Proyección literaria del Carlismo religioso en la novelistica espanõla

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Material Information

Title:
Proyección literaria del Carlismo religioso en la novelistica espanõla
Physical Description:
viii, 238 leaves : ; 28 cm.
Language:
Spanish
Creator:
Escobedo, Armando J., 1953-
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Carlists in literature   ( lcsh )
Genre:
bibliography   ( marcgt )
theses   ( marcgt )
non-fiction   ( marcgt )

Notes

Thesis:
Thesis (Ph. D.)--University of Florida, 1983.
Bibliography:
Includes bibliographical references (p. 211-236).
Statement of Responsibility:
by Armano J. Escobedo.
General Note:
Abstract in English.
General Note:
Typescript.
General Note:
Vita.

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
Resource Identifier:
aleph - 000450227
notis - ACL1895
oclc - 11447467
System ID:
AA00003832:00001

Full Text











PROYECCION LITERARIA DEL CARLISMO RELIGIOSO
EN LA NOVELISTICA ESPANOLA














By

ARMANDO J. ESCOBEDO


A DISSERTATION PRESENTED TO THE GRADUATE SCHOOL OF
THE UNIVERSITY OF FLORIDA
IN PARTIAL FULFILLMENT OF THE REQUIREMENTS FOR THE
DEGREE OF DOCTOR OF PHILOSOPHY




UNIVERSITY OF FLORIDA


1983



















































Copyright 1983

By

Armando J. Escobedo































A MI MADRE,

con carino, admiraci6n
y agradecimiento.













ACKNOWLEDGMENTS


I would like to express my sincere appreciation to

Dr. Fernando Ibarra, chairman of my supervisory committee,

for his expert and generous assistance in the preparation

of this dissertation. Without his aid, and without the

help of the other members of my committee, to whom I am

also grateful, the completion of my task would have been

difficult.

I wish to thank, too, the many relatives and friends

who along the way encouraged me with their moral support.

Their kindness will not be forgotten.














TABLE OF CONTENTS

Page
ACKNOWLEDGMENTS. . . iv

ABSTRACT . . .. vii

INTRODUCCION . . 1

Notas . . 6

CAPITULO I: CONSIDERACIONES HISTORICAL .. 7

Nacimiento del carlismo . 8
La cuesti6n sucesoria .. 9
La primera guerra carlista. . ... 12
La segunda guerra carlista. . .. 16
Antecedentes de la tercera y dltima guerra. 17
La tercera guerra carlista. . ... 21
El program carlista. . ... 27
Notas . . .... .. 41

CAPITULO II: CONSIDERACIONES LITERARIAS. 44

El tema carlista en algunas novelas espanolas 44
Realidad y ficci6n en la obra novelesca .. 60
La constant realista . 63
La novela hist6rica .. . 65
El realismo decimon6nico. . 72
La Generaci6n del 98. . 75
La critical sociol6gica. . 76
Notas . . 82

CAPITULO III: MARTA Y MARIA DE PALACIO VALDES. 87

Marco hist6rico . . 88
Carlismo y religion .. . 89
Funci6n artistic del carlismo religioso. 97
Valoraci6n literaria del carlismo religioso 106
Notas . . 113

CAPITULO IV: PAZ EN LA GUERRA DE UNAMUNO .. .115

Marco hist6rico . . 116
Carlismo y religion . 124
Funci6n artistic del carlismo religioso. 137









Valoraci6n literaria del carlismo religioso 142
Notas . . 150

CAPITULO V: LA GUERRA CARLISTA DE VALLE-INCLAN 153

Marco hist6rico . 154
Carlismo y religion ... 163
Funci6n artistic del carlismo religioso. 178
Valoraci6n literaria del carlismo religioso 184
Notas . . 199

CONCLUSIONES . . 202

Notas . .. .. 210

BIBLIOGRAFIA . ... .. 211

BIOGRAPHICAL SKETCH. . ... 237













Abstract of Dissertation Presented to the Graduate School
of the University of Florida in Partial Fulfillment of the
Requirements for the Degree of Doctor of Philosophy

PROYECCION LITERARIA DEL CARLISMO RELIGIOSO
EN LA NOVELISTICA ESPANOLA

By

Armando J. Escobedo

December, 1983
Chairman: Fernando Ibarra
Major Department: Romance Languages and Literatures (Spanish)

For many nineteenth-century Spaniards, Carlism

constituted not only a dynastic struggle but also a crusade

in defense of the threatened interests of the Catholic Church

in Spain. The purpose of this dissertation is to study the

literary treatment of the religious dimension of Carlism

in a number of Spanish novels of both the nineteenth and the

twentieth centuries: Armando Palacio Valdes' Marta y Maria

(1883); Miguel de Unamuno's Paz en la guerra (1897); and

Ramdn del Valle-Inclan's La guerra carlista, a trilogy

consisting of Los cruzados de la causa (1908), El resplandor

de la hoguera (1909), and Gerifaltes de antaHo (1909). A

special effort is made to determine the artistic function of

religious Carlism in the structure of the works, and to

analyze the authors' literary appraisal of Carlism as a

religious cause--that is, the favor, disfavor, or impar-

tiality with which they portray it.


vii








The first two chapters attempt to provide a historical

and literary background for the discussion of the texts.

The remaining three chapters are devoted to the consider-

ation of the presence of religious Carlism in the aforesaid

novels. Although there are other Spanish narrative works

that deal with the theme of Carlism, the author believes

that the novels he has selected are the ones in which the

association between Carlism and Catholicism in nineteenth-

century Spain plays the most significant role.

The contribution of this dissertation to the field of

literary studies is fundamentally threefold: 1) it is the

first known attempt to systematically examine the religious

implications of Carlism as presented in Spanish novels of

the last one hundred and fifty years; 2) it illustrates in

an original manner the relationship between reality and

fiction, one of the essential aspects of narrative art; and

3) it constitutes a comparative study of three important

Spanish writers. Even though all three authors deal with

the theme of religious Carlism, each one manages to offer

in his work a different artistic rendition of the same

historical phenomenon.


viii













INTRODUCTION


El carlismo, movimiento multifac6tico--politico, social,

econ6mico, religioso, etc.--que dio lugar a tres guerras

civiles en la Espana decimon6nica y que es reconocido por

el historiador Vicente Palacio Atard como "la primera pro-

testa en masas contra el liberalismo" puede estudiarse como

fen6meno literario, ya que es incorporado al mundo de la

ficci6n en varias novelas espaholas tanto del XIX como

del XX.1 En algunas de estas novelas puede comprobarse en

particular la repercusi6n literaria de la dimension religio-

sa del carlismo. En ellas, la causa carlista manifiesta

claramente su caracter de cruzada santa en defense de la

Iglesia cat6lica, cuya posici6n privilegiada en Espana se

vio amenazada por las medidas de los gobiernos liberals del

pasado siglo. Se trata sobre todo de Marta y Maria (1883)

de Armando Palacio Valdes; Paz en la guerra (1897) de Miguel

de Unamuno; y la trilogia de La guerra carlista de Ramon del

Valle-Inclan, integrada por Los cruzados de la causa (1908),

El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antano

(1909). El present trabajo se propone precisamente la

investigaci6n de la proyecci6n literaria del aspect reli-

gioso del carlismo--aqui identificado como "carlismo reli-

gioso"--a traves del analisis de las obras citadas.








Los primeros dos capitulos de este studio ofrecen un

marco de referencia que hace possible situar la discusi6n de

las novelas dentro de un context hist6rico y literario mas

amplio. En el primer capitulo se traza un breve panorama

hist6rico del process carlista en la Espana del XIX y se

destaca especialmente el trasfondo religioso del mismo. En

el segundo, se expone en terminos generals el impact de la

temAtica del carlismo en la novelistica espaiola, y se

incluye una consideracion de ciertos asuntos de Indole

literaria que contribuyen a la comprension de la naturaleza

de las obras a estudiar y al esclarecimiento de las circuns-

tancias en que dichas obras surgieron. En el mismo capitulo

se explica tambien el tipo de aproximaci6n critical empleada

en el anAlisis de los textos seleccionados.

Los tres ultimos capitulos se dedican al studio del

tratamiento del carlismo religioso en las novelas en si

--uno por cada obra, segun el orden cronol6gico de su

publicaci6n. En estos capitulos se examinan las referencias

a la realidad hist6rica y, especfficamente, al carlismo

decimon6nico y su dimension religiosa. Un esfuerzo especial

se lleva a cabo para precisar la funci6n artistic que el

carlismo religioso desempena en la estructura de las

novelas, o el modo en que facility el logro del efecto

estetico que cada autor se propone comunicar. Tambien,

dado que cada obra proyecta una vision subjetiva del

carlismo religioso, se trata de determinar la valoracion

literaria que los autores hacen del mencionado fen6meno; es








decir, abajo qu4 luz presentan ellos la causa "monarquico-

catdlica" y sus partidarios en las obras narrativas? Para

lograr este dltimo prop6sito, se investigan distintos

procedimientos empleados por los escritores, y sobre todo

su manera de caracterizar a los detractors del carlismo

religioso. Como apunta Oscar Mandel, "the status of

a protagonist is invariably a factor of the status of his

opponents.

Por Ultimo, en las conclusions, se resume y justifi-

can las semejanzas y las divergencias entire las distintas

imagenes literarias del carlismo religioso. Y en la

bibliografia, se incluyen tanto las obras citadas en este

studio como las consultadas durante su preparaci6n. Para

identificar la procedencia de las citas aparecidas en el

texto, se anade una seccidn de notas al final de cada capitu-

lo, de la introducci6n y de las conclusions. Cuando se

cita una misma fuente mas de una vez dentro de un mismo

capitulo, s6lo se incluye una nota bibliografica para la

primera cita. Las restantes van acompanadas del titulo de

la fuente y/o el nombre del author, y el ndmero de la pagina

en que aparecen en la edicidn indicada ya en la nota

correspondiente a la primera cita. En los casos necesarios,

se han ajustado la ortografia y la puntuaci6n de los

pasajes citados al uso actual.

Como antecedentes director del present trabajo,

deben senalarse sobre todo los siguientes studios critics

sobre el carlismo en la literature espanola: el articulo









"The Noventayochistas and the Carlist Wars," de Birute

Ciplijauskaite, y las tesis doctorales The Carlist Wars

in the Serial Novels of Gald6s, Baroja and Valle-Inclan,

de Richard Michael Mikulski, y Espana en la obra de Ram6n

del Valle-Inclan, de Maria Dolores Lado. En su articulo,

Birute Ciplijauskaite asocia la atraccion de los novelistas

del 98--Unamuno, Baroja, Valle-Incldn--hacia la tematica

del carlismo, con la preocupaci6n generacional por Espaia.

La autora indica que a pesar de las caracteristicas particu-

lares de cada una de las novelas de los noventayochistas

sobre el carlismo, en todas sobresalen el fragmentarismo y

el perspectivismo. La autora tambi4n menciona la preferen-

cia de estos narradores por captar la dimension intrahist6ri-

ca de la realidad, preferencia que los lleva a interesarse

especialmente por lo ordinario y cotidiano de las guerras

carlistas, asi como por el aspect popular de las mismas

--la participaci6n del pueblo en el conflict.

En su trabajo, Richard Michael Mikulski examine

distintos recursos t6cnicos y estilisticos empleados por

Gald6s (Episodios Nacionales), Baroja (Memorias de un

hombre de acci6n) y Valle-Inclin (Memorias del marquis

de Bradomin, La guerra carlista, El Ruedo Iberico) en su

esfuerzo por transferir las guerras carlistas del plano

hist6rico al literario. Mikulski se ocupa asimismo de asun-

tos extratextuales, como la ideologia polftica de los

autores estudiados y su labor de documentacion hist6rica

como preparaci6n para la redacci6n de las referidas obras.









Como parte de su monografia, por ultimo, Maria Dolores

Lado investiga la tematica general del carlismo tanto en

la producci6n novelistica como en el teatro de Valle-Inclan.

Nuestra tesis doctoral difiere de los mencionados

studios critics en cuanto a su asunto y a los autores

tratados. Como queda ya apuntado, aqui hemos preferido

analizar exclusive y exhaustivamente la repercusidn litera-

ria de la dimension religiosa del carlismo en novelas de

Palacio Valdes, Unamuno y Valle-Inclan. Nunca se habia

estudiado hasta ahora el papel desempenado por el carlismo

religioso en Marta y Maria de Palacio Valdes y en Paz en la

guerra de Unamuno. En Mikulski y en Lado, por otra parte,

las referencias a la presencia del carlismo religioso en la

obra total de Valle-Inclan resultan insuficientes. En

nuestra tesis tambien hemos preferido limitar el ndmero de

obras por autor para poder profundizar en las mismas y

evitar asi las generalidades.

Esta tesis doctoral, en resume, realize fundamental-

mente una triple contribuci6n al campo de la investigaci6n

literaria: 1) represent el primer intent conocido de

examiner sistematicamente las implicaciones religiosas del

carlismo decimon6nico partiendo de la novelistica espanola

de fines del siglo XIX y principios del XX; 2) ilustra de

un modo original la relaci6n entire la realidad y la ficci6n,

uno de los aspects esenciales del arte narrative; y 3)

constitute un revelador studio comparative de obras de

tres figures destacadas de la literature espaiola.





6


Notas



iVicente Palacio Atard, La EspaFa del siglo XIX, 1808-
1898 (Madrid: Espasa-Calpe, 1978), p. 11.

Oscar Mandel, "The Function of the Norm in Don Quixote,"
Modern Philology, 55 (febrero de 1958), 162.


1














CAPITULO I
CONSIDERACIONES HISTORICAL


En Zaragoza, el sexto en la primera series de Episodios

Nacionales de Benito Perez Galdos, el narrador Gabriel

Araceli media sobre la tragica realidad hist6rica del

pueblo espanol. Araceli afirma que "grandes subidas y ba-

jadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y

resurrecciones prodigiosas reserve la Providencia a esta

gente, porque su destiny es poder vivir en la agitacion como

la salamandra en el fuego."1 Las palabras del protagonista

de Zaragoza encuentran una confirmaci6n en la larga e

inquieta historic del siglo XIX espanol, siglo dinamico, de

apasionada violencia. Se trata de una centuria que abarca,

entire otros sucesos, la invasion y ocupaci6n napole6nicas de

la peninsula; la abdicaci6n de Carlos IV y el exilio de la

familiar real; la Guerra de Independencia y la creaci6n de

las Cortes de Cadiz; la vuelta al gobierno absolutista con

el regreso de Fernando VII del destierro en 1814; las tres

guerras carlistas; dos minorias, varias regencias, numerosos

pronunciamientos y distintas constituciones; la fuga de

Isabel II en 1868; la breve monarquia de Amadeo de Saboya;

la formaci6n de la Primera Repdblica; la restauraci6n

borb6nica; la guerra con los Estados Unidos y el desastre

colonial. De todos los hechos acontecidos en la Espana








decimon6nica, sin embargo, es tal vez el conflict carlista

el que ofrece la nota mas dramatica y, a la vez, el que

revela una vision mas profunda de la escindida conciencia

national.



Nacimiento del carlismo


Los origenes inmediatos del carlismo se remontan a

los ultimos diez anos del reinado de Fernando VII (1823-

1833), period que la historiografia liberal identifica con

el nombre de "la ominosa decada." A pesar de la persecuci6n

de la oposici6n liberal que caracteriz6 a este period, la

actuaci6n del monarca no complaci6 del todo a los "realistas

puros" y demas partidarios del Antiguo Regimen, quienes

opinaban que el rey debia mostrarse mis firme contra los

enemigos del absolutismo para evitar el peligro de alzamien-

tos revolucionarios como el que en 1820 habia dado lugar al

llamado "trienio liberal." Los fandticos absolutistas, que

se autodenominaban "los apost6licos," buscaron entonces en

don Carlos Maria Isidro de Borb6n, el mayor de los dos

hermanos de Fernando y presunto heredero del rey, un candi-

dato al trono mas sumiso y dispuesto a establecer una

monarquia teocrdtica. Asi, pues, naci6 el carlismo, y don

Carlos, explica Modesto Lafuente, se convirti6 a los ojos de

los liberals en "simbolo de la intransigencia y de la

negaci6n de toda reform en armonia con las necesidades del

siglo."2









Los proyectos sucesorios de don Carlos y sus seguido-

res, sin embargo, se vieron amenazados por el nacimiento el

10 de octubre de 1830 de la infant Maria Isabel Luisa,

hija de Fernando y de su cuarta esposa Maria Cristina de

Napoles. Desde ese moment habria en Espaia dos pretendien-

tes a la corona, y el carlismo, convertido en conflict

dindstico, se presentaria al mundo como "la causa de la

legitimidad."



La cuesti6n sucesoria



En la tradici6n dindstica castellana, en la ausencia

de hijos varones, las hijas hembras habian gozado siempre

del derecho de heredar el trono segun lo expuesto por

Alfonso X, a mediados del siglo XIII, en la Ley 2.a, Titulo

15, Partida 2.a. Pero esta costumbre fue modificada el 10

de mayo de 1713 por medio del Auto Acordado de Felipe V, el

primer Borb6n de Espana. El "Nuevo Reglamento para la

Sucesi6n," sancionado por las Cortes y con fuerza de ley,

establecia un nuevo orden sucesorio, de caracter semisalico,

ya que sl6o llamaba a las hembras si se agotaban todas las

lines de var6n, aunque ellas y los suyos fuesen de mejor

grado y linea.

El orden sucesorio estipulado por el Auto Acordado de

1713 permaneci6 intact hasta 1789, ano en que se reunieron

las Cortes bajo Carlos IV para jurar heredero al principle

Fernando. En esa ocasi6n, el 30 de septiembre, las Cortes








determinaron que, no obstante la novedad hecha en el

Auto Acordado, se volviera a observer en la sucesion de

la monarquia la costumbre inmemorial atestiguada por la

Ley 2.a, Titulo 15, Partida 2.a, de Alfonso X. Pero esta

disposici6n no se lleg6 a perfeccionar en aquella oportuni-

dad con la necesaria pragmatica para hacerla public. De

hecho, la Novisima Recopilaci6n de 1805, examinada y revisa-

da por el Consejo de Castilla y una junta de ministros,

public la de Felipe V como ley vigente. Por otra parte,

el hecho de que durante la ocupaci6n napole6nica de la

peninsula las Cortes de Cadiz restablecieran en su obra

legislative el orden sucesorio de las Partidas no contribuy6

al esclarecimiento del asunto. El propio Fernando VII,

poco despues de regresar de su destierro en Francia, hubo de

invalidar la Constituci6n de 1812.

Tal era el estado de cosas al producirse el embarazo

de la reina Maria Cristina en 1830 y al decidirse Fernando a

publicar la pragmdtica que sancionaba la ley aprobada en

las Cortes cuarenta anos atrAs. El monarca, deseoso de legar

la corona a un descendiente director de cualquier sexo, y

contando con la posibilidad de que la criatura por nacer

resultase hembra, trataba asi de allanar los impedimentos

legales que habria de encontrar una hija para sucederlo en

el trono. La validez de la pragmatica del 29 de marzo de

1830, sin embargo, fue inmediatamente disputada por los

carlistas, muchos de los cuales, incluyendo el propio don

Carlos, alegaron no haber oido hablar jams de la resoluci6n

supuestamente aprobada por las Cortes de 1789.









La complicaci6n se agudiz6 mas todavia cuando Fernando,

en peligro de muerte y bajo la presi6n de los partidarios

de su hermano, accedi6 a estipular el 18 de septiembre de

1832 un "Decreto derogatorio de la pragmitica," que dejaba

otra vez en efecto el Nuevo Reglamento de 1713. Pero el

monarca, una vez restablecido, y actuando bajo el influjo de

su esposa Maria Cristina y su cuiada Luisa Carlota, quienes

velaban por los intereses de la pequeia Isabel y los suyos

propios, decidi6 extender un "Decreto de nulidad de la dero-

gaci6n de la pragmatica," promulgado el primero de enero de

1833 y por el que se anulaba lo actuado el 18 de septiembre

anterior y se restablecia en todo su vigor la pragmatica del

30 de marzo de 1830 que sancionaba la ley de Cortes de 1789.

A fin de que se reconocieran public y solemnemente los

derechos de sucesion de su hija, los soberanos convocaron

Cortes el 20 de junior de 1833, en la antigua iglesia de San

Jer6nimo en Madrid, para jurar a la infant Isabel por prin-

cesa de Asturias. A la jura de Isabel fue citado tambi6n

el infante don Carlos, quien respondi6 en t6rminos inequivo-

cos a la carta de su real hermano. Escribi6 don Carlos a

Fernando:


Lo que deseas saber es si tengo o no tengo
intenci6n de jurar a tu hija por princess de
Asturias. ;Cuanto desearia el poderlo hacer!
Debes creerme, pues me conoces, y hablo con el
coraz6n, que el mayor gusto que hubiera podido
tener seria el de jurar el primero, y no darte
este disgusto y los que de 61 resulten, pero mi
conciencia y mi honor no me lo permiten; tengo
unos derechos tan legitimos a la corona, siempre
que te sobreviva y no dejes var6n, que no puedo








prescindir de ellos; derechos que Dios me ha dado
cuando fue su voluntad que yo naciese, y solo
Dios me los puede quitar concediendote un hijo
varon, que tanto deseo yo, puede ser que aun mas
que t6; ademds, en ello defiendo la justicia del
derecho que tienen todos los llamados despues
que yo.3

El 29 de septiembre de 1833, tres meses despues de la jura,

falleci6 Fernando en la capital. La muerte del soberano

marc el inicio de una prevista y tragica contienda que

perturb6 la existencia colectiva de Espana por muchos anos.



La primera guerra carlista


El 24 de octubre de 1833 la infant Isabel, de tres

anos de edad, fue proclamada reina de Espana bajo la regen-

cia de Maria Cristina, su madre, y segun lo expuesto en el

testamento de Fernando VII. Pero mientras esto ocurria en

Madrid, el infante Carlos Maria Isidro, con el nombre de

Carlos V, era reconocido como rey de Espana por los carlis-

tas amotinados en Logrono, Vitoria y Bilbao. El propio don

Carlos, el 15 de octubre, habia dirigido ya desde Portugal

una proclama en la que hacia referencia a sus "bien

conocidos derechos a la corona de Espana" y se presentaba

"a sus amados vasallos" como legitimo rey.

Los derechos de don Carlos al trono fueron defendidos

en el campo de batalla por sus partidarios. Al dia

siguiente de la muerte de Fernando VII se alz6 en las media-

nias de Talavera de la Reina un tal Manuel GonzAlez con un








grupo de seguidores. Mas tarde aparecio en las Provincias

Vascongadas y en Navarra el cabecilla Santos Ladr6n de

Guevara. Hubo, despues, mayores brotes. Arag6n, Galicia,

Catalu.a, Valencia y las dos zonas de Castilla fueron

teatros de excursions mas o menos atrevidas. Pero la pri-

mera guerra carlista, en realidad, no se inicio hasta que

apareci6 en Irurzun don Tomas de Zumalacarregui encabezando

su partida legitimista y dirigiendo una campana inteligente-

mente organizada.

Zumalacirregui, quien ocupaba el cargo de capitin

general de las fuerzas carlistas al morir en 1835 durante

el primer sitio de Bilbao, era un gran guerrillero. Dice

Martinez de Campos y Serrano:


La velocidad y la sorpresa eran sus principles
armas. Hostigaba eternamente al adversario.
Procuraba quebrantarlo. Huia en lo possible de
batallas. Preferia las emboscadas. Su estrategia
consistia en el desorden, siempre beneficioso
cuando bien aprovechado.5

Mientras los carlistas libraban este tipo de guerra, que

caracteriz6 sus esfuerzos belicos durante el siglo XIX,

Carlos V, quien habia cruzado los Pireneos el 9 de julio de

1834 para gobernar la parte de Espana bajo el control de su

ejercito legitimista, se desplazaba con su corte ambulante

de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, segun lo determinaba

la suerte que iba corriendo la campaia.

Segun Antonio Ubieto y otros, la evoluci6n de la

primera guerra carlista, llamada tambien la Guerra de los








Siete AEos por haberse extendido de 1833 a 1840, se

present en tres fases sucesivas. Durante la primera fase,
desde octubre de 1833 hasta junio de 1835, los respectivos

ejercitos se organizaron, establecieron bases de operaciones

y se fortificaron. La segunda fase, que se prolong hasta

octubre de 1837, se distingui6 por el escalonamiento del

conflict. Durante estos dos anos no sl6o emprendieron

los carlistas proyectos ambiciosos, de mayor alcance, como

el sitio de Bilbao el verano de 1835, sino que la acci6n

military en si, desbordAndose del Pais Vasco, Navarra y el

Maestrazgo, teatro de operaciones al que se habia circuns-

crito hasta 1835, se difundi6 a otras zonas del pais. A

este segundo period correspondent la famosa expedicion del

general G6mez, quien con sus carlistas atraves6 Espana desde

el Pais Vasco hasta Cadiz, y la denominada "expedicion real,"

que, encabezada por el propio don Carlos y compuesta de

12.000 bayonetas y 1.600 lanzas, lleg6 en septiembre de

1837 a las mismas puertas de Madrid despues de pasar por

Valencia. El fracaso de esta expedici6n, que oblig6 al pre-

tendiente a repasar el Ebro el 15 de octubre siguiente,

sepal6 el inicio de la tercera y ultima fase de la primera

guerra: la del desgaste y el desenlace.

A pesar de victorias militares esporidicas, como la

capture de la ciudad de Morella la noche del 25 al 26 de

enero de 1838 por el legendario general carlista Ram6n

Cabrera, "el Tigre del Maestrazgo," la causa perdi6 empuje

al verse afectada por deserciones y disputes internal.








Ademds, como indica Raymond Carr, habia llegado el moment

en que "the Carlist reservoirs of manpower, their improvised

factories, their taxes and contributions were incapable of

sustaining a war against the resources of nine-tenths of

Spain."' El propio Carr senala que hacia 1839, el general

liberal Baldomero Espartero, al mando de las tropas cristi-

nas, contaba con 100.000 hombres y 700 caoones para enfren-

tarse a los 32.000 carlistas en armas y a sus 52 piezas de

artilleria (p. 191).

El ultimo dia de agosto de ese mismo ano, el general

carlista Maroto, en nombre de las divisions guipuzcoanas,

vizcainas y castellanas, concert en Vergara un armisticio

con el general Espartero. Este se comprometia ante Maroto a

confirmar los grades, empleos y condecoraciones de todos los

carlistas que depusieran sus armas, y a interceder ante el

gobierno de Madrid a favor de los fueros o privilegios

regionales de Vizcaya y Guipuzcoa. El Convenio de Vergara,

gestionado unilateralmente por Maroto por la parte carlista

y denunciado por don Carlos y por el general Cabrera como

acto de alta traici6n, constituy6 un golpe de gracia para la

causa del pretendiente. Don Carlos, abandonado por una parte

substantial de su ejercito, cruz6 la frontera con rumbo a

Francia el 14 de septiembre de 1839.

En el campo de batalla s61o sobrevivieron la ida del

pretendiente algunos regimientos que, bajo las 6rdenes de

Cabrera, se mantuvieron activos en Cataluna y en Arag6n.

En mayo de 1840, sin embargo, Espartero tom6 la ciudad de








Morella de manos de Cabrera y este, con 6.000 seguidores, se

vio obligado a cruzar el Ebro en direcci6n a Berga, villa

catalana capturada tambien por Espartero el 4 de julio

siguiente. Dos dias despues, a las tres de la manana del

6 de julio de 1840, Cabrera penetro en territorio frances.

Habia terminado la primera guerra carlista.



La segunda guerra carlista


A pesar del cese de las hostilidades, el carlismo

seguia contando en EspaEa con numerosos simpatizantes,

incluyendo a muchos miembros del clero: "Most of the clergy

had been and many remained at heart Carlists," apunta
8
Kiernan. Y en el otono de 1846, seis anos despues de fina-

lizar la primera campana e invocando entusiAsticamente el

nombre de un nuevo pretendiente carlista, surgio otra vez en

las montaFas de Catalufa un numero de bandas guerrilleras

que dieron comienzo a la llamada Guerra de los madrugadores

o segunda guerra carlista.

Poco mis de un ao antes, el 18 de mayo de 1845, don

Carlos Maria Isidro habia abdicado en favor de su hijo mayor,

don Carlos Luis de Borb6n y Braganza, conde de Montemolin,

que aspir6 al trono ocupado por su prima Isabel II con el

nombre de Carlos VI. Hacia 1848, el nuevo pretendiente,

deseoso de que el mencionado conflict belico adquiriese

mayores proporciones, encarg6 a Cabrera la tarea de encabe-

zar y organizer a los rebeldes en Cataluna, Arag6n y Valencia.








Con ese prop6sito, el veteran general se traslado a

Cataluna en junio de 1848, donde hacia fines de ese mismo

ano contaba ya con un ejercito de 10.000 hombres.

Los esfuerzos de Cabrera en Cataluia, sin embargo, no

recibieron un respaldo substantial en otras regions del

pais, y la situaci6n de los carlistas rebeldes deterioro

al ser detenido Carlos VI en la frontera francesa antes de

poder pasar a Espana para unirse a su ejercito legitimista.

Cabrera, viendose solo, y convencido de que cualquier

esfuerzo future seria inutil para alcanzar una victoria,

decidi6 regresar a Francia en 1849, diez meses despues de su

llegada clandestine a Espana. Hacia mayo de ese mismo ano

ya reinaba la paz de nuevo en el norte.


Antecedentes de la tercera y dltima guerra


Carlos V falleci6 el 10 de marzo de 1855, y en enero de

1861 murieron sin descendientes sus hijos Carlos VI y don

Fernando, dejando la linea de sucesi6n abierta a don Juan de

Borb6n, el menor de los tres hermanos. Pero don Juan, en

carta del 26 de julio de 1862 a Isabel II, rechaz6 cualquier

derecho suyo al trono y acept6 a su prima como reina de

Espana. El hijo mayor de don Juan, don Carlos Maria de los

Dolores de Borb6n y M6dena, pas6 entonces a ejercer el

caudillaje de la causa legitimista. Butler Clarke informa

que los derechos del nuevo pretendiente a la corona espanola

fueron ratificados durante una junta general de personalidades








carlistas celebrada en la ciudad de Londres el 20 de julio

de 1868: "Don Carlos Maria was greeted as King, his father's

submission to the usurping Government being taken as

equivalent to abdication."9 Durante este acto, se le

concedi6 al joven don Carlos el nombre de Carlos VII y el

titulo de duque de Madrid. Con el tiempo, el propio don

Juan, renegando de su acto de sumisi6n a Isabel, reconoceria

a su hijo como legitimo pretendiente.

Mientras tanto, las ca6ticas circunstancias political

que se experimentaban dentro de Espaia favorecian a todas

luces el porvenir de la causa carlista. El pronunciamiento

del almirante Juan Bautista Topete en Cadiz, el 18 de

septiembre de 1868, forz6 a abandonar el pais a la reina

Isabel II, cuya mayoria de edad habia sido proclamada

veinticinco anos antes, el 8 de noviembre de 1843. A media

que habia transcurrido el tiempo, la soberana habia ido

perdiendo la confianza de muchos de sus subditos a causa de

su ineptitud e inmoralidad: "Her immorality, her indolence,

the immense influence which she had allowed her camarilla

to exert in public affairs, had lost her the trust of

politicians and people alike," observa Aronson.10

Un gobierno provisional, encabezado por el general

Serrano, quedo en control de la situaci6n en Espana despues

de la fuga de Isabel a Francia, y al poco tiempo convoco a

elecciones para crear unas Cortes Constituyentes. Estas,

una vez establecidas, y segun la Constituci6n promulgada

en junio de 1869, optaron por hacer de Espana una "monarquia









democratic" en la que el verdadero poder fuera ejercido

por dos cAmaras. Numerosos nombres, entire los que figure el

del viejo general Espartero, artifice del ya mencionado

Convenio de Vergara, fueron considerados por las Cortes

para el cargo de monarca constitutional. Pero despues de

muchas gestiones esteriles, fue al principe italiano Amadeo

de Saboya a quien se le ofreci6 la corona de Espaia a fines

de 1870, y quien la acept6.

Muchos espaioles no estaban satisfechos con el nuevo

estado de cosas. La nueva Constituci6n, sobre todo, no era

de su agrado. Louis Bertrand y Charles Petrie comentan que

"the vast majority of the nation was revolted by its

anticlericalism, and in their despair of the restoration of

Isabel many leaders of the Right turned to the Carlists as

their only hope."11 Ademas, la selecci6n del nuevo monarca

extranjero, apodado "el rey intruso" y "Amadeo macarronini"

por las masas, habia ofendido a muchas conciencias pues se

trataba del segundo hijo del excomulgado Victor Manuel II

de Italia. Charles Chapman explica que los miembros del

clero, especialmente, "were deeply offended by the choice of

a monarch from the House of Savoy, which had just occupied

the last remnant of the Papal States and made the pope a

prisoner of the Vatican."12 Las palabras del pretendiente

don Carlos VII el 8 de diciembre de 1870, resumian el senti-

miento de los catolicos espanoles: "Protesto contra el

ultraje que se causa a la fe de Espana buscando cabalmente

ese Rey en el hijo del que esta hoy hiriendo al catolicismo








y a toda la cristiandad en la augusta y santa cabeza de

Pio IX."13

Aconsejados por don Candido Nocedal, personaje carlista

moderado que confiaba mis en el valor de los procedimientos

politicos que en el de la acci6n belica, los carlistas

decidieron probar fortune vali6ndose del sistema electoral

implantado por la Constituci6n del 69. Pero cuando pareci6

que los partidarios de don Carlos, a traves de los medios

constitucionales, tenian asegurada ya una victoria electoral

en los comicios de abril de 1872, el amenazado primer

ministry Praxedes Sagasta intervino, adoptando las medidas

necesarias para reprimir la oposici6n. Clarke declara que

"by so doing, he furnished the Carlist war party with an

unanswerable argument." Y anade: "What hope, they argued,

have we of success by legal means when elections are

scandalously falsified and we are playing against loaded

dice?" (p. 329).

Los carlistas comprendieron entonces que el triunfo

de su causa dependia solo de las armas, y, con la aprobaci6n

de Nocedal y los frustrados moderados, don Carlos lanz6 la

siguiente proclama el 14 de abril de 1872, declarando la

guerra al entonces monarca constitutional Amadeo de Saboya

y dando por iniciada la tercera guerra carlista:


El moment solemne ha llegado. Los buenos espa-
noles llaman a su legitimo Rey, y el Rey no puede
desoir los clamores de la Patria. Ordeno y mando
que el dia 21 del corriente se haga el alzamiento
en toda Espana al grito de ;Abajo el extranjero!
;Viva Espaia! Yo estare de los primeros en el









puesto de peligro. El que cumpla merecerd bien
del Rey y de la Patria; el que no cumpla sufrira
todo el rigor de mi justicia.14



La tercera guerra carlista


El comienzo de la tercera guerra result desastroso

para los carlistas, que en realidad no habian tenido tiempo

suficiente para organizarse debidamente. El 4 de mayo de

1872, dos dias despues de entrar don Carlos en Navarra, el

amadeista general Moriones sorprendi6 y derroto en Oroquieta

al pequeno e improvisado ejercito voluntario del pretendien-

te, quien pudo escapar de las manos del enemigo y se vio

obligado a regresar a Francia al dia siguiente. Dos

semanas mas tarde, el 24 de mayo, por los terminos del

Convenio de Amorebieta, el general Serrano concedi6 amnistia

general, en nombre de Amadeo, a todos los carlistas que

depusieran sus armas. S6lo en Arag6n y en Cataluia, donde

habia empezado la insurrecci6n, algunas bandas guerrilleras

continuaron luchando a favor de don Carlos, pero hacia

fines de 1872 apenas contaban ya con unos 3.000 voluntarios.

Lo que vino a salvar la causa de los militants

carlistas fue la creaci6n en Espana de la Primera Republica

a raiz de la abdicaci6n en febrero de 1873 del desafortunado

Amadeo de Saboya, quien se habia llegado a encontrar

totalmente abandonado en el laberinto de la political espa-

nola. La Republica fue la invenci6n de las dos antiguas

Camaras de las Cortes, que al abdicar el monarca se fundieron








para former una sola Asamblea depositaria del poder politico.

Para algunos, la Republica era "un nuevo sol que se levanta

por su propia fuerza en el cielo de nuestra patria," segdn

las palabras de Emilio Castelar ante la referida Asamblea

el 11 de febrero de 1873, recogidas por Ballesteros y

Beretta en su citada Historia de Espana (VIII, 210). Para

muchos otros, sin embargo, para los cuales el reinado de

Amadeo ya habia representado un insulto, la Republica ahora

constitula un experiment abominable, algo intolerable.

Por una parte, se encontraba el anticlericalismo de la

recien creada Republica, que le concedia al carlismo en

armas un caracter de causa santa en defense de la religion

amenazada: "With the appearance of an avowedly anticlerical

Republic the Carlist rising took on the aspect of a national

crusade," afirma Charles Hennessy.15 Por otra parte, a los

ojos de muchos, el sistema de gobierno republican iba en

contra de la tradici6n espanola. Los republicans, ademas,

se manifestaban incapaces de mantener el orden en la naci6n

y aun dentro de sus propias filas. Bertrand y Petrie

senalan que "everywhere the troops mutinied (in many cases

shooting their officers), priests were attacked and murdered,

and in many instances private property was abolished"

(p. 486). Fue asi como el carlismo, unica fuerza de peso

opuesta a la Republica y consagrada al ideal monarquico,

comenz6 a ser visto tambien como una empresa patri6tica.

En el frente de batalla los carlistas comenzaron a

anotarse victoria tras victoria. Hacia 1874, ano en que por








segunda vez en el transcurso del siglo los legitimistas

intentaron en vano la capture de la ciudad de Bilbao,

existia ya en el norte un Estado carlista con su capital en

la ciudad navarra de Estella, su propio gobierno, su sistema

de comunicaciones telegrificas y sus peri6dicos. Carlos VII

acuE6 moneda, emiti6 sellos con su efigie, construy6 caminos

y concedi6 titulos nobiliarios. Los gastos de la guerra

eran sufragados por medio de contribuciones, bonos,

impuestos, derechos de aduana y pagos de las companies

ferroviarias cuyas vias atravesaban el territorio ocupado.

Para equipar a su ejercito, el Estado carlista contaba con

las fabricas de armamentos de Eibar, Placencia, Elgoibar y

Azpeitia, la de p6lvora de Araoz y la fundici6n de Vera.

Tambien se fund una Academia de cadetes para asegurar la

formaci6n tecnica de la nueva oficialidad, y, por no

resultar suficiente el numero de voluntarios en armas, no

obstante el casi unAnime enardecimiento de los vascos y

navarros a favor de don Carlos, se llev6 a cabo un active

program de reclutamiento dentro de la zona abarcada por el

Estado: "Todos los hombres de dieciocho a cuarenta aios

fueron llamados a las armas por las diputaciones provincia-

les, que castigaban a las families de los mozos no presen-

tados y fijaron un cuadro de excenciones sobremanera riguro-

so," informa Fernandez Almagro en su obra citada (I, 136-37).

Fernandez Almagro anade que a principios de 1875, el

ejercito carlista ocupaba casi todo el territorio al norte

del rio Ebro y contaba ya en el frente norte con 33.860








soldados de infanteria, 1.808 soldados de caballeria y

79 canones (I, 270).

Los avances de las tropas eran seguidos de cerca por

Carlos VII y su esposa Margarita de Parma, que se encontra-

ban en Espana desde 1873. Los monarcas, al igual que

Carlos V durante la primera guerra, habian organizado una

"Corte n6mada" que, segun Fernandez Almagro, pronto se con-

virti6 en "indefectible centro de la fe y la ilusion popu-

lar" con su clima "saturado de tradici6n monarquica y

caballerescas virtudes" (I, 133 y 259). La presencia en el

frente de la joven, atractiva y dinamica pareja real result

un motive de entusiasmo e inspiraci6n para los combatientes

legitimistas.

No obstante el apogeo military disfrutado por la causa

a lo largo de los a os 73 y 74, el carlismo se vio afectado

durante esta tercera guerra por las mismas dificultades que

habia encontrado ya en las contiendas anteriores. Por una

parte, parecia incapaz de extender su influencia mas alla de

las fronteras de ciertas regions geograficas que siempre se

habian manifestado leales al pretendiente. For otra parte,

el carlismo continuaba siendo un fen6meno esencialmente

rural, desde-ado en las grandes ciudades por el proletariado

y tambien por las classes ilustradas, las cuales, dice Carr,

"saw in liberalism a political system better suited to their

interests and way of life" (p. 187). Para los carlistas,

era mas facil ganar el apoyo de las masas campesinas, mis

apegadas a la tradicion y reacias al cambio. Ademas, como








en las guerras pasadas, los combatientes legitimistas

nunca llegaron a superar en realidad su caracter de milicia

improvisada, capaz de library operaciones guerrilleras en

las montanas pero no de ganar batallas contra un ejercito

regular como el del gobierno de Madrid. Y con entusiasmo

solo no era possible alcanzar la victoria. Fernandez

Almagro indica que "la guerra no se podia decidir en sorpre-

sas, escaramuzas y emboscadas" (I, 284).

Lo que dao6 la suerte de la causa irreparablemente,

sin embargo, fue la instauraci6n del reinado de Alfonso XII

en Espana, hecho conocido en la historic con el nombre de

"la restauraci6n borb6nica." Dos dias antes de terminar el

ano 1874 se produjo el pronunciamiento del general republi-

cano Martinez Campos en Sagunto. El general, al frente de

sus tropas, proclam6 rey de Espana a Alfonso, hijo de la

depuesta Isabel II y en quien la reina habia abdicado simboli-

camente en 1870. La rebeli6n, que recibi6 prontamente el

respaldo de otros destacamentos militares y de civiles que

no simpatizaban con la Republica ni con don Carlos, se dio

por terminada los primeros dias de enero de 1875, al exigir

y obtener el general Primo de Rivera la renuncia del

gobierno republican en pleno. Notificado en Paris de los

acontecimientos por Canovas del Castillo y el propio Primo

de Rivera, Alfonso partio inmediatamente hacia Espana,

adonde lleg6 el 10 de enero del mismo aio. Cuatro dias

despues, a los diecisiete anos de edad, el nuevo rey hizo su

entrada triunfal en Madrid. La Republica era ya cosa del

pasado.








La llegada de Alfonso a Espaia vino a restarle al

carlismo el empuje que le habia concedido la creacion de

la Repdblica: "Now the monarchy had been restored, Spain

could look forward to orderly government and the new King

actually upheld many of the principles which inspired Don

Carlos," observa Edgar Holt. Y agrega: "There was no place

for a Carlist pretender in the new monarchical Spain."16

Don Carlos perdi6 el apoyo de los que habian estado dispues-

tos a aceptarlo como ultimo recurso para el derrocamiento

de la Republica. AdemAs, el reconocimiento del rey

Alfonso XII por el papa, el 3 de mayo de 1875, debilit6

considerablemente la posici6n del pretendiente ante el clero

y los fieles espanoles en general.

En el campo de batalla, el ano 1875 marc un period de

retroceso continue para las tropas carlistas. Hacia

diciembre, apunta Fernandez Almagro, el numero de los

components del ejercito alfonsino en el frente norte habia

aumentado de 78.782 infants, 2.651 caballos y 92 piezas de

artilleria con que contaba en el mes de marzo anterior, a

102.194 infants, 3.716 caballos y 114 piezas. Los carlistas,

en la misma fecha, disponian en el frente norte de 32.976

soldados de infanteria, 1.769 caballos y 109 canones (I, 277-

78). Pero las mayores derrotas militares sufridas por los

legitimistas acontecieron a principios de 1876. Estella, su

capital desde agosto de 1873, cay6 en manos de Primo de

Rivera el 19 de febrero, y el ultimo dia de ese mes, a los

acordes de la Marcha Real y en presencia de los restos de su


I









ejercito, don Carlos pas6 a Francia por el puente de

Arneguy. La proclamacion de una amnistia general para los

legitimistas que depusieran sus armas antes del 15 de marzo

fue seguida por el cese de las hostilidades en el campo de

batalla. Era el fin de la tercera guerra, despues de la

cual el carlismo nunca mAs volvi6 a presentar una amenaza

real para los gobiernos de la naci6n, aunque la causa no ha

dejado de contar con adeptos hasta el dia de hoy.



El program carlista


Si el carlismo no hubiese pasado de ser una cuesti6n

dinastica, seguramente nunca hubiera llegado a poseer el

vigor que manifest durante el siglo XIX, ni hubiera sido

capaz de dejar tras si su tragica estela de miles de

muertes.17 Pero como declara Jose Extramiana, el ingredien-

te dinAstico fue sl6o "el pretext y detonador de la con-

tienda."18 Fue "el catalizador para precipitar en torno a

don Carlos a todos los enemigos de las reforms liberalss"

expresa Vicente Palacio Atard.19 La lucha por la legitimidad

constituy6 tambien la lucha a favor de las viejas estructu-

ras pollticas y religiosas. Dice Melveena McKendrick:


Under the banner of Carlism there assembled
everyone who saw in liberalism and the Constitution
a betrayal of all that Spain had stood for in the
days of her greatness--an absolute monarchy
independent of Europe and dedicated to Catholicism.
Within such a monarchy, united in loyalty and
faith, the regions could live their own traditional
lives faithful to the memory of those days when








regions were kingdoms. Carlism in other words
was nostalgia for the past, and as such exerted
an attraction for Spaniards which has not yet
died out.20


En la esfera socioecon6mica, ademas, el carlismo

constituy6 una reacci6n de ciertos sectors rurales ante el

progresso" favorecido por el liberalism. Fenomenos como

la industrializaci6n y la urbanizaci6n, frutos de ese

progresso," fortalecen el poder de las ciudades, aumentan

el control que los intereses urbanos ejercen sobre el campo,

y amenazan la estabilidad e independencia econ6micas de las

comunidades agrarias. Por otra parte, pensadores carlistas

como Juan Vazquez de Mella se opusieron tambien al sistema

capitalist implantado por el liberalism ya que, segun

ellos, viola los preceptos de la caridad cristiana al

establecer la explotacion del obrero; atenta contra la

dignidad del trabajo human, convirtiendolo en negocio; y

hace del hombre una mAquina.21

El carlismo, pues, con su lema de "Dios, Patria, Rey,

Fueros," respondia a una determinada y elaborada vision

econ6mica, social, political y religiosa del mundo. Por eso,

senala Pena e Ibanez, en las contiendas carlistas, en las

cuales se enfrentaron los defensores del Antiguo Regimen con

los partidarios del liberalism materialista e innovador,

"lo que verdaderamente se discutio fue el ser de Espaia.22

El propio Carlos V, en su proclama a los pueblos de Navarra

y Provincias Vascongadas el 30 de agosto de 1839, citada por

Pando Fernandez de Pinedo, reconoci6 que la guerra no era

s6lo de sucesi6n sino de principios (II, 193).








El principio de la monarquia absolute



Entre los principios defendidos por el carlismo

decimon6nico se encontraba el de la monarquia absolute. Los

partidarios del ideal monarquico-absolutista en la Espaia

del XIX no podian aceptar la instituci6n de la monarquia

constitutional, en la que el soberano desempena un papel

limitado por el alcance de una Constitucion. Este sistema

de gobierno, para los absolutistas, era una abominable

creaci6n del liberalism. Segun ellos, el principe cristia-

no, que ejerce un poder de origen divino, no debe verse

obligado a ceder o a compartir su autoridad. Valentin

G6mez present el punto de vista tradicionalista:


El liberalism derriba los tronos y crea la
monarquia constitutional, negando de ese modo el
poder de origen divino de los reyes, lo que hace
que la realeza llegue a ser innecesaria. En
efecto, el poder real, por su misma esencia, no
puede compartirse; por eso el principle liberal
pierde, no solo su autoridad, sino tambien su
honra, pues mendiga una autoridad que Dios le
habia otorgado plenamente.23


Los absolutistas tambien se oponian, por supuesto, a

la forma de gobierno representative del regimen republican.

En este sistema, comenta G6mez, los candidates sl6o son

"gente aventurera comida por el satanico fuego de la

ambici6n," y, los electores, "una manada de corderos que

siguen al que les ensena un pedazo de pan" (p. 161).








Las libertades forales



En Espana, indica Palacio Atard, el sistema foral

habia asegurado en ciertas regions un modo de gobierno

auton6mico, la aplicaci6n de la justicia por jueces propios,

la exenci6n del regimen fiscal ordinario de las provincias

de la Corona de Castilla, y el derecho de mantener milicias

propias, sin necesidad de proveer reclutas al ejercito del

gobierno de Madrid (p. 173). A estos privilegios regionales

se mostraban hostiles los gobiernos liberals, y, para

ganarse la simpatia de los amantes de las libertades amena-

zadas, los pretendientes carlistas se declararon siempre

partidarios de proteger el regimen foral en caso de conquis-

tar el trono.

De hecho, uno de los manifiestos mas importantes del

carlismo fue el firmado el 16 de junior de 1872 por Carlos VII

y en el cual el pretendiente reconocia solemnemente los

fueros de CataluFa. Y uno de los moments mas emocionantes

durante la tercera guerra carlista fue el de la jura de los

fueros de Vizcaya, tambien por Carlos VII, en acto celebrado

bajo el roble de Guernica, donde cuatro siglos atras los

Reyes Cat6licos habian jurado los mismos privilegios.

Fue esta alianza con los fueristas lo que en gran parte

determine la popularidad de la causa legitimista en el Pais

Vasco, en Cataluna y en Arag6n. Apunta Bradley Smith:


Nobility within the Carlist movement represented
a potent minority, but the war was fought
primarily by peasants from those parts of Spain








that held sacred the right of the individual to
control his immediate environment. Basques,
Catalans and Aragonese fought for the right of
self-determination first and for Don Carlos
afterward. They fought against a liberal sector
which believed that if the country was to
progress no separate laws and privileges could
be granted to each region; that constitutional
government must prevail; that only a Spain
united could solve its pressing problems.24


Los liberals lograron por fin imponer la supresi6n de

los privilegios regionales despu6s de la derrota de los

carlistas en la tercera guerra. Fernandez Almagro informa

que una disposici6n patrocinada por Canovas del Castillo y

aprobada el 21 de julio de 1876 por las Cortes, extendio

"los deberes de acudir al servicio de armas cuando la ley

los llama, y de contribuir, en proporci6n a sus deberes, a

los gastos del Estado, a los habitantes de Vizcaya, Guipuzcoa

y Alava, del mismo modo que a todos los demas de la naci6n"

(I, 310-11).


La cuesti6n religiosa


En esta "lucha de principios" en la Espana del siglo

XIX, el carlismo tambien se declare protector de los intere-

ses de la religion cat6lica y se propuso restaurar la vieja

alianza entire el altar y el trono, que habia sido la marca

de los monarcas de la Casa de Austria y que luego se habia

debilitado bajo los Borbones. Segun Antonio Ramos-Oliveira,

la Iglesia misma crea el carlismo "cuando advierte que la

monarqufa de Fernando se opone a que Espana sea la teocracia








ideal con que los faniticos sonaban."25 Y agrega Ramos-

Oliveira:


Que el tendon ideal del carlismo era la teocracia
no ofrece duda. Todos los hilos nos llevan a esa
conclusion, y por si no bastara, ahi esta la par-
ticipacion del clero en la guerra, sobre todo el
regular; y el propio Cabrera, el insustituible
caudillo de la causa, que debia saber lo que
queria cuando asolaba el Maestrazgo, vino a corro-
borarlo a su regreso de Londres, en 1848, cuando,
retractandose de su viejo credo, declare que habia
pasado la hora de la Inquisici6n y el gobierno de
los frailes. (II, 238)

Carlos V, caracterizado por Carr como "a sixteenth-

century theocrat who passed among his followers as a saint,"

estableci6 desde el principio una intima asociaci6n entire el

legitimismo y el catolicismo (p. 185). Una victoria de su

ejercito, consagrado a la Virgen de los Dolores, "would have

brought to the throne a man who believed absolute power

under God must be exercised for the 'Glory of God and the

prosperity of his Sacred Religion,'" asegura Carr (p. 185).

Treinta y cinco anos despues de finalizar la primera guerra,

Carlos VII, nieto del primer pretendiente, todavia segufa la

misma linea trazada por sus antecesores en material de

religion: "Espana es cat6lica y yo satisfare sus sen-

timientos religiosos," afirm6 Carlos Maria de los Dolores en

el manifiesto firmado en Morentin, el 16 de julio de 1874, y

citado por Fernandez Almagro (I, 226). El 7 de noviembre

anterior, este mismo pretendiente habia acudido a Loyola,

centro spiritual del Pais Vasco, para ser ungido solemne-

mente en su santuario y sellar asi su pacto con la Iglesia.








Ahora bien, los carlistas ofrecian al pueblo espanol un

renacimiento cat6lico en una epoca caracterizada por un

violent antagonismo entire la Iglesia y los progresistas en

el poder. John N. Schumacher observa que "the struggle of

the Catholic Church against Liberalism in the nineteenth

century nowhere, perhaps, took such extreme forms as it did
26
in Spain."26 Los gobiernos liberals se ensanaban en la

Iglesia, tratando de deshacer en un dia los frutos de trece

siglos de historic espanola. La Iglesia, a su vez, desco-

nociendo a menudo las necesidades del siglo, se negaba a

renunciar a ninguno de sus privilegios.

En la Espana decimon6nica, los ataques a la Iglesia

por parte de los liberals se remontaban al gobierno de las

Cortes de Cadiz, organismo de tendencies liberalizantes que

habia regido el destino de los espanoles libres durante los

6ltimos anos de la presencia napole6nica en Espana, y cuya

labor, explican Antonio Ubieto y otros, "habia desmontado

privilegios y pretendido subvertir un orden estamental"

(p. 451). Los legisladores de Cadiz habian decretado, entire

otras cosas: la incautaci6n del Fondo de Obras Pias (1 de

abril de 1811); la venta de bienes de las 6rdenes militares

(28 de agosto de 1811); el cierre de los conventos extin-

guidos o reformados por el gobierno de ocupaci6n frances

(agosto de 1812); la supresi6n del Tribunal del Santo Oficio

o Inquisici6n (5 de febrero de 1813); y la expulsion del

nuncio Gravina (5 de abril de 1813). Tambien habian proyec-

tado la celebraci6n de un sinodo national sin autorizaci6n








de la Santa Sede, pero el comienzo del reinado absolutista

de Fernando VII en 1814 no lo permiti6. El monarca,

ademas, orden6 la devolucion de los bienes eclesiasticos

expropiados.

La tregua disfrutada por la Iglesia se extendio apenas

hasta 1820, ano en que se produjo la sublevacion iniciada

por el entonces comandante asturiano Rafael de Riego, y en

que el rey Fernando se vio forzado a jurar la Constituci6n

de 1812 y a establecer un gobierno parlamentario. Durante

la nueva estancia de los liberals en el poder, conocida en

la historic como "el trienio liberal," se volvieron a imple-

mentar medidas anticlericales: el 14 de agosto de 1820 se

decret6 la expulsion de los jesultas de Espana y sus domi-

nios, y en octubre del mismo ano se ordeno la supresion de

todos los monasteries de las 6rdenes monasticas y la reform

de las demas 6rdenes religiosas. Palacio Atard senala que

esta ultima reformm" liberal prohibia las nuevas profesio-

nes religiosas, vedaba la fundaci6n de nuevos conventos y

mandaba el cierre de todas las casas con menos de veinticua-

tro profesos (p. 123). Ademas, explica Palacio Atard, no

podian mantenerse conventos en pueblos de menos de 400

habitantes ni se permitia mas de un convento de una misma

orden en una ciudad, y las casas subsistentes quedaban some-

tidas a los ordinarios diocesanos, por lo que se destruia la

organizacion jerarquica de las 6rdenes con quebranto del

derecho can6nico (p. 123). Segun William Callahan, a prin-

cipios de 1822 se habian clausurado ya 801 casas religiosas,








de un total de 1.661, y sus bienes habian pasado al

erario.27 El clima de anticlericalismo durante el trienio

liberal se caracteriz6 tambien por actos de violencia diri-

gidos contra individuos del clero. Como resultado, hubo

sacerdotes y religiosos que perdieron su vida, y algunos

prelados, entire ellos los de Tarragona, Oviedo, Menorca y

Barcelona, sufrieron persecuci6n y fueron expatriados. El

obispo de Vich, fray Ram6n Strauch, fue pasado por las

armas el 16 de abril de 1823.

El advenimiento de la llamada "d6cada ominosa" o

segundo period absolutista de Fernando VII (1823-1833) puso

fin a los ataques contra la Iglesia. Despues del falleci-

miento del monarca en 1833, sin embargo, la reina regente,

Maria Cristina, se vio forzada a aceptar la colaboraci6n de

los liberals para asegurar la posici6n de su hija Isabel

ante las amenazas carlistas. Esta alianza de conveniencia

trajo como resultado el acceso definitive de los liberals

a los puestos de mando y la adopcion de nuevas medidas

anticlericales.

En julio de 1834, en Madrid, una muchedumbre movida

por agitadores liberals dio muerte impunemente a cerca de

un centenar de frailes en los conventos de San Francisco,

la Merced, Santo TomAs y San Isidro. Estos incidents

sangrientos, report Manuel Ciges Aparicio, se repitieron

pronto en otras ciudades espanolas:


Centenares de conventos desaparecen entire llamas.
Se respeta a las religiosas, pero no a monjes
ni a jesuitas. Fuera del radio que ocupan los








carlistas se grita: ";Mueran los frailes!" Y
donde el carlismo domina se responded con rabia:
";Mueran los liberales!"28

El 4 de julio de 1834 se decret6 de nuevo la extinci6n de

la Compania de Jesus en Espana; el 25 se orden6 el cierre de

todos los monasteries y conventos con menos de doce profe-

sos; y el 8 de octubre de ese ano se prohibit a los prelados

conferir 6rdenes mayores. En marzo de 1836 las propiedades

de las 6rdenes se transformaron en bienes nacionales, y en

julio de 1837 se anunci6 la supresi6n del diezmo, la clausu-

ra de todos los conventos y la confiscaci6n de las propieda-

des del clero secular. Ballesteros y Beretta declara que

durante estos anos, al igual que durante el transcurso del

trienio liberal, muchos obispos sufrieron persecucion,

prisi6n o exilio:


Los metropolitanos de Toledo, Valencia, Granada
y Burgos estaban en el destierro. El cardenal
Cienfuegos, arzobispo de Sevilla, habia sido con-
finado a Cartagena (1836) y el padre Velez,
arzobispo de Santiago, sufria igual pena en
Menorca (21 de abril de 1835). El senor Echanove,
arzobispo de Tarragona, se vio precisado a refu-
giarse en una corbeta inglesa porque, desamparado
de las autoridades, el populacho asalt6 su palacio
y quem6 los conventos (1835); de Mah6n paso a
Francia. A Francia se traslad6 asi mismo en mise-
rable estado el octogenario obispo de Barbastro.
El senor Andriani, obispo de Pamplona, se hallaba
confinado en Ariza, y el de Palencia, senor
Laborda, ingresaba en la circel de Corte de Madrid
sin un maravedi para su natural subsistencia (8 de
abril de 1835). Hasta el padre Cirilo, obispo de
Cuba, era perseguido por sus turbulentos preben-
dados, a quienes protegia el general progresista
Lorenzo. (VII, 683)








La incautaci6n y venta de los bienes de la Iglesia

durante 1836 y 1837 fueron parte del program de desamorti-

zaci6n implementado por el gobierno del entonces primer

ministry Juan Alvares Mendizabal. Mediante las oportunas

medidas legislativas, este program hacia posibles la venta,

enajenacion o repartici6n de las tierras y los bienes

vinculados hasta el moment a la Iglesia y a la nobleza.

For una parte, la desamortizaci6n iba encaminada a salvar

al gobierno liberal de la bancarrota, obligado como estaba a

sufragar los gastos de la costosa contienda military contra

los carlistas. Por otra parte, al debilitar el poder

econ6mico de los dos pilares del Antiguo Regimen, anunciaba

una radical transformaci6n social en Espana.

La desamortizaci6n, sin embargo, no rindi6 todos los

frutos esperados. En el aspect economic, fue un mal

negocio para el Estado pues se tuvieron que subastar a bajo

precio las tierras y edificios confiscados debido a la

urgencia de las ventas y el temor de los compradores a que

los carlistas las anulasen si ganaban la guerra. En el

aspect social, comentan Antonio Ubieto y otros, "fue una

especie de reform agraria al reves" (p. 446). Jaime Vicens

Vives indica que "se limit a ser una transferencia de bie-

nes de la Iglesia a las classes econ6micamente fuertes

(grandes propietarios, aristocratas y burgueses), de la que

el Estado sac6 el menor provecho y los labradores gran

dano."29 En su referido studio, Palacio Atard cita las








palabras pronunciadas en 1873 por el politico republican

Pi y Margall sobre el descontento creado por la desamor-

tizaci6n:


No se ha distribuido la propiedad todo lo que
exigian los intereses de la libertad y el orden,
y los colonos, en vez de sacar provecho de la
Revolucion, han visto crecer de una manera fabu-
losa el precio de los arrendamientos. Eran casi
duenos cuando estaba la propiedad en manos de la
Iglesia y la nobleza, que, opulentas y estables,
ni propendian al cambio de arrendatarios, ni
tenlan afAn por estrujarlos; despues han sido muy
otras sus condiciones y su suerte. Asi se explica
que el nuevo orden de cosas haya tenido y tenga
todavia en los campos tan escasos proselitos.
(p. 220)


Las expropiaciones no ayudaron a mejorar las relaciones

entire Espa a y la Iglesia, y aun despues de terminar la

primera guerra carlista, el papa Gregorio XVI, que siempre

habia mirado con buenos ojos la causa del pretendiente legi-

timista, se negaba a reconocer a Isabel II. Como resultado,

la Santa Sede no accedia a nombrar para las sedes episcopa-

les vacantes desde 1833 a los sacerdotes propuestos por el

gobierno, ya que semejante acto implicaba un reconocimiento

del poder legitimo de este. Por otra parte, el gobierno no

accedia a reconocer a los candidates de Roma. Despues de

varias quejas de Gregorio XVI sobre la conduct de Espana,

la situaci6n lleg6 a tal estado de tirantez que en 1841 el

ministry de Gracia y Justicia, Jose Alonso, tram6 un cisma

entire la Iglesia espanola y la romana. Sin embargo, contra

los deseos cismaticos de Alonso se declararon hasta los

prelados de ideas liberals.








Las diferencias entire el Estado espaiol y la Santa

Sede llegaron a zanjarse finalmente por medio del Concor-

dato negociado por ambas parties en 1851. Por los terminos

de este acuerdo, el Estado espanol, entire otras cosas,

reconocio la cat6lica como unica religion de los espanoles,

accedi6 a que la educaci6n public y privada se conformara

a las doctrinas de la Iglesia, y se comprometi6 a ayudar al

episcopado y al clero en su lucha contra los enemigos de la

fe. Ademas, prometi6 suspender la venta de las propiedades

eclesiAsticas aun por liquidar. A cambio de estas concesio-

nes, el papa admiti6 la validez legal de las ventas de

bienes de la Iglesia efectuadas hasta la fecha del Concor-

dato. Clarke aclara que "the moral validity of these sales,

however, was purposely left ambiguous: the faithful had to

settle the question with their own consciences" (p. 222).

Durante el bienio liberal de 1854 a 1856, sin embargo,

y para escandalo de la Iglesia, el gobierno quebrant6 los

terminos del Concordato con la Santa Sede. Las ventas

fueron reanudadas y los obispos que protestaron fueron des-

terrados. El papa Pio IX rompi6 relaciones diplomaticas

con Espana y conden6 severamente la violacion del tratado

de 1851 en la alocuci6n pronunciada en consistorio secret

el dia 26 de julio de 1855. En 1856 las ventas fueron sus-

pendidas de nuevo, pero los bienes restantes de la Iglesia

conservaron el caracter de propiedad public.

Otros sucesos que por esa epoca ofendieron tambi6n

sobremanera la conciencia cat6lica de los espanoles fueron








el reconocimiento del Reino de Italia en 1865 por el primer

ministry liberal O'Donnell, y la promulgaci6n de la Consti-

tuci6n de 1869 despues del destronamiento de Isabel II. La

nueva Constituci6n establecia el matrimonio civil y garan-

tizaba la libertad de cultos. A los ojos de la Iglesia, el

matrimonio civil sl6o venia a sancionar el concubinato y a

socavar los cimientos morales de la sociedad, mientras que

la libertad de cultos en un pals eminentemente cat6lico

como Espana equivalia a conceder los mismos derechos al

"error" que a la "verdad." Luego, como ya queda dicho,

sobrevinieron el reinado de Amadeo de Saboya, hijo de quien

con fuego de artilleria habia arrebatado la ciudad de Roma

de manos del papa en 1870, y la Repdblica liberal de 1873,

creaci6n de los mismos que habian atacado a la Iglesia duran-

te las ultimas decadas.

A lo largo de estos anos dificiles para la Iglesia es-

panola, el carlismo, identificado por complete con la causa

cat6lica, recibi6 la abierta colaboraci6n de innumerables

cat6licos espanoles, con inclusion de figures eclesiasticas

como el obispo de Le6n, don Joaquin Abarca, quien acompao6

al primer pretendiente en sus campanas militares y lo sigui6

luego al exilio; el obispo de Seo de Urgel, don Jose Caixal,

quien desempeno el cargo de vicario general del Estado car-

lista durante la tercera guerra y mAs tarde fue hecho pri-

sionero y expulsado del pais por los republicans; y los

conocidos sacerdotes guerrilleros Merino, Duenas y Santa

Cruz, entire otros. Como senala Clarke, en resume, la








causa legitimista manifesto claramente un caracter de

cruzada religiosa:


The Carlists were convinced that their cause was
sacred; they were taught that a Liberal is one
whose cynical indifference to religion, honour,
and morality in this world will surely bring upon
him damnation in the next. No fabled pacts
between freemasons and devils were too grotesque
for belief. The Carlists, on their side, were a
religious brotherhood as well as a militant force.
Neglect of confession was a symptom of contamina-
tion amid the pure flock; important operations
were subordinated to observance of the great
Church festivals; men and officers daily recited
the rosary publicly and together. The cause was
further sanctified by the solemn anointing of the
prince at Loyola, the shrine of the greatest
Basque saint. (p. 356)


Notas



iBenito Perez Gald6s, Episodios Nacionales (Madrid:
Libreria y Casa Editorial Hernando, 1928), VI, 272.

2Modesto Lafuente, Historia general de Espaia desde los
tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII, conti-
nuada desde dicha epoca hasta nuestros dias por D. Juan
Valera con la colaboraci6n de D. Andres Borrego y D. Antonio
Pirala (Barcelona: Montaner y Sim6n, 1890), XX, xv.

3Carta reproducida por Estanislao de Kostka Bayo en
Historia de la vida y reinado de Fernando VII en Espana
(Madrid: Imprenta de Repull~s, 1842), III, 394.

Citado por Manuel Pando Fernandez de Pinedo en Memorias
del reinado de Isabel II (Madrid: Ediciones Atlas, 1964),
II, 187.

5Carlos Martinez de Campos y Serrano, EspaHa belica, el
siglo XIX (Madrid: Aguilar, 1961), p. 150.

Antonio Ubieto, Juan Regla, Jose Maria Jover y Carlos
Seco, Introducci6n a la Historia de Espana, 2.a ed. (Barce-
lona: Editorial Teide, 1965), pp. 466-67.









7Raymond Carr, Spain, 1808-1939 (Oxford: Oxford
University Press, 1966), p. 191.

8V. G. Kiernan, The Revolution of 1854 in Spanish
History (Oxford: Oxford University Press, 1966), p. 18.

9H. Butler Clarke, Modern Spain, 1815-1898 (Cambridge:
Cambridge University Press, 1906), p. 327.

10Theo Aronson, Royal Vendetta: The Crown of Spain, 1829-
1965 (Indianapolis: The Bobbs-Merrill Co., 1966), p. 85.

11Louis Bertrand y Sir Charles Petrie, The History of
Spain (New York: Appleton-Century, 1937), p. 482.

12Charles E. Chapman, A History of Spain (New York:
The Free Press, 1965), p. 504.

13Citado por Antonio Ballesteros y Beretta en Historia
de Espaia y su influencia en la Historia universal, 2.a ed.
(Madrid: Salvat Editores, 1956), VIII, 196-97.

14Texto de la proclama incluido por Melchor Fernandez
Almagro en Historia political de la Espana contemporinea
(Madrid: Ediciones Pegaso, 1956), I, 127.

15Charles A. M. Hennessy, The Federal Republic in Spain:
Pi y Margall and the Federal Republican Movement, 1868-74
(Oxford: Clarendon Press, 1962), p. 177.

16Edgar Holt, The Carlist Wars in Spain (Chester Springs,
Pennsylvania: Dufour Editions, 1967), p. 263.

17Segdn Martinez de Campos y Serrano, las guerras car-
listas en la Espana decimon6nica ocasionaron aproximadamente
un mill6n de muertes (p. 270).

18Jose Extramiana, Historia de las guerras carlistas
(San Sebastian: L. Haranburu, 1979), p. 123.

19Vicente Palacio Atard, La Espana del siglo XIX, 1808-
1898 (Madrid: Espasa-Calpe, 1978), p. 172.

20
2Melveena McKendrick, Concise History of Spain (New York:
American Heritage Publishing Co., 1972), p. 170.








21
21Martin Blinkhorn ofrece un panorama bastante amplio
de las motivaciones econ6micas del carlismo decimon6nico en
el primer capitulo de su libro Carlism and Crisis in Spain,
1931-1939 (Cambridge: Cambridge University Press, 1975),
pp. 1-40.

22Juan Jose Pena e Ibdaez, Las guerras carlistas (San
Sebastian: Editorial Espanola, 1940), p. 40.

23Valentin G6mez, Los liberals sin mascara (Madrid:
Imprenta de Antonio Perez Dubrull, 1869), p. 203.

24
2Bradley Smith, Spain: A History in Art (Garden City,
New York: Doubleday, 1970), pp. 259-60.

25Antonio Ramos-Oliveira, Historia de Espana (Mexico,
D. F.: Compania General de Ediciones, 1952), II, 236.

2John N. Schumacher, "Integrism: A Study in Nineteenth-
Century Spanish Politico-Religious Thought," The Catholic
Historical Review, 48 (1962), 343.

27William J. Callahan, "The Origins of the Conservative
Church in Spain, 1793-1823," European Studies Review, 10
(abril de 1979), 214.

2Manuel Ciges Aparicio, Espana bajo la dinastia de los
Borbones (Madrid: M. Aguilar, 1932), p. 270.

29
29Jaime Vicens Vives, Aproximaci6n a la Historia de
Espa-a, 3.a ed. (Barcelona: Editorial Vicens-Vives, 1962),
P. 158.














CAPITULO II
CONSIDERACIONES LITERARIAS


El tema carlista en algunas novelas espanolas



El tema carlista ha ejercido un impact considerable

en la novelistica espanola. Ademas de las obras narrativas

que reflejan en detalle las implicaciones religiosas del

carlismo decimon6nico y que son analizadas en los ultimos

tres capitulos de este studio, existen otras conocidas

novelas de los siglos XIX y XX en que se manifiesta tambien

la problemAtica carlista. A continuaci6n, se comenta breve-

mente la presencia del tema carlista en estas novelas,

siguiendo el orden cronol6gico de su publicacion.


La gaviota



En La gaviota de Fern~n Caballero, aparecida en 1849,

se encuentran ya referencias al carlismo.1 En esta novela,

la autora conservadora y cat6lica ofrece en diversas ocasio-

nes una vision desfavorable de los opositores de la causa

legitimista. Al principio de la obra aparece el joven

medico alemdn Fritz Stein, uno de los personajes principles,

dirigiendose al frente de batalla durante la primera guerra








carlista con la esperanza de colocarse como cirujano en el

ej4rcito de la reina. Dos anos mas tarde, el idealista

Stein se ve obligado a abandonar su puesto en el ejercito

cristino por haber prestado desinteresadamente sus servicios

medicos a un carlista herido. Dice Stein:


Me veo ignominiosamente arrojado del ejercito,
despues de dos anos de servicio, despues de dos
anos de trabajar sin descanso, me veo acusado y
perseguido, s6lo por haber curado a un hombre del
partido contrario, a un infeliz que, perseguido
como una bestia feroz, vino a caer moribund en
mis brazos. (I, 45)

Los mismos liberals que persiguen al bueno de Stein por

haber realizado su acto caricativo, son tambi4n los respon-

sables de la clausura del convento que guardian la familiar de

la bondadosa tia Maria y el exclaustrado fray Gabriel. Al

presenciar Stein el cuadro que ofrece este convento que ya

no es convent" (I, 59), este "cuerpo sin alma" (I, 59),

exclama:


;Que especticulo tan triste y espantoso! A la
tristeza que produce todo lo que deja de existir,
se une aqui el horror que inspira todo lo que
perece de muerte violent y a manos del hombre.
;Este edificio, alzado en honor de Dios por
hombres piadosos, condenado a la nada por sus
descendientes! (I, 67-68)

No debe sorprender, por supuesto, que el carlismo en La

gaviota goce de las simpatias de personajes como la tia

Maria y fray Gabriel, que representan el punto de vista

tradicionalista y con los cuales la autora claramente se








identifica. Para ellos, don Carlos y sus partidarios son

"los buenos" (I, 59).


Episodios Nacionales


En algunos de los Episodios Nacionales de Benito

Perez Gald6s, el carlismo desempena un papel importante2

Los Episodios, que convierten en material novelable la

historic espanola del siglo XIX, desde el reinado de Car-

los IV hasta la restauraci6n borb6nica, se componen de

cuarenta y seis voldmenes divididos en cinco series y publi-

cados entire 1873 y 1912. La presencia del tema carlista en

los Episodios se comprueba especialmente en los ultimos

volumenes de la segunda series y en algunos de la tercera,

en los cuales Gald6s hace referencia a los origenes del car-

lismo y present personajes y acontecimientos de la primera

guerra. Pero a diferencia de Fernan Caballero, Perez Gald6s

muestra la causa legitimista bajo una luz poco favorable.

El autor hace sobre todo una critical despiadada del primer

pretendiente, recogiendo en la obra no sl6o los juicios hos-

tiles de los liberals sobre la persona de Carlos V, sino

opinions vejatorias que atribuye a los propios carlistas.

Del "representante de la Monarquia legitima y de los dere-

chos de la Religi6n" (XXI, 255), de ese "soberano caracol,

siempre con el trono a cuestas" (XXIII, 208), se dice que

"no sabe ser guerrero ni politico, ni posee el arte de tra-

tar a las personas cuyo concurso anhela" (XXVI, 234), y se








asegura que "su sino era no hacer nada a tiempo, y ver

silencioso y lelo el paso de las ocasiones" (XXVI, 249).

El general carlista Cabrera, descontento con la actuaci6n

de don Carlos durante la primera guerra, s61o reconoce el

valor simb6lico del pretendiente:


Aunque incapaz para la guerra y para el Gobierno,
era el Rey, por divino mandate, la sacra bandera,
el simbolo de la Causa; y de la regia persona,
absolutamente inepta para todo, provenia la fuer-
za moral de las cohortes del absolutismo. No
habia, pues, mis remedio que cargar con el idolo,
aunque este fuera una de las obras mas burdas del
fetichismo dominant. jY por semejante figuron,
hecho al modo de las imigenes vestidas, que por
dentro no son mas que un armaz6n de madera tosca,
se peleaban tantos valientes y se vertian rios de
noble sangre! Claro que todo se hacia por la
idea. El grosero idolo era una idea. (XXV, 251)


El unico aspect que el narrador acepta sin discusi6n es la

confianza plena que don Carlos Maria Isidro poseia en la

legitimidad de sus derechos sucesorios: "Don Carlos no tenia

talent, pero tenia fe, una fe tan grande en sus derechos,

que 6stos y los Santos Evangelios venian a ser para Su Alte-

za Serenisima una misma cosa" (XIX, 288). "Mis derechos son

claros y vienen de Dios," afirma el propio pretendiente en el

volume diez y nueve de los Episodios Nacionales (XIX, 283).


La Regenta


Leopoldo Alas aborda el tema de las relaciones entire

el catolicismo espanol y el carlismo a traves de various

personajes secundarios de su novela La Regenta, cuyas dos








parties aparecieron respectivamente en 1884 y 1885.3 Segdn

se comprueba en esta obra, los carlistas mas destacados de

Vetusta pertenecen tambien a las filas de los defensores

mis ardientes de la religion cat6lica. Ejemplos de este

fen6meno son don Francisco de Asis Carraspique y dona

Petronila Rianzares. Don Francisco, "uno de los individuos

mas importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el

mayor contribuyente que tenia en la provincia la soberania

subrepticia de don Carlos VII," es conocido en la ciudad

por sus millones y por una religiosidad sincera, profunda y

ciega (I, 357). Carraspique, dos de cuyas cuatro hijas son

monjas profesas, "era politico porque se le habia convenci-

do de que la causa de la religion no prosperaria si los

buenos cristianos no se metian a gobernar" (I, 357). Este

personaje vetustense vive dominado por el Magistral don

Fermin de Pas y por su propia esposa, "fanatica ardentisima,

que aborrecia a los liberals porque alli en la otra guerra,

los cristinos habian ahorcado en un arbol a su padre sin

darle tiempo para confesar" (I, 357). El otro personaje,

dona Petronila, aparece tambien en la novel bajo los sobre-

nombres de "el obispo madre"--trata de potencia a potencia

al obispo--y "el Gran Constantino"--una alusi6n al empera-

dor que protegi6 a la Iglesia. La Rianzares "no pensaba

mis que en su protecci6n al culto cat6lico y opinaba que los

demas debian pasarse la vida alabando su munificencia y su

castidad de viuda" (I, 447). Ademis, creasee poco menos

que papisa y se hubiera atrevido a excomulgar a cualquiera








provisionalmente, segura de que el Papa sancionaria su

excomuni6n" (I, 446). Esta viuda de un antiguo intendente

de La Habana, de quien hereda una de las fortunes mas respe-

tables de la provincia, emplea gran parte de sus rentas "en

servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,

levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos" (I,

446). Conviene notar que asi como los paladines de la causa

del pretendiente en Vetusta son todos catl6icos fervientes,

los mas exaltados liberals se caracterizan por su posici6n

anticlerical, resumida en la actitud del "liberalote" Foja,

antiguo alcalde de Vetusta. Dice el narrador: "El ex-

alcalde entendia asl la libertad: o se perseguia o no se

persegula al clero" (I, 202).


Los Pazos de Ulloa



El clima de tension que conduce a la tercera guerra

carlista se ve reflejado en Los Pazos de Ulloa, novela de

Emilia Pardo BazAn publicada en 1886.4 El narrador indica

que la tension es product de dos tendencies political en

oposici6n:


En el fondo de la voragine batallaban las dos
grandes soluciones de raza, ambas fuertes porque
se apoyaban en algo secular, lentamente sazonado
al calor de la Historia: la monarquia absolute y
la constitutional, por entonces disfrazada de
monarquia democratic. (pp. 226-27)


El conflict se hace sentir aun en la lejana region de

los Pazos:








La conmoci6n del choque llegaba a todas parties,
sin exceptuar las fieras montanas que cercan a los
Pazos de Ulloa. Tambien alli se politiqueaba. En
las tabernas de Cebre, el dia de la feria, se oia
hablar de libertad de cultos, de derechos indivi-
duales, de federacion, de plebiscito--pronunciado
como Dios queria, por supuesto. Los curas, al
terminar las funciones, entierros y misas solem-
nes, se demoraban en el atrio, discutiendo con
calor algunos sintomas recientes y elocuentisi-
mos, la primera salida de aquellos famosos "cuatro
sacristanes," y otras menudencias. El senorito de
Limioso, tradicionalista inveterado como su padre
y abuelo, habia hecho dos o tres misteriosas ex-
cursiones hacia la parte del Mino, cruzando la
frontera de Portugal, y susurrabase que celebraba
entrevistas en Tuy con ciertos pajaros; afirmabase
tambien que las senoritas de Molende estaban ocu-
padisimas construyendo cartucheras y no se que mis
arreos belicos, y a cada paso recibian secrets
avisos de que se iba a practicar un registro en su
casa. (p. 227)


La madre naturaleza



En La madre naturaleza, que aparece en 1887 como con-

tinuaci6n de Los Pazos de Ulloa, la Pardo Bazan se vale de

los recuerdos de uno de los personajes, Gabriel Pardo de la

Lage, para recrear la vida en el frente de batalla durante

la ultima guerra carlista.5 Gabriel, official de artilleria

del ejercito amadeista, recuerda que existia una extrana

camaraderie entire los soldados de ambos bandos en el frente

norte:


La guerra, aunque civil, se hacia sin sana ni
furor; en los intervalos en que no se disparaban
tiros, los destacamentos enemigos, divididos solo
por el ancho de una trinchera, se insultaban fes-
tivamente, llamandose "carcas" y "guiris." Tambien
se prestaban pequenos servicios, pasandose El Cuar-
tel Real y El Imparcial de campo a campo; y en los








frecuentes ratos de tregua, bajaban, se hablaban,
se pedian fuego para el cigarro, y el teniente de
artilleria "guiri" fraternizaba muy gustoso con
los oficiales "carcas," tan buenos mozos y tan
elegantes y marciales con sus guerreras orladas
de astracan, a cuyo lado izquierdo lucia el rojo
coraz6n del detente, y sus boinas con borla de
oro, gentilmente ladeadas. (p. 63)


El narrador informa que Gabriel, a causa de la naturaleza

misma de la guerra, pierde su entusiasmo inicial:


En las rudas montanas de Vasconia no veia
Gabriel el element moral que vigoriza la fibra y
calienta los cascos; no veia flotar la sagrada
bandera de la patria contra el odiado pabell6n
extranjero. Aquellas aldeas en que entraba ven-
cedor eran espaiolas; aquellas gentes a quienes
combatia, espanoles tambien. Se llamaban carlis-
tas, y 41 amadeista: unica diferencia. (p. 63)


El joven official, quien "cumplia con su obligaci6n sin

calor ni fe," llega inclusive a preguntarse "si el deber y

la patria estaban del lado de alla de la trinchera" (p. 63).



Sonata de invierno


El carlismo es un tema recurrente en la narrative de

Ram6n del Valle-Inclan y se encuentra ya present en las

Sonatas, que se publican entire 1902 y 1905 y que constitu-

yen la obra mas representative del period modernista del

autor. En la Sonata de invierno, ultima parte de la auto-

biografia galante del marques de Bradomin, la corte carlis-

ta de Estella sirve de scenario a la accion. Bradomin,

cansado de su larga peregrinacion por el mundo, llega a la

capital legitimista "disfrazado con los habitos ahorcados en








la cocina de una granja por un monje contemplative, para

echarse al campo por don Carlos VII" (p. 127), aclamado por

los carlistas como "el Rey de los buenos cristianos"

(p. 144). En esta Sonata, donde los personajes de ficci6n

alternan con series hist6ricos (Carlos VII, la reina Margari-

ta, los generals Dorregaray, Lizarraga y Cabrera, el cura

Santa Cruz, etc.), el carlismo aparece especialmente como

element decorative, y el narrador-protagonista revela el

motive estetico de su afiliaci6n legitimista:


Yo halle siempre mas bella la majestad caida que
sentada en el trono, y fui defensor de la tradi-
ci6n por estetica. El carlismo tiene para mi el
encanto solemne de las grandes catedrales, y aun
en los tiempos de guerra, me hubiera contentado
con que lo declarasen monument national. (p. 164)


En el transcurso de una conversacion con el marques de

Bradomin, en otra escena de la misma Sonata, el pretendiente

reconoce la importancia de la alianza entire el carlismo y el

catolicismo. Dice don Carlos VII: "Cabrera, ya habras vis-

to, se declara enemigo del partido ultramontano y de los

curas facciosos. Hace mal, porque ahora son un poderoso

auxiliar. Creeme, sin ellos no seria possible la guerra"

(p. 135).


La cathedral


En La cathedral, novela de 1903, el socialist Vicente

Blasco Ibanez proyecta una imagen adversa de los combatien-

tes carlistas.7 El protagonista Gabriel Luna, seminarista








toledano, abandon sus studios para incorporarse por un

tiempo a los "ejercitos de la fe" que luchan a favor de don

Carlos durante la tercera guerra. Para los catolicos espa-

noles, el carlismo constitute una respuesta a la impiedad

imperante:


En la cathedral y el seminario habia gran revuelo,
comentindose de la manana a la noche las noticias
de Madrid. La Espaia traditional, la de los gran-
des recuerdos hist6ricos, se venia abajo. Las
Cortes Constituyentes eran un volcan, un respira-
dero del infierno para las negras sotanas que for-
maban corro en torno del periodico desplegado.
Por cada satisfacci6n que les proporcionaba un
discurso de Manterola, sufrian disgustos de muerte
leyendo las palabras de los revolucionarios, que
asestaban fuertes golpes al pasado. La gente cle-
rical volvia sus miradas a don Carlos, que comen-
zaba la guerra en las provincias del Norte. El
rey de las montaias vascongadas pondria remedio a
todo cuando bajase a las llanuras de Castilla.
(p. 69)


Pero al llegar al frente norte, segun el narrador, Gabriel

sufre un desencanto:


Se habia imaginado encontrar algo semejante a las
antiguas expediciones de las Cruzadas: soldados
que peleaban por el ideal, que hincaban la rodilla
antes de entrar en combat para que Dios estuviera
con ellos, y por la noche, despues de ardientes
plegarias, dormian con el puro sueno del asceta; y
se encontraba con rebanos armados, indociles al
pastor, incapaces del fanatismo que corre ciego a
la muerte, ganosos de que la guerra se prolongase
todo lo possible para mantener la existencia de
holganza errante a costa del pais, que ellos
crelan la mas perfect; gentes que a la vista del
vino, de las hembras o de la riqueza se desbanda-
ban hambrientas atropellando a sus jefes. Al en-
trar en los pueblos gritaban: ";Viva la Religion!,"
pero a la mas leve contrariedad, los combatientes
de la Fe se hacian esto y aquello en Dios y en
todos los santos, no olvidando en sus sucios jura-
mentos ni a los mas sagrados objetos del culto.
(pp. 71-72)








Con el tiempo, hasta los antiguos escrupulos de seminarista

de Gabriel desaparecen "ahogados bajo la corteza de hombre

de horda con que la guerra le endurecia" (pp. 72-73).


Zalacain el aventurero


En Zalacain el aventurero, de 1909, Pio Baroja ofrece

una vision panoramica de la tercera guerra carlista en el

Pals Vasco, desde los antecedentes de la contienda hasta su

conclusion.8 El narrador explica los motives de la partici-

pacion de los vascos en la lucha a favor del carlismo:


Los vascos, siguiendo las tendencies de su raza,
marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo.
Asi habian peleado contra el romano, contra el
godo, contra el arabe, contra el castellano,
siempre a favor de la costumbre vieja y en contra
de la idea nueva. (p. 56)


La Republica espanola, ademas, "era una calamidad." Y

continue el narrador: "Los periodicos hablaban de asesinatos

en Malaga, de incendios en Alcoy, de soldados que desobede-

clan a los jefes y se negaban a batirse. Era una vergUenza"

(p. 55). Pero en la novela, la critical de la Republica no
impide una ridiculizaci6n sistematica de la causa legitimis-

ta. Los ataques del narrador y de los personajes se dirigen

sobre todo contra la figure de Carlos VII, de quien se

afirma que es "un Borbon vulgar, extranjero y extranjeriza-

do" (p. 56), "un aventurero grotesco" (p. 56), "un rey

ridiculo" (p. 105), "un estupido hombre guapo" (p. 105), y

"un tipo vulgar, plano y opaco, sin ninguna condici6n"








(p. 110). De un veteran de la primer guerra, se dice en

una ocasi6n que teniaa la double bestialidad de ser cat6lico

y de ser carlista" (p. 101), y en otro lugar se caracteriza

de "atrasados y fanaticos" a los vascos legitimistas (p. 51).

El protagonista, Martin Zalacain, joven de temperament

impetuoso y libre al estilo de los heroes barojianos, traba-

ja para los carlistas en el contrabando de armas pero se

reconoce liberal en el fondo (p. 144). La muerte violent

del aventurero Zalacain el 29 de febrero de 1876, el dia

despues de pasar don Carlos VII a Francia, coincide con el

t6rmino de la ultima guerra y marca el final de la obra.


Memorias de un hombre de acci6n


Pio Baroja reanuda los ataques contra el carlismo en

sus Memorias de un hombre de acci6n, aparecidas entire 1913 y

1935.9 Los veintid6s tomos de las Memorias recuentan las
aventuras de don Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen, personaje

que vive de 1792 a 1872 y que Baroja relaciona con figures

hist6ricas prestigiosas y hace participar en sucesos impor-

tantes de la Espana de su epoca. Aviraneta, que intervene

en la primera guerra carlista combatiendo a favor de los

liberals, define su liberalism como "libertad de pensar,

libertad de movimientos, lucha contra la tradici6n que nos

sofoca, lucha contra la Iglesia" (IV, 539). En un dialogo

con el cura Merino, a quien Aviraneta acusa de haber defen-

dido "a un pobre mentecato" en su derecho al trono y de








haber matado "para mayor gloria de Dios" (IV, 432), el

protagonista de las Memorias declara: "Yo llamo canalla a

ese pobre imbecil de Don Carlos; llamo canalla a esos

arist6cratas grotescos con los cuales usted se mezcla; llamo

tambien canalla a esa tropa de curas y frailes que quieren

jugar a los grandes generals" (IV, 431). Y aiade: "Pensar

que gran parte de esta guerra se ha hecho por la legitimi-

dad, ila legitimidad de Don Carlos!, del hijo de una mujer

como Maria Luisa, que reconocio en Roma que ninguno de sus

hijos era de su marido" (IV, 431).


Nuestro Padre San Daniel


Gabriel Mir6 situa la acci6n de su novela Nuestro Padre

San Daniel, publicada en 1921, en la imaginaria ciudad

levantina de Oleza.10 Oleza, insigne por el ndmero de sus

monasteries (p. 693), es la ciudad levitica por excelencia:

"Oleza criaba capellanes, como Altea marines y Jijona turro-

neros," comenta el narrador (p. 702). Este baluarte del

catolicismo espanol es tambien el foco carlista de la comar-

ca (p. 693). En Oleza, de hecho, la religion y el carlismo

aparecen intimamente ligados. Para los olecenses, por lo

general, la militancia en el partido carlista require el

que se sea cat6lico practicante, y viceversa; a sus ojos,

los intereses de la Iglesia y los de la causa legitimista

son exactamente los mismos.

El carlismo mantiene su vigencia en Oleza aun despues

de terminada la tercera guerra--los anos de la ficci6n









coinciden con los del pontificado de Le6n XIII, quien

gobierna a la Iglesia de 1878 a 1903 (p. 729). Los carlis-

tas de Oleza inclusive realizan un intent de alzamiento

cuando ya el resto de Espana se dedica a otras faenas:


La juventud del Circulo, apostada en los altos de
su cas6n, esper6 al enemigo y se abras6 en
la calentura colectiva. Ya no pudo resistir la
quietud de sus manos engarfiadas en los fusiles
gloriosos de la postrera guerra, y dispar6 al aire
y vitore6 inflamadamente a Nuestro Padre San
Daniel y al Rey Carlos VII. Revivia la tradicidn
purisima; y volvieron a cebar las viejas carabinas
y pistolas. (p. 797)

En Nuestro Padre San Daniel, el representante principal

del carlismo es don Alvaro Galindo y Serrallonga, "valeroso

caudillo de la buena causa" (p. 721), privado del desterrado

Carlos VII (pp. 723 y 750), y cuyo semblante austero, compor-

tamiento circunspecto y moral inflexible lo asemejan a "un

santo de piedra antigua" (p. 742). Cuestiones political y

asuntos personales traen a Oleza a este personaje, quien

repite a "los buenos cat6licos" de "la legitima y cristiana

villa" la promesa del pretendiente (p. 793): "Dar a la amada

Espana la libertad que s6lo conoce de nombre; la libertad

que es hija del Evangelio, no el liberalism que es hijo de

la Protesta" (p. 722). Pronto, la imaginaci6n popular

comienza a tejer "una tunica de gloria, de leyenda de prin-

cipe, con que vestir a don Alvaro" (p. 745). Como indica el

narrador, la ciudad cree descubrir un cercano parentezco

entire don Carlos y su valido:









En torno a don Alvaro se posaba un humo de miste-
rio. Los intentos que de seguro llevo a la
ciudad, sus lucidos mandos en las batallas, su
privanza con el "senor," todo convidaba a career
que bajo las relaciones de principe y subdito se
escondia un intimo lazo de sangre. Hasta los mis
tibios olecenses miraban y comparaban obstinada-
mente la faz del forastero y las fotografias del
desterrado. Enjuto don Alvaro, y grueso don
Carlos; pero en los dos la misma arrogancia de
hombros. Mas dulce la mirada del principe, pero
iguales sus ojos, iguales las cejas, la energia de
los maxilares, el corte de la barba. Y pronunci6-
se con acatamiento la palabra "bastardo," y en los
estrados de las families adictas se record la
figure de don Juan de Austria. (p. 723)


Al ingenuo don Daniel Egea, convencido de la ascendencia

real de don Alvaro, lo entusiasma la idea de casar a su

unica hija con el soltero caballero legitimista, y el rico

hacendado olecense hace lo possible por concertar dicho matri-

monio. Exclama don Daniel: ";Si una hija mia! ;Si una hija

mia fuese la elegida de un hombre como 6l!" (p. 726). El

ilusionado senor no descubre la falsedad de los rumors

sobre don Alvaro hasta despues de lograr la formalizaci6n

del compromise de la joven pareja. El hallazgo, informa el

narrador, desciende "como una espada" en el coraz6n del

padre de la prometida (p. 750). Don Daniel trata de conso-

larse a si mismo pensando que don Alvaro, despues de todo,

"seguia siendo un patricio de la ciudad de los Borja, un

privado de los reyes que arrastraban su manto por los soli-

tarios caminos del destierro" (p. 750).

Debe mencionarse aqui que Oleza y muchos de sus habi-

tantes encuentran una segunda vida literaria en El obispo

leproso, de 1926.11 En esta otra novela de Gabriel Mir6, al









igual que en Nuestro Padre San Daniel, existe una atracci6n

hacia el aspect sensual o el valor estetico de lo religio-

so (las vestimentas, los ritos y recintos sagrados, etc.),

y los simpatizantes de la causa legitimista, en su mayoria,

aparecen como series farisaicos, "sepulcros blanqueados" que

esconden su mezquindad spiritual bajo una fachada de rec-

titud moral. En El obispo leproso, sin embargo, el tema

carlista desempeia un papel muy secundario.


El Ruedo Ib4rico


Valle-Inclan incluye algunas referencias al carlismo

en las tres novelas de El Ruedo Iberico (La corte de los

milagros, Viva mi dueno y la incomplete Baza de espadas),

publicadas por primera vez en 1927, 1928 y 1932, respecti-
12
vamente.12 En esta trilogia, la causa legitimista es blanco

de la s1tira esperpentica, y tambien objeto de juicios

critics que no se hallan en las Sonatas. En El Ruedo,

vision burlesca de los ultimos anos del reinado de Isabel II,

se desvaloriza sobre todo la figure del pretendiente Car-

los VII. En Baza de espadas, los propios carlistas afirman

maliciosamente que se trata apenas de "un Rey para el bello

sexo," de "un magnifico ejemplar" cuya imagen a caballo

satisface el amor de los espanoles por el espectaculo:

"Espana, como todos los pueblos latinos, adora las imigenes.

Un Rey a caballo, que luzca en paradas y procesiones, sera

siempre popular en Espana" (p. 209). Ademas, hasta en sus









menores palabras, el pretendiente "descubre un providen-

cialismo fanitico y ultramontano" (p. 210). Y en Viva mi

due o, el general Cabrera se lamenta de que sea don Carlos

Maria, y no su padre don Juan, "muy superior al hijo en

todo," el que se halle al frente de la causa (p. 158).

Don Carlos, "hechura de dos mujeres fanaticas, sin un

adarme de sinderesis, es ambicioso pero falto de vision

political y se encuentra dominado por la princess de Beira,

su abuela paterna (p. 158).



Realidad y ficci6n en la obra novelesca


El studio de las referencias a la realidad historic

en las novelas analizadas en este trabajo, no implica un

desconocimiento o una negaci6n del cardcter esencialmente

ficticio de las mismas. De hecho, segun afirma Vitor Manuel

de Aguiar e Silva, no se trataria de una obra literaria si

en ella el mensaje no creara imaginariamente su propia

realidad, si su palabra no diera vida a un universe de

ficci6n.13 Rene Wellek y Austin Warren tambi6n puntualizan

la naturaleza fundamentalmente imaginaria de la obra

literaria:


The nature of literature emerges most clearly
under the referential aspects. The center of
literary art is obviously to be found in the
traditional genres of the lyric, the epic, the
drama. In all of them, the reference is to a
world of fiction, of imagination. The statements
in a novel, in a poem, or in a drama are not
literally true; they are not logical propositions.








There is a central and important difference
between a statement, even in a historical novel
or a novel by Balzac which seems to convey
"information" about actual happenings, and the
same information appearing in a book of history
or sociology. Even in the subjective lyric, the
"I" of the poet is a fictional, dramatic "I." A
character in a novel differs from a historical
figure or a figure in real life. He is made only
of the sentences describing him or put into his
mouth by the author. He has no past, no future,
and sometimes no continuity of life. Time
and space in a novel are not those of real life.
Even an apparently most realistic novel, the very
"slice of life" of the naturalist, is constructed
according to certain artistic conventions.14


Mariano Baquero Goyanes, refiriendose al mismo fen6meno,

senala que inclusive la novela hist6rica, "por mas que se

apoye en datos reales, cae de lleno en el dominio de la

ficci6n, por obra y gracia de la libre y creadora manipula-

ci6n a que el novelist somete ese material arrancado al

preterito."15 Y anade Baquero Goyanes en su obra citada:


Se trata, en ultima instancia, del viejo problema
de c6mo un material tomado de la realidad--ya se
trate de sucesos del pasado, evocados a trav6s de
la historic; ya del present en que describe el
novelist; ya de hechos o actitudes de su personal
existencia--se transform en ficci6n novelesca por
virtud de la imaginaci6n creadora, que no se con-
tenta con transcribir o reproducir mecanicamente,
sino que opera artistic, interpretativamente,
transfigurando y modificando esos datos reales al
someterlos a la especial presi6n y tono que com-
porta todo mundo especificamente novelesco. (p.
109)

En su studio "Poesia y realidad en el Poema del Cid,"

Americo Castro tambien senala que lo hist6rico en la obra

poetica debe ser considerado como un element mas dentro de

una construcci6n, y que es siempre susceptible al prop6sito









o a la intenci6n del autor, es decir, al determinado efecto

que este quiere lograr.

No obstante la legitima autonomia artistic y la natu-

raleza basicamente ficticia de la obra literaria, esta

siempre mantiene estrechos vinculos con la realidad obje-

tiva, de la cual proceden los elements necesarios para la

creaci6n artistic. Raul Castagnino afirma que "aun sin

quererlo, la literature, siendo ficcion, artificio, se

transform en documento."7 El mismo Aguiar e Silva reco-

noce que "la ficci6n literaria no se puede desprender jams

de la realidad empirica." Y agrega: "El mundo real es la

matriz primordial de la obra literaria" (p. 18). En el

caso especifico de la obra novelesca, Gonzalo Torrente

Ballester indica que "nada hay en la novela que no haya

pertenecido antes a la realidad."18 Y Edwin Muir apunta

que, despues de todo, "the fact that the novelist writes

about life is not so very extraordinary: It is the only

thing he knows anything about."19

Como resultado de los nexos entire el mundo externo,

objetivo, y la novela, se puede encontrar a menudo en las

paginas de esta la proyecci6n de una realidad hist6rico-

social determinada. Ya en su temprano intent de definir

la novela, Clara Reeve expresa que "the novel is a picture

of real life and manners, and of the times in which it is

written."20 Mariano Baquero Goyanes, en su studio Que es

la novela, asegura que "en cierto modo toda novel se

nutre de la hora hist6rica en que nace y la refleja con









mayor o menor exactitud" (p. 14). Otro conocido critic

espanol contemporaneo, Antonio Prieto, declare al respect:


La novela se manifiesta como algo representative
de un estado hist6rico-social--del que es sintoma
y/o al que simboliza--y que es acogido, en su
actualidad, por grupos sociales que ven en la
novela inquietudes, problems o testimonio que no
tenian en el grupo forma concreta.21

Georg Lukacs hace referencia igualmente a los lazos entire la

novela y la realidad social en su tratado sobre la novel

hist6rica:


Society is the principal subject of the novel,
that is, man's social life in its ceaseless
interaction with surrounding nature, which forms
the basis of social activity, and with the
different institutions or customs which mediate
the relations between individuals in social
life. The world of the novel is a
thoroughly concrete, complex and intricate world
inclusive of all the details of human behaviour
and conduct in society.22

Y anade Lukdcs en su mismo studio: "The development of the

relationship between individual and society forms the

very life element of the novel" (p. 141).

Las novelas que analizamos en este trabajo ilustran

inmejorablemente esa intima relaci6n que puede llegar a

establecerse entire la realidad historica y la ficci6n en el

arte narrative.



La constant realista


En el caso de los escritores espanoles que tratan el

tema carlista en sus obras, conviene recorder tambien la









constant realista que caracteriza a la tradici6n literaria

a que pertenecen, y que ha sido reconocida por algunos de

los mis destacados historiadores contemporaneos de la lite-

ratura espanola--Juan Luis Alborg, Damaso Alonso, Guillermo

Diaz-Plaja, Emiliano Diez-Echarri, Jose Maria Roca Franquesa

y Angel del Rio, entire otros. Las novelas que reflejan las

circunstancias del fen6meno carlista en la Espana decimon6ni-

ca revelan la arraigada tendencia espanola de mantener una

estrecha correspondencia entire el mundo de la obra literaria

y el de la realidad externa. Esta correspondencia, por

supuesto, no constitute una conformidad exacta con el mundo

objetivo. Como senala Ram6n Menendez Pidal, el primer

historiador literario de importancia que se ocupa de la

constant realista en las letras espaHolas y posiblemente la

mayor autoridad en el asunto, "lo estrictamente real nunca

es artistico."3 Segun Men6ndez Pidal:


El realismo espanol consiste en concebir la idea-
lidad poetica muy cerca de la realidad, muy sobria-
mente. Quiere lograr la transubstanciacion poeti-
ca de la realidad tocando de subjetividad, de
emoci6n, de universal idealidad las complejas par-
ticularidades de lo inmediato aprensible, sin
practicar en ellas una abundante poda destinada
a obtener formas de abstract generalidad, y sin
consentir a la fantasia sus mas avanzadas y libres
aportaciones en substitucion de lo eliminado.
(p. xxxvii)

En su studio sobre los caracteres fundamentals de la lite-

ratura espanola, Arturo Farinelli indica que la tendencia a

infundir en el pdblico una sensaci6n de realidad se encuentra

ya present en el arte de los primitivos juglares castellanos:









El poeta, el juglar o el rapsoda no tiende hacia
otras esferas que las bien visible y tangibles
de su hogar y de su patria. Su Musa es austera,
llana y sencilla; huye de la exaltaci6n, no pre-
tende inventar; los hechos observados constituyen
su dominion preferido; y procede enlazindose fra-
ternalmente con la historic, desdenando sueios y
quimeras.2n


Benito Perez Galdos y Emilia Pardo Bazan tambien hacen refe-

rencia al fenomeno del realismo como constant en la litera-

tura espanola. En su Prologo a la edici6n de 1900 de La

Regenta de Leopoldo Alas, Perez Galdos apunta que desde

tiempos remotos los autores espa'oles "conocian ya la sobe-

rana ley de ajustar las ficciones del arte a la realidad de

la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,

caracteres y lugares como Dios los ha hecho."25 En La

cuesti6n palpitante, por su parte, dice Pardo Bazan:


Es el realismo tradicion de nuestra literature y
arte en general; nuestros narradores se distin-
guieron por la frase grafica y la observaci6n
franca y sincera; y desde los tiempos gloriosos
de nuestra mayor prosperidad intellectual, Cervan-
tes hizo al lector trabar conocimiento con jife-
ros y rameras, arrieros, galeotes y picaros de la
hampa, y lo condujo a la almadraba y a la casa
non sancta de La tia fingida; que por entonces no
se le daban a la literature polvos de arroz, ni
nadie la perfumaba con almizcle, ni era remilgada
damisela atacada de vapores y desmayos, sino
matrona robusta y bizarre, enamorada de la vida
real y de la aventura y heroica existencia del
Renacimiento.26



La novela hist6rica


Avrom Fleishman ofrece una definici6n de la novela

hist6rica en su studio sobre el desarrollo de dicho genero








27
en Inglaterra.27 Dice Fleishman: "As art is of the imagi-

nation, the historical novel will be an exercise of the

imagination on a particular kind of object." Y continue:

"It is an imaginative portrayal of history, that is, of past

states of affairs affecting human experience" (p. 4).

Fleishman explica que generalmente calificamos de "hist6ri-

cas" a las novelas situadas en un pasado no cercano--cuando

media una distancia temporal de no menos de cuarenta a sesen-

ta anos, unas dos generaciones, entire los events novelados

y el moment de la composici6n--y cuyo argument incluye

sucesos hist6ricos, preferiblemente de la vida public, que

afectan directamente el destino individual de los personajes

(p. 3). Ademas, senala Fleishman, en la obra debe figurar
al menos un personaje de caracter hist6rico, tomado de la

realidad:


The historical novel is distinguished among novels
by the presence of a specific link to history: not
merely a real building or a real event but a real
person among the fictitious ones. When life is
seen in the context of history, we have a novel;
when the novel's characters live in the same world
with historical persons, we have a historical
novel. (pp. 3-4)

Madeleine de Gogorza Fletcher concuerda con Fleishman en lo

referente a la distancia temporal que debe separar a la

novela hist6rica de los hechos narrados en ella a fin de

que exista la necesaria perspective historica. Gogorza

Fletcher estima que la novela en que el autor recrea aconte-

cimientos recientes, de su epoca, debe ser reconocida como








28
"episodio national" y no como "novela hist6rica."28 En el

studio de Fleishman se llama a este tipo de obra "novel

of the recent past" (p. 3).

Segun la critical, la novela hist6rica se propone

sobre todo infundir nueva vida, por medios artisticos, en

los series que vivieron los acontecimientos historicos. Lo

que verdaderamente importa en esta novela, apunta Georg

Lukics en The Historical Novel, "is not the retelling of

great historical events, but the poetic awakening of the

people who figured in those events" (p. 42). Amado Alonso

hace referencia igualmente a esta diferencia fundamental

entire la novela hist6rica y la historic:


La historic quiere explicarse los sucesos, obser-
vandolos criticamente desde fuera y cosiendolos
con un hilo de comprensi6n intellectual; la poesia
quiere vivirlos desde dentro, creando en sus acto-
res una vida autenticamente valedera como vida,
gracias al acto poetico de instalarse el author en
cada uno de sus personajes, identificandose alter-
nativamente con ellos, viviendolos intense y
profundamente con una conciencia lucida que le
permit sentir y expresar con nitidez, presenta-
tiva y no explicativamente, hasta las mas pequenas
raicillas de cada movimiento.29

Esta exploraci6n de los recintos vedados al historiador,

que el novelist hist6rico realize en su intent de recrear

po4ticamente a los personajes de la historic, es comentada

tambien por Edward M. Forster:


The historian deals with actions, and with the
characters of men only so far as he can deduce
them from their actions. He is quite as much
concerned with character as the novelist, but he
can only know of its existence when it shows on








the surface. If Queen Victoria had not said, "We
are not amused," her neighbours at table would
not have known she was not amused, and her ennui
could never have been announced to the public.
She might have frowned, so that they would have
deduced her state from that--looks and gestures
are also historical evidence. But if she had
remained impassive, what would any one have known?
The hidden life is, by definition, hidden. The
hidden life that appears in external signs is
hidden no longer, it has entered the realm of
action. And it is the function of the novelist to
reveal the hidden life at its source: to tell us
more about Queen Victoria than could be known, and
thus produce a character who is not the Queen
Victoria of history.30


Como parte de su esfuerzo por comunicar "the feeling

of how it was to be alive in another age," segun las pala-

bras de Avrom Fleishman (p. 4), el novelist hist6rico no

s6lo revive poeticamente a figures autenticas tomadas direc-

tamente de las piginas de la historic, sino que present

personajes de ficci6n cuyo valor documental es tambien con-

siderable. En su studio ya citado, por ejemplo, Lukacs

indica que en las obras mas importantes del novelist

hist6rico ingles Walter Scott, "historically unknown, semi-

historical or entirely nonhistorical persons play the

leading role," pero reconoce que asi y todo, "these, too,

are monumental historical figures" debido a su caracter

representative (p. 38). Lo mismo puede afirmarse de los

hechos narrados por el novelist hist6rico. Estos aconteci-

mientos a menudo proceden de la imaginaci6n poetica del

autor, pero no por eso dejan de arrojar luz sobre las

circunstancias de un determinado process hist6rico. Por

otra parte, cuando el escritor insisted en presentar episodios









reales, se limita generalmente a seleccionar los que mis

convienen a su prop6sito. Por eso Lukacs afirma que seria

una equivocaci6n imaginar que Tolstoy verdaderamente ofrece

un cuadro complete de las guerras napole6nicas en La guerra

y la paz. Dice Lukics: "What he does is, every now and

then, to take an episode from the war which is of particular

importance and significance for the human development of his

main characters." Y anade: "Tolstoy's genius as an histori-

cal novelist lies in his ability to select and portray these

episodes so that the entire mood of the Russian army and

through them of the Russian people gains vivid expression"

(p. 43).

El cultivo de la novela hist6rica floreci6 en Espana

en los anos treinta y cuarenta del siglo XIX, alentado sobre

todo por el gusto romAntico por los temas medievales. De la

popularidad disfrutada por el genero son testimonio las

numerosas traducciones de novelas hist6ricas extranjeras

que comenzaron a circular por el pais a partir de 1825, ano

de la publicaci6n de la primera edici6n espanola de Ivanhoe,

del ingl6s Walter Scott. Entre los autores extranjeros

cuyas obras fueron traducidas al espanol y publicadas en

Espana, figuraron tambien los americanos Washington Irving

(Cr6nicas de la conquista de Granada, 1831) y James Fenimore

Cooper (El ultimo mohicano, 1832); el italiano Alessandro

Manzoni (Los novios, 1833); y los franceses Victor Hugo

(Nuestra Senora de Paris, 1836) y Alexandre Dumas (Los tres

mosqueteros del rey Luis XIII, 1843).31 Pero de todos








ellos, fue Walter Scott quien alcanz6 mas fama en aquel

moment. En su Ensayo sobre la novela hist6rica, Amado

Alonso informa que Scott, cuyo nombre "se glorificaba en

Europa como el del genio de la novela," era para la critica

de todas parties "la media absolute con que justipreciar

los meritos relatives de los demas novelistas" (pp. 56 y

60).

En Espana, el primero en cultivar el genero de la

novela hist6rica segin el modelo romantico fue Ram6n Lopez

Soler, quien en 1830 public Los Bandos de Castilla. Esta

obra abunda en lances caballerescos y tiene por fondo la

agitada corte de Juan II durante la privanza de don Alvaro

de Luna. En su pr6logo, que muestra caracter de manifiesto,

L6pez Soler anuncia los "dos objetos" de la novela: "Dar a

conocer el estilo de Walter Scott y manifestar que la histo-

ria de Espana ofrece pasajes tan bellos y propios para des-

pertar la atenci6n de los lectores como los de Escocia e

Inglaterra."32 Pronto, la moda de componer novelas hist6ri-

cas atrajo a muchos escritores espanoles, e incluso a algu-

nos cuyo puesto en la historic de la literature se debe al

cultivo de otros generos, como Jose de Espronceda (Sancho

Saldana, 1834), Mariano Jose de Larra (El doncel de don

Enrique el Doliente, 1834) y Francisco Martinez de la Rosa

(Dona Isabel de Solis, Reina de Granada, 1837). En la

actualidad, segun indica Juan Luis Alborg, la critical con-

sidera unanimemente a El senor de Bembibre como la mejor

novela hist6rica del romanticism espaol.33 Esta obra de
nsanl Esta obra de








Enrique Gil y Carrasco, aparecida en 1844, trata el tema de

la disoluci6n de la Orden del Temple en Espana y se destaca

por la calidad lirica de sus descripciones de la region del

Bierzo.

El entusiasmo por la novela hist6rica romantica en

Espana decreci6 con la misma vertiginosidad con que se

habia propagado poco tiempo antes. Jose F. Montesinos opina

que "la novela hist6rica fracas porque nadie que la

abord6 entire nosotros supo lo que hacia."4 Amado Alonso,

en su mencionado ensayo, atribuye el "temprano abandon

relative" que sufri6 esta novela a dos defects fundamen-

tales: su actitud informative y detallista, con perjuicio

del desarrollo normal de la creacion po4tica, y su escasa

validez hist6rica, product de abundantes anacronismos y

demas fallas eruditas (pp. 86-87). Esta escasa validez

hist6rica hizo declarar a "Azorin" que las novelas de este

tipo "no tienen de hist6ricas sino el nombre."35 Hoy dia,

es este el genero mAs olvidado de toda la production

literaria del romanticismo espanol.

Resultaria problematico el conceder a las novelas

estudiadas en los Ultimos capitulos de esta tesis la clasi-

ficaci6n de "hist6ricas." Por una parte, la separaci6n

temporal entire los events narrados y la fecha de composi-

ci6n de las obras no garantiza la indispensable perspective

hist6rica. Los autores vivian ya al ocurrir los aconteci-

mientos que reconstruyen literariamente. Nuestros novelis-

tas se basan en el testimonio recibido directamente de









testigos de los hechos, y Unamuno inclusive presencia el

sitio carlista de Bilbao durante su niez. Por otra parte,

s6lo en Paz en la guerra de Unamuno y en Gerifaltes de

anta"no de Valle-Inclan aparecen series "hist6ricos" alter-

nando con los de ficci6n. Las obras del genero hist6rico

y las estudiadas aqui, sin embargo, si coinciden en la

presentaci6n de sucesos de la vida national en los que de

un modo u otro participan los personajes. En este sentido,

pues, la novel hist6rica espanola de la primera mitad del

siglo XIX puede considerarse como un precedent literario

de las novelas del carlismo.



El realismo decimononico


Ademds de ser utilizado para describir una constant

en el desarrollo de la literature espaiola, el t4rmino

"realismo" es empleado para identificar el movimiento

literario que estableci6 las pautas de la novelistica espa-

nola de la segunda mitad del siglo XIX. Esta novela, como

indica Eduardo G6mez de Baquero, "no habia de ser hist6rica,

a la manera de Walter Scott, sino contemporanea y muy ligada

al espectaculo social de su tiempo." Y aiade: "Cuando fue

hist6rica con Gald6s, sus temas fueron de historic contem-

poranea, de la que puede leerse, mis o menos deformada,

en los peri6dicos y no ha de buscarse en los antiguos cro-

nistas de Castilla."36 Con este "cambio del ambiente

hist6rico ideal, propio de la novela hist6rica romvntica,








por un ambiente hist6rico concrete actual," segun define

Gaspar G6mez de la Serna el paso de la narrative romantica

a la realista, se crean ya las condiciones favorables para

la aparici6n de las novelas del carlismo.37

German Bleiberg y Julian Marias senalan que "el escri-

tor realista aspira a captar en su obra la vida tal y como

es," e incluyen como caracteristicas de la tendencia realis-

ta en la obra narrative: la pintura del ambiente local; la

descripci6n de costumbres y sucesos contemporaneos; la

afici6n al detalle mas nimio; el espiritu de imitaci6n

"fotografica"; y la reproduccion del lenguaje coloquial o

familiar y de giros regionales.38 Estos rasgos se encon-

traban ya presents en los articulos costumbristas de la

primera mitad del siglo XIX, que desempenaron un papel fun-

damental en los origenes de la novela realista espanola.

Los autores de las escenas de costumbres echaron los cimien-

tos de la future narrative cuando aun se escribian en Espana

las novelas hist6ricas romanticas: "Los costumbristas se

aplicaron a la observaci6n de una realidad que va a ser

luego la de la gran novela del siglo XIX," apunta Jose F.

Montesinos. Y agrega: "La importancia del costumbrismo

como educador de la sensibilidad y del gusto de novelistas
y pdblico es considerable."39 Entre los que mas se desta-

caron en el arte de la pintura de las costumbres de la epoca

figuraron Serafin Estebanez Calder6n (1799-1867), Ram6n de

Mesonero Romanos (1803-1882) y Mariano Jos6 de Larra (1809-

1837).









El punto de partida de la narrative realista espanola

de la segunda mitad del siglo XIX fue La gaviota de Fernin

Caballero, publicada en 1849 con el subtitulo de "novela

original de costumbres espanolas" y resenada ya al princi-

pio de este capitulo. La autora, quien profesaba el prin-

cipio de que "la novela no se inventa, sino que se observa,"

anuncia en el pr6logo de la obra que se propone "dar una

idea exacta, verdadera y genuina de Espana, y especialmente

del estado actual de su sociedad, del modo de opinar de sus

habitantes, de su indole, aficiones y costumbres" (I, 7).

Se trata, en resume, de "un ensayo sobre la vida intima del

pueblo espanol, su lenguaje, creencias, cuentos y tradicio-

nes" (I, 7). La tendencia iniciada por Fernan Caballero en

la novelistica espanola alcanz6 su maximo representante en

Perez Gald6s (1843-1920), quien en su discurso de ingreso a

la Real Academia, titulado "La sociedad contemporanea como

material novelable," expuso su concepci6n realista del genero

novelesco:


Imagen de la vida es la novela, y el arte de
componerla estriba en reproducir los caracteres
humans, las pasiones, las debilidades, lo grande
y lo pequeno, las almas y las fisonomias, todo lo
spiritual y lo fisico que nos constitute y nos
rodea, y el lenguaje, que es la marca de la raza,
y las viviendas, que son el signo de la familiar,
y la vestidura, que disena los ultimos trazos
externos de la personalidad; todo esto sin olvidar
que debe existir perfect fiel de balanza entire
la exactitud y la belleza de la reproduccion.40








La Generaci6n del 98


Como parte del studio de los factors que contribu-

yeron a la creacion de un ambiente propicio para el trata-

miento del tema carlista en la novelistica espanola, hay que

considerar la preocupacion patri6tica que distinguio a los

miembros de la llamada Generacion del 98, a la que pertene-

cieron Unamuno, Valle-Inclan y Baroja, entire otros.

Pedro Lain Entralgo indica que ya desde el period mAs

temprano de su formacion, los hombres del 98 "comienzan a

sentir el malestar oculto de la 'Espana real,' esto es, la

existencia de un grave problema en los cimientos mismos de

la Patria."41 Mas tarde, cuando Espana se ve en el nadir de

su orbita hist6rica, al producirse la desintegraci6n final

de su imperio colonial tras la derrota sufrida en la guerra

con los Estados Unidos, los "noventayochistas" acuden al

studio de la esencia de lo espanol en un esfuerzo por

hallar soluciones a los problems nacionales. El impact

de los acontecimientos de 1898 en los miembros del grupo

--simbolizado en la historic literaria por el nombre que

recibe la generaci6n--es comentado por Emiliano Diez-Echarri

y Jose Maria Roca Franquesa:


Los hombres del 98, desconcertados, abrumados por
la catistrofe colonial, se reconcentran en si
mismos para formularse la angustiosa pregunta:
"iQue va a ser de Espana?" Solos, sin aliados,
sin colonies, sin fuentes de riqueza, ahora: ",Que
va a ser de Espaia?" Y para mejor contestar al
interrogante empiezan por estudiar la aut6ntica
naturaleza y ser de la patria, en el double plano
hist6rico y geogrifico. 2








No debe sorprender que los escritores de esta genera-

cion "cuyo problema esencial fue Espana," como indica Pedro

Salinas, se ocuparan de asuntos de interns national en sus

obras literarias.43 "Azorin," descubridor y miembro de la

generaci6n, afirma que se trata de obras que salen "de

nuestro amor a Espana." Y anade:


Lo que los escritores de 1898 querian no era un
patriotism bullanguero y aparatoso, sino serio,
digno, s6lido, perdurable. A ese patriotism se
llega por el conocimiento minucioso de Espana.
Hay que conocer--amandola--la historic patria.
Y hay que conocer--sintiendo por ella carino--la
tierra espanola.44

La presencia de la tematica del carlismo decimononico en la

novelistica de los noventayochistas Unamuno, Valle-Inclin y

Baroja, en conclusion, confirm el interns de los miembros

del grupo por la historic del pueblo espanol.



La critical sociol6gica


La investigaci6n de la dimension social de la litera-

tura constitute una de las ramas principles de la critical

literaria modern. El reconocimiento de la necesidad de

estudiar el fen6meno literario desde la perspective de sus

vinculaciones sociales aparece ya en la critical romintica

con Mme. de Stael, quien en su obra De la litterature

considered dans ses rapports avec les institutions sociales,

dada a conocer en 1800, se propone "examiner quelle est

l'influence de la religion, des moeurs et des loix sur la








litt6rature, et quelle est l'influence de la litterature sur

la religion, les moeurs et les loix."45 Mas tarde, durante

el mismo siglo XIX, la critical positivista, y en particular

Hippolyte Taine, se ocup6 tambien de las relaciones entire

la literature y la sociedad. Taine, quien estima que el

valor fundamental de la obra literaria estriba en su cardc-

ter de "signo" o documentt" de una epoca, expresa en su

historic de la literature inglesa, publicada por primera vez

en 1864, que "through literary monuments we can retrace the

way in which men felt and thought many centuries ago." Y

agrega: "This method has been tried and found successful."46

La critical marxista, apoyandose en el principio de que las

supraestructuras son determinadas por las infraestructuras

econ6micas y sociales, tambien ha contribuido a establecer

una concepci6n sociol6gica del fen6meno literario.

En la actualidad, la critical sociol6gica sigue funda-

mentalmente dos orientaciones. Por una parte, hacienda uso

de encuestas, estadisticas y otros procedimientos especifi-

cos de las ciencias sociales, se trata de analizar las

circunstancias externas del hecho literario. Seg6n Aguiar

e Silva en su Teoria de la literature:


Tal sociologia de la literature se preocupa del
creador y de la creacion (Lcuil es el origen
social del escritor?, Ade quien o de qu4 dependia
financieramente el escritor?, ique funcion desem-
pena la literature en una 6poca determinada, en
una sociedad determinada, etc.?); de la difusi6n
del hecho literario (organizacion editorial, cir-
cuitos de distribuci6n del mensaje literario,
papel de los circulos de lectura, de las bibliote-
cas, de la prensa, radio y television, etc.); y








del destino y los efectos de las obras literarias
(Lque clase de public consume una obra litera-
ria?, Lqu6 buscan en la literature los diversos
pdblicos?, etc.). (pp. 484-85)


Este metodo de aproximacion objetiva de la critical sociol6-

gica es expuesto por el frances Robert Escarpit en su cono-

cida Sociologie de la litterature.47

Por otra parte, reconociendo el valor de la obra de

arte como "espejo de la conciencia social" y "reflejo de la

vida," segun expresa Matilde Elena L6pez, la critical socio-

16gica contempordnea tambien se ocupa del studio de las

relaciones entire la realidad de caracter hist6rico y social

y las estructuras y el contenido del texto literario en si.

Dentro de esta otra corriente se ubica, por ejemplo, el

"estructuralismo genetico" del critico marxista Lucien

Goldmann, que se basa en la hip6tesis de que un determinado

grupo social siempre fija de antemano las estructuras de la

obra y las comunica por medio del autor. Dice Goldmann:


Le caractbre collectif de la creation litteraire
provient du fait que les structures de l'univers
de l'oeuvre sont homologues aux structures
mentales de certain groups sociaux ou en
relation intelligible avec elles, alors que sur
le plan des contenus, c'est-a-dire de la
creation d'univers imaginaires regis par ces
structures, l'4crivain a une liberty totale.49

Segdn Aguiar e Silva, el m6todo de Goldmann trata sobre todo

de relacionar la "vision del mundo"--"un ideal de hombre,

ideal de relaciones inter-humanas, cierta concepci6n de las

relaciones entire el hombre y la divinidad, entire el hombre y

el universo"--de la obra, con la de un grupo social (p. 484).








En Le Dieu cach4, por ejemplo, Goldmann vincula el element

estructurador--la vision tragica--de Phedre de Racine y de

las Pensees de Pascal a la vision del mundo de la secta

jansenista.50

A esta segunda orientacion de la critical sociol6gica

pertenece tambien otro tipo de studio que, sin presentar

los principios deterministas del estructuralismo genetico,

se encarga de examiner el valor documental del contenido

de la obra literaria. Refiriendose a esta otra aproxima-

ci6n sociol6gica al texto, mas traditional y comun que el

m4todo de Goldmann, dicen Rene Wellek y Austin Warren en

Theory of Literature:


The most common approach to the relations of
literature and society is the study of works of
literature as social documents, as assumed
pictures of social reality. Nor can it be doubted
that some kind of social picture can be abstracted
from literature. (p. 102)


Wellek y Warren ofrecen los siguientes ejemplos:


Chaucer and Langland preserve two views of
fourteenth-century society. The Prologue to the
Canterbury Tales was early seen to offer an almost
complete survey of social types. Shakespeare,
in the Merry Wives of Windsor, Ben Jonson in
several plays, and Thomas Deloney seem to tell us
something about the Elizabethan middle class.
Addison, Fielding, and Smollett depict the new
bourgeoisie of the eighteenth century; Jane
Austen, the country gentry and country parsons
early in the nineteenth century; and Trollope,
Thackeray, and Dickens, the Victorian world. At
the turn of the century, Galsworthy shows us the
English upper middle classes; Wells, the lower
middle classes; Bennett, the provincial towns.
A similar series of social pictures could be
assembled for American life from the novels of









Harriet Beecher Stowe and Howells to those of
Farrell and Steinbeck. The life of post-
Restoration Paris and France seems preserved in
the hundreds of characters moving through the
pages of Balzac's Human Comedy; and Proust traced
in endless detail the social stratifications of
the decaying French aristocracy. The Russia of
the nineteenth-century landowners appears in the
novels of Turgenev and Tolstoy; we have glimpses
of the merchant and the intellectual in Chekhov's
stories and plays and of the collectivized
farmers in Sholokhov.
Examples could be multiplied indefinitely.
One can assemble and exposit the "world" of each,
the part each gives to love and marriage, to
business, to the professions, its delineation of
clergymen, whether stupid or clever, saintly or
hypocritical; or one can specialize upon Jane
Austen's naval men, Proust's arrivistes, Howells's
married women. (p. 103)


Ahora bien, al estudiar la literature por su valor

documental, es necesario recorder que la obra literaria, en

definitive, no "es" la realidad, y que esta es siempre

susceptible de determinados efectos esteticos que el autor

desea producer. El cuadro que la obra muestra de la "vida"

constitute, a lo mls, una selecci6n subjetiva de hechos

hist6ricos y sociales. Por eso, cuando se analiza el con-

tenido hist6rico y social de la obra literaria, se debe

investigar tambien el procedimiento selective o deformativo

empleado por el escritor para poder determinar el caracter

de la relaci6n que ese contenido mantiene con la legitima

realidad: "Is it realistic by intention? Or is it, at

certain points, satire, caricature, or romantic idealiza-

tion?," preguntan Wellek y Warren acerca del cuadro presen-

tado por la obra (p. 104). Wellek y Warren explican que

"literature must, of course, stand in recognizable relation









to life, but the relations are very various: the life can

be heightened or burlesqued or antithesized; it is in any

case a selection, of a specifically purposive sort, from

life" (p. 212).

El critic sociol6gico Henri Zalamansky, partiendo de

la hip6tesis de que "tout auteur repond 'a une problematique

de l'4poque," ofrece una defense de la investigation del

contenido social de la obra literaria o lo que 41 denomina

"la sociologie des contenus."51 El tipo de studio propues-

to por Zalamansky para el analisis de temas sociales como

el colonialismo, la vida urbana y el matrimonio en la

literature contemporanea, se basa no en un superficial

reconocimiento de la creaci6n literaria como simple "espejo"

o reproducci6n direct de la realidad, sino mas bien en la

aceptaci6n de la obra como una respuesta individual del

autor a esa realidad. Por eso, Zalamansky expresa que su

"sociologia de los contenidos" no solo se plantea la pregun-

ta basica de "quelle image de notre socie4t la litterature

revel-t-elle?," sino que tambien trata de esclarecer otros

puntos relacionados con el mensaje del escritor: "Quelles

reponses les livres de notre epoque apportent-ils h nos

problbmes? Dans quel universe intellectual nos lectures nous

plongent-elles? A quelles pressions sommes-nous soumis par

ce que nous lisons?" (pp. 127-28).

Nuestro studio de la proyecci6n literaria del carlis-

mo religioso en la novelistica espanola se inspira en los








esfuerzos que realize la critical sociol6gica por investigar

el aspect documental del contenido literario.


Notas



1Fernan Caballero, La gaviota: Novela original de
costumbres espaolas, 2 tomos (Madrid: Librerla de Antonio
Rubinos, 1928).

2Benito Perez Gald6s, Episodios Nacionales, 46 tomos
(Madrid: Libreria y Casa Editorial Hernando, 1928).

3Leopoldo Alas, La Regenta, 2 tomos (Madrid: Libreria
de Fernando Fe, 1900).

Emilia Pardo BazAn, Los Pazos de Ulloa (Madrid:
Renacimiento, 1886).

5Emilia Pardo Bazan, La madre naturaleza (Buenos Aires:
Emece Editores, 1944).

Ram6n del Valle-InclAn, Memorias del marquis de
Bradomin: Sonata de primavera, Sonata de estio, Sonata de
otono, Sonata de invierno, studio preliminary de Allen W.
Phillips, 2.a ed. (M6xico, D. F.: Editorial Porrua, 1972).

7Vicente Blasco IbAiez, La cathedral (Valencia: F.
Sempere, 1903).
8-
Pio Baroja, Zalacain el aventurero (Buenos Aires:
Espasa-Calpe Argentina, 1943).

9Pio Baroja, Memorias de un hombre de acci6n, tomos
IIIy IV de las Obras completes (Madrid: Biblioteca Nueva,
194).

1Gabriel Mir6, Nuestro Padre San Daniel, en Obras
completes de Gabriel Mir6 (Madrid: Biblioteca Nueva, 1943),
pp. 691-806.

11Gabriel Miro, El obispo leproso, en Obras completes de
Gabriel Mir6 (Madrid: ~iblioteca Nueva, 1943), pp. 807-944.








12Ram6n del Valle-Inclan, Baza de espadas (Barcelona:
Editorial A. H. R., 1958), La corte de los milagros (Buenos
Aires: Editorial Losada, 1940) y Viva mi dueno (Buenos
Aires: Editorial Losada, 1940).

13Vitor Manuel de Aguiar e Silva, Teoria de la literature,
trad. Valentin Garcia Yebra (Madrid: Editorial Gredos, 1975),
P. 33.

14Rene Wellek y Austin Warren, Theory of Literature,
3.a ed. (New York: Harcourt, Brace and World, 1962), pp.
25-26.

15Mariano Baquero Goyanes, Que es la novela, 2.a ed.
(Buenos Aires: Editorial Columba, 1966), pp. 13-14.

16Americo Castro, "Poesia y realidad en el Poema del
Cid," en Semblanzas y studios espaFoles (Princeton: sin
editorial, 1956), p. 4.

17Radl H. Castagnino, El andlisis literario, 10.a ed.
(Buenos Aires: Editorial Nova, 1976), p. 78.

18
8Gonzalo Torrente Ballester, "La novela: Una respuesta
a la realidad," Hoja Informativa de Literatura y Filologia
de la Fundaci6n Juan March, ndm. 49 (1977), p. 1.

19
1Edwin Muir, The Structure of the Novel (London: The
Hogarth Press, 1963), pp. 10-11.

20
2Clara Reeve, The Progress of Romance (New York: The
Facsimile Text Society, 1930), p. 111. Esta obra fue publi-
cada originalmente en 1785.

21Antonio Prieto, Morfologia de la novela (Barcelona:
Editorial Planeta, 1975), p. 24.

22
2Georg Lukacs, The Historical Novel, trad. Hannah y
Stanley Mitchell (New York: Humanities Press, 1965), p. 139.

23Ram6n Menendez Pidal, "Algunos caracteres primordiales
de la literature espanola," en el tomo I de Historia general
de las literaturas hispinicas, ed. Guillermo Diaz-Plaja
(Barcelona: Editorial Barna, 1949), p. xxxvii.
24
2Arturo Farinelli, "Consideraciones sobre los caracteres
fundamentals de la literature espanola," en el tomo I de
Divagaciones hispanicas: Discursos y studios critics (Bar-
celona: Bosch, 1936), p. 93.









25Benito Perez Gald6s, Pr6logo, en el tomo I de La
Regenta de Leopoldo Alas (Madrid: Libreria de Fernando Fe,
1900), pp. ix-x.

26Emilia Pardo Bazan, La cuesti6n palpitante, en el tomo
III de las Obras completas, ed. Harry L. Kirby, Jr. (Madrid:
Aguilar, 1973), p. 646. E concept de la tradicion realis-
ta en la literature espanola merece aqui una breve aclara-
ci6n. La linea del popularismo, el realismo y el localismo,
como senala Damaso Alonso, sl6o constitute uno de los
terminos de la dualidad que define la esencia de la litera-
tura espanola; el otro, segun el mismo Alonso, es la linea
de la selecci6n, el antirrealismo y la universalidad. Ver
"Escila y Caribdis de la literature espanola," en Estudios
y ensayos gongorinos (Madrid: Editorial Gredos, 1955),
p. 26. Guillermo Diaz-Plaja reconoce como a representantes
mAximos de la tendencia idealista, tan valida como la rea-
lista, a G6ngora, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Becquer
y Juan Ram6n Jimenez. Ver Hacia un concerto de la literatu-
ra espanola, 4.a ed. (Madrid: Espasa-Calpe, 1962), pp. 38-
39. A veces, ambas direcciones pueden hallarse en la
producci6n literaria de un mismo autor, como en el caso de
"los dos Gongoras," e inclusive en el seno de una misma
obra, como en La Celestina y el Quijote.

27Avrom Fleishman, The English Historical Novel: From
Walter Scott to Virginia Woolf (Baltimore: The Johns
Hopkins Press, 1971).

28
2Madeleine de Gogorza Fletcher, The Spanish Historical
Novel, 1870-1970 (London: Tamesis Books Limited, 1974),
p. 15.

29Amado Alonso, Ensayo sobre la novela hist6rica (Buenos
Aires: Instituto de Filologia, Facultad de Filosofia y
Letras, Universidad de Buenos Aires, 1942), p. 18.

30
30Edward Morgan Forster, Aspects of the Novel (New York:
Harcourt, Brace and Co., 1927), p. 72.

31De las obras traducidas al espanol de cada uno de los
autores mencionados, se incluye la que mayor fama alcanzo
en Espana, seguida de la fecha de su primer edici6n espa-
nola.

32Citado por Guillermo Diaz-Plaja, Introduccion al
studio del romanticismo espanol, 2.a ed. (Madrid: Espasa-
Calpe, 1942), p. 241. Diaz-Plaja reproduce aqui el texto
complete del "manifiesto romantico" de L6pez Soler.








33Juan Luis Alborg, Historia de la literature espanola
(Madrid: Editorial Gredos, 1980), IV, 683.

SJose F. Montesinos, Introducci6n a una historic de la
novel en Espana, en el siglo XIX, seguida del esbozo de una
bibliografia espaTola de traducciones de novelas (1800-1850)
(Valencia: Editorial Castalia, 1955), p. xii.

35Jose Martinez Ruiz, "La novela hist6rica," en Clasicos
y modernos (Buenos Aires: Editorial Losada, 1939), p. 140.

36Eduardo G6mez de Baquero, El renacimiento de la novela
espanola en el siglo XIX (Madrid: Editorial Mundo Latino,
1924), p. 34.

37Gaspar G6mez de la Serna, Espana en sus episodios
nacionales (Madrid: Ediciones del Movimiento, 1954), p. 26.

38German Bleiberg y Julian Marias, Diccionario de la
literature espanola, 2.a ed. (Madrid: Revista de Occidente,
1953), pp. 606-607.

39Jose F. Montesinos, Costumbrismo y novela: Ensayo sobre
el redescubrimiento de la realidad espanola (Valencia: Edi-
torial Castalia, 1960), p. 12.

4Benito Perez Gald6s, Discursos leidos ante la Real
Academia Espanola en la recepci6n pdblica del Sr. D. Benito
Perez Gald6s, del 7 y 21 de febrero de 1897 (Madrid: Tello,
1897), p. 8.

4Pedro Lain Entralgo, "La generaci6n del noventa y ocho
y el problema de Espana," Arbor, 11 (1948), 420.

42Emiliano Diez-Echarri y Jose Maria Roca Franquesa,
Historia general de la literature espanola e hispanoameri-
cana (Madrid: Aguilar, 1960), p. 1256.

43Pedro Salinas, Literatura espanola, siglo XX (Mexico,
D. F.: Editorial Seneca, 1941), p. 54.

4Citado por Pedro Lain Entralgo, La generacion del
noventa y ocho (Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1947),
p. 92.

45Madame de Stall-Holstein, De la litterature considered
dans ses rapports avec les institutions sociales, ed. Paul
Van Tieghem (Geneve: Librairie Droz, 1959), I, 17.









46Hippolyte Adolphe Taine, History of English Literature,
trad. Henry Van Laun (New York: The Colonial Press, 1900),
I, 1. Para Taine, "monumentos literarios" son las obras
que constituyen "a transcript of contemporary manners and
customs and the sign of a particular state of intellect"
(I, 1). Dice Taine de las obras de literature: "If they
provide us with documents, it is because they are monuments"
(I, 26).

4Robert Escarpit, Sociologie de la litterature, 3.a ed.
(Paris: Presses Universitaires de France, 1964).

48Matilde Elena L6pez, Interpretacion social del arte
(San Salvador, El Salvador: Direcci6n General de Publicacio-
nes, Ministerio de Educaci6n, 1965), p. 170.

4Lucien Goldmann, Pour une sociologie du roman (Paris:
Gallimard, 1964), p. 226.

50Lucien Goldmann, Le Dieu cache (Paris: Gallimard,
1955).

51Henri Zalamansky, "L'Etude des contenus: Etape
fondamentale d'une sociologie de la litterature contempo-
raine," en Le litteraire et le social: Elements pour une
sociologie de la litt6rature, ed. Robert Escarpit (Paris:
Flammarion, 1970), p. 122.














CAPITULO III
MARTA Y MARIA DE PALACIO VALDES


Entre las dos docenas de obras que integran la pro-

ducci6n novelistica del conocido escritor asturiano Armando

Palacio Valdes (1853-1938), Marta y Maria ocupa un lugar

destacado.1 Medio siglo despues de su primera publicaci6n

en 1883, Cesar Barja senala que Marta y Maria "ha sido y

sigue siendo una de las novelas del autor mas leidas y gus-
2
tadas,"2 y Hymen Alpern indica que la critical la aclama

"as his best novel."3 La obra present un detallado studio

comparado de la personalidad de las dos hermanas Elorza

(Marta, la mujer de casa, hacendosa, sencilla, carinosa; y

Maria, la rom6ntica y contemplative), en las cuales Joaquin

de Entrambasaguas reconoce una interpretaci6n artistic de

las hermanas evangelicas. Pero la novela constitute sobre

todo una critical del "falso" misticismo representado por

Maria, cuyo fanatismo religioso la lleva a incorporarse a

las filas del carlismo castrense. La joven ve el legitimis-

mo como "la causa de los buenos cristianos que trataban de

volver a Jesds a su santo trono y arrojar de 61 a la sober-

bia y a la herejia" (p. 94).








Marco hist6rico


En Marta y Maria, la lucha entire carlistas y republi-

canos durante los anos 1873 y 1874, una decada antes de la

aparicion de la obra, ofrece un punto de apoyo al desarrollo

de los acontecimientos novelescos. Las referencias directs

a la realidad hist6rica, sin embargo, se encuentran reduci-

das a un minimo.

En Nieva, donde mora la acaudalada familiar Elorza,

opera una junta carlista que sostiene estrechas relaciones

con la junta central y con el ejercito del pretendiente

Carlos VII.5 Los legitimistas de la poblaci6n, instigados

por la junta central, decide levantar una partida dentro

del territorio:


Fueron noticias circunstanciadas a Bayona,
vinieron 6rdenes y planes de conduct, hubo infi-
nitos cabildeos, mezclaronse algunas mujeres,
salieron subrepticiamente fusiles de la fabrica
sustraidos por algunos operarios carlistas, e
hizose acopio de boinas blancas y polainas.
(p. 92)

Por fin, despu6s de largos meses de preparacion, salen al

campo unos treinta hombres (la decima parte de los juramen-

tados para salir aquella noche), a cuya cabeza march el

president de la junta local, D. Cesar Pardo. Los alzados,

en su mayoria estudiantes y seminaristas, se encaminan a las

montanas, pero al dia siguiente una docena de guardias civi-

les los sorprende en el moment de estar acampados comiendo

y los devuelve a la villa amarrados. D. Cesar y los j6venes








son desterrados entonces a las Islas Canarias, de donde

logran fugarse poco despues en un vapor extranjero. De

regreso en Nieva, se ocultan en las casas de los partida-

rios de la causa y comienzan a tramar la capture de la

fabrica de armas que existe en la ciudad:


La conspiraci6n estaba bien tramada. A la una
de la madrugada debian reunirse cincuenta hombres
en la huerta de un rico hacendado carlista y
otros cincuenta en la bodega de otro para prover-
se de armas y uniforms. A las dos en punto
marcharian todos hacia la fabrica, cuya guardia
no pasaba de veinticinco hombres, y la atacarian
ostensiblemente por las puertas, mientras otros
escalarian por detras las tapias. Una vez dentro,
se apoderarian con rapidez de los fusiles cons-
truidos cargandolos sobre mulos que tambien esta-
ban preparados, pegarian fuego a los talleres y
se saldrian a toda prisa de la poblaci6n. Para
cuando fuesen atacados contaban llevar ya quinien-
tos o seiscientos hombres bien provistos de armas
y municiones. (p. 98)


Un "soplo," sin embargo, pone al comandante de la provincia

sobre aviso y, horas antes de producirse el golpe, los cons-

piradores legitimistas son arrestados. Este segundo fracaso

de los carlistas de Nieva marca el fin de sus actividades

subversivas en la novela.


Carlismo y religion


En Marta y Maria, la guerra carlista se manifiesta

esencialmente como guerra de religion. El narrador explica

el fundamento religioso de la contienda:








En la epoca en que estos sucesos se efectuaban,
el clero y las tendencies religiosas de nuestro
pueblo padecian cierta persecucion por parte del
gobierno, depositado a la saz6n en manos de los
liberals mas extremados y mas conocidos por sus
ideas hereticas, lo cual, como era de esperar,
habia excitado vivamente las conciencias timora-
tas, encendiendo en las provincias del Norte, mas
religiosas de suyo y mas apegadas a nuestra tradi-
cion, una sangrienta y obstinada guerra civil que
amenazaba concluir con el orden politico estable-
cido y de paso con nuestra riqueza y prestigio.
Todas las personas mas o menos piadosas y amantes
de nuestras tradiciones catolicas, todo el que
detestaba la persecuci6n que la Iglesia padecia y
ansiaba el reinado de Jesus en la tierra por
mediaci6n de sus ministros, estaba pendiente de
esta guerra formidable donde se debatian, no solo
los derechos mas o menos respetables de un pre-
tendiente al trono, sino tambien los mas cars y
augustos intereses de la Religi6n. (p. 92)

Y continue el narrador exponiendo la dimension religiosa

del conflict:


Los que frecuentaban las iglesias y se relacio-
naban con el clero, ligabanse tacitamente contra
los herejes del poder, acogiendo con alegria y
comunicAndose velozmente las noticias favorables
a la causa monarquico-cat6lica, y llenos de
zozobra y tristeza las adversas. En las casas
de los hacendados mas ricos, en las sacristias y
en las trastiendas de algun comerciante absolutis-
ta lease ocultamente el Cuartel Real, diario
official del pretendiente que llegaba de vez en
cuando entire las piezas de cretona o los paquetes
de macarrones. Celebrabanse con gran pompa fun-
ciones de desagravio a la Virgen por las impieda-
des vertidas en el Congreso de los diputados,
funciones que en alguna ocasi6n terminaron vio-
lentamente por la intervenci6n de unos cuantos
republicans ebrios. Crecia la devocion al culto,
sobre todo al de los Sagrados Corazones de Jesus
y de Maria, y much gente piadosa iba en peregri-
naci6n al santuario de Lourdes, contando de regre-
so a sus amigos las buenas disposiciones y la
s6lida organizaci6n que tenian las huestes cat6li-
cas en las provincias vascas. Algunos j6venes
de las families mas conocidas de Nieva habian








desaparecido de la noche a la manana, dandose
por seguro que habian ido a engrosarlas. (p. 92)


Pero los comentarios del narrador no son el unico

vehiculo por medio del cual se revela el carlismo religioso

en la novela. En realidad, el principal exponente de los

vinculos entire el carlismo y el catolicismo en Marta y Maria

es el personaje de Maria Elorza, cuya afiliaci6n legitimis-

ta obedece exclusivamente a motives religiosos. Como apunta

Clyde Glascock, la mistica Maria "wants to regenerate Spain

and take it away from the republicans who are atheists and

give it back to the Carlists who are Catholics."

Cuando a los oidos de la senorita Elorza llegan noti-

cias de los golpes que sufre la Iglesia a manos de los

republicans en el poder, la devota joven sufre una indigna-

ci6n que no sl6o renueva su dedicaci6n a la causa de la

religion sino que comienza a desarrollar en ella una anti-

patia hacia el "impio" gobierno de Madrid:


La primog6nita de la casa de Elorza, ardentisima
devota del culto religioso, entregada con alma y
vida a la divina tarea de santificar su espiritu
y salvarlo de las garras del pecado, incansable
trabajadora del campo de la virtud evangelica,
aspirando siempre a una perfeccion mayor y celosa
propagadora de la fe y la piedad, no podia menos
de participar en la indignacion que ardia en los
pechos de las personas con quienes mas se rela-
cionaba. A sus oidos llegaba muy aumentado el
ruido de los excess revolucionarios y de las
impiedades diariamente vertidas por las hojas
peri6dicas de la capital, puesto que ella jams
osaba leerlas. Los confesores le encargaban que
rogase a Dios en sus oraciones por el triunfo de
la Iglesia y la confusion y arrepentimiento de sus
enemigos; las amigas y companeras de cofradia la
solicitaban para que hiciese con ellas novenas de








desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones
le pidieron limosna para algun sacerdote que yacia
en la miseria y otras veces para las infelices
monjas de algun convento arrojadas de 41 cruel-
mente para transformarlo en cuartel. Todas estas
cosas iban fomentando en su alma entusiasta y
ardiente, a par de un carino fervoroso a las san-
tas instituciones asi perseguidas, profunda aver-
si6n a sus perseguidores y a los implos que gober-
naban contra la ley de Dios. (p. 93)


Con el tiempo, Maria llega a sentir la necesidad de expresar

su indignaci6n a trav6s de la acci6n: "Vio claramente que

su Jesus padecia por las injusticias de los hombres y que

demandaba su concurso, que le pedia una nueva prueba de amor

arrancdndola al bienestar que disfrutaba y arrojandola en

medio de los huracanes del mundo" (p. 93). Maria se encuen-

tra consciente de que "Dios se complace muchas veces en

mostrar su poder encargando la consecucion de grandes

empresas a una humilde y flaca criatura" (p. 94). Por eso,

la joven acepta gustosamente la oportunidad de colaborar

con los conspiradores carlistas, que luchan "contra la

soberbia y la herejia" (p. 94), cuando su tio Rodrigo, mar-

ques de Revollar, uno de los magnates mas importantes de la

corte de Carlos VII, le ofrece el desempeno de una delicada

misi6n: "Elle veut contribuer, dans la measure de ses forces,

'a 1'crasement de l'impie, au triomphe de la bonne cause,"

senala Peseux-Richard.7

A petici6n del marques, conocedor de la acendrada fe

de su sobrina, Maria accede a convertirse en intermediaria

de la correspondencia que une a la corte de Carlos VII con

la junta legitimista de la localidad, "el hilo por donde la