic]. Revolucin interviniendo una fuerza estrangera [sic]. Revolucin formada sin auxilio estrangero [sic]. Poltica francesa con relacin a Amrica. Instrucciones secretas dadas por el Duque de Rauzan al Coronel Galabert en Pars. Dilogo que han tenido en esta ciudad un espaol partidario de la independencia de la isla de Cuba, y un paisano suyo anti-independiente. Reflexiones sobre la situacin de Espaa. Preguntas sueltas, respuestas francas. Instrucciones dadas por el gabinete francs a Mr. Chasserian enviado a Colombia. Noticia de una mquina inventada para medir con la corredera lo que anda un buque, por Mr. J. Newman. Suplemento al nmero 3 del Habanero. Denuncia intento de asesinato contra su persona... No. 4: Persecucin de este papel en la isla de Cuba. Comisin militar en la Habana. Run, run. Carta del editor de este papel a un amigo. No. 5: Necesita la isla de Cuba unirse a alguno de los gobiernos del continente americano para emanciparse de Espaa? Es necesario para un cambio poltico en la isla de Cuba, esperar las tropas de Colombia o Mjico? Qu deber hacerse en caso de una invasin? Es probable la invasin? Hay unin en la isla de Cuba? Dos palabras a los enemigos del Habanero. No. 6: Real Orden de Fernando VII prohibiendo El Habanero Reflexiones sobre la Real Orden anterior. Esperanzas frustradas. Reflexiones sobre los motivos que puedan alegarse para no

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306 intentar un cambio poltico en la isla de Cuba. Consecuencias de la rendicin del Castillo de S. Juan de Ula respecto de la isla de Cuba. T. II, no. 7: Diario de la Habana sbado 8 de abril de 1826. Reflecciones [sic] sobre los fundamentos de la confianza que se tiene o aparenta tener en la Habana sobre la permanencia del estado poltico de la isla. Fuerza naval de los Estados independientes que se hallan en el Pacfico y acaso estn ya en camino para el Atlntico. Estado econmico de la isla de Cuba. Carta al S. D. P. I. de A. contestando a la que se sirvi dirijirle [sic] impresa en el correo poltico de Trinidad de 5 del pasado, Nueva York, 7 de julio de 1825.182543.Cartas a Jos de la Luz y Caballero, elogiando su obra sobre la enseanza y sobre otros asuntos. New York, 29 de diciembre de 1825-17 de octubre de 1849. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 604, no. 41. Son 14 cartas. Ms.182844. El Mensajero Semanal. Filadelfia y Nueva York, 19 de agosto de 182829 de enero de 1831. Redactores: Jos Antonio Saco y Flix Varela. “El Gobierno espaol calific su circulacin en la Isla de sospechosa y esto precipit la muerte de esta notable publicacin, en donde salieron a luz valiosos escritos.” (Trelles) Segn J. I. Rodrguez, quien confiesa haber visto solamente el tomo 2 incompleto de esta publicacin, tres artculos pudieran haber sido escritos o inspirados por Varela. El primero, publicado en el nmero 3 (5 de septiembre de 1829: 20-22), se titula “Noticia cronolgica de los sucesos principales de la Vida de Napolen”; el segundo, publicado en el nmero 8 (10 de octubre de 1829:59), referente al reconocimiento de don Miguel, como rey de Portugal, por el Gobierno de Estados Unidos, y el tercero, publicado en el nmero 11 (31 de octubre de 1829:84-86) se titula “Relacin de las maderas que se emplean frecuentemente en la Isla de Cuba”. Este ltimo trabajo continu publicndose en los nmeros 12 y 13 (7 de noviembre de 1829: 91-94 y 14 de noviembre de 1829:[99]-101). Jos Augusto Escoto confirma que el artculo “Instruccin pblica” es de Varela (no. 43, 13 de junio de 1829:[313]-316).

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307182945.Certificacin de bautismo de Plcido Jos Antonio Gener, hijo de D. Toms Gener. Nueva York, 30 de marzo de 1829, 1 h. Copia mecanografiada existente en el ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 603, no. 6. 46.“Instruccin pblica”. El Mensajero Semanal (Nueva York) 1(43):[313]316; 13 de junio de 1829. La Aurora de Matanzas (Matanzas) 25 de marzo de 1833:2-3. Fragmento. La Instruccin Primaria (La Habana) 1(6):234-241; 25 de octubre de 1902. Artculo dirigido a los maestros cubanos. “...es equivocada la marcha que generalmente se sigue para promover la instruccin pblica, y que en vez de empezar por el cultivo de las ciencias para que ellas produzcan la ilustracin del pueblo, debe empezarse por sta, para que aquellas puedan existir, por lo menos de un modo ventajoso ... ningn pueblo es ignorante sino cuando no hace esfuerzos para instruirse...”183047.[“Consejos a los casados”]. La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo (La Habana) 1:362-364; 17 de abril de 1830. (Variedades) 48.Carta al Committee for the establishment of a University in New York disculpndose por no asistir a una conferencia. New York, 20 october, 1830, 2 h. Fotocopia. 49. The Protestant’s abridger and annotator. G. F. Brunce, New York, 1830, 72 p. Trad. del ttulo: El Abreviador y anotador de El Protestante. Respuesta al peridico El Protestante, de New York, el cual atacaba a la iglesia catlica.183150.“Cartas sobre la Educacin del Bello Sexo, 12o, pginas 191. Imprenta del Gobierno y Capitana General, Habana, 1829”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 1(1):58-74); mayo-junio de 1831. (Educacin del bello sexo.) Resea no firmada, pero atribuida al P. Varela por Bachiller.

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308 “Ms se ley siempre, en aquel tiempo, el juicio de la obra, que la obra misma.” (Bachiller) 51.“Gramticas latinas”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 1(1):4057; mayo-junio de 1831. Anlisis sobre las gramticas de: Elio Antonio de Nebrija, Luis de Mata y Araujo, y la de Adam.183252.“Gramtica de la lengua castellana segn ahora se habla, ordenada por D. Vicente Salv. Pars, ao de 1830”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 2(6):1-18; marzo-abril de 1832. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, p. [427]-441. “Nada ms comn que una gramtica, y nada ms raro que una buena.” “Esta es la contribucin ms importante del P. Varela en esta Revista.” (Bachiller) Este artculo lo envi acompaado de una carta dirigida a los redactores de esta revista, fechada el 28 de febrero de 1832. (Vase asiento no. 78 B. A.) 53.Cartas a Jos del Castillo en La Habana. New York, 13 de septiembre de 1832; 28 de diciembre de 1833; 18 de junio de 1835. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 421, no. 15. Ms. Tratan sobre el aprendizaje de su sobrino Panchito, a quien tena a su cuidado; acerca de su imposibilidad de regresar a La Habana, y sobre el dinero recibido para la impresin de la obra (posiblemente sus Cartas a Elpidio...) 54.Copia de un trabajo indito en el cual analiza la obra de W. Paley, titulada Teologa natural o demostracin de la existencia de los atributos de la divinidad, fundada en los fenmenos de la naturaleza, publicada en 1825 [s. l., s. a.]. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 603, no. 37. Copia mecanografiada. Al final de este anlisis se lee: “Aprobado por la Comisin de Literatura de la Real Sociedad Patritica de la Habana 14 de julio de 1832. Firma: Domingo del Monte, Sec.” 55.Carta dirigida a un amigo, mencionando que una obra suya ha sido desechada por no considerarse til. New York, 16 de noviembre de 1832. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 603, no. 5. Ms.

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309183356.Cartas a Jos del Castillo. New York, 19 de marzo de 1833; 13 de mayo de 1834; 16 de enero de 1836. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 364, no. 19. Ms. Tratan acerca de los cuidados y atencin que le presta a su sobrino Panchito y sobre sus Cartas a Elpidio... 57. *The Religious controversy between the Rev. Dr. W. C. Brownlee, on the part of the protestants, and the Rev. Drs. John Power, Thomas C. Levins, and Flix Varela, on the part of the Roman Catholics. Printed and published by Boyle and Benedict, Philadelphia, 1833, 1 v. Datos tomados de: Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 281-286.183458.“Espritu pblico”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 3(9): 465475; 1 de enero de 1834. Artculo ideolgico no firmado, atribuido al P. Varela por Toms Gener. “El pueblo no es tan ignorante como le suponen sus acusadores. Verdad es, que carece de aquel sistema de conocimientos que conforman las ciencias, pero no de las bases del saber social; esto es, de las ideas, y sentimientos que se pueden hallar en la gran masa, y que propiamente forman la ilustracin pblica”. 59.“Inquiries concerning intellectual powers &. the investigation of thruth, por T. Albercrombie. New York, 1833”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 3(9):486-502; 1 de enero de 1834. Resea no firmada, atribuida al P. Varela por Domingo del Monte. Traduccin del ttulo: “Investigaciones sobre las potencias intelectuales, y la investigacin de la verdad”, por T. Albercrombie. 60.Cartas a Jos del Castillo. New York, 18 de abril de 1834; 3 de junio de 1835; 9 de abril de 1836. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 421, no. 16. Ms. Le da noticias sobre su sobrino Panchito y le habla del segundo tomo de sus Cartas a Elpidio..., entre otros temas. 61.Carta a Jos del Castillo. New York, abril de 1834, 2 h. Ms. Comenta el estado de inmoralidad en La Habana y que est preparando una obra, la cual piensa llamar “La impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la poltica”. Adems le habla de la crtica que le hacen sus amigos por no regresar a La Habana.

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310 62.Carta a Domingo del Monte. Nueva York, 12 de septiembre de 1834. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 545, no. 46. Es copia. Firmada tambin por Toms Gener. En Monte y Aponte, Domingo del: Centn epistolario. Prefacio, anotaciones y tabla alfabtica por Domingo Figarola y Caneda. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1924, t. 2, pp. 92-96. Trata problemas sobre la esclavitud y comenta Tratado de legislacin de Charles Comte.183563.Carta a Jos de la Luz y Caballero. New York, 2 de junio de 1835. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 605, no. 27. Ms. incompleto. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:64-65; [juliodiciembre], 1942. A propsito del fallecimiento del padre Jos Agustn Caballero, le propone a Luz que, con la cooperacin de sus discpulos, se copien todas las obras y los escritos de aqul. 64.Carta a Guadalupe Junco de Gener en la que le da el psame por el fallecimiento de su esposo. New York, 3 de septiembre de 1835, 2 h. Ms. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 622, no. 3. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:66; [julio-diciembre] de 1942. 65.Carta a Toms Gener recomendndole a su primo Agustn para que le encuentre colocacin. New York, 1835, 2 h. Ms. Hay nota al parecer de Gener que dice: “Recibida el 11 de junio de 1835”. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 622, no. 3. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:65; [julio-diciembre] de 1942. 66. Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo, en sus relaciones con la sociedad. Impr. de D. Guillermo Newel, Nueva York, 1835, 2 t. en 1v. Tomo 2 impreso en: Impr. G. P. Scott y Ca., Nueva York, 1838. No se public el tercer tomo que deba tratar del fanatismo. Impr. de D. Len Amarita, Madrid, 1836, t. 1. La Biblioteca Nacional posee: t. I: Impiedad. “Al final del segundo tomo se halla un ndice de los 8 apndices y una adicin de la carta IV. Se compone de cinco cartas o captulos, acompaados de ocho apndices (...) Las Cartas a Elpidio estn compuestas de tal modo que cada uno de sus tomos constituye un libro aislado e independiente (...) Esta obra produjo mucha sensacin en los Esta-

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311 dos Unidos. Se la ve citada con frecuencia por escritores catlicos americanos... ”La tradicin refiere que este Elpidio a quien se dirigen las cartas era el mismo seor Don Jos Mara Casall. Otros dicen que era el Seor Don Jos de la Luz y Caballero. Pero puede ser tambin, y as ser probablemente, que no fuese ninguno de los dos, sino que el nombre se inventase sin relacin a persona alguna.” (J. I. Rodrguez) “Las Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la suspersticin y el fanatismo, le dan derecho a figurar entre los principales apologistas espaoles del primer tercio del siglo XIX.” (Menndez y Pelayo) Prlogo por Humberto Piera Llera; eplogo por Raimundo Lazo. Editorial de la Universidad de la Habana, [Habana],1945, 2 t.: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 5; 6. Obras de Flix Varela y Morales ; vol. 6) Reimpresin de la primera edicin.183867.Carta a Jos del Castillo. New York, 31 de julio de 1838, 2 h. Trata acerca de Francisco Surez o Francisco del Castillo y Resquier y su partida hacia La Habana a instancias de su madre.184168.“Indicaciones sobre la mejora de los hospitales en climas clidos”. Repertorio Mdico-Habanero (La Habana) 1(5):68-71; marzo de 1841: il. Las ilustraciones aparecen entre las pginas 80 y 81. Academia de Ciencias Mdicas y Naturales de la Habana. Anales (La Habana) 49:446-454; noviembre de 1912: il. Vida Nueva (La Habana) 4(12):227-235; diciembre de 1912: il. Publicado bajo el ttulo: “Un trabajo del Padre Varela sobre hospitales: contribucin bibliogrfica, con una introduccin del Dr. Jorge Le Roy y Cassa”. 69. *The Catholic Expositor and Literary Magazine. A monthly periodical edited by the very Rev. F. Varela D. D. and Rev. Charles C. Pise D. D. New York. Abril de 1841-septiembre de 1843. Facsmil de la cubierta en: ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27.

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312184970.[“Denuncia intento de asesinato contra su persona debido a la circulacin en la Habana de su peridico El Habanero ”] La Verdad (New York), 18 de mayo de 1849: 2. Esta denuncia aparece en el suplemento al nmero 3 de su peridico El Habanero “Miserables! Creis destruir la verdad asesinando al que la dice? Ah! Ella es superior a todos los esfuerzos humanos, y un recurso como el que habis tomado solo sirve para empeorar vuestra causa. Nada prueba ms la solidez de lo que he dicho que la clase de impugnacin que habis adoptado. Yo podr morir a manos de un asesino, pero seguro que no ganaris mucho, y no s si me atreva a pronosticaros que perder algo vuestra causa...”185271.“Causas de la impiedad”. El Almendares (La Habana) 1(12):189-191; 4 de abril de 1852. Fragmentos de la carta tercera de su Cartas a Elpidio...185872.“Carta a Jos Antonio Saco en la que certifica haber recomendado a ste, como sustituto suyo en la Ctedra de Filosofa del Real Seminario de San Carlos. New York, 22 de enero de 1830”. En Saco, Jos Antonio: Coleccin de papeles cientficos, histricos, polticos y de otros ramos sobre la isla de Cuba. Impr. D’Aubusson y Kugelmann, Pars, 1858, t.1, pp. 314-315. En Fernndez de Castro, Jos Antonio: Medio siglo de historia colonial de Cuba: cartas a Jos Antonio Saco ordenadas y comentadas (de 1823 a 1879). Ricardo Veloso, ed., La Habana, 1923, p. 31. Escribe esta carta a peticin de Saco, cuando la polmica con don Ramn de la Sagra. En ella expone que la juventud y la patria se benefician con dicha sustitucin.186073. *Discursos del Pbro. D. Flix Varela, precedidos de una sucinta relacin de lo que pas en los ltimos momentos de su vida y en

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313 su entierro hasta que se depositaron sus cenizas en la capilla que al efecto levantaron los cubanos en el cementerio de San Agustn de la Florida. Impr. del Gobierno, Matanzas, 1860, 18 p. Contiene: Elogio de Fernando VII. Oracin fnebre por el alma de Carlos IV. La muerte de un justo, por Jos M. Casal.186274.“Carta a un discpulo suyo sobre la polmica filosfica sostenida en la Habana entre Jos de la Luz y Caballero, Manuel Gonzlez del Valle y otros discpulos y amigos suyos. New York, 22 de octubre de 1840”. En Mestre y Domnguez, Jos Manuel: De la filosofa en la Habana: discurso. Impr. La Antilla, Habana, 1862, pp. [93]-110. Indita hasta esta fecha. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 337-346. En Luz y Caballero, Jos de la: Obras. Colectadas y publicadas por Alfredo Zayas Alfonso. La Propaganda Literaria, La Habana, 1890, t. 1, p. 380. “Con motivo de la mal cimentada doctrina eclctica que tena partidarios y adversarios en Cuba. Es un documento preciso para la historia de la enseanza filosfica en Cuba. Varela se asombra del ruido que ha hecho Cousin y lo considera un espiritualista retrasado, un talento sin originalidad, que vive de copias y reminiscencias, sustentndose de carne sin jugo. Este fue su ltimo escrito en espaol sobre filosofa.” (J. M. Guardia)186875.“Patriotismo”. En Guiteras, Eusebio: Libro cuarto de lectura. Matanzas: s. n., 1868, pp. 85-90. Incluye “Conclusin” sobre este artculo. El Fgaro (La Habana) 27(47):695; 19 de noviembre de 1911. Fragmento. Vida Nueva (La Habana) 4(1):10-14; enero de 1912. En su Educacin y patriotismo. Introduccin por Jos Mara Chacn y Calvo. Publicaciones de la Secretara de Educacin, Direccin de Cultura, La Habana,1935, pp. [39]-53. Lunes de Revolucin (La Habana) 84:45-47; 28 de noviembre de 1960. Este artculo aparece por primera vez en sus Lecciones de filosofa 2a ed. corr. y aum., Filadelfia, 1824, t. 1, pp. 201-207.

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314187876.“Breve exposicin de los acontecimientos polticos de Espaa, desde el 11 de junio hasta el 30 de octubre de 1823, en que de hecho se disolvieron las Cortes”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero don Flix Varela Impr. O’Novo Mundo, New York, 1872, pp. [412]-420. Indito hasta esta fecha. 77.“Carta dirigida a Jos de la Luz y Caballero, en la que muestra su inters por el mantenimiento y progreso de la Revista Bimestre Cubana New York, 7 de marzo de 1832”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York,1878, pp. 292-293. En su Vida de don Jos de la Luz y Caballero. 2a. ed. corr. y aum. Impr. y Librera N. Ponce de Len, New York,1879, pp. 44-45. 78.“Carta dirigida a los Seores Redactores de la Revista Bimestre Cubana donde solicita se le publique su artculo sobre la gramtica de D. Vicente Salv, New York, 28 de febrero de 1832”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 289-291. En su Vida de don Jos de la Luz y Caballero. Impr. y Librera N. Ponce de Len, New York,1879, pp. 46-48. En Fernndez de Castro, Jos Antonio: Medio siglo de historia colonial de Cuba: Cartas a Jos Antonio Saco ordenadas y comentadas (de 1823 a 1879). Ricardo Veloso, ed., La Habana, 1923, pp. 37-39. “Remito a ustedes, mis amigos, el ratn hijo de los montes: quiero decir, mi pobre artculo sobre la gramtica de Salv...” 79.“Distribucin del tiempo”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, p. 333. 80.“Mximas para el trato humano”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, p. 333. 81.“Prcticas religiosas”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presb tero don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 333-334.188682.“Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la Isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propieta-

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315 rios, por el Presbtero don Flix Varela, Diputado a Cortes, [1822]”. Revista Cubana (La Habana) 4:[542]-554; 1886. En Saco, Jos Antonio: Historia de la esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mundo y en especial en los pases amrico-hispanos. Impr. de A. lvarez, La Habana, 1893, pp. 157-174. Prlogo por Fernando Ortiz. Cultural, S. A., La Habana, 1938, t. 4, pp. [5]-17. (Coleccin de Libros Cubanos; vol. 40.) En Ortiz Fernndez, Fernando: Los negros esclavos: estudio sociolgico y de derecho pblico. Revista Bimestre Cubana La Habana, 1916, pp. 468-482. A la cabeza de la cubierta: Hampa afrocubana. 2a, ed., 1975. En Habana. Universidad de la Habana. Consejo Universitario: Los restos del Padre Varela en la Universidad de la Habana. [Impr. Universidad de La Habana], La Habana, 1955, pp. [189]-209. Nuestro Tiempo (La Habana) 5(29):[5-7]; mayo-junio de 1959: il. En su Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,1977, pp. 260-276. En Literatura Cubana. Flix Varela ... [et al.] Introduccin y seleccin de textos Rogelio Alfonso Granados ... et al. Editorial Pueblo y Educacin, [La Habana], [1983], pp. 23-38. “No lleg a presentarla a las Cortes. Propona la abolicin lenta y gradual de la esclavitud.” (Trelles) “No puedo menos de proclamar que aquel virtuoso y santo varn [el P. Varela] fue entre los cubanos el primer abolicionista”. (J. A. Saco)188883.“Dictamen de la Comisin de las Cortes espaolas de 1823 sobre el reconocimiento de la independencia de las Amricas. Cdiz, 31 de julio de 1823”. La Semana (La Habana) 2(26): 3-4; 25 de junio de 1888. Publicado originalmente en el peridico londinense Ocios de espaoles emigrados en Londres (t. 7, 1827). Revista Cubana (La Habana) 4(10-12):34-38; octubre-diciembre de 1935. En Gonzlez del Valle y Ramrez, Francisco: El Padre Varela y la independencia de la Amrica Hispana. La Habana: 1. n., 1936, pp. 12-16. “Documento firmado por: Snchez, Istriz, Flores Caldern, Vizmanos, Santos Surez, Melndez y Varela, fue redactado ntegramente por ste ltimo.” (F. Gonzlez del Valle)

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316 Copia mecanografiada existente en ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 603, no. 3, y en este mismo fondo, legajo 518, no. 4.189484.“Carta dirigida al Sr. D. Francisco Ruiz, Catedrtico de filosofa en el Colegio de San Carlos, recomendando al Sr. Mucio Muzzio por sus conocimientos en el campo de las ciencias naturales, fechada en Nueva York, 5 de enero de 1846”. El Fgaro (La Habana) 10 (16):[213]; 13 de mayo de 1894: il. Torriente. Facsmil.189985.“Carta a un amigo respondiendo a algunas dudas ideolgicas”. Cuba y Amrica (La Habana) 3(61):21-22; 20 de junio de 1899. Publicada bajo el ttulo: “Contestacin del Padre Varela”. Originalmente en El Habanero 1824, t. 1, no. 2, pp. 89-93. Aclara a don Jos de la Luz y Caballero sobre “la idea que no puede definirse es la ms exacta”. Vase carta que motiva esta contestacin en el asiento no. 103 B. P. 86.“De Varela a Luz [New York, 21 de octubre de 1840]”. Cuba y Amrica (La Habana) 3(61):18-19; 20 de junio de 1899. Carta dirigida a don Jos de la Luz y Caballero, en la cual le dice que no comprende cmo puede hacer la religin fisiolgica.190087.“Carta en la que expresa su inconformidad con el Programa oficial de las materias concernientes a las distintas asignaturas de la facultad de filosofa en la Real Universidad de la Habana, presentado por Joaqun Santos Surez, 11 de noviembre de 1845”. Cuba y Amrica (La Habana) 4(92):8-11; 5 de octubre de 1900. “Puedo equivocarme, pero me parece que la facultad de filosofa de esa Universidad no ha sido muy feliz en la eleccin del ttulo que ha dado a su cuaderno.”190488.“Dos entrevistas con el Pbro. D. Flix Varela. Ent. Alejandro Angulo Guridi”. El Fgaro (La Habana) 20(28):350; 10 de julio de 1904.

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317 Realizada en 1850 en Charleston, Carolina del Sur. Varela responde por qu no public el tercer tomo de sus Cartas a Elpidio ... y le pide a su entrevistador no dar a conocer su respuesta hasta despus de su muerte. “En esas cartas, yo me propuse combatir una errnea creencia relativa a ste pas. Mis compatriotas creen que aqu existe una completa tolerancia religiosa, lo que no es verdad... aqu no existe la tolerancia que se pondera y se elogia. Pues porque yo empec a combatir ese error, mis paisanos se desagradaron, y lo supe por varios conductos. Me sensuraron por eso! (...) A qu, pues, continuar con mis Cartas a Elpidio? Me hirieron, seor, me hirieron mis compatriotas, cuando con muy sana intencin hacia ellos comenc aquella obrita.”191889.[“Pensamientos”] El Fgaro (La Habana) 35(26):784; 7 de julio de 1918: il. (La voz del pasado)192290.“Solicita al Rector de la Universidad de la Habana, certificado de graduacin de Bachiller en Teologa. [s. l., s. a.]” Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):289; julio de 1922. En esa fecha, era rector de la universidad, fray Agustn Boy, maestro en Artes y doctor en Teologa. 91.“Solicitud para ser admitido a las oposiciones de la Ctedra de Santo Toms y Melchor Cano, del Real Colegio Seminario de San Carlos. La Habana, 17 de noviembre de 1808”. Cuba Contempornea (La Habana) 10 (115): 288-289; julio de 1922. Por fallecimiento del licenciado Manuel Zerguera, ocurrido en los primeros das de octubre de 1808, se sac a oposicin la ctedra mencionada que aquel desempeaba.193592.“Cartas al diplomtico norteamericano Joel R. Poinsett en las que trata sobre el anexionismo. New York, 27-28 de enero de 1825”. Revista Cubana (La Habana) 1(2-3): 256-259; febrero-marzo de 1935. 93. Educacin y patriotismo. Introduccin por Jos Mara Chacn y Calvo. Publicaciones de la Secretara de Educacin, Direccin de Cultura, La Habana, 1935, 54 p. (Cuadernos de Cultura; 2)

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318 Contiene: Nuestro falso sistema de educacin: Influencia de la ideologa en la sociedad y medios de perfeccionar este ramo. De su Miscelnea filosfica: Influencia de las pasiones en la exactitud de nuestros pensamientos. Patriotismo.194294.“Carta dirigida a sus hermanas donde les comunica su buen estado de salud y su traslado para la iglesia La Transfiguracin. New York, 12 de abril de 1836”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50: 66; [juliodiciembre] de 1942. 95.“Carta dirigida a sus hermanas comunicndoles su buen estado de salud y desmintiendo la noticia de su muerte aparecida en los diarios de la Habana. Nueva York, 20 de enero de 1839”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50: 67; [julio-diciembre] de 1942. 96.“Carta a Jos de la Luz y Caballero en la que manifiesta su preocupacin por las ‘desgraciadas’ Cartas a Elpidio que no tuvieron buena acogida entre sus paisanos y le habla adems de unos aparatos para hospitales. New York, 5 de junio de 1839”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:67-68; [julio-diciembre] de 1942. 97.“Carta a Jos de la Luz y Caballero en la que expone su preocupacin por el desprecio con que han sido recibidas sus Cartas a Elpidio por el pblico habanero. New York, 23 de agosto de 1839”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50: 68-69; [julio-diciembre] de 1942. 98.“Carta a Jos de la Luz y Caballero en la que le aconseja que no recomiende a nadie que no vaya a educarse, y le pide copia de una disertacin del Padre Caballero. Nueva York, 12 de noviembre de 1839”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50: 69-70; [julio-diciembre] de 1942. 99.“Carta dirigida a Anastasio. Nueva York, 22 de octubre de 1840”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:70; [julio-diciembre] de 1942. En esta carta se refiere a otra dirigida a un discpulo suyo, relativa a la polmica en torno al colectivismo de Cousin. 100. “Carta dirigida a su hermana en la que le promete el envo de una fotografa suya y le da noticias de su sobrino. Nueva York, 30 de diciembre de 1842”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:70-71; [julio-diciembre] de 1942. 101. “Carta dirigida a su hermana Mara de Jess en la que le comunica que va a estar unos das en Saratoga, y le habla del fuego que hubo cerca de su iglesia. New York, 26 de julio de 1844”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:71; [julio-diciembre] de 1942.

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319 102.“Carta d irigida a su hermana en la que le comunica estar bien de salud y le dice que no ha podido ver a sus hermanos por la nieve y el fro. Nueva York, 12 de marzo de 1845”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:72; [julio-diciembre] de 1942. 103. “Carta dirigida a su hermana en la que le comunica estar mejor, y que piensa permanecer en este sitio hasta restablecer su salud. San Agustn de la Florida, 20 de julio de 1848”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:72; [julio-diciembre] de 1942. 104. “Informe dirigido a la Direccin General de Estudios de Madrid sobre el estado en que se encuentran los estudios superiores en la Habana. Madrid, 14 de mayo de 1822”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 49:200-202; [enero-junio] de 1942. Indito hasta esta fecha. Copia mecanografiada existente en ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 602, no. 49.1944105. Observaciones sobre la Constitucin poltica de la monarqua espaola, seguidas de otros trabajos polticos. Prlogo por Rafael Garca Brcena. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1944, XV, 198 p. (Biblioteca de Autores Cubanos; 2. Obras de Flix Varela y Morales ; vol. 8.) Contiene: Prlogo por R. Garca Brcena. Observaciones sobre la constitucin poltica de la monarqua espaola. Elogio de Don Jos P. Valiente. Elogio de Fernando VII. Despedida. Memoria sobre la esclavitud. Proyecto de Gobierno Autonmico.195?106. “La impiedad es la causa del descontento individual y social”. En Ayala, Ana Mara, Mara Luca Cabrera y Zoila Corominas: Espaol: 4o grado, Cultural, S. A., La Habana,195?, t. 2, pp. 136-139. Tomado de su Cartas a Elpidio...1952107. “Algunos pensamientos de Varela sobre la libertad, el patriotismo y los derechos del hombre”. Cuadernos de la Universidad del Aire (La Habana) 3(44):94-96; 20 de octubre de 1952. “Los forjadores de la conciencia nacional”, curso impartido a travs de la radio.

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320 Contiene: La mxima del patriota. Contra la injerencia extranjera. Contra la esclavitud. Sobre los derechos del pueblo. [Prrafos en los que quiso incorporar a los verdaderos patriotas a la causa de la independencia cubana.]1953108. “De los principios de los cuerpos. Disertacin segunda”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(3):14-18; julio-septiembre de 1953. (Vigencia del ayer) Tomado de su Instituciones de filosofa eclctica, para el uso de la juventud. Oficina de Don Esteban Jos Boloa, La Habana, 1814, t. IV, pp. 158-164. 109.“O peraciones del alma”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(3):19-22; julio-septiembre de 1953. (Vigencia del ayer) Tomado de: Apuntes filosficos sobre la direccin del espritu humano. Hechos en el ao 1818 ... 110. “Prlogo”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(3):13-14; julio-septiembre de 1953. Facsm. (Vigencia del ayer) Tomado de: Instituciones de filosofa eclctica, para uso de la juventud. Oficina de Don Esteban Jos Boloa, La Habana, 1814, t. IV. 111. Ideario cubano. Prlogo por Emilio Roig de Leuchsenring. Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana,1953, 168 p. (Coleccin Histrica Cubana y Americana; 12) “Publicado en conmemoracin del centenario del preclaro habanero.” Contiene: Flix Varela: precursor de la Revolucin libertadora cubana. E. Roig de Leuchsenring. Ideario cubano de Flix Varela y Morales: De Observaciones sobre la Constitucin poltica de la monarqua espaola (1821): Observacin primera. Soberana. Observacin segunda. Libertad. Igualdad. Despedida, 1821. De la Memoria sobre extincin de la esclavitud (1822): Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios. Del Proyecto de Gobierno autonmico (1823): Prembulo de la instruccin para el Gobierno de Ultramar. Dictamen sobre reconocimiento de la independencia de las Amricas (1823): Dictamen de la Comisin de las Cortes espaolas de 1823 sobre el reconocimiento de la independencia de las Amricas. De El Habanero (1824-1826): Mscaras polticas. Cambia-colores. Conspiraciones en la isla de Cuba. Sociedades secretas en la isla de Cuba. Tranquilidad en la isla de Cuba. Amor de los

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321 americanos a la independencia. Paralelo entre la revolucin que puede formarse en la isla de Cuba por sus mismos habitantes, y la que se formar por la invasin de tropas extranjeras. Dilogo que han tenido en esta ciudad un espaol partidario de la independencia de la isla de Cuba y un paisano suyo anti-independiente. Suplemento al nmero 3. Persecucin de este papel en la isla de Cuba. Carta del Editor de este Papel a un amigo. Necesitar la isla de Cuba unirse a alguno de los gobiernos del continente americano para emanciparse de Espaa? Reflexiones sobre la Real Orden anterior. Reflexiones sobre los motivos que suelen alegarse para no intentar un cambio poltico en la isla de Cuba. De Miscelnea filosfica (1827): Patriotismo. De Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad (1835-1838): La impiedad destruye la confianza de los pueblos y sirve de apoyo al despotismo. Cmo usa la poltica de la supersticin. Cmo debe impedirse la supersticin.1960112. Cartas a Elpidio: Seleccin; Educacin y Patriotismo. Introduccin por Mariano Snchez Roca. Editorial Lex, La Habana, 1960, 142 p. (Biblioteca Popular de Clsicos Cubanos; 3) Contiene: De Cartas a Elpidio: Cmo usa la poltica de la supersticin. Cmo debe impedirse la supersticin. Tolerancia religiosa. De Educacin y Patriotismo: Nuestro falso sistema de educacin: Influencia de la ideologa en la sociedad y medios de perfeccionar este ramo. Influencia de las pasiones en la exactitud de nuestros pensamientos. Patriotismo.1977113. Escritos polticos. Prlogo por Joaqun G. Santana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, 292 p. (Palabra de Cuba) Bibliografa y notas al pie de las pginas. Contiene: Algunas caractersticas del pensamiento poltico de Varela. E. Roig de Leuchsenring. Observaciones sobre la Constitucin poltica de la monarqua espaola. Trabajos aparecidos en El Habanero Otros trabajos polticos: Elogio a don Jos P. Valiente. Elogio a su majestad el seor don Fernando VII. Despedida. Memoria sobre la esclavitud. Proyecto de gobierno autonmico. Documentos.

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3221982114. “Daguerrotipo”. Cine Cubano (La Habana) (101):1-5; febrero de 1982: il. Tambin aparece nota introductoria a este artculo sobre el invento de la fotografa, escrito en la primera mitad del siglo XIX y publicada en la quinta edicin, corregida y aumentada de sus Lecciones de Filosofa, editadas en Nueva York en 1841, t. 3, pp. 239-242.1983115. “Flix Varela”. En Literatura cubana / Flix Varela ... [et al.]. Introduccin y seleccin de textos por Rogelio Alfonso Granados... et al. Editorial Pueblo y Educacin, [La Habana], [1983], pp. 1-32: il. (El autor y su obra) Incluye bibliografa y notas. Contiene: Introduccin. Trabajos aparecidos en El Habanero : Mscaras polticas: pp. 15-18; Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba: pp. 19-20; Paralelo entre la revolucin que puede formarse en la isla de Cuba por sus mismos habitantes, y la que se formar por la invasin de tropas extranjeras: pp. 20-23. Otros trabajos polticos: Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios: pp. 23-28. Pensamientos: pp. 28-31.Bibliografa: p. 32.B. Traducciones 1826116. Humphrey, Davy: Elementos de qumica aplicada a la agricultura, en un curso de lecciones, en el Instituto de Agricultura. Traduccin del ingls por Flix Varela. Impr. de Juan Gray y Ca., Nueva York, 1826, 286 p.: lms. pleg. 117. Jefferson, Thomas: Manual de prctica parlamentaria, para el uso del senado de los Estados Unidos. Al cual se han agregado el reglamento de cada Cmara y el comn a ambas. Traduccin del ingls y anotado por Flix Varela. Henrique Newton, Nueva York, 1826, XII, 177 p. Prefacio por Emeterio Santiago Santovenia. 2a ed. Publicacin del Senado de la Repblica de Cuba, La Habana, 1943, 228 p. “Varela tradujo, con notas crticas, esta obra para que pudiera ser utilizada en las nuevas Repblicas Hispano-Americanas.” (Trelles)

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323 1.Amig Jansen, Gustavo: “Bibliografa para el estudio del P. Varela”. Lumen (La Habana) 5(1):97-108; febrero de 1948. (Notas) 2.———————: “La biblioteca del Padre Varela”, Lumen (La Habana) 2(1):39-50; febrero de 1945. Lista completa de los libros que a su muerte posea el padre Varela, encontrado en la Public Library de Nueva York, por Eduardo Martnez Dalmau. 3. The Catholic Encyclopedia, an international work of reference on the Constitution, doctrine, discipline, and history of the catholic church. Ed. by Charles G. Herbermann [y otros]. Special ed. The Encyclopedia Press, New York, [1907-1914], t. VII, pp. 153-155: il. 4.[Chacn y Calvo, Jos Mara] : “Varela y la Universidad”, por Ch. [seud.], Revista Cubana (La Habana) 1(1):169-173; enero de 1935. (Hechos y Comentarios) Palabras en la inauguracin de la Biblioteca Circulante “Flix Varela” en la Universidad de la Habana. “A este hombre de singular entereza moral es al que venimos a honrar, no es al maestro que ensea slo la doctrina de la libertad. Es al que la ensea en su tiempo debido y la vive durante toda su vida. Maestro de la libertad y de la tolerancia...” 5.Espaa, Cortes: Diario de las sesiones de Cortes: Legislatura de 1821. Impr. de J. A. Garca, Madrid, 1871, 2 t. El tomo 2, p. 1062, incluye nota leda en la sesin de 15 de abril de 1821, sobre una obra de filosofa del seor Varela, recibida en las Cortes y entregada a la comisin de Instruccin Pblica. 6.———————: Diario de las sesiones de Cortes: Legislatura de 1822. Impr. J. A. Garca, Madrid, 1872-1873, 3 t.BIBLIOGRAFA PASIVAA. Referencias de inters

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324 Contenido de inters: Electo Diputado por la provincia de la Habana. Su exposicin sobre su acta, pasa a la comisin de Poderes: p. 796. Dictamen [en el que se pide sea aceptado como Diputado, a pesar de no tener copia del acta de las elecciones celebradas en la Habana]: p. 912. Es desechado: pp. 943-950. 7.———————: Diario de las sesiones de Cortes: Legislatura extraordinaria, 1822-1823. Impr. de J. A. Garca, Madrid, 1872-1875, 2 t. Contenido de inters: Diputado por la Habana: p. 4. Dictamen sobre su acta; se aprueba sin discusin: p. 11. Actos: Jura: p. 14. Adiciones al dictamen sobre los males de la Patria: pp. 249-250; 356; 529. Adiciones al dictamen sobre la fuerza naval: p. 496. Adiciones al dictamen de la ordenanza del ejrcito: pp. 682; 899. Proposicin para que se forme una instruccin sobre el gobierno de las provincias de Ultramar: p. 999. Comisiones: De etiqueta para recibir a SS. MM.: p. 17. Para presentar a S. M. el decreto sobre conspiradores contra el sistema constitucional: p. 675. Gobierno de las provincias de Ultramar: p. 999. Para participar a S. M. el da en que se cierran las sesiones: p. 1482. Discursos: Ordenanza del ejrcito: pp. 115; 139; 400; 677; 784; 829; 831; 986; 987. Males de la Patria: pp. 273; 324; 325. Reemplazo extraordinario del ejrcito: p. 343. Conspiradores contra el sistema constitucional: p. 645. Facciosos aprehendidos: p. 481. Exencin del reemplazo de los vecinos de Ultramar: p. 918. Gobierno de las provincias: pp. 1140; 1183; 1278. Arreglo del Clero: p. 1424. 8.———————: Diario de las sesiones de Cortes celebradas en Sevilla y Cdiz en 1823. Impr. Nacional, Madrid, 1858, 447, 27 p. Contenido de inters: Participacin de Varela: pp. [87], [91], [103]-104, [147], [155], [177], [207], 226, [269], 270, 272, [273], [275], 283, 299, 321, 334, 335, 347, [373], 386, [407], [411], [415], [423], 424. 9.———————: Sesiones efectuadas en las Cortes espaolas los das 2 y 3 de agosto de 1823, en relacin con la independencia de Amrica y artculo de Toms Gener en respuesta al discurso que public Flix Varela. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 603, no. 33. Copia mecanografiada. 10.Fernndez de Castro, Jos Antonio: Esquema histrico de las letras en Cuba (1548-1902). Nota preliminar de Raimundo Lazo. Publicaciones del Departamento de Intercambio Cultural de la Universidad de La Habana, La Habana, [1949], 145 p. Contenido de inters: El Padre Varela y sus enseanzas 1811-1820, pp. 46-49. Varela, Saco y sus peridicos, pp. 69-70.

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325 11.[Figarola Caneda, Domingo]: [Relacin bibliogrfica de sus obras en los catlogos de la Biblioteca Nacional.] Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 3(1-6):112-115; julio-diciembre de 1911. 12.“Funcin cmica en el Colegio del Santo ngel”, en Gaceta de la Habana (La Habana) 27 de agosto de 1848: [3]. (Comunicados) Expuesta en homenaje al director de este instituto en la cual sus alumnos interpretaron “El Desafo”, ingeniosa obra dramtica de mucho inters por su clara moralidad, escrita por el presbtero Don Flix Varela en los tiempos de su juventud. 13.Garca Pons, Csar: El Obispo Espada y su influencia en la cultura cubana. Publicaciones del Ministerio de Educacin, La Habana,1951, 288 p. (Precursores; 1) Bibliografa: pp. [277]-281. Contenido de inters: Cap. XVI. El Colegio Seminario: El Padre Varela. Cap. XVII. Movimiento constitucionalista: Varela profesor. Cap. XVIII. Varela pide la Autonoma. Cap. XXII. El abolicionista: Un proyecto abolicionista de Varela. 14.Gay-Calb, Enrique: “Literatura nacional”, en su “Nuestra literatura”, en Revista Bimestre Cubana (La Habana) 30(3):[440]-449; noviembrediciembre de 1932. En su Orgenes de la literatura cubana: ensayo de interpretacin. Publicaciones de la Revista Universidad de La Habana, La Habana, 1939, pp. 26-38. 15.Gonzlez del Valle, Francisco: “Cartas inditas del Padre Varela”, en Revista Bimestre Cubana (La Habana) 50:61-72; [julio-diciembre] de 1942. Incluye 13 cartas del perodo 1835-1848 que, por inters de esta compilacin, aparecen descritas en la bibliografa activa. 16.Universidad de La Habana, Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Pblico: Anuario, 1954. Universidad de La Habana, La Habana, [1954], pp. [19]-132: il. Contenido de inters: Sobre el Padre Varela: El Padre Varela. Sus obras, la produccin vareliana. Bibliografa [A. Angulo y Prez. Evolucin del pensamiento poltico de Flix Varela.] H. J. Garcini Guerra. Actuacin poltica y parlamentaria del Padre Varela en las Cortes Espaolas y en el destierro [E. Hernndez Corujo]. Breves notas sobre el pensamiento y la obra del Padre Flix Varela y Morales en materia municipal.] A. G. Carmona y Romay. Apndice: Proyecto de instruccin para el gobierno econmico-poltico de las provincias de Ultramar, impreso de orden de las Cortes. / F. Varela. 17.Henrquez Urea, Max: “Flix Varela”. En su Panorama histrico de la literatura cubana Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1978, t. 1, pp. 123-126. (Arte y Sociedad)

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326 “La significacin de Varela en la vida intelectual y poltica de Cuba es considerable. Varela es el punto de partida de una lucha ideolgica...” 18.Hernndez Travieso, Antonio: “Sinopsis histrica”, en su “Huevos de tortuga”, Bohemia (La Habana) 42(26):20-23; 25 de junio de 1950: il. Relato sobre la piratera en Cuba en el cual expone que Varela sostuvo conversaciones secretas al respecto con Joel R. Poinsett. 19. Historia de la Nacin Cubana. Publicada bajo la direccin de Ramiro Guerra y Snchez [et al.]. Editorial Historia de la Nacin Cubana, La Habana, 1952, 10 t.: il. Contenido de inters: t. III: 55; 142; 147; 295; 315; 349; 367-368; 382383; t. VI: 73; t. VII: 350; 414; 450. 20.Instituto de Literatura y Lingstica, La Habana: Perfil histrico de las letras cubanas desde los orgenes hasta 1898. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1983, 501 p. Contenido de inters: II. La literatura en el perodo de formacin de la conciencia nacional (1790-1878): 3. Radicalizacin de las ideas filosficas. La independencia. Flix Varela, pensador y ensayista. 21.Lazo, Raimundo: “Flix Varela”. En su Historia de la literatura hispano-americana [1 a ed.] [Instituto Cubano del Libro], La Habana, 1969, t. 2, pp. 375-376. (Pueblo y Educacin) [2a ed.] [Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974], t. 2, pp. 375376. (Pueblo y Educacin) [2 a ed., 1 a reimpr.]. Editorial Pueblo y Educacin, [La Habana],1985, [i. e., 1986], t. 2, pp. 375-376. 22.———————:“Flix Varela”. En su La literatura cubana: esquema histrico (desde sus orgenes hasta 1966). Editora Universitaria, La Habana, 1967, pp. 58-61. En su Historia de la literatura cubana. [2 a ed.] Direccin General de Publicaciones, Mxico, 1974, pp. 70-74. (Textos Universitarios) “Fructferamente ejerci Varela un doble magisterio, intelectual y poltico, y adems, con el ejemplo de su estilo, de manera no por indirecta menos eficaz, un magisterio literario. No slo ense a pensar, como se ha dicho sino a la vez a decir, a expresarse independizndose de la retrica, con sobriedad, precisin y energa.” 23.“Literatura”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) (13):8; 31 de enero de 1818. Invitacin recibida por Juan B. O’Gavan y don Toms Romay para presenciar la clase en que se realizaran los actos pblicos de varias asignaturas impartidas por Varela. 24.Luz y Caballero, Jos de la: “Discurso pronunciado en el Seminario de San Carlos a la apertura del curso de filosofa. [4 de septiembre de 1824]”. Brisas de Cuba (La Habana) 1: 361-364; 1855.

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327 Indito hasta esta fecha. Este discurso revela los sentimientos que abrigaba el profesor respecto del insigne Varela... 25.Llaguno Canals, Alfredo: El Seminario de San Carlos y San Ambrosio: apuntes histricos: discurso pronunciado el da 14 de septiembre de 1942 en la solemne apertura de curso del Seminario de la Habana. Seoane, Fdez. y Ca., La Habana, 1942, 16 p. Contenido de inters: pp. 8-9. 26.Miranda Francisco, Olivia: “La bibliografa sobre Flix Varela”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 79(1):5-34; enero-abril de 1988. 27.Mitjans, Aurelio: Estudio sobre el movimiento cientfico y literario de Cuba. Prlogo por Rafael Montoro. Impr. de A. lvarez, La Habana, 1890, 395 p. Editorial Amrica, Madrid, [1918], 389 p. (Biblioteca Andrs Bello; 50) Publicado bajo el ttulo: Historia de la literatura cubana. Contenido de inters: Cap. II. La prosa: El P. Varela. Cap. X. Ciencias varias: Carta de Varela. 28.Monal Rodrguez, Isabel: “Breve bosquejo de la filosofa en Cuba hasta el advenimiento de la repblica”. En Universidad de La Habana: Lecturas de filosofa. Instituto del Libro, La Habana, 1968, t. 1, pp. 111-119. 29.Monte y Aponte, Domingo del: Centn epistolario. Prefacio, anotaciones y tabla alfabtica por Domingo Figarola Caneda, Joaqun Llaveras y Manuel I. Mesa Rodrguez. Impr. El Siglo XX, La Habana, 19231957, 7 t.: il. A la cabeza del ttulo: Academia de la Historia. 30.Morales y Morales, Vidal: Iniciadores y primeros mrtires de la revolucin cubana. Prlogo de Nicols Heredia. Impr. Avisador Comercial, La Habana, 1901, 680 p. Introduccin por Fernando Ortiz y biografa por Rafael Montoro. Cultural, La Habana, 1931, 3 t. (Coleccin de libros cubanos; vol. 24-26) Bibliografa al pie de las pginas. Contenido de inters: Cap. I, II, VI y VIII. 31.Ortiz Fernndez, Fernando: La hija cubana del iluminismo: con numerosos datos, documentos, notas bibliogrficas y grabados. Molina, La Habana, 1943, 72 p.: il. (Recopilacin para la historia de la Sociedad Econmica Habanera; 5) 32.[Peraza, Fermn]: “Los libros de Varela”. Luz y Verdad (La Habana) 71(92):16-18; julio de 1944. 71(93):15-16; 22; 39; octubre de 1944: il. Recorte en ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27.

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328 Catlogo de la subasta de sus libros, cuyo original se conserva en la Biblioteca del Congreso de Washington. 33.[Prez Ramrez, Manuel Mara]: “Papel remitido, por M. M. P. [seud.]” Diario Constitucional de Santiago de Cuba (Santiago de Cuba) 30 de octubre de 1836:3. En Soto Paz, Rafael: Antologa de periodistas cubanos: 35 biografas: 35 artculos. Empresa Editora de Publicaciones, La Habana, 1943, pp. [29]-31. Publicado bajo el ttulo: Papel remitido sobre Flix Varela. Refuta soez artculo aparecido en el diario Libre Imprenta (octubre 28 de 1836), firmado bajo el seudnimo Fgaro, en el cual se atrevi a empaar “con sus despreciables borrones y sarcsticos dicterios” a Varela. 34.Portuondo, Jos Antonio: Bosquejo histrico de las letras cubanas. Ministerio de Relaciones Exteriores, Departamento de Asuntos Culturales, La Habana, 1960, 79 p.: il. Contenido de inters: pp. 16-17; 20; 34; 65. 35.Portuondo del Prado, Fernando: Historia de Cuba 1492-1898. Editorial Pueblo y Educacin, [La Habana], [1975], 599 p.: il. Contenido de inters: pp. 282-283; 293; 305-306; 384-386. 36.Recortes de prensa relativos al Padre Flix Varela. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. Contiene: El Padre Varela y la independencia de la Amrica hispana, por Francisco Gonzlez del Valle. Facsmil de la portada de El Expositor Catlico peridico que fund y dirigi en New York. Los libros de Varela (Catlogo de la subasta de sus libros, cuyo original se conserva en la Biblioteca del Congreso de Washington). Descubriendo a Varela, por Marcelo Pogolotti. Las influencias espaolas sobre Flix Varela, por Juan Luis Martin. Perfil de nuestras letras. Varela: vida en perfil. El maestro Varela. La reforma vareliana. La enseanza del pensar. Las posiciones doctrinales y su doble origen. Las “Lecciones” de Varela I-II, por Jorge Maach Robato. Varela: profesor de Constitucin, por Jorge Castellanos. Varela: el primer revolucionario, por Jorge Maach Robato. Entrega del premio “Jos I. Rivero” al Dr. Jorge Maach Robato. El Padre Flix Varela, por Roberto Santos. Fue el Padre Flix Varela, un revolucionario de la filosofa, por Manuel Camio. 37.“Relacin de obras del Pbro. Don Flix Varela y Morales existentes en la Biblioteca Nacional”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Haba-

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329 na) 4(3):23-25; julio-septiembre de 1953: il. Enrique Caravia (Vigencia del ayer) 38.Valds Domnguez, Eusebio: Los antiguos diputados de Cuba y apuntes para la historia constitucional de esta isla. Prlogo por Rafael Montoro. Impr. El Telgrafo, La Habana, 1879, 302 p. Contenido de inters: Cortes de 1822, pp. 223-225. Efemrides polticas de 1821 y 1822, pp. 225-249. Elogio a los maestros y discpulos que expusieron las doctrinas fsicas de la clase de filosofa en los das 17; 19; 20 y 21 de julio de 1815, por Jos Antonio de la Ossa, pp. 278-282. 1820-1821: Habana. Elecciones de Diputados a Cortes, p. 287. 39.Zaragoza, Justo: [“Del captulo V: Filosofa, poltica y literatura. Maestros, hombres notables y padres de la civilizacin de la isla. El P. Agustn Vlez, Varela”]. En su Las insurrecciones en Cuba: apuntes para la historia poltica de esta isla en el presente siglo. Impr. de Manuel G. Hernndez, Madrid, 1872, pp. 316-330. “En aquella poca liberal, conocida por la de 1812, el sabio cubano Varela, de quien decan sus adeptos que nunca dej de conceder su proteccin a los desvalidos, puesto al frente de la filosofa en Cuba, educaba hasta con vertiginosa actividad, y como si el tiempo hubiera de faltarle, a cuantos nefitos poda atraer a sus doctrinas.” 40.Zayas, Lincoln de: “Recuerdos del Padre Varela en New York”. Vida Nueva (La Habana) 4(3):53-55; marzo de 1912. Narra dos ancdotas contadas por el reverendo Alfred Young, secretario particular de F. V. 41.Zequeira y Arango, Manuel: Poesas del coronel Don Manuel de Zequeira y Arango, natural de la Habana: Publicadas por un paisano suyo. New York: [s. n.], 1829, 193 p. “El compilador de estos versos fue Varela.” “Esta es la primera edicin de las poesas de Zequeira y se debe, segn D. Pedro Guiteras, al celo patritico del sabio habanero D. Flix Varela. Es muy superior a la segunda.” (Trelles)B. Datos para su vida42.Calcagno, Francisco: “Filsofos cubanos: Varela”. Revista de Cuba (La Habana) 2:[308]-317; 1877. En su Diccionario biogrfico cubano: comprende hasta 1878. Impr. y Librera de N. Ponce de Len, New York,1878 pp. 654-662.

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330 “Vamos a compendiar la vida de D. Flix Varela; de aquel filsofo cuyo nombre nunca pronunciamos sino rodendolo de una frmula de respeto y veneracin, porque llega siempre a la memoria acompaado de los beneficios que derram sobre su patria. Esa vida forma una de las pginas ms gloriosas en la historia de las letras americanas; empero, no hay en ella grandes episodios, nada de escenas borrascosas; es la corriente pacfica de manso ro, cuyas benficas aguas van sembrando a su paso la fecundidad y la riqueza.” 43.Castellanos, Jorge: “Varela: profesor de Constitucin”. Hoy. Magazine (La Habana) 24 de octubre de 1948:5; 8: il. de Adigio Bentez. A la cabeza del ttulo: Semillas de libertad. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. 44.[Costales y Sotolongo, Bernardo]: “Dr. Flix Varela, por B. C. y S. [seud.]” El Museo (La Habana) 2(31) : 2; 1 de julio de 1883. 45.“D. Flix Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 14 de enero de 1847:[3] (Noticias Varias) Noticia tomada de La Patria, de Nueva Orlens, la cual informa que el 27 de diciembre de [1846] predic en espaol en la Iglesia catlica de S. Agustn de la Florida (das antes haba predicado en ingls). 46.Entralgo, Elas: Los diputados por Cuba en las Cortes de Espaa durante los tres primeros perodos constitucionales: trabajo presentado por el acadmico correspondiente en Marianao y aprobado en sesin ordinaria de 20 de abril de 1944. Impr. El Siglo XX,La Habana, 1945, 50 p. A la cabeza de la cubierta: Academia de la Historia de Cuba. 47.Garca, Florencio: “El 150 aniversario del nacimiento del P. Flix Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 20 de noviembre de 1938:4: il. 48.Gonzlez del Valle, Francisco: “Documentos para la biografa del Padre Flix Varela”. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):[284]292; julio de 1922. (Pginas para la historia de Cuba) Documentos inditos hasta esta fecha, relativos a su ingreso en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, de La Habana, a su primera oposicin a una ctedra del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y a su nombramiento de diputado a las Cortes espaolas. Por su importancia, estos documentos se describen en la Bibliografa Activa y Pasiva. 49.———————: “En el Seminario”. En su El Obispo Espada (Arroyave, lava, 20 de abril de 1756.La Habana, 13 de agosto de 1832.) Archipilago (Santiago de Cuba) 1(9):[145]-147; enero de 1929.

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331 50.———————: “Rectificacin de dos fechas: las de nacimiento y muerte del Padre Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 49:69-72; enero-junio de 1942. 51.Gonzlez Gutirrez, Diego: El Padre Varela: su vida y su obra. Prlogo de Alfredo M. Aguayo. Impr. Librera y Papelera La Propagandista, Habana, 1927, XV, 116 p.: lam. Bibliografa: p. [117]. Contiene: Prlogo. A. M. Aguayo. Introduccin. Desarrollo social e intelectual de Cuba hasta principios del siglo XIX. Datos biogrficos. Doctrinas filosficas. Ideas pedaggicas. Conclusiones. Bibliografa. 52.“Gramtica castellana”. Memorias de la Sociedad Econmica de amigos del Pas (La Habana) (13):7; 31 de enero de 1818. Noticia sobre esta Gramtica de Gabriel Laguardia, la cual sera examinada por Flix Varela y Joaqun de Pluma. 53.Hernndez Travieso, Antonio: “El Padre Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 62(4-6):211-236; julio-diciembre de 1948. Captulos I-III de su libro: El Padre Varela, biografa del forjador de la conciencia cubana. Contiene: I. Comienza la biografa. II. Un escolar se asoma a su contorno. III. Cierto, formas nuevas cambian al mundo. 54.———————: El Padre Varela, biografa del forjador de la conciencia cubana. J. Montero, Habana, 1949, 460 p.: il., retratos. (Biblioteca de Historia, Filosofa y Sociologa; v. 28) Bibliografa: pp. [455]460. Premio Emilio Bacard Moreau, 1948. “Ha logrado Hernndez Travieso revivir al Varela inquieto, de espritu siempre alerta, polmico, eternamente juvenil... ” (F. Portuondo) Contiene: I. Comienza la biografa. II. Un escolar se asoma a su contorno. III. Cierto, formas nuevas cambian al mundo. IV. Estilo contra caones, mercantilistas contra monopolistas, dominicos contra inquisicin. V. En batalla con el tiempo. VI. Barrer, hasta el ltimo polvo. VII. Tenemos filosofa moderna pero no conciencia cubana. VIII. Personalidad e ideario. IX. Varela y sus discpulos. X. Tinta fresca y elogio de Reyes. XI. El paso a la poltica. XII. Msica a bordo. XIII. Poltica fina. XIV. Adis Bizancio. XV. El destierro. XVI. Una iglesia, una escuelita y una creche. XVII. l ya es Dios. XVIII. El fin de Varela. Bibliografa. Circular del Comit Editor. ndice de suscriptores. 55.———————: “La vida universitaria de Flix Varela”. El Mundo, Magazine dominical. (La Habana) 12 de octubre de 1941:[6]: il. de Valderrama.

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332 A propsito del descubrimiento de su expediente universitario. 56.Le Roy Glvez, Luis Felipe: “Apuntes para la historia de la qumica en Cuba”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (61-63):337-358; julio-diciembre de 1945. “En la Ctedra de filosofa (...) en la que tanto brill el Pbro. D. Flix Varela (...) fue, si no la primera, de las primeras en que se empez a ensear Qumica en Cuba.” 57.Lizaso Gonzlez, Flix: “Actualidad de Varela (I-III)”. El Mundo (La Habana) 24 de agosto de 1946:10. 31 de agosto de 1946:10. 8 de septiembre de 1946:18 (Ecos y reflejos) 58.Luz y Caballero, Jos de la: De la vida ntima. Prlogo por Elas Entralgo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1945, 408 p.: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 8. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 7) Contenido de inters: pp. 3; 8; 14; 22; 27; 55; 59; 62; 74; 110; 112; 194; 214; 376. 59.McCadden, Joseph James and Helen Matzke: Flix Varela Torch Bearer from Cuba. 2 a ed. Ramallo Bros. Printing Inc., San Juan, Puerto Rico, 1984, 200 p.: il. La primera edicin se public en Nueva York en 1969. Contiene: Prlogo: R. del Valle. Prologue: The Church of New York in Father Varela’s Time: F. D. Cohalan. Foreword: E. V. Clark. Acknowledgments. He Teaches His Cubans to Think. He Charts the Way to Freedom. He Serves as a Priest in New York. He Creates the Church of the Transfiguration. The Flame Burns Low. His Torch Becomes a Beacon. Postcript. Bibliography. Index. 60.[Mendive, Rafael Mara de y Jos de Jess Quintiliano Garca]: “VarelaRectificacin, por L. L. E. E. [seud.]”. Revista de la Habana (La Habana) 3:61;1854. Acerca de la ctedra de ciencias polticas que obtuvo por rigurosa oposicin en el Seminario de San Carlos. 61.“El Padre Varela, por R. [seud.]” Liceo de la Habana (La Habana) 1(8):[57]-58; 19 de agosto de 1859: il. (Seccin literaria) Contiene grabado de J. M. Melero entre las pginas 60 y 61 La Habana (La Habana) 3(5):103-106; 29 de agosto de 1859. 62.“El Padre Varela: un episodio para la historia de Cuba”. La Ilustracin Americana (Nueva York) 3(56):59; 12 de noviembre de 1867. Copia mecanografiada en el ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 602, no. 13.

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333 63.Peraza, Fermn: “Varela”. El Mundo (La Habana) 25 de febrero de 1947:10. (Vidas cubanas) A propsito de un aniversario ms de su muerte. 64.Pino, Oscar: “Vida y obra del primero que nos ense a pensar”. Carteles (La Habana) 38(9):20-22; 3 de marzo de 1957, il. A la cabeza del ttulo: En el 104 aniversario de Flix Varela. Contiene: La poca. El reformador. El constitucionalista. El autonomista. El independentista. Final. 65.“Un rasgo de su vida”. Revista Habanera (La Habana) 3(4):290; 28 de febrero de 1915. A la cabeza del ttulo: Aniversario del P. Varela. Varela cumplimenta invitacin del padre Brownlee, de la Iglesia Reformada holandesa de Nueva York, en 1831. 66.Rego, Oscar F.: “Flix Varela”. Bohemia (La Habana) 63(11):15; 12 de marzo de 1971: il. A la cabeza del ttulo: Grandes educadores. 67.Ramos Rubio, Juan J.: Historia de la literatura cubana. Libr. Jos Albela, La Habana, 1925, t. 1, pp. 227-275. Prlogo por Jos Mara Chacn y Calvo. La Habana: [s. n.], 1945, t. 1, pp. 161-202. Bibliografa y notas al pie de las pginas. El contenido de inters corresponde a esta ltima edicin por ser ms completa. Contenido de inters: Cap. IX: El Padre Flix Varela: 1. Su vida y su significacin. 2. Pensamiento filosfico y didctico. 3. Pensamiento poltico. 4. El P. Varela como orador. 5. Epistolario. Cap. X: Los discpulos de Varela: Juan B. O’Gavan, Nicols M. Escobedo, Manuel Gonzlez del Valle y Jos Agustn Govantes. 68.Reyna, Francisco: Datos sobre el padre Varela y su familia. [s. l., 1912] 1 v. Ms. Contiene fotografas de familiares. 69.Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, Nueva York, 1878, XVIII, 448 p.: retr., facs., pleg. Apndices: p. [391]-448. Bibliografa y notas al pie de las pginas. Al final de este ejemplar aparece carta del presbtero Flix Varela al seor don Cristbal Madan, dndole las gracias por la libranza, fechada en Filadelfia, 28 de julio de 1824. Ms. (Fotocopia) Prlogo por Eduardo Martnez Dalmau. 2 a ed. Arellano, Editores, La Habana, 1944, XXXI, 309 p.: lms., retr., facs. (Biblioteca de Estudios Cubanos; vol. 2) Apndices: p. [243]-297. Notas al pie de las pginas. “Menndez Pelayo la calific de excelente obra.” (Trelles) “Es preciso que los cubanos de la generacin presente y las futuras puedan conocer al gran Varela, como lo conocieron los de las genera-

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334 ciones anteriores; y que en la contemplacin de sus virtudes, en su humildad profunda, en su amor acendrado por su patria, y por todo lo que con su patria se relacionaba, en su actividad incansable, en su energa en defender la justicia, y sostener los fueros de la verdad, en la perspicuidad de su criterio siempre exacto, y enemigo de innovaciones temerarias, que no son ms que el resultado de la vanidad de los que la inventan, o las siguen, en su moralidad sin mancha, en su religin y su santidad, tengan siempre ante los ojos un ejemplo que los fortalezca y los aliente.” (J. I. Rodrguez) Contiene: Cap. I. Primera juventud. Cap. II. Estudios universitarios y eclesisticos. Cap. III. Primeros trabajos filosficos. Cap. IV. Nuevos progresos en la enseanza. Cap. V. Predicacin y trabajos eclesisticos. Cap. VI. El Elenco de 1816. Cap. VII. Admisin del Padre Varela en la Real Sociedad Patritica. Cap VIII. Otros trabajos en la Real Sociedad Patritica. Cap. IX. El Elogio de Fernando VII. Cap. X. Elogio del seor Valiente. Cap. XI. La Oracin fnebre de Carlos IV. Cap. XII. El curso de 1818 a 1819. Cap. XIII. La Miscelnea filosfica. Cap. XIV. Las lecciones de filosofa. Cap. XV. Carcter personal del Padre Varela, y su influencia en la sociedad de la isla de Cuba. Cap. XVI. La Ctedra de Constitucin. Cap. XVII. La eleccin de Diputado, y viaje a Espaa. Cap. XVIII. Trabajos parlamentarios. Cap. XIX. Los acontecimientos de 1823. Cap. XX. Proscripcin y viaje a los Estados Unidos. Cap. XXI. Carcter poltico del Padre Varela. Cap. XXII. Eleccin de domicilio en los Estados Unidos. Publicacin de El Habanero. Cap. XXIII. Ms trabajos de transicin. Cap. XXIV. Iniciacin de los trabajos eclesisticos del Padre Varela en los Estados Unidos. Cap. XXV. La Iglesia de Cristo. Cap. XXVI. Agitacin anticatlica en los Estados Unidos. Cap. XXVII. Discusin oral en defensa de los dogmas catlicos. Cap. XXVIII. Polmica por escrito con el Doctor Brownlee. Cap. XXIX. Correspondencia con la Habana. Cap. XXX. El primer tomo de las Cartas a Elpidio. Cap. XXXI. Iglesia de la Transfiguracin. Cap. XXXII. Caridad y celo pastoral del Padre Varela. Cap. XXXIII. El segundo tomo de las Cartas a Elpidio. Cap. XXXIV. Otros trabajos del Padre Varela en lengua castellana. Cap. XXXV. El Expositor Catlico. Cap. XXXVI. Honores eclesisticos conferidos al Padre Varela. Cap. XXXVII. Enfermedad del Padre Varela y viajes a Florida. Cap. XXXVIII. Visita del seor Don Lorenzo de Allo, y efecto que produce en la Habana. Cap. XXXIX. Muerte del padre Varela. Cap. XL. Monumento a la memoria del Padre Varela. Apndices. 70.Santos, Roberto: “El Padre Flix Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 1 de marzo de 1953:48: il.

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335 A la cabeza del ttulo: En el centenario de su muerte. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. Recorte. 71.Santovenia y Echaide, Emeterio Santiago: “Flix Varela”. En su Vidas humanas. Nota preliminar de Francisco Ichaso. Editorial Librera Mart, La Habana, [1956], pp. 87-91. 72.Simn, Jos G.: “Aportacin cubana a la Constitucin de Cdiz”. Cdiz Iberoamrica (Cdiz) (2):45-47; 12 de octubre de 1984: il. Contiene: Padre Flix Varela: su vida. Varela, diputado a Cortes. 73.Torres-Cuevas, Eduardo [y] Eusebio Reyes Fernndez: “Quien nos ense a pensar”. Revolucin y Cultura (La Habana) (1):25-31; enero de 1988: il. (Polmica histrica) A la cabeza del ttulo: Flix Varela: a doscientos aos de su natalicio. Polmica en torno a la fecha de nacimiento de una de las figuras ms relevantes de nuestra historia. 74.Trujillo, Enrique: “Flix Varela y Morales”. En su lbum de “El Porvenir”. Impr. de “El Porvenir”, New York, 1890, t. 1, pp. [19]-23: il. 75.Varona y Pera, Enrique Jos: “Varela”. El Fgaro (La Habana) 10(16):214; 13 de mayo de 1894. 76.Vzquez Rodrguez, Benigno: Flix Varela y Morales. Precursores y fundadores. Prlogo del doctor Nstor Carbonel; retrs. Profesor Augusto G. Menocal. Editorial Lex, La Habana, 1958, pp. 31-34: il. Incluye poesa. 77.Vida y pensamiento de Flix Varela. [La Habana]: Municipio de La Habana, 1944-1945. 4 t. (Cuadernos de Historia Habanera; 25-28) 2 a ed. La Habana: Municipio de La Habana, 1945, 272 p. (Coleccin Histrica Cubana y Americana; 5) Esta recopilacin conform un ciclo de conferencias organizado por la Oficina del Historiador de la Ciudad. Contiene: T. I. Varela ms que humano: F. Gonzlez del Valle. Valoracin filosfica de Varela: M. Jorrn. Posicin filosfica de Varela: A. Hernndez Travieso. T. II. Significacin literaria de Varela: J. A. Portuondo. Varela pedagogo: D. Gonzlez. Varela revolucionario: E. Gay-Calb. T. III. Flix Varela y la ciencia: M. F. Gran. Ideario y conducta cvicos del Padre Varela: M. Bisb. La idea teolgica en la personalidad de Flix Varela: D. Villamil. T. IV. Varela en El Habanero, precursor de la Revolucin Cubana: E. Roig de Leuchsenring. La ortodoxia filosfica y poltica del pensamiento patritico del presbtero Flix Varela: monseor E. Martnez Dalmau. 78.Villaverde, Jos R. “El Padre Varela”. Cuba Ilustrada (La Habana) 1(5):[13]; junio de 1910: il. Cuba (La Habana) 12 de noviembre de 1911: [1].

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336 “Uno de los hombres en que han brillado estrechamente unidos y en grado muy alto la virtud y el saber...” 79.Zambrana y Valds, Ramn: “Varela”. Revista de la Habana (La Habana) 3:11-13; 1854. En su Obras literarias, filosficas y cientficas. Estab. Tip. La Cubana, La Habana, 1858, pp. [47]-51. En su Trabajos acadmicos. Impr. La Intrpida, Habana, 1865, pp. [289]-294. (Coleccin Facticia Vidal Morales)a) Cartas y otros documentos80.Allo, Lorenzo de: “Carta al Presbtero Francisco Ruiz, en la que le comunica el mal estado en que encontr al Presbtero Varela, fsica y econmicamente, y solicita se haga una suscripcin entre sus discpulos para asignarle una mesada, o hacerle un presente pecuniario, San Agustn de la Florida, 25 de diciembre de 1852”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 361-364. 81.Autos formados por la Capellana de Dn. Francisco Manrique para la imposicin de rditos sobre una casa propiedad de Flix Varela. 20 de marzo de 1810. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 606, no. 11. 82.Betancourt Cisneros, Gaspar: “Carta a Jos Antonio Saco en la que le da noticias sobre Varela. Nueva York, 13 de junio de 1849”. En Fernndez de Castro, Jos Antonio: Medio siglo de historia colonial de Cuba: cartas a Jos Antonio Saco ordenadas y comentadas (de 1823 a 1879). Ricardo Veloso, La Habana, 1923, pp. 115-116. 83.———————: [“Cartas a D. Jos de la Luz, fechadas febrero 29 y marzo 29 de 1840”]. En Luz y Caballero, Jos de la: Obras. Colectadas y publicadas por Alfredo Zayas Alfonso. La Propaganda Literaria, La Habana, 1890, t. 1, p. 380. Fragmentos. Le comunica que un fraile franciscano espaol no est de acuerdo con algunas doctrinas filosficas de F. V. 84.Berdier, Jos Mara: [“Certificacin de Bachiller en Teologa. La Habana, 8 de noviembre de 1808”]. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):289; julio de 1922. 85.“Carta a Jos de la Luz y Caballero, por El Ciudadano del mundo [seud.]” En Luz y Caballero, Jos de la: La polmica filosfica: polmica sobre el eclecticismo. Editorial de La Universidad de la Habana, [La Habana], 1946, t. 3, pp. [III]-XX. (Biblioteca de Autores Cubanos; 10. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 3).

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337 Publicada originalmente en: El Correo de Trinidad, 21 de mayo de 1840. Polmica sobre la filosofa de F. V. Incluye fragmentos del artculo “Patriotismo” de F. V. 86.Castaeda, Francisco Mara: [“Noticia sobre el nombramiento de la Ctedra de Constitucin, al Presbtero D. Flix Varela”]. Diario de la Habana (La Habana) 7 de enero de 1821:3. 87.Comunicacin dirigida al Padre Varela y otros, participndoles que han sido admitidos como socios de nmero en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas. La Habana, 25 de enero de 1817, 2 h. Ms. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):286; julio de 1922. 88.Comunicacin envindole el ttulo de Socio de Mrito de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas. La Habana, 7 de enero de 1819, 1 h. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):288; julio de 1922. 89.“Comunicacin sobre los resultados electorales para Diputados a Cortes de 1822 a 1823”. Diario de la Habana (La Habana), 27 de noviembre de 1821:1. Electos: Flix Varela, Toms Gener, Leonardo Santos Surez y como suplente Juan de Dios Campos. 90.Comunicaciones dirigidas al Cura del pueblo de la Salud, al Sr. Jefe Superior poltico de esta Provincia [La Habana] y a D. Toms Gener, relacionadas con el envo al Congreso o a la Diputacin Permanente, de copia de las Actas de eleccin de los diputados a Cortes D. Flix Varela y D. Toms Gener, ya que las primeras copias se perdieron en el naufragio del buque correo que las conduca en 1822. ANC : Fondo Asuntos Polticos, legajo 303, no. 199. Ms. 91.Espada y Landa, Juan Jos Daz de, obispo. Certificacin de auto aprobando las oposiciones a la Ctedra de Latinidad de Mayores y Retrica del Seminario entre el pbro. Manuel Garca Presbo y Flix Varela, Dicono. Las oposiciones se celebraron el 26 de marzo de 1811 y gan la Ctedra por unanimidad el Pbro. Manuel Garca, el cual tom posesin el 31 del mismo mes de marzo. La Habana, 14 de septiembre de 1811. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 561, no. 13. Ms. 92.———————: “Comunicacin en la que expresa haber reintegrado los $2,500 al Seminario de San Carlos, suma que le adeudaba la diputacin, por la cual se sufragaron los gastos de viaje del presbtero Varela. La Habana, 19 de diciembre de 1823”. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):291-292; julio de 1922.

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338 93.———————: [“Oficio dirigido al jefe superior poltico, relativo al prstamo de $2,500 para costear el viaje del Diputado Varela. La Habana, 3 de abril de 1821”] Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):290-291; julio de 1922. |Contiene: Comprobante de Varela de haber recibido el dinero, el 7 de abril de 1821. 94.“Expediente de "rdenes del Pbro. Flix Varela y Morales”. Academia de la Historia de Cuba. Anales (La Habana) 9:[124 ]-139; 1927. Incluye carta de M. Ruiz, arzobispo de la Habana, fechada el 23 de abril de 1927, dirigida al Presidente de la Academia de la Historia, haciendo entrega de una copia fiel de este expediente. 95.Expediente formado para proveer en propiedad la Ctedra de Filosofa del Seminario Conciliar, vacante por renuncia de Juan Bernardo O’Gavan, siendo el opositor Flix Varela. La Habana, 19 de octubre de 1811-29 de junio de 1812. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 630, no. 14. Ms. Incluye solicitud para la oposicin de esta ctedra firmada por Varela. 96.Expediente instruido para proveer en propiedad la clase de Mayores de Latinidad y Retrica del Seminario Conciliar, vacante por ascenso de Domingo Mendoza, a Director del mismo, siendo los opositores Manuel Garca Presbo y Flix Varela. La Habana, 12-14 de septiembre de 1811. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 629, no. 63. Ms. Incluye solicitud de F. V. fechada 2 de noviembre de 1810. 97.Expediente que contiene partida de bautismo, rdenes clericales y licencias ministeriales. La Habana, 1801-1820. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 628, no. 17. Ms. Copia mecanografiada en ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 607, no. 7. 98.Fernndez Gayol, Jos M.: Certificacin expedida por la iglesia Parroquial del Santo ngel Custodio de la Partida de Bautismo del nio Flix Francisco Jos Mara de la Concepcin Varela y Morales. La Habana, 11 de enero de 1953. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 351, no. 7. Contiene adjunta una copia simple. Documento mecanografiado. 99.Ferrety, Juan Agustn de: Comunicacin al Secretario de la Seccin de Educacin, Juan Nepomuceno de Arocha, informndole los nuevos miembros de esta seccin. La Habana, 25 de febrero de 1817, 1 h. Ms.

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339 100. Hernndez Travieso, Antonio: “Expediente de estudios universitarios del Presbtero Flix Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 49:388-401; enero-junio de 1942. La reconstruccin del texto latino se debe a la doctora Vicentina Antua, profesora de latn de la Facultad de Letras, de la Universidad de La Habana. 101. Lafuente y Vargas, Gabriel: [“Certificacin del acta del examen de oposicin para optar por la Ctedra de Santo Toms y Melchor Cano. La Habana, 16 de marzo de 1809”]. Cuba Contempornea (La Habana) 10(115):290; julio de 1922. 102. Luz y Caballero, Jos de la: [“Carta a Benigno Gener, en la que le comunica que lo ha designado para traer a Varela, debido a su mal estado de salud. Cerro, 21 de enero de 1853”]. La Habana Literaria (La Habana) 1(7):150; 15 de diciembre de1891. ANC : Fondo Donativos y Remisiones, legajo 608, no. 37. En su De la vida ntima. Prlogo por Elas Entralgo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1945, t. 1, pp. 376-377: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 8. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 7) 103. ———————: Carta al Pbro. Flix Varela. [La Habana, entre septiembre y marzo de 1824]. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 605, no. 21. Ms. incompleto. En el ANC esta carta se le atribuye a Jos Antonio Saco. Cuba y Amrica (La Habana) 3(61):20; 20 de junio de 1899: il. En su De la vida ntima. Prlogo por Elas Entralgo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1945, t. 1, pp. [3]-6: facs. (Biblioteca de Autores Cubanos; 8. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 7) Le pide auxilio para el desempeo de su clase de filosofa, en la cual debe explicar sobre “la idea que no puede definirse es la ms exacta”, tomada de sus Apuntes filosficos. 104. “Ms sobre la ctedra del trinitario y el texto de Varela, por Noira [seud.]”. En Luz y Caballero, Jos de la: La polmica filosfica: polmica sobre el eclecticismo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana], 1946, t. 3, pp. [374]-379. (Biblioteca de Autores Cubanos; 10. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 3) Carta dirigida “Al seor Lugareo [Gaspar Betancourt Cisneros]”, publicada originalmente en Gaceta de Puerto Prncipe, 2 de abril de 1840. 105. Mesa Rodrguez, Manuel I.: Carta a Jos A. Montalvo, director de Correos, relativo al nacimiento del Padre Varela. La Habana, 25 de marzo

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340 de 1954. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 23. Copia mecanografiada. 106. Nieto y Cortadellas, Rafael: “Flix Varela y Morales”. En su “Documentos sacramentales de algunos cubanos ilustres”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 3(1):190; enero-marzo de 1952. Contiene: Bautismo. Defuncin. 107. Oficio en el que se solicita que de los fondos del Colegio Seminario se proporcionaran dos mil quinientos pesos, en calidad de reintegro, para el viaje de Varela a la Pennsula. La Habana, 1821. ANC: Fondo Gobierno General, legajo 510, no. 26319. 108.“Par tida de Bautismo del Seor Don Flix Varela”. En Rodrgez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, p. [391]. En Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(5):208; 15 de abril de 1953. Firmado por: Fray Miguel Hernndez y Jos Domingo Snchez y Fleites. 109.P apeles sobre el Padre F. V., Comisin al Capitn de la Gira. Se refiere a la propagaccin de escritos sediciosos del Padre Varela por el Clrigo de Gira de Melena D. Luis de Jess Valera. 1 de diciembre de 1825. ANC: Fondo Asuntos Polticos, legajo 129, no. 1. 110.Pi chardo, Hortensia: Documentos para la historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971, t. 1, pp. 267-288: il. (Centenario 1868) Contenido de inters: Primer proyecto cubano de abolicin de la esclavitud. Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la Isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios, por el Presbtero don Flix Varela, Diputado a Cortes. Flix Varela, precursor de la independencia de Cuba. [De El Habanero ]: a) Consideraciones sobre el estado actual de la Isla de Cuba. b) Amor de los americanos a la independencia. c) Paralelo entre la revolucin que puede formarse en la isla de Cuba por sus mismos habitantes, y la que se formar por la invasin de tropas extranjeras. 111. “Real Orden prohibiendo la circulacin de publicaciones revolucionarias”. Archivo Nacional. Boletn (La Habana) 7(4):71; julio-agosto de1908. Se refiere a El Habanero editado en Filadelfia, por F. V. (Orden fechada el 11 de junio de 1824.) 112. Rodrguez, Jos Ignacio: Cartas a Jos Rumilio (parece ser Vidal Morales) acerca de Flix Varela y de D. Jos de la Luz. Se refiere a los

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341 documentos y fuentes que est consultando para la biografa de Varela. Alude a los pasajes de su obra que tratan de la polmica con Luz. Washington, noviembre 24 de 1876-junio 15 de 1877. 35 h. (en 1 v.) (Rodrguez. Cartas) Son 9 cartas. La nmero 9 dirigida a nombre de Vidal Morales. Ms. 113. ———————: Cartas a Vidal Morales sobre asuntos literarios. En su mayora se refiere a diversas obras biogrficas de figuras prominentes en las letras cubanas de la poca; entre ellas, Flix Varela, Jos de la Luz y Caballero y otros. En general tratan de diversas obras de autores cubanos y sobre la publicacin de las mismas. Washington, New York, junio 29 de 1877-junio 23 de 1885, 219 h. (en 3 v.) (Rodrguuez. Cartas) Son 60 cartas. 114. Saco, Jos Antonio: Carta a Jos Valds Fauli en la que le expresa su opinin sobre la biografa de Varela, escrita por Jos Ignacio Rodrguez, entre otras noticias. Barcelona, 3 de noviembre de 1878, 2 h. Ms. En su Jos Antonio Saco: documentos para su vida. Anotados por Domingo Figarola-Caneda. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1921, pp. 304-306. 115. Sheridan, Stephen: [“Carta dirigida al arzobispo de New York, dando cuenta del fallecimiento del padre Varela, ocurrida la noche del viernes 18 de febrero, San Agustn de la Florida, 26 de febrero de 1853”] En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. 368-369.C. Muerte de Varela116.[Allo, Lorenzo de]: “El Padre Varela”. La Verdad (New York) 20 de marzo de 1853:[49]-51. Con motivo de su fallecimiento. Antonio L. Valverde le atribuye ese trabajo a L. de A. “Varela era el orgullo de su patria (...) mientras se deba honor a la bondad, al patriotismo, al saber, a la virtud Varela ser el dolo de los cubanos.” 117. Casal, Jos Mara: “La muerte de un justo”. En Guiteras, Eusebio: Libro cuarto de lectura. Matanzas: s. n., 1868, pp. 90-93. 118. Ceremonies at the laying of the corner stone, of a Chapel in the Roman Catholic Cementery, in the city of St. Augustine, Florida, dedicated to the memory of the very Rev. Flix Varela, D. D., late Vicar General of New York, who died on Friday, February 25, 1853. Councell & Phynney, Charleston, 1853, 16 p. El discurso de J. F. O’Neill aparece publicado en ingls y el de Jos Mara Casal, en espaol e ingls. El acta o descripcin de la ceremo-

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342 nia y el discurso de Jos Mara Casal, aparecen reproducidos en la obra de Jos Ignacio Rodrguez. (Vase asiento no. 69 B. P.) Este folleto aparece en ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 425, no. 10, y copias mecanografiadas en este mismo fondo, legajo 605, no. 2 y legajo 603, no. 9. Contiene: Acta o descripcin de la ceremonia. Funeral Oration, or Eulogy, on the death of the very Rev. Dr. Varela, delivered at St. Augustine, E. F., March 22, 1853, by Rev. J. F. O’Neill, of Savannah, Ga. Discurso pronunciado por Don Jos Mara Casal. 119. “Certificacin de la defuncin del Pbro. Don Flix Varela”. Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(5):209; 15 de abril de 1953. Certificacin expedida en San Agustn de la Florida. 120. Cruz Prez, R.: “La tumba de un patriota cubano: Recuerdo de San Agustn”. El Fgaro (La Habana) 14(48):582-583; 25 de diciembre de 1898. Procedente de los campos de Cuba libre, visita la tumba del padre Varela, en el cementerio de la calle Crdoba. Describe su estado de abandono. 121. Gonzlez del Valle, Francisco. Antonio L. Valverde. La muerte del Padre Varela. Documentos inditos... Impr. El Siglo XX, La Habana, 8o, 107 p.:17 grabados. Cuba Contempornea (La Habana) 12(141):98-101; septiembre de 1924. (Bibliografa) 122. Guiteras Gener, Juan: “La tumba del Padre Varela”. Cuba y Amrica (New York) 1(2):7; 15 de abril de 1897: il. Denuncia estado crtico en que se encuentra y la describe. 123.Mar t, Jos: “Ante la tumba del Padre Varela”. Patria (New York) 6 de agosto de 1892:[3]. En su Obras completas Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, t. 2, pp. 96-97. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(3):29-31; julio-septiembre de 1953. “...aquel patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de Espaa con el carcter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo, sin alocarse o apresurarse, ni confundir el justo respeto a un pueblo de instituciones libres con la necesidad injustificable de agregarse al pueblo extrao y distinto...” 124.“Muerte del Padre Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 11 de marzo de 1853:[2]. Noticia de su fallecimiento ocurrido el 25 de febrero.

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343 125.Paz Regueira, Jos Manuel: “Muerte del Dr. Flix Varela”. En su Semblanzas de dos centenarios. [Regla: s. n., 1953], pp. 25-34. A la cabeza de la cubierta: 1853-febrero 25-1953. 126.Per aza, Fermn: “La tumba de Varela”. Amrica (La Habana) 34(1-3):9; julio-septiembre de 1947. Denuncia el mal estado en que se encuentra en San Agustn de la Florida el primer lugar donde descansaron los restos de F. V. antes de ser trasladados para el Aula Magna de la Universidad. 127.Valv erde y Maruri, Antonio L.: La muerte del Padre Varela: documentos inditos coleccionados y comentados. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1924, 107 p., lms., retr., facs. Bibliografa y notas al pie de las pginas. Contiene: Examen de los documentos que forman este opsculo y que se enumeran a continuacin. I. Carta de don Lorenzo de Allo al pbro. Francisco Ruiz participndole el mal estado de salud del padre Varela. II. Carta de don Juan B. Lasala, corresponsal de don Gonzalo Alfonso, dando cuenta de haber entregado al Padre Varela la suma de doscientos pesos y de la entrevista que celebr con el Arzobispo de New York. III. Carta del Pbro. Francisco Ruiz al Padre Varela invitndolo a regresar a Cuba. IV. Carta de don Rafael Daz al Padre Varela contestando la misma invitacin. V. Listas de las suscripciones iniciadas por don Jos de la Luz y Caballero y el Pbro. Francisco Ruiz para socorrer al Padre Varela. VI. Lista de la suscripcin iniciada por don Juan B. de Rivas para el propio objeto. VII. Lista de la suscripcin iniciada por el doctor Vicente A. de Castro con el propio fin. VIII. Certificado de defuncin del Padre Varela. IX. Carta de don Jos M. Casal, desde San Agustn de la Florida, a don Rafael Daz participndole el fallecimiento del Padre Varela. X. Contrato celebrado por don Jos M. Casal con el arquitecto don Juan O. Cnova para la construccin de la capilla en el cementerio de San Agustn de la Florida. XI. Acta de colocacin de la primera piedra para la construccin de la capilla. XII. Descripcin de la ceremonia celebrada para la colocacin de la piedra antes citada. XIII. Carta de don Plutarco Gonzlez dando cuenta a don Jos Mara Casal sobre la impresin del folleto editado en Charleston con los discursos pronunciados al colocar la primera piedra de la capilla. XIV. Carta de don Lorenzo de Allo sobre la construccin del altar de la capilla en la ciudad de New York. XV. Contrato celebrado por don Jos de la Luz y Caballero, Pbro. Francisco Ruiz, don Jos Mara Casal y el ebanista don Toms Atteridge para la construccin del altar. XVI. Carta de don Plutarco Gonzlez a don Jos M. Casal sobre la impresin del folleto con los discursos ya mencionados. XVII. Carta de don Gaspar N. Papy a don Jos M. Casal, dndole noti-

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344 cias sobre las obras de la capilla. XVIII. Carta de don Jos M. Casal a Don Gaspar N. Papy anuncindole el prximo envo de las losas y altar para la capillla. XIX. Carta de don Jos M. Casal al Padre Ed. Aubril participndole el prximo envo del altar y losas. XX. Carta de don Jos M. Casal al Padre Ed. Aubril anuncindole el envo del altar y losas. XXI. Carta del Padre Ed. Aubril a don Jos M. Casal acusando recibo del altar y dems objetos remitidos para la capilla. XXII. Cuenta de los gastos hechos por don Jos M. Casal en un viaje a San Agustn. XXIII. Carta del Pbro. Francisco Ruiz a don Jos M. Casal envindole otra del Padre Ed. Aubril. XXIV. Carta del Pbro. Francisco Ruiz a don Jos M. Casal sobre la visita hecha por el Rev. Padre J. F. O’Neill. XXV. Carta de don Jos M. Casal a don Mateo Solano remitindole objetos para la capilla. XXVI. Carta de don Mateo Solano participndole a don Jos M. Casal la fecha en que fueron trasladados los restos del Padre Varela a la capilla. XXVII. Borradores de los dos apuntes que escribi don Jos M. Casal para don Jos Ignacio Rodrguez, en los cuales est includo su artculo La muerte de un justo. XXVIII. Acta de entrega de los restos del Padre Varela, a la Comisin cubana que fue a San Agustn a recibirlos para traerlos a La Habana. XXIX. Inscripcin del monumento levantado al Padre Varela en el Aula Magna de la Universidad de la Habana, en el que se han colocado sus restos mortales. XXX. Carta del actual Prroco de la Catedral de San Agustn de la Florida remitiendo la partida de defuncin del Padre Varela y dando noticias sobre la inscripcin que tiene la lpida sepulcral. XXXI. Carta del propio Prroco sobre la forma en que est inscrita la defuncin del Padre Varela, en los libros de la iglesia, y la inscripcin que tiene la losa colocada sobre la bveda sepulcral. XXXII. Carta del propio prroco aclarando las inscripciones que tiene dicha bveda. XXXIII. Carta del Arzobispo de New York relativa a la carta del Padre Sheridan en la que ste comunic oficialmente el fallecimiento del Padre Varela. ndice de grabados. 128.[V arona y Pera, Enrique Jos]: “La capilla del P. Varela”. Revista Cubana (La Habana) 8:380-382; octubre de 1888. Acerca de la construccin de esta capilla en el cementerio catlico de San Agustn de la Florida.a) Proceso de sus restos 1891129.“Los restos del Padre Varela”. La Habana Literaria (La Habana) 1(8):192195; 30 de diciembre de 1891.

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345 Contiene: [Mocin presentada por la Sociedad Econmica de Amigos del Pas apoyando iniciativa tomada por esta Revista sobre el traslado de los restos del P. Varela para la Necrpolis de Coln. La Habana, 22 de diciembre de 1891] Firmada: Alfredo Zayas, Ramn Meza, Manuel Valds Rodrguez, Enrique Jos Varona, Raimundo Cabrera, Pedro A. Prez, Hilario Cisneros, Jos Varela Zequeira, Jos Silverio Jorrn. [Palabras del Rev. Aubril, con motivo de la llegada de Jos Mara Casal a San Agustn de la Florida, con el propsito de recoger los restos y trasladarlos a la Habana]. Palabras de Jos Mara Casal en el acto de colocar la primera piedra de la capilla erigida sobre la tumba del P. Varela en San Agustn de la Florida. 130. “El Sepulcro del Padre Varela”. La Habana Literaria (La Habana) 1(7):150-152; 15 de diciembre de 1891: il. Proyecto de esta revista sobre el traslado de los restos de Varela desde San Agustn de la Florida para Cuba. Incluye carta de Luz y Caballero a Benigno Gener. (Vase asiento no. 102 B. P.)1911131. “Al Padre Flix Varela”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[233]-236; noviembre de 1911: il. Precedido de lmina del busto de mrmol del ilustre filsofo, donado por el Ayuntamiento de La Habana a la Universidad. Homenaje de esta revista al presbtero Varela con motivo de la llegada de sus restos a Cuba, procedentes de San Agustn de la Florida, lugar donde falleciera en 1853. 132. Albariza y Loa, J.: “El retorno”. Juventud (Matanzas) 2(11):81-82; 18 de noviembre de 1911. “En la vida del P. Varela podemos estudiar al filsofo, analizar al pedagogo, seguir al reformador y criticar al hombre de letras...” 133. Aramburo, Joaqun N.: “En el Ateneo”. Diario de la Marina. Edicin de la maana (La Habana) 18 de noviembre de 1911:3. (Baturrillo) Se excusa por no haber podido asistir a la velada solemne que ofreci esta institucin en homenaje al presbtero. 134.B lanck, Hubert de: “Himno: a la memoria del P. Varela”. La Discusin (La Habana) 26 de noviembre de 1911:9. Msica. 135. Caballero, Felipe: [“Sermn pronunciado en la Catedral de La Habana con motivo de la llegada de los restos del P. V. 17 de noviembre de 1911”]. El Triunfo (La Habana) 18 de noviembre de 1911:[1]; 5; 12: il. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[301]-307; noviembre de 1911.

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346 Vida Nueva (La Habana) 3(12):237-244; diciembre de 1911. “...su vida fue una perpetua gestacin y un alumbramiento constante”. 136. Cabrera Bosch, Raimundo: [Palabras pronunciadas en sesin solemne para rendir tributo a las cenizas del presbtero Varela. Sociedad Econmica de Amigos del Pas, 17 de noviembre de 1911”] El Triunfo (La Habana) 19 de noviembre de 1911: [1]: il. Publicado bajo el ttulo: “La gran velada de la Sociedad Econmica”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 6(6):474-477; noviembre-diciembre de 1911. Publicado bajo el ttulo: “Nuestro homenaje a Varela”. Vida Nueva (La Habana) 3(12):255-258; diciembre de 1911: il. “El mrtir desterrado por la libertad de la patria que no quiso volver a ella mientras fuese esclava, que no la vio libre, vuelve con sus recuerdos, con la luz de sus enseanzas imperecederas a nosotros.” 137.Cr uz, Toms de la: “El homenaje al ilustre sacerdote y sabio educador Pbro. Flix Varela y Morales”. Juventud (Matanzas) 2(62):25 de noviembre de 1911. Describe el traslado de los restos desde la catedral hasta la Universidad de La Habana. 138. Cuba. Leyes y Decretos: “A la Cmara”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 3(1-6):114-115; julio-diciembre de 1911. Proposicin de ley que solicitaba la publicacin de una coleccin completa de las obras de Flix Varela, firmada en el saln de sesiones de la Cmara de Representantes, el 20 de noviembre de 1911 por: Roque E. Garrig, Ezequiel Garca, M. Corona, Carlos Armenteros y Eduardo Guzmn. 139. ———————: [“Ley en la que se acuerda tributar los honores que el Reglamento de las Fuerzas Armadas seala para un ex-Presidente de la Repblica y concede crdito de tres mil pesos para los gastos ocasionados con motivo del traslado e inhumacin de los restos del Padre Varela. Palacio Presidencial, 15 de noviembre de 1911”]. Gaceta Oficial de la Repblica de Cuba (La Habana) 16 de noviembre de 1911:5205. Vida Nueva (La Habana) 3(12):224-226; diciembre de 1911: il. Firmado por Jos Miguel Gmez, presidente de Cuba. 140. “Date Lilia, por A. P. de R. [seud.]” El Triunfo (La Habana) 20 de noviembre de 1911:4. Oracin ante los restos del P. Varela. 141. “El discurso del Doctor Lendian, por M. [seud.]”. El Tiempo (La Habana) 26 de noviembre de 1911:20-21: il. En el Ateneo de La Habana.

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347 142.“En memoria de Flix Varela, por Los Directores”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 6(6):473; noviembre-diciembre de 1911. Editorial con motivo de la llegada de sus restos a Cuba. 143. Escoto, Jos Augusto: “Una idea del P. Varela y los heterodoxos de Menndez y Pelayo”. Juventud (Matanzas) 2(62):91-92; 25 de noviembre de 1911. “Varela fue un observador por cuenta propia y en sus escritos se nota que si especulaba con las teoras, las comprobaba despus con los hechos y la experiencia.” 144. “Flix Varela”. Letras (La Habana) 7(43):[549]; 19 de noviembre de 1911: il. 145. [Figarola Caneda, Domingo]: “Pbro. Flix Varela”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 3(1-6):112-115; julio-diciembre de 1911 (Necrologa) Con motivo de la llegada a Cuba de sus restos. Contiene: Relacin bibliogrfica de sus obras en los catlogos de la Biblioteca Nacional en esta fecha. 146. “Los funerales de un gran educador: llegada a La Habana de los restos mortales del Pbro. Flix Varela”. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[83]-86 noviembre-diciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica) Incluye certificado expedido por el seor Wm. J. Kenny, obispo catlico de San Agustn de la Florida, con motivo de la entrega de los restos del P. Varela a los seores Manuel Landa, presidente de la Audiencia de Pinar del Ro, y Julio Embil, cnsul de Cuba en Jacksonville, Fla.; discurso pronunciado por el rector de la Universidad de La Habana, doctor Leopoldo Berriel, al recibir los restos del insigne sacerdote; y lista de nombres del Comit Organizador del homenaje: Diego Tamayo, presidente; seor Alfredo Rodrguez Morejn, secretario; vocales: doctor Julio de Crdenas, alcalde municipal, seor Pedro Bustillo, presidente del Consejo Provincial; el seor Obispo de la Habana; doctor Leopoldo Berriel, rector de la Universidad Nacional; doctor Raimundo Cabrera, presidente de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas; y el doctor Manuel Landa, presidente de la Audiencia de Pinar del Ro. 147. “Los funerales del P. Varela”. Diario Espaol (La Habana)15 de noviembre de 1911:3. 16 de noviembre de 1911:2. Nota de prensa. 148. “Los funerales del Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 19 de noviembre de 1911:2.

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348 Homenaje tributado por la Junta de Educacin, la noche del 18 de noviembre, en el cual pronunci un discurso el doctor Rodolfo Rodrguez de Armas sobre la vida del presbtero. 149. “La gran velada de la Sociedad Econmica”. El Triunfo (La Habana) 19 de noviembre de 1911:[1], 11: il. Contiene: Discursos de los seores Raimundo Cabrera y Rafael Montoro en memoria del P. Varela. 150. “El grandioso homenaje de la repblica al Padre Varela”. El Triunfo (La Habana) 20 de noviembre de 1911:[1]; 2; 4: il. Contiene: La solemne y patritica manifestacin de ayer. El traslado de los restos. Discurso del doctor Enrique Jos Varona. Detalles del acto. 151. “Habana. Ayuntamiento. Acta”... Universidad de la Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[285]-288; noviembre de 1911. Firmado: Pedro Pablo Sedano. Sobre presupuesto destinado para colocar una corona de mrmol con inscripcin en la tumba del esclarecido educador, y mocin y aprobacin sobre la sustitucin del nombre de calzada de Belascoan por el de Padre Flix Varela. 152. “Habana. Junta de Educacin. Acta de recepcin y entrega de los restos del padre Varela”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[283]-284; noviembre de 1911. Firman: doctor M. Delfin, presidente y R. Prado, secretario. 153. “Habana. Universidad. Acta”... Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[339]-342; noviembre de 1911. Vida Nueva (La Habana) 3(12):275-279; diciembre de 1911: il. Firmada por J. Gmez de la Maza, secretario general y fechada 19 de noviembre de 1911, con motivo de la llegada de los restos de Flix Varela a la Universidad. Incluye discurso del doctor Leopoldo Berriel Fernndez, rector de este alto centro docente. 154. “Hermoso homenaje”. La Lucha (La Habana) 20 de noviembre de 1911: [1]: il. Del pueblo cubano a los restos del Padre Varela. 155. “El homenaje al Padre Varela”. El Da (La Habana) 12 de noviembre de 1911 16 de noviembre de 1911: [1]. Datos tomados de recortes que posee la Biblioteca Nacional.

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349 Contiene: La junta de anoche. Nombramiento de un Comit para redactar el programa. El homenaje que se le ha de tributar a la memoria del sabio y noble educador cubano, ser un gran acto nacional. La capilla ardiente. 156. “Homenaje al Padre Varela”. Diario Espaol (La Habana) 17 de noviembre de 1911:2 19 de noviembre de 1911:2. Nota de prensa y crnica acerca del traslado definitivo para la Universidad de La Habana. 157. ———————: El Triunfo (La Habana) 12 de noviembre de 1911:2. Contiene: Las guardias de honor. Los nios de Artes y Oficios. Nuevas puchas. La sesin de anoche. Relacin del homenaje pstumo que se le tributar. 158. ———————: El Triunfo (La Habana) 13 de noviembre de 1911:2. Contiene: Desfile del pblico ante los restos. Guardias de honor. Los alumnos del Seminario. Flores. Reunin del Comit. 159. ———————: El Triunfo (La Habana) 14 de noviembre de 1911:[1], 4. Contiene: El programa oficial de las ceremonias. Se le harn los honores correspondientes a un expresidente de la Repblica. Nuevas coronas. Las escuelas pblicas. Otras noticias interesantes. 160. ———————: El Triunfo (La Habana) 15 de noviembre de 1911:[1], 12. Contiene: Traslado de los restos. Las guardias de honor. Los nios de las escuelas. El Presidente de la Repblica en los funerales. Ms coronas. Otras noticias. Esquela mortuoria, firmada por el Comit Ejecutivo. 161. ———————: El Triunfo (La Habana) 16 de noviembre de 1911:2, 7. Contiene: Traslado de los restos al Ayuntamiento. El pueblo los acompaa con veneracin y recogimiento. El Alcalde en nombre de la ciudad recibe los amados despojos. Frases del doctor Tamayo al entregarlos. Los maestros pblicos cooperan a la solemnidad del acto. Guardias de honor. 162.Ho menaje al Padre Varela con motivo de la llegada de sus restos a Cuba. Habana, noviembre de 1911, 129 h. Contiene: Documentos del Comit Ejecutivo. Recortes de peridicos. 163. “Homenaje al Padre Varela en la Sociedad Econmica”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[320]-338; noviembre de 1911. Bajo este ttulo aparece el Acta, firmada por Manuel Valds Rodrguez, del programa efectuado por la SEAP (9-19 de noviembre de 1911), con

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350 motivo de la llegada a Cuba de los restos del padre Varela; e incluye los discursos pronunciados por Raimundo Cabrera, Fernando Ortiz y Rafael Montoro en la sesin solemne efectuada el da 18. 164.“El homenaje del At eneo a la memoria del P. Varela”. El Triunfo (La Habana) 17 noviembre de 1911:[1], 3. Contiene: La velada de anoche. La vida del filsofo, por el doctor Evelio Rodrguez Lendin. En el Ayuntamiento. 8 000 almas desfilan ante los restos del sabio maestro durante el da y la noche de ayer. 165. “El homenaje del P. Varela”. El Tiempo (La Habana) 26 de noviembre de 1911:[7]. (Semanales) 166. “Honor al P. Varela”. La Discusin (La Habana) 15 de noviembre de 1911:2. A la cabeza del ttulo: Editoriales. “...ltimo tributo que se rendir en estos das al egregio sacerdote para quien la vida era deber y la inteligencia trabajo”. 167. “Honores de ex-presidente al P. Flix Varela”. El Triunfo (La Habana) 16 de noviembre de 1911:3. (Poder Legislativo) 168. “Honroso acuerdo de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, Habana, 14 de noviembre de 1911”. Diario de la Marina Edicin de la maana. (La Habana) 21 de noviembre de 1911:10. A la cabeza del ttulo: “Los restos del Padre Varela”. 169. “Inscripcin del monumento del Padre Varela en la Universidad”. Universidad de la Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):s. n.; noviembre de 1911: il. Contiene lmina del monumento. 170.“Lo del homenaje al Padre Varela: xito de nuestra campaa” Cuba (La Habana) 14 de noviembre de 1911. A la cabeza del ttulo. “Un tiempo de Cuba”. Datos tomados de un recorte existente en la Biblioteca Nacional. 171. Marrero, Juan J.: “Los restos del Padre Varela”. La Discusin (La Habana) 20 de noviembre de 1911:4. A la cabeza del ttulo: Grandezas cubanas. Incluye relato de su padre Abraham Marrero, el cual se encontraba en poder del prroco del Cerro, licenciado Luis Marrero, con motivo de haber visitado ste en Nueva York, al presbtero F. V. (junio de 1838). 172.[“M ocin presentada a la Junta de Gobierno de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas por la cual se concede un voto de gracias a todos los cubanos que han contribuido en la traslacin de los restos del Padre Varela a la Habana y se proclama Socio de Mrito al Dr. Diego Tamayo, Habana, 14 de noviembre de 1911”]. El Tiempo (La Habana) 26 de noviembre de 1911:21-22: il. Publicado bajo el ttulo: “Merecida distincin”.

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351 173. Montoro, Rafael: [“Discurso pronunciado en la sesin solemne para rendir tributo a las cenizas del Presbtero Varela. Sociedad Econmica de Amigos del Pas, 17 de noviembre de 1911”.] El Triunfo (La Habana) 19 de noviembre de 1911:[1]: il. Fragmento publicado bajo el ttulo: “La gran velada de la Sociedad Econmica”. La Discusin (La Habana) 26 de noviembre de 1911:14: il. Publicado bajo el ttulo: “Elogio del Padre Varela”. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[101]-110; noviembrediciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica) Revista Bimestre Cubana (La Habana) 6(6):485-497; noviembre-diciembre de 1911. Publicado bajo el ttulo: “El P. Flix Varela”. Vida Nueva (La Habana) 3(12):258-267; diciembre de 1911. “Inspirmonos en sus mximas, en sus ejemplos, en su espritu de tolerancia, de libertad, de verdadera unin, que procur siempre comunicar a cuantos le oan, para que logremos asentar la nueva sociedad cubana sobre las bases que nicamente pueden hacerla realmente libre y realmente prspera: sobre la verdad y la justicia (...) Las semillas por l esparcidas fructificaron. Su obra es su apostolado...” 174. “La ofrenda de la religin al Padre Varela”. El Triunfo (La Habana) 18 de noviembre de 1911:[1], 5, 12. Contiene: El acto de ayer en la Catedral. Discurso del alcalde. La oracin del padre Caballero. El traslado de los restos del ayuntamiento a la iglesia. 175.Or tiz, Enrique A.: “Sobre el Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 19 de noviembre de 1911:9. “...am a Cuba con entusiasmo tal, que a ella dio y a la generacin actual, el producto de sus trabajos y una vida de interminables sacrificos”. 176.Or tiz Fernndez, Fernando: “Flix Varela, amigo del pas”. El Tiempo (La Habana)14:10-14; 26 de noviembre de 1911. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 6(6):[478]-484, noviembre-diciembre de 1911. Discurso pronunciado en la sesin solemne de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas, para rendir tributo a las cenizas del presbtero Varela, 17 de noviembre de 1911. “...aquel varn ilustre que nos ense a pensar y que por habernos enseado a pensar nos dio a los cubanos la primera libertad y la prime-

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352 ra independencia, la libertad del pensamiento y la independencia de la razn”. 177. “El Padre Flix Varela”. Diario de la Marina. Edicin de la tarde. (La Habana) 8 de noviembre de 1911:4. Contiene: La llegada de los restos. En San Agustn. La entrega de los restos. Certificado de la entrega de los restos, firmada por William J. Kenny, obispo de San Agustn. La familia del P. Varela. 178.“El Padre V arela”. Bohemia (La Habana) 2(47):476; 19 de noviembre de 1911; 2(48):488-489; 26 de noviembre de 1911: il. Notas y reportaje grfico sobre este magno acontecimiento. 179. “El Presbtero Flix Varela”. La Iglesia en Cuba (Matanzas) 1(5):[1]; 1 de diciembre de 1911. 180. “Reposan ya los restos del Padre Varela: la Universidad guardar ese tesoro”. La Discusin (La Habana) 20 de noviembre de 1911:[1], 9: il. Contiene: El solemne acto de ayer. ltimo tributo de los acordados por la Comisin Gestora. La Habana entera se agolp al paso de los venerados restos. El Presidente de la Repblica presidi el cortejo. Los honores. Elocuente discurso del doctor Enrique Jos Varona. Incluye adems discurso del doctor Leopoldo Berriel, rector de la Universidad y carta del licenciado Francisco Reyna, familiar del P. Varela, al secretario de la Academia de la Historia, seor licenciado Francisco de Paula Coronado sobre datos relativos a la familia del sabio cubano. 181.“ Los restos de Flix Varela”. El Tiempo (La Habana) 12 de noviembre de 1911: [7]: il. (Semanales) 182. “Los restos de un gran educador”. El Mundo (La Habana) 11 de noviembre de 1911: [1]. 12 de noviembre de 1911: [1]. 15 de noviembre de 1911: [1]. 16 de noviembre de 1911: [1]: il, 17 de noviembre de 1911: [1]. 18 de noviembre de 1911: [1]: il. 19 de noviembre de 1911: [1]. 20 de noviembre de 1911: [1], 12: il. Traslado de los restos de la Junta de Educacin para el Ayuntamiento. Invitacin al pueblo para que concurra al traslado de los restos del Ayuntamiento para la Catedral. Documento en el cual se expresa realizar honores militares. 183. “Los restos del Padre Flix Varela”. El Triunfo (La Habana) 8 de noviembre de 1911:[1]. Contiene: Llegan hoy en el vapor “Miami”. Ceremonia religiosa en la Catedral y velada en el Ateneo, en honor del sabio cubano. 184. “Restos del P. Varela”. La Lucha (La Habana) 8 de noviembre de 1911:2. Contiene: Esta maana llegaron procedentes de la Florida. Los que fueron a recibirlos. Constitucin de una junta para organizar un home-

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353 naje digno de su memoria. [Acta de entrega de los restos al licenciado Manuel Landa, firmada por William J. Kenny, obispo de San Agustn de la Florida.] 185. “Los restos del Padre Varela”. El Mundo (La Habana) 9 de noviembre de 1911:[1]: il. A propsito de este hecho, esta resea aporta datos biogrficos. 186. “Los restos del Padre Varela”. Diario de la Marina Edicin de la tarde. (La Habana) 9-10 de noviembre de 1911:4. 14-18 de noviembre de 1911:4. 20 de noviembre de 1911:3. En la crnica del 18 de noviembre aparecen datos de inters sobre la familia del P. Varela. 187. “Los restos del Padre Varela”. Diario de la Marina Edicin de la maana. (La Habana) 10 de noviembre de 1911:4. 12 de noviembre de 1911:10. 14-16 de noviembre de 1911:10. 17 de noviembre de 1911:8. 18-19 de noviembre de 1911:10. 188.“ Los restos del Padre Varela”. Cuba (La Habana) 10 de noviembre de 1911:[1]. 15 de noviembre de 1911. 17 de noviembre de 1911. 18 de noviembre de 1911. Datos tomados de recortes que posee la Biblioteca Nacional. Contiene: Todos los elementos oficiales y particulares rendirn un grandioso homenaje al pensador insigne. Su traslado al Ayuntamiento. Orden del entierro. 189. “Los restos del Padre Varela”. La Opinin (La Habana) 11 de noviembre de 1911. Datos tomados de un recorte que posee la Biblioteca Nacional. 190. “Los restos del Padre Varela”. El Triunfo (La Habana) 11 de noviembre de 1911:[1], 8. Contiene: Hoy se resolver si han de ser sepultados en la Catedral, en la tumba de Coln, o en el mausoleo de los Estudiantes. Las guardias de honor. Homenaje de las escuelas. 191. “Los restos del Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 12 de noviembre de 1911:[1]: il. Fotografa en la cual aparecen Diego Tamayo y Alfredo Rodrguez Morejn, presidente y secretario, respectivamente, del Comit Pro-Flix Varela, entre otros, haciendo guardia de honor en torno al tmulo levantado en el saln de sesiones de la Junta de Educacin. 192. “Los restos del P. Varela”. La Prensa (La Habana) 13 de noviembre de 1911. Datos tomados de un recorte que posee la Biblioteca Nacional. Contiene: Sern expuestos en el Ayuntamiento. El programa.

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354 193. “Los restos del Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 16 de noviembre de 1911:2. 18 de noviembre de 1911:2. Noticias varias. 194. “Los restos del P. Varela”. Diario Espaol (La Habana) 18 de noviembre de 1911:[1]. 20 de noviembre de 1911:2 Contiene: El traslado [para la Catedral]. La Sociedad Econmica. Una sesin. El entierro. 195. “Los restos del Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 20 de noviembre de 1911:4. Amplio reportaje sobre el traslado de los restos para la Universidad de La Habana. 196.“Los restos del Padre Varela”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[237]-282; noviembre de 1911. Contiene: I. Su llegada a la Habana. Ceremonias en la Florida. Trabajos de la Comisin. En el muelle. Fiestas y monumentos primeramente proyectados. Acta de entrega. Las corporaciones: su representacin y ofrecimientos. II. Las escuelas pblicas. Otro proyecto de monumento. Representaciones de las autoridades provinciales. Citacin. Capilla ardiente en la Junta de Educacin. Mensaje oficial. Distintos acuerdos. La Universidad: su escuela prctica. Invitaciones. III. En la Junta de Educacin. Eleccin del Comit Ejecutivo. Acuerdos de la Universidad. Sociedad Econmica. Ayuntamiento y Ateneo. Acuerdos sobre el sepelio: la Catedral. Corporaciones religiosas. Las obras del padre Varela. Las escuelas y los maestros. Programa de actos en las distintas instituciones. Honores. IV. Acuerdos sobre los actos del domingo 19 de noviembre. Su itinerario. Las colonias extranjeras. Colgaduras y coronas. Actos del mircoles 15. En el Ayuntamiento: capilla ardiente. Guardia de honor. El Presidente de la Repblica. Los estudiantes. Traslacin de los restos de la Junta de Educacin al Ayuntamiento. Recepcin por la Corporacin Municipal. Inscripcin de la urna cineraria. V. Traslado de los restos a la Catedral. Honores, marcha, itinerario, cortejo. La sesin del Ateneo. Recibimiento de los restos por el seor Obispo de la Dicesis. Ceremonia religiosa. Guardias de honor por los estudiantes. Crdito para el pedestal. Proyectos de monumentos y estatuas. Orden para las ceremonias del domingo 19. VI. La Sesin de la Junta de Educacin de La Habana. El acto, asistentes. En la Sociedad Econmica de Amigos del Pas. La Sesin, acuerdos. Discursos. VII. Ceremonias en la Universidad. Traslacin de los restos desde la Catedral: orden de la marcha, concurrentes, comisiones, representaciones. Las

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355 escuelas: los maestros. Recepcin por el Seor rector y claustro universitario. Honores en el Aula Magna. 197. “Los restos del padre Varela”. Vida Nueva (La Habana) 3 (12):222-224; diciembre de 1911: il. Contiene: La autorizacin de los familiares [Carta de Francisca Varela (sobrina del Presbtero de 91 aos de edad) al seor doctor Diego Tamayo, presidente del Comit Ejecutivo del homenaje al Padre Varela, agradecindole los honores que le van a tributar a su to]. Entrega de los restos en San Agustn de la Florida. [Certificado de exhumacin, firmado por el obispo de San Agustn de la Florida Wm. J. Kenny, fechado 6 de noviembre de 1911.] Certificado de exhumacin y de sanidad [de la Florida]. [Documento firmado por R. A. Ponce, muidor y embalsamador, entregando los restos del P. Varela a Manuel Landa, para ser trados a Cuba.] 198. “Los restos del P. Varela en la Junta de Educacin”. La Lucha (La Habana) 11 de noviembre de 1911:2. 199.“ Los restos del padre Varela en la tierra de sus amores”. La Discusin (La Habana) 8 de noviembre de 1911:[1]-2. 9 de noviembre de 1911:[1]; 12. 11 de noviembre de 1911:2. 12 de noviembre de 1911:[1]; 12. 13 de noviembre de 1911:13. 14 de noviembre de 1911:14; 6. 15 de noviembre de 1911:[1]; 12: il. 16 de noviembre de 1911:9. 17 de noviembre de 1911:[1]; 14; 13: il. 18 de noviembre de 1911:14. 19 de noviembre de 1911: [1]-2: il. de Antonio Herr. Contiene: [Bosquejo biogrfico]. Copia del Acta de entrega de los restos del P. Varela, firmado por Williams J. Kenny, obispo de San Agustn de la Florida. Se prepara un gran homenaje a los restos del filsofo. Ser un acto nacional. El Presidente de la Repblica ofrece su concurso. Un mensaje al pueblo floridano. Esta noche se rene la Comisin. Homenaje oficial. El lugar en que han de ser enterrados. Las escuelas pblicas. Otras noticias relacionadas con el homenaje. La reunin de anoche. El doctor Garca Kohly presidi la Asamblea. Se acord nombrar un Comit que confeccionar el programa. Actos que se celebrarn por la Universidad, Sociedad Econmica y Ateneo. Coronas. Ceremonia religiosa y sepelio. Hoy se ha reunido el Comit encargado de confeccionar el programa del homenaje. Irn al Ayuntamiento. Sern depositados en la Universidad. Anoche se reuni la Asamblea. Maana sern colocados en el saln de sesiones del Ayuntamiento. Se resolvi pedirle al Congreso que acuerde tributar honores como a los restos de un ex-Presidente de la Repblica. El doctor Garca Kohly presidi la reunin. La inhumacin ser un acto nacional. Al Ayuntamiento. Ha comenzado a cumplirse el programa. Los

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356 restos en el saln de sesiones. La traslacin. Comisiones y personas que asistieron al acto. En el Ayuntamiento. Esta noche habr sesin solemne en el Ateneo. La sesin del Ateneo. El traslado a la Catedral. Maana celebrar sesin solemne la Junta de Educacin, a las 3 p. m. y por la noche la Sociedad Econmica. El solemne acto del domingo. Los actos de hoy. La traslacin de la Universidad. La Sesin de la Junta de Educacin. Palabras del doctor Rodrguez de Armas. El solemne acto de la Sociedad Econmica. 200. “Los restos de Varela en tierra cubana: homenaje de la Patria agradecida a su hijo insigne”. La Opinin (La Habana) 9 de noviembre de 1911:[1]; 3. Datos tomados de un recorte que posee la Biblioteca Nacional. 201. “Los restos del Padre Varela: la sociedad cubana y el gobierno de la Repblica rendirn homenaje de aprecio y veneracin a la memoria del sabio filsofo y educador”. El Triunfo (La Habana) 9 de noviembre de 1911:[1]; 8. 202. “Los restos del P. Varela, maana llegarn a la Habana”. La Discusin (La Habana) 7 de noviembre de 1911:[1]: il. Contiene: Procedentes de San Agustn de la Florida, vienen en el vapor “Miami”. Fiestas cvicas y religiosas. Los restos sern depositados primero en la Junta de Educacin. La inhumacin ser el 27 de noviembre. 203. Reyna, Francisco: [“Carta dirigida al Lecdo. Francisco de Paula Coronado en la que aporta datos interesantes sobre los familiares del sabio ilustre”]. Cuba (La Habana) 17 de noviembre de 1911. A la cabeza del ttulo: La familia del P. Varela. Datos tomados de un recorte existente en la Biblioteca Nacional. 204. Rodrguez de Armas, Rodolfo: [“Elogio del Padre Varela. Junta de Educacin de la Habana, 18 de noviembre de 1911”]. El Mundo (La Habana) 20 de noviembre de 1911:2; 4. 21 de noviembre de 1911:2; 4. Publicado bajo el ttulo: “En la Junta de Educacin: brillante elogio del Padre Varela, por R. R. de A.” Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[308]-319; noviembre de 1911. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[112]-123; noviembrediciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica) Publicado bajo el ttulo: trabajo ledo por ... en la Sesin solemne celebrada en la Junta de Educacin de la Habana, el da 19 [i. e.] 18 de noviembre de 1911. Vida Nueva (La Habana) 3(12):244-255; diciembre de 1911.

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357 205.Ro drguez Lendin, Evelio:“Discurso pronunciado en el Ateneo de la Habana”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[289]-300: noviembre de 1911. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[88]-99; noviembre-diciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica) Vida Nueva (La Habana) 3(12):226-237; diciembre de 1911. Impr. El Siglo XX, La Habana,1912, 14 p. Publicado bajo el ttulo: “Elogio del Presbtero Flix Varela”. “...aparecen en todos los pueblos hombres superiores, que personifican determinados momentos de su historia, y que ejercen esa influencia decisiva en sus ideas, en su cultura, en su progreso mental y material. Uno de esos hombres fue Flix Varela.” 206. Ross, Salvador: “El Padre Varela”. El Ensayo (La Habana) 1(2):[1]-2; 1 de diciembre de 1911. 207.Tamayo, Diego: “Homenaje al Padre Varela”. El Triunfo (La Habana) 11 de noviembre de 1911:4. El Da (La Habana) 11 de noviembre de 1911. Nota de prensa citando a todos los que en junio de 1902 tomaron parte en las gestiones del traslado de los restos del P. V. 208.To ymil, Francisco: “El Padre Varela”. El Triunfo (La Habana) 20 de noviembre de 1911:4. Poesa. 209. “El traslado de los restos a la Universidad Nacional”. Vida Nueva (La Habana) 3(12):267-268; diciembre de 1911. Narracin en torno a esta manifestacin de duelo del pueblo de Cuba. 210.“Tr aslado de los restos del Padre Varela”. La Lucha (La Habana) 15 de noviembre de 1911:2. De la Junta de Educacin para el Ayuntamiento. 211. Trelles, Carlos M.: “El libro de Jos I. Rodrguez sobre el Pbro. Flix Varela”. Juventud (Matanzas) 2(62):89-90; 25 de noviembre de 1911. “...dicha obra es una de las biografas ms completas, documentadas y esmeradas que haya sido escrita por un cubano...” 212. “Los ltimos das del Padre Varela“. El Fgaro (La Habana) 27 (46): 684; 12 de noviembre de 1911. “Fue el padre Flix Varela uno de los directores de la mentalidad cubana, en la poca en que la conciencia del pas dorma aletargada por la ignorancia y el vicio. Su voz fue de los primeros gritos de alerta que despertaron al cubano.” 213. “La Universidad y el P. Varela”. Avisador Comercial (La Habana) 18 de noviembre de 1911.

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358 Datos tomados de un recorte que posee la Biblioteca Nacional Jos Mart. 214.V arona y Pera, Enrique Jos: [“Discurso pronunciado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana con motivo de ser depositados en ella, los restos del P. Varela, 19 de noviembre de 1911”.] El Fgaro (La Habana) 27(47):[693]-694; 19 de noviembre de 1911: il. Publicado bajo el ttulo: “Varela”. Contiene fotografas de: Capilla ardiente en la Casa Consistorial donde se velaron los restos del padre Varela: la Comisin organizadora con los concejales y el Alcalde. Los panegiristas. Enrique Jos Varona, Evelio Rodrguez Lendin, Pbro. Felipe Caballero, Rafael Montoro, Diego Tamayo y Manuel Landa y Gonzlez. Retrato al leo por Francisco Mendoza. Los parientes del padre Varela: Francisco Varela, Camilo Peralta Varela, Beln Capetillo, viuda de Carmona, y los hijos de esta ltima Luis, Dolores, Amrica y Alejo Carmona y Capetillo. El Da (La Habana) 20 de noviembre de 1911:[1]; 3. Publicado bajo el ttulo: “Brillante discurso del doctor Enrique J. Varona”. La Discusin (La Habana) 21 de noviembre de 1911:9: il. Publicado bajo el ttulo: Elocuentsimo discurso del Doctor Varona. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista (La Habana) 13(3):[343]-350; noviembre de 1911. Publicado bajo el ttulo: “Elogio en la Universidad de La Habana”. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[125]-132; noviembrediciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica) Vida Nueva (La Habana) 3(12):268-275; diciembre de 1911. “...la obra especial del padre Varela fue demostrarnos que la educacin es y debe ser para el pueblo; la educacin total, como un conjunto del que no pueden unos apropiarse la parte restringida y otros la parte amplia generosa, pues hay que esparcirlas ambas, hay que ponerlas al alcance de todos para que aprendan a ver y vencer sus propias pasiones, porque no existe, un enemigo mayor para un pueblo que su propia ignorancia...” 215.“Vel ada conmemorativa del P. Flix Varela”. Diario de la Marina Edicin de la tarde. (La Habana) 17 de noviembre de 1911:2. A la cabeza del ttulo: En el Ateneo. Comenta discurso del Dr. Evelio Rodrguez Lendin. 216.“Voz de ultratumba”. La Discusin (La Habana) 17 de noviembre de 1911:2. Acerca del discurso del doctor Evelio Rodrguez Lendin, pronunciado en el Ateneo.

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3591947217. Registro de la muerte y enterramiento. Florida, 28 de octubre de 1947. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 607, no. 42. Copia mecanografiada en ingls y espaol.1948218.A rdura, Ernesto:“No son los restos del Padre Varela los que se hallan en la Universidad”. El Mundo (La Habana) 14 de julio de 1948:[1], 8.1954219.G arca Pons, Csar: “Son de Flix Varela los restos que conserva la Universidad de La Habana?” Bohemia (La Habana) 46(30):60-61; 80; 82; 25 de julio de 1954: il. Incluye cartas sobre este asunto de: Agustn J. Morales, primo del Presbtero, a Jos Ignacio Rodrguez, fechada en Nueva York, 23 de abril de 1883; Antoica L. de Mdicis a Agustn J. Morales, fechada en San Agustn de la Florida, 3 de agosto de 1884. Contiene: La segunda exhumacin y el propsito de identificar los despojos mortales del insigne cubano. Los restos fueron trados a Cuba en 1911. Una comisin tcnica estudia ahora el contenido de la urna que conserva la histrica reliquia. 220. Hernndez Travieso, Antonio: “Historia de un cigarrillo”. Vida Universitaria (La Habana) 5(49-50):10; 14; agosto-septiembre de 1954. Narra uno de los momentos ms culminantes de su vida, al recibir la noticia de la identificacin de los restos del P. Varela. 221. “Identificados los restos del padre Flix Varela”. Vida Universitaria (La Habana) 5(52-53):3-4; noviembre-diciembre de 1954: il. 222. Maach, Jorge: “Presencia y exilio de Varela (evocacin de ayer con sentido para hoy)”. Bohemia (La Habana) 46(52):44-45; 108; 26 de diciembre de 1954: il. Vida Universitaria (La Habana) 6(54-55):10-11; 30; enero-febrero de 1955: il. Discurso pronunciado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, con motivo de depositarse definitivamente los restos del P. Varela. 223. “Resolvern si son los restos del P. Varela”. Vida Universitaria (La Habana) 5(49-50):15; agosto-septiembre de 1954: il.

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360 224.Ruiz, Gervasio G.:“Estn en la Universidad los restos del Padre Varela?” Carteles (La Habana) 35(30):28-29; 25 de julio de 1954: il. Contiene: Forjador de la conciencia nacional e innovador del pensamiento filosfico cubano. Unas palabras de Jos Manuel Mestre en 1861. La muerte en tierra extranjera. Una tumba inadecuada en el cementerio de San Agustn. La capilla que erigieron los cubanos para guardar los restos de Varela. Un obispo que comparte la fosa del ilustre presbtero cubano. La exhumacin en 1911. El profesor Le Roy plantea una duda. Documentos en un libro de Antonio Hernndez Travieso. La comisin investigar a quin pertenecen los restos que se guardan en el Aula Magna de la Universidad.1955225.“De vueltos al Aula Magna los restos del Padre Flix Varela”. Vida Universitaria (La Habana) 6(54-55):1; 8-10, 31, enero-febrero de 1955: il. Despus de identificados definitivamente por la comisin designada al efecto. 226. Habana.Universidad de La Habana. Consejo Universitario: Los restos del Padre Varela en la Universidad de la Habana. [Impr. de la Universidad de La Habana], La Habana, 1955, 213 p.: il., facs. “Con la publicacin de este libro por la Universidad de La Habana, la Comisin Tcnica deja definitivamente aclarado el problema de la autenticidad de los restos del padre Varela, conservados en el Aula Magna de nuestro bicentenario centro de cultura...” Esta comisin tcnica estuvo integrada por los profesores universitarios: Julio Morales Coello, presidente; Carlos Garca Robion; Esteban Valds-Castillo Morera; Elas Entralgo Vallina; Luis Felipe Le Roy Glvez, secretario. Contiene: Nota preliminar. Iniciativa de la investigacin: Carta del profesor L. F. Le Roy al Rector de la Universidad de La Habana, acompaada de los documentos justificativos. Actas de la Comisin Tcnica. Palabras del Presidente de la Comisin Tcnica Universitaria: [prof. J. Morales. Lectura de algunos pasajes de las Actas...] L. F. Le Roy. Presencia y exilio de Varela: J. Maach. Apndice: Una visita a la Capilla del Padre Varela en el antiguo cementerio catlico de San Agustn de la Florida [y] sobre la identificacin de los restos del P. Flix Varela. Cmo fueron reconocidos. Su devolucin al Aula Magna de la Universidad: L. F. Le Roy y Glvez. Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a

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361 los intereses de sus propietarios: F. Varela. Fotograbados de las cartas, informes, estudios mdico-antropolgicos y actos celebrados con motivo de la identificacin de los restos del presbtero (julio-diciembre de 1954). 227.Le Roy y Glvez, Luis Felipe: “Sobre la identificacin de los restos del P. Flix Varela. Cmo fueron reconocidos. Su devolucin al Aula Magna de la Universidad”. Vida Universitaria (La Habana) 6(57-58):7-8; 2627; abril-mayo de 1955: il. 228. ———————: “Una visita a la Capilla del padre Varela en el antiguo cementerio Catlico de San Agustn de la Florida”. Vida Universitaria (La Habana) 5(52-53):4-7; noviembre-diciembre de 1954: il.1986229. Hernndez Serrano, Luis: “Qu pas con los restos del insigne patriota Flix Varela?” Juventud Rebelde (La Habana ) 12 de enero de 1986:3: il. Breve historia de la investigacin realizada para comprobar si eran suyos o no los huesos que se trajeron de Estados Unidos y se depositaron en una urna funeraria en el aula Magna de la Universidad de La Habana.D. Estudios y conferencias230. Bachiller y Morales, Antonio. “Don Flix Varela”. Brisas de Cuba (La Habana) 2(1):47-53; 1 de febrero de 1856. En su Apuntes para la historia de las letras y de la instruccin pblica de la isla de Cuba. Impr. de P. Massana, La Habana, 18591861, t. 3, pp. 71-77. (Galera de hombres tiles) La Habana: Cultural, 1936-1937, t. 3, pp. 71-77. En su Galera de hombres tiles. Instituto Nacional de Cultura, Ministerio de Educacin, La Habana, 1955, pp. 169-181. ( Grandes periodistas cubanos; 12) Bibliografa y notas al pie de las pginas. Contiene: Su biografa. Sus primeras obras. Elogios y sermones. Observaciones a la Constitucin espaola. Sus obras en el extranjero. Cartas a Elpidio. 231. Bueno, Salvador: “Flix Varela en nuestra historia”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 5(1):19-43; enero-marzo de 1954: il. (Vigencia del ayer)

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362 Contiene: Semblanza biogrfica de Flix Varela. Varela en nuestra historia. Esquema de las ideas polticas de Varela. La obra innovadora de Varela. La prdica moral y cvica de Varela. Varela en la historia literaria de Cuba. Reconocimiento y homenaje. 232. ———————: “Flix Varela: mentor de la juventud cubana”. Revolucin y Cultura (La Habana) (126):14-17; febrero de 1983: il. “Flix Varela constituye un extraordinario ejemplo de los muchos intelectuales cubanos que en el pasado siglo y en ste no se encerraron en la soledad de sus gabinetes de estudios, sino que se entregaron a la tarea heroica y fecunda de combatir por el mejor futuro de su patria.” 233.Camio, Man uel: “Flix Varela el sacerdote que ilumin a toda una generacin”. Excelsior (La Habana) 20 de noviembre de 1952:[1]; 4: il. Contiene: El Padre F. Varela como ejemplo y revelacin. Una vida de amor y de estudio. Filsofo y educador. 234. Carbonell y Rivero, Jos Manuel: “Padre Flix Varela Morales (17881853)”. En su La Oratoria en Cuba. Ed. Oficial. Impr. Montalvo y Crdenas, La Habana, 1928, t. 1, pp. [23]-39: il. de Antonio Jimnez Armengol. (Evolucin de la Cultura Cubana [1608-1927]; vol. VII) Contiene: Elogio del doctor Jos Pablo Valiente, pronunciado en la iglesia catedral de la Habana por el presbtero Flix Varela, el 10 de marzo de 1818. 235. “Ciclo de conferencias sobre Flix Varela, por M. C. S.” Revista Bimestre Cubana (La Habana) 49:316; enero-junio de 1942. (Informaciones) Programa. Organizado por la Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales y la Oficina del Historiador de la Ciudad y efectuado en el Palacio Municipal de La Habana. 236. Coba, Juan de la: “El Varela cubano”. El Fgaro (La Habana) 43(14):291; 29 de agosto de 1926: il. Trabajo de sntesis aparecido en la revista argentina Caras y Caretas sobre el sabio filsofo. “l saba bien que slo son dignos de gozar de libertad y de que slo son capaces de administrar justicia los hombres que estudian, trabajan y ejercitan el bien.” 237. Escala M., Rafael: “El Padre Varela: apuntes sobre un gran hombre”. Orto (Manzanillo) 43(11-12):15-19; diciembre de 1955.

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363a) Crtica e interpretacin238.lv arez lvarez, Luis: “Flix Varela: criterios lingsticos”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (207):[133]-141; enero-marzo de 1978. “Puesto que su inters se circunscribi a la lgica y la ideologa, no profundiz sus atisbos de los problemas de la lengua. Estos sin embargo, como se ha tratado de mostrar a lo largo de la presente exposicin, nos sorprenden hoy da por su penetracin.” 239.Arias, Salvador: “Flix Varela como escritor”. Santiago (Santiago de Cuba) (40):197-206; diciembre de 1980. “Durante su vida y despus de muerto, la valoracin del Flix Varela escritor se vio opacada por otros aspectos de su pensamiento y personalidad...” 240. Dubed Echevarra, Mercedes: “La lingstica cubana en la primera mitad del siglo XIX”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (217):[14]-37; mayo-agosto de 1982. 241.Lo ynaz Muoz, Dulce Mara: “Flix Varela el precursor”. Indito. Conferencia dictada el 23 de abril de 1988 en la Academia Cubana de la Lengua. 242. Vitier, Cintio: “Varela: el precursor”. Granma (La Habana) 14 de octubre de 1981:2: il. Granma Resumen Semanal (La Habana) 16(44):10; 1 de noviembre de 1981. “...el Padre Varela fue, no slo uno de los fundadores de la cultura cubana y del proceso de realizacin nacional que avanza desde el 10 de octubre de 1868 hasta las victorias de hoy, sino tambin un precursor del cristianismo revolucionario latinoamericano que actualmente contribuye a la lucha de liberacin de nuestros pueblos”. 243. Vitier, Medardo: Las ideas en Cuba: proceso del pensamiento poltico, filosfico y crtico en Cuba, principalmente durante el siglo XIX. Ed. Trpico, La Habana, 1938, t. 1, pp. 114-132. (Historia Cubana, 2) En su Las ideas y la filosofa en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, [La Habana], [1970], p. 74-85. (Filosofa) Premio Nacional de Literatura. Notas al pie de las pginas. “...sus ideas iluminaron el horizonte de nuestra historia...” Contenido de inters: Cap. III. La Ctedra de Constitucin del P. Flix Varela. Doctrina que refleja la Constitucin espaola de 1812.

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364 Chacn y Calvo estudia el proyecto presentado en las Cortes por el P. Varela.b) Ideas filosficas y religiosas244. Amig Jansen, Gustavo: “El catolicismo del Padre Varela”. Lumen (La Habana) 4(2):105-128; junio de 1947. 245. ———————: “La posicin filosfica del Padre Flix Varela”. Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(5): 210-225; 15 de abril de 1953. 246.Arias, Salvador: “Las ideas estticas de Flix Varela”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (216):137-150; enero-abril de 1982. Bibliografa y notas al pie de las pginas. “Varela cabalga entre dos siglos, dos pocas estilsticamente bien diferenciadas —neoclasicismo y romanticismo— pero l es mucho ms que lo que pudiera llamarse un seguidor de uno u otro estilo, pues, antes que todo, supo pensar en cubano para los cubanos, y en l la praxis se impone a cualquier escarceo terico.” 247.Camio, Man uel: “Fue el Padre Flix Varela, un revolucionario de la filosofa”. Excelsior (La Habana) 18 de febrero de 1953:[1], 11: il. ANC: fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. Recorte. 248.Cuevas Zequeira, Sergio: “El padre Varela: Contribucin a la historia de la filosofa en Cuba”. Universidad de La Habana. Facultad de Letras y Ciencias. Revista. (La Habana) 2(3):[217]-220; mayo de 1906. Resumen de la conferencia pronunciada en la Universidad de La Habana, el 5 de marzo de 1904. Tip. Moderna, La Habana, 1923, 27 p.: retr. (Biblioteca de las Antillas; 2) Bibliografa al pie de las pginas. “...aquel varn insigne vino a ser para la cultura cubana, en general y muy especialmente para la cultura filosfica, lo que fue Descartes para la de Europa”. 249. [Chacn y Calvo, Jos Mara]: “El Padre Varela como apologista catlico, por Ch. [seud.]”. Revista Cubana (La Habana) 18:211-213; enerodiciembre de 1944. (Hechos y Comentarios) A propsito de artculos publicados en el Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba, por monseor Eduardo Martnez Dalmau. 250. ———————: “El Padre Varela y su apostolado”. Academia Cubana de la Lengua. Boletn (La Habana) 2(2):[113]-146; abril-junio de 1953. [Impr. P. Fernndez], La Habana, 1953, 40 p. (Cuadernos de divulgacin cultural de la Comisin Nacional Cubana de la UNESCO; no. 8)

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365 Conferencia leda bajo los auspicios de la Comisin Cubana de la UNESCO en el Ateneo de La Habana, el 17 de abril de 1953. “...el Padre Flix Varela fue principalmente, fundamentalmente un hombre de conducta heroica, un hombre que sinti en todos los momentos de su vida cmo el cumplimiento de la ley moral era un postulado de su misma condicin humana“. Contiene: Las nuevas investigaciones. Varela a los cien aos. La iniciacin estudiosa. La orientacin filosfica. Varela y la tradicin de San Carlos. La ctedra de Constitucin. Un discurso programtico. Varela, hombre pblico. Varela y la autonoma colonial. Varela al destierro. Varela y El Habanero Varela como apologista: sus Cartas a Elpidio. La justa libertad y la religin. Varela y la juventud de su patria. El apostolado de caridad. Sentimiento de la patria. “La muerte del justo”. 251. ———————: “¡Viva la filosofa de Varela!” Diario de la Marina (La Habana) 9 de enero de 1954:4 (Hechos y Comentarios) 252. “El filsofo Flix Varela”. Flor Martiana (La Habana) 1(6):9; 26 de marzo de 1938: il. (Pgina biogrfica) 253. Garca Espinosa, Juan Manuel: “El filsofo Varela”. Juventud Rebelde (La Habana) 18 de febrero de 1969: 2. 254. Garca Kohly, Mario: “Flix Varela: el filsofo”. En su Grandes hombres de Cuba. [Talleres poligrficos], Madrid, 1930, pp. [17]-34. 255. Garca Tudur, Mercedes: “El Padre Varela”. En su Introduccin a la filosofa. Mercedes Garca Tudur y Rosaura Garca Tudur. 3aed. Casa Lori, La Habana,1953, pp. 303-308. 4a ed. Casa Lori, La Habana, 1957, pp. 303-308. Notas al margen. 256.G arca Tudur, Rosaura: “Influencia de Descartes en Varela”. Revista Cubana de Filosofa (La Habana) 3(11):29-35; enero-abril de 1955. 257. Gonzlez del Valle, Jos Z.:“Filosofa en la Habana”. La Cartera Cubana (La Habana) 3:91-99; julio de 1839. (Crtica) En Mestre y Domnguez, Jos Manuel: De la filosofa en la Habana: discurso. Impr. La Antilla, Habana, 1862, pp. 111-126. 258. Guadarrama Gonzlez, Pablo: “El pensamiento filosfico de Jos Agustn Caballero, Flix Varela y Jos de la Luz y Caballero”. Partido Comunista de Cuba. Comit Central. Departamento de Educacin Interna. Boletn de Informacin Bibliogrfica (La Habana) (3):3-23; 1983. Conferencia dictada en el Seminario Nacional de los Profesores de Filosofa de las Escuelas Provinciales del Partido, en abril de 1983. 259. Guardia, Jos Miguel: “Filsofos espaoles de Cuba: Flix Varela, Jos de la Luz”. La Habana Literaria (La Habana) 2(5):97-101; 15 de marzo

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366 de 1892: il. 2(6):129-132. 30 de marzo de 1892. 2(7):153-157. 15 de abril de 1892. 2(8):181-185. 30 de abril de 1892. 2(9):201-206. 15 de mayo de 1892. 2(11):259-261. 15 de junio de 1892. 2(12): 282-284. 30 de junio de 1892. Revista Cubana (La Habana) 15:[233]-247; marzo de 1892. 15 [412]427; mayo de 1892. 15:[493]-502; junio de 1892. Traduccin y notas de Alfredo Zayas y Alfonso. Ttulo original: Philosophes espagnols de Cuba: Flix Varela -Jos de la Luz. Publicado originalmente en Revue philosophique de la France et de L’tranger (Paris) 50-66; 162-183; enero-junio de 1892. 260. Hernndez Travieso, Antonio:“La reforma filosfica en Cuba”. En Congreso Nacional de Historia, 1, La Habana, 1942. Primer Congreso Nacional de Historia. [Impr. El Siglo XX], La Habana, 1943, t. 2, pp. [274]-276. 261. ———————: Varela y la reforma filosfica en Cuba. Prlogo por Herminio Portell Vil. 1 ed. La Habana: Jess Montero, 1942, 131 p. (Biblioteca de Historia, Filosofa y Sociologa; vol. 11) Bibliografa al final de los captulos. Contiene: Cap. I. Una algarada de insospechadas consecuencias. Cap. II. Las reformas de Carlos III en Cuba. Cap. III. La obra civilizadora del Obispo Espada. Cap. IV. La formacin universitaria de Varela. Cap. V. Los pivotes de la reforma. Cap. VI. La derrota del escolasticismo. Cap. VII. El destierro. 262.Luz y C aballero, Jos de la: “Filosofa-Rectificacin”. Diario de la Habana (La Habana) 29 de mayo de 1840:1-[2]. Publicado originalmente en Gaceta de Puerto Prncipe (Puerto Prncipe) 2 de mayo de 1840. El Correo de Trinidad (Trinidad) 14 de mayo de 1840. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp.[400]-404. Otra edicin, 1944, prologada por Eduardo Martnez Dalmau. En su Obras. Colectadas y publicadas por Alfredo Zayas Alfonso. La Propaganda Literaria, La Habana, 1890, t. 1, pp.[343]-349. En su La polmica filosfica: polmica sobre el eclecticismo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana],1946, t. 3, pp. [380]-388. (Biblioteca de Autores Cubanos; 10. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 3) Publicada bajo el ttulo: Identificacin filosfica con mi maestro Varela.

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367 Defensa de la filosofa del padre Varela contra los ataques de quien se firma Ciudadano del Mundo, 28 de abril de 1840. “...Varela no hizo ms que ceder a un sentimiento profundo de gratitud, de justicia, de amor a su suelo, pues mientras se piense en la isla de Cuba, se pensar en quien primero nos ense en pensar”. 263. ———————: La polmica filosfica: polmica sobre el eclecticismo. Editorial de la Universidad de La Habana, [La Habana],1946, 393 p. (Biblioteca de Autores Cubanos; 10. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 3) Contenido de inters: pp. 19; 37; 99; 178; 218; 279; 347; 351; 354; 355; 362; 364; 370; 371; 379; 382; 384; 386; 387; 388. 264.Mar tn, Juan Luis: “Las influencias espaolas sobre Flix Varela”. El Mundo (La Habana) 24 de agosto de 1947:10: il. de Valderrama. Recorte en: ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. 265.Mar tnez-Ramos, Alberto: Father Flix Varela: Cuban Catholic apologist in the United States, 1823-1853. Albuquerque: University of New Mexico, 1980, 17 h.: facs. (Working paper. XXV SALAIM; c-1) “Submitted for the Twenty-fifth Seminar on the acquisition of Latin American Library Materials, University of New Mexico, June 1-5, 1980.” 266. Mndez Canel, Melquades Isidro: Notas para el estudio de las ideas ticas en Cuba: (siglo XIX: Jos A. Caballero, Flix Varela y Jos de la Luz y Caballero.) Editorial Lex, La Habana,1947, 94 p. Contenido de inters: Panorama de la cultura en Cuba. Paralelacin. Vida de Flix Varela. Acerca de su tica. Apndice II. 267. Mestre y Domnguez, Jos Manuel: De la filosofa en la Habana: discurso. / Seguido de una carta indita del Pbro. Flix Varela y un artculo del Dr. D. Jos Z. Gonzlez del Valle. Impr. La Antilla, La Habana, 1862, 146 p. Revista Cubana (La Habana) 20:[5]-34; 1894. En su Obras. Introduccin por Lol de la Torriente. Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana,1965, pp. 200-260. (Biblioteca de Autores Cubanos; 30) Ledo por su autor en la inauguracin del curso acadmico de 1861 a 1862, en la Real Universidad Literaria, el 22 de septiembre de 1861. “El Pbro. D. Flix Varela fue quien en realidad extirp las ltimas races del escolasticismo, fue quien dio eficaz impulso a la propagacin de las doctrinas de Descartes entre nosotros, fue quien, restaurando los fueros de la razn, lanz al pas en una nueva vida intelectual.” Contiene: Discurso. Carta del Pbro. Varela sobre las cuestiones filosficas de D. Jos de la Luz y D. Francisco Ruiz, con D. Manuel Gonzlez

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368 del Valle, New York, 22 de octubre de 1840. Artculo sobre la filosofa en la Habana: Jos Z. Gonzlez del Valle. 268. Miranda Francisco, Olivia: “Algunos aspectos del pensamiento filosfico de Flix Varela”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (217):5-13; mayo-agosto de 1982. Incluye bibliografa. 269. Monal, Rodrguez Isabel: “Flix Varela (1788-1853)”. En su “Tres filsofos del centenario”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (192):116-122; octubre-diciembre de 1968: il. En Habana. Universidad de La Habana. Facultad de Humanidades. Cuatro intentos interpretativos. Isabel Monal. Editorial Pueblo y Educacin, La Habana, 1974, pp. 56-65. (Cuadernos H. Ciencias Sociales; 3) “Varela es una de las figuras de nuestra historia que ms fascinacin inspiran, debido, tal vez, al encanto particular que fluye de su palabra y de su accin. Fue, sin lugar a dudas, un precursor de caminos hacia la independencia (...) Su pensamiento est impregnado, por otra parte, de esa confianza en la bondad y en el poder de la razn humana, que es la clave de su estatura filosfica.” 270. ———————: Las ideas en la Amrica Latina. Una antologa del pensamiento filosfico, poltico y social. Casa de las Amricas, [Ciudad de la Habana],[1985]. (Coleccin Pensamiento de Nuestra Amrica) La Biblioteca Nacional posee: Primera parte: ts. 1-2. 271.Piera Llera, Humberto: Panorama de la filosofa cubana. Unin Panamericana, Washington, D.C.,1960, 124 p. (Pensamiento de Amrica) Contenido de inters: La reaccin contra el escolasticismo: La philosophia electiva. Flix Varela y Morales. El pensamiento de Varela. La filosofa de Varela. 272.Serpa, G ustavo: Apuntes sobre la filosofa de Flix Varela. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1983, 179 p. (Filosofa) Incluye bibliografa y notas. Contiene: La filosofa en la poca de Flix Varela. “Varela, el que nos ense primero en pensar”. Vida y obra de Flix Varela. Periodizacin de la poca y la obra de Flix Varela. El papel de las ciencias naturales en la filosofa de Flix Varela. La lucha de Flix Varela contra el escolasticismo. El eclecticismo de Flix Varela. Cronologa de Flix Varela. Bibliografa activa. Bibliografa general. 273. Sociedad Cubana de Filosofa (Exilio): Homenaje a Flix Varela. Eds. Universal, Miami, 1979, 100 p. (Coleccin Sociedad Cubana de Filosofa, exilio)

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369 Contiene: Decamos ayer ...: M. Garca Tudur. Breve historia: H. Piera Llera. Mensaje a la Sociedad Cubana de Filosofa: E. Boza Masvidal. El ms original tratado de moral: “Cartas a Elpidio” del Padre Flix Varela: M. Garca Tudur. El Padre Varela: patria, independencia y derechos humanos. J. Snchez-Boudy. Un paralelo entre dos fundadores: Varela y Varona: E. Alba Buffill. En torno a la cuarta carta a Elpidio del tomo primero: A. Gutirrez de la Solana. Varela y Mart, o la dignidad del destierro: H. Piera Llera. Introduccin al pensamiento poltico del padre Flix Varela: F. Cruz-lvarez. 274.Ternov oi, O. S.: Flix Varela. En su La filosofa en Cuba (1790-1878). Minsk, Unin Sovitica, 1972, pp. 107-189.(Texto en ruso) Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1981. 275.V allejos, M. A. Ral: “Las etapas de la filosofa cubana”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 5(4):23-30; octubre-diciembre de 1954. (Temas e indagaciones) 276.Varona y Pera, Enr ique Jos: “Varela”. En su Conferencias filosfi cas: Lgica. [Impr. Militar de la V. de Soler], La Habana, 1880, pp. 19-29. 277.Villamil y Prez, Domingo: “La idea teolgica en la personalidad del presbtero Flix Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 52:226251; [julio-diciembre] de 1943. Conferencia leda el 13 de mayo de 1942 en el Palacio Municipal de La Habana, en el ciclo de conferencias sobre la vida y la obra del P. Varela, organizado por la Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales, con la cooperacin de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Contiene: I. Determinacin de la cuestin. II. Idea general de la escolstica de gran estilo. III Decadencia de la filosofa escolstica. IV. Varela y el escolasticismo. V. Importancia prctica de la controversia sobre los Universales. VI. Explicacin del error sensista del Padre Varela. VII. Breves indicaciones sobre las manifestaciones de la idea teolgica en la personalidad del Padre Flix Varela. 278. Vitier, Medardo: “La reforma del Padre Varela”. En su La filosofa en Cuba. Mxico: Fondo de Cultura Econmica [1948], pp. 60-67. (Coleccin Tierra Firme; 35) En su Las ideas y la filosofa en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, [La Habana], [1970], pp. 339-346. (Filosofa) 279.Zambrana y V alds, Ramn: “La filosofa de Varela”. Revista de la Habana (La Habana) 1:90-92; 101-103; 126-129; 174-176; 213-215; 224228 de 1853.

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370 En su Obras literarias, filosficas y cientficas. Estab. Tip. La Cubana, Habana,1858, pp. 11-45. Sobre Lecciones de Filosofa. “Con lo que hemos dicho de ella hay bastante para conocerla, y para hacer a su actor la justicia que merece; para calificarla como superior en su clase y para reconocer en su autor una capacidad de primer orden, un criterio profundo, un discernimiento clarsimo, unas convicciones arraigadas en lo ms ntimo de su alma, un corazn lleno de amor a los hombres y a la sabidura, un verdadero filsofo, un consumado maestro.”c) Ejercicio profesoral e ideas pedaggicas280. Aguayo, Alfredo M.: “Ideas pedaggicas del Padre Varela”. La Escuela Cubana (La Habana) 1(1):7-16; 11 de noviembre de 1899: il. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):[149]-155; noviembrediciembre de 1911. (Informacin pedaggica) “[Varela] no es nicamente el iniciador de la filosofa patria, sino el inspirador, el primer exponente del sistema de educacin de su pas.” Contiene: La educacin pblica en 1816. La filosofa de Varela. Doctrinas pedaggicas. Influencias del Padre Varela. 281. Bachiller y Morales, Antonio: “La enseanza del Presbtero Varela”. El Mundo Nuevo (Nueva York) 3(43):75; 15 de abril de 1873. Carta dirigida a Jos Manuel Mestre, fechada en Nueva York, 1 de abril de 1873, en la cual le comunica haber encontrado en ese pas las obras siguientes: Sub auspicis Illmo. Dr. Joannis Josephi Diaz de Espada et Landa... Has propositiones ex universa philosophia de promptas tuebitur B. D. Nicolaus Emmanuel de Escovedo... (1812), Examen Philosophicum. De correctione Mentis. A. D. Francisco Garca... et D. Emilio Doval... (1813) y Resumen de las doctrinas metafsicas y morales... (1814). 282. Castellanos, Jorge: “El Padre Varela y la enseanza laica”. Hoy (La Habana) 27 de junio de 1946:2. A la cabeza del ttulo: Facetas de nuestra historia. 283. Curbelo Glvez, Zoraida: “Ideas pedaggicas del Padre Flix Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 58(2-3): [155]-186; septiembrediciembre de 1946. 284. Chvez Rodrguez, Justo y Emilia Gallego: “Una noche memorable”. Granma (La Habana) 3 de junio de 1988:3. A la cabeza del ttulo: Episodio de la vida de Flix Varela.

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371 Sobre su discurso titulado “Influencia de la ideologa en la sociedad, y medios de perfeccionar este ramo”, pronunciado con motivo de su admisin en la Sociedad Econmica de Amigos del Pas. “...constituye un importante punto de partida para la educacin cubana”. 285. Gonzlez del Valle, Francisco: “Varela y la reforma de la enseanza universitaria en Cuba”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 49:199202; enero-junio de 1942. Contiene: Informe dirigido a la Direccin General de Estudios de Madrid... Vase asiento no. 103. 286. Guerra Snchez, Ramiro: Educadores cubanos: El Padre Varela. Impr. de Cuba Pedaggica, La Habana, 1912, 29 p. Cuba Pedaggica (La Habana) 9(243): 962-966; 29 de febrero de 1912. 9(244):981-984; 15 de marzo de 1912. “...la obra pedaggica de Varela fue de un valor excepcional (...) El fundador de la pedagoga cubana la arraig bien en la entraa misma de su pueblo”. Contiene: La sociedad cubana al comenzar el siglo XIX. Estado de la cultura pblica en la misma poca. El problema fundamental de la poca. Concepto que tuvo Varela de lo que deba ser la educacin. Varela como maestro. Conclusin. 287.Her nndez Travieso, Antonio: “Varela y sus discpulos”. Revista Cubana (La Habana) 24:63-102; enero-junio de 1949. Conferencia dictada en el ciclo “La Ilustracin Cubana”, organizado por la Direccin de Cultura, con motivo del Centenario de Enrique Jos Varona. 288. Maach Robato, Jorge: “Perfil de nuestras letras”. Diario de la Marina (La Habana) 28 de diciembre de 1947:36. 4 de enero de 1948:36. 11 de enero de 1948:36. 25 de enero de 1948:36. 8 de febrero de 1948:36. 31 de octubre de 1948:36. (Glosas) Recortes en: ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, No. 27. Contiene: Varela: vida en perfil. El maestro Varela. La reforma vareliana. La enseanza del pensar. Las posiciones doctrinales y su doble origen. Las “Lecciones” de Varela. 289. ”El mtodo explicativo del P. Varela”. La Escuela Cubana (La Habana) 1(4):77; 2 de diciembre de 1899. “La gloria de un maestro es hablar por boca de sus discpulos.” 290. Ortiz, Enrique A.: “Quin introdujo en Cuba el Sistema de Pezstalozzi?”: el obispo Espada, el Lcdo. Pbro. O’Gavan, el P. Varela. La Instruccin Primaria (La Habana) 10(3-4):134-136; noviembre-diciembre de 1911. (Seccin doctrinal y tcnica)

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372 El Tiempo (La Habana) 26 de noviembre de 1911:[19]-20. Acerca de la introduccin en Cuba, en 1807, del nuevo sistema de enseanza, fundado por el eminente pedagogo suizo Enrique Pestalozzi. 291. Ossa, Jos Antonio de la: “Elogio a los maestros y discpulos que expusieron las doctrinas fsicas de la clase de Filosofa en los das 17; 19; 20 y 21 de julio de 1815”. Diario de la Habana (La Habana) 22 de julio de 1815:2-4. A la cabeza del ttulo: Estudios pblicos. Real Colegio Seminario. En Valds Domnguez, Eusebio: Los antiguos diputados de Cuba y apuntes para la historia constitucional de esta isla. Prlogo por Rafael Montoro. Impr. El Telgrafo, La Habana,1879, pp. 278-282. 292. Roiz Fonseca, Salvador: “El maestro Varela: presencia y vigencia”. Trabajadores (La Habana) 25 de mayo de 1988:4: il. 293. Surez y Romero, Anselmo: Mi vida como preceptor, VIII. La Habana, 29 de septiembre de 1876. h. 25-31. “Copiado de mano del autor o de Vidal Morales”. (M. Moreno Fraginals) En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York,1878, pp. [405]-407. Indito hasta esta fecha. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(4):32-35; octubrediciembre de 1953. “No es mi intento escribir aqu un tratado sobre el mtodo explicativo, sino expresar brevemente a quien se debe su introduccin entre nosotros, y cual es su ndole y eficacia.” 294.Torr iente, Lol de la: “Retrospectiva de un maestro”. Bohemia (La Habana) 59(50):21-22; 90; 15 de diciembre de 1967: il. A la cabeza del ttulo: En la Semana de Homenaje al Magisterio Cubano. “...uno de los cubanos ms notables de su poca, el que renov la educacin y, sobre todo, el que ech las bases de un movimiento que ayudara al triunfo de la independencia cubana”. 295. ———————: “La voz de oro de Flix Varela”. El Mundo (La Habana) 15 de diciembre de 1967:4. A propsito de la jornada nacional de veneracin y recuerdo al insigne educador, que inicia el magisterio cubano. “La voz de oro de Varela que ms que un lenguaje escrito es una vibracin de cubana, un acierto de permanencia histrica y un inquietante afn de superacin social.”

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373 296.“V arela, pedagogo”. Escuela y Hogar (Gines) 1(7):[1]-2; 30 de marzo de 1912. 297.V arona y Pera, Enrique Jos: “Flix Varela, La Habana, 20 de noviembre de 1788S. Agustn (Florida), 18 de febrero de 1853”. Social (La Habana) 7(1):[27]-28; enero de 1922: il. “...fue en todos momentos el eminente educador del pueblo cubano, el insigne educador de nuestro pueblo...”d) Pensamiento poltico y revolucionario298.Agr amonte Pichardo, Roberto: Flix Varela, el primero que nos ense a pensar: conferencia leda el 24 de febrero de 1937, en el Palacio Municipal. Impr. Molina, La Habana, 1937, 24 p. (Serie Habaneros Ilustres) Separata de Cuadernos de Historia Habanera, no. 13. Universidad de La Habana, Revista (La Habana) (13):64-87; juniojulio de 1937. “Honremos una vez ms a aquel prohombre cubano que fue Flix Varela que, por haber representado un solo papel en la vida, pudo alcanzar, al fin de ella, la paz interior, la concordia del alma consigo misma. Honremos al primero que nos ense a pensar.” 299. ———————: “Varela y la poltica”. Medioda (La Habana) 2(12):9, 19; 15 de marzo de 1937: il. “...Varela, aparte de sentir la independencia de la Amrica de Bolvar y Sucre, ve como sagaz poltico que el reconocimiento definitivo de la independencia de los pases hispanoamericanos comporta, por razones obvias, la independencia de nuestro pas.” 300. ———————: “El Padre Flix Varela”. En Ateneo de la Habana. Los Maestros de la cultura cubana. Palabras inaugurales de Jos Mara Chacn y Calvo. Impr. P. Fernndez y Ca., [La Habana], [1940], pp. 15-24. “Ciclo de conferencias sintticas celebrado del 6 de julio al 9 de agosto de 1940.” 301. Aguirre, Sergio: “El independentismo y el abolicionismo antes de 1868: Evolucin de Varela”. En su Lecciones de historia de Cuba: primer cuaderno. [Instituto Superior de Educacin], La Habana, 1961, pp. 77-79. 302. Albariza y Loa, Juan: “Ideas sociolgicas del P. Varela”. Juventud (Matanzas) 2(62):92-94; 25 de noviembre de 1911. “...en todo lo que escribi Varela, vemos un hombre de espritu amplio, a quien las trepidaciones de la poca lanzaron por caminos escabrosos, donde otros hubieran naufragado, y l supo flotar, llevando enar-

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374 bolada la insignia de su propio pensamiento en medio de la turbulencia revolucionaria de ideas y principios”. 303. Arce Brisuelas, Luis Alfonso de: Don Flix Varela en la pedagoga del patriotismo: conferencia. s. n., La Habana, 1942, 32 p. Pronunciada el 7 de junio de 1941 en la Sociedad Club San Carlos de Santiago de Cuba. Contiene: Espiritualidad del colonizador, ambiente poltico y social. Filosofa de Varela, Locke, Cousin y Condillac. Reforma. Varela poltico. Trabajos en las Cortes. Destierro. Consejos a las generaciones por venir. La obra de Varela en los Estados Unidos. Cartas a Elpidio. Muerte de Varela. Olvido y resurgimiento. 304.A rdura, Ernesto: “Grandeza del Padre Flix Varela”. Vida Universitaria (La Habana) 5(52-53):9; 12; noviembre-diciembre de 1954. “...permtasenos descubrirnos ante el recuerdo de este cubano ejemplar, de este sacerdote sin fanatismo, de este educador de la conciencia cubana que nos redimi del absolutismo ideolgico, que predic la Constitucin y que ense los caminos del deber moral y patritico”. 305. Argelles Espinosa, Luis ngel: “El Diputado Flix Varela y su temprano proyecto de abolicin de la esclavitud”. Cdiz-Iberoamrica (Cdiz) (4):21-24; 1986: il. 306.Ar mas Delamarter-Scott, Ramn de: “El Padre Flix Varela: un pensamiento cubano precursor”. Cdiz-Iberoamrica (Cdiz) (2):48-49; 12 de octubre de 1984: il. Contiene: Catedrtico. Tres propuestas a las Cortes. Precursor de la independencia. 307. Bisb, Manuel: “Independentismo, movimientos anteriores a 1868”. Humanismo (La Habana) 7(53-54):68-78; enero-abril de 1959. 308.Blas Sergio, Gil: “Yo me glorio de contarme entre esos revolucionarios”. Con la Guardia en Alto (La Habana) 20(12):20-21; diciembre de 1981: il. Forja poltica de F. V. 309. Bueno, Salvador: “Flix Varela, primer intelectual separatista”. Bohemia (La Habana) 55(9):27-29; 82; 1 de marzo de 1963: il. (Figuras cubanas) En su Figuras Cubanas: breves biografas de grandes cubanos del siglo XIX. Comisin Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1964, pp. [13]-24: il. Otra edicin: [La Habana: UNEAC, 1980].—pp. [11]-19. (Cuadernos de la revista Unin) Cuba (La Habana) 4(42):52-53; octubre de 1965: il. Publicado bajo el ttulo: El primer separatista Flix Varela.

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375 “...fue un verdadero precursor de futuras empresas cubanas, genuino formador de nuestra conciencia nacional, renovador de diversas facetas de nuestra cultura, y sobre todo, autntico gua de digna cubanidad en cuanto de su vida, de sus obras y de su conducta ejemplar se desprenden adecuadas normas de civilidad, de patriotismo, de eficiente y noble servicio pblico a la comunidad donde naci”. 310. ———————: “El Padre Flix Varela, primer prcer separatista”. Carteles (La Habana) 34(45):70; 109; 8 de noviembre de 1953: il. (Pequeas biografas) 311. Castellanos, Jorge: “Nuestro Varela”. Hoy (La Habana) 26 de septiembre de 1943:2. Sobre la vigencia que en muchos aspectos mantienen todava algunos conceptos fundamentales de “el primero que nos ense a pensar”. “Ese es precisamente, nuestro Varela. El que no le tuvo miedo a los remoquetes de ‘demagogo’ y ‘perturbador’. El que luch por la libertad de los negros, el honor de los blancos y la independencia de blancos y negros.” 312. Cepero Bonilla, Ral: “Races del abolicionismo”. En su Azcar y abolicin. Editorial de Ciencias Sociales, [La Habana], [1971] pp. 23-32. (Centenario 1868) 313.Cr uz, Mary: “Flix Varela: precursor de la revolucin cubana”. Granma (La Habana) 22 de febrero de 1974:2: il. “Cuando honramos el recuerdo de Jos Mart, quien nos dio la pauta para nuestro hacer revolucionario de hoy, es bueno tambin rendir tributo al que sembr la semilla fructificada en Mart. A Flix Varela a quien l llam ‘patriota entero’....” 314. Cuba. Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias: “Prdica independentista de Varela”. En su Historia de Cuba. 2a ed. [ Instituto del Libro, La Habana, 1968] pp. 99-102: il. 315. Chacn y Calvo, Jos Mara: El Padre Varela y la autonoma colonial. Impr. Molina, La Habana, [1935], 23 p. En Homenaje a Enrique Jos Varona en el cincuentenario de su primer curso de filosofa (1880-1930): miscelnea de estudios literarios, histricos y filosficos. Publicaciones de la Secretara de Educacin, Direccin de Cultura, La Habana,1935, pp. 451-471. Bibliografa y notas al pie de las pginas. Incluye: Proyecto de gobierno autonmico. Documentos. 316.“Entrega del premio ‘Jos I. Rivero’ al Dr. Jorge Maach Robato”. Diario de la Marina Rotograbado. (La Habana) 1 de julio de 1953:[1]: il.

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376 Este premio lo obtuvo por su trabajo “Varela: el primer revolucionario”. 317.Fahy, Joseph Augustine: The antislavery thought of Jos Agustn Caballero, Juan Jos Daz de Espada and Flix Varela, in Cuba, 17911823. Harvard University: Cambridge, Massachusetts, 1983, 361 p. Tesis de grado. Bibliography: pp. [341]-361. Datos tomados de un ejemplar que posee el doctor Jorge Ibarra. 318. Flix Varela y la independencia de Sur Amrica. 1823. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 4. Copia mecanografiada. Publicado en: Diario de la Habana (La Habana) 18 de septiembre de 1823. 319.Ga y-Calb, Enrique: El Ideario poltico de Varela. La Habana: Municipio de la Habana, [1936], 35 p. (Biblioteca Municipal de la Habana; 2. Serie B: Cultura Popular) Revista Cubana (La Habana) 5(13-14):23-47; enero-febrero de 1936. Conferencia leda en el acto pblico de exposicin de libros de Varela, celebrado en la Biblioteca Municipal de la Habana, el 1o de marzo de 1936. Contiene: La colonia. En las Cortes espaolas. El ideario poltico. Sntesis biogrfica. 320. ———————: El Padre Varela en las Cortes espaolas de 1822-1823. Impr. de Rambla, Bouza, La Habana,1937, 25 p. Conferencia dada en el Crculo Republicano Espaol, la noche del 23 de junio de 1937. “El pensamiento poltico de Varela era de previsin y de conveniencia para la Amrica y para Espaa.” 321. ———————: “Varela revolucionario”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 51(1):73-110; enero-febrero de 1943. Contiene: I. Idea de la Colonia. II. Antecedentes del propsito de independencia. III. La Constitucin de 1812. IV. En las Cortes espaolas. V. El separatista. VI. La revolucin de Varela. 322.[Ga y-Calb, Enrique y Manuel Bisb]: “Flix Varela propugna la nica va para la independencia de Cuba: la Revolucin”. El Militante Comunista (La Habana) 89-93; agosto de 1971: il. Fragmentos tomados de: Varela revolucionario e Ideario y conducta cvicos del padre Varela, trabajos correspondientes a estos autores publicados en Cuadernos de Historia Habanera. (Vase asiento no. 77 B. P.) 323. Gonzlez del Valle y Ramrez, Francisco: “El padre Varela y la independencia de la Amrica Hispana”. Revista Cubana (La Habana) 4(10-12): 27-45; octubre-diciembre de 1935: il. de Valderrama. La Habana: s. n., 1936. 23 p.: il. de Valderrama.

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377 Recorte en: ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. Ciclo de conferencias iniciado por el Crculo de Bellas Artes, para conmemorar a los grandes de la patria, 20 de noviembre de 1935. Acerca de un episodio de su vida parlamentaria en las Cortes espaolas de 1823. Incluye: Dictamen de la Comisin de las Cortes espaolas de 1823 sobre el reconocimiento de la independencia de las Amricas, por F. V. 324.Her nndez Travieso, Antonio: “El Padre Flix Varela”. Cuadernos de la Universidad del Aire (La Habana) 3(44):85-100; 20 de octubre de 1952. Los forjadores de la conciencia nacional, curso impartido a travs de la radio. Incluye pensamientos de Varela sobre la libertad, el patriotismo y los derechos del hombre, adems, discusin acerca de esta conferencia participando como interrogadores Jorge Maach, Medardo Vitier, Diego Gonzlez Gutirrez y Csar Garca Pons, todos del cuadro de profesores de esta Universidad. 325. Hidalgo, Ariel: “Flix Varela, precursor”. El Caimn Barbudo (La Habana) (77):17-19; abril de 1974: il. “...precursor de la conciencia cubana y primer idelogo cubano de la independencia...” 326. Huertemenda Daz, Pablo: “El P. Flix Varela, primer intelectual revolucionario cubano”. El Mundo Suplemento del Domingo. (La Habana) 3 de septiembre de 1967: 8: il. de Valderrama. 327. Iglesias, Antonio: “Ensayo sobre el pensamiento poltico del padre Varela”. Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(7):316-324; junio de 1953. A la cabeza del ttulo: En torno a un precursor. Ensayo ledo en la velada conmemorativa en honor del padre Flix Varela, celebrada en el Seminario Arquidiocesano El Buen Pastor de La Habana, el 19 de abril de 1953. Contiene: Perennidad del pensamiento poltico. Poltica de principios. Influencias ambientales. Etapas ideolgicas. Su menester primordial. Primera etapa: Catedrtico de constitucin. Segunda etapa: Proyecto de reconocimiento de la independencia de los pases americanos. Destierro. Tercera etapa: Su pensamiento independentista. Otros principios polticos varelianos. 328. Izquierdo, Estela: “Flix Varela”. Granma (La Habana)6 de mayo de 1974:2: il. “Varela fue un intelectual que luch con el arma de las ideas por la independencia de Cuba, y as como su figura ha quedado en la historia del

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378 pensamiento revolucionario cubano, est presente, tambin, en la historia de nuestra cultura como el ‘primero que nos ense en pensar’.” 329. Lizaso Gonzlez, Flix: “El padre Varela y los orgenes del pensamiento cubano”. En su Panorama de la cultura cubana. Fondo de Cultura Econmica, Mxico,[1949], pp. 11-30. (Coleccin Tierra Firme; 47) Curso de conferencias ofrecidas, en octubre de 1946, en la Facultad de Filosofa y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Contiene: Tierra de trnsito y factora. Consecuencias de la breve dominacin inglesa. Adelanto de la colonia. Freno al escolasticismo. Iniciacin y primeras reformas de Varela. Posicin de Varela. De la filosofa a la poltica. Exilio y trnsito. 330. Maach, Jorge: “Los forjadores de la conciencia nacional. Introduccin al curso”. Cuadernos de la Universidad del Aire (La Habana) 3(43):110; 15 de septiembre de 1952. Incluye discusin sobre esta introduccin en la cual participaron Rafael Marquina y Francisco Iglesias, miembros del elenco de profesores de esta institucin. 331. ———————: “Varela, el primer revolucionario”. Bohemia (La Habana) 45(12):52, 74; 22 de marzo de 1953: il. Diario de la Marina (La Habana) 1 de julio de 1953:4. ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. Recorte. A propsito del centenario del padre Varela. Premio Jos I. Rivero. “...Varela es de los que ms reclaman nuestro recuerdo, nuestra admiracin, nuestra gratitud. Fue l, en el orden del tiempo, el primero de nuestros mayores. Mentor amoroso de una generacin utilitaria, filsofo de una poca sin filosofa, adoctrinador de un liberalismo primerizo, orador generoso e imaginativo y escritor parco y severo, cura de almas y de inteligencias a la vez (...) primero de nuestros periodistas polticos y precursor del ideal de independencia...” 332.Mar tn, Juan Luis: “Las influencias espaolas sobre Flix Varela”. El Mundo (La Habana) 24 de agosto de 1947:10: il. de Valderrama. 333.Mar tnez Bello, Antonio: “Precursor del ideal de la independencia”. Trabajadores (La Habana) 6 de julio de 1988:4: il. A la cabeza del ttulo: Bicentenario de Flix Varela. 334. ———————:“El hombre que nos ense a pensar”. Trabajadores (La Habana) 25 de febrero de 1987:4. 335. Martnez Dalmau, Eduardo: “La posicin democrtica e independentista del Pbro. Flix Varela”. Revista Bimestre Cubana (La Habana) 52:368383; [julio-diciembre] de 1943.

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379 En Congreso Nacional de Historia. 2o, La Habana, 1943: Historia y Cubanidad: discursos pronunciados en la inauguracin del Segundo Congreso Nacional de Historia por el Presidente del Comit Organizador, Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, y por el Presidente del Congreso, monseor Eduardo Martnez Dalmau. La Habana: s. n., 1943, pp. [21]-36. (Sociedad Cubana de Estudios Histricos e Internacionales) 336. Mesa Rodrguez, Manuel I.: “El presbtero Flix Varela”. Amenidades del Domingo. Suplemento del peridico Accin (La Habana) 24 de febrero de 1935:7: il. de Valderrama. “...si como dijo Luz y Caballero: ‘fue quien primero nos ense en pensar’, fue tambin de los primeros en ensearnos el verdadero patriotismo y el concepto de honor de hombres y ciudadanos con decoro”. 337.Mir anda Francisco, Olivia: “Flix Varela: ‘patriota entero’.” Bohemia (La Habana) 79(47):56-59; 20 de noviembre de 1987: il. (La Historia) “Precursor de una poca de profundas confrontaciones, el presbtero Flix Varela con eminente criterio de pensador acucioso, supo establecer la nica va posible para el desarrollo de las estructuras socioeconmicas de Cuba con su acertada tesis de abolicin e independencia”. Contiene: Significacin histrica. Maestro de filsofos. Filsofo radical. Frente a la anexin. 338. ———————: Flix Varela: su pensamiento poltico y su poca. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984, 412 p. (Historia de Cuba) Incluye bibliografa y notas. “En la actualidad, la figura de Varela ofrece inters en tanto es punto de partida obligado para el estudio de las races y el desarrolo del pensamiento revolucionario cubano, en lo que a filosofa e ideas polticas se refiere, a pesar de que, hasta el momento, no se ha realizado la tarea investigadora que requiere una figura de esta ndole.” (O. M.) “Con los objetivos temticos planteados en esta investigacin, la autora expone un significativo aporte para el estudio de la formacin y radicalizacin del ideario poltico-social de Varela, en el contexto histrico en que vivi.” (El Editor) 339. ———————: “El pensamiento poltico en Cuba en el primer tercio del siglo XIX: paralelo entre Arango y Parreo y Flix Varela”. En Jornada Cientfica Internacional. 30 Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, pp. 577-596. (Filosofa) En la cubierta se lee: Cuba-1983.

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380 340. ———————: “Poltica, moral y religin en la obra de Flix Varela”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 69(2):71-88; mayoagosto de 1978. Incluye bibliografa. “...Varela se convierte en el primero que se lanza entre nosotros a la prdica independentista con una concepcin poltica coherentemente elaborada y sustentada por principios filosficos que se avienen con su teora del conocimiento. No escap, sin embargo, como no poda escapar en su poca, a las contradiciones de un pensamiento plagado de concepciones idealistas sobre la sociedad, a pesar de la aguda mirada con que penetr la realidad de su patria.” 341. Morales y Morales, Vidal: “Los precursores de la Autonoma”. El Fgaro (La Habana) 14(2-4):14-20; 16; 23 y 30 de enero de 1898: il. 342. ———————: “Precursores de la independencia de Cuba”. El Fgaro (La Habana) 15(5-8):3-[10]; febrero de 1899: il. 343. Nez Jimnez, Antonio: “Cundo aparece el gentilicio cubano?” En su “Dos madres tienen los hombres: la naturaleza y las circunstancias”. Bohemia (La Habana) 73(43):18-19; 23 de octubre de 1981: il. (Arte y literatura) “En el largo y escabroso proceso histrico para la culminacin plena de poder llamarnos cubanos, la prolija produccin literaria de Flix Varela es de una importancia capital.” 344. Nez Machn, Ana: “Flix Varela”. UPEC (La Habana) 21(2):45-47; marzo-abril de 1979. 345. ———————: “Varela: un precursor del periodismo revolucionario”. Bohemia (La Habana) 57(5):101; 29 de enero de 1965: il. de Cancio. “La proyeccin revolucionaria de Varela se palpa leyendo los nmeros de El Habanero En ellos, el sabio filsofo anatemiza las posturas conformistas, anexionistas y acomodaticias de los insumergibles, seala que la patria es obligacin de todos...” 346. Prez Cabrera, Jos Manuel: “La Constitucin espaola de 1812 y su influencia en la historia poltica de Cuba”. En su Estudios y conferencias. Impr. El Siglo XX, La Habana,1934, pp. [5]-34. 347. Pita Rodrguez, Francisco: “Flix Varela: el primer intelectual separatista”. Bohemia (La Habana) 71(19):82; 11 de mayo de 1979: il. (Correspondencia) 348.Poey, F elipe: “Relaciones que deben existir entre la libertad nacional y la ley fundamental, para aprobar que la Constitucin espaola asegura la libertad de la nacin”. El Observador Habanero (La Habana) 2 (3): [57]-64; 1821. (Poltica)

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381 Disertacin leda en la clase de Constitucin de que es catedrtico el presbtero D. Flix Varela. 349.Por tell Vil, Herminio: “Sobre el ideario poltico del padre Varela”. Revista Cubana (La Habana) 1(2-3):243-265; febrero-marzo de 1935. Incluye dos cartas del padre Varela a Joel R. Poinsett, fechadas en Nueva York, 27 y 28 de enero de 1825. (Vase asiento no. 91 B. A.) 350.Re xach de Len, Rosario: El pensamiento de Flix Varela y la formacin de la conciencia cubana. Sociedad Lyceum, La Habana,1950, 130 p. Premio Lyceum, 1950. Bibliografa: pp. [125]-130. Contiene: Acta de otorgamiento del premio Lyceum, 1950. Prlogo. El proceso hacia la autonoma de la razn. El clima de la poca. Vida y formacin del presbtero Flix Varela. El problema del conocimiento en Varela. Ideas polticas y sociales de Varela. Conclusiones. Bibliografa. 351. Rodrguez, Carlos Rafael: “Flix Varela”. Medioda (La Habana) 2(47):12; 16; 20 de diciembre de 1937. En su Letra con filo. Ed. Unin, La Habana,1987, t. 3, pp. 55-59. Granma (La Habana) 19 de febrero de 1988:3: il. A la cabeza del ttulo: 1788 Dos fechas 1938. Con motivo del 150 aniversario del nacimiento de F. V. “Ni quietudes cobardes, ni alharacas, hubo en Flix Varela, el curita de ojos agobiados, que, con las huellas de su poca y las limitaciones consabidas a que el sacerdocio lo obligaba, ‘chape’ con el ‘machete’ de su letra —como l mismo dijo en vocablos criollsimos— para desbrozarnos el camino hacia una filosofa activa, preocupada de la muchedumbre y acatando en cada ocasin los peligros que a la dignidad del pensamientto depara la historia.” 352. Rodrguez, Pedro Pablo: “Flix Varela”. Somos Jvenes (La Habana) (101):46-49; abril de 1988: il. “...fue un hombre necesario para su tiempo porque alumbr el camino para el futuro y dio un ejemplo de firmeza de ideales y principios que la historia se encargara de ir validando”. 353. Roig de Leuchsenring, Emilio: “Certero juicio del Padre Varela sobre los errores y defectos de los gobernantes y revolucionarios de 1824”. Carteles (La Habana) 23(11):26; 27; 47; 17 de marzo de 1935: il. (Pginas desconocidas u olvidadas de nuestra historia) 354. ———————: “Flix Varela: precursor de la revolucin libertadora cubana”. Carteles (La Habana) 34(9):30-32; 1 de marzo de 1953: il. Bohemia (La Habana) 59(22):100-102; 2 de junio de 1967: il. (Esta es la historia)

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382 355. ———————: “El padre Varela, maestro de revolucionarios”. Carteles (La Habana) 23(10):2627; 45,; 10 de marzo de 1935: il. (Pginas desconocidas u olvidadadas de nuestra historia) 356. ———————: “El Padre Varela y la monarqua espaola”. Nuevas Letras (La Habana) 2(6):[1-2]; abril de 1945. 357. ———————: “Varela, forjador de la evolucin cultural cubana”. Carteles (La Habana) 24(38): 38-39; 19 de septiembre de 1943. 358. ———————: “Varela, precursor de la Revolucin Cubana”. Humanismo (La Habana) 7(53-54):17-27; enero-abril de 1959. Bohemia (La Habana) 59(22)100-102: 2 de junio de 1967: il. (Esta es la historia) Extracto de Cuadernos de Historia Habanera. 359. ———————:“Varela quera a Cuba ‘tan isla poltica como lo es la naturaleza’ ”. Carteles (La Habana) 23(17):26-27; 44-45; 28 de abril de1935: il. (Pginas desconocidas u olvidades de nuestra historia) 360. Sanguily Garritte, Manuel: “Los oradores de Cuba”. En su Obras. Ed. Dorrbecker, La Habana, 1926, t. 3, pp. 23-29. 361. Santana, Joaqun G.: Flix Varela. Prlogo por Salvador Bueno. [UNEAC, La Habana,1982.] 122 p. (Quin fue....?) Bibliografa y notas al pie de las pginas. Contiene: Prlogo: S. Bueno. Varela, un punto de partida. La influencia de Espada. El XIX: un siglo burgus. El Habanero. 362. ———————: “Flix Varela: el punto de partida de una lucha ideolgica”. Granma (La Habana) 25 de febrero de 1978:2: il. de Valderrama. Contiene: El joven Varela. La Ctedra de Constitucin. Las Cortes y el destierro. La muerte. 363. ———————: “El hombre que ense a pensar a los cubanos”. Granma. Resumen Semanal (La Habana) 18(34):7; 21 de agosto de 1983: il. 364.S antovenia y Echaide, Emeterio Santiago: “Flix Varela”. El Fgaro (La Habana) 35(26):784; 7 de julio de 1918: il. (La voz del pasado) “Por la grandeza de su alma, por lo extraordinario de su talento, por la profundidad de su saber, por la rectitud de su carcter, por la hidalgua de su corazn y por la modestia de su conducta, constitutivo todo del tipo acabado de la bondad refinada y til, su nombre y su fama han sido y sern a travs de las edades mantenidos en el ms alto nivel.” 365. ———————: “No importa, vamos adelante, que el sol sale para todo el mundo: Flix Varela”. En su Huellas de gloria: frases histricas cubanas. Con una carta de Enrique Jos Varona; dibujos a pluma

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383 por Esteban Valderrama. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1928, pp. 51-54 : il. 2. ed. Editorial Trpico, La Habana,: 1944, pp. 51-54: il. 366. Sosa R., Enrique: “El presbtero Varela, precursor de la independencia de Cuba. Su trayectoria jurdico-poltica”. Universidad de la Habana. Revista (La Habana) (231:[107]-123; eneroabril de 1988: il. (Tpicos/Reflexiones) Estudio del perodo comprendido entre 1821-1823 y el perodo 18241826 cuando publica El Habanero en Filadelfia y Nueva York. 367. Soto Paz, Rafael: “Flix Varela y Morales”. En su La falsa cubanidad de Saco, Luz y Delmonte. Editorial Alfa, La Habana,1941, pp. [53]-67. Contiene: Varela, el revolucionario. Varela, educador. Varela, emancipador. Varela, y su ideario. 368.S oto Valdespino, Juan: “El precursor de los ideales independentistas”. Granma (La Habana) 25 de febrero de 1977:2. A la cabeza del ttulo: En el 124 aniversario de la muerte de Flix Varela. Contiene: Flix Varela, el Presbtero y profesor de filosofa. El movimiento de independencia. El destierro. 369.T orres-Cuevas, Eduardo: El autoctonismo en Flix Varela. Indita. Conferencia pronunciada en el Centro de Promocin Cultural Alejo Carpentier, el 6 de mayo de 1988, con motivo del bicentenario del natalicio del presbtero cubano. 370. ———————: Flix Varela. Los orgenes de la ciencia y conciencia cubanas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995, XII-468 pp. 371.Torr iente, Lol de la: “Leccin de Varela a la juventud”. El Mundo (La Habana) 30 de noviembre de 1966:4. A propsito del 178 aniversario de su nacimiento. 372. ———————: “Raz y fronda (ensayo de interpretacin de la realidad cubana)”. Unin (La Habana) 4(4):128-146; octubre-diciembre de 1965. 373.V aldespino, Andrs: “Actualidad de Varela”. Bohemia (La Habana) 45(23):52-53; 89-90; 7 de junio de 1953: il. de Valderrama. A propsito del centenario de su muerte. Contiene: Conciencia revolucionaria. Unin contra la tirana. La desesperacin: fuente de todos los desastres. Cada prisin vale por mil proclamas. Despotismo y sacrilegio. 374.V arela. [La Habana: s. n., 193 .] 1 t. (paginacin varia) Contiene: El Padre Varela (El primero que nos ense a pensar): R. Agramonte. El Padre Varela y la Independencia de la Amrica hispana: F. Gonzlez del Valle. Sobre el ideario poltico del padre Varela: H.

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384 Portell Vil. El ideario poltico de Varela: E. Gay-Calb. Las doctrinas filosficas en Cuba: M. Vitier. 375.“V arela: precursor del periodismo revolucionario, por N. C. [seud.]”. Bohemia (La Habana) 62(42):102; 16 octubre de 1970: il. A la cabeza del ttulo: El periodismo en los grandes hombres.e) Varela y otras figuras376.Casado San Germn, Arturo: “Trptico”. El Mundo (La Habana) 23 de junio de 1964:7: il. Flix Varela, Luz y Caballero y Jos Mart, “tringulo simblico del pensamiento nacional desde el pasado siglo XIX”. 377. Castro de Morales, Lilia: “Tres homenajes”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(3):3-10; julio-septiembre de 1953. Sobre Varela, Mart y Hostos. 378.“Centenario de Mart y V arela”. Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(5):181; 15 de abril de 1953. Editorial. 379. Garca Tudur, Rosaura: “Mart y Varela”. El Comercio. Suplemento dominical. (Lima, Per) 6 de septiembre de 1953. Datos tomados de: Habana. Universidad de La Habana. Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Pblico. Anuario, 1954. 380. Gonzlez Gutirrez, Diego: La continuidad revolucionaria de Varela en las ideas de Mart: discurso ledo el 25 de febrero de 1953 para conmemorar el centenario de la muerte del Pbro. Flix Varela. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1953, 25 p. A la cabeza de la cubierta: Academia de la Historia de Cuba. 381. Guilln, Nicols: “Varela: la segunda batalla”. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1981:2. “...Mart y Varela (uno al comienzo del siglo, otro a su trmino) expresan el nacimiento y continuidad de la inquietud intelectual cubana, revolucionaria, frente a la opresin extranjera. Esa inquietud es una lnea que parte del sabio presbtero, pasa por Cspedes, contina en nuestro Apstol y llega hasta Fidel Castro...” 382.Her nndez Travieso, Antonio: “Varela y Saco. Presentacin de dos hroes civiles”. Cuadernos de la Universidad del Aire (La Habana) (20):31-40; agosto de 1950. Incluye discusin en la cual intervinieron Francisco Ichaso, Csar Garca Pons, Otto Luis Yekel Iglesias y Armando Jar.

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385 “...Varela fue tambin el formador de la primera generacin de sabios y cientficos criollos”. 383. Lapique Becali, Zoila: “Exposicin Flix Varela y Morales-Domingo Delmonte y Aponte”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 69(2):189-192; mayo-agosto de 1978. (Miscelnea) Palabras pronunciadas en la ceremonia de apertura. Incluye presentacin. 384.La vn y Padrn, Pablo F.: “Varela, Saco y Luz Caballero”. En su Teora General del Estado: copias de clase. Facultad de Derecho, Departamento de Publicaciones [La Habana], 1953, p. 69. 385. Llerena, Mario: “Cul ser el futuro inmediato de la revolucin cubana?” Bohemia (La Habana) 44(47):36-37; 101; 23 de noviembre de 1952: il. 386.Mar inello, Juan: “El seor Campa contra Varela, contra Mart y contra Cuba”. Hoy (La Habana) 11 de abril de 1952:1; 6: il. 387. Mndez, Manuel Isidro: “Varela y Mart”: En su “Sugerencias martianas”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 4(1):162-165; eneromarzo de 1953. Coincidencias en algunos de sus pensamientos con los de Mart. 388.Mir anda Francisco, Olivia: “Paralelo entre Varela y Mart: el anticlericalismo”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 72(3):167-204; septiembre-diciembre de 1981. Bibliografa: pp. 202-204. Publicado tambin en separata. 389. “Paralelo entre los oradores sagrados Fray Remigio Cernadas y Pbro. Don Flix Varela, por El Corresponsal habanero [seud.]”. En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. [392]-394. Tomado de: El Correo de Trinidad. Contiene: Elocuencia del plpito. Elogios fnebres. Paralelo entre el Presbtero Varela y Fray Remigio Cernadas. 390. Rego, Oscar F.: “Homenaje a los trabajadores de la educacin ¡Maestros! [Mart, Varela y Frank Pas]”. Bohemia (La Habana) 68(51):32[33]; 17 de diciembre de 1976: il. 391. Rodrguez Haded, Jos M.: “Un hermoso discurso del Dr. ... en Matanzas”. Diario de la Marina (La Habana) 24 de enero de 1954:42. (Seccin Catlica) Pronunciado en memoria de Jos Mart y Flix Varela, en la Asamblea Nacional de la Federacin de Maestros Catlicos de Cuba.

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386E. Valoracin de su obra y datos acerca de ella a) Obras valoradasInstituciones de filosofa eclctica para uso de la juventud. (La Habana, 1812-1814). 392. Bachiller y Morales, Antonio: “Cul es la primera edicin de los textos del P. Varela sobre las ciencias fsicas y matemticas que ense?” El Estmulo (La Habana) 2(9):207-208; 1 de marzo de 1863. (Bibliografa) 393.Le Roy, Luis Felipe: “La fsica de Varela en la Biblioteca Nacional”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 63(3):75-92; septiembre-diciembre de 1972: il. “Este libro del Padre Varela es pues el primer libro de fsica escrito por un cubano en fecha tan remota como 1814”. Instrucciones morales y sociales (La Habana, 1818). 394.Arocha, J uan Nepomuceno de: “Extracto de las tareas de la Seccin de Educacin, ledo en la junta general de la Real Sociedad Patritica de 11 de diciembre de 1818”. Memorias de la Sociedad Econmica de Amigos del Pas (La Habana) 6(26):35-44; 28 de febrero de 1819. En este informe se incluyen datos sobre esta obra en los cuales se atestigua que Flix Varela y Justo Vlez son los autores de ella. Lecciones de Filosofa (La Habana, 1818-1820). 395. Costales, Manuel :“ Lecciones de filosofa por el presbtero don Flix Varela”. Faro Industrial de la Habana (La Habana) 1 de enero de 1842:2. 396. Heredia y Heredia, Jos Mara: “Anuncio literario”. El Iris (Mxico) 2(17):28-29; 13 de mayo de 1826. En su Prosas. Seleccin, prlogo y notas de Romualdo Santos. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, pp. [185]-186. En Linati, Claudio: El Iris, peridico crtico y literario. Por Linati, Calli y Heredia; introduccin por Mara del Carmen Ruiz Castaeda: “El Iris: primera revista literaria del Mxico independiente e ndice por Luis Mario Schneider”. [1 ed. facsimilar.] Mxico: UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliogrficas, 1986, t. 2, pp. 28-29. 397. [Saco, Jos Antonio]: “Anlisis de las Lecciones de filosofa, escritas por el presbtero Flix Varela, maestro de dicha ciencia en el seminario de S. Carlos de la Habana”. El Observador Habanero (La Habana) 1(10):20-21; 1820. 1(12):14-19; 1820. (Variedades) En Rodrguez, Jos Ignacio: Vida del presbtero Don Flix Varela. Impr. O’Novo Mundo, New York, 1878, pp. [398]-399.

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387 “Ni la moderacin del autor, bien conocido en esta ciudad, ni la amistad que le profesamos por haber sido nuestro maestro, nos permiten tributarle los justos elogios a que son acreedores sus trabajos; pero no podemos menos de decir que esta obra honrara a cualquiera pueblo ilustrado.” El doctor Luis Felipe Le Roy le atribuye este trabajo a Jos Antonio Saco. Vase el trabajo de este autor “La fsica de Varela en la Biblioteca Nacional”. Miscelnea filosfica (La Habana, 1819). 398. Bonilla y San Martn, Adolfo: “Un filsofo cubano (don Flix Varela)”. En su Los mitos de la Amrica precolombina, la patria de Coln, y otros estudios de historia hispanoamericana. Editorial Cervantes, Barcelona, 1923, pp. [265]-282. Estudios sobre su Miscelnea filosfica y Lecciones de filosofa.399.P ogolotti, Marcelo: “Descubriendo a Varela”. El Mundo (La Habana) 15 de junio de 1947:16. (Cultura) Recorte en: ANC: Fondo Donativos y Remisiones, legajo 518, no. 27. 400.Torr iente, Lol de la: “Varela y los jvenes”. El Mundo (La Habana) 10 de noviembre de 1965:4. Observaciones sobre la Constitucin poltica de la monarqua espaola. (La Habana, 1821). 401. Bachiller y Morales, Antonio: “Derecho pblico: de su enseanza en Cuba. Segunda poca Constitucional”. Revista de Jurisprudencia (La Habana) 16(7):[381]-386; julio de 1868. Sobre la poltica de Varela y sus Observaciones... El Habanero (Filadelfia-Nueva York, 1824-1826). 402. Apuntaciones sobre El Habanero, hechas por un discpulo del mismo Varela. Impr. del Gobierno y Cap. General, Habana, 1825, 30 p. Se le atribuye a Antonio Zambrana. Hace impugnaciones al peridico de Varela Encuadernado con: El Habanero t. 1. 403. Bachiller y Morales, Antonio: “Error poltico de Don Flix Varela: Los contemporneos y la posteridad”. ( El Habanero ). Revista Cubana (La Habana) 2:[289]-294; octubre de 1885. “Varela se equivoc esta vez creyendo indispensable prepararse para evitar una revolucin sangrienta por medio de una evolucin pacfica...” 404. Bisb, Manuel: “Sobre El Habanero, del padre Varela”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (136-141):7-54; enero-diciembre de 1958-1959.

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388 Trabajo ledo el 16 de noviembre de 1956 en el ciclo de conferencias acerca de bibliografas de peridicos cubanos representativos. 405. Cepeda, Rafael: “El nmero ‘perdido’ de El Habanero ”. Revista de la Biblioteca Nacional (La Habana) 73(1-2):105-115; enero-agosto de 1982. A propsito de haber recibido la Biblioteca Nacional, fotocopia del nmero 7 de este peridico, cuyo original se encuentra en la Biblioteca de la Universidad de Yale. 406. Comunicacin dirigida al Capitn General de la Isla referente a la llegada a dicha ciudad, procedente de Nueva York, del cataln Flix Bans que conduca ejemplares del peridico El Habanero y otros papeles sediciosos. Matanzas, 13 de diciembre de 1824. ANC: Fondo Asuntos Polticos, legajo 29, no. 14. Ms. 407. Chacn y Calvo, Jos Mara: “El Padre Varela y el Caballero Guarini”. Diario de la Marina (La Habana) 23 de mayo de 1953:4. (Hechos y Comentarios) Sobre el lema utilizado por Varela, en todos los nmeros de este peridico, tomado de El Pastor Fido, tragicomedia original de Juan Bautista Guarini, poeta humanista y cortesano de la Italia de fines del siglo XVI. 408.Ga y-Calb, Enrique: Varela y El Habanero: prlogo de la edicin de El Habanero, publicado en la Biblioteca de Autores Cubanos de la Editorial de la Universidad de la Habana. [Editora Nacional], La Habana, 1945, 32 p. “... El Habanero es la primera nueva manifestacin revolucionaria de carcter periodstico entre nosotros. Su autor es uno de los personajes centrales de la historia cubana.” 409.Her nndez Arocha, Ricardo L.: “El Habanero, de Flix Varela: un antecedente necesario”. Juventud (Madruga, La Habana) 3(23):4; 7; mayo de 1980. 410. Nez Machn, Ana: “Flix Varela”. En su Clsicos del periodismo cubano. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, pp. 5-13: il. Incluye: Persecucin de este papel [ El Habanero ] en la isla de Cuba: F. Varela. 411. Real Orden acusando recibo del peridico El Habanero publicado en los Estados Unidos y aprobando las providencias tomadas para evitar la introduccin de ste y otros papeles revolucionarios. Aranjuez, 19 de abril de 1825. ANC: Fondo Asuntos Polticos, legajo 29, no. 43. Ms. 412. Real Orden sobre que no se permita la introduccin en esta ciudad [Cuba] de El Habanero Madrid, 20 de julio de 1824. ANC: Fondo Asuntos Polticos, legajo 28, no. 19. Ms.

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389 413. Roig de Leuchsenring, Emilio: “Persecuciones y peligros que pas Varela por la publicacin de El Habanero”. Carteles (La Habana) 23(14):26-27; 57: 7 de abril de 1935: il. (Pginas desconocidas u olvidadas de nuestra historia) 414. ———————: Varela en El Habanero precursor de la revolucin cubana. [Editora Nacional], La Habana, 1945, 47 p. Prlogo de la edicin de El Habanero publicado en la Biblioteca de Autores Cubanos de la Editorial de la Universidad de la Habana. (Vase asiento no. 42 B. A.) Contiene: El Habanero y su desconocimiento en la poca republicana. Algunas caractersticas del pensamiento poltico de Varela. Tres conceptos bsicos en la ideologa poltica de Varela. Americanismo de Varela. 415. Santana, Joaqun G.: “ El Habanero de Flix Varela”. Unin (La Habana) 17(3):36-46; septiembre de 1978. “Su prosa es directa y llega lejos. Escribe para todos sin juegos de palabras que puedan provocar confusiones. El Habanero es, en realidad, una especie de diario abierto en el que el desterrado vuelca sus ms hondas reflexiones polticas.” 416. ———————: “ El Habanero : un peridico revolucionario”. Granma (La Habana) 5 de abril de1978:2: il. de Valderrama. Contiene: Un formato para la clandestinidad. Riesgos, peligros, amenazas. Americanismo en Varela. El Moncada rescat a Varela. 417. Villares, Ricardo: “Un artculo de Flix Varela”. Bohemia (La Habana) 74(9):80-81; 26 de febrero de 1982: il. (Correspondencia) “Tranquilidad de la isla de Cuba”, aparecido en su peridico El Habanero Instruccin Pblica (Filadelfia-Nueva York, 1829). 418. Escoto, Jos Augusto: “El Padre Varela sobre instruccin pblica”. La Instruccin Primaria (La Habana) 1(6):[233]-241; 25 de octubre de 1902. Incluye este trabajo de Varela, publicado en 1829 en El Mensajero Semanal. (Vase asiento no. 44 B. A.) “Los hombres de inteligencia superior y los de espritu prctico, son siempre los ms dispuestos a modificar sus ideas, por lo mismo que en ellas se impone la experiencia como maestra de la verdad y de la utilidad que siempre van buscando en la vida.” Cartas a Elpidio (Nueva York, 1835). 419. Bueno, Salvador: “La prosa reflexiva. La transformacin ideolgica colonial”. En su Historia de la literatura cubana. [4 ed.], [Instituto Cubano del Libro], La Habana, 1972, pp. 201-229: il., retr. (Pueblo y Educacin)

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390 Contenido de inters: El padre Flix Varela: vida. Su obra y su ideario. Valor literario de su obra. Anlisis de las “Cartas a Elpidio”. Anlisis de “El Habanero”. El primer intelectual revolucionario. 420.Lazo, Raimundo: El P. Varela y las Cartas a Elpidio. [Impr. car Garca], La Habana, 1945, 16 p. Eplogo de la edicin de esta obra, publicado en la Biblioteca de Autores Cubanos de la Editorial de la Universidad de la Habana. (Vase asiento no. 66 B. A.) 421. [Luz y Caballero, Jos de la]: “Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la suspersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad. Por el Pbro. D. Flix Varela, tomo 1o. Impiedad. New York, 1835”. Diario de la Habana (La Habana) 29 de diciembre de 1835:[2]. En su Escritos literarios. Prlogo de Raimundo Lazo. Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1946, pp. [94]-98. (Biblioteca de Autores Cubanos; 11. Obras de Jos de la Luz y Caballero; vol. 6) “He aqu una notable aparicin sobre nuestro horizonte literario: notable por la gravedad del asunto sobre que versa; notable por la profundidad con que est tratado, y notable en fin por el nombre del autor que lo ha desempeado (...) De t puede decirse con ms verdad que de ningn otro mortal: que haces lo que dices, y dices lo que sientes.” 422. Mecas Miln, Humberto: “Vigencia actual del pensamiento de Varela en Cartas a Elpidio”. Taller Literario (Santiago de Cuba) (8):18; 20; mayo de 1966. Escritos polticos (La Habana, 1977). 423.F eijo, Samuel: “Flix Varela, un fundador”. Granma (La Habana) 21 de julio de 1978:5: il. A propsito de la publicacin de esta obra, compilada por Joaqun G. Santana. 424. Santana, Joaqun G.: “Escritos polticos”. Bohemia (La Habana) 70(14):26; 7 de abril de 1978: il. (Ver or escribir) Otras obras filosficas. 425.[Augier, ngel I.]: “Flix Varela y Morales: Observaciones sobre la Constitucin poltica de la monarqua espaola [y] Miscelnea filosfica [por] A. A. [seud.]”. Gaceta del Caribe (La Habana) 1(9-10):35; noviembrediciembre de 1944. (Los Libros) 426. Bachiller y Morales, Antonio: “Obras filsoficas del Pbro. D. Flix Varela. Bibliografa”. El Estmulo (La Habana) 2(1):18-19; 1 de julio de 1862. (Revista) Apuntes bibliogrficos.

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391 Sobre: Institutiones Philosophie eclecticae ad usum studiosoe de juventutis (1812), Lecciones de filosofa (1818-1820), Miscelnea filosfica (1819) y Apuntes filosficos (1818) 427. ———————: “Progresos de la filosofa y asignaturas de ciencias que se enseaban bajo su nombre en el colegio y la Universidad. De la ciencia entre sus cultivadores”. En su Apuntes para la historia de las letras y de la instruccin pblica de la isla de Cuba. Impr. de P. Massana, La Habana, 1859, t. 1, pp. 196-202. Estudio de la obra Doctrinas de lgica, metafsica y moral... conocida como Elenco de 1816. (Vase asiento no. 12 B. A.)b) Reseas de libros sobre Varela428. Beiro, Luis: “Varela visto por Santana”. Trabajadores (La Habana) 28 de abril de 1982:5. Acerca del libro de Joaqun Santana, Flix Varela, publicado por la UNEAC en 1982. 429. Bueno, Salvador: “El Padre Varela: patriotismo y santidad de una vida”. Alerta (La Habana) 16 de enero de 1950:4. Comentario sobre el libro El Padre Varela, biografa del forjador de la conciencia cubana, de Antonio Hernndez Travieso. 430.C airo, Ana y Olivia Miranda: “Flix Varela, su pensamiento poltico y su poca”. Universidad de La Habana. Revista (La Habana) (227):432-433; enero-junio de 1986. (Libros) 431. Meireles y Brito, Eduardo: “El Padre Flix Varela”. El Fgaro (La Habana) 40(12):158; 25 de marzo de 1923. Comenta folleto del doctor Sergio Cuevas Zequeira en torno a la vida del sabio filsofo. 432. Portell Vil, Herminio: “Historia de un libro cubano”. Bohemia 42(1):50; 118; 123; 1 de enero de 1950: il. Sobre El padre Varela, biografa del forjador de la conciencia cubana, por Antonio Hernndez Travieso. 433.Por tuondo del Prado, Fernando: “El Padre Varela: biografa del forjador de la conciencia cubana por Antonio Hernndez Travieso. La Habana, 1949”. Federacin de Doctores en Ciencias y en Filosofa y Letras. Revista (La Habana) 3(1):70-72; enero-abril de 1950. (Biblio-grafa) En su Estudios de historia de Cuba. Prlogo por Francisco Lpez Segrera. Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, pp. 347-350. (Centenario 1868) “Ha logrado Hernndez Travieso revivir al Varela inquieto, de espritu siempre alerta, polmico, eternamente juvenil...”

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392 434. Santos Moray, Mercedes: “La historia es tambin literatura”. La Nueva Gaceta (La Habana) (1):8; enero de 1983: il. Comenta libro de Joaqun G. Santana, sobre Varela, publicado por la UNEAC en 1982. 435.Sexto, Luis: “Flix Varela, un iniciador”. Trabajadores (La Habana) 8 de febrero de 1983:2. A la cabeza del ttulo: Qu leer? Resea acerca de la obra Flix Varela, de Joaqun G. Santana, editado por la UNEAC, en 1982.c) Libros de textos para la enseanza en Cuba436. Cuba. Ministerio de Educacin. Direccin Nacional de Educacin General: Flix Varela. [Introduccin y seleccin Rogelio Alfonso Granados.] [Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972]., 42 p. (El autor y su obra. Pueblo y Educacin) Bibliografa: p. 42. Bibliografa y notas al pie de las pginas. Contiene: Varela: R. Alfonso Granados. Mscaras polticas. Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba. Memoria que demuestra la necesidad de extinguir la esclavitud de los negros en la isla de Cuba, atendiendo a los intereses de sus propietarios. Paralelo entre la revolucin que puede formarse en la isla de Cuba por sus mismos habitantes, y la que se formar por la invasin de tropas extranjeras. Pensamientos. Bibliografa. 437. Cuba. Ministerio de Educacin. Viceministerio de Educacin General. La pluma olvidada. 3er. grado. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972], 16 p.: il. (Pueblo y Educacin. La Vida de mi patria) Nivel infantil. 438. “Flix Varela y Morales, 1788-1853”. En Cuba. Ministerio de Educacin. Asesora Nacional de Enseanza General: Maestros. [Instituto Cubano del Libro], La Habana, 1971, [i. e., 1972], pp. 407-422: il. (Pueblo y Educacin) 439. Santovenia y Echaide, Emeterio Santiago: “El que prefiri ser soldado de Jesucristo”. En su Nios cubanos. La Habana: s. n., 1957, pp. [19]-22: il. Nivel juvenil.F. Homenajes a) Centenario de su muerte440. Asociacin de Caballeros Catlicos de Cuba: Nuestro homenaje en el centenario de la muerte del Pbro. Flix Varela y Morales. [Prlogo

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393 por Antonio M. Entralgo; introduccin por Humberto Echevarra Martn]. [Talleres Prez Sierra y Hno.], Habana, 1953, 49 p. 441. “El centenario de quien nos ense a pensar”. Diario de la Marina (La Habana) 19 de febrero de 1953:4. Editorial con motivo del Centenario de su fallecimiento. “Grande, inmensa, notable entre las ms sobresalientes figuras de cualquier perodo histrico, es la de este ilustre habanero...” 442.“Ce ntenario del Padre Flix Varela”. Diario de la Marina Rotograbado. (La Habana) 20 de febrero de 1953:[1]: il. 443. Chacn y Calvo, Jos Mara: “El centenario del Padre Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 19 de febrero de 1953:4. 26 de febrero de 1953:4. 27 de febrero de 1953:4. (Hechos y Comentarios) “...gran precursor del ideal de independencia que culminara en la obra apostlica de Jos Mart”. 444. Friguls, Juan Emilio: “Celebrar la iglesia el mircoles actos en honor del Padre F. Varela, en su centenario”. Diario de la Marina (La Habana) 22 de febrero de 1953:37. (Catolicismo) Incluye: Partida de bautismo y defuncin del sabio maestro. 445. ———————: “Conmemor el catolicismo el Centenario de la muerte del eximio filsofo Padre Flix Varela”. Diario de la Marina (La Habana) 27 de febrero de 1953:8: il. (Catolicismo) 446. Hernndez Travieso, Antonio: “En el filo de cien aos”. Vida Universitaria (La Habana) 5(46-47):16; mayo-junio de 1954. “Hoy, en el filo mismo de los cien aos que acaban de transcurrir de la muerte del gran precursor, cabe preguntarse: -Ser necesario esperar otros cien aos para rendir, al que en talla de devocin y sacrificios a Cuba no mengua hombrear con Mart, el sentido tributo de reconocimiento que merece de todos los cubanos?” 447.Llaguno Canals, Alfredo: “En el centenario de la muerte del Padre Varela”. Boletn de las Provincias Eclesisticas de la Repblica de Cuba (La Habana) 37(5):203-208; 15 de abril de 1953. Discurso pronunciado en la iglesia del Santo ngel, el 25 de febrero de 1953. 448. Roig de Leuchsenring, Emilio: “El centenario de la muerte de Flix Varela”. Carteles (La Habana) 33(48):54-55; 80; 30 de noviembre de 1952: il. 449. ———————: Veinte aos de actividades del Historiador de la Ciudad de la Habana: 1935-1955. Municipio de la Habana, La Habana, 1955, 5 t. Contenido de inters: Vida y pensamiento de Flix Varela [Programa del ciclo de conferencias pronunciadas desde marzo 11 a abril 13 de

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394 1942], t. 3, pp. 50-51. Conmemoracin del centenario de la muerte de Flix Varela, t. 5, pp. [65]-68.b) Orden Flix Varela450. Benedetti, Mario: [“Carta a Fidel Castro Ruz, con motivo de recibir la Orden Flix Varela de Primer Grado. Palma de Mallorca, 20 de octubre de 1982”]. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1982:2. 451.G arca Mrquez, Gabriel: [“Carta a Fidel Castro Ruz, con motivo de recibir la Orden Flix Varela de Primer Grado. Mxico, 20 de octubre de 1982”]. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1982:2. 452. Hart Dvalos, Armando: [“Discurso pronunciado en la ceremonia de imposicin de la Orden Flix Varela de Primer Grado, a un grupo de intelectuales, artistas y colectivos culturales, efectuada en el saln de Protocolo de Cubanacn. La Habana, 20 de octubre de 1981”]. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1981:2: il. Publicado bajo el ttulo: La figura de Flix Varela, que enaltece y prestigia la condecoracin que se concede a las ms prominentes personalidades y colectivos culturales del pas, simboliza al intelectual de todas las pocas. Cine Cubano (La Habana) (101):6-9; febrero de 1982: il. Publicado bajo el ttulo: Da de la Cultura Cubana. “El ms alto galardn cultural que otorga por primera vez el Estado Cubano”. Otorgada a: Nicols Guilln, Alicia Alonso, Fernando Alonso, Santiago lvarez, Vicentina Antua, Antonio Arcao, Pedro Caas Abril, Eliseo Diego, Roberto Fernndez Retamar, Jos Luciano Franco, Alfredo Guevara, Sara Isalgu, Onelio Jorge Cardoso, Enrique Jorrn, Wifredo Lam, Argeliers Len, Luis Martnez Pedro, Isaac Nicola, Antonio Nez Jimnez, Regino Pedroso, Ren Portocarrero, Jos Antonio Portuondo, Raquel Revuelta, Mariano Rodrguez y Jos Zacaras Tallet. Colectivos: Ballet Nacional de Cuba, Casa de las Amricas, ICAIC, Teatro Escambray, Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolucin Socialista de Cuba, Instituto Cubano de Radio y Televisin, Movimiento de la Nueva Trova, Oficina de Asuntos Histricos, Septeto Nacional Ignacio Pieiro y Universidad de La Habana. 453. ———————: [“Discurso pronunciado en el otorgamiento de la Orden Flix Varela, Orden Juan Marinello, Medalla Alejo Carpentier y Distincin por la Cultura Nacional”]. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1982:2.

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395 Publicado bajo el ttulo: En el otorgamiento de estas condecoraciones a un grupo tan diverso de intelectuales, queremos reafirmar el concepto humanista y universal de la cultura y del intelectual. 454. ———————: [“Discurso pronunciado en la ceremonia de otorgamiento de las "rdenes Flix Varela y Juan Marinello y la Medalla Alejo Carpentier. Ciudad de La Habana, 20 de octubre de 1983”.] Granma (La Habana) 21 de octubre de 1983:3: il. Publicado bajo el ttulo: Honrar a quienes con la entrega fecunda a la creacin y promocin de nuevas realidades artsticas han dejado una huella de permanente valor para los cubanos y otros pueblos del mundo. 455. “Orden a Otero Silva”. Casa de las Amricas (La Habana) 25 (151):157; julio-agosto de 1985. (ltimas actividades de la Casa de las Amricas) Orden Flix Varela de Primer Grado, impuesta por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, el 13 de mayo, ceremonia efectuada en esta Institucin. 456. Otero Silva, Miguel: “Palabras en la recepcin de la Orden Flix Varela”. Casa de las Amricas (La Habana) 25(151):76-77; julio-agosto de 1985. (Nota) Ceremonia realizada en la Casa de las Amricas, el 13 de mayo, e impuesta por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. 457.P elez, Rosa Elvira: “Confieren "rdenes Flix Varela y Juan Marinello y la Medalla Alejo Carpentier, al celebrarse el Da de la Cultura Cubana.” Granma (La Habana) 21 de octubre de 1983:[1]; 3: il. Otorgada la Orden Flix Varela a: Luis Cardoza Aragn (Guatemala), Roberto Matta (Chile), Arnaldo Orfila Reynal (Mxico), Guillermo Toriello (Guatemala), Julio Cortzar (Argentina), George Lamming (Barbados), Miguel Otero Silva (Venezuela) y el cubano Jos Juan Arrom (residente en Estados Unidos). 458. ———————: “Impuso Fidel la Orden Flix Varela y entreg la Juan Marinello en el Da de la Cultura Cubana”. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1982:[1]: il. 459. ———————: “Prominentes personalidades y colectivos de la cultura cubana recibieron la Orden Flix Varela”. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1981:[1]: il. “Presidi Fidel la solemne ceremonia de entrega.” 460. ———————: “Sern distinguidos hoy, Da de la Cultura Cubana, figuras y colectivos por sus aportes a la cultura”. Granma (La Habana) 20 de octubre de 1982:[1].

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396 Contenido de inters: Se conferir, tambin, por primera vez, la Orden Flix Varela a personalidades de otros pases. 461. “Relacin de galardonados con la Orden Flix Varela de Primer Grado”. Granma (La Habana) 21 de octubre de 1982:2: il. Otorgada a: Marcelo Pogolotti George, Flix Pita Rodrguez, Jos Soler Puig, Julio Le Riverend Brusone, ngel Augier Proenza, Gabriel Garca Mrquez (colombiano), Ernesto Cardenal (nicaragense), Juan Bosch (dominicano), Manuel Galich (guatemalteco), Mario Benedetti (uruguayo), Pablo Gonzlez Casanova (mexicano) y Jos A. Bentez Cabrera. Colectivos: Orquesta Aragn y Universidad de Oriente. 462. Vzquez, Omar: “Entregan la Orden Flix Varela y la Medalla Alejo Carpentier a un grupo de personalidades de nuestra cultura”. Granma (La Habana) 22 de octubre de 1984:3: il. Otorgada la Orden Flix Varela de Primer Grado a: Leo Brouwer, Sergio Corrieri, Julio Garca Espinosa, Pablo Milans, Graziella Pogolotti, Antonio Quintana y Silvio Rodrguez.c) Bicentenario de su natalicio463.“Cr eada comisin del bicentenario del natalicio de Flix Varela, por A. C. [seud.]”. Trabajadores (La Habana) 24 de noviembre de 1987:5. “...educador que introdujo elementos cientficos en la enseanza superior”. 464.Hart Dv alos, Armando: El que nos ense a pensar. Direccin de Divulgacin, Ministerio de Cultura, La Habana, 1988, 19 p. “Palabras pronunciadas en el acto homenaje a Flix Varela por el bicentenario de su natalicio, efectuado en el museo de la Ciudad, el 19 de noviembre de 1988”.G. Otros documentos: grabados y programas a) Grabados465. Annimo (s. XIX): Flix Varela. Calcografa al agua fuerte y buril. 10 1/ 2 x 9 1/2 cm. 466.Ci sneros, Francisco (1823-1878): Flix Varela. J. F. Cisneros Lit., Habana, 1858. Litografa. 22 1/4 x 17 3/4 cm. 467.F errn, Augusto: “Al ilustre Pbro. Sr. Dn. Flix Varela. Litografa”. El Almendares (La Habana) 1(11):177; 28 de marzo de 1852. (Galera de Escritores Cubanos)

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397 Al pie del grabado se lee: En testimonio de aprecio y veneracin, tributan este homenaje Ildefonso de Estrada y Zenea y Juan Clemente Zenea. 468.Fr iedlen: “El Padre Flix Varela”. El Museo (La Habana) 2(31):[1]; 1 de julio de 1883: il. 469. Melero, J. Miguel (1836-1907): Varela. Lit. de Fanjul y Ia. J. M. Melero. Litografa. 28 x 20 cm. 470. “El padre Flix Varela”. El Fgaro (La Habana) 27(46):[679]; 12 de noviembre de 1911: il. Fotocopia. 471.P eoli, Juan Jorge (1825-1893): “Flix Varela”. Lit. Nacional, O’Reilly No. 62. Peoli litg. Revista de la Habana Litografa. 27 1/2 cm.b) Programas472. Orquesta Sinfnica Nacional: Concierto realizado con la Oficina del Historiador de la Ciudad y dedicado al bicentenario del natalicio de Flix Varela. Manuel Duchesne Cuzn, dir. Introduccin por Calixto lvarez. La Habana, Plaza “Ignacio Agramonte”, Universidad de La Habana, 15 de febrero de 1988. Solista: Jorge Luis Prats. 473. Seminario de San Carlos y San Ambrosio, Ctedra Flix Varela. Cultura Cubana: “Panorama de la cultura cubana en el siglo XX: programa del tercer trimestre”. La Habana, 8; 15; 22; 29 de abril; 6; 13; 20 de mayo de 1988.

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Nota de presentacin / V Primera parte Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad Tomo primero. Impiedad. 1835 / 1Prlogo / 3 Impiedad / 4Carta Primera La impiedad es causa del descontento individual y social / 4 Carta Segunda La impiedad destruye la confianza de los pueblos y sirve de apoyo al despotismo / 15 Carta Tercera Causas de la impiedad / 39 Carta Cuarta Extensin de la impiedad. Modo de tratar los impos / 51 Carta Quinta Quejas justas e injustas de los impos / 80 Carta Sexta Furor de la impiedad / 91 Segunda Parte Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la supersticin y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad. Tomo segundo. Supersticin. 1838 / 105Supersticin / 107NDICE

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Carta Primera Naturaleza de la religin y de la supersticin. Efectos de sta. Paralelo entre ambas / 107 Carta Segunda Cmo usa la poltica de la supersticin / 129 Carta Tercera Cmo debe impedirse la supersticin / 143 Carta Cuarta Influjo de la supersticin segn los pueblos / 153 Carta Quinta Tolerancia religiosa / 179 Adicin a la Carta IV / 201 Apndices / 201 Tercera parte Escritos, documentos y cartas de Flix Varela (1835-1852) / 213Epistolario de Flix Varela (1835-1839) / 215 Carta a Jos de la Luz y Caballero (2 de Junio de 1835 ) / 215 Carta a Toms Gener (1835) / 217 Carta a Jos del Castillo (18 de Junio de 1835) / 218 Carta a Da Guadalupe del Junco de Gener (3 de septiembre de 1835) / 219 Carta a Jos del Castillo (16 de Enero de 1836) / 220 Carta a sus hermanas (12 de abril de 1836) / 221 Carta a sus hermanas (20 de enero de 1839) / 222 Carta a Jos de la Luz y Caballero (5 de abril de 1839) / 223 Carta a Jos de la Luz y Caballero (5 de junio de 1839) / 224 Carta a Jos de la Luz y Caballero (18 de julio de 1839) / 226 Carta a Jos de la Luz y Caballero (23 de agosto de 1839) / 227 Carta a Jos de la Luz y Caballero (15 de octubre de 1839) / 229 Carta a Jos de la Luz y Caballero (12 de noviembre de 1839) / 230Polmica filosfica / 231 Carta a Jos de la Luz y Caballero (1 de mayo de 1840) / 231 Carta a Jos de la Luz y Caballero (21 de octubre de 1840) / 232 Carta a Anastasio (22 de octubre de 1840) / 233 Carta a un discpulo sobre su posicin ante la polmica filosfica (22 de octubre de 1840) / 234Ensayos filosficos / 243 Distribucin del tiempo. Mximas para el trato humano. Prcticas religiosas / 243 Ensayo sobre la doctrina de Kant / 245 Ensayo sobre el origen de nuestras ideas / 252 Carta de un italiano a un francs sobre las doctrinas de M. Lamennais / 261

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Epistolario personal (1842-1848) / 268 Carta a su hermana (30 de diciembre de 1842) / 268 Carta a su hermana (26 de julio de 1844) / 269 Carta a su hermana (12 de marzo de 1845) / 270 Carta a su hermana (20 de julio de 1848) / 271Reflexiones sobre la enseanza de la Filosofa en Cuba (1845) / 272 Crtica al Programa Oficial de Estudios de la Facultad de Filosofa de la Universidad de la Habana / 272Varela visto en sus ltimos aos / 280 Entrevista con Varela (Alejandro Angulo) (1850) / 280 Carta de Lorenzo de Allo al seor Francisco Ruiz (1852) / 286 Apndices / 289Nota / 291 Contenido / 292Bibliografa activa / 293Bibliografa pasiva / 323