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El ABC al Pueblo de Cuba Manifiesto-Programa

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Material Information

Title:
El ABC al Pueblo de Cuba Manifiesto-Programa
Physical Description:
Book
Language:
Spanish
Creator:
Partido ABC (Cuba)
Donor:
Ackerman, Holly ( donor )
Publisher:
Place of Publication:
Cuba
Publication Date:

Subjects

Subjects / Keywords:
Partido ABC (Cuba)
Cuba--Politics and government--1909-1933
Cuba--Política--1909-1933
Genre:
Spatial Coverage:
Cuba
Coordinates:
22.0289 x -79.937

Record Information

Source Institution:
University of Florida
Rights Management:
All applicable rights reserved by the source institution and holding location.
System ID:
AA00000528:00001

Table of Contents
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        Front Cover
    Advertencia
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    Antecedentes
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Full Text
EL
BC
AL PUEBLO DE CUBA
MANIFIESTO-PROGRAMA


ADVERTENCIA
Este Manifiesto expone en l�neas generales, la ideolog�a, que ha servido de base y de lazo de uni�n al A B C. El programa que a continuaci�n se presenta, aunque derivado directamente de ese ideario, tiene un car�cter provisional, en el sentido de estar sujeto a posibles rectificaciones futuras, cuando las circunstancias permitan someterlo a una Asamblea General del ABC. Asimismo, debe tenerse en cuenta que dicho Programa, no pretende cubrir todo el campo de una acci�n legislativa renovadora, sino que se limita, por el momento, a indicar las principales medidas o remedios contra el sistema econ�mico y pol�tico que ha hecho posible la tiran�a, y que pudieran ser objeto de adopci�n por una Asamblea Constituyente.
Finalmente el A B C declara que este ideario y programa, que tan netamente lo separan de los dem�s sectores actuales de la Oposici�n no obstar�n para que el A B C coopere con estos sectores al objeto de derrocar el Machada-to, ya que este prop�sito constituye la primera fase de la propia acci�n del ABC.
EL AB C, ES LA ESPERANZA DE CUBA �TODOS UNIDOS BAJO LA BANDERA DEL A B C!


ANTECEDENTES
1. �Qu� es el A B C.-El A B C es una organizaci�n que aspira a efectuar una renovaci�n integral de la vida p�blica cubana. Aunque ha surgido como una reacci�n contra el r�gimen tir�nico que tiene sumida a Cuba en el oprobio y en la miseria, su prop�sito no es meramente acabar con ese r�gimen, sino tambi�n remover las causas que lo han determinado, y mantener efectivamente organizada a ta opini�n sana del pa�s en una fuerza permanente para la realizaci�n y defensa de los intereses nacionales.
2. �Qui�nes constituyen el A B C�El ABC est� abierto a todos los cubanos de buena voluntad y de manos limpias que no hayan perdido la fe en la posibilidad de redimir a Cuba para los cubanos, realizando los m�s altos ideales de la nacionalidad. Pero el A B C es caracter�sticamente un movimiento de juventudes, porque la evoluci�n nacional de los �ltimos 30 a�os ha demostrado que una gran parte de los males de Cuba se derivan de que la generaci�n del 95 ha secuestrado para s� la direcci�n de los asuntos p�blicos, excluyendo sistem�ticamente a los cubanos que alcanzaron la plenitud civil bajo la Rep�blica.
Despu�s de cumplir, gloriosamente, su misi�n hist�rica, la conquista de la Independencia, esa generaci�n tuvo qne servir de puente entre la Colonia y la Rep�blica. Pero desde sus primeros pasos en su gesti�n republicana, puso de manifiesto su falta de aptitud para la labor civil de qrg�nizar y defender el nuevo Estado. Impedida, por el mismo empe�o libertador, de adquirir la preparaci�n doctrinal y t�cnica necesaria; fatigada de la tensi�n pol�tica; minada por las rivalidades y por el esp�ritu de caudillismo que toda guerra de emancipaci�n inevitablemente engendra, esa generaci�n no ha sabido, ni en el Poder ni en la Oposici�n, organizar las defensas de la nacionalidad. Domin�, sin embargo, de tal modo el sistema pol�tico nacional, que los j�venes admitidos a participar en el mismo, han sido �nicamente los que se mostraron dispuestos a aceptar sus condiciones y a contagiarse de sus vicios, estableci�ndose as� una verdadera selecci�n a la inversa: la selecci�n de los peores.
Siendo, pues, imputable a esa generaci�n el fracaso de la primera etapa republicana, un movimiento de renovaci�n integral como el que el A B C representa, tiene que incluir entre sus prop�sitos fundamentales el de una renovaci�n general de hombres. Hasta ahora, los cambios del personal pol�tico no han
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operado m�s que dentro de la oligarqu�a imperante, perpetuando el fracaso de ella y engendrando un escepticismo general frente a todo cambio de nombres. Convencido el A B C de que es necesario reaccionar contra este excepticismo y poner al servicio de Cuba criterios y voluntades nuevas, viene a afirmar sin rodeos que la generaci�n del 95 est� pol�ticamente liquidada, y que es imperativo sustituirla, tanto en el Poder como en la Oposici�n, por las juventudes maduras republicanas.
3.�Como surgi� e! ABC�Se intent� la organizaci�n del ABC, antes de Agosto de 1931. Al concretarse la intenci�n revolucionaria que culmin� en el movimiento frustrado de esa fecha, se desisti� de llevar adelante la idea del ABC para evitar una escisi�n de las fuerzas oposicionistas frente a una acci�n que intentaba cumplir el primer' requisito de nuestro empe�o renovador: el derrocamiento de Machado. Ocurrido el fracaso de esa acci�n revolucionaria, se restableci� la iniciativa del ABC y se comenzaron los trabajos para constituirlo y propagarlo.
Jam�s se ha emprendido un movimiento c�vico en peores circunstancias. Robustecido el Gobierno ileg�timo por un triunfo obtenido a poco costo; desanimado el esp�ritu p�blico ante lo inesperado del fracaso y las circunstancias mismas en que se produjo; perdidos los recursos que aport� a aquel intento revolucionario un pueblo en la miseria; desacreditada, en fin, la Oposici�n por su aparente incapacidad para organizarse, parec�a inevitable la consolidaci�n del r�gimen oprobioso. En tales condiciones inici� el AB C la ardua labor de alistar hombres, establecer los m�todos y conseguirlos medios adecuados para la realizaci�n de su programa.
No obstante las dificultades inherentes al car�cter secreto de la Organizaci�n y el esp�ritu de sacrificio que �sta exige de sus componentes, la iniciativa del A B C prendi� inmediatamente, congregando entusiasmos, levantando una nueva fe y demostrando el ansia con que Cuba ha aguardado siempre una organizaci�n efectiva contra todo lo que ha venido corrompiendo la vida nacional. El AB C est� todav�a en su etapa inicial; pero ya s�lo los inconscientes desconocen la importancia de este movimiento, que ha echado ra�ces permanentes en aquel fondo de la opini�n cubana adonde no han podido llegar ni la concupiscencia ni la cobard�a.
Por encima del plan de acci�n del A B C, inspir�ndolo y rigi�ndolo, ha habido una ideolog�a perfectamente madurada; toda una interpretaci�n econ�mica y pol�tica del problema hist�rico de Cuba. Pudo el A B 0, por consiguiente, publicar desde el comienzo esta ideolog�a en un manifiesto. No lo hizo, por-
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que entendi� que despu�s del rotundo fracaso que hab�a sufrido la acci�n revolucionaria que se acababa de intentar, no se deb�a lanzar al desencanto del pa�s una nueva protesta verbal, un �papelito� m�s, sin antes haber demostrado de un modo en�rgico la capacidad para la acci�n, indispensable para hacer electiva cualquier ideolog�a.
Al a�o de haberse constituido, el A B 0 ha acreditado ya esa capacidad, contribuyendo de manera principal y decisiva a impedir que el Machadato se consolidase y que los usurpadores disfruten apaciblemente del producto de sus fraudes y sus cr�menes. El � B O se siente, por tanto, autorizado ya para dirigirse al pueblo de Cuba en general, se�alarle las causas de la situaci�n miserable que atraviesa, y pedirle que engros� las filas del A B C y le brinde los medios de acci�n necesarios para lograr su objeto de renovaci�n nacional.
4.�Ideario del AB C.�En las p�ginas que siguen se pondr�n de manifiesto, con la brevedad indispensable en un documento como �ste, las causas y condiciones hist�ricas que, en opini�n del A B C, han determinado m�s directamente el fracaso de nuestra primera etapa ele vida republicana. Asimismo, se expondr�n los remedios principales que el mismo examen cuidadoso y competente de esas causas recomienda.
Enunciados de un modo general, esos remedios son:
HOMBRES NUEVOS.
IDEAS Y PROCEDIMIENTOS NUEVOS.
RECONQUISTA DE LA TIERRA.
LIBERTAD POLITICA.
JUSTICIA SOCIAL.
EL PROBLEMA CUBANO
El prop�sito del A B C es transformar radicalmente el medio p�blico de Cuba, atacando la desmoralizaci�n en sus causas m�s profundas.
Estas causas son, en primer lugar, do orden econ�mico; en segundo lugar, de orden pol�tico. Las analizaremos, con la brevedad a que obliga un Manifiesto de esta �ndole.
A-CAUSAS ECONOMICAS El cubano, desplazado de la riqueza.
1.�Durante la primera fase de la colonia, el Cubano fu�
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sistem�ticamente excluido de los cargos p�blicos; pero en cambio era due�o de la tierra y de la industria. El absolutismo pol�tico se limit�, en lo econ�mico, a imponerle a Cuba un r�gimen oneros�simo de exacciones y monopolios; pero no estorb� que los hijos del pa�s, por la misma fuerza del arraigo y de la herencia, se mantuvieran en posesi�n y dominio de las fuentes naturales de riqueza, se�aladamente el az�caivel tabaco, la ganader�a y la miner�a.
Tan general fu� este control por parte del cubano, que en parte explica la demora con que Cuba concurri� al empe�o libertador. Comprendiendo el cubano rico que una lucha armada por la libertad pol�tica perturbar�a su aprovechamiento econ�mico, vacil� durante la primera mitad del siglo pasado entre sus intereses inmediatos y sus ideales; entre el bienestar econ�mico de que disfrutaba y el derecho civil que apetec�a. Pero, al mismo tiempo, ese dominio de la explotaci�n interna le permiti� apreciar hasta que punto el r�gimen espa�ol de monopolio limitaba, a la larga, sus posibilidades de aprovechamiento. Aspir� a obtener de Espa�a una representaci�n pol�tica suficiente para la defensa y fomento de sus intereses, y cuando perdi� la esperanza ele obtenerla, opt� por el separatismo. Vacil� todav�a entre la soluci�n anexionista y la independencia, decidi�ndose al fin por esta �ltima, que le pareci� m�s viable y le brindaba m�s seguridades para el porvenir, siquiera fuese a costa de un mayor sacrificio inmediato.
Las luchas libertadoras tuvieron, por consiguiente, un fin principalmente econ�mico; adquirir la independencia pol�tica necesaria para el desarrollo material del pa�s. Se inici� as� en 1868 un estado ele guerra contra la Metr�poli. Si bien esta fase tuvo solo tres per�odos de actividad b�lica propiamente dicha, todo el lapso de 30 a�os entre Yara y el combate naval de Santiago fu�, econ�micamente hablanclo, un per�odo de guerra.
Lo que caracteriza econ�micamente un estado de guerra es la perturbaci�n que introduce en las activielades proelucti-vas efe un pa�s. Tocia guerra requiere que la sociedad se organice con un fin combativo, que se sustraigan ele las labores de la:paz los hombres que van a pelear, y que los dem�s se cuiden de aprovisionar ese ej�rcito. En 1868, C�spedes empez� por quemar su propio ingenio y poner en libertad a sus esclavos. Este acto inicial, as� como la subsiguiente destrucci�n de Ba-yamo por los mambises, revela ese car�cter ele sacrificio eco-
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n�inico que toda guerra tiene. Durante los diez a�os, numero-ros terratenientes, propietarios de ingenios, ganaderos, sacrificaron su hacienda, unos invirti�nd�la en la causa de la Libertad, otros abandonando sus explotaciones, ya para compartir los azares de la guerra en las filas insurrectas, ya por verse obligados a emigrar al extranjero. Este sacrificio no fu� solo de los cubanos opulentos, sino tambi�n de infinidad de peque�os propietarios rurales, vegueros, sitieros, colonos, que abandonaron igualmente sus fuentes de subsistencia.
Ya al terminar la guerra de los Diez a�os, era evidente que, con ese sacrificio, el elemento cubano hab�a perdido un terreno econ�mico enorme. En cambio, el peninsular y el cubano integrista�que para el caso era lo mismo�se.hab�an afianzado y extendido econ�micamente a costa de los movilizados, duplicando s� medro con el aprovisionamiento del ej�rcito espa�ol y con la misma falta de concurrencia econ�mica del cubano en armas. Despu�s del Zanj�n, ese desplazamiento estaba ya demasiado avanzado para que el cubano pudiera reconquistar su terreno contra el recelo y la sorda enemistad del elemento integrista. De hecho, el cubano fu� perdiendo m�s y m�s sus contactos con las fuentes de riqueza, y la guerra del 95 acab� de consumar ese desplazamiento.
Este proceso era inevitable. Tocia guerra supone una perturbaci�n semejante. Precisamente por eso las guerras se liquidan siempre con una compensaci�n material adecuada para el triunfador. La paz exige la reconstrucci�n de lo destruido y la constituci�n de capitales que sustituyan a los que se consumieron en la lucha. Esta "desmovilizaci�n econ�mica" es el problema trascendental que deja toda guerra.
El drama econ�mico de Cuba dimana de que no se resolvi� a tiempo el problema de la paz. Debido a la intervenci�n norteamericana de �ltima hora, Cuba no pudo hacer valer su autoridad natural de triunfadora al terminar la guerra; ni siquiera fu� parte en el Tratado de Par�s, que le puso fin. Espa�a no tuvo que pagar indemnizaci�n, alguna, y los Estados Unidos se contentaron con el bot�n geogr�fico y econ�mico de Puerto Rico y las Filipinas.
Gracias a la indiferencia de su accidental y poderoso aliado, Cuba se encontr�, al sobrevenir la emancipaci�n, con un ej�rcito de veteranos desprovistos de todo medio pac�fico de vida, con una legi�n de emigrados que hab�an perdido sus propiedades o el capital para explotarlas, con un territorio asolado y una poblaci�n rural reducida a la miseria por la recon-
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eentraci�n, y con una clase media nativa totalmente despla* zada ya por el peninsular y reducida a una condici�n parasitaria. A eso hay que a�adir que la emancipaci�n de los esclavos hab�a aumentado en un tercio la poblaci�n cubana menesterosa. Cuba hab�a ganado su independencia pol�tica a costa de su independencia econ�mica.
Se vio enfrentada con la necesidad de pagar sus propias indemnizaciones, sin contar para ello, con otros recursos que el derecho a recaudar impuestos y el dominio de las tierras que fueron de la Corona. Una parte del ej�rcito licenciado y de los emigrados, encontr� auxilio en los cargos p�blicos. Pero qued� la necesidad de proveer a la subsistencia del pueblo cubano en general.
La ocupaci�n inicial norteamericana, demor� la resoluci�n de ese gran problema, ya que el administrador yanqui no se preocup� de �l, y la atenci�n cubana se concentr� en la ultimaci�n del ideal pol�tico. Constituida la Rep�blica, tuvo que atenderse a esa necesidad. Estrada Palma crey� hallar la soluci�n definitiva pag�ndole sus haberes al Ej�rcito Libertador, a cuyo efecto se decidi� no obstante su pol�tica ahorrativa a concertar el primer empr�stito norteamericano, ascendente a 35 millones de pesos.
Su efecto fu� el de una llovizna en un campo �rido. Esa inversi�n no pod�a ser por s� sola suficiente para restituir a la circulaci�n los capitales destruidos ni darle oportunidad de trabajo a toda la poblaci�n que lo necesitaba. M�s eficaz hubiera sido invertir aquel empr�stito en abrir caminos que hubiesen puesto en condiciones de explotaci�n inmediata las tierras del Estado, distribuyendo �stas luego, y constituyendo una clase de propietarios rurales, con lo cual se hubiera cimentado s�lidamente nuestra Rep�blica democr�tica. Pero no se repar� en esa posibilidad, y �sto, unido a la pol�tica ahorrativa de Estrada Palma, impidi� que las dos conquistas realizadas por la Rep�blica�los cargos p�blicos y los terrenos del Estado�se utilizaran desde el comienzo para resolver el gran problema econ�mico.
El fracaso de esa pol�tica de Estrada Palma determin� principalmente la revoluci�n que contra �l se hizo y que bajo la apariencia de una simple rivalidad partidarista, respond�a a la insatisfacci�n econ�mica latente. Despu�s de la segunda ocupaci�n norteamericana, que volvi� a interrumpir como la primera, la evoluci�n natural de Cuba, Jos� Miguel G�mez aprovech� la experiencia de Estrada Palma y trat� de subsa-
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nar su error inaugurando la pol�tica d�los altos presupuestos, que aspiraba a resolver el problema de la lucha por la vida del elemento nativo mediante el aumento progresivo y constante del n�mero de beneficiados por el tesoro p�blico. Este se convirti� as� en la fuente artificial de sustento de un pueblo desvinculado de sus recursos naturales. La pol�tica de altos presupuestos se complet� con la del despilfarro y el peculado, que eran su natural consecuencia.
Es evidente que, si bien esa pol�tica alivi� moment�neamente el desvalimiento econ�mico general, llevaba en s� el germen de su propio fracaso. Todo un pueblo no puede vivir parasitariamente. Las necesidades de' la poblaci�n no alcanzan a ser satisfechas con las dispensaciones del presupuesto, ni �ste puede ser aumentado indefinidamente, ya que ha de responder a la capacidad rent�stica del pa�s. La soluci�n era, por consiguiente, artificial, ya que se limitaba a hacer desaparecer los s�ntomas clel mal sin atacar su causa. Aunque cada vez eran m�s los cubanos que viv�an del Estado, la situaci�n econ�mica general era cada vez peor. El d�ficit de cada liquidaci�n presupUestal revelaba la necesidad de ajustar'el presupuesto, reduci�ndolo a la capacidad productiva del pa�s, o aumentando la tributaci�n; y cualquiera de las dos soluciones agravaba el mal en vez de remediarlo.
No obstante, la evidencia de ese c�rculo vicioso, la pauta trazada por el primer gobierno Liberal fu� seguida por los Conservadores, que tan rudamente la hab�an combatido desde la oposici�n. Era, en efecto, el recurso inevitable de gobiernos que no sab�an resolver de fondo el problema econ�mico. El pueblo, atento, a su necesidad inmediata, aprob� esa pol�tica derrochadora en tanto le alcanzaban sus beneficios; pero se rebel� contra ella cuando, lejos de extenderse al mayor n�mero, redund� solo en provecho de unos cuantos privilegiados palaciegos.
A despecho de su hip�crita pretensi�n inicial de constituir un gobierno de �regeneraci�n-,Machado llev� desde el primer momento al extremo esa pol�tica de despilfarro y de imprevisi�n. El llamado cooperativismo no fu�, en el fondo, sino el soborno de la oposici�n partidarista, extendi�ndole las ventajas del Poder al mayor n�mero posible de pol�ticos, cualquiera que fuese su filiaci�n. Frente a una depresi�n ya evidente en las actividades econ�micas, Machado extrem� el derroche oficial. La Ley de Obras P�blicas elev� a cifras fant�sticas las erogaciones nacionales, con el aumento correspondiente en la tributaci�n y en los m�rgenes de peculado. La Ley de los Con-
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cejales,la Escuela T�cnica Industrial, el C�digo Notarial, la Ley de los Registros, fueron otros tantos modos de aumentar el n�mero de los cubanos alimentados por el Tesoro P�blico. A medida que �ste se lia ido depauperando por la depresi�n econ�mica mundial y por las mismas consecuencias aniquiladoras de esa pol�tica de alta tributaci�n, el Machadato ha tenido que ir restringiendo m�s y m�s su dispensaci�n y concentr�ndola en provecho de unos cuantos compadres palatinos.
A reserva de puntualizar m�s tarde las consecuencias sociales de esa pol�tica de imprevisi�n y de ineptitud, que sustituy� el auxilio y defensa de los recursos naturales y reproductivos, podemos' ya concluir que es la causa econ�mica m�s importante de los males de Cuba. Mediante la perpetuaci�n de su desplazamiento econ�mico, el cubano ha venido a ocupar en la Rep�blica exactamente la posici�n contraria a la que ocup� durante la Colonia. Entonces, los peninsulares ten�an los cargos p�blicos, pero el cubano controlaba la riqueza. Hoy, �ste s�lo cuenta con un bot�n presupuestal cada vez m�s exiguo, mientras el elemento extranjero domina nuestra riqueza natural.
2.�Expuesto as� en r�pida s�ntesis la totalidad del proceso hist�rico de desplazamiento del cubano de su riqueza, volvamos sobre nuestros pasos para precisar ciertos aspectos.
Hemos visto que el Estado democr�tico liberal, producto de la revoluci�n libertadora, ante los campos devastados, la ca�a quemada, los ingenios hechos ruinas, los cafetales y las vegas arrasadas y el cubano sin tierra, no tuvo, en lo econ�mico, m�s que dos preocupaciones: la econom�a fiscal y el pago del Ej�rcito Libertador. Dispon�a de las tierras realengas de la Corona de Espa�a, pero no se le ocurri� repartirlas entre los soldados licenciados que quedaban despu�s de la guerra sin empleo ni patrimonio. Acudi� al empr�stito extranjero�que no pudo obtener sino a costa de dos tratados con los Estados Unidos: el permanente y el de reciprocidad�y grav� la Rep�blica con una deuda que entre principal e intereses se calcula que le cueste 180 millones ele pesos.
Este empr�stito inconsulto marc� el inicio de la supeditaci�n econ�mica del Gobierno ele Cuba al capital extranjero y despej� el camino para que invadiera sin trabas la tierra, la miner�a, las industrias, las riquezas tocias del pa�s.
Cuba se enriqueci� pero el pueblo cubano no pudo ser
gart�cipe de la valoraci�n ele esta tierra porque no era suya, [emos tenido una naci�n de bur�cratas y proletarios en vez
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de una naci�n de propietarios, porque no ha habido una clase nacional usufructuaria de las riquezas del pa�s.
3.�La riqueza monetaria de Cuba, como su riqueza territorial e industrial, fu� dilapidada y enajenada por la imprevisi�n e incapacidad de sus gobernantes. Perdimos en beneficio del extranjero nuestro stock met�lico como hab�amos perdido nuestros campos y nuestros ingenios, en virtud de la pol�tica monetaria implantada por el general Menocal.
Los beneficios de la Ley de la Moneda Nacional de 1914, fueron secundarios e intrascendentes: s�lo sirvi� para evitar el agio en los cambios y halagar el patriotismo mediante la circulaci�n de un signo monetario con el escudo de la Rep�blica. No realiz� la emancipaci�n monetaria del pa�s, pues retuvo el curso legal de la moneda de los Estados Unidos. En cambio, se desmonetiz� el oro espa�ol y franc�s, se prohibi� su importaci�n y se acab� por expulsarlo.
Durante la guerra europea, el oro cubano tom� tambi�n el camino del extranjero. Apetecido por los pa�ses beligerantes y or su gran proveedor, los Estados Unidos, fu� sustituido por illetes de este pa�s. El Gobierno, que hab�a provocado con sus restricciones la emigraci�n del oro for�neo, no acert� a ver que desaparec�a la base met�lica de nuestro sistema monetario. Cuando lo advirti� fu� tarde. El oro se hab�a marchado de Cuba y desde entonces no se le ha visto en forma de moneda m�s que por rara excepci�n y en exigua cantidad.
Cuba ha tenido que conformarse con una moneda de papel, que en el mejor de los casos s�lo constituye un derecho a exigir oro, y las m�s de las veces no pasa de moneda fiduciaria sin otra garant�a que la de la entidad que la emite. Y a esa moneda de papel le reconoce la Ley curso legal aun en los casos en que no lo tiene en su pa�s de origen.
Esta monstruosidad econ�mica�el curso legal ilimitado del billete americano y la expulsi�n del oro�ha colocado a Cuba a la merced de los vaivenes de la finanza de otro pueblo, consumando en el orden monetario la inferioridad pol�tica.
Cuba necesitaba y necesita banca nacional. En 1914 se le quiso dar moneda. La medida era incompleta y el resultado est� a la vista: no hemos tenido ni moneda ni banca. Las pocas instituciones criollas de cr�dito llevan vida mis�rrima. La incuria gubernamental dej� liquidar y desaparecer las de alguna importancia en 1920. En cambi� la banca extranjera se ha extendido tentacularmente. Due�a del cr�dito, lo ha sido de la producci�n y del comercio. Ha podido arruinar la actividad econ�mica de los elementos del pa�s y ha sabido aprovechar
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la crisis para hacerse due�a de las industrias y riquezas que quedaban en manos cubanas.
El Estado cubano, obedeciendo en apariencia a las determinaciones de sus productores ha ejecutado con docilidad el mandato imperativo del capitalismo extranjero. As� se ha constituido una corporaci�n que rige la exportaci�n del producto b�sico de la industria y la agricultura del pa�s, compuesta de una mayor�a de extranjeros. As�, manipulando las cuotas de producci�n de los ingenios a su antojo, una y otra gran compa��a, atentas �nicamente a las conveniencias de la racionalizaci�n productiva, han molido las correspondientes a varios de ellos, dejando cerrados a los dem�s y condenando, por ende, alamir seria a comunidades enteras cuyo �nico medio habitual d� vida eran las labores en el central inmediato.
Nuestros gobiernos que no han sabido, por su inepcia y venalidad dar vida a una banca nacional; que han permitido que la extranjera se ense�oree de esta tierra, han descuidado hasta la elemental previsi�n de reglamentar su actividad y supervisar sus operaciones. As� un iBanco ha podido quebrar fraudulentamente por destinar la mayor parte de sus recursos a negocios personales de directores o accionistas, ante la indiferencia gubernamental.
4�La penetraci�n del capital extranjero, propiciada por el Estado, ha completado el proceso de desplazar al cubano de la riqueza.
Esta penetraci�n halla su manifestaci�n m�s cabal en la extensi�n desorbitada del latifundio azucarero. Entre menos de 200 ingenios se encuentran distribuidas m�s de 170 mil caballer�as de tierra. Y hay compa��a extranjera que, por s� sola, posee cerca de 20 mil.
La industria de la fabricaci�n del az�car, ha implicado la constituci�n de un estado econ�mico dentro del estado pol�tico, que ha anulado la autoridad de �ste y sometido a su imperio la gran masa trabajadora cubana.
Los bateyes de los grandes ingenios son villas m�s importantes econ�mica y a veces demogr�ficamente, que los municipios que los circundan. Hay poblaciones cubanas, como Ba�es, en Oriente, enclavada dentro del feudo,de la United Fruit Company, donde no se obedece m�s ley que la que impone el administrador norteamericano: donde las autoridades cubanas son vasallos suyos; donde todos los privilegios municipales les est�n reservados a los residentes yanquis; donde el cubano es tratado como un siervo de la gleba, y hasta le est� prohibido, a determinadas horas, el acceso al centro urbano.
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En los bateyes de los grandes centrales yanquis, las condiciones son an�logas. El administrador norteamericano es un peque�o jefe soberano; la poblaci�n criolla es una poblaci�n de subditos suyos.
En esos estados dentro del Estado, los ferrocarriles de servicio privado sujetan al se�or�o del Central los fondos situados en el radio que alcanzan, y hacen de los due�os de �stos siervos obedientes, listos a vender o arrendar al precio que se les fije; sin m�s alternativa que la sumisi�n o la ruina; y los sub-puertos son emporios privados y centros de contrabando, que colocan a la.empresa en situaci�n de competencia privilegiada en su zona, completando la acci�n nefasta del ferrocarril.
La racionalizaci�n ele la industria azucarera se exterioriza en otro hecho: la importaci�n de brazos baratos; y en una tendencia: la conversi�n de la ca�a de colonato en ca�a de administraci�n, elementos ambos ele desintegraci�n ele la econom�a y de la nacionalidad.
Si el proceso completa su cielo ininterrumpido, Cuba se convertir� en un gran ingenio con poblaci�n ele negros antillanos, una corta burocracia nativa, un gobierno que reciba �rdenes de Wall Street, y una bandera s�mbolo de su independencia.
As� los fines de la industria azucarera, han venido a ser, por t�cita aceptaci�n, los del Estado Cubano. Y estos fines s�lo miran al menor costo ele producci�n y al mayor precio de venta, para lo que es menester mano ele obra barata e integraci�n de la industria. Que el obrero criollo quede sin trabajo o el colono blanco tenga eme abandonar el pedazo de tierra para arrastrar su miseria en la ciudad, �poco importa!
B. CAUSAS POLITICAS
(a) Tradicionales:
Entre los malos h�bitos pol�ticos que nos leg� la colonia figura principalmente, el del absolutismo. Espa�a no se preocup�, salvo a �ltima hora, de establecer en Cuba un verdadero sistema de gobierno; se limit� a un mero ejercicio del mando, con m�s o menos rigor, por los Capitanes Generales. Toda funci�n de gobierno implica, seg�n la frase justa ele Mart�, �el equilibrio de los elementos naturales del pa�s.� La Metr�poli mantuvo siempre, respecto de la situaci�n de su �ltima colonia en Am�rica, una ignorancia escandalosa, que no se ocup� de vencer precisamente porque la dinast�a reinante or-
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ganiz� su poder colonial con el s�lo prop�sito de explotar las tierras en su exclusivo beneficio y tenerlas sometidas indefinidamente a la Corona.
Fiel a estos designios, el Capit�n General no era un gobernante, sino un simple mandatario con facultades omn�modas sobre la poblaci�n de la Isla. Como apoderado de la Metr�poli, s�lo a �sta hab�a de rendir cuentas. Entre �l y la poblaci�n de la Isla no hab�a otras relaciones que las primarias existentes entre el que manda y el que obedece. Todos los derechos se concentraban en la mano del d�spota peninsular, todos los deberes reca�an sobre el pueblo sumiso. El mismo t�tulo de Capit�n General era una alusi�n al ordenancismo militarista que inspiraba sus actos y a su desprecio por las formas arm�nicas y consultivas de la vida civil.
Desvinculado pol�ticamente del pueblo, mand�ndolo "desde arriba", es decir, "desde fuera" en el uso de poderes incontrastables el Capit�n General ten�a como suprema aspiraci�n la tranquilidad d�la colonia y, como consecuencia, su principal y casi �nico cuidado era el mantenimiento del orden a toda costa.
Consecuencia natural de este mando inconsulto y prepotente, era la impunidad del que lo ejerc�a. Las responsabilidades del Capit�n General respecto del pueblo de Cuba eran nulas por vicio intr�nseco del sistema. Respecto del gobierno espa�ol su irresponsabilidad no era menor, en gran parte por la ignorancia y confusi�n que imperaban en los negocios de Ultramar. El Capit�n General, como se ha dicho, no ten�a pr�cticamente que rendir cuentas a nadie. Cuando el eco de sus desaciertos llegaba a la Pen�nsula, el Rey lo destitu�a, pero ofreci�ndole un nuevo t�tulo o una nueva condecoraci�n. Mientras esto no ocurriera, el Capit�n General se despachaba a su antojo, con el alarde y el c�nico desenfado que da la impunidad.
Aunque m�s benigno, no nos dio mejor ejemplo el gobernador yanqui. En primer t�rmino, tuvo tambi�n el car�cter militar de los Capitanes Generales. Arrib� luego al pa�s como un protector solicitado por �ste y con la convicci�n de que ve--n�a a "meter en cintura" a un pueblo un poco levantisco y quisquilloso, pero moralmente inferior.
La tradici�n �funesta de los Capitanes Generales y de los Gobernadores Militares engendr� li�bitos de abuso en el gobernante republicano y de sumisi�n en la gran masa gobernada. El mal lo hemos palpado durante los a�os de vida independiente. Cada presidente de la Rep�blica se ha cre�do un Capit�n General rigiendo omn�modamente a una poblaci�n de colonos. Al pueblo le ha faltado, as�, esa educaci�n c�vica que
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caracteriza a las colectividades donde el concepto de servicio p�blico est� �ntimamente adherido a la funci�n de gobierno.
(b) Institucionales:
1�Obtenida la separaci�n de Cuba del poder pol�tico de Espa�a y convenida la Constituci�n de un Gobierno cubano, el problema que deb�a ser resuelto por los Constituyentes, formados por la plana mayor de los hombres del 95, era el de buscar un sistema, un mecanismo legal que evitara que los vicios pol�ticos tradicionales que hab�an influido en el desarrollo colonial no tuvieran oportunidad de repetirse en Cuba. Como se ha dicho antes, tales vicios consist�an en poderes excesivos, impunidad de los gobernantes y olvido de los intereses del pueblo. Para resolver este problema, ten�an a su disposici�n los Constituyentes de 1901 el hermoso precedente del parlamentarismo ingl�s y franc�s, que hab�an logrado de un modo eficaz limitar las facultades excesivas del Poder Ejecutivo. Esa misma orientaci�n ten�a su arraigo hist�rico en la forma de gobierno de la Rep�blica en Armas, que, celosa de los principios democr�ticos, lleg� hasta destituir a su primer presidente, no obstante lo inoportuno de la medida en el per�odo de lucha por que se atravesaba.
Los constituyentes de 1901, se dejaron seducir por el ejemplo norteamericano, y sin tomar en consideraci�n las diferencias esenciales que exist�an entre el Estado Federal Norteamericano y la Rep�blica Unitaria Cubana, copiaron la Constituci�n de los Estados Unidos de Am�rica. En esta Constituci�n, el Poder Ejecutivo es incontrastable; sus facultades exceden con mucho a las que corresponden a los otros poderes, que en cierta forma le est�n subordinados. La Constituci�n federal americana no puede ser criticada, sin embargo, por esta circunstancia: en aquel pa�s, la soberan�a de los Estados constituye un freno al abuso del poder del Presidente, que solo tiene atribuciones en los problemas nacionales. Como hemos apuntado ya, en Cuba no existen Estados soberanos, ya. que la creaci�n de las provincias no es m�s que una mera ficci�n adoptada por nuestra Constituci�n por el esp�ritu imitativo que predomin� en nuestros constituyentes; pero no hay analog�a ni jur�dica, ni pol�tica, ni econ�mica, entre el Estado ame-cano y la Provincia cubana. As� pues la Constituci�n de 1901, cre� un Poder Ejecutivo con facultades incontrastables. Al Poder Legislativo s�lo se le confiri� el control de los fondos p�blicos mediante su intervenci�n en la discusi�n y aprobaci�n de los presupuestos nacionales. Unicamente esta facultad, que
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ejerce una vez al a�o, le da cierta paridad al Congreso con el Poder Ejecutivo. Es verdad que se reserva al Poder Legislativo la facultad de legislar. Pero no es menos cierto que las leyes �o entran en vigor si no son sancionadas por el Presidente, a quien se le concede el derecho del veto. La opini�n presidencial manifestada en un veto es superior, conforme a la Constituci�n cubana, a la opini�n de las dos terceras partes ele los miembros del Congreso. Adem�s, el Ejecutivo tiene tambi�n, con ciertas limitaciones, el privilegio de legislar, en la llamada facultad reglamentaria, por virtud de la cual puede complementar las leyes que vote el Congreso y ordenar ciertas actividades dictando reglamentos, en los cuales se llega incluso a establecer penas de multa.
Tambi�n est� subordinado, pero de un modo m�s directo que el Congreso, el Poder Judicial. Sus miembros los nombra el Presidente ele la Rep�blica, quien adem�s decide ele sus ascensos y retiros. En la Constituci�n ele 1901 no se tomaron en cuenta los preceptos sentados por Montesquieu para la estruc-' turaci�n de una democracia. No existe la debida separaci�n de poderes, ya que, como vemos, tanto el Poder Legislativo por el ejercicio clel veto, como el Poder Judicial, en virtud de la facultad de decidir sobre los nombramientos, ascensos y retiros, est�n subordinados al Poder Ejecutivo. No existiendo la separaci�n de poderes, mucho menos puede haber el necesario eejuili-brio entre sus respectivas facultades para constituir el llamado sistema de frenos y contrapesos que ponga a cubierto al pueblo de los abusos de los poderes pol�ticos conferidos a cada uno de estos organismos.
Resulta, adem�s, como una ele las graves deficiencias de la Constituci�n de 1901, la falta ele todo sistema o mecanismo legal mediante el cual se le pueda exigir responsabilidades por sus actos al Presidente ele la Rep�blica. Se ha seguido el sistema constitucional americano llamado ele < impeachmenEsta instituci�n es completamente ex�tica en Cuba. Requiere una tradici�n de responsabilidad pol�tica hondamente arraigada en la historia clel pa�s. En los propios Estados Unidos de Am�rica, no obstante su diverso desarrollo c�vico, la instituci�n del �impeachment� ha sido un fracaso, y s�lo por una vez se ha logrado la destituci�n de un Presidente. En Cuba, es un mecanismo perfectamente inadecuado. Si tenemos en cuenta que tanto el Senado como la C�mara son organismos pol�ticos y que la mayor�a de sus miembros proceden del mismo partido que eligi� al Presidente, es preciso convenir que el Presidente es irresponsable y quedar� impune por t�elos los actos que
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realice. Su impunidad es tan absoluta como lo fu� la del Capit�n General espa�ol o la del Gobernador Militar americano. Es posible afirmar m�s, y es que el Capit�n General y el Gobernador Militar pod�an estar subordinados a la superior autoridad del Monarca o del Gobierno americano, respectivamente. El Presidente cubano no tiene que dar cuenta a nadie, su imunidad es m�s absoluta, por lo cual sus actos pueden tam-i�n ser m�s inconsultos.
Existe en toda democracia bien organizada el sistema de la responsabilidad pol�tica en virtud de la cual el funcionario electivo tiene que responder de su actuaci�n, no s�lo por los actos que puedan estar comprendidos en el C�digo Penal sino por los de orden puramente pol�tico. Estos sistemas tienden a convertir al funcionario electivo en servidor clel pueblo, a cuya voluntad debe someterse. La Constituci�n de 1901 estableci� el principio de los per�odos fijos para los funcionarios electivos. No provey� en forma alguna un mecanismo que permitiese subordinar �a actuaci�n del funcionario electivo al criterio de sus electores. Electo, el funcionario tiene la plena disposici�n de su cargo por el per�odo que al mismo corresponda. Sus opiniones pueden estar en pugna manifiesta con las de la mayor�a del pueblo. Los per�odos fijos para el desempe�o del cargo independizan al funcionario de los intereses de sus electores.
Las instituciones creadas por la Constituci�n de 1901 no han puesto freno alguno de �ndole legal a -la aparici�n de los vicios tradicionales contra los que luch� el pueblo de Cuba en su af�n de constituir una patria libre. Por el contrario, es forzoso reconocer que establecieron un sistema que facilita la repetici�n de esos vicios, que podemos sintetizar as�: �Poderes excesivos, impunidad de los gobernantes y olvido de los intereses clel pueblo .
2.�Agraba este problema el sistema electoral en vigor. La elecci�n de los Representantes a la C�mara se puede tomar como tipo. Los Representantes se eligen por los votos que se depositan en todos los municipios de la provincia. Su elecci�n depende del factor del partido y requiero, por consiguiente, una organizaci�n que abarque l� provincia entera, que ponga en movimiento un n�mero extraordinario de votantes y en el cual los resultados de la elecci�n en un t�rmino son contrarrestados o alterados por los de la elecci�n en otro t�rmino. La elecci�n por.el sistema electoral vigente s�lo es posible en virtud de los partidos pol�ticos. Ellos presentan la lista de sus candidatos, entre los cuales se ve forzado el elector a escoger
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sus Representantes. Electoralmente, un partido no es m�s que una combinaci�n de candidatos reunidos bajo un mismo emblema, que se suman todos los votos que reciben para darle el factor al grupo o partido.
El Representante por consiguiente, lo elige el partido y no representa a nadie, pues una vez electo no tiene que dar cuenta de su gesti�n, ni a los electores que votaron su candidatura, que no pueden ser precisados porque se pierden entre todos los barrios de todos los t�rminos municipales de la provincia, ni a su partido, que no tiene poder coercitivo sobre �l. Los partidos pol�ticos se convierten as� en los grandes electores. Suplen la facultad de elegir que la Constituci�n quiso darle exclusivamente al pueblo, y vienen a constituir verdaderas cooperativas de candidatos. Entre �stos, la necesidad de cooperaci�n es tan esencial que desde los inicios de la Rep�blica surgi� la pr�ctica de los �amados �refuerzos�, que no es sino la combinaci�n de los canditatos de impartido con los de otro para darse votos. Con el proceso de descomposici�n, que ha llegado a su colmo con el r�gimen de Machado, ya ni los partidos son grandes electores. Han sido sustituidos por las llamadas �pinas electorales�, que no son otra cosa que el concierto o pacto entre candidatos de diferentes partidos para sufragar los gastos de la campa�a y asegurarse los primeros puestos en la lista de candidatos de cada partido.
Tal sistema electoral viene a dar su resultado inevitable: el divorcio m�s absoluto entre el pueblo y sus gobernantes.
III
C�mo operan estas causas
No es necesario insistir mucho para mostrar c�mo estas causas econ�micas, pol�ticas e institucionales han determinado un proceso de depauperaci�n en las energ�as y en las defensas c�vicas del pa�s, hasta culminar en la terrible crisis que hoy aflige a la vida nacional.
1.�La supeditaci�n c�vica.�Por lo pronto, esa dependencia econ�mica en que el cubano se halla respecto del Presupuesto o del capital extranjero, ya sea una dependencia directa o indirecta, tiende a producir la indiferencia o la pasividad respecto a los asuntos p�blicos. En efecto, el hombre que no tiene intereses materiales propios, el hombre que vive solamente de servir a los intereses econ�micos de los dem�s, por ese solo hecho compromete tambi�n su independencia frente a los cri-
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terios o actitudes que amparen esos intereses. Sobre ser un esclavo econ�mico, el empleado tiende tambi�n a convertirse poco a poco en un esclavo moral: un hombre cuyo juicio es libre s�lo hasta el punto en que no lesiona el inter�s del amo.
En Cuba, rep�blica joven, donde la conciencia c�vica no est� todav�a protegida por esos respetos tradicionales a la libertad de opini�n, la dependencia del bur�crata llega f�cilmente al grado de un sometimiento absoluto. La inconformidad, la simple diferencia de opini�n, pueden implicar conflictos con �l jefe burocr�tico, que generalmente es a su vez hechura o vasallo del jefe pol�tico de turno. Un pueblo de bur�cratas se convierte as�, por ley humana, en un reba�o de carneros o de aduladores.
No ser�a justo, sin embargo, hacerle esta imputaci�n exclusivamente a la sufrida y laboriosa clase burocr�tica cubana, que as� y todo representa uno de los n�cleos m�s sanos de opini�n con que cuenta el pa�s. Se puede y se debe extender la apreciaci�n a todos los que, por la fuerza de las circunstancias, se ven obligados a servir a cualquiera de las agencias del capital extranjero en Cuba. A�n. aquellas compa��as qu�menos dependen del favor pol�tico para su explotaci�n, ven con malos ojos, y a veces prohiben terminantemente, que sus empleados cubanos se manifiesten en el orden c�vico. Aunque esas empresas son generalmente neutrales en cuanto a la pol�tica militante, sus intereses suelen ser contrarios a los intereses cubanos. Instintivamente, pues, amparan la corrupci�n de las esferas oficiales, que les asegura a ellas cierta impunidad en el abuso, y recelan, por consiguiente, de toda actitud de inconformidad pol�tica por parte de sus empleados. Al igual que los bur�cratas oficiales, los empleados del capital extranjero se ven obligados a aceptar la imposici�n m�s o menos directa, por lo dif�cil que les ser�a sustituir, con otros medios de vida, el puesto que ocupan.
Finalmente, es un hecho conocido que esa sumisi�n no se limita a los empleados menores clel capital extranjero. Incluye tambi�n, de un modo m�s sutil, pero no menos efectivo, a la generalidad de sus servidores, por alto que sea su rango y por indirecto que sea su servicio. Pudiera ponerse un ejemplo harto notorio en el caso de los graneles bufetes de abogados que, 3ara mantener suculentas igualas, venden su alma al diablo, legando, como Antonio S. de Bustamante, hasta a frustar una ey protectora de la enonom�a cubana, (el Proyecto de Ley Sanguily), o a propiciar una subverci�n constitucional ignominiosa.
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Y es que la dependencia econ�mica comienza por atrofiar la voluntad c�vica y acaba por corromperla. Cuando no llega a ese extremo, engendra un h�bito calculista de abstenci�n de los asuntos p�blicos: el funesto �no meterse en pol�tica� que, so capa de pudor, ha sido muchas veces en Cuba, y sigue si�ndolo, la m�scara del miedo a verse perturbado en el inter�s privado. Como si hubiera intereses privados que pudiesen medrar de veras, o estar simplemente seguros, en un pa�s cuyos hombres m�s capaces se vuelven de espaldas al inter�s colectivo.
2.�El continuismo.� La dependencia econ�mica opera tambi�n directamente contra el civismo por medios de los cargos pol�ticos electivos. En un pa�s donde las oportunidades de vida holgada son escasos, el cargo pol�tico resulta extraordinariamente apetecible. Esto, ya de por s�, engendra una malsana avidez por ocuparlos y una disposici�n casi feroz a mantenerse en ellos, una vez, logrados. �El encono salvaje con que se producen nuestras contiendas electorales, en que los candidatos suelen acreditar a tiros su �competencia� para el cargo a que. aspiran, ha sido uno de los espect�culos bochornosos de nuestra vida republicana.
Desde luego, no se trata de un simple partidarismo apasionado, sino de una feroz disputa por la canong�a pol�tica que permite vivir c�modamente, sin mayores responsabilidades, y dar de comer a toda una clientela pol�tica.
Naturalmente, capturada ya la presa, es dif�cil hacerla soltar. El hombre que ha ocupado una vez un cargo p�blico electivo en Cuba, no concibe retirarse a la vida privada. Se cree con un derecho vitalicio a su porci�n del Presupuesto, y mirar� como un enemigo personal a quien aspire arrebat�rsela. Todav�a podr�a darse por buena esta codicia, si lo incitase a conducirse rectamente en la vida p�blica, para justificar su perpetuaci�n. Pero entre complacer a los electores y complacer al jefe pol�tico superior que controla las asambleas y que, en definitiva, puede prescindir del electorado, la elecci�n para el supuesto mandatario no es dudosa. El jefe pol�tico es el agente ael Presidente de la Rep�blica, que tiene las llaves del Tesoro, y por tanto, las de una gran parte de la voluntad electoral. Como cambiar de amo es inc�modo y riesgoso, los mandatarios apoyar�n al Presidente, que por lo com�n desea continuar; y si no lo desea, le impondr�n la continuaci�n, venciendo sus escr�pulos.
As� se incuba, dentro de cada turno presidencial, el conti-
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nu�smo. La alternativa de los Partidos�antes de que Machado destruyera con su �cooperativismo� ese residuo de la voluntad democr�tica en Cuba� aseguraba cierto ritmo de variaci�n externa en la pol�tica cubana; pero la dificultad con que se efectuaba la trasmisi�n de poderes�casi siempre se�alada por una revoluci�n, o un Golpe de Estado Electoral, o por ambas cosas�evidencia el car�cter end�mico del continuismo.
Para conservar los medios de vida que ei Poder representa, todos los procedimientos se tienen por v�lidos, desde el �pucherazo�, y la violencia electoral, hasta la solicitaci�n del yanqui. En todos los per�odos presidenciales, la tendencia c�nti-nu�sta se asume desde el primer momento, prepar�ndose el camino de la reelecci�n o, al menos, el del control parcial de los Presupuestos, mediante alguna s�rdida inteligencia con el sucesor.
3.�El Ej�rcito como instrumento.� Como el Poder es una presa que se disputa, el gobierno de turno necesita organizar la mayor fuerza posible para defender su posesi�n. La funci�n contin��s-ta crea y prepara as� su �rgano m�s efectivo: el ej�rcito profesional.
No es posible definir el Ej�rcito de Cuba sino como un cuerpo de hombres que se ganan la vida manteniendo el Gobierno por la fuerza. La sumisi�n con que aceptan esa funci�n servil, es, a su vez, una consecuencia de la escasez de oportunidades econ�micas. Ser militar es, en Cuba, otro modo de vivir del Estado. Y no, por cierto, de los menos apetecibles, pues los gobiernos cuidan mucho de que el Ej�rcito est� bien pagado y alimentado, y si el Presidente es un hombre a quien el pueblo aborrece y tiene bajo amenaza, su obsequiosidad para con el Ej�rcito llega a ser asqueante, cubri�ndolo de toda clase de privilegios econ�micos, aunque el resto del pueblo se muera de hambre.
Cuba no tiene que defenderse contra un enemigo externo, frente al cual, en el mejor de los casos, ese Ej�rcito ser�a ineficaz. Su misi�n queda te�ricamente reducida, por tanto, a una misi�n policial. Pero es evidente que su n�mero resulta excesivo para la protecci�n interior.
Si tenemos pues, un Ej�rcito hipertr�fico, es porque responde a un fin inconfesable: sostener la imposici�n presidencial. La sola existencia de un Ej�rcito semejante ayuda al continuismo, porque para expulsar a un usurpador, ser�a necesario contar con fuerzas que superasen a las suyas. El Ej�rcito,


que presume de ser un cuerpo apol�tico, un defensor de la Constituci�n, resulta de hecho un instrumento pol�tico de continuismo y de opresi�n.
Para estimularlo en este servicio, los Gobiernos lo llenan de privilegios, que alcanzan hasta la impunidad por los desmanes y hasta por los cr�menes m�s repelentes. Arsenio Ortiz no es un engendro exclusivo de Machado. La arbitrariedad y la falta de escr�pulos le ganaron los primeros galones, bajo anteriores Gobiernos. Machado, que no ha hecho m�s que llevar al grado m�ximo todas las fuerzas de corrupci�n del pa�s, hizo de Arsenio Ortiz uno de sus facinerosos oficiales. Despu�s de haber asesinado vilmente, despu�s de haber desacatado, escarnecido y amenazado a la magistratura civil, Arsenio Ortiz, contin�a disfrutando de los favores del Tirano, y �ste utilizando sus siniestros servicios con la t�cita conformidad del Ej�rcito a que pertenece.
4. �El sometimiento del Congreso.�As� protegido por el kaki, el Presidente queda en condiciones de disponer d�los fondos p�blicos y de legislar a su antojo. El Congreso no le estorbar� mucho esa libertad. El Ejecutivo se ha encargado de crear tambi�n el �rgano mediante el cual podr� sojuzgarlo: La Loter�a.
La Loter�a en s� misma, como instituci�n oficial, es una verg�enza. S�lo la tienen a�n los pueblos m�s atrasados civilmente. So�ando con una rep�blica ejemplar, Mart� proscribi� la loter�a de la patria organizada del futuro, �por la debilidad que produce, en el car�cter del hombre, la esperanza en otra fuente de bienestar que no sea el esfuerzo de su persona.� Pero Mart� no contaba con que, en la patria que el ayud� a hacer, los presidentes renegados de la manigua necesitar�an de la Loter�a para elaborar un fondo ele reptiles. Al hecho escandaloso, que la Loter�a es en s�, se une la estafa p�blica que supone vender los billetes con un recargo sobre el precio oficial, recargo que formar� el provecho de las Colectur�as, cuidadosamente distribuidas entre los miembros del Congreso. Montada la vida de �stos a tono con esos ingresos, a veces fant�sticos, que les produc�a ese aumento a su ja elevado sueldo y a los �gastos de representaci�n� y otros emolumentos, el Senador y el Representante tiene muy buenas razones econ�micas para obedecer, sin chistar, al Presidente.
5. �El sometimiento del Poder Judicial.--Finalmente, el Ejecutivo, utilizando siempre en su provecho las necesidades del cubano, que le hacen aferrarse desesperadamente al modo de vivir conquis-
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tado, extender� tambi�n su dominio al Poder Judicial. Los magistrados son nombrados por �l. La Ley los hace inamovibles. Pero un Presidente sin escr�pulos�un Machado, por ejemplo,�podr� siempre ejercer sobre ellos toda clase de amenazas y de presiones indirectas; podr� hasta separarlos de la carrera, por un expediente ama�ado sobre el m�s nimio pretexto, o acusarlos simplemente de perturbadores de la paz p�blica, si cumplen demasiado molestamente su deber.
De este modo, el Presidente completa su control sobre los poderes del Estado. Utiliza la fuerza para imponerse al pueblo, y la corrupci�n o la amenaza para someter a los dem�s Poderes. Orea as� las condiciones de impotencia y de abyecci�n moral que la Tiran�a necesita para perpetuarse.
6.�La ofensiva a la cultura.�Como la dependencia econ�mica del cubano inficiona la vida nacional en su misma ra�z, sus efectos alcanzan a todas las zonas de esa vida. Una de las m�s afectadas es la de la cultura, que es como la atm�sfera de un pueblo.
Cultura y econom�a van mano en mano. A una econom�a parasitaria, corresponde una cultura tambi�n subalterna. No es una casualidad hist�rica el hecho de que el per�odo m�s brillante de la cultura cubana�la �poca de los Saco, Luz y Caballero, Domingo Delmonte, los Gonz�lez del Valle, los Poey, etc.,�fuera el mismo per�odo en que el cubano era due�o de la riqueza. As� y todo, era una cultura mediatizada por el despotismo. Pero, a medida que las luchas de emancipaci�n fueron desvinculando al cubano de la riqueza, la cultura se resinti� del triple efecto de la opresi�n, la actividad guerrera y el creciente desplazamiento econ�mico.
En la Rep�blica el proceso de empobrecimiento cultural es paralelo al de la enagenaci�n de la econom�a cubana. Se difunde la ense�anza primaria; pero la cultura superior declina progresivamente. La Universidad, dispensadora y exponente de esa cultura, pierde prestigio y eficacia a medida que la invaden los arribistas intelectuales, que optan por ese recurso, para solventar su problema econ�mico. Al mismo tiempo, la invade tambi�n la iegi�n creciente de cubanos que recurren a las profesiones como < modus vivendi.� Se establece as� un pacto de indulgencia entre los pseudo-profesores y los cazadores de diplomas. Los gobiernos corrompidos cooperan, por su parte, a ese desprestigio universitario. Necesitan que la Universidad sea una zona burocr�tica m�s, una fuente m�s de mercedes, y la utilizan para imponerle sus catedr�ticos �de de-
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do,� desatendiendo a toda iniciativa de higiene o desarrollo acad�mico, y neg�ndose, como es natural, a concederle la autonom�a, que destruir�a ese control oficial.
El desprestigio universitario llega a ser tan bochornoso, que los alumnos m�s animados de esp�ritu p�blico, no pueden ya tolerarlo, y se inician las protestas estudiantiles. Se limitan a lo acad�mico, en un principio; pero pronto los estudiantes comprenden que el mal no est� en In Universidad, sino en la naci�n, y su protesta se va extendiendo a todos los males p�blicos y tomando, por tanto un car�cter pol�tico. As� se engendr� ese movimiento estudiantil de largo alcance, que ha sido v est� siendo bajo el Machadato, una ele las p�ginas m�s brillantes de la historia c�vica de Cuba. Cuando todav�a la opini�n p�blica asustada o alucinada ante las primeras usurpaciones del Tirano, no hab�a reaccionado contra �l; cuando todav�a no se alzaba en los sectores pol�ticos una sola voz de protesta contra la Dictadura; cuando se incubaba la maldecida Pr�rroga de Poderes, y cuando los mismos profesores universitarios, en gesto de cobard�a o de servilismo, del cual les ha costado trabajo redimirse,le conced�an grotescamente a un d�spota semi-analfabeto el t�tulo de Doctor Honoris Causa,-s�lo el Directorio Estudiantil del a�o 27, os� exteriorizar en�rgica protesta. Desde entonces, la actitud combativa del estudiantado, orientada y mantenida por el Directorio del a�o 30, ha sido de una eficacia extraordinaria para levantar el esp�ritu p�blico, y su valor, su entusiasmo y su abnegaci�n les ha ganado para siempre la gratitud de Cuba. De esa vanguardia c�vica cubana, la mayor parte ha engrosado ya las filas del ABC.
Los malos gobernantes, conocen el poder incontrastable del pensamiento y de la cultura y los persiguen implacablemente, acosando a los escritores honrados, secuestrando, clausurando, e imponi�ndoles como Machado, una censura constante y anti-constitucional a los peri�dicos; cerrando los centros de ense�anza, encarcelando o privando de recursos a los catedr�ticos; diezmando, sin piedad, a los estudiantes.
La despreocupaci�n por la cultura ha sido una caracter�stica de todos los gobiernos que ha tenido la Rep�blica. La instrucci�n p�blica na sido, para ellos, un compromiso mal cumplido. Las escuelas han sido y son insuficientes en n�mero y mal instaladas. Los maestros, una de las clases m�s nobles de la Rep�blica, son tambi�n una de las m�s menesterosas. Se ha dejado as� despretigiar a tal punto la ense�anza oficial, que las familias cubanas pudientes no tienen m�s remedio que mandar a sus hijos a las instituciones privadas.
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En �stas, el elemento cubano tambi�n es secundario. Los grandes colegios esta�en manos de �rdenes religiosas, de composici�n principalmente extranjera, que imparten una educaci�n aceptable en el orden t�cnico, pero insuficiente y hasta perniciosa a los fines del robustecimiento de la conciencia nacional. No es probable, para poner un ejemplo simple, que jesu�tas espa�oles o maristas franceses ense�en con simpat�a lo que fu� para Cuba el mas�n C�spedes, o el librepensador Mart�. Una elemental precauci�n recomendaba y sigue recomendando una mayor nacionalizaci�n de la ense�anza.
En todas estas formas/por la acci�n y por la omisi�n de los Gobiernos, se ha ido creando en el pa�s, el ambiente de utilitarismo ego�sta, de c�nica improvisaci�n y de falta de responsabilidad moral y patri�tica que contribuy�, con el desvalimiento econ�mico del cubano, a debilitar el civismo. As� se hizo posible uu r�gimen, como el Machadato, que asesina a los estudiantes, encarcela a sus profesores, cierra la Universidad, amordaza a la prensa y entroniza�en general�la barbarie. El desplazamiento econ�mico clel cubano le pone en un estado de indefensi�n, frente a esa ofensiva general contra la cultura.
7.�Machado, caso t�pico y culminaci�n.�Hemos visto como han operado las causas econ�micas y pol�ticas indicadas para determinar, fatalmente, el proces� degenerativo, que ha venido sufriendo la Rep�blica. Ahora veremos como se han acentuado esas causas, en el caso particular del gobierno de Machado.
Machado, es la culminaci�n natural de ese proceso. Las taras con que nace la Rep�blica, se manifiestan de un modo progresivo en todos sus gobiernos; pero al llegar al Machadato, el salto es tan brusco, que hay que buscarle, adem�s de las causas hist�ricas generales, otras m�s especificadas. Personalmente Machado es uno de los m�s acabados tipos del d�spota hispano-americano. Re�ne todas las caracter�sticas biol�gicas y psicol�gicas de la especie: listeza y simpat�a de picaro, empaque do histri�n, ignorancia osada, temperamento hipersen-sual, h�bitos crapulosos, hipocres�a radical, ambici�n de poder, de dinero y de honores, megaloman�a sin l�mites, ausencia total de escr�pulos morales, vileza de esp�ritu, instintos sanguinarios, conciencia atrofiada de criminal nato. A un psic�pata le ser�a f�cil recomponer con estos datos la imagen f�sica y moral de este �general degenerado- como, en memorable documento, le llamaron los intelectuales espa�oles. Apenas ocup� la presidencia en 1925, dio a entender Machado, de un modo encubierto primero, c�nicamente despu�s, su proposito de eri-
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girse en tirano y perpetuarse en el Poder. Al principio, en electo, sus maniobras se encubren bajo una m�scara de regeneraci�n moral y de fomento y estimulaci�n material del pa�s. Como todos los d�spotas en ciernes, prepara ya las justificaciones externas de su despotismo. Se aprovecha de la fatiga de un pueblo, harto ya de gobernantes corrompidos y usurpadores, y elabora la promesa de la regeneraci�n y d�la no-reelecci�n. Sabe que el pueblo anhela un empleo �til de los dineros p�blicos, y confecciona el aparatoso Plan de Obras P�blicas.
Pero este Plan es ya uno de los andamios, de que se vale, para erigir la dictadura. La Ley de Obras P�blicas, al crear fondos especiales cuantios�simos de administraci�n ejecutiva, despoja al Congreso de la m�s fundamental de sus atribuciones espec�ficas: la de autorizar y fiscalizar los presupuestos de la Naci�n. El Congreso, asustado, alucinado y comprado con las colectur�as, le da carta blanca al Presidente. Es el principio de la serie de concesiones, de renuncia de facultades, que ha de ir exigiendo progresivamente la Dictadura. Desde la Ley de Obras P�blicas, el Congreso queda reducido a papel de comparsa.
Ya Machado pudo ir clavando m�s y m�s la garra, concretando la violencia. Uno de sus primeros actos de fuerza, fu� el asesinato de Armando Andr�, primera v�ctima de la libertad de opini�n, bajo el r�gimen machadista. El pueblo no vio en este crimen m�s que la repugnancia del hecho en s�; le falt� sensibilidad, para apreciarlo como s�ntoma del grave mal que se cern�a sobre la Rep�blica. Luego, se ha visto que la muerte alevosa de Andr� fu� el primer j al�n de una cadena interminable. A partir de ese momento, toda protesta, toda inconformidad, tocio amago de rebeli�n fu� cercenado del mismo modo artero, sanguinario y cobarde, a una simple orden del Presidente, erigido ya, sin disimulos, en Cal�gula tropical.
Siguiendo la t�cnica primaria, Machado se cuida enseguida de ganarse el Ej�rcito para asegurar sus prop�sitos. El Ej�rcito bajo su mando, se convierte en casta privilegiada. La oficialidad m�s adicta es distribuida en comisiones jugosas por todos los departamentos civiles del Estado. Se militarizan los institutos y el kaki se impone en todos los sectores de la Administraci�n. De este modo la autoridad civil va siendo desplazada y sustituida por la autoridad incivil de los espadones, y el Jefe del Ej�rcito, criado del Presidente, se convierte en el segundo ciudadano de la Rep�blica.
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. No faltan oficiales decentes, rectos y sensitivos qu� repudian tal situaci�n; pero Machado sabe que forman una minor�a f�cilmente acallable. La mayor�a lleva su decoro en su est�mago y se presta, sin escr�pulos, a servir de instrumento al tirano. Arsenio Ortiz, va al frente de ellos. Es el prototipo del militar que Machado codicia. No se trata de un hombre fan�tico, sino de un matarife profesional, que asesina por un estipendio, sin fijarse en la mano que le extiende la bolsa. A igual o parecida casta; pertenecen los otros jefes del Ej�rcito, que no sienten reparo en ser compa�eros del Chacal de Oriente. Su f�rmula de estar con el gobierno constituido� no responde a un imperativo de lealtad, sino a una mera cuesti�n econ�mica. El d�a que Machado no pueda pagarles sus sueldos, se rebelar�n contra �l, Ortiz el primero. Mientras disfruten de la m�s alta consignaci�n en los presupuestos y sean los primeros en el escalaf�n de los cobros, le servir�n como ruines lacayos.
No le bastaba, sin embargo, al Tirano la bochornosa incon-dicionaliclad de un Ej�rcito burocratizado y aguant�n. Necesitaba adem�s de elementos que clandestinamente sembrasen el terror y llevasen su fuerza intimidatoria hasta el seno de los m�s pac�ficos hogares. Para ello instituy� la �porra,� bajo t�tulos pomposos: �Liga Patri�tica,� �Guardia Civil Nacional,� �Milicias Nacionales,�"etc. La �porra� es otro sost�n del gobierno: el de la delincuencia profesional. La �porra� no se ha limitado a atacar a mansalva a los miembros de la Oposici�n: se ha valido de su fuerza y de su impunidad para perpetrar toda clase de delitos vulgares, contra la propiedad y las personas. La �porra� ha practicado, en gran escala, todas las formas del �chantage,� ha saqueado comercios,ha allanado moradas, ha apedreado y ametrallado a hombres,mujeres y ni�os indefensos, ha colocado bombas, ha violado el derecho de extraterritorialidad de las Embajadas y Legaciones extranjeras, como en el caso de la de M�xico que dio lugar a una en�rgica protesta del. Representante de esa naci�n. La �porra,� en suma, actuando de com�n acuerdo con miembros de la Polic�a y el Ej�rcito, ha creado el estado de terror necesario para justificar la suspensi�n indefinida de las garant�as constitucionales, es decir para que Machado pueda disponer a su antojo, de la vida y hacienda de los ciudadanos.
Someter al Congreso fu� empresa m�s f�cil y de �ndole puramente formal. Ya se le hab�a arrancado la Ley de Obras P�blicas. Despu�s de eso hubiera sido m�s sincero�y m�s econ�mico tambi�n,�suprimirlo de un tajo. Pero Machado gusta de mantener nutridas las filas de sus servidores e hizo, sin di-
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�oultades, del Senado y la C�mara, los m�s sumisos cuerpos de su lacayer�a. Contaba, en primer t�rmino, para ello con la �comida de las �eras,� estos es, con las colectur�as. Despu�s, al renovarse ambos cuerpos colegisladores, llev� a sus curules a parientes, amigos, y protegidos "de toda su confianza De este modo, se garantiz� la servidumbre un�nime del Senado y la casi total de la C�mara.
En este organismo, los representantes llamados �ortodoxos� crearon un peque�o, pero intenso foco d� oposici�n. Este contratiempo sirvi� para que Machado mostrase una vez m�s su prop�sito de no detenerse ante ning�n obst�culo, para seguir tiranizando al pa�s. Con objeto de asegurar la votaci�n de una ley inconstitucional�la extensi�n del fuero militar�que hab�a sido demorada por la oposici�n de los �ortodoxos,� Machado orden� al Jefe de su Servicio Secreto, que se constituyese en el Capitolio, con un grupo de porristas armados. Es el �nico caso en nuestra historia republicana, en que se ha vejado de tal modo, a una asamblea legislativa, arranc�ndole el voto, por la v�a de la intimidaci�n. Sin embargo, el Presidente de la C�mara, no se ruboriz� siquiera cuando le refirieron el hecho. �Qu� de extra�o tiene que, despu�s, fueran asesinados por la porra dos representantes ele la Oposici�n, y la C�mara no enviase, siquiera, una comisi�n de su seno al acto del sepelio?
A la Administraci�n de Justicia, la atac� Machado por su flanco m�s d�bil: la cobard�a. Nuestros jueces y magistrados, hombres, por lo genesal, laboriosos y honestos, son lamentablemente pusil�nimes en el ejercicio de su delicado ministerio. Machado no vacil� en apelar a la amenaza para impedir fallos judiciales adversos y obtener decisiones favorables. En Oriente, Arsenio Ortiz intimidaba al Presidente de la Audiencia, colgando cad�veres de los postes del alumbrado m�s pr�ximos a su domicilio. En la Habana el Secretario de Gobernaci�n, acus� de conspiradores a varios magistrados porque osaban sustanciar los recursos de �Habeas Corpus.� Desde entonces, nuestra Audiencia, llena de p�nico y sin preocuparse de que incurr�a en prevaricaci�n, se abstuvo de diligenciar las solicitudes de �Habeas Corpus,� alegando pretextos ilegales y f�tiles. Tales procedimientos de violencia, se hicieron extensivos a los defensores de la Justicia y del Derecho, y tuvieron su manifestaci�n extrema en el encarcelamiento arbitrario del Dr. Herrera Sotolongo, como �nico medio de acallar sus alegatos, en defensa de la majestad de las Leyes.
La judicatura, no ha sabido mantener sus fueros frente a la presi�n machadista. Por esta causa, no podr� ser excluida
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a la hora, ya cercana, de las responsabilidades. No hay que olvidar que a la cobard�a insigne de nuestro m�s alto Tribunal de Justicia se debi� que el pueblo tuviera que lanzarse a una revoluci�n suicida, defraudadas ya las esperanzas, que hab�a puesto en la supuesta integridad de su magistratura.
En lo econ�mico, el continuismo exig�a el apoyo de la banca extranjera. Machado lo conquista med�ante empr�stitos a corto plazo y con jugosas comisiones, que dan lugar a impuestos oneros�simos que desangran progresivamente al pueblo. Contra la voluntad de los hacendados y colonos cubanos, y a�n a trueque de matar por hambre a las masas trabajadoras de los centrales azucareros, Machado acoge el Plan Chadbour-ne, que no ten�a otra finalidad que resguardar las inversiones de los bancos extranjeros y cuyos funestos resultados, estamos ahora palpando. En momentos en que todos los pa�ses del mundo suspenden el pago de sus deudas exteriores, para satisfacer sus necesidades internas de car�cter previo y perentorio, Machado prohibe insinuar toda idea de moratoria y sigue esquilmando al pueblo para poder pagar con puntualidad los intereses y plazos de amortizaci�n de los diversos fi-nanciamientos. Y es que no pretende otra cosa que, perpetuarse en la detentaci�n del Poder, aunque �ste s�lo pueda ejercerlo sobre una muchedumbre desmendrada y fam�lica.
Al engendro machadista, han cooperado todas las causas enunciadas. Pero hay una que deliberadamente hemos dejado para el final. Nos referimos a la pasividad de las llamadas �clases neutras� �Cabe hablar de clases neutras, cuando hay un gobierno que encarcela y asesina a su antojo? �Es posible que un hombre decente permanezca neutral ante hechos de la naturaleza de los enumerados? Afirmamos que la abyecci�n moral de los hombres prudentes, que no se atreven a abrazar, ni a�n en los actuales momentos, la causa de la dignidad nacional, es m�s funesta que la de aquellos que c�nicamente defienden a Machado. El es un ser abyecto, pero irresponsable;, en cambio, el hombre de cierta posici�n social y cierto desahogo econ�mico, que se limita a defender sus intereses exclusivamente, es el gran criminal de esta hora. Permanecer indiferente, significa traicionar al pueblo. No sublevarse, en la medida de sus fuerzas, contra la barbarie machadista, equivale a tener alma de esclavo.
IV
LOS REMEDIOS
Hemos tratado el cuadro de las causas y modos por los
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cuales ha llegado Cuba al grado de opresi�n y do ruina que hoy padece. Y acabamos de se�alar la necesidad de que todos los cubanos honrados reaccionen, virilmente, contra un mal
aue se ha ido agravando progresivamente y que amenaza con estruir por completo la nacionalidad.
Es necesario, sin embargo, que esa reacci�n sea hist�ricamente adecuada. Adecuada a las causas que la provocan y a las posibilidades de rectificaci�n con que el pa�s cuenta, dadas sus condiciones sociales, econ�micas e internacionales.
A las causas que hemos indicado anteriormente y de las cuales hemos subrayado mucho la principal: EL DESPLAZAMIENTO ECONOMICO DEL CUBANO, corresponden otros tantos remedios que enseguida indicaremos. Pero antes, es preciso advertir que la forma y alcance de esos remedios est�n necesariamente condicionados por las realidades de Cuba, por lo que se puede hacer AQUI y AHORA.
El programa del A B C es, por consiguiente, un programa realista. En rigor, constituye lo que el mismo nombre provisional de nuestra organizaci�n sugiere: EL ABC DEL PROBLEMA CUBANO Y DE SU SOLUCION. Esta simplicidad ha sido nuestro mayor empe�o. Muchas veces, los pueblos no ven sus males claramente, porque no se les muestran en su verdadera ra�z. El programa del ABC responde � una interpretaci�n radical y directa de los hechos cubanos. No se trata de lucirse, desplegando una serie de medidas m�s o menos acreditadas por la ciencia o por la moda pol�tica, pero desentendidas de las posibilidades cubanas, que son en algunos aspectos sumamente primarias, ya qu� el nuestro es un pa�s joven, cl�nele todo est� por hacer.' No se trata tampoco de elaborar una soluci�n a veinte a�os vista, sino para el futuro inmediato. No se trata de movilizar entusiasmos ingenuos, en favor de una soluci�n que, por su extremismo, fuese en la actualidad ilusoria pura Cuba. No se trata, en fin, de un programa que vaya detr�s de ninguna etiqueta convencional.
El A B 0 entiende que los problemas de Cuba deben resolverse en Cuba, desde la realidad cubana, dentro de las posibilidades cubanas inmediatas. Labora para el porvenir; pero no para un porvenir como pueda presentarse dentro de diez, m de veinte a�os, sino como se ve que puede ser desde ahora. En pol�tica, mirar demasiado lejos es tan peligroso como mirar s�lo a los pies. No sabemos a donde pueda la evoluci�n ele las ideas y de las relaciones econ�micas y sociales llevar el mundo. Cualquiera que sea su rumbo. Cuba tendr� que acompasarse a lo inevitable. Pero lo inevitable AHORA
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es que somos una rep�blica americana joven, sin econom�a propia, situada, g�stenos o no, dentro de la �rbita econ�mica y pol�tica de los Estados Unidos.
Esta situaci�n condiciona y limita nuestras posibilidades mucho menos de lo que se supone; pero, ciertamente, hasta el grado de no sernos posible experimentar con la constituci�n b�sica de nuestra nacionalidad. Mientras los Estados Unidos se mantengan dentro del sistema social y econ�mico que hoy les rige, Cuba no podr� salirse de ese sistema; cuando los Estados Unidos lo abandonen', Cubano tendr� m�s remedio que abandonarlo. Pero el problema no se va a resolver aqu�. Podemos y debemos aspirar a que, en Cuba, se vaya formando, previo el establecimiento de las condiciones necesarias para su formaci�n, una conciencia p�blica informada de las orientaciones del mundo moderno y atenta a las oportunidades del futuro. Pero no podemos, ni clebemos, confiarnos a esa aspiraci�n, desatendiendo lo que ahora es posible y urgente hacer.
Con todo, se ver� en seguida que el programa del ABC dista mucho de ser un programa LIBERAL, cuanto menos Conservador. Dominado tocio �l por un principio de determi-nismo econ�mico�que las condiciones sociales y pol�ticas de un pueblo son, en gran parte, el resultado ele sus condiciones de subsistencia�el programa del ABC es, en muchas de sus recomendaciones, un programa sumamente avanzado. Pero no pretende ir m�s all� de las posibilidades reales de Cuba. No se nace ilusiones f�ciles, ni busca concitar unas clases contra otras, en un pueblo donde todas las clases son, por igual, menesterosas y donde lo urgente es crear una fuerte cohesi�n nacional. No habla, en fin, de socializar totalmente una econom�a que est� por conquistar.
Nuestro Programa est� destinado, no a los sectarios fan�ticos, ni a los enamorados de las formas espectaculares, sino a todos los cubanos que bajean meditado un poco sobre la realidad cubana y que, sobre todo, tengan un firme y vivo anhelo de salvar a Cuba. Se dirige, en fin, a los cubanos que est�n dispuestos a desarrollar una acci�n inmediata, eficaz y responsable.
(a) Medidas econ�micas:
Para contrarrestar las causas econ�micas de la situaci�n actual de Cuba, el A B C entiende que es necesario el rescate de la riqueza para la poblaci�n cubana. A ese fin adoptar� las siguientes medidas:
A.�Fomento y protecci�n de la peque�a propiedad rural, mediante una pol�tica de colonizaci�n interior.
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B.�Implantaci�n de medidas que propendan a la desaparici�n gradual de los latifundios, tales como el impuesto progresivo sobre la tierra; la urbanizaci�n y municipalizaci�n de los bateyes de los ingenios; la conversi�n de los ferrocarriles de uso privado a fin�s de uso p�blico; la prohibici�n de la inmigraci�n de braceros,�sustituy�ndola en su oportunidad polla de familias debidamente seleccionadas,� y la reglamentaci�n de los sub-puertos.
0. �Limitaci�n en cuanto a la adquisici�n clel dominio de la tierra por compa��as, y adopci�n de medidas que tiendan a la nacionalizaci�n de la misma.
D. �Formaci�n del catastro nacional.
E. �Creaci�n del �homstead� o patrimonio familiar m�nimo, inejecutable y exento de responsabilidad por deudas, que asegure al campesino contra toda depredaci�n.
F. �Adopci�n de medidas que propicien la formaci�n de cooperativas de producci�n, tales como la creaci�n de un Banco Agrario, que refaccione dichas cooperativas.
G. �Rescate de la propiedad minera concedida y no explotada.
H. �Nacionalizaci�n de los Servicios P�blicos que tiendan al monopolio.
1. �Adopci�n de medidas contra los Trusts.
J.�Promulgaci�n de una legislaci�n monetaria, que se ajuste a las necesidades econ�micas del pa�s.
K.�Promulgaci�n de una legislaci�n bancada, adecuada para la protecci�n del depositante y del cr�dito.
L.�Fomento de la Banca Nacional, e instituciones nacionales de ahorro. Creaci�n de un organismo do emisi�n. Constituci�n de reservas met�licas id�neas. Adopci�n de medidas en pro de una mayor elasticidad clel cr�dito, haci�ndolo accesible a los peque�os productores y estimulando la producci�n y consumo ele productos agr�colas y las operaciones comerciales.
LL.�Estimulaci�n de la cooperaci�n en la producci�n, el consumo y el cr�dito.
M.�Reducci�n de los impuestos que graven las operaciones comerciales y organizaci�n racional ele impuesto progresivo sobre la renta.
N.�Protecci�n a la peque�a industria y al comercio peque�o.
�.�Adopci�n de una legislaci�n social avanzada, de pro-
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tecc��n al obrero; seguro contra la inhabilitaci�n, vejez, muerte y desempleo; protecci�n a las corporaciones y sindicatos; jornada de ocho horas; dencanso peri�dico; regulaci�n del trabajo de mujeres, ni�os y adultos; reglamentaci�n de la contrataci�n industrial; derecho de huelga; conciliaci�n y arbitraje.
0. �Promulgaci�n de legislaci�n que asegure la intervenci�n preferente del cubano en las actividades comerciales e industriales.
(b) Medidas pol�ticas.
Para contrarrestar las causas pol�ticas, que han engendrado la tiran�a, se propone limitar las facultades presidenciales; establecer el sistema de responsabilidad de los geber�an-tes y fomentar, popularizar y nacionalizar la cultura. A ese fin cree necesarias las medidas siguientes:
A. �La implantaci�n de un sistema de gobierno que eluda los inconvenientes y deficiencias acusados por el presidencial y recoja las innovaciones y experiencias provechosas de otros sistemas.
B. � Prohibici�n absoluta de delegaci�n de funciones por el Congreso.
C. �Sustituci�n del Senado por una C�mara Corporativa.
D. �Limitaci�n de la inmunidad de los congresistas a las opiniones y labores legislativas.
E. �Supresi�n del voto al analfabeto.
F. �Restablecimiento del voto femenino.
G. �Reducci�n de los per�odos de duraci�n de los cargos p�blicos, con objeto de que se hagan consultas frecuentes al electorado.
H. �Supresi�n de las Provincias.
1. �Elecciones por circunscripci�n.
J� Robustecimiento y reorganizaci�n de los municipios, para que estos organimos presten los servicios p�blicos locales.
K.�Definici�n constitucional de los delitos contra las libertades p�blicas y el derecho del Sufragio y prohibici�n de indulto o amnist�a para los mismos.
L.�Restricci�n clel derecho de amnist�a en general.
LL.�Anulaci�n constitucional de cualquier amnist�a o de
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cualquier ley que directa o indiretamente beneficie a los qu la aprueben.
M.�Suspensi�n del per�odo de prescripci�n para la persecuci�n de delitos cometidos por funcionarios electivos mientras est�n en el desempe�o de sus .cargos.
N.�Creaci�n de tribunales de responsabilidad pol�tica ante los cuales los funcionarios electivos, habr�n de responder de los actos realizados en contra del programa conforme al cual fueron electos.
�.�Creaci�n de tribunales que conozcan de los bienes de los funcionarios p�blicos, antes de que ocupen sus cargos y despu�s que los abandonen.
O.�Reorganizaci�n y ordenamiento de la contabilidad del Estado y los Municipios. Creaci�n de Tribunales de Cuenta.
P.�Supresi�n de la Loter�a.
Q.�Creaci�n del Servicio Militar Obligatorio, y desmilitarizaci�n de la guardia Rural. Prohibici�n de la extensi�n del Fuero Militar a los civiles.
R.�Independencia del Poder Judicial. Substituci�n de los Juzgados Correccionales por tribunales cuyos fallos sean apelables.
S.�Fomento y difusi�n popular de la Ense�anza. T.�Autonom�a Universitaria.
Estas medidas son las que el A B C propugna como indispensables para crear las condiciones econ�micas adecuadas y la ordenaci�n pol�tica id�nea, que son los supuestos necesarios de una renovaci�n radical en la vida pol�tica cubana.
El A B C no pretende que tales medidas basten para re-
fir indefinidamente la vida nacional. La historia de cada pue-lo tiene infinitas vicisitudes, y toda ciencia pol�tica estriba en el saludable ajuste de las normas p�blicas a las necesidades variables de la realidad social. El A B C, no se encierra en los l�mites del programa que acaba de formularse. En primer lugar, ese programa es solo una relaci�n de las medidas principales que recomendamos, y la base de toda una actividad legislativa complementaria. En segundo lugar, el A B C, admite la posibilidad de ir incorporando a ese programa fundamental las nuevas directrices que resulten de la experiencia y las que.demande la voluntad de la Naci�n, democr�ticamente formulada.
Pero el A B C, cree firmemente que la realizaci�n completa del programa enunciado bastar� para reencauzar la des-
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quiciada vida nacional, para elevar el nivel y la eficacia de la gesti�n p�blica, para facilitarle al �ubano una subsistencia individual que ha venido haci�ndosele cada d�a m�s humillante y dif�cil, para abrirle al esfuerzo honrado v�as de trabajo y de progreso, redimi�ndolo de la servidumbre a la burocracia, al profesionalismo excesivo y al capital extranjero; para darle a la opini�n p�blica y a l� aspiraci�n individual una partici-. paci�n efectiva en la conducta d�los destinos nacionales; para asegurarle, en fin, a Cuba un gobierno apto y respetuoso, en un pueblo pr�spero y libre.
Como se ha visto, el programa del ABC, fundamentalmente econ�mico por su interpretaci�n del problema hist�rico cubano, no participa de la confianza ciega del viejo liberalismo en las ventajas autom�ticas de la democracia. Por su de-terminismo econ�mico, representa una superaci�n de la vieja fe democr�tica. Pero, al mismo tiempo, conserva, del ideal y de los fundadores, la firme devoci�n al principio de la libertad
Eol�tica, como fuente y norma del poder. Arrastramos del li-eralismo esa conquista imperecedora, ese valor imprescindible, al cual el pueblo cubano no sabr� renunciar, porque est� todav�a demasiado fresco en su memoria el recuerdo de la sangre que se derram� en la manigua para conquistar la libertad, y demasiado viva la angustia de estos d�as de oprobio, en que se ha visto privado de ella por un gobierno tir�nico. La libertad civil, que Mart� defini� como el derecho que tiene todo hombre honrado a pensar y hablar sin hipocres�a no s�lo es perfectamente compatible con todas las reformas de verdadera justicia social, sino que es indispensable para su realizaci�n, y esta esencia firm�sima hace que el A B C, repugne por igual los dos extremos en que, con pretensiones del falso dilema, se manifiesta una parte del nov�simo pensamiento pol�tico: el facismo y el comunismo, sistemas que excluyen formalmente la libertad pol�tica.
El A B C, mantiene que solamente al amparo de una libertad pol�tica bien entendida, perfectamente acorde con las limitaciones que la ciencia y la experiencia social la imponen a la actividad del individuo, en el orden econ�mico, podr� Cuba hacerse m�s digna m�s pr�spera, m�s rica en esp�ritu de justicia, m�s acogedora y respetuosa para todos los matices de la opini�n y de l� acci�n p�blica. Al ponerse el cubano en condiciones de independencia econ�mica que le permitan expresar libremente su pensamiento, el instinto popular, bien dirigido, sabr� abrir cauces rectos a la vida nacional.
"Pero esa liberaci�n no ser� posible, mientras la voluntad
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popular contin�e secuestrada por la oligarqu�a de aprovecha-dores sin escr�pulos que ha venido reduciendo al cubano a la pobreza y a la abyecci�n. No solamente hacen falta en la Arida p�blica cubana hombres honrados, sino tambi�n inteligencias nuevas y voluntades resueltas. La generaci�n del 95 esta agotada. Con el esfuerzo libertador rindi� ya gloriosamente su tarea hist�rica y su continuaci�n al frente de los destinos de Cuba, no ha hecho m�s que marchitar o salpicar de lodo los laureles de la manigua. Los hombres del 95, por su lastre de caudillismo y por deficiencia de capacitaci�n que les impuso el mismo empe�o guerrero, no han tenido ni el esp�ritu civil, ni la competencia doctrinal, jur�dica y econ�mica, indespensa-bles para interpretar y satisfacer las necesidades de Cuba republicana. Al choque con realidades superiores a su aptitud, su esp�ritu p�blico se fu� desmoralizando, abandon�ndose a las tentaciones de la demagogia, del peculado y del despotismo.
Hacen falta voluntades y criterios nuevos. Hombres que no hayan tenido participaci�n en el contagioso sistema, que hasta ahora ha padecido la naci�n. Hombres que no est�n minados por el cinismo, ni por el derrotismo; que crean en la posibilidad de salvar a Cuba, y tengan la firme voluntad de salvarla, contra todas las asechanzas, de dentro y de fuera. Hombres que no f�en la soluci�n de los problemas urgentes de la patria al advenimiento de un nuevo orden social, que adem�s de ser todav�a problem�tico, escapa a las posibilidades reales e internacionales de Cuba, de modo tal que la confianza en �l equivale a negarles a los cubanos la posibilidad de regular sus propios destinos, dentro c�ela inevitable interdependencia econ�mica del mundo moderno.
El A B C cuenta con hombres de esta aptitud y de este criterio.
No les mueven ambiciones bastardas de mando y de provecho; pero s� la noble ambici�n de servir a Cuba. Se han templado en la escuela de abnegaci�n y de sacrificio, a veces heroico, que la acci�n del A B C ha necesitado. Han probado ya estar dispuestos a sacrificar el bienestar y la vida si es menester, con tal de labrarle a Cuba un porvenir fecundo y digno.
Estos hombres son el n�cleo de la gran fuerza nueva que hoy se moviliza para la reivindicaci�n nacional. Necesitan de la ayuda de todos los buenos cubanos; de. todos aquellos que no hayan dejado morir en s� mismo, la llama de la fe c�vica y las urgencias del decoro humano; de todos los que sean j�venes de esp�ritu y est�n asfixiados por el ambiente de vejez que en Cuba se respira; de todos los que, habiendo heredado el
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ensue�o de una patria modelo, lian tenido que contemplar el largo espect�culo de una rep�blica corrompida; de todos los que no han podido hasta ahora ejercitar su ciudan�a, por hab�rselo impedido las maniobras electorales, o por no haber querido concurrir a las farsas mercenarias que han profanado sistem�ticamente los comicios.
El A B O, no es un movimento contra Machado en particular, ni exclusivamente contra la tiran�a odiosa que �l mantiene. Es una reacci�n contra el sistema tradicional que �l representa y que ha hecho posible su despotismo. Con el c�mulo nefando de vejaciones y de dolores que Machado le ha impuesto a Cuba, le ha prestado tambi�n, contra su voluntad, el servicio de haber concitado, por la misma violencia de/su mano criminal la indignaci�n un�nime de todo un pueblo que ya no parec�a tener fuerzas m�s que para la reprobaci�n silenciosa y sumisa. Machado ha levantado contra s�, todas las reservas del decoro y todas las fuerzas de la desesperaci�n. Entre ellas ha surgido el ABO, como una falange secreta de guerra a la tiran�a, pero tambi�n al sistema de acciones y de omisiones que la ha engendrado. En el Machadato, ese sistema ha tenido su culminaci�n, pero tambi�n un l�mite. Con �l, la inepcia se ha hecho alarde; la desverg�enza se ha hecho cinismo; la incultura se ha hecho barbarie y el error se ha hecho crimen.
Infundamos en el ambiente de Cuba, la convicci�n de que es ya un deber sagrado e indeclinable de todos los ciudadanos honrados, concentrar sus voluntades en un esfuerzo decisivo, para evitar que en el futuro pueda ning�n otro d�spota ponerle el pie sobre la nuca a todo un pueblo.
Esto s�lo se evitar� creando ahora, en este momento de revoluci�n y de crisis profundas, los �rganos y funciones de defensa que necesita una vida civil honrosa. Este empe�o requiere la ayuda de todos. Ya nadie podr� eximirse de participar en �l. Mientras no hubo en Cuba un movimiento honrado de opini�n, suficientemente organizado para la acci�n efectiva, el abstencionismo frente ala vida p�blica pudo tener alguna excusa. Pero ya el A B C est� en la nueva manigua, y nadie podr� rehuir su concurso, sin hacerse c�mplice del crimen. La pasividad de los cubanos decentes, ahora, ser�a una patente de corso concedida al pillaje y a la tiran�a.
El A B C, llama a sus filas a todos los cubanos de manos limpias. A los que hayan sufrido, en la carne o en el esp�ritu el latigazo del d�spota, y a los que, indemnes, de esa garra homi-
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cida, no se resignan a ver cada d�a m�s ensombrecidos los horizontes de la patria, en que hemos de seguir viviendo nosotros, y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos.
Mart� augur� que despu�s de la Independencia tendr�a que hacerce la guerra por la libertad. �Esta es la nueva guerra! �Marchemos todos juntos a la conquista de una patria libre, pr�spera y honrosa! �Reivindiquemos nuestra econom�a perdida! �Nacionalicemos a Cuba! �Desterremos para siempre de la vida p�blica la estulticia y la corrupci�n! �Saquemos del altar de la Patria a quienes 1q han tomado ele pedestal para su soberbia, y llevemos a �l la ofrenda de sacrifeio de las manos nuevas, de las manos limpias!
�EL A B C, ES LA ESPERANZA DE CUBA! �JUNTOS TODOS BAJO LA BANDERA DEL ABC!


Muchos dicen son del AB C,pensando medrar a la sombra de su gloriosa bandera que representa la conciencia Nacional.
�SE ENGA�AN!
Otros no dicen nada pero act�an por sus principios; ellos lo son.
Necesitamos reclutar verdaderos hombres con entereza de car�cter y fortaleza moral, no importa su posici�n social y econ�mica, son los �nicos valores positivos en las filas abe-cedarias.
Pueblo, los ho?nbres inteligentes pero sin principios morales, son peores que las epidemias.
Desc�brelos, Repud�alos, A�slalos, TU LOS CONOCES.


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